Publicado en
agosto 26, 2012
Los permisos a los adolescentes.No tengas miedo de decirle "no" a tus hijos. Sobre todo si están en "la edad de la punzada". Es muy posible que ellos reaccionen con agresividad; sin embargo, eso no debe doblegarte. De ti y de tu marido depende que ellos aprendan a manejar adecuadamente su libertad. Ten presente que tu ejemplo y tu afecto ya han hecho la mayor parte del trabajo.
Por la sicóloga Julia Borbolla de Niño de Rivera.¿Les doy permiso?
Vivir con un adolescente no es fácil. Pero la parte más difícil de la convivencia con ellos es saber cuándo, cómo y qué tantos permisos les debemos dar. Nadie nos enseña a ser mamás. En realidad vamos aprendiendo junto con nuestros niños. Y así como a ellos les sorprenden sus propios cambios (van dejando los pantalones y los zapatos porque llega el momento en que ya no les quedan) así también a nosotras nos asaltan de un día para otro mil dudas sobre lo que debemos hacer con nuestros hijos. Los jovencitos cotidianamente se nos acercan con algún problema o para pedirnos un permiso nuevo. Estas son cosas que nunca habíamos vivido y los padres tenemos que enfrentarlas sin haber podido siquiera asimilar los cambios de nuestros "bebés".
"Pregúntale a tu papá"
En la mayoría de las familias existe el conflicto entre la pareja de ver quién carga con la responsabilidad de dar los permisos. Y es por eso que cuando el niño le pide a su mamá que lo deje ir a una fiesta, ella automáticamente lo manda con su papá para ver qué opina. "Si tu padre te da permiso, yo no tengo inconveniente". Y cuando el muchacho llega con el papá, él le responde de la misma manera. El caso es que ninguno de los dos quiere responsabilizarse de dar los permisos. A veces, esto sucede por miedo a los reproches del cónyuge en caso de que algo salga mal o, simplemente, por no querer cargar con la culpa de permitir algo que pudiera llegar a ser inadecuado para los hijos.

"Me dijo que sí"
El adolescente aprende pronto y para la siguiente ocasión que su padre lo envía con su madre o viceversa, la historia transcurre más o menos así:
— Papá, ¿me dejas ir al cine?.— Pregúntale a tu mamá.— Mamá, mi papá ya me dio permiso, ¿me dejas tú ir al cine?.Ante tal aval, la madre no tiene más que responder afirmativamente y el muchacho se va al cine prácticamente sin la autorización real de sus padres.Si todo marcha "sobre ruedas", esto no tiene mayores consecuencias. Pero si el chico tarda mucho en volver, si sufre algún percance, o si ve una película inadecuada, los papás comienzan a echarse mutuamente la culpa de las consecuencias que trajo ese permiso que en realidad nadie dio.Es alarmante darnos cuenta que sólo cuando las cosas salen mal, nos detenemos a analizar lo que debemos o no debemos permitirles a nuestros hijos. Hay muchas cosas que complican la difícil tarea de saber dar permisos. Una de ellas es que nadie nos ha entregado un "manual para padres descontrolados" que incluya una tabla de libertades y prohibiciones. Cada cabeza es un mundo y cada familia tiene sus propias reglas. Lo que para una mamá es muy normal, a otra puede parecerle catastrófico. Esto tiene que ver con nuestras propias experiencias y con la educación que nos dieron nuestros padres.Los límites que les ponemos a los hijos no necesariamente los liberan de los fracasos o de los sufrimientos. Así que no estires mucho "la cuerda".
Amigos anónimos
Otra realidad es que cuando nuestros hijos son pequeños, salen acompañados por nosotras, las madres. Eso nos permite observar cómo se comportan los otros niños y sus mamás y con base en ello regimos gran parte de nuestra conducta. Cuando Cristina observó que la mayoría de los compañeritos de clase de su hijo dominaban a la perfección los patines, comprendió que su niño sí tenía la edad necesaria para usarlos (aunque ella no hubiera podido dominarlos hasta los 12 años) y entendió por qué él le pedía un par con tanta insistencia. En el caso de los adolescentes, las mamás ya no conocemos a todos los amigos de nuestros hijos ni a sus familias.
Ellos se reúnen por su cuenta y no sabemos "qué acostumbran" y "qué permiten entre sí". Ya no tenemos forma de saber si las costumbres y los valores de esos amigos son similares a los nuestros. Jimena, a sus 16 años, pidió permiso para ir a un bar y cuando su mamá, escandalizada, le dijo que no tenía edad para ir a ese tipo de lugares, ella en seguida respondió que todas sus amigas iban a ir y que ella era la única mamá que se asustaba sin motivo.No los sobreprotejas. Los jóvenes que están acostumbrados a tener cierta libertad aprenden a manejarla. Los que no, se descarrían fácilmente.
Mentiras inteligentes
Esta táctica suele dar resultado, pero sólo funciona en una o en dos ocasiones, porque tarde o temprano la mamá descubre que ninguna de las amigas de su hija frecuenta los bares. Pero para entonces la jovencita ya fue y eso le da fuerza para pedir que el permiso se mantenga. Ahora su pretexto es: "Ya fui y no pasó nada, ¿por qué me quitas una libertad que ya me habías dado?". En el caso de los permisos, es casi imposible dar marcha atrás. Es como las prestaciones que las empresas les ofrecen a los trabajadores. Si se las retiran, puede haber un grave conflicto.

Lo primero que tienes que hacer es entender a tu hijo
Si comprendes la etapa por la que está pasando y los motivos que tiene para hacer lo que hace o decir lo que dice, no te sentirás tan agredida por él. Pero quiero que quede claro que el entenderlo no significa complacerlo. Es posible que aun sabiendo lo importante que es para tu hija esa fiesta, no la dejes ir. Pero si comprendes su punto de vista, tal vez puedas darle una explicación más amplia de tu negativa en vez de un simple y rotundo "no" como respuesta. La verdad es que las actitudes que toman los adolescentes hacen que todas las mamás nos sintamos ridículas, viejas e injustas (espero que eso te tranquilice). Por eso no te "ajustes tanto el saco" ni te lo creas todo. Eso sólo propiciará que te deprimas o que te enfurezcas. Evita sentirte "retada" porque si tomas su conducta como un reto, iniciarás una batalla que todos perderán.
No te dejes impresionar por las actitudes melosas o violentas de tus hijos. Sólo son poses para restarle poder a tu autoridad.
Procura conocer el medio en el que se mueven
Trata de reunirte con otras parejas que tengan hijos adolescentes e intercambien opiniones. Infórmate de los lugares para jovencitos que están de moda y no te dejes influenciar por los comentarios "amarillistas" de algunas señoras que tienen por costumbre hablar mal de "la juventud" (siempre y cuando no se trate de sus propios "angelitos"). Permite que los amigos de tus hijos visiten tu casa (dales a tus niños la oportunidad de organizar fiestas y reuniones). Más vale lavar platos y limpiar la casa que tener que salir a buscarlos a la calle o a la estación de policía. Muchos padres de familia, por flojera o por cansancio, prefieren que sus hijos salgan en lugar de tener en casa a toda la "pandilla". Es por eso que han proliferado tanto los famosísimos "antros" y ha aumentado la vida social en restaurantes y bares, que son lugares adonde ni tú, ni tu hijo pueden seleccionar la concurrencia. Si conoces el medio en el que se mueven tus hijos, sabrás con quién andan y te cuestionarás menos si debes dejarlos o no salir con una u otra compañía. Si logras formar un frente común de padres de familia que tengan objetivos similares, estarás tranquila porque se repartirán las responsabilidades entre todos (como ofrecer la casa para las reuniones o ir a recoger a los muchachos).
Libertad: premio o castigo
Los adolescentes buscan independencia y eso contribuye a que nos presionen más para que les demos libertades. Casi siempre solicitan permisos "por adelantado", es decir, quieren correr en vez de caminar en el sendero de la madurez y generalmente desean hacer cosas de niños mayores. Es curioso, pero al mismo tiempo que buscan su independencia, la temen. Sin embargo, nunca lo confiesan abiertamente. Todavía recuerdo cómo me temblaban las piernas el día que, entre broma y broma, le pedí a mi mamá que me prestara su auto para ir a la panadería. Nunca creí que accedería. En realidad, yo estaba preparando el camino para que en un futuro lo hiciera; pero cuál sería mi sorpresa cuando sus amigas, que estaban ahí presentes, la animaron para que me diera el permiso. Cuando vi las llaves del auto colgando de su mano para entregármelas, mil cosas corrieron por mi mente: alegría, ilusión y un profundo miedo porque en realidad no sabía si sería capaz de "regresar con vida de tan difícil travesía". Pero sí sabía que si rechazaba esas llaves, perdería mi oportunidad por varios meses o años, así que, en un verdadero acto de valentía, las recibí. En ese momento me di cuenta que mi tan anhelada independencia de mis padres me asustaba y que a veces prefería seguir bajo su control y su cobijo. Y es que la independencia implica responsabilidad y esa palabra suena muy fuerte cuando se tiene sólo 15 años.
El miedo tras la ira
Otro factor que dificulta dar permisos es el hecho de que el adolescente actúa bajo la ley del "ejercicio gratuito". Es decir, cuando realiza algo por primera vez le causa tal satisfacción y sentimiento de adultez, que lo repite continuamente (como hablar por teléfono, escuchar música, fumar o salir de casa). No se trata de que tenga que hacerlo, sino que lo hace porque puede hacerlo y porque sabe que de esa forma reta a la autoridad o al menos la prueba para sáber "hasta dónde aguanta". ¡Y vaya que las mamás aguantamos mucho! Pero cuando nos gana la ira, vienen los gritos, la lucha de poder y hasta los conflictos con el esposo por la forma de educar que tiene cada uno. Si al descontrol de los padres agregamos la cólera que muestran los adolescentes, entendemos por qué se arman los grandes dramas. La cólera del joven oculta sus temores. Es una manera de disfrazar el miedo y también un arma para salirse con la suya. Muchos adolescentes recurren a sus viejas tácticas infantiles para conseguir permisos (rogar, seducir a mamá con besos y promesas o llorar). Cuando esto no da resultado, sacan a relucir la cólera con toda la fuerza de las hormonas que actúan en su cuerpo.

Nunca des un permiso precipitadamente o bajo presión
Procura darte tiempo para pensar o consultar tu decisión con tu esposo. "Vamos a ver" es una frase muy efectiva para postergar tu respuesta . "Déjame hablarlo con tu papá" es otra forma. "Más adelante lo discutimos", otra más. Es preferible que te tomes el tiempo que necesitas para decidir (aunque los hijos se enojen) a que tomes una decisión precipitada. Antes de darles un permiso, pídeles que te aclaren exactamente qué es lo que quieren hacer, así como la hora y la compañía (entre otros aspectos) para que cuentes con más elementos de juicio. Detecta las "medias verdades" o los datos "omitidos". Un día Elsa le dijo a su mamá que en la lunada habría personas mayores al tanto de ellos. La mamá interpretó que esas personas "mayores" serían los papás y los tíos. Pero fue grande su sorpresa cuando se enteró de que los "mayores" de la lunada no habían cumplido aún los 20 años. Procura, en lo posible, que no suene esto a un interrogatorio nazi, sino a un informe que es parte del requisito para obtener el permiso. Confía plenamente en lo que te digan. Si te mienten, ellos reconocerán su falta y se sentirán mal ante tu ciega confianza. Pero si dudas de su sinceridad frente a ellos, les estarás concediendo la posibilidad de engañarte. Los crees capaces de eso y por lo tanto pueden hacerlo.
Los gritos, las impertinencias y la ira tienen dos caras ocultas. Por un lado reflejan temor, y por otro, son una forma de traspasar límites.
Evita usar recursos como la amenaza, el castigo o el temor
Porque si fundamentas tu "poder" en estos conceptos, pronto serás derrotada. La amenaza los reta, al castigo se acostumbran y el temor se les quita una vez que se dan cuenta de que no cumples tus promesas; o bien, deja de importarles cuando deciden satisfacer las necesidades que su edad les impone (tales como lograr la aceptación de su grupo de amigos, deseo de probar su independencia y de desprenderse de sus padres). Hay parejas que al querer reafirmar ante sus hijos su poder, lo único que hacen es decirles que no confían en sus recursos internos, ni en las bases qué les dieron, ni en los frenos naturales de los seres humanos (como son la vergüenza, la cautela, el amor y la moral). El joven que es tratado así núnca pone en práctica sus propios mecanismos de control, en consecuencia, los pierde y suele caer en la delincuencia.
Fuente: Revista BUENHOGAR - ECUADOR, noviembre 1998