¿PODRÁ SEGUIR YELTSIN AL FRENTE DE RUSIA?
Publicado en
julio 29, 2012

ANTE EL RETO de sacar del atolladero la debilitada economía de su país y la presión de no haber puesto fin a la guerra en Chechenia, el presidente ruso Boris Yeltsin está pasando hoy serios apuros políticos. Los reformistas se quejan de que en su gobierno aún quedan resabios del antiguo régimen totalitario, y los nacionalistas a ultranza lo acusan de haber tirado a la basura un imperio.
¿Cuál es la verdadera situación actual de Rusia? He aquí la opinión de cinco renombrados especialistas.
Por Rachel WildavskyPAIS EN CRISIS
Bruce Porter, profesor de ciencias políticas en la Universidad Brigham Young, es autor del libro War and the Rise of the State ("La guerra y el surgimiento del Estado"), publicado por Free Press.La pregunta más importante que cabe hacer hoy acerca de Rusia no es si Yeltsin tendrá las agallas para mantenerse en el poder, sino, más bien, si los rusos podrán sobreponerse a su pasado. ¿Serán por fin capaces de establecer una democracia duradera con paz y prosperidad?
La guerra de Chechenia es la causa más reciente de la crisis política que agobia a Moscú. Criticado por usar la fuerza para sofocar la insurrección e incapaz de llegar a un arreglo con los rebeldes, Yeltsin se ha puesto cada vez más a la defensiva. Pero desde antes de que se desatara el conflicto, Rusia ya pasaba graves problemas internos y externos.La economía rusa sigue yéndose a pique. Cunde la delincuencia; los servicios públicos y de salud se han deteriorado y, para colmo, los acontecimientos de Europa amenazan con aislar todavía más a Rusia de Occidente.La posibilidad de que los países de Europa Oriental se afilien a la OTAN preocupa a todos los rusos, cualesquiera que sean sus convicciones políticas, pues ven en ello una prueba de que sus vecinos occidentales jamás aceptarán a Rusia como a un igual. El riesgo de guerra entre Serbia y Croacia también es un factor de tensión en las relaciones de Rusia con Occidente. Hasta hoy, la mayoría de los enfrentamientos en la antigua Yugoslavia han tenido lugar en Bosnia, entre musulmanes y serbios. Croacia y Serbia no se ponen de acuerdo respecto a la situación de los serbios separatistas que viven en territorio croata.Así pues, en caso de que estalle la guerra, es muy probable que Occidente tome partido por Croacia. Pero debido a las fuertes presiones internas, Yeltsin se vería obligado a apoyar a los serbios, que históricamente han sido aliados de Rusia en esa región.Un adelanto de las posibles repercusiones tuvo lugar el año pasado, cuando los rusos respaldaron a los serbios durante un debate en las Naciones Unidas y luego enviaron tropas de pacificación a Serbia para ayudarlos a replegarse y a hacer entrega de su artillería pesada. En abril de 1994, tras una incursión aérea de la OTAN contra las fuerzas serbias, la cámara baja del Parlamento ruso, la Duma, votó en favor de reprobar esa acción por mayoría de casi 60 por ciento. (Un mes más tarde, Viacheslav Kostikov, portavoz de Yeltsin, anunció a la prensa que "el amorío de Rusia con Occidente" había terminado.)Unas hábiles maniobras diplomáticas por parte de ambos bandos aliviaron la tensión generada por el incidente, pero el conflicto bélico en lo que fue Yugoslavia sigue siendo una amenaza para las relaciones entre Rusia y el bloque occidental. En el peor de los casos, podría desatarse una crisis en la que la OTAN y Rusia defendieran posiciones opuestas. La inferioridad militar rusa y las divisiones en el seno de la OTAN quizá eviten que esto ocurra, pero las fricciones con Occidente pueden agravar la crisis interna de Rusia.Hay en este país numerosas facciones políticas que exigen la restauración del imperio soviético y la adopción de una postura más radical respecto a Occidente. La más extremista de esas camarillas es el Partido Liberal Demócrata de Vladimir Zhirinovski, que obtuvo casi 25 por ciento de los votos en las elecciones parlamentarias de 1993. Este grupo se ha propuesto luchar porque Rusia recupere el control de las antiguas repúblicas soviéticas. El Partido Comunista también se ha pronunciado por restablecer la hegemonía y el poderío militar de antaño. Por desgracia, más de la quinta parte de la Duma está integrada por miembros de ambos partidos.Ahora bien, la posibilidad de que los nacionalistas tomen las riendas de Rusia no es el único riesgo que pesa sobre el país. Si la división política y étnica se acrecienta, Rusia podría verse envuelta en el caos y se convertiría en una Yugoslavia a gran escala. El peligro de esto radica en que, en medio de la batahola, una parte del arsenal nuclear de Rusia podría caer en manos de los separatistas radicales.Ninguno de estos riesgos es inevitable. La inmensa mayoría de los rusos desean vivir en paz y con libertad. Pese a sus tropiezos, Yeltsin merece reconocimiento por no permitir que prevalezcan las fuerzas extremistas de su país y por mantener buenas relaciones con Occidente. Si Rusia logra conservar la estabilidad y la paz durante al menos cinco años, estará encaminada sin duda hacia la verdadera democracia.Los rusos son un pueblo capaz y empeñoso que ha sufrido mucho a lo largo de su historia. Ellos ansían labrarse un nuevo destino, y nosotros debemos hacer lo posible porque lo consigan. Rusia tiene mucho que ofrecer al mundo.¿UN NUEVO DICTADOR?
La economista Judy Shelton es autora de The Coming Soviet Crash ("La inminente bancarrota soviética") y Money Meltdown: Restoring Order to the Global Currency System ("El derrumbe y la reordenación del sistema monetario internacional"), libros publicados por Free Press.El meollo de la crisis política en la que se encuentra metido el presidente Yeltsin es la confusión en materia económica. Y no es de extrañar, pues en ese terreno la transición del comunismo al capitalismo estuvo mal planeada desde el arranque.
Una de las primeras acciones que Yeltsin emprendió en 1992 fue permitir que aumentaran los precios de los alimentos y otros productos. En los días del régimen comunista, se recurría a mecanismos artificiales para mantener bajos los precios, pero estos se dispararon cuando se retiró el control. Si Yeltsin hubiese privatizado al mismo tiempo las tiendas estatales, la competencia habría moderado, e incluso reducido, los precios, y las acrecentadas ganancias no hubieran ido a parar a las arcas del Estado.Ese fue sólo el primero de una serie de errores y oportunidades desaprovechadas. No obstante, lo que afirman las autoridades, hasta hoy Rusia no ha puesto en manos privadas más de seis por ciento de sus tierras de labranza. Bastaría con que los rusos echaran un vistazo a sus parcelas familiares para que apreciaran los beneficios que el capitalismo puede reportarles. Dichas propiedades representan una minúscula fracción de las tierras cultivables, pero de ellas se obtiene la mayor parte de los vegetales que produce el país.Sin embargo, el más grave error de Yeltsin fue aceptar el plan propuesto por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para equilibrar las finanzas del país y estabilizar el rublo. El FMI, poderosa institución burocrática patrocinada por los gobiernos occidentales, le prometió una ayuda de varios miles de millones de dólares.Las finanzas se pueden balancear aumentando los impuestos o reduciendo el gasto público. Por desgracia, Rusia decidió poner en marcha un plan —avalado por el FMI— que consistía en imponer una pesada carga tributaria a los pocos empresarios rusos y a los inversionistas extranjeros. Estos gravámenes impidieron el crecimiento de la economía.Por otro lado, era inútil tratar de estabilizar el rublo, la devaluada moneda del periodo soviético. Y, por si fuera poco, Yeltsin echó por tierra la posibilidad de lograrlo al presionar al Banco Central para que emitiera más rublos a fin de pagar los salarios de los burócratas. Al aumentar la cantidad de dinero circulante y disminuir la oferta de productos, el valor del rublo se desplomó.La gota que derramó el vaso se produjo en julio de 1993, cuando el Banco Central de Rusia declaró nulos todos los rublos emitidos entre 1961 y 1992. Muchos rusos vieron desaparecer sus ahorros de un plumazo. En adelante se olvidaron de los rublos y comenzaron a efectuar sus transacciones en dólares, marcos alemanes y cuanta divisa extranjera caía en sus manos. El pueblo se sentía confundido e indignado.La pésima política monetaria impuesta en Rusia ha tenido efectos desastrosos. Los precios han crecido más que los salarios, y los especuladores en bienes de consumo han hecho su agosto. La delincuencia y los negocios turbios están a la orden del día, la prostitución florece y los pensionados han visto mermado su poder adquisitivo. Parte de la ayuda del FMI se hizo efectiva, pero no tardó en desvanecerse, y como sanción por no cumplir en cuanto a fechas con lo estipulado en el plan de recuperación, el Fondo retuvo a Rusia los miles de millones de dólares que había prometido. Por su parte, los inversionistas de Occidente tuvieron que lidiar con negociaciones fraudulentas y decretos gubernamentales impredecibles.No sorprende, pues, que el desencanto de los rusos por el falso capitalismo haya propiciado animosidad contra el bloque occidental. De ahí la creciente popularidad de Zhirinovski y de los comunistas.Rusia estaría en mejor situación si hubiese abandonado el rublo a tiempo y lo hubiera sustituido con una nueva moneda, respaldada al ciento por ciento por divisas extranjeras y por oro.* Para paliar el error, Yeltsin debería fomentar la creación de riqueza empresarial en vez de castigar el éxito con impuestos elevadísimos. También debería promover la privatización de la tierra y contribuir a la concesión de empréstitos a agricultores y empresarios. Además, es preciso que refuerce el aparato de impartición de justicia para garantizar el cumplimiento de contratos legales y combatir a la mafia.Rusia aún puede beneficiarse de estas reformas, siempre y cuando rectifique el rumbo que ha seguido hasta ahora. El riesgo de que algunas de las empresas privatizadas vuelvan a quedar en manos del Estado no ha desaparecido.Hay que poner particular atención a la industria petrolera. Rusia ha puesto en marcha proyectos de coparticipación con inversionistas extranjeros, pero estoy segura de que el gobierno impondrá cada vez más límites y exigirá que las ganancias se conviertan a rublos. Si ocurre así, los inversionistas se retirarán o el petróleo se estatificará de nuevo, o sucederán ambas cosas. Por ende, afluirá menos capital de inversión y los negocios quebrarán.En ese momento podría surgir un dictador.EL CAMINO POR SEGUIR
Jack Matlock, embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética de 1987 a 1991, es profesor de la cátedra Kathryn y Shelby Cullom Davis de diplomacia internacional en la Universidad Columbia, en Nueva York.A fines de 1994, Boris Yeltsin le declaró la guerra a la región separatista de Chechenia, territorio de menos de 1 millón de habitantes situado en la cadena septentrional de la cordillera del Cáucaso. Las fuerzas rusas arrasaron la capital de la región con brutales ataques aéreos, y la masacre perpetrada contra la población indignó al mundo entero.
Tres años antes, tras el fallido golpe de Estado de agosto, Dzhojar Dudayev, dirigente del movimiento separatista, se había alzado en el poder en Chechenia. Más tarde legitimó sus actos mediante unas elecciones de dudosa validez. A partir de entonces, su poco democrático gobierno toleró (y quizá hasta fomentó) la proliferación de sindicatos hampescos que controlaban un floreciente comercio clandestino de drogas y armas.El gobierno ruso no podía transigir ante esta amenaza para la estabilidad de la región, pues el triunfo de los rebeldes podría desencadenar otros levantamientos armados. Yeltsin impuso sanciones económicas a Chechenia, pero la corrupción de los funcionarios rusos socavó la eficacia de esta medida. Y el presidente tampoco podía combatir las organizaciones delictivas chechenas con su policía y su sistema judicial, pues estas instituciones estaban corroídas y debilitadas por la corrupción. A falta de herramientas democráticas para proteger su país, Yeltsin recurrió a la fuerza.Si Yeltsin resuelve emprender en serio la democratización de su país, podrá recuperarse del revés de Chechenia y evitar que se repita. Pero si no gobierna con tino, Rusia se buscará otro dirigente.Sea quien sea el presidente de Rusia, Occidente deberá convencerlo de que, por su bien, necesita promover las reformas democráticas y evitar incurrir en el autoritarismo. Debemos persuadirlo de que cualquier acción que se desvíe de este camino nos dificultará la cooperación con su país, el cual saldría perdiendo.REMINISCENCIAS DE 1938
Ríchard Pipes, profesor de la cátedra de historia Frank B. Baird, Jr., en la Universidad Harvard, es autor del libro Russia Under the Bolshevik Regime ("Rusia bajo el régimen bolchevique"), publicado por Knopf.Ante los casi nulos resultados de las reformas económicas y el desgastante conflicto de Chechenia, hay quienes temen que Yeltsin sea derrocado por algún movimiento golpista, o que él se extralimite en el poder.
A mi entender, la perspectiva no es tan sombría. Yo opino que la elección presidencial y la parlamentaria se llevarán a cabo tal como está previsto, que Yeltsin quizá permanezca en su cargo y que la "crisis" política rusa persistirá. Nadie soporta la adversidad mejor que los rusos. Y, a pesar de los muchos defectos de Yeltsin —su fama de bebedor, su carácter irascible, sus frecuentes cambios de asesores—, ninguno de sus opositores está suficientemente organizado para derrocarlo.Pero hay un factor impredecible: el nacionalismo, y los consiguientes anhelos imperialistas. Los nacionalistas rusos no añoran el comunismo; lo que añoran es el imperio que sucumbió junto con él. Yeltsin se ha esforzado atinadamente por aplacarlos, pero ellos se empeñan en reconstruir el pasado.Si Rusia intenta subyugar de nuevo a los países recién independizados, probablemente trate de justificarse aduciendo que busca proteger a los rusos radicados allí, aunque nada los amenace. Esta inquietante posibilidad hace pensar en la minoría alemana que vivía en los Sudetes y a la que Adolfo Hitler usó como pretexto para invadir dicha región en 1938.Bien está que promovamos las fuerzas democráticas en Rusia, pero debemos mantenernos en guardia ante la proclividad al expansionismo de ese país.RIESGO LATENTE
Jonathan Eyal es director académico del Real Instituto de Servicios Unidos de Londres. Además, es editor del libro The Warsaw Pact and the Balkans ("El Pacto de Varsovia y los Balcanes"), publicado por St. Martin's.Yeltsin y otros dirigentes rusos se oponen con vehemencia a que los antiguos países comunistas de Europa Central se afilien a la OTAN. Pero el crecimiento de esta organización es la mejor garantía de paz entre Rusia y Occidente.
La situación de Europa Central es peligrosamente inestable. Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria no han establecido acuerdos de defensa mutua que garanticen su seguridad. Si no se integran a la OTAN, Alemania quedará expuesta a los conflictos internos que podría haber en esas naciones. Además, si la OTAN no es capaz de proteger a Alemania contra ese riesgo, la alianza militar más fructífera de la historia de Europa Occidental sufrirá un duro golpe.Algunas personas consideran que, con la desaparición de la Unión Soviética, la OTAN sale sobrando. Pero si esta organización se debilitara, Rusia y Alemania se afanarían por establecer esferas de influencia sobre sus vecinos. Este juego de sillas vacías ya ha provocado dos guerras mundiales en lo que va del siglo.Rusia, al igual que Alemania en los años treinta, está sufriendo el trauma del derrumbe de su imperio y su economía. Sus militares se sienten humillados y ven en la democracia un producto de importación que no encaja con su pueblo. Y Rusia, al igual que Alemania poco antes del arribo de los nazis al poder, debe lidiar con los políticos populistas que ambicionan sacar partido de la situación.Pero hay una diferencia fundamental entre Rusia y la Alemania nazi: aquella posee armas nucleares.Con un arsenal en el que se calcula que hay entre 25,000 y 45,000 ojivas nucleares, Rusia es un temible adversario, aun cuando parte de ese armamento esté desmantelado.La OTAN debe abrir sus puertas a los países independientes de Europa Central, excepción hecha de Ucrania, que es demasiado grande y conflictiva para recibir el mismo trato. Las repúblicas bálticas también merecen un trato especial. Convendría incorporarlas primero a la Unión Europea, pues así tendrían una protección militar indirecta.Seguramente los rusos querrán que se les compensen estas pérdidas en todo el mundo. De hecho, en el caso de Irán ya han expresado su negativa a la exigencia occidental de dejar de vender armas a los regímenes dictatoriales.Por más que hablemos de alianzas estratégicas, la verdad es que Rusia quiere lo que no podemos darle. No vamos a dividir a Europa ni a Medio Oriente en esferas de influencia. Y cuanto más pronto les hagamos saber esto a los rusos, tanto mejor.* Vea "Osada propuesta para salvar a Rusia", Selecciones del Reader's Digest, julio de 1993.