PARA SALVAR A LAS TORTUGAS
Publicado en
junio 06, 2011
Afecto- Abrew y Rosie, una extraña tortuga albina de cinco años.A veces los esfuerzos de la gente sirven más que las leyes.
Por Jennifer GampellLAS AGUAS DEL OCEANO Indico resplandecían a la luz de la luna mientras Chandrasiri Abrew caminaba por la playa de Kosgoda. En la tarde había visto a varias tortugas gigantes cerca de la costa orlada de palmeras de Sri Lanka. Sabía que las hembras saldrían a tierra, y, efectivamente, poco antes de la medianoche tres pescadores fueron a su casa a avisarle que una había atravesado la playa.
Los cuatro hombres comenzaron a seguir de cerca la inconfundible huella que el animal iba dejando en la arena. El rastro se perdía entre un bosquecillo de palmeras, de donde salían unos misteriosos crujidos.—Despacio, no hagan ruido —ordenó Abrew en voz baja—. Si se espanta, regresará al agua.Se acercaron cautelosamente y esperaron a que la tortuga, de unos 160 kilos de peso, hiciera un hoyo en la arena con las aletas traseras. Allí depositó, primero uno por uno y luego de dos en dos y de tres en tres, unos huevos translúcidos del tamaño de una pelota de golf. A cada contracción se le tensaba el arrugado cuello y le brotaban lágrimas.Agazapados detrás del nido, los hombres iban sacando los pegajosos huevos y los metían en un costal. Todo terminó una hora después.—Son 132; un suplicio para esta hembra —dijo Abrew, y entonces les pagó a los pescadores 2,5 rupias por huevo (más de 5 dólares en total).Sin haberse percatado de la presencia de los humanos, la tortuga volvió a cruzar la playa y desapareció bajo una ola. Abrew enterró los huevos en un coto arenoso, donde se incubarían a salvo de depredadores y traficantes. Eran más de las 3 de la madrugada cuando por fin pudo irse a dormir.Si los reptiles más antiguos del mundo no desaparecen de Sri Lanka se deberá en gran parte a personas como Abrew. Siguiendo el ejemplo de su padre, durante casi 20 años Chandrasiri ha criado y soltado al mar más de millón y medio de crías de tortuga, además de enseñar a sus coterráneos cómo salvar a estas mansas criaturas que han anidado en esa isla desde la época de los dinosaurios. A diferencia de muchos programas gubernamentales de protección de especies en peligro, Abrew realiza calladamente su admirable labor con apoyo económico del sector privado.MITOS LETALES
El Criadero de Tortugas de Kosgoda se fundó en 1981, cuando T. S. U. de Zylva, respetado médico y ornitólogo, visitó la aldea, situada a 72 kilómetros de Colombo, la capital de Sri Lanka. El doctor De Zylva había recibido de un industrial europeo una subvención de 30.000 dólares para financiar un proyecto en pro de la vida silvestre. Se le ocurrió construir un criadero de tortugas donde los huevos estuvieran a salvo de depredadores como aves, cangrejos, perros... y seres humanos.
Las tortugas marinas eran desde entonces una especie en peligro. En Sri Lanka, como en muchos otros países, son un manjar y una mercancía codiciada. En ciertas zonas del país la gente come su carne, y del caparazón y las aletas hace adornos y bolsos de mano. Algunas mujeres comen huevos de tortuga porque creen que ayudan a conservar sana la piel, y muchos hombres piensan que fortalecen la virilidad.
Santuario de arena- En este sitio los huevos de las tortugas están a salvo de traficantes y depredadores.Desde hacía años una ley prohibía matar estos animales, pero no se la respetaba. Lo que De Zylva hizo fue acudir a un patriarca de la aldea llamado Similius Abrew, quien les tenía un cariño especial a las tortugas. Si alguna quedaba atrapada en sus redes, la liberaba. El médico le propuso usar la subvención para hacer un criadero y comprar huevos a los pescadores y traficantes a un precio mayor del que les pagaban en restaurantes y mercados.Similius aceptó colaborar.—Ya no llegan tantas tortugas como antes —les dijo a los habitantes de Kosgoda—. Si protegemos los huevos y soltamos al mar las crías, seguirán arribando tortugas a nuestras playas.Aunque los lugareños nunca habían tenido un criadero, decidieron ayudar porque respetaban a Similius. Además, era una oportunidad de ganar dinero.Lleno de entusiasmo por la respuesta de la gente, Similius le dijo al doctor De Zylva:—Soy un budista que por mucho tiempo ha tomado vida del mar, y ahora estoy feliz de poder darle algo a cambio.Más contento se puso aún cuando el menor de sus siete hijos, Chandrasiri, se sumó al trabajo. Como era un chico enfermizo y tartamudo, era blanco de bromas crueles en la escuela, la cual abandonó para ayudar a su padre en el criadero. Con el tiempo también llegó a amar a las tortugas. Similius murió en 1990 y Chandrasiri no dudó en relevarlo en la tarea.
Largo viaje- Algunas tortugas marinas nadan miles de kilómetros hasta hallar el sitio donde ponen sus huevos.Al principio los únicos que visitaban el criadero eran los niños de las escuelas locales, pero más tarde empezaron a llegar turistas a las prístinas playas de Sri Lanka y Abrew vio la oportunidad de hacer que el criadero dependiera menos de los fondos de De Zylva.—Si cobramos una módica cuota de entrada y vendemos recuerdos —le dijo—, podremos asegurar que el criadero subsista muchos años.El médico se opuso inicialmente, pues el objetivo no era promover el turismo, pero como la idea de Abrew era sensata, cambió de opinión. "Ningún proyecto de conservación puede rendir frutos sin ayuda de la gente", opina ahora. "Los lugareños deben participar en él y beneficiarse económicamente".RUMBO AL MAR
A la mañana siguiente de aquella recolección nocturna de huevos en la playa, Abrew recibió gustoso a los primeros visitantes del día: un grupo de escolares de la localidad. Con grandes aspavientos guió a los niños por las pulcras instalaciones del Criadero de Tortugas de Kosgoda, enclavado entre cocoteros a la orilla de la playa. Cuando pasaron por el estanque de la residente más antigua del criadero, Rosie, una tortuga albina de cinco años que ha vivido allí desde que salió del huevo, Abrew silbó y de inmediato el animal dio media vuelta y nadó hacia él.
En el coto arenoso donde pone a incubar los huevos, Abrew señaló varios montículos, cada uno provisto de un letrero escrito a mano que indica la fecha, la especie y la cantidad de huevos. Una malla protege éstos de las aves hambrientas, y una resistente cerca de cañas de bambú, de los animales terrestres.
Una cría de tres días de nacida.Bajo una techumbre de paja, las crías —las mayores de sólo tres días de nacidas— nadan vigorosamente en los estanques de cemento. Abrew envía al mar a ocho de cada diez tortuguitas un día después de que salen del cascarón, y mantiene a las demás en el criadero otro día o dos para que los niños las observen."Vayan a casa y díganles a sus papás que no coman huevos de tortuga", aconseja a los chicos. Lo mismo les ha enseñado a sus hijos.Cuando cae la noche, saca más de 100 tortuguitas de un día de nacidas de los estanques y las pone en baldes de plástico. Ya en la playa, las coloca sobre la arena mojada y su rostro se ilumina al verlas correr hacia el horizonte de olas y espuma.Las crías flotan como corchos durante unos instantes y luego se sumergen en busca de la corriente que las impulsará mar adentro.Abrew sabe que la naturaleza es cruel, que quizá sobrevivan sólo tres por ciento de las crías, pero eso no lo desanima. "Cuando suelto a las tortugas, rezo por que el mérito de mi acción se traslade a mi padre", dice.