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    ÍNDICE
    IMÁGENES PERSONALES

    Esta opción permite colocar de fondo, en cualquier sección de la página, imágenes de internet, empleando el link o url de la misma. Su manejo es sencillo y práctico.

    Ahora se puede elegir un fondo diferente para cada ventana del slide, del sidebar y del downbar, en la página de INICIO; y el sidebar y la publicación en el Salón de Lectura. A más de eso, el Body, Main e Info, incluido las secciones +Categoría y Listas.

    Cada vez que eliges dónde se coloca la imagen de fondo, la misma se guarda y se mantiene cuando regreses al blog. Así como el resto de las opciones que te ofrece el mismo, es independiente por estilo, y a su vez, por usuario.

    FUNCIONAMIENTO

  • Recuadro en blanco: Es donde se colocará la url o link de la imagen.

  • Aceptar Url: Permite aceptar la dirección de la imagen que colocas en el recuadro.

  • Borrar Url: Deja vacío el recuadro en blanco para que coloques otra url.

  • Quitar imagen: Permite eliminar la imagen colocada. Cuando eliminas una imagen y deseas colocarla en otra parte, simplemente la eliminas, y para que puedas usarla en otra sección, presionas nuevamente "Aceptar Url"; siempre y cuando el link siga en el recuadro blanco.

  • Guardar Imagen: Permite guardar la imagen, para emplearla posteriormente. La misma se almacena en el banco de imágenes para el Header.

  • Imágenes Guardadas: Abre la ventana que permite ver las imágenes que has guardado.

  • Forma 1 a 5: Esta opción permite colocar de cinco formas diferente las imágenes.

  • Bottom, Top, Left, Right, Center: Esta opción, en conjunto con la anterior, permite mover la imagen para que se vea desde la parte de abajo, de arriba, desde la izquierda, desde la derecha o centrarla. Si al activar alguna de estas opciones, la imagen desaparece, debes aceptar nuevamente la Url y elegir una de las 5 formas, para que vuelva a aparecer.


  • Una vez que has empleado una de las opciones arriba mencionadas, en la parte inferior aparecerán las secciones que puedes agregar de fondo la imagen.

    Cada vez que quieras cambiar de Forma, o emplear Bottom, Top, etc., debes seleccionar la opción y seleccionar nuevamente la sección que colocaste la imagen.

    Haibiendo empleado el botón "Aceptar Url", das click en cualquier sección que desees, y a cuantas quieras, sin necesidad de volver a ingresar la misma url, y el cambio es instantáneo.

    Las ventanas (widget) del sidebar, desde la quinta a la décima, pueden ser vistas cambiando la sección de "Últimas Publicaciones" con la opción "De 5 en 5 con texto" (la encuentras en el PANEL/MINIATURAS/ESTILOS), reduciendo el slide y eliminando los títulos de las ventanas del sidebar.

    La sección INFO, es la ventana que se abre cuando das click en .

    La sección DOWNBAR, son los tres widgets que se encuentran en la parte última en la página de Inicio.

    La sección POST, es donde está situada la publicación.

    Si deseas eliminar la imagen del fondo de esa sección, da click en el botón "Quitar imagen", y sigues el mismo procedimiento. Con un solo click a ese botón, puedes ir eliminando la imagen de cada seccion que hayas colocado.

    Para guardar una imagen, simplemente das click en "Guardar Imagen", siempre y cuando hayas empleado el botón "Aceptar Url".

    Para colocar una imagen de las guardadas, presionas el botón "Imágenes Guardadas", das click en la imagen deseada, y por último, click en la sección o secciones a colocar la misma.

    Para eliminar una o las imágenes que quieras de las guardadas, te vas a "Mi Librería".
    MÁS COLORES

    Esta opción permite obtener más tonalidades de los colores, para cambiar los mismos a determinadas bloques de las secciones que conforman el blog.

    Con esta opción puedes cambiar, también, los colores en la sección "Mi Librería" y "Navega Directo 1", cada una con sus colores propios. No es necesario activar el PANEL para el efecto.

    Así como el resto de las opciones que te permite el blog, es independiente por "Estilo" y a su vez por "Usuario". A excepción de "Mi Librería" y "Navega Directo 1".

    FUNCIONAMIENTO

    En la parte izquierda de la ventana de "Más Colores" se encuentra el cuadro que muestra las tonalidades del color y la barra con los colores disponibles. En la parte superior del mismo, se encuentra "Código Hex", que es donde se verá el código del color que estás seleccionando. A mano derecha del mismo hay un cuadro, el cual te permite ingresar o copiar un código de color. Seguido está la "C", que permite aceptar ese código. Luego la "G", que permite guardar un color. Y por último, el caracter "►", el cual permite ver la ventana de las opciones para los "Colores Guardados".

    En la parte derecha se encuentran los bloques y qué partes de ese bloque permite cambiar el color; así como borrar el mismo.

    Cambiemos, por ejemplo, el color del body de esta página. Damos click en "Body", una opción aparece en la parte de abajo indicando qué puedes cambiar de ese bloque. En este caso da la opción de solo el "Fondo". Damos click en la misma, seguido elegimos, en la barra vertical de colores, el color deseado, y, en la ventana grande, desplazamos la ruedita a la intensidad o tonalidad de ese color. Haciendo esto, el body empieza a cambiar de color. Donde dice "Código Hex", se cambia por el código del color que seleccionas al desplazar la ruedita. El mismo procedimiento harás para el resto de los bloques y sus complementos.

    ELIMINAR EL COLOR CAMBIADO

    Para eliminar el nuevo color elegido y poder restablecer el original o el que tenía anteriormente, en la parte derecha de esta ventana te desplazas hacia abajo donde dice "Borrar Color" y das click en "Restablecer o Borrar Color". Eliges el bloque y el complemento a eliminar el color dado y mueves la ruedita, de la ventana izquierda, a cualquier posición. Mientras tengas elegida la opción de "Restablecer o Borrar Color", puedes eliminar el color dado de cualquier bloque.
    Cuando eliges "Restablecer o Borrar Color", aparece la opción "Dar Color". Cuando ya no quieras eliminar el color dado, eliges esta opción y puedes seguir dando color normalmente.

    ELIMINAR TODOS LOS CAMBIOS

    Para eliminar todos los cambios hechos, abres el PANEL, ESTILOS, Borrar Cambios, y buscas la opción "Borrar Más Colores". Se hace un refresco de pantalla y todo tendrá los colores anteriores o los originales.

    COPIAR UN COLOR

    Cuando eliges un color, por ejemplo para "Body", a mano derecha de la opción "Fondo" aparece el código de ese color. Para copiarlo, por ejemplo al "Post" en "Texto General Fondo", das click en ese código y el mismo aparece en el recuadro blanco que está en la parte superior izquierda de esta ventana. Para que el color sea aceptado, das click en la "C" y el recuadro blanco y la "C" se cambian por "No Copiar". Ahora sí, eliges "Post", luego das click en "Texto General Fondo" y desplazas la ruedita a cualquier posición. Puedes hacer el mismo procedimiento para copiarlo a cualquier bloque y complemento del mismo. Cuando ya no quieras copiar el color, das click en "No Copiar", y puedes seguir dando color normalmente.

    COLOR MANUAL

    Para dar un color que no sea de la barra de colores de esta opción, escribe el código del color, anteponiendo el "#", en el recuadro blanco que está sobre la barra de colores y presiona "C". Por ejemplo: #000000. Ahora sí, puedes elegir el bloque y su respectivo complemento a dar el color deseado. Para emplear el mismo color en otro bloque, simplemente elige el bloque y su complemento.

    GUARDAR COLORES

    Permite guardar hasta 21 colores. Pueden ser utilizados para activar la carga de los mismos de forma Ordenada o Aleatoria.

    El proceso es similiar al de copiar un color, solo que, en lugar de presionar la "C", presionas la "G".

    Para ver los colores que están guardados, da click en "►". Al hacerlo, la ventana de los "Bloques a cambiar color" se cambia por la ventana de "Banco de Colores", donde podrás ver los colores guardados y otras opciones. El signo "►" se cambia por "◄", el cual permite regresar a la ventana anterior.

    Si quieres seguir guardando más colores, o agregar a los que tienes guardado, debes desactivar, primero, todo lo que hayas activado previamente, en esta ventana, como es: Carga Aleatoria u Ordenada, Cargar Estilo Slide y Aplicar a todo el blog; y procedes a guardar otros colores.

    A manera de sugerencia, para ver los colores que desees guardar, puedes ir probando en la sección MAIN con la opción FONDO. Una vez que has guardado los colores necesarios, puedes borrar el color del MAIN. No afecta a los colores guardados.

    ACTIVAR LOS COLORES GUARDADOS

    Para activar los colores que has guardado, debes primero seleccionar el bloque y su complemento. Si no se sigue ese proceso, no funcionará. Una vez hecho esto, das click en "►", y eliges si quieres que cargue "Ordenado, Aleatorio, Ordenado Incluido Cabecera y Aleatorio Incluido Cabecera".

    Funciona solo para un complemento de cada bloque. A excepción del Slide, Sidebar y Downbar, que cada uno tiene la opción de que cambie el color en todos los widgets, teniendo cada uno un color diferente.

    Cargar Estilo Slide. Permite hacer un slide de los colores guardados con la selección hecha. Cuando lo activas, automáticamente cambia de color cada cierto tiempo. No es necesario reiniciar la página. Esta opción se graba.
    Si has seleccionado "Aplicar a todo el Blog", puedes activar y desactivar esta opción en cualquier momento y en cualquier sección del blog.
    Si quieres cambiar el bloque con su respectivo complemento, sin desactivar "Estilo Slide", haces la selección y vuelves a marcar si es aleatorio u ordenado (con o sin cabecera). Por cada cambio de bloque, es el mismo proceso.
    Cuando desactivas esta opción, el bloque mantiene el color con que se quedó.

    No Cargar Estilo Slide. Desactiva la opción anterior.

    Cuando eliges "Carga Ordenada", cada vez que entres a esa página, el bloque y el complemento que elegiste tomará el color según el orden que se muestra en "Colores Guardados". Si eliges "Carga Ordenada Incluido Cabecera", es igual que "Carga Ordenada", solo que se agrega el Header o Cabecera, con el mismo color, con un grado bajo de transparencia. Si eliges "Carga Aleatoria", el color que toma será cualquiera, y habrá veces que se repita el mismo. Si eliges "Carga Aleatoria Incluido Cabecera", es igual que "Aleatorio", solo que se agrega el Header o Cabecera, con el mismo color, con un grado bajo de transparencia.

    Puedes desactivar la Carga Ordenada o Aleatoria dando click en "Desactivar Carga Ordenada o Aleatoria".

    Si quieres un nuevo grupo de colores, eliminas los actuales dando click en "Eliminar Colores Guardados".

    Aplicar a todo el Blog. Tienes la opción de aplicar lo anterior para que se cargue en todo el blog. Esta opción funciona solo con los bloques "Body, Main, Header, Menú" y "Panel y Otros".
    Para activar esta opción, debes primero seleccionar el bloque y su complemento deseado, luego seleccionas si la carga es aleatoria, ordenada, con o sin cabecera, y procedes a dar click en esta opción.
    Cuando se activa esta opción, los colores guardados aparecerán en las otras secciones del blog, y puede ser desactivado desde cualquiera de ellas. Cuando desactivas esta opción en otra sección, los colores guardados desaparecen cuando reinicias la página, y la página desde donde activaste la opción, mantiene el efecto.
    Si has seleccionado, previamente, colores en alguna sección del blog, por ejemplo en INICIO, y activas esta opción en otra sección, por ejemplo NAVEGA DIRECTO 1, INICIO tomará los colores de NAVEGA DIRECTO 1, que se verán también en todo el blog, y cuando la desactivas, en cualquier sección del blog, INICIO retomará los colores que tenía previamente.
    Cuando seleccionas la sección del "Menú", al aplicar para todo el blog, cada sección del submenú tomará un color diferente, según la cantidad de colores elegidos.

    No plicar a todo el Blog. Desactiva la opción anterior.

    Tiempo a cambiar el color. Permite cambiar los segundos que transcurren entre cada color, si has aplicado "Cargar Estilo Slide". El tiempo estándar es el T3. A la derecha de esta opción indica el tiempo a transcurrir. Esta opción se graba.

    SETS PREDEFINIDOS DE COLORES

    Se encuentra en la sección "Banco de Colores", casi en la parte última, y permite elegir entre cuatro sets de colores predefinidos. Sirven para ser empleados en "Cargar Estilo Slide".
    Para emplear cualquiera de ellos, debes primero, tener vacío "Colores Guardados"; luego das click en el Set deseado, y sigues el proceso explicado anteriormente para activar los "Colores Guardados".
    Cuando seleccionas alguno de los "Sets predefinidos", los colores que contienen se mostrarán en la sección "Colores Guardados".

    SETS PERSONAL DE COLORES

    Se encuentra seguido de "Sets predefinidos de Colores", y permite guardar cuatro sets de colores personales.
    Para guardar en estos sets, los colores deben estar en "Colores Guardados". De esa forma, puedes armar tus colores, o copiar cualquiera de los "Sets predefinidos de Colores", o si te gusta algún set de otra sección del blog y tienes aplicado "Aplicar a todo el Blog".
    Para usar uno de los "Sets Personales", debes primero, tener vacío "Colores Guardados"; y luego das click en "Usar". Cuando aplicas "Usar", el set de colores aparece en "Colores Guardados", y se almacenan en el mismo. Cuando entras nuevamente al blog, a esa sección, el set de colores permanece.
    Cada sección del blog tiene sus propios cuatro "Sets personal de colores", cada uno independiente del restoi.

    Tip

    Si vas a emplear esta método y quieres que se vea en toda la página, debes primero dar transparencia a todos los bloques de la sección del blog, y de ahí aplicas la opción al bloque BODY y su complemento FONDO.

    Nota

    - No puedes seguir guardando más colores o eliminarlos mientras esté activo la "Carga Ordenada o Aleatoria".
    - Cuando activas la "Carga Aleatoria" habiendo elegido primero una de las siguientes opciones: Sidebar (Fondo los 10 Widgets), Downbar (Fondo los 3 Widgets), Slide (Fondo de las 4 imágenes) o Sidebar en el Salón de Lectura (Fondo los 7 Widgets), los colores serán diferentes para cada widget.

    OBSERVACIONES

    - En "Navega Directo + Panel", lo que es la publicación, sólo funciona el fondo y el texto de la publicación.

    - En "Navega Directo + Panel", el sidebar vendría a ser el Widget 7.

    - Estos colores están por encima de los colores normales que encuentras en el "Panel', pero no de los "Predefinidos".

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    LA SABIDURÍA DEL YO SUPERIOR (Paul Brunton)

    Publicado en enero 21, 2010

    TEXTO DE LA CONTRAPORTADA


    Paul Brunton insiste en desarrollar aquí un tema apasionante en el que ratifica su indiscutido talento. Humildemente pretende no escribir como si estuviera usando la toga del maestro —y mucho menos su vara— sino compartiendo tan sólo las penurias del estudiante.

    Es que él conoce muy bien las dificultades y oscuridades, los errores y las caídas que miden cada milla de esta búsqueda.

    Pero también conoce visitas supraterrenas y comuniones celestiales, y por sobre todo, una exigencia interior de dejar su testimonio antes de alejarse de esta tierra.

    Así, el amigo directo del Maharajá de Mysore (considerado por Gandhi el "Rey Sabio" esboza -sus doctrinas con absoluta independencia de juicio, sin adherir a escuela o gurú determinado. Lo suyo es netamente esencia de experiencias personales, logradas por sí, viajando de un punto a otro para compulsar maestros o sistemas filosóficos trascendentes, que modifican su manera de pensar a medida que vislumbra nuevos horizontes que amplían la realidad interior antes lograda.

    Así es posible obtener una información veraz, de primera mano, sobre el significado del mentalismo, el nacimiento del universo, los estudios acerca de los sueños, la metafísica del dormir, el secreto del "Yo", el escorpión de la muerte, el Yo Superior inmortal, las sombras del mal y del sufrimiento, la guerra y el mundo, la mente universal, la revelación de la realidad, la iniciación de la experiencia mística, el Yoga de la mente discernidora, el fenómeno místico de la meditación, y algunos frutos de la filosofía.

    En síntesis: LA SABIDURÍA DEL YO SUPERIOR, como las demás obras de este autor eminente, ayudará al lector a conseguir por sí mismo el conocimiento del Yo, ese vigía silencioso, esa existencia única y fija que podemos considerar real en el siempre cambiante y contradictorio mundo que nos rodea...


    INDICE


    CAPITULO I
    ● A MODO DE INTRODUCCION

    CAPITULO II
    ● SIGNIFICADO DEL MENTALISMO
    ● LA RELATIVIDAD DEL MUNDO
    ● ¿PUEDEN LAS COSAS SER PENSAMIENTOS?

    CAPITULO III
    ● EL NACIMIENTO DEL UNIVERSO
    ● EL NACIMIENTO DE LAS INDIVIDUALIDADES
    ● EL MUNDO COMO IDEA NUESTRA

    CAPITULO IV
    ● ESTUDIOS ACERCA DE LOS SUEÑOS
    ● COMO ES POSIBLE COMPARAR EL SUEÑO CON LA VIGILIA
    ● DIMENSIONES SUPERIORES DEL TIEMPO Y DEL ESPACIO

    CAPITULO V
    ● LA METAFISICA DEL DORMIR
    ● DE LO CONSCIENTE A LO INCONSCIENTE
    ● LA FUENTE DE LA INTUICION Y DE LA INSPIRACION
    ● EL CUARTO ESTADO DE LA CONCIENCIA

    CAPITULO VI
    ● EL SECRETO DEL YO
    ● LA MARAVILLA DEL ESTADO CONSCIENTE
    ● EL OBSERVADOR OCULTO

    CAPITULO VII
    ● EL ESCORPION DE LA MUERTE
    ● EN EL MUNDO ESPIRITUAL
    ● EL ESPECTACULO DEL CAMBIO
    ● RENACIMIENTO

    CAPITULO VIII
    ● EL INMORTAL YO SUPERIOR
    ● EL OCULTO ASPECTO DEL EGOISMO

    CAPITULO IX
    ● LAS SOMBRAS DEL MAL Y DEL SUFRIMIENTO
    ● EL TRIUNFO DEL BIEN
    ● LA LIBERTAD Y EL DESTINO DEL HOMBRE
    ● EL MILAGRO DE LA GRACIA

    CAPITULO X
    ● LA GUERRA Y EL MUNDO
    ● LA CRISIS SOCIAL
    ● LA CRISIS PERSONAL

    CAPITULO XI
    ● LA MENTE UNIVERSAL
    ● UN ENFOQUE FILOSOFICO DEL CULTO RELIGIOSO
    ● DIOS EN EL UNIVERSO
    ● EL QUE TODO LO CONOCE

    CAPITULO XII
    ● LA REVELACION DE LA REALIDAD
    ● EL CUARTO EVANGELIO
    ● EL MISTERIOSO VACIO
    ● EL MUNDO VERDADERO

    CAPITULO XIII
    ● INICIACION EN LA EXPERIENCIA MISTICA
    ● LAS TRES ETAPAS DE LA MEDITACION
    ● EL DESARROLLO DE LA INTUICION

    CAPITULO XIV
    ● EL YOGA DE LA MENTE DISCERNIDORA


    CAPITULO XV
    ● EL FENOMENO MISTICO DE LA MEDITACION
    ● DE LA VISION A LA VISION INTERIOR
    ● EL YOGA DE LO NO CONTRADICTORIO


    CAPITULO XVI
    ● ALGUNOS FRUTOS DE LA FILOSOFIA
    ● LA VIDA EN RENUNCIA



    CAPITULO I
    A MODO DE INTRODUCCION


    Este libro ha sido escrito en cumplimiento de la promesa hecha en LA OCULTA ENSEÑANZA MÁS ALLÁ DEL YOGA, obra que, en realidad, se proponía iniciar un sendero intelectual para estas abstrusas y abstractas doctrinas.

    El campesino indio que ha acumulado su dinero, monedas, oro o joyas —puesto que todavía no ha adquirido el hábito de llevarlos al banco o de invertirlos—, entierra su valioso tesoro, a mucha profundidad, de modo que sólo trabajosamente pueda extraérselo. También yo he ubicado muy profundamente mis verdades más venerables en la obra que por fin ofrezco a un público perteneciente a los cuatro confines del mundo civilizado. En consecuencia, he diseminado aquí y allá, en el primer volumen algunas simples sugestiones, de modo que hasta el momento en que el lector tuviera en sus manos la doctrina total, no pudiera sacar conclusiones exactas, y por tanto, no estuviera sujeto a falsas interpretaciones.

    Era natural que surgieran críticas apresuradas, a la aparición de mi obra LA OCULTA ENSEÑANZA MÁS ALLÁ DEL YOGA, como era natural que se sintieran defraudados aquellos lectores que buscarán páginas agradables, antes bien que verdaderas. Sin embargo, si he ofendido, fue sólo porque yo buscaba salvaguardar el misticismo de sus peores enemigos, que no sólo están fuera de sus fronteras, sino también dentro de ellas.

    Las mentalidades estrechas, mezquinas e intolerantes, jamás comprenderán la doble índole interpretativa y creativa, de la tarea que aquí emprendo. Por lo tanto, hago extensivas a mis críticos —y especialmente a aquéllos, tan numerosos, que se han apresurado a emitir juicios rápidos de mala interpretación—, mi simpatía intelectual y mi humilde buena voluntad. Algún día comprenderemos suficientemente a nuestro prójimo. Pero ello no ocurrirá en este mundo en el que se juzga todas las cosas y todos los individuos, según sus apariencias. Yo me conformo con esperar.

    Los dos volúmenes entregados ahora a la consideración de los lectores, constituyen una enseñanza que se propone dar a conocer a nuestra época, el sentido fundamental de la existencia, y que es la primera vez que se escribe en idioma occidental, de manera tan completa. No existía, hasta este momento, una exposición tan ultramoderna. Los lectores que pacientemente soportaron el primer volumen, y que supieron esperar —hasta poder recibir la impresión total—, la manifestación integral de la enseñanza oculta, en lugar de quejarse diciendo que se los confundía, puesto que no podían ver a qué fin conducía todo esto; los que se negaron a denunciar contradicciones donde en realidad no había ninguna, podrán ahora comprobar que no se los deja sin recompensa.

    Podrán comprender mejor por qué el primer volumen tenía que dilucidar el primer plano intelectual, manteniendo oculto en segundo plano, el verdadero objetivo de todo este esfuerzo: el Yo superior. Podrán percibir la necesidad de preparar antes sus mentes, para la enseñanza de lo que este libro se ocupa específicamente, y por qué era necesario que aquel primer volumen proporcionara a los aspirantes anteojos mentales que los ayudaran a ver, a través de la niebla ideológica que generalmente los rodea, de modo que ya no tuvieran que oscilar como péndulos de piadosa credulidad, entre doctrinas opuestas y creencias litigantes. Podrán también entender, por qué es necesario inyectar lentamente el suero del mentalismo, con el objeto de contrarrestar el veneno del materialismo, que por lo general infecta no sólo a la mayor parte del pensamiento racional, sino también, aunque más sutilmente, a gran parte del pensamiento religioso, y a algunos aspectos del místico. El mentalismo aspira a que la gente comprenda la diferencia entre mente y cerebro, entre esencia intangible y cosa tangible, entre un principio invisible y una visible masa de carne, recubierta por huesos. A quienes lamenten la gran amplitud de espacio concedido a este tema, debemos decirles que no sólo hay que probar una verdad poco conocida y difícil de creer, de modo que la acepten las mentes cultas del mundo moderno, sino que también existe la profunda necesidad de grabar en la conciencia de aquellos que buscan el Yo superior, la tremenda importancia de comprender racionalmente esta audaz doctrina.

    Toda esta tarea no sólo era preliminar, sino también fundamental en un sentido diferente. Porque al mismo tiempo que abría un sendero a las revelaciones más sutiles de este segundo volumen, erigía además, una visión del universo que podía resultar radicalmente nueva para la mayoría de los lectores. E incluso quienes no tuvieran ni tiempo ni vocación para la fatiga intelectual a la que obligan las cuestiones metafísicas, podían, por lo menos, beneficiarse observando los hallazgos de quienes tienen tiempo y vocación.

    Bien pudiera suceder que estas páginas sólo atrajeran a los que tienen la perseverancia de superar su primer temor frente a formas de pensamiento no familiares, y a los que están preparados para abrirse camino, si bien lentamente, a través de una metafísica sutil hasta llegar a la verdad, más sutil aún, respecto de este universo soñado por Dios, y que esa metafísica busca expresar; puesto que el estudio intelectual del camino hacia lo que trasciende la experiencia intelectual, no puede ser una tarea sencilla. Pero no se depriman quienes no logren captar esta doctrina en su totalidad; existen en ella, profundidades difíciles de alcanzar, lo admitimos, pero es una doctrina que también posee superficies simples al alcance de todos. Ocupémonos, pues, de estas últimas, y dejemos el resto, sin preocuparnos, librado a la futura evolución personal, ya sea que se cumpla en nuestra actual encarnación o en otra venidera. La fe y el interés bastan para producir buenos frutos. Quienes juzguen que no poseen condiciones externas ni inclinación interna para emprender esta búsqueda, también pueden sentirse alentados simplemente al saber que el Yo superior existe, que la vida tiene sentido, que el mundo constituye una totalidad racional, y que vale la pena mantener una conducta recta.

    Para escribir este libro he procurado examinar las fuentes más recónditas del material utilizado. En el transcurso de mis búsquedas descubrí que la enseñanza de la doctrina oculista no constituía un sistema perfectamente unitario, sino que se hallaba diseminada en fragmentos sueltos, repartidos entre los distintos herederos actuales de la cultura asiática, muchos de los cuales no eran indios. Y aunque en el primer volumen hemos mencionado el hecho de que los textos eran sánscritos —puesto que éste fue, en una época, el idioma sagrado del Turquestán oriental, el Tibet y la China—, no debe suponerse que todos estos textos fueran necesariamente indios. Por otra parte, no todos han sobrevivido hasta nuestra época, en su idioma original, ya que muchos se conservan, por ejemplo, en traducciones tekhari, chinas y tibetanas. La desaparición de estos textos, de la India, puede por sí misma explicar el por qué muchos críticos indios no iniciados encuentran que ciertos rasgos de esta enseñanza les son desconocidos.

    He examinado cientos de textos, en el esfuerzo por rastrear y comparar las ideas básicas. El desacuerdo entre expertos venerables y dignos, acerca de muchos puntos fundamentales, echaba sombras oscuras sobre dichos textos, pero me impuse la necesidad ineludible de desembarazarme de cualquier autoridad. Mi proceder contrariaba las nociones y tradiciones asiáticas, pero no podía eludirlo si quería mantenerme fiel al ideal que había vislumbrado.

    Por consiguiente, si bien comencé estos estudios en base a textos indios, abandoné bien pronto mi convicción primera de que la doctrina completa y pura podía encontrarse sólo en ellos, y tuve que ampliar mis investigaciones hasta que dicha doctrina se convirtió nuevamente, en una doctrina de toda Asia. El hilo de Ariadna que me condujo finalmente a través de este laberinto metafísico, fue puesto en mis manos mientras visitaba la Cambodia china, donde encontré, en medio de los desiertos santuarios del majestuoso Anjkor, a otro visitante que resultó ser un filósofo asiático. De él recibí una instrucción esotérica personal inolvidable, cuya justificación final, desgraciadamente tuvo que esperar un poco más de tiempo, y cuya inspiradora demostración del valor que tiene un guía humano, para abrir un claro a través de esa espesa selva oscura y misteriosa, resultó memorable.

    Todo esto no es más que un preámbulo a la afirmación de que en estos volúmenes ofrecemos una doctrina que, en sus principios esenciales, no es una tradición local de la India, sino una tradición de toda el Asia. Según el testimonio de aquel filósofo que personalmente me inició en la escuela metafísica Yaka-kulgan (mongólica), que estudia un aspecto particular de esta doctrina, podemos afirmar, en lo referente a la India, que dicha doctrina se difundió allí desde su centro originario ubicado en Asia central. Pero puesto que no me incumbe aquí la historia desaparecida, no agregaremos más nada.

    Hubiera resultado mucho más sencillo asumir la actitud académica de simple repetición de lo que ya los hombres hubieran dicho o escrito, de la misma manera que hubiera satisfecho más a mi vanidad, el ostentar los alcances de mi erudición, salpicando a ambos volúmenes con unas mil citas de nombres o palabras sánscritas, tibetanas y chinas. Pero la vida actual nos apunta con espada desafiante. Demasiado sensible al espíritu iconoclasta de nuestra época; demasiado enamorado de la austera imagen de la verdad, como para valorar sus despreciables ropajes; demasiado perturbado por lo que físicamente he visto y personalmente he experimentado, en esta época tan chocante, no podía conformarme algo que no fuera una inédita reconstrucción vital.

    Por estos motivos, no he titubeado en utilizar fuentes desconocidas en la antigüedad, ni tampoco, en volver a escribir todo lo aprendido, en la forma plasmada por la experiencia científica y el conocimiento metafísico de Occidente. No se trataba de que yo —que me considero a igual nivel que un estudiante— buscara arrogantemente, mejorar la doctrina antigua, ya que por cierto sus esencias básicas son inexpugnables, y permanecerán inmutables por toda la eternidad; se trataba más bien, de que yo deseaba mejorar la presentación contemporánea de dicha doctrina antigua, y hacer un empleo humano de lo que a menudo se presentaba ante la visión occidental como una metafísica deshumanizada. A pesar de nuestras incursiones por los reinos celestiales, nosotros todavía deseamos —y está bien que así sea—, permanecer incorregiblemente humanos. Por lo tanto, aunque este libro fue escrito en forma intelectual, para satisfacer los requerimientos de nuestra época, se equivocará quien lo suponga inspirado sólo en conceptos puramente lógicos, o quien crea que únicamente es una reinterpretación modernizada de enmohecidos documentos antiguos y de textos de pergamino devorados por las hormigas. Para aliento de los aspirantes, digamos categóricamente, que muchos de los conceptos de esta obra son el resultado, no sólo de tales reinterpretaciones, sino también de una auténtica experiencia viva.

    Aunque estas fueran las únicas razones, por sí mismas hubieran justificado, sin embargo, innovaciones heréticas, pues lo que anima estas páginas es el simple anhelo de ayudar al prójimo, por encima de los diferentes estilos de vida, al logro de sus más altos propósitos. Y para complementar este anhelo de manera más eficaz, he buscado ayudar, creativa no imitativamente, a que un conjunto muy disperso de gentes de nuestra época, pueda lograr su propia comprensión interna de la existencia, y desarrollar su propia potencia cultural. Lo que hoy se necesita no es antiguos dogmas sino dinamismos nuevos. Nuestro siglo debe hablar por sí mismo. Debemos hacer que el pasado nos instruya pero sin esclavizarnos. Sólo así pueden estas difíciles doctrinas presentarse al hombre de mentalidad moderna, en forma tan clara como el agua de un lago suizo. Por consiguiente, ofreceremos esta doctrina por sí misma, y no, según el valor de cualquier tradición que pueda subyacer en su fondo, y la ofreceremos a mentalidades libres, no a mentalidades esclavas. Finalmente, baste decir que en el esfuerzo por dar forma sistemática y presentación científica, a estas ideas; en el deseo de ayudar a los estudiantes a deducir progresivamente una verdad de otra, ordenada y coherentemente, en la aspiración de expresar estas doctrinas en un modo comprensible a los contemporáneos, y en la necesidad de fundamentar el todo en hechos verificables, más bien que en dogmas aceptados, he tenido por cierto, que reconstruir esta antigua pirámide de revelación externa, adaptándola a las líneas modernas, desde la base hasta la cúspide. Digamos entonces, que lo que aquí presentamos es una fresca reencarnación y no un cadáver resucitado.

    La cultura se está volviendo cosmopolita. En la actualidad, ninguna idea puede ser sólo un patrimonio nacional. Los valores tienden a salvar las fronteras. Y después de todo, la mejor respuesta que puede darse a los críticos orientales, es afirmar que la luz interior está presente en todos los hombres, occidentales y orientales; que la vislumbre de la percepción interior de la verdad puede descender sobre los hombres de cualquier parte del mundo; y que el descubrimiento de lo real no está condicionado por los límites geográficos sino por las fronteras individuales. La filosofía, en el sentido integral que aquí doy a este término, ha dejado de ser una fuerza vital en el Oriente actual, si bien la metafísica continúa una existencia hasta cierto punto precaria, y el misticismo, una vida en gran parte anémica. Concebir al Asia de hoy a través de estos textos sánscritos, que tienen de dos a siete mil años de antigüedad, y que son los restos recuperables de esta enseñanza —como lo afirman los entusiastas que dicen que Oriente es espiritual y que Occidente es materialista, y como yo mismo lo sostenía durante mi inexperta juventud—, es tan románticamente erróneo como imaginar la Europa actual a través de los libros latinos de los escolásticos medievales. Dichos entusiastas están ofuscados en el presente por aquello que Oriente fue en un pasado desaparecido.

    Actualmente camino en completa libertad de pensamiento y, como Emerson, "sin escuela ni maestro". Mi vida ha sido una búsqueda de la verdad, y si alguna vez he pasado de una afirmación a su contraria, la diosa que me ha hechizado también debe compartir la vergüenza, si es que puede hablarse de motivo de vergüenza.

    Durante largos años me he comprometido en el examen y comparación, dentro de mis propios medios —y también de acuerdo con la experiencia observada de otros muchos hombres —de un conjunto de ideas y ejercicios exóticos considerados pretendidamente como los medios que ofrecían los caminos teóricos o prácticos hacia diversos ámbitos ocultos y sagrados de las místicas tierras yogis prometidas. No es culpa mía que los resultados no siempre hayan sido convenientes y compatibles.

    Ya lo hemos dicho, pero debemos insistir en ello una vez más, que no escribo como si estuviera usando la toga de maestro —ni mucho menos como un maestro blandiendo su vara— sino solamente como quien comparte las penurias de un estudiante. Conozco muy bien las dificultades y las oscuridades, los errores y caídas que miden cada milla de esta búsqueda. Pero también conozco visitas supraterrenas y comuniones celestiales, y algo que no tolera negativas me pide que deje un testimonio antes de alejarme de esta tierra. Cualquier otro rango diferente a éste de estudiante entre estudiantes, es aquí rechazado, pero no necesariamente esto disminuye la importancia de lo que aquí se dice.

    La letra de este intento es admisiblemente, una letra audaz, pero el espíritu detrás de la misma es sólo un humilde espíritu. Es posible que sea una gran temeridad el escribir estos pensamientos, pero sería mucho mayor la timidez de rehusar decirlas en una época como la actual. En medio de las confusiones y desesperaciones de una época desolada, en la que la estructura de la sociedad tiembla sobre nuestras cabezas como una casa construida con delgados naipes, quien sepa que existe una esperanza superior para la humanidad tiene el deber ineludible de pronunciar la palabra olvidada, para salvación de quienes quieran oírla. Por consiguiente, quienes entre nosotros se preocupan por la verdadera salvación de la humanidad deben dar a conocer dichas ideas, deben encender lámparas piadosas no sólo para ellos sino también para los otros, ya que los hombres viven de acuerdo con sus ideas dominantes por falsas o verdaderas que ellas puedan ser.

    Escribo para los pocos que, alertados por la guerra mundial han comprendido que, ni el muerto materialismo ni el misticismo ciego, pueden por sí solos bastar; que han sentido que muchas preguntas les subían a los labios, y que por tanto buscan una verdad superior que incluye aquello que tiene valor en ambos enfoques y que además trasciende sus respectivos defectos. Los hombres deben llegar y golpear a las puertas de dicha escuela desde su propio impulso interior, desde sus severas reflexiones personales acerca del sentido de las aflicciones y alegrías de la vida, desde su propio deseo de no sufrir ya más a ciegas. Deben llegar el estado descrito por Virgilio: "cansado de todo excepto del comprender". Y no pocos hombres, a causa de las terribles experiencias de esta era mutilada por la guerra y con sus horrores vivos y sus esperanzas muertas, estarán cerca de dicho estado de ánimo.

    Si estos pensamientos estuvieran, en realidad, demasiado lejos del mundo como para alcanzar a quienes pertenecen, desesperadamente, a dicho mundo, no tendrían derecho a levantar una pluma y remover tinta. Pero, puesto que la mente es la base implícita de toda existencia, el conocimiento de la verdad acerca de la mente no puede producir otro efecto que el de proporcionar un mejor apoyo a dicha existencia. Que esto es así; que las más venerables verdades sobre la realidad y sus sombras pueden integrarse a los intereses prácticos de la vida personal y nacional, es algo que resultará suficientemente claro a quien tenga la paciencia necesaria como para estudiar la doctrina en su totalidad.

    Estas páginas son echadas a volar por la ventana sin ilusiones adolescentes respecto de la acogida que reciban; si acaso unas pocas de ellas caen para descansar un instante junto a uno o dos amigos, recordándoles su origen y destino divinos, esto sólo, sin duda, será suficiente.


    CAPITULO II
    SIGNIFICADO DEL MENTALISMO


    Debemos comenzar a filosofar a partir de los concretos hechos de la experiencia, no desde presupuestos no comprobados de la fantasía. El conocimiento que no parte de la experiencia solamente habitará en el reino de la conjetura, sin alcanzar jamás la certidumbre.

    Pero, ¡cuidado! porque este primer hecho es delicado en extremo. La verdadera experiencia no es lo que aparenta ser. Los sugestivos estudios del primer volumen, referentes a la relatividad del tiempo y el espacio; las sobrecogedoras vislumbres de los instantes mágicos que las ilusiones pueden hacer descender sobre nosotros; los reveladores descubrimientos de la naturaleza mental de todas las cosas, no menos que los análisis semánticos de los significados y de las palabras que los revisten, se han mancomunado para ponernos en guardia respecto de los engaños de los sentidos y de las trampas de la conciencia; en resumen, para volvernos prudentes sobre eso que se llama experiencia.

    El hombre adapta sus experiencias al esquema de las ideas que posee. Rara vez sospecha que su esquema es tan equivocado y tan limitado que sólo apartándose de él podría descubrir el auténtico significado de su experiencia. Kant en forma especulativa y Einstein con lenguaje científico, nos han dicho y enseñado que la percepción humana común se limita a las meras apariencias; que, en realidad, jamás alcanza la esencia última de este mundo, pues está condenada a contemplar al Dios de la Realidad a través de estatuas. Conocemos únicamente lo que nos dicen nuestros sentidos. Nuestra experiencia está supeditada a ellos. Por consiguiente, nunca alcanzamos la absoluta verdad de las cosas sino solamente por medio del efecto que producen en nuestros sentidos.

    Analicemos un simple ejemplo. Sabemos que nuestros ojos están estructurados como pequeñas cámaras fotográficas. Ahora bien, si en cambio la Naturaleza los hubiera construido —como hubiera podido muy bien hacerlo— como pequeños microscopios, podríamos ver cada día un mundo sorprendentemente diferente del que realmente vemos, mientras que si los hubiera plasmado como pequeños telescopios contemplaríamos un cielo asombrosamente distinto cada noche. La Naturaleza hubiera podido alterar los alcances vibratorios de nuestros oídos de modo que éstos pudieran percibir numerosos sonidos claros donde, actualmente, sólo captamos silencio inerte. Más aún, la Naturaleza pudo ir mucho más allá. Poseemos cinco clases de experiencia sensorial pero muy fácilmente la Naturaleza pudo habernos provisto de cinco sentidos extra, agregado que nos hubiera transformado, mágicamente, en seres sobrehumanos. ¿Quién afirmará que estas cosas no pueden ocurrir todavía, si bien acordes con la lentitud evolucionista; que no puede suceder que la Naturaleza decida, un buen día, alterar sus planes en este sentido?

    Insistamos pues, en afirmar que el ojo ve una superficie lisa cuando contempla la superficie lustrada de una mesa, mientras que, por medio de un poderoso microscopio esa misma superficie se le presentaría rugosa y constituida por diminutas colinas y valles. ¿Daremos crédito al simple ojo o al microscopio? Esta es una analogía muy exacta. Pues la mayoría ignorante de las cuestiones filosóficas profetiza superficialmente. No sospechan, estos profetas de las superficies, que la relatividad gobierna toda existencia, incluso la de ellos. De modo que todas las cosas tienen un doble carácter o aspecto que nos obliga a un doble enfoque. ¿Tendremos en cuenta sólo el punto de vista práctico o atenderemos también al filosófico?

    Toda cosa percibida a través de los sentidos resulta captada de manera sólo parcial e incompleta. Cuando exaltamos las representaciones de ojos, oídos, manos, lengua y nariz, es decir, cuando consideramos que la experiencia humana realmente es lo que parece ser, no somos otra cosa que videntes superficiales. Los objetos de nuestra experiencia en realidad, guardan, con los objetos mismos, una relación similar a la que existe entre un sombrero, un saco, una camisa, un par de pantalones y unos zapatos usados por alguien, y la esencia misma de ese hombre. Los sentidos nos ayudan a conocer ciertas cosas sólo porque excluyen muchas más, de nuestro campo de percepción.

    Por consiguiente, para conocer el mundo tal como es, tendríamos que ampliar los alcances de nuestra conciencia a una dimensión superior.

    Cuando dos trenes corren en la misma dirección y a igual velocidad, un pasajero sentado junto a la ventanilla de uno de ellos no percibirá movimiento alguno en el viajero del otro tren. En rigor, cada uno contemplará al otro con la sensación de que el tren está detenido, si sólo contara con la evidencia de su vista como información. Esta es una común experiencia de todos los días válida tanto para ejemplificar el significado de la relatividad cuanto el sentido de la ilusión. No podemos confiar en la exactitud de todo aquello que experimentamos, de la misma manera que tampoco debemos confiar en que toda experiencia exacta no sea meramente relativa. Tener conciencia de algo es tener conciencia de sus relaciones con las demás cosas y con la persona que observa. Por consiguiente, sólo existe el conocimiento basado en las relaciones, es decir, el conocimiento que siempre es relativo. El filósofo debe dividir el conocimiento en dos formas: a) el estado de las cosas tal como se presenta a nuestros sentidos, b) el estado de las cosas tal como éstas son, realmente, en su índole esencial. La primera forma de conocimiento produce un enfoque basado en las apariencias, mientras que la segunda determina una visión más verdadera. En sí mismo, el punto de vista práctico necesariamente tiene que llegar a la conclusión de que la verdad es inalcanzable, pero considerado como indicador de la necesidad de un modelo absoluto de referencia, desempeña su papel en la búsqueda de la verdad. La apelación a los criterios prácticos puede silenciar nuestras dudas acerca de la realidad de lo que nos llega como experiencia material pero no puede resolverlas. Puesto que para comprender la realidad primero debemos comprender lo irreal.

    No es tan sencillo decir qué es "una cosa" como puede suponerlo quien jamás se haya detenido a reflexionar sobre la cuestión. Ya que, orientado por las irrefutables impresiones que obtiene mediante sus ojos y dedos, este hombre presupone que la cosa observada es obviamente inerte y permanece siempre la misma, cuando, en realidad, hay por ejemplo, una circulación tan continua de sus íntimos elementos, un juego tan cambiante de sus electrones, que la cosa, en sí misma, se desliza a través de los dedos intelectuales hasta resultar inaprensible. Esto parece extraño y suena a absurdo, y, sin embargo, científicamente consideradas, las cosas son, en su última instancia, verdaderos campos de energías electrónicas y protónicas girando a velocidades prodigiosas. Estrictamente hablando, no existe, en este vasto universo, un estado tal de absoluto reposo. Toda vez que creemos que algo está quieto, simplemente estamos dando crédito a una ilusión. Pues el reposo de ese algo es sólo relativo. Es, como lo ha señalado Einstein, únicamente una apariencia de reposo. En rigor de verdad, incluso las partículas de una piedra que presumiblemente yace inerte al costado del camino, bullen en incesante movimiento.

    ¿Qué encontraremos si penetramos en la oculta estructura del microscópico mundo de los átomos? Sus electrones giran constantemente; sus protones vibran incesantemente. Si contemplamos el interior de la conciencia humana la descubriremos entregada al movimiento en constante vórtice de pensamientos y sensaciones. ¿Hay acaso algún pensamiento que dure un poco más que un brevísimo momento? Cuando analizamos nuestra conciencia descubrimos que los pensamientos son demasiado numerosos como para permitirnos un cómputo de su cantidad. Se suceden unos a otros incesantemente. Nacen en un instante pero mueren al momento siguiente.

    El mentalismo demuestra que nuestra experiencia de la totalidad del mundo no es otra cosa que nuestros pensamientos acerca de dicho mundo. Dichos pensamientos, como lo explicaremos en detallé, no tienen existencia continua, y se desvanecen sólo para ser sustituidos por otros similares (pero no idénticos), y es por esto que tenemos la ilusión de una continuidad pareja. Por lo tanto, el mundo que conocemos está en estado de continua transformación más bien que en estado fijo. Así, una ley de movimiento rige toda cosa material y mental. Ahora bien, el movimiento implica traslación, el paso desde una anterior posición de una cosa o pensamiento hacia una nueva posición, y esto involucra cambio. Lo cual hace que el universo sea antes bien que una estructura, una corriente. La realidad del mundo estriba en su movimiento constante. La ostentosa estabilidad y solidez que los sentidos colocan delante de nosotros son meras apariencias: tal es el veredicto de la razón. Por tanto es ésta la falacia ilusoria de la forma que adquiere la experiencia humana.

    Cierto mecanismo utilizado para señales nocturnas de advertencia, ilustra adecuadamente este punto. Si dos pequeñas cajas adyacentes son equipadas con válvulas eléctricas que por medio de un mecanismo adecuado se encienden alternadamente, en cualquier momento determinado una de las válvulas se iluminará o estará apagada. Y sin embargo, quién las observe contemplará una continua luz brillando de izquierda a derecha o viceversa. Aún en el momento en que la retina no registre ninguna válvula encendida, aun cuando no exista en realidad, ninguna luz, ¡los ojos registran lo contrario! Aquí debemos recordar nuestros primeros estudios, que demostraron que el proceso mental incluido en la captación de ilusiones sensoriales, y el proceso mental comprendido en la aprehensión de las cosas materiales así llamadas, son similares.

    Proporcionando calor suficiente, no hay sustancia alguna e incluso ni siquiera el más duro de los metales, que no pueda fundirse y luego transformarse en vapor gaseoso. Y por medio de investigaciones microscópicas suficientemente poderosas aplicadas al estudio de un gas, éste se revela como una sustancia compuesta por centelleantes puntos de luz en perpetuo movimiento. Y a pesar de esto, normalmente los sentidos nada nos anuncian acerca de que la luz constituye, desde el punto de vista científico, la materia última del universo, como tampoco nos dicen que el movimiento sea el estado último del universo.

    Jamás hay un instante en que se detenga la perpetua vibración del mundo, nunca existe una fracción de segundo en que la oscilación de la energía atómica se aquiete. Nada permanece. Puesto que la ciencia tiende a una mayor exactitud, recientemente ha comenzado a considerar, en sus descripciones, a la Naturaleza como constituida no por cosas, sino más bien por un tejido de acontecimientos, una serie continua de sucesos, es decir, como un proceso.

    No podemos confiar en nuestros ojos, oídos y manos, en esta cuestión, pues el campo de acción de los mismos es demasiado reducido como para mostrarnos el verdadero estado de la Naturaleza. Actualmente, únicamente el lego y el ignorante persisten en la creencia caduca de que el mundo es sólido, estable y estacionario, más aún de lo que parece. Porque ellos toman las experiencias comunes cotidianas como esquemas de comprensión. ¡La de ellos es la "filosofía de superficie" que convierte lo tactado por los dedos, en criterio de la realidad última! Esta concepción común del mundo es, por supuesto, esencial para la vida práctica, pues ésta posee una verdad propia limitada, pero cuando nos elevamos al enfoque filosófico, descubrimos que dicha verdad no resiste el análisis. Si bien resulta perfectamente correcta en su plano, aquí se vuelve una visión equivocada. Puesto que no agota todas las posibilidades del universo.

    Así, la razón contradice el juicio de los sentidos, y la filosofía silencia la voz de la opinión. "La cultura invierte las concepciones vulgares sobre la Naturaleza... Es cierto que los niños creen en el mundo externo. La creencia de que dicho mundo sólo es apariencia, es una concepción que surge más tarde", fue el sabio comentario de Emerson en su obra Ensayo sobre la Naturaleza.

    Lo que la ciencia ha descubierto con la ayuda de agudos instrumentos, los antiguos sabios lo descubrieron hace más de dos mil años, con la sola ayuda del pensamiento concentrado. "El hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río", afirmó el griego Heráclito. "Para quien percibe la verdad y sabiduría de que todas las cosas de este mundo son transitorias, no hay en este mundo 'Es' ", declaró el indio Buddha, quien también señaló que nada permanece idéntico a sí mismo en dos momentos consecutivos.

    Pero todavía es más antigua que la sabiduría de estos dos hombres, esta doctrina enseñada por antiquísimos sabios del Asia en el este hasta Norteamérica en el oeste. Ellos predicaron, exactamente como lo hacen los científicos modernos, que el universo total está en constante movimiento, y que dicho movimiento asume una forma circular, rotativa. Y todavía fueron más allá, afirmando que en el punto donde comienza originariamente un círculo, no es posible señalar un comienzo o un final, de modo que tampoco se pueden indicar los puntos del espacio o del tiempo donde originariamente comienza o termina el cosmos. Éste es, en verdad, totalmente inconmensurable. Por consiguiente, dichos puntos representan tanto la forma como se origina el mundo cuanto la inconmensurable corriente de las cosas de ese mundo, por medio del símbolo ilustrativo de la Swástíka, que es otra forma de la rueda. Sus rayos cruzados representan el eje polar atravesado por la línea ecuatorial mientras que su actividad rotativa representa el hecho de que la tierra es una "materia" dinámica y no inerte.

    La ciencia ha dado vuelta la materia sólida de adentro hacia afuera y descubrió que ésta estaba prácticamente vacía. El vacío de la sustancia material es desproporcionada y fantásticamente inmenso cuando se lo compara con la pequeñez diminuta de los electrones incesantemente moviéndose dentro de ella. Esto significa que el mismo suelo por el que caminamos es casi totalmente espacio vacío. Pero nuestros sentidos del tacto lo vuelven firme, compacto, inmóvil e impenetrable. Este sentido particular del tacto nos proporciona, en verdad, una experiencia ilusoria, debida, por supuesto, al limitado campo en el que puede operar. No es por consiguiente sorprendente que, ya que se han revelado hechos aún más importantes, algunos científicos prominentes hayan comenzado a dar su confirmación desganada al descubrimiento tardío de que el materialismo, la doctrina que afirma que todas las cosas que se presentan a la experiencia sensorial física constituyen la realidad última, la creencia basada en que el concepto denominado "materia" representa algo que constituye la sustancia existente básica correspondiente a dicha experiencia, la concepción de que el universo está constituido solamente por esta materia en movimiento, es una teoría insostenible.

    La antigua ciencia afirmaba que el mundo físico es una simple masa cambiante compuesta por trozos de fría materia inerte, por indivisibles partículas llamadas átomos. Pero cuando se le preguntaba por la índole de esta sustancia llamada materia, daba razones incoherentes. No podía dar una explicación válida sin admitir que su respuesta implicaba vastos misterios sin solución. Y finalmente, los recientes acontecimientos del siglo XX, que fueron descubiertos a partir del aparente vacío de un tubo vacío, y que más tarde se desarrollaron a través de la investigación experimental en el terreno subatómico, obligaron a una liquidación total de la antigua ciencia. Con ella desapareció la creencia en una materia primordial existente en el espacio, que cambia con el tiempo y que determina la fundación del universo.

    La ciencia actual afirma abiertamente, que los átomos no son la última palabra, y que tampoco la materia es la sustancia última. Los átomos han sido divididos y se descubrió que son "ondas". ¿Ondas de qué? nos preguntamos. Y la ciencia responde, ondas no por cierto de materia sino de energía. Un sinnúmero de procesos dinámicos ha reemplazado al almacenamiento antiguo de sus-tancias inertes. Pero posteriormente a los descubrimientos realizados por la investigación de la actividad del radio, se produjo la revolución de la teoría relativista que todavía pudo avanzar más gracias a la física cuántica. Así, se reemplazó la vieja estructura del mundo concebida como sustancia inerte, por una serie de sucesos dinámicos. La sustancia del mundo no es un algo estable sino un proceso de acontecimientos. El universo es una "transformación", no una cosa, y menos una cosa material. El elemento fundamental del universo no es una masa inerte sino una serie de sucesos cambiantes. En resumen, vivimos en un mundo en donde la realidad primera y final no es una cosa estática, sino una fuerza activa que, sorprendente pero verdaderamente aparece como si fuera una cosa.

    De modo que los científicos que han rechazado la concepción de la materia aún creen en la energía. Ésta se ha convertido en lo que ellos consideran la "materia" última. Pero resulta que la energía de la que ellos hacen derivar el mundo es tan incierta como la materia. Ya que cuando preguntamos en qué consiste esa producción, sólo obtenemos criterios acerca de supuestas "transformaciones", es decir, sonido, calor, luz, etc. No hallamos una energía pura en sí misma. ¿Por qué? Porque se trata de una creación conceptual solamente útil para propósitos prácticos. Los científicos nunca han percibido esta verdad. Lo único que ellos perciben de esa energía, son sus apariencias de sonido, luz, calor, etc., pero jamás han podido captar la energía misma aislada. Como realidad concebible, es todavía más inalcanzable que la materia. Como teoría matemática para fines prácticos, y como símbolo calculador para propósitos técnicos, desempeña un papel útil, pero es aún una suposición. Se la supone como algo que actúa detrás del movimiento universal, pero todavía no se ha hecho presente a la contemplación.

    Finalmente, la justificación última del materialista no es la razón, porque si bien piensa con ahínco, solamente cree. Puesto que es sólo por un acto de simple fe que él acepta el testimonio de la experiencia sensorial. La ciencia del siglo XIX alardeaba de ser la única que manejaba el mundo real. La ciencia relativista del siglo XX ha comenzado a admitir tristemente, que sólo puede manejar un mundo de abstracciones. Porque ha descubierto que sólo manipula con algunas características particulares de la realidad —nada más que esto— y por cierto acepta que no maneja la cosa misma. Esta ciencia se mueve constantemente en una dirección particular que la obligará —y esta predicción se cumplirá en el término de este mismo siglo— finalmente a reconocer, a través de sus propios hechos y propios razonamientos, que el elemento primordial del mundo es de igual naturaleza que el que produce nuestras ideas. Se verá entonces que la energía no es la raíz primaria del universo, que, siendo la realidad última de naturaleza mental, no puede limitarse a esa energía, y que es uno de los principales aspectos de esta realidad y no un poder independiente en sí mismo. La mente es de por sí la fuente de la energía que la ciencia quiere considerar como elemento primordial del universo. En resumen, se descubrirá que la energía es un atributo de la mente, algo que la mente posee de la misma manera que el hombre posee el poder de hablar. No consiste por supuesto, en esa cosa débil que generalmente los humanos entendemos por mente, y que no es sino una sombra; es la realidad que proyecta la sombra, la Mente universal que está detrás de todas nuestras pequeñas mentes.

    La ciencia moderna comenzó estudiando y descubriendo las propiedades de las cosas; no podrá menos que terminar descubriendo la sustancia primordial de esas cosas; pero, para lograr este fin se ve lentamente forzada, por la revolucionaria importancia de sus propios descubrimientos, a dar un salto mortal que la hará aterrizar en la metafísica. En el proceso final, sus últimas conclusiones deberán fusionarse con las concepciones metafísicas que han revelado que la materia no es otra cosa que una invención verbal y que la energía no es más que la actividad de la mente.

    Podrán muy bien los científicos decirnos, después de una profunda investigación, que toda sustancia física es un movimiento incesante, y que sus átomos son cúmulos de energías que giran en torbellinos, pero nosotros lo mismo veremos, realmente, cosas sólidas y fijas. No hay argumento que pueda desplazar el hecho simple de esta experiencia cotidiana. Nos hallamos ante una asombrosa paradoja. ¿Cómo se resolverá? ¿Podemos aceptar conjuntamente dos conceptos tan opuestos? La respuesta es, sí. Un rayo de sol, al atravesar un prisma, se convierte en algo contrario a lo que parece ser, ya que se quiebra en siete colores. Un diamante centellea a la luz, y sin embargo tiene la misma constitución química de un trozo de carbón negro. Por lo tanto, lo que surge a primera vista no es necesariamente lo verdadero. Los sentidos pueden decirnos algo respecto de las cosas, tal como ellas parecen ser, pero muy poco, respecto de lo que las cosas son en realidad. Y si retrocedemos al primer tomo de esta obra, comprenderemos mediante la investigación de las ilusiones, que es posible ver diferentes formas y figuras, que no tienen otra existencia que la existencia mental.

    Si vemos una cosa en estado de absoluta quietud, y la ciencia nos afirma que en realidad está en estado de perpetua inquietud, tenemos todo el derecho de pensar que la anomalía se debe a las limitaciones de nuestras propias percepciones, que en última instancia son sólo nuestra propia conciencia. La estabilidad que nosotros vemos no puede ser otra cosa que una construcción mental. Nos asiste el derecho de relegar la actualidad de la cosa al reino al que siempre debió pertenecer, es decir, a la mente. Es ésta la significación fundamental de todos los cambios de la forma, ya que es la explicación fundamental de toda relatividad. La paradoja se vuelve racionalmente comprensible, y de este modo desaparece, en cuanto aceptamos que, cuando nuestra experiencia del mundo material espacio-temporal es rastreada hasta su origen oculto, se revela como una construcción mental.

    El pensar y el sentir construyen el mundo que conocemos, ya que toda sensación es pensada o sentida como tal. ¿En qué consiste este mundo, aparte de ser el completo cúmulo de ideas y emociones? Nada hay fuera de esto. No existe mundo físico en el sentido en que lo concibe el hombre ignorante. Sólo hay una continua serie de pensamientos que se manifiestan constantemente excepto cuando dormimos sin tener sueños. La percepción y el pensamiento no son sino fases de la actividad mental en la cual la primera depende del segundo. Nosotros pensamos y el mundo aparece. Nosotros dejamos de pensar, y el mundo desaparece. La conclusión de que la mente y el mundo están inextricablemente entrelazados es ineludible. Cuando hacemos un último análisis del mundo total, descubrimos que éste es de un material totalmente distinto del que parece ser. Puesto que todo objeto material determinado, desde una sólida roca hasta una nube tenue, se resuelve en un fragmento mental, es decir, en una idea. La inmensa cantidad de dichos fragmentos, cuya totalidad constituye el universo, no es otra cosa que las modificaciones diversas de un único elemento original: la Mente. Debemos procurar una vislumbre de esta gran verdad de que la Mente, como esencia inmaterial, es el ser último a partir del cual han surgido tanto la materia cuanto la energía.


    LA RELATIVIDAD DEL MUNDO


    El mentalismo deriva su nombre de su principio fundamental que establece que la mente es la única realidad, la única sustancia, la única existencia; y que las cosas son nuestras ideas, y que las ideas están sustentadas por nuestra mente. El Mentalismo, en resumen, es la doctrina que afirma que, en última instancia, no hay nada más que Mente.

    Ciertamente, la experiencia parece ubicar las cosas fuera de la mente, pero el análisis mentalista revela que ellas son productos mentales, y por consiguiente, que no podemos, en realidad, permanecer fuera de ellas, porque no podemos salir de nuestra mente. Se ha demostrado en el primer tomo de esta obra, al analizar la enigmática existencia del mundo, y al enfocar la luz del examen científico sobre el funcionamiento de nuestros cinco sentidos, que los objetos que ellos captan están ubicados solamente en la mente, y que el mundo total está mentalmente construido. No era posible, sin embargo, en un libro tan elemental, proporcionar una explicación adecuada y una prueba final de esta doctrina del Mentalismo —que parece tan sorprendente e increíble cuando se la menciona por primera vez— como tampoco era posible aclarar algunas dificultades inevitables y efectuar una exploración completa de sus significados más profundos. Esta obra puede ayudar a cubrir aquella brecha.

    Cuando contemplamos más profundamente el mundo físico, ya sea a través de la experiencia común, ya sea según una revaluación científica de dicha experiencia, descubrimos que este mundo es realmente lo que nos dicen nuestros sentidos. Nuestros sentidos solamente pueden hablarnos del color, tamaño, volumen, peso, forma, dureza, temperatura y otras propiedades de una cosa; no pueden decirnos que hay también una sustancia o "materia" separada que ostenta estas propiedades. Cuando afirmamos que existe dicha sustancia, estamos simplemente afirmando una opinión, no un fragmento de pensamiento. Porque cuando observamos más profundamente lo que nos dicen los sentidos, descubrimos que es lo mismo que nos dicen nuestras mentes.

    Cualquiera considera que nosotros tenemos conciencia de que hay cosas en el mundo, solamente en el sentido de que nuestros sentidos captan las propiedades de esas cosas. Pero el mero contacto físico de los sentidos y su contorno no es suficiente para producir dicho conocimiento. Se necesita algo más. Únicamente en la medida en que somos mentalmente concientes de lo que nos revelan los sentidos, somos concientes del mundo en general. Por más que nos esforcemos, por más que hagamos lo que querramos, siempre será imposible evadirnos de esta "mentalidad" del único mundo sobre el cual tenemos derecho a hablar. Ni siquiera los materialistas pueden eludirlo. Ni siquiera ellos pueden mostrarnos un mundo totalmente liberado de esa "mentalidad".

    El término "mentalismo", tal como se lo usa aquí, no significa la forma inmadura que, bajo el nombre de "idealismo objetivo", algunos de sus sostenedores elementales han concebido respecto de las doctrinas de cierta cantidad de metafísicos occidentales e indios, que apenas han superado a medias las tendencias materialistas de su concepción. Ellos distinguen entre cosas mentales y cosas materiales, y afirman que si bien sólo podemos conocer las primeras, la coexistencia de sus contrapartes externas materiales deben ser admitidas. Por mentalismo queremos significar más precisamente lo siguiente: que todas las cosas de la experiencia humana, sin ninguna excepción, son absoluta y enteramente, cosas mentales, y no, simples copias mentales de cosas materiales; que todo este panorama de la existencia universal no es otra cosa que una experiencia mental, y no simplemente una representación mental de una existencia material separada; que podemos lograr estas conclusiones, no sólo por medio de una correcta consecuencia del pensamiento razonable, sino también a través de una reorientación de la conciencia durante la meditación mística superior.

    Pero el materialista, a su vez, puede a la altura de lo que decimos, poner un reparo atendible, alegando que el mentalismo anularía teóricamente, toda la existencia del universo, antes que éste pudiera aparecer frente a una mente perceptiva, ya que, cuando el planeta estaba inhabitado, es decir, durante larguísimos períodos de esa era geológica, no había ningún ser humano que pudiera pensarlo, no había idea alguna que lo representara. ¡Por lo tanto, quedaba anulada su propia existencia! También a esta altura, el crítico religioso ortodoxo puede objetar que ningún observador humano pudo jamás haber visto el acontecimiento de la divina creación, así como tampoco, el período de la preparación planetaria que le siguió —ya que los seres humanos no habían sido creados todavía por Dios— y en consecuencia, ninguna mente humana pudo haber conocido personalmente ningún hecho perteneciente a esta época; así, no pudo haber surgido ninguna idea.

    Es necesario dar algunos conceptos previos antes de refutar estas críticas. Si bien en la actualidad vemos el mundo presente, que es percibido por los sentidos, como una realidad constituida por tantas ideas separadas en la conciencia, si bien podemos también concebirlo como numerosas apariencias separadas para un observador, no podemos concebirlo como algo totalmente solo y aislado en una existencia autodependiente. Hay algo que une todos estos elementos cambiantes de la experiencia, algo que liga estos hechos externos y diversos. Cuando analizamos el significado de los mismos, descubrimos que el hilo que los mantiene unidos es la mente que los capta. Es necesario que siempre esté presente una mente que los capte, en el momento en que ellos aparecen, porque ellos están en esa mente y le pertenecen. La secuencia de las experiencias obtiene su continuidad de la continuidad de la propia mente que experimenta. No existe realidad autosustentada, no hay existencia independiente en el mundo conocido —que es el único que podemos aceptar inteligentemente— aparte de nuestra mente. Todo cuanto es pensado, sentido u observado, se relaciona de algún modo con una mente que piensa, siente u observa.

    Creer que las ideas pueden existir separadamente de un pensamiento que las sustente o produzca, es aceptar el absurdo. Obtenemos el conocimiento de la existencia del mundo a través de los cinco sentidos, y sólo de esta manera, porque también adquirimos el conocimiento de nuestra propia existencia. Las ideas no pueden estar suspendidas en el vacío. Deben estar apoyadas en algo. Este suelo sobre el que las ideas descansan está siempre allí, ya sea que sustente pensamientos o que no sostenga pensamiento alguno. Es este principio mental el que nos permite dudar del valor de las apariencias materiales, porque la existencia misma de dichas apariencias se refiere a ese principio. Pensar en el mundo presupone la simultánea existencia de una mente pensante.

    Ahora bien, el ser pensante está rodeado por el no-ser, es decir, por todas las cosas exteriores a su cuerpo. Todo cuanto está incluido dentro de esta esfera externa se denomina mundo. No es posible separar ambas instancias. La sola idea de un ser implica que su existencia se distingue de lo que no es el ser, es decir, lo que resulta externo a él. Por consiguiente, el uno supone la existencia del otro. El ser existe a través de su mundo y su mundo existe a través del ser; ambos son interdependientes. Ya que, si bien estas instancias se sienten en la experiencia, como separadas y opuestas, ellas son conocidas, por el análisis, como unidas y juntas. Siempre aparecen ligadas, siempre existen juntas y siempre se desvanecen unidas. La realidad ni siquiera nos permite separar esta relación entre ambas. Siempre aparecen juntas a la conciencia común, jamás nuestra experiencia ordinaria es la del mero ser solamente.

    Gran parte del materialismo que se declara incapaz de comprender el mentalismo, porque está onnubilado por lo que siente como sorprendente contraste de las cosas exteriores frente a los pensamientos interiores, se debe al descuido de no advertir que esas dos instancias son sólo diferenciables pero no separables del ser cognoscente. Estos dos elementos aparecen, a cualquier tipo de experiencia –el ser cognoscente y el conocido no-ser- siempre como contrarios, pero este hecho no les impide constituir una unión indisoluble ante cualquier acto de captación de dicha experiencia. Puede parecer que están apartados en el espacio, pero no están separados en la conciencia misma. Una cosa no puede desconectarse de la conciencia cognoscente, y nuestros estudios acerca de la ilusión han demostrado que no es necesario que esta “mentalidad” impida que se la capte como algo externo del cuerpo.

    Así, cualquier cosa que nosotros captemos va siempre ligada al ser captador, o, para decirlo con las palabras más técnicas de Einstein, el observador penetra en toda observación. Por consiguiente, ambos están inseparablemente acoplados en cada momento indivisible de la captación individual. La creencia de que la concepción del mundo puede existir sin ser presente a una conciencia determinada, es absurda.

    Una vez hecha esta aclaración, podemos retomar nuevamente las objeciones de nuestros críticos. La nebulosa que descendió penetrando el sistema solar, depositó sus estratos y levantó sus extensiones montañosas, de la misma manera que se afirma que nos han precedido en el tiempo, dinosaurios gigantes y manadas inmensas de animales desaparecidos. Las ciencias de la geología, astronomía y biología, han dibujado un cuadro fascinante de nuestro pasado prehistórico. Pero todavía es sólo un cuadro. ¿Y qué otra cosa aparte de la captación consciente puede ahora resultar existente para nosotros? Olvidamos que después de todo, dichas concepciones científicas son solamente nuestras reconstrucciones mentales, es decir, nuestras imaginaciones. Todo cuanto sabemos acerca de la Edad de Piedra en Europa, por ejemplo, ha sido plasmado por nuestra imaginación. La describimos imaginativamente como si alguien la hubiera visto de golpe. El hecho de existir una imaginación indica más allá de sí mismo la existencia de una mente; el hecho de una apariencia señala la existencia de un observador de esta apariencia. No puede tenerse en cuenta imaginación alguna o apariencia alguna a menos que sea posible rastrearlas hasta una conciencia determinada.

    Si el principio de la relatividad, cuando se lo comprende cabalmente, ha revelado que cada cosa es una apariencia, esto implica la existencia de algún ser pensante ante quien aquélla aparece. Cuanto se dice respecto de las primeras manifestaciones de vida en el mundo por medio de las ciencias físicas y biológicas, por ejemplo, no puede afirmarse a menos que se acepte la presencia de un ser inconscientemente vivo capaz de pensar esa realidad. Ya que, ¿cómo pueden concebirse las rocas marrones y los azules mares, sin suponer que ellos son pensados como si fueran vistos? Y ¿cómo es posible ver algo si ello no es visto por la conciencia de alguien? Ambas cosas —escena y visión, lo existente y lo conocido— viven en una unión casi mística. ¡A quiénes pudo la naturaleza haber unido sin que haya habido un hombre separado! ¿Acaso no ha revelado la lección de la relatividad que, consciente o inconscientemente, el observador está siempre allí, en cualquier acto de percepción, así como también en cualquier acto de descripción?Resultará ahora claro que en las objeciones postuladas tanto por los críticos materialistas cuanto por los críticos religiosos, está presente un observador no reconocido, pues aun cuando piensan en las épocas en que el planeta estaba deshabitado, solamente lo conciben en términos de una cierta percepción mental de dichas épocas; no les es posible hacerlo de otra manera. Sencillamente, ni puede existir ni existe un planeta aparte de dicha percepción. ¡Por clara necesidad, ellos se ubican inconscientemente, o colocan algún otro observador viviente imaginario, en relación perceptiva con el planeta deshabitado, y luego solamente hablan acerca de él! Piensan en la no-existencia que no es más que existencia no conocida. ¡Han eliminado convenientemente, del escenario del mundo en el que creen, un observador, presuponiendo al aceptar la existencia misma de ese escenario, la coexistencia con dicho observador! Quienquiera que acepte mencionar o describir un mundo deshabitado o un escenario desconocido, se ve forzado a aceptar, como base misma de su referencia, la presencia de alguien que capte ese mundo o escenario.

    ¡Es un completo malentendido de la posición del mentalismo, el suponer que éste afirma que el mundo no existe cuando no lo pensamos, o que una montaña desaparece cuando ningún hombre la observa, pero que resurge nuevamente ante la presencia de alguien! Esto sólo es la afirmación del crítico respecto de su equivocada concepción de la índole del mentalismo. Lo que el mentalismo realmente sostiene es que la existencia del mundo en sí mismo sin una mente cognoscente no puede jamás establecerse. Todo materialista, inconscientemente acepta la presencia de dicha mente, no bien acepta que el mundo puede existir independientemente. Todavía no ha podido encontrarse un mundo que no sea objeto de una conciencia. Aun cuando el materialista piensa el mundo aparte de sí mismo, y tontamente cree que aquél está todavía presente, con independencia absoluta de una mente captadora, no ha comprendido el hecho de que él está aceptando un espectador invisible ante el cual debe aparecer ese mundo como mundo. Obliguémoslo a que procure hablarnos de un escenario planetario desaparecido o de una región polar desconocida sin hacerlo en términos de una percepción humana, y comprobaremos que no puede realizar semejante proeza.

    Si finalmente se objeta que el mundo no desaparece en realidad, cuando dejamos de pensar en él, como sucede por ejemplo durante el sueño profundo, la respuesta es que, si al decir esto el crítico quiere significar que el mundo no desaparece para el hombre durmiente, entonces la objeción resulta totalmente inadmisible, pero si lo que él quiere decir es que ese mundo continúa existiendo para quienes están despiertos, el mentalista estará totalmente de acuerdo con él. Lo que el crítico no tiene en cuenta, en el primer caso, es que la tesis aún subsiste, porque nuevamente ha pensado, de manera inconsciente, en un espectador imaginario, convirtiéndolo en el observador despierto del mundo, que ahora existe en la mente de este contemplador imaginado.

    Finalmente, no olvidemos una irreversible ley de toda experiencia del mundo: la completa suspensión de la actividad mental produce el sueño o el coma, en la vigilia se produce la total recepción. Por consiguiente debemos deducir que la actividad mental, es decir, el pensar, está indisolublemente relacionada con la experiencia del mundo que surge en el estado de vigilia. En rigor, es esta misma actividad la que da nacimiento a dicha experiencia. Ya que la mente y nada más que ella, proporciona todos los elementos de su propia experiencia. Y esto es todo cuanto proclama el mentalismo que el conocimiento y la existencia coinciden, y que desafían los esfuerzos de la más aguda inteligencia para separarlos.

    Si realmente procuramos pensar en un mundo sin mente, hallamos que la hazaña es imposible. Puesto que la existencia presupone algún tipo de vida, y la vida presupone alguna clase de inteligencia, también. Y la inteligencia denota, por supuesto, la presencia de la mente. En consecuencia, si excluimos la mente del mundo, nos vemos forzados a descartar el mundo mismo. Se produce entonces, sólo un total vacío. Si captamos esta verdad, resulta que la cuestión respecto de qué le sucede al mundo durante los intervalos interperceptuales, entre los períodos de real captación de la presencia de ese mundo, y la cuestión relacionada con esto, acerca de cómo un planeta deshabitado prehistórico pudo haber sido observado, se convierten en preguntas imposibles y en consecuencia, sin respuesta. Lo que sucede es que dichas preguntas han sido erróneamente formuladas: presuponen algo que no podemos admitir, y por consiguiente, no es posible respuesta alguna. Un paisaje no observado ciertamente, deja de existir para nosotros, en el momento en que nos excluimos y dejamos de contemplarlo pero una idea similar puede continuar con existencia independiente, en otras mentes contempladoras. Sin embargo, el problema correspondiente puede ser reestructurado expresándolo en otros términos: ¿qué tipo de mente comprenden estos casos?

    Después de todo, este mundo en el cual vivimos, nos movemos y desarrollamos nuestros seres en todo momento y a toda hora, se nos vuelve presente sólo porque nuestro cuerpo es sensible a él en cinco formas diferentes, ya que sentimos, vemos, oímos, olemos y gustamos ese mundo. Por ejemplo, sus colores, formas y distancias, existen para nosotros únicamente porque existen para nuestros ojos. Son experiencias visibles; son impresiones sensoriales. Pero esas impresiones sensoriales carecen en sí mismas de sentido, si no están sustentadas por una mente individual que las posea. Si la realidad del mundo conocido depende de las impresiones sensoriales, entonces, la realidad de dichas impresiones depende de una mente viva. En consecuencia, el individuo subyace detrás del mundo, aunque paradójicamente, está comprendido también dentro de ese mundo.

    Debemos aclarar esta paradoja. Ya que, si consideramos que la mente de un individuo es la única fuente de su experiencia, caemos entonces en la irónica situación de convertirlo en el solo creador y gobernante de este vasto y variado cosmos de proyectadas estrellas y planetas que giran. Pero esto es un absurdo. Su mente puede disponer un decreto, pero el árbol se negará a meterse en un río a una orden suya. Tercamente persistirá en su condición de árbol. Por lo tanto, resulta claro que debe haber algún otro factor por debajo de la experiencia individual del mundo, un factor creador y contribuyente que esté más allá del control del hombre y más allá de su conciencia. Lo que debemos observar es la actividad conjunta de estos dos elementos —lo individual y lo superindividual desconocido— para hallar una explicación inteligible de la existencia y estructura del mundo experimentado. Así, si bien partimos de las impresiones sensoriales para nuestra primera captación de lo real, en el mundo experimentado, nos sentimos obligados a aceptar un factor mental superindividual como captación última de lo real.

    En el volumen primero de esta obra, no hemos hecho más que señalar que el antiguo mundo deshabitado debió ser un objeto de la conciencia de alguna mente tal como lo es hoy el mundo habitado. Ha llegado el momento de completar la explicación de aquella simple señalación. La afirmación hecha en el capítulo undécimo de aquel volumen debe ser ampliada para que el lector alcance la posición superior que ahora descubriremos.Hemos llegado a la conclusión de que nuestras impresiones sensoriales no surgen de un mundo material externo y separado. Deben surgir, en consecuencia, de un poder creador de nuestras propias mentes, que funciona independientemente de nuestra voluntad, y por encima de nuestro ser consciente. Pero, aunque sabemos que nuestras propias mentes juegan un papel subconsciente en la plasmación de la experiencia, así como también en su extracción del capital de experiencias previas, no podemos reducir el nacimiento de las cosas solamente, a nuestras mentes finitas y limitadas, no podemos hacer lo que deberíamos hacer; ningún ser humano es, personal y voluntariamente, responsable del mundo que lo rodea. Y sin embargo, nos enfrentamos al hecho comprobado de que dichas cosas y dicho mundo no son sino estructuras del pensamiento y que sus nacimientos deben ser producto de alguna mente. Ha de haber alguna causa desconocida que dé razones de la constante sucesión de formas mentales que se nos presenta como experiencia. Esta causa existe y debe ser tenida en cuenta. Las formas mentales que penetran en la conciencia individual deben ser, en consecuencia, los correlatos mentales de una mente superindividual, que posee el poder de darles formas y de imponerlas a la mente individual.

    ¿Por qué, entonces, no pensar que ellas provengan de una mente más ilimitada que la nuestra, y a la cual incluso ahora, pertenecemos sin saberlo? ¿Por qué habríamos de limitar la posibilidad men-tal al pequeño círculo de experiencia de un solo hombre? ¿Por qué no concebimos la totalidad de las cosas, los seres y el mundo, como producto del pensamiento originario de una mente superhumana que existe en íntima relación con la nuestra? Ya que no tenemos derecho alguno de concebir el mundo como objeto de conciencia solamente para un ser que posee los cinco sentidos, es decir, sólo para un ser humano o animal. Esto sería un antropomorfismo de la experiencia, una concepción ilegítima de una experiencia limitada como si ella fuera la forma más alta posible de toda experiencia.

    La existencia no puede limitarse únicamente, a aquello ofrecido a las sensaciones humanas, a los espectáculos de lo que se ofrece a los cinco órganos sensoriales. Es un error limitar la existencia a la mera satisfacción de la conciencia humana limitada. Incluso la más precaria investigación demuestra cuan absurdamente limitada es esta conciencia, ya que ni siquiera puede ver los millones de seres inferiores al hombre, que bajo la forma de microbios pueblan el aire. La inteligencia debe aceptar que haya un lugar, en este variado universo, para un ser superior al hombre. El hombre no puede ser la última palabra de la Naturaleza.

    El universo es una cosa triste, por cierto, si no tiene nada mejor que la forma presente de la conciencia humana, para ofrecer como resultado de todo su esfuerzo incansable, todos sus tremendos dolores. Es irrazonable creer que mientras existen miríadas de diferentes formas de vida en el universo, inferiores al hombre en la escala de la evolución, no hay en cambio algunas otras formas superiores a él, es decir, que no pueda haber también alguna forma última de inteligencia suprema que posea una visión cósmica de las cosas. Sería por consiguiente, una impertinencia imponer a dicha inteligencia superior, sólo los sentidos desarrollados por la experiencia parcial del hombre, cuando bien podría esa inteligencia superior tener conciencia del mundo según su propia índole superior.

    Es necesario aceptar la existencia de una mente universalmente difundida o de lo contrario, ella no podría asumir la conciencia de las miríadas de cosas y seres del mundo. Debe ser una mente prístina, eterna y autosuficiente, o de lo contrario, no podría abarcar todos los cambios y vicisitudes que incesantemente se producen dentro de la continua duración del mundo. Ha de estar siempre enlazada al universo, o de lo contrario, no podría ser un observador del universo. Sería esta mente libre el indispensable observador de un mundo deshabitado o de un lugar desconocido. Y esto no resulta corolario meramente basado en un razonamiento justo, ya que surge además, sobre la base de la percepción interior ultramística, bases ambas que apoyan la confirmación de la enseñanza oculta respecto de la existencia de dicha Mente suprema.No somos simplemente, testigos que autoabsorben nuestras propias impresiones, sino también, los copartícipes de una experiencia común. A pesar de la relatividad de los detalles de todas las observaciones realizadas en el tiempo o el espacio, una colina no es una colina para una persona y un río para otra. Su identidad general como colina resulta un hecho para todos los observadores.

    Las sensaciones de millones de hombres están conectadas entre sí, o por lo menos son superficialmente semejantes, ya que el mismo universo físico se ofrece a todos. Esta conexión indica que todos ellos tienen una tierra común. El hecho de que existan para los otros percepciones del mundo externo, similares a las nuestras; demuestra que todos nosotros estamos contenidos en una sola e igual super-mente externa, que constantemente percibe.

    Un paisaje que aparezca durante la vigilia y también durante el sueño, parecerá en ambos casos que está ubicado en el espacio externo. Pero mientras el primero puede ser contemplado al mismo tiempo, por otras criaturas con ojos, que por casualidad se encuentren también allí, el segundo, es decir, el paisaje del sueño, solamente puede ser contemplado por una única persona. Y esto se debe a que la primera escena surge independientemente de nuestro pensamiento individual, en cambio la segunda, nace sólo de nuestro pensamiento personal. Esta diferencia es tan importante como lo es la semejanza de que ambos paisajes son puramente mentales. Y la misma se produce porque todos vivimos en un universo de ideas, y porque el primer paisaje no deja de existir debido a que su original pensador es la mente cósmica que todo lo incluye.

    La misma respuesta servirá para refutar la siguiente objeción de que la existencia del mundo no depende de nuestro pensar voluntario, es decir, que no es el producto del deseo personal de cada mente particular y aislada, sino que se impone a los sentidos individuales, lo quieran o no. Incluso quienes pueden comprender que la mente sea al mismo tiempo el actor y el espectador de este drama universal de luces, colores, sonidos, olores y captaciones táctiles; quienes pueden entender que el acto mismo del pensar es creativo en la medida en que plasma su propio tiempo y espacio; quienes pueden apreciar que el cosmos sea, en su totalidad, una forma humana de pensamiento, y que nada pueda penetrar la experiencia humana si no es bajo el aspecto de pensamiento, no pueden sin embargo, comprender cómo, cuando no tienen la intención deliberada de crear un mundo, su pensamiento puede hacerlo, y pese a ello, permanecer totalmente inadvertido de los procesos internos del mecanismo mental en el momento en que éste se produce. La imagen del mundo no surge a la vida respondiendo a su deseo arbitrario; es algo dado a ellos. Es cierto que lo experimentan en su interior, pero saben que no lo han originado.

    La doctrina de un pensador cósmico, actuando subconscientemente por detrás de la mente individual, de una manera tan fugaz que casi no puede explicarse, podrá llenar esta brecha de su comprensión. Ellos deberán reconocer aquí, la obra de otra Mente sobre la propia. Si el individuo y su mundo espacio-temporal están indisolublemente unidos; si es la conciencia individual la que, por su misma índole, incluye el mundo; y si, por consiguiente, la conciencia es la realidad de ambos; esto es así porque ambos no son otra cosa que manifestaciones de una tercera entidad que los trasciende, y que por lo tanto, tiene que ser una forma superior de la conciencia. Si debemos tener en cuenta la similitud de las sensaciones, esto se debe a que la conciencia superior que estimula en todas las mentes individuales la actividad de la percepción sensorial, es una y la misma cosa: una Mente común universal.

    El mundo que se despliega ante nuestra contemplación es, por tanto, un indicio de la presencia de la Mente omnipresente que imprime ese mundo en nuestros sentidos, como si fuera originado desde dentro. Así, todo objeto no sólo es una idea de una mente individual, sino también una idea de la Mente universal. Ya que esta última no es un creador arbitrario ni tampoco algo separado e independiente del individuo. Ambos contribuyen a la plasmación del mundo individual. Cómo sucede todo esto, y el proceso psicológico mediante el cual la mente individual recibe estas ideas, es el tema del próximo capítulo.

    ¿Cómo es que el mundo continúa existiendo durante los numerosos intervalos, tales como el que se produce durante el sueño, cuando se convierte en algo que ha dejado de existir para las sensaciones de muchos individuos? ¿Cómo es que los muebles de una habitación cerrada continúan existiendo, cuando no hay persona alguna dentro de ella que pueda percibir esa habitación? ¿Cómo, por cierto, el cosmos total existió antes de que existiera en las sensaciones de criaturas vivas, y cómo es posible que esta conciencia persista después que todas aquellas criaturas han perecido? La única respuesta plausible a estas preguntas consiste en afirmar que debemos aceptar una relación no sólo entre el mundo y el individuo, sino también entre el mundo y una mente universal. Más aún, nos vemos obligados a reconocer que las funciones mentales de todos los hombres se relacionan finalmente, entre sí, y ésta es la razón por la que todos ven el mismo mundo en igual orden espacio-temporal.

    ¿En qué consiste esta relación? Es nada menos que su propia existencia múltiple dentro de una Mente única, más amplia, de la misma manera que miles de células viven en un cuerpo único y de mayor tamaño. Aquello que determina la experiencia del mundo en un hombre sólo como experiencia interior, también determina la de otros hombres. Hay en verdad, una oculta unidad que abarca a todas las mentes humanas de la misma manera que un círculo mayor incluye muchos otros círculos concéntricos más pequeños. Así, si una región polar desconocida es tierra ignorada e inimaginable para alguien, por lo menos es conocida y pensada por la Mente universal. Su existencia prístina no ha sido conferida por el pensamiento humano sino por el pensamiento divino. Una cosa no es solamente una idea de una conciencia individual, aunque sea una idea propia de esta conciencia. En consecuencia, el mentalista no necesita negar la existencia de todas estas cosas que no han penetrado, en un momento determinado, en su campo de experiencia.

    ¿Cómo llamaremos a esta Mente suprema? Es necesario definir primero un término tan vago como lo es la palabra Dios, antes de poder utilizarla adecuadamente. Pero resulta que ya ha adquirido tantos significados diferentes, en pensamientos de tal diversidad, que resulta difícil dar una definición satisfactoria para todos, y tal vez sea imposible lograrla. De modo que estamos justificados si simplemente empleamos un término al cual daremos nuestra propia explicación. Dicho término —La Mente universal— será empleado, de aquí en adelante, y a lo largo de todo este libro, para indicar dicha Inteligencia universal. Diciéndolo en términos poéticos, la Mente universal es el Alma de la Naturaleza.


    ¿PUEDEN LAS COSAS SER PENSAMIENTOS?


    Pero la experiencia asume una forma doble. No sólo están las cosas que se presentan a nuestra atención como medio ambiente circundante, sino también los pensamientos que surgen ante nosotros introspectivamente. ¿Cómo es posible que ubiquemos el mundo externo, que resulta obviamente el mismo para todos nosotros, en un mismo plano con el mundo interno de nuestras fantasías personales y arbitrarias? ¿Cómo es que su forma rígida e inflexible, relativamente quieta e inmutable, puede equipararse al plástico mundo interior del pensar, que vibra como un fluido? Las cosas están en estado fijo, pero los pensamientos respecto de ellas, cambian constantemente. Las imágenes y las ideas aparecen o desaparecen, más o menos de acuerdo con nuestro deseo y se forman respondiendo a nuestra voluntad, mientras que por el contrario las impresiones sensoriales son más o menos independientes de nuestra voluntad o deseo. Además, el mundo físico se nos impone independientemente de nuestro control, mientras que las fantasías acerca de ese mundo físico, están sometidas a nuestro control. ¿Cómo es posible entonces, colocar en una única y misma categoría una idea tal como la del recuerdo de un árbol, que representa el proceso interno del conocer dicho árbol y el árbol real? Nadie siente que se presenten como la misma cosa de su experiencia, las imágenes de la fantasía individual y los objetos de la percepción sensorial, pero nadie tampoco, advierte una diferencia demasiado marcada entre ambos.

    Esta es tal vez, una de las barreras de mayor bulto que se presentan en el camino de la mayoría de los estudiosos de esta doctrina. En realidad, es este contraste chocante el que obliga al hombre a aceptar que los objetos circundantes, que constituyen su medio ambiente terrenal, son reales y materiales, al mismo tiempo que acepta que los pensamientos, ideas, recuerdos, fantasías e imágenes mentales, son comparativamente irreales e inmateriales. ¿Cómo pues, pueden ambos, ser una misma y única cosa en sustancia?

    La respuesta es que dicha distinción es ciertamente genuina, pero que es una diferencia de grado y no de naturaleza; es una distinción sin una diferencia; no destruye el carácter fundamentalmente mental del mundo exterior. Lo que generalmente se llama cosa es una creación —como lo demostraremos más adelante—, una creación primigenia de la mente cósmica. Lo que generalmente se conoce con el nombre de pensamiento es la creación sola de la mente humana. Pero las ideas se diferencian por la fuerza, la intensidad y la vivacidad con que surgen a la conciencia. Con todo, siguen siendo ideas. Si bien únicamente los mentalistas aceptan que la experiencia física de los objetos es un conjunto de estados mentales, todo el mundo sin vaci-laciones acepta los criterios acerca de esos estados mentales como tales. Ahora bien: los pensamientos surgen solamente para el individuo que los produce, mientras que las cosas existen para todos por igual. Es ésta la segunda diferencia importante entre ambos.

    ¿Por qué existe una diferencia tan obvia entre las dos categorías de la experiencia, si ambas tienen una misma índole mental? ¿Por qué tenemos una certidumbre tan definida acerca de nuestra experiencia de las cosas? La respuesta es que percibimos la una bajo un sistema de condiciones diferente del de la otra, aun cuando ambos sistemas sean puramente mentales. La diferencia entre las cosas materiales y los pensamientos, del tipo de los recuerdos acumulados, es exactamente la misma que distingue las experiencias de la vigilia y las del sueño, es decir, que las primeras son comunes a todos pero las segundas son totalmente privadas. La fuerza con la cual se impone a nosotros una impresión sensorial, deriva de su origen cósmico, y la debilidad con que surge en nuestro interior una fantasía, proviene de su origen humano. De tal modo que cualquiera puede reconstruir las sensaciones físicas utilizando imágenes nemónicas, pero las sensaciones reconstruidas carecen de la agudeza, fuerza y vivacidad que poseen las originales.

    Comúnmente, no captamos el hecho de que estamos aquí tratando con una diferencia sólo de calidad de nuestra concientización ya que cometemos el error de suponer que se trata de una absoluta diferencia de índole. La razón de esto estriba no sólo en el hecho del origen cósmico de nuestro contorno, sino también en la circunstancia de que nuestra mente, cuando se vuelve hacia el exterior, está enfocada de una manera aguda y continua, mientras que lo hace de manera vaga y dispersa cuando enfoca el mundo interior. El resultado de la actividad primera es la experiencia física externa, y el de la segunda, la experiencia imaginativa interna, pero ambas tienen la misma sustancialidad última mental. Así, en determinados momentos de intensidad mayor, incluso las formas mentales del segundo grupo asumen la misma presencia compulsiva del primer grupo. Estos momentos son los que siente, por ejemplo, el amante separado de su amada, el poeta, pintor y novelista, en los momentos supremos de sus respectivos modos creadores, y el místico evolucionado, en el instante en que se sumerge en la profunda contemplación devota de su santo ideal. No es necesario que neguemos que las cosas externas parezcan completamente diferentes de los pensamientos internos, pero sí lo que debemos negar enfáticamente, es que — por rotundas, sólidas que ellas sean— dichas cosas puedan existir fuera de la experiencia de nuestra propia mente. La comparativa debilidad de las fantasías privadas, la comparativa fuerza de las impresiones sensoriales, y la innegable diferencia de intensidad, inmediatez y presencia, entre estos dos tipos de pensamiento, nos engañan impidiéndonos reconocer su similitud oculta, la fundamental unidad de sustancia de la cual surgen. Esto también explica que la mente deba dividirse de esa manera, para que un tipo de experiencia resulte público y general, mientras el otro deba restringirse a la visión privada y peculiar del hombre singular, a su carácter y sentimiento. La Mente Universal tiene el poder de emitir sus fantasías, de proyectar sus construcciones mentales, y de llenar su propio vacío aparente con innumerables pensamientos de cosas, de un modo tal que sean captadas por toda la humanidad. Cada individuo recibe espontáneamente estas ideas a través de sus propios mecanismos mentales. La persistencia tenaz de la idea del mundo, la similitud de la impresión total que ésta produce en infinitas mentes; la vivacidad y concretez con que la misma es sensorialmente captada, son realmente impuestos a nosotros poderosa y magnéticamente. Nuestros pensamientos y fantasías son relativamente débiles y difusos esfuer-zos. La idea del mundo es mantenida frente a nuestra contemplación y experiencia por efecto del pensar de la Mente universal, que nos la impone como si fuera fija, inmutable, y como tal reflejada en nuestras mentes individuales. Decimos "como si" intencionadamente, puesto que incluso esta inmutabilidad y fijeza del mundo exterior existen sólo en concordancia con nuestros esquemas de la época actual. ¡Lo que nuestra mente registra como fijo durante un millón de años, puede fácilmente equivaler, en el pensar de la Mente Universal, a un solo segundo! Puesto que el tiempo es una cuestión puramente relativa.

    Todas estas preguntas se irán contestando, sin embargo, a medida que desarrollemos este ensayo. Ellas surgen en la mente de personas que han comenzado, consciente o inconscientemente, por aceptar la existencia de la materia como entidad en sí misma. En realidad, ellas han imaginado la materialidad del mundo sin discusión, y consecuentemente, resultan víctimas de lo que ellas mismas han creado. ¡Puesto que la vida los ha plantado en un universo de pensamientos que ellos han tomado por universo de materia!

    ¿Cuál es pues, la diferencia esencial entre la idea de un episodio recordado, que surge voluntariamente en la mente, y que muy pronto se desvanece, y la idea de una montaña altísima que aparece involuntariamente frente a la mente y que perdura a lo largo de muchas vidas humanas? Ambas ideas son inevitable y finalmente, efímeras, aunque la primera pueda durar sólo unos pocos instantes y la segunda, algunos pocos cientos de miles de años. La diferencia sentida entre ambos tipos de ideas nos ciega frente al hecho de que no solamente el acto por medio del cual resulta conocido mentalmente un objeto, sino también el objeto mismo es mental. Todo cuanto percibimos fuera de nosotros está por cierto, fuera del cuerpo y en el lugar exacto en el cual lo percibimos. Pero de la misma manera que el cuerpo, y el objeto percibido en ese espacio en el que ambos existen, son en sí mismos elaboraciones comprobadas de la mente, la visión última puede ser sólo la de que toda la cosa es una apariencia en la conciencia.

    Únicamente conocemos nuestros estados mentales, aunque algunos de ellos aparezcan como "cosas". Solo vemos nuestras imágenes mentales, aun cuando algunas de ellas aparezcan como exteriores. El hombre que habita el mundo recibe un choque, que produce risa en la mayoría de los casos, pero que provoca terror en algunos pocos, cuando se le dice que si permaneciera aparte de su experiencia, desprendido de ella, entonces todo el desfile de criaturas en movimiento, todas las largas líneas de calles y casas que lo rodean, se convertirían en meras formas asumidas por su mente. Puesto que ese hombre cree que lo que le decimos contradice cada momento de su experiencia, y pone en crisis sus más queridas nociones. Por lo tanto se niega a dar el salto mortal intelectual burlándose inmediatamente de tonterías tan evidentes. La doctrina de la "mentalidad" de toda cosa parece, por cierto, a primera vista, implicar una reversión tan honda de sus modos habituales de pensamiento, que se siente seguro de su absurdidad.

    Ese hombre tiene que desvirtuar la obra de vastos períodos de tiempo, de épocas de evolución prolongada, que abarcaron infinitos renacimientos, durante las cuales la necesidad de entendérselas con un contorno externo, dominaba imperiosamente por encima de la necesidad de reflexión interior acerca de ese contorno y acerca de sí mismo. Así surgió el hábito de mirar hacia afuera por medio de los cinco sentidos, la costumbre de considerar a la materia como una entidad real, en lugar de considerarla como pensamiento, de malentender su propia experiencia y de volverse incrédulo ante el hecho de que esa experiencia es solamente una forma de la conciencia.

    ¿Pero por qué el criterio del sentido común de absurdidad debería ser considerado como principio último y terminante? ¡Resulta una ironía de la ignorancia humana que quienes ruidosamente afirman que el mentalista está engañado, estén ubicados ellos mismos, en el engaño! Ya que, la esencia del error de estas personas consiste en aceptar que cuando el mentalista niega la existencia de la materia, también niega la existencia de las cosas y los seres, o bien, que los convierte en meros fantasmas de su ser anterior. Por el contrario, el mentalista afirma que los seres y las cosas están realmente allí. Y admite que están presentes no sólo dentro de nuestras cabezas sino fuera de ellas. Únicamente hace la advertencia de que son elaboraciones mentales. No niega la existencia de los sólidos, los líquidos y los gases. Únicamente señala que éstos poseen existencia mental. Acepta el sentimiento de resistencia y la sensación de presión, como indicadores de la presencia de un cuerpo sólido, pero declara que esas sensaciones son en realidad, sensaciones de la mente misma.

    Así como una sola semilla puede, a medida que crece y madura, manifestarse de diversas maneras, ya sea como tallo, hoja, flor y fruto, todas las cuales son diferentes para nuestra experiencia, así también la mente se revela a través de una diversidad de modalidades, como sustancia, fantasía, forma terrosa, acuosa y gaseosa, que resultan evidentemente distintas, pero que no quita que nuestras experiencias de las mismas persistan en su origen mental. De igual manera que los sentidos de la vista, el tacto y el gusto, nos advierten que la fluida leche, la blanda manteca, el espeso queso y la sólida baquelita, son completamente distintos entre sí, mientras que la razón nos dice que todos ellos son formas sucesivas de una misma sustancia esencial, los sentidos nos presentan muchos tipos diferentes de experiencias, y sin embargo, la razón declara que son únicamente experiencias de una conciencia, no de diferentes clases de materia. La mente es como la tierra única a partir de la cual crecen variados pastos, plantas, árboles, hortalizas, frutos y cereales. Todo cuanto vemos es producido por la mente. Por más variados que puedan ser sus aspectos.

    De esta manera captamos firmemente, por fin, el hecho fundamental de que el mundo se externaliza en y por medio de la mente. Todas las diferencias que existen entre los diversos elementos tales como agua, tierra y aire, no invalidan esta afirmación, ya que se trata, positivamente, de diferencias propias de la experiencia mental. La mente puede colocarse miles de disfraces tan ampliamente diversos como la piedra y el gas, pero es nuestro deber descubrir detrás de ellos, al actor oculto. Tanto la piedra cuanto el gas existen únicamente a través de y para nuestra mente.

    Tampoco el mentalista niega la existencia de todas aquellas cosas como electrones y protones utilizados por la ciencia para explicar la sustancia del mundo, sino que simplemente sostiene que esos elementos son, en última instancia, ideas. Su máquina de escribir no cambia su naturaleza de objeto simplemente porque él la perciba como una forma mental, en su índole final. La máquina de escribir continúa siendo lo que siempre fue y él continúa oprimiendo sus teclas como antes. Sabe que su experiencia del mundo, que incluye sus percepciones tangibles de la máquina, aunque no son productos directos de su propia conciencia, son, no obstante, variaciones de dicha conciencia. Sabe también, que los acontecimientos de esa experiencia no le suceden desde el exterior, sino más bien, desde dentro de su campo de percepción.

    En consecuencia, sería un grave error confundir el mentalismo con la doctrina de la no existencia del mundo. La simple afirmación de que el mundo es una forma del pensamiento, implica definitivamente, que como pensamiento —pero no como entidad material independiente— ese mundo necesariamente existe. El estudioso debe entender clara y exactamente, que cuando se dice que la materia como tal no existe y carece de sentido, ello no implica afirmar al mismo tiempo, que la forma de experiencia que se presenta como externa, no existe y carece de sentido.

    Quien pueda captar la verdad de estas afirmaciones además debe captar sus consecuencias sorprendentes. Quien crea que las formas innumerables del mundo material, y las fases incontables de la existencia, son en última instancia algo más que formas mentales, cree en el materialismo, aunque haya leído El Nuevo Testamento, el Bhagavad Gita, y todas las obras de los místicos antiguos y modernos. Cuando se libera a la conocidísima doctrina india de "maya", de las exuberantes floraciones mistificadoras que la envuelven, esta doctrina simplemente significa que la materia es una ilusión de la mente.

    ¿En qué ha consistido, por fin, el progreso mentalista? No, en ir de una realidad inferior a otra superior, sino en trasladarse de un concepto de la realidad inferior a uno superior; es decir, de la materia a la conciencia misma. ¡Y sin embargo, el crítico rechazaría tontamente descartándola de la existencia, esta cosa única que es la que hace parecer real a la existencia, este principió que precisamente la experiencia, la comprensión acertada, presupone!

    Debemos encarar el problema reconocidamente difícil, de la existencia del mundo de dos maneras: o bien lo descartamos o bien lo resolvemos. La teoría materialista lo coloca detrás de una "materia" desconocida e imposible de conocer, y así, simplemente- lo descarta, mientras que la teoría mentalista realmente lo resuelve.

    Quitad el pensamiento y quitaréis las cosas; anulad la mente y anularéis la materia.

    Cuando un hombre oye hablar por primera vez de mentalismo, inmediatamente se opone a esta teoría, en parte, debido a su desacostumbrada índole paradógica, y en parte, porque esa persona tiene el prejuicio profundamente arraigado, a favor del materialismo. No le agrada esta doctrina del mentalismo porque conmueve su sentido de la realidad como un terremoto. Y sin embargo, apenas ha comenzado su estudio, este prejuicio comienza a desvanecerse, y el hombre se reconcilia con la idea de su posibilidad. Cuando la ha estudiado profundamente, y cuando ha percibido la mentalidad del mundo por medio de la contemplación yoga, o en momentos de honda aflicción, la incuestionable grandeza de esta doctrina liberadora se posesiona por completo de su corazón y de su mente. Incluso quien sostiene o defiende el materialismo, quien dice: "Este es el universo tal como yo lo defino y lo observo", al decirlo así, interpreta el universo y simplemente, sostiene o defiende su idea respecto de él. Si pudiera comprender qué es lo que está haciendo, comprendería que está dando su afirmación al mentalismo. ¡En verdad, ese hombre es un mentalista —aunque el hecho no pueda ser distinguido por él mismo—, un mentalista que todavía no ha ascendido al plano de la autoconciencia reflexiva!

    La afirmación fundamental de todos los mentalistas actuales, es de que la ciencia ha dado el primer paso hacia el descubrimiento de esta verdad. Distinguidos hombres, como Jeans y Eddington, han erigido un monumento mentalista al pensamiento científico y en consecuencia, merecen nuestro más alto elogio. Esto es así y debe ser así, porque la mente humana no puede descansar en el materialismo. Se ve impulsada, por su propia evolución necesaria, a transitar las sucesivas etapas que culminan en la verdad del mentalismo, para llegar, desde aquí, a la captación de la finalidad majestuosa de lo real genuino. A despecho de lo que la ciencia haya sido en el pasado, a despecho de lo que ella sea en el presente, debemos hacer la afirmación categórica de que dicha ciencia no podrá ser, al final, otra cosa que mentalista. Se verá obligada a sostener, par-tiendo de su propia sabiduría práctica, lo que un sabio asiático escribió miles de años atrás, como resultado de su inmediata vislumbre interior, en el Maitri Upanishade: "El mundo es apenas el pensamiento propio".


    CAPITULO III
    EL NACIMIENTO DEL UNIVERSO


    A esta altura, algunos pensamientos le sobrevendrán naturalmente al estudioso. Si consideramos un panorama histórico del universo, nos enfrentaremos con tres preguntas relacionadas, que han surgido y que se han confundido en las mentes de toda raza cultural de la antigüedad, del período medieval y de la época moderna. Son ellas: ¿Cuándo comenzó el mundo? ¿De dónde provino? ¿Cómo surgió?

    La cosmología de la enseñanza oculta comienza a contestar estas preguntas explicando que el universo es una cuestión infinita. No hay momento alguno en el cual no haya existido, en estado latente o activo, y en consecuencia, no habrá momento alguno en el que deje de existir, o latente o activamente. Esto es así, porque el mundo no surgió como consecuencia de un acto repentino de la creación, sino a causa de un gradual proceso de manifestación. Puesto que se trata de un vasto pensamiento y no de una cosa vasta, ha ido surgiendo de la mente universal misma, de su propia "sustancia" mental, y no, de una sustancia exterior tal como conciben la materia los materialistas: científicos, religiosos o metafísicos. No necesitó la Mente universal sacar manos metafóricas, en un momento específico, para comenzar a modelar la materia, como un ceramista que moldea su barro, para darle la forma de un cosmos.

    Siendo el cosmos una formación mental, jamás puede desaparecer realmente, así como no puede efectivamente desaparecer una idea humana, cuando se la descarta de la atención. Nos será posible comprender mejor este punto analizando cómo se producen los pensamientos en la mente humana. ¿Qué les sucede cuando se desvanecen? ¿De dónde provienen cuando aparecen? En cualquier momento el hombre puede concitarlos nuevamente, aunque durante el intervalo hayan dejado de existir en apariencia. Las ideas del hombre son manifestaciones de su propia mente, no, creaciones a partir de alguna sustancia externa. De igual modo, la Mente universal manifiesta algo propio en el cosmos. Y siendo su propio ser, como lo demostraremos más adelante, unitariamente eterno e inmortal, resulta inevitable que las ideas del mundo nacidas de ese ser sean también eternas e inmortales.

    De esta manera, no existe ningún momento particular, de la larga historia del universo, en el cual pueda decirse que ha sido creado por primera vez. No ha tenido jamás un comienzo y consecuentemente, jamás tendrá fin. Puesto que nunca ha comenzado, tampoco puede terminar jamás. Es eterno porque la sustancia última no es otra cosa que la Mente, para la cual no existe comienzo concebible ni fin concebible. La Mente es lo que ha sido desde el incalculable pasado sin comienzo; como lo afirma Buddha: "No nacido, increado, no originado”. No hay en él ni primero ni último momento.

    Este principio se ilustra generalmente, en la enseñanza oculta, pidiéndole al estudiante que dibuje un círculo. El punto en el cual comienza a dibujar señala su comienzo, y el punto en el que deja de dibujar, su final. El estudiante debe pensar en este círculo como en un prototipo, válido para todos los círculos que jamás hayan existido. Le será entonces imposible señalar cualquier punto particular como verdadero principio o fin de dicho círculo. Los puntos previamente dibujados eran sólo temporarios. Entonces, el círculo es comprendido en su real índole de figura sin principio ni fin. Aun cuando se diga que el universo fue especialmente creado en una época histórica determinada —como se sienten impulsados a sostenerlo los fundadores de religiones, toda vez que ellos consideran que las masas son algo absoluto y fijo, ignorando la verdadera naturaleza mentalista del tiempo—, esta época señalada sólo puede ser, en su mejor acepción, una señalación temporal. Es como la marca temporal del círculo de nuestro estudiante, pues no hubo momento en que la Mente no fuera. Las manifestaciones de la Mente han tenido siempre, por tanto, existencia abstracta o concreta; la rueda svástica del universo gira siempre.

    Es un principio científicamente aceptado, que los planetas, estrellas y nebulosas, que iluminan el firmamento, tienen edades distintas. Algunos son jóvenes y otros son viejos; algunos, casi recién nacidos, pero otros están agonizando. En consecuencia, la creencia de que cierta vez Dios creó repentinamente el mundo —lo que haría que estos cuerpos astrales tuvieran actualmente la misma edad— resulta inaceptable. Es más razonable creer, de acuerdo con la enseñanza oculta, que el universo no ha tenido jamás un principio, y que nunca concluirá, que es eterno y autosuficiente porque es el cuerpo de Dios —si queremos utilizar este término tantas veces mal empleado— el cual es eterno y autosuficiente, y que una evolución perpetua de todo el universo y de sus criaturas está produciéndose constantemente.

    Quien pueda captar esto estará habilitado para percibir también su corolario: que la causalidad es solamente una verdad temporaria, una simple marca como la que se hace para comenzar a dibujar un círculo, y que, en última instancia, no existe causa primera real alguna, así como no hay ningún efecto último real, en ningún lugar de esta serie de acontecimientos que jamás se detienen. Nada existe por sí mismo, y todas las cosas existen actualmente como efectos indirectos de innumerables causas que se ligan como una cadena infinita, desde el pasado sin comienzo. Quien pueda concebir que todo suceso está de alguna manera relacionado con otros infinitos sucesos, que un tejido de interdependencia cubre todas las cosas sin excepción, puede también, comprender que no hay ninguna cosa manifestada que pueda ser autosuficiente o autoexistente en el amplio sentido de la palabra, o que no provenga de alguna causa o de algún efecto.

    Naturalmente, olvidamos que aquello que por lo general consideramos como causa obvia de un suceso, es solamente un momento final y sobresaliente, dentro de una multitud de cambios anteriores irreconocibles que convergen y se unen en aquel suceso. También pasamos por alto el hecho de que comúnmente pensamos que la creación de una nueva cosa es sólo el último fruto de la indirecta cooperación de innumerables cosas viejas. En tales condiciones de infinita regresión de causas que son sólo pseudo-causas y de efectos que son sólo pseudo-efectos, la pregunta respecto de cuándo fue creado el mundo, no es una pregunta adecuada, porque el problema se ha planteado inicialmente de manera equivocada. Hay ciertos presupuestos erróneos en estas palabras interrogatorias. Esa pregunta no puede por consiguiente, contestarse, no porque la filosofía sea ignorante, sino porque la pregunta misma ha sido mal formulada.

    Por lo tanto, el universo es tan antiguo o tan eterno como la Mente universal misma. Es una idea, pero sin embargo, una idea eterna. La creación no comienza ni termina en parte alguna o en momento alguno. No hay lugar ni momento de dicha creación que pueda determinarse con certidumbre como causa primera o efecto final. ¿Cómo entonces puede definirse el punto inicial de todo el proceso creador? ¿Cómo pues, podemos hacer una selección que no sea necesariamente arbitraria, de esta serie interminable de acontecimientos interrelacionados? Cualquiera de ellos que se elija será el principio de la creación, únicamente desde un punto de vista muy superficial. ¡Qué vagarosa es la concepción del universo que se toma la libertad de asignar una "fecha" para la creación! Toda fecha de ese tipo variará según el simple capricho del "autor" de la misma; elegirá una teoría de la creación que le convenga. Esta dependerá del temperamento o del gusto humano.

    El mundo es un complejo de cantidades infinitas de sucesos relacionados. Por consiguiente, ninguna causa absoluta puede ser estrictamente considerada como causa de un suceso determinado. Del hecho de que, por lejos que intentemos retroceder para rastrear una primer causa del universo, descubrimos que cada una de esas supuestas ca