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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA COMEDIA DEL DIABLO (Christopher Moore)

    Publicado el jueves, septiembre 07, 2017

    PRIMERA PARTE
    SÁBADO NOCHE
    _____ 1 _____
    La Brisa


    La Brisa llegó a San Junípero en el asiento del copiloto de la camioneta Pinto de Billy Winston. La camioneta se ladeó peligrosamente desde el borde de la carretera hacia el centro, mientras Billy intentaba liar un porro con una mano al tiempo que, con la otra, balanceaba una lata de cerveza al ritmo de una canción de Bob Marley que provenía del estéreo.

    —¡Ahora sí que estamos rulando, colega! -exclamó Billy al alzar su cerveza para brindar con La Brisa.

    La Brisa movió la cabeza en señal de desaprobación.

    —Manten la lata abajo, mira la carretera y déjame a mí liar el canuto -dijo.
    —Lo siento, Brisa -respondió Billy-, es que me emociono al vernos en la carretera.

    Billy sentía una admiración infinita por La Brisa. Era un tío realmente audaz, un hombre de mundo de la época del renacimiento, que solía pasarse los días en la playa y las noches sumergido en una nube de sinsemilla. La Brisa era capaz de fumar toda la noche, cepillarse una botella de tequila, mantenerse en un estado que le permitiera conducir los cincuenta kilómetros de regreso a Pine Cove sin despertar sospechas de ningún policía y de aparecer en la playa a las nueve de la mañana del día siguiente como si el término resaca fuera demasiado abstracto para ser utilizado. En la lista personal de héroes de Billy Winston, La Brisa sólo ocupaba el segundo lugar después de David Bowie.

    La Brisa retorció el canuto, lo encendió y se lo pasó a Billy para que lo inaugurara.

    —¿Qué celebramos? -preguntó Billy con el aliento entrecortado mientras intentaba retener el humo.

    La Brisa erigió el dedo índice como para remarcar la pregunta mientras con la otra mano buscaba el «Calendario dionisíaco: Una ocasión para cada festejo» en el bolsillo de su camisa hawaiana. Hojeó las páginas rápidamente hasta que encontró la fecha correcta.

    —El día de la independencia de Namibia -dijo solemnemente.
    —Cojonudo -apuntó Billy-. Festejemos la independencia namibia.
    —Dice aquí -continuó La Brisa- que los namibios celebran su independencia asando y comiéndose una jirafa entera y bebiendo una mezcla de jugo de guanábana fermentada y el extracto de ciertas ramas de árbol que supuestamente tienen poderes mágicos. Cuando la celebración llega a su climax, se les hace la circuncisión a todos los chicos que están en edad con una piedra afilada.
    —Tal vez podamos circuncidar a algunos tecnis esta noche si la cosa se pone aburrida -dijo Billy.

    «Tecnis» era el término que La Brisa utilizaba para referirse a los alumnos del Instituto Tecnológico de San Junípero. Eran, en su mayoría, jóvenes ultraconservadores con corte de pelo militar que se sentían satisfechos de pertenecer a la estirpe que acabaría convirtiéndose, después de pasar por el esmeril curricular del Tec de San Junípero, en instrumento de la Industrial America.

    La forma de pensar de los tecnis le era tan ajena a La Brisa que ni siquiera era capaz de expresar por ellos un saludable adjetivo de desprecio. Para él, eran, simplemente entidades inexistentes. No obstante, las chicas del Tec de San Junípero ocupaban un lugar especial en su corazón. De hecho, el encontrar unos minutos de dichosa fuga entre las piernas de una núbil del Tec era la única razón por la que La Brisa se sometía a un viaje de cincuenta kilómetros en compañía de Billy Winston.

    Billy era alto, increíblemente flaco, feo, olía mal y tenía un especial talento para decir las cosas en el momento más inoportuno en casi cualquier situación. Para colmo, La Brisa sospechaba que Billy era gay. Esta idea cobró fuerza la noche en que había pasado por el trabajo que tenía Billy como oficinista nocturno del motel Room-R-Us y lo había encontrado hojeando la revista Playgirl. En el trabajo que tenía La Brisa no era raro encontrarse un esqueleto de vez en cuando en algún armario. Si el esqueleto de Billy llevaba braguitas, no tenía la menor importancia. La homosexualidad en Billy Winston era lo que el acné puede representar para un leproso.

    El lado bueno de Billy era que tenía un coche que corría, el cual llevaría a La Brisa a donde quisiera, pues unos agricultores del Big Sur se habían quedado con su furgoneta en prenda por los 20 kilos de botones de sinsemilla que había guardado en una maleta que estaba en su caravana.

    —Te diré cómo lo veo -dijo Billy-, primero, nos vamos al Toro Loco, luego nos hacemos una jarra de Margaritas en José's, bailamos un poco en La Ballena Desnuda, y si no encontramos movida, pues a la vuelta nos echamos la última en La Cabeza de la Babosa.
    —Vayamos primero a ver qué está pasando en La Ballena -dijo La Brisa.

    La Ballena Desnuda era el club de baile más importante de San Junípero. Si La Brisa había de encontrar una chica a quien arrimarse sería en La Ballena. No tenía ninguna intención de volver con Billy esa noche a Pine Cove ni de echarse la última en La Cabeza de la Babosa. Terminar la noche en ese bar representaba haber fracasado y La Brisa estaba harto de ser un perdedor. Mañana, cuando vendiera los veinte kilos de maría, se ganaría veinte mil dólares. Después de soplarse la costa de arriba abajo durante veinte años y de vivir de negocillos de poca monta, La Brisa se adentraba por fin en el círculo de los ganadores; y en él no había sitio para un perdedor como Billy Winston.

    Billy aparcó el Pinto a una calle de La Ballena Desnuda. Desde la acera se oía el ritmo retumbón de lo último en música tecno.

    Con Billy a la cabeza, andando a largas zancadas, y La Brisa unos pasos detrás, arrastrando los pies desenfadadamente, en cuestión de segundos la curiosa pareja se aproximó a la puerta del antro. Cuando Billy se deslizó bajo la cola de neón de La Ballena y comenzó a entrar al club, el guardia de la entrada, que tenía por cara una rebanada de músculo recién lavada y corte de pelo militar, le cogió del brazo.

    —Eh, déjame ver tu carnet de identidad.

    Billy pasó rápidamente ante su cara un carnet de conducir caducado mientras La Brisa lo alcanzó y comenzó a buscar la cartera en el bolsillo de sus shorts de surfing fluorescentes.

    El guardia levantó una mano y dijo:

    —Déjalo, tío, con esas canas no te hace falta.

    La Brisa se pasó una mano por la frente pensativamente. Hacía un mes que había cumplido los cuarenta, un logro sospechoso en un hombre que una vez había jurado no confiar en nadie que sobrepasara los treinta.

    Después de rebuscarse en los bolsillos, Billy le plantó un par de billetes de dólar en la mano al guardia.

    —Toma -le dijo-, cómprate una noche con una inflable.
    —¿Qué? -exclamó el guardia al levantarse del taburete para disponerse a un combate; pero Billy ya había desaparecido entre la multitud.

    La Brisa se colocó delante del guardia con las manos en alto en señal de rendición.

    —Dale una oportunidad, tiene problemas.
    —Los va a tener -dijo enardecido el guardia.
    —No, de veras -continuó La Brisa, deseando que SU amigo le hubiera ahorrado semejante confrontación y la responsabilidad de tranquilizar a un troglodita con título universitario-. Está medicándose, problemas psicológicos.

    El guardia se mostró dudoso.

    —Si ese tío es peligroso, será mejor que lo saques de ahí.
    —No precisamente peligroso, sino que está algo sonado, es edípico bipolar -dijo La Brisa con una pomposidad que le era poco característica.
    —Ah -respondió el guardia, como si eso lo dejara todo aclarado-. Bueno, pues manténlo bajo control u os iréis ambos.
    —Vale.

    La Brisa dio media vuelta y se reunió con Billy en la barra, entre una peña de estudiantes que bebían cerveza. Billy le pasó una Heineken.

    —¿Qué le dijiste al gilipollas ese para que se calmara? -preguntó Billy.
    —Le conté que querías follarte a tu madre y matar a tu padre.[*]


    *Alusión a la canción de The Doors The End. (N. del E.)]


    —Estupendo. Gracias, Brisa.
    —No hay de qué. -La Brisa inclinó su vaso para brindar.

    Las cosas no le iban bien. De alguna manera, se había enredado en este asunto machista de ir de compañero de Billy Winston cuando él lo único que estaba deseando era deshacerse de él y echar un polvo.

    La Brisa se giró y se recostó mientras observaba el terreno buscando a alguna candidata. Ya le había echado el ojo a una pequeña rubia de pantalón de piel, fea pero de culo prieto, cuando Billy interrumpió su concentración.

    —¿Tienes una rayita, tío? -Billy gritó para que le pudiera oír a pesar de la música, pero lo hizo a destiempo; la canción había terminado. Toda la gente que se encontraba en la barra se giró hacia La Brisa y esperaron, como si las palabras que pronunciara fueran a revelar el verdadero significado de la vida, las cifras ganadoras de la lotería o el único número que no sale en el listín telefónico, el de Dios.

    La Brisa agarró a Billy del cuello de la camisa y lo arrastró hacia la parte trasera del bar, donde un grupo de tecnis, abstraídos de cualquier otro ruido que no fuera el de un interruptor o el de una campana, golpeteaban una máquina de bolas. Billy parecía un crío al que acaban de sacar del cine por gritar al final de la película.

    —En primer lugar -dijo La Brisa, señalándole con un dedo índice tembloroso para remarcar sus palabras-, en primer lugar, ni uso ni vendo cocaína. -Esto era una verdad a medias. No había vendido desde que había cumplido una condena de seis meses en Soledad por traficar, la cual ascendería a cinco años si volvían a descubrirle. La utilizaba sólo cuando se la ofrecían o cuando necesitaba un cebo para ligar. Aquella noche llevaba un gramo-. En segundo lugar, si la usara, no me gustaría que todo San Junípero se enterara de ello.
    —Lo siento, Brisa -respondió Billy, intentando parecer pequeño y débil.
    —Y en tercer lugar -continuó La Brisa, al ponerle tres dedos regordetes a Billy frente a la cara-, tenemos un acuerdo. Si uno de nosotros mete gol, el otro desaparece. Bueno, pues creo que he encontrado a alguien, así que esfúmate.

    Cabizbajo y con el labio inferior colgándole, Billy comenzó a dirigirse lentamente hacia la puerta, como la abotargada víctima de una cuadrilla de linchadores. Pero después de dar unos pasos se giró hacia La Brisa.

    —Si necesitas que te lleve, si las cosas no salieran bien, estaré en El Toro Loco.

    Al observar cómo se retiraba el herido Billy, La Brisa sintió la punzada del remordimiento.

    Pero no había más remedio, Billy se lo había estado buscando. Después del negocio de mañana, ya no necesitaría a Billy ni a ninguno de los compradores de un cuarto de onza semanal de su estirpe. La Brisa estaba deseoso de que llegara el momento en que pudiera prescindir totalmente de los amigos. Dirigiéndose hacia la rubia de pantalón de piel, cruzó ufanamente la pista de baile.

    Dado que había navegado la mayor parte de sus cuarenta años como soltero, La Brisa había aprendido a valorar la importancia de la fase inicial del ligue. Lo ideal era que fuese original, simpática, concisa pero también lírica; debía ser un catalizador que despertara curiosidad e invitara a la lujuria. Teniendo todo esto en cuenta, se acercó a su presa con la serenidad de un hombre bien armado.

    —Eh, hola -le dijo-. Tengo un gramo de polvo peruano de primera para marchar. ¿Vamos a dar un paseo?
    —¿Qué? -preguntó la chica con una expresión que cabalgaba entre la estupefacción y el asco.

    La Brisa observó que tenía los ojos grandes y la mirada de un cervatillo Bambi con demasiado rímel.

    El le brindó su mejor sonrisa de chico surfista.

    —Te preguntaba que si te apetecía empolvarte la nariz.
    —Si podrías ser mi padre -contestó ella.

    La Brisa se quedó asombrado ante su rechazo y al ver que la chica desaparecía entre la multitud de la pista, volvió a la barra para repensar su estrategia.

    «¿Te buscas a la siguiente? A todos nos mandan a freír churros de vez en cuando; sólo tienes que volver a subirte en el surfboard y esperar a que llegue la próxima ola.» Pendiente de lo que acarreaba la marea, se miró toda la pista. No había nada más que chicas miembros de fraternidades, todas con peinados perfectos. Nada. La fantasía de tirarse a una y utilizarla hasta que su peinado perfecto se le hiciera un nudo en la nuca, había sido relegada hacía rato al mundo de los cuentos de hadas y del dinero gratuito.

    La energía en San Junípero era por completo negativa. Pero no importaba, mañana sería un hombre rico. Lo mejor sería que se buscase quien lo llevara de regreso a Pine Cove. Con suerte, podría llegar a La Cabeza de la Babosa antes de la última ronda y disfrutar de una de las putas de turno; una que todavía valorara la buena compañía y no necesitara cien dólares de polvo para ponerse bocabajo contigo.

    Al salir a la calle, un viento frío le azotó las piernas y le caló la delgada camisa. Tener que volverse a dedo a Pine Cove iba a ser una mierda, vaya noche. ¿Estaría Billy aún en El Toro Loco? No, pensó La Brisa, aún hay cosas peores que helarse el culo.

    Por el momento, se olvidó del frío y echó a andar a zancadas hacia la carretera. Sus nuevos zapatos de playa fluorescentes rechinaban a cada pisada. Uno de ellos le rozaba el dedo pequeño y enrojecido del pie. Después de cinco calles sintió cómo se le abría la ampolla. Se maldijo por haberse convertido en un esclavo más de la moda.

    A trescientos metros de San Junípero se acababan los postes de luz. La oscuridad se sumaba a la lista de los agravantes de aquella noche. Sin árboles ni edificios que sortear, el frío viento del Pacífico soplaba cada vez más fuerte, batiendo su ropas como si fueran banderas de batalla ya rasgadas. La tela de uno de sus zapatos comenzó a teñirse de la sangre que le salía a su dedo.

    Pasado un kilómetro, La Brisa abandonó bailes, sonrisas y saludos de falso sombrero como medios para ganarse la simpatía de los conductores para que llevasen a un pobre y perdido surfer. Ahora caminaba pesadamente, con la cabeza gacha en la oscuridad y de espaldas al tráfico que venía hacia él mientras, a manera de baliza, mantenía un congelado pulgar al viento, el cual pocos minutos después se convertía en un dedo corazón que desafiaba a los coches que pasaban a su lado sin disminuir su velocidad.

    —¡Iros a la mierda, gilipollas despiadados! -Tenía ya la garganta cascada de tanto gritar.

    Intentó pensar en el dinero, en los dulces y liberadores, verdes y crujientes billetes, pero el dolor y el frío que sentía en los pies, y la esperanza cada vez menor de encontrar quien lo llevara a casa, lo volvían de golpe a la realidad. Era tarde y el tráfico había disminuido más o menos a un coche cada cinco minutos.

    La desesperanza giraba en su mente como un buitre. Pensó en la raya de coca, pero la idea de ponerse marchoso encontrándose en medio de una carretera oscura y solitaria y de castañetear la dentadura a consecuencia de una temblorina paranoica le resultaba un poco desorbitada.

    «Piensa en el dinero. El dinero.»

    El culpable de todo era Billy Winston. Y también los tíos del Big Sur, no tenían por qué quedarse con su furgoneta. En ningún negocio que fuera importante había robado nunca a nadie. Ni que fuera un mal tipo. ¿Acaso no le había dejado a Robert quedarse en su caravana cuando lo echó su mujer? ¿No le había ayudado a poner una junta nueva a su camión? ¿No se había comportado siempre como un tío enrollado al dejar que la gente probara antes de comprar? ¿No les daba un adelanto de un cuarto de onza a sus clientes regulares antes de que pagaran ? En un negocio que supuestamente debe ser rápido e impersonal, ¿acaso no tenía él un cúmulo de virtudes ? Un tío legal a carta cabal, vamos...

    Unos veinte metros detrás suyo paró un coche y le echó las altas, pero La Brisa no se giró. Los años de experiencia le decían que un coche que se aproxima de esa forma sólo podía estar ofreciendo transporte a un sitio, al hotel Barrotes. La Brisa siguió andando como si no existiera el coche. Metió las manos hasta el fondo de los bolsillos de sus shorts de surfing como queriéndose resguardar más del frío, y después de encontrar la cocaína, se la metió en la boca con papel y todo. Un momento después, la lengua se le había quedado insensible. Rindiéndose, alzó las manos y se giró, esperando encontrarse las luces intermitentes rojas y azules de una patrulla de caminos.

    Pero no se trataba de la policía, sino de un par de tipos que se divertían en un viejo Chevy. Su silueta se distinguía tras los faros del coche. La Brisa se tragó la papeleta en la que venía envuelta la cocaína y dominado por una súbita rabia que ansiaba verse envuelta en sangre y puñetazos, se dirigió enérgicamente hacia el coche.

    —¡Salid, payasos condenados!

    Alguien salió a gatas del asiento del copiloto. Parecía un crío. No, era más grueso, era un enano.

    —¡Será mejor que traigas la llave inglesa, jo puta, la vas a necesitar! -siguió gritando.
    —Te equivocas -respondió el enano en una voz grave y baja.

    La Brisa se acercó y entrecerró los ojos para mirar hacia los faros. No era un enano, sino un tío muy grande, un gigante. Enorme, se engrandecía más conforme se aproximaba, demasiado rápidamente, por cierto. La Brisa se giró y comenzó a correr. Sólo pudo dar tres pasos antes de que las mandíbulas se engraparan sobre su cabeza y hombros, haciendo crujir sus huesos como si fueran palitos de regaliz.


    Para cuando el Chevy retomó su curso, lo único que quedaba de La Brisa era un zapato de playa fluorescente. Durante días sería un misterio para los que por allí pasaran, hasta que un cuervo hambriento se lo llevó. Nadie sabría que en él aún había un pie.



    SEGUNDA PARTE
    DOMINGO
    _____ 2 _____
    Pine Cove


    La aldea de Pine Cove se encontraba en un bosque que se alargaba sobre la línea costera, justo al sur del gran parque nacional de Big Sur; era un puerto pequeño y natural. Había sido fundado cerca de 1880, por un ganadero de vacas lecheras que era de Ohio, el cual había encontrado en los montes que rodeaban la cala un buen pasto para sus vacas. Dicho asentamiento, compuesto por dos familias y un centenar de vacas, permaneció sin nombre hasta 1890, cuando llegaron los cazadores de ballenas y lo nombraron Harpooner's Cove.

    Gracias a aquella cala, que les servía para resguardar sus pequeñas balleneras y a las colinas, que les permitían divisar a las ballenas grises que emigraban, los cazadores prosperaron y la aldea se expandió. Durante treinta años una grasosa neblina mortuaria pendió sobre las ollas de 20.000 litros, en las que miles de ballenas habían sido hervidas hasta convertirse en aceite.

    Cuando comenzó a menguar el número de ballenas, tanto la electricidad como el queroseno comenzaron a reemplazar su aceite y los cazadores de ballenas abandonaron Harpooner's Cove, dejando atrás montañas enteras de huesos de ballena, y los restos oxidados de sus antes productivas ollas. Todavía hoy, muchas de las entradas a las casas están delimitadas por arcos de costilla de ballena pintados y aún ahora, cuando pasa por allí la gran ballena gris, se yergue un poco sobre el agua y lanza una mirada sospechosa hacia la pequeña cala, como temiendo que la matanza comience de nuevo.

    Cuando se fueron los cazadores de ballenas, la aldea comenzó a vivir de la ganadería y de las minas de mercurio, las cuales habían sido descubiertas en unas colinas cercanas. Fue más o menos cuando se agotó el mercurio que se acabó de construir la carretera costera que atravesaba Big Sur; y fue así como Harpooner's Cove se convirtió en un pueblo turístico.

    Los visitantes que deseaban hacerse con una parte del fruto que producía la industria turística de California, pero que no querían padecer el estrés de la vida en San Francisco o en Los Angeles, se quedaron y construyeron hoteles, tiendas de souvenirs, restaurantes y empresas de bienes raíces. Parcelaron las colinas que rodeaban Pine Cove. Los bosques de pinos y los prados se convirtieron en lotes con vista al mar, vendidos con una canción a los turistas del valle central de California que, jubilados, querían vivir en la costa.

    La aldea creció una vez más gracias a los retirados y a jóvenes parejas que abandonaban el ajetreo de la ciudad para criar a sus hijos en un tranquilo y bonito pueblo de la costa. Harpooner's Cove se convirtió así en la aldea de los recién casados y de los casi finados.

    En los años sesenta, los residentes jóvenes, bastante preocupados por el medio ambiente, decidieron que el nombre de Harpooner's Cove recordaba una época vergonzosa para la aldea y que el nombre de Pine Cove correspondía más con la imagen bucólica y pintoresca de la que el pueblo ahora dependía. Y así fue como una pincelada y un cartel: BIENVENIDO A PINE COVE, ENTRADA AL BIG SUR, falsearon su historia.

    El sector comercial de la ciudad estaba comprendido por un bloque de ocho manzanas que daba a la calle Cypress, la cual era paralela a la carretera costera. La mayoría de los edificios que había en esta calle lucían fachadas con entramados de madera al estilo Tudor inglés, lo cual convertía a Pine Cove en una rareza entre las ciudades de California, donde predominaba una arquitectura de influencia española y árabe. Aún quedaban en pie algunas de las construcciones originales, hechas de madera rústica, que por su apego a lo que había sido el Salvaje Oeste representaban una espina en las costillas de la Cámara de Comercio, la cual pretendía realzar el aspecto inglés del lugar para atraer al turismo.

    En el imbécil intento de mantener una coherencia temática, abrieron en el pueblo varios restaurantes seudoingleses con el fin de engatusar a los turistas con la promesa de una insípida cocina inglesa. (Hubo incluso un empresario que habló de abrir una auténtica pizzería inglesa pero abandonó el proyecto cuando se dio cuenta de que, hervida, la pizza perdía buena parte de su gracia.)

    Los habitantes de Pine Cove no les daban a ganar un dólar a estos locales, sino que con la sagacidad de un ganadero hindú sacaban beneficio al no probar el producto. Solían ir a los bares dispersos por la ciudad, los cuales se contentaban con guisar buena comida casera y dar buen servicio en lugar de sacarle un ojo a la hinchada calavera del mercado turístico con un encanto caro y pretencioso.

    Las tiendas de la calle Cypress tenían éxito en cuanto a que hacían que el dinero pasara del bolsillo del turista a la economía local, pero a ojos de los habitantes, las tiendas no vendían nada que fuera de provecho. No obstante, para el turista, que se encontraba inmerso en el dilapidador período de las vacaciones, la calle Cypress representaba una mina de recuerditos para sus familiares como prueba de que habían ido a algún sitio. A un sitio en el que evidentemente habían logrado olvidarse de los recibos hipotecarios, del dentista y un crédito de American Express que al final de mes descendería cual ángel financiero de la muerte.

    Y compraban. Compraban efigies de ballena y de nutria talladas en madera, moldeadas en plástico, en bronce o en peltre, estampadas en llaveros, impresas en postales, pósters, portadas y en condones. Compraban todo tipo de tonterías inservibles, desde marcadores de libros hasta pastillas de jabón en las que ponía: «Pine Cove, entrada al Big Sur».

    Con el paso de los años, los tenderos de Pine Cove comenzaron a competir entre ellos para ofrecer un artículo que fuera tan cursi que no se vendiera. En una ocasión, Gus Brine, el dueño de la tienda de artículos en general del pueblo, sugirió en una reunión de la Cámara de Comercio que los vendedores, sin afán de comprometer el alto nivel de calidad de sus comercios, podrían envasar caca de vaca y ponerle una etiqueta que dijera: «Pine Cove, entrada al Big Sur», para venderla como heces auténticas de ballena. Como suele suceder con los asuntos relacionados con el dinero, la ironía de esta sugerencia no fue reconocida. Escucharon la propuesta, elaboraron un plan, y si no hubiera sido por la falta de voluntarios para envasar el producto, las estanterías de la calle Cypress hubieran exhibido una línea de frascos numerados de auténtico desperdicio de ballena.

    Los residentes de Pine Cove llevaban a cabo su trabajo de timar al turista con una disposición lenta y metódica que tenía más que ver con la contemplación que con la actividad. En Pine Cove la vida era, en general, lenta. Incluso el viento, que cada tarde soplaba desde el Pacífico, se introducía lentamente por entre los árboles, dándole a la gente tiempo de sobras para recoger troncos con los que atizar el fuego que los protegería del húmedo frío del invierno. Por las mañanas, se les daba la vuelta a los carteles que ponían «abierto», haciendo caso omiso de los horarios que los mismos indicaban. Algunos negocios abrían temprano, otros tarde y otros simplemente no abrían, especialmente si aquella mañana hacía un día como para ir a pasear por la playa. Era como si después de haber encontrado ellos mismos un poco de paz, los aldeanos esperaran que algo sucediera; y sucedió.

    Cerca de las doce de aquella noche en que desapareció La Brisa, los perros de Pine Cove se pusieron a ladrar. Durante los siguientes quince minutos, se oyeron amenazas, ruido de zapatos tirados contra las paredes y gritos solicitando al sheriff una y otra vez. Algunas esposas recibieron palizas, se cargaron pistolas, hubo puñetazos para algunas almohadas y los treinta y dos gatos de la señora Feldstein vomitaron simultáneamente bolas de pelo sobre su terraza. Las presiones sanguíneas aumentaron, se abrieron algunos frascos de aspirina y Milo Tobin, el cruel urbanizador del pueblo, vio desde su ventana a su joven vecina, Rosa Cruz, desnuda, corriendo en círculos en su jardín detrás de dos perros de Pomerania. El efecto que esto le causó a Milo Tobin fue demasiado fuerte para su corazón de fumador empedernido, con lo que cayó al suelo como un pescado y murió.

    Sobre otra colina del pueblo, el cirujano de árboles, Van Williams, casi se vuelve loco con el ladrido de los seis labradores que pertenecían al criadero de perros de sus vecinos, que solían ladrar incluso sin ninguna provocación sobrenatural. Con la ayuda de su sierra, modelo profesional, Van cortó de su jardín un pino de Monterrey de treinta metros, que hizo caer sobre la nueva furgoneta Dodge Evangeline de sus vecinos.

    Minutos después, una familia de mapaches que normalmente rondaba por las calles en busca de basureros que hurgar, fue temporalmente poseída por el afán de llevarse el estéreo de la despedazada furgoneta e instalarlo en su pequeña cobacha hecha de un tronco hueco.

    Una hora después, el barullo paró de golpe. Los perros habían emitido su mensaje y como suele ocurrir cuando un perro nos advierte la llegada de un terremoto, huracán o erupción volcánica, su mensaje fue por completo malinterpretado. El resultado de la mañana siguiente fue una aldea soñolienta y malhumorada en la que abundaban las denuncias y reclamaciones de seguros, una aldea que ignoraba por completo lo que se le aproximaba.

    A las seis de la mañana, un grupo de señores se juntó delante de la tienda de artículos en general para discutir los sucesos de la noche anterior, sin permitir que su inconsciencia respecto a lo que había sucedido les impidiera sostener una buena charla.

    Una camioneta pickup de cuatro velocidades, nueva, aparcó en el pequeño aparcamiento y de ella salió Augustus Brine jugando con un enorme llavero como si fuera un talismán enviado por un portero llamado Dios. Era un hombre grande, de sesenta años, de barba y pelo blancos y hombros como los de un gorila de montaña. La gente solía compararlo alternativamente con Santa Claus y con el dios escandinavo Odín.

    —Buenos días, chicos -murmuró Brine a los viejos, que enseguida lo rodearon mientras él abría para que entraran al oscuro interior de «Casa Brine. Carnadas, aparejos y vinos finos». Acababa de encender las luces y comenzaba a preparar las dos primeras jarras de su delicioso y muy tostado café, cuando Brine fue atacado por una salva de preguntas.
    —Gus, ¿oíste ladrar anoche a los perros?
    —Nos dijeron que han cortado un árbol en tu colina. ¿Sabes algo?
    —¿Podrías echarle para un descafeinado a tu máquina? El médico me ha prohibido la cafeína.
    —Bill opina que fue una perra en celo la que comenzó los ladridos, pero los hubo en todo el pueblo.
    —¿Pudiste dormir? Yo no conseguí volverme a dormir.

    Brine alzó una gran pata en señal de que iba a hablar y los viejos callaron. Era igual cada mañana: Brine llegaba en medio de una discusión y enseguida era elegido para el papel de mediador y experto.

    —Caballeros, el café está listo. Respecto a los sucesos de anoche debo declararme ignorante.
    —¿Quieres decir que no te despertaron? -preguntó Jim Whatley, bajo la visera de una gorra de béisbol de los Brooklyn Dodgers.
    —Anoche me retiré temprano con un par de jóvenes botellas de Cabernet, Jim. Todo lo que haya sucedido después sucedió sin yo saberlo ni consentirlo.

    A Jim Whatley no le gustó nada la indiferencia de Brine.

    —Pues todos los malditos perros de este pueblo comenzaron a ladrar anoche como si el mundo se fuera a acabar.
    —Los perros ladran -afirmó Brine, dejando fuera el «¿y qué?» porque la parecía que quedaba implícito en el tono.
    —No todos y cada uno de los perros del pueblo. No todos a la vez. George cree que es algo sobrenatural o algo así.

    Brine alzó una de sus blancas cejas y le lanzó una mirada a George Peters, que estaba al lado de la cafetera, luciendo con su sonrisa una deslumbrante dentadura.

    —¿Y qué es George, lo que te hace concluir que la causa de estos disturbios fuera sobrenatural?
    —Que desperté con la polla dura por primera vez en veinte años; me hizo levantarme. Pensé que me había acostado encima de la linterna que tengo en la mesilla para caso de una emergencia nocturna.
    —¿Cómo estaban las baterías, George? -interpeló uno de los viejos.
    —Intenté despertar a la mujer; le di con ella en la pierna para llamar su atención. Le dije que el oso estaba al acecho y que yo sólo tenía una bala.
    —¿Y luego? -preguntó Brine interrumpiendo la pausa.
    —Me dijo que me pusiera hielo para que se deshinchara.
    —Bueno -dijo Brine, pasándose una mano por la barba-, ésa sí que me parece una experiencia sobrenatural. -Después se giró hacia el resto de la concurrencia para pronunciar su juicio-: Señores, estoy de acuerdo con George. Al igual que el regreso de Lázaro de entre los muertos, esta misteriosa erección pone de manifiesto los efectos de lo sobrenatural. Ahora, con el permiso de ustedes, hay auténticos clientes a quienes debo atender.

    El último comentario no pretendía ofender a los viejos, Brine les dejaba beber café gratis durante todo el día. Hacía tiempo que Augustus Brine se había ganado su lealtad, y hubiera resultado absurdo que a ninguno de ellos se le ocurriera comprar vino, queso, carnadas o gasolina en otra tienda, aun cuando los precios de Brine fueran un treinta por ciento más altos que el Thrifty-Mart, que quedaba más abajo en la misma calle.

    ¿Eran acaso capaces los empleados regordetes del super de aconsejar qué carnada era la más adecuada para la pesca del bacalao de roca, proporcionar la receta de una salsa de eneldo para ese mismo pescado o recomendar un vino que combine con una comida mientras preguntaban por los miembros de tres generaciones de cada familia por su nombre? Naturalmente que no. En ello radicaba el secreto de Augustus Brine para sacarle partido a un negocio que dependía por completo de la clientela local en una economía dirigida hacia el turismo.

    Brine se dirigió hacia el mostrador, en donde una atractiva mujer con delantal de camarera lo esperaba sacudiendo con impaciencia un billete de cinco dólares.

    —Cinco dólares de la sin plomo, Gus -dijo la mujer poniéndole el billete enfrente a Brine.
    —¿Tuviste una noche ajetreada, Jenny?
    —¿Se nota mucho? -preguntó Jenny mientras convertía el arreglarse el pelo y aplanarse el delantal en un espectáculo.
    —Es sólo una suposición poco arriesgada -contestó Brine con una sonrisa que revelaba una dentadura manchada permanenteme por años consecutivos de café y humo de pipa-. Los chicos me han dicho que anoche el pueblo fue víctima de un desaguisado general.
    —Ah, los perros; creí que sólo se trataba de mi barrio. No pude dormirme hasta las cuatro de la mañana; luego sonó el teléfono y me despertó.
    —Oí que Roberto y tú habéis roto -dijo Brine.
    —¿Publicó alguien un boletín informativo al respecto o algo así? Sólo llevamos separados unos cuantos días. -Al irritarse, su voz se volvió áspera y desagradable.
    —El pueblo es pequeño -respondió Brine suavemente-, no pretendía entrometerme.
    —Lo siento, Gus, es sólo la falta de sueño. Estoy tan cansada que ahora, viniendo hacia aquí, iba alucinando por la calle. Me pareció oír a Wayne Newton cantar Qué amigo tenemos en Jesús.
    —Y tal vez lo hayas oído.
    —La música provenía de un pino. Te digo que toda la semana he estado hecha un caso.

    Brine alcanzó la mano de la chica por encima del mostrador y le dio unas palmaditas.

    —La única constante que tiene esta vida es el cambio, lo cual no quiere decir que sea fácil. No te agobies.

    Justo en ese momento, el conductor de la ambulancia del pueblo, Vance McNally, entró por la puerta. La radio que llevaba en el cinturón hizo un ruido siseante como si acabara de salir de la sartén.

    —¿A que no sabéis a quién se llevó anoche la parca? -preguntó, esperando, evidentemente, que nadie lo supiera. Todo el mundo se giró hacia él, esperando su respuesta. Vance se complació durante un momento en la atención que le brindaban como para confirmar su protagonismo-. Milo Tobin -dijo finalmente.
    —¿El cruel urbanizador? -preguntó George.
    —El mismo; ocurrió cerca de las doce. Lo acabamos de embolsar -y después de infomar al grupo se dirigió a Brine-: ¿Me das un paquete de Marlboro?

    Los viejos se miraron entre ellos, dudosos sobre cómo reaccionar ante la noticia que les había dado Vance. Cada uno esperaba que el otro dijera lo que todos estaban pensando, o sea, «no le pudo haber sucedido a un tío más simpático» o «en buena hora nos hemos librado», pero como eran conscientes de que la próxima grosera noticia que trajera Vance podría ser sobre ellos, intentaron pensar en un comentario educado. Uno no debe aparcar en el espacio reservado para minusválidos, a no ser que las fuerzas de la ironía lo fuercen a ello, y tampoco debe hablar mal de los muertos a no ser que esté dispuesto a ser el próximo embolsado.

    Jenny fue quien los salvó:

    —Pues sí que solía mantener limpio su Chrysler, ¿verdad?
    —Ya lo creo.
    —Aquello destellaba.
    —Lo mantenía como nuevo, como nuevo.

    Vance sonrió ante el ambiente que había creado.

    —Bueno, os veré a todos más tarde.
    —Se dio media vuelta para irse, pero tropezó con un pequeño hombre que estaba detrás suyo.
    —Perdone usted -dijo Vance.

    Nadie lo había visto entrar ni había oído la campana de la puerta cuando entró. Era un viejo árabe, moreno, con una larga nariz aguileña; la piel le colgaba replegada alrededor de sus penetrantes ojos grisáceos. Llevaba un traje arrugado de franela gris que era por lo menos dos tallas más grande de la que le correspondía y una gorra roja de malla instalada en la coronilla de la calva. Tanto su deslucido atavío como su tamaño le daban el aspecto de un muñeco de ventrílocuo que había estado guardado durante mucho tiempo en una maleta.

    El pequeño hombrecillo agitó una huesuda mano bajo la nariz de Vance mientras soltaba una retahila de insultos en árabe, la cual remolineó en el aire como el azul en el filo de una espada de Damasco. Vance retrocedió hasta salir por la puerta, se metió de un salto en su ambulancia y se alejó rápidamente.

    Todos se quedaron pasmados ante la fiereza que había tras el enfado de aquel personaje. ¿Habían visto los remolinos azules realmente? ¿Era cierto que los árabes llevaban los dientes afilados en punta? ¿Era real el rojiblanco resplandeciente de los ojos de aquel árabe? Dichas cuestiones nunca llegarían a discutirse.

    El primero en recuperarse fue Augustus Brine:

    —¿Qué puedo hacer por usted, señor?

    La extraña luz de sus ojos se hizo opaca, y en un tono humilde y sumiso dijo:

    —Perdone, por favor, ¿podría molestarle con la petición de una pequeña cantidad de sal?


    _____ 3 _____
    Travis


    Travis O'Hearn conducía un modelo de Chevy Impala de hacía quince años. Lo había comprado en Los Ángeles con el dinero que el demonio había conseguido de un proxeneta. El demonio estaba de pie sobre el asiento del pasajero con la cabeza asomada por la ventana, jadeando ante el fuerte viento de la costa con la exuberancia babosa de un setter irlandés. De cuando en cuando metía la cabeza en el coche, miraba a Travis y cantaba: «Tu madre chupa pollas en el infi-er-no, tu madre chupa pollas en el infi-er-no», en un tono fastidioso e infantil. Después, para lucirse, giraba la cabeza vanas veces como un trompo.

    Ambos habían pasado la noche en un motel barato al norte de San Junípero. Allí, el demonio había encontrado una cadena televisiva por cable que emitía la versión completa de El exorcista. Era su película preferida. Por lo menos, pensaba Travis, era preferible a la de la última vez, cuando, después de ver El mago de Oz, se había pasado el día entero haciendo ver que era un mono volador y chillando: «¡Y lo dicho incluye también a tu perrito!».

    —Estáte quieto, Engañifa -dijo Travis-, estoy intentando conducir.

    El demonio estaba hiperactivo desde que se había comido a uno que hacía dedo en la carretera la noche anterior. Aquel tío debía de estar en un viaje de anfetaminas o de cocaína. ¿Por qué le afectarían al demonio las drogas cuando ningún veneno le afectaba? Era un misterio.

    El demonio le dio unos golpecitos a Travis en el hombro con una de sus largas y reptilescas garras.

    —Quiero ir en el capó -le informó. Su voz recordaba al ruido de un montón de clavos oxidados matraqueando en una lata.
    —Que lo disfrutes -dijo Travis, saludándole con la mano desde el otro lado del tablero.

    El demonio salió por la ventana y se deslizó hacia la parte delantera del coche donde, como un monstruoso adorno de capó, se balanceaba con su bifurcada lengua colgando al aire como una flámula que iba dejando hilos de baba sobre el parabrisas. Travis, puso el limpiaparabrisas en marcha, que por suerte era de los intermitentes automáticos.

    Le había costado un día entero dar con un proxeneta que tuviera aspecto de llevar el bastante dinero como para pagar un coche y otro día completo encontrar a un muchacho en un sitio lo bastante apartado como para que se lo pudiera comer el demonio. Travis insistía en que el demonio comiese en privado, ya que cuando comía no sólo se volvía visible para otra gente, sino que además triplicaba su tamaño.

    Travis solía tener una pesadilla en la que le pedían explicaciones respecto a los hábitos alimenticios de su compañero de viaje.

    En el sueño, Travis va andando por la calle cuando un policía le da unos golpecitos en el hombro.

    —Perdone, señor -dice el policía.

    Travis da un giro hacia el policía en cámara lenta al estilo Sam Peckinpah.

    —¿Sí? -responde.
    —No quisiera molestarle -dice el policía-, pero ¿conoce usted a aquel tipo grande y escamoso de allí que está devorando al alcalde?

    En ese momento el policía señala hacia el demonio, que le está comiendo la cabeza a un hombre de traje de poliéster a rayas.

    —Pues mire, sí, lo conozco -responde Travis-. Se llama Engañifa; es un demonio. Tiene que comerse a alguien cada dos días o se pone de malas. Hace setenta años que le conozco. Yo respondo por su debilidad de carácter.

    El policía, que no es la primera vez que escucha todo aquello, le dice:

    —Verá, hay una orden del ayuntamiento que prohibe la ingestión sin licencia de funcionarios elegidos. ¿Me permite ver su permiso, por favor?
    —Lo siento -Travis responde-, no lo llevo, pero con gusto lo conseguiré si me dice dónde.

    El policía suspira y comienza a escribir en un cuadernillo.

    —Sólo el alcalde podría darle la licencia, y parece que su amigo se lo está acabando. Aquí no nos gusta que los extraños vengan a comerse a nuestro alcalde. Me temo que debo multarlo.
    —Pero si me multan otra vez, me cancelarán el seguro -protesta Travis. Esta parte del sueño siempre le parecía rara, pues nunca había estado asegurado.

    El policía no le hace caso y sigue llenando la multa. Aun en el sueño, sólo estaba cumpliendo con su deber.

    A Travis le parecía injusto ver a Engañifa hasta en sueños. Por lo menos, dormir debería servir de escape temporal del demonio, quien llevaba setenta años acompañándole y le acompañaría por siempre si no encontraba una manera de mandarlo de vuelta al infierno.

    Para ser un hombre de noventa años, Travis se conservaba estupendamente. De hecho, no aparentaba más de veinte, la edad que tenía cuando había llamado al demonio. Moreno, de ojos negros y flaco, Travis tenía facciones angulosas que podían haber infundido miedo si no fuera por la constante expresión de confusión que siempre llevaba, como si existiese una respuesta que lo aclararía todo en la vida, si tan sólo fuera capaz de recordar cuál era la pregunta.

    En su intento por parar las matanzas, Travis nunca había llegado a regatear los infinitos días de viaje con el demonio. En ocasiones, el demonio comía diariamente, pero a veces se tiraba semanas sin matar. Travis no había podido encontrar una razón, ni una relación entre las víctimas, ni el sistema que el demonio seguía para cargárselas. A veces, lograba disuadirle de matar y otras sólo convencerle de que se dirigiera a cierto tipo de víctimas. Cuando podía, le hacía comerse a proxenetas o a narcotraficantes, gente de la que la humanidad pudiera prescindir; sin embargo, otras veces se veía obligado a escoger entre vagos y vagabundos, los cuales, al menos, nadie echaría a faltar.

    En ocasiones había llorado al mandar a Engañifa tras un zángano o una señora recogedora de cartones. Él había hecho amigos entre los vagabundos en la época en que el demonio y él habían viajado en tren, en los días en que aún eran escasos los automóviles. Con frecuencia, sucedía que un gandul que ignoraba de dónde iba a provenir su próximo bocado ni cuál sería su próximo techo, había compartido con Travis un vagón y una pequeña botella. Además, Travis había aprendido que no hay ningún mal en ser pobre, sino que la pobreza le abre a uno hacia la maldad. No obstante, con el pasar de los años, había aprendido a ignorar este remordimiento, y una y otra vez la cena de Engañifa había consistido en algún vago.

    Se preguntaba qué pensamientos les pasaría por la cabeza a sus víctimas justo antes de morir. Los había observado menear las manos ante sus propios ojos como si el monstruo que los acechaba fuera una ilusión o un capricho de la luz. Ahora, se preguntaba qué pasaría si los conductores que fueran encontrando vieran a Engañifa posado en la parte delantera del Chevy, saludando cual reina de las fiestas de Laguna Negra.

    Los asaltaría el pánico, y se desviarían de la estrecha carretera para volcar por el despeñadero hacia el mar. Retemblarían las ventanillas, habría explosiones de gasolina y la gente se moriría. El demonio y la muerte nunca permanecían separados mucho tiempo. «Próximamente en esta ciudad, -pensó Travis-, pero tal vez ésta sea la última.»

    Al oír el grito de una gaviota descender a su izquierda, Travis se giró para mirar al mar por su ventana. El sol de la mañana se reflejaba sobre la superficie de las olas, iluminando un reluciente halo de rocío. Por un momento se olvidó de Engañifa y quedó embelesado por la belleza de aquel paisaje; pero cuando volvió a mirar hacia la carretera ahí estaba el demonio, de pie sobre el parachoques, recordándole sus responsabilidades.

    Segundos después de que Travis pisara el acelerador hasta el fondo, el Impala soltó un rugido conforme la transmisión automática hacía el cambio de velocidad. Sin embargo, en cuanto el velocímetro marcó los noventa kilómetros, metió de golpe el freno.

    Engañifa pegó de cara contra el pavimento y resbaló de largo echando chispazos donde sus escamas raspaban la superficie de la carretera. Después de pegar contra un poste, rebotó hacia una zanja, donde permaneció durante unos minutos intentando recuperarse. Por otro lado, el coche derrapó zigzagueando unos metros para después detenerse horizontalmente sobre la carretera.

    Travis metió la marcha atrás, colocó el coche en la posición correcta, puso el drive y se dirigió con un rechinar de ruedas hacia Engañifa, manteniendo la marcha fuera de la zanja hasta el momento del impacto. Los faros del coche temblaron al pegar contra el pecho de Engañifa. La esquina del parachoques le dio contra la cintura y lo lanzó al fondo del lodazal que había en la zanja. En cuanto se ahogó el motor se oyó el siseo del averiado radiador, que despidió una nube de vapor sobre su cara.

    Como la portezuela del acompañante se había quedado atrancada contra la zanja, Travis tuvo que salir por la ventanilla; después, rodeó el coche corriendo a ver qué estropicios había causado. Ahí estaba Engañifa, tirado en la zanja con el parachoques contra el pecho.

    —Conduces bien, A. J. -dijo Engañifa-. ¿Te apuntarás para la de Indiannápolis del año próximo?

    Travis se sentía desilusionado. Aunque en realidad no esperaba hacerle ningún daño a Engañifa; sabía que el demonio era indestructible, pero al menos le hubiera gustado hacerlo rabiar.

    —Sólo quería asegurarme de que te mantenías alerta -le dijo-; fue una pequeña prueba para ver cómo te comportas encontrándote bajo presión.

    Engañifa levantó el coche, salió de él arrastrándose y se paró junto a Travis en la zanja.

    —¿Cuál es el veredicto? ¿He aprobado?
    —¿Te has muerto?
    —En absoluto, me siento estupendamente.
    —Entonces has suspendido rotundamente. Lo siento, tendré que atrepellarte otra vez.
    —Pues no será con este coche -respondió el demonio mientras negaba con la cabeza.

    Travis observó el vapor que salía del radiador y se preguntó si no se habría precipitado un poco al ceder a su cabreo.

    —¿Podrás sacarlo de la zanja?
    —Sin problemas -respondió el demonio. Cogiendo el coche por la parte delantera, comenzó a alzarlo hasta colocarlo sobre la calzada-. Pero no podrás llegar muy lejos sin un radiador nuevo -agregó.
    —Vaya, de pronto te has vuelto un experto en mecánica. ¿Don «ayúdame, no puedo cambiar la cadena mientras está puesto el Dedos Mágicos», resulta que ahora tiene un título de reparador de automóviles?
    —Bueno, pues tú, ¿qué opinas?
    —Creo que cerca de aquí hay un pueblo donde lo podrán arreglar. ¿Acaso no has leído el cartel en el que rebotaste? -Travis estaba bromeando, sabía que el demonio no sabía leer; incluso con frecuencia veía películas subtituladas sin sonido sólo para irritarle.
    —¿Qué pone?
    —Pone: Pine Cove, 7 kilómetros, y es allí adonde iremos. Creo que podremos navegar con el radiador avenado durante siete kilómetros y si no, tú empujarás.
    —¿Después de haberme atropellado y de estropear el coche me toca a mí empujar?
    —Correcto -respondió Travis, mientras volvía a introducirse en el coche por la ventanilla.
    —Como usted mande, señor -afirmó Engañifa, sarcásticamente.

    Travis intentó encender el motor pero sólo emitió un chirrido y calló.

    —No marcha. Ponte detrás y empuja.
    —De acuerdo -respondió Engañifa. Se dirigió hacia la parte trasera del Chevy e inclinando un hombro sobre el parachoque -comenzó a empujar hasta sacarlo por completo de la zanja-. Pero empujar coches da mucha hambre -añadió.


    ____ 4 ____
    Robert


    A pesar de que Robert Masterson se había bebido cuatro litros de vino, casi toda la cerveza de la canastilla de cinco litros de Coors y medio litro de tequila, le volvía el mismo sueño:

    Un desierto. Una bestia grande, resplandeciente y arenosa. El Sahara. Se encuentra desnudo y atado a una silla con alambre de púas. Delante de él hay una cama con dosel cubierta de satén negro. Bajo la fresca sombra del pabellón, su mujer, Jennifer, está haciéndole el amor a un extraño: es un hombre de pelo negro, joven y musculoso. Las lágrimas que le resbalan por las mejillas a Robert se cristalizan en sal. No puede cerrar los ojos ni alejarse. Intenta gritar pero cada vez aparece un monstruo agazapado y reptilesco del tamaño de un chimpancé que le embute una galleta salada en la boca. Tanto el calor como el dolor que tiene en el pecho le parecen insoportables. Los amantes ignoran su sufrimiento. Con el giro de un palito, el pequeño hombre reptilesco aprieta el alambre de púas que envuelve su pecho. A cada quejido, el alambre le corta más profundamente. Aún abrazados, los amantes se giran hacia él en cámara lenta. Le saludan con la mano, un amplio saludo de película, sonrisas de postal. Saludos desde el corazón de la angustia.

    Ya despierto, el dolor de pecho en el sueno ha sido reemplazado por un auténtico dolor de cabeza. El enemigo es la luz. Está ahí fuera, esperando a que abras los ojos. No, de ninguna manera.

    Sed. Enfrentad la luz para saciar la sed; no hay remedio.

    Abrió los ojos a una luz débil y reconciliadora. Debe hacer un día nublado. Miró a su alrededor; almohadas, ceniceros repletos de colillas, botellas de vino vacías, una silla, un calendario del año equivocado con la foto de un surfista que navega sobre una gran ola, cajas de pizza. Aquélla no era su casa. Él no vivía así. Los humanos no viven así.

    Se encontraba sobre un sofá ajeno. Pero ¿dónde?

    Se sentó y con vértigo esperó que su cerebro volviera a colocársele en la cabeza; lo que hizo con un impacto vengador. Ah, sí, ya sabía dónde estaba. Se encontraba en Resaca, Resaca, California. Pine Cove, donde su mujer lo había echado de casa. Corazón Roto, California.

    Jenny, llama a Jenny. Dile que los humanos no viven así. Nadie vive así. Salvo La Brisa; estaba en la caravana de La Brisa.

    Miró a su alrededor en busca de agua. Ahí, al final del sofá, como a unos veinte kilómetros, estaba la cocina; y en la cocina había agua.

    Desnudo, bajó del sofá a gatas y se arrastró por el suelo de la cocina hasta el fregadero, donde se puso de pie. El grifo había desaparecido, o tal vez estaba enterrado bajo una pila de platos sucios. Metió la mano por un orificio, buscando el grifo cautelosamente como el buceador que en una cueva submarina va en busca de una morena. Algunos platos resbalaron y se estrellaron sobre el suelo. Al mirar los trozos de vajilla diseminados alrededor de sus rodillas, de pronto vislumbró el espejismo de una botella de Coors. Logró caer en dirección al espejismo y, al desplomarse, su mano pegó sobre la boca de la botella. Era real. La salvación: un brebaje en el desierto, en práctico envase no retornable.

    Apenas acababa de comenzar a beber cuando ya se le había llenado de espuma la boca, la garganta, las vías respiratorias, la cavidad aural y el vello del pecho.

    —Usa un vaso -diría Jenny-, ¿acaso eres un animal? -Debía llamar a Jenny y disculparse tan pronto como se le quitara la sed.

    Primeramente, un vaso. Había platos sucios sobre cada superficie horizontal de la cocina: sobre el mostrador, la mesa, la cocina y sobre el refrigerador. Incluso el horno estaba repleto de platos sucios. Nadie vive así. Entre la miasma, vislumbró un vaso. El santo cáliz. Lo cogió y lo llenó de cerveza. Islotes de moho flotaban sobre la espuma que se iba asentando. Tiró el vaso en el horno y cerró de golpe su puerta, antes de que le cayera una avalancha.

    ¡Si hubiera un vaso limpio! Miró en el mueble en el que alguna vez se había guardado la vajilla. Un solo plato hondo le devolvió la mirada. Desde el fondo del plato, Pedro Picapiedra lo felicitó: «¡Buen chico! ¡Tienes buen apetito!». Después de llenar el plato de cerveza, Robert se sentó en el suelo, a bebérsela con las piernas cruzadas en un mar de platos rotos. Pedro Picapiedra le felicitó tres veces antes de que se le pasara la sed. El bueno de Pedro; es un santo. San Pedro de la Cantera.

    «Pedro, ¿cómo pudo ella hacerme esto? Nadie vive así.»
    «¡Buen chico! Tienes buen apetito», repitió Pedro.

    —Llama a Jenny -dijo Robert, recordándoselo a sí mismo. Se levantó y dando traspiés a través de aquella pocilga se dirigió hacia el teléfono. De pronto le inundó una oleada de náuseas que le hizo rebotar de vuelta por el estrecho pasillo de la caravana hasta caer en el lavabo, donde basqueó sobre el inodoro hasta quedarse dormido. A esto, La Brisa, lo llamaba «hablar con Ralph por el gran teléfono blanco». Esta no había sido una llamada de cobro revertido.

    Cinco minutos después, volvió en sí y dio con el teléfono. Acertar con los números parecía requerir un esfuerzo sobrehumano. ¿Por qué no se estaban quietos? Por fin lo logró y alguien contestó a la primera.

    —Jenny, cariño. Lo siento, yo...

    «Gracias por llamar a "Pizza sobre ruedas". Abrimos a las once de la mañana y las entregas comienzan a las cuatro de la tarde. ¿Por qué cocinar cuando...?»

    Robert colgó. Había marcado un número escrito en la pegatina de números de emergencia que había sobre el teléfono en vez del de su casa. Una vez más, persiguió los números, esta vez clavándolos uno por uno. Era como el tiro al plato, había que guiar un poco su curso.

    —Diga -contestó Jenny con voz de sueño.
    —Cariño, lo siento, nunca lo volveré a hacer. ¿Puedo volver a casa?
    —¿Robert? ¿Qué hora es?

    El lo pensó un momento y se aventuró a preguntar:

    —¿Las doce?
    —Son las cinco de la mañana Robert. Me acosté hace una hora, Robert. Los perros del barrio ladraron durante toda la noche. Esto es demasiado. Adiós, Robert.
    —Pero Jenny, ¿cómo pudiste hacerlo? A ti ni siquiera te gusta el desierto y sabes cómo odio las galletas saladas.
    —Estás borracho Robert.
    —¿Quién es ese tío, Jenny? ¿Qué tiene él que no tenga yo?
    —No hay ningún tío. Te lo dije ayer, sólo que ya no puedo vivir contigo. Creo que ya no te quiero.
    —¿A quién quieres? ¿Quién es?
    —Soy yo misma, Robert. Lo hago por mi bien. Ahora voy a colgar por mi bien. Dime adiós para no sentir que te estoy colgando.
    —Pero Jenny...
    —Se acabó, Robert. Vive tu vida. Voy a colgar, adiós.
    —Pero...

    Colgó. «Nadie vive así», le dijo Robert al zumbido del teléfono.

    «Vive tu vida.» Vale, buen plan. Iba a limpiar aquel lugar y a limpiar su vida. Nunca más volvería a beber. Las cosas iban a cambiar y ella pronto recordaría el gran tipo que era. Pero primero tenía que ir al lavabo y contestar a una llamada urgente de Ralph.


    La alarma de humos chillaba como una oveja torturada. Robert, que estaba otra vez tumbado sobre el sofá, se puso un cojín sobre la cara y se preguntó cómo era que La Brisa no tenía un interruptor. Luego comenzaron los golpes. Era el timbre de la puerta y no la alarma de humos.

    —¡Brisa, abre la puerta! -gritó Robert a través del cojín.

    Los golpes continuaban. Bajó del sofá a gatas y fue sorteando la basura hasta la puerta.

    —Un momento, hombre, ya voy. -Empujó la puerta hacia fuera y pilló al hombre que tocaba con el puño listo para otra sesión de golpes. Era un hispano de facciones angulosas que llevaba un traje de seda cruda. El engominado pelo lo llevaba peinado hacia atrás y amarrado en una coleta con una cinta de seda negra. Desde allí Robert veía un BMW modelo barco estacionado en la entrada.
    —Joder, los testigos de Jehová deben ganar bastante -apuntó Robert.

    Al hispano no le hizo gracia.

    —Necesito hablar con La Brisa.

    En ese momento Robert se dio cuenta de que estaba desnudo, así que cogió del suelo una botella vacía de vino de cuatro litros y se cubrió sus partes.

    —Pasa -dijo Robert, retirándose de la entrada-. Veré si está despierto.

    El hispano entró. Robert se dirigió a tropezones por el pasillo hacia la habitación de La Brisa. Tocó la puerta. «Brisa, está aquí una buena suma de dinero que te quiere ver.» No hubo respuesta. Abrió la puerta y entró a buscarlo entre pilas de mantas, sábanas, almohadas, latas de cerveza y botellas de vino, pero no estaba.

    De regreso a la sala, Robert cogió una toalla enmohecida del lavabo y se la lió en la cintura. El hispano estaba de pie en un pequeño claro, observando atentamente lo que le rodeaba con expresión de asco. A Robert le pareció que estaba intentando levitar para evitar que sus zapatos italianos tuvieran contacto con la suciedad del suelo.

    —No está -dijo Robert.
    —¿Cómo podéis vivir así? -preguntó el hispano. No se le notaba ningún acento-. Esto es infrahumano, tío.
    —¿Te ha mandado mi madre?

    El hispano no hizo caso de la pregunta.

    —¿Dónde está La Brisa? Teníamos una cita para esta mañana. -Puso un claro énfasis en la palabra cita, por lo que Robert comprendió enseguida. La Brisa había insinuado que tenía algo grande entre manos. El tipo debía de ser el comprador. Los trajes de seda y los BMW no eran el tipo de atavío que acostumbraba a llevar la clientela de La Brisa.
    —Se fue anoche, no sé adonde. Podrías mirar en La Cabeza de la Babosa.
    —¿La Cabeza de la Babosa?
    —Bar La Cabeza de la Babosa, en la calle Cypress. A veces va allí.

    El hispano se dirigió hacia la puerta sorteando la basura de puntillas y al llegar al escalón hizo una pausa.

    —Dile que lo estoy buscando, que me llame; que ésta no es la manera en que suelo hacer mis negocios.

    A Robert no le gustó el tono imperativo que empleó el hispano. Así que imitando el deje servil de un mayordomo inglés le respondió:

    —¿Y quién debo decir que lo ha buscado, señor?
    —No me jodas, cabrón. Esto es un negocio.

    Robert respiró profundamente y suspiró.

    —Mira, Pancho, me encuentro resacoso, me acaba de echar mi mujer y mi vida no vale una mierda. Así que si quieres darme un recado, más vale que me digas quién coño eres. ¿O es que quieres que le diga a La Brisa que busque a un mexicano con un mocasín de Gucci metido en el culo? ¿Me explico, pachuco?

    El hispano se giró sobre el escalón y se metió una mano en la chaqueta. Robert sintió que un flujo de adrenalina le corría por todo el cuerpo y asió la toalla con más fuerza. «Venga -pensó-, tú sácame una pistola y te saco los ojos con esta toalla.» De pronto se sintió extremadamente desprotegido.

    Con la mano todavía en la chaqueta, el hispano le preguntó:

    —¿Y tú quién eres?
    —Soy el decorador de La Brisa. Pensamos remodelar toda la caravana en un estilo expresionista abstracto -le respondió Robert, preguntándose si en realidad no estaba buscando que le dieran un tiro.
    —Pues bien, tío sabiondo, cuando aparezca La Brisa dile que llame a Rivera. Y también que cuando acabemos con este negocio su decorador será mío. ¿Me entiendes?

    Robert asintió débilmente con la cabeza.

    —Adiós, carne de perro. -Rivera dio media vuelta y se dirigió hacia el BMW.

    Después de cerrar la puerta, Robert se apoyó contra ella mientras intentaba recuperar el aliento. La Brisa se iba a cabrear cuando se enterara de lo que había pasado. Pero el miedo de Robert se convirtió rápidamente en autoaborrecimiento. Tal vez Jenny tuviera razón; tal vez era incapaz de mantener una relación con nadie. Era débil y no valía nada, además de estar deshidratado.

    Miró a su alrededor buscando qué beber cuando recordó vagamente haber hecho lo mismo anteriormente. ¿Deja vu?

    «Nadie vive así.» Por Dios que esto iba a cambiar. En cuanto encontrara su ropa lo iba a cambiar.


    Rivera


    El sargento detective Alfonso Rivera del departamento del sheriff del condado de San Junípero maldecía desde el asiento del conductor de un BMW alquilado: «¡Mierda, mierda y doble mierda!». De pronto, recordó que llevaba un transmisor en el pecho. «Bien, vaqueros, aquí no está. Debí habérmelo imaginado, la furgoneta lleva una semana desaparecida. Olvidemos este asunto.»

    En la distancia se oyó encenderse motores de coche. Segundos después pasaron por ahí dos Plymouth beige, cuyos conductores desdeñaron sospechosamente al BMW.

    ¿Dónde estaba el fallo? Tres meses preparándolo todo. Le había costado lo suyo convencer al capitán de que Charles L. Belew, alias La Brisa, era el mejor conducto para introducirse en el negocio de los agricultores del Big Sur.

    —Ha caído un par de veces por cocaína; si lo cogemos como traficante, lo soltará todo, salvo su receta de cocina preferida, con tal de mantenerse fuera de Soledad.
    —Es caza menor -había dicho el capitán.
    —Sí, pero conoce a todo el mundo y tiene hambre. En todo caso, porque sabe que es caza menor no piensa que nos molestaríamos por él.

    El capitán había cedido finalmente y todo había sido planeado. Ahora Rivera se imaginaba al capitán diciéndole: «Rivera, si ha podido contigo un drogadicto perdedor como Belew, tal vez deberíamos volver a ponerte el uniforme; así, tu notoriedad nos sería ventajosa. Tal vez debamos trasladarte a relaciones públicas o a reclutamiento».

    El culo de Rivera peligraba más que el del borracho idiota de la caravana. Además, ¿quién era? Por lo que se sabía, La Brisa vivía solo. Pero aquel tío parecía saber algo; si no, ¿por qué iba a hacer a Rivera pasar un mal rato? Tal vez esto colara en el caso del borracho. Un pensamiento desesperado; un tiro por aproximación.

    Rivera memorizó el número de matrícula de la vieja camioneta Ford que estaba aparcada en la entrada de la caravana. Cuando volviera a la oficina, lo pasaría por el ordenador. Tal vez aún podía convencer al capitán de que había dado con algo; y tal vez era verdad. Pero por otro lado, tal vez ya podía irse a freír espárragos.


    Rivera estaba sentado en el departamento de archivos bebiéndose un café mientras veía un vídeo. Después de pasar el número de matrícula por el ordenador, se había enterado de que el camión pertenecía a un tal Robert Masterson, de veintinueve años de edad, nacido en Ohio y casado con Jennifer Masterson, también de veintinueve años. Su único antecedente era una multa por conducir borracho hacía dos años.

    El vídeo consistía en una relación de las pruebas de alcoholemia que le habían hecho a Masterson. Hacía varios años que el departamento había comenzado a grabar en vídeo todas las pruebas de alcoholemia que se llevaban a cabo, con el fin de evitar las estrategias jurídicas de defensa basadas en supuestos errores de procedimiento por parte de los agentes durante la prueba.

    Sobre el monitor aparecía Robert W. Masterson muy borracho (1,80 metros, 90 kilos, ojos verdes, pelo marrón), balbuceando tonterías ante dos agentes uniformados.

    «Trabajamos por un propósito común. Ustedes sirven al estado con sus cuerpos y sus mentes. Yo sirvo al estado oponiéndome a él. El beber es un acto de desobediencia civil. Yo bebo en contra del hambre en el mundo; bebo en contra de la infiltración de Estados Unidos en Centroamérica; bebo en contra de la energía nuclear; bebo...»

    Conforme veía el vídeo, se apoderó de Rivera la sensación de estar condenado. A no ser que reapareciera La Brisa, su carrera estaba en manos de un impresentable, de un ebrio, idiota redomado. Se preguntaba cómo sería la vida de un guardia de seguridad de banco.

    En la pantalla se veía cómo ambos policías dejaban de observar al prisionero para mirar hacia la puerta del cuarto de pruebas. La cámara estaba montada en la esquina de la habitación y estaba equipada con una lente gran angular para cubrir cualquier cosa que ocurriera sin tener que reajustarla. Un pequeño hombre de aspecto árabe con una gorra roja de malla había entrado por la puerta y los agentes estaban diciéndole que se había equivocado de oficina y que por favor se fuera de ahí.

    «¿Podría molestarlos por una pequeña cantidad de sal?», preguntó el hombrecillo; y con un salto de la imagen, desapareció de la pantalla como si la cinta hubiese sido cortada.

    Rivera retrocedió la cinta y la volvió a pasar. La segunda vez, Masterson hacía la prueba sin ninguna interrupción; la puerta no se abría y no aparecía ningún hombrecillo. Rivera la volvió a pasar: no había ningún hombrecillo.

    Se debió de quedar dormido mientras se proyectaba el vídeo. Su inconsciente había hecho continuar la cinta mientras él dormía y había insertado la entrada de aquella figura. Era la única explicación.

    «A mí no me hace falta esta mierda», se dijo a sí mismo. Luego, sacó la cinta de la máquina y apuró el café, su décima taza del día.


    _____ 5 _____
    Augustus Brine


    Era un hombre viejo que solía pescar en las playas de Pine Cove; y que ahora llevaba ochenta y cuatro días sin pescar ni un pez. Esto, sin embargo, no tenía mayor trascendencia, porque era el dueño de la tienda de artículos en general del pueblo, negocio que le permitía darse una vida lo bastante acomodada como para complacerse en sus dos pasiones: la pesca y beber vinos californianos.

    A pesar de que Augustus Brine fuera viejo, era aún fuerte y vital. Un hombre peligroso en una pelea, aunque no había tenido mucha ocasión de demostrarlo en treinta años (salvo en las pocas ocasiones en que cogía a un adolescente por el cuello y lo arrastraba al almacén para sermonearle acerca de los méritos del trabajar duro y de la insensatez de robar de la «Casa Brine. Carnadas, aparejos y vinos finos»). Y aunque con la edad se le notaba el cansancio, su mente aún se mantenía alerta y ágil. Por la noche se le podía encontrar tendido sobre una silla de cuero, tostando sus pies descalzos al calor de las brasas mientras leía a Aristóteles, a Lao-Tsé o a Joyce.

    Vivía en una colina que dominaba el Pacífico, en una pequeña casa de madera que había diseñado y construido él mismo, de manera que, aunque viviera solo, no se sentía solitario por el paisaje que le rodeaba. Durante el día, sus ventanales y claraboyas la inundaban de luz, e incluso en los días nublados y lúgubres cada esquina de la casa estaba iluminada. Por las noches, tres chimeneas de piedra, cada una de las cuales abarcaba una pared entera de la sala, del dormitorio y del estudio, calentaban la casa, ofreciéndole un cálido ambiente anaranjado mientras iban quemando trozo tras trozo de los robles y eucaliptos que él mismo había talado y cortado.

    Aunque rara vez pensaba en su propia muerte, cuando lo hacía, Augustus Brine tenía la certeza de que moriría en aquella casa. La había construido de un solo piso y con puertas y pasillos anchos, para que si alguna vez se encontrara inhabilitado en una silla de ruedas pudiera continuar siendo autosuficiente, hasta el día en que se tomara la pildora negra de la muerte que le mandaría la Sociedad Hemlock.

    Mantenía la casa limpia y ordenada, no tanto porque fuera ordenado, pues Brine creía que el caos era el orden natural del mundo, sino por facilitarle las cosas a la mujer que le hacía la limpieza, la cual venía una vez por semana a sacudir y a quitar las cenizas de las chimeneas. Por otra parte, también le preocupaba adquirir la fama de ser un desordenado, pues sabía lo propensa que es la gente a juzgar a un hombre por un solo aspecto de su carácter; y además, Augustus Brine también era susceptible, en cierto grado, a la vanidad.

    A pesar de lo inútil que le parecía procurar el orden en un universo que era fundamentalmente caótico, Brine llevaba una vida muy ordenada; esta paradoja de su carácter solía, hacerle gracia cuando reparaba en ella. Se levantaba todas las mañanas a las cinco, disfrutaba de una ducha de media hora, se vestía y desayunaba seis huevos y media barra de pan integral, con mucha mantequilla. (El colesterol era un mal demasiado silencioso y solapado para parecerle peligroso y Brine había decidido hacía tiempo que hasta que el colesterol tomara consistencia y le atacara abiertamente él lo desdeñaría por completo.)

    Después de desayunar, Brine encendía su primera pipa de meerschaum del día, se metía en su camioneta y se iba al pueblo a abrir el negocio.

    Durante las dos primeras horas de la mañana resoplaba por la tienda como una gran locomotora de barba blanca, mientras iba preparando café, vendiendo pastas, intercambiando comentarios con los viejos que entraban a saludarlo cada mañana y preparando la tienda para que, con la ayuda de algunos dependientes, comenzara a funcionar a toda marcha hasta la medianoche. A las ocho de la mañana llegaba el empleado que se ocuparía de la caja mientras Brine hacía los pedidos de lo que llamaba las necesidades epicúreas: pastitas, quesos y cervezas importados, tabaco para pipa y cigarrillos, pasta hecha en casa, salsas, pan recién horneado, cafés especiales y vinos californianos. Como Epicuro, Brine creía que una buena vida era aquella que cultivaba los placeres sencillos con moderación. Años atrás, cuando trabajaba como vigilante en un burdel, Brine había observado repetidas veces que los hombres deprimidos y enfadados se volvían dóciles y felices después de unos cuantos minutos de placer. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo abrir un burdel algún día; pero cuando se puso en venta la desvencijada tienda del pueblo con sus dos bombas de gasolina, se olvidó de su sueño y la compró, conformándose con ofrecer al público placeres de otro tipo. No obstante, de vez en cuando su mente albergaba la molesta sospecha de haber desoído la llamada de una verdadera vocación como Madame.

    Cada día, después de haber hecho los pedidos, Brine cogía una botella de vino tinto de los estantes y la metía en una canasta con un poco de pan, queso y carnada, y se iba a la playa. El resto de la jornada lo pasaba sentado en una silla de lona bebiendo vino y fumando su pipa, mientras esperaba que se curvara su larga caña con un tirón.

    La mayoría de las veces, Brine lograba que su mente permaneciera tan clara como el agua. Sin tener ninguna preocupación ni pensamiento y manteniéndose en un estado entre la consciencia y la inconsciencia, se convertía en uno con todo lo que le rodeaba: el estado zen llamado mushin o de la no mente. Había llegado al zen después del hecho; habiendo reconocido en los escritos de Watts y de Suzuki un estado al que había llegado no con la ayuda de la disciplina, sino simplemente sentándose en la playa y mirando hacia el cielo vacío, mientras adoptaba un estado también de vacío. El zen era su religión, que le brindaba paz y alegría.

    Aquella mañana, sin embargo, a Brine le estaba costando mantener la mente clara. Se sentía intrigado por la visita del hombrecillo árabe a la tienda. Brine no hablaba una palabra de árabe, y sin embargo, había comprendido todo lo que el hombrecillo había dicho. Él sí había visto arabescos en el aire con aquellos insultos y también había visto cómo le brillaban los ojos hasta ponérseles blancos de rabia.

    Fumaba, con la sirena de meerschaum que estaba tallada en su pipa colocada de forma que el dedo índice quedaba entre sus senos, e intentaba encontrarle significado a una situación que había sucedido fuera del contexto de su realidad. Sabía que si había de aceptar el fluir de aquella experiencia, sólo podía ser con la mente vacía. Pero la verdad era que en aquel momento tenía más probabilidades de comprar pan bajo la luz de luna que de alcanzar la tranquilidad zen. Aquello le intrigaba.

    —Es un verdadero misterio, ¿no le parece? -preguntó una voz.

    Pasmado, Brine miró a su alrededor. Como a un metro de él, estaba parado el hombrecillo árabe, bebiendo de un gran vaso de poliuretano. Su gorra, húmeda por el rocío, le centelleaba.

    —Perdone -dijo Brine-, no le vi llegar.
    —Es un verdadero misterio, ¿no le parece?, la forma en que esta absurda figura parece salir de ninguna parte. Debe de estar usted anonadado; ¿paralizado de miedo tal vez?

    Brine miró al ajado hombrecillo de traje de franela arrugado y ridicula gorra.

    —Muy cerca de encontrarme paralizado -le contestó-. Me llamo Augustus Brine -añadió, extendiéndole la mano.
    —¿No teme usted que al tocarme estalle de pronto en llamas?
    —¿Existe ese peligro?
    —No, pero ya sabe lo supersticiosos que son los pescadores. Tal vez tema convertirse en sapo. Esconde usted bien su miedo, Augustus Brine.

    Brine sonrió. Estaba asombrado y a la vez todo esto le hacía gracia; no había pensado siquiera en tener miedo.

    El árabe apuró su vaso y lo sumió en la resaca para rellenarlo.

    —Por favor, llámeme Gus -dijo Brine-. Y usted, ¿cómo se llama?
    —Yo soy Gian Hen Gian, rey de los yinn, señor del Mundo Inferior. No tiemble. No voy a hacerle daño.
    —No tiemblo. Será mejor que tenga cuidado con el agua del mar, sienta fatal a la presión sanguínea.
    —No se tire de rodillas; no es necesario que se postre ante mi grandeza. Estoy aquí para servirle.
    —Muchas gracias, me siento honrado -respondió Brine. A pesar de los extraños acontecimientos en la tienda, le estaba costando tomar en serio a aquel petulante hombrecillo. Era evidente que el árabe era un Napoleón de geriátrico. Había visto a cientos de ellos viviendo en castillos de cartón y festejándose en los basureros por todo Estados Unidos, sólo que éste contaba con credenciales: cuando se enfadaba, se veían arabescos azules por el aire.
    —Me alegra que no tenga miedo, Augustus Brine. Un mal terrible está al caer. Tendrá que valerse de su valentía. El que no haya perdido el juicio al encontrarse en presencia del gran Gian Hen Gian es una buena señal. Mi grandeza es, en ocasiones, demasiada para hombres más débiles.
    —¿Le apetece un poco de vino? -preguntó Brine, acercándole la botella de Cabernet que había traído de la tienda.
    —No, es esto lo que me quita la sed -dijo remolineando el vaso de agua de mar-, desde la época en que no podía beber otra cosa.
    —Como quiera -comentó Brine, y bebió de la botella.
    —Hay poco tiempo, Augustus Brine, y lo que estoy por decirle puede dejar abatida su pequeña mente. Prepárese, por favor.
    —Mi pequeña mente aguanta cualquier cosa, oh rey. Pero primero, dígame, ¿es verdad que esta mañana le oí maldecir entre azules arabescos?
    —Un pequeño arrebato, nada, en realidad. ¿Hubiera preferido que convirtiera al torpe bobalicón aquel en una serpiente que por siempre se mordiera la cola?
    —No, los insultos bastaron. Aunque en el caso de Vance puede que lo de la serpiente hubiese sido una mejora. Pero sus insultos eran en árabe, ¿verdad?
    —Una lengua que me gusta por su musicalidad.
    —Pero yo no lo hablo y sin embargo entendí lo que decía. ¿No es verdad que dijo «que Hacienda se entere de que usted deduce sus ovejas domésticas como gasto en diversiones...»?
    —Enfadado, puedo ser de lo más imaginativo y colorido -dijo el árabe con una radiante y orgullosa sonrisa. Tenía los dientes en punta, con los bordes aserrados como los de un tiburón-. Tú eres el escogido, Augustus Brine.
    —¿Por qué yo? -De alguna manera Brine había dejado de lado su incredulidad y no veía lo absurda que era aquella situación. Si no existía un orden en el universo, ¿entonces por qué iba a resultar incoherente el estar sentado en la playa hablando con un enano árabe que dice ser el rey de los yinn, dondequiera que quede ese endiablado lugar? Curiosamente, a Brine le consolaba el hecho de que aquella experiencia invalidara todas las teorías que había llegado a elaborar con respecto a la naturaleza del mundo. Había llegado al zen de la ignorancia, a la iluminación del absurdo.

    Gian Hen Gian rió.

    —Te he escogido a ti porque eres un pescador que no pesca. He tenido afinidad con ese tipo de hombre desde que me pescaron en el mar hace mil anos y me liberaron del frasco de Salomón. Uno se queda realmente entumecido después de pasar siglos en un frasco.
    —Y bastante arrugado, diría yo -apuntó Brine.

    Gian Hen Gian desdeñó su comentario.

    —Te encontré aquí, Augustus Brine, escuchando el sonido del universo y sosteniendo en tu corazón una chispa de esperanza, como cualquier pescador; pero ya te habías resignado a la desilusión. No tienes amor, ni fe, ni propósito. Tú serás mi instrumento y a cambio obtendrás las cosas que te falten.

    Brine quiso protestar por el juicio del árabe sobre él, pero se dio cuenta de que era verdad. Había sido iluminado durante exactamente quince minutos y ya se encontraba de vuelta en el camino del deseo y del karma. Una depresión posiluminatoria, pensó.


    ______ 6 ______
    La historia del yinn


    —Perdone, oh rey, pero ¿qué es en realidad un yinn? -preguntó Brine.

    Gian Hen Gian escupió sobre el agua y maldijo, sólo que esta vez Brine no comprendió su lenguaje ni tampoco vio remolinos azules en el aire.

    —Yo soy un yinn. Los yinn fueron la primera gente. Éste fue nuestro mundo mucho antes de que apareciera el primer humano. ¿No has leído los cuentos de Scherezade?
    —Creía que eran sólo cuentos.
    —¡Por el escroto de la lámpara encendida de Aladino, hombre! Todo es un cuento. ¿Qué otra cosa hay? Los cuentos son la única verdad. Esto lo sabía el yinn. Nosotros teníamos poder sobre nuestras historias. Le dábamos al mundo la forma que queríamos. Era nuestra gloria. Fuimos hechos por Jehová como una raza de creadores, pero después nos tuvo envidia.

    »Envió a Satanás y a un ejército de ángeles a combatirnos y fuimos relegados al Mundo Inferior, donde éramos incapaces de inventar nuestras historias. Luego creó una raza que era incapaz de crear para que se asombrara del Creador.

    —¿Al hombre? -preguntó Brine.

    El yinn asintió repetidamente con la cabeza y continuó:

    —Cuando Satanás nos envió al Mundo Inferior fue porque había visto el poder que teníamos. Él sabía que no era más que un sirviente, mientras que Jehová les había concedido a los yinn el poder de los dioses. Le pidió a Jehová el mismo poder, proclamando que él y su ejército no servirían hasta que les fuera concedido el mismo poder para crear.

    »Jehová se enfadó muchísimo. Relegó a Satán al infierno, donde el ángel podía tener el poder que deseaba pero sólo sobre su propio ejército rebelde. Para humillarlo aún más, Jehová creó a otros seres a los que les concedió poder sobre sus propios destinos, haciéndolos amos de su propio mundo; e hizo que Satán lo observara todo desde el infierno.
    »Estos seres eran una parodia de los ángeles; se parecían a ellos físicamente, pero sin su gracia ni inteligencia. Y como antes ya había cometido un par de errores, Jehová hizo a estas criaturas mortales para que no dejaran de ser humildes.

    —¿Acaso quiere usted decir que la raza humana fue creada para irritar a Satanás?
    —Exactamente. Jehová es muy irritable cuando está de malas.

    Brine reflexionó sobre todo aquello durante unos minutos y se arrepintió de no haberse vuelto un criminal a temprana edad.

    —¿Y qué sucedió con los yinn?
    —Nos quedamos sin forma, ni propósito ni poder. El Mundo Inferior es atemporal, estático y aburrido, como la sala de espera de un médico.
    —Pero está usted aquí y no en el Mundo Inferior.
    —Sé paciente, Augustus Brine, te contaré cómo llegué aquí. Verás, pasaron muchos años en la Tierra sin que fuéramos molestados. Luego, nació el ladrón Salomón.
    —¿Se refiere al rey Salomón? ¿Al hijo de David?
    —¡Al ladrón! -escupió el yinn-. Le pidió sapiencia a Jehová para construir un gran templo. Para ayudarle, Jehová le regaló un gran sello de plata, que llevaba en un cetro, y el poder de llamar a los yinn al Mundo Inferior para que le sirvieran como esclavos. A Salomón le fue concedido el poder sobre los yinn en la Tierra que, por derecho, me correspondía a mí. Y como si eso no bastara, el sello también le otorgaba el poder de llamar a los ángeles que habían sido arrojados al infierno. Satanás estaba furioso porque un poder como ése se le concediera a un mortal, lo cual, por supuesto, era el objetivo de Jehová.

    »Salomón me llamó primero a mí para ayudarle a construir su templo. Extendió los planos de la construcción ante mí y me eché a reír en su cara. Era poco más que una choza de piedra; su imaginación era tan limitada como su inteligencia. No obstante, me puse a trabajar en su proyecto, construyéndolo piedra por piedra como él quería. Pude haberlo construido en un momento si me lo hubiera pedido, pero aquel ladrón no era capaz de imaginar que un templo se pudiera construir de otra forma que como lo hacían los humanos.
    «Trabajaba lentamente, pues aun estando bajo las órdenes del ladrón, me lo pasaba mejor en la Tierra que en el vacío del Mundo Inferior. Después de un tiempo, convencí a Salomón de que necesitaba ayuda y me cedió unos esclavos para que me ayudaran a construir. El trabajo se volvió más lento aún, pues aunque algunos trabajaban, la mayoría pasaban el tiempo charlando por ahí sobre sus sueños de libertad. He observado que hoy en día utilizáis métodos similares para la construcción de vuestras carreteras.

    —Es la norma -respondió Brine.
    —Salomón se impacientó ante mi lento progreso y mandó llamar a uno de los ángeles del infierno. Era un guerrero serafín llamado Engañifa. Fue entonces cuando comenzaron sus problemas.

    «Engañifa había sido un ángel alto y hermoso, pero el tiempo que llevaba en el infierno le llenó de amargura y le transformó. Cuando apareció ante Salomón era un monstruo agazapado del tamaño de un enano. Su piel era como la de un reptil y sus ojos como los de un felino. Era tan horripilante, que Salomón no permitió que lo vieran los habitantes de Jerusalén, haciendo que el demonio fuera invisible para todos menos para él.
    «Engañifa albergaba en su corazón un odio hacia los humanos tan tremendo como el del mismo Satanás. Yo no tuve altercado alguno con la raza humana; sin embargo, Engañifa deseaba vengarse. Fue una suerte que no poseyera los poderes de un yinn.
    »Para que los habitantes de Jerusalén no supieran de la presencia del demonio, Salomón les dijo a los esclavos que trabajaban en el templo que estaban recibiendo ayuda divina y que debían comportarse como si nada extraordinario sucediera. El demonio se tiró sobre la construcción y alisó bloques enormes de piedra para luego arrastrarlos a sus correspondientes posiciones.
    »Salomón estaba satisfecho con el trabajo del demonio y se lo dijo. Engañifa le contestó que la faena se agilizaría si no tuviera que trabajar con un yinn, así que yo me limité a deambular por ahí viendo cómo se iba erigiendo el templo. De vez en cuando caían de los muros grandes piedras que aplastaban a los esclavos que se encontraban abajo. Mientras su sangre corría, yo oía a Engañifa reírse y gritar: "¡Huy!" desde lo alto del muro.
    »Salomón creía que aquellas muertes eran accidentales, pero yo sabía que se trataba de asesinatos. Fue entonces cuando me di cuenta de que el control que Salomón ejercía sobre el demonio no era absoluto y que, por lo tanto, su control sobre mí también debía de tener sus limitaciones. Mi reacción inicial fue intentar escapar, pero si me equivocaba sabía que sería enviado de vuelta al Mundo Inferior y todo estaría perdido. Cabía la posibilidad de convencer a Salomón de dejarme en libertad si le ofreciera algo que sólo pudiera obtener a través del poder de creación que yo tenía.
    »El apetito que Salomón tenía por las mujeres era ignominioso. Le ofrecí traerle a la mujer más bella que jamás hubiera visto a cambio de que me dejara permanecer en la Tierra; y accedió.
    »Me retiré a mis aposentos y me puse a contemplar qué tipo de mujer podría agradarle más al idiota rey. Había visto a sus mil mujeres y no había encontrado ningún encanto que tuvieran en común, nada que revelara las preferencias de Salomón. No me quedaba otro recurso que echar mano de mi propia creatividad.
    »La doté de pelo claro, ojos azules y una piel tan blanca y suave como el mármol. Representaba todo lo que los hombres desean del cuerpo y de la mente de las mujeres. Era una virgen con los conocimientos de una cortesana en lo referente al placer. Era buena, inteligente, indulgente y cálida en su alegría.
    »Salomón se enamoró de aquella mujer en cuanto se la presenté. "Brilla como una joya -afirmó-, y Joya será su nombre", añadió. Cautivado por su belleza, se pasó una hora o más sólo mirándola. Cuando por fin recobró la lucidez dijo: "Más tarde hablaremos de tu recompensa, Gian Hen Gian", y condujo a la chica hacia su habitación.
    »Cuando llevé a Joya ante el rey, sentí que recobraba una fuerza. No era libre de escapar, pero por primera vez podía salir de la ciudad sin sentirme obligado a volver con Salomón. Me adentré en el desierto y pasé la noche disfrutando de la libertad que había conseguido. Hasta que volví a la mañana siguiente no me di cuenta de que el poder que Salomón ejercía, tanto sobre mí como sobre el demonio, dependía de la fuerza de su voluntad, además de las invocaciones y del sello que le había dado Jehová; y la mujer, Joya, había quebrantado su voluntad.
    »Vi que, en su palacio, Salomón lloraba un momento y al otro gritaba furiosamente. Durante mi ausencia, Engañifa había irrumpido en su habitación, no con el aspecto que solía tener, sino como un gran monstruo de la altura de dos hombres y del ancho de una yunta; los esclavos también le veían. Mientras Salomón le contemplaba horrorizado, con una sola garra el demonio le arrebató a Joya para quitarle la cabeza de un mordisco. Luego, el monstruo se tragó el cuerpo de la chica y se dispuso a continuar con Salomón. Sin embargo, pensando éste que debía estar protegido por alguna fuerza, ordenó al demonio que volviese a su antigua forma. Engañifa se le rió a la cara y se dirigió hacia las habitaciones de sus esposas.
    »Durante toda la noche se oyeron en el palacio los gritos de mujeres aterrorizadas. Salomón ordenó a sus guardas que atacaran al demonio pero él los apartaba de su camino como si fueran moscas. Para cuando llegó el amanecer, los cuerpos aplastados de los guardias cubrían los suelos del palacio. De las mil esposas del rey sólo habían sobrevivido doscientas. Engañifa se había ido.
    «Durante el ataque Salomón había invocado el poder del sello y había rezado a Jehová, rogándole que detuviera al demonio. Pero su voluntad había sido quebrantada y no había conseguido nada.
    »Pensé entonces que tal vez los poderes de Salomón ya no me afectarían y que podría vivir libremente, pero incluso el idiota del rey pronto relacionaría los hechos y mi destino acabaría siendo el Mundo Inferior.
    »Le pedí a Salomón que me permitiera buscar a Engañifa para que fuera juzgado, pues sabía que mi poder era con mucho superior al suyo. Sin embargo, Salomón sólo tenía la construcción del templo como antecedente para juzgar mis poderes, y en aquel caso el demonio le había parecido superior. "Haz lo que puedas -me dijo-, si capturas al demonio, podrás permanecer en la Tierra."
    «Encontré a Engañifa en el gran desierto, acribillando tribus nómadas a su antojo. Cuando cayó bajo mi hechizo, protestó diciendo que había pensado regresar, pues la invocación le había convertido en esclavo de Salomón y por lo tanto le era imposible huir. Dijo que sólo había intentado divertirse un poco con los humanos. Para callarlo, durante el viaje de regreso a Jerusalén le llené la boca de arena.
    «Cuando le presenté ante el rey, éste me pidió que sugiriera un castigo para atormentar a Engañifa, y así la gente de Jerusalén podría verlo sufrir. Encadené al demonio a una piedra gigantesca ante el palacio y di vida a una gran ave de rapiña que le comía el hígado, el cual le volvía a crecer de inmediato, pues, al igual que los yinn, el demonio era inmortal.
    »A Salomón le había gustado mi trabajo. Durante mi ausencia había recuperado buena parte del juicio y, por lo tanto, de su voluntad. Me mantuve de pie ante el rey esperando la recompensa, sintiendo que mis poderes disminuían en tanto que su voluntad se acrecentaba.
    »"Te he prometido que jamás regresarías al Mundo Inferior y no volverás -me dijo-. Sin embargo, el demonio este me ha puesto en guardia en lo que respecta a los inmortales en más de un sentido, y por lo tanto no deseo que andes libremente por ahí. Serás encerrado en un frasco y lanzado al mar. Si llegara el momento en que fueras libre otra vez para rondar por la Tierra, no tendrás ningún poder sobre el reino de los hombres a no ser que yo lo desee; y mi deseo ahora y siempre será la buena voluntad sobre todos los hombres. Éstas serán tus limitaciones."
    «Tenía un frasco hecho de plomo, marcado en cada lado por un sello de plata. Antes de encerrarme, Salomón prometió que Engañifa permanecería encadenado a la roca hasta que los gritos del demonio quemaran el alma al rey; así no podría volver a perder la voluntad ni la sapiencia. Dijo que entonces mandaría al demonio de vuelta al infierno y destruiría las tablas donde estaban inscritas las invocaciones y el gran sello. Todo esto me lo juró, creyendo que a mí me importaba el destino del demonio. A mí Engañifa me importaba un pedo de camello. Después dio su última orden, selló el frasco y sus soldados me lanzaron al mar Rojo.
    «Durante dos mil años languidecí en aquel frasco. Mi único consuelo era un goteo de agua de mar que se colaba, del cual bebía con deleite, pues me sabía a libertad.
    »Cuando, finalmente, un pescador sacó el frasco del mar y fui liberado, Salomón y Engañifa me importaban un comino, lo único que me importaba era mi libertad. Estos últimos mil años los he vivido como un hombre porque ha sido la voluntad de Salomón. Sobre esto, Salomón habló con la verdad, pero con respecto al demonio, mintió.

    El hombrecillo hizo una pausa y volvió a llenar su vaso con agua del mar. Augustus Brine no sabía qué hacer. Aquella historia no podía ser verdad pero no había manera de corroborarla.

    —Perdone usted, Gian Hen Gian; pero ¿por qué no aparece nada de esto en la Biblia?
    —Cuestión editorial -respondió el yinn.
    —¿Pero no está usted confundiendo la mitología griega con la cristiana? El que el ave de rapiña le comiera el hígado al demonio se parece demasiado a la historia de Prometeo.
    —La idea fue mía. Los griegos, como Salomón, eran unos ladrones.

    Brine reflexionó durante un momento. Era verdad que se encontraba ante la evidencia de lo sobrenatural, ¿o no? ¿Acaso no estaba el pequeño árabe bebiendo agua de mar sin efectos negativos aparentes? Y aunque esto pudiera en parte ser explicado como una alucinación, estaba bastante seguro de que no había sido el único en ver los extraños arabescos azules aquella mañana en la tienda. ¿Qué tal si por un momento, sólo por un momento, se tomara aquella escandalosa historia como verdadera?...

    —Si esto es verdad ¿cómo sabe, tanto tiempo después, que Salomón le mintió? ¿Y por qué contármelo a mí?
    —Porque, Augustus Brine, sabía que me creerías; y sé que Salomón mintió porque siento la presencia del demonio, Engañifa, y estoy seguro de que ha venido a Pine Cove.
    —Vale -respondió Brine.


    _____ 7 _____
    La llegada


    Virgil Long retrocedió bajo el capó del Impala, se restregó las manos en el mono que llevaba y se rascó una escasa barba de cuatro días. A Travis le recordó a una comadreja con sarna.

    —¿Así que piensas que se trata del radiador? -preguntó Virgil.
    —Sí, es el radiador -respondió Travis.
    —Puede que le falte el motor entero, no se le oía cuando llegaste y eso no es buena señal. ¿Llevas tarjeta de crédito?

    Virgil era único en lo referente a diagnosticar problemas específicos de motor. Cuando trataba con turistas, su estrategia consistía en ir reemplazando las piezas y continuar así hasta que o bien encontraba la avería o alcanzaba el límite de la tarjeta de crédito del cliente, lo que sucediera primero.

    —El motor ni siquiera estaba encendido cuando llegué -protestó Travis-, y no tengo tarjeta de crédito. Es el radiador, te lo juro -añadió.
    —Verás, chaval -dijo Virgil con la lenta cadencia del acento sureño-, sé que crees saber sobre el tema, pero yo tengo un certificado de la fábrica Ford colgado en la pared y pone ahí que soy maestro mecánico -dijo mientras con un dedo rechoncho señalaba hacia la oficina del taller. Una de las paredes estaba repleta de certificados enmarcados, los cuales rodeaban el póster de una mujer desnuda sentada sobre el capó de un Corvette, puliendo sus partes íntimas con un pañuelo con el fin de vender aceite de coches. Virgil había comprado sus certificados de maestro mecánico en una tienda de New Hampshire: dos por cinco dólares, seis por diez dólares y quince por veinte dólares; él se había llevado el lote de veinte. Aquellos que tenían la paciencia de leerlos se quedaban un poco sorprendidos de que la única estación de servicio y lavacoches de Pine Cove contara con un mecánico de autos de nieve con certificado de la fábrica. En Pine Cove no había nevado nunca.
    —Éste es un Chevy -dijo Travis.
    —Para ésos también tengo un certificado. Seguramente le harán falta unas anillas nuevas. El radiador es sólo un síntoma, también lo es que tenga los faros rotos. Si sólo se trata el síntoma, la enfermedad empeora.

    En una ocasión, Virgil había escuchado esta última frase en un documental médico y le había gustado.

    —¿Qué costaría arreglar solamente el radiador?

    Virgil miró fijamente las manchas de aceite que había sobre el suelo del taller como si por medio de la interpretación de sus tonalidades o de una técnica mística de adivinación, tal vez de la petrolmancia, fuera a ocurrírsele un precio que no ahuyentara al cliente pero que le pareciera una cifra exorbitante por hora de trabajo.

    —Cien dólares -era una cifra de sonoridad redonda.
    —Bien -le contestó Travis-, arréglalo. ¿Cuándo estará listo?

    Después de consultar otra vez con las manchas de aceite, Virgil alzó la cabeza con una sonrisa de buen chico y dijo:

    —¿Qué tal a eso de las doce?
    —Vale -respondió Travis-. ¿Hay por aquí un billar y algún sitio donde pueda desayunar?
    —Billar, no. Está abierto La Cabeza de la Babosa, que queda en esta misma calle. Ahí tienen un par de mesas.
    —¿Y para desayunar?
    —Lo único que está abierto en este extremo del pueblo es el H.P., a una calle de Cypress, abajo de La Cabeza. Pero es un café local.
    —¿Hay problema para que le sirvan a uno?
    —No, pero puede que te sorprenda un poco la carta. Es, bueno, ya lo verás.

    Travis dio las gracias al mecánico y comenzó a andar en dirección al H.P. con el demonio siguiéndole escurridizamente a unos pasos. Conforme pasaban al lado de los puestos de autoservicio de lavado de coches, Travis vio a un hombre alto, de unos treinta años, que descargaba de una vieja camioneta pickup Ford unas canastas de plástico de lavandería llenas de platos sucios. Parecía que le estaba costando meter las monedas de veinticinco centavos en la ranura del contador.

    Mientras lo observaba, Travis dijo:

    —Sabes, Engañifa, creo que en este pueblo debe de haber mucho incesto.
    —Seguramente es el único entretenimiento que hay -coincidió Engañifa.

    El hombre del autoservicio de lavado había activado la manguera de alta presión y la pasaba de un lado a otro sobre las canastas de platos. A cada pasada de manguera decía: «Nadie vive así, nadie».

    Un chaparrón aprovechó que amainaba el viento y cayó sobre Engañifa y Travis.

    —Me estoy diluyendo -dijo Engañifa lloriqueando con su mejor tono de brujo malvado.
    —Vamonos de aquí -sugirió Travis mientras aceleraba el paso para evitar el siguiente chaparrón-. Tenemos que conseguir cien dólares antes de esta tarde -añadió.


    Jenny


    En las dos horas que llevaba Jenny Masterson en el café, ya había tirado una bandeja llena de vasos, había confundido las órdenes de tres mesas, había llenado los azucareros con sal y los saleros con azúcar y había vertido café caliente sobre las manos de dos clientes que habían cubierto sus tazas en señal de que ya les había servido bastante. «Un gesto completamente estúpido», pensó Jenny. Lo peor no era que normalmente hiciera su trabajo sin ningún contratiempo, lo peor era que todo el mundo se mostrara tan puñeteramente comprensivo al respecto.

    —No te preocupes, cariño, estás pasando por una época difícil.
    —Un divorcio nunca es fácil.

    Sus lenitivos constaban desde un «es una pena que no pudierais encontrarle una solución a vuestros problemas» a un «pero si es un borracho irresponsable. Estarás mejor sin él».

    Llevaba separada de Robert exactamente cuatro días y todos en Pine Cove lo sabían, simplemente no podían pasar de ello. ¿Por qué no la dejaban tranquila sin ofrecerle toda esa empalagosa sarta de consuelos? Era como si llevara bordada en rojo sobre la ropa una gran letra D, que sirviera de invitación para que la gente del pueblo se ciñera a su alrededor como una ameba hambrienta.

    Cuando cayó la segunda bandeja de vasos, se quedó inmóvil entre los vidrios rotos intentando recuperar el resuello, pero le fue imposible. Tenía que hacer algo, gritar, llorar o desmayarse; pero se limitó a quedarse así, paralizada, mientras uno de los chicos recogía los trozos.

    Sintió dos manos huesudas posarse sobre sus hombros. Después, oyó una voz, que parecía venir de muy lejos, que le hablaba al oído: «Estás pasando un ataque de ansiedad, querida. Ya se te pasará. Relájate, respira profundamente». Sintió cómo aquellas manos la guiaban a través de la cocina hacia la oficina trasera.

    —Siéntate y pon la cabeza entre las rodillas.

    Dejó que la llevaran hasta una silla. La mente se le puso en blanco y la respiración se le atascaba en la garganta. Una mano le frotaba la espalda.

    —Respira, Jennifer. No permitiré que arrastres esta congoja en medio del turno del desayuno.

    Un momento después, con la cabeza, ya despejada, alzó la mirada y se encontró con la cara de Howard Phillips, el dueño de H.P., que la miraba desde arriba.

    Era un hombre alto y esquelético que siempre vestía un traje negro y botines, de los que se llevaban hacía cien años. Salvo en la depresión de los pómulos, la piel de Howard era tan blanca como la de un gusano de carroña. Roben había dicho una vez que parecía el maestro de ceremonias de un festival de quimioterapia.

    Howard había nacido y crecido en Maine; sin embargo, cuando hablaba lo hacía con el deje de un londinense erudito.

    —El cambio es una bestia de grandes fauces, querida; esto no quiere decir, sin embargo, que has de hacerle una temerosa reverencia acobardándote entre las ruinas de mi cristalería mientras tienes órdenes pendientes.
    —Lo siento Howard; Robert llamó esta mañana y parecía tan desolado que fue de lo más patético.
    —Una tragedia, en efecto. Sin embargo, mientras nos encontramos embebidos en nuestro dolor, dos «especiales del chef» perfectamente saludables languidecen bajo las lámparas y se van convirtiendo en gelatinosas invitaciones al botulismo.

    Jenny se sintió aliviada de que su jefe, con su críptico encanto, no le demostrara ninguna lástima, sino que la animara a que se espabilara y rehaciera su vida.

    —Creo que me siento mejor. Gracias, Howard. -Jenny se puso de pie, se secó las lágrimas con una servilleta de papel que llevaba en el bolsillo de su delantal y se fue a llevar las órdenes.

    Howard, que había gastado la ración de compasión que tenía por ese día, se retiró a su oficina para volver a sus libros de administración.

    Al volver al comedor, Jenny vio que la mayoría de la gente se había ido; sólo quedaban algunos de los clientes habituales y un joven moreno, al que no conocía, que estaba de pie al lado del cartel de «Espere su turno, gracias». Gracias a Dios, al menos él no preguntaría por Robert y eso sí era un alivio.

    No muchos turistas daban con el H.P. Estaba al final de un callejón sin salida que daba a la calle Cypress y quedaba oculto tras una fila de árboles que bordeaban el callejón. Era un edificio de estilo Victoriano remodelado. El cartel que lo anunciaba, sobrio y pequeño, sólo decía «Café». Howard no creía en la publicidad, y a pesar de ser un anglofilo consumado que, además de admirar todo lo inglés creía que en general los ingleses eran superiores a los americanos, su negocio no tenía una falsa decoración inglesa que pudiera atraer a los turistas. El café servía comida sencilla a un precio moderado. A pesar de la excentricidad de Howard, la cual quedaba reflejada en la carta, los habitantes de Pine Cove eran sus clientes asiduos. Después de Casa Brine, carnadas, aparejos y vinos finos, H.P. contaba con la clientela más leal en Pine Cove.

    —¿Sección de fumador o de no fumador? -preguntó Jenny al chico.

    Ella notó que era guapo, pero no reparó en ello, pues sus años de monogamia la tenían condicionada a no fijarse en esas cosas.

    —De no fumador -respondió él.

    Jenny le condujo hasta una mesa en la parte trasera del restaurante. Antes de sentarse, él sacó la silla de enfrente como si fuese a descansar en ella los pies.

    —¿Esperas a otra persona? -preguntó Jenny al darle la carta. Él la miró como si no la hubiera visto antes; la miró fijamente a los ojos sin decir palabra. Abochornada, Jenny bajó la mirada-. La especialidad del día son los huevos a la sozoz, una voluptuosa y deliciosa amalgama de ricos ingredientes, tan deleitable que su sola descripción puede desquiciar -apuntó.
    —¿Estás bromeando?
    —No, el dueño nos pide que memoricemos las especialidades del día al pie de la letra.

    Él siguió mirándola.

    —¿Qué quiere decir todo eso? -preguntó.
    —Huevos revueltos con jamón y queso y pan tostado.
    —¿Por qué no lo dijiste desde un principio?
    —El dueño es algo excéntrico. Él cree que tal vez sean sus platos del día la única razón por la que los antiguos permanecen en Pine Cove.
    —¿Los antiguos?

    Jenny suspiró. Lo bueno de tener clientes regulares era que no tenía que explicarles las rarezas de la carta. Era evidente que este chico era de fuera. Pero ¿por qué continuaba mirándola fijamente?

    —Es su religión o algo así -continuó Jenny-; cree que la Tierra estuvo poblada por otra raza, a los que llama los antiguos. Por alguna razón desaparecieron de la Tierra, pero él cree que están intentando volver para reconquistarla.
    —¿Es broma?
    —Deja de decir eso, no estoy bromeando.
    —Lo siento -respondió Travis y después de echarle un vistazo a la carta añadió-: Bueno, tomaré los huevos a la sozoz y cardos a la locura.
    —¿Tomarás café?
    —Sí, un café estaría muy bien.

    Jenny apuntó la orden y se dirigió hacia la ventanilla de la cocina.

    —Perdona -dijo Travis.

    Jenny se giró hacia él, a medio camino.

    —¿Si?
    —Tienes unos ojos increíbles.
    —Gracias -respondió ella sintiendo que enrojecía, y se fue a entregar la orden. No se encontraba preparada para eso. Le hacía falta algún tipo de descanso entre estar casada y estar divorciada. ¿Permiso por divorcio? Si había permiso por maternidad ¿por qué no iba a haber por divorcio?

    Cuando volvió con el café, Jenny lo miró por primera vez como tal vez lo haría una mujer soltera. En un estilo oscuro y anguloso, lo encontraba guapo. Se veía que era más joven que ella, tal vez de unos veintitrés o veinticuatro años. Ella intentaba adivinar qué clase de profesión podría tener por la ropa que llevaba, cuando tropezó con la silla que él había apartado antes de la mesa, tirando buena parte del café sobre el plato.

    —Dios mío, lo siento.
    —No pasa nada -respondió Travis-. ¿Has tenido un mal día?
    —Y se está poniendo peor por minutos. Te traeré otra taza.
    —No -respondió él, levantando una mano en señal de protesta-, no te preocupes.

    Le quitó la taza y el plato de las manos, los separó y virtió el café en la taza.

    —¿Lo ves? Como nueva. No quiero causarte más problemas en un mal día.

    La miraba otra vez.

    —No, está bien, quiero decir estoy bien, gracias -apuntó Jenny. Sentía que tenía la gracia de un elefante. Maldijo a Robert por ser el culpable de todo esto. Si no hubiese... no, no era culpa de Robert, había sido ella quien decidió acabar con el matrimonio.
    —Me llamo Travis -dijo él extendiendo la mano.

    Ella la estrechó tímidamente.

    —Jennifer -contestó ella. Estaba a punto de decirle que era casada pero que él le parecía muy simpático-. No estoy casada -dijo de pronto. Inmediatamente le dieron ganas de irse a la cocina y no volver más.
    —Yo tampoco -dijo Travis-, y además, no soy de aquí. -El no parecía reparar en lo torpe que era ella-. Verás, Jennifer, estoy buscando una dirección y tal vez tú me puedas ayudar a encontrarla. ¿Sabes cómo se llega a la calle Cheshire?

    Jenny se sentía aliviada por hablar sobre cualquier cosa que no fuera sobre sí misma. Comenzó a darle a Travis una lista de calles, vueltas y carteles que lo conducirían a la calle Cheshire, pero al terminar se dio cuenta de que él la miraba inquisitivamente.

    —Te dibujaré un plano -apuntó Jenny. Sacó un bolígrafo del bolsillo de su delantal e inclinada sobre la mesa se puso a dibujarlo sobre una servilleta.

    Sus caras se encontraban sólo a unos cuantos centímetros de distancia.

    —Eres muy guapa -dijo Travis.

    Ella le miró. No sabía si sonreír o gritar. «Todavía no -pensó-, no estoy lista.» Él no esperó a que contestara.

    —Me recuerdas a alguien que conocí.
    —Gracias... -intentó recordar su nombre-, Travis.
    —¿Cenamos juntos esta noche?

    Ella buscó una excusa para rechazarle, pero no se le ocurrió ninguna. No podía utilizar la que había usado durante una década, pues ya no era verdad. Tampoco había estado sola lo bastante como para inventarse otras excusas. De hecho, sentía que de alguna manera le estaba siendo infiel a Robert sólo por hablar con aquel tipo. Pero era una mujer soltera. Por fin se decidió a escribir su número de teléfono bajo el plano de la servilleta y se lo dio.

    —Mi teléfono está debajo. ¿Por qué no me llamas esta tarde a eso de las cinco y lo hablamos? ¿De acuerdo?

    Travis dobló la servilleta y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

    —Hasta esta noche -le dijo.
    —¡Oh, ahorradme esto! -exclamó una voz grave.

    Jenny se giró hacia ella pero no había más que una silla vacía.

    —¿Oíste eso? -le preguntó a Travis.
    —¿Qué? -preguntó él mirando hacia la silla.
    —Nada, creo que necesito un descanso -comentó Jenny.
    —Relájate, no muerdo -dijo él, mirando de reojo a la silla.
    —Tu plato ya está, ahora vuelvo.

    Recogió el plato de la ventanilla y se lo llevó a la mesa. Mientras el joven moreno comía, ella, detrás del mostrador, separaba los filtros de la cafetera para el turno siguiente, mirándolo de reojo de vez en cuando con una sonrisa que, entre bocados, él le devolvía.

    Ella se encontraba bien, perfectamente bien. Era una mujer soltera y podía hacer lo que le diera la maldita gana. Podía salir con quien quisiera; era joven y atractiva y acababa de ligar, más o menos, por primera vez en diez años.

    Sus miedos salían huyendo como una bandada de cuervos ante la confianza que iba adquiriendo en sí misma. De pronto, pensó en que no tenía la menor idea de qué ponerse; y con ello la libertad de la soltería se convirtió enseguida en una carga, una bendición contrariada, un herpes en el anillo papal. Tal vez no cogería el teléfono cuando la llamara.

    Travis terminó de comer y pagó su cuenta, dejando una cuantiosa propina.

    —Nos veremos esta noche -le dijo a Jenny al irse.
    —De acuerdo -respondió ella con una sonrisa.

    Ella lo observó mientras cruzaba el parking. Parecía estar hablando con alguien mientras andaba; probablemente estaba cantando. Los hombres suelen hacer esas cosas cuando han ligado, ¿no? ¿O se trataría tal vez de un sonado?

    Por enésima vez aquella mañana se resistió a llamar a Roben; para decirle que volviera a casa.


    ____ 8 ____
    Robert


    Robert cargó en la parte trasera de su camión la última canasta de platos. La imagen de un camión lleno de platos limpios no le levantaba el ánimo tanto como había esperado. Todavía estaba deprimido; todavía tenía roto el corazón; y todavía estaba resacoso.

    Por un momento pensó que lavar los platos había sido una equivocación, pues el haber creado un claro de limpieza y brillantez, por muy pequeño que fuera, hacía que, por contraste, el resto de su vida pareciera aún más miserable. Tal vez debía haberse dejado llevar por la corriente hacia abajo, como el piloto que, para salir de una barrena incontrolable, baja la palanca de mando.

    En el fondo, Robert creía que si las cosas se ponían tan mal como para no vislumbrar esperanza ocurriría algo que no sólo lo salvaría del desastre, sino que además mejoraría su vida de forma general. Se trataba de un tipo de fe retorcida que había adquirido a través de años de ver televisión, en donde ningún problema era tan grave como para no poder ser superado por un mensaje comercial; y también contribuían a esta fe dos importantes acontecimientos de su vida.

    En Ohio, su primer trabajo de verano cuando era pequeño fue recoger la basura de las calles en la feria del condado. Aquel trabajo había sido muy divertido durante las dos primeras semanas. Él y los demás chicos del equipo de limpieza solían pasarse días enteros entre las calles de la feria, paseando con unos palos largos que tenían un clavo en una punta. Con él ensartaban papeles y vasos de plástico como si fueran los leones del Serengeti. Les pagaban en efectivo al final de la jornada y al día siguiente se gastaban su sueldo entero en juegos de azar y repetidas subidas en el zipper, que fue donde Robert adquirió el hábito de pagar por sentir náuseas y mareo.

    Un día después de que terminara la feria, les pidieron a Robert y los demás chicos que se presentaran temprano en la zona del almacén. Llegaron antes del alba, preguntándose qué harían ahora que los coloridos remolques de circo y los juegos ya no estaban y que las calles se encontraban vacías.

    El representante del condado se encontró con ellos fuera de los enormes establos que tenía el recinto, con un camión de carga, una pila de horcas y unas carretillas.

    —Limpiad estos establos, chicos, y cargad el camión de estiércol -les dijo; y después se fue, dejando a los chavales sin supervisión alguna.

    Robert tan sólo había subido tres horcadas de estiércol cuando los chicos y él tuvieron que salir corriendo del establo en busca de oxígeno, pues el olor a amoníaco les quemaba la nariz y los pulmones.

    Intentaron limpiar los establos una y otra vez, pero más fuerte que su voluntad era aquel hedor insoportable. Mientras se encontraban fuera del establo, quejándose y maldiciendo, Robert notó que una figura se erguía entre la niebla de la mañana en el terreno ferial adyacente. Parecía la cabeza de un dragón.

    Comenzaba a clarear y los chicos oyeron golpes y ajetreo y también extraños ruidos de animales que provenían de aquel terreno. Contentos por haber encontrado distracción en su desagradable faena, miraron hacia la niebla, intentando vislumbrar qué formas se movían.

    Cuando el sol irrumpió sobre los árboles al este del recinto, apareció entre la neblina un hombre contrahecho vestido con un mono de trabajo azul que se dirigía hacia el establo. «¡Eh, chavales!», les gritó. Ellos esperaban recibir un castigo por no estar trabajando. «¿Os gustaría trabajar para el circo?», preguntó aquel hombre.

    Los chicos dejaron caer las horcas como si ardieran al rojo vivo y corrieron hacia él. El dragón resultó ser un camello; y los extraños ruidos, el trompeteo de los elefantes. Bajo la neblina, un equipo de hombres desenrollaban lo que sería el techo del circo de Clyde Beatty.

    Durante toda la mañana, Robert y los chicos ayudaron a los empleados del circo a juntar los paneles de lona amarilla de la carpa y a armar las gigantescas varillas de aluminio que darían soporte al gran techo.

    Era un trabajo pesado y cansado, pero también maravilloso y emocionante. Cuando las varillas de aluminio estaban ya colocadas sobre la lona, la cual estaba sujeta a una polea por medio de unos cables, fueron impulsadas hacia el cielo con la ayuda de un equipo de elefantes. A Robert le pareció que el corazón le estallaría de emoción. Anonadados, los chicos vieron cómo se elevaba el techo como un gran sueño amarillo.

    Sólo había sido un día, pero había sido glorioso y Robert lo recordaba con frecuencia; recordaba a los trabajadores, que bebían de una petaca que llevaban en el cinturón y se llamaban entre ellos por el nombre del pueblo o del estado del que provenían: «Kansas, trae para acá ese puntal. Nueva York, nos hace falta un mazo». Robert pensó en la mujer de robustos muslos que caminaba sobre el alambre y volaba en el trapecio. Su abundante maquillaje era grotesco de cerca, pero precioso en la distancia, cuando volaba por el aire sobre la muchedumbre.

    Aquel día había sido para él una aventura y un sueño, uno de los mejores de su vida. Pero lo que le sorprendía es que llegara justo en un momento en el que las cosas parecían ser más sombrías, cuando todo se había ido, literalmente, a la mierda.

    La siguiente vez en que la vida de Robert iba en picado, se encontraba en Santa Bárbara y su salvación apareció en forma de mujer.

    Había llegado a California con todas sus pertenencias en un Volkswagen, determinado a realizar un sueño que, según él, comenzaría en la frontera de California, con música de los Beach Boys y una larga y blanca playa llena de rubias voluptuosas que se morirían por la compañía de un joven fotógrafo de Ohio. Lo que encontró fue soledad y pobreza.

    Robert había escogido la prestigiosa escuela de fotografía de Santa Bárbara porque tenía fama de ser la mejor. Como fotógrafo del anuario del instituto se había ganado la reputación de ser uno de los mejores del pueblo; sin embargo, en Santa Bárbara era sólo un adolescente más entre cientos de estudiantes que, en todo caso, estaban más preparados que él.

    Consiguió un trabajo en una tienda de ultramarinos, almacenando mercancía desde la medianoche hasta las ocho de la mañana. Tenía que trabajar durante toda la jornada para poder pagar las exorbitantes mensualidades y el alquiler, por lo que no tardó en retrasarse en sus estudios. Dos meses después, se vio obligado a abandonar la escuela para evitar que lo echaran.

    Se encontraba en un pueblo extraño, sin amigos y apenas con el dinero suficiente para sobrevivir. Comenzó a beber cerveza por las mañanas en el parking, con sus compañeros de turno. Se iba a casa abotargado y dormía durante el día, hasta el turno siguiente. Con el gasto adicional del alcohol, Robert había tenido que empeñar sus cámaras para pagar el alquiler, y con ellas se había ido su última esperanza de un futuro que fuera más allá de almacenar conservas.

    Una mañana, habiendo terminado su turno, su jefe lo mandó llamar a la oficina.

    —¿Sabe algo sobre esto? -preguntó el administrador señalando cuatro tarros de mantequilla de cacahuete abiertos que estaban sobre su escritorio-. Fueron devueltos ayer por unos clientes. -Sobre la tersa superficie de la mantequilla de cada tarro estaban inscritas las siguientes palabras: ¡Socorro, atrapado en el infierno del supermercado!

    Robert era el encargado de almacenar los envases de vidrio; no merecía la pena negarlo. Había escrito aquellos mensajes una noche después de haberse bebido varias botellas de jarabe para la tos que había robado de los estantes.

    —Recoge tu talón el viernes -le ordenó el administrador.

    Se retiró cabizbajo; se encontraba sin dinero, desempleado y a mil quinientos kilómetros de casa; un fracasado a los diecinueve años. Conforme se iba de la tienda, una de las cajeras, una bonita pelirroja como de su edad, que llegaba para abrir al público, le detuvo.

    —Te llamas Robert, ¿no?
    —Sí -respondió.
    —Tú eres fotógrafo, ¿verdad?
    —Lo era -Robert no tenía ánimos para charlar.
    —Pues verás, espero que no te importe, pero una mañana me encontré tu portafolio en el cuarto de descanso y lo miré. Eres muy bueno.
    —Ya no me dedico a eso.
    —Qué pena, una amiga mía se casa el sábado y necesita un fotógrafo.
    —Mira -dijo Robert-, te agradezco el gesto pero me acaban de echar y ahora me voy a casa a emborracharme. Además, tengo las cámaras empeñadas.

    La chica le sonrió. Tenía unos ojos azules increíbles.

    —Aquí estabas desperdiciando tu talento. ¿Cuánto costaría sacar tus cámaras de la casa de empeño?

    Se llamaba Jennifer. Después de pagarle el importe de las cámaras lo colmó de adulaciones y de ánimos. Robert comenzó a ganar dinero trabajando en bodas y bar mitzvahs [Ceremonia judía para los niños que inician la adolescencia. (N.de la T.)], sin embargo, no le bastaba para pagarse un alquiler. En Santa Bárbara la competencia contaba con demasiados buenos fotógrafos.

    Se mudó al pequeño piso de una habitación que tenía Jennifer.

    Después de vivir juntos unos meses, se casaron y se fueron a vivir al norte, a Pine Cove, donde Robert encontraría menos competencia para trabajar.

    En aquella ocasión Robert había caído una vez más en una época baja de su vida, y una vez más el destino femenino le había proporcionado un milagroso rescate. Las orillas ásperas de la vida de Robert habían sido limadas por el amor y la dedicación de Jennifer. La vida había sido, hasta ese momento, buena con él.

    El mundo de Robert se estaba viniendo abajo como el suelo de una trampa y se encontraba en una caída libre y desorientada. Intentar controlar las cosas por medio de planes sólo serviría para retrasar su inevitable rescate. Según su razonamiento, cuanto más pronto tocara fondo más pronto mejoraría su vida.

    Cada vez que le había sucedido esto las cosas habían empeorado un poco sólo para mejorar después. Un día llegarían tiempos mejores y todo el tumulto de problemas que acarreaba la vida se iría a paseo; Robert tenía fe en que así sería. Pero para levantarse de las cenizas, primero había que caer y quemarse. Con todo esto en mente, cogió sus últimos diez dólares y se echó a la calle en dirección a La Cabeza de la Babosa.


    ______ 9 ______
    La Cabeza de la Babosa


    Mavis Sand, la dueña del bar La Cabeza de la Babosa, había vivido tanto tiempo acompañada por el espectro de la muerte que comenzaba a pensar en ella como uno podría pensar en un viejo y cómodo jersey. Hacía tiempo que había hecho las paces con la muerte; y la muerte a su vez había acordado no llevársela de un solo golpe, sino ir abreviándola poco a poco.

    En sus setenta años, la muerte ya se había llevado su pulmón derecho, su vesícula biliar, su apéndice y la retina de ambos ojos, con cataratas y todo. La muerte se había llevado también la vena aorta de su corazón y en su lugar Mavis llevaba un artilugio de acero y plástico, el cual se abría y se cerraba como las puertas automáticas de un supermercado. Además, la muerte se había llevado la mayor parte de su pelo y Mavis llevaba una peluca de poliéster que le irritaba la piel.

    Había perdido buena parte de su facultad auditiva, todos sus dientes y su colección de monedas. (Aunque a este respecto sospechaba más de un sobrino pobretón que tenía que de la muerte.)

    Hacía treinta años que había perdido el útero, pero aquello había sido en una época en que los doctores los extirpaban con tanta frecuencia que parecía que estaban compitiendo por algún premio, así que por aquella pérdida no responsabilizaba a la muerte.

    Al perder el útero, a Mavis le salió un bigote que se rasuraba cada mañana antes de abrir el bar. Deambulaba tras la barra con la ayuda de un par de coyunturas de acero inoxidable, ya que la muerte también se había llevado sus caderas, aunque no antes de habérselas ofrecido a un regimiento de vaqueros y albañiles.

    Con el paso de los años, la muerte se había llevado tanto de Mavis que cuando le llegara la hora de irse al otro mundo le parecía que iba a ser como meterse poco a poco en una humeante bañera de agua caliente; Mavis no le tenía miedo a nada.

    Cuando Robert entró en La Cabeza de la Babosa, Mavis se encontraba detrás de la barra, apoltronada sobre su taburete, fumando un Taryton extra largo mientras supervisaba el bar como la reina lagarta de los pintalabios. Después de unas cuantas caladas de cigarrillo, se untaba una cuantiosa capa de pintalabios de un tono rojo abrasador, atinando en buena parte en la zona donde correspondía. Y cada vez que apagaba uno de sus cigarrillos, sacaba un atomizador de Seducción de Medianoche, el cual guardaba al lado del cenicero, y se perfumaba con un golpe de spray la ranura que dividía sus enormes senos y la parte trasera de los lóbulos. En ocasiones, cuando su pulso se volvía inconsistente como consecuencia de una sobredosis de Bushmill's, se disparaba un poco de spray directamente en el aparato auditivo, lo que ocasionaba un cortocircuito y que el acto de pedir una copa pareciese una competencia de gritos. Como remedio a este problema, en una ocasión, alguien le regaló unos pendientes hechos de cartón de desodorante ambiental con forma de árbol navideño, garantizándole a Mavis ese olor a coche nuevo. Sin embargo, Mavis insistió en que se pondría Seducción de Medianoche o no se pondría nada, así que los pendientes quedaron colgados en la pared en el sitio de honor, junto a la placa que contenía la lista de ganadores del torneo anual de billar de ocho bolas y del concurso del mejor chili con carne, ambos conocidos por los clientes como el «Festival de la Babosa».

    Robert se quedó junto a la entrada mientras los ojos se le acostumbraban a la oscuridad del bar.

    —¿Qué te pongo, guapito? -le preguntó Mavis, mientras batía sus pestañas postizas tras los culos de botella enmarcados por falsos diamantes que llevaba por gafas; a Robert le parecía estar viendo a un par de arañas intentando escapar de un frasco.

    Manoseó el billete de diez dólares que tenía en el bolsillo y se sentó sobre un taburete.

    —Una jarra, por favor.
    —¿Problemas?
    —¿Se me notan mucho? -preguntó Robert con cierta ironía.
    —No mucho, sólo iba a pedirte que cerraras los ojos antes de morir desangrado -dijo Mavis con la risa de una gárgola coqueta, la cual se convirtió enseguida en un ataque de tos.

    Le sirvió una jarra de cerveza, se la puso delante y después reemplazó su billete con nueve billetes de uno.

    Robert tomó un sorbo largo de cerveza mientras se giraba sobre el taburete para echar un vistazo al resto del bar.

    Salvo las luces sobre las mesas de billar, a Mavis le gustaba iluminar el bar con luz tenue; y los ojos de Robert aún estaban intentando ajustarse a ella. De pronto pensó que nunca había visto el suelo del bar, el cual al andar se le pegaba a los zapatos. Salvo el reconocible crujido ocasional de alguna palomita de maíz o de una cascara de cacahuete, el suelo de La Cabeza era un oscuro misterio; y sin importar qué fuese lo que había allí abajo, lo mejor era dejarlo evolucionar sin ser visto y en paz. Se prometió a sí mismo llegar a la puerta antes de desmayarse.

    Entrecerró los ojos para mirar hacia las lámparas que alumbraban la mesas de billar. En la mesa del fondo se jugaba una candente partida de ocho bolas. Unos seis clientes regulares se habían acercado a mirar. La sociedad se refería a ellos como el ala dura de los desempleados; Mavis los llamaba los asiduos diurnos. En aquella mesa estaba jugando Slick McCall contra un joven moreno, al que Robert no reconoció. Sin embargo, su cara le parecía familiar y, por alguna extraña razón, en ese momento Robert se dio cuenta de que aquel tío no le caía bien.

    —¿Cómo se llama el forastero? -le preguntó Robert a Mavis por encima del hombro. Había algo en su atractivo aqualine que a Robert le repelía, como cuando se muerde un trozo de papel de aluminio con un empaste metálico.
    —Carne fresca para Slick -dijo Mavis-. Hará unos quince minutos que llegó y quería jugar apostando. Sus tiros son flojos, si quieres saber mi opinión. Slick está guardando su taco detrás de la barra hasta que aumente el monto de dinero.

    Robert observó al flaco Slick McCall moverse alrededor de la mesa y parar para meter una bola de color en la tronera con un taco del bar; no hubo un segundo tiro. Después, se detuvo y se pasó los dedos por su pelo castaño, el cual llevaba peinado con brillantina hacia atrás y dijo:

    —Mierda, me acabo de eliminar a mí mismo -Slick tenía ganas de marcha.

    Sonó el teléfono y contestó Mavis. «Madriguera de la perversidad, habla la madre superiora. No, aquí no está. Espere un momento», cubrió el auricular y se dirigió hacia Robert.

    —¿Has visto a La Brisa?
    —¿Quién le llama? -preguntó Robert.
    —¿De parte de quién? -preguntó Mavis por el teléfono y después de una pausa volvió a cubrir la bocina-. Es su casero -le dijo a Robert.
    —Está de viaje, volverá pronto.

    Mavis dio el mensaje y colgó. Unos segundos después, el teléfono volvió a sonar.

    Mavis lo cogió: «El jardín del edén, la serpiente al habla». Hubo una pausa. «Quién cree usted que soy, ¿su secretaria?»

    Pausa. «Está de viaje, volverá pronto. ¿Por qué no corren ustedes un riesgo de tipo social y le llaman a su casa?» Pausa. «Sí, está aquí.» Mavis miró de reojo a Robert. «¿Quieres hablar con él? Vale.» Y colgó.

    —¿Era para La Brisa? -preguntó Robert.

    Mavis encendió un Taryton.

    —De pronto se ha vuelto famoso -dijo.
    —¿Quién era?
    —No pregunté; sonaba mexicano; preguntó por ti.
    —Mierda -dijo Robert.

    Mavis le puso delante otra jarra. Él se giró para ver el juego. Había ganado el forastero; Slick le estaba dando cinco dólares.

    —Creo que me has ganado, socio -dijo Slick-. ¿Me vas a dar la oportunidad de recuperar mi dinero?
    —Duplicamos la cantidad o no hay juego -respondió el forastero.
    —Bien, acepto -Slick metió las monedas en la ranura a un costado de la mesa de billar. Las bolas cayeron en la cestilla y Slick comenzó a colocarlas.

    Slick llevaba una camisa de poliéster azul y roja, de lunares con puntas de cuello largas, como las que se llevaban cuando se pasó la moda de la música disco y seguramente cuando Slick se había lavado los dientes por última vez, pensó Robert. Siempre llevaba dibujada en la cara una mueca rota y renegrida, la cual muchos turistas debían recordar de cuando habían entrado a La Cabeza y habían salido desplumados por el impío taco de Slick.

    El forastero retrocedió y dio el tiro de salida. Su taco reverberó con el enfermizo sonido de una pifia. La bola blanca salió disparada a través de la mesa, rozando apenas al grupo de bolas y rebotó contra dos esquinas de la banda para después ir en línea recta hacia la tronera de la esquina en la que se encontraba el forastero.

    —Perdona, hermano -dijo Slick, mientras le ponía tiza a la punta de su taco y se preparaba para hacer una chiripa.

    Al llegar a la tronera de la esquina, la bola blanca paró en seco sobre el borde. Como por reflejo, una de las bolas de un color se salió del grupo y cayó en la tronera contraria con un ruido sordo.

    —Coño -irrumpió Slick-, qué estilo inglés más elegante. Pensé que de seguro harías un churro.
    —¿Fue una de un solo color la que cayó? -preguntó el forastero.

    Mavis se inclinó sobre la barra hacia Robert.

    —¿Viste cómo paró esa bola? Debió haber sido de chiripa.
    —Tal vez haya un trozo de tiza en la mesa que la detuvo -dijo Robert especulando.

    El forastero metió dos bolas más con un estilo asombroso y después logró colocar la bola tres para meterla de un tiro recto. Sin embargo, al tirar, la bola blanca hizo una curva en forma de C y empujó a la bola seis en la esquina contraria.

    —¡He dicho la bola tres! -gritó el forastero.
    —Ya lo sé -respondió Slick-. Parece que te has fiado demasiado de tu estilo. Tiro yo.

    Parecía que el forastero estaba enfadado con alguien pero no con él.

    —¿Cómo puedes confundir el seis con un tres, idiota?
    —Quién sabe -dijo Slick-, no seas tan exigente contigo mismo, socio; de todas formas me vas ganando por un juego.

    Slick le dio a cuatro bolas y después falló un tiro tan evidente que Robert respingó. Normalmente las estrategias de Slick eran más sutiles.

    —¡La cinco del lado! -gritó el forastero-. ¿Entiendes? ¡La cinco!
    —Entiendo -respondió Slick-. Y lo ha entendido toda esta gente además de la mitad de la que está en la calle. No hace falta que grites, socio. Sólo se trata de un juego amistoso.

    El forastero se inclinó sobre la mesa y tiró. La bola blanca serpenteó hacia la bola cinco, luego se dirigió hacia la banda y después cambió de rumbo describiendo una curva hacia la tronera de uno de los lados. Roben, como los demás observadores, se quedó atónito. Era un tiro imposible y sin embargo, todos lo habían visto.

    —Mierda -dijo Slick, luego, dirigiéndose a Mavis-: Mavis, ¿cuándo fue la última vez que nivelaste esta mesa?
    —Ayer mismo, Slick.
    —Pues qué poco le duró. Dame mi taco, Mavis.

    Mavis se contorneó hacia el final de la barra y sacó un estuche de piel negra de un metro de largo. Lo manipuló cuidadosamente y se lo presentó a Slick con deferencia; una decrépita Dama del Lago le presentaba una Excalibur de madera dura al mismísimo Arturo. Slick abrió el estuche y atornilló las dos partes del taco sin dejar de mirar al forastero.

    Al ver el taco, el forastero se sonrió. Slick le devolvió la sonrisa. El juego estaba definido. Dos buscavidas se reconocían entre ellos bajo un acuerdo tácito: dejémonos de pamplinas y juguemos.

    Robert se encontraba tan embebido en observar la tensión que había entre los dos jugadores y en averiguar por qué el forastero le caía tan mal que no se dio cuenta de que alguien se había sentado en el taburete de al lado. Entonces, ella habló.

    —¿Cómo estás Robert? -dijo con su voz profunda y algo ronca, mientras le ponía una mano sobre el hombro a Robert y le daba un suave apretujón.

    Robert se giró y quedó asombrado ante su apariencia. Ella siempre le causaba el mismo efecto; solía afectar a la mayoría de los hombres de la misma manera.

    Llevaba puesto un body de malla negro, con un cinturón ancho de piel en el que había ajustado una multitud de pañuelos de chifón que le bailaban sobre las caderera cuando andaba, como un diáfano fantasma de Salomé. Llevaba ambas muñecas cubiertas de capas de pulseras plateadas; y las largas uñas pintadas de negro. Tenía grandes ojos verdes que, bien separados, enmarcaban una nariz menuda y recta y unos labios carnosos pintados de rojo sangre. Su pelo de color negro azulado le llegaba hasta la cintura y sobre los senos le colgaba de una cadena de plata, un pentagrama plateado.

    —Me siento fatal -dijo Robert-. Gracias por su interés, señora Henderson.
    —Mis amigos me llaman Raquel.
    —Vale, me siento fatal señora Henderson.

    Raquel tenía treinta y cinco años, pero podría haber aparentado veinte si no fuera por aquella arrogante sensualidad con la que se movía y la sonrisa burlona que expresaba su mirada, la cual revelaba experiencia, confianza en sí misma y una astucia que superaba a cualquier veinteañera. No era su cuerpo el que traicionaba su edad, sino su forma de proceder. Era capaz de cambiar de hombre como quien se cambia de zapatos.

    Hacía años que Robert la conocía, pero su presencia nunca dejaba de despertarle el sentimiento de que su fidelidad matrimonial no era más que una idea absurda. Vista retrospectivamente, tal vez lo era, pero de cualquier forma ella le hacía sentirse inquieto.

    —No soy tu enemiga Robert, a pesar de lo que puedas pensar. Hacía tiempo que Jenny estaba pensando en dejarte. Nosotros no tuvimos nada que ver en ello.
    —¿Cómo van las cosas en los aquelarres? -preguntó Robert con sarcasmo.
    —No se trata de ningún aquelarre. Las Vegetarianas Paganas por la Paz nos dedicamos a la concienciación física y espiritual en torno a la Tierra.

    Robert apuró su quinta cerveza y dio un golpe con la jarra sobre la barra.

    —Las Vegetarianas Paganas por la Paz son un grupo de mujeres amargadas, mordedoras de pelotas que aborrecen a los hombres y que, además de destruir matrimonios, convierten a los hombres en sapos.
    —Eso no es verdad y tú lo sabes.
    —Lo que sé es que al año de ingresar en vuestro grupo, todas las mujeres se han separado de su marido. Estuve en contra de que Jenny se metiera en esa historia desde el principio. Le advertí que ibais a lavarle el cerebro y lo habéis hecho.

    Raquel retrocedió sobre su asiento como un gato irritado.

    —Tú piensa lo que quieras, Roben. Yo les muestro a las mujeres la diosa que llevan dentro. Las pongo en contacto con su poder personal; lo que hagan después con él es cosa suya. Nosotras no estamos en contra de los hombres. Lo que pasa es que los hombres no soportan ver que una mujer se descubra a sí misma. Tal vez si hubieras animado a Jenny a crecer en lugar de criticarla, aún estaría contigo.

    Al girarse hacia la barra y ver su reflejo en el espejo que había detrás Robert aborreció la imagen que veía. Aquella mujer tenía razón. Se cubrió la cara con las manos y apoyó los codos sobre la barra.

    —Mira, no vine aquí a discutir contigo -dijo Raquel-. Vi tu camioneta aparcada afuera y pensé que tal vez te vendría bien un poco de dinero. Tengo un trabajo para ti que te podría distraer.
    —¿Qué? -preguntó Robert entre las manos.
    —Este año nosotros organizamos el concurso anual de esculturas en tofu en el parque. Necesitamos a un fotógrafo que tome fotos para el cartel y la publicidad de los periódicos. Sé que estás en bancarrota, Robert.
    —No -respondió él sin mirarla.
    —Bien, como quieras -dijo Raquel al deslizarse del taburete para irse.

    Mavis le sirvió otra jarra a Robert y contó el dinero que le quedaba. «Chachi -dijo-, quedan cuatro dólares a tu nombre.»

    Robert levantó la cabeza; Raquel casi había llegado a la puerta.

    —¡Raquel!

    Ella se giró y le esperó; una mano elegante sobre una exquisita cadera.

    —Estoy viviendo en la caravana de La Brisa. -Le dio el número de teléfono-. Llámame, ¿vale?
    —De acuerdo, Roben, te llamaré -dijo Raquel sonriendo, y se giró para salir.

    Robert volvió a llamarla.

    —No habrás visto a La Brisa, ¿verdad?

    Raquel hizo una mueca.

    —Robert, el solo hecho de encontrarme en la misma habitación con él me provoca ganas de ducharme en lejía.
    —Venga, es un tío divertido.
    —Es un desastre divertido.
    —¿Pero lo has visto?
    —NO.
    —Gracias, llámame.
    —Vale, lo haré -dijo ella dirigiéndose a la puerta.

    Al abrirla, la luz del día dejó a Robert ciego por un momento. Cuando recobró la vista, un hombrecillo con una gorra roja estaba sentado a su lado. No lo había visto entrar.

    —¿Podría molestarle por una pequeña cantidad de sal? -le preguntó el hombrecillo a Mavis.
    —¿Qué te parecería un cóctel Margarita con mucha sal, guapo? -le propuso Mavis batiendo sus pestañas de araña.
    —Sí, eso estará bien, gracias.

    Robert le echó un vistazo al hombrecillo y después se giró para seguir viendo el juego de billar, mientras contemplaba su destino.

    Tal vez aquel trabajo que le ofrecía Raquel sería su salvación. Aunque le resultaba extraño, pues las cosas aún no habían llegado al peor de sus límites. La idea de que Raquel fuese en realidad su hada madrina disfrada le hizo sonreír. No, en realidad la caída en espiral hacia la salvación no estaba yendo nada mal. La Brisa había desaparecido; había que pagar el alquiler; había hecho enemistad con un camello mexicano loco y el no recordar dónde había visto antes al forastero de la mesa de billar le estaba desquiciando.

    El juego mantenía la tensión. Slick tiraba con una precisión maquinal, y cuando fallaba, el forastero despejaba la mesa con una serie de caprichosos tiros curvados e imposibles mientras la gente observaba boquiabierta y el sudor le chorreaba al nervioso Slick.

    Slick McCall había sido el indiscutible rey del juego de ocho bolas en La Cabeza de la Babosa desde a antes de que se llamara así. El bar se había llamado La Cabeza del Lobo durante más de cincuenta años, hasta que Mavis se cansó de las quejas de los ecologistas borrachos que insistían en que los lobos de bosque eran una especie en extinción y que con ese nombre el bar estaba apoyando su aniquilación. Un día Mavis cogió la cabeza de lobo disecada que colgaba sobre la barra y se la dio a una sociedad benéfica. Después le pidió a un pintor del pueblo que le hiciera una gigantesca cabeza de babosa en fibra de vidrio para reemplazarla. Cambió el cartel y esperó a que algún idiota de la Sociedad de Salvación de Cabezas de Babosa apareciera quejándose, pero no sucedió. En los negocios, como en la política, el público siempre está dispuesto a tolerar a un baboso.

    Hacía algunos años, Slick y Mavis habían llegado a un acuerdo que los beneficiaba a ambos. Mavis le permitía a Slick ganarse la vida en su mesa de billar a cambio del veinte por ciento de sus ganancias y de no aparecer en el torneo anual de las ocho bolas. Robert había estado yendo a La Cabeza durante siete años y en ese tiempo nunca había visto a Slick inquieto por una partida. Ahora lo estaba.

    De vez en cuando, algún turista que había ganado el premio Pene del torneo de Nueve Bolas de Kansas llegaba a La Cabeza sintiéndose el dios omnipotente del fieltro verde y Slick lo devolvía a la Tierra, desinflando su ego con los suaves golpes de su taco hecho a medida, con incrustaciones de marfil. Pero aquella gente jugaba dentro de los límites de las leyes de la física y en cambio el forastero jugaba como si Newton hubiera caído de cabeza al nacer.

    Para crédito suyo, Slick estaba jugando siguiendo su estilo metódico de siempre; sin embargo, Robert advirtió que esta vez tenía miedo. Cuando, en la partida en la que se jugaban cien dólares, el forastero coló la bola número ocho, el miedo de Slick se convirtió en rabia y de pronto lanzó su elegante taco por el bar como lo haría un furioso zulú.

    —Me cago en la mar, muchacho, no sé cómo lo haces, pero nadie puede jugar así -dijo Slick, quejándose ante la cara del forastero con ambos puños cerrados de rabia contenida colgándole a los costados.
    —Con permiso -respondió el forastero. Su aspecto juvenil había desaparecido. Su expresión podía haber tenido mil años y estar tallada en piedra. Mirando a Slick fijamente le dijo-: Se ha terminado el juego. -Para el caso, podía haber afirmado: el agua es un líquido mojado. Era la verdad y aquello iba en serio.

    Slick metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros para sacar un puñado de billetes arrugados de veinte dólares y los tiró sobre la mesa.

    El forastero cogió los billetes y se fue.

    Slick recogió su taco y se dispuso a desmontarlo. El grupo de observadores se quedó mudo, permitiendo que Slick recuperara la dignidad.

    —Ha sido como una maldita pesadilla -dijo Slick, dirigiéndose a todos.

    Aquel comentario golpeó los oídos de Robert como un calcetín lleno de arena. De pronto, recordó dónde había visto al forastero. Recordó el sueño del desierto con una apabullante claridad. Atónito, volvió a su cerveza.

    —¿Te apetece un Margarita? -le preguntó Mavis, sosteniendo un bate de béisbol que había sacado de debajo de la barra cuando las cosas se habían calentado en la mesa de billar.

    Robert miró el taburete que estaba a su lado. El hombrecillo ya no estaba.

    —Cuando vio al tío ese dar el primer tiro, salió de aquí como si tuviese fuego en el culo -comentó Mavis.

    Robert cogió el Margarita y se bebió su congelado contenido de un sorbo, lo que le ocasionó un dolor de cabeza instantáneo.

    En la calle, Engañifa y Travis se dirigían hacia el taller de mecánica.

    —Tal vez deberías de aprender a jugar al billar si vas a conseguir dinero de esa forma.
    —Tal vez tú podrías aprender a poner atención cuando digo un número.
    —No te oí. No comprendo por qué no robamos el dinero, sencillamente.
    —A mí no me gusta robar.
    —Pues le robaste al chulo de Los Ángeles.
    —Eso no estuvo mal.
    —¿Cuál es la diferencia?
    —Robar es inmoral.
    —¿Y hacer trampas en el billar no lo es?
    —Yo no hice trampa, sólo contaba con una injusta ventaja. Él contaba con un taco hecho a medida y yo contaba contigo para que metieras las bolas.
    —No entiendo la moralidad.
    —¡Cosa nada sorprendente!
    —Y no creo que tú la entiendas tampoco.
    —Tenemos que recoger el coche.
    —Entonces, ¿adonde vamos?
    —A ver a un antiguo amigo.
    —Eso lo dices cada vez que vamos a algún sitio.
    —Éste será el último.
    —Claro.
    —Calla, la gente nos mira.
    —Me estás tomando el pelo. ¿Qué es la moralidad?
    —Es la diferencia entre lo que está bien y lo que tú racionalizas.
    —Debe tratarse de algo humano.
    —Exactamente.


    _____ 10 _____
    Augustus Brine


    Augustus Brine se encontraba postrado en una de sus sillas de cuero de alto respaldo, masajeándose los lóbulos, mientras intentaba formular un plan de acción. Más que respuestas, la pregunta ¿por qué yo? se repetía una y otra vez en su cabeza como el mantra de la perplejidad. A pesar de su tamaño, fuerza y sabiduría acumulada a través de los años, Augustus se sentía pequeño, débil y estúpido. «¿Por qué yo?»

    Hacía unos minutos que Gian Hen Gian había irrumpido enloquecidamente en su casa parloteando en árabe. Cuando finalmente Brine logró calmarlo, el genio le explicó que había encontrado al demonio.

    —Tienes que buscar al moreno, él debe tener el sello de Salomón. ¡Debes encontrarlo! -exclamó el yinn, conmocionado.

    Ahora, el genio estaba sentado enfrente de Brine, comiendo patatas fritas mientras veía una película de los hermanos Marx.

    Insistía en que Brine hiciera algo, pero no tenía ninguna sugerencia en cuanto a cómo proceder. Brine pensó en todas las alternativas, pero ninguna le satisfizo; podía llamar a la policía, contarle que un genio le había dicho que un demonio invisible y antropófago había llegado a Pine Cove y pasar el resto de sus días bajo sedantes: no procedía; podía encontrar al moreno, insistir en que devolviera al demonio al infierno y ser ingerido por éste: excluido; o también, a escondidas, intentando no ser visto por un demonio invisible que podría estar en cualquier parte, buscar al moreno, robar el sello y devolver al demonio al infierno él mismo, corriendo el riesgo de ser devorado en el proceso: tampoco procedía. Claro que, por otro lado, también podía resistirse a creer aquella historia, podía olvidarse de que había visto a Gian Hen Gian beber bastante agua salada como para matar a un batallón, negar por completo la existencia de lo sobrenatural, abrir una impúdica botellita de merlot y sentarse ante su chimenea a bebérsela mientras un demonio venido del infierno se comía a sus vecinos. Sin embargo, sí se creía la historia y por lo tanto, esta opción tampoco le servía. Por el momento, decidió frotarse los lóbulos y seguir preguntándose: «¿Por qué yo?».

    El genio no le podría ayudar, pues sin amo tenía tan poco poder como Brine mismo; y sin el sello y la invocación no podía tener un amo. Brine había estudiado las alternativas más evidentes con Gian Hen Gian sólo para sentenciar cada una al fracaso. No, no podría matar al demonio, pues era inmortal. Tampoco podría matar al moreno, pues estaba protegido por el demonio y matarlo a él, de ser posible, podría liberar la voluntad del demonio. Y, según los razonamientos del genio, intentar llevar a cabo un exorcismo sería una tontería, ¿acaso podía algún falso prelado pisotear el poder de Salomón?

    Tal vez podrían separar al demonio de su guardián y de alguna manera lograr que el moreno devolviera el demonio al infierno. Brine estaba a punto de preguntarle a Gian Hen Gian si eso era posible, pero se detuvo. Al genio se le saltaban las lágrimas.

    —¿Qué te pasa? -le preguntó Brine.

    Gian Hen Gian mantenía la vista sobre la pantalla de la televisión, en la que se veía a Harpo Marx sacándose una serie de objetos del abrigo, objetos que por su extraordinario tamaño, eran imposibles de almacenar ahí.

    —Hacía tanto tiempo que no veía a uno de los míos. Aunque no reconozco a éste que no habla, sé que es un yinn. ¡Qué magia!

    Por un momento Brine consideró la posibilidad de que Harpo Marx hubiera sido uno de los yinn, pero enseguida se enfadó consigo mismo por haberlo concebido siquiera. Aquel día habían pasado demasiadas cosas nuevas para él y comenzaba a creer que cualquier cosa era posible. Si no tenía cuidado, acabaría por perder el criterio por completo.

    —¿Quieres decir que llevando aquí mil años nunca habías visto una película? -preguntó Brine asombrado.
    —¿Qué es una película?

    Cuidadosa y lentamente, Brine le explicó al rey de los yinn la ilusión que creaban las imágenes en movimiento. Cuando terminó, se sentía como si hubiese violado al hada madrina de los niños ante una clase de párvulos.

    —Entonces, ¿sigo estando solo aquí? -preguntó tristemente el yinn.
    —No completamente -respondió Brine.
    —Bueno, ¿pero qué vas a hacer respecto a Engañifa, Augustus Brine? -contestó el genio, contento con cambiar de tema.


    ____ 11 ____
    Effrom


    Effrom Elliot despertó aquella mañana anhelando por adelantado su acostumbrada siesta. Había soñado con mujeres y con una época en que, además de pelo, había tenido dónde escoger. No había dormido bien. Durante la noche lo habían despertado los ladridos de unos perros y hubiera querido dormir hasta más tarde, pero en cuanto el sol irrumpió en su habitación se había despertado por completo, sin esperanza de conciliar el sueño hasta la hora de la siesta. Había sido así desde que se había retirado, hacía veinticinco años. En cuanto se había simplificado su vida lo bastante como para poder dormir más, fue su cuerpo el que ya no se lo permitía.

    Se levantó de la cama y en la penumbra de su habitación se puso un pantalón de pana y una camisa de franela que la esposa le había dejado preparados. Se puso las zapatillas y salió de puntillas, dejando entornada la puerta para no despertar a la esposa, pero segundos después, recordó que se había ido a Monterrey, ¿o era a Santa Bárbara? De cualquier forma, no estaba en casa. No obstante, continuó su rutina matinal con el recato acostumbrado.

    En la cocina puso a calentar el agua para su habitual taza matutina de descafeinado. Por la ventana ya se veían los colibrís revolotear alrededor de su comedero, donde paraban de vez en cuando a beber del agua azucarada después de volar a través de las fucsias y la madreselva. Él los consideraba los animales de su esposa, pues para su gusto se movían demasiado rápidamente. En un documental en la televisión había oído que el metabolismo de estas aves es tan rápido que tal vez no puedan ver a los humanos. Para Effrom, el mundo entero llevaba la marcha de los colibrís; para él, todo y todos iban demasiado rápidamente, y a veces se sentía invisible.

    Ya no podía conducir. La última vez que lo había intentado, la policía le había parado por obstruir el tráfico. Después de sugerir al policía que se detuvo a oler las flores, le informó que había conducido desde que el agente no era más que un destello sobre los ojos de su padre. Había sido una actitud equivocada, pues el agente le retiró su carnet de conducir. Ahora, siempre conducía su esposa. Quién sé lo iba a imaginar cuando había sido él quien le había enseñado a conducir, siempre cogiéndole el volante para evitar que el modelo T acabara en una zanja. ¿Qué podría contestar un petulante agente de la policía a ese respecto?

    El agua comenzaba a hervir. Effrom rebuscó en la vieja caja de metal donde guardaban el pan y encontró las galletas cubiertas de chocolate que la esposa le había dejado. En la alacena se encontraba el café descafeinado al lado del café normal. ¿Por qué no? Ya que la mujer no estaba, ¿por qué no vivir un poco? Cogió el café normal y se dispuso a buscar los filtros, no tenía la menor idea de dónde se guardaban. Era la esposa quien se encargaba de esas cosas.

    Por fin los encontró, y la cafetera en la repisa de abajo. Echó un poco de café en el filtro, le echó un vistazo y le puso un poco más. Después, virtió el agua sobre el café molido.

    El café salió tan negro como el corazón del kaiser. Se sirvió una taza y aún quedó un poco en la cafetera. No era caso de desperdiciarlo, así que abrió la ventana y después de trajinar un poco con la tapadera de la cafetera, virtió lo que sobraba en el comedero de los colibrís.

    —Vivid un poco, chicos -les dijo.

    Se preguntó si el café no les daría tal marcha que explotarían en la atmósfera. Pensó en quedarse allí a observarlos, pero entonces recordó que el programa de gimnasia estaba por empezar. Cogió su café y las galletas y se dirigió hacia su sillón de la sala, el cual se encontraba delante de la tele.

    Después de cerciorarse de que no estuviera puesto el sonido, encendió el viejo aparato. Con la imagen, apareció una joven rubia que llevaba unos leotardos tornasolados, la cual dirigía a otras tres chicas en una serie de estiramientos. Por la forma en que se movían, Effrom suponía que había música pero siempre mantenía el volumen apagado para no despertar a la esposa. Desde que había descubierto el programa de gimnasia, todas las mujeres que aparecían en sus sueños llevaban leotardos tornasolados.

    Ahora las chicas estaban acostadas en el suelo, moviendo las piernas en el aire. Maravillado, Effrom las miraba mientras se comía las galletas. Llegaba una época en la vida en que un hombre tenía que gastarse la mayor parte de su salario semanal para poder disfrutar de un programa como aquél, el cual era transmitido por cable por sólo... Bueno, la verdad es que era la esposa quien se encargaba de pagar el cable, pero él quería, prefería, pensar que era bastante barato. Vivir valía la pena.

    Durante un momento Effrom dudó si debía ir al taller a buscar sus cigarrillos. Era un buen momento para un cigarrillo. Después de todo, la esposa no estaba. ¿Por qué iba a andar a hurtadillas en su propia casa? No, la esposa se enteraría y cuando le afrontara no le gritaría, sino que solamente lo miraría. Sus ojos azules lo mirarían con aquella triste expresión y diría: «Ay, Effrom»; eso sería todo: «Ay, Effrom». Y él sentiría que la había traicionado. No, esperaría a que acabara el programa y se iría a fumar al taller, donde la esposa nunca se atrevía a entrar.

    De pronto, Effrom percibió a su alrededor un tremendo vacío. Era como si la casa fuese una gran bodega vacía, donde el más pequeño ruido resonaba con un eco entre los estantes. Faltaba una presencia.

    No solía ver a la esposa hasta el mediodía, cuando le tocaba en la puerta del taller para llamarlo a comer y, sin embargo, su ausencia era como si le hubiese dejado desprovisto de un recubrimiento aislante y se encontrara desprotegido ante el medio ambiente. Por primera vez en mucho tiempo Effrom tenía miedo. La esposa iba a volver, pero tal vez un día se iría para siempre; algún día se encontraría solo de verdad. Por un momento deseó morir antes que ella, pero el pensar en la esposa sola, llamando a la puerta del taller, del que él nunca saldría, le hizo sentirse egoísta y avergonzado.

    Intentó concentrarse en el programa de gimnasia, pero los leotardos de spandex no le brindaban ya consuelo alguno. Se levantó y apagó la tele. Se dirigió a la cocina y puso la taza en el fregadero. Estaba viendo a los colibrís revolotear resplandecientes bajo el sol de la mañana a través de la ventana, cuando de pronto se vio invadido por una sensación de urgencia. Al meterse en su taller y acabar la talla que estaba haciendo, se volvió repentinamente imperativo. El tiempo le parecía tan frágil y huidizo como los mismos pajarillos. En sus años mozos, tal vez hubiera lidiado con aquel sentimiento con una ingenua negación de su mortalidad. Sin embargo, la edad le había proporcionado otro tipo de defensa, haciendo que sus pensamientos volviesen a la imagen de su esposa y él metiéndose juntos en la cama y no despertando jamás, despojándose de sus vidas y remembranzas de un solo golpe. Sabía que ésta también era una fantasía ingenua. Una cosa era segura: cuando volviera la esposa le iba a dar un rapapolvo por haberse ido.

    Antes de abrir el taller, puso el despertador de su reloj para la hora de comer, pues si trabajaba durante esa hora podría perderse la siesta. No tenía sentido perder todo un día sólo porque la esposa se encontraba de viaje.

    Cuando Effrom oyó que llamaban a la puerta de su taller pensó que era la esposa, que había llegado temprano para sorprenderle con la comida. Deshizo lo que quedaba de su cigarrillo sobre una caja de herramientas que mantenía vacía para aquel propósito y exhaló la última bocanada de humo sobre el extractor que había instalado para que «saliera el aserrín».

    —Un momento, ahora voy -dijo.

    Para causar mejor impresión, puso en marcha una de sus pulidoras de alta velocidad. Cuando oyó que los golpes continuaban, Effrom se dio cuenta de que no provenían de la puerta interior, en la que solía llamar la mujer, sino de la que daba al jardín delantero de la casa. «Seguramente, un testigo de Jehová», pensó. Bajó del taburete y se buscó alguna moneda de veinticinco centavos en los bolsillos del pantalón; encontró una. Si les comprabas una revista, se iban, pero si te pillaban sin cambio, te daban la lata como si fueran caniches redentores.

    Cuando Effrom abrió la puerta con un empujón hacia fuera, el joven que había estado tocando dio un salto hacia atrás. Iba vestido con una sudadera y vaqueros negros. «Una vestimenta más bien casual para alguien que lleva una invitación formal para el fin del mundo», pensó Effrom.

    —¿Es usted Effrom Elliot? -preguntó el joven.
    —Lo soy -respondió Effrom, extendiendo la mano con la moneda-. Gracias por venir, pero me encuentro ocupado, así que déjeme la revista y ya la leeré más tarde -añadió Effrom.
    —No soy un testigo de Jehová, señor Elliot -respondió el joven.
    —Bueno, pues tengo todos los seguros que necesito, pero si me deja su tarjeta se la daré a mi esposa.
    —¿Vive aún su mujer, señor Elliot?
    —Naturalmente que vive. Qué te creías, ¿que iba a pegar tu tarjeta sobre su lápida sepulcral? Hijo, lo tuyo no es la venta ambulante; deberías buscarte un trabajo honesto.
    —No soy vendedor ambulante, señor Elliot, soy un antiguo amigo de su esposa. Necesito hablar con ella, es de suma importancia -apuntó el joven.
    —Ahora no está -respondió Effrom.
    —Su mujer se llama Amanda, ¿verdad?
    —Así es, pero no intentes engañarme. Tú no eres amigo de mi esposa, si lo fueras, te conocería; y has de saber que tenemos una aspiradora capaz de quitarle el pelo a un oso, así que mejor vete -insistió Effrom mientras empezaba a cerrar la puerta.
    —No, por favor señor Elliot, en verdad necesito hablar con su esposa.
    —Pues no está en casa.
    —¿Y cuándo volverá? -preguntó el chico.
    —Volverá mañana, pero te advierto, hijo, que cuando se trata de un charlatán ella es más dura que yo; puede ser tan mala como una serpiente. Te convendría más coger tu bolsa e irte a buscar un trabajo honesto -contestó Effrom.
    —Usted fue veterano de la Primera Guerra Mundial, ¿no?
    —Sí, lo fui, ¿y qué hay con ello?
    —Gracias, señor Elliot. Volveré mañana.
    —Mejor será que no te molestes -le contestó el viejo.
    —Gracias, señor Elliot.

    Effrom cerró la puerta con un golpe y enseguida sintió que la angina de pecho le rasgaba como una garra afilada. Intentó respirar profundamente mientras se buscaba una pildora de nitroglicerina en el bolsillo de la camisa. Se la metió en la boca y se le disolvió enseguida. En cuestión de minutos el dolor se le había calmado. Tal vez debía olvidarse de la comida y dormir la siesta.

    No lograba comprender por qué la esposa seguía enviando aquellas tarjetas a la compañía de seguro -¿Acaso no sabía que «no pasará a visitarle un agente de ventas» era una de las tres grandes mentiras? Otra vez pensó en el rapapolvo que le echaría cuando volviera.


    Al volver al coche, Travis intentó ocultarle su emoción al demonio. Contuvo las enormes ganas que tenía de gritar ¡eureka!, de darle un golpe al volante, de cantar aleluya a todo pulmón. Tal vez por fin se aproximaba el final, pero no se podía permitir pensar en ello; tan sólo era una posibilidad; sin embargo nunca se había sentido tan cerca de librarse del demonio.

    —¿Y cómo estaba tu viejo amigo? -preguntó Engañifa sarcásticamente.

    Habían pasado por aquella escena literalmente miles de veces. Travis intentó adoptar la misma actitud de siempre cuando se enfrentaba a aquellos fracasos.

    —Muy bien -contestó Travis-. Preguntó por ti -añadió, mientras encendía el coche y éste se alejaba lentamente del bordillo de la acera. El viejo motor del Chevy tosió como si fuera a morirse para luego arrepentirse y cotinuar su marcha.
    —Ah, ¿sí? -preguntó el demonio.
    —Sí, no podía comprender por qué tu madre no se comió a sus crías.
    —Yo no tuve madre -respondió el demonio.
    —¿Y crees que, de tenerla, te hubiera reconocido como suyo? -pregutó Travis.
    —La tuya se meó antes de que me la acabara -dijo Engañifa sonriendo.

    La ira de años comenzó a apoderarse de Travis; apagó el motor.

    —Sal y empuja -ordenó Travis y, luego esperó.

    A veces el demonio hacía exactamente lo que le ordenaba y otras, sólo se reía de él. Travis nunca había logrado encontrarle la lógica a aquella inconsistencia.

    —No -contestó esta vez Engañifa.
    —Hazlo.
    —Es preciosa la chica con la que saldrás esta noche, Travis -apuntó el demonio mientras abría la portezuela.
    —Ni se te ocurra -respondió Travis.
    —¿Que ni se me ocurra qué? -preguntó el demonio mientras se lamía las zarpas.
    —Sal -ordenó Travis.

    El demonio salió del coche y Travis lo puso en drive. Cuando el coche comenzó a moverse, Travis oía cómo las garras del demonio iban abriendo surcos en el asfalto.

    «Tal vez sea un solo día más», pensó Travis.

    Intentó pensar en la chica, Jenny, y reparó en que era el único hombre que había conocido nunca que hubiese esperado a tener noventa y pico años para salir por primera vez con una chica. No tenía la menor idea de por qué lo había hecho. Había algo en sus ojos; en ellos había algo que le recordaba ala felicidad, a su propia felicidad. Travis se sonrió.


    ____ 12 ____
    Jennifer


    Cuando Jennifer llegó a su casa del trabajo, el teléfono estaba sonando. Corrió hacia él y miró el reloj mientras ponía la mano sobre el auricular. Era demasiado pronto para que fuera Travis, así que dejó que respondiera el contestador.

    Después de hacer un ruido, la máquina comenzó a transmitir el mensaje. Jennifer se encogió al reconocer la voz de Robert sobre la cinta contestadora.

    «Habla usted con los estudios fotográficos de Los Pinos. Por favor deje su nombre y número de teléfono al escuchar el tono», decía; y después del tono continuaba:
    «Cariño, coge el teléfono si es que estás. Lo siento, necesito volver a casa, no tengo calzoncillos limpios. ¿Estás ahí? Coge el teléfono, Jenny. Me siento solo. Llámame, ¿vale? Aún sigo en la caravana de La Brisa. Cuando llegues...», la cinta acabó antes que el mensaje.

    Jennifer corrió la cinta y comenzó a escuchar los mensajes restantes. Había nueve y todos eran de Robert. En todos se le oía borracho y lloriqueando, rogando que le perdonara y prometiendo cambios que nunca acontecerían.

    Jenny borró la cinta. Sobre el cuadernillo que había al lado del teléfono, escribió: «Cambiar mensaje contestador». Tenía apuntados una lista de recordatorios: limpiar la cerveza del refrigerado -desmontar cuarto oscuro; separar discos, casetes y libros. Todos ellos tenían que ver con despejar de su vida la presencia de Robert. Sin embargo, en aquel momento, lo que más le hacía falta era despejar su cuerpo del cansancio de ocho horas de trabajo de restaurante. Antes, Robert solía cogerla y besarla cuando llegaba a casa.

    —El olor a grasa me vuelve loco -solía decir.

    Jenny se dirigió al lavabo y abrió el grifo de la bañera. Abrió varias botellas y vertió su contenido en el agua: «Algas esenciales, revitalizan la piel, completamente naturales».

    —Es francesa -le había dicho ampulosamente el vendedor, como si los franceses dominaran el secreto del buen baño, además de las características de la mala educación; una gota de «Extracto de ámino, proteína vegetal pura en una presentación absorbente».
    —Suaviza las estrías como si te las hubieras planchado -le había advertido el dependiente de la tienda, quien había trabajado como ayudante en el mostrador de maquillaje y no estaba familiarizado aún con el vocabulario de la belleza.

    Dos tapones llenos de «Honestidad herbal, una mezcla de fragantes hierbas de cultivo orgánico, cosechadas por las delicadas manos de mayas espiritualmente iluminados». Y finalmente, unas gotas de «Hembra E», aceite de vitamina E y extracto de jengibre, para «hacer resaltar la diosa que hay en cada mujer». Raquel le había proporcionado esta poción en la última reunión de Vegetarianas Paganas por la Paz, en la que Jenny había consultado al grupo con respecto a su divorcio.

    —Sólo te encuentras un poco derrengada, toma un poco de esto -le había dicho Raquel.

    Para cuando Jenny terminó de echarle todos los ingredientes, el agua estaba babosa y de un verde translúcido, como el del queso enmohecido. Hubiera sido una gran sorpresa para ella el saber que a doscientos kilómetros al norte de donde estaba, en los laboratorios del Edificio Primordial Stanford para la Investigación del Légamo, unos alumnos de posgrado combinaban aquellos mismos ingredientes (bajo nomenclatura científica) en un recipiente de clima controlado, con el fin de recrear las condiciones en las que la vida había aparecido por primera vez sobre la Tierra. Y de haber encendido una lámpara solar en el baño (el único elemento que faltaba), se hubiera sorprendido aún más, pues el agua de la bañera se hubiera levantado para saludarla, cualificándola así para el premio Nobel y para un fondo de millones de dólares destinados a su investigación.

    Mientras que su oportunidad de figurar en la ciencia burbujeaba en la bañera, Jennifer se dispuso a contar las propinas que había sacado aquel día. Entre billetes y monedas, sumaban cuarenta y siete dólares y treinta y dos centavos, los cuales metió en su garrafa de cinco litros y después apuntó la cifra en un cuadernillo que tenía sobre la cómoda. No era mucho, pero era suficiente. Entre su sueldo y las propinas pagaba el alquiler, los gastos del piso, su comida y el mantenimiento puntual de su Toyota y de la camioneta de Robert. Ganaba lo bastante como para hacerle creer a Robert que vivía de la fotografía. Lo poco que él ganaba en las bodas o retratos eventuales solía gastarlo en película y materiales o la mayoría de las veces, en vino. Parecía ser que, según Robert, su potencial creativo dependía de un descorchador.

    El mantener en marcha el negocio de Robert le servía a Jennifer como un pretexto racionalizado para no enfrentarse a su propia vida y perder el tiempo trabajando como camarera. Tenía la impresión de que nunca se había enfrentado con su futuro y siempre había estado esperando para vivir la vida. En la escuela le habían dicho que si trabajaba duro y sacaba buenas notas iría a una buena universidad. Esperad, por favor. Después había aparecido Robert. «Trabaja duro, sé paciente, la fotografía marchará bien y tendremos una buena vida.» Había apostado por aquel sueño y una vez más había relegado su vida a un segundo término. Había seguido alimentando aquel sueño con energía cuando hacía tiempo que para Robert ya no existía.

    Sucedió una mañana, cuando Robert se había pasado la noche bebiendo. Lo había encontrado delante de la televisión con una fila de botellas de vino vacías colocadas como si fueran lápidas.

    —¿No tenías que ir a fotografiar una boda esta mañana? -preguntó Jenny.
    —No voy a ir, no me apetece -contestó él.

    Jenny se había puesto furiosa; le había gritado, había pateado las botellas y había abandonado la casa con un portazo. En aquel momento había decidido empezar una nueva vida. Tenía casi treinta años y no estaba dispuesta a pasar el resto de sus días como la afligida viuda del sueño de otro.

    Le pidió a Robert que se fuese esa misma tarde y después había llamado a un abogado.

    Ahora, cuando por fin comenzaba su vida, no tenía la menor idea de qué hacer. Conforme se metía en la bañera, se dio cuenta de que no era más que una camarera y una esposa.

    Una vez más, contuvo sus ganas de llamar a Robert y pedirle que volviera a casa. No porque lo quisiera, pues el amor se había desgastado tanto que era difícil de percibir, sino porque él era su propósito, su directriz y, lo más importante, su pretexto para ser una mediocre.

    Al verse envuelta en la seguridad que le brindaba la bañera, Jenny se dio cuenta de que tenía miedo. Aquella mañana se había sentido encajonada y asfixiada en Pine Cove, y ahora el pueblo y el mundo entero le parecían un sitio enorme y hostil. Qué fácil sería hundirse en el agua tibia y no volver a salir, escapar. Pero no era ésta una consideración seria, sino una fantasía del momento; ella no era tan débil. Además, las cosas no estaban tan mal, sólo eran difíciles.

    «Piensa en las cosas positivas», se dijo a sí misma.

    Estaba el chico aquel, Travis. Parecía simpático y además era muy guapo. «Todo está bien. Esto no es el final, sino sólo el principio», pensó.

    Su pequeño intento de pensar de forma optimista se vio de pronto disuelto en una serie de miedos con respecto a la primera cita, miedos que le daban la impresión de ser menos amenazadores que las infinitas posibilidades que tenía pensar positivamente, pues ya las había revisado todas anteriormente.

    Al coger la pastilla de jabón desodorante del recipiente, éste resbaló y cayó en la bañera. El débil y mortífero resuello que soltó el agua al hacer contacto con los componentes tóxicos del jabón quedó oculto bajo el salpicón que ocasionó el choque.



    TERCERA PARTE
    DOMINGO NOCHE
    _____ 13 _____
    Al anochecer


    La aldea de Pine Cove se encontraba, en términos generales, de mal humor. Nadie había dormido bien la noche del sábado y como consecuencia, durante la mayor parte del domingo, los turistas del fin de semana se vieron forzados a descubrir las desconchaduras en el barniz de encanto pintoresco que solía tener el pueblo.

    Los dependientes de las tiendas habían estado contestando grosera y sarcásticamente a las absurdas preguntas que normalmente hacían los turistas sobre las ballenas y las nutrias. Los camareros y camareras habían llegado a impacientarse con las quejas que recibían de la insulsa comida inglesa que servían y o bien contestaban mal, o sencillamente daban un mal servicio a propósito. Los oficinistas de los hoteles se complacían en cambiar arbitrariamente la hora de salida, negaban reservas y encendían el cartel luminoso de «no hay habitaciones» cada vez que alguien llegaba, diciéndole que acababan de alquilar la última habitación.

    Rosa Cruz, que trabajaba como camarera en el hotel Rooms-R-Us, precintó todos los inodoros con cintas que ponían «desinfectado para su protección» sin haber levantado las tapas siquiera. Aquella tarde, cuando una cliente buscó al gerente para quejarse del servicio, lo encontró delante del inodoro de la habitación 103, señalando unas heces que flotaban como si se trataran de un arma letal, a lo que Rosa sólo respondió:

    —Pues eso también quedó desinfectado.

    Con todas las injusticias que sufrieron los inocentes turistas, aquél podía haber sido declarado el Día de Abuso del Turista en Pine Cove. Sin embargo, para los habitantes del pueblo, el mejor sitio donde podía estar aquel día cada turista era ahorcado con la correa de su cámara desde el tubo de la ducha de su habitación.

    Conforme se fue acabando el día y los turistas abandonaron las calles, los ciudadanos de Pine Cove se buscaban para desahogar su irritación. En La Cabeza de la Babosa, en donde descargaban la mercancía a consumir aquella noche, Mavis Sand, que era una aguda observadora del comportamiento humano, había notado cómo aumentaba la tensión, tanto en su clientela como en ella, conforme había avanzado la tarde.

    Debió de haber narrado la partida de ocho bolas entre Slick McCall y el joven moreno unas treinta veces. Normalmente, disfrutaba contando una y otra vez las anécdotas que ocurrían en La Cabeza de la Babosa (hasta el punto de tener guardada una grabadora de microcasete bajo la barra para grabar algunas de las mejores versiones). Permitía que las historias crecieran hasta convertirse en mitos y leyendas, mientras ella iba reconstruyendo los detalles olvidados adornándolos con coloridas pinceladas inventadas. Con frecuencia, una historia que había comenzado como anécdota de una sola cerveza, acababa siendo una saga de tres (pues Mavis no dejaba que ningún vaso se secara mientras narraba algo). Para ella, contar historias era sencillamente parte de un buen negocio.

    Pero aquel día la gente se había impacientado y no sólo pedían que les sirviera rápidamente y acabara pronto, sino que además dudaban de la credibilidad de la historia, negaban los hechos y poco había faltado para que abiertamente la llamaran mentirosa. Aquélla era una historia demasiado descabellada para creerse.

    A Mavis le habían irritado los preguntones, que eran muchos. En un pueblo pequeño las noticias suelen saberse rápidamente.

    —Si no queréis saber qué sucedió, no preguntéis -apuntó Mavis.

    ¿Y qué esperaban? Slick McCall era toda una institución, un héroe a su manera, aunque ésta fuera algo grasienta. La historia de su derrota debía ser recordada como una epopeya y no como un obituario.

    Incluso aquel guapo señor, el dueño de la tienda de artículos en general, le había metido prisa para contar la historia. Cómo se llamaba, ¿Asbestos Wine? No, Augustus Brine, eso era. Aquél era un hombre con el cual no le importaría pasar un rato. Pero también él se había exasperado y se había largado sin haber tomado nada siquiera. Aquello la había cabreado.

    Mavis había observado sus propias alteraciones de ánimo como quien observa la aguja de un barómetro. Dada su irritabilidad, el ambiente social aquella noche en el bar prometía ser tempestuoso; vaticinaba unas cuantas peleas, por lo que diluyó el alcohol que vendería aquella noche con agua destilada hasta la mitad de su concentración. Si la gente se emborrachaba y desvencijaba su bar, tendría que costarle dinero.

    En el fondo, ella lo que deseaba realmente era poder golpear a alguien con su bate de béisbol.


    Augustus


    Conforme caía la noche sobre Pine Cove, Augustus Brine se veía invadido por una sensación de grima poco característica en él. Antes, siempre había visto la puesta de sol como el símbolo de una promesa, de un principio; y de joven, el atardecer había sido una invitación al romance y a lo emocionante; sin embargo, últimamente más bien significaba un tiempo para descansar y recapacitar. Aquella noche no se trataba de la puesta de sol, la promesa, sino del atardecer, la amenaza. Con la llegada de la noche todo el peso de su responsabilidad cayó sobre sus espaldas como un pesado yugo y, aunque lo intentaba, Brine no lograba desembarazarse de él.

    Gian Hen Gian le había convencido de que tenía que encontrar al que daba las órdenes al demonio. Se había dirigido a La Cabeza de la Babosa, donde, después de soportar una andanada de lujuriosas insinuaciones por parte de la señorita Sand, había logrado sacarle qué dirección había cogido el joven moreno cuando había abandonado el bar. El mecánico, Virgil Long, le había dado una descripción del coche y luego había intentado convencerle, infructuosamente, de que a su camioneta le hacía falta una revisión.

    El rey yinn se encontraba absorto viendo la cuarta película de los hermanos Marx, cuando Brine volvió a casa para consultarle sobre qué procedimiento seguir.

    —¿Pero cómo supiste que vendría aquí? -le preguntó Brine.
    —Fue un presentimiento -respondió el yinn.
    —¿Y cómo es que no tienes ningún presentimiento respecto a dónde se encuentra ahora?
    —Debes encontrarlo, Augustus Brine -insistió el genio.
    —Y después, ¿qué?
    —Después debes conseguir el sello de Salomón y mandar a Engañifa de vuelta al infierno -respondió el yinn.
    —O ser devorado -añadió Brine.
    —Sí, cabe esa posibilidad -apuntó el yinn.
    —¿Por qué no lo haces tú?; a ti no te puede hacer ningún daño.
    —Si el moreno tiene el sello de Salomón, entonces también yo podría convertirme en su esclavo. Eso no sería bueno, debes hacerlo tú -explicó el yinn.

    Para Brine, el problema era que Pine Cove era lo bastante pequeño como para buscar por el pueblo entero, mientras que si viviera en San Francisco o en Los Ángeles tal vez hubiera podido darse por vencido antes de empezar, abrir una botella de vino y dejar que las masas se las arreglaran solas mientras él se sumergía en una cómoda nube de pasividad.

    Brine había llegado a Pine Cove para evitar conflictos, llevar una vida de placeres modestos y encontrar la paz y la unión con el todo por medio de la meditación. Ahora que se veía forzado a actuar, se daba cuenta de lo equivocado que había estado. La vida era acción y no había paz alguna a este lado de la tumba. Había leído sobre los guerreros de kendo, que influyeron en la espontaneidad controlada del zen, los cuales no anticipan nunca un movimiento para no tener que corregir su estrategia en caso de un ataque por sorpresa, sino que siempre están dispuestos a la acción. Brine se había alejado del flujo de la acción para construir su vida como un fortín de comodidad y segundad, sin darse cuenta de que aquel fortín era también una prisión.

    —Piensa seria y detenidamente sobre tu destino, Augustus Brine -dijo el yinn con la boca llena de patatas fritas-. Son tus vecinos quienes pagarán con sus vidas -añadió.

    Con un impulso, Brine se levantó de la silla y se dirigió apresuradamente hacia su estudio. Rebuscó entre sus cajones hasta que encontró un plano de Pine Cove. Después de extenderlo sobre el escritorio, cogió un rotulador rojo y comenzó a dividir el pueblo por manzanas. Al verlo trabajar, Gian Hen Gian entró en el estudio.

    —¿Qué piensas hacer? -le preguntó.
    —Encontrar al demonio -respondió Brine entre dientes.
    —Y cuando lo encuentres?
    —No lo sé -contestó Brine.
    —Eres un buen hombre, Augustus Brine.
    —Pues tú eres un pelmazo, Gian Hen Gian -respondió Brine mientras doblaba el plano y salía del estudio.
    —Si es así, pues que así sea -gritó el yinn para que lo oyera-. Pero soy un pelmazo grandioso -añadió.

    Augustus Brine no respondió, pues ya iba rumbo a su camioneta. Se introdujo en ella y se alejó de la casa, sintiéndose verdaderamente solo y temeroso.


    Robert


    Aquella noche, Augustus Brine no era el único que se sentía solo y desasosegado. Cuando comenzaba a anochecer, Robert había vuelto a la caravana, donde en el contestador le esperaban tres terribles mensajes: dos eran del casero y el otro era un mensaje siniestro del camello del BMW. Robert rebobinó la cinta tres veces, esperando que hubiera aún otro de Jennifer, pero no lo había.

    Había fallado miserablemente en su intento de emborracharse y quedar aniquilado, pues el dinero se le había acabado mucho antes de alcanzar aquel estado. La oferta de trabajo de Raquel tampoco iba a ser suficiente. Pensándolo bien, nada iba a ser suficiente. Era un perdedor, así de sencillo. Esta vez no le iba a rescatar nadie y tampoco se sentía como para levantarse él mismo por sus propios medios.

    Tenía que ver a Jenny; ella lo entendería. Pero no podía ir a buscarla con aquel aspecto; una barba de tres días, ropa con la que había dormido y apestando a cerveza y a sudor. Se quitó la ropa y se metió en el cuarto de baño. Cogió la crema de afeitar y una navaja del botiquín y se metió en la ducha.

    Tal vez si llegara con aspecto de tener algún respeto por sí mismo, ella lo volvería a aceptar. Debía estar echándolo a faltar, ¿no? Él no estaba seguro de poder pasar otra noche solo, pensando en lo mismo, teniendo las mismas pesadillas.

    Encendió la ducha y de golpe el aliento abandonó su cuerpo. El agua estaba helada. La Brisa no había pagado el gas. Robert se envalentonó para soportar la ducha fría. Tenía que mejorar su aspecto si pensaba rehacer su vida.

    De pronto, se fue la luz.


    Rivera


    Rivera estaba sentado en una cafetería que estaba cerca de la jefatura de Policía, bebiendo un descafeinado y fumando mientras esperaba. De los quince años que llevaba trabajando como policía, calculaba que se había pasado diez esperando. Sin embargo, era la primera vez que se encontraba con una orden de arresto, una subvención, el potencial humano necesario, el motivo fundado, pero sin sujeto sospechoso.

    De una forma u otra, para mañana tenía que pasar algo. Si aparecía La Brisa, Rivera tenía probabilidades de ser ascendido. Sin embargo, si no aparecía entonces cogería al borracho de la caravana, esperando que él supiera algo; el panorama era francamente desolador. Rivera se imaginó irrumpiendo en la caravana con todo su equipo de apoyo, las sirenas chillando y las luces iluminando la escena intermitentemente sólo para apuntarse una detención por posesión de vehículo poco seguro, tal vez por posesión ilegal de una copia de una cinta de vídeo o por haberle quitado la etiqueta al colchón. Rivera se estremeció ante tal pensamiento y deshizo su cigarrillo en el cenicero. Se preguntó si le dejarían fumar cuando estuviese trabajando tras el mostrador del Seven-Eleven.


    La Brisa


    Cuando las quijadas del demonio se habían cerrado sobre él, La Brisa sintió dolor sólo por un momento, después sintió la cabeza ligera y tuvo la sensación de estar flotando, lo cual le recordó el efecto que causaban ciertos hongos alucinógenos. Luego miró hacia abajo para ver cómo el monstruo ingería su cuerpo. Era una escena graciosa y la etérea Brisa se sonrió para sí. «No, en realidad aquello se acercaba más al óxido nitroso que a los hongos», pensó.

    Vio cómo el monstruo se encogía y desaparecía, y luego cómo la portezuela del viejo Chevy se abría y se cerraba. Al arrancar el coche, La Brisa sintió que rebotaba sobre las corrientes de aire que dejaba su estela. La muerte no le parecía mal; era un poco como el último viaje en ácido, sólo que más barato y sin efectos secundarios.

    De pronto, se encontró en un túnel largo que tenía una luz en el fondo. Una vez había visto esto en una película; se suponía que tenías que ir hacia la luz.

    El tiempo había perdido significado para La Brisa. Se había pasado todo un día flotando por el túnel y a él, sin embargo, le había parecido sólo minutos. Había cabalgado sobre el reloj, todo era maravilloso. Conforme se iba acercando a la luz, comenzó a vislumbrar la silueta de la gente que lo esperaba. Claro, cuando llegas a la otra vida, la familia y los amigos te dan la bienvenida. La Brisa se preparó para una auténtica pachanga en el plano astral.

    Al salir del túnel, La Brisa se vio envuelto por una intensa luz blanca. Era cálida y reconfortante. En ella aparecieron las caras de la gente que le esperaba; conforme La Brisa se acercaba flotando hacia ellos, se dio cuenta de que a cada uno le debía dinero.


    Los Predadores


    Mientras para algunos la noche iba cayendo como un presagio, otros daban la bienvenida al advenimiento del anochecer con emocionada anticipación. Las criaturas nocturnas se disponían a dejar sus sitios de reposo para aventurarse en busca de las víctimas de las cuales se alimentarían.

    Eran como máquinas de comer, perfectamente adaptadas para la caza. Armadas con garras y colmillos, dotadas de ocultamiento y vista nocturna, buscaban instintivamente a sus víctimas. Cuando estos seres aparecían por las calles de Pine Cove, no había basurero seguro.

    Cuando despertaron aquella noche, encontraron una curiosa máquina en su escondrijo. La sensibilidad sobrenatural que habían experimentado la noche anterior se les había pasado por completo y no tenían ningún recuerdo de haber robado el magnetófono. Tal vez les hubiera asustado el ruido, pero hacía tiempo que las baterías se habían gastado. La sacarían de su escondrijo cuando volvieran, porque en aquel momento había un olor en el aire que les apremiaba a salir de caza con un hambre urgente. A dos calles, la señora Eddelman había tirado una olorosa ensalada de atún, la cual había sido percibida por su sofisticado sentido del olfato desde que dormían. Los mapaches se lanzaron hacia la noche como una cuadrilla de lobos.


    Jenniffer


    Para Jenny, aquella noche era una mezcla de bendiciones y maldiciones. Travis la había llamado a las cinco, tal y como había prometido. Por un lado, se regocijaba de gusto, pero por otro se encontraba en un aprieto respecto a qué ponerse, cómo comportarse y adonde ir. Travis se lo había dejado a ella, diciendo que al ser de allí sabría cuáles eran los mejores sitios, y era verdad. Incluso le había pedido también que condujera.

    En cuanto Jenny colgó el teléfono se fue al garaje a buscar la aspiradora para limpiar su coche, mientras iba estudiando las posibilidades. ¿Debía escoger el restaurante más caro? No, eso podría ahuyentarlo. Al sur de la ciudad había un romántico restaurante italiano, ¿pero qué pasaba si ella le daba una impresión equivocada? Cenar pizza era demasiado informal para una primera cita; y las hamburguesas quedaban descartadas, pues ella era vegetariana. ¿Comida inglesa? No, ¿por qué castigar al pobre chico?

    Se encontró resentida con Travis por haberle dejado la decisión a ella. Finalmente, optó por el restaurante italiano.

    Cuando el coche ya estaba limpio, volvió rápidamente a la casa para escoger la ropa que se pondría. En media hora se vistió y desvistió siete veces, hasta que se decidió por fin por el vestido negro sin mangas y unos tacones.

    Se miró ante el espejo de cuerpo entero. Definitivamente, el vestido negro era lo mejor. Además, si se echaba la salsa marinara encima, no se notaría. Se veía bien. Los tacones hacían resaltar sus pantorrillas, pero también el vello rojo claro que tenía sobre las piernas. Hasta ese momento no había pensado en ello. Rebuscó entre sus cajones, encontró unos pantys negros y se los puso.

    Una vez resuelto aquel problema, continuó con su sesión de poses, inspiradas en esa expresión entre enfurruñada y aburrida que había visto en las modelos de las revistas. Era delgada y más bien alta y tenía las piernas musculosas de una camarera. «Bastante bien para una chávala de treinta», pensó. Después, subió los brazos y los estiró lánguidamente. Dos mechones de pelo rizado la miraron de frente por el espejo.

    Aquello era parte de tener un aspecto natural y sin pretensiones, pensó. Había dejado de rasurarse las axilas más o menos al mismo tiempo en que había dejado de comer carne. Todo era parte de ponerse en contacto con ella misma, de conectarse con la Tierra. También era una manera de demostrar que no se identificaba con el ideal de belleza femenino creado por Hollywood y la avenida Madison, que ella era una mujer natural. ¿Se afeitaban las axilas las diosas? Pues ella no. Sin embargo, no era la diosa la que estaba por asistir a su primera cita después de diez años.

    De golpe, Jenny se dio cuenta de cuánto había abandonado su apariencia en los últimos años. No es que se hubiera vuelto una descuidada, pero su alejamiento del maquillaje y de los peinados complicados había sido tan paulatino que no lo había percibido. Robert no parecía haberlo notado, o por lo menos no había objetado en su contra. Pero eso era en el pasado y Robert formaba parte del pasado, o pronto sería así.

    Se dirigió al cuarto de baño a buscar una navaja.


    Billy Winston


    Billy Winston no tenía ningún dilema respecto a rasurarse. Él se rasuraba las piernas y las axilas cada vez que se duchaba. La idea de ser como la perfecta mujer de anuncio de refresco no le molestaba en absoluto. Por el contrario, para Billy era un esfuerzo tener que mantener la apariencia de ser un chico de 2,12 metros de altura con una gran nuez para poder seguir con el trabajo como contable nocturno del hotel Rooms-R-Us. En el fondo de su corazón, Billy era una zorra rolliza llamada Roxanne.

    Pero Roxanne tenía que permanecer en el armario hasta las doce, que era cuando Billy acababa sus correspondientes anotaciones y el resto del personal se marchaba, dejándolo solo en el mostrador. Sólo entonces le era posible a Roxanne bailar toda la noche, con sus zapatillas de silicona, acariciando la libido de hombres solitarios y rompiendo sus corazones. Cuando la metálica lengua de la medianoche tocaba las doce, el hada del sexo se iba en busca de sus amantes de turno. Hasta entonces, era Billy Winston, y Billy Winston estaba por comenzar a trabajar.

    Estiró las braguitas de seda roja y el portaligas sobre sus largas y delgadas piernas y después, cuidadosamente, se puso las medias negras de costura, mientras jugueteaba con su imagen en el espejo de cuerpo entero que estaba al final de la cama. Se sonrió tímidamente a sí mismo conforme iba cerrando el liguero. Finalmente, se puso los vaqueros, una camisa de franela y se ató las bambas. Sobre el bolsillo de la camisa se colocó el gafete con su nombre: «Billy Winston, Contable nocturno».

    Se trataba de una triste ironía, pensaba Billy, que lo que más le gustara, el ser Roxanne, dependiera de lo que menos le gustaba, su trabajo. Cada noche le invadía una sensación de emoción por un lado y de fastidio por otro. Bueno, un porro le aliviaría las primeras tres horas y Roxanne las otras cinco.

    Ya tenía pensado comprarse un ordenador con conexión y así convertirse en Roxanne cuando quisiera; quizá dejaría el trabajo y viviría como La Brisa; de prisa y con soltura. Pero por ahora pasaría unos meses más en el hotel para reunir algunos ahorros.


    Engañifa


    Como demonio, Engañifa pertenecía a la orden vigesimoséptima. En la jerarquía del infierno, esta orden lo situaba muy por debajo de los archidemonios como Mammón, el amo de la avaricia y, por otro lado, muy por encima de los demonios obreros, como Arrrgg, el responsable del sabor a poliuretano que suele tener el café de máquina.

    Engañifa, que había sido creado para servir y para destruir, había sido dotado con un nivel de inteligencia que correspondía a estos cometidos. Lo que le distinguía de sus semejantes en el infierno era que había pasado más tiempo que ninguno de ellos en la Tierra, en donde en compañía del hombre, había aprendido a ser mentiroso y ambicioso.

    Su ambición se manifestaba en la búsqueda de un amo que le permitiera complacerse libremente en destruir y horrorizar. De todos los amos que Engañifa había tenido desde Salomón, Travis había sido el peor. Tenía un deje de superioridad que irritaba tremendamente al demonio. Con amos menos honestos, Engañifa había tenido que limitarse en sus atrocidades sólo para no ser descubierto por otros hombres, lo cual casi siempre era evitable si mataba a todos los testigos; y Engañifa solía asegurarse de que los hubiera.

    En cambio con Travis, Engañifa se veía obligado a controlar su afán por destruir y sólo cuando se le acumulaba aquel impulso Travis le permitía darle cabida; además siempre era Travis quien escogía a las víctimas, le exigía que las devorara en privado y éstas nunca eran suficientes para satisfacer el apetito del demonio.

    Estando bajo las órdenes de Travis, Engañifa siempre tenía la mente embotada y el fuego que solía llevar dentro ardía en rescoldo. Su mente recuperaba su agilidad y su efervescente naturaleza únicamente cuando Travis lo dirigía hacia alguna víctima, y aquellas ocasiones eran contadas. Aunque el demonio echaba a faltar a un amo que tuviera enemigos, nunca tenía la mente lo bastante despejada como para idear un plan para buscarse alguno. Para Engañifa, la voluntad de Travis era opresiva.

    Sin embargo, aquel día el demonio sentía una especie de alivio. Había empezado a tener aquella sensación cuando Travis conoció a la chica del restaurante; y cuando habían ido a casa del viejo, había sentido que una ola de poder viajaba por su cuerpo como hacía años que no sentía. Cuando Travis había llamado a la chica, aquella sensación de poder se había acrecentado aún más.

    Comenzó a recordar lo que era: una criatura que había colocado a reyes y a papas en el poder, mientras que a otros se lo había usurpado. Desde su trono en la gran ciudad de Pandemonio, Satanás mismo se había dirigido a una multitud de oyentes infernales, diciéndoles:

    —En nuestro exilio debemos estarle agradecidos a Jehová por dos cosas: la primera, por nuestra existencia y la segunda, porque Engañifa no tenga ambición.

    Los ángeles caídos se rieron de aquel chiste con Engañifa, pues en aquella época aún no había estado entre los hombres. La humanidad había sido para él una mala influencia.

    Ahora tendría una nueva ama; alguien a quien podía corromper con su poder. Al verla en el bar aquella tarde había percibido su hambre de controlar a los demás. Juntos, reinarían sobre el mundo. La llave se encontraba cerca, lo intuía. Si Travis encontraba la llave antes, él sería devuelto al infierno, así que debía encontrarla primero y hacer que cayera en manos de la bruja. Después de todo, era preferible reinar sobre la Tierra que servir en el infierno.


    ____ 14 ____
    La cena


    Travis aparcó el Chevy delante de la casa de Jenny. Después de apagar el motor, se giró hacia Engañifa:

    —Te quedarás aquí, ¿entendido? Volveré dentro de un rato a ver cómo te portas.
    —De acuerdo, papi -contestó Engañifa.
    —No pongas la radio ni toques el claxon, sólo espérame.
    —Te prometo que seré bueno -respondió el demonio esforzándose, sin lograrlo, por sonreír candidamente.
    —No le quites la vista de encima a eso -dijo Travis señalando una maleta de aluminio que estaba en el asiento trasero.
    —Que te diviertas, todo irá bien -respondió el demonio.
    —¿Qué te pasa? -preguntó Travis.
    —Nada -respondió Engañifa sonriendo.
    —¿Por qué estás tan amable?
    —Me alegra verte salir -respondió el demonio.
    —Mientes -apuntó Travis.
    —Travis, estoy anonadado.
    —Eso me extrañaría. No te comas a nadie.
    —Comí anoche y ni siquiera tengo hambre; sólo me quedaré aquí a meditar.

    Travis metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una revista de historietas que le dio al demonio.

    —Te compré esto para que te entretengas mientras esperas -le dijo.

    El demonio la cogió y la abrió sobre el asiento.

    —¡El monstruo de las galletas, es mi preferido! Gracias, Travis.
    —Hasta luego.

    Salió del coche y cerró la portezuela. Engañifa lo observó mientras se acercaba a la casa de Jenny.

    —Éste ya lo he visto, gilipollas. Cuando tenga otro amo, te arrancaré los brazos y me los comeré delante tuyo -afirmó el demonio, y siseó.

    Travis se giró para mirarlo por encima del hombro. Engañifa le saludó con la mano mientras se esforzaba por poner su mejor sonrisa.

    El timbre de la puerta sonó exactamente a las siete. La reacción de Jenny se desencadenó de la siguiente manera: «No abras; cámbiate de ropa; abre y finge enfermedad; limpia la casa; redecórala; concierta una cita para la cirugía plástica; cambia de color de pelo; tómate un puñado de valiums; invoca a alguna diosa para que haga una intervención divina; quédate aquí parada e investiga las posibilidades que tiene la parálisis por pánico».

    Sonriente, Jenny abrió la puerta.

    —Hola -dijo.

    Ahí estaba Travis, vestido con vaqueros y una chaqueta gris con punto de espiga de tweed; se había quedado traspuesto.

    —¿Travis? -preguntó Jenny.
    —Estás preciosa -respondió finalmente.

    Ambos se quedaron en el umbral de la puerta, él mirándola y ella enrojeciendo. Jenny se había dejado el vestido negro y era evidente que había sido la decisión correcta. Pasó un minuto entero sin que ninguno dijera palabra.

    —¿Quieres pasar?
    —No.
    —Vale -respondió Jenny; y le cerró la puerta en la cara.

    Bueno, aquello no había estado tan mal. Ahora ya podía ponerse el chandal, vaciar el refrigerador sobre una bandeja y disponerse a pasar la noche delante de la tele.

    Se oyó un tímido golpe en la puerta. Jenny volvió a abrir.

    —Perdona, estoy algo nerviosa -dijo.
    —No pasa nada; ¿nos vamos? -respondió Travis.
    —Claro, voy por mi bolso -contestó Jenny, cerrándole otra vez la puerta en la cara.

    Mientras iban en el coche hacia el restaurante, hubo entre ellos un incómodo silencio. Normalmente, aquél era el momento de intercambiar la historia de sus respectivas vidas, pero Jenny había decidido no hablar de su matrimonio, lo cual excluía la mayor parte de su vida como adulta, y Travis había resuelto no hablar del demonio, lo cual eliminaba la mayor parte del siglo xx.

    —Y bien, ¿te gusta la comida italiana? -preguntó Jenny.
    —Sss -contestó Travis.

    Hicieron el resto del trayecto en silencio.

    Era una noche calurosa y el Toyota no tenía aire acondicionado. Jenny no se atrevió a bajar la ventanilla, pues hubiera sido arriesgarse a que se le deshiciera el peinado. Se había pasado una hora arreglándoselo y prendiéndoselo para que le cayeran unos rizos largos por la espalda. Cuando comenzó a sudar, se acordó de los dos fajos de papel de baño que se había colocado en cada axila para parar la sangre de las heridas que se había hecho al rasurarse. Durante los siguientes cinco minutos no podía pensar más que en llegar a un lavabo para quitárselos. Decidió que lo mejor era no hablar de ello.

    Antiguamente, el restaurante La Antigua Fábrica de Pasta había sido una lechería. Era una de las reminiscencias de cuando la economía de Pine Cove se había basado en el ganado, en lugar del turismo. El piso, que era de cemento, aún era el mismo y también el techo acanalado. Los dueños habían tenido cuidado de preservar el aspecto rústico del edificio, pero le habían añadido la calidez de una iluminación tenue, de una chimenea y de los manteles rojiblancos típicos de un restaurante italiano. Las mesas eran pequeñas, pero estaban bien espaciadas y cada una estaba decorada con una vela y un pequeño florero. Según el consenso general, aquél era el restaurante más romántico de la zona.

    En cuanto la camarera les asignó una mesa, Jenny se fue al lavabo.

    —Pide lo que quieras, a mí me gusta todo -dijo Jenny antes de irse.
    —Yo no bebo, pero si quieres un poco de...
    —Sí, estará bien, será un buen cambio -contestó Jenny, mientras se alejaba.

    En cuanto Jenny se fue, la camarera, una mujer de treinta y pico años, con aspecto de eficiencia, vino a la mesa.

    —Buenas noches, ¿qué te gustaría beber? -preguntó, mientras que del bolsillo de su delantal sacaba un cuadernillo con un movimiento grácil pero preciso, como el de un pistolero que saca su revólver. «Una camarera diplomada», pensó Travis.
    —Pensaba esperar a que volviera la chica -respondió él.
    —Ah, te refieres a Jenny, ella tomará una infusión de hierbas, y tú querrás, a ver... -dijo ella mientras lo miraba de arriba abajo, revisando su aspecto-. Tú tomarás alguna cerveza de importación, ¿no? -añadió.
    —No bebo, así que...
    —Debí haberlo imaginado, si su marido es un borracho, es lógico que ahora salga con un abstemio, ¿verdad? -dijo ella dándose un manotazo sobre la frente, como si acabara de descubrir que había cometido un error tan grave como echarle plutonio a la ensalada en lugar de vinagreta-. ¿Te apetece un agua mineral?
    —Eso estaría muy bien -respondió Travis.

    A continuación, se oyó cómo deslizaba el lápiz sobre el papel mientras escribía la orden sin mirar el papel ni perder esa sonrisa de «nuestro deseo es complacer al cliente».

    —¿Te traigo un poco de pan de ajo mientras esperas? -preguntó la camarera.
    —Muy bien -apuntó Travis.

    Travis observó a la chica conforme se alejaba. Andaba con pasos cortos y mecánicos y en cuestión de segundos había desaparecido hacia la cocina. Travis se preguntó por qué la mayoría de la gente parecía poder andar más rápidamente de lo que él podía correr. «Debe ser porque son profesionales», pensó.

    En los cinco minutos que le costó a Jenny quitarse todo el papel que llevaba pegado en las axilas, hubo un momento embarazoso en que una mujer entró en el lavabo y la pilló con el codo empinado hacia arriba ante el espejo. Cuando volvió a la mesa encontró a Travis mirando distraídamente hacia el pan. Al ver la infusión de hierbas sobre la mesa, preguntó:

    —¿Cómo lo supiste?
    —Soy adivino. También pedí pan de ajo.

    Ambos se quedaron mirando al pan como si fuera una burbujeante caldera de cicuta.

    —¿Te gusta el pan de ajo? -preguntó Jenny.
    —Me encanta, ¿y a ti?
    —Es de las cosas que más me gustan -contestó Jenny.

    Él cogió la canasta y le ofreció pan.

    —Ahora no, gracias, come tú -respondió Jenny.
    —No, a mí tampoco me apetece.

    La canastilla del pan se quedó entre ellos sugiriendo una serie de bochornosas implicaciones. Naturalmente ambos comerían pan o no lo comería ninguno, pues el pan de ajo significaba tener aliento con olor a ajo. Tal vez después habría un beso, y tal vez otras cosas más. El pan de ajo comprometía demasiado la maldita intimidad.

    Permanecieron en silencio mientras leían la carta; ella buscando el entrante más barato, el cual no tenía la menor intención de comerse; y él, buscando el platillo menos vergonzoso de comer delante de otro.

    —¿Qué vas a pedir? -preguntó Jenny.
    —Espaguetis, no -se apresuró a afirmar Travis.
    —Vale -respondió Jenny; había olvidado lo que era salir con chicos.

    Aunque no lo tenía muy claro, pensó que tal vez se había casado para evitar situaciones tan incómodas como aquélla. Era como conducir con el freno de mano puesto. Ella decidió quitarlo.

    —Me muero de hambre, pásame el pan, por favor -dijo.
    —Claro -respondió Travis, sonriendo y después cogió un trozo él también. Ambos hicieron una pausa al morderlo y se miraron como dos jugadores de poker que están haciendo trampa. Jenny rompió en una carcajada que regó la mesa de migas. La velada había comenzado.
    —¿A qué te dedicas Travis? -preguntó Jenny.
    —A salir con mujeres casadas, evidentemente.
    —¿Cómo lo supiste?
    —Me lo ha dicho la camarera.
    —Estamos separados -apuntó Jenny.
    —Qué bueno -observó Travis y ambos rieron.

    Pidieron la cena y conforme evolucionó la cena fueron haciendo terreno común de la extrañeza de su situación. Jenny le habló de su matrimonio y de su trabajo. Y Travis inventó que era un vendedor ambulante de seguros que no tenía ataduras ni de la familia ni con el trabajo.

    En el curso de un franco intercambio de verdades por mentiras, encontraron que se agradaban, o mejor dicho, que se gustaban mucho. Iban abrazados y riendo cuando dejaron el restaurante.


    ____ 15 ____
    Raquel


    Raquel Henderson vivía sola en una pequeña casa que estaba en medio de una arboleda de eucaliptos, al borde del rancho de ganado Beer Bar. El dueño de la casa era Jim Beer, un vaquero delgaducho de cuarenta y cinco años que vivía con su mujer y dos hijos en una casa de catorce habitaciones, la cual había construido su abuelo en un extremo del rancho. En los cinco años que llevaba Raquel viviendo en el rancho, nunca había pagado alquiler.

    Raquel había conocido a Jim Beer en La Cabeza de la Babosa al llegar a Pine Cove. Él había estado bebiendo durante toda la tarde y sentía que en aquella ocasión reflejaba en todo su esplendor su carisma de vaquero basto. De pronto, se dio cuenta de que Raquel se había sentado en el taburete de al lado, poniendo su periódico sobre la barra.

    —Vaya, cariño, tú sí que eres un soplo de aire fresco sobre un pasto seco. ¿Me permites invitarte a una copa? -preguntó Jim, dirigiéndose a la chica. La cadencia de banjo que tenía el acento de Jim era Oklahoma puro, el cual descendía de las manos que habían trabajado el rancho cuando Jim era un crío. Pertenecía a la tercera generación, y seguramente la última, de la familia Beer que había trabajado aquellas tierras. Su hijo, Zane Grey Beer, aún adolescente, había decidido anticipadamente que prefería montar sobre una tabla de surfing que a caballo. Ésa era una de las razones por las que Jim se emborrachaba aquella tarde en el bar. Otra era que su mujer acababa de comprarse una camioneta Mercedes turbodiesel, que le había costado el ingreso bruto de un año de trabajo en el rancho.

    Raquel desdobló la sección de anuncios clasificados de la Gaceta de Pine Cove sobre la barra.

    —Sólo un zumo de naranja, gracias. Estoy buscando una casa -respondió, mientras enrollaba una pierna en la pata del taburete-. No sabrás de alguien que alquile una casa, ¿verdad? -añadió Raquel.

    Años más tarde, Jim Beer iba a recordar aquella escena varias veces pero nunca lograría recordar qué había sucedido después. Lo que sí recordaba era ir conduciendo su camioneta pick-up por el camino trasero del rancho, mientras Raquel le seguía en su vieja furgoneta. Desde ahí en adelante, su recuerdo se reducía a un montaje de imágenes aisladas: Raquel desnuda sobre la pequeña litera, la hebilla de turquesa de su cinturón pegando sobre el piso de madera, el tener pañuelos de seda atados en las muñecas, Raquel botando sobre él, montándolo como si fuera un caballo bronco, el volver a su camioneta después del atardecer, y, sudoroso y dolorido, apoyar la frente sobre el volante y pensar en su mujer y sus hijos.

    Después de aquel día, en los cinco años siguientes, Jim no había vuelto a acercarse a la casita del rancho. Cada mes, apuntaba el alquiler pagado en un libro de administración y después, de lo que había ganado en el poker, depositaba en el banco la cantidad correspondiente.

    Algunos de sus amigos lo habían visto salir de La Cabeza de la Babosa con Raquel aquella tarde; y cuando lo habían vuelto a ver, le habían hecho bromas repugnantes y preguntas indiscretas. Jim contestó a sus burlas después de colocarse su Stetson de verano en la cabeza, diciéndoles:

    —Chicos, lo único que puedo decirles es que la menopausia masculina es un potro duro de montar.

    Hank Williams no lo podía haber expresado más melancólicamente en una de sus canciones.

    Cuando Jim se fue, Raquel recogió de la almohada varios de sus grisáceos cabellos y los ató con un hilo rojo al que le hizo dos nudos; dos nudos bastaban para la relación que quería mantener con Jim Beer. Colocó el pequeño mechón en un frasquito de comida de bebé vacío, lo etiquetó y lo guardó en la estantería de la cocina que estaba encima del fregadero.

    Aquel mueble ya estaba repleto de pequeños frascos, cada uno con un mechón similar y atado también con hilo rojo. El número de nudos de cada mechón variaba. Tres de ellos, los que contenían el pelo de los hombres a los que había amado, tenían cuatro nudos; hombres que hacía tiempo que habían desaparecido de su vida.

    El resto de su casa estaba decorada con objetos que simbolizaban poder: plumas de águila, cristales, pentagramas y tapices bordados que ilustraban símbolos mágicos. No había evidencia de un pasado en casa de Raquel. Las fotografías que tenía de sí misma se las habían quitado al llegar a Pine Cove.

    La gente que la conocía no sabía nada sobre dónde había estado ni qué había hecho antes de llegar al pueblo. Era considerada una hermosa y misteriosa mujer que, para mantenerse, daba clases de ejercicios aeróbicos y era bruja. Su pasado era un enigma, y ella quería que así siguiera siendo.

    Nadie sabía que Raquel había crecido en Bakersfield y que era la hija de un obrero analfabeto que trabajaba en un pozo de petróleo. Tampoco sabían que había sido una niña fea y regordeta; y que había pasado la mayor parte de su vida prostituyéndose con hombres repugnantes a cambio de un poco de reconocimiento. Las mariposas no suelen ponerse nostálgicas por la época en que fueron orugas.

    Se había casado con un piloto de avionetas fumigadores que le llevaba veinte años cuando ella tenía dieciocho.

    Sucedió en el asiento delantero de un camión pickup que estaba estacionado en el parking de un parador en las afueras de Visalia, California. El piloto, Merle Henderson, todavía jadeaba cuando Raquel se enjuagaba aquel desagradable sabor de la boca con una cerveza tibia y él dijo:

    —Si haces eso otra vez me caso contigo.

    Una hora después sobrevolaban el desierto de Mojave hacia Las Vegas en el Cessna 152 de Merle, llegando a alcanzar alturas hasta de mil y pico metros. Se casaron bajo el arco de neón de una desvencijada iglesia de cemento que estaba al lado de la pista de aterrizaje. Se habían conocido exactamente seis horas antes.

    Raquel consideraba los ocho años de aquel matrimonio como el tiempo que había pasado en la cámara de tortura. Después de la boda, Merle la había depositado en la caravana en la que vivía, que se encontraba cerca de la pista de aterrizaje, y ahí la mantuvo encerrada. La dejaba ir al pueblo una vez a la semana para ir a la lavandería y al mercado; el resto del tiempo lo pasaba sirviendo a Merle, ayudándole en el mantenimiento de los aviones o esperando a que volviera.

    Cada mañana, Merle se iba en su avioneta llevándose las llaves de la caravana. Raquel se pasaba los días limpiando, comiendo y viendo la televisión. Conforme fue engordando, Merle empezó a referirse a ella como su pequeña y gorda vaquita; y así, el poco amor propio que le quedaba a Raquel fue devorado poco a poco por el insaciable ego machista de Merle.

    Él se refería con frecuencia a la época más feliz de su vida, cuando había estado en Vietnam como piloto de un helicóptero de combate. Cuando abría los tanques de insecticida sobre los plantíos de lechugas, por ejemplo, solía imaginarse que eran misiles de corto alcance que estaba lanzando sobre alguna aldea vietnamita. La vena destructiva que poseía Merle, que no podía haber pasado inadvertida a sus superiores en Vietnam, había sido esmerilada hasta alcanzar el filo de una navaja que no se había desafilado por haber vuelto a casa. Antes de casarse con Raquel, solía desfogar su agresividad provocando peleas en los bares y volando en su avioneta con peligroso abandono. Ahora que Raquel lo esperaba en casa, frecuentaba menos los bares y desahogaba sus violentos impulsos en Raquel, por medio de una crítica constante, del abuso verbal y, más tarde, también con palizas.

    Raquel soportaba aquellos abusos como si fueran una penitencia de Dios por el pecado de ser mujer. Su madre había soportado el mismo tipo de abusos de su padre con la misma resignación. Las cosas, sencillamente, eran así.

    Un buen día, mientras Raquel esperaba a que secaran las camisas de Merle en la lavandería, una mujer se le acercó. El día antes Raquel había recibido una paliza especialmente violenta que se reflejaba en su hinchada y amoratada cara.

    —No es asunto mío, pero cuando tenga usted tiempo lea esto -le había dicho aquella mujer al darle un folleto que se titulaba La cámara de tortura.

    Era alta, como de cuarenta y pico años y tenía una presencia majestuosa. Dicha presencia intimidó un poco a Raquel; sin embargo, su voz era dulce y firme.

    —Detrás hay unos números de teléfono a los que puede llamar. Todo saldrá bien -añadió la mujer.

    A Raquel le extrañó aquella última frase, pues para ella las cosas no estaban mal, pero ya que la mujer le había impresionado, decidió leer aquel folleto.

    Trataba sobre los derechos humanos, la dignidad y el poder personal; a Raquel le permitió ver su vida a través de un prisma completamente nuevo para ella. La cámara de la tortura resumía la historia de su vida. ¿Cómo lo sabían?

    El folleto hablaba más que nada sobre el valor que hay que tener para cambiar. Lo escondió en una caja de tampones y la guardó en el baño debajo del lavabo, hasta el día en que se les acabó el café.

    Oyó cómo despegaba la avioneta de Merle mientras se miraba en el espejo la cavidad sanguinolenta que tenía en donde antes habían estado sus dientes incisivos. Sacó el folleto y llamó a uno de los números que había en él.

    A la media hora llegaron dos mujeres a la caravana. Después de meter sus cosas en una maleta, se llevaron a Raquel al refugio. Ella había querido dejarle a Merle una nota, pero aquellas mujeres insistieron en que no era una idea aconsejable.

    Raquel vivió en el refugio durante tres semanas. Las mujeres que había allí cuidaban de ella. Le daban de comer y le brindaban afecto y comprensión, pidiendo a cambio que ella comenzara a tener en cuenta su dignidad. Cuando llegó el momento de llamar a Merle para decirle dónde estaba, todas la apoyaron.

    Merle le prometió que todo cambiaría, que la echaba de menos y que la necesitaba.

    Raquel volvió a la caravana.

    Durante el primer mes Merle no la pegó; no la tocaba y prácticamente no le hablaba.

    Las señoras del refugio le habían advertido sobre aquel tipo de ataque: la negación de afecto. Una noche, cuando intentó hablar sobre ello con Merle mientras cenaba, él le tiró el plato a la cara, le dio la peor paliza hasta entonces y después la dejó fuera de la caravana durante toda la noche.

    La caravana estaba a veinte kilómetros del vecino más cercano, así que Raquel no tuvo más remedio que permanecer encogida en los escalones de la entrada para protegerse del frío, pues no estaba segura de poder afrontar semejante caminata.

    De pronto, en plena noche, Merle abrió la puerta y gritó:

    —Por cierto, he arrancado los cables del teléfono, así que ya te puedes olvidar de llamar si lo estabas pensando.

    Después cerró la puerta y le echó la llave.

    Cuando el sol comenzó a asomarse por el este, Merle volvió a salir. Raquel se había metido debajo de la caravana, donde él no la podía alcanzar. Al levantar el faldón de plástico que rodeaba la caravana, él le gritó:

    —Escucha, puta, más vale que estés aquí cuando vuelva o te encontrarás peor.

    Raquel permaneció en la oscuridad, bajo la caravana hasta que oyó el rugir de la avioneta sobre la pista. Después, salió y miró cómo se elevaba. Aunque le dolía la cara y se le abrían los cortes que tenía en la boca, no pudo evitar sonreír. Había descubierto su poder personal, el cual yacía debajo de la caravana, en una lata de asfalto de veinte litros que ahora estaba llena de combustible para avionetas.

    Aquella tarde un policía se acercó a la caravana. Su actitud reflejaba la estoica determinación de un hombre que, aunque sabe que le espera un deber desagradable, está resuelto a enfrentarlo; sin embargo, al ver a Raquel sentada en los escalones, se puso pálido y corrió hacia ella.

    —¿Se encuentra usted bien? -preguntó.

    Raquel no podía hablar; de su informe boca sólo salían balbuceos. El policía la llevó a un hospital. Después de que la curaran y la vendaran, el policía fue a verla a su habitación para informarle sobre el accidente de Merle.

    Aparentemente, la avioneta de Merle había perdido fuerza cuando sobrevolaba un campo de fresas. No había podido elevarse con la suficiente rapidez para evitar una torre de alta tensión y lo que de él había quedado se encontraba esparcido en pequeños trozos llameantes sobre el campo. Más tarde, durante el funeral Raquel comentó:

    —Era como a él le hubiese gustado morir.

    Unas semanas después, un representante de la Administración Federal de Aeronáutica visitaba la caravana para hacer unas averiguaciones. Raquel le explicó que después de haberle pegado Merle, enfurecido, se había subido al avión y se había ido. La conclusión a la que llegó la A.F.A. fue que, ofuscado por la ira, Merle se había olvidado de revisar la avioneta antes de despegar; nadie sospechó que Raquel había extraído el combustible.


    ____ 16 ____
    Howard


    Howard Phillips, el dueño del café H.P., acababa de sentarse en el estudio de su casa de piedra en el campo cuando, al mirar por la ventana, notó que algo se movía por entre los árboles.

    Howard había pasado la mayor parte de su vida adulta intentando comprobar tres teorías que había formulado como estudiante en la universidad: una, que antes de existir el hombre sobre la Tierra hubo una poderosa raza de seres inteligentes, la cual había llegado a desarrollar un alto grado de civilización, y que, por alguna inexplicable razón, había desaparecido; la segunda, que los restos de aquella civilización yacían bajo tierra o bajo el océano, habilidosamente ocultos para que el hombre no los detectase; y la tercera, que dichos seres regresarían para apoderarse del planeta de una manera poco amistosa.

    Lo que ahora pululaba entre los árboles afuera de su casa podía tratarse de la primera evidencia material de sus teorías. Estaba aterrorizado y maravillado a la vez. Como el crío que se asombra ante la idea de que exista Santa Claus pero que luego llora y se esconde tras las faldas de su madre al ver el voluminoso hombre vestido de rojo que suele haber en los grandes almacenes, Howard Phillips no se encontraba preparado para afrontar una manifestación física de lo que había creído fielmente que existía durante todos esos años. Ya que era un estudioso académico y no un aventurero, prefería enterarse de este tipo de experiencias a través de los libros. Para él la idea de aventura consistía en tomar pan integral, en lugar del pan blanco, con sus habituales huevos con jamón.

    Se quedó observando por la ventana aquella criatura que se movía bajo la luz de la luna. Era muy parecida a aquellas sobre las que había leído en antiguos documentos: como el hombre, era bípedo, pero con brazos largos como los de los simios, y era reptilesco. Lo único que no casaba era su tamaño, pues en los documentos decía que aquellas criaturas, las cuales solían ser utilizadas como esclavos por los antiguos, siempre habían sido de baja estatura, no más de un metro y pico. Ésta, sin embargo, era enorme, de unos cuatro o cinco metros de estatura.

    El monstruo se detuvo un momento y luego se giró con lentitud hasta mirar directamente hacia la ventana de Howard. Éste contuvo sus ganas de echarse pecho a tierra y permaneció ahí, mirando de frente aquella pesadilla.

    Los ojos de la criatura eran del tamaño de los faros de un coche y la zona que circundaba sus felinescas pupilas brillaba en un tono anaranjado. Sobre la cabeza tenía unas largas escamas que parecían orejas. Permanecieron así, mirándose sin moverse el hombre y el monstruo, hasta que Howard no pudo resistirlo más. Cogió las cortinas y las cerró de golpe, con tal fuerza que casi las arranca. Después oyó unas risas que provenían de fuera.

    Cuando, al cabo de unos minutos, se atrevió a mirar por la rendija de las cortinas la criatura había desaparecido.

    Se preguntaba por qué no había tenido una actitud más científica en sus observaciones y por qué no había corrido a buscar su cámara. La gente le había llamado «viejo chiflado» por sus estudios e intentos de comprobar la existencia de los antiguos. Una sola fotografía hubiera bastado para convencerlos, y sin embargo había desaprovechado aquella oportunidad; ¿o no?

    De pronto, Howard reparó en que el monstruo también le había visto a él. ¿Por qué iban a ser los antiguos tan cuidadosos de no ser descubiertos durante tanto tiempo para luego andar por ahí a la luz de la luna como quien da un paseo dominical? Tal vez el monstruo no se había ido y estaba cerca de la casa, esperando el momento adecuado para deshacerse de su testigo.

    Primero pensó en buscar armas; pero no tenía ninguna en casa. Muchos de los libros antiguos que tenía en la biblioteca hablaban de conjuros para protegerse, pero no sabría por dónde empezar a buscarlos. Además, el pánico no era un estado propicio para la investigación. Tal vez todavía había tiempo de salir huyendo hacia su viejo Jaguar y escapar; aunque, por otro lado, cabía la posibilidad de que al salir fuera a dar directamente a las garras del monstruo. Todos estos pensamientos pasaron por su mente en cuestión de segundos.

    El teléfono. Cogió el teléfono de su escritorio y marcó un número. El tiempo en que tardó en girar el marcador le pareció una eternidad pero finalmente hubo señal y contestó una voz de mujer:

    —Nueve, uno, uno, emergencias -dijo la voz.
    —Sí, quisiera dar aviso de que hay un malhechor en el bosque -afirmó Howard.
    —¿Cuál es su nombre, por favor?
    —Howard Phillips.
    —¿Y desde dónde llama usted? -preguntó la operadora.
    —De la calle Cambridge, número 509 en Pine Cove.
    —¿Se encuentra usted en peligro en este momento?
    —Pues verá, sí, por eso he llamado -respondió Howard.
    —Dice usted que hay un merodeador. ¿Está intentando entrar en su casa?
    —Aún no -contestó Howard.
    —¿Pero lo ha visto?
    —Sí, por la ventana lo he visto andando por el bosque.
    —¿Podría describirlo?
    —Es una abominación tan abismalmente espantosa que el solo hecho de recordar a esa monstruosidad deambulando en la oscuridad alrededor de mi residencia hace que me invada un inexplicable y helado escalofrío -explicó Howard.
    —¿Y qué estatura calcula que tiene?

    Howard se detuvo un momento a pensar. Era evidente que el sistema legal no se encontraba preparado para lidiar con las perversiones provenientes de los golfos y cráteres transcósmicos del otro mundo. Y sin embargo, necesitaba ayuda.

    —La bestia mide dos metros -afirmó Howard.
    —¿Pudo usted ver qué llevaba puesto?

    Howard consideró decir la verdad una vez más, pero se arrepintió enseguida.

    —Creo que llevaba vaqueros y una chaqueta de piel.
    —¿Vio si estaba armado? -preguntó la mujer.
    —¿Armado? Ya lo creo, está armado con enormes garras y con un cuajar dentado como el del más villano de los predadores -le informó Howard.
    —Procure calmarse, señor; ahora mismo saldrá una unidad para allá. Asegúrese de que las puertas estén bien cerradas y mantenga la calma, yo estaré en la línea hasta que lleguen a su casa los agentes.
    —¿Y cuánto tardarán en llegar? -preguntó Howard.
    —Unos veinte minutos -respondió la operadora.
    —Señorita, en veinte minutos lo que quedará de mí será poco más que un despedazado recuerdo.

    Howard colgó el teléfono. No le quedaba más que escapar. Se dirigió al pasillo, cogió el abrigo y las llaves del coche y se apoyó al lado de la puerta principal quitó el seguro lentamente y puso la mano sobre el picaporte.

    «Entonces, a la de tres», dijo para sí.

    —Una -murmuró, mientras giraba el picaporte.
    —Dos -dijo inclinándose un poco hacia delante, preparándose para salir corriendo.
    —¡Tres! -exclamó sin moverse de su sitio.

    «Bueno, Howard, ¿dónde está tu aplomo?», se preguntó a sí mismo antes de volver a empezar.

    —Una -dijo, pensando que tal vez la bestia no estaba ahí fuera.
    —Dos -continuó. Si era un esclavo, ni siquiera era peligroso.
    —¡Tres! -exclamó, sin moverse de donde estaba.

    Howard repitió este proceso una y otra vez, sopesando la intensidad de su miedo contra el peligro que le esperaba afuera. Finalmente, harto de su propia cobardía, dio un empujón a la puerta y se echó a la oscuridad de la noche.


    ____ 17 ____
    Billy


    Billy Winston estaba por terminar de verificar las cuentas del día del hotel Room-R-Us. Sus dedos bailaban sobre la calculadora como un Fred Astaire espasmódico. Cuanto antes acabara, más pronto podría ponerse al ordenador como Roxanne. Aquella noche sólo estaban ocupadas treinta y siete de las cien habitaciones que tenía el hotel, así que acabaría pronto. Estaba ansioso por terminar. Después del incidente que había tenido con La Brisa la noche anterior, a su ego le iba a venir bien el empuje que tenía la personalidad de Roxanne.

    Con aire triunfante, Billy oprimió el botón del «total», como si se tratara de la última nota de un concierto de piano y después apuntó la cifra en el registro de la contabilidad y lo cerró de golpe.

    Billy estaba solo en el hotel. El único ruido que oía era el zumbido de las lámparas fluorescentes. Desde su escritorio, tenía una vista de 180 grados que incluía un trozo de la carretera y un parking vacíos: A esas horas de la noche sólo pasaban un coche o dos cada media hora; tanto mejor, pues le molestaban las distracciones mientras estaba caracterizando a Roxanne.

    Billy acercó un taburete al mostrador, donde se encontraba el ordenador y tecleó su código de acceso.

    WITKSAS: ¿CÓMO SE ENCUENTRA TU PERRO, CARIÑO? ENVIAR: PNCVCAL.

    El hotel formaba parte de una red informática, que le permitía comunicarse con hoteles en todo el mundo. El oficinista de un hotel podía comunicarse con cualquiera de los doscientos hoteles que pertenecían a aquella cadena de hostelería por medio de un sencillo código de siete letras. Billy acababa de mandar un mensaje al contable nocturno en Wichita, Kansas. Se quedó mirando a la verde pantalla en espera de una respuesta.

    PNCVCAL: ¡ROXANNE! MI PERRO SE ENCUENTRA SOLO. AYÚDAME, CARIÑO. WITKSAS.

    Wichita estaba sobre la línea. Billy mandó su respuesta:

    WITKSAS: TAL VEZ LE HAGA FALTA UN POCO DE DISCIPLINA. SI QUIERES, TE LO TRANQUILIZO UN POCO. ENVIAR: PNCVCAL.

    Billy esperó unos segundos.

    PNCVCAL: ¿TE GUSTARÍA TENER SU POBRE CARITA PELUDA ENTRE TUS MELONES HASTA QUE TE SUPLICARA? ¿ES ESO LO QUE QUIERES? WITKSAS.

    Billy se detuvo un momento a pensar. Por eso le adoraban. Él no les contestaba como lo haría un fulano cualquiera; Roxanne era una diosa.

    WITKSAS: SÍ, Y DARLE UNA SUAVE PALIZA EN LAS OREJAS. PERRO MALO, PERRO MALO. ENVIAR: PNCVCAL.

    Una vez más, Billy esperó la respuesta, la cual no tardó en aparecer en la pantalla.

    ¿DÓNDE ESTÁS, CIELO? TE ECHO DE MENOS. TULSOKL.

    Era de su amante en Tulsa. Roxanne podía tratar con dos o tres a la vez, pero en aquel momento no le apetecía, se encontraba algo malhumorada. Billy se ajustó la entrepierna, aquellas braguitas le quedaban un poco apretadas. Escribió otros dos mensajes:

    WITKSAS: VETE A ACARICIAR UN POCO A TU PERRITO. LA TÍA ROXANNE TE VOLVERÁ A BUSCAR DENTRO DE UN RATO. ENVIAR: PNCVCAL.

    TULSOKL: ME HE TOMADO LA NOCHE LIBRE PARA COMPRARME UN MODELITO CON ENCAJE QUE ME PONDRÉ CUANDO NOS VEAMOS. ESPERO QUE NO LO ENCUENTRES DEMASIADO ESCANDALOSO. ENVIAR: PNCVCAL.

    Mientras esperaba una respuesta de Oklahoma, Billy sacó sus tacones rojos de