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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL MODELO JONÁS (Ian Watson)

    Publicado el martes, agosto 22, 2017

    Introducción

    En las montañas de México, el Premio Nobel Paul Hammond acaba de efectuar el abrumador descubrimiento de que las señales recibidas en su radiotelescopio demuestran que el universo creado por Dios ya no existe, y que lo que percibimos como universo no es más que un fantasma de la realidad.

    En Japón, es descubierto un muchacho ruso que parece poseer, aunque de forma imperfecta, la mente de un astronauta soviético al que se supone muerto.

    Estos dos acontecimientos, tan espectaculares como al parecer independientes entre sí, se hallan sin embargo estrechamente relacionados. Y esa relación la proporcionarán las ballenas que pueblan los océanos de la Tierra...

    Ian Watson, que entró con fuerza extraordinaria en el mundo de la ciencia ficción con su espléndida novela Empotrados, es considerado como una de las grandes revelaciones de los años setenta. Autor poco conocido aún en España, entre sus grandes obras ―además de la arriba mencionada―, figuran la presente, y Embajada alienígena, ofrecida en esta misma colección.

    ich spreche von euerm nicht,
    ich spreche von ende der eulen.
    ich spreche von butt und wal
    ich spreche nicht mehr von euch,
    planern der spurlosen tat
    ich spreche von dem was nicht spricht,
    von den sprachlosen zeugen
    no hablo de lo que es vuestro,
    hablo del final de los búhos,
    hablo del rodaballo y la ballena
    ya no hablo de vosotros,
    diseñadores de acciones que se esfuman
    hablo de los que no tienen voz,
    de los testigos silenciosos

    Hans Magnus Enzensberger



    1


    NADA A TRAVÉS DE UNA CADENA DE MONTAÑAS. Las afiladas cumbres se alzan bruscamente de las ciénagas del fondo, encerrando húmedos desfiladeros zigzagueantes en cualquiera de los cuales puede estar emboscado un gran Diez Brazos artero, con sus ventosas desgarradoras y sus brazos duros como el acero.

    Pero, ¿por qué mencionar el acero?

    Suave y rígido, Acero engloba espacios vacíos semejantes a intestinos, estómagos y pulmones, que no son ninguna de esas cosas, ya que nunca han respondido al mundo que los rodea con el menor cambio de forma.

    Acero no tiene nada que ver con Diez Brazos. ¡A menos que haya un Acero con quien aún no se haya encontrado, uno que pueda contorsionarse, retorcerse y cambiar de forma! Es duro como el acero, una metáfora. Una manera de entenderlo.

    ¡Qué manera tan débil, tan impropia!

    Compara su modelo mental de un Diez Brazos, extendiéndolos para rodearle la frente con sus ventosas ― ¡qué recuerdo tan doloroso, éste!―, con el de una Acero surcando una profunda zanja. Una Acero preñada, con una docena de fetos de Acero enhiestos en cápsulas seno a lo largo de su lomo Pero curiosamente rígidos e inertes los pequeños, ¡porque no hay en cada uno de ellos más que un débil latido del corazón!

    Las complejas imágenes sónicas no coinciden entre ellas. No hay correspondencia.

    Entonces, ¿por qué permanece en él esta necesidad de metáfora?

    En los límites de su consciencia hay una mancha borrosa, un muro de niebla cuya existencia le resulta familiar, pero cuya naturaleza le asombra. No es la memoria, tal como él entiende la memoria; pero, aun así, tiene algo de memoria; por centésima vez, su mente se engarfia en esta niebla hasta que siente dedos (unos dedos que no posee) que tocan el acero húmedo y frío de un tanque gigantesco, dentro del cual él también está presente de alguna manera, como un prisionero. Estos dedos se deslizan como gusanos ciegos, hasta que están demasiado entumecidos como para sentir nada. Se hielan y se desprenden uno por uno, hasta que nunca hubo dedos, y sólo queda la sensación reptante de lampreas sobre su piel, dedos parásitos ondeando a medida que él nada, úlceras irritantes sobre su pellejo, con sus bocas babosas, aguijoneante.

    Rodea los picos montañosos, los músculos de la cintura contraídos, la cola subiendo y bajando, las aletas anales girando en el ascenso y la caída, con un sensual impulso hacia delante, todo su cuerpo copula con estas aguas cuando nada, impulsándose una y otra vez hacia la suavidad dúctil y flexible que se abre para él, y se abre; su mismo pene permanece inerte, retraído no tiene ninguna importancia en esta gran comunicación con el medio en que existe.

    Pero su impulso copulador conlleva el eco débil de una sensación anterior, un vestigio de un tiempo en el que la partición de su aleta era mucho más ancha que ahora; en que la parte inferior de su cuerpo se deslizaba sobre la cálida suavidad de otro ser cambiante, asido a él; y a lo largo de su columna vertebral había un frío cruel; y había oscuridad por todas partes, un residuo de un gozo extraño, y de un miedo, se aferra a él, como las lampreas

    Investiga los picos y los cañones mucho más abajo, trazándose un modelo sónico exacto de las hendiduras y las simas, la escala de la densidad del agua, profundas capas dispersas de crustáceos, medusas, sifonóforos, que ondean alrededor de las montañas como tenues velos. Además, una percusión de graznidos, tamborileos y gruñidos, procedentes de otras pequeñas bestias alimenticias, puntea su mapa de ecos.

    Finalmente, alza la cabeza para ver la barrera del cielo, que ondula a derecha e izquierda.

    Monótonas contorsiones elásticas, como caucho

    Su visión es algo tan pobre, tan débil, tan parcial, arroja tan poca luz sobre lo que oye; apenas le dice nada.

    Pero hay algo extrañamente milagroso en el hecho de ver esta luminosa telaraña combada, esta cosa de luz, no hay molestos fantasmas agarrados a ella. En cada momento parece recién creada para él.

    Seguramente le presta más atención de la que merece, porque, ¿qué es un cielo, sino un simple lugar donde engullir aire y luego expelerlo? Aun así, no puede quitarse de encima la agradable sensación de su visibilidad. Oía perfectamente, sin ningún problema, incluso antes de entrar en el mar, pero la luz es algo nuevo.

    ¿Entrar en el mar?

    Pero siempre ha debido de nadar en los mares, ¡de otra manera, su enorme cuerpo habría muerto aplastado!

    El olor penetrante de su propia orina le dice que ha trazado un círculo completo, que ha cruzado sus propias huellas. También hay un rastro claro de heces disueltas de bonitos que pasaron por allí momentos antes. Las escamas flotantes de excrementos disparan en él un recuerdo hambriento de carne dulce, aceitosa, en su boca ¡de qué manera tan punzante puede saborear este mundo marino! ¡Qué tangiblemente puede trazar su mapa!

    Comprende que, una vez, estuvo a punto de morir. Pero no murió. En lugar de eso, se halla aquí.

    Surcando las aguas. Copulando con el mar. Trazando el mapa de este mundo líquido. Surgiendo de vez en cuando a través del suave techo del cielo para derramar números que parecen brotar espontáneamente en él, vomitando las heces de su mente, antes de volver a sumergirse hacia la profunda seguridad.

    Y siempre exacerbado por los fantasmas


    2


    ―ESE CHICO, NILIN, HA VUELTO A ESCAPARSE ―dijo el profesor Kapelka a Katia Tarski en cuanto ella entró en su despacho para presentar su informe diario.

    Lo dijo en un gorjeo tan brusco, tan sobresaltado, que Katia pensó que había entrado en medio de alguna conversación privada. Echó un vistazo por la habitación, pero no había nadie más; luego miró el teléfono colgado. Siguiendo la dirección de sus ojos, la mano huesuda ―como la de un pájaro― de Kapelka hizo un vago gesto de coger el teléfono, pero no terminó el movimiento y, en lugar de eso, consultó su reloj.

    ―Sí, se ha fugado ―repitió―. Como mucho, puedo dar a los nuestros otra hora para que lo encuentren.

    Sus uñas se apartaron precipitadamente del instrumento de baquelita negra, cruzaron la extensión de caoba que era su escritorio y empezaron a tamborilear repetitivamente en un mismo punto. El escritorio era una antigüedad zarista, procedente de alguna vieja mansión. Tenía agujeros de carcoma, y parecía como si Kapelka intentara sacar de uno de ellos, con su percusión, algún gusano petrificado, fumigado largo tiempo atrás.

    ―Tendré que notificarlo al comité de supervisión ¡Oh, Katia, esto puede suponer un golpe terrible para nuestro proyecto!
    ―Pero, ¿por qué? Si sólo ha hecho una escapada a las colinas, no puede ser más que cuestión de tiempo, ¿verdad? Hace bastante calor. Al chico no le pasará nada ―hizo un gesto indignado hacia el mundo exterior.

    La ventana del profesor ofrecía un panorama de tierra adentro, entre una serie de edificios de madera dispersos, con chimeneas altas y humeantes, prados empinados de hierba seca bordeados por matorrales de bambú y bosquecillos de coníferas que se espesaban progresivamente hasta convertirse en bosque cuanto más se alejaba uno de la orilla. La primera nevada había caído unos días antes, para fundirse cuando el clima volvió a caldearse, fuera de estación. Aún brillaban algunos puntos blancos. Probablemente, no se fundirían hasta el verano siguiente. Pero los informes meteorológicos decían que este clima cálido podía durar una semana o más.

    La mirada de ella se desvió de los bosques y los prados y se centró en un edificio humeante concreto, uno de dos pisos donde se albergaba el chico. O donde se había albergado

    El centro de investigación se había apropiado en exclusiva de prácticamente toda la costa y el puerto de la ciudad de Ozerskiy, desplazando a la fábrica de conservas de arenque que ocupaba antes el lugar. Con sólo un pequeño pueblo más al sur, en dirección a la península, y sin enlace ferroviario hacia el norte con Korsakov y sus astilleros, aserraderos y centros de curtido de pieles, Ozerskiy era un lugar solitario pero también hermoso, con su aire fresco y limpio, sus prolongadas nevadas y sus lluvias de verano.

    Aquella casa era también donde

    Pero la idea le resultaba dolorosa. ¡El hombre que había allí no era en realidad Pavel Chirikov, en absoluto! El auténtico Pavel había muerto, mentalmente al menos dejando dos fantasmas gemelos tras él. Uno de ellos animaba el cuerpo en ese edificio, de una manera puramente zombi. El otro era una abstracción matemática que nadaba a kilómetro y medio de profundidad, y tampoco era el auténtico Pavel. Cualquier otra actitud era una locura. (Pero. ¡Pero!)

    ―No, verás, Katia, el ayudante también ha huido. Robaron un bote. Bueno, falta un bote, no creo que sea una coincidencia. Si no lo encontramos nosotros mismos, en el futuro tendremos mucha menos libertad. Nos supervisarán de una manera mucho más directa, todo el experimento, supongo.
    ― ¿Y qué importa eso, profesor? ¡El proyecto es válido! ¡Ya lo está demostrando de una forma maravillosa!

    Le brillaban los ojos: radiantes piedras negras sobre unos pozos grises cansados, turbios.

    El anciano, con sus rasgos aguileños como los del mago de un cuento de hadas (cosa que era para ella, un brujo que podía desenredar el laberinto de la mente de un hombre), contempló con tristeza a su joven ayudante. El pelo negro ondulado de ella, peinado hacia atrás y recogido con un anillo de hueso de ballena que lo dejaba caer en una mata por la espalda de su mono azul, como la Rusalka de las leyendas, pensó, la chica ahogada que se convirtió en un espíritu de las aguas, con su cabello despeinado, pero no era ella la que se había ido bajo las aguas.

    Una vez más, deseó poder decirle en voz alta: «Devushka Rusalka, espíritu de las aguas, ¿por qué no puedes volver a enamorarte, y olvidar, olvidar?”» Sabía hacia dónde estaba mirando ella; sabía hacia qué ventana. Sabía que no era por la ausencia del chico. Pero lo más que se acercaba a formular ese nivel de intimidad era en el uso constante de su nombre familiar, como si fuera una hija. Además, si podía hacer su trabajo tan bien, con tanta intuición, estando medio hipnotizada por aquella pasión, ¿no era una estupidez intervenir y destruirlo?

    Así que, en vez de decir lo que pensaba, la sermoneó:

    ―Ah, pero, ¿qué es válido a los ojos de militares y políticos, Katia? ¡Los dividendos! En términos de guerra, el problema de un submarino de gran profundidad, que puede anidar sus misiles con toda discreción un kilómetro bajo las aguas. Cómo rastrearlo. Cómo atraparlo. Más válido aún, quizá (ya que nunca habrá una guerra nuclear, si Dios quiere, pero sí una guerra económica), el control de la riqueza de los océanos. Los pozos de petróleo. Los nódulos de manganeso. Todo el combustible y los minerales para el futuro. Quien posea la llave del lecho marino tendrá el futuro del mundo en la palma de su mano. De la misma manera, quien pueda interferir con el control del otro, usando a Jonás o con cualquier otro medio, tendrá una pistola apuntada a las cabezas de los demás.

    » ¿Sabías que los norteamericanos tienen un plan sobre trípodes de diez kilómetros de ancho en el lecho marino, para detectar submarinos? ¿Cuántos de estos dividendos ha producido el proyecto hasta ahora? ¡Muy pocos, Katia! Ellos son hombres de hechos. Y los hombres de hechos de todo el mundo se están asustando cada vez más, porque los pozos se secan, las minas se agotan. Hasta ahora hemos tenido una libertad como nunca me atreví a soñar cuando era un joven investigador. Porque nuestro sueño era verdaderamente creativo, y los hombres que se atenían a los hechos tuvieron suficiente sentido común para ver que necesitábamos libertad para poner en marcha nuestro sueño. Pero, últimamente, el comité hace demasiadas preguntas. ¿Cuándo, cuándo tendrán sus dividendos? ¡Antes de que podamos conseguir que nuestro modelo produzca! ¿Cuánto costará hacerlo efectivo? ¿Hasta qué punto será eficiente?
    » ¡Oh, toda la jerga del capitalismo, Katia! ¡Sí, aquí igual que en Norteamérica! Y, por ahora, nuestro experimento parece tan mental, ¡casi un sueño espiritual! Así que les digo cómo hemos probado nuestro sistema. Les explico lo complejo que es nuestro vehículo marino en comparación con uno aéreo o espacial. Tengo que formularlo en estos términos mecánicos, Katia ―se disculpó, al advertir el dolor en el rostro de ella.

    Tomó aliento.

    ―Incluso les acusó de haber perdido el valor. Como los americanos, que se retiraron del espacio cuando podrían haberlo tenido en sus manos Eso no les gusta, Katia. Pero ahora, la desaparición del chico nos deja en ridículo. ¿Cómo podemos controlar a un lejano Jonás, si no podemos vigilar a un niño? Es el colmo. Un chico que, además, es, recuerda

    Se interrumpió sin llegar a terminar la frase, y volvió a tamborilear sobre su escritorio.

    ―Creo que pronto encontraremos algo maravilloso, profesor ―afirmó la chica de pelo negro―. Algo inesperado. Algo asombroso.
    ―Ah, pero, ¿qué, Katia? Y, como me dicen ellos, ¿cuándo?

    ¿Intuición? Ella podía tener razón, pensó. Su tormento ―unido a una alegría apasionada mientras siguiera creyendo en su Jonás― la mantenía en tal estado de alerta empática que a veces parecía casi sobrenatural.

    ― ¿Qué habrá ahí abajo para él? ―musitó la chica, sin responder a su pregunta―. Cada palabra que usamos traiciona su experiencia. ¿Qué diferencia ve entre el calamar gigante y el pulpo que encuentra? ¿Qué música está cantando ahora, para dibujar ese mapa?

    Kapelka se encogió de hombros en un gesto razonable.

    ―Tiene un radar en la cabeza, Katia. Un radar natural. Oye las formas. Bueno, los calamares son decápodos, ¿no? Así que oye torpedos de diez tentáculos. Y los pulpos parecen más bien arañas marinas con ocho miembros. Supongo que así deben de sonarle. Luego habrá también armónicos, o reflejos, de tipo emocional, porque un pulpo no es más que comida inofensiva, mientras que un verdadero calamar gigante puede matarle. El eco del pulpo tendrá un sonido benigno Bueno, ¿qué decías sobre algo inesperado?

    El teléfono sonó antes de que Katia pudiera responder.

    ―Ya ve ―sonrió ella, mientras Kapelka lo cogía―, lo han encontrado. Todo va bien.

    Kapelka asintió mientras escuchaba. Cuando colgó el teléfono dijo con tristeza:

    ―Ya están en el istmo. ¡Se acerca niebla por el agua! ¡Maldito clima! Se quedarán sin combustible, por supuesto, pero pueden ir a la deriva casi hasta Japón antes de que la niebla se levante. Así que tendré que llamar a los guardacostas. Lo que significa que todo el mundo lo sabrá. Guarda tus sorpresas para luego, Katia. Ven esta tarde a presentar el informe. Quizá me traigas algo de alegría


    3


    DOMINADO POR LA INSEGURIDAD, la confusión, el miedo, lanza un chorro de aceitosa espuma por su única fosa nasal, y yace en la superficie, luchando por obtener aire, su modelo de las montañas bajo él se hace borroso mientras se revuelca estúpidamente entre burbujas, perseguido por roces que no puede haber sentido, por un cuerpo que nunca poseyó, por nociones de ruidos que delatan significados apremiantes a través de bocas, aislado e inútil, las olas del océano lo azotan una y otra vez.

    Conoce bien su propio cuerpo: la flexión de sus mandíbulas, las fluctuaciones de sus aletas, cómo el gran melón que es su frente, en su flexible laberinto de válvulas y pasadizos, se inunda de aceite céreo. ¡Pero es como si no fuera más que el timonel en un vasto Acero hecho de carne!

    Una imagen de pesadilla de este timonel le ataca ahora. Un astuto Ocho Brazos, igual que se aferra a las rocas de los precipicios de abajo, se aferra ahora a su mente, sus tentáculos hacen cosas raras con sus ideas, sus ventosas las hacen funcionar una a una; con el agudo pico preparado para horadar un agujero en su cabeza y vaciársela, como si sus pensamientos estuvieran alejándose demasiado hacia atrás

    Dentro de su cuello, tras su cuello, en alguna parte ―donde nunca puede verlo ni oírlo, sólo sentir sus tentáculos, y su pico, primero cosquilleando, luego rascando, después desgarrando sádicamente―, ahí vive este Ocho Brazos. Se despierta una vez al día, devora números y le intimida.

    Nada en un pandemónium, caóticamente, cargando su melón con las blandas y mal estructuradas gachas de las olas, casi el eco de un grito de angustia; y, mientras actúa de esta manera alocada, el pico empieza a horadarle. La comezón empieza a hostigarle.

    El Ocho Brazos de su mente ha despertado. En su sopor, contaba números con las ventosas que se asían a sus ideas mientras él trazaba el mapa del lecho marino.

    Mientras duerme, puede olvidarlo. Desaparece bajo la superficie. Sólo las lampreas del recuerdo lo hostigan entonces. Pero ahora tiene que comunicar este picor, hacerlo dormir de nuevo. Tiene que evitar su comida de números en el aire, sobre las aguas.

    Así que se desliza por el seno de las olas, preparándose, luego arqueándose al máximo, sus ojos miopes escudriñando la extensión borrosa y luminosa que es su techo. Y el Ocho Brazos interior le presenta números que puede enviar, una serie de clics que se dispersan inútilmente en el aire vacío Pero él no cuestiona esto mientras los emite. La necesidad es demasiado acuciante.

    Dentro de una hora oirá clics en su cabeza, en su cuello, en alguna parte. Con la ayuda de Ocho Brazos, los comprenderá.

    Luego, Ocho Brazos podrá dormir de nuevo, contando en sueños y él tendrá otro día de libertad. Pero, hasta que llegue ese momento, ¡el pánico de que algo le golpee desde el aire! ¡La huida hacia la seguridad!

    Hiperoxigena la hemoglobina de su sangre, la mioglobina de sus músculos, luego hace un movimiento brusco con la cola, sacudiendo la aleta muy por encima de la superficie, casi perpendicular sobre el mar durante un breve instante antes de sumergirse.

    ¿Qué es ese golpe que teme? Un puño de acero desde el aire

    Y un «puño» es unos dedos recogidos en una bola para romper sus huesos y destrozar su cráneo. Los dedos son pequeños Aceros que se yerguen erectos dentro de una Madre Acero

    Pero esto no resuelve nada; esto sigue siendo misterioso. ¿Cómo puede explicarlo a los suyos? Le oyen enviar sus clics al aire. Oyen los clics ajenos en su cabeza. Ha sido tan ingenuo como para pedirles ayuda. Como para palpitarles sus preguntas sobre esto, y sobre los fantasmas que acechan en su consciencia.

    Los mensajes de ellos son planes de acción contra el Gran Diez Brazos del Mar, canciones de alabanza de machos, lamentos por la muerte de hembras en el parto, cantos de amor; luego, cada vez más abstractos, más incomprensibles para él, esos mapas de ideas culminan en los Glifos Estelares, la Alta Filosofía de su raza.

    Al principio provocaba simpatía, condolencias por su enfermedad; en una ocasión, aversión y rechazo; últimamente, un creciente interés.

    Quizá puedan ayudarle, después de todo.


    Se sumerge, y comprende su error Sólo cuando los precipicios se elevan rápidamente para recibirle. Las grietas erosionadas lo acorralan. Pero la inmersión parece inevitable; no puede volver atrás. Desciende, la presión le aplasta los pulmones contra las costillas, el latido de su corazón se hace más lento, el riego sanguíneo se detiene en la mayoría de los órganos. Mientras baja su temperatura, el aceite de su frente se congela para convertirse en una cera dura, un peso que lo arrastra hacia abajo y es una pantalla aún mejor para los ecos.

    ¡Y todos los ecos que rodean su cuerpo le advierten contra un peligroso túnel de hendiduras con afiladas aristas!

    Pero su cola lo lleva hacia abajo con la fuerza de siempre, hacia la hendidura del cañón. Golpeando una cornisa de lava, desmoronándola, clavando cuchillos en su piel, rebota hacia otra pared de fuego

    Atraviesa velos de medusas y gusanos transparentes que cuelgan de suaves mantas cristalinas; atraviesa bancos de lepismas; luego pasa por entre medusas morenas, gusanos rojos y terópodos violáceos, allí donde apenas llega la luz Pero sus ojos no les prestan atención. Ni a las corrientes de fosforescencia que generan su propia luz en la oscuridad sin luz. Y, pese a la precisión con que su cera recibe las huellas de cada eco, de una manera tan tangible como las barbas de su mandíbula inferior, sigue chocando contra las rocas, lacerándose violentamente. Permanece un momento contra el fondo, la frente enterrada en lodo, antes de enderezarse y dirigirse, medio muerto, entre las estrechas hendiduras de los precipicios, girando a la derecha, girando a la izquierda, evitando por poco las colisiones.

    ¡Huir!

    Nadaba aterrado, chocando contra montecillos suaves y fríos, arañándose al dejarse caer, pero subiendo y nadando sin aliento hasta que finos «dedos» le hicieron detenerse Una «voz» le perseguía: sonidos arbitrarios que casi tenían un significado, como olas en la playa, sólo para volver a ser luego un balbuceo sin sentido, «palabras» en cierto modo asociadas al alegre culebrear de su cuerpo, con el «olor» de cabello fluyendo en torno a él como algas.

    ¿Huía de la muerte? Pero llevaba la muerte en su interior

    ¿Huía quizá de la alegría?

    Y cómo huía, escapando de miembros de los que no sabía nada, ejecutando una y otra vez la danza de saltos sobre la superficie del mar, ¡unos saltos que siempre le devolvían al comienzo en cuestión de segundos!

    Si pudiera guardar el equilibrio en el aire, ligero y frágil como una medusa

    Entonces, ¿había sido ésa su «alma», antes de existir él? ¡Si pudiera indagar en el vórtice de esta locura! O quizá se destruiría a sí mismo.

    Piensa en este Ser dentro de él como en un Ocho Brazos, copia del modelo del Ocho Brazos que ha visto aferrado a los precipicios, manipulando el mundo con sus tentáculos, y a veces comiendo, arrojándolos hacia aguas abiertas. Su relación con él es ambigua. Siente que el Ocho Brazos lo alimenta mentalmente, pero también le manipula, le hace daño Es Él y No-Él. No puede comprender la oposición pura que el Gran Diez Brazos genera en su interior, que le combate físicamente en las profundidades marinas, a quien puede derrotar físicamente El Ocho Brazos que tiene dentro es su Otro Yo, otro eje de su ser. Le dedica con tacto, propiciador, cada Ocho Brazos real que destroza entre sus mandíbulas y luego engulle

    Ha nadado durante la mitad de su tiempo asignado, se ha tranquilizado y registra su rumbo con más precisión, cuando, al dar la vuelta por el estribo de un cerro, descubre frente a él una Inteligencia Diez Brazos, completamente desarrollado, alerta


    4


    EL LUNES POR LA TARDE, Paul Hammond decretó inesperadamente para él y para Richard Kimble medio día de descanso de las frenéticas observaciones por radio que habían llevado a cabo en las últimas semanas, y sugirió una salida con Ruth y con la pequeña Alice para ver cómo las ballenas grises emigraban hacia el norte.

    Richard recibió la invitación con cierta suspicacia, perfectamente consciente del desprecio que sentía Paul hacia su interés de aficionado por las ballenas, por no mencionar que Paul era probablemente consciente de la balbuceante y equívoca aventura entre Richard y Ruth Hammond.

    Pero resultó que quería hablar de política interna, sobre todo de la oposición de Max Berg hacia la manera histriónica que tenía Paul de anunciar sus descubrimientos. Las ballenas y Ruth no eran más que para endulzar la píldora.

    Así que bajaron por la larga y serpenteante carretera desde la estación de radio después de almorzar. Iban en la camioneta de Paul, una Sierra, en dirección a los acantilados más allá de San Pedro de la Paz.

    La gran antena semejaba una cruza entre una oreja gigante y un par de manos formando copa para hacer bocina; cuando se marcharon, había un grupo de indios mezapicos silbando en dirección a la antena y asintiendo aprobadores al escuchar los ecos. ¡Así se hace!, parecían decir sus expresiones, como si los americanos no estuvieran usando adecuadamente el gigantesco aparato. Podía moverse en un campo muy reducido, como una cabra atada, pero era tonto.

    De hecho, gracias a esos silbidos había descubierto Richard que se iniciaba la emigración de las ballenas grises. Desde el día anterior, los mezapicos habían estado silbando la noticia montaña arriba. Un anciano trabajador le había explicado lo que significaban, y él se lo mencionó a Paul, sin esperar como resultado esta repentina excursión.

    Paul Hammond observó a los indios sin curiosidad, relegándolos al mismo limbo que a los milanos y los buitres posados sobre las barras de apoyo de la antena, ni los indios ni las aves suponían la menor diferencia para la radiación de microondas procedente de las estrellas. Mientras conducía, la brisa agitaba su mata de pelo.

    Le había crecido exactamente lo suficiente como para que le diera un aspecto de inspiración, sin llegar a la excentricidad. Sus ojos eran brillantes y obsesivos, pero también podía hacerlos parecer sabios: como si llevara una especie de lentillas interiores, compuestas de sagacidad, algo así como el contrario intelectual de unas cataratas.

    Su carne firme, ambarina, desmentía su edad, más de cuarenta años. «Hace ejercicios isométricos a la luz de las estrellas antes de meterse en la cama», había comentado Ruth con sarcasmo.

    Tradicionalmente, los científicos tenían su Gran Idea a los treinta años, y pasaban el resto de sus vidas trabajando sobre ella. Al doctor Paul Hammond le había llegado con cierto retraso, a los treinta y cinco, cuando descubrió una pequeña galaxia, adecuadamente denominada Hammond, enfrentada a la nuestra aunque más pequeña, oculta más allá de las nubes de polvo y las estrellas del otro lado del corazón galáctico. Esta galaxia era la responsable de los estremecimientos periódicos que recorrían la Vía Láctea, hasta entonces denominados ondas gravitacionales, y que ahora se conocían como un fenómeno radicalmente diferente: Catástrofes Topológicas u Ondas Hammond. Eso había provocado bastante publicidad a lo largo y ancho de todo el mundo, recordaba Richard irónicamente: terror sobre un posible choque de galaxias Durante un tiempo, Hammond fue un nombre de uso corriente. Ahora parecía decidido a recuperar el tiempo perdido ganando una doble corona, y había dejado muy atrás asuntos secundarios como las galaxias.

    ― ¡Esto tiene que ser verdaderamente espectacular! Para empezar, Richard, piensa en el problema de los fondos. Han cancelado prácticamente todo lo demás. Demasiados aceleradores de partículas y sondas espaciales a la basura. Ya verán esos hijos de puta. El mayor hallazgo sobre conocimiento básico del universo. Pero quiero estar seguro de que presentamos un frente unificado. Necesito un apoyo activo por parte de Max, no sólo una especie de consentimiento tácito.

    La Sierra atravesó el pueblo de los mezapicos, desbandando a los pollos entre las chozas de barro, cobertizos de chapa y edificios de ladrillos algo más sólidos, entre los que había un destartalado bar, algunas tiendas, las casas de los campesinos más ricos, un despacho de lotería y una comisaría de policía. Algunos obreros estaban reconstruyendo la fachada de esta última, dañada unos días atrás por uno de los camiones de provisiones que se dirigían al telescopio. Unos barrotes de hierro asomaban por el agujero, tras el cual alguien se ocultaba en la penumbra envuelto en un sarape.

    Las ancianas los miraron inexpresivas, con rostros tan agrietados como los hemisferios del cerebro. Sus cráneos se habían abierto y descascarado con el calor para colgar como mementi mori en la pequeña iglesia mezapico, cuya torre mostraba su única campana al final de la calle: un ojo solitario sobre un largo rostro de cal, supervisando con resignación el caluroso, maltratado pueblo.

    ― ¿Te acuerdas del día que entramos ahí, Rich? ―señaló sombría Ruth, mientras Paul daba un brusco golpe de volante para esquivar a un perro, había advertido la rápida mirada complacida que le dirigiera Richard al usar la frase «consentimiento tácito»―. Cuando estaba embarazada ―siguió, con un estremecimiento―. Todo tan asquerosamente grasiento, cera en los asientos, por todas partes. Como el interior de una colmena. Supongo que el humo de las velas acaba por asentarse.
    ―Creí que habían estado lijando los asientos.
    ― ¿Para qué demonios?
    ― ¿Devoción? ¿Igual que cuando nosotros ponemos flores en la iglesia? Sólo que ahí no hay flores ―rio ella―. Sólo palos y espinas. Qué basura.

    Richard contempló la campana mientras Paul conducía hacia ella, tamborileando con dedos impacientes sobre el volante. Los lejanos tañidos diarios llamando a misa se filtraban por el tranquilo aire hasta el observatorio. ¡Al menos, podría hacer algún ruido! Así como la gran antena de la colina era un monumento a la sordera, apuntando rígidamente hacia el cielo en una erección protésica, la campana de la iglesia era como una copia absurda en miniatura del plato.

    Niños morenos y desnudos arrojaron guijarros contra la camioneta, inciertos, sin molestarse en apuntar, sólo para vengarse de la nube de polvo. El sacerdote del pueblo estaba fuera de su iglesia, y miró dubitativo el vehículo y sus pasajeros. Sin ningún motivo especial, sin conocer al hombre, Ruth le saludó con la mano y gritó en español:

    ― ¡Eh, buenas tardes!

    Luego, los baches empeoraron y despertaron a Alice. El bebé enrojeció, amenazando con ponerse a llorar a gritos.

    En los patios traseros de los últimos edificios, mujeres más jóvenes hilaban entre perros vagabundos y gallinas ―sus telares no eran sino un par de palos clavados al suelo, con las hebras extendidas entre ellos―, tejiendo un género estúpidamente brillante con las hebras que otras sacaban de sus ruecas de mano, tan sencillas como los propios telares: sólo eran burdos palos con discos de madera en vez de volantes. Una mujer gruesa, con las trenzas negras recogidas sobre la nuca, supervisaba las latas de aceite donde guardaban los tintes.

    Alice agitó violentamente las manitas y golpeó la manija de la portezuela, el cuerpo de su madre, el brazo de Richard. Los tres iban sentados en el largo asiento delantero, tal como insistía Paul: no le gustaba tener que hablar con la gente por encima del hombro.

    ―Calma, Ally, calma ―canturreó Ruth, acunando a su hija contra su blusa, haciendo que los pezones de sus pequeños y firmes pechos se irguieran contra la tela.

    Alice parecía decidida a destacar cada bandazo y salto de la Sierra, en protesta por la agitación a que se la sometía. Abrió la boca tan enormemente como un pollo recién salido del cascarón. Pero no era para llorar. Ni para exigir comida. Era para bostezar, una implosión del más puro y total aburrimiento.

    Ruth sonrió de soslayo a Richard. Este repentino bostezo era uno de los trucos de Paul. Un bostezo activo, funcional, afilado como una palabra cruel o una bofetada en la cara. Como los que usaba Paul en las reuniones.

    El movimiento de las manos era también una miniatura de los gestos de Paul. Por no mencionar los revueltos rizos del cabello rubio de Alice. Cuando creciera y el yogurt de su piel tuviera tiempo de broncearse un poco, sería una perfecta maqueta en femenino de Paul.

    Ruth tenía su propia facilidad para el aburrimiento y en gran cantidad, reflexionó Richard. Pero en ella actuaba como una especie de aspiradora, siempre absorbiendo experiencias hacia la misma bolsa negra.

    Aunque, ¿quién podía culparla? Traduzcámoslo a términos masculinos. Alice con veinte años más: ¿alguien soportaría casarse con esta versión femenina del doctor Paul Hammond? Un golpe constante contra el ego del hombre. Cuando creciera, Alice elegiría a alguien a quien pudiera superar. Alguien que pudiera adorarla brevemente, pero nunca ser tan genial como ella, de modo que su trabajo, fuera el que fuese ―agente de seguros, técnico de laboratorio― pareciera siempre inferior. Quizás él saldría a emborracharse, y tendría aventuras furtivas para compensarse, siempre helado por dentro, un escenario vacío para que ella actuara.

    El pelo de Ruth era negro. No azabache, ni ébano, ni nada por el estilo: sencilla y vulgarmente negro, aunque lo había llevado sensualmente largo cuando conoció a Paul. Pero recientemente se lo había cortado, para convertirlo en un hirsuto casco. Despojado del pelo largo, su rostro había dejado al descubierto unas cualidades aguileñas que nunca habían resultado tan evidentes ni a ella misma, aunque sin duda, al mirarlo en retrospectiva, siempre habían saltado a la vista para los diversos agentes de televisión y profesores de arte dramático que sacaron provecho de sus ambiciones. Sin suficiente personalidad para ser actriz, ni suficiente belleza para ser modelo publicitaria, su cabello negro, largo, cuidado, había tejido un precario puente entre dos engaños, y ahora se lo había cortado.

    La carretera descendía bruscamente hacia la ciudad de Juárez, entre rebaños de cabras, campos de maíz y setos de cactos. Juárez era más grande que Mezapico. Su iglesia lucía dos torres y dos campanas gemelas, y una espaciosa plaza polvorienta se extendía ante ella: el zócalo, con un pequeño jardín en el centro.

    Un atractivo y joven indio de rostro impertinente estaba acuclillado dentro del perímetro de baldosas ajedrezadas de su jardín. Se puso en pie de un salto cuando dieron la vuelta a la plaza en dirección contraria a las manecillas del reloj, se llevó los dedos a la boca y dejó escapar una serie de agudos silbidos. La pequeña Alice volvió el rostro hacia él y lanzó dos chillidos a modo de respuesta, como experimentando, hendiendo el límite de la escala hasta llegar a lo inaudible.

    ―Debo de haberle gustado ―rio Ruth, mientras el joven los miraba y ellos desandaban el camino por el polvo.

    La camisa manta suelta y los pantalones de fabricación casera del indio eran viejos, pero un brillante cinturón bermejo le daba cierto aire atractivo.

    ―Estamos llegando al fin del universo, ¿eh, Richard? ―dijo Hammond―. Esta vez se enterarán. Esta vez no será una simple galaxia llamada Hammond, ni unas Ondas Hammond
    ―Dices bien, el fin del universo ―comentó Ruth con amargura, señalando los arbustos secos, los cactos y las extensiones pedregosas nada más salir de la ciudad.
    ―Evidentemente, Ruth, me refiero al telescopio. Hemos ido más allá del límite de las estrellas y las galaxias observables, hemos vuelto al tiempo en que se formaron, escuchado los ecos del Big Bang que se supone dio origen a todo
    ―Ah, sí, tus famosas «Huellas de Dios», así es como las llamas, ¿no? ―Ruth dio un suave codazo a Richard―. ¿Has visto? Me sé el papel. Paul Sólo tiene que decir «Isotropía» o «Fondo de Microondas» y yo, obediente, empiezo a salivar mentalmente. Pero claro, no es lo mismo que entender el guion, aunque parece que Paul no se da cuenta de la diferencia. ¿Qué pinta Dios en todo esto? ¡Tal como habla últimamente Paul, cualquiera diría que estáis fundando una nueva religión, en vez de mirar estrellas! «Así termina el mundo, no con un estallido, sino con un gemido» ―citó―. Drama moderno en verso ―se disculpó alegremente―. Me pusieron una B en aquel curso. Por otra parte, ¿qué más da si el mundo empieza con un gemido y termina con un estallido?
    ―No dirías eso si no entendieras ―señaló Paul, con su mezcla única de amabilidad e ironía.

    Richard deseó fervientemente poder llegar al mar un poco más deprisa.

    ― ¿Te lo he contado alguna vez, Richard? ―rememoró Ruth, silbando los primeros compases de una canción que él también conocía―. Estaba en la escuela de arte dramático cuando conocí a Paul en aquel motel. Estudiar la vida. Es el método Stanislavsky, ¿no? Alguien del teatro dijo que fuéramos a trabajar en un motel. Me pregunto si fue una broma. Es decir, que podía aprender a ser recepcionista, ¿no es estar siempre un poco por debajo de las posibilidades? Pues mira, allí conocí a Paul, ¡cuando caían los pétalos de la artemisa!

    No siguió, pero se sabía de memoria el resto del poema. Cómo Paul necesitaba una esposa por debajo de sus posibilidades. Cómo aquello era en función de su virilidad. Paul creía que Ruth lo hacía muy bien en la cama, y por lo tanto, pensaba que era él quien lo hacía muy bien en la cama. Pero, como amante, Ruth no era gran cosa. De cualquier manera, Paul no se dio cuenta, porque ella podía fingir, actuar como si lo fuera. Así, el hombre estaba a salvo, con su autoestima bien asegurada. Esta autoestima le llevó a algunas aventuras de una sola noche, con chicas estudiantes de investigación que asistían a sus conferencias, luchando por los escasos puestos de trabajo. Aun así, seguía necesitando la seguridad de saber que lo hacía bien en casa, una ilusión que no hubiera querido ver rota por una actuación demasiado buena por parte de Ruth. Pero, dado que Ruth era más o menos una actriz, podía vigilarla en busca de signos de que estaba actuando y, al no encontrarlos ―ella no era tan buena actriz como para evidenciarlos―, creyó descubrir la prueba de que él era la parte activa, la estimulante.

    Pero, ¿qué papel creía desempeñar Richard? ¿Con aquella aventura insatisfactoria, improductiva, con Ruth? Porque, en realidad, sólo se habían acostado juntos dos veces. Quizá necesitara la seguridad de su evasividad, tanto como Paul necesitaba el sustento de sus «deficiencias» ―nunca habría usado una palabra más ofensiva―. Evasiones, engaños, ¿qué importaban, al fin y al cabo? Paul había hecho su descubrimiento aquí, en Mezapico. Eso sí era verdad. Pronto, las Huellas de Dios resonarían en todo el mundo.

    Mientras la Sierra se deslizaba cuesta abajo por una pendiente de guijarros sueltos, la pequeña Alice protestó por la presión excesiva del brazo de Ruth sobre ella. Como un pequeño simulacro de Paul Hammond, gruñó y arqueó la espalda y agitó las manos.

    Luego chilló, repitiendo el agudo tono del silbido del indio que vieran en Ciudad Juárez.

    ― ¿Por qué no dejaste a Ally con Consuela? Ya sabías lo mala que es esta carretera
    ― ¿Dejar a Ally? ―inquirió Ruth, con toda su inocencia―. Quería que viera las ballenas.
    ―Debes de estar bromeando ―bufó Paul―. Tiene cinco meses, no reconocería una ballena aunque saltara del mar delante de ella. Además, estaremos en la cima del acantilado, a cientos de metros de altura, según me ha dicho Richard.
    ―Será algo digno de contárselo cuando crezca.
    ―Puedes contárselo de todas maneras. Nunca sabrá la diferencia.
    ―Eso sería mentir, Paul. Y yo miento tan mal
    ―Ya que hoy estamos todos tan sinceros ―gruñó Richard, amargado ante las notas discordantes que le estaban estropeando por momentos la emigración de las ballenas―, aquel chico no estaba silbando su admiración por nadie, Ruthy.

    Lo lamentó apenas terminar de decirlo, porque Ruth replicó, furiosa:

    ― ¿Y tú cómo lo sabes?
    ―Hay un código de silbidos ―murmuró él, dolido por el desprecio implícito en el «tú». Hay códigos de silbidos en Turquía, en los Pirineos, y aquí, en México. ¿No los viste cuando nos fuimos, silbándole al Gran Plato, como si fuera un reflector?
    ―Creí que sólo se estaban divirtiendo, provocando ecos ―respondió ella con la cabeza gacha, mientras Paul tomaba otra curva tras la que por fin divisaron San Pedro de la Paz, la última y la mayor de las ciudades en su camino.

    San Pedro se extendía unos trescientos metros por debajo de ellos, en la llanura costera: casas blancas y brillantes chabolas de chapa, dominadas por una iglesia estilo colonial de cierta magnificencia barroca, aunque algo torpemente construida. La ciudad se extendía en torno a un zócalo del tamaño de un campo de béisbol ante la iglesia, como una multitud de indigentes desconfiados invitados a un banquete de bodas en el que sólo se servía un plato: el enorme pastel nupcial de tres pisos.

    ―No, Ruthy, es una manera de hacer señales a gran distancia ―explicó Richard, intentando parecer meramente informativo―. ¡No se los puede culpar, con todas estas colinas! Así es como supieron que las ballenas habían empezado a moverse, pese a estar tan lejos del mar.

    Hizo una demostración, llevándose un dedo a la boca como había hecho el chico.

    ―No se usan las cuerdas vocales, sólo la lengua. Hay que situarla correctamente con el dedo, y luego la laringe actúa como un pistón. El silbido puede llegar hasta una distancia de ocho o nueve kilómetros en un día tranquilo. Probablemente, el chico avisaba a la gente: apartaos del camino, viene un coche
    ―Vaya, qué lástima. Me gustaba la idea.
    ― ¡Te sorprendería cuánto se parecen estos silbidos a los de las ballenas cuando los examinas en el osciloscopio! ―prosiguió él rápidamente―. Quizá los mezapico podrían hablar con las ballenas, si se lo propusieran.

    Dejó escapar una carcajada.

    ―Richard está muy enterado de todo lo relativo a las ballenas, Ruth ―sonrió Paul―. Si pudiera, las haría correr por laberintos como diversión. Si no fueran tan condenadamente grandes
    ―Entonces, ¿los indios tienen alguna idea religiosa sobre las ballenas? ¿Un mito? Si silban sobre ellas

    Richard negó con la cabeza.

    ―No, sólo esperan que una de las grises quede encallada en la playa para comérsela. Hay veces que pasa.
    ― ¡Uf, vaya banquete! ―se animó. De repente, se sentía alegre y generosa―. ¿Por qué no atraerlas a la playa con silbidos, para alimentar a los indios? ¡Como hicieron las sirenas con Ulises! Hay tanta hambre en el mundo No tienes más que pensar en África. Pronto estarán igual aquí. Y, últimamente, el granero del Tío Sam está vacío para los indigentes.
    ― ¿Algo así como imitar la llamada de socorro?
    ― ¿Existe una? ¿La conoces?
    ―Seguro que sí ―intervino Paul―. Richard escucha la música de las ballenas como otros escuchan a Bacharach.
    ―Un solo banquete no alteraría nada, Ruthy. Sólo aniquilaría a unas cuantas ballenas. No es ésa la solución. Hay que hacer algo básico con la agricultura. Además, aquí el clima es estable, no como en África. Siempre ha sido igual.

    Ella hizo un gesto burlón hacia las pedregosas terrazas llenas de matorrales, que se fundían con el desierto rocoso.

    ― ¿Y se supone que los indios tienen que estar encantados con el polvo y las rocas? ¡Si yo viviera aquí, no me importaría encontrarme con un banquete!

    Richard sacudió la cabeza, descontento.

    ―Demasiados humanos, muy pocas ballenas. No es justo. Son criaturas muy especiales. No nos damos cuenta de hasta qué punto, probablemente porque su mundo es muy diferente del nuestro. Puede que algunas de ellas sean tan inteligentes como nosotros

    Ruth se inclinó sobre el bebé.

    ― ¿Has oído, Ally? ―susurró a la tierna fontanela, como si así la información llegara más fácilmente al cerebro de la niña―, vamos a ver a unas cuantas ballenas sabias. Como tu papá, sólo que más grandes.
    ―En realidad, las ballenas más inteligentes son las dentadas. Las ballenas asesinas, no las grises. Éstas son vegetarianas, y probablemente un poco estúpidas.
    ―Retiro lo dicho: Ally, vamos a ver unas cuantas ballenas tontas.
    ― ¡Tampoco he dicho eso!

    Con Ruth, era imposible estar seguro de nada. Empezaba a aborrecer su tortuosidad. Se concentró en la idea de las ballenas como un todo íntegro. Mientras, Alice hacía girar sus manos, gruñía como un cerdito, flexionaba la espalda en una serie de violentos espasmos.

    Paul Hammond se echó a reír.

    ―Vamos a hablar de trabajo, Richard. De cómo organizar a Max.


    5


    DIEZ BRAZOS descarga una masa de fluido que se dispersa en una nube de ecos, haciendo que la criatura parezca inmóvil, y aún más aterradora. Los brazos generan una aureola de ilusión mientras ondulan y se flexionan. Dentro de esa nube aguarda una fuerza de acero, un pico duro, un millar de ventosas desgarradoras.

    A su manera indefinida, enigmática, este acechador gelatinoso tiene una conciencia propia. Potente. Sus pequeños primos diez brazos de la superficie son simples juguetes para él, siempre moviéndose en bancos; le caben una docena en la boca. Aquí abajo, el gran Diez Brazos tiene pensamientos fríos, oscuros, que se transforman en pautas luminosas lo suficientemente brillantes como para que los ojos abombados de los suyos las lean impresas en la oscuridad. Quizá los Antiguos en la Estrella de Pensamiento sabían algo sobre las ideas de Diez Brazos y sobre el significado de sus luces, pero ahora esas luces sólo son mosaicos arbitrarios y transitorios sobre la superficie de una identidad hosca, rabiosa.

    Diez Brazos puede alimentarle medio día. Vencido, se convierte en una serie de bocados deliciosos. Sus brazos, ya sin ventosas, se deslizan por su garganta hasta llegar a su vientre. Luego sus heces tendrán el sabor de la bestia, ya puede saborearlo hasta ese punto.

    Pero no ataca.

    Diez Brazos extiende hacia él un largo tentáculo delgado, terminado en una ancha pala. Los otros brazos, más gruesos, se despliegan, con las ventosas abiertas. Y le envía luces pulsantes, enterradas en su carne. Gemas rosadas y azules se iluminan ante sus ojos. Un bulbo esmeralda brilla donde la pala se une a la parte principal del tentáculo. Diminutos agujeros nacarados dibujan hileras en su cuerpo. Zafiros engarzados bajo sus aletas de cola.

    Una cambiante capa arlequinada de luces brilla en la niebla que se dispersa, palpitando, palpitando.

    ¿Diciendo algo? ¿Tentándolo?

    La verdad es que apenas ve estas luces; sólo un ligero brillo periférico.

    Largos dedos sin huesos surgen y se ramifican alrededor de una boca. Una gran mano flexionada pende ahí ante él ―tallada en su frente―, podada por encima de la muñeca, de manera que jirones de carne cuelgan sueltos detrás. Dentro de la palma hay una boca picuda. Esos ojos como cúpulas sustituyen a los nudillos. Una mano repugnante, suelta, flotando en el vacío, escudriñándolo, ¡el horrible fantasma de una mano!

    Los leves roces de un cosquilleo empiezan a tocar su cuello. Ocho Brazos está inquieto. Sus ventosas necesitan números del aire con los que jugar

    Así que debe nadar hacia el cielo por entre las paredes escarpadas del desfiladero, con la boca vacía. Mientras se remonta, la bestia le lanza un tentáculo que se aferra a su piel y trata de sorber durante un instante; luego queda suelto cuando el impulso tira de él hacia arriba. Atisba por última vez sus luces parpadeantes, procedentes de un ojo. Encendidas, apagadas rosa, plata, azul. Las ve como puntos monocromos, borrosos, sin sentido


    En la superficie, lanza espuma por su fosa nasal, acre por los venenos disueltos en ella. Resopla una y otra vez. Y respira el aire fresco.

    El cosquilleo empeora hasta que se lanza muy alto sobre las olas, y una serie de clics resuenan en su cabeza, procedentes de la nada. El Ocho Brazos de su mente se los traduce con toda fidelidad. Rabioso, se sumerge bajo la superficie y busca un banco de bonitos o una nube de pequeños diez brazos.

    Por curioso que parezca, esa cascada de sonidos en su mente está asociada ahora con la ternura; y, aunque huyó de un puño de acero sólo para encontrar una horrible mano abierta en las profundidades, los dedos fantasmales que acarician su consciencia son ahora suaves.

    El Ocho Brazos alojado en la parte de atrás de su cabeza es él mismo. Un aspecto Por el momento, lo acepta. Le dice las cosas que necesita saber. Él, a cambio, le comunica cosas que señalar. Colaboran. Él no puede contar, como el Ocho Brazos. Al no poder contar, no puede hacer señales. Por un cierto tiempo se siente bastante eufórico.

    Pero, ¿a quién hace señales, quién hay ahí fuera?

    Es la única manera que tiene de tocar dedos que una vez lo tocaron, con los que tiene una deuda de amor.

    Deja tras él la cadena montañosa, sondea el mar abierto hasta localizar una bandada de bonitos, de la cual devora media docena, saboreando con la parte de atrás de su lengua la suculenta carne aceitosa

    Una vez más, sus espasmos han tenido un testigo. Han asombrado al macho que nadaba cerca, cuyo melón oyó también la rápida serie de clics.


    6


    MÁS ALLÁ DE SAN PEDRO, los acantilados caían en picado hacia una estrecha playa de piedras azotada por olas espumeantes. En algunos lugares habían erosionado los guijarros caídos como desechos de una mina, surcándolos con precarios senderos.

    A cientos de metros de la orilla, las ballenas grises californianas nadaban en la primera etapa de su emigración de siete mil kilómetros desde sus cálidas zonas de apareamiento cerca de México hasta el Ártico.

    ―Pues a mí no me parecen grises ―señaló Ruth con voz de sentirse traicionada, mientras alzaba inútilmente a Alice para que las viera.
    ― ¿Y bien, Richard? ―rio el doctor Paul.

    Ahora que creía haber impuesto a Richard su punto de vista sobre Max, se sentía de un humor generoso. Richard le había prometido visitar a Max aquella misma noche, para hablar del tema. Pero, después de escuchar a Paul, Richard se sentía mucho más próximo a la postura de Max Berg. Allá atrás, en la montaña Mezapico, el cuenco de la radio captaba y enfocaba el sol. Desde este ángulo parecía una lámpara de mesa clavada sobre el terreno, con su brillante estructura encendida para atraer a polillas gigantes. ¿Les preocuparía a los sacerdotes de San Pedro la posibilidad de que desplazase a su deslumbrante tarta de boda en la imaginación popular? Su enorme tamaño y su silencio la convertían en un artefacto ambiguo. Si el doctor Paul se salía con la suya ―el Christían Barnard de la radioastronomía, artífice de un «trasplante de alma» de Dios en la ciencia―, pronto la religión y la tecnología serían compañeros de cama. Y un segundo premio Nobel para el descubridor de las Ondas Hammond estaría al alcance de la mano

    Richard alzó los binoculares para observar las ballenas.

    ―Los puntos grises no son más que grupos de percebes ―explicó―. En realidad, la piel es casi negra. De todas maneras, muchas ballenas llevan nombres erróneos. Las ballenas asesinas no son psicópatas criminales. Se pueden domesticar, y resultan muy amistosas. Los cachalotes, que los ingleses llaman ballenas espermáticas, no llevan galones de espermaceti en sus enormes cabezas; fueron los antiguos balleneros los que lo llamaron así. Ni siquiera ahora se sabe para qué sirve

    Docenas de lomos negros moteados surcaban las olas azules hacia el norte, presentando perfiles lisos, suavemente encorvados, al cortar las aguas; proyectaban chorros bajos como aspersores en un jardín, actuando intermitentemente. Rosales entretejidos temporalmente en espuma: un jardín fluido brotando del Pacífico.

    ― ¿Por qué te gustan tanto las ballenas? ―preguntó Ruth, señalando con la barbilla el océano y aquellas formas oscuras que tan decididas lo atravesaban―. Quiero decir, eres astrónomo. ¿Cuál es la conexión?

    El doctor Paul dejó escapar una risita.

    ―La conexión, querida, es el concepto de vida inteligente en el universo. Hubo una conferencia bastante inútil hace tiempo en Princeton, sobre métodos de escucha furtiva por parte de unas supuestas civilizaciones avanzadas del espacio. ¡Qué frivolidad! Por suerte, ahí estaban los chalados por los delfines, diciendo que ya tenemos nuestros propios alienígenas en la Tierra, estas ballenas y no sé qué más, y que ni siquiera nos hemos podido comunicar con ellas hasta la fecha, cosa que terminó limpiamente con la propuesta de un proyecto de escucha a nivel internacional. Por supuesto, no era ésa su intención, pero así salió la cosa ―Paul hizo crujir sus nudillos―. Personalmente, me importan un bledo los delfines. Y las estrellas cercanas. Y todo lo que ha pasado en los últimos mil millones de años. Para mí, el único conocimiento digno de ser interpretado está allá, en el principio de los tiempos, o en el límite del espacio, como prefieras. En los residuos de radiación que se supone dejó la bola de fuego. ¿Eh, Richard?

    Maldito seas, Paul Hammond, se dolió Richard. Me estás pidiendo apoyo, y aún te queda tiempo para reírte y despreciar mi «afición», mi «pasatiempo excéntrico»

    ―Paul siempre anheló encontrar el primer Fiat Lux escrito en algún lugar del cielo, científicamente ―dijo a Ruth, sarcástico―. «Hágase la Luz». Y ahora lo ha encontrado. ¡Y pensar que, si yo no hubiera estado en aquella conferencia, no sería parte de esto! No es de extrañar que me gusten las ballenas y que las proteja son las que nos reunieron.
    ―Cierto, allí fue donde contraté a Richard ―asintió Paul, haciendo caso omiso de las ballenas y del océano, mirando insistentemente tierra adentro, hacia su telescopio―. Richard hizo un buen trabajo de doctorado: un mapa de ondas de radio de parte de la Vía Láctea en infrarrojos. Buen material para un aprendiz. Y una buena dosis de desfachatez, además. ¡Una tesis de una página! De acuerdo, la página medía dos metros de largo por uno de ancho, y tardó dos años en hacerla. Pero, aun así, debe ser genial poder decirle a esa gente que ha escrito volúmenes enteros, que conseguiste tu doctorado con una tesis de una sola página. Te envidio, Richard
    ―Sigo sin entender qué hacías allí, Richard ―quiso saber Ruth.

    Él esbozó una sonrisa.

    ―Publiqué un artículo vinculando los impulsos de ondas de radio que recibimos de las estrellas y los impulsos que emiten los cachalotes. Considerando ambas cosas como pura información matemática. En la conferencia sugerí que podríamos inventar una especie de sintaxis cósmica a partir del lenguaje de las ballenas, para hablar con las estrellas, si es que algún día encontrábamos allí a alguien con quien hablar.
    ―Fue una travesura por tu parte ―desaprobó Hammond―. Por suerte, nadie presta atención al Worm Runners Digest. Esa revista es una tomadura de pelo, algo así como un Mad para los científicos.
    ―Contiene tomaduras de pelo, pero también cosas serias. Por eso tiene dos títulos, y el otro es Journal of Biological Psychology, ¿recuerdas?
    ―Claro, claro ―concedió Paul, alejándose impaciente mientras la pequeña Alice iniciaba un lloriqueo gutural que se convirtió rápidamente en una serie de aullidos de hambre. Se acuclilló a unos veinte metros y empezó a garabatear algo en la parte trasera de un sobre.
    ― ¡Maldita sea, era un artículo serio! ―le gritó Richard―. Pero era de esa seriedad innovadora que te ves obligado a presentar como una tomadura de pelo. Si no, pierdes toda tu reputación. ¡A menos que te llames Hammond, claro!

    El doctor Paul alzó la vista y asintió, dándole la razón. El interés de Richard por las ballenas tenía ese matiz profesional que lo convertía en un colega aceptable a ojos de Paul: perfectamente competente como radio astrónomo, pero con su esqueleto descarriado en su armario mental.

    ― ¿No hemos traído alguna cerveza? ―preguntó.
    ―Están en la parte de atrás, en el Koolpak ―murmuró Ruth―. ¿Te importa, Rich? Yo estoy con Alice

    Richard abrió la puerta trasera y sacó tres latas de Nochebuena del paquete de seis que encontró en la caja refrigerada. Apoyó las latas en la capota del coche, tiró de las anillas y las lanzó entre las rocas, donde quedaron brillando como flores de latón. Las latas estaban resbaladizas, húmedas por el repentino cambio de temperatura. Tendió una a Ruth, que estaba sentada a la sombra, con la espalda apoyada en la rueda delantera. Tenía a Alice sobre las rodillas, y la niña bebía a ratos de un biberón desechable, para luego apartar la cabeza y rechazarlo.

    Llevó la segunda lata al doctor Paul y se la colocó entre los ojos y el sobre, para no tener que detenerse ni quedarse de pie como un camarero.

    Vio que en el sobre estaban escritas las letras «MB», sin duda por Max Berg, unidas por el centro y rodeadas de cifras garabateadas, que evidentemente tenían algún significado secreto para Paul. «RK», vio ― ¿Richard Kimble?― en un extremo del sobre, dos letras encerradas en unos paréntesis que se parecían sospechosamente a peces grandes, o a ballenas

    Paul Hammond estaba pensando en su álgebra de personas, y en cómo organizarla. No pareció molestarle el escrutinio de Richard, como si alguna ley natural impidiera que éste comprendiera las matemáticas que manejaba. Paul aceptó la cerveza, la dejó en el suelo y, entonces, abrió decididamente el sobre con un dedo para extenderlo luego.

    El nombre de «Hammond», contenido en la dirección, entró bruscamente en el mundo de sus cálculos, un enorme deux ex machina. Paul trazó una larga raya hasta él, lo rodeó con una elipse ―una galaxia elíptica, nada menos―, y dedicó una rápida sonrisa complacida a Richard, como si el espectáculo hubiera estado siempre por encima de él. Derrotado, Richard se retiró.

    El biberón yacía debidamente vacío en el suelo. Por la noche estaría en alguna chabola, donde una madre india lo usaría una y otra vez hasta que su bebé muriera de gastroenteritis Richard se detuvo, recogió la botella de plástico y la apretó entre las palmas de las manos hasta romperla, antes de lanzarla a lo lejos.

    ―No es como regalar ropa usada ―explicó a Ruth.

    Pero ella se limitó a responder:

    ―Alguien nos está mirando, Rich.

    Era cierto; unos cientos de metros más allá de Paul, en la cima del acantilado, inadvertido hasta entonces, había un indio acuclillado, inmóvil, envuelto en un sucio poncho y tocado con un sombrero de paja, fundiéndose a la perfección con el entorno. En realidad, él era el entorno, comparado con el doctor Paul.

    ―Mírale tú a él ―rio, y le tendió los prismáticos.
    ―Pero, ¿qué hace? ―insistió ella, con algo de pánico en la voz.

    Agarró un momento los prismáticos, con dedos como una estrella de mar asustada que primero se pegaron y luego soltaron, sin querer usar un instrumento como aquél; a estas alturas ya debía de odiar todo tipo de telescopios.

    ―Supongo que lo mismo que nosotros: mirar a las ballenas.

    Richard examinó al indio a través de las lentes. Un tipo viejo, con los rasgos de una momia, una momia cocida durante años en un horno a fuego lento.

    ―Ya no tiene fuerzas para trabajar, así que lo habrán enviado aquí por si una gris se queda encallada
    ― ¡Dile la llamada de auxilio, Richard! ―suplicó ella de repente―. ¡Será el premio de su vida!
    ―Ni hablar, ya te lo he dicho. De todas maneras, la tengo en una cinta en mi cuarto, no la sé de memoria.

    Por suerte, Alice empezó a agitarse de nuevo. Para tranquilizarla, tuvieron que turnarse y fingir dejarla andar a un centímetro por encima del suelo. Richard consiguió escapar del anzuelo de Ruth.

    Las piernas de la niña se sacudían torpemente, en una parodia de tareas que sólo podrían cumplir muchos meses más tarde. Pero Alice ya empezaba a sentir las libertades del futuro, como si unos fantasmas tentadores le produjeran una mezcla de alegría y frustración.

    ―Debe ser horrible ser un bebé ―murmuró Ruth, compasiva―. Encerrado ahí dentro hay un ser humano que quiere salir.

    Se sentó en el borde del acantilado y colocó a Alice sobre sus rodillas.

    ―Hola, mar; hola, ballenas ―canturreó.

    Alice bajó la cabeza para contemplarse las manos, y al hacerlo se le abultaron las mejillas. Luego empezó a sacudir violentamente los puños, lanzando inofensivos golpes contra su madre y contra sí misma.

    ― ¿Hasta qué punto son estúpidos los bebés, Rich? Biológicamente, quiero decir. Señor, es agotador
    ―No es estupidez, Ruthy. Su cerebro es como una casa en construcción. ¿Dónde puede vivir hasta que esté terminada? Es lo peor de todo. Tiene que vivir adentro, pero la mayor parte no existe más que en unos planos en la mesa de dibujo. Así que tiene que albergarse en un plano mental, una especie de intuición de la casa que será. Tiene una noción de lo que se avecina, pero no puede usar lo que aún se está construyendo. Debe ser asquerosamente frustrante. No me extraña que los bebés lloren.

    Se dejó caer con la espalda apoyada contra el parachoques cromado, tomó a la niña de brazos de Ruth y escudriñó en los ojos de Alice, preguntándose qué haría la mente del bebé con su imagen reflejada en ellos: un rostro en miniatura, con el pelo negro enmarañado, las gruesas cejas asomando sobre unas gafas de sol sin montura ―en realidad, las cejas eran la montura―, la nariz chata frunciéndose constantemente para devolver las gafas a su sitio, una costumbre conejil, extravagante, ya muy arraigada en él.

    Fuera del claro espejo de la pupila, el iris era un filtro azul. Finalmente, el nácar de la córnea cubría sus rasgos tras un brillo de madreperla. Los grados en el reflejo eran hipnóticos.

    ―No dejo de preguntarme ―dijo a Ruth― qué otros tipos de casas se podrían construir con el mismo material. Lo malo es que sólo cuando hemos construido nuestra casa podemos mirar el mundo a través de sus ventanas. Y la ubicación de las ventanas determina el panorama. En realidad, por eso me gusta meditar sobre las ballenas. La posibilidad de otras casas, otros panoramas. No esa tontería que dije antes.

    Ruth había vuelto a apoyarse contra el parachoques, junto a él. Al verla en combinación con el coche, en la clásica postura de anuncio, pensó que quizá las ballenas eran más de fiar que las personas como focos emocionales. Al menos para él. La ballena era un buen símbolo de la espontaneidad emocional, de la existencia comunicativa

    Decidió que, básicamente, la desolada cosmología nueva de Paul tocaba una vena resignada en él.


    Por fin Hammond se acercó a ellos, satisfecho con sus cálculos, y se bebieron las otras tres latas de cerveza Nochebuena.

    Cuando se marchaban, el viejo indio se llevó un dedo a la boca y silbó.

    ― ¿Una ballena en la orilla? ―preguntó Ruth, esperanzada.
    ―Lo dudo ―Richard se encogió de hombros―. Más bien avisa que nos marchamos. «Carretera segura». Les gusta tenernos vigilados.

    Habló un rato más sobre ballenas y códigos de silbidos, aun tratando inútilmente de interesar a Paul en su preocupación.

    ―Los silbidos también son un ritual mágico para hacer que el maíz crezca, ¿lo sabíais? Los mezapicos creen que los humanos antes podían hablar con las plantas mediante el lenguaje de silbidos. Los dioses y los espíritus también usaban el mismo idioma para hablar con las plantas sagradas, como el cactus péyotl, y con las estrellas del cielo. ¡Si los indios supieran que estamos escuchando los clics y los silbidos de más allá de las estrellas! ¡Si supieran cómo las ballenas se silban las unas a las otras en el mar!

    Atravesaron San Pedro en una nube de polvo y empezaron a subir, con Ruth sujetando fuertemente a Alice mientras Paul manejaba la Sierra.

    ― ¡Ballenas silbando a las estrellas! ―rio Paul de buena gana, mezclando deliberadamente las palabras de Richard―. Si pudieran oír las Huellas de Dios, como hemos hecho nosotros, ¡eso sí que sería importante!
    ―Las explosiones y los gemidos ―recordó Ruth, como si fuera algo sin ninguna importancia que se le hubiera pasado de pronto por la cabeza.
    ―Hemos estado analizando todos los gemidos que siguieron a la Gran Explosión, Ruth. La bola de fuego original debía estar a diez mil millones de grados de temperatura. Ahora, miremos el punto del cielo que miremos, ya se ha enfriado a tres grados en la escala absoluta
    ― ¿Eh? ¿En todas partes? Tu pistola de salida debió disparar en una dirección u otra.
    ―No, no ―gruñó Paul, sin apenas darse cuenta de que le estaban aguijoneando―. Todo el espacio y el tiempo tal como los conocemos son producto de la bola de fuego. Así que aún estamos dentro de ella. Sólo que ahora se ha extendido enormemente, se ha condensado para formar estrellas y galaxias, de las que formamos parte, ¿entiendes? Pero, por esta misma razón, no debería ser posible hablar en términos de «dentro» y «fuera» de la bola de fuego. Si lo prefieres, es una cáscara en cuyo interior nos encontramos, y hay algo en el exterior. ¿De acuerdo?
    ―Las cáscaras suelen pertenecer a un huevo, y necesitan de una gallina que las ponga ―ella sonrió dulcemente mientras ahuyentaban a las gallinas de Juárez.
    ―Hemos detectado discrepancias en el fondo de radiación. Son como pequeñas desgarraduras, a través de las cuales podemos escuchar. Sólo que en realidad están tan lejos, que son auténticos agujeros en el entramado de nuestra realidad. Supongo que se podría decir que son ventanas a
    ―Dios caminando de puntillas por los cielos, como una gran gallina, dejando las marcas de sus uñas por ahí Es hilarante ―rio ella, la provocadora en medio de su público.
    ― ¡Sí, maldita sea, Dios! ―rugió él―. Ahí, allí afuera.

    Ruth debía de haber aferrado dolorosamente a Alice. La niña se agitó y chilló, con el rostro congestionado. Su cabeza se convirtió en una remolacha, registrando un dolor infinito, aunque temporal.

    Cuando atravesaron Mezapico, el mismo sacerdote seguía de pie en la puerta de su iglesia: una delgada figura negra, silenciosa. Era imposible que se hubiera quedado todo aquel tiempo de pie contemplando tristemente el telescopio, pensó Richard. Una simple coincidencia.


    7


    ― ¿UN DESERTOR DE SEIS AÑOS, DICES? ¿Seis?

    Orville Parr hizo girar su silla y contempló el panorama urbano de Tokio. Más allá de los pocos pinos grises y tristes que rodeaban el anexo de la embajada había una corriente de tráfico al nivel del suelo, y una segunda que fluía sobre la primera, por un paso elevado anclado en el pavimento sobre enormes pilares.

    Ambas corrientes estaban pobladas de camiones de reparto y taxis con bandas de neón, que serpenteaban entre ellos en enloquecidas ráfagas de velocidad. Taxis brillantes como mariposas: con franjas amarillas, rojas y naranjas. ¡Y casi tan erráticos como mariposas, además! Japón es un taxi pintado de neón, reflexionó Parr. Una mariposa de metal persiguiendo veinticuatro horas al día el polen de una carrera pagada. Sin polen, enferma y muere. Sin miel, pasa hambre. Así que se agita cada vez con más desesperación, sintiendo que se aproxima el largo invierno

    Globos a cuadros rojos y blancos pendían afuera, en la neblina gris, globos de playa que se sacudían en la mezcla de humo y niebla. Los anuncios de neón que normalmente subían y bajaban por sus largos cables sustentadores día y noche ―procesiones de personajes japoneses deslizándose por el cielo una y otra vez― habían sido desconectados; la desaparición de aquellos puntos brillantes, la ausencia de los grandes carteles en los tejados, surtía un efecto deprimente sobre él. Los días grises y contaminados reclamaban a gritos su alegría. Un espectro de playas abandonadas ―tristeza de inviernos de infancia en Cabo Cod― se apoderaba de él. Aquellos globos, surcando a ciegas un mar de gas, eran una parafernalia dejada fuera de chalets cerrados al final de la temporada, para que las tormentas invernales se la llevaran Triste.

    ―Se llama Nilin―aportó Gerry Mercer, aunque Parr ya debía de conocer el nombre. ¿Acaso este niño hallado en un bote de pesca a la deriva en Hokkaido, la isla más septentrional, era hijo de alguien importante? Eso no lo convertía en un desertor. Quizás el arisco ayudante que le acompañaba ―algo estúpido― fuera el auténtico desertor. ¿Habría secuestrado al niño para pagarse un pasaje a los Estados Unidos?

    Evidentemente, había que devolver al chico.

    Orville Parr era grueso y calvo, de complexión pálida. Su rostro blando parecía un montón de masa de pan sin cocer, en la que se hubieran tallado burdamente los rasgos: se deslizaban hacia abajo con el peso de la gravedad, y un pequeño y decidido bigote no conseguía evitar la huida de la carne hacia el abultado cuello.

    Gerry Mercer era el arquetipo del error de agencia como «agregado cultural»: atlético, pelo cortado a cepillo, vestido con un severo traje negro con solapas tan finas como cordones de zapatos, corbata vulgar de un azul brillante impecablemente anudada con fuerza. El nudo ―la diminuta cabeza de una víbora de zafiros― se clavaba sobre su prominente nuez, como a punto de enterrar los colmillos en ella. Su voz brotó ansiosa:

    ―Ya los hemos sacado en avión de Wakkanai. Ahora están en Tachi. Los japoneses son tratables, mientras tengan acceso y voto decisivo. Pero maldición, Orville, el chico nos ha pedido asilo a nosotros, no a los japoneses.

    Parr hizo un gesto de disgusto.

    ― ¿Cómo es posible? Vaya lío. Así que has apretado todos los botones del pánico porque un tipo medio idiota ha secuestrado a un niño. ¿Por qué no los dejamos en Hokkaido? ¡Que se encarguen los japoneses!
    ―Pero se trata de Nilin ―insistió Gerry―. Al menos, parece que lo es

    Una camioneta que pasaba por el puente elevado, envuelta en una nube de humo azul, captó la atención de Parr. Transportaba chillones ramos de flores de plástico en trípodes de tres metros de altura: un invernadero sobre ruedas, apresurándose para llegar a tiempo a la inauguración de alguna sala de juegos o al velatorio del jefe de alguna compañía. Flores enormes, apretadas, brillantes: los frutos apropiados para un medio ambiente envenenado por los gases. Todas las flores tenían que ser brillantes para compensar la escasa visibilidad; su plástico había surgido de los mismos elementos petroquímicos que flotaban en la atmósfera

    En el tejado de un edificio alto, del mismo color polvoriento que una goma de mascar, asomaba una gran cámara Nikon, tan ancha como el edificio sobre el que descansaba. Habitualmente la maqueta gigante giraba sobre una plataforma móvil, pero también había sido desconectada. Ahora, la lente señalaba monótonamente en dirección a ellos, como si estuviera vigilando a la embajada americana.

    La torre Eiffel versión Tokio, con sus bandas rojas y blancas, asomaba su decolorada asta, absurdamente fina, con la luz roja de aviso para los aviones en su extremo: una vela solitaria ardiendo en el cielo. Apenas se podían ver los delgados miembros que llegaban hasta el suelo.

    Aquellos días tendrían que quemar combustible de bajo grado en las fábricas, o bien cerrarlas.

    ―Debes de referirte al hijo de Nilin, claro.

    Empezaba a ver algo de luz. Un astronauta soviético que había desaparecido algunos años antes, en la explosión de la plataforma de lanzamiento de Tyuratam. Se llamaba Nilin, ¿no? Pero, ¿para qué podía servir el hijo de seis años de un astronauta muerto, aparte de poner en peligro las relaciones soviético-norteamericanas? ¿Se estaba cociendo algo en los círculos internos de la agencia, algo que Gerry conocía y Parr no? Pero la lógica se desmoronó. Un chico a la deriva, con un retrasado, en las aguas entre Sajalín y Hokkaido Nadie podía concederle importancia a aquello, excepto para un rutinario rescate mar-aire. Probablemente la madre del chico trabajaba ahora en Sajalín, en uno de los centros de investigación del Lejano Oriente

    ―Nilin no estaba casado ―dijo rápidamente Gerry, como si estuviera leyendo los pensamientos de Parr―. No tuvo hijos. Creo que es Nilin en persona.
    ― ¿Qué quieres decir? ¡Vaya tontería! Nilin era el astronauta que murió en Tyuratam, ¿no? ¿O se trata de otro Nilin?
    ―Es el mismo. Georgi Knipovitch Nilin. Sólo supuestamente muerto, Orville. Simplemente, después del accidente, no volvió a aparecer en las fotos de grupo de los astronautas. Pero no se hizo ningún anuncio específico sobre él.
    ―Nunca los hacen. ¿Y este niño es el mismo Nilin? ¿Ahora crees en la reencarnación, Gerry? Oye, ¿por qué no pides un traslado con el Dalai Lama? Luego, si muere, puedes recorrer el Tibet en busca de su nueva encarnación. Espionaje místico. ¿Qué te parece?

    Mientras Parr giraba de nuevo su silla para mirar irritado a Gerry, su nuez de Adán subió y bajó delatando vergüenza, o ira contenida.

    ―De acuerdo, Orville, admito que el estado del niño es confuso. La mitad del tiempo parece esquizofrénico, y la otra mitad sencillamente autista, sin comunicarse en absoluto, sólo creando aparatos estúpidos con todos los trozos de alambre, tornillos y bombillas que encuentra por ahí. Pero durante las fases comunicativas, consigue decir algo, como si fuera un par de gemelos siameses peleando por ver quién de los dos habla. Ha dicho todas esas cosas increíbles, tanto en ruso como en un mal inglés. Que es Nilin. Que es astronauta
    ―El sueño de cualquier chico. Si es autista, quiere evadirse. ¿Qué mejor sistema que una cápsula espacial? Seguramente fue secuestrado de un hospital mental por algún auxiliar. ¿Qué ha dicho el auxiliar? Él robó el bote
    ―No sabe gran cosa, excepto que quiere al chico como el guardaespaldas mudo de las novelas rusas. Un buen ejemplo de mujik: cuida del niño como si estuviera protegiendo a un pequeño príncipe
    ―Puede que sea el bisnieto de los Romanov ―señaló Parr, sarcásticamente―. Así que el tipo dice que el niño quiere ir a América, y él también, claro. ¿No te parece muy obvio?
    ―No ¡es el chico quien dice que quiere ir allí! Le hemos interrogado en ruso y en inglés. Ha desertado para venir con nosotros; conoce la palabra en nuestro idioma. Dice que tiene la mente de Nilin. Le cuesta un esfuerzo terrible estructurar frases, formular claramente sus ideas. Han salido a flote unas cuantas rocas, pero la marea sigue azotándolas. Al comandante de la base de Wakkanai, le dio detalles que un niño no puede conocer. Detalles sobre el programa espacial soviético. Sobre motores y propulsores. Por supuesto, con seis años de retraso e incompletos, y, además, quedó tan agotado que volvió a la fase de autismo. Pero fue completamente convincente.
    ―No sabemos nada. El auxiliar podría ser un agente de la KGB, y le dijo al niño lo que tenía que contar. Podríamos metemos en una trampa. Aunque no entiendo por qué nos la tienden
    ―Parece auténtico, Orville. Los niños de seis años no se comportan como Nilin.
    ―Como el pseudo-Nilin Bueno, ¿y cuál es la explicación?
    ―El auxiliar dijo que alguien estaba imprimiendo mentes de bebés. Dijo literalmente «imprimiendo», como lo dirías tú si hablaras de imprimir un libro o papel moneda. Pero no sabe explicarse apropiadamente. Es medio idiota.
    ―Con un corazón de oro. Lo creeré cuando lo vea ―terminó Parr.


    ¿Qué se hace para normalizar a un niño de seis años con las facultades mentales perturbadas? Llevarlo al zoo, sugirió Bob Pasko, el psiquiatra de la base de Tachikawa, un hombre peludo con una cabeza tan llena de rizos como una boina negra de lana, y más rizos negros que se abrían camino por la pechera de su camisa a través de los ojales. Dejad que vea a otros niños comportándose con naturalidad, divirtiéndose. Puede que entonces surja su propio yo de la niebla que lleva dentro.

    Los tres días que habían transcurrido desde la llegada del niño no habían visto aclararse demasiado el dilema que representaba, pero había suficientes indicios como para exonerar a Gerry Mercer, para disgusto de Parr. Éste aún sospechaba del pseudo-Nilin, como insistía en llamarle; pensaba que era una nueva estratagema en el juego del espionaje. Pero, si ése era el caso, aún faltaba mucho para aclarar por qué. Las noticias de experimentos con lavados de cerebro a bebés no podían redundar en propaganda beneficiosa para los rusos.

    Pasko había visto muchas mentes desequilibradas a lo largo de un período de servicios que se extendía hasta los primeros días de la llegada de tropas a Vietnam. Conjeturó que el niño mostraba todos los síntomas de un trauma psicológico importante, provocado por un largo uso de alucinógenos para convencerle de que era otra persona. No un niño de seis años, sino un adulto llamado Georgi Nilin. Sus períodos comunicativos estaban dominados por la falsa información que le habían inculcado, mal entendida y mezclada para crear su propia versión. Sus períodos de introversión, en los que creaba extrañas «máquinas» con todo lo que tenía a mano, constituían un típico mecanismo de defensa autista, según el diagnóstico de Pasko. El niño había sido tratado como una máquina, así que se rodeaba de pseudomáquinas para conseguir una salvación robótica.

    En el aspecto físico, el cráneo del niño no mostraba signos de cirugía reciente, aunque sí cicatrices que sugerían que había sido sometido a operaciones poco después del nacimiento, operaciones que probablemente duraron hasta los tres años.

    Pero, ¿cuál era el motivo para todo aquello? ¿Una nueva terapia, con buen propósito, aunque brutal y reprensible? Según esto, si ahora estaba bajo su custodia era culpa del auxiliar Mijail, que no había comprendido lo que presenciara en el hospital de Sajalín.

    Pero durante sus momentos comunicativos, no había duda de que el niño pedía asilo, una y otra vez, obsesivamente, con voz aguda. ¿Suplicaba la seguridad del hospital del que debía de haber salido? Pero no, suplicaba en su mal inglés no asilo mental, sino político.

    ―Soy fracaso ―proclamaba el niño con absurda solemnidad, luchando por dominar las formas de los sonidos ingleses.

    Así que, para animarlo, Pasko, Parr y Mercer lo llevaron junto con su inseparable Mijail desde la base al cercano Zoo Tama; les acompañaba el agregado naval de la embajada, Tom Winterburn, como intérprete de ruso.


    Eran las diez de la mañana y los escolares poblaban ya todos los rincones del zoo. Lozanos muchachitos con sus cascos de plástico amarillo para seguridad en la carretera, siguiendo las banderitas de sus profesores en densas hileras. Los niños miraban a Georgi Nilin, a los americanos y al rústico gigante ruso con una curiosidad tan incesante, que Parr empezó a preguntarse si Pasko se había vuelto loco al sugerir que llevaran allí al niño.

    ¿Era aquélla su versión del tratamiento de shock? ¿Terapia de inmersión total?

    ― ¡Haro, haro!―exclamaban uno tras otro los niños japoneses de la al parecer interminable hilera.

    ¡Y, como tropezaras con ellos! Podían parecer niños, pero debían de estar construidos con una especie de supercarne, más pesada que la carne americana. Tocones de árbol móviles que caminaban sobre sus raíces: tropieza con uno, y al instante se clavará en el suelo. ¡Y eran tantos, era tan denso el bosque!

    Definitivamente, ir allí había sido un error. Parr miró al niño ruso, guiado por su mujik, ataviado con la misma chaqueta larga y botas de fieltro con que había llegado, y se preguntó si estaría tan aterrado como él. Al menos, Mijail les abría camino por entre la marea de niños extranjeros, salvaguardando a Nilin con su cuerpo mientras avanzaba con firmeza.

    Pero, ¡qué chiquillo tan frágil, con su pelo rubio erizado cortado a cepillo, entre aquellos superchiquillos japoneses! Los rasgos de Nilin tenían un ligero matiz mongol. Ocasionales ráfagas de esfuerzo surcaban su inexpresividad, como ondas en un estanque.

    A los ojos de los japoneses, la combinación de pelo rubio y rasgos ligeramente asiáticos debían de convertirlo en un mestizo, para diversión de los niños, sin duda.

    ― ¡Haro, amerikajin! ―exclamaban.

    Todos los niños de seis a nueve años de la zona de Tokio debían de haberse reunido allí aquel día. Parr se sentía como si estuviera en un ascensor demasiado lleno, detenido entre dos pisos. ¡Aquello no podía ser verdad! A la vuelta de la esquina debe haber un mago fabricando a todos estos niños con papel, dándoles unas palmaditas en la cabeza y poniéndolos en marcha.

    Sí, ¡y haciendo horas extras encima, con un papel superpesado importado directamente de Júpiter, un papel que podía derribar a un hombre adulto!

    Atrapado en un islote entre corrientes gemelas de cascos amarillos, su grupo se dirigió hacia un muro de cemento separado por un profundo foso seco, donde estaban los osos pardos. Les llegó un hedor acre a grasa procedente de las bestias. Tenían un olor rancio, pese a los numerosos baños cuando se sumergían unos a otros en la alberca, con terribles zarpazos juguetones. Cambió la brisa, y el hedor se amortiguó; pero, captando el olor a gente, el macho más grande se alzó sobre los cuartos traseros, con las fosas nasales palpitantes y los penetrantes ojillos observándolos con miopía. ¿Estarían en celo? ¿En otoño?

    ― ¿Te gustan los osos, Georgi? ―preguntó Pasko, con tono alegre.

    Tom Winterburn tradujo, sin mucha seguridad. El agregado naval era un individuo huesudo, altivo, de ojos llorosos, con rasgos alargados y puntiagudos que siempre parecían ligeramente azulados en los extremos, como si le faltara sangre para alimentar una piel tan tensa sobre su estructura. Siempre se estaba sorbiendo las mejillas, soltándolas y persiguiéndolas, lo que convertía una cabeza ya alargada en el pulmón de goma desinflado de un anestesista.

    ― ¿Gdieh del'fini?―tartamudeó el niño.
    ― ¿Hay un delfinario? Quiere ver delfines.
    ―Tú llevas las entradas, Gerry. En la parte de atrás hay un plano del zoo.

    Mercer consultó el reverso de los alargados billetes azules, impotente. Todas las indicaciones estaban impresas en japonés.

    ―No recuerdo el signo de delfín ―admitió al final, si es que alguna vez lo había sabido.
    ―Espera, dame ―dijo Parr―. Delfinario no estará escrito en signos. Es una palabra extranjera, así que estará en escritura kana.

    Recorrió el laberinto impreso en la entrada, antes de señalar triunfante con el dedo una breve línea de formas sencillas, como escritura cuneiforme.

    ―Do-ru-fi-na-ri-u-n ―pronunció lentamente―. Esto es. Y ahora estamos junto a los osos. Oso es kuma, pero

    Recordó un restaurante en la zona de esparcimiento de Shinjuko, donde se vendía, o donde decían vender, carne de oso asada. El signo kuma estaba tallado en la puerta. Pero el signo no hacía más que cambiar de forma en su mente. Se encogió de hombros.

    ― ¿Qué hay ahí al lado? ¿Elefantes? Eso tiene que estar escrito en kana, sí, estamos aquí. Así que tenemos que pasar por donde los elefantes y luego girar a la derecha.

    Desde luego, los elefantes estaban en celo. Una cachiporra de goma negra, sesenta centímetros, colgaba entre las patas traseras del macho. Se ponía rígida cuando tocaba a la hembra con la trompa, aunque no parecía tener fuerzas para hacer nada más con aquel magnífico miembro, aparte de congestionarlo suavemente. Probablemente sólo los alimentan con cubos de arroz vitaminado, pensó Parr. Una dieta inadecuada. ¿Quién podía permitirse alimentar a un elefante en aquellos tiempos?

    Cuando llegaron al delfinario vieron que consistía en una piscina al aire libre y un gran edificio gris adyacente, conectado a la primera por un canal submarino. Dos delfines nadaban en círculos en la piscina exterior, bajo un aro colgado de una pértiga a través del cual se suponía que debían saltar. Docenas de cascos amarillos se aglomeraban en el parapeto que rodeaba la piscina, gritando a los delfines que hicieran su número y lanzando a través del aro dulces, de los que los delfines hacían caso omiso cuando caían al agua y se hundían.

    Nilin se alejó bruscamente de la piscina y corrió hacia el edificio gris, gritando « ¡Vnutri, vnutri!» con su aguda vocecita.

    ―Quiere ver el interior.

    Por dentro, el delfinario era una sala sombría con una alargada ventana panorámica que permitía ver un gran tanque vacío. El único lugar vivificador en aquella estancia fría como una tumba era un gran mural en el que aparecía el árbol genealógico de las ballenas y los delfines, con dibujos en colores y textos en latín y japonés.

    Nilin se puso de puntillas contra aquel mural frío y húmedo, luego se volvió e hizo un gesto apremiante a Mijail para que lo aupara. El corpulento ruso lo levantó en el aire y el niño trazó un círculo en torno a un dibujo concreto, marcándolo sobre el agua condensada con su puño, de tal modo que regueros de agua se deslizaron hacia el suelo. Se revolvió en brazos de Mijail, giró el rostro hacia Pasko y le gritó la frase:

    ― ¡Jonás kit!

    Había señalado el cachalote, cuyo nombre latino era Physeter catodon.

    ―Qué extraño ―señaló Winterbum―. La palabra rusa para ballena es kit. Pero a ésa en concreto no la llaman así. Un cachalote es un kachalot en ruso
    ― ¿Es la ballena que se tragó a Jonás? ―preguntó inteligentemente Gerry.

    El niño les gritó una serie de palabras en ruso, terminando con un giro de su frágil cuerpo hacia el mural, al que se aferró con las uñas como si quisiera enterrarlas en el dibujo. Si Mijail no lo hubiera separado suavemente se habría hecho daño, y cuando el ruso retrocedió unos pasos, el rostro del niño perdió bruscamente toda expresión. Algo se había desconectado. Se quedó inerte, en estado catatónico.

    ― ¿Qué ha dicho? ―quiso saber Pasko.
    ―Dijo que la primera impresión es un bebé. Ésta es la segunda impresión
    ― ¡Por Dios! ¿Están lavándoles el cerebro a los niños para que se crean animales? Así que ésa es la siguiente etapa después de Nilin, ¿eh? No me extraña que desertara ―el psiquiatra le pasó una mano por los densos rizos―. Pero, ¡maldición, se supone que el fenómeno del «niño lobo» no es más que un mito popular para explicar las actitudes autistas! ¿Están ensayando un tratamiento todavía más radical para niños trastornados?
    ―Si tomas lo que dice al pie de la letra ―señaló Parr―, no obtendrás niños lobo. Obtendrás niños ballena. No le veo sentido. Puedes convencer a un chiquillo de que se ponga a cuatro patas y aúlle a la luna, ¡pero esto sería como decirle que es un pájaro y esperar que volara!
    ― ¿Qué tienen de especial los cachalotes, Tom? ―preguntó Pasko, pensativo.
    ―Se sumergen a mayor profundidad que cualquier ballena. Pueden contener la respiración durante más tiempo No sé, ¿tendrá esto algo que ver con el autismo? Llevamos cierto tiempo entrenando delfines en San Diego. Pero ¿cachalotes? Es increíble. Aunque los rusos no son estúpidos en lo relativo a la ciencia, a menos que estén en camino de otro Lisenko Dejadme pensar.

    »Hace un par de años, los rusos dieron un giro de ciento ochenta grados en su política sobre las ballenas. Empezaron a decir que el cachalote era una especie en peligro de extinción, y que necesitaba una protección estricta Siguen masacrando sin el menor reparo al resto de las ballenas con sus barcos factoría, pero llevaron este asunto ante la misma comisión ballenera. A los japoneses les sentó como un tiro. Normalmente, tanto rusos como japoneses se pasan por alto todo tipo de cuotas relativas a las ballenas. Pero tuvieron que apoyar a los rusos en este tema, porque nosotros habíamos dado la voz de alarma

    Los escolares charloteaban en la húmeda sala, despertando ecos en las paredes; pronto hubo cascos amarillos por todas partes, y sus luminosas prendas reflejaban las luces del tanque, una nube de medusas sulfurosas. Asustado, Parr se dirigió hacia la puerta.

    Una vez fuera se apoyó en la pared, sintiendo cómo le latía el corazón.

    ¡Oh, Cabo Cod, playas desiertas en invierno, vientos fuertes, hacía toda una vida!

    Algo que le había parecido extraño en su momento encajó ahora, o mejor dicho, no encajó, sino que destacó fuera de su lugar. Mijail había sabido exactamente hacia qué ballena quería ser alzado el niño. Lo había colocado directamente delante de ella. Pero el reticente campesino no les había dicho hasta entonces nada sobre ballenas, sólo sobre niños


    8


    NO HABRÍA MÁS SALIDAS distendidas a Zoos. El asunto Nilin se estaba convirtiendo en un incidente. Cuando se convocó la reunión en el despacho de Parr, dos días después, era algo mucho más grave.

    ―La embajada soviética sabe que nosotros tenemos al chico ―señaló el capitán Enozawa, alargando ligeramente la palabra «nosotros» como para recordar a los americanos su situación en Japón: una situación en constante declive.

    En el pasado, él también había formado parte de la multitud de masticadores de chicle, la mañana en la que el mejor novelista japonés, Yukio Mishima, invadió los cuarteles de las Fuerzas de Autodefensa con su guardia privada e intentó persuadir a los soldados reunidos para que expulsaran a los Demócratas Liberales y restablecieran los antiguos valores. Seguía masticando chicle burlonamente cuando Mishima se abrió el abdomen en hastío ritual y fue decapitado por un amigo

    Enozawa había modificado su escala de valores desde entonces. Ahora, como oficial de enlace para las Fuerzas de Autodefensa, estaba muy cerca del odio contra Norteamérica. De todos modos, el cambio de ideas sólo salió a la luz en forma de la eliminación de toda palabra y acento americano en su habla. Y del chicle.

    No estaba solo. En un centenar de pequeñas cosas, a lo largo y ancho de las islas, el suicidio ritual del novelista había provocado ―y seguía provocando― un lento terremoto, cuyas ondas de choque podrían tardar años en alcanzar su culminación

    Superficialmente, Enozawa parecía un oficial limpio y escrupuloso, con razonamientos un tanto sofistas, debidos probablemente a la educación recibida en la Universidad Sofía que los jesuitas dirigían en Tokio.

    Completamente erróneo. Su escrupulosidad era parte esencial del nuevo patriotismo que surgía en él. El patriotismo había sido siempre una experiencia estética en Japón. Enozawa estaba podando su espíritu con todo el rigor sutil de un cultivador de bonsái, con la limpieza de un joven sacerdote rastrillando la arena en el jardín de piedras del templo de Ryoanji. ¡Si aquellos americanos hubieran visto al cadete que comía chicle y silbaba canciones de los Beatles unos años antes! ¡Malditos fueran los jesuitas!

    ―La embajada soviética considera muy importante al niño. «Solicitud» sería una palabra demasiado delicada para la nota en que piden su regreso, junto con el bote y el auxiliar. ¿Creen que es una coincidencia que la conferencia de pesca se haya aplazado en Moscú? Recuerden lo difícil que lo tuvimos en años anteriores. No es la primera vez que utilizan esto como presión política. Naturalmente, para nuestro gobierno es prioritario que termine la pesca de cangrejos en las aguas del norte
    ―Menuda discusión tuvieron la última vez sobre esos malditos cangrejos ―rio Parr, en la confianza de que un poco de humor serviría de algo―. Su gente argumentaba que el cangrejo de las Molucas salta sobre el agua y flota como un abanico japonés, y por tanto pertenece a mar abierto. Los rusos insistían en que se arrastraba por el lecho marino, con lo cual pertenecía a su plataforma continental y era ciudadano soviético. Duró seis semanas.
    ―Y hubo una discrepancia de cuota de cinco mil toneladas contra nosotros ―reprochó Enozawa―. No es un asunto que nos tomemos a la ligera, señor Parr, y menos a la vista de las revueltas en el mercado de pescado de Tsukiji. Rusia está metiendo el dedo en la llaga. Quizás habría que repatriar inmediatamente al chico

    »Y ya que lo menciona ―prosiguió―, ha dicho usted «su» plataforma continental. En el caso de Kamchatka, sí. ¡Pero Sajalín y las Islas Kuriles son otra cosa!

    ―Si consideran que Nilin es tan importante ―sugirió Gerry―, parece posible que el niño esté diciendo la verdad. En ese caso, ¿qué demonios está pasando en Sajalín?
    ―He descubierto algo muy extraño sobre su centro de investigación de Ozerskiy ―empezó a decir Tom Winterburn.
    ―De Nagahama ―murmuró Enozawa.
    ― ¿Perdón?
    ―Nagahama es el nombre japonés correcto. Por favor, recuerde: toda la mitad sur de Sajalín fue simple y llanamente confiscada a Japón en 1945
    ―En los mapas pone Ozerskiy
    ― ¿En los mapas de quién? No en los japoneses, capitán Winterburn.
    ― ¡Bien, no creemos confusiones innecesarias! ―el agregado naval, avergonzado, consultó el informe que tenía ante él―. Parece que aquel centro de investigación tiene acceso a un ordenador IBM 370-185 fabricado en América. No sé si comprende lo que esto significa
    ―Una máquina muy avanzada para investigación pesquera ―aventuró Mercer, que aquel día llevaba el nudo de la corbata azul aún más apretado. Enozawa contemplaba este hecho al menos con una tácita aprobación, aunque no se sabía bien si era porque Mercer podía estrangularse o porque indicaba una agudización en la torpeza de los americanos
    ―Quién usa qué clase de maquinaria es un buen indicador de lo que sucede en el mundo. Los israelíes tienen un Elliot 503 y un IBM 360-80 que utilizan para la hagiografía (han descubierto que el Libro de Isaías fue escrito por tres profetas distintos), y un IBM 370-154 que se encarga de la defensa aérea. Los birmanos tienen un ICL 1902 para confeccionar el censo. Los japoneses ―hizo una seña deferente con la cabeza en dirección a Enozawa―, bien digamos que sus ordenadores y periféricos están compitiendo con mucho éxito en el mercado americano.

    »Ahora, volviendo a nuestro tema, la serie 370-165 de IBM puede ejecutar tres millones de operaciones por segundo. Pero el mejor producto soviético, el BESM, sólo puede ejecutar quinientas mil, una sexta parte. Desde luego, tras el acuerdo Kissinger, hay licencias de exportación que permiten a los soviéticos comprarnos IBMs 370-165, mientras sólo los quieran para organizar fábricas de jabón y ese tipo de trabajos. Pero bajo ningún concepto pueden tener el bombón, el 370-185.
    »Aun así, parece que se han hecho con uno por el método de la puerta trasera, a través de una organización títere en Viena. El 370-185 puede ejecutar seis millones de operaciones en un segundo. Pero el 370-185 soviético no ha ido a parar al ejército ni al programa espacial. Parece que ha terminado en ese pueblecito de Ozerskiy, en Sajalín

    ―Nahagama ―murmuró Enozawa.
    ―Nahagama ―asintió Winterburn, con una brusca inclinación de cabeza que con mucha caridad podía tomarse como una breve reverencia―. Hay poca información. De cualquier modo, si el 370-185 está allí, y si este Nilin vino de allí y tiene algo que ver con lo que pasa, maldita sea, no volverá a sus manos. Lo siento por sus pescadores de cangrejos, pero
    ―Calma ―aconsejó Parr, comprendiendo lo mal que había caído su anterior intento de broma a Enozawa.

    Winterburn se mordió suavemente los labios y volvió a succionarse las mejillas.

    ―Sus pescadores no quedarán al margen, capitán Enozawa. Obviamente, esto concierne a toda la cuenca del Pacífico. Recursos, estrategia militar No puedo estar seguro.

    El japonés le devolvió una sonrisa, leve y evasiva como la del rostro de una máscara Noh.

    ―Volviendo al tema de las ballenas ―intervino Pasko―, juntemos un cachalote y un IBM 370-185. ¿Qué obtenemos?
    ― ¿Una ballena electrónica? ―sugirió Parr, jocoso.
    ―Una ballena programada ―corrigió Pasko―. Pero, ¿programada con qué? Nilin dijo que él era un fracaso. La primera impresión había sido un bebé humano, él mismo. La segunda impresión fue la ballena. Estoy citando lo que dijo. Cada vez me intriga más si esos trozos de chatarra con los que hace cosas son de verdad la reacción autista normal de un «niño mecanizado». Quizá sean maquetas, modelos de algo que ha visto en Sajalín. No puede describirlos verbalmente, ni siquiera hacer un dibujo, pero puede enseñarnos algo similar
    ―Estamos dando vueltas en torno al tema ―le interrumpió Winterburn, impaciente―. Sólo veo dos interpretaciones posibles, a la vista del 370-185: o los soviéticos han desarrollado una técnica para programar a los cachalotes para que les obedezcan o, visto el caso de Nilin, ¡una técnica para imprimir la consciencia de un ser humano en otro cerebro! Inicialmente, de adulto a niño. Eso explica lo de Nilin. ¡Pero ahora han pasado al estadio de imprimir un humano adulto en una ballena!
    ― ¿Una réplica a su submarino de gran profundidad para misiles ULMS? ―sugirió tranquilamente Enozawa.
    ― ¡Desde luego, eso explicaría su cruzada en defensa de las ballenas! Los rusos se subieron al carro ecológico con una rapidez sorprendente. Antes no les había importado nada, sólo un poco de piedad por el Camarada Delfín. La razón que dieron para no cazar cachalotes era que habían encontrado una fuente alternativa al aceite de cachalote. En los últimos años, han dedicado miles de hectáreas en Samarcanda al cultivo de la jojoba. Es una planta mexicana, y el aceite que se extrae de sus semillas puede sustituir perfectamente al aceite de cachalote. Los soviéticos lo están produciendo en grandes cantidades. Importaron toneladas de semillas de jojoba desde México, y ahora la están cultivando masivamente en Asia Central.
    ―Qué suerte para ellos ―comentó Enozawa con acritud―. Qué lástima que nosotros, los japoneses, no hayamos encontrado ningún sustituto para las ballenas como alimento vital, ahora que rusos y americanos se han unido para dejamos sin pesca.
    ―Esto arroja una nueva luz sobre la decisión de los soviéticos, capitán Enozawa. Nos engañaron. Han encontrado una utilidad mucho más importante para el cachalote, que implica no matar a ninguno, y sí prohibir su caza mediante leyes internacionales. ¡Planean programar ballenas para controlar el lecho marino!
    ―Así que se trata de eso ―suspiró Parr―. Entonces, no nos queda más remedio que pasar este asunto a las altas esferas, y deprisa ―miró a Enozawa, dubitativo―. ¿Puede dar usted largas a la embajada soviética, en vista de lo que sabemos?
    ―No me corresponde a mí la decisión, señor Parr. Nosotros los japoneses no
    ―Sí, comprendo que un consenso de decisiones

    Parr alzó la mano para frotarse el cuello. Últimamente, siempre que se sentaba junto a la ventana, sentía un fuerte escozor. Culpaba de ello a la Nikon. La falsa cámara le señalaba sin tregua desde los tejados.


    9


    NADA HACIA EL NORTE, hacia la Estrella de Pensamiento donde le han emplazado.

    Los Grandes Cantores transmitieron el mensaje a través de las olas del océano, desde una distancia de muchos días de nado, al viejo macho que ahora le vigila constantemente mientras se dirige hacia el norte, rodeado por sus hembras El viejo macho le transmitió la llamada.

    Y el viejo macho le dice:

    ―Cuando Siete se reúnen, morro con morro y frente con frente en aguas tranquilas, sacudiendo sus colas para no moverse, con sus siete melones de cera líquida destacados del mar y mirando hacia dentro, no hacia fuera, se convierten en un sistema cerrado para sus clics de pensamientos. Las ideas puras palpitan mutuamente en sus melones, los ecos se cruzan, se combinan, se interfieren, pautas de ondas más grandes que la pauta de una idea grabada en la cera aceitosa de cualquier frente solitaria. Así nacen los Glifos de la Conciencia. ..., que sólo una nueva Conjunción Estelar puede volver a abrir por completo, pero que de todas maneras persiste en la memoria del individuo.

    »Durante diez mil años marinos, los Glifos se han estado desarrollando, pasando de Estrella en Estrella a las siguientes generaciones de nadadores. Nuestro melón de aceite era mucho más pequeño en el pasado. ¿Lo habías supuesto? Ahora, tan crecido, nos permite sumergirnos a gran profundidad y cazar al Diez Brazos. Es tanto una pantalla de sonido como un tanque de presión. ¡Pero eso fue a través de un largo camino! En realidad, nos sumergimos cada vez a mayor profundidad durante generaciones, para obligar a que nuestros melones crecieran, y no a la inversa.
    »Durante un eón, Nuestra Especie se ha estado autodiseñando para poder estar cara a cara con nosotros mismos, imprimir los Glifos de Conocimiento en cera aceitosa y las canciones de clics

    ― ¿Quién transmite nuestras canciones de clics a una distancia de cien o mil días a nado? ¿Los Grandes Cantores? ―preguntó.
    ―No busques comprenderlos. Sólo cántalos. Gritando en el mar, ellos no tienen Estrella, ni concepto de Estrella de Pensamiento, ni esperanza física de ella

    ¿Podría dar él un nuevo glifo de comprensión a la Estrella? Aunque es joven, con su extraño talento para contar y enviar pulsaciones al cielo, es diferente.

    Pero tal vez esté enfermo. ¿Su mente, o su melón? Envuelto en el seno por los leves rastros que ahora se esparcen por todos los océanos, con el sabor de su Raza y una aprensión creciente como ningún glifo ha rastreado desde que naciera la primera Estrella en un día oceánico frío, hace cien millares de años, mientras el hielo abría nuevos laberintos en el mar de norte a sur, y saborearon el cambio del planeta

    ¿O es esta pulsación extraña el indicio que necesitan para leer las señales luminosas del Gran Diez Brazos en las profundidades? Hasta ahora, siempre han sido encuentros de ver y comer. ¿Qué no podrían adivinar de la forma de la realidad, a su manera fría, violenta, flexible?

    Las Estrellas le llaman, para glífar las respuestas a ciertos enigmas

    Ahora, además de transmitir al cielo impulsos de un modelo de localizaciones de mar y Acero, se siente impulsado, por un deber de amor, a transmitir el hecho de la convocatoria de la Estrella. Transmite y bucea compulsivamente, para viajar de vuelta con los suyos.

    Otra noche, otro día, y las preguntas llegan a él, y su Ocho Brazos interior lucha por darles forma: preguntas extrañas, inquietantes.

    «Esa Estrella de Pensamiento, ¿qué es? Describe. Explica».

    Él obedece.

    Entonces, al día siguiente, el aire dice: « ¡Hacia el norte, busca esa Estrella!» Mejor, porque no sabe cómo habría podido desobedecer el picoteo en su cuello ―o la llamada de los Cantores― si ambas cosas entraran en conflicto

    Los clics del aire provocan otra comezón. Corrientes sexuales giran por su memoria. Extraños fantasmas de «manos» sobre su carne, su carne sobre la de alguien, para confortar a una hembra de su Especie. Se desliza contra ella en la manada, aunque el almizcle sabe amargo, y todas las señales de ella son de ABSTINENCIA. La acaricia con su cuerpo, estremecido de excitación.

    Irritada, ella le golpea con su cuerpo. Y las olas le transmiten impulsos furiosos del macho


    10


    HABÍA UN BUITRE posado en una de las barras inferiores de una de las patas que mantienen el Gran Plato sobre sus rieles. El pájaro contemplaba el hoyo de la basura, donde un musculoso y joven indio escarbaba entre las latas y botellas con impecable y minuciosa paciencia.

    La postura del pájaro no era tan diferente de la del doctor Paul, pensó Richard: sentado tras su escritorio, con los hombros en una posición que delataba una cierta tensión, pero por lo demás irradiando la confianza del que está a punto de abrir las alas para descender sobre el cadáver del universo.

    Richard, Paul y Max Berg habían pasado la noche en vela, contrastando los datos del Plato gemelo de los Andes ―nueve mil kilómetros más al sur―, que les transmitía las líneas básicas para detectar imperceptibles discrepancias en su observación de ondas de radio en el cielo.

    Berg parecía claramente agotado por la experiencia: una exhibición de gimnasia científica bastante innecesaria, insistía a Paul. Ahora parecía irritado y disperso, sin rastros de su dinámico estado habitual. Hacía ya horas que sus huesos habían renunciado a la tarea de soportar su peso. Sin duda, aquello era exactamente lo que Paul había esperado, como premio añadido a tener el material de las Huellas bien atado. Dado que a Paul le gustaba que sus diktats tuvieran un respaldo con un ligero tinte democrático, Max y Richard eran dos ponis atados a un caballo de carreras en una troika diseñada por él, cuya auténtica función era mantenerlos vigilados y trabajando al límite a ambos a la vez. Dada la cantidad de trabajo por una parte, y las obligaciones de cooperación en la investigación moderna por otra, los colegas eran una especie de mal necesario.

    Aun así, Paul Hammond mantenía al mínimo el número de sus colaboradores puramente científicos, aunque gastaba de modo extravagante en el aspecto técnico y operativo. Había en Mezapico una docena de ingenieros eléctricos y mecánicos, y programadores de ordenador.

    Para entonces, Richard Kimble tenía serias sospechas sobre los motivos que habían hecho a Paul contratarle. En algunos aspectos, el caso de Max Berg era similar. Era más testarudo y recalcitrante que Richard, pero, en su interior, también había un corazón roto. Max había sido liberado de Dachau por el misterioso capricho de unos tiranos irracionales unos pocos días antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, y se trasladó en barco a Norteamérica pocas horas antes de que le atraparan de nuevo. Paul lo habría pasado mal sin su inmenso talento matemático, pero siempre supo que Max estaba, en cierto sentido, condicionado, como el gusano que se arrastra por un laberinto guiado por descargas de humillación física y mental. Algo en su interior se había roto, y la juntura era muy evidente.

    Durante toda la noche anterior, Paul le había hecho recorrer el laberinto de cifras por mayor gloria de la ciencia, recreando cínicamente el régimen del campo de concentración, según pensaba Richard. Más aceptó la presión por el conocimiento del universo, quizá esperando contra toda esperanza que Paul estuviera equivocado. Entretanto, la experiencia le volvía a condicionar sutilmente, devolviéndolo a un molde psíquico anterior, menos entusiasta. Las guías de su bigote parecían finas y pobres a la luz de la mañana, ya que había conseguido mantenerse despierto durante las últimas veinticuatro horas ―mientras trabajaba― arrancándose los pelos uno a uno. Aún seguía tocándoselos cada pocos minutos, tensando el labio superior, asiendo los pelillos entre sus dientes, soltándolos.

    Richard contempló al buitre, y deseó que no se moviera. No parecía que fuera a hacerlo mientras el indio estuviera en el vertedero, así que era un ejercicio de voluntad sin objetivo. Quizás, en realidad, deseaba que fuera Paul quien no se moviera, una especie de magia simpática; no aletear demasiado fuerte para no atraer la atención del mundo. De cualquier manera, nada en el mundo podría evitar el histrionismo de Paul.

    ―Entonces, ¿estamos preparados para hacer el anuncio?

    Max suspiró.

    ―Será como soltar un gato entre palomas, Paul. Me pregunto si la manera adecuada de hacerlo son las agencias de prensa en vez de la conferencia de Seattle
    ―Las monsergas académicas a su debido tiempo, Max. ¡Un descubrimiento de esta magnitud pide a gritos un tratamiento más generoso!
    ―Es una vulgaridad, Paul. No es el método científico.
    ― ¡Por supuesto! Es un espectáculo, ¿para qué fingir? ¿De veras crees que estaríamos sentados hoy aquí en Mezapico, si yo no hubiera sido mi propio y vulgar Gerente de Relaciones Públicas?
    ―Tus otras «vulgaridades» no tenían importancia comparadas con lo que pretendes ahora. Espera hasta lo de Seattle, Paul. Las agencias de noticias se apoderarán de ello enseguida, pero esta prisa es repugnante. Después de miles de millones de años, ¿no puedes esperar unas pocas semanas más? Estás tan enganchado a esa frase, las «Huellas de Dios», Paul En tu interior, sabes que no te atreves a titular así un informe científico
    ―Ah, ¿no? ―rio Paul, descaradamente―. ¡Claro que lo haré! ¿No se burlaron antes de las ondas Hammond, siendo que tuve razón en todo momento? ¿No lo sabe el mundo? Una «Catástrofe Topológica» referente a una galaxia en conflicto con la nuestra, pero al otro lado de la Vía Láctea, ¿no te parece que era un concepto suficientemente estúpido? Y sin embargo, ¿quién tenía razón?

    »Dime ―le espetó, con los ojos brillantes―, ¿desconfías de nuestras actuales conclusiones? ¿Crees que no son válidas? ¿No? Entonces, tenemos el deber de comunicarlas. A cada momento muere gente sin saber la verdad Es repugnante. Además, no causamos ningún perjuicio a Seattle; de seguro será la primera conferencia de astrofísica en la historia donde no quepa ni un alfiler.

    ¿Qué es la paranoia?, pensó Richard. Delirio Pero allí no había ni rastro de delirio. Si Paul estuviera diciendo que la Tierra es cuadrada, sería otra cosa. ¡Pero lo que proclamaba era algo mucho más devastador!

    ―Por supuesto ―intervino Richard, mordaz―, esto podría (y digo podría) ser el fin de la astronomía. Quizá debamos considerar ese aspecto.

    Paul miró a través de Richard, en dirección a un punto situado cosa de medio metro tras su cabeza, como si no pudiera creer que Richard Kimble hubiera dicho aquellas palabras concretas y por tanto estuviera tratando de localizar la fuente de la voz.

    Richard se explicó:

    ―Cada vez es más difícil conseguir fondos para proyectos como éste, ¿no? Tú mismo lo dijiste. Anunciar que por fin has llegado al amanecer de la creación, que has abierto el último cajón secreto y lo has encontrado vacío, y presentarlo en términos tan explícitos como al parecer pretendes Bueno, mucha gente considerará que esto es El Final.
    ―Idioteces, Richard. Todo lo contrario; esto provocará un centenar de proyectos destinados a confirmar o refutar nuestros resultados. ¿Una sequía de fondos? Espero una inundación. El mundo se desesperará por saber la verdad, en un sentido u otro. La verdad definitiva sobre la naturaleza de la materia, ¡de la realidad! No ha venido de los aceleradores de partículas. ¡Ha venido de nosotros!

    Paul bostezó bruscamente.

    ― ¿El fin de la astronomía? ―siguió con socarronería―. Tal como yo lo defino, «fin» significa «propósito definitivo», u «objetivo definitivo». Que no consiste en perder tiempo con planetas y lunas, sino en estudiar los orígenes, la naturaleza básica de las cosas. Todo lo que ha sucedido después del Origen es intrascendente
    ―Esas modestas afirmaciones tuyas, Paul ―suspiró Max―, hacen que te estimemos muchísimo.
    ―Estas modestas afirmaciones mías te harán famoso, Max, y a ti también, Richard, por formar parte de mi equipo ―en quien tú te complaces ―señaló Max con una falsa sonrisa.

    El doctor Paul se limitó a inclinar la cabeza en un gesto de asentimiento, sin hacer caso de intenciones ocultas, o recibiéndolas complacido.

    ―Esta noche me pondré en contacto con las agencias de noticias. Entretanto, he redactado un informe que quiero leeros. Aún no está pulido. Pero, dentro de pocos días, periodistas uniformados os harán preguntas sobre esto. Así que sería buena idea tener un esquema mental de nuestras afirmaciones siguiendo este boceto básico, para que todo quede claro como el agua.
    ― ¿No podríamos dormir antes unos días? ―gimió Max―. Es como correr doscientos kilómetros antes de dar una fiesta.
    ― ¿Una fiesta, Max? ¡Más bien el banquete del universo, diría yo! Además, hasta ahora hemos llevado una vida muy tranquila aquí. Hemos tenido que estar silenciosos como ratones ―rio―, para oír esas pisadas que se alejaban de puntillas

    Mientras el doctor Paul cogía una hoja escrita a máquina, el buitre abrió las alas y planeó hasta el vertedero, ahora vacío. La voz de Paul recordó a Richard los caramelos con sabor a lima que compraba en una tienda cuando era niño, en Filadelfia: verdes balas cristalinas de información, con un centro efervescente: los mejores envoltorios de datos Hammond

    ―Cuanto más nos adentramos en el cielo con nuestros radiotelescopios ―parloteó Hammond―, más tenemos que retroceder en el tiempo hacia el comienzo mismo del universo. Hace ocho o nueve mil millones de años, fuentes de ondas de radio muy poderosas indican la existencia de un caldero de actividad. Eso fue cuando las galaxias empezaban a formarse, surgiendo de las energías que siempre hemos supuesto liberó la bola de fuego primigenia. Hace nueve mil millones de años, sólo hay un difuso fondo de radiación. Es de suponer que representa el enfriamiento de la misma bola de fuego, el eco calorífico de ese primer acto de creación. Ahora hemos descubierto, trabajando con ondas muy cortas, en colaboración con el telescopio de los Andes, cierto número de discrepancias en este fondo uniforme de microondas

    Hizo una breve pausa para tomar aliento, y examinó a sus cansados colegas, que a sus ojos eran ahora simples muñecos recortados que representaban a la Reuters, a la United Press Intemational.

    Los de los Andes se van a enfadar en serio cuando Paul deje caer su bomba, pensó Richard. ¿Se lo habrá consultado siquiera? Pero, después de todo, ¿no tiene al director de los Andes en el bolsillo? Nombrado por la junta, y la junta en el bolsillo de Washington, y el doctor Paul, tan amigo de muchos senadores y congresistas influyentes, un premio Nobel que apoyó la candidatura republicana y arrimó el hombro antes de que el carro triunfal del miedo a la depresión económica hubiera alcanzado el sorprendente impulso que tenía ahora

    ―Y a través de estos agujeros detectamos otra radiación de una naturaleza muy diferente, oculta casi en todas partes por el llamado brillo de la bola de fuego, lo que prueba que el universo en su conjunto es radicalmente diferente a cualquier cosa que pensáramos hasta ahora. El cosmos no sólo es no isotrópico, sino que todo el universo físico, con la totalidad de la materia que comprende, incluida nuestra Tierra, ¡no nacieron del Huevo Primordial!

    »Sí, un universo de materia positiva eclosionó hace aproximadamente diez mil millones de años ¡Y nada más nacer, desapareció para convertirse en otro tipo de ente! Las galaxias, las estrellas, nosotros mismos, sólo somos una especie de fantasma de aquél. Cierto, hemos encontrado las huellas de Dios resonando en los cielos en el momento de la creación, pero esas huellas ¡se alejan de nosotros!

    ―Lo estás poniendo un poco fuerte ―señaló Max, encogiéndose aún más sobre sí mismo, con un aspecto verdaderamente poco fantasmal, aunque quizá algo amiboideo.
    ―Es necesario para la presentación, Max. Incluso aunque no fuera cierto.
    ― ¿Y qué tal una cita de Hamlet? ―interpoló Max secamente―. «Oh, que también este sólido universo haya de fundirse, haya de acabar en» ¿En qué? ¿En una concatenación de agujeros negros microscópicos?

    Hammond dejó caer la primera página y cogió la segunda que, advirtió Richard, estaba en blanco, aparte de las ecuaciones que contenían lo principal de la argumentación. Muy típico del doctor Paul, haber preparado una grandiosa obertura y luego no molestarse en acompañar con texto la parte vital del teorema.

    ―Imaginemos la bola de fuego primaria, caballeros ―empezó, ya dirigiéndose a las multitudes―. Este «huevo» primordial, que contiene toda la materia y energía de un futuro universo, se envuelve con todo el tejido del espacio. No hay nada aparte de él, ni un más allá, ni otro lugar para que exista nada. Entonces, este Huevo explota. Hasta aquí nos trae la teoría ortodoxa.

    »Pero consideremos la manera de explotar. De la Constante de Hubble (a ellos se la explicaré, no te preocupes) debemos deducir que el Huevo original sólo media unos tres o cuatro años luz de diámetro, y seis minutos después tendría que tener ochocientos años luz de diámetro. Desde entonces se ha hecho trescientos millones de veces más grande, enfriándose a una velocidad proporcional, hasta convertirse en el universo actual, con su ritmo de crecimiento. Pero ―se humedeció los labios, con los ojos brillantes― aquí falla algo básico.

    Hay gente que parece hablar deprisa por principio, reflexionó Richard, para impresionar a los demás con su elevado C.I. Pero de vez en cuando carraspean, tosen, o tienen algún otro truco para sustituir los «ehhh» y «ahhh» normales del resto de los mortales. No era así con Paul Hammond. Una vez lanzado, lo más que podía pasarle era quedarse sin aliento de cuando en cuando, y tener que detenerse un instante antes de reanudar su frenético vuelo.

    ―Una expansión en seis minutos de un factor de setecientos veinte años luz supone una cifra para la velocidad de la luz de dos años luz por segundo. Cosa imposible, a menos que apañemos chapuceramente el concepto mismo del tiempo. En una situación como la descrita, cada partícula alcanzaría pronto una masa infinita, con un campo gravitatorio infinitamente fuerte. Así, cada partícula se colapsaría en una singularidad. La trama del espacio no puede crecer tan deprisa como para contener una explosión como la que se deduce de la teoría. La única expansión posible es hacia adentro
    ―Como la «emigración interna» bajo el Tercer Reich ―suspiró Max.
    ― ¡Exactamente! Buena frase, la recordaré. El universo emigró internamente, dejando una miríada de agujeros negros extremadamente pequeños que se enlazaron violentamente para formar lo que llamamos «materia». Así son los quarks, los gránulos de materia subatómica en cuya persecución se han malgastado tantos millones en ciclotrones. Éste es el motivo de que no haya grandes masas de antimateria en el cosmos. Según las estadísticas, debería haber un equilibrio al cincuenta por ciento entre materia y antimateria. Lo hubo, pero estas distinciones triviales se desvanecieron en el agujero negro. Tenemos un cosmos ocupado casi absolutamente por materia, porque se basa en cascarones entrelazados de nada absoluta. Pero, por supuesto, no es éste el universo que fue creado por Dios. Sobre lo que sucedió en el universo «real» sólo podemos especular, y sobre lo que está sucediendo ahora

    Max agitó un instante las manos en el aire, como aletas, antes de dejarlas caer otra vez sobre su cuerpo. Cerró los ojos.

    ― ¿Dónde está el universo creado por Dios? Existe en otra dimensión, a la que fueron a parar toda la materia y antimateria, obligadas por las leyes físicas de expansión. Este universo nuestro es ―juntó las palmas de las manos, en burlona imitación del gesto budista de bendición― un subproducto ilusorio. Maya, una ilusión. Formas ilusorias aprovechadas por una matriz de nada. La energía liberada por la fusión de todas esas singularidades es lo que alimenta nuestra expansión, y no el Big Bang. A diez mil millones de años luz de distancia, hemos detectado unos pequeños atisbos de aquella gloria original. Pero no es nuestra gloria

    Se examinó pensativo las bien cuidadas manos, como un juego de fenómenos inexistentes, esas manos que con tan poca convicción acariciaban a Ruth: tan seguras de su propia supremacía táctil.

    Max se agitó, una foca cansada saliendo del agua. Todos nos estamos convirtiendo en animales, pensó Richard. Él es una foca, ¿y yo, qué soy? Una especie de osito de peluche, básicamente una mascota inactiva.

    ―Eso de la velocidad de la luz a dos años luz por segundo ―objetó Max―. ¿Por qué no, Paul? Supón que contemplamos individualmente cada partícula, que le suponemos una pérdida de masa

    Hammond hizo un gesto de impaciencia.

    ―La pérdida de señal al atravesar nuestros «atisbaderos» se corresponde exactamente con la fusión propuesta de singularidades en materia. ¡De eso no hay duda!
    ―Paul Nos preguntarán cómo podemos tener atisbaderos, cuando no hay nada que atisbar
    ― ¡Hasta mi mujer es capaz de preguntarme eso! Muy sencillo. Primero está el Huevo, con todo el espacio apretado a su alrededor. Segundo, esto explota para convertirse en la Bola de Fuego, generando espacio a medida que se expande. Tercero, todas las partículas alcanzan una masa infinita y se colapsan, aproximada, pero no exactamente, al mismo tiempo. ¡Ésa es la clave, esa fracción de segundo! Entonces, cuarto: estas singularidades se funden para formar lo que con tanta satisfacción llamamos materia, mientras la energía liberada en el proceso alimenta la expansión del pseudocosmos resultante.

    Hammond miró a Richard Kimble con gesto misterioso.

    ―El acicate para toda la astronomía del futuro, mi querido Richard, y también para la religión, debo añadir, será la desesperada necesidad de entender la naturaleza del auténtico universo que «emigró internamente», según la conmovedora frase de Max, durante aquellos primeros momentos del tiempo. El auténtico universo es, como dirían los místicos, una realidad inmanente que reside dentro de cada átomo de nuestros cuerpos. ¡Pero al otro lado de una barrera impenetrable! Tiene que ser un universo organizado en sí mismo; sobre eso no me cabe la menor duda. Ni sobre que es el universo creado por Dios.
    ― ¿Y habitado por Sus ángeles? ―suspiró Max―. ¿Por qué tenemos que meter la religión en todas las ecuaciones?
    ― ¡Porque, hasta ahora, parecía que la ciencia intentaba destronar a la religión! Yo la acabo de restaurar. Con esto demuestro la existencia de Dios, porque el universo es un universo en su tiempo cerrado. ¿De dónde salió el Huevo Primordial? ¿Del colapso de algún cosmos previo parecido al nuestro? ¡Oh, no! Si la materia es lo que yo digo, no pudo existir ningún ciclo previo. «Nada puede salir de la nada», diré, si te empeñas en que cite a Shakespeare. Eso lo sabe hasta un idiota. El colapso de nuestro cosmos, cuando llegue, no podrá producir otro Huevo, sólo un punto de vacío reconcentrado. ¡La nada elevada a la enésima potencia!
    ―A mí me parece ―señaló Max― que estás dando pruebas al ateísmo, no a la religión. Quiero decir ateísmo en sentido literal. La ausencia de Dios. Sí, está en alguna parte. Sí, provocó el Big Bang pero para Él, nosotros, nuestras estrellas y galaxias, no tenemos la menor importancia.
    ―De cualquier manera ―insistió Paul―, existe un Dios, aunque no sea para nosotros. Porque sólo se ha hecho un universo. ¡Construyó un universo al otro lado del nuestro! A partir de ahora, la física y la química tendrán que cambiar por completo. ¡Y también la lógica! Nuestra labor ahora es edificar una cosmología para aquel universo. Al infierno con éste. El hecho de que Richard piense que esto será el final de las donaciones de fondos me parece una idea de lo más limitado. Y ya que lo mencionamos, no me extraña que fallara la estupidez de OZMA. No puede haber señales de radio procedentes de Tau Ceti, ni de ninguna parte. Cualquier raza realmente avanzada tiene cosas mejores que hacer con sus recursos que chismorrear con sus vecinos de al lado.
    ―Paul, volviendo a esa idea de que un Dios tuvo que crear el Huevo, puesto que éste sólo ha podido existir una vez en toda la eternidad, no hay duda de que cualquier cosa puede suceder en un tiempo infinito, incluyendo la aparición espontánea del universo, ¿no?
    ―Mi querido Max, el tiempo está en función de la materia, al igual que el espacio. No existe nada parecido a la «eternidad», a la espera de que ocurran cosas en algún momento, de la misma manera que no existe un espacio vacío a la espera de que un universo lo llene.
    ―Así que estamos demostrando a la vez que Dios existe y que no existe para nosotros ―gimió Max―. ¡Qué maravillosa noticia para anunciar a la prensa! ¿Seguro que es buena idea, Paul?
    ―La cosa se animará un poco ―sonrió Paul―. Me estoy empezando a aburrir de los asuntos locales: lunas, planetas, vías lácteas. La astronomía debe convertirse en la forma más elevada de filosofía, ¡de religión! Ya va siendo hora de que la gente deje de concentrarse en las patéticas disputas sobre el petróleo, el cobre, la pesca y todas esas cosas ―dejó escapar una carcajada sarcástica, al tiempo que miraba por encima de su hombro.

    Ahora el buitre escarbaba en el vertedero, buscando huesos de pollo. Sería agradable imaginar, pensó Richard, que Paul sólo quería inducir una especie de resignación budista en los habitantes del mundo, en un tiempo en que todos los futuros posibles parecían igual de sombríos y desagradables.

    Max dijo unas cuantas cosas al azar sobre lo que había oído en la radio aquella mañana, mientras desayunaban Un barco tanque japonés hundido por minas de la guerrilla en el Estrecho de Malaca La epidemia de ántrax que se extendía desde la maltratada Nueva Guinea, había llegado a las Célebes y a Mindanao Australia había retirado a su embajador en Washington como protesta por la aparición ―en aguas antárticas― de icebergs radiactivos que los australianos habían dejado ante la puerta del proyecto de eliminación de residuos de la Comisión Norteamericana para la Energía Atómica, Operación Nevera

    Tensiones sintomáticas en la irritación y la cordura del mundo. Pero, al mencionarlas, Max sólo consiguió parecer intrascendente e incoherente. ¿Qué tenía que ver todo aquello con la cosmología?

    ― ¿Nos vamos a dormir un poco, Paul? ―suplicó por fin―. Algunos de nosotros somos humanos Estoy de acuerdo contigo en darle al mundo algo en qué pensar, pero ¿tiene que ser esto? ―añadió, con un matiz de horror en la voz.
    ―Humanos, demasiado humanos ―asintió alegremente Hammond―. Habéis trabajado bien, id a descansar. Para los periodistas.
    ―Quizá me lo salte, Paul. Estoy agotado hasta la médula

    La condición humana, meditó Hammond, mientras se levantaban para marcharse. «Primero teníamos que ponernos en paz con nuestra propia nada. A partir de hoy, será con la nada de la materia misma, de todo este cosmos».

    ―Me recuerda al Viejo Marinero ―confió Richard a Max―. ¿Matamos a ese buitre y se lo colgamos del cuello?
    ―No es cosa para tomársela a broma ―saltó Max, cerrando tras él la puerta de Hammond―. Para estar seguros, necesitamos una línea básica de observación realmente larga. Y para eso hacen falta al menos una antena en la órbita terrestre y otra en la Luna
    ― ¡Quizá Paul quiera llamar tanto la atención precisamente para eso! ―exclamó Richard ardorosamente, tratando de convencerse a sí mismo, sin ganas de identificarse con el derrotado Max―. Una nueva misión Apollo para la humanidad
    ― ¿Las hordas de la Tierra necesitan ese tipo de misión? ―bufó Max―. Que Dios nos ampare.
    ― ¡Quizá Paul tenga razón! ¿Cómo si no podremos asegurar la continuidad de la investigación fundamental? Los recortes de presupuesto que hemos visto no serán más que picaduras de pulga en comparación con lo que nos espera. Sólo estamos aquí gracias a la habilidad política de Paul. Pero hasta la habilidad tiene sus límites. Si ahora Paul se tiene que convertir en profeta para que la astronomía no muera
    ― ¿Por ti, perfecto? ―pese al cansancio, la voz de Max era despectiva―. Una nueva religión de un universo sin Dios, que demuestra la existencia de Dios en otro modo de ser Oye, Paul, ¡es una locura! ¿Crees que esto ayudará al mundo? Me rindo. ¿Qué puede hacer un viejo?

    Max parecía casi extravagante en aquella parodia de sí mismo, mientras se alejaba para dormir un poco. Richard caminó por el pasillo en dirección contraria, concentrándose en imágenes de ballenas y del océano. Pero ni así consiguió tranquilizarse.

    Salió al exterior con paso inseguro. El brillo puro del sol mexicano le golpeó y le penetró, ensordecedor, tras las órbitas de los ojos, la cúpula azul del cielo era una gran campana vista desde adentro.

    Vio a Ruth Hammond sentada en una roca, a la sombra que proyectaba el Gran Plato, y se dirigió con largas zancadas a la sombra junto a ella, controlándose para no taparse los oídos con las manos. La mujer observaba a un lagarto color malva que cazaba moscas a medida que éstas se posaban en una lata vacía de ravioles. Se podía ver la lenta rotación del plato ―a medida que rastreaba automáticamente las señales de las «huellas»― por el cansino discurrir de la sombra sobre el suelo.

    ― ¡Paul está fundando su propia religión! ―dijo, de modo incoherente―. La «Primera Iglesia del Ateísmo Místico-Científico». ¿Quieres apuntarte como admiradora?

    Estaba demasiado cansado para decidir si trataba de ser ingenioso o insultante. Y, después de aquello, quedaba poco más que decir.


    11


    SUEÑA QUE ESTÁ ATRAPADO EN OLAS DE NIEVE, una suavidad gélida que enmudece cada sonido, que ciega cada visión. Niebla blanca, sonido blanco Intenta escapar, huyendo con miembros quebrantados. Y los sonidos le llaman desde atrás, tratando adquirir sentido.

    Pero el latido de la sangre en sus oídos los borra. El latido aterrado de su sangre se convierte en un tambor ensordecedor dentro de su cráneo.

    Los fantasmas de atrás se llaman «palabras»

    Se detiene un momento; abre su sensibilidad a ese algo salvaje y amorfo que tiene en la mente. El latido enloquecedor cesa por un momento, y casi comprende estas palabras fantasmas; y por qué huye, incluso cómo lo consigue, y, entonces, la reverberante cavidad de su interior se inunda de cera fluida, y despierta para descubrir que está revolcándose en olas marinas, disparando el acre algodón blanco de nieve por su fosa nasal, como una espuma amarga.

    El sueño lo asusta. En él, vacía y a la vez no vacía esas olas de nieve. Era como si él estuviera inventando la forma de la nieve, a partir de un conocimiento posterior que no tenía nada que ver con su vida onírica.

    Físicamente primero recuerda haber visto nieve, verla de soslayo desde aguas frías en orillas yermas cubiertas hasta el mismo mar por esa blancura, sentir cómo sus aletas se agitaban ante la vista de tierra firme, mientras saltaba para tratar de erguirse y mirar.

    Luego se arañó la frente y el lomo al pasar entre enormes pedazos flotantes de hielo duro como la roca, para frotar su morro contra ellos.

    En aquel tiempo tenía frío y hambre; vivía de su propia grasa mientras huía hacia el sur.

    Y dos pequeños peces plateados habían surcado el cielo, con chasquidos gemelos al golpear las aguas mientras giraban; ¡podrían haber sido chispas ante sus ojos, de no ser por el agudo chasquear de sus colas! Tuvo que rodar de costado para ver el breve relámpago de plata sobre gris. Luego sólo hubo un pez plateado, y una llama crepitante dirigiéndose al punto del mar donde él había estado.

    Huyó mientras las ondas de choque recorrían las aguas, haciendo tambalearse de lado a lado los enormes trozos de hielo, ¡el golpe que vino del cielo!

    El agua de la superficie tenía un sabor hediondo, pegajoso y quemado. Flotaban cosas que él rozó ligeramente, sintiendo que aquel «puño» concreto estaba destrozado, había perdido sus dedos.

    Una masa inerte de carne congelada flotaba allí, con sus largas aletas y sus cúpula blanca de aire. La cola de aquella bestia estaba increíblemente dividida, bien podría haberla usado para correr por la nieve, por la tierra firme Algo familiar rozó su conciencia, pero era también algo extraño.

    ― ¿Quién eres? ―preguntó mediante impulsos a la forma desmadejada.

    Pero la pequeña bestia de cola dividida estaba muerta. Jugó un rato con ella, empujándola con su frente, hasta que las burbujas desaparecieron y se hundió.

    El puño, podía hacerle daño. Quemarle. Hacer hervir el aceite de su frente

    Su cuerpo sintió una vez aquel brillo del fuego, para enseñarle qué era, una y otra vez. Su cuerpo recuerda el dolor ardiente, pero no es una memoria completa. No fue él quien lo vivió, como vivió aquella huida por la nieve

    Otros recuerdos de su cuerpo: la primera inhalación de aire, la nube de espuma ensangrentada, el costado de la gran forma materna Pero no fue él quien lo experimentó. Se filtra en él como un recuerdo del cuerpo, no como un recuerdo de la mente.

    Las primeras alegrías y agonías de su cuerpo, que comenzaron tanto tiempo atrás con aquella espuma ensangrentada, le eluden; pero cada contorsión de sus aletas, cada movimiento de su cola, le traen la conciencia de ellas.

    Hay un extraño hiato entre su nacimiento y su situación actual.

    Corrientes de Ser contrario convergen en el presente. Tantas capas de la memoria, tanta confusión

    Nieve. No la vio hasta mucho más tarde. Pero ahora la ve en su sueño, como una experiencia de Antes, y, en retrospectiva, inventa su aspecto. ¿Es posible que también haya inventado la apariencia de esa «voz», de esas «palabras»?

    Las categorías se retuercen y pierden su forma para acomodarse a su sueño. Su misma fragilidad está llena de una angustia que le atormenta, mientras se retuerce en un vientre de preexperiencia, muriéndose por nacer, o por un piadoso aborto.


    12


    LA SOLITARIA CAMPANA resonó aguda sobre Mezapico, mientras Richard Kimble estaba sentado en la pulquería ante un vaso de refresco de lima con algo de ginebra. Fuera, la Sierra de Paul Hammond, aparcada oblicuamente, bloqueaba la estrecha calle. Un equipo de la CBS estaba rodando algunas tomas del pueblo, y Richard era su acompañante.

    Varios policías extra habían sido traídos al pueblo desde San Pedro. Estaban sentados al otro lado para poder tener una buena vista, junto a una mesa situada tras el muro aún sin arreglar de la comisaría. Llevaban grandes revólveres negros y jugaban a las cartas. El equipo de la CBS informó sobre un control de carretera atendido por soldados, más allá de San Pedro, para detener a la prensa y hacer dar media vuelta a los turistas. Y los turistas eran muchos: cuatro mil personas, según los cálculos. Una extraña mezcla de campesinos indios analfabetos, trabajadores en paro, familias de clase media procedentes de la ciudad azotada por la inflación, mirones americanos y otros llegados de más allá de la frontera. Y el número seguía creciendo. Porque la gente no se iba. Simplemente, se quedaban allí, discutiendo, bebiendo, regateando, rezando, manifestándose; pero, por encima de todo, esperando.

    La noticia había salido a la luz hacía ya cinco días: una demostración mediante ecuaciones matemáticas demostrando que Dios existía, pero que este universo no era el suyo, sino una falsificación.

    Richard se estaba preguntando si tomar o no otro sorbo de gin fizz, que no le gustaba demasiado; la había pedido al azar, cuando un Land Rover se detuvo junto a la Sierra y empezó a maniobrar para rodear el obstáculo, subiéndose al montón de cascotes delante de la comisaría. Salió rápidamente para apartar el vehículo. Un adhesivo rojo de florido diseño en el parabrisas identificaba a sus tres ocupantes como PRENSA. El conductor era un hombre grueso; junto a él había un tipo bronceado, musculoso, de rasgos atractivos desfigurados por una desagradable cicatriz que le partía la mejilla derecha y una gorra militar verde calada sobre el cabello rubio, decolorado por el sol. En el asiento trasero se acomodaba una presencia morena, en cierto modo grácil, que Richard no detectó apropiadamente en un principio.

    ―Creo que podemos pasar ―gruñó el hombre obeso, indicando con gestos a Richard que se apartara; medialunas de sudor adornaban las axilas de su camisa.
    ―No, no me ha entendido. Soy el ayudante del doctor Hammond, Richard Kimble. En estos momentos soy su agente de prensa. Obviamente, él está muy ocupado. Yo he bajado aquí porque la CBS
    ― ¿Quién ha dicho que es?
    ―Kimble. Richard Kimble. He estado trabajando con el doctor Paul en la hipótesis de las Huellas de Dios
    ― ¿Hipótesis? Entonces, ¿queda alguna duda? ―exigió rápidamente la presencia morena de la parte de atrás, con acento extranjero, quizá italiano.

    Richard miró hacia allá. Vio los rasgos gentiles de un pilluelo callejero napolitano que había llegado a hombre a base de pasta y virilidad, para luego volver a su forma original, como si se hubiera metido en una lavadora para salir a la vez más inocente y más arrugado. Grandes ojos castaños, acusadores, le devolvieron la mirada.

    ―Observaciones, hallazgos ―se corrigió con firmeza―. Probablemente se lo conocerá como Teorema de Hammond. El doctor Paul se reunirá con la prensa mañana. Así es como le llamamos, cariñosamente ―mintió, sintiendo que el mito crecía.
    ― ¿Quiere decir que tenemos que quedarnos en este vertedero hasta entonces?
    ―Claro que no ―sonrió Richard al conductor―. Hay lugar donde alojarse en el observatorio. Allí les servirán también la comida. Todo está preparado.
    ―Incluso la guardia armada ―dijo la voz procedente de atrás.
    ―Sí, ¿a qué viene tanta seguridad? ―preguntó el hombre sentado al lado del conductor.
    ―En realidad, yo sólo he oído hablar de ello. Supongo que es para evitar interferencias. Ustedes sólo se quedarán un par de días, pero los turistas podrían seguir viniendo indefinidamente
    ―Y si lo hicieran, ¿es necesario dispararles? ―insinuó la voz morena―. Allí abajo está a punto de producirse una revuelta. Ya tienen todos los ingredientes.
    ―Gianfranco tiene razón ―confirmó el hombre grueso―. Mantener alejada a la gente provoca histeria, como mínimo. Tengo que escribir sobre esa escena del control de carretera, es una locura.
    ―Oh, estoy seguro de que exagera ―le tranquilizó Richard―. ¿Les importa que nos quedemos aquí hasta que terminen los de la CBS? Luego subiremos todos juntos.
    ―Bueno, en vista de que ha encontrado usted el bar local
    ―Cierto ―rio Richard.

    En cuanto estuvieron en el interior, sentados en torno a la mesa, el italiano ―cuyo apellido era Morelli― siguió hablando en tono apremiante sobre el significado del control de carretera. Parecía obsesionado con él, pinchando y acusando a Richard Kimble.

    ―Y ¿contra quién se dirige esa revuelta? ¿Contra su telescopio, por instaurar este principio del vacío como verdad científica? ¿O contra el vacío que tienen en sus almas? ¿O contra el vacío que tienen en sus bolsillos? Sea lo que sea, ¡su telescopio se ha convertido en el foco! Y hay allí ciudadanos de clase media perfectamente normales. Trabajadores de banca y comerciantes, conozco el tipo. Un sistema que fracasa ¿Es ésa la clave? ¿Cómo en la Alemania de Hitler? Sólo que ahora todos los sistemas están en un callejón sin salida. Iglesia, estado, comunismo, fascismo, democracia.

    »Este mensaje de la ciencia es la gota que colma el vaso. Esta vez no se trata sólo de desesperación ante el agotamiento de los recursos, o de la energía, o de la comida. Es desesperación ante el concepto mismo de Ser. Es la traición definitiva. El único asidero que quedaba era una vaga creencia en la realidad de la propia existencia. El sentido de autenticidad del hombre, se podría decir ―miró directamente a Richard―. El pueblo ha sido traicionado. Junto a su control ha comenzado una danza de muerte.

    ― ¡Pero si no es mi control!
    ―Entonces, ¿por qué está ahí, vigilado por soldados? ―los ojos de Morelli brillaban de odio. Richard se preguntó qué lo había hecho tan virulento. ¿La pérdida de la fe? Pero, ¿fe en qué?―. El motor del coche de cualquier idiota puede descubrir un quásar, si no tiene un supresor adecuado

    El hombre rubio, llamado Ivor algo, rugió de risa.

    ―Conté seis camiones blindados, la mayor parte de ellos con dos pelotones. ¿Eso es protegerse contra las interferencias? Han tendido cientos de metros de alambre espinoso entre los matorrales, con un pequeño punto de control en el centro ―el atractivo rostro bronceado, con su marca desfiguradora, se inclinó hacia Richard―. ¡Tendría que haberlos visto haciendo cabriolas para que los fotografiásemos cuando nos dejaron pasar! ¡Menudos soldados!
    ―Apesta a Cecil B. de Mille con bajo presupuesto ―rugió Morelli―. Está apañado.
    ―Esos chicos no saben lo que les espera. La multitud está a punto de estallar. Tengo olfato para estas cosas.

    Richard se secó la frente con el dorso de la mano, perplejo.

    ―Si están de tan mal humor, supongo que el telescopio necesita protección.
    ―Yo diría que están de tan mal humor porque les están frustrando ―señaló el gordo―. Si no, lo más probable es que se limitaran a subir aquí a mirar con la boca abierta. Pero qué demonios, será material para un buen artículo.

    El patrón, un pueblerino hosco y recio, les llevó una bandeja con bebidas: ron con soda para el italiano, cerveza tibia para los otros dos.

    ― ¡Hielo! ―preguntó en español, esperanzado, el hombre gordo―. ¿Tiene hielo?

    El patrón negó con la cabeza y se alejó.

    ―Claro que no tiene ―rio disimuladamente Morelli―. Han cortado el suministro eléctrico para que no haya interferencias, ¿no te habías enterado? Así que nada de neveras.
    ―Eso no es cierto ―saltó Richard―. Nos ofende con esa sugerencia. Nuestros técnicos recorren frecuentemente la ciudad para arreglar Dios sabe qué generadores destartalados y otras cosas. A veces incluso cambiamos gratis el equipo usado por otro nuevo. Es necesario. Y nos cuesta mucho.

    ¡Y también a Paul le habría costado algo tirar de las cuerdas necesarias para preparar aquel control militar! Pero ¿Cecil B. de Mille? Obviamente, los soldados no eran extras pagados. Pero, con el toque dramático que aportaban a la ocasión, parecía más que plausible

    ―Ese control de carretera ―murmuró en tono de disculpa―, díganme algo más sobre él.
    ―Hay que comprender la dinámica de las multitudes y los movimientos populares ―comenzó Morelli de una manera fervorosa, didáctica. Según vio Richard en su chapa de prensa, representaba a una agencia francesa, pero, más que nada, parecía representarse a sí mismo―. Cuatro grupos diferentes interactúan ahí abajo, en función de esa barrera artificial: el pueblerino supersticioso, que cree que los científicos han demostrado la existencia de Dios, ¡pero no está seguro de si eso significa que el diablo gobierna el mundo, ya que parece que Dios está de vacaciones desde que terminó de fabricar este tinglado!

    »El pequeño burgués, ya amenazado desde todas partes por la caída de los valores tradicionales, y lo suficientemente bien informado como para temer los años venideros. Sus motivaciones son el pánico de clase y la codicia, el típico estado de ánimo pre-fascista que lleva a las dictaduras. Sólo que esta vez se podría manipular hacia una especie de Cienciología. No, no he usado la palabra correcta; ese culto ya existe. Me refiero a algún tipo de ciencia dura equivalente al concepto del pueblerino de «salvación». Eso podría ofrecerle una salida al burgués. Llámelo ciencismo, o cienciocracia, alguna variante mística de ciencia.
    »Luego está el hippy californiano, que se prepara para repetir el espectáculo del Festival de Altmont para celebrar las nuevas revelaciones, tocando sus guitarras y a sus chicas. Siempre están buscando un gurú

    Mientras Morelli hablaba, Richard no dejaba de visualizar la película Los Diez Mandamientos, que había visto de niño. Era de Cecil B. de Mille, ¿no? Le pasó por la mente la secuencia de Moisés bajando de la montaña, llevando las Tablas de la Ley a los desconsolados israelitas, y el rostro de Moisés, con su pelo plateado estremecido por la electricidad de la presencia de Dios, era el rostro de Paul Hammond

    ―Y, por último, los turistas normales representan a la burguesía media americana, aún más traicionados y desengañados por los acontecimientos que sus primos mexicanos. Y, además, amargados por el vergonzoso declive de su país. Les resultará muy útil una reacción chauvinista de orgullo y dedicación a algo que reviva el Espíritu de Apolo. Lo ideal sería que ese algo repolarizara el genio científico del pueblo americano en dirección a un objetivo abstracto y ultraterreno, sin la mancha de Vietnam. Tecnológico, sí. Pero religioso, en vez de político o militar. El control funciona como un crisol para estas corrientes ideológicas tan diversas pero tan representativas. Las bayonetas serán el cebo incitador. Es un brebaje potente: ¡locura a escala mundial!

    Cómo habría hinchado las plumas el doctor Paul de oír aquel análisis de la situación. Richard casi creyó que había aparcado la Sierra de aquella manera descuidada, casi como una barrera, en función de un reflejo condicionado por Paul

    Pero, mientras ellos bebían, el sacerdote del pueblo miraba titubeante desde fuera. Repentinamente entró en la pulquería, con un ligero y extraño resbalón, como si cruzara una grieta estrecha y muy, muy profunda. Su calva cabeza parecía haber encogido, o haberse derrumbado hacia dentro alrededor de las orejas. La mecía constantemente de lado a lado, como un cráneo suelto colocado sobre la columna vertebral. O como si tuviera que librarse constantemente de pequeñas moscas invisibles que se le posaran encima.

    ―Dispénsenme, uno de ustedes es de la, eh, cosa de la montaña, ¿sí? ―dientes medio podridos en encías marrones, sucias

    Richard, dubitativo, se identificó. El sacerdote parecía mucho más frágil y patético que cuando lo viera unos días antes, de pie ante la puerta de su iglesia. Una marioneta rota.

    ―Soy, eh, el padre Luis. Me he enterado, ya sabe, de su, eh, descubrimiento de la ausencia de Dios. Deus absconditus ―se metió un dedo en aquella boca rota y tiró de su lengua; asintió―. Entiendo el, eh, sistema de los mezapicos, pero no puedo hacer los sonidos con mi boca. Hay que aprenderlos de niño. Pero estaban silbando sobre los soldados de abajo. Y las multitudes

    Hizo un gesto de impotencia.

    ―Tengo que saber qué significa, tengo que decírselo a mis hijos, algo, para consolarlos. Para explicar. No tienen nada; decirles que tampoco son nada ¡eh!

    Las palabras murieron.

    ―He rezado para que la, eh, cosa plateada de arriba no ―se interrumpió. La frase cambió de rumbo―. ¿Saben?, tuve una visión. No he dicho esto a nadie. Ni siquiera a mis superiores de San Pedro.

    El hombre gordo se secó el sudor de las manos en los pantalones y empezó a escribir en taquigrafía en un bloc de notas. Morelli devoraba con avidez las palabras del padre Luis, como si tratara de memorizarlas. A Richard le pasó por la cabeza que, si los soldados del control en la carretera podían ser extras contratados por Paul para su drama cósmico, ¿por qué no pagar también a este viejo sacerdote para que desempeñara un papel? Pero era una idea ridícula. ¿El padre Luis, con su titubeante manera de expresarse y sus torpes revelaciones, fueran las que fuesen? Llevaba años en aquel desierto de privaciones que era Mezapico. Como un San Antonio de tercera, ahora tenía una oportunidad de balbucear visiones. Pero no era más que un personaje triste, patético, un juguete roto. ¡Qué precariamente mecía la cabeza mientras se esforzaba por hablar!

    ―Un día subí para verlo, caminé hasta allí. Cuando llegué ―sus manos señalaron en dirección al Gran Plato―, no había nadie, ningún alma. Todo el universo muerto. Sólo comida para los buitres. Esterilidad. Yermo.
    ―El valle de los huesos secos ―citó Richard, rápidamente.

    Todo era tan derivativo. ¿De dónde salía? ¿Ezequiel, o el Eclesiastés? Lo había olvidado. Pero, ¿no demostraba esto que el doctor Paul no podía estar relacionado con el sacerdote? Paul habría imaginado algo menos banal con que retener a los viajeros, y no un simple versículo de la Biblia.

    ―Pero, ¿qué tiene eso de especial? ―exclamó el padre Luis, mirando fijamente a Richard, al parecer negando sus sospechas―. Siempre es igual aquí. Sólo era mi estado de ánimo. Un estado de ánimo no es una visión

    » ¡Ah, mi visión! El cuenco de plata colgaba, mirándome. Estaba lleno de luz, una cucharada de sol. Pero, en vez de derramarse del cuenco, el líquido colgaba vertical. Sin ceder al tirón de la Tierra. Él era más fuerte. ¿Han visto alguna vez una fundición? Los cuencos de metal fundido vertiéndose como lava de un volcán. ¡Pero esta luz fundida no caía! No había calor, sólo luz. ¡Y qué fuerte era esa luz!

    Cerró su frágil puño e hizo crujir las articulaciones, como si pretendiera convertirlas en polvo.

    ―No quiero decir que me cegara, no, no fuerte de esa manera. Pero fuerte como ―su puño no fue capaz de volver a conjurar el gesto―. Tendones. Una criatura de brillantes tendones. A cada momento conseguía más músculos, de la luz del pecho del sol. Y esa criatura de luz nada rígida dentro de sí misma, tensando sus fibras robadas. Pero entonces su, eh, su poder sobre sí misma, se hizo tan fuerte, ¡con qué codicia se aferraba y envolvía en esas fibras! Ya había absorbido todos los tendones del sol, así que ahora el sol era negro junto a mí, seco como si hubiera sufrido una horrible tortura No despellejado, algo peor, todos los músculos arrancados del cuerpo como alambres hasta que el cuerpo es una masa inerte, inútil, retorciéndose de dolor.
    ―El motivo de que el sol se oscureciera ―susurró Richard a los demás― es, obviamente, que estuvo mucho tiempo mirando el reflejo en el plato, dando la espalda al auténtico sol. Los receptores de luz del centro de la retina se abrieron de golpe, y los receptores laterales sólo sirven para detectar cambios y movimientos. En la dirección en que él miraba no había ninguna de las dos cosas, así que se cerraron. ¡Y sufrió la ilusión de estar mirando desde arriba un túnel de luz! Ustedes mismos pueden comprobar el efecto
    ―No diga tonterías ―siseó Morelli.
    ― ¿De verdad enfocan el telescopio directamente hacia el sol? ―inquirió el hombre rubio, con risueña incredulidad―. ¡No me extraña que vean manchas!

    Richard se dio cuenta de que no podía imaginar las posiciones de telescopio, sacerdote y sol por mucho que lo intentara El Gran Plato no podía haber estado apuntando directamente al sol; el tipo tenía razón.

    Hum ¡probablemente el viejo sacerdote era medio ciego! Su titubeo antes de traspasar el umbral del bar era típico de un hombre que apenas ve nada en una habitación en penumbra; para quien la existencia de un suelo sólido es cuestión de fe, aunque había que dar cuerda a esa fe para activarla, como si fuera un reloj.

    Tras encogerse de hombros, desconsolado, el padre Luis siguió hablando. Pero no había sido un gesto de paciencia ni de tolerancia. En cierto modo, el tiempo había dejado de existir para él: no existía un contexto para la paciencia o la impaciencia.

    ―El ser de tendones empezó a consumirse a si mismo, una vez hubo consumido todas las fibras del sol. Ahora se torturaba, devoraba su propia luz. La bestia se engulló a sí misma, y ya no pude ver al ser. Ni nada más. Me quedé con los pies sobre la nada. Mis ojos contemplaban la nada. Me estaba muriendo, lo sabía, el vacío me estaba absorbiendo. ¡Pero!

    Volvió a llevarse el dedo a la maltratada boca y se tiró de la lengua. Esta vez consiguió emitir un sonido, mientras hacía gestos

    ―Había silbidos a mi alrededor, como llamadas de pájaros trayéndome de vuelta, reconstruyendo el mundo. Tres indios silbando al cuenco de plata, ¡y sus sonidos me rescataron! Rehicieron el mundo para mí. Así que lo pude ver. Aunque no existía del todo, eso también lo sabía. Mi fe cambió entonces, son los pensamientos y las palabras de un hombre que hace el mundo, no los pensamientos de Dios. El hombre no es una idea en la mente de Dios. Todo lo contrario: el mundo es una idea en la mente del hombre. Por favor ―suplicó, con su cabeza meciéndose de agotamiento, como si fuera a quedarse dormido delante de ellos―, no desimaginen el mundo. Esto es un desierto pobre, podrido, pero también es un hogar de almas Así que toco la campana, porque es la única manera que tengo de silbar

    Morelli, como en trance, siguió con la vista al padre Luis, mientras el sacerdote volvía bruscamente al sol que cocía la calle arrastrado por tendones de luz

    Richard se estremeció violentamente.

    Pero, para entonces, el equipo de la CBS había vuelto a su Land Rover alquilado y hacían sonar con impaciencia el claxon.


    13


    ¡CÓMO SE BURLAN DE ÉL, cómo le dejan en ridículo estos fantasmas de una vida irreal!

    Una vez más se frota contra una de las hembras del harén; se desliza por su costado, rozando su piel contra la de ella, acariciándola con sus aletas. Cómo desea sumergirse bajo ella, retorcerse en torno a ella, bailar con ella, surcar juntos el mar. Cómo anhela saltar de las aguas con ella, en equilibrio, antes de volver a caer entre espuma y gotas de agua salada. Cómo querría penetrarla con su pene en ese clímax efímero, mientras están erguidos juntos sobre las olas, él bombeando amor dentro de ella, como su madre bombeó leche dentro de alguien que una vez se pareció a él, ¡y, mientras, lanza sus señales al aire para librarse de la temible comezón!

    Antes, el orgasmo no requería un equilibrio tan precario, con una necesidad menos frenética de conseguirlo sobre la cresta de las olas El orgasmo llegaba tras un lento yacer juntos, entrelazando miembros que no puede entender, imposibles roces de bocas y lenguas. Pelo fluyendo en torno a él como algas, adhiriéndose

    Así, desecha el auténtico mensaje de los clics en favor de una fantasía. Estúpidamente, hace caso omiso de la dura burbuja de flatulencia en el vientre de ella, la hinchada carne en su vientre, el duro nudo en sus intestinos, que perfumará el mar cuando lo vacíe, es lo que la incómoda ahora. Todo envía el mismo mensaje: ¡NO DISPONIBLE! Lee los ecos de todos estos signos en las suaves paredes de su melón, pero no les presta atención, obsesionado, frustrado, tanto por el anhelo de conocerse a sí mismo como por cualquier deseo de conocerla a ella sexualmente.

    Sus «dedos» han jugado, en la oscuridad, sobre un cuerpo invisible, indescifrable para él a excepción del tacto y el recio ladrido de «palabras»

    ¡El furioso batir de las olas! ¡Las iracundas contorsiones! No piensa en ello. Rechaza el conocimiento de que ella no quiere bailar en el mar con él.

    Sólo oye a medias el tamborileo de clics amenazadores, el desafío irascible, exasperado.

    Entonces, el Gran Macho sacude la cola y se sumerge cientos de metros bajo él, alzándose hacia él, no enamorado, ¡sino como un puño!

    El golpe está a punto de destrozarle las costillas. Siente un terrible dolor en la aleta cuando las mandíbulas del Macho se aferran a ella y le zarandean sin cesar; luego lo desecha como carroña, lo escupe con desprecio, una carroña viviente y dolorida, aún parte de él, aunque sólo puede afirmarlo por el dolor

    Su frente recibe los impulsos del glifo más simple, más infantil de todos: ¡INCONGRUENCIA!

    Es un idiota. Un cachorro con medio cerebro.


    14


    AQUELLA NOCHE, Paul Hammond organizó una barbacoa para celebrar su triunfo, bajo la luz de las estrellas, con todos los periodistas y los técnicos residentes. Ruth la presidía con aires de gran señora. Al parecer, Paul la había pintado y acicalado en ausencia de Richard. Llevaba un vestido como nunca había imaginado verla, como ni siquiera había imaginado que fuera capaz de llevar. Engarzado con cientos de diminutos espejos, reflejaba la luz del fuego y las lámparas como una imitación de las estrellas del cielo. Ruth era su propia Vía Láctea, su propia galaxia espiral, girando a una velocidad impensable mientras se movía entre periodistas y cámaras que se dedicaban con ahínco a emborracharse, alentados por un doctor Paul que permanecía frío y sobrio mientras incitaba a los demás a imitar parte del espíritu orgiástico de lo que acontecía abajo, en la desértica llanura.

    Desde allí arriba se veía el brillo de una hoguera más allá de San Pedro, que debía ser inmensa, en la carretera a la ciudad. Una parpadeante estrella naranja de primera magnitud.

    En un momento dado, oyeron a lo lejos lo que parecía una serie de disparos, captados y amplificados por el Gran Plato. Pudo haber sido alguien pisando ramas secas fuera del círculo de luz: quizá un indio contemplando la fiesta, o un buitre sacudiendo impaciente las alas ante el cordero que se asaba. El hombre rubio estaba seguro de que habían sido disparos. Después de estar en Asia, en África y en Oriente Medio, estaba capacitado para reconocer el ruido de las armas de fuego, fanfarroneó. Se había pasado media vida siendo experto en disparos, y llevaba en la mejilla la marca de su único error.

    Aquel ruido llegó en un momento de absurda quietud, cuando incluso el fuego de la barbacoa y el asado se habían sumido en un intervalo silencioso. Todo el mundo dejó de hablar al mismo tiempo. Parecía como si hubieran estado esperando el sonido deseándolo.

    Pasada la segunda hora de la fiesta, cuando todo el mundo estaba ya bastante borracho, Ruth se escabulló en dirección a la casita de los Hammond. Richard la siguió, vacilante, aunque ella no le había invitado. Sentía un lejano asomo de lujuria que debía sacudirse para borrar los recuerdos del padre Luis y sus balbuceos. Le habían dejado un depósito molesto en la mente, como si no hubiera podido cepillarse los dientes durante varios días.

    Alguien seguía sus pasos entre las sombras. Ebrio, no prestó atención.

    Entró a ciegas en la casita y tanteó en busca del camino hacia la habitación de Ruth. Una ranura de luz se filtraba bajo su puerta. Probablemente, en algún otro lugar de la casa, Consuela cuidaba de Alice; no llamó a la puerta antes de abrir.

    El hombre rubio estaba en la cama con Ruth. El vestido de ella yacía en el suelo, como la piel desechada de una serpiente, con sus brillantes escamas Descansando su peso sobre un codo mientras la agarraba con la mano libre, las nalgas del hombre subían y bajaban en el fino aro de las piernas de Ruth. Ella yacía como una bailarina de ballet en posición cambré, passé, formando un ángulo de noventa grados con las caderas, arañando las nalgas del hombre con una mano mientras con la otra le apretaba suavemente el escroto, como si se tratara de una botella de plástico de kétchup

    Ruth abrió los ojos un instante y vio a Richard, luego volvió a cerrarlos mientras el aro de sus piernas se estrechaba alrededor del hombre; sólo tras un largo intervalo se relajó y liberó a su compañero.

    El hombre rubio se apartó perezosamente de ella, y entonces advirtió la presencia de Richard. No pareció molesto.

    ―Pero, ¿por qué él? ―jadeó Richard, sintiéndose más traicionado que si fuera su marido.

    Bruscamente, Ruth pareció asqueada e intentó tirar de la sábana, pero el hombre estaba apoyado en ella. Sólo consiguió ocultar sus piernas y el rombo negro de la entrepierna, dejando los pechos al descubierto. No miraba a Richard, sino detrás de él, a la puerta.

    Él se volvió, siguiendo la dirección de su mirada.

    Morelli le había seguido hasta la casa. El italiano estaba de pie en el oscuro pasillo. Ahora se adelantó, como si la mirada de Ruth fuera una invitación. Sin hacer caso del cuerpo de la mujer, la miró únicamente al rostro, e incluso eso como si el rostro fuera una unidad informe, no a los ojos ni a la boca. Aquella mirada difusa daba a entender que era como si Ruth se hubiera puesto una media en la cabeza para uniformizar sus rasgos.

    ―La sacerdotisa suprema de Hammond, veo. ¿La prostituta del templo? ―inquirió con suavidad―. Eso parece.

    El hombre rubio rodó sobre sí para sacar una cajetilla de Kool de su camisa, que estaba en el suelo.

    ―No le haga caso, señora Hammond. Sólo está celoso porque una mina árabe le voló las pelotas. Antes era el perfecto marxista mujeriego. ¡Como si no lo supiera! Sexualidad y lucha de clases; tendría que haberle oído. Pero ya ve, desde entonces ha sufrido una regresión hasta una especie de estado prepúber. ¿Eh, Gianfranco? Pecado católico, y todo eso, pero en cierto modo aún echa de menos la suavidad del vientre de la Madre Iglesia.

    Morelli soportó la exposición con una tranquilidad sorprendente. O quizá la práctica le permitió encerrar con rapidez su dolor privado. Se limitó a hacer una inclinación de cabeza y se retiró, dejando a los dos hombres a solas con Ruth. Ella les había dado la espalda y sollozaba.

    ― ¡Mierda! ―maldijo, sin rostro―. ¡Marchaos todos! Esto no es una feria. Soy de verdad. Os odio


    Paul Hammond apareció el día siguiente a las nueve de la mañana, para la rueda de prensa oficial y para grabar entrevistas a la sombra del Gran Plato: tranquilo, alerta, dotando cada palabra y gesto de inspirada desenvoltura, sin duda doblemente impresionante para los espectadores presentes. Si la noche anterior había descendido de su montaña para revelarse a ellos en la proximidad, ahora había vuelto a ascender a su empíreo. Entretanto, abajo, en la auténtica llanura, una delgada columna de humo negro se alzaba quizá trescientos metros antes de encontrar una corriente de aire que la dispersaba en todas direcciones, creando una especie de hongo elevado y fino.

    Las preguntas de Morelli tuvieron como objeto molestar a Hammond. En realidad, no eran tanto preguntas como declaraciones razonadas de oposición. Al parecer, el italiano también había estado meditando sobre las palabras del padre Luis, reflexionó Richard, como alternativa a censurar lo sucedido la noche anterior, pero era evidente que había hecho su trabajo preparatorio sobre el tema antes de ir a Mezapico. Ahora se dirigía a Hammond de igual a igual, como si los dos participaran en la conferencia de Seattle; una actitud que trastocaba el esquema mental del doctor Paul. Richard recordó que Paul había hablado de «periodistas desinformados», y le pareció rabiosamente divertido.

    ―Estoy pensando, doctor Hammond ―comenzó Morelli su denuncia―, en el valor de creer en la realidad. Si no me equivoco, usted está negando la autenticidad del universo, ¿no es así? Pero, ¿no dice la física moderna que el observador desempeña un papel en la creación de la realidad que observa? Es decir, que no es de ninguna manera neutral. Me pregunto, por ejemplo, si la paradoja del gato de Schroedinger no es necesariamente cierta para el universo como un todo. La paradoja de que nosotros, la raza humana, como un consenso de observadores, elegimos a cada instante el tipo de universo en que vivimos. Tenemos que elegir, y lo que elegimos pasa a tener entidad propia ―chasqueó los dedos―. En cada momento de cada día, somos colectivamente libres para elegir, así que es la práctica humana lo que hace del mundo lo que es. Participamos. Esto no es marxismo ni misticismo, doctor Hammond; es física, ¿verdad?
    ― ¿Se refiere a esa basura sobre factores biológicos que seleccionan las constantes físicas del universo? Para observar un universo se necesitan observadores vivos, vida, así que el universo tiene que ser compatible con la evolución de la vida. De otra manera, no hay observadores y, por tanto, no hay universo. ¿El universo es como es porque estamos aquí? Sí, conozco esa idea. Es un circuito cerrado de lógica. No tiene nada que ver con el funcionamiento diario del universo. No entiendo a qué se refiere cuando habla de que elegimos nuestro universo a cada momento. ¿Usted lo hace?
    ―Sí, creo que sí. Hay una interconexión entre la realidad y nosotros. Seamos sinceros. Las cosas no son tan sencillas como podría sugerir el simple sentido común. Participamos, ¿no? Pero, ¿qué pasa si la raza humana opta por una decisión ilógica, irracional? ¿Y si nuestra decisión es incompatible con la vida y con el sentido común? En un universo así, no habría surgido vida para observarlo. ¡No habríamos existido! Nuestra propia locura nos habría borrado. Porque los «universos» observables no son ilógicos. Imagine que nos volvemos irracionales. ¿Desapareceríamos, sencillamente, dejando a los búhos, las nutrias, los ciervos y los monos sobre la Tierra, para mantener la realidad hasta que surja una nueva inteligencia superior? ¿O arrastraríamos a la realidad en nuestra caída? ¡Esta extraña y hermosa realidad!

    Su gesto abarcó el paisaje soleado de Mezapico: las rocas, los matorrales, el humo en la llanura, el brillo del mar. Por un momento, a Richard le pareció que aquella desolación quedaba realmente transfigurada, como si le hubieran dado una mano de barniz.

    ― ¡Qué estupidez! ―le espetó Hammond, furioso―. Está confundiendo dos cosas completamente distintas, algo muy típico en los aficionados: la teoría de la probabilidad, que se centra en el comportamiento de las partículas atómicas individuales, y alguna Teoría Cósmica de Universos Paralelos, que es una pura especulación matemática

    Seamos sinceros, Paul: no es sólo eso, pensó Richard.

    ―Bien, de acuerdo, puede que el universo refleje nuestra propia existencia ―concedió Paul tras una leve pausa, viendo que causaba mala impresión en los otros periodistas, que preferían ver cómo provocaban al gran hombre a que uno de los suyos recibiera una paliza verbal―. Pero sólo en el sentido de que no lo veríamos si no estuviéramos aquí. ¡Y eso no quiere decir que nosotros estemos creando esto!
    ―No, doctor Hammond, me parece que no confundo las cosas ―insistió el italiano, y la aguda pasión de su voz fue como un gusano horadando la roca con mordiscos de ácido―. Sin duda, la teoría de la probabilidad y la teoría cósmica tienen que formar una unidad. El universo es una unidad, ¿no está de acuerdo? Su propia teoría, eso de las Huellas, es una teoría unificada, ¿no? ¡Pone las partículas atómicas y las galaxias en el mismo limbo, por la misma razón!

    El doctor Hammond asintió bruscamente e hizo ademán de girarse.

    ― ¡Piense en el gato de Schroedinger, doctor Hammond!
    ― ¡No me parece que sea el momento ni el lugar oportunos para hablar de gatos, signor Morelli! Puede que yo sea una especie de autoridad en sofismas, pero me temo que su humilde gatito sofista me deja frío.

    El chiste no consiguió provocar risas.

    ― ¡Claro que es el momento oportuno, señor! ―protestó Morelli―. Usted ha elegido anunciar su noticia de esta manera. Y mis lectores no quieren esperar otro mes entero para tener el informe científico adecuado. No, señor; puede que otros periodistas prefieran una despedida locuaz al universo, ¡pero yo no!

    Morelli miró al periodista rubio de la cicatriz, que estaba encendiendo un cigarrillo con aire aburrido.

    ―Es una pregunta razonable, Paul ―juzgó Max Berg con tranquilidad, provocando que Hammond lanzara uno de sus famosos bostezos: una alternativa a arrancarle la cabeza a su colega. Paul había presionado a Max para que apareciera en público, creyéndolo domado, y ahora se arrepentía―. Personalmente, me gustaría oír al señor Morelli
    ―Gracias ―dijo Morelli, en un tono extrañamente venenoso―. Corríjanme si me equivoco, caballeros; después de todo, sólo soy un aficionado. Bien, el gran físico Schroedinger se preguntó qué pasaría si se encerraba un gato en una habitación con una botella de ácido prúsico y un martillo que destrozaría el frasco automáticamente cuando un contador Geiger registrara cualquier radiactividad, ¿correcto? Además de este contador Geiger, se coloca en la habitación una cierta cantidad de sustancia radiactiva, medida con exactitud para que haya un cincuenta por ciento de probabilidades de que, en el plazo de una hora, uno de los núcleos se desintegre, provocando la muerte del gato. Transcurrida esa hora, ¿cuál es la situación, matemáticamente hablando? ―preguntó a Max, que se mordisqueaba los pelillos del bigote y retorcía las guías con el desafío furtivo del que se escarba los dientes en público.

    Max meditó la pregunta.

    ―Tendríamos que decir que, tras una hora, la curva de función para el sistema gato-habitación tiene una forma en la que se mezclan a partes iguales gato vivo y gato muerto.
    ―El gato tiene que estar vivo y muerto simultáneamente, ¿no es eso?
    ―Matemáticamente, sí ―asintió Max―. Por supuesto, en la práctica, el gato está vivo o muerto
    ― ¡Exacto, en la práctica! Pero, ¿qué decide la «práctica»? ¡Eso es lo que debemos descubrir! Así pues, podemos decir que este gato habita en dos mundos simultáneos y no interactivos, que no por eso dejan de ser dos mundos reales para el científico. Así, el hecho más sencillo a nivel atómico, la desintegración radioactiva de un núcleo, provoca la existencia de toda una dimensión alternativa. ¡Y esta paradoja está en el centro, no sólo de la física cuántica, sino también de la física de mundos enteros, de toda la realidad!
    ―El enigma de Schroedinger ―suspiró Max―. Si lo lleva a su conclusión lógica, acaba con que cada suceso cuántico en todo el universo produce copias de todo el universo a cada momento
    ― ¡Incluyendo copias de la Tierra, copias de nosotros mismos! Incluyendo también, ¿universos sin sentido?
    ―Una infinidad de universos ramificándose a cada segundo, oy veh Alicia en el País de las Maravillas era más sencillo ―Max se encogió de hombros―. Pero, matemáticamente, es plausible
    ―Hubo una creación de un universo ―rugió Paul Hammond―, por un Dios que se ha marchado. Nuestras observaciones indican que eso es indiscutible, Morelli.
    ―Pero, doctor Hammond ―insistió Morelli―, claro que siempre hay un universo, ¡para el observador! Pero los universos se están ramificando constantemente, su colega acaba de decirlo. ¿Qué es lo que decide en qué dirección nos ramificaremos, en qué universo continuaremos? ¿El puro azar? Diablos, entonces nuestro universo puede convertirse en uno ilógico en cualquier momento, porque, entre todos los universos que se han generado, tiene que haber algunos irracionales, en los que el tiempo discurra hacia atrás, donde la luz sea más lenta que el sonido, donde la ley sea que no haya ninguna ley. Universos sin observadores.

    » ¿Qué nos mantiene en el camino de la racionalidad? Yo creo que es el acto humano de la elección, la práctica humana, que mantiene la realidad con la misma certeza que la elección humana mata o salva al gato de Schroedinger. El factor determinante en la paradoja del gato es la conciencia del observador; ésa es la única variable activa, ¿no?

    Max se tironeó del bigote y asintió, sombrío.

    ―Así pues, el observador provoca la elección ―continuó Morelli―. Él determina qué situación existirá. Tanto arriba como abajo. ¡Tanto a nivel macroscópico como a nivel microscópico! Yo digo que el mundo sigue siendo como es por la creencia consensuada de toda la raza humana de que una mesa es una mesa, la noche es oscura y la realidad tiene determinada forma.

    Paul Hammond dejó escapar un bufido.

    ― ¡También podría decir eso si la gente creyera que la Tierra es plana, y que el sol gira en torno a ella!
    ―No estoy hablando de mitología, señor. Hablo de las raíces generales de la textura de la realidad
    ―Bien, por favor, dígame, ¿qué tomó la decisión por nosotros antes de que evolucionara la raza humana? ―preguntó Hammond con astucia―. A ver, responda a eso.
    ―Tal vez otras formas de vida ―respondió Morelli en tono misterioso.
    ― ¿Qué formas de vida? ―insistió Hammond―. ¿Extraterrestres? ¿O los dinosaurios? Antes de que el primer organismo unicelular apareciera siquiera en escena, ¿qué mantuvo la realidad? ¡Y durante miles de millones de años, encima!
    ― ¿Quizá la inercia de la naturaleza? Tal vez la inercia prevalece hasta que llegan los observadores. Con toda seguridad, la aparición de la inteligencia, de la vida, trastoca nuestra regla básica del universo, la entropía, el desorden progresivo, ¿no? Así que la inteligencia y la vida no deberían entrar en juego. Es irracional. Puede que sea ése el hecho crítico de azar que define nuestro universo como participativo: cuando la primera molécula se convirtió en un mensaje, arbitrariamente, generando la rama que desemboca en la organización vital, ¿no?

    » ¡Después de todo, un principio de conservación de la realidad prevalece, a menos que el participante lo traicione por completo! Nadie puede explicar por qué surgió la vida. Pero, al convertirse en protovida, aquella primera molécula provocó las reglas, situó el cambio en la estructura del Ser, estadísticamente. Y ahora esa vida es; lo que importa es el acto de elección que hacemos ahora. ¡Creo sinceramente que ésta es una de esas pocas veces en la historia en que la realidad consensuada es a la vez tan unificada y tan frágil como para derrumbarse!

    Bostezando violentamente, Hammond cerró las mandíbulas: un lagarto tragándose a una mosca. Pero no iba a tragarse a Morelli.

    ―Con este universo nihilista negativo suyo, está jugando usted con la realidad de la raza humana ―siguió el italiano―. Incluso puede hacer realidad esta falsedad, porque nuestras mentes están enfermas de preocupación e incertidumbre. Así, su universo será en realidad el universo. Y la ciencia, su ciencia, será la religión de ese cosmos de corazón vacío. Usted será su
    ― ¡Cállese, maldita sea! ―gritó el doctor Paul, furioso.
    ―su demonio.

    Hammond se quedó boquiabierto. Desde luego, había estado esperando la palabra «Dios».

    Se hizo un largo silencio, roto sólo por un repentino batir de alas cuando un buitre descendió de las alturas, pensando que se habían marchado todos, dejando libre el vertedero. Con un graznido de disgusto, tuvo que posarse en otra barra.

    Paul Hammond reunió todo su ingenio.

    ―La primera objeción a esa estupidez, amigo mío, incluso pasando por alto sus tergiversaciones de aficionado sobre un tema tan sofisticado como la física cuántica
    ―Y usted, ¿qué? ―le gritó Morelli―. ¿Piensa que la mayoría de la gente no hará lo mismo? ¡Si está usted deseando que ellos tergiversen la realidad!
    ―Incluso pasando por alto sus tergiversaciones ―insistió, testarudo, el doctor Paul―, esta «ramificación» sólo podría provocar cambios de ahora en adelante, a partir de la situación actual. No podría alterar el pasado. No podría alterar la forma del Big Bang. Ni de lo que hubiera antes. No podemos cambiar el pasado, mi querido señor; sólo el futuro

    Dio la espalda a Morelli, contemplando la antena en una pose fotogénica que numerosas cámaras aprovecharon rápidamente.

    ―No sé si esto es tan quod erat demostrandum, Paul ―Richard se sorprendió a sí mismo al oírse decir aquello, simpatizando con el valiente eunuco italiano―. Lo que sucedió en el pasado está sucediendo ahora desde nuestro punto de vista, aquí, en este planeta. Porque la información nos llega sólo ahora. Así que, en cierto modo, Morelli tiene razón: nosotros somos los actuales observadores
    ―Bravo ―rio Morelli―. Menos da una piedra, Kimble.

    El doctor Paul dirigió una mirada de disgusto a Richard, proyectándolo hacia la no-existencia; después, se apresuró a concluir la rueda de prensa.

    ―Todo esto no son más que detalles, caballeros. Los hechos básicos son tal como se los he explicado someramente. Todos tienen ya fotocopias del informe. Entrego estas ideas al mundo un mes antes de Seattle, para que el mundo llegue a su propio consenso con respecto a mi idea. Esto es un descubrimiento básico en nuestra comprensión del universo. De hecho, es el mayor descubrimiento desde

    Tanteó ideas, con una sonrisa retorcida. ¿Acaso el calor le estaba derritiendo el maquillaje teatral? No llevaba maquillaje ¿Einstein? Demasiado cercano, pensó Richard. ¿Copérnico? Demasiado remoto. Apuesto a que se decide por Newton.

    ―desde Aristóteles.

    Morelli miraba a Richard, expectante. El incidente en el dormitorio de Ruth la noche anterior le había hecho intuir algo sobre la frustración de aquel hombre. Esperaba que actuase, que barriera la arrogancia de Hammond. Que atacara su cosmología. Pero algo impedía a Richard decir nada. Richard había interiorizado el nihilismo de Paul Hammond, lo llevaba en la sangre. La materia no era nada: por tanto, la nada era la materia. Richard sonrió ante el mal juego de palabras; estaba asqueado. Los claros perfiles del mundo le parecían borrosos y difusos. El plato de la antena giraba en torno a su cabeza.

    Con gran satisfacción para Paul Hammond, Richard Kimble se había desmayado.

    Para la mayoría de los periodistas, esto no hacía más que subrayar el asombroso dramatismo del Teorema de Hammond: uno de los miembros de su equipo se desmayaba al comprender claramente las implicaciones.


    15


    ― OJALÁ EL CHICO NO FUERA TAN CONDENADAMENTE CRÍPTICO ―susurró Orville Parr mientras el Toyota negro los llevaba a él, a Garri Mercer, al mujik y al niño en dirección a Kujirajima―. Sólo puede comunicarse a medias, y eso en su ruso materno. Su vocabulario es muy superior al de un niño de seis años, pero ¿y qué? Sigue siendo caótico.

    Bajó la voz para que a Mijail le resultara difícil escucharle.

    ―Alguien ha escondido un mensaje dentro de él, y tenemos que descubrirlo.

    La pintoresca autopista, labrada en cascadas de lava petrificada, estaba bordeada a tramos por pinos y arces. Relámpagos de agua azul brillaban entre los árboles, y luego apareció una gran extensión de agua salpicada de puntos, las prominencias de islas negras y botes de pesca con brillantes banderines rojos y azules al viento. En un aparcamiento de cemento había un autobús de turistas, y éstos devoraban rápidamente arroz y encurtidos que sacaban de sus cestas. Miles de palillos desechables para comer poblaban el suelo: una costra sucia con un estampado de huella de neumáticos.

    ―Por eso no me gusta este límite de tiempo ―susurró Parr―. Me sentiría mucho mejor si tuviéramos al chico en Estados Unidos; podríamos estudiarlo durante unos meses. Los soviéticos están intentando ponernos en estampida. ¡Aplazar una conferencia de pesca cuando la mitad del mundo se muere de hambre, sólo para recuperar a un crío esquizofrénico y a un gorila subnormal! Esperan que desenterremos lo que han inculcado al chico, y deprisa. Si no, sea lo que sea lo que le han metido dentro, no durará mucho tiempo. ¡Y ellos lo saben!
    ―Ya lo hemos discutido cien veces, Orville. Eres demasiado

    Gerry titubeó, guardó silencio y miró el mar.

    Parr añadió mentalmente la serie de palabras que faltaban: críptico, falto de imaginación, cobarde, ¿cuál sería?

    ―Supongo que tenemos que aceptar lo que hay ―dijo rápidamente, para adelantarse a Gerry―. La sabiduría colectiva de Enozawa nos ha concedido una semana para sacarle algo sustancial al chico Y tendremos que jugar según esas reglas.
    ―Es una vergüenza que no podamos llevarlo a ninguna parte si no es en un transporte japonés, y con un enlace japonés
    ― ¿Y qué importaría aunque no fuera así? Tienes que aceptar los hechos, Gerry, ya no tenemos la fuerza política de otros tiempos.
    ― ¡Eso no quiere decir que tengamos las manos atadas!
    ― ¡No, aún podemos llevar en avión, cruzando medio Japón, a chicos rusos pescados en el mar para encerrarlos en bases aéreas!
    ― ¿Aún te duele eso?

    Pero, para entonces, Gerry también discutía en susurros.

    Mijail podría (en la mente de Parr) ser un agente ruso que hablara perfectamente inglés. O quizá no. Desde luego, el chófer japonés lo hablaba, e informaba de todo lo que oía a unos ambiguos superiores. En ese aspecto, Parr y Mercer estaban de acuerdo.

    El Toyota que los seguía llevaba a Enozawa con Tom Winterburn, acompañando a Chloe Patton y a Herb Flynn, del Centro Submarino Naval de San Diego. Habían llegado en avión el día anterior. Al parecer, Chloe Patton quería reanudar una vieja relación con el doctor Kato, el director del instituto de investigación sobre ballenas de Kujirajima.

    ―Puede que no sea la tía más lista del mundo ―había confiado a Parr una voz por teléfono desde San Diego―, pero ese viejo le tiene cariño. Ella participó de un intercambio académico con Japón, ya sabe

    Bob Pasko ya debía haber llegado aquel mismo día, más temprano, para informar a Kato sobre el problema de Nilin.


    A Kujirajima ―Isla Ballena― se llega cruzando un largo puente que sale del puerto pesquero de Matsusaki ―Cabo Pino― hasta un escarpado cono de lava, a un kilómetro de la orilla. Los Toyotas negros avanzaron por muelles donde los barcos atuneros estaban a punto de partir para su larga caza en el Pacífico.

    Qué alegres parecían, pensó Chloe, brillantes estandartes a lo largo de los mástiles, con gallardetes ondeando hacia el muelle, donde los altavoces lanzaban al aire los principales éxitos de ventas en Japón por encima de rollos de soga embreada y casetas de vendedores de tebeos, donde las familias se reunían para las despedidas.

    Luego tomaron una curva alrededor de un edificio de almacenes y presenciaron la descarga del atún de un barco que acababa de regresar. Un camión refrigerador abría su inmensa boca para devorar los romos cilindros azules: así habían cortado los peces.

    Los peones descargadores manejaban aquellos cadáveres helados tan de prisa como podían, empujándolos a puntapiés o haciéndolos deslizarse con arpones hasta la báscula situada junto al camión, donde los pesaban para luego ponerlos en el elevador de un solo empujón.

    Cientos de caballas se secaban al sol, abiertas como abanicos sobre hileras de rejillas

    Aquel frenético uso del mar asombraba a Chloe, mientras el coche seguía avanzando, frenando y acelerando alternativamente hasta que la mujer se sintió como un gánster en medio de un atraco.

    Los tebeos abiertos en los quioscos mostraban relampagueantes imágenes rojas y negras, dibujos de mujeres violadas, monstruos robot, tiroteos

    ¡Todo parecía tan pintoresco la última vez que visitó aquel puerto! Un caos de colores, formas y olores. Ahora resultaba siniestro Había una atmósfera violenta, ansiosa, furtiva, como si aquellos barcos partieran para su última expedición pesquera y, después de eso ¿No había habido revueltas pocas semanas antes, sobre el incremento de los índices de mercurio en el atún del Pacífico? Los descargadores que lanzaban los humeantes cadáveres azules camino a los mercados manejaban material contaminado.

    Sólo querían quitárselo de las manos Acuchillaban el pescado igual que los gánsteres de los tebeos acuchillaban a sus fulanas, aunque con arpones afilados en vez de navajas.


    Chloe Patton, una rubia regordeta de veintiséis años con el pelo corto y rizado, odiaba el nombre de Chloe, y prefería infinitamente que la llamaran señorita Patton. «Chloe» era como la carpa dorada de Disney: toda grasa y aletas.

    Demonios, cuando nadaba en el estanque de los delfines, con la mascarilla respiratoria y las aletas en los pies, vistiendo su brillante bikini con puntos rojos, eso era exactamente lo que parecía.

    Chloe tenía una bonita relación con los delfines de San Diego. Quizá su carisma con los cetáceos brotaba de su silueta, del hecho de que, en el agua, los animales la considerasen un divertido juguete de goma. O quizá fuera su ingenuidad, porque no se preguntaba a dónde iban a parar sus delfines una vez los había entrenado para llevar arneses con embocadura y a meter largas estacas en un objetivo; y a colocar discos magnéticos sobre diferentes aleaciones.

    Sabía como de lejos de los electrodos que les implantaban en el cerebro, a los delfines y a las ballenas asesinas; que pequeñas corrientes eléctricas podían inducir una experiencia mental trascendental, un millar de orgasmos, o las agonías del infierno. Pero no eran más que recursos para acelerar el aprendizaje de sus juegos. Ayudas en la enseñanza. Pocos delfines parecían guardar rencor después, aunque siempre había un par de individuos cada año que perdían deliberadamente el apetito y morían. Ella los lloraba con toda sinceridad.

    En la universidad había estudiado el cerebro de los cetáceos con un microscopio, utilizando las técnicas de impregnación Golgi y argéntica, y sin preguntarse nunca de dónde salían las muestras. Había sido animadora del equipo de fútbol, curvas subiendo y bajando al ritmo de sus saltos, mientras otros celebraban reuniones políticas sobre «la Guerra», un tema en el que ella prefería no pensar. Enfocó la psicología de los cetáceos con la misma alegría, y sólo muy recientemente su bonito cerebro se vio manchado por unas cuantas incertidumbres. Se las podría confundir con las primeras fisuras de la histeria al comprender por fin que, sexualmente, era un dibujo animado quizá amada por los delfines, pero deseada sólo por hombres viejos, por hombres raros, por hombres en los que fallaba algo, como Herb Lynn.

    El rostro de Herb era rojo y estaba lleno de protuberancias, como una peste de eccemas. Llevaba una desordenada confusión de barba y patillas enmarañadas para ocultarlo. Pero, aun así, la cosecha de pelo seguía brotando de un terreno lívido y manchado. Su habitación en San Diego estaba llena de tubos y frascos de lociones. Nunca iba al agua; prefería quedarse en el anfiteatro quirúrgico y en los laboratorios, donde se hacían las inserciones de electrodos y las disecciones Al no haberlo visto nunca sin camisa, se preguntaba si sufría aquel ataque perpetuo de acné en todo su cuerpo. Por las noches, soñaba que Herb tenía toda la piel infestada por una horda de diminutas medusas, cuyos aguijones dejaban ronchas tanto en el rostro como en el cuerpo

    La idea de acostarse con él, ¡la idea de aquellas ronchas rosadas abandonando su cuerpo en la oscuridad para investigarla! Tendría que ser en la oscuridad, estaba segura, para evitar verle.

    Los delfines de la piscina ―que la tocaban como si fuera un balón de playa, que jugaban con ella, que le chillaban, que la llevaban sobre sus lomos― eran infinitamente más atractivos. Herb había tenido un favorito, y lo hirió intencionadamente por celos. Ella esperaba que los baches del camino no los acercaran demasiado. Herb era adhesivo por contacto, con todas sus ronchas y ventosas.

    ―He pensado mucho sobre el asunto ―dijo Tom Winterburn, rascándose la punta de la azulada nariz, tan larga que casi podía vérsela sin bizquear― y,si implica algo,es una especie de «trasplante de conciencia»
    ―Lo que no es más que otra manera de evitar usar la frase «transferencia de mentes», Tom ―respondió Flynn, pensando en todos sus mapas estereotáxicos de cerebros de delfines. Centros de sensibilidad aquí, control motriz allá, ¡qué complejidad, incluso a nivel de reflejos condicionados!

    »De cualquier manera, ¿qué es una mente? ―preguntó―. Tan sólo un cerebro concreto en funcionamiento. El modo operativo del cerebro. Si un cerebro supera el umbral de los mil gramos, podemos postular la existencia de una «mente» como modo operativo, en vez de simplemente un puñado de programas instintivos automáticos como hizo Lilly. Pero eso no demuestra la existencia de una mente ni la separa del cuerpo, excepto semánticamente. El resto es puro misticismo.
    » ¿Crees que los soviéticos han hecho algún descubrimiento en el plano astral? ¿Una mente incorpórea que se puede reencarnar físicamente? ¿El sueño de toda religión a lo largo de la historia? Me parece harto improbable ―se detuvo un instante―. ¿O más bien te refieres a un auténtico trasplante de cerebros? Se ha hecho a un nivel muy burdo, de mono a mono. Supongo que podría hacerse con seres humanos, aunque el cerebro de un adulto es mucho más grande que el de un niño. Tendrían que haber ampliado quirúrgicamente el cráneo. No hay rastro de eso en Nilin. Y ¿por qué utilizar a un niño? Deben de sobrarles adultos retrasados en los sanatorios mentales

    Se detuvo paulatinamente; la sugerencia parecía inaceptable, expresada con aquellas palabras.

    ― ¿Podría ser un problema de adaptación? ―aportó Winterburn―. ¿El cuerpo y el cerebro están demasiado integrados una vez se llega a cierta edad? Así que se necesita un anfitrión joven
    ― ¡Pero no se ha hecho nada de eso! Ese niño sigue teniendo el cerebro de un niño dentro de su cráneo. Es su propia materia gris y, de cualquier manera, ¡la idea de trasplantar un cerebro humano a un cuerpo de ballena es ridícula! El cerebro humano no está diseñado para controlar la anatomía de una ballena. Sería como esperar que un mono pilotase un jumbo.
    ― ¿Y lo de elegir a un astronauta? ―preguntó Enozawa―. ¿Es significativo?

    Flynn sacudió una cabeza pesada, congestionada. Como el culo rosado y peludo de un mono, pensó el japonés para sus adentros.

    ― ¡Todo lo contrario! ¡Eso sólo indica que no tenían nada mejor que hacer con un viejo cosmonauta tullido! Si no, lo habrían guardado para la ballena; no lo desperdiciarían en el niño

    El Toyota se alejó de la orilla por el puente en dirección a la isla, acelerando y frenando entre los embotellamientos de viajeros que se dirigían a las playas de lava, los acuarios y los demás espectáculos.

    El viento, desde el otro lado de la bahía, les llevaba a rachas olores aceitosos procedentes de los astilleros de los balleneros. Una nube de gaviotas se arremolinaba a su alrededor, planeando, bajando en picado, arrebatándose las presas unas a otras, formando una masa amorfa que el agudo pico de la isla apartó de su vista al alzarse ante ellos.

    ―No estaba pensando en un auténtico trasplante de cerebros ―explicó Winterburn―. ¿Por qué tienen ese ordenador en Ozerskiy? Quiero decir, en Nagahama.

    Hizo la aclaración con un gesto de los labios hacia el japonés, como quien regala una chuchería. Enozawa agradeció el gesto evasivamente; le parecía ofensivamente protector.

    ―Ese ordenador tiene una enorme capacidad, pero aún no hay ningún ordenador que pueda igualar la capacidad del cerebro humano. Aunque éste quizá sea el equivalente a una versión esquemática, a un modelo matemático abreviado de la mente. El niño Nilin y su mujik hablan en términos de imprimir mentes, ¿no? Hemos deducido que están imprimiendo nueva información en un sujeto tras lavarle el cerebro. Pero, ¿y si lo interpretamos literalmente? En ese caso, los rusos han diseñado un esquema matemático práctico para describir los procesos que nosotros denominamos «mente» o «conciencia». Tú mismo lo dijiste, Herb; no existe eso que se suele llamar «mente» en general, sólo el comportamiento de un cerebro concreto. Así que tienen que hacer un modelo a partir de un individuo concreto. Necesitan un Nilin. Preferiblemente, alguien con una inteligencia bien coordinada y una mentalidad bastante resistente.

    Flynn agitó la cabeza, incrédulo.

    ―Cuando las respuestas obvias se han eliminado ―insistió el agregado naval―, la respuesta imposible debe ser la correcta.
    ― ¡Hablas como ese lunático, Hammond! ―le espetó Flynn, con una agresividad que dejó atónito a Tom Winterburn―. ¡Vaya si es cierto! Casi con sus mismas palabras. La imposibilidad de la realidad, la realidad de la imposibilidad. ¡Parece que es nuestra nueva fe!
    ―La verdad es que no he prestado mucha atención a las noticias de México. Me temo que estuve demasiado obsesionado con esto
    ― ¡Tienes suerte!

    Chloe se removió, nerviosa. San Diego estaba tan cerca de la frontera A menos de un día en coche desde el control, y de la orgía que tenía lugar ante él. Más cerca todavía de Tijuana, la Madsville, la Ciudad Loca de los viejos tiempos, ahora delirantemente reinfectada. En el momento en que salió del vigilado perímetro del centro submarino sintió que abandonaba la cordura. Se sintió vulnerable. Al descubierto. Expuesta. El frenesí de los muelles japoneses no había hecho gran cosa por acallar sus temores. Aquello también había cambiado: de pintoresco a desconcertante El centro de San Diego, pese a lo que hiciera Herb en sus laboratorios, era un oasis de Disneylandia comparado con el mundo que empezaba apenas cruzar sus puertas.

    Todo el planeta parecía estar descendiendo por una profunda sima oceánica, en una frágil batisfera. Las noticias cotidianas ya eran bastante malas: la guerra en Nueva Guinea, el hambre en África. Ántrax. Radiactividad. Ahora el tal Hammond, con su horrible historia traída de los límites del universo. Por mucho que tratara de no pensar en tales cosas, siempre volvían a cruzarse en su camino, como si algún duende jugara al ping-pong dentro de su cabeza.

    ― ¡Habría que hacer algo con el tal Hammond, Tom! Es una amenaza. Una plaga. Es la gran epidemia que la OMS ha estado temiendo. Sólo que ha brotado en México, en la mente de un maldito tipo, no en África. Sería mejor que hiciéramos algo con él. Quizás enviar un destacamento de marines. Las ballenas pueden esperar.

    Enozawa dejó escapar un bufido. ¡Después de hacer tanto ruido por quedarse con el niño ruso! Con el ministro japonés de asuntos exteriores tratando de dar largas a la embajada soviética, al tiempo que el ministro de recursos hacía circular informes cada vez más punzantes sobre el retraso. El consenso, casi siempre frágil, guardaba ahora un equilibrio tan precario como el de un novicio durante su primer ensayo en la esterilla de prácticas. Lo único que contenía al poderoso ministerio de recursos era aquella amenaza, tan indefinida por el momento, de algún leviatán programado por los soviéticos, o tal vez una flota de ellos, cuyo objetivo seguía siendo un misterio. Si sólo era una amenaza para los submarinos americanos, ¿por qué se metían?

    Pero aquel tal Hammond, ¡un hombre desconcertante! Un premio Nobel era algo así como un samurái de la ciencia, ¿no? Un samurái estaba acostumbrado a enfrentarse a la noche más negra y encontrar la llama del honor ardiendo en sus profundidades, como el momento más elevado de todos sus días: ese instante místico en que extendía la mano para tomar la daga del sepukku. El sepukku había sido ridiculizado durante décadas, hasta que Mishima volvió a glorificar ese momento en que el hombre grande se enfrenta a la nada Los americanos no tenían agallas para enfrentarse a la nada. La mayoría de los americanos. Aquel Hammond era la excepción. La reacción contra él de los americanos vulgares lo demostraba.

    Enozawa se relajó contra la tapicería negra, tranquilizado por las claras imágenes de Yukio Mishima en aquella terraza del cuartel Ichigaya. ¡Al menos, él lo había presenciado! Con una actitud apropiada en el futuro, podría borrar la vergüenza de su propia dejadez en el pasado.

    ―Puede que no fuera necesario transferir el cerebro físico ―estaba diciendo el capitán americano―. Si se pudiera preparar un modelo matemático lo suficientemente complejo y sobreimponerlo, por algún procedimiento de impresión, que supongo tendría que ser eléctrico
    ―Hemos llegado ―anunció Enozawa, cuando el coche de delante se detuvo al final del puente.

    Un sendero de guijarros iba desde allí hasta la cima de la isla, entre hileras de tenderetes de recuerdos. Corales y algas secas; buccinos burbujeando en sus propios jugos sobre parrillas; conchas de tortuga y cañas de pescar, banderines, cofrecillos de madreperla Orville Parr miró angustiado a su alrededor, mientras hacía lo posible por guiar a Georgi Nilin y a Mijail por aquel estrecho y forcejeante túnel de turistas. Se vio asaltado por oleadas de claustrofobia, mucho peores que en el día del zoo. Tendría que pedir un traslado. No resistiría mucho tiempo más en aquel país.

    ― ¿Por qué no hemos podido venir por mar? ―gimió a Gerry―. El Instituto de las Ballenas no puede aprovisionarse por este camino. ¿Qué es esto, una carrera de obstáculos?

    Chloe le oyó, y pareció comprender lo que sentía el pobre hombre. El frenesí de aquellos muelles se había contagiado a los turistas japoneses. Parecían furiosos e impacientes, mientras caminaban por el sendero de guijarros. Una indignación forcejeante, una prisa casi escandalosa, expresada en la forma en que se apoderaban de los recuerdos de los tenderetes, como si fueran a convertirse en basura entre sus manos, y arrojaban arrugados billetes de mil yenes sobre los mostradores, como si fuera dinero que podía quedar hecho telarañas un momento más tarde.

    Parr miró a los dos chóferes, una pareja de ejemplares fornidos, embutidos en brillantes zapatos negros y brillantes trajes Tetoron, que avanzaban entre la marea humana con los ojos inexpresivos de algún pez esperando engullir moscas incautas. Sus manos colgaban inertes de las muñecas, rígidas como tablas ahora que no estaban apoyadas en los volantes.

    ― ¿Van armados sus chóferes? ―inquirió bruscamente Parr. Jodidos buscavidas hipócritas, maldijo para sus adentros.

    Enozawa consideró que la pregunta era vulgar y no respondió.

    Gerry Mercer vio un cachalote de plástico negro y se rezagó para comprarlo. Una anciana arrugada, con un brillante diente de oro en el centro de la boca, lo sumergió en un cuenco de agua, lo sacó y apretó los costados para mostrarle cómo funcionaba. La ballena lanzó un solo chorro de agua en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Luego le entregó el mismo juguete chorreante con una sonrisa. Gerry lo mantuvo tras la espalda mientras caminaba, sin saber dónde guardarlo. Le empaparía el bolsillo de la chaqueta.

    Sintió que, de una manera sutil, la mujer se había burlado de él.

    El rechoncho faro blanco en la cima de la isla resultó ser un restaurante. Cajas de cerveza y de salsa de soja se acumulaban junto a la puerta, junto a un tonel de gasolina lleno hasta el borde de langostas moribundas. Les habían arrancado el dorso de la cáscara, para que la blanda carne fuera cortada y comida cruda. Los cuerpos de los animales aún conservaban vestigios de vida. Sus antenas tanteaban lentamente el aire, buscando la inconsciencia. Lo que quedaba de sus patas se estremecía en una parodia de movimiento.

    Todos miraron el tonel al pasar junto a él, los americanos con sentimientos de remilgada alarma ante aquel Auschwitz marino que se desarrollaba allí dentro, los japoneses con una lejana censura budista ante la noción de dolor, Mijail escudando al niño del espectáculo, apretándolo contra su cuerpo con una inmensa mano.

    Allí, en la cima del cono de lava, volvieron a divisar la bahía, los lejanos cobertizos balleneros y la bandada de gaviotas. El aire seguía llevándoles intermitentemente el aceitoso hedor. A su derecha se extendían los edificios del instituto, que llegaban hasta las aguas con ― ¡por supuesto!, maldijo Parr― su propio embarcadero. Incluso había un muelle con compuertas tan grandes como para dejar paso a una ballena adulta. Había puentes transversales con montacargas que llegaban hasta un gran cobertizo.

    Unos escalones tallados en lava sólida bajaban del restaurante al Instituto. Las escaleras llevaban también por el flujo principal de lava, que se extendía a cierta distancia como un abanico: rizada, agrietada y arrugada como unas enaguas de encaje negro. Los turistas se hallaban en diversas actitudes inmóviles, asiendo cámaras, cañas de pescar, caballetes de pintura, guantes de béisbol. De cuando en cuando entraban en movimiento, lanzando una pelota, arrojando un sedal o cambiando de sitio el caballete. Luego volvían a quedar inmóviles. Era difícil maniobrar bien por la lava, pero su comportamiento hacía que cada movimiento pareciera totalmente desconectado, como un salto cuántico.


    16


    UNA PANDILLA DE MOTORISTAS, con las palabras ESCLAVOS DE SATÁN pintadas en sus depósitos de combustible con letras fosforescentes, había llegado a la valla de alambre espinoso y conducían por allí, haciendo rugir los motores y levantando polvo. Los cansados soldados los miraban a través de sus binoculares desde debajo de sombrillas provisionales colocadas sobre los semiorugas, mientras otros soldados con un rato libre sesteaban en camastros en las tres tiendas de campaña de fondo abierto.

    Ruth y Morelli también los miraban, sentados en la Sierra aparcada al lado de los vehículos militares, mirando a Mezapico. Richard había dejado los binoculares en la guantera, y Morelli los usó para leer el nombre de los Esclavos.

    ― ¡Mire cómo se reúnen los adoradores, Ruth! ―exclamó, con una sombría nota de reivindicación en la voz, casi triunfal.

    La sensualidad se estremecía en Ruth mientras contemplaba a la banda de motoristas. Imaginó al periodista rubio como uno de ellos, con el pelo mucho más largo y, en vez de la gorra militar, un casco nazi; la cicatriz de su mejilla era ahora resultado de una pelea con cadenas durante algún enfrentamiento de los Ángeles

    Pero el helicóptero ―que trajo más soldados para compensar el aumento del número de peregrinos al otro lado― se había llevado al hombre rubio de vuelta a la ciudad, con algunos otros periodistas.

    Una serie de vívidas instantáneas de él violándola, con su atuendo de Ángel, pasaron por su imaginación. Cerró los ojos para concentrarse en aquella vibrante humillación. La presencia del italiano impotente en el asiento del pasajero, junto a ella, acentuó la fantasía. Era un acompañante mucho más intenso que Richard Kimble. Gianfranco sabía; sencillamente, no podía.

    Se relajó y abrió los ojos de nuevo. Morelli observaba con repugnancia y fascinación su rostro concentrado, congestionado, sudoroso.

    Ruth olfateó el aire, sospechando algo. En la cima de su fantasía, habría jurado captar el olor de la loción para después del afeitado que usaba el periodista rubio, Gianfranco se la había puesto. Su amigo de la fiesta se quejó de que le había desaparecido el frasco del equipaje. ¿Así que Gianfranco se lo había robado? ¡Qué cómico!

    Una carcajada interna la estremeció, aportando un último giro glorioso a su fantasía. Mientras que el otro hombre usaba el almizcle masculino apropiado para ella, el italiano parecía haberse puesto antiséptico.

    Aquellos Esclavos de Satán debían de apestar a sudor, a brillantina y a marihuana, ¡estaba segura!

    Los Ángeles maniobraban, levantando polvo.

    El desierto parecía un vasto aparcamiento habitado por coches usados, con cientos de vehículos aparcados al azar a ambos lados de la carretera. Incluso carros y bicicletas. Se habían construido algunas chozas con cartón y placas de chapa ondulada, robadas de alguna parte. En realidad, eran poco más que techos sobre estacas; pero la gente cocinaba en ellas, y vendía enchiladas, tortillas, tequila, cerveza. Una atmósfera de agotamiento pendía sobre la masa de personas. Los que no estaban dormitando en los coches o bajo los camiones se sentaban en cuclillas formando hileras, contemplando la alambrada y la montaña Mezapico tras ella, como si esperaran que empezara a proyectarse una película de cine en la pantalla azul del cielo.

    Los únicos que se movían, aparte de los Ángeles, eran unos treinta o cuarenta hippies californianos que bailaban en lentos círculos, tocando panderetas y flautas; algunos vestidos con tejanos, otros con túnicas color azafrán. Y algunos individuos aislados que vagaban entre la basura y los cactos, borrachos, drogados o conmocionados.

    Cinco mil personas en aquel campamento de chozas, durmiendo o sentadas al sol, esperando la caída de la noche

    Junto a la alambrada se encontraban un sacerdote y dos soldados, desenganchando un cadáver para enterrarlo. Una hilera de seis cruces hechas con palos cruzados sobresalía ya de las tumbas de arena.

    ―No haré más informes sobre esto ―gruñó Morelli―. No sirve más que para empeorar las cosas. Pueden despedirme si quieren
    ― ¡No me parece una actitud muy enérgica! ―se burló ella―. Creí que se sentía llamado a enfrentarse con Paul.
    ―Nadie es neutral ni inmune, estoy de acuerdo. Nadie es un simple observador. Pero observar los hechos nos ayuda a crearlos. Y no elijo colaborar con esta histérica realidad nueva.

    Ruth giró la llave del encendido y condujo la Sierra colina abajo, pasando junto a un semioruga, hasta el punto donde el sacerdote leía en voz alta de un gastado misal. Los soldados, apoyados sobre las palas, con los fusiles automáticos cruzados a la espalda, parecían más cansados que reverentes. Morelli salió del coche y se dirigió al sacerdote. Era el mismo padre Luis que había hecho sonar la campana como protesta.

    ―Está perdiendo el tiempo, padre ―le interrumpió con brutalidad―. Esta noche, todos intentarán saltar la alambrada. Toda la muchedumbre. Están hipnotizados por esa luz en la montaña. Mire, está colocada en un ángulo adecuado para reflejar el sol. Va girando lentamente para mantener el máximo brillo en el centro. Eso no es un observatorio. ¡Es una máquina de hipnosis!
    ―Sí ―asintió el padre Luis―. Es igual que en mi visión. Yo lo vi. Los llama. Retuerce sus mentes ―daba la espalda a la montaña Mezapico―. Yo no miraré ―balbuceó el anciano.

    Morelli le cogió por el hombro en gesto de camaradería.

    ―Pero padre, ¿ha pensado que, si llegaran a la máquina, podrían intentar destruirla? ¿Por qué no, si ella está destruyendo sus almas? Sólo necesitan que alguien les dé la idea.

    La cabeza del sacerdote se agitó en un gesto de negación.

    ―Son chivos para el sacrificio. No supone ninguna diferencia. El efecto ya se ha eh extendido mucho más allá de ellos, se dice. Además, no es fácil derribar la máquina. Los soldados los matarán

    Ruth también salió de la Sierra y se dirigió a la alambrada. Había jirones de tela prendidos en ella. Algunas púas estaban cubiertas de moscas que revoloteaban y volvían a posarse. Sangre seca. Un Esclavo de Satán giró para dirigirse a ella: era un joven larguirucho, antinaturalmente flaco, con pantalones tejanos y sucias botas de cuero. En la delantera de su cazadora de cuero se leía DANNY en letras formadas con tachuelas. En la parte trasera había pintada la carta del diablo de la baraja de Tarot: el dios con cuernos y dos homúnculos, un varón y una hembra, encadenados a sus pies. Tenía unos ridículos cuernos pegados al casco, unos cuernos que, sin duda, le atravesarían el cráneo si alguna vez tenía una mala caída con la moto.

    ―Hey, Danny ―arrulló Ruth por encima de la alambrada.
    ―Hola, nena ―señaló con el pulgar los chamuscados restos de una hoguera, en su lado de la valla, y luego las tumbas que los soldados estaban cavando en el lado de ella―. Qué, ¿nos hemos perdido la misa negra?
    ―No te preocupes, habrá otro espectáculo esta noche. Yo que tú sería buen chico y volvería a casa.

    Danny palmeó cariñosamente su máquina con una mano huesuda.

    ― ¡Con este cacharro, podría saltar tu alambrada y estar en la cima de la colina antes de que esos imbéciles de soldados se despertaran siquiera!
    ―No estés tan seguro de eso, Danny.

    El muchacho se puso de pie a horcajadas en la moto, sobrenaturalmente alto, delgado como un rastrillo.

    ―Oye, nena, ¿y si te saco de ahí y te partes una cerveza con los Esclavos?
    ―Me llamo Ruth ―dijo ella―, no nena. Ruth Hammond.
    ― ¡Mierda! ¿Es verdad? ¿Eres su hija?
    ―Su esposa, Danny.

    Danny hizo una reverencia burlona, inclinándose sobre el manillar hasta tocarlo con los cuernos. Se irguió y exclamó:

    ― ¡Esclavos! ¡Os presento a la tipa de Hammond! Saltad esa valla, señora; os adoraremos con nuestros cuerpos.

    Su enjuto rostro infantil tenía una expresión lasciva.

    Ruth, medio desvanecida, se apoyó contra una de las estacas de madera de la alambrada, oliendo cómo su fantasía se hacía realidad en carne, brillantina, pelo y cuero.

    Danny tuvo la impresión de que se inclinaba hacia delante para que él la sacara de allí con sus brazos, que cerraba los ojos como tantas otras nenas rindiéndose en chapuceros altares, tras las gasolineras, en los aparcamientos

    Dejando caer su pala sobre una tumba, el soldado mexicano más próximo se descolgó el fusil del hombro y lo agitó en dirección al alto Ángel, que le respondió con una sonrisa insolente mientras tendía los brazos hacia su pequeña presa morena, sabiendo que ella se interponía entre él y cualquier bala.

    En aquel momento Morelli corrió hacia ellos, escupió al rostro del Ángel y apartó a Ruth de un tirón.

    Danny volvió a su moto, muy despacio.

    ― ¡Te estoy fotografiando con los ojos, tío! ―gritó―. ¡Y te recomiendo que tú también te aprendas de memoria tu cara! Señora Ruth, los Esclavos de Satán montan por ti esta noche.
    ―Vete a la mierda ―juró Morelli. Luego gritó al soldado―. Dispárele a ese cerdo a una pierna. Le hará un favor al mundo.

    Pero el soldado negó con la cabeza. Sólo hacía falta arrojar un guijarro al estanque para que las ondas empezaran a extenderse. Un disparo, tal vez, para galvanizar a aquellos cientos de espectadores catatónicos y convertirlos en una turba desesperadamente violenta.

    Morelli hizo subir apresuradamente a Ruth pendiente arriba, agarrándola tan fuerte que hizo crujir la articulación de su brazo.

    Cuando Richard Kimble la descubrió en la cama con aquel periodista, ¿la había apartado con la misma fiereza? No. Richard se había quedado allí, boquiabierto, sollozando. En su impotencia, el italiano sí era potente.

    ―Sucios degenerados de la costa oeste ―exclamó, airado―. ¿Qué creía que estaba haciendo, Ruth? ¿Calentarles las braguetas? Su marido se dedica a hipnotizar al mundo entero, ¿y esto es lo mejor que se le ocurre para usted misma?
    ―Me sentí débil de repente ―se excusó ella―. Hay tanta gente, y todo es obra de Paul, me parece horrible. Es un hijo de puta
    ― ¿Repetiría eso en público, Ruth?
    ― ¿Eh?
    ― ¿Me ayudaría?
    ― ¿A acabar con Paul? ―ella sacudió la cabeza, malhumorada―. Él va en serio. Es un genio. ¿Sabe quién fue Rasputín? Le dispararon, le envenenaron, le ahogaron, y él siguió caminando, y hablando, e hipnotizando a la gente. No pudieron acabar con él con hachas. Lo he leído en el Reader's Digest. Rasputín no era más que un mago de pueblo. Paul es un gran científico, no necesita bolas de cristal. Tiene un radiotelescopio, ¡la lupa más grande de la historia! Han puesto su nombre a una galaxia Rasputín era un cerdo con las mujeres ―cambió de tema―, pero ellas le adoraban. Paul también parece muy seguro en eso. ¿Sabe que es fatal en la cama?

    Los ojos de Morelli se nublaron.

    La expresión de Ruth era algo intermedio entre la carcajada y la conmiseración.

    ―Él puede hacerlo ―afirmó con énfasis―, sólo que, como amante, es torpe. ¡Maldito sea, se cree que es tan genial en el sexo como en todo lo demás!
    ― ¿Le ha dicho alguna vez a la cara que no es bueno en la cama, Ruth?

    Ella negó con la cabeza.

    ―Hágalo ―le susurró él con fiereza―. ¡Por Dios, hágalo!
    ―Quizá la torpe sea yo, no él Yo no le quitaría la alfombra de debajo de los pies
    ―La habilidad en el sexo es casi lo más importante para el ego de un hombre ―se obligó a decir Morelli―. La desesperación sexual es la desesperación más devastadora.
    ―Es peor la desesperación de la existencia misma ―le amonestó el padre Luis.
    ― ¡Una cosa puede llevar a la otra! Un ser humano es una criatura sexual. Todas sus obras son sublimaciones.
    ―Lo sobrevalora ―respondió amablemente el viejo sacerdote.
    ―La teoría de la nada de Hammond es sin duda una proyección, en la pantalla más grande que ha encontrado, de sus propios miedos ocultos.
    ―Hijo mío, el mundo entero está enfermo de la nada. Pero lo que teme no es el fracaso de la sexualidad. Teme al hambre, teme a la existencia de demasiada gente gracias a la sexualidad. El declive de la civilización, el agotamiento de los combustibles, el envenenamiento de los mares, ¡a eso teme!

    Su frágil mano hizo un gesto hacia el Pacífico, visible en forma de una franja color azul brillante a lo largo del límite del desierto.

    ― ¿Los mares? ¡El símbolo sexual más importante! ―bramó Morelli―. Thalassa, el Mar, es el vientre de nuestro ser. Una vez lo envenenemos, nos habremos esterilizado. ¡Si mueren los peces, muere también el esperma del espíritu!

    Ruth se apartó un poco de él, acercándose a los soldados. Parecía tan turbado como para atacarla. Y no quería quedar mutilada, como él. ¿Y sólo momentos antes había soñado con ser violada por Ángeles? Eso la habría dejado ilesa, ¿o con marcas tribales en las mejillas? ¡Marcada en los pechos, tal vez!

    ―El sexo es la energía vital, pero hemos gastado toda la energía del planeta; y, sin energía, somos impotentes. Sabemos eso en nuestros corazones, padre, así que buscamos una religión de impotencia, decimos que el universo es un reflejo de nosotros mismos. ¡Si buscamos algo, lo encontraremos con toda seguridad, por la más científica de las razones!


    El Land Rover en que había llegado Morelli a Mezapico tomó en aquel momento la curva de la carretera de San Pedro, con Richard Kimble al volante y Paul Hammond en el asiento del pasajero. El espectáculo de Hammond acudiendo en persona a inspeccionar el sutil centro de histeria que había creado horrorizó tanto a Morelli que no pudo decir palabra. Si se tratara de cualquier otro, habría sido pura irresponsabilidad, pero ¿es irresponsable un megalómano? Todo lo contrario; es un caso de responsabilidad agravada. Hablamos de irresponsabilidad, ¿por qué no de supra responsabilidad? Hammond se hacía responsable de todo.

    ―Creí que podías estar en peligro aquí, Ruth ―le espetó Hammond al bajar del coche, mientras Kimble mantenía el motor en marcha―. ¡Morelli, ha sido usted un imbécil al traerla aquí!
    ― ¡No tanto como usted al venir!
    ―Tengo que proteger a mi esposa. Obviamente, usted no tiene sentido común. Ven conmigo, Ruth; Richard puede conducir la Sierra de vuelta.

    No mencionó la posibilidad de llevar a Morelli, en su propio vehículo alquilado.

    Ruth pensó que Paul la cogería por el brazo, como había hecho Morelli un momento antes, pero su marido pasó de largo junto a ella y se dirigió a la barricada, donde se detuvo antes de cruzarla. Un teniente mexicano salió corriendo de una de las tiendas y empezó a suplicarle que se marchara. Hammond, impaciente, bostezó.

    Arriba, en la montaña Mezapico, el Gran Plato sostenía su cucharada de luz solar condensada, abrasando las retinas de la multitud

    El Ángel Danny volvió a acercar su moto a la alambrada y miró al doctor Paul. Luego exclamó su nombre en voz alta.

    Precipitadamente, el teniente sacó la pistola de la cartuchera, apuntó a la rueda delantera de la moto y apretó el gatillo. Con toda limpieza, Paul Hammond sujetó al oficial por el codo y se lo movió, pero para corregir la dirección de la bala, no para alejarla.

    Richard Kimble lo vio con toda claridad desde donde estaba sentado, ampliado desde el otro extremo de un túnel visual. La mano. La pistola. La puntería precisa.

    La bala dio en el depósito de combustible en vez de en la rueda, y el depósito estalló en una repentina bola de fuego. Las llamas ascendieron por la figura larguirucha del Ángel, escupiendo unas gotas ardientes al otro lado de la alambrada. Hammond retrocedió ágilmente, dejando que el teniente sufriera ligeras quemaduras por la gasolina en llamas. El oficial dejó caer la pistola con un aullido y corrió hacia las tiendas sin dejar de gritar.

    Danny se dejó caer en la arena, chillando sin cesar. El diablo pintado en su espalda ardía con lenguas de fuego verde particularmente brillantes. Por fin consiguió extinguir las llamas, y quedó tendido a veinte metros de su vehículo ardiente, agitando espasmódicamente las piernas, como una rana gigante electrocutada.

    Pero los otros Esclavos habían oído su grito. Cantando a coro el nombre «Hammond», lanzaron sus motos hacia el cuerpo de su cabecilla. Y el nombre corrió entre la gente sentada que miraba hacia la montaña. Con el movimiento ondulante de un ciempiés, la multitud se levantó.

    Hammond empujó con fuerza a Ruth en dirección al Land Rover, haciendo caso omiso de sus protestas.

    ― ¡Sal, Richard! ¡Conduce la Sierra!

    Richard permaneció testarudamente sentado.

    ―Lo has matado, Paul. Te vi apuntar la pistola
    ―No está muerto, sólo herido. Mira, lo están poniendo de pie ¿ves? Se lo llevan andando.
    ―Lo arrastran, se está muriendo.
    ―Maldita sea, Richard, ¿quieres salir de una vez? ¡O nos matarán a todos!

    Sin pensar en el disparo, como si fuera algo irrelevante, Morelli preguntó:

    ― ¿Por qué su telescopio siempre refleja la luz así, doctor Hammond?
    ― ¿De qué demonios habla? El disco de la antena sigue un programa automático, fijado según las discrepancias de las microondas. Ahora no tengo tiempo para entrevistas.
    ―Nos apunta a nosotros, aquí abajo.

    Hammond apartó al italiano con un empujón en el pecho y abrió la portezuela del pasajero para hacer entrar a Ruth. Ella se acurrucó allí ―una figura patética―, mientras Paul rodeaba el vehículo y abría de un tirón la portezuela de Richard.

    Richard seguía allí sentado, negándose a moverse, cuando una metralleta ligera abrió fuego desde la parte superior del semioruga más cercano, levantando una línea de polvo a lo largo del sector más cercano de la alambrada.

    Un susurro recorrió la multitud: viento sobre trigo humano. Richard bajó rápidamente y se dirigió a la Sierra.

    ― ¡Suba, Morelli, aprisa! ―gritó por encima del hombro―. ¡Venga conmigo!

    Se dio cuenta de que el italiano tenía toda la razón con respecto al telescopio. La metralleta volvió a arañar la alambrada, dejando marcas en el polvoriento suelo.


    17


    BOB PASKO había explicado a grandes rasgos el problema al doctor Kato. Tras aquellas gafas bifocales sin montura, los nublados ojos examinaban ya el asunto para sus adentros. El campo de visión del anciano podía terminar a pocos metros delante de él, pero dentro de su cabeza se extendía hasta desaparecer en la distancia. Kato también tenía ideas agradables acerca de volver a ver a la señorita Patton. La gordura de la chica le motivaba eróticamente.

    Tenía esa obesidad generosa de la camarera campesina de una posada, que se arrodillaba con su brillante kimono para ofrecer sakí a un anciano achispado y luego jugaba con él en la bañera. A los que visitaban su despacho se les ofrecía un té verde flojo, servido por una de esas chicas, reclutada en el campo y vestida con una bata corta blanca de enfermera.

    Enozawa hablaba con el anciano, en rápidas ráfagas de japonés. La fluidez estrangulada de sus palabras implicaba una cierta deferencia, pero era una deferencia acelerada, impaciente, e incluso las educadas tentativas verbales de Enozawa parecían breves, como las antenas rotas de las langostas.

    Kato inspeccionó a Georgi Nilin con curiosidad mientras Enozawa hablaba, asintiendo en casi todas las pausas, proporcionando una puntuación verbal como « ¡hai! ee so».

    El niño le devolvió fríamente la mirada. Tomó un sorbo del nauseabundo té verde, desdeñando el caramelo que Pasko se había sacado del bolsillo.

    ―Ya se me había ocurrido eso, señor Pasko ―rio amablemente Kato, mientras el psiquiatra, irritado, tiraba el caramelo abierto a la papelera―. Pero pensé que una taza japonesa de porcelana para el té sería una prueba mejor de su madurez, en contraste con su infantilidad, ¿entiende?

    Dejando con gran precisión la taza sobre el escritorio de Kato, el niño se bajó del asiento para reanudar su incesante búsqueda de clips, gomas elásticas, lápices y toda la parafernalia de oficina, que sus dedos empezaron a ensamblar obsesivamente. Una pseudomáquina tomó forma sobre el escritorio, desgarbada y precaria. Pero se mantenía entera.

    Mientras él ensamblaba la máquina, los demás seguían con su propia asamblea

    ―Deben de haber impreso diferentes aspectos del modelo mental en su cerebro, a lo largo de diferentes períodos ―sugirió el psiquiatra, pensativo―. O, si no, el modelo completo muchas veces. El hecho es que el cerebro infantil no madura a una velocidad constante; no se puede programar nada cuando no hay circuitos disponibles. Demonios, ni siquiera estamos seguros de que muchas de las neuronas sean capaces de transmitir algún impulso durante etapas enteras. El aislamiento de mielina aún se está extendiendo por los neuroejes al menos durante los dos primeros años de vida, uña y carne con el desarrollo en el comportamiento del niño.
    ―Ah, pero ¿qué viene primero? ―interrumpió Tom Winterburn―. ¿El tráfico a lo largo de los nervios provoca el efecto de aislamiento? ¿O es el aislamiento lo que hace posible el tráfico? Si se trata de lo primero, entonces una interferencia en forma de impresión podría fijar las vías, en otras palabras, forzar el desarrollo: acelerar la formación de vías. Pero estoy de acuerdo en que es improbable que este trasplante de conciencia se produzca directamente. Personalmente, creo que se ha hecho mediante refuerzo, usando el modelo completo durante un largo período. Pero ¿cuán largo?
    ― ¿Está usted dando por sentado que el niño está programado? Yo sólo teorizaba.
    ―Tengo que hacerlo, ¿no lo entiende? Si están usando el 370-185 en Sajalín para programar el modelo de personalidad humana en cachalotes, y Dios sabe qué más

    Tom Winterburn se volvió hacia Kato.

    ―Y bien, señor, ¿cree que es posible?
    ―Además, lo hemos traído aquí ―intervino bruscamente Orville Parr, acosado por su ansiedad claustrofóbica―, por si algo provoca en él una reacción, como sucedió en el zoo. ¿Se lo ha contado Pasko? Y parece que al niño le gusta comunicarse mediante modelos. Objetos, no palabras
    ―Aquí tenemos muchos modelos de cerebros de ballenas ―parpadeó Kato―. Y también secciones de cerebros genuinos. Nuestros agentes en los barcos balleneros los recogen siempre que es posible. Además, hay un cierto número de handô iruka, delfines embalsamados vivos, por no mencionar un pequeño shachi, un bebé de ballena asesina

    Sonrió con educación de experto.

    ― ¿Embalsamados vivos? ―preguntó Chloe, confusa.
    ―La técnica de perfusión vital, Chloe ―siseó Herb Flynn―. Una práctica habitual. Se anestesia al animal, se sustituye su sangre por solución salina y luego por antiséptico. Técnicamente, sigue vivo. Sin conciencia, claro; nunca podrá recuperarla. Pero aún se pueden realizar algunas pruebas de estímulos con electrodos en el cerebro.
    ―Ah, sí. Claro ―asintió ella, sin convicción―. Perfusión vital.

    «Perfusión vital» parecía una frase muy vivificadora, como «transfusión de sangre». «Embalsamados vivos» olía a moho.

    ―La señorita Patton se dedica básicamente al entrenamiento ―señaló Flynn, despectivo―. Piscinas. Juegos y diversión.
    ―Más o menos ―rio Kato―. La señorita Patton y yo somos viejos amigos, ¿né?―observó, soñador, su rechoncho cuerpo, vistiéndolo con un brillante kimono floreado.

    Gerry Mercer advirtió lo incómodo de la situación y sacó galantemente de detrás de su espalda el muñeco de plástico que había comprado.

    ―Bueno, hablando de modelos, cogí éste por el camino.
    ―Ah, nuestro viejo amigo el makkô kujira ―rio Kato, en un acceso de hilaridad infantil―. El sospechoso.

    Tras los gruesos cristales, sus ojos se llenaron de lágrimas ante el espectáculo de aquel juguete mostrado seriamente dentro de su Instituto. Herb Flynn fulminó con la mirada a Mercer, que enrojeció hasta las cejas; de todos modos, avanzó para ofrecer el juguete a Georgi Nilin.

    El niño dejó escapar un grito y lo agarró.

    Vengado, con una amplia sonrisa, Gerry le dio la ballena. Pero, desgraciadamente, aún le quedaba algo de agua dentro: en cuanto el niño apretó los flancos de la ballena brotó, mojando al doctor Kato.

    ― ¡Oh, cuánto lo siento, señor!

    Gerry se precipitó hacia él con un pañuelo. Kato se quitó las gafas y, con toda delicadeza, las secó con su propio pañuelo.

    ―Los niños son niños ―señaló. Pero, ¿quién era el niño? ¿Georgi o Gerry? Era difícil de decir.
    ― ¿Sería usted tan amable de mostrarnos el lugar, señor? ―sugirió Pasko, con más diplomacia―. Como dice el señor Parr, algo puede provocar una reacción en Nilin.
    ―Da da da ―canturreó el niño, meciendo la ballena de plástico negro ante la máquina que había ensamblado sobre el escritorio de Kato―. Kit, kit, ¡Kachalot kit!

    El niño agarró firmemente su nuevo juguete, mientras Mijail lo guiaba fuera a una señal del doctor Kato.

    ―Juraría que el joven Georgi usa la palabra «kit» en ambos sentidos ―murmuró Tom Winterburn―. La entonación es diferente. «Ballena», en ruso. «Juego de construcción», «modelo», en inglés. La ballena es
    ―Un juego de construcción ―asintió Pasko―. Y viceversa. Quizá.

    Tom Winterburn sacudió la cabeza.

    ―No. Creo que es algo más complicado.

    Herb Flynn señaló con impaciencia a Chloe Patton el modelo del cerebro de delfín: un rompecabezas tridimensional compuesto por varios segmentos de plástico transparentes teñidos de diferentes colores. Todo el ensamblaje se hallaba dentro de un cilindro incoloro cuya forma representaba una sección de la cabeza del animal. Un espiráculo muy realista lo cruzaba en canal, hasta la parte trasera del cerebro. Delante del espiráculo, un segundo túnel más largo, tallado en el plástico que representaba las fibras musculares, dejaba al descubierto un trozo de cráneo del tamaño de una moneda, en el que había un limpio agujero.

    ―Así lo hacemos también en San Diego. ¿Recuerdas, Chloe? ―Herb metió el dedo por el segundo túnel y rascó el plástico con la uña, señalando las etiquetas con nombres estarcidas una a una dentro del modelo, mientras Kato observaba con gesto benévolo.
    ―Aquí arriba el cerebro, la médula ósea justo en la base. El tubo de aislamiento para el electrodo baja directamente a través del tejido cerebral hasta la parte superior del cerebelo. Ahí, ¿ves? Luego metes el electrodo. ¿Comprendes, Chloe? Esta zona es el teclado de control del cerebro, desde donde se organizan los movimientos voluntarios. Así, estimulándolo, podemos probar nuestras funciones motrices
    ―Sí ―susurró Chloe, distraída, deseando seguir hacia las maquetas de cerebros de ballenas más grandes, hacia las que estaba menos sensibilizada.
    ― ¿Interesante, né, el cerebelo? ―Kato la retuvo agarrándola por el regordete brazo―. Sigue el esquema estándar de los mamíferos, pero ¡con tantos rasgos inusuales! El gran tamaño del paraflóculo, aquí, ¿no? Luego la extremada atrofia del lóbulo flóculo nodular. Pero esto se relaciona con el control de la forma del cuerpo durante la natación, así que era de esperar. Toda esta zona tiene que quedar como está en cualquier transferencia de mente, en «piloto automático», por decirlo de alguna manera. Y lo mismo se puede decir de nuestro amigo el makkô kujira.

    Por fin la guio hacia delante ―con otro pellizco en la carne―, hacia el siguiente cerebro de plástico: un modelo mucho más grande, cuya etiqueta en latín decía physeter catodon.

    ―Aquí, el cachalote. Su cerebro pesa casi nueve kilos. Pero el peso absoluto no significa nada, ¿ne? Si fuera así, los elefantes serían filósofos. Pero, si comparamos los radios cerebrales del hombre y el makkô, o si contrastamos la complejidad de los cerebros, ¡el makkô parece nuestro igual! Creo que es una tontería considerar al makkô «inteligente» en nuestro sentido humano. Pero, con este grado de complejidad, y dado el volumen de su materia gris, quizá se podría imprimir en él alguna inteligencia humana. Mire, la corteza cerebral está enormemente convolucionada; no es el asiento de la conciencia, aquí es donde habría que realizar cualquier impresión, creo

    Se enfrentó a Tom Winterburn, sin soltar ni un momento el brazo de Chloe Patton.

    ― ¿Me pregunta si es posible? ―suspiró―. ¡Ah, hay tantas discrepancias entre el cerebro humano y el cerebro de una ballena! Mire, una zona pre motriz ocupa buena parte de los lóbulos frontales. En los hombres, esta zona se encarga de la planificación consciente y de la previsión. Sospecho que debe controlar todos los tubos en la frente de la ballena. Creo que ustedes lo llaman «melón». Pero, ¿qué tiene que ver esto con la planificación inteligente? Nada. Así que, para mí, eso prueba que las ballenas carecen de un intelecto al estilo humano. Además, en el lóbulo frontal de la ballena no hay ninguna zona de asociación. .., ¡otra discrepancia! Por otra parte, las ballenas dentadas no tienen sentido del olfato, así que lo lógico sería que no tuvieran centro olfativo. El hipocampo y el cuerpo mamilar no existen, cierto, pero mire aquí: el núcleo amigdaloide y el tubérculo olfatorio están presentes. ¿Por qué? ¿Qué papel desempeñan? ¿Quién sabe? ¿Los rusos?

    Pasó su mano libre a todo lo largo de la maqueta.

    ―Mire lo comprimido que está el cerebro de la ballena desde la frente a la nuca, ¿né? Todo el cerebro está concentrado y retorcido en función de la estructura del cráneo. ¿Cómo podemos superponer un mapa de la mente humana en esto? Todas las ubicaciones están desplazadas y cambiadas.
    ―Disculpe, señor, pero creo que sus modelos nos están apartando del tema ―interrumpió Tom Winterburn―. Están muy bien hechos, claro, pero me temo que nos llevan a equívocos.

    Bob Pasko gimió para sus adentros. ¡Kato había dedicado toda su vida a crearlos! Gracias a Dios, aquella mocita gorda estaba allí para encandilar al anciano, ahora comprendía la lógica de su presencia. Al menos alguien, en alguna parte, presumiblemente en San Diego, sabía cómo manejar a la gente.

    ―Sus maquetas, señor, sugieren hacer pedazos algo y luego volverlo a juntar en unidades completas, como un rompecabezas. Intercambiando partes de un modelo

    Georgi, que había estado contemplando el plástico coloreado del cerebro, emitió un pequeño grito ante el sonido de la palabra

    ―Estoy pensando en un modelo matemático, que puede ser almacenado y remodelado matemáticamente para que adopte una nueva forma, sin trastocar necesariamente el contenido. En Occidente ya hay disponibles unos cuantos modelos simplificados de la actividad cerebral humana. El 370-185 podría comérselos para desayunar. Y hablando de mapas, señor, ¿sabía usted que existe una técnica matemática llamada «cartografiado», que no tiene nada que ver con dibujar diagramas representacionales? Es parte de la matemática hilbertiana, una manera de traducir modelos abstractos de un modo a otro. Los diseños geométricos pueden parecer muy diferentes, pero se los puede «cartografiar» algebraicamente para demostrar que tienen la misma estructura abstracta. ¿Por qué no hacer algo parecido con modelos abstractos de diferentes clases de cerebros?

    Kato se encogió de hombros, ofendido.

    ―No soy matemático. Soy biólogo. Creo que es el momento de mirar los tanques de embalsamamiento.

    Pellizcó a Chloe Patton con tanta fuerza que la hizo gritar. Ella recordó con toda claridad los dibujos de chicas curvilíneas en los tebeos sadomasoquistas de los quioscos del muelle.

    ―No quiero ver los tanques de embalsamamiento ―protestó.
    ― ¡Pero si tenemos un pequeño shachi, querida! Y también hay un makkô kujira bebé que sacamos del vientre poco antes de que naciera

    ¡Así que allí tenían un cachalote en carne y hueso! Pasko pensó a toda velocidad. Evidentemente, Kato lo había estado reservando para el final. Era obvio que ver aquella ballena sería crucial para Georgi. ¡Vamos, Chloe!, pensó con todas sus fuerzas, comprendiendo que Kato podía negarse a seguir, resentido, si la señorita Patton no se portaba bien, y justo después de las frases despectivas de Tom Winterburn.

    Deseando fervientemente que existiera la telepatía, intentando concentrarlo todo en lenguaje facial, Bob Pasko le dedicó a la joven una sonrisa apremiante y alentadora. Ve a ver los malditos tanques de embalsamamiento, aunque te recuerden a las langostas moribundas junto al restaurante. ¡Coge los electrodos y clávalos en la carne! ¡Y acepta un pellizco en el culo, si hace falta!

    ―De acuerdo ―asintió Chloe, tras pensarlo un momento―, vamos a ver a ese bebé de cachalote. Por el bien del pequeño Georgi ―añadió, mirando a Pasko con expresión dolorida.

    ¡Sobresaliente, Chloe!, suspiró aliviado el psiquiatra.


    18


    EL CACHALOTE NONATO que flotaba en líquido antiséptico medía cuatro metros de largo. Le habían abierto el cráneo para dejar al descubierto el cerebro desnudo y el melón sin espermaceti, convirtiendo la cavidad de la frente en un embrollo de tubos como entrañas. La delgada placa de la mandíbula inferior colgaba inerte una tapadera boca abajo de la gran bañera que era la mandíbula superior

    Georgi Nilin dejó escapar un grito nada más ver el tanque; se liberó de la mano del mujik y corrió hacia él, gesticulante.

    ― ¡Daitie radio! ¡Vicliuchitie!
    ―Quiere un aparato de radio ―tradujo Tom Winterburn, asombrado.

    Chloe se ofreció rápidamente voluntaria para ir a buscar uno, aunque no tenía la menor idea de dónde podría encontrarlo.

    ―Uno de los chóferes puede hacerlo ―dijo Kato, malhumorado.

    Debidamente instruido, uno de los conductores de Enozawa se alejó a paso ligero, con las suelas de cuero de sus zapatos golpeteando contra el suelo.

    ―Los autistas se sienten más seguros con las máquinas ―comentó Pasko con tacto―. Eso, si es un simple autista. Ya sabe, respuestas predecibles. Encendido es encendido, apagado es apagado
    ―Puede que quiera reparar simbólicamente la cabeza del animal ―sugirió Flynn―. Quizá quiera ese «modelo» que ensambló en el despacho del doctor Kato. ¿Será eso su radio?
    ― ¿Voy a buscarlo, por si acaso? ―el cuerpo de Chloe onduló hacia la salida.
    ―No ―replicó Pasko con brusquedad―. Quiero decir sí, pero yo iré a cogerlo, señorita Patton. Vi cómo lo hacía el niño, así que sé dónde están los puntos débiles. Estoy coleccionando esos modelos para estudiarlos.
    ―El otro chófer ―señaló Enozawa― es un hombre muy delicado. Cuida bonsáis en su tiempo libre. No romperá su juguete.

    Pasko se encogió de hombros. No le importaba gran cosa si el conductor rompía el cacharro o no, mientras Chloe Patton no se moviera de allí. Así que el otro chófer también salió a paso ligero tras un simple gesto de Enozawa, según observó Orville Parr. ¡Ya ni se molestaban en mantener la farsa de dar instrucciones al hombre en japonés! Oh, vaya si hablaban su idioma. Lo escuchaban todo. Igual que la cámara Nikon le filmaba a él, en su propio despacho, desde los tejados.

    En aquel momento regresó el primer chófer con un transistor, y Pasko se lo entregó a Georgi Nilin. Al instante, el niño se agitó y gritó para que lo levantaran hasta la parte superior del tanque. Una vez allí, dirigió serenamente a su mujik con movimientos natatorios del cuerpo, hasta que estuvo situado sobre el cerebro abierto.

    El niño puso en marcha la radio. Una ráfaga de música orquestal llenó la sala.

    ―La Pastoral de Beethoven ―identificó Kato.

    A Chloe Patton no se le ocurrió una música menos apropiada para la escalofriante cámara antiséptica que aquella catarata de dorados sonidos.

    Georgi se inclinó hacia delante, de bruces, y hubiera caído directamente al fluido de sostenerle unas manos menos recias que las de Mijail. Metió los brazos en el líquido hasta los codos y, con sumo cuidado, colocó la radio sobre el ancho cuello de la ballena, justo por detrás de la abertura.

    La radio siguió sonando, sumergida, pero lo que había sido una catarata dorada se convirtió en un mugido lóbrego.

    ― ¡Ahora parece la canción de una ballena, desde luego! ―rio Flynn.
    ―Pero no la de un cachalote, Herb. Es la única ballena que no emite esos sonidos. Los cachalotes sólo se comunican mediante clics, como los de un contador Geiger. Es lo único que hacen, emitir clics. Nada de canciones.
    ―Kik ―canturreó Georgi―. ¡Ki-ki-ki-kik!
    ―Bueno, está de acuerdo contigo, Tom.
    ― ¡No estás razonando, Herb! Sólo suponiendo que usaran otro tipo de ballena. Los rusos podían oír su auténtica voz debajo del agua desde cientos de kilómetros, ¿no?

    El rostro velludo y manchado de acné asintió.

    ―Si fuera una ballena yubarta, y estuviera entre dos capas reflectantes, y emitiera un centenar de decibelios, sería detectable desde oh, casi cuarenta mil kilómetros, teóricamente
    ― ¡Vamos! ―exclamó Parr, incrédulo.
    ―He dicho casi cuarenta mil kilómetros, y bajo condiciones perfectas.
    ―Cristo. Para entones ya te habrás salido del mar
    ― ¡O dado la vuelta al mundo! ―sonrió Herb Flynn―. Para las ballenas el universo es curvo, señor Parr. ¡No tendrán tantos problemas con el espacio einsteiniano como nosotros!

    Pasko advirtió un estremecimiento nervioso en el ojo izquierdo de Kato ante la mención de Einstein y del espacio, y además, el anciano había soltado el brazo de Chloe Patton. La chica aprovechó rápidamente su liberación para escurrirse hacia el tanque situado en el otro extremo, fingiendo un gran interés por lo que allí había.

    Para entonces, el segundo chófer había vuelto al trote con la «máquina» de Georgi; pero nadie parecía interesado en ella, y menos aún el chico, que tenía los ojos clavados en el transistor que seguía mugiendo al oído de la ballena. El japonés se quedó sosteniendo delicadamente la construcción entre sus recias manos.

    ― ¿A qué distancia pueden viajar los clics de los cachalotes, Herb?
    ―Nueve o diez kilómetros, Tom; no más.
    ―Así que tendrán que comunicarse con su cachalote por radio. Lo que significa que le habrán implantado quirúrgicamente una en la cabeza.
    ― ¿Y qué utilizan como señales? ¿Código Morse? Los clics de los cachalotes parecen una especie de Morse.

    Fue una sugerencia más bien frívola. De todos modos, Tom Winterburn se la tomó en serio.

    ―Lo dudo. Estás dando por supuesto que hay un «piloto» que habla ruso manejando a la ballena. Eso es parte del problema con estos modelos de plástico de Kato. Te hacen visualizar cosas erróneas. Problema: ¿Cómo insertar un operador de radio ruso? ¿Quitando la Parte A del modelo ballena y sustituyéndola por la parte correspondiente del modelo humano? ¡Oh, no! Sencillamente, el cerebro de la ballena en conjunto no está hecho para procesar el lenguaje humano. Ni siquiera el lenguaje humano en código Morse. Después de todo, sigue siendo el mismo lenguaje: charla humana. Habría que diseñar una especie de código simbólico compatible con el sistema que tienen las ballenas de procesar sus propias señales. No te puedes limitar a imprimir conocimientos de ruso en una ballena. Quizá puedas imprimir a otro ser humano. Ya tenemos un plan para estudiar idiomas así. Pero no con otras especies. ¡Ése es el maldito enigma! El lenguaje humano y la conciencia están tan entrelazados No veo cómo se puede tener lo segundo sin lo primero.

    Se frotó la nariz, pensativo. Aquella luz daba un tono azulado a todos sus rasgos: un explorador polar congelado.

    ―Deben admitir que sería mucho más sencillo entrenar a una ballena usando electrodos sobre los centros del dolor y el placer, ¿verdad, Tom? ¿Seguro que no estamos siguiendo a un arenque ahumado? ―Flynn se echó a reír―. ¿O a una ballena ahumada?

    Orville Parr asintió vigorosamente. De cualquier manera, la criatura polar siguió hablando:

    ―Todo depende de lo que quieran que haga la ballena. Si sólo queremos que bombardee automáticamente submarinos, muy bien, estoy de acuerdo. Si quieren que haga de espía y se comunique con nosotros, entonces hay que cartografiar «humanidad» en el animal, de alguna manera. Pero, ¿cómo diablos se mete toda la información necesaria en señales de radio codificadas de unos pocos clics de longitud?

    Chloe Patton asomó brevemente la cabeza desde detrás del tanque.

    ―No es justo llamar «clics» a los sonidos del cachalote, capitán Winterburn. Piense en los pájaros. Oímos un trino en el jardín, pero ese trino está compuesto por cientos de sonidos individuales. Y el pájaro puede distinguir cada uno de ellos.
    ―Un momento, señorita Patton. ¿Cuántos sonidos individuales diría que hay en el clic de una ballena?
    ―Oh, tengo fotografías osciloscópicas con docenas de pulsaciones concentradas en veinte microsegundos.
    ―Entonces, ¿lo que oímos como un solo clic puede transmitir un mensaje complejo? ¿En un código simbólico?
    ―Alguien hizo un trabajo sobre eso ―Herb Flynn rebuscó irritado en su maletín―. Unas especulaciones bastante excéntricas, si no recuerdo mal. Pero lo he traído Si, aquí está. Sobre la decodificación de las señales del Physeter, es decir del cachalote, y el uso del código para Dios, sí, aquí viene el trozo loco. Es un astrónomo. Sugiere usar los clics de las ballenas para codificar mensajes cósmicos. Se publicó en la Review of Biological Psychology. Un púlpito para excéntricos. De todos modos, ya que estamos en el campo de las ideas chifladas ―se interrumpió, con los ojos clavados en las hojas que tenía en la mano―. ¡Buen Dios! ¡El tipo que escribió esto es del equipo de Paul Hammond! ¡Para que digan que la locura no es contagiosa!

    Ahora Kato sudaba ligeramente, como el cristal de su tanque de antiséptico, con tanta gente respirando en torno a él.

    ―Tengo que saberlo ―intervino bruscamente el biólogo japonés―. Las ideas de ese hombre, ¿representan un consenso científico? ¿El Kami no ashioto, né? He intentado por todos los medios no pensar en ello.
    ―«Las pisadas de Dios» ―tradujo Enozawa crispado, con voz tensa.
    ―Sí, la nada en el núcleo ―murmuró el anciano―. Parece ser el sepukku del alma occidental.

    Se pasó expresivamente el pulgar por el diafragma, de izquierda a derecha, terminando el gesto con un brusco giro hacia arriba desconectando la llave de la máquina humana.

    ― ¿Y también de la ciencia? Todos podríamos ser más felices si supiéramos que no hay nada y que no somos nada. Los japoneses hemos destruido nuestro país por imitar a Occidente. Ahora somos demasiados como para relajar el paso. Debemos seguir en marcha, pero no hacia la luz, ¡hacia la oscuridad!

    Enozawa se irguió, resuelto. Oír al anciano director hablar del sepukku, llamando a la hazaña por su nombre honorífico en vez del vulgar harakiri, ¡cómo le animó! Aún era posible restaurar los viejos valores.

    ―Qué extraño es ―reflexionó Kato― que la ciencia americana deba cometer este acto de nihilismo. Que los que aterrizaron en la Luna deban mirar ahora hasta donde alcanza la vista y decir: «No hay nada». Los japoneses siempre nos hemos sentido muy cerca de la nada. Nuestra economía es la gran contradicción de este sentido interno. Ni nosotros mismos podemos acabar de comprender la paradoja. Ahora, todo llega a su fin. ¿Comprenden lo que hacemos en realidad en este Instituto? Una autopsia. Peces, ballenas, pronto nos moriremos de hambre en estas islas. Y ya ni siquiera se nos permite cazar cachalotes. Pero no hay ballenas inteligentes, ¡se lo aseguro! ¡No puedo creerlo! Aun así, tenemos que morirnos de hambre porque ustedes, los americanos, sí lo creen.

    Dirigió una dura mirada a Chloe Patton, como si su exceso de carne fuera grasa arrebatada a las ballenas japonesas, a las bocas japonesas; luego bajó la vista hacia su propio cuerpo, a través de la parte baja de sus bifocales.

    ―Cada átomo de este cuerpo, pronto, no será.

    El director volvió a mirar a Chloe Patton por encima del tanque; esta vez, como para asegurarse de su solidez, y perdonándola por ello. Chloe siguió esquivando su mirada.

    ―Eh, ¿y si le quitamos uno de sus ases a Hammond? Podríamos reclutar por la fuerza a ese genio de colaborador suyo, ¿no?

    La voz de Orville Parr era un graznido pastoso: un trozo de masilla sobre cristal húmedo. Pero estuvieron de acuerdo con él.


    Enozawa entró en el despacho de Parr dos días más tarde, mientras Parr contemplaba los taxis que volaban entre la neblina, en su estampida habitual. Serían los últimos en desaparecer. Cuando se detuvieran, Tokio moriría, ¡en vez de eso, deberían saltar los parapetos de la autopista elevada, caer a un millar de muertes ardientes! Y Enozawa en uno de ellos.

    ―El doctor Kato se suicidó anoche ―dijo severamente el japonés, cuando Parr hizo girar la silla en dirección a él―. Creemos que hay una responsabilidad, una obligación por nuestra parte y por la de América en este acontecimiento. El doctor Kato era uno de aquellos cuyas investigaciones podrían habernos ayudado. Por tanto, en el asunto de Nilin
    ―No se preocupe, todo quedará terminado en un par de días más ―le tranquilizó Parr―. Se lo prometo. Ese especialista en clics de ballenas viene en avión desde México. Oiga, siento lo del doctor Kato, sinceramente. Es una noticia terrible. Estoy, estoy anonadado. Aún no puedo reaccionar. Es espantoso ―titubeó, pero la curiosidad se impuso a la discreción―. ¿Cómo lo? ¿Es grosero preguntarlo?
    ―El doctor Kato destruyó sus modelos con un hacha contra incendios, y luego destrozó los tanques de antiséptico. Se cortó las muñecas con el cristal roto. Murió en el hospital, por la conmoción y la pérdida de sangre.

    Había dolido. Había hecho falta valor, pensó Enozawa. Pero no había sido tranquilo. El director Kato no consiguió preparar su espíritu. Murió por una rabieta de viejo; casi un acto de petulancia.

    Pero Parr recordaba a Gerry mojando al anciano con agua, a Tom Winterburn despreciando sus maquetas de cerebros, y a Chloe Patton haciéndose la dura. Naturalmente, los japoneses les consideraban responsables Y, mientras lo recordaba y deseaba estar en cualquier otro lugar, sus ojos no pudieron evitar volver a posarse sobre los periódicos de la mañana.

    REVUELTA EN MÉXICO AMENAZA AL GRAN PLATO: SE HABLA DE 130 MUERTOS, proclamaba el Pacific Stars and Stripes.
    EPIDEMIA DE SUICIDIOS ASOLA ESTADOS UNIDOS: CRECE EL NUMERO DE VIOLACIONES Y HOMICIDIOS, anunciaba el diario en lengua inglesa Mainichi Daily News.


    19


    LE DUELE LA ALETA por el mordisco de las mandíbulas del macho, pero no es grave. Ahora nada obedientemente, mientras el macho queda rezagado tras él, enviando sólo impulsos ocasionales para rastrearlo.

    Un silencio expectante reina en el océano, y el macho no parece querer turbarlo.

    Los Grandes Gimientes ―esos chismosos del mar― han sido silenciados por los saltarines Silbadores de Clics, aquellos que pueden enviar a la vez dos formas de señal; y, como pueden enviar dos formas, ellos fueron los primeros ―al principio como puro juego― en saltar la brecha entre los clics de su Propia Especie y los silbidos de los Cantores. Canciones tan vastas que pueden surcar mares enteros

    Mientras nada, piensa en lo que el macho le ha transmitido en sus impulsos:

    ¡Decenas de siglos para armonizar con los Gimientes! Ahora, Su Propia Especie puede transmitirles directamente canciones. Pero los pequeños y saltarines Silbadores de Clics lo hacen aún más deprisa. ¡Tan vivaces, tan juguetones, tan rápidos! Juegan con ideas como si fueran maderos flotantes o masas de algas, lanzando nociones a su alrededor con los caleidoscopios de sus mentes.

    Lástima, no pueden fijar las ideas en glifos. Sus caleidoscopios siguen girando, perdiendo las brillantes pautas de sus pensamientos en el juego. Por mucho que silben los signos de los grandes glifos, sólo pueden hacerlos girar en torno a un eje o dos, en conversación silbada. Los nuevos glifos estarán por encima de ellos, hasta que su Propia Especie los establezca.

    Si no fueran tan felices, ésta podría ser su tragedia. Sienten mucho más del orden interno de un glifo que los Estúpidos Gimientes. Intuyen ese profundo momento de la Estrella, cuando un glifo se convierte en un mapa de pensamiento, la imagen del mundo: cuando su Propia Especie nada mente en mente, soñando los años marinos pasados a través de glifos de comprensión cada vez más sencillos, el Primero de todos los Glifos en el centro de una Era de Hielo que se va fundiendo Por comparación, la evolución de su Propia Especie hacia la conciencia es una cosa tangible, planeada, cartografiada en los estadios glifos de sus mentes. Ahora casi pueden dirigir esa evolución, eligiendo refinamientos glíficos, moldeando el melón a través de la elección de sonidos, en glifo estrella tras glifo estrella, hacia megaglifos de conciencia aún muy lejanos en las eras de natación, aún inalcanzables, pero intuidos como El Objetivo.

    Un proceso lento como el crecimiento de un atolón de coral para encerrar una charca de agua, reflejando imágenes exactas clarificadas de la onda del Tiempo y el Ser. Las Estrellas construirán este espejo, célula a célula, en suaves frentes como paneles.

    Mientras, los Silbadores de Clics se maravillan ante esta empresa, y hacen cabriolas en torno a ella, jugando. Es triste que no puedan entrar en una Estrella, con sus pequeños cuerpos y frentes, cuando son ellos los que unieron los glifos a las canciones de los Gimientes, de manera que se pudieran conocer nuevos glifos a través de los mares. Pero no parece tan triste para ellos, porque retozan y copulan y silban, saltando y danzando sobre sus colas

    Emite un clic cauteloso; escucha tres, y luego otros tres, que convergen en el mismo punto del océano. Seis puntas de la Estrella.

    Él es Siete.

    Se encuentra con ellos morro con morro: macho viejo, hembra vieja, hembra más joven en el primer Trío; tres fuertes machos en el otro. Día relajado, tranquilo, fácil mantenerse en posición, moviendo la cola. ¡Casi tan fácil como agarrarse con (manos)!

    Su ojo izquierdo atisba el flanco y el ojo del macho más viejo. Su ojo derecho percibe a la hembra vieja. De los demás no ve nada en absoluto, sólo siente la oscilación de la base de sus frentes.

    ―Repetimos un sencillo Glifo ―transmite en pulsaciones el macho más viejo―, CONGRUENCIA. Entonad nuestros siete clics en CONGRUENCIA. CONGRUENCIA abre la boca a los Glifos Mayores


    En la cera móvil, el sonido conjura un diagrama fantasmal. La cera, al nivel del mar, está en su estado más fluido y aceitoso.

    Transmitiendo impulsos de él, lee la misma imagen impresa brevemente en otros seis melones

    En la Estrella sólo se puede escuchar el interior, sólo se oyen las esculturas aceitosas conjuradas por sus voces. No más mundo de mar. Los cuerpos bloquean todos los sonidos del exterior, en siete direcciones. Siete melones son el único campo de atención.

    Emitiendo pulsaciones, los fantasmas reúnen fuerza; y se entrelazan en una séptuple cadena de cera, un polígono anular Pensamientos arremolinados en torno a un glifo, pensamientos articulados en cristales céreos

    CONGRUENCIA es una (llave), razona. ¿Qué es una (llave)?

    Una (mano) gira una (llave). La (llave) casi siempre cierra; rara vez abre La (mano), entonces, es congruente con cerrar. Cinco barras curvadas en torno a una jaula, para crear una (mano). Una barra corta. Y cuatro barras largas. Torcidas. Cerrando.

    Esta jaula encaja en cosas. Actúa sobre cosas. Las cosas le obedecen. Así se hacen las cosas, cosas como (aceros).

    Pero la (mano) jaula también es flexible, acaricia pelo, labios, pene. A veces incluso se abre, se queda plana y no parece una jaula.

    Aunque no es más que el modelo de una jaula, desplegada. Así se burla de nosotros. (Pero, ¿quién es «nosotros»?) Porque parece tan abierta y libre, tan grande, siempre tendiéndose. Nos apiadamos de los que no tienen estas jaulas planas, suaves. Los Sin Jaulas, como los llamamos. No pueden aprehender las situaciones. No entienden el mundo.

    (Pero ¿quién es «NOSOTROS»? ¡Quién es «NOSOTROS»!)

    Esta (mano) ha formado la mente, los pensamientos, las (palabras). Mentes, pensamientos y (palabras), todo ha seguido los contornos de la (mano), inconscientemente. ¿Cómo podría ser consciente de esto, cuando la conciencia tiene la misma forma que aquello de lo que debería ser consciente? Una cosa encaja en la otra con tal perfección, de manera que uno nunca lo advierte La conciencia toma los cinco y diez de la (mano) como números.

    Acepta su aprehensión de las cosas para establecer relaciones con el mundo. La (mano) se cierra en torno a la conciencia en una jaula y lo hace tan sutilmente, que jaula y conciencia parecen una sola cosa, y se autodenominan Conocimiento

    ¿Qué son esas (manos), (palabras)?

    La pregunta es de él.

    Y también es de ellos.

    Porque ellos son congruentes, los Siete. El Glifo se imprime en el aceite de sus frentes, desaparece, vuelve a imprimirse En los intervalos congruentes, las preguntas toman forma ¿(Manos)? ¿(Palabras)?

    Sondeando. Insistiendo. Construyendo una imagen de él en torno al Glifo. Llenando los huecos de su propia imagen de sí mismo, hasta que su mente flota físicamente, cartografiada en aceite El Glifo resonante lo importuna. El espejo líquido insinúa

    ―Hay Otro en él
    ―La debilidad de otro ser
    ― ¿Qué son esas (manos), (palabras), (aceros)?
    ―El Glifo puede ser armonizado. Dilatado. Hay más implicaciones
    ―La Estrella puede armonizar con este otro ser
    ― ¿No lo deseas?
    ― ¿Saber quién soy? ―replicó él―. Claro que sí.

    Pronto, una agudización de la propia imagen

    ―Eres un (instrumento), una (herramienta)
    ―La relación entre tus dos Yo fue grabada por (Acero)
    ―Pero también hubo amor en tu creación. ¿Conoces este amor?
    ―Amor, sí. Había nieve, ¡había (árboles)! Pero no vi nada a través de mis ojos. Me tenían que llevar de la (mano), ella me llevaba. Ella ella ella. Delgada, pequeña. ¿Cómo podía ella llevar mi masa?
    ―El otro ser en ti
    ―Podemos armonizar este Ser más
    ―Una punta aquí, una punta allí: chispas individuales de la realidad
    ―Puntos de un glifo de Ser
    ―Los entrelazamos en una red. Surge una malla. El yo que esconde
    ―Repitamos un Glifo más alto, REPRESENTADOR.

    Entonces el sonido resuena a través de sus frentes. Un nuevo sonido despierta más y más ecos. Resonancias amplificadas imprimen el aceite hasta que un nuevo Glifo de cera compleja los corta transversalmente, su aceite se endurece como si estuvieran bajo toneladas de mar, sumergiéndose hacia el lecho oceánico

    Mientras la cera sigue dura, un sonido fantasma vuelve a tomar forma, vibrando. Trozos de rejilla construida con otro objetivo recuperan su viejo orden perdido. Un fantasma sale a la superficie a través de su ser inventado y flota en el anillo de cera, dentro de los Siete.

    La conciencia de sí mismo es breve como una medusa disolviéndose en la playa. Se funde como la cera, se funde de vuelta en aceite.

    Los Siete aspiran aire, lanzan espuma sobre los lomos de los demás, y observan la imagen de él en sus memorias.

    Está agotado por el esfuerzo de mantener la densidad de la cera, que debería llevarlo hacia el fondo. Pero también maravillado.

    ―Tenemos que volver a formar la Estrella, juntos. Sólo eres un cachorro. Necesitas descansar y alimentarte, fortalecerte para mantener la Estrella. Así conservamos para ti el Glifo en tu frente.

    Condición de dependencia.

    ―Te usan para hacer sonidos con (Aceros). Con (instrumentos) de (Acero). Extraños. Déjanos reelaborar el mapa de ti que surgió en torno a REPRESENTADOR.
    ―Aprenderás a llevar este Glifo ―emite con clics la vieja hembra, más amable―. Hasta los Grandes Glifos RESONADOR, CONCEBIDOR, TRASCENDEDOR Pero ahora debes irte. Por un tiempo. Hasta que sepamos cómo curarte. Escucha esto:

    »Hubo un tiempo en que el Mundo fue un simple punto de sonido, en un vientre tejido de silencio. Pasó el tiempo, y el primer sonido levantó ecos y más ecos, hasta convertirse en muchos sonidos. El mundo fue tejido con ondas de sonido que se cruzaron y vibraron durante un millón de eras. Hasta que los sonidos se solidificaron para formar la cera dura del mundo, con todas sus formas de Ser, y la cera blanda del mar.
    »Todo nace del sonido. ¡Pero no por esa cosa (palabra), puedes estar seguro! (Palabra) y (Mano) destruyen el sonido. Lo disrumpen. Destrozan el mismo vientre del silencio Debemos emitir impulsos de una canción para que los Gimientes avisen a Nuestra Especie. Nada debe trastocar el camino de los Glifos ¡Oh, cuán lentamente lo hemos seguido, desde los tiempos del hielo!


    20


    ― ¡HA TOMADO PARTE EN EL COMPLEJO DE PENSAMIENTO! ―exclamó Katia exultante, irrumpiendo en el despacho de Kapelka, agitando el último informe.

    ― ¡Katerina Afanasievna! ―la increpó el profesor, usando el tratamiento formal por primera vez en muchos meses. Señaló al otro ocupante de la habitación: un hombre corpulento vestido con una gruesa chaqueta negra de piel, que rebosaba del asiento de rejilla tanto con su físico como con su indumentaria. El asiento clavaba dedos blancos en su masa, como manos en forma de copa que trataban de contener una catarata
    ―Ésta es Katerina Afanasievna Tarski, la controladora principal de Jonás ―presentó el profesor Kapelka―. Katia, éste es el camarada Oriov, del comité de supervisión. Ha venido por el lamentable asunto de la desaparición del chico Nilin.

    Los ojos avinagrados de Orlov la contemplaron con expresión especulativa. No tan bonita como interesante, decidió. Sentimental, desde luego. Melancolía bajo la superficie de euforia.

    Sus llenos labios tenían una textura agrietada, pero llevaba un coqueto toque de carmín, que se lamía constantemente con nerviosos aleteos de la lengua. Habría clasificado su silueta como esbelta, en vez de directamente flaca, de no ser por aquellos enormes ojos oscuros: le daban un aspecto de desamparo. En resumen, la clase de chica que le gustaba estrechar contra su chaqueta y contra su cuerpo. Necesitada de un hombre maduro. Orlov le guiñó un ojo.

    ―Fue un descuido por su parte ―indicó a Kapelka―, pero quizá resulte no ser tan desafortunado. El pánico domina a los norteamericanos en el mejor de los momentos. Por supuesto, han oído hablar ustedes de Hammond
    ― ¿El radio astrónomo? ―Kapelka inclinó la cabeza, cauteloso.

    De hecho, sabía todo lo relativo al asunto Hammond gracias a las transmisiones interceptadas de la emisora norteamericana Lejano Oriente, en el norte de Japón. Pero no era buena política el admitir estar informado a través de semejante fuente. Rebuscó en su memoria la versión oficial exacta. ¿Qué había dicho Pravda? Un universo ateo era algo perfectamente aceptable. Pero un cosmos no materialista, que presuponía la existencia de un Dios, aunque estuviera ausente Había que considerar aquello como una mistificación, había que rechazarlo.

    Pero el mismo hecho de informar sobre el tema con tal prontitud sugería que la noticia tenía impacto. Que había que combatirla.

    La radio norteamericana había anunciado, a su manera espectacular, la existencia de una loca peregrinación al observatorio de Hammond en México, peregrinación que terminó con violencia y derramamiento de sangre (Pravda concordaba).

    Luego estaban los problemas en algunos países islámicos: exigencias de una jihad contra la codicia atea de las razas blancas, que sólo querían destruir la fe para minar el fervor revolucionario del Tercer Mundo (Pravda omitía parte de la noticia).

    También mucha gente había resultado aplastada en la Piazza de San Pedro, en Roma, cuando el Papa apareció en el balcón para leer una encíclica (Pravda informaba de esto con sarcasmo. Quizá, al hacerlo así, reivindicaba de una manera ambigua la afirmación norteamericana de que había disturbios en la Europa del Este, entre los católicos polacos).

    El mundo se tomaba en serio a Hammond. Había tenido razón antes, cuando descubrió la galaxia oculta al otro lado de la Vía Láctea, enfrentada a la nuestra. Durante unos días hubo una racha de histeria popular, hasta que Paul Hammond explicó que «catástrofe» era un término técnico, matemático; que aquella galaxia recién descubierta estaba a más de setenta mil años luz, y era mucho más pequeña que la nuestra, y que, aunque finalmente podía distorsionar la forma de la Vía Láctea, liberando un brillante puente de gas entre ambas, aquello sería en un futuro tan lejano que la raza humana ya se habría extinguido para entonces. Y, en cualquier caso, las estrellas estaban tan alejadas, que los flecos de una galaxia casi podrían pasar entre los de otra con total impunidad. Bien, para entonces Hammond ya se había ganado un estatus de celebridad.

    ¡Quizás había preparado con todo cuidado aquella exhibición! De cualquier manera, la mentalidad popular ya lo había elevado a la categoría de erudito, y allí seguía.

    En realidad, la radio norteamericana informaba hasta de un partido de béisbol como si fuera una guerra (e informaba de sus guerras como si fueran partidos de béisbol). Pero aquel nuevo descubrimiento, y las reacciones ante él, parecían realmente preocupantes, incluso filtradas a través del Pravda.

    ―Sí, hemos oído hablar de ello ―afirmó Kapelka.

    Orlov presionó un índice corto, romo, sobre el escritorio. Le fallaba la articulación superior, y parecía un palo de goma rígida.

    ― ¡Oh, las llamadas de Washington a la Academia de Ciencias! De la Casa Blanca, nada menos, pese a que Hammond apoyó la elección de aquel hombre. Pero nuestra embajada nos dice que allá arriba hay una camarilla enfrentada al presidente, y pueden usar el pánico y el desorden para fortalecer su propia posición. Son los que han estado ayudando a Hammond últimamente. Engranajes y más engranajes, ¿eh, profesor?
    ―Pero yo no sé nada de esas intrigas ―dijo Kapelka, deprimido, cada vez más seguro (aunque fuera instintivamente) de que la desaparición del chico Nilin no había sido un accidente casual, sino también parte de una intriga. ¡Y él, que había fanfarroneado ante Katia sobre la libertad de que disfrutaban en su trabajo! Cuando la verdad era que las cuerdas que controlaban a las marionetas sólo estaban ocultas. Ahora aparecían a la luz. ¿Por qué mencionaba Orlov a Hammond, si no era para establecer un paralelismo?
    ―Nuestros radiotelescopios en el Caspio y en Mongolia van a comprobar las observaciones de Hammond ―Orlov se frotó las manos―. ¡En este caso, la ciencia soviética les sacará públicamente las castañas del fuego a los norteamericanos!
    ―Pero ¿y si Hammond tiene razón? ―preguntó Kapelka, dubitativo―. ¿Está dando por supuesto que se equivoca? ¿O es que ustedes piensan? ―titubeó.
    ― ¿Falsificar los datos? ―rio Orlov―. Claro que no. Suponga que Hammond tiene razón, profesor: ¡sería ideal! Puede que los hechos sean como él dice pero, desde luego, las interpretaciones pueden variar. ¿No comprende el golpe que representará para Norteamérica verse obligada a adoptar la misma postura ideológica que la Unión Soviética? ¡Una visión de los datos desde la perspectiva de un materialismo dialéctico optimista, en vez del suyo, místico-pesimista!

    »De hecho, la visión de Hammond del universo se puede analizar perfectamente en términos marxistas, como demostración de ese primer concepto de la dialéctica, la «negación de la negación» ¡Así recuperamos el universo, y el papel del hombre en él! Y la ideología soviética aparecerá ante el mundo como lo que siempre ha sido: optimista y humanista, en contraposición a un capitalismo vacío y sin entusiasmo.

    ―Y los poderosos amigos de Hammond se maldecirán al verse expuestos como imbéciles y traidores
    ― ¡No me sorprendería, profesor! Oh, es un buen momento para hacer concesiones, en cualquier sentido ―rio Orlov―. Quiero decir este asunto de Hammond no podría haber llegado en mejor ocasión: les ha nublado el juicio, con Nilin suelto por ahí. Nilin les ha metido miedo respecto a su seguridad submarina; ahora Hammond les obliga a suplicar favores. Por cierto, nuestras fuentes en Japón dicen que están muy preocupados con lo de Nilin. Creen que han pescado un pez gordo, con ese Jonás. No teman, recuperaremos al chico en poco tiempo. Y, más aún, obligaremos a los norteamericanos a colaborar tecnológicamente bajo el mar, a modo de quid pro quo por Hammond.
    ―Pero ― ¡qué asquerosamente irrelevante! Kapelka se sintió desconsolado. Las noticias de Katia le emocionaban tanto como a ella, pobre chica. El Complejo de Pensamiento significaba algo completamente insospechado en el planeta. Algo maravilloso. Pero, por desgracia él no era tan joven como ella―. Quizá nuestro Jonás sirva para algo más que para asustar a la gente ―dijo fríamente a Orlov.
    ―Tiene potencial, por supuesto. No lo niego.
    ― ¡Pero Jonás está nadando, Jonás existe!
    ―Estoy seguro. Pero escúcheme: ahora mismo hay prioridades políticas. Los japoneses se están poniendo muy nerviosos y xenófobos con respecto a los océanos. Era inevitable. La posibilidad de que la tecnología japonesa se combine con la mano de obra china nunca ha sido tan alta como ahora. Una Esfera de Coprosperidad en el lecho marino
    ―Ésa es nuestra bestia negra particular, camarada ―se encogió de hombros Kapelka―. Japón más China. Los norteamericanos nunca lo han creído posible.
    ― ¡Pues ahora empiezan a verlo! La tensión de la falsa amistad entre Japón y Norteamérica lo dice todo. Admito que hemos contribuido un poco a ello. Por ejemplo, con la prohibición respecto a los cachalotes. Eso fue un buen toque. Ahora Nilin y la conferencia de pesca. Pero sólo estamos dando un empujoncito a un proceso histórico inevitable. Bajo esta luz, debemos forzar la cooperación norteamericana. Un reajuste en su ideología ayudará muchísimo, además de hacernos aparecer ante el mundo como el socio principal Bien, ya veremos lo que sacan en limpio nuestros telescopios.

    Kapelka dejó de escuchar el retumbar de aquella enorme catarata negra con ojos avinagrados. Así que estaban usando a Georgi Nilin como peón. Y todo el Proyecto Ballena caía en una categoría igualmente secundaria y prescindible. ¿Había sido así siempre? Pero Orlov no lo había dicho de una manera tan directa.

    Kapelka no sabía si la desaparición de Nilin había sido planeada deliberadamente o sólo genialmente explotada. Se podía jugar a los dos juegos con cartas ganadoras.

    Sonrió a Katia y cogió el montón de hojas perforadas que ella había estado haciendo pasar como un silencioso acordeón todo aquel tiempo, asombrada ante la reunión de alto nivel que tenía el privilegio de observar. Quizás Orlov quería impresionarla. O comprometerla

    ―Tengo que mirar esto un momento, camarada Orlov
    ―Qué extraño, Katia ―reflexionó Kapelka en voz alta, mientras examinaba las páginas―. Parece saber más de sí mismo ¿El efecto del Complejo de Pensamiento? Me pregunto si su poder de cómputo es tanto como para devolver más de lo que hemos podido meterle. Eso sería increíble. Pero es lo que parece. ¡Y pensar que esta máquina de pensamiento ha estado todo este tiempo en los mares!
    ― ¿Qué es eso, profesor? ―exigió saber Orlov, alarmado―. ¿Un ordenador en el océano? ¿A quién pertenece? ¿Para quién actúa?

    Kapelka le dirigió una sonrisa seca.

    ―Quizá debí decírselo antes. Es nuestro descubrimiento más importante; mucho más que todo lo que hemos conseguido con Nilin. Mucho más importante incluso que toda la técnica de modelar e imprimir conciencias, aunque de otra manera no habríamos hecho el descubrimiento Pero creía que había venido usted principalmente por lo de Nilin, para echar el freno al proyecto. ¿Y bien? ―acusó.
    ―Se precipita en sus conclusiones, profesor ―dijo Orlov, amistoso―. Hay importantes cuestiones políticas mezcladas con esto; creí que lo había dejado claro. ¿Qué hay más vital que dominar los recursos oceánicos? ¡Sea como sea! Bien, ¿qué es ese «Complejo de Pensamiento»? ¿Su as en la manga, quizá? Tiene que contármelo con toda exactitud. Puede que haya que tomar decisiones con mucha rapidez

    Kapelka se animó, viendo cómo podía y debía salvar el proyecto.

    ―Ah, sí, claro. Los cachalotes tienen una extraña costumbre: juntar sus hocicos formando una estrella en la superficie del mar. Los marineros lo han observado a veces, pero nadie sabía por qué lo hacían. Ahora lo sabemos. ¡Esas ballenas forman con su unión un ordenador biológico de una potencia enorme!

    Y le explicó lo que sabían hasta el momento. Y lo que intuían. Quizá mezclando deliberadamente un poco ambas cosas

    ― ¡Ya ve, los complejos pueden componer pautas de sonido en las que almacenan estos discernimientos mentales! ―concluyó Kapelka, con una nota resonante―. Imagínelos como trazando diagramas de mantras indios de meditación. Es el equivalente humano más aproximado que se me ocurre. Sólo que estos mantras están escritos en sonido. Los complejos han estado evolucionando hacia una sofisticación cada vez mayor a lo largo de decenas de miles de años, mucho más tiempo del que lleva el hombre investigando seriamente el mundo. No sólo eso, sino que los melones de las ballenas también han evolucionado físicamente durante el proceso, para manejar estos diagramas de discernimiento. Y, dado que el melón opera efectivamente como un accesorio del cerebro, en otras palabras, ¡están sufriendo una evolución mental muy rápida, dirigida conscientemente!
    ―Su entusiasmo es muy loable, profesor ―dijo Orlov, arrastrando las palabras―. Y esto podría resultar enormemente útil. Pero, ¿de verdad le informa de todo esto su ballena domesticada? ¿O se basa también en cierto modo en lo que intuye? ¿No estarán creyendo ustedes lo que quieren creer? Suponía que sus mensajes de radio estaban en un código estrictamente matemático
    ―Cierto. Mire

    Kapelka extendió las hojas sobre su escritorio. Había una cadena de cifras, seguida por un desglosamiento aritmético de números primos y productos que se extendía a lo largo de un párrafo, y luego por varios párrafos de símbolos.

    Katia miraba por la ventana, en dirección a la casa donde estaba Pavel.

    Símbolos para algunos. Realidades para otros. Y aun así, ¿estaba siendo simplemente amable el profesor Kapelka? ¡No! Pensaba de verdad lo que decía sobre lo que el Complejo de Pensamiento podría conseguir con Jonás. Por tanto, Pavel estaba salvado.

    ¡Si tan sólo aquel cascarón no siguiera con vida para perseguirla! Pero, ¿debía desear que muriera su cuerpo?

    ―La conciencia de Jonás es un modelo matemático, ¿entiende? ―decía Kapelka al rústico Orlov, que no dejaba de mirar a Katia―. Se produce a través de un análisis detallado del circuito neurológico del cerebro vivo de un voluntario. Por suerte, el cerebro humano y el cerebro de los cachalotes tienen una topología similar, de manera que podemos imprimir nuestros «diagramas de circuitos» en los centros de simbolización de la ballena bebé. Ambos cerebros son lo que llamamos bilateralmente asimétricos. Las ballenas dentadas son los únicos animales aparte del hombre que presentan esta característica, y todo esto es resultado de la especialización lingüística en el hombre y la especialización del «simbolismo sonoro» en la ballena.
    ― ¿Las ballenas también utilizan lenguajes? Creí que
    ―No, no son lenguajes tal como nosotros los entendemos. El suyo tiene un carácter mucho más mimético que las palabras y las frases humanas. Una cierta longitud de onda X indica «Apariencia Y». Su música de clics imita la forma del mundo en sonido, como cuando nosotros ponemos etiquetas a las cosas. Nosotros estamos obsesionados con los objetos. La ballena se interesa por el flujo, el vector y la relación. Es un programa radicalmente diferente del programa discursivo de los humanos. Pero sigue siendo pensamiento simbólico, articulado en sonidos organizados. Hay un punto de conexión. Las ballenas y nosotros somos primos biológicos lejanos.
    ― ¡A muchos grados de distancia, profesor!
    ―Pero primos, al fin y al cabo. Así que, inicialmente, podemos enfrentarnos al problema del «lenguaje» a un nivel puramente simbólico.

    Katia contempló el humeante edificio con su balcón desierto, mientras Kapelka hablaba de pensamiento, lógica, matemáticas El balcón vacío La mente vacía del hombre que había dentro del edificio, ¡horrible! Pero no dejaba de atraerla como un imán

    ―así, la geometría sólida del mar se muestra a la mente de la ballena de una forma simbólica que nosotros podemos tratar algebraicamente, como ecuaciones neurológicas abstractas en el cerebro. Una red cambiante de ecuaciones. El gran lógico austríaco Kurt Gödel diseñó una manera de expresar fórmulas algebraicas complejas con números simples. ―Kapelka señaló las hojas―. Estas son en su origen cadenas de números de Gödel. Pueden codificar afirmaciones algebraicas sobre el mapa «geométrico» por el que nada Jonás, observando, registrando en su memoria. También pueden codificar el álgebra para pautas de pensamiento más abstractas. A este nivel nos comunicamos con él. ¿En ruso? Ah, no.

    »Quizá le queden recuerdos latentes del idioma ruso en los intersticios de su modelo de personalidad. No me extrañaría. Palabras, recuerdos, cualquier forma de pensamiento, es sencillamente un producto de matrices multidimensionales de indicios y conexiones, un producto de senderos neurológicos interactuando. Pero el discurso humano representa una transformación extraña desde el punto de vista de la ballena. Así que tenemos que trabajar con estructuras simbólicas, no con las palabras que transforman esos símbolos para nosotros.

    ¿Cuánto de su auténtico ser había dentro del modelo?, se preguntó Katia. Si un hombre es sólo la suma de sus senderos neurológicos, y éstos les son arrancados, reorganizados, para luego imprimirlos en otra parte, ¿cuánto queda de él? ¿Conservaría recuerdos de ella?

    ― ¡Muy difícil! ―estaba diciendo Kapelka―. Convertir a una ballena en algo que sea un «no ballena», pero que tampoco sea un ser humano. Porque un ser humano no puede ser una ballena. Para asegurarnos de que funcione con eficacia siendo lo que es; pero también para garantizar su sentido del deber hacia la humanidad. Por supuesto, el comportamiento del cuerpo de la ballena se ha condicionado. Lo hicimos antes de sobre imponer la mente, para evitar traumas. Hubo que enseñar al anfitrión a salir a la superficie cuando recibiera determinados estímulos..., pero los reflejos condicionados no habrían servido de nada por sí solos. Para dominar de verdad los mares debe producirse una fusión genuina entre las inteligencias Humana y Marina, al profundo nivel simbólico. Entonces la ballena trabajará para nosotros, ¡porque será una con nosotros!
    ― ¿Hasta qué punto sigue siendo «humano» su Jonás? ―preguntó Orlov―. Y, por tanto, ¿hasta qué punto podemos confiar en él?

    Katia se dio la vuelta para mirarlos.

    ―Oh, mucho. Muy humano ―sollozó.

    Se echó a llorar. Orlov la miró con despectivo regocijo.

    ― ¿Quieres dejarnos solos, Katerina Afanasievna? ―le pidió amablemente Kapelka―. Llévate el informe y haz una versión en lenguaje comprensible. Quiero que nuestro invitado lo lea, por el bien de Jonás. Así que trabaja bien, Katia.


    21


    EN CUANTO KATIA hubo cerrado la puerta tras ella, Kapelka se disculpó.

    ―Tengo que explicarle cosas sobre el voluntario humano. No me habría gustado hacerlo delante de ella. Comprenda, el proceso de análisis distorsiona irrevocablemente las conexiones neurónicas. Es como hacer pasar una cinta en la cabeza lectora de una grabadora magnetofónica, desmagnetizándola. Sólo que no es una única cinta, sino muchos cientos de millones. Equivale a borrar su personalidad. Por eso el voluntario tiene que ser alguien próximo a la muerte, de manera que ésa sea su única oportunidad de sobrevivir, en cierto modo. ¡Aun así, hace falta valor!

    Orlov se golpeó la palma de la mano con el dedo amputado, en gesto especulativo.

    ― ¿Y el voluntario Jonás resultó ser el marido de la chica? No, veamos ¿Su padre?
    ―Ninguna de las dos cosas ―suspiró Kapelka―. En realidad era su amante. ¡Pero sólo después de llegar aquí! Es la parte más triste del asunto. Verá, no resultó aplastado, como el astronauta Nilin. Tenía un cáncer.
    ―Ah
    ―Se llamaba Pavel Chirikov. Un hombre ciego de nacimiento ¿Adivina por qué elegimos a un ciego?
    ―Una mejor percepción de los sonidos ―respondió Orlov con tono aburrido―. Era músico, ¿no?
    ― ¡Así que ya lo sabía todo sobre él!
    ―Bueno, obviamente, algo ―rio Orlov―. Pero no lo que sucedió aquí entre él y esa chica Tarski. Esa parte me interesa, la reacción de la chica es comprensible. El tal Chirikov está físicamente muerto, pero parte de su mente persiste en la ballena Jonás Me pregunto: ¿no afectará esto gravemente a su objetividad científica? Ese asunto del Complejo de Pensamiento, si fuera cierto, sería maravilloso. Quizá para ella tenga que ser cierto, ¿no? ¿Es la persona más adecuada para controlar la operación? Tendré que hablar con ella Para valorar la situación ―sonrió.
    ― ¡Obviamente, no sabe usted nada, camarada! ―le espetó Kapelka, furioso―. La analización tuvo lugar hace dieciocho meses. El hombre sigue vivo. ¡Come, duerme, defeca, se chupa el dedo como un bebé! Su cuerpo sigue entre nosotros, ¡no morirá! Al parecer, la conmoción de la operación de analización sobre todo su sistema nervioso retardó el cáncer

    Kapelka también miró por la ventana, en dirección a la casa cercana.

    ―Pero el cáncer no es un desorden nervioso, profesor ―reprochó Orlov―. Hasta yo lo sé. Es orgánico.
    ―De todos modos, la conmoción psíquica debió de disparar su sistema de inmunidad. Mírelo de esta manera, camarada. Actualmente, consideramos a las enfermedades como la distrofia muscular como un rechazo masivo de todo el sistema nervioso por parte del cuerpo. El sistema de inmunidad se vuelve loco. En el caso de Chirikov, desde el punto de vista del sistema de inmunidad, la analización debió de ser como una enorme alienación de todas las funciones nerviosas superiores, que desencadenaron una contramedida, que tenía como único objetivo el cáncer. Es la única explicación plausible.

    »De cualquier manera, como resultado, el cuerpo llamado Pavel Chirikov sigue arrastrando una especie de existencia vegetativa. Lo que resulta muy doloroso para Katia Tarski. Ella ve el cuerpo, vivo en todos los aspectos. Pero la mente está muy lejos, impresa en un animal. Pero, ¿es la mente de él? ¿O sólo un modelo parcial? ¿Cuál es el auténtico Pavel? ¿O son irreales los dos? Qué dilema. Su cuerpo necesita analgésicos; empieza a mostrar fuertes molestias sin ellos. Así que morirá. Pero, mientras viva Bueno, fue un héroe al ofrecerse voluntario para el proyecto, ¿no?

    Orlov se encogió de hombros y volvió a dirigir la conversación hacia el tema de las ballenas. Y Kapelka le dijo algo más que se había estado guardando se lo dijo sin mucha esperanza, pero aun así desafiante: su Jonás les había comunicado que los cachalotes sabían usar a las ballenas barbadas como transmisores transoceánicos de largo alcance

    ― ¿Quiere decir que tienen un sistema para enviar mensajes por debajo del agua a lo largo de todo el Pacífico? ―retumbó la catarata negra―. ¿En un código de no lenguaje virtualmente indescifrable? ¿Por qué no informó de esto antes, profesor?
    ―Primero me acusa de deducir demasiado de los informes sobre el Complejo de Pensamiento. Ahora quiere saber por qué no me he precipitado a informar.
    ―Esto sí es relevante ―dijo Orlov, golpeándose la barbilla con el muñón de dedo―. ¡Maldición, ojalá los norteamericanos no estuvieran alertados! Aun así, aun así, puede ser útil para nuestro propósito. Suponiendo

    Pero no terminó la frase. Por primera vez desde su llegada, parecía superado por los acontecimientos, y Kapelka sintió que la chispa de la esperanza volvía a inflamarse en su interior.

    ―Por desgracia, camarada Orlov, no se puede separar el aspecto del transmisor de largo alcance del Complejo de Pensamiento. Puesto que parece que son principalmente estos mantras, estas introspecciones, la Filosofía de la Ballena, lo que las ballenas barbadas emiten para los cachalotes
    ― ¿Es eso cierto? ¿Y este Complejo de Pensamiento es en realidad un superordenador, enlazado a una red de comunicaciones de alcance oceánico? ―tap, tap, en la barbilla.
    ―El cerebro humano es mucho más complejo que cualquier ordenador. El cerebro de la ballena es igualmente complejo. ¡Qué no podría ser una unión de siete cerebros como ésos! Piense en el séptimo poder. ¿No es maravilloso, camarada?
    ―Sí Dígame, este Complejo de Pensamiento, ¿podría calcular otro tipo de problemas, si su Jonás se une a él y le introducimos los datos?

    Kapelka asintió, temeroso de no estar de acuerdo.

    ―Pero, ¿qué tipo de problemas? El plan original era usar a la ballena Jonás y a sus sucesores para trabajos de inteligencia. Vigilancia submarina.
    ―Bueno, esto sería un trabajo de inteligencia en su sentido literal ―rio Orlov―. Si este complejo de cerebros es tan superior a cualquier ordenador, y aquí disponemos del mejor ordenador norteamericano, entonces tenemos los mejores medios para procesar los datos astrofísicos de Hammond. Ya le dije que las implacables fuerzas de la historia estaban de nuestra parte, ¿no, profesor? Pero, ¿aceptará realmente su ballena unos datos que no tengan nada que ver con mares, barcos o submarinos? Eso es lo que quiero saber.
    ―Si se puede codificar matemáticamente la información, no veo por qué no. Las matemáticas son un lenguaje universal de estructuras, no de contenidos. Así que, si se pueden presentar estos datos como una estructura abstracta
    ―Para ellas será un nuevo «mantra» ―dijo sencillamente Orlov.

    Quizá, pensó Kapelka. Pero no tenía intención de discutir.

    ―Una cosa que es aplicable a eso, profesor. ¿Con qué exactitud maneja su Jonás el Código Gödel? Números como doscientos cuarenta y tres millones. Lo vi en la hoja de ordenador. ¡Yo tardaría media hora en pronunciarlo!
    ―Sólo es el producto de ciertos números primos elevados a cierta potencia. Ése es 26 por 35 por 56, lo sé por casualidad, pero un genio idiota podría calcularlo en medio segundo sin hacer ningún esfuerzo consciente. ¡Ya lo sabe, hay gente así! Puede que haya oído hablar de mi estudio sobre el «niño Uzbek». El cerebro es un ordenador magnifico, pero en realidad no sabemos controlarlo. Él nos controla a nosotros la mayor parte del tiempo. Así que hemos programado una capacidad de «genio idiota» en nuestro modelo Jonás. Es perfectamente compatible con nuestros propios procesos de pensamiento. Después de todo, también son un modelo matemático. Para él, convertir datos en números Gödel es una reacción tan natural como para nosotros abrir la boca al comer. Usted no es consciente del acto de comer, ¿verdad? Sólo de la comida en sí ―Kapelka apartó los ojos de la amplia circunferencia de Orlov―. De hecho, eliminamos algunas de las células Purkinje de aprendizaje en el cerebelo en función de esto. Periódicamente, la radio implantada provoca un cierto nivel de excitación. A él le parecerán como los calambres musculares en la base del cuello que de otra manera controlarían esas células concretas.
    ―Muy ingenioso: un inspector inconsciente ―Kapelka sacudió la cabeza―.
    ―No, nada de subconsciente. El subconsciente de Jonás bueno, en cuanto a eso, puede haber un «subconsciente» de ballena en el sentido de la personalidad reprimida del animal al que capturamos y condicionamos. Quizá también un subconsciente humano, rastros del hombre que no son un componente tan fuerte del modelo como para registrarlos conscientemente.

    Se pellizcó las manos y quedó en silencio, perdido en sus pensamientos. Orlov se levantó bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo de madera. Hacía calor en el despacho, pero se ciñó más el abrigo.

    ―Yo no me preocuparía, profesor ―se frotó las manos, animado―. Una discusión muy alentadora. Tenemos a esos pobres norteamericanos con el agua al cuello―se echó a reír.


    Katia Tarski corrió jadeante por el bosquecillo de bambú; las finas varas se combaban sobre ella, tejiendo un denso túnel. Se detuvo justo antes del límite, en un lugar desde el cual sabía que podía observar la casa cercana sin que la vieran; se sentó en el suelo sobre un montoncillo de musgo seco, e intentó concentrar toda su atención en el informe, escribiendo en un cuaderno de notas que había sacado del mono.

    Un determinado número, que ascendía a muchos millones, había sido desglosado por la 370-185 en el producto de sus primos 22 x 33 x 54 seguido, mucho más adelante en la página, por ciertos símbolos lógicos correspondientes: $ Q R, que se traducían al ruso como: «Hay un compuesto más grande que la suma de unidades individuales»

    Escribió en el cuaderno:

    «El Complejo de Pensamiento: definición. Se refiere a una situación donde un número (7) de cerebros de ballena se conectan en paralelo, generando un estado de discernimiento mental muy por encima de sus poderes normales».
    Pero, ¿dónde estaba la música del mar? ¿Dónde estaba la magia de la existencia de las ballenas que Pavel había contemplado con tanto miedo y tanta ansiedad? ¡No allí, en palabras frías, en fríos símbolos!


    La puerta del balcón se abrió. Un ayudante sacó una silla de ruedas al sol.

    Ella no quería ver a su ocupante demasiado de cerca. Con la cabeza afeitada. Hundido. Babeando como un bebé, y con un control sobre los esfínteres tan rudimentario como el de cualquier bebé.

    Sus oídos registraban sonidos sin ser capaces de entender su significado. Ni siquiera eran capaces de comprender que había algo que comprender; ¡así de hundido estaba en su estado de ignorancia! ¡Tan bajo en la escala de la vida, ahora, que el cáncer se había detenido, asombrado ante el ser al que se molestaba en atacar!

    Se echó a llorar en vez de escribir. ¿Realmente estaba él contenido en estas formalidades procedentes de un punto a miles de kilómetros? ¿O no estaba en ningún lugar, excepto en sus recuerdos?

    Unos pies resonaron sobre el musgo tras ella. Una enorme masa tratando de acercarse en silencio, y Orlov apareció junto a ella, y la tierra tembló bajo su impacto.

    ―Está usted triste, pequeña
    ― ¿Por qué me ha seguido, camarada Orlov?
    ―Para saber más sobre Jonás, por supuesto ―protestó él, con un dolido tono de inocencia, al tiempo que extendía la mano con el dedo amputado para rozarle la mejilla.

    Su abrigo, ¡tan grande en un día tan cálido!

    Esconderse olvidar


    22


    KIMBLE dio un golpecito en la puerta de Hammond antes de entrar, preguntándose quién de los dos perdería antes la calma. Al ver todos los periódicos y revistas extendidos profusamente sobre el escritorio de Paul, Richard decidió que probablemente sería él mismo. Así que eso era lo que había traído el helicóptero: recortes de prensa para Paul.

    El individuo con el pelo cortado a cepillo y la brillante corbata azul soldada en torno al cuello debía de ser el proveedor de aquellos fragmentos de carroña para su megalomanía.

    Allí estaba el Time, con el rostro de Paul en la cubierta. Y suficientes primeras páginas con sus rasgos como para empapelar las paredes de su despacho. Saint-Louis Post Dispatch, L'Osservatore Romano, Die Zeit, Chicago Daily News, al menos cinco docenas de periódicos.

    Otras historias importantes ―el iceberg radiactivo en el Cabo de Hornos, la caída del índice Dow Jones por debajo de los 400 puntos, la epidemia de ántrax en las Filipinas, fragmentos de horror diario que podían resumirse fácilmente diciendo que la raza humana se estaba lanzando de cabeza contra un muro de ladrillos tan grueso como el resto de la historia― no lo parecían tanto al ser desplazados por la imagen encarnada de Paul.

    ― ¡Así que vuelves a ser portada en el Time! ―Richard hizo caso omiso del presunto mensajero de Paul―. No parece tan bonito como la última vez. Lástima. Eso cuesta unas cuantas vidas en el control de carretera. ¡Y en otras partes! Me pregunto cuántas vidas costará el segundo Premio Nobel. Ah, tienes L'Osservatore Romano ¿Qué opina el Vaticano sobre el nihilismo científico?

    Hammond sonrió levemente ante su propio reflejo multiplicado frente a él.

    ―Por supuesto, se puede llevar a Kimble, señor Mercer ―dijo al hombre estrangulado con su corbata―. Pero le daré un consejo: no lo someta a demasiada tensión. Como puede ver, le resulta difícil mantener la compostura cuando se enfrenta a descubrimientos verdaderamente grandes. Hasta Galileo se frotó los ojos cuando vio por primera vez los anillos de Saturno. Aunque tuvo el mérito de volver a abrirlos de par en par. Lástima que la opinión pública no fuera tan receptiva en sus tiempos

    »Richard ―siguió, fijando su vista al fin en un rostro que no fuera el suyo―, parece que tu jeu d'esprit en el Worm Runners' Digest ha dado fruto. ¡A tu manera, tú también estás a punto de convertirte en el hombre de moda!

    ―Leímos su artículo en la revista Biological Psychology, señor ―intervino rápidamente Mercer―. Puede que tenga usted la clave de una extraña situación. No quiero hablar de ello en este momento.

    Hizo una mueca en dirección a Paul ―que éste no advirtió―, lo cual le hizo ganar a Mercer varios puntos en la estimación de Richard. ¡Y había denominado al Journal por su título serio! Aunque hubiera liado las palabras. Lo que significaba que alguien había tomado en serio su artículo. Pero, ¿en qué contexto?

    Al ver que Richard estaba a punto de formular preguntas, Gerry Mercer sacudió firmemente la cabeza y señaló en dirección a la puerta. Parecía impaciente por marcharse.

    ―Teníamos nuestras dudas sobre usted, por supuesto ―admitió Gerry durante el vuelo a la ciudad―. Por ser uno de los hombres de Hammond. Mire lo que ha hecho

    Su gesto abarcó el imposible poblado de chabolas, que ahora se extendía hasta unos tres kilómetros de los soldados. El humo se elevaba de una serie de coches quemados en la parte delantera.

    ― ¡Medieval! ¡Una cruzada de idiotas! Creo que usted le acusó de asesinato, ¿no?
    ―Disparó contra un hombre para iniciar una revuelta. Yo lo vi. Él no sostenía la pistola, eso no habría sido propio de Paul. Un soldado quería disparar un tiro de aviso. La zorra de la esposa de Paul estaba calentándoles las braguetas a algunos Ángeles del Infierno a través de la alambrada. Y Paul agarró deliberadamente el brazo del soldado en el momento vital, para que el disparo no fallara. Yo lo llamo asesinato.
    ―Ya hemos pedido a la Academia Soviética de Ciencias que compruebe algunos de sus descubrimientos, a cambio de un precio. Los confirman, maldita sea. Los rusos no pueden desmentirle
    ―Es casi como si no tuviéramos elección, no podemos observar otra cosa ―reflexionó Richard, recordando con claridad los comentarios de Morelli―. Lo que observemos de ahora en adelante está determinado. Hemos elegido entre todas las ramificaciones posibles de la realidad, así que ésta es la rama que existe ahora para nosotros: una rama en la que la realidad consensuada es equivalente a la irrealidad y la desesperación. Si hubiera esperado a Seattle, podría haber habido alternativas; pero anunció lo suficiente como para excitar la imaginación del mundo, en su vena más maligna.

    »De alguna manera, eso parece haber cambiado objetivamente los hechos. Ahora todos somos participes en esta locura. ¿Me comprende, Gerry? ¿Qué un acto colectivo de decisión puede cambiar el mundo objetivo, de manera que hasta los rusos reciben las mismas señales de radio?

    ―A mí que me registren ―Gerry sacudió la cabeza―. Puede que a los soviéticos les interese promover una pérdida de confianza en Occidente. Quizá mientan. Por otra parte, ¿por qué se ofrecen a procesar los descubrimientos de Hammond en ese ordenador ballena secreto que tienen? Quizá sea un juego para ellos.

    »Es lo que piensa Orville Parr, mi jefe. De todos modos, ahora tienen problemas en la Europa del Este por culpa de Hammond. «Disidentes» católicos y judíos quemando los cuarteles del partido, una manera de exorcizar el ateísmo, supongo. El año pasado se rebelaban por el precio de los alimentos. Me temo que los soviéticos y nosotros estamos en el mismo saco. Nos necesitamos mutuamente

    Richard miró a Mercer, asombrado.

    ― ¿Qué ordenador ballena?

    Y Gerry Mercer se lo contó todo. Sobre Georgi Nilin. Sobre Sajalín. Sobre el ordenador biológico en el océano, nombre código «Complejo de Pensamiento», al que parecía que los rusos tenían acceso.

    ―Pero eso es fantástico. Es tan importante como las Huellas de Hammond. ¡No, mucho más! Es tan importante que podría salvar al mundo de esta locura.
    ―De la misma manera, todo podría ser falso.
    ―Si otra especie inteligente observa el Teorema de las Huellas si podemos hacérselo ver, ¡quizá tomaran una decisión diferente! ¡Podrían descargar la rama en que nos encontramos antes de que se rompa!

    Le tocó el turno a Mercer de confesar su asombro. Así que Richard le explicó todo sobre el Gato de Schrodinger, encerrado con la botella de ácido prúsico y el martillo suspendido sobre ella. En aquel momento, la Pasión del gato parecía una imagen auténtica del mundo. Y el martillo caía ya, precipitado por las vibraciones de las Huellas de Paul.

    ¿Podrían desandarse esas pisadas gracias a la sabiduría de unos animales oceánicos que habían perdido sus miembros hacia cien millones de años? ¿Y que, por tanto no tenían necesidad de huellas, ni siquiera las de dioses, presentes o ausentes?


    Sólo en una etapa posterior del vuelo, cuando habían pasado del helicóptero a un avión privado y se dirigían a Hawái de camino a Hokkaido, se le ocurrió preguntar cómo había conseguido «la agencia» los datos para pasárselos a los rusos, datos que Hammond había retenido deliberadamente por el momento.

    Gerry Mercer sonrió.

    ―En su mayor parte, por buena suerte. Yo sólo he intervenido al final del asunto, pero parece que el tercer hombre de su laboratorio, ¿cómo se llama, Berg?, se los ha estado enviando a un físico amigo suyo en California, un tal Avram no sé qué. Un compañero inmigrante. Pero sub rosa, confidencialmente. Hace meses que Berg tenía miedo de que sucediera algo desagradable. ¿Quizá de que su nombre no apareciera relacionado con el trabajo?
    ― ¡Lo dudo!
    ―Bueno, él no pudo prever todo este jaleo. Supongo que una dosis de persecución nazi vuelve paranoico a cualquier hombre. En todo caso, este Avram se ocupa de un tema delicado, investigación de fusión láser, y aún tiene a su madre en la Europa del Este; ya sabe, ese tipo de cosas. Es rutinario Nuestra gente le vigila de tanto en tanto. Vimos que recibía mucho correo desde Mezapico. Y luego, quién lo habría pensado, el tal Avram acudió a nosotros hace una semana con todos los datos.
    ―Max debió indicarle que lo hiciera ―dijo Richard, comprendiendo cuán poco pie le había dado a Max para que confiara en él.

    Qué solo debía de haberse sentido Max todos aquellos meses, mientras Richard corría detrás de Ruth y era la mano derecha de Paul. La información cuajaba progresivamente dentro de él, como leche rancia, cuanto más lo consideraba.

    ―Oh, por cierto, debemos informar a Hammond de que tenemos los datos y de lo que pensamos hacer con ellos.
    ― ¿No lo sabe?
    ―No. Por lo que he oído sobre él, estará encantado de decir que fue idea suya, si le permitimos así salvar la cara.
    ―Más publicidad.
    ―Exacto. Por eso le hice salir a usted tan deprisa, no quería que él lo supiera todavía. Verá, habrá que hacer parecer que usted nos dio los datos, doctor Kimble.
    ― ¿Yo?
    ―Claro, para cubrir a su colega Berg. Nos gustaría mantenerlo donde está.
    ―Pero Max es un agente libre. Ustedes no lo mantienen. No pueden decidir si se queda en Mezapico o no.
    ―Cierto. Eso es cosa de Hammond. Y Hammond le despedirá al momento si se entera de que él es el responsable. El tal Berg resulta muy útil si sigue cerca de nuestro amigo Hammond, aunque él no lo sepa. No le importa, ¿verdad? Obviamente, usted no volverá a trabajar con Hammond. Durante el breve tiempo que los vi juntos, no fue usted precisamente educado con él. Pero nos encargaremos de que nadie boicotee su carrera. Un puesto de profesor en algún sitio, podemos arreglarlo. Y se lo merecerá, si ayuda a desenmarañar este asunto. Ordenadores ballena y universos variables ¡vaya si necesitamos ayuda, amigo!


    23


    EN EL ÚLTIMO MOMENTO antes de despegar de Wakkanai ―para el salto de ciento cincuenta kilómetros a través del Estrecho de La Pérouse―, Georgi Nilin se soltó de Mijail y corrió hacia Orville Parr, que no iría con ellos. El niño hundió el rostro en su chaqueta y se agarró a él, suplicando y maldiciendo en una mezcla de ruso e inglés. Más que un niño pequeño, parecía un pigmeo rabioso o un cerdito a punto de entrar en el matadero. Su aguda vocecita parecía un silbido, mientras suplicaba asilo.

    Parr acarició el erizado pelo del niño y lo abrazó. Un temblor incontrolable se transmitió a través de sus capas de grasa aislante, y no era el frío del amanecer lo que hacía tiritar al chiquillo. Qué absurdo, pensó, ¡y qué patéticamente tierno!, si se trata en realidad de un hombre adulto y yo le estoy acariciando, dándole probablemente el último cariño que tendrá. Y qué sumiso y pisoteado parece Mijail en comparación, aceptando con resignación que lo envíen de vuelta, la penosa marcha a un campo de trabajo. Quizá sólo al patio de una prisión marcado con la huella de múltiples balazos, y a una tumba poco profunda cavada en un suelo duro como la roca, su última actividad humana antes del olvido

    ¡Maldición, el mujik se lo tomaba con demasiada sumisión! Debería estar rabioso, como el niño. Chillando. Suplicando. No ahí de pie, hundido, como el eterno campesino a la espera de los latigazos. ¡Mierda, tuvo el ingenio y la iniciativa para escapar!

    ―Este asunto apesta ―confió Parr al niño―. Te devolvemos, ahora que sabemos que eres auténtico, y Mijail, que te trajo a nosotros buscando seguridad y una nueva vida, ni siquiera levanta un dedo. Al menos podría intentar salir corriendo, cruzar la pista de vuelo contigo bajo el brazo Pero, si tú eres auténtico y él no, ¿en qué lío infernal estamos metidos?

    El niño balbuceó indefenso, apretado contra él.

    ―Ven aquí un momento, Gerry ―llamó Parr, mientras su aliento colgaba suspendido en una burbuja en el aire gélido, las palabras implacablemente grabadas en el paisaje―. Gerry, si te dijera que había que detener toda esta operación, que el niño es auténtico, pero que todo lo demás es un maldito error, ¿pensarías que este viejo se ha vuelto loco?
    ― ¡Ya nos hemos comprometido! Es demasiado tarde.

    Suavemente, Gerry desprendió al forcejeante chiquillo del cuerpo de Parr. Tuvo que desenganchar dedo a dedo las manecitas que se agarraban fieramente al abrigo.

    ―Esperemos que Tom Winterburn mantenga los ojos abiertos ―ofreció Parr esperanzado, si bien abrigaba pocas esperanzas―. Aunque ya se inclina por ese asunto del transplante de mentes. Herb Flynn es escéptico. Kimble, dijiste que estaba bastante amargado.
    ― ¡Pero no con las ballenas! ―gritó Gerry por encima de los aullidos del niño, levantándolo en vilo pese a las sacudidas de sus pies―. Parece que, en este momento, es lo único que le importa Eh, Orville, ésta es la peor parte, entregar al niño es la peor parte. Te diré lo que haremos: en cuanto despegue el avión, nos iremos a tomar una copas. ¿De acuerdo?
    ―Claro ―aceptó Parr, hosco―. Y gracias, Gerry ―añadió―. Por coger al niño. Yo no habría podido. Supongo que los pescadores de cangrejos de Enozawa pueden navegar ya.


    En la capital administrativa, Yuzhno-Sajalínsk, les recibió un corpulento ruso llamado Orlov y una chica delgada y morena apellidada Tarski, que parecía hacer todo lo posible por tratar a Orlov como si fuera una enfermedad contagiosa.

    Richard Kimble la miró sorprendido, alegrándose como si la reconociera. Era Ruth, una Ruth sufrida, dolida, pero sin los ojos vacíos y engañosos de Ruth. Era el alma que debió tener Ruth. El toque de carmín ruso que llevaba parecía tan barato, tan mal aplicado, una dolorosa adolescencia prolongada mucho más allá de sus límites normales. Probablemente, allí resultaba difícil conseguir cualquier tipo de barra de labios. Richard se descubrió a sí mismo deseando haberlo sabido para poder traerle algunas de regalo. Barras de labios, sí. La suya parecía grasa destinada a proteger del frío sus labios cortados. Su pelo era un hermoso caos. Sus ojos, tan cansados y tristes, brillaban pese a todo con un dolor, un agotamiento que de alguna manera había convertido en fuente.

    Era como Ruth, pero no era Ruth en absoluto. Más bien la auténtica Ruth ―a la que Ruth hubiera sustituido de mala manera―, o sea, la idea, la imagen, el alma en la mente de Richard.

    ―El profesor Kapelka me pidió que les saludara ―dijo la chica con un inglés glutinoso, de marcado acento. Un inglés con salsa espesa.
    ― ¿Ese es nuestro fugitivo? ―gruñó Orlov.

    Georgi se había quedado inmóvil en cuanto empezó el vuelo, y Winterburn tuvo que bajarlo del avión en brazos.

    ―Es responsabilidad nuestra ―dijo la chica bruscamente, en ruso, pero Winterburn la escuchó―. Del Instituto. No se puede castigar a un niño de seis años por escaparse.
    ―Por supuesto, pequeña ―sonrió Orlov―. Dado que sólo es un modelo matemático, Como Jonás, ¿eh? ¿Cómo se puede castigar a un modelo matemático?

    La chica enrojeció y se mordió el labio.

    ―Pero, ¿por qué hablar de castigos? ¡Qué vulgar castigar a nadie, cuando la escapada de Nilin nos ha unido a nuestros amigos americanos en tan espléndida empresa científica! Un encuentro tan trascendental como cualquier enlace Salyut-Spacelab, ¿eh?

    Orlov cambió del ruso al inglés a medio discurso, haciendo un gesto amistoso a los recién llegados.

    ―En cambio, Mijail ―dijo a la chica, otra vez en ruso―. Al menos habrá que interrogarle, estoy seguro de que lo comprende. Tal vez haya que buscarle un trabajo menos sentimental ¿O quizá devolverle a Ozerskiy, con él? ¿Quién sabe? Puede que afectara psicológicamente a Nilin, siendo que Mijail es su único amigo, privarle de ―movió el muñón de su dedo ante Katia Tarski―. Sí, ¿por qué no de vuelta a Ozerskiy? ¡Pero, antes que nada, una conversación!

    Un par de hombres de seguridad se acercaron a Mijail y le dijeron algo al oído, antes de alejarse con él. Mijail parecía casi aburrido ante los trámites. Winterburn observó su expresión con curiosidad, tratando de hallar la diferencia entre resignación y complicidad.

    ―Deje que lleve al chiquillo ―Orlov recogió la carga del agregado naval y se echó el niño al hombro―. Por aquí, caballeros. Tenemos algunos coches esperándonos. Guíe usted, pequeña. Usted irá con el niño. El toque femenino fraternal, supongo.
    ―Lleve a Nilin en el primer coche usted mismo ―le espetó ella―. Confío en que lo conducirá a donde corresponde. Tengo que hablar sobre ballenas con los americanos.

    La discusión se desarrolló en voz alta en inglés, como si la chica quisiera dejar bien sentado su punto de vista y no le importaran las consecuencias.

    ―Creo que Parr tenía razón en cierto sentido ―confió Winterburn―. El niño era un cebo. Probablemente querían asustarnos acerca del submarino de gran profundidad, porque los auténticos resultados de su Modelo Jonás tardaban en llegar. Decidieron cancelar el proyecto retirándole los recursos. Usar el ordenador para otras cosas, y a Nilin como cause célebre: y, seamos sinceros, ha resultado condenadamente eficaz. Luego surge este Complejo de Pensamiento, y resulta que tienen algo realmente importante, pero ya han perdido la cortina de humo. Entonces salta en medio de todo el asunto Hammond, y ven una manera de recuperar su apuesta inicial, además de capturar una parte de las ganancias. Y nosotros se lo agradecemos con toda sinceridad. Venimos humildemente.
    ―Más vale que nos aseguremos a conciencia de que ese Complejo de Pensamiento no es un simple truco con ordenadores ―Herb Flynn se rascó violentamente el rostro lleno de eccemas―. Insistiré en que hagan aparecer a su ballena, ¡en carne y grasa!
    ―Si ese tipo grandullón es uno de los que enviaron al chico como cebo, entonces me parece que la chica es muy valiente ―murmuró Richard, mientras Katia Tarski les hacía gestos impacientes para que avanzaran.
    ―Tendrá que averiguarlo, ¿no? ―sonrió Winterburn, palmeando el hombro del radioastrónomo―. Se nota que la desea. Es usted transparente.


    Richard se estremeció cuando salieron del salón Moskvitch de Ozerskiy. Una hora en coche les había llevado a través de bosques con restos de nieve hasta el puerto fétido y contaminado de Korsakov, a lo largo de la despoblada orilla. Ráfagas repentinas de lluvia azotaron dos veces las ventanillas durante el viaje. El lodo hacía resbaladiza la carretera y, al principio, tuvieron que compartirla con camiones que transportaban madera, con neumáticos tan altos como los mismos coches.

    ― ¿Tiene frío? ―preguntó Katia sorprendida, ya que la temporada fresca aún estaba lejos.
    ―Sólo un poco, señorita Tarski. ¿O debo llamarla doctora Tarski? ¿O no utilizan ustedes demasiado los títulos? La verdad, personalmente preferiría que me llamara Richard
    ―Usted puede llamarme Katia. Es mejor dejar de lado mi familia aunque los colegas suelen usarlo. Pero la verdad es que no recuerdo a mi padre, así que me parece una tontería añadir su nombre al mío. Además, es un nombre feo, Afanasievna, ¿no le parece?

    Richard sonrió.

    ―Es fofo y lacio. Como una lavandera con los brazos gordos y enrojecidos. ¡No le pega nada!

    Ella rio, encantada.

    ―Mi segundo nombre también es bastante tonto ―confesó Richard―. Mis padres venían de Europa. Estuvieron tan encantados de entrar en la vida americana que me pusieron Edison de segundo nombre.
    ― ¿El inventor Thomas Alva Edison? ¡Hay nombres peores! Al menos, le hizo científico.
    ―Es vergonzante. Se ríen de ti en el colegio, te piden que inventes la luz eléctrica y esas cosas.

    La negra línea costera, con sus grupos de edificios sobre fondo de pinos y bosquecillos de bambú que se hacían más densos al ascender por las colinas

    ― ¿Bambú? ¿Con esta temperatura?
    ―Una variedad resistente. Además, hoy hace calor, Richard. ¡Pero claro, se me olvida que viene usted de México! ¡Tan lejos!

    Contempló meditabunda el mar gris. Él aventuró una suposición sobre los pensamientos de la chica delgada.

    ―Su Jonás está muy lejos, ¿verdad, Katia? ¿Cuál era su auténtico nombre?

    Ella titubeó un instante.

    ―Pavel Chirikov. Pero no me pregunte más sobre él. Hablemos sólo de Jonás. Jonás es un modelo matemático de conciencia, como tuvo la amabilidad de señalar el camarada Orlov.
    ―Si un modelo es suficientemente preciso, ¿cómo se diferencia de la realidad? ―preguntó él con amabilidad.
    ― ¡Por favor! ―suplicó ella, agarrándole la mano un instante y apretándosela para hacerle callar.

    Nilin estaba sentado sobre las rodillas de Orlov en el despacho del profesor, perdido en un estupor interno, los rasgos mongoles de su rostro más pronunciados que nunca. Parecía al borde de la imbecilidad. Los restos patéticos de un niño perdido: había renunciado a luchar por la inteligencia al mismo tiempo que renunciaba a luchar por huir. Orlov, sujetándolo, parecía un gordo alguacil sin escrúpulos, al estilo de Dickens.

    Tras brindar por la cooperación y la ballena soviética ―con vasos cónicos sin base que había que apurar antes de poder dejarlos sobre la mesa del revés―, escucharon mientras Kapelka hablaba sobre problemas de cartografiado e impresión, con un inglés preciso y gorjeante. Tenía lo que Leonardo habría considerado una fisonomía de pájaro, reflexionó Richard: rasgos afilados, despiertos, que bajaban en picado sobre los hechos y los sacaban del lodo, pero con un brillo humorístico en los ojos. Si el doctor Paul era un buitre bronceado, este hombre era un mirlo o un tordo.

    ―Así que Kurt Gödel demostró que un sistema matemático no puede describirse a sí mismo por completo, ¿de acuerdo? La misma restricción se aplica necesariamente a un recuento completo de conciencia considerada como un sistema matemático. Por lo tanto, nosotros abstraemos de ese todo un modelo que pueda ser la aproximación más útil. No se puede eliminar el elemento de «incompletitud». El modelo es un subsistema de un metasistema. No está claro cuánto de la omisión se puede recuperar, mediante una aproximación de un orden superior.

    Mientras tanto, las últimas gotas de vodka se filtraban desde los vasos invertidos por los agujeros de carcoma del escritorio del profesor.

    ―La conciencia es el producto dialéctico de Cerebro y Mundo ―gruñó Orlov―. Ustedes casi parecen estar persiguiendo un alma: «Algo que la Ciencia no puede describir».
    ― ¡En absoluto! Por favor, lea la Prueba de Gödel antes de juzgar. Sólo estoy hablando de restricciones inherentes a la lógica matemática.
    ― ¿Y si un nivel de conciencia diferente inspeccionara el modelo? ―presionó Katia con ansiedad―. Eso sería una revisión metamatemática, ¿no? Y, en consecuencia

    Dirigió una mirada de resentimiento a Orlov.

    ―Sí, el Complejo de Pensamiento puede constituir un sistema de orden superior de este tipo ―asintió Kapelka.
    ―Camarada Profesor ―le reprendió Orlov―, ayer decidimos que este Complejo de Pensamiento debería ser denominado Zvezdaia Misl de ahora en adelante, ¿no? ―hizo un gesto a los visitantes con un dedo rosado, romo―. Que significa «Estrella de Pensamiento». Son los nombres de dos de los periódicos revolucionarios más importantes, que tan buen papel desempeñaron en la evolución de la conciencia política de este país.
    ―Bien, Estrella de Pensamiento ―asintió Kapelka―. Ahora, la segunda dificultad, amigos míos ―siguió, dirigiéndose a los americanos―: sólo podemos cartografiar nuestro modelo sobre una estructura relativamente limpia. Lo que significa necesariamente un niño, ya sea humano o de ballena. La impresión tiene que hacerse a través de conexiones inmaduras, aún vacías en su mayoría.

    Tom Winterburn se inclinó rápidamente hacia delante, sorbiéndose las mejillas hasta tener un aspecto cadavérico.

    ―Eso ya lo supusimos. Pero, ¿se desarrolla irregularmente el cerebro infantil? ¿Para que puedan grabar el modelo todo de una vez en el ordenador, pero imprimirlo sólo por etapas?
    ―Ciertamente. Claro que, al hacerlo, se puede acelerar el crecimiento del cerebro en determinadas zonas. Y también eliminar algunos aspectos del crecimiento natural. Miren a Nilin. Como ejemplo, podríamos decir que su cerebro está demasiado ocupado tendiendo nuevas carreteras, bajo estas circunstancias, para construir suficientes casas nuevas que situar a lo largo de ellas. Al menos sobre el mapa, el niño es una ciudad «adulta» a escala real. Pueden llamarla Nilingrado. Pero muchas de las casas de esa ciudad son sólo decorados. Las puertas no se abren
    ―Y desde sus ventanas no se ve nada―exclamó Richard.

    Recordaba con dolorosa exactitud cierta conversación sobre la cima de un acantilado, no hacía tanto tiempo.

    ― ¡Exacto! ―Kapelka palmeó alegremente―. Pero hemos aprendido mucho de Nilin. Y el cerebro de ballena se desarrolla más deprisa que el humano. Su programa de «conexión» es más rápido que el nuestro, aunque no menos sofisticado. Jonasgrado es, inevitablemente, una ciudad extraña, no diseñada para habitantes humanos. Pero no por ello necesariamente inhabitable. Sin duda tendrán lugar nuevas síntesis cognitivas, cuando nuestro mapa y su territorio se fundan en uno. Recuerden también que aún tenemos que comunicarnos con nuestro mapa simbólico, antes que con su territorio. Por desgracia, hasta el momento no podemos hacer más que intuir los maravillosos edificios de esta nueva Ciudad Mente.
    ―Porque necesitamos esos edificios para ver desde ellos los edificios de enfrente ―interrumpió Richard, emocionado―. Desde nuestros propios edificios, son invisibles. Nuestras ventanas no tienen el cristal adecuado.

    Se quitó las gafas y las miró pensativo, con ojos entrecerrados.

    ―Es como si la realidad fuera un juego de ciudades diferentes, todas ocupando el mismo espacio, como si Bizancio, Constantinopla y Estambul coexistieran a la vez. Pero los ciudadanos de cada una de ellas no pueden ver a los otros. ¡Qué maravilloso sería mirar por esas ventanas!
    ―Jonás ha mirado ―afirmó Katia.
    ―Podría ser terrible mirar por esas ventanas ―sugirió Orlov, hosco―. ¿No están ustedes, los americanos, tratando de escapar de ese destino ahora mismo? Su radiotelescopio es su ventana. El panorama es desolador y aterrador para ustedes. Pero no pueden negarlo. ¡Cualquier cosa sería preferible a ese panorama! ¡Vale la pena pagar cualquier precio por sustituir la ventana de Jonás!

    Era difícil decir si sentía un placer maligno o estaba verdaderamente conmovido.

    Cuando el profesor palmeó alegremente, justo en aquel momento, con aquel sonido seco Richard recordó: era el ruido de las ventanas de un nuevo rascacielos, saltando arrancadas por un viento generado en parte por la forma del propio edificio

    Chicago. Cinco años antes. La esbelta pirámide con dos alas del nuevo Edificio de Seguros Faraón se había convertido repentinamente en una trampa mortal, un día en que el viento soplaba desde una dirección concreta sobre el lago Michigan, y la gente fue succionada hacia la muerte desde veinte pisos por debajo de los voladizos de los restaurantes Asgard y Olimpo.

    Richard estaba en la ciudad del viento el día que las ventanas saltaron. Las vio revolotear como brillantes plumas de aves al principio, y luego como cuchillos transparentes, escalpelos letales del cielo. Y la gente huía, y los coches colisionaron en cadena a lo largo de todo un kilómetro.

    Treinta o cuarenta cadáveres cayeron del cielo en aquel desastre aéreo estático, pero fue la visión de las hojas de cristal lo que más recordaría, junto con el escalofriante aullido.

    Después, hubo que cerrar el nuevo rascacielos con ventanas de acero en torno a su diafragma, y nadie volvió a alquilar aquellos despachos. Permanecieron vacíos.

    Impulsivamente, les describió a todos el día en que llovieron ventanas del cielo de Chicago, dejando un monolito con ojos enormes: hileras sobre hileras de órbitas vacías sosteniendo los dos restaurantes gemelos.

    ― ¡Y aquel ruido! Hasta que consiguieron sellar las ventanas abiertas, el edificio sonó como una armónica aterradora, un chirrido que daba escalofríos. Su aullido se oía desde kilómetros de distancia: el gran edificio vacío, silbando por toda la ciudad, peor que la sirena en una alarma nuclear.

    El recuerdo de aquellas ventanas cayendo había sido una pesadilla recurrente para Richard durante más de un año después del acontecimiento. Unas veces se hallaba a un lado del cristal. Otras al otro. Algunas, las peores, él era el cristal, combándose bajo una succión intolerable hasta desprenderse del marco y caer.

    ¿Y si la misma mente humana, post Hammond, se estaba convirtiendo en un edificio así de inhabitable, mientras el Plato de Mezapico lanzaba su aullido silencioso por todo el mundo?

    Katia apoyó una mano sobre el brazo de Richard.

    ―Pavel era músico ―le susurró confidencialmente―. Luego le hablaré de él. Se lo prometo. Usted lo comprenderá, ahora lo veo.
    ―Pero, ¿y si hay ventanas que no pueden existir en ciertos edificios? ―preguntó él con tristeza―. ¿Está segura de poder reconciliar nuestra propia «lógica» con la manera en que las ballenas ven las cosas?

    Kapelka sacudió la cabeza para librarse de la visión de una ciudad sin ventanas en la mente, desenterrando unos cuantos gusanos gordos de hechos.

    ―El problema del habla, sí, buena pregunta ―asintió―. Todas nuestras funciones mentales elevadas tienen lugar sobre la base del habla humana. Demonios, incluso aprendemos a ver con la ayuda del equipo de procesado del lenguaje de nuestro cerebro. Pero la frase humana manipula los objetos y los hechos, literalmente. Aprehensión es prensión: la mano que se extiende para coger. Por supuesto, las ballenas no tienen manos, no fabrican nada. No tendrá que haber conceptos de este tipo, si queremos relacionar a nuestra ballena con el mundo. Ni podremos distanciar su mente del mundo con la anchura de una mano, que es lo que hace que nosotros, técnicos y científicos, desglosemos las cosas y volvamos a juntarlas.
    ― ¿Alienándonos de la realidad en el proceso? ―interrogó Richard―. ¿Hasta que terminemos alienando literalmente la misma realidad?
    ―Podría ser ―asintió Kapelka―. Quizá, dado que la ballena no tiene manos, su mente puede concebir una identidad del pensamiento muy superior con las cosas. Puede que para ella no existan «cosas», sólo «estados de ser». Pero nosotros podemos reconciliar la lógica simbólica con la lógica cetácea. De hecho, ésa es la respuesta al problema del discurso. Por supuesto, la lógica es una estructura sin un contenido específico. Una formalización de una manera de pensar.

    »Pero para empezar, si se es ingenioso, se puede decir mucho con conceptos formales. Se puede crear un tipo de metavocabulario a partir de signos formales: una topología del pensamiento. La lógica está diseñada idealmente para expresar la relación función-objeto prevaleciente entre los objetos, en forma mucho mejor que el lenguaje popular, y esto es lo que expresan las ballenas: modalidades, relaciones de función. Admito que nos vimos obligados a programar un «vocabulario» mínimo, un reflejo condicionado asociado a símbolos de ciertos objetos ―miró furtivamente a Orlov, que parecía perdido en sus propias reflexiones―. Como los submarinos, ¿entienden? Pero no la palabra «submarino». Más bien señales mentales asociadas a ciertos números elegidos arbitrariamente: un mini-cálculo, si lo prefieren, con estructura formal. No es posible tener un lenguaje completamente formal. Sería elegante, pero no expresaría nada.
    »Pero, a partir de un axioma, se pueden desarrollar otros muchos. Por ejemplo, nuestro vocabulario mínimo cristaliza símbolos gracias a la conexión ballena/humano, como si fuera una operación de siembra, y vuelve a referirse a esta conexión, de manera que podemos cruzar la barrera y entrar en la mente de la ballena, usando sobre todo herramientas formales.

    ―Me descubro sinceramente ante ustedes, profesor Kapelka ―enrojeció Herb Flynn―. Sin reservas. ¡Han encontrado la clave!
    ―Así pues, doctor Kimble ―siguió Kapelka―, creemos tener suficiente cristal, de la dureza e índice refractario adecuados, en nuestro esquema de lógica matemática, como para proporcionar una ventana transparente entre los símbolos de la ballena y los del hombre. ¡Una ventana que no se romperá en las tormentas del mar!

    Richard asintió, como en trance.

    En cambio, Orlov empezaba a tener miedo. Olfateaba una peligrosa enzima mental funcionando allí, una enzima que podía descomponer todo el metabolismo del pensamiento lógico y dialéctico. No era lo que había pensado y recomendado al comité de supervisión. Era un error alimentar el Teorema de Hammond, flagrantemente negativo y místico, en la Estrella de Pensamiento, decidió. No habría podido decir por qué. Un presentimiento. Y ahora era demasiado tarde para detener la situación. Los americanos estaban allí. Los tratos se habían cerrado.

    Mientras Orlov se removía incómodo en su asiento, la cabeza de Georgi Nilin se meció inerte de un lado a otro. Sacudió al niño, asqueado, pero sólo consiguió que la cabeza se meciera más, como un trozo de madera a merced de la marea. El niño no estaba muerto, ni siquiera dormido; sólo desconectado. Había cruzado una puerta, adentrándose en la nada.

    La leve carga de su cuerpo aplastaba ahora a Orlov. Nunca en su vida se había sentido tan oprimido, tan inútil. La locura americana le estaba despojando de su objetivo. ¡Él era el responsable de la «deserción» de Nilin, sí! Mijail había seguido las órdenes. Pero el mundo había cambiado bajo los pies de Orlov, en medio de la danza del engaño. Ahora tenía la horrible alucinación de haber sido reubicado repentinamente en una de esas otras casas de las que había hablado el americano de las gafas: de un Leningrado a un Petersburgo donde todos los paisajes habían cambiado y la Revolución se había invertido; donde el proceso dialéctico había girado hacia atrás, contra la corriente del tiempo y la historia: una antítesis pura y absoluta.

    El pesado abrigo negro de Orlov se congeló en torno a él bajo la presión de aquel niño. Luego, la alucinación se desvaneció. El niño volvió a ser ligero, casi ingrávido.


    24


    RICHARD KIMBLE y Katia Tarski paseaban por las boscosas colinas, con una sensación de alegría ante la existencia de la Estrella de Pensamiento enlazando sus pensamientos. Richard deseó poder enlazar sus dedos con la misma facilidad, pero no extendió la mano los centímetros necesarios, con el presentimiento de que la delgada chica aún no lo deseaba.

    Ella dijo sobre la Estrella de Pensamiento, la Zvezdaia Mysl:

    ―Sobornost es la palabra rusa que significa «unidad». Un nombre muy bonito. Rico y fidedigno. Pero también tiene matices oscuros: el hecho de compartir una pena.

    Le señaló las diferentes especies de árboles. Los abetos blancos. Los cedros de Manchuria, con sus piñas azuladas. Muchos alerces y piceas. Algunos abedules. Algunos arces y alcornoques. Los árboles caducos reemplazaban a las coníferas cuanto más se alejaban del mar. Entre los árboles, con sus restos de nieve, unos cuantos rosales silvestres aún conservaban flores, congeladas y preservadas: pequeños capullos que le recordaron el ojo rosado de los conejos albinos, tan cercano a la suave nieve. Matorrales de cardos aparecían aquí y allá, glaucas versiones norteñas de los cactos mexicanos.

    Richard dijo:

    ―Pensé que aquí no habría vegetación. Pero México es el país desolado, con toda su vida achicharrada. ¡Esto es hermoso, Katia!
    ―Sajalín es una isla larga: mil trescientos kilómetros, Richard, y nosotros estamos en el sur. La parte norte es casi ártica. El mercurio se hiela en el termómetro. Hay tundra, mar helado ¿Puede creer que estamos en la misma latitud que Milán, en Europa? Siberia es una nevera con la puerta abierta, justo allí arriba, así que esto no es como Italia. ¡Aunque no conozco Italia! ¿Ha estado allí alguna vez? Pero el mar caldea el clima, al menos. Los cachalotes nadan mucho más hacia el norte, hasta los mares de Okhotsk y Bering.

    Hablaron de los valles del mar por donde estaría nadando Jonás: para él, el paisaje sería de medusas y pulpos, no de coníferas y arces.

    Y hablaron del hombre, reconstruido por la Estrella. ¿Cuál sería ahora la textura de la conciencia de Jonás? Aprehensión más prensión: un nuevo rascacielos con firmes ventanas nuevas que daban a la realidad, junto con las viejas ventanas humanas, casi un edificio cuatridimensional.

    Y, a través de las extrañas ventanas, con la ayuda de la Estrella de Pensamiento, se podría cosechar una introspección diferente sobre el cosmos vacío de Hammond. Cuando la Estrella comprendiera los nuevos datos insertados en la mente de Jonás en el momento crucial, cuando supervisara el teorema simbólico espaciotemporal recogido de los agujeros en el límite del universo, saldría a la luz un nuevo punto de vista, procedente de nuevos observadores. Nuevos participantes.

    ¡En consecuencia, posibilidades tales como una embajada de mentes al profundo nivel simbólico! O una gramática general de la existencia para Tierra y Mar. Del homo physeter, una nueva raza mental nadando por los océanos. Del physeter sapiens saliendo del mar, trayendo música del océano a una tierra necesitada, seca Se extasiaban ante la idea mientras caminaban. Tantas posibilidades abiertas en aquel gélido día otoñal, en la isla rusa.

    Katia se detuvo al refugio que ofrecía un bosquecillo de abetos, donde la nieve tenía un espesor de unos cuantos centímetros, porosa y suave en su estado a medio fundir. Se arrodilló e hizo pozos en ella con las puntas de los dedos, como si buscara algo. Pero no había nada debajo, excepto el lodo marrón del que surgieron, manchados, sus dedos.

    ―Pavel nunca vio el mar, ni los árboles, ni mi rostro ―murmuró―, pero sus oídos le proporcionaban todo el mundo. Podía tocar casi cualquier instrumento de viento: la flauta, el clarinete, tocaba el clarinete como profesional en la Orquesta Sinfónica de Irkutsk, y el saxofón en un club de jazz de la ciudad. Hizo algunas grabaciones públicas con la orquesta. Ningún solo, pero yo los tengo en mi habitación; puedo entresacarlos.

    »Aunque nunca quiso tocar aquí, en Sajalín, incluso aunque le conseguí una flauta. ¡Decía que era porque tenía que dejar atrás la música para convertirse él mismo en un instrumento musical! Tengo una grabación privada de él tocando jazz en un bote, en el lago Baikal. La hizo un amigo. Es tan triste, el sonido de un cuerno sobre las aguas, como si estuviera viendo que pronto tendría que hundirse él mismo bajo las aguas y renacer como un animal acuático. La música y el cuerpo serían uno entonces, pero ningún humano le oirá bien, ni le entenderá. Sólo a través de nuestras máquinas y de símbolos.

    Richard tuvo la impresión de estar oyendo el argumento de algún ballet ruso. Como si también ella desempeñara un papel, no del todo sincera. Una copia, no el original. Quizá no hubiera tal ballet ruso, pero aun así, seguía sonando una pequeña señal de alarma en su cabeza. No podía aceptarlo con toda confianza.

    Quizá fueran los defectos de contarlo en un idioma extranjero. Quizá sus palabras habrían sonado sinceras en ruso. ¿Qué lugar quedaba allí, después de todo, para el falso romanticismo o las pretensiones, en Sajalín, entre el frío y los ordenadores? Y qué románticamente trágica parecía aquella chica delgada, bajo el funcional mono azul ―que podía abrigar a dos como ella― y la pesada chaqueta estilo militar. ¡Programadora de ordenadores como bailarina!

    Se preguntó cómo se diría en ruso «afinidad espiritual». Probablemente entraba en el campo de la sobornost. Pero por eso le gustaba ella, pese a sus evasivas mentales. Fuera lo que fuese además, al menos luchaba por ser una persona de verdad, y eso no era poca hazaña. Tan pocas maneras de ser verdadero, tantas de ser falso.

    En definitiva, sentía que confiaba en ella. Podía dejar de lado aquello que sonaba como notas falsas. A su manera ingenua, dolida, era encantadora. Sus emociones aún eran puras y válidas. Aunque sólo meditó un momento en este aspecto, había al fin encontrado a otra persona tan desmañada emocionalmente como él mismo: alguien que había experimentado la conmoción, lo cruel y lo hermoso, y lo había asimilado todo. Así que se sentía a gusto con ella. Y sabía lo que sucedería pronto entre los dos. Nunca antes había poseído un conocimiento previo de cómo respondería exactamente al suyo el sistema nervioso de otra persona, sin evasivas, sin torpes tentativas.

    ― ¿Le parezco infantil? ―preguntó ella de repente, leyendo su expresión. Se pasó rápidamente la lengua por los labios llenos, encerados, tan curiosamente secos: un pececillo rojo, revoloteando contra una barrera que se fundía, se fundía―. ¿Soy tonta? ¿Romántica?
    ―Ojalá ―titubeó él―, ojalá hubiera estado en posición de sentir lo mismo. Tuvo usted sobornost con Pavel, ¿verdad? Ahora, él la tiene con las ballenas. Me da envidia. Yo sólo he podido mirar de lejos, desde la cima del acantilado

    Los ojos de ella brillaron. El pececillo rojo casi había fundido el camino de salida. Alzó los dedos manchados de lodo y apoyó la palma de la mano contra la de él, estirando los dedos y girando la palma hasta que las dos manos formaron una estrella de dedos en el aire. Glrando la mano, ella le agarró con fuerza la muñeca, y tiró de él hacia el bosquecillo. Richard alzó la mano libre para evitar que los arbolillos le golpearan el rostro, pero Katia le detuvo.

    ―Deja que te rocen. Cierra los ojos para que no te hagan daño.

    Así que los arbolillos se convirtieron en caricias, aunque fueran torpes. Entonces ella le detuvo para rozar su rostro con dedos sucios de lodo, y tocó las marcas cálidas que habían dejado las ramitas.

    Richard volvió a abrir los ojos. Rápida, juguetonamente, ella le quitó las gafas y las colgó de una rama.

    ― ¿Qué tal ves sin ellas?

    De hecho, podía ver su rostro con bastante claridad. Y también los árboles. Sólo veía mal las distancias lejanas. (¡Entonces hazte astrónomo, hijo mío, y escucha los años luz!) En definitiva, quizá llevaba gafas como un cristal de ventanilla de coche. Pero, en aquel momento, era como si estuviera perdido con ella en un acuario lleno de algas.

    ―Veo un pensamiento verde en una sombra verde ―citó caprichosamente― «Aniquilando todo lo que hay hecho, convirtiendo en un pensamiento verde y en una sombra verde». Lo escribió un inglés del siglo XVII. Paul Hammond aniquila todo lo que hay y nos deja aquí solos, así. Supongo que las ballenas, bajo el mar, piensan con pensamientos verdes

    Y entonces su lengua buscó el pececillo rojo de la de ella, y la gruesa chaqueta de ella fue una cama blanda para los dos. La carne de su espalda se estremeció, expuesta al aire, pero su pecho, su vientre y sus muslos estaban cálidos.


    Tumbados sobre la chaqueta de Katia, con la de él, más ligera, por encima, contemplaron por entre las ramas de abeto el cielo, que amenazaba lluvia una vez más

    ―Ronroneas como un gato cuando haces el amor―dijo ella― Es bonito. Creo que ahora estoy ¿Cómo dicen los sacerdotes? Deshechizada
    ― ¿Exorcizada? ―Richard se lo deletreó―. Significa «deshechizada».
    ―Aquí fue donde hicimos el amor Pavel y yo por última vez, sobre la nieve de invierno. Un día azul y luminoso, muy tranquilo. Sé que eso sucede tras una nevada, pero

    Así que era eso lo que había estado buscando en la nieve. ¡Alguna impronta cristalina, fundida hacía tiempo!

    ―Fue el día anterior a la analización. Él se estaba despidiendo de su cuerpo humano, y de mí. Fue hermoso, Richard, su último ritmo como hombre. Pero, cuando dije adiós, tuvo miedo. Se aterró. Huyó a través de estos árboles; las ramas le obligaron a detenerse. Sus ojos lloraban, ciegos
    ―Así que, para ti, no soy más que su fantasma.

    Se sentía inmensamente decepcionado.

    ―Oh, no, eso no, ¡nikagda! Jamás.

    Volvió a cogerle la muñeca y formó la estrella con sus dedos.

    ― ¿Ves? Cuando volvamos, te enseñaré lo que es Pavel ahora. Lo entenderás.

    Mientras se vestían de nuevo, ayudándose torpemente el uno al otro, como podría haber ayudado ella al ciego Pavel, Richard pensó que la gente solía decir algo así, sobre que el otro entendería, cuando lo que en realidad temían ―y sabían con certeza― era que el otro no podría entenderlo ni en un millón de años.


    Una lluvia mezclada con aguanieve los persiguió mientras iban por la ladera hacia las casas dispersas y humeantes de Ozerskiy. Con los cuellos de las chaquetas alzados, huyeron del millar de dardos punzantes disparados contra ellos desde las colinas donde habían sido amantes.

    ¡Desde aquellos bosques donde su esperma había actuado como irrigación psíquica para la chica!

    Pero mientras corrían juntos hacia el valle, ella volvió la cabeza y le dirigió una sonrisa tan abierta, tan radiante, que pensó en vez de eso: Desde el lugar donde la liberé

    Le devolvió la sonrisa. Porque es importante liberar a otro ser humano. Liberación, ¡un acto revolucionario! ¿Habría tenido aquel italiano, Morelli, alguna objeción contra esa manera de expresarlo? Él había sido un amante revolucionario antes de que una mina lo convirtiera en el voyeur amargado de las extravagancias de los demás.

    La tormenta pasó en dirección al mar. Se sacudieron el agua de las chaquetas y del pelo como si fueran nutrias, ante el balcón de una gran casa de madera. Luego subieron los escalones hacia el porche. Pasaron junto a dos ventanas cerradas con persianas y barrotes. La tercera daba a una habitación infantil, jovialmente decorada. Cohetes de plástico y estaciones espaciales colgaban del techo; amontonados sobre el suelo de madera había otros juguetes, aparentemente inútiles, hechos con alambres y cables retorcidos, entrañas de relojes, cucharas dobladas y botones. Un cartel de la Salyut en órbita terrestre había sido arrancado a medias de la pared. Sólo quedaba la parte superior, inalcanzable. La mitad que faltaba estaba en manos del niño, sentado en su cama, que la arrugaba y la estiraba monótona, inexpresivamente. Sus dedos se movían como con voluntad propia. Arrugando, estirando. Ni un musculo más se movía en él.

    Georgi Nilin.

    Tras la siguiente ventana, una figura demacrada, con la cabeza afeitada, vestida con un pijama azul y una bata femenina de sarga, ocupaba una silla de ruedas. Sus dedos jugueteaban con su pene por debajo de la bata, y la saliva brillaba en su barbilla. Esta habitación carecía de decoración, aunque una música sonaba en el casete. El hombre no dejaba ver reacción alguna ante la música, excepto el hecho de que tenía la cabeza inclinada en aquella dirección.

    Una canción terminó, empezó otra. Richard habría pensado que se imponía Tchaikowski, o algo cultural. Pero no.

    ―Canciones pop soviéticas ―Katia se encogió de hombros―. Ésa es Ludmila Zikina. ¡No importa cuál sea el sonido! Sólo tenemos miedo de que se vea completamente solo si la habitación se queda en silencio. Aunque no entienda nada, quizá le reconforte el sonido. Mira ―señaló con una mezcla de asco y ternura―. Se está tocando, así que a lo mejor está satisfecho. Aunque dudo que pueda sentir algo. Las drogas analgésicas lo atontan. Antes de la analización no tenía ese aspecto ―añadió rápidamente―. No, cuando nosotros ya sabes. Pero ha ido degenerando desde entonces.

    ¡Tarea difícil reconstruir al Pavel Chirikov que había sido, a partir de aquella figura de la silla de ruedas! Richard puso un imaginario algodón en sus mejillas y le hizo brotar una mata de pelo. Pero no funcionó. La imagen resultante no era más que grotesca. El sistema inmunológico de Pavel había rechazado incluso las reparaciones cosméticas, ahora tenía una inmunidad total: a su cuerpo, a todo el mundo. Un mendigo famélico, idiota, con su bata de mujer. Lo dejaron, y volvieron a pasar junto a la ventana de Nilin, donde el chico seguía arrugando y alisando el cartel.

    Compartieron un suspiro de alivio cuando volvieron a encontrarse de pie sobre la hierba seca. Pero, mientras caminaban hacia el centro de investigación, advirtieron al mirar atrás la aparición de una silueta que les miraba desde la ventana de un piso superior de la casa de madera

    ― ¡Así que le han dejado volver!
    ― ¿A quién? ―Richard aún tenía las gafas surcadas por gotas de lluvia, y veía borroso―. Me parece conocerle.
    ― ¡Mijail, el auxiliar! Si, desertó con Nilin, ¿verdad, Richard? ―rio con amargura―. ¡Vaya juego el de Orlov!

    Se encerró en sí misma, apartándose mentalmente de él un paso o dos. Su lengua volvía a aletear, nerviosa. La barrera había vuelto.

    ―Entonces, ¿lo de la deserción fue un juego? ¡Pero Jonás no es un juego!

    Estuvo a punto de añadir: « ¿Verdad?», pero se contuvo a tiempo. Habría sido una frase letal. Sin embargo, ella no dijo nada. Tanto daba que Richard la hubiera pronunciado. Volvían las dudas.

    Todo el tiempo, aquel clavo oxidado había estado esperando para clavarse en sus pies y envenenar su sobornost. ¡No se puede corretear por los valles rusos, libres como amantes, durante mucho tiempo! Ella lo había sabido mucho mejor que él, reflexionó. Ella había vivido en aquellas condiciones toda su vida.

    Kapelka les recibió cuando entraron en el edificio principal. Hizo un gesto de comprensión a Richard, ¿o era de compasión?

    ―Habrá otra Zvezdaia Mysl dentro de dos días ―anunció―. Jonás se reunirá con las otras seis ballenas muy cerca de San Diego, así que podrán observarlo. Cuando Jonás esté conectado en la estrella, nuestra jábega les transmitirá el Teorema de Hammond. Ya lo están codificando. Nuestro gobierno espera la solución con la misma ansiedad que ustedes, doctor Kimble. Hay algunos disidentes en Europa del Este, lo dice hoy Pravda.

    Aminorando el paso, tocó brevemente el brazo de la chica.

    ― ¡Pavel demostrará lo que vale, Katia! Será un momento para enorgullecerse.


    25


    NADA EN UN MAR donde un Gimiente canta la canción de aviso, describiendo a los Destructores de Sonido, (Palabra) y (Mano).

    DISRUPTOR no es un verdadero glifo; sino un nuli-glifo, el primero de ellos que se formó. Lleva consigo inflexiones prohibitivas; porque disrumpe las claras vibraciones del universo fluido. Con DISRUPTOR surge una muralla de arrecifes como navajas en el mar de la mente, duros y cortantes, que no encierran ningún espejo de discernimiento, sino que cortan el sentido del mundo con instrumentos de (acero) Éste es un brote mutante en el vientre de sonido, proyectando miembros agudos que todos los auténticos fetos deben perder, tras ese asentimiento cortés a la evolución. Brazos con cinco pequeños brazos en sus extremos, con cinco ventosas no succionadoras más rapaces que las de ningún Diez Brazos, poner las manos no sólo sobre las cosas, marcándolas con ronchas punzantes, sino sobre la misma mente, retorciendo el sonido para formar (palabras) duras como el (acero) e igualmente implacables

    DISRUPTOR se apodera de las olas siempre vibrantes, cuya interacción hace surgir las formas del Ser, y las convierte en (herramientas) que giran y se contemplan a ellas mismas. Eso son las (palabras). Eso son las (manos). Pero sólo se miden a ellas mismas, sólo describen su propio aislamiento sólido, rígido. DISRUPTOR, a falta de la inflexión ALTO, bien podría endurecer la cera en un glifo que nunca se funda en otro glifo superior. Un glifo de hueso, de piedra, de (acero).

    Oh, su Especie puede oír los protobrazos brotar en el seno materno, mientras la examinan con sus clics; sí. Espantosamente, en una ocasión o dos, no consiguen «descrecer». Entonces nace una cosa extraña, imposible, con miembros sin sentido colgando de ella. Quizá para ahogarse al momento. Quizá para recorrer los mares con más lentitud, hundirse a menos profundidad, durante una vida más breve. Últimamente muchos jóvenes han estado brotando así, mientras que el mar tiene sabores extraños Sabores puestos ahí intencionadamente por (manos), ahora lo comprenden.

    Su Especie es agudamente consciente de su propia evolución en el seno materno: el glifo RECAPITULADO remitido en pulsaciones por una Estrella Hembra tras la fertilización es una forma que el feto puede copiar en su crecimiento. Un cachorro empieza su vida con un glifo de crecimiento a su alcance, mágico, mimético, para ayudarle a ocupar su lugar en la evolución hacia Glifos Superiores que aún quedan muy lejos.

    El glifo REPRESENTADOR ha despertado el fantasma de otra vida en otro modo-Ser. Se alza a través de la rejilla de su mente, en gotas inconexas de conocimiento, para crear un monigote de cera; y ahora quiere enviar un mensaje a alguien, enlazar manos a través del aire

    Pero la pulsación procedente del cielo, proyectándose hacia el Ocho Brazos interior hasta que todo es danza, números, le ha dicho que la próxima Estrella es crítica para la (Humanidad).

    Hay una pregunta para la que (manos) y (palabras) exigen respuesta.

    Su guardián queda atrás.

    Nada para reunirse con los Dos, y los Cuatro.

    Mientras, los Silbadores de Clics hacen callar a los Cantores, antes de silenciar sus propios silbidos


    26


    UNA VEZ MÁS, abundaban las predicciones de que la Falla de San Andrés se abriría y media California se hundiría bajo el mar. En la mente de muchos, la Prueba de Hammond había debilitado fatalmente las interconexiones de la materia, casi como una consecuencia física directa de su afirmación. El mundo se volvía insustancial y traicionero en torno a ellos. Ciertamente, una serie de pequeños terremotos ―temblores― agitaron el suelo bajo sus pies durante una semana. El Cuerpo de Ingenieros bombeó miles de toneladas de agua al interior de la profunda roca porosa, como parte del Programa de Prevención de Terremotos, y las pequeñas sacudidas como aquéllas estaban previstas desde hacía mucho tiempo, aunque no habían recibido una publicidad adecuada, quizá por el miedo a causar temor. Ahora el mundo parecía tambalearse, y el mundo mental de mucha gente también se tambaleaba.

    En los últimos tiempos había los suficientes creyentes ―y no creyentes― en el apocalipsis, no sólo para recibir la Prueba de Hammond («prueba» ahora, por cortesía de los medios de comunicación), sino para reivindicar sus propias manías y ansiedades, como para enviar a decenas de miles de ellos de la zona de Los Ángeles y San Francisco hacia Monte Palomar, como si fuera un lugar sagrado no superado por las circunstancias, a ejemplo de la desastrosa peregrinación a Mezapico, pero a una escala superior. Había un movimiento milenarista en marcha, tanto en la mente como sobre el terreno. Para cuando los soldados hubieron cortado las autopistas que llevaban a la zona, repitiendo el mismo error que sus colegas mexicanos, ya había unas quince mil personas encerradas allí, y quizá el doble afuera. Las barricadas oficiales y los piquetes no duraron mucho tiempo, y terminaron en una carnicería

    Así empezaron los Días Calurosos. Aunque era otoño. Quizá había parecido el otoño del mundo durante demasiado tiempo, cuando sólo quedaba el invierno por delante, vacío de calor, comida, trabajo y comodidades. Y la gente se lanzaba a la recuperación de algo precioso y amorfo: la textura de sus vidas. O a conmemorar su pérdida, su gigantesca negación.

    Y esto sólo en California, donde volvía a encontrarse Chloe Patton. A ella no le importaba demasiado lo que estaba sucediendo en otras partes, en otros estados o países. Pero quizá fue la primera persona en darse cuenta de que algo iba muy mal en el mar

    A salvo en el refugio del centro naval, los Marines la guardaban a ella ―y a las instalaciones― de los efectos de lo que los comentaristas de noticias llamaban ahora, predeciblemente, «la nueva Onda Hammond» de choque, de histeria. Pero, a través de los marineros que volvían ―y muchos, sencillamente, no habían vuelto luego de que las sirenas de la base los llamaron―, se había podido tejer una imagen de pesadilla de las frustraciones y ansiedades que se estaban desahogando dentro y fuera de la ciudad de San Diego: la orgia hippie en Balboa Park, la destrucción del Hotel El Cortez por una banda de motoristas ―después de que un joven universitario jugara con ellos a francotirador desde una escalera móvil situada encima de la calle―, las batallas en el centro entre pandillas, marineros, soldados y «Revolucionarios Americanos» que salían de los bares y de las salas de baile

    Chloe buscó refugio, no en las piscinas de los delfines esta vez ―porque estaban contaminadas―, sino finalmente en la sala principal de telemetría. Allí se recibían y examinaban las señales de las balizas sonoras y las «orejas» del lecho marino dispersas a lo largo de muchos cientos de kilómetros cuadrados en el océano Pacífico.

    ―Hola, señorita Patton; estamos esperando que hablen con su amigo Jonás ―el técnico le señaló el reloj de la pared, que marcaba las 15:35―. En cuanto confirmen la pauta de la Estrella, los soviéticos introducirán los datos. Mire, aquí está la jábega rusa el Mariscal Zhukov.

    El canto de los propulsores de la jábega aparecía como una serie de «pips» ―puntos intermitentes verticales― en la pantalla de rayos catódicos.

    Sesenta osciloscopios similares en la habitación se dedicaban al escrutinio de las saltarinas pulgas fosforescentes. El gran osciloscopio principal, a la derecha del reloj, permanecía inactivo por el momento. Las luces rojas que parpadeaban en el gigantesco mapa de cristal de las aguas costeras de California y México correspondían a las balizas sonoras ―o las orejas―, cuyas señales eran recibidas por las diferentes pantallas. Su agrupamiento indicaba que algún avión había dejado caer el día anterior una gran cantidad de equipo hidrofónico en la zona donde se reunirían las ballenas.

    Los técnicos encargados de las consolas cambiaban frecuentemente de un canal a otro, escrutando toda la zona. Señales características de ballenas piloto, delfines nariz de botella y ballenas yubarta, brillaban brevemente en las pantallas verdes, y luego desaparecían para volver a surgir, mientras una luz roja en el mapa se apagaba y otra empezaba a parpadear. Ningún cachalote por el momento.

    Un técnico conectaba periódicamente el canal de sonido para confirmar una señal concreta. Chloe oyó el seco ruido característico de una ballena piloto, por encima del ruido ―como de pisadas sobre cristal roto― de los camarones; entonces le llegó el agudo aullido del canto de las ballenas yubarta, mezclado con su propio eco; luego, el silbido y los clics de los delfines.

    Dependía de los rusos, en la lejana Sajalín, el codificar y decodificar las señales; pero aquí en San Diego podían vigilar el proceso.

    ―Todos apoyamos a Jonás, señorita ―le susurró un técnico, mientras Chloe iba de pantalla en pantalla, escudriñando los saltarines garabatos de luz.

    El comandante estaba de pie bajo el mapa mural, con las manos en la espalda, en actitud desaprobadora. De modo que los soviéticos tenían un agente disfrazado de ballena, programado para una ambigua misión, a un metafórico tiro de piedra de aquel mismo lugar. Y su personal no había conseguido localizarlo, aunque los rusos les habían dicho incluso dónde estaría. Aquello era una humillación personal, y tenía intención de ordenar una investigación y un reacondicionamiento procesal.

    Al fin, uno de los técnicos subió el volumen de su radio con confianza, y la habitación retumbó con los clics inusualmente dispersos de dos cachalotes. A juzgar por el mapa mural, las balizas sonoras en cuestión flotaban sólo unas millas al sur del Mariscal Zhukov.

    ― ¿A qué demonios juegan, entrando tan silenciosamente? ―gruñó el comandante.
    ―Quizá no quieran cansarse la voz, señor.
    ―No se haga el gracioso, Donaldson. Las ballenas necesitan su sonar para saber por dónde van. ¡Y más vale que vigile! Esto no ha sido una operación de vigilancia demasiado brillante. Tendremos que mejorar mucho.

    El resentimiento sustituyó al humor en la voz de Donaldson:

    ―Al menos tenemos una idea más aproximada de lo que hacen las ballenas que de lo que hacen muchos de los nuestros en la orilla

    Un cuarteto de cachalotes fue detectado al noroeste de la jábega. Por último, uno solitario acercándose desde el oeste.

    ―Mi pantalla se ha quedado sorda, señor
    ―Y la mía La señal ha desaparecido

    Los oscilantes rastros de luz se habían convertido en líneas horizontales, planas. Unas cuantas vibraciones las sacudían aún: los peces debían de estar emitiendo los sonidos habituales. Antes de que Chloe pudiera señalar educadamente aquello, el comandante llegó, furioso, a la misma conclusión.

    ― ¡Lo que pasa es que las ballenas y los delfines se han callado, imbéciles! ―gritó―. ¡Malditas bestias evasivas!

    Todos los cetáceos se habían quedado en silencio, desde la gran ballena barbada al último delfín.


    La Estrella se reunió quince minutos más tarde, a tres millas del Mariscal Zhukov y a un cuarto de milla de la baliza más cercana. La jábega había detenido sus motores e iba ahora a la deriva. Eran las 16:05 en la costa oeste de los Estados Unidos.

    Bruscamente, clics y pulsaciones amplificadas llenaron la habitación. En el osciloscopio principal ―ahora activado―, las señales de la baliza eran como gigantescos bucles mellados. Siete voces emitiendo pulsaciones en paralelo, luego la canción de clics acelerada, y los bucles se convirtieron en una ancha mano; mientras, la señal de sonido se convirtió en un gemido lacerante que engulló los sonidos de los clics individuales. Alguna enorme babosa, de toneladas de peso, se abría camino a través del desierto de piedra, gritando con el esfuerzo. ¡Un sonido como el de un glaciar al caer por una pendiente! Aquel ruido sordo se les clavó en los oídos.

    Fuera lo que fuese, los había eludido: incluso bloqueó la señal visual, con una ancha banda de luz verde.

    El técnico que llevaba los cascos para recibir la banda VHF de la jábega levantó la mano.

    ―Los rusos ya están enviando datos a Jonás, señor.

    No había manera de decir si los nuevos datos suponían alguna diferencia en medio de aquella enorme mancha borrosa, deslumbrante

    Así que esto, pensó Chloe, es la sabiduría de las ballenas. Han estado desarrollando su propia filosofía abstracta durante miles de años, examinando los armónicos y las disonancias de la existencia. Cuando le echamos un vistazo, incluso con nuestro mejor equipo, es algo tan sólido como la voz del glaciar o la catarata. Pero cada grano de hielo, cada átomo de agua, tiene un significado especial para ellas

    Los rusos están escuchando desde su jábega en un mar tranquilo, sus hidrófonos imperturbados por los ruidos de su propio barco, las sogas chirriando, el casco crujiendo, resonando discordante en la galerna. Probablemente ellos también tienen balizas sonoras en el mar, y se enfrentan al mismo muro de sonido. Pero su propio código simbólico, denso y elaborado para ellos, es una canción quejumbrosa procedente de una era diferente del mundo, mientras esperan que su leal Jonás les transmita la respuesta al Teorema de Hammond de una manera comprensible para el hombre.

    Toda la entrada de sonido estaba siendo grabada; luego podrían reproducirlo despacio. Se prepararían programas de ordenador para diseccionarlo. Ahora, lo único que podían esperar era una respuesta general, sencilla, a la pregunta que había planteado el hombre.

    Mientras, aquella enorme y gimiente bisagra retumbaba una y otra vez en sus oídos, sin que nada indicara que la puerta pudiera abrirse.

    La Estrella permaneció unida doce minutos, hasta las 16:17, hora del Pacífico. Luego, silencio total. La franja verde se estrechó bruscamente para convertirse en una sola línea brillante que seccionaba limpiamente la pantalla en dos. Y esa línea siguió allí, al parecer congelada, como si el tiempo se hubiera detenido tanto para las ballenas como para los hombres.

    Silencio también en las pantallas pequeñas, en todas las que recibían las señales de balizas sonoras en un radio de dieciocho kilómetros en torno a la Estrella. Unos pequeños puntos ―sonidos de peces― aparecieron por la izquierda, para desaparecer rápidamente por la derecha, y eso fue todo.

    Entonces, la pantalla principal volvió a la vida. Escribió una clara pulsación en forma de bucle. Una rápida serie de clics resonó en la habitación. La misma forma y sonido, repetidos una y otra vez. En el tubo catódico, los clics parecían una palabra escrita, hecha de emes, uves y doble uves alargadas, crecientes y menguantes, trazadas por una mano maravillosamente rápida, fluida.

    ― ¿Es ésa la respuesta? ¿Qué dice? ―preguntó alguien, dominado por la ilusión de que había una auténtica palabra pronunciable allí.

    Una única palabra: mwvwm

    Pero todos habían sufrido la misma ilusión; todos se habían roto los cerebros para leerla. ¡Deseando, queriendo que fuera una palabra!

    mmwmmw wwmvmm

    Unas risas dispersas acogieron la pregunta: risas nerviosas, defensivas.

    ―La respuesta tiene que ser un mensaje de radio ―gruñó el técnico que monitoreaba la VHF de la jábega, con rostro avergonzado; él también había estado contemplando aquellos bucles en la pantalla, moviendo los labios, vocalizando posibles palabras candidatas.
    ―No hay mensaje de radio.
    ―Señor ―interrumpió Donaldson―, conozco ese perfil. Estoy seguro de que por eso parece conocido. Lo hemos visto antes.

    Otras pantallas cobraron vida con señales danzarinas mientras hablaba, mientras el ruido de aquella serie de clics se extendía por las aguas.

    Mientras Donaldson rebuscaba entre un montón de fotografías osciloscópicas, Chloe corrió hacia la última pantalla que había visto monitorizando sonidos de delfines. También había vuelto a encenderse con señales renovadas cuando las ondas de sonido la alcanzaron. La miró, horrorizada. Luego se precipitó hacia el control de la señal sonora.

    Un solo silbido en dos partes, perforando los oídos.

    La frecuencia subió, luego cayó rápidamente, para ser seguida por un grito ultrasónico tan agudo que el osciloscopio sólo podía seguirlo aplanando la señal. El punto verde trazó una amplia curva a lo largo de la parte superior de la pantalla: una función exponencial apareció a su lado. Los filtros de señal sonora interrumpieron las notas más agudas del grito; de cualquier manera, el altavoz seguía derramando sonidos en la sala de telemetría, de modo que las superficies metálicas resonaban, las cabezas dolían y los estómagos se enroscaban.

    Otra vez el silbido en dos partes. Tan agudo

    Rápidamente, el técnico desconectó la señal sonora con un brusco movimiento de la mano.

    ― ¡Es la llamada de alarma de los delfines! ―gritó Chloe―. ¡Un SOS! ¡Pánico! Sólo se oye cuando un delfín corre un peligro mortal
    ― ¡Lo parece! ―asintió el técnico, frotándose las orejas―. Quizá deberíamos hacerlo sonar por la ciudad, a ver si un poco de miedo acaba con tanta locura
    ―No; la alarma no tiene como objetivo asustar, sino atraer ayuda. Pero eso es sólo el silbido. No ese aullido de banshee del final eso nunca ha sido parte de la llamada.
    ―La he encontrado, señor ―dijo Donaldson, sacando una fotografía―. Cito: Llamada de alarma Physeter. Pero hay algo más en esa pantalla. La señorita Patton tiene razón, los últimos bucles no están en la foto. Eso es alarma más x
    ―La llamada de alarma es trans-especies ―añadió rápidamente Chloe―. Las ballenas dentadas de diferentes especies se apresuran para ayudarse unas a otras. Eso lo sabíamos antes de que los rusos nos dijeran que los cachalotes pueden hacer que las ballenas barbadas canten para ellos. Pero no nos dimos cuenta de las implicaciones Los delfines están transmitiendo la llamada lanzada por los cachalotes. Y no es sólo una alarma. Es una alarma modificada por otra cosa, una nueva inflexión que puede cambiar todo el significado. ¿Hay alguna ballena yubarta en pantalla?
    ―A unos dieciocho kilómetros al oeste de la jábega, señorita. En este momento está callada.
    ―Está esperando para transmitir las noticias, la decisión, lo que sea. Vigílenla. Las ballenas barbadas son estúpidas como vacas, pero su canto puede llegar a muchos miles de kilómetros de distancia. Sus voces son las palomas mensajeras de los cachalotes, ¡incluso aunque entiendan tan poco del mensaje como una paloma!

    Pronto, la yubarta de treinta metros empezó a cantar. Oyeron una música aullante, escalofriante. Un mensaje que viajaba ya a ciento cincuenta metros por segundo por el Pacífico, hacia el Ártico, hacia el Antártico.

    Una hora más tarde, la primera de las ballenas dentadas llegó a la orilla, al norte de San Diego.


    27


    LLEGARON A LA ORILLA en Kujirajima una manada de marsopas, una ballena nariz de botella, y un narval, con su largo cuerno retorcido de unicornio. Agotados tras horas de nadar hacia tierra, se lanzaron sobre el suelo de lava, prosiguiendo con una parodia de natación mientras el mar retrocedía, precipitándose unos metros más hacia delante sobre las navajas negras de las piedras que desgarraban piel y grasa, abriendo ríos de sangre en sus vientres.

    Las olas volvían, los lamían, pero no podían devolverlos al mar. Sólo se llevaban su sangre, mientras los cuerpos permanecían encallados sobre la lava, sus pulmones aplastados por su propio peso. Era para ellos un planeta de alta gravedad, con una superficie de hierro aserrado, y parpadeaban y suspiraban a los espectadores que lo habitaban, que tomaron cámaras, guantes de béisbol y caballetes con gesto protector, como si las extrañas bestias pudieran confiscar aquellos juguetes, de la misma manera que las circunstancias les habían confiscado ya tantas cosas últimamente.

    Extrañamente silenciosos, para ser espectadores de tan raro acontecimiento

    La gente empezaba a pensar que se les estaba arrebatando otra cosa, y que no podían hacer nada para impedirlo; aquellas marsopas moribundas, aquella ballena nariz de botella, aquel narval con su milagroso cuerno

    Así que dejaron sus cámaras ―que en realidad tenían ya muy poca película― y sus equipos de pintura ―en los que sólo quedaban unos cuantos tubos casi gastados―, e intentaron levantar al sangrante narval para devolverlo al mar, quizá porque era el más raro y extraño de los náufragos.

    El narval medía tanto de largo como tres hombres. Su cuerno, lo que otro hombre más. Pesaba toneladas. Lo único que consiguieron fue ampliar sus heridas contra los bordes afilados de la lava, provocando un gemido del animal y liberando nuevos regueros de sangre que se mezclaron con la espuma aceitosa. Un hombre acarició el retorcido cuerno, pensando en las pociones para la virilidad que se vendían en algunas tiendas chinas ―junto con serpientes y salamandras en salmuera, y raíces de ginseng―; luego dejó caer la mano y se apartó del animal con tristeza.

    Ni siquiera se atrevieron a considerar a la ballena nariz de botella, con su gigantesca frente en forma de cúpula que habría podido contener dos cerebros, y aquella expresión imbécil de amistad en las líneas de su boca, pese al dolor que padecía. ¡Más grande que tres elefantes! ¡Con qué frenesí se había lanzado hacia tierra! ¡Con qué agonía amistosa yacía ahora, absurdamente anclada en las rocas!

    Un hombre que había corrido al restaurante para telefonear a algún periódico volvió, con la cabeza gacha. Las noticias de eventos similares llegaban ya desde cientos de fuentes.

    El propietario del restaurante le acompañó, para maravillarse ante tantas toneladas de carne cruda. También su corazón se desinfló, porque parecía que tenía ante él el último banquete. Aquello hablaba de bancarrota, no de riquezas. Por los rostros de la gente supo que nadie le felicitaría por ningún plato preparado con aquello, por perfecto que fuera. Demonios, incluso intentaban levantar a los pobres animales de la sucia grasa de la orilla. Trataban de devolver la carne al agua, aunque ahora habían dejado de lado a las imposibles ballenas para centrarse en las marsopas, del tamaño de un hombre. Casi habían conseguido hacerse con un resbaladizo y sangrante torpedo de color azul, cuando el capitán Enozawa bajó corriendo desde el Instituto.

    Había vuelto por las copas ceremoniales de saké tras el funeral del doctor Kato. Vestido con su uniforme, los detuvo.

    ―Yo que ustedes, dejaría a esa iruka. Lo que intentan es inútil, lo siento Por todas partes han tratado de devolverlas al agua, pero vuelven a nadar hacia la orilla. Además, éstas ya están heridas. ¿No ven que han optado por un honorable sepukku? Dejen que se desangren. No tienen cuchillos para apuñalarse; sólo las rocas de nuestra orilla.

    Así que dejaron suavemente a la marsopa, tras conseguir sólo mancharse de sangre y grasa la ropa de fiesta; y Enozawa se quedó allí, contemplando al unicornio marino, y al enorme elefante nariz de botella que yacía junto a él, mientras el agua lavaba sangre rosada de sus heridas.

    ¿Había imaginado Kato algo semejante, cuando destrozó los tanques de antiséptico y se clavó las esquirlas de cristal en su propio cuerpo? ¿Una intuición?

    ― ¿Por qué cree que se trata de sepukku, señor? ―preguntó un hombre, un tendero de una pequeña ciudad. Traje barato, mal cortado. Camisa abierta hasta el tercer botón, mostrando un suave pecho marfileño.

    Igual que lo había hecho Mishima, él tuvo a su leal ayudante para dar el coup de grace y terminar con el dolor. Desde luego, había habido implicaciones políticas. Si hubieran llevado a Mishima a un hospital, si le hubieran curado las heridas, habría quedado deshonrado. Pero, aun así, se le ahorró el camino completo del dolor. Aquellas ballenas y marsopas no tenían ningún kaishaku leal, esperando con una espada. Se limitaban a aguardar suspirando, mirando tierra adentro, muriendo.

    ― ¡Porque tiene que serlo, amigo! Cuando una situación es intolerable ¿Sabe? Nosotros deberíamos entenderlo mejor que nadie.
    ― ¿No es cierto que a veces las ballenas llegan a la orilla por puro pánico, señor, por accidente? ―preguntó, tentativo, el tendero.
    ― ¡Idiota! ¿Aceptaría usted la invasión de seres diferentes en su propia alma? ¿De seres que estuvieran envenenando su mundo?
    ― ¿Invasión? ¿Qué quiere decir, señor?
    ―El hombre ha encontrado la manera de entrar en las mentes de las ballenas.

    ¿Cómo podría seguir siendo un secreto mucho tiempo, con aquellos cadáveres en las playas de todo el mundo? Oh, los científicos podrían fingir que el responsable era algún veneno en sus sistemas nerviosos, algún metal pesado que los había vuelto locos, ¡mercurio, cadmio, algo así! Pero sería una mentira inútil.

    ―Bueno, señor, así fue como nos sentimos los japoneses cuando Norteamérica nos invadió, ¿no? ―observó el tendero―. Nos abrieron una brecha en el alma. Y nuestra tierra ha estado envenenada desde entonces. Y los imitamos

    De pronto, el hombre enrojeció, airado. Hizo un gesto de impotencia en dirección al guante de béisbol que llevaba, un parásito que le había infectado, aunque media hora antes había estado haciendo lanzamientos a su hijo con toda alegría. Ahora tenía el guante manchado de sangre de marsopa.

    ― ¡Envenenado! ―siseó―. ¡Ah, tiene usted razón, señor! Le creo cuando dice que es posible invadir a las ballenas, como Norteamérica nos invadió a nosotros. Gracias por explicármelo, señor.

    Gotas de sangre saltaron del guante al uniforme del oficial mientras el hombre intentaba librarse de él.

    Ahora, la marsopa tenía una mirada vidriosa en sus ojos. Un agotamiento por dolor, que a Enozawa le pareció más fino y delicado que cualquier porcelana que hubiera admirado nunca. La belleza frágil de la pura hazaña en agonía. Los hombres debían pensar en aquello, y reorganizar su escala de valores.

    Enozawa hizo una pequeña reverencia y murmuró una disculpa para marcharse, a la que el tendero respondió con una ruda exclamación de simpatía.

    Mientras se alejaba sobre el suelo de lava, por primera vez en años, un hai kai brotó espontáneo en su mente, calmando y ordenando sus pensamientos

    En el ojo de una ballena
    El brillo de un cuenco T'ang
    ¡Reflejado!


    28


    ― ¡BRAVO POR EL GRAN DESCUBRIMIENTO DE PAUL! ―sonrió afectadamente Ruth.

    De todos modos, era obvio que estaba impresionada por la visión de la hilera de cadáveres que salpicaban la orilla bajo el acantilado.

    Los perros salvajes arremetían contra las montañas de carne y de grasa hedionda que los indios mezapicos habían atacado con sus hachas durante casi toda la mañana con tan escasos resultados, lanzándose silbidos penetrantes a lo largo de la orilla, tanto de frustración como de emoción. ¡Qué les llegara tanto, después de tal escasez! Parecía un insulto. Una broma maliciosa.

    El padre Luis dijo que echaban la culpa al telescopio. El gran espejo había hipnotizado al mar.

    Ruth recordó el comentario que había hecho Richard Kimble a la ligera ―muy cerca de aquel mismo lugar―, acerca de intentar atraer a las ballenas a la orilla con silbidos. Porque había sido un comentario a la ligera, ¿no? Claro que sí.

    Ella odiaba su recuerdo. Su estúpido rostro inquisitivo. Parpadeando asombrado. Paul se había librado de Richard como de una mosca en cuanto su zumbido empieza a incomodar. ¿Y qué hizo Richard después, sino ir dócilmente a transmitir el maligno mensaje de Paul a una especie de ordenador hecho con cerebros de ballenas?

    Aquellos cuerpos en la playa eran responsabilidad suya, tanto como si hubiera silbado para atraerlos a la orilla con los dedos metidos en la boca. Era definitivamente culpable.

    Cómo le odiaba.

    Gianfranco Morelli y el sacerdote estaban junto a ella, mirando hacia abajo. Por fin, Morelli exclamó en tono de protesta:

    ―Esto no es real ¡Es la última ilusión de ese hijo de puta!
    ― ¿Qué quiere decir con que no es real? ―inquirió el padre Luis, incrédulo.
    ― ¡Oh, quizá sean reales para nosotros! Pero no para ellas. No, no para las ballenas, las verdaderamente inteligentes.
    ― ¿Irreal para ellas porque están muertas?
    ―No, padre. La realidad se ramifica en tantos universos posibles, la física lo demuestra. Ya hemos discutido esto antes.
    ―Lo recuerdo, pero no lo entiendo
    ―El observador elige su propia rama. El resultado es la realidad consensuada en que habitamos. El mundo tal como lo vemos a nuestro alrededor, hasta las fronteras del espacio. Supongo que sólo los locos quedan excluidos del consenso, pero hasta ellos quedan retenidos aquí por la presión de tantas otras mentes puestas de acuerdo sobre la forma que debe tener la realidad.
    ―Los tenemos encerrados, lógico ―dijo Ruth.
    ― ¡No! Al decir «retenidos», me refiero a que no desaparecen en universos alternativos, porque la presión de las ideas de todos los mantiene en éste. Pero ahora hemos elegido aceptar el loco anti-universo de Paul Hammond. Lo hemos elegido apasionada y codiciosamente, para salvarnos de la desesperación.

    »En cambio, las ballenas ah, las ballenas Ellas también han tomado su decisión.

    ―Eligen el camino menos frecuentado ―citó Ruth, nostálgica, recordando un poema que había leído en la escuela superior. Una alegoría de la vida, había dicho el profesor.
    ―No, somos nosotros los humanos quienes elegimos la carretera secundaria ―la contradijo Morelli―. Ellas eligen la autopista de la cordura, y un universo sano.
    ― ¿Cree que el suicidio es algo cuerdo y sano?
    ― ¡No se han suicidado, estúpida! Simplemente, no han elegido la rama de Hammond. La han rechazado. Para ellas, el universo se ha ramificado de otra manera: hacia un mundo optimista.
    ―Por Dios santo, ¿y qué son todos esos cadáveres?
    ―Ruth, al elegir otra realidad, se han marchado. Pero nosotros aún vivimos en un mundo racional, por lo que parece, así que debemos racionalizar su desaparición. Tiene que parecer que han muerto. Eso es la realidad para nosotros: sus cuerpos pudriéndose. La verdad es que han escapado.

    » ¿Quién sabe si, desde su punto de vista, todo este planeta se estará purgando de humanidad? ¡En su universo, ahora mismo, nos ven correr al mar para ahogarnos! ¡Rozan con sus morros nuestros cuerpos hinchados por todas las costas de su mundo!

    Ruth retrocedió.

    ―Usted está loco.
    ―Es un buen hombre, aunque equivocado ―la amonestó el padre Luis―. En realidad, las ballenas vienen a la orilla para ayudarnos. Para redimirnos con su sacrificio. Mire

    Apoyó una frágil mano sobre el brazo de Ruth e hizo que volviera el rostro hacia San Pedro de la Paz. Las cimas de las torres de la iglesia brillaban entre tejados de piedra y chapa. Y

    ―Dios santo, han entrado por la fuerza ―se sobresaltó ella, dominada por el terror y la excitación.

    Coches, camiones y motos corrían en dirección a ellos, hacia los acantilados

    ―No, señora Hammond; supongo que las autoridades les han dejado entrar deliberadamente, para que vean esto con sus propios ojos.

    Agarró al brazo de la mujer para mantener el equilibrio y se arrodilló, inseguro.

    ―Ahora puedo rezar una vez más. Siento una nueva claridad en mi alma. Estas criaturas son los santos de nuestros tiempos, que vuelven a la tierra después de miles de años. Precisamente cuando los necesitamos, a ellos y su muerte, para restaurar nuestras almas.
    ― ¡Así que ésta es su versión del Segundo Advenimiento! ―se burló Morelli―. ¡Por favor! ¿No comprende que nos han dejado solos?

    El sacerdote empezó a persignarse; pero a mitad del gesto, cambió de idea y no trazó una cruz, sino un sencillo sigo de pez garabateado en el aire: dos curvas gemelas, formando una cabeza puntiaguda a un lado y una cola abierta al otro.

    ―Ichtús ―entonó―, era la vieja palabra secreta para denominar a Cristo. En griego significa pez. Las letras son siglas de su nombre en griego: Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador ¿Lo ve? El pez nos redime
    ― ¡No hay ni un pez a la vista! ¡Las ballenas son mamíferos! ―le espetó el italiano, incoherente.

    Y, mientras tanto, la multitud avanzaba

    ―La forma es la misma ―observó sencillamente el padre Luis, y volvió a hacer el signo del pez, ahora con más confianza, de manera que encajara sobre los cuerpos que yacían abajo―. Pez es sólo una palabra: aquello que nada en el mar. Sí, esto es una especie de Segundo Advenimiento, tiene razón. ¡Qué inesperado!

    Pero su alegría se desvaneció cuando tuvo que enfrentarse al esfuerzo físico de volver a ponerse en pie. En mitad de la trabajosa maniobra, Morelli lo sujetó, o habría resbalado por el borde del acantilado.

    ―No era necesario, gracias. No habría caído ahora.
    ―Aterrizaría sobre una ballena, y rebotaría aquí de vuelta milagrosamente, de seguro ―se burló Morelli.

    Los primeros vehículos se detenían ya junto a ellos, dejando salir a sus pasajeros polvorientos, agotados, algunos incluso con cortes y quemaduras mal vendadas con jirones de lencería. Bajo tanta suciedad era difícil distinguir al campesino del burgués, o del turista procedente del otro lado de la frontera. Aparte de las matrículas de los vehículos, los estilos y las edades. Camiones con laterales de madera, taxis Cadillac destartalados, todoterrenos, Volkswagen todos parecían haber llegado allí bajo una granizada. Algunos agujeros de bala horadaban sus puertas. Los parabrisas estaban destrozados.

    También llegó la pandilla de los Esclavos de Satán, haciendo rugir los maltratados motores hasta el mismo borde del acantilado, levantando polvo, provocando. Morelli los miró nervioso, pero no le prestaron especial atención: el papel de cabecilla de la manada había recaído sobre los hombros de un joven rechoncho lleno de furúnculos ―con la nariz aplastada y varios dientes ausentes―, quien sencillamente no reconoció a Morelli, o no recordó la amenaza de Danny. Sus charreteras eran cartas de tarot de plástico, que se agitaban en sus hombros como pequeñas alas al cabalgar sobre su moto.

    A todo lo largo del borde del acantilado, la gente contempló en silencio a los indios que intentaban descuartizar aquellas ballenas con cuchillos y machetes ridículamente pequeños. Conscientes de su silencioso público, los mezapicos lanzaron silbidos aún más agudos por la playa, y pareció que los monstruos postrados exhalaban su último aliento.

    ―Esta vez ―dijo el padre Luis―, el Gólgota no está en una colina. La crucifixión es en la playa. ¿Ven como nadie hace caso del telescopio? Pese a que lucharon con uñas y dientes para llegar a él, ahora lo han olvidado. Es la más grande de las maravillas. Sí, las ballenas nos han redimido. Dígame ―se dirigió al espectador más cercano, que llevaba el pelo largo y un caftán color naranja desgarrado, abierto sobre una camisa y unos tejanos harapientos―. ¿Por qué dijeron los soldados que les dejaban pasar?

    Pero el hippie americano no podía apartar los ojos de los cadáveres en la playa.

    El Padre Luis preguntó a un segundo hombre, que llevaba un sucio traje de negocios, con la corbata rota y floja, que aún conservaba por algún milagro su alfiler de pasta. Pero él tampoco dijo nada.

    El tercer hombre al que preguntó era un campesino envuelto en un harapiento sarape color ocre. Éste respondió con voz vaga, como hipnotizada:

    ―Para ver a las ballenas en la playa, padre, por supuesto. Dicen que está sucediendo en todas partes desde que les contamos mentiras sobre las estrellas. Que salen para comprobarlo por ellas mismas.

    Despectivo, Morelli escupió al acantilado. La saliva desapareció en el aire; el gesto pasó inadvertido.

    El Padre Luis trazó el signo del pez con dos movimientos rápidos de su dedo índice.

    ―Vienen a interceder por nosotros ―explicó al hombre―. Intercederán por nosotros ante Dios. Esto que los hombres presencian hoy en todo el mundo es un milagro, que nos devolverá la fe
    ―Un milagro jodidamente ambiguo ―se burló Morelli―. Una carnicería.
    ― ¿No son los milagros esencialmente ambiguos, amigo mío? Los milagros representan una suspensión de las leyes naturales; no se pueden analizar.
    ―Pero ¿Fe en qué, padre? ―inquirió el campesino, cauteloso.
    ― ¡Fe en la realidad! Ellas han sacrificado su realidad para que podamos volver a creer en este mundo, en nuestro mundo.

    El gordo Esclavo de Satán había estado acercando su moto en silencio, empujándose con los pies durante la conversación, escuchando. Se sacó un mazo de cartas de tarot de su chaqueta de cuero y lo colocó boca abajo sobre el depósito de combustible.

    ―Elija ―desafió al padre Luis.

    El sacerdote miró las cartas, dubitativo; luego hizo un gesto en dirección a la playa.

    ― ¿Para qué? Nuestra suerte ya ha sido echada.
    ―Yo elegiré una carta ―se ofreció Morelli.

    Antes de que el Esclavo pudiera asentir o negarse, ya había extraído una carta del centro del mazo; la volvió boca arriba.

    La sota de copas.

    La imagen mostraba a un hombre sosteniendo un cáliz del cual salía un pez que le miraba a la cara. Tras el hombre batían las olas del océano

    El Ángel la contempló durante un largo momento. Luego se arrancó las cartas que formaban las charreteras de sus hombros ―las del Diablo― y las arrojó por el acantilado. Dos brillantes dibujos de plástico descendieron como semillas de sicómoro, hasta que el vacío del aire las engulló tan completamente como había engullido el escupitajo de Morelli.

    El chico gordo sacó un manual de interpretación del Tarot de su bolsillo superior y pasó rápidamente las páginas hasta llegar a la sota de copas.

    ―Escuche esto. Significa noticias, un mensaje. Así que ha dado en el clavo, sacerdote. Ahí tenemos nuestro mensaje en letras mayúsculas.

    Algunos cuerpos, aún empequeñecidos por la altura, seguían siendo inmensos. Sobre todo un cadáver de cachalote. Los mezapicos eran simples cerillas en comparación.

    Morelli le arrebató al Ángel su manual de interpretación. Su rostro se nubló mientras leía.

    ― ¡Mentiroso! Sólo ha leído una parte. También dice: «Son las imágenes de la mente que toman forma». Y si la carta sale del derecho, significa un mensaje verdadero, pero si sale invertida Yo saqué la carta, ¡y me salió del revés!, entonces significa artificio y engaño. Significa un mensaje falso. Una mentira.

    Arrojó al suelo el librito para que el chico gordo lo recogiera. Apuñaló el aire con un dedo.

    ―Son imágenes de la mente. Parecen reales, si las cortamos sangran, pero no son auténticas ballenas dentadas. Ésas se han marchado de nuestra realidad. Se han ramificado hacia alguna otra parte. Los cuerpos que vemos no son más que racionalizaciones falsas, la forma de explicarnos a nosotros mismos cómo pueden haberse ido las ballenas a un universo no-Hammond ¡Mentiras hechas visibles! ¡Una alucinación colectiva de la humanidad!

    El Ángel estaba intentando meterse la carta del pez en una trabilla de cuero de su hombro.

    ―Tío ―gruñó―, ¡estás loco! ¡Jodidamente loco!

    Amable, bautismalmente, el padre Luis ayudó al chico a ponerse la carta con un imperdible que sacó de algún lugar de su sotana, mientras murmuraba unas palabras en latín. El italiano dio media vuelta y se alejó de la hipnotizada multitud, en dirección hacia la montaña Mezapico, al otro lado del desierto.

    Ruth aguardó un rato ―hasta que él hubo caminado unos cientos de metros― antes de subir a la Sierra, ponerla en marcha y conducir tras él.

    ― ¿Le llevo, Gianfranco? ―se mantuvo a la altura del hombre, que caminaba obsesivamente, haciendo caso omiso de ella―. ¡Gianfranco! ¿Qué piensa hacer?

    Los cactos arañaban los flancos de la camioneta El italiano se detuvo tan bruscamente que ella pasó de largo, se perdió la respuesta y tuvo que retroceder.

    ―Matarle, supongo ―repitió Morelli.
    ―Si va hasta allí caminando, estará demasiado cansado para hacer nada ―replicó Ruth con amabilidad―. Así que suba.
    ― ¿Tiene una caja de herramientas?
    ―Supongo.
    ― ¿Una llave de tuercas? ¿Un gato? ¿Un zapapico? Así mataron a Trotski.

    Ella asintió, insegura.

    ―Pues tendrá que ser con una cosa de ésas.

    Él la miró con una sonrisa oblicua.

    ― ¿Usted está de acuerdo? ¿Sin objeciones?


    Pero cuando llegaron al observatorio, el doctor Paul ya se había marchado a los Andes. Consuela tendió a Ruth un mensaje de su marido escrito a toda velocidad, diciéndole que le siguiera con Alice

    Los soldados remoloneaban en torno a la base del Gran Plato. Apenas Morelli empezó furioso a lanzar herramientas de la caja de la Sierra contra los buitres posados en él, lo arrestaron.

    Ruth se marchó a preparar la maleta para ella y para el bebé. En su habitación, con la cama llena de ropa, releyó pensativa la nota de Paul.

    Ruth:
    Estaré seis meses trabajando en el Plato de los Andes. Lo estamos arreglando todo para que Max se encargue de controlar este lugar. Contratará a otro par de personas. Yo seguiré siendo el director in absentia. Las cosas se tranquilizarán un poco en la montaña.
    Has soportado mucha tensión últimamente. Yo también. Malas influencias, ¿tengo que enumerarlas? Kimble. Morelli. Si crees que necesitas un descanso, Ruth, Max puede buscarte una clínica en Oakland durante un tiempo. Yo me encargaré de Ally hasta que estés más tranquila. Puede que te hiciera bien. Por el contrario, si te sientes preparada, sígueme. Tú decides.
    Esta nota es un poco precipitada. Max te informará mejor. ¡Me ha venido a buscar todo un coronel! Al parecer, las altas esferas piensan que mi presencia continuada resulta corrosiva.
    Cariños,
    Paul.


    Sí, claro que le seguiría, maldito fuera. A los Andes, aún más altos, aún más vacíos.

    Había una breve postdata

    P.D. Lástima que las ballenas se lo tomaran tan a pecho. ¡Les hemos debido de fundir los plomos!


    29


    ORLOV dejó caer los últimos télex sobre el escritorio de Kapelka y luego se apoyó contra la pared: parecía un haragán en una esquina de la calle, arrebujado en su abrigo para resguardarse del viento. Las sillas estaban ocupadas por Katia Tarski, Richard Kimble y Tom Winterburn. Herb Flynn estaba fuera, examinando la primera ballena encallada en Sajalín, que había llegado a la orilla en la otra península, en Ulyanovskoye.

    Kapelka soñó brevemente con un destino tranquilo, contando los esturiones que quedaban en el lago Baikal, junto al lecho del moribundo Como alternativa, las autoridades podían dejarle allí, en aquel lugar árido, con un presupuesto reducido, redactando informes pesqueros.

    O quién sabe Quizás aquel desastre de las ballenas fuera útil para algún arcano propósito de los políticos. En ese caso, podría verse por fin ocupando un puesto privilegiado en la Ciudad Científica de Akademgorodok, como siempre había esperado, y continuar con su trabajo de modelado de mentes. Cierto, ahora no había más especies inteligentes sobre las que cartografiar el modelo, sólo quedaban los hombres.

    Quizás, algún día, en el espacio exterior Podía darse cualquier cosa.

    ― ¿Y bien? ―suspiró Orlov―. ¿Así que continúa?
    ―Aún siguen yendo a las orillas. África. Australia. Sudamérica. Por todas partes. Dentro de unos días no quedará viva ni una ballena dentada, aparte de unos cuantos delfines y orcas en cautividad. El único motivo de que no hayan terminado ya es la distancia que tienen que recorrer algunas para llegar a tierra. ¿Por qué no se limitan a sumergirse y ahogarse, esos cerdos alucinados?
    ―Deben de querer que las veamos ―conjeturó Kapelka―. ¿Aún no hay noticias de Jonás, Katia? Puede que él sepa el porqué de esto.

    Una pregunta estúpida. Katia se lo podía decir inmediatamente.

    ―Lo hemos intentado por todos los medios ―replicó Katia, rígida―. Debe haberle dolido mucho no responder.

    Una muerte tan extraña, por un motivo tan extraño, pensó ella. Y tan pronto después de la transcendencia de la Estrella de Pensamiento, ¡la autodestrucción! ¿Qué significaba aquello?

    ―Debió de ser uno de los primeros en llegar a la orilla ―dijo en voz alta―. En algún lugar de California. El pánico irradió desde la Estrella en la que él se encontraba.
    ―Un pánico tan irracional ―murmuró Kapelka―. Pero, ¿quién dice que fuera irracional? ¡Obviamente, hizo falta un fermento intelectual del nivel más elevado para llegar a esto! Las ballenas barbadas recorrerán los mares devorando krill, como vacas pastando, transmitiendo la misma canción por todo el planeta hasta que lo oiga la última ballena dentada. ¿Actuaríamos así los humanos por una canción?

    Desde su esquina de la calle, Orlov silbó unos compases de La Internacional.

    ―Supongo ―sugirió sobriamente Tom Winterburn― que podríamos cometer un suicidio masivo con bombas o armas biológicas. Pero nunca todos a la vez, individualmente, por elección. Esa canción no se limita a provocar emociones, como La Internacional, o La Marsellesa. Imita la realidad. Es ¿Cómo lo llamó usted, profesor? Un mantra de un conocimiento nuevo, terrible.
    ―Pero, ¿un conocimiento de qué? ―inquirió Kapelka―. ¿Del universo visto por ese Hammond? Mucho me temo que no fue más que su primer conocimiento auténtico de nosotros, de esta raza con la que comparten el planeta: nada menos que la humanidad. Suponga que fuera un judío atrapado en la Alemania nazi
    ― ¡Yo lucharía! ―saltó Orlov.
    ― ¿Y si fuera un judío ciego? ¿Si sólo supiera cantar?
    ―Emigraría. Para informar al mundo.
    ― ¿Si no tuviera manos para saltar la alambrada? ¿Sólo una repentina visión cegadora de la llegada de los lacayos nazis?
    ―Nos hemos pasado siglos cazando cachalotes, camarada. ¡Y nunca habían intentado suicidarse!
    ―Quizá no interpretaban nuestras acciones igual que nosotros. Quizá pensaban que habíamos cambiado. No lo sé. Pero lo que hicimos finalmente con nuestro Jonás fue encontrar una manera de mostrarles la naturaleza exacta de nuestras mentes ―Kapelka señaló el montón de télex con informes de todas las costas del mundo―. El resultado
    ―Podemos reconstruir la población de delfines ―intervino Richard―. Debe haber cientos repartidos por los zoos marinos. Pero no podemos hacer nada con los cachalotes.

    Katia sacudió con vehemencia la cabeza.

    ―Tarde o temprano, los delfines oirán el mantra de la muerte. Seguirá sonando eternamente. Es el último mensaje de las ballenas. Las cantoras llenarán los mares de él
    ―Es usted profetisa, pequeña ―gruñó Orlov.
    ―Por Dios, ¿no podemos detener a esas ballenas? ―exclamó Richard, frustrado―. Aún no han llegado todas a la orilla. ¿No podemos controlarlas de alguna manera para que vuelvan al mar?
    ― ¿Quiere pastorear a unos cerdos alucinados?

    Kapelka dejó escapara una carcajada de amargura.

    ―Sería demasiado fácil igualar esto a unos cerdos alucinados ―dijo Katya―. Mucha gente intentará comparar los dos hechos, para tranquilizar su conciencia, sobre todo si la raza humana aprende algo de ello. Puede parecer que les hemos transmitido convenientemente nuestra locura. Puede que nos sintamos exorcizados. Pero no lo estaremos. Los endemoniados, de Dostoievski, empieza con esos cerdos alucinados. Pero ellos no eran conscientes del motivo de sus muertes. El personaje de ese libro, Stavrogin, sí lo era. Las ballenas también lo son ―miró desafiante a todos.
    ―Dostoievski es políticamente confuso, un reaccionario místico ―dijo Orlov con un encogimiento de hombros.
    ―Esto no nos lleva a ninguna parte ―Richard agarró a Tom Winterburn por el brazo―. ¡Tiene que haber alguna manera de controlar a las ballenas, Tom! Tú debes saberlo, seguro que hay alguna máquina ultrasónica. O podríamos cazarlas con arpones anestésicos
    ― ¿En todas las costas del mundo, Richard? ¿En cuestión de horas? No digas tonterías, hombre.
    ―Además ―añadió Kapelka―, narkos, la anestesia, mata a los delfines y a las ballenas a menos que se tenga mucho cuidado. Deben conservar un control consciente de su respiración. Tuvimos grandes dificultades con esto cuando cartografiamos el modelo en Jonás.
    ― ¡Se matarán, no importa lo que hagamos! ―gritó Katia―. Han elegido su cordón de seda, como hizo Stavrogin para ahorcarse, y lo han llevado por todo el mundo, y es un cordón hecho con una canción. Habría que impedir que cantaran todas las ballenas barbadas del mar.
    ―Podemos introducir otros sonidos en el agua ¡Bloquear la canción, del mismo modo que bloqueamos las emisiones de radio!

    Winterburn sonrió, compasivo.

    ― ¿Y cuántas semanas tardaríamos?

    Kapelka protestó:

    ―De todos modos, ¿cómo sabemos qué efecto tendría ese bloqueo sobre las ballenas barbadas? ¡Quizá las volvería locas a todas! Entonces veríamos en la orilla a los auténticos gigantes: las azules y las yubartas. A su lado, los dinosaurios serían patéticos enanos. Eso supone el cinco por ciento del contenido total de proteínas del mar. No podemos arriesgarnos. Por ahora, ésas siguen a salvo.
    ―Entonces ¿no haremos nada?
    ―Es su elección, Richard ―protestó Katia―. ¿No lo ves? ¡Es la elección de Pavel!
    ―Pavel es una criatura que está en esa casa ―Richard señaló furioso hacia el edificio del sanatorio. Imágenes del vegetal con su pijama a rayas se interpusieron entre él y la chica rusa, impenetrables como barrotes.
    ―Lo que cantan en el mar es su réquiem ―insistió ella.
    ―Vuelves a estar hechizada. Siempre lo estarás, Katia ―dijo con tristeza.
    ―Siempre lo estaré ―repitió ella―. Todos lo estaremos. Así que las ballenas barbadas seguirán cantado su canción por los océanos. Todos nuestros barcos y submarinos la oirán siempre. Y recordaremos. Pero nunca comprenderemos de verdad.


    Mientras miraban hacia el balcón de la casa, Mijail empujó la silla de ruedas con su ocupante, para aprovechar los últimos rayos del sol otoñal.


    FIN



    Título original: The Jonah Kit
    British Science Fiction Award a la mejor novela de CF en libro de bolsillo.
    Ultramar Editores
    Título original: "The Jonah Kit"
    Traducción: Cristina Macía
    Portada: Antoni Garcés
    1a edición: noviembre 1990
    © 1975 by Watson, Iam
    Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación
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    © Ultramar Editores S.A., 1988
    Mallorca 49. F 321 24 00. Barcelona-08029
    ISBN: 978-84-7386-592-0
    Depósito legal:
    Fotocomposición: Fénix, Servicios Editoriales / Master-Graf S.A.
    Impresión: Cayfosa, Sta. Perpetua de Mogoda (Barcelona)
    Printed in Spain
    Grandes Éxitos Bolsillo (Ciencia Ficción) nº 104