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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    UNA MIRADA DENTRO DEL SOL (James Patrick Kelly)

    Publicado el domingo, mayo 04, 2014

    Sinopsis

    Phillip Wing es un arquitecto de fama: ha construido a Nube de Cristal, una de las Siete Maravillas del mundo moderno. Es aclamado, admirado y querido por todo el mundo. Pero su vida está destrozada. Engañado por su mujer, empujado por los vaivenes de una profesión en la que se siente inseguro de sí mismo, navega en el mar de sus propias dudas hacia su destrucción. Hasta que los mensajeros, esos seres alienígenas que han venido a la Tierra a predicar y difundir su mensaje, le ofrecen el desafío definitivo: a muchos años luz de distancia una diosa va a morir, y sólo él puede construir el sepulcro que perpetúe su nombre.

    Pero aceptar el reto significa el sacrificio definitivo. Significa partir en un viaje sólo de ida, abandonar para siempre la Tierra; significa renunciar a seguir siendo humano, convertirse en algo completamente distinto, ni humano ni alienígena; significa perpetuar de una manera absoluta su soledad. Pero algo impulsa a Phillip Wing a aceptar el desafío...

    Tras la generación de los clásicos: Asimov, Heinlein, Clarke, Pohl, etc., y tras la generación de los contemporáneos: Spinrad, LeGuin, Ellison, etc., ha aparecido toda una nueva generación de escritores de ciencia ficción que está tomando progresivamente el relevo de las viejas glorias. Nombres como Kim Stanley Robinson, Lucius Shepard, Gregory Benford, Michael Swanwick, por citar sólo algunos de los aparecidos hasta ahora en esta colección, están ocupando los primeros puestos en las preferencias del público anglosajón del género, y es muy probable que dentro de unos pocos años se codeen con los hoy consagrados.

    James Patrick Kelly es uno de ellos. Aunque hasta ahora se ha dedicado con preferencia al relato corto (su nombre aparece con frecuencia en los sumarios de las principales revistas del género), se ha granjeado un nombre entre el público lector, además de verse nominado tanto para el premio Hugo como el Nébula. Su producción larga, sin embargo, es aún escasa: una novela en solitario, Planet of Whispers, y otra en colaboración con John Kessel, Freedom Beach. Y ésta, por supuesto, su mejor obra hasta la fecha.


    Una mirada dentro del sol parte de un relato nominado para el Hugo y el Nébula, «La Nube de Cristal». Sin embargo, Kelly no se limita como otros autores a retomar el relato e iniciar con él la novela. Lo que hace es tomar la esencia del protagonista, ese arquitecto de éxito pero inseguro de sí mismo, y arrancar de ella para plantear una situación límite y ofrecer así un panorama y una visión lúcidos de temas tan dispares como la mortalidad (y la inmortalidad), la religión, el poder, y el profundo sentido de lo que significa realmente ser humano. Una mirada dentro del sol, que es a la vez profunda y espectacular en su desarrollo, ha sido considerada, en muchos aspectos, como una novela paralela (y rival) del gran clásico de Ursula K. LeGuin La mano izquierda de la oscuridad. Y una advertencia al lector: atención a los últimos tres párrafos del libro. En ellos se halla condensado todo un mensaje sutil pero inolvidable.
    Domingo Santos



    1


    LA DIOSA GRITÓ. Harumen se estremeció y se sentó en la cama. Hubo un momento de helado silencio; la propia oscuridad pareció pulsar cuando se tensó para oír. Entonces Teaqua gritó de nuevo. Aunque la pesada puerta del sanctasanctórum ahogaba el sonido, los demás en la cama con Harumen se alzaron, despertados de un sueño intranquilo. Pudo oler su miedo..., y el de ella mismo: un penetrante sabor cobrizo reptó por la parte de atrás de su garganta. Alguien se aferró a ella. Resultaba crispante oír a la gobernante del mundo gritar en plena noche como un animal asustado.

    Harumen era la favorita de Teaqua, así que pasó por encima de los demás cuerpos y saltó de la cama común. No era la primera vez que la diosa les despertaba de aquel modo. Harumen escuchó por un momento junto a la puerta, luego golpeó la madera con los nudillos.

    — ¿Teaqua? Algo iba mal.
    —No. Cansada. —La diosa habló con un frenético sonsonete—. Demasiado largo. —No creía que Teaqua estuviera hablando con día.

    Harumen alzó un pie descalzo, luego el otro, del frío suelo de piedra. No podía decidir qué hacer. En su opinión, la diosa no debería dormir sola; debería estar ahí fuera en la cama con sus amantes. Y no sólo dormía sola, sino que no había compartido placer con ninguno de ellos en meses. Eso no era natural. No le sorprendía que tuviese extraños sueños. Harumen reunió su valor y abrió la puerta.

    Teaqua se debatía con la oscuridad. Se agitaba en su cama como alguien aplastado por un enorme peso.

    — ¿Teaqua?

    Se estaba haciendo vieja. Los viejos oían sus susurros más a menudo que los jóvenes, y a veces veían cosas que no existían. Pronto llegaría el momento para Teaqua de renacer.

    Harumen se acuclilló a su lado.

    — Teaqua. —Deseó poder estar en cualquier otra parte excepto allí, contemplando a Teaqua sufrir. Cuando la diosa se inclinó hacia delante, Harumen la sujetó por los hombros. Teaqua gimió, intentó liberarse, y luego se derrumbó hacia atrás como si hubiera sido soltada de repente—. Estabas soñando —dijo Harumen con voz suave. Acarició la parte inferior del rostro de Teaqua—. Ahora despierta. —Un plateado hilo de saliva colgaba de la comisura de su boca. Harumen lo limpió con un dedo.
    —Es oscuro. —Teaqua no dijo nada por un momento mientras se recuperaba—, Chan me habló de nuevo.
    —Un sueño. —Harumen se sintió azarada. Sabía que los demás estaban escuchando. No había forma de acallar aquello. Le dolía oír a Teaqua balbucear acerca de Chan. Como si una estrella pudiese hablar.
    —El sol habló. La habitación estaba llena de luz.

    Teaqua había dormido mal últimamente, pero nunca antes había parecido tan loca. Acostumbraba decir que su divinidad era una metáfora del poder. Desde hacía mucho tiempo había dejado de hablar de ello literalmente, y lo mismo hacían sus compañeros de cama. Por la noche se habían burlado de los crédulos sacerdotes y habían discutido las verdades como si fueran mala poesía. Por supuesto, había explicado Teaqua, todavía era necesario jugar a los dioses para las masas. La creencia de la gente en el sol y en su diosa, mantenían de una pieza la teocracia; sólo podría ser desmantelada con el tiempo y mucho cuidado. Las alusiones de Teaqua a los inminentes cambios los habían llevado a todos a una irresistible conspiración. Ella había sido la persona más lista, más cuerda, con mucho la más fuerte, que Harumen había conocido. Ahora se estaba desmoronando.

    Teaqua frunció el hocico.

    —Pude oler su aliento. —Irradiaba terror, su cabeza golpeó contra la almohada.

    Harumen pudo imaginar lo que dirían los mensajeros. Mirarían a su pequeño y atrasado mundo desde sus astronaves y se echarían a reír. Era absurdo. La propia Teaqua dependía de la tecnología de los mensajeros para llegar a la gente; Teaqua era la que había animado a Harumen a aprender de ellos. Los susurros del dios eran alucinaciones; había pruebas de ello. Chan era acientífico.

    —Estás trastornada. —Intentó alisar el erizado pelaje a lo largo de los hombros de Teaqua—, Vuelve a la cama con nosotros. —Harumen nunca podría adorar al sol. Ya no. Lo mismo podía hacer reverencias al viento o rezarles a los glaciares.
    —Me mostró una terrible verdad. —Teaqua aferró la muñeca de Harumen—, No renaceré. El dios ha elegido un camino distinto para mí.

    En la habitación contigua, alguien rio nerviosamente; Harumen sintió deseos de abofetear al idiota. Afortunadamente, los otros se apresuraron a acallarlo. Harumen miró a Teaqua, con sus sentimientos convertidos en un torbellino. Quería a Teaqua, le dolían sus sufrimientos, pero Harumen estaba furiosa también. Teaqua le había prometido una revolución. Si esta locura continuaba, lo destruiría todo. Teaqua tenía que renacer, o de otro modo los susurros la arrastrarían —y quizás al mundo entero— de vuelta a la superstición. La diosa tenía que renacer, o moriría.

    —Tendremos que decírselo. A todos ellos, a cada uno. Chan me ha mostrado mi muerte.

    Harumen no sabía qué decir, cómo reaccionar. Esto era un desastre de proporciones históricas. La comprensión retorció su perspectiva. Se sintió extirpada de sí misma, como si fuera una persona distinta que se estremecía en medio de la noche y contemplaba impotente cómo toda una era llegaba a su fin. Miró su mano sobre el hombro de Teaqua como si estuviera a una gran distancia. La mano pareció moverse por voluntad propia cuando peinó el pelaje de Teaqua. Harumen se preguntó si no sería mejor para todos si esa vieja mano incorpórea se cerrara en torno a su cuello. La contempló mientras cruzaba el puente del esternón y encrespaba el denso pelaje. Se sintió horrorizada y fascinada mientras se deslizaba hacia arriba y los dedos se curvaban. Entonces Teaqua tragó saliva y Harumen pudo sentir la garganta de la diosa moverse bajo su mano, y se echó hacia atrás como si se hubiera quemado. No podía hacer aquello.

    —Teaqua, no. —Todavía no.
    —Necesitaré la ayuda del mensajero. —Teaqua no parecía haberse dado cuenta de nada. Miraba algo que Harumen no podía ver, que esperaba no ver nunca—. Dile a Ndavu que Chan me ha hablado y que debemos obedecerle. Moriré en su luz. —Teaqua sonaba temerosa, como si estuviera a punto de gritar de nuevo—. Tiene que haber un sepulcro.

    Harumen oyó a alguien gimotear en la habitación contigua. Luego otros se le unieron. No supo si llorar por Teaqua o por ella misma.


    2


    PHILLIP WING NO ERA UN HOMBRE RELIGIOSO, así que se sorprendió cuando descubrió lo que había estado haciendo su esposa las tardes de los miércoles. No lo comprendió; había creído que Daisy estaba demasiado atareada para tener tiempo libre. Ambos tendían a trabajar en exceso, pero eso se debía a que cada uno de ellos amaba lo que hacía. Estaban enamorados de sus carreras, estaban enamorados el uno del otro; incluso los desconocidos admiraban su matrimonio.

    — ¿Que te has unido a qué?
    —Un amigo me invitó a acudir a un grupo de estudio en la misión. —Daisy volvió a llenar su vaso de una garrafita—. He acudido dos veces, eso es todo. No me he unido a nada.
    — ¿Qué es Jo que estudiáis?
    —Siéntate, Phil., no pretendo convertir a nadie. Simplemente estoy recapitulando. —Dio un sorbo a su vino y aguardó a que Wing se sentara—. Todavía no han dicho ni una palabra sobre inmortalidad. En general, hablan de historia.
    — ¿Historia? ¿Historia? Los mensajeros no llevan aquí el tiempo suficiente como para saber nada acerca de historia.
    —Siete años. El primer contacto se produjo hace siete años. —Suspiró, y de pronto estaba dando una conferencia—. La evolución cultural sigue esquemas predecibles. Hay interesantes correlaciones entre la humanidad y algunas de las otras civilizaciones con las que los mensajeros han contactado.

    Wing sacudió la cabeza.

    —No lo capto. Llevamos juntos desde, ¿cuándo? ¿Desde el cincuenta y uno? Cinco años, y todo lo que importó nunca fue el albergue. Lanzaron una nuclear sobre Ginebra, ¿y qué? Una revolución en México, ¿a quién le importa?
    —A mí me importa —dijo ella.

    Eso le detuvo por un momento. Llenó con aire ausente el vaso del contenido de la garrafita y dio un sorbo antes de darse cuenta de que se trataba del riesling sintético que ella estaba ensayando como vino de la casa. Lo tragó con dificultad.

    — ¿Quién es el amigo?
    — ¿Qué?
    —El amigo que te llevó a la misión. ¿Quién es? —Wing sólo suponía que se trataba de un hombre. Era una buena suposición.
    —Un cliente regular. —Daisy apartó la vista de él y señaló con la cabeza la fulgurante escultura en la pared—. Ya conoces a Jim McCauley.

    Todo lo que él sabía era que McCauley era un artista local que se había hecho un cierto nombre con sus extravagantes bulbos de luz. Wing observó el movimiento de la luz pastel sobre el rostro de ella e intentó verla como la veía ese cliente regular. Daisy no era hermosa, aunque podía ser atractiva cuando prestaba atención a los detalles. No se peinaba el cabello cada vez que el viento lo alborotaba, ni se preocupaba demasiado de las arrugas en las comisuras de los ojos. Su rostro era un rostro inteligente, anguloso, propio de un yanqui de New Hampshire. Era una mujer fría; quizá no mostraba sus emociones lo bastante a menudo. Pero tenía el aspecto de alguien que sabía qué cosas importaban, no como cualquier videorreina suburbana con el cerebro asado por el teleenlace. Wing tenía buenas razones para amarla. Se deslizó en el diván y la besó debajo de la oreja.

    —No me hagas cosquillas —rio ella—. Estás invitado, ¿sabes? —Lo apartó, pero no demasiado—. El nuevo mensajero, Ndavu, está interesado en el arte. Ha mencionado varias veces la Nube de Cristal. Realmente tendrías que ir. Podrías aprender algo. —Una vez hecho su discurso, le besó.

    Wing contempló la gran excavadora devorar a sus pies la sección de la Ruta 302 NH que cruzaba el paso de Crawford. Sus dientes mecánicos desmenuzaban el asfalto a pequeños trozos. Después, una Caterpillar de pala ancha recogía los restos bituminosos y los echaba en camiones que luego se encaminarían a la planta de reciclado de Concord. Una vez la vieja carretera hubiera sido extirpada de sus cimientos de grava, los equipos empezarían a tender el trazado subterráneo de la Nube de Cristal. Después del deshielo de primavera, una pavimentadora del tamaño de un braquiosauro regurgitaría asfalto para cubrir esa base. La Ruta 302, en su tramo que cruzaba el paso de Crawford, era la última fase de los noventa y siete kilómetros que seguían el trazado de las carreteras existentes a través del corazón del Bosque Nacional de White Mountain.

    —Ya no falta mucho —dijo el piloto del hover—. Hablan de efectuar el test de energía dentro de diez semanas. Tres meses, y todo listo.

    Wing no dijo nada. Diez semanas. A menos que otro juez preservacionista fuera convencido de que debía meterse en el asunto, o la Fundación de las Siete Maravillas decidiera que ya había gastado demasiado y le planteara pleito por los retrasos. El proyecto llevaba ya dos años de retraso, y hacía mucho tiempo que había engullido la totalidad de un presupuesto ya de por sí generoso. Wing sabía que había cometido errores, aunque sólo se los admitía a sí mismo. A veces incluso le preocupaba la idea de haber malgastado su oportunidad.

    El hover era propiedad de Gemini Fabricators, la compañía líder en el consorcio que había conseguido el contrato de construcción de la Nube v su trazado. Wing sabía que el piloto tenía instrucciones de mantenerle en el aire durante tanto tiempo como fuera posible. Cada minuto que pasaba inspeccionando el trazado era un minuto menos que tendría para ir a comprobarlo todo en la recién completada plataforma de embarque con Laporte y Alz. Laporte, el canadiense que la Siete Maravillas había contratado como director del proyecto, no hacía secreto su desánimo ante la idea de tener que malgastar un tiempo valioso con Wing. Laporte había dejado muy claro que creía que Wing era ampliamente culpable de todas las desgracias del proyecto. Ambos hombres reconocían que, en este último estadio de construcción, no había ninguna contribución positiva que Wing pudiera hacer. Todo lo que podía hacer era observar las diferencias entre lo que habían construido y lo que habían imaginado.

    Wing había pasado cinco años en Yale luchando por conseguir un título, pero cuando se graduó tuvo la seguridad de que había cometido un error. Le fueron ofrecidos varios trabajos, pero no el que deseaba. Había estudiado arquitectura con la imposiblemente ingenua esperanza de que, algún día, alguien le permitiera diseñar un edificio tan grande como sus ambiciones. Deseaba construir hitos, no programar fábricas para fabricar los modelos de este año de los habitubos pensados para las masas demasiado pobres como para permitirse auténticas casas. En vez de trabajar, decidió pasar el verano después de la graduación recorriendo a pie el sendero de los Apalaches. Solo.

    Mientras trepaba al risco de Webster en el paso de Crawford, jugó a un juego de poesía contra su cansancio. Un zéfiro masajea el árbol artrítico. Estaba tan sólo a unos kilómetros de la Cabaña del manantial Mispach del Club de la Montaña de los Apalaches donde iba a pasar la noche. Caminando promiscuamente en un cielo mandarino. Wing lo convertía en un juego porque en realidad no creía en la poesía. Los dientes de piedra muerden los dedos solipsísticos. Una nube baja se deslizaba a través del paso justo en el momento en que el sol de última hora de la tarde brotaba del cubierto cielo a una irregular franja azul sobre el horizonte. Algo extraño le ocurrió entonces a la luz, y por un instante la nube se vio transformada. Una nube de cristal.

    —Una nube de cristal —murmuró. No había nadie para oírle. Se detuvo, observando la nube pero sin verla, experimentando en vez una abrumadora visión interior. Una nube de cristal. La imagen se hinchó como una burbuja; se pudo ver a sí mismo flotando con ella, libre de preocupaciones, realizado. Por primera vez comprendió lo que la gente quería decir cuando hablaban de inspiración. Siguió pensando en la nube de cristal durante todo el camino hasta la cabaña, toda la noche. Todavía estaba pensando en ella semanas más tarde, cuando alcanzó la cima del Katahdin, el extremo norte del sendero, y pensó en ella en el hover que le devolvió a Connecticut. Hizo algunas investigaciones y realizó unos cuantos bocetos, y sintió una extraña satisfacción ante la enorme inutilidad de todo aquello. Aquel otoño, la Siete Maravillas anunció la apertura del concurso de diseño norteamericano. Phillip Wing, un arquitecto de veintisiete años no registrado, desempleado e inseguro de sí mismo, pasó la única inspiración de su vida a disco y entró en el concurso porque no tenía nada mejor que hacer.

    Ahora, mientras miraba por la ventanilla del hover el paso de Crawford, Wing no pudo evitar el envidiar a ese hombre joven que había caminado por el bosque, hirviendo de ambición v, al mismo tiempo, desesperadamente temeroso de ser de segunda clase. A la edad de veintisiete años, Wing no podía imaginar los problemas en los que iba a verse metido a los treinta y dos. Plazos y reuniones, compromisos y contratos. Ese ansioso joven no se había dado cuenta de lo que significaba conseguir un rutilante premio al principio de una carrera, de tal modo que todo lo que venía después parecía falto de lustre. Ese enérgico joven nunca había estado realmente enamorado, ni había mirado impotente mientras el tiempo desgastaba el auténtico amor. Wing hizo un gesto al piloto, que inclinó el hover y se encaminó hacia North Conway, donde la plataforma de carga estaba lista para la inspección final.

    El hover se posó sobre sus barras de aterrizaje como un viejo relajándose en un baño caliente. Wing aguardó a que se posaran de nuevo la nieve sucia y los torbellinos de basura agitados por el aparato. El centro de trabajo estaba sembrado de tazas de café, bulbos de cerveza aplastados y suficientes envoltorios de vitabulk como para cubrir el monte Washington.

    Wing abrió la escotilla y fue recibido por un viento cortante como un cuchillo; no hubo comité de bienvenida. Agarró su tablilla de trabajo y cruzó la helada zona de aterrizaje hacia las oficinas de campo, un grupo de habitubos comerciales que parecían como una cadena de salchichas de plástico que hubiera dejado caer algún gigante descuidado. El tubo de la Siete Maravillas estaba vacío, y el teleenlace sonaba. Wing pensó en responder, pero eso era exactamente el tipo de cosa que volvía a Laporte loco. Así que en vez de ello fue a la siguiente puerta, la de Gemini, en busca de Fred Alz. Wing sospechaba que algunos de los problemas del proyecto surgían de la confabulación entre Laporte y Alz, el superintendente de campo de Gemini; ninguno de los dos querían saber mucho con los arquitectos. Una mujer a la que Wing no reconoció estaba sentada ante una pantalla CAD, comiendo un donut de vitabulk y contemplando cansinamente los detalles de la parrilla estructural de ferroplástico.

    — ¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Wing. —Fueron a la ciudad a verle a él.
    — ¿A él?
    —Creo que es un él. Un mensajero: No—duda o algo así,
    — ¿Qué está haciendo aquí?
    —Quizá busque conversos. Con la inmortalidad, tal vez tengamos alguna posibilidad de terminar esto. —Dio un mordisco a su donut y le miró por primera vez—. ¿Quién demonios es usted?
    —El arquitecto.
    — ¿De veras? —No pareció impresionada—. ¿Dónde está su sombrero de copa?

    Wing sabía lo que todo el mundo decía de él: que era un arrogante hijo de puta con un chip en el hombro del tamaño de la pirámide de Keops. Que desde hacía un tiempo vivía de su reputación. La ingeniero no se quedó para seguir oyendo; se marchó, dejando a Wing hirviendo a fuego lento sobre los residuos de una tarde. Poco después, Alz y Laporte entraron riendo. Probablemente de él.

    —Lamento haberle hecho esperar, Phil —Laporte alzó ambas manos en irónica rendición—, pero hay buenas noticias.
    — ¡Son las dos y treinta y ocho! Este maldito proyecto lleva veintiún meses de retraso, ¿y usted se dedica a ofrecerles visitas organizadas a los alienígenas?
    —Phil. —Alz apoyó una mano en su hombro—. Phil, escúcheme un minuto, ¿quiere?

    Wing deseó apartarle la mano de un manotazo. La porte se pasó un dedo por el bigote, sin acabar de ocultar una sonrisa desdeñosa.

    —El mentor Ndavu ha hecho una generosa oferta en nombre de la mancomunidad de mensajeros. —Alz habló rápidamente, como si esperase que Wing estallara si se detenía—. Estamos hablando de fondos importantes, una subvención especial que podría llevarnos directamente a completar el proyecto. Dice que los mensajeros desean reconocer este importante logro en las artes: dinero en efectivo y además a montones..., tendría que sentirse orgulloso, eso es lo que tendría que sentir. Si lo conseguimos, hay muchas posibilidades de que podamos flotar la Nube ahí fuera el Memorial Day. Diez semanas, Phil.

    Wing miró de Alz a Laporte. Había algo allí, algo peculiar y alarmante. La gente no soltaba simplemente fondos a manos llenas para rescatar proyectos con problemas sin alguna razón..., en especial no los mensajeros, que nunca habían mostrado más que un educado interés hacia ninguna de las obras de la humanidad. Tres años de autoterapia habían enseñado a Wing que tenía tendencia a convertir cualquier coincidencia en una conspiración. Pero esto era real. Primero Daisy, ahora la Nube; los alienígenas le cercaban.

    — ¿Podemos hacerlo sin ellos? Alz se echó a reír.
    —No son monstruos, Phil —dijo Laporte.

    Wing deseó que hubiera alguna forma de estar seguro de eso.

    Una lágrima resbaló por la mejilla de Wing. Sus ojos siempre se volvían acuosos cuando esnifaba demasiado focus. La pantalla CAD de dos metros que llenaba una pared de su estudio mostraba la elevación sur de las oficinas centrales propuestas para la SEE—Coast, la instalación local de teleenlace. Había algo equivocado en la hilera de ventanas de gablete encajadas en el nuevo techo a cuatro vertientes. Parpadeó, y el ordenador reemplazó el diseño con un menú. Un doble parpadeo cambió el cursor en la pantalla de modo dibujar a modo borrar. Sus ojos se clavaron fijos; las ventanas desaparecieron.

    Tendría que haber sabido que el proyecto de la SEE—Coast iba a traerle más problemas de lo que valía. Jack Congemi quería meter demasiado edificio en demasiado poco sitio, una astilla frente al río, encajada entre una cerería del siglo XVIII y un hotel del XIX. Si hubiera obtenido una variación para poder edificar a mayo altura que cinco pisos no hubiera habido ningún problema. Pero la SEE—Coast había comprado en el exclusivo distrito histórico de Portsmouth, donde las regulaciones de la zona estaban grabadas en granito. Wing lo sabía muy bien: él había ayudado a reescribirlas.

    Era un encargo decente, y el contrato de coste más honorarios significaba que se sacaría un buen dinero, pero, como todo lo que había hecho desde la Nube, Wing se sentía aburrido con ello. El edificio era puro kitsch: un búnker tecnológico oculto detrás de una fachada georgiana. Era como todo el resto de sus recientes proyectos: clientes que compraban el marchamo seguro de una marca y al diablo las visiones. Por supuesto, esperaban que él les entregara el edificio a un precio competitivo con las fábricas robot coreanas. No importaba que la mitad de las empresas locales fueran incompetentes y la otra mitad estuvieran saturadas de trabajo.

    Finalmente no pudo resistir seguir contemplando aquel monstruo.

    —Salva el archivo. —Cerró los ojos por un momento, y siguió viendo aún aquellas horribles ventanas grabadas al fuego en la parte interior de sus párpados.
    —Salvado —dijo el ordenador.

    Se sentó, demasiado débil para moverse, y dejó que su mente se empapara en la negrura de la pantalla vacía. Sabía que había pasado demasiado tiempo últimamente preocupándose por la Nube y los mensajeros. Era algo perverso, puesto que todo iba bien. Todas las comprobaciones habían sido completadas, se estaban realizando los test de prevuelo, y la Siete Maravillas había previsto la ceremonia de inauguración para el Memorial Day.

    Solon Petropolus, el errático retoño del conglomerado griego del transporte, había dotado a la Fundación de las Siete Maravillas con una inmensa fortuna. La fundación era el regalo megalomaníaco de Petropolus a todos los tiempos. Encargaba construcciones — algunos las llamaban arte— a una escala monumental. La Fundación de las Siete Maravillas no buscaba la escasa élite de los postgraduados universitarios, sino expresiones tecnológicas de la cultura popular. El propósito vulgar de la Maravillas era atraer a las multitudes. Tenía que haber lugares donde un secrétaire francés o un campesino peruano o incluso un mullah argelino pudiera acudir a contemplar el espíritu permanente de Solon Petropolus, el hombre que se había embalsamado con dinero.

    La apertura de la Segunda Maravilla del Mundo Moderno hubiera sido suficiente razón para una orgía de noticias, pero ahora la implicación de los mensajeros estaba ensombreciendo la obra maestra de Wing. Los periodistas del teleenlace seguían llamándole desde lugares como Bangkok y Kinshasa y Montevideo para preguntarle acerca de los alienígenas. ¿Por qué financiaban la Nube? ¿Cuándo invitarían a la humanidad a unirse a su mancomunidad y compartir la inmortalidad? ¿Cómo eran realmente?

    No tenía respuestas. Hasta ahora había hecho todo lo posible por evitar encontrarse con ninguno de los alienígenas. Como mucha gente, Wing se había sentido amargamente decepcionado por los mensajeros. Su llegada no había cambiado nada: todavía había demasiados locos con armas nucleares; la guerra en México seguía arrastrándose. Aunque habían sido extremadamente diplomáticos, parecía que la civilización humana no les impresionaba en absoluto. Mantenían sus secretos para sí mismos..., nunca habían invitado a nadie a visitar sus astronaves ni habían demostrado su técnica de conservar las mentes después de la muerte. Los mensajeros afirmaban que habían venido a la Tierra en busca de materias primas y para difundir algún mensaje todavía vago de su cultura galáctica. Wing suponía que tenían hacia la humanidad aproximadamente la misma estima que los conquistadores habían tenido hacia los aztecas. Pero, por supuesto, no podía admitir eso a los periodistas.

    — ¿Algo más? —El ordenador rompió su ensoñación; estaba pendiente de nuevos comandos desde hacía veinte minutos de inactividad.

    Se inclinó hacia atrás en su silla y se estiró, torciendo accidentalmente su grabado de San Juan el Bautista de Da Vinci.

    — ¿Qué demonios de hora es?
    —La una catorce y treinta y cinco A.M. del 19 de febrero de 2056.

    Decidió que estaba demasiado cansado para levantarse y poner derecho el cuadro.

    —Estás aquí —dijo Daisy desde la puerta—. ¿Sabes qué hora es?
    —La una catorce y cuarenta y dos A.M. del 19 de febrero de 2056 —dijo el ordenador.

    Ella enderezó el Bautista y luego se situó detrás de la silla de Wing.

    — ¿Ocurre algo? —La SEE—Coast.

    Ella empezó a masajear sus hombros, y él inclinó la cabeza hacia su vientre.

    — ¿No puede esperar hasta por la mañana?

    Le hormigueaba la piel allá donde se había secado la lágrima. Se la frotó, mientras consideraba aquellas palabras.

    — ¿No te gustaría venir a la cama? —Ella se inclinó para besarle, y él pudo ver que iba desnuda debajo de su bata—. Todo ese trabajo y nada de juego...

    El hedor de la duda que él había intentado tan intensamente perfumar con concentración de intensificadores aún seguía aferrado a él.

    —Pero, ¿y si despierto mañana y me siento incapaz de trabajar en esta mierda? ¿Y si dejo de creer definitivamente en lo que estoy haciendo? No puedo vivir para siempre de la Nube de Cristal.
    —Entonces hallarás alguna otra cosa. —Deslizó los dedos por su pelo.

    Él pegó una sonrisa a su rostro y metió una mano debajo de la bata de ella..., más por costumbre que por pasión.

    —Te quiero.

    Ella tiró de él y le hizo levantar de la silla. —Es mejor en la cama.

    —Daisy, yo...

    Ella apoyó un dedo en sus labios.

    —Simplemente mantente quieto y sigue a Mamá Goodwin, joven. Ella planchará las arrugas de tu frente.

    Él se tambaleó y cayó en sus brazos, pero ella recogió con facilidad su peso. Mientras le abrazaba, él se preguntó qué había estado haciendo toda la tarde.

    —He estado pensando —dijo con voz suave— en esa fiesta. Está bien: adelante si quieres, invita a Ndavu. Prometo ser educado..., pero eso es todo. — Deseó echarse hacia atrás y ver su reacción, pero ella no se lo permitió—. Es eso lo que quieres, ¿no?
    —Ésa es una de las cosas que quiero —dijo ella. Su mejilla estaba caliente contra el cuello de él.


    3


    LA CASA PISCATAQUA HABÍA SIDO CONSTRUIDA por el doctor Nathaniel Goodwin en 1763. Era un hermoso edificio de ladrillo rugoso y granito, que se decía que en sus tiempos había ofrecido el más espléndido alojamiento en la ajetreada ciudad colonial de Portsmouth, New Hampshire. Cerca de trescientos años más tarde seguía siendo un albergue, y Daisy Goodwin era su directora.

    Wing siempre se había sentido intrigado por la forma en que el pedigrí de Daisy había afectado su personalidad. No era tanto el antiguo dinero que había heredado, la mayoría del cual estaba unido al albergue; era la forma en que podía ir de un lado a otro de la ciudad en bicicleta y señalar la escuela elemental a la que había acudido, la iglesia congregacional donde se habían casado sus padres, el enorme roble negro en Prescott Park que aquel tío tatarabuelo Josiah había plantado durante la administración Garfield. Vivía con la tranquila gracia de alguien que sabía exactamente quién era que estaba haciendo exactamente lo que siempre había deseado hacer.

    Wing nunca había estado realmente seguro de nada hasta que conoció a Daisy. Había nacido en Taipei, pero había huido a los Estados Unidos con su padre taiwanés después de que su madre norteamericana hubiera resultado muerta en las sangrientas revueltas de la reunificación de 2026. Su padre, ingeniero de software, había pasado el resto de su amargada vida buscando en vano lo que había dejado en Taiwan. Phillip Wing había ido a las escuelas elementales de Cupertino, California; Waltham, Massachusetts; y Norcross, Georgia. Sabía muy poco de ninguno de los dos lados de su familia.

    —Cuando seas lo suficientemente mayor como para comprender —le decía siempre su padre—. Algún día hablaremos. Pero no ahora. —El joven Phillip aprendió rápidamente a dejar de preguntar; demasiadas preguntas podían conducir a su padre a una de sus escapadas. Se dosificaba hasta casi el borde de la insensibilidad con edulcorantes de la memoria, y permanecía despierto la mitad de la noche llorando y balbuceando en el dialecto taiwanés de los fukien. Su padre murió cuando Wing estaba en el primer año en Yale. El viejo nunca llegó a conocer a Daisy, con la que Wing se citó por primera vez poco antes de su graduación. Wing se había enamorado de ella y de la Nube aproximadamente por la misma época. Le gustaba pensar que su padre lo hubiera aprobado.

    Wing intentó esforzadamente encajar en el mundo de Daisy, ser el hombre que ella deseaba que fuera. Había vaciado por completo la Contaduría, un anexo de ciento noventa y cinco años de antigüedad construido por el comerciante Goodwin, y la convirtió en sus oficinas. Fue educado con los invitados pese a su irritante ignorancia acerca de la Nube: la mayoría de la gente pensaba que había sido diseñada por Solon Petropolus. Ayudó cuando Daisy se hallaba escasa de manos, se unió a la iglesia congregacional pese a su completa falta de religiosidad, y colaboró durante una temporada con el Consejo de Planificación de la ciudad. Soportó, en beneficio de Daisy, a los temidos recolectores de fondos de la Sociedad Nacional de Damas Coloniales con sus pajaritas negras, y la llevó a la ópera en Boston al menos dos veces al año pese a que eso le daba dolor de cabeza. Ahora ella le pedía que hiciera de anfitrión con un alienígena.

    Una fiesta íntima de veintitrés personas se había reunido en el salón Hawthorne para un buffet en honor de Ndavu. Laporte había volado desde North Conway con su esposa, Jolene. Entre los locales estaban los Hathaway, que aún alardeaban de sus vacaciones en la Orbital Tres, Magda Rudowski, directora artística del Nuevo Teatro Junto Al Mar, el reverendo Smoot, el ministro reformalista, la nueva administradora de la ciudad, cuyo nombre Wing nunca podía recordar, su esposo, que nunca tenía nada que decir, y los Congemi, que eran los propietarios de la SEE—Coast. También había un puñado de satélites de Ndavu, entre ellos el fulgoescultor Jim McCauley.

    Wing odiaba ese tipo de fiestas. Charlaba en ellas tanto como un monje trapense. Para ayudar a aliviar su incomodidad, Daisy le envió a la estancia con su mejor aperitivo para ayudar a los invitados a despertar el hambre en un frasco spray de cristal tallado. Vagabundeó entre las conversaciones de los demás, sintiéndose perdido.

    —Oh, pero a nosotros nos encanta la parte de arriba de la región —estaba diciendo Jolene Laporte—. Es todo tan pacífico, y el aire es tan limpio, y las montañas...
    —...son tan altas —terminó Laporte su frase, y guiñó un ojo mientras tendía una mano hacia el frasco de aperitivo—. Pero es malditamente frío..., ¡Jesús! — Magda Rudowski rio nerviosamente. Laporte pareció incomodado; poseía la clásica mirada hueca, como si sus ojos acabaran justo de salir de un frasco de formaldehído. Quizás había estado trabajando demasiado intensamente.
    —No te hagas el gracioso, León —dijo Jolene con un mohín—. A ti también te encanta. Vaya, precisamente el otro día estaba diciendo lo estupendo que sería poderse quedar una vez abriera la Nube. Creo que le gustaría bañarse por un tiempo en su gloria. —Roció una dosis de prueba del aperitivo en su muñeca y dio una esnifada tentativa—, ¿Cuán legal es? —preguntó.
    —Sólo algunos precursores olfativos —dijo Wing—, y quizá veinte microunidades de Bendición.
    —Quizá yo no sea el único que merece los honores. Tal vez Phillip también desee su tajada de gloria.

    La voz de Laporte pareció retumbar porque era el único que estaba hablando en la habitación. Wing se volvió justo a tiempo para ver a Daisy empujar la silla de ruedas de Ndavu al interior de la habitación desde la puerta de entrada.

    —Phillip, me gustaría presentarte al mentor Ndavu.

    El alienígena llevaba un traje suelto a rayas finas negras. Podría muy bien haber sido el vicepresidente de una corporación, con su pelo gris peinado hacia atrás y su largo rostro rojizo, excepto que tenía más de dos metros de estatura. Tenía que encogerse para encajar en su silla de ruedas, y sus rodillas asomaban como parachoques. La silla zumbó al rodar; Ndavu se inclinó hacia delante y tendió su mano. Wing se descubrió contando los dedos. Por supuesto, eran cinco. Los mensajeros eran muy cuidadosos.

    —Esperaba la oportunidad de conocerle, Phillip.

    Wing estrechó su mano pero no pudo pensar en una respuesta. La mano de Ndavu era firme y extrañamente pegajosa, como cinta adhesiva plástica.

    El mensajero sonrió.

    —Estoy muy interesado en su trabajo.
    —Del mismo modo que todos nosotros estamos interesados en el suyo. —El reverendo Smoot pasó junto a Wing—. A mí, por ejemplo, me encantaría saber...
    —Reverendo —Ndavu habló con voz muy suave, de modo que tan sólo aquellos que estaban más cerca de él pudieron oírle—, ¿siempre tenemos que discutir?
    —...me encantaría saber, mentor —prosiguió Smoot, con la misma voz que empleaba en el pulpito—, cómo tiene su pueblo intención de responder al cuerpo consultor votado ayer por el Consejo de las Iglesias.
    —Quizá debiéramos hablar de negocios más tarde, reverendo. —Ndavu dirigió una sonrisa de porcelana a Laporte—. León, ésta debe ser su esposa, Jolene.

    Daisy atrajo la atención de Wing permaneciendo de pie completamente inmóvil. Entre ellos pasó un mensaje no expresado que ella puntuó con una apenas perceptible inclinación de cabeza. La idea de Wing era dejar que Smoot y Ndavu se entendieran entre ellos, pero sujetó firmemente el brazo del reverendo.

    — ¿No le gustaría ver el invernadero, Magda? —dijo, haciendo que el ministro de la iglesia se volviera hacia la actriz—. Las fresas acaban de florecer; el lugar huele como el Jardín del Edén. ¿Qué opina usted, reverendo? —A regañadientes, Smoot se dejó conducir.

    Unos cuantos de los demás invitados habían derivado fuera, a lo que en su tiempo habían sido los establos. Los padres de Daisy habían reemplazado el viejo techo con láminas de plástico óptico transparente durante la Cruzada Granjera, convirtiendo así toda el ala en un invernadero. En aquellos días el parador hubiera podido tenar que cerrar sin una fuente de confianza de productos frescos. Magda Rudowski hizo una pausa para admirar un plantel lleno de begonias tuberosas.

    —Encantador —dijo, acariciando una flor del tamaño de una pelota de béisbol—. Me siento tan celosa. Yo nunca consigo que florezca nada tan pronto.

    El reverendo Smoot frunció el ceño hacia las estrellas a través del krylac, como si buscara una guía divina.

    —No tengo más remedio que preguntarme —dijo— dónde está el chiste. Wing y Magda intercambiaron miradas.
    — ¿Cómo pueden ustedes hablar de flores cuando ese alienígena está minando los cimientos de nuestra herencia judeocristiana?

    Magda tocó ligeramente la manga de Smoot. —Es una fiesta, reverendo.

    —Si ellos no creen en Dios, ¿cómo demonios pueden solicitar el status de exentos de impuestos? «Mira dentro del sol.» ¿Qué clase de mensaje es ése? Hace un año no te decían una palabra a menos que pertenecieras a algún gobierno o conglomerado. Luego compran algunas iglesias abandonadas, y de pronto están predicando a todo el mundo que quiera escuchar. Mirar dentro del sol, mi culo. —Dio dos pasos con rígidas piernas hacia los bancos hidropónicos y luego giró en redondo hacia Wing y Magda Rudowski—. Si miras demasiado tiempo dentro del sol, te quedas ciego. —Salió a largas zancadas.
    —No sé en qué pensaba Daisy cuando le invitó —murmuró Magda. —Él nos casó —dijo Wing.

    Ella suspiró, como si eso hubiera sido un error aún más grande.

    — ¿Quiere que lo mantenga vigilado por usted?
    —Gracias. —Wing pensó entonces en ofrecerle el aperitivo. Ella inhaló una dosis educada y Wing dio él también una esnifada, pensando que tal vez ayudaría a transcurrir lo que amenazaba con ser una mala velada. La Bendición soltó el nudo en su estómago; pudo notar como sus sentidos restallaban y se ponían atentos. Se miraron el uno al otro y rieron.
    —Al infierno con él —exclamó Wing, y las palabras les sorprendieron a los dos. Se encaminaron de vuelta al salón.

    Jack Congemi estaba discutiendo en el vestíbulo con Laporte. —Aquí llega el hombre ideal para resolver esto —indicó.

    —Espero que no sea acerca de honorarios de arquitecto. —Wing ofreció el aperitivo a su cliente.
    —Jack, aquí, piensa que el teleenlace puede acabar con los oficios. —Laporte hablaba como si tuviera el cerebro aparcado en órbita lunar y estuviera oyendo sus propias palabras con una dilatación temporal—. Dígale que usted no puede soldar plastiacero en Tijuana sentado ante una consola de ordenador en Greeley, Colorado. No constituye ninguna maldita diferencia lo buena que sea su robótica. Hay que estar allí.
    —Los indios lo hicieron. Tenían completada un sesenta por ciento de la Orbital Tres antes de que ningún ser vivo hubiera puesto todavía el pie en ella.
    —Los robots no tienen sindicato —dijo Laporte—. Los soldadores sí. —Antes del teleenlace, ninguno de nosotros podía permitirse hacer negocios desde un hermoso lugar perdido como Portsmouth. —A Congemi le gustaba verse a sí mismo como el profeta local del teleenlace; Wing había oído aquel sermón antes—. Todos estaríamos encallados en alguna gran ciudad por la congestión de los puertos y las terminales de contenedores y las pistas de tránsito y los retrasos en los transportes. Ahora nadie tiene que ir a ninguna parte.
    —Pero, sin turistas —dijo Wing—, los albergues cierran.

    Congemi alzó las manos como un arzobispo bendiciendo una multitud. —Por supuesto, la gente siempre viajará por placer. Y nosotros en la SEE-Coast seguiremos animando a la gente a viajar por nuestro hermoso estado. Pero también somos ciudadanos de un nuevo estado, un estado que está naciendo en este mismo momento: el estado de la información mundial.

    —No importa de donde vengan —farfulló la voz de Laporte—. No importa si son ciudadanos de la mancomunidad o mensajeros, siempre que se alineen para ver mi Nube. —Clavó un dedo en el hombro de Wing como desafiándole a que pusiera alguna objeción.

    Ésta no era la primera vez que oía a Laporte hablar de la Nube como si fuera suya. Wing consideró la posibilidad de echar al hombre a patadas y al diablo los buenos modales. En vez de ello dijo:

    —Pronto estará lista la cena —y volvió a la sala.

    Por un tiempo derivó en la marea de la fiesta, sonriendo demasiado y disculpándose mientras se abría paso entre la gente, en su camino a ninguna parte. Se sentía irritado, pero el problema era que no estaba seguro exactamente de por qué. Se dijo a sí mismo que todo era culpa de Daisy. Era su fiesta. Acercó el aperitivo a su rostro y esnifó una buena dosis. Pero había perdido por completo el apetito.

    —Phillip. Por favor, ¿tiene un momento? —Ndavu le dirigió una dentuda sonrisa. Había algo extraño en sus dientes: eran demasiado blancos, demasiado perfectos. Estaba hablando con el señor y la señora Hatcher Poole III, que permanecían apoyados contra la pared como un juego perfecto de lámparas de plata.
    —Mentor Ndavu.
    —Mentor es un título que me han dado mis estudiantes. Aquí soy su invitado v somos amigos, ¿verdad? Debe llamarme usted Ndavu.
    —Ndavu. —Wing inclinó ligeramente la cabeza.
    — ¿Puedo? —El mensajero hizo girar su silla de ruedas hacia Wing y tendió su mano hacia el aperitivo—. Había esperado tener la oportunidad de observar su comportamiento alterador de la mente esta tarde. —Hizo girar el frasco de cristal tallado en sus manos aracnoides y luego, bruscamente, se roció el rostro con él. Toda la habitación guardó silencio, y entonces el mensajero estornudó. Nadie había oído nunca algo así, un mensajero estornudar. Los Poole parecieron horrorizados, como si a continuación el alienígena pudiera estallar. Alguien al otro lado de la habitación rio, y las conversaciones se reanudaron.
    —Parece estimular la química de los sentidos. —Ndavu frunció la nariz—. Actúa rebajando el umbral de algunos receptores olfativos y del gusto. También hay huellas de elementos de otra sustancia..., ¿algún tipo de índole alucinógena?
    —Soy arquitecto, no artista en drogas. Ndavu pasó el aperitivo a la señora Poole.
    — ¿Por qué ingieren ustedes estas sustancias? —La piel del alienígena era perfecta también; no tenía lunares, ni pecas, ni siquiera una arruga.
    —Bueno —dijo la mujer, aún no repuesta del estornudo—, no engordan. Su marido rio nerviosamente.
    —Supongo, Ndavu, que usted no ha comido nunca vitabulk.
    — ¿Vitabulk? No. —El mensajero se inclinó hacia delante en su silla de ruedas—. Pero lo servimos en la misión.
    —Hubo un tiempo en que fui propietario de una bulkería en Nashua —dijo Hatcher Poole—. Es el producto ideal, en muchos aspectos: barato de producir, nutritivamente completo, un soporte de la vida casi indefinido. Sin él, centenares de millones de personas se morirían de hambre...
    — ¿Sabe? —dijo Wing—, tiene exactamente el mismo sabor que el material de aislamiento.
    —Depende de la genética de la cochura original —dijo Poole—. Están haciendo maravillas estos días con la texturización.
    —El sabor a pan ya no está muy lejos. —La señora Poole había esnifado una dosis que probablemente podía ser olida en Maine—. Y todo sabe mejor después de un buen aperitivo.
    —Por supuesto, esta noche servimos comida natural —dijo Wing—, Daisy ha hecho que la cocina prepare un menú tradicional en su honor, Ndavu. —Deseó que ella estuviera aquí charlando y él en la cocina supervisando los preparativos finales—. De todos modos, algunas personas prefieren usar aperitivos, no importa cuál sea el menú.
    — ¿Prefieren? —dijo Poole, que había pasado el aperitivo sin usarlo—. Una maldita adicción, si me lo pregunta.

    Dos ayudantes de camarero vestidos con chaquetas blancas transportaron una gran bandeja a la habitación, con su contenido oculto bajo una tapa de plata. La depositaron sobre el bufete de caoba, debajo de un retrato de Nathaniel Hawthorne en actitud meditativa.

    — ¡La cena está servida! —Los invitados se alinearon rápidamente.
    —Platos y cubiertos aquí, condimentos en la mesita de té. —El rostro de Daisy estaba enrojecido por la excitación. Llevaba aquel luminoso vestido azul que él le había comprado en Boston, aquel que le había costado demasiado—. El cocinero les ayudará a encontrar lo que deseen. Buen apetito. —Bechet, resplandeciente con su sombrero blanco de chef, colocó un enorme escalfador al lado de la bandeja de plata. Los invitados murmuraron alegremente y se apiñaron alrededor del bufete, bloqueando la vista de Wing. Sin embargo, no necesitaba ver la comida; su hipersensibilizado olfato se llenó con su aroma.

    Mientras se acercaba al bufete, pudo oír a Bechet murmurar: —Salchichas de Viena, señor. Perritos calientes.

    —Oh, Dios mío, Hay, ensalada de patatas..., ¡mahonesa!
    — ¿Dijo perritos?
    —Nada que tenga un sabor sorprendente. Yo mismo tomé el verano pasado. Pero, ¡mostaza!
    —No, no, simplemente tendré que vivir con mi culpa.
    — ¿Con un poco de maíz o en un panecillo, señor Wing? — Bechet estaba radiante.
    —En un panecillo, por favor, Bechet. —Wing tendió su plato—. Parece que les gusta.
    —Espero que sí, señor.

    Los invitados estaban en diversos estadios de éxtasis gustativo. No era algo demasiado poco habitual para los ricos; solían comer al menos una comida natural al día, y carne o pescado una vez a la semana. Para otros, cuarenta y cinco gramos de salchicha de Frankfurt garantizada pura ternera por la USDA eran una extravagancia: una cena de Navidad, un festín de cumpleaños. Uno de los desconocidos de la misión fue el primero en acudir a repetir por tercera vez. Ndavu tuvo los buenos modales de no comer en absoluto. Quizá tenía órdenes de no alarmar a los nativos con su dieta.

    La fiesta se fragmentó después de la cena; la mayoría de los invitados parecieron ansiosos de poner distancia entre ellos y el mensajero. Resultaba tenso hallarse en la misma habitación con Ndavu; Wing podía sentirlo claramente. Daisy condujo a un grupo de amantes de la jardinería al invernadero. Otros se reunieron para contemplar el último episodio de Jesús en Primera. El espectáculo religioso del duro bateador Jesús lo habían convertido en uno de los primeros deportes de espectáculo del teleenlace. Los invitados más alborotadores fueron al bar del sótano del albergue. Wing fue el único que se quedó atrapado en el salón Hawthorae con el invitado de honor.

    —Ha sido una velada de éxito —dijo Ndavu—. Hasta ahora.
    — ¿Tiene usted una agenda? —vio que Peter, el ayudante de camarero, miraba al alienígena con la boca abierta mientras recogía los platos sucios.

    Ndavu sonrió.

    —Por supuesto que la tengo. Es usted un hombre difícil de encontrar, Phillip. No estoy seguro de por qué es así, pero espero que a partir de ahora esas cosas sean diferentes. ¿Me visitará usted en la misión?

    Wing se encogió de hombros.

    —Quizás, alguna vez. —Estaba pensando para sí mismo que quizás el día después de que todo el calor abandonara el universo.
    — ¿Puedo considerar eso como un compromiso?

    Wing se inclinó para recoger una rodaja de encurtido del suelo antes de que alguien —probablemente Peter— la aplastara contra la alfombra de Kashgar.

    —Me alegra que su fiesta haya sido un éxito —dijo, y depositó el encurtido en la bandeja de Peter cuando éste pasó por su lado.
    —Antes de que la gente acepte el mensaje, tiene que aceptar primero al mensajero —dijo Ndavu, como si fuera un eslogan—. Me disculpará si hago la observación de que la suya es una especie clásicamente xenofóbica. El trabajo apenas ha empezado: tomará años.
    — ¿Por qué lo hace? Quiero decir usted, personalmente.
    —Mis motivos son diversos..., incluso yo hallo difícil mantener el rastro de todos ellos. —El mensajero se agitó en la silla de ruedas y su rodilla rozó la pierna de Wing—. En eso sospecho que puede que usted y yo seamos parecidos, Phillip. El hecho, sin embargo, es que mi preocupación inmediata no es difundir el mensaje. Es conseguir la completa atención de usted.

    El alienígena estaba muy cerca de él.

    — ¿Mi atención? —Los rumores decían que debajo de los perfectos exteriores de los mensajeros acechaban viles criaturas, inexpresablemente grotescas. Los biólogos evolucionistas mantenían que era imposible que los mensajeros fuesen humanoides.
    —Debería saber usted que está siendo considerado para una misión de lo más prestigioso. No puedo decir más en este momento, pero, si usted me visita, creo que podremos hablar...

    Wing había dejado de escuchar a Ndavu..., salvado por una discusión fuera en el vestíbulo. Un hombre estaba gritando furioso. Una mujer suplicaba. Daisy.

    —Disculpe —dijo, y se alejó de Ndavu.

    El hombre furioso era el fulgoescultor, McCauley.

    —No, no me iré sin ti. —Tenía aproximadamente la edad de Wing, quizá unos pocos años más. Pero en su pelo castaño había estrías grises. Podría haber sido considerado apuesto a un nivel algo tosco, pero su traje azul y plata estaba cinco años pasado de moda, y sudaba.
    —Por el amor de Dios, Jimmy, ¿quieres parar? —Daisy sujetaba un gabán entre las manos y parecía intentar conseguir que el otro se lo pusiera—. Vete a casa. Por favor. Este no es el momento.
    —Dime cuándo entonces. No pienso seguir retrasándolo.
    — ¿Ocurre algo? —Wing avanzó de puntillas. Si la cosa se resolvía en una pelea, pensaba que podría mantener las cosas en su sitio los pocos segundos que serían necesarios para que llegaran refuerzos. Pero en realidad era ridículo; la gente en Portsmouth ya no se peleaba. Podía oír a alguien correr hacia el vestíbulo desde la cocina. Un grupo de gente se arracimó al pie de la escalera. Todo iría bien, pensó—, ¿Daisy? —Sin embargo, era una maldita molestia.

    Se sintió impresionado por la reacción de ella. Daisy retrocedió ante él como si fuera una visión surgida de su peor pesadilla, y luego se hundió en una silla y dijo:

    —Oh, Jinuny.

    Algo en la forma en que pronunció su nombre paralizó a Wing. Parecía como a punto de echarse a llorar.

    —Lo siento —dijo McCauley. Tomó el gabán de sus manos inertes y la besó rápidamente en la mejilla. Wing deseó arrojarle al suelo pero descubrió que no podía moverse. Nadie en la habitación se movió, excepto el desconocido al que su esposa había llamado Jinuny. Durante toda la noche había captado una tensión en la fiesta pero, como un estúpido, la había interpretado de una forma completamente errónea. Todo el mundo lo sabía; si él hacía algún movimiento, podían echarse a reír.
    — ¿No deberíamos...? —McCauley estaba murmurando algo; su mano estaba en la puerta—. Lo siento.
    —Tú no sales, ¿verdad? —Wing se sintió orgulloso de lo firme que era su voz. Los hombros de Daisy se estremecían pero sus ojos estaban secos. Su escultor no dijo nada; ni siquiera se detuvo para ponerse el gabán. Cuando la puerta se cerró tras él, Wing sintió una urgencia peculiar de llamar a Congemi de entre la multitud y hacer que él tomara la responsabilidad sobre aquel ciudadano del estado mundial de la información. Este nuevo mundo perfecto estaba lleno de gente que no tenía la menor idea de cómo actuar en público.
    — ¿Daisy?

    Ella no le miró. Aunque él tenía la sensación como si estuviera de pie completamente desnudo en medio del vestíbulo de la histórica casa Piscataqua, se dio cuenta de que nadie le estaba mirando. Excepto Ndavu.


    4


    EL PROFETA DISFRUTABA REALIZANDO MILAGROS. Así que realmente no le importó escuchar primero a los aldeanos, aunque esta vez significara saltarse una comida. La gente del campo pedía tan poco a la diosa, y ésta era una de las razones por las que el profeta Ammagon les quería tanto. Una deuda se estaba alargando demasiado, un pulgar seccionado era lento en volver a crecer, dos vecinos se peleaban constantemente. Había un granjero, tembloroso por la edad, que suplicaba permiso para ir a Mateag a confesarse. Un joven alfarero pedía la bendición de Teaqua para mudarse a la ciudad. Ammagon permanecía perchado en el borde del carro de oro, con las piernas colgando sobre los rollizos del pavimento, y escuchaba cuidadosamente. Muy pocas de aquellas personas tenían problemas que requirieran la intervención divina; todo lo que realmente necesitaban era unos cuantos consejos respaldados por el buen nombre de Teaqua. Que Ammagon se sentía feliz de dar. En cuanto al resto, tenía que decidir no sólo a quién podía ayudar, sino también quién merecía más su ayuda. No era cosa pequeña garantizar un milagro. A todo alrededor de la plaza del poblado, mientras tanto, los sacerdotes estaban atareados calibrando sus telecampos y recibiendo instrucciones desde el control.

    El estómago de Ammagon gruñó cuando las audiencias se prolongaron a lo largo de la tercera hora.

    —Me pregunto si no habrá algo para comer —dijo con voz ausente.

    El pastor había estado quejándose acerca del tiempo. Exhibió sorpresa. —Ya sabes, comida. —Ammagon dio un mordisco al aire—. Lo siento..., ha sido una larga mañana. Prosigue.

    Le trajeron media hogaza de pan y una jarra de vino. Partió el pan; la corteza era gruesa y tan dura como si hubiera sido cocida en el horno del alfarero. Mojarlo en el vino de cosecha local lo ablandó lo suficiente como para poder tragarlo, trozo a trozo. Al menos el vino se podía beber. Ammagon hizo un gesto al siguiente aldeano de que se acercara. La cola se estaba haciendo más corta.

    A veces envidiaba su simplicidad. Aunque trabajaban duro, al menos los aldeanos podían ver los resultados de su trabajo. Sabían cuándo podían comer, aunque la comida fuera simple. Dormían con amigos, tenían casas y muebles..., ¡almohadas propias! Y, por encima de todo, gozaban del confort de la seguridad. Nunca tenían que pensar en interrogar a la diosa o dudar de sus susurros. Para Ammagon, esta fe simple y sin interrogantes en las verdades era lo que los hacía hermosos, pese al barro y al apelmazado pelaje y a las chaquetas de fabricación casera. Sabía que la belleza espiritual era tan real como cualquier otra cosa en el mundo. Si bien era algo sutil, también era inconfundible. Sólo tenías que abrirte a ello, como la música del agua al discurrir, la fragancia de la madera recién cortada.

    Era la fe que Ammagon hallaba en las aldeas la que lo hacía todo valioso: los viajes por malos caminos que sacudían todos los huesos, los platos de comida apenas digerible, la abierta burla de los compinches de Teaqua. Ammagon sabía cómo se burlaban de él; les olía desde hacía tiempo. Harumen, Ipposkenick..., todos ellos. Los eruditos. Deseaban sacudir la fe, romper la paz de las aldeas. En opinión de Ammagon eran una gente triste, seca, sin diosa, delgada como papel. Y, sin embargo, Teaqua les animaba.

    Era algo sobre lo que Ammagon rezaba a menudo. —Ella ya no me quiere.

    Ammagon se frotó el hocico. Era la más vieja, la más triste de todas las historias.

    — ¿Gimo lo sabes?
    —Hemos estado juntos durante años. Ella sigue diciendo que no había cambiado nada. Pero miente.

    Ammagon estudió al granjero en silencio, intentando evaluar la fuerza de su fe, su susceptibilidad a los susurros.

    —Ella nunca me dijo que no fuera feliz.
    — ¿Visitáis el lecho común? —dijo Ammagon—. ¿Os compartís con vuestros amigos?
    —No es el placer. El placer no tiene nada que ver con ello. Ella es ceramista. La mejor de las tierras altas. Sus cerámicas... —el granjero exhibió confusión—. Les pone unas formas... ¡No hay necesidad de tales piezas! Pero son tan hermosas. Demasiado hermoso para guardar en ellas el aceite o las judías secas. Uno no quiere poner cosas en ellas, ¿entiendes? Ella dice que quiere ir a la ciudad.
    —Entiendo.
    —No quiero perderla.
    — ¿Se lo has dicho a ella? —preguntó Ammagon.
    —No hablamos como acostumbrábamos a hacerlo. No la comprendo. —Tienes que darle una razón para que te desee. ¿Cuál puede ser esa razón? —Soy granjero; trabajo duro. —El granjero apoyó la cabeza en sus manos— No hay trabajo para un granjero en la ciudad. —Quizás ella debería ir.
    —Quizás. Quizás yo nunca volveré a ser feliz de nuevo.
    — ¿Qué es lo que dicen tus susurros?
    —Nada. —El granjero se desplomó—. Me gustaría que hablaran. Necesito la ayuda del dios.

    Ammagon le sujetó por los hombros.

    —La tendrás. Hoy, te lo prometo. —Le dio al granjero un fuerte abrazo—. Cuando te llame al estrado, Teaqua te ayudará a oír tus susurros.

    El granjero asintió con la cabeza; pareció satisfecho. Ammagon tuvo la seguridad de que el granjero aceptaría cualquier decisión a la que le condujeran sus susurros. Esto sería un milagro de fe, uno que le llevaría a través del dolor.

    Después de oír al último, Ammagon metió la cabeza en la tienda de control para decirle a la directora que había terminado.

    — ¿Cuántos esta vez? —dijo ella, impaciente. La directora estaba sentada en la oscuridad, con su panel iluminado con cinco vistas del carro de oro que Ammagon usaba como estrado. En las pantallas, tres robustos sacerdotes estaban colocando el trono de Teaqua en su lugar. Agitó las manos sobre el panel y dos de las imágenes cambiaron.
    —Los habituales —dijo Ammagon—. Media hora debería de ser suficiente. —Entonces efectuaré el enlace. —No apartó la vista de su trabajo—. Listo el telecampo. —No se dirigía a él.
    —Mira dentro del sol —dijo Ammagon educadamente. La directora estaba demasiado atareada para responder adecuadamente. Aromagon bufó y dejó que el faldón de la tienda cayera de vuelta a su lugar, luego alejó con un gesto al grupo de curiosos—. Empezaremos pronto. —Agitó las manos en el aire como si fueran escobas—. Id, id, si queréis un lugar en la parte de delante. —No les quería atisbando dentro de la tienda; no hacía bien a nadie ver cómo eran proyectados los fantasmas. Ya era suficiente malo que Teaqua utilizara la tecnología de los mensajeros para hacer el trabajo del dios; Ammagon no tema intención de ofrecer visitas guiadas. Se metió en la tienda vestuario.
    — ¿Ha comido algo? —Chiskat había preparado la segunda mejor chaqueta de Ammagon, la amarilla con el cordoncillo azul claro.
    —Algo, sí. —Alzó los brazos, dejó que Chiskat le quitara la túnica y luego se sentó en un taburete. Era el momento de que Ammagon se abriera al dios en preparación a la acción de gracias. No era tan fácil para Ammagon como lo era para los aldeanos; sabía demasiado. Y ahora descubrió que no estaba de humor; la rudeza de la directora le había irritado. Lo había visto antes: ¿cuántas veces había advertido a Teaqua? Las máquinas mataban el espíritu.

    Chiskat frotó un aceite ligero sobre el pecho de Ammagon y luego lo secó. Su pelaje brilló a la luz de la lámpara.

    Había sido diferente cuando sólo los eruditos abrían los enlaces y producían las ceremonias de acción de gracias. De todos modos se habían perdido, pobres almas. Pero ahora Teaqua tenía a sacerdotes haciendo el trabajo. Ningún sacerdote —ciertamente no Ammagon— podía oír al dios cuando fruncía los ojos al panel de control o ajustaba el telecampo. A Teaqua le gustaba decir que los enlaces habían forjado las aldeas a lo largo y ancho del mundo en una gran cadena de fe. Tenía una debilidad hacia la metáfora, la diosa. Pero una cadena era una cosa sin vida, fría. La fe estaba viva y la gente tenía que arder con el fuego del sol.

    —Cinco minutos —dijo Chiskat. Ammagon refunfuñó.
    — ¿Y si no estoy preparado?
    —Están ahí fuera. —Por supuesto, Chiskat tenía sus órdenes también—, No querrá dejarlos desamparados. —Llevar al profeta al estrado y tener preparada a la multitud a la hora señalada. No importaba el que Ammagon se sintiera o no inspirado; había un horario que cumplir. Las máquinas estaban al control. Chiskat tomó la chaqueta azul y la mantuvo abierta.

    Mostrando su desaprobación, Ammagon se metió en ella. Mientras Chiskat tiraba de las mangas y alisaba las arrugas, el aire a su izquierda pareció temblar. Apareció una ventana.

    El fantasma de la diosa le miró con el ceño fruncido.

    —Ammagon, tenemos que hablar. —Teaqua llevaba las galas ceremoniales: ropa dorada, casco de cristal tallado. Estaba lista para la acción de gracias—. Tú, márchate. —Despidió a Chiskat, y la joven vestidora se alejó de la tienda vestuario.

    Ammagon se dejó caer en su taburete.

    —Ha ocurrido algo. —Ella nunca usaba su enlace para visitarle. No podía recordar cuándo habían hablado por última vez en privado—. Tendrás que recortar tu gira. Quiero que vuelvas a la ciudad después de la acción de gracias de hoy.
    —La gente se sentirá decepcionada.
    —Les daremos alguna otra cosa en la que pensar. Necesito tu ayuda, Ammagon. Chan me ha hablado; tiene planes para nosotros. Tiene que haber un cambio.

    Ammagon sintió una momentánea oleada de temor. Cambio era una palabra de los eruditos. Chan no cambiaba; el sol era eterno. Por supuesto, lo llamarían la voluntad del dios.

    —Teaqua, yo... —Se envaró; él no iba a presidir la destrucción de la fe—. Si esto es obra de Harumen, no quiero tomar parte en ello. —Era una cosa muy valiente de decir; Ammagon se sintió sorprendido ante su audacia.

    Esperaba ultraje. En vez de ello, Teaqua se dejó caer de rodillas. —He venido a pedir tu perdón.

    Ammagon se levantó sorprendido de su taburete y retrocedió.

    — Teaqua. —Aquello no era natural. ¿Cómo podía la diosa suplicar a su propio profeta? Se sintió tan enrojecido que intentó alzarla antes de que nadie la viera de aquel modo. Sus manos atravesaron la imagen proyectada.
    —No hay necesidad de fingir. Ambos sabemos lo que ha ocurrido. —El fantasma de Teaqua se difuminó ligeramente allá donde él lo había tocado, pero ella no le prestó atención—. Perdí el camino, el camino de Chan. Los mensajeros me distrajeron. Tú sabías que me había extraviado pero fuiste paciente. Me aguardaste. Ahora Chan me ha devuelto al camino correcto. Te pido de nuevo tu perdón. ¿Me lo concederás?
    —Sí, por supuesto..., pero por favor, levántate.

    Las manos de unos sirvientes fuera de la ventana alzaron a la diosa por los sobacos. Así que había habido testigos. Un arrepentimiento público. Ammagon se sintió desgarrado entre el embarazo y la alegría. A menos que éste fuera algún truco de los eruditos, sus plegarias habían sido respondidas al fin.

    —Oigo de nuevo los susurros, Ammagon. ¿Sabes cuánto tiempo ha sido?

    El cerró los ojos y echó una mirada dentro del sol. Podía verlo claramente. Un luminoso punto azul llenó su cabeza y apretó suavemente contra sus oídos. El azul de la verdad. Sus susurros le dijeron que creyera.

    —Y Chan ha venido hasta mí en sueños —dijo ella—. Me mostró el futuro; todo será diferente. Necesito que tú hagas que ocurra.
    —Algo va mal —dijo la directora, mientras alzaba el faldón y entraba en la tienda vestuario—. El panel muestra que tengo abierta una ventana... —Vio a la diosa—. Oh. —Hizo una profunda reverencia—. Oh.
    —Vayamos, pues. —Teaqua enderezó su casco de cristal—. Ya es pasada la hora, ¿no? No querremos hacerles esperar.

    La procesión se inició con sólo unos minutos de retraso. Los aldeanos dieron las gracias a Chan. Lanzaron vítores a Teaqua. Los sacerdotes barrieron la multitud con sus telecampos, proyectando alegres fantasmas por todo el mundo. Allá donde había un enlace, la gente se detuvo para la acción de gracias del mediodía. Era una suerte ser visitados por su diosa y contemplar a su profeta realizar milagros en su nombre.

    Ammagon conocía el secreto: el mayor de todos los milagros ya había ocurrido. Las cosas iban a ser diferentes.


    5


    EL TRAFICANTE EMPUJÓ EL BILLETE de a veinte de Wing sobre la barra. —Ya le he dicho que ya le he servido bastante. Existe algo a lo que llaman sobredosis, ¿sabe? Y yo soy de fiar.

    Wing miró el billete de a veinte, como si Andy Jackson pudiera ofrecerle algún consejo.

    — ¿Por qué no se va a casa?

    Wing alzó la vista sin comprender, intentó enfocar el rostro del hombre. —He dicho que se vaya a casa.

    Wing no podía concentrarse; seguía pensando en el vídeo de Daisy. Estaba sentada en las sombras, su rostro una mancha confusa apenas visible. Sonaba como si estuviera resfriada.

    —No es justo lo que estás haciendo. No puedes simplemente arrojarlo todo por la ventana sin darme ninguna oportunidad de explicarme. Sé que he esperado demasiado, pero no quería herirte... Quizá no te creerás esto, pero sigo queriéndote. No sé qué decir..., no podrá ser como antes, pero quizá... — Un largo silencio—. Llámame —dijo, y la pantalla quedó en blanco.
    — ¿Qué ocurre? —dijo la puta—. ¿No tienes hambre?

    Había perdido tiempo en alguna parte. No podía recordar haber recogido a la puta. La miró de reojo, pero todo lo que pudo ver fue plástico: el brillante plástico amarillo de la mesa que les separaba, el banco de plástico naranja donde ella se sentaba, la larga hilera de chillones reservados situados contra las paredes a franjas naranjas y amarillas, y el parquet de roble de plástico del suelo. Un bol lleno de vitabulk aromatizado al chile se enfriaba sin tocar ante él.

    —Apuesto a que eres un natural, ¿eh? —El lápiz de labios de la puta brillaba cuando hablaba, su fosforescencia reaccionaba al calor de su aliento—. Tienes el aspecto.

    Él apartó el bol a un lado.

    —Me gusta la comida auténtica, sí.
    —Es decadente, Freddy. ¿Asesinar animales con almas inmortales sólo para llenar tu barriga? Karma de explotación.

    Era la lujuria lo que había ardido a través de la bruma de su mente. Ella hablaba demasiado, pero parecía limpia. Al menos no olía.

    —Me llamo Phillip.
    —Quizá seas uno de esos a los que les gustan los sabores raros o artísticos, Philly. Yo lo he comido recién salido de la cochura más de una vez. Estuve viviendo un tiempo con un nuevo shacker, ya sabes, esos fanáticos; le gustaban las cosas sencillas, ¿sabes? ¿Vas a comerte ese chile o qué? —Metió una cuchara de plástico en el bol—. ¿Estás diciendo que nunca has comido bulk?
    —Con sabor a panqueque. —Wing no supo por qué le estaba diciendo aquello—. Con miel de las colmenas de mi patio trasero.
    — ¿Colmenas de abejas? —La puta lanzó un largo silbido—. Philly, muchacho, ¿de qué demonios estás hablando? ¿De una noche o qué? Porque estaría dispuesta a aceptar algún otro tipo de arreglo con un hombre con un patio.
    —Vivo en New Hampshire. —Sacudió la cabeza—. Me marcho mañana.
    — ¿Acaso no hacen todos lo mismo? —La puta suspiró y dejó caer la cuchara en el bol vacío—, ¿Estás cerca?

    Él se alojaba en el Stop Inn, un tubohotel justo al lado de la autopista. Estaba en viaje de negocios. Pero los negocios no empezaban hasta la mañana.

    Había tres tricitaxis aparcados fuera del muy iluminado bar. Un robusto conductor estaba sentado en el banco junto a la puerta y les miró al salir.

    —Hace frío, ¿verdad? —Sonrió; sus dientes estaban decorados con jeroglíficos egipcios.
    —Llámanos un taxi —dijo la puta.
    —Esperaréis diez minutos, ¿sí? —Pateó contra el helado pavimento. Llevaba unos finos pantalones de deporte y el chándal dorado de la Compañía de Taxis de Stamford.

    El frío ayudaba a Wing a pensar.

    — ¿Está muy lejos el Stop Inn? El del otro lado de la terminal.
    —No. —Su aliento se enroscaba como humo en el frío aire—. Colina abajo.
    — ¿Tu trasto tiene calefacción? —preguntó la puta. —Toda la calefacción que quieras, apuesta a que sí.

    Se metieron en la parte de atrás del tricitaxi en forma de cuña; el robusto conductor se sentó en el sillín delantero y deslizó los pies en los pedales. Un mohoso olor a vestuario permeaba el compartimiento del pasajero. No había sitio para ningún tipo de calefacción, pero después de unos cuantos minutos de furioso pedaleo del conductor, el olor se convirtió en un cálido hedor.

    El tricitaxi se bamboleó hacia el sur en dirección a la autopista, cruzando el oscuro cementerio arquitectónico que era el centro de Stamford, Connecticut. Había habido un tiempo en el que las torres de oficinas y las centrales de las grandes compañías y los hoteles caros habían resplandecido por las noches: brillantes torres de cristal que se alzaban muy por encima de los bulevares iluminados por la luna. Entonces la ciudad había sido como una enorme hoguera eléctrica llameando fuera de control. Ahora el centro de la ciudad había desaparecido. Las torres de cristal costaban demasiado de calentar e iluminar. Algunas habían sido convertidas en almacenes; otras simplemente estaban vacías, y presentaban sus fachadas llenas de dientes rotos a las silenciosas calles. Sus únicos habitantes eran vigilantes, mendigos, la extraña fauna vagabunda que se había quedado después de la estación.

    Cuando se acercaron a la autopista, su taxi se vio brevemente atrapado en un embotellamiento. Unos veinte manifestantes estaban parando a todos los que pasaban frente a la misión de los mensajeros del bulevar Washington. Unos cuantos llevaban velas eléctricas; otros blandían pancartas escritas a mano que decían cosa como No Religión Sin Dios y Mira La Biblia. El resto circulaba entre las paradas bicicletas y tricitaxis distribuyendo propaganda antimensajeros. Wing se hundió en su asiento, y la puta abrió su ventanilla sólo lo suficiente para aceptar un panfleto.

    —Ve con Jesús —dijo el manifestante.
    —Seguro —respondió ella. Mientras el tricitaxi se alejaba, dejó caer el panfleto encima del asiento.
    — ¿Por qué lo has cogido? —preguntó Wing.
    —Hace que se sientan bien —dijo la puta—. Pueden ponerse quisquillosos si les ignoras.

    Wing cogió el panfleto; todo lo que pudo ver en la penumbra fueron los titulares: la ciencia dice no a la inmortalidad, y alabama prohíbe a los alienígenas, y cuál es su auténtico aspecto.

    — ¿Has entrado alguna vez? —La puta señaló con la cabeza hacia la misión que quedaba atrás; Wing negó con la cabeza—. No es peor que cualquier otra iglesia. Te dan de comer, te proporcionan una cama caliente. Pero no dejan de decirte que no existe el placer. —Se llevó una mano al muslo—. O el dolor. — Apretó—. No es de la forma como me gusta la vida, Philly.

    Pasaron la Salida 7 de la terminal del Servicio de Tránsito, una fortaleza achaparrada con una fachada de cemento cubierta de plantas que se suponía desanimaban las pintadas. Aparcados en las puertas había unos cuantos autobuses rojos, blancos y azules de la USTS, la mayoría vehículos anticuados para trayectos cortos, pero también un enorme autobús de doble piso. El conductor pasó por entre ellos y se detuvo en la entrada lateral del tubohotel.

    Antes de haber sido incendiado, el Stop Inn había sido un airoso edificio de oficinas comerciales estilo derrochavatios. El fuego había arrasado el interior y destrozado la mayoría de los termopaneles, pero había dejado la estructura de acero y hormigón armado intacta. Su localización cerca de la autopista hacía de él un lugar ideal para el desarrollo, y había renacido como tubohotel. Había como unos cuarenta tubos fijados a los tres pisos superiores, y sujeciones para otros cuarenta habitubos en los tres de más abajo. De haber tenido intención de permanecer más tiempo, Wing hubiera podido hacer que su propio habitubo fuera cargado en un semi y transportado hasta allí desde Portsmouth.

    El ascensor no funcionaba, así que subieron los seis pisos por la escalera. El pozo de la escalera olía a humo y desinfectante; la puta se quejó durante todo el camino. Finalmente alcanzaron su tubo y Wing presionó el pulgar contra la cerradura. La puerta se deslizó hacia un lado, y se sintió aliviado al ver que sus maletas seguían allá donde las había dejado. La puta se agachó para abrir su kit.

    El interior del tubo estaba fabricado con plástico a prueba de vandalismos; todo colores y superficies duros. Pese a todo, había varios lugares en los que se habían efectuado pintadas con láser que no habían sido borradas; la ventana que daba a la autopista estaba opacificada con rayadas. Un horno microondas, un fregadero, un espejo y un cuarto de baño estaban encajados en el fondo del tubo; el colchón de gel ocupaba la mayor parte del resto del espacio. Había un monitor y un teclado montados sobre un brazo flexible junto a la cabecera de la cama. La pantalla parpadeaba; tenía mensajes.

    —Phillip. —Ndavu estaba sentado en su oficina, ante un enorme escritorio; parecía como un banquero que acabara de darse cuenta de que había concedido un préstamo equivocado—. Le llamo para ver si hay algo que yo pueda hacer...
    — ¡Hey, ése es uno de los cabezas de escarabajo! —La puta tendió la mano para detener el vídeo—. Pensé que no sabías nada de los mensajeros.
    —Y no lo sé. —Wing apartó el dedo de ella de la tecla de parada.
    —...quiero que sepa cuánto lamento la forma en que fueron las cosas. Acabo de ver a Daisy, y debo decirle que está muy trastornada. Si hay alguna forma en la que pueda ayudar a resolver el problema, por favor hágame saber...
    —Seguro —murmuró Wing—. Arreglar de nuevo mi vida.
    —...me prometió usted que se detendría en la misión. Queda todavía el asunto del encargo que le mencioné...

    Wing detuvo el mensaje y pulsó la tecla de borrar.

    — ¿Cómo demonios consiguió este número? —La puta no respondió. Inspiró profundamente antes de llamar al siguiente mensaje.

    Era de Solon Petropolus. Parecía hallarse en la Sala de los Espejos de Versalles cuando se volvió de una conversación que sostenía con Cary Grant, la reina Victoria y Rembrandt para acercarse a la cámara. Según todas las apariencias era un hombre apuesto que llevaba jubón, calzones y una extravagante peluca. Probablemente en un intento de parecerse a Luis XIV; la última moda era una imitación burlesca del barroco. Wing nunca había visto en persona a Petropolus, y no había fotos recientes; sin embargo, consideró improbable que aquél fuera su aspecto. Petropolus tenía al menos ciento veinte años.

    —Lamentamos molestarle a esta hora tan tardía —dijo la imagen sintetizada—, pero hay un conflicto imprevisto e inevitable que hace necesario replantear nuestra cita. El único hueco que tenemos disponible para una audiencia es a las 04:00 de mañana por la mañana. —El imaginario Petropolus se sacó un pañuelo de la manga y se lo llevó delicadamente a la nariz—. Reconocemos que el transporte puede ser un problema para usted a esa hora, así que nos hemos tomado la libertad de hacer los arreglos necesarios. Será recogido usted a las... —una expresión vacía cruzó su rostro, y se volvió hacia sus compañeros—. Tres treinta, viejo —dijo Cary Grant, y exhibió una sonrisa luminiscente—. Exacto —dijo Petropolus—. No se retrase, puesto que nuestro tiempo juntos deberá ser necesariamente breve. —Pareció como si estuviera a punto de reprimir un bostezo y luego inclinó ligeramente la cabeza. Rembrandt le susurró algo a Victoria, que dejó escapar una risita. La pantalla quedó vacía.
    — ¿Quién disecó a ese pájaro? —dijo la puta mientras fijaba una microcámara al techo, encima del colchón.

    Wing se dejó caer en el colchón a su lado.

    — ¿Agita un pañuelo, y se supone que yo debo salir corriendo en medio de la noche? —Miró al monitor—. A las cuatro, nada menos.

    La puta se inmovilizó.

    —No estarás planeando pasar de mí, Philly. Si es así, dilo ahora. Soy una chica trabajadora.

    Él la miró, miró a las cámaras que había fijado a las paredes del tubo, cada una hábilmente enfocada para los mejores primeros planos. No sabía si lo que sentía era furia o lujuria. Probablemente no importaba.

    —Conecta.
    —Seguro. —Dio un tirón al velero, y su ropa se abrió con un susurro. Las cámaras empezaron a zumbar—. Pero primero yo.

    Cuando se hubo fijado las gafas microcámaras pareció convertirse en un insecto rosa. Su piel estaba espolvoreada con reflejos plateados: pequeños sensores para las mujeres y discriminadores. Wing tenía complicados planes para este momento. Creía poder mantener su superioridad sobre la puta distanciándose. Deseaba ser a la vez espectador y participante. Incluso mientras la atraía hacia sí fingió sentirse repelido, tragarse su desagrado para los suscriptores que les veían y sentían en la red. Quizá Daisy estuviera entre ellos; ya le había impresionado con algunos otros de sus secretos. La idea le proporcionó una especie de amargo placer; ahora era su turno. Había pensado que, mientras se debatía con la puta, podría hacer un alto y darles una conferencia a todos, explicarles que estaba haciendo esto solamente porque su esposa le había traicionado. Pero la puta era una profesional, quizás incluso una artista; Wing se halló pronto estremeciéndose de placer. Su lengua era como una llama, lamiéndole, haciendo arder todos los planes de su mente. Pronto no fue nada más que otro cuerpo sudoroso, un nódulo en la red porno, dando y recibiendo placer.

    Fue la puta quien le hizo mantener la cita. Él lo intentó de nuevo con ella porque, mientras siguiera intentándolo, no tendría que pensar en lo que había hecho. Pero ella había terminado con él.

    —Vamos, Philly. El espectáculo ha terminado. —Se sentó en el colchón y apartó sus isotérmicos desechados con el pie. Sus pechos quirúrgicamente perfectos colgaron cuando se inclinó hacia delante, y Wing sintió otra oleada de deseo. Pasó un dedo a lo largo de sus vértebras. Ella llevó una mano a su espalda y aferró su mano en una presa que le dolió.
    — ¡Ya basta!

    Él se alzó sobre un codo a fin de poder ver su expresión. Si hubiera podido ver algún signo de ternura —o mejor, pesar—, quizás hubiera sido capaz de perdonarse a sí mismo. Pero su rostro era tan duro como el pavimento de una acera, y se dio cuenta de que le estaba mirando de la misma forma que él había pretendido mirarla mientras estaban haciendo el amor.

    —Pareces un maldito cachorrillo —dijo ella.

    Él se quedó en la cama mientras ella terminaba de vestirse y volvía a guardar su kit.

    —He dejado mi número en el escritorio —dijo, mientras presionaba la cerradura de la puerta con su pulgar—. A algunos les gusta pedir copias del vídeo.

    Wing cerró los ojos. Todo lo que deseaba ahora era que ella se fuese. —Tienes veinte minutos antes de que llegue el transporte para tu cita.

    Wing no dijo nada. No abrió los ojos de nuevo hasta que la puerta se hubo cerrado tras ella.

    El chófer de Petropolus no se parecía ni a Cary Grant ni a la reina Victoria. Era una mujer andróginamente atractiva que no hubiera llamado en absoluto la atención si no estuviera conduciendo un coche. El Mercedes de Petropolus era el único vehículo privado en la autopista a las tres cuarenta y cinco de la madrugada. Pasaron un tren de contenedores, unos cuantos camiones, algunas camionetas de reparto y una sucesión de autobuses rojos, blancos y azules llenos con la habitual cuota de inexpresivos trabajadores que entraban o salían de turno y chicos raros. Wing envidió su plana autosatisfacción.

    Salieron en Greenwich, una ciudad enmascarada como un pueblo. Con ese fingimiento había conseguido escapar a lo peor de la cancerosa proliferación urbana que había engullido a sus vecinas. Aunque el corazón de Greenwich estaba tan vacío como el de Stamford, era más pequeño, y sus atrevimientos arquitectónicos habían sido menos ostentosos. El Mercedes pasó rápidamente por un barrio de destartalados aparcamientos de habitubos. Cuanto más se alejaban de la autopista, más atractivas eran las propiedades, hasta que al final entraron en una sección exclusiva donde la distribución de las zonas y la riqueza abundante habían preservado sin cambios una misma forma de vida desde la era del consumismo. A cada lado de la carretera comarcal había propiedades valladas con largos senderos que conducían a casas construidas con piedra y ladrillo y auténtica madera. Giraron en una de ellas, y la choferesa tecleó un código de reconocimiento. Las puertas de hierro forjado se abrieron con un chirrido. Wing vio a dos arañas centinela cubriendo el coche desde la oscuridad, con sus cuerpos ovoides erizados de sensores y armas. No pudo dejar de preguntarse qué hubiera pensado la puta de este patio. Escoltada por los robots, la choferesa condujo el coche sendero arriba hasta una casa que hacía que la casa Piscataqua pareciera una choza.

    —Entre directamente —dijo la mujer—. Le está esperando.

    La biblioteca estaba excesivamente caldeada. Los libros trepaban por dos de las paredes hasta el techo; una escalera de caracol de hierro y dos galerías proporcionaban el acceso. Otra pared era un panel de tres pisos de plástico óptico con una visión de un negro estanque rodeado por un sombrío jardín formal. La última pared, la mayor parte del espacio del suelo e incluso parte del techo, estaban dedicados a los objetos de arte. Wing dudó en llamarlo una colección; era más bien un hacinamiento. Una virgen de Rafael colgaba inquieta al lado de Santiago en su parrilla; un fantasma de Yoshitoshi miraba con ojos llameantes a una estación de servicio Hopper. A ambos lados de la puerta, un Buda de piedra sentado sonreía serenamente a un ceñudo tótem tlingit. Un móvil Calder colgaba inmóvil en el bochornoso aire. Flotando colgada de hilos en absoluto invisibles en un rincón había una réplica en miniatura de la Nube de Cristal.

    — ¿Señor Petropolus? —dijo Wing—. ¿Hola? El silencio era tan opresivo como el calor.

    Se abrió camino a través de la masa de cosas hacia el escritorio. A un lado había una caja de cristal que contenía un modelo a escala del Data Delphi, la primera de las Siete Maravillas de Petropolus en ser completada. Al otro lado del escritorio había lo que parecía un refrigerador: una incongruente y zumbante caja esmaltada en blanco de dos metros por uno.

    — ¿Señor? —Wing sintió que el sudor empezaba a gotear de sus sobacos; su pelo ya estaba empapado—. ¿Hay alguien aquí? —Se inclinó sobre el modelo del Delphi y su manga rozó la caja de cristal. La retiró gris por el polvo y estornudó.
    —No estará usted enfermo, ¿verdad?

    Con un zumbido, el refrigerador giró hacia él, revelando un cuerpo ceniciento conectado a su lado opuesto.

    — ¿Señor Petropolus? —Wing tuvo que estornudar de nuevo.
    — ¡Está usted enfermo! —Petropolus tenía la chillona voz de un niño de doce años—. Enfermo.
    —Es el polvo.
    —Al menos mantenga la boca cerrada —se retorció Petropolus—. Seré sincero con usted. Estoy filtrando.

    Wing halló imposible no mirar y, efectivamente, muy pronto se dio cuenta de que Petropolus experimentaba una especie de perverso placer con el efecto que producía su grotesca apariencia. Era un hombre pequeño: probablemente pesaba menos de cincuenta kilos. Estaba desnudo y carecía completamente de pelo. Su piel tenía el color de la leche derramada, tan translúcida que, en algunos lugares, Wing pudo ver como cuerdas azules y rojas pulsar debajo. Estaba conectado a la máquina por collares IV en el cuello, muñecas y tobillos, un catéter en la vejiga y toda una hilera de electrodos y sensores en el cráneo. No tenía el aspecto de ser uno de los hombres más viejos del mundo. No parecía humano en absoluto, sino más bien como una figura de cera mal terminada.

    — ¿Ha estado en Delphi? —dijo Petropolus. Wing parpadeó.
    —No. —El sudor resbalaba por sus ojos—. He visto vídeos.
    —Desnúdese si tiene calor. —Cuando Wing vaciló, Petropolus insistió—: Vamos, al menos quítese la chaqueta. Cuando la gente se desmaya, pierdo tiempo. Debería viajar usted más, ¿sabe? Los vídeos mienten. No son un sustituto a estar ahí. Para eso son las Siete Maravillas. No crea en todo lo que ve en una pantalla.

    Wing colocó su chaqueta sobre el escritorio. —No.

    —Así que, ¿qué preguntaría usted si ganara en la lotería de Delphi? Una pregunta gratis: todas las bases de datos de la red de información del mundo a su disposición.

    La camisa de Wing estaba empapada, y estaba teniendo problemas para respirar en el denso aire.

    — ¿Por qué estoy aquí?
    — ¡Nada de teología! —Petropolus hizo girar los ojos—. Una pérdida de caro tiempo de ordenador.
    — ¿Deseaba hablarme usted sobre la Nube de Cristal?
    —No, no, eso ya ha terminado. Las Siete Maravillas y todo eso. Obsoleto. Han llegado nuevos datos. Si no tengo que morir, ¿por qué edificar extravagantes monumentos funerarios?
    — ¿Qué quiere decir con obsoleto? —El calor estaba haciendo que Wing se sintiera mareado—. La Nube está terminada. La inauguración es en mayo.
    —Quizá. —Frunció el ceño—. He estado oyendo malas cosas de la Fundación. ¿Cuál es el nombre de ese hombre, Porter? Proyecciones acerca del presupuesto operativo.

    Wing se preguntó qué ocurriría si arrancaba al viejo de su máquina de apoyo vital. Imaginó a Petropolus agitándose en el caliente suelo como un pescado.

    —Los mensajeros se han hecho cargo de la mayor parte de los aumentos de costes.
    —Los mensajeros. —Petropolus suspiró—. Exacto. Eso es lo que yo preguntaría si fuera usted. ¿Por qué los mensajeros se preocupan por Phillip Wing?

    Wing se dejó caer en la silla detrás del escritorio de Petropolus y se aflojó el cuello. Tenía la sensación como si estuviera a punto de fundirse.

    — ¿Lo hacen?

    El viejo empezó a hablar a su extraña y digresiva manera, como si no importara el que alguien estuviera escuchando o no.

    —Otra pregunta: ¿Quién le descubrió a usted? ¿Eh? ¿Acaso no se sintieron interesados después de que la Fundación eligiera su burbuja? Eso parece. Pero son sutiles, sutiles. He revisado los archivos de su proceso de selección..., no estoy seguro de comprenderlos. Fue inmediatamente después de que los mensajeros establecieran su primer contacto, todo seguía siendo aún un gran secreto. El comité de selección estaba formado por profesionales. Con credenciales tan largas como sus rostros: serios, muy serios e irreprochables, o de otro modo no hubieran cobrado lo que cobraron. Nada de nombres en las presentaciones. Y, aunque no fuera así, ¿cómo hubieran sabido quién era usted? Usted no era nadie. Pero considere una cosa: todos los siete son ahora discípulos de los mensajeros. Tres incluso han abandonado sus carreras para vivir en misiones. Indica una falta de imaginación por su parte el que usted no sepa nada de eso. ¡Usted! ¡Despierte! Están interfiriendo en su vida. ¿No le importa?
    —No. —Antes de la puta, Wing hubiera conseguido tal vez apelar a la indignación esperada. Ahora no sentía nada excepto una fláccida impaciencia hacia aquella extraña criatura que zumbaba en torno a él como algún mosquito parlanchín—. Su vida también. Usted lo aprobó.
    —Trastornante, ¿verdad? Muy trastornante. Aunque yo confiaba fuertemente en el proceso de selección. Debo decir que encontré su burbuja encantadora en su extravagancia. No tan hábil, en realidad, como el Delphi. Quizás un poco estúpida. Sin embargo, era exactamente el tipo de cosa que conecta con la gente. ¿Está usted escuchando? No se me desvanezca aquí.
    —Quiero beber algo. —Wing apoyó su dedo en la consola del monitor para activarla. Cuando no ocurrió nada, escribió una D en el polvo de la pantalla y luego la borró, creando un borrón en ella—. Debería hacer limpiar esta habitación. Es asquerosa.

    Petropolus miró a su alrededor, con aspecto genuinamente sorprendido. —Quizá sí, quizá lo sea. Es la gente necesaria lo que me retiene, ¿sabe? No la quiero en esta habitación. No quiero a nadie. Sólo yo.

    Wing se sintió repelido. El hombre estaba más allá de la mera vanidad; utilizaba su riqueza y su poder para crear para sí mismo la ilusión de que no existía ningún otro individuo en el mundo excepto Solon Petropolus. Sólo un hombre rico podía permitirse estar tan completamente loco sin ser encerrado.

    Petropolus siguió hablando, sin darse cuenta del hecho de que Wing no le prestaba ninguna atención:

    —...he sido manipulado. Quizá. Pero lo volveré en provecho propio, espere y verá. Todo lo que se necesita hacer es satisfacer a ese mensajero, Ndavu. Le hago un favor, me lo debe. Entregarle a usted es un favor. ¿Comprende?

    De nuevo Ndavu.

    —Supongo que sí. —Wing se preguntó qué necesitaría para conseguir que Ndavu le dejara tranquilo—. Pero no estoy interesado.
    —No lo creo. —Petropolus tenía el aspecto de un solipsista que acabara de oír el sonido de alguien que rompía muebles en la habitación contigua—. Ni siquiera sabe lo que él quiere.

    Wing se encogió de hombros.

    — ¡La inmortalidad! —Petropolus se estaba desmoronando ante él; Wing sabía por experiencia propia lo frágiles que podían ser las ilusiones—. Ellos pueden hacerlo. Dejaré de estar atado a esta máquina. Y nunca moriré. Nunca.
    — ¿Y?
    —Y le proporcionaré a usted encargos..., puede hacer el resto de las Maravillas. Y la inmortalidad también. Haré que se la concedan. Hallaré una forma. Se lo prometo. —La piel de Petropolus era rosada; su pecho se alzaba y descendía—. ¿Desea alguna otra cosa? ¿Qué? Todo lo que tiene que hacer es ir a visitarle. Él me dijo que esto es todo lo que desea. Una pequeña charla. Dígame lo que quiere a cambio.
    —Usted no lo tiene. —Wing recogió su chaqueta.
    —Haré pedazos su estúpida burbuja. —Petropolus se retorció contra los collares IV, intentando conseguir que Wing le mirara—. ¿Me oye? Le demandaremos..., no volverá a trabajar nunca, en ninguna parte. Y, aunque lo haga, nadie se atreverá a firmar su seguro. ¡Espere y verá!

    Wing se detuvo en la puerta.

    —No moriré, ¿me oye? —la voz de Petropolus ascendió hasta un chillido—. ¡No por culpa de usted!
    —Gracias por todo. —Wing pasó la mano para limpiar la mugre de la cabeza del Buda—. Tendré que devolvérselo, de algún modo.


    6


    LA MISIÓN DE LOS MENSAJEROS en Portsmouth se extendía a lo largo de toda una manzana de la calle Court. Era un atroz amasijo de añadidos arquitectónicos pegados a la simple capilla neogótica que en su tiempo había sido la iglesia del Espíritu Santo. Había una rectoría victoriana, una achaparrada escuela parroquial de fachada de ladrillo construida en los años 1950, y un ecléctico auditorio que databa de la primera década de los 2000. Las fortunas de la congregación habían declinado desde entonces y el complejo había sido abandonado, eludiendo con éxito a los promotores locales hasta que los mensajeros compraron el edificio. Los iniciados de la primera misión del norte de Nueva Inglaterra le añadieron un garaje subterráneo para bicicletas, lavaron los manchados cristales, repararon los podridos tingladillos y plantaron una pantalla de árboles de la vida en tomo al auditorio, y pese a todo ello Wing pensaba que seguía siendo el edificio más horrible de Portsmouth.

    En los años inmediatamente después del primer contacto no se había producido ningún contacto en absoluto con las masas: todavía proseguían las complejas y secretas negociaciones entre los mensajeros y diversos intereses políticos e industriales. Una vez las negociaciones se encallaron, sin embargo, los alienígenas se habían trasladado rápidamente a misiones abiertas para la propagación del mensaje, al parecer un extraño guiso de materialismo tecnofílico y humildad pseudozen, endulzado por la promesa de la inmortalidad cibernética. La naturaleza exacta del mensaje era un secreto fuertemente guardado; los mensajeros ni confirmaban ni negaban los informes de aquellos pocos iniciados que abandonaban las misiones.

    Wing dudó ante la amplia escalinata de granito que conducía a la capilla; los escalones estaban resbaladizos a causa de una tormenta de hielo primaveral. La sal recién rociada fundía agujeros en el hielo, y había una pala apoyada contra una de las masivas puertas de roble. Eran las cinco y media de la mañana. Nadie dentro esperaría visitantes, lo cual le convenía a Wing: deseaba tomar a Ndavu por sorpresa. Pero cuanto más tiempo permanecía de pie allí, menos seguro se sentía de si iba a entrar. Contempló los once Apóstoles de piedra alineados en el tímpano. Diminutas llamas estilizadas danzaban sobre sus cabezas, representando el descenso del Espíritu Santo en el Pentecostés. No podía leer las expresiones de los Apóstoles: la lluvia ácida había emborronado sus rostros. Wing se sintió un poco emborronado él también. Rebuscó el frasco en el bolsillo de atrás. Dio un sorbo y sintió un nuevo valor mientras una llama de whisky danzaba garganta abajo. Se tambaleó hacia el interior de la iglesia..., retorcido a la buena y antigua manera y demasiado cansado para seguir huyendo de Ndavu.

    Mientras sus ojos se ajustaban a la semioscuridad, vio que se habían producido algunos cambios en la iconografía. Detrás del altar colgaba una enorme bandera roja con la Rueda de la Ley budista en el centro y las palabras «Mira dentro del sol» bordadas en hilo de oro debajo de ella. Un Siva danzante llenaba un nicho al lado de una estatua de Cristo Resucitado. Donde en su tiempo habían estado las Estaciones del Calvario había ahora bustos: Pitágoras, Platón, Lao—tzu. Otros cuyos nombres no reconoció eran identificados como cabalistas, gnósticos, sufíes y teosofistas..., fuera todo eso lo que fuese. Wing no había sabido qué esperar, pero en absoluto esto. Sin embargo, creía comprender lo que los mensajeros intentaban hacer. Los romanos habían sido rápidos en incluir los dioses de los pueblos sojuzgados a su panteón. ¿Y qué era la humanidad, sino un pueblo sojuzgado? Para eso había venido, pensó amargamente. Para reconocer que había sido derrotado. Ndavu le había forzado a esta entrevista.

    Una luz se encendió en la sacristía al lado del altar. Resonaron pasos por la vacía iglesia. Jim McCauley entró en la zona de luz de los candelabros y se dirigió al borde de la barandilla que separaba I altar.

    — ¿Hay alguien ahí?

    Wing avanzó tambaleante por el pasillo, sujetándose en los bancos para afirmarse. Se sentía tan vacío como la iglesia. Mientras se acercaba al altar vio que McCauley llevaba una bata de baño amarillo flojamente atada; su rostro estaba lleno de arrugas, como si acabara de levantarse de una cálida cama. ¿Con Daisy? Wing se dijo a sí mismo que aquello ya no importaba, que tenía que concentrarse en el plan que había descubierto hacía una hora en el fondo de una botella de escocés argentino: escuchar a Ndavu y luego decirle que se cayera muerto. Saludó a McCauley.

    El hombre apretó más fuertemente su bata de baño amarilla en torno a su cuerpo.

    — ¿Quién está ahí?

    Wing avanzó hasta la barandilla del altar y se sujetó a ella para evitar caer. —Phillip Wing, miembro del Instituto Norteamericano de Arquitectos. Estoy aquí para ver al escarabajo jefe. —McCauley le miró, inexpresivo—. Para usted, Ndavu.

    — ¿Acaso le espera, Phillip?

    Wing dejó escapar una risita que era casi un cacareo. —Espero que no.

    —Entiendo. —McCauley hizo un gesto hacia la puerta en el centro de la barandilla que daba acceso al altar—. Venga por aquí..., ¿necesita usted ayuda, Phillip?

    Como respuesta, Wing saltó por encima de la barandilla y pasó al otro lado. Uno de sus pies chocó contra ella, y cayó de bruces a los pies de McCauley. El escultor llevaba unas zapatillas de plástico amarillo que hacían juego con la bata.

    —Demonios, no. —Wing se puso en pie.

    McCauley le miró dubitativo y luego le condujo a través de la sacristía hasta un largo tramo de escalera. Mientras descendían, Peter Bornsten, el ayudante de camarero de la casa Piscataqua, apareció apresurado por una esquina y empezó a subir de dos en dos los escalones hacia ellos.

    —Peter —dijo McCauley—. Creí que estabas limpiando la escalinata delantera.

    Peter se inmovilizó. Wing nunca lo había visto así: llevaba un atuendo verde de conserje y la expresión desolada de un niño de ocho años culpable de algo.

    —Lo estaba haciendo, James, pero el hielo era demasiado duro, así que le eché sal y bajé a la cocina en busca de un poco de café. Tenía frío —dijo sin convicción. Miró brevemente a Wing con ojos furiosos, como si fuera culpa suya, y luego bajó la cabeza. El Peter Bornsten que Wing conocía era un joven y descuidado semental cuyos principales intereses eran los estimulantes y las camareras.
    —Ve a terminar la escalinata. — McCauley rozó la frente de Peter con su dedo medio—. La esencia no experimenta el frío, Peter.
    —Sí, James. —Inclinó la cabeza y pasó sinuosamente junto a ellos.

    Las zapatillas de McCauley golpearon el suelo mientras recorría lentamente el pasillo que cruzaba toda la longitud del sótano de la misión. Portales sin puertas se abrían a estancias llenas con camastros. Parecía como si hubiera alguien durmiendo en cada uno de ellos. Wing olió el aroma a levadura del vitabulk curándose mucho antes de que pasaran junto a una cocina donde tres cocineros vestidos de blanco estaban sentados ante una mesa en torno a cuatro tazas de café. Al extremo del pasillo unas puertas dobles se abrían a un auditorio atestado con mesas y sillas plegables. Una puerta a la derecha conducía a través de un corto tramo de escaleras a una amplia sala de conferencias por teleenlace y varias pequeñas oficinas privadas.

    McCauley fue a uno de los terminales de la mesa de conferencias y tecleó algo en él. Wing tenía un mal ángulo con respecto a la pantalla; todo lo que podía ver era el resplandor.

    —Phillip Wing —dijo McCauley, y la pantalla quedó de inmediato a oscuras. Wing se sentó al otro lado de la mesa y extrajo su frasco.
    — ¿Quiere un poco? —No hubo respuesta—. ¿Pertenece usted al comité de bienvenida?

    McCauley permaneció de pie. —Difundo el mensaje, Phillip.

    Alguna otra persona hubiera podido admirar la calma con la cual McCauley se estaba comportado; Wing deseó verle sudar.

    —Pensé que se suponía que era usted un artista. Tenía shows en Nueva York, Washington..., tenía en marcha una carrera.
    —Así era. —Se encogió de hombros—. Pero mis razones para trabajar estaban equivocadas. Demasiado ego, no suficiente esencia. Los mensajeros me mostraron lo trivial que es el arte.

    Wing no estaba dispuesto a dejarle salirse con aquello.

    —Quizá simplemente sea usted el trivial. Quizá no tenga el talento suficiente para hacer un arte que signifique algo. ¿Ha pensado alguna vez en ello?
    —Sí. —McCauley sonrió. Daisy entró en la habitación.

    Habían pasado veintiocho días desde que había visto por última vez a su esposa; Wing se sintió disgustado consigo mismo por saber la cifra con exactitud. Después de la fiesta había hecho todo lo posible por evitarla. Había trasladado su habitubo a un local barato cerca de la autopista y se había ido a vivir a él. Había intentado permanecer lejos de los áridos límites del Portsmouth de ella mientras se hundía en sus propios pantanos. Había reprogramado la puerta de la

    Contaduría para que no admitiera a nadie excepto a él y había cambiado su programa de trabajo, acudiendo allí sólo lo suficiente para mantener las apariencias. Nunca respondió a los mensajes que ella dejaba para él.

    — ¿Qué está haciendo ella aquí? —Wing sintió deseos de marcharse.
    —Creo que es mejor que te quedes a solas con 61, Daisy —dijo McCauley.
    — ¿Mejor para quién? —dijo Wing.
    —Para ella, por supuesto. Mira dentro del sol, Daisy. —Sí, James.
    —Phillip. —McCauley hizo una inclinación de cabeza y les dejó juntos a solas. —Mira dentro del sol. Mira dentro del sol. —Wing abrió el frasco—. ¿Qué demonios significa esto, de todos modos?
    —Es como un lema..., un proverbio. Toma tiempo explicarlo. —Parecía como si Daisy se hubiera arreglado apresuradamente para acudir: mechones de pelo le caían al azar sobre la frente, y el cuello de su ajustado traje estaba vuelto hacia arriba. Se acomodó al otro lado de la mesa y tamborileó con los dedos en un terminal, al tiempo que se arreglaba un poco el pelo, le miraba unos instantes y luego desviaba rápidamente la vista. Wing se dio cuenta de que ella tampoco deseaba estar allí y dio otro sorbo de su fiasco.
    —Entonces guarda tus secretos. ¿A quién le importa? He venido a ver a Ndavu.
    —No está aquí en estos momentos.
    —De acuerdo. —Wing echó hacia atrás la silla—. Entonces adiós. —No, por favor. —Ella pareció alarmada—. Ya viene. Pronto estará aquí. Querrá verte; te ha estado esperando.
    —Estupendo para él. —Wing pensó que Daisy tenía órdenes de retenerle allí; eso le daba una especie de poder sobre ella. Si lo deseaba, seguramente podría conducir aquel encuentro directamente a una de las fantasías de venganza que tan a menudo habían sido un pobre sustituto del sueño. No importaba lo que dijera, ella tendría que escuchar.
    — ¿Estás así a menudo? —preguntó ella.
    — ¿Y a ti qué demonios te importa? —Bebió y alzó el frasco—. ¿Tienes sed? —No has respondido a mis llamadas. —Cierto. —Agitó el frasco hacia ella. Daisy no se movió. —Sé lo que has estado haciendo.
    — ¿Qué es lo que estás deseando oír, Daisy? —Pronunciar su nombre lo desencadenó. La furia le golpeó como la primera oleada de una tormenta de anfetaminas—. ¿Que he pasado el último par de semanas retorcido y fuera de mí? ¿Que no puedo soportar el vivir sin ti? Bueno, olvídalo. Aunque fuera cierto, no te daría esa satisfacción.

    Ella permanecía sentada como una estatua, su rostro tan liso e invulnerable como la piedra, sus ojos ligeramente velados, como si estuviera meditando al mismo tiempo que fingía escucharle. Su furia se salió de control.

    —No lo mereces, ¿lo sabes? A veces me golpea directamente las entrañas, el pensar que alguna vez sentí algo por ti. Te measte en todo lo que yo pensaba que era importante en mi vida, y fui lo suficientemente estúpido como para sorprenderme cada vez que lo hacías. Mírate. Estoy sufriendo, y tú te sientas ahí como si hubieras sido tallada en maldito hielo. Y llamándolo buena educación, sin duda. Estupendo. Magnífico. Pero simplemente recuerda que cuando te mueras, maldita puta, no serás nada más que otro hediondo charco en el suelo.

    Entonces Wing vio la lágrima. Al principio ni siquiera estuvo seguro de que fuera de ella: su expresión no había cambiado. Quizás alguna tubería perdía un poco en el techo y goteaba sobre su rostro. La lágrima rodó por su mejilla y se secó cerca de la comisura de su boca. Una sola lágrima. Ella mantuvo su cabeza rígidamente erguida, mirándole. De pronto se sintió avergonzado.

    Se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza en sus manos. Sintió deseos de llorar también.

    —Ha sido duro —dijo. Se estremeció, inspiró profundamente—. Lo siento. — Deseó tender la mano por encima de la mesa y borrar con el dedo la huella que había dejado la lágrima, pero ella estaba demasiado lejos.

    Permanecieron sentados sin hablar. Imaginó que ella estaba pensando serenos pensamientos de los mensajeros; contempló la ruina de su matrimonio. Desde la fiesta Wing había esperado, en secreto, desesperadamente, que Daisy ofreciera en algún momento alguna explicación que él pudiera aceptar..., aunque no fuese cierta. Había esperado una reconciliación. Ahora, por primera vez, se daba cuenta de que era probable que no deseara una reconciliación. El silencio se tensó entre los dos. El teleenlace zumbó; Daisy tecleó algo.

    —Te verá en su oficina —dijo.

    En realidad Ndavu se hallaba en una astronave en órbita en torno a la Tierra. Explicó que lo que Wing estaba contemplando era un holofantasma, una imagen proyectada a través de una ventana de comunicación..., fuera eso lo que fuese. La sonrisa del mensajero le recordó a Wing la sonrisa que Leonardo le había proporcionado a su Juan el Bautista: misteriosa, irónica, extraña.

    —Nosotros, como ustedes dicen, no nos guardamos el mensaje para nosotros mismos. —La silla de ruedas de Ndavu parecía estar anclada a un enorme escritorio; en una esquina había un modelo de la Nube de Cristal, un hecho del que Wing se resintió inmediatamente—. Por el contrario, hemos abierto misiones por todo el mundo. Ayudaremos a todos aquellos que buscan iluminación. Seguro que comprende usted que sería irresponsable por nuestra parte diseminar una información de una importancia tan trascendente sin proporcionar la guía necesaria para su comprensión. —Ndavu siguió asintiendo como si intentara animar a Wing a asentir también y aceptar sus evasivas.

    Wing tenía la sensación de que Ndavu preferiría que él se arrellanara en el diván y pensara en lo afortunado que era de haber sido invitado a visitar una astronave..., el primer humano en conseguir ese honor. Pero Wing no terna intención de hacer nada de ello.

    —Entonces sigan manteniendo su maldito secreto... ¿Por qué no pueden simplemente entregarnos los planos de ese ordenador reencarnador y prestarnos las llaves de una astronave?
    —La tecnología es el punto crucial del mensaje, Phillip.

    Daisy estaba sentada al lado de Wing en un rígido silencio; se preguntó si no se sentiría celosa de que él fuera a efectuar el viaje.

    — ¿Va a ser reencarnada ella? —Wing deseaba romper su escudo; estaba empezando a irritarle. O quizás era simplemente que los efectos del alcohol empezaban a disiparse para dejar paso a un cegador dolor de cabeza—. ¿Es ésa la recompensa por unirse a ustedes?
    —El mensaje es su propia recompensa —dijo ella.
    — ¿No deseas ser reencarnada?
    —La esencia no lo desea. Reconoce el karma.
    — ¿La esencia? —Wing pudo sentir que una vena pulsaba justo encima de su ceja derecha.
    —Lo que puede ser reencarnado —dijo ella.
    —No hay respuestas fáciles, Phillip —indicó Ndavu.
    —No. —Agitó disgustado la cabeza—. ¿Tiene alguien una aspirina?

    Daisy fue a mirar.

    —Todo está interconectado —prosiguió el mensajero—. Por ejemplo, podría decirle que el deber de la inteligencia es resistirse a la entropía. ¿Cómo puede esperar usted comprenderme? Tendría que preguntar: ¿Qué es la inteligencia? ¿Qué es la entropía? ¿Cuánta puede resistirse? ¿Qué es un deber? Eso son preguntas que la mancomunidad de mensajeros ha necesitado siglos para responder.
    —Simplemente deme el curso acelerado. Daisy regresó con McCauley.
    —Lo que le pedimos —replicó Ndavu— no requiere que acepte usted nuestras creencias. Si buscara usted iluminación, entonces me sentiría complacido de guiarle, Phillip. Sin embargo, debería saber usted que no está en absoluto claro si es posible o no captar el mensaje en el transcurso de una vida humana. Apenas hemos empezado a estudiar su especie, todavía tenemos que medir su potencial.

    McCauley se situó de pie detrás del diván y aguardó discretamente a que Ndavu terminara de eludir la cuestión. Apoyó una mano en el hombro de Wing, como si fuera un viejo amigo que intentara intervenir en una conversación amistosa.

    —Disculpe, Phillip —dijo, y Wing recordó algo que había olvidado hacer antes. Algo que le había estado mordisqueando durante semanas. Ahora estaba lo suficientemente sobrio como para sentirse irritado, y el hijo de puta seguía llamándole por su nombre de pila.
    —Lo siento mucho, Phillip —dijo McCauley, con una educada sonrisa—, pero no usamos muchos fármacos aquí. De todos modos, si la desea realmente, podemos enviar a alguien...

    Wing saltó en pie del diván, se dio la vuelta, y golpeó al amante de su mujer en medio mismo de su sonrisa. Asombrado, McCauley recibió el puñetazo en pleno rostro, y Daisy dejó escapar un pequeño grito estrangulado. El escultor se tambaleó hacia atrás, con los puños apretados. Ndavu pareció desconcertado. Wing se volvió y golpeó el modelo de la Nube junto al mensajero. El fantasma de éste onduló y se distorsionó como un reflejo en un estanque. Una ventana pareció cerrarse sobre la alterada imagen, y el mensajero desapareció.

    —Está bien. —Se sentó y se frotó los nudillos—. Ahora me siento mucho mejor.

    McCauley se palpó el ensangrentado labio y luego se volvió y salió apresurado de la oficina. Daisy contemplaba con ojos muy abiertos el espacio vacío donde había estado el fantasma. Wing se arrellanó en el diván y —por primera vez en semanas— se echó a reír.


    7


    HARUMEN PODÍA DECIR cuándo Teaqua alzaba la pala; la gente se inclinaba hacia ella como semillas recién brotadas inclinándose al sol. La vista de Harumen del jardín quedaba bloqueada mientras merodeaba por el extremo más alejado de la multitud. Todo lo que veía eran las espaldas de la gente que se alzaba de puntillas y estiraba el cuello para captar un atisbo de su diosa. Los últimos llegados daban saltitos, llenos de frustración. Todos ellos habían visto su fantasma antes en el enlace, pero esto era diferente. Una posibilidad de ver a la diosa, en carne y hueso, trasplantando un árbol. Cavaba un agujero, y todos veían el espectáculo. Esto deprimía a Harumen porque le recordaba lo irreemplazable que era Teaqua. Era más que sólo un símbolo: la amaban.

    Por supuesto, este grupo era más bien tosco. En su mayor parte eran o bien renacidos recientes o temblorosos viejos que habían acudido a Mateag a ceder sus recuerdos e iniciar una nueva vida. Una dispersión de granjeros habían cruzado el río hasta la isla santa. El resto eran sacerdotes o pedantes, muchos más de los que hubieran acudido tan sólo unos pocos días antes. La noticia de que Teaqua había hecho las paces con su profeta se había difundido por todos los templos.

    Harumen dio un rodeo hasta donde un cordón de espadas protegía a Teaqua de la multitud. El jardín más allá de ellos era pequeño pero opulento. Estaba vallado por tres lados; el cuarto era una galería de mármol abierta al sol, el aire y los devotos. La zanja de irrigación estaba flanqueada con baldosas azules, y los cigüeñales del pozo eran de madera de tamarindo tallada. Un sendero ágata serpenteaba como un riachuelo enjoyado a través de extensiones de trigo mensajero, grupos de zarzamoras y montones de raíces de pan. Brillantes grupos de flores perfumaban el aire. No había malas hierbas, ni manchas de moho, ni tallos mordisqueados u hojas amarronadas. Nada era como un auténtico jardín, y sin embargo era exactamente lo que esa gente deseaba ver. No les importaba si Teaqua sólo visitaba aquel lugar una o dos veces al año. No constituía ninguna diferencia que hubiera una docena de desconocidos jardineros trabajando constantemente para mantener los planteles. La gente deseaba una visión de perfección, un sueño que les sostuviera mientras desherbaban sus propios campos de duro suelo. El genio de Teaqua era que siempre había comprendido las necesidades de su pueblo.

    Teaqua apoyó el pie en el filo de la pala, empujó, la clavó en el suelo, inclinó las rodillas y extrajo una pequeña cantidad de tierra del agujero. Clavar, inclinarse, extraer. Clavar, inclinarse, extraer. Había un ritmo fácil en su cavar; a Harumen le dio la impresión de una especie de danza. Ammagon permanecía de pie, inútil, detrás de la diosa, sujetando una horca de tres puntas y calentándose como una serpiente en el reflejo de su gloria.

    —Obsérvala ahora —le estaba diciendo un granjero con un sombrero de paja trenzada a un renacido con los ojos muy abiertos; Harumen escuchó subrepticiamente—. No malgasta ningún esfuerzo. Y no intenta extraer demasiada tierra de una sola vez. Puedes ver que está acostumbrada a usar la pala.

    El renacido estaba como hipnotizado. Teaqua cavaba metódicamente. El agujero tenía un metro de ancho.

    —Nació en una granja —dijo alguien detrás del renacido—. Conoce el trabajo. —No como el sacerdote —dijo el granjero.
    —Él tiene unas manos blandas —admitió el otro—. Todos las tienen.

    La pala de Teaqua resonó contra una piedra. En su primera vida, antes de encumbrarse a la grandeza, había crecido en una granja en la costa. Todo el mundo sabía esto; formaba parte de las verdades.

    —Bien, eso es una sorpresa. —Ndavu apareció detrás de Harumen y acarició su hombro—. ¿Desde cuándo has empezado a sentir interés en la horticultura?

    Ella restregó el lado de su rostro contra la mano de él.

    —Casi al mismo tiempo que él. —Hizo un gesto con la cabeza hacia el profeta—. En realidad te estaba buscando. ¿Vienes un momento conmigo? — Enlazó su brazo con el de él y lo alejó del jardín.

    Giraron hacia un camino de adoquines. En la distancia verdeazulada, al norte, estaban las propiedades del templo Kautama; medio kilómetro al sur, el templo Weekan se erguía de entre los campos como un risco de ladrillo. Harumen aguardó a que Ndavu dijera algo, ofreciera una explicación, alguna palabra de esperanza. Se cruzaron con un grupo de rezagados que se apresuraban a reunirse con la multitud. Cuando Ndavu les saludó con la mano, le respondieron de la misma forma. Engañaba de este modo a la mayoría de la gente; pocos se daban cuenta de que era un mensajero a menos que se lo dijeran.

    — ¿Vamos a alguna parte? —Ndavu se detuvo al lado de un banco de piedra a la sombra de un árbol maduro de polvo de oro—. Prometí a la diosa...
    —No comprendo lo que estás haciendo. — Harumen no podía seguir guardando para sí sus sentimientos. Se sentía traicionada por las dos personas a las que más amaba, Teaqua y Ndavu.

    El mensajero sacudió el polen amarillo del banco con la mano. —Creía que estaba bastante claro. —Se sentó.

    —No puedes dejar que él gane. Es un sacerdote.
    —Ammagon no es el problema; tú lo sabes. Teaqua nos ha pedido ayuda. Tenemos intención de proporcionársela.
    —Entonces, ¿habéis encontrado el mundo?
    — Hay un mundo a unos cinco parsecs de distancia, al parecer sembrado en el mismo barrido que Aseneshesh. En realidad es notable: las biologías son muy similares. Me gustaría saber cómo lo supo ella.

    Harumen le aguijoneó.

    —Chan acudió a ella en un sueño. —Sí —dijo Ndavu—. Es una teoría.
    — ¡Pero tú la estás animando!
    — ¿Quieres que mienta? Ya ha habido bastantes problemas entre nosotros. La mancomunidad tan sólo desea mantener buenas relaciones con este gobierno..., y el próximo.
    —Ammagon te odia, ¿sabes?
    —Deberíamos volver. —Ndavu se puso en pie—. Prometí decírselo a Teaqua tan pronto como recibiera la aprobación de tiempoarriba.
    —Está enferma, Ndavu —dijo Harumen—. No ha sido ella misma desde que dejó de compartir placer con nosotros. Duerme sola..., todo el tiempo ahora. Eso no es normal. —Harumen deseó decir lo que no necesitaba ser dicho: que Teaqua no era la única que dormía sola. Nadie había llamado a Harumen a la cama común desde que había tomado a Ndavu como amante. Incluso los eruditos tenían sus prejuicios—. Tienes que ayudarnos. —Ndavu echó a andar, pero Harumen se detuvo en mitad del camino, como si hubiera echado raíces allí—. Quiere deshacerlo todo. —Le estaba gritando a su espalda—. ¡Esto es una locura!

    Ndavu agitó la mano, sin volverse. Finalmente Harumen le alcanzó, sintiéndose ridícula.

    — ¿Qué vas a decirle?
    —Que iré a ese mundo por ella. —Ndavu actuaba como si no hubiera ocurrido nada—. Intentaré encontrar a alguien que construya su sepulcro.
    — ¿Vas a ir?
    — ¿Qué otra cosa sugieres? Además, he estado tiempoabajo aquí mucho más que cualquier otro mensajero..., demasiado.

    Allá delante Harumen pudo oír a los campesinos gritar su aprobación y luego guardar silencio. Otros dos estallidos en staccato y luego un prolongado grito. Probablemente Teaqua estaba dirigiendo unas cuantas palabras a la multitud.

    — ¿Así que simplemente vas a ir? —dijo amargamente Harumen—. No tiene sentido. ¿Crees realmente que Ammagon nos conducirá a la mancomunidad después de que Teaqua muera? Él quiere...

    Ndavu se detuvo y la sujetó por los hombros, le hizo dar la vuelta como si estuviera harto de sus quejas. La miró fijamente, como si la amenazara con los ojos. Como si aún tuviera que ser su amante.

    —Deberías escuchar si quieres comprender —dijo—. Son veintiún años en cada sentido, más el tiempo que se necesite para convencer a algún pobre estúpido de que venga aquí. Ésos son los hechos. Ni siquiera una diosa puede cambiar la relatividad. No puede ocurrir nada hasta que yo regrese. Nada está decidido.
    —Excepto que me abandonas.
    —Me iré de todos modos. —Ndavu exhibió su impaciencia—. Tengo que regresar. —La ceremonia había terminado y la multitud se dispersaba de la galería al camino. Ndavu y Harumen eran una isla en una corriente de fervor religioso—. Si Ammagon no confía en nosotros —prosiguió Ndavu—, si nos odia, como tú dices, ¿qué le hará al arquitecto que traiga de vuelta? Pese a que Teaqua se ha convencido a sí misma de que esa persona ha sido elegida por Chan. ¿Lo comprendes ahora? Tiene que ser la cuña que los separe.

    Harumen comprendía bastante bien. Todas sus lealtades habían sido cortadas bajo sus pies; estaba cayendo, y no había nada a lo que agarrarse. Podía notar cómo la gente se la quedaba mirando cuando chocaba con ella.

    — ¡Ndavu! —llamó Ammagon—. Por aquí. —El mensajero palmeó su hombro y luego la condujo más allá del cordón de espadas hacia donde estaba el profeta, mirando gozoso al joven árbol como si fuera un signo de Chan. A unos cuantos pasos de distancia, Teaqua estaba haciendo campaña para el apoyo de un grupo de sacerdotes locales.
    —Lamento haberme perdido la ceremonia —dijo Ndavu. Hizo una inclinación de cabeza, y Ammagon le imitó; se saludaron el uno al otro con la educada insinceridad de unos viejos enemigos en tregua. El profeta ignoró a Harumen—. Precisamente le estaba diciendo a Harumen que tendremos que sentarnos juntos debajo de este árbol cuando vuelva. —Ndavu se inclinó y pasó una mano por debajo de una hoja salpicada de oro para admirarla—. Espero que saque un buen provecho del tiempo que ha empleado.
    —Ella, siempre hace todo lo que puede por complacerle a usted. —La forma en que Ammagon dijo aquello le hizo sentir deseos de abofetearle. El profeta estaba exultante.

    Finalmente Teaqua consiguió librarse de los sacerdotes.

    —Ah, Teaqua. —Ndavu avanzó unos pasos para hacer el signo de súplica—. ¡Hay buenas noticias!


    8


    LOS MENSAJEROS HABÍAN HECHO UN TRABAJO CONCIENZUDO; la cabina de Wing era una copia exacta del interior del habitubo que él y Daisy habían arreglado a su modo durante los fines de semana una vez casados. Tan sólo lo habían usado dos veces: en sus vacaciones en la disneycúpula de Nueva Jersey y en el Gran Cañón. De alguna forma nunca podían hallar el tiempo necesario para una escapada. La cabina en la astronave tenía un convincente escritorio de roble con tapa corredera con un terminal de ordenador incorporado, una cama Murphy tamaño extra grande con un colchón de gel, y una de las extravagancias de Wing: una Silla 31 de Alvar Aalto, una de las obras maestras de madera laminada de Finn. El techo era una sola hoja de espejo plástico como el que Wing casi se había deslomado instalando. Al fondo había un horno microondas, un fregadero, un pequeño baño y un espejo encajado en una pared rodeado por baldosas coreanas que Daisy había tardado dos meses en reunir. Había diferencias, sin embargo. La gravedad era un 0,6 de la normal de la Tierra; Wing tuvo la sensación de que hubiera podido alzar el escritorio por encima de su cabeza si el techo hubiera sido lo bastante alto. El suelo no era de roble de lengüeta y ranura sino de alguna especie de cristal transparente; debajo de él pasaban las montañas Zagros, con su aspecto de arrugada piel de elefante. Y Daisy dormía en la puerta de al lado.

    Wing contempló como un hombre ciego los turbulentos bajíos turquesa que bordeaban el golfo Pérsico; la detallada información de Ndavu había convertido su sentido de la maravilla en piedra. Ahora sabía acerca de un planeta llamado Aseneshesh todo lo que un ser humano podía absorber en cuarenta y ocho horas sin volverse loco. Cuando cerró los ojos pudo ver a los alienígenas que Ndavu llamaba los chani. Wing los había descrito a Daisy como contoneantes monos que hubieran sido estirados en el potro y con dientes rosados, enormes rostros y melenas que hacían que sus cabezas parecieran imposiblemente pesadas. En absoluto una visión escapada de una pesadilla, pero sí profundamente inquietantes..., tanto por sus similitudes con el Homo sapiens como por sus diferencias.

    Sabía algo de su historia. Cuando los glaciares amenazaron con aplastar su civilización, la mayoría de los chani abandonaron Aseneshesh. Algo les ocurrió a los pocos que quedaron atrás, algo que los mensajeros aún no habían terminado de explicarse. Aunque se sumieron en la barbarie, aquellas criaturas empezaron a evolucionar a un ritmo acelerado. Algo les empujaba hacia una inmortalidad biológica totalmente distinta a la reencarnación de los mensajeros, basada en la mecánica. Con sus ciudades sepultadas y sus máquinas más allá de toda posible reparación, se habían reunido en torno a los humeantes fuegos y habían descubierto dentro de sí mismos los medios de intervenir en el proceso de envejecimiento por la simple fuerza mental, inclinando el delicado equilibrio entre anabolismo y catabolismo. A eso lo llamaban la absolución. Con sus pecados perdonados y sus células renovadas, los chani podían vivir muchas vidas en un solo cuerpo, reteniendo sólo unos cuantos recuerdos de uno a otro ciclo. Lo que irritaba a los materialistas mensajeros era que la absolución era el rito central de una religión basada en la adoración al sol. Mirad dentro del sol, habían declarado los florecientes residuos de la antigua civilización a los asombrados equipos de exploración, siglos después de haber sido abandonados. Mirad dentro del sol y vivid de nuevo.

    Los mensajeros no podían aceptar la absolución como un don divino de la 82 del Erídano, una estrella de clase G5 en pleno apogeo. Sin embargo, puesto que codiciaban los mecanismos biológicos activados por el rito, aceptaron algunos de los jaeces de la religión chani. Cuando las delta globulinas derivadas de la sangre chani demostraron ser beneficiosas a un cierto número de especies mensajeras, el suero del rejuvenecimiento se convirtió en un bien valioso. La codicia dio rápidamente como resultado una guerra devastadora por el control de la provisión de sangre. La victoria de la diosa Teaqua la convirtió por un breve tiempo en el ser más poderoso de la mancomunidad. Sin embargo, los mensajeros aprendieron pronto a sintetizar las globulinas, y la historia volvió a pasar más allá de los chani y su teocracia. La diosa siguió gobernando a su atrasado, y ahora profundamente xenofóbico, pueblo. La suya era una cultura orgullosa— mente estática, ni en la mancomunidad ni fuera de ella. Teaqua había renacido al menos una docena de veces; era el ser sintiente más viejo conocido por los mensajeros. Pero ahora había decidido morir.

    —Quiere una tumba, Phillip, y afirma que Chan le dijo que un humano la construiría. —Ndavu había abandonado su silla de ruedas en la baja gravedad de la astronave. Mientras hablaba, caminó cuidadosamente de un lado para otro de la cabina de Wing, como un hombre descalzo vigilando la posible existencia de cristales rotos—. Usted la diseñará y supervisará su construcción.
    —Pero, si son inmortales...
    —No; finalmente todo ellos eligen la muerte por encima de la absolución. Creemos que existen límites físicos relacionados con la capacidad de almacenamiento de sus cerebros. Dicen que el peso de los recuerdos de sus vidas pasadas se hace demasiado pesado de soportar. Piense en ello, Phillip: una tumba para una diosa. ¿Ha tenido nunca algún arquitecto una oportunidad así con la que compararse? Este encargo es más importante que cualquier cosa que la Siete Maravillas o cualquiera en la Tierra puedan ofrecerle. Posee implicaciones históricas. Puede ayudar a conducir a su mundo hasta la mancomunidad.
    —Pero, ¿por qué yo? Tiene que haber miles que saltarían con los brazos abiertos a esta oportunidad.
    —Desgraciadamente, sólo hay un puñado. —El mensajero frunció el ceño y consideró aquello—. Seré franco con usted, Phillip; no hay forma de evitar los efectos relativistas del tiempoarriba. Efectuará usted un viaje en una sola dirección, al futuro. Lo que usted experimentará será un viaje de unas cuantas semanas de duración en esta nave, pero que tomará décadas tiempoabajo, en la Tierra. Pueden transcurrir cincuenta años o más antes de su regreso. No hay forma alguna en la que podamos predecir qué cambios ocurrirán. Debe comprender usted que el mundo al que regresará podrá parecerle tan alienígena como Aseneshesh. —Hizo una pausa sólo el tiempo suficiente para asustar a Wing—. Sin embargo, regresará usted convertido en un héroe. Mientras esté fuera, su nombre será recordado y reverenciado; nosotros nos ocuparemos de que se convierta usted en una leyenda. Su trabajo influenciará a una generación de artistas; los niños estudiarán su vida en las escuelas. También se hará rico, si lo desea.
    — ¿Y me está diciendo usted que nadie más puede hacerlo? ¿Absolutamente nadie?
    —Se requiere un cierto perfil de personalidad. El candidato tiene que ser capaz de sobrevivir a dos estresantes transiciones culturales con las facultades intactas. Su historia personal indica que posee usted la elasticidad necesaria. El talento es también otra cualificación.

    Wing rio burlonamente.

    —Pero no tan importante como ser un solitario sin nada que perder.
    —No acepto esta caracterización. —Ndavu se acomodó como pudo en la silla Aalto; no encajaba en ella—. El hecho, Phillip, es que ya hemos sido rechazados una vez. Si usted no acepta, pasaremos al siguiente de la lista. Tiene que saber, sin embargo, que el tiempo se está acabando y que es usted el último de nuestros primeros candidatos. Los demás no tienen ni su habilidad ni su valor.

    Valor. La palabra hizo que Wing se sintiera incómodo; no se consideraba a sí mismo como un hombre valiente.

    —Lo que aún no comprendo —dijo— es por qué necesitan a un humano. Construyan esa tumba ustedes mismos, si es tan malditamente importante.
    —Preferiríamos hacerlo. Sin embargo, Teaqua insiste en que sólo un humano puede hacer lo que ella dice que Chan quiere.
    —Eso es absurdo.
    —Por supuesto que es absurdo. —Ndavu no hizo ningún esfuerzo por ocultar su desdén—. Estamos hablando de unos cincuenta millones de seres inteligentes que creen que la estrella local se preocupa por ellos. Estamos hablando de una criatura de carne y hueso que cree que se ha convertido en un dios. Uno no puede aplicar las reglas de la lógica a la superstición.
    —Pero, ¿cómo llegó a saber de la existencia de los humanos? —Sospechamos que obtuvo la información de nosotros. En la cúspide del comercio de sangre, nos vimos obligados a garantizar su acceso sin supervisión a nuestros registros. Por supuesto, ella afirma que fue Chan quien se lo dijo.
    —Esto es una locura. —Wing agitó la cabeza—. No puedo creer que esté escuchando esto.
    —Tómese su tiempo para pensar. —Ndavu se puso en pie, cruzó la cabina con paso arrastrado y tendió su mano. Wing se la estrechó con cuidado—. Tiene usted cualidades, Phillip. Es ambicioso e impaciente con el malgasto de sus talentos. La primera vez que le vi supe que era la persona que necesitábamos.

    Ahora Wing estaba solo con una embriagadora visión de la Tierra, intentando separar hechos de sensaciones, luchando con sus dudas. Era cierto: cada vez se había sentido más incómodo con su trabajo. Ni siquiera la Nube de Cristal había sido todo lo que había esperado que sería. Una tumba para una diosa. Era demasiado, demasiado fantástico. Pensar en ello hacía que el propio Wing se sintiera irreal. Allá estaba, sentado, con la Tierra a sus pies, contemplando el manantial de la civilización como algún antiguo y meditativo dios. Una leyenda. Pensó que, si estuviera en casa, podría ver más claramente su camino. Excepto que ya no estaría más en casa, o al menos ya nunca más podría volver a la casa Piscataqua. El pensamiento era deprimente; ¿no había realmente nada que le retuviera? Se preguntó si Ndavu le habría traído a la astronave para alimentar su sensación de irrealidad, para cortarle el contacto con la tranquilizadora seguridad de lo mundano. Nunca hubiera sido capaz de tomarse en serio esa charla de dioses y leyendas si hubiera estado sentado en su escritorio en la Contaduría, con la planta de caucho acumulando polvo cerca de la ventana y su diploma de Yale colgado al lado de San Juan el Bautista. Wing podía ver al Bautista sonriendo como un mensajero mientras señalaba al cielo..., ¿a las estrellas? Un viaje en una sola dirección. Así que Ndavu pensaba que era lo bastante valiente como para ir. Pero, ¿era lo bastante valiente como para quedarse? ¿Rechazar un proyecto así y vivir con esa decisión durante todo el resto de su vida? Wing temía aceptar porque no tenía ninguna otra cosa que hacer. Sería un exiliado, se convertiría en un alienígena. Wing nunca había estado antes en el espacio. Quizá por eso lo había traído Ndavu aquí para hacerle la oferta. Para que el vacío del espacio pudiera hablarle del vacío y la Maldad que crecían dentro de él.

    Se puso en pie, salió rápidamente de la cabina. Necesitó un momento para orientarse, luego cruzó el pozo de gravedad hasta la siguiente plataforma. Había un elaborado panel de acceso con lector de huellas digitales y un analizador de voz y un teclado numérico y un escáner; llamó.

    Daisy abrió la puerta. Su habitación exhaló suavemente y ella se apartó el pelo del rostro. Llevaba el mismo vestido ajustado color barro; no pudo evitar pensar en todos los hermosos trajes que colgaban en su armario en la casa Piscataqua.

    —Entra. —Se apartó a un lado, y él entró. La puerta se cerró a sus espaldas. Se sorprendió de nuevo ante la forma en que la cabina de ella duplicaba la suya. Ella le observó solemnemente. Él se preguntó si sonreía alguna vez cuando estaba sola.
    —No quiero hablar de ello —dijo, respondiendo a la pregunta no formulada— Ni siquiera quiero pensar en ello. Simplemente desearía que él se fuera. —Se sentó en la silla.
    —No lo hará.

    Se mostraba casi tan comprensiva como una pared de cemento; se preguntó por qué Ndavu la había traído también. —Me iría bien una copa.

    — ¿De qué querías hablar? —Ella se reclinó contra el escritorio y le miró. —De nada. No lo sé. —Wing se sintió torpe intentando hablar con ella: era como si hubiera un reloj tictaqueando en alguna parte tras sus ojos—. Nunca te dije que fue una fiesta estupenda. Los perritos calientes estuvieron sensacionales. Ella bufó.
    —El atractivo de lo esnob tuvo algo que ver con ello, ¿no crees? Estoy segura de que a la mayoría les encanta el vitabulk. Pero tienen que alabar todo lo natural o de otra manera la gente pensará que no tienen gusto. En la misión hemos estado comiendo la cochura pura y simple, y nadie se queja. Al cabo de un tiempo lo natural empieza a parecer un poco decadente..., o al menos una pérdida de tiempo. —La esencia no puede saber a mostaza, ¿eh? Antes de Ndavu, ella hubiera detectado quizá la ironía de su voz y se hubiera irritado ante ella; ahora se limitó a asentir. —Exacto.
    —Pero, ¿qué es la esencia? ¿Cómo puede algo que no pueda saber a mostaza, que ni siquiera posee un cuerpo, ser tú?
    —La esencia es esa parte de la mente que puede ser reproducida por medios artificiales —dijo ella, con rapidez catequista.
    — ¿Y eso es lo que quieres para cuando mueras, ver tu personalidad borrada, tus memorias resumidas y editadas y reeditadas hasta que todo lo que eres sea tan sólo una colección de titulares acerca de ti misma almacenados en un ordenador? —Agitó la cabeza—. Suena como un triste sustituto del cielo. —Pero el cielo es un mito.
    —De acuerdo —dijo él, intentando igualar su calma pero sin conseguirlo por completo—. Pero no puedo evitar el observar que los mensajeros no tienen prisa en hacer que se extraigan sus esencias. Utilizan esta cosa que consiguieron de los chani para mantenerse vivos durante tanto tiempo como pueden. ¿Por qué? Y, puesto que no han obtenido una explicación para este truco de la absolución que hacen los chani, ¿cómo saben que el cielo es un mito?
    —Nada es perfecto, Phil. —Se sintió sorprendido al oírla admitirlo—. Esa es la parte más difícil del mensaje. No podemos reclamar la perfección; sólo podemos aspirar a ella.
    — ¿Has pasado mucho tiempo en la misión? —Esa es una pregunta estúpida. —Su rostro se endureció—. Pero supongo que puedo esperar... —Tragó el resto de la frase, dio la impresión de que se atragantaba con él.

    Wing estaba confuso; no había intentado irritarla. Era solamente algo que decir.

    — ¿Qué? —Se levantó de la silla y la sujetó por los hombros—. Sigue, Daisy. Puedes decírmelo.
    —Sé que puedo decírtelo. Pero tú no lo entenderías. —Se soltó, y Wing dejó caer las manos—. Resulta demasiado duro hablar contigo de esto.
    — ¿Por qué?
    —Ni siquiera tendrías que pensarlo. —Sonaba amarga—. ¿Por qué te ofrece a ti esta oportunidad? Ni siquiera has aceptado ningún compromiso hacia el mensaje. Si él me lo preguntara, si se lo preguntara a cualquiera de nosotros en la misión... —Su máscara de indiferencia resbaló, revelando una pasión que Wing nunca había visto antes. Ella creía, y ninguna otra cosa importaba—. Lo siento. —Su voz sonó muy pequeña.
    —Está bien. Yo también lo siento.

    Ella fue al fregadero, se echó agua al rostro, y dejó que sus emociones se fueran por el desagüe. Su piel era rosada cuando se volvió de nuevo para enfrentarse a él. Pero la máscara volvía a estar en su lugar.

    —Así que vas —dijo él.

    Ella se sentó en la cama y asintió.

    — ¿Y qué pasa con la casa Piscataqua? ¿Quién se ocupará del albergue? El rostro de ella permaneció inexpresivo durante unos instantes, como si intentara recordar algo que no era muy importante.
    —Supongo que el albergue puede ocuparse de sí mismo. Bechet sabe qué hacer. —Frunció el ceño—. El negocio es ruinoso, ¿sabes?
    —No, no lo sabía.
    —Hemos estado en números rojos desde hace más de un año. Nadie va a ninguna parte en nuestros días. —Tiró de una arruga en la pernera de su vestido—. He estado pensando en venderlo, o quizás incluso simplemente cerrarlo.

    Wing se sintió impresionado.

    —Nunca me dijiste que tuvieras problemas.

    Ella miró por unos instantes a través del suelo. La rotación de la astronave les presentaba ahora una visión del brumoso borde azul de la atmósfera de la Tierra contra la negrura salpicada de estrellas.

    —No —dijo al fin—. Quizá no lo hice. Al principio pensé que la Nube podría hacer cambiar las cosas. Traer más turistas a New Hampshire, a Portsmouth..., al albergue, para verte. Ndavu ofreció un préstamo para que siguiera abierto. Pero ahora ya no importa demasiado.
    — ¡Ndavu! —Wing se puso en pie y empezó a pasear su furia arriba y abajo— Siempre Ndavu. Nos ha manipulado para conseguir lo que quería. Tienes que verlo.
    —Por supuesto que lo veo. Tú eres el que no lo ve. No es lo que él quiere lo que está intentando conseguir. Es lo necesario. —Se inclinó hacia delante, como si quisiera detenerle y hacer que escuchara. Él se echó hacia atrás—. Ha alterado docenas de vidas sólo para traerte aquí. Si tú le hubieras dado alguna oportunidad, nada de esto hubiera ocurrido. Pero tú estabas lleno de prejuicios contra él o simplemente eras testarudo..., no sé lo que eras. —Sus ojos brillaban—. ¿Todavía no te has dado cuenta? El deseaba que yo me enamorara de Jim McCauley.

    Wing la miró lleno de silencioso horror.

    —Y tenía razón en lo que hizo; Jim ha sido bueno para mí. No está obsesionado con él mismo y sus proyectos y su carrera. Halla el tiempo para escuchar. Para estar ahí cuando yo le necesito.
    — ¡Yo estaba ahí! Todo lo que tenías que hacer era pedir. —Tuvo la sensación de que golpeaba a alguien..., pero sólo era a sí mismo—. ¿Dejaste que ese alienígena te utilizara para conseguirme?
    —Por aquel entonces no sabía que lo estuviera haciendo. No sabía lo suficiente acerca del mensaje como para apreciar por qué él tenía que hacerlo. Pero ahora me alegro. Yo hubiera sido tan sólo otra razón para que le rechazaras. Es importante que vayas a Aseneshesh. Es la cosa más importante que harás nunca.
    —Es tan importante porque su primera elección le rechazó, ¿verdad? Yo también debería hacerlo. Sólo porque encajo en algún maldito perfil de personalidad...
    —Él lo dijo de, esta forma solamente porque todavía no has aceptado el mensaje. Él no es sólo algún tipo de teleenlace psíquico, Phil, él comprende tu esencia. Él sabe que necesitas crecer para alcanzar la realización. Él sabía cuándo te lo pidió que tú aceptarías.

    Wing se sintió mareado.

    —Si me marcho con él y voy tiempoarriba o como sea que él lo llama, viajando a la velocidad de la luz..., no volveré a verte nunca. Tú te quedarás aquí tiempoabajo. Serás vieja, puede que incluso mueras antes de que yo regrese. ¿No significa eso nada para ti?
    —Significa que siempre te echaré en falta. —Su voz era llana, como si estuviera hablando de una toalla robada del albergue.

    Él se dejó caer de rodillas frente a ella, tomó sus manos.

    —Significas tanto para mí, Daisy. Todavía lo significas, después de todo lo ocurrido. —Habló sin esperanzas, sin embargo se sentía impulsado a decirlo—. Lo único que deseo es que todo vuelva a la forma en que era antes. ¿Lo recuerdas? Sé que lo recuerdas.
    —Recuerdo que éramos dos personas solitarias, Phil. No podíamos damos el uno al otro lo que necesitábamos. —Hizo que él la soltara y luego le pasó la mano por el pelo—. Recuerdo que yo no era feliz. —A veces, cuando estaban solos, leyendo o contemplando el teleenlace, ella le rascaba la cabeza. Ahora cayó ausentemente en el viejo hábito. Aunque sabía que la había perdido, él sintió consuelo con ello.
    —Siempre tuve miedo de ser feliz. —Wing descansó la cabeza en el regazo de ella—. Tenía la sensación como si no mereciera ser feliz.

    Las estrellas brillaban hacia ellos desde abajo con una antigua y despiadada luz. Ndavu había hecho un trabajo concienzudo, pensó Wing. Me ha dado buenas razones para ir, razones suficientes para no quedarme. Los mensajeros no eran nada si no eran concienzudos.


    9


    LOS TELECAMPOS DE LA VENTANA DE COMUNICACIÓN de Teaqua estaban fijos en Ammagon como cinco ojos que no parpadeaban. Se agitó bajo su ruda mirada; hubiera preferido tener a un sacerdote —o incluso a un erudito— apuntándolos. Pero el equipo había sido reemplazado por máquinas inteligentes. Sólo a los mensajeros se les ocurriría darle a una máquina una mente. Se preguntó qué pensaría la ventana de comunicación de él, si supiera cómo la odiaba.

    En la ventana, la jefa de la ciudad minera de Netasu se estaba quejando. Todos los depósitos cercanos de mena del tremedal estaban agotados. Lo que deseaba era importar parcialmente eflorescencias refinadas de hierro de río arriba y entrenar a los herreros locales a terminarlas. ¡Toda una aldea deseaba cambiar de la minería a la herrería! Eso podía desencadenar un caos económico costa abajo.

    — ¿Y cuándo oigan de esto en Kunish y Uncamish? —El profeta deseó poder meter las manos por la ventana y agarrar a la testaruda jefa—. Todos caerán sobre mí. —Meterle algo de buen sentido en su cabeza.
    —Mi gente no puede comer escoria de hierro. —Queremos trabajar. Eso es todo.

    Chiskat se deslizó en la habitación y se aplastó contra la pared para no atraer a los telecampos enfocados en Ammagon. El profeta necesitó unos segundos para centrarse. Incluso después de todos aquellos años, todavía no se había acostumbrado a estar en dos partes a la vez. Chiskat estaba aquí. La jefa — Ammagon había olvidado ya su nombre— estaba en realidad a centenares de kilómetros al norte. Y Ammagon..., a veces ya no estaba seguro de dónde estaba exactamente. La habitación se estaba caldeando. Podía oler su propio sudor.

    —Espera un momento. —Aunque le hizo signo a la jefa de que se callara, ella siguió discutiendo su caso. Ammagon no le prestó atención. Chiskat moduló palabras en silencio; él intentó leer sus labios. Algo acerca de espesar. O esperar. Todos estaban esperando, pensó Ammagon. Hizo seña a Chiskat de que ya casi había terminado.
    —No está escuchando. —La jefa se inclinó hacia la ventana, como si pudiera atraer más su atención acercándose.
    —No. —Él se echó hacia atrás y la miró con su mueca más seria—. Ya he escuchado demasiado. Entiendo el problema. Me temo que algunos de vosotros tendréis que marcharos y hallar trabajo como mineros más arriba en las montañas. Haré lo que pueda por el resto. Volveré a ponerme en contacto contigo cuando decida. —Cortó el enlace. Lo que la jefa deseaba era un milagro. Ammagon hacía tiempo que había dejado de creer en ellos.
    —Tendría que apresurarse —dijo Chiskat—. Llevan ya a la mesa cerca de una hora.
    — ¿Quiénes?
    —Hoy come con los eruditos. —No si puedo evitarlo.
    —Quieren hablar acerca de construir nuevas galerías en Quaquonikeesak. —No hay nada que decir.
    —Teaqua les vio ayer. Dijo lo que pensaba al respecto.
    — ¡Entonces que coma ella con ellos! —Ammagon dio un tirón a su melena— ¿Está allí Harumen?

    Chiskat apretó su puño. No respondió.

    —Probablemente retorciéndose también —dijo Ammagon—. Vamos a tener que ayudar a esos mineros en Netasu, ¿sabes? No pueden comer escoria de hierro. Y son demasiados, Chiskat. El mundo se está volviendo demasiado pequeño para todos nosotros. Estoy intentando mantener las cosas unidas, pero todo cambia demasiado aprisa. Y Teaqua no es de ninguna ayuda..., de ninguna en absoluto. Yo nunca pedí gobernar. No es lo mío; yo soy sacerdote. Si ella quiere dar órdenes, estupendo. Dejemos que venga aquí y les diga a los mineros que empaqueten sus cosas y abandonen sus hogares. Dejemos que...

    Chiskat tenía una educada pero extraña expresión en su rostro, como si el profeta se hubiera puesto a hablar en algún idioma ininteligible de la Edad Cálida. Ella era leal tanto a Teaqua como a Ammagon; las diatribas del profeta contra la diosa la azaraban. A veces el propio Ammagon se sentía azarado también, pero tenía razones para estar furioso. Teaqua estaba perdiendo su batalla con el tiempo. Se negaba a ceder el poder mientras se tambaleaba hacia el final de su vida, sin embargo su creciente fragilidad la dejaba a menudo incapaz de gobernar. La teocracia se estaba hundiendo. Sin embargo, no era culpa de Chiskat.

    —Diles que coman sin mí. —Ammagon apoyó una mano en su hombro mientras salían de la habitación—. Necesito estar a solas por un tiempo. Me reuniré con ellos más tarde. —Se dirigió hacia su dormitorio—. Diles que estoy rezando..., eso les dará algo de lo que burlarse.

    El dormitorio estaba vacío, aunque los aromas de sus amantes flotaban aún agradablemente. Ammagon abrió su arcón, tomó una túnica ligera y se la puso. Se postró en la alfombra de rezos frente a la ventana y apoyó la mejilla contra ella, extendiendo los dedos, girando los pies hacia fuera. La posición de plegaria ya no resultaba tan fácil de adoptar como lo había sido antes. Se apretó contra el suelo, aplastó sus músculos, se hizo más pequeño a la vista del dios. Por supuesto, era la tarde, y Chan hacía rato que había girado su rostro del mundo. Pero, incluso durante el día, allá en la ciudad de los eruditos, las nubes ocultaban normalmente el sol. Ammagon estaba convencido que era por eso por lo que la ciudad era la capital del ateísmo.

    Ammagon intentó rezar, abrirse al dios. Buscó el hermoso punto azul que en su tiempo había ardido dentro de él, pero no pudo encontrarlo. Prestó oído al susurro de Chan, pero sólo oyó el jadeo de su propia respiración. Durante años se había ido haciendo cada vez más difícil rezar. Se necesitaba una simplicidad que Ammagon había perdido. Su vida era demasiado complicada; sabía demasiado. Pese a todos sus esfuerzos el cambio estaba en todas partes..., incluso en él. Cuando Teaqua lo había traído de vuelta a la corte y le había nombrado su sucesor, Ammagon había hecho planes para un regreso a los antiguos caminos. Los caminos de Chan. Iba a dispersar a los eruditos. Recortar el uso de los enlaces. Reforzar la cuarentena de los mensajeros. No se había hecho nada. Teaqua le había detenido a cada paso..., todo en nombre de mantener la paz y la estabilidad. Sin embargo, la estabilidad era una ilusión.

    — ¡Chan, escúchame! —Ammagon sabía que no tenía que ver a Chan, que Chan estaba dentro de él. Dentro de todos ellos, incluso de los eruditos. Sabía que probablemente estaban burlándose de él escaleras abajo. Era más fácil imaginar sus voces que oír los susurros de Chan. Y las cosas sólo se pondrían peor, de esto Ammagon estaba seguro. Veintiún años..., habían transcurrido veintiún años desde que se marchara el mensajero. Quizás había alcanzado su destino y estaba ya fuera de los asuntos de Teaqua. Ammagon no estaba seguro. Era algo que tenía que ver con la velocidad de la luz. El profeta no comprendía la velocidad de la luz: una idea atea. La luz no se movía; era.

    Empezó a dolerle la pierna. El frío del suelo de piedra se había infiltrado a través de la alfombra y ahora aferraba su rodilla como un tornillo. Estaba cansado de aguardar la vuelta del mensajero, de aguardar a que Teaqua muriera, de aguardar a poder empezar de nuevo la historia de su pueblo. Cansado de aguardar sus susurros.

    —Apresúrate —rezó. Era una conversación en un solo sentido, pero era lo mejor que podía hacer. Ammagon rezaba por Teaqua. Por el éxito de Ndavu. Que fuera pronto—. Pronto. —Rezó pese al terrible silencio en su cabeza. Chan era luz; Ammagon sabía que el dios podía concederle su súplica.

    Intentó imaginar de nuevo la velocidad de la luz. Se preguntó si era tan rápida como la velocidad de la plegaria.


    10


    WING SOÑABA CON SU PADRE. En el sueño, su padre estaba dormido en la cama Murphy de su habitubo. Wing acababa de regresar de un desfile en su honor como el primer humano en ir a las estrellas, y se sentía furioso de que su padre no hubiera estado allí. Wing lo sacudió, le dijo que despertara. Su padre le miró con sus reumáticos y desamparados ojos y Wing observó lo frágil que era. Le recordó a Petropolus. Mírame, le dijo Wing al viejo, he hecho algo que ha sido mucho más difícil que lo que tú hiciste. No solamente abandoné mi país, sino que abandoné el planeta, mi época, todo. Y me ajusté. Fui fuerte y sobreviví. Su padre sonrió como un mensajero. Te gusta dramatizar, dijo el viejo. Crees que eres el héroe de tu historia. Su padre empezó a arrugarse, a empequeñecerse. Pero sobrevivir toma mucho tiempo, dijo, y luego no fue nada más que un punto húmedo sobre la sábana y Wing estuvo solo.

    El teleenlace sonó y despertó a Wing con un sobresalto. Se maldijo como un idiota—, había olvidado conectar el programa filtro. El ordenador encendió las luces de su habitubo mientras él subía la persiana de su escritorio y pulsaba retorno. Estaba en casa.

    —Aquí Phillip Wing. ¿Diga?
    — ¿Señor Wing? ¿Phillip Wing? Aquí Hubert Field; pertenezco a la oficina de Boston de Infoline. ¿Puede usted decirme qué está ocurriendo ahí?
    —Sí. —Wing pulsó una tecla y abrió una ventana en su monitor. Pudo ver los tejados de Portsmouth contra un horizonte del color de los ojos de un gato azul; la línea de estado del ordenador decía que eran las 5:24 A.M. —. Estoy sentado aquí completamente desnudo, después de haber sido despertado bruscamente por su llamada, y me estoy preguntando por qué hablo con usted. —El tirón de la gravedad de la Tierra le había dejado rígido e irritable.

    Field sonó imperturbable; Wing no podía recordar si le había entrevistado alguna vez antes.

    —Hemos tenido confirmación de dos fuentes distintas de que el mensajero Ndavu le ha ofrecido a usted un encargo que requeriría que viajase a otro planeta. ¿Tiene algo que comentar al respecto?
    —Todo lo que puedo decir es que hemos estado hablando de un proyecto.
    — ¿Sobre otro planeta?

    Wing bostezó.

    —También hemos recibido informes de que viajó usted a la astronave del mensajero, lo cual le convierte en el primer humano en hacerlo. ¿Puede describirnos la nave?

    Silencio.

    — ¿Señor Wing? ¿Puede al menos decirme cuándo abandonará usted la Tierra?
    —No.
    — ¿No puede decírnoslo?
    —Todavía no he decidido qué voy a hacer. Ahora voy a colgar. Asegúrese de poner dos 1 en Phillip.
    — ¿Le veremos en las ceremonias de hoy?

    Wing cortó la comunicación. Antes de que pudiera volver a la cama el ordenador empezó a hacer sonar su despertador del jueves por la mañana: el minueto de la Suite número 1 de Handel Música acuática. Eran las 5:30; hoy era la inauguración de la Nube de Cristal.

    Dobló el colchón de gel con sus mantas y sábanas en la pared del habitubo. La mayor parte de su ropa estaba esparcida en montones sobre el suelo de roble, pero Daisy le había traído un traje Mazzini de seda gris para la ocasión que colgaba todavía en su bolsa del perchero de las toallas. Dos veces se lo había devuelto; ella se lo había enviado de nuevo tres veces. Se lo probó: un poco suelto en la cintura. Daisy no se había dado cuenta de que había perdido peso desde que se había ido.

    Wing caminó vivamente hacia la terminal de la USTS, donde llegó justo a tiempo para coger el rojo—blanco—y—azul que iba hacia el norte. Parecía que todo el mundo se había ofrecido a llevarle a North Conway hoy, y éste era el motivo por el que había decidido perversamente tomar el autobús. Abordó el de las 6:04 que efectuaba el recorrido diario por la Ruta 16 con paradas en Dover, Rochester, Milton, Wakefield, Ossipee y North Conway. Los espectadores que se apiñarían en la inauguración estaban sin duda todavía en la cama. Llegarían después de comer, en hovers procedentes de Nueva York o en 328 de doble cubierta fletados especialmente que acudirían sin paradas desde Boston y Portland y Manchester. Algunos llegarían en coches privados; el vicepresidente y el secretario del Interior volaban desde Washington en el Air Forcé One. La policía del estado de New Hampshire estimaba una multitud por encima del medio millón, repartida a lo largo de los noventa y siete kilómetros del circuito de la Nube de Cristal.

    Una multitud de furiosa gente del lugar se había reunido en la parada del autobús en Ossipee. Hicieron subir a una mimo y luego golpearon el costado del vehículo con las manos abiertas para hacer que el conductor arrancara. La mimo llevaba una especie de saco a lunares que le llegaba hasta los tobillos y dejaba sus brazos desnudos; los lunares recorrían lentamente todo el ciclo del espectro. Tenía un tinte de piel blanco como el papel, y su pelo estaba teñido para hacer juego con los círculos naranja en torno a sus ojos. Una cadena de diminutos plátanos fosforescentes unía sus orejas y se balanceaba debajo de su barbilla. Una mujer de la parte de delante rio nerviosamente entre dientes; el hombre al otro lado del pasillo junto a Wing pareció disgustado. Ni siquiera los yanquis de New Hampshire podían ignorar educadamente una aparición así. Pero por supuesto ella deseaba ser observada; como todos los mimos, vivía para provocar la reacción tardía y la mirada desaprobadora.

    — ¿Está ocupado este asiento? —dijo. El autobús aceleró bruscamente, como si el conductor intentara deliberadamente hacerla caer. La mimo se tambaleó y cayó en el asiento vacío al lado del de Wing—. Ahora ya lo está. — Se echó a reír, y metió su talego de lona color camuflaje bajo el asiento frente a ella—. ¿Adónde va usted?

    Wing reclinó la cabeza contra la ventanilla. —A North Conway.

    — ¿De veras? Yo también. Me llamo Judy Thursday. —Le tendió la mano a Wing.
    —Phillip. —Se la estrechó débilmente, y el hombre al otro lado del pasillo bufó. La piel de la mimo era caliente al tacto, como si tuviera el metabolismo de un pájaro.

    Siguieron el viaje en silencio durante un rato; la mimo se agitó en su asiento y canturreó para sí misma e hizo palmas y rio quedamente. Al fin abrió el talego de lona y extrajo una pequeña caja de cartón manchada de aceite.

    — ¿Unas palomitas? Garantizadas naturales.

    Wing la miró dubitativo. El tinte de piel tan blanco hacía que sus ojos parecieran rosados. Llevaba dos horas en la carretera y se había saltado el desayuno.

    —Son muy nutritivas. —Ella se metió un puñado en su boca—. Las hice yo misma.

    Era el tipo de desconocida sobre el que las madres advertían a los niños pequeños. Pero Wing estaba hambriento y el olor era irresistible.

    —Parecieron terriblemente alegres de vería marcharse ahí atrás —dijo, vacilante.
    —No tienen sentido del humor, Phil. —Puso una palomita en la punta de la lengua y la enroscó al interior de su boca—. ¿Va a la gran fiesta? Las inauguraciones son mis preferidas; siempre hay algunos buenos papanatas. Un puñado de nosotros hicimos polvo la inauguración de la torre de esa compañía de seguros, he olvidado cuál era, allá en Hartford, Connecticut. En pleno centro de la ciudad, el edificio más alto de todos, un enorme complejo de oficinas, ¿sabe cuál digo? Hubiera debido verlo; los trajeados se volvieron locos. Habían preparado ese buffet..., auténtico queso y verdinas crudas y algunos tipos raros de carnes. Rociamos todo el buffet con colorante azul para comestibles. Y luego yo me metí en el sistema HVAC y planté una bomba de perfume. El lugar aún debe oler a lilas. —Reclinó la cabeza contra el respaldo de su asiento y se echó a reír—. Sí, la arquitectura es mi vida. —Agitó la caja de palomitas a Wing, y éste sucumbió a la tentación. Estaban deliciosas.
    —Hey, bonito traje. —La mimo agarró la manga de Wing cuando éste adelantaba la mano para coger otro puñado de palomitas y la frotó entre índice y pulgar—. Auténtica seda, huau. ¿Cómo va usted en autobús, Phil?

    Wing se soltó, suavemente.

    —Estoy buscando algo. —Se dio cuenta de que se amoldaba a la manera entrecortada de hablar de ella—. No estoy seguro exactamente de qué. Quizás un lugar donde vivir.
    —Sí. —Ella asintió vigorosamente—. Sí. Hermoso país para los papanatas. Imagino que todo el espectáculo va a ser digno de elle». ¿Usted qué piensa?

    Wing se encogió de hombros.

    —Quiero decir, ¿qué es esa Nube de Cristal, después de todo? Una tontería. No muy diferente de envolver la Casa Blanca en papel higiénico, si me lo pregunta. Excepto que esos tipos obtienen permisos. Mies van der Rohe, Phil, ¿conoce a Mies van der Rohe?
    —Está muerto.
    —Ya lo sé. Pero el viejo Mies hizo todas esas cajas de cristal. Esas que luego han sido abandonadas, las que ahora utilizan como blancos para practicar. —No todas ellas.
    —Creo que Mies debió saber lo que iba a pasar. Después de todo, tema cuatro nombres. Debió de haber un papanatas ahí dentro, en alguna parte. —Le ofreció otro puñado, y luego cerró la caja y volvió a meterla en su talego. El autobús retumbó al cruzar el puente sobre el río Saco y se encaminó hacia la regulación de tráfico de la entrada principal de North Conway.
    —Esos tipos en el enlace no dejan de decir el gran avance que representa ese artilugio, y yo no paro de reír —prosiguió—. No comprenden el contexto histórico, Phil, así que, ¿por qué demonios simplemente no se callan? No hay nada nuevo bajo el sol, ¿sabe? La mayor tontería de todas. —Wing observó por primera vez que sus pupilas estaban tan dilatadas que sus ojos parecían dos pozos sin fondo. El autobús redujo la marcha, atrapado en la regulación de tráfico; incluso a la luz del día, las barras destellantes parecían pulsar con extravagante intensidad.
    —Yo pensé que era algo más bien único. —Wing no podía imaginar por qué estaba hablando así.
    —Oh, no, Phil. No, no. Es el estilo internacional en el cielo, eso es lo que es. Estudie algo de arquitectura, verá lo que quiero decir. —El autobús avanzó a paso de tortuga por entre un enjambre de vehículos de la USTS cerca de la antigua estación de ferrocarril de North Conway, que había sido trasladada al aeropuerto y convertida en un centro de información turística. Un cartel electroluminiscente colgaba de su victoriana cornisa. Una sucesión de palabras de color verde desfilaban por ella: Bienvenidos a North Conway en el corazón del valle del monte Washington, hogar de 1a Nube de Cristal. Bienvenidos a...Había hovers esparcidos como semillas por el campo de aterrizaje; los turistas hormigueaban a pie hacia el centro de la ciudad. La hilera de autobuses que aguardaban a descargar en la terminal dejó de moverse. Después de diez minutos completamente parados, el conductor abrió las puertas y los pasajeros empezaron a salir. Cuando Wing se levantó, se sintió mareado. La mimo le sujetó.
    —Adiós, Judy —dijo cuando se detuvieron parpadeando bajo la brillante luz del sol de mayo—. Gracias por las palomitas. —Se escudó los ojos con la mano; el tinte de la piel de ella parecía resplandecer—. Intente no meterse en demasiados problemas.
    —Va a ser un día realmente colorista, Phil. —Se empinó sobre la punta de los pies y le besó en los labios. Su aliento olía a palomitas—. Es una tontería, ¿comprende? Para papanatas. Piense en ello. Diviértase con ello.

    Él se reclinó contra el autobús mientras ella se abría camino entre la gente, con sus lunares saturados con tonalidades azules y violetas, su pelo naranja como un destello. Mientras desaparecía, la multitud en sí empezó a cambiar de color. Mamás cerúleas aguardaban en las colas para los servicios con agitantes niños azufrados en pantalón corto. Abuelos color ciruela tomaban vídeos mientras sus arrugadas esposas color melocotón ajustaban tímidamente sus sombreros de paja. Wing alzó la vista y el cielo se volvió verde. Cerró los ojos y rio en silencio. La mimo había cargado las palomitas con algún tipo de alucinógeno. Exactamente el tipo de broma que hubiera debido esperar. Quizá lo había sospechado. ¿No era por eso por lo que había tomado el autobús, para proporcionarle a algo, cualquier cosa, la última oportunidad de que se produjera? ¿Para tomar la decisión final mientras permanecía inmerso en el azar del mundo al que iba a renunciar? Quizá debiera pasar este día, de entre todos los días, cargado. Mantuvo los ojos cerrados; el sol era cálido en su rostro. Diviértase con ello, había dicho la mimo.

    —Diviértete —dijo en voz alta, a nadie en particular. Se echó a reír y abrió los ojos. Un policía ocre le estaba mirando. Wing le dedicó un elaborado saludo y se dirigió al encuentro de las demás personalidades.
    —Es un tributo al genio norteamericano. —El vicepresidente de los Estados Unidos estrechó la mano de Wing—. Estamos todos muy orgullosos de usted.
    —Salgan de México —respondió Wing. Daisy tiró de su brazo.
    —Por favor, Phillip. —Su voz sonó como un chirriar de frenos.

    El vicepresidente, que pretendía fingir —en público al menos— que no se estaba quedando sordo, inclinó la cabeza hacia un ayudante incandescente con un traje de tres piezas.

    —México —repitió el ayudante, y miró a Wing con el ceño fruncido. El vicepresidente, a sus noventa y seis años, era la persona más vieja que jamás hubiera ostentado el cargo. Asintió tristemente.
    —El trágico conflicto de México nos trastorna a todos, señor Wing. Desgraciadamente, no hay respuestas fáciles.

    Wing se sacudió a Daisy.

    —Deberíamos irnos de allá y dejar que los mexicanos se ahogaran o nadasen por sí mismos. —La expresión del vicepresidente se estaba volviendo interrogativa; se llevó una mano al oído. La habitación verde estaba atestada de dignatarios que esperaban a que empezase la inauguración, y sonaba como si cada uno de ellos estuviera practicando un discurso—. He dicho... —empezó a repetir Wing.

    El vicepresidente se había inclinado tan cerca que Wing pudo ver pequeñas venillas rotas agitándose como gusanos bajo su piel.

    —Señor Wing —interrumpió—, ¿se ha parado usted a considerar lo difícil que podemos ponerle el que abandone este planeta? —Mantuvo la voz baja, como si estuvieran haciendo un trato.
    — ¿Y si no deseo abandonarlo?

    El vicepresidente rio bonachonamente.

    —Podríamos ponérselo difícil también. Es un hermoso día de primavera, hijo. Podría ser su día..., si no lo jode todo metiendo su clavija en el enchufe equivocado. ¡Ah, senador! —Bruscamente Wing se halló contemplando la espalda del gran hombre.
    — ¿Qué demonios le ocurre, Phillip? —Laporte apareció al lado de Daisy; tenía el rostro encendido, una brillante luminaria de rabia y alarmada ambición— ¿Cree que puede simplemente entrar tambaleándose, fuera de sí, insultar al vicepresidente...? No, no diga nada. Una vez más; una vez más, Wing, y se hallará contemplando la Nube desde el suelo, ¿comprende? Este es mi proyecto ahora; he trabajado demasiado en él para dejar que vuelva a joderlo.

    Wing pensó que era injusto que Laporte le criticase, puesto que tan sólo hacía unos meses era él quien había entrado tambaleándose a la fiesta de Wing. Injusto pero irrelevante. Wing estaba demasiado atareado complaciéndose consigo mismo como para reunir el valor necesario para enfrentarse al vicepresidente. Había estado seguro de que el Servicio Secreto lo arrastraría fuera de allí en el momento mismo en que abriera la boca. Quizá no había hecho ningún bien inmediato, pero si la gente seguía hurgando podía tener un efecto acumulativo. Además, había sido divertido. La multitud se movió; como en un cambio de escena en un juego, Laporte desapareció, y Daisy le guio a través de la habitación. Sabía que en cualquier momento alguien se echaría a un lado y se hallaría contemplando a Ndavu en su silla de ruedas. Miró a Daisy; su boca estaba encajada en una hosca línea, como una herida reciente de cuchillo cruzando su rostro. Se preguntó si se lo estaba pasando bien, si alguna vez volvería a pasárselo bien. ¿Cuál era el status filosófico de pasárselo bien frente al mensaje? Una condición local de incremento de la entropía...

    —Necesito tener su consentimiento hoy, Phillip —dijo Ndavu—, o tendré que suponer que su respuesta es no. —El rostro del mensajero parecía como si acabara de ser encerado.

    Wing tomó una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba, cogió una silla plegable y se sentó.

    —Usted filtró mi nombre al teleenlace. Les habló del proyecto. —Ya no queda tiempo.

    Wing asintió, ausente, mientras miraba a la habitación a su alrededor. —Tendré que verle más tarde. —El esposo de la gobernadora llevaba una falda escocesa con un dibujo que parecía hundirse sobre sí mismo de una forma calidoscópica.

    Ndavu tocó su brazo para conseguir su atención. —Tiene que ser ahora, Phillip.

    Wing dio un sorbo de champán: sintético.

    —Hoy, Ndavu. —La copa pareció fundirse entre sus dedos; golpeó el suelo y rebotó. Más plástico—. Se lo prometo.
    —Damas y caballeros —dijo un hombrecillo verde que llevaba pajarita, chaqueta de calle gris, jersey de cuello vuelto y pantalones a rayas—. Un momento de atención, por favor.

    Una mujer de la misión susurró a Ndavu: —Es el jefe de protocolo del vicepresidente.

    —Ahora abriremos las puertas, y deseo aprovechar esta oportunidad para recordarles una vez más: las invitaciones rojas tienen sus lugares reservados en las tribunas norte, las invitaciones azules en las sur, y las doradas en la plataforma. Está previsto que la ceremonia empiece a las dos y cincuenta minutos, así que por favor, si ocupan sus asientos... Gracias.

    Daisy y Wing tenían sus lugares en la fila de atrás de la plataforma. A un lado estaba Luis Benalcázar, cuya compañía había diseñado tanto la estructura de ferroplástico de la Nube como el software que la controlaba; en el otro estaba Fred Alz. Laporte, como representante oficial de la Fundación y de Solon Petropolus, se sentaba delante con el vicepresidente, el secretario del Interior, la gobernadora, el senador por New Hampshire, el administrador municipal de North Conway, una chica de cuarto grado de Hampton que había ganado un concurso de ensayos, el obispo de Manchester y un famoso poeta del que Wing nunca había oído hablar. La silla de ruedas de Ndavu estaba a un lado.

    Las introducciones, bendiciones, reconocimientos y apreciaciones se llevaron la mayor parte de una hora... Una maravilla tecnológica que es una con el entorno natural... La tarde parecía hacerse más caliente a cada palabra, una pesadilla de retórica infernal... el mundo apreciará lo que hemos sabido desde siempre, que el Estado de Granito es el más grande... Intentó mirar caprichosamente al resplandeciente sol, pero los colores casi le cegaron... su enorme grandeza envuelta en un manto de coniferas... Cuando Wing cerró los ojos pudo ver una brillante telaraña de pulsantes arterias y venas... esta magnífica obra de arte equilibrada en el filo de un cuchillo de energía electromagnética... Daisy seguía apretando su mano como si estuviera intentando bombear de él las reacciones adecuadas. Mientras tanto Benalcázar, cuyo inglés no era muy bueno, se quedaba dormido y empezaba a roncar... me recuerda una historia que el portavoz de la Casa Blanca solía repetir... Cuando mencionaron el nombre de Wing, se puso en pie e hizo una inclinación de cabeza.

    Pudo oír los aplausos dedicados a la Nube varios momentos antes de que derivara desde el hangar y se dirigiera hacia la plataforma de aterrizaje. Arrojó una fría sombra sobre la inauguración. Wing había imaginado que sentiría algo profundo en aquel espectacular momento de su carrera, pero su primera reacción fue de alivio de que los discursos hubieran terminado y el sol dejara de caer sobre él.

    La Nube había sido diseñada para parecer un algodonoso cúmulo, pero la ilusión se sustentaba solamente para un observador distante. De cerca, cualquiera podía ver que se trataba de un artefacto. Se movía con la poderosa gracia de un enorme hover, del que era prima tecnológica. Pero, mientras un hover era un cuerpo aéreo rígido diseñado para volar con su propia energía, la Nube era amorfa y una criatura del viento. A Wing le gustaba llamarla edificio volador. Su envoltura exterior opalina era de stresslar ultradelgado, laminado sobre un armazón de ferroplástico basado en un módulo octagonal. Cuando el programa de ordenador de Benalcázar dirigía la corriente a través del armazón, algunas de las fibras del ferroplástico se volvían blandas, mientras otras adquirían rigidez, formando así la estructura ondulante de la Nube. El tamaño de la envoltura podía ser incrementado o reducido según los factores de carga y la velocidad del viento; en efecto, podía ser arriada como una vela. Utilizaba el sendero magnético bajo ella como una combinación de timón y estabilizador o, cuando se posaba, como un ancla. Al igual que un hover, su envoltura albergaba un volumen de helio presurizado como elemento de flotación: 20.000 metros cúbicos.

    La Nube se asentó lentamente a unos dos metros del suelo, y su fondo se aplastó, mientras su envoltura superior ondulaba ligeramente en el cielo azul. Wing se dio cuenta de que la gente había dejado de aplaudir y estaban mirando hacia arriba entre apagados susurros. La chica de Hampton se subió a una silla plegable y permaneció ahí arriba retorciendo entre las manos su ensayo premiado hasta reducirlo a una pulpa irrecuperable. El propio Wing pudo sentir que la piel de sus brazos se ponía de gallina; la sombra de la Nube le hizo recuperar extrañamente la sobriedad. El secretario del Interior se hundió lentamente en su silla, se protegió los ojos con la mano plana y miró hacia arriba como un leñador en Manhattan. Las fotos nunca harían justicia a la Nube. El gobernador le susurró algo al obispo, que no parecía estar prestando atención. Wing se estremeció. Como algún milagro surgido del Antiguo Testamento, la Nube se había hinchado hasta convertirse en un pilar de al menos veinte pisos de altura. Había realizado su transformación sin emitir ningún sonido.

    Fred Alz dio un suave codazo a Wing en las costillas.

    —Sospecho que hemos conseguido su atención, ¿eh, Phil? —El viejo de curvados hombros permanecía ahora erguido. Wing supuso que era el orgullo el que mantenía rígido a Alz; ni siquiera él podía evitar el compartirlo.

    Daisy apretó su mano.

    —Es todo tan tranquilo.
    — ¡Chisss! —El esposo de la gobernadora se volvió y les miró furioso.

    El silencio era uno de los elementos del diseño que Wing nunca había imaginado enteramente. De hecho, había estado dispuesto al compromiso de un mecanismo de refrigeración más ruidoso a fin de mantener bajos los costes, pero Laporte, precisamente él, le había convencido de lo contrario. Hasta que vio las primeras pruebas de la Nube no se dio cuenta Wing del enorme impacto psicológico del silencio cuando era aplicado a cuerpos grandes en movimiento. Proporcionaba a la Nube un poder irreal, ligeramente ominoso, como si fuera el fantasma de un gran edificio. Ciertamente ayudaba a compensar la inquietante forma en que la envoltura de stresslar cambiaba de perlina a la iridiscencia del plástico barato bajo algunos ángulos de luz. Los ingenieros, técnicos y fabricantes habían elaborado maravillas tecnológicas para crear una Nube silenciosa; aunque Wing lo había aprobado, esto no había formado parte de su visión original. La reacción de la multitud era otro recordatorio agridulce de que ésta no era su Nube, de que había perdido su Nube el día que había empezado a diseñarla.

    La geometría octagonal del armazón estructural se hizo evidente cuando el piloto endureció la Nube en preparación para ser abordada. Ndavu hizo avanzar su silla de ruedas y le tendió la mano en un gesto de congratulación. Wing se la estrechó, pero evitó el contacto visual por miedo a que el mensajero pudiera detectar su distancia— miento de su obra maestra. Se abrió un agujero en la envoltura y apareció un tembloroso tubo de acceso; el equipo de tierra lo acopló a la plataforma de aterrizaje. Ndavu estrechó la mano de Alz y habló con Luis Benalcázar en español. Sonriendo y asintiendo, Benalcázar se inclinó hacia Ndavu para responder.

    —Dice —tradujo Ndavu— que esto es la culminación de su carrera. Para él, nunca habrá otro proyecto como éste.
    —Para todos nosotros —dijo Alz.
    —Gracias. —Benalcázar abrazó a Wing—. Phillip. Muchas gracias. —Una mujer con una microcámara apareció en el borde de la plataforma para registrar el abrazo. Wing se apartó de Benalcázar.
    —Usted, Luis. —Palmeó al ingeniero en el pecho y luego señaló la Nube—. Es su hija. Sin usted, no sería más que una tienda volante.
    —Una tienda malditamente grande, sí —respondió Benalcázar, y rio inseguro. Laporte estaba estrechando la mano del congresista del Primer Distrito. El jefe de protocolo permanecía de pie cerca de la entrada del tubo y empezó a hacer gestos a la gente para que subiera al coche de pasajeros suspendido dentro del envoltorio. Antes de que nadie pudiera abordarlo, sin embargo, Ndavu se apartó de Wing, Benalcázar y Alz y empezó a aplaudir. Daisy se situó al lado del mensajero y se unió a sus aplausos, alzando las manos sobre la cabeza como una animadora de un partido de béisbol. La gente se volvió para ver lo que ocurría, y a los pocos momentos todo el mundo estaba aplaudiendo.

    Wing tuvo la impresión de que algo estaba mal..., como si se tratara de un ataque, como si cada aplauso fuera un golpe que tenía que resistir. Pensó que ahora ya era demasiado tarde para aplaudir él también. Quizá, si el aplauso pudiera crear ecos hacia atrás a través de los años, para que un joven nervioso sobre un sendero pedregoso pudiera oírlo y extraer sostén de él, las cosas hubieran sido diferentes. Pero los oídos de ese hombre estaban aislados por el tiempo, y él estaba alienado para siempre por esa gente. Esa gente que no se daba cuenta de cómo estaba siendo manipulada por Ndavu. Esa gente que estaba aplaudiendo a la Nube equivocada. La Nube de Wing no era este glorificado efecto especial. Su Nube estaba solitaria para siempre, perdida mientras vagaba, empujada por los vientos, más allá de las abruptas paredes de granito. Un sueño despierto. Uno no puede construir un sueño con stresslar y ferroplástico, se dijo. Uno no puede compartir sus sueños. Pensó que Daisy tenía un aspecto muy hermoso, aplaudiendo por él. Llevaba el vestido azul que él le había comprado en Boston. Ella se había enfadado con él por gastar tanto dinero; se habían peleado por su causa. El resplandeciente azul de agua clara del material del traje hacía juego con el azul en sus ojos; siempre había sido su favorito. Daisy se había llevado cinco años de su vida, y él estaba ahora de vuelta allá donde había estado antes de conocerla. Ella no era su esposa. Esta no era su Nube. Ésa no era su gente. Por alguna razón se descubrió pensando en la diosa chani Teaqua, una criatura de una luminosidad tan trascendente que podía enviar a los mensajeros para que llevasen sus recados. Se preguntó si ella podría mirar dentro del sol.

    —Dile que pare eso —murmuró Wing a Daisy—. Dile que iré.

    Finalmente cesaron los aplausos. Varias horas más tarde, Wing vio las noticias de la tarde de Infoline. Hubert Field hizo notar de pasada que el arquitecto no estaba entre aquellos que abordaron la Nube de Cristal para su viaje inaugural.


    11


    A LOS TRES DÍAS DE LA PARTIDA, Wing empezó a sentir picores. En los peores momentos era como si su piel se hubiera desecado y estuviera cayéndosele en escamas, célula a célula. Creyó que había atrapado un sarpullido, algo del espacio exterior, pero los test de los mensajeros dijeron que no había ninguna necesidad de preocuparse. Ndavu dijo que podía tratarse de una manifestación fisiológica de su ansiedad. Al principio Wing aceptó aquello; estaba ansioso, de acuerdo. La astronave ya había alcanzado las 0,67 IJA y estaba casi a una cuarta parte del camino a Ceres, la base desde la cual los mensajeros habían creado la discontinuidad que llamaban el permutador de masas. Según Ndavu, una vez cruzaran la abertura, no habría forma de volver a anudar los hilos del espaciotiempo en una configuración en la cual Phillip Wing, el año 2054 y la Tierra fueran contiguos. O algo parecido.

    Luego Wing empezó a oler cosas. Una mañana su orina olía como zanahorias hervidas, pese a que estaba a una dieta de vitabulk y agua aromatizada. El aire en los pozos de gravedad tenía el débil aroma de la madera mojada. Ndavu olía a perro. Cuando Wing derramó café sobre la Silla 31, el olor que quedó en el tapizado de espuma le proporcionó destellos alucinatorios de sus desayunos en la cama con Daisy. Se preguntó si estarían poniéndole algo a su vitabulk. Ndavu le había advertido de que no podía haber ningún comportamiento alterador de la consciencia en la astronave, pero que el viaje en sí alteraría su consciencia. Más ansiedad. Al final ayudó a pasar el tiempo tendido en la cama, rascándose, consciente de su propio y extraño olor a canela, alerta y exhausto al mismo tiempo.

    Wing nunca consiguió establecer un status de nombres de pila con los tripulantes de la astronave. Eran tres: las hermanas piloto y el biólogo. Flotaban por los pozos de gravedad de la nave en sistemas móviles de apoyo vital. Cuando hablaban, lo cual era raras veces, su inglés era apenas comprensible. Las cápsulas rojas idénticas de las hermanas piloto tenían cuatro miembros especializados y una sucesión de protuberancias sensoriales que sugerían una especie de caprichosa femineidad. Todo lo que llegó a ver del biólogo fue una caja que muy bien hubiera podido ser un monitor de teleenlace sobredimensionado, excepto que la pantalla era de un azul invariable. Las pilotos llevaban normalmente al biólogo allá donde era preciso. Ndavu había advertido a Wing de no malgastar su curiosidad con la tripulación, que estaba mal equipada y tenía demasiado trabajo para interactuar con él. De todos modos, Wing persistió en derivar a través de los pozos de gravedad mientras les contemplaba hacer cosas que no comprendía. Hallaba aquellas criaturas—gadget inarticuladas menos amenazadoras que estudiar vídeos de los chani. Además, contemplar los monitores de la astronave le daba dolor de cabeza.

    Al quinto día tenía dolores de cabeza mirara o no mirara una pantalla. Sabía que el dolor llegaba cuando veía girar destellos en la periferia de su visión. Incluso cuando no le dolía la cabeza, se sentía un poco febril. Y necesitaba afeitarse. Cuando había estado en Yale había probado de dejarse crecer el bigote, pero la mujer a la que intentaba llevarse a la cama le dijo que su bigote se parecía a las patas de una araña. Su barba había sido siempre en el mejor de los casos escasa; estaba acostumbrado a pasar varios días sin utilizar la navaja. Ahora tenía una barba rala cada cinco o seis horas. Y un vello negro brotaba de sus brazos, cuello, piernas. ¡Incluso tenía remolinos de vello en su pecho!

    El séptimo día Wing descansó..., no consiguió salir de la cama. Intentó animarse con algunas cintas de dos rollos de Laurel y Hardy que habían sido sonorizadas y tridimensionadas, pero resultaba demasiado esfuerzo reír. Así que se decidió por un vídeo de una visita al Louvre. Eso era suficiente acción para él. Era la primera vez que sondeaba en la biblioteca que se había traído de la Tierra; hasta entonces había temido que le deprimiera. Ahora ya no importaba; ya estaba deprimido. Cuando terminó el documental, se sintió satisfecho observando la estática. Ndavu le observaba a él. Después de la cena, que se saltó, los pilotos cargaron al biólogo hasta la cabina de Wing y lo depositaron a los pies de su cama. Ndavu le aseguró que no había nada de lo que preocuparse. El biólogo miró azulmente a Wing durante unos diez minutos, dijo: «Normal es», y sus porteadores se lo llevaron. Ndavu se quedó.

    —Disminuiremos la gravedad aquí —dijo el mensajero—. Eso debería ayudar. La gravedad no tenía nada que ver con aquello, pensó Wing. Si el problema era la gravedad, podía salir a los pozos o subir a la sala de control, donde no había gravedad. Sabía que le habían hecho algo. Le habían envenenado, o quizá fuera algún tipo de vacuna. Wing no dijo nada; no importaba. Parte de él deseaba gritar, pero el miedo parecía proceder de muy lejos, su urgencia se perdía en la transmisión.
    —Nos estamos acercando a velocidades relativistas significativas, Phillip. — Incluso Ndavu parecía estar remitiendo—. Usted es el primer humano que va tiempoarriba. Es el inicio de una gran aventura.
    —Me estoy muriendo. —Wing deseaba que constara en los registros. Ndavu cogió la silla del escritorio y se sentó a horcajadas en ella.
    —Escúcheme, Phillip. Usted no es un turista. Usted va a otro planeta para vivir y trabajar. La atmósfera en Aseneshesh es diferente, la biosfera es diferente. La radiación solar es más intensa, la gravedad menor. No puede ir allí de un lado para otro en mangas de camisa. Tal como está usted ahora, sería una catástrofe biológica aguardando estallar. —El rostro de Ndavu era muy grande; parecía llenar la cabina de Wing—, Le hemos proporcionado un cáncer esculpido genéticamente, Phillip. Se está metastasizando rápidamente por todo su cuerpo, remodelándole en un organismo adaptado a la vida en Aseneshesh. No tendrá que permanecer unido a un equipo de apoyo vital ni experimentar el mundo a través de un fantasma. Va a convertirse en algo muy parecido a un chani.
    —Humano —dijo Wing.
    —No perderá eso, se lo prometo. No estamos manipulando su esencia, sólo su parte externa. Podrá ser cambiado a la inversa; por eso fue elegido un humano. Ustedes y los chani son primos. La remodelación no es demasiado radical.

    Hay una guerra librándose dentro de mí, pensó Wing. Puedo sentir morir las cosas.

    —Pronto le pondremos en un equipo de apoyo vital. Sus sistemas internos fallarán temporalmente hasta que hayan sido totalmente remodelados. Hemos tomado pasos para que no sufra ningún dolor. Cuando cruce la abertura, lo peor habrá pasado.

    Tocó la mano de Wing. Hubo un cosquilleo de fino vello. Le estaban convirtiendo en un animal.

    —No le mentiré —dijo Ndavu— y le diré que va a ser fácil. Probablemente será uno de los peores momentos de su vida. Sin embargo, no se está usted muriendo. Sobrevivirá y prosperará. Espero grandes cosas de usted, Phillip Wing.

    Wing empezó a jadear.

    Su boca estaba seca y el cálido viento golpeaba su rostro. Se hallaba de pie en la pared de la franja oeste y contemplaba a través de la explanada del festival la aguzada pirámide de Saqqara, y Wing supo que estaba de pie en el lugar del gran Imhotep en persona. El primer arquitecto conocido de la historia, el constructor de la pirámide. El sol ardía como el ojo de un dios; los demonios del polvo agitaban la arena. Dos mil hombres muy bronceados se ajetreaban como abejas por el emplazamiento de la construcción. Podía oler el polvo de roca y el sudor a un centenar de metros de distancia. Una larga e inclinada calzada, techada para proteger a los trabajadores contra el feroz sol, trepaba por las cuatro mastabas apiladas. La quinta estaba casi completada, y sobre ella se construiría una sexta. Muchos de los maestros albañiles habían regresado a la base de la primera mastaba y estaban revistiendo el núcleo de la pirámide con una fachada de piedra caliza tallada. Mentalmente, Wing podía verla terminada: sesenta metros de altura, de un color blanco hueso contra la rojiza arena sembrada de guijarros. La más alta, la más grande estructura de la Tierra.

    Se dio cuenta de que nada de aquello era real cuando la pared de piedra junto a sus pies empezó a zumbar. Una nota metálica alteró el silencioso sueño de la piedra. Todo el complejo funerario empezó a pulsar, como si la visión en sí estuviera oscilando. Los trabajadores depositaron sus bloques de piedra, los albañiles dejaron caer sus cinceles y alzaron la vista. El cielo les estaba chillando.

    El ojo del dios parpadeó.

    Duró sólo un milisegundo, y sin embargo Wing gritó horrorizado. Porque en aquel breve tiempo comprendió el caos. Supo que al dios no le importaban ni el hombre ni su obra; el dios no tenía sentimientos en absoluto. El dios era una discontinuidad; adorarle era honrar el azar.

    Entonces el ojo del dios se abrió de nuevo, pero con una luz fría e indiferente, y empezó a nevar de un helado cielo azul. Los bronceados trabajadores descendieron presurosos de la pirámide y se apiñaron confusos en los patios. Les brotó pelaje y empezaron a saltar como chimpancés. Sus brazos se agitaban locamente y sus nudillos casi rozaban el suelo. Arrojaron la nieve al aire como si quisieran que el dios la recogiera de nuevo.

    —Todo está bien, Phillip. —La voz de Ndavu pareció llegar de todas partes— Estamos decelerando, volvemos al tiempoabajo. La abertura está detrás de nosotros.

    Wing deseaba salir de allí. Deseaba ver su cabina y discutir con Ndavu. Deseaba que Daisy volviera; deseaba despertar en su cama en la casa Piscataqua, a su lado. En vez de ello, la Nube de Cristal se deslizó a lo largo de la cuenca del Nilo hasta que flotó directamente sobre su cabeza. Hinchada como la pirámide, eclipsaba el sol. Cuando se reformó sobre él, un orificio se abrió en el fondo y el tubo de acceso serpenteó hacia fuera. Subió por el tubo al coche de pasajeros suspendido en su interior y se tambaleó por el vacío pasillo central, sujetándose a los vacíos asientos para mantener el equilibrio. Abrió la puerta de la sala de control y el sonriente piloto se volvió para saludarle. Era Juan el Bautista.

    Wing estaba en la cama, con la mejilla apretada contra el colchón de gel. Miraba fijamente la pared de la que colgaba el cuadro del Bautista de Leonardo, la única posesión personal que había traído de su oficina. Era una excelente reproducción; incluso las grietas en las pinceladas del maestro estaban allí. Se dio cuenta de que llevaba un cierto tiempo mirándola. Hizo un esfuerzo por separar su realidad de la visión de los constructores de la pirámide.

    Había algo malo en su boca. Notaba la lengua aceitosa y demasiado delgada. La pasó por la parte interna de sus dientes; varios terminaban en punta. Alzó lentamente la mano para palparse el rostro. Estaba cubierto por un corto y erizado pelaje. Su nariz se había fundido con sus labios y en su lugar había un botón de piel con dos rendijas longitudinales del tamaño de los antiguos orificios de las cerraduras. Tanteó torpemente con la punta de un dedo; su interior estaba húmedo. Entonces estornudó. Esto es lo que te ocurre, se dijo, por no leer el contrato.

    —Phillip —dijo una voz—, ya es hora de adquirir nuevos datos. —Alguien le apartó de la pared, y cayó de espaldas como un muerto. Ahora podía ver el cajón central de su escritorio; las caderas de alguien se movían en su campo de visión. Deseó alzar la vista pero sus músculos no le respondieron. Tema la sensación como si estuviera atado a un potro; toda la fuerza había desaparecido de él.

    Wing oyó al biólogo zumbar y sintió una desconcertante resonancia en su mente. Su pantalla estaba tan sólo a unos treinta centímetros de su rostro; no podía ver nada excepto azul. Había un aroma familiar en la habitación.

    Intentó preguntar lo que ocurría pero no pudo dominar su extraña lengua ni sus rígidos labios.

    —No intente hablar todavía. —Sintió pinchazos cuando alguien apretó cosas contra su cráneo; relámpagos azules golpearon sus nervios ópticos. Wing pudo sentir un enorme nido de pelo en su cabeza, una melena, Y entonces reconoció el aroma perruno de Ndavu en la habitación. Wing babeó en su cama y recordó.
    —Se está recobrando — dijo Ndavu—, El apoyo vital ya no es necesario, aunque todavía se siente muy débil. Ahora le estamos proporcionando información para acelerar su ajuste.

    En la pantalla del biólogo, o quizás en la mente de Wing —en realidad no estaba seguro—, un enorme glaciar se hundió en un océano gris. Wing no deseaba ajustarse. Lo que deseaba hacer era llorar. Pero no podía.

    Juan el Bautista ayudó a Wing a darse cuenta de que la razón de que no podía llorar era porque ya no tenía conductos lacrimales. Entonces Wing comprendió que si necesitaba manifestar tristeza, experimentaría una suave rinitis, una inflamación de la membrana mucosa nasal. En vez de llorar, resoplaría y quizás estornudaría. Wing se sintió ofendido.

    La Nube de Cristal volaba imposiblemente alto; se hallaba prácticamente en órbita baja. Debajo de Wing giraba un mundo en tonalidades de dos colores: fruncida tierra blanca y oscuro océano del color del crepúsculo. Vio desiertos helados, cadenas montañosas barridas por la nieve con sombras turquesa, enormes extensiones de tundra de metal pavonado. Luego más hielo: islas de oscuro hielo estriadas con ríos de hielo más claro, flotantes sábanas de hielo, azul cuarteado aquí, helado allí. Wing se sintió entumecido por el hielo. Sin embargo siguió observando, buscando en vano el hielo con la intención de hallar signos de una civilización: el entramado de una ciudad, el parcheado de granjas. Pero no había señales de gente a aquella altura.

    El Bautista asintió y la Nube de Cristal picó tan bruscamente que Wing dejó escapar un grito de alarma. Por un segundo la cabina pareció llamear, y Wing pudo ver reflejos en la superficie de la pantalla del biólogo. Luego resonó de vuelta al mundo en su mente. Estaban volando por encima de una cadena de islas que conducían como estriberones a una amarronada línea costera. Los nombres del Bautista para ellas eran palabras sin ningún sentido: Ataki, Wunshesh, Emat, Nish. Había también un mar de Nish, y un puerto de Nur. Wing divisó botes como semillas flotando en una charca. Más cerca. Nur tenía más edificios de los que podía contar. Sus calles estaban pavimentadas y sus muelles repletos de gente. Sin embargo, no podía imaginar que albergara una población de más de cincuenta mil personas. Se preguntó si era la ciudad más grande de los chani.

    Bruscamente, la Nube salió disparada hacia el espacio; el continente cayó a sus pies hasta que Wing pudo verlo en su totalidad. Se llamaba Aseneshesh, y era todo el mundo que los chani conocían. Era aproximadamente triangular, más amplio hacia el oeste, ahusado hacia el este. Alineada a lo largo de la costa occidental estaba la espina dorsal montañosa del continente. Hacia el este, la zona de sombra de las lluvias creada por esas montañas había dado origen a un desierto. Wing captó un atisbo de un gran río, el Chowhesu, que rompía la árida perfección del desierto como una cuerda azul dejada caer descuidadamente. Luego la Nube descendió de nuevo como una montaña rusa hacia la orilla occidental de Aseneshesh. En la angosta llanura costera, dominando una gran bahía, estaba Kikineas. Se extendía a lo largo de toda la bahía; el Bautista estimó que al menos medio millón de chani lo llamaban su hogar. Wing supo que era la Ciudad de los Eruditos, la sede del Protectorado Costero y el hogar de...

    — ¡Alto! —fue lo que Wing intentó decir. Lo que brotó de su boca fue un sonido parecido a un trino que dio la impresión de una canción de Gilbert y Sullivan reproducida a una velocidad acelerada—. ¡Alto! —El Bautista pareció comprender. Se inmovilizó a los controles de la Nube de Cristal, y la ciudad de Kikineas dejó de desenrollarse debajo de ellos.

    ¿Quién eres tú y cómo estás haciendo esto? Wing no intentó modular las palabras. Se dio cuenta de que no tenía que hacerlo. Hubo una extraña cualidad en esa comprensión, algo desconocido. Estuvo a punto de darse cuenta de que Juan el Bautista y la Nube de Cristal en su mente no eran más que aspectos de la interface para los implantes de memoria que los mensajeros habían conectado a su cerebro con la finalidad de...

    Pero luchó contra ese flujo de información como un hombre que se estuviera ahogando. Se enfocó en el biólogo, desesperadamente temeroso de haberse abierto por completo. Contempló la vacía pantalla azul. No, no enteramente vacía; podía ver su propio reflejo en ella. Un rostro le devolvió la mirada, e insondables emociones se reflejaron en aquellos rasgos alienígenas.

    Wing se había convertido en un chani. Tocó su negra mejilla, sintió el corto y lustroso pelo. Su melena se erizaba en todas direcciones. Había trozos de piel desnuda —del color de un bistec bien hecho— en tomo a las rendijas de sus fosas nasales; se agitaron cuando exhaló el aire, de tal modo que cada respiración sonaba como un ronquido bajo. Los contornos de su rostro habían cambiado: era como si lo hubiera apretado contra un panel de cristal. Cerró los ojos.

    Juan el Bautista aguardaba en la oscuridad. Era imposible proporcionar a Wing un acceso directo a todos los datos que podía necesitar sin una reconstrucción psicológica más completa. Wing visualizó los dos nódulos implantados en la base de su cráneo: primario y backup, dos maravillas de la miniaturización. La interface había sido diseñada para reflejar el simbolismo personal de Wing. Toda la información necesaria acerca de los chani sería canalizada desde el implante de memoria a través de Juan el Bautista, un icono tutelar, a la memoria de Wing. Tanto el implante como la interface eran puramente para su propia conveniencia; la alternativa eran décadas de intenso estudio. Entonces Wing se dio cuenta de que la interface reflejaría también un aspecto importante de la psique chani. La mayoría de los chani alucinaban una voz interior en momentos de alta disonancia cognitiva. Creían que estaban siendo dirigidos hacia la acción correcta o bien por la voz de Chan o por la de Teaqua. Los chani oían los susurros de su dios; así, también Wing oiría los susurros de los datos. Esto era una importante congruencia que permitiría a Wing...

    Se sentó en la cama.

    — ¡Ap—paguen esto! —Su lengua se contorsionó como si tuviera voluntad propia—. ¡Fuera! —No había nadie, ni siquiera el biólogo, para oír su estrangulado grito. Ciertamente no era inglés; nunca había emitido sonidos así antes. Podía sentir los latidos de su corazón..., esperaba que fuera su corazón. Extrajo las piernas de la cama, se levantó con un esfuerzo, avanzó tambaleante y se dejó caer en la silla de su escritorio. Oyó un extraño cliquetear cuando tecleó unas órdenes pidiendo ayuda. Dejó de teclear para contemplar los seis rechonchos dedos de su mano derecha. Wing descubrió que, concentrándose en su furia contra el mensajero, podía hacer que brotaran gruesas garras de un centímetro de largo de las carnosidades de las puntas de sus dedos. No tuvo que concentrarse mucho.

    Wing estaba furioso. Estaba harto de escuchar los demasiado razonables argumentos de Ndavu, irritado con su propio cuerpo, indignado por la invasión de su mente y, por encima de todo, furioso por la forma como había sido engañado. No deseaba ninguna otra cosa más que reducir a jalea el rostro del mensajero a puñetazos y luego hacer dar media vuelta a la astronave y regresar a casa. Excepto que sabía que esto era imposible. Ya no había ninguna casa para él, y apenas tenía las fuerzas suficientes para sostenerse en pie. Incluso los músculos de su rostro le dolían cuando intentaba hablar. Furioso como estaba, sin embargo, halló más fácil escuchar a Ndavu que recibir las conferencias de la criatura de su propia imaginación. Cada vez que cerraba los ojos, Juan el Bautista estaba allá, aguardando.

    —Digestivamente, no ha sido cambiado en absoluto —dijo Ndavu—. Puede seguir comiendo vitabulk; probablemente descubrirá que no mucho de la dieta chani resulta de su gusto al principio. Sin embargo, si decide probarla, hágalo primero con porciones pequeñas.

    Ndavu tenía una nueva cabeza. Una aterciopelada capa de denso pelaje color paja cubría su rostro; su melena era roja. Llevaba una túnica gris de manga larga, pantalones sueltos grises, e iba descalzo. Tenía más de dos metros de altura; entre los dos parecían llenar a rebosar la cabina de Wing. Y sin embargo, pese a todo ello, era incuestionablemente Ndavu. Wing reconoció algo en la voz, o quizá fuera su actitud oficiosa.

    —Lamento no poder hacer mucho para ayudarle a conseguir el control de su interface, aunque le aseguro que puede hacerlo sin problemas. Tal vez decida reconsiderar el icono; elegimos a Juan el Bautista en la Nube de Cristal porque creímos que hallaría usted reconfortantes unas imágenes familiares. Cámbielos si quiere.

    Wing se dio cuenta de que estaba pensando acerca de los genitales de Ndavu, puesto que se habían producido algunos cambios desconcertantes en los suyos. Sus testículos habían ascendido al interior de su cavidad corporal, y su pene... Su pene se había encogido: era aproximadamente del tamaño de un pezón. Parecía improbable que pudiera realizar el acto sexual. No era que sintiera inclinaciones eróticas; la misma idea del sexo le hacía estremecer. Wing decidió que probablemente lo mejor era no pensar en ello. De todos modos, no podía evitar el compararse con Ndavu. Por todo lo que podía decir, los dos se habían visto completamente transformados en chani. Se sintió sorprendido de que el mensajero pudiera permanecer tan tranquilo cuando él se estaba haciendo pedazos. Wing se sentía abrumado por lo que le había ocurrido. Estaba muy asustado de haberse perdido a sí mismo.

    —Nuestro paso a través de la abertura fue sin incidentes. Es una lástima que se perdiera usted el intercambio de masa, pero era inevitable. —Ndavu hizo una pausa, observó que Wing había dejado de prestar atención—. En realidad no sé qué otra cosa decirle, Phillip.
    —D—diga que t—todo va a ir bien. —Su nueva voz era una constante sorpresa; sonaba como si estuviera practicando la llamada de los pájaros bajo el agua.
    —Lo peor ya ha pasado. —Ndavu sonrió, mostrando unos afilados dientes rosados en unas encías grises—. Lo sé, yo he sido remodelado muchas veces.

    Wing asintió y despidió al otro con un agitar la mano. Después de que Ndavu se hubiera ido, Wing se despojó de su mojado pañal y se puso torpemente otro del montón de pañales limpios que el mensajero había dejado. Lo peor no habría pasado, pensó, hasta que recobrara el control de las funciones de su cuerpo. Y de su mente.

    Wing se concentró intensamente mientras dirigía su atención hacia dentro. Esta vez estaba decidido a enfrentarse a la interface y controlarla. Aferró a Juan por el hombro y le hizo girar en redondo. La palanca de control de la Nube se inclinó hacia delante cuando el Bautista la soltó, y el indicador del horizonte empezó a torcerse. Wing lo sacó del asiento del piloto. Cincuenta gigabytes en un dispositivo del tamaño de un grano de maíz: todo lo que los chani habían llegado a pensar nunca acerca de relaciones abstractas, el espacio, la física, la materia, las sensaciones, el intelecto, la volición, los afectos...

    Esto no puede seguir así, pensó Wing.

    El Bautista se encogió de hombros. Era su taimada sonrisa lo que más le poma furioso; daba un giro irónico a todo lo que llamaba la atención de Wing.

    Wing lo apartó de su camino y se deslizó al asiento del piloto. A través de la pantalla principal podía ver un resplandeciente campo de nieve que avanzaba hacia él. Echó hacia atrás la palanca y el altímetro se estabilizó. Las luces rojas se volvieron verdes; lentamente el horizonte se niveló. En el asiento del copiloto, a su lado, Juan el Bautista hizo un círculo con el índice y el pulgar en señal de aprobación. Wing no estaba absolutamente seguro de lo que había hecho ni de lo que debía hacer a continuación, excepto que estaba haciendo volar la Nube.

    Ndavu estaba hablando por el intercom. Wing no estaba seguro de si era el intercom de su cabeza o de la cabina. —Hemos alcanzado la órbita, Phillip.

    Estaban tiempoabajo. Wing conectó el autopiloto y luego se reclinó contra el respaldo del asiento. Estaba agotado.

    Juan el Bautista aguardó pacientemente mientras dormía.


    12


    EL SOL ERA UN ASCUA EN EL CIELO AZUL HIELO; su pálida luz proporcionaba tan sólo un pálido asomo de calor. Harumen clavó profundamente su pala en el ventisquero y extrajo una casi ingrávida masa de nieve en polvo. Era como alzar humo. La lanzó por encima del hombro y la masa se dispersó en el viento. Unos cuantos copos perdidos volaron de vuelta hacia ella y se pegaron a su melena.

    —Si no lo intentaras tan intensamente, conseguirías más. — Wekiti estaba inclinada sobre su pala unos pocos pasos más adelante.

    Harumen gruñó mientras atacaba de nuevo el ventisquero.

    —Mantén tu pala baja. Eso es. —Wekiti exhibió aprobación—. Ahora deja que la nieve se deslice fuera.

    En el palacio de los eruditos no comprendían por qué Harumen se presentaba voluntaria para ese tipo de trabajos. Les dijo que necesitaba el ejercicio, y era cierto. Pero ésa era la última de sus razones. Disfrutaba trabajando con desconocidos como Wekiti: gente que no k trataba ni más ni menos que como un cuerpo capaz. Gente que no necesitaba suponer cosas acerca de quién era y cómo debía sentirse al respecto. Además, le gustaba hacer cosas. Si se volviera ahora podría ver que ella y Wekiti habían limpiado un sendero que se prolongaba a lo largo de unos treinta metros hasta la entrada lateral de la biblioteca. Un logro. Pero lo que le gustaba más acerca de limpiar nieve era que no tenía que pensar mucho mientras lo estaba haciendo. El viejo Ipposkenick se sentiría horrorizado..., podía oírle en estos momentos. El trabajo de un erudito es pensar. No puedes comprender la vida a menos que pienses. La gente que no piensa es esclava de sus susurros.

    —Alza con tus rodillas. —Wekiti se inclinó para demostrárselo—. No con tu espalda.

    La hoja de la pala de Harumen raspó sobre los enterrados adoquines. La nieve siseó suavemente cuando el viento la agitó. Nubes de su aliento remolinearon en el frío aire. Avanzó otros cinco metros. Ya casi estaban en la entrada norte. La calle olía a estiércol y estaba estriada de negro allá donde habían arrojado cenizas de madera sobre el hielo. Sus manos estaban frías. Se preguntó si le caía bien a Wekiti.

    Harumen intentó imaginar el cuerpo de Wekiti debajo de su aceitado pelaje. Sólida pero ágil, decidió. Aunque el pelaje de sus brazos era recio, el de su vientre debía ser fino como la hierba reciente. Harumen admiró por unos instantes los musculados brazos y se preguntó cómo se sentiría si la abrazaran. Los labios de Wekiti tenían que ser tiernos, su lengua firme. Harumen siguió pensando en aquello mientras trabajaba, jugando a un juego de duro y blando con una imaginaria Wekiti. Tomarla como amante, compartir placer y limpiar la nieve al mismo tiempo.

    A veces a Harumen la preocupaba que hubiera empezado a vivir demasiado en su imaginación. Eso era porque llevaba otro mundo en su cabeza. La Tierra, ese extraño y terrible lugar, era tan real para ella como el lodo en la puerta norte. Los mensajeros le habían traído un planeta alienígena que comprender y ahora, después de todos esos años, estaban trayéndole al alienígena. Pero en eso era exactamente en lo que Harumen no quería pensar. En vez de ello intentó concentrarse en las manos de Wekiti. Suaves y duras.

    Sabía que había aún otra razón por la que los demás eruditos no le pedían a menudo que compartiera placer: por los dos duros nódulos implantados en la base de su cráneo. Sus colegas la trataban con una inquieta mezcla de maravilla y piedad; una combinación que no daba como resultado un hacer el amor satisfactorio. No podía culparles; había ocasiones en las que ella misma se sentía tan totalmente involucrada con su interface que todo lo demás era murmullos y bruma. ¿Quién deseaba llevar a una amante embrujada a la cama común?

    La sucia pared de nieve a lo largo del borde de la puerta norte no era tan alta como Harumen. Se había helado hasta adquirir la consistencia del ladrillo. Wekiti golpeó la base con su bota, y un trozo de hielo resbaló hacia Harumen.

    —Necesitaremos el pico para romper esto.
    —Está en la biblioteca. —Harumen apoyó su pala contra la orilla del camino— Iré a buscarlo.
    —Tómate tu tiempo. —Wekiti bostezó—. Ya casi es la hora de comer. Mientras se apresuraba por el sendero, Harumen pudo ver el palacio de los eruditos en el otro extremo de la plaza. Localizó su habitación..., y la de él justo al lado. Había hablado con Ndavu ayer. La astronave ya había llegado al planeta; lo traerían mañana. El mensajero había dicho que Phillip Wing estaba nervioso.

    Él estaba nervioso. Harumen rio entre dientes mientras se echaba el pico al hombro. Había estado aguardándole cuarenta años. Se había sometido a una operación que la había situado aparte de su gente y, en cierto modo, de ella misma. Había pasado años en una lucha mental con la interface del mensajero, empujando a través de media docena de personalidades en un intento desesperado de impedir que la controlaran. En el proceso había averiguado todo lo que los mensajeros podían decirle acerca de Phillip Wing y su mundo. Podía nombrar a sus colegas de Yale y recitar la historia de la casa Piscataqua. Sabía lo de la guerra en México y los canales de teleenlace preferidos de Wing y las reglas del béisbol. Podía explicar quiénes eran Bramante, Índigo Jones, Alvar Aalto y Takekazu Tobata, y por qué eran importantes para Wing. Sabía lo que Daisy Goodwin..., pero no la comprendía. Ni a Phillip Wing tampoco, ¿Él estaba nervioso?

    Harumen depositó el pico al lado de la pala. Wekiti estaba apoyada contra la pared de nieve. Tenía los ojos entrecerrados, el rostro vuelto al sol. Movía los labios de la forma que lo hacía la gente cuando le estaba hablando a sus susurros.

    — ¿Wekiti? Parpadeó.
    — ¿Qué? ¿Corriste todo el camino? —Agitó un dedo hacia Harumen—. Corres demasiado en todas las cosas. Tómatelo con calma, ¿quieres?

    Era una extraña coincidencia. Wekiti no era la única que le decía que se tomara las cosas con tranquilidad. La interface le aconsejaba paciencia también. Pero Harumen no podía impedirlo; ¡había esperado cuarenta años! Tenía derecho a sentirse impaciente.

    Wekiti rodeó a Harumen con su brazo y la apartó de la pared de nieve. —Esto no se irá a ninguna parte —dijo—. Se mantendrá aquí hasta después de que comamos.

    Ella no lo comprendía; Harumen deseaba trabajar. Pero no había forma de escapar a la comida, o a sus preocupaciones. Mientras regresaban cruzando la plaza, Harumen pudo sentir el reconfortante peso del brazo de Wekiti en el suyo. Envió un inexplicable estremecimiento de deseo a su través. ¿En qué estaba pensando? Hoy no se comprendía a sí misma, pero desde la llegada de Wing no había dejado de sorprenderse. Su vida — ¡su mundo!— iba a sufrir finalmente un cambio.

    Harumen se preguntó cuánto tiempo tendría que aguardar antes de que Phillip Wing se sintiera interesado en compartir placer con ella.


    13


    LA HÚMEDA NIEVE CAÍA GIRANDO DEL CIELO. El carro de madera traqueteaba descendiendo por el helado camino, rompiendo la costra bajo sus ruedas. Iba cargado con cajas de madera llenas con las pertenencias personales de Wing. Wing iba montado entre su enlace chani y Ndavu en el pescante del conductor.

    —Eso me recuerda... —lo que Wing deseaba decir era la Navidad, pero no había ninguna palabra para ello en chani— el Día de Kautama. —Un copo de nieve quedó atrapado en el pelaje del dorso de su mano; lo lamió—. Iguales a los que he conocido siempre.

    La enlace, Harumen, llevaba una túnica y unos pantalones hechos de una tosca tela roja. Muy bien hubiera podido ser la ayudaste de Santa Claus, excepto que, cuando la nieve se fundía sobre ella, olía como una alfombra mojada. Con sus más de dos metros, era demasiado alta para un elfo, pero había definitivamente algo como de cuento de hadas en ella. En los ojos quizá: en su totalidad un iris amarillo, con sólo un pequeño reborde blanco. Parecían clavados en sus redondas órbitas. Sus ojos atormentaban a Wing porque así eran también los ojos de él.

    —Lanzados a recorrer la nieve —canturreó— en un trineo abierto.

    En realidad cuatro surunashes, unas criaturas picudas del tamaño de lobos, tiraban del carro. Un segundo carro, conducido por un par de silenciosos chani, seguía con los componentes de la unidad de trabajo CAD de Wing y una carga de vitabulk. Tras ellos quedaban la cápsula de transporte y las cópulas cubiertas de nieve de la base de los mensajeros.

    — ¿Ocurre algo, Phillip? —preguntó Ndavu.
    —Gorjeando todo el camino —canturreó Wing—. Gor—gor—gor— gorjeando. —Gor—gor—gor—gorjeando —hizo eco Harumen. Miró más allá de él con sus ojos de búho.

    Wing gorjeó de nuevo, pues le resultaba difícil parar. Sabía que estaba causando una horrible impresión. Sopló en sus manos para calentarlas y luego se frotó los antebrazos. Aunque su nuevo pelaje se había espesado estupendamente y llevaba ropas isotérmicas, sentía frío. Quizá fuera el viento, o tal vez la causa era que Harumen miraba por debajo, por encima o alrededor de él, pero nunca cruzaba su mirada. Se preguntó qué pensaría ella de él. ¿Era apuesto? ¿Feo? Harumen seguía agitando la cabeza de una forma que sugería que sentía simpatía hacia él. Al principio lo había atribuido a las desigualdades del camino, pero ahora el Bautista le recordó que los secos movimientos de su cabeza era algo que los chani llamaban exhibir. Puesto que los chani sólo establecían contacto visual como signo de intimidad o furia, se comunicaban a un nivel no verbal con un repertorio de sacudidas, una especie de lenguaje emocional de signos que utilizaba movimientos establecidos de la cabeza. Por alguna razón lo consideró divertido, y siguió gorjeando.

    Toda la base del mensajero estaba rodeada por una empalizada de troncos. Harumen se detuvo en la puerta, y las guardias chani descendieron de sus torres para inspeccionar los carros. Wing había esperado que fuese Ndavu quien hablara, pero fue Harumen la que explicó quiénes eran y adonde se dirigían. Una de las guardias trazó un círculo en torno al carro delantero y levantó la lona embreada que cubría la silla Aalto. Wing observó que su brazo izquierdo terminaba en un muñón; rígidos brotes sin pelo crecían para formar nuevos dedos.

    — ¡Déjalo! —dijo el conductor del segundo carro. La guardia retiró bruscamente su mano buena y fue a ayudar a su camarada a abrir la puerta.

    Una vez fuera, giraron a un camino que corría paralelo a la base hasta entrar en una aldea. Ascowen estaba construida directamente contra la empalizada. En su mayor parte estaba edificada con troncos de madera toscamente desbastados, pero había dos edificios de ladrillo que cargaban con el peso de la arquitectura pública. Parecía un lugar nuevo y próspero; la calle principal y muchas de las secundarias estaban pavimentadas con troncos partidos. Incluso las más toscas cabañas tenían al menos una ventana con cristales. Sin embargo, mientras la aldea medraba, la empalizada tras ella caía en ruina. La pared estaba hecha de troncos de seis metros de alto clavados en el suelo y unidos entre sí con cables; los troncos estaban retorcidos y medio podridos. Wing pudo ver atisbos de las cúpulas de los mensajeros a través de los resquicios.

    A todo su alrededor había evidencias de comercio entre la base y Ascowen. Aunque la mayoría de la gente llevaba túnicas, pantalones o ambas cosas, varios vestían prendas transparentes que sólo podían proceder de otro mundo. No se alejaban temerosos, como Wing había esperado, sino que trotaban junto a los carros, agarrándose a las lonas embreadas y gritando ofertas de intercambio. Alzaban cestos de bayas anaranjadas para ser inspeccionados, tiras de cuero o de carne seca que olían como setas; se arrancaban la ropa de su espalda para cambiarla por el contenido de sus cajas, fuera cual fuese. Agitaban estatuillas talladas en madera y piedra y, atrevidamente, considerando la cuarentena de los mensajeros, prismas que hacían sonar una música alegre, gargantillas hechas de destellantes puntos de luz, fantasmales imágenes de la diosa.

    —Creía que no les gustaban los extranjeros —gorjeó nerviosamente Wing. —Y así es. —Harumen habló directamente a Wing por primera vez—. Pero se sienten felices aceptando sus artículos.

    Ndavu no dijo nada, aunque parecía complacido por lo que veía. Wing no estaba complacido. Reprimió una inexplicable urgencia de golpear a alguien, a cualquiera, de sacudir las peludas manos que aferraban sus pertenencias, de maldecir a los comerciantes en perspectiva. Las voces giraban a su alrededor. Cuando se llevó las manos a los oídos su nueva melena le dio la impresión de una cesta metida boca abajo sobre su cabeza. Creyó que podía sentir todo el planeta girar a su alrededor. Había visto demasiado; se sentía golpeado por el incansable asalto de las sorpresas. Tembloroso, se enfocó en un nudo de la madera en las tablas del suelo del pescante. Se cerró a la hormigueante extrañeza del mundo hasta que no hubo nada excepto el grano de la madera y el sonido de su propia respiración, y permaneció de este modo hasta que el carro hubo salido de Ascowen.

    —Ella lo sabe —estaba diciendo Harumen—. Ammagon siente retortijones al respecto todo el tiempo. Según él, Ascowen se halla totalmente corrompida; le gustaría verla arder y las cenizas esparcidas al viento.
    —No dejará de cambiar de ese modo —dijo Ndavu—. La tecnología es parte del mensaje. Tu pueblo siente hambre de ella. Finalmente conseguirán seguir su camino.
    —Puede que su camino no sea el que tú piensas. Todo lo que desean son tus máquinas..., no tu mensaje. Se sienten orgullosos de lo que son.

    Wing podía seguir lo que decían, pero su comprensión se le escapaba. Aún pensaba en inglés, así que necesitaba dar un paso mental extra en cada dirección en una conversación. Eso le recordó un juego al que acostumbraba a jugar cuando era niño: La diosa sabe; pásalo. Gruñó y se sentó erguido.

    — ¿Se encuentra bien? —Ndavu le dio unas palmadas en la espalda—. Estoy preocupado por usted, Phillip.
    —Sólo me siento un poco mareado. —Se sacudió la nieve de su pelaje—. Supongo... Quizás esa aldea fue demasiado, demasiado pronto. Pero ahora ya estoy mejor.
    —Todavía no ha visto Kikineas —dijo Harumen.

    La silueta de los tejados de la ciudad no era la correcta. Al principio Wing pensó que terna que ser un truco de la perspectiva. La imponente espina dorsal de Kikineas parecía desproporcionada con respecto a la baja extensión que la rodeaba, como una choza con la torre de un campanario. Luego, mientras los carros avanzaban resonantes por la carretera de acceso, Wing empezó a preocuparse acerca de sus nuevos ojos. Ndavu había afirmado que no habían manipulado su esencia; todos los cambios habían sido externos. Sin embargo, la forma en que veía el mundo constituía el núcleo de su talento. Si no podía confiar en sus ojos, ¿cómo podría trabajar?

    El diseño central de la ciudad estaba rodeado por barrios miserables de barro y maderas de desecho; el plan maestro de alguien había quedado por terminar. Las calles de las afueras, de troncos partidos por la mitad, estaban llenas de gente andrajosa y sus animales. El aire era denso con mil y un olores: humo y pan recién horneado y podredumbre y pescado frito y orina. El sucio hielo cegaba las cloacas al aire libre; los carros saltaban en los baches y agujeros. Muchos kikineanos parecían no tener nada que hacer excepto ir tras ellos. Al contrario que la gente en Ascowen, sin embargo, tenían muy poco con lo que comerciar. Parecían más interesados en agruparse en torno a Wing, chirriando y tirando de sus ropas isotérmicas y pellizcando su pelaje como para asegurarse de que era real. Finalmente Harumen tuvo que pararse ante un edificio cuadrado de ladrillo para pedir la escolta de la policía local. Los guardias llevaban garrotes y los utilizaban para abrirse paso entre la gente. Su dureza e insensibilidad sorprendió a Wing pese a que Juan el Bautista le aseguró que la habilidad de los chani en regenerar partes corporales estaba unida a un umbral alto del dolor.

    Entonces cerró los ojos y los clavó en el rostro del Bautista, no para información sino más bien como un ancla contra la locura que brotaba a su alrededor. Había una palpable humanidad en los rasgos de aquel sonriente y afeminado hombre que le reafirmaba. El rostro ayudó a Wing a recordar cómo había sido él antes de ser remodelado. Ya empezaba a tener dificultades en imaginarse a sí mismo como un ser humano.

    La multitud no siguió a la caravana hasta el centro de la ciudad. Al cabo de unas pocas manzanas, Wing pasó del tumulto a un silencio ahogado e irreal. Estaban allí en un vecindario de piedra; su nevada masa parecía engullir los ruidos. El sonido más fuerte era el cliquetear de las ruedas sobre el empedrado y el crujir de los travesaños del carro. Los pocos kikineanos a la vista mantenían sus distancias de la pequeña caravana. Los guardias fueron con ellos hasta una columnata y entonces dieron media vuelta sin una palabra. Más allá de las ahusadas columnas había una plaza alineada con fantásticos edificios.

    —Los atrios de Tetupshem —dijo Ndavu— son la parte más antigua de la ciudad.

    Para Wing, aquel lugar era mucho más inquietante que el amontonamiento de la gente de la calle. Mientras que los chani parecían todos demasiado reales, ninguna de sus chozas de madera o achaparrados edificios de ladrillo le habían preparado para la mareante imposibilidad de los atrios. La piedra no podía crear ese tipo de edificación. ¡Esos edificios no podían sostenerse! Era como si las pirámides hubieran sido construidas de papiro o los rascacielos moldeados con arena. Su sentido de las potencialidades de la arquitectura se tambaleó; la mayoría de lo que sabía se demostraba ahora erróneo a la inferior gravedad de Aseneshesh. No podía imaginar trazar diagramas de resistencia que pudieran explicar esas cargas; el impulso de un copo de nieve al caer debería de ser suficiente para desmoronar toda la estructura. Y la cúpula dorada de allí era una cáscara de huevo... Era una pesadilla y peor aún: era una pesadilla del pasado.

    Cuando Wing tenía cinco años, se despertaba a menudo por la noche gritando. Fue inmediatamente después de llegar a los Estados Unidos. Su padre acudía en ocasiones, pero más de una vez era dejado hasta que volvía a dormirse gritando. Más tarde Wing las llamó sus geometrías, pero cuando empezaron eran demasiado terribles para ser expresadas con palabras. En las primeras pesadillas volaba —a veces en un avión o en un hover, a veces desnudo—, y miraba abajo y veía una autopista a sus pies como una línea trazada con una regla, y descendía en picado hacia ella porque tenía que aterrizar. Mientras descendía, la pista de aterrizaje se alzaba a su encuentro hasta que podía ver que no se trataba de una pista de asfalto sino de una línea geométrica, una colección de puntos con longitud pero sin anchura, imposible equilibrarse en ella. Pero en su sueño lo intentaba, agitando los brazos en un desesperado intento de posarse como sobre una cuerda floja en algo menos que un hilo, hasta que al final caía y caía y finalmente despertaba. El psiquiatra infantil en el teleenlace decía que era algo que terna que ver con el pesar por la muerte de su madre. A medida que fue creciendo el sueño cambió, y se deslizaba a través de una ciudad; las torres de oficinas se extendían hasta las nubes a todo su alrededor. Descansaban sobre cimientos extremadamente pequeños, como grandes lápices de cristal y acero equilibrados sobre sus puntas. Entonces alguien, su padre o un maestro o un personaje de un vídeo favorito, se acercaba demasiado a una de las torres y Wing gritaba una advertencia de que no la tocara. El impacto de su voz hacía que los rascacielos se tambalearan y tuvieran un efecto de dominó los unos sobre los otros, hasta que enormes trozos de piedra y acero negros caían hacia él, y caían y caían y...

    — ¡No! —gritó, mientras unas fuertes manos le retenían de tal modo que estuvo seguro de que sería aplastado por los restos que caían—. Es el equilibrio. —Se debatió bajo la presa de aquellas manos y abrió los ojos, y había unos monstruos sujetándole, criaturas peludas sin nariz y con afilados dientes rosados. Eran los que habían traído de vuelta las aterradoras geometrías y ahora le tenían a él y le habían convertido en un monstruo y nunca podría salirse de aquello.
    —Todo está bien, Phillip —dijo uno de los monstruos, mientras apretaba algo contra el brazo de Wing. ¿Quién podía confiar en un monstruo?—. Nos ocuparemos de usted.

    Wing permaneció tendido en una habitación a oscuras durante dos días, preocupado por lo que había visto. Desempaquetó las cosas que había traído de la Tierra y las estudió obsesivamente hasta que ya no estuvo seguro de si habían cambiado o no. A veces, en sus peores momentos, imaginaba que sus ojos eran en realidad parásitos que se habían deslizado en su cabeza y se habían instalado allí. Juan el Bautista le atormentaba; recibía visitas de Harumen y Ndavu. El mensajero le aseguraba que su crisis era temporal y un retroceso comprensible, y que pronto se ajustaría a este nuevo mundo. Wing deseaba creerle.

    Le habían trasladado al dormitorio de los mensajeros en el palacio de los eruditos, el único lugar en la ciudad donde se permitía vivir a los de otros mundos. A su debido tiempo su curiosidad venció a su miedo y empezó a explorar aquel nuevo lugar de aquel mundo: cautelosamente, palmo a palmo.

    La habitación era un rectángulo de tres por siete metros con una puerta en un extremo y puertaventanas con postigos en el otro. Ha— rumen le informó de que las puertaventanas se abrían a un balcón; Wing se sentía aún demasiado desmoralizado para comprobarlo por sí mismo. La habitación olía como si el suelo de madera hubiera sido barnizado recientemente y las paredes de yeso encaladas. Franjas alternativas en el alto techo irradiaban luz y calor; los mensajeros lo habían arreglado de tal modo que él pudiera controlar el techo desde su tablilla o su unidad de trabajo CAD que habían incluido en su escritorio de tapa corredera. Habían colocado el escritorio cerca de la puerta, junto a la Silla 31. La puerta poseía una cerradura embutida; nadie le ofreció a Wing la llave. Pilas de cajas de plástico de la astronave alineaban las paredes. El colchón de gel de Wing estaba encajado en una cama de madera tallada.

    Harumen merodeaba por la habitación cuando le visitaba. Le gustaba tocar las cosas.

    — ¿Eran así las cosas allá de donde viene? —Tomó su tablilla y jugueteó con el teclado incorporado.
    —Había flores. —Wing se pasó los dedos por su melena mientras alzaba la vista hacia las franjas de luz—. Teníamos un invernadero; incluso en invierno había —deseó decir pensamientos y begonias y orquídeas, pero no pudo— muchos tipos de flores. ¿Tienen ustedes flores? —Se sintió estúpido, porque el Bautista comprimió imágenes del centenar de especies más comunes en un destello de datos. Harumen pareció captar lo que en realidad preguntaba.
    —Después del deshielo —dijo—, la melena de bebé florece a todo lo largo de la orilla. Tiene pétalos amarillos. Cogemos las flores para compartir con los amigos. —Volvió a dejar la tablilla en su ranura en la unidad de trabajo—. Tienen un sabor dulce, son deliciosas con raíces del pan. —A veces, cuando sonreía, sus puntiagudos caninos resplandecían a la luz—. Así que algunas cosas son lo mismo, ¿verdad?

    Wing se sintió distanciado de sí mismo. Observó de cerca su propio comportamiento ahora que sabía lo quebradizo que podía ser. Mientras no tuviera que tratar con nada nuevo todo estaría bien. Estaba empezando a acostumbrarse a esta habitación; al menos tenía sus cosas en ella. Pero, a finales del segundo día, Wing todavía tenía que acumular el valor necesario para abrir los postigos de las puertaventanas.

    Pasó mucho tiempo frente a su reproducción de San Juan el Bautista. Estaba intrigado por el hecho de que el santo de Leonardo no se parecía mucho a su Bautista. Su Bautista parecía, de algún modo, más femenino; los rasgos eran quizá más blandos, aunque Wing se dio cuenta de que no había sido cierto hasta que pensó en ello. La imaginería del Bautista era cambiante; ahora se parecía un poco a Shane Darcy, la estrella transexual del vídeo. Las diferencias no eran sorprendentes en sí mismas; Ndavu había dicho a Wing que podía modelar la interface a su medida. Lo que era sorprendente era que el Bautista había cambiado sin el conocimiento de Wing. Su inconsciente al trabajo..., ¿haciendo qué? Wing retrocedió de la reproducción, considerándola como una clave. Recordaba haber visto el original en el Louvre; podía incluso visualizar la tienda del museo cerca de la Victoria Alada de Samotracia donde había comprado la copia impresa. No podía recordar mucho acerca de la historia de la pintura, sin embargo, pese a que sabía que en una ocasión había leído una biografía de Leonardo y había visto varios vídeos documentales. Un trabajo tardío, pensó. Preguntó al Bautista, que no pudo ayudar. No había nada acerca de Leonardo en el implante. Wing se preguntó si el Bautista sería capaz de tomar la información de sus propios recuerdos. El Bautista dejó que Wing se diera cuenta de que la interface de datos no podía cruzar los límites de la personalidad sin una invitación, una salvaguardia que protegía la integridad de la esencia del anfitrión. Wing no podía dejar de preguntarse qué integridad le quedaba para proteger. Al menos el Bautista era alguien en quien confiaba una criatura de su propia imaginación. ¿Su único amigo? La idea le dejó con la sensación de ser tan ligero como el aire. El santo visionario de Leonardo parecía tentarle a ello. Wing gorjeó y le pidió al Bautista que accediera a su memoria.

    Cuando Leonardo murió en el exilio, tenía tres pinturas con él: la Mona Lisa, Santa Ana con la virgen y el niño y San Juan el Bautista. San Juan el Bautista es considerada generalmente como la última pintura de Leonardo. Causó un escándalo menor y fue suprimida durante un tiempo a causa del poco serio tratamiento del austero precursor de Cristo. Para muchos era una clara admisión de la homosexualidad de Leonardo.

    (Y eso es todo lo que recuerdas.)

    Wing se estremeció, aterrado y fascinado a la vez. No había esperado una voz. Ciertamente, había brotado de dentro de su cabeza. Humana pero andrógina. Ahora estaba seguro de que se había vuelto loco.

    (Si guardas el secreto, nadie lo sabrá excepto tú.) Y la voz calló.

    —Hey —dijo Wing—. Espera. —De inmediato se sintió estúpido por hablar en voz alta. Estaba decidido, pero no pudo conseguir que el Bautista hablara de nuevo. Podía visualizar el rostro y acceder a la información del implante, pero no había personalidad, ninguna voz detrás de los datos. Finalmente tuvo que considerar la posibilidad de que simplemente lo hubiera alucinado. Después de todo, los chani afirmaban oír los susurros de su dios. Ahora él era uno de ellos..., más o menos. Pero llamarlo una alucinación no resolvía nada. Aunque la voz no hubiera sido real en un sentido estricto, la había percibido. En algún momento tendría que confiar en sus percepciones, por extrañas que pudieran parecer, o de otro modo se volvería loco.

    Fue la primera sorpresa agradable que había tenido en mucho tiempo. La falta de apetito de Wing preocupaba a Harumen; había decidido sentarse con él a cenar para asegurarse de que comía. Bajo su punto de vista, el problema residía en el vitabulk. No le gustaba nada de aquella sustancia: el color a masa por cocer, su amargo aroma a levadura, los tubos que había que apretar en su paleta de sabores. Mientras él sacaba del microondas un tazón lleno de la sustancia, ella extrajo una pequeña bolsa de tela, como un saquito.

    —Mire —dijo, al tiempo que la abría—, tenemos flores.

    Dentro había un ramillete de secos pétalos amarillos y semillas marrones con plumosas colas. Él se llevó el saquito a sus fosas nasales y olió; recibió una intensa fragancia. Se sintió emocionado por aquel gesto. Sabía que ella estaba intentando ser amistosa..., pese a sus inquietantes ojos, la forma en que se movía sin cesar.

    —Pruébelas —dijo ella.

    Él se llevó un pellizco de melena de bebé a la boca. Harumen inclinó la cabeza hacia un lado. Al principio no hubo más que un sabor seco, como de papel..., luego su lengua pareció incendiarse. Fue como si se hubiera metido en la boca un poco de chile en polvo. Cuando la escupió entre toses, Harumen saltó hacia atrás fuera de su taburete y adoptó una actitud agazapada de lucha.

    — ¡A—arde! —Wing inspiró aire temblorosamente—. Agua. —Se frotó la lengua contra el paladar mientras ella corría a traerle una taza. Después, él resopló y gorjeó al mismo tiempo—. Eso fue fuerte. Tengo la lengua dormida; ni siquiera el curry de papá era tan fuerte.

    La melena de bebé había despertado un inesperado estallido de sensaciones. Por primera vez desde que había abandonado la Tierra Wing dejó de observarse a sí mismo. Tomó las dos manos de Harumen y bailó una improvisada danza:

    —Traiga esta cosa ardiente. Arde, arde..., ¡dos veces arde! —Ella le miró como si se preguntara si debía emplear la fuerza para calmarle—. Bueno, mire. —Él tomó un cuidadoso pellizco de la melena de bebé y lo espolvoreó sobre su vitabulk—. Me gustan las cosas fuertes. Simplemente hay que cuidar la dosificación. —Comió con algo parecido al gusto—. Estupendo. —Saboreó el familiar ardor en la parte de atrás de su garganta—. Lo mejor que he probado desde que me fuera de casa.

    Ella exhibió confusión.

    —Se lo agradezco, Harumen —sonrió él—. De veras. —Ella sonreía también ahora.

    Después de que Wing terminara de comer, charlaron durante casi una hora. No hablaron de su misión ni de los mensajeros ni de otros asuntos de importancia galáctica. En vez de ello hablaron del tiempo y de la melena de bebé y de lo que a Harumen le gustaba comer. Wing le hizo prometer que cenaría con él alguna vez, y ella dijo que le traería otra sorpresa si él quería. Por su parte Harumen estaba muy interesada en estas cosas, y así Wing intentó explicarle el claroscuro de Leonardo y por qué Alvar Aalto había usado abedul laminado para hacer sus sillas. Ella pareció comprender la mayor parte de lo que él le dijo. Él se sentía a gusto con ella; ciertamente, era diferente —mejor— que estar con Ndavu. Cuando llegó el momento de que ella se fuera, él se sintió realmente decepcionado.

    —Quiero ayudarle. —Lentamente, ella adelantó una mano y revolvió el pelaje de su nuca. Él luchó contra el impulso de apartarse; era la primera vez que había sido tocado por un chani—. ¿Está todo bien?
    —Sí. —Sintió una reacción física tan fuerte a ella que tuvo que apretar su mano para no temblar—. Oh, sí. —No tenía la menor idea de qué le había poseído.

    Ella apretó su puño, el signo chani de asentimiento. Él gorjeó cuando ella cerró la puerta a sus espaldas. ¡Era un avance! No se había sentido así desde que estaba en séptimo grado. Se notaba tan aturdido que se dirigió a las puertaventanas, las abrió de par en par y salió al balcón.

    Era tarde y la ciudad estaba a oscuras. Aunque el dormitorio de los mensajeros estaba electrificado, los chani dependían de lámparas de aceite y velas para la iluminación, incluso aquí, en la Ciudad de los Eruditos. Kikineas no parecía tan intimidante ahora; la oscuridad ayudaba a suavizar los sombríos monumentos. Los familiares montones blancos destacaban dispersos por todos los atrios de Tetupshem; Kikineas tenía los mismos problemas con la retirada de la nieve que Portsmouth y Boston. En la distancia Wing pudo oír el canto de los sacerdotes como un somorgujo que hubiera tomado anfetaminas. Pero fue el cielo sin luna lo que llamó su atención, una enorme tela pintada con la noche y las estrellas, intocada por la imaginación humana. Lo observó pero no pudo hallar ningún rastro de las constelaciones familiares; ninguna jactanciosa Casiopea o atrevido Orión, nada de osos ni perros ni cisnes.

    Contempló las estrellas, intentando imaginar dónde estaba y por qué había acudido a este extraño Jugar. Allá en la Tierra había sido el Bravo Joven Arquitecto, el Héroe del Nuevo Milenio, el Primer Representante de la Humanidad en las Estrellas. O, al menos, eso habían dicho las noticias. Los griegos probablemente hubieran dado su nombre a una estrella, o quizás incluso a toda una constelación. Le gustó: Orión el Cazador, Acuario el Aguador, Wing el Arquitecto. Gorjeó. Puesto que no había griegos a mano, podía hacer el trabajo por sí mismo. Decidió que sus atributos teman que ser una tablilla de trabajo y un sombrero de copa. Luego estudió el cielo en busca de un esquema de estrellas adecuado. Justo en el momento en que había plantado sus pies imaginarios en el horizonte, oyó la puerta abrirse a sus espaldas.

    —Phillip, ¿qué está haciendo? —Ndavu cruzó corriendo la habitación hacia él, como si temiera que Wing estuviera a punto de saltar.

    Wing retrocedió unos pasos. —Intento sentirme en casa.


    14


    A LA MAÑANA SIGUIENTE, Wing se sentía lo bastante fuerte como para enfrentarse a toda la ciudad. Todos a la vez o uno por uno; no significaba ninguna diferencia. En vez de ello, fue persuadido de efectuar una visita al palacio de los eruditos.

    Ndavu y Harumen dormían al otro lado del pasillo de Wing. La habitación de Ndavu estaba escasamente amueblada: un camastro, un arcón de plástico y una ventana de comunicaciones. La ventana que dominaba la pared del fondo se abría al extenso fondo de un rosado océano. Estaba cubierta con lo que parecían plantas puestas boca abajo, ancladas al lodo de cornalina mediante hojosas correas, rematadas por nidos de raíces blancas que se agitaban lánguidamente en la corriente. Criaturas de confeti giraban en alegremente coloreados bancos, y había algo que se agitaba entre los tallos. Wing se sintió fascinado; tuvieron que apartarlo de allí.

    La habitación de Harumen parecía y olía como si llevara viviendo algún tiempo en ella. Wing empezaba a acostumbrarse a su olor; intentó pensar en él como un olor a prados. Tenía un hermoso armario de madera con paneles tallados con motivos florales, una estantería llena con pergaminos enrollados color huevo y algunos libros delgados. Un desgastado impermeable rojo colgaba de un gancho en la parte de atrás de la puerta. Había dibujado al carbón paisajes en las paredes, que se habían vuelto grises de anteriores dibujos borrados. El armazón de su cama era idéntico al de Wing; su colchón estaba relleno con plumas.

    La mayoría de los mensajeros preferían permanecer en una de las bases, así que el único otro residente de su dormitorio era Menzere, que vivía encima de ellos, en el piso reservado para ambientes especiales. Se reunió con ellos en la zona de aterrizaje en la parte superior de las escaleras, las manos unidas en signo de súplica y saludo.

    —Me alegra conocerle, Phillip Wing. —Su pelaje era marrón oscuro, y llevaba una túnica gris atada a la cintura con una faja azul—. Estaba esperando con ansia su llegada. ¿Quizá podamos ser extranjeros juntos en este lugar?
    —Sí —dijo Wing. No estaba seguro de lo que ella quería decir exactamente— ¿Y qué hace usted aquí?
    —He estado correlacionando datos para los climatólogos planetarios. Harumen intervino.
    —Estamos desarrollando un modelo de ciclo de glaciación.

    Harumen parecía tener la intención de dirigirse directamente hacia Menzere hasta chocar con ella. Wing iba ya a tender la mano para echarla hacia atrás...

    —Esperamos aconsejar a los chani en su reclamación de las tierras perdidas.

    ...cuando Harumen penetró en el cuerpo de Menzere. La mensajera se emborronó y onduló y luego se reorganizó cuando Harumen hubo pasado a través de ella.

    —Por supuesto, es un fantasma —dijo Ndavu, un segundo después de que el Bautista proporcionara la misma información—. Menzere debe permanecer en su habitación; el entorno de aquí es demasiado agotador para ella.

    Harumen se volvió para observar su reacción.

    —Tiene que visitarme más tarde —dijo Menzere—. Poseo un observatorio. —Me encantará —respondió Wing.

    Tomó la mayor parte de la mañana visitar todo el palacio. En el centro del complejo había una sala de asambleas en forma de cúpula. La cúpula descansaba sobre un bosque de columnas de piedra y estaba perforada por una serie de pequeñas ventanas circulares de cristales de colores que formaban un dibujo asimétrico, lo cual proporcionaba al techo el efecto de estrellas al anochecer. Debajo de la gran sala había cuatro niveles de salas de lectura subterráneas, talleres y almacenes. Todo ello vacío.

    — ¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Wing.
    —Aguardando en el refectorio —dijo Harumen—. Nos gustaría que compartiera con nosotros la comida. Pero deseaba estar segura de que se encontraba usted bien.
    —Prometo no morder. —Hizo chasquear los dientes en burlona ferocidad—. Así que adelante con ello.

    Camino al refectorio, tuvieron que pasar junto a la entrada del palacio. Wing insistió en que salieran por un momento a fin de poder ver cómo era por su parte exterior. Se estaba probando a sí mismo, y todos lo sabían. La superficie de la cúpula era dorada; un estanque reflectante la rodeaba. Desde el borde del estanque, una serie de dormitorios de ladrillo color ámbar partían formando radios como los rayos de un estilizado sol. Cada uno estaba conectado a la segunda planta de la estructura principal por un puente en arco sobre el estanque. Había una ironía allí: la arquitectura del palacio de los eruditos se refería directamente al dios, pero ellos no creían en él. Pensar en eso hizo que Wing saliera de las sombras del palacio a la luz.

    Chan estaba tan hinchado como el sol de la Tierra al final de un bochornoso día de agosto, y sin embargo tenía una ensoñadora cualidad, parecía como una joya. Era del color del topacio. Wing se inquietó de que sus nuevos ojos no ardieran cuando mirara dentro de aquel sol; de hecho, Chan tenía una cualidad compulsiva para la cual el implante del mensajero no le había preparado. Wing se sintió inesperadamente excitado al ver a Chan por primera vez; le recordó cómo se había sentido en la inauguración de la Nube de Cristal. Se dio cuenta de que en el borde de su consciencia el Bautista le estaba explicando cosas que no deseaba saber: que Chan era 0,719 veces tan brillante como el Sol, con una temperatura superficial media de 5.805 grados; la órbita de Aseneshesh era de 0,881 UA en su lugar más cercano a la primaria y de 0,899 UA en su punto más alejado. Wing pensó en volverle la espalda a Chan pero no lo hizo; tuvo la sensación de que, si sólo lo miraba el tiempo suficiente, cosas importantes quedarían claras para él. Comprendió por primera vez cómo esa gente podía convertir a su estrella en un dios.

    —Hace frío. —Ndavu tiró de su brazo—. Deberíamos entrar.

    La mayoría de los otros dormitorios resultaron estar vacíos también. No había tantos eruditos como Wing había esperado: cuarenta y tres, según Harumen, y dieciocho aprendices. Al principio Wing los encontró ligeramente patéticos. Parecían perdidos en la vastedad de su comedor; hileras de mesas vacías detrás de ellos parecían hablar de un largo declive. El silencio de la gran estancia daba la impresión de engullir su erudito debate.

    El profeta Ammagon no se había atrevido a golpearles directamente; Teaqua no lo hubiera permitido. A lo largo de los años, sin embargo, había conspirado con sus compañeros sacerdotes para cortar de cuajo el número de renacidos enviados del templo al palacio. Los eruditos más viejos eran absueltos y recibían nuevas vidas; había pocos reemplazos. A medida que la comunidad de eruditos disminuía, Ammagon anunció un ambicioso plan de reforma de la educación. Fundó nuevas escuelas, organizadas sobre un modelo religioso y dedicadas a defender la pureza de la cultura chani contra la polución de nuevas ideas. Sus sacerdotes—pedantes enseñaban las habilidades prácticas y la obediencia a los susurros. Aquellos que en su tiempo hubieran podido convertirse en eruditos aprendían ahora a considerar el palacio de la libre investigación como un peligroso anacronismo.

    Los eruditos que habían sobrevivido a la reforma de Ammagon eran un grupo suspicaz y desalentado. Wing fue presentado a ellos uno a uno; intentó ser educado con todos. No tenían nada que preguntarle, y respondieron a sus cuestiones con una tensión que bordeaba la hostilidad. No estaban seguros de qué pensar de él.

    La mayoría eran historiadores y arqueólogos dedicados a catalogar los artefactos de la Edad Cálida de un hallazgo cercano, pero se negaban a especular sobre las posibles aplicaciones de sus estudios.

    —Buscamos saber sólo por el bien del conocimiento —dijo Ipposkenick, un historiador arquitectónico que era el más directo del grupo—. Nuestro trabajo ahora es aprender, no enseñar. —Uno de sus colegas exhibió una advertencia; Ipposkenick se encogió de hombros—. Lo que ocurra en el mundo hoy o mañana no significa nada para nosotros. Todo lo que pedimos es estudiar las cosas de ayer en paz. Lo que ha sido olvidado. Dejemos que los pedantes muestren a la gente cómo cultivar la cebada y construir diques. Nosotros servimos a la diosa delimitando el pasado. Ponemos diques para que no escape la verdad.
    —Lo que Teaqua dice es la verdad —se agitó su colega.
    —La verdad. —Ipposkenick apretó su puño en signo de asentimiento—. La verdad es que las Edades Cálidas han pasado. Teaqua también pasará.

    Harumen preguntó si Wing aún deseaba quedarse para la comida del mediodía, y él le dijo que dejara de preocuparse por él. Ella era una erudita y aquélla era su gente; él necesitaba ganarse su confianza. Eligió un lugar en la mesa opuesto a Ipposkenick, mientras Ndavu y Harumen se situaban a ambos lados de él. Los demás, incluido el fantasma de Menzere, hallaron otros lugares en la larga mesa en la parte delantera del refectorio; Wing tuvo una visión de sillas vacías que se fundían en la oscuridad. Fueron servidos por los aprendices, que echaron cucharadas de unas glutinosas gachas frías en taxoms.

    Lo espolvorearon con bayas verdes y quequa, que tenía el aspecto de babosas en salmuera, Ndavu y Harumen recibieron su ración también; un tazón vacío fue colocado delante de Menzere. Alguien había calentado a Wing un poco de vitabulk. Mientras exprimía pasta de lasaña multicolor de un tubo de sabores, la reserva de los eruditos cayó finalmente; su expresión se hizo claramente de desagrado.

    Nadie comió, nadie habló, ni siquiera después de que la comida hubiera sido distribuida y los sirvientes hubieran ocupado sus lugares en la mesa. Siguiendo el ejemplo de Harumen, Wing aguardó. Sonó un instrumento de cuerda. Mientras toda la pared frontal del refectorio brillaba y se abría a una ventana, el Bautista informó que Wing estaba a punto de presenciar la acción de gracias, una de las dos audiencias diarias a través de la ventana de comunicaciones. La acción de gracias era una ceremonia primariamente religiosa; el énfasis de la reunión vespertina era la diversión.

    Los adoradores en la ventana estaban postrados en un suelo de piedra. Sonaron cuernos, retumbaron tambores, fueron pulsados acordes. A medida que la procesión avanzaba por el templo, la ventana efectuó un lento y reverente retroceso hasta un plano general. Usando la congregación como escala, Wing estimó que las paredes se alzaban al menos treinta metros desde el suelo. Una luz grisácea se filtraba a través de las ventanas de la galería entrevista en la bóveda en forma de barril allá arriba. Wing deseaba más tiempo para estudiar la arquitectura, pero la ventana siguió a una litera conducida por espadas vestidos con chaquetas azules. La depositaron al lado de un altar de piedra y se dejaron caer de rodillas, con mucho cuidado de no empalarse a sí mismos con sus armas. Al cabo de un momento, una forma se desenroscó del nido de almohadones de la litera, se agachó bajo el palio, salió y se puso en pie. Con los brazos extendidos, se reveló en toda su gloria. Teaqua aceptó el agradecimiento de su pueblo.

    La diosa iba vestida con una túnica dorada que se arrastraba por el suelo. Su pelaje era del color del cobre nuevo. Su corona era un casco de cristal tallado con un puño que emergía de su frente, Un torque de prismas colgaba en torno a su cuello. Cuando llegó al borde del altar, la ventana cambió de perspectiva. Ahora Wing pudo ver a los adoradores por encima del hombro de ella. Estaban adelantándose, saltando, agitando las manos, exhibiendo y llamándola con frenesí.

    — ¡Alabada sea! ¡La estrella de Chan! —Ayúdanos...
    —Chan es grande. —Bendita seas, bendícenos.
    —Te oímos, te oímos siempre y en todas partes.
    — ¡Teaqua, oh Teaqua!

    Los eruditos no se emocionaron ante el fervor de la gente en la ventana; se agitaron y susurraron entre sí. Ipposkenick agitó su cuchara.

    —Envíanos mejor comida, oh Teaqua. —Hubo una oleada de azarados cuchicheos.

    Cuando finalmente los fieles se apaciguaron, la ventana volvió a Teaqua. Ésta alzó las manos en súplica.

    —Te dan las gracias, Chan. ¡Escucha sus plegarias! —Su voz resonó por el refectorio; no suplicaba, sino que más bien le ordenaba a su dios. Incluso Wing sintió un vibrar en su voz. Luego ella volvió la cabeza con poderosa gracia, sin duda para impedir que la multitud se descarriara, pero al mismo tiempo creando la ilusión de que establecía contacto visual con su lejana audiencia..., una familiaridad que sólo la diosa podía atreverse a asumir. Wing observó que un erudito más abajo en la mesa hundía subrepticiamente un dedo en sus gachas y lo lamía hasta dejarlo limpio. Mientras tanto, un sacerdote con una chaqueta azul apareció en la ventana, llevando una bandeja de madera repleta de comida. Se la ofreció a Teaqua, pero ésta abrió la mano en un gesto de rechazo y dijo:
    —Comed primero, todos vosotros, mientras yo le hablo a Chan en vuestro beneficio. —Con eso se retiró cuidadosamente a su litera, con el casco de cristal equilibrado sobre su cabeza. La ventana siguió enfocada en el sacerdote, que depositó la bandeja en el estrado y se sentó con las piernas cruzadas a su lado. Ante aquello, Ndavu cogió una cuchara que parecía un trozo de caña de bambú abierto longitudinalmente. El refectorio se llenó con el murmullo de las conversaciones mientras los eruditos empezaban a comer.
    —El profeta Ammagon —murmuró Harumen, exhibiendo su desaprobación hacia la ventana—. La pulga de la diosa.

    Ammagon se metió una baya en la boca.

    —Mañana —dijo, mientras tragaba— abandonaremos esta espléndida ciudad para seguir con la gira de Teaqua. Yo, por una vez, lamentaré ir. Debo decir que he disfrutado de mi estancia aquí. Kunish es un lugar maravilloso y su gente tiene muchas cosas de las que sentirse orgullosa. —Hizo una pausa mientras la audiencia local vitoreaba.
    —Kunish es un agujero de mierda y su gente huele a pescado —dijo Ipposkenick. Hubo varios gruñidos de asentimiento. Wing probó su vitabulk: apenas tibio.
    —Me he sentido impresionado por los pescadores de aquí —prosiguió Ammagon. Seleccionó un filete escogido de pescado de la bandeja y lo tragó de un bocado—. Sí, muy sabroso. —Dio rápidamente un sorbo de agua—. Toda la flota ha estado trabajando muy duro en honor de la visita de Teaqua. Me siento complacido de deciros que han superado el plan para este año en mil toneladas. —Más vítores en Kunish, gruñidos en Kikineas—. Como resultado de ello, superaremos cualquier déficit de cereal en el Protectorado Costero con la mitad del peso en pescado.
    — ¡Haz que los pedantes les enseñen cómo conservarlo! —dijo una voz desde el otro extremo de la mesa.
    —Pero primero enseña a los pedantes —respondió algún otro. Todos los eruditos gorjearon.
    —Y ahora —dijo Ammagon—, escuchemos la música de Owena mientras vosotros y yo gozamos de esta espléndida comida. Ella estará cantando «La antorcha escuerzo» y «Malvado, malvado Wequassín».

    La ventana cambió a un rígido grupo de músicos que tocaban instrumentos de cuerda. La cantante tenía una voz como de ardilla. Wing hundió la cuchara en el vitabulk y alzó un pequeño montículo. Se sorprendió al ver a Menzere comer también; se preguntó cómo un fantasma podía manipular objetos reales. Ella le sonrió mientras alzaba su copa. Una observación más atenta reveló el truco. La copa onduló ligeramente mientras la mano de la mensajera se cerraba a su alrededor. De lo que bebía era de una copa fantasma; la real quedaba enmascarada por su ventana. Wing le devolvió la sonrisa, desconcertado de nuevo por la meticulosidad de los mensajeros. Había algo obsesivo en el cuidado con el que creaban sus ilusiones.

    Ammagon regresó.

    —Gracias de nuevo a Owena y sus espléndidos músicos. Soy incapaz de alabar lo suficiente la forma en que la gente trabajadora de Kunish nos ha tratado durante nuestra estancia aquí. Ahora, antes de que terminemos la visita de hoy, Teaqua me ha pedido que os diga que está cambiando sus planes. La próxima parada en nuestra gira tenía que haber sido Netasu, conocida de todos por sus maravillosas minas. Pero acabamos de saber que el humano, Phillip Wing, ha aterrizado finalmente en Kikineas. Puesto que ha venido hasta nosotros a petición de Teaqua, parece correcto que ella acuda a darle la bienvenida al término de su largo viaje. Sé que todos os sentís tan ansiosos de conocerle como yo. No necesito deciros lo importante que es su trabajo para nosotros. Con la ayuda de Chan y la bendición fe Teaqua, traerá hasta nosotros una nueva era de paz y santidad. Así que os veremos todos en Kikineas y, hasta entonces, mirad dentro del sol.
    —Y oíd los susurros —respondió la congregación, y la ventana se cerró. La audiencia había terminado.
    —Felicidades, Phillip —dijo Ndavu—. Esto es realmente un honor para usted. Wing no pudo evitar el oír a Ipposkenick decirle a Harumen:
    —No sé por qué ella tiene que venir aquí. Nunca le ha gustado esta ciudad. Guando Wing había abordado la astronave mensajera, se había llevado consigo un equipaje intelectual que, sabía, no podía permitirse perder. Por ejemplo, creía que los principios de dirección de un proyecto eran tan inmutables y universales como las leyes de la física. Cualquier problema complejo de diseño, no importaba si implicaba construir soldadores robot o un sistema de desagües o una tumba para una diosa, estaba sometido a la lógica del diagrama de fabricación. Así, Wing había imaginado que, cuando llegara, se dedicaría inmediatamente a la búsqueda de los hechos básicos y a las fases de análisis del proyecto. Trabajaría con Teaqua para establecer sus necesidades y objetivos. Refinaría esta información en un programa de exigencias espaciales para la edificación propuesta. Luego, mediante consultas con su cliente, procedería a la elección del emplazamiento y a los bocetos preliminares, y cuando éstos estuvieran aprobados produciría un plan final. Probablemente los mensajeros tendrían que traducir sus ideas a planos y diagramas de trabajo que los constructores chani pudieran usar. Aunque no deseaba supervisar la construcción bajo una base cotidiana, estaba seguro de que podría hallar algún maestro constructor que sí pudiera hacerlo. El proceso lo era todo, había pensado. Sigue los pasos en el orden correcto y el éxito, o al menos el remate de la obra, estará asegurado.

    Pero no podía conseguir empezar. Wing había esperado todo el tiempo que la fase del estudio inicial de su proyecto fuera la más dura: cuantitativamente distinta de cualquier otra que hubiera intentado nunca. Sabía que tendría que trepar por la más empinada cuesta de aprendizaje de su vida. Ahora se daba cuenta exactamente de lo difícil que iba a ser el estudio..., cualitativamente distinto de cualquier otra cosa que hubiera hecho nunca. Se sentía abrumado; no creía tener la capacidad necesaria para dominar todos los hechos en sus laberínticas interconexiones. El implante de los mensajeros y el Bautista eran en realidad parte de su problema: sabía mucho más de lo que comprendía. Las defensas psicológicas, sobre las que tenía escaso control, saltaron. No se parecía en nada a una esponja que, cuando es inmersa en una nueva cultura, se empapa inevitablemente y sin esfuerzo de información. Era una piedra — impermeable— dejada caer en un lodoso mar. Había perdido el control de su habilidad de aprender.

    Su problema no fue inmediatamente evidente a los que le rodeaban. Mientras aguardaba la llegada de Teaqua, Wing pareció ajustarse a su vida en el palacio de los eruditos. Efectuaba sus dos comidas diarias en el refectorio. Interrogaba a los eruditos acerca de sus especialidades. Visitaba Kikineas. Se esforzaba en hacerse amigo de Ha— rumen y era educado con Ndavu.

    Sin embargo, no resultaba extraño que Wing olvidara el camino de su habitación al refectorio. Cuando alguien le hallaba vagando por los corredores, completamente perdido y luchando contra el pánico, afirmaba que estaba explorando. Se sentía constantemente azarado porque no podía recordar los nombres de la gente, no importaba lo a menudo que le fueran recordados. A veces despertaba en medio de la noche y se quedaba mirando la oscuridad sin saber dónde estaba. Tenía sueños sobre ojos inmóviles que le convertían a él en piedra. Durante el día se le mostraba la ciudad: la biblioteca parecida a una fortaleza que había sido reconvertida a partir de unos cuarteles; una arena donde veinte mil personas podían presenciar espectáculos o compartir una fiesta de adoración, los grandes tribunales públicos, el granero municipal, el templo de Nurusquan. Recorrió los muelles y fue escoltado a través de la bulliciosa y andrajosa ciudad nueva a lo largo de la Puerta Norte. Recorrió el Sendero de Chan, pasó por la Puerta de los Peces, cruzó el río Vinodtdce por el puente de las Runas, y subió a la colina Chemish, donde visitó las ruinas de la villa Wequassin. Apenas recordaba nada de ello. Sabía que había visto una cantera pero no podía recordar su ubicación. En alguna parte había todo un vecindario de casas idénticas de estructura de madera con paredes de ladrillo cocido. Los arcos del puente de las Runas, ¿eran elípticos o circulares? La arquitectura de la ciudad era en sus recuerdos una forma imprecisa cubierta de nieve. Finalmente dejó de prestar completamente atención. Se dejaba llevar por cualquiera que le acompañase, efectuando los ruidos apropiados, representando el papel de un arquitecto en su trabajo. Su plan era simple: había decidido aguardar a Teaqua. Ella sabría lo que quería.

    Fue fácil engañar a los eruditos; nunca se daban cuenta de que estaba soñando despierto. Como los expertos no apreciados en cualquier parte, una vez se acostumbraron a él empezaron a derramar torrentes de explicaciones, con su contención completamente barrida por el entusiasmo hacia su propio trabajo. Ndavu no parecía darse cuenta tampoco. El mensajero se había retraído desde su llegada. En ocasiones parecía estar atareado ocupándose de sus propios problemas. Harumen, sin embargo, se daba cuenta de todo.

    — ¿Qué está pensando, Phillip?

    Había permanecido junto a la puertaventana, buscando soñadora— mente las estrellas de su constelación. Se volvió, parpadeando.

    —Lo siento. ¿Qué? La expresión de ella se ensombreció.
    — ¿Qué ocurre que, cuando hablo, usted no escucha? Wing no quería que ella se irritara con él.
    —En realidad, estaba pensando en una planta. La dejé en mi oficina, allá en la Tierra; me la regaló Daisy. Tenía unas hojas grandes. —Retorció las manos para mostrarle el aspecto de una planta de caucho—. Tenía que limpiarle el polvo muy a menudo. Me estaba..., simplemente me estaba preguntando si alguien se ocuparía de ella. Probablemente no; probablemente hará tiempo ya que ha muerto.
    — ¿Es usted feliz, Phillip?

    Intentó sonreír. Todavía no se había acostumbrado a la forma como funcionaba una sonrisa en su nuevo cuerpo; tenía que curvar los labios por encima de los dientes.

    —En realidad, no estoy seguro de si la felicidad entra en ello.
    —Quizás esté enfermo. —Harumen se dirigió a la puertaventana y cerró los postigos—. ¿Qué es la «añoranza»? —Mordisqueó la palabra como si fuera una fruta que probaba por primera vez.
    —Algo parecido a la soledad. Cuando uno echa en falta su hogar. —Dudó ante explicar los detalles: demasiado trabajo—. Mire, es tarde. Dejémoslo correr por hoy. Lamento no haberla estado escuchando antes, pero estoy cansado.

    Ella exhibió un esquema de gestos que él no reconoció. —Él dice que ha sufrido usted un shock.

    — ¿Quién? ¿Ndavu? —Wing se contempló por un momento las manos—. Quizá tenga razón. Pero me estoy recuperando. Un poco de descanso y me sentiré... —agitó la garra del dedo índice— mejor que nunca.

    Wing oyó un siseo a sus espaldas. Algo rozó el lado de su cabeza y se quedó allí. Se volvió y se halló de pronto en brazos de Harumen Ella se había quitado la túnica. Le miró directamente a los ojos y emitió algo parecido a un arrullo.

    — ¡Harumen! —Luchó contra el impulso de soltarse—. ¿Qué está haciendo? —Usted quiere descansar. —Alzó una rodilla contra la parte inferior del muslo de él—. Descansemos juntos. —Su aliento olía a pescado. —Quería decir yo solo.
    — ¿Solo? Pero tendrá frío solo. —Se apartó ligeramente de él—. ¿Solo no es solitario?
    —No. —Estaba cerca de la histeria—. Apártese de mí. —Estaba respondiendo a ella pese a sí mismo; parecía como si le hormigueara el pelaje mientras cada pelo se erizaba en su folículo—. Tiene que marcharse. —Sintió que una carne extraña se desplegaba entre sus piernas. No podía pensar diplomáticamente, no podía pensar—. Ahora, Harumen. ¡Simplemente márchese!*.
    — ¿Quiere a alguien distinto?

    El alzó las manos como para protegerse de ella. Cuanto más lejos estuviera, mejor se sentiría.

    —Harumen. —Inspiró profundamente—. Simplemente necesito estar solo por un tiempo. —Ella inclinó la cabeza hacia un lado—. Estar solo es todo lo que deseo. Lo siento.

    Ella consideró sus palabras.

    —Todavía no está preparado. —Alisó el pelaje del hombro de él como si fuera un perro enfermo—. Puedo esperar. —Se marchó.

    Wing no pudo dejar de temblar. No estaba seguro de lo que había ocurrido exactamente. ¿Deseaba ella en realidad dormir con él? Era impensable. Sin embargo, sus intenciones no eran tan inquietantes como la respuesta de él mismo. Se había sentido excitado... contra su voluntad. El recuerdo de su contacto le dejó temblando con deseo y revulsión. Todavía podía ver sus rosados dientes, sentir el ardor de sus ojos de búho. Se había sumido en el pánico precisamente porque alguna parte de él la deseaba desesperadamente. ¿Quién era él? ¿Era la mente que había flaqueado ante el avance de Harumen? ¿O el cuerpo que aún le hormigueaba? Se preguntó si Phillip Wing no estaría muerto, con su lugar en el universo ocupado por una corrupción biológica y psicológica. Un monstruo.

    El Bautista no le ofreció ninguna opinión.

    Wing se dejó caer de espaldas en la cama y contempló aturdido las manchas de humedad en la pared. Lloraba por su perdido yo. Hubiera sido más satisfactorio si hubiera sido capaz de llorar, pero todo lo que podía hacer era resoplar. Cuando se secó las fosas nasales con el dorso de su muñeca, su pelaje se apelmazó. No por primera vez, se sintió ridículo. Deseó dormir, pero no pudo.

    En vez de ello se sumió en un sueño despierto, en un reconfortante ningún lugar, ni la tierra ni Aseneshesh. Al principio era un campo: hierba alta y flores silvestres susurrando en una brisa de verano. Luego estaba en una habitación con una unidad de trabajo y su planta de caucho y pensaba en Daisy. La echaba tanto en falta. Fantaseó que ella estaba en la puerta de al lado, aguardando a que él la llamara.

    (Phil.)

    Era la primera vez que oía su voz desde el día en que había hecho las paces con el Bautista. Entonces lo había considerado como un signo de que se estaba volviendo loco; ahora se solazaba con ello. Compañía para su desdicha.

    ¿Dónde estás?, pensó.

    (Déjame entrar.) Definitivamente, una voz de mujer.

    Wing apretó un puño. Eso era todo lo que tenía que hacer. Una puerta que no existía se abrió.

    Juan el Bautista ya no era masculino. Había sido transfigurado por su imaginación y ahora era una criatura de luz. La áspera túnica marrón se había deslizado de uno de sus hombros y había quedado atrapada por la curva de su pecho. Su piel era luminiscente. Wing se sintió hipnotizado por sus manos: los largos y esbeltos dedos, el sutil juego de los músculos bajo la piel. Su rostro ardió. No podía ver el de ella.

    — ¿Quién eres?

    Ella se arrodilló al lado de la cama y acarició su mejilla. Él se dio cuenta de que podía ser cualquiera. Tiró de su túnica y ésta acabó de resbalar y quedó prendida en su cintura. Ella le besó; sus labios rozaron la fina hendidura de su boca, su lengua se agitó contra sus puntiagudos dientes. Cuando él la atrajo sobre la cama ella pareció tan real como cualquier otra cosa en aquella habitación: el escritorio de tapa corredera o la Silla 31 o el fregadero o Aseneshesh. No cuestionó cómo era que sus hermosos dedos podían peinar el pelaje de su vientre hasta que su deformado cuerpo pulsó con sensaciones que eran a la vez absolutamente alienígenas y deliciosamente familiares. La abrazó, ya fuera un milagro o una locura. En el momento del climax, ella mordió su hombro y él gritó su nombre en voz alta, sumido en el éxtasis.

    Después ella le peinó, desenredando los nudos causados en su pelaje por el acto de hacer el amor. Él no pudo dejar de mirarla; besó el punto rojo en la cadera de ella donde su pelaje había irritado su piel. Ella se rio y él pensó que podía perdonarle todo, incluso el hecho de que no fuera real. Era suficiente que fuera humana y no se sintiera repelida por él.

    Aunque no pudo verla a la mañana siguiente, supo que todavía estaba con él. Daisy.

    Ella era su secreto. Wing pensó que si le hablaba de ella a Ndavu, él intentaría quitársela. De nuevo.


    15


    HABÍA DEMASIADOS BOTES EN SU VIDA, pensó Ammagon, fastidiado. Atestadas barcazas y ferris en la Ribera, frágiles lugres en los lagos de montaña..., odiaba cruzar el agua. Ya era casi suficiente como para hacerle abandonar el cortejo de los viajes y retirarse a algún templo de alguna aldea. Lo peor de todo eran las naves que recorrían los puertos del Protectorado Costero. Al menos los pasajeros de los ferris iban a la orilla por la noche y dormían en camas que permanecían inmóviles en un lugar. En un barco, te veías atrapado durante días, saltando de un lado para otro como un guijarro en una lata. Y el aire era siempre tan hediondo bajo cubierta: el hedor del mar se mezclaba con los antiguos olores de todos los desgraciados presas de náuseas que habían deseado tan sólo estar en algún otro sitio. Hubiera preferido recorrer cincuenta kilómetros de malos caminos cada día.

    Cuando se sentía viejo, Ammagon bromeaba a veces acerca de usar las cápsulas de los mensajeros para trasladar su cortejo, cuando se convirtiera en tearca. Había efectuado muchos vuelos secretos para Teaqua y se había sentido impresionado pese a sí mismo. Qutta estaba a mil trescientos kilómetros de Mateag, Chowhesu arriba. Sólo dos horas de cápsula, pero tendría que pasar tres asquerosas semanas en el río..., y quién sabe cuánto tiempo necesitaría luego para recobrarse del viaje. Le preocupaba a Chiskat el que Ammagon se atreviera a hablar de aquello con los alienígenas, aunque fuera bromeando, pero Chiskat era una fanática sin ningún sentido del humor. Ammagon, en cambio, podía ver buenas razones para usar el transporte de los mensajeros, aunque en realidad no tuviera intención de hacerlo. La teocracia no podría existir sin el trigo de los mensajeros, y las ventanas de comunicaciones se habían convertido en una parte integrante tan fundamental de la vida de la gente como los susurros. Mientras tanto, el viaje parecía hacerse peor cada día. Había demasiada gente inquieta; incluso las regiones más remotas se estaban soliviantando. El cortejo tenía que eludir constantemente emergencia tras emergencia, y las cápsulas harían realmente sus vidas mucho más fáciles..., pero, por supuesto, Chiskat tenía razón. Era una cuestión de principios. Ammagon sabía que probablemente estaría condenado a pasar el resto de sus días maldiciendo las embarcaciones.

    Se estiró cansadamente; sus pies rozaban un puntal y su melena estaba apelmazada contra el mamparo. Estos días estaba constantemente cansado, pero el sueño raras veces llegaba. Su mente no dejaba de dar vueltas a los problemas en perspectiva. No sólo tenía que gobernar la teocracia y el templo y proteger a Teaqua de sí misma, sino que pronto iba a tener que enfrentarse con el nuevo alienígena. Sin duda la obscenamente mutilada Harumen ya habría vuelto a Phillip Wing contra él. En estos momentos no podía hacer nada por evitarlo. De todos modos, Phillip Wing no era más que un instrumento que los eruditos intentarían usar para alejar a la diosa de él. Ammagon sabía que los eruditos eran los auténticos enemigos de la teocracia..., sus enemigos. No aceptaban los susurros. No sólo no se resistían al cambio, sino que lo deseaban. Los mensajeros, por otra parte, eran un mal necesario; mientras no interfirieran, tenían ciertamente su utilidad. Cuando Teaqua muriera, la lucha por el poder entre el palacio de los eruditos y el templo empezaría de forma furiosa. Y entonces...

    La embarcación dio un bandazo y Ammagon tuvo que retorcer la cadera para evitar deslizarse fuera de la litera. Algo golpeó la cubierta debajo de él. Era un mal momento para sentirse viejo. A veces no estaba seguro de si el crujir que oía procedía de sus huesos o de los maderos de la embarcación. Si tan sólo hubiera sido absuelto diez años antes; eso lo hubiera arreglado todo. Hubiera tenido todo el tiempo necesario para aumentar su poder, aprender de nuevo las habilidades del gobierno. Pero había habido los estúpidos y los pedantes a los que entrenar, y Teaqua a la que vigilar, y sabía que los eruditos hubieran aprovechado la ventaja. Y, ¿en quién hubiera podido confiar como cuidador? ¿Chiskat, que había empezado como vestidora?

    La auténtica razón, sin embargo, por la que Ammagon no había sido absuelto era porque no tenía susurros que le llamaran. Su miedo secreto era que Chan ya no le susurrara porque se había extraviado en el error. Pero, ¿cómo podía saberlo, cuando no había susurros que le guiaran? Era enloquecedor. Lo que más necesitaba era mirar dentro del sol de nuevo, y sin embargo había sido dejado tanteando en la oscuridad.

    Alguien llamó a su puerta. Ammagon gruñó un adelante. Chiskat asomó la cabeza en la cabina.

    —Ella te llama.
    — ¿De nuevo? —Ammagon se levantó pesadamente— ¿Por qué esta vez? —No lo sé. Estaba peinándola, y ella empezó a hablar muy aprisa. Algo acerca de Wequassin y la guerra. No pude comprender la mayor parte de ello. Y de repente dijo: «Trae a Ammagon».
    —Ahora voy.

    Se preguntó para qué le querría Teaqua. En un momento determinado podía ser tan astuta como siempre y, unos minutos más tarde, no saber dónde estaba. A veces desvariaba, pero luego podía pasarse días sin hablar ni una sola palabra.

    — ¿Cómo se encuentra? —le preguntó a Chiskat mientras la seguía escaleras abajo.
    —Confusa. —Chiskat agitó la mano mientras caminaba, un gesto exagerado de impotencia—. No estoy segura siquiera de que te conozca.

    Ammagon no estaba seguro tampoco de conocerla a ella. No comprendía a Teaqua; no podía imaginarse a sí mismo haciendo lo que ella hacía. Renunciar a la absolución y no renacer nunca más, dejarse ahogar en sus recuerdos.

    Teaqua estaba sentada en una silla, apoyada en almohadones que la mantenían erguida y envuelta en mantas. Su cabeza se bamboleaba con el movimiento de la cubierta.

    —Me dejaste sola —dijo—. Vinieron mientras tú no estabas.

    Ammagon hizo el signo de súplica y no dijo nada; nadie a bordo se atrevería a molestar a la diosa. Chiskat pareció aliviada cuando hizo una inclinación de cabeza y se retiró de la cabina.

    —He estado con Chan esta noche. He visto cambiar el pasado. —La voz de Teaqua era pequeña e indistinta, como el chirriar de las viejas tablas del suelo— Sólo el futuro está fijado. ¿Por qué es así?
    —No puedo decirlo, Teaqua. —Ammagon se preocupaba cuando ella hablaba de aquella forma, con un significado tan elusivo—. Es diferente para mí.

    Ella apretó un puño en reconocimiento. —Yo soy una con el dios. Tú no. Ammagon se encogió de hombros. —Tú eres como todos los demás.

    Él se sentó en la litera. —Intento serlo.

    — ¿Pero ocuparías mi lugar?
    —Alguien debe de hacerlo —dijo él cuidadosamente—, si es eso lo que Chan quiere. Pero es tu...
    —Tú quieres lo que yo tengo. ¡Dilo! —Espero servir a Chan.

    Ella bufó.

    —Estoy cansada de tus mentiras. Tú quieres que yo odie a Wequassin a fin de que puedas arrasar su palacio. —Pareció complacida consigo misma, como si hubiera descubierto una verdad oculta. Ammagon sabía que era inútil contradecirla, especialmente cuando estaba equivocada.
    —Sí, ha tenido sus debilidades —prosiguió ella—, pero olvidas que me ayudó a edificar este mundo. Crecimos juntos, ¿comprendes? Nadie puede decir lo que estaba pensando al final. Te estoy diciendo que tomó las reservas de cereales de su propia ciudad y navegó para alimentar a los que se morían de hambre en la Ribera. ¿Entiendes? Al contrario que algunos, él era incapaz de comer mientras otros tenían hambre. Se apresuró hasta que se volvió loco, con los susurros aullando en su cabeza: ¡Los he oído! Y entonces las cosas estuvieron hechas. Tú no puedes imaginar el horror de todo ello, el horror.

    Ammagon mantenía la cabeza tan erguida que empezó a dolerle el cuello; no podía permitirse una exhibición inadvertida ahora. Creía saber lo que ella deseaba. Teaqua necesitaba ser absuelta de sus recuerdos de la Guerra del Hambre. O de su culpabilidad. No era algo que Ammagon pudiera hacer.

    —Él pensó que todo era culpa suya. Las muertes. No le sirvió de nada; a veces actuaba como si él fuera el único adulto en Aseneshesh y todos los demás no fueran más que cachorros. Incluso yo.

    Su cabeza se volvió bruscamente hacia la puerta de la cabina. Al principio Ammagon pensó que Chiskat había regresado. Se volvió para mirar: la puerta seguía cerrada.

    —Ah, Wequassin, entra —dijo ella—. Precisamente estábamos hablando de ti. —Siguió su alucinación con los ojos, a través de la cabina y hasta la litera—. ¿Sabes?, yo te hice matar. —Miraba directamente a Ammagon.

    El profeta no pudo impedirlo; exhibió incredulidad.

    — ¿Por qué harías eso?
    —Porque tú deseabas ocupar mi lugar —dijo la diosa—. Nadie va a ocupar mi lugar.

    Ammagon se sintió abrumado. Aquello era lo que siempre había temido más: que Teaqua pudiera derrumbarse y socavar la teocracia antes de la transferencia de poder. Deseó decir algo, discutir con ella, pero sabía que era inútil cuando ella se hallaba de aquel talante. Todo lo que podía hacer era rezar para que la locura pasase. ¿Y si no lo hacía? Por un momento aterrador estudió los almohadones de la diosa. Estaba tan débil; si cogía uno y lo apretaba contra su rostro... La embarcación se bamboleó bajo el embate de una ola y Ammagon perdió el equilibrio. Retrocedió unos pasos, tambaleante, y golpeó contra la puerta de la cabina. La blasfema tentación pasó, pero le dejó con la sensación como si nada de lo que conocía fuera cierto. Fue en este momento de absoluto vacío que sus plegarias fueron finalmente respondidas. Una voz sin palabras llenó el vacío dentro de él. Los mensajeros. Podía muy bien haber sido el viento suspirando o los maderos quejándose o el resoplar del aliento de Teaqua. Fue a la vez un sonido y un bendito silencio; Ammagon supo de inmediato lo que era. Los mensajeros te ayudarán.

    Por primera vez en años, el profeta oyó sus susurros.


    16


    WING SOÑABA EN DAISY. En el sueño, él era humano de nuevo. Él y su esposa estaban tendidos juntos, desnudos, cerca del jardín en la casa Piscataqua. Las flores les asentían al compás del viento, y podía oler el aroma de la nocotiana y la especiada fragancia de los claveles. Una cálida brisa susurraba descendiendo por el vientre de Wing; acarició lentamente con la yema de los dedos la sedosa parte inferior de los pechos de Daisy. Me gustaría hacer el amor contigo, dijo, y cuando ella sonrió como respuesta pudo ver todos sus dientes. Ella se inclinó sobre él y se besaron. Él deseaba retenerla pero sus brazos eran demasiado pesados. Finalmente ella se apartó del beso. El sol colgaba sobre su hombro, incendiando su pelo. A Wing le dolían los ojos de mirarla y se sentó. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en cada ventana de la casa Piscataqua había un rostro chani, crispado de asombro ante la visión de unos humanos haciendo el amor. Sus cabezas eran tan grandes como barriles. Harumen salió por la puerta de atrás, con el aspecto de un efecto especial estropeado. Se detuvo al lado de ellos y exhibió un esquema que él creyó que debería reconocer. Su sombra le trajo frío.

    —Arriba.

    Se sobresaltó. Una chani desconocida estaba de pie al lado de su cama. Llevaba una chaqueta azul y un taparrabos gris del cual colgaba un cuchillo en una funda de cuero. Cuando Daisy le informó de que se trataba de una sacerdotisa, Wing se sintió totalmente desorientado. Ya tenía bastantes problemas en distinguir la Daisy de su sueño de la Daisy de la interface. Ahora tenía que enfrentarse a una invitada no deseada. No parecía particularmente amistosa.

    Parpadeó y se sentó.

    — ¿No cerré la puerta con llave? —dijo. Empezaba a acostumbrarse a las sorpresas, pero ésta era la primera vez que la locura había empezado tan pronto.
    —Es usted del tipo vergonzoso, ¿verdad? —Le miró directamente, una clara infracción de la cortesía.

    Las sacerdotisas raras veces se aventuraban al palacio de los eruditos. Wing se dio cuenta de quién debía ser y por qué estaba allí.

    —Teaqua la ha enviado. —Tendió la mano hacia sus ropas—. Ella está aquí. La chani le dirigió una dura mirada.
    — ¿Cuánto sabe sobre esto?
    —Acabo de despertarme.
    —Entonces venga conmigo. —Le hizo una seña—. Mi nombre es Chiskat.

    En realidad, Teaqua no había honrado la ciudad de los eruditos con su visita. En vez de ello se había alojado al otro lado del río, en el templo Quaquonikeesak. Wequassin había construido Quaquonikeesak cerca de la granja donde él y Teaqua habían vivido de cachorros. Desde su percha en la cima de la colina Chemish, el templo dominaba toda la ciudad. Estaba delimitado por un muro triangular, un enorme rompecabezas de piedras unidas sin mortero, lo bastante encajadas como para pasar la inspección de un inca. A cada esquina del triángulo había una torre con troneras para los arqueros. Para Wing, Quaquonikeesak parecía más una fortaleza que un lugar religioso.

    Al final de las Eras Cálidas, aquellos que quedaron en Aseneshesh intentaron conservar todo lo posible de su mundo. La colina Chemish no era el resultado de un proceso geológico; era un enorme museo subterráneo. Su auténtica naturaleza había sido olvidada hacía mucho..., hasta que el cachorro de un granjero llamado Wequassin había descubierto la entrada mientras cavaba para colocar los postes de una nueva cerca. El y su hermana, Teaqua, fueron los primeros en siglos en entrar en la bóveda. Dieciséis años más tarde gobernaban Aseneshesh. Mantuvieron en secreto la existencia de la bóveda durante su ascensión al poder; sólo después de separarse fue revelada. Los eruditos afirmaban que había sido saqueada de toda la tecnología de la Era Cálida que había creado los milagros sobre los cuales había edificado Teaqua su teocracia.

    Aunque la bóveda en sí seguía prohibida, Teaqua había traído algunos de los tesoros que contenía al templo que custodiaba su entrada. Allá era exhibida la blasfema colección, a fin de que la gente pudiera ver por sí misma la maldad de las Eras Cálidas. Nadie excepto la diosa sabía la extensión total de lo que había enterrado debajo de la colina Chemish.

    Chiskat dejó a Wing, Harumen y Ndavu en la puerta de entrada, donde ella siguió para informar de su llegada. Regresó con la noticia de que Teaqua había ido a la bóveda y no podía ser molestada. El profeta había ordenado que se encargara de hacer que Wing y su grupo se sintieran cómodos.

    Les condujo a un destartalado claustro oculto detrás de una columnata. Normalmente servía de alojamiento a los sacerdotes residentes, renacidos, penitentes ocasionales, eruditos de visita y las grandes bandadas de peregrinos que acudían a mostrarse piadosamente horrorizados por los excesos de las Eras Cálidas. Casi todos ellos, sin embargo, se habían trasladado a Kikineas, para dejar sitio a Teaqua y su séquito. Las habitaciones tenían apenas el tamaño de un armario y estaban someramente amuebladas con un colchón de plumas, orinales y algún espejo ocasional.

    —Usted dormirá aquí. —Chiskat apartó la cortina que servía como puerta y reveló un armario con una ventana acristalada que daba a los establos. Tres cajas de vitabulk ocupaban la mayor parte del espacio del suelo—. Ella ahí, el mensajero ahí. Yo estoy al otro lado del pasillo. —Wing se dio cuenta de que sus posibilidades de ver pronto a Teaqua no eran muy buenas. Apresúrate y espera: el clásico desaire del poder.

    Harumen le preguntó a Wing si estaba interesado en ver la colección de las Eras Cálidas. Él dijo que lo estaba, con la esperanza de poder escapar así de la hosca Chiskat. Sin embargo, ésta se unió al grupo sin esperar ninguna invitación.

    Así como el claustro era cuadrado y carente de inspiración, el templo más allá rendía homenaje a la curva con ventanas en forma de lágrima y sinuosos contrafuertes en las paredes. Seis puertas en arco se abrían a un amplio y penumbroso recinto, atestado con los fieles de Kikineas que habían acudido a participar en la primera acción de gracias de la visita de Teaqua. Para cada persona allí parecía haber una lámpara parpadeando en su nicho. Aunque se sintió agradecido por la luz extra, el aire humoso y viciado hizo que a Wing le escocieran los ojos. Mientras se ajustaba a la atmósfera vio que tres tapices, aproximadamente de unos cinco por nueve metros, colgaban de la bóveda del techo encima de la entrada a la exposición al fondo del recinto. Chiskat chocó contra él, intentando mantenerle apartado de Harumen y Ndavu mientras avanzaban por entre la multitud hacia los tapices.

    Como fondo del primero había la absurda e impotente silueta de una ciudad, la pesadilla de un ingeniero estructural. Parte de la ciudad estaba en llamas. Varios chani gordos estaban sentados con las piernas cruzadas en una playa en primer término y contemplaban cómo dos de ellos luchaban con cuchillos. La playa estaba sembrada de restos. Chiskat explicó que reflejaba la maldad de las Eras Cálidas.

    El segundo mostraba un enorme y desolado paisaje invernal. Una delgada hoz de Chan brillaba apenas tras una oscura nube. Un conjunto de temerosas criaturas parecidas a dinosaurios de bolsillo habían acorralado a un chani solitario en un rincón del tapiz. El pelaje del superviviente estaba helado; su única arma era un bastón. —El arreglo de cuentas —dijo Chiskat.

    En el último, dos figuras acuclilladas junto a un helado precipicio miraban hacia abajo, a un valle edénico. Una de ellas era un chani esquelético, la otra una criatura surrealista de luz. Su melena y pelaje estaban trenzados del mismo hilo de oro utilizado para representar a Chan, ahora completamente visible. Según Chiskat, Kautama el Recto fue rescatado de la muerte por Hanu, la hija de Chan. Se convirtieron en los padres de una nueva raza.

    Wing tenía tortícolis; contemplaba los tapices como si fueran un mensaje de casa. Ndavu había hablado de similitudes entre humanos y chani, pero Wing no había esperado oír variaciones sobre el tema de Adán y Eva. Por primera vez tuvo la sensación de que comprendía algo importante respecto a aquella gente. Intentó decírselo a Chiskat.

    —Entonces, ¿Chan ha apartado su rostro de los humanos? —le interrumpió ella.
    —No, Chan no ha... No conocemos a Chan. —Pero tienen un sol —dijo ella— Todos los soles son formas de Chan. —Wing nunca había oído aquella doctrina antes; ni Daisy—. Entonces, ¿su raza nunca ha pecado? —Chiskat sonó escéptica.
    —Muchos creen que ha habido pecado. Algunos creen también que hubo un castigo. —Wing no pudo resistirse a volver la lógica de su propia doctrina contra su inquisidora—. Pero, Chiskat, si todos los soles son Chan, entonces, ¿no significa eso que todas las cosas que viven bajo los soles tienen que ser sus criaturas? ¿Incluso los mensajeros?
    —Cuando uno aparta la vista de Chan, Chan también aparta la vista de uno. —Los labios de Chiskat se crisparon desdeñosamente—.

    ¿Qué es un mensajero? Alguien que sube tiempoarriba. Alguien que olvida su sol.

    —Phillip —dijo Ndavu—, venga por aquí. Wing le hizo un gesto.
    — ¿Y así, sólo por el hecho de estar aquí, eso me hace un mensajero? — Descansó una mano sobre el hombro de Chiskat: un gesto amistoso—. Pero está equivocada, ¿sabe? Yo nunca me he unido a ellos.

    Chiskat pellizcó el pelaje del antebrazo de Wing, no lo suficientemente fuerte como para que le doliera.

    — ¿Ha sido éste siempre su aspecto? —No.

    Chiskat apartó la mano de Wing de su hombro. Le empujó en silencio hacia delante, como si no fuera necesario decir nada más.

    La colección de las Eras Cálidas era exhibida en una serie de galerías interconectadas en torno a la periferia del gran recinto. Las habitaciones estaban vacías ahora, puesto que todos los peregrinos estaban atareados peleándose por los mejores sitios para la acción de gracias. Esta zona del templo no tenía calefacción; la parte interior de muchas ventanas mostraban signos de escarcha. Wing reconoció el frío como un nada sutil recordatorio de los frutos del pecaminoso orgullo.

    Pudo comprender de inmediato cómo una parte de la colección ofendía las creencias actuales. La sonda espacial, por ejemplo, picoteada y medio quemada después de su misión; los antiguos la habían utilizado para estudiar su sol. Con otros artefactos, el sacrilegio era más sutil. Había cajas de cristal llenas con utensilios de mesa, tazas adornadas con hilo de oro y soperas ornamentadas con reptiles repujados, cajas de perfumes con flores de filigrana de oro, joyas de oro y candelabros dorados. Wing se dio cuenta de que los modernos orfebres no tenían permitido rebajar el metal de Chan utilizándolo para artes profanas.

    — ¿Por qué sigue preguntando, cuando ya se ha hecho su opinión? —dijo Ndavu con voz tranquila. Él y Chiskat habían estado lanzándose escaramuzas desde que habían entrado en las galerías. Ella murmuró algo que Wing no pudo oír—. No sabe usted lo suficiente para tener una opinión. —Se alejaron más allá del alcance de su oído, a la siguiente estancia.

    Parte de la colección de las Eras Cálidas era alarmante. Al fondo de una estancia brillaba una pared de color globular. Diminutos planetas polícromos y sus girantes lunas colgaban suspendidos en una luz blanca. A Wing le recordaron la obra de Jim McCauley, excepto que esta escultura de luz estaba hecha para ser alterada. Harumen cruzó la pared, desencadenando una reacción en cadena de colisiones que produjeron una cacofonía de repentinas y violentas discordancias: explosiones, crujir de rocas y resonar de truenos, el chirriar de metales al ceder, y algo muy parecido a gritos. Como si todo aquello no fuera ya inquietante, la siguiente estancia estaba llena con imágenes de chani moribundos. Cada uno de ellos había sido envuelto con algún material ligero como gasa: una censura posterior exigida por el tabú de la muerte. Sin embargo, entrecerrando los ojos por entre la moderna envoltura, Wing pudo ver las antiguas imágenes, un inquietante cruce entre retratos y vídeo. En cada una de ellas, los detalles más reveladores —a menudo los más grotescos— se movían; todo lo demás permanecía detenido en el tiempo. Un chani mortal— mente herido se derrumbaba contra una pared; la sangre goteaba del extremo de sus dedos y formaba un charco en el suelo de piedra. Otro caía como una estatua en una horrible caída contra un cielo tempestuoso. El pecho de otro había sido aplastado por una roca; su pierna en escorzo se crispaba contra un macizo de flores azules. Wing se apartó de las imágenes, enfermo.

    — ¿No puede mirar? ¿Se siente trastornado? —Chiskat se le acercó por detrás; parecía complacida por su reacción—. Se dice que ésas fueron las imágenes que condujeron a Wequassin a la locura.
    —Tonterías —dijo Ndavu—. El hambre volvió a Wequassin loco.
    —Sí —dijo Chiskat—. Ustedes estaban allí, ¿verdad? Ustedes conocieron al Perverso Wequassin.
    —Yo no lo llamaría perverso.
    —Por supuesto que no. Hizo exactamente lo que ustedes deseaban. Harumen intervino.
    —Vamos, nos están aburriendo —dijo, y enlazó su brazo con el de Wing—. A Phillip no le importa en absoluto Wequassin, y a mí tampoco. Creía que estaba usted encargada de vigilarnos, no de darnos lecciones de historia. —Alejó a Wing de la discusión.

    Harumen había estado actuando extrañamente durante todo el día. Parecía deprimida; Wing tuvo la sensación de que estaba siendo cautelosa con los sacerdotes. Le molestaba saber tan poco acerca de ella: ¿por qué debería mostrarse tan cautelosa? ¿Cuál era exactamente su lugar en la teocracia? Se concentró intensamente en aquellas cuestiones, pero no le llegó nada de Daisy. No por primera vez, se sintió frustrado con su control del implante. Gracias a los mensajeros, Wing sabía probablemente más que ningún humano que hubiera vivido nunca. Sin embargo, no comprendía más que una infinitésima parte de aquella información. ¿De qué servía una memoria expandida cuando no tenía la menor idea de las dimensiones de su conocimiento, cuando algo que «conocía» podía tomarle por sorpresa?

    El templo resonó con el sonido de las campanas. Era el momento de dar las gracias.

    Wing, Ndavu y Harumen aguardaron mientras Chiskat abría la puerta cerrada con llave. No hacía mucho, pensó Wing desconsoladamente, un día como aquél le hubiera dejado catatónico. Tenía una imagen del interior de su cabeza como un cuadro de conmutadores en el que todas las líneas estuvieran zumbando. No hacía mucho, la única forma en que hubiera podido enfrentarse a eso hubiera sido desconectarse por completo, sentarse a solas con los ojos fuertemente cerrados y escucharse a sí mismo respirar. Pero estaba haciendo algunos progresos: estaba aprendiendo a vivir con el estrépito. La puerta se abrió y Chiskat les condujo al otro lado.

    En medio del patio pavimentado, una escalera descendía bajo tierra. Hubiera resultado difícil darse cuenta de su existencia de no ser por los dos espadas de pie montando guardia junto a ella. Uno de los espadas dedicó a Wing un bostezo amenazador que mostró unos dientes rosados. No miraron educadamente hacia un lado; no había nada educado en ellos. Chiskat se detuvo en el primer escalón; parecía estar aguardando a alguien. Los espadas no dijeron nada. Luego, el profeta en persona apareció saliendo del edificio opuesto a ellos.

    — ¡Phillip Wing! ¡Por fin! ¡Me alegra conocerle! — Ammagon apenas podía hablar—. En un lugar tan grande, resulta fácil perderse. —Apoyó una mano en su pecho, como para retener su respiración—. Una espléndida acción de gracias, ¿verdad? Sí, muy hermosa. Sé lo que dicen acerca de Kikineas, pero... —Agitó una mano para desechar aquellas calumnias—. ¿No sintió el amor de todos ellos hacia Teaqua? ¿Bañándonos a todos como olas?

    Wing dejó oír un educado gruñido que no comprometía a nada. Entonces Ammagon empujó al espada más cercano hacia la escalera.

    —Bueno, adelante, déjales entrar. No me culpen a mí: ella les mandó llamar. Al fondo del tramo había una pesada puerta de madera revestida de hierro. El espada la empujó con el hombro. Una oleada de aire cálido ascendió girando por las escaleras.
    —Vamos, adelante. —Ammagon empujó a Harumen hacia abajo—. Pero intenten recordar que se cansa fácilmente—. Hizo un gesto a Wing de que siguiera—. Es estupendo conocerle, Phillip Wing. —Pronunció el nombre como si fuera una sola palabra—. Tendremos que conocernos un poco mejor más tarde. —Cuando el mensajero intentó seguirles, le sujetó por sus ropas—. No, me temo que no, Ndavu. Ella no quiere verle.
    — ¿Qué quiere decir? —exclamó Ndavu, mientras Chiskat y el otro espada se cerraban en torno a él. Wing dudó un momento en las escaleras, pero Harumen tiró de él y le hizo entrar en la bóveda.
    —Además —dijo Ammagon, rodeando el hombro del mensajero con un brazo—, usted y yo tenemos cosas de las que hablar. —La puerta se cerró, dejando al profeta al otro lado.

    El vestíbulo olía a cemento húmedo. La única luz brotaba de detrás de dos enormes puertas rojas que permanecían abiertas ante ellos. Las cruzaron a una resplandeciente rampa que descendía en espiral por un pozo. Wing se arrodilló y raspó la superficie de la rampa. Parecía plástico texturado: duro como la roca pero cálido al tacto..., no muy buen conductor del calor. Miró por el borde: unos treinta metros hasta el fondo del pozo.

    Mientras descendían, Daisy orientó a Wing. Los conservadores siempre construyen sus bóvedas en cinco niveles; contando de arriba a abajo están los aposentos donde vivir, un nivel de acceso de información/utilidades/almacenaje, y tres pisos que contienen la colección. Daisy esperaba que Teaqua les recibiera en el piso superior; la diosa era muy reservada acerca de los tesoros de su bóveda.

    Solon Petropolus había advertido en una ocasión a Wing de que nunca creyera en nada que no hubiera visto por sí mismo. Ahora quedó demostrada la sabiduría de aquel consejo. La diosa no se parecía en nada al luminoso fantasma que veía su gente. Wing y Harumen la hallaron tendida sobre un montón de almohadones en una cama baja, con una capa de plumas azules echada por encima como un edredón. Su pelaje era tan fino que Wing podía ver casi la suelta carne debajo. Un peso invisible parecía clavarla a los almohadones, y allá aferraba sobre ella el apergaminado olor de la lenta corrupción, el olor de un ático donde algo había muerto hacía mucho tiempo. Le miró con ojos ardientes y reumáticos, y él y Harumen se arrodillaron y extendieron los brazos en súplica. Wing no pudo impedir el pensar que había llegado demasiado tarde, que tenía pocas posibilidades de terminar su tumba antes de que aquella arrugada criatura tuviera necesidad de ella. Mientras se sentaba sobre sus talones, Wing mantuvo los ojos bajos para que ella no leyera su desánimo.

    —Espera fuera, Harumen. —La voz de Teaqua era pequeña e indistinta. Harumen se retiró sin decir una palabra.

    La diosa guardó un largo e incómodo silencio. Era como si hubiera olvidado que Wing estaba todavía con ella. Éste no sabía qué esperar; todo lo que sabía era que él no iba a hacer el primer movimiento. Mientras aguardaba, miró a su alrededor, a la habitación que ella había elegido para recibirle.

    El cielo brillaba, llenando el espacio con una luz blanca y dura. Él estaba arrodillado en el centro de una enorme casa de muñecas, de diez por siete metros. La cama baja de Teaqua estaba en su patio. Las pequeñas habitaciones que le rodeaban estaban llenas con centenares de figurillas de piedra, todas ellas postradas ante la diosa. Había una hilera de diminutos adoradores en el suelo a su alrededor, polvorientas hileras en cada compartimiento. Las estatuas tenían el tamaño de ardillas y estaban exquisitamente detalladas. Aunque todas llevaban ropas chani, muchas eran claramente alienígenas. Algunas tenían cabezas reptilianas; otras parecían flores flageliformes. Había algunas sin brazos, y criaturas de muchos miembros cuyos atuendos habían sido cortados de acuerdo con su multiforme anatomía.

    —Chan y Teaqua, uñó y lo mismo —murmuró la diosa.

    Wing parpadeó y se inclinó hacia ella. Resultaba difícil de oír.

    —Te hablamos sólo a ti. —La cabeza de Teaqua se alzó de los almohadones—. Secretos, ¿comprendes?

    El pelaje a lo largo de la espina dorsal de Wing hormigueó. —Los mantendré.

    Ella apretó una mano contra su garganta. —Este cuerpo está terminando.

    —Lo siento. —Vaciló, preguntándose si sería apropiado ofrecer sus condolencias. Pero estaba demasiado aturdido para seguir un rumbo diplomático. Lo mejor que podía hacer era decir lo que le viniera a la mente—. ¿De cuánto tiempo dispondré? ¿Para hacer la obra?
    —El tiempo suficiente; ésa es la voluntad de Chan. —Su mano cayó a su costado—. Pero debes apresurarte. Es sólo porque la gente ama y teme a Teaqua que nuestra paz se mantiene. Algunos piensan que el fin de este cuerpo significa el fin de Teaqua. Los mensajeros creen eso. Aquellos que se han vuelto hacia los mensajeros lo creen también. Niegan que Chan y Teaqua se han convertido en una única cosa. Desean poner fin a nuestra paz a fin de poder cambiar el mundo.
    — ¿Quiénes?
    —Dicen que Teaqua es un cuerpo y que Chan es un sol. Eso es una mentira.
    — ¿Puede detenerlos? La voz de Teaqua se alzó. —Una mentira. Dilo.
    —Una mentira —dijo Wing—. Por supuesto.
    —Hubo una vez, hace mucho tiempo, en que Teaqua era como los otros chani; es por eso por lo que se difunde la mentira. —Sus ojos eran brillantes, casi febriles—. Tenía anhelos. Poseía los mismos sentimientos que cualquiera podía tener. Pero ya no, no..., renunció a todo por su pueblo.

    Teaqua se echó de nuevo hacia atrás. Durante un tiempo no hubo ningún sonido en absoluto excepto su respiración. El silencio se prolongó. Wing se preguntó exactamente cuánto tiempo iba a tomar aquella entrevista. Quizá hubiera debido traerse consigo algo de comer.

    —El pasado —dijo finalmente Teaqua—. Frío, tan profundo. A veces..., da la impresión como si nos estuviéramos ahogando. —Se agitó incómoda en el montón de almohadones y pareció darse cuenta de nuevo de la presencia de Wing. Este tuvo la sensación de que no sabía quién era.
    — ¿Se encuentra bien? —preguntó—. Ammagon dijo que no debíamos cansarla.
    — ¿Ammagon? —Se sobresaltó, como si él la hubiera abofeteado—. Ven aquí. —Wing se levantó con dificultad: sus rodillas estaban rígidas de permanecer arrodillado en el suelo de piedra. Ella adelantó una mano, sujetó su brazo y lo olió—. El olor de la auténtica carne. Eres real. Eso es bueno. —La presa de Teaqua se hizo más fuerte—. Ammagon no tiene nada que ver con esto. —Retorció el brazo de Wing lo suficiente como para hacerle daño—. Dejemos que busque por sí mismo. —Entonces le soltó. Él permaneció frente a ella, frotándose el lugar donde ella había apretado, perplejo.
    — ¿Te gusta esta habitación? —gorjeó Teaqua, un sonido pequeño y húmedo como de agua hirviendo—. Pero no sabes lo que estás viendo. Un capricho, con muchos años de antigüedad. Queríamos dejar algo detrás de nosotros en este lugar. Añadir la historia de Teaqua a todas las demás historias enterradas aquí. Míralos. —Inclinó la cabeza, aguardó. Wing se dio cuenta de que no era una invitación, sino una orden. Para complacerla miró en redondo y revisó su estimación anterior. Había al menos mil estatuas, quizá cincuenta habitaciones.
    —Estás viendo piedra modelada. Vemos las vidas que hemos modelado. Podemos cambiar nuestros pensamientos en piedra, podemos cambiar las vidas de la gente. Esas piedras te hablan, Phillip Wing. Escúchalas. Están diciendo: «Somos aquellos que Teaqua sostuvo en sus manos».

    Cuanto más hablaba de sí misma, más fuerte parecía hacerse.

    —Cuando los mensajeros llegaron por primera vez a este mundo — prosiguió—, nos trataron como animales. Se burlaron de nuestras costumbres. Ahora están de rodillas ante Teaqua. Aquí y en todas partes. ¿Cómo es esto posible? Porque Chan es grande. Temen a Teaqua porque Chan es grande.

    Hizo una pausa, y Wing ya no pudo contener su impaciencia.

    — ¿Qué es lo que quiere que yo haga? —preguntó.
    —Algún día tal vez Chan encuentre una nueva voz. Otro cuerpo, una mente fresca. —Exhibió irritación, y él se dio cuenta de que no había terminado de alardear—. Entonces el final de este cuerpo no importará. Pero Chan no elige a menudo convertirse en una sola cosa con la carne. Con una cosa hecha. Es un honor vivir en una época así, servir a una diosa. La era de la buena voluntad termina con nosotros. El que gobierne después será chani, pero no será Chan.

    Aquello fue nuevo no sólo para Wing, sino también para Daisy. Los mensajeros habían supuesto siempre que al sucesor de Teaqua se le permitiría autoproclamarse divino. Ahora la diosa deseaba llevarse su divinidad consigo a la tumba. Wing pudo sentir a Daisy sopesando las posibilidades.

    —No puede ser lo mismo, el cambio llegará. Pero nuestra paz debe mantenerse pese a todo. Cambio y paz, ¿entiendes? Así que Teaqua debe seguir adelante. No por nuestro bien sino por el bien de aquellos que pueden creer la mentira. Necesitan un signo..., tú lo crearás. Como un cuerpo, algo que sea del mundo. Una casa de piedra tan dura como una montaña. Que dure para siempre. Un signo de que Teaqua aún sigue.
    —Pero usted, el cuerpo..., ¿no vivirá realmente en ella? Sólo deseo comprender.

    Teaqua gruñó. —Siéntate, Phillip Wing. Se sentó.

    —El cuerpo termina —dijo ella—, sólo el cuerpo. Chan y Teaqua, uno y lo mismo, siguen para siempre. El dios no muere. Es eso lo que el sepulcro de Teaqua debe decir a la gente. Si Teaqua sigue adelante, las leyes siguen adelante. Dejemos que la ley de Chan dirija el cambio, y nuestra paz se mantendrá. Lo que tú creas no importa, pero cuando los demás digan que Teaqua ha muerto, lo que tú construyas deberá responderles.
    — ¿Dónde desea construir? —Allá donde Chan pueda verlo.
    — ¿Qué aspecto quiere que tenga? —Tú hazlo.

    Wing no pudo evitar un gorjeo. De modo que así eran las cosas: el proverbial cheque en blanco. El sueño de cualquier arquitecto. Sin embargo, se dio cuenta de que deseaba alguna directriz..., un indicio al menos, de la visión que iluminaba aquellos fieros ojos. Teaqua no deseaba un edificio, deseaba propaganda arquitectónica. Como Solon Petropolus. De pronto se sorprendió ante las similitudes entre ellos dos. Esta era, después de todo, la idea que había motivado la Fundación de las Siete Maravillas. ¿Era ésa la auténtica razón de que Ndavu le hubiera elegido a él? ¿Porque había demostrado ya que podía diseñar un edificio que un megalomaníaco pudiera amar? Excepto que él había diseñado la Nube de Cristal para sí mismo; Petropolus sólo había entrado después en el proyecto. Y la presunción de Teaqua era mucho más grandiosa aún que la de Petropolus. Ella esperaba que él le construyera una estructura que elevara no sólo su ego sino a toda su cultura. No estaba seguro de que unas meras piedras superpuestas pudieran sostener tanto peso. Como tampoco estaba seguro de comprender lo suficiente a esa raza como para hacer el trabajo.

    —Necesitaré salir de Kikineas —dijo, asomando las puntas de sus garras—. Ver otras ciudades, visitar sus canteras, buscar un emplazamiento, hablar con los artesanos...
    —Pide, y Harumen te llevará allá donde desees. Hizo un movimiento con la mano, y la puerta a la galería se abrió.
    — ¡No, espere! —Wing alzó las manos para detenerla—. Todavía no he terminado. —Tenía tantas preguntas que no sabía cuál formular primero—. Quiero saber... Ndavu dijo que había tenido usted una visión. Indicó que Chan le dijo que un humano debía hacer esto. ¿Por qué un humano? ¿Por qué no podía hacerlo uno de sus constructores?
    —Ndavu, sí. —Teaqua hizo una pausa, como si considerara aquella pregunta—. Es algo terrible ser un mensajero. Vivir con el mensaje, hacer las cosas que deben hacerse. Tú no deseabas este trabajo, ¿verdad, Phillip Wing? Tú no deseabas venir aquí.
    —No, al principio no. El me persuadió.
    —Los mensajeros intentaron vencernos, ¿sabes? Sometiendo a nuestra gente al hambre. En vez de ello, los pusimos de rodillas —Teaqua inclinó la cabeza hacia las estatuas—, pero a costa de un precio. Un precio muy alto.

    De nuevo el silencio; Teaqua se estaba deslizando hacia atrás en sus recuerdos.

    Daisy empujó a Wing.

    — ¿Un precio? —dijo éste—. ¿Se refiere a la Guerra del Hambre? —Alguien tenía que aprender de ellos —dijo Teaqua—. Descubrir todos los secretos. Oír el mensaje. Pero no había nadie en quien confiar. Sólo nosotros podíamos aceptar ese peso. —Miró las estatuas con ojos brillantes, como acusándolas—. Ahora olvidaríamos fácilmente, pero ésa no es la voluntad de Chan. En vez de ello tomó a Teaqua para sí mismo y nos convertimos en uno y lo mismo. El dios no puede ser absuelto; nunca podemos olvidar.

    Wing no tenía idea de qué podía hacer con el divagante discurso de Teaqua hasta que se dio cuenta de que ella estaba gimoteando pesarosa. Entonces tuvo miedo. Ella no era un mensajero pero conocía el mensaje, o al menos parte de él. Wing se dio cuenta de que él también deseaba conocerlo. Por supuesto que deseaba conocerlo.

    —Preguntamos si los chani estaban solos —dijo ella—. Fue entonces cuando los mensajeros nos hablaron de la siembra. Tuvimos una visión de flores. Chani y humanos son flores en el mismo jardín. Perennes y anuales. Vivir una sola estación te hace sentir infeliz. Furioso. Porque tus vidas son cortas, creas muchas flores hermosas y brillantes, una furiosa floración artística. Los chani viven muchas veces; sus flores son raras. No hacen cosas para pelearse con la muerte. No tienen necesidad. Sus vidas son largas y plenas; la gente da la bienvenida al final cuando llega. Trepan a la montaña de Hanu y construyen un refugio en el hielo de Primeraluz y llaman a Chan para que se los lleve. Pero no Teaqua. Nosotros ya no somos del pueblo, el mensaje nos cambió. Somos como tú. Ven aquí.

    Una vez más Wing se acercó a la cama baja donde estaba echada Teaqua, y una vez más ella sujetó su brazo. Esta vez tiró de él hasta que estuvo muy cerca de ella y escupió en el dorso de su muñeca. Él resistió el impulso de echarse atrás. Ella frotó el escupitajo en su pelaje con su pulgar y luego le soltó.

    —Ammagon conocerá mi olor —dijo—, tendrás lo que necesitas. —Harumen apareció tras él—. Ven a nuestro encuentro cuando tengas algo que mostrar.
    —Vámonos. —Harumen tocó su brazo—. Está cansada.


    17


    WING CAMBIÓ DE OPINIÓN.

    —Mejor —dijo—. Mucho mejor. —Retuvo el último sorbo de vino caliente en su boca. Era denso, sí, como jarabe, pero se volatizaba igual que el coñac, y tenía un sabor residual a madera que le recordaba las nueces. Ipposkenick volvió a llenar su jarra, aunque no tenía prisa para empezar otra. Este era el primer alcohol que bebía desde..., desde... Resultaba difícil recordar. La Tierra. No había sentido la necesidad. Quizás a causa de que este mundo era en sí mismo como una droga. Y ciertamente había tomado una dosis masiva, pensó. Cerró los ojos y Daisy gravitó fuera de la oscuridad, riendo ante su chiste. ¿Había hecho un chiste? Muy extraño, en todo caso; los dos estaban borrachos. Cuando Wing agitó la cabeza para aclararla, el pelo de Daisy danzó.

    Ipposkenick le dijo que visitara de nuevo el templo Weekan cuando estuviera en Mateag.

    —Tiene que ver la mampostería.

    Aquella fiesta improvisada había sido idea de Ndavu. Esa gente no daba fiestas. Se reunían en posadas y tabernas, acudían a festivales para bailar y cantar y contar historias, se reunían en lugares públicos para dar gracias a Chan y decidir qué hacer y quejarse del gobierno. Todas eran ocasiones sociales, pero con una finalidad. Esa gente esperaba que hubiera algún acontecimiento en el centro de cualquier reunión: una diversión, algunas noticias, compartir un placer o —en último caso— una comida caliente. La noción de pasar unas cuantas horas en persecución de alguna tenue experiencia de buen compañerismo era algo extraño para ellos. De hecho, sólo lo hacían para complacer al alienígena.

    El vino había sido idea de Harumen. Ella comprendía bastante más las costumbres de la Tierra de lo que Wing había sospechado al principio, o quizá se había dado cuenta de que el vino lubricaría una situación difícil. Al principio los invitados de Wing habían parecido incómodos; resultaba claro que algunos no sabían exactamente lo que estaban haciendo, y no les hacía ninguna gracia hacerlo en presencia de los demás. La mayoría habían acudido porque Teaqua había ungido a Wing. Sin embargo, a medida que transcurría la tarde y fluía el vino, la incomodidad se desvanecía. Ndavu había tenido razón. Wing se lo estaba pasando bien. Derivaba una curiosa satisfacción del hecho de que todas aquellas criaturas —gente— que se odiaban más o menos entre sí se habían reunido en su habitación en su honor. Wing se echó hacia atrás en el colchón de gel, apoyó la cabeza contra la pared y dejó que el sonsonete de las voces resbalara sobre él. Menzere charlaba con Chiskat. Ndavu y Ammagon estaban sentados en el suelo; sus cabezas estaban muy juntas. Formaban una extraña pareja. Ndavu estaba intentando todavía conseguir que el profeta arreglara una audiencia con Teaqua, y no parecía estar muy lejos de utilizar los halagos para conseguirlo. ¡Y el mensajero estaba bebiendo vino! Harumen intentaba escuchar su conversación al tiempo que mostraba a Osh, Uttaro y Arinash la unidad de trabajo de Wing. Seguía evocando escenas de la Tierra, pero su audiencia parecía más interesada en juguetear con la tapa corredera del escritorio. Wing se sentía impresionado por la forma como Harumen había dominado la unidad de trabajo: sólo había necesitado una hora de aprendizaje.

    —Me gustaría ir con usted —dijo Ipposkenick—. No he estado en Mateag desde hace..., déjeme ver... —La voz del historiador de la arquitectura se arrastró y murió.

    Ammagon empezó a peinar el pelaje del hombro de Ndavu. El mensajero gorjeó como si le gustaran las caricias del profeta. Sorprendido y ligeramente azarado, Wing inspeccionó el oscuro vino en su jarra.

    —Me gustaría ir...

    Wing sabía aquello, pero Ipposkenick sentía una tendencia erudita hacia las conferencias. Ya era suficiente que Wing hubiera permitido que su amigo preparara el itinerario para el viaje. Wing deseaba ver la arquitectura local por sí mismo, hallar su propia inspiración. Estaba a punto de explicar esto cuando Ipposkenick empezó a roncar. Se había quedado dormido en la cama al lado de Wing.

    Chiskat se levantó para observar la demostración de Harumen, y el fantasma de Menzere ocupó su lugar. Wing se sintió vagamente culpable de no haber aceptado nunca la invitación de la mensajera de visitar sus aposentos, pero había estado ocupado.

    — ¿Seguro que quiere hablar conmigo? —dijo Wing, al tiempo que señalaba con el hombro al dormido Ipposkenick—. Le hago esto a la gente.

    Menzere gorjeó educadamente. —Correré el riesgo, Phillip.

    —Le ofrecería algo de beber..., si estuviera usted realmente aquí. —El etanol no es compatible conmigo. —La mensajera se encogió de hombros—. De todos modos, debo advertirle que me estoy emborrachando también de una manera análoga, para entrar en el espíritu de su fiesta.
    —Muy bien. —Wing la saludó con la jarra y luego dio un sorbo—. Muy bien. Excepto que, ¿cómo es que Ndavu puede beber vino y usted no?
    —Ndavu es capaz de muchas cosas que yo no osaría intentar —dijo Menzere. Wing miró hacia el otro lado de la habitación a tiempo para ver a Ammagon lamer los erizados pelos de la mejilla de Ndavu.
    —Entonces, ¿no todos los mensajeros han sido creados iguales? —preguntó. —Todas las esencias son iguales.
    — ¿La de usted y la mía? Menzere cerró la mano en un puño.
    — ¿Chani y mensajero?
    —Esto creemos. Por supuesto, nunca ha sido plenamente comprobado.
    — ¿Pero ha sido probado en los humanos? Menzere inclinó la cabeza hacia un lado e hizo un gesto que invitaba a Wing a considerar su propio caso. Eso era precisamente lo que temía.
    —Chiskat sostiene que soy un mensajero —dijo con ebria impaciencia—. ¿Me está diciendo usted que ella tiene razón?
    —Tal como ellos definen la palabra, lo es. Tal como la definimos nosotros, todavía no es usted un mensajero. Hay potenciales que todavía no han sido realizados.
    — ¿Y quién decide si han sido realizados?
    —Usted lo hace. Difícilmente podría ser de otro modo.
    —Gracias —interrumpió Ammagon— por invitarme a su fiesta.
    —Llevaba a Ndavu a remolque. En este punto hubiera sido necesaria una antorcha láser para separarles.
    —Me alegra que viniera —dijo Wing bruscamente, aún provocado por el hecho de que él pudiera convertirse en un mensajero. Ya era bastante malo aquello en lo que se había convertido..., fuera lo que fuese.

    Ammagon retorció el brazo de Ndavu.

    —Ahora nos vamos. —El mensajero parecía ligeramente inclinado hacia un lado; Ammagon lo enderezó—. Ya es tarde. Sí, nos vamos. —Ndavu olisqueó el aire como si acabara de captar un aroma interesante; fuera lo que fuese lo que había olido, pareció complacerle—. A otro lugar, él conoce algún lugar. A...

    El mensajero se tambaleó, y Wing tuvo un inesperado atisbo de Harumen tras ellos. Miraba a Ndavu y Ammagon con el ceño fruncido; su repentina intimidad parecía haber agitado intensas emociones en su interior. Entonces se dio cuenta de que él la miraba y desvió la vista. Wing sintió un brevísimo hormigueo de... algo. No sabía qué. Se alegró de estar borracho; al menos ahora tenía una excusa para sentirse confundido. Una barriga llena de vino hacía más fácil ser un alienígena.

    —Muy agradable, muy agradable —seguía diciendo Ammagon, como si recitara un encantamiento, mientras empujaba al otro rumbo a la puerta—. Muy, muy agradable.

    Sin pensarlo, Wing intentó darle al fantasma un ligero codazo de entendimiento en las costillas.

    —Ooops, disculpe. —El abdomen de Menzere rieló cuando el codo de Wing lo atravesó.

    El fantasma se encogió benévolamente de hombros. —Ocurre constantemente.

    Wing decidió que le caía bien Menzere.

    —En la Tierra tenemos un dicho: «La política crea extraños compañeros de cama».
    —Es una verdad —dijo solemnemente la mensajera. Como un espejismo provocado por el calor, la imagen de Menzere siguió oscilando—. Disculpará mi apariencia —dijo—, pero me temo que me he estimulado en exceso.

    Wing sintió deseos de darle una palmada en el hombro pero se lo pensó mejor. —Está bien. Yo también me siento un poco desenfocado.

    Los invitados del templo le dieron a Ammagon una ventaja de cinco minutos antes de irse. Wing se alegró de ver marcharse a Chiskat; parecía como si deseara romper algo. Los eruditos les siguieron poco después. Harumen sacudió a Ipposkenick y lo despertó; gruñendo, el historiador se marchó tambaleándose. Finalmente el brillante holofantasma de Menzere se puso en pie, hizo una mueca como si se sintiera enferma de pronto, y luego su ventana se cerró bruscamente con un audible chasquear de estática. Después de que todo el mundo se hubiera ido, Harumen ayudó a Wing a limpiar.

    —Creo que fue bien. ¿Ha quedado satisfecho con ella? ¿Era eso lo que deseaba? —Aquella peculiar intensidad regresó de nuevo a ella; Wing la leyó ahora como una especie de desesperación. Le aseguró que la fiesta había sido un gran éxito—. Me alegro —dijo ella—. Quiero que se sienta feliz aquí. —Se detuvo unos instantes en la puerta, como si aguardara a que él dijese algo. Pero Wing estaba demasiado cansado para pensar en qué podía ser.
    —Buenas noches, Harumen —murmuró—. Y gracias. —Adelantó una mano y, sin mirarle directamente, intentó tocar el lado de su rostro. Wing se dio cuenta de que ella deseaba quedarse aquella noche con él, había estado aguardando toda la velada una invitación. Wing no pudo impedirlo: retrocedió ligeramente. Al instante la expresión de ella se endureció. Se volvió, echó a andar, luego a correr, por el pasillo.

    Wing cerró la puerta, se dejó caer en su cama. Se sintió furioso, no exactamente con ella. No deseaba hacerle ningún daño; le caía muy bien Harumen. Pero sólo porque Ndavu se hubiera encaminado al lecho común con Ammagon no quería decir que él..., no era nada personal..., no podía ser... Wing cerró los ojos. Riendo borracha, Daisy le envolvió con sus piernas.

    Wing miró a través del fuselaje transparente de la cápsula de transporte al valle del río Chowhesu, que los chani llamaban la Ribera. Cuando cerró los ojos aún pudo ver la zona, o al menos la versión de ella almacenada en el implante. Se sintió intrigado por las diferencias. Las imágenes que producía Daisy eran tan idealizadas como una maqueta arquitectónica, e igual de estáticas. Aquí había un bote solitario con una resplandeciente vela blanca, allí un carro cargado parado en medio de verdes campos. Pero hoy el valle estaba cubierto por una masa de nubes altas y delgadas; los colores eran más opacos. El río Chowhesu era marrón sucio, con negras orillas lodosas; desde arriba parecía como una gran carretera sin pavimentar. Todo tipo de tráfico recorría el río: canoas, toscas balsas, ferris yendo de orilla a orilla y estrechas barcas abiertas con velas latinas apenas visible en el despiadado resplandor de Chan. El Chowhesu se hallaba en su estación más baja, y los pantanos de cañas a lo largo de sus orillas habían retrocedido. La mayoría de los campos de la Ribera estaban en barbecho, pero unos pocos granjeros intentaban exprimir una última cosecha de la rica tierra del fondo. Wing pudo ver algunas hileras de color jade que brotaban de la oscura tierra.

    Desde el aire pudo observar que el retorcido esquema cuadriculado de la Ribera no venía definido por sus carreteras —poco más que polvorientos caminos—, sino más bien por canales de irrigación cortados entre campos. Tras la más lejana esclusa aguardaba el desierto: dunas color paja fruncidas por el viento, riscos carcomidos por la intemperie que asomaban como huesos. Había poca lluvia allí al socaire de las montañas de Aseneshesh, y el desierto estrujaba constantemente la Ribera. Ni siquiera en su parte más ancha el valle tenía más de veinte kilómetros de amplitud. Sin embargo, la mayoría de la gente vivía en esta larga cinta de lodosa agua y fértil tierra. Si el Chowhesu dejara alguna vez de arrastrar agua, la Ribera se secaría y desaparecería por completo. Sin embargo, mientras siguiera cayendo nieve en las montañas, el deshielo debería hallar su camino hasta el mar.

    —Acabamos de pasar por encima del ferry de Hush —dijo Ndavu, señalando—. Al otro lado está Keekaysak.

    El mensajero estudiaba la Ribera con la misma intensidad que Wing. Harumen, por su parte, se había echado una manta sobre la cabeza y había empujado su asiento hacia atrás. No había emitido ningún sonido desde que habían empezado a volar por encima de las tierras altas; cambios esporádicos en los contornos de la manta eran los únicos indicios de que aún había vida debajo. A Harumen le traía sin cuidado volar en una pecera pilotada por un ordenador.

    Ndavu señaló. —Eso es Mateag.

    Algunos la llamaban la isla ciudad, otros la ciudad de los templos. Según las verdades, fue en la fértil isla de Mateag donde la hija de Chan, Hanu, había tomado a Kautama, el último chani, como su compañero. En Mateag ella le había enseñado los secretos de la absolución. Habían compartido placer y habían prosperado allí, y habían dado nacimiento a una nueva raza. Ahora la mayoría de la gente en esta la más histórica de las ciudades se ajetreaba con el éxtasis y el terror de la absolución. Mateag importaba a los viejos, los débiles, los pecadores, y exportaba inocencia renacida. Aunque la gente podía ser absuelta en cualquier lugar en la teocracia, muchos pensaban en Mateag cuando se iniciaban los temblores. Se decía que Chan derramaba favores especiales sobre aquellos que decidían olvidar e iniciaban una nueva vida en la ciudad de los templos.

    Mateag había ardido durante la Guerra del Hambre. Después se había convertido en la pieza central del programa de reconstrucción de Teaqua. Los viejos templos fueron restaurados, se inició la construcción de otros nuevos y más ostentosos. La isla en sí fue dedicada ahora a lo espiritual; las funciones seculares se habían trasladado a través de los ramales del río a las orillas norte y sur. La vieja ciudad había sido despiadadamente despojada de toda arquitectura ordinaria hasta que sólo quedaron los monumentos, himnos triunfales de ladrillo y piedra a la grandeza de Teaqua.

    La isla le recordó a Wing el campus de alguna universidad agrícola extravagantemente dotada. Templos, claustros y edificios anexos estaban emplazados en grupos exactos, rodeados por jardines y huertos y plantas en espalderas. Cada centímetro de tierra se hallaba en producción. Una cosecha de raíces de pan invernaba para ser cosechada después del deshielo, endulzándose en el frío suelo. Había lodosos campos de durmiente trigo mensajero; una gran variedad de resistentes legumbres medraban en hileras cuidadosamente tendidas. Los desnudos setos vivos albergarían sus frutos cuando llegara la estación; entre otras cosas, Mateag era conocida por sus conservas y mermeladas. Wing nunca había estado en un lugar tan inflexiblemente ordenado. Lo que veía se parecía más a Versalles —o a los parques Disney— que a granjas. Ciertamente, ninguna granja había tenido nunca aquellos edificios; ¡incluso los establos eran palacios! Sin embargo, sorprendentemente, nadie parecía estar trabajando. El grupo de Wing tenía los senderos para ellos solos. Los campos estaban vacíos.

    Pese al visionario alcance de la planificación y la belleza del paisaje, era la arquitectura lo que más asombraba a Wing. Por lo que Daisy le había mostrado, por lo que Ipposkenick le había dicho, y por lo que él mismo había leído en el palacio de los eruditos, había acudido a la ciudad de los templos con la idea de que podría construir allí la tumba. Ahora que veía realmente Mateag por sí mismo, tenía sus dudas. No podía evitar el recordar lo que había sentido la primera vez que había visitado Roma. Había tomado el levmag hasta la esbelta estación término modernista de Montuori, un hito en sí misma, e inmediatamente había echado a andar, efectuando un peregrinaje arquitectónico a través de las estrechas calles. A San Cario alie Quattro Fontane, la pequeña joya del barroco de Borromini. Había contemplado con desdén el ampuloso monumento neoclásico kitsch a Vittorio Emanuele, y pasó rápidamente al sereno panteón de Marco Agripa. Y luego al extraño pero hermosamente mutado castillo de Sant'Angelo..., que hacía que la iglesia del Espíritu Santo en Portsmouth pareciera un modelo de buena planificación y ordenado diseño. Finalmente había ido a San Pedro, donde Bramante, Miguel Ángel y Bernini habían creado la obra maestra más grande del Renacimiento. Su recorrido le había dejado a la vez abrumado y deprimido. Se había medido a sí mismo frente a las obras maestras de Roma, y había descubierto que era un estudiante graduado poco prometedor, apenas apto para contemplar a los genios. Ahora estaba de vuelta de nuevo, en un mundo diferente pero en el mismo estado mental. ¿Cómo podía construir en Mateag? Le tomaría toda una vida tan sólo dominar un único idioma, y no digamos captar toda la historia de la arquitectura chani mostrada aquí. Sabía exactamente lo que ocurriría si lo intentaba. Pensó de nuevo en el embarazador Vittoriano, el monumento que proclamaba a las eras la mediocridad de su constructor. Al menos el pobre Sacconi había sido italiano..., y humano. Wing ni siquiera tenía la ventaja de pertenecer a la misma especie. La idea de intentar competir allí le pareció irremediablemente arrogante.

    Una sacerdotisa les recibió en el patio del templo Weekan. Las ventanas abiertas respiraban el cálido y exuberante aroma del pan al patio. Wing se sintió instantáneamente hambriento.

    —Soy Timmin. —La sacerdotisa hizo el signo de súplica a Ha— rumen. —Harumen. —Devolvió el signo—. Este es Wing; ya has oído hablar de él. Y éste es Ndavu..., el mensajero.

    Timmin no repitió el signo, sino que dirigió a Wing una mirada más bien desaprobadora. Su único reconocimiento de la presencia de Ndavu fue un resoplido, como si estuviera intentando eliminar un hedor que hubiera penetrado en sus fosas nasales.

    —Entrad. —Timmin se dirigió al espacio entre Harumen y Wing.

    Wing comprendió de inmediato por qué Ipposkenick había deseado que viera el templo Weekan. Había sido construido en honor a la hija de Kautama Weekan, conocida como la Panadera. El complejo estaba situado en un canal cerca del río, y le recordó a Wing un molino de Nueva Inglaterra..., excepto que ningún molino había tenido nunca este aspecto. Los fabricantes de ladrillos habían añadido pigmentos a la arcilla, produciendo media docena de colores muta— dos: marrón, rojo oscuro, morado, gris verdoso, paja y terracota. El albañil había utilizado esta limitada paleta para convertir cada pared en un mosaico. Los dibujos eran a la vez abstractos y representativos, una especie de puntillismo sobre ladrillo. Había estilizadas imágenes de guadañas y carromatos, las espigas de varias gramíneas, engranajes y piedras de molino. Timmin les condujo rápidamente a través de la sala principal del templo, un húmedo y oscuro lugar lleno con el sonido del agua corriendo. Un canal interior pasaba a través de un extremo, y el altar sólo podía ser alcanzado por un puente. Los refectorios eran más brillantes, y los claustros aireados y brillantes también. Todos estaban desiertos.

    — ¿Dónde está todo el mundo? —Aquello había empezado finalmente a preocupar a Wing.

    Timmin le miró parpadeando, como si no hubiera comprendido. Harumen repitió secamente la pregunta.

    —Te mostramos nuestros templos porque así lo ha pedido Teaqua. —La ferocidad del desagrado de Timmin sorprendió a Wing—. Pero no vas a corromper la absolución, ¿comprendes? Hemos reunido a todos los renacidos en pequeños grupos para que recen y digan las verdades. Si quieres verlos a toda costa..., sólo un grupo. Así, sólo unos pocos sufrirán. Y nada de tembladores.
    —No importa. —Ahora Wing estaba seguro de que había cometido un error viniendo a Mateag—. Vámonos —dijo a Harumen.
    —Nunca aprendéis, ¿verdad? —Harumen le ignoró; avanzó furiosa y agarró a Timmin por la melena—. No corresponde a los sacerdotes decidir si Wing es corrupto. Él sirve a la diosa; ella lo ha bendecido. ¿O quizá tienes algún problema con eso?

    Timmin le dirigió una sonrisa conspiradora, como si la invitara a considerar la condición de Teaqua. De inmediato Harumen tiró más fuerte de su melena, retorciendo su cabeza hasta que la sonrisa se convirtió en una mueca.

    — ¡Habla!
    —P—puede ver lo que desee.
    — ¿Y si desea convocar una asamblea? ¿Ver a todo el mundo en la isla? —Si... él lo quiere.
    —Sirves aquí por la voluntad de Teaqua. —Harumen la soltó—. Asegúrate de que tus amigos comprenden eso.

    Los tembladores vivían en un pabellón que Piranesi hubiera reconocido. La oscura sala olía a humo y a ropa sucia. Wing contó como unos veinte camastros; siete estaban ocupados. Un incesante zumbido de voces llenaba la estancia, pero no había ninguna conversación. Muchos de los tembladores zumbaban o canturreaban a un ritmo entrecortado. Uno se mecía hacia delante y hacia atrás en su camastro, con las rodillas aferradas al pecho. Otra simplemente permanecía sentada al borde de la cama, miraba al suelo y se estremecía. Había perdido buena parte de su pelaje; Wing se sorprendió del grotesco aspecto que presentaba para él ahora la piel desnuda.

    —Pero—pero—pero... —repetía a nadie.
    —Estás equivocado. —El temblador en el camastro al lado del de ella tenía un tic. Su cabeza no dejaba de sacudirse hacia su hombro izquierdo mientras intentaba enfocar su mirada en Wing—. Tu cuerpo no encaja. —Dejó escapar un alarmado ulular; otros recogieron la llamada.

    Wing no sabía qué hacer, y tampoco Daisy; los mensajeros todavía tenían que comprender a los tembladores. Sospechaban que el proceso se iniciaba cuando los mecanismos de control en la corteza motora se veían cortados. Algunos argumentaban que la absolución producía una disrupción progresiva de las funciones integradoras del cerebro chani hasta que los tembladores se volvían tan incontrolablemente impotentes como recién nacidos, con su comportamiento reducido a reflejos e instinto. Pero no había ninguna teoría que explicara por qué o cómo podía ocurrir esto.

    Ndavu adelantó una mano y rozó un lado de la cabeza del temblador. Éste dejó de ulular y sus crispaciones disminuyeron. Wing tuvo la impresión de que Timmin iba a dar una palmada a la mano de Ndavu para retirarla, pero se contuvo, sin duda por miedo a Harumen.

    —Tienes razón —dijo Ndavu—. Él no pertenece aquí. Simplemente estamos haciendo una pequeña visita, y luego nos marcharemos.
    —Tengo pesadillas —dijo el temblador—. Ellas también están equivocadas. —Pasarán. Pídele a Chan que las queme.
    —Chan es grande —dijo fervientemente el temblador—. ¡Que sea alabado! —Mira a Chan —dijo Ndavu—. Mira dentro del sol.

    El sacerdote de guardia avanzó apresuradamente desde el otro lado del pabellón con una pequeña taza dorada.

    —Es una mala época —dijo. Ndavu retiró la mano,