UNA MUERTE ROJA (Walter Mosley)
Publicado en
noviembre 04, 2012
Easy Rawlins, 2
A la memoria de Alberta Jackson y Lillian Keller,
con especial agradecimiento a Daniel y Elizabeth Russell
Si no fuera por la mala suerte
no tendría ninguna suerte.
De un antiguo blues
Yo siempre empezaba a barrer los apartamentos de la calle Magnolia por el último piso. Era un edificio de tres plantas de estuco rosado, situado entre la calle Noventa y uno y la plaza del mismo nombre, a un kilómetro y medio de Watts. Doce apartamentos. Y aquel mes todos estaban ocupados. Había juntado la basura en un montón muy pulcro cuando oí que se acercaba Mofass en su nuevo Pontiac del 53. Sabía que era él porque algo andaba mal en la transmisión, y sus agudos se escuchaban a una manzana de distancia. Le oí cerrar la puerta de un golpe, y saludó en voz bien alta a la señora Trajillo, que siempre estaba sentada junto a su ventana del primer piso —la mejor alarma contra los ladrones que uno pudiera desear.
Sabía que Mofass pasaba a cobrar los alquileres atrasados el segundo jueves de cada mes, y por eso había elegido aquel día para limpiar. En mi cabeza sólo daban vueltas el dinero y la ley, y Mofass era el único tipo que conocía capaz de poner mis asuntos en orden.
Pero no fui el único que oyó el Pontiac.
El pomo de la puerta del apartamento J giró de un lado a otro y la puerta se abrió, dejando ver la pálida y triste cara de Poinsettia Jackson.
Poinsettia era una joven alta, de ojos amarillentos y labios gruesos y flojos.
—Hola, Easy —musitó con su voz más aguda y más triste.
Era una contralto, pero elevaba la voz una octava para darme lástima.
Y sólo me daba asco. Por la puerta abierta salía un tufo a incienso del altar que Poinsettia tenía en su casa, e invadía todo el vestíbulo que yo acababa de limpiar.
—Hola, Poinsettia —contesté, y le di de inmediato la espalda y me alejé, como si tuviera que ir corriendo tras la escoba para que no se me escapara.
—He oído allá abajo a Mofass —dijo—. ¿Tú también le has oído?
—Yo estoy trabajando. Yo sólo estoy trabajando.
Abrió la puerta y apoyó su demacrado cuerpo contra el quicio. La bata le estaba muy tirante a la altura del pecho. Poinsettia había adelgazado horriblemente después de su accidente, pero seguía teniendo una estructura ósea grande.
—Tengo que hablar con Mofass, Easy. Sabes que he estado tan mala que ni siquiera puedo bajar a la calle. Quizá tú podrías bajar y decirle que tengo que hablar con él.
—Está cobrando los alquileres atrasados, Poinsettia. Si no le has pagado, no tienes más que esperar. Estará aquí muy pronto.
—Pero no tengo el dinero —gimió.
—Eso se lo dices a él —le contesté. Mis palabras no tenían un significado especial; sólo quería acabar con aquella charla y seguir con mi trabajo en el segundo piso.
—¿No puedes hablarle, Easy? ¿No puedes decirle que estoy muy enferma?
—Mofass ya lo sabe, Poinsettia. Basta con mirarte. Pero tú también sabes que a él sólo le importan los negocios. Y quiere el alquiler.
—Pero podrías hablarle de mí, Easy, contarle lo que me pasa.
Me sonrió. Era la clase de sonrisa que antes hacía que los hombres lo abandonaran todo y la siguieran. Pero la delicada piel de Poinsettia se había aflojado y olía como una vieja, a pesar del incienso y el perfume. Y en lugar de querer ayudarla, yo sólo deseaba escapar.
—Claro, se lo diré —le mentí—. Pero tú sabes que yo no soy su patrón, sino al revés.
—Baja ahora, Easy —me suplicó—. Pídele que me dé uno o dos meses.
Ya hacía cuatro meses que no tenía ni un céntimo, pero decírselo no hubiera sido inteligente.
—Le hablaré más tarde, Poinsettia. Se pondrá furioso si lo paro en medio de la escalera.
—Ve ahora, Easy, lo estoy oyendo, ya viene para aquí. —Y tironeaba de la bata con dedos frenéticos.
Yo también lo oía. Tres fuertes golpes a una puerta, probablemente la del apartamento B, y luego su voz grave:
—¡Alquiler!
—Ya bajo —les dije a los pies color ceniza de Poinsettia.
Recogí la basura en mi pala de mango largo e inicié la retirada hacia el primer piso, barriendo escalón por escalón mientras bajaba. Empezaba a juntar el polvo en un solo montón cuando apareció Mofass, subiendo trabajosamente la escalera.
Se inclinaba hacia adelante para cogerse del pasamanos y después subía escalera arriba, jadeando y resoplando como un viejo bulldog.
Y la pinta de Mofass era también la de un viejo bulldog; un bulldog de traje marrón y chaleco. Era gordo y corpulento, de hombros caídos y brazos robustos. Tenía siempre un cigarro en la boca o entre los dedos gruesos. Y su tez era de un moreno oscuro pero reluciente, como si una poderosa lámpara alumbrara justo debajo de su piel.
—Señor Rawlins —me dijo.
Se cuidaba siempre de dirigirse a todos con mucho respeto. Y aunque yo no hubiera sido más que el hombre de la limpieza él me habría llamado «señor».
—Mofass —era el único nombre con que permitía que se dirigieran a él —, tengo que hablar con usted de unos asuntos; ¿le parece bien que comamos juntos después de que yo termine aquí?
—Sí, me va bien —contestó, el cigarro bien sujeto en la mano.
Se agarró al pasamanos de la escalera del segundo piso y empezó a subir.
Yo regresé a mi trabajo y a mis preocupaciones.
Todas las plantas del edificio de la calle Magnolia tenían un corto pasillo con dos apartamentos a cada lado. Al fondo había una gran ventana que dejaba entrar la luz de la mañana. Y eso fue lo que hizo que me enamorara del lugar. Entraba el sol, calentaba los fríos suelos de hormigón, y me alegraba la primera parte del día. A veces iba allí aunque no hubiera nada que hacer. La señora Trajillo me paraba en la puerta y me preguntaba:
—¿Algún problema con las tuberías, señor Rawlins?
Yo le contestaba que Mofass quería que inspeccionara el tejado, o que Lily Brown había visto días antes un ratón y estaba comprobando las trampas. Lo mejor era hablarle de roedores o de insectos, porque la señora Trajillo era una mujer muy sensible que no podía soportar la idea de que algo se arrastrara a la altura de sus pies.
Después subía, me ponía junto a la ventana y miraba la calle. A veces me quedaba allí una hora, o más, viendo pasar los coches y las nubes. En aquellos tiempos las calles de Los Angeles eran muy tranquilas.
En el primer piso todos trabajaban fuera de casa, de modo que podía pasarme toda la mañana en el vestíbulo sin que nadie me molestara.
Pero aquello se había terminado. Una carta del gobierno había acabado con mi buena vida.
Todo el mundo pensaba que yo era el encargado y que Mofass cobraba los alquileres para una señora blanca del centro. Tenía tres edificios de apartamentos —el de la calle Magnolia era el más grande— y una casa pequeña en la calle 116. Lo único que hacía era ocuparme del mantenimiento, y eso me gustaba, porque cuando uno contrata a alguien para alguna reparación, tardan siempre muchísimo y cobran demasiado. Y cuando no estaba ocupado en eso, podía dedicarme a mi pequeño trabajo secreto.
Además de los bienes raíces, estaba en el negocio de los favores. Le hacía un favor a alguien, como encontrar un marido perdido, o averiguar quién había robado en su tienda, y al cabo de algún tiempo ellos quizá podían hacer algo por mí. Era una manera muy campesina de hacer negocios. En aquella época casi todos los que vivían en mi barrio habían venido de los campos del sur de Texas y de Louisiana.
La gente venía a verme cuando estaba en serias dificultades pero no podía ir a la policía. Alguien les había robado el dinero, o un coche que no estaba a su nombre y del que no tenían los papeles, o estaban preocupados por las amistades de su hija, o por un hijo rebelde. Yo arreglaba disputas que de otra manera habrían terminado en un baño de sangre. Tenía entre los pobres fama de hombre justo y de principios firmes. Y por entonces el noventa y nueve por ciento de los negros eran pobres, de manera que mi fama llegaba muy lejos.
No estaba en la nómina de nadie, y aunque los alquileres no eran nunca seguros, tenía lo suficiente para comer y beber.
—¿Me está diciendo que hoy no me pagará? —La voz profunda de Mofass retumbó por la escalera; después se oyó el llanto nervioso de Poinsettia—. Señorita Jackson, con lágrimas no me va a pagar el alquiler.
—¡Pero no tengo el dinero! ¡No lo tengo, y usted sabe por qué!
—Ya sé que no lo tiene, y por eso estoy aquí. Hoy no es mi día de cobro habitual. Hoy vengo a decirle a los que no pagan que el dulce se ha terminado.
—No puedo pagarle, Mofass. No tengo dinero y estoy enferma.
—Óigame. —Bajó un poco el tono de voz—. Éste es mi trabajo. Mi salario sale de los alquileres que cobro para la señora Davenport. ¿Sabe?, yo le llevo el montón de dinero que producen sus pisos y ella lo cuenta. Cuando termina, saca mi pequeña parte. Si yo le llevo más dinero, recibo más, y cuando le llevo menos...
Mofass no terminó la frase porque Poinsettia se echó a llorar.
—¡Déjeme! —gritó Mofass—. ¡Apártese, muchacha!
—¡Pero usted me lo prometió! —lloriqueó Poinsettia—. ¡Usted me lo prometió!
—¡Yo nunca le prometí nada¡¡Y ahora suélteme!
Segundos más tarde le oí bajar la escalera.
—Volveré el sábado, y si para entonces no ha conseguido el dinero, será mejor que ya no esté aquí.
—¡Váyase al infierno! —gritó Poinsettia con una fuerte voz de tenor—. ¡Mierdoso hijo de puta! ¡Voy a mandar a Willie para que le rompa ese culo negro que tiene! ¡Él lo sabe todo de usted! ¡Le dejará el culo como una albóndiga!
Mofass bajó la escalera agarrado al pasamanos. Caminaba muy lentamente en medio de los gritos y los tacos. Me pregunté si alguna vez llegaban a traspasar su espesa coraza y los oía.
—¡Cabrón! —gritó Poinsettia.
—¿Ya ha terminado, señor Rawlins? ¿Podemos irnos? —me preguntó.
—Todavía me falta la planta baja.
—¡Cabrón hijo de puta!
—Entonces lo espero en el coche. Por mí no corra.
Mofass agitó su cigarro en el aire, y dejó una serena estela de humo azul.
Cuando se cerró la puerta del frente, Poinsettia dejó de gritar y cerró de un golpe la suya. Reinaba otra vez la calma. El sol todavía entibiaba el suelo de hormigón y todo estaba tan hermoso como siempre.
Pero no por mucho tiempo. Poinsettia iba a estar muy pronto en la calle, y yo tomaría el sol de la mañana en mi celda en la cárcel.
—¿Tiene su coche por aquí? —me preguntó Mofass cuando subí al suyo y me senté en el asiento del acompañante.
—No, he venido en autobús. ¿Adónde quiere ir? —Yo siempre cogía el autobús cuando iba a limpiar, porque mi Ford era demasiado llamativo para un portero.
—Es usted el que quiere hablar conmigo, señor Rawlins.
—Sí. Vamos al restaurante mexicano, entonces.
Giró en redondo en medio de la calle y condujo en dirección a Rebozo's.
Mientras Mofass fruncía el ceño y mordía su largo cigarro negro, yo miraba por la ventanilla el ir y venir de la avenida Central. Había bodegas, pequeñas tiendas de modas, y de vez cuando un taller de reparación de televisores. En la esquina de la avenida Central y la calle Noventa y nueve había un grupo de tipos sentados charlando. Estaban esperando trabajo, aunque sin demasiadas ganas. Ésta era una costumbre traída por alguna gente del Sur: se sentaban en un cajón en un lugar determinado y esperaban a que alguien que necesitara peones viniera y los llamara por su nombre. Y así podían pasar la tarde con sus amigos, bebiendo de botellas que llevaban en bolsas de papel de estraza y jugando a los dados. Podía suceder, incluso, que tuvieran suerte, consiguieran un trabajo por el que les pagaran unos cuantos dólares... y tal vez aquella noche sus hijos comieran carne.
Mofass me llevaba a su restaurante mexicano favorito. En Rebozo's ponían rodajas de aguacate en el chili y trozos de patatas picantes en los burritos.
Llegamos sin habernos dicho nada más. Mofass bajó del coche y cerró su puerta con llave, después vino hasta mi lado y cerró también la otra puerta. Siempre cerraba él mismo las dos puertas con la llave; no se fiaba de que su pasajero pudiera conseguir el mismo resultado apretando la manija al cerrar de manera que el seguro quedara puesto. Mofass no se fiaba ni de su madre, y por eso era un administrador de propiedades tan bueno.
Había otra cosa que me gustaba de Mofass, y es que era de Nueva Orleans, y aunque hablaba como yo, no era amigo de ninguno de mis amigos de Houston, Galveston y Lake Charles, Louisiana. Estaba así a salvo de ociosos cotilleos sobre mi secreta vida financiera.
Rebozo's era un salón oscuro con un pequeño bar al fondo y tres compartimientos separados a cada uno de los lados. Junto al bar había un tocadiscos automático con luces de neón rojo en el que casi siempre se escuchaba una música llena de trompetas, acordeones y rasguear de guitarras. Pero si el tocadiscos estaba silencioso cuando entrábamos, Mofass siempre echaba unas monedas y apretaba varios botones.
La primera vez que lo hizo le pregunté:
—¿Le gusta ese tipo de música?
—Me da lo mismo —me respondió—, pero me gusta que haya un poco de ruido. Así nuestra charla queda sólo entre nosotros. —Y me guiñó un ojo, como un lagarto soñoliento.
Mofass y yo nos miramos por encima de la mesa. Tenía las manos apoyadas delante, y el cigarro parecía una negra torre de Pisa entre los dedos de la izquierda. En el meñique de la mano derecha llevaba un anillo de oro y ónix que tenía un pequeño diamante engarzado en el centro.
Me ponía nervioso tratar de mis asuntos privados con Mofass. Él me cobraba los alquileres. Yo le daba el nueve por ciento y quince dólares por los desahucios, pero no éramos amigos. Sin embargo, era el único hombre con el que podía hablar de mis negocios.
—Hoy he recibido una carta —le dije por fin.
—¿Sí?
Me miraba y esperaba pacientemente lo que tuviera que decirle, pero yo no podía continuar. Aún no quería hablar de aquello. Temía que al comentar las malas noticias en voz alta se hicieran realidad.
—¿Qué piensa hacer con Poinsettia? —pregunté en cambio.
—¿Cómo?
—Ya sabe, Poinsettia, el alquiler.
—La echaré a patadas si no paga.
—Usted sabe que esa chica está muy enferma. Desde que sufrió aquel accidente no ha hecho sino consumirse.
—No por eso tengo que pagarle el alquiler.
—Soy yo quien se lo pagará, Mofass.
—De eso nada, señor Rawlins. Yo soy el cobrador, y el dinero es mío hasta que lo pongo en sus manos. Si esa chica va por ahí diciendo que le perdono el alquiler, los demás también querrán sacar partido.
—Pero ella está enferma.
—Tiene una madre, una hermana, tiene a ese Willie del que siempre habla. Que paguen ellos el alquiler. Esto es un negocio, señor Rawlins, y los negocios son la cosa más dura que existe. Más dura que los diamantes.
—¿Y si nadie paga?
—En seis meses se habrá olvidado de ella, señor Rawlins. Ni siquiera recordará cómo se llamaba.
Una joven mexicana se acercó antes de que yo pudiera decir nada más. Tenía una espesa cabellera negra y ojos oscuros en los que casi no se veía la parte blanca. Miró a Mofass, y tuve la intuición de que la chica no hablaba inglés.
Él alzó dos gruesos dedos y dijo: «Cerveza, chile y burritos para dos», pronunciando cada sílaba tan lentamente que uno podía leer sus labios.
La muchacha le sonrió y se marchó.
Cogí la carta del bolsillo del pecho de mi chaqueta y se la di a Mofass.
—Quiero que me diga qué opina de esto —dije con una tranquilidad que no sentía.
Mientras contemplaba la severa cara de Mofass recordé las palabras que él estaba leyendo.
Reginald Arnold Lawrence
Inspector
Agencia Tributaria
14 de julio de 1953
Señor Ezekiel Rawlins:
Me han informado que entre agosto de 1948 y septiembre de 1952 usted adquirió al menos tres propiedades inmobiliarias.
He examinado sus declaraciones del impuesto sobre la renta desde el año 1945 en adelante y usted no ha declarado ningún ingreso considerable de dinero en esos años. Esto indicaría que usted no podía permitirse, actuando dentro de la legalidad vigente, efectuar desembolsos tan considerables. Por esta razón he iniciado una investigación, y le solicito que comparezca ante mí en los siete días siguientes a la recepción de esta carta. Le pido también que traiga todas sus declaraciones de pago del impuesto sobre la renta correspondientes al período arriba indicado, así como una relación exacta de todos sus ingresos en ese mismo período.
Mientras recordaba la carta sentía otra vez que el frío me subía desde los pies helados. Todo el calor que había absorbido en el vestíbulo había desaparecido.
—Lo tienen agarrado de los cojones, señor Rawlins —dijo Mofass, y dejó la carta sobre la mesa, entre ambos.
Bajé los ojos y vi que tenía delante de mí una cerveza. La chica seguramente la había traído mientras yo estaba concentrado en Mofass.
—Si pueden probar que usted ha ganado dinero y no se lo comunicó a Hacienda, ya puede ir preparándose para lo peor, señor Rawlins.
—¡Mierda! Pagaré lo que debo, y fin del asunto.
Hizo que no con la cabeza, y sentí que me arrancaban el corazón.
—No, señor Rawlins. El gobierno quiere que usted le diga lo que gana. Si no lo hace, cogen y lo meten en la cárcel. Y usted sabe que al juez no se le pasará por la cabeza ninguna sentencia que no tenga un bonito número redondo... como cinco o diez años.
—Pero, hombre, si mi nombre ni siquiera aparece en los papeles. Monté lo que llaman una sociedad anónima ficticia, me ayudó John McKenzie. En los papeles figura un tal Jason Weil como el dueño de todos los edificios.
—Hacienda huele una sociedad anónima ficticia a la legua —respondió Mofass con un gesto irónico.
—Bien, entonces les diré que yo no sabía que tenía que declararlo todo. Y es verdad que no lo sabía.
—Vamos, hombre. —Mofass se inclinó hacia mí y me apuntó con su cigarro—. Le dirán que el desconocimiento de la ley no es una justificación. A ellos eso no les importa. Usted va y mata a un tipo que estaba con su chica. ¿Le dirá al juez que no sabía que no se puede matar? Además, argumentarán que si se tomó todo ese trabajo para ocultar su dinero es porque intentaba defraudar a Hacienda.
—Pero no es lo mismo que matar a alguien. No está bien que no me concedan una oportunidad para pagar mi deuda.
—Lo único que está bien es lo que sale bien, señor Rawlins. Y si descubren que usted tiene dinero, y piensan que no ha declarado nunca lo que ganaba... —Mofass hizo que no con la cabeza muy lentamente.
La chica volvió con dos gigantescos platos blancos. En cada uno había un burrito muy gordo, un montón de chile y arroz amarillo. De los hinchados burritos salían hilos de carne roja, de manera que parecía que rezumaban gusanos muertos. En la grasa del chile flotaban trozos de carne de cerdo y de aguacate amarillo verdoso.
En el tocadiscos sonaba la música de cien guitarras. Me tapé la boca con la mano para contener las náuseas.
—¿Qué puedo hacer? —pregunté—. ¿Le parece que necesito un abogado?
—Cuanto menos gente esté enterada del asunto, mejor —respondió Mofass; después se inclinó hacia adelante y susurró—: Yo no sé cómo consiguió usted el dinero para pagar los apartamentos, señor Rawlins, y creo que nadie debería saberlo. Lo que usted tiene que hacer es encontrar algún familiar, alguien muy cercano.
—¿Para qué? —Yo también me inclinaba sobre la mesa; el olor de la comida me ponía enfermo.
—Esta carta —comenzó Mofass, golpeando con los dedos el sobre— no dice que este tipo tenga pruebas. Sólo está investigando, mirando por ahí. Usted pone sus propiedades a nombre de alguien de su familia, antedata las escrituras, y luego va a ver a ese inspector y le demuestra que los apartamentos no le pertenecen. Diga que sus parientes no querían que el resto de la familia supiera lo que tenían.
—¿Y cómo se puede ante..., ante lo que sea las escrituras?
—Conozco un notario que lo hará... por unos cuantos billetes.
—Pero ¿qué pasa si yo encuentro una hermana o alguien por el estilo? ¿El gobierno no la investigará también a ella? Porque usted sabe que toda la gente que yo conozco es pobre.
Mofass le dio una calada al cigarro con una mano y con la otra se metió en la boca una buena porción de chile.
—Sí —trinó—. Usted necesita a alguien que ya tenga lo suyo; una persona con suficiente poder adquisitivo como para convencer al inspector de Hacienda.
Me quedé un rato callado. Todo lo bueno que había conseguido en la vida desaparecía con una carta. Había esperado que Mofass me dijera que no tenía de qué preocuparme, que me pondrían una pequeña multa y me dejarían en paz. Pero, en el fondo, yo sabía que no era así como se solucionaban esos asuntos.
Hacía cinco años un tipo blanco y rico me había contratado para buscar a una mujer. La encontré, pero ella no era precisamente lo que aparentaba ser, y había muerto mucha gente. Me había ayudado un amigo, Mouse, y aquel asunto acabó con una ganancia de diez mil dólares para cada uno de nosotros. El dinero era robado, pero nadie lo buscaba y yo me había convencido a mí mismo de que estaba a salvo.
Había olvidado que un hombre pobre nunca está a salvo.
Para que pudiéramos hacernos con aquel dinero, mi amigo Mouse asesinó a un hombre. Le disparó dos veces. Era un pobre tipo, engolosinado con aquella pasta robada. Le había costado la vida, y ahora me llevaría a mí a la cárcel.
—¿Qué va a hacer, señor Rawlins? —me preguntó por fin Mofass.
—Me voy a morir.
—Pero ¿qué está diciendo?
—Eso es lo único que sé, que me voy a morir.
—¿Y qué hará con esta carta?
—¿Y a usted qué le parece, Mofass? ¿Qué piensa que debería hacer?
Tragó un poco más de humo y rebañó el plato de chile con un trozo de tortilla.
—No sé, señor Rawlins. Por lo que veo, esa gente no tiene nada concreto contra usted. Yo he mentido por usted, tal como me lo pidió. Pero ya sabe que si vienen por mis libros, tendré que dárselos.
—¿Qué me sugiere, entonces?
—Vaya a verlos y mienta, señor Rawlins. Dígales que usted no tiene nada. Que es un pobre trabajador, y que alguien que le quiere hacer una faena ha mentido y ha dicho que usted tiene todas esas propiedades. Usted dígales eso y a ver qué le contestan. Ellos no saben cuál es su banco, ni conocen a su banquero.
—Sí, supongo que tendré que ir y tantear el terreno —dije después de un rato.
Mofass me miraba pensativo. Probablemente se preguntaba si el próximo dueño de los apartamentos utilizaría sus servicios.
No estábamos lejos de mi casa. Mofass se ofreció a llevarme, pero me gustaba usar las piernas, sobre todo cuando tenía que pensar.
Bajé por la avenida Central. A mediodía las aceras estaban poco menos que desiertas porque casi toda la gente estaba trabajando. Claro que las aceras de Los Angeles estaban por lo general vacías; Los Angeles siempre ha sido una ciudad de coches y la mayoría de la gente no va caminando ni siquiera a la tienda de la esquina.
Tenía la soledad que había deseado, pero pronto me di cuenta de que no tenía nada en que pensar. Cuando el Tío Sam quiso que ofreciera mi vida para luchar contra los alemanes, lo hice. Y sabía que si él me decía que tenía ir a la cárcel, lo haría. En los años cuarenta y cincuenta los pobres respetábamos la ley, en la medida en que un pobre puede hacerlo, porque ella nos protegía del enemigo. En aquel entonces creíamos saber quién era el enemigo. Era un hombre blanco con acento extranjero y que odiaba la libertad. Durante la guerra era Hitler y sus nazis; después fue el camarada Stalin y los comunistas; más tarde, Mao Tse Tung y los chinos adquirieron el rango de hombres blancos honorarios. Todos ellos eran gente malvada con muy malas intenciones para con el mundo libre.
Cuando llegué a la calle 116 mi sombrío humor se disipó. Tenía una casa pequeña, pero con un gran terreno delante.
En los últimos años me había aficionado a la jardinería. Había plantado azucenas y rosales trepadores contra la valla, y cultivaba fresas y patatas en grandes cuadros en el centro del patio. Un enrejado rodeaba el porche, y por él trepaban enredaderas en flor. El año pasado había plantado una pasionaria.
Pero la planta que más quería era mi aguacate. Tenía más de tres metros de altura, y una copa tan espesa que a su sombra siempre hacía fresco. Había puesto un banco de hierro junto al tronco, y cuando las cosas se ponían realmente mal, me sentaba allí a mirar los pájaros que buscaban insectos en la hierba.
Cuando llegué junto a la valla casi había olvidado al inspector de Hacienda. Él no sabía nada de mí, no era que hubiera averiguado nada. Simplemente estaba dando palos de ciego.
Y en ese momento vi al chico.
Estaba bailando una danza de chiflados en mi cuadro de patatas. Alzaba las manos en el aire, la cabeza echada hacia atrás, y cacareaba. De vez en cuando zapateaba, los pies como pequeños pistones, y después se agachaba, escarbaba la tierra y arrancaba las largas raíces pardas con las pequeñas protuberancias de las futuras patatas.
La puerta chirrió cuando la abrí, y él se dio la vuelta para mirarme. Abrió muy grandes los ojos y miró a uno y otro lado, buscando una vía de escape. Cuando vio que no la había, sonrió y me tendió las raíces de patata. Después se rió.
Yo había usado esa táctica cuando era niño.
Deseaba mostrarme duro, pero cuando abrí la boca no pude evitar una sonrisa.
—¿Qué haces, muchacho?
—Estoy jugando —dijo con un fuerte acento de Texas.
—¿Sabes que estás zapateando sobre mis patatas?
Hizo que no con la cabeza. Era un niño pequeño y renegrido, con una gran cabeza y orejas diminutas. Calculé que tendría unos cinco años.
—¿Y de quién te crees que son las patatas que tienes en las manos?
—De mi mama.
—¿De tu mama?
—Sííí. Esta casa es de mi mama.
—¿Desde cuándo?
La pregunta era demasiado para él. Apretó los párpados y agachó sus hombros de niño.
—Es de mi mama y nada más.
—¿Y cuánto hace que estás en mi jardín, pisoteando mis plantas?
Miré a mi alrededor y vi pétalos de azucenas y de rosas dispersos por todo el patio. Y en el sembrado de fresas no quedaba ni una fruta madura.
—Acabamos de llegar —dijo, y me tendió los brazos con una gran sonrisa. Yo lo alcé sin pensarlo—. Mama perdió la llave, así que he entrado por la ventana y le he abierto la puerta.
—¿Cómo?
Mientras lo tenía en mis brazos oí canturrear a una mujer. El timbre de su voz me hizo estremecer, aunque todavía no la había reconocido. Después, ella se acercó desde un costado de la casa. Era una mujer de color sepia, corpulenta pero con buen tipo; llevaba un vestido de algodón azul pálido y un delantal blanco. De su brazo derecho colgaba una cesta poco profunda que reconocí había salido de mi armario, y sobre el pañuelo blanco que cubría el fondo de la cesta había granadas y naranjas chinas de mis árboles, y fresas de mi patio. Era una mujer hermosa, de cara redonda, ojos serios y una boca que —yo lo sabía— estaba siempre dispuesta a la risa. Los bíceps del brazo derecho le abultaban porque EttaMae Harris era una mujer muy vigorosa que de joven había lavado ropa a mano nueve horas al día seis días a la semana. Podía mandar a un hombre a la luna de un golpe, o podía abrazarte tan estrechamente que te sentías de nuevo como un niño entre los tiernos brazos de tu madre.
—Etta —musité, casi para mí mismo.
El chico se echó a reír como un loco, se retorció en mis brazos y consiguió deslizarse hasta el suelo.
—Easy Rawlins.
Me sonrió, radiante, y yo también le sonreí.
—Qué... quiero decir... —balbuceé; el chico corría a toda velocidad alrededor de su madre—. Quiero decir, ¿qué haces aquí?
—Hemos venido a verte, Easy. ¿No es verdad, LaMarque?
—Ajá —dijo el chico, pero no disminuyó la velocidad.
—Y ahora, basta de carreras.
Etta alargó el brazo y lo cogió del hombro. Lo obligó a darse la vuelta y él me miró y sonrió.
—Hola —dijo.
—Ya nos conocemos —dije, y con un movimiento de cabeza señalé el patio.
Cuando Etta vio los destrozos que había hecho LaMarque abrió unos enormes ojos y mi corazón comenzó a latir más de prisa.
—¡LaMarque!
El chico agachó la cabeza y se encogió de hombros.
—¿Qué? —preguntó.
—¿Qué has hecho en el jardín?
—Nada.
—¿Nada? ¿Y para ti este desastre es «nada»?
Quiso cogerlo, pero LaMarque se tiró al suelo y escondió la cara entre las rodillas.
—¡No he hecho nada! —lloriqueó—. ¡Estaba cuidando las plantas!
—¿Cuidándolas? —La cara oscura de Etta se oscureció aún más, y lo miró fijamente con el ceño fruncido. No sé cómo reaccionó LaMarque ante aquella mirada, pero yo estaba tan impresionado que contuve el aliento.
Etta apretó los puños de tal manera que sus bíceps se hicieron aún más protuberantes y un estremecimiento le sacudió el cuello y los hombros.
Y entonces, de repente, su mirada se dulcificó y soltó una carcajada. Etta tiene ese tipo de risa que hace que la gente se sienta feliz.
—¿De modo que cuidando las plantas? Pues me parece que como jardinero eres una bomba.
Me reí con ella. LaMarque no comprendía por qué estábamos tan alegres, pero él también sonrió y se echó a rodar por el suelo.
—Y ahora levántate y ve a lavarte.
—Sí, mama.
LaMarque sabía ser un buen chico después de haber sido malo. Corrió hacia la casa pero cuando pasó a su lado Etta lo cogió del brazo, lo levantó en el aire, y le dio un sonoro beso en la mejilla. El chico reanudó su carrera hacia la puerta sonriendo y limpiándose la mejilla.
Etta abrió los brazos y yo me refugié en ellos como si nunca hubiera oído hablar de su marido, mi mejor amigo, Mouse.
Enterré mi cara en su cuello y aspiré su fragancia fuerte, natural como el olor de la tierra recién arada. Abracé a EttaMae Harris y me sentí en paz por primera vez desde la última ocasión en que la había tenido en mis brazos..., hacía ya quince años.
—Easy —susurró, y no supe si lo hacía porque la apretaba demasiado o simplemente porque quería pronunciar mi nombre.
Yo sabía que aquel abrazo era como apuntar a mi cabeza con un revólver cargado, porque Raymond Alexander, Mouse para sus amigos, era un asesino. Si hubiera visto a un hombre abrazando de aquella manera a su mujer ni siquiera habría parpadeado antes de matarlo. Pero yo no podía soltarla. Valía la pena correr el riesgo con tal de tenerla una vez más entre mis brazos.
—Easy —repitió, y me di cuenta de que la estaba apretando contra mis caderas, lo que hacía más evidentes mis sentimientos. Deseaba apartarme, pero era como cuando uno despierta temprano por la mañana, y no puede desprenderse del sueño—. Entremos, cariño —me dijo apoyando su mejilla en la mía—. El niño quiere comer.
Los olores de la cocina del Sur llenaban la casa. Etta había preparado arroz blanco y judías pintas con tocino. Para la limonada, había cogido limones de los árboles del vecino. En el centro de la mesa había un frasco de mayonesa con rosas rojas y rosadas. Era la primera vez que había flores en mi casa.
La casa no era muy grande. La habitación en la que estábamos servía de salón y de comedor, todo en uno. La parte destinada a salón tenía el tamaño justo para un sofá, un sillón pequeño y una librería de nogal con un televisor. Después venía un pequeño vestíbulo sin puertas que daba al comedor. La cocina estaba en la parte de atrás. Era un pasillo corto con una repisa y una cocina de gas. También el dormitorio era pequeño. Era una casa para una sola persona, y a mí me resultaba muy cómoda.
—Sal de ahí, LaMarque —dijo Etta—. El hombre siempre se sienta a la cabecera de la mesa.
—Pero... —empezó a decir LaMarque, pero lo pensó mejor y se calló.
Comió tres platos de judías y contó —dos veces— hasta ciento sesenta y ocho en mi honor. Cuando terminó. Etta lo envió afuera.
—Y por hoy nada de arreglar el jardín —le advirtió.
—Está bien.
Nos sentamos a la mesa, frente a frente. Yo la miré a los ojos y pensé en la poesía y en mi padre.
Me columpiaba en un neumático de Ford A que colgaba de un árbol cuando mi padre se acercó y me dijo:
—Ezekiel, aprende a leer, y no habrá nada que no puedas hacer.
Me reí porque me encantaba que mi padre me hablara. Aquella noche se marchó y nunca supe si me había abandonado o si lo mataron cuando volvía a casa.
Ahora estaba por la mitad del libro de sonetos de Shakespeare que había leído en el curso tercero de Inglés en la Universidad de Los Angeles. El amor expresado en aquellos poemas y mi amor por EttaMae y por mi padre se anudaban en mi pecho y apenas podía respirar. Y EttaMae no era sutil como un soneto; en el fondo de sus ojos había una épica, toda mi historia y la de los míos.
Y en ese momento recordé, una vez más, que ella pertenecía a otro hombre, a un asesino.
—Me alegro mucho de verte, Easy.
—Ya.
Se inclinó hacia adelante, los codos sobre la mesa, y, apoyando la barbilla en la palma de la mano, dijo:
—Ezekiel Rawlins.
Ése es mi verdadero nombre, sólo mis mejores amigos me llaman así.
—¿Y qué estás haciendo por aquí, Etta? ¿Dónde está Mouse?
—Cariño, sabes que hace años que rompimos.
—Oí decir que estaba viviendo otra vez contigo.
—Sólo fue una prueba. Quería ver si podía ser un buen marido y un buen padre. Pero no podía, de modo que volví a echarle de mi casa.
Los últimos instantes de la vida de Joppy Shag cruzaron como un relámpago por mi mente. Estaba atado a una silla de roble, y la sangre y el sudor resbalaban por su calva. Cuando Mouse le disparó a la entrepierna aulló y se retorció como un animal salvaje. Después, Mouse apuntó tranquilamente el revólver a la cabeza de Joppy...
—No lo sabía —dije—. Pero ¿por qué has venido?
En lugar de contestarme, Etta se levantó y empezó a recoger la mesa. Me puse en pie para ayudarla, pero me empujó de nuevo a la silla y me dijo:
—Me estorbas, Easy. Siéntate y bébete tu limonada.
Esperé un minuto y luego la seguí a la cocina.
—Los hombres son un desastre. —Estaba mirando la pila de platos que yo había amontonado en el fregadero y la mesa—. ¿Cómo puedes vivir así?
—¿Has venido desde Texas para enseñarme a fregar platos?
Y después volví a abrazarla. Era como si retomáramos lo que habíamos empezado en el jardín. Etta me puso la mano en la nuca, yo empecé a deslizar dos dedos a los lados de su columna vertebral, arriba y abajo.
Había pasado años soñando con besar otra vez a Etta. A veces, cuando estaba en la cama con otra mujer y me dormía, soñaba que ella era Etta; los besos eran como comida, tan satisfactorios que me despertaba, y entonces me daba cuenta de que sólo era un sueño.
Cuando Etta me besó en la cocina desperté de otra manera. Retrocedí tambaleándome y murmurando:
—No puedo aguantar mucho más de esto.
—Lo siento, Easy. Sé que no debería haberlo hecho, pero LaMarque y yo hemos estado metidos dos días en un autobús, todo el camino desde Houston. Y todo ese tiempo he pensado en ti, y me parece que me he excitado un poco.
—¿Por qué has venido? —Me sentía como si estuviera suplicándole.
—Mouse se ha vuelto loco.
—¿Loco? ¿Qué quieres decir?
—Ha perdido el juicio —continuó Etta—. Está completamente ido.
—Etta, dime qué ha hecho Mouse. —Le hablé lo más tranquilamente que pude. El deseo de abrazarla se había calmado por el momento.
—Viene cada noche a casa, a eso de las dos de la mañana, borracho como una cuba y agitando esa pistola de cañón largo que tiene. Se pone en medio de la calle y grita que él compró la casa, y que la quemará antes que permitir que lo tratemos de esa forma.
—¿Y de qué forma lo tratáis?
—No lo sé, Easy. Mouse está loco.
Era cierto, y siempre lo había estado. Cuando éramos jóvenes Mouse llevaba revólver y navaja. Mataba a hombres que le habían hecho enfadar, y a otros que le estorbaban cuando quería ganarse unos cuartos. Mouse había asesinado a su propio padrastro, a papi Reese, pero rara vez la tomaba con sus amigos, y yo jamás hubiera imaginado que algún día pudiera estar en contra de EttaMae.
—¿Me estás diciendo que por él has salido corriendo de Texas?
—¿Yo, corriendo? —Etta estaba sorprendida—. Yo no huyo de ese tipejo con cara de rata, ni de ninguna de las criaturas del Señor.
—¿Por qué has venido, entonces?
—¿Qué pensará de mí LaMarque cuando sea mayor si mato a su padre? Tienes que saber que cuando él se apostaba frente a mi casa yo le tenía siempre en la mira de mi arma.
Recordé que Etta tenía un rifle del calibre 22, y un 38 que llevaba en el bolso.
—Cuando Mouse ya llevaba un mes con aquello, decidí que lo iba a matar. Pero la noche en que iba a hacerlo, LaMarque se despertó y vino al salón. Yo estaba esperando a Raymond. LaMarque empezó a preguntar por el el rifle, y tú sabes, Easy, que nunca le he mentido a ese chico. Quería saber por qué estaba fuera de la funda, y yo le dije que iba a ponerlo en la maleta porque nos marchábamos a California.
Etta cogió mis manos con las suyas y continuó:
—Fue lo primero que se me ocurrió, Easy. No pensé en ir a casa de mi madre, o de mi hermana, en Galveston. Pensé en ti. Recordé lo encantador que eras antes de que Raymond y yo nos casáramos. Por eso he venido contigo.
—¿Y yo aparecí de repente en tu cabeza, después de tantos años?
—Bueno... —Etta sonrió y miró nuestros dedos entrelazados—. Corinth Lye ayudó un poco.
—¿Corinth?
Era una amiga de Houston. Cuando me la encontraba en el Targets Bar, compraba una botella de ginebra y la terminábamos juntos, sentados allí toda la noche y bebiendo como hombres. Yo le había confiado a Corinth en las primeras horas de la mañana muchos de mis secretos y mis sentimientos más profundos. No era la primera vez que el alcohol me traicionaba.
—Sí, cuando empezó todo yo le escribí contándole lo de Mouse —siguió Etta—. Y ella me contestó que tú aún estabas muy interesado en mí. Corinth insistió en que tenía que venir aquí, y alejarme de todo aquello.
—Si es así, ¿por qué no has ido a su casa?
—Era lo que iba a hacer, cariño, pero en el camino empecé a pensar en ti, y le hablé tanto de ti a LaMarque que finalmente decidimos que vendríamos directamente a tu casa.
—¿Eso hiciste?
Etta me respondió con un gesto afirmativo.
—Y no me arrepiento de mi decisión —dijo después con una sonrisa desvergonzada.
Me sonrió, y retrocedimos en el tiempo.
Había pasado una sola noche con Etta, la mejor de mi vida, y a la mañana siguiente ella despertó hablando de Mouse. Me dijo que era maravilloso, y que yo era muy afortunado al tenerlo por amigo.
LaMarque no había visto nunca un televisor. Miraba todo lo que ponían, hasta las noticias. Aquella noche un pobre diablo era el centro de atención. Se llamaba Charles Winters, era un funcionario del gobierno, y lo habían descubierto robando documentos secretos. El periodista dijo que si le declaraban culpable podía ser condenado a noventa y nueve años de cárcel.
—¿Qué es un comunista, tío Easy?
—¿Tú te crees que tengo que saberlo todo porque tengo televisión?
—Sí —asintió. LaMarque era una joya.
—Hay muchas clases de comunistas, LaMarque.
—Ese de allí —dijo señalando al televisor, pero el retrato del señor Winters había desaparecido y en su lugar había una imagen de Ike jugando al golf.
—Los de esa clase son hombres que piensan que pueden mejorar las cosas deshaciendo todo lo que tenemos en América y volviéndolo a construir tal como lo hacen en Rusia.
LaMarque abrió todo lo que pudo los ojos y la boca.
—¿Quieres decir que quieren deshacer la casa y la televisión de mi madre en América?
—Ese hombre quiere un mundo en el que nadie es dueño de nada. Ese televisor, por ejemplo, sería de todos.
LaMarque se levantó de un salto, gritando y con los puños apretados.
—¡LaMarque! —gritó Etta—. ¿Qué te pasa ahora?
—¡Los comunistas nos van a quitar la televisión!
—Muchacho, ya es hora de ir a dormir.
—¡Noooooo!
—Yo digo que sí —le respondió con voz suave su madre.
Etta ladeó la cabeza y se inclinó apenas sobre el sofá. LaMarque agachó la cabeza y se levantó para apagar el televisor.
—Dile buenas noches al tío Easy.
—Buenas noches, tío Easy —susurró LaMarque.
Se subió al sofá para darme un beso y luego se acomodó en las rodillas de Etta. Ella lo llevó en brazos a mi habitación.
Nos habíamos puesto de acuerdo, después de la cena, en que ellos dormirían en mi cama y yo en el sofá.
Era alrededor de medianoche, y yo descansaba en el sofá, mirando una cortina con un dibujo de ojos de buey en el televisor. Fumaba Pall Malls, bebía vodka con gaseosa de pomelo, y me preguntaba si, estando yo en la cárcel, Mouse sería capaz de matarme. Y en mi imaginación era perfectamente capaz.
—¿Easy? —llamó Etta desde la puerta del dormitorio.
—¿Sí, Etta?
Llevaba puesto un camisón de satén color coral. Se sentó en un sillón, a mi derecha.
—¿Duermes, cariño? —preguntó.
—No. Estaba pensando.
—¿Y en qué pensabas?
—En aquella vez que te fui a ver a Galveston. Poco después de que te prometieras a Mouse.
Me sonrió, y tuve que hacer un esfuerzo para quedarme donde estaba.
—¿Te acuerdas de aquella noche? —le pregunté.
—Claro que sí. Fue muy agradable.
—Sí —asentí—. Pues ya ves, Etta, eso es lo que está mal.
—No te entiendo. —Hasta su ceño fruncido me incitaba a besarla.
—Aquélla fue la mejor noche de toda mi vida. Cuando desperté a la mañana siguiente me sentía tan feliz que no podía creer que continuara siendo un pobre mortal.
—¿Y qué tiene eso de malo, Easy?
—No tenía nada de malo hasta ahora, que te he oído decir que había sido una noche «agradable». ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando despertaste?
—Fue hace quince años, cariño. ¿Cómo voy a acordarme?
—Yo me acuerdo.
Etta parecía triste. Como si de repente hubiera perdido algo que le importaba. Yo deseaba acabar con la conversación y abrazarla, pero no podía. Había esperado todos aquellos años para hablar de lo que sentía.
—Me dijiste que Mouse era el mejor hombre que jamás habías conocido. Y que yo era realmente afortunado al tenerle por amigo.
—Cariño, lo que cuentas ocurrió hace mucho tiempo.
—No para mí. —Cuando me senté me di cuenta de que tenía una erección. Crucé las piernas para que Etta no pudiera verla abultando los holgados pantalones—. Me acuerdo como si hubiera sido esta misma mañana. Cuando nos levantamos empezaste a hablar de lo afortunado que era yo por ser amigo de un hombre como Mouse. Me dijiste que él era maravilloso. Yo te amaba y todavía te amo. Y tú sólo podías pensar en él. Hubo muchas mujeres que al despertar por la mañana me dijeron que me amaban. Pero sólo conseguían ponerme enfermo, porque no eras tú la que lo decía. Y cada vez que las oía a ellas, te oía a ti hablando de Mouse.
Etta sacudió tristemente la cabeza.
—Yo no soy así, Easy. Te quería, sí, pero como a un amigo. Y pienso que eres un hombre guapo. Tienes razón, aquella vez no debería haberme acostado contigo. Pero fuiste tú el que lo propuso, cariño. Yo estaba furiosa porque Raymond se había marchado de la ciudad apenas dos días después de que le dijera que me casaría con él. Te utilicé para herirlo, pero tú no lo ignorabas. Tú lo sabías, Easy. Sabías que lo que yo te daba le pertenecía a él. Y por eso te gustaba tanto.
»Pero eso fue hace mucho tiempo, y ya no debería importarte. Y, además, tú sabes cómo son algunos hombres con las mujeres. Desean que ellas no piensen, que no utilicen su propia cabeza. Como LaMarque, cuando le dejo que me lleve el bolso y quiere que le diga que es el hombre más fuerte del mundo. Y yo se lo digo porque es un niño. Pero tú eres un hombre, Easy. Si te mintiera te estaría insultando.
—Lo sé, lo sé —dije—. Y lo sabía entonces. Nunca dije nada, pero ahora estás otra vez aquí. Y yo huelo las cosas de lejos, Etta.
»Tú sabes que alguien te vio subir a ese autobús. Y alguien le dijo a algún otro que habían oído decir que te habías marchado a California. Y en este mismo momento Mouse podría estar detrás de la puerta. O tal vez estará aquí mañana. Pero vendrá, de eso puedes estar segura. Y si descubre que has estado en mi cama, querrá ajustamos las cuentas.
No añadí que conocía a Mouse lo bastante como para tenerle miedo. No era necesario decirlo.
—A Raymond no le importa si tengo novios, Easy. Eso no le preocupa.
—Puede que no. Pero si Mouse piensa que le he robado a la mujer y al hijo, lo verá todo rojo. Tú misma has dicho que está loco. ¿Sabes lo que puede llegar a hacer?
Etta no me contestó.
Mouse era un tipo pequeño, con cara de roedor y una absoluta confianza en sí mismo. Sólo le importaba lo que era suyo. Se peleaba con hombres más grandes que él sin ningún temor porque estaba convencido de que no había nadie mejor que él. Y quizá tuviera razón.
—Y heme aquí otra vez, luchando por alejarme de ti, cuando me abruman los problemas que tengo y no debería ni siquiera recordar que existes.
Etta se echó hacia adelante en la silla y apoyó los codos en las rodillas, revelando la oscura sima entre sus pechos.
—¿Y qué vas a hacer, Easy?
—Yo...
—¿Sí? —insistió ella cuando yo me quedé mudo.
—Conozco a un tipo llamado Mofass.
—¿Quién es?
—Administra algunas fincas de la zona y yo trabajo para él.
Cuando Etta se movió, el camisón se deslizó a un lado y un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Y? —preguntó ella.
—Puedo pedirle que te busque un lugar, para ti y LaMarque. Un lugar para vivir, sabes. Y sin que tengas que pagar nada.
No quería decir lo que había dicho; quería a Etta para mí.
Se sentó y el camisón se puso tirante sobre sus pechos. Debajo de la tela lustrosa los pezones parecían duras monedas.
—¿De modo que así son las cosas? He venido desde tan lejos, y ahora quieres echarnos. —Apretó los labios y se encogió casi imperceptiblemente de hombros—. A mediodía estaremos listos.
—Tómatelo con calma, Etta...
—No, no —dijo mientras se ponía de pie—. Tenemos que instalarnos en algún sitio, y cuando más pronto, mejor. Los niños necesitan un hogar, ya lo sabes.
—Te daré dinero, Etta. Tengo mucho dinero.
—Te lo devolveré cuando encuentre trabajo.
Nos quedamos mirándonos unos instantes.
Etta era la mujer más hermosa que yo había conocido. La había deseado más que a la vida. Y dejar que aquello se perdiera era peor que el miedo a la cárcel.
—Buenas noches, Easy —susurró.
Comencé a levantarme para darle un beso de despedida, pero extendió la mano y no me dejó acercarme.
—No me beses, cariño —dijo—. Yo he pensado en ti tanto como tú en mí.
Después se fue a la cama.
Aquella noche no dormí. No estaba preocupado por Hacienda; ni siquiera pensaba en los impuestos.
El edificio del gobierno estaba en el centro de la ciudad, en la calle Sexta. Era pequeño, de cuatro pisos, y de ladrillo visto. Desde fuera tenía un aspecto casi acogedor, y muy poco oficial.
Pero apenas se traspasaba la puerta principal, desaparecía toda la amabilidad. En la mesa de recepción estaba sentada una mujer. Llevaba el pelo rubio sujeto en un moño tan tirante que me dolía el cuero cabelludo sólo con mirarla. Vestía un traje de chaqueta muy formal y gafas con montura de pasta negra. Me miró bizqueando, y entrecerraba los ojos como si de verdad le doliera la cabeza.
—¿Puedo ayudarlo, señor? —preguntó.
—Quiero ver a Lawrence —respondí—, al inspector Lawrence.
—¿Del FBI?
—No. Hacienda.
—¿Agencia Tributaria?
—Supongo que ustedes le dan ese nombre. Para mí, quiere decir impuestos, llámele usted como lo llame.
La mujer era cortés, como todos los funcionarios, pero no me rió el chiste.
—Vaya hasta el final del vestíbulo —dijo, y señaló con la mano—, y coja el ascensor hasta el segundo piso. Allí hay una recepcionista que le indicará adónde debe ir.
—Gracias —dije, pero ella ya estaba concentrada en algún importante documento que tenía en el escritorio. Fisgué por encima del pequeño reborde y vi una revista, The Saturday Evening Post.
El despacho del inspector Lawrence estaba muy cerca de la mesa de recepción, en el segundo piso, pero cuando la mujer lo llamó para anunciarme, él le dijo que aún no podía pasar.
—Está revisando su expediente —me informó la gruesa y morena recepcionista.
Me senté en la silla de respaldo recto más incómoda del mundo. La parte baja del respaldo sobresalía más que la de arriba, de modo que mientras estaba allí sentado y miraba a la mujer que se frotaba las manos con una crema rosada, me sentía como si fuera jorobado. La mujer alzó las manos y las miró con el ceño fruncido, y volvió a fruncirlo cuando, por entre los dedos relucientes, vio que yo la miraba.
Me pregunté si se hubiera atrevido a arreglarse las manos delante de un contribuyente blanco.
—¿Rawlins? —se oyó una voz marcial.
Alcé la vista, y me encontré con un individuo blanco y alto, vestido con un traje azul pastel. Era fornido, y sus grandes manos permanecían flojas a los lados. Tenía el pelo castaño, pequeños ojos pardos y estaba bien rasurado, aunque siempre habría una sombra de barba en su mandíbula. Pero, a pesar de su apariencia correcta, el inspector Lawrence tenía algo que le hacía parecer descuidado. A los pocos segundos supe qué era. Las cejas hirsutas y las ojeras le daban un aspecto lamentable, e incluso le hacían parecer un tipo de pocas luces.
Yo estaba acostumbrado a medir rápidamente a la gente. Me gustaba pensar que les llevaba ventaja si conseguía intuir cómo era su vida privada. En el caso del inspector de Hacienda, me figuré que era probable que las cosas no anduvieran muy bien en su casa. Tal vez su mujer lo engañaba, o uno de sus hijos había enfermado la noche antes.
No obstante, al cabo de unos instantes olvidé mis conjeturas. Nunca había conocido a un funcionario del gobierno que reconociera tener vida privada.
—¿Usted es el inspector Lawrence? —le pregunté.
—Sígame —me respondió, tras asentir con un gesto torpe.
Dio la vuelta, evitando mirarme a los ojos, y marchó pasillo abajo. Puede que el inspector Lawrence fuera una maravilla calculando impuestos, pero caminaba fatal; mientras andaba por el pasillo se escoraba hacia uno y otro lado.
Su despacho era pequeño, con una mesa de metal color verde y un archivador haciendo juego. Con todo, tenía una gran ventana, y el mismo sol que entraba en los apartamentos de la calle Magnolia iluminaba ahora la mesa.
Había también una librería sin libros ni papeles, y sobre la mesa sólo se veía un paquete medio vacío de pastillas de regaliz. Tuve el presentimiento de que si golpeaba el archivador con los nudillos, iba a sonar a hueco, como un tambor.
Lawrence ocupó su puesto detrás de la mesa y yo me senté frente a él. Mi silla era de la misma incómoda hechura que la del vestíbulo.
En la pared, a la derecha, habían pegado un arrugado trozo de papel con un «papá te quiero», garrapateado en grandes letras rojas que abarcaban toda la página. Era como si el niño estuviera gritando su amor, dando fe de él. En el alféizar de la ventana había una fotografía en un portarretratos de peltre. Una mujer menuda y pelirroja, de grandes ojos asustados, y un niño, que parecía tener la edad de LaMarque, se encogían de miedo ante la corpulenta y sonriente imagen del hombre que ahora tenía ante mí.
—Bonita familia —dije.
—Hmmm, sí, gracias —musitó—. Supongo que ha recibido mi carta y sabe por qué quería verle. No pude encontrar su domicilio en nuestros archivos, y le escribí a la dirección que encontré en la guía telefónica con la esperanza de que aún viviera allí.
Desde entonces jamás he vuelto a aparecer en la guía telefónica.
—La única dirección que teníamos de usted —siguió Lawrence— era la de la Agencia Inmobiliaria Fetters.
—Bueno, estoy en la misma casa desde hace ocho años.
—De acuerdo, pero, por favor, escriba su dirección actual y su número de teléfono en esta tarjeta. Y también el número de teléfono de su despacho, por si necesitamos llamarle en horas de trabajo.
Sacó de un cajón una tarjeta blanca con renglones, de unos ocho por doce centímetros, y me la tendió. Yo la cogí y la dejé sobre la mesa. No dijo nada y se limitó a mirarme, hasta que por fin preguntó:
—¿Necesita un lápiz?
—Hmmm, sí, me parece que sí. No llevo nada con que escribir.
Cogió del cajón un lápiz corto y sin goma de borrar, me lo dio y esperó hasta que hube escrito la información deseada. La leyó dos o tres veces y después guardó el lápiz y la tarjeta en el cajón.
Yo no quería ser el primero en hablar. Había adoptado la posición de un hombre inocente, y ése es el papel más difícil de interpretar ante un funcionario del gobierno. Y aún más difícil si uno es de verdad inocente. La policía y los burócratas siempre desprecian la inocencia; un hombre inocente les resulta ofensivo.
Pero yo era culpable, así que me quedé sentado contando para mis adentros los dedos del pie derecho mientras los apretaba, uno a uno, contra la suela del zapato. Hacía falta una gran concentración para los dedos del medio.
Cuando el inspector habló, había contado hasta sesenta y cuatro.
—Se encuentra en serias dificultades, hijo.
Que me llamara «hijo» en vez de dirigirse a mí por mi nombre, me hizo regresar al sur de Texas, a los días antes de la Segunda Guerra Mundial; tiempos en los que el menor error en la manera de hablar podía tener consecuencias fatales para un negro.
Pero sonreí lleno de confianza.
—Tiene que haber un error, señor Lawrence. Leí su carta, y mi única propiedad es la casita donde vivo desde 1946; no soy dueño de nada más.
—Eso no es cierto. Sé por fuentes dignas de crédito que en los últimos cinco años usted ha comprado apartamentos en la plaza Sesenta y cuatro, en MacKinley Drive y en la calle Magnolia. El ayuntamiento los subastó por impago de impuestos.
Ni siquiera leía sus notas, recitaba los acontecimientos de mi vida como si se supiera de memoria toda mi historia.
—¿A qué fuentes se refiere?
—A usted no le concierne dónde consigue el gobierno su información —dijo—. Al menos, hasta que este caso vaya a los tribunales.
—¿Los tribunales? ¿Quiere decir que habrá un juicio?
—La evasión de impuestos es un delito grave —respondió, y luego, como si dudara—: ¿Usted comprende la gravedad de los cargos que se le imputan?
—Sí, pero yo no he cometido ningún delito. Yo sólo me ocupo de las reparaciones y hago la limpieza para Mofass.
—¿Para quién?
—Mofass. Trabajo para él.
—¿Puede decirme cómo se escribe ese apellido?
Inventé algo sobre la marcha, y él sacó la tarjeta donde había apuntado mis datos y lo anotó.
—¿Ha traído los documentos que le pedía en mi carta? —me preguntó.
Era evidente que yo no había llevado nada.
—No, señor —respondí—. Pensé que todo era un malentendido y que no valía la pena que los trajera.
—Necesitaré todos los comprobantes de sus pagos a Hacienda de los últimos cinco años. Y también los de todos sus ingresos.
—Bien —dije, sonriendo y odiándome a mí mismo por hacerlo—, eso puede llevarme unos días. En el armario tengo unas cajas de zapatos con papeles, pero puede que los más antiguos estén en el garaje. Cinco años es mucho tiempo.
—Hay gente que habla muy alto acerca de la igualdad y la libertad, pero cuando les toca pagar sus deudas, cantan una canción muy diferente.
—Hombre, yo no canto nada —dije, y hubiera seguido hablando, pero él me interrumpió.
—Dejemos esto bien claro, Rawlins. Yo soy un funcionario del Estado. Mi trabajo es descubrir los fraudes al fisco. No tengo nada personal contra usted. Le he citado aquí porque tengo motivos para pensar que usted ha defraudado a Hacienda. Si estoy en lo cierto, irá a juicio. No es nada personal. Sólo hago mi trabajo.
Yo ya no tenía nada que decir.
Miró el reloj y dijo:
—Hoy y mañana serán para mí dos días de mucho trabajo. Usted estuvo en el ejército, ¿no es así, amigo?
—¿Cómo dice?
Se acarició la barbilla y me miró. Observé que en un nudillo del dedo índice de la mano derecha tenía una pequeña lastimadura en forma de L.
—Lo llamaré esta tarde, a las tres en punto —dijo—. A las tres. Y le diré entonces cuándo podemos reunirnos para revisar todos los comprobantes de sus ingresos. Quiero todas sus declaraciones del impuesto sobre la renta y también los extractos de sus cuentas bancarias. Ahora bien, puede que no nos veamos en el horario habitual de trabajo, porque este mes estoy muy ocupado. Hay un montón de peces gordos, más gordos que usted, que tratan de estafar al Tío Sam, y los voy a pescar a todos.
Si algo no iba bien en el hogar del inspector Lawrence, todo el mundo pagaría por ello.
—De modo que quizá le vea mañana por la noche —concluyó, y se puso de pie.
—¡Mañana! ¡Pero no puedo tener todo lo que me pide para mañana!
—Tengo una cita en el palacio de justicia dentro de media hora; si me disculpa... —Señaló la puerta con la mano.
—Señor Lawrence...
—Le llamaré a las tres. Un soldado sabrá responder al teléfono.
Lo primero que hice después de dejar al inspector de Hacienda fue buscar un teléfono. Llamé a Mofass y le dije que mandara a alguien al apartamento vacío de la calle Sesenta y cuatro y lo dejara listo para recibir a dos inquilinos. Después llamé a Alfred Bontemps a casa de su madre.
—¿Sí? —respondió ella con voz suave.
—¿Señora Bontemps?
—Easy Rawlins, ¿es usted?
—Ajá, sí. ¿Cómo van las cosas, señora?
—Bien, muy bien —respondió, y había gratitud en su voz—. Ya sabe, Alfred ha vuelto a casa gracias a usted.
—Sí, lo sé. Fui a verlo y lo convencí. Me di cuenta de que usted lo echaba muchísimo de menos.
Alfred, el hijo de la señora Bontemps, le había robado trescientos dólares a Slydell, un corredor de apuestas del barrio, y había huido a Compton porque temía que Slydell quisiera verle muerto, lo que efectivamente sucedió. Alfred había robado el dinero porque su madre estaba enferma y necesitaba un médico. Slydell me contrató para buscar al chico y recuperar su dinero. Yo fui derecho a casa de la señora Bontemps y le dije que si no me daba la dirección de Alfred, Slydell lo mataría.
Y ella me la dio, después de que le conté que el apostador le había arrancado la oreja a un hombre que le había robado los tapacubos del coche.
—¡Pero usted trabaja para ese hombre! —protestó, con lágrimas en los ojos.
—Esto es sólo un negocio, señora. Si consigo lo que Slydell quiere, quizá sea posible llegar a un acuerdo con él.
Estaba tan asustada que me dio la dirección. Así es como el amor de las mujeres ha matado a muchos hombres.
Encontré a Alfred, lo metí en el asiento trasero de mi Ford y lo llevé a un hotel de Grand Street, en Los Angeles. Después fui al despacho del corredor de apuestas, en la trastienda de una barbería de Avalon.
Le di a Slydell los cuarenta y dos dólares que le quedaban a Alfred y le dije:
—Alfred te pagará quince dólares al mes hasta saldar la deuda, Slydell.
—¡Una mierda me los pagará!
Yo no pensaba dejar que matara al chico, después del trabajo que me había costado encontrarlo, de modo que saqué la pistola y apreté la boca del cañón contra los dientes recubiertos por coronas plateadas del corredor de apuestas.
—Te prometí que te traería tu dinero, hombre. Sabes que si Alfred está muerto no te podrá pagar.
—No puedo permitir que ese chico me robe impunemente. Tengo que mantener mi reputación, Easy.
Slydell sólo era duro con los hombres que se acobardaban ante sus amenazas. Y él sabía que yo no era de ésos.
—Entonces tendrás que elegir: o él, o tú —dije—. Sabes muy bien que yo no veo con buenos ojos que asesinen a chicos de esa edad.
Llegamos a un acuerdo sin derramamiento de sangre. Alfred consiguió un trabajo en Parques y Jardines, le pagó a Slydell, y puso a su madre en su seguro médico.
Y después de aquello la señora Bontemps me consideró su hijo adoptivo.
—¿Piensa casarse algún día, Easy? —preguntó.
—Si encuentro a alguien que me quiera...
—Usted es un buen partido, muchacho —dijo—, sé de muchas buenas mujeres que darían por usted un ojo de la cara.
Pero por el momento yo sólo estaba interesado en Alfred. Era un jovencito endeble y huidizo, que hacía muy poco había dejado atrás la adolescencia. El chico pensaba que tenía una deuda de honor conmigo por haberlo defendido de Slydell. Y supongo que además lo había hecho feliz poder regresar junto a su madre.
—¿Puedo hablar con Alfred, señora?
—Claro que sí, Easy. ¿Y por qué no viene una de estas noches a cenar con nosotros?
—Con mucho gusto, señora Bontemps.
Alfred se puso al teléfono un momento después.
—¿Sí, señor Rawlins?
—Presta atención, Alfred. Tengo que hacer una mudanza hoy mismo y necesito a alguien que me ayude, y que después no se vaya de la lengua.
—Cuente conmigo, señor Raw... Easy. ¿Cuándo quiere que vaya?
—¿Conoces mi casa de la calle 116?
—No, la verdad es que no.
Le di la dirección y le pedí que estuviera allí a la una y media.
—Pero antes vas al despacho de Mofass y le dices que harás la mudanza en su camión —terminé.
Mientras hablaba por teléfono, no cesaba de atormentarme la idea de que el gobierno me iba a privar de mi dinero y de mi libertad. No dejé que evolucionara hasta llegar a ser un verdadero pensamiento. Tenía miedo de lo que pudiera suceder si lo hacía.
Así que después de mis conversaciones telefónicas me fui al Targets Bar. Todavía era temprano, pero necesitaba un poco de alcohol y de sosiego.
John McKenzie era el barman de Targets, y el cocinero y el matón. Aunque su nombre no figuraba en la escritura, también era el propietario. Antes tenía una taberna clandestina cerca de Watts, pero la policía acabó por cerrarla. Un comisario honrado se hizo cargo de la comisaría del barrio, y a causa de las diferencias entre los policías honrados y los honrados empresarios negros, acabó por poner fuera de circulación a nuestros mejores hombres de negocios.
John no podía obtener una licencia para vender bebidas alcohólicas porque había sido contrabandista de licores en su juventud, de modo que buscó una tienda vacía y la decoró con un entarimado de caoba y dieciocho mesas redondas de madera de arce. Después le dio nueve mil dólares a Odell Jones, que con ellos pagó al banco la entrada del local. Pero el bar era de John. Él lo atendía, ganaba su dinero y pagaba la hipoteca. Odell, en pago por sus servicios, podía venir cuando lo deseaba, y beber todo lo que le apetecía.
Fue John quien me dio la idea de comprar mis edificios por medio de una sociedad anónima ficticia.
Odell trabajaba en la escuela de día de la Primera Iglesia Baptista Africana, que quedaba en la misma manzana del bar. Era el guardián.
Aquel día Odell estaba en la mesa que tenía reservada. Comía su habitual bocadillo de huevos con jamón antes de volver al trabajo. John estaba en el fondo, acodado en la barra y meditando sobre los viejos tiempos, cuando era un hombre importante.
—Easy.
—Buenos días, John.
Nos dimos la mano.
La cara de John parecía tallada en ébano. Era alto y recio; no había en él ni un gramo de grasa. Era el tipo de hombre que puede llevar un bar o una taberna clandestina, porque la violencia era algo natural en él, pero John prefería tomarse las cosas con calma.
Puso una copa frente a mí y me tocó la mano. Cuando lo miré a los oscuros ojos, dijo:
—Hoy ha venido Mouse, Easy.
—¿Ah, sí?
—Primero ha preguntado por EttaMae, y como nadie le ha dicho nada, ha preguntado por ti.
—¿Y qué quería saber?
—Dónde estabas y con quién. Ese tipo de cosas. Mouse estaba con Rita Cook. Han ido a casa de ella a hacer la siesta.
—¿Sí?
—He pensado que tal vez te interesaba saber que tu viejo amigo había estado aquí, Easy.
—Te lo agradezco, John —dije—, y hablando de otra cosa...
—¿Sí? —Me miró con la misma expresión aburrida que tenía para los parroquianos que pedían whisky o para un asaltante que exigía el dinero de la caja.
—Alguna gente ha estado hablando de las casas que compré hace tiempo.
—Ajá.
—¿Has hablado con alguien de los documentos que hicimos?
Al principio movió los hombros como si fuera a darse la vuelta sin decir nada, pero luego se irguió y dijo:
—Easy, si quisiera acabar contigo, te pondría algo en la bebida. O le pagaría a uno de esos negros de allí para que te cortara el cuello. Pero tú sabes muy bien que no es ése el caso, ¿verdad?
—Lo sé, John, lo sé, pero tenía que preguntártelo.
Nos dimos de nuevo la mano, todavía amigos, y yo me retiré de la barra.
Me acerqué a saludar a Odell. Hicimos planes para vernos dos días después. Yo me sentía como si estuviera de nuevo en la guerra. En aquellos días me encontraba con alguien y hacíamos planes para unas pocas horas después, pero a mí siempre me quedaba la duda de si aún estaría vivo cuando llegara el momento de acudir a la cita.
—Hola, Easy —me saludó Etta con voz tranquila cuando llegué a la puerta. Habían vuelto a plantar las patatas y los macizos de flores estaban arreglados. La casa olía como nunca a limpio, y yo me sentí tan, tan triste que por poco me echo a llorar.
—¡Hola, tío Easy! —chilló LaMarque.
Estaba saltando en mi sofá arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez, como un demente o como un niño.
—Mouse ha ido hoy al bar de John McKenzie. Te estaba buscando y ha preguntado por mí —le informé a Etta.
—Si es así, mañana vendrá por aquí, pero nosotros ya nos habremos marchado.
—¿Y cómo sabes que no está ahora mismo en camino?
—¿No has dicho que ha estado hoy en el bar de John McKenzie?
—Sí.
—Pues si es así, o estaba con una chica, o buscaba un ligue.
No dije nada, y Etta continuó:
—Raymond siempre se moja la cosita cuando va a un lugar nuevo. Vendrá mañana, después de que se lo haya hecho con alguna.
Me avergonzaba oírla hablar de aquella manera y miré a mi alrededor buscando a LaMarque. Pero había algo en el atrevido lenguaje de Etta que también me excitaba. No quería sentir nada por la mujer de Mouse, pero todo iba tan mal en mi vida que comenzaba a desear un poco de marcha.
Por suerte Alfred llegó en ese momento. Era un joven menudo, apenas más grande que uno de esos chiquillos vagabundos que se ven por las calles, pero trabajaba duro. Juntos llevamos al camión las maletas de Etta y una cama que yo tenía en el garaje. Cargamos también un sillón y una mesa de mi almacén de muebles abandonados.
Etta se mostró un poco más amable antes de marcharse.
—¿Vendrás a vernos, Easy? —me preguntó—. Le caes muy bien a LaMarque.
—Iré en cuanto consiga quitarme al tipo de Hacienda de encima, Etta. No creo que tarde más de un par de días, a lo sumo tres.
—Dile a Raymond que no quiero verlo, y que te he prohibido que le dieras mi dirección.
—¿Y si me apunta con un revólver? ¿Quieres que lo mate?
—Si él saca su revólver, Easy, todos podemos darnos por muertos.
Cuando se marcharon me senté junto al teléfono. Eran las tres menos cinco. Puede que todo hubiera ido bien si Lawrence me hubiera llamado a la hora que dijo, pero pasó media hora, y luego una, y yo seguía esperando. En ese tiempo medité acerca de todo lo que iba a perder: mis propiedades, mi dinero, mi libertad. Y recordé la soltura con que me había llamado «hijo». En aquellos días los blancos todavía daban por supuesto que un negro era poco más que un niño.
Eran bastante más de las cuatro cuando Lawrence llamó.
—¿Rawlins?
—Sí.
—Quiero que venga a mi despacho esta tarde a las seis y media. Ya he dicho en recepción que le dejen pasar.
—¿Esta tarde? Pero, hombre, no podré llevarle todos los papeles que me ha pedido.
Perdía el tiempo, porque Lawrence ya había colgado.
Fui al garaje a buscar mi caja de papeles. Había pagado impuestos sobre el salario que me pagaba a mí mismo por medio de Mofass, pero no por el dinero robado, porque en 1948 aún estaba «caliente», y después continuaba siendo dinero negro. Las ganancias de los alquileres las había invertido en su mayor parte en otras propiedades. Era más fácil dejar correr el dinero sin comunicarle al gobierno mis ingresos.
Me dirigí luego a ver a Mofass. Tenía pocas alternativas, y ninguna parecía demasiado buena.
Mientras conducía, oí dentro de mi cabeza una voz que me decía: «Ese hijo de puta no tiene derecho a joder así las cosas. No tiene ningún derecho.»
No le hice caso. Apreté un poco más el volante y me concentré en el camino.
—Esto no tiene buena pinta, señor Rawlins —dijo Mofass, parapetado como siempre detrás de su grueso cigarro.
—¿Y qué pasa si hacemos lo que usted dijo, si pongo las escrituras a nombre de otro y con una fecha anterior? —pregunté.
Estábamos sentados en su despacho, envueltos en una nube de humo de tabaco.
—Usted mismo dijo que no hay nadie lo bastante rico como para que Hacienda se lo crea.
—¿Y usted?
Mofass me miró con recelo y se echó hacia atrás en su silla giratoria.
Me miró durante un largo minuto antes de hacer un gesto de rechazo y decir que no.
—Por favor, Mofass. Si no lo hacemos me enviarán a la cárcel.
—Lo siento por usted, señor Rawlins, pero tengo que decirle que no. No porque no me preocupe lo que le sucede, pero esto es un negocio. Y cuando se es un hombre de negocios, no se pueden hacer ciertas cosas. Mírelo desde mi punto de vista. Yo trabajo para usted, cobro sus alquileres y me ocupo de resolver todos los problemas. Y ahora, de repente, usted quiere ponerlo todo a mi nombre. Yo seré el dueño —dijo, señalándose el pecho con todos sus dedos—, pero usted se quedará con el dinero.
—John Mackenzie hizo lo mismo con Odell Jones.
—Por lo que usted me ha dicho, a Odell le gustan mucho las copas gratis. Pero yo soy un hombre de negocios, y usted no puede fiarse de mí.
—¡Ya lo creo que puedo!
—Mire usted —Mofass abrió los ojos e infló los carrillos; parecía una gran carpa de color pardo—, si sospechara que yo estaba haciendo algo raro con su dinero, me pediría cuentas de inmediato. Si me pidiera cuentas ahora, estaría muy bien, porque tenemos una relación como manda la ley. Pero si todo lo que es de usted de repente pasara a ser mío, ya no podría confiar en mí. ¿Qué pasaría si un buen día yo decidiera que me merecía un porcentaje más grande y usted me dijera que no? Ante los tribunales sus propiedades serían mías.
—Hombre, no podríamos ir a los tribunales después de haber falsificado las escrituras.
—De eso se trata, señor Rawlins. Si yo ahora le digo que sí, nosotros mismos somos el único tribunal de apelaciones que tenemos. No somos parientes, solamente socios en un negocio. Y le puedo asegurar —hablaba apuntándome con el puro— que no hay odio más grande que el que se siente por un socio que nos engaña.
Mofass volvió a apoyarse en el respaldo de la silla y supe que me había rechazado.
—De modo que ésa es su respuesta.
—Señor Rawlins, usted aún no ha intentado mentir. Vaya con todos sus papeles, mienta, y a ver qué puede conseguir.
—Ese hombre está hablando de llevarme a los tribunales, Mofass.
—Siempre hacen lo mismo, tratan de meterle el miedo en el cuerpo. Vaya con sus certificaciones de ingresos y pregúntele de dónde piensa que ha sacado usted el dinero que se necesita para comprar todos esos apartamentos. Hágase el pobre. A los blancos les encanta pensar que uno no vale nada.
«Y si eso no funciona, mata a ese hijo de puta», dijo una voz ronca en mi cabeza.
Intenté librarme del pesimismo que me provocaba aquella voz. Había pensado ir directamente a la delegación de Hacienda, pero en cambio me dirigí a casa y saqué mi revólver del armario. Lo limpié, lo engrasé y lo cargué. Sentí miedo, porque por lo general llevaba mi calibre 25 para ir más seguro por la vida, pero el 38 era un arma asesina. No dejaba de pensar en aquel torpe hombre blanco, y en que tenía una familia y una casa a la que regresar cuando terminaba su trabajo. Pero a él lo único que le importaba era que le cuadraran los números en un expediente.
—Ese hombre representa al Estado —me dije para convencerme de que era una tontería ir armado.
—Quiere robarte —respondió la voz—, y tendrá que demostrar que puede hacerlo.
La puerta de entrada del edificio del gobierno estaba cerrada, y el vestíbulo a oscuras, pero un hombrecillo negro acudió a mi llamada. Vestía un mono gris con peto y camisa a cuadros. Me pregunté si él también era propietario.
—¿Usted es el señor Rawlins? —me preguntó.
—Sí, soy yo —respondí.
—Entonces puede subir.
Me encontraba en un estado tal que sólo oía el martillear de la sangre en mi cabeza. Ruidoso e insistente. Insistía en que quería más sangre, la sangre del inspector de Hacienda. Yo le diría a aquel hombre cuánto ganaba, y él se lo iba a creer, o le mataría. Si me querían en la cárcel, al menos que fuera por una buena razón.
Quizá lo hubiera matado.
Y puede que también hubiera matado al negro del mono, no lo sé. En ocasiones me exalto demasiado. Cuando la tensión nerviosa me vence, aparece la voz. Durante la guerra me salvó la vida en más de una ocasión. Pero aquéllos eran tiempos difíciles, y las decisiones —a vida o muerte—, muy sencillas.
Quizá habría ido en un plan menos duro si él me hubiera tratado con el mismo respeto que a otros. Pero yo no soy el «hijo» de ningún blanco.
Mientras me acercaba a la puerta le quité el seguro al revólver. Cuando la abrí oí voces y me sorprendió ver a otra persona sentada con el inspector. El dedo se me engarfió en el gatillo. Recuerdo que me inquietó la posibilidad de pegarme un tiro en el pie.
—Ya está aquí —dijo Lawrence.
Nunca había visto a nadie sentado con tan poco garbo. Se inclinaba hacia un costado, cogido al brazo del sillón para no caerse al suelo. El hombre que estaba sentado frente a él se puso de pie. Era más bajo que Lawrence y que yo, quizá un metro setenta y siete centímetros, delgado pero fuerte. De tez muy blanca, pelo castaño y espeso y manos velludas. Esto último lo observé porque se acercó y me dio la mano. Yo tuve que soltar la pistola en mi bolsillo, y por esa sola razón no disparé contra Reginald Lawrence.
—Señor Rawlins —dijo el hombre delgado y nervudo—, me han hablado mucho de usted, y me alegro de conocerlo.
—Sí, señor —respondí.
—¡Craxton! —dijo a voz en cuello—. Agente especial Darryl T. Craxton, del FBI.
—Mucho gusto.
—El agente Craxton quiere hablar con usted, señor Rawlins —dijo Lawrence.
Al soltar la pistola había perdido definitivamente la ocasión de asesinarlos.
—Tengo aquí los papeles que usted me había pedido —dije.
—Olvídese de eso. —Craxton rechazó con un gesto la caja de zapatos que yo llevaba bajo el brazo—. Quiero pedirle que haga algo por la patria. A usted le gusta luchar por su país, ¿no es verdad, Ezekiel?
—Cuando era mi deber, lo hice.
—Sí. —La sonrisa de Craxton reveló unos dientes torcidos, separados por grandes espacios. Pero parecían fuertes, como esos tocones marrones y blancos que sólo se pueden arrancar dinamitándolos—. El señor Lawrence y yo hemos hablado de su caso. Desde hace tiempo estoy buscando a alguien para que me ayude en una misión, y de todos los que he visto, usted es el mejor candidato.
—¿Qué clase de misión?
Craxton volvió a sonreír.
—El señor Lawrence me ha dicho que en los últimos años olvidó pagar algunos impuestos.
—Este hombre es sospechoso de defraudar al fisco —le interrumpió Lawrence—. Eso es lo que yo he dicho.
—El señor Rawlins es un héroe de guerra —respondió Craxton—. Ama a este país y odia a nuestros enemigos. Señor Lawrence, un hombre así no elude sus responsabilidades. Yo pienso que sólo ha cometido un error.
Lawrence sacó un pañuelo blanco y se lo llevó a los labios.
—Yo podría arreglarlo todo para que usted pagara a plazos los impuestos que adeuda. Lo único que necesito es un poco de ayuda. No. No. No soy yo, es su país quien necesita una pequeña ayuda.
Sus palabras hicieron que Lawrence se enderezara en su silla.
—Yo pensaba que usted solamente quería hablar con él —dijo.
Me apresuré a intervenir en la conversación antes de que Lawrence pudiera decir nada más.
—Yo estoy siempre dispuesto a cumplir con mis deberes de ciudadano, señor Craxton. Y por esa razón me encuentro aquí a estas horas de la tarde. Quiero demostrarle que soy un buen ciudadano.
Yo también sabía cuándo debía portarme bien; en eso La—Marque no me llevaba ninguna ventaja.
—¿Lo ve, señor Lawrence? El señor Rawlins está impaciente por ayudarnos. No hay razón para que usted continúe con la investigación. Le diré qué haremos. El señor Rawlins y yo nos ocuparemos de nuestra tarea. Después yo vendré y me ocuparé de que transfieran su expediente a Washington. De esta forma usted no tendrá que preocuparse por la liquidación del señor Rawlins.
—Agente Craxton, ése es un procedimiento muy irregular —protestó el inspector de Hacienda.
Craxton se limitó a sonreír.
—Tendré que hablar con mi jefe —continuó Lawrence.
—Señor Lawrence, haga lo que le parezca oportuno —respondió Craxton sin dejar de sonreír—. Yo comprendo que un hombre tiene que cumplir con su trabajo, tiene que hacer lo que considera correcto. Si todos proceden de esa manera, este país será el mejor de la tierra.
La cara del señor Lawrence se puso de un rojo subido. Mi corazón latía veloz como un pájaro en vuelo.
—Bonito lugar, Hollywood —decía el agente especial Craxton mientras bebía a sorbitos un vaso de Seven Up.
Yo hacía durar mi zumo de naranja con vodka. Habíamos ido a un pequeño bar llamado Adolf's, en Sunset Boulevard, cerca de La Cienega. Adolf' s era un bar antiguo, muy frecuentado desde antes de la guerra, y por eso había mantenido aquel nombre tan poco popular.
Cuando llegamos a la puerta, un hombre de chaqueta roja y sombrero de copa nos había impedido el paso.
—¿En qué puedo servirlos, caballeros?
—Hágase a un lado —respondió Craxton
—Puede que usted no lo entienda, señor —replicó el portero, alzando la mano en un gesto indeciso—. Éste es un lugar selecto y no todos pueden entrar.
Mientras decía esto, me miraba directamente a la cara.
—Oiga, amigo. —Crafton se cogió la solapa izquierda y enseñó la insignia del FBI que llevaba sujeta en el interior de la chaqueta—. Nos abre ahora mismo la puerta o se la haré cerrar para siempre.
Después de aquello, se acercó el gerente y nos llevó a una mesa cerca del pianista. También nos ofreció comida y bebida por cuenta de la casa, que Craxton rechazó. Nadie volvió a molestarnos. Recuerdo que pensé que aquellos tipos blancos eran tan temerosos de la ley como los negros. Claro está que yo siempre había sabido que no había ninguna verdadera diferencia entre las razas, pero aun así era agradable ver un ejemplo de esa igualdad.
Pensaba en eso y en cómo me había salvado súbitamente de la cámara de gas. Porque estaba seguro de que habría matado al inspector Lawrence si el feo individuo que tenía ante mí no me hubiera estrechado la mano.
—¿Qué sabe del comunismo, señor Rawlins? —preguntó Craxton, con el tono de un maestro de escuela.
Me estaba examinando.
—Me llamo Easy; todos me conocen por ese nombre.
Hizo un gesto de asentimiento y yo continué:
—Yo lo veo así: los rojos son un poco peores que los nazis, a menos que uno sea judío. Para un judío no hay nada peor que un nazi.
Dije eso porque era lo que el hombre del FBI deseaba escuchar. Mis sentimientos eran en realidad mucho más complejos. Durante la guerra los rusos fueron nuestros aliados, nuestros mejores amigos. Paul Robeson, el gran cantante y actor negro, había actuado en toda Rusia, e incluso había vivido allí un tiempo. El mismo Joseph Stalin lo había invitado al Kremlin. Pero cuando la guerra terminó volvimos a ser enemigos. Robeson vio destruida su carrera y se marchó de los Estados Unidos.
Yo no entendía cómo se podía ser hoy amigo de alguien y enemigo al día siguiente. Ni comprendía por qué un hombre como Robeson renunciaba a una brillante carrera por algo como la política.
El agente Craxton hizo que sí con la cabeza y se golpeteó el pómulo con un peludo dedo índice cuando respondí a su pregunta.
—Hay muchísimos judíos que, además, son comunistas. Marx, el abuelo de todos los rojos, era judío —dijo.
—Me imagino que, entre los judíos, los hay de todo tipo, como entre las demás personas.
Craxton volvió a asentir, pero yo no estaba muy seguro de que estuviera de acuerdo conmigo.
—En lo que ha acertado es en la maldad de los rojos. Quieren apoderarse del mundo y esclavizarlo. A diferencia de nosotros, los americanos, ellos no creen en la libertad. Los rusos han sido siervos durante tanto tiempo que ven el mundo desde la perspectiva de las cadenas.
Se me ocurrió que aquella charla era muy extraña; un hombre blanco dándome lecciones acerca de la esclavitud.
—Sí, me imagino que alguna gente aprende a amar sus cadenas.
Craxton me obsequió con una sonrisa fugaz. Por un instante, un relámpago de admiración iluminó sus ojos pardos.
—Sabía que nos entenderíamos, Easy —dijo—. En cuanto consulté sus antecedentes en los archivos de la policía supe que usted era el hombre que necesitábamos.
—¿Y qué clase de hombre es ése?
El pianista tocaba «Dos soñadores» en un tono alto y un ritmo rápido.
—Un hombre que desea servir a su país, que sabe lo que es pelear y arriesgarse. Un hombre que no se entrega a ninguna potencia extranjera diciendo que lo que ellos ofrecen es mejor.
Tuve la impresión de que Craxton no veía al hombre que estaba sentado frente a él, pero como yo había visto fotografías de Leavenworth en la revista Life, fingí ser el hombre que él describía.
—Chaim Wenzler —dijo Craxton.
—¿Quién?
—Es uno de esos judíos comunistas. Un sindicalista. Dice ser un «trabajador», pero lo que hace es forjar cadenas. Ha estado organizando sindicatos en toda la zona, desde Alameda County hasta Champion Aircraft. Usted conoce bien Champion, ¿verdad, Easy?
Mi último trabajo verdadero había sido en Champion.
—Trabajé allí en producción —respondí—. Hace ya cinco años.
—Lo sé —dijo Craxton, y sacó una carpeta del bolsillo de la chaqueta. La carpeta estaba sucia, arrugada y doblada en dos. La desplegó y la alisó frente a mí. Arriba de todo, en grandes mayúsculas rojas, decía: «Departamento de Policía de Los Angeles — Ciudadano bajo investigación especial». Y un poco más abajo: «Ezekiel P. Rawlins, alias Easy Rawlins».
—Aquí está todo lo que necesitamos saber, Easy. Su historial de guerra y sus antecedentes penales y laborales. En 1949 un detective de la policía envió una carta diciendo que sospechaba que usted había estado involucrado en una serie de homicidios el año antes. Después, en 1950, cambia de política y ayuda a la policía a encontrar a un violador que actuaba dentro de la comunidad de Watts.
»Yo estaba buscando un negro que trabajara para nosotros. Alguien que quizá estaba en dificultades, pero no muy graves, nada que nosotros no pudiéramos solucionar si el hombre en cuestión mostraba un poco de iniciativa, y también de patriotismo. Y entonces Clyde Wadsworth nos habló de usted.
—¿Quién?
—Wadsworth, el jefe de Lawrence. Hace unas semanas Clyde autorizó una petición solicitando el expediente de usted. Él conocía el barrio donde usted vive y me llamó. Afortunadamente para todos.
Le dio unos golpecitos a la carpeta con una uña limpia y bien arreglada.
—Necesitamos que se relacione con Wenzler, Easy. Tenemos que saber si por la mañana pone primero la pierna izquierda o la derecha en los pantalones.
—Pero si el FBI, con todos sus recursos, no puede vigilar a ese hombre, ¿cómo cree que podré hacerlo yo?
—Se trata de un judío taimado. Sabemos que está metido hasta el cuello en algo malo, pero no podemos hacer nada. Wenzler nunca se implica en el lugar donde está montando su organización. Él encuentra a su chico inocente y lo educa hasta convertirlo en su portavoz. Eso fue lo que hizo con Andre Lavender. ¿Lo conoce?
Craxton me miró a los ojos, esperando mi respuesta.
Yo recordaba a Andre. Era un tipo grueso y de apariencia descuidada. Pero a pesar de su volumen tenía la energía de diez hombres. Estaba siempre urdiendo algún plan para hacerse rico rápidamente. En una época vendió bistecs congelados y posteriormente probó suerte con la construcción. Andre era un buen hombre, pero demasiado inquieto. Dólar que ganaba, dólar que gastaba.
«Los hombres ricos e importantes tienen que gastar dinero, Easy», me dijo en una ocasión; aquella vez conducía un Cadillac alquilado, y entregaba a domicilio los pedidos de filetes congelados.
—No, no lo recuerdo.
—Bueno, quizá cuando usted estaba en Champion él no era tan gritón, pero ahora es un sindicalista. El chico de Chaim Wenzler.
Craxton se sentó cómodamente en su silla y me miró un instante como si estuviera tasándome. Puso la mano abierta sobre mi expediente, como si jurara sobre un texto sagrado. Después se inclinó y me habló en voz muy baja:
—Easy, usted tiene que saber que el Bureau es, en más un sentido, una última línea de defensa. En estos tiempos tenemos toda clase de enemigos. Los tenemos en todo el mundo; en Europa, en Asia, en todas partes. Pero los peores, los que tenemos que vigilar sin descanso, son los que están entre nosotros. Gente que, en su fuero íntimo, no son americanos. No, no son americanos de verdad.
Se quedó ensimismado. La perplejidad se me debió de notar en el rostro, porque añadió:
—Y tenemos que parar a esa gente. Tenemos que hacer que el Congreso se ocupe de ellos, hay que llevarlos a los tribunales. Por eso, si tengo que pasar por alto un delito menor —hizo una pausa y me miró fijamente de nuevo—, como un pequeño fraude al fisco, lo haré, con tal de conseguir que se haga el trabajo más importante.
—Escuche bien lo que voy a decirle, señor Craxton —dije—. Con lo de Hacienda me tiene usted agarrado por los cojones, y voy a hacer lo que me pida. Pero vaya de una vez al grano, ¿quiere? Ya me ha puesto bastante nervioso con tanta charla y el expediente y toda esa mierda.
—Está bien —dijo, y respiró hondo—. Chaim Wenzler ha estado organizando a la gente por medio de los sindicatos. Lo que les hace creer sobre este país es mentira, y sus ideas son antipatrióticas. Y hay algo más, pero no puedo decirle qué es porque no hemos conseguido poner a ningún agente lo bastante cerca de él como para descubrir qué está tramando.
—¿Y por qué no lo mete en la cárcel? ¿No puede?
—No queremos su persona, Easy, sino lo que él representa. Tenemos que saber con quiénes trabaja. Eso es lo que nos interesa.
—¿Y no puede hacerlo hablar? —Yo estaba muy al tanto del poder de persuasión de la ley.
—No, a este hombre no. —Había una nota de admiración en el tono de Craxton—. Para nosotros es muy importante averiguar sin que él se entere con qué gente trabaja. Wenzler es un mal bicho, pero cuando uno da con alguien como él, sabe que detrás hay una trama de corrupción verdaderamente seria.
—Ajá —asentí, tratando de que mi expresión le dijera que lo apoyaba en todo—. Pero ¿para qué me necesita si sabe que ese tipo es el centro del problema? ¿Qué podría hacer yo?
—Wenzler es un pez chico. Es un fanático que piensa que los Estados Unidos no son un país libre y que los rojos sí lo son. Él, como individuo, no es nadie, sólo un descontento movido por el interés personal. Pero esa clase de hombres son justamente los más fáciles de embaucar para que causen los peores daños.
—Pero yo ni siquiera conozco a ese tipo, ¿cómo pretende que lo siga de cerca?
—Wenzler trabaja en las iglesias de los negros. Suponemos que allí hace sus contactos.
—¿Ah, sí?
—En la actualidad trabaja en tres lugares. Uno de ellos es la Primera Iglesia Baptista Africana y Escuela de Día. Está en su barrio. Seguro que usted conoce a algunos de sus fieles.
—¿Y qué hace Wenzler en la iglesia?
—Beneficencia —dijo con una mueca irónica el agente Craxton—. Pero eso no es más que una tapadera. Está buscando a otros como él, gente convencida de que este país ha sido injusto con ellos. Eso es lo que él piensa, y no se fía de nadie. Pero la cuestión es que confiará en usted. Tiene debilidad por los negros.
En ese instante decidí que yo no me fiaría del agente Craxton.
—Sigo sin ver por qué me necesita. Si el FBI quiere acusarlo de algo, ¿por qué no se inventan el delito? —Yo hablaba en serio.
El agente Craxton comprendió lo que quería decirle y se rió. Sonó como la tos de un asmático.
—Easy, ¿ha observado que no tengo compañero?
Hice que sí con la cabeza.
—Aquí no hay ningún delito, señor Rawlins. No estamos tratando de encarcelar a alguien por defraudar a Hacienda. Lo que intentamos es arrojar un poco de luz sobre las actividades de un grupo de personas que utilizan la libertad que les damos para destruir aquello en lo que creemos.
Me pregunté si el agente Craxton tendría ambiciones políticas.
—Wenzler no ha cometido ningún delito que nos permita detenerlo. Ningún delito del que nosotros estemos enterados, en todo caso. Pero si usted se relaciona con él, quizá descubra alguna cosa. Y nosotros tendríamos entonces un motivo concreto para llevarlo ante los tribunales. Usted podría ser nuestro instrumento para acabar con él.
—Ajá —gruñí—. Pero ¿qué quiere decir con eso de que no tiene compañero?
—Soy un agente especial, Easy. No me limito a buscar pruebas. Otros agentes se dedican a resolver casos, a descubrir delitos. Mi trabajo consiste en evitar los daños, en prevenir los delitos antes de que sean cometidos.
—De acuerdo. Pero ahora dejemos esto claro. ¿Usted quiere que yo conozca a ese tal Wenzler, que me gane su confianza para poder investigar si es un espía?
—Sí, Easy. Y después de que averigüe todo lo que pueda, le dejaremos que pague sus impuestos y vuelva a casa.
—¿Y si no averiguo nada que le pueda ser útil? ¿Qué pasa si ese tipo se queja mucho pero en verdad no hace nada?
—Usted vendrá a verme y me dará toda la información. Una vez por semana. Yo sabré cómo interpretarla. Y cuando termine con esto, Hacienda le dejará en paz.
—Lo que dice suena muy bien, pero antes hay algo que tengo que saber.
—¿De qué se trata?
—Usted ha mencionado a mi gente cuando me ha contado lo de la conspiración. Si quiere saber lo que pienso, creo que se trata de un malentendido. Usted sabe que yo vivo allí y jamás he oído nada de una conspiración comunista, ni de nada remotamente parecido.
Craxton se limitó a sonreír.
—Claro que si usted quiere creer que la hay —continué—, supongo que está en su derecho. Pero no puede hacer que yo persiga a mi propia gente. Quiero decir que si esos tipos han violado la ley, como ha dicho usted, no me importará ayudarle a capturarlos, pero no quiero perjudicar a la gente de la Primera Iglesia Baptista Africana sólo porque organicen cuestaciones con fines benéficos.
—En eso estamos completamente de acuerdo, Easy —respondió Craxton—. Sólo me interesa el judío y lo que él esté tramando. Usted ni siquiera se dará cuenta de que yo ando por allí.
—¿Y qué pasa con ese otro tipo, con Lavender?
—¿Se acuerda de él?
—No.
—Tenemos que encontrar a Lavender. Ha trabajado en estrecho contacto con Wenzler. Estoy seguro de que si pudiéramos detenerlo, nos ayudaría en la investigación
—Habla como si hubiera desaparecido.
—Dejó su puesto en Champion hace tres semanas y desde entonces nadie lo ha visto. Le agradeceríamos que nos echara una mano con él, Easy. Si encontrara a Lavender, su deuda con el fisco estaría poco menos que saldada.
—¿Usted quiere hablar con él?
—Así es. —Craxton estaba tan inclinado sobre la mesa que habría podido mirarse en mis ojos.
Yo sabía que me estaba mintiendo, pero necesitaba a aquel hombre, de modo que le dije «De acuerdo», y nos dimos la mano.
El zumo de naranja que acompañaba mi vodka era de bote y me dejaba un regusto metálico y amargo en la boca, pero de todos modos me lo bebí. Era lo que me merecía, e imagino que también me merecía un tipo como Craxton.
Cuando salí de Adolf's me fui derecho al bar de John. Quería una copa con buen sabor en un bar elegido por mí.
Eran cerca de las nueve y ya había muchísima gente. Odell ocupaba su lugar de costumbre, junto a la pared, y le acompañaba Pierre Kind. Bonita Smith bailaba lentamente en medio del salón, abrazada a Brad Winston. En la barra había una hilera de hombres y mujeres y John trabajaba como un negro para satisfacer sus pedidos. En el tocadiscos automático se oía «Buenas noches, Irene», en la versión de Leadbelly, y el humo de los cigarrillos oscurecía el salón.
Vi a Mouse sentado a una mesa con Dupree Bouchard y Jackson Blue, el trío más inverosímil que uno pudiera imaginarse.
Jackson llevaba tejanos, una camisa azul oscuro y una chaqueta azul claro con zapatos puntiagudos que combinaban con el conjunto. La piel de Jackson era tan negra que a la luz del sol tenía reflejos azules. Era un hombre menudo, más pequeño incluso que Mouse, y cobarde como pocos. Y era también un ladrón de poca monta, y el correveidile de apostado—res y pandilleros, lo que en aquella época llamábamos «escoria». Pero Jackson Blue no sólo era eso. Era también lo más parecido a un genio que jamás he conocido. Leía y escribía mejor que nadie, incluidos los profesores del Colegio de la Ciudad de Los Angeles, y podía hablarle a uno de historia y de ciencia y de cosas ocurridas en los lugares más remotos del mundo. Al principio yo no le creía, pero luego le compré una vieja enciclopedia en varios tomos. Y no importaba cuál fuera la prueba a la que yo lo sometiera, Jackson conocía lo escrito en aquellos libros con pelos y señales. Y desde entonces di por supuesto que decía la verdad en todo lo demás.
Jackson no solamente leía y recordaba, también era capaz de decir lo que la gente pensaba y lo que seguramente harían con sólo hablar con ellos. Jackson cruzaba una habitación, y cuando llegaba al otro lado conocía los secretos de todos los presentes con sólo mirarlos a los ojos o escucharlos hablar del tiempo.
Para un hombre como yo, Jackson era un colaborador muy valioso, sobre todo teniendo en cuenta que nunca utilizaba sus habilidades salvo para llevar y traer información entre pandillas de delincuentes. Por cinco dólares, Jackson vendía a su mejor amigo. Y uno jamás tenía que preocuparse de que le mintiera, porque era demasiado cobarde y porque se sentía orgulloso de tener siempre razón.
Dupree hacía que sus compañeros parecieran pequeños. Me sacaba la cabeza, y estaba hecho para partir piedras con los puños. Corpulento y membrudo, llevaba el pelo cortado al rape y tenía la risa fácil. Justamente cuando yo entraba soltó una ráfaga de estrepitosas carcajadas. Mouse seguramente les había contado una de sus macabras historias.
Dupree vestía un mono de un color verde grisáceo con la palabra CHAMPION bordada en la espalda en un rojo apagado. Los dos habíamos trabajado unos años en la fábrica de aviones, antes de la prematura muerte de su novia Coretta James, y de mi ingreso en el mundo de la propiedad inmobiliaria y los favores.
Pero, a pesar de sus virtudes tan aparentes, Dupree y Jackson eran tímidas florecillas del campo comparados con Mouse.
Mouse llevaba un traje de chaqueta cruzada, color crema, un sombrero de fieltro marrón y zapatos de punta redondeada también marrones. La camisa blanca parecía de satén. Su dentadura relucía con coronas de oro y plata y una brillante piedra azul. No llevaba anillos ni pulseras porque estorbaban con las armas. Tenía la tez de color nuez, y los ojos de un gris claro. Sonreía y hablaba. Los parroquianos de las otras mesas olvidaban sus copas para escuchar lo que decía.
—Sí, hombre —decía Mouse arrastrando las palabras—. El tío espera hasta que la zorra y yo estamos en la cama; escucha bien, no preparándonos, sino en la maldita cama. Y entonces entra y dice: «¡Ajá!»
Mouse abrió mucho los ojos, tal como seguramente lo había hecho el amante celoso. Todos rieron.
—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Jackson, y su tono de voz daba a entender que tal vez un día tendría que recurrir a las triquiñuelas de Mouse.
—¡Mierda! —Mouse escupió—. Aparté de una patada las sábanas y salté para enfrentarme con el hijo de puta. Le dije: «¿Qué mierda pasa?» El tipo quería pelea, pero se tomó un momento para mirar mi polla, bien grande y dura. Porque, ya sabéis, cuando ven lo mío, todos los hombres se quedan pasmados.
Mouse era un experto narrador. Había conseguido que todos los hombres del bar pensaran en su polla, como se suponía que lo había hecho el amante celoso.
—Y entonces le di en la cabeza con la lámpara de la mesilla de noche. De cerámica, tío, y bien pesada. Tan gruesa que ni siquiera se partió. Y el tipo dio con sus huesos en el suelo.
—¡Apostaría a que te fuiste de allí a toda leche! —rió Jackson. Hubiera apostado a que Jackson se estaba tocando bajo la mesa su propio asunto; algunos hombres se sienten así más seguros.
—¿Escapar? ¡Qué va! Para entonces yo estaba realmente listo para follar. Empujé a la zorra a la cama y me la hice con un coño que otros tíos no consiguen ni en sueños. ¿Escapar? ¡No te jode!
Mouse se sentó cómodamente en la silla y se bebió su cerveza. A su alrededor todos los hombres reían. La mayoría de los que estaban allí eran de Texas, pero muchos no conocían a Mouse. Se reían porque disfrutaban con una mentira bien contada. Y a Raymond no le importaba porque le gustaba hacer reír a la gente. Pero yo estaba serio. Y tampoco reía Odell, a un costado; ni John, detrás de la barra.
Mouse nunca mentía. No era su estilo. Lo que quiero decir es que podía hacerlo, y sin el menor escrúpulo, si se trataba de un negocio, pero cuando estaba sentado en un bar Mouse contaba historias verdaderas.
Yo me preguntaba si le habría pegado muy fuerte a aquel hombre.
—Easy. —Mouse me sonrió por entre las cabezas de su público.
Mi corazón se emocionaba y se amedrentaba a la vez. Mouse era el mejor amigo que había tenido nunca. Pero también era el mal, el verdadero mal, si es que eso existe.
—Raymond —dije, y fui a sentarme a la mesa con él—. ¡Hola, Jackson! ¿Cómo estás? ¿Qué tal, Dupree?
Ambos me saludaron y me dieron la mano.
—¿Te dijeron que estaba aquí? —preguntó Mouse.
—Sí —contesté—. Y me preguntaba por qué no habías ido a verme.
Mouse y yo nos hablábamos, y era como si no hubiera nadie más en el salón. Dupree le pedía más copas a John y Jackson se había dado la vuelta y le contaba una historia a alguien de otra mesa.
—He estado en casa de Dupree. Me hospedo allí, con él.
—Podrías haber venido a mi casa, Ray. Sabes que tengo espacio.
—Sí, sí, podría, pero... —Hizo una pausa y me sonrió—. Pero no me gusta que me sorprendan, Easy. Como cuando ese tío entró de repente en el dormitorio. Sabes, si hubiera visto a mi parienta follando con alguien en mi propia cama, los dos hubieran necesitado los servicios de la funeraria.
Palpé mi treinta y ocho por encima de la chaqueta, pero sentía los brazos débiles, y recordé lo mal que lo había pasado mi tío abuelo Halley cuando se hizo tan viejo que ni siquiera podía llevarse la comida a la boca.
—A nosotros no nos preocupará hacernos viejos, Mouse —dije.
Se rió y me dio una palmada en la pierna. Era una buena risa. Una risa feliz.
—Pero no tenías por qué ir a casa de Dupree —continué—, habiendo espacio de sobra en la mía.
—¿Has visto a Etta?
No podía mentirle en su propia cara, aunque hubiera querido hacerlo.
—Llegó ayer, pasó la noche en mi casa, y hoy se ha mudado con LaMarque a un apartamento.
Cuando nombré a LaMarque, Mouse se enderezó en la silla con un movimiento brusco. Me miró fijamente a los ojos un instante, y lo que vi en su mirada me dio miedo.
Casi todos los hombres violentos y desesperados tienen una mirada obsesionada. Mouse, jamás. Él podía sonreírte y de inmediato pegarte un tiro. Nunca se sentía culpable o tenía remordimientos. Era diferente de la mayoría de los hombres. Lo que hacía respondía a un conjunto de normas que le regían sólo a él. Amaba a unas pocas personas: a su madre, muerta por aquella época, a Etta y a LaMarque, y también a mí. Nos quería a su manera, esa extraña manera que él tenía de sentir.
Por eso me inquieté cuando vi remordimientos y amargura en la mirada de Mouse. Un hombre loco siempre inspira miedo, pero cuando la locura de ese hombre le sobrepasa y estalla...
—¿Adónde ha ido?
—Me pidió que no te lo dijera, Raymond. Etta me dijo que le digas adonde puede llamarte, y que lo hará... cuando considere que es el momento oportuno.
Mouse me miró fijamente. Tenía otra vez la mirada limpia de siempre. Me podría haber matado. ¿Quién sabe? Puede que si todo aquello hubiera sucedido en otra época, mi actuación hubiera sido diferente. Pero yo ya no sabía entregarme al miedo. En dos días me había preparado para perder todas mis pertenencias y mi libertad, me había dispuesto a convertirme en un asesino, y había acabado como soplón del FBI Decidí que dejaría que el destino jugara mis cartas.
—¿No me dirás dónde está Etta?
—Está enfadada, Raymond. Si no dejas que haga las cosas a su manera, se enfurecerá contigo, y también conmigo.
Mouse me miraba como un niño mira una mariposa. John daba vueltas por allí e iba dejando en las mesas vasos con bebidas de color ámbar y hielo.
—¿Easy tiene tu número de teléfono, Dupree? —preguntó Mouse por fin.
—¿Lo tienes, Easy? —me preguntó Dupree.
—Sí, sí, lo tengo.
—Bien, asunto concluido —se rió Mouse—. Ahora vamos a tomarnos unas copas.
Al cabo de un rato Dupree se emborrachó y contó historias. Saludables historias sobre tipos tontos que trabajaban en Champion Aircraft. La clase de historias que cuentan los obreros. De cómo alguien se equivocó cuando estaba montando un motor a reacción y el motor voló el techo del cobertizo. Y cuando el patrón preguntó qué había ocurrido, el responsable abrió los ojos y dijo «Alguien debe de haber encendido una cerilla», u otra brillante frase por el estilo.
—¿Hace mucho que no ves a Andre Lavender? —le pregunté en un momento dado a Dupree.
—Sí, hace bastante. Durante un tiempo le picó muy fuerte el gusanillo de la política. El sindicato. Pero un día desapareció.
—¿Desapareció?
—Sí, hombre. Se marchó. Yo creo que robó algo, porque había un montón de polis por allí. Pero nadie sabe qué sucedió.
—¿Y su novia...? ¿Cómo se llamaba? —Hice chasquear los dedos intentando recordar.
—Juanita —respondió Dupree frunciendo el ceño.
—Sí, Juanita. ¿Y ella tampoco sabía dónde estaba?
—No. Al día siguiente de su desaparición vino a la fábrica a buscarlo, pero nadie sabía nada. Aunque yo he oído decir que Andre se las piró con la mujer de Winthrop Hughes.
—¿Quieres decir la chica de Shaker?
—Ajá. Dicen que Andre le robó la novia, la cartilla y el coche.
—¡No me digas!
Dejé las cosas así. Andre podía esperar un poco.
Cuando Dupree perdió el conocimiento (le sucedía siempre que bebía), lo llevamos al coche. Lo metimos en la parte de atrás y Jackson ocupó el asiento junto al conductor. Mouse, antes de ponerse detrás del volante, se inclinó hasta que su cara quedó muy cerca de la mía y dijo:
—Si la ves, dile que le doy un par de días. Dile que no permitiré que me trate como si yo fuera un don nadie. No lo permitiré. —Después me cogió la camisa con sus finos dedos, duros como clavos—. Y te mataré también a ti, Easy, si me estorbas, o si te pones de su parte.
Los miré alejarse, y respiré aliviado de que Etta se hubiera marchado de mi casa. Me imaginaba que EttaMae podría controlar a Mouse, sobre todo si no estaba conmigo.
A la mañana siguiente llamé a Etta para contarle mi conversación con Mouse. Soltó un bufido y no hizo ningún otro comentario. Yo me ofrecí a acompañarla el domingo a la iglesia. Aceptó, y luego, fría y cortés, dio por terminada la conversación.
Para festejar mi recién conquistada liberación de las garras de Hacienda y de Raymond Alexander, decidí pasar un rato en los soleados vestíbulos de los apartamentos de la calle Magnolia.
La señora Trajillo, en su ventana, amasaba tortillas de harina de maíz sobre una tabla apoyada en el alféizar. Su tez era de un profundo color aceituna, salpicada por pecas de diversos tamaños y un gran lunar en el centro de la barbilla. Llevaba el pelo, gris de canas, recogido en una gruesa trenza que le llegaba hasta más abajo de la cintura. Era baja pero robusta, y aunque nunca había trabajado fuera de casa, sus manos tenían la fuerza que dan años de labores domésticas, de criar niños y de arreglárselas para convertir cualquier cosa en comida.
—Buenos días, señor Rawlins —me saludó.
—Buenos días, señora. ¿Cómo está usted?
—Muy bien, gracias. El domingo pasado fue la confirmación de mi nieta.
—¿De verdad?
—A usted hoy se le ve muy bien —dijo ella—. Los otros días me sentí muy inquieta por usted, y también por el pobre señor
Mofass. Usted estaba muy serio, y esa horrible chica... —Se llevó la mano al pecho y sus labios adoptaron la forma de una O—. ¡Qué cosas le gritaba! Sabe usted, me alegré de que los niños estuvieran en la escuela.
—Sí, creo que Poinsettia estaba muy enfadada. Ya sabe, está muy enferma...
—El que siembra vientos cosecha tempestades, señor Rawlins.
Aquello, dicho por una mujer tan amable, parecía una terrible maldición.
—¿Qué quiere decir?
—Usted sabe cómo era ella con los hombres. Una hija mía jamás se comportaría así. Yo no la juzgo, señor Rawlins, pero Dios lo ve todo.
Sus palabras no me escandalizaron. Sé que las mujeres de edad a menudo han olvidado lo que era ser amadas por hombres jóvenes. O quizá lo recuerdan y eso las vuelve aún más intolerantes.
Subí la escalera y me quedé una hora o quizá más en el primer piso, disfrutando del sol, la mirada perdida en el vacío. Pero al cabo de un rato me pareció que algo no olía bien.
El sol también brillaba en el segundo piso. Había una hermosa luz, pero el olor era muy desagradable. Salía del apartamento J, que tenía la puerta entreabierta. Más que olor, debería decir olores. Se mezclaban el perfume dulce de las tres o cuatro clases de incienso que Poinsettia encendía en su altar y el olor de la enfermedad, que después de seis meses de encierro impregnaba las pequeñas habitaciones. Y por debajo de ese olor se percibían diferentes olores a podrido.
Me imaginé que después de que Mofass la amenazara con una orden de desalojo, Poinsettia ya se habría marchado. La puerta estaba abierta, y probablemente me había dejado de regalo un buen trabajo de limpieza.
Hacía unos seis meses Poinsettia se había marchado de vacaciones el fin de semana, y había regresado dos semanas después en una ambulancia privada. Los enfermeros le habían dicho a la señora Trajillo que la joven había sufrido un serio accidente de coche y que el novio había pagado para que la llevaran a casa desde el hospital. Los huesos rotos y las magulladuras habían curado, pero no sus nervios. No había podido volver a trabajar, y ni siquiera caminaba bien. Tenía entre veinticinco y treinta años, y hasta que sufrió aquel accidente había sido una mujer hermosa. Daba pena que hubiera caído tan bajo, pero ¿qué podía hacer yo? Mofass era cruel pero tenía razón cuando decía que yo no podía pagar el alquiler de Poinsettia.
El salón era un desastre. Las persianas estaban bajas y las cortinas corridas, de manera que las polvorientas habitaciones estaban en penumbra. Fantasmales cajas de cartón con comida china se pudrían, abiertas sobre la mesa. Había basura por todas partes. Encendí la luz, pero la bombilla estaba quemada. En la pared más alejada había un pequeño nicho con un altar en su interior. Poinsettia había pegado dentro una estampa de Jesús, pintada como un mosaico. La imagen estaba rodeada por un halo y extendía dos dedos y el pulgar sobre tres santos arrodillados para recibir la bendición. Alrededor de la estampa colgaban flores secas, sujetas con alambres a la pared. Había también unos objetos marrones imposibles de identificar que la mujer probablemente había traído a casa procedentes de alguna misa, o quizá un funeral.
Al pie del altar se encontraba el plato de bronce que utilizaba para quemar incienso. El olor dulzón era allí mucho más fuerte. Alrededor del plato había regueros de ceniza, semejantes a gusanos blancos. Y una sustancia negra y viscosa manchaba la repisa y caía por la pared hasta el suelo. El lavabo daba asco. Frascos de cosméticos de todas clases, abiertos, con el contenido solidificado y reseco. Toallas enmohecidas en el suelo. Una araña había tejido su tela sobre el grifo de la bañera.
El olor más repugnante salía del dormitorio y dudé un instante antes de entrar. Es curioso cómo el olfato es un instinto animal. Lo primero que hace un perro es olfatear. Y si algo no huele bien, hay una reticencia natural a acercarse.
Yo tal vez debería haber sido un perro.
Poinsettia colgaba de la lámpara del techo. Estaba desnuda y tenía la piel tan flácida que parecía que iba a desprenderse de los huesos en cualquier momento. Y debajo de ella estaba la causa del hedor. Justo cuando yo estaba mirando, una gota de sangre y excremento cayó de su pie.
No recuerdo haber ido hasta el apartamento de la señora Trajillo. Tengo la impresión de que traté de usar el teléfono de Poinsettia, pero estaba desconectado.
—Claro, tira la silla al suelo de una patada después de hacer el nudo y ¡bingo!, se queda colgada —dijo el agente de policía Andrew Reedy, un tipo alto, delgado y más bien rubio—. Usted dijo que estaba deprimida, ¿verdad, señor Rawlins?
—Sí —respondí—, Mofass la iba a desalojar.
—¿Y quién es Mofass? —preguntó Quinten Naylor. Era el compañero de Reedy y el único policía negro que yo había visto que no llevaba uniforme. Él también estaba mirando la silla.
—Se encarga de la administración de los apartamentos y de cobrar los alquileres.
—¿Y para quién los cobra? —me preguntó Naylor.
Mientras yo meditaba mi respuesta, Reedy dijo:
—¿Qué importancia tiene? Esto es un suicidio. Informaremos que se suicidó y asunto concluido.
Naylor era de mediana estatura pero corpulento, y daba la impresión de ser un hombre vigoroso, y más alto de lo que en realidad era. Era lo contrario de su compañero en todos los aspectos, pero parecían entenderse bien.
Naylor caminó hasta situarse poco menos que bajo el cadáver de la ahorcada. Parecía como si husmeara en busca de algo sospechoso.
—Vamos, Quint —protestó Reedy—. ¿Quién querría asesinar a esta chica? ¿Y encima hacer pasar su muerte por un suicidio? ¿Esta muchacha tenía algún enemigo, señor Rawlins?
—Que yo sepa, no.
—Andy, mírale la cara. Esas marcas podrían ser de golpes recientes.
—Quint, suelen aparecer cuando alguien muere ahorcado —alegó Reedy.
—¡Eh, oigan! —gritó desde el vestíbulo el gordo conductor de la ambulancia.
Yo había llamado también al hospital, aunque sabía que Poinsettia estaba muerta.
—¿Cuándo podremos bajarla de ahí y marcharnos?
Aquel individuo no era mi tipo preferido de hombre blanco.
—Por ahora no se puede —respondió Naylor—. Tenemos una investigación en marcha y no voy a permitir que se alteren las pruebas. Quiero que antes tomen fotografías de la habitación.
—Lo que faltaba —suspiró Reedy.
—¡Qué mierda! —exclamó el gordo. Y luego—: De acuerdo, nos vamos. ¿Pero quién firma la factura del viaje?
—No puede cobrarnos a nosotros, no lo hemos llamado.
—¿Y usted, hijo? —me preguntó el conductor de la ambulancia. Parecía tener veintipocos años, unos diez menos que yo.
—Yo no sé nada. Yo sólo he llamado a la policía —mentí.
Era una mentira para calentar los músculos. Me estaba preparando para las verdaderas mentiras que tendría que decir más tarde.
El gordo me miró furioso, pero eso era todo lo que podía hacer.
Cuando el tipo de la ambulancia se fue, me di la vuelta y vi a Poinsettia colgada. Parecía balancearse, y mi estómago comenzó a moverse con ella. Me preparé para marcharme.
Naylor me tocó el brazo y preguntó:
—¿A quién ha dicho que representaba el señor Mofass?
—Mofass, se llama solamente Mofass.
—¿Y a quién representa? —insistió Naylor.
—No lo sé, yo solamente hago la limpieza.
—Ya está bien, Quint —intervino Reedy.
Había sacado un pañuelo y se cubría la boca y la nariz. Aquello me pareció una buena idea, y yo también cogí el mío.
Reedy era el más viejo de los dos, y pasaba de los cincuenta. Naylor era joven, aproximadamente de la edad del conductor de la ambulancia. Era probable que hubiera sido suboficial en Corea. Conseguimos muchas cosas gracias a esa guerra. Integración, el rango de suboficial para algunos soldados de color, y un montón de muchachos muertos.
—Hay algo que no me convence, Andy —dijo Naylor—. Vamos a investigar un poco más, ¿de acuerdo?
—¿Y a quién le importa esta chica, Quint?
—Me importa a mí —respondió el joven policía.
Me sentí orgulloso. Era la primera vez que veía a policías blancos y negros trabajar juntos y tratarse de igual a igual. Aquellos dos realmente trabajaban a la par.
—¿Me necesitan para algo más? —pregunté.
—No, señor Rawlins —suspiró Reedy—. Déjenos su dirección y su número de teléfono y si necesitamos tomarle declaración lo llamaremos.
Le di mi dirección y mi teléfono. Los anotó en una libreta encuadernada en cuero que llevaba en el bolsillo.
Bajé y le conté a la señora Trajillo todo lo que habían dicho y hecho los policías. Aquella mujer no solamente era una alarma antirrobo, sino también el periódico del barrio.
Lamentaba la muerte de Poinsettia. Había caído muy bajo en el mundo, pero eso no era razón para desearle ningún mal. Era una muerte absurda y cruel, tanto si se había suicidado como si la habían asesinado. Pero si aquello era un suicidio, me daba pavor pensar que se había matado por la amenaza de desahucio; un desahucio que yo sabía era inicuo. Intenté no pensar en eso, pero estaba allí, en las profundidades de mi mente, como un topo excavando túneles en el suelo.
Pero fueran cuales fueran mis sentimientos, la vida tenía que continuar.
El domingo por la mañana fui a buscar a EttaMae. Llevaba un vestido azul eléctrico con lirios blancos gigantes aplicados sobre la tela azul. Su sombrero era de color blanco cascara de huevo, una especie de pequeña gorra a un lado de la cabeza. Los zapatos también eran blancos. Etta nunca llevaba tacones porque era una mujer alta, apenas unos pocos centímetros más baja que yo.
—¿Has hablado con Mouse? —le pregunté por el camino.
—Sí, lo llamé ayer.
—¿Y qué dijo?
—Lo mismo de siempre. Empieza bien, pero luego aparece ese tono tan raro de voz. Y entonces empieza a decir que no acepta que lo rechacen, como si yo le debiera algo. ¡Qué mierda! Si Raymond empieza de nuevo a rondarnos y a asustar a LaMarque, como hizo en Texas, tendré que matarlo.
—¿Le ha dicho algo a LaMarque?
—No. Ya nunca quiere hablar con el chico. ¿Por qué lo preguntas?
—No sé.
La sede de la Primera Iglesia Baptista Africana era un edificio color salmón, construido según el modelo de un antiguo monasterio español. Un mosaico de gran tamaño destacaba en la fachada. En él se veía a Jesús, sangrando piedrecillas rojas y sufriendo por encima de toda la congregación. Pero nadie parecía notarlo. Todo el mundo, hombres, mujeres y niños, llevaban sus mejores galas. Vestidos y trajes de seda, zapatos de charol y guantes blancos. Las sonrisas y zalamerías que intercambiaban uno y otro sexo el domingo habrían sido escandalosas en cualquier otro momento y lugar.
Pero el domingo era el día de sentirse bueno y ponerse guapo. La grey, de punta en blanco y alborotada, esperaba la palabra del Señor.
Rita Cook llegó acompañada por Jackson Blue. Él seguramente andaba tras ella, y se había dado prisa en ocupar el lugar que Mouse había dejado vacante cuando se aburrió. Eso es lo que hacen la mayoría de los hombres, dejan que otro rompa el hielo y luego tienen el camino abierto.
También estaban Dupree y Zaree, su nueva mujer. En una ocasión ella me había dicho que su nombre era africano y yo le había preguntado de qué lugar de África. No lo sabía, y se puso furiosa conmigo porque la había hecho quedar como una tonta. Y desde entonces nunca nos hemos llevado demasiado bien.
En la escalinata de la iglesia vi a Oscar Jones, el hermano menor de Odell. Y mientras Etta saludaba a toda la gente a la que aún no había visto, yo me fui con Oscar.
Tal como había sospechado, Odell estaba a la sombra de las columnas de estuco de la fachada.
—Hola, Easy —me saludó Oscar.
—Hola, Oscar. ¿Qué tal estás, Odell?
Eran hermanos, y más íntimos que hermanos. Dos hombres con rostros apenas diferentes y cuyas ropas les sentaban de la misma manera. Ambos hablaban suave y cortésmente. Yo los había visto hablar, pero jamás había oído ni una palabra de lo que se decían.
—Odell, tengo que hablar contigo —le dije.
—Ven conmigo, Easy.
Me despedí de Oscar agitando la mano y él me respondió con una inclinación de cabeza, y fue como si hubiéramos hablado todo un año.
Odell y yo caminamos rodeando la iglesia, por un estrecho sendero de cemento.
—Tengo un asunto pendiente con un tipo blanco que trabaja aquí —le dije cuando estuvimos solos.
—¿Con Chaim Wenzler?
—¿Y cómo sabes que es con él?
—Easy, es el único blanco que hay por aquí. Y no me refiero al día de hoy, porque él es judío y tengo entendido que ellos rinden culto a Dios el sábado.
—Tengo que conocer a ese hombre, tengo que hacerme amigo de él.
—¿De qué estás hablando, Easy?
—Tengo que conseguir información para el gobierno, quieren que averigüe cosas sobre ese tipo. Hay un inspector de Hacienda que me tiene agarrado por los cojones, y si no hago lo que me piden, me van a hacer mierda.
—¿Y qué quieres?
—Que nos presentes. Dile que trabajo para la iglesia o algo así. Después ya me las arreglaré.
No me contestó enseguida. Yo sabía que no le gustaba nada que yo anduviera husmeando en su iglesia. Pero Odell era un buen amigo y lo demostró cuando, tras habérselo pensado unos instantes, hizo un gesto de conformidad y dijo:
—De acuerdo. —Pero a continuación añadió—: Me he enterado de lo de Poinsettia Jackson.
Estábamos delante de una puertecita pintada de verde. Odell tenía la mano en el pomo, pero esperó mi respuesta antes de abrir.
—Sí. La poli quiere seguir investigando, aunque yo no creo que la mataran. ¿Quién iba a matar a una mujer como ella, a una enferma?
—No sé, Easy, no sé. Lo único cierto es que tú dices que estás metido en toda clase de líos, y a continuación veo que alguien que vive en tus apartamentos aparece muerto.
—Eso no tiene nada que ver conmigo, Odell. Es sólo una desgraciada coincidencia, nada más. —Aquello era lo que yo pensaba, y Odell me creyó.
Me condujo escaleras abajo hasta el sótano de la iglesia, donde se reunían los diáconos para vestirse y prepararse para el servicio. Nos encontramos con cinco hombres que vestían trajes negros iguales y guantes blancos. En el bolsillo del pecho de las chaquetas habían cosido una insignia que decía Primera Iglesia Africana en letras amarillo vivo. Todos los hombres llevaban una bandeja de oscura madera de nogal con el centro de fieltro verde.
El individuo de mayor estatura tenía la tez de un marrón oliváceo y un bigotillo muy fino. Su pelo, corto, había sido alisado, de manera que podía peinárselo con una raya a la izquierda. Olía a brillantina. Era guapo, en un estilo remilgado. Yo sabía que todas las mujeres de la congregación deseaban que se fijara en ellas. Pero una vez que lo conseguían, Jackie Orr las dejaba en casa llorando. Era el diácono principal de la Primera Iglesia Africana y las mujeres sólo eran para él un medio para triunfar.
—¿Cómo está usted, Hermano Jones? —sonrió Jackie.
Vino hacia nosotros y cogió la mano derecha de Odell entre las suyas, enguantadas.
—Me alegra verlo por aquí, hermano Rawlins —se dirigió a mí.
—Buenos días, Jackie —dije.
No me gustaba aquel tipo, y si hay algo que no puedo soportar, es llamar «hermano» a un hombre que no me gusta.
—Jackie, Easy dice que quiere trabajar para la iglesia —dijo Odell—. Le he hablado del señor Wenzler; usted me había dicho que Chaim quizá necesitara un chófer.
Era la primera vez que oía hablar de aquello.
—Sí, sí, así es —respondió Jackie—. ¿De modo que quiere colaborar con nosotros, hermano Rawlins?
—Sí. He oído decir que ustedes hacen muy buenas obras con los ancianos y los enfermos.
—¡Lo que usted ha dicho es la pura verdad! El reverendo Towne no cree que la caridad cristiana sólo se haga de palabra. Él sabe que hay que trabajar para el Señor. ¡Amén!
Un par de diáconos corearon su amén.
Dos de los diáconos eran chicos muy jóvenes. Me imagino que a esa edad uno tiene que pertenecer a una pandilla, y en este caso los había seducido la de la iglesia.
Los otros dos eran hombres ya ancianos. Tipos buenos y piadosos, capaces de llevar un inquieto e impetuoso crío en brazos durante todo un día sin quejarse, y sin pensar siquiera en protestar. Ellos nunca ambicionarían la elevada posición de Jackie, porque se sentirían fuera de lugar en aquel puesto.
Jackie era un político. Quería poder dentro de la iglesia, y el diaconato era la manera de obtenerlo. Puede que no tuviera más de treinta años, pero se comportaba como un hombre maduro, de cuarenta o cincuenta años. Los hombres de más edad le dejaban el terreno libre porque percibían su afán y su vitalidad. Las mujeres percibían algo más, pero también ellas le dejaban salirse con la suya.
—Tengo mucho tiempo libre durante el día, Jackie, y también podría disponer de las noches, si fuera necesario —le dije—. Como usted sabe, hemos llegado a un acuerdo con Mofass y yo mismo decido mis horarios de trabajo. Y Odell me ha dicho que ustedes necesitan a un hombre que tenga algunas horas libres.
—Así es. ¿Por qué no viene mañana, a eso de las cuatro? A esa hora tenemos una reunión.
Nos dimos la mano y me fui.
Etta me estaba buscando. Ya estaba preparada para oír la palabra de Dios.
A mí, en cambio, me hubiera venido muy bien una copa.
La Primera Iglesia Africana era también hermosa en el interior. Una gran nave rectangular, con techos de más de nueve metros de altura, y alrededor de doscientas sillas en un suelo en suave declive. Las hileras de asientos estaban situadas en gradas que descendían hacia el púlpito. La tribuna que estaba al frente era de color gris muy claro adornada con lirios amarillos y estandartes morados. Detrás del sitio del pastor, y ligeramente a la izquierda, había treinta sillas tapizadas en terciopelo, dispuestas en tres hileras, para el coro.
En las dos paredes laterales de la nave había seis vidrieras de colores: Jesús en la montaña; el bautismo de Jesús por San Juan Bautista; María y María Magdalena arrodilladas ante la cruz. Los colores eran chillones, como de papel de celofán: rojos, azules, amarillos, marrones y verdes. Cada ventana tenía más de cuatro metros de altura. Los gigantes de la Biblia brillaban sobre nosotros, pobres mortales.
Puede que fuéramos una comunidad pobre, pero sabíamos construir iglesias, y también enterrar a los seres queridos.
Nos sentamos con Etta en las filas del medio. Ella estaba junto a Ethel Marmosert y yo del lado del pasillo. Odell y Mary estaban sentados delante de nosotros y Jackson y Rita detrás. La gente seguía entrando por tres grandes puertas en la parte de atrás de la iglesia y todos hablaban, pero en voz baja, de modo que a pesar de los susurros daba la sensación de que el recinto se hallaba en silencio.
Cuando todos estaban sentados, o de pie en la parte de atrás, Melvin Pride entró por el pasillo del medio seguido por Jackie Orr. Melvin era el diácono mas antiguo de la iglesia, un hombre que había pagado sus deudas. Mientras se acercaban, observé que los otros diáconos se habían situado a intervalos regulares a uno y otro lado del pasillo. Los miembros del coro, vestidos con togas de satén morado, entraron por detrás del púlpito y se sentaron en las sillas de terciopelo rojo.
Y por último hizo su entrada Winona Fitzpatrick, que también desfiló por el pasillo unos seis metros detrás de Melvin y Jackie. Era la presidenta del consejo de la iglesia. Winona era una mujer corpulenta, vestida con un holgado vestido negro y un sombrero de ala ancha, también negro, con una banda azul cielo. El silencio era tan absoluto que se podía oír el ruido áspero que hacían las medias de Winona cuando sus muslos se rozaban.
Mientras miraba avanzar a Winona, observé que un hombre joven y alto me observaba desde el otro lado del pasillo. Llevaba un traje de buena calidad, marrón con rayas amarillentas muy separadas. Había dejado el sombrero de fieltro y ala ancha sobre sus rodillas. Sus ojos glaciales e inexpresivos estaban fijos en mí.
Jackie ocupó su lugar como primera voz del coro y Melvin se quedó de pie delante del grupo con las manos en alto. Después giró la cabeza y miró a su espalda, y me di cuenta, por primera vez, de que una mujer de corta estatura estaba sentada en el órgano, justo debajo de la tribuna.
Después se hizo la música. Primero los profundos acordes del órgano y la voz de tenor de Jackie, y, apoyándoles, las voces del coro.
—Angeles —susurró Etta—. Igual que ángeles.
Cantaron «Una oración al dulce niño Jesús». Merlin, después de asegurarse de que había conducido al coro a una perfecta armonía, sumó su voz de bajo a la aguda de Jackie.
Melvin era alto como Jackie, pero negro y de facciones marcadas. Cuando cantaba, hacía muecas como si estuviera sufriendo. Jackie, en cambio, parecía un galán intentando que le abrieran las puertas del dormitorio.
El cántico llenó la nave y disfruté de su hermosura, aunque había ido a la iglesia para otra cosa. Yo estaba allí para actuar en contra de uno de los miembros —o colaborador— de aquella grey, pero aun así me sentí colmado de amor a Dios. Y era extraño, porque había dejado de creer en Él de niño, desde el día en que mi padre me abandonó en la miseria y el sufrimiento.
—¡Hermanos y hermanas! —gritó el reverendo Towne.
No le había visto subir al estrado. Era un hombre alto con una gran barriga que abultaba por debajo de la túnica azul marino. De tez muy oscura, con marcadas facciones africanas, había alisado su espesa cabellera y la llevaba peinada hacia atrás, con fijador.
Se pasó la mano izquierda por el pelo, esperando a que callaran las últimas voces de la multitud; después paseó la mirada por las caras, sonrió e hizo un lento gesto afirmativo como si hubiera visto a alguien desaparecido desde hacía años.
—Me hace muy feliz veros aquí en esta mañana de domingo. Sí, estoy muy contento.
Nadie habló, pero algo parecido a un estremecimiento recorrió el salón.
El pastor extendió sus grandes manos abiertas hacia nosotros, disfrutando de nuestro calor humano como si estuviera ante el fuego del hogar.
—Hubo un tiempo en que veía muchas sillas vacías.
—Amén —entonó uno de los diáconos.
—Hubo un tiempo —repitió el pastor, e hizo una pausa—. Sí, hubo un tiempo en que no teníamos allá atrás una multitud de pie, un tiempo en que todos se sentaban y escuchaban la palabra del Señor. Todos podían sentarse y meditar sobre su alma.
»Pero ahora ya no es así.
Miró a su alrededor, y yo hice lo mismo. Todos los demás tenían los ojos clavados en el reverendo. Las mujeres con una expresión reverencial, las cabezas echadas hacia atrás para gozar de aquella extraña luz fría que entraba por las vidrieras de colores. Los hombres se habían puesto muy serios. Estaban concentrados con toda su fuerza de voluntad en comprender los caminos del señor y de la virtud en la vida cotidiana.
Todos, excepto el hombre del traje marrón. Su mirada glacial aún estaba fija en mi perfil, y me pregunté quién sería aquel individuo.
—No, ya no es así —dijo casi cantando el pastor—. Porque ahora El avanza.
—¡Sí, mi Señor! —gritó una vieja en la primera fila.
—Así es —continuó el pastor—. Tendremos que acudir al consejo de la iglesia para agrandar la casa del Señor. Porque él os quiere a todos en su grey. Quiere que todos alabéis su nombre. Decidlo. Decid: «Sí, Jesús.»
Le obedecimos, y comenzó el sermón en serio.
Towne no citó la Biblia ni habló de la salvación. Todo el sermón estuvo dedicado a los jóvenes muertos en Corea, o a los heridos que volvían a casa. El reverendo Towne trabajaba en una clínica que atendía a los heridos graves. Habló largamente, y de una manera conmovedora, de Wendell Boggs, un muchacho que había perdido las piernas, casi todos los dedos, los labios, un ojo y el párpado del otro, al servicio de los Estados Unidos. Bethesda Boggs, miembro de la congregación, gemía como si quisiera subrayar la terrible letanía.
Y juntos, la madre y el pastor, hicieron que todos nos revolviéramos en nuestras sillas.
Después de un rato Towne comenzó a argumentar que la guerra era obra del hombre y de Satán, no de Dios. Era Satán el que combatía contra Dios en nuestra propia casa. Era Satán quien hacía que los hombres se mataran cuando hubieran podido ofrecer la otra mejilla. Y era Satán quien nos había llevado a luchar contra los coreanos y los chinos.
—Satán se presentará con la apariencia de un hombre bueno —entonó el reverendo Towne—. Aparecerá ante vosotros como un gran dirigente, y seréis cegados por los fuegos de artificio de la gloria. Pero cuando el humo se disipe, y miréis a vuestro alrededor, no veréis sino las consecuencias del pecado. Los cadáveres pavimentarán vuestro camino y, en vez de agua, beberéis sangre. Vuestros hijos estarán heridos o muertos, ¿y dónde estará Dios?
Sus palabras me llevaron de vuelta al frente. Estaba otra vez estrangulando a un jovencito rubio y llorando y riendo, y también ansioso por tener una mujer.
El pastor terminó así su sermón:
—Mi pregunta es: ¿Qué vais a hacer por Wendell Boggs? ¿Qué podéis hacer?
Después hizo una seña a los del coro y Melvin volvió a alzar las manos. Se oyó el órgano y el coro empezó a cantar. La música seguía siendo hermosa, pero el sermón había agriado el placer. Los diáconos hicieron la colecta, pero mucha gente se marchó antes de que el plato llegara hasta ellos.
Se oía refunfuñar a muchos.
—¿Qué ha querido decir el pastor? ¿Qué puedo hacer yo?
—¡Un pastor no es un político, eso va contra la ley!
—No podemos hacer nada.
—Los comunistas están en contra de Dios. Tenemos que combatirlos.
Etta me miró y me cogió de la mano.
—Llévame a casa, Easy —dijo.
Fuera, delante de la iglesia, estaba Towne con Winona, Melvin, Jackie y un matrimonio que yo no conocía. Eran gente de edad y se les veía incómodos. Quizá le habían dado la mano al pastor todos los domingos durante veinte o más años, y no iban a dejar de hacerlo sólo porque Towne pronunciara un sermón irritante.
—Hola, Easy —me saludó Melvin.
Nos conocíamos desde los días del quinto pabellón, en Houston, Texas.
—Hola, Melvin.
Jackie se retorcía las manos. Winona miraba fijamente al reverendo Towne. Sólo entonces me di cuenta de que Shep, el pequeño marido de Winona, estaba de pie en la entrada. No lo había visto en la iglesia.
—Ha sido un sermón emocionante, reverendo, y muy valiente —dijo Etta.
Fue hacia el pastor y le estrechó la mano con tal fuerza que la papada de Towne tembló.
—Gracias, muchas gracias —respondió el pastor—. Me alegro mucho de verla por aquí, hermana Alexander. Espero que se quede un tiempo con nosotros.
—Aún no lo sé —dijo Etta, y me miró de reojo.
Winona se adelantó y le dijo algo a Towne que no alcance a escuchar.
—¿Cómo se encuentran los padres del muchacho del que nos ha hablado? ¿Usted cree que yo podría serles de alguna ayuda? —preguntó después Etta.
Me hizo reír que aquellas dos mujeres se disputaran al pastor. Creo que Etta lo hacía porque no le gustaba ver a Winona coqueteando delante de su marido.
Vi a Jackie y a Melvin que se alejaban hasta el pie de la escalera y comenzaban a discutir. Jackie agitaba las manos y Melvin hacía gestos conciliadores, extendiendo la palma de las manos hacia el hombre guapo, como si tratara de contener la ira de Jackie.
Me hubiera gustado saber por qué discutían, pero sólo por mera curiosidad, de modo que dirigí nuevamente mi atención a EttaMae.
Había enlazado su brazo al del pastor y se alejaban hablando.
—¿Por qué no me presenta a esa pobre mujer? Podría ir algunos días a su casa y prepararle la comida.
Volví la cabeza y miré por encima del hombro. Melvin y Jackie seguían discutiendo al pie de la escalera, y de vez en cuando Melvin me miraba furtivamente.
—Ve a buscar el coche, Shep —le ordenó Winona, con un tono entre indiferente y cruel.
—Como tú digas —respondió él.
Y el pequeño y marrón Shep, con su traje de rayón marrón rojizo, se dirigió al aparcamiento.
—¿Etta está contigo, Easy? —preguntó Winona antes de que Shep hubiera desaparecido de su vista.
—¿Qué has dicho?
—Ya me has oído, Easy Rawlins. ¿Etta es tu mujer?
—Etta no es de nadie, Winona. Ni siquiera le gusta pensar que pertenece a Jesús.
—No bromees conmigo —me advirtió—. Esa zorra le está tirando los tejos al pastor, y tendrá que acabar con eso, tenga o no marido.
—¿Towne está casado? —le pregunté, sorprendido.
—¡Claro que no!
—Pues Etta tampoco.
Me encogí de hombros y Winona hizo rechinar los dientes. Bajó las escaleras más que picada.
Miré hacia abajo pero Jackie y Melvin se habían marchado, y me volví para entrar en la iglesia. Mis ojos quedaron a la altura del pecho de un traje marrón con rayas amarillentas. El tipo estaba un escalón más arriba, pero me hubiera mirado desde arriba aunque hubiéramos estado al mismo nivel.
—Usted es Rawlins, ¿verdad? —preguntó con una voz que o era naturalmente bronca o la enronquecía la emoción.
—Así es —dije, y retrocedí un escalón, para poder verle la cara y ponerme fuera de su alcance.
Su cara de tez marrón, que se daba de coces con el color del traje, era pequeña, completamente redonda, infantil y mezquina.
—Quiero que me lleve a ver a su jefe.
—¿Para qué? —le pregunté.
—Tengo que tratar un asunto con él.
—Hoy es domingo, hijo. Día de descanso.
—Oiga —dijo con tono amenazante, y luego la voz se le quebró—. Lo sé todo de usted.
—¿Sí?
—Sé que no movió un dedo. —Estaba repitiendo las palabras de otro—. Ella me contó que él la había usado, que se la había follado a cambio de los alquileres, y luego, cuando enfermó, se desentendió de ella.
—¿Cómo se llama usted?
—Soy Willie Sacks. —Sacó pecho—. Y ahora, vámonos. —Me puso la mano en el hombro pero se la quité.
—¿Era el novio de Poinsettia? —le pregunté; yo no pensaba ir a ninguna parte con él.
Me dirigió un puñetazo que habría hecho un boquete en una pared de ladrillos. Pero me agaché a tiempo y, cogiéndole la muñeca, le torcí el brazo hacia atrás y me ensañé con su gran dedo pulgar.
—¡Ay! —gritó, y se arrodilló en la escalera.
—No quiero hacerle daño, muchacho —susurré al oído de Willie—. Pero si me estropea el traje, yo le estropearé la cara.
—¡Lo mataré! ¡Los mataré a todos! —gritó.
Lo solté y puse unos escalones de distancia entre nosotros.
—¿Cuál es su problema, Willie?
—Lléveme a ver a Mofass.
Se puso de pie. Yo, a su sombra, me sentí como David sin su tirachinas.
A un hombre muy alto se le hace muy difícil dar un puñetazo hacia abajo. Dejé que su primer intento fuera en dirección oeste y después le asesté yo uno en el bajo vientre. Willie se enrolló como una cochinilla y rodó escaleras abajo.
Se levantó enseguida, sin embargo, y yo corrí a su lado y volví a golpearlo, esta vez en la sien. Le di fuerte, como para herir a un hombre normal, pero Willie parecía más un búfalo que un ser humano. Volví a golpearlo con todas mis fuerzas, y lo único que hizo fue sentarse.
—No quiero hacerle daño, Willie —le dije, más para olvidarme del dolor que sentía en la mano que para asustarlo.
—Cuando me levante veremos quién es el que sufre.
Su cara sangraba en varios lugares, donde había rozado los escalones de granito.
—Nadie tiene la culpa de la muerte de Poinsettia, Willie —le dije—. Acabemos con esto.
Pero se puso de pie trabajosamente y subió dando tumbos la escalera. Perdí la paciencia y le rompí la nariz. Sentí que el hueso cedía bajo mis nudillos. Estaba pensando en dedicarme a su oreja izquierda cuando me golpearon la espalda. No era un golpe fuerte, pero mi cuerpo y mis reflejos estaban preparados para la pelea y me di la vuelta en un segundo y recibí otro golpe en la cara con algo parecido a un cojín. Una mujercilla con un vestido rosa de volantes blandía un bolso de macramé. No decía ni una sola palabra, ahorrando toda su energía para la pelea. Quizá hubiera continuado con el combate, pero cuando Willie gritó «¡Mamá!», se olvidó de mí y corrió a su lado.
Él se tapaba con las manos el grifo sangrante en que se había convertido su nariz.
—¡Willie! ¡Willie!
—¡Mamá!
—¡Willie!
Tiró de él hasta que consiguió ponerlo de pie y luego lo remolcó calle abajo.
La mujer marrón y rosa me miró ferozmente dos veces. Era pequeñita y llevaba gafas de montura blanca. Tenía los labios hundidos por la falta de dientes. La señora Sacks ni siquiera podía levantar el brazo de su hijo, pero me asustaban más aquellas miradas asesinas que todo un regimiento de Willies.
—Siéntate conmigo en el sofá —dijo Etta, y le dio unas palmaditas a la tela verde del tresillo—. No tan lejos, acércate más.
Nos encontrábamos en su nuevo piso, en la calle Sesenta y cuatro. Era una bonita casa de seis apartamentos. El de Etta tenía dos dormitorios, cuarto de baño y una gruesa moqueta azul. LaMarque estaba con Lucy Rideau y sus dos hijas. Habían ido por la mañana a catequesis, y ahora disfrutaban de la tradicional comida del domingo.
—Etta, en verdad debería irme a trabajar.
—¿En domingo?
—Voy a trabajar para la iglesia en días laborables, y el fin de semana tengo que compensar las horas de trabajo que perderé.
—¿Y qué trabajo harás para el Señor, Easy Rawlins?
—Todos ponemos nuestro granito de arena, Etta. Todos lo ponemos.
—¿Y tú también lo has puesto para que LaMarque y yo vivamos aquí sin pagarle nada a ese hombre horrible?
—Mofass no es tan malo. Después de todo, te ha dejado este piso, ¿no es verdad?
—¿Y estos muebles también me los ha dado él?
—El año pasado tuvimos un desahucio y estas cosas estaban en mi garaje. Le dije a Mofass que las iba a llevar al vertedero.
—Podrías venderlos, Easy. Esa cama es de caoba.
No le respondí, y Etta insistió:
—Ven, cariño, siéntate.
Me senté.
—¿Qué es lo que anda mal, Easy?
—Nada, Etta, nada.
—¿Por qué entonces no has venido a verme? Me has conseguido una casa, y muebles. No te habrías tomado todo ese trabajo si no fuéramos de tu agrado.
—Por supuesto que me gustas.
—¿Por qué no te acercas y me demuestras cómo y cuánto?
Me había puesto la mano en el cuello. Etta estaba mucho más tibia que yo.
Su vestido era sedoso y fino bajo la chaqueta. Tenía un gran escote, y cuando se inclinó hacia mí sus pechos sobresalieron.
—Pensaba que no ya querías verme.
—Estaba furiosa, cariño —dijo acercándose todavía más—. Eso es todo.
No sé por qué me imaginé a Wendell Boggs en su lecho de muerte. Había sangre sobre su medio rostro, y una costra blanca donde antes había un ojo.
—¿Easy?
—¿Sí, Etta?
—En la otra habitación tengo los papeles de mi divorcio.
Se movió apenas para cruzar la pierna izquierda sobre la derecha, y me rozó. El vestido parecía irle muy ajustado, a punto de reventar.
—No necesito verlos.
—Sí que lo necesitas.
—No.
—Sí, Easy. Necesitas ver que soy una mujer libre, y que puedo hacer lo que quiera.
—No es por ti, Etta; es por mí —respondí, pero de todos modos la besé.
—Cariño, habías conseguido sacarme de quicio —dijo, y respondió a mi beso—. Me has conseguido una casa y una cama, me llevas a la iglesia, mmmm, todo eso me encanta.
Después, no hablamos por un rato.
Cuando se echó hacia atrás, y yo tuve un momento para respirar, le pregunté:
—¿Y qué pasa con Raymond?
Etta me cogió la mano y la puso sobre su pecho; después, me miró con unos ojos que todavía hoy aparecen en mis sueños.
—¿Me quieres? —preguntó.
—Sí.
Apretó un dedo contra mi camisa, justo encima de la tetilla.
—Entonces te diré qué vamos a hacer —susurró.
—¿Qué?
—Tú ahora no me hablas de Raymond, y mañana, cuando nos despertemos, yo tampoco te diré nada de él.
Volví a mi casa por la tarde. Cuando llegué a la puerta sonaba el teléfono. Traté de meter la llave en la cerradura, pero la prisa hizo que se me cayera en una pila de hojas secas. El teléfono seguía sonando, y continuó haciéndolo mientras yo revolvía las hojas en busca de la llave, la encontraba, abría la puerta y entraba. Pero tropecé en el felpudo, y cuando por fin me puse de pie y fui cojeando hasta la mesita del teléfono, el aparato ya había enmudecido.
Me froté la magullada rodilla y fui al cuarto de baño. Y justo cuando comenzaba a hacer mis necesidades, el teléfono empezó a sonar otra vez. Pero ya había aprendido la lección. Seguía sonando cuando me lavé las manos y me las sequé. Sonó hasta que yo llegué junto a la mesita, y entonces volvió a parar.
Estaba en la cocina con una botella de vodka en una mano y una cubeta de hielo en la otra cuando el teléfono volvió a sonar. Consideré la posibilidad de arrancar el cable de la pared, pero, tras pensarlo mejor, respondí a la llamada.
Lo primero que oí fueron los gritos de un niño, o de una niña: «¡No! ¡No!», gritaba. Y después otra vez «No», aún chillando pero con un sonido sordo, como si alguien hubiera cerrado la puerta de la sala de torturas.
—¿Señor Rawlins? —preguntó el inspector de Hacienda Reginald Lawrence.
—Dígame.
—Quería hacerle un par de preguntas y darle un consejo.
—¿Qué preguntas?
—¿Qué trato le ofreció el agente Craxton?
—En verdad no sé si puedo decírselo, señor. Dijo que era un asunto de Estado, y que tenía que mantener la boca cerrada.
—Todos trabajamos para el mismo gobierno. Yo también soy un funcionario del Estado.
—Pero él es del FBI. Es de la policía.
—Él sólo representa a otra sección de la administración, una rama que no tiene ninguna relación con la mía.
—Entonces, ¿por qué me pregunta qué quiere Craxton?
—Quiero saber qué le ha ofrecido, porque el agente Craxton no está autorizado a hacer ningún trato en nombre de Hacienda. Cuando nuestro departamento inicia una investigación, hay que seguirla hasta el final. No podemos hacer otra cosa. Como puede suponer, tengo que seguir esta investigación o mis expedientes... —se detuvo un instante, como buscando las palabras justas—, o mis expedientes quedarán incompletos. De modo que ya lo ve, aunque el agente Craxton le dijera lo contrario, yo tendré que preparar su caso para presentarlo mañana por la mañana ante el juez.
—¿Y yo qué puedo hacer? —pregunté—. Él me ha puesto a trabajar en otro caso, para el gobierno. Y si le cuento de qué se trata, me meteré en un lío aún más serio.
—Yo no puedo hablar en nombre del FBI, lo único que puedo decirle es que si trata de evadir el pago de sus impuestos, nosotros aún estaremos aquí cuando todo haya terminado, aunque usted trabaje para el FBI. He hablado con mi superior, y en esto está de acuerdo conmigo. Tendrá que enviarme antes del miércoles de la semana próxima todas sus declaraciones de renta y comprobantes de pago, o le enviaremos una citación.
—De modo que ha hablado con Wadsworth, ¿no? —le dije cuando por fin se calló.
—¿Quién le ha dicho que...? —comenzó a preguntar, pero supongo que la respuesta acudió sola a su mente.
—Lo siento, pero no puedo ayudarlo, señor Lawrence. Yo tengo mis cartas, y usted las suyas. Supongo que tendremos que jugar hasta el fin.
—Sé que usted piensa que así saldrá del aprieto, señor Rawlins, pero se equivoca. No podrá escapar a su responsabilidad con el Estado.
Lawrence hablaba como un libro de texto.
—Señor Lawrence, no sé si usted trabaja el domingo, pero es mi día libre.
—Su problema no se desvanecerá en el aire, hijo.
—Así será, si usted lo dice. Y ahora voy a colgar el teléfono.
Pero el señor Lawrence lo hizo antes que yo.
Volví a la cocina y guardé el vodka. Saqué mi botella de Armañac importado y añejo de treinta años de detrás de una tabla suelta en el fondo del armario. Junto a la botella guardaba también una copa grande pero de boca estrecha. Un blanco rico, para el que trabajé en una ocasión, me había enseñado a beber buenos licores, y yo descubrí que si uno saborea su bebida, quiero decir, si se toma más tiempo en bebería, la borrachera es mucho más agradable. Y cuando quería emborracharme me gustaba beber solo; nada de historias picantes ni risotadas. Yo sólo quería olvido.
El tipo de Hacienda quería enviarme a la cárcel; para él era un asunto personal. Y Craxton mentía, de eso estaba seguro, de modo que no tenía ni idea de qué era lo que realmente quería. Quizá yo no averiguara nada que él no supiera de sus comunistas, y entonces me arrojaría a las fieras. Puede que ya lo hubiera hecho, en verdad. Estudié la posibilidad de poner mis propiedades a nombre de otra persona por un tiempo, para cubrirme mejor, pero la idea no me gustaba. Yo quería que mi nombre figurara en las escrituras. Y quería a EttaMae. La quería con todo mi corazón. Y si ella iba a ser mía, yo debía tener los recursos necesarios para comprarle ropa y procurarle una buena casa.
Claro está que eso significaba que uno de los dos tenía que morir. O Mouse o yo. Lo sabía. Sí, lo sabía, pero no quería reconocerlo.
El lunes fui al despacho de Mofass. Estaba sentado detrás de su escritorio, contemplando lleno de satisfacción un plato de costillas de cerdo con huevos. Todas las mañanas, a las once, un chico del barrio le traía el desayuno. Mofass contemplaba la comida antes de comérsela; a veces, hasta media hora. Nunca me dijo por qué lo hacía, pero yo imaginaba que tenía miedo de que el chico hubiera escupido en su plato. Era el tipo de ultraje que Mofass temía.
—Buenos días, Mofass.
—Señor Rawlins.
Cogió una costilla por el hueso y le pegó un mordisco.
—No me verá mucho en las próximas tres o cuatro semanas; tengo unos negocios que atender.
—Yo atiendo sus negocios todos los días, señor Rawlins. No puedo tomarme vacaciones, o usted se iría a la quiebra —me reprendió sin dejar de masticar.
—Para eso le pago, Mofass.
—Sí, supongo que sí. —Se metió la mitad de los huevos revueltos en la boca.
—¿Ha sucedido algo digno de mención? —pregunté.
—No, que yo sepa. Vino la policía y preguntó por Poinsettia.
Una sombra cruzó fugazmente la cara de Mofass. Recuerdo que pensé que incluso un hombre duro como aquél podía sentir dolor ante la muerte de una mujer joven.
—Les dije que yo sólo sabía que debía cinco meses de alquiler. Al poli negro no le gustaron mis modales, y le aconsejé que volviese cuando tuviera un mandamiento judicial.
—Yo quería hablar con usted sobre Poinsettia.
Me miró con escaso interés.
—Willie Sacks, su novio, intentó hacerme pedazos a la salida de la iglesia, el domingo.
—¿Y por qué?
—Lo buscaba a usted, y yo no quise decirle dónde podía encontrarlo.
Mofass tomó otro bocado de huevo e hizo un gesto afirmativo.
—Muy bien —dijo, cuando pudo pronunciar palabra.
—Willie dijo que usted tenía la culpa de lo que le había sucedido a ella, quiero decir del accidente.
—Ese chico se siente culpable, señor Rawlins. Él la dejó cuando se puso enferma, y ahora que Poinsettia se ha suicidado quiere echarle la culpa a otro.
Mofass se encogió apenas de hombros. Sí, aquel tipo era más duro que el diamante.
A Mofass, Willie le importaba un bledo, pero yo aún lamentaba todo aquello. Sabía lo que se sentía cuando un ser humano moría por nuestra causa; yo también había experimentado aquel sentimiento de culpabilidad.
—¿Quiere que busque a alguien para que se encargue del mantenimiento de los apartamentos mientras usted está de vacaciones? —me preguntó Mofass.
Él sabía que a mí no me gustaba que me tildaran de haragán.
—Hombre, no son vacaciones. Es un trabajo extra, tiene que ver con esos impuestos que me reclaman.
—¡Qué dice!
Acabó de comer y cogió un cigarro que había en el cenicero de cristal de la mesa.
—Quieren que les haga un pequeño favor. Y si lo hago bien, tendré más fácil el asunto de los impuestos.
—¿Y qué favor le puede hacer usted a Hacienda?
—No es a Hacienda, en realidad. —No quería decirle que estaba trabajando para el FBI—. De todas formas, esa gente quiere que averigüe qué se traen entre manos un tipo al que están investigando y el pastor de la Primera Iglesia Africana. Puede que ese tipo les deba todavía más impuestos que yo.
Mofass hizo que no con la cabeza. Me di cuenta de que no me creía.
—¿De modo que trabajará en la iglesia durante dos semanas?
—Sí, poco más o menos.
—Me parece que usted se ha creído que rezando, rezando, los impuestos se irán pagando.
Hizo un ruido como de tos. Al principio creí que se estaba ahogando, pero cuando se hizo más estrepitoso me di cuenta de que Mofass se reía. Dejó el cigarro y sacó el pañuelo más blanco que yo había visto jamás. Se sonó la nariz y se enjugó las lágrimas, y seguía riendo.
—¡Mofass! —grité, pero no paró de reír—. ¡Mofass!
Su garganta produjo una especie de cloqueo, como el de una oca llamando a su compañero. Corrían las lágrimas.
Finalmente me di por vencido y salí del despacho.
Me quedé unos minutos fuera, escuchando detrás de la puerta cerrada; Mofass seguía riendo sin parar.
A última hora de la tarde fui a la Primera Iglesia Africana.
La fachada delantera de la iglesia daba a la calle 112, pero yo fui hasta el final de la manzana, a la Plaza 112. La entrada trasera del templo no era más que una puerta en una pared estucada, parecida a la de un pequeño edificio de oficinas, o a la consulta de un dentista. En la planta baja había un vestíbulo y un corto pasillo, con varias puertas de madera contrachapada a ambos lados. Al final del pasillo alfombrado en un color marrón claro, una escalera llevaba al primer piso y al sótano. Odell me había contado que el pastor tenía su despacho y su vivienda en el piso de arriba, y que en el sótano había una cocina y un restaurante de autoservicio.
Bajé al sótano.
Lo que vi allí era una escena que se había repetido en mi vida desde que era niño. Mujeres negras. Un montón de mujeres negras que trabajaban en la inmensa cocina, riendo, charlando en voz muy alta, contándose cuentos. Pero lo que yo realmente veía eran sus manos. Manos de trabajadoras, que ponían platos, pelaban boniatos, doblaban trapos de cocina y manteles en cuadrados perfectos, que lavaban, secaban, apilaban y llevaban de aquí para allá. Mujeres que vivían para el trabajo. Que peinaban a sus propios hijos, o a un niño de la vecindad cuyos padres se habían marchado, por una noche o para siempre. También guisaban, sí, pero había muchos más trabajos para una mujer negra. Como curar las heridas de los hombres de los que al principio se habían sentido tan orgullosas. O reprender a los niños, blancos y negros. Y trabajar para el Señor, en Su casa y en el hogar.
Mi propia madre, a pesar de lo enferma que estaba, la noche en que murió hizo pasteles de boniato para una cena de la iglesia. Tenía veinticinco años.
—Buenas noches, Easy —me saludó Parker Lamont.
Parker era uno de los diáconos más viejos. No lo había visto cuando entré.
—Hola, Parker.
—Odell y los demás están en la parte de atrás —dijo, y me condujo por entre la multitud de trabajadoras.
Me saludaron unas cuantas mujeres. En aquellos días me movía bastante por el barrio y si veía que alguna dama necesitaba que le echaran una mano, allí estaba yo. En los chismes abundan las verdades, los destellos de sabiduría, y la única llave que se necesita para que nos los cuenten es una mano dispuesta a la ayuda.
Winona Fitzpatrick estaba allí; aunque no me sonrió, debo decir que era una mujer despierta y llena de vida. Llevaba un vestido blanco muy favorecedor, pero que no había sido hecho para las tareas que se llevaban a cabo en aquel lugar. Claro que Winona no estaba trabajando; era la presidenta del consejo de la iglesia, el poder detrás del trono.
—¿Qué pasa aquí? —le pregunté a Parker.
—¿Qué quiere decir?
—Hombre, todas estas mujeres guisando y trabajando sin parar...
—Hay una reunión de la Asociación para el Progreso de la Gente de Color. Vendrán las filiales de todo el sur de California.
—¿Esta noche?
—Sí.
Me condujo por un laberinto de largas mesas dispuestas para la cena y, tras atravesar una especie de atrio, llegamos a una puerta cerrada. Se olía el humo de tabaco incluso antes de entrar.
Entramos en una habitación llena de hombres de color. Y todos fumaban, muy cómodamente sentados.
El aposento era más bien pequeño, con una raída moqueta verde claro y unas pocas mesas plegables que los hombres utilizaban para poner los ceniceros. Había tableros de damas y juegos de dominó, pero nadie jugaba. Y debajo del olor a tabaco se percibía un olor acre. El aliento de aquellos hombres.
Odell se levantó para saludarme.
—Easy, quiero presentarte a Wilson y a Grant.
Nos saludamos con una inclinación de cabeza.
—Mucho gusto —dije.
Dupree se encontraba allí, y también otros hombres que yo conocía.
—Melvin y el pastor llegarán en unos minutos. Están arriba —dijo Odell—. Éste es Chaim, Chaim Wenzler.
No había visto antes al hombre blanco porque estaba sentado al otro lado de Dupree. Era bajo, y se inclinaba para hablar con un hombre que yo no conocía en una conversación que parecía muy importante. Pero cuando oyó su nombre se enderezó y me miró.
—Chaim, éste es Easy Rawlins. Tiene algunas horas libres durante la semana y quiere echarnos una mano.
—¡Estupendo! —dijo Chaim con voz potente, y se puso de pie para darme la mano—. Su ayuda me vendrá muy bien, señor Rawlins. Muchas gracias.
—Easy. Dígame Easy.
—Estamos trabajando en el barrio —dijo.
Wenzler me señaló una silla y se sentó a mi lado. Ya habíamos empezado a trabajar. Aquel hombre me caía bien, aunque yo no quería que fuera así.
—Hay que llevar comida para los ancianos, y quizá conducir un coche. Yo no sé hacerlo, y es difícil conseguir que nos lleven cuando lo necesitamos. A veces lo hace mi hija, pero ella trabaja. Todos trabajamos. —Y me guiñó un ojo—. Y en algunas ocasiones hay que avisar a la gente sobre las reuniones en la iglesia y en otros lugares.
—¿Qué clase de reuniones?
Agachó sus anchos hombros.
—Reuniones de trabajo. Nos ocupamos de muchas cosas, señor Rawlins.
Sonreí.
—Bien, ¿y en qué quiere que trabaje yo?
Me miró de arriba abajo y yo hice lo mismo con él. Chaim era bajo y fornido. Tenía la cabeza calva y aparentaba unos cincuenta y cinco años. Sus ojos eran grises, del mismo color que los de Mouse, pero en Chaim parecían diferentes. Los ojos de Chaim eran penetrantes e inteligentes, pero también generosos, y nada crueles. Y la generosidad era algo que Mouse sentía solamente después de la muerte de alguien que no le gustaba.
Había algo más en los ojos de Chaim. Yo entonces no sabía qué era, pero me daba cuenta de que en aquel hombre había un sufrimiento profundo, algo que me hacía sentir triste.
—Necesitamos ropa.
—¿Qué quiere decir?
—Ropa usada para los ancianos. Yo consigo que la gente nos la dé, y luego se la vendemos a ellos.
Se inclinó como para hacerme una confidencia y dijo:
—Tenemos que venderla; ellos no quieren la ropa si no la han pagado.
—¿Y qué hacen ustedes con el dinero?
—Un almuerzo para todos el día de la venta y ya está. —Abrió las manos indicando que así no ganaban ni perdían.
—Sí, ya veo —dije, pero debió de oír una pregunta en mi voz.
—¿Quería preguntarme algo? —dijo sonriendo.
—No, en verdad, no..., sólo que...
—¿Sí?
Había gente cerca de nosotros, pero no nos prestaban atención.
—Mire, no puedo entender por qué alguien que ni siquiera es de aquí hace todo esto por nada.
—Usted tiene razón —me respondió—. Los hombres trabajan por dinero, o por su familia —y aquí se encogió de hombros—, o por Dios, algunos lo hacen por Dios.
—¿Es ése su caso? ¿Usted es religioso?
—No —dijo con expresión severa—, ya no lo soy.
—¿De manera que usted no cree en Dios pero hace obras de caridad para la iglesia?
Le estaba presionando, y de verdad que no deseaba hacerlo. Pero había algo en Chaim Wenzler que me ponía nervioso, y quería descubrir qué era.
Volvió a sonreírme.
—Sí, creo, señor Rawlins. Aún más, ahora lo sé todo. Sé que Dios me ha vuelto la espalda. Me miraba de un modo que me recordaba algo, o a alguien. Él ha vuelto la espalda a todos los judíos. Ha azuzado a los demonios contra nosotros. Soy creyente, señor Rawlins. El mal que yo he visto no podría existir sin un Dios.
—Creo que le comprendo.
—Y por eso estoy aquí —continuó Wenzler—. Porque los negros en América llevan la misma vida que los judíos en Polonia. Segregados, puestos en ridículo. A nosotros nos colgaban y nos quemaban vivos por el solo hecho de existir.
En aquel instante me acordé de Hollis Long.
Hollis era un amigo de mi padre. Solían reunirse todos los sábados por la tarde en el portal de mi casa. Eran los únicos negros de la parroquia que sabían leer, y fumaban su pipa y comentaban lo que habían leído en los periódicos a lo largo de la semana.
Hollis era un hombre corpulento. Lo recuerdo riendo y trayéndome fruta o caramelos. Yo me sentaba en el suelo, entre los dos, y los escuchaba hablar de los acontecimientos en Nueva Orleans, en Houston y en otras ciudades del Sur. A veces hablaban de las ciudades del Norte, e incluso de países lejanos, como China o Francia.
Un día regresé de la escuela y encontré a mi madre llorando sobre la cocina de leña. Mi padre, de pie a su lado, le había pasado un brazo por los hombros. Hollis Long estaba sentado a la mesa y bebía whisky de una jarra de barro. Su mirada, la misma que Chaim Wenzler tenía cuando hablaba de Dios, expresaba algo terrible.
Nadie me habló y salí corriendo de la casa hacia los campos de caña de azúcar que limitaban con nuestras tierras.
Hollis durmió esa noche en nuestra casa. Se quedó con nosotros dos o tres semanas y luego se marchó para siempre a Florida. Todas las noches lo oía quejarse y llorar. A veces me despertaba de repente porque Hollis había saltado de su cama gritando y golpeaba las paredes con los puños.
Después de la primera noche mi madre me contó que hubo un incendio mientras Hollis y mi padre trabajaban en el aserradero. La esposa, los hijos y la madre de Hollis habían muerto en las llamas.
—Cuando yo ya había renunciado a todo —dijo Chaim—, llegaron los hombres y me salvaron. Me ayudaron a vengarme. Y ahora me toca a mí ayudar a otros.
Yo sólo podía asentir. Cuando Dios abandonó a Hollis Long, no hubo nadie que le salvara.
—Debemos ayudarnos los unos a los otros, Easy. En el mundo hay hombres que si pudieran nos arrancarían la piel a tiras.
Me acordé de los agentes Lawrence y Craxton y aparté la mirada.
Me puso la mano en el hombro y dijo:
—Trabajaremos juntos.
—De acuerdo —le respondí.
—¿Le parece bien mañana?
—No, mañana no tengo tiempo, pero estaré libre en un par de días.
Ya estaba hecho. Chaim y yo éramos compañeros y trabajaríamos para los pobres y los ancianos. Claro está que yo, además, quería echarle el lazo.
Towne y Melvin llegaron acompañados por una hermosa joven. Su piel negra contrastaba de manera espectacular con el vestido blanco que llevaba. Era alta y tenía muy buen tipo, y llevaba el pelo castaño lacio y con finas mechas doradas. Sus labios eran de un vivo color naranja, y los ojos, grandes y marrones, no se apartaban de Towne. La pasión que había en su mirada la volvía más hermosa. Se podía ver que aquella joven no se guardaba nada para sí.
El pastor habló unas pocas palabras con Parker y luego se volvió y le susurró algo a la muchacha. Me percaté por la manera en que apoyaba la palma de la mano en la cadera de ella que eran amantes. No es que fuera algo muy notorio, pero era un gesto lleno de familiaridad. Cuando aparté los ojos de la pareja sorprendí a Melvyn mirándome fijamente. Se fueron casi de inmediato. Me di cuenta de que la marcha del pastor no les gustaba nada a los hombres. Ellos confiaban en que él representara a su iglesia en la reunión, pero el reverendo Towne tenía cosas más importantes que hacer. Yo también.
—¿Te quedas, Easy? —me preguntó Odell.
—No, tengo que hacer unas cuantas llamadas —le respondí.
Odell me cogió del brazo cuando me marchaba. Nunca había hecho algo así.
—No nos metas en líos, Easy. Sácale a ese hombre lo que quieras, pero no perjudiques a la iglesia.
Mi sonrisa fue todo lo tranquilizadora que pude.
—No te preocupes, Odell —le dije—. Sólo necesito información. Eso es todo. Ni siquiera te darás cuenta de que he estado aquí.
El teléfono sólo sonó una vez antes de que él respondiera. —Aquí Craxton.
—Ya me han presentado al tipo. —Muy bien. ¿Y qué dijo?
—Nada importante. Quiere que consiga ropa usada para los viejos.
—No se deje engañar, Rawlins. Ese individuo ayuda a la gente sólo para conseguir lo que quiere.
«Igual que yo», pensé.
—¿Y qué tengo que hacer de ahora en adelante? —le pregunté.
—Sígalo durante unas cuantas semanas, vea si lo lleva hasta los otros. Sáquele toda la información que pueda. Trate de hablar como si estuviera descontento de los blancos y de los Estados Unidos, a él le encanta oír esas cosas. Quizá averigüe si ese hombre sabe dónde está Andre Lavender.
Dije lo necesario para que pensara que iba a hacer lo que él quería y después le pregunté lo que realmente me interesaba.
—Señor Craxton.
—Dígame.
—Hace unos días me llamó el agente Lawrence.
—¿Para qué?
—Quería saber qué voy a hacer con mis impuestos.
—¿De verdad? —Craxton rió—. Hay que reconocerlo, el hombre hace muy bien su trabajo.
—Que él haga bien su trabajo puede significar la cárcel para mí.
—No se preocupe, señor Rawlins. J. Edgar Hoover es quien mueve todos los hilos en Washington. Y si él dice que sus asuntos con Hacienda están en orden, es que lo están.
El señor Hoover nunca me había dicho nada, pero no mencioné ese detalle.
—¿Y qué hacía Wenzler en la iglesia?
—Ayudaba a organizar la reunión de la NAACP.
—Sí, ya lo suponía.
Casi podía verlo haciendo que sí con la cabeza.
—¿Qué era lo que suponía?
—Lo de la NAACP. Es una de esas organizaciones que dicen ocuparse de la defensa de los derechos de los ciudadanos, y en realidad están llenas de rojos y de gente que no tardará en serlo.
Pensé que aquel hombre estaba loco. Y después pensé que si trabajaba para él, ¿cómo estaría yo?
Chaim Wenzler era muy raro. Pero me traía recuerdos de gente que había conocido en el pasado, y comencé a alentar la esperanza de que no fuera un mal tipo, tal como afirmaba el agente Craxton. Me figuré que en tanto Craxton siguiera sin saber dónde estaba Andre, yo debía poner toda mi atención en averiguarlo. Sospechaba que el hombre del FBI no me había contado toda la historia de lo sucedido en Champion. Y no tenía mucho sentido que se tomara el trabajo de arrancarme de las garras de Hacienda nada más que para averiguar qué hacía un sindicalista. Necesitaba más información y nadie mejor que Andre para dármela, aunque para llegar hasta él tuviera que recorrer un camino muy tortuoso.
Craxton había sido muy listo al buscar a un tipo como yo, porque el FBI no podía, en verdad, llevar a cabo una investigación en el gueto. En aquella época la gente de color no estaba ni remotamente dispuesta a decirle a un blanco la verdad, y el FBI estaba compuesto exclusivamente por blancos.
Además, yo tenía la ventaja añadida de conocer a Andre y a la gente con la que andaba.
Andre había dejado preñada a una chica muy joven, Juanita Barnes, que había tenido el niño. Yo sabía que Juanita vivía en un pequeño apartamento, cerca de Florence, y no trabajaba. Andre estaba orgulloso de su hijo, y me imaginé que si se había fugado con Linda era porque ella lo hacía sentir muy hombre, y también porque podía sacarle algunos dólares para enviarle al niño. Eso sin hablar de los líos que podía tener en Champion Aircraft, y con Chaim Wenzler.
Winthrop Hugues, el marido de Linda, también estaba enterado de casi todo esto, pero él no habría podido sacarle una sola palabra a Juanita.
Era la clase de trabajo que me gustaba.
Me personé a la mañana siguiente en el sucio apartamento de una sola habitación de Juanita con un trabajo de costura. A Juanita le gustaba imaginarse que era buena con la aguja y el hilo, y le decía a todo el mundo que se ganaba la vida cosiendo. Yo no me creía esa mentira.
De todas formas, fui allí con unas ropas que necesitaban arreglo y le pregunté si podía hacerlo.
—Será mejor que tires esto a la basura, Easy —me dijo, mirando los pantalones a la luz de la ventana. Por los agujeros de la tela se podían ver los pájaros posados en el cable de teléfono—. No vale la pena que los remiende.
—¿Quieres decir que no necesitas el trabajo?
—No, no es eso lo que quiero decir.
—Pues a mí me lo parece. Te traigo mi ropa de faena para que me la arregles y no quieres tomarte la molestia.
Se encogió un poco bajo mi mirada.
—Yo sólo decía que te podrías comprar unos pantalones nuevos por muy poco más de lo que te va a costar el arreglo.
—Deja que yo haga con mi dinero lo que me dé la gana —respondí.
Estábamos de pie, y yo era mucho más alto que ella. Juanita tenía al pequeño Andre en brazos.
Andre hijo tenía catorce meses. Ya caminaba, y mostraba un cierto carácter propio. Su madre era una chica menuda, con pinta de dura, y de tez del mismo color que la piel de un puma. Tenía dieciocho años, ojos pequeños y piernas flacas. Era fea, pero tenía la mirada deslumbrada de los enamorados. Una expresión que aparece en la cara de muchas mujeres con la llegada del primer hijo.
Cogí en brazos a Andre hijo y le hice unos mimos.
—Yo cuidaré al niño mientras tú me arreglas la ropa — dije.
Intentaba hablar como un padre, y ella interpretó el papel de hija obediente. Ahora que lo pienso, me doy cuenta de que casi le doblaba la edad a Juanita.
Nos lo pasamos muy bien con el pequeño Andre. Yo dejé que me caminara encima, o que durmiera, y hasta le calenté el biberón, dejando, eso sí, que Juanita lo inspeccionara para asegurarse de que no iba a quemar la lengua de su niño. Mientras yo estaba sentado en su silla tapizada, Juanita me sonreía tímidamente desde la mesa de la cocina donde me estaba arreglando la ropa. Pero lo que la puso realmente contenta fue que le cambiara los pañales. Acosté a Andre en la mesa, al lado de su madre, y me puse a jugar con él de tal manera que ni siquiera lloró.
Le mostré a Juanita cómo le ponía vaselina al niño para que los pañales no le irritaran la piel, y mientras extendía la crema por las nalgas de Andre, Juanita descruzó las piernas, se pasó la lengua por los delgados labios, y me preguntó:
—¿No quieres comer algo, Easy? —Y siguió antes de que yo pudiera responder—: Porque yo me estoy muriendo de hambre.
No me pareció que hubiera nada malo en lo que hacíamos.
Juanita no tenía ningún pariente cercano, de modo que estaba sola con el pequeño Andre casi todo el tiempo, y como todo el mundo sabe, un crío de esa edad, que comienza a hablar, después de un tiempo puede volver loca a la persona más tranquila. Lo único que hice fue tener una relación con ella justo cuando necesitaba un hombre.
Fui a Safeway y compré bistecs, una mezcla en polvo para hacer pan de maíz y un poco de verdura y preparé la comida, porque Juanita no sabía cocinar. Después de la cena acostó a Andre en una caja de cartón y la dejó encima de la mesa que estaba junto al sofá, que abrió para convertir en una cama.
Juanita cogió después el frasco de vaselina y me mostró algunas de las cosas que sabía hacer. Tenía dieciocho años y sabía muy poco del mundo, pero estaba llena de amor. De un amor muy fuerte. Y tenía la capacidad de hacer surgir el amor que había en mí.
Me empujó a la cama y me abrazó y me contó todo lo que había soñado desde que Andre padre se marchara.
Ya avanzada la noche el niño lloró y Juanita se ocupó de él. Después me susurró algo al oído y poco después yo estaba de rodillas suplicándole y rezándole como si ella fuera a la vez sacerdotisa y templo, todo en uno.
Me desperté otra vez a las cuatro de la mañana. Ni siquiera sabía dónde estaba. Me dolían todos los lugares delicados del cuerpo, y cuando miré a aquella muchacha tan joven, sentí un respeto que rayaba en el temor.
Las persianas estaban rotas. La luz del farol de la calle iluminaba al pequeño Andre en su cuna de cartón. Vi moverse sus pequeños labios hacia dentro y hacia fuera.
Eché un vistazo al resto del piso. Hasta en la oscuridad se notaba que estaba sucio. Juanita nunca había limpiado las paredes o el suelo. En aquel apartamento. había mugre que ya estaba allí antes de que viniera Juanita, y que seguiría allí después de que ella se fuera.
Cuando vi los cajones del aparador de la cocina recordé qué había ido a hacer allí.
En el cajón de abajo, oculto por unos rollos de papel de envolver, había un paquete de cartas atadas con una ancha banda de goma. El matasellos, que me costó muchísimo descifrar en aquella media luz, era de Riverside, y el nombre y la dirección de Juanita parecían escritos por la torpe mano de un alumno de los primeros cursos del instituto. Pero lo que me interesaba era la dirección del remitente. Arranqué la parte de arriba de una de las cartas, volví a ponerla entre las otras del paquete, y cerré el cajón.
—¿Qué haces, Easy?
—Buscaba un vaso de agua, pero no he encendido la luz para no despertarte —dije, poniéndome rápidamente de pie.
—¿Buscabas el agua en el suelo?
—¡Tropecé y me di un golpe en un maldito dedo! —Traté de que mi voz pareciera furiosa, y ella diera así por concluida la cuestión.
—Los vasos están en el armario que tienes delante, cariño, y yo también quiero agua.
Cuando volví a la cama Juanita cogió otra vez el frasco de vaselina.
—Estoy algo cansado, nena —le dije.
—No te preocupes, Easy, que yo conseguiré que te despiertes.
Unas horas más tarde la luz del sol entraba por la ventana. Juanita estaba sentada, apoyada en la cabecera de la cama y con una expresión maliciosa en el rostro. Tenía al niño en brazos y le daba el biberón.
—¿Cuánto hace que se marchó el padre de Andre? —pregunté.
—Demasiado tiempo —respondió ella.
—¿Y sabes algo de él?
—No. Se marchó y punto. —Después me sonrió, y siguió hablando—: No te preocupes, cariño, que no vendrá. Ni siquiera está en Los Angeles.
—¿No me habías dicho que no sabías dónde estaba?
—He oído decir que se había marchado.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Lo he oído por ahí, eso es todo.
Hizo un puchero con su boca de labios finos.
Yo le cogí un pie y se lo acaricié hasta que volvió a sonreír. Después le pregunté:
—¿Y a ti te gustaría que volviera?
Dijo que no. Pero no fue una respuesta inmediata. Primero miró al niño e hizo un gesto como para alejar su pie de mi mano.
Me levanté y me puse los pantalones.
—¿Adónde vas? —me preguntó Juanita.
—Mofass me espera a las ocho en una de sus casas.
Me fui a mi casa y dormí una siesta de varias horas, y después me dirigí a Riverside.
En aquella época Riverside era, por así decirlo, el campo. No había aceras ni carteles con el nombre de las calles. Para averiguar el camino hasta la casa de Andre tuve que preguntar en tres gasolineras.
Vigilé la casa hasta la tarde, y entonces vi acercarse por el camino el Playmouth de Winthrop. Era de color turquesa.
Linda era una mujer alta, más corpulenta que EttaMae y de carnes más abundantes. Su tez era casi blanca, y eso fue lo que en un principio atrajo a Shaker, es decir, Winthrop. La cara de Linda era lozana y sensual, y daba la impresión de que el pobre Andre no podía soportar el peso del brazo de ella sobre sus hombros. Los faldones de su camisa flotaban tras él, y vi que el cordón de su zapato derecho estaba suelto. Andre Lavender era un hombre de ojos saltones y más negro que Linda. No era gordo, pero sí musculoso. Tenía un aire entre tímido y bonachón; Andre era de aquellos que le dan a uno la mano tres veces en un solo encuentro.
Les vi avanzar haciendo eses por el camino sin pavimentar de la entrada. Linda iba cantando y Andre se hundía torpemente en el lodo.
Podría haberle abordado en ese momento, pero yo quería que él hablara conmigo. Yo necesitaba a un Andre asustado, pero no de mí, de modo que regresé en mi coche a Los Angeles, a un pequeño bar que conocía.
Aquella noche fui al Salón Espléndido, en Slauson. Era una pequeña chabola con paredes de argamasa que se mantenían unidas mediante papel alquitranado, tela metálica y clavos. Se alzaba, torcida y desproporcionada, en medio de un gran terreno baldío. La única señal de que estaba habitada era una rústica tabla de pino sobre la puerta con la palabra «Entrada» torpemente pintada en letras negras.
El interior era pequeño y muy oscuro. La barra era un muro bajo, a la altura de la cintura de un hombre, con una hilera de estanterías metálicas detrás. La tabernera era una fornida mujer llamada Ula Hines. Servía ginebra y whisky, con agua o sin ella, y vendía bolsas de cacahuetes pelados. Había doce mesas pequeñas, en cada una de las cuales apenas cabían dos personas. El Salón Espléndido no era un lugar para grandes fiestas; su clientela eran hombres que querían emborracharse.
Puesto que no era un lugar para tertulias, Ula no había gastado dinero en un tocadiscos o en actuaciones en vivo. Tenía una radio que dejaba oír música country y un televisor que sólo se encendía para los encuentros de boxeo.
En una de las mesas más retiradas estaba Winthrop, bebiendo y fumando con cara de pocos amigos.
—Buenas noches, Shaker —lo saludé.
Cuando éramos niños en Houston su nombre era Shaker Jones. Cuando empezó a trabajar en seguros se le ocurrió que necesitaba un nombre elegante, como Winthrop Hughes.
Pero aquella noche Shaker no se sentía muy elegante.
—¿Qué quieres, Easy?
Me sorprendió que me reconociera, borracho como estaba.
—Me ha enviado Mofass.
—¿Y para qué?
—Necesita un seguro para los apartamentos de la calle Magnolia.
Shaker rió como un moribundo a quien cuentan el último chiste.
—Todos los calentadores de gas están en muy mal estado, por mí se puede ir al infierno —dijo Shaker.
—Mofass tiene algo que tú quieres, Shaker.
—No tiene nada que a mí me interese. Nada.
—¿Y qué me dices de Linda y Andre?
Mi tía Vel detestaba a los borrachos. Decía que no tenían por qué farfullar y comportarse como idiotas.
«Podrían no hacerlo —decía—. No es un problema de bebida, sino mental.»
Shaker demostró que ella tenía razón cuando se sentó muy derecho y preguntó con voz clara y firme:
—¿Dónde están, Easy?
—Mofass me dijo que antes que nada me tienes que dar los papeles del seguro. Me dijo que te lleve muy cerca de donde ellos están; después tú me das los papeles y yo te llevo hasta la misma casa.
—Te pagaré trescientos dólares ahora mismo y dejamos a Mofass fuera del negocio.
Me reí e hice que no con la cabeza.
—Te veré mañana, Shaker. —Supe que no estaba borracho porque me miró con mala cara cuando dije su antiguo nombre—. A las ocho y cuarto en la puerta de la compañía de seguros Vigilance.
Antes de salir del local me di la vuelta para mirarlo. Estaba sentado muy derecho y respiraba hondo. Cuando lo vi supe que yo era lo único que se interponía entre Andre y la tumba.
Estuve en la puerta de la agencia de Shaker a la hora anunciada. Él ya me estaba esperando. Llevaba un traje cruzado color gris perla, camisa blanca y una corbata granate con un estampado de rombos amarillos. En el meñique de su mano izquierda había un brillo de oro y brillantes, y lucía una pluma roja en la banda del sombrero. Lo único gastado que llevaba Shaker era el maletín, con los bordes deshilacha—dos y una rotura en el medio. Así exactamente era Shaker: le preocupaba mucho su pinta y le importaba un rábano su trabajo.
—¿Adónde vamos, Easy? —me preguntó antes de cerrar de un golpe la puerta del coche.
—Te lo diré cuando lleguemos.
Me miró consternado y yo me eché a reír; era estupendo ver a un tío arrogante como Shaker Jones quedarse con tres palmos de narices.
Me dirigí hacia Pasadena, al norte, y allí cogí la Ruta 66, que en aquellos días se llamaba Bulevar Foothill. Por este camino fuimos a parar a Arcadia y Monrovia, las zonas de cultivo de cítricos, y de allí seguimos hasta Pomona y Ontario. Por entonces las colinas eran muy agrestes. Sólo se veía piedra blanca y suelo arenoso con arbustos bajos y hierbas silvestres. Los huertos de cítricos eran de un verde brillante, salpicado por el naranja y el amarillo de los frutos. Las colinas más lejanas eran el dominio de los coyotes y los gatos monteses.
La casa de Linda y Andre estaba en Turkel, una callejuela sin pavimentar a cuatro manzanas de la calle principal, el Bulevar Alessandro. Me detuve a varias calles de distancia.
—Ya hemos llegado —dije con voz alegre.
—¿Dónde están Linda y Andre?
—¿Y dónde están los papeles que quería Mofass?
Shaker me miró con ojos asesinos durante un minuto y después, como vio que yo no cedía, metió la mano en el gastado maletín marrón y sacó un fajo de papeles donde habla no menos de quince hojas. Los dejó sobre mis rodillas, y después pasó unas páginas para señalar una línea que decía «Primas».
—Esto es lo que quería Mofass en diciembre, cuando habló conmigo. Ahora dime dónde están Linda y Andre.
No le hice caso y comencé a examinar los documentos.
Shaker bufaba, pero yo me tomé el tiempo necesario. Los documentos legales hay que examinarlos detenidamente; yo había visto unos cuantos en el curso de mi vida.
—¿Qué haces, hombre? —chilló Shaker—. Tú no puedes leer esos documentos; hay que estudiar derecho para entenderlos.
Shaker no era abogado. A decir verdad, ni siquiera había terminado la escuela primaria. Yo había estudiado dos años —si bien a tiempo parcial— en la Universidad de la Ciudad de Los Angeles, pero me rasqué la cabeza para que viera que pensaba lo mismo que él.
—Puede que sí, Shaker, puede que sí. Pero hay algo que quiero preguntarte.
—No me llames Shaker, Easy —me advirtió—. Ya no me llamo así. Y ahora dime qué quieres saber.
Busqué la penúltima hoja y le señalé una línea en blanco cerca del final de la página.
—¿Qué es esto?
—Nada —respondió muy rápido. Demasiado rápido—. Tiene que firmarlo el presidente de Vigilance.
—Aquí dice «el asegurador o el agente del asegurador». Ése eres tú, ¿verdad?
Shaker me dirigió otra de sus miradas asesinas, después cogió sin demasiada ceremonia los papeles y los firmó.
—¿Dónde está Linda? —preguntó.
No le respondí, pero llevé otra vez el coche a la carretera y me dirigí a la casa de Andre y Linda.
El Plymouth de Shaker estaba en el jardín, hundido en el barro hasta los tapacubos.
—Ya hemos llegado —dije, mirando hacia la casa.
—Muy bien —respondió Shaker.
Bajó del coche y yo lo seguí.
—¿Adónde vas, Easy?
—Te acompaño, Shaker.
Se irritó cuando oyó que le seguía llamando por ese nombre.
—Ya tienes lo que querías —dijo después—. De ahora en adelante esto es asunto mío.
Observé un bulto en el bolsillo derecho de su chaqueta. No me preocupó, sin embargo. Yo también llevaba mi 25 bajo el sobaco.
—No voy a permitir que mates a nadie, Shaker. Como tú mismo has dicho, no soy abogado, pero sé que a la policía le encantan los «cómplices encubridores», que así les llaman.
—No me estorbes, Easy —dijo, y dando grandes 2ancadas en el barro marchó hacia la casa.
Yo me quedé algo más atrás; iba a paso más lento.
Cuando Shaker abrió de un golpe la puerta, yo estaba a unos siete u ocho pasos de él. Oí gritar a Linda y Andre hizo un ruido parecido al de un ascensor hidráulico poniéndose en marcha. Después se oyó un ruido de muebles rotos, y en ese momento entré en la sala.
Aquello era el caos. Un sofá de color rosa estaba tumbado en el suelo y la corpulenta Linda, sentada del otro lado, se entrenaba en abrir los ojos como platos. Y también gritaba: chillidos agudos e incoherentes. El pelo, grueso y alisado en la peluquería, se le había erizado en la nuca, y Linda parecía un pollo monstruoso.
Shaker tenía una cachiporra en una mano, y con la otra había cogido a Andre por la nuca. El pobre Andre, la cabeza hundida entre los hombros, se protegía como podía de los golpes que le asestaba Shaker.
—¡Suéltame! —gritaba Andre. La sangre manaba del centro de su frente.
Shaker accedió a su petición; Andre cayó pesadamente al suelo y él soltó la cachiporra. Y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Pero yo ya estaba detrás de Shaker. Le cogí el brazo y le quité la pistola del bolsillo.
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó.
Yo estaba al borde de la risa.
—Hoy no matarás a nadie, Shaker.
—Dame la pistola; dame la pistola. —Tenía los ojos vidriosos; creo que no se daba cuenta de lo que sucedía.
—¿Hay whisky? —le pregunté a Andre.
—Sí, en la cocina.
Andre me miró con sus enormes ojos, parpadeó dos o tres veces y trató de ponerse en pie. Estaba tan perturbado que lo intentó dos veces antes de conseguirlo. La sangre le caía sobre la suelta camisa azul. El chico estaba hecho un asco.
—Tráelo —le dije.
Linda seguía chillando, aunque se había quedado sin voz. Ahora, en lugar de un pollo, parecía un perro viejo y ronco que ladraba a las nubes.
La agarré de los hombros y le grité que se callara.
Escuché que algo caía y cuando me di la vuelta vi a Shaker que atacaba de nuevo a Andre. Esta vez lo tenía cogido por el cuello.
Golpee a Shaker en las orejas y después le di con el cañón de su propio revólver. Cayó al suelo más rápido que si le hubiera pegado un tiro.
—Iba a matarme —dijo Andre con tono de sorpresa.
—Sí. Tú te estás gastando su dinero, conduces su coche y te follas a su mujer. Y él iba a matarte.
Andre puso cara de no entender nada.
Cambié de interlocutor y le pregunté a Linda:
—¿Cuánto te queda del dinero de Shaker?
—La mitad, aproximadamente —respondió; el miedo a la muerte le había quitado todas las ganas de mentir.
—¿Y cuánto es eso?
—Mil ochocientos dólares.
—Dame mil seiscientos.
—¿Qué?
—Me das mil seiscientos, te quedas con doscientos y te vas de aquí. A menos que quieras volver con él. —Y le señalé con la cabeza a Shaker.
Andre fue a buscar el dinero. Estaba en un calcetín debajo del colchón.
Mientras yo contaba la parte de Linda, ella metía su ropa en una maleta. Shaker parecía estar volviendo en sí y Linda estaba asustada. A mí no me ponía nervioso que recuperara el sentido y me hubiera gustado atizarle de nuevo.
—Vamos, nene —le dijo Linda a Andre cuando terminó con la maleta.
Llevaba puesto un abrigo de piel de conejo y un sombrerito rojo.
—He visto a Juanita, Andre —dije—. El pequeño Andre quiere que vuelvas, y tú sabes muy bien que este romance se ha terminado.
Andre parecía indeciso. Se le estaba empezando a hinchar un lado de la cara y tenía un gran parecido con su hijo.
—Márchate sola, Linda —dije—. Andre ya tiene una familia. Además, si sois dos no llegaréis muy lejos con doscientos dólares.
—¡Andre! —llamó Linda con su voz ronca.
Él se miró los pies.
—¡Mierda! —fue la última palabra que ella le dirigió.
—Hay una parada de autobús cuatro calles más arriba, en el Bulevar Alessandro.
Linda me maldijo y se marchó.
—El Ford que está aparcado ahí fuera es mío —le dije a Andre después de haber mirado a Linda chapotear en el barro calle abajo—. Ve y espérame allí, que quiero hablar con este tipo.
Andre cogió una pequeña bolsa del armario. Me reí para mis adentros de que ya tuviera todo preparado para marcharse.
Me senté y contemplé a Shaker, que se agitaba en el suelo y ponía los ojos en blanco. Todavía no estaba consciente. Y mientras disfrutaba el espectáculo, cogí trescientos dólares del fajo de billetes que había dejado Linda. Shaker recuperó el sentido unos quince minutos más tarde. Yo estaba sentado frente a él, abrazado al respaldo de una silla plegable. Se sentó en el suelo y me miró.
—No quedaban más que mil trescientos. Aquí los tienes —dije, tirándole el calcetín a la cara.
—¿Dónde está Linda?
—La esperaban lejos de aquí.
—¿Con Andre?
—El chico está conmigo. Lo llevaré con su familia.
—Voy a matarlo, Easy.
—No lo harás, Shaker —dije—. Andre está bajo mi protección. ¿Entiendes lo que te digo? Será mejor que lo entiendas, porque si a Andre le pasa algo malo, te mataré.
—Habíamos hecho un trato, Easy.
—Y yo he cumplido mi parte. Tienes tu coche, el dinero que queda y tu mujer no quiere saber nada de ti. Y eso no lo arreglarás matando a Andre. Así que déjalo en paz, o te las verás conmigo. Y sabes que también entonces llevarás todas las de perder.
Shaker me creía, lo veía en sus ojos. Mientras pensara que yo era pobre, me tendría miedo. Por eso yo mantenía en secreto mi riqueza. Todos saben que un hombre pobre no tiene nada que perder; un pobre le matará a usted por una moneda.
Winthrop Hughes se levantó y yo lo acompañé hasta su coche. Me quedé con su pistola y su cachiporra, por si se encontraba con Linda, o decidía atacarnos a Andre y a mí.
Se marchó en su coche, maldiciendo y amenazando con quejarse a Mofass. Andre y yo nos fuimos unos veinte minutos después.
—Gracias, Easy —dijo Andre cuando llegamos a la autopista; el miedo le había vuelto cortés—. Me has salvado el pellejo.
No dije nada. Andre se tapaba la herida de la frente con mi pañuelo y miraba de un lado a otro como un perro que necesita que le dejen salir.
—¿Adónde quieres ir, Andre? —le pregunté después de un rato.
—No sé... —dudó unos instantes—. Quizá podrías dejarme en casa de mi tía, en Florence.
Hice que no con la cabeza.
—No, hombre. La policía la está vigilando.
—¿Qué dices?
Me quedé callado. Quería que Andre temiera por su vida.
—¿Qué has dicho de la policía, Easy?
—Te están buscando, Andre. Van por ahí preguntando a la gente por ti.
—¿Quiénes son?
—La policía —dije.
Andre pareció más tranquilo.
—Y un tipo del FBI —añadí.
Fue como si le hubiera tirado aceite hirviendo a la cara.
—¡No puede ser!
—Te estoy diciendo la verdad, Andre. Shaker me encargó que te buscara porque quería que Linda volviera con él, y me dijo que el gobierno ofrecía una recompensa por ti. Tienes suerte de que yo no quiera mezclarme en esa clase de asuntos. Le pregunté a Juanita qué creía que yo debía hacer, y me dijo que tu hijo necesita a su padre.
—Gracias —dijo Andre, sin dejar de mirar por la ventanilla; quizá estaba pensando en tirarse a la carretera.
—¿Qué quiere la poli? —le pregunté.
—No lo sé. Tiene que ser un malentendido.
—¿Vas a contármelo todo?
—¿Qué quieres que te cuente? No he visto a ningún poli. He estado todo el tiempo con Linda, eso es todo lo que te puedo decir.
—¿Quieres que te entregue a la policía, Andre? Lo haré, no te quepa ninguna duda.
—¿Por qué te metes conmigo, Easy? Yo no te he hecho nada.
Unas vacas dejaban el prado justo cuando nosotros pasábamos. Eran blancas y negras, y subían lentamente por un estrecho sendero abierto en la ladera de la colina. No parecían avanzar muy seguras en el terreno escarpado, pero comparadas con el hombre de ojos de vaca que estaba sentado junto a mí, pisaban un suelo muy firme.
—Si me cuentas qué sucede, tal vez pueda echarte una mano.
—¿Y qué puedes hacer por mí?
—Podría encontrarte un lugar donde vivir. Y tal vez consiguiera que tu novia y tu hijo se reunieran contigo. Y puede que incluso te dé de comer hasta que este asunto se calme.
—Esto no se calmará.
—Cuéntame toda la historia —le dije en voz baja, intentando infundirle confianza.
Andre se echó hacia atrás en el asiento y se frotó las palmas de las manos en los pantalones. Hacía muecas y gemía, mostrando todos sus dientes.
—¡Me tendieron una trampa! —gritó—. ¡Fue una encerrona!
—¿Y quiénes fueron?
—La gente de Champion. Pusieron los papeles en un sobre que no tenía ninguna señal. Estaba en una carpeta azul, del mismo color que usan para la lista de distribución.
—Hombre, ¿de qué estás hablando?
—¡Me tendieron una trampa! —gritó otra vez—. La secretaria del señor Lindquist me dijo que podía esperarlo en su despacho. Soy enlace sindical y me reúno con el vicepresidente cada dos meses. Pero en los talleres hemos considerado la posibilidad de ir a la huelga porque planean despedir a ciento cincuenta hombres.
Se calló como si todo hubiera quedado muy claro para mí.
—Entonces, ¿la lista que has mencionado era de los hombres que iban a despedir?
—Eso fue lo que yo pensé. La cogí y me la llevé. El sello lo vi mucho después.
—¿Qué sello?
—Ponía «muy confidencial», hombre, «muy confidencial».
—¿Y por qué no devolviste el sobre?
—Hombre, te juro que salí de allí corriendo porque no quería que nadie me viera. Vi el sello del gobierno cuando llegué a casa. Y me asusté demasiado para devolverlo.
Andre entrelazó los dedos de las dos manos para demostrar la complejidad de su situación.
—¿Y el sobre era de la misma clase que usan para la lista de distribución?
—Sí.
—Puede que fuera una trampa —dije con tono neutro.
Andre me miró esperanzado.
—Te lo he dicho.
—O puede que tú seas un idiota —añadí—. ¿Qué has hecho con los papeles?
—No quiero hablar de eso.
Ahora le tocó a Andre quedarse callado. Continuamos camino a las afueras de Los Angeles. Era mediodía. El sol del desierto era tan brillante que hasta el azul del cielo parecía desteñido.
Paré en Skip's, un restaurante al borde de la carretera. Le di a Andre un jersey que guardaba en el maletero para que no se vieran las manchas de sangre de la camisa. Claro que la herida de la frente no la podíamos tapar con nada. Al principio creí que la camarera se iba a negar a servirnos. Pedimos pollo frito y cerveza. Andre se mostraba educado, pero continuaba en silencio.
Yo no quería presionarlo demasiado porque era un chico nervioso y últimamente las cosas le habían ido bastante mal.
Cuando la camarera dejó la cuenta en la mesa, Andre se quedó con los ojos clavados en el papel.
—¿Te has decidido, Andre?
—¿Qué quieres decir?
—¿Vas a hablarme por fin de Chaim Wenzler?
Fue un placer cogerle por sorpresa. Su rostro registraba las emociones como el mercurio de un termómetro la temperatura.
—¿Cómo sabes que le conozco?
—Estoy trabajando para un tipo, ¿vale? Dejémoslo así, y puede que consigas mantenerte fuera de la cárcel.
Andre bufó y apretó los puños, pero me di cuenta de que su resistencia estaba rota.
—Lo conocí hace tiempo; no hay nada más.
—¿Y cómo lo conociste?
—Fue cuando me eligieron enlace sindical. Me lo presentó en una de las reuniones mensuales un tipo blanco, Martin Vost, el presidente del sindicato de la zona. Chaim estaba allí como asesor.
—¿Ah, sí? ¿Y te asesoró para que robaras documentos reservados?
—¡Hombre, éramos amigos! íbamos a tomar una copa, hablábamos y después de un tiempo me llevó a un grupo de estudios que tiene.
—¿Y qué estudian?
—Los diarios de los sindicatos, y cosas por el estilo.
—¿De modo que Chaim no te dijo que robaras los documentos?
—Él dijo que una huelga era una guerra, y que teníamos que hacer lo que fuera para ganar. Por eso cogí la lista de distribución. Era como si él me lo hubiera pedido, como si me hubiera dado instrucciones para que lo hiciera.
—¿Y qué dijo cuando le llevaste los papeles?
—¿Y quién te ha dicho que se los llevé?
—Vamos, hombre, que no tengo tiempo para perder en juegos tontos.
—Abrió mucho los ojos y me preguntó de dónde los había sacado. Se lo dije. Y Chaim me advirtió que el robo de ese documento era un delito contra el Estado. Me aconsejó que desapareciera por un tiempo.
—¿Eso es todo?
—Es todo lo que te puedo contar.
—Hay algo más —dije.
—¿Qué es?
—¿Dónde está lo que robaste?
En ese instante noté el sudor que mojaba el labio superior de Andre. Quizá había estado allí todo el tiempo.
—¿Me juras que no le dirás a nadie que te lo he dicho?
—¿Dónde está esa mierda de papeles? —Los miedos de Andre me hacían perder la paciencia.
—¿Conoces el desguace de coches que está al final de Ver—non? ¿El que tiene una tapia de ladrillo visto?
—Sí, lo conozco.
—Pues fuimos allí. Hay un camión Dodge verde esmeralda aparcado junto a la tapia, en la parte de atrás. Metimos los papeles debajo del asiento.
—¿Wenzler fue contigo?
—Sí, hombre, fuimos juntos. Yo dije que estábamos buscando un silenciador y nos escurrimos hasta el fondo y escondimos los papeles.
—¿Y si han vendido el camión?
—Joder, hombre, qué dices, si es un trasto viejo que no sirve para nada. Hace años que está allí.
Cuando volvimos al coche le dije a Andre que iba a intentar ayudarlo.
—Yo trabajo para Mofass, un tipo que administra casas de apartamentos —le dije.
—¿Sí?
—Lo llamaré y le pediré que te deje uno de sus apartamentos baratos. Y también llamaré a Juanita, y la enviaré para allí. —Cogí los trescientos dólares que tenía en el bolsillo de la camisa y se los di—. Gástalos poco a poco. Mira que te tienen que durar un buen tiempo.
Dejé a Andre en un hotel del Bulevar Buena Vista, y cuando llegué a mi casa llamé a Mofass y le dije que le preparara un apartamento a Andre.
—¿Quién va a pagarme? —preguntó Mofass.
—Yo.
—Muy mal negocio, señor Rawlins. Los propietarios no deben pagar el alquiler de sus inquilinos.
Después llamé a Juanita.
—Easy, ¿eres tú? —dijo, con voz tierna.
—Cariño, Andre está en un hotel del centro —dije, y le di la dirección—. Tiene un poco de dinero y mucho miedo.
—¿Quieres que vaya con él? —me preguntó, como si yo tuviera voz y voto sobre lo que ella fuera a hacer en el futuro.
—Sí —le respondí—. Y quiero algo más, Juanita.
—Dime, Easy.
—No le cuentes al chico lo nuestro, por favor.
—No te preocupes, cariño, ése es un secreto que guardo en un lugar muy, muy especial.
No podía verla, pero sí imaginar el lugar al que se refería.
Llegué a casa en medio de un estrépito de martillos. Había tres hombres en mi portal. Dos de ellos se ocupaban de la carpintería. Ya había tablones encajados en las ventanas, cruzados por cintas de color amarillo brillante. En ese momento los hombres clavaban las tablas que clausuraban la puerta de entrada.
—¿Qué carajo se piensan que están haciendo aquí? —grité.
Todos los hombres eran blancos y vestían trajes oscuros. Cuando se volvieron sólo reconocí a uno, pero fue suficiente.
El agente Lawrence habló:
—Estamos precintando la casa para evitar que venda una propiedad que por ley podría pertenecer al Estado.
—¿Qué dice?
Lawrence, en lugar de responderme, arrancó una hoja de papel que habían pegado a la pared y me la dio. Era el mandato judicial que había traído el oficial de justicia. En él se decía que mi propiedad quedaba temporalmente confiscada hasta que fueran determinadas mis responsabilidades con respecto a Hacienda; al menos eso es lo que entendí. El documento estaba firmado por dos jueces y también por el inspector de Hacienda que llevaba el caso, Reginald Arnold Lawrence.
Rompí en dos el mandato, hice a un lado al inspector y me dirigí a uno de los alguaciles.
—Hermano, no sé qué haría usted si un hombre quisiera quitarle su casa, pero a mí el FBI me ha dicho que no tengo que preocuparme por esta cuestión hasta que termine un trabajo que estoy haciendo para ellos.
El oficial era bajo, de ojos azules y cabellos rubios escasos y pegados al cráneo por el sudor; ese sudor causado por los clavos que había martillado en mis paredes.
—Yo de eso no sé nada, señor Rawlins. Tengo un mandato judicial y debo hacerlo cumplir.
—¡Pero ésta es mi casa! Aquí tengo toda mi ropa. Mis zapatos, mi agenda, todo está en la casa.
Los dos oficiales de justicia se miraron. Me di cuenta de que simpatizaban conmigo. A nadie le gusta echar a un hombre de su casa. A ninguna persona decente, quiero decir.
—De prisa, Aster, que me tengo que ir a casa —dijo el inspector Lawrence.
—Este hombre tiene derecho a una explicación —protestó Aster—. Después de todo, estamos precintando su casa, y él se ha quedado sólo con lo puesto.
—La ley es así, señor —respondió Lawrence—. La ley es todo lo que tenemos, por eso estoy aquí. Yo hago mi trabajo y quiero que usted haga el suyo.
Lawrence miró severamente a los hombres y ellos volvieron a los martillos.
Los miré durante un minuto. Y mientras lo hacía, mi respiración se hizo más rápida y algo comenzó a sacudirse dentro de mi pecho.
—No puede hacerme esto, hombre —dije, porque tuve miedo de lo que podía ocurrir si no hablaba.
Lawrence no me hizo el menor caso. Cogió los dos trozos del mandato judicial y volvió a pegarlos en la pared.
—¡He dicho que no puede hacerme esto, hombre!
El tono de mi voz hizo que me acordara de Poinsettia, cuando le lloraba a Mofass para que le diera otra oportunidad.
Los alguaciles ya casi habían terminado, y puse mi mano en el hombro de Lawrence.
No se molestó en retirarla. Me dio un puñetazo en la sien, seguido por un gancho dirigido a la cara que conseguí esquivar. La adrenalina ya circulaba por mi cuerpo, de modo que le atizé en el pecho y luego en el costado de la cabeza. Cuando se agachó, dolorido, lo empujé escalera abajo.
Ya me disponía a ir tras él cuando me acordé de los dos hombres que tenía a mis espaldas. Iba a darme la vuelta cuando ellos me cogieron por los brazos.
Me arrastraron por la escalera mientras Lawrence gritaba:
—¡Me ha pegado! ¡Este hombre me ha agredido!
Lo repetía una y otra vez. Su tono, sin embargo, no era de indignación. Más bien parecía que se alegraba de que le hubiera atacado.
Los alguaciles me llevaron por la fuerza hasta la cerca y me obligaron a arrodillarme para luego esposarme a uno de los postes de hierro. Yo me revolvía y luchaba, y es posible que también gritara. Seguramente había lágrimas en mi voz y en mis ojos cuando les advertía a aquellos hombres que no se acercaran a mi casa.
Los vecinos se habían reunido junto a la entrada. Unos cuantos hombres entraron y se acercaron a las blancas fuerzas del orden.
El alguacil que había hablado conmigo se dirigió a los hombres. Estaba muy tranquilo, y sostenía en alto sus credenciales. Me dieron un golpe en el costado de la cabeza cuando lo miré. Me di la vuelta y vi que el otro alguacil sujetaba al inspector de Hacienda Lawrence.
—¡Basta ya! —le ordenó el hombre, moreno y de pelo negro.
—... sólo cumplíamos con nuestro trabajo —explicaba a los hombres el alguacil Áster. Poco a poco los hacía retroceder; no había ningún arma a la vista—. Ahora tienen que volver a sus casas. El señor Rawlins ya les explicará todo cuando nos marchemos.
—¡Quiero que lo detengan por atacar a un inspector de Hacienda! —chilló Lawrence; apretaba los labios y se estremecía como si tuviera frío.
—¡La próxima vez lo mataré! —le grité, de rodillas.
El alguacil de pelo negro se llevó a Lawrence hasta la cerca y su compañero se puso a mi lado.
—¡No pueden hacerme esto! —le dije—. No puedo perder mi casa, mi ropa...
—¡Cállese ya! —me ordenó.
Aquel hombre debía de ser un oficial, o algo por el estilo, porque su voz era la de alguien que exige obediencia.
Se agachó a mi lado y cogió las esposas.
—Después de esto, estamos libres de servicio, señor Rawlins. Si rompe el precinto, tendremos que venir mañana y detenerlo. Si sigue usted aquí, claro.
Me quitó las esposas y me puse de pie. Fui hasta los dos hombres que estaban junto a la cerca con Áster pegado a mis talones.
—¿Qué pasa, Easy? —me preguntó Melford Thomas, mi vecino de la casa de enfrente.
—Quiero que lo detenga —volvió a decir Lawrence.
—¿Por qué? Yo sólo he visto que usted se caía de culo —respondió Áster.
—¡No voy a permitir esto! —chilló Lawrence, y nos salpicó a todos de saliva.
Áster se limpió la cara.
—Hemos terminado y nos vamos. Suba al coche si quiere venir con nosotros, o quédese y deténgalo usted mismo.
Por un instante, dio la impresión de que Lawrence iba a hacer lo último, pero cuando vio a mis furiosos vecinos retrocedió.
—No rompa el precinto, Rawlins —me advirtió—. Lo ha puesto el gobierno.
Y después subieron al coche y se marcharon.
Yo arranqué las tablas de la puerta antes de que volvieran la esquina.
Por la noche Craxton aún estaba trabajando. Quizá trabajaba todos los días hasta bien avanzada la noche, sentado en una gran oficina, planeando sus batallas contra los enemigos de los Estados Unidos. Pero yo no tenía que preocuparme por los comunistas, ya tenía bastante con la policía.
—¿Qué pasó? —preguntó riendo—. ¿Envió a su casa al oficial de justicia federal?
—Yo no lo encuentro muy divertido. Lawrence me golpeó en la cabeza.
—Lo siento, Easy, pero no puedo dejar de admirar a un hombre que quiere hacer bien su trabajo.
—¿Y qué pasa conmigo? Trabajo para usted y ni siquiera tengo un lugar donde dormir o ropa que ponerme.
—Voy a hacer unas llamadas. Usted váyase a la cama y prepárese para trabajar mañana. El inspector Lawrence no volverá a molestarlo.
—De acuerdo. Y mantenga a ese hombre lejos de mi casa. No quiero volver a verlo por aquí.
—Puede darlo por hecho. Pensé que Lawrence sería un poco más razonable. Solicité la colaboración de usted de manera informal. No quería pasar sobre la autoridad del inspector. Pero ahora lo haré.
Me di por satisfecho. Los dos nos quedamos un momento callados.
—Entonces, ¿aún quiere que investigue lo que hace ese tal Wenzler?
—Claro que sí, Easy. Usted es la carta que guardo en la manga.
—He estado pensando...
—Sí, dígame.
—Sobre ese otro tipo, Andre Lavender.
—¿Qué sabe de él?
—He preguntado por él a dos antiguos compañeros de la fábrica de aviones. Me han dicho que tuvo algunas dificultades con la policía y desapareció.
—¿Y cuáles fueron esas dificultades?
Yo estaba seguro de que él ya conocía la respuesta, de modo que le contesté que no lo sabía.
—Easy, yo no estoy enterado de que tuviera ningún problema. Sólo sé que trabaja con Wenzler y nos gustaría hablar con él. Nos sentiríamos muy agradecidos si usted nos pusiera en contacto con Lavender. De hecho, si nos conduce hasta él es posible que no tenga que hacer nada más para nosotros.
Era una oferta tentadora. Andre no significaba nada para mí. Pero el chico era inocente; su único delito era ser tonto, y Craxton no me prometía nada en firme. De modo que le respondí:
—Al parecer, nadie sabe dónde está, pero mantendré los ojos bien abiertos.
Me pasé la noche dando vueltas por la casa. Caminé, maldije a todo cristo y cargué mis pistolas. Cuando salió el sol me senté en el porche a esperar a los alguaciles.
No vinieron. Las cosas empezaban a mejorar.
En la época en que trabajaba para el FBI llevaba una vida muy agitada. Me pasaba casi todas las noches en brazos de EttaMae, explorando su cuerpo y su amor; valía la pena morir por cualquiera de los dos. Las horas más emocionantes y también las más terribles de mi vida las he pasado con EttaMae. Para estar con ella tenía que vencer mis sentimientos de culpabilidad y el miedo que me inspiraba Mouse. Iba a su apartamento por la noche, bien tarde, mirando a todas partes para asegurarme de que nadie me veía. LaMarque dormía en su pequeña habitación y Etta se me acercaba lentamente, como un domador de caballos que trata de doblegar a un potro asustadizo. Cuando llegaba a la casa mi corazón palpitaba de miedo, pero muy pronto el miedo se convertía en pasión. A veces, en medio del amor, Etta me cogía por la nuca y me preguntaba:
—¿De veras me quieres, Easy?
—¡Sí, sí, nena! —Y me rendía a aquella poderosa fuerza que crecía en mí.
Durante el día trabajaba con Chaim Wenzler. Era un buen hombre y un trabajador incansable. Íbamos de puerta en puerta por Hollywood, Beverly Hills y Santa Mónica. Yo esperaba en el coche y Chaim pedía ropa usada y otros donativos. En una ocasión me ofrecí a acompañarlo, pero me respondió:
—No te darían nada, amigo mío. No se resisten a dar, pero nada de hacerlo directamente. «Se lo entregamos al judío, y que él se lo pase a los negros», así es como piensan ellos. Y tras decir esto escupió en el suelo.
Comíamos siempre en restaurantes pequeños o en bares. Un día pagaba Chaim y al siguiente lo hacía yo. Los dueños de los restaurantes aceptaban de buen grado nuestro dinero, pero se veía que nuestra presencia les fastidiaba. Quizá porque nos veían tan alegres y amigos.
A Chaim le gustaba contar historias y también le gustaba reír, y hasta llorar. Me hablaba de su niñez en Vilna. Yo había oído hablar de Vilna porque había estado en Alemania «liberando» los campos de concentración. Cuando le hablé a Chaim de mis experiencias él me contó de las épocas que había pasado entre alemanes, polacos y judíos. Fue así como nos hicimos amigos íntimos. Compartíamos experiencias comunes a través de nuestros recuerdos, y a pesar de que nunca habíamos estado en el mismo lugar, esas memorias estaban animadas por los mismos sentimientos de mortalidad y desesperación que nos habían consumido a ambos durante la Segunda Guerra Mundial.
Cuando los alemanes ocuparon Vilna, Chaim era miembro del clandestino partido comunista. Había organizado la resistencia y combatido a los nazis. Cuando la atemorizada población judía denunció su movimiento, él y sus camaradas abandonaron la ciudad y se agruparon en un pelotón judío que asesinaba nazis, volaba trenes y liberaba a todos los judíos que podía.
—Peleábamos hombro a hombro con los guerrilleros rusos —me contó en una ocasión Chaim—. Ellos eran soldados del pueblo —dijo, y con una mano se tocó el pecho y con la otra, mi brazo—. Como usted y como yo.
Yo sabía que los rusos habían abandonado al gueto de Varsovia a su suerte, y estaba seguro de que Chaim también lo sabía, pero no podía decir nada porque jamás había conocido a un blanco que pensara que éramos realmente iguales. En el instante en que me tocó el brazo, fue como si hubiera metido su mano en mi pecho y me hubiera robado el corazón. El agente Craxton quizá apreciaba lo que hacía por él, pero jamás pensaría que yo estaba a su mismo nivel.
Chaim llevaba siempre un frasco de bolsillo lleno de vodka. Le gustaba tomar un trago de vez en cuando. Se achispaba de una manera agradable, y su amabilidad era verdadera. En ocasiones sacaba a relucir su trabajo como «organizador del sindicato» en Champion, y una vez hasta mencionó a Andre Lavender. Pero yo siempre cambiaba de tema. Me comportaba como si me asustara hablar de política, o enterarme de la existencia de los sindicatos, o de sus actividades. Y me asustaba; tenía miedo de lo que podría verme obligado a hacer para salvarme de la cárcel.
—¿Y de qué vive usted, Chaim? —le pregunté un día.
Estábamos sentados en un pequeño parque frente al océano Pacífico.
Antes de responderme se quedó mirando un largo rato el aire y el agua, tan azules.
—No me permiten trabajar —dijo por fin.
—¿Quiénes?
—Los Estados Unidos. Van y le dicen a los patrones, a esos asustadizos patrones, que soy un mal tipo. Y ellos me despiden. Ni siquiera me dejan fregar suelos. Vivo de la ayuda de mis amigos y de mi familia.
—¿Pero quiénes son los que le persiguen?
—Los cosacos —dijo como escupiendo las palabras—. Los nazis, el FBI.
—¿Me está diciendo que van a su trabajo y le cuentan a su patrón que ha hecho algo malo?
—Dicen que no soy americano, que soy comunista.
—Pero eso es una chorrada.
—Por eso trabajo para obras benéficas en la Primera Iglesia Africana. Los blancos no pueden entender que alguien se encuentre en mi situación. Ellos creen que son libres porque nadie les molesta en sus puestos de trabajo. Y están convencidos de que yo soy un mal hombre porque la policía me sigue. No tienen ni idea de lo que realmente sucede. —Chaim se señaló la cabeza—. Se vuelven tontos a fuerza de creer todo lo que les dicen.
—¡Ya lo creo! Aquí uno oye hablar continuamente de que en los Estados Unidos somos muy libres, pero eso no es cierto.
—No, pero los blancos lo son. Tienen un trabajo y no lo pierden. Cuando las cosas andan mal, amigo, somos usted y yo los que vamos al paro.
Asentí. En más de una ocasión, cuando la economía estaba en crisis, había visto que los primeros en ser despedidos eran los empleados negros de una compañía. Esto no sucedía siempre, pero sí bastante a menudo.
Chaim apretó mi mano con la fuerza de un torniquete. Había lágrimas en sus ojos. Nos quedamos sentados con las manos cogidas y mirándonos hasta que empecé a sentirme un poco incómodo. Él dijo entonces:
—Cuando era niño les vi ahorcar a mi hermano. Lo acusaban de escupir en el camino de un soldado. Lo colgaron, y después incendiaron la casa de mi madre.
No voy a decir que esas pocas palabras nos hicieron amigos, pero sí que gracias a ellas comprendí a Chaim Wenzler.
Hablé con el agente Craxton esa misma noche, un poco más tarde. Me hizo toda clase de preguntas acerca de dónde recogíamos la ropa y quién era el que manejaba el dinero. Craxton buscaba espías por todas partes. Y si yo no hubiera hablado con Andre Lavender, habría pensado que el tipo del FBI estaba loco.
Pero a pesar de que tenía la evidencia que necesitaba para conseguir mi libertad, me resistía a provocar la caída de Chaim Wenzler.
—¿Pero de qué quiere acusar a ese hombre? —le pregunté a Craxton.
—Lo sabré cuando usted me lo diga, Easy. ¿Lo ha invitado a alguna reunión?
—¿Qué clase de reunión?
—Eso es precisamente lo que le he preguntado.
—No, nada de reuniones. Lo único que hacemos es recoger la ropa, y luego la entregamos.
—No se preocupe, señor Rawlins, que Wenzler ya cometerá un desliz. Y entonces lo cogeremos.
Aquello no era para mí un gran consuelo.
—Easy, hace unos días hablé con su amigo.
—¿Qué amigo?
—Lawrence. Desde que la gente de Washington llamó a su jefe, el inspector canta una canción nueva. Dice que todo está en orden y que se alegrará mucho, cuando este asunto termine, de establecer un programa de pagos.
—Pero usted no dejará que lo haga, ¿verdad?
—No, creo que no. Le he dicho que todos sus documentos tienen que estar en Washington la semana próxima.
—Gracias —suspiré.
—Ya ve, Easy, nos estamos ayudando el uno al otro
Yo aún sentía aquel poderoso apretón en mi mano.
Yo sabía que, tarde o temprano, algo tenía que pasar. En un mundo perfecto, Etta habría sido mi novia y Chaim el padrino de la boda, pero después de la conversación con Craxton mis esperanzas de una vida mejor se esfumaron. Todo lo que yo hacía salía mal. La policía sospechaba de mí y Hacienda me quería encarcelar. Hasta Craxton me mentía, y yo no sabía por qué. No había manera de escapar a todo aquello, de modo que me refugié en la bebida. Me tomé un par de copas y, por hacer algo, me puse a fregar. Pero el lavabo no quedaba limpio y el whisky no surtía el efecto esperado.
No sólo me preocupaba Mouse, y lo que podía hacer para vengarse de mí. No soy un cobarde y estoy dispuesto a luchar por lo que creo justo, tenga o no posibilidades de ganar. Si hubiera pensado que estaba bien amar a Etta, no me habría importado lo que Mouse pudiera hacer; yo de todos modos habría estado en paz conmigo mismo. Pero Mouse era mi amigo y sufría; lo supe cuando estábamos en Targets y vi sus ojos. Pero entonces no me había preocupado por él; lo único que me importaba eran mis sentimientos. Y ahora mi egoísmo me hacía sentir enfermo.
Lo mismo me sucedía con Chaim Wenzler. Quizá era comunista, pero era mi amigo. Más de una vez bebimos de la misma copa, y hablamos sinceramente. Craxton y Lawrence me tenían tan preocupado por mi dinero y mi libertad que me había convertido en el esclavo de aquellos dos hombres.
Mouse y Chaim al menos eran fieles a sí mismos. Ellos eran los inocentes y yo el malvado.
Y finalmente, cuando sucumbí al whisky, empecé a acordarme de Poinsettia Jackson.
Sólo podía pensar en la joven, y en que se había suicidado a causa de mi insensibilidad. Me parecía bien que el detective Quinten Naylor siguiera investigando, aunque no estaba de acuerdo con él. ¿Quién iba a querer matar a una mujer que vivía cada segundo de su vida en la tortura y el dolor? Alguien que hubiera querido acabar con sus sufrimientos no la habría colgado. Una bala en la cabeza habría sido más humano. No. Poinsettia se había quitado la vida porque había perdido su belleza y su trabajo, y cuando me suplicó que al menos le permitiera tener un techo, yo también se lo quité.
Cuando fui esa noche a la Primera Iglesia Africana estaba de muy mal humor. Estaba un poco trompa, y deseoso de echarle a cualquiera la culpa de todo lo malo que había en mí.
Le había prometido a Odell que pasaría por la escuela de enseñanza primaria que llevaba la iglesia y vería qué podía hacer con las hormigas. Tenían un verdadero problema con las hormigas rojas.
En Los Angeles había una peculiar especie de hormigas rojas. Eran tres veces más grandes que las hormigas comunes negras, y de un color rojo brillante. Pero el verdadero problema era su picadura. Era muy dolorosa, y en muchas personas, además, levantaba una gran roncha. Todo esto ya era bastante serio, pero además las hormigas parecían molestar especialmente a los niños. Y a ellos les encantaba jugar en la tierra, donde las hormigas rojas hacían sus nidos.
Yo tenía un veneno que las mataba dentro de sus madrigueras. Y estaba tan furioso por todo, y tan borracho, que no tuve el tino de quedarme en casa.
Usé la llave que me había dado Odell y fui al sótano a buscar un embudo. Cuando llegué al autoservicio vi que las luces estaban encendidas. No me preocupó ya que en la iglesia había a menudo gente trabajando.
Cogí el embudo del cuarto de las herramientas y me dirigí a la salida, en la parte de atrás del sótano. Cuando pasé por el salón principal los vi. Chaim Wenzler estaba con una joven de pelo negro y piel blanca.
—Hola, Easy —me saludó Chaim, sonriendo, y se levantó y cruzó la habitación para darme la mano.
—Hola, Chaim —le respondí.
Me llevó de la mano hasta donde estaba la joven.
—Ésta es Shirley, mi hija.
—Encantado de conocerla —dije—. Discúlpeme, Chaim, pero tengo trabajo que hacer, y además problemas en casa.
Debí de parecer sincero, porque tanto Chaim como Shirley se pusieron muy serios. Ambos tenían el mismo hoyuelo en el centro de la barbilla.
Mi único deseo era irme de allí. La habitación, de repente, me parecía demasiado oscura y demasiado caliente. Me revolvía el estómago pensar que estaba allí para engañar a aquellas personas, de la misma manera que había engañado a Poinsettia diciéndole que era un pobre conserje. Antes de que pudieran manifestarme su simpatía yo ya iba hacia la salida.
El patio de la escuela era un vasto terreno arenoso, con tres casitas adosadas en el lado norte. Las hormigas hacían sus nidos contra las paredes de ladrillo rojizo del fondo del patio. Encendí mi linterna y saqué la botella amarilla de veneno. También llevaba conmigo una botellita de Teachers, y antes de echarles a las hormigas su veneno por el embudo, me tomé unos tragos del mío.
La escena que siguió fue muy extraña. A la luz de la linterna, la arena de los alrededores del nido parecía un verdadero desierto. Al principio sólo hubo un hilo de humo que brotaba del agujero, pero después salieron corriendo unas veinte hormigas. Estaban frenéticas, corrían en círculos cada vez más amplios y galopaban en la arena como los caballos de un desfile militar conducidos a rienda corta. Esas primeras hormigas huyeron en la noche, pero les siguieron otras mucho más débiles y confusas.
En verdad, sólo vi morir a cuatro insectos, pero sabía que las madrigueras estaban llenas de hormigas muertas. Sabía que habían muerto en el acto, porque aquel veneno era realmente efectivo. Como cuando llegamos a Dachau y los cadáveres estaban dispersos por el lugar como las astillas de madera en un aserradero.
En total había seis agujeros. Seis nidos diferentes para exterminar. Cumplí con el ritual, bebiendo mi whisky, la mirada fija en los escasos cadáveres.
En todos los nidos ocurrió lo mismo excepto en el último. En éste, y no sé por qué, cuando eché la dosis de veneno salieron cientos de hormigas. Eran tantas que tuve que retroceder para que no me picaran. Estaba tan asustado que me fui a la carrera y tropecé dos veces.
Seguí corriendo hasta la iglesia. Antes de entrar, me bebí lo que quedaba del whisky y tiré la botella a la calle.
Bajé trastabillando al sótano. Chaim aún estaba allí con su hija. Me miraron de tal manera que me pregunté si habría estado hablando solo.
Chaim me miró a la cara con sus ojos casi incoloros y me imaginé que lo sabía todo. Sobre el FBI y Craxton, sobre las hormigas y Poinsettia y papá Reese. Y a lo mejor sabía también que una vez me quedé dormido y cuando desperté mi madre estaba muerta.
—¿Qué pasa, señor Rawlins? —me preguntó.
—Nada —respondí, y di un paso atrás. El impacto de mi pie contra el suelo resonó en mi cabeza como un timbal gigante—. Es que...
—¿Qué dice? —jadeó Chaim mientras me sostenía por los brazos; me di cuenta de que me estaba cayendo y traté de recuperar el equilibrio.
Y también seguí hablando.
—No es nada, he dicho que no es nada.
Intenté retroceder, pero me lo impidió la pared.
Shirley, la hija de Chaim, se acercó a su padre. Me miró con una expresión preocupada en su rostro de porcelana.
—Quédese quieto, Easy —dijo Chaim, y luego rió—: No creo que mañana pueda ayudarme con la ropa.
Me reí con él.
—De todos modos, usted estaría mucho mejor trabajando con otra persona.
Me sacudió como cuando uno sacude a alguien para despertarlo.
—Usted es mi amigo, Easy. —Su mirada melancólica me entristeció aún más.
Pensé en las víctimas que había visto; hombres reducidos al tamaño de niños, fosas comunes llenas de inocencia.
—Yo no soy su amigo. No se puede confiar en un hombre como yo, Chaim. La eché a ella de su casa. La dejé en la calle y ahora está muerta. Será mejor para usted que se olvide de mí, Chaim.
Y tras decir esto me apoyé en la pared y me deslicé hasta quedar sentado en el suelo.
—No podemos dejarlo aquí, papá —dijo Shirley. Él le contestó algo que a mí me pareció música, una canción de la que había olvidado las palabras. Por un momento creí que Chaim había comprendido mi confesión y pensaba matarme en el sótano de la iglesia.
Pero en cambio me ayudaron a levantarme y me llevaron hacia la puerta. Hice la mayor parte del camino por mi propio pie, pero con algún que otro tropiezo.
En mi cabeza había un ruido de tambores, y lámparas encendidas en un cielo completamente oscuro. En el instante de silencio que se producía entre el estrépito de cada uno de mis pasos, oía los insectos nocturnos que se estrellaban contra las pantallas de cristal.
La luz se encendió en el coche y yo me desplomé sobre el asiento de atrás. Chaim me metió las piernas dentro y cerró la puerta.
Recuerdo movimientos y palabras de consuelo. Pero no me acuerdo de haber entrado a la casa. Después volví a caerme, esta vez sobre una cama. Había estado llorando mucho rato.
Oí una puerta que se cerraba de un golpe y abrí los ojos unos instantes después.
La ventana tenía una cortina de encaje en la mitad inferior. Los cristales de arriba dejaban ver las grandes nubes blancas que se deslizaban por un cielo absolutamente azul. Contemplar aquel cielo me ayudaba a respirar mejor. Recuerdo que aspiré profundamente el aire, y que no quería soltarlo.
—Buenos días, señor Rawlins. —Era una voz de mujer—. ¿Cómo se encuentra?
—¿Qué hora es? —pregunté, y me senté en la cama. No llevaba camisa y las mantas me llegaban al estómago. Los ojos de Shirley Wenzler estaban fijos en mi pecho.
—Cerca de las diez.
Shirley llevaba un vestido de algodón sin mangas con rayas inclinadas en azul, verde y amarillo, todo en colores muy vivos. Me di cuenta de que tenía resaca porque tuve que entrecerrar los ojos ante los colores.
—¿Ésta es su casa? —pregunté.
—Vivo aquí, pero la casa es alquilada. Papá vive en Santa Mónica y pensamos que era mejor traerlo aquí.
—¿Y cómo llegué a la cama?
—Caminando.
—No me acuerdo de nada —dije, lo que en parte era verdad.
—Estaba borracho, señor Rawlins —respondió riendo, y se cubrió la boca con la mano.
Era una joven muy bonita, de tez muy blanca y cabello renegrido. Su cara tenía forma de corazón, y todo en ella parecía apuntar a su sonrisa.
—Papá le gritaba y le decía dónde ir, y siguió gritándole hasta que usted hizo lo que él le decía. Usted... —titubeó.
—¿Sí?
—Usted lloraba.
—¿Y dije algo?
—Sí, hablaba de una mujer muerta. Dijo que ella se había matado porque usted la obligó a marcharse. ¿Es eso cierto?
—No, claro que no. La desalojaron de una casa donde yo hago la limpieza.
—Ah —susurró, y me miró el pecho.
Me halagaba su mirada, así que dejé las mantas en paz.
—¿Chaim está aquí?
—Lo he llevado a la iglesia. Yo he vuelto hace un momento. Mi padre ha dicho que usted podía ir más tarde, si no se encontraba muy mal.
—¿Ésta es su habitación? —pregunté, y eché un vistazo a mi alrededor.
—Sí. Pero anoche dormí en la habitación para invitados, en el ático. Hay una cama, y a veces voy allí a leer. Sobre todo en primavera o en otoño, cuando no hace mucho frío o mucho calor. Papá durmió en el sofá —añadió—. Muchas veces lo hace.
—Ah —respondí, en cierto modo porque no sabía qué decir, y también porque me dolía la cabeza.
Me quedé unos instantes mirando cómo me miraba, hasta que Shirley por fin dijo:
—Nunca había visto el pecho de un hombre..., quiero decir, un pecho como el suyo.
—La piel es morena, cariño. Aparte de eso, no es tan diferente.
—No, eso no, me refería al vello. Usted no tiene mucho, y es tan rizado y...
—¿Y qué?
En aquel momento llamaron a la puerta. Tres timbrazos cortos que parecían venir de otro mundo. Shirley, que se había ruborizado, se marchó. Me imagino que estaba un poco aturdida. También yo lo estaba.
Cuando me quedé solo eché un vistazo a la habitación. Los muebles eran tallados a mano en una madera marrón muy claro, con tintes amarillentos, que no pude identificar. No había una sola superficie lisa. Todo estaba lleno de curvas y arabescos, desde el escritorio a la cómoda.
Había también una gruesa alfombra blanca y unas pocas sillas tapizadas. Era una habitación pequeña y femenina; exactamente el tamaño y el sexo que mejor le sentaban a mi resaca.
Al cabo de un rato oí voces masculinas. Fui a la ventana y vi a Shirley Wenzler junto a la verja de un pequeño y cuidado jardín. Hablaba con dos hombres vestidos con traje oscuro y sombrero de ala estrecha. Me acuerdo de que pensé que aquellos dos tipos debían de haber salido de compras juntos para conseguir ropa tan parecida.
Shirley se puso furiosa y gritó algo que no conseguí entender. Después se marchó, dándose la vuelta una o dos veces para ver si ellos también se habían ido. Pero los hombres se quedaron mirándola, como si fueran los lobos vigía de una manada.
Mientras la miraba me puse los pantalones. Cuando oí que la puerta se cerraba hubiera querido preguntarle a Shirley qué sucedía, pero los gemelos me interesaban aún más. Cruzaron lentamente la calle y subieron a un Buick negro o azul oscuro. Pero no se marcharon; se quedaron sentados vigilando la casa.
—¿Ya se ha levantado? —me preguntó Shirley desde la puerta de la habitación. Había vuelto a sonreír.
Me volví y dije:
—Bonito barrio. ¿Es Hollywood?
—No, pero estamos al lado. Esto está cerca de La Brea y de Melrose.
—Está lejos de donde yo estaba.
Se rió estrepitosamente y entró en la habitación. Se sentó en una silla tapizada de terciopelo, al otro lado de la cama. Yo me senté en el colchón para hacerle compañía.
—¿Es verdad que murió una mujer? —me preguntó.
—Una muchacha que vivía en los apartamentos donde yo hago la limpieza no podía pagar el alquiler y se suicidó.
—¿Usted lo vio?
—Sí.
Pero yo sólo recordaba los dedos del pie de Poinsettia que goteaban.
—Mi padre también vio cosas parecidas —había una luz extraña en sus ojos; no tenía una mirada atormentada, como la de Chaim, sino vacía—. Muchos judíos —siguió, como si repitiera una plegaria que había rezado todos los días de su vida antes de irse a la cama—. Madres e hijos.
—Sí —asentí, también en voz baja.
En Dachau había visto muchos hombres y mujeres como Wenzler, a los que el hambre había vuelto pequeños y frágiles. La mayoría estaban muertos, tendidos en los caminos entre los cobertizos, como suponía que estarían las hormigas dentro de sus madrigueras.
—¿Usted cree que habría podido salvarla? —me preguntó, y yo tuve la extraña sensación de que estaba hablando con el padre y no con la hija.
—¿A quién?
—A la mujer que murió. ¿Cree que habría podido salvarla?
—Estoy seguro de que sí. Tengo mucha influencia sobre el hombre que administra la casa. Si yo se lo hubiera pedido, él le habría permitido que se quedara.
—No —dijo ella.
—¿Qué ha querido decir con ese no?
—Todos estamos atrapados, señor Rawlins. Atrapados como un insecto en un trozo de ámbar, o atrapados en el trabajo. Y si no podemos pagar el alquiler, morimos.
—No, las cosas no son así —me opuse.
Sus ojos brillaron aún más y me sonrió.
—No, señor Rawlins. Son aún peor.
Lo que decía parecía tan verdadero y definitivo que no se me ocurrió nada que decir. Me quedé callado, mirando sus pálidas y delicadas manos. Se adivinaban las venas azules latiendo bajo la piel blanca.
—Baje cuando esté listo —me dijo, y se levantó y fue hacia la puerta—. Estoy preparando el desayuno.
Y como si Shirley hubiera agitado una varita mágica, de repente me llegó el olor del jamón y el café.
Shirley estaba sentada a la mesa en una salita que daba a un patio muy verde. Junto a la ventana había un mandarino, cubierto de flores blancas que parecían de cera. Docenas de abejas libaban y volaban entre las flores.
—Venga, siéntese —me invitó.
Se levantó y me cogió del brazo, por encima del codo. Era un gesto amistoso, y me hizo sentir culpable.
—Gracias —dije.
—¿Quiere café? —preguntó Shirley, sin mirarme a los ojos.
—Sí, me encanta —respondí con la voz más seductora que me permitió la resaca.
Sirvió el café. Tenía unos brazos largos y hermosos y la piel tan blanca como la arena de las playas de México. En aquellos tiempos las mujeres blancas me dejaban atónito. En el Sur, mirarlas podía costarle a uno la vida. Y algo tan valioso resultaba muy atractivo.
—Mi padre me envió en un cajón fuera de Polonia antes de que empezara la guerra —dijo, como si prosiguiera una conversación.
—Su padre es un tipo muy listo.
—Él dice que podía olerlo, que podía oler la llegada de los nazis.
Parecía una niña pequeña. Sentí un intenso deseo de besarla pero me contuve.
—Y por eso mi padre trabaja con ustedes, señor Rawlins.
Él sabe que sus sufrimientos en Polonia son semejantes a los de ustedes en este país.
Shirley tenía los ojos llenos de lágrimas.
Recordé por qué estaba allí, y la tostada me supo amarga.
—Su padre es un buen hombre —le dije, y era sincero—. Quiere que las cosas mejoren.
—¡Pero también tiene que pensar en sí mismo! —Lo dijo como si no pudiera contenerse más—. No puede seguir haciendo cosas que le apartarán de su familia. Tiene que vivir aquí. Se está haciendo viejo, y no puede seguir dedicando toda su vida a los otros.
—Sí, quizá dedica demasiado tiempo a las obras de beneficencia.
—¿Y qué pasa si nadie se preocupa por él? ¿Qué sucederá cuando los cosacos llamen a su puerta? ¿Quién lo va a defender?
Sentía sus lágrimas en mis ojos. Nada había cambiado desde la noche pasada. Yo seguía siendo un traidor y un malvado.
Shirley se puso de pie y fue a la cocina. Salió corriendo hacia allí, a decir verdad.
—¿Quiere más tostadas, señor Rawlins? —me preguntó Shirley cuando volvió de la cocina. Tenía los ojos rojos.
—No, gracias. ¿Qué hora es?
—Falta poco para las doce.
—¡Mecachis! Será mejor que vaya a ayudar a su padre o empezará a preguntarse qué estamos haciendo.
—Lo llevaré, si quiere —sonrió Shirley.
Era una hermosa sonrisa. Me estremecía ver que confiaba en mí, porque la ruina de su padre era mi única posibilidad de salvación.
—Está muy callado —me dijo Shirley en el coche. —Estaba pensando.
—¿En qué?
—En que usted me lleva ventaja.
—¿Qué quiere decir?
Me acerqué más a ella y susurré:
—Bueno, usted me dio su opinión sobre mi pecho, pero aún no ha escuchado todo lo que tengo que decir sobre el suyo.
Se concentró en el camino y se ruborizó de una manera muy bonita.
—Discúlpeme —dije—. Me encanta coquetear con las jovencitas.
—Me parece que era más que coquetear.
—Eso depende de dónde ha nacido usted —dije—. En mi tierra no es más que el cumplido de un admirador. —Era una mentira, pero ella no lo sabía.
—Bueno, no estoy acostumbrada a que los hombres me hablen de esa manera.
—Le he pedido que me disculpara.
Me dejó en la Primera Iglesia Africana. Le di la mano, y retuve la suya entre las mías un poco más de lo debido. Pero ella sonrió, y seguía sonriendo cuando se marchó.
Vi alejarse el pequeño Studebaker. Y después me fijé en el Buick negro con los dos hombres de traje oscuro. Estaba aparcado frente a la iglesia. Y ellos estaban sentados como si fueran vendedores que se tomaran un descanso a la hora de la comida.
Los días de semana la Primera Iglesia Africana parecía deshabitada. Cristo aún colgaba en la entrada, pero cuando los feligreses no estaban reunidos alrededor de las escaleras, la imagen semejaba un simple adorno. Yo, sin embargo, me detenía siempre a mirarlo. Entendía muy bien aquello de sufrir y morir a manos de otros hombres. Casi toda la gente de color lo entendía muy bien. La muerte de Poinsettia había sido terrible, pero no era la primera persona que yo veía colgada.
Había visto linchamientos, hogueras, ejecuciones a tiros y a pedradas. Había visto colgar a un hombre, Jessup Howard, por mirar a una mujer blanca. Y había visto a dos hermanos ahorcados en dos dogales a ambos extremos de la misma cuerda porque protestaron de que en el almacén del condado les cobraban precios más altos que a los blancos. Los hermanos, en su desesperación mientras los estrangulaban, se habían hecho profundos arañazos el uno al otro. Y luego, cuando los dejaron colgados, sus cuellos, rotos al fin, parecían horriblemente alargados.
El intenso amor que los negros sienten por Jesús se debe en parte a que comprenden su situación. Era inocente y lo crucificaron; alzó la cabeza para decir la verdad y murió.
Oí algo mientras miraba la imagen, pero era como un ruido que sonara en mi cabeza, como el chasquido de una cerilla que se enciende y el susurro de un viejo árbol en el huracán.
Chaim estaba en el sótano seleccionando la ropa de las cajas. Miraba con los ojos entrecerrados un viejo y brillante vestido de lentejuelas.
—Es bonito —dije.
—¿Verdad que sí? Puede que le sirva a la señora Cantella para encontrar un nuevo marido —dijo con una sonrisa cómplice.
—Que seguramente no será mejor que los nueve anteriores.
Los dos nos reímos. Y después empecé a ayudarlo. Llevábamos las prendas de una caja a otra mientras les poníamos el precio en pequeñas etiquetas de papel sujetas con imperdibles. Los vestidos sencillos valían un dólar, y por aquellos más elegantes cobrábamos un dólar setenta y cinco centavos. Los sombreros y los pañuelos costaban veinticinco centavos.
—Shirley es una buena chica —dijo Chaim después de un rato.
—Me imagino que sí. Una mujer tiene que ser muy generosa para llevar a su casa a un borracho al que ni siquiera conoce.
—A veces uno tiene que emborracharse.
—Sí, supongo que eso también es verdad.
—Usted es un buen hombre, Easy. Y me alegro de haberlo llevado a casa de mi hija.
Seguimos cambiando cajas de lugar unos minutos más, sin hablar.
Y justamente cuando empezaba a pensar seriamente cómo haría para mantenerme lejos de la cárcel sin meter a Chaim en líos, oímos un grito. Había sonado bastante lejos, pero aun así era evidente que quien gritaba estaba aterrorizado. Chaim y yo nos miramos y yo corrí a las escaleras. Ya estaba cerca del primer piso cuando me encontré a Winona Fitzpatrick. Bajaba corriendo con los brazos extendidos, y no pude evitarla. Le faltaba un zapato, e iba gritando y lamentándose.
—¡Winona! —grité—. ¡Winona!
—Sangre..., muerto —gimió, y se desplomó en mis brazos.
Winona pesaba al menos noventa kilos. La sostuve como pude mientras descendíamos a la planta baja, y cuando llegamos la dejé en el suelo con mucho cuidado. Pero no tuve más remedio que dejarla en el suelo.
—Está muerto —dijo.
—¿Quién está muerto?
—Está muerto. Lleno de sangre —repitió Winona.
La dejé allí, pensando que Chaim vendría y se ocuparía de ella, y corrí escaleras arriba. Cuando llegué al apartamento del pastor, en el primer piso, aminoré la marcha y en ese preciso instante empecé a preguntarme qué diablos estaba pasando conmigo. Miré la puerta de madera contrachapada y recordé las ciénagas de Texas, al sudeste de Houston. Y pensé que un hombre podía perderse en aquellos terrenos pantanosos durante años sin que le encontraran. Y supe que las cosas debían de estar realmente mal para que yo echara de menos aquella tierra tan inhóspita.
El reverendo Towne estaba tendido de espaldas en el sofá. Tenía los pantalones en los tobillos y los calzoncillos a la altura de las rodillas. Su pene todavía estaba medio duro y estoy seguro de que a los piadosos feligreses de la congregación les habría sorprendido su pequeñez. Uno siempre piensa que los pastores baptistas son hombres muy viriles, pero yo había visto niños mejor dotados que Towne.
Y otra cosa rara era el color de su piel. En la mayoría de los hombres negros, la piel de la zona genital es más oscura. La del pastor, sin embargo, era más clara, una rara peculiaridad de su linaje.
La sangre que manchaba su camisa blanca y su expresión atónita me dijeron que estaba muerto. Me habría acercado a él para comprobarlo, pero me impedía el paso la mujer que estaba a sus pies, doblada sobre sí misma. La parte de atrás de su cabeza también estaba ensangrentada.
Si exceptuamos los dos cadáveres, todo lo demás parecía estar en orden. Era un apartamento moderno, sin paredes que separaran los distintos ambientes. La cocina, a la izquierda, con muebles de pino, tenía fogones eléctricos y una ventana que daba a la parte delantera de la iglesia. El dormitorio, a la derecha, muy limpio y ordenado, estaba adornado con máscaras, escudos y tapices africanos que colgaban de la pared. A los pies de la cama había una manta rojo vivo. En la parte central del apartamento el suelo estaba unos centímetros más bajo que en las habitaciones de los lados.
El salón central estaba alfombrado en blanco. El muerto se hallaba tendido en un sofá tapizado en piel blanca. La mirada vacía de Towne estaba fija en una moderna chimenea, medio oculta tras un biombo dorado.
Todo estaba limpio y ordenado, salvo un rincón junto a la puerta, donde había un charco de vómito. El asesino había comido ensalada de col y pastel de carne picada. Del rincón venía también un fuerte olor a bebida.
Miré por la ventana de la cocina y vi las escaleras de la entrada, donde había estado hacía menos de quince minutos; recordé aquel ruido que parecía un chasquido y un susurro. Me pregunté si aquello no habría sido una ráfaga de balas de pequeño calibre. Quizá sí.
Volví junto a los amantes, si es que puede dárseles ese nombre. Más parecía uno de aquellos encuentros rápidos que disfrutábamos los soldados en Europa cuando no teníamos mucho tiempo ni dinero. La mujer estaba completamente vestida; ni siquiera se había quitado los zapatos. Era la misma mujer que había visto con el pastor hacía unos días, en el sótano.
Fue entonces cuando me pregunté quién llevaría aquel caso. Después de todo, la calle Magnolia no estaba muy lejos de la iglesia.
Chaim entró cuando yo dudaba entre coger el teléfono o escapar a las ciénagas del este de Texas
—¿Qué es esto? —tartamudeó.
—Dos muertos.
—¿Quién ha sido? —volvió a preguntar.
En la vida real se necesitan muy pocas palabras.
—No lo sé, hombre. Winona bajaba la escalera gritando, y éstos estaban aquí.
—¿Ella los ha matado?
—¿Quiere llamar a la policía, Chaim?
—¿De dónde llamo? —preguntó.
Me alegré de que no preguntara por qué. Le señalé el teléfono y mientras él marcaba los números seguí inspeccionando la habitación. Cuando terminó de hablar con el policía de guardia le pregunté si había visto algo raro abajo. Me respondió que no. Después le pregunté si había visto a alguien en la iglesia —sin contarme a mí, claro está—. Me dijo que un poco más temprano había visto a Robert Williams, uno de los diáconos jóvenes.
La policía llegó diez minutos más tarde. Repetimos lo que ya les había dicho Chaim por teléfono y después nos separaron y comenzaron con las preguntas.
Condujeron a Winona a la planta alta. Se sentó en el suelo, fuera del apartamento, llorando y diciendo en voz muy baja algo acerca de la sangre.
El poli que estaba conmigo me preguntó si Winona conocía al pastor. Le respondí que no sabía cuál era la relación que había entre ellos, y él se volvió repentinamente suspicaz.
—¿Pero usted no la conoce? Entonces, ¿cómo sabe su nombre?
—La conozco lo bastante como para saludarla, pero no sé si era amiga del pastor. Winona está en el consejo de la iglesia, de modo que conocía a Towne, pero no sé qué tipo de relación había entre ellos.
—¿Cuánto tiempo estuvo ella con el pastor?
—Ni idea.
El poli empezó a pasearse por la habitación y a apretar los puños. Era un hombre gordo, de cara rubicunda y ojos de un vivo color azul. Era más alto que yo y tenía la costumbre de hablar solo.
—Este tipo sabe cómo se llama la mujer —dijo—, pero no he podido sacarle otra cosa.
—Yo estaba en el sótano —dije interrumpiendo su soliloquio, pero el poli ni siquiera me oyó.
Continuó hablando solo:
—Aquí hay algo que huele mal. Sí, hay algo que huele mal.
Después me preguntó:
—¿Usted sabe dónde vive ella?
—No.
Mi respuesta hizo que volviera a pasearse.
—Este tipo se está haciendo el tonto, y oculta algo. Sí, está escondiendo alguna cosa.
Decían que en las ciénagas de Texas todavía había cocodrilos. En aquel momento yo habría preferido estar con uno de esos encantadores reptiles.
—Muy bien —dijo alguien desde la puerta.
El policía loco se dio la vuelta como si hubiera oído su nombre. El recién llegado era Andrew Reedy.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó Reedy.
—Tenemos dos fiambres y este negro se comporta como si todo fuera obra de Dios. Los ha encontrado la chica que está en el vestíbulo.
Detrás de Reedy entró Quinten Naylor. No sé si oyó lo que decía el policía loco, pero era evidente que aquellos dos no se amaban. Ni siquiera se miraron.
—Bueno, bueno, bueno —dijo Reedy—. Tenemos otra vez aquí al señor Rawlins. ¿Acaso estaban desalojando a esos dos?. —El que está en el sofá es el pastor de la iglesia. A la chica no la conozco.
Pude ver el cambio de humor en la cara de Reedy. Un pastor muerto, no importaba cuál fuera su color, era un problema político.
—¿Y por qué estaba usted aquí?
—Estaba trabajando en el sótano.
—¿Trabajando? ¿Siempre aparecen cadáveres en los lugares donde usted trabaja? —preguntó Naylor.
—No, señor.
—¿Conocía al pastor?
—Había hablado una o dos veces con él, nada más.
—¿Es usted miembro de esta congregación?
—Sí, señor.
Naylor miró a los policías de uniforme.
—Cubran los cadáveres —les ordenó—. ¿O es que no saben lo que hay que hacer?
El policía gordo hizo un gesto como para atacar a Naylor, pero Reedy lo cogió del brazo y le dijo algo en voz baja. Después los agentes de uniforme se marcharon y el gordo se fue con ellos.
Pero cuando se dirigía a la salida se volvió y le dijo a Naylor:
—No te apures, hijo, que en la patrulla de los barrios negros hay muchos muertos. Ya verás cuando las zorras negras empiezan con los navajazos. —Y se marchó.
—Voy a matar a ese hijo de puta —dijo Naylor.
Reedy no dijo nada. Había ido al dormitorio y trajo un par de sábanas para cubrir a los muertos.
—¿Y quién es usted? —le preguntó Naylor a Chaim.
—Me llamo Wenzler, señor. Estaba trabajando con Easy en el sótano cuando hemos oído los gritos. Él ha subido corriendo, yo he ido detrás, y hemos encontrado al pobre doctor Towne y a la chica. Es espantoso.
—¿El señor Rawlins trabaja para usted?
—Trabajamos juntos —respondió Chaim—. Organizamos obras de beneficencia para la iglesia.
—¿Y estaban abajo cuando han oído los gritos?
—Sí.
—¿Y los disparos?
—No, no hemos oído disparos, sólo gritos. Muy débiles, como si ella estuviera en un pozo, muy lejos.
—Que vengan con nosotros y les tomaremos declaración, Quint —dijo Reedy—. Pediré que envíen más agentes y los llevaremos a la comisaría. Y también llamaré a la ambulancia y al juez.
Habían pasado muchos años desde la última vez que me llevaron para interrogarme a la comisaría de la calle Setenta y siete. Ahora que estábamos en los años cincuenta parecía algo más vieja, pero olía de la misma manera. Un olor agrio imposible de identificar. No era olor a algo vivo ni a algo muerto; tampoco a comida, o a excrementos. Yo no sabía a qué olía, pero era un mal olor, tan desagradable como el del apartamento de Poinsettia.
La última vez que me llevaron a la comisaría estaba detenido y me pusieron en una habitación de paredes desnudas donde interrogaban a los prisioneros. Un interrogatorio de esos interrumpidos por puñetazos y patadas. En esta ocasión, sin embargo, me hicieron sentar en un escritorio frente a Quinten Naylor. El detective tenía delante un expediente y me hizo unas cuantas preguntas.
—¿Su nombre?
—Ezekiel Porterhouse Rawlins —respondí.
—¿Fecha de nacimiento?
—El 3 de noviembre de 1920.
—¿Cuánto mide?
—Alrededor de un metro ochenta y cinco.
—¿Y pesa?
—Ochenta y cuatro kilos, salvo en Navidad. En esa época peso ochenta y seis.
Me hizo algunas preguntas más de ese tipo, y le respondí sin ninguna reserva. Un negro me inspiraba confianza, aunque no sé por qué. Mis hermanos de raza me habían golpeado, robado, tiroteado y maltratado con mucha más asiduidad que los blancos, pero aun así confiaba antes en un negro que en el más honesto de los blancos. Así eran las cosas para mí.
—Muy bien, Ezekiel, cuénteme ahora todo lo que sepa de Poinsettia, del reverendo Towne y de la mujer que estaba con él.
—Hombre, qué quiere que le diga. Están todos muertos, más muertos que una sardina en lata.
—¿Quién los mató?
Tenía una manera muy educada de hablar. Yo, si hubiera querido, habría podido hablar como él, pero nunca me había parecido bien que un hombre dejara de hablar con las palabras de sus padres. Si uno hablaba como los blancos, podía llegar a olvidar quién era.
—Hombre, yo no lo sé. Poinsettia se suicidó, ¿no?
—Esta tarde tendremos el informe de la autopsia. ¿No prefiere decirme ahora todo lo que sabe?
—¿Todavía no conocen el resultado de la autopsia? —Yo estaba verdaderamente sorprendido.
—El juez de instrucción tiene mucho trabajo estos días, señor Rawlins. Hubo un accidente de autobús en la calle San Remo, y un incendio en Santa Mónica. Todavía no estamos seguros de que la muerte de Poinsettia merezca ser investigada —me explicó Quinten—. El juez está de muertos hasta el cuello, pero ya le llegará el turno.
—Yo no sé nada. Sé que el pastor y la chica han sido asesinados porque he visto la sangre. No sé quién los he matado, y si tengo un poco de suerte, nunca lo sabré. Los asesinatos no son lo mío.
—No es eso lo que me han contado.
—¿Qué quiere decir?
—Me han dicho que hace unos años usted estuvo implicado en unos cuantos asesinatos. Y que gracias a su testimonio encarcelaron a uno de los asesinos.
—¡Así es! Pero ya ve, no había sido yo —me señalé el pecho—. Alguien cometió un asesinato y yo se lo dije a la policía.
Y si ahora supiera algo, también se lo diría. Pero cuando he oído gritar a Winona estaba en el sótano, cambiando de lugar unas ropas. He subido por si necesitaba ayuda, pero he visto que ya no podía hacer nada.
—¿Usted cree que los ha matado Winona?
—¡Hombre, yo qué sé!
—¿Ha visto por allí a alguien más?
—No —respondí; Chaim había mencionado a Robert Williams, pero yo no lo había visto.
—¿No ha visto a nadie?
—He visto a Chaim, y Chaim me ha visto a mí. Eso es todo.
—¿Dónde estaba antes de ir a trabajar?
—Desayunando, me acompañaba una amiga.
—¿Quién es ella?
—Se llama Shirley.
—¿Y qué más?
—No sé su apellido, pero sí dónde vive.
—¿Cuánto tiempo ha estado en la iglesia antes de ir al sótano?
—He bajado directamente al sótano.
Después empezamos otra vez desde el principio. Y otra vez más.
En una de las repeticiones me preguntó si había oído los disparos.
—¿Disparos?
—Sí —me dijo con tono brusco—. Disparos.
—¿Es que les han disparado?
—¿Usted qué había pensado?
—Hombre, no sé. Por lo que yo he visto, podrían haber muerto apuñalados.
Y con eso terminó el interrogatorio. Naylor se levantó y se marchó disgustado. Volvió minutos después y me dijo que podía irme. Chaim y Winona se habían marchado hacía horas. La policía no sospechaba de ellos. Winona estaba demasiado perturbada como para estar fingiendo, y nadie sabía que Chaim era parte del Terror Rojo.
Salí a la calle y en Central cogí un autobús que me llevó hasta la iglesia; desde allí me fui a casa en mi coche. Nada parecía estar bien, todo estaba un poco podrido. Ya era bastante extraño que hubieran ocurrido tantas cosas, pero ahora moría gente, y aquello seguía sin tener sentido.
Como para confirmar mis temores, Mouse estaba sentado en mi mecedora en el porche de mi casa y bebía whisky; se lo olía a cinco metros de distancia.
Mi amigo había sido siempre un tipo elegante. Llevaba seda y cachemir cuando otros hombres se conforman con algodón. Las mujeres lo vestían y después lo sacaban a pasear para que todo el mundo viera qué hombre tan guapo tenían.
Una vez me contó que una mujer hizo cambiar el forro de los bolsillos de los pantalones por otro de satén, para poder acariciarlo bajo la mesa o cuando estaban en un espectáculo de la misma manera que lo acariciaba en casa.
Pero el individuo que estaba en mi porche no era el atildado Mouse de siempre. No se había afeitado en varios días, y su barba era de esas que hacen que un hombre parezca desaseado. Tenía la ropa arrugada y su expresión era sombría. Además, estaba borracho. Y no era la borrachera de una noche, sino esa que se cultiva a lo largo de varios días.
—Hola, Easy.
—¿Cómo estás, Mouse?
Me senté a su lado, y de repente tuve la sensación de que éramos otra vez jóvenes, como si nunca nos hubiéramos marchado de Texas. Supongo que era porque deseaba volver a una época de mi vida menos complicada.
—No llevo mi revólver, tío —dijo Mouse.
—¿No? ¿Y por qué?
—Porque podría matar a alguien. Alguien a quien no quiero matar.
—¿Qué te pasa, Ray? ¿Estás enfermo?
Se rió, sacudiéndose como si tuviera convulsiones.
—Sí —dijo por fin—. Mortalmente enfermo de tanto sufrir.
—¿Y por qué sufres?
Me miró a los ojos; una mirada gris y acerada.
—¿Has visto a mi chico?
—Sí, Etta lo trajo cuando vino aquí.
—Es un niño hermoso, ¿verdad?
Hice que sí con la cabeza.
—Tiene los pies grandes y una buena boca. Mierda, eso es todo lo que se necesita en este mundo. Nada más que eso.
Como Mouse no siguió hablando, yo añadí:
—Es un chico estupendo. Fuerte, y también listo.
—Es el mismo demonio —susurró Mouse con la cara vuelta, como si le hablara a su brazo izquierdo.
—¿Qué dices?
—Satanás. Uno de los ángeles del mal. Se nota en las cejas; se curvan hacia arriba como cuernos.
—LaMarque es un poco travieso pero no es mal chico, Raymond.
—Satanás en el infierno. Gatos negros y una maldición vudú. ¿Te acuerdas de Mama Jo?
—Sí.
Jamás podría olvidarla.
Mouse me había convencido mediante engaños para que lo llevara en un coche robado a Pariah, una pequeña ciudad en la zona de los pantanos del este de Texas. No teníamos más de veinte años, pero la verdadera catadura de Mouse ya se había manifestado en todo su esplendor. Quería una dote que su madre le había prometido antes de morir. Mouse iba a casarse con EttaMae, y había dicho:
—Conseguiré ese dinero, o papá Reese morirá.
Reese era el padrastro de Mouse.
Pero antes de que llegáramos a Pariah, Mouse me hizo llevarlo a un lugar en medio de los pantanos. Llegamos a una cabaña oculta por frondosos perales, que servían también de pilares. Y en esa cabaña vivía Mama Jo, la bruja de la zona. Era una zorra de más de un metro noventa de altura, que vivía del cuento y sin hacer caso de las leyes que rigen a los hombres comunes y corrientes. Tenía veinte años más que yo, que acababa de cumplir los veinte. Nos quedamos a pasar la noche allí, y ella me hechizó. Mouse estaba fuera, planeando el asesinato, y Mama Jo hizo conmigo lo que quiso. Yo proclamaba mi amor por ella, y no paraba de decir tonterías. Aún recordaba el olor de su aliento: pimientos y ajo, vino agrio y tabaco rancio.
—Ella siempre me decía que a veces, cuando se lleva una mala vida, el mal cae sobre nosotros. Si no hemos pagado por lo que hicimos, el mal se encarna en nuestros hijos.
—¡Pero LaMarque es un niño como todos, Ray!
—¿Y tú qué sabes? —gritó, agresivo—. Ese chico me ha echado mal de ojo, Easy. Me dijo que me odiaba, y que deseaba que yo estuviera muerto. Y ahora dime que el hijo que desea la muerte de su propio padre no es un malvado.
Yo estaba pensando en Etta. Me preguntaba cómo se me había ocurrido que podía ser su amante y amigo de Mouse al mismo tiempo, y salir bien parado de la historia.
—LaMarque no te odia, Ray. Sólo es un niño, y está furioso porque tú y Etta no estáis juntos.
—Es un demonio salido del infierno —volvió a susurrar Mouse—. He hecho todo lo que debe hacer un padre, Easy. Tú sabes que yo no conocí al mío, y que maté a Reese.
A pesar de que intenté detenerlo, Mouse finalmente había asesinado a su padrastro.
—Sí, lo maté y bien muerto está —continuó Mouse—. Tú sabes que él y su hijo Navrochet siempre me pegaban, y que encima se reían de mí.
Mouse también había matado a su hermanastro Navrochet.
—LaMarque no pensaba lo que te dijo, Ray.
—Sí que lo pensaba. Sí. Y no le he dado ningún motivo, la verdad. Tú sabes que yo quería a ese niño, y siempre lo he tratado bien—. Las lágrimas le bañaban la cara—. A veces voy a buscarlo y lo llevo al local de Zelda. A las chicas les encanta que uno lleve un niño. Le hacen fiestas y le regalan chocolates. Y yo le enseño a apostar y a bailar. Pero LaMarque se hace el tímido, el asustado y todo eso. Y consigue que me sienta violento delante de la propia Zelda.
»Pero, sabes, siempre está corriendo detrás de mí para ir al lavabo al mismo tiempo. —Mouse sonrió—. Y me mira la polla como si jamás hubiera visto algo tan grande. Y la última vez que fuimos a casa de Zelda, inmediatamente después, me dijo que no quería ir nunca más a ninguna parte conmigo. Ni siquiera me habla, y si yo le digo algo, se pone a gritar en medio de la calle como si yo fuera un mal tipo, como si fuera igual que Reese.
Antes de que Mouse matara a Reese, el viejo granjero nos había perseguido por la ciénaga. Raymond había matado a uno de sus perros de caza, pero el viejo tenía dos más, y los lanzó tras nosotros. Finalmente conseguimos escapar, pero ya oscurecía y tuvimos que pasar la noche al raso. Yo estaba con gripe y Mouse me abrazó como una madre gata y me dio su calor toda la noche. Podría haber muerto si él no me hubiera cuidado.
Le pasé el brazo por los hombros mientras lloraba. Mouse era muy ruidoso y me hacía sentir incómodo, pero no lo solté.
—Lo siento, Raymond —dije cuando acabó; tenía los ojos rojos y la nariz le chorreaba.
—Quiero mucho a ese chico, Easy.
—Hombre, él también te quiere. Es tu hijo, lleva tu sangre. LaMarque te quiere.
—Si es verdad lo que dices, ¿por qué se porta de esa manera?
—No es más que un niño, Mouse. Tú siempre vas con tíos muy violentos, y el chico se asusta, se pone nervioso y quiere irse de allí. No puede soportar ese ambiente.
—¿Y por qué no me lo dice? Puedo ir con él a pescar.
—Seguramente no sabe cómo hacerlo. Ya sabes, los niños en realidad no piensan; sólo saben lo que les gusta y lo que no.
Mouse se echó hacia atrás en su asiento y me miró como si yo hubiera sacado un conejo de un sombrero. Vi que algo cambiaba en él. Se sentó un poco más derecho, y la mirada sombría desapareció de sus ojos.
—¿Por qué no entras? Te das una ducha, y después, a dormir toda la noche. Cuando vaya a casa de Etta hablaré con LaMarque.
Hablé por teléfono mientras Mouse estaba en la ducha.
—¿Cómo va todo, señor Rawlins? —me preguntó el agente especial Craxton.
—Han asesinado al pastor y a su novia.
—¿Qué dice?
Le hablé de los asesinatos. Me hizo un montón de preguntas sobre la habitación donde los habían matado.
—Parece el trabajo de un profesional —dijo finalmente.
—O puede ser que el asesino tuviera buena puntería.
—¿Y por qué entonces no había nada fuera de lugar, todo estaba perfectamente limpio y ordenado?
—Hombre, ella se la estaba mamando al reverendo. Puede que su marido los sorprendiera. O quizá fue Winona, que pensaba que Towne le pertenecía.
—Quizá. Y ahora escúcheme. Veré qué puedo averiguar por aquí. Entretanto, usted dedíquese al pastor. Averigüe a quién veía, que tipo de contactos tenía en política, y ese tipo de cosas.
—De acuerdo —respondí; Craxton era el patrón y no había nada más que decir.
Raymond salió de la ducha con una toalla alrededor de la cintura y una sonrisa en la cara.
—Tienes mucho mejor aspecto —le dije.
—Y tú tienes cara de haberte tragado una mosca viva. ¿Algo anda mal, Easy?
—Hombre, podrías preguntar si algo anda bien.
—¿Hablarás de mí con LaMarque, Easy?
—Claro que sí. Tan pronto como lo vea.
Rió como un niño; como si fuera aún más pequeño que su hijo.
—Y ahora dime qué pasa.
—Le debo dinero a un tipo y él tiene como garantía las escrituras de mis casas. Quiere que investigue a unos hombres que trabajan en la Primera Iglesia Africana.
Le mentí a Mouse porque temía que si le decía la verdad él querría hacerme un favor al estilo de Louisiana, como por ejemplo incendiar las oficinas de la delegación de Hacienda y todos sus archivos.
—¿Y?
—Han asesinado al reverendo Towne y a una chica, y yo estaba allí cuando lo han hecho. Y otro hombre que trabaja para la compañía del que tiene las escrituras también quiere quedarse con mis propiedades. Por si eso fuera poco, una chica que vivía en uno de mis apartamentos se colgó porque yo quería desalojarla. O puede que también la asesinaran.
—Tú habla con mi hijo y yo mataré a esos tipos, Easy.
—No, hombre, no. Trabajan para compañías muy importantes. Ya sabes, matas a uno y otros dos ocupan su lugar.
—¿Son blancos?
—Sí.
—Piénsatelo, Easy. Y si necesitas algo, no tienes más que llamarme.
Se vistió en el baño y un rato más tarde se marchó. No se quedó a dormir porque sus mejores ropas estaban en casa de Dupree, y ya estaba de humor como para volver a ser un hombre elegante.
Yo me fui a la cama y me bebí muy rápido tres copas de whisky. Demasiado rápido. Perdí la conciencia mientras pensaba que tenía que llamar a EttaMae.
El gordo encargado de la ambulancia estaba en una postura rara, subido a una silla de la cocina, con un cuchillo de carnicero en la mano. Intentaba cortar la cuerda de la que colgaba Poinsettia. El cuchillo hacía mucho ruido, como dos hombres derribando un árbol a hachazos. Poinsettia cayó por fin al suelo. El golpe fue terrible. El cadáver estaba tan blando y descompuesto que se desprendieron un brazo y la cabeza. Pero lo peor de todo fue el ruido cuando dio contra el suelo. Las estanterías empezaron a vibrar y las paredes se estremecieron. Toda la casa tembló como sacudida por un terremoto.
Desperté al alba. El cielo de mi ventana tenía el pálido azul que dan los primeros rayos del sol, pero el estrépito no cesaba. Creí por un instante que de verdad estaba en medio de un terremoto, pero enseguida me di cuenta de que alguien aporreaba la puerta.
Y cuando ese alguien gritó «¡Policía», pensé que hubiera preferido un desastre natural.
—¡Un momento! —grité.
Me puse un pantalón y una camiseta y me calcé unas pantuflas viejas.
Cuando abrí la puerta me encontré a Naylor y a Reedy, que me cogieron cada uno de un brazo.
—Está detenido —dijo Naylor, y me puso las esposas.
Aquello no me cogió por sorpresa, y no protesté. Tampoco me habría sorprendido si alguien me hubiera llevado detrás de la casa y me hubiera metido un balazo en la cabeza. No podía hacer nada, de manera que bajé la cabeza y confié en poder capear la tormenta.
Nos dirigimos a la comisaría de la calle Setenta y siete y allí, todavía esposado, me llevaron a una habitación pequeña. Después de un rato vino a hacerme compañía el agente Fine, el policía gordo de la cara rubicunda.
—¿Estoy detenido? —le pregunté.
Me mostró una boca llena de dientes cariados.
—Bueno, si lo estoy, tengo derecho a hacer una llamada, ¿verdad?
Ni siquiera sonrió.
Un instante después entró Reedy y mandó al gordo a sentarse al vestíbulo. Me miró con sus melancólicos ojos verdes y dijo:
—¿Quiere confesar, señor Rawlins?
—No, quiero hacer una llamada.
También vino Naylor. Arrimaron sus sillas y se sentaron uno a cada lado.
—No soy muy paciente con los asesinos, señor Rawlins, sobre todo con los que han matado a una mujer. A una negra —dijo Naylor—. De modo que nos cuenta lo que sucedió, o nos iremos a tomar un café y dejaremos que sea Fine quien haga las preguntas.
—Muy decente de su parte, hermano —sonreí.
Me abofeteó, pero no con fuerza. Tuve la impresión de que Quentin Naylor estaba tratando de salvarme de los verdaderos golpes.
—¿Quiere que venga Fine? —preguntó Reedy sofocando un bostezo.
—¿Quién mató al pastor y a la chica? —preguntó Naylor.
—No lo sé, hombre, no lo sé.
—¿Quién mató a Poinsettia Jackson?
—Poinsettia se suicidó, ¿no?
Me miraban con ferocidad.
—Yo la encontré colgada, sí, estaba colgada. No he matado a nadie.
—Alguien la había golpeado en la cabeza, Easy. La dejaron inconsciente de un golpe y la colgaron de la lámpara —me informó Naylor—. Después tumbaron la silla para que pareciera que Poinsettia la había utilizado para colgarse ella misma, pero la silla estaba demasiado lejos del cuerpo, y eso fue lo que nos hizo sospechar. La asesinaron, Easy. ¿Sabe usted de alguien que quisiera ver muerta a Poinsettia?
¡Filadelfia! Fue como una iluminación. Me hubiera jugado cualquier cosa a que Quinten era un negro de Filadelfia.
—Hable, señor Rawlins —insistió Reedy.
—¿Cómo quiere que lo sepa?
—Usted quizá conoce a alguna persona que tenía un motivo, una razón —continuó Reedy.
Naylor se echó hacia atrás en su silla y me miró fijamente.
—¿Y por qué iban a querer matar a una chica enferma?
—Tal vez para que desocupara el apartamento.
—¿Y cómo quiere que yo lo sepa? Pregúnteselo al dueño.
—Es lo que estoy haciendo —me contestó Reedy mirándome a los ojos.
Me imaginé que estaba en una balsa, en medio de un mar muy agitado. Los policías eran tiburones que seguían a mi embarcación. Por el momento estaba a salvo, pero mi barca empezaba a hacer agua.
—Quiero un abogado; tengo derecho a hacer unas llamadas.
—¿Por qué nos mintió, hombre? —preguntó Naylor.
Parecía incómodo, como si mi pequeña trampa lo hubiera hecho quedar mal ante sus compañeros.
—Deme un teléfono, ¿de acuerdo?
—Le daremos al agente Fine —replicó Reedy.
—Muy bien, que venga el hijo de puta —dijo una voz en mi cabeza—. Que corra un poco de sangre.
No dije una palabra, pero mis miradas eran asesinas. Yo sabía aguantar una paliza. Mi padre, antes de irse para siempre, me llevaba muchas veces detrás de la casa. Y después de que se fuera, cuando todavía era un niño, a veces echaba de menos el bastón con que me azotaba.
—¡Mierda! —exclamó Reedy, y salió de la habitación.
El agente Fine apareció en la puerta.
—Esto se puede poner muy feo, Ezekiel —me dijo Naylor acercándose más a mí—. Si usted no confiesa yo no puedo protegerlo.
—Corte el rollo, hombre. Usted se viste como ellos y habla como ellos. O sea que es uno de ellos.
—Naylor, el detective Reedy lo espera en el vestíbulo —dijo Fine; hablaba casi con educación.
—Déjeme hacer una o dos llamadas, hombre —le susurré a Naylor—. Si quiere salvarme, acepte que tengo derechos.
Mientras el policía negro pensaba contuve el aliento. A Fine le habría gustado matarme, me daba cuenta por su olor.
—Vamos —dijo Naylor por fin.
—Eh, qué van a... —empezó a decir Fine, pero Quinten Naylor ya estaba de pie, y hay que decir que el detective parecía hecho de ladrillos muy sólidos.
—Va a hacer una llamada. Tiene derecho.
Naylor me quitó las esposas y cruzamos el vestíbulo hasta una pequeña zona cerrada por tres tabiques de cristal opaco, de un metro ochenta de alto. Y dentro del cubículo, sobre un escabel de madera, se encontraba el teléfono.
—Ahí lo tiene —dijo Naylor, y se quedó detrás para mostrarme que podía disfrutar de cierta intimidad. Se acercaron Reedy y Fine, y los tres hombres empezaron a discutir. Yo era una vaca muerta, y aquellos tipos, buitres. Los tres.
Llamé al despacho de Mofass. No contestaron.
Llamé a la pensión donde vivía. Al tercer ring me contestó Hilda Bark, la hija de la dueña.
—¿Sí?
—¿Está Mofass?
—Se ha marchado.
—¿Adónde ha ido?
—Se ha ido. ¿No entiende inglés? —Me regañó de la misma manera que su madre seguramente la regañaba a ella—. Se ha marchado.
—¿Quiere decir que se ha mudado?
—Sí —ladró, y colgó el teléfono.
Los hombres todavía se disputaban mis restos, de manera que marqué rápidamente el número de Craxton.
—FBI —dijo una enérgica voz masculina.
—¿Puedo hablar con el agente Craxton?
—El agente Craxton está trabajando fuera. Vendrá mañana por aquí. ¿Quiere dejarle un recado?
—¿Pero él llamará por teléfono?
—No sabría decirle, señor. El señor Craxton es un agente externo. Va a donde quiere y llama cuando le parece necesario.
—Por favor, dígale que le ha llamado Ezekiel Rawlins desde la comisaría de la calle Setenta y siete. Dígale que necesito que venga a verme a la comisaría y que es urgente.
—¿Me puede informar por qué asunto llama usted?
—Usted dele mi recado, hombre, nada más.
Él también me colgó el teléfono.
Después llamé a la escuela de la Primera Iglesia Africana. El teléfono estaba llamando cuando Fine se acercó y me cogió del hombro.
—Todavía no he conseguido hablar con nadie —le dije.
—De acuerdo —sonrió.
Fine iba a esperar a que yo terminara mi llamada, y después se dedicaría a comprobar cuán fuertes podían ser mis gritos.
—¿Sí? —me contestaron; no reconocí la voz.
—¿Puedo hablar con Odell Jones?
Esperé un buen rato pero Odell vino por fin al teléfono.
—¿Sí?
—¿Odell?
—¿Easy?
—Hombre, estoy en dificultades.
—Lo estás desde que naciste. Has nacido para meterte en líos, y también para complicar la vida de los demás.
—Me han detenido, Odell.
—Irás a la cárcel, Easy, que es el lugar donde deben estar los delincuentes.
¡Si hasta me alzaba la voz!
—Pero oye, que yo no he tenido nada que ver con el asesinato de Towne. No he sido yo, te lo juro.
—Si no has sido tú, quiero que me respondas a una pregunta: ¿Estaría muerto Towne si tú no hubieras empezado a trabajar en la iglesia?
Era una buena pregunta, pero yo no tenía respuesta.
—¿Qué más quieres? —me preguntó con voz cortante.
—Ven a sacarme de aquí, hombre.
—Imposible, Easy. Yo no tengo dinero, sólo tengo a Dios.
—¡Odell, por favor! —supliqué.
—Llama a otro, Easy Rawlins. Este pozo está seco.
Tres golpes sobre el cristal y el agente Fine me cogió del brazo.
—Yo ya estoy libre de servicio, señor Rawlins —dijo Quinten Naylor—. El agente Fine continuará con su interrogatorio.
El agente Fine era un hombre paciente. Paciente y delicado. Él y su compañero, un novato pálido llamado Gabor, me enseñaron algunos secretos. Por ejemplo, hasta dónde se puede retorcer un brazo antes de que se rompa.
—Lo más importante es no darse prisa —dijo Fine sin dirigirse a nadie en particular mientras me retorcía la mano derecha sobre la nuca—. Yo podría estirar estos dedos por encima de la cabeza y metérselos en la boca, y él probablemente se los arrancaría a mordiscos para acabar con el dolor.
—¡No te des por vencido, Easy! —gritó la voz en mi cabeza.
—¿Por qué la mató? —me preguntó Gabor.
Yo lo único que quería era atizarle, pero tenía el pie y la mano izquierdos esposados a la silla.
Ya llevábamos una hora de faena. Me habían abofeteado, pateado, golpeado con una revista enrollada y retorcido como a un palo de regaliz.
Sentí que un pegote de sangre seca se resquebrajaba en mi mejilla cuando el dolor del brazo retorcido hizo que la cara se me contrajera en una mueca.
Y en ese instante estuve a punto de derrumbarme. Ya estaba casi dispuesto a confesar, a confesar lo que ellos quisieran. Pero la voz seguía gritando en mi mente.
Se abrió la puerta y entró un hombre alto, de pelo plateado. Agradecí el respiro, pero cuando Fine me soltó tuve la sensación de que el brazo se me había separado del cuerpo.
Gemí de humillación y de dolor mientras miraba aquellos brillantes zapatos negros.
—Capitán —saludó Gabor. Vi luego un segundo par de zapatos, más relucientes que el ónix pulido.
—¿Para ustedes esto es un interrogatorio, John? —preguntó el agente especial Craxton.
—Es un caso muy difícil, agente Craxton —respondió el hombre del pelo plateado. Después se dirigió a Fine—: El agente Craxton es del FBI. Está trabajando en un caso y necesita al señor Rawlins.
—¿Y qué pasa con los asesinatos? —preguntó Fine.
—Quítele las esposas y pídale disculpas o le arrancaré la polla y se la haré tragar —dijo Craxton sin ningún énfasis, casi con amabilidad.
Aquello no le gustó nada a Fine; alzó los puños a la altura del pecho y se adelantó un poco, pero retrocedió cuando miró a Craxton a los ojos. Abrió las esposas pero no se disculpó. Su expresión era de desafío, como un niño que ha hecho enfadar a su padre.
Craxton se limitó a sonreír. Los espacios que tenía entre los dientes le hacían parecer un cocodrilo que hubiera evolucionado hasta convertirse en un ser humano.
—Envíeme el expediente de este agente, John —pidió.
—Pídale disculpas, Charlie —ordenó el capitán John.
El poli gordo que tanto me había hecho sufrir dijo:
—Lo siento.
A pesar de lo dolorido que estaba, sus palabras me sonaron a música celestial. Su humillación me sabía mejor que una bola de helado con pastel de manzanas caliente.
Me froté la sangre seca de la cara y le respondí:
—Que te jodan, hijo de perra. Que te jodan bien jodido.
No era una respuesta inteligente, pero nunca entró en mis cálculos vivir hasta una edad avanzada.
El agente Craxton estaba con dos tipos que parecían verdaderamente del FBI. Llevaban traje oscuro, camisa blanca y corbata y sombreros de ala estrecha. Calzaban zapatos negros y calcetines blancos, y en el lado izquierdo de sus chaquetas se notaba un pequeño bulto. Iban bien afeitados y estaban más callados que una ostra.
Eran los mismos tipos que había visto hablando con Shirley a la puerta de su casa.
Los gemelos se sentaron en el asiento delantero del Pontiac negro; Craxton y yo en el de atrás. Nos pusimos en marcha, y cada dos o tres manzanas cambiaban de dirección. No creo que tuviéramos un destino decidido de antemano o un lugar al que ir.
—Ellos piensan que usted los mató a todos, Easy. Que asesinó a la chica que vivía en sus apartamentos, y también al ministro.
—Sí, me he dado cuenta.
—¿Y lo hizo?
—¿El qué?
—Le pregunto si mató a su inquilina.
—¿Para qué? ¿Por qué habría querido matarla?
—Eso tiene que decírmelo usted. Quizá porque era su inquilina y no pagaba el alquiler.
—No tengo nada que decir. Encontré muerta a Poinsettia, y también al ministro. Tuve mala suerte, nada más que mala suerte.
—Me parece lógico que sospechen. Si yo no le hubiera enviado a usted a esa iglesia, también pensaría que todo es muy extraño.
—Sí, pero así es como sucede todo siempre, de una manera muy rara. He visto pasar cada cosa, usted no podría ni imaginárselo.
—Alguien le persigue, señor Rawlins. Alguien que sabe que usted trabaja para nosotros.
—¿Por qué lo dice?
—Porque estos asesinatos de la iglesia fueron un trabajo muy profesional. Los rusos han contratado a alguien, o bien lo han hecho ellos mismos.
—¿Quiere decir que dispararon contra Towne? ¿Y por qué iban a querer matarlo?
—El reverendo debía de estar implicado en algún asunto, y ellos pensaron que matándolo podían borrar sus huellas.
—¿Y por qué no me mataron a mí?
—Los rusos son partidarios de arrancar las hierbas de raíz. Aunque él fuera su mejor alumno, seguro que no dudaron en matarlo si pensaron que podía poner en peligro una mínima parte de sus planes.
Decidí probar suerte con Craxton.
—Hombre, debe de haber algo que usted no me ha contado.
Me miró un instante en silencio antes de hablar.
—¿Por qué lo dice?
—Bueno, ya hace días que vigilo a Wenzler, y no me parece que sea un pez gordo. Así que he empezado a preguntarme por qué me ha librado usted de ir a los tribunales si lo único que hago es espiar a un sindicalista sin importancia. Después mataron al pastor, y usted está seguro de que el asesinato tiene que ver con lo que yo estoy haciendo. Como le he dicho, aquí hay algo que no cuadra.
Craxton se recostó contra la ventanilla y empezó a recorrer el contorno de su mandíbula con un peludo dedo índice. Comenzó por el centro de la barbilla y siguió por el lado izquierdo de la cara. A medida que el dedo progresaba, empezó a aparecer una sonrisa. Y cuando llegó al lóbulo de la oreja, ya era una risa hecha y derecha.
—Usted es un tipo listo, ¿verdad, Rawlins?
—Sí. Tan listo que estoy aquí, preocupándome por mi libertad, mi dinero y mi vida. Si fuera un poco más listo, ni siquiera tendría que respirar.
—Wenzler tiene algo —dijo Craxton.
—¿Sí? ¿Y qué es?
—No es necesario que usted lo sepa, Easy. Es suficiente con que esté enterado de que en este juego las apuestas son muy fuertes. Jugamos de veras.
—¿Me está diciendo que me podrían matar?
—Así es.
—¿Y por qué diablos no me lo advirtió antes? —Uno de los robots del asiento delantero giró la cabeza, pero no le hice el menor caso—. Me ha hecho trabajar como si todo anduviera de acuerdo a lo planeado y entretanto había gente apuntándome a la cabeza.
Debo reconocer que mis palabras no hicieron mella en Craxton.
—¿Quiere ir a la cárcel, Easy? —me preguntó—. No tiene más que decírmelo y se lo devolvemos al inspector Lawrence.
—Si usted sabe qué es lo que Wenzler tiene, ¿por qué no lo detiene?
—Ya lo hicimos, Easy. Lo detuvimos y lo interrogamos, pero no nos dio nada, y no tenemos ninguna prueba. Nada, absolutamente nada. No puedo decirle qué es lo que nosotros creemos que él tiene en su poder, pero es algo muy importante. Significaría un gran riesgo para los Estados Unidos que no consiguiéramos recuperarlo.
—Entonces ¿no me va a decir qué es lo que tengo que buscar?
—Es mejor que no lo sepa, Easy. Créame, no le gustaría nada si lo supiera.
—Muy bien, pero dígame si tiene algo que ver con Andre Lavender.
—Mi respuesta es que si sabe dónde está Lavender, debería informarnos de inmediato. No se trata de un problema racial, Easy, sino que concierne a nuestra patria.
—¿Tengo entonces que vivir con un arma apuntándome sólo porque usted lo dice?
—Puede salirse de este asunto cuando quiera.
Él sabía que no iba a hacerlo.
—¿De modo que quiere que siga vigilando a Wenzler?
—Exactamente. Ahora usted sabe que Towne también estaba implicado en el asunto. Conocemos sus vínculos con los movimientos pacifistas. Usted puede investigar a partir de la relación de Wenzler con el predicador. No nos extrañaría que Wenzler fuera el asesino.
Chaim había matado en Polonia. Y no había pasado tanto tiempo desde la guerra como para que un buen soldado olvidara su oficio.
—¿Y Poinsettia? ¿También piensa que la mataron los rusos?
Craxton me miró muy fríamente.
—Quizá la mató usted, o puede que lo hiciera otro. No lo sé ni me importa; no me ocupo de ese caso.
—Pues le aseguro que a la policía le importa.
Craxton cambió de postura en el asiento para mirar por la ventanilla.
—Cuando todo esto termine, les explicaré por qué estaba usted en la iglesia —dijo, tan cerca de la ventanilla que su aliento empañó el cristal, ya de por sí bastante opaco—. Les diré que es un héroe. Y si no tienen ninguna prueba material de que usted mató a la chica, entonces... —Se volvió para mirarme; yo sentí que un hilo de sangre me resbalaba por la cara.
—¿Ha estado alguna vez en una trinchera individual, y en invierno, Easy?
—Sí, en más ocasiones de las que me gustaría recordar.
—Hace mucho frío y se está muy solo, pero eso hace que volver a casa sea más emocionante.
No le contesté, pero mi respuesta hubiera podido ser «Amén».
—Sí —continuó—, el dolor hace hombres a los niños asustados.
El sol era una gran bola roja sobre la ciudad. Las nubes colgaban encima de nuestras cabezas como estalactitas negras en una cueva oscura, pero encima de esas nubes había una naranja luminosa, tan cálida que inspiraba un sentimiento de adoración poco menos que religioso. Casi me parecía oír música de órganos.
—Sí, Ezekiel, nos espera un trabajo muy duro. Y puede que hasta penoso.
No podía mover el meñique sin que una punzada de dolor me atravesara el brazo, pero le pregunté:
—¿Y qué se propone hacer?
—Tenemos que atrapar a Wenzler. Es un tipo duro, y sus cómplices son aún peores. Sé que usted correrá riesgos, pero en este trabajo son inevitables.
—¿Y qué pasa si hago todo lo que usted dice y sigo sin descubrir nada?
—Si no consigo lo que quiero, señor Rawlins, mis jefes no darán ni un centavo por mí. Si no consigo resolver este caso, caeré en desgracia. Y usted conmigo.
—¿Y si lo encuentra?
—En tal caso podré echarle una mano, Easy. Ya ve, se trata de nadar o ahogarse.
—¿Me promete que me ayudará, señor Craxton?
—¿Lo llevo a su casa? —me preguntó en lugar de responderme.
—Sí.
En el camino sólo habló de que iba a comprar un buen trozo de bonito, lo cortaría en filetes, le daría un hervor y después lo escabecharía en vinagre y salsa de soja. Había aprendido a prepararlo en Japón, cuando estuvo con el ejército.
—Los japoneses saben guisar muy bien el pescado —dijo.
—Easy, ¿en qué estás pensando? —me preguntó Etta.
Estábamos acostados en su cama. Yo tenía las manos detrás de mi cabeza, y ella acariciaba mi erección debajo de las sábanas. Me sentía raro. Era una sensación absurda. Mi cuerpo estaba excitado pero tenía la mente fría, y me preguntaba cuál debía ser mi próximo movimiento. Si Etta no hubiera seguido moviendo sus dedos de aquella manera, habría estado nervioso, no habría sido capaz de pensar en nada.
Había ido a casa de Etta por la noche, cuando LaMarque ya estaba durmiendo. Ella me bañó y luego yo la amé, una y otra vez, hasta poco antes del alba. No creo que ella sintiera mucho placer, salvo el de ayudarme a embotar mi miedo y mi dolor.
—Pienso en la gente. Están muertos, pero no puedo dejar de preocuparme por ellos. Eso es lo que nos hace distintos de los animales.
—¿Cómo es eso? Explícamelo —susurró, y al mismo tiempo me apretó un poco.
—Si un perro ve a una persona, o a un animal muerto, da unas vueltas alrededor del cadáver y sigue adelante, continúa cazando. Pero si yo encuentro a un hombre muerto, es como si continuara vivo y me siguiera a todas partes, señalándome con el dedo.
—¿Y qué vas a hacer, cariño?
—El tipo del FBI piensa que el reverendo Towne estaba metido en algo. Cree que andaba en líos con los comunistas.
—¿Qué comunistas?
—Ahhh, así, así está muy bien... —dije—. El judío que trabajaba conmigo es un comunista.
—¿Y qué tienen que ver los comunistas con Towne?
Etta se sentó para mirarme.
—Vuelve a poner la mano donde estaba, Etta. Sigue como antes.
Sonrió y se recostó contra mi pecho.
—Por eso el gobierno me ha dejado en libertad. Porque quieren al judío.
—¿Sí? Pues déjalos que lo cojan ellos. No tienes por qué hacerles su trabajo.
—Es verdad —le contesté, y sonreí. Parecía mentira que después del dolor fuera posible experimentar tanto placer.
—Mofass se ha marchado —le conté después de un rato.
—¿Adónde?
—Nadie lo sabe.
—¿Se ha ido de su casa?
—Sí. Dejó una nota bastante tonta en su despacho. Decía que su madre estaba enferma en Nueva Orleans y que iba a cuidar de ella. También ha dejado su habitación en la pensión. Todo es bastante raro.
—Hombre, no me parece que haya hecho nada malo.
—No, supongo que no. Pero nunca pensé que Mofass pudiera marcharse sin decirme nada.
—La gente cambia cuando se trata de la familia.
—Pero Mofass ni siquiera quería a su madre.
—Eso nunca se puede decir, Easy; la sangre tira mucho.
Sabía que Etta tenía razón. A pesar de que mi padre me abandonó cuando yo tenía ocho años, lo quería más que a mi vida.
—Pero hay algo que sí me parece raro.
—¿Qué es?
—¿Te acuerdas de aquel chico que trató de darte una paliza a la salida de la iglesia?
—¿Willie Sacks?
—Sí. Paulette, su madre, ha venido hoy a verme.
—¿Para qué?
—La invité a mi casa porque quería contarle lo que había hecho Willie contigo. Ella ya lo sabía. Me dijo que, después de conocer a Poinsettia, Willie se había vuelto malo.
—¿Qué entiende ella por «malo»?
—Iba como desesperado tras Poinsettia, y se gastaba todo su dinero en ella. Willie antes le daba dinero a su madre. El chico no tiene padre, y Paulette contaba con él para pagar el alquiler.
—Los chicos crecen, Etta. LaMarque hará lo mismo cuando encuentre una chica que le haga sentir lo que tú me haces sentir a mí —dije, y le acaricié la mano.
—Pero Willie nunca ha ganado mucho, y también Mofass le pagaba a esa chica.
—¿Qué dices?
—Mofass pagó el alquiler de Poinsettia durante todo el año pasado. Ella se lo contó a Willie. Le dijo que a veces tenía que ir con él, pero que sólo se besaban, nada más.
—Pero ¿será verdad? —Nunca se me había ocurrido que Mofass fuera tras las chicas.
—Poinsettia también le contó a Willie que a veces Mofass la hacía ir con otros hombres.
—¿Quieres decir que era su chulo?
—No lo sé, Easy. Te estoy repitiendo lo que me contó Paulette. Su hijo le contó todo lo que le había dicho Poinsettia. Cuando Willie se enteró de todo esto, rompió con la muchacha. Al menos eso es lo que pensaba Paulette. Pero después de su accidente Poinsettia volvió a llamarlo. Después de todo, quizá la mató Mofass.
—No lo sé. Pero no me lo acabo de creer. ¿Qué podría haberle hecho Poinsettia a Mofass para que él quisiera matarla?
—Ya lo descubrirás.
—¿Y qué te hace pensar que puedo hacerlo?
—Lo sé. Eres un tipo listo, y no te quedarás tranquilo hasta que sepas lo que ha pasado.
—¿Eso crees?
—Sí.
Apartó las mantas para que yo pudiera ver la obra de sus manos. Ella también se quedó mirándola.
—Quiero más, cariño —me dijo en voz alta y un tono atrevido, como si estuviera ante un público.
Yo sabía que en verdad no quería, pero le pregunté.
—¿De modo que quieres más?
Su «sí» fue casi como un gruñido junto a mi oreja.
—¿Dónde?
Y ella me guió. Y yo me convertí otra vez en un cerdo en celo; en celo y desesperado por encontrar un lugar seguro.
Desperté sobresaltado. Se oía un ruido en algún lugar del piso. Me inquietó pensar que Mouse pudiera estar en la otra habitación con su revólver, pero en ese mismo instante miré a EttaMae. Me sentía exhausto, pero la miré y me di cuenta de que la quería no sólo por el sexo. Aquélla era una sensación nueva. Habitualmente el sexo era para mí lo primero y lo último, pero ahora me daba cuenta de que cuando estaba agotado seguía queriendo a EttaMae con igual pasión.
Bajé de la cama y me puse los pantalones. Fuera no se veía ninguna luz, ni tampoco en el cuarto de al lado. Abrí la puerta y lo vi sentado en el salón. Movía la cabeza hacia adelante y hacia atrás y golpeaba el sofá con los talones.
—¡LaMarque!
—Hola, tío Easy —dijo, y miró hacia el interior del dormitorio.
—¿Qué haces?
—¿Tú duermes con mi madre?
—Sí.
No se me ocurrió ninguna otra respuesta. Mi única esperanza era que no se lo contara a Mouse. Habría querido pedirle que no se lo dijera a nadie, pero pensé que era pecado hacer que un niño mintiera.
—Ah.
—¿Por qué te has levantado?
—Estaba soñando.
—¿Y qué soñabas?
—Que había un monstruo muy grande con cientos de ojos.
—¿Sí? ¿Y te perseguía?
—Me preguntaba si quería ir a dar una vuelta y me llevaba volando muy, muy alto, y después empezaba a caer como si nos fuéramos a estrellar.
Y mientras hablaba, LaMarque abría unos ojos enormes, como si estuviera muerto de miedo.
—Después paraba justo antes de que nos estrelláramos y se echaba a reír. Yo le pedía que me dejara bajar, pero él seguía volando y asustándome.
Me senté a su lado y lo dejé que se sentara en mis rodillas. Al principio su respiración era agitada.
Esperé hasta que se tranquilizó y le pregunté:
—¿Te gusta que tu padre te lleve a casa de Zelda?
—No, huele mal.
—¿A qué huele?
—A bocadillos y a vómito. —LaMarque sacó la lengua en un gesto de asco.
—¿Y se lo has contado a tu madre?
—No, nunca. No me atrevo.
—¿Por qué?
—No sé.
—¿Crees que si se lo cuentas a tu madre, ella se peleará con tu padre?
—Sí.
Me cogió del pantalón y empezó a retorcer la tela.
—Sabes que si le dices a tu padre que no quieres ir más, él no volverá a llevarte.
—Sí que lo hará. A mi padre le gusta apostar y follar con esas mujeres.
Cuando dijo la última palabra se encogió como si temiera que fuera a pegarle.
—No, cariño —le dije, y le acaricié la cabeza—. Tu padre quiere verte a ti. Y jugar contigo a la pelota, y mirar la tele.
No me contestó, y nos quedamos sentados en silencio. Me retorcía los pantalones con tanta fuerza que me pellizcaba.
—Tu padre os visitará dentro de unos días —dije después de un rato.
—¿Cuándo vendrá?
—Creo que pasado mañana.
—¿Y me traerá un regalo?
—Seguro que sí.
—¿Y tú vas a estar en la cama con mamá?
Me reí y lo apreté contra mi pecho.
—No —dije—. Tengo que trabajar.
Vimos salir el sol sentados en el sofá. Después los dos nos quedamos dormidos. Yo volví a soñar con Poinsettia. La carne se desprendía de los huesos. En mis sueños, Poinsettia se iba deteriorando noche tras noche. Muy pronto no sería más que un montón de huesos.
Me desperté media hora después de haberme dormido. LaMarque roncaba. Lo llevé a su habitación y después fui a mirar a Etta. Seguía en la misma posición, una de sus fuertes manos junto a la hermosa cara de satén marrón. Seguía deseándola con la misma intensidad de todos aquellos años, pero por primera vez en mi vida pensé en casarme.
Le dejé una nota en la cocina para decirle que Mouse pasaría dentro de un par de días a visitar a su hijo. Le aseguré que todo estaba bien. Y firmé con un «Te quiero».
Desde la casa de EttaMae me dirigí a la de Mercedes Bark, en la calle Bell. Era una calle muy corta, apenas una manzana de grandes casas con primorosos jardines y cercas de ladrillos. En Navidad, todos los vecinos de la calle Bell colgaban miles de luces de colores en los árboles, las cercas y en las puertas y ventanas de las casas. Durante tres semanas antes y tres semanas después del día de Navidad venía gente de todas partes en sus coches para ver el decorado navideño. Era uno de esos vecindarios donde todo el mundo trabaja para que su barrio sea el mejor.
Todo lo cual está muy bien, por supuesto, pero la gente de la calle Bell tenía su lado malo: era unos esnobs. Pensaban que ellos y su manzana de casas bonitas eran demasiado buenos para el resto de la comunidad de Watts. No aprobaban que cierta clase de personas compraran casas en su calle, y solían excluir a esos vecinos de sus barbacoas y reuniones. Los padres de la calle Bell opinaban que la mayoría de los niños negros de otras calles eran demasiado rústicos y mal educados e incitaban a sus hijos a que volvieran la espalda a niños que habían conocido en la escuela o en el parque.
Mercedes tenía una casa de tres plantas en mitad de la manzana. Las paredes eran blancas, y las vigas y marcos de puertas y ventanas estaban pintadas de verde oscuro. En el porche había sillones y sofás; y en el cuidado jardín florecían las dalias blancas y rojas, las rosas blancas y los limoneros enanos.
Chapman, el marido de Mercedes, había sido dentista, y podía permitirse el lujo de mantener una casa tan grande. Pero cuando murió, su viuda no tardó en advertir que el seguro de vida de su marido no bastaba para que la familia continuara con el tren de vida que había llevado hasta entonces. De modo que cogió el dinero y remodeló los pisos superiores para convertir la casa en una pensión. Podía albergar hasta doce huéspedes.
La asociación de vecinos llevó a Mercedes a los tribunales. Alegaban que la gentuza que vive en habitaciones alquiladas iba a arruinar su hermosa calle. Pero el tribunal del condado no estuvo de acuerde y la señora Bark comenzó a explotar su pensión.
Mofass fue su primer huésped, y el que más tiempo vivió en su casa. No necesitaba cocina porque comía en las oficinas de la Inmobiliaria Fetters. Y después de trabajar todo el día no quería preocuparse por los problemas que acarrea tener una casa, como goteras en el tejado o un jardín que necesita cuidados.
Llegué a la Pensión Bell aproximadamente a las nueve y media de la mañana. Sabía que la señora Bark estaba en casa, sentada en su sillón junto a la puerta delantera, pero no podía verla. Me la ocultaban la sombra de la escalera y la puerta mosquitera, pero ella tenía una buena perspectiva de todos los que llegaban.
Llamé a la puerta y esperé con paciencia, aunque sabía muy bien que ella me estaba viendo. Yo llevaba una mochila de color canela en la que había guardado dos botellas de litro de cerveza Rainier.
—¿Quién es? —preguntó la señora Bark después del cuarto timbrazo.
—Easy Rawlins, señora. Es por un asunto relacionado con Mofass.
—Llega tarde, Easy Rawlins. Mofass ya no vive aquí.
—Lo sé, señora, por eso he venido. Mofass me llamó por teléfono desde el Sur y me dijo que buscara unos documentos que había olvidado en su habitación.
No arriesgaba mucho. Si Mofass se había mudado de repente, quizá había olvidado alguna cosa que me diera una pista sobre su relación con Poinsettia. Y si se había mudado dejando la habitación limpia y ordenada, una de las esnobs de la calle Bell me habría cogido en una mentira inocente, lo cual no me importaba demasiado.
—¿Qué dice? —exclamó.
El descaro de Mofass obligó a Mercedes Bark a ponerse de pie, lo que no era tarea fácil. Meneó su gran cuerpo hasta la puerta y allí descansó apoyando el brazo contra la jamba. Mercedes no era alta, y si uno miraba solamente su rostro, era imposible imaginar que fuera tan gorda. Sus hombros también eran pequeños, y hasta se podría decir que delgados. Pero de los hombros para abajo Mercedes adquiría proporciones titánicas. Sus pechos y sus nalgas eran inmensos. La mujer ocupaba toda la mitad inferior de la puerta.
—Ese hombre es un fresco —dijo—. Le envía a mi casa después de que me dejó la habitación hecha un desastre; no podré alquilarla si no pago a alguien para que la limpie.
—Señora, precisamente por eso he venido. Mofass me dijo que lo sentía mucho, pero que su madre había enfermado de repente y él no tuvo tiempo de hacer las cosas como es debido. No quiere marcharse de su casa. Me pidió que le pagara los sesenta dólares del alquiler del mes que viene.
Yo tenía el dinero en la mano. La señora Bark se transformó de loba en oveja, y baló su conmiseración por la pobre madre de Mofass, alegrándose de que tuviera un hijo tan amante.
Después de coger mi dinero me dio la llave, y hasta salió de su apartamento para indicarme el camino.
La habitación de Mofass estaba muy lejos de ser un desastre; por el contrario, se la veía limpia como una patena y tan ordenada como la tumba de un faraón. En el cajón central de su escritorio había lápices, plumas, hojas de papel y tampones. En los cajones de la derecha estaban todos los recibos de las cuentas que había pagado a lo largo de toda su vida. Aún conservaba entradas de películas que había visto en Nueva Orleans veinte años antes. En el cajón más bajo de la izquierda guardaba carpetas con los detalles de sus negocios. Una carpeta era para los gastos, otra para los cobros, y así sucesivamente.
Tenía también un cajón lleno de cigarros. Cuando los vi supe que algo andaba mal. Mofass debía de estar verdaderamente perturbado para dejarse cincuenta buenos cigarros.
Registré el resto de la habitación sin mucho éxito. No había nada bajo la cama, ni escondido en el colchón, o entre la ropa. Ninguna tabla suelta ni tampoco un sobre pegado debajo los cajones. Finalmente me senté de nuevo frente a la mesa y apoyé la palma de la mano sobre la superficie. Bueno, no solamente sobre la superficie de la mesa, porque también había un secante. Lo levanté por si había algo debajo, pero no había nada y lo dejé caer. Hizo un ruidito: plop, plop. No un solo plop sino dos, como si hubiera dos hojas de papel secante..
Mofass había dividido la hoja en dos y luego había superpuesto los trozos y los había pegado, de tal manera que podía guardar allí cosas sin llamar la atención. Pero la cinta engomada que unía las dos hojas se había gastado y las hojas se separaron.
Encontré algunos artículos interesantes. Había un recibo firmado por William Wharton (el verdadero nombre de Mofass) y extendido por el Servicio de Ambulancias Chandler de California del Sur. La factura era de ochenta y tres dólares con treinta centavos, por el transporte de una paciente, el 18 de enero de 1952, desde el hospital Temple hasta su domicilio, en la calle Magnolia 487. Había también una factura de hospital por mil cuatrocientos ochenta y siete dólares con veintiséis centavos, por dos semanas de hospitalización de una tal P. Jackson. Yo no podía imaginarme a Mofass derrochando veinte dólares en una cita, y ahí estaba, gastándose el sueldo de seis meses en una chica a la que me instaba a desahuciar.
Los otros dos artículos de interés eran sobres. En uno había cien dólares en billetes de veinte, y en el otro una lista de ocho nombres con direcciones y números de teléfono. Las direcciones correspondían a distintas zonas de la ciudad.
Mientras trataba de descifrar el significado de todo aquello, tuve la sensación de que en la habitación había otra persona.
Chester Fink estaba de pie en la puerta. El señor Fink era un anciano caballero, alto y delgado, padre de Mercedes y huésped permanente de la Pensión Bell. Su tez era de un color entre gris claro y marrón igualmente claro, con algunos toques, por ejemplo en los labios, de un marrón amarillento.
—Señor Rawlins.
—Hola, Chester. ¿Cómo está?
—Ah. —Se quedó unos segundos pensativo—. Bien. El sol es un poco fuerte y la noche demasiado larga, pero sería mucho peor estar muerto.
—Quizá yo pueda darle algo que le alivie del calor —dije, y saqué las dos botellas de cerveza.
Por un momento pensé que Chester iba a echarse a llorar. Su mirada de gratitud era tan intensa que era casi bovina.
—Bueno, bueno, bueno —dijo, y cogió por el cuello la botella que tenía más cerca.
—Chester, ¿usted vio a Mofass antes de que se marchara?
—Claro que sí. Todos los demás estaban dormidos, pero los viejos necesitamos pocas horas de sueño.
—¿Se le veía alterado?
—Sí, y mucho. —Chester subrayó su respuesta con un gesto afirmativo.
—¿Habló usted con él?
—Muy poco. Él ya tenía preparada una pequeña maleta. No creo que se llevara mucho más que un par de calzoncillos y un cepillo de dientes. Le pregunté qué pasaba, y me dijo que las cosas estaban muy mal. Y repitió que estaban verdaderamente mal.
—¿Sólo eso? ¿No dijo nada de su madre?
—No. Ni de su madre ni de nadie más. Y se fue tan rápido como había venido.
Mientras volvía en coche a mi casa intentaba encontrarle un sentido a todo aquello. Sabía que Mofass había pagado la cuenta del hospital de Poinsettia y posiblemente su alquiler durante un año o más. Tenía también algunos nombres de personas que vivían en distintos lugares de Los Angeles y que yo no conocía.
Puede que su madre estuviera enferma.
Puede que Mofass matara a Poinsettia. O quizá lo había hecho Willie. Todo era muy confuso.
El teléfono sonó ocho veces antes de que Zaree Bouchard respondiera.
—¿Sí?
Parecía aburrida, o disgustada.
—Hola, Zaree, ¿cómo estás? —le dije.
—Ah, eres tú, Easy. —Zaree no parecía muy feliz—. ¿Con quién quieres hablar?
—Dime de quién quieres deshacerte.
—Te dejo los dos por un dólar veinticinco.
Me daba cuenta de que nuestra conversación no nos conduciría a ninguna parte, así que le dije:
—Ponme con Dupree.
La oí gritar su nombre, y después por poco me quedo sordo con el ruido que hizo el teléfono cuando lo dejó caer.
Después de un minuto de silencio, empezaron otra vez los golpes con el teléfono hasta que por fin Dupree dijo:
—¿Sí?
—Señor Bouchard, soy Easy.
—Bueno, bueno, bueno. —Su voz sonaba como un saxo alto en una escala descendente—. Señor Rawlins, ¿en qué puedo servirle?
—¿Ya sabe lo de Towne?
—No se habla de otra cosa. Es una pena, realmente.
—Sí. Yo fui el que encontró el cadáver. Después de Winona, claro, ella lo vio primero.
—Sí, es lo que había oído decir. Y me ha hecho recordar que usted fue también el último que vio a Coretta antes de que Joppy Shag acabara con ella.
Dupree siempre me había echado la culpa de la muerte de su novia. Yo jamás me enfadé con él, porque me sentía un poco responsable de aquella muerte.
—La poli me detuvo, y ahora tengo miedo de que quieran cargarme el muerto.
—Ya veo —dijo Dupree.
Quizá no le habría importado que la policía me considerara culpable.
—Sí. ¿Alguien sabe quién era la chica que encontraron con el pastor?
—Oí decir a unos tipos que se llamaba Tania, o algo parecido. Pero nadie dijo de dónde era, ni dónde vivía.
Dupree era un buen hombre. No importaba lo que sentía por mí, aún éramos amigos y no me mentiría.
—¿Qué le pasa a Zaree? —le pregunté.
—Está furiosa con Raymond.
—¿Y por qué?
—Al principio Raymond estaba loco por Etta. Después empezó a beber, y andaba todo el día sucio y cabizbajo. Y ayer se puso de tiros largos y por la noche vino con dos chicas blancas.
—¿Sí?
—No te imaginas el ruido que hacían, Easy —La cordialidad de los viejos tiempos había vuelto a la voz de Dupree—. No he podido dormir. ¡Eran ellas las que le iban detrás, rogándole! Y si se lo pedían en voz baja, él les decía que no oía, que se lo dijeran más alto, y ellas se lo pedían gritando.
—Y Zaree se mosqueó.
—Bueno, sí —asintió Dupree con una risita—. Pero lo que realmente la puso furiosa fue que yo me ponía caliente cada vez que Raymond se lo hacía con una de las chicas, y quería montármelo con Zaree. Yo le decía que si ella no quería, me iría con una de las chicas blancas.
Con respecto a los asuntos domésticos, Mouse era una mala influencia.
—Ponme con él, por favor.
—Sí. —Dupree todavía reía cuando dejó el teléfono.
—¿Qué pasa, Ease? —preguntó Mouse con su tono displicente.
—Tienes que llamar a Etta, Ray.
—¿De verdad? —Ahora su voz era de satisfacción.
—Sí. Llámala y sal a pasear con LaMarque; llévalo al parque o a algún lugar parecido.
—¿Cuándo?
—Cuanto antes mejor, hombre, pero tienes que tener presente una cosa.
—¿De qué se trata?
—LaMarque es un niño muy pequeño, Ray. No lo mezcles en tus asuntos; no lo lleves contigo cuando vas de putas.
—¿Y qué quieres que haga con él?
—Llévalo a nadar, o a pescar. O a jugar a la pelota al parque. ¿Qué hacías tú cuando eras pequeño?
—A veces me acercaba sin hacer ruido a una de esas grandes ratas de río que se ponían al sol en el embarcadero, ¿sabes? La cogía por la cola, le daba vueltas en el aire y la reventaba contra uno de los pilares.
—LaMarque es un niño sensible, Ray, y quiere jugar como lo hacen todos los niños pequeños. Si tú te acuerdas de esto, él nunca deseará que estés muerto.
Mouse se quedó callado unos instantes.
—Está bien —dijo luego en voz baja.
—¿Vas a llamar a casa de Etta? —pregunté.
—Sí.
—¿Y jugarás con LaMarque?
—Sí, sí, jugaré.
—Bueno, entonces ya nos veremos.
—¿Easy?
—¿Sí?
—Eres un tipo legal. Puede que te falten algunos tornillos, pero eres legal.
Yo no sabía muy bien qué había querido decirme, pero daba la impresión de que éramos otra vez amigos.
Aún me estaba riendo de Dupree y Zaree cuando colgué el teléfono. Una buena historia o un chiste parecen más divertidos cuando se está rodeado por la muerte. Nunca me he reído tanto como en el ejército de Patton, cuando marchábamos a luchar en Bulge.
No sé cuánto tiempo había estado llamando a la puerta, pero no cabe duda de que era un hombre paciente. Toc, toc, toc, después una pausa, y luego otros tres golpes más.
No puedo decir que me sorprendiera ver allí a Melvin Pride. Vestía pantalones negros de algodón, una holgada camiseta blanca y un chaleco de punto negro. Hacía muchos años que no veía a Melvin vestido de manera informal.
—Hola, Melvin.
—¿Puedo entrar, Easy?
De vez en cuando su mejilla derecha se estremecía. Un largo nervio que conectaba su ojo inyectado en sangre con el oído.
En lugar de ofrecerle una bebida alcohólica, le pregunté si quería café. Después nos sentamos frente a frente en el salón, las tazas de porcelana blanca sobre las rodillas.
Encendimos cigarrillos y nos quedamos en silencio.
Después de un rato, Melvin preguntó:
—¿Cuánto hace que vive aquí?
—Ocho años.
Melvin y yo éramos hombres serios. Nos miramos a los ojos.
—¿Puedo ayudarlo en algo, Melvin? —le pregunté.
—No lo sé, hermano Rawlins, no lo sé.
—Tiene que ser algo importante. Me sorprende que conozca mi dirección.
Melvin aspiró profundamente el humo de su cigarrillo y tardó unos buenos cinco segundos en soltarlo. Cuando por fin habló, le salían hilos de humo por los orificios de la nariz y su cara de facciones pronunciadas parecía la de un dragón.
—En la Primera Iglesia Africana hacemos muchas buenas obras —dijo—, pero es un tipo de trabajo que produce una gran tensión. Y usted sabe, cuando hay tensión, no todos los hombres actúan de la misma manera.
Asentí, mientras medía para mis adentros el tamaño y la fuerza de Melvin.
—¿Con quién estuvo hablando, Melvin? —le pregunté.
Un espasmo le retorció el lado derecho de la cara.
—No necesito hablar con nadie, Easy Rawlins. Lo conozco a usted. Se ha pasado años metiendo la nariz en los asuntos de otra gente. Dicen que usted hizo que encarcelaran a Junior Fornay. También dicen que usted y Raymond Alexander dejaron un rosario de muertes desde Pariah hasta Watts.
Yo sabía que lo que él decía era cierto, pero me comporté como si no lo fuera.
—Oiga, no sé de qué está hablando. Yo sólo hago algún que otro negocio de vez en cuando, una especie de intercambio.
—Usted es muy listo. —Melvin sonrió e hizo un gesto de dolor al mismo tiempo—. Lo reconozco. Le he visto aguzar el oído cuando Jackie y yo hablábamos en la escalera de la iglesia. Y después le he visto hacerse amigo de Chaim Wenzler. Usted no da nada gratis, Easy. Todo el mundo sabe que con usted todo es un toma y daca. De modo que lo que está haciendo en la iglesia, sea lo que sea, no es por amor al prójimo. Alguien se ha chivado esta vez, y sé que usted es culpable.
—¿Quién se lo dijo?
—No tengo por qué decírselo. Yo lo sé, y con eso basta.
—Las tonterías que usted dice tienen un nombre, Melvin —le respondí—. Lo aprendí en la universidad. Le llaman paranoia. Un paranoico es alguien que teme cosas que no existen.
La mejilla de Melvin se estremeció, y él volvió a sonreír.
—Sí —dijo—. Estoy asustado. Y usted sabe que hay que cuidarse de los animales asustados. Hacen cosas inesperadas. Parece que huyen, pero un minuto después le saltan al cuello.
—¿Y eso es lo que va a hacer usted?
Melvin dejó la taza en el brazo del sillón y se puso rápidamente de pie. Yo hice lo mismo que él, movimiento por movimiento.
—Dejémoslo así, Easy. Será mejor que lo dejemos.
—¿Qué?
—Los dos sabemos de qué hablo. Puede que cometiéramos algunos errores, pero usted sabe que también hicimos el bien.
—Bueno, hablemos sin tapujos, así ambos sabemos qué es lo que está sucediendo.
—Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir.
Melvin había dado por concluida la conversación. No llevaba sombrero, así que simplemente se dio la vuelta y se fue.
Yo fui tras él hasta la puerta y lo miré alejarse por entre mis sembrados de patatas y de fresas. Sus pasos eran lentos e inexorables. Después fui al armario, cogí el revólver y me lo guardé en el bolsillo.
Una hora más tarde aparcaba frente a una casa de la calle Setenta y seis. La casa pertenecía a Gator Wade, un fontanero de Texas. Él siempre aparcaba su coche en el camino de entrada de la casa, y no utilizaba el pequeño garaje del patio de atrás. Había arreglado el suelo del pequeño cobertizo, puso electricidad y agua, y lo alquilaba por veinticinco dólares al mes.
Jackie Orr, el diácono principal de la Primera Iglesia Africana, vivía allí desde hacía tres años.
Gator estaba en su trabajo. Aparqué el coche frente a la casa y me dirigí al domicilio de Jackie. Llamé a la puerta y nadie respondió, de modo que forcé la puerta y entré. Durante el día Jackie trabajaba como barrendero. Yo estaba seguro de que no me iba a interrumpir. Y si lo hacía, no era hombre de llevar armas.
El lugar estaba muy revuelto, pero no podía saber si alguien lo había registrado o si Jackie era un amo de casa holgazán, como la mayoría de los solteros.
Junto a la cama había un cuadernillo de hojas mimeografiadas, cuyo título era «Las causas de la migración africana». Era un largo y confuso ensayo sobre Marcus Garvey, la esclavitud y nuestros antepasados africanos. No era el tipo de literatura que hubiera esperado encontrar en casa de Jackie.
También me sorprendió su ropa. Tenía por lo menos treinta trajes en el armario, y un par de zapatos para cada traje. Me fijé también en que en su mesilla de noche había un bonito anillo y un reloj de marca. Yo sabía que con su sueldo ni siquiera podía comprarlos a plazos, y que una mujer, para invertir tanto dinero en la pinta de un tipo, tenía que oír antes la marcha nupcial.
Debajo del último cajón de su escritorio había un grueso sobre con más de mil dólares en billetes de veinte y más pequeños. Y también había otra lista de nombres. En ésta habían anotado, además, sumas de dinero:
L. Towne, —o—.
M. Pride, 1.300.
W. Fitzpatrick, 1.300.
J. Orr, 1.300.
S.A., 3.600.
Ahí había dinero que cambiaba de manos. Y en el caso de Jackie el dinero se había convertido en trajes. Yo no sabía quién era S.A., pero pensaba averiguarlo.
Dejé el dinero pero me llevé la lista. A veces, valen más las palabras que los dólares, sobre todo si estás en la línea de fuego.
En el bar de John no había nadie más que Odell, que comía un bocadillo sentado en su lugar habitual. Ni siquiera me devolvió el saludo. Era doloroso perder a un amigo, pero todo estaba tan torcido que no sentía nada, salvo un dolor en el bajo vientre.
Cuando John me sirvió un whisky le pregunté:
—¿Has visto hoy a Jackson?
—No —respondió John—. Pero seguramente vendrá. Jackson sólo puede ir a un bar donde no se permitan peleas.
—Lo has salvado más de una vez, ¿verdad?
John se encogió de hombros.
—Hay mucha gente que no lo puede ni ver. Es un tío listo y estúpido a la vez.
Cogí mi copa y me fui a esperar al fondo del bar.
John siempre tenía por allí a unos cuantos borrachos y a unos pocos hombres de negocios que ejercían sus diversos comercios. De vez en cuando venía alguna mujer del oficio, pero era raro, porque John no quería problemas con la policía.
Jackson Blue llegó a eso de las cuatro y media.
—Hola, Easy —me saludó con su voz aguda y cascada.
—Hola, Jackson. Ven y siéntate conmigo.
Vestía un holgado traje de piel de tiburón con reflejos plateados. El contraste entre su piel, negra como el carbón, y el color del traje, le hacía parecer el negativo de la fotografía de un hombre blanco.
—¿Cómo van las cosas, Easy? —Jackson me saludó como si fuese su mejor amigo.
Unos cinco años antes, un atracador llamado Frank Green había estado a punto de matarme. Nunca tuve la seguridad de que fuera Jackson quien le había dicho que yo andaba tras él. Sólo sé que un día hablé con Jackson del asunto y por la noche tenía la navaja de Frank contra la garganta. En verdad, si Jackson se había chivado no tenía importancia, porque personalmente no tenía nada en contra de mí. Simplemente estaba comerciando con la única mercancía que tenía, información.
—Van mal, Jackson. No podrían ir peor. ¿Quieres beber algo?
—Sí.
—Tráele a Jackson su vaso de leche, John.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Jackson sonriendo mientras John le servía un whisky triple.
—Tú sabes lo que ocurrió en la Primera Iglesia Africana, ¿no?
—Sí, claro que lo sé. Rita me arrastró allí hace dos domingos. Dijo que pasaríamos juntos el sábado siguiente si la acompañaba a la iglesia.
Supe, por la cara de satisfacción que puso, que estaba a punto de embarcarse en una larga narración sobre las hazañas amorosas de Rita.
Interrumpí sus ensoñaciones.
—¿Has oído algo sobre los asesinatos?
—¿Qué asesinatos?
—Poinsettia se ahorcó hace unos días y yo encontré el cadáver.
—Sí, ya me lo habían dicho. —Y entonces se encendió una luz en sus ojos amarillentos—. Y también encontraste al pastor. ¿Piensan que tú los mataste?
—Sí. Y ni siquiera saben quién era la chica que estaba con el pastor. Pero quieren cargarme a mí los muertos.
—Mierda —exclamó Jackson—. Esos hijos de perra no encontrarían una pista aunque la tuvieran clavada en el culo.
—¿Tú estás enterado de algo, Jackson?
Jackson miró por encima de su hombro en dirección a la puerta. Eso quería decir que sabía algo, y que estaba decidiendo si debía decírmelo. Se frotó la barbilla y se mostró cauteloso durante aproximadamente medio minuto.
—¿Qué haces tú en el Colegio Central?
—¿Qué dices?
—Tú vas allí, ¿no?
—Sí.
—¿Y qué estudias?
—Hago cursos de recuperación. Las materias básicas que no pude hacer en la escuela nocturna, como historia o inglés. También asisto a un par de cursos más avanzados.
—¿Sí? ¿Y qué estudias en historia?
—Historia de Europa. Desde la Carta Magna británica en adelante.
—En pocas palabras, la guerra —declaró Jackson.
—Pero ¿qué dices?
—Siempre que he leído algo sobre Europa, estaba relacionado con alguna guerra. Los hombres blancos están siempre luchando. La guerra de las Rosas, las Cruzadas, la revolución, el káiser, Hitler, los comunistas. ¡Mierda! Lo único que les importa es la guerra y el dinero, el dinero y la tierra.
Claro está que tenía razón. Jackson Blue siempre tenía razón.
—¿Quieres ir tú también al Colegio Central?
—Llévame alguna noche, si no te importa. Veré cómo son las clases.
—¿Y qué me cuentas de la iglesia, Jackson?
—¿Me has dicho que la policía ni siquiera sabe quién era la chica?
—No, no lo saben.
—Puede que vaya al colegio y me haga poli.
—Para ser de la pasma tienes que medir por lo menos un metro setenta, Jack.
—Joder, hombre. Además de negro, enano. ¿Me invitas a otro, Ease? —dijo señalando con un largo dedo de ébano el vaso vacío.
Le hice señas a John para que le trajera otro whisky. Cuando John se marchó, Jackson dijo:
—Se llamaba Tania, Tania Lee.
—¿Dónde vivía?
—No lo sé. Me dijo su nombre Robert Williams, uno de esos diáconos jóvenes.
—¿Y él no sabe de dónde era?
—No. Ella le decía siempre que tenía que sentirse orgulloso de su color, y venerar a África.
—¿Sí?
—Sí —sonrió Jackson—. Tú sabes que a mí me gustan las chicas como a todos los negros, pero no creo que me veas nunca en África.
—¿Por qué no, Jackson? ¿Le tienes miedo a la selva?
—Qué dices, hombre. Si África no es peor que los Estados Unidos. Pero no me imagino a los africanos recibiendo con los brazos abiertos a los negros americanos. Hemos estado demasiado tiempo fuera de esa tierra, hombre. Demasiado tiempo —dijo, e hizo un gesto negativo con la cabeza; parecía apenado.
Jackson quizá se habría embarcado en una lección sobre las diferencias culturales entre los dos continentes, pero de repente tuve una idea y le interrumpí.
—Blue, ¿has oído hablar de un grupo que se llama Migración Africana?
—Claro, ¿no los has visto nunca? Están en Avalon, cerca del Bar y Asador Caballo Blanco.
Conocía el lugar. Antes era una ferretería, pero el dueño murió y sus herederos vendieron el local a un agente de la propiedad inmobiliaria que ahora lo alquilaba a pequeñas iglesias sin local propio.
—Pensé que se trataba de otra iglesia.
—No, Easy. Es la gente de Marcus Garvey. El movimiento de regreso a África. Ya sabes, como W. E. B. Du Bois.
—¿Quién?
—Du Bois. Es un negro famoso. Tiene casi cien años. Escribe siempre sobre el retorno a África. Es probable que nunca hayas oído hablar de él porque es comunista. Y nadie enseña nada sobre los comunistas.
—Y si no lo enseñan, ¿cómo lo sabes tú?
—La biblioteca tiene las puertas abiertas, hombre. Y nadie te dice que no entres.
En la vida no hay muchas ocasiones en las que realmente se aprenda algo. Y aquella noche, en el bar de John, Jackson me dio una lección que nunca olvidaré.
Pero en ese instante no tenía tiempo para discutir sobre política e información. Tenía que averiguar lo que ocurría, y mi próxima parada era el local de Migración Africana.
—Gracias, Jackson. ¿Te quedarás un rato?
Dejé un billete de cinco dólares sobre la barra; Jackson lo cubrió con su mano larga y delgada. Después me saludó levantando su vaso.
—Sí, Easy. Me quedaré por aquí. A esta hora seguramente los encontrarás. Se reúnen casi todas las noches.
Aquella noche había una reunión en el local de la antigua ferretería. Unas cuarenta personas rodeaban una tribuna en la parte de atrás del salón y escuchaban a los oradores.
Un tipo corpulento me detuvo en la puerta.
—¿Viene a la reunión? —preguntó.
Era alto, más de un metro noventa, y gordo. Me tendía una gran mano con dedos como enormes salchichas negras.
—Sí.
—¿Podría hacer una pequeña contribución? —dijo el hombrón, frotando la punta de los dedos en un gesto involuntario.
—... ellos no nos quieren, y nosotros no los queremos a ellos —escuché que decía una de las oradoras en la parte de atrás de la sala.
—¿Cómo de pequeña?
—Para un caballero, un dólar.
Le di dos monedas de medio dólar con la efigie de la libertad.
Los que estaban en el salón eran, en general, personas serias. Casi todos los hombres llevaban gafas y mucha gente tenía un libro o un periódico bajo el brazo. Nadie se fijó en mí. Yo era un hermano más que buscaba la manera de llevar la cabeza en alto.
Distinguí a Melvin Pride entre la multitud. Estaba concentrado en la oradora y no me vio. Me situé detrás de una columna, para poder vigilarlo sin que me viera.
La conferenciante hablaba de nuestra tierra, África. Un lugar donde todos tenían el mismo color que los presentes. Un lugar donde los reyes y los presidentes eran negros. Me emocionó escucharla.
Pero no estaba tan conmovido como para dejar de vigilar al diácono. Melvin echaba miradas inquietas a su alrededor y se frotaba las manos.
Al cabo de un rato el público estalló en un aplauso entusiasta. La oradora, que vestía ropas africanas, dio las gracias con una inclinación de cabeza y dejó la tribuna al hombre que estaba detrás de ella. La mujer que había hablado era regordeta y de color marrón claro, y tenía la cara de una estudiante aplicada, seria pero inocente. Melvin se le acercó y le dijo algo en voz baja mientras el siguiente orador se preparaba para dirigirse a la multitud.
Algo que muy bien podía ser un fajo de billetes cambió de manos.
El hombre que estaba en la tribuna habló con entusiasmo de una influyente mujer negra que a pesar de su juventud había demostrado su liderazgo. Me di cuenta de que se trataba de la amiga de Melvin, porque la mujer interrumpió un instante su transacción para mirar al orador.
Melvin ya había terminado con lo suyo y se dirigió a la salida.
—... Sonja Achebe —dijo el orador.
La multitud volvió a aplaudir y la joven fue hacia una puerta al fondo del salón.
—¿Señorita Achebe?
—¿Sí? —dijo, y me sonrió.
—Si me permite, soy Easy Rawlins.
Frunció un poco el ceño, como si el nombre le sonara pero no pudiera recordar por qué.
—Dígame, hermano Rawlins.
El espíritu de Migración Africana, como el de tantas otras organizaciones negras, era básicamente religioso.
—Quisiera hablar con usted de Tania Lee.
En ese instante recordó quién era yo. No dijo nada, simplemente señaló una puerta. Me dirigí hacia allí mientras otro orador empezaba a hablar.
—¿Qué quiere saber de la hermana Lee? —preguntó.
Estábamos en un amplio almacén dividido en estrechos pasillos por hileras de estantes vacíos. Era como un laberinto para ratas, iluminado apenas por unas pocas bombillas de cuarenta vatios.
—Necesito saber quién la mató, y por qué.
—¿Está muerta?
La señorita Achebe se sorprendió de manera muy poco convincente.
—Vamos, señora, usted sabe lo que sucedió. Ella pertenecía a su organización.
Lo que decía era una suposición, pero muy bien podía ser cierto.
—¿Se lo ha dicho a la policía?
Hice que no con la cabeza.
—No..., todavía no.
La señorita Achebe ya no parecía una niña. Su cara había adquirido la expresión dura de una mujer mucho mayor.
—¿Y qué quiere de mí? —me preguntó.
—¿Quién mató a su amiga y al pastor de mi iglesia?
—No sé de qué está hablando. Yo no tengo nada que ver con ningún asesinato.
—La he visto con Melvin, y a él con Tania y con el reverendo Towne. Usted tiene alguna clase de trato con la iglesia. Cariño, sé que ellos le han entregado por lo menos tres mil seiscientos dólares, pero a mí el dinero no me preocupa. La policía me busca por asesinato, y no voy a ocuparme de los tejemanejes que se traen ustedes.
—Nosotros no matamos a Towne.
—¿Y por qué habría de creer lo que usted me dice?
—No me importa lo que usted crea, señor Rawlins. Yo no he matado a nadie, y ninguna de las personas que yo conozco es un asesino.
—Puede que no. Pero no tengo más que decirles una o dos palabras a las autoridades, y quizá le pidan que demuestre que usted no lo hizo.
La mujer bufó en lugar de reír.
—Señor Rawlins, aquí estamos acostumbrados a vivir peligrosamente. La policía y el FBI nos visitan cada semana. Y ni ellos ni usted me asustan.
—Señorita Achebe, yo no pretendo asustarla. Me parece muy bien lo que usted hace aquí, pero yo me encontraba en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno, y ahora necesito respuestas.
—No puedo ayudarlo. No sé nada.
—¿Melvin no le ha dicho nada?
—No, nada —dijo encogiéndose de hombros y mirando detrás de mí.
—De acuerdo. Pero quiero saber... —me interrumpió una pesada mano sobre mi hombro.
Me di la vuelta y me encontré con el hombre que había cogido mi dinero en la puerta.
—¿Algún problema? —preguntó.
— Sí, Bexel —le respondió Sonja—. El señor Rawlins piensa que estamos involucrados en el asesinato del reverendo Towne.
—¿Eso cree?
Era fácil ver que a aquel hombrón le ofendían mis ideas.
Sonja sonrió.
—Y quiere decírselo a la policía.
—¡No!
Cuando Bexel apretó los puños tuve la impresión de que los nudillos de sus manos eran saltarinas palomitas de maíz.
Supongo que mis peleas con Willie y el agente Lawrence me habían envalentonado. Hice como que me apartaba del ujier y luego bajé el hombro derecho para asestarle un gancho al bajo vientre.
Fue un golpe perfecto, al que siguió un puñetazo debajo del corazón. Después retrocedí hasta que una hilera de estantes me tocó la espalda. No era muy lejos, pero no esperaba que mi víctima estuviera en condiciones de perseguirme.
Y entonces vi su cara tranquila y sonriente.
Bexel se inclinó hacia adelante y me empujó con su enorme zarpa. Mi cuerpo dolorido hizo caer los estantes que estaban a mi espalda y los que estaban detrás de éstos. Los pulmones me estallaban dentro del pecho y sentí dolor en lugares que jamás había imaginado pudieran doler.
El hombretón, todavía sonriendo, me cogió por los hombros y me levantó en el aire hasta que faltó muy poco para que nuestras caras se tocaran.
Le di una patada. Con todas mis fuerzas. Y me enorgullezco de haber conseguido que en su cara apareciera una mueca de dolor que duró una décima de segundo. Pero Bexel luego soltó mis hombros y me cogió por la cabeza.
—¡Bexel! —gritó Sonja Achebe—. ¡Suéltelo!
Di con mis huesos en el suelo, convencido —al menos en ese instante— de que aquéllos no eran los asesinos. Había sido un tonto al ir a su madriguera y acusarlos del delito de asesinato. Me podrían haber matado. Y deberían haberlo hecho.
Tirado en el suelo pensaba en un plato de espaguetis y me preguntaba si estaría sangrando, cuando Sonja me preguntó:
—¿Se encuentra bien, señor Rawlins?
—Claro que no.
Bexel todavía estaba de pie delante de mí. Y yo miraba sus enormes zapatones. Eran los más grandes que había visto en mi vida. Me cogió por la chaqueta y me hizo poner de pie. Era la primera vez en esa noche que tenía la sensación de volar.
—Ahora debería marcharse —dijo Sonja Achebe—. Aunque no espero que me crea, nosotros no hemos hecho nada malo. Pero lo que usted piense no importa, porque no tenemos miedo.
Miré a Bexel. Ni siquiera tenía la respiración agitada. Recuerdo que me dije que quizá aquello me había servido para aprender a ser más prudente. Pero en el fondo de mi corazón sabía que no aprendería nunca.
—Le pido disculpas —dije.
Estreché la mano de Sonja.
—Puede que no me crea, pero sus palabras me han conmovido. Hay mucha gente que necesita lo que usted les ofrece.
—¿Y usted no? —sonrió, y su rostro volvió a ser de nuevo el de una niña.
—Yo ya tengo un hogar. Puede que esté en tierra enemiga, pero es mío.
Me gustaba Sonja Achebe, y también las propuestas de Migración Africana. No quería que se vieran en dificultades. Confiaba en que no estuvieran implicados en la muerte de Towne. Y deseaba que tampoco lo estuviera Chaim Wenzler. Al parecer, yo estaba a favor de todos, menos de mí mismo.
Melvin Pride vivía en la calle Alaford, en una tranquila zona de casas unifamiliares con jardines bien cuidados. Había olor a humo en el aire. Me extrañó, porque era raro que a aquella hora de la noche estuvieran quemando basura.
Llamé más de un minuto a la puerta hasta que vino Melvin.
—¿Qué quiere, Easy? —me preguntó desde detrás de la puerta mosquitera, con una voz tan apagada y sepulcral como la de la señora de la guadaña.
—Quiero hablar con usted sobre el reverendo Towne, Tania Lee y Migración Africana.
—¿Qué dice?
—Lo he visto allí esta noche, Melvin. Sé que han desviado fondos de la iglesia para ellos. Lo que no entiendo es por qué. Quiero decir, Towne era religioso, y tenía una conciencia social. Pero a usted sólo le preocupa la iglesia, y a Winona y a Jackie les basta un espejo para ser felices. Pero aunque supiera por qué lo hicieron, no puedo imaginarme por qué tendrían que matar.
Melvin parecía furioso, pero en realidad estaba paralizado. Abrí la reja y entré en la casa.
—Easy Rawlins, usted no para de decir tonterías. —Melvin se movió hacia un costado, y yo retrocedí un paso para alejarme de él. Bailábamos como boxeadores que se estudian el uno al otro en el primer round de una pelea.
—Estoy buscando a un asesino, Melvin.
—¿Y quién es el asesino aquí? La policía ya me interrogó. Llevé a una persona que les dijo dónde me encontraba yo el día que los mataron.
—Seguro que fue Jackie, o una de sus chicas.
Cuando dije «Jackie» la mejilla de Melvin se estremeció.
—¡Vamos, Melvin! Usted sabe mejor que nadie que robaban el dinero de la iglesia.
No era más que una suposición, pero acertada. Un hombre como Jackie Orr no tenía muchos lugares de donde sacar mil dólares.
—Todos cogían dinero. Towne para Migración Africana, Winona y usted para Towne, y Jackie..., bueno, Jackie encontró un buen chollo.
—Usted no puede demostrar que yo matara a nadie. Y tampoco puede probar que robara.
—Tiene razón con respecto al robo. Ahora que ha quemado los libros en el patio de su casa no podré probarlo.
Melvin me obsequió con una retorcida sonrisa.
—Pero, en cuanto al asesinato, conseguiré que lo quemen vivo.
—¡Por Dios, no! ¡Yo no he matado a nadie! ¡No he matado a nadie en mi vida!
—Puede que no, pero basta con que yo se lo diga a la poli y ellos le pegarán hasta que confiese. Este juego tiene sus reglas, Melvin.
Melvin volvió la cabeza como si quisiera mirar tras la puerta que tenía a su espalda, y que probablemente daba a un dormitorio.
Se pasó la lengua por los labios.
—¿Usted piensa que yo maté a Towne? Eso es ridículo.
—Yo no me estoy riendo, Melvin. Y quiero saber por qué mataron a Towne. ¿Usted trabaja con Wenzler?
O Melvin era un actor excelente, o no sabía nada de nada.
—Easy, lo más probable es que el asesino de Towne sea usted.
Lo decía con tal convicción que empecé a sudar frío.
—¿Yo?
—Sí, usted. Tenemos informes confidenciales, Easy.
—Eso ya lo ha dicho antes, Melvin. ¿Qué significa?
—Significa que alguien le ha delatado, hombre. Ellos lo dijeron.
—¿Y quiénes son ellos?
—No puedo decirlo. Pero la información no viene de una sola persona, y no soy sólo yo el que la recibió, de modo que no se crea que puede acabar conmigo. Yo lo sé, y lo sabe Jackie, y también el hombre blanco.
El tono de voz de Melvin era de virtuosa indignación. Creía de verdad que yo era el asesino.
Me llevó un par de días decidir qué había sucedido a continuación.
Melvin me empujó hacia atrás gritando:
—¡Usted acabó con el pastor, pero no acabará conmigo!
Me torcí el pie con la alfombra; Melvin se abalanzó sobre mí y me asestó un derechazo en la mandíbula. Yo ya estaba cayendo y me retorcí para esquivarlo, pero golpeé contra un sillón y caí de cara al suelo. Sentí después un golpe en mi pierna izquierda y me di cuenta de que Melvin me había pateado y muy probablemente pensaba pisotearme. Rodé hacia un lado y metí las piernas entre las de Melvin, de tal manera que cuando intentó patearme de nuevo cayó hacia adelante, y yo le aticé un puñetazo en la sien.
Empezamos a pelear en el suelo. Melvin mordía y gruñía como un perro. Su ataque era feroz, pero improvisado. Yo seguía golpeándolo en la nuca, y no paré hasta que él dejó de morderme el hombro izquierdo. Después me puse de pie y arrastré conmigo a Melvin, agarrándolo de la camisa. Yo estaba terriblemente furioso, porque su ataque me había asustado y me dolía muchísimo la boca. Golpeé a Melvin con todo lo que tenía a mano. Retrocedió trastabillando y yo esperaba que cayera al suelo, pero él siguió en pie y escapó de la habitación.
Al principio pensé que la pelea había terminado. Había descargado toda mi furia con el último golpe, y mi deseo de violencia estaba satisfecho. Y un instante después recordé que Melvin había mirado un rato antes hacia la otra habitación.
Cuando entré, Melvin estaba junto a la mesilla de noche que había junto a la cama y se dio la vuelta. En su mano había una pistola de color carbón.
Y aquella noche volé por segunda vez; derecho contra Melvin Pride. Nuestros cuerpos golpearon con tal fuerza la pared que el delgado tabique de escayola cedió. Tuve la misma sensación que cuando uno camina sobre hielo y éste se rompe, y uno se desploma en caída libre. Melvin gruñó, y yo también. Se oyó crujir una viga. Unos cascajos se deslizaron por mi mejilla y se oyó el sordo estampido de la pistola, aprisionada entre nuestros cuerpos.
Sentí el impacto de un disparo y en un acto reflejo me aparté de Melvin para llevarme la mano al agujero del pecho.
Estaba lleno de sangre. Sabía, por mis experiencias durante la guerra, que perdería la consciencia muy pronto. Y Melvin aprovecharía para matarme. Todo había terminado.
Pero entonces oí caer a Melvin y sonreí de oreja a oreja a pesar del terrible dolor en la mandíbula. La bala le había dado a Melvin, no a mí. Yo sólo había sentido la sacudida del disparo.
La cara de Melvin se retorcía en una mueca de dolor. Una mancha oscura se extendía sobre su camisa.
Melvin se esforzaba por respirar y gemía, pero aún intentaba levantar la pistola para dispararme. Le quité el revólver de la mano manchada de sangre y lo arrojé sobre la cama. Lloriqueó de miedo cuando me incliné sobre él. Me dolía tanto la mandíbula que no tenía ningún deseo de tranquilizarlo. Rasgué en dos la funda de una almohada y deslicé uno de los trozos debajo de la camisa ensangrentada de Melvin hasta que quedó sobre la herida.
—Apriete aquí —le dije.
Tuve que levantarle el otro brazo y mostrarle lo que tenía que hacer.
—Por favor, no me mate —susurró.
—Melvin, tiene que dominarse. Si no reacciona, sufrirá una conmoción y puede morir.
Le apreté la mano sobre la herida para que el dolor lo hiciera reaccionar, y también para mostrarle lo que tenía que hacer. Su pistola era calibre 25, y la herida no era demasiado grave.
—¡No me mate, por favor! ¡Por favor, no me mate! —salmodió Melvin.
—No quiero que muera, Melvin. No voy a matarlo, aunque después de este follón debería hacerlo.
—¡Por favor! —volvió a implorar.
Me guardé la pistola en el bolsillo y fui al cuarto de baño, donde me limpié la sangre de los zapatos y de los bajos de mis pantalones negros. Después cogí un abrigo del armario de Melvin y lo utilicé para cubrir el resto de mi persona.
En el patio de atrás varios documentos oficiales de la Primera Iglesia Africana humeaban en el incinerador. Melvin había intentado borrar las huellas contables del robo que él y los otros habían cometido en la iglesia. Salvé lo que pude con una manguera.
De vuelta en la casa, descubrí que Melvin se había arrastrado hasta la cocina. Estaba de pie, apoyado en el fregadero. Me imaginé que buscaba un arma, y lo ayudé a sentarse en una silla. Después cogí el teléfono de la mesa de la cocina y llamé a Jackie Orr. El timbre sonó siete veces antes de que respondiera.
—¿Sí?
—Hola, Jackie, habla Easy. Easy Rawlins.
—¿Ah, sí? —dijo con voz fatigada.
—Melvin está herido. —Se hizo el silencio al otro lado de la línea—. Oiga, yo no le he disparado. Ha sido un accidente. De todas formas, tiene una bala en el hombro y necesita un médico.
—Con esa mentira no conseguirá que vaya allí, Easy. No soy tonto.
—¿Y para qué voy a querer engañarlo, hombre?
—Usted quiere mi dinero.
—Usted tiene mil dólares en un cajón de su mesa, ¿verdad? No los he cogido, eso le demuestra que no quiero su dinero.
—Oiga, voy a llamar a la policía.
—Si lo hace, espero que esté preparado para ir a la cárcel, Jackie, porque puedo demostrar que usted ha robado dinero de la iglesia. Y ahora hable con Melvin.
Le puse a Melvin el teléfono junto a la oreja y los dejé que se contaran sus miedos.
Cuando conducía hacia mi casa la boca me dolía de tal manera que por poco pierdo el sentido. Cuando llegué me cambié de ropa, bebí unos cuantos tragos de coñac y regresé al coche.
En el bar de John, Jackson todavía se estaba gastando mis cinco dólares en whisky.
—¡Easy! —me llamó a gritos cuando yo cruzaba el salón.
Odell levantó la mirada de su copa. Yo lo saludé inclinando la cabeza y él se puso de pie para marcharse.
De modo que me volví hacia Jackson.
—Necesito que me acompañes, Jackson —dije hablando tan rápido como pude.
El dolor era insoportable. John me miró fijamente, pero cuando vio que yo no le decía nada, se volvió hacia el otro lado.
—¿Sabes dónde puedo conseguir algún calmante? —le pregunté a Jackson.
—Sí.
Cuando llegamos al coche le di las llaves.
—Conduce tú —le dije—. A mí me duelen las muelas.
—¿Qué te pasa, hombre?
—Un tipo me ha estropeado una muela. ¡Me ha estropeado toda la boca!
—¿Quién ha sido?
—Un individuo que ha querido atracarme a la salida de Migración Africana. Pero me lo he cargado. Joder, cómo duele.
—Tengo unas píldoras en casa, hombre. Vamos a buscarlas.
—Ay —respondí, y me imagino que se dio cuenta de que significaba «sí».
Jackson tenía tabletas de morfina. Me dijo que bastaba con una, pero tomé cuatro para calmar la roja herida de mi boca. Me retorcía de dolor.
—¿Cuánto tiempo tarda en hacer efecto?
—Cerca de una hora.
—¡Una hora!
—Sí, hombre. Pero oye —dijo, y tenía cogida por el cuello una botella de Jim Bean—, nos sentamos aquí, bebemos y charlamos, y antes de que te des cuenta te habrás olvidado de que tenías una muela.
De modo que nos fuimos pasando la botella. La bebida le soltó de tal modo la lengua a Jackson que llegó un momento en que no se guardaba nada. Me contó historias que, de saberse que las había divulgado, le habrían costado la vida. Atracos, asesinatos, adulterios. Me dio los nombres y las pruebas de los hechos. Jackson no era un tipo malvado, como Moose, pero no le importaba lo que sucedía en tanto él pudiera contar el cuento.
—Jackson —lo interrumpí al cabo de un rato.
—¿Sí, Easy?
—¿Qué te parece la gente de Migración Africana?
—Están bien. Tú sabes que aquí uno puede sentirse muy solo si se pone a pensar en lo difíciles que son las cosas. Alguna gente se obsesiona con eso.
—¿Qué quieres decir?
—Sí, hombre, pensando en todo lo que no podemos hacer, y lo que no podemos tener. Y las cosas que suceden sin que podamos hacer absolutamente nada.
Me pasó la botella.
—¿Y alguna vez tienes ganas de hacer algo? —le pregunté al pequeño y cobarde genio.
—Los coños no están mal. A veces me emborracho y dejo una cagada en la puerta de algún blanco. ¡Una buena mierda bien grande y olorosa!
Nos reímos. Y después, cuando todo estaba de nuevo en silencio, le pregunté:
—¿Y qué pasa con esos comunistas? ¿Qué piensas de ellos?
—Vaya, Easy, qué pregunta más fácil —dijo, y se rió—. Ya sabes, es la misma mierda de siempre. Alguna gente ha conseguido alguna cosa, dinero, por ejemplo, y otros no lo tienen pero están desesperados por obtenerlo. Los banqueros y las grandes compañías lo poseen todo, y los obreros no tienen ni una mierda. Y ahora los obreros tienen un sindicato que dice que el obrero es el que hace las cosas, y el dinero debería ser suyo. Eso es el comunismo. Pero a los tipos ricos eso no les gusta, y van a obligar al obrero a agachar la cabeza.
Me asombraba lo sencillo que era todo en boca de Jackson.
—Entonces nosotros estamos del lado de los comunistas.
—No, Easy.
—¿Cómo que no? Puedes estar seguro de que yo no soy un banquero.
—¿Has oído hablar de la lista negra? —me preguntó Jackson.
Sí que había oído, pero le respondí que no para saber qué opinaba él.
—Es una lista que tienen los ricos. Allí hay toda clase de nombres. Nombres de gente blanca, de actores de cine, escritores y científicos. Los que aparecen en la lista no pueden trabajar más.
—¿Porque son comunistas?
Jackson hizo que sí con la cabeza.
—En esa lista aparece hasta el tipo que inventó la bomba atómica, Easy. Un hombre realmente importante, ya ves.
—¿Y qué? ¿Qué quieres decir con todo esto?
—Tu nombre no está en la lista, Easy. Tampoco el mío. ¿Y sabes por qué?
Le respondí que no con un gesto.
—No necesitan tu nombre para saber que eres negro. Les basta con mirarte.
—¿Y a mí qué me importa? —No entendía qué me quería decir, y estaba tan borracho y tan ciego que por poco no monté en cólera.
—Llegará un día en que se olvidarán de la lista, hombre. Tendrán necesidad de una de esas estrellas de cine, o de una nueva bomba, y tirarán la lista a la basura. La mayor parte de los que figuran allí volverán a trabajar —dijo, y me guiñó un ojo—. Pero tú seguirás siendo un pobre negro, Easy. Un negro no tiene un sindicato que lo apoye; un negro no tiene políticos que trabajen para él. Lo único que tiene es una puerta donde cagar, y una mano negra para limpiarse el culo negro.
Desperté en mi casa, con resaca y muy dolorido. Cogí el frasco de morfina del bolsillo de los pantalones que había dejado en el suelo y tomé tres comprimidos. Después fui al cuarto de baño a quitarme de encima la suciedad y el olor de la noche pasada.
Tenía las palabras de Jackson clavadas en la cabeza como el dolor de muelas. Yo no estaba a favor de ningún bando. No apoyaba al loco de Craxton, con sus mentiras y sus verdades a medias, ni a Wenzler, si es que Wenzler pertenecía a algún bando.
Pensé en visitar a un dentista. Buscaba uno en la guía telefónica cuando llamaron a la puerta.
Era Shirley Wenzler, y se encontraba aún peor que yo.
—Señor Rawlins —dijo, y le temblaba el labio inferior—, señor Rawlins, he venido aquí porque no sabía qué hacer, no sabía a quién pedir ayuda.
—¿Qué sucede? —le pregunté
—Por favor, señor Rawlins, venga conmigo. Mi padre está herido.
Me puse los pantalones y un jersey. Shirley fue conmigo hasta el coche.
—¿Adónde vamos?
—A Santa Mónica —respondió.
Le pregunté si había llamado a un médico y me dijo que no.
Mientras conducía, ella me indicaba el camino, pero no hablamos de nada más. Yo tenía náuseas y estaba dolorido, de modo que no insistí. Cuando llegara a casa de Chaim ya vería si éste necesitaba un médico.
Era una casa pequeña frente a un parque pequeño, apenas una colina cubierta de hierba que se extendía hasta la calle siguiente. No había árboles ni bancos. Sólo una pequeña colina en la que dos niños rodaban cuesta abajo, fingiendo haber perdido el control de la situación.
Yo suponía que Shirley iba a abrir con su llave, pero empujó la puerta y entró. La seguí, cojeando. La morfina amortiguaba el dolor de la mandíbula, pero aún sentía el tobillo y el muslo izquierdos.
La casa estaba pintada en un color frío y mortecino, verde o azul. El techo era tan bajo que recuerdo que caminé encorvado desde el salón hasta el dormitorio.
Y allí el color era rojo muerte.
Chaim estaba encogido sobre una silla. Había un charco de sangre debajo de él. Pero también había sangre en la cómoda y en el baño. Sangre en el teléfono, y en el disco del teléfono. Había huellas sanguinolentas de dedos en la pared. Chaim había recorrido toda la habitación, apoyándose en la mano ensangrentada.
Junto al cadáver se encontraba un cojín verde claro, lleno de manchas y coágulos de sangre. Chaim había apretado el cojín contra el pecho para detener la hemorragia, pero debía de saber que aquello no serviría de nada.
Shirley tenía los ojos muy abiertos y se retorcía las manos. La empujé fuera de la habitación. Fue entonces cuando advertí unas gotas de sangre en la alfombra del salón. La luz era escasa, y hasta ese momento no las había visto.
—Está muerto —le dije a Shirley.
Ella ya lo sabía, pero necesitaba que alguien declarara muerto a su padre.
Había dos agujeros de bala de pequeño calibre en la puerta. Quizá alguien había llamado y cuando Chaim preguntó quién era, le dispararon a través de la puerta.
—Vamos al coche —dije.
Traté de limpiar todos los lugares que había tocado, pero es imposible saber dónde aparecerá una huella digital. Salí de la casa con la cabeza baja, y cuando subimos al coche iba tan agachado que apenas veía por encima del salpicadero. No me senté derecho hasta que estuvimos lejos de la casa.
Fuimos a un pequeño café en la playa de Venice, un lugar con suelos arenosos, decorado con redes de pescar y conchas que colgaban del techo. Nuestra ventana daba a la playa. Era una mañana fresca, y aún no había nadie.
—¿A qué hora lo ha encontrado?
—Esta mañana. Papá... —dijo, y la interrumpió un sollozo—. Me había pedido que le llevara algo.
—¿Qué quería?
—Dinero.
—¿Y cómo ha averiguado mi dirección?
—He llamado a la iglesia.
Me tomé un café. Tuve que beberlo lentamente, porque si el líquido se deslizaba hacia el lado malo, la muela me dolía como una cuchillada.
—¿Para qué necesitaba su padre el dinero?
—Tenía que escapar, Easy. Lo buscaba el gobierno.
—¿El gobierno? —pregunté, como si nunca hubiera oído hablar del FBI.
—Papá es miembro del partido comunista —dijo con la cabeza gacha—. Tenía un documento, o algo por el estilo, y el FBI lo perseguía. La última vez que vinieron dijeron que volverían. Papá pensaba que se lo llevarían, y me llamó para pedirme dinero.
—Esos hombres que fueron a su casa cuando yo estaba allí, la semana pasada, ¿eran del FBI?
—Sí.
—¿Y qué era eso que tenía su padre?
No parecía muy dispuesta a hablar.
—Shirley, su padre está muerto —le dije—. Ya no podemos hacer nada por él, pero sí por usted.
—Tenía unos planos, o algo parecido. Se los dio un tipo que trabajaba en Champion Aircraft.
—¿Qué clase de planos?
—Papá no lo sabía exactamente, pero pensaba que se trataba de armas. Estaba seguro de que el gobierno estaba haciendo armas para matar más gente. Papá odia la bomba atómica. Piensa que el imperialismo de los Estados Unidos matará a millones de personas. Él dice que son los planos de un bombardero nuevo, puede que para armas atómicas.
Me perturbaba que siguiera hablando de su padre como si aún estuviera vivo, pero jamás me hubiera atrevido a corregirla.
—¿Y qué pensaba hacer él con los planos?
—No lo sé —dijo llorando—. No lo sé.
—Tiene que saberlo.
—¿Por qué? ¿Por qué es tan importante? Él está muerto.
—Conocía a Chaim desde hace poco tiempo, pero era mi amigo. Y me gustaría pensar que no era un traidor.
—Pero lo era, señor Rawlins. Pensaba que el gobierno que tenemos sólo quiere hacer la guerra. Mi padre quería entregar los planos de las armas secretas de los Estados Unidos a un periódico socialista, creo que de Francia, para que el mundo entero estuviera enterado. Quería que todos advirtieran el peligro. Él... —Empezó a llorar otra vez.
Chaim era mi amigo y estaba muerto. Poinsettia era mi in—quilina y también estaba muerta. Y yo tenía la culpa de la muerte de ambos. Aunque sólo fuera por que no había dicho la verdad, o porque no me había mostrado compasivo cuando debía.
Shirley estaba temblando, y le cogí la mano.
El cocinero blanco salió de detrás de la barra y unos cuantos clientes se dieron la vuelta para mirarnos.
Shirley no se daba cuenta de nada.
—Mi padre quería irse del país, Easy —dijo.
—Y nosotros tenemos que marcharnos de aquí —le respondí.
Cuando llegamos a mi casa le pedí que entrara. No sé por qué. Estaba sucio y dolorido, y lo último que quería era agasajar a una joven, pero se lo pedí y ella aceptó, y caminamos juntos entre las azucenas, las patatas y las fresas por el sendero sin pavimentar que llevaba a la puerta de mi casa. Y cuando yo buscaba la llave en el bolsillo ella me miró y yo me detuve para mirarla un instante, o dos. Después decidí besarla. Me incliné con un movimiento rápido...
No fue el tiro lo que me puso nervioso.
Tampoco el agujero que apareció en la puerta de mi casa, o el coche que se alejó calle abajo; ni el débil grito de Shirley o su mirada, una mirada que podía partir el corazón de un hombre. Ni la mala suerte, o la muela rota, o la resaca que aún no se me había ido del todo, o la brisa en la nuca que había sido como un saludo de la muerte. Lo que me enfurecía no eran las ideas políticas que no comprendía y que no me interesaban.
Era la idea de que todos mis sufrimientos se debían a que no era libre y nunca lo había sido. ¡Ni siquiera sabía quién me estaba tiroteando frente a mi propia casa! Personas ahorcadas y acribilladas a tiros por nada, eso era lo que me enfurecía. Me volvía loco de rabia. Podía sentirlo, como sentía el comienzo de una erección por Shirley cuando lo que realmente deseaba era dormir, un buen dentista y una muerte tranquila a manos de un marido celoso o de un policía racista.
Como casi todos los hombres, yo quería una guerra en la que pudiera disparar a gusto, y no aquella inútil confusión de sangre e inocencia.
Me quedé mirando la cara de miedo de Shirley. La chica estaba temblando. La abracé y le dije:
—Ya ha pasado, no temas.
Después, la hice entrar en casa sin mirar quién nos había disparado. Había decidido en ese instante que, quienquiera que fuese, era hombre muerto. Cuando lo matara iba a empezar disparándole a la planta de los pies. En el infierno se iba a acordar de mí.
—¿Crees que son los agentes del gobierno? —tartamudeó
Shirley mientras la ayudaba a llevarse el vaso de whisky a los labios.
—Es probable —dije, pero en verdad no lo creía—. Tal vez piensan que tú te escaparás con los planos.
—¡Oh, Easy! —Me cogió el brazo—. ¿Qué podemos hacer?
—Tendrás que escapar. Y de prisa.
—¿Pero adónde puedo ir?
—Hay un hotel en el centro, el Filbert. Ve allí y coge una habitación. Di que te llamas Diana Bowers. Yo tuve una novia que se llamaba así. Llámame cuando estés instalada. Puede que no esté aquí cuando llames; en ese caso, te telefonearé yo en cuanto pueda y preguntaré por Diana Bowers.
Se estremeció y se acercó aún más a mí.
—Déjame quedarme un rato. Ahora no podría conducir; estoy demasiado asustada.
Nos quitamos todo menos la ropa interior y mi pistola. Nos acostamos en mi cama, abrazados, hasta que ella dejó de temblar y nos dormimos. Yo seguí abrazándola, más por mi propio consuelo que por el de ella.
Soñé que cerca del lecho de muerte de mi madre había una escotilla. Yo caía por un largo pasillo que era igual que un pozo. Al fondo había un río, pero yo sabía que era una cloaca, y que había hombres, hombres blancos y desesperados, que me buscaban. A veces los hombres se convertían en cocodrilos y me buscaban en el agua, y en otras ocasiones los cocodrilos se convertían en hombres. Yo me había pegado a una pared rocosa, para esconderme. De vez en cuando mi mano, en un movimiento involuntario, tocaba una de las oquedades de la pared, y cuando eso sucedía, la pared dolía. Era un dolor terrible, y medio desperté frotándome el lado de la cara donde Melvin me había roto una muela.
Hice una mueca de dolor, y estaba casi despierto cuando vi a Mofass riendo detrás de su mesa; me preguntó cómo era que Hacienda me había dejado escapar. Lo vi hablando mal de Poinsettia, y negándose a que pusiera mis propiedades a su nombre.
Los sueños son maravillosos, porque constituyen una manera diferente de pensar. Por un instante supe con toda certeza lo que debía hacer. Supe quién había matado a Poinsettia y por qué. En mi sueño lo sabía todo, y hasta soñando planeaba mi venganza.
Empezamos a besarnos dormidos. Unos besos apasionados y torpes de los que todavía no éramos conscientes. Cuando despertamos aquello seguía siendo muy agradable, pero ninguno de los dos quería que continuara. Shirley se levantó y dio una vuelta por la habitación, como lo había hecho su padre, quizá. Yo me acerqué a ella y volví a besarla. La apreté contra la pared, ella me rodeó las caderas con las piernas y apretó aún más...
Más que sexo, fue una especie de espasmo, como el vómito o los calambres. Hacíamos los mismos ruidos que los boxeadores cuando encajan un golpe.
No nos dijimos palabras de amor. No hablamos hasta que todo terminó.
Y luego, lo único que dije fue que la llamaría al Filbert tan pronto como pudiera. Le di el teléfono de EttaMae y le dije que llamara a ese número si no podía dar conmigo.
—Pídele a Etta lo que necesites y dile que llame a Mouse.
—¿Quién es Mouse?
—Es un amigo —le dije.
—Ah, ya me acuerdo. —Sonrió por primera vez—. Es el hombre que te recordaba a mi padre.
—Sí, ese mismo.
No sabía qué iba a pasar con Shirley. Yo sólo podía pensar en la venganza, y creía saber cómo llevarla a cabo.
Fuera estaba oscureciendo y acompañé a Shirley hasta el coche. Durante todo el camino hice como que buscaba al villano de la escena, pero yo sabía que aquel tiro había sido para mí. Y sabía quién lo había disparado. Por mis venas corría hielo.
La casa de Primo quedaba en el este de Los Angeles, en el barrio mexicano. Antes tenía una casa muy grande y alquilaba habitaciones a los inmigrantes ilegales, pero la Dirección General de Sanidad lo descubrió y le confiscó la propiedad. Primo pagó trescientos dólares como entrada para una casa de dos plantas en el bulevar Brooklyn, en Boyle Heigths, y demolió todas las paredes de la planta baja. Él, su esposa Flower y sus once hijos vivían en el primer piso, y marido y mujer llevaban una cafetería en la planta baja.
Era una sala oscura con las vigas, en otra época cubiertas, bien visibles. Unas pocas mesas y sillas mal emparejadas aquí y allá. Flower era de Panamá, pero conocía la cocina mexicana lo suficiente como para preparar un burrito de huevos y patata y unas salchichas fritas de chuparse los dedos. Todos los trabajadores mexicanos de cinco kilómetros a la redonda iban a comer a Primo. Había tequila y cerveza de la tienda de licores vecina y los olores eran tan apetitosos que un tipo de Tijuana podía pensar que estaba de vuelta en su ciudad natal con su familia.
Cuando llegué era tarde, pero sabía que la familia estaría en la planta baja. En casa de Primo la cena empezaba a las cinco y continuaba hasta que los hijos mayores llevaban a sus hermanos y hermanas ya dormidos a la cama.
—¡Hola, Easy! —gritó Flower cuando asomé la cabeza por la puerta.
Cuando la familia estaba reunida yo nunca llamaba antes de entrar; había demasiado ruido para gestos de cortesía.
Flower cruzó la habitación y me dio un gran abrazo. Era más grande que EttaMae, y visiblemente negra, pero todos la considerábamos mexicana porque había nacido al sur de la frontera y cuando se enfurecía soltaba tacos en español.
—¡Easy! —exclamó Primo. Me estrechó la mano y me dio unas palmadas en la espalda—. ¡Que alguien le sirva una copa! Jesús, es tu padrino Ezekiel! ¡Ponle una cerveza!
El niño, tímido y silencioso, se puso en pie de un salto, y sorteando niños, perros y muebles fue a la cocina y volvió corriendo. Jesús Peña. Casi todos los hijos de los Peña eran de un moreno claro, color miel, como su padre, con grandes y redondos ojos negros. Pero Jesús era de un matiz más opaco y con ojos asiáticos. No era realmente hijo de Primo y de Flower. Era un niño que yo había encontrado comiendo harina cruda de una bolsa de dos kilos. Había sido maltratado por un perverso hombre blanco; un hombre blanco que había pagado por todas sus maldades con una bala en el corazón. Yo había llevado a Jesús a casa de los Peña. Ellos aceptaron criarlo con una condición, que si alguna vez les sucedía algo, yo me lo llevaría conmigo. Habíamos legalizado la adopción y Jesús era mi ahijado. Me sentía orgulloso de él porque era inteligente, vigoroso y amaba a los animales. Lo único malo era que no quería hablar. Como no conseguía que hablara, nunca supe si recordaba algo de su pasado, y cuando le hacía alguna pregunta al respecto, me abrazaba y me besaba, y se marchaba a toda prisa.
—¿Algo anda mal, Easy?
—¿Por qué? ¿Acaso tiene que pasar algo malo para que quiera ver a mis amigos y a mi ahijado?
—Algo tiene que haber pasado para que tengas la cara hinchada.
Seguramente se me había inflamado mientras dormía.
—Tuve una pelea —dije—. Pero gané yo.
Flower me miró frunciendo el ceño. Me tocó con un dedo el costado de la boca y por poco me desmayo.
—Eso está infectado —afirmó—. Tienes que ver a un dentista, o empeorará.
—Iré cuando termine un asunto que tengo entre manos.
—Antes la muela terminará contigo —me dijo, abriendo unos enormes ojos.
Los niños se rieron y la imitaron.
—¡Ya está bien! —exclamó Primo; después gritó algo en castellano y agitó las manos como si estuviera haciendo viento para enviar a los niños arriba.
Al principio los chicos se resistieron, pero Primo empezó a gritar y a darles palmadas.
Flower los llevó hasta la escalera y cuando se dio la vuelta vio a Primo que la despedía agitando la mano.
—Tú también, mujer. Easy ha venido a hablar conmigo.
Flower se rió y le sacó la lengua, después se dio la vuelta y movió el culo en nuestra dirección. Corrió escaleras arriba antes de que Primo pudiera arrojarle algo.
Yo saqué el pequeño frasco que me había dado Jackson Blue. Quedaban cinco o seis comprimidos.
—¿Qué estás tomando, Easy?
—Morfina.
Primo hizo un gesto de asco.
—Eso no es bueno, hombre. Yo lo he visto en la guerra, en el Pacífico. Se lo daban a los muchachos y acababan enganchados.
Los efectos de la morfina comenzaban a disiparse. Me sentía como si tuviera un gorila dentro de la boca.
—Tengo un problema muy serio, Primo. Quizá pueda ver a un dentista después de solucionarlo.
—Ya veo. ¿Y qué te sucede?
—Alguien me la está jugando. Primero tengo que asegurarme de que se trata de la persona que pienso, y puede que después lo mate.
—¿Y quién es?
—No voy a decírtelo, Primo. Si no sabes nada, no podrán acusarte de nada.
Creo que la falta de sueño, el dolor, la morfina y la bebida contribuían a mi chifladura. Me daba cuenta de que Primo pensaba que yo no estaba completamente en mis cabales, porque me hablaba suavemente y con frases cortas. No reía ni hacía bromas como de costumbre.
—¿Y qué puedo hacer por ti?
—Puede que cuando todo acabe tenga que marcharme con
EttaMae, mi novia. Se me ocurrió que quizá te gustaría tomarte unas vacaciones en México, en esa ciudad de la que siempre hablas.
A Primo le encantaba hablar de Anchou. Era una ciudad del centro de México que no aparecía en ningún mapa; nadie sabía dónde estaba, excepto la gente que había nacido allí, o aquellas escasas personas que excepcionalmente eran invitadas por uno de los pobladores. En una ocasión me había dicho que la ciudad era móvil; que si presentían malos vientos, podían hacer las maletas y mudarse en un par de horas. Pero ni el ejército ni la policía querían líos con los de Anchou. Una mujer de Anchou, contaba Primo, podía arrancarle de un mordisco la polla a un soldado y dársela luego a su marido como filtro de amor.
—¿Por qué no te marchas a Texas? Allí no te encontrarán.
—No puedo. El gobierno está metido en esto. Y les parece que no están trabajando realmente si no te siguen de estado en estado.
El señor Peña me dirigió una mirada ceñuda. Bebió un sorbo de su cerveza, y volvió a dirigirme la misma mirada.
Yo me daba masajes en la mandíbula.
—Toma los comprimidos, Easy —dijo por fin.
Tomé tres, y los tragué con la ayuda de la cerveza que me había traído Jesús. En el frasco aún quedaban otros tres.
—Tómalos todos —insistió Primo.
—Sólo me quedan estos tres.
—Yo tengo más. Si realmente te calman el dolor, toma los seis.
Me tomé el resto del frasco; confiaba en que la muela dejara de dolerme, así podría dormir bien y al día siguiente haría todo lo que me había propuesto.
—Hombre, aquí tengo quinientos dólares —le dije, y le tendí el sobre que saqué del bolsillo de atrás.
El dinero siempre hacía reír a Primo. Cuanto más había más reía. Contó los billetes de diez y de veinte que yo había ido escondiendo en mis paredes. Y con cada billete su sonrisa se hacía más amplia y sus ojos más vidriosos.
Puede que fuera el subidón de la droga, pero de repente tuve miedo de que Primo fuera a jugármela. Quizá él también era parte de toda la mala suerte que me perseguía.
—¿Me ayudarás? —le pregunté.
La sospecha se me debió de notar en la voz, porque Primo me respondió muy serio que sí, y me tendió un porrón de barro que tenía junto a la silla.
—¿Tequila?
—Mezcal.
Tomé un trago. Noté que era muy fuerte, porque lo sentía a pesar de la envolvente niebla del narcótico.
Primo me contó historias de Anchou.
—Es una ciudad antigua —recuerdo que me dijo—. Hace cuarenta años había allí un jefe que huyó cuando iban a colgarlo y se fue con Zapata.
De vez en cuando me tocaba la mandíbula. Si le decía que me dolía, me pasaba el porrón. Al cabo de un rato ya no sentía ningún dolor.
Primo también se reía. Más tarde bajó Flower y bebió con nosotros. Me hizo compañía mientras Primo revolvía en unas cajas viejas que guardaba en un rincón de la sala grande.
—Tienes una mujer estupenda, Primo —le dije cuando volvió; tenía en la mano algo parecido a unas tijeras de podar.
—Las he encontrado —informó.
—Sí —continué yo; lo había oído, pero estaba tan preocupado por expresarme que no le presté atención—. Yo también tengo una mujer como la tuya, está en uno de mis apartamentos. Tiene brazos fuertes, como tu esposa, y también huele a flores.
Si recuerdo bien, me caí hacia adelante al tratar de besar en los labios a la señora Peña. Aterricé en sus rodillas, y conseguí acercar mis labios a su hombro. Después la habitación empezó a dar vueltas y yo acabé acostado de espaldas en el suelo, con Flower encima, inmovilizándome con su más que considerable peso.
—... hace años mi primo era dentista en Guadalajara, y yo conservo todos sus instrumentos —oí que decía Primo. Mi estómago daba saltos por ahí, y yo hubiera ido tras él de no haber sido por la vigorosa señora Peña.
—Abre bien la boca, Easy —dijo Primo.
Con una mano me tapaba la nariz y con la otra blandía las horrorosas tijeras. En verdad no eran tijeras, sino más bien unas tenazas de líneas aerodinámicas y con la punta acabada en una especie de cepo dentado.
—Aquí está —dijo Primo, y frunció el entrecejo.
Fue entonces cuando empecé a luchar. No podía gritar a causa de aquel maldito instrumento, y no podía darme la vuelta porque Flower me tenía cogido por los hombros. Pero me agité y me revolví debajo de Primo como si él fuera mi primer amante. Luché y mordí hasta que no pude más; me sentía como si en las profundidades de la boca tuviera cantos rodados que daban vueltas y más vueltas.
Jesús Peña estaba agachado junto a mi cabeza y me miraba fijamente. Me sonrió cuando me vio con los ojos abiertos. Vi que le faltaba un diente, y busqué con la lengua el lugar dolorido en mi boca. O, mejor dicho, el lugar donde antes estaba situado el dolor. Y encontré una gasa empapada en algo que tenía un gusto amargo.
Me senté y la escupí al suelo. Jesús saltó hacia atrás como un gatito asustado. La gasa tenía forma de muela y estaba llena de pequeñas hierbas y hojas. Y también manchada de sangre.
La sangre me hizo acordarme de los pies de Poinsettia y del suelo de su apartamento, y de las marcas de dedos en las paredes de la casa de Chaim. Me levanté tambaleante de la improvisada camilla en que me encontraba. Los Peña me habían acostado encima de unas cajas en la parte de atrás del café. Ya había algunos clientes en la sala, que desayunaban tortillas de maíz con mantequilla y cerveza.
Recuerdo que me alegré de ver que todavía era de mañana.
Flower estaba junto a la cocina, a mi derecha. Me sonreía en medio del vapor que salía de una tetera negra.
—Acércate, Easy —me dijo.
Me dio un tazón del caldo en el que flotaban unas diminutas galletas. En el fondo del tazón había un huevo escalfado.
—Es sopa de ajo —me informó Flower sonriendo.
Me senté en un taburete muy cerca de ella. El primer bocado me dio náuseas, pero seguí comiendo. Últimamente había comido muy poco y se me ocurrió que tenía que recobrar fuerzas.
Por la pequeña ventana de la cocina entraba el sol. Pequeñas motas de polvo flotaban en sus rayos como un enjambre de diminutos peces plateados. Pensé en los apartamentos de la calle Magnolia y en Mofass, aquel sapo de color marrón caca, subiendo trabajosamente las escaleras.
Al cabo de un rato mi estómago se tranquilizó. El hueco donde había estado la muela casi no me dolía.
—Toma, Easy —me dijo Flower. Tenía en la mano un puñado de bolsitas de té—. Si te duele, muerde una de éstas.
Me guardé las bolsitas y le pregunté:
—¿Dónde está Primo?
—Ha ido a San Diego a ver a su hermano. Ellos se cuidarán de todo cuando viajemos al sur.
De modo que mi plan ya estaba en marcha.
—Muchas gracias por hacer de dentistas, Flower. Me imagino que entre el dolor y la droga estaba un poco chiflado.
—Nosotros te queremos mucho, Easy —fue su respuesta.
Por poco me echo a llorar.
Cuando llegué a casa me di una larga ducha y poco a poco me fui tranquilizando. Mi corazón aún clamaba por un asesinato, pero lo hacía en voz más baja, y en un tono más suave y menos insistente. Me tomé mi tiempo para secarme y vestirme. Y también para valorar las líneas elegantes de mis sillas de nogal y las vetas de la madera de pino del suelo del dormitorio.
Me puse unos bonitos pantalones marrón claro que me había regalado una novia hacía tiempo, y que sólo había usado en una ocasión, y una camisa roja de Jamaica con un estampado de grandes hojas verdes de palmera. Calcetines de nailon blancos y zapatos de cuero negro trenzado. Lo último que escogí fue el treinta y ocho. Me lo sujeté en la parte de atrás de la cintura, oculto por la holgada camisa roja.
Después de vestirme salí fuera para disfrutar del jardín. Me senté durante media hora en el banco de hierro fundido, donde no me podían ver desde la calle, y miré cómo bailaba un arrendajo en la hierba. Se le veía orgulloso y feliz en la hierba húmeda, que había crecido demasiado en las últimas semanas. No había ningún enemigo a la vista, y el pájaro no necesitaba nada más para ser feliz.
Pensé en la meseta mexicana. Parecía un buen plan.
Roberta Jefferson, la hermana de Mofass, vivía cerca de mi casa. Ella y George, su marido, tenían una pequeña casita.
Los dos trabajaban para el Consejo de Educación de Los Angeles. Él lo hacía en el Servicio Interno de Reparto, y ella preparaba el desayuno en el Instituto de Bachillerato Lincoln.
Roberta estaba en casa cuando llegué, y se había atado un gran pañuelo amarillo en la cabeza. Tardé bastante en llegar a la puerta. Ella estaba dentro planchando camisas, y en el aire había olor a repollo. Docenas de iridiscentes moscas verdes zumbaban alrededor de la puerta de tela metálica. A las moscas les encanta el olor a repollo cocido.
No tuve necesidad de llamar.
—Hola, Easy, ¿cómo estás? —me preguntó Roberta.
—Bien, gracias, Ro. Muy bien.
Me quedé en la puerta, sin apresurarme, esperando.
—Pasa, cariño, y dime qué te trae por aquí.
—Estoy buscando a Mofass.
—No lo he visto desde hace dos o tres días. Pero ya sabes, a veces pasa un mes entero sin que venga a verme.
—Sí —dije, y acerqué un taburete alto a la mesa donde Roberta estaba planchando—. Me dejó una nota para que sacara una nevera de uno de sus apartamentos, pero se le olvidó la dirección del apartamento. Y no quiero sacar la nevera de un pobre diablo que no tiene nada que ver con el asunto. A lo mejor me estoy llevando también su última costillita de cerdo.
Nos reímos alegremente.
—Bueno, yo no lo he visto, Easy —dijo luego Roberta—. Pero ya aparecerá. Sabes que Billy no se fía de nadie, y querrá asegurarse de que has hecho bien las cosas.
—¿Le llamas Billy?
Roberta rió.
—Sí. Billy Wharton. Por eso no le gusta venir a vernos, porque yo no dejo que olvide su verdadero nombre.
—Ya veo —dije.
Le pregunté por su marido y sus hijos. Todos estaban bien. George Junior había tenido la varicela y a la pequeña Mozelle le estaban creciendo las tetas y decía que quería tener un niño para darle de mamar. Las cosas habituales de la vida. Roberta me dijo que el Consejo de Educación estaba contratando gente, y que tal vez era el momento para que yo consiguiera un trabajo fijo. Le dije que me pasaría por las oficinas.
—Tu madre vive en Louisiana, ¿verdad, Ro? —le pregunté para terminar con las preguntas sobre su familia.
—Vivirá allí hasta que se muera.
—¿Cuántos años tiene?
—Le falta tan poco para cumplir los setenta que es como si ya los tuviera, pero ella dice que tiene sesenta y dos. Y en verdad no parece tener ni un día más. Ayer me contó mi hermana Regina que mamá tiene un novio nuevo.
—¡A los setenta años! —me escandalicé.
—Hombre, supongo que eso todavía no se le ha gastado.
—Tu madre debe de tener muy buena salud.
—Es fuerte como un toro —me respondió Roberta.
Intercambiamos unas pocas bromas más y me despedí.
Cuando salí de allí fui en mi coche a los apartamentos de la calle Magnolia. Fue como un viaje al pasado. No había cambiado nada. En la cuneta había un papel de chicle que ya había visto la última vez que estuve allí. Me asombraba pensar que los apartamentos aún me pertenecían. ¿Quién había cuidado de ellos durante todos aquellos largos días en que yo había estado ausente?
—Buenos días, señor Rawlins —me saludó la señora Trajillo.
—Buenos días, señora. ¿Cómo está usted?
Me respondió con una sonrisa y yo me acerqué a su ventana. Detrás de la mujer, en una de las paredes, había una imagen de Cristo. Tenía el pecho abierto, y mostraba un corazón como el de las tarjetas del día de los enamorados, pero coronado de espinas. Me miraba y tenía dos dedos levantados, como si quisiera decirme: «Ve despacio, hijo, y encontrarás tu venganza.»
—¿Ha vuelto por aquí la policía? —pregunté.
—Sí. Precintaron el apartamento y nos hicieron un montón de preguntas; quién pensábamos que lo había hecho, y esa clase de cosas.
—¿Y ya lo saben? ¿Han encontrado al asesino?
—No lo creo, señor Rawlins, pero nos hicieron muchas preguntas acerca de usted y del señor Mofass.
—¿Mofass estaba aquí aquel día?
—Yo no lo vi, y les dije que un caballero de color como el señor Mofass no entra a escondidas por una ventana.
No, pensé, él se hubiera arrastrado como una serpiente.
—Yo les conté todo lo que había visto, señor Rawlins. Aquel día sólo vi a la gente de la casa, al cartero que traía un envío urgente y a un agente de seguros blanco.
—¿Un agente de seguros? ¿Quién era?
—Un tipo blanco con un traje pasado de moda. Dijo que vendía seguros de vida. —La señora Trajillo bufó—. Uno más de los muchos que quieren aprovecharse de los pobres.
A la señora Trajillo no le gustaban mucho los blancos.
—¿Y trató de venderle un seguro a usted?
—No, yo no tenía ningún interés, pero subió y bajó las escaleras buscando a quién robar.
De todas formas, no me interesaba el agente de seguros.
—¿De modo que eso fue todo?
—Pienso que sí, señor Rawlins. El policía blanco estuvo mirando la puerta trasera. Dijo que parecía que la habían forzado hacía poco tiempo.
Le di las gracias y me despedí. Pero no debía de tener muy buena cara, porque cuando me iba, la señora Trajillo me dijo:
—No sufra, señor Rawlins. Ya sabe que cuando alguien muere no es culpa de nadie.
—¿Cómo es eso?
—Es Dios que los llama a su lado.
Contuve la risa, como un lobo enjaulado.
Cuando llegué a casa aún me sentía sucio, y me di un largo baño. Quería estar limpio, impecable. Coloqué una silla junto a la bañera y puse allí mi treinta y ocho. Dejé la puerta abierta y todas las luces encendidas. Las sombras iban a ser mi alarma.
Llamé a Dupree, pero Mouse había salido con LaMarque.
Había una sola posibilidad de que me pudiera quedar en Los Angeles, y esa posibilidad dependía de que manipulara de manera muy inteligente los documentos secretos.
De modo que me vestí con ropa oscura de trabajo, cargué con amoníaco una pistola de agua, cogí un hule que usaba para pintar y compré tres bistecs en la carnicería de la esquina. Después fui al cementerio de coches de Vernon; me dirigí a la parte de atrás, porque era de noche y estaba cerrado. Coloqué el hule encima de la cerca de alambre de púas y salté. No tenía tiempo para esperar a que abrieran a la mañana siguiente.
El depósito de coches estaba dispuesto en anchos callejones formados por montones de coches. Ya había recorrido tres de ellos cuando los perros me olieron. Vi dos animales, un monstruo con apariencia de boxer y un perro pastor. El primero gruñía y corría hacia a mí, con su colega a la zaga. Les disparé al hocico con la pistola de amoníaco. No hay nada que un perro odie más que el amoníaco. Preferiría arrancarse la cola a mordiscos antes que tener el hocico lleno de ese veneno.
Los documentos estaban donde había dicho Andre, detrás del asiento de una vieja furgoneta Dodge, dentro de una libreta de piel, de esas que tienen un cierre al costado. Me los puse bajo el brazo y recordé que Chaim los había dejado allí. En verdad, no le había dicho adiós a mi amigo.
Cuando llegué a la parte de la cerca que había cubierto con el hule tenía otra vez a los perros detrás de mí. El galgo-boxer me mostró los dientes, pero no parecía muy decidido, y se mantuvo detrás de los otros tres o cuatro perros. Cogí la pistola de amoníaco y le disparé en el hocico al primero —de una raza más que desconocida— que quiso morderme.
No le bastaron las cuatro patas para alejarse de mí. Los otros animales siguieron de inmediato su ejemplo, y salí de aquella incursión sin más daño que un pequeño corte que me hice al abrir la puerta de la furgoneta. Dejé los bistecs en el suelo, junto a la valla. Si los perros tenían la boca llena de carne, no podrían ladrar después de mi partida, y así no llamarían la atención de nadie. Lo que menos necesitaba era que alguien se fijara en mí.
Los oí gritar antes de llamar a la puerta. Chillidos agudos mezclados con palabras como «no» y «basta».
Llamé a la puerta. Cuando Etta abrió, los chillidos continuaban a su espalda. Mouse y LaMarque estaban luchando en el sofá. Los dos gritaban, pero LaMarque estaba encima de Mouse, y lo golpeaba en la cabeza jugando. Mouse se había agachado, hacía como que le dolía muchísimo y chillaba como un ratón.
Etta me tocó el pecho —yo lo sentí hasta en las rodillas—, y me dijo:
—Gracias, cariño. Para LaMarque, es como si Raymond hubiera resucitado.
—¿Me quieres, Etta? —susurré.
—Sí, Easy, te quiero —me respondió también en voz muy baja.
Quería preguntarle si escaparía conmigo a México, pero decidí esperar hasta que Mouse estuviera en otro sitio.
—¡Easy! —me llamó Mouse desde el interior.
—Hola, tío Easy —me saludó LaMarque.
Me pregunté si LaMarque vendría con nosotros a México o si Etta lo dejaría con su hermana. El niño era aún lo bastante pequeño como para aprender muy fácilmente otro idioma.
—Hola, muchachos —dije. Y después—: Raymond.
—¿Sí, Easy?
—Necesito que me ayudes.
LaMarque apartó la vista de nosotros y miró hacia la mesa redonda donde solían comer. Allí estaba la pistola calibre cuarenta y uno de Mouse. El arma, abandonada en la mesa, tenía un aspecto obsceno, pero supongo que era mejor que Mouse no la llevara encima mientras jugaba con LaMarque.
—Voy a preparar té —anunció Etta, a quien no parecía molestar la artillería de Raymond.
Etta movió la pistola a un lado y otro para limpiar la mesa.
—No, cariño, no te molestes —le dije—. Raymond y yo tenemos cosas que hacer. Nos vamos.
De modo que nos marchamos.
—Necesito ayuda, Mouse —le dije en el vestíbulo.
—¿A quién quieres que mate? —me respondió, y sacó la pistola para demostrarme que estaba preparado.
—Por ahora sólo necesito que me acompañes, Raymond. Tengo que averiguar un par de cosas, y no me vendría mal que alguien me cubriera las espaldas.
Raymond sonreía mientras enfundaba su gran pistola.
Fuimos hasta el despacho de Mofass. Yo tenía la llave, de modo que no nos podrían acusar de allanamiento de morada.
—¿Qué estamos buscando, Easy? —me preguntó Mouse, mientras se hurgaba los dientes con un palillo de marfil que siempre llevaba consigo.
—Tú siéntate, Raymond. Yo voy a registrar los archivos de Mofass.
—Para eso no necesitabas que viniera.
—Ayer me dispararon en la puerta de mi casa —le dije—. Estaba con una amiga, y si no me hubiera agachado, para mí ya habría acabado la función.
—¡Ah! —fue todo lo que respondió Mouse, y se palpó la pistola por debajo de la chaqueta.
Se sentó después en la silla giratoria de Mofass, puso los pies sobre la mesa y me sonrió mientras yo empezaba a registrar el archivador.
Mofass llevaba un libro con todas las propiedades que administraba. A la derecha de cada una de las direcciones había doce columnas donde él señalaba, mes a mes, si la propiedad estaba ocupada o deshabitada. Cuando un piso estaba vacío, aparecía una X escrita con lápiz en el mes correspondiente.
Había unos doce apartamentos desocupados, la mayoría en la calle Clinton. Tomé nota, aunque no creía que Mofass se hubiera escondido en un apartamento. No es un tipo muy querido, y la gente se iría muy fácilmente de la lengua si conociera su paradero.
Mofass también administraba un grupo de locales comerciales y siete almacenes. Todas estas propiedades estaban alquiladas. Uno de los almacenes estaba alquilado a Frutas y Verduras Alameda, S.A. Mofass me había dicho que esa compañía ya no existía. Anton Vitali, el presidente, era también el dueño del edificio. Lo había desocupado, pero seguía pagando el alquiler —se lo pagaba a sí mismo—, porque necesitaba que la gente creyera que era un próspero rentista que vivía de sus propiedades. A Mofass aquel arreglo le satisfacía, porque seguía cobrando su comisión y no tenía que mover un dedo.
Le di a Mouse todas las direcciones y le dije que inspeccionara primero el almacén.
—¿Quieres que lo mate, Easy? —me preguntó con la misma naturalidad con que me ofrecería una cerveza.
—Sólo quiero que lo retengas, Ray. Si hay que matar a alguien, ya lo haré yo.
Respondió al teléfono al primer timbrazo.
—Habla Craxton —dijo.
—Qué tal, señor Craxton.
—Bueno, bueno, señor Rawlins, ya pensaba que se habla escapado de mí.
—No, señor. ¿Adónde podría ir?
—A ningún lugar donde yo no pudiera encontrarlo, de eso puede estar seguro.
—He estado muy ocupado, tengo noticias para usted.
—¿Qué clase de noticias?
—Chaim Wenzler ha muerto.
—¿Qué dice?
—Le dispararon a través de la puerta de su casa. Y lo mataron.
—¿Y usted cómo se enteró?
—Shirley Wenzler, la hija de Chaim, me llevó a su casa. Al parecer, yo soy la única persona en quien confía.
—¿Ella sabe quién lo mató?
—Shirley piensa que fue usted.
—¡Qué idiotez!
—Déjeme que le explique. Yo no digo que un agente del Estado vaya a hacer una cosa así. Digo que Shirley piensa que a su padre lo mataron los del gobierno.
—¿Ha averiguado alguna cosa que me pueda ser útil?
—Creo que había otra persona metida en este asunto, además de Wenzler. Como usted dijo, él trabajaba con un hombre de color. Pero no sé quién es. Una cosa sí es segura, sea quien sea, me calaron desde el principio.
—¿Y cómo pudieron hacerlo, Easy? —me preguntó Craxton.
—No lo sé, pero creo que puedo averiguarlo.
—¿Encontró algo en casa de Wenzler?
—¿Algo... de qué tipo?
—Cualquier cosa —respondió evasivo—. Cualquier cosa que me pudiera interesar.
—No, señor. No me quedé allí mucho tiempo. No me gusta la compañía de los muertos.
—Pero usted trabaja para mí, Rawlins. Si no está dispuesto a ensuciarse las manos, no veo por qué tengo yo que resolver sus problemas con Hacienda.
—Hombre, si yo supiera qué busca usted, podría fisgonear por ahí. Pero usted no me ha dicho ni una palabra del asunto, agente Craxton.
Nuestra conversación se interrumpió unos instantes. Cuando Craxton volvió a hablar, lo hizo con forzada tranquilidad y en un tono mesurado.
—¿Qué pasa con la chica, Easy? ¿Sabe por qué mataron a su padre?
—No, no sabe nada de nada. Pero yo he oído una o dos cosas en la Primera Iglesia Africana.
—¿Ah, sí? Cuéntemelo.
—Señor Craxton, usted tiene sus secretos y yo tengo los míos. Puede que siguiendo esta pista descubra quién mató a Wenzler. Y entonces se lo diré. ¿De acuerdo?
—No. —Casi podía oír cómo hacía que no con la cabeza—. No estoy en absoluto de acuerdo. Usted trabaja para mí...
Lo interrumpí.
—No. Usted no me paga, y tampoco ha hecho nada por mí. Yo encontraré al asesino y me figuro que él será la clave de lo que usted está buscando, sea lo que sea. Y en ese momento usted y yo haremos un trato.
—Yo soy la ley, señor Rawlins. Con la ley no se puede negociar.
—¡Joder si no se puede! Ayer por la tarde me dispararon y la bala me pasó a cinco centímetros de la cabeza. Es mi vida lo que está en juego, de modo que acepta mis condiciones o adiós y todos en paz.
Me estaba marcando un farol, pero sabía cosas que Craxton ignoraba. Tenía los documentos y sabía quién era el asesino de Chaim y de Poinsettia. Una cosa no tenía nada que ver con la otra, pero cuando yo terminara todo iba a estar tan ordenado como la litera de un soldado del ejército de los Estados Unidos.
Tenía a Craxton entre la espada y la pared. Finalmente dijo:
—¿Y cuándo me dirá algo?
—Mañana a las seis. En este momento tengo algunos asuntos entre manos, pero imagino que a las seis ya lo sabré todo. Y si no, a la misma hora un día después.
—¿Mañana a las seis, entonces?
—Exactamente.
—Muy bien. Esperaré su llamada. —Craxton intentaba dar la impresión de que seguía siendo el que mandaba.
—Una sola cosa más —le solté antes de que pudiera colgar.
—¿Qué?
—Asegúrese de que la policía no se meta conmigo.
—Delo por hecho.
—Gracias.
Sentado en la oscuridad urdía un plan tras otro. Ninguno parecía real. Yo sólo tenía a Mofass. Él era el hilo que lo unía todo. Mofass y Poinsettia estaban metidos en algo raro, y yo le había hablado de los impuestos y de la Primera Iglesia Africana. Mofass era mi único sospechoso. Si mis suposiciones eran correctas, había sido él quien informara a Jackie y a Melvin que de que yo andaba fisgoneando en la Primera Iglesia Africana. Así que él era también responsable de la muerte del reverendo Towne y de Tania Lee. O puede que los matara él mismo. Mofass era el único que tenía un motivo. Quería mi dinero. Sabía que el gobierno me confiscaría mis propiedades y que él las podría comprar antes incluso de que fueran a subasta. Él sabía cómo redimir deudas e hipotecas. Por eso no quería que llegáramos a un acuerdo privado y yo pusiera las escrituras a su nombre. Él lo quería todo, pero de verdad.
Iba a matar a Mofass, principalmente porque él había asesinado a mi inquilina, y yo sentía que estaba en deuda con ella. Pero también porque había matado a Chaim y yo había llegado a querer a aquel hombre. Mofass había destruido mi vida y me las pagaría.
Todo lo que le había contado a Craxton eran verdades a medias y mentiras para mantenerlo ocupado mientras yo me marchaba a México.
México. EttaMae, yo, y quizá también LaMarque. Me parecía un sueño. Era mejor que todo lo que había tenido hasta entonces, o al menos eso era lo que me decía a mí mismo.
Me senté a esperar que me llamaran. Sin radio ni televisión. Encendí una luz en el dormitorio y luego fui al salón y me senté a oscuras. Estaba leyendo un libro sobre la historia de Roma, pero aquella noche no me sentía con ánimos como para continuar. La historia de Roma no me atraía como solía hacerlo otras veces. No me importaba que los godos y los visigodos saquearan el imperio; ni siquiera me importaban los vándalos, tan terribles que los romanos convirtieron su nombre en sinónimo de destrucción.
En verdad, ni siquiera creía en la historia. Lo real era lo que me estaba sucediendo a mí. Lo real era un dolor de muelas, y un hombre en quien confiaba y que había jugado sucio conmigo. Lo real, lo verdadero, era un estómago vacío, o una mujer diciendo sí, o diciendo no. Lo verdadero era lo que podíamos sentir. La historia era para mí como la televisión, no era la gran ola de la humanidad moviéndose a través de un océano de minutos y de horas, ni era tampoco la humanidad volviéndose cada día mejor. Había visto bastantes asesinatos en Europa como para saber que los nazis eran peores que los bárbaros a las puertas de Roma. Y si yo hubiera estado en Roma, me habrían llamado bárbaro; y en nuestros días, en Watts, nada había cambiado.
Chaim quería un mundo mejor para mí y para mi pueblo. Chaim era un buen hombre, mejor que muchos en Washington, y mejor que un montón de negros que yo conocía. Pero estaba muerto. Chaim ya era historia, como suele decirse, y yo, en la oscuridad, con mi revólver en la mano, era real.
Me desperté sobresaltado cuando Mouse me llamó por teléfono.
—Ya lo tengo, hombre —me dijo.
Había orgullo en su voz, el mismo orgullo que un hombre siente cuando paga su hipoteca al banco, o cuando le lleva la nómina a su mujer.
—¿Dónde está?
—Aquí mismo, frente a mí. ¿Sabes una cosa, Easy? Este chico es realmente feo.
En el fondo se oía la malhumorada voz de Mofass, pero yo no alcanzaba a distinguir las palabras.
—¡Cállese, idiota! —gritó Mouse en mi oído—. ¡Ahora no queremos oírlo!
—¿Dónde estás, Raymond?
—En el almacén de Alameda, donde me habías dicho que fuera. Entré por una ventana y encontré sus cosas. Ya sabes, no tuve más que esperar, y el tío bajó por el tobogán que usaban para descargar la mercancía.
La entrada del almacén estaba en un callejón que nacía en la calle principal. Dos grandes puertas, cerradas con una cadena y un candado. Cuando sacudí la puerta, se abrió una ventana y Mouse se asomó.
—Hola, Easy. Sigue unos metros por el callejón y encontrarás la rampa de carga. Está abierta.
Se trataba de una trampilla de aluminio de unos dos metros cuadrados, reforzada por un marco de madera, que se levantaba de la pared y dejaba al descubierto una rampa de metal que llevaba al interior del depósito. La rampa estaba muy resbaladiza debido a toda la mercancía que se deslizaba por allí hasta las camionetas de reparto.
Mientras subía a la primera planta le quité el seguro a la pistola. Las grandes pilas de cajas de cartón y cajones de madera formaban corredores. Había un poco de luz, pero las largas hileras de cajas y cajones dejaban grandes zonas en la oscuridad y le daban al lugar una extraña apariencia de profundidad. Era como si estuviera en las minas del rey Salomón.
—Aquí, Easy —me llamó Mouse.
Seguí el sonido de su voz hasta llegar a un pequeño quiosco cuadrado. La luz salía del interior de aquella oficina. Una luz eléctrica amarilla y turbia, y humo de tabaco. Había un largo escritorio de metal gris recubierto por un grueso secante verde. Mofass estaba detrás del escritorio, sudoroso y con una apariencia muy poco digna. Mouse me sonreía, apoyado contra una pared.
—Aquí lo tienes, Easy. Si quieres le pongo una manzana en la boca.
—¿A qué viene todo esto, señor Rawlins? —empezó a decir Mofass—. ¿Por qué me ha hecho secuestrar por este hombre? ¿Qué le he hecho yo a usted?
Yo simplemente alcé la pistola y le apunté a la cabeza. Mouse exhibió su sonrisa más encantadora, sin dirigirla a nadie en particular. La mandíbula de Mofass comenzó a estremecerse debido a los espasmos que le recorrían la nuca y los hombros.
—Yo no soy el hombre que busca, señor Rawlins. No es a mí a quien debe apuntar con su juguete.
—Adelante, Easy, mátalo —susurró Mouse.
Y eso fue lo que le salvó la vida a Mofass. Mouse no sabía por qué tenía yo allí a aquel hombre, y tampoco le preocupaba. Él sólo sabía que matar satisfacía un profundo deseo. Yo también comenzaba a sentir el mismo deseo, y aquello no me gustaba nada.
—¿Qué quiere decir con que usted no es el hombre que busco? —le pregunté.
Mofass, en lugar de responder, soltó un pedo.
—Es el inspector de Hacienda, Easy —dijo después—. Ese tal Lawrence.
—¿Qué dice? —Yo no había esperado una respuesta tan sorprendente—. Vamos, hombre, usted puede inventar algo mejor.
—Con una pistola cargada apuntando a la cabeza no se miente, señor Rawlins. Fue Lawrence, y lo que le digo es tan cierto como que estoy sentado aquí.
El olor de la flatulencia de Mofass impregnaba la habitación. Mouse se echaba aire con la mano.
—Será mejor que me diga algo más convincente, Mofass. Su vida está en mis manos.
Acerqué el cañón de la pistola a la sudorosa frente de Mofass, que abrió un poco más los ojos.
—Es la verdad, señor Rawlins. Hace un año me acusó de defraudar al fisco.
Mouse empujó con el pie una silla para que me sentara. Mofass se puso en pie de un salto.
—Siéntese —le dije—. Y siga hablando.
—Sí. —Una leve sonrisa apareció en los labios de Mofass, pero desapareció de inmediato—. Yo nunca he pagado impuestos. He presentado siempre las declaraciones, pero mentía, y decía que no había ganado nada. Pero Lawrence me descubrió. Me tenía agarrado por los cojones.
—Sí. Sé muy bien lo que es eso.
—Me dijo que tenía pruebas suficientes para llevarme a los tribunales. Y yo entonces le pregunté si no podíamos tomar una copa juntos, y hablar del asunto. —Mofass volvió a sonreír—. Si me dejaba pagarle una copa, era señal de que podía comprar su silencio. Fui a un teléfono y llamé a Poinsettia. Ya en aquella época no pagaba el alquiler. Me había dicho que si yo me olvidaba de su deuda ella sería muy buena conmigo, pero usted sabe que yo no hago las cosas de esa manera.
Mouse, sin ningún motivo, cogió bruscamente a Mofass por la muñeca y luego lo soltó. El gordo, asustado y sorprendido, gañó como un perro.
—Es la pu... pu... pura ve... ve... verdad, hombre. Yo la llamé y le dije que si se portaba bien con mi amigo, me olvidaría de los alquileres del verano.
—¿Y usted hizo que se conocieran?
—Sí. Lawrence soportaba muy mal la bebida. Y cuando Poinsettia llegó y empezó a acariciarlo, él apuraba las copas como si fueran de agua y se pavoneaba en la silla. Esa misma noche los llevé a un hotel.
—¿Y?
—¿Qué otra cosa podía hacer? —Mofass agachó los hombros—. Lawrence me pedía que le llevara a Poinsettia al menos tres veces por semana. Y siempre bebían. En algunas ocasiones ni siquiera tenía que llevarlos a ninguna parte, lo hacían en el coche.
—¿Mientras usted conducía? —le preguntó Mouse.
—¡Sí!
—Joder! Ese tío blanco es algo grande, Easy.
—No creo ni una sola palabra de todo lo que me ha dicho —dije—. He visto al agente Lawrence, y es más recto que un poste de teléfonos.
Mofass alzó las manos para apaciguarme y Mouse, como de costumbre, sonrió ante aquella señal de capitulación.
—Señor Rawlins, usted nunca ha visto a ese hombre bebido. Se pone como loco. Y estaba obsesionado con Poinsettia. Pero a veces se ponía furioso y la golpeaba de tal manera que ella tenía que quedarse una semana en casa.
Me acordé de que había visto a Poinsettia llevar gafas oscuras en días nublados.
—Muy bien, Mofass. Puede que su historia sea cierta, pero aún no veo qué tiene que ver conmigo.
—Hace unos seis meses estaban en una casa que yo tenía en venta en Clark. Lawrence se emborrachó y tiró a Poinsettia Jackson por las escaleras. Ella se hizo mucho daño y tuvimos que llevarla a un médico que yo conocía.
—¿De modo que Poinsettia no sufrió un accidente?
Mofass hizo que no con la cabeza, tragó saliva para humedecerse la garganta y continuó:
—Al principio Lawrence se sentía culpable y quería hacerse cargo de todos los gastos de Poinsettia. Fue entonces cuando le preparó una encerrona a Rufus Johnson.
—Lo conozco. Es uno de los hombres de la lista que usted tenía en su escritorio.
—Sí, un hombre de color. Vive en Venice Beach. Lawrence lo acusó de defraudar a Hacienda, y yo lo fui a ver unos días después y le dije que si me pagaba, yo podía librarlo de aquel asunto.
—¿Y usted y Lawrence se repartieron el botín?
—Lawrence se quedó con casi todo, se lo juro.
—Y ahora me persigue a mí.
—Les hicimos la misma faena a cinco personas. Nunca a nadie que yo conociera. Y durante un tiempo Lawrence parecía conforme, pero luego empezó a decir que necesitaba más dinero, y a quejarse de que Poinsettia y su esposa y su hijo eran como piedras atadas a su cuello. Insistía para que encontrara a un negro rico, y así él podría marcharse para siempre.
—¿Y usted me entregó a mí?
Se le llenaron los ojos de lágrimas pero no dijo nada.
—¿Y cómo pensaba sacarme el dinero?
—Ante todo había que conseguir que pusiera todas sus propiedades a mi nombre, después simularíamos que Hacienda iba tras de mí, pero en realidad íbamos a vender las propiedades a escondidas y Lawrence se quedaría con el dinero. Iba a ser todo para él. Él sabía que los negros jamás van contra la ley.
—Pero si lo que me dice es verdad, ¿por qué no quiso que yo pusiera mis propiedades a su nombre cuando se lo propuse?
—Usted no es ningún tonto, señor Rawlins, y yo soy el primero en saberlo, ¿no es verdad? Me imaginé que si aceptaba entusiasmado su idea, usted se daría cuenta de que tramaba algo. De modo que le dije a Lawrence que le apretara las tuercas. Que lo asustara, para que usted me pidiera por favor que pusiera todo lo suyo a mi nombre. Y más tarde, cuando yo tuviera problemas y Hacienda se quedara con mi dinero, usted sabría lo que significa tener a esos tipos detrás, y se sentiría feliz de no estar en mi lugar.
—Usted está mintiendo, hombre. Aunque sea verdad lo de los impuestos, ¿por qué iba Lawrence a matar a nadie?
—¿Y por qué iba a matarlos yo? —chilló Mofass.
—Tranquilo, hombre —le ordenó Mouse levantando el dedo índice, y después lo golpeó en la cara con la pistola.
La cabeza de Mofass giró violentamente hacia un lado, y después el señor Mofass al completo cayó al suelo. Se puso en pie cubriéndose la sangrante mejilla con las dos manos.
—¿Por qué me ha golpeado? —lloriqueó como un niño.
Mouse volvió a apuntarle con el dedo índice y Mofass se calló.
—Quiero una respuesta, Mofass —le advertí.
—No sé por qué los mató. Sólo sé que después de que el hombre del FBI lo sacara a usted del aprieto, Lawrence me llamó a casa. Me dijo que quería saber todo lo que usted hacía. Después yo le informé que usted estaba trabajando para la iglesia. Usted me había contado que estaba vigilando a Towne.
—¿Y por qué no me dijo nada de todo esto?
—Me tenía agarrado por los cojones, señor Rawlins. Yo era un defraudador y lo había ayudado a robar a la gente. Además, usted sabe que ese hombre está loco.
»Me dijo que si el expediente que él tenía de usted caía en manos del FBI, se darían cuenta de lo que tramábamos. Por eso me mandó a ver a Jackie y a Melvin. Él fue a hablar con Towne.
—¿Y lo mató?
—No lo sé. Sólo puedo decirle que Lawrence fue a verlo y que Towne está muerto.
—Pero cuando empezaron los asesinatos usted se calló la boca, Mofass, ¿no es así?
Se me contrajeron los músculos del brazo, y cambié de posición la pistola para no matarlo antes de enterarme de todo.
—Al principio yo no sabía nada. Lo que quiero decir es que no tenía ningún motivo para pensar que Lawrence iba a matar a Poinsettia. Y cuando Towne recibió lo suyo, ya sólo me preocupaba mi vida.
—¿Por qué mató a Poinsettia? ¿Qué papel jugaba ella en todo el asunto?
—Él le ofreció dinero para que ella llamara a la policía y le acusara a usted de haberla golpeado.
Mofass levantó las manos en un gesto de impotencia. Tenía un gran verdugón rojo en la mejilla, y la cara se le estaba hinchando.
—Usted ya sabe cómo era esa chica. Le dijo algo que no le gustó. Que si no le daba más dinero iría a verlo a usted. Poinsettia decía que Lawrence tenía la culpa de que ella estuviera enferma, y quería que la mantuviera.
—Hombre, lo que me dice no tiene sentido. En primer lugar, ¿por qué quería él que ella me acusara de haberla golpeado?
—Si usted iba a la cárcel, el FBI tendría que encontrar a otra persona. Lawrence podría quedarse con su dinero y no se descubriría nada de lo que habíamos hecho.
Mofass empezó a llorar.
—¿Y usted iba a dejar que yo lo perdiera todo a manos de ese hombre?
—¿Y usted no hacía lo mismo para ese tipo del FBI? Él le prometió que usted iba a conservar su dinero si le hacía una faena sucia a otra persona, ¿no es verdad? ¿Acaso somos tan diferentes usted y yo?
Las palabras de Mofass me hirieron.
—Acabemos con esto, Easy —dijo Mouse, y agitó su pistola en dirección a Mofass.
Nunca me había imaginado que un hombre tan gordo pudiera hacerse tan pequeño en su silla.
—No, hombre.
—¿No querías la cabeza de este tipo? —Mouse parecía indignado—. Te ha metido en un buen lío, ¿no?
—Ya lo creo que sí.
—Entonces tenemos que matar a este hijo de perra.
—Sí, pero tengo una idea mejor.
Mofass soltó otro pedo.
—¿Qué has pensado? —preguntó Mouse.
—Mofass, quiero que me dé la dirección de Lawrence.
—La tendrá.
—Y también el número de teléfono de su casa.
—Sí, señor, como usted mande, señor Rawlins. Lo tengo todo aquí —dijo, golpeándose la sien.
—No se equivoque conmigo, Mofass —le previne—. No estamos en un tiovivo. Si da un mal paso, va derecho a la tumba. Éste es mi amigo Raymond, pero para usted se llamará Muerte, si hace las cosas mal.
—No es necesario que me lo advierta —respondió Mofass con su voz más profesional—. Pero ¿puedo preguntarle qué piensa hacer?
—Alguien va a recibir una ración de lo mismo que le espera a usted si me engaña. Y ahora váyase a casa —le dije después que anotó todo lo que le había pedido—. O a donde quiera. Mañana a esta misma hora todo habrá terminado.
Cuando Mofass se marchó, Mouse me dijo:
—Tendríamos que haberlo matado.
—No hay motivo.
—Trató de estafarte, hombre. Quería robarte tu dinero.
—Sí, lo hizo. Pero nunca habíamos sido amigos, ¿sabes, Raymond? Nuestra relación era estrictamente de negocios. Y los hombres de negocios roban para mantenerse en forma y ser más eficaces en sus negocios legales.
Me alegré de que el gordo se hubiera ido. Estaba tan lleno de gases que había apestado toda la oficina.
—Gracias, Raymond —le dije, y nos dimos la mano.
—Eres mi amigo, Easy, y no tienes nada que agradecerme. ¡Mierda! Tú me hiciste ver las cosas claras con LaMarque. Eres mi mejor amigo, hombre.
Mientras conducía hacia mi casa, pensé en mi proyecto de llevarme a la mujer de Mouse y a su hijo y desaparecer en las montañas de México. Yo no podía matar a Mofass porque no era mejor que él.
Cuando llegué marqué el número de teléfono que Mofass me había dado.
—¿Sí? —me respondió una tímida voz de mujer.
—¿Puedo hablar con Reggie Lawrence, por favor?
—¿De parte de quién? —preguntó ella; había miedo en su voz, un miedo tan grande que me hizo estremecer.
Pero le dije quién era, y ella fue a buscar a mi Némesis.
—¿Rawlins?
—Quiero dos mil quinientos dólares —dije—, y no me venga con alguna estúpida mentira porque sé que los tiene. Los quiero en billetes de diez y de veinte, para mañana por la noche.
—Pero qué diablos... —empezó a decir, pero yo lo interrumpí.
—Óigame, no tengo tiempo para tonterías. Sé muy bien lo que ha hecho, y puedo probarlo. Mofass cantó como un pájaro, y sé que usted no puede permitirse que examinen sus asuntos. Así que no diga nada más y tráigame mañana el dinero, o tendrá que abrir un despacho en la cárcel.
—Si se trata de una de sus triquiñuelas para no pagar los impuestos...
Trataba de hablar como si todavía fuera el jefe, pero yo podía oír el sudor que le corría por la frente.
—En el parque Griffith, Reggie. Entre los árboles que hay junto al observatorio. A las ocho. Un antiguo soldado sabe ser puntual.
Le expliqué cómo llegar hasta allí, y colgué antes de que Lawrence pudiera decir una sola palabra más.
Y me sentí muy satisfecho.
A las siete de la mañana había aparcado mi coche en la calle Stanley, un poco más abajo del número 1135. Estaba a una manzana, poco más o menos, del bulevar Olímpico, y aquél era un vecindario de un blanco sin mezcla, pero me arriesgué confiando en que la policía no me vería. Había guardado casi todos los planos en un sobre con el nombre de Lawrence escrito a máquina, y lo tenía junto a mí, en el asiento delantero. Llevaba guantes negros, una gorra de portero y el uniforme del Dupree, un hotel de Houston en el que había trabajado hacía años.
Lawrence salió por la puerta principal a las ocho y cuarto. Yo me agaché en el asiento, lo vigilé a hurtadillas, y apreté la lengua contra el hueco que Primo y Flower habían dejado en mi mandíbula. Él se dirigió a su coche y se marchó; su mujer y su hijo estaban en casa.
Esperé otra media hora, como para que ella no sospechara nada, y llamé a la puerta. Se oía llorar a alguien en el interior, y cuando abrieron la puerta el llanto se oyó mucho más fuerte.
La señora Lawrence era pequeña y pelirroja, aunque había muchos cabellos grises mezclados con los rojos. Parecía joven, pero llevaba la cabe2a gacha como si le pesara. Para poder verme tuvo que levantar la cabeza y entornar los ojos. Una herida suturada, de bordes irregulares, descendía a la izquierda de su boca; la piel alrededor del ojo derecho estaba inflamada y amoratada, y el blanco del ojo inyectado en sangre.
—¿En qué puedo servirlo? —me preguntó.
—Un envío, señora —dije con el tono seco con que me dirigía a los oficiales durante la Segunda Guerra Mundial.
—¿Para quién es?
—Para el señor Reginald A. Lawrence —respondí—. De parte de un bufete de Washington.
Intentó sonreír, pero el niño empezó a gritar. Se dio la vuelta, y luego, como si tuviera prisa, me miró de nuevo y me tendió la mano.
—Démelo a mí; soy su esposa —dijo.
—No sé si... —vacilé.
—Dese prisa, por favor, tengo a mi hijo enfermo.
—Bueno..., está bien, pero me tiene que pagar un dólar noventa y cinco.
—Espere un momento —suspiró exasperada, y corrió hacia el interior de la casa, donde se oían los gritos.
Yo también entré, y saqué uno de los documentos secretos que había plegado en octavos. La puerta principal daba a un pequeño vestíbulo, diseñado para que la casa pareciera más grande. Había un perchero y un decorativo escritorio lacado. Abrí un cajón del escritorio y metí el documento incriminatorio bajo una pila de mapas.
Pasé al salón, donde la señora se consumía de inquietud frente a una cama plegable. La cama no era grande, pero el niño acostado en ella era tan delgado que allí habrían cabido cuatro o cinco críos de sus dimensiones. El chico era casi tan largo como la cama, pero sus brazos y piernas eran tan flacos que parecían los de un recién nacido. Tenía las muñecas laceradas y el pecho desnudo cubierto por contusiones azulverdosas. Lloriqueaba, y con uno de sus ojos me miraba fijamente mientras el otro bizqueaba.
—Señora —dije.
—¿Sí? —Ni siquiera se volvió a mirarme; lloraba derrumbada junto al niño, que ahora que su madre estaba cerca, gemía más débilmente.
—¿Qué le ha pasado? —pregunté
—Polio —me contestó.
Quién sabe, puede que se lo creyera.
Le echó una mirada rápida al niño y se puso de pie.
—Me necesita —dijo—. Tengo que quedarme aquí. Me necesita, me necesita.
La abracé, pensando que la última vez que había abrazado a una mujer su marido había intentado matarme. La llevé hasta un sillón.
Quité la etiqueta con el nombre de Lawrence del sobre y dejé las pruebas sobre las rodillas de la mujer.
—Esto no tiene mucha importancia —susurré—. Déselo a su marido cuando pueda.
A las siete de la tarde llegué al parque Griffith. Detuve el coche en una línea cortafuegos, un poco más abajo del observatorio, y caminé entre los árboles en dirección al gran edificio abovedado. Era una larga caminata, pero pensé que valía la pena ocupar una posición ventajosa antes de que apareciera el inspector de Hacienda. Cuando avanzaba oía el crujido de las ramas de los árboles a mis espaldas, pero aquello no me inquietó.
Eran casi las ocho y cuarto cuando llegó Lawrence. Bajó directamente por la verde colina que había detrás de la tapia baja que rodeaba el parque y caminó hasta muy cerca de los árboles. Estiró el brazo y acercó la muñeca a la cara para mirar el reloj. Aún se le veía torpe y desgarbado, pero había una audacia nueva en su porte. Se contoneaba como un gallo, ladeando la cabeza como si buscara pelea.
—Buenas noches, Reggie —lo saludé desde detrás de un escuálido pino.
Salí a su encuentro con las manos en los bolsillos. Hizo un gesto como queriendo llevarse la mano al pecho, pero yo saqué una de las mías del bolsillo, le mostré la pequeña pistola, y la volví a guardar.
Me dirigió una sonrisa torcida y encorvó los hombros. Las manos, grandes y capaces de hacer tanto daño, le colgaban tranquilamente a los lados.
—¿Ha traído el dinero? —pregunté.
Se inclinó ligeramente hacia adelante y señaló un paquete de papel marrón que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Qué garantía tengo de que me dejará tranquilo si le doy este dinero?
—Hombre, yo sé que usted es un asesino. Y con este dinero me iré a un lugar lejano, donde no pueda encontrarme.
Me sonrió, y ambos nos quedamos inmóviles. Me daba cuenta de que él no pensaba moverse hasta que yo no dijera algo más, de modo que le pregunté:
—¿Y por qué lo hizo, eh?
Un espasmo sacudió su cuerpo.
—¡Ja! ¡Jódase! —me respondió doblando el cuello hacia uno y otro lado. El olor de la ginebra llegó hasta mí.
—Vamos, hombre. Tengo que saberlo. ¿Por qué se ha metido en semejante lío? —le pregunté.
Yo sabía que estaba loco, pero deseaba que hubiera algún motivo.
Los ojos del inspector Lawrence brillaban afiebrados.
—Negros y judíos —dijo.
Puede que me hablara a mí, o que hablara solo.
—¿Como su esposa y su hijo?
Me miró a los ojos, pero no dijo nada.
—Quiero decir, ¿por qué Towne? ¿Y por qué Poinsettia?
—Le hablé de usted al pastor negro. ¿Y sabe qué hizo?
Lawrence levantó los puños. Le dije:
—Tranquilícese, hombre.
—Sí. —Lawrence rió entrecortadamente—. Me echó. Pero yo regresé. Sí, señor, eso es lo que hice.
Volvió a reír. Yo saqué la pistola del bolsillo.
—Y esa zorra era una mugrienta, vivía como en una cochiquera. —El inspector Lawrence respiraba trabajosamente—. Y se comportaba como si yo fuera igual que ella ¡Yo igual que esa cerda! Y solamente tenía que pagar. Usted tenía que seguir el programa. Yo no quería matarlos. Pero estaba en juego mi vida.
—Pero Chaim Wenzler no tenía nada que ver con usted y con sus enredos, hombre.
—El FBI iba tras él. Y si Wenzler desaparecía, los del FBI ya no le necesitarían a usted.
—¡Pero después trató de acabar conmigo!
Lawrence soltó otra risita y se mordió el pulgar.
Cada vez estaba más oscuro. En verdad, daba la impresión de que la oscuridad surgía de los árboles. Ya era hora de que cogiera mi dinero y me marchara.
—Muy bien —dije; tenía, como en otra ocasión, la mano en la pistola—. Deme la pasta.
Había planeado que cuando cogiera el dinero simularía estar nervioso, pero no tuve necesidad de actuar.
—Pensé que usted quizá fuera uno de esos raros negros con cojones —dijo, repentinamente sombrío.
Sus palabras me revolvieron las tripas, pero resistí. Se estaba haciendo de noche muy de prisa; muy pronto no seríamos más que sombras.
—Usted no cree realmente que yo voy a dejar que me extorsione y se quede con mi dinero, ¿verdad?
—Si hace alguna tontería, verá qué clase de cojones tengo.
Se decidió de repente. Cogió el paquete del interior de la chaqueta y me lo tendió.
—Es muy agradable hacer negocios con usted. Ahora puede marcharse —le dije.
En el instante en que toqué el sobre, Lawrence se lanzó hacia adelante y me dio con el hombro en el pecho, muy fuerte. Como estábamos de pie en una colina, tuve otra vez la sensación de volar, pero en esta ocasión aterricé de espaldas, con los brazos abiertos.
Intenté sacar el revólver pero no pude. Lawrence bajó corriendo y me dio una patada en el hombro. Sonreía mientras tironeaba torpemente de la pistola que llevaba en el bolsillo.
—¡No haga eso, hombre! —le grité, amenazador, pero él ya tenía la pistola fuera.
Dijo otra vez esa palabra, negro, y después cayó de espaldas unos dos metros más abajo. Cuando el tipo aún estaba en el aire, a medio camino, oí entre los árboles un disparo de pistola que retumbó como un cañonazo. Huí tan rápido de allí que mientras corría aún se oían los ecos del disparo.
Yo fui muy veloz, pero cuando llegué al coche Mouse ya estaba dentro.
Me sonrió y dijo:
—Eres un tonto, Easy Rawlins. A ese tipo había que matarlo cuando asomó su asquerosa cara.
—Tenía que saber por qué lo había hecho, Raymond. Si no, jamás me lo hubiera podido quitar de la cabeza.
Nos alejamos del observatorio cruzando la zona boscosa del parque.
—Te pareces a uno de esos estúpidos vaqueros, Easy. A ti te gustaría gritar «¡Desenfunde!» antes de disparar. Y con esas tonterías sólo conseguirás que te maten.
Tenía razón, seguro, pero yo, actuando de esa manera, me convencía a mí mismo de que no era un asesino. Le había dado a Lawrence la posibilidad de seguir vivo... al menos hasta que yo lo denunciara a la policía.
—¿El asesino era él?
—Sí, él los mató a todos.
—¿Y ahora qué harás?
—Rezaré para no nos hayan visto, y le diré al tipo del FBI que Lawrence me obligaba a informarle de todo lo que yo hacía para él, y que le robó los documentos de Wenzler. Le diré que se dedicaba al espionaje por dinero. Y también demostraré que usaba su trabajo en Hacienda para extorsionar y robar a la gente.
Mientras hablaba saqué quinientos dólares del fajo de billetes y se los di a Mouse.
Yo no había pensado quedarme con el dinero. Lo repartí entre las familias de los muertos, incluida Shirley Wenzler. Mi idea era que Lawrence tenía que pagar también en dólares por todo el daño que había hecho. Doné también mil dólares a Migración Africana. Y durante treinta años Sonja Achebe me ha enviado postales desde Nigeria.
—No está mal. No está nada mal —aprobó Mouse.
Mientras conducía encendí un par de cigarrillos. No se oían sirenas ni se advertía ninguna actividad extraordinaria en el camino. Le di uno de los cigarrillos a Mouse y aspiré profundamente el humo del mío.
—¿Adónde vas ahora? —me preguntó Mouse cuando ya habíamos hecho unos nueve o diez kilómetros. Estábamos en el bulevar Adams, y los coches de la policía no nos prestaban ninguna atención.
—Le prometí a LaMarque que lo llevaría a comer perritos calientes.
«Y después —pensé— me lo llevaré a México.»
Pero ya no había razón para escapar. No me podían acusar de ningún asesinato. Cuando encontraron a Lawrence y descubrieron sus crímenes, silenciaron todo el asunto. Su pistola era la misma que había matado al reverendo Towne, a Tania Lee y a Chaim Wenzler. Yo les di el nombre de los hoteles donde Mofass había llevado a Poinsettia y a Lawrence. Encontraron las huellas digitales del inspector de Hacienda en el apartamento de la mujer, y la señora Trajillo identificó, por medio de una fotografía, a Lawrence como el hombre que se había hecho pasar por un agente de seguros.
Me sentía avergonzado de mis planes, y de lo que le había hecho a Mouse. Mofass había conseguido que me avergonzara de mí mismo. Yo también me comportaba como si fuera un amigo leal, y luego hacía planes para traicionar a la gente.
Aquella noche estaba en el Hotel Filbert. Llamé a la puerta de la habitación y Shirley me hizo pasar. Llevaba un sencillo camisón rosa que le llegaba a la rodilla. Me sonrió tímidamente, y yo recordé, con sorpresa, que habíamos sido amantes.
—Hola —dijo, y agachó la cabeza.
En la habitación apenas cabían dos camas individuales, una silla y una cómoda.
—Tenía miedo de que fuera un agente del gobierno —me dijo Shirley—. Estaba segura de que le matarían a usted y luego vendrían a buscarme.
—No —le respondí—. Ya saben quién lo hizo, saben quién mató a tu padre. No fueron los del gobierno, sino un tipo que quería hacerse rico rápidamente. Pensó que podía quedarse con los planos y venderlos.
—¿Y quién era?
—Un tipo sin ninguna importancia, no lo conoces.
Me senté en una de las camas y Shirley se sentó a mi lado. Podía sentir su peso.
—Ahora todo está bien, no tienes que preocuparte. No creo que el gobierno te moleste.
No me contestó. Sabía que ella deseaba que la cogiera en mis brazos, pero no lo hice. Yo ya había destruido su mundo; por mi causa habían matado a su padre.
Después de un rato le pregunté:
—¿Y qué piensas hacer ahora?
—No lo sé. Creo que me iré a casa. ¿Pero estás seguro de que todo lo que me has dicho es verdad?
—Sí. El tipo estaba loco, y tenía un problema con Migración Africana. Odiaba a los comunistas y a los negros; era de esa clase de gente.
—¿Y mató al reverendo Towne?
—Sí.
—¿Y ya lo han detenido?
—Todavía no.
—¿Cómo se llama?
—No me lo dijeron. Él creía que yo conocía sus manejos, y por eso disparó cuando estábamos en la puerta de mi casa. Pero no quería matarte.
En su cara apareció primero una expresión de alivio, pero luego cambió: se sentía culpable por alegrarse de que yo hubiera sido el blanco de los tiros. Le acaricié la mano.
—Ya puedes volver a casa, Shirley. Todo está bien.
Ella confiaba en mí. No sabía que yo era tan culpable de la muerte de su pobre padre como si yo mismo le hubiera disparado a través de la puerta. Pero no pensaba contárselo.
Primo también confiaba en mí. Le dije que el villano estaba muerto y que ya no necesitaba marcharme del país.
—Easy, ya he gastado la mitad del dinero —me dijo, con una expresión taimada—. Y he apalabrado a mi hermano para que se ocupe del restaurante.
—Me parece muy bien, hombre. Tú y Flower lo pasaréis en grande en México.
—¡De acuerdo! —respondió Primo; se estaba riendo, y supuse que tenía mis quinientos dólares en el bolsillo—. Pero ya sabes que Jesús se pondrá muy triste si se entera de que no vienes con nosotros. Ese chico te quiere mucho, Easy. Creo que deberías llevarlo a tu casa hasta que volvamos.
—¿Qué dices?
—El chico es tuyo, Easy. Te quiere. Llévalo contigo, y cuando estemos de vuelta, si tú quieres, se vendrá a vivir otra vez con nosotros.
—¿Y cuánto tiempo estaréis fuera?
—Unos tres o cuatro meses.
De modo que dije adiós a Primo y a Flower y a cambio me quedé con Jesús.
Estuvieron tres años ausentes. Cuando volvieron, Jesús era mi hijo.
Craxton estaba tan contento como Primo. Habían encontrado a Lawrence tirado boca abajo junto al observatorio. El agente del FBI me llamó a su despacho, una planta más arriba que el de Lawrence, en la calle Sexta.
—¿Y usted dice que Lawrence y Wenzler trabajaban juntos? ¿Cómo es posible, si Lawrence sólo conocía a Wenzler por usted?
—Señor Craxton, ese tipo intentó sobornarme. Lawrence extorsionaba a Mofass, y más tarde, cuando usted intervino, hizo todo lo que pudo para meterme en líos a mí.
—¿Cómo lo descubrió?
—Mofass se vino abajo y me lo contó todo.
Craxton hizo un gesto de asentimiento.
—Yo le había dicho que íbamos detrás de un tipo blanco que hacía obras benéficas para la iglesia. No sabía que Lawrence estaba loco.
—¿Y qué pasó con la chica, la que le alquilaba el apartamento?
—Él sabía que yo era propietario de los apartamentos, y pretendía extorsionarme para sacarme dinero; pienso que mató a mi inquilina para que me enviaran a la cárcel. Si yo estaba preso, no podía trabajar para usted.
—Pero si usted estaba en la cárcel por asesinato, ¿cómo iba a sacarle dinero?
—En verdad, no creo que Lawrence pensara matar a Poinsettia. Creo que sólo quería hacerle daño. Por eso tenía la cara llena de contusiones. Pero ella murió, y él trató de que pareciera un suicidio.
Mi última explicación era un tanto compleja para la idea que Craxton tenía de la inteligencia de los negros. Me miró con desconfianza pero no dijo nada. El agente del FBI no quería alborotar el hormiguero. Había conseguido un comunista muerto y un espía. Tenía las pruebas que yo había dejado en casa de Lawrence y dos cadáveres. Seguro que con todo aquello conseguiría un ascenso.
—¿Y dónde está Shirley Wenzler? —preguntó.
—En su casa, señor Craxton. Como usted sabe, ella no tuvo nada que ver con este asunto. Ni siquiera estaba enterada de las actividades de su padre.
—A usted le gusta esa chica, ¿verdad, Easy?
—Hombre, Shirley es inocente.
Craxton sofocó una risita. Estaba disfrutando del éxito.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —le dije.
—¿Sí, Easy?
—¿Por qué no me dijo nada de los documentos que tenía Wenzler?
—Usted no debía enterarse de nada. Ni usted ni nadie. Se trataba de un proyecto secreto que Champion había descartado. Lindquist tenía que destruir todas las copias, y yo debía asegurarme de que lo hiciera. Y los dos metimos la pata.
—¿Quiere decir que ni siquiera eran planos que se fueran a utilizar?
—De todas formas, hubiéramos quedado muy mal si aparecían en Rusia.
—Así que se trataba de no quedar mal...
No le hablé a nadie de Jackie Orr ni de Melvin Pride. Tampoco de Winona. Pero le envié una carta a Odell; no quería delatar a mis hermanos, pero tampoco quería que siguieran robando a la iglesia. Dejé completamente al margen del asunto a Migración Africana.
—No sé, no sé, señor Rawlins. Todo parece atado y bien atado, ¿pero quién mató a Lawrence?
—¿Y cómo quiere que lo sepa? Yo no estaba allí.
Craxton hizo honor a su promesa y me concedieron dos años para pagar el dinero que, según Hacienda, les debía. También se ocupó de que dejaran en paz a Shirley Wenzler, y me dio su teléfono particular para que pudiera comunicarme con él en cualquier momento.
Andre Lavender y Juanita reaparecieron sin problemas. Andre no fue a juicio porque Craxton jamás dio su nombre. El agente del FBI quería navegar sin contrariedades sobre un tranquilo mar de muerte y silencio.
Todo estaba en orden.
Aquella misma noche, después de hablar con Craxton, fui a ver a Etta. Abrí la puerta con mi llave. El apartamento estaba a oscuras, pero yo ya me lo esperaba. La puerta de la habitación de LaMarque estaba abierta. Me asomé y lo vi abrazado a un gigantesco oso de peluche que seguramente le había regalado Mouse.
—Sí, sí, Etta —le oí decir a Raymond; su voz me llegaba a través de la pared como si me hablara al oído—. Ah, sí, sí. ¡Cómo te he echado de menos!
Se oyó un sonoro beso y luego un «Te quiero, papaíto».
—¿Qué has dicho? —le preguntó Raymond Alexander a su mujer, a su esposa.
—Te quiero, papaíto. Te quiero y te necesito.
—¿Necesitas esto?
Y ella emitió un sonido que no puedo reproducir. Profundo, gutural, y tan lleno de placer que me sentí enfermo y me senté en el suelo.
Los gemidos de Etta eran cada vez más ruidosos y apasionados. Yo nunca la había hecho gemir así; ni a ella ni a ninguna otra mujer.
«Mouse está loco —pensé—. Completamente loco.»
Pero ojalá yo hubiera estado como él.
Y no era necesario pedirle a Etta su opinión.
Unos días después fui con Jesús al despacho de Mofass.
El chico entró primero, y acercó una silla a la mesa para que yo me sentara frente a mi empleado.
Mofass tenía la vista clavada en un plato de huevos con jamón y tostadas de pan de centeno. Posiblemente estaba así desde hacía un cuarto de hora.
—Buenos días, señor Rawlins.
En sus ojos había una mirada recelosa. Pero cualquiera que hubiera sobrevivido a una amenaza de muerte de Raymond Alexander se tornaba suspicaz.
—Buen día, Mofass. ¿Cómo va todo?
—Me detuvieron y estuve dos días en una prisión del estado.
Abrí los ojos, como si aquello me sorprendiera.
—Sí, me retuvieron dos días —repitió—. Pero supongo que tengo que agradecerle que no me denunciara a Hacienda.
—Eso fue parte del trato con el tipo del FBI. Yo no creo dificultades y ellos me permiten pagar tranquilamente los impuestos que debo.
—Ya, pero de todos modos tengo que darle las gracias. Nos habíamos metido en un buen lío, y a usted le habría sido fácil echarme la culpa de todo.
—Y quizá tendría que haberlo hecho.
Mofass me miró con el ceño fruncido.
—Jesús —llamé al niño, y le eché un cuarto de dólar que cogí del bolsillo de la camisa—. Ve y compra unos dulces en esa tienda que hemos visto hace un rato.
Me sonrió y salió disparado.
Esperé para volver a hablar hasta que ya no se oyó el ruido de sus pasos en la escalera.
—Así es, Mofass. Yo debería haber dejado que Raymond acabara con usted, pero no soy quién para tirar la primera piedra. Aunque eso ahora no importa. Ya ve, yo también he perdido mucho desde el día en que hablamos de aquella carta. He perdido muchísimo. Tenía un buen amigo, y él ahora me odia porque piensa que por mi causa asesinaron a su pastor. Y no puedo ir y aclarar las cosas con él, porque en verdad lo mataron por mi culpa. Y perdí a mi mujer porque no le bastaba conmigo. Mucha gente ha muerto por mi culpa. Y puse en la calle a Poinsettia. Usted me dijo que lo hiciera, pero es responsabilidad mía porque...
—No veo qué tiene que ver todo esto conmigo —me interrumpió Mofass—. Si quiere las llaves de sus pisos, aquí las tiene.
—Conocí a un buen hombre, que me dio su amistad. Y el amigo de usted lo mató, Mofass. Y ni siquiera lo hizo cara a cara. Le disparó a través de la puerta.
—¿Qué pretende de mí, señor Rawlins?
—Ya no tengo amigos, hombre. Sólo me queda Jackson Blue, y él me vendería por una botella de vino. Y Mouse, pero usted ya sabe cómo es. Y un chico mexicano que casi no habla inglés, y si hablara, tampoco me serviría de mucho, porque es un niño.
La frente de Mofass se cubrió de sudor. Seguramente pensaba que yo estaba loco.
—William, quiero que siga trabajando para mí. Y quiero que sea mi amigo.
Mofass se puso el cigarro entre los gruesos labios y soltó una bocanada de humo. No creo que se diera cuenta de que había abierto los ojos como platos.
—Como guste, señor Rawlins —me respondió—, usted es mi mejor cliente.
Nos quedamos sentados, mirándonos en silencio, hasta que volvió Jesús. Había comprado tres paquetes de pastillas de chocolates. Los tres comimos en silencio.
Jesús era el único que sonreía.
Fin