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abril 23, 2011
"Encuentro", óleo sobre tela. 162x114 cms., 1991.Por Hernan Rodriguez CasteloJaime Zapata no es nuevo para el lector de DINERS, y así no cabe comenzar por el principio. En 1986 escribimos sobre el joven artista, que entonces, a sus veintinueve años, tenía todos los rasgos del joven prodigio.
Uno de esos rasgos era el narcisismo. El pictórico -porque el otro, no interesa-. La muestra anterior a esa monografía había sido una nerviosa y casi obsesiva sucesión de autorretratos. Porque el personaje aquel de las tintas y pasteles, de rostro embozado y cuerpo como amortajado en amplia capa española, de cabello aborrascado y mirada ensimismada, era, sin duda, él.Una obra abría una ventana en tan enrarecido clima: era un óleo, y se titulaba Salomé. También estaba allí el personaje. Pero agazapado detrás de la desnuda cortesana, aferrando ávidamente su seno desnudo. Y la cabeza degollada, que la mujer tenía en su mano, era la del propio artista.QUEDABA ATRAS EL ALARDE REALISTA
Este Zapata, como todos quienes siguen su inquieta y brillante trayectoria lo recuerdan, fue muy diferente del anterior. Del anterior solo quedaban su dibujo certero y su buen oficio. Con lo que había roto era con un realismo que, en procura de exactitudes minuciosas y perfectas, llegaba a terrenos de hiperrealismo.
Había roto, en suma, con Daskam, el maestro chileno que tanto le había dado de oficio, y con Andrew Wyeth, los dos, realistas de admirables poderes para poner en la tela las cosas como son, con su aire y su luz y la más inquietante gama de sugestiones sensoriales.Cuando, en 1983, España convocó al premio iberaomericano "Cristóbal Colón" -se ponía en movimiento esto de los 500 años-, Zapata fue uno de los diez artistas que los jurados elegimos para que nos representaran. Su obra escogida, vista a cierta distancia, era un cromo: un perro blanquinegro, junto a una alambrada, al borde de un prado. Pero aquello que un artista mediocre pudiera haber logrado con medios mediocres, el joven maestro lo había conseguido encaprichadamente, casi maniáticamente: había pintado, como si en ello le fuese su prestigio o su autocomplacencia de pintor, con la más absoluta perfección, cada pelo del perro y cada hierba del prado. Eso fue lo que se envió a España: la realización con ensañado oficio de un empeño de reflexión visual, rayano en concepto. El hiperrealismo fue, como es sabido, reflexión visual y planteo conceptual.
"Shuya", óleo sobre tela. 197x140 cms., 1987.EL ZAPATA DE LOS FANTASMAS Y LA SANGRE
Pero el Zapata del can en el prado no era el Zapata total: era el artista que, de tiempo en tiempo, se complacía en lucir todo su espléndido oficio. El hombre dueño de ese oficio, que vivía por entonces en un viejo caserón a las afueras de Conocoto, en el Valle de los Chillos, estaba acosado por nutrido cortejo de fantasmas y tentado -como siempre- por lo brutal y sórdido de la existencia. Su muestra de 1984 ("La Galería", como siempre) se ensañó en un asunto sangriento. Reses despostadas en un camal: cuerpos abiertos en canal, todos ellos sanguinolientos: vísceras cárdenas o amoratadas; sangre; lodo. Y otras obras, más allá de esta orgía de cuerpos muertos, calaban en la soledad del existente humano; en la más perpleja soledad.
Este es el Zapata que comenzó a irse a París. Se iba con toda su carga de obscuros fantasmas a cuestas. Al año de aquel artículo de DINERS -que fue, piensa él mismo, el primer gran balance de su trayectoria artística-, se fue a París. En los siguientes cinco años menuderarían idas y regresos, todos -las idas no menos que los regresos- con penetrante sentido plástico y con sutiles incidencias en lo que ha pintado y cómo.EL TESTIMONIO DEL DIBUJANTE
Antes de instalarse, la vida de cualquier joven artista latinoamericano en París es precaria y acosada por mil inseguridades. Los dibujantes, que no necesitan para su obra sino papel y lápiz dan testimonio de esos primeros tramos. Zapata es dibujante nervioso y penetrante. Lo hizo: dibujó un extraño animal, entre hombre y rata, con el cuerpo vendado. La venda que o cura heridas o inhabilita y ata. Otros dibujos se encarnizaron después con el cuerpo humano y lo desgarraron y descarnaron, hasta dejar a la vista vísceras y huesos. Desgarraba el dibujante con tintas -rojas, ocres- que le permitían plasmar los motivos con especial dramatismo y violencia.
Estos dibujos, que son signos de ataduras y desgarramientos, se completaron a veces, extrañamente, con fastuosos restos de objetos ilustres, y otras veces, más agónica que extrañamente, con el erotismo: en tremendo juego erótico, el personaje animal aquel de las vendas aparece sobre el cuerpo desnudo de una mujer.
"Mascota", óleo sobre tela, 40 x 60 cms.,1986,HOMBRE DE DOS MUNDOS
Y, conforme se acercaba el tan proclamado y controvertido 1992, el joven ecuatoriano, en su condición de impenitente viajero, de ávido o desolado, nostálgico o deslumhrado viajero de un mundo a otro mundo, comienza a vivir en sí mismo eso de ser hombre de dos mundos. Siente el asunto en toda su grandeza, riqueza y complejidad, y convoca todos sus poderes de artista grande para tratarlo en telas de ejecución fastuosa y penetrante valor de desciframiento.
La técnica de Zapata, cada vez más madura y señorial, se aproxima, más por certero instinto que por clara decisión, a la de la pintura renacentista y barroca, y, con solo ello, se carga de connotaciones de lo europeo de la hora en que el viejo continente se asomó al nuevo. Lo americano y el choque mismo de lo del uno y otro lados del viejo océano lo dirían los motivos.EL SALTO
Hay una tela que nos permite sorprender al artista dando el salto desde ciertos motivos burgueses que pintaba por encargo, a las poderosas visiones del acontecimiento que originó nuestro ser mestizo. Pintaba un retrato, con todas las finuras y convencionalismos de lo renacentista: una bella jovencita contra pared enchapada en madera, con un cuadro sobre la cabeza; todo serena y burguesamente digno. Y, de pronto, el artista rompe con todo lo convencional y burgués y violenta el motivo: desnuda a la muchacha; enmascara su fino rostro con una dura máscara metálica; deja la cabeza calva y mancha la piel del cuerpo. Y el digno aposento se degrada en establo o poco menos apilando paja en la parte inferior del lienzo.
Por caminos así el artista trastornaría la serenidad burguesa de lo europeo, ulceraría su sensibilidad y sacudiría su conciencia en una hora que no fue, como España esperaba, de fatuas celebraciones, sino de grave reflexión y acres reclamos.
"Mujeryacente", óleo sobre cartón, 23x30cms, 1988.ENTRE LA ILUSTRACION Y LOS SIMBOLOS
Llegó el artista hasta la ilustración del acontecimiento pentasecular, pero varias espléndidas telas atacan el tema por ásperos acantilados de símbolos herméticos. Así Shuya, por ejemplo: arriba, cenefa dramática de figuras vendadas; a la izquierda, la muchacha en versión preciosista renacentista; y al centro, sobre un caballete, una tela que se ha convertido en panoplia de espléndida riqueza barroca. Y todo en un aire que sume en unidad elementos tan dispares.
En otras telas lo pictórico se puso al servicio de la idea y se multiplicaron signos y símbolos. En un cuadro el espacio se dividió verticalmente en dos mitades, una izquierda luminosa y bullente de formas y color y una derecha sombría; la izquierda para el habitante del paraíso pisoteado -un bello adolescente indio-, la derecha para el pisoteador -raído guerrero con cabeza de calavera: el embajador de la guerra y la muerte-. Los dos espacios se traspasaban, a la altura de los brazos, en el gesto de darse la mano de los dos personajes. ¡Pero qué distinto el dar la mano del americano, que es ofrecer un recipiente con poción luminosa, y el europeo, que alarga una mano con mucho de garra presta a arrebatar!Y el juego de signos se extendió a pintar una réplica del Expolio del Greco, con un indio en el lugar que en el cuadro de Toledo ocupaba Cristo.Técnica renacentista, color luminoso, sabios efectos ilusionistas; todo ello recuperando saberes de oficio de los viejos maestros, desde la preparación de las telas con antiguas resinas. Pintura que, formalmente, nos vuelve a los días en que una Europa, tan soberbia como prematuramente envejecida, dio con tierras vírgenes, solares, ricas de vida genesíaca. El hallazgo del artista ecuatoriano está en que esa misma forma se vuelve contra quienes la fraguaron, para en ella y con ella desnudar mentiras de una historia amañada por los vencedores. Pero la negación ni es simplista ni es completa: es dialéctica. Guarda en su entraña afirmación. Esta negación, por su tenso juego de formas-contenido, no puede verse como ingenua o maniquea afirmación de lo indio americano frente a lo blanco europeo; es manifestación de mestizaje. Proclamación, por los caminos del arte, de eso que ha sido el gran tema de estos quinientos años en América: el reconocimiento, ufano, iluminado, poderoso, de que América es un mundo mestizo.