LA HUELLA DIGITAL QUE MINTIÓ
Publicado en
julio 06, 2023
Trece testigos juraron que el acusado no pudo haber cometido el crimen, pero el tribunal lo condenó basándose en una prueba considerada irrefutable.
Por Joseph Blank.
WILLIAM De Palma sudaba copiosamente en la cabina telefónica de una gasolinera situada a 15 km al sudeste de Los Ángeles (California). Y no solamente porque el sol había calentado el locutorio como un horno, sino también por el miedo y la ira. Era el 18 de octubre de 1969 y De Palma estaba libre mediante fianza tras haber sido declarado reo de asaltar un banco a mano armada. Su defensor ya había agotado todos los recursos de apelación, y antes que trasncurrieran dos semanas De Palma, comerciante de 32 años dé edad, tendría que empezar a purgar en una penitenciaría federal su condena de 15 años.
Cerca de allí había estacionado su cafetería rodante en la cual vendía emparedados, gaseosas y cigarrillos a los trabajadores de aquella zona industrial. Iba sacando del portamonedas que llevaba colgado del cinturón diversas monedas para llamar a los departamentos de criminología de las universidades del perímetro de Los Ángeles y a diferentes organismos de asistencia jurídica. Les decía que lo habían declarado culpable de un delito que no cometió. Si lo enviaban a la cárcel, su esposa y tres hijas pequeñas quedarían desamparadas. Le urgía desesperadamente que le ayudaran a demostrar su inocencia.
Un defensor de oficio del Distrito de Orange le dijo:
—Lo siento, pero no podemos intervenir en casos federales.
—¡Pero debe de haber alguien que pueda auxiliarme! —suplicó De Palma.
Luego el abogado le informó:
—Hace tiempo estaba en esta oficina un investigador llamado John Bond. Se separó de aquí para trabajar como detective privado. Si logra usted que Bond le crea, pondrá sus cinco sentidos en el caso.
—¡Ese es el hombre que necesito! —exclamó emocionado De Palma.
JOHN BOND, hombre de 47 años de edad, escuchó atentamente el relato que le hizo De Palma.
—Dos cajeras del banco me identificaron como el asaltante, y la policía asegura que encontró una huella digital mía en la ventanilla de una de ellas. Pero le juro que jamás en mi vida he pisado esas oficinas. Trece personas dieron testimonio de que yo estaba en aquel momento a 27 kilómetros de allí, sirviéndoles emparedados. No obstante, me declararon culpable.
Bond ya había escuchado demasiadas protestas de inocencia que a la postre resultaron falsas. Pero intuyó que De Palma era sincero.
—Lo someteré a la prueba del detector de mentiras —le anunció—. El mejor operante que conozco de esas máquinas es un analista de poligráficas fisiológicas jubilado del Departamento de Policía de Los Ángeles. Si hay algún indicio de falsedad en lo que usted dice, ese hombre lo descubrirá.
El analista aplicó a De Palma una prueba de tres horas, y luego informó a Bond: "Estoy convencido de que su cliente no robó el Banco Mercury de Ahorros y Préstamos de Buena Park. Ese hombre jamás ha estado allí".
Bond decidió ocuparse del caso, pese a que De Palma ya debía 20.000 dólares en costas y de que, por tanto, no tenía con qué pagarle.
Al revisar el juicio con su cliente, el investigador se enteró de que dos cajeras del banco lo habían identificado sin lugar a dudas. Un agente de la policía especializado en dactiloscopia atestiguó que había hallado huellas digitales en el mostrador del banco donde se cometió el robo. Un segundo especialista, el sargento de la policía James Bakken, declaró que, tras examinar las huellas, había comprobado que una de ellas (la del dedo índice de la mano izquierda, designada en el juicio como prueba número 4) correspondía perfectamente a la del acusado. Un perito en dactiloscopia de la FBI corroboró el testimonio de Bakken. Pero 13 testigos juraron que, a la hora del asalto, De Palma les estaba sirviendo emparedados y café a la puerta de la fábrica donde trabajaban, situada a 27 kilómetros del lugar de los hechos.
Bond se dijo que aquellas dos empleadas seguramente se habían equivocado de buena fe. Entrevistó a los comerciantes establecidos en las cercanías del banco y, tras muchos interrogatorios, halló a una señora que dijo haber visto a través del escaparate de su tienda a un individuo cuyas señas coincidían perfectamente con la descripción del ladrón que hicieron las testigos. Bond le enseñó una fotografía de De Palma, y aquella señora le aseguró que no era del individuo que había visto. El testimonio de esta comerciante persuadió a Charles Carr, juez que había dictado la sentencia, de conceder más tiempo al defensor del reo para que presentara nuevas pruebas.
El investigador privado fue inmediatamente a las oficinas de un diario local y leyó las notas periodísticas de los asaltos a bancos perpetrados en la zona en los tres años últimos. Los detalles de varios de esos robos eran idénticos al atraco de Buena Park. Bond habló con agentes de la policía, penalistas y fiscales. En los casos similares en que alguien había sido declarado culpable, examinó las actas del proceso y se entrevistó con los parientes y vecinos del convicto. Aquella tarea tediosa y agobiante exigía muchas horas de trabajo continuo. En cierta ocasión creyó haber localizado al hombre que buscaba y logró hablar con él en un penal federal. El prisionero le dijo: "Confesé haber participado en 25 asaltos a bancos, pero no tuve nada que ver en el de Buena Park. Si yo lo hubiera cometido, se lo diría, pues eso no iba a modificar mi condena".
Al exponerle sus frustraciones a su cliente, Bond reconoció:
—Bill, temo no estar llegando a ningún resultado positivo.
—¡Por favor! ¡No se dé por vencido! Usted es mi última esperanza.
EN FEBRERO de 1971 el juez Carr denegó la solicitud de revisión del proceso. "Ciertamente, el juez no desea que se condene a un inocente", comentó después de haber anunciado su decisión. "He tratado de obtener en este caso la certidumbre más aproximada, pero la huella digital es concluyente". Bond se sintió consternado: no había podido servir de nada a su cliente.
A principios de agosto de 1971 expiró el plazo concedido a De Palma. Dos alguaciles federales lo detuvieron, y 15 días después el reo fue trasladado, salvando una distancia de 1900 km, a la Penitenciaría de la isla de McNeil, en el Estado de Washington. William De Palma se mostraba escandalizado, aturdido, incrédulo.
Lo encerraron junto con otros nueve reos en una celda donde sólo había una letrina y un lavamanos. Vivía aterrorizado. En el penal imperaba la homosexualidad, y vio que algunos prisioneros enloquecían al leer una carta en que la esposa anunciaba su propósito de divorciarse o la de un hijo que manifestaba su intención de no volver a escribir. Cierto día De Palma fue atacado con saña por un enfurecido compañero de celda.
Pero él no flaqueaba; jamás aceptó con resignación la sentencia de los tribunales. Desde la cárcel solicitaba consejo legal. Seguía escribiendo a Bond para instarlo a que continuara buscando la verdad. Cuando añoraba la compañía de su esposa e hijas, caía en una profunda depresión y maldecía en voz baja y amargamente la injusticia cometida con su familia; oraba: "No permitas que me asalten esos pensamientos. No dejes que me convierta en una bestia vengativa como todos éstos. ¡Líbrame de la desesperación!"
Al ir De Palma a la prisión, su familia se quedó sin un centavo. Marie, su esposa, solicitó la ayuda del organismo de asistencia social y le asignaron 260 dólares mensuales. Con esta suma y con cupones para alimentos, apenas iban sobreviviendo. Guiaba a sus hijas con amor, las disciplinaba y cultivaba en ellas la dignidad y el respeto a sí mismas y a su familia. Las alentaba a aplicarse en la escuela y les señalaba: "Con eso papá se sentirá bien. Así sabrá que ustedes hacen por él todo lo que pueden".
De noche, cuando las niñas dormían, la madre desahogaba en llanto su aflicción. Y se decía: "No pierdas la serenidad; ya no hay remedio, pero tienes una tarea por delante: debes vigilar que no se desintegre el hogar".
TAMPOCO John Bond se había dado por vencido. Se concentró en la acusadora huella digital que presentó en el juicio el sargento Bakken. Entre las personas a quienes interrogó figuraba un ex guardián de Buena Park que había dejado el servicio para ingresar en otro cuerpo de la policía. El agente relató a Bond: "En el tiempo que estuve en Buena Park, investigué el asalto a una tienda de víveres y encontré una pistola cerca de ella, en un terreno baldío. La examiné en busca de huellas digitales, pero no encontré ninguna y limpié el arma cuidadosamente. La pistola llegó a manos de Bakken. Dos días después comunicó que había descubierto en ella tres huellas digitales, que correspondían a las de uno de los acusados. Me desconcerté. Para mí, era imposible que el sargento hubiera descubierto tales huellas. Los acusados se declararon culpables aun antes del juicio, y Bakken no presentó declaración jurada".
El detective estudió las actas del juicio. En el tribunal, Bakken había hablado bajo juramento de sus actividades de perito en dactiloscopia en Minnesota y de sus estudios de criminología en la escuela anexa a la Universidad de Minnesota. Al tratar de comprobar aquellas referencias, John Bond descubrió que el sargento había mentido o, al menos, que había exagerado.
El investigador visitó a los jefes de la policía de Buena Park y les expuso lo que sabía del pasado de Bakken. "Si fue capaz de falsificar pruebas en una ocasión", arguyó, "también pudo hacerlo en el caso de De Palma".
El cuerpo de policía accedió a turnar el asunto al fiscal del distrito y al laboratorio de criminología de Orange. La pregunta formulada a Larry Ragle y Robert Wagener, peritos del laboratorio, era la siguiente: "¿Podría ser una falsificación la supuesta huella digital de William De Palma presentada como prueba número 4?"
Ragle examinó al microscopio la tarjeta de plástico transparente en que aparecía la huella del acusado. La misma tarjeta contenía otra huella digital que resultó pertenecer a Bakken: Este hecho no era en sí sospechoso, ya que el sargento podía haber impreso inadvertidamente su propia huella en la tarjeta al prepararla como prueba.
Lo que provocó el interés de Ragle, sin embargo, fue la circunstancia de que las partículas de polvo utilizado para revelar las huellas eran muy diferentes en las dos impresiones. La huella de Bakken aparecía en un talco negro especial que la policía de Buena Park había empleado exclusivamente en la investigación del robo al banco. Los del polvo utilizado en la impresión de De Palma eran mucho mayores y de forma completamente distinta. El perito identificó sin duda alguna estas últimas partículas como las del polvo que se emplea en las máquinas copiadoras Xerox.
Y si la huella del acusado no había sido tomada de la ventanilla de la cajera del banco, ¿ de dónde procedía? Según Ragle y Wagener, quien preparó la prueba 4 había hecho una copia en Xerox de una tarjeta anterior de las huellas digitales de De Palma y, valiéndose de cinta adhesiva usada en dactiloscopia, la había sacado del papel.
Al revisar los archivos policiacos se descubrió que De Palma, de adolescente, fue arrestado por una infracción leve, y que entonces le tomaron las huellas dactilares. En la época en que lo aprehendieron acusado de asalto a mano armada, el cuerpo de policía de Buena Park conservaba en sus archivos la antigua ficha donde estaban las huellas del acusado.
Wagener hizo una ampliación de la vieja ficha con la huella del índice izquierdo de De Palma en una tarjeta de plástico transparente, así como otra de la del índice izquierdo que aparecía en la prueba. En seguida colocó la impresión en plástico sobre la de la prueba judicial. Las dos impresiones coincidían a la perfección, lo que indicaba precisamente una presión igual del dedo y una posición idéntica, coincidencia poco menos que imposible. Se coligió que la prueba 4 era una falsificación: era la impresión, copiada en una máquina Xerox, de la huella digital registrada en la antigua ficha dactiloscópica.
Bond tomó un avión para la isla de McNeil y, en la penitenciaría, comunicó a su cliente los resultados de sus averiguaciones.
—El plazo de cinco años que señala la ley para revisar un caso como este, ha caducado, así que no se podrá demandar a nadie por el daño que le causaron a usted. Sin embargo, parece que el fiscal de distrito va a procesar a Bakken por una falsificación más reciente de huellas digitales.
—¡Dios mío! —exclamó angustiado De Palma— ¿Por qué me habrán hecho esto?
Bond no supo qué contestarle. Pero podemos suponer que tal vez el falsificador creyó a De Palma culpable y recurrió a aquel medio delictivo para fundamentar sólidamente una acusación muy debatible. O quizá sólo ansiaba desempeñar el destacado papel de "perito" y testigo principal.
UN MES más tarde Bakken fue acusado de falsificar pruebas en una causa vista en 1970. Declaró no contender en cuanto a uno de los cargos de la acusación, y fue condenado a un año de cárcel. Algunas semanas después, en diciembre de 1973, De Palma salió en libertad condicional tras haber pasado casi dos años y medio en la cárcel.
En febrero de 1974 se celebró una audiencia ante el juez Carr, en la cual el representante del fiscal pidió que se declarara que no había lugar la acusación contra De Palma. El magistrado, al fallar que se sobreseyera la causa, comentó: "Nadie pretende que nuestro sistema jurídico sea perfecto". Al salir de los tribunales, ya en su condición de hombre libre con su nombre limpio de toda mancha, De Palma no sintió gozo ni sensación de triunfo; sólo alivio.
"Todo esto fue una pesadilla", declara, "cuyo único bien ha sido haberme dado la oportunidad de conocer a John Bond y agradecerle todo lo que hizo por mí. El juez comentó que el sistema no es perfecto, pero, gracias a Dios, hay en él hombres como John Bond".*
*En agosto de este año William de Palma recibió 750.000 dólares como indemnización extrajudicial por el tiempo que pasó indebidamente en prisión. Se cree que es una de las mayores compensaciones pagadas en un caso de derechos civiles o encarcelamiento sufrido injustamente.