EMPLEADO COMO PRUEBA (Frederick Forsyth)
Publicado en
junio 26, 2023
No está usted obligado a declarar, pero cuanto diga podrá ser empleado como prueba.
Parte de la fórmula oficial usada en la Policía británica e irlandesa por un agente al dirigirse a un sospechoso.
El gran coche de Policía se detuvo junto al bordillo a unos quince metros del lugar donde el cordón cruzaba la calle para tener a raya a los mirones. El conductor no paró el motor y los limpiaparabrisas siguieron oscilando rítmicamente sobre el cristal para enjugar la insistente lluvia. Desde el asiento de atrás, el superintendente jefe William J. Hanley miró a través del cristal de la ventanilla al grupo de curiosos detrás del cordón y los indecisos agentes más allá del mismo.
—Espere aquí —dijo al conductor, y se dispuso a apearse.
El conductor se sintió complacido; se estaba cómodo y caliente dentro del coche, y no era una mañana adecuada para pasear arriba y abajo por una calle de los barrios bajos, con aquella lluvia. Asintió con la cabeza y paró el motor.
El jefe de Policía del distrito cerró de golpe la portezuela al apearse, se encogió dentro de su abrigo azul oscuro y echó a andar deliberadamente hacia la abertura donde un mojado agente vigilaba a los que entraban y salían de la zona acordonada. El agente, al ver a Hanley, saludó, se apartó y le dejó pasar.
Hacía veintisiete años que Big Hill Hanley era policía; había empezado rondando los empedrados callejones de las Liberties y ascendido, grado a grado, hasta su posición actual. Era de alta estatura, más de metro ochenta y cinco, y tenía la corpulencia de un roble. Treinta años antes, había sido considerado como el mejor delantero que había salido jamás de Athlone County; con el verde jersey irlandés, había formado parte del mejor equipo de rugby de su país de todos los tiempos, el equipo al que Kari Muller había llevado tres años seguidos a la victoria en la Triple Corona, batiéndose el cobre con los ingleses, los galeses, los escoceses y los franceses. Lo cual no había perjudicado en absoluto sus posibilidades de ascenso, cuando ingresó en el cuerpo.
Le gustaba el trabajo; le producía satisfacción, a pesar del menguado salario y de las largas horas. Pero todo oficio tiene obligaciones que no pueden complacer a nadie, y la de esta mañana era una de ellas. Un desahucio.
Desde hacía dos años, el concejo de la ciudad de Dublín había estado demoliendo la serie de pequeñas y apretadas casuchas de dos habitaciones, una arriba y otra abajo, que constituían la zona conocida por el nombre de Gloucester Diamond.
La razón de este nombre era un misterio. Carecía de la riqueza y de cualquier privilegio de la casa real inglesa de Gloucester, y no tenía el claro brillo de los diamantes. No era más que un barrio bajo industrial situado detrás de la zona portuaria de la orilla norte del Liffey. Ahora, había sido arrasado en su mayor parte y sus moradores alojados en cúbicos bloques de apartamentos municipales, cuyas moles deprimentes podían verse desde media milla de distancia a través de la llovizna.
Pero estaba en el corazón del distrito de Bill Hanley, y por esto le correspondía la tarea de aquella mañana, por mucho que le viniese cuesta arriba.
El escenario entre las dos barreras de policías que acordonaban el sector central de la que antaño había sido Mayo Road era tan triste aquella mañana como el tiempo de noviembre. Un lado de la calle no era más que un campo de cascotes, donde pronto actuarían las excavadoras para hacer sitio a los cimientos del nuevo complejo comercial. El otro lado constituía el centro de atención. En ambas direcciones, y en centenares de metros, no quedaba edificio alguno. Toda la zona era lisa como la palma de la mano; la lluvia brillaba sobre el negro asfalto del nuevo aparcamiento de 80 áreas destinado a albergar los vehículos de los que algún día trabajarían en el proyectado bloque de oficinas próximo. Estas 80 áreas estaban cercadas por una valla de cadenas de tres metros de altura; mejor dicho, casi la totalidad de las 80 áreas.
Precisamente en el centro, y de cara a Mayo Road, había una casita solitaria, como un viejo raigón en una encía limpia y lisa. Las casas de ambos lados habían sido demolidas, y la que quedaba estaba apuntalada en los costados por gruesas vigas de madera. Todas las otras casas que habían rodeado a la única superviviente habían desaparecido también y la ola de asfalto lamía la casa por tres costados, como batiría el mar un castillo de arena solitario sobre la playa. Esta casa y el asustado viejo que moraba en ella constituían el centro de la acción de aquella mañana, y motivo de entretenimiento de los expectantes grupos salidos de los bloques de apartamentos y que habían venido a presenciar el desahucio del último de sus anteriores vecinos.
Bill Hanley se acercó al sitio donde, frente a la entrada de la casa solitaria, estaba el grupo principal de funcionarios. Todos contemplaban la casucha, como si, llegado el momento definitivo, no supiesen cómo empezar. La casa no ofrecía muchos atractivos a la vista. Frente a la calzada, había un murete de ladrillos que separaba la calle de lo que debió ser jardín y había dejado de serlo, pues sólo había allí unos hierbajos enredados. La puerta principal estaba en uno de los lados de la casa, desconchada y mellada por las numerosas piedras que habían sido arrojadas contra ella. Hanley sabía que, detrás de la puerta, debía haber un recibidor de un metro cuadrado y una estrecha escalera que llevaba al piso de arriba. A la derecha del recibidor, estaría la puerta de) único cuarto de estar, cuyas rotas ventanas, con cartones sustituyendo los cristales, flanqueaban la puerta de la entrada. Después estaba el pasillo que conducía a la pequeña y sucia cocina y a la puerta que daba al patio y al retrete exterior. El cuartito de estar debía tener un pequeño hogar, pues la chimenea que se alzaba a un lado de la casa apuntaba aún al lacrimoso cielo. Detrás del edificio, Han ley había visto, al mirar desde un lado, un patio posterior de la misma anchura que la casa y de 5 m. de longitud. Este patio estaba rodeado por una valla de tablas de 2 m. de altura. Dentro del patio, según le habían dicho a Hanley los que habían atisbado por encima de la valla, la tierra estaba resbaladiza con los excrementos de cuatro gallinas que tenía el hombre en un pequeño cobertizo adosado a la valla del fondo. Y esto era todo.
El Ayuntamiento había hecho cuanto había podido por el viejo. Le había ofrecido alojamiento en uno de los nuevos, limpios y brillantes apartamentos propiedad del municipio, e incluso una casita propia en otro sitio. Le habían visitado asistentes sociales y pastores de la Iglesia. Habían tratado de convencerle con halagos, y ofrecido muchas soluciones. Él se había negado a trasladarse. La calle había sido asolada, a los lados y delante y detrás de él. Habían proseguido las obras; el parking había sido nivelado, pavimentado y vallado por tres lados, junto a su casa. Pero el viejo no había querido marcharse.
La Prensa local se había ocupado mucho del «Ermitaño de Mayo Road». Y lo propio habían hecho los chiquillos del lugar, que habían bombardeado la casa con piedras y pellas de barro, rompiendo casi todas las ventanas, mientras el viejo, con gran regocijo de ellos, les llenaba de insultos a través de los rotos cristales.
Por último, el concejo municipal había dictado la orden de desahucio, se había autorizado el lanzamiento del ocupante, y las fuerzas de la ciudad se habían plantado delante de la casa aquella lluviosa mañana de noviembre.
La primera autoridad saludó a Hanley.
—Un asunto desagradable —dijo—. Siempre es igual. Me disgustan los desahucios.
—Sí —dijo Hanley, observando el grupo. Estaban los dos alguaciles, que eran los que harían el trabajo; unos hombres altos y corpulentos, que parecían inquietos. Otros dos funcionarios municipales, dos policías de Hanley, alguien de Sanidad, un médico y varios funcionarios poco importantes. Barney Kelleher, fotógrafo veterano del periódico local, estaba también allí, seguido de un joven reportero barbilampiño. Hanley estaba en buenas relaciones con la Prensa local, y su actitud frente a sus más antiguos servidores era precavidamente amistosa. Cada cual hacía su trabajo, y no había que indisponerse por ello. Barney guiñó un ojo y Hanley le correspondió con un movimiento de cabeza. El jovencito lo interpretó como un signo de intimidad.
—¿Van a echarle por la fuerza? — preguntó. Barney Kelleher le lanzó una mirada envenenada. Hanley fijó sus ojos grises en el rapaz, sin pestañear, hasta que el joven se arrepintió de haber hablado.
—Actuaremos con la mayor suavidad posible —contestó gravemente Hanley.
El muchacho escribió furiosamente, más para hacer algo que para recordar una frase tan corta.
La diligencia estaba señalada para las nueve. Pasaban dos minutos de la hora. Hanley hizo una seña al funcionario encargado.
—Adelante —ordenó.
El funcionario municipal se acercó a la puerta y llamó con fuerza. Nadie le respondió.
—¿Está usted ahí, Mr. Larkin? — gritó. Silencio. El funcionario se volvió y miró a Hanley. Éste asintió con la cabeza. El funcionario carraspeó y leyó la orden de lanzamiento en voz lo bastante alta para que le oyesen desde dentro de la casa. No 'hubo respuesta. Volvió hacia el grupo que estaba en la calle.
—¿Le damos cinco minutos? — preguntó.
—Está bien —admitió Hanley.
Detrás del cordón policial, surgió un murmullo entre la creciente multitud de antiguos moradores de Gloucester Diamond. Por último, una voz más atrevida se destacó de las demás.
—Dejadle en paz —gritó la voz—. Es un pobre viejo.
Hanley se acercó tranquilamente al cordón. Observó sin prisa la hilera de caras, mirándoles fijamente a los ojos. La mayoría desviaron la mirada; todos guardaron silencio.
—¿Ahora le compadecéis? — preguntó suavemente Hanley—. ¿Fue por compasión que rompisteis todas sus ventanas el invierno pasado, haciendo que se helase ahí dentro? ¿Fue por compasión que le arrojasteis piedras y barro? — Se hizo un largo silencio—. Entonces, cerrad el pico —dijo Hanley, y volvió al grupo de delante de la puerta.
Todos callaron detrás del cordón. Hanley hizo una señal con la cabeza a los dos alguaciles que le miraban fijamente.
—Procedan —ordenó.
Ambos llevaban barras de hierro. Uno de ellos pasó junto al lado de la casa, deslizándose entre la valla y la esquina del edificio. Con la facilidad nacida de la práctica, desprendió tres tablas de la valla y entró en el patio de atrás. Se acercó a la puerta trasera y dio unos golpes con la barra. Cuando su colega oyó el ruido, golpeó a su vez la puerta principal. Ni el uno ni el otro obtuvieron respuesta. Entonces, el que estaba en la parte delantera de la casa introdujo el extremo biselado de la barra entre la puerta y la jamba, y la cerradura saltó inmediatamente. La puerta se abrió unos centímetros y quedó encallada. Había muebles amontonados detrás de ella. El alguacil sacudió tristemente la cabeza y, volviéndose al otro lado de la puerta, hizo saltar los goznes. Después alzó la puerta y la depositó en el jardín. Una a una, apartó las mesas y sillas amontonadas en el recibidor, hasta que la entrada quedó despejada. Por último, llamó:
—¿Mr. Larkin?
En la parte de atrás, se oyó un chasquido al romper su compañero la puerta y entrar en la cocina.
La calle estaba silenciosa mientras los dos hombres registraban la planta baja. Una cara pálida apareció en la ventana del dormitorio del piso alto. Los curiosos la vieron.
—¡Allí está! — gritaron tres o cuatro voces, como los ojeadores que descubren una liebre delante de los jinetes.
Uno de los alguaciles asomó la cabeza en la puerta principal. Hanley señaló con la cabeza hacia la ventana del dormitorio. Los dos hombres subieron la estrecha escalera. La cara desapareció de la ventana. No hubo lucha. Al cabo de un momento, los dos hombres bajaron de nuevo, llevando el primero al viejo en brazos. Al salir bajo la lluvia, miró indeciso a su alrededor. El asistente social se acercó corriendo, llevando una manta seca. El alguacil puso al viejo en pie, y le envolvieron con la manta. El viejo parecía desnutrido y ligeramente mareado, pero, sobre todo, muy espantado. Hanley tomó una resolución: fue hacia su coche e hizo una señal al chofer para que avanzase. El Ayuntamiento podría meterle después en el asilo de ancianos, pero lo primero que necesitaba aquel hombre era un buen desayuno y una taza de té caliente.
—Colóquelo en el asiento de atrás —le dijo al alguacil.
Cuando el hombre estuvo sentado en el cálido interior del automóvil, Hanley subió y se sentó a su lado.
—Salgamos de aquí —dijo Hanley al conductor—. Hay un café medio kilómetro más abajo, en la segunda calle a la izquierda. Vayamos allá.
Al cruzar el coche el cordón y pasar entre la curiosa multitud, Hanley echó una mirada a su extraño invitado. El hombre llevaba unos pantalones mugrientos y una delgada chaqueta sobre la camisa desabrochada. Se decía que llevaba años sin cuidar de sí mismo como era debido, y su cara estaba flaca y arrugada. Contemplaba en silencio el respaldo del asiento de delante y no correspondió a la mirada de Hanley.
—Esto tenía que ocurrir, más pronto o más tarde —dijo amablemente Hanley—. Usted lo sabía.
A pesar de su corpulencia y de que, cuando quería, hacía que los rufianes del puerto se measen en los pantalones al enfrentarse con él, Big Bill Hanley era mucho más amable de lo que hacían presumir su cara carnosa y su rota y aplastada nariz. El viejo se volvió despacio y le miró, pero no dijo nada.
—Me refiero al cambio de domicilio —dijo Hanley—. Le buscarán un sitio donde esté caliente en invierno y le den bien de comer. Ya lo verá.
El automóvil se detuvo ante el café. Hanley se apeó y se volvió al conductor.
—Tráigale adentro —dijo.
En el interior del caliente y nebuloso establecimiento, Hanley señaló con la cabeza una mesa desocupada en un rincón. El conductor llevó al viejo a aquel rincón y le hizo sentarse de espalda a la pared. El viejo no protestó ni dio las gracias. Hanley miró la lista clavada en la pared, detrás del mostrador. El dueño del café se enjugó las manos con un trapo húmedo y le miró, interrogador.
—Dos huevos con tocino, tomate, salchicha y patatas fritas —pidió Hanley—. A la mesa del rincón. Para aquel viejo. Y sírvale primero una taza de té.
—Dejó dos libras sobre el mostrador—. Ya me dará el cambio cuando vuelva —dijo.
El chofer se apartó de la mesa y se acercó al mostrador.
—Quédese aquí y no le pierda de vista —dijo Hanley—. Yo conduciré el coche.
El chofer pensó que era un buen día para él; primero, un automóvil con calefacción, y ahora, un café en el que se estaba caliente. Había llegado el momento de tomar una taza de té y fumar unos cigarrillos.
—¿Debo sentarme con él, señor? — preguntó—. Apesta un poco.
—Basta con que no le pierda de vista —repitió Hanley.
Y regresó al lugar de la demolición, en Mayo Road.
La brigada había empezado su trabajo y no perdía el tiempo. Varios hombres del contratista entraban y salían de la casa, sacando los pocos muebles y enseres de su antiguo ocupante, los cuales dejaban en la calle bajo la ahora más intensa lluvia. El funcionario del Ayuntamiento había abierto su paraguas y observaba la operación. En la zona de aparcamiento, dos máquinas demoledoras, sobre ruedas de caucho, esperaban para empezar su trabajo en la parte de atrás de la casa, el patio posterior y el retrete exterior. Detrás de ellas, esperaba una hilera de diez camiones volquetes, para llevarse los cascotes de la casa. El agua corriente, la electricidad y el gas habían sido cortados hacia meses, y la casa estaba sucia y húmeda. Allí no había albañal, y por esto se hallaba el retrete en el exterior, servido por un pozo muerto que pronto sería llenado y cubierto con cemento para siempre. El funcionario municipal se acercó a Hanley al apearse éste del coche. Señaló la puerta abierta de un camión del Ayuntamiento.
—He recogido lo que puede tener algún valor sentimental —explicó—. Viejas fotografías, monedas, algunas cintas de medallas, un poco de ropa, varios documentos personales en una caja de cigarros, en su mayoría mohosos. En cuanto a los muebles… —y señaló el montón de trastos bajo la lluvia— son nidos de insectos; el hombre de Sanidad aconseja que los quememos todos. No darían dos peniques por ellos.
—Ya —dijo Hanley.
El funcionario tenía razón, pero el problema era suyo. Sin embargo, parecía necesitar un apoyo moral.
—¿Le indemnizarán por eso? — preguntó Hanley.
—¡Oh, sí! — contestó seriamente el oficial, deseoso de explicar que su departamento no era una fiera despiadada—. Será indemnizado por la casa, que era de su propiedad, y se hará una justa valoración de los muebles, instalaciones y efectos personales que se hayan perdido, dañado o destruido. Además, se le otorgará una cantidad por las molestias del traslado…, aunque, francamente, ha costado mucho más al Ayuntamiento con su prolongada resistencia a abandonar la casa.
En aquel momento, uno de los hombres salió de detrás de la casa, trayendo un par de gallinas en cada mano.
—¿Qué diablos tengo que hacer con esto? — preguntó, a nadie en particular.
Uno de sus colegas se lo dijo. Barney Kelleher tomó una instantánea. Una buena foto, pensó. Los últimos amigos del Ermitaño de Mayo Road. Un buen título. Uno de los hombres del contratista dijo que él tenía también gallinas y que podría guardarlas en su pequeño gallinero. Buscaron una caja de cartón y metieron en ella a las mojadas aves, que fueron a parar al camión del Ayuntamiento hasta que aquel obrero pudiese llevárselas a su casa.
Al cabo de una hora, todo estaba a punto. La casita había sido vaciada. El robusto capataz, en su brillante impermeable amarillo, se acercó al funcionario municipal.
—¿Podemos empezar? — preguntó—. El jefe quiere terminar y vallar el aparcamiento cuanto antes. Si podemos echar hoy el cemento, podremos alquitranarlo mañana a primera hora.
El funcionario suspiró.
—Adelante —dijo.
El capataz se volvió e hizo señal a una grúa móvil de cuyo brazo pendía una bola de hierro de media tonelada. La grúa avanzó despacio hasta el lado de la casa, se detuvo y se elevó, silbando suavemente, sobre sus pies hidráulicos. La bola empezó a oscilar, ligeramente al principio y describiendo después arcos cada vez más amplios. La multitud observaba fascinada. Habían visto demoler sus propias casas de la misma manera, pero siempre era un espectáculo digno de verse. Por último, la bola golpeó el lado de la casa, no lejos de la chimenea, haciendo saltar una docena de ladrillos y abriendo dos grietas a lo largo de la pared. La muchedumbre lanzó un grave y largo «Aaaaahhh». No hay nada como una bonita demolición para animar a una multitud aburrida. Al cuarto golpe, las dos ventanas superiores saltaron de sus marcos y cayeron en el aparcamiento. Una esquina de la casa se desprendió del resto de ésta, dio media vuelta de vals y se derrumbó sobre el patio de atrás. Momentos después, el cañón de la chimenea, sólida columna de ladrillos, se rompió por la mitad, y la parte superior cayó a través del que fuera tejado y del piso alto, hasta el nivel del suelo. La vieja casa se estaba desintegrando. Y esto gustaba a la gente. El superintendente jefe Hanley volvió a su coche y regresó al café.
—¿Ha terminado ya? — preguntó.
—Está tardando mucho, señor —dijo el chófer—, y se traga el pan con mantequilla como si fuese agua.
Hanley observó cómo envolvía el viejo un trozo grasiento de comida en el blanco y blando pan, y seguía masticando.
—El pan es de primera —dijo el dueño del café—. Ya se ha comido tres raciones.
Hanley consultó su reloj. Eran más de las once. Suspiró y se sentó en un taburete.
—Una taza de té —pidió.
Había dicho al hombre de Sanidad que se reuniese con él dentro de media hora, para llevarse al viejo. Entonces podría él volver a su oficina y despachar algunos papeles. Se alegraría de acabar con este asunto.
Entraron Barney Kelleher y su joven reportero.
—Le ha invitado a desayunar, ¿eh? — preguntó Bamey.
—Se lo cargaré en cuenta —repuso Hanley, y Kelleher supo que no lo haría—. ¿Ha tomado alguna foto?
Barney se encogió de hombros.
—No ha ido mal —dijo—. La de las gallinas es buena. Y la de la chimenea al derrumbarse. Y la del hombre al ser envuelto en la manta. Es el final de una era. Recuerdo los días en que diez mil personas vivían en el Diamond. Y todos trabajaban. Mal pagados, desde luego, pero trabajaban. Entonces se necesitaban cincuenta años para crear un suburbio. En la actualidad, pueden hacerlo en cinco.
Hanley lanzó un gruñido.
—Es el progreso —dijo.
Un segundo coche de la Policía se detuvo delante de la puerta. Uno de los jóvenes agentes que había estado en Mayo Road se apeó de un salto, vio a través del cristal que su jefe estaba con la Prensa y se detuvo, indeciso. El joven reportero no lo advirtió. Barney Kelleher fingió no darse cuenta. Hanley bajó del taburete y se dirigió a la puerta. Fuera, bajo la lluvia, le dijo el policía:
—Tendría usted que volver allí, señor. Han… han encontrado algo.
Hanley hizo una seña a su chofer y éste salió a la calle.
—Voy a volver allá —le dijo Hanley—. No pierda de vista al viejo —y se volvió, para echar una mirada al café.
En el rincón del fondo, el viejo había dejado de comer. Tenía el tenedor en una mano y un trozo de panecillo con media salchicha en la otra, y estaba completamente inmóvil, mientras observaba en silencio a los tres hombres uniformados de la calle.
En el lugar de la operación, se había interrumpido el trabajo. Los obreros, con sus impermeables y sus cascos, estaban agrupados en círculo alrededor de los cascotes del edificio. Los restantes policías se habían reunido con ellos. Hanley bajó de su coche y pasó entre los montones de ladrillos hasta el sitio donde el círculo de hombres estaba mirando hacia abajo. En el fondo, se oían los murmullos de los curiosos que no se habían marchado.
—Es el tesoro del viejo —dijo uno de ellos en voz alta, y hubo un murmullo de aprobación—. Tenía una fortuna enterrada ahí; por eso no quería irse.
Hanley llegó al centro del grupo y miró hacia el punto que atraía su atención. Unos dos metros de la base de la destrozada chimenea seguía en pie, rodeada de montones de cascotes. Debajo de ella, podía distinguirse todavía el viejo y negro hogar. A uno de los lados, restaban tres palmos de la pared exterior de la casa. Al pie de ella, dentro de la casa, había un montón de ladrillos caídos, del que sobresalía una pierna humana, seca y descarnada, pero todavía reconocible. Un jirón de lo que parecía una media seguía pegado bajo la rodilla.
—¿Quién encontró eso? — preguntó Hanley. El capataz se adelantó.
—Tommy estaba trabajando en la base de la chimenea con un pico. Apartó algunos ladrillos para moverse mejor. Entonces lo vio y me llamó.
Hanley reconocía a un buen testigo a primera vista.
—¿Estaba debajo de las tablas del suelo? — preguntó Hanley.
—No. Toda esta zona fue construida sobre terreno pantanoso. Los constructores cubrieron el suelo con cemento.
—Entonces, ¿dónde estaba?
El capataz se agachó y señaló el hogar.
—Vista desde dentro del cuarto de estar, la chimenea parecía adosada a la pared. En realidad, no lo estaba. En su origen, estaba separada de la pared. Alguien levantó un tabique entre la chimenea y el fondo de la habitación, formando una cavidad de 30 centímetros de profundidad, que llegaba hasta el techo. Y otra al otro lado del hogar, por mor de la simetría. Pero esta otra estaba vacía. El cuerpo estaba en la cavidad entre el falso tabique y la pared de la casa. Y la habitación había sido empapelada de nuevo para disimular la obra. Mire, el papel de delante de la campana de la chimenea es igual que el del falso tabique.
Hanley siguió la dirección del dedo del otro; jirones del mismo papel mohoso permanecían adheridos a la campana de la chimenea, sobre la repisa, y en los ladrillos que rodeaban y cubrían en parte aquel cuerpo. Era un papel antiguo, con dibujos de capullos de rosas. Pero, en la parte interior de la que fue pared de la casa, junto a la chimenea, podía distinguirse un papel sucio y aún más viejo.
Hanley se incorporó.
—Está bien —dijo—. Por hoy, ha terminado su trabajo. Puede despedir a sus hombres. Nosotros nos encargaremos de esto.
Los hombres encasquetados se apartaron del montón de ladrillos. Hanley se volvió a sus dos agentes.
—Mantengan la zona acordonada —dijo—. Vendrá más gente y se reforzarán las barreras. No quiero que nadie se acerque a este sitio por ninguno de sus cuatro costados. Avisaré a los otros y al despacho del forense. No debe tocarse nada hasta nueva orden. ¿De acuerdo?
Los dos hombres saludaron. Hanley volvió a su coche y llamó a la jefatura del distrito. Dictó una serie de órdenes y, después, estableció comunicación con la sección técnica de la Oficina de Investigación. Tuvo suerte. El superintendente detective O'Keefe se puso al aparato; se conocían desde hacía muchos años. Hanley le dijo lo que habían encontrado y lo que necesitaba.
—Los enviaré ahí —cloqueó la voz de O'Keeffe en el auricular—. ¿Quieres que intervenga la Brigada de Homicidios?
Hanley sorbió por la nariz.
—No, gracias. Creo que nos bastaremos para esto.
—Entonces, ¿tienes un sospechoso? — preguntó O'Keeffe.
—¡Oh, sí! Lo tenemos —respondió Hanley. Se dispuso a volver al café, pasando junto a Barney Kalleher, que trataba en vano de romper el cordón de Policía. Esta vez, el guardia de servicio le prestó menos ayuda.
Ya en el café, Hanley encontró al chofer en el mostrador. En el fondo del salón, el viejo, que había terminado de comer, estaba sorbiendo una taza de té. Miró fijamente a Hanley, al acercarse a él el gigantesco policía.
—La hemos encontrado —dijo Hanley, inclinándose sobre la mesa y hablando bajo para que nadie más pudiese oírle—. Tenemos que salir de aquí, Mr. Larkin. Ir a la Comisaría, ¿sabe? Tenemos que hablar un poco.
El viejo le miró a su vez, sin decir palabra. Hanley se dio cuenta de que, hasta entonces, no había abierto la boca. Algo brilló en los ojos del viejo. ¿Miedo? ¿Alivio? Probablemente, miedo. No era de extrañar que hubiese estado aterrorizado durante todos aquellos años.
Se levantó sumisamente y Hanley le asió del codo y le llevó hasta el coche de la Policía. El conductor les siguió y se puso al volante. La lluvia había cesado, y un frío viento arrastraba papeles como hojas muertas por la calle desprovista de árboles. El automóvil se apartó del bordillo. El viejo permanecía encogido, mirando en silencio hacia delante.
—Volvamos a la Comisaría —dijo Hanley.
No hay país en el mundo en que una investigación de asesinato sea fuente de tan inspiradas elucubraciones como quiere hacernos creer la Televisión. En un 90 por ciento, son rutina vulgar, formalidades a cumplir, procedimientos a seguir. Y administración, mucha administración.
Big Bill Hanley hizo que instalasen al viejo en una celda, detrás de la sala de interrogatorios; el hombre no protestó, ni pidió los servicios de un abogado. Hanley no tenía intención de acusarle…, todavía. Podía retenerle al menos veinticuatro horas como sospechoso, y antes quería saber más cosas. Después se sentó a su mesa y cogió el teléfono.
«Sigue las normas, muchacho, sigue la normas. Nosotros no somos Sherlock Holmes», solía decirle, muchos años atrás, su viejo sargento. Era un buen consejo. Se habían perdido más cosas ante los tribunales por defectos de forma, que los que se habían ganado por brillantez intelectual.
Hanley informó oficialmente al instructor del hallazgo de un muerto, alcanzando al funcionario civil cuando éste se disponía a salir para almorzar. Después telefoneó al depósito de cadáveres de Store Street para decirles que tendría que efectuarse una autopsia por la tarde. Localizó al patólogo, profesor Tim McCarthy, que le escuchó en silencio desde un teléfono del vestíbulo del «Kildare Club», suspiró al pensar que iba a perderse una excelente pechuga de faisán que figuraba en el menú, y accedió a ir inmediatamente.
Había que disponer pantallas de lona protectoras y enviar hombres con picos y palas a Mayo Road. Llamó a los tres detectives que prestaban servicio en su distrito, interrumpiendo su almuerzo en la cantina y obligándoles a conformarse con dos bocadillos y un cuartillo de leche, mientras él seguía trabajando.
—Sé que tenéis mucho trabajo —les dijo—. Todos lo tenemos. Por esto quiero resolver de prisa este caso. No debería ser cuestión de mucho tiempo.
Encargó a su detective jefe la inspección del lugar del suceso y le envió a Mayo Road sin dilación. Los dos jóvenes sargentos trabajarían por separado. Uno de ellos comprobaría todo lo referente a la casa; el hombre del municipio había dicho que el viejo era propietario de ella, pero la oficina del catastro del Ayuntamiento tendría datos sobre su historia y sus anteriores propietarios. El registro de la propiedad proporcionaría los detalles definitivos.
El segundo sargento detective tenía que hacer el trabajo de piernas; localizar a todos los antiguos moradores de Mayo Road, la mayoría de los cuales vivían ahora en los bloques de apartamentos del municipio. Enterarse de las habladurías, encontrar los vecinos, los tenderos, los guardias que habían patrullado por Mayo Road en los quince años anteriores a su demolición, el cura del barrio…, todos los que hubiesen conocido Mayo Road y al viejo durante el mayor número posible de años. Y esto, recalcó Hanley, incluía a los que hubiesen conocido a la señora, mejor dicho, a la difunta Mrs. Larkin.
Envió a un sargento uniformado, con una camioneta, a recuperar todos los efectos de la casa destruida, que había visto por la mañana en el camión municipal, y traer los muebles abandonados, incluidas las pulgas, al patio de la comisaría de Policía.
Eran más de las dos de la tarde cuando al fin se levantó y se estiró. Dijo que trajesen al viejo a la sala de interrogatorios, apuró su leche y esperó cinco minutos. Cuando entró en aquella sala, el viejo estaba sentado delante de la mesa, con las manos cruzadas delante de él y mirando a la pared. Un policía montaba guardia junto a la puerta.
—¿Ha dicho algo? — murmuró Hanley al agente.
—No, señor. Ni una palabra. Hanley le hizo una seña para que se marchase. Cuando estuvieron solos, se sentó a la mesa, delante del viejo. Herbert James Larkin, según el registro civil.
—Bueno, Mr. Larkin —comenzó suavemente Hanley—, ¿no cree que lo más sensato sería que me hablase del asunto?
Sabía por experiencia que sería inútil tratar de apabullar al viejo. Éste no era un rufián de los bajos fondos. Hanley había tenido que habérselas con tres uxoricidas durante su carrera, y todos ellos eran hombrecillos débiles que pronto se habían sentido aliviados al revelar los horribles detalles de sus crímenes al simpático hombrón de detrás de la mesa. Pero el viejo le miró despacio, mantuvo unos momentos su mirada y volvió a bajarla sobre la mesa. Hanley sacó un paquete de cigarrillos y lo abrió.
—¿Fuma? — dijo. El viejo no se movió—. En realidad, yo tampoco fumo —dijo Hanley.
Pero dejó el paquete invitador sobre la mesa y una caja de cerillas a su lado.
—Fue toda una hazaña —confesó—. Mantenerse en la casa durante tantos meses. Pero el municipio tenía que ganar, más pronto o más tarde. Y usted lo sabía, ¿no? Saber que, antes o después, le enviarían los alguaciles, debió ser algo terrible.
Esperó un comentario, un indicio de comunicación por parte del hombre. No hubo ninguno. Pero él era paciente como un buey, cuando quería hacer hablar a un hombre. Y todos acababan por hablar. En realidad, era un alivio. Descargar la conciencia. La Iglesia sabía el gran alivio que produce la confesión.
—¿Cuántos años, Mr. Larkin? ¿Cuántos años de ansiedad, de espera? ¡Cuántos meses, desde que los primeros bulldozers entraron en la zona! Debió pasarlo muy mal.
El viejo levantó la mirada a los ojos de Hanley, quizá buscando algo, otro ser humano después de años de voluntario aislamiento; quizás un poco de compasión. Hanley sintió que se acercaba el final. El viejo desvió la mirada y la fijó en la pared, por encima del hombro de Hanley.
—Ahora todo ha terminado, Mr. Larkin. Como tenía que terminar, más pronto o más tarde. Seguiremos estos años hacia atrás, poco a poco, y lo descubriremos todo. Usted lo sabe. Era Mrs. Larkin, ¿no? ¿Por qué? ¿Otro hombre? ¿O sólo fue una disputa? Quizá no fue más que un accidente, eh? Pero le entró pánico, y usted mismo se condenó a vivir como un ermitaño para siempre.
El viejo movió el labio inferior. Lo humedeció con la lengua.
«Estoy llegando al final —pensó Hanley—, Ya no tardará.»
—Debieron ser unos años muy malos —siguió diciendo—. Sentado allí, en completa soledad, sin amigos; sólo usted y el conocimiento de que ella estaba allí, muy cerca, emparedada junto a la chimenea.
Algo pasó por los ojos del viejo. ¿Desazón por el recuerdo? Tal vez un tratamiento brutal daría más resultado. El hombre pestañeó dos veces. «Me estoy acercando —pensó Hanley—; me estoy acercando.» Pero cuando el hombre volvió a mirarle, sus ojos eran de nuevo inexpresivos. Y no dijo nada.
—Como quiera —dijo Hanley, levantándose—. Volveré, y entonces hablaremos.
Cuando llegó a Mayo Road, el lugar era una colmena de actividad; había aún más gente que antes, pero podían ver mucho menos. Las ruinas de la casa estaban rodeadas por los cuatro costados por pantallas de lona, sacudidas por el viento, pero que impedían que los curiosos pudiesen ver lo que estaban haciendo allí dentro. En el interior de la zona cercada, que abarcaba parte de la calle, veinte esforzados policías, con pesadas botas y ropa de trabajo, quitaban a mano los cascotes. Cada ladrillo y trozo de pizarra, cada pedazo de madera de la escalera y de las barandas, cada teja y cada trozo de viga del techo, eran cuidadosamente levantados y examinados, por si contenían alguna indicación, desgraciadamente inexistente, y arrojados a la calle, donde el montón de cascotes crecía sin cesar. Se examinaba el contenido de las alacenas y se arrancaban éstas, para ver si había algo detrás de ellas. Y se golpeaban las paredes, para ver si había alguna cavidad antes de arrancar los ladrillos uno a uno y arrojarlos a la carretera.
Alrededor del hogar, dos hombres trabajaban con especial cuidado. Los cascotes que cubrían el cadáver fueron levantados cuidadosamente y retirados, hasta que sólo una capa de polvo cubrió el cuerpo. Éste estaba doblado en posición fetal y yacía de costado, aunque probablemente estuvo en posición sentada y de cara a un lado dentro de la cavidad. El profesor McCarthy observaba lo que quedaba de aquella pared de la casa y dirigía el trabajo de los dos hombres. Cuando éste quedó terminado a su satisfacción, entró en la cavidad y, con una brocha suave, empezó a quitar el polvo cremoso de mortero antiguo, como lo habría hecho una buena ama de casa.
Cuando hubo quitado la mayor parte del polvo, examinó el cadáver más de cerca, tocó parte del muslo descubierto y del brazo, y salió de la cavidad.
—Es una momia —observó a Hanley.
—¿Una momia?
—Exactamente. Sobre un suelo de ladrillo o de cemento, en un espacio cerrado por los seis lados, y con el calor del hogar a una distancia de pocos pies, se produjo la momificación. Deshidratación, pero conservación. Es posible que los órganos estén intactos, pero duros como la madera. Es imposible tratar de hacer la autopsia esta noche. Será preciso un baño de glicerina caliente. Y esto requerirá algún tiempo.
—¿Cuánto? — preguntó Hanley.
—Doce horas, como mínimo. Tal vez más. Sé de casos que han requerido días. — El profesor consultó su reloj—. Son casi las cuatro. La inmersión se efectuará a las cinco. Mañana por la mañana, a eso de las nueve, iré al depósito de cadáveres y veré si puedo empezar.
—¡Maldición! — exclamó Hanley—. Quería liquidar esto.
—Una expresión poco adecuada —repuso McCarthy—. Haré todo lo que pueda. En realidad, no creo que los órganos nos digan gran cosa. Por lo que veo, hay una atadura alrededor del cuello.
—Estrangulación, ¿eh?
—Posiblemente —afirmó McCarthy.
El empresario de Pompas Fúnebres utilizado por el municipio tenía su furgoneta aparcada más allá de las lonas. Bajo la supervisión del patólogo oficial, dos de sus hombres levantaron el rígido cadáver, lo colocaron, todavía de costado, sobre la camilla, cubrieron ésta con una manta grande y trasladaron la carga al fúnebre vehículo. Seguidos del profesor, se dirigieron a toda velocidad a Store Street y al depósito de cadáveres. Hanley se acercó al especialista en huellas dactilares de la sección técnica.
—¿Ha encontrado algo? — preguntó. El hombre se encogió de hombros.
—Aquí no hay más que ladrillos y cascotes, señor. No hay una superficie limpia en todo el lugar.
—¿Y usted? — preguntó Hanley al fotógrafo de la misma sección.
—Necesitaré un poco más de tiempo, señor. Esperaré a que los muchachos hayan despejado el suelo y veré si hay algo en él. Si no hay nada, habré terminado por esta noche.
El capataz de la brigada de derribos se acercó. Hanley le había pedido que se quedara, como técnico experto, para el caso de que algo se derrumbase. El hombre sonrió.
—Han hecho ustedes un buen trabajo —dijo con marcado acento de Dublín—. Mis chicos tendrán ya poco que hacer.
Hanley señaló hacia la calle, donde estaba ahora la mayor parte de la casa, en un solo montón de cascotes y trozos de madera.
—Puede empezar a llevarse eso, si le parece. Nosotros hemos terminado —dijo.
El capataz miró su reloj en la creciente penumbra.
—Disponemos de una hora —observó—. Nos llevaremos la mayor parte. ¿Podremos empezar mañana con el resto de la casa? El jefe quiere que mañana quede terminado y vallado el aparcamiento.
—Llámeme mañana a las nueve —contestó Hanley—. Entonces le contestaré.
Antes de marcharse, llamó a su inspector detective jefe, que lo había organizado todo.
—Van a traer luces portátiles —dijo—. Haga que los muchachos derriben lo que queda hasta el nivel del suelo y observe la superficie de éste, por si hubiese señales de haberse hecho algo en él después de la obra primitiva.
El detective asintió con la cabeza.
—Hasta ahora, sólo se ha encontrado un escondite —dijo—. Pero seguiré observando hasta que todo quede limpio.
De nuevo en la Comisaría, Hanley tuvo la primera oportunidad de buscar algo que pudiese informarle sobre la persona del viejo que estaba en la celda. Sobre su mesa se hallaba el montón de papeles y otras cosas que los alguaciles habían sacado de la casa y depositado en la furgoneta municipal por la mañana. Examinó cuidadosamente cada documento, empleando una lupa para leer los viejos y borrosos caracteres.
Había un certificado de nacimiento, en el que constaban el nombre del viejo, su lugar de nacimiento, Dublín, y su edad. Había nacido en 1911. Había también varias cartas viejas, pero de personas que no significaban nada para Hanley; la mayoría eran muy antiguas y su contenido no parecía guardar relación con el caso. Pero dos cosas parecían de interés. Una de ellas era una fotografía desvaída, mohosa y arrugada, en un marco barato y sin cristal. Era de un soldado con uniforme, al parecer, del Ejército británico, y que sonreía vagamente a la cámara. Hanley reconoció en ella una imagen mucho más joven del viejo que estaba en la celda. Daba el brazo a una joven rolliza con un ramillete de flores; no llevaba traje de novia, sino un vestido de dos piezas de color neutro, con los altos y cuadrados hombros de moda en la segunda mitad de los años cuarenta.
El otro objeto era una caja de cigarros. Ésta contenía más cartas, también indiferentes para el caso, tres cintas de medallas sujetas a un pasador, y un libro de paga del Ejército británico. Hanley cogió el teléfono. Eran las cinco y veinte, pero quizá tendría suerte. La tuvo. El agregado militar de la Embajada Británica en Sandyford estaba todavía en su despacho. Hanley le expuso su problema. El comandante Dawkins dijo que le complacería gustoso en lo que pudiese, desde luego oficiosamente. Por supuesto. Las peticiones oficiales tenían que ir por sus cauces.
Oficialmente, todos los contactos entre la Policía irlandesa y Gran Bretaña requerían los oportunos trámites. Oficiosamente, tales contactos eran mucho más estrechos de lo que cualquiera de ambas partes se habría avenido a confesar a los curiosos. El comandante Dawkins dijo que pasaría por la Comisaría al volver a casa, aunque para ello tendría que dar un gran rodeo.
Hacía rato que había anochecido cuando llegó el primero de los dos jóvenes detectives enviados por Hanley a realizar gestiones. Era el que había investigado en el catastro y en el registro de la propiedad. Sentado delante de la mesa de Hanley, abrió su libreta de notas y empezó su relato.
Según aparecía en el registro, la casa número 38 de Mayo Road había sido comprada por Herbert James Larkin en 1954 a los herederos de) anterior propietario, a la sazón fallecido. Había pagado por ella 400 libras, libres de gastos. No constaba ninguna hipoteca, señal de que tenía dinero disponible. El catastro mostraba que la casa había sido poseída desde entonces por el propio Mr. Herbert James Larkin y por Mrs. Violet Larkin. No figuraba la muerte ni la ausencia de la esposa; pero las listas del catastro no reflejaban el cambio de ocupantes, si el que continuaba en la ocupación no lo manifestaba por escrito, cosa que no había ocurrido en este caso. Pero una búsqueda en el registro civil, a partir de 1954, había revelado que no constaba la defunción de ninguna Violet Larkin, ni en aquella dirección ni en otra cualquiera.
Los archivos del Departamento de Sanidad y Bienestar mostraban que Larkin había cobrado una pensión del Estado durante los últimos dos años, que no había solicitado beneficios suplementarios y que, antes de su retiro, había sido, al parecer, guarda de almacén y vigilante nocturno. Un último detalle, dijo el sargento. Los impresos de PAGO revelaban una dirección en North London, Inglaterra, antes de 1954.
Hanley empujó la libreta de paga del Ejército encima de la mesa.
—Así pues, estuvo en el Ejército británico —dijo el sargento.
—No tiene nada de extraño —repuso Hanley—. Durante la Segunda Guerra Mundial, hubo cincuenta mil irlandeses en las Fuerzas Armadas británicas. Por lo visto, Larkin fue uno de ellos.
—Quizá su esposa era inglesa. Y él la trajo del norte de Londres a Dublín en 1954.
—Así parece —admitió Hanley, empujando la fotografía de boda—. Él se casó de uniforme.
Sonó el teléfono interior para informarle de que el agregado militar de la Embajada Británica acababa de llegar.
Hanley hizo una seña al sargento, y éste se marchó.
—Háganle pasar, por favor —dijo Hanley.
El comandante Dawkins fue el mejor hallazgo de Hanley aquel día. Cruzó elegantemente las piernas —llevaba un pantalón de rayas finas—, apuntando a Hanley con la reluciente puntera de un zapato, y escuchó en silencio. Después, estudió atentamente la fotografía durante un rato.
Por último, se levantó, dio vuelta a la mesa y se situó junto a Hanley, con la lupa en una mano y su lápiz de oro en la otra.
Con la punta del lápiz, tocó la insignia de la gorra de Larkin en la foto.
—Guardia de Dragones del Rey —dijo, rotundo.
—¿Cómo lo sabe? — preguntó Hanley.
El comandante Dawkins pasó la lupa a Hanley.
—Por el águila bicéfala —dijo—. Es la insignia de la gorra de la Guardia de Dragones del Rey. Muy distintiva. Ninguna otra se le parece.
—¿Algo más? — preguntó Hanley. Dawkins señaló las tres medallas sobre el pecho del recién casado.
—La primera es la Estrella 1939—1945 —dijo—, y la tercera es la Medalla de la Victoria. Pero la de en medio es la Estrella de África con la que parece barra del Octavo Ejército. Esto tiene sentido. La Guardia de Dragones del Rey combatió contra Rommel en el norte de África. En realidad, en carros blindados.
Hanley sacó las tres cintas de medallas. Las de la fotografía eran de ceremonia; las que estaban sobre la mesa eran una versión más modesta —cintas pequeñas en un pasador— para ser llevada con uniforme no de gala.
—¡Ah, sí! — exclamó el comandante Dawkins, echándoles un vistazo—. Las mismas características. Y la barra del Octavo Ejército.
Con ayuda de la lupa. Hanley pudo comprobar que las cintas eran iguales. Pasó al comandante Dawkins la libreta de paga del servicio. Los ojos de Dawkins se animaron.
Hojeó las páginas.
—Se alistó voluntario en Liverpool, en octubre de 1940 —dijo—, probablemente en Burton's.
—¿Burton's? — preguntó Hanley.
—Burton, los sastres. Fue el centro de reclutamiento de Liverpool durante la guerra. Muchos voluntarios irlandeses llegaban a los muelles de Liverpool y eran enviados allí por los sargentos de reclutamiento. Desmovilizado en enero de 1946. Buena hoja de servicios. Es extraño.
—¿Qué? — preguntó Hanley.
—Ingresó como voluntario en 1940. Combatió con los carros blindados en el norte de África. Continuó en el servicio hasta 1946. Pero siempre fue soldado raso. Nunca lució un galón en el brazo. Ni siquiera llegó a cabo.
Tocó el brazo uniformado de la fotografía de boda.
—Quizá fue un mal soldado.
—Posiblemente.
—¿Podría darme más detalles sobre su historial de guerra? — preguntó Hanley.
—Mañana a primera hora —respondió Dawkins.
Tomó nota de la mayoría de los detalles de la libreta de pagas y se marchó.
Hanley cenó en la cantina y esperó a que llegase el segundo sargento detective.
Éste se presentó pasadas las diez y media, fatigado, pero con aire triunfal.
—He hablado con quince personas que conocieron a Larkin y a su esposa en Mayo Road —dijo—, y tres de ellas han resultado importantes. Mrs. Moran, que vivió en la casa de al lado durante treinta años y recuerda la llegada de los Larkin. El cartero, ahora jubilado, que sirvió en Mayo Road hasta el año pasado. Y el padre Byrne, también retirado y que vive ahora en un hogar de sacerdotes jubilados en Inchicore. Vengo de allí, y a esto se debe mi retraso.
Hanley se retrepó en su sillón, mientras el detective hojeaba su libreta de notas y empezaba su relato.
—Mrs. Moran recuerda que, en 1954, murió un viudo que vivía en el número 38, y que, poco después, pusieron en la casa un rótulo de «Se Vende». Sólo estuvo quince días allí, y lo quitaron. Quince días después, llegaron los Larkin. Larkin tenía entonces unos cuarenta y cinco años, y su esposa era mucho más joven. Era inglesa, de Londres, y dijo a Mrs. Moran que venían de allí, donde su esposo había estado empleado en un almacén. Un verano, Mrs. Larkin desapareció. Mrs. Moran dice que fue en 1963.
—¿Cómo puede estar tan segura? — preguntó Hanley.
—Kennedy fue asesinado en noviembre —dijo el sargento detective—. La noticia llegó al salón del bar que había calle arriba y que tenía instalado un aparato de televisión. A los veinte minutos, todos los vecinos de Mayo Road se echaron a la calle para comentar el suceso. Mrs. Moran estaba tan excitada que irrumpió en la casa de su vecino Larkin, para informarle. No llamó a la puerta, sino que entró y se plantó en el cuarto de estar. Larkin estaba dormitando en un sillón. Se levantó de un salto, muy asustado, y procuró sacarla en seguida de su casa. En aquel entonces, Mrs. Larkin se había ya marchado. Pero estaba aún allí en la primavera y el verano; solía cuidar de los niños de los Moran los sábados por la noche; el segundo hijo de Mrs. Moran había nacido en enero de 1963. Por consiguiente, Mrs. Larkin desapareció a finales del verano del sesenta y tres.
—¿A qué se atribuyó la desaparición? — preguntó Hanley.
—A que ella le había abandonado —respondió sin vacilar el detective—. Nadie lo dudó. Él trabajaba duro, pero nunca salía por las noches, ni siquiera los sábados: por esto Mrs. Larkin podía hacer de canguro. Esto era fuente de disputas. Además, ella era un poco ligera, un poco coqueta. Cuando hizo los bártulos y se marchó, nadie se sorprendió demasiado. Algunas mujeres dijeron que él lo tenía bien merecido, por no tratarla mejor. Nadie sospechó nada.
«Después de aquello, Larkin se mostró aún más reservado. Apenas salía a la calle, y cuidaba poco de sí mismo y de su casa. Algunos se ofrecieron a ayudarle, como suele hacerse en las pequeñas comunidades, pero él rechazó todos los ofrecimientos. En definitiva, se desentendieron de él. Un par de años después, perdió su empleo en el almacén y empezó a trabajar de vigilante nocturno, saliendo de casa cuando había anochecido y regresando al salir e) sol. Tenía siempre la puerta cerrada con doble llave, de noche porque estaba fuera, y de día porque quería dormir. Al menos, así lo decía. También empezó a tener animalitos en casa. Primero, hurones, en un cobertizo del patio de atrás; pero éstos se escaparon. Después, palomas; pero huyeron también o fueron víctimas de algún cazador. Por último, gallinas, durante los últimos diez años.
El cura de la parroquia confirmó muchos de los recuerdos de Mrs. Moran. Mrs. Larkin era inglesa, pero católica, y asistía a la iglesia. Confesaba con regularidad. En agosto de 1963, se había marchado, muchos decían que con un amigo, y el padre Byrne no tenía razones para negarlo. Sin quebrantar el secreto de confesión, podía decir que no le cupo duda de ello. Había ido varias veces a la casa, pero Larkin no iba a la iglesia y rechazaba todo consuelo espiritual. Había dicho que su desaparecida esposa era un trasto.
—Todo concuerda —murmuró Hanley—. Quizás ella estaba a punto de fugarse cuando él se enteró y le pegó demasiado fuerte. Sabe Dios que esto ha ocurrido muchas veces.
El cartero había tenido poco más que añadir. Era un hombre del lugar y frecuentaba el bar local. A Mrs. Larkin le gustaba echar un trago los sábados por la noche, e incluso había trabajado de camarera un verano; pero su marido puso pronto fin a esto. Recordaba que ella era mucho más joven que Larkin, alegre y animada, y dada a coquetear un poco.
—¿Señas? — preguntó Hanley.
—Era bajita, de un metro sesenta. Más bien rolliza, con buenas curvas en todo caso. Cabellos negros y rizados. Reidora. Pechugona. El cartero recordaba que, cuando echaba un doble de cerveza con aquellas bombas que se empleaban entonces, era algo digno de verse. Pero Larkin se puso furioso cuando se enteró. Entró en el bar y se la llevó a casa. Y ella le abandonó, o desapareció, poco después.
Hanley se levantó y se estiró. Era casi medianoche. Dio una palmada en el hombro del joven detective.
—Es tarde. Váyase a casa. Escriba todo esto por la mañana.
El último visitante de Hanley, aquella noche, fue su inspector jefe, el que investigaba en el lugar del crimen.
—Todo está limpio —dijo a Hanley—. Se ha quitado hasta el último ladrillo, y no ha aparecido nada más que pueda ayudarnos.
—Entonces, tendrá que ser el cuerpo de la pobre mujer quien nos diga lo que nos falta por saber —dijo Hanley—. O el propio Larkin.
—¿Ha hablado ya? — preguntó el inspector jefe.
—Todavía no —contestó Hanley—, pero lo hará. Todos acaban por hablar.
El inspector jefe se marchó a su casa. Hanley telefoneó a su esposa y le dijo que pasaría la noche en la Comisaría. Poco después de medianoche, bajó a las celdas. El viejo estaba despierto, sentado en el borde de su camastro, contemplando la pared. Hanley hizo una señal con la cabeza al agente que estaba con él, y los tres pasaron a la sala de interrogatorios. El agente se sentó en un rincón, con la libreta de notas preparada. Hanley se enfrentó al viejo y pronunció la fórmula ritual:
—Herbert James Larkin, no está usted obligado a declarar. Pero todo lo que diga será anotado y podrá ser empleado como prueba contra usted.
Después, se sentó frente al viejo.
—Quince años, Mrs. Larkin. Es mucho tiempo para vivir en compañía de un cadáver. Fue en agosto de 1963, ¿verdad? Los vecinos lo recuerdan; el cura lo recuerda; incluso el cartero lo recuerda. Y ahora, ¿no quiere contármelo todo?
El viejo levantó los ojos, sostuvo la mirada de Hanley durante unos segundos y, después, volvió a bajarlos y se quedó mirando la mesa. No dijo nada. Hanley aguantó hasta casi el amanecer. Larkin no parecía fatigado, mientras que el policía del rincón bostezó repetidas veces. Larkin había sido vigilante nocturno durante años, recordó Hanley. Probablemente, estaba más despierto de noche que durante el día.
Cuando al fin se levantó Hanley, una luz gris se filtraba por el cristal mate de la ventana.
—Haga lo que quiera —dijo—. Puede guardar silencio, pero su Violet hablará. Extraño, ¿no? Hablará desde su tumba detrás de la pared, después de quince años. Pero le hablará al patólogo oficial dentro de pocas horas. Le dirá, en su laboratorio, lo que sucedió, cuándo sucedió y quizás, incluso, por qué sucedió. Entonces volveré y le acusaré.
Aunque le costaba enfadarse, el silencio del viejo empezaba a irritarle. No era que hablase poco, sino que no decía absolutamente nada. Se limitaba a mirar a Hanley, con aquella extraña expresión en los ojos. ¿Qué significaba aquella mirada?, se preguntó Hanley. ¿Nerviosismo? ¿Miedo de él, de Hanley? ¿Remordimiento? ¿Burla? No, no era burla. Esto no correspondía a su carácter.
Hanley pasó su manaza por la barbilla sin afeitar y volvió a su despacho. Larkin fue llevado de nuevo a su celda.
Hanley durmió tres horas en su sillón, con la cabeza echada hacia atrás, estirados los pies, roncando fuertemente. A las ocho se incorporó, fue al lavabo. se afeitó y se lavó. Dos admirados y jóvenes policías le sorprendieron allí a las ocho y media, al entrar de servicio como dos ratoncillos con zapatillas de felpa. A las nueve, había desayunado y estaba revolviendo una montaña de papeles acumulados. A las nueve y media, el capataz del contratista de la obra de Mayo Road llamó por teléfono. Hanley consideró su petición.
—Está bien —dijo al fin—, puede vallar el lugar y echar el cemento.
Veinte minutos más tarde, llamó el profesor McCarthy.
—Hemos estirado los miembros —dijo alegremente—. Y la piel es lo bastante blanda para aceptar el bisturí. Ahora lo estamos secando. Empezaré dentro de una hora.
—¿Cuándo podrá darme un informe? — preguntó Hanley.
—Depende de lo que quiera usted decir —respondió por teléfono la voz—. Para el dictamen oficial, necesitaré dos o tres días. Oficiosamente, podré decirle algo después de la hora del almuerzo. Al menos la causa de la muerte. Hemos averiguado lo de la ligadura alrededor del cuello. Era una media, como sospeché ayer.
El patólogo se avino a ir al despacho de Hanley al salir del depósito de cadáveres de Store Street, distante una milla, a las dos y media.
Nadie más le interrumpió aquella mañana, salvo el comandante Dawkins, que le telefoneó al mediodía.
—Ha habido suertecilla —dijo—. Encontré a un viejo amigo en el archivo del Ministerio de la Guerra. Me dio prioridad.
—Gracias, comandante —dijo Hanley—. Voy a tomar nota. ¡Adelante!
—No es gran cosa, pero confirma lo que pensamos.
«Lo que pensaste tú —dijo Hanley para sus adentros—. ¡Esa concienzuda cortesía inglesa…!»
—El soldado Herbert James Larkin llegó en el ferry de Dublín a Liverpool en octubre de 1940 y se inscribió como voluntario en el Ejercito. Recibió instrucción básica en el campamento de Catterick, Yorkshire. Destinado a la Guardia de Dragones del Rey. Enviado en un barco de transporte de tropas en marzo de 1941, para incorporarse a su regimiento en Egipto. Y ahora llegamos a la razón de que nunca ascendiese a cabo.
—¿Y fue?
—Le capturaron. Fue hecho prisionero por los alemanes durante la ofensiva de Rommel en otoño de aquel año. Pasó el resto de la guerra en un campo de prisioneros de Silesia, en el extremo oriental del Tercer Reich. Liberado por los rusos en octubre de 1944. Repatriado en abril de 1945, a tiempo de presenciar la terminación de la guerra en Europa, en mayo.
—¿Algo acerca de su matrimonio? — preguntó Hanley.
—Se casó cuando era todavía soldado, y por esto consta el dato en el archivo del Ejército. Se casó en la iglesia católica de St. Mary Saviour, Edmonton, North London, el 14 de noviembre de 1945. La esposa, Violet Mary Smith, trabajaba de camarera en un hotel. Tenía a la sazón diecisiete años. Como usted sabe, él fue licenciado con honores en enero de 1946, y se quedó en Edmonton, trabajando como guardián de un almacén hasta 1954. Es la última dirección que consta de él en los archivos del Ejército.
Hanley dio las más expresivas gracias a Dawkins y colgó el teléfono. Larkin tenía treinta y cuatro años, casi treinta y cinco, cuando se había casado con una joven de diecisiete. Ella debía tener veintiséis cuando vinieron a vivir a Mayo Road, y él cuarenta y tres, menos airosos que los de ella. Cuando ella murió, en agosto de 1963, tendría treinta y cinco y seguiría siendo muy atractiva y, probablemente, un poco sexy, mientras que él estaría en los poco interesantes cincuenta y dos. Sí; esto debió ocasionar problemas. Esperó con impaciencia la visita del patólogo.
El patólogo era hombre de palabra y, a las dos y media, se sentó en el sillón frente a Hanley. Sacó su pipa del bolsillo y empezó a llenarla tranquilamente.
—En el laboratorio no puedo fumar —se disculpó—. Y a fin de cuentas, el humo del tabaco disimula el olor a formol. Creo que usted'lo preferirá asi.
Y chupó la pipa, con satisfacción.
—Tengo lo que usted quería —dijo, sin más preámbulos, el profesor McCarthy—. Asesinato, sin género de duda. Estrangulación manual, con empleo de una media, y subsiguiente asfixia, además del shuck. El hueso hioides —y señaló un punto entre el mentón y la nuez— aparece fracturado en tres sitios. Antes de la muerte, sufrió un golpe en el cráneo, que produjo una contusión, pero no la muerte. Probablemente lo bastante fuerte para aturdir a la víctima y facilitar la estrangulación.
Hanley se echó atrás en su sillón.
—Magnífico —dijo—. ¿Puede decir algo sobre el año de la muerte?
—¡Oh! — exclamó el profesor, agarrando su cartera de documentos—. Tengo un regalito para usted.
Hurgó en la cartera y sacó una pequeña funda de politeno que contenía lo que parecía ser un trozo amarillento de periódico, de 15 x 10 cm.
—La herida del cráneo debió sangrar un poco. Para no manchar la alfombra, el asesino debió cubrir la zona lesionada del cráneo con un pedazo de periódico diario, en el que todavía se distingue la fecha.
Hanley tomó la funda de politeno y, con ayuda de la lámpara y de la lupa, estudió el fragmento impreso, a través del material transparente. Después, se incorporó vivamente.
—Desde luego —dijo—, es un trozo de periódico muy viejo.
—Efectivamente —convino McCarthy.
—Era un número atrasado, ya muy antiguo, cuando se empleó para cubrir la herida de la cabeza —insistió Hanley.
McCarthy se encogió de hombros.
—Puede que tenga razón —asintió—. Con un cadáver momificado como este, no se puede precisar con exactitud la fecha de la muerte. Pero sí con cierta aproximación.
Hanley se relajó.
—Es lo que quiero decir —declaró, aliviado—. Larkin debió coger una hoja de periódico que forraba un cajón o una alacena, y que debía llevar años allí. Por esto la fecha del periódico se remonta al 13 de marzo de 1943.
—Y también el cadáver —dijo McCarthy—. Yo calculo que la muerte se produjo entre 1941 y 1945. Probablemente poco después de la fecha que consta en el trozo de periódico.
Hanley le dirigió una larga y dura mirada.
—Mrs. Violet Mary Larkin murió en agosto de 1963 —dijo.
McCarthy le observó fijamente, aguantando la mirada del otro mientras volvía a encender su pipa.
—Creo —dijo amablemente— que no nos entendemos.
—Yo me refiero al cadáver que está en el depósito —repuso Hanley.
—También yo —asintió McCarthy.
—Larkin y su esposa llegaron de Londres en 1954 —dijo pausadamente Hanley—. Compraron la casa número 38 de Mayo Road, después de la muerte de su anterior propietario y ocupante. Se dijo que Mrs. Larkin se había fugado, abandonando a su marido, en agosto de 1963. Ayer encontramos su cuerpo en una cavidad, detrás de una pared falsa, mientras la casa era demolida.
—Usted no me dijo el tiempo que los Larkin habían vivido en aquella casa —observó, razonablemente, McCarthy—. Me pidió que hiciese un examen patológico de un cuerpo virtualmente momificado. Y ha sido lo que he hecho.
—Pero estaba momificado —insistió Hanley—. Seguramente, en estas condiciones, debe haber un margen de posibilidades muy amplio en lo tocante al año de la muerte.
—Pero no de veinte años —repuso serenamente McCarthy—. Es imposible que este cuerpo estuviese vivo después de 1954. Los análisis de los órganos internos dejan poco lugar a dudas. La media puede analizarse, desde luego. Y también el trozo de periódico. Como usted ha dicho, podían tener veinte años de antigüedad cuando fueron utilizados. Pero no así los cabellos, ni las uñas, ni los órganos. Es imposible.
Hanley sintió como si estuviera viviendo una pesadilla en estado de vigilia. Arremetía hacia la línea de meta, empleando toda su fuerza para abrirse paso entre los defensas ingleses en aquella última final de la Triple Corona en 1951. Estaba a punto de llegar cuando el balón empezó a resbalar entre sus manos. Por más que se esforzara, no podía sujetarlo…
Regresó a la realidad.
—Dejando aparte lo del tiempo, ¿que más hay? — preguntó—. ¿Era una mujer baja, de un metro sesenta aproximadamente?
McCarthy meneó la cabeza.
—Lo siento, pero la longitud de los huesos no sufre alteración, ni siquiera después de estar treinta y cinco años detrás de una pared de ladrillos. Medía metro setenta y cinco, y era huesuda y angulosa.
—¿Tenía los cabellos negros y rizados? — preguntó Hanley.
—Completamente lisos y de color castaño oscuro. Todavía conserva algunos en la cabeza.
—¿Tenía unos treinta y cinco años cuando murió?
—No —contestó McCarthy—. Tenía más de cincuenta; había tenido hijos, dos, diría yo, y le practicaron una operación quirúrgica reparadora después del segundo parto.
—¿Quiere usted decir —preguntó Hanley— que, desde 1954, los dos, hasta que Violet se fugó, y Larkin solo, durante los últimos quince años, se sentaron en su cuarto de estar a dos metros de un cadáver emparedado?
—Así debió ser —dijo McCarthy—. Un cuerpo en estado de momificación, que debió producirse en poco tiempo en un medio tan caluroso, no emite olor. En 1954, presumiendo que fuese asesinada, como creo, en 1943, el cuerpo debía hallarse desde hacía tiempo en el mismo estado en que fue encontrado ayer. A propósito, ¿dónde estaba ese Larkin en 1943?
—En un campo de prisioneros de guerra, en Silesia —contestó Hanley.
—Entonces —dijo el profesor, levantándose—, él no mató y emparedó a esa mujer detrás de la chimenea. Y, siendo así, ¿quién lo hizo?
Hanley cogió el teléfono interior y llamó a la sala de detectives. El joven sargento se puso al aparato.
—¿Quién —preguntó deliberadamente Hanley— era el hombre que poseyó y ocupó la casa de Mayo Road antes de 1954 y que murió aquel año?
—No lo sé, señor —dijo el joven.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—No tomé nota de esto, señor. Pero recuerdo que el anterior ocupante había vivido allí treinta años. Era viudo.
—Vaya si lo era —gruñó Hanley—. ¿Cómo se llamaba?
Hubo una pausa.
—No se me ocurrió preguntarlo, señor.
El viejo fue puesto en libertad dos horas más tarde, por la puerta de atrás, no fuera caso de que alguien de la Prensa estuviese rondando la entrada principal. Esta vez, no hubo coche de Policía ni escolta. El hombre llevaba en el bolsillo la dirección de un albergue municipal. Sin decir palabra, echó a andar y se introdujo en las callejas del Diamond.
En Mayo Road, se había instalado el trozo de verja que faltaba, y toda la zona de aparcamiento había quedado cerrada. Dentro de ella, en el sitio donde habían estado la casa y el jardín, una capa de cemento acababa de secarse. En la creciente penumbra del crepúsculo, el capataz y su.dos obreros pateaban el cemento.
De vez en cuando, el capataz golpeaba la superficie con el tacón herrado de una bota.
—Sin duda está lo bastante seco —dijo—. El jefe quiere que esto quede terminado y alquitranado esta noche.
Al otro lado de la calle, en el campo de cascotes, ardía lo último que quedaba del montón de barandas, peldaños, riostras, vigas, alacenas, marcos de puertas y ventanas, restos de la valla de tablas y del retrete exterior y del gallinero.
Ni siquiera a la luz de la fogata advirtieron la presencia de un viejo que les observaba a través de la valla de cadenas.
El capataz acabó de revisar el rectángulo de cemento nuevo y llegó al extremo del solar donde había estado la antigua valla del fondo.
Miró a sus pies.
—¿Qué es esto? — preguntó—. Esto no es nuevo. Es viejo.
Señalaba una plancha de cemento de unos 2 x 0,60 metros.
—Era el suelo del antiguo gallinero —dijo el obrero que había extendido la capa de cemento por la mañana.
—¿No lo cubriste con una nueva capa? — preguntó el capataz.
—No. Habría elevado demasiado el nivel del suelo en este sitio. Y, al extender el alquitrán, habría quedado una protuberancia desastrosa.
—Si hay algún defecto, el patrón nos hará rehacer el trabajo y nos lo hará pagar —observó malhumorado, el capataz.
Se alejó unos pasos y volvió con una pesada barra de hierro puntiaguda. Levantándola sobre la cabeza, la dejó caer de punta sobre la vieja plancha de cemento. La barra rebotó.
El capataz lanzó un gruñido.
—Está bien, es bastante sólida —concluyó. Y, volviéndose hacia el bulldozer que esperaba, hizo una seña—. Llena esto, Michel.
La pala del bulldozer se hincó detrás del montón de humeante macadam y empujó la ardiente montaña, derramando el material como suave y húmedo azúcar, sobre el rectángulo de cemento. A los pocos minutos, el suelo gris se había convertido en negro, y el macadam quedó dispuesto para que el rodillo mecánico, que estaba detrás de los esparcidores, terminase el trabajo. Al extinguir la última luz del crepúsculo, el hombre se marchó a su casa y el aparcamiento quedó terminado al fin.
Detrás de la valla, el viejo dio media vuelta y se alejó renqueando. No dijo nada, nada en absoluto. Pero, por primera vez, sonrió, con una sonrisa larga y satisfecha, de puro alivio.
Fin