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junio 05, 2023
Aunque su única carrera había sido la de "esposa de Roberto", mi tía Eulogia se lanzó a trabajar... y gracias a los consejos de Tina, su vida se transformó radicalmente.
Por Elizabeth Subercaseaux.
Después de la llegada de Tina, la existencia de Eulogia no volvería a ser la misma. Se levantaba en la mañana muy temprano —tenía que poner el despertador porqué jamás había despertado con los rayos del sol— se daba una ducha rápida, tomaba desayuno a la carrera y partía a la oficina. Una vez allá, lo primero que hacía era reunirse con Tina para planear el trabajo del día. Luego entraba en una seguidilla de reuniones, con el gerente de la empresa tal, con la dueña de tal perfumería, con el fabricante de tales polvos para la cara. Vaya a saber uno cómo fue que la tía Eulogia, ignorante por excelencia, sin una carrera distinta de "esposa de Roberto", aprendió tan rápido el manejo de la empresa, la calidad de sus productos, las diferentes técnicas de venta, para qué servía cada cosa, cuál crema les convenía a las mujeres de esta edad y cuál a las de esta otra edad. Mi tía Eulogia actuaba como si hubiera llevado la cosmética en la sangre.
En una oportunidad citó a un grupo de potenciales compradoras de cosméticos y les dio una charla que ninguna de esas mujeres olvidaría por el resto de sus días. Tina tampoco. Tituló su charla El reloj de la belleza y se lanzó: "Las he convocado aquí para explicarles que el tiempo no es el enemigo número uno del cutis". Y acto seguido habló de los factores que realmente atentaban contra una piel sana, lisa y sin manchas ni arrugas: el sol, el cigarrillo, las toxinas ambientales, una dieta pobre, sobre todo si carecía de vitaminas A, C, E y ácido fólico, y si era grasosa, el exceso de alcohol, el estrés, la falta de sueño, las cremas que contienen jabón. Luego habló de las pieles secas, aconsejó tratarlas con una crema de limpieza que no tuviera jabón y lavarse la cara en la mañana con un poco de agua tibia, nada más; después convenía echarse una crema humectante con glicerina, ácido hialurónico o dimeticona y una base aceitosa que ayudaba a preservar la piel lubricada y a disimular las arugas.
Sobra decir que todos los productos que mi tía Eulogia recomendaba se fabricaban en la empresa de Tina.
—¡Pero si tú naciste sabiendo! —se maravilló Tina, después de escuchar la charla.
—La necesidad —decía mi tía Eulogia sonriendo para sus adentros, porque nada en el mundo la ponía tan contenta como que Tina le alabara su trabajo. ¡Tina! Cómo la admiraba y qué hubiera dado ella por haber sido a los 30 años como Tina.
Eulogia empezó a acostumbrarse a almorzar donde la pillara la vida. Después de comer algo rápido, regresaba a la oficina y por la tarde tenía otra tanda de reuniones. Antes de regresar a su casa, hacia las siete siete y media, se reunían una vez más con Tina para evaluar el trabajo del día. Y una vez que ordenaba su escritorio, ajustaba la agenda del día siguiente, se cercioraba de que la computadora estuviese bien apagada y archivado todo lo que debía quedar archivado, volvía a su casa, se preparaba algo rápido de comer, veía las noticias en la televisión y casi nunca podía leer en la cama más de 10 minutos, porque su cabeza caía sobre la almohada, pesada y lenta, y se dormía como si la hubiesen aturdido con un palo.
Sí, Tina le había cambiado la vida. Pero más que nada le había cambiado la cabeza. La tía Eulogia fue criada para aprender algo de cocina, algo de costura y lo suficiente de las matemáticas como para saber sacar una cuenta. A los 20 años debía estar de novia o con un futuro marido en el horizonte. A los 25, ya casada, debía preocuparse por ese marido, por los hijos que irían llegando, por la casa, por pagar las cuentas (en el sentido de hacer la cola para pagarlas, no de ganar el dinero para solventarlas) y hacer lo necesario para que su familia se sintiera muy bien atendida. La vida de una mujer, le habían dicho sin decirlo explícitamente, pero dándoselo a entender por todos los medios, consistía en hacer cosas para el marido, la suegra, los hijos, y luego los yernos, las nueras y los nietos. Los demás estaban antes que cualquier otra consideración.
Un día su abuela le dijo que en La Biblia se ordenaba a las mujeres obedecer o morir. Eulogia recorrió casi toda La Biblia buscando esa frase y aunque no la encontró por ninguna parte todo lo que veía a su alrededor hablaba de lo mismo: las mujeres de su familia parecían condenadas a obedecer o morir. Nunca pensó que las cosas podían ser de otra manera. Y a tal punto llegó la distancia que tomaba de ella misma, que cuando empezó a trabajar con Tina y un día esta le preguntó si había estado enferma de algo alguna vez, Eulogia se quedó pensando y se dio cuenta de que no se acordaba. Seguramente había estado, pero ella no lo recordaba.
—¿Te han operado de algo? —insistió Tina, preocupada.
—A Roberto lo operaron de la vesícula, de una hernia y de una muela del juicio, y a Eulogita le sacaron el apéndice a los nueve años —dijo Eulogia.
—¡A ti! —gritó Tina—. Te estoy preguntando por ti, no por Roberto ni tus hijos, ¡tú, Eulogia!
Esa fue tal vez la primera vez en toda su vida que Eulogia asumió que había un "tú", un ella, distinta de los demás, que no dependía de nadie más que de ella misma y a la cual le pasaban cosas que a los otros no tenían por qué pasarle.
—¿Te has puesto a dieta alguna vez? —le preguntó Tina una mañana, mirándola con curiosidad.
—A Roberto no le gustaba que yo hiciera dieta respondió Eulogia con rapidez.
—¿Y a ti?
—¿A mí qué...?
—¿No te gustaría verte más delgada?
—Por supuesto, mira qué pregunta.
—Escucha, Eulogia, ¿quieres saber qué es lo más importante que debe hacer una mujer para hacer feliz a los demás?
Eulogia la miró expectante.
—Ser feliz ella misma. Eso viene antes que todo. No es posible hacer feliz a nadie si estás sintiéndote gorda, mal vestida, mal alimentada, durmiendo pocas horas, agotada, llena de estrés... piénsalo un momento. ¿Crees de verdad que es posible repartir dicha nadando en la desdicha? ¿Y no te parece que la felicidad, sea lo que sea que signifique esa palabra, parte por la calidad de la vida? ¿De la propia vida?
Estas palabras fueron para Eulogia como un bálsamo, más que un bálsamo, como una puerta que se abría en su espíritu y la conducía por una senda que ella jamás había vislumbrado antes. Tina tenía razón. Nunca se había preocupado de sí misma, nunca se había mirado al espejo pensando que tal vez podía cambiar ese aspecto enfermizo, esos cachetes inflados, y esas bolsas que se le formaban debajo de los ojos luego de una larga noche en vela, esperando que Roberto llegara de donde fuera que estuviera bailando con la flaca de la esquina. Nunca se le pasó por la mente que a lo mejor sus hijos la soportarían mejor si la vieran contenta.

Y así fue que decidió mirar la vida de otra manera y se hizo el firme propósito de cambiar. Lo primero fue hacer una dieta para adelgazar. Le preguntó a Tina qué le convendría comer, pues a sus años, ya tenía 40, no era cosa de hacer la dieta del repollo...
—La única dieta que realmente sirve es la moderación. Come un poco de todo y trata de cenar lo más liviano posible. No tomes alcohol ni comas postres por dos meses y verás que te quitas esos kilos de más —le recomendó Tina, que a esas alturas ya se había convertido en su gurú.
La tía Eulogia siguió su consejo al pie de la letra. Al cabo de dos meses se había desinflado.
Poco a poco mi tía Eulogia se fue acostumbrando a pensar en sí misma, en qué le convenía a ella, qué le gustaba comer, cuántas horas quería dormir, qué productos le servían a su piel y qué ropa, estuviera o no de moda, la hacía sentirse realmente cómoda, atractiva y bien vestida.
El resultado de todo este proceso fue que a los seis meses de estar trabajando en la fábrica de cosméticos, Eulogia era otra persona.
En ese momento de su vida organizó una fiesta en su casa. Invitó a sus hijos con sus respectivas parejas, a sus hermanas, a Tina y a Roberto. Al principio Roberto se negó a ir, pero Eulogia insistió y terminó convenciéndolo.
Arregló su pequeño departamento de manera que el espacio se viera más amplio y despejado. Puso flores frescas en los dos floreros. Instaló una mesa de vidrio en un rincón. Serviría una cena a la americana, autoservicio. Colocó un bonito mantel blanco bordado con flores azules que Tina le regaló para su cumpleaños, las copas portuguesas que compró en una casa de remates, los saleritos que consiguió en un anticuario cerca de su casa. Preparó una carne fría que cocinó a fuego lento durante varias horas con toda clase de especias. Hizo ensaladas. Rellenó huevos duros con una mezcla de yema y mostaza, y los decoró con caviar. Lo arregló todo, graciosamente, en la mesa y a las nueve de la noche, cuando Roberto —fue el primero en llegar— tocó el timbre y ella abrió la puerta, creyó que se había equivocado de casa. Esa mujer no era la que había sido su mujer. No solo por los kilos menos, el vestido estampado de tela delgada que la hacía ver juvenil, el peinado moderno y el maquillaje sobrio y elegante, sino toda su actitud.
—Cambiaste de look —le dijo, impactado.
—No —le respondió mi tía Eulogia—. No fue el look lo que cambié. Fue la cabeza.
ILUSTRACIÓN: MARCY GROSSO
Fuente: REVISTA VANIDADES, ECUADOR, AGOSTO 02 DEL 2005