¿DÓNDE ESTÁN TUS ARRESTOS?
Publicado en
febrero 07, 2023
Hace falta cierta gallardía espicial para portarse dignamente en el día más cruel de nuestra existencia.
Por Gerald Moore.
CATHY entró en casa precipitadamente, una tarde de otoño, y se encerró en su habitación. Pude advertir que mi hija, de 13 años de edad, era víctima de la más negra depresión, y me pregunté qué habría ocurrido en la escuela para que la niña pasara por aquella tormenta emocional. Fui, pues, en busca de ella para ver si podía ayudarla.
Estaba acostada boca abajo en la cama. No lloraba, pero poco le faltaba. Contestó a mis preguntas diciéndome que por siete votos no la habían elegido para formar parte del consejo estudiantil.
—¡Ay, papá! —añadió— Es lo único que quería conquistar este año. Hubiera preferido no haberlo intentado siquiera.
—Pero por poco ganas.
—Sea como sea, perdí —replicó ella, impaciente.
Contrariado por el tono de auto-compasión que ponía en sus palabras, le dije:
—¡Vamos, Cathy! ¿Dónde están tus arrestos?
—Siempre dices lo mismo. Y la abuela también. Pero yo ni siquiera sé lo que quiere decir "¿Dónde están tus arrestos?"
Y de pronto recordé vívidamente el día en que yo averigüé el significado de aquella frase. Busqué, pues, definírsela a Cathy con exactitud, diciéndole:
—Es tener la gallardía de pensar en los demás en la hora más cruel de nuestra vida,
—En tal caso, no creo que nadie tenga "arrestos" —repuso muy convencida.
—A tu abuelo, por ejemplo, le sobraban.
—¿Viste acaso el momento más duro de su vida?
—Me parece que sí. ¿Te gustaría saber cómo fue?
Cathy se abrazó las piernas y se dispuso a escucharme, mientras yo volvía mis pensamientos a cierto domingo del otoño de 1945.
MI MADRE, mi hermana menor, Sharron, y yo habíamos ido a la iglesia. En circunstancias normales mi padre nos habría acompañado, pero esa vez se encontraba embarcando terneras en los corrales de la estación ferroviaria de Vaughan, aldea situada cerca de nuestro rancho en Nuevo México.
La víspera, al partir de casa, se había mostrado muy optimista. Habíamos disfrutado de la mejor primavera que pudiéramos recordar. Abundaron las lluvias, y la espesa y nutritiva hierba prosperaba en la tierra húmeda. En 15 años no habíamos visto tan buenos pastos. Por primera vez no tendríamos que comprar forraje de invierno para el ganado Hereford, tan apreciado por mi padre, y el dinero que con ello nos ahorraríamos serviría para saldar las deudas que habíamos acumulado durante casi un decenio.
Mi padre había comenzado a levantar el rancho hacia 1925, poco después de haber terminado sus estudios de segunda enseñanza. Por desdicha, en 1930 se abatió sobre el país la gran crisis económica antes de que hubiera pagado el valor de la tierra adquirida. No era hombre dado a lamentarse y no se entregaba al desaliento; hizo acopio de fuerzas, trabajó tenazmente y logró sobrevivir. Gracias a su hábil administración y a costa de grandes sacrificios, consiguió mantener el rancho en actividad durante el decenio de 1930 a 1939.
Estoy seguro de que no quería mentir el día en que colgó a la entrada del rancho un letrero pequeño que decía sobre fondo blanco: "Rancho Moore: ganado Hereford de raza". El anuncio reflejaba la ilusión de mi padre de ver gordos y magníficos rebaños paciendo en espléndidos pastizales, de contar con graneros recién pintados, con vigorosos terneros capaces de atraer el interés y la aprobación de ganaderos llegados de todo el Estado de Nuevo México.
Pero la realidad era un tanto diferente. Traspasando aquel letrero, él criaba más ganado corriente que de raza. Un camino terrero, feo y con rodadas hondas, conducía a nuestra casa, que mi progenitor había construido sin ayuda: estrecha, de paredes de adobe encaladas, porque nunca las llegaron a pintar. Cuidaba 4000 hectáreas, pero la mitad las había alquilado al Estado o a la empresa del Ferrocarril Sud-pacífico. No teníamos fuerza eléctrica ni agua corriente; ni tuvimos tampoco teléfono hasta que mi padre terminó de tender 23 kilómetros de cable con sus propias manos.
El domingo de que hablo, ¡qué útil nos fue aquel teléfono! Regresábamos a casa de la iglesia cuando mi madre, que iba al volante de nuestra vieja camioneta descubierta, se echó hacia adelante y fijó la mirada en el horizonte. "¿No ven una columna de humo?" nos preguntó a mi hermanita y a mí. Y a continuación nos ordenó de pronto: "¡Agárrense fuerte!" Oprimió el acelerador y no disminuyó la velocidad ni siquiera para rodear la cerca que había a la entrada del rancho. El humo se veía ya con toda claridad, pues ennegrecía el ciélo por encima de las colinas.
Ya cerca de la casa, debíamos cruzar una puerta de alambre para entrar en el pastizal del sur. Salté de la camioneta para abrirla, y ella me gritó: "¡Déjala abierta!" Las puertas jamás se dejaban abiertas, pero yo obedecí y me encaramé de nuevo al vehículo.
Habíamos recorrido apenas un kilómetro y medio cuando descubrimos un muro de pálidas llamas amarillas, casi invisible a la brillante luz del sol. Con el calor, rielaba la tierra y parecía bambolearse. Las llamas avanzaban hacia nosotros a impulsos de una brisa otoñal. Hacia el oriente, tres vacas y una novilla corrían a saltos delante del fuego, con las colas tan erguidas que parecían mástiles.
Sharron rompió a llorar. De lo más hondo de la garganta de mi madre escapó una exclamación: "¡Oh, no!" Yo sentía que la piel de los brazos y la espalda se me crispaba. Ella viró en redondo frente a las llamas que venían a nuestro encuentro y puso rumbo a casa. Nunca olvidaré el aspecto que presentaba entonces. Sus ojos castaños aparecían mojados en lágrimas; apretaba el volante con tal fuerza entre las manos que los nudillos estaban completamente blancos. Cuando Sharron dio un bote y se pegó en la cabeza por un salto de la camioneta, mi madre me ordenó con voz terriblemente tranquila: "Gerald, sienta otra vez a tu hermana y sujétala bien".
Al llegar a casa, se lanzó del vehículo y corrió al teléfono.
Empezaron a llegar los vecinos, por parejas o en grupos de tres, hasta congregarse unas 15 familias. La mayoría vestía aún su ropa dominguera. Yo tenía ocho años de edad y no servía para gran cosa, pero mi madre me mandó al granero a buscar sacos vacíos de forraje. La gruesa tela de arpillera, empapada en agua, sería nuestra única arma para combatir el fuego. En Vaughan había un cuerpo de bomberos con dos bombas, pero eran inútiles en un lugar donde el agua quedaba muy lejos.
Cuando mi padre volvió de Vaughan, se hizo cargo de la situación. Envió a Tom Foxx al molino de viento para que llenase un depósito de agua con capacidad de 2000 litros que teníamos en la parte trasera de un camión desvencijado. Eso nos bastaría para mojar los sacos durante algún tiempo. Llevaron a todos los niños al patio, donde se quedaron al cuidado de la hija mayor de los Thompson.
Cuarenta hombres y mujeres, formando una fila lamentablemente corta, estuvieron codo con codo combatiendo toda la tarde las llamas con los sacos ensopados. Durante una hora angustiosa temieron que el viento llevara el fuego hasta la casa y el granero, pero hacia las 4 se vio que las llamas arderían hacia el oriente y, por tanto, no llegarían a las edificaciones.
El fuego alcanzó la carretera al anochecer. La primavera anterior mi padre, con su acostumbrada precisión, había abierto allí un ancho cortafuego entre la hierba exuberante, para proteger al rancho de los cigarrillos y fósforos que arrojaran desde coches y camiones. Cuando el fuego llegó a la barrera, pareció vacilar. Hombres y mujeres, aunque molidos hasta los huesos, aprovecharon el momento y lo apagaron por completo.
Sin embargo, la mitad de nuestra finca era una alfombra ardiente de hierba calcinada, demasiado caliente para poner el pie en ella. Veinte reses se achicharraron, atrapadas en un rincón del cercado, y otras cinco sufrieron tan graves quemaduras que mi padre se vio obligado a rematarlas a balazos. Y la furia de las llamas había devorado todas sus esperanzas de saldar sus deudas y hasta su ilusión de poseer alguna vez un rancho.
No obstante, se quedó en el Patio estrechando la mano a cada uno de sus vecinos, dándoles las gracias por haber acudido a auxiliarlo. Cuando desaparecieron por el camino las últimas luces de los vehículos de sus vecinos, entró en casa. Observé que sus botas nuevas, compradas fiando en la promesa de las gordas terneras, habían quedado en un estado lamentable.
Tardaríamos semanas en separar y acorralar al ganado, y muy pronto tendría mi padre que comprar forraje para el invierno. Ante mis ojos se hallaba un hombre que había trabajado esforzadamente... para perderlo todo. Tomó una taza de café de manos de mi madre, mientras yo, consciente de todo el horror de aquel día, miraba fascinado su figura flaca, macilenta, sentada a la mesa de la cocina.
De pronto alargó el brazo, me lo pasó alrededor de la cintura y me miró a los ojos.
—Hermosa fogata, ¿no crees, hijo?
—¿Y las vacas? ¿Murieron achicharradas?
—Algunas.
—Se te estropearon del todo las botas, papá.
Se inclinó para examinar lo que había quedado de sus magníficas botas negras.
—¡Bah! —repuso— Me servirán estupendamente como calzado de trabajo. Los dos lo necesitamos.
Sentí el impulso de echarle los brazos al cuello, pero me reprimí. Me acometió el deseo de llorar, mas me contuve. Le ofrecí luego lo único que se me ocurrió:
—Si lo quieres, te daré lo que tengo en mi alcancía.
Mi padre sonrió.
—Guarda tu alcancía hasta que puedas, hijo. A lo mejor algún día se te antoja ir a Singapur.
—¿A Singapur? —pregunté sin poder imaginar la intención de sus palabras.
—Por supuesto.. Todos los jóvenes van a Singapur. ¿No lo sabías? Yo pasé siete años allí antes de que tú vinieras al mundo.
—¿De veras ?
—Pregúntaselo a tu madre —me respondió, volviéndose hacia ella—. No se habría casado conmigo si yo no hubiera estado en Singapur.
Y con esto se echó a reír, y vi que el semblante de mi madre se iluminaba. En seguida soltamos la risa, y durante unos momentos nos olvidamos de la quema. Mi madre se dejó caer sobre las rodillas de mi padre, le echó el brazo al cuello y se le quedó mirando con la expresión del más puro amor.
—Ben —declaró—, tienes más arrestos que una legión romana.
No creo haber oído nunca antes aquella palabra, pero comprendí claramente lo que significaba. Y también comprendí en el acto que era algo digno de poseer.
CUANDO terminé mi narración, mi hija se quedó un rato pensativa antes de decir: "¿Sabes, papá? Esa historia me ha llenado de orgullo y de vergüenza".
Cathy salió electa el otoño pasado para ingresar en el consejo estudiantil poco menos que por unanimidad. Y yo le prometí que, si cumple bien su cargo, le regalaré (por mucho que me resista a desprenderme de él) el letrero blanco, ya viejo y estropeado, que en un tiempo colgó con orgullo a la entrada del rancho Moore.