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julio 24, 2022
La Isla del Diablo - Guayana Francesa
Sección de libros. Condensado del libro de René Belbenoit.
El establecimiento penitenciario de la Guayana Francesa era famoso en todo el mundo. Los reos internados allí vivían como animales y morían por centenares a causa de los malos tratos y de las enfermedades. Con frecuencia había evasiones que casi nunca lograban su propósito; la selva y el mar eran implacables carceleros.
Uno de los presidiarios, René Belbenoit, llevaba un diario en el que anotaba los actos de crueldad y las penalidades que sufrían los presos, así como sus lastimosos intentos de fuga y los castigos que después les imponían. Al cabo de 15 años llegó al mundo exterior este diario: 15 kilos de manuscritos envueltos en tela impermeabilizada que constituyen no sólo un testimonio palpitante de la inhumanidad de algunos hombres, sino también un conmovedor relato de valor y decisión inquebrantables.
EN 1920, cuando tenía 20 años de edad, me sentenciaron a trabajos forzados en la colonia penal de Guayana Francesa, por robo.
El buque de condenados en que embarqué llevaba en la bodega unos 680 prisioneros, apiñados en jaulas de acero. En cada jaula iban de 80 a 90 reos, y a cada par de pies no le tocaba ni un metro cuadrado de espacio.
Para evitar cualquier posible rebelión en masa, en el techo de las jaulas había orificios por los cuales se podían inyectar chorros de vapor hirviente. Los presos contumaces iban a parar a las "jaulas calientes", o celdas de planchas de hierro armadas cerca de las calderas del barco y tan pequeñas que el prisionero no podía estar de pie dentro de ellas.
En las jaulas, como es natural, las conversaciones giraban en torno a la Guayana y a las posibilidades de fuga. Varios prisioneros habían arrancado de algún atlas mapas de Sudamérica y se pasaban el tiempo estudiándolos cuidadosamente, midiendo distancias y aprendiéndose nombres de ríos y ciudades de los países colindantes con la Guayana Francesa, tratando de pronunciar palabras que pocos meses antes no existían para ellos: Paramaribo, Venezuela, Orinoco, Oyapoc...
Al poco tiempo se formaron varias peñas. Había un grupo bien definido, compuesto por los forts-abras, es decir, por los hombres profusamente tatuados que habían vivido muchos años en las prisiones militares de África y se sabían todas las artimañas imaginables. Desde el primer momento tuvieron tabaco y otros lujos, y rápidamente organizaron juegos de azar. De sus gruesos labios brotaban espontáneamente obscenidades y amenazas, y su recia musculatura los convertía en los implacables amos de la jaula. Durante la noche robaban cuanto podían, y vendían su botín a los marineros, que desde la cubierta bajaban una cuerda hasta la portilla del excusado. Cada lote de objetos robados representaba cinco o seis paquetes de tabaco.
Un día dos viejos enemigos, condenados ambos, empezaron a pelearse con cuchillos improvisados de mangos de cuchara afilados en el piso.
Nos arrimamos todos contra los barrotes de la jaula, para que los carceleros no pudiesen ver la pelea, y los forts-abras comenzaron a cantar a voces con el fin de ahogar cualquier grito exhalado por los contrincantes. De pronto resbaló uno de ellos, y ya iba el otro a acabar con él cuando los guardianes, que habían empezado a sospechar algo, entraron en la jaula revólver en mano. Llevaron a la enfermería al perdedor, que estaba empapado en sangre, y el otro fue a parar a una "jaula caliente" para el resto del viaje.
Cuando cruzamos el trópico, el calor y la falta de aire en la jaula se agravaron terriblemente. Las tres cuartas partes de los presos no vestían más que una toalla enrollada a la cintura. El agua se contaminó y, para que fuese potable, los marineros le echaban permanganato. Dos veces al día nos daban una ducha colectiva. Los marineros bajaban a la bodega provistos de mangueras y rociaban a la gente con agua salada fresca. Era un alivio delicioso.
UNA MAÑANA apareció la costa, y a las pocas horas nos hicieron desembarcar en formación. En el muelle y a lo largo del camino que seguimos se congregó una turba de negros. Las mujeres reían groseramente y gesticulaban a nuestro paso. En cambio presentaban un aspecto lastimoso los muchos blancos que se veían también por allí: eran libérés que habían cumplido ya su pena de cárcel, pero seguían condenados a vivir en la Guayana Francesa. La mayoría de ellos andaban descalzos y vestidos de harapos, y parecían demasiado desventurados para sentir emoción alguna por nuestra llegada.
Nos llevaron en seguida al campamento de Saint Laurent y nos encerraron en barracones, en grupos de 60. Al poco rato cinco hombres se llegaron a las ventanas enrejadas, susurrando:
—¿Tabaco? ¿Café? ¿Plátanos?
—¿Y cómo vamos a pagar? —pregunté—. Yo no tengo dinero.
—Con tu ropa —me contestaron, y a continuación nos dijeron sus cotizaciones:
Unos pantalones valían 40 sueldos; una camisa, 30 sueldos; una manta, cinco francos.
Un recién llegado vendió unos pantalones; otro, una camisa... Y esa noche todos tuvieron sus cigarrillos y unos cuantos plátanos.
A la segunda mañana de nuestra llegada el comandante del campamento nos reunió en el patio cerrado y nos advirtió que no pensáramos en fugamos.
—Aquí en Guayana —nos dijo—disfrutáis de una gran libertad y podéis intentar escaparos en el momento en que se os antoje. Pero tenemos dos guardianes que vigilan sin cesar: la selva y el mar. Ya sé que antes de 15 días muchos de vosotros habréis huido a la selva; pero también sé que los fugitivos volverán pronto, y ya los veo metidos en las celdas o en el hospital... con excepción de los que hayan quedado entre la maleza, convertidos en esqueletos cuidadosamente pelados por las hormigas.
Después vino la inspección médica. Casi todos, enfermos o sanos, fueron declarados aptos para cualquier servicio, pero cuando yo enseñé al médico mi título de pensionado por heridas de guerra, me destinaron a trabajos ligeros. Eso me iba a salvar de muchas calamidades.
Porque descubrí que todos los presidiarios a quienes se declara aptos, sean jóvenes o viejos y fuera cual fuese su anterior ocupación van destinados a las mismas tareas. Por consiguiente, de unos 700 condenados que llegan anualmente a aquel clima infernal, 400 mueren en el primer año de su vida allí. El nú mero de prisioneros se mantiene aproximadamente igual en el penal. Cuando desembarca una remesa, el total sube a 3500; el hospital se llena en seguida, y algunos reos desaparecen en la selva, y en los 12 meses que transcurren antes de que llegue el siguiente cargamento, el número de condenados ha bajado otra vez a 2800. La política de la administración no es redimir gente, sino matarla.
Seis meses después de llegar, la mayoría de los penados hace una vida poco mejor que la de las bestias de la selva. Los reclusos tienen que andar descalzos, porque los zuecos que les dan (a pesar de las repetidas protestas de muchos gobernadores) son inadecuados para el carácter del país. Ya han vendido la ropa interior y los calcetines, y ni siquiera se pueden lavar por la mañana, pues el agua nunca es suficiente en los barracones.
Los presidiarios guardan los pocos francos que les quedan, o cualquier otro objeto de valor que puedan tener, en tubos de unos ocho centímetros de longitud, de aluminio o de otro metal inoxidable, que se esconden en el recto.
Van escribiendo cada vez menos a su casa. La contestación les llega a los cuatro meses. El ambiente los absorbe inexorablemente y les impide compartir sus sentimientos con el mundo exterior.
No se da ningún servicio religioso a los penados; no hay iglesias, ni curas, ni siquiera libros.
Para soportar semejante situación material y moral, el prisionero necesita una constitución muy fuerte. Yo era de baja estatura, físicamente débil, y no estaba acostumbrado a las privaciones. Me preguntaba, pues, cuánto tiempo duraría vivo.
A Los ocho días de nuestra llegada me enviaron con otros 12 condenados al campamento Nouveau, que queda más de 20 kilómetros tierra adentro. Con asombro nuestro, nos señalaron el camino y nos dejaron ir por la selva sin escolta.
Encontramos en la vereda un grupo de hombres semidesnudos y armados de hachas. Al ver que éramos nuevos, se detuvieron un momento. Habían terminado ya su tarea de leñadores y, según nos dijeron, volvían al campamento en busca de sus redes. Se proponían regresar al bosque para cazar mariposas y vender las alas a los comerciantes de curiosidades de Cayena, con lo que se hacían de algo de dinero. ¡Apenas pensé entonces que también yo, en los largos años siguientes, iba a ganarme buenos francos con tan extraña ocupación!
En el campamento Nouveau (formado por varios barracones de techo pajizo dispuestos en un claro de la selva) el secretario registró nuestro nombre y número y nos señaló las literas que nos correspondían (duras tablas desnudas). A mí me destinaron al taller donde se hacen grandes sombreros de paja. Me daban un montón de fibras de palma awara y todos los días tenía yo que trenzar 15 metros de aquella fibra. Solía empezar el trabajo antes del alba para terminarlo .a las 10 de la mañana. Después me iba a la selva, donde podía entregarme a mis pensamientos.
Muchos condenados habían tratado en vano de huir del campamento Nouveau a través de la Guayana Holandesa, que estaba al otro lado del río, y de ellos aprendí los accidentes del camino. Y aunque todos quisieron convencerme de que era una locura intentarlo, me prometí que también yo escaparía.
Cuando poco después me encontré con un joven presidiario que estaba igualmente ansioso de huir, acordamos que él pondría el poco dinero que le quedaba y yo los informes que había recogido, para hacer el intento juntos. Saliendo a escondidas del campamento embarcamos en una balsa que habíamos ocultado en la ribera del arroyo y nos dejamos arrastrar corriente abajo. Llevábamos media docena de mendrugos de pan duro, algunas latas de sardinas y leche condensada, y un frasco con fósforos que, habíamos ido reuniendo uno por uno.
Cuando oscureció, no nos atrevimos a hacer una hoguera por temor de que nos persiguiesen. Los mosquitos zumbaban por millares alrededor de nosotros y nos dejaron la cara hinchada con sus exasperantes picaduras.
Tras muchas horas de lucha contra las traicioneras corrientes del Maroni, alcanzamos por fin la ribera de la Guayana Holandesa, a pocos cientos de metros más abajo de Alvina. Una vez en tierra, avanzamos con grandes dificultades por una vereda abierta en la selva y fuimos a dar como idiotas a un claro donde trabajaba un grupo de indios caribes. Al vernos, arrancaron inmediatamente hacia nosotros blandiendo escopetas y machetes.
Les dimos el poco dinero que traíamos con la esperanza de librarnos de ellos, pero nos siguieron apuntando con las armas, y después, decididos a cobrar la recompensa ofrecida por la captura de fugitivos, nos llevaron ante las autoridades holandesas. Al día siguiente una lancha nos devolvía a territorio francés, donde nos encerraron en el calabozo.
En Saint Laurent hay cuatro calabozos disciplinarios, en que suelen estar encerrados unos 250 penados. De los 40 hombres que había en el que a mí me tocó, la mayoría purgaban el delito de evasión y habían sido entregados por la Guayana Inglesa o la Holandesa. Como habían vendido sus pertenencias para adquirir tabaco, todos estaban desnudos. Unos pocos llevaban un trapo arrollado .a la cintura. El calor era sofocante, pues no había más aire que el que entraba por seis ventanuchos fuertemente enrejados que se abrían a unos cuatro metros del piso. Por la noche nos ponían cadenas, y dormíamos con la cabeza apoyada contra la pared y un tobillo sujeto con grillos de hierro. Las cadenas tintineaban y rechinaban sin cesar.
El humor de esos hombres es terrible. Ociosos y sin dinero para tabaco o comida, enloquecidos por la pestilencia y el calor insoportables, viven en profunda abyección. Cuando llega un nuevo condenado y descubren que trae dinero, si es débil se lo arrebatan en el acto. Si se queja, se expone a que lo asesinen.
El castigo por evasión es generalmente el aislamiento por períodos de seis meses a cinco años. Sin embargo, a mí, por ser la primera intentona, me condenaron sólo a 60 días. Cuando los cumplí me remitieron custodiado al campamento Nouveau, y allí me mandaron a trabajar en los desmontes, donde se ensayaba el cultivo de verduras. El primer día me picaron terriblemente unas hormigas negras gigantes, y a la siguiente mañana tenía el cuerpo tan hinchado y una fiebre tan alta, que avisé que estaba enfermo. Pero el médico no quiso mandarme a la enfermería, y yo, por mi parte, me negué a salir al trabajo. Por esa insubordinación me sentenciaron a 65 días en las celdas... donde estuve muchísimo mejor que trabajando en los claros, a pesar de que me habían encadenado y me tuvieron a pan y agua dos días de cada tres.
Al fin me sacaron de las celdas y me trasladaron a la enfermería de Saint Laurent como asistente. En este lugar tuve por primera vez la ocasión de hacerme de una débrouille, esto es, la oportunidad, ansiada por todos los penados, de ganar algún dinero. Cerca de la enfermería había un castaño y empecé a comerciar con las castañas, asándolas en un pedazo de lata y vendiéndolas a 20 por dos sueldos.
Todos los presidiarios que pueden, se hacen de su débrouille o su ocasión de sisar. Uno de ellos vende por cuatro sueldos café hecho con los residuos de la cocina. Otro más despliega por la noche una manta para jugar a la marsellaise, o marsellesa (especie de bacará), y se queda con la décima parte de las ganancias. Un tercero pone una caja de golosinas sobre la manta, los jugadores, dejando dos sueldos en la caja, toman un dulce y se lo comen mientras juegan absortos. El vigilante de la barraca escatima el petróleo de la lámpara principal y el que ha ahorrado se lo vende a los penados para sus lámparas. El ayudante del hospital rebaja la leche prescrita a los moribundos (que se prepara con leche condensada y agua), y vende las latas sobrantes. Esa es su débrouille.
Mi capital fue aumentando poco a poco, y cuando conseguí reunir bastante ropa, me puse a planear una nueva fuga. La existencia en la colonia penitenciaria no ofrecía nunca más de dos alternativas: la evasión o la muerte. Y esta vez me dije que no fallaría.
René Belbenoit
EN NOCHEBUENA, cuando los carceleros estaban empezando a celebrar ruidosamente la fiesta, nueve de nosotros, juramentados todos para ganar la libertad o perecer, nos escabullimos por la silenciosa selva hasta el río, donde habíamos ocultado una canoa, y rápidamente arrancamos por la corriente abajo.
Llevábamos una piragua robada, de casi 10 metros de longitud; una vela amañada con pantalones y hamacas viejos; y una provisión de café, arroz, tapioca, leche condensada, carne seca y plátanos. Llevábamos el agua potable en el barril de una de las letrinas, que tuvimos sumergido durante varios días en el Arroyo para quitarle el olor, después de quemarlo con fuego y alquitrán.
Así llegamos al Maroni, y tres horas después habíamos recorrido los 20 kilómetros que nos separaban del Atlántico. Allí izamos la vela y pronto salimos a alta mar. Pero de repente oímos un rugir de trueno. ¡Nos acercábamos a los rompientes!
El Marsellés, sacudiendo al Vasco, quien había dicho ser marinero, le gritó:
—¡Estamos en peligro, Vasco! Yo no sé una palabra de navegación. ¡Lleva tú el timón!
El Vasco se incorporó, sentándose, y empezó a gemir y a suplicarnos que lo perdonáramos. Nos confesó que no sabía nada de barcos; se había hecho pasar por marinero para que lo lleváramos con nosotros. Apenas había acabado de excusarse, cuando una ola enorme rompió sobre la lancha por los dos costados. Después nos azotó una segunda y luego una tercera, que destrozó el mástil; y la vela se desplomó sobre nosotros cuando achicábamos frenéticamente el agua.
Con desesperación, gritábamos y dábamos tirones a la vela para no estar enredados en ella cuando nos viniera encima la próxima ola.
Por milagro llevamos la lancha hasta la orilla, pero habíamos perdido el agua potable y poco menos que todas las provisiones de boca. Por añadidura, apenas estaríamos a nueve horas del campamento.
En cuanto puso pie en la playa, el Marsellés se encaró con el Vasco y le ordenó:
—¡Lárgate antes de que sea demasiado tarde!
Y al mismo tiempo sacó del cinto su largo cuchillo.
Creo que los demás hubiéramos perdonado al Vasco y le hubiésemos dejado que siguiera con nosotros, pero todos estábamos abatidos y nos limitamos a formar coro sin decir palabra. El Vasco miró el amenazante puñal y, taciturno y cabizbajo, se internó en la selva lentamente.
Sin comentarios, nos pusimos a examinar la situación. Evidentemente ya no podríamos seguir por mar. El agua se había llevado casi todas nuestras provisiones. Acordamos descansar hasta el día siguiente para marchar luego por la selva hacia Paramaribo.
A la mañana siguiente el Vasco reapareció en nuestro campamento, gritando:
—¡Todo está inundado! ¡No puedo seguir adelante!
En la mirada del Marsellés leí la sentencia de muerte del Vasco. El primero, sin lanzar siquiera una maldición, saltó sobre el segundo y lo apuñaló. Se oyó un grito desgarrador y el Vasco se desplomó en tierra. El Marsellés, tan tranquilo como si nada hubiera ocurrido, arrastró el cadáver hasta el agua para que se lo llevara la marea.
DURANTE tres días recorrimos penosamente kilómetros y kilómetros de lodo y marañas de manglares a lo largo de la costa, hasta que decidimos volver a la Guayana Francesa lo más pronto posible. Aunque ya casi no teníamos reservas de comida, aún nos quedaban fuerzas para llegar al río Maroni. Pensábamos pasar allí varios meses cazando mariposas para reunir dinero bastante con que comprar suministros y fugamos otra vez. Teníamos amigos en los diversos campamentos y confiábamos en que nos ayudarían a escondernos.
Ya avanzábamos más fácilmente, porque habíamos salido de las marismas a un terreno más elevado. Marcelón y el Marsellés iban delante, abriendo brecha con los machetes. Yo seguía con otros tres compañeros, y a corta distancia detrás de nosotros venían el Gitano y Roberto.
El Gitano tenía una pierna de palo y andaba mucho más despacio; además se caía repetidas veces al tropezar contra las piedras y le costaba trabajo agacharse para pasar por debajo de los bejucos. Roberto y el Gitano habían sido compañeros de tiempo atrás en el campamento; ahora iban a retaguardia y se ayudaban cuando lo necesitaban.
Al terminar el segundo día de marcha, hambrientos y terriblemente cansados, decidimos acampar en un claro. Poco después salió el Gitano de la trocha y se nos unió. Venía solo.
—¿Dónde está Roberto? —le preguntó el Marsellés.
El Gitano contestó que se había quedado rezagado porque estaba enfermo, pero que no tardaría en alcanzarnos.
Sin embargo, pasó una hora y Roberto no llegaba. El Marsellés decidió ir a buscarlo y, desandando el camino, recorrió un kilómetro y medio. Ya iba a abandonar su empresa y a regresar cuando descubrió a la vera de la senda el cadáver de Roberto, aún caliente, escondido bajo un montón de ramas cortadas apresuradamente. Tenía la nuca hendida por un golpe terrible y cerca del cuerpo estaba su mochila vacía. ¡El Gitano había asesinado a su amigo inseparable para robarle unos bocados de tapioca y un poco de leche!
El Marsellés volvió al campamento y nos dijo que no había hallado señales de Roberto, pero en secreto le contó a Marcelón lo que había descubierto. El Gitano preguntó al Marsellés, con el aire más inocente, qué pensaba que le hubiera pasado a su amigo, y casi llorando prorrumpió:
—¡Era mi amigo! ¡Un buen amigo!
Pero el Marsellés no le contestó. Siguió disponiendo el campamento, cortando con su machete hojas de palma, acercándose cada vez más al Gitano.
De pronto pasó por detrás de él, y el Gitano, receloso, volvió la cabeza para no perderlo de vista. Pero en ese instante Marcelón saltó sobre él y le hundió un puñal en el corazón.
Hoy todavía, transcurridos ya muchos años, recuerdo vivamente hasta el último detalle de la horrible escena que siguió.
Dedé, el hermano de Marcelón, fue quien propuso:
—Deberíamos asarle la pierna.
El Marsellés aprobó el plan.
—No era más que una bestia —declaró—, y las bestias son comestibles.
Los demás se adhirieron también a la proposición, y media hora después el hígado del Gitano, espetado en un palo, se asaba en una hoguera... encendida, para mayor escarnio, con su propia pata de palo. A continuación el Marsellés le cortó la pierna buena al cadáver y la puso a asar sobre las brasas.
Después comieron todos... y yo también, pues no quería incurrir en su ira y ganarme la expulsión del grupo.
Esa noche nadie habló; ni siquiera los más empedernidos podían olvidar, creo, los terribles sucesos del día. Tres muertos quedaban ya en el camino de nuestra fuga.
Dos días más tarde llegamos a una aldea indígena, a orillas del Maroni. Allí nos dieron de comer, pero después, mientras dormíamos, fueron a avisar a las autoridades. Y cuatro soldados holandeses acudieron pistola en mano para apresarnos cuando más descuidados estábamos.
Volví otra vez al calabozo, y después, clasificado como incorregible ("inco"), me mandaron al campamento Charvein, donde hacían estragos el paludismo y la disentería. Allí trabajaban los otros "incos", en rudas labores, totalmente desnudos entre nubes de mosquitos, y vivían casi como bestias enloquecidas. Sin embargo, yo dirigí una solicitud al nuevo director de la administración y, gracias a él, me devolvieron a la vida normal de la colonia al cabo de 80 días de tormento.
Durante los años siguientes que pasé en Guayana Francesa traté de fugarme otras dos veces, pero lo único que logré fue que me castigaran enviándome a Royale (una de tres islas situadas a 16 kilómetros de tierra firme. Las otras dos son St. Joseph y la isla del Diablo, famosa esta última por Dreyfus y otros prisioneros políticos y que la gente suele tomar equivocadamente por único penal de Guayana).
Cumplí condena en La Case Rouge, la barraca sangrienta, donde iban a parar los condenados más protervos de toda la colonia penal. Todas las mañanas los carceleros entraban en los excusados buscando lo que encontraban cientos de veces: el cadáver de algún reo asesinado por venganza o por robo. ¡Cuántas veces, al ir a los excusados en altas horas de la noche, tropecé con un cuerpo inerte y tuve que lavarme de los pies descalzos sangre viscosa y coagulada! Allí nadie se atreve nunca a declarar contra un asesino.
Jamás se permite entrar en las islas a los forasteros, y muy pocas personas las han visitado por razones que no sean oficiales. En ellas sufría lo indecible, pero continuaba viviendo mientras en torno mío corría la sangre y se cebaba la muerte.
Pasé algún tiempo en la isla de Saint Joseph, en confinamiento solitario, enterrado vivo en una oscura celda. Los penados lo llaman "la guillotine séche", o guillotina seca. El prisionero está 23 horas de cada 24 metido en un pozo sin sol. No tiene trabajo que hacer, no puede leer nada, ni escribir, ni ocuparse en actividad ninguna. Los únicos ruidos que le llegan son el romper de las olas contra el acantilado y los gritos de los que han enloquecido. En ese lugar convierten a los cuerdos, deliberadamente, en idiotas babeantes para que nadie les crea si denunciaran ante la prensa o los funcionarios del Gobierno los abusos que se cometen en la Guayana Francesa.
EN NOVIEMBRE de 1927, cuando ya llevaba yo en la colonia penal casi seis años, me trasladaron por primera vez a Cayena. Me convertí en un presidiario "establecido", conocedor de las costumbres del lugar. Ya había llegado a comprender también las secretas inmoralidades de los administradores. Yo había visto presos que compraban privilegios por 25 francos; había visto funcionarios sin escrúpulos vender la ropa y las mantas del Gobierno, de modo que los presidiarios tenían que vestir harapos durante meses; había visto a los guardianes practicar sistemáticamente un tráfico increíble con perjuicio de los prisioneros. Y todo eso me indignaba más que la maldad de los condenados, porque me parecía un abuso repugnante el aprovecharse de gente desamparada, sin amigos, desvalida.
Cayena es un abismo de degradación humana. Es la capital que cabría esperar de una colonia que, siendo posesión francesa desde hace más de 300 años, sólo pudo enviar alas de mariposa y monos disecados a la Exposición Colonial celebrada en París en 1931. Aunque es la ciudad principal de una de las posesiones más antiguas en que ondea la bandera francesa, Cayena es capital de una colonia sin colonos.
Durante el reinado de Napoleón III, cuando se fundó la colonia penal, se pensó en dejar allí a los presidiarios después de cumplida su condena, para que se casaran y tuvieran hijos, pues de esta forma la colonia quedaría poblada por hombres fuertes y endurecidos. Por eso se recurrió a la pena doble o doublage. El penado que quedara libre tendría que servir, ya como libéré, un período de exilio igual al de su sentencia original.
Pero nadie quería tener nada que ver con los liberados. Ni siquiera las negras se casaban con ellos. La mala fama de la colonia descorazonaba a los hombres de empresa de Francia; y así, desde que se estableció el sistema penal, la Guayana se fue convirtiendo poco a poco en un lugar donde la ilegalidad, la degeneración, la pobreza y el sufrimiento sobrepasan todo lo que se pueda decir de cualquier otra colonia penitenciaria del mundo.
Hoy, arruinada, la Guayana Francesa es el exponente de la ineficacia. No tiene ni 100 kilómetros de carreteras. No hay un kilómetro de pavimento. No hay una sola industria, ni una fábrica, ni ferrocarril. Una vez al mes llega allí un vapor de carga con suministros y se regresa vacío. Lo único que se ha establecido en Guayana Francesa es el sistema penal. Y las prósperas colonias vecinas de las Guayanas Holandesa y Británica se esfuerzan denodadamente en evitar que los indigentes prisioneros, ansiosos de colonizar, pongan por obra su tentación de traspasar la frontera.
Francia ha comprendido desde hace mucho tiempo que la Guayana es un fracaso. Cada Gobierno que asume el poder ha ensayado algún plan: uno prueba con el café; otro, con el ganado; el tercero, con el cacao; pero no hay población que respalde tales esfuerzos y todas las tentativas fallan por completo. Hasta el ganado para carne hay que traerlo de otras partes.
La población de la capital es de 11.000 habitantes, entre los cuales hay 700 presidiarios y 300 liberados. En ella los prisioneros disfrutan de una libertad increíble y vagan por toda la ciudad durante el día, aunque de noche los encierran en la penitenciaría.
CUANDO estuve en las islas escribí un relato objetivo de las condiciones en que viven los condenados y envié secretamente el manuscrito al nuevo administrador de la colonia penal, el gobernador Siadous. Esto despertó el interés del gobernador hacia mí y, cuando me mandaron a Cayena, me encargó la tarea especial de ordenar los archivos de la colonia.
Durante meses trabajé entre rimeros de papeles, libros, escritos, expedientes de los presos, cuentas de la administración, listas de comestibles y materiales para prendas de vestir. Tomé profusión de notas y así obtuve datos y documentos, hechos y cifras que me han permitido desenmascarar irrefutablemente la corrupción de aquel infierno.
Yo admiraba mucho al gobernador Siadous. Durante los dos años que ocupó el cargo hizo toda clase de esfuerzos para mejorar las condiciones del penal, pero no tuvo el apoyo de sus inmorales ayudantes. Él fue mi único amparo contra los administradores, de modo que cuando salió de la colonia, me mandaron otra vez a Royale, donde pasé en reclusión solitaria los últimos tres años de mi permanencia en Guayana. Los meses de larga y tediosa soledad fueron haciendo efecto en mí, a medida que marcaba con la uña en la pared cada día que pasaba. Por fin, el 3 de noviembre de 1934, casi 14 años después de mi llegada a la Guayana, giró una llave en la oxidada cerradura y entró un carcelero que me entregó un papel. Apenas pude leerlo, pues ya estaba poco menos que ciego por la oscuridad de mi celda; pero al fin supe que me declaraban libéré. ¡Ya era yo un preso liberado!
¡Un preso liberado! Sí, libre para vivir como un perro callejero. Libre para vagar por la selva, pero condenado a permanecer en la colonia durante el resto de mi vida e impedido de ir a Cayena en un plazo de diez años. Libre para vivir sin medios de vida.
Abracé el tífico oficio con que un libéré puede allegarse fondos. Habitaba en una choza en la selva, cazaba mariposas, hacía chucherías y juguetes con caucho que recogía de los árboles, y vendía todo esto a los comerciantes de curiosidades en la ciudad. Logré cazar un loro con arco y flecha para asarlo en Navidad. Con un zapapico roto que recogí de un basurero, saqué un armadillo de su guarida y lo cocí para cenar la noche de fin de año. Celebré la Pascua guisando corazones de palma con carne de iguana. Me arrancaba garrapatas del cuerpo y gusanos de los pies. No me quedaban dientes, pero eso no me importaba mucho, porque rara vez tenía alimentos sólidos que necesitara masticar.
Lo que yo necesitaba era dinero... dinero para escapar de aquel infierno en vida. Con 100 francos podría comprar una canoa india, y con 50 compraría alimentos para sobrevivir dos semanas en el mar.
UN DÍA en que rumiaba mis amarguras en Saint Laurent, me hizo señas un turista; iba cubierto con un casco para el sol y me preguntó en un francés bastante elemental:
—¿Dónde podré encontrar un prisionero que hable inglés?
—Yo hablo un poco de inglés.
—Busco a un penado llamado Belbenoit —me explicó en su idioma—. Es el protagonista de la obra de Blair Niles Condenado a la isla del Diablo.
(Yo había vendido a la escritora varios manuscritos cuando visitó la Guayana Francesa, y en ellos basó su novela.)
Me reí por primera vez en varios años al contestarle:
—¡Yo soy Belbenoit!
Me explicó entonces que era administrador de una compañía cinematográfica norteamericana y que querían filmar una película con el tema de la isla del Diablo, narrando la dramática historia de una fuga. Añadió que había volado a Guayana Francesa para conocer directamente el lugar y me preguntó si estaría dispuesto a darle información. Si un prisionero quisiera escapar, ¿cómo lo haría?
Pasé toda la noche contestando sus preguntas, dibujando bocetos de las celdas, de los potros de tormento, describiéndole mis tres conatos de fuga por la selva, respondiendo a las cuestiones que me planteaba. Con mis explicaciones llenó un cuaderno de notas. Al amanecer se dio por satisfecho. Después, el avión en que había llegado se fue empequeñeciendo hasta convertirse en un puntito recortado contra el cielo del Caribe. Pero en mis manos el norteamericano había dejado ¡200 dólares! ¡El dinero que yo necesitaba para huir!
"¡Esta vez lo conseguiré!" me repetía una y otra vez, prepárandome a organizar mi expedición.
Como un halcón busqué por toda la colonia penal hombres cuya situación fuese la más terrible y que más me pudieran ayudar materialmente. Por fin elegí cinco presidiarios (uno de ellos, marinero).
A las 6 del 2 de marzo de 1935, aún de noche, nos reunimos furtivamente y avanzamos sin hacer ruido hasta el arroyo de la Serpiente, donde un chino había prometido escondernos un bote. La lancha resultó ser de la mitad del tamaño que yo había convenido con el vendedor, pues era una piragua que no tenía un metro de anchura. Las provisiones tampoco llegaban a la mitad de las que había pagado ya al chino. Tuve la sensación de que nuestra escapatoria había fallado antes de empezar.
No obstante, algo me dijo que siguiera adelante. Salté a la piragua y pedí a los demás que ocuparan su lugar. Acto seguido remábamos sigilosamente río abajo. Al llegar a la desembocadura, izamos la remendada vela. Chifflot, nuestro navegante, tomó la caña del timón, y la larga y delgada canoa empezó a mecerse sobre el oleaje.
Ninguna persona en su sano juicio se hubiera internado en el mar con semejante piragua, pero a nosotros nos arrastraba el loco afán de conseguir la libertad a cualquier precio que fuese. La noche transcurrió con demasiada lentitud; sin embargo, al llegar la mañana estábamos ya muy metidos mar adentro y nadie nos perseguía.
Encendí un poco de carbón en una lata de queroseno y preparé un té cargado que nos reanimó al tomarlo. Debí haber escatimado la raquítica provisión de alimentos del chino, pero nadie se acordó de eso durante el primer día. Todos hablábamos con nerviosa alegría.
A la tercera noche ya no éramos todos tan buenos amigos. El sol y la reverberación del mar, así como la continua rociada de sal marina, eran un verdadero tormento. Entumecidos por las 50 largas horas que llevábamos apretujados unos contra otros, acabamos persuadiéndonos de que no teníamos ninguna esperanza... y todos empezamos a censurar la empresa. El mar se picó y nos afanamos para salvarnos de zozobrar. Ya no pretendíamos seguir un norte: una gran ola me arrebató la brújula de las manos y no se veía una sola estrella.
Cuando al fin vino el alba, estábamos empapados, entumecidos, famélicos, sedientos y descorazonados. Saqué un poco de agua potable y descubrí que había entrado agua salada en el barril; la mezclé con leche condensada, pero mis compañeros dijeron que tenía un sabor horrible.
—Sería más conveniente volvernos y tratar de alcanzar la tierra firme —dijo Dadar—. Preferiría vérmelas en la selva. Allí, por lo menos no nos faltará el agua.
—¡Sólo llevamos tres días de viaje! —repliqué—. Cuando salimos os dije que yo no volvería. Si llegamos a Trinidad, estaremos salvados. Si desembarcamos en el continente, en cualquier parte que sea, nos entregarán al cónsul francés.
Así pasamos discutiendo todo el día, y los días y noches siguientes fueron una pesadilla.
—¡Bah! —rugió un día Bébert, que iba a la proa—. ¡Hay que cambiar de rumbo! Ya estoy harto. Me voy a tierra, a ver qué pasa.
—¡Alto! —vociferé a Dadar, que había empezado a trepar hacia la vela.
Y metiendo mano en la camisa, saqué una pistola pequeña que había adquirido para un caso como aquel precisamente. Soy un hombre insignificante y no hubiera podido medirme en fuerza muscular con ninguno de mis compañeros, pero me había propuesto inquebrantablemente no virar ni a derecha ni a izquierda. Los cinco hombretones se me quedaron mirando atónitos.
—Echaos encima de mí si queréis, pero os advierto que aquí hay seis balas y os mataré uno por uno si insistís.
—¡Vuelve la vela! —gritó Bébert a Chifflot.
Al mismo tiempo Dadar dio un salto y trató de arrebatarme la pistola. Pero antes de que yo pudiera apretar el gatillo, Dadar resbaló y cayó sobre Chifflot, y los dos se fueron contra la borda.
—¡Mirad allá! —gritó de pronto Casquette—. ¡Es tierra!
Los demás se levantaron a mirar, pero, yo, sospechando que era un truco para distraerme, no me moví siquiera.
—¡Es Trinidad! ¡Ven, Belbenoit, y convéncete!
Con muchas precauciones procuré mirar sin perderlos a ellos de vista, y al elevarnos sobre la espumosa cresta de una ola, vi que no trataban de engañarme. Allá, contra el horizonte, se recortaban altas montañas verdes.
Aquella visión calmó todas nuestras animosidades y empezamos a lanzar gritos de júbilo.
POCAS horas después, transcurridos 14 días en el mar, la canoa chocó en la blancura deslumbrante de una playa. Mis compañeros saltaron al punto de la barca, pero estaban tan débiles que tropezaron y cayeron despatarrados en la arena.
Cerca de allí encontramos una choza de paja, y dentro una gran olla llena de arroz y pescado salado. Metimos las manos en la comida y la devoramos como lobos hambrientos. Después nos echamos en el suelo y caímos en profundo sopor.
Cuando despertamos, fuimos hasta una aldea, donde las autoridades escucharon comprensivamente nuestro relato (los ingleses odian a la Guayana Francesa y la califican de vergonzosa para la civilización), nos dieron bien de comer, nos dejaron descansar y pusieron a nuestra disposición una nueva barca. (Por virtud de una ley reciente de Trinidad se concede a los evadidos de Guayana permiso para permanecer 24 días en la isla y medios para que prosigan su fuga.)
El 10 de junio una lancha de la Marina inglesa remolcó hasta alta mar nuestra barca, bien aprovisionada de alimentos. Al frente quedaban las demás islas de las Indias Occidentales Británicas, que para nosotros eran como escalones hacia la libertad que buscábamos al poner rumbo al norte, a Miami (Florida).
Pasó un día y otro día, y nos parecía que llevábamos buena derrota, pero no divisábamos tierra. Hasta que transcurrieron seis días no quisimos confesarnos que estábamos perdidos.
A los 16 días de haber salido de Trinidad, el mar nos arrojó a una larga costa desértica, con tal violencia que no pudimos evitar que la lancha se destrozara al chocar contra la playa. Apenas tuvimos tiempo de rescatar las provisiones que nos quedaban y nuestros efectos personales.
Desvalidos, hicimos una hoguera en la playa y preparamos la comida, pero antes de que pudiésemos comer apareció un grupo de indios desnudos, aunque armados con arcos, flechas y lanzas, que empezaron a examinar los residuos de nuestro naufragio. Cuando quisimos detenerlos, adoptaron una actitud amenazadora y acabaron quitándonos todo, hasta la ropa que llevábamos puesta. Uno de ellos agarró el paquete de lona impermeabilizada donde guardaba yo el diario que había escrito en la Guayana durante 15 años de condena. Alarmado, le arrebaté en seguida el paquete y lo abrí apresuradamente para enseñarle que sólo había papeles dentro, y el indio me lo devolvió con un gesto burlón.
Los indios desaparecieron de pronto tras de las dunas. Después supe que eran indígenas de unas tribus salvajes que habitan en el desierto costero de Colombia y se alimentan de cactos.
Así pues, desnudos todos, sin más armas que un machete recuperado después de que los indios se fueron, echamos a andar sobre la arena ardiente.
Durante cuatro días fuimos bordeando la orilla de la selva sin encontrar un ser humano. Con palos afilados atrapamos algunos peces y ranas. Encendimos fuego frotando leña seca durante más de una hora y llevamos las brasas en una gran concha de mar para encender nuevas hogueras. Teníamos el cuerpo lleno de picaduras de insectos, los pies cortados y doloridos, pero por fortuna no empezamos a pelearnos unos contra otros, como yo había temido; desnudos y temerosos, nos manteníamos juntos en busca de protección mutua.
Al ponerse el Sol el tercer día, llegamos a una choza de juncos frente a la cual habían puesto a secar unas redes viejísimas. Los pescadores no estaban, pero encontramos una tortuga de mar muy grande; la guisamos, y comimos trozos de carne grasienta. Después entramos en la choza en busca de ropa, pero no encontramos ni un par de pantalones ni una camisa: sólo siete vestidos sueltos de mujer, de calicó barato estampado.
—Es preferible ponerse esto a andar desnudos —dijo Bébert mientras se metía uno de los vestidos.
En poco tiempo todos vestíamos en la misma forma y comprobábamos que así los insectos nos atormentaban menos.
El día siguiente, sin embargo, nos descubrió un pelotón de soldados colombianos. Con las barbas y los vestidos que traíamos presentábamos un espectáculo extrañísimo. Los soldados, al vernos, dijeron:
—Tenemos que llevarlos a que los vea el general. Hace años que no ha pasado aquí nada tan divertido.
Una hora después llegábamos a una población pequeña, la de Santa Marta, en la costa colombiana, donde nos llevaron a las barracas. El general nos dio ropa, comida y medicinas, pero también dio aviso al cónsul francés.
Al día siguiente estábamos tras de las rejas de una prisión militar de altos muros, esperando que una embarcación francesa nos llevara a la Guayana. ¡Nuestra desesperada aventura había terminado en el desastre!
Con la terrible decepción mis compañeros empezaron a culparse unos a otros y no tardó en desatarse una riña sangrienta. Al ruido de nuestra pelea vinieron los centinelas. A mí me sacaron misteriosamente y me encerraron en una celda individual. Después (y esto será difícil de creer para quien no conozca a los sudamericanos) vino a mi celda el ayudante de la prisión, provisto de papel y lápices, y me dijo:
—Belbenoit, le vamos a dejar que se fugue. Usted no es como sus amigos; ellos están convictos de delitos mucho más graves. A usted ya lo hemos investigado. Dedique el día a escribir artículos para La Prensa, que se los pagarán mañana por la tarde. Cuando llegue la noche, encontrará abierta la puerta de su celda. ¡Bon voyage!
Todo el día estuve escribiendo acerca de diversos aspectos de la administración del penal francés, y al final de la tarde vino a mi celda el señor Páez Reyna, director del periódico. Leyó lo que yo había escrito y me entregó un fajo de billetes. Algunas horas después me acerqué a la puerta y cautelosamente di vuelta al tirador. La puerta se abrió. Al extremo del edificio, estaba entornada la puerta exterior.
Posteriormente supe que a mis compañeros los habían embarcado otra vez hacia "la guillotina sin sangre". De todos los que nos habíamos fugado, ¡sólo yo estaba libre!
Muchas veces el espíritu vence a la materia. Yo sé que sólo por una cosa logré superar los terribles días que siguieron. No fue por mis músculos, porque soy muy débil. No fue por mis conocimientos de la selva o del mar, porque carecía de ellos. No fue por mi experiencia en el trato de los nativos, porque las hostiles tribus que encontré en las soledades de la costa colombiana me eran tan extrañas como puedan serlo para cualquiera de mis lectores. Lo único que me salvó fue haberme estado repitiendo una y otra vez: "Llegaré a los Estados Unidos. ¡Conseguiré la libertad!"
Cuando se me acababan las provisiones, obtenía comida de los indígenas prometiendo pagarles dos pesos por las mariposas y escabulléndome a medianoche de sus aldeas para robar una canoa en que seguir costeando. Repetí este truco una docena de veces y robé otras tantas canoas. La comida no me importaba. Mis días de batalla en el mar no importaban. No me importaba nada de lo que me pasara en el camino con tal de irme acercando a los Estados Unidos.
En las selvas de Panamá pasé varios meses con una amistosa tribu de kunas y atrapé una buena colección de mariposas que vendí después en una tienda de curiosidades de la Ciudad de Panamá. Con esta modesta ganancia y eludiendo siempre los lugares donde pudieran pedirme pasaporte o identificación, crucé a Costa Rica, Nicaragua y Honduras, y llegué a El Salvador.
En el puerto de La Libertad, de este último país, estaba fondeado un buque de carga que, según averigüé, se dirigía al norte. Logré meterme a bordo sin que me vieran y entré a gatas en un oscuro cuarto lleno de cables marinos y de alambre. Allí me escondí hasta que empezaron a funcionar las máquinas del buque.
Pasé muchas horas en la negra bodega del carguero hasta que calculé que habían transcurrido dos días. Se me acabó la poca comida que llevaba conmigo y además estaba muerto de sed, de modo que decidí subir a cubierta, si era de noche, para buscar alimento y agua. Trepé por la escalera y levanté el escotillón. En efecto, era de noche. Para mayor suerte, dos metros apenas frente a mí habían puesto un plato de comida para un perro, y además había un cuenco de agua. El perro jugaba con una pelota mucho más allá, en la cubierta, de modo que me deslicé hasta los platos, bebí el agua y cogí la comida para bajármela a mi escondite.
No puedo saber cuántos días pasaron, porque vivía en completa oscuridad. En dos ocasiones tuve tanta hambre que subí a cubierta para robarle la comida y el agua al perro. Por fin un día la ronca sirena del buque anunció que llegábamos a algún puerto. Empujé la trampa del escotillón y salí a la plena luz del día. Estábamos atracados en un muelle de un puerto que supuse mexicano. Al pie de la escalerilla, dos hombres uniformados paraban a todos los marineros que iban bajando. Y noté que los registraban, pero no les pedían documentación.
Decidí jugarme el todo por el todo. En esos momentos bajaba un oficial; corrí por la cubierta y empecé a bajar la escalerilla detrás de él. Los uniformados saludaron cordialmente al oficial... ¡en inglés! Al llegar ante ellos, abrí mi única pertenencia, el rimero de papeles escritos, dándoles a entender que me podían registrar. Uno de ellos me palpó mecánicamente los bolsillos y me hizo señas de que pasara. Entonces puse pie en tierra.
Por algunos obreros supe que estaba en California y que era martes. Había estado en la bodega de cables siete días con sus noches.
Eché a andar con paso saltarín. Estaba terriblemente demacrado. Me faltaban los dientes. Llevaba unos pantalones y una camisa de algodón, y una chaqueta también de algodón, tejida a mano. Un par de zapatos maltrechos. Era todo lo que tenía. Pero no sentía temores, porque había llegado al puerto seguro de los Estados Unidos al cabo de 22 meses de tribulaciones casi insoportables desde que me evadí del infierno de la Guayana Francesa.
Entré al fin en los aledaños de Los Ángeles tan feliz como una alondra.
El suplicio de René Belbenoit no había terminado. Durante diez años peregrinó como apátrida, hasta que en 1947 el Congreso de los Estados Unidos promulgó un decreto especial en el que se le concedió asilo permanente. Se estableció en compañía de su esposa en California, y posteriormente adquirió la ciudadanía norteamericana. Murió en 1959 pero años antes había dado buenos frutos la campaña que emprendió con "Guillotina sin sangre": en 1945 se suprimió el tristemente célebre penal de la Guayana Francesa.
Condensado y adaptado de "Dry Guillotine" por René Belbenoit, © 1966 por E. P. Dutton & Co., Inc., y utilizado con su permiso.