EL ÁRBOL DE LA SALUD (Peter Christen Asbjornsen)
Publicado en
julio 08, 2022
Cuento Danés, seleccionado y presentado por Ulf Diederichs. Tomado de la recopilación hecha por Peter Christen Asbjornsen.
Érase una vez un hombre que tenía tres hijos. Cuando estaba a punto de morir, los llamó a su lado y les dijo que no tenía otra cosa que dejarles en herencia que su huerto de fruta, así que debían repartírselo de tal forma que cada uno se quedara con un trozo. Les contó que uno de los árboles del huerto daba frutas de la salud, pero no quiso decir cuál de ellos era ni dónde estaba.
Unos días después, el hombre murió y los hijos se dispusieron a dividirse la herencia. Pero el menor era aún tan pequeño que lo dejaron al margen. Los dos mayores se repartieron el huerto a partes iguales. Al hermano pequeño le dejaron un solo árbol que estaba en mitad del huerto. Decidieron no darle tierra, pues pensaron que si la desgracia quería que fuera precisamente su árbol el que daba las frutas de la salud, siempre podrían recoger lo que cayera sobre sus terrenos.
Un día, se enteraron de que la princesa del país estaba gravemente enferma y que el rey había prometido dársela por esposa, además de la mitad de su reino, a quien fuera capaz de curarla. Los hermanos decidieron entonces probar fortuna. El mayor fue el primero en bajar al huerto con una cesta a brazo, cogió una pieza de fruta de todos y cada uno de sus árboles, las metió en la cesta y se puso en marcha hacia el palacio. De camino hacia allí tenía que atravesar un gran bosque. Nada más entrar en él, se encontró a una vieja mujer.
—Buenos días —dijo la mujer—. ¿Qué llevas en la cesta?
—Ranas y sapos —contestó el hombre—, pero ¿a ti qué te importa?
—Entonces serán ranas y sapos —dijo la mujer siguiendo su camino. El hombre continuó hasta llegar a la guardia que había en el portal del palacio.
—¿Qué quieres, hijo mío? —le preguntaron.
—Llevo en mi cesta frutas de la salud y quiero subir al palacio para curar a la princesa —replicó.
Le dijeron que de acuerdo, que eso estaba muy bien, pero que antes querían ver lo que había dentro de la cesta. Cuando levantaron la tapa,empezaron a bullir las ranas y los sapos, que intentaban salir. Entonces los guardianes dieron al hombre una soberana paliza y luego lo echaron de allí.
Mientras tanto, el segúndo hermano fue a su parte del huerto y llenó una cesta con todo tipo de frutas. Cuando llegó al bosque, se encontró a la misma vieja mujer, que le saludó y le preguntó qué llevaba en su cesta.
—Serpientes y culebras —dijo, con tan poca amabilidad como su hermano. La vieja le contestó:
—Entonces serán serpientes y culebras.
Llegó ante la guardia y quiso entrar con sus frutas de la salud, pero en cuanto levantaron la tapa, empezaron a bullir las más repulsivas serpientes y culebras que nadie haya visto jamás. Entonces le pagaron una buena tunda, igual que a su hermano.
Finalmente, el hermano menor quiso también probar fortuna. Cogió frutas de su árbol y se puso en camino. En el bosque se encontró con la vieja mujer.
—Buenos días —dijo ella—. ¿Qué llevas en la cesta?
—También yo te deseo buenos días —contestó amablemente—. En la cesta llevo frutas de la salud.
—Entonces serán frutas de la salud —dijo la mujer siguiendo su camino.
El hijo menor siguió adelante y, una vez cruzado el bosque, su camino le llevó por una playa. Entonces vio que las olas habían arrastrado hasta la tierra un gran esturión que ahora yacía jadeando en la playa.
—Oh, pobre pez —dijo el joven—, te voy a ayudar. Y, dicho esto, lo volvió a lanzar al agua. Inmediatamente después, el esturión sacó la boca del agua y gritó:
—¡Muchas gracias! ¡Si alguna vez te ves en apuros y te puedo ayudar, llámame y vendré enseguida!
El joven siguió su camino. Poco después, vio un cuervo y un enjambre de abejas que se estaban peleando, y a las dos partes les iba bastante mal. Entonces el joven se dirigió a ellos y les hizo ver lo absurdo que era pelearse, pues cada uno podía volar por su lado. Éstos se dieron cuenta de que tenía razón y, mientras se marchaban volando de allí, tanto el cuervo como las abejas le gritaron:
—¡Gracias por tu buen consejo! ¡Si alguna vez te ves en apuros y te podemos ayudar, llámanos y vendremos enseguida!
El joven continuó su camino hasta llegar ante la guardia de la puerta del palacio.
—¿Qué quieres, hijo mío? —le preguntaron.
—Llevo en mi cesta frutas de la salud y quiero subir al palacio para curar a la princesa —contestó.
Le dijeron que de acuerdo, que eso estaba muy bien, pero que primero querían ver qué aspecto tenían aquellas frutas de la salud, porque ese día ya les habían sucedido cosas extrañas. En efecto, la cesta estaba llena de manzanas verdaderamente hermosas. El joven regaló dos manzanas a uno de los guardias, y éste, en cuanto se las hubo comido, se sintió tan ligero y alegre que le llevó inmediatamente a ver al rey y a la princesa.
El joven ofreció a la princesa algunas manzanas. En cuanto terminó con la primera, pudo ya levantar la cabeza de la almohada; después de comerse la segunda, pudo incorporarse en la cama; después de la tercera, se levantó de un salto y se puso a bailar por la habitación.
El rey entonces se alegró de todo corazón y aseguró que el pequeño muchacho sería el esposo de su hija. Pero ella no se mostró en absoluto de acuerdo, pues consideraba que él era demasiado insignificante. Le dijo a su padre que el hombre con el que ella estaba dispuesta a casarse debía haber llegado a ser alguien en este mundo; en cualquier caso, si tenía que tomar por esposo al pequeño muchacho, antes éste debía recuperar el anillo que el rey había perdido en el mar hacía veinticuatro años.
El rey transmitió el mensaje al joven y éste se quedó un poco preocupado. Pero enseguida se acordó del esturión; bajó corriendo a la playa, le llamó y le contó sus penas. El esturión se sumergió entonces hasta el fondo del mar y apareció poco después con el anillo. El joven regresó aliviado al palacio con el anillo.
El rey le recibió con gran asombro, fue a ver a la princesa y dijo:
—Sabes que estás prometida a quien te ha curado, así que ya no hay discusiones que valgan; tienes que tomarle por esposo.
Pero la princesa contestó que no podía hacerlo. Que ella quería tener un marido que pudiera construir un palacio tan grande y magnífico como el de su propio padre. Dijo además que tenía que ser de cera y brillar al sol como si fuera de oro puro. El rey salió y le contó al joven lo que exigía la princesa. Este, al principio, puso cara larga, pero enseguida se acordó de las abejas, salió corriendo, las llamó y les contó sus penas. Las abejas le prometieron que harían por él todo lo que pudieran. Y cuando al día siguiente todos se levantaron, había allí un palacio de cera igual de grande y de magnífico que el del rey, un palacio que resplandecía al sol como si fuera de oro puro.
El rey entró de nuevo a hablar con la princesa y dijo:
—Ahora no te puedo conceder más aplazamientos. Tienes que casarte con él; ya ves que sus capacidades son muy superiores a las de cualquiera.
La princesa se sorprendió mucho de lo que estaba viendo, pero no se dio por satisfecha. Exigió, y así debía comunicárselo al muchacho, que cogiera los tres tizones más viejos del infierno. Aseguró que si lo conseguía, no volvería a exigir nada más y le concedería su mano de buen grado.
Al rey aquello le indignó muchísimo, pero finalmente cedió y se lo dijo al joven. Éste se quedó al principio muy afligido, pero enseguida se acordó del cuervo, el apóstol de Satanás, al que él una vez había ayudado. Y, así, le llamó y le contó sus penas. El cuervo le prometió que haría todo lo que pudiera, y no tardó en volver con los tres tizones. El joven los cogió, subió al palacio lo más deprisa que pudo y se los echó a la princesa en el regazo. Aquello ardió en llamas inmediatamente, y el humo y el fuego estuvieron a punto de ahogar a la princesa. Entonces, muy asustada, se puso en pie de un salto y se fue corriendo hacia el joven; ahora ya no había nada que impidiera su boda. Y, de esta manera, celebraron las bodas y recibieron la mitad del reino como dote.
Fin