SUPER-MUJER O SUPER-CANSADA
Publicado en
mayo 12, 2022
Ella organiza supermaratones todos los días, hace diez cosas a la vez, las hace bien, pero no puede dormir...
Por Elizabeth Subercaseaux.
Ella organiza supermaratones todos los días, hace diez cosas a la vez, las hace bien, pero no puede dormir...
Cada día me convenzo más de que el camino hacia la perfección (si es que tal cosa existe) no se logra por creer que todo se debe hacer perfecto, sino por reconocer que somos un racimo de imperfecciones y que tenemos pleno derecho a equivocarnos.
A las mujeres nos cuesta entender esto y muchas veces nos vemos atrapadas en la creencia de que podemos ser supermujeres: perfecta profesional, perfecta dueña de casa, perfecta esposa, perfecta mamá. No sólo no se puede, sino que no debería ni siquiera intentarse.
Para empezar a conversar, el día no tiene más que 24 horas, los meses no tienen más que cuatro semanas, los años no tienen más que doce meses y la vida (y esto sí que es importante) no tiene más que los pocos años que se le escurren a una, como el agua, entre los dedos.
Muchas de nosotras organizamos nuestros días, perdón, nuestros maratones, a la manera de la supermujer: se levanta a las siete, corre con la niña al colegio, sigue rumbo al trabajo, a las nueve se hace un huequito para comprar verdura, a las diez tiene reunión con la gente de ventas, a la una y media se come un huevo duro, mientras le dicta una carta a su secretaria, a las tres de la tarde va corriendo a la peluquería, vuelve a la oficina otra media hora, a las cinco parte volando a la reunión de padres y apoderados (no entiende, eso sí, por qué se llama de padres y apoderados, cuando el papá no ha ido ni una sola vez en todo el año), a las seis regresa a la oficina (quiere revisar la carta que le dictó a la secretaria, no vaya a tener algún error), a las ocho enfila rumbo a su casa y en el camino se detiene a comprar una botella de vino, porque un amigo del marido irá a cenar con ellos. Llega a la casa corriendo, prepara un guacamole y unos camarones al ajillo, pone el vino a helar, hace las tareas con la niña, baña a la niña, acuesta a la niña, prepara la cena, pone la mesa, sirve la comida, ofrece los aperitivos, abre una cajita de chocolates, lava los platos, saca la carne para mañana, se mete a la cama y no puede dormir.
"Debería estar más tiempo en mi casa. Debería dedicarle más horas a la niña. Debería ocuparme más de mi marido. Debería haberme dejado más tiempo libre para prepararles una cena como Dios manda. Debería haberle dicho a la secretaria que haga tres copias de la carta. Debería haber hecho esto y haber hecho esto otro...", piensa ella.
La pobre supermujer, se superdesvela, porque está supernerviosa y se debate en una "debería-frenia", que no la deja descansar en paz. Y entonces, llora. No entiende por qué, si ella es una super-mujer, lo hace todo perfectamente bien, la casa funciona como un reloj, en la oficina todo está en orden... Es cierto que la niña no está muchas horas al día con ella, pero está en el colegio en las mañanas y con la abuela en las tardes; es cierto que a veces el marido reclama, pero en general se entienden bien, se quieren y la convivencia es armoniosa. Lo tiene todo en la vida; sin embargo, llora.
Cómo no va a llorar. Es una supermujer, pero está supercansada.
Las mujeres somos expertas en hacer diez cosas al mismo tiempo (de qué otra manera se podría estirar el tiempo), pero es una locura pensar que es posible hacerlas bien.
Esta atrabiliaria idea me recuerda un chiste que contó Elena Poniatowska en su prólogo del libro "El éxito también es para las mujeres": Un obrero textil, que por primera vez al entrar a una fábrica de casimires, recibe instrucciones de su jefe:
"Con esta mano mueve esta palanca, con esta otra jala el hilo, con el pie derecho acciona el pedal, con el izquierdo mete el freno, con la cabeza, que debes mantener inclinada, vigila el buen funcionamiento de las cuatro acciones que vas a llevar a cabo. ¿Me has entendido?"
"Sí, jefecito, como no. Ahora sólo falta que usted se meta un silbato en la boca, y yo le chiflo el himno nacional".
Si una no quiere terminar como el obrero de la fábrica de textiles, más vale entender que la supermujer siempre termina convertida en un superestropajo.
Es mejor ser mujer a secas (lo que ya es bastante bello, créame), realizarse con calma y satisfacción, disfrutar de sus éxitos, tener más confianza en sus neuronas y menos en sus hormonas, decirle que sí a sus talentos y que no a sus desalientos, eliminar las culpas, trabajar a gusto, hacer bien las cosas para las cuales realmente se tiene el tiempo necesario y lo demás... dejárselo a los demás.
El complejo de supermujer tiene sus raíces en el hecho de que el éxito, la plenitud, el triunfo y la realización en el trabajo y en los negocios ha sido algo históricamente reservado a los varones. Aunque el hombre y la mujer nacieron iguales, la sociedad se encargó de diferenciarlos. A la mujer se le asignó un papel mucho más pasivo. Lo femenino era la dependencia. La mujer tenía que ser solícita, compasiva, comprensiva, dulce, sacrificada, intuitiva, sensible, vacilante, débil, indefensa, tolerante, culpable, inocente, ignorante, receptiva, calladita y, si es posible, un poco tonta.
Pero hoy por hoy ya no es así, ya nadie lo considera así; la mujer está en condiciones de ejecutar más o menos las mismas tareas que el hombre, pero se siente obligada a demostrar que realmente es capaz de hacerlo, y no sólo de hacerlo bien, sino perfecto.
No hay que caer en esa trampa de la perfección. Hay que colgar un cartel en la casa que diga así: "En esta casa se cometen herrores porque yo soy umana y no soy más que una mujer".
Y hay quienes aseguran que con ser una mujer basta y sobra, porque eso, solamente, ya es bastante difícil.
Cuando la señora O'Grady, mi querida amiga del Bronx, escribió sus memorias, la fueron a entrevistar para un programa de radio. A ver quién era esta irlandesa que enviudó a los 30 años, que trabajó hasta los 80, que nunca abandonó su pipa, que crió a sus nueve hijos sin la ayuda de nadie, que se enamoró de nuevo a los 80, que ganó la lotería a los 82 y que escribió sus memorias, sentada en un banco del Parque Central, comiendo suvslaki.
"¿Cuáles fueron los años más difíciles para usted, como mujer?", le preguntó el periodista.
Y ella le clavó los ojos de agua que tiene, lo miró muy seriamente, y le dijo con mucha seriedad:
"Entre los 10 y los 85".
ILUSTRACIÓN: MARCY GROSSO
Fuente:
REVISTA VANIDADES, ECUADOR, JULIO 16 DEL 1996