UNA MAMÁ PARA ANA (Corín Tellado)
Publicado en
mayo 15, 2022
Todos los personajes y entidades privadas que aparecen en esta novela, así como las situaciones de la misma, son fruto exclusivamente de la imaginación del autor, por lo que cualquier semejanza con personajes, entidades o hechos pasados o actuales, será simple coincidencia.
ARGUMENTO
Ana María Josefa Cruz o Pitusa como le llaman sus amigos, acaba de terminar el bachiller y decide entrar en la Universidad. Allí conocerá a Ángel Portillo, un profesor de matemáticas.
CAPÍTULO I
Pitusa Cruz alcanzó de un salto el tranvía, tambaleándose sobre la plataforma. Echó el leonado cabello hacia atrás y limpió con el dorso de la mano las gotas de agua que resbalaban por su rostro. Después, puso el paraguas apoyado a su lado y suspiró aliviada.
Hacía un día infernal. Llovía torrencialmente y los transeúntes corrían apresuradamente de un lado a otro, apiñándose en las paradas de los tranvías. El tranvía en que ella iba viajaba lleno. Los pasillos, la plataforma posterior, y en la otra, dos señores serios, gordos y muy abrigados, el conductor y ella. Menos mal. Revolvióse a gusto y apretó distraída los libros bajo el brazo. Tan pronto llegara a casa tendría que estrujarse el cerebro para realizar el ejercicio que le había indicado el profesor.
Desabrochó el botón de la gabardina y miró hacia el exterior. Tenía unos ojos grandes, negros como la noche, de expresión entre acariciadora y altanera. Un pelo leonado que caía juguetón por los hombros esbeltos y una boca grande, de labios húmedos y sensuales. Era alta, flexible, y muy elegante.
Se llamaba María Josefa Cruz y los amigos del Instituto la llamaban Pitusa... Aquel apelativo considerábalo algo ridículo, pero no había forma de desterrarlo. ¡Bah! ¡Era igual! Después de todo, ella nunca dejaría de ser quien era porque sus amigos la distinguieran con aquel nombre de gato.
Clavó los ojos en las mojadas aceras. El agua chocaba bruscamente sobre el asfalto despidiéndose de nuevo hacia arriba. El tranvía hizo una parada muy breve. Dos hombres saltaron sobre la plataforma. Pitusa replegóse un tanto. El tranvía continuó su marcha, y fue entonces cuando nuestra joven amiga hizo un tremendo esfuerzo para contener la risa. A toda velocidad un hombre atravesó la acera, subiendo al tranvía en marcha. Pitusa lo miró burlona. El hombre, jadeante, agarróse desesperadamente a la portezuela y como pudo saltó dentro. Venía hecho una sopa. El cabello liso, teñido de gris por los aladares, le caía un tanto por la faz pálida. Era alto, pero desgarbado. Vestía un traje azul de irreprochable corte, pero no se cubría con el clásico gabán que requería el tiempo. Una camisa blanca y el nudo de la corbata bastante torcido. Usaba lentes, a través de cuyos cristales Pitusa, conteniendo a duras penas la hilaridad, pudo apreciar que uno de aquellos ojos pardos padecía un tic nervioso, puesto que se movía continuamente.
La estudiante del último año de bachillerato observóle por el rabillo del ojo. El viajero extrajo del bolsillo un albo pañuelo y limpió repetidas veces la frente, las orejas, la nariz y por último las manos. Pitusa pudo ver que en uno de aquellos dedos lucía un gran solitario, bajo el cual parecióle ver un aro de oro... ¿Casado? Tal vez. Esto, ciertamente la tenía sin cuidado. En sus viajes de ida y vuelta al Instituto, siempre encontraba tipos curiosos, y aquel, era uno de ellos, por lo cual el espíritu analítico de la muchacha disfrutó observándolo. Podía ver perfectamente su perfil: enérgico, firme, rígido. Las facciones endurecidas y la boca crispada en una arruga que cruzaba casi imperceptiblemente la barbilla.
De súbito el hombre estornudó ruidosamente, al tiempo de mover un pie. El paraguas de la muchacha pareció estremecerse. El hombre no la miró. En aquel momento el tranvía se detuvo y nuestro extraño personaje, tras de coger el paraguas de la muchacha, se disponía a saltar a la acera.
Pitusa se envaró. ¿Un ladrón elegante? ¿Pero qué valor tenía un paraguas para aquel personaje?
—El paraguas es mío, caballero —dijo con voz de falsete, pues estaba conteniendo la risa.
Angel Portillo elevó vivamente la cabeza. Abrió la boca. La cerró de nuevo. Miró después en todas direcciones, hallando muchos rostros burlones que contemplaban humorísticamente la escena.
«Ridículo más espantoso, en mi vida...».
—Perdone —balbució torpemente, alargando el paraguas—. Creí que había traído el mío. Yo... yo...
Saltó a la acera sin terminar la frase. El tranvía continuó su marcha. Angel Portillo —profesor de matemáticas de la Universidad— miró hacia atrás y pudo ver que un rostro juvenil reía burlón a través del cristal de la plataforma.
Y para mayor vergüenza, a causa de llevar la cabeza vuelta tropezó con un transeúnte que lo sacudió sin demasiados miramientos. El cuerpo desgarbado de nuestro distraído amigo se tambaleó en mitad de la acera, por donde cruzaba en aquel momento el vehículo eléctrico.
* * *
Aquella misma tarde salió de la Universidad con tres paraguas bajo el brazo. No podía exponerse a sufrir el ridículo de la mañana. Llevaba los paraguas a clase y siempre se le olvidaban. Además, mojábase de igual forma, de ahí que optó por llevarlos todos para casa.
Cogió el tranvía en marcha, y cuál no sería su sorpresa cuando observó que a su lado, recortada en la portezuela, iba aquella jovencita, con sus libros bajo el brazo y la sonrisa de fina ironía en los labios.
Pudo jurar que le subió el color al rostro, convirtiendo su pálida epidermis en un maduro tomate.
La muchacha, sin gota de timidez, tomándolo quizá por lo que no era, se inclinó hacia él y dijo bajito, con una burla que pinchó el corazón del profesor de matemáticas:
—Por lo que veo ha sido abundante la redada. Tuvo un buen día hoy, ¿eh?
Angel envaró el cuerpo.
—Señorita —dijo ofendido—, soy un hombre respetable.
—Claro que sí; ya lo estoy viendo. ¿Para qué quiere tantos paraguas? Al parecer hoy fueron hombres sus víctimas. Si tuviera tiempo le llevaría a la Comisaría.
Era el colmo de la desfachatez, y Angel Portillo, a quien sus alumnos juzgaban por un distraído, lo pensó así, maldiciendo interiormente a la absurda muchacha. Al menos a él le pareció de lo más absurdo.
No se dignó contestar. Bueno, la verdad es que la jovencita habíase vuelto hacia un grupo de estudiantes armando una jarana a costa del hombre de los paraguas...
II
Pitusa penetró en su regia morada saltando alegremente; tiró los libros sobre un sillón del vestíbulo, y penetró en el saloncito donde esperaba encontrar a su madre.
La dama hallábase recostada en un diván, con la labor de punto entre los dedos finísimos. Al sentir la puerta elevó la cabeza y sus hermosos ojos se clavaron en la faz resplandeciente de su hija.
—¿Qué modales son esos, hija mía?
La jovencita hizo una graciosa pirueta y abrazando primero a su madre, fue después a encogerse en un cojín a los pies de la dama.
—He terminado, mamá. Soy toda una bachiller.
—¿Has aprobado?
—He sacado un tremendo sobresaliente. Soy la más feliz de las criaturas.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la dama, sinceramente satisfecha—. Supongo que ahora dejarás tus librejos.
María Josefa se puso rápidamente en pie. Los ojos grandes, rasgados, llenos de fuego chispearon de un modo muy particular.
—¿Dejar mis libros, mamá? Sería una cobardía por mi parte y yo no soy una muchacha cobarde. Ahora me matricularé en la Universidad.
—¿Te has vuelto loca? ¿Qué necesidad tienes tú de continuar estudiando si jamás vas a hacer uso de tus estudios? Ahora, hija mía, te presentaré en sociedad y dentro de unos meses te casarás con tu primo.
La indignación de Pitusa creció al punto. ¿Casarse ella cuando tan feliz se sentía, dueña de su preciosa libertad? Creyó que su madre abandonaría aquella odiosa idea, puesto que cuando dos años antes le expuso su deseo refutó rotundamente la proposición, jurando y perjurando que nunca jamás admitiría en su corazón un esposo impuesto.
Tenía su corazón, su anhelo, sus ansias de amar libremente a quien le pidiera su órgano sensible. ¿Casarse así, simplemente porque su madre encontraba a Roberto digno de ser su marido? ¡Jamás!
Estiró el bonito cuerpo y sacudió con donaire la melena leonada.
—Parece mentira, mamá, que continúes insistiendo sobre lo mismo. Roberto es un hombre insignificante.
—¿Insignificante? Creo que has perdido el juicio.
—No lo creas. ¿Piensas que yo doy valor a su dinero, a su aristocracia, a su maldita tontería...?
—¡María Josefa!
—Perdona, mamá. Pero no creas que voy a casarme con tu candidato. Siempre odié los matrimonios impuestos. Cuando me case será perdidamente enamorada.
—Como en las novelas.
—Sí, como en las novelas. Esos personajes que muchas veces creemos fruto de la imaginación de algún novelista, la mayoría de las veces son seres reales que viven, luchan y gozan como gozamos, luchamos y sufrimos nosotros. Tengo una amiga que escribe novelas y siempre copia de la realidad, ajustándose estrictamente a lo que ve y siente, no a lo que imagina. Como quiera que sea, madre, yo tengo un corazón y un alma y no pienso entregársela a un hombre que me impongas tú, sino al que elija mi corazón.
Doña Amparo Santaolalla, alta, flexible, joven aún y muy distinguida por cierto, se alzó del diván y enfrentándose con su hija la miró hondamente a los ojos, con severidad.
—Es lo que lamento, que tengas amigas novelistas. Te llenan la cabeza de pájaros y estropean tu sensibilidad, porque destruyen la tuya y te proporcionan una falsa. La realidad es muy diferente. Cuando yo tenía tu edad mi padre me dijo: «Amparo, este hombre será tu marido. Te hará feliz». Lo miré. No era un Adonis, sino por el contrario, un hombre sencillo, casi vulgar. Mi padre me dijo que me haría feliz y yo, convencida de que sería así, me casé con él. Fue tu padre.
Pitusa sacudió de nuevo su leonada cabellera y dio unas vueltas por la estancia. Volvióse al fin hacia su madre, que aún continuaba de pie, y dijo sonriente:
—Aquellos tiempos eran muy diferentes. Apuesto a que ni siquiera estudiabas.
—Ni falta que me hizo.
—¿Lo ves?
—¡María Josefa!
—Lo siento, mamá. No pretendo disgustarte. Quiero tan solo que comprendas lo inútil de tus propósitos. Amo mi vida de libertad, quiero a mis amigos, disfruto yendo a clase, mofándome si cuadra de los profesores; ¿pero casarme? No, no. Me produce horror la idea.
La dama se aproximó a su hija. Esta vez no había indulgencia en su mirada negra. Bajo la celosía suave de las pestañas vio la jovencita una resolución inquebrantable y por primera vez se preguntó si su madre tendría un motivo poderoso que ella ignoraba para casarla con el hijo de su segundo marido, puesto que jamás la había contrariado en nada.
—Te casarás por encima de todo, María Josefa.
Aquellas palabras sonaron en los oídos de la muchacha como una sentencia. Todo el humorismo habitual desapareció como por encanto. Miró a su madre fijamente y preguntó resuelta:
—¿Es que estamos arruinados, mamá?
—Merecerías dos bofetadas. Si no tuvieras una dote espléndida sería la primera en desechar ese matrimonio. Mi deseo obedece tan solo al anhelo de verte feliz. Roberto es un muchacho digno, educado, culto, rico, y te ama.
Sí, María Josefa ya tenía pruebas de aquel amor, pero no le interesaba en absoluto. No obstante, pensó que no adelantaría nada con enfrentarse con su madre. De ahí que decidióse por el justo medio y dijo sonriente:
—Bien, mamá. No digo que no llegue a casarme con mi primo, pero ahora déjame terminar los estudios.
—Ya has terminado.
—Quiero estudiar una carrera.
—¿Y casarte vieja? ¡Ni lo pienses!
La joven apretó los puños. Perdía a pasos agigantados la paciencia.
—No terminaré tal vez la carrera, pero al menos la empezaré. Además, ya me matriculé en la Universidad. Para el próximo curso, o sea dentro de unas semanas, empezaré a estudiar de nuevo.
Tal vez aquella conversación hubiera terminado en una violenta reyerta, mas la presencia del marido de la dama cortó bruscamente lo que su esposa iba a decir a su hija.
—Buenas tardes, queridas.
Pitusa volvió la cabeza. Observó que su madre se dirigía apresuradamente hacia su marido, presentándole la frente, donde el caballero —alto, fuerte y sumamente elegante— posó dulcemente los labios.
—Hola, pequeña —saludó después, mirando a Pitusa, cuya frente despejada y hermosa se fruncía casi imperceptiblemente—. ¿De nuevo estás discutiendo con mamá?
Pitusa pensó: «Este hombre es hermano de mi padre. Ahora se halla convertido en el marido de mi madre. Debería quererlo. Nunca me dio pruebas de que él no me quisiera... Y, sin embargo, mi corazón se rebela. No me inspira ni siquiera simpatía. ¡Es desesperante!».
Hizo un esfuerzo y sonrió. No podía permitir que su madre, tan buena, tan cariñosa, sufriera por su causa. Jamás había adivinado la animosidad que le producía su tío y era preciso que no lo supiera nunca.
—Mamá me está hablando de mi matrimonio con tu hijo —exclamó como si tomara a risa el asunto—. La verdad es que yo no me niego a ello, sería absurdo, ¿verdad? Claro que me casaré, pero aún soy joven y me gustaría estudiar una carrera.
Observando que los rostros de los esposos se crispaban, apresuróse a añadir:
—Bueno, tal vez no la termine; pero me encantaría ir a la Universidad con mis amigas y continuar mi vida de estudiante por una temporada. Después...
—¿Por qué no? —murmuró el caballero dulcemente—. Es la cosa más natural del mundo, pequeña. Supongo que tu mamá no se opondrá a ello.
—¿Lo ves, mamá? Tío Ernesto consiente. Es lo que yo digo: disfrutaré por algún tiempo de mi libertad y luego nos casaremos.
«Procuraré que ese momento no llegue nunca. Antes de casarme con Robertito soy capaz de la atrocidad más imponente y monstruosa».
Luego en alta voz manifestó:
—Espero, mamá, que pienses como tío Ernesto.
La dama nada repuso, pero se adivinaba que lo que decidía Ernesto era sagrado para ella. Así es que la jovencita, suponiendo no sin razón que el asunto se hallaba zanjado, besó a uno después de otro y salió de la estancia.
* * *
Algunas horas después, cuando Pitusa salía a la calle con objeto de reunirse con sus amigos, la figura elegante de don Ernesto Cruz le salió al paso.
—¿Adónde vas, querida?
—A reunirme con los amigos. Me esperan en la plaza Norte.
—Te acompañaré hasta la verja.
Atravesaron el parque extenso, limpio y hermoso, a cuyos lados se alzaban árboles centenarios. Era la finca más hermosa de aquella aristocrática barriada. Alta, imponente, de muros blancos como la leche, sobre los cuales rutilaba una torre altísima. El edificio se hallaba bordeado de alta tapia, cercando el parque, los jardines inmensos, el garaje y la piscina.
El caballero emparejó con la muchacha y con naturalidad la cogió del brazo. Por un momento la joven pareció dispuesta a desprenderse, y con ese objeto volvió la cabeza, encontrando los ojos intensamente azules de aquel hombre que siempre la desconcertaba, puesto que creyendo hallar en su faz la mirada dura de sus ojos claros, topaba con una expresión dulce, jovial y cariñosa.
Era altísimo. Tenía un busto fuerte, de educada musculatura en el continuo deporte, sobre cuyo tronco ancho y poderoso se erguía la cabeza de cabellos completamente blancos, contrastando con la tersura de su tez bronceada. Una boca de firme trazo y una nariz aguileña. Los dientes sanos y níveos y una sonrisa sencilla, exenta de afectación aunque Pitusa se empeñaba en hallar subterfugios que no tenía realmente.
Vestía como un americano: pantalón gris perla, camisa de seda sin corbata y una especie de cazadora beige. Fumaba cigarrillos rubios y exhalaba un perfume muy varonil y, además, muy exquisito.
«No se parece en nada a mi padre —pensaba la muchacha cuantas veces ponía en él los ojos—. Sé que son hermanos por el aire, por la mirada tal vez, pero mientras mi padre era en extremo vulgar, pequeño y rechoncho, su hermano es interesante, elegante y exento de vulgaridad».
Se detuvo en la verja. Miró a su tío. Este la envolvió en una mirada cariñosa y dijo de pronto, como si aquella pregunta estuviera quemando en sus labios desde que se había casado con Aurora:
—¿Por qué me odias, María Josefa?
La joven, cogida de sorpresa, volvióse en redondo y apretando con manos convulsas el bolso, contempló a Ernesto de una forma muy rara.
—Soy bastante psicólogo, querida. Hace un año que me casé con tu madre y desde entonces me odiaste. ¿Por qué? Tu padre desde el Cielo está satisfecho de este matrimonio. Yo me casé, tuve un hijo y respeté a mi mujer... No tuvo ninguna queja de mí, María Josefa. La quise reposadamente, con más dulzura que pasión, pero la quise. Además, era la madre de mi hijo.
Hizo una pausa. Pitusa ignoraba lo que quería decir con aquello. Era como si Ernesto pretendiera dar una explicación de algo que tenía oculto en el rincón más recóndito de su alma. Miró dulcemente a la joven y, recostándose contra el muro, encendió un cigarrillo. María Josefa hubiera jurado que la mano que sostenía el encendedor de oro temblaba perceptiblemente.
—Has acertado, pequeña —dijo de súbito, sobresaltando de nuevo a la muchacha—. Pretendo darte una explicación. Eres ya una mujer y lo que antes no comprendías lo entenderás ahora perfectamente. Yo te quiero como si fuera tu padre. Cuando eras una nena de tres años te tuve en mis brazos y acaricié tu pelo con suma dulzura. Eras el vivo retrato de tu madre... Escucha, María Josefa: cuando mi padre, o sea, tu abuelo, y el padre de Aurora concertaron el matrimonio de esta y mi hermano, yo era bastante más joven. Estudiaba el último año de Derecho... Era feliz, amaba, me sentía joven, rico y halagado. Nunca fui vanidoso, pero me satisfacía tener aceptación entre las mujeres... No obstante, vuelvo a repetirte que amaba a una muchacha sencilla, buena, abnegada.
Tiró el cigarrillo lejos de sí y clavó de nuevo los ojos en la faz ahora ansiosa de la muchacha.
—Tal vez me creas el hombre más ridículo de la tierra —añadió encogiendo los hombros, al tiempo de esbozar una triste sonrisa—. Ella me amaba también. Nunca nos lo dijimos con palabras. En aquella época las mujeres eran muy recatadas y los hombres respetábamos extraordinariamente a las mujeres que amábamos. Ya puedes imaginar. Un amor platónico, lleno de dulzura, donde solo hablaban los ojos. Yo tenía intención de hablarle a mi padre tan pronto como terminara la carrera. Eramos vecinos. Las dos familias ricas, bien relacionadas y admitidas con honor en la mejor sociedad de la capital.
Volvió a hacer una pausa. Pitusa, anhelante, escuchaba atentamente porque adivinaba una tragedia en todo aquello.
—Un día bailé con ella en el casino. No le dije nada, pero ella lo adivinó. Cuando a los dos días llegué a casa, feliz y confiado, con el corazón saltando de gozo, me llamó mi padre al despacho. Toda la familia se hallaba reunida en el austero recinto particular de mi padre. «Os reúno a todos —dijo con su voz de mando firme y bronca— para participaros el acontecimiento que tendrá lugar próximamente. Raúl (tu padre) unirá su vida a la de Aurora en los primeros días del otoño»... Un mazazo que hubiera caído sobre mi espalda no surtiría mayor efecto. Traté de incorporarme, de hablar, de decir que aquella mujer era mía, puesto que la amaba mi corazón. No pude. No ignoraba que nada adelantaría, ya que mi padre era inflexible en lo que respecta a sus determinaciones. Quedé anonadado, loco y desesperado, pero no tuve valor y estuve presente el día de la boda con una entereza de la cual yo mismo me asombro.
—¿Y mi madre? —preguntó María Josefa anhelante, con la lengua seca a causa de la excitación—. ¿No protestó? ¿No dices que te amaba a su vez?
Ernesto encogió los hombros y lanzó una mirada vaga sobre los altos edificios que se alzaban a lo lejos.
—Ya te he dicho que en aquella época una hija tenía el deber de obedecer a su padre por encima de todo.
—El mundo siempre ha sido igual. Una mujer tiene derecho a defender su libertad, su amor y su dicha por encima de todas las tiranías paternas. Si yo estuviera en lugar de mi madre no me casaría con un hombre impuesto —gritó con calor, reluciendo en sus ojos negros aquella chispa indómita que solo el verdadero amor conseguiría dominar.
—Tus teorías son muy razonables, pero en aquel entonces no existían. Tal vez si fueras tú reaccionarías de distinto modo, pero obtendríamos el mismo resultado, puesto que yo nunca desobedecería a mi padre. Ella nunca más volvió a mirarme. Me trataba dulcemente, como a todos mis hermanos, como a los amigos. Aquel lenguaje mudo que existía en nuestros ojos cuando cambiábamos una mirada, no volvió a lucir jamás en sus iris soñadores. Comenzó a querer a mi hermano. Fue muy feliz a su lado. Te tuvo a ti...
—De todas formas, cuando una mujer como mi madre ama, no olvida nunca.
—Quiso a tu padre dulcemente —añadió Ernesto, haciendo caso omiso de la interrupción—. Quizá no hubo en el matrimonio ese deleite enloquecido que produce la pasión de dos que se compenetran para toda la vida, que comulgan en los mismos sentimientos, tienen las mismas aficiones y los mismos deseos... Pero se quisieron dulce y tranquilamente. Fue una existencia sin problemas ni contratiempos.
—¿Qué hiciste tú?
—Terminé mi carrera y me fui al extranjero. Me casé con una mujercita sencilla, rubia, frágil y buena. La quise como tu madre quiso a tu padre. Me dio un hijo y la veneré como si fuera una reliquia. Después fue apagándose lentamente y murió como había vivido: sin estridencias, sencilla y dulcemente...
Encendió nervioso otro pitillo. Pitusa le cogió de la mano y dijo bajito:
—Ya no salgo, tío. Ven: sentémonos en un banco del jardín.
—Seis meses después supe que había muerto tu padre... —dijo cuando estuvieron acomodados—. Y entonces renació en mí el mismo amor antiguo de los amargos días... Escribí a tu madre, le hice presente mi sincero dolor. Porque yo experimenté un profundo pesar cuando supe que Aurora quedaba sola en el mundo con una hijita. La chispa que había alimentado mi corazón durante tanto tiempo estaba apagada, pequeña. Tal vez no lo creas así, pero es cierto. He sido siempre un hombre noble y quería a tu madre para que fuera feliz. ¿Conmigo? ¿Con Raúl? ¡Qué importa! Que ella fuera feliz era lo único que me importaba. Tu madre me contestó. Era una carta muy cariñosa, muy triste. En ella no se vislumbraba vestigio alguno de aquello nuestro tan bonito y tan dulce. No obstante, cogí a mi hijo y me vine a España un año después. Me instalé aquí, en el piso que ahora ocupa Rodolfo. Hablé extensamente con mi hijo y aprobó rotundamente mi determinación. Mucho tiempo después le expuse a tu madre mi deseo y terminamos casándonos...
—De esto hace un año —dijo tras de un largo silencio que la muchacha no interrumpió—. Soy feliz; la única nube que enturbia mi dicha es tu odio...
Pitusa saltó impulsiva:
—¡Yo no te odio!
—Ya no hablo de cariño, pequeña; me refiero tan solo a la simpatía. No me profesas ninguna.
—Te admiro —repuso la muchacha muy bajito—. También la admiro a ella.
E incapaz de contener las lágrimas que acudían a sus ojos, se puso en pie y echó a correr en dirección al palacete.
Ernesto quedó allí muy silencioso. Nunca supo el tiempo que permaneció sentado en aquel banco hasta que sintió que una mano fina, alada y cariciosa, se posaba en su hombro. Alzó la cabeza y envolvió a su mujer en una mirada de inmenso cariño.
—¿Por qué se lo has dicho? —preguntó la mujer con tenue voz.
—Tenía que decírselo, querida. De otra forma nunca me daría paso a su corazón.
Aurora sentóse a su lado y acarició las manos largas y morenas.
—La has excitado demasiado, Ernesto.
—Pues no había terminado. Se fue cuando iba a decirle que no se creyera ligada a Roberto. No quiero un matrimonio impuesto. Si ella le ama que se case, pero si no le quiere, déjala ser feliz hasta que encuentre el verdadero amor.
—¡Eso nunca! Roberto le conviene. Es bueno, sencillo y la quiere.
—Eso no basta. Tú lo sabes muy bien...
—¡Es tan irreflexiva!
—Es joven aún.
—Con tu hijo sería feliz, Ernesto. Tengo miedo por ella. Es excesivamente apasionada e impulsiva.
—Puede que no sea una cualidad.
Se puso en pie. Cogió el rostro de su mujer entre sus manos y la miró al fondo de aquellos ojos azules, llenos de vida. Seguía siendo tan bonita como antaño, cuando ataviada con el traje de noche blanco y vaporoso como la espuma, bailaba en sus brazos una graciosa polca. Ahora había alguna hebra de plata en los cabellos rubios y en los ojos la mirada profunda y honda de la madurez, pero era la misma, con su sonrisa suave y su boca jugosa, llena de gracia.
—Júrame que jamás volverás a hablarle a la muchacha de este matrimonio —pidió, besándola en los labios.
—Lo juro, Ernesto, ya que así lo quieres.
Pitusa sintióse muy extrañada de que jamás volviera su madre a indigestarle la comida con el nombre de Roberto y su futura boda.
Experimentó una felicidad sin límite y comenzó a querer a su tío. Jugaba con él al tenis, corría por el parque y bailaba en el saloncito cuando su madre les complacía tocando el piano. Fue entonces cuando se sintió verdaderamente feliz en la casona, donde durante un año se creyó una intrusa.
Roberto venía poco por casa. No le habló más de su cariño, pero Pitusa, mujer al fin, sabía que bajo aquella mirada seria, se ocultaba un gran amor que no le interesaba en absoluto.
III
Con los libros bajo el brazo penetró en el amplio patio de la Universidad seguida de una pandilla de chicos y chicas, los primeros, todos enamorados de su gracia juvenil y su ímpetu irreflexivo.
—Allí viene el profesor de matemáticas —gritó alguien—. Trae la camisa retorcida como siempre y al parecer se le olvidó hacer el nudo de la corbata.
Una carcajada coronó las frases del osado. Pitusa, que se hallaba en medio de un grupo masculino, volvió la cabeza y sintió que todo se revolcaba dentro de su cuerpo.
Aquel hombre que caminaba lentamente, con la cabeza inclinada hacia el suelo, las manos en los bolsillos y enfundado en el traje de irreprochable corte, pero muy mal planchado, ¿no era el hombre de los paraguas?
Tragó saliva y frunció el ceño. Era el primer día que acudía a clase y desconocía por completo a los profesores.
—Has dicho que ese señor... —preguntó, atragantada, a su compañero más próximo, sin atreverse a continuar, pues el hombre de los paraguas pasaba ante ellos saludándolos entre dientes.
—Sí, es el profesor de matemáticas.
—Pero...
—¡Oh, es un hombre bonísimo! Demasiado bueno. Nosotros le llamamos San Agustín. Nunca nos engaña, nos aprueba a todos rápidamente, pero tenemos que estudiar porque tiene un sistema que parece indicado para que todo el mundo empolle como está «mandao».
—¿Y es?
—Nos llama uno por uno. Decimos la lección como podemos. Resolvemos los problemas como Dios nos da a entender, pero si a su juicio no se hallan tal como tiene que ser te pone los libros bajo el brazo y te dice muy dulcemente: «Mañana la sabrás mejor, querido. Vete a estudiar a la biblioteca y vuelve cuando sepas a qué atenerte». Como es natural, no podemos salir de clase mientras no pueda colocarnos un nueve en las notas. Así es que por amor propio toda la clase responde acertadamente. Tienes que darte cuenta de que es muy bochornoso salir de clase para volver con todo resuelto antes de que termine. Entonces te pone a su lado, en la plataforma, y cara a los demás alumnos dices lo que te pregunta y si de nuevo estás pez, coge un libro y después de marchar todo el mundo, te quedas a su lado hasta que termines de empollarla y rezarla como un padrenuestro ante sus ojos miopes.
Pitusa saltó indignada:
—¿Y llamas a eso ser bueno?
—Mujer —repuso Carlos, contrito—. Malo del todo no es, puesto que nunca suspendemos esa asignatura.
—Claro, ¿cómo vas a suspenderla si tienes que estudiarla quieras o no? ¡Valiente imbécil!
El bedel daba la voz de aviso. Minutos después, el patio estaba vacío.
* * *
—María Josefa Cruz.
Púsose en pie.
—Nueva, ¿verdad?
—Sí, señor.
Chocaron los ojos. Los de él, un poco burlones. Los de ella, furiosos.
Con calma, trazó él unos signos, después con un ademán le indicó que se sentara.
Le odió con toda su alma, sin saber por qué. Era la primera vez que odiaba a una persona sin motivo aparente.
Aquel día no sucedió nada anormal. ¿Distraído el profesor? Tal vez, mas lo cierto era que no lo creía así.
Se lo dijo a Carlos cuando ambos iban en el tranvía camino de sus respectivas casas.
—¿Por qué no te lo parece? Tiene todas las características. Se olvida los paraguas, según tú. Permanece horas enteras con la cabeza inclinada, sin hablar. Nos pregunta ausente, muchas veces sin saber lo que dice. Además es un hombre joven y no mal parecido, y, sin embargo, ya lo ves. Anda hecho un desastre.
—Estará solo en el mundo.
—¿Solo? Tal vez. Tiene una hija.
Pitusa dio un salto. ¿Una hija un hombre tan joven? Porque Angel Portillo no sobrepasaría los treinta años.
—No te asombres. Es cierto.
—¿Conoces a su mujer?
—Es viudo.
—¡Viudo!
Dicho aquello, con su volubilidad acostumbrada, cambió el rumbo de la charla. Habló de todo y de nada. Al fin, dejaron el tranvía y se dirigieron a sus casas. Vivían próximos, en el bario más elegante de la ciudad.
—También tenemos un profesor de historia muy interesante —dijo de súbito, como si quisiera llevar la conversación al lado de Angel Portillo y se negara a confesárselo a sí misma.
—No entiendo de esas cosas. Es un estúpido. Me resulta sumamente antipático.
—Es que lo es. ¿Don Angel Portillo no te resulta simpático?
—Ni fu ni fa —repuso el muchacho, encogiendo los hombros—. Tú lo has visto hoy por primera vez y no te fue agradable.
—Lo confieso. No sé el motivo. Tal vez se deba al incidente del tranvía. Él me reconoció hoy, y yo, aquel día, le falté al respeto.
—Ya. Eso no tiene importancia. ¿Vendrás al cine conmigo esta tarde?
—No podrá ser, Carlos, y lo siento.
—¿Motivos?
Era un chico simpático y agradable. Muy joven, pero sumamente atractivo.
—Es jueves y me corresponde la guardia en el hospital de Caridad, hasta las nueve.
Carlos abrió muchos los ojos.
—¿Eres enfermera?
—No digas tonterías. Vamos a ayudar a los médicos del dispensario. Es un acto de caridad que nos premiará Dios. ¿No te parece?
—¡Hum! Ahora comprendo por qué mi hermana se pone de punta en blanco el jueves. ¿Va también al dispensario? ¿Contra quién tiene dispuestas las armas? ¿Hay médicos guapos?
—Por lo que veo, Carlos, eres bastante mal pensado. Sí, María va también, pero no creo que le interese mucho conquistar a un médico, puesto que tiene novio.
—Si falla el novio, tendrá un médico a su disposición. Sois muy inteligentes las mujeres.
Le dejó diciendo disparates. ¡Qué sabía él! Aquella obra era lo mejor que había contemplado nunca. Al dispensario llegaban pobres indigentes que entraban destrozados, muertos de hambre y de pena y salían reconfortados tanto de alma como de cuerpo. Sí, era la obra más bonita y meritoria que se llevaba a cabo en la ciudad. Médicos famosos, otros que no ejercían, pero que poseían una inteligencia privilegiada acudían al dispensario complacidos de socorrer a la Humanidad.
A la tarde se llevó una sorpresa, pues era la primera vez que veía en el dispensario a su profesor de matemáticas. Le vio envuelto en la bata blanca, haciendo la cura en la pierna de un mendigo.
—¿Es médico? —le preguntó a Marta, cuya frágil silueta iba de un lado a otro, blanca como la nieve, llevando vendas, poniendo inyecciones y acudiendo diligente al lado de los médicos que la reclamaban.
—¿A quién te refieres?
—A Angel Portillo.
—¡Ah, sí! Creí que lo sabías. Es profesor de matemáticas en la Universidad. Pero terminó la carrera de médico hace dos meses. Viene todos los días a estas horas. Al parecer, no piensa ejercer. Estudió para esto.
Y con suficiencia —aquella muchacha era una cursi en el concepto de María Josefa Cruz— mostraba a los médicos, seis en total, que iban de un lado a otro atendiendo a los enfermos.
Se apartó de María. Fue a ponerse la bata, venía abrochándose el cinturón cuando sintió que alguien la miraba por detrás. Dio la vuelta más bruscamente de lo que creía y encontró unos cristales blancos, tras los cuales el tic nervioso del profesor le causó un poco de risa.
—Venga a mi lado —dijo él rápido, mientras sin mirarla continuaba vendando una pierna terriblemente mutilada—. Ayúdeme.
No quería ser su ayudante. Si lo hacía aquel día, él lo tomaría por costumbre, y eso, no.
—¿Qué espera? ¡Venga!
No pensó que pudiera haber tanta energía dentro del cuerpo del profesor. La voz sonó brusca y fría.
Se aproximó de mala gana.
—Sujete esa pierna —miró al enfermo—. Usted no grite. Le dolerá igual. Tenga mi pañuelo. Muerda en él.
De pronto, volvió los ojos hacia la muchacha que nerviosa y de mala gana, sujetaba la pierna del herido. María Josefa sintió rabia, porque quiso creer que a pesar de hallarse tras los cristales y padecer un tic nervioso, dominaban todo cuanto querían.
—Lo ha cogido el tranvía —dijo, como única explicación—. Sujete bien. Y si va a desmayarse déjeme solo y llame a la señorita Aguado.
Era otra de sus amigas. Se habían unido un grupo para acudir todos los jueves al dispensario. Otros días trabajaba al lado de cualquier médico más amable. Presentía que si él volvía a reclamarla a la semana siguiente dejaría de ir al dispensario.
—Lo hice muchas veces y nunca me desmayé —repuso, con altivez.
Sujetó la pierna. El herido dijo angustiado que lo habían curado en la Casa de Socorro, pero en vez de continuar yendo todos los días como le indicaron, lo dejó, y allí estaban las consecuencias.
La herida era profunda, terrible. Llena de pus y una sangre amoratada que corría ahora por la brecha abierta.
Pitusa miraba la cabeza inclinada de don Angel Portillo. Tal como le pareció en el tranvía aquella mañana de lluvia, era arrogante y muy varonil, pero tenía el pelo largo y le caía en la cara, como si fuera un hombre muy descuidado.
Al soltar la pierna ya vendada, sin que hubiera temblado lo más mínimo ante la enorme boca roja, las manos del profesor quedaron enredadas en las suyas. Las soltó él bruscamente, tras de mirarla a los ojos con una expresión indefinible.
Ella dio la vuelta y se encaminó al lavabo. Minutos después, entraba él. Se secaron en la misma toalla y de nuevo las manos quedaron unidas.
—Eres demasiado joven —dijo la voz ronca, de súbito—. No te aconsejo que vuelvas. Estás muy pálida.
La tuteaba. Era el profesor, ella la alumna. Pero se equivocaba don Angel Portillo si lo consideraba así, puesto que en el interior del dispensario, ella era una señorita y él un simple médico. Dos extraños, al fin y al cabo.
—No necesito sus consejos.
Lo dijo con rabia, mordiendo los labios con aquel gesto voluntarioso que tan interesante la hacía.
El médico continuó limpiándose. Prendió de pronto las manos finas como al descuido. Pitusa miró con fuerza.
La boca de trazo firme se distendió en una burlona sonrisa. No se disculpó. Encaminóse hacia la puerta y volviéndose desde el umbral, la contempló sin dejar la chispa de burla que ahora lucía juguetona en sus ojos pardos.
Estaba interesante envuelto en la bata blanca. Tuvo que confesarlo porque ante todo era sincera consigo misma. Incluso el tic nervioso de sus ojos le gustaba.
—Veremos cómo llevas mañana tu lección. Presiento que tendrás que quedarte en la biblioteca hasta las nueve. Es lamentable, porque Carlos no podrá llevarte al cine.
Se sacudió furiosa sin pensar en que le debía respeto. Avanzó rápidamente e, impulsiva, murmuró como si mordiera las palabras:
—Sé que lo hará, aunque sepa la lección. No puede olvidar que le vi haciendo el ridículo con tres paraguas cogidos al revés.
Los labios de don Angel Portillo se distendieron en una sonrisa extraña. Pareció que iba a decir algo, pero no fue así. Volvió a cerrar la boca y tras encogerse de hombros, se alejó, dejándola sola y malhumorada.
Cuando a la mañana siguiente llegó a la Universidad no quería confesarlo, pero lo cierto es que iba angustiada porque no había estudiado absolutamente nada. No esperaba que él fuera considerado, pero tenía la vaga esperanza de que Carlos le ayudara en algo.
Lo vio avanzar por la clase y sentarse tras su mesa grande. Limpió los lentes, miró la lista y el primer nombre que surgió de su boca fue el de María Josefa Cruz.
¡Sintió una rabia! De buen grado le hubiera mandado a paseo, dejando de estudiar para siempre. Sin embargo, estaba convencida de que eso no lo haría nunca, aunque no fuera más que por amor propio. Además, ahora tenía un acicate y no flaquearía jamás por nada del mundo.
—Dígame.
Permaneció muda.
Todos la miraron. Él, indiferente, le rogó que resolviera el problema que le había señalado el día anterior.
Intentó hablar. Miró a Carlos. Este trazaba signos muy significativos sobre el tablero de la mesa. Los ojos de Pitusa miraron hacia allí.
—Señorita Cruz, apártese de su compañero. Venga hacia acá.
Avanzó con los labios apretados.
Le miró retadora. Ni una sonrisa ni una mueca en aquella boca odiosa que se plegaba con naturalidad.
—Confiese que no sabe absolutamente nada.
No lo confesó. ¡Antes la muerte!
El profesor sonrió ahora con una mueca uniforme.
—Siéntese ahí. —Y señaló un cómodo sillón a su lado—. Cuando sepa la lección, dígamelo.
Sintió que toda la sangre se revolvía dentro de ella. La dejaba allí para mayor vergüenza, contraviniendo las costumbres habituales. Lo hacía para ensañarse más, para que fuera la burla de todos.
Continuó la clase. Todos respondieron acertadamente. Ella no estudiaba. ¡Que la dejara allí hasta que quisiera, aunque fuera una semana, pero estudiar, jamás! Ahora ya era cuestión de amor propio. Tenía un lápiz en la mano y una cuartilla en blanco sobre el libro abierto. Trazó dos rayas y casi sin darse cuenta, distraída, sin ver que la clase quedaba desalojada, fue caracterizando al profesor. De pie en la plataforma del tranvía, con tres paraguas colgados del brazo, los lentes mal prendidos sobre la nariz aguileña y el movimiento nervioso del ojo. No sintió que Angel Portillo se ponía en pie e iba a colocarse tras ella.
—Muy interesante. ¿Por qué no va usted a Bellas Artes? Sacaría más provecho, sin duda alguna.
Se puso en pie con violencia. Era bonita, impulsiva y muy interesante. Chispearon los ojos con lucecitas encendidas, al tiempo de crispar las manos sobre la cuartilla que él le arrebató con ademán nervioso.
—La guardaré de recuerdo —dijo indiferente, plegándola y ocultándola en el interior de su bolsillo.
—Deme eso. Es mío.
—Déjese de tonterías. Puede darse por conforme con que no la castigue. Puedo dar parte a la dirección y usted sería expulsada.
—Lo prefiero.
—¿De veras?
—Sí —gritó, histéricamente—. Lo prefiero y si usted no lo hace, lo haré yo. No quiero deberle el favor de continuar en la Universidad habiendo cometido una falta.
—Demasiado orgullosa para ser tan joven. A ver, dígame lo que sepa de todo eso. —Y señaló con desdén el libro abierto—. Venga conmigo y resuelva esos problemas en la pizarra.
Cogió los libros y avanzó, pero no hacia el encerado, sino recta en dirección a la puerta.
—¿Adónde va usted?
—A casa. No volveré a la Universidad. Para tener un profesor tirano prefiero quedarme en casa. Buenos días.
El profesor no se inmutó. No hizo tampoco nada por detenerla. Sabía que volvería.
Pero se equivocó. Al día siguiente, supo que María Josefa Cruz dejaba para siempre la Universidad.
IV
Transcurrieron los meses. No volvió al dispensario ni a la Universidad.
Fue presentada en sociedad y a partir de entonces dedicóse a vivir feliz, hundida de lleno en el torbellino de la vida mundana. Vistió con suma elegancia, bailó y jugó a coquetear como la primera. Tuvo pretendientes y los rechazó y de esa forma pasó un año entero, sin volver a saber nada del profesor de matemáticas, a quien continuaba odiando con toda su alma impulsiva y apasionada.
Roberto solicitó de nuevo su amor. Lo desdeñó. No pensaba casarse con él jamás, porque su corazón le repelía rotundamente.
Aquella mañana su madre salía de viaje con su marido. Sería un viaje corto, de dos días. Iba a San Sebastián a pasar las fiestas.
—¿Vienes con nosotros?
—No. Lo siento mucho, pero me apetece más quedarme aquí.
—Como quieras.
Su madre la besó intensamente, con un cariño infinito, del cual se asombró, pues desde el momento que unió su vida a Ernesto, parecía absorbido por aquel amor que llenaba todo su ser y toda su vida.
Hacía algún tiempo que su madre le parecía preocupada. Permanecía horas y horas silenciosa, como si se hallara ausente de cuanto la rodeaba. Hasta una vez le pareció que tenía los ojos humedecidos. Insistió de nuevo sobre su boda con Roberto, como si aquello fuera imprescindible, pero ella lo rechazó con fuerza y jurando que no se casaría jamás con su primo porque no le amaba.
También Ernesto parecía preocupado. Hacía tiempo que se pasaba horas y horas en el interior del despacho con el notario y un abogado. Pitusa sabía que tenía un pleito de mucha importancia y que si lo perdía desaparecería todo su capital, pero esto no la intranquilizaba porque consideraba a su madre muy inteligente y a Ernesto también.
Dejó de pensar en aquello y cuando el auto que conducía a su madre y Ernesto se alejó, decidió dar un paseo.
Caminó a la ventura, internándose en una plaza solitaria. Y fue allí donde volvió a ver al profesor después de un año. Surgió ante ella como una sombra, silencioso y serio, un poco más pulcro que de ordinario.
—¡Caramba, señorita Cruz! —exclamó, sinceramente asombrado—. No esperaba encontrarla en semejante lugar. Las niñas modernas se preocupan poco de pensar y en este momento me parece que su mente se hallaba llena de pensamientos.
No se volvió. Lanzó sobre él una mirada indiferente y encogió los hombros.
—Parece que me espía —dijo, burlona—. ¡Ah! Y tenga en cuenta que yo no soy una niña moderna.
Sin solicitar permiso, sentóse a su lado. No llevaba lentes aquella tarde y sus ojos serios aparecían animados con chispitas irónicas.
—Tengo más en que pensar que en espiarla. Respecto a lo otro, claro que es usted una niña moderna... Pero existe una diferencia entre la que lo es y la que no. Veamos —añadió sin inmutarse, respondiendo a la interrogante que veía en los ojos femeninos—. Las niñas modernas, por lo regular, son muchachas valientes. Nada les censuro, puesto que saben imponerse y eso es una ventaja para vivir en esta época. En cambio, usted es moderna, pero no valiente. Nunca imaginé que fuera usted tan cobarde.
—¿Cobarde yo?
—Sí, muchacha. Es usted cobarde. Otra en su lugar afrontaría mi tiranía, si en realidad existía como usted pretendió, y continuaría hasta el fin sin desfallecer.
—Por valiente dejé la Universidad —repuso, indignada—. Sé, porque me conozco, que terminaríamos mal usted y yo. Por mi parte, no cedería nunca y usted, por dignidad, tampoco. Por eso dejé de ir a la Universidad.
—Una disculpa carente de sentido.
—¡Pero si yo no me disculpo!
Y se puso en pie. Angel Portillo la miró sonriente. Le gustaba aquella muchacha impulsiva que decía tonterías. Era bonita y sumamente atractiva.
Se puso en pie, a su vez, y la cogió por el brazo, siendo inútiles los esfuerzos de Pitusa para desasirse.
—Dejemos este asunto —dijo Angel, indiferente—. Quiero hablarle de otra cosa.
—Es igual. Yo hablaré de todos modos. ¿Qué te parece si te casaras conmigo? Tampoco yo voy a la Universidad. Ahora ejerzo mi carrera de médico.
Le miró furiosa.
—Usted me ha tomado por una muñeca, ¿no?
—¡Bah! Eres una mujer y me gustas. Soy viudo y tengo una hija, ¿pero qué importa? Tengo un capital respetable y sé hacer feliz a una mujer. Cierto que te llevo diez años, pero esto no es obstáculo para que ambos seamos felices.
María Josefa sonrió burlona. Su sentido del humor pareció despertar. Lanzó una mirada sobre la faz impenetrable del profesor y emitió una risita ahogada.
—Es curioso —ironizó— que a los veinte años haya recibido dos propuestas matrimoniales. No —negó, al mismo tiempo con la cabeza bonita—, no pienso casarme por ahora. Tengo esperanzas de llegar a querer con toda mi alma, dejando en ese cariño íntegro mi corazón. Por otra parte, me hace gracia que se haya enamorado usted de una desaplicada alumna.
—No diga bobadas. Yo no la amo. Soy un poco psicólogo y he observado en usted visos de bondad. Se lo digo en serio. Puede incluso llamarme aprovechado si le parece, después de todo, no hace más que ajustarse a la realidad, pero lo cierto es que ahora no habla el amor. Habla, simplemente, el padre... Tengo una hija y estoy muy solo.
Detuvo sus palabras súbitamente, como si comprendiera que estaba diciendo la mayor de las tonterías. Por primera vez, sintióse un poco azorado. Miró a la joven y la vio sonreír primero y soltar una nerviosa carcajada después.
—Es lo más absurdo que he oído en mi vida —exclamó, indignada—. En toda mi existencia y en la que aún me queda por recorrer, pensé oír semejante disparate. Además, dígame, profesor, ¿tengo yo facha de niñera? De modo que me solicita en matrimonio por conveniencia, porque, como en las novelas, el señor se halla solo en el mundo, amargado y dolorido con una hija que le recuerda su antiguo amor. —Irguió la cabeza con arrogancia y añadió mucho más nerviosa de lo que creía—: Lo mejor de todo es que me deje sola. He salido de casa con objeto de permanecer a solas con mis pensamientos y a su lado, estos se evaporan. Porque yo sé pensar, señor profesor, aunque usted crea lo contrario. Puedo ser irreflexiva en ciertos momentos, pero tengo buena disculpa si se tiene en cuenta mi edad.
Angel hundió las manos en los bolsillos del pantalón de franela y se balanceó sobre las largas piernas. Su boca de firme trazo dibujó una extraña mueca.
—Bueno, reconozco que he dicho la tontería mayor de mi vida, pero también tengo una disculpa porque he tratado de ser un hombre humano, un ser palpable y no un estúpido visionario. Si fuera más hipócrita y le declarara un amor que no existe, usted tal vez se hubiera emocionado.
—¿Emocionarme, yo?
—Déjeme terminar. Quizá no se emocionara, naturalmente. Me doy cuenta de que trato con una niña moderna sin gota de juicio. Bien, escuche. He de terminar porque quiero aclarar la situación. Tal como le dije, soy viudo y tengo una hija. Tengo que casarme un día cualquiera porque no puedo dejar a mi pequeña sin una mano amiga que la guíe y la eduque. Usted, aunque quiera demostrar otra cosa, es una chica noble, incapaz de cometer una villanía. Al casarse conmigo, llegaría a querer a mi hija y eso es lo que me interesa sobre todas las cosas.
—No siga —pidió la muchacha, malhumorada—. Está usted diciendo tonterías.
—Es cierto. Estoy diciendo más tonterías en este momento que las que dije en toda mi vida.
Sentóse de nuevo en el banco y encendió un cigarrillo, cuyas espirales contempló sonriente, como si en realidad solo aquello le interesara.
—Hasta nunca —dijo ella, echando a andar.
Alejóse apresuradamente sin volver la cabeza. Angel Portillo distendió la boca en una sarcástica sonrisa y continuó fumando.
Ciertamente, había dicho un montón de bobadas. Le gustaba aquella chiquilla, no podía negarlo. Le gustaba su andar erguido y desafiante, su mirada negra, soñadora y altiva, su boca delicada y su cuerpo flexible y elástico. Pero no la amaba, aunque no le sería difícil llegar a quererla de verdad, como no había querido nunca. No era menos cierto que la proposición de matrimonio había salido de su boca sin darse cuenta y después tuvo que dar una explicación absurda para dejar en buen lugar su dignidad.
Era la primera vez en su vida que cometía disparate similar. Proponerle a una señorita como aquella el matrimonio, era como coger una piedra, atarla al cuello y tirarla al río. Él, tan inteligente y reflexivo, había perdido el juicio y no podía decirse que perdiera la cabeza por ella, pues aunque le gustaba no la quería tan desesperadamente como para casarse con ella.
En fin. Púsose en pie y sacudió la ceniza que salpicaba su pantalón. Luego echó a andar lentamente y se alejó de aquel lugar. Iba malhumorado y furioso porque era impropio de él lo que acababa de decir.
* * *
Cenó sola en el gran comedor. Comió poco. Se hallaba angustiada sin acertar a definir el motivo. Pensaba e ignoraba el objeto de su pensamiento. Miraba en torno y no veía nada.
¿Formaba parte de su angustia interior la charla sostenida con el profesor? No. Para ser sincera consigo misma, tenía que reconocer que la proposición de Angel Portillo la inquietaba, produciendo en su ser sensaciones desconocidas. ¿Dulces? ¿Amargas? Lo ignoraba porque se empeñaba en no analizar. Mas, aquello no era el motivo de su íntima angustia. Esto era diferente. Le parecía que algo roía dentro de su alma produciendo en ella extraños presagios, como si estuviera a punto de recibir un mazazo en la cabeza.
Subió a su alcoba y despojándose del traje de calle envolvióse en el batín, calzó los pies en sendas zapatillas de piel y soltando el cabello se sentó en el borde de la cama. Miró el reloj. Las once de la noche.
De pronto, pensó en su madre y quedó mortalmente pálida. Sí, ya había encontrado el motivo que originaba su dolor lacerante. Para ahuyentar aquella vaga sensación que ciertamente ignoraba a qué atribuir, asomó la cabeza por el balcón abierto y clavó los ojos en la noche.
«Estoy nerviosa, tiemblo como una idiota y lo más curioso del caso es que pienso en mi madre con terror, como si no existiera y su espectro acechara mis movimientos».
Llevóse una mano a la frente y limpió el sudor imaginario que bañaba su rostro.
Y fue en aquel momento cuando vio que el parque se iluminaba y un coche avanzaba lentamente hasta detenerse en la escalinata.
Sin saber lo que hacía ni por qué lo hacía, salió de la alcoba y corrió despavorida por las anchas escaleras alfombradas. Salió a la terraza y como una exhalación llegó al jardín en el momento en que Roberto descendía de la... ambulancia.
¿Una ambulancia? Las manos de María Josefa eleváronse hasta sus ojos y lanzó un grito agudo y penetrante corriendo como loca hacia la portezuela. Unos brazos la sujetaron fuertemente. Miró en todas direcciones como alucinada.
—Han muerto, ¿verdad? —preguntó en un gemido, llevándose las manos a la garganta porque le parecía que algo atenazaba allí, privándola del sentido.
Como en sueños, aun apretada en los brazos temblorosos de su primo, vio que seis coches se alineaban tras la ambulancia, de la cual descendieron tres hombres, serios, fríos y circunspectos.
Elevó los ojos hacia el rostro de Roberto, lo vio pálido, blanco como un papel. Le temblaba la boca y prendido en las pestañas había algo muy brillante, como si fuera agua.
—No han muerto, ¿verdad? —preguntó, idiotizada—. Ha sido falsa alarma, ¿verdad? No, ella no pudo morir, yo la necesito. Además, era joven, fuerte, era feliz y tenía mucha vida por delante. No han muerto, ¿verdad?
Y retorcía las manos porque en el interior de su ser, una voz le decía que se equivocaba. Ellos estaban muertos. Lo presintió durante todas aquellas horas de la noche, mientras esperaba anhelante la conferencia telefónica que le habían prometido.
Roberto la cogió por el brazo y la empujó blandamente hacia el interior del palacete.
—¡Quiero verlos! —gritó en un gemido agónico, estrangulada la garganta por el dolor—. Tengo derecho a verlos. Lo necesito. Además, ella me dirá que está viva, que continuará a mi lado. No pudo dejarme sola. ¡No pudo morir!
En aquel momento, dos hombres extraían de la ambulancia dos cuerpos envueltos en un sudario blanco. Corrió enloquecida hacia ellos. Miró como alucinada todo cuanto la rodeaba. Hombres, muchos hombres, serios, mudos, pálidos y blancos como la leche. Volvió la cabeza hacia el portal. Los criados, mudos y rígidos, limpiábanse los ojos mojados.
Lanzó un grito y se abalanzó sobre la sábana blanca. Apretóse contra el cuerpo frío y destrozado de su madre y ocultó la cabeza en aquella cabellera leonada que adornaba el rostro sin vida de su madre.
V
Ya todo había pasado. Tras los cristales vio que el cortejo fúnebre se alejaba rodeado de amigos y parientes. Oyó el canto melancólico y tapó los oídos porque no podía resistir el dolor.
Hundida en una butaca permaneció horas interminables: sola, muda y rígida, vestida de negro, con los ojos secos y la vista perdida en el vacío.
Todo había terminado, todo, todo. Quedaba sola en el mundo sin más amparo que su propia fortaleza moral. Había amanecido un día feliz y terminaba en aquello... Y al día siguiente estaba allí, quieta, contemplando aún el lugar que ellos habían ocupado por última vez en la regia morada donde fueron tan felices...
—¡Madre mía! —gimió, ocultando el rostro entre las manos.
Y aquel nombre lo decía todo, porque le parecía que el compendio amargo de su vida destrozada, lo formaba la ausencia de aquel nombre precioso.
Después, hubo de soportar la presencia de todos los amigos que regresaban del funeral. Pudo realizar un esfuerzo y soportar con entereza las lamentaciones ajenas que contribuían a aumentar su dolor.
Al fin se vio sola con Roberto, en aquella sala donde permanecieron muertos los cuerpos de los dos...
—¿Cómo ha sido? —preguntó ella, tras de un penoso silencio.
—Lo supe a las seis de la tarde y fui al lugar del accidente. Se despeñaron. El coche quedó destrozado, lo demás ya lo sabes.
Guardaron nuevamente silencio. Roberto parecía deseoso de decir algo muy importante, a juzgar por la expresión desolada de su rostro, pero se contuvo, como si temiera añadir un nuevo dolor a los ya padecidos por la muchacha. No obstante, sabía que a la mañana siguiente o tal vez aquella misma tarde lo sabría por otros menos escrupulosos y sería el dolor mucho mayor.
Retorció las manos nerviosamente y dijo lo que pensaba:
—María Josefa, yo creo que al quedar ambos solos, ahora lo más conveniente sería un matrimonio. No, no, déjame continuar hasta el fin.
La muchacha alzó la mano y la movió débilmente, como indicando que no merecía la pena hablar de una cosa que jamás se realizaría.
Contempló a Roberto dulcemente. Le quería como lo que era; verlo como futuro marido no podría nunca. Era un muchacho alto, flaco y un poco desgarbado, pero sumamente elegante. Tenía una cabeza erguida y arrogante, coronada por cabellos negros y brillantes, una frente noble de pensador y unos ojos negros, cariñosos y dulces, que no sabían guardar el secreto de su amor.
—Es mejor que no me hables de eso —pidió muy bajito, con desfallecida voz—. Otro día tal vez, pero hoy permíteme que te ruegue silencio.
—Es preciso, pequeña. Casada conmigo estarías amparada. Sí, ya sé que no eres cobarde, conozco tu valentía y la entereza de tu carácter absolutista... Pero aún así, la vida de una chica soltera y tan joven necesita un apoyo moral y tú puedes tenerlo a mi lado. Mi amor no es un misterio para ti, María Josefa. Sabes que te quiero de siempre, desde el momento que regresé de América y te contemplaron mis ojos, tan sencilla, dulce y juvenil... Te quise de verdad. Tal vez encuentres en tu vida muchos amores, pero tan sincero y firme no lo hallarás. Bien, no es esto todo lo que quiero decirte. A pesar de mi cariño, he pensado que puesto que tú no me correspondes, quedes a mi lado convertida en mi esposa, pero sin que exista entre ambos más lazo que el aparente. O sea...
María Josefa alzó de nuevo la mano, esta vez con menos energía. Y no es que en realidad le faltara, es que se preguntaba angustiada por qué su primo le hablaba de aquellas cosas precisamente aquella tarde, cuando solo deseaba pensar dulcemente en los dos que habían muerto.
—María Josefa, necesitas casarte conmigo —añadió ahora un poco más duramente, alterando la voz por primera vez ante su prima, lo que inquietó a esta de un modo alarmante.
—¿Por qué? —preguntó fríamente—. ¿Por qué tengo que casarme contigo? ¿Es que me crees una chica sin experiencia suficiente para caminar por el mundo en línea recta, hasta el fin, siempre con la cabeza levantada y mirando sin rubores a Dios Nuestro Señor?
—¡No es eso, no es eso!
—¿Qué es entonces?
El pobre Roberto parpadeó nervioso y sujetó con ambas manos la cabeza que le estallaba, porque sobre el dolor de perder a su padre, había añadido aquella cuestión que era para él la más angustiosa.
Disponíase a responder, cuando un criado llamó con los nudillos en la madera.
—Pase —dijo la muchacha.
El criado perfiló su figura en el umbral. María Josefa se alzó violentamente, como si la impulsara un resorte.
—¿Qué sucede, Tom? ¿Por qué me miras de este modo? ¿Por qué estás tan pálido?
El fámulo permaneció mudo, guiñando los ojos hacia Roberto como si pretendiera hallar en él una ayuda.
María Josefa los contempló primero a uno, luego a otro y dio una patada en el suelo con impaciencia.
—¿Qué sucede?
La respuesta fue muda, pero al mismo tiempo, antes de que pudiera reaccionar, vio en el umbral de la puerta del salón a tres hombres vestidos de negros, cuyos rostros fríos y herméticos la contemplaban de una forma muy rara.
Sin saber qué decir ni pensar observó a su primo, quien levantándose rápidamente fue hacia la puerta violentamente y extendió los brazos.
—No pasen. Ahora no. Otro día tal vez. Hoy respeten esta sala y a la huérfana.
—De todas formas, tenemos que hacerlo —dijo secamente uno de aquellos hombres, cuya mano sostenía una abultada cartera—. Ella ya no es una niña y comprenderá.
—¡No pasarán! —gritó Roberto fuera de sí—. Si no la respetan pasarán por encima de mí.
—Pues pasaremos. Nos ampara la Ley.
—Pero no la ley de la conciencia.
—No somos unos sentimentales, muchacho —exclamó uno de ellos con desdén—. Después de todo, nosotros no hemos tenido la culpa. Se les advirtió antes de meterse en este lío. La conciencia aquí no reza para nada. Venimos a hacer un inventario de lo que es nuestro, y aunque tú quisieras hacer frente a la situación, sabes muy bien que no puedes porque tu padre te despojó de la mitad de tu capital para sufragar los gastos del pleito.
Había tanto desdén en la última frase que la muchacha se estremeció, aún sin atreverse a responder y menos a intervenir.
Miró a Roberto. Le vio pálido, furioso, dispuesto a todo si aquellos hombres no se alejaban.
Para evitar una catástrofe se adelantó y enfrentándose con aquellos tres personajes, haciendo gala de una entereza digna de encomio, les facilitó la entrada cruzando el salón y abriendo la puerta del despacho.
—Pasen ustedes. Si quieren hablar conmigo estoy a su disposición.
Roberto penetró tras ellos en el despacho y contempló admirado a su prima, preguntándose si era la misma muchacha que aquella mañana sollozaba histéricamente abrazada al cadáver de su madre.
Observó que la joven iba directamente a la gran mesa de despacho y sentándose en el sillón giratorio alzaba la cabeza, recorriendo con la mirada a los tres hombres que, algo impresionados por la majestad y entereza de aquella muchacha que momentos antes había enterrado a su madre, se hallaban sentados ante ella en sendos butacones, dispuestos a hacerse cargo de todo lo que les pertenecía.
—Veamos —dijo María Josefa fríamente, dominando a duras penas el dolor que ocultaba en lo más recóndito de su ser—. Pueden hablar, les escucho...
* * *
Hubo un corto silencio que nadie interrumpió. Al fin uno de aquellos personajes abrió la cartera y desplegó sobre la mesa varios documentos.
María Josefa los contempló interrogante.
—Bien —dijo Roberto nerviosamente—. No mires nada, querida. Para decirte que todo lo que tienes es de ellos no hace falta tanta ceremonia.
—¡Cállese usted!
—Estoy diciéndole a mi prima lo que no me atreví a decir hace un momento cuando aún estábamos solos. María Josefa, ya lo sabes —añadió volviéndose a esta, que pálida lo escuchaba, haciéndose cargo de la situación y comprendiendo al fin por qué su primo insistía en el matrimonio que ella rechazaba rotundamente—. Perdiste el pleito. Sí, lo perdisteis todo porque ni siquiera te queda la casa. Estos, que un día fueron amigos míos y de mi padre, se lo llevan todo.
—¡Cállese usted!
—No tengo por qué callar. Estoy evitando que María Josefa mire esos papeles que tengo yo más que sabidos. No hay remedio, querida. Yo lo sabía, por eso... Bueno —balbuceó nervioso—, en realidad es una cosa corriente.
La joven inclinó la cabeza y clavó los ojos en aquellos documentos que le enseñaban con crueldad su ruina.
Apretó los labios y enderezando el busto logró que su dolor no reluciera en sus ojos.
—Tiene razón mi primo. No necesito estudiarlos. Sabía que existía ese pleito, pero ignoraba que mi madre lo hubiera... perdido.
—Lo sentimos mucho, señorita.
—No digas mentiras, Leandro —gritó Roberto fuera de sí—. No lo sientes nada porque al fin vas a salir de tu maldita mediocridad para convertirte en un hombre importante.
—Es natural. Todos queremos subir.
María Josefa, pálida y desencajada, se sentó de nuevo.
—¿Por qué pleitearon, Roberto?
—Yo se lo explicaré —dijo uno de aquellos personajes, el abogado del llamado Leandro sin duda alguna—. Hace muchos años su abuelo de usted heredó una cuantiosa fortuna. No había testamento y era él el único heredero al parecer. No obstante, mi amigo y cliente, don Leandro, era entonces un muchacho de tres años. Quedó sin padres y se crio en un hospicio o algo así... Al parecer, mi cliente era pariente a su vez del millonario muerto y como es natural no podía en forma alguna hacerse cargo de la herencia. Primero, porque como le dije, era un niño y no tenía quién le asesorara; después, su abuelo de usted no le participó nada.
—¿Sabía mi abuelo el parentesco que unía a su cliente con el muerto?
—Lo ignoramos. Mi cliente creció. Murió su abuelo y quedó su madre. Entonces, cuando mi cliente se hizo abogado a fuerza de sacrificios, visitó a su difunta madre. Hablaron sobre la herencia y su madre...
—¿Qué dijo mi madre? —preguntó angustiada.
—Tu madre —saltó Roberto indignado— le ofreció la mitad y este hombre se negó. Lo quería todo porque indicaba que tu familia había disfrutado de los réditos durante años enteros y a su entender lo demás le pertenecía.
—Estoy hablando yo, señor Cruz.
—De acuerdo. Pero considero que mi prima sabe bastante del asunto —miró dulcemente a la muchacha, que permanecía inmutable, y añadió precipitadamente—: Leandro demandó a tu madre y, naturalmente, la Ley no la amparaba, puesto que se ignoraba si en realidad tu abuelo sabía que existía otro pariente más cercano. En fin, tu madre lo perdió todo.
—Lo siento mucho, señorita —dijo el abogado, sinceramente molesto, pues había sido amigo de Ernesto Cruz.
—Gracias.
Y tras aquella palabra la joven se puso en pie. Los vio ir de habitación en habitación, e impotente para soportar aquello se colgó del brazo de su primo y le rogó que la alejara de allí.
VI
—Quiero casarme contigo, Roberto —dijo bajito, sin levantar la cabeza.
Se hallaban en casa del muchacho. Roberto de pie, ella hundida desmadejadamente en una butaca.
—No, querida. Ahora no lo consentiré yo. No me quieres ni me querrás. Me he dado cuenta de que somos como hermanos. Mi amor desaparecerá con el tiempo. Tú llegarás a casarte, tendrás hijos y serás feliz con un hombre que no sea tu primo, casi tu hermano.
—Llegaré a quererte —dijo la joven con desfallecida voz—. Por otra parte, ya no me importa una cosa u otra. Quiero tranquilidad.
—Eso es una tontería, querida. Eres joven, culta, educada, hermosa... La vida te sonríe y tú tienes que ponerle buena cara y no desfallecer jamás. ¿Por qué quieres ahora casarte conmigo?
María Josefa bajó los ojos. Ahora, vestida de negro, parecía más frágil y más bonita, porque la sombra de melancolía que enturbiaba sus ojos engrandecía su belleza serena, dulce y exquisita. Movió la boca como si quisiera decir algo; pero la cerró de nuevo, considerando tal vez que Roberto no llegaría nunca a comprender los motivos que la empujaban a desear unir su vida a la suya.
Podía decirle: «Quiero casarme contigo porque eres bueno y lo mereces, porque llegaré a quererte, si no con un amor intenso y apasionado, sí, con un cariño reposado y tranquilo, lleno de dulzuras».
Pero no dijo nada:
—Dime, querida: ¿Por qué quieres casarte conmigo?
La joven encogió los hombros.
—Tal vez por no verme sola en el mundo.
—¡No, no! Eres demasiado digna para obrar de ese modo. ¡Si no te conociera, María Josefa!
La muchacha bajó más la cabeza y ocultó el rostro entre las manos. Estuvo así mucho rato, hasta que Roberto fue a su lado y blandamente, con mucha ternura, apartó las manos temblorosas de la cara húmeda.
—Hay que ser fuerte, querida. Ahora no te preocupes de nada. Vivirás a mi lado y tendrás todo lo que quieras.
María Josefa distendió la boca en una extraña mueca. ¿Vivir con él? ¿Quedarse allí, en el interior de aquel piso, sola con su primo? No. Trabajaría, buscaría una colocación y lucharía por algo, cosa que no había hecho nunca.
No dijo lo que pensaba, pero era obvio que desde aquel momento no cejaría hasta hallar una colocación.
—Ahora te conviene descansar. No pienses en nada —dijo Roberto dulcemente, alzándola de la butaca.
¡Como si pudiera no pensar, cuando en su mente existía un mar embravecido revolviendo sus pensamientos y definiendo sus propósitos!
* * *
Al cabo de una semana, María Josefa decidió apartar a un lado su dolor, para decidirse por algo más práctico, puesto que ella aún estaba viva y no podría, a fuerza de desesperarse, resucitar a los muertos.
Salió a la calle cuando supo que su primo se hallaba en su despacho.
Vagó durante horas por la ciudad. No pensaba recurrir a sus antiguos amigos. No obtendría de ellos más que una promesa, como suele suceder en casos análogos y sabía bien que aquella promesa jamás se haría realidad. Era demasiado digna para soportar pacientemente una mirada conmiserativa.
Por un momento y casi sin darse cuenta, pues se hallaba sumida en la inconsciencia de su propio ser, recordó al profesor de matemáticas...
¿Y si recurriera a él? No, jamás. Su odiosa sonrisa despreciativa y su supremacía le hacían un daño jamás experimentado. No, no acudiría a él, antes a Carlos, a otro cualquiera...
Intentaba no recordar y, sin embargo, vivió de nuevo aquella tarde en el dispensario, cuando él rozó con sus manos las suyas, traspasándole el calor turbador de su piel y recordó con rabia que le había propuesto el matrimonio. Se sintió decepcionada. Antes que casarse con Roberto preferiría hacerlo con el profesor...
—La última edición de la tarde. Grandes y sabrosas noticias internacionales —gritó a su lado un arrapiezo muchacho, cuyos brazos flacos sostenían un montón de periódicos.
—Ven, muchacho. Dame tres diferentes.
Se alejó el rapazuelo. María Josefa dejóse caer sobre un banco y desplegó los periódicos, primero uno: miró ávidamente los anuncios. ¡Nada! Hojeó otro y otro y al fin pudo encontrar algo que hizo brillar de esperanza sus ojos.
«Necesitase institutriz para educar niña de cuatro años. Inútil presentarse sin buenas referencias. Villa Ana. Carretera Forestal...».
Quedó con el periódico ante sus ojos sin saber qué hacer, alucinada, temblando sus manos y temblando el corazón. ¿Y si se presentara aún sin participarle a su primo sus propósitos? No tenía referencia alguna, pero su título de bachiller y sus estudios y su nombre...
Se puso en pie. Cogería un taxi. La finca, según las explicaciones del diario, se hallaba en las afueras. Podría llegar allí en media hora, antes quizá.
No lo pensó más. Llamó a un taxi y dio la dirección.
«Ayudadme. Dios mío», rezó muy bajo, con el pensamiento puesto en su madre muerta, que tal vez la alumbrara en el camino que aún le quedaba por recorrer en la vida...
* * *
—¿Y bien?
Ante ella tenía una dama erguida, de porte altivo y desafiador. Sus cabellos blancos enmarcaban la faz de rasgos duros y rígidos, de soberbia expresión.
No le gustó en absoluto aquella mujer, pero ella necesitaba emanciparse y no iba a educar a aquella dama, sino a una nena de cuatro años que no veía por parte alguna.
—Vengo por el anuncio —dijo tímidamente.
Cosa curiosa: todo el carácter dominador, irreflexivo y apasionado parecía haber desaparecido. Y es que antes era una chica rica, halagada y consentida; en tanto que ahora no tenía quien la halagara ni la consintiera. Ahora era ella, sin subterfugios, sin hipocresías, tal como Dios y la naturaleza la había formado. Evidentemente, resultaba mucho más interesante y atractiva porque la expresión soberbia de sus ojos negros habíase trocado en una dulzura nunca sospechada.
—¿Tiene certificado? ¿Dónde ha trabajado antes? ¿No es usted demasiado joven y bonita para dedicarse a una niña?
Se molestó. ¿Qué tenía que ver su juventud con la plaza que solicitaba? En aquel momento no imaginó el significado de la frase, mas algún tiempo después, cuando tal vez era demasiado tarde, lo supo, y ¡de qué manera!...
—Señora —repuso dignamente—, necesito trabajar y mi juventud es precisamente la que me anima. ¿Es que una muchacha no puede comer porque sea joven?
La dama cortó con un ademán brusco de su mano ensortijada.
¡Oh, no...! Aquella mujer era odiosa. Sintió hacia ella una animosidad que no supo a qué atribuir y se dolió de experimentar aquella sensación, porque, como ya dijimos, ella necesitaba ganar dinero, distraerse, vivir tal vez ficticiamente, pero vivir al margen de todo lo que había destrozado su vida, y por mediación del trabajo diario esperaba conseguirlo.
—Bien, ya sé qué la juventud también precisa comer. Ahora muéstreme los certificados.
—No los tengo.
La dama se puso en pie.
«No es elegante —pensó la joven, habituada a tratar con personas sumamente exquisitas—. No pertenece a mi clase. Es burda y hasta un poco obtusa. ¡Pobre mujer!».
—Si no tiene certificados, ¿qué busca? ¿No comprende que no me sirve usted?
María Josefa no se alteró. No tuvo necesidad de ponerse en pie, puesto que la dama se olvidó de invitarla a sentarse.
—Tal vez le interese saber que soy sobrina de Ernesto Cruz, hija de su esposa.
Por encanto se dulcificó el rostro de la dama. Y no era porque le tuviera simpatía a las víctimas del accidente que conocía todo el mundo, sino que era para ella un orgullo que un miembro de aquella aristocrática familia arruinada de la noche a la mañana fuera institutriz de su nieta Ana.
—Además, tengo mi título de bachiller —añadió la joven, estudiando acertadamente las reacciones de la vanidosa señora.
—Bien. Creo que la admitiré. Venga usted mañana por la mañana. A la tarde, como es sábado, viene mi hijo político. Es el padre de la chiquilla. Naturalmente, usted tendrá que quedarse con nosotros. Dormirá en la misma habitación de la niña y será a la vez señorita de compañía y maestra...
—Ya. ¿Dice usted que puedo venir mañana?
—Sí.
—¿A saber la respuesta o a quedarme?
—A quedarse, naturalmente. Traiga su equipaje.
Y como caminara hacia el umbral, la muchacha comprendió que la entrevista había concluido.
Cuando se vio de nuevo en el interior del taxi sonrió un poco asqueada. Su vida deambulante comenzaba en aquel momento. Daría tumbos y tumbos hasta caer extenuada, maldiciendo su suerte y domeñando una vez más sus gustos y aficiones.
Aquella mujer no le gustaba en absoluto. Era soberbia, palurda, con pretensiones de grandeza, y le costaría tremendos esfuerzos adaptarse a la vida que quisiera imponerle. Señorita de compañía, institutriz y... niñera. No lo había dicho, pero lo vislumbraba en el acento de su voz de mando y en la expresión soberbia de su rostro ajado.
—Es una vieja vanidosa —dijo en alta voz—. Y el papá de la niña será un señor rechoncho, mal encarado y déspota como todo nuevo rico. Porque me pareció que en «Villa Ana» nada olía a añejo. Es todo tan nuevo, como la penicilina.
Suspiró hondo y recostando la cabeza sobre el respaldo pensó por primera vez en lo que diría Roberto, de su determinación.
* * *
Roberto se puso furioso. Maldijo el orgullo de su prima, su dignidad mal entendida y los propósitos que la animaban.
—¡Absurdo, absurdo! —gritó más que dijo, deteniéndose ante la joven que le escuchaba impasible—. ¿Por qué lo has hecho? Di, ¿por qué?
—Era necesario, Roberto. Por ahora nadie se fijó en nosotros, pero tienes que darte cuenta de que todo el mundo nos conoce y un día cualquiera, después de surgir el primer comentario, seguiría la crítica y yo no podría soportarlo.
—¡La crítica! ¿Y qué? ¿Es que tanto temes al mundo?
—Naturalmente. El mundo es como una piedra; después de lanzada no retrocede.
—¡Tonterías, nada más que tonterías! Casémonos y todo concluirá en una boda.
María Josefa meneó la cabeza de un lado a otro.
—Lo siento mucho, Roberto. Pero no me casaré por ahora. Tal vez más adelante... Quiero trabajar y comprobaré así si valgo para algo.
—¡Dios Santo! ¿No sabes que vales para todo?
Se aproximó a ella y la miró hondamente al fondo de los ojos, con intensidad, con ansia, como si quisiera dominarla con la mirada.
—Te lo suplico, pequeña —murmuró bajito, conteniendo a duras penas su congoja—. No vayas. Yo te digo que sirves para todo. Sabrás ser señorita de compañía, institutriz y... Sí, y también niñera si se les antoja a esos seres obtusos... No podrás resistirlo, querida mía. Eres exquisita, sensible y ellos no podrán aquilatar tu valía porque son gente de ayer y el valor de una muchacha pobre les tiene sin cuidado. No recuerdan que ellos lo fueron. Te maltratarán para hacer más patente su estúpido poderío afianzado sobre una base falsa. No vayas, querida. No recuerdes más eso. Además, yo tengo dinero suficiente para que tú continúes viviendo como hasta ahora. Si quieres trabajar, ven a mi despacho. Tengo bastante trabajo y me ayudarás.
La muchacha volvió a mover la cabeza, denegando.
—Ahora quiero ir, Roberto. Si es tal como dices lo dejaré. Pero nadie me impedirá probar.
Roberto dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y suspiró resignado:
—Como quieras, María Josefa —dijo bajito, con desaliento—. Yo siempre estaré esperándote.
La joven se puso en pie y cogió las manos varoniles entre las suyas. Las apretó con fuerza, pero no dijo nada. No hubiera podido decirlo, porque la emoción le atenazaba su garganta matando el sonido de su voz.
VII
Ya se hallaba instalada en su nueva residencia, al servicio de la altiva señora.
De pie tras el ventanal dejaba vagar los ojos por el pequeño parque.
La finca era hermosa y acogedora. El parque pequeño, pero los alrededores maravillosos. Extensos campos herían sus ojos a través de las inmensas llanuras. La colina serpenteaba hacia el río oculto entre altos y corpulentos árboles. El lugar era sano y le sentaría bien. Si los amos eran buenos, su espíritu se reconfortaría en aquel paraje, donde el paisaje jugaba ondulante yendo a morir al remanso que formaba el río entre los arbustos.
Descendiendo de sus regiones ignotas, nuestra amiga miró el jardín bien cuidado, pulcro y sereno, sin una hierba que sobresaliera más que otra.
Miró luego su alcoba y sonrió un poco sarcástica. Dos camas exactamente iguales en mitad de la estancia, una butaca, un armario y una gruesa alfombra. Al otro lado del tabique se hallaba el cuarto de estudio.
¡El cuarto de estudio! La expresión había sido inadecuada en boca de la dama, puesto que la niña tenía cuatro años y apenas si balbucía las primeras palabras.
—¿No jugamos, señorita? —dijo una vocecilla tras ella, al tiempo de tirarle de la falda.
Se volvió rápidamente y alzó en sus brazos el cuerpo menudo de la pequeña Ana.
Era la criatura más linda que había contemplado jamás. Y lo curioso del caso es que al clavar de nuevo sus pupilas en la faz infantil, picarona y fresca, sintió que algo se revolvía dentro de ella estremeciendo todo su cuerpo.
«Es una tontería», dijo entre dientes, moviendo enérgicamente la cabeza.
—¿No jugamos?
—Pero, querida, si tu abuela dijo que tenías que aprender el abecedario.
—¿Y qué es eso?
María Josefa avanzó con ella hasta la butaquita y se dejó caer. Apretóla en sus brazos y la besó fuertemente en las mejillas rosadas.
La joven comprendió que llegaría a querer apasionadamente a aquella criatura dulce, tierna y picarona. Volvió a mirarla y de nuevo sintió la sensación de que otros ojos pardos, serios y profundos, la contemplaban.
«¿Por qué no se casa conmigo? Tengo una hija y estoy solo».
Apretó los labios, llamándose visionaria.
Desechó aquellas ideas y se dispuso a charlar con la nena.
—¿No sabes que ahora no podemos jugar?
—¿Por qué? Mi papá dice que yo tengo que jugar hasta los siete años.
—Tu abuelita me dijo lo contrario.
—¡Bah! Mi abuelita es muy rara. Papá siempre dice que va a buscar una mamita y me llevará con él.
—¿No has vivido nunca con tu abuelita hasta ahora?
—¡Claro que no! Yo estaba con mi papá en otro sitio. ¡Era tan feliz!
—¿Qué entiendes tú por felicidad?
—Lo decía mi papá.
María Josefa la abrazó más estrechamente. Iba a quererla. Depositaría en ella toda la fuente de ternura que manaba de su corazón.
—¿Tú quieres otra mamaíta?
—Sí, sí —y palmoteó gozosa—. Papá me lo prometió por Navidad. Dijo que los reyes me traerían una mamaíta muy buena, muy buena.
—¿No has conocido a la otra?
—¡Sí, está en el cielo! ¿No lo sabías?
La muchacha suspiró resignada. ¿Y era a aquella niña a la que deseaban enseñarle el abecedario? ¡Absurdo!
Hablaría con el padre tan pronto llegara de la ciudad. Le diría que era contraproducente destrozar el cerebro infantil, cuando aún no se hallaba corrida la telilla del entendimiento. Era como destrozarla y sería una lástima.
—¿No jugamos?
—Vendrá la abuelita y nos reñirá.
—Los brazos menudos rodearon el cuello de la muchacha. Apretóse contra ella y dijo muy bajito en el oído de su maestra:
—Tú no dirás nada, ¿verdad?
—¿De qué?
—De lo que voy a decirte. Yo nunca hago caso de lo que dice abuelita.
—Te reñirá tu papá.
—No, papá se ríe mucho, mucho, y me besa muy fuerte.
Sin conocerlo experimentó una vaga sensación de simpatía hacia el padre de la nena.
Tal vez no se parecía a la abuela y eso le producía una satisfacción indescriptible.
—Bueno, pues vamos a jugar a la Caperucita Roja. ¿Quieres que te cuente el cuento?
—¡Sí, sí! ¿Y harás como el lobo?
María Josefa la acomodó en sus rodillas y comenzó el cuento. Embebióse en él de tal modo que ignoraba que las horas de la tarde iban corriendo una tras otra. Dio fin al cuento y comenzó otro, después otro, hasta que...
Se abrió la puerta. Una alta figura de hombre recostóse en el umbral. La niña continuaba en las rodillas de la institutriz y la voz de esta, armoniosa y educada, narraba un cuento de hadas que la pequeña escuchaba con religiosidad, expresando en su rostro infantil una felicidad sin límites.
No le cogió de sorpresa verla allí. Su suegra acababa de decirle el nombre de la muchacha elegida para educar a su hija, y jamás, ¡jamás!, experimentó satisfacción mayor que el saber a su antigua alumna encargada de la educación espiritual de su pequeña Ana.
De pie, en el umbral, contemplaba emocionado el cuadro formado por su hija y la institutriz. Así había soñado ver a su segunda esposa con la nena apretada en sus brazos, haciéndola a imagen y semejanza suya, modelando la almita infantil, haciéndose querer y queriendo a su vez...
Carraspeó.
La cabeza femenina se alzó rápidamente, con sobresalto. La nena saltó de sus brazos y corrió a refugiarse en los de su padre. La levantó en vilo y por encima de la cabeza infantil contempló largamente a la muchacha, cuyo cuerpo se puso en pie como impulsado por un resorte, mientras atragantadamente balbucía:
—¡Usted!
* * *
Con las manos caídas a lo largo del cuerpo desmayadamente, con desaliento, inclinó la cabeza hacia el suelo y quedó rígida y muda.
Angel Portillo, con la niña en brazos, avanzó lentamente y dejóse caer sobre la cama de su hija, sentándose en el borde.
En silencio le señaló la butaquita y la muchacha sentóse en ella, como si no le importara una cosa u otra.
—Sí, soy yo. No lo sabía, ¿verdad?
Ella negó lentamente.
—¿De saberlo no hubiera venido?
Los hombros femeninos se levantaron casi imperceptiblemente.
—El destino es muy juguetón —dijo el hombre sin ironía alguna.
Parecía como si aquella muchacha le inspirara un respeto infinito, como no se lo inspiraba cuando era rica, halagada y estudiaba por capricho.
Y era así. Cuando la veía tan segura de sí misma en clase, en el dispensario e incluso en la calle, era para él como una mujer cualquiera, como miles de mujeres bonitas y atractivas. Ahora era diferente; la derrota moral de aquella mujer le infundía un respeto indescriptible.
—Es para mí una gran satisfacción saberla al lado de mi hija —añadió lentamente—. No obstante, si quiere marcharse después de haber conocido a su padre, lo sentiré mucho, pero no podré impedirlo.
María Josefa alzó la hermosa cabeza y sus ojos tan negros como su traje de luto vagaron distraídamente por el rostro serio del hombre, yendo al fin a clavarse en la carita sonrosada de la pequeña.
Sin embargo, nada repuso.
—Hoy la he conocido por primera vez, señorita Cruz —dijo Angel de súbito—. Sentiría que de nuevo mi pequeña quedara sola.
—Tiene a su abuela.
Lo dijo muy bajito, como si se avergonzara de estar allí.
—Su abuela tiene todos mis respetos y mi consideración, pero no soy tan tonto como para no reconocer que es una visionaria.
Le miró con extrañeza.
«Su suegra no le inspira simpatía alguna», pensó la muchacha, y no supo por qué extraña paradoja experimentó una vaga sensación de alivio.
—No quiero que mi hija estudie —añadió como si supiera de antemano que María Josefa Cruz quedaba al lado de su hija—. Tiene tiempo de sobra. Lo que usted estaba haciendo cuando me presenté en la alcoba es lo que deseo. Puede usted sacarla a paseo, corregirla cuando cometa una falta, educarla, en fin, espiritualmente. Después ya pensaremos lo que se hace.
Sin permitir que ella respondiera soltó a la niña y se puso en pie diciendo:
—Ya tuve noticias de su desgracia, señorita Cruz. Lo he sentido mucho.
—Gracias.
—Hemos jugado a los cuentos, ¿sabes, papá? —dijo la niña palmoteando—. No quiero que se vaya ni que me traigas más mamás. Me quedo con esta, ¿verdad?
El rostro de la muchacha se cubrió de intenso rubor.
Angel, sin responder, cogió a la nena en sus brazos y apretándola contra su corazón salió de la alcoba haciendo inauditos esfuerzos para no mirar a la muchacha.
Quedó sola y anonadada. ¿Podría resistirlo? ¿No se burlaría de ella?
Apoyó la cara en las palmas abiertas y permaneció muy quieta.
No podía pensar. Menos que nunca tenía ánimos para hacerlo. ¿Marcharse? No. Aquellos días de prueba habían sido demasiado duros y crueles. En el yunque del dolor se formaría de nuevo, modelando su carácter, dominando aquel absolutismo, si es que existía, y bañando su alma, barriendo la soberbia y la altivez.
«Antes era una despreocupada señorita rica —pensó y se asombró de no experimentar un agudo dolor—. Ahora soy una muchacha trabajadora y sencilla sometida a seres más fuertes que yo. La valentía radica precisamente en esto: en saber dominarse y en modelar nuestra alma conduciéndola por derroteros diferentes, aunque exentos de mentidos halagos, no por eso menos valiosos».
Suspiró con fuerza y se puso en pie.
Momentos después se reunía para merendar en la terraza. Con gentileza y sencillez sirvió el té, y luego, se sentó frente a la dama, cuyos ojos estúpidamente altivos miraban a su yerno con soberbia, como queriendo decir: «Esta muchacha es una fracasada y no creo que permanezca mucho tiempo a nuestro lado».
Pero tuvo buen cuidado de disimular el verdadero pensamiento que cruzó fugaz por su cerebro.
¿No sería demasiado joven y bonita aquella muchacha...?
VIII
El sol envuelto en un disco de oro iba poco a poco perdiéndose en lontananza. El jardín sumido en la tristeza que suponía la carencia de los vivos rayos del luminoso astro quedaba desmayado, como si las plantas carecieran de vida, pues se encogían bajo sus tallos haciendo inauditos esfuerzos para adquirir el vigor que les había robado el disco rojizo.
Angel Portillo, con el cigarro ladeado en la comisura de sus labios, contemplaba con ojos vagos el firmamento, mientras sus dedos largos y morenos golpeaban nerviosamente la columna donde se apoyaba.
Hacía algunas horas que su hija, en compañía de la institutriz, se había perdido en la colina, caminando hacia el río. De buen grado las hubiera seguido, pero tal vez a María Josefa Cruz, no le parecería bien.
—¿En qué piensas, Angel?
El hombre volvió lentamente la cabeza. Quitóse el pitillo de la boca y sacudió la ceniza.
—En nada, mamá. Jamás tuve la mente tan vacía.
No era cierto. Consigo mismo tenía que ser sincero y había de confesarse que pensaba en aquella muchacha. En su aire de reina, en su empaque majestuoso, en su andar elástico y en sus ojos, cuyos celajes guardaban deliciosos y locos misterios... En las vicisitudes de la fortuna que tanto y tan cruelmente la había tratado y en el estoicismo con que ella soportaba su amargura y su fracaso. Era digna, valiente y tan mujer que, subyugado, había de confesarse que le interesaba como ninguna otra mujer.
Miró a su suegra y sonrió, teniendo buen cuidado de ocultar sus pensamientos. Aunque vagos, tenía conocimiento de los proyectos que la madre de su esposa muerta abrigaba acerca de su futuro matrimonio, sin sospechar que su yerno había recibido un fracaso sentimental una vez, para no reincidir jamás...
Observó que se sentaba en uno de los sillones de mimbre que había ocupado a la merienda. ¿Qué tendría que decirle? ¿Acaso fraguaba alguna de sus intrigas?
—¿Adónde van? —preguntó la dama, sin dar mucha importancia a la interrogante, como si el interés fuera harto menguado.
Angel sabía a quién se refería, pero no lo demostró.
—¿Quiénes?
—La institutriz y la niña.
—Supongo que estarán por ahí, disfrutando del crepúsculo.
La dama guardó silencio.
«Va a decir algo —pensó Angel, encendiendo sin prisa otro cigarrillo y fumando con ansia, un poco nervioso—. Apuesto mi carrera a que ya intenta deshacerse de la muchacha por haber comprendido tal vez que era demasiado joven y bonita para permanecer al lado de un hombre libre, joven también y no del todo mal parecido, pese a su tic nervioso y a sus gafas de carey...».
—En realidad, Angel, no me gusta mucho esa muchacha. Es demasiado joven para educar a una niña. Creo que lo mejor de todo es...
—¿Despedirla?
—Bueno, no quise decirlo tan crudamente, pero en fin, deseaba expresar algo parecido.
—De todas formas, madre, la has admitido tú. Entonces, cuando ella se presentó a solicitar la plaza, no viste su juventud e incapacidad.
—Entonces solo supe que era una muchacha desamparada.
—No me irás a decir que te compadeciste.
—¿Por qué no?
—¡Oh, sería la primera vez!
—¡Angel!
El joven sonrió un poco sarcástico.
—Perdona —dijo—. La verdad es que siempre me ha gustado dar a cada cosa su nombre. Tú no has compadecido a la muchacha porque eres incapaz de compadecerte de nadie. Lo sabes muy bien.
La dama se puso en pie. Se hallaba muy indignada y Angel lo sabía, pero no se inquietó demasiado... La conocía bien; había vivido a su lado horas muy amargas, porque su carácter solapado y traidor impidió que su hija fuera feliz a su lado. Nunca, después de muerta su mujer, pensó en volver a Villa Ana y menos confiarle a la pequeña, pero a veces, con demasiada frecuencia por desgracia, el hombre propone y Dios dispone. A causa de sus estudios hubo de separarse de su hija y antes de dejarla en manos extrañas recurrió a la vieja dama, diciéndose que más valía malo conocido que bueno por conocer.
Ahora buscaba una mujer buena y comprensiva que los quisiera a los dos y tan pronto diera con el tesoro pensaba casarse y despedirse para siempre de Villa Ana. No ignoraba que su suegra le tenía dispuesta una sobrina: guapa, esbelta y graciosa (lo reconocía), pero pertenecía a la familia de su mujer muerta y no volvería a beber de la misma fuente por nada del mundo.
—Me estás ofendiendo, Angel, y eso no lo esperaba de ti.
—Pues no debe cogerte de sorpresa. No es la primera vez que tenemos un altercado. Tú me conoces, sabes bien que jamás mi honradez me conduciría por caminos equivocados. Respeté a mi mujer aun sabiendo que estaba dominada por ti y me hacía la vida imposible y tú, aunque no lo ignorabas, hiciste ver a mi esposa que le era infiel... Con ello no conseguiste más que labrar la discordia y la infelicidad. Yo era joven, inexperto, y como es natural, me faltaron agallas suficientes para coger a Ana y llevármela lejos de ti. Hoy es diferente. Te digo todo esto para que no intentes despedir a la señorita Cruz. Es la mujer indicada para educar a mi pequeña. No pienses tampoco que yo me enorgullezca de tener en mi casa, al servicio exclusivo de mi hija, a un miembro de la aristocracia muy azotado por el destino. Quiero conservarla porque me interesa en bien de la pequeña Ana. A mí esas vanidades que te han cegado a ti impidiéndote, incluso, ver su juventud y su belleza demasiado peligrosa si se tenía en cuenta mi libertad, me tiene sin cuidado. Desprecio la vanidad, adjudicándome el derecho de considerarla mezquina.
La dama parecía acostumbrada a aquellas parrafadas, pues no se inmutó demasiado y tampoco se indignó.
—Siempre has sido un buen orador —dijo despechada.
—Vuelvo a repetirte que seas comedida en lo que respecta a esa muchacha.
Y sin esperar respuesta se alejó silbando, como si en realidad a él no le hubiera molestado la conversación, y la verdad es que se sentía además de indignado, temeroso, porque creía a su suegra capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya. Vendría a menudo. Trataría de evitar la catástrofe y la evitaría.
* * *
Las vio sentadas en el ribazo, contemplando embobadas la corriente que la fuerza del río empujaba, produciendo un dulce sonsonete.
Sentóse al lado de la muchacha y dio las buenas tardes, sobresaltando a la joven.
Esta se estremeció casi imperceptiblemente, ocultando el fulgor de su mirada oscura. Estaba pensando en él y tuvo miedo de que el «gran psicólogo» penetrara en sus pensamientos.
La nena saltó sobre las rodillas masculinas y el padre la apretó entre sus brazos, mirando por encima de la cabeza infantil el rostro un poco pálido de su antigua alumna.
—Hace más de dos horas que andan ustedes por estos lugares. ¿No se cansan de mirar el río?
—No. Me parece que siempre me dice algo nuevo.
—Ignoraba que fuera usted una soñadora.
—Usted lo ignora todo de mí.
—¿Todo? ¡Hum! Temo que haya sido un poco exagerada. No ignoro, por ejemplo, que es usted irreflexiva y apasionada.
—¡Oh!, aquello pasó a la historia. Ahora tengo mucho que reflexionar y mi temperamento es fácil de dominar.
—¿Por qué ha de domeñarlo? Además, a mi juicio, lo que nace con uno no puede dominarse.
—Puede dominarse.
—¿Y la voluntad?
—La tengo.
Y diciendo así con voz firme le miró a los ojos con valentía, con una fijeza extraña y una expresión indefinible que a su pesar le turbó.
—Sí, claro que la tiene. Es natural.
Permanecieron silenciosos. De pronto la nena, jugando distraídamente, juntó las manos de ambos estrechamente. Ella sintió que la diestra masculina temblaba entre sus dedos y la retiró con fuerza.
—¿Qué haces, nena? —preguntó con voz que quiso ser segura, pero que difícilmente expresaba la dureza que no experimentaba—. Estate quieta.
La pequeña ni siquiera la miró. Ahora jugaba con una brizna de hierba, alzándola hasta sus ojos, retirándola después y balanceando el cuerpo al compás de sus manos. La envolvió en una mirada tierna, que no pudo pasar desapercibida para el hombre. Ella supo que Angel Portillo había captado la expresión de sus ojos y sonrió azorada. Dijo bajito:
—Es un cielo, ¿verdad?
Angel no respondió. Tras de un silencio arrastró el cuerpo y se sentó más cerca de ella.
—¿Por qué ha retirado la mano tan rápidamente? ¿Le repugnó? ¿Me odia aún?
—Ni una cosa ni otra —repuso fríamente, haciendo inauditos esfuerzos para no desfallecer—. Nunca le odié.
—¿Ni cuando era su profesor?
—Ni entonces.
—¡Mentirosa!
Se puso bruscamente en pie. Cogió a la niña por la mano y miró el reloj con turbios ojos.
—Es hora de cenar, querida. Vamos.
—¿No vienes, papá?
Angel Portillo estaba muy inquieto sobre la hierba. El tic nervioso de sus ojos pareció destruir por un momento el párpado que se cerraba y se abría rápidamente.
—Sí, voy también.
Echaron a andar. Ella erguida, fría y circunspecta, como si con su actitud quisiera darle a entender que respetara las distancias y su situación que, ciertamente, no era nada airosa. Angel Portillo no precisaba advertencias. Nunca hubiera llegado más allá de una simple charla juguetona, un poco peligrosa tal vez, pero jamás traspasaría los límites, porque respetaba a aquella mujer como no había respetado a ninguna otra.
—Dame la mano, papá —dijo la niña retrocediendo. Con la niña en medio, llevándola cada uno de la mano, caminaron en silencio durante un largo trayecto. De pronto la voz ronca de Angel, bien timbrada y viril, dijo muy bajo:
—Espero que no tenga en cuenta los exabruptos de mi madre política.
La vuelta de María Josefa fue más bien violenta que rápida.
—¿Por qué lo dice?
—Mi suegra es... bastante maniática. Me disgustaría mucho llegar el jueves aquí y no hallarla a usted.
Ni ella preguntó ni él dio más explicaciones. Sabía que la joven le había comprendido.
IX
Pensó en aquella advertencia durante muchos días, pero no halló motivo alguno para inquietarse.
Observó feliz que su antiguo profesor, el único hombre que le había interesado algo y le interesaría más aún si continuaba a su lado, acudía a la finca dos veces por semana, cosa que no tenía por costumbre. Después, al transcurrir los días, modificó de nuevo sus costumbres habituales y de dos días por semana fueron tres. Al cabo de quince días venía todas las tardes en su moto y regresaba a las ocho de la mañana.
Esto pareció alterar considerablemente a la dama, pues quiso creer que el interés que la institutriz inspiraba a su yerno era demasiado alarmante para admitirlo sin protestas. No ignoraba que con palabras no se convencía a Angel. Así es que disparó sus armas por caminos más certeros y comenzó a trabajar diplomáticamente en la sombra, ocultando su despecho y su rabia. Odiaba con toda su alma mezquina a la muchacha, la reñía por la cosa más nimia y hasta llegó un día en que la llamó incapacitada.
Fue precisamente aquella tarde cuando perfiló su abultada figura en la terraza y vio a su nieta negándose a comer.
—¿Qué sucede? —preguntó fríamente, envolviendo a la joven en una mirada de desprecio—. ¿Por qué no come esa niña?
—No tengo apetito, abuelita.
—¿Usted entiende eso, joven?
—Sí, señora. Está bien claro. Dice que no tiene apetito.
—¿Y se queda usted tan tranquila?
—¿Qué quiere que haga?
—Pues voy a decírselo yo ahora mismo —exclamó, avanzando hacia la muchacha y mirándola despreciativamente—. Lo que tiene que hacer es no sacarla tanto al campo. Ahí la ve usted, parece un espárrago. Antes, cuando la atendía yo, se hallaba mucho más llenita.
—Las carnes se han endurecido, señora. La niña está más fuerte.
—Déjese usted de decir tonterías. Lo que pasa lo sé muy bien. Usted es una saltaprados, le gusta andar por el campo como un golfillo y arrastra a la niña enseñándole malas costumbres y destrozando su naturaleza. Ha venido usted a educar a la niña y no solo no la educa, sino que la está volviendo a imagen y semejanza suya, lo que supone, a mi juicio, destrozar los buenos principios que recibió la pequeña. Es muy bonito cobrar un sueldo espléndido para divertirse corriendo por el campo como un corzo. Es usted una incapacitada, señorita, y se lo haré saber así a mi hijo para que la despida.
La joven soportó pacientemente, en apariencia, los insultos. Cuando terminó la dama, una intensa palidez cubría su bonito rostro.
Se humedecieron los ojos, y, aunque hizo inauditos esfuerzos para contener el llanto, algo brilló en su mirada resbalando lentamente por las mejillas que el sol había bronceado.
La nena, impresionada por las voces de su abuela y el aspecto desolado de su querida señorita, corrió hacia esta y se apretó llorando a sus rodillas.
—Eres mala, abuelita —dijo hipando desconsoladamente—. Tú haces llorar a la señorita y yo la quiero mucho. Se lo diré a papá; sí, se lo diré.
La señora volvióse bruscamente y desapareció tras la puerta de la terraza. Iba malhumorada y rabiosa, pues la reacción de la niña en favor de aquella odiosa muchacha, le demostró que estaba a punto de perder la última batalla.
Entretanto, María Josefa, absorbiendo con dolor su congoja, cogió a la nena de la mano y se dirigió a sus habitaciones.
—No llore, señorita. Se lo diré a papaíto.
Se sobresaltó. Dejóse caer sobre el borde de la cama y cogiendo la mano de la nena la llevó a los labios.
—No es nada, nenita. Tu abuelita no me hizo daño. Es que me duele mucho la cabeza.
La pequeña quedó silenciosa, muy apretada en el regazo femenino, mientras su señorita de compañía se preguntaba por qué soportaba la impertinencia de la dama, cuando podía estar muy tranquila en casa de su primo Roberto.
«¿Por qué no me voy? En realidad no tengo mayormente necesidad de estar al servicio de una mujer sin entrañas».
Pensó después que su dignidad la privaba de vivir a costa de Roberto. Pero lo cierto es que no era este el motivo de continuar en Villa Ana. Algo la retenía allí a la fuerza y aunque quisiera apartarse de aquellos lugares sería imposible, porque la pequeña la ligaba al campo. ¿Solo la pequeña? El rostro femenino se coloreó levemente, al tiempo que la muchacha se ponía en pie y trataba por todos los medios de apartar de su corazón sensaciones locas.
—¿Quieres que te cuente un cuento, nenita? —preguntó dulcemente.
La nena, como si comprendiera el esfuerzo que le costaría a su compañera contarle un cuento, negó con la cabeza y preguntó si le permitía ir al jardín a esperar a su papaíto.
—No le dirás nada, ¿verdad?
—Bueno, pero dame muchos besitos. —La apretó apasionadamente contra su pecho palpitante y la besó una y mil veces en la carita sonrosada. La quería con locura, como jamás había querido a nadie. Aquella nena, dulce, sencilla y cariñosa, había penetrado en su corazón, silenciosamente, pero de una forma intensa, para no salir jamás.
—Anda, vete —dijo bajito, juntando su cara con la mejilla infantil—. Y no me dejes solita toda la tarde.
—Volveré en seguida.
—No comas fruta, ¿eh?
—No la comeré.
La posó en el suelo y la pequeña saltó feliz hacia el umbral. Al llegar allí se detuvo y quedó pensativa.
—¿Qué te pasa? ¿En qué piensas?
La nena movió los ojos dentro de las órbitas y haciendo un guiño muy característico en ella, advirtió quedamente:
—Me has mojado la cara, señorita. ¿Tampoco eso puedo decírselo a papá?
—Claro que no.
—Bueno, pues no llores más, ¿eh?
Corrió hacia ella y todo el antiguo ímpetu que tenía domeñado en el fondo de su corazón sensible, se trocó en besos que cayeron sobre la carita mona con una dulzura infinita.
—¡Vida mía! —susurró intensamente—. Si me apartan de ti me moriré. Soy capaz de robarte —añadió como para sí sola.
La nena abrió mucho los ojos. Rodeó el cuello femenino con sus bracitos morenos y apretó la bonita cabeza contra su pecho.
—Como en los cuentos, ¿verdad?
María Josefa se irguió. Estaba obrando como una idiota, con un apasionamiento que se jactaba de haber dominado. ¡Qué tonta! Iba dentro de ella y dominarlo era de todo punto imposible porque formaba parte de sí misma, de su temperamento impulsivo y exclusivista.
—Vete, queridita. Vete y no digas más tonterías.
Ahora sí que se alejó la nena.
Al quedar sola fue lentamente hasta el balcón y apoyó la frente ardorosa en el frío vidrio, sintiendo un alivio indescriptible.
Era demasiado sensible, en extremo impresionable. Su hipersensibilidad producía en su ser sensaciones tan emotivas que no estaba segura de poder soportarlas, porque al dominar su temperamento, el corazón se crispaba produciéndole dolores morales nunca experimentados.
Ahora temblaba por todo y por nada. Parecía tener la sensibilidad a flor de piel. Cualquier cosa la inquietaba. Tenía pensamientos extraños que ante no sentía.
¿Por qué? ¿Por qué? Se preguntaba angustiada sin acertar a darse razón a sí misma. Y era que ya lo sabía, pero no hacía caso de ello, temerosa de recibir un dolor mucho mayor.
Retiróse del balcón y dejándose caer desmayadamente sobre el lecho sujetó las sienes con ambas manos. Sentía unas palpitaciones indescriptibles. Le parecía que iba a estallarle la cabeza.
¿Por qué? ¿Por qué sentía aquellas cosas? ¿Por qué no lo dejaría todo y se alejaba?
—Podría casarme con Roberto —pensó en alta voz, una voz extraña que no parecía salir de su garganta—. Muchas jóvenes se han casado sin amor y luego...
Se puso en pie. Paseó la estancia de un lado a otro, con las manos tras la espalda, los ojos relucientes y la boca apretada, como si fuera una sola raya roja.
Aquella muchacha era ella misma. Era la María Josefa Cruz de los antiguos tiempos. No tenía por qué ocultar su sentir y sus reacciones. Nadie la veía, nadie podía penetrar en el interior de su alcoba. Tenía derecho a sentir. Era mujer y estaba desesperada, sin poder hallar el motivo de su desesperación.
De súbito alguien llamó a la puerta. Enderezó el cuerpo y la expresión vivísima de su faz trocóse rápidamente en una máscara impenetrable. Nadie diría que aquella muchacha acababa de sentir los espasmos de la rebeldía.
—Adelante —dijo con voz extrañamente normal.
Se abrió la puerta y la alta figura, un poco desgarbada del antiguo profesor de matemáticas se recortó en el umbral, llevando muy apretada en su diestra larga y morena la manita menuda de su hija.
—Buenas tardes, señorita Cruz.
—Hola —repuso inexpresivamente.
Angel Portillo avanzó despacio y sentóse en la pequeña butaca. Colocó a su hija sobre las rodillas y miró a la muchacha, quien de pie en mitad de la estancia clavó en él sus ojos interrogantes.
* * *
Hubo un silencio que pareció eternizarse.
Por la ventana abierta penetraba la brisa fresca del atardecer. El día había sido caluroso y los campos estaban frescos.
La nena tiróse de los brazos paternos y jugó con sus caballitos de plomo por el suelo encerado. Fue entonces cuando la voz de Angel Portillo se oyó fuerte y vibrante:
—¿Qué ha sucedido?
La joven miró a la pequeña.
—Se lo dijo, ¿verdad?
El hombre asintió.
—Ana —llamó la joven con voz que quería ser firme, pero que temblaba en la lenta modulación—. Ven a mi lado.
—¿Qué quieres?
¡Pobre criatura! La cogió por las manos y la hizo permanecer muy quieta a su lado.
—Te prohibí que dijeras nada a tu papá de lo que sucedió en la terraza. Siento mucho reprenderte, pero las niñas chismosas no me satisfacen. Además, la experiencia me demostró que jamás puede conseguirse una educación completa en una niña chismosa.
—¿Y eso qué es?
—Déjela —pidió Angel—. No merece la pena Déjela hoy sin postre si le parece, pero no la riña. ¡Qué sabe ella! La ha visto llorar y se impresionó.
—Le advertí que se callara —exclamó la joven sin mirarle, con la voz ahora un poco endurecida.
—Tiene cuatro años.
«Sí, es cierto —pensó la muchacha, depositando un beso en la mejilla infantil—. ¿Qué puede exigírsele a una nena de cuatro años?».
La niña volvió tranquilamente a los juguetes. Angel Portillo se puso en pie y avanzó hacia la señorita de compañía.
—Le advertí que no hiciera caso de mi suegra.
—¡Si no lo hice!
—¿Por qué no me mira al hablar? Está usted mintiendo. Ha sentido hondamente lo que dijo. ¿Qué fue ello?
—¡Por Dios, no merece la pena!
—Me interesa saberlo.
Ahora le miró de frente. En los ojos masculinos no halló la energía que sonó en la voz. Había, por el contrario, una expresión diferente, casi fría. Sintió despecho.
Volvióle la espalda y dijo lentamente:
—Si desea saberlo pregúnteselo a ella. Yo no pienso abrir la boca a ese respecto.
—Ahora me está usted pareciendo la antigua alumna de la Universidad.
Se volvió un poco brusca. Por un momento sus ojos centellearon. Después apagáronse de nuevo y pidió con desfallecida voz:
—No recuerde mi época de estudiante, se lo suplico.
Intentó alejarse, pero al pasar ante él, la mano varonil se posó en su brazo, deteniéndola instantáneamente.
—Está usted muy nerviosa, señorita Cruz.
—¿Y qué? ¿Qué le importa a usted que yo esté nerviosa? ¿No tengo motivos? Si no fuera por su hija ya no estaría en esta casa. Déjeme usted y no vuelva a tocarme. Hay cosas que no las puedo resistir.
—¿Sensibilidad alterada?
Mordióse los labios. Para aquel hombre nada quedaba oculto. Le miró con más rabia que despecho e intentó continuar andando.
—Me gustaría ser su amigo —dijo Angel, sin alterarse.
—Hay hombres que nunca pueden ser amigos.
Se hubiera abofeteado por idiota. ¿Por qué había dicho aquello? ¿No era demostrarle que...?
—¡Déjeme pasar! —gritó, ya sin poder contenerse.
Angel Portillo le franqueó el paso y cuando se vio solo sonrió de una forma indefinible.
Luego cogió la barbilla de la nena y la alzó hasta sus ojos.
—¿Quieres que te traiga una mamaíta?
—¡Una mamaíta! No —repuso la nena moviendo la cabeza de un lado a otro—. Me gusta ser hija de la señorita. ¿Sabes que le pediré a los Reyes una mamaíta como ella?
—¿Cómo ella, o ella misma?
—Ella misma. Se lo diré, ¿eh, papá?
—No, no se lo digas. Algún día la cogeremos por sorpresa.
—¡Bueno, bueno; sí, sí!
Y la nena palmoteó gozosa, reluciendo en sus ojillos pardos una felicidad sin límites.
Angel Portillo la besó emocionado en aquellos ojos tan iguales a los suyos.
Bajó luego al jardín esperando hallarla, pero no fue así. Cuando preguntó por ella le dijo el jardinero que se había internado en el próximo bosque.
Las luces del día habían desaparecido. El crepúsculo de la tarde ofrecía un espectáculo maravilloso.
X
Se hallaba sentada en el tronco de un árbol.
Miraba con obstinación el césped que golpeaban distraídamente sus pies.
Por primera vez estaba dispuesta a analizar el motivo de su congoja, de aquella sensibilidad alterada, según expresión de Angel Portillo.
Pero no pudo hacerlo porque una figura masculina se presentó ante sus ojos de manera inopinada.
—Hace una noche hermosa, ¿verdad?
María Josefa apretó los labios. ¿Por qué venía a su lado? Ella buscaba la soledad, quería pensar sin testigos inoportunos que escudriñaran en su faz. Quería estar sola, sí, sola con su alma y sus pensamientos.
No obstante, Angel Portillo, pareciendo no fijarse en la expresión seria de aquel rostro juvenil, avanzó más y sentóse con naturalidad en el tronco, cerca de ella.
—No sé si soy un empedernido romántico —dijo, chupando el cigarro y sacudiendo indiferentemente la ceniza—, pero lo cierto es que me encantan estos atardeceres. A usted también, ¿verdad?
—Tal vez.
—¿Le dicen algo?
—¿Quién?
—Los atardeceres.
—¡Bah!
Angel rio sutilmente. No le miró. ¿Para qué? Hallaría con seguridad el tic nervioso que la ponía alteradísima.
¿Por qué la alteraba? Apretó los labios y se puso en pie, dispuesta a alejarse.
—¿Se va ya?
—Es tarde.
—¡Bah, bah! Tenemos tiempo de sobra. Con llegar a la hora de la cena...
—He de escribir una carta.
—No sea embustera. Lo que pasa es que le molesta mi compañía.
«Tendré que irme de la finca —pensó desalentada—. Este es un juego estúpido que no podré soportar. Él me busca, eso salta a la vista, ¿pero por qué? ¿Acaso piensa hacerme la misma proposición de aquella tarde en la plaza? “No sea tonta. Yo soy un hombre humano. No la amo, pero estoy solo y tengo una hija”. ¿La quería por eso? Por la nena hubiera cometido el mayor desatino de su vida, pero tenía la esperanza de tenerla a su lado sin necesidad de verse unida a aquel hombre que no la quería...».
¿Por qué sintió aquel amargor en la boca?
«Si fuera sensata —se dijo— me iría para siempre, dejando a un lado el lastre que supone todo eso. Ahogando el grito de mi corazón lograría ser un poco feliz».
—¿A quién tiene que escribir?
Se estremeció. Había olvidado que él la continuaba mirando.
Le dio la espalda y caminó en línea recta. El hombre se puso en pie y la siguió.
—He venido solo muchas veces a estos lugares —dijo de pronto, amoldando su paso al de ella—. Por lo que veo, tenemos afinidad de gustos.
—Eso parece.
—¿No la satisface?
—¿Por qué había de satisfacerme?
—Es una muchacha extraña, María Josefa.
La llamaba así por primera vez desde que ocupó un lugar al servicio de su hija. Le gustó su nombre en la boca masculina, aunque tuvo buen cuidado de callarlo.
—¿Por qué le parezco extraña?
Y se había plantado en mitad del bosque con los ojos clavados en él.
Angel avanzó un poco sugestionado y se detuvo tan cerca de ella que la abrazó con sus ojos.
—Hay demasiada vida en ese corazón, María Josefa. Vida que usted aprieta con denuedo para que no salga al exterior. ¿Por qué permanece en mi casa?
—Porque quiero a su hija.
—¡A mi hija! —repitió como para sí solo—. Dígame: ¿sabe que si quisiera volvería a ser la muchacha rica, halagada y pretendida de siempre?
—¿...?
—El mismo Carlos se casaría con usted, y es un hombre de fortuna. Otro cualquiera de sus amigos...
El ímpetu arrollador surgió de pronto en boca de la muchacha. Relucieron sus ojos en la oscuridad y los labios dijeron intensamente, casi sin abrirse:
—Nunca me casaré mientras no ame con toda mi alma, y me tendrá sin cuidado este hombre o aquel, como asimismo me será indiferente su fortuna.
Temblorosa calló de nuevo y alzó los ojos con valentía. Angel, dominado por el poder pasional de aquella mirada negra, inclinó la cabeza, y casi sin darse cuenta rozó con sus labios la boca jugosa de ella.
María Josefa irguió el busto rápidamente e interrogó con las pupilas brillantes.
—Perdone, soy un idiota —dijo Angel atragantado—. Ha sido algo... que... no comprendo.
Se alejó con paso firme, ocultando su sombra en la oscuridad de la noche.
María Josefa estuvo mucho rato con la vista clavada en el bosque y después, muy lentamente, inició el regreso.
* * *
Penetró en el comedor como si nada hubiera sucedido. La dueña de la casa y su yerno se hallaban sentados a la mesa esperándola.
Angel se levantó rápidamente y retiró la silla donde ella se dejó caer con naturalidad. El hombre buscó en los ojos femeninos rencor, odio, algo que dijera lo que sentía aquella muchacha, pero no halló nada. Los ojos de la institutriz de su hija estaban fríos e indiferentes como siempre.
Comieron en silencio. Cuando llegaron a los postres la dama alzó la cabeza y dijo como al descuido:
—Mañana al atardecer llegará mi sobrina Magda.
María Josefa quedó impasible, pues aquel nombre no le decía nada, mas al levantar la cabeza y observar en torno vio que los ojos de Angel se endurecían casi imperceptiblemente. ¿Quién era aquella mujer? ¿Y por qué el antiguo profesor expresaba en sus ojos aquella mirada de desaprobación?
Le contempló con más fijeza y pensó que se había engañado, puesto que las pupilas de Angel se hallaban tan indiferentes como siempre.
—Viene a pasar con nosotros una temporada.
—Espero que sea feliz en estos parajes —repuso él, como único comentario.
Cuando después de la cena se hallaba recostada en la ventana de su cuarto observó que una sombra se paseaba precipitadamente de una lado a otro del jardín y adivinó que era él porque la chispa de su cigarro rutilaba en la oscuridad de la noche.
Estuvo mucho rato en la ventana con la luz apagada, hasta que le vio alejarse por el bosque, en la misma dirección que había seguido ella aquella tarde.
Tendióse en la cama y colocó las manos tras la nuca.
¿Había sido feliz aquel hombre en su matrimonio? Nunca pensó en aquello, y sin embargo ahora creía que era de primordial importancia la respuesta que nadie podría darle.
Cuando le conoció pensó que era un hombre distraído, un intelectual ocupado tan solo de sus estudios, y después, al correr el tiempo, comprendió que era tan solo un hombre, ¿desengañado tal vez?
¿Y quién era aquella Magda que, o le inspiraba algo muy hondo o, por el contrario, le repugnaba? ¿Y por qué la dama la invitaba a su casa? ¿Qué propósitos la animaban?
Sin hallar respuesta que darse quedó profundamente dormida. Cuando despertó a la mañana siguiente, después de vestir y lavar a Ana salió con ella al jardín y se alejaron hacia el río.
Él ya se había marchado.
* * *
No le preguntó durante la mañana. Era una tontería, pero lo cierto es que le parecía inadecuado molestar la imaginación infantil.
Cuando a la tarde le pedía la nena un cuento, se atrevió a preguntar, dominando sus escrúpulos:
—¿Quieres mucho a Magda?
—¡Magda! ¡Ah, sí!, la sobrina de abuelita, ¿verdad?
—Sí.
—¡Oh, ya verás! Llegará en seguida. Viene en el tren de las seis. Es una chica muy guapa, muy guapa. Abuelita la quiere mucho.
—¿Y tú?
—¿Yo? ¡Bah! Yo solo te quiero a ti. ¿Sabes lo que dijo mi papá? Pues que iba a pedirte a los Reyes que tú fueras mi mamaíta.
Se ruborizó hasta el cabello y desistió de saber más cosas de Magda, pues la niña con su infantil gracejo y su inconsciencia desviábase de lo que a ella le interesaba, tomando la dirección de otros asuntos que la inquietaban aun sin saber por qué. Al fin llegó Magda. Ella, discreta, no salió de su alcoba. Sin embargo, minutos después la viajera, llevando de la mano a la niña, penetró en el cuarto de estudio, donde ella tejía distraídamente.
Era, tal como había dicho la niña, una mujer muy hermosa, demasiado hermosa a su juicio, y en extremo retocada. Alta, esbeltísima. Con las caderas redondear das y el busto erguido y bien definido. Rubia platino (del frasco con seguridad, pensó la institutriz) y con unos ojos azules, provocativos y descarados que la estremecieron.
—Es Magda, señorita.
María Josefa extendió la mano y apretó fríamente la que le ofrecía la viajera.
—Mucho gusto.
—Encantada.
La vio dar unas vueltas por la estancia y observó que no era excesivamente elegante, pues vestía un traje recargado, costoso, sí, pero exento de distinción.
«Esta sí que es una niña modernista —pensó la muchacha—. Una niña moderna cien por cien, de las que se ponen el mundo por montera, creyéndose únicas. Veamos ahora su carácter».
Lo vio en seguida. Bastó que Magda se sentara despreocupadamente sobre la cama, cruzando una pierna sobre la otra y extrayendo la pitillera del bolsillo.
—¿No fuma? —preguntó con desparpajo.
—No. Gracias.
—Chica, nadie lo diría. Hoy todas las chicas fuman.
—Siempre hay excepciones.
—No me censurará, ¿verdad?
—¿Por qué había de hacerlo? Siempre he respetado los gustos ajenos.
—Así me gusta. Seremos buenas amigas. ¿Cómo se llama? María Josefa Cruz, ¿verdad? Sí, ya sé. Antes usted era millonaria. ¡Ja, ja! Cosas de la vida. Míreme a mí y no se desespere. Yo también era antes una niña pobre. Pero mi padre es un jabato y se metió a chatarrista. ¡Casi nada! En menos de diez años hizo una fortuna. Ahora tengo hasta coche. ¿De verdad no fuma?
María Josefa tragó saliva. ¡Dios Santo! Aquella muchacha era un desastre, tan burda y obtusa como su señora tía. ¿Habría sido el marido de la dama también un chatarrista? Compadeció a la joven, porque era guapa y a su juicio era una lástima que el mundo moderno y la educación inadecuada estropeara su carácter, que por sencillez podía llegar a algo y a causa de haber recibido malos ejemplos se convertía en aquello... ¡Pobre chica! Le inspiraba un poco de simpatía. Después de todo, ella no tenía la culpa de que la hubieran educado tan torcidamente.
—No, no. No fumo —repuso sonriente, pues en medio de todo le hacía gracia la verbosidad atropellada de su interlocutora.
—Yo empecé en broma, ¿sabe usted? ¡Oh, nunca creí que me placiera tanto después!. Soy un desastre, ¿no le parece?
—A mí no me lo parece.
—Es natural. Su educación es otra. ¡He deseado tanto pertenecer a su clase social!
—¡Qué disparate, señorita Magda! ¿A qué clase social pertenezco yo, si soy una pobre institutriz?
Magda movió pesarosa la cabeza.
La nena la miraba con la boca abierta, porque nunca había visto fumar a una mujer y en aquel momento Magda se parecía a su papá.
—¿Qué importa eso? Institutriz, niñera o fregona, usted siempre pertenecerá a una clase selecta. Tal vez lo lleva en la sangre porque su distinción prevalecerá sobre las pruebas a que sea sometida.
Movió la cabeza nerviosamente y cambió el rumbo de la charla, como si un momento antes no se sintiera compungida.
—¿Qué le parece el padre de la niña?
María Josefa abrió unos ojos como platos.
Miró a la nena y acarició dulcemente la cabecita que se alzaba curiosa hacia Magda.
—Mi papá es muy bueno —dijo rápidamente.
—Vamos, la niña ya comprende, ¿eh?
—Es preciso ser discreta ante ella —aconsejó la institutriz, dándole a comprender que no convenía hablar demasiado a aquel respecto.
Magda tal vez lo comprendió así por casualidad, porque se despidió, saliendo en dirección al jardín con el pitillo en la boca y la media sonrisa de supremacía en los labios.
—¿Te gusta Magda, señorita?
—Claro que sí. Debe ser muy buena.
—A mí me gusta también. Se parece a las del cine.
—¡Mira la mocosa! ¿Quién te dijo a ti que existe un cine?
—Lo dijo el jardinero cuando te vio a ti.
—Muy interesante. Anda, ven que te limpie un poco la cara y vamos a dar una vuelta por el jardín.
Algunas horas después María Josefa se hallaba sentaba en el primer escalón de la entrada junto a Magda. La pequeña jugaba no muy lejos de ellas.
—Por lo que veo, hoy no viene Angel —dijo Magda, oteando la carretera—. Se conoce que no quiere verme.
El corazón de María Josefa dio un golpetazo en el pecho. Interrogó con los ojos y esperó ocultando su ansia en lo más recóndito de su corazón.
—Nos conocimos hace dos años en esta misma finca. ¿Qué le parece a usted?
—¿Quién?
—Angel.
—Es un hombre.
—Sí, ya sé. Eso salta a la vista. Me refiero a su estampa de Apolo desgarbado y a sus aires de distraído intelectual.
—Nunca me paré a pensar en lo que me parecía. Para mí es el padre de la niña que trato de educar.
—Usted es muy discreta —dijo echando al aire una espesa voluta de humo, con aire de vampiresa—. Bueno, dicen que la educación es hipocresía, y no mienten. En este momento me parece usted una hipócrita. No, no me mire de ese modo. No la censuro. Ojalá lo fuera yo.
—¿Por qué le parezco hipócrita?
—Porque hizo usted un estudio analítico de Angel, aunque ahora se resista a admitirlo. Es un hombre interesante. Además es muy inteligente y en su profesión de médico está adquiriendo muchísima fama. Haría un excelente marido.
«Hoy ya no viene —pensaba María Josefa, al mismo tiempo—. Me alegro. La señora quedará defraudada por esta vez. Bueno, después de todo, ¿a mí qué me importa?».
¡Ay, le importaba mucho, aunque se empeñara en confesarlo!
—Mi tía quiere casarnos —prosiguió Magda con su absurda sinceridad—. A mí me gusta. Solo le pongo una pega: su hija.
—¡Pero si es deliciosa! —saltó impulsiva.
Se hubiera abofeteado por estúpida.
—No lo discuto —continuó su interlocutora, sin parar mientes en el apasionamiento de la respuesta—. Será todo lo deliciosa que usted quiera y yo lo admito sin discusión, pero es hija de otra mujer.
—Después de todo, esa mujer era su prima.
—¿Y qué? Era simplemente una mujer. Yo no soy una sentimental, señorita María Josefa. Por el contrario, presumo de positivismo. El día menos pensado tendría yo un hijo y para mi marido siempre sería el segundo... ¿Comprende usted?
—No muy bien.
—Es lo mismo. Yo lo comprendo perfectamente. De todos modos, si mi tía se queda con la niña como me prometió, trataré de conquistar a Angel.
XI
«De todas formas si mi tía se queda con la niña, tal como prometió, trataré de conquistar a Angel».
Rememoraba la charla y se sentía asqueada. ¿De modo que era cosa de la dama, tal como había supuesto? Tenía deseos de advertirle. Porque, hombre al fin, sospechaba que quedaría deslumbrado ante la hermosura provocativa de aquella muchacha moderna que tenía la cabeza llena de tonterías.
Se hallaba tras la ventana de su cuarto al día siguiente de la llegada de Magda. Eran las siete de la tarde, hora en que, habitualmente, llegaba Angel Portillo.
Con ávidos ojos oteaba la carretera, pidiendo a Dios que la moto no apareciera en el recodo que formaba la carretera ante Villa Ana. Por otro lado, ansiaba verle, oír su voz fuerte y vibrante y sentir su proximidad que, aunque no quisiera confesarlo, la enardecía.
Por fin sintió un ruido muy característico y vio la moto aparecer como un huracán, penetrando rápidamente en la avenida.
Observó que su pequeña hija corría despavorida hacia él y vio también que Magda, con su andar pausado, lleno de estudiada afectación, avanzaba hacia el viajero con las manos extendidas. Angel las cogió entre las suyas y las apretó fuertemente. ¿Fue ilusión de ella o los ojos del hombre se elevaron hasta su ventana? No pudo precisarlo, porque rápidamente se retiró al interior y tirándose materialmente sobre la cama apretó las sienes y permaneció muda, espantada ante el dilema sentimental que se le planteaba.
Al verlos juntos, jóvenes ambos, fuertes y hermosos, comprendió que le amaba. Quería al padre de Ana como jamás había querido a ningún hombre. Como ella ansiaba querer, como había soñado en aquellas noches largas e inefables, contemplando desde su ventana la cálida noche de otoño.
Se irguió con rabia y de pie en mitad de la estancia, con los ojos brillantes y la boca apretada se juró dominar aquel amor, retorcerlo, violentar su alma si era preciso, pero arrancar para siempre aquella semilla.
—¡Señorita, señorita! —gritó una voz infantil, asomando la cabeza por la rendija de la puerta—. Ha venido mi papá y me ha dado muchos caramelos.
—¿Sí, mi vida? ¿No me das ninguno?
Era asombroso el dominio que tenía aquella recia muchacha sobre sus músculos faciales. Segundos antes hallábase su cara crispada, las manos agarrotadas con nerviosismo, y ahora vémosla firme, contenta, con las facciones suavizadas tiernamente, los ojos sonrientes y la boca plegada en una sonrisa que cualquiera podía entender por feliz.
—Claro que te daré muchos. Ven conmigo al jardín. Papá preguntó por ti. Ayer no pudo venir, ¿sabes? Tuvo mucho trabajo.
Hablando así cogíala de la mano y tiraba de ella con toda la fuerza que le permitían sus manitas.
No opuso resistencia. Era valiente como nadie y sabría mirarle cara a cara con dignidad.
Mientras descendía hasta el jardín, iba pensando:
«Mañana es domingo. Pediré el día libre e iré a ver a Roberto. Por unas horas me apartaré con gusto de todo».
* * *
Él le estrechó la mano indiferentemente. La dama ni siquiera la miró. En cuanto a Magda, estaba fumando y movió los ojos dentro de las órbitas, sonriéndole o haciendo que sonreía.
—¿Qué tal se portó mi hija, señorita?
—Bien. Es muy buena.
—Pero no come —saltó la dama con acritud.
Angel volvió hacia ellas sus ojos, ahora sin las gafas, y su tic nervioso pareció un abanico.
—Está fuerte —dijo, sacudiendo con ademán nervioso la ceniza del cigarrillo—. Tiene las carnes apretadas y los músculos fortalecidos. La carne y la grasa en abundancia no la precisa ciertamente. —Luego miró a Magda y la institutriz quiso creer que aquellas pupilas se suavizaban extraordinariamente—. Mira a Magda, está delgada, pero fuerte y sana.
—Yo soy una mujer, querido.
—Una mujer deliciosa.
Esto oyólo María Josefa de un modo sutil, casi apagado. Envaró el cuerpo y procuró dar a su faz una expresión más impenetrable aún.
Algunos momentos después la dama se retiró.
El sol se había ocultado completamente y la cálida brisa consolaba en aquella parte del jardín. Con un fútil pretexto alejóse con la niña.
«No puedo presenciar el coqueteo de los dos —pensó, creyendo tal vez que no se sentía decepcionada—. Me crispa los nervios».
Desde el rincón donde se hallaba pudo ver que ambos se ponían en pie, paseando por el jardín muy juntos, embebidos en una charla muy interesante a juzgar por la expresión del rostro de Magda.
¿Por qué Angel Portillo volvía con frecuencia la cabeza clavando sus ojos, como al descuido, en el lugar donde ella se hallaba? ¿Lo hacía tal vez para que ella se alejara y los dejara solos en el jardín?
Se puso en pie y cogiendo a la nena penetró en la casa, dispuesta a prepararle la cena y acostarla.
Lo hizo así, empleando en ello algunas horas porque la pequeña no quería quedar sola en su cuarto. Al fin, cuando bajó al comedor, ellos aún no habían regresado.
«Seguramente la llevó al bosque. Se sentaría en el tronco del árbol por mí preferido y quién sabe si hasta...».
Acalló sus pensamientos y cerró los ojos. Cuando los abrió, ellos penetraban en el comedor.
La cena transcurrió animada por parte de ellos y la dama, que les miraba complacida, como segura de su próximo triunfo.
Cuando lo creyó conveniente, María Josefa alzó la cabeza y dijo sin alteración alguna en la modulación lenta y educada:
—Si me lo permiten, mañana voy a la ciudad. Como es domingo, creo que no tendrán inconveniente.
—Claro que no —saltó la dama, satisfecha—. Puede marcharse antes de ir a misa y regresar al anochecer.
¿Qué destello rebelde vio en los ojos del antiguo profesor? ¿Por qué? ¿Por qué la miraba de aquella forma desaprobatoria? ¿Acaso pretendía que ella permaneciera en la finca todo un domingo, contemplando su coqueteo con Magda?
Le retó con los ojos y él bajó lentamente la cabeza, disponiéndose a comer la tarta de manzana. Pero, cosa curiosa. A María Josefa le parecía que toda la locuacidad del hombre había desaparecido. Y hasta hubiera jurado que se hallaba pensativo.
Cuando más tarde se había retirado y ella contemplaba la noche desde su ventana abierta, sintió que llamaban a la puerta.
Abrió. Angel Portillo estaba ante ella.
—No me gusta que deje usted sola a mi hija —dijo con voz vibrante.
—He de advertirle que todas las niñeras —y recalcó la frase con más pena que rabia— tienen a la semana un día libre. Hace dos meses que estoy al servicio de su hija y me parece que tengo derecho a disfrutar de un día completamente mío.
—¿Para qué lo quiere? —preguntó rudamente.
—¿Y me hace usted esa pregunta a mí? ¿A mí? Es como para reír, señor Portillo. De mi vida puedo hacer lo que me acomode, sépalo usted. Tengo derecho a vivir. Como si lo quiero para suicidarme.
Había tanta energía en su voz que por un momento Angel quedó desconcertado.
—Tiene usted razón —dijo tras de un corto silencio, sin moverse del umbral—. En realidad puede hacer de su vida lo que le plazca. No obstante, si yo tuviera poder sobre usted no iría a ninguna parte. Además, pensaba invitarla a venir con nosotros de excursión todo el día.
—Gracias. No me interesa gran cosa.
—De todas formas —repitió obstinado—. Si yo le pidiera que se quedara...
—¡Oh, sería completamente igual!
Angel Portillo, tras de mirarla largamente de una forma muy rara, dio las buenas noches y se alejó.
Quedó extenuada. Avanzó como sonámbula hasta la cama y quedó tendida en ella con los ojos nublados clavados en el techo y las manos caídas a lo largo.
Tendría que marcharse para siempre. No lo haría pronto, pero terminaría dejándolos. Si antes, que no sentía nada hacia él, permanecía en la finca por la niña, ahora que sabía el sentir de su corazón no podría continuar allí. Sería un sufrimiento superior a sus fuerzas.
Por primera vez rompió en fuertes sollozos, no pudiendo contener la congoja que atenazaba su garganta. Intentó ahogarse, hundir la cabeza en las ropas del lecho para no despertar a la nena, pero fue inútil, porque esta sentóse despavorida en la cama y corriendo de un lecho a otro abrazó estrechamente la cabeza de su señorita y la besó una y mil veces, absorbiendo las lágrimas.
—¿Quién te hizo daño? ¿Fue la abuelita otra vez? Se lo diré a papá y le pegará. No llores más, señorita. ¡Te quiero tanto!
La joven apretóla sobre su corazón, sin poder decir nada. Besaba emocionada el rostro lloroso de la querida nenita, oprimiéndola sobre su corazón con ansia de madre.
—No le digas nada a papá —murmuró entre sollozos—. Si lo hicieras no volvería jamás a tu lado.
—¿Pues no llorarás?
—No lloraré.
Y haciendo un esfuerzo inaudito secó de un manotazo los ojos y la contempló arrobada. En un arrebato de ternura volvió a oprimirla contra su corazón y dijo bajito:
—Aunque quisiera no podría separarme de ti.
La llevó a la cama, arropóla bien, la besó en la frente y recomendó muy bajito:
—Ahora duerme como los angelitos, vida mía.
La nena, con la inconsciencia infantil, quedó sumida en un sueño tranquilo y feliz, con la mano de la joven muy apretada en las suyas.
Cuando despertó a la mañana siguiente su papá le dijo que la señorita se había ido a la ciudad y no volvería hasta la noche.
XII
Se hallaba en la terraza. El padre recostado sobre una columna y la nena mirándola pensativa, de pie, muy quieta sobre un sillón de mimbre.
—¿En qué piensas, nenita?
—Dime, papá: ¿por qué puede llorar una mujer?
El hombre se estremeció. Aproximóse a su hija y la cogió entre sus brazos.
—¿Por qué has hecho esta pregunta, hijita? —preguntó con ansia mal disimulada.
—Es que... Bueno, la señorita me dijo que si lo decía no volvería a mi lado.
—Esta vez nada más, y nunca volverás a desobedecerla. ¿Es que llora tu señorita?
—Pues, sí. Ayer lloró mucho y por eso me despertó.
—Cuéntame cómo fue.
—No lo sé —repuso la nena, inocentemente—. Ella lloraba y yo desperté. ¡Si vieras cómo lloraba!
Soltó a la nena. Depositóla en la terraza y encendió un cigarrillo que fumó nerviosamente. ¿Por qué había llorado? ¿Y a qué iba a la ciudad si no tenía pariente alguno? ¿Tal vez a ver a sus amigos? ¿Y por qué había llorado? ¿Por qué?
La voz gangosa de la joven vampiresa interrumpió sus meditaciones:
—Buenos días, doctor. ¿Por qué has madrugado tanto? A las siete me asomé a la ventana y ya estabas tú en la terraza fumando tu cigarrillo mañanero. A propósito, dame uno, chico; tengo unas ganas locas de fumar.
Angel alargó la pitillera y prendió el mechero. Magda, tras de prender el cigarrillo, le miró con ojos entornados, esperando un halago, pero el horno no estaba para bollos. Además, ahora no tenía que fingir lo que sentía, puesto que no estaba «ella» delante. Bastante había sufrido el día anterior diciendo y haciendo lo que no sentía, sin conseguir que «ella» reaccionara...
—No pareces de muy buen humor.
Angel suspiró resignado, como si sintiera un gran pesar. En realidad lo experimentaba, pero muy diferente a lo que suponía Magda.
—Y no lo estoy. Tantos proyectos que había formado para este día y resulta que me han llamado de la ciudad para asistir a un enfermo grave, probablemente no podré venir hasta la noche.
Era la mentira más grande que había dicho en su vida, pero tenía una justificación muy natural. Amaba con toda su alma a una mujer y esa mujer se hallaba en la ciudad...
Había madrugado para verla marchar. Y ella, como si sospechara su propósito, se había ido a las seis de la madrugada... ¿Por qué tenía aquel empeño en no enfrentarse con él? ¿Por qué había llorado?
—Pareces colgado de una higuera, sin saber qué hacer —dijo Magda, malhumorada—. ¿De modo que tienes que marcharte? Pues iré contigo.
Se volvió como pinchado por un resorte. La miró con las cejas fruncidas. ¿Ir con él? ¡Ni pensarlo! ¡Bueno estaba para soportar sus estúpidos coqueteos!
—Lo siento mucho, querida. Pero no puede ser. El enfermo con seguridad morirá esta misma tarde (Dios me perdone) y no será un espectáculo agradable para una joven tan bonita y delicada como tú.
—¡Vaya por Dios! ¿Entonces hay que aplazar la excursión?
—Así es. Me iré ahora mismo porque el asunto es urgente.
Antes de que ella hiciera más objeciones, descendió al jardín y preparó la moto.
—¿A qué hora volverás?
—No lo sé. Probablemente a las diez.
—Me dejas desmoralizada, chico.
—Lo siento tanto como tú.
Minutos después, la moto parecía una exhalación por la carretera, envuelto en una capa de espeso polvo.
* * *
La buscó como un loco durante toda la mañana, sin resultado satisfactorio alguno.
Vio a Carlos en un café y al pasar a su lado le saludó.
—¡Hola, muchacho! ¡Pareces muy solo y aburrido!
—Y lo estoy, don Angel. El verano es un tostón. Mañana me voy a una playa. Estoy asfixiado.
—¿No hay compañías agradables?
—¡Qué va!
—Hombre, yo creí que estabas en relaciones con María Josefa Cruz.
Carlos no se inmutó.
—¡Pobre María Josefa! Desde que sucedió la desgracia no he vuelto a verla, y me gustaría, porque era una muchacha entera, decidida y sana. En ella no hay hipocresías de ninguna clase. Hoy hay pocas mujeres así.
Y el antiguo discípulo suspiró ruidosamente. Con un fútil pretexto lo dejó solo.
Continuó la búsqueda. Frecuentó todos los círculos donde ella pudiera estar y el resultado fue nulo.
No obstante, cuando menos esperaba hallarla recibió la mayor sorpresa de su vida y el mayor desengaño. María Josefa Cruz, elegante, distinguida, con su aires de reina que nadie podía negarle, caminaba por la amplia calle en dirección contraria a la suya, en compañía de un hombre alto y elegante, de cuyo brazo venía colgada.
Otro hombre en su lugar hubiera dado la vuelta para evitar que ella le viera, pero Angel Portillo deseaba que los ojos de María Josefa guardaran en su retina su imagen. Sin alterar el paso, con las manos en los bolsillos del pantalón claro y el cigarrillo en la boca cruzó a su lado, justamente cuando los ojos de la muchacha se clavaban en su rostro viéndole por primera vez.
—Buenas tardes, señorita —saludó Angel, inclinando la cabeza con una ironía desafiante.
—Hola —repuso la joven con naturalidad.
Y la pareja continuó andando sin alterar el paso, sin volver la cabeza, como si aquel encuentro fuera la cosa más natural del mundo.
«¡La muy cínica! —barbotó entre dientes—. La mosquita muerta... ¡Ahora me explico por qué tenía tanto empeño en venir a la ciudad! Y yo, iluso, imbécil, estúpido, creí que ayer noche había llorado por mí...».
Dio la vuelta y caminó con fuerza, como si gozara en maltratar los adoquines de la calle. Media hora después corría por la carretera desenfrenadamente, con la boca crispada y las manos agarrotadas en el grueso manillar.
¿Quién era aquel hombre? ¿Acaso su novio? ¿Su amigo? ¿Quién era, santo Cielo? ¿Qué tenía que ver en su vida? ¿Por qué ella se cogía del brazo con naturalidad?
Llegó a casa como un huracán. Sin ver a nadie metióse en su despacho y sentado en una butaca ocultó la cabeza entre las manos y no supo si fueron horas o siglos los que permaneció en aquella postura.
Cuando a las diez llamaron para cenar, encontró a María Josefa sentada en su lugar de costumbre.
La miró audazmente a los ojos, pero no halló en aquella mirada negra, de expresión honda e indescifrable, temor alguno ni vergüenza, ¡nada! Eran dos ojos negros, grandes, rasgados que ocultaban celosamente el sentir de su dueña.
Sentóse en su sitio y después de un silencio dijo irónicamente:
—La he visto en la ciudad con su novio, señorita.
La voz de la joven sonó tan natural, tan sin reticencias que por primera vez en su vida se sintió avergonzado:
—No es mi novio. Es mi primo Roberto Cruz.
Muchos ojos gravitaron sobre ella. Nuestra heroína, con el corazón destrozado, pero recia y firme para ocultar sus sensaciones continuó comiendo indiferentemente, como si no hubieren dicho nada.
* * *
Se hallaba en el saloncito, con la nena sentada en sus rodillas, cuando llamaron a la puerta.
Supuso que era él, pero no se inmutó. Se puso en pie, avanzando con paso elástico y abrió la puerta.
El rostro un tanto azorado del antiguo profesor de matemáticas apareció ante ella.
—Señorita, antes de retirarme a mi aposento quisiera decirle...
La muchacha no movió un solo músculo de su hermosa cara. Valiente, digna, exenta de afectación, esperó pacientemente que él terminara, sin sospechar que Angel Portillo, por primera vez, se sentía el hombre más cohibido y nervioso de la Creación ante aquella muchacha cuyo rostro impasible no le animaba poco ni mucho.
¿Y en realidad qué deseaba decirle? ¿A qué había subido?
—¿Tenía algo importante que decirme, señor Portillo?
—¡Hum! Pues no sé. Creo que sí. Venía a comunicarle algo, pero debió olvidárseme. Perdone usted y muy buenas noches.
Dio la vuelta.
La joven, muy lentamente, volvió sobre sus pasos, sentándose de nuevo al lado de la niña.
—¿Quién era, señorita?
—La doncella. Quería saber si te habías acostado sin tomar la leche.
—¿Le dijiste que ya la había tomado?
—¡Claro!
—Pues anda, sigue contándome el cuento del lobo y la Caperucita.
Por espacio de varios minutos en la estancia solo se oyó un tenue murmullo. La nena dobló al fin la cabeza y quedó profundamente dormida. María Josefa Cruz la acostó dulcemente y se retiró hacia el balcón. Con la frente apoyada en el frío vidrio estuvo durante varios minutos, observando con los ojos entornados que en el jardín una sombra iba de un lado a otro, con agitación, dejando tras ella las vivas chispas que despedía un cigarro.
«¿Qué tiene este hombre? —se preguntó la muchacha—. ¿Qué venía a decirme? ¿Por qué se halla tan nervioso? ¿Acaso Magda no lo acepta entretanto no tenga la certeza de que el estorbo de la niña desaparecerá de su vida? ¿Y cómo existen hombres que duden siquiera de apartarse de su hija solo por el amor de una mujer como esa?».
Asqueada dio la vuelta y se sentó sobre la cama. Momentos después dormía agitadamente.
Cuando se levantó a la mañana siguiente, lo primero que vieron sus ojos fue un doblado papel asomando por debajo de la puerta.
Lo cogió con mano febril y desplegándolo clavó en aquellas letras la mirada ansiosa de sus ojos húmedos:
«Señorita: Ayer noche iba a decirle que me perdonara usted por la inconveniencia que dije en la mesa. Sé que la ofendí. Perdóneme usted. Su respetuoso amigo,
»Angel».
Crispó los dedos y arrugó el papel, hundiéndolo con rabia en las profundidades de su bolsillo.
Luego elevó los ojos y contempló a la nena.
«Esta tarde la he visto en la ciudad con su novio, señorita...», repitió muy bajo, con acento indefinible.
Luego sacudió la cabeza y se metió en el cuarto de baño.
Aquella misma tarde, cuando llegó, Angel preguntó por su hija y le dijeron que se hallaba paseando con su institutriz por el borde del río.
Magda leía muy entretenida una novela y el joven doctor aprovechó para caminar lentamente en dirección al lugar que ya conocía de otra tarde parecida.
XIII
La nena jugaba de bruces sobre la hierba.
Angel, desde su atalaya, vio que la joven institutriz miraba con ojos soñadores la lejanía, dejando en la mirada toda la luminosa pureza de su alma virgen.
Avanzó decidido y se plantó ante ella.
—Hola.
La muchacha le miró rápidamente.
—Buenas tardes —repuso con voz inexpresiva.
—Si me lo permite me sentaré a su lado.
—Claro que sí. ¿Por qué no había de permitírselo?
Angel mordióse los labios. Aquella absoluta indiferencia le desconcertaba. Si ella hubiese reflejado en sus ojos despecho, rabia o desacuerdo... Pero, no; Angel podía suponer que la institutriz de su hijita le profesaba una carencia absoluta de interés.
De todas formas, se sentó. Encogió las piernas, puso la barbilla sobre las rodillas y la miró con audacia.
—¿Recibió el papelito que había debajo de su puerta? Se lo metí esta mañana.
—¿Un papelito? No, no recuerdo haber visto papel alguno, excepto una hoja de bloc que rompió la nena distraídamente.
Lo dijo con tanta naturalidad que el hombre quedó desconcertado. Miró a su hija deseando preguntarle, pero se contuvo a tiempo porque los ojos de la joven le contemplaban fríamente, como diciendo: «¿Es que duda de mi palabra?».
Angel mordióse los labios y tras de un embarazoso silencio dijo lentamente:
—Le decía que me perdonara por la inconveniencia de ayer noche. En realidad creí que era su novio, pero era el menos indicado para comentarlo, puesto que usted nunca mencionó a su novio.
—No tenía por qué mencionarlo.
—Es natural, es natural.
Se hubiera pegado por idiota. ¿Era aquello todo lo que sabía decir? Y la quería, sí. La quería como el mayor de los imbéciles, como jamás había querido a otra mujer. Y ella quizá no merecía que la quisieran, puesto que...
Se puso en pie de un salto y sacudió con rabia las motitas de barro que salpicaban su traje.
«Yo te quiero. Puedes decirme que no me amas; que el día menos pensado te convertirás en esposa de tu primo, pero yo te quiero y tengo derecho a decírtelo».
Lo pensó, pero no se atrevió a abrir la boca a ese respecto. Le infundía respeto, como ninguna otra mujer se lo había inspirado. ¿Y por qué, si al fin y al cabo era una mujer como las demás? ¿Cómo las demás? ¡Iluso! No podía ser como las demás, porque para él era la única.
Dio media vuelta y, malhumorado, descontento de sí mismo y trinando contra el mundo entero, se alejó sin despedirse.
—¿Has reñido con papá, señorita? —preguntó la nena, alzando la cabeza y mirando compungida a la joven—. Ni siquiera me dio un beso.
—Te dará después media docena. No he reñido con él. Y vamos, Ana. Ya es muy tarde.
Algunas horas después, Angel tenía sentada en sus rodillas a la pequeña.
—Ahora que estamos solos, dime por qué has roto el papel.
—¿El papel? ¿Qué papel? Yo no rompí ninguno, papaíto, te lo juro.
La nena abrió unos ojos inmensos. Y Angel Portillo no necesitó hacer más preguntas. Sabía la verdad.
* * *
Esperó pacientemente para poder hablarle sin testigos.
Eran las once y sabía que, antes de retirarse, María Josefa saldría a dar una vuelta por el jardín.
Con el alma en la boca y un deseo terrible de maltratarla, la vio salir, y disimuladamente fue tras ella. Magda, con sus cigarrillos y la música exótica de la radio tenía suficiente aquella noche. En cuanto a su suegra, se hallaba imposibilitada por el reuma y permanecía recluida en sus habitaciones. Aprovechando esta coyuntura, abordó a la muchacha en el lugar más apartado del jardín.
Ella estaba de pie, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol, la vista fija en el firmamento y las manos cruzadas tras la espalda.
—La nena no cogió papel alguno —dijo rabioso.
Si creyó que la muchacha iba a alterarse se equivocó.
—Bueno. Lo habrá cogido la doncella o la habré tirado al cesto de los papeles sin sospechar que era de usted —repuso indiferente.
No se movió. Angel experimentó un loco deseo de abofetearla por falsa. Se contuvo a tiempo, pero no pudo evitar que su mano prendiera la de ella, apretándola tan fuerte que la joven tuvo sin remedio que incorporarse, pero no se quejó.
—Eres dura como una roca —barbotó indignado, tratándola de tú como si aún estuvieran en el dispensario.
—Mírese bien. Está usted haciendo el ridículo. ¿Qué más da que yo haya cogido el papel o no? ¿Piensa que si en realidad me doliera iba a perdonarle?
—Ya sé que eres recia. No ignoro que no has cambiado, aunque pretendas hacer lo contrario. Nunca supe lo que pensabas... Ignoré siempre lo que sentías.
—Y continuará ignorándolo.
Lo dijo con tanta brusquedad, al tiempo de desprender su mano, que a Angel le asaltó el deseo de matarla por nada.
—Déjeme pasar. Es tarde y no me gusta andar por aquí a estas horas.
No había luz, en efecto. Pero el rayo de luna bañaba su faz iluminando deliciosamente los rasgos delicados de su cara exótica.
Angel sintió que lo sacudía una fuerza poderosa. Una rabia feroz que no supo darle nombre. No obstante, obedeciendo a los impulsos de su corazón, la cogió por la cintura como si fuera una muñeca y la oprimió contra su corazón.
—Eres la misma alumna soberbia de aquellos tiempos —dijo ahogadamente—. Ni las desgracias ni las humillaciones han cambiado tu carácter.
—¡Suélteme!
—Tal vez lo haga después. Ahora quiero saber por qué has mentido.
—Me pareció ridículo el contenido de aquel papel.
Lo dijo con tanta maldad que Angel tembló de rabia.
—¿Nunca has amado, verdad? —preguntó con intensidad.
—No amé, ni me interesa amar algún día.
—Pues nunca olvides que el amor sabe así.
Y con rabia, con poder infinito, tirando lejos de sí el lastre que suponía la consideración que hasta entonces había tenido con ella, cogió entre sus dos manos la cabeza hermosa que la luna iluminaba y la besó en la boca con ardor, con fuerza, con toda el alma, toda la rabia y todo el amor.
Hecho aquello dio la vuelta y se alejó precipitadamente, dejando a la muchacha recostada en el árbol, con la boca entreabierta y los ojos húmedos clavados en el firmamento con vaguedad.
Media hora después, Angel, apoyado en la columna de la terraza, vio que la muchacha avanzaba lentamente por el jardín.
Esperó con el cuerpo en tensión que ella cruzara a su lado. Creyó quizá que los ojos femeninos iban a taladrarle con desprecio, pero una vez más se equivocó. Las pupilas negras, profundas y hermosas, vagaron por su rostro indiferentemente, exentas de rencor y de interés.
—Buenas noches —saludó la muchacha con naturalidad.
—Escuche, María Josefa —pidió precipitadamente, avanzando hacia ella—. Yo..., yo... Bueno, usted sabe que yo soy un...
Ante la muda e inexpresiva mirada de los ojos que le contemplaban no supo cómo continuar. Elevó la mano y la pasó por los cabellos. Luego emitió una mueca y guardó silencio.
María Josefa pasó ante él y desapareció por las amplias puertas de cristales.
Quedó malhumorado y rabioso.
Paseó la terraza como fiera enjaulada.
—¡Ah, ah! —exclamó descompuesto—. Es la primera vez en mi vida que tropiezo con una mujer de esta índole. ¿Qué piensa de lo sucedido? ¿Qué concepto le merezco? Siempre será una incógnita para mí. Además, su gesto mayestático me cohíbe. Y no es precisamente que su mirada sea soberbia ni sus ademanes altivos; tiene un no sé qué que contiene y excita a la vez...
Encendió con rabia un cigarrillo y se hundió desesperadamente en una butaca.
—Mañana se irá, seguramente —exclamó al fin—. No creo que su dignidad le permita permanecer más al lado de un hombre que la ha ofendido.
XIV
Pero una vez más se equivocó.
La dignidad de María Josefa Cruz era demasiado perfecta para alejarse de un lugar donde le habían declarado la guerra... La ignorancia tal vez hubiera calificado de humillante su permanencia en Villa Ana, pero la joven despreciaba a los ignorantes.
Cuando Angel regresó al anochecer, la vio paseando por el jardín llevando de la mano a su hija y se preguntó cómo podría descifrar la psicología de aquella muchacha.
Magda le salió al paso y, cuidadosamente, enderezóle el nudo de la corbata con ademán tan coquetuelo, que en vez de producirle rabia le produjo un poco de pena.
—Has venido más pronto que de costumbre —dijo satisfecha, colgándose de su brazo y subiendo ambos hasta la terraza.
Se sentaron cómodamente. Podía ver a la institutriz.
—¿No sabes? Esta tarde ha venido un hombre muy elegante a visitar a la señorita de compañía y salió en su coche con tu hija y ella.
Disimuló el interés que por un momento brilló en sus ojos y esperó expectante, convencido de que Magda, sin esfuerzo alguno, le proporcionaría toda clase de informes.
Y así fue en efecto.
—Vino a eso de las tres de la tarde. Preguntó por la señorita María Josefa Cruz, y cuando salió la joven brillaron apasionadamente sus ojos... En realidad yo creo que era su primo, pero... ¿qué dirías si te asegurara que ese muchacho está perdidamente enamorado de ella?
—No diría nada. Es natural.
—Es lo que yo dije. Bueno, pues le pidió permiso a la tía y se fueron en el auto con la nena. Hace unos minutos que regresaron. El hombre se fue y ellas... Bueno, por ahí andan.
Por toda respuesta, Angel extrajo parsimonioso su pitillera y le ofreció un cigarrillo. Magda lo prendió en sus labios y fumó con fruición.
Más tarde, la doncella le dijo a María Josefa que el señor la esperaba en su despacho.
La joven dominó la sorpresa que le producía la orden y dignamente se encaminó al despacho.
Ya ante él, cuya figura se hallaba de pie ante el ventanal, con una mano hundida en el bolsillo del pantalón y con la otra sosteniendo descuidadamente el pitillo, le mandó sentarse con un frío ademán y se sentó a su vez tras la gran mesa.
—Señorita —dijo todo lo natural que pudo—. Por casualidad me enteré esta tarde de su paseo en auto con mi hija. La verdad es que no tengo objeción que oponer en lo que a usted respecta. En cuanto a mi hija es diferente...
—Quiere usted decir...
—Que le agradecería fuera esta la última vez que lleva usted a mi hija en el interior de un auto donde van un hombre y una mujer.
Ante el insulto que encubrían aquellas palabras, el rostro de la muchacha se cubrió de palidez. Irguió el bonito cuerpo y muy lentamente avanzó hasta la mesa.
Angel se levantó a su vez, comprendiendo ya tarde que el despecho le había llevado demasiado lejos.
—Señor Portillo —exclamó la muchacha, muy mesuradamente—. Soy una mujer honrada y digna, no lo olvide usted. Podría decirle muchas cosas respecto a la dignidad que usted entiende muy mal, pero no merece la pena. No me fui ayer de su casa por su hija; hoy sí me iré. Lo siento por ella. Usted es...
Sin terminar dio la vuelta en dirección a la puerta. Angel salió de tras la mesa y la cogió por un brazo.
—¡Suélteme!
—Escuche...
—Nada tengo que escuchar. Creí que podía excluirle del mezquino grupo que en mi concepto forman su suegra y su prima, pero me equivoqué. Déjeme marchar. Me iré ahora mismo.
Angel aspiró con fuerza. La miró largamente y pidió a media voz:
—Perdone usted. ¡Soy un insensato!
La joven continuó caminando sin volver la cabeza.
* * *
Penetró en la alcoba tambaleándose como una sonámbula.
La nena corrió hacia ella apretándola en sus brazos.
—¿Por qué lloras? ¿Quién te hizo daño?
Sin responder acarició la bonita cabeza.
—Tengo que ir a la ciudad, queridita —murmuró bajito—. Volveré mañana.
—¿Y me llevarás contigo?
—Mañana, sí.
La niña acarició una y mil veces el rostro querido de su señorita. Luego le mostró sus manitas y dijo compungida:
—¿Ves? Estás llorando. Tengo los deditos mojados. ¿Quieres que se lo diga a papá? ¿Quién te hizo daño? Mira, si quieres, le digo a papaíto que tienes la cara mojada y él se enfadará mucho con abuelita. ¿Quieres que vaya a decírselo?
—¡Mi vida! ¡Eres lo más grande que hay en el mundo! Solo siento marcharme por ti. Él no es merecedor de mi cariño.
—¿Quién es él?
—Tu perrito.
—¡Pobre «Pitusín»! ¿No le darás un beso?
Tuvo que ponerse en pie porque no podría resistir por más tiempo. Hizo las maletas sin dejar de hablar con la nena, que curioseaba en todo. Por fin, cuando todo estuvo dispuesto, llamó por teléfono a un taxi y volvió a sentarse al lado de la nena.
Eran las once de la noche cuando llegó el taxi. Ana se hallaba dormida para mayor consuelo, pues de permanecer aún despierta no podría despedirse de ella con naturalidad, porque la llevaba en su corazón.
Cogió las maletas y bajó las escaleras.
Él estaba allí. La miró.
—¿Y si de nuevo le pidiera perdón?
—Sería inútil. Esta vez me voy para siempre.
—De todas formas...
Cruzó ante él. La mano de Angel cayó con fuerza en su brazo. El vestíbulo se hallaba solitario. La voz ronca de Angel sonó hueca, falta de matices.
—Por mi hija.
—Por su hija aguanté hasta hoy —dijo la joven secamente, llegando al umbral.
El hombre, de un salto, se plantó ante ella. Cogió las manos frías de la muchacha y las apretó febril.
—Necesito que se quede, María Josefa.
La muchacha no levantó los ojos. Desprendióse nerviosamente y mientras el taxista subía al auto la maleta, ella apoyó la mano en la portezuela y le miró al fin.
Fue una mirada larga y profunda que conmovió al antiguo profesor. Después, sin dejar de mirarle, dijo pausadamente:
—Ya lo sé. Necesita usted que me quede porque está muy solo y tiene una hija... No lo olvide, señor profesor. Pero ahora tiene usted ahí a Magda... Ella a lo mejor le hace feliz.
Y subiendo al taxi rápidamente, cerró la portezuela con un seco golpe y el auto se alejó raudo, como una flecha.
De pie ante la escalinata, Angel permaneció muy quieto, como una estatua. Sus labios, casi sin abrirse, recordaron y repitieron las mismas palabras que un día le dijera en mitad de una plaza de la ciudad:
«Cásese conmigo. Estoy muy solo y tengo una hija».
¿Por qué ella las recordaba?
* * *
A la noche siguiente, cuando se hallaban todos sentados a la mesa, la vocecilla de Ana se elevó compungida:
—Abuelita, ayer le pegaste a mi señorita.
Angel elevó rápidamente la cabeza y encontró los ojos extrañados de su suegra, los de Magda incrédulos, los de la nena enojados.
Aspiró con fuerza. Dejó el cubierto sobre la mesa y preguntó dulcemente, conteniendo a duras penas la ansiedad:
—¿Por qué dices eso, Ana?
—Porque sí.
—Pero eso no es cierto, Ana —dijo la dama, enojada—. Yo nunca pegué a tu señorita.
—Le riñes y ella llora. Ayer lloró mucho. Dijo que si no fuera por mí no volvía nunca.
—Y nunca volverá.
—¡Madre! —gritó Angel, enfurecido.
—Estoy diciendo la verdad. Tu hija cree que dentro de unas horas la tendrá aquí y no es cierto. Esa mujer no volverá a Villa Ana.
Ana saltó sobre las rodillas de su padre y apretó la cabeza masculina entre sus bracitos.
—Vendrá, ¿verdad, papá? Vendrá como dijo, dentro de unos minutos y me traerá tantos caramelos como la otra vez.
Angel nada repuso. Se levantó con la nena y la llevó a la cama.
Minutos después penetraba de nuevo en el comedor donde las dos mujeres le esperaban ansiosas.
—¿Qué ha dicho, Angel?
—Nada de importancia, Magda. La señorita lloró mucho ayer noche y quiere verla de nuevo. Se durmió llorando.
—¿Por qué la has despedido, Angel?
—Si te lo digo, te asombrarás —exclamó tenuemente.
—¿Por qué fue? ¿Te faltó al respeto?
—Te lo diré después. Ahora me interesa saber algo muy importante. Esto está tocando a su fin. Mis viajes a la villa resultan molestos porque muchas veces podría trabajar de noche y aquí no puede ser. En fin, con esto quiero decir que voy a hablar claro. Tengo que situarme, llevar la niña a mi casa de la ciudad y, por lo tanto, buscar esposa.
Las dos mujeres se estremecieron. Ávidamente escuchaba la dama. La joven, suponiendo que iban a solicitarla en matrimonio, consideró necesario poner una cara seria, en consonancia con el asunto que iban a tratar.
Angel, sin tener en cuenta la actitud de una ni de otra, continuó chupando a intervalos el cigarrillo.
—Yo sé que tú —y miró a su suegra— tienes concertado mi matrimonio con Magda.
—¿Yo? Bueno, eres demasiado directo en tus apreciaciones y a veces te pasas de listo.
—Tú sabes que mi observación no fue errónea. Bien, puesto que te gusta Magda para esposa mía, yo me pregunto qué pensáis hacer con la nena.
Las dos mujeres, ignorantes en grado sumo respecto a lo que de ellas deseaba saber el gran psicólogo, dieron parecida respuesta:
—Se quedará conmigo.
—La tía la atenderá muy bien.
Angel soltó una carcajada y se puso en pie.
—Os dije que la niña estaba acostada, pero no es así. Se hallaba sentada en el vestíbulo, esperándome. Le di un paquete de caramelos con la condición de que estuviera muy calladita y quieta.
—Pero...
—Magda, lo siento mucho. Eres una chica simpática, elegante, hermosa y buena, pero te han educado muy mal y yo quiero que la madre de mi hija sea una perfecta señora. No me llames bruto ni descortés. Ya sabes por experiencia que soy rudo y maleducado. Respecto a ti, madre, te diré que sabiendo como sabes lo mal marido que fui para tu hija, me extraña que pretendieras casarme con tu sobrina. ¿Sabes por qué se ha ido la institutriz? Pues porque yo soy un imbécil celoso y tuvimos un altercado.
—¡Estabais en relaciones! —dijo la dama entre dientes.
—No. Nunca le hablé de mi amor. Ahora le llevaré a mi hija y le pediré que sea su madre.
—¡Muy sentimental!
—Ciertamente, yo siempre lo fui. Lástima que mi difunta esposa hubiese tenido una madre tan intrigante. Y ahora, muy buenas tardes.
La dama retiró la silla de un manotazo y se puso en pie.
—Esto es en pago a lo que hice por ti.
—No digas bobadas. Cierto que debiera ser más comedido en lo que respecta a mi despedida. Pero como te conozco, quiero que sepas que fui infeliz por tu culpa una vez y no quiero seguir siéndolo esta que tal vez es la última. Cuando quieras ver a tu nieta ya te la mandaré con la niñera, pero tú, a mi casa, jamás. Si me hiciste desgraciado cuando mi mujer era tu hija, ¿qué será ahora que es una extraña la madre de tu nieta?
Magda terminó pacientemente el cigarro, lanzó la colilla por la ventana y sacudió la melena.
—Angel —dijo alegremente—, no creas que te guardo rencor. Antes de acceder, en caso de que me solicitaras por esposa, lo pensaría mucho. Sé que has sido un desgraciado en tu primer matrimonio y me dolería en el alma que sucediera igual en el segundo. Además, admiro a los enamorados. Me gusta que te hayas prendado de la institutriz. No creas tampoco que esta es nuestra despedida. Yo soy amiga de María Josefa y la visitaré con frecuencia.
Angel emitió una risita sardónica. La parrafada era muy propia de Magda. No era mala chica, no. La habían educado muy mal, pero ella no tenía la culpa.
XV
Cuando Roberto la vio llegar no preguntó los motivos. ¿Para qué? María Josefa estaba a su lado y aunque no ignoraba que nunca llegaría a ser su mujer, era su prima y la quería desinteresadamente.
Transcurrió un día y otro. La joven parecía una sombra. En los ojos, tan luminosos de ordinario, veía ahora Roberto una sombra enturbiando la pureza de su mirada.
Aquella noche llovía. Ambos estaban en el saloncito. Ella, silenciosa, con un libro sobre las rodillas, que no leía; Roberto, sentado junto a la radio, la miraba silenciosamente. De pronto, la voz masculina se elevó:
—¿Quién es él, Pitusa?
La cabeza femenina se alzó violentamente.
Nada preguntó, pero Roberto leyó la interrogante en los ojos tristes.
—Cuando una mujer está enamorada, Pitusa, no puede ocultarlo. ¿Quién es ese hombre?
—¡Oh, Roberto!
—¿Quién es, Pitusa? No temas por mí. Sé perder como un caballero. Además, lo mío era demasiado bonito para que fuera cierto.
—No digas eso.
—¿Quién es él, Pitusa?
La muchacha guardó silencio por espacio de varios minutos. Después...
—Es el padre de la niña a quien estuve educando. Fue mi antiguo profesor de matemáticas. Se llama Angel Portillo.
—¿El que ahora es médico?
—Sí.
—¿Te corresponde?
—No.
Roberto se puso en pie y vino hacia ella.
Puso la mano sobre el cabello leonado y lo acarició dulcemente.
—Si él es merecedor de tu cariño, ya vendrá, querida.
* * *
Aparte de aquel comentario, Roberto no volvió a recordarle para nada la existencia de Angel Portillo, pero una mañana...
María Josefa se hallaba en su cuarto dispuesta para salir al encuentro de otra colocación. Sonó el teléfono y cogiendo el auricular preguntó un poco impaciente:
—¿Quién es? Diga.
A través del hilo telefónico oyóse una vocecilla atiplada, inconfundible:
—¿Ya no me conoces, señorita?
—Pero, ¿dónde estás, vida mía? ¡Por Dios santo! ¿Te has escapado de casa?
—No podía vivir sin ti, señorita. Vine andando, andando, y al fin me recogieron unos señores, donde estoy ahora.
—¡Santo Cielo! ¿Y no temes a tu papá? ¡Vaya disgusto, querida!
—Bueno —refunfuñó al otro lado la pequeña.
María Josefa hubiera jurado que una voz decía al oído de la pequeñuela lo que ella estaba oyendo. Le pareció oír un murmullo apagado, pero creyolo fruto de su imaginación, pues la niña era precoz por naturaleza y no le extrañaba que se expresara de aquel modo.
—Dame las señas. Iré ahora mismo a verte.
Ana dio la dirección y tras de enviarle un besito colgó el auricular.
La joven quedó envarada en mitad de la estancia.
¡Qué raro era todo aquello! Una niña como Ana no podría andar tantos kilómetros; además...
Bueno, iría de todos modos. Ella le explicaría lo sucedido.
No obstante, antes llamó a Roberto a la oficina y se lo dijo. Le pareció que su primo estaba nervioso.
—¿No te parece extraño?
—¿Por qué? Bah, una niña hace milagros cuando le falta lo que quiere. Pudo venir sola y encontrar a cualquiera por el camino. Y si es precoz como tú aseguras, pues figúrate.
—De todas formas, Roberto...
—¡Oh, querida! Lo siento mucho, pero ahora no puedo atenderte. Tengo muchísimo trabajo. Vete a verla y ya me contarás a la hora de la comida.
Colgó molesta.
Terminó su tocado y salió a la calle.
Pronto estuvo ante la casa mencionada por la pequeña Ana. Era alta, recia y de aspecto señorial. Subió en el ascensor hasta el segundo piso y llamó con mano temblorosa.
Abrió una uniformada doncella.
—¿Es usted la señorita María Josefa? Pase, por favor. La niña la espera ansiosamente.
Respiró más tranquila. Cruzó un largo pasillo, atravesó una lujosa estancia y por fin penetró en el saloncito al que la doncella le franqueaba la entrada.
Y lo que vieron sus ojos la dejó anonadada.
Sentado cómodamente ante la chimenea encendida se hallaba Angel Portillo.
* * *
La joven retrocedió unos pasos. Angel se puso en pie y avanzó hacia ella.
—Buenas tardes, señorita María Josefa.
—¿Dónde está la niña?
—¿Genio, eh? Bueno, se lo diré si pone una cara más amable. Fue ella quien le habló por teléfono, pero no dijo la verdad porque yo se lo prohibí. La he traído conmigo, y como no me dejaba tranquilo, pues...
—Nada de esto es cierto.
Angel encogió los hombros.
—Siéntese, haga el favor. En realidad, he pensado hablarle claramente. Yo la amo a usted.
La muchacha retrocedió un paso más. El médico la cogió por la mano y la hizo sentar a su lado en el diván.
—Estamos obrando como dos colegiales —dijo—. Yo la quiero y usted me quiere. ¿No es cierto?
—Usted no me quiere. Le convengo por la niña.
—Tonterías.
Con el corazón temblando, María Josefa intentó ponerse en pie. Que él la martirizara mofándose de una cosa tan hermosa como era la que ella sentía en su corazón, no podría tolerarlo. La mano de Angel sujetó su brazo por el codo y fue resbalando lentamente hasta la de ella, cuyos dedos apretó de una forma tan turbadora y elocuente que la muchacha, por primera vez, comprendió que le faltaría el valor para negar lo que era una realidad.
—En mi vida creí que yo fuera tan ridículo —dijo Angel, en un susurro—. La verdad es que estuve portándome como el más imbécil de los colegiales. Te quise desde el día que juntos contemplamos el río, mientras Ana jugaba sobre el césped. Te quise más cuando tu mano quedó prendida en la mía y sentí los deditos de mi hija hundidos en medio. Si aún recuerdas aquello que te dije en la plaza, es que me quieres...
Permaneció muda. Tuvo miedo. ¿Y si él se burlaba?
—Mírame a los ojos, Pitusa...
Se estremeció. Tan ridículo como le había parecido siempre aquel apelativo en boca de sus compañeros de clase y, sin embargo, ahora pronunciado por él no solo le gustaba, sino que también la emocionaba hasta lo inaudito.
—Luego vendrá mi hija, Pitusa —repitió Angel, tenuemente, aproximando su cabeza a la de ella—, y no podré decirte muchas cosas. Quiero que me mires a los ojos. No te fijes en mi tic nervioso. Observa el fondo de mi mirada y después dime lo que siente tu corazón.
Y como ella se obstinara en permanecer con la vista clavada en el suelo, los dedos largos y morenos de Angel elevaron dulcemente la barbilla.
—Dímelo ahora, pequeña. Me pareces tan menuda e ingenua como mi hijita Ana.
Los ojos de la muchacha se ocultaron bajo el parpadeo emocionado de las pestañas, de las que resbalaron lentamente unas largas gotas amargas.
—¡No llores!
—¡Déjame!
—¡Pitusa!
Y la apretó en sus brazos dulcemente, apasionadamente, besando los ojos, la garganta y por último los labios jugosos, donde se detuvo una eternidad.
—Ahora niégalo.
María Josefa, con la boca apretada, permaneció muy callada, sin dejar de mirarle.
El hombre cogió las finas manos y apretó las palmas sobre su rostro rasurado.
—Te haré feliz, Pitusa, lo juro. He sido tu profesor de matemáticas y ahora seré tu profesor de amor. Me dejarás, ¿verdad?
—Tendré que dejarte, Angel —murmuró bajito, enajenando al hombre, que por primera vez se oía llamar por su nombre por aquella boca de mujer, suave y virgen de amores—. Solo sabré lo que tú me enseñes, puesto que no amé jamás a ningún otro hombre.
Hubo un silencio emocionado. Los ojos en los ojos. Las manos engarzadas una en otra. Después...
Cuando Angel iba a besarla de nuevo, se abrió la puerta y la figura arrogante de Roberto apareció en el umbral llevando de la mano a la pequeña Ana.
La joven se puso rápidamente en pie y miró interrogante a su primo.
Ana corrió a saltitos y se colgó del cuello de su desconcertada señorita.
—Roberto, no comprendo —dijo, al tiempo de besar a la nena.
—Soy amigo de Angel desde hace dos días, querida. Estabais haciendo el tonto y yo no quise verte sufrir más. Ana habló por teléfono desde mi despacho.
Les miró, y dejándose caer sobre el diván rompió en fuertes sollozos.
—Déjala llorar, Angel —dijo Roberto, al observar el movimiento de este—. Lo necesita. Llora de felicidad. Ha sufrido mucho.
EPÍLOGO
Dos años después penetramos indiscretamente en el saloncito particular de la señora Portillo.
Vémosla haciendo afanosamente una labor de punto, minúscula, primorosa...
A su lado Ana, convertida casi en una mujercita juiciosa, sale del saloncito porque se lo rogó su querida mamá, pues no sé qué tiene que decirle su tía Magda y al parecer son cosas que no puede oír ella.
—Volveré en seguida, ¿eh?
—Sí, queridita, volverás cuando mamá te llame.
No de muy buena gana, salió.
—Estoy disgustadísima, Pitusa —exclamó Magda—. He dejado de fumar, he procurado pulir mis modales, creo que soy una señorita bien educada... y no consigo nada.
—Roberto te quiere, Magda. Ahora eres otra. ¿Le has visto ya?
—No. Dijo que me llevaría esta tarde al teatro.
—¿Por teléfono?
—Sí, me lo dijo cuando le llamé hace un momento.
—¿Y estás aquí?
—Creo que voy a volver al pueblo, Pitusa. Estoy desesperada. ¡Te debo tanto, Pitusa!
—No hables de eso y márchate. Roberto te estará esperando.
Insistió aún y al fin se fue. En seguida entró Angel en la estancia.
—¿Sola?
—Ven —dijo la dulce voz de la esposa—. No hace un Segundo que salió Magda. ¡Cómo ha cambiado, Angel! Parece otra.
—¿Y a quién se lo debe? A ti. Tú la has corregido, le enseñaste a amar a tu primo, la formaste de nuevo y hoy resulta una mujer deliciosa. ¿Sabes lo que acabo de oír de boca de Roberto? Se casará con ella dentro de dos meses y me pidió que fuéramos sus padrinos. ¿Qué te parece?
La respuesta fue cogerle de la mano y sentarlo a su lado. Arrebujóse contra él y apretando febrilmente el rostro querido, murmuró bajito:
—Esa era mi única preocupación. Ahora que no tengo en qué pensar, quiero saber si continuarás queriéndome como cuando me besaste por primera vez en el bosque...
Ana abrió la puerta y dio la vuelta refunfuñando.
Cuando no era Magda, era su papá, y todos juntos no la dejaban estar un minuto tranquila con su mamá. ¡Tanto trabajo como tenían las dos haciendo camisitas para el muñequito que había pedido a Roma!
FIN
Título original: Una mamá para Ana
Corín Tellado, 1959