MOMENTOS LUMINOSOS DE LA VIDA
Publicado en
marzo 26, 2022
"Quien desconoce la alegría lo desconoce todo"
—Robert Louis Stevenson
Por Ardis Whitman.
EL DÍA, un día hacia fines de junio, era gris y deprimente, cubierto de nubes bajas. Mi marido y yo nos dirigíamos en auto a Nueva Escocia para tomar unas vacaciones que ambos necesitábamos desde hacía mucho tiempo, pues nos sentíamos muy cansados, más de lo que quisiéramos reconocerlo. Viajábamos en silencio, con nuestras esperanzas puestas en llegar adonde pudiéramos comer y descansar, antes de que descargara la lluvia. De pronto, cuando cruzábamos un solitario tramo de la carretera flanqueado de bosques, se desencadenó la tormenta. Los árboles se esfumaron bajo un diluvio, torrentes de agua nos envolvieron. Guiamos el coche hacia un lado del camino y nos detuvimos. En ese momento, cual si alguien hubiese cerrado algún grifo celestial, cesó la lluvia. Un fulgor diáfano que se antojaba polvo de oro, se derramaba de las nubes y doraba las copas de los árboles; cada brizna de hierba aparecía convertida en cristal al centellear el sol sobre las gotas temblorosas; la carretera misma resplandecía. Y luego un arco iris tendió su puente sobre el cielo. Más aún: a nuestra derecha se extendía una laguna, ¡y hasta ella bajaba el extremo del arco iris! Era como si aquel semicírculo de vivientes colores hubiera sido hecho especialmente para nosotros. Enmudecimos, llenos de gozo y admiración.
Una amiga mía ha descrito una experiencia semejante. Había salido a pasear por una playa solitaria, al atardecer. Pasaba por una época de dolor y buscaba la soledad. Frente a la costa, en medio del mar que iba oscureciéndose, había un islote bajo y aislado. En eso mi amiga percibió una tenue lucecilla que se movía allí, oyó el chapoteo de remos y el rumor de una embarcación que se hacía al agua, y pudo distinguir el perfil de una barca de pesca y la silueta de un hombre. Este remó un corto trecho y luego arrojó el ancla. Dice mi amiga que a poco sentía la intensa y gozosa impresión de ser una con aquella figura silenciosa. Era algo así como si el mar, el cielo, la noche y esos dos solitarios seres humanos estuviesen unidos en una misma y profunda identidad. "¡Me sentí inundada de gozo!" añade.
La mayoría de nosotros hemos experimentado esos momentos luminosos, en que parece que comprendemos al mundo y a nosotros mismos y, durante un breve instante, saboreamos el encanto de todas las cosas vivientes. Pero esos momentos se desvanecen en seguida y nos sentimos casi avergonzados de confesar que hemos pasado por ellos, cual si al hacerlo revelásemos cierta disposición a dar crédito a lo que no es cierto.
El sicólogo Abraham Maslow, de la Universidad de Brandeis, emprendió hace varios años un estudio de personas sanas y normales y comprobó que gran número de ellas han conocido instantes así: "momentos de íntima emoción, momentos de la más intensa felicidad o aun embeleso, éxtasis o arrobamiento". Maslow ha llegado a la conclusión de que muchas de tales vivencias son a menudo expresión de una salud rebosante.
En su archivo figura, por ejemplo, el caso de una mujer joven, casada y con hijos. Preparando el desayuno para su familia, la joven se afanaba en la cocina para servir el café y el jugo de naranja y poner mermelada en las tostadas. El sol les daba en la cara a los chicos, que parloteaban; el padre jugaba con el más pequeño. Era una escena habitual para ella, mas al ver así a su marido y a sus hijos, la joven se sintió de pronto presa de emoción al pensar en lo mucho que los quería y en lo afortunada que era con ellos, a tal punto que la alegría la dejó casi sin habla.
También está la historia de un hombre que recuerda cierto día en que nadaba a solas. "Tengo muy presente", decía, "el gozo delirante e infantil con que como un pez hacía piruetas en el agua". Se vio invadido por una alegría tan grande al sentirse "tan perfectamente natural" que lanzó un grito tras otro de contento.
Parece que cualquier cosa puede servir para dar impulso a ese sentimiento de júbilo: el resplandor de las estrellas sobre la nieve; la inesperada vista de un campo de narcisos; ese instante de la vida conyugal en que la mano del uno busca la del compañero al comprender que este expresa nuestro modo de pensar, que comparte los mismos sentimientos. La alegría puede aguardar, también, justamente más allá de algún peligro, cuando se ha tenido el valor de hacer frente a una situación y resolverla. Puede derivar de algo tan sencillo como es el despertarse por la noche durante un viaje en ferrocarril, cuando el tren se detiene en una estación, y oír voces humanas en la oscuridad y ver un rostro que sonríe cordialmente a la luz de una linterna. Y sea cualquiera su origen, impresiones parecidas son las más memorables de nuestra existencia.
La alegría es mucho más que la felicidad. Es el alborozo del espíritu, un contento del alma, un estado de beatitud. Encierra algo de misterio y de respetuoso temor, a la vez que un sentimiento de humildad y gratitud. De pronto cobramos honda conciencia de toda cosa viviente: de cada hoja, cada flor, cada nube; de la libélula que revolotea sobre el estanque, del graznido del cuervo en la copa de un árbol. "¡Ah, mundo! ¡Quisiera abrazarte más y más estrechamente!" exclamó la poetisa Edna St. Vincent Millay en uno de esos instantes.
Suspenso el ánimo, vemos como no habíamos visto nunca. Lo más importante en estas exaltadas vivencias, dice el profesor Maslow, es la sensación que todas esas personas tenían de que habían alcanzado en verdad a vislumbrar "la esencia de las cosas, el secreto de la vida, como si hubiera sido descorrido el velo que lo cubría".
Vemos igualmente la unidad de todas las cosas, en una cegadora visión del íntimo parentesco que nos hermana a todos unos con otros y con la vida que nos rodea. Quien ha experimentado momento semejante ha advertido esa sensación de "fundirse" con el universo. Se tiene la impresión de que la vida es una y única; yo y mi mundo somos parte el uno del otro; yo y la vida entera estamos unidos en una comunión de amor y comprensión. Y a la vez nos sentimos libres para ser nosotros mismos. De súbito sabemos lo que somos y cuál es el objeto de nuestra existencia. Toda duda, vacilación, inhibición y flaqueza desaparecen. Hemos llegado al fondo de nuestro verdadero ser y nos hemos encontrado a nosotros mismos.
"Quien desconoce la alegría lo desconoce todo", dice Robert Louis Stevenson. En efecto, esos momentos de alegría son como flores en la pradera de la existencia, o como el arado que abre la tierra agonizante en un campo seco y agobiado por la cizaña. La vida resulta entonces más anchurosa, respiramos más hondo y una puerta cerrada se abre quedamente en nuestro interior. "Donde hay alegría, hay plenitud espiritual", dice Paul Tillich en The Meaning of Joy (El significado de la alegría), "y donde hay plenitud espiritual, hay alegría".
Lo triste es que la mayoría de nosotros sólo la experimentamos raramente. A medida que avanzamos en edad, los apremios de la cotidiana existencia van sofocando nuestra vida. La alegría no vendrá a buscarnos mientras nos estemos dando vueltas y más vueltas en torno al torturante círculo de nuestro propio trajín, de nuestra propia importancia.
Lo que nos hace falta es la espontaneidad del niño, su capacidad para el asombro. "Para mí toda hora de luz y de oscuridad es un milagro", dice Walt Whitman. Y el naturalista inglés Richard Jefferies, que estaba casi en la miseria y luchaba con una terrible enfermedad, pudo exclamar desde su silla de inválido: "Cada brizna de hierba era tan mía como si yo la hubiera plantado; todas las hierbas eran mis compañeras y las quería a todas. Cada halcón que pasaba sobre mi cabeza era mío; ¿hay algo más bello que la amplitud y la curva de su vuelo por el cielo azul? ¡Oh, días, días felices! ¡Tan hermosos de ver!... ¡Y todos míos!"
¿Cómo devolver a nuestro diario vivir esa ansiosa invitación extendida a todo el universo, invitación que es a menudo preludio de la alegría? A veces lo único que necesitamos es la oportunidad de percibir de una manera nueva alguna impresión ya antes conocida.
Recuerdo una de esas ocasiones. Había estado trabajando toda la noche en un escrito; no me salía bien y pensaba que nunca podría terminarlo. Sin embargo, al dar el reloj las cinco, la frase final brotó por sí sola. Dejé la pluma, abrí la puerta y salí al jardín. Las estrellas empezaban a palidecer y hacia el Oriente se anunciaba el claror de la aurora. Unos cuantos pájaros se pusieron a cantar indecisamente, como ensayando la voz, despertándose al parecer unos a otros. Los árboles, que eran bultos imprecisos en el horizonte, comenzaron a cobrar forma y figura. Un rayo de luz tocó en el sauce llorón que se alzaba al otro lado de la calle y perfiló después nítidamente una rama de nuestro abedul. El cielo se iluminó por todo el Oriente, y los grandes arces se encendieron brillantemente como otros tantos candelabros en la oscuridad.
¡Había salido el sol! Un resplandor dorado brillaba detrás de los oscuros árboles, el aire adquiría repentina frescura. Luego el sol prendió fuego, tallo por tallo, a hojas y ramas. Los pájaros cantaban ya sin freno como si los hubiese creado la mañana misma, y yo también me sentí como creada de nuevo, tan llena de gozo que me parecía imposible contenerlo dentro del pecho.
La mayoría de nosotros necesitamos aprender a evadirnos de la prisión de nuestro yo individual, pues la alegría no proviene sólo de una fusión con la Naturaleza, sino también del amor y del sentimiento creador, de nuestra intuición de seres y cosas, y de una emoción profunda. Y es probable que emane sobre todo del olvidarnos de nosotros mismos para ser útiles a otros o para perseguir un ideal grandioso. Florence Nightingale bien pudo decir, mientras trabajaba arduas y largas horas para convertirse en enfermera: "¡Esto es vivir! ¡No deseo otro mundo que este!"
Haendel compuso El Mesías en poco más de tres semanas; trabajando mañana, tarde y noche, apenas tocaba el alimento que le llevaban; y cuando concluyó la segunda parte, que contiene el coro del Aleluya, corrió a la ventana, con los ojos anegados en lágrimas de alegría, y su criada le oyó exclamar: "¡Me pareció ver el cielo entero frente a mí, y aun a Dios mismo!"
Sobre todo la alegría puede venir cuando no huimos de la vida, de sus luchas, sus dolores y sus esperanzas. La persona cuyo principal deseo es evitar riesgos, peligros y sufrimientos no está preparada para conocer instantes de alegría.
Cuando advertimos por doquiera el carácter transitorio y frágil de la vida, se nos hace más dulce lo que poseemos. Como ha dicho G.K. Chesterton: "La manera de amar cosa alguna es comprender que podemos perderla".
Recuerdo una vez, hace algunos años, que viajando en ferrocarril me encontré junto a un caballero de edad, que miraba tranquilamente por la ventanilla, absorbiendo con los ojos cada hoja, cada nube, la silueta de las casas que desfilaban ante nosotros, los rostros de los niños vueltos hacia el tren.
—Es hermoso, ¿verdad? —me aventuré por fin a decir, intrigada al verlo tan absorto.
—Sí —respondió, pero sin añadir nada por el momento. Luego sonrió y señaló con la mano una carreta de heno que pasaba, y añadió—: Mire, heno que llevan al pajar.
Por el tono con que lo dijo se habría pensado que no había en todo el mundo suceso más importante que el paso de aquella carreta de heno camino del pajar. Él advirtió mi mirada interrogativa y continuó:
—Le parecerá a usted extraño que una simple carreta de heno signifique tanto para mí. Pero, le diré, la semana pasada el médico me dijo que sólo tengo tres meses de vida. Desde entonces, todo me ha parecido bello, todo es importante a mis ojos. ¡No puede usted imaginar qué hermoso! Siento como si hubiese estado durmiendo y sólo ahora acabara de despertarme.
Tal vez tengamos más probabilidades de experimentar tales momentos de gozo si nos avenimos a reconocer que la vida encierra más de lo que hemos sospechado; si somos capaces de admitir que hay un mundo más grande que el propio. Desde luego, esa sensación de alegría no es necesariamente religiosa, en el sentido corriente, pero característica de ella es la vívida impresión de que al experimentarla hemos rozado el borde de algo inescrutable para nosotros.
Yo misma he tenido en la vida un momento de exaltación así. En un largo viaje por avión volábamos a gran altura, sobre una infinita extensión de nubes resplandecientes. Muchas veces, antes y después, he contemplado el paso de esas torres y montañas de nubes radiantes, pero en esa ocasión imperaba en aquel cuadro una alegría tan extraña y penetrante que el avión parecía no existir. Con la imaginación me vi habitando y recorriendo a pie un país como aquel, y yo, que soy uno de los seres humanos más sociables, comprendí en un relámpago de luminosa intuición que hay en el universo una luz, una trama, una sustancia en cuya compañía nadie podría sentirse solo jamás. Fue una vivencia que me dejó la imperiosa certidumbre de que habitamos sin peligro en un universo mucho más personal, mucho más humano, mucho más lleno de ternura que nosotros mismos.
¿No será, acaso, que esos instantes de alegría nos son dados como revelación de que tal es la verdadera existencia que debemos llevar? ¿No será que la claridad inherente a esa alegría es la forma como deberíamos ver en todo momento? A muchos les parece casi malvado experimentar ese resplandor en un mundo como el nuestro, amenazado de extinción. Pero casi todas las generaciones han vivido en la inseguridad y el peligro y conocido horas de prueba. Cuanto más atroz nos parezca el mundo, más necesitamos recordar la esplendorosa belleza que irradia del centro de la vida. Nuestros momentos de gozo son prueba de que en el corazón de la oscuridad brilla una luz inextinguible.