EL CONGRESO DE LAS AMANTES
Publicado en
marzo 15, 2022
Inspirada en la reunión que iban a tener las amantes de Bill Clinton, mi tía Eulogia decidió tener una jornada de reflexión y consuelo con las amantes de Roberto. Todas intercambiarían historias y se sacarían una foto...
Por Elizabeth Subercaseaux.
A mi tía Eulogia deberían darle algún premio. No tengo muy claro qué tipo de premio sería, pero habría que premiar su persistencia, su paciencia, su perseverancia y los esfuerzos extraordinarios que ha hecho en la vida para entender las cosas de Roberto.
Hace unos meses estaba navegando por la Internet cuando se encontró con una noticia que le llamó la atención. Según el diario electrónico The Drudge Report, una docena de ex amantes de Bill Clinton iban a reunirse en una pieza de un hotel de Dallas, Texas. Allí se mirarían a las caras, se reconocerían como "hermanas en la desgracia" y se contarían los dimes y diretes de su relación con el Presidente norte americano. No era que las amantes nunca se hubieran visto las caras, porque se las conocían de memoria, se habían visto casi a diario en la prensa, en el programa de Larry King, en las noticias de las 6, en las portadas de algunos libros y en todos los tabloides de los Estados Unidos; sin embargo, podía resultar de gran utilidad para sus almas aportilladas escucharse las voces frente a frente, que cada una contara su propia historia, cómo empezó el cuento, qué le dijo él, qué le contestó ella, qué hicieron después, si alguna vez pensaron que el caballero tenía señora y que no era un caballero común y corriente, como el flaco de la moto o el crespo de la esquina, porque éste vivía en la Casa Blanca y jamás andaba en moto... En fin, de eso se trataba el Congreso, de una jornada de reflexión y consuelo, en donde las amantes intercambiarían historias y luego se sacarían una foto.
—¡Qué idea tan genial! —suspiró mi tía—. Claro que si de mí dependiera, yo convocaría a Hillary también...
Y junto con pensarlo se le iluminó la ampolleta y fue entonces cuando le surgió la idea más descabellada de sus casi 50 años: ella convocaría a las amantes de Roberto a una pieza de un hotel, a todas las amantes: a la flaca de la esquina, a la enfermera de la posta, a la crespa de la oficina, a la rubia de la farmacia y a la heredera del millonario de Kuwait, que era la última. Una vez allí, les haría preguntas, les ofrecería consejos, les contaría a su vez, su propia versión de los hechos, y les explicaría con lujo de detalles cómo era el verdadero Roberto, el Roberto-marido que sólo ella conocía.
Ubicó las direcciones de cada una de las mujeres, les envió una carta muy amable y bien redactada por la Domitila, que es experta en cartas difíciles, y fue a dejarlas personalmente. Luego se sentó a esperar las respuestas, convencida de que ninguna le iba a contestar. Pero se equivocó. Las mujeres somos impredecibles, nunca se sabe cómo vamos a reaccionar. Todas dijeron que sí, que encantadas, que el 3 de agosto a las 4 de la tarde, estarían en la habitación 1306 del Sheraton.
El 2 de agosto mi tía fue a la peluquería, se tiñó las canas, se compró un vestido precioso y al día siguiente se caló una faja que la dejó convertida en talla 8 y partió a la cita con los nervios de punta.
"Cálmate, Eulogia, cálmate, Eulogia, que el mundo no se va a acabar", se decía en el taxi, persignándose a toda carrera, porque le daba vergüenza que el chofer la viera.
Llegó al hotel a las 4:30, calculando que todas las amantes ya estuvieran en la pieza. Subió al ascensor con el corazón casi detenido y, cuando llegó a su piso, se encaminó a la 1306, haciendo esfuerzos por parecer una mujer de mundo, que sabe barajar a las amantes de su marido como si fueran naipes.
Golpeó.
Una rubia de un metro sesenta y cinco abrió la puerta.
—Pasa, querida —le dijo sonriendo, como si la conociera de toda la vida.
—¿Y tú, cuál eres? —preguntó mi tía.
—La rubia de la farmacia —respondió la otra y enseguida le presentó al resto de la concurrencia.
A los 20 minutos eran íntimas amigas. Las amantes eran unos amores. La flaca de la esquina resultaba tan enternecedora, pesaba 45 kilos (99 libras) y parecía al borde de la muerte, estaba flaca como un esqueleto y blanca como papel, y medio temblona; el salvaje de Roberto la había dejado así. La enfermera de la posta tenía una voz de canario que apenas le salía. Roberto la había dejado tan deprimida, que se le adelgazaron las cuerdas vocales. Y la pobre de Kuwait ya había tomado su pasaje de vuelta al palacio de su padre, el cheik, que era dueño de tres pozos de petróleo y de la mitad del mar. Roberto le había contado puras mentiras, entre ellas que era viudo, y le había pedido un montón de plata prestada que nunca le devolvió... Todas estaban de acuerdo en que meterse con Roberto había sido una muy mala experiencia. El hombre era encantador, eso no lo negaba ninguna, pero estaba perdidamente enamorado de su esposa, y tener un amante enamorado de la esposa era una suprema estupidez.
Mi tía Eulogia las escuchaba con la boca abierta, sintiéndose culpable de ser la esposa, y estuvo a punto de pedirles disculpas; pero luego se dio cuenta de que eso habría sido otra estupidez. Por la noche, luego de despedirse con besos y abrazos de las cinco amantes, enfrentó a Roberto:
—¿Me quieres explicar por qué hiciste sufrir a esas pobres mujeres?
—¿A cuáles pobres mujeres? —le preguntó Roberto medio dormido.
—¡A la flaca de la esquina, la rubia de la farmacia, la enfermera de la posta, la crespa de la oficina y la heredera del "cheik"! —vociferó mi tía Eulogia.
Por primera vez en su vida, Roberto tuvo clara conciencia del peligro que se avecinaba y se hizo el muerto. "Este hombre no tiene remedio", pensó mi tía, y luego sacó una margarita del florero del velador y se puso a deshojarla: "Lo quiero, no lo quiero, lo quiero, no lo quiero, lo quiero"... Y se durmió.
ILUSTRACIÓN: MARCY GROSSO
Fuente:
REVISTA VANIDADES, ECUADOR, OCTUBRE 19 DE 1999