LOS ALEGRES GUERREROS DE NEPAL
Publicado en
febrero 24, 2022
"Ayo Gorkhalir" ("¡Aquí vienen los gurkas!") es el escalofriante grito de combate de esta famosa banda de luchadores.
Por Richard Hughes (corresponsal en el Extremo Oriente del "Sunday Times" de Londres. Condensado del suplemento dominical del "Times" de Nueva York).
OTRA VEZ lOS pequeños y bronceados gurkas de Nepal, en las estribaciones del Himalaya, están en la primera línea de combate en una encarnizada guerra en las selvas asiáticas. Lo mismo que en ocasiones anteriores, suman a su armamento moderno sus brillantes kukris (sables curvos de 40 a 50 centímetros) y siguen sirviendo a una causa ajena con lealtad inalterable, disciplina instintiva y mortal heroísmo.
En Malasia combaten 7000 gurkas para expulsar de bosques y pantanos a los invasores indonesios de Sukarno. Algunos están a menos de 150 kilómetros del lugar donde sus abuelos rechazaron a los naturales antibritánicos hace 90 años; porque los gurkas han venido peleando como fieles mercenarios para los ingleses desde hace un siglo y medio. Manejaron los "cañones de tornillo", de que habla Kipling, en el frente de Afganistán por los años del 70, y hoy combaten cuando sea necesario como paracaidistas y modernos soldados especializados, aunque básicamente siguen siendo tropas de infantería, acaso las mejores del mundo.
Como soldados, son a la vez profesionales y aficionados: reciben paga por pelear, pero pelean porque les gusta. Se ha dicho de ellos que "matan con suave firmeza" y no tienen rencor para sus víctimas; son felices hombres de hogar a la vez que alegres guerreros y han luchado contra todos los enemigos de los ingleses —blancos, negros y amarillos, insurrectos, fascistas y comunistas— desde 1815.
¿Cuál es el secreto de este afecto tan duradero?
La primera misión británica llegó al país en 1793, llamada por los nepaleses, que pidieron protección a Inglaterra contra un ataque que temían de China a través del Tibet. La alarma pasó y poco después la política de Nepal se volvió marcadamente antibritánica. Las cosas llegaron a tal punto que los ingleses tuvieron que iniciar una campaña punitiva, entre 1814 y 1816, y para ello, por paradójico que resulte, empezaron a reclutar mercenarios gurkas. "Jamás vi mayor valor y firmeza", escribía de aquella campaña un oficial inglés. "Nunca corrían y la muerte parece que no les inspiraba temor".
El joven teniente Frederick Young fue el primero que los reclutó, en circunstancias quijotescas que acaso dan la clave de la perdurable lealtad y afecto que existen entre los gurkas y sus comandantes ingleses. Abandonado por una columna india que mandaba, el teniente Young, con su casaca escarlata y su espada desenvainada, se vio rodeado por los gurkas, cuyo jefe le preguntó burlonamente por qué no había huido también él. "Yo no he venido hasta aquí para correr", replicó el inglés, y su actitud desafiante impresionó a los guerreros nepaleses. "Podríamos servir a las órdenes de un hombre como usted", dijo el jefe envainando su kukri. Young envainó su espada y se estrecharon la mano.
Los gurkas trataron a Young con toda deferencia y lo pusieron en libertad. Al regresar entre los suyos, pidió permiso a su jefe, el general sir David Ochterlony, para buscar reclutas entre los prisioneros gurkas, que también eran tratados con deferencia por los ingleses. Su primer ensayo tuvo un éxito sensacional, y él mismo decía: "Fui a ellos, un hombre solo, y regresé convertido en 3000". Ochterlony ordenó levas adicionales y antes de que la guerra llegara a su equívoca conclusión, en 1816, había tres regimientos de gurkas enganchados bajo el pabellón británico.
El primer galardón que ganaron en combate al lado de sus nuevos aliados fue la toma de la gran fortaleza de Bharatpur en 1826. Blandiendo sus temibles kukris y lanzando su viejo grito de guerra, "¡Ayo Gorkhali!" ("¡Aquí vienen los gurkas!"), tomaron la delantera a los granaderos británicos para correr a forzar las puertas. Los ingleses los aclamaron. La respuesta de los gurkas se ha hecho inmortal. "Los ingleses son tan valientes como leones; son casi iguales a nosotros".
El hermoso país de Nepal, verdadero Shangri-La de 800 kilómetros de largo por 150 de ancho, al pie del monte Everest, tiene una población de poco más de nueve millones de habitantes, famosos por su valor y gallardía. Los ingleses limitan el reclutamiento a las seis tribus más belicosas. Todas son básicamente mongoloides, con un promedio de 1,60 de estatura, fuertes, barbilampiños, de pómulos prominentes. Son por naturaleza homicidas, afectuosos y de sangre ardiente. Tienen muy desarrollado el sentido del deber, de la familia y del hogar. Les es casi imposible decir una mentira, pero se divierten tomándoles el pelo a los extranjeros que les hacen preguntas necias o se dan ínfulas de superioridad. Por ejemplo, hace poco en Hong Kong un periodista le preguntó a un comandante gurka si él le pegaba a su mujer. "Naturalmente", contestó el comandante. "Y le pego con mi kukri. De eso puede usted estar seguro".
Les gustan los licores fuertes y los resisten. En el ejército se les da su ración de ron, que no paga impuestos, y en sus casas fabrican una cerveza de cereales, llamada janr, y un explosivo aguardiente, el raksi. Son muy aficionados al juego de azar, les gustan las famihas numerosas y con frecuencia toman una segunda esposa si la primera no les ha dado hijos. (Sin embargo, cuando salen del país sólo se les permite tener una esposa en los alojamientos familiares.) La ración oficial se compone de arroz, lentejas, pescado y carne. Una buena comida gurka de pescado, arroz, pimientos y ron es algo inolvidable.
Aunque se les adiestra en el manejo de todas las armas modernas, siguen sirviéndose del kukri con efectos devastadores en la lucha cuerpo a cuerpo. En la batalla de Wadi Akarit, en Túnez, en 1943, tuve la horrible experiencia de seguir a un regimiento gurka después de un sangriento ataque nocturno. Los rocosos desfiladeros estaban sembrados de cabezas teutónicas, todavía con expresión de sorpresa en los rostros, al lado de sus correspondientes cuerpos descabezados. Los gurkas estaban tranquilos, inmaculados y sonrientes.
Un neozelandés que estuvo conmigo en Akarit me hizo después la descripción de un combate cuerpo a cuerpo que él había presenciado en un bosque. Un pequeño gurka blandió el kukri y con sendos mandobles descabezó a dos corpulentos alemanes. Los cuerpos mutilados le cayeron encima y lo tumbaron a tiempo que lo acometía un tercer soldado alemán con la bayoneta calada. Aunque caído de bruces, el gurka pudo volverse para tirarle otra tremenda cuchillada, con la cual le amputó el brazo derecho.
Después lo vieron trotando al lado de la camilla en que llevaban al aterrado alemán: le iba dando afectuosas palmaditas con la mano izquierda mientras blandía aún el kukri en la derecha.
Esta cortés ferocidad se ve dramatizada en la Dashera (o Dasain), que es una fiesta religiosa de los guerreros y pone a prueba los nervios de los ingleses amantes de los animales. Después de bailar y divertirse toda la noche, la fiesta culmina con el sacrificio de palomas, cabras y búfalos jóvenes. Cada víctima es decapitada con un espectacular golpe de kukri. Los oficiales ingleses, que ocupan los puestos de honor en la primera fila, tienen que hacer acopio de toda su serenidad para presenciar esta ceremonia.
Por lo común, el gurka en su juventud se engancha por 15 años en el ejército, donde gana y economiza mucho más dinero y adquiere mayor prestigio que si se hubiera quedado en su aldea cultivando la tierra o pastoreando los ganados. Sus oportunidades de educarse son todavía muy escasas. Aunque el ejército ofrece educación gratuita a los hijos de los oficiales, muchos los mandan a escuelas privadas, ya que para atender a este gasto cuentan con su sueldo y con la perspectiva de una pensión.
Por ejemplo, el comandante Padamjang, que vive en Hong Kong y ha prestado servicio durante 30 años, tiene seis hijos, a quienes le habría sido imposible dar la moderna educación que están recibiendo si hubiera permanecido en Nepal. A su debido tiempo se jubilará y se irá a su buena granja cerca de Katmandú, que nunca hubiera podido adquirir si no hubiera hecho la carrera de las armas. Desde luego que volverá a Nepal; todos los gurkas vuelven. Se ha calculado que un gurka ahorrativo puede llevar consigo por lo menos 200 libras esterlinas al regresar a Nepal en uso de la licencia de seis meses que a todos se les concede después de cada tres años de servicio.
Tres crisis ha habido en la "alianza de amistad perpetua" anglo-gurka, y todas se han resuelto satisfactoriamente.
La primera se presentó en 1914, cuando fue necesaria la intervención religiosa para purificar a los gurkas por la pérdida de casta que sufrirían al cruzar el kalo pani ("el agua negra") para ir a pelear a Europa, Galípoli y Mesopotamia.
La segunda ocurrió en 1940,.después de la caída de Francia, cuando el ministro inglés en Katmandú, teniente coronel Geoffrey Betham, preguntó al maharajá Judha Sham Sher si se permitiría otra vez a los 20 batallones gurkas cruzar el mar para ir a pelear contra los alemanes. La junta asesora del maharajá había llegado ya a la conclusión de que Alemania invadiría y derrotaría a Inglaterra, a pesar de lo cual contestó: "Sí, naturalmente".
¿Se podría aumentar el reclutamiento de 20 a 30 batallones? El maharajá volvió a contestar: "Sí, naturalmente", por lo que Betham le expresó su sincero agradecimiento. Entonces el príncipe nepalés le preguntó a su vez:
—¿Ustedes abandonan a sus amigos en la adversidad?
—No, señor —contestó el inglés—, pero a menudo existen diferencias entre los países y entre los individuos.
—Pues no debieran existir —replicó el maharajá—. Si ustedes triunfan, triunfaremos con ustedes. Si pierden, perderemos con ustedes.
La tercera crisis se presentó en 1947 porque los regimientos gurkas se repartieron entre el ejército inglés y el nuevo ejército de la India. Este último país ha formado muchos batallones compuestos íntegramente de gurkas, además de colocar nepaleses en sus demás unidades. Hoy hay aproximadamente 50.000 gurkas en el ejército indio. Un plan que se propuso hace tres años para reducir a la mitad el pie de fuerza de la Brigada Británica se ha abandonado recientemente y el reclutamiento de gurkas no podrá bajar de 15.000. Todavía hay muchas más solicitudes que plazas vacantes.
Los oficiales ingleses que se destinan a la Brigada de Gurkas se escogen cuidadosamente y deben aprender el idioma de aquellos, que es de la familia del sánscrito, pues los gurkas respetan muchísimo a cualquier extranjero que lo hable, aunque lo hable muy mal. La inteligencia y el valor de los "sahibs" siempre ha estado a la altura de la confianza y valentía de los gurkas.
En todo un siglo y medio de historia no ha habido jamás un caso de cobardía en presencia del enemigo, ni ha habido una sola insurrección.
El magnífico espíritu de la brigada se basa en esta confianza, pues todo soldado sabe que lo que resuelve su jefe —sea este gurka o inglés— será lo que mejor conviene a la unidad y a él mismo. Ningún gurka vacila jamás ante una orden de sus superiores.
Otro curioso lazo de unión que contribuye a explicar la fidelidad de los gurkas es la monarquía británica. Cuando un padre aconseja a su hijo que se enganche en el ejército, puede contarle muchas tradiciones y anécdotas de gurkas que han cruzado "el agua negra" para ir a Londres y ser recibidos por el Gran Rey Blanco; y en efecto, desde los tiempos de la reina Victoria la monarquía británica ha colmado a los gurkas de honores y recompensas, con lo cual ellos gozan inmensamente.
Las condiciones de Nepal —su aislamiento, su estancamiento, su analfabetismo— están cambiando actualmente, para bien o para mal. Se construyen aeródromos y se mejoran las comunicaciones. Los chinos están abriendo un camino desde el Tibet hasta Katmandú, y los niveles de educación del país están mejorando progresivamente, como consecuencia directa del servicio militar, de la buena paga y de lo que los guerreros pueden destinar a la seguridad y adelantamiento de sus familias. Se están desarrollando igualmente industrias secundarias. El bravo comandante Padamjang, pese a sus 30 años de servicio, no va a tratar de convencer a ninguno de sus tres hijos varones, todos muy bien educados, de que se enganchen con los gurkas. "Tienen que decidir por sí mismos", me dijo.
Por fin están llegando hasta los gurkas en el remoto Nepal los vientos civilizadores del cambio, vientos que con el tiempo resultarán más fuertes que los buenos recuerdos del gobierno británico, de la paga de los mercenarios, de los honores ganados en combate y las alabanzas de la reina.
Quizá falte aún mucho tiempo, pero a la larga estos matadores de kukri, que salen de su país para pelear y regresan a él para morir, encontrarán que es más satisfactorio quedarse felices, y confiamos que en paz, en su patria.