Publicado en
mayo 03, 2021
He nacido en Colonia. Lo sé todo sobre la ciudad.
Sé incluso que las torres de la catedral tienen distinta altura.
Aunque no recuerdo cuál es la más alta. Es curioso.
A mis ojos son exactamente iguales.
Romanus Cüpper
Los leones y los tigres rara vez atacan de frente.
Hacen gala de una increíble paciencia
cuando acechan a su presa desde atrás.
Cuando atacan, lo hacen siempre en el mejor momento.
La víctima apenas tiene escapatoria;
estoy tentado de decir que no tiene ni la más mínima.
Charles Darwin
NOCHE FINAL
Ella le había regalado un pepino al tiempo que le aconsejaba que se lo metiera por donde le cupiera, y se había largado.
«A todo buen policía de la brigada criminal -solía decir él- deben haberlo abandonado antes, tienen que haberlo dejado. ¿Acaso se le ocurriría la idea de perseguir a locos y asesinos si no lo hubieran dejado? Los buenos policías tienden a quedarse solos; todos los genios están divorciados. Por suerte, yo aún no me he casado. ¡Pero soy un buen policía! Así que ella me abandonará cualquier día de éstos; he ahí lo trágico de mi profesión. A decir verdad, me pregunto si no debería casarme antes para después convertirme en un policía excepcional. Es un asunto complicado que a menudo me ronda por la cabeza. Entonces, por lo general, me voy a comer algo y me digo: "Despacio, Cüpper. Mastica treinta y seis veces cada bocado. Todo se arreglará."»
Pero no se arreglaba.
Ella le había regalado un pepino porque sabía que no le gustaban, que sólo había tres cosas que le repugnaban realmente: los pepinos, el comino y el coco.
Cüpper había estado paseando alrededor del pepino como si así pudiera cambiar el curso de los acontecimientos, mientras oía cómo en la habitación de al lado revoloteaban blusas, faldas, vaqueros y ropa interior en dirección a la maleta. Luego llegó el camión de la mudanza y, delante de sus narices, se llevaron el tresillo, la mesa de cristal, los dos estantes de CD, el equipo de música y muchas cosas más; un camión de mudanzas poco menos que insaciable se lo tragó todo. Mientras tanto, él seguía contemplando el largo pepino de color verde oscuro, que ya empezaba a fascinarle, hasta que, sin la menor consideración, uno de los hombres lo dejó en el alféizar de la ventana para llevarse el aparador sobre el que descansaba. Y entonces cayó en la cuenta de que ni siquiera ese aparador le pertenecía. Nada era suyo.
Excepto la cocina.
Interrumpió su caminata por el paseo y miró el Rin a través de la lluvia que arreciaba. El agua se le metía por el cuello.
Llevaba más de dos horas paseando a lo largo del río desde la catedral en dirección a Rodenkirchen, y luego de vuelta al bastión, empapado como un batracio y con el viento como único amigo y enemigo. Las gabarras se mecían sobre las negras y encrespadas aguas. «Parecen cocodrilos prehistóricos», pensó, y de repente recordó que ella también se había llevado las diapositivas del viaje al Amazonas -las cinco cajas-, y el proyector y, para colmo, la pantalla.
Pero no necesitaba fotos para confiar en la realidad. Aún conservaba el pepino. Lo había llevado consigo de patrulla nocturna. Esta vez seguía el rastro de un fugitivo al que no podría detener; tenía que dejarlo escapar.
Hum...
«¿Y si me comiera el pepino? ¡Pues claro! ¡Haz de la derrota una victoria! Borra el pepino de la lista de tus animosidades; dedícalo a la ladrona que no ha tenido el menor reparo en llevarse tu corazón al jardín de los recuerdos robados. Conque me lo meta por donde me quepa, ¿eh? ¡Pues de eso nada, cariño! A partir de hoy es readmitido el pepino. Pienso comerlo a menudo y con fruición; lo utilizaré como base exquisita de todas las recetas contenidas en los libros que ocupaban toda la estantería de tres metros de Ikea, hasta que también ésta sucumbió al Gran Expolio.»
¡Merodeadora!
Olisqueó el pepino, dudó un momento y le dio un mordisco. ¡Qué delicia!
¿Cómo había podido pensar alguna vez que...? Mmm.
El pepino que tenía en la mano no era un clon de invernadero. Seguro que el frutero de Neusser Strasse, cuya loción de afeitar olía a albahaca fresca y húmeda, se lo había dado a su novia con aire conspirativo, como quien vende una botella de buen vino. ¿Le habría regalado ella un pepino tan bueno si ya no lo quisiera?
Crac: la boca se le llenó de jugo. Con cada pedazo notaba los espíritus vitales vivificándole el ánimo. Respiró hondo, dio otro bocado y sucumbió a la voracidad mientras la lluvia le azotaba el rostro, hasta que un rayo rasgó de repente la oscuridad y cayó con gran estruendo justo encima de la catedral.
En un instante, Colonia quedó inmersa en una espuma blanca.
El fin del mundo.
Luego, la lluvia volvió a caer mansa y regularmente.
Romanus Cüpper miró lo que le quedaba del pepino y sonrió, se sacudió el agua del pelo y se marchó para casa.
Era el 23 de junio.
A medianoche.
BAZAAR
La lluvia arreció.
Unos pasos recorrieron la escalera de mármol enfilando desacompasadamente pero con tesón hacia el quinto piso. Escenas idílicas tras las puertas. Familias iluminadas de azul ante los televisores. Niños que se iban obedientemente a la cama: apaga la luz, besitos, tápate bien, Nintendo. Parejas de ancianos roncando como posesos. Lo único neutral, la escalera: tierra de nadie. Y ahora, alguien que acechaba sigilosamente al amparo del anonimato de la noche.
El intruso se detuvo jadeando delante de la puerta entreabierta del quinto piso.
Permaneció inmóvil. Luego adelantó titubeante una mano hasta que las puntas de los dedos rozaron la madera barnizada; inmediatamente volvió a perder el contacto. Con un susurro apenas perceptible, la puerta se abrió más y dio libre acceso a otro tipo de oscuridad, la propia de los espacios habitados. Una negrura corpórea y llena de insinuaciones. Un mundo ajeno y familiar.
De nuevo se quedó paralizado, quizá para reflexionar. Su jadeo fue en aumento.
Entonces comenzó a moverse lentamente, empujó la puerta y se perdió en la oscuridad del espacio interior.
A punto de llegar a casa.
Miles de pensamientos caóticos cruzaban por la cabeza de Cüpper mientras su estómago, impasible, se afanaba por producir ácidos, liberar enzimas, fraccionar moléculas, transmitir sustancias nutritivas y depositar discretamente los restos del pepino en los intestinos.
Como siempre, el crimen perfecto.
Entretanto, Cüpper intentaba quitarse de la cabeza a la mujer con la que había pasado los últimos seis años, lo que resultó ser bastante más difícil.
«Debería emborracharme -pensó finalmente, más que nada porque no se le ocurría otra cosa mejor-. Lo que cuenta es el contenido alcohólico de la bebida, en absoluto disfrutar. Cualquiera que vea la televisión o lea libros sabe que los hombres abandonados deambulan borrachos por las calles, lo que rara vez es atribuible a un Brunello di Montalcino o a un Mouton Rothschild.»
Pero no quería emborracharse.
«Sigue las reglas del juego -se reprendió-. El asunto se merece una buena cogorza.»
De modo que decidió emborracharse. El garito de Riehler Strasse, que estaba a una distancia suficiente como para sopesar seriamente la idea, ofrecía por poco dinero un vino blanco tan pecaminosamente malo y que daba tanto ardor de estómago que le quitaría de inmediato las penas de amor.
¿Penas de amor? ¡Anda ya!
No, él estaba furioso, y eso merecía otra cosa. Por ejemplo, coger un taxi, ir a Kiffhäuserstrasse y hacer una visita a La Société, donde ofrecían un vino más que aceptable. Quizá lograra engatusar al patrón para que le sirviera una botella de burdeos. ¿Para qué estaban los amigos?
Luego cayó en la cuenta de que todavía le quedaba un Pio Cesare del 89 en la bodega. Pero ése tendría que esperar hasta el día siguiente. Como más le gustaba a Cüpper el Pio Cesare era acompañado de algún animal con pico. Así que iría temprano a la ciudad y compraría un pato en Apostelstrasse, un pato francés con su cuello, su culo y sus tripas. Luego se zamparía el pato entero él solo, sin la mujer por la que había estado a punto de envenenarse con blanc de blancs.
Sólo de pensar en el pato se le hacía la boca agua, como la que le chorreaba por el pelo.
Un pato, ¡sí, señor! Y antes, una ensalada. Con pepino.
BAZAAR
Schramm no podía dormir.
Esa tarde le había llamado el fabricante de Munich diciéndole que se había declarado en quiebra. Sintiéndolo mucho, ya no podía suministrarle las diecisiete camisas de seda. Los diez abrigos tampoco, y de las catorce americanas sólo entregarle seis, dos de ellas con pequeñas taras, porque ¿acaso hay algo perfecto?
Valiéndose de las habituales fórmulas de cortesía, Schramm le había preguntado por su dinero, como si apenas existiera una remota posibilidad de recuperarlo.
—¿El dinero? Ha volado.
—Pero ¿adónde?
Simplemente había volado, le dijo el fabricante tan tranquilo. Al fin y al cabo, estaba arruinado.
Schramm había recorrido la tienda arriba y abajo maldiciendo su suerte, cosa habitual en él. Maldecía cada vez que tenía que rebajar los precios a un nivel que atrajera a su local a gente que normalmente no quería ver por allí. Se cambiaba de corbata cuatro veces al día y enredaba a sus clientes en conversaciones acerca de los avances de la vanguardia española, hasta que él mismo se aburría de oírse. Hacía ver que los entendía cuando de repente miraban la hora y decían que tenían que ir a la panadería, asegurándole que volverían al cabo de diez minutos y comprarían algo que ni siquiera habían querido probarse. Poco a poco, su cara iba tornándose tan gris como su pelo, que se cortaba una vez a la semana. De nuevo, había comprobado que con los trajes a medida no convenía dejar caer los hombros porque hacía feo. A través de los cristales de su enorme escaparate, había examinado con una sonrisa congelada a los transeúntes en busca de hombres a los que vestir; le daba igual con qué, el caso es que pagaran.
Y se había maldecido a sí mismo.
¡Vendedor de ropa para caballeros! ¿Por qué no se habría hecho peluquero? El pelo crecía siempre.
Furioso, se frotó los ojos, cambió la almohada de lado, la dobló, volvió a desdoblarla, retiró el edredón de un manotazo, se puso boca arriba, de lado, boca abajo, se levantó y se comió un bocadillo de queso acompañado de vodka. Luego su estómago se rebeló y tuvo que salir a la terraza. Era un poco antes de medianoche.
Una fuerte lluvia lo azotó en la cara y salpicó en la marquesina de cristal del Bazaar, que estaba justo debajo.
«Genial -pensó-. Muy apropiado.»
Lentamente, empezó a recorrer la casa de arriba abajo calculando una y otra vez lo que le costaría la catástrofe. Siempre le salían dos ceros de más. Agotado, se recostó contra la puerta de entrada. Estaba cansado. El mundo era muy injusto. Él estaba completamente arruinado mientras que la mujer que vivía en el piso de arriba nadaba en la abundancia. ¡Inka von Barneck, rica y hermosa! Schramm rechinó los dientes. Cómo le hubiera apetecido subir a su casa, declararle su amor en una cama cubierta de extractos bancarios, con los que cualquiera tendría tres veces asegurado el porvenir, ponerle un anillo en el dedo y vivir a cuerpo de rey hasta que le reventara la chaqueta.
Pero estaba casada, y nunca había intercambiado una palabra con ella. Porque, por desgracia, Schramm no era precisamente valiente.
Y eso lo fastidiaba aún más que las finanzas.
El intruso se detuvo a observar la vivienda a oscuras. Sus manos palparon aquí y allá, como las antenas de una hormiga; luego las bajó.
Había algo que no era lo esperado.
Indeciso, volvió la cabeza hacia la puerta de entrada, ahora abierta de par en par. Intuyó en la oscuridad el interruptor de la luz, estiró un brazo pero lo retiró nuevamente de inmediato.
De sus labios salió un leve susurro.
No, nada de luz. ¡El encendedor!
Una tenue llamita.
Eso sería suficiente.
Tambalearse bajo la lluvia, emborracharse y pillar un catarro. Demasiado teatral. Una insensatez. Más le valía irse a dormir al mejor de todos los pisos. Ciento veinte metros cuadrados de construcción antigua, en Theodor Heuss Ring, con vistas al estanque de patos.
Su casa.
En el fondo, era libre, aunque le faltara alguien. Por no hablar de la falta de muebles. ¿Lo habría abandonado ella si él hubiera trabajado en una biblioteca? ¿O en una carnicería? ¿O como celador de un museo? ¿O detrás de una barra? ¿Había tenido la culpa su trabajo?
Un buen poli es un tipo solitario. Un poli cabal.
Se sacudió el agua del pelo, atravesó el cuarto de estar, casi vacío, y entró en la cocina. Ésos eran sus dominios. ¿Qué le importaba que ella se hubiera llevado todo lo demás? Al fin y al cabo, le quedaba el frigorífico, la cocina, el grill, el congelador, la encimera de mármol, los valiosos cuchillos y los pucheros, todo magnífico y soberbio.
A decir verdad, también le hubiera gustado conservar la mesa del comedor, pero era de ella, que la llevó en su día como prueba de su amor. Aunque ahora el amor se había extinguido. Caducado, saldado y liquidado.
Cüpper se apoyó en la cocina y paseó la mirada por la vistosa galería de tarros de especias colgados de la pared.
Con qué gusto había cocinado para ella.
Y cómo disfrutaba ella. Cuántas noches habían pasado metiéndose el uno al otro exquisiteces en la boca, embriagándose ante la mera visión de los ingredientes, soplando el polvo de viejas botellas, leyéndose en voz alta las etiquetas. Y con cada plato y cada copa, los ojos de ella parecían reproducir lo que debía de ser el paraíso, tal y como él lo imaginaba ya en el colegio: como algo esencialmente comestible, exquisito. Podría haber pasado horas mirándola, y en algún momento se sorprendió a sí mismo pensando que no necesitaba nada más que ser el cronista del éxtasis de ella y que podía morir felizmente de hambre a su lado. Quizá ése fue el momento en que se frotó los ojos y de repente llegó al convencimiento de que tenía que preocuparse más de su propio disfrute.
Y eso fue lo que hizo.
Y de manera exagerada.
Pero ¿por eso se había largado ella?
Cüpper se encogió de hombros. Era inútil.
Muerto de sueño, fue a buscar un cepillo de dientes. Si es que quedaba alguno...
BAZAAR
Schramm oyó el grito antes de entenderlo. Luego, unos lamentos:
—¡Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío!
El corazón le dio un vuelco. La sangre no le llegaba al cerebro. Incapaz de reflexionar, permaneció aferrado a la puerta, completamente paralizado. Se mordió la lengua.
Otro ruido, esta vez, suave. Luego un trompazo... ¿o quizá no? De nuevo, el silencio. Y nada más.
Schramm cerró los ojos y luchó contra el mareo.
La lluvia golpeaba regularmente contra las ventanas.
Permaneció al acecho del súbito silencio mientras sentía un hormigueo en las piernas. Los gritos procedían de arriba, del quinto piso, y también el golpe, si es que no le fallaban sus embotados sentidos. De pronto, ya nada tenía importancia, ni el fabricante ni el dinero; lo único real era el miedo.
Al momento siguiente, unos pasos apresurados recorrieron el rellano de la escalera a trompicones, bajaron desde el quinto, se encaminaron hacia su casa y...
A Schramm la cabeza le daba vueltas. Sus dedos erraron al buscar la cadena de la puerta; luego, presa del pánico, lo intentó de nuevo, pero tampoco esta vez atinó.
... pasaron por su lado, y continuaron bajando la escalera como si los persiguiera el demonio, hasta que dejaron de oírse. Luego el portal se cerró con estrépito.
Schramm pegó la cara a la superficie fría de la puerta y respiró profundamente.
Algo había pasado. Lo intuía. Tenía una sensibilidad especial para todo lo espeluznante, aunque estuviera separado de ello por varios muros.
Inka von Barneck...
Inka ocupaba todo el piso superior; sola, por lo que sabía. ¿Se habría precipitado ella escaleras abajo? ¿Serían suyos los gritos?
Empezaron a temblarle las rodillas.
—¡Maldita sea! — exclamó-. ¡Maldita sea otra vez!
Las maldiciones surtieron su efecto y sintió como si alguien le hubiera arrojado un cubo de agua helada para que pudiera pensar de nuevo con claridad. ¿Y si le había pasado algo a la mujer?
Tenía que comprobarlo.
Ladrones, tal vez...
¡Pues claro, alguien había entrado a robar! Ella lo había descubierto, había gritado y el ladrón se había largado a todo correr. La había derribado -de ahí el trompazo-, y se había marchado lo más aprisa posible. Así que el tipo ya no estaba, va no había peligro.
Schramm abrió la puerta con sumo cuidado y miró el rellano a oscuras.
¿Se había movido algo?
No. Sólo eran figuraciones suyas.
Sin traspasar el umbral, tanteó la pared en busca del interruptor de la luz, que estaba junto al timbre. Los fluorescentes se encendieron con un zumbido y la luz blanca inundó el rellano. La escalera, la barandilla, todo estaba en su sitio. De puntillas llegó hasta el descansillo, pero de repente sus pies se negaron a seguir avanzando. Se asomó con cuidado por encima de la barandilla y miró hacia arriba. Nada anormal.
—¿Señora Von Barneck? — susurró.
No obtuvo respuesta. Claro, hablaba demasiado bajo. Pero no se atrevía a elevar el tono.
—¿Señora Von Barneck?
Tendría que subir al quinto. La idea lo asustaba. Allí arriba debía de haber sucedido algo grave. Alguna de esas cosas que aparecían a diario en las noticias y que sólo les pasaban a otros. «Por favor, sólo a los otros.»
Arriba moraba el miedo. Su miedo.
«¡Sube de una vez! — se reprendió-. ¿No querías conseguirla para ti? Sólo los héroes obtienen su recompensa.»
Llegó arriba de un par de zancadas, bueno, casi, pues en el último tramo estuvo a punto de tropezar. La puerta del piso estaba abierta de par en par.
Se detuvo.
—¿Señora Von Barneck?
Desde la oscuridad le llegó como única respuesta un soplo de aire frío.
En un arranque de decisión, subió los últimos peldaños y agarró con ambas manos el marco de la puerta. Ahora que casi estaba dentro del piso, vio la silueta de algún mueble débilmente iluminada por el resplandor de la luz del rellano. Entró, miró a su alrededor en la penumbra y buscó un interruptor. Paseó la mirada por el suelo y de pronto vio la mano...
La mano.
En ese mismo momento se apagó la luz de la escalera.
—Mierda -se lamentó Schramm.
Ya no veía absolutamente nada. Por lo que sabía, había alguien tumbado en el suelo, justo al lado de la puerta de entrada. Pero ¿dónde demonios estaba el dichoso interruptor?
Sintió pánico.
Apretó los puños cerrados contra la boca del estómago, dio un pasito tras otro como un equilibrista y palpó el marco de la puerta, donde intuía que debía de estar la luz. Tenía la sensación de encontrarse demasiado a la izquierda. Su pie tropezó con algo blando y retrocedió asustado.
Lo que había visto era la mano de una mujer. O, al menos, eso creía.
Schramm empezó a tararear una melodía con voz trémula. Se puso en cuclillas y tocó un mechón de pelo largo, como el de Inka von Barneck.
Nada se movió. Recorrió la melena con los dedos y palpó una piel extrañamente fría: la nuca. Deslizó la mano hacia abajo y, por la tela rasgada, la introdujo en algo húmedo y pegajoso.
Profundo. Demasiado profundo.
Y entonces Schramm gritó.
TURNO DE NOCHE
—Y luego añades una docena de chalotas finamente picadas.
—Creía que eran cebollas.
—¡Por Dios, Rabenhorst! Nunca aprenderá. Las cebollas se usan antes, para el relleno. Y las chalotas se echan por encima, cuando la pechuga de pato está ya en el horno.
—¿Y luego se le añade el vino tinto?
—Sí, y la sangre. Antes había para eso una prensa especial en la que se metía todo el costillar para sacar hasta la última gota. La gente cree que un pato tiene mucha sangre, pero no es así.
—No me extraña. Se derrama toda al cortarle el cuello.
—No se derrama nada; ahí está el truco. El pato ha de conservar toda la sangre, por eso hay que estrangularlo.
—¿Qué? ¿Estrangular al pato?
—Exacto -asintió Cüpper.
Rabenhorst miró a su jefe con unos ojos como platos. Con un pico se habría parecido a un pato cuando toma conciencia de que ha llegado su hora, pensó Cüpper. Se hizo el silencio; luego, ambos bajaron la vista. Rabenhorst carraspeó y por fin recuperó el habla.
—Qué muerte tan horrible.
—Pues sí -corroboró Cüpper.
Ante ellos yacía el cadáver de una mujer. Los policías le habían dado media vuelta al cuerpo, de modo que ahora tenía los ojos clavados en el techo. Sus cabellos negros enmarcaban un rostro tan bello como pálido, que hasta hacía poco nacía de un cuello esbelto e inmaculado. Cüpper pensó en María Antonieta. El asesino le había rajado la garganta; era como si la hubiera guillotinado.
Estaba vacía, dentro no le quedaba ni un gota; aquello parecía un matadero.
—¿Sabe si ese pobre desgraciado está listo para declarar? — preguntó Cüpper.
—¿Quién? ¿Schramm?
—¿Quién, si no?
—Iré a ver.
Cüpper bostezó. Era la una y doce minutos de la madrugada. Nada más meterse en la cama había sonado su teléfono. La feliz noticia era que un hombre que chillaba como un histérico decía haber tropezado con un cadáver en el quinto piso del Bazaar de Cologne. «Qué raro -pensó Cüpper-. En los libros y en las películas son siempre las mujeres las que chillan al ver un monstruo, un malhechor o un cadáver. Al huir, tropiezan, gritan de nuevo y tienen que ser rescatadas, de lo que naturalmente se encarga valientemente el protagonista. Cuando las suben a un caballo, especialmente en el Oeste, se caen otra vez, chillando, por supuesto. Si el policía y el malo se pelean, ellas están al lado gritando, hasta que el ensangrentado bueno acaba por fin con el ensangrentado malo.»
Cüpper meneó la cabeza. En su vida había conocido a muchas mujeres valientes. Los hombres, en cambio, lloriqueaban como niños.
—Señor Schramm, el señor Cüpper.
—Ah, Schramm.
Aunque aún no había cumplido los cuarenta, Schramm parecía tan muerto como la mujer del suelo. Tenía los ojos irritados.
—Es horrible -susurró.
—Sí, horrible -asintió Cüpper-. ¿Quiere un cigarrillo?
—No -gimió Schramm.
—Cuando la gente está nerviosa quiere un cigarrillo.
—Yo no fumo.
—Muy loable. ¿Conocía bien a Inka von Barneck?
Por la expresión del hombre, Cüpper dedujo inmediatamente que le habría gustado conocerla mejor. Le contó que se habían visto varias veces en la escalera y en el ascensor.
—¿Y nunca había hablado con ella?
—Yo... yo quería... -A Schramm le temblaba la mandíbula.
—¿La ha matado usted?
La mandíbula dejó de temblar.
—¿Cómo dice?
—No, no la ha matado -constató Cüpper-. Perdone, pero hay reacciones que sólo se obtienen mediante pequeños y certeros sobresaltos.
—¡Ya he tenido bastantes sobresaltos por hoy! — gritó Schramm, y en seguida se vino otra vez abajo.
Cüpper bostezó de nuevo e hizo una seña a Rabenhorst para que sacara a aquel hombre de allí. Agotado, empezó a inspeccionar el apartamento, donde la policía científica se afanaba ya en buscar las huellas de Godzilla.
La casa de Inka von Barneck estaba en el quinto piso del Bazaar. A ella se podía acceder de dos maneras: desde el rellano de la escalera o a través de la terraza, lo que habría requerido cierta agilidad para trepar. Justo debajo vivía Schramm, y él no era el asesino. No es que tuviera una coartada o que careciera de motivo; sencillamente, no la había matado él: bastaba con verle la cara.
Cüpper echó un vistazo afuera. El piso de la terraza era de madera. Hacía media hora que ya no llovía, pero aún estaba húmedo. De vez en cuando, la luna asomaba por entre las nubes y se reflejaba en los charquitos que se formaban entre las tablas del suelo.
Para que el asesino hubiera accedido a la vivienda por los tejados, debería haber estado abierta la puerta de la terraza. No quería decir nada que ahora estuviera cerrada con pestillo; podría haberla cerrado él mismo una vez dentro. Sin embargo, no parecía probable. En ninguna parte había rastros de humedad ni de suciedad, y eso que no había dejado de llover en casi todo el día. Para entrar completamente seco en el piso, el asesino habría tenido que volar, un método poco habitual.
A Cüpper le vino a la cabeza la escena del crimen, así que volvió al vestíbulo, que era de forma rectangular, de unos cinco metros cuadrados. Estaba decorado de manera sencilla y con gusto, como el resto de la casa, y según se entraba, a mano derecha, había un armario ropero.
Habían encontrado el cadáver junto a la puerta, retorcido, como si Inka von Barneck hubiera intentado en un último esfuerzo arrastrarse hacia afuera. Pero, a juzgar por el estado del cuerpo, eso no tenía mucho sentido. Obviamente, la última acción inconsciente de la víctima había sido alargar las manos. Luego había caído junto al armario. Su mano izquierda aferraba un blazer que había arrancado de la percha. Había caído de bruces, presumiblemente ya muerta antes del golpe. Una vez desplomada, el asesino la había cogido por el pelo, le había echado la cabeza hacia atrás, había sacado el cuchillo... y le había cortado el cuello.
Luego, sin embargo, había hecho algo poco usual: se había marchado sin llevarse el arma, que descansaba junto a la víctima, y eso a Cüpper no le encajaba. En general, esa clase de incongruencias significaban o bien que se trataba de un imbécil redomado o bien de un tipo particularmente refinado, y los tipos refinados no daban más que disgustos.
Además, había otra cosa extraña en el vestíbulo. A unos cuatro metros del cadáver, cerca del cuarto de estar, había una antigua mesita de tres patas volcada. Con su bonita taracea, a Cüpper le pareció tan cara como inestable, pero, sin embargo, había que empujarla con fuerza para derribarla. Por todas partes había cristales, que probablemente fueran de los vasos que estaban sobre la mesa y que se habían roto al caer. Maldiciendo en voz baja, uno de los agentes de la policía científica rebuscó entre el estropicio intentando no cortarse. Con su traje de plástico, el casco y los guantes blancos, a Cüpper le recordó a un insecto gigante.
Se puso en cuclillas junto a él.
—Hay sangre en los cristales -dijo el insecto metiéndolos en una bolsita de plástico, para etiquetarlos a continuación-. A veces me veo como una especie de arqueólogo. ¿Por qué no podemos lanzar gritos de júbilo, pegar todos los trocitos y venderlos al Museo Romanogermánico como una vasija antediluviana? Nos darían mucho dinero por ello y ya no tendríamos que hacer toda esta mierda.
—Haríamos otra mierda distinta. ¿Qué hay de la sangre?
—Un poco en tres cristales y otro poco en la moqueta. A mi entender, alguien metió aquí la mano cuando se tambaleó la dichosa mesita.
—¿Algún otro rastro de sangre entre la mesa y el cadáver?
—Nada. ¡Ah, sí! Krüger ha encontrado algo.
Cüpper se incorporó mientras el insecto seguía revolviendo con cuidado el montón de añicos y apretaba los dientes con fuerza. Pobre hombre. En ese trabajo nada es rutinario; en todo caso, se podía intentar permanecer indiferente. Al fin y al cabo, un cuello degollado no era más que un cuello degollado. La mayor parte de los estómagos se revolvían al ver lo imaginativamente maltrechos que quedaban los muertos, pero por suerte, Cüpper poseía un estómago que en los casos más drásticos sólo daba señales de hambre.
Krüger estaba examinando fijamente el marco de la puerta, de modo que ni siquiera se volvió hacia Cüpper.
—Sangre -dijo.
—¿Mucha?
—No. — Krüger era conocido por sus detallados informes.
—¿Algo especial, aparte de la inusitada presencia de sangre en el marco de la puerta?
—Emborronada. Hay dos borrones.
—¿Podrían proceder de una mano?
—Sí.
—¡Por Dios, Krüger! Deje ya de hablar por los codos. Se va a quedar sin aliento.
—Ja.
Krüger se había reído. La noche prometía ser excepcional en todos los sentidos.
En ese instante Rabenhorst llegó a la carrera tirando de Schramm, que para entonces había recuperado un poco de color y miraba con interés.
—Me gustaría hacer ahora mi declaración, si a usted le parece bien.
—Estupendo -se alegró Cüpper-. ¿Quiere un poco de aguardiente?
—Oh, no... quiero decir...
—No es ninguna obligación.
—Es sólo que yo creía que esto tenía carácter oficial, y para eso necesito tener la cabeza despejada, porque usted luego levantará acta de mi declaración y...
—Señor Schramm -Cüpper puso con delicadeza las manos sobre sus hombros-. No tiene usted ninguna obligación, pero si le apetece podemos bajar a su piso, donde se sentirá más a gusto. Para tranquilizarse, tómese un coñac, o lo que quiera, y luego me cuenta con calma lo que ha pasado. A mí deme una botella de agua. Pero, por favor, que sea de una buena cosecha.
Las comisuras de los labios de Schramm se curvaron levemente hacia arriba y el hombre pareció relajarse.
Una vez en su casa, Schramm no necesitó un coñac, sino tres. Cuando estuvo más tranquilo, se lanzó a hacer una minuciosa descripción de su situación económica y de su desesperación personal, que había culminado con esa funesta noche de insomnio.
—Ella gritó: «¡Dios mío!» Y otra vez: «¡Ay, Dios mío!» Y creo que otra vez más. — Schramm sintió un escalofrío-. Sí, tres veces seguidas. Luego se hizo el silencio.
—¿Y qué más?
Cüpper bebió un sorbo de agua. Demasiado salada, demasiado ácido carbónico.
—¿Qué más? — Schramm frunció el entrecejo-. Luego oí algo que no supe distinguir y un trompazo, como si algo...
—¿Se cayera? — continuó Rabenhorst.
—Cierre el pico, Rabenhorst -lo censuró Cüpper-. Dígame, Schramm, ¿qué clase de trompazo?
—No estoy seguro. Sonaba bajo, como lejos.
—Pero los gritos no, ¿verdad?
Schramm empalideció de nuevo y se inclinó hacia adelante con aire conspirativo.
—Igual que si estuviera en mi piso, ¿sabe usted? ¡Justamente en mi maldita casa! Como si estuviera aquí, a mi lado.
—¿Quién? ¿La señora Von Barneck?
Schramm alzó las cejas con aire perplejo.
—Sí, claro. ¿Quién, si no?
—Hum. Vale, oyó un trompazo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde los gritos?
—Cuatro o cinco segundos. A mí me pareció una eternidad, pero pensándolo mejor...
—Y luego, ¿qué?
—Pues volvieron a pasar unos segundos. Y entonces alguien bajó la escalera a todo correr, como si lo persiguiera el diablo, salió a la calle y...
—¿Por qué lo sabe?
—Porque oí cerrarse el portal.
—Ah, el portal. Entonces usted subió al quinto valiente y decidido y vio la puerta abierta.
—Sí. Dentro estaba todo oscuro y...
—Muchas gracias. El resto de la historia ya lo sabemos, así que le propongo que ahora vaya usted a acostarse.
—¿Acostarme?
—Debo pedirle que se mantenga a nuestra disposición, y eso puede hacerlo perfectamente desde la cama. En lo que a mí respecta, soy capaz de dormir a pierna suelta incluso después de ver una película de terror.
—Pero lo ocurrido esta noche no ha sido una película.
Cüpper sonrió.
—Sí lo ha sido, señor Schramm. Ha sido una película. Un poco de cine, nada más. ¡Rabenhorst, en marcha!
Entretanto, había llegado el forense de guardia. Se quitó la chaqueta, examinó el cadáver, estableció que la hora de la muerte había sido entre las nueve y las doce, se sonó la nariz ruidosamente, volvió a ponerse la chaqueta y se marchó a casa. Rabenhorst se colgó del teléfono para tratar de averiguar algunas cosas sobre la víctima, si es que se podía averiguar algo a esas horas. Cüpper frunció el entrecejo y se dirigió al cuarto de estar, donde había visto un frutero con unas manzanas estupendas. ¿Qué iba a ser de ellas? Sin pedir permiso a nadie, cogió una.
La manzana tenía un sabor exquisito. Sólo sus recuerdos sabían a pepino.
Ella se había largado, sin más.
—¡Rabenhorst! — bramó, y devolvió al frutero la manzana mordida.
Se le había pasado por completo su merecido sueño. Rabenhorst acudió a la carrera.
—Inka von Barneck... -empezó.
—Lo sé.
—Metro sesenta y nueve, pelo negro...
—Eso también lo sé. Cuénteme algo nuevo. ¿Para qué se le manda llamar por teléfono?
—... cuarenta y tres años, nada especial. Es decir, hasta hace un momento. ¡Agárrese! Era la mujer del millonario empresario inmobiliario Fritz von Barneck.
—¿Millonario empresario inmobiliario?
—Por ese orden.
Cüpper dejó escapar un silbido.
—¡Claro, hombre! Llevaba un rato pensando de qué me sonaba a mí ese nombre. ¡Von Barneck, claro! ¿No es el que está causando furor en no sé qué planes de rehabilitación para Eigelstein?
—Sí, venía en el periódico.
—¿Y qué estaba haciendo ella aquí? Dudo que los Von Barneck vivan en el Bazaar de Cologne.
—La mujer compró el piso hace escasamente dos años, a su nombre. No tengo ni idea de si ha vivido siempre aquí o sólo esporádicamente. Los Von Barneck poseen un caserón enorme en Marienburg.
—¿Dónde, si no? — observó Krüger, que, armado con su maletín, había interrumpido las pesquisas en el cuarto de estar.
—No se deje impresionar tan fácilmente -dijo Cüpper-. Marienburg no es más que una exclusiva montaña de deudas. La gente que realmente tiene dinero vive en Bonn.
—Entonces, Von Barneck es la excepción -constató Rabenhorst-. Es tan rico que se lo huele desde Nippes.
—¿Alguna otra cosa?
—De momento, no.
—Bien. ¿Quiere una manzana?
—¡Jefe! No debería comerse siempre las cosas de los demás.
—Los demás están muertos. Y las manzanas son buenas. No ponga el grito en el cielo; a esa mujer no la han envenenado con una Granny Smith. ¿Ha llamado a Von Barneck?
—No. Además, esas manzanas están apergaminadas.
—Cómo se ve que no tiene ni idea. Las mejores manzanas son las pequeñas y arrugadas. Bueno, vayamos de una vez a Marienburg.
—¿No podemos esperar hasta mañana?
—No, no podemos.
Rabenhorst se encogió de hombros, resignado. Una vez en el rellano de la escalera, se detuvo, miró indeciso hacia adentro y dio media vuelta. Cuando salió de nuevo, masticaba con la boca llena.
Si algo había que reconocerle a Cüpper es que era un entendido.
LA VILLA
Recorrieron el Ring en dirección a Chlodwigplatz y giraron por Bonner Strasse. Allí todavía se respiraba un ambiente urbano. Bastaba con cruzar la carretera de circunvalación y meterse en Marienburger Strasse para que ya fuera otro mundo. Oscuras y silenciosas, las casas señoriales flanqueaban el camino tímidamente retranqueadas, como si quisieran guardar las distancias con los transeúntes que pasaran por allí. Transeúntes como Rabenhorst y Cüpper.
Se internaron en Goethestrasse. Su objetivo se ocultaba tras el muro que formaban unos setos de la altura de un hombre. Por un momento, Cüpper pensó que habían pasado de largo, pero luego vio el descolorido gablete del tejado recortado contra el cielo e intuyó que Fritz von Barneck había hecho justicia a su profesión en beneficio propio. Entre los setos destacaba el cuadrado de una gran puerta de garaje.
En ningún sitio había ni la más mínima lucecita. Marienburg era fantasmagóricamente discreto.
Estuvieron buscando un timbre durante cinco minutos, hasta que Cüpper llegó a la conclusión de que en ese mundo toda forma de comunicación tendría lugar a través de mensajeros montados a caballo. Finalmente, Rabenhorst metió la mano por entre unas zarzas y pulsó un botón al tiempo que maldecía.
No pasó nada.
—¿Está seguro de que era el timbre y no un dispositivo de disparo automático? — se guaseó Cüpper.
—¿Está usted muerto?
—No.
—Entonces era el timbre.
Rabenhorst se puso de puntillas para atisbar por encima del seto. De repente oyeron un chasquido.
—¿Qué desea? — preguntó una voz desde el interfono, hasta entonces bien camuflado.
—Policía de la brigada de investigación criminal.
—¿Le importaría mostrarme su identificación?
¿Acreditarse allí fuera? Cüpper miró hacia arriba y vio el ojo inexpresivo de una cámara. Sacó su carnet y lo pegó a la lente.
—Me temo que no va a reconocer gran cosa en la oscuridad -dijo.
—Eso no es ningún problema -respondió el otro con un chirrido-. Se trata de una cámara de infrarrojos.
Tras un breve clic, la puerta comenzó a desplazarse sin hacer apenas ruido en dirección al seto. Tras ella apareció una rampa que, a los pocos metros, describía una curva y desembocaba en el garaje, desde donde partía un camino para recorrer a pie.
Allí, en medio de la niebla opalina, se hallaba la villa.
Era enorme.
Unos grandes miradores con forma de arco flanqueaban una gran puerta, cuyas hojas se habían abierto y ahora bañaban la oscuridad con luz amarilla. En el primer piso se veía una imponente terraza sobre la que se alzaba hacia el cielo una lúgubre sierra de puntiagudos gabletes. Cüpper no pudo evitar acordarse de Edgar Allan Poe.
Como si de una pincelada se tratara, en el rectángulo luminoso de la puerta apareció una figura. Cuando los policías se acercaron, vieron a un anciano de corta estatura con la fisonomía de un roble milenario. El amplio albornoz y la expresión patética de su rostro le conferían el aura de Alberich, el rey de los nibelungos. Levantó la ceja izquierda y miró a uno y a otro con interés.
—Buenas noches, caballeros. Su presencia hace estallar el marco de lo cotidiano.
—¿El señor... Von Barneck? — preguntó Cüpper sin acabar de creérselo.
A lo lejos retumbó débilmente un trueno.
—No, señor comisario. Yo soy, si me lo permite, el mayordomo del señor Von Barneck, por más que en Alemania no sea muy habitual gozar de esta noble tradición. ¿Tendría la bondad de decirme a qué debo su visita?
—Lo siento, pero debo hablar personalmente con el señor Von Barneck.
—Entiendo. En seguida bajará. Mientras tanto, hagan el favor de pasar.
Cüpper dirigió una furtiva mirada a la biblioteca y a una sala que parecía un inmenso comedor. Del tragaluz que había en lo alto del vestíbulo, a cuyos lados se extendían las balconadas del primero y del segundo piso, colgaba una enorme araña de cristal. El anciano los condujo directamente debajo. «Si ese chisme se cayera ahora -pensó Cüpper-, ya no tendría que preocuparme por nada ni por nadie. Todos los males de este mundo quedarían hechos añicos.» Pero entonces tampoco podría ir al mercado a oler tomates italianos; nunca más podría dejarse seducir por viejos oportos, ni sorber caipiriñas en el Rosebud mientras escuchaba con entusiasmo a la banda de jazz. Y sobre todo, nunca más podría meter una segunda pajita entre los trocitos de lima para compartir la copa con una de las hermosas criaturas que poblaban la noche de Colonia.
Miró con recelo hacia arriba.
De las oscuras habitaciones colindantes salió apresurada una mujer de poderosas hechuras. Al verla venir, el anciano puso los ojos en blanco.
—Elli, vuelve a la cocina. Estos señores son de la brigada de investigación criminal. Quieren hablar con el señor Von Barneck; no creo que tu presencia sea precisamente de su agrado ni les sirva de gran provecho.
—No hables de una forma tan engolada.
—Elli, por favor.
—Schmitz -dijo ella con una sonrisa radiante al tiempo que estrechaba la mano de Cüpper y Rabenhorst-. Él también se llama Schmitz. ¿Les has vuelto a contar que eres el mayordomo? — regañó al viejo-. Es un criado, ¿saben?, y también el chófer. Lo del mayordomo lo ha sacado de una de esas novelas inglesas. Yo siempre le digo: «No deberías leer esos libros en los que continuamente están matando a la gente, no te conviene.» Además, tendría que ponerse gafas; se está estropeando la vista, y luego se queja.
—¿Qué hace usted a estas horas todavía en la cocina? — preguntó Rabenhorst, extrañado.
La señora Schmitz puso los brazos en jarras.
—Eso mismo me gustaría saber a mí. Ya no soy ninguna jovencita. Es que el señor Von Barneck ha tenido hoy una recepción importante y, claro, había un montón de pucheros, sartenes, vasos y cubiertos por fregar. Podría haberlo hecho mañana, pero ¿acaso no es el hombre el peor enemigo de sí mismo? Sencillamente, no puedo dejar los platos sin lavar. ¿Con qué se encontraría el señor Von Barneck si mañana fuera a la cocina? En realidad entra allí muy rara vez, de manera que podría acostarme. Pero a todos los que hicimos la guerra se nos bajaron los humos; allí nadie te preguntaba si querías ir a acostarte. Eso de recogerlo todo en un periquete se lleva en la sangre; además, las personas mayores no necesitamos dormir tanto. En lo que a mí respecta...
—Es mi mujer -la interrumpió el anciano-. Hace la comida.
—¡Y sirve la mesa! — dijo la señora Schmitz-. ¡Y limpia!
—Senta, ci scusi tanto -la voz venía de arriba.
Cüpper dirigió la mirada hacia el balcón del primer piso. Dos hombres en pijama se apoyaban en la baranda, uno de los cuales bostezaba ferozmente.
—Ce qualche problema? -preguntó el otro a los de abajo.
-Nessun problema -respondió tranquilamente el criado-. Allora ci dispiace tanto di averla disturbata. I due signori sono della polizia.
-Polizia! -exclamó el otro-. Santo cielo, é sucesso qualche cosa?
—Speriamo di no. Io penso che i signori ci racconteranno il fatto.
—A todo esto, sepan ustedes, esos dos no hablan alemán porque no quieren -le susurró la cocinera a Cüpper en tono despectivo.
La mujer tenía la barbilla llena de pelos que parecían prolongarse hasta los dientes.
—¡Qué cosas tiene! — cuchicheó Cüpper-. ¿Y quiénes son esos caballeros?
—Contactos de negocios del señor procedentes de Italia. Como ya le he dicho, el señor Von Barneck ha ofrecido esta noche una recepción. — Su rostro adoptó un aire triunfal-. Ha de saber que tenemos siete habitaciones para invitados.
—Elli -replicó Schmitz-, al comisario no le interesa saber cuántas habitaciones de invitados tenemos. Ve a la cocina o a la cama, pero vete. Realmente no creo que puedas ayudar a los señores, y además, en seguida...
—Buenas noches.
Todas las cabezas se alzaron al mismo tiempo. En la segunda balconada destacaba la figura de un hombre alto. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando a la gente que alborotaba en el vestíbulo. Luego bajó la escalera que unía la planta baja con los pisos superiores. Por la frente y por la nuca le caía un abundante pelo blanco que le daba un aire leonino.
Sus ojos grises escudriñaron a Cüpper y a Rabenhorst con una mezcla de enojo y curiosidad.
—Soy Fritz von Barneck -dijo finalmente.
Cüpper le devolvió la mirada. Durante un momento, ambos se quedaron petrificados.
Cüpper decidió abreviar.
—¿Cree usted que estaba conmovido o que le daba igual? — preguntó Cüpper una vez de vuelta en el coche.
Rabenhorst se frotó varias veces el puente de la nariz. La entrevista había durado poco. Al principio la noticia había dejado mudo a Von Barneck. Lo que dijo después fue más que escueto. No, no había visto a su mujer desde hacía varios días. No, no sabía de nadie que pudiera haber cometido el asesinato. Cuando todavía le estaban interrogando, había dado media vuelta y los había dejado plantados. Mientras tanto, Schmitz, consciente de su deber, había ido de un lado a otro con el entrecejo fruncido. Su mujer, en cambio, se había quedado sin habla y se había echado a llorar a lágrima viva. Los dos italianos habían intercambiado una mirada y se habían retirado discretamente.
—¿Cuál es su opinión?
Cüpper clavó la vista en la calle oscura.
—Digamos que Von Barneck tiene una coartada. Ha pasado toda la noche con sus invitados. Suponiendo que la mujer fuera asesinada entre las nueve y las doce, de lo que no me cabe duda, está a salvo.
—Lástima. Habría sido fácil.
—Rabenhorst, no sea vago. Si cualquier mentecato pudiera resolver casos criminales, usted tendría que dormir debajo del puente Deutzer.
—Bueno, aun así...
—De eso nada. Me juego mi cocina de gas a que esos dos no tenían mucho que decirse, pero lo cierto es que él ha pasado toda la noche en la villa.
—Además, tiene muchos testigos -corroboró Rabenhorst en el tono de un hombre al que se le han disipado las dudas-. ¿Volvemos al escenario del crimen?
Cüpper asintió en silencio.
HUELLAS
Para entonces había empezado a llover otra vez. Al día siguiente también llovería. Menudo verano.
Cüpper se bajó del coche en el Bazaar y envió a Rabenhorst a su casa. En el piso, los agentes de la policía científica seguían trabajando, sacando fotos y maltratando las alfombras del cuarto de estar con cintas adhesivas para pescar pelos o pelusas. Cüpper se paseaba entre ellos sin tener nada concreto en mente.
Era como ligar. Si te empeñas, vuelves solo a casa. Pero si sales sin ningún propósito en mente, te suceden las cosas más divertidas. Cüpper sabía que muchos policías no encontraban nada en el lugar del crimen porque partían de la base de que el criminal se había atenido a un modo de proceder oficial. Entonces recordó un relato de Poe en el que buscaban febrilmente una misiva que, durante todo el tiempo, había estado en un portacartas, delante de las narices de todo el mundo, de un modo tan evidente que nadie había reparado en ella.
Cüpper prefería hacer todo lo contrario: dejar que las huellas lo encontrasen a él. Se movía en un mundo desconocido, el del asesino. No podía conocer los indicios ni intuir los detalles que lo hicieran avanzar, pero podía recorrer la casa y dejarse sorprender.
Como primera medida, se comió las dos manzanas que quedaban. Los hombres de Krüger lo habrían echado de allí a patadas, pero en ese momento acababan de entrar en el dormitorio. Estupendo. Así estaría más tranquilo.
Sin prisas, regresó al vestíbulo, se quedó mirando la enorme mancha y ésta le devolvió la mirada. Un ojo monumental de sangre coagulada, un misterio indescifrable. Lo que hubiera ocurrido allí cobraría vida en el Schwarzer See, siempre y cuando se supiera mirar bien.
Cüpper se acercó. Poco a poco fue reconstruyendo la escena en torno a la víctima: la habían encontrado encogida, entre el armario y la puerta, aferrada al blazer tan fuertemente que hubo que romperle los dedos. Justo al lado estaba el cuchillo manchado. Aspiró el olor metálico de la sangre y se concentró en el arma. En su lugar, vio a Inka von Barneck de pie, con la cara vuelta hacia el armario y, tras ella, la sombra oscura. Se imaginó que él era la mujer. La habían agarrado del pelo y tirado de él mientras el cuchillo descendía como la barrera de un Paso a nivel. En la caída había levantado los brazos.
Cüpper se sorprendió a sí mismo con los ojos cerrados.
El olor a sangre se hizo cada vez más intenso. Incriminatorio, putrefacto. La mirada interior del comisario, ahora desde la perspectiva del asesino, contempló a la mujer que tenía delante, degollada por su propia mano. Tranquilamente, dejó el cuchillo a su lado.
Y se relajó.
De repente supo lo que lo había irritado del arma.
El olor se había disipado; sólo había existido en su mente. Lo que quedaba era una mancha grande, nada más. Cüpper se permitió esbozar una sonrisa de satisfacción y se dirigió al dormitorio.
La cama estaba bien hecha, con las sábanas estiradas y la almohada convenientemente sacudida. Sin edredón. Desde hacía algunas semanas reinaba un bochorno sofocante en la ciudad de Colonia, que se hallaba encajonada en un valle. A pesar de los continuos chaparrones y tormentas, por la noche resultaba imposible pegar ojo, porque el aire era como engrudo caliente. Probablemente Inka von Barneck no soportaba dormir con nada encima, al menos nada textil.
Cüpper examinó minuciosamente la almohada.
—No hay pelos -dijo la voz de Krüger desde debajo de la cama.
—Qué raro.
Krüger asomó la cabeza; su cara era como una máscara inexpresiva.
—Ha dormido sola.
—¿Y no hay pelos? ¿Ni siquiera suyos?
Krüger lo miró como si estuviera considerando no responder a una pregunta tan estúpida.
—Naturalmente -dijo por fin, y desapareció de nuevo.
Cüpper se dio por vencido. Allí sobraba.
En el cuarto de estar, la avaricia se apoderó de él. Se puso un par de guantes de látex, se agachó a cuatro patas y examinó con la lupa cada centímetro cuadrado del suelo. Los agentes de la policía científica habían hecho un buen trabajo, pero no obstante... él era mejor que el impertinente de Krüger. Lo cierto es que al cabo de un rato encontró algo: un objeto brillaba en la alfombra, delante del sofá. Lo cogió con cuidado y vio que se trataba de una lentejuela.
Inka von Barneck no llevaba un vestido de lentejuelas. Cüpper se levantó y abrió uno por uno todos los armarios y cajones. Tenía cantidad de ropa, pero nada adornado con lentejuelas.
El suelo estaba limpio. Era evidente que lo habían limpiado hacía poco; al menos habían pasado la aspiradora. De lo que se deducía que la lentejuela no debía de llevar mucho tiempo allí.
¡Una lentejuela! Bueno, por lo menos tenía algo...
Cüpper, a punto de reventar de malicia, volvió al dormitorio con la intención de dejar a Krüger con un palmo de narices. Pero fue como hablar con la pared. El otro, impertérrito, tomó nota del hallazgo, lo etiquetó y de inmediato perdió interés en el objeto.
Menudo idiota.
Cuando Cüpper se disponía a largarse ya, su mirada recayó en el teléfono que había junto al sofá. A su alrededor había un poco de todo: libretas, críticas de discos recortadas de los periódicos, un programa del auditorio, varios bolígrafos y un pequeño bloc con algo escrito en la primera página. Un número de teléfono, nada más.
Una voz interior le decía que tenía que llamar a ese número. Una voz ubicada muy al fondo de su cabeza.
Copió el número, pidió que le dejaran las llaves del coche oficial de la policía científica y llamó por radio a comisaría. Al cabo de pocos minutos ya tenía el nombre y la dirección: Astrid Hasling, Overstolzenstrasse, en la zona de Volksgarten.
«Ve allí», le dijo impaciente su voz interior.
Cüpper reflexionó un instante. «Luego», se dijo.
La voz lo apremió: «Luego quizá sea demasiado tarde.» Cüpper le dio largas: «A media mañana.» El resultado fue que la voz interior se enfadó y se retiró al último rincón de su cabeza. Ella era así: genial, intuitiva, espontánea. Pero a veces, también, un poco caprichosa.
PRIMER DÍA
CÜPPER
Esa mañana, mientras Romanus Cüpper caminaba por Mittelstrasse, el cielo había adquirido una tonalidad grisácea. En algún lugar detrás de la brumosa capa plomiza salía el sol. Sin molestarse en buscarlo, cogió un taxi en Rudolfplatz con el propósito de ir a casa para afeitarse.
El amanecer siempre conseguía hacer que cesaran las alarmas. A los navajeros les entraba el sueño, las pistolas regresaban a los cajones de los escritorios de los que habían salido, los puños se distendían y las furcias terminaban su jornada. En la barra del Wurst Willi se apoyaban pacíficamente los juerguistas trasnochadores, los hombres de negocios y los rufianes, hermanados por el olor de los kringelburger y los krakauer. Desde detrás del mostrador del garito, las mujeres metían baza en las conversaciones. En los últimos años, a Willi raramente se lo había visto por allí debido a sus achaques de salud, y porque había algo más noble que terminar sus días en la esquina de Klapperhof con Hohenzollernring. Finalmente, los había terminado en un bosque cercano a la ciudad... y desde entonces la legendaria salchichería de Colonia ya no era la misma.
Cüpper apreciaba unos cuantos bocados de comida grasienta tras las largas noches de trabajo, pero por alguna razón ese día se le había quitado el apetito. A cada metro que el taxi avanzaba en dirección a Theodor Heuss Ring, tenía más claro que iba a dormir en un piso vacío. Podría repantingarse en la cama tanto como quisiera porque en ella tan sólo estarían él y las sábanas.
Pensándolo bien, no estaba tan mal.
El taxi aceleró para atravesar el cruce en ámbar. No había mucho tráfico. Cüpper tenía por delante algunas horas de merecido descanso, antes de dirigirse al instituto forense.
Más silencio que descanso.
El taxista se saltó tranquilamente el siguiente semáforo en rojo y, haciendo chirriar las ruedas, se metió por la curva que rodeaba Eigelstein. La vía norte-sur era implacable. Rojo.
—¡Maldita sea! — refunfuñó el taxista-. Este semáforo siempre está en rojo.
Cüpper se encogió de hombros y no le llevó la contraria. En cuanto uno se subía a un taxi, se convertía automáticamente en cómplice del conductor. Había que enfadarse, al igual que el taxista, por la mala sincronización de los semáforos de Colonia, por las obras, por el gobierno, por los elevados impuestos, por la falta de aparcamientos, por el tiempo y por el precio de la gasolina.
-Madonna! -imploró el taxista-. Ahora nos vamos a quedar aquí parados durante horas. ¡Qué pestazo! Esto es peor que Napoli.
Nápoles. Nunca habían llegado tan abajo. Sólo más arriba de Roma. Pero ese año tenían planeado...
¡Maldita mujer! ¡Mira que abandonarlo!
—Rodee Ebertplatz -le aconsejó Cüpper-, y luego recorra el mismo camino de vuelta.
El taxista parpadeó, desconcertado.
—Theodor Heuss Ring empieza aquí.
—Lo sé. Ya no quiero ir allí.
—Bien, daré media vuelta. ¿Adónde quiere ir?
—A Overstolzenstrasse -dijo en la cabeza de Cüpper la voz interior, que una vez más se había salido con la suya.
ASTRID HASLING
La casa estaba casi al final de la calle. Cüpper se bajó demasiado pronto del coche y caminó por los charcos hasta que uno resultó ser un socavón y terminó con los zapatos empapados. Maldiciendo su suerte, subió como si pisara huevos los tres escalones que llevaban al portal.
Astrid Hasling vivía en un edificio antiguo ligeramente deteriorado, pero no por ello menos bonito.
En una placa de latón que colgaba de la puerta podía leerse su nombre.
Cüpper llamó al timbre.
Durante largo rato no se oyó nada, aunque ya contaba con eso. Al fin y al cabo, eran las seis de la mañana.
Mantuvo pulsado el timbre unos segundos, y al poco alguien le gritó por el interfono que se fuera al cuerno.
—Policía de la brigada de investigación criminal -dijo, impertérrito-. Debo hacerle unas cuantas preguntas. Abra, por favor -añadió tras oír un suspiro de consternación.
—¿Qué... qué ha pasado? — La voz de la mujer sonaba confusa y asustada-. ¿Ha ocurrido algo?
—Déjeme pasar, señora Hasling. Tenemos que charlar un poco.
Ella guardó silencio de nuevo.
Cüpper apretó el pomo profusamente adornado y de repente se oyó un zumbido. Entró en la casa.
—Gracias -murmuró, y subió la escalera con las piernas arqueadas.
El zapato izquierdo se le escurría al caminar. Cuando llegó al segundo piso, unas de las puertas se abrió lentamente y, tras una cadena, aparecieron unos ojos somnolientos y aterrados.
—¿De verdad es usted policía?
Cüpper hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa y le plantó la documentación delante de las narices. La mujer cerró la puerta y retiró la cadena, tras lo cual la abrió de par en par.
Lo primero que le llamó la atención fue la mirada de Astrid, que sugería una absoluta resignación. Llevaba un quimono echado sobre los hombros de cualquier manera, que probablemente había cogido al vuelo del colgador al oír que llamaban. Su pelo, corto y rubio, estaba tieso, como si hubiera pasado por una valla de alta tensión. «Podría ser guapa -pensó Cüpper-, si no se hubiera maquillado tanto las ojeras.» De repente se olvidó de sus pies empapados y de su alma chorreante.
—¿Astrid Hasling?
Ella asintió con cierta vacilación.
—Comisario Cüpper. Siento haber tenido que sacarla de la cama a estas horas. ¿Puedo entrar?
—Yo... oh, perdone. Claro, pase usted.
Recorrieron el vestíbulo y entraron en un saloncito con un mirador que daba a la calle. Cüpper echó un vistazo a su alrededor. Era un cuarto acogedor abarrotado de objetos antiguos. Cómodo, pero desordenado. En realidad, parecía un trastero. En el suelo, junto a una mesita baja, había dos botellas de vino vacías y una botella medio llena del mejor armañac, con el corcho al lado. Olía a disipación. Cüpper estuvo a punto de soltarle a su improvisada anfitriona un discurso sobre el arte de destilar.
Astrid Hasling se desplomó en un sillón de mimbre y a continuación señaló otro en silencio. Era obvio que le costaba trabajo mantener la cabeza erguida sobre los hombros.
—¿Se acostó tarde? — preguntó Cüpper sin hacer caso de su invitación.
Luego se dirigió hacia la mesa y examinó minuciosamente los vasos. Uno de vino y otro para los licores. Aún quedaban restos de bebida en el fondo. Evidentemente, Astrid tenía una resaca espantosa.
—Estuve con unos amigos -murmuró ella-. ¿Puedo ofrecerle algo?
—No, gracias. ¿Conoce a una mujer llamada Inka von Barneck?
Astrid trató de abrir un paquete de cigarrillos y Cüpper vio que le temblaban las manos.
—¿Conoce a la señora Von Barneck?
—Sí, la conozco. — El encendedor fallaba; Astrid miró casi implorante a Cüpper-. ¿No tendrá...?
—No, lo siento. ¿Me permite?
Cogió el mechero y lo encendió a la primera. Astrid Hasling quedó envuelta en una nube de humo azulado.
—¿Qué le pasa a Inka? — preguntó, algo más calmada.
—¿Se tutean?
—Sí, es una vieja amiga. Mejor dicho, lo era hasta hace poco.
—¿Qué significa «hasta hace poco»?
—Nos peleamos.
—¿Así, sin más?
—No, no fue tan simple. Los motivos son algo complicados. ¿Por qué me hace todas estas preguntas?
Cüpper caminó de un lado a otro por la habitación y finalmente se detuvo a su lado.
—Porque la señora Von Barneck está muerta.
No sabía exactamente lo que esperaba, pero en realidad no pasó nada. Astrid Hasling dio una calada al cigarrillo y se quedó con la mirada perdida.
—¿Y bien? — dijo al cabo con un hilo de voz.
—No parece sorprenderle la noticia.
Ella se pasó la mano por la cara; la llevaba envuelta en una gran venda.
—¿Por qué está muerta?
Cüpper se sentó en un taburete frente a ella y la miró a los ojos.
—¿Por qué cree que puede estar muerta?
—No lo sé.
—Sí lo sabe. Por lo menos tenía un enemigo.
Astrid frunció el ceño.
—¿Quién?
—Usted.
Ella negó levemente con la cabeza.
—Yo no era enemiga de Inka. Simplemente quería alejarla de mi vida, cuanto más, mejor. No tengo ni idea de quién puede haberla matado.
—¿Por qué sabe que la han matado?
—Usted ha dicho...
—Yo no le he dicho nada.
—Ha dicho que era de la brigada de investigación criminal. — Se irguió, y cuando prosiguió, su voz adquirió firmeza-: Escuche, yo puedo estar agotada, pero si a las seis de la mañana la poli me llama al timbre y me cuenta que Inka está muerta, lo más probable es que no haya muerto de vieja. ¡Hasta ahí llego!
—¿Por qué está tan alterada?
—Porque me acusa falsamente de algo.
—¿Ah, sí? ¿De qué?
—Bah, olvídelo.
Se colocó bien el quimono en los hombros.
—Yo no la acuso de nada -dijo Cüpper-. Sencillamente quiero hacerle unas preguntas.
—Está bien. Adelante.
—¿Cuándo vio a Inka von Barneck por última vez?
La mujer suspiró.
—Ayer.
—Creía que ya no tenían nada que decirse...
—Por desgracia, sí.
—Hum... ¿Se pelearon?
—¿Qué importancia tiene eso?
—No sé si la tiene. Tal vez sí, tal vez no. Pero debería contármelo.
Astrid dio otra calada al cigarrillo y exhaló el humo como si éste fuera la explicación de todo.
—Hace algunos años, Inka y yo abrimos una agencia de publicidad justo detrás del Neumarkt -dijo finalmente-. Yo había trabajado en Düsseldorf en unas cuantas tiendas grandes y estaba hasta las narices de dejarme mangonear por unos idiotas incompetentes. Pero no tenía el dinero necesario para abrir una agencia, así que le hice una propuesta a Inka. Total, que le entusiasmó la idea. No es que ella entendiera nada de publicidad, pero le pareció muy chic tener una agencia. Acordamos que ella financiaría la tienda y llevaría clientes, y yo haría el trabajo. Estaba bien pensado. Ella tenía contactos y dinero, y yo cierta idea; en realidad, formábamos un tándem perfecto.
—¿Tuvieron éxito?
—Desde el principio. — Astrid le obsequió con una sonrisa desfigurada-. Inka puso como única condición que nos lo montáramos de manera ostensible. Ella conocía personas influyentes de medianas empresas con las que se podía ganar un montón de dinero. Pero esa gente es un poco vanidosa; necesitan esplendor y gloria, y folletos caros; quieren, digámoslo así, lo que los ignorantes entienden por publicidad: el gran mundo tornasolado del diseño. Inka lo sabía e invirtió una cantidad demencial de dinero en la decoración, compró obras de arte y un montón de cachivaches caros. Yo no estaba de acuerdo. Me parecía genial poner algún detallito, pero cada vez que veía las cosas que traía me entraba el pánico. Es verdad que ella tenía el cincuenta por ciento y, en cierto modo, la última palabra, porque todos los clientes venían a través de ella. Pero al final tanto derroche nos pasó factura.
—¿Qué más hacía Inka von Barneck en la empresa, además de aportar capital? Quiero decir si trabajaba también.
—¿Trabajar, Inka? — La mujer soltó una carcajada-. Creo que en toda su vida no ha dado un palo al agua. Ella acudía a fiestas y recepciones y me traía a los invitados. Para cuando éstos entraban por primera vez en la agencia, Inka ya había hecho el dichoso trato. No tengo ni idea de cómo lo conseguía. El negocio de las agencias es duro. Uno debe ir a la caza del zorro.
Cüpper la observó pensativo.
—Juraría que no estaba usted demasiado contenta con el modo de trabajar de Inka.
Astrid Hasling apoyó la barbilla en las manos.
—Sí y no.
—¿Cuándo se pelearon exactamente? — preguntó él.
—Hará un año. No fue por nada en concreto. Probablemente fuera más bien una equivocación mía. Tenía cierto malestar porque trabajaba día y noche y, sin embargo, los clientes se pegaban a Inka como las moscas a la miel. Ella tiene... tenía una presencia increíble, los tenía a todos a sus pies. En fin, llegó un momento en que ya no nos entendíamos, y yo me harté de su afectación cosmopolita y de sus miles de relaciones. Vale, vivíamos de eso, y no vivíamos mal, pero que todo dependiera sólo de Inka y que en realidad ella no hiciera nada... Quizá fuera la envidia y esa sensación de inferioridad lo que me sulfuraba. Inka estaba forrada. Para ella era como un juego, mientras que para mí era una cuestión de supervivencia. Sencillamente ya no podía soportarla. Así que rompimos nuestra relación de amistad, sin que ello afectara a nuestros intereses comerciales.
A oídos de Cüpper, la última frase había sonado un poco repipi, como si se la hubiera sacado de la manga.
—¿Significa eso que ahora es usted la única gestora de la agencia?
—Sí. ¿Quiere un café? — dijo ella desviando la conversación.
—No, muchas gracias. ¿Qué tal marchan ahora los negocios?
—Ah, muy bien -respondió ella sin demasiado entusiasmo-. Como ya le he dicho, nuestra colaboración como socias era intachable.
—¿Y de qué hablaron ayer cuando se encontraron?
—De negocios.
—¿Nada personal?
—Llevábamos mucho tiempo sin tener nada personal de lo que hablar.
—¿Algo que se saliera de lo habitual?
—No. Rutina.
—¿A qué hora fue eso?
—Hacia las seis de la tarde. Quedamos en su casa.
—La señora Von Barneck la llamó por teléfono -afirmó Cüpper.
Ella se estremeció de un modo apenas perceptible.
El comisario sonrió.
—He encontrado su número en el Bazaar. Lo que me extraña es que después de tantos años siendo amigas...
—Socias.
—No importa: socias. Me extraña, digo, que no supiera de memoria su número de teléfono.
—Lo cambié la semana pasada -replicó ella con insolencia-. Compruébelo si quiere.
—No es necesario.
—Me llamó hacia el mediodía, y poco antes de las seis fui a su casa. Estuvimos hablando una media hora.
—¿Y luego?
—Me marché.
—¿Adónde?
—A cenar. Naturalmente, ahora querrá saber dónde. En Mario, en Lütticher Strasse. ¿Quiere saber también qué comí? Tagliatelle con boletus.
Cüpper la miró fijamente.
—¿Frescos?
Ella le devolvió una mirada de incredulidad.
—¡Dios mío! ¡La de cosas que quiere saber la policía! Pues claro que eran frescos. Por si le interesa, los acompañé con un Soave.
—¡Bah! Yo habría elegido un Barolo o algún otro tinto. Espero que no se pasara con el parmesano; el queso encubre el aroma de las setas.
—Desde luego que no. Pero...
—Está bien. — Cüpper decidió refrenarse-. ¿Adónde fue luego?
—Volví a casa.
—¿No se movió de aquí en toda la noche?
—Ya le he dicho antes que recibí la visita de unos amigos.
Cüpper sacó la libreta y el lápiz.
—Supongo que no tendrá inconveniente en decirme sus nombres.
Astrid Hasling lo miró con aire desvalido y los hombros caídos.
—¿Y bien?
—En realidad, no vino nadie -susurró ella-. Sólo se lo he contado porque ha visto usted las botellas.
—¿Pilló una cogorza usted sola?
—Sí.
—¿Puedo preguntarle por qué?
Ella alzó la cabeza con un respingo.
—No. Eso sólo me incumbe a mí. ¡Única y exclusivamente! Además, a usted no le serviría de nada saberlo.
Se midieron con la mirada. Finalmente, Cüpper asintió con la cabeza y se guardó la libreta.
—Señora Hasling -dijo amablemente-, no quiero descubrir sus secretos, siempre y cuando se pueda evitar. De entrada aceptaré su respuesta, pero no le puedo prometer que la cosa quede ahí. Nadie puede atestiguar que usted permaneciera aquí toda la noche.
—¿Qué quiere decir con eso? — preguntó ella, abatida.
—Nada. — Cüpper juntó las puntas de los dedos-. Al menos, de momento. Bueno. Cuando estuvo usted en casa de la señora Von Barneck, ¿hubo algo que le llamara la atención?
Ella arrugó la frente con aire de preocupación.
—No, que yo recuerde -respondió-. En la casa estaba todo como siempre, Inka estaba como siempre...
—No tiene por qué ser necesariamente en la casa. Quizá fuera, cuando usted llegó o se marchó.
A Astrid se le iluminó el rostro.
—¡Claro! — dijo-. ¡El italiano!
—¿Un italiano?
—Sí, estaba en el portal cuando salí. Me preguntó por Inka. Dijo que había intentado dar con ella varias veces por teléfono, pero que no le había contestado nadie. Me preguntó si la conocía.
—¿Cómo sabe que era italiano?
—Cuando alguien dice «Buona sera», es porque es italiano.
—¿Y usted qué le dijo?
—Creo que estuve un poco seca. Le dije que sí la conocía. Pero para hacer honor a la verdad, tenía mala conciencia y pocas ganas de hablar, así que lo dejé plantado y me marché. — Titubeó un instante-. Verá, fue extraño. Tras recorrer unos metros regresé, pero él ya había desaparecido; supongo que dentro de la casa. Al principio no caí en la cuenta, pero luego me pareció que lo conocía.
—¿Quiere decir que lo había visto anteriormente?
—No lo sé. Quizá fue sólo un déjà vu, un cierto parecido. Tuve la impresión de que me recordaba a alguien.
—¿Qué aspecto tenía?
—Era bajito, de mi misma estatura.
—Dar ese dato de un italiano no tiene nada de particular.
—Lo sé, pero aparte de eso era muy flaco. Espere... tenía bigote, demasiado grande para mi gusto. Pelo negro abundante, gafas de sol... Algo le pasaba a su voz. Era extrañamente ronca, como enfermiza. Casi susurraba.
—¿Se acuerda de cómo iba vestido?
—No exactamente. Creo que llevaba un traje oscuro, con corbata. Tenía un aspecto elegante.
—¿Era guapo?
—No sabría decirlo. Quizá sí. En cierto modo. No es mi tipo; demasiado bajo, demasiado delgado, pero atractivo.
—Bien, señora Hasling -Cüpper se levantó-. No quiero robarle más tiempo. Es posible que tenga que hacerle algunas preguntas más.
Ella sonrió débilmente.
—Cuando quiera, comisario. Pero, por favor, no antes de abrir la tienda.
Lo acompañó hasta la puerta. Allí, él se acordó de algo que hacía rato que quería preguntarle, aunque no sabía muy bien por qué.
—¿Vive usted sola?
Fue como si le hubiera clavado un cuchillo en las tripas a la mujer y lo hubiera retorcido. Cüpper vio la desgracia en sus ojos y supo que su intuición lo había llevado por buen camino.
—Sí -contestó ella salpicando al pronunciar la sílaba.
—Gracias, señora Hasling. Me las arreglaré solo.
Ella lo observó fríamente.
—Eso tenemos que hacer todos -repuso.
RABENHORST
Timbrazos.
Debajo de la sábana comenzó a moverse algo. Daba vueltas, se estiraba, temblaba, se sacudía, hasta que Rabenhorst asomó la cabeza con la elegancia de una tortuga y parpadeó asustado. ¿Ya eran las diez? Cüpper le había dicho que hacia las once irían al instituto forense, y que hasta entonces podía echar un sueñecito.
Timbrazos.
La mirada errante de Rabenhorst se vio enfrentada al indicador digital del radiodespertador, que le anunciaba fría y objetivamente que eran las siete y cuarto.
Timbrazos.
Estaba soñando con una enorme tarta de frambuesas. Luego Klausen, el director de la sección administrativa, llegaba montado en bicicleta y empezaba a tocar el timbre para evitar que se la comiera.
Los timbrazos seguían.
¿De dónde procederían esos malditos timbrazos?
¡Ah! No era Klausen: era el teléfono.
Se deslizó fuera de la cama, caminó arrastrando los pies hacia el cuarto de estar y cogió el aparato.
—Rahmorf -dijo.
—¿Qué manera de pronunciar tu nombre es ésa? — cloqueó una voz, y Rabenhorst palideció.
—¡Oh, mierda, mamá!
—¿Tienes que decir «mierda»? Hijo, ésas no son maneras de hablar con una madre. Sólo quería decirte que a las nueve iré de compras a Karstadt. Podríamos desayunar juntos.
—Mamá -se lamentó Rabenhorst-, ¿sabes qué hora es?
—Claro que sé la hora que es. Otros llevan ya mucho tiempo trabajando; sin ir más lejos, el señor Odenthal. ¿Te acuerdas del anciano señor Odenthal, del Höniger Weg?, pues ése está desde las cuatro en la panadería. A eso le llamo yo ser vigoroso. Dime, ¿por qué contestas al teléfono de un modo tan raro? No se entiende una palabra. ¿Qué te dice tu jefe?
—No sé lo que me dice. Déjame dormir, ¿vale?
—Está bien; tú sabrás. ¿Nos vemos entonces en Karstadt?
—No puedo, mamá. Tengo que perseguir asesinos.
—Pues ahora mismo no pareces estar en condiciones de atrapar a muchos. En adelante me ocuparé de que pronuncies mejor. Eso no lo has heredado de mí.
—No, mamá. Buenas noches, mamá.
—¿Cómo que buenas noches? Pero si ya es de día, hijo. Me acabo de encontrar con la señora Herrenstädter en la calle... ¿te acuerdas de la señora Herrenstädter, con cuya hija tú solías...?
—Sí -murmuró Rabenhorst-, la conozco. Conozco a todos los que quieras. Ciao, mamá.
Colgó, se rascó y volvió a meterse debajo de la sábana.
Timbrazos.
Rabenhorst arrugó la almohada como si ésta tuviera la culpa de todo, se levantó y fue tambaleante hasta el cuarto de estar.
—Hijo, acabo de acordarme de que antes te encantaban las camisas hawaianas, y ahora están en oferta. ¿Quieres que te compre una? Las azules son las más bonitas, pero a ti el azul no te sienta bien; ya desde niño te hacía muy pálido. ¿Quieres una roja?
—Quiero dormir -se quejó Rabenhorst-. ¿Es eso tan difícil de entender?
—Bueno, si tienes tanto sueño... Pero ahora están a tan buen precio, y luego vuelan... Al fin y al cabo, sólo quiero hacerte un favor.
—Me harías un favor enorme si te limitaras a no volver a llamarme.
—Digo yo que algo podré decirte; por algo soy tu madre. Siempre te enfadas; no admites ninguna crítica. ¿Por qué no te levantas de una vez?
—Estoy levantado, mamá.
—¿Dónde está entonces el problema? Realmente no sé dónde está el problema.
—Pues yo sí. Está en mi mano. Es un teléfono. Y ahora mismo voy a resolver el problema. Adiós, mamá.
Colgó tan aprisa que la mujer no tuvo tiempo ni de respirar, y mucho menos de añadir algo. Rabenhorst puso los ojos en blanco y se fue a la cama. Aunque hacía calor, se cubrió los oídos con el edredón, chasqueó unas cuantas veces con la lengua y cerró los ojos.
Timbrazos.
Volvió a abrir los ojos y se quedó mirando un punto fijo.
¿Qué podía hacer? El teléfono estaría sonando eternamente.
Se levantó a cogerlo.
—Hijo, se me acaba de ocurrir una cosa. Quiero decir que deberías estar en la oficina. Si te llama ahora tu jefe, se extrañará mucho al oír la voz de sueño que tienes, y luego irá por ahí diciendo que el señor Rabenhorst no cumple con su deber, sino que está acostado cuando se lo necesita. Dirá: «Señor Rabenhorst, debería estar usted avergonzado.» Eso no es conveniente para tu carrera...
—Mamá...
—Deja que tu madre te diga lo que tienes que hacer. Soy un poco mayor que tú. Ah, y no vayas en vaqueros a la oficina; no está bien visto.
—Mamá, yo...
—Tu padre fue siempre muy correcto. En su vida no llegó ni un solo día tarde. Hoy en día, los jóvenes os creéis de lo más moderno. A eso lo llamáis ser progresista. Algún día me lo agradecerás...
—¡Mamá, mamá, mamá! Te estaré agradecido. Lo estaré si no me vuelves a llamar en las próximas veinticuatro horas. Por favor, mamá.
Colgó el auricular de un porrazo y volvió furioso al dormitorio. Rechinando los dientes, se hizo un ovillo, cerró los ojos y contó hasta diez.
No pasó nada.
Respiró profundamente y contó hasta veinte.
Silencio absoluto.
Rabenhorst se relajó.
Timbrazos.
Se incorporó como si le hubiera picado una tarántula, saltó de la cama, corrió al cuarto de estar, arrancó el auricular del teléfono, se lo llevó al oído y gritó:
—¡Mamá, ya basta! ¿Me oyes? ¡¡¡Ya basta!!!
—Ah, Rabenhorst -dijo Cüpper-. Perdone, amigo; ni siquiera he mirado la hora que era. Habíamos quedado en dormir sólo un rato. Venga a las nueve y media a mi casa; yo prepararé el desayuno. Luego ya veremos qué hacemos. Por cierto, ¿por qué responde al teléfono diciendo «mamá»?
—Es una larga historia -lloriqueó Rabenhorst.
Colgó y se arrastró hasta el cuarto de baño.
—Parece usted crispado -constató Cüpper al tiempo que extendía en el panecillo una gruesa capa de morcilla de hígado. Rabenhorst sintió náuseas sólo de verlo-. ¿Qué ha estado haciendo? ¿No tenía sueño?
Rabenhorst negó en silencio con la cabeza. Cüpper meditó sobre lo que podría prepararle al pobre hombre. Quizá unos huevos revueltos.
En materia de huevos revueltos, Cüpper era un cinturón negro. Un par de huevos, dos cucharadas soperas de mantequilla, cuatro cucharadas de nata, sal, pimienta y un poco de nuez moscada recién molida. Cocinar a fuego lento removiendo sin cesar hasta que la masa cuaje. Sólo de pensarlo, se le hacía la boca agua.
Rabenhorst no quería huevos revueltos. Cüpper lo intentó con un café cargado, y acertó.
—¿Y usted? — bostezó Rabenhorst-. ¿No ha dormido?
«¿Con quién?», se preguntó Cüpper para sus adentros. Solía llevarle a ella el café a la cama, y Rabenhorst no era un buen sustituto.
—No -dijo-, no he dormido. He ido a ver a una persona.
—¿A quién?
—Astrid Hasling.
—Ajá. ¿Y quién es ésa?
Cüpper se lo explicó.
—Estaría bien que fuera a echar un vistazo a esa agencia de publicidad -dijo a continuación-. Hasling y socia; Clemensstrasse, 104. Hable usted con alguien que sepa algo de la tienda. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que esa pelea entre Inka von Barneck y Astrid Hasling fue más que un simple hartazgo por ambas partes. Ah, y otra cosa: no puedo jurarlo, pero es posible que haya sido abandonada por un hombre no hace mucho.
—Esas cosas pasan -murmuró Rabenhorst al tiempo que observaba con disimulo el piso vacío.
Cüpper lo miró y se imaginó a sí mismo arrojándole a la cara el panecillo de morcilla de hígado.
—Aparte de eso, mientras usted dormía, he trabajado un poco -observó con sarcasmo-, y ahora sé algo acerca de las relaciones familiares de los Von Barneck. — Untó mermelada inglesa en un segundo panecillo y le dio un bocado. En cuestión de un segundo se zampó dos tercios del bocadillo-. Lof Fon Farmek fienen una fija.
—¿Qué? — preguntó Rabenhorst.
Cüpper tragó.
—Que los Von Barneck tienen una hija. Para ser más exactos, es hija de Inka. Marion Ried. Vive en Südstadt. Inka von Barneck se llamaba antes Inka Ried y, si no me equivoco procedía de una dinastía inmensamente rica de Colonia. No tenía hermanos y sus padres están muertos. Tuvieron un accidente de coche hace cinco años en el sur de Francia. Sobre Fritz von Barneck todavía no sé mucho.
—Estoy impresionado -dijo Rabenhorst, y realmente lo estaba-. ¿A cuánta gente ha sacado de la cama para obtener toda esa información?
—Hay cosas mucho peores que que te saquen de la cama. ¿Café?
—Sí, por favor.
—Bien, dividámonos. Usted vaya a la agencia y yo visitaré a la afligida hija.
—Si es que ya lo sabe...
—Eso da igual. Tenemos dos horas escasas; luego nos encontraremos donde la Reina de Saba.
—¿La Reina de Saba? ¡Santo cielo! — gimió Rabenhorst.
Cüpper esbozó una sonrisa. De repente había recuperado el buen humor.
Rabenhorst fue en coche hasta Clemensstrasse. Cüpper había vaticinado que Astrid Hasling no aparecería por allí antes del mediodía. Tenía que asimilar la muerte de su socia, aunque eso no le resultaría tan difícil como recuperarse de su resaca. Había tiempo suficiente para hacer un poco de investigación de campo.
La agencia parecía un museo. Rabenhorst no entendía mucho de arte; en realidad, no entendía mucho de nada, salvo de su trabajo. Pero los Warhol eran igual de auténticos que los Penck y los Immendorf; de eso no cabía duda. En la puerta de entrada le mostró su identificación a una dama elegantemente vestida y preguntó por Astrid Hasling.
Astrid había llamado diciendo que tenía algunas citas urgentes y no llegaría antes de las doce.
«¿Conque citas urgentes, eh?», pensó Rabenhorst, y preguntó por el encargado. Al cabo de cinco minutos apareció un joven bronceado con vaqueros y zapatillas deportivas que se presentó como Holger Renz y que parecía muy atento. Acompañó a Rabenhorst a un despacho enorme y, en el pasillo, cogió al vuelo café y pastas. El policía rodeó la mesa de conferencias sin saber muy bien a qué silla confiar sus posaderas, pues cada una de ellas parecía más bonita, más cara y más incómoda que la de al lado.
—Siéntese en la de colores, la que está acolchada -le aconsejó Renz con una sonrisa radiante-. Vaya, la brigada de investigación criminal, qué emocionante. ¿Qué crimen hemos cometido? ¿Competencia desleal, señor comisario?
—Inspector, por favor.
—Sí, claro. Nos encantan las denuncias.
Rabenhorst se removió en la silla intentando acomodarse, hasta que por fin se dio por vencido.
—¿No le ha informado la señora Hasling?
—No lo sé. ¿De qué se trata?
—De la señora Von Barneck.
—Uf, hace mucho que no viene por aquí.
—Y no volverá a venir. La señora Von Barneck fue asesinada anoche.
La sonrisa del rostro de Renz desapareció tan de repente como si alguien hubiera accionado un interruptor.
—¿Cómo ha dicho?
Rabenhorst le contó brevemente lo sucedido. Su interlocutor parecía desconcertado, pero al cabo de un rato, el policía comenzó a tener dudas acerca de si Renz estaba realmente sorprendido o embargado por la emoción. Decidió intentarlo con un farol:
—La señora Hasling nos lo ha contado todo. Nos ha hablado de los problemas con su socia, especialmente de los actuales.
—Ah, entonces ya lo sabe. — Renz se hundió en su asiento-. Sí, fue una historia muy jodida.
—¿Está usted al corriente de todo?
—Naturalmente. Astrid, quiero decir, la señora Hasling y yo dirigimos la agencia -poco a poco fue recuperando la sonrisa-; al menos, hacemos el trabajo...
—Eso mismo dijo la señora Hasling.
—Se quedó hecha polvo cuando ayer la llamó Inka. ¡Menuda hija de...! Perdón... Está muerta, pero eso no cambia las cosas. Inka estuvo a punto de llevarnos a la ruina.
—¿Qué le dijo Inka por teléfono? O mejor dicho, ¿qué le contó a usted la señora Hasling?
—Creí que ya lo sabía.
—A grandes rasgos, pero me gustaría que usted me lo contara otra vez.
Renz se inclinó hacia adelante.
—Inka quería dejar el negocio, quería pasar de todo. ¿Sabe lo que hubiera significado saldar deudas con Inka von Barneck? Eche un vistazo a su alrededor. Mire nuestra lista de clientes. Habríamos quebrado; nuestros acreedores nos habrían hecho rezar el padrenuestro antes de lincharnos...
Sus ojos enrojecieron de furia. Rabenhorst pensó que Inka von Barneck había hecho bien en morir. Mejor eso que cruzarse con Renz.
—¿Cuándo dijo eso?
—Ayer, así, de sopetón. Bueno, en el fondo era de esperar, al menos desde el asunto del marido de Astrid.
Rabenhorst aguzó el oído.
—¿Hace un año? — preguntó a voleo.
—Sí, exacto -asintió Renz, asombrado.
—Cuando se pelearon las dos, ¿no?
—¡Figúrese! Su mejor amiga se lo monta con su marido. No es de extrañar que Astrid se pusiera furiosa. Inka confesó arrepentida... bah. Alguien tendría que haberle retorcido el pescuezo ya entonces.
—No se precipite. Podría ser...
—Anoche estuve en una fiesta, si se refiere a eso. La verdadera putada fue que Inka encima tuvo la desfachatez de pavonearse con el asunto. No es que Astrid descubriera el affaire. Fue Inka la que se lo restregó por las narices, según ella, porque no podía seguir viviendo con la mentira. ¡Menudo disparate! ¡Se lo ha pasado en grande toda su vida!
—¿Y el matrimonio?
—Roto. Están en trámites de separación. No es que Astrid esté como unas castañuelas, pero más o menos ha logrado asimilarlo.
—¿Qué hay de la relación entre la señora Von Barneck y el señor Hasling?
Renz hizo un movimiento de rechazo con la mano.
—Se acabó. A Inka sólo le interesaba jugársela a Astrid.
—Hay algo que no me ha quedado claro -señaló Rabenhorst-. No entiendo cómo una ruptura tan escandalosa de su amistad no bastó para romper también la relación comercial.
Renz soltó una carcajada.
—Me resulta usted un tipo gracioso. Ya le he dicho que hace un año habríamos desaparecido si Inka hubiera encontrado el tiempo suficiente para obrar en serio. La muy pérfida lo único que quería era destrozar a Astrid y, pese a todo, seguir siendo imprescindible. Inka podría habernos quitado a un tercio de nuestros clientes de la noche a la mañana. Es más fácil romper relaciones comerciales que crearlas, no sé si sabe a qué me refiero. Y aunque no lo hubiera logrado, habríamos tenido que afrontar serias dificultades económicas. Para Astrid era una cuestión de supervivencia. No le quedó más remedio que llegar a un acuerdo con Inka.
—Imagino lo mal que debió de sentirse -dijo Rabenhorst.
—Mal es poco. — Renz parecía hervir por dentro-. Se odiaba a sí misma.
—¿Habló usted ayer otra vez con la señora Hasling?
—No. Inka llamó a mediodía. — Apretó los dientes con fuerza-. Astrid le imploró por teléfono que reflexionara sobre el asunto. Después de darle muchas vueltas, le concedió una visita.
—¿A las seis en el Bazaar?
—Exacto. Quedamos en llamarnos por teléfono a continuación, pero no tuve más noticias de Astrid. Luego fui a esa fiesta. Esta mañana, poco antes de las nueve, ha llamado a la centralita diciendo que estaba enferma. Oficialmente, tenía algunas citas. Yo acabo de llegar; no tengo ni idea de cómo acabó la reunión de ayer.
—Pues con la muerte de la señora Von Barneck -observó Rabenhorst con frialdad.
Renz lo miró incrédulo y meneó la cabeza.
—Eso es una mierda de teoría.
—Para la policía todas las teorías son una mierda -repuso Rabenhorst, levantándose con esfuerzo-. Pero eso no depende de las teorías, sino de las causas que las suscitan. Por cierto, en caso de que la señora Hasling resultara culpable, ¿a manos de quién pasaría entonces la agencia?
Renz le dirigió una mirada negra como las plumas de un cuervo.
—Muchas gracias, señor Renz. Como le decía, las teorías no cuentan.
ALERGIA A LOS GATOS
Cüpper no daba crédito.
De todos los casos de asesinato le había tocado uno que lo obligaba a ir al zoológico bajo una lluvia torrencial. ¡Marion Ried era cuidadora de animales!
«¡Lo que me faltaba! — pensaba el comisario mientras seguía al empleado del zoo-. Una niña que juega con los monitos...» Sólo había una especie peor: las pediatras principiantes. Criaturas románticas que flipaban con Whitney Houston y lloraban en el cine. En cuanto veían a un bebé o un cacharro, sucumbían a la imbecilidad. ¡Santo cielo!
—¿No podría haberle dicho a la señora Ried que saliera? — refunfuñó Cüpper.
No veía ningún animal. Claro, ellos no tenían ninguna razón para chapotear en la lluvia.
—No falta mucho -respondió el hombre.
—No, claro; ya llevamos diez minutos de camino.
—Lo siento. La señora Ried me mata si la hago salir. Con lo trabajadora que es...
«Estará ordeñando conejillos de Indias -pensó Cüpper-. Ojalá le hubiera enviado a Rabenhorst.»
Recorrieron un pasillo entre canguros y machos cabríos, pasaron junto a avestruces que estiraban el cuello con curiosidad y, finalmente, llegaron a un edificio alargado, situado transversalmente, cuya parte trasera lindaba con Riehler Strasse, una calle muy transitada. A derecha e izquierda había grandes recintos al aire libre. Cüpper caminaba con los ojos entornados mientras seguía al hombre hasta la puerta del edificio, pero no vio ningún animal por fuera. Hacía más de treinta años que no visitaba el zoo, cuando los osos todavía estaban encerrados en jaulas de hierro. Por aquel entonces le gustaba montarse en la vieja locomotora, de la que no sabía si seguía existiendo. La atracción del campo de recreo de Colonia: un bonito monstruo negro al que había que vencer. Cuando era pequeño se subió una vez a la chimenea y, desde allí arriba, contempló el mundo sin respiración. Ese día podría haberse convertido en un aventurero, pero luego, al ver que no podía bajar, se echó a llorar. Desde abajo, su padre lo llamó cobarde, no porque quisiera herir a su retoño, sino porque sencillamente estaba convencido de haber traído al mundo a un miedica. Entonces estiró sus fuertes brazos y, al cabo de unos segundos, el pequeño Romanus volvió a pisar tierra firme. Su padre había decidido hacer algo para que se le quitara el miedo y darle la oportunidad de superar su fracaso venciendo a la locomotora como un hombre. Su intención era buena, pero se equivocó de método.
—Bueno -dijo el hombre, y los recuerdos de Cüpper se disiparon como una nube de mosquitos-, ya casi hemos llegado. Qué tiempo tan espantoso. No parece que sea verano, aunque calor sí hace. Pero no es normal que llueva tanto en esta estación del año...
—¿Dónde puedo encontrar a la señora Ried?
—Ahí dentro, en alguna parte.
—¿En qué parte?
—La encontrará, no se preocupe. Hacía mucho que no había una chica tan guapa trabajando en el zoo.
Miró el reloj, sonrió y se despidió.
Cüpper entró en un pórtico parcialmente acristalado. Del fondo del mismo partía un ancho pasillo cuyo lado derecho estaba enrejado hasta la altura de un hombre.
—¿Señora Ried?
No obtuvo respuesta. Cüpper arrugó la frente y se asomó a un gran ventanal. Unos metros por debajo se extendía el recinto al aire libre de la izquierda.
—Señora, Ried, ¿está usted ahí?
Se encogió de hombros y recorrió el pasillo. Detrás de las rejas había grandes cámaras, separadas entre sí por trampillas de acero, abiertas por la parte trasera. Cüpper se acercó e intentó echar un vistazo al segundo recinto al aire libre.
—Señora...
En ese instante, algo gigantesco entró por el hueco. Cüpper vio una imponente mata de pelo que se abalanzaba sobre él y chocaba contra la reja. De inmediato sintió un sudor frío y retrocedió tambaleándose, al tiempo que un gruñido ensordecedor retumbaba en el pasillo mezclado con el tintineo de los finos barrotes de hierro.
«¡Van a ceder! ¡Se van a romper!»
Cüpper dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo y, cuando echó a correr, chocó con alguien.
—¡Eh! — le gritaron-. ¿Está usted loco?
Vio unos ojos verdes y se estremeció de nuevo.
—Yo...
—¡Aquí no se le ha perdido nada! ¡Fuera! Vaya usted a ver flamencos.
La mirada de Cüpper se paseó entre el gato que tenía delante y el de la jaula. No sabía cuál de los dos era más peligroso, pero uno al menos sabía hablar.
—¿Es usted la señora Ried?
La mirada de ojos verdes se ensombreció aún más.
—¿Quién quiere saberlo?
—La policía de la brigada de investigación criminal. Comisario Cüpper.
La mujer respiró profundamente y dejó en el suelo el cubo que sostenía en la mano. Cüpper vio dentro una gran masa de carne picada, suficiente para preparar como mínimo ochenta hamburguesas.
—¿Y bien?
—Tengo que hablar con usted, señora Ried. Pero, por favor, mejor en otro sitio.
—¿Por qué? ¿Tiene usted algo en contra de mis tigres?
—Sí. ¿Podemos salir ya?
—Antes tengo cosas que hacer.
Cogió el cubo y se dirigió hacia las jaulas.
—No tardaré mucho. Nada puede ser tan importante como para que él no tome su medicina.
Evidentemente, «él» era el tigre, que ahora restregaba su enorme cabeza por los barrotes husmeando la comida.
Cüpper apretó los dientes y se acercó también un paso. El animal gruñó de nuevo y el policía volvió a pegarse a la pared.
Gatos salvajes.
Le bastaba con mirarlos para convertirse en un idiota sudoroso; se le contraían las tripas y le entraban ganas de vomitar. Podías dejarlo sentado sobre la panza de un oso pardo o rodeado de tiburones en un bote neumático, que no habría ningún problema. Ahora bien, no podía ni ver a los gatos, mucho menos a los que medían más de dos metros.
Con la boca seca miró cómo Marion Ried abría la jaula de al lado y echaba la carne al interior. Luego la cerró de nuevo y abrió la trampilla de separación de acero. El tigre giró sobre sí mismo, se acercó con elegancia y se abalanzó sobre la comida.
—Perdone -murmuró Cüpper-, no sabía que fuera comida.
—Y no lo es. — La cólera había desaparecido del rostro de Marion Ried, cuya mirada recaía ahora tiernamente sobre el tigre-. Les damos de comer por la mañana, a las ocho. Pero a éste le pasa algo raro: ya no tolera la carne dura, así que le damos carne picada mezclada con medicamentos. Esta mañana lo ha vomitado todo, incluidas las píldoras. He estado observándolo durante dos horas y parece que está mejor. Éste es, pues, el segundo intento. Esperemos que no lo devuelva.
Cüpper pareció calmarse un poco.
—Por favor, ¿podríamos salir ahora un momento?
—Ya veo que tiene alergia a los gatos -dijo ella meneando la cabeza-. Come, que en seguida vuelvo.
Salieron al pórtico del edificio, vigilado por dos leones de bronce, y Cüpper dio gracias a Dios por estar otra vez bajo la lluvia.
—Bueno, ¿qué ocurre? — preguntó Marion Ried con impaciencia.
Cüpper la observó. Unos veinte años, pelo rizado de color cobrizo, sin maquillar. Pecas por todas partes. Nariz demasiado pequeña, mandíbula prominente, boca demasiado grande. Jamás había visto una mujer que, siendo tan poco guapa, resultara tan increíblemente atractiva.
—Su madre ha muerto -dijo lentamente.
Los ojos verdes le clavaron la mirada como a una presa.
—Lo sé.
—¿Le ha contado su padre...?
—¿Fritz? No es mi padre. Sí, me lo ha contado. ¿Puedo volver ahora al trabajo?
—No. ¡Su madre ha sido asesinada!
—Era de esperar.
Cüpper se quedó mudo.
—¿Por qué? — logró decir al fin.
—Porque era una cerda, por eso.
—Señora Ried, está hablando de su madre. Quiero decir que...
—¡Haga el favor de no sermonearme! — gritó ella-. Diga lo que tenga que decir y lárguese.
Lo dejó plantado y regresó al edificio.
Cüpper se quedó petrificado, como si lo hubiera alcanzado un rayo. Finalmente, reaccionó y corrió tras la mujer. Cuando la agarró por el hombro, ella se soltó y le propinó una sonora bofetada. El comisario alzó la mano derecha, pero en el último momento se contuvo.
—¡Usted se queda aquí! — dijo, furioso.
Marion Ried miró ansiosamente la puerta.
—Tengo que volver con mis animales.
—Usted no va a ir a ninguna parte. ¿Cuándo se lo contó su padre?
—¡No es mi padre!
—Bueno, pues su padrastro.
Ella puso los ojos en blanco.
—Poco después de que usted fue a su casa, me llamó y me dijo que Inka estaba muerta. Me conmovió, como cabe esperar de una hija, y consciente de mi deber, me tomé dos aspirinas, estuve viendo la televisión y luego me vine al zoo.
—Estoy impresionado. ¿Dónde estuvo anoche?
—En el cine.
—¿En qué cine?
—En el Cinedom.
—¿Qué película vio?
—Bond, James Bond -respondió ella con sarcasmo.
—¿A qué hora?
—A las ocho y cuarto.
—¿Hasta?
—¡Yo qué sé! Hasta poco antes de las diez, supongo.
—¿Y luego?
—Me fui a casa.
—¿Qué hizo allí?
—Me tumbé en la cama a leer. Sin testigos. En el cine también estuve sola. También sin testigos. ¿Algo más?
—Sí. ¿Ha matado usted a su madre?
—No. ¿Y usted a la suya?
—¡Maldita sea, ya está bien! ¿Qué es lo que le pasa?
—Nada. Déjeme volver con mis animales.
Cüpper se mordió los labios. Le ardían las mejillas.
—¿Es que no tiene compasión? — inquirió.
—No. Mi madre era una mujer muy ruin. En su vida había miles de personas que la odiaban con toda su alma.
—Al igual que usted...
—Que yo sea la hija de Inka es una casualidad, ¡qué se le va a hacer! Se merecía lo que le ha pasado. Que tenga un buen día.
—¡Señora Ried!
—¿Qué quiere ahora, miedica?
Cüpper hizo caso omiso del agravio, sacó una tarjeta y la metió en el bolsillo derecho del mono de la chica.
—¿A qué hora sale?
Ella le clavó la mirada.
—¿Qué pasa, poli? ¿A qué viene tanta urgencia?
—Lamento profundamente la muerte de su madre; le doy mi más sincero pésame. No obstante, le ruego que domine su dolor por un momento y responda a mi pregunta. — Cüpper sonrió sarcásticamente-. De otro modo, me veré en la necesidad de hacerla picadillo y alimentar con ello a sus queridos gatos.
Esperaba una segunda bofetada, pero ella se limitó a murmurar:
—No tendría agallas para hacer eso.
—Es cierto. Lo de los gatos lo pensaría dos veces, como amante de los animales que soy. ¿A qué hora sale?
—A las cinco.
—La espero a las cinco y cuarto en la comisaría.
—No sé si iré.
Cüpper dio media vuelta meneando la cabeza y comenzó a alejarse.
—¿Y si no voy? — gritó ella a sus espaldas.
Él siguió andando. Más tarde se le ocurrirían miles de respuestas acertadas, pero en ese instante no tenía ninguna.
INSTITUTO FORENSE
Rabenhorst llevaba un cuarto de hora escaso esperando cuando su jefe llegó al instituto forense de Melatengürtel. A diferencia de Cüpper, él odiaba a la Reina de Saba, por lo que se mostró parco en palabras. Cogieron juntos el ascensor hasta el primer piso.
La Reina de Saba levantó la sábana como si fuera a presentar un elefante de cuadros rojos. Cuando tiró de ella, apareció el cuerpo desnudo de Inka von Barneck. Sus ojos impertérritos habían escogido un nuevo punto del universo en el que fijarse, cuyo misterio no se le revelaría a nadie que no hubiera logrado ser asesinado o, al menos, hubiera fallecido de muerte natural.
Rabenhorst miró su corbata. No le gustaba el instituto forense. Cada vez que veía los cadáveres maltrechos, a los que habían disparado, rajado o descuartizado, pensaba que estaba en una guerra. Cüpper, sin embargo, pensaba en comida. Pero eso no tenía nada que ver con el instituto forense: el comisario siempre estaba pensando en comida.
La Reina de Saba se llamaba en realidad Kurt Brauner y era el director del instituto. Lo habían apodado así porque solía ponerse joyas de oro hasta el límite de lo soportable. Por las mañanas, la Reina generalmente tenía más sueño que un perro porque le gustaba pasar las noches en el hotel Timp, donde, según los rumores, se presentaba como la reencarnación de la famosa actriz y cantante Zarah Leander, lo que hasta el momento no se había podido demostrar. Por lo demás, era una eminencia en el terreno de la patología forense y, por tanto, estaba fuera de toda sospecha de miras estrechas.
—¿Y bien? — preguntó Cüpper.
—Un corte maravilloso -dijo la Reina con ensoñación-. Tú me traes los casos más bonitos, Cüpper. Podría darte un abrazo.
—Ni se te ocurra; tengo espinas por todo el cuerpo. ¿Crees que murió por eso? Es decir, dejando de lado que no sobrevivió al corte.
—Oh, sí. Le dieron un buen corte a la pobrecilla. Por lo demás, no hay heridas, tranquilizantes ni drogas o similares. Sólo un poco de alcohol. No le queda mucha sangre que podamos examinar. Ahora que recuerdo, ¿preparaste ese pato del que me hablaste?
—Por desgracia, no. Todavía no he encontrado a nadie que lo estrangule para mí.
—Sí, la gente simplemente echa mano del cuchillo. Recuérdame que te dé una receta de albóndigas al parmesano; sencillamente exquisitas. Se deshacen en la boca como si fueran nubéculas. Por lo demás, poco antes de morir echó un polvo.
—¿Cuándo aproximadamente?
—En algún momento. A lo largo de la noche o de la tarde, quizá antes. Es difícil de determinar.
—¿Esperma?
—Muy poco. Bueno, podría mandar hacer un perfil genético; para eso llega. Pero ya sabes que hacen falta permisos y solicitudes, y ¿de qué te sirve si no conoces al tipo?
—Lo cierto es que ese día tuvo visita -concluyó Rabenhorst-. Y el que se acostó con ella podría haberla matado también.
—¡Qué perspicacia! — exclamó la Reina-. Entonces lo encontraréis en seguida. Rasgo distintivo: una polla.
—¡Pero bueno! — se acaloró Rabenhorst-. ¿Por qué no ha podido acostarse con su asesino?
—Es cierto, tesoro. ¡Porno duro!
Rabenhorst paseó la mirada de Brauner al cadáver y deseó estar muy lejos de allí.
—Eso no significa nada -repuso Cüpper, paseando alrededor de Inka-. Si se acostó con alguien, pudo hacerlo en cualquier otro sitio, no necesariamente en su casa.
—El comisario eres tú -dijo la Reina-. Pero si me lo preguntas, te diré que no hay ninguna razón para ir a ningún sitio cuando fuera está diluviando.
—Dame sencillamente la hora concreta.
La Reina se rascó la barbilla y miró al techo con un gesto exageradamente reflexivo. Naturalmente, tenía preparada la respuesta desde hacía rato, pero le encantaban los efectos dramáticos de la dilación.
—El polvo lo echó en todo caso antes de las diez -declaró por fin-. No más tarde.
—¿Y la hora del fallecimiento?
—No soy Delfos, Cüpper. Pero a las nueve seguro que todavía se lo estaba pasando bien. A las once ya no. — La Reina soltó una risita-. El corte definitivo fue a las diez. Zas-zas.
Cüpper frunció el entrecejo.
—¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro.
—¿Qué hay de las doce? Todo apunta a que fue asesinada a medianoche.
—¡Cüpper! ¿Acaso yo hablo por hablar? Entonces no me preguntes. Ve a cualquier medicucho y dile que te certifique la hora de la muerte que más te convenga. ¡Dios, policías!
—¡Dios, maricas! — gimió Rabenhorst.
—Podrías estar equivocado -repuso Cüpper.
La Reina echó la cabeza hacia atrás.
—Yo no me equivoco nunca, cariño. O, si acaso, muy rara vez. De todos modos, estoy dispuesto a admitir que fue a las doce. Sí, por mí, a medianoche. ¿Satisfecho?
—Si lo dices en serio...
—Contigo siempre hablo en serio. Y puestos a puntualizar, sería posible, pero no probable.
—Hum.
—¿Cómo que hum?
—Pues eso, hum.
—Venga, hombre. No te has molestado en venir hasta aquí sólo para hacer conmigo una inspección rutinaria.
Cüpper negó con la cabeza.
—No. ¿Podrías saber si el asesino es zurdo?
—¡Santo cielo!
—¿O sea que no?
—¡Hay que ver la de trabajo que me das! A estas horas de la mañana no estoy demasiado despierto.
—La señora Von Barneck tampoco.
—Dame tiempo.
—¿Cuánto?
—Tres o cuatro horas. No, mejor hasta mañana.
—Digamos hasta esta noche. Gracias. Rabenhorst, vamos a forjar planes. Reina -añadió jovialmente-, ármate de un lápiz y apúntame la receta de las albóndigas. Junto con una recomendación del vino, por favor.
—Será un placer. ¿Para dos personas o para cuatro?
Cüpper se quedó petrificado. De repente se sentía cansado.
—Para una -dijo, y se alejó.
CONVERSACIONES DE SOBREMESA
Le apetecía comer en un italiano, pero Rabenhorst quería algo contundente y sugirió el Sion.
—Rabenhorst, está usted chiflado. Estamos de servicio y quiere llevarme a una cervecería.
—No tenemos por qué beber.
—No tenemos por qué beber, no tenemos por qué beber... -lo imitó Cüpper-. Entonces, ¿qué diablos piensa hacer allí?
—Comer estofado a la vinagreta. Esta mañana me ha sacado de la cama mi madre. Es una pesada cargada de defectos, pero ¡prepara un estofado! Posiblemente sea masoquista.
—Usted es idiota. Si quiere tomar estofado a la vinagreta, venga a mi casa.
—Encantado. ¿Cuándo?
—¿No quería saber lo del zurdo?
—¿Cuándo le vendría bien? — insistió Rabenhorst.
—El cuchillo me puso sobre la pista.
—Podría ir mañana por la noche. ¿Qué le parece a las ocho?
Cüpper resopló.
—Sigamos con el cuchillo, ¿vale? La acometida venía de atrás. Tal y como estaba ella tumbada, no hay ninguna duda. Supongamos que el asesino deja el arma para inducirnos a error; eso podría haberlo planeado. Pero no puede ir contra natura. Así que la coge del pelo con la mano derecha, le rebana el cuello con la izquierda, ella cae hacia adelante, él se inclina sobre ella y deja el cuchillo en el suelo. ¿A qué lado?
—Al izquierdo.
—Exacto. Ahí está.
—Podría haberlo hecho a propósito. Quizá sea un diestro particularmente refinado.
—Podría ser. Pero ¿lo cree usted?
—No. Bueno, así, ¿adónde vamos?
—Al italiano, por supuesto.
Rabenhorst refunfuñó y finalmente se salió con la suya. Cüpper, malhumorado, se pidió una agua mineral con gas mientras el camarero pasaba por su lado con jarras de kölsch, la cerveza típica de Colonia. Rabenhorst revolvía su estofado en busca de pasas.
—¿Qué? ¿Estropajoso?
—A mí me gusta -dijo Rabenhorst con tozudez.
—Bien, pues entonces retiro la invitación.
—¿Cómo? Si ni siquiera me había invitado.
—¡Claro que lo he hecho!
—No del todo.
—Mis motivos tendría. Es como echar margaritas a los cerdos. ¿Sabe realmente lo que nos falta, Rabenhorst?
—¿El asesino?
—Un renacimiento de la cocina coloniense, pedazo de bruto. Antes se preparaba el estofado a la vinagreta con carne de caballo. Se dejaba macerar tres días en vinagre, vino blanco y especias; luego se cocía a fuego lento y se regaba una y otra vez con su propio jugo, y las pasas eran como mínimo del tamaño de su cerebro. El guiso se acompañaba con albondiguillas. ¡Pero no de lata! ¿Sabía usted que las albóndigas no salen de las latas? ¿Ha reflexionado alguna vez sobre ello, Rabenhorst?
—Escriba un libro -dijo el inspector.
Cüpper miró fijamente su salchicha bockwurst.
—Es extraño -señaló al cabo de un rato-. Suele ocurrir que la gente no se lleve bien con sus padres, pero desear la muerte a su propia madre...
—Si no lo he entendido mal, Marion Ried no ha lamentado el asunto, pero tampoco lo deseaba.
—Yo no estaría tan seguro. — Cüpper meneó la cabeza-. Esa joven parece un tanto trastornada.
—¿Le extraña?
—Depende de cómo se mire. Su conducta tiene algo de neurótico. ¡Tanto odio!
—Parece que a la buena de Inka no la quería nadie.
—En efecto. Cuesta trabajo creerlo. Su marido recibe la noticia de su muerte encogiéndose de hombros, a Astrid Hasling seguro que le hubiera gustado rajarle ella misma la garganta...
—Quizá lo hizo -observó Rabenhorst.
—Sí, quizá.
—El tal Renz tampoco es que hablara precisamente bien de ella.
—Y la hija no tiene reparos en decir que su madre se merecía lo que le ha pasado. Debía de ser una persona verdaderamente encantadora. Bien. Veamos quién tiene coartada.
—Fritz von Barneck.
—Evidentemente. Renz también, por lo que parece.
—Pero ninguno más. El tal Schramm...
Cüpper negó con la cabeza.
—Olvídese de Schramm. Por mí puede investigarle, pero seguro que él no ha sido. Centrémonos para empezar en Astrid Hasling y Marion Ried. Una estaba borracha y la otra en el cine. Sin testigos.
—¡Jefe! ¡Cómo se va a cargar a su propia madre!
—Eche un vistazo a los mitos griegos y sabrá cómo se llevan a veces los parientes. Aunque yo no he dicho que fuera ella; todavía no he dicho nada.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Vayamos a comisaría. A estas alturas tendremos algunos resultados. ¿No se termina eso?
—¿El qué?
—La carne. Tenga en cuenta que ha sido criada con amor y esmero en una gran fábrica. Luego habrá sido sometida, junto con un montón de hermanos y hermanas, a un baño ácido lleno de conservantes y otras exquisiteces y, a continuación, la habrán hervido hasta la saciedad y, tras dejarla enfriar, la habrán congelado y...
Rabenhorst apartó el plato.
—Vámonos.
Cüpper sonrió maliciosamente.
—Si le cuento a su madre que se ha comido eso, lo encierra en el sótano y no lo deja salir más.
Rabenhorst señaló a Cüpper con el índice.
—Tiene que invitarme sin falta a su casa.
—Lo pensaré.
Tras salir de la cervecería y regresar a comisaría, Cüpper se sentó en mitad del desesperante desorden de su escritorio. El informe decía que poco antes de las doce había sonado el timbre de varios vecinos del Bazaar, como si alguien hubiera apoyado la mano en el interfono, de modo que el supuesto asesino no tenía llave. Un método de acceder a la casa no especialmente astuto o, dicho de otro modo, propio de un idiota.
En cierta manera, demasiado idiota.
Lo que faltaba eran los resultados del examen de las huellas dactilares. En el preciso momento en que iba a meterle prisa a la policía científica, sonó el teléfono. Cüpper cogió papel. Era uno de sus agentes. Dos vecinos de la finca habían recordado que un italiano había llamado al timbre de su casa preguntando por la señora Von Barneck.
¡Otra vez el italiano! Evidentemente, sólo habían pasado unos pocos minutos entre su encuentro con Astrid Hasling en la calle y ese suceso. La descripción era idéntica. De estatura media, delgado, bien parecido, vestido con elegancia, bigote. Una voz ronca, casi susurrante. Cortés, pero desgraciadamente desconocido.
Cüpper se quedó pensativo. Von Barneck tenía invitados procedentes de Italia que habían pasado la noche en su casa, pero ninguno de ellos llevaba bigote.
No obstante...
En ese momento se abrió la puerta de su despacho y Krüger asomó la cabeza agitando un montón de papeles.
—Resultados -anunció.
—¿Qué clase de resultados? — preguntó Cüpper, arisco.
—Huellas dactilares.
—Al fin. Qué lentos son ustedes.
—Somos minuciosos.
Krüger se acercó al escritorio del comisario y le plantó los documentos en lo alto de la montaña de papeles. Cüpper les echó un vistazo.
—¿Y bien?
—La Barneck y dos desconocidos. Uno de ellos toqueteó aquí y allá, de un modo bastante disperso. — Krüger arrugó la nariz-. Descartado como asesino.
—Digamos más bien como asesino inteligente -murmuró Cüpper-. Quienquiera que la asesinase pudo actuar de un modo pasional. A lo mejor no quería matarla, sino que llegó de visita y, de repente, decidió cortarle el cuello.
—Improbable -repuso Krüger sin alzar el tono.
Cüpper frunció el entrecejo.
—En otras palabras, las huellas del segundo desconocido estaban en el cuchillo, ¿no?
Krüger asintió con la cabeza.
Cüpper soltó un silbido.
—Entonces sí que estamos ante un aficionado. ¿Y dónde más?
—En el marco de la puerta.
Krüger señaló su carpeta y añadió:
—Está todo ahí. — Se volvió para marcharse, pero de pronto se detuvo-. Otra cosa -dijo-. La sangre del marco de la puerta procede de una mano izquierda. Son las mismas huellas que las del cuchillo, pero en el mango del mismo no había sangre; sólo en la hoja.
Pocas veces Krüger había hablado tanto.
—Parece un guión malo -constató el comisario.
—Pues sí.
—Bueno, ¿cuándo me traerá el resto? El examen del grupo sanguíneo y todo lo que hayan encontrado: pelos, pelusas, elefantes...
—Mañana.
—Gracias -farfulló Cüpper en contra de su costumbre.
Había algo que no encajaba.
Al poco llamó Schmitz, el mayordomo de Von Barneck, preguntando si el comisario tendría la amabilidad de ir a Marienburg: el señor Von Barneck tenía que comunicarle algo, pero estaba demasiado ocupado como para abandonar la villa. «Mira tú por dónde -pensó Cüpper-. El león asoma la cabeza.» Sin pensarlo demasiado, se metió en su coche. No le quedaba mucho tiempo. Poco después de las cinco aparecería Marion Ried para seguir con el interrogatorio.
Si es que acudía a la cita.
UN DOBLE
Lloviznaba sin cesar cuando Cüpper aparcó el coche delante del tupido seto de la finca, pero al mismo tiempo hacía un bochorno insoportable. Colonia estaba en coma y soñaba con una pesadilla húmeda e interminable en la que podía pasar cualquier cosa, siempre que fuera lo suficientemente horrible.
Se sacudió la lluvia del pelo, llamó al timbre, le abrieron y subió a la casa por el camino de gravilla. A la luz del día, el edificio parecía menos imponente, casi liviano. Nadie lo recibió. Esperaba que Schmitz apareciera en la puerta para rogarle que pasara, pero cuando entró en el vestíbulo por la puerta entreabierta, no vio una alma. La araña de cristal amenazaba desde el tragaluz. Miles de pequeños Cüpper se reflejaban en sus lágrimas de cristal. El comisario se acercó a la escalera y miró hacia lo alto; se oían voces procedentes de arriba.
—¿Cómo es que no lleva gabardina? — dijo una voz a su espalda-. Los policías de las películas siempre llevan gabardina.
Cüpper se volvió sobresaltado.
La mujer estaba apoyada en el marco de la puerta de la cocina, mirándolo despectivamente. Sobre los oscuros ojos, sus cejas delicadamente arqueadas le proporcionaban una expresión de asombro burlón.
—Porque no tengo. ¿Dónde está Von Barneck?
Ella sonrió y se separó de la puerta con un suave contoneo de caderas. Donde se unían las solapas de su blazer, una tenue sombra insinuaba el comienzo de los pechos. A cada paso, la falda se pegaba a su cuerpo como si tuviera vida propia. Simplemente su figura era un buen motivo para pensar en hacerse sastre. Franela de color antracita y nailon negro, una combinación casi perfecta, salvo por...
La mujer le tendió una mano cubierta por una manopla de cocina de un rojo intenso.
—Eva Feldkamp -dijo.
A Cüpper no le quedó más remedio que estrechar su mano derecha; además, besó galantemente la tela acolchada.
—Romanus Cüpper. ¿Me he perdido algo de los últimos desfiles de moda?
Ella se echó a reír. En ese mismo momento desapareció el hermetismo de sus rasgos. A derecha e izquierda de los ojos aparecieron las patas de gallo más seductoras que Cüpper había visto en su vida.
—Es el último grito. Probablemente no lea las revistas apropiadas, señor comisario.
—Dejémoslo en Cüpper.
—El criado ha ido a hacer recados a la ciudad, y su mujer está muy afanada haciendo una tarta tatin en la cocina. Cuando ha tocado el timbre yo acababa de sacar el molde del horno.
—¿Trabaja usted en la cocina? Francamente, no da esa impresión.
—Claro que no. Soy la secretaria particular del señor Von Barneck. Pero la idea de la tarta fue mía, así que estaba ayudando. ¿Le apetece un pedazo?
—¡Qué pregunta!
—Bien. Suba: encontrará al señor Von Barneck en el primer piso. Tiene visita.
—¿Visita?
—Por algo relacionado con ella. Suba. Yo me reuniré con ustedes más tarde.
—Un momento. Ya que estamos a solas, ¿hasta qué punto conocía usted a Inka von Barneck?
—Bastante bien.
—¿Tiene idea de quién ha podido matarla?
—¿Que si tengo idea? — Titubeó-. No sabría decirle.
—¿Pero?
—No hay peros que valgan.
—¿Le caía bien Inka von Barneck?
—No.
—¿Había alguien que la quisiera?
—Fritz. Por lo demás, Inka no era el tipo de persona a la que se quiere. Uno sucumbía a ella, se dejaba utilizar y luego, en algún momento, era abandonado.
—¿Quién sucumbió a ella? ¿Quién se convirtió en su víctima?
—Eso no deberíamos hablarlo precisamente aquí. Nos llevaría mucho tiempo y después tendría usted demasiados sospechosos. Si le gustan las sorpresas, vaya arriba.
Cüpper la observó alejarse en dirección a la cocina. El ruido de sus zapatos de plataforma se clavó en sus oídos.
Obedientemente, subió la escalera. Una de las puertas de hojas batientes que había a lo largo del primer piso se abrió, y Cüpper divisó la mata de pelo blanco de Fritz von Barneck. El millonario le hizo una seña para que se acercara. Lo cogió del brazo sin hablar y lo metió en la habitación, un despacho enorme lujosamente amueblado con un amplio escritorio en el centro. Junto a la ventana, de espaldas a ellos, había un hombre de pelo corto color castaño.
—¿Puedo ofrecerle algo? — preguntó fríamente Von Barneck.
—No, gracias.
—Le habrá costado trabajo evitarla. Eva es de la opinión de que debe obsequiar a Dios y a todo el mundo con su generosidad.
—Me ha parecido muy atenta.
Von Barneck sonrió mientras clavaba en el comisario sus ojos grises con la misma frialdad e indiferencia que la noche anterior.
—Bueno, tome asiento. Tendrá que perdonar mi descortesía; como imaginará, todavía no estoy demasiado centrado.
Cüpper se encogió de hombros y se hundió en una butaca de piel roja.
—¿De verdad no quiere tomar nada?
—Me temo que no.
—Pues su temor está justificado.
Von Barneck rodeó el escritorio y accionó un interruptor oculto. Entonces, súbitamente, detrás de él se desplazó un panel de la pared y aparecieron algunos metros cuadrados de ámbar reluciente.
—Trescientas sesenta y cinco clases de whisky, casi todas escocesas. Una para cada día del año. Es una verdadera pena que no pueda beber.
—Dime una razón para venir aquí en una visita de carácter privado y en un día me beberé lo de todo el año.
—No lo creo.
El panel se deslizó nuevamente hasta su sitio original. Cüpper se preguntó qué impulsaba a los ricos a esconder cosas detrás de las paredes. Mientras tanto, el millonario tomó asiento frente a él y lo miró pensativo.
—Anoche debió de extrañarse -dijo.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Estuve parco en palabras. Ya sabe, el susto...
—No tuve la impresión de que estuviera usted demasiado asustado... -opinó Cüpper, que al cruzar las piernas se hundió aún más en el sillón.
—¿Sino?
—Aburrido sería más apropiado.
Von Barneck se miró las puntas de los dedos y las juntó con cuidado. Se oía el tictac de un reloj.
—Verá, señor Cüpper, tengo mucho interés en que no saque una idea equivocada de la situación. Con este fin he decidido presentarle a alguien aunque, digamos, me delate un poco. ¿Max?
El hombre de la ventana se volvió hacia ellos. Cüpper iba a decir algo, pero se quedó sin habla.
—Saluda, Max -dijo Von Barneck con una sonrisa de satisfacción.
El hombre se acercó a Cüpper y le sonrió con amabilidad.
—Me alegro de conocerlo, señor comisario.
Cüpper miró irritado a uno y a otro. Von Barneck apoyó la barbilla en las manos y lo observó con los párpados entornados.
—¿Y bien? — dijo finalmente-. ¿Qué le parece?
—Su hermano gemelo -conjeturó Cüpper.
—Los hermanos gemelos se parecen entre sí. En este caso eso sería quedarse un poco corto, ¿no le parece?
Cüpper se levantó del sillón y se acercó al que tenía enfrente. Prescindiendo del color y del corte de pelo, tenía delante a un segundo Von Barneck. El millonario tenía razón. No se parecían entre sí; eran iguales.
Clavados.
—Max Hartmann es mi doble -dijo Von Barneck-. No voy por ahí contando la historia, de modo que tenga la amabilidad de utilizar sus conocimientos con moderación. El motivo de mi franqueza le será revelado en seguida.
Cüpper rodeó a Hartmann y luego se acercó a Von Barneck. Durante un rato se oyó el tictac del reloj.
—Está bien -dijo finalmente-. ¿Quién de los dos lleva el asesinato de su mujer sobre su conciencia? ¿Él o usted?
—La pregunta era previsible, de ahí esta reunión. Yo no tenía ningún motivo para hacerle daño a Inka, y Max tampoco. Pero eso usted no puede saberlo. Cualquiera puede ser sospechoso, ¿verdad? ¿Y qué sería más sencillo que buscarse una coartada a través de un doble? Entre nosotros, las pocas personas que saben de la existencia de Max están condenadas a guardar un silencio incondicional. De modo que usted nunca se habría enterado de ello.
—De modo que usted nunca se habría enterado de ello -repitió Max al tiempo que se desplomaba en una butaca con una voz idéntica a la de Von Barneck.
—Sabe simularla -le explicó el millonario-. Antes de que me pregunte por qué le revelo mi secreto, le diré que me gusta jugar con las cartas al descubierto.
—A mí también -lo secundó Max, esta vez con su propia voz-. Como es natural, Fritz y yo queremos saber quién tiene sobre su conciencia la muerte de Inka. Pero no queremos que siga una pista falsa. Busque a su asesino, pero búsquelo donde esté.
—¡Un momento! — Cüpper alzó los brazos-. Vayamos por partes. Bien, de modo que tiene un doble. ¿Se puede saber para qué?
—Sí -asintió Von Barneck-. Se lo contaré. Verá, mis medios y mis posibilidades me permiten tener cierta influencia en la vida pública. Hay algunas cosas que he cambiado en los últimos años y que pienso seguir cambiando. Pero no sabe lo obstinada que es la gente. Una vez que tienen una visión de las cosas, ya puede prepararse para lidiar con ejércitos de suspicaces militantes que, por ejemplo, sostienen la opinión de que el barrio de Eigelstein, bombardeado y deteriorado, con sus viviendas amenazadas de ruina y sus tienduchas, tiene algún valor cultural. Si lo que le preocupa es algo así como la rehabilitación urbana y traslada sus actividades a la política, se convierte en peligroso para algunos retrógrados. Los palurdos son los peores terroristas. Hace unos tres años, me dirigía al ayuntamiento de Colonia cuando unos cuantos de esos terroristas me hicieron detener el coche, me sacaron de él a empujones e intentaron secuestrarme en plena calle. Me pusieron una pistola en la cabeza, lo que, dicho sea entre nosotros, es una de las experiencias menos recomendables que puede tener una persona. En aquella época yo era el principal promotor de un proyecto de demolición de cierta envergadura de la Südstadt. Se trataba de cambiar unas míseras ratoneras por viviendas bonitas y luminosas, pero esas personas eran de otra opinión. Les encantaban las ratoneras, les gustaba vivir en esos cuchitriles apestosos sin pagar ninguna renta porque creían seriamente que la sociedad valoraba lo miserable y pestilente. Como podrá imaginar, sus métodos también eran miserables. Pues bien, cuando estaban a punto de meterme en su camioneta destartalada, apareció un coche patrulla. Pura casualidad. Empecé a gritar, me derribaron y me dieron varias patadas en la barriga. — Von Barneck, que estaba muy cerca de Cüpper, bajó la voz-. Eso no estuvo bien, ¿sabe? Y a los agentes tampoco les pareció bien. Se apearon del coche y cumplieron con su deber, aunque por desgracia hubo algunos huesos rotos. Intento de secuestro, amenaza con una arma... Eso no se hace. Ahora esos individuos están entre rejas. Pero yo sigo dedicado a mi profesión y tengo cada vez más pesadillas. Y como es natural, cada vez tengo también más enemigos. No es que sea un cobarde, pero hay una serie de actos públicos en los que no me gusta participar. Son demasiado peligrosos.
—¿El barrio de Eigelstein? — aventuró Cüpper.
—Eigelstein. Habrá leído acerca de él. Estoy negociando con la ciudad, y hay unos cuantos que son de la misma opinión que yo. Podríamos convertir todo Eigelstein en un mundo nuevo, con apartamentos de lujo, restaurantes elegantes y amplias zonas peatonales flanqueadas de árboles. ¿Acaso no resulta apetecible? Pues no: día tras día recibo cartas anónimas en las que se me insulta y se me amenaza con toda clase de horrores.
—Y ya no se atreve a salir de casa.
Von Barneck hizo una mueca de desprecio.
—¡Pues claro que no! — intervino Hartmann-. Dios sabe que Fritz no es un cobarde. Pero tiene que entenderlo. Eigelstein no es su único proyecto. Tal y como suele pasarle a la gente con iniciativa, Fritz resulta incómodo, y además nada en la abundancia. Vive en continuo peligro de ser secuestrado o asesinado a tiros en plena calle.
—Entonces usted también.
—Pues sí -Hartmann sonrió-. Pero ése es mi oficio.
—¿Durante las veinticuatro horas del día?
—No tanto. Depende de lo que se trate.
—¿Y anoche?
—Anoche libraba.
—¿Está usted seguro? ¿Quién fue entonces el anfitrión? ¿Usted o su jefe?
Hartmann negó con la cabeza.
—Es cierto que tuve el día libre.
—Bien. ¿Dónde estuvo?
—En casa de una mujer. He ahí el problema. Tengo que pedirle que simplemente me crea, porque sólo le revelaré el nombre de la mujer en caso de extrema necesidad. No quiero comprometer a nadie, ¿sabe lo que quiero decir?
Cüpper meneó la cabeza y les dio la espalda a los dos. Lentamente empezó a recorrer la habitación hasta que se detuvo delante de una esbelta columna negra frente a cuyo pedestal había un jarrón de porcelana que parecía chino. «Debe de ser carísimo -se dijo-. Todo lo que hay aquí tiene pinta de ser terriblemente caro.» Se mordió el labio inferior y dio media vuelta. Ahora Von Barneck estaba junto a Hartmann: dos caras idénticas vueltas esperanzadamente hacia él, la una coronada por una mata de pelo blanco que le caía sobre la frente y le llegaba hasta los hombros, y la otra por un cepillo de color castaño. Cüpper sintió cierto desconcierto; estaba perplejo.
—¿Y bien? — preguntó-. ¿Qué esperan que haga ahora?
—Encontrar al asesino de Inka -dijo Von Barneck.
—¿Realmente le importa tanto?
—Sí. Mi mujer y yo casi siempre hemos vivido separados. Ya no nos entendíamos. Y para ser sincero, su muerte me afecta menos de lo que debería. Posiblemente, ella misma tuvo la culpa. Pero no deja de ser un asesinato, y un asesinato es mala prensa. No quiero tener cuentas pendientes con nadie.
—Ajá. De manera que debo encontrar al asesino para que todo le vaya bien a usted.
—Si quiere verlo así...
—No es sólo eso -intervino Hartmann-. En algún lugar de Colonia hay un asesino suelto cuyos motivos desconocemos. Alguien que podría matar por segunda vez. Y naturalmente porque nadie tiene derecho a cargarse a Inka de un modo tan brutal, independientemente de lo que ella le haya hecho.
—Naturalmente -convino Cüpper.
—No me deje colgado, señor comisario -dijo Von Barneck con voz temblorosa.
—Una cosa es esclarecer un asesinato -observó Cüpper-, y otra muy distinta salvaguardar sus intereses. Yo no puedo trabajar al servicio de su buena fama.
—Oh, sí, yo creo que sí.
—¿A qué se refiere?
—Quiero decir que el director de la policía va al mismo restaurante que yo.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Estupendo. Pues salúdelo de mi parte, y dígale que yo hago mi trabajo.
—Lo que le diga depende por completo de usted.
—Vaya. — Cüpper notó cómo se le erizaban los pelos de la nuca-. Bien. Entonces le explicaré una cosa en un lenguaje comprensible. Si uno de ustedes dos es el responsable de la muerte de su mujer, no aparecerá por determinados restaurantes durante un largo período de tiempo. ¿Me he expresado con claridad?
Von Barneck lo miró fijamente. Hizo un gesto involuntario con la barbilla y luego sonrió sin ganas.
—Estoy seguro de que es usted un policía excepcional. Yo lo único que quiero es proteger mi imagen. En caso de que necesite mi respaldo, huelga decir que estaré siempre a su disposición.
—Yo también -se apresuró a añadir Hartmann.
Cüpper asintió de mal humor. Se disponía a decir algo acerca de las consecuencias que acarrearía su falta de cooperación, pero entonces percibió un olor a manzanas caramelizadas y oyó una voz cantarina:
—¡Tarta tatin!
Eva Feldkamp lo miró con expresión radiante. Bastó con ver el pastel humeante de hojaldre y fruta para que la cólera de Cüpper se disolviera como el azúcar en el que se habían hecho a fuego lento las rodajas de manzana. Le dirigió a Eva una mirada angustiada, dudó un momento y luego pasó por su lado a grandes zancadas en dirección a la calle.
¡Tarta tatin! ¡Restaurantes! ¡Citaría a toda esa pandilla en la comisaría!
—¿Adónde va? — dijo ella a su espalda-. ¿No tiene hambre?
—¡Que se la coma su jefe! — vociferó él saltando dos escalones a la vez.
—¡Pero si era para usted!
—A él le sentará mejor. ¡Le gusta quemarse el hocico!
—Ha sido él. ¡Ha tenido que ser él! — Cüpper caminaba arriba y abajo de su despacho como si quisiera abrir un surco en el suelo.
—Tiene una coartada -objetó Rabenhorst-. Y en lo que se refiere a sus ansias de venganza, no creo que sirvan para una detención.
—¡Una mierda es lo que tiene!
—Bueno, bueno.
—No me interrumpa. Cerdo miserable... Va y me presenta tan campante a su doble como si con eso se arreglara todo. Mientras Hartmann atendía a los invitados, pudo haberse cargado con toda tranquilidad a su mujer. Como sabía perfectamente que tarde o temprano se descubriría la existencia de Hartmann, ha pasado a la ofensiva. Tendría que haberlo oído, Rabenhorst. ¡Menudo canalla!
—Jefe, ¿por qué iba a matar Von Barneck a su mujer? Es uno de los hombres más ricos de la ciudad. Vivían separados. Y tiene una coartada.
—Chorradas. Hartmann se pone una peluca y ya no hay quien lo distinga de su jefe. Así de sencilla es la cosa.
—Creía que Hartmann estaba con una mujer.
—¡Rabenhorst, maldita sea! Eso es lo que él afirma, ¿y qué?
—Hasta que usted demuestre lo contrario, tiene una coartada. Y también Fritz von Barneck.
Cüpper se detuvo ante él balanceándose sobre sus talones. Finalmente, se dio por vencido y volvió a su escritorio.
—Bueno, vale, tiene razón. Es que estoy muy cabreado.
—De todos modos, es posible que fuera él.
—Sí -murmuró Cüpper sin ganas-. Es posible.
De pronto, el intercomunicador soltó un zumbido.
—Señor comisario, fuera espera una joven.
—Hágala pasar.
—¿Marion Ried? — preguntó Rabenhorst.
—La misma.
—Estoy ansioso por saber qué se cuenta.
—Pues no lo esté, porque quiero que vaya a reconstruir lo que hizo Astrid Hasling anoche. No sé por qué, pero tengo la impresión de que la historia de la borrachera solitaria tiene un agujero en alguna parte.
—Por lo menos ella habría tenido un motivo -dijo Rabenhorst al levantarse.
—Sí, aunque no imagino que fuera capaz de hacerlo.
—Sólo la ha visto una vez...
—... y ya la estoy juzgando, lo sé. Sólo es un presentimiento, Rabenhorst. Aunque, independientemente de que lo haya hecho o no, estoy seguro de que miente.
El inspector sonrió.
—Si es así, acabaremos por descubrirlo. ¿Hay algo más, aparte de lo que ya sé?
—No. ¡O sí! Llevaba la mano vendada. Qué raro que no se lo haya contado antes... Estaba un poco manchada de sangre, de modo que la herida debía de ser bastante reciente.
—Bien. Hasta luego.
Rabenhorst salió y en la puerta chocó con Marion Ried.
La atractiva gata le soltó un gruñido sin el menor interés diplomático, dirigió a Cüpper una mirada siniestra y se desplomó en la silla de las visitas, delante de su escritorio. Seguidamente, entró en la habitación un hombre alto con una cazadora de piel con remaches y el pelo largo y rubio. Sonrió a modo de saludo mientras mascaba chicle chasqueando con la lengua.
—Buenas.
—¿Quién es usted? — preguntó Cüpper.
—Soy Ulli.
—¿Puede ser más preciso?
—Perdone. Ulrich Stoerer, el novio de Marion. Me he dicho: «Más vale que acompañes a tu pequeña; necesita un poco de apoyo moral.»
Revolvió los rizos pelirrojos de Marion y esbozó una sonrisa más amplia. A Cüpper no le parecía que la chica necesitara apoyo, pero en principio no le importaba que aquel tipo estuviera allí.
Ulli miró a su alrededor.
—¿Tiene otra silla?
—No. Si les apetece, pueden servirse un poco de café.
—¿Café? — Ulli se acercó rápidamente a Cüpper y se inclinó sobre él-. ¿Sabe lo que pienso? — susurró-. Los turcos llevaron el café a Viena para aniquilarnos. En serio, tío, el café es peor que la mierda. Esos malditos islamistas sabían muy bien lo que hacían. Ellos lo toleraban, pero los austríacos y los alemanes, no. Yo no lo probaría ni loco. Detrás del café se oculta algún tipo de plan, una especie de envenenamiento a gran escala.
—Ulli -dijo Marion, y sonó como si mandara estarse quieto a un perro.
—Está bien, cielo -repuso él al tiempo que le guiñaba un ojo a Cüpper-. Hablaremos de eso en otro momento. Le puedo confeccionar un plan de alimentación acojonante. Así, esos hijos de puta no tendrán nada que hacer, se lo digo yo, y podrá enchironarlos a todos. ¿Y por qué, eh? Porque usted se librará de las fuerzas del mal, ¡por eso!
—Estupendo -dijo Cüpper-. En resumen, no quiere café.
—Correcto, tío.
—¿Dónde estuvo usted anoche?
—Por ahí, con un colega. En Max Stark. Ahí bebo siempre agua, ¿sabe?, porque la cerveza es una porquería y sienta fatal. Yo me inspiro directamente en el cosmos.
—Ulli toca la guitarra -murmuró Marion-. Quiere decir que uno compone mejor estando sereno. Cuando tiene razón, tiene razón.
—O sea, que en Max Stark. ¿Puede confirmarlo su amigo?
—¡Claro, tío! — exclamó Ulli-. Nos echaron a medianoche y de allí fuimos al parque Stadtgarten. Llegué a casa de madrugada. ¡Palabra de honor!
—¿Es cierto? — quiso saber Cüpper. Marion asintió con la cabeza-. Bien. — Sonrió amablemente a Ulli-. Entonces puede marcharse a afinar la guitarra.
El tipo lo miró desconcertado.
—Pero no puedo dejar a mi chica en la estacada.
—No le va a pasar nada.
—Vete -dijo Marion.
Ulli miró la puerta contrariado.
—Bueno, no quiero... -dijo mascando el chicle nerviosamente-. En fin, pero si usted lo dice... La obligación de guardar el secreto, ¿no? Ya entiendo. Vale, tío... oiga, tiene que venir a uno de mis conciertos. Va a flipar.
—Lo pensaré.
Ulli lo miró, ufano. Purificado de todo mal, rebosaba salud y vitalidad. Cüpper esperó con impaciencia a que lo bendijera, pero el otro se marchó como una persona normal. Cuando desapareció, Marion suspiró audiblemente.
—¿Siempre es así? — preguntó Cüpper.
En realidad, Cüpper quería soltarle un sermón por la bofetada del zoológico, pero al tenerla delante algo lo contuvo. Ella se encogió de hombros y miró por la ventana.
—A veces. Últimamente sólo tomamos alimentos puros, y la verdad es que empiezo a estar un poco harta.
—¿A qué se refiere con eso de alimentos puros?
Ella lo miró.
—Eso me gustaría saber a mí. Ulli no es macrobiótico, pero tiene unas cuantas teorías completamente abstrusas como, por ejemplo, que los etíopes inventaron el café como arma. Con él querían destruir a sus enemigos, pero luego se aliaron con los saudíes y éstos con los turcos, y el resto ya se lo ha contado. Últimamente dice que los cerdos son extraterrestres; así que ya no comemos cerdo. Las patatas crecen bajo tierra, donde yacen los muertos, con lo cual son malas para el karma, y así sucesivamente.
—¿Cómo lo aguanta usted?
—Eso no es asunto suyo.
—Está bien. Hábleme de su padre.
—Se folló a mi madre.
—Eso parece...
—¡Santo cielo, yo qué sé! No conozco a mi padre. Era un pobre tipo que debió de salir escaldado. Cuando yo nací, ya no pintaba nada. Mi madre me crió ella sola -frunció los labios-, si es que se le puede llamar así.
—¿Y Fritz von Barneck?
—A él lo conoció hace aproximadamente diez años. Luego se casaron y, al poco, se acabó.
—¿Y usted?
—Yo tuve que vivir en esa puñetera villa, donde nadie se ocupaba de mí.
—¿Ni siquiera su madre?
—¿Es que tiene que saberlo todo?
—Pues sí.
—Me importa una mierda quién haya matado a mi madre.
Cüpper se recostó en su butaca y la observó atentamente. La expresión de su rostro tenía algo de estoico. Marion Ried era una fortaleza con un interior desconocido.
—¿Es eso cierto?
Ella no respondió.
—Preste atención, señora Ried -dijo Cüpper tranquilamente-. Por el momento acepto que a usted le dé igual. Pero el caso es que a mí no me da igual. A mí me pagan para que lo averigüe; así pues, se trata de mis intereses. Y necesito su ayuda. — Hizo una pausa y al cabo de un rato añadió-: Y quizá usted también necesite la mía.
—Yo no necesito ayuda.
—Sí la necesita; la ha necesitado durante toda su vida.
—¡Mi vida marcha perfectamente!
—Pero ahora tenemos un cadáver, y ese cadáver es el de un miembro de su familia. Además, tenemos a un asesino que podría volver a actuar. Mientras no sepamos qué hay detrás de todo eso, nada marcha perfectamente.
Ella se levantó de un salto y le lanzó una mirada airada.
—¡Yo no quiero tener nada que ver con esto, Cüpper! Para mí es asunto concluido. Yo no la he matado, no he ayudado a matarla ni sé nada del asunto. Así que olvídeme, ¿está claro?
Cüpper asintió.
—Clarísimo. Está acostumbrada a que la olviden.
Ella respiró profundamente. El comisario se le adelantó:
—Bien, señora Ried. Ya no la necesito. La olvidaré desde este mismo instante. Si en este caso la he considerado relevante, me he equivocado. Si he sentido por usted algo parecido a la simpatía, probablemente haya sido un descuido. En cuanto abandone mi despacho, la borraré de mi memoria. — Se llevó un dedo a la frente-. Por completo. Para siempre.
Cogió el informe de la investigación y empezó a hojearlo. Al cabo de un rato, alzó la vista. Marion Ried estaba delante de su escritorio con los puños apretados, como la mujer de Lot.
—¿Se puede saber quién es usted? — preguntó Cüpper.
—Está bien, ¿qué quiere saber? — susurró ella.
—Nada. Desaparezca. — Cüpper se puso otra vez a trabajar.
—Pero es usted quien me ha hecho venir. ¿Para qué?
—Se me ha olvidado.
—¡No pienso irme!
—Sí lo hará. ¡Lárguese! Usted se larga siempre, ¿no es cierto? Porque nadie la quiere. Así que llore un rato y luego dedíquese a sus fieras del zoológico.
—Usted no es mi terapeuta.
—No, gracias a Dios.
Cüpper empezó a silbar una melodía mientras ordenaba sus documentos en pequeños montones. La joven esperó un rato, luego dio media vuelta sin decir nada y se dirigió hacia la puerta.
—Marion.
Ella se detuvo.
—Buenas noches.
Marion dio un portazo. Cüpper se quedó mirando la silla en la que había estado sentada.
AÑICOS
Rabenhorst lo intentó de nuevo en la agencia, pero Astrid Hasling no había aparecido en todo el día, y Holger Renz estaba a bordo de un avión de camino a Munich. Charló relajadamente con unos cuantos empleados, bromeó con la mujer de la recepción y se mostró cortésmente interesado por cómo iba el negocio. Al poco, cuando se dirigía hacia su coche, sabía al menos que el día anterior nadie había visto una venda en la mano de Astrid Hasling.
En Overstolzenstrasse llamó también al timbre en vano. Para entonces tenía la nuca tan mojada que ya no sabía si era la lluvia o su propio sudor el que hacía que se le pegara la camisa a la espalda. Rabenhorst observó con los ojos entornados el cielo gris y luego miró su reloj. Faltaba poco para las seis. El día anterior, a esa misma hora, Astrid se había presentado en casa de Inka von Barneck, presumiblemente furiosa y asustada. Se había humillado, le había implorado, chillado, llorado y, luego, quizá también amenazado. Posiblemente, Inka von Barneck había transigido, o quizá no. Según su propia declaración, hacia las seis y media Astrid había abandonado el Bazaar, lo que parecía corresponderse con la realidad, pues su encuentro con el italiano coincidía en el tiempo con lo sucedido a los vecinos de la finca.
Había pasado media hora en el piso de Inka, tiempo suficiente como para una pelea o, posiblemente, un asesinato.
Un momento... La Reina de Saba había dicho que Inka no había sido asesinada antes de las nueve. A Rabenhorst le horrorizaba pensar en el forense, pero tenía que reconocer que Brauner era una eminencia. Si descartaba un asesinato anterior a las nueve, ni siquiera Jack el Destripador tendría nada que hacer.
Desorientado, se metió en el coche y fue a Südstadt. Frente al bar Fonda logró encajar su automóvil en un hueco que había dejado un enorme Bentley negro y plateado de fabricación antigua, se sentó en un taburete de la barra y empezó a cavilar. A su lado, un hombre bebía champán con dos mujeres muy alegres. Rabenhorst sintió envidia; pensó si todavía seguía de servicio, decidió que no y pidió un vino blanco.
Cüpper tenía razón: algo no encajaba en la historia de Astrid Hasling.
La herida de la mano podría habérsela hecho durante la visita a Inka von Barneck. Cabía imaginar que, en su desesperación, hubiera llegado a las manos.
Pero ¿cómo se lesionaba uno una mano? ¿Pegándole a alguien? De ese modo, uno siempre podía romperse algo, sobre todo si...
Rabenhorst se olvidó de su vino y durante unos minutos permaneció con la mirada perdida al frente, como embobado, mientras los pensamientos se sucedían, las vagas sospechas se convertían en teorías y los hechos inconexos se encadenaban de repente y daban como resultado una imagen clara. Entonces bajó del taburete y fue a llamar por teléfono. Tardó casi media hora en averiguar lo que deseaba.
Luego, satisfecho de sí mismo, regresó a la barra y se encontró con que su vino se lo había bebido un desconocido. Se encogió de hombros, pagó y llamó a Cüpper.
Rabenhorst, según Rabenhorst, era un tío muy astuto.
Cüpper, según Cüpper, era un idiota redomado. ¡Ojalá se hubiera contenido en casa de Von Barneck! Habría tenido acceso a más información y, sobre todo, se habría deleitado con la reina de todas las tartas. Pero no, había preferido poner a salvo su miserable honor. Tragándose la cólera y con un terrible ardor de estómago, se dispuso a salir de su despacho.
Al poco empezó a sonar el teléfono de su escritorio. Cüpper oyó el timbre justo cuando se abrían ya las puertas del ascensor. Permaneció inmóvil escuchando y sopesando si merecería la pena volver al despacho, pero entonces los timbrazos cesaron. Encogiéndose de hombros, descendió hasta la planta baja, dirigió una breve sonrisa al portero y abandonó la jefatura de policía a las seis y media en punto.
Llovía y él no llevaba paraguas, para variar. «Es el sino de la pasma -pensó mientras rebuscaba las llaves del coche-. Los polis tienen que empaparse como perros. Si estuvieran calentitos y a gusto, al final dejarían de creer en la maldad del mundo.»
Miró otra vez el papel con la dirección de Max Hartmann y arrancó el motor.
MAX HARTMANN
Era una acción a la buena ventura, pero en general sorprender a la gente merecía la pena. Si no esperaban a la policía, tampoco tenían tiempo de pensar en lo que le iban a contar.
Cüpper atravesó Neumarkt en dirección a Rudolfplatz. Los limpiaparabrisas de los coches que venían de frente lo saludaban con amabilidad y convertían a los conductores en siluetas emborronadas. El comisario encendió la radio y sintonizó una emisora en la que sonaba Ella se fue, del grupo de rap Los Cuatro Fantásticos.
«Gracias -pensó Cüpper, furibundo-. Casi se me olvida.»
Hartmann vivía en Spichernstrasse, y no vivía mal. Cüpper tuvo suerte y encontró aparcamiento a la primera, tocó el timbre, le abrieron la puerta y comenzó a subir por la escalera. Había ascensor, pero estaba averiado, tal como indicaba un letrero. Era una escalera muy empinada, o al menos eso le pareció a él. Poco antes de llegar al último piso se quedó sin aliento y recordó que en casa tenía un equipo completo de entrenamiento que jamás había utilizado. Seguía allí, estorbando en medio del pasillo, porque ella se lo había dejado.
—Parece que no está usted demasiado en forma, comisario -dijo una voz en lo alto de la escalera.
Cüpper alzó la vista y vio a Hartmann con una sonrisa burlona apoyado en el marco de la puerta. Llevaba un quimono hasta los pies y unas gafas sin montura. La semejanza con Von Barneck volvió a sorprender tanto a Cüpper que no se le ocurrió nada apropiado que responder, salvo:
—¿Por qué?
—¿Que por qué? Porque yo tardo veinte segundos en subir los seis pisos y usted ha tardado veinte minutos.
—Déjese de adulaciones -jadeó Cüpper subiendo los últimos escalones-. ¿Qué le pasa al ascensor?
Hartmann se echó a reír.
—¡Sexo!
—¿En el ascensor?
—¿Por qué no? Pase usted. En el edificio vive un joven dotado de mucha fantasía, ¿sabe? Hace poco subió con una joven muy simpática y el ascensor se quedó atascado. Fin de la representación. En el cine funciona, pero no en Spichernstrasse.
—No parece muy divertido.
—Según cómo se mire. El rescate duró dos horas. Cuando por fin salieron los dos, no parecían precisamente enfadados. — Hartmann desapareció en una de las habitaciones y dejó a Cüpper con el sonido de su voz-. Estaba preparándome un café. ¿Le apetece uno?
—Desde luego. Con mucho azúcar, por favor.
Cüpper empezó a recorrer lentamente el piso de Hartmann. La decoración era cara y escogida con buen gusto; todo estaba escrupulosamente cuidado. Tras una amplia cristalera se veía una terraza enorme. Parecía que Fritz von Barneck pagaba bien a su doble.
—Esperaba su visita -dijo Hartmann como de pasada.
—¿Ah, sí?
—Sí. Tenía claro que no se había quedado usted satisfecho con lo de esta tarde.
—¿Y por qué pensaba que vendría precisamente a su casa?
—Porque Fritz no le cae bien. Y porque cree que yo le voy a contar más cosas. La teoría del doble se la hemos servido en bandeja de plata, por así decirlo. Podría haber sido cualquiera de los dos.
—Parece convencido de que creo eso.
—De ningún modo. Las cosas son como son.
—Muy sabio. ¿Cuánto hace que vive aquí?
—No hace mucho. Año y medio, más o menos. ¿Quiere leche con el café?
—¡Oh! Espere, que voy a la cocina.
Cüpper no esperaba otra cosa: el centro de sus pasiones se presentaba como un enorme refugio de madera y acero con cocina independiente y una campana extractora que parecía un auténtico cráter. Descubrió una colección de pucheros como la que siempre había deseado tener. A la izquierda de la cocina, una barra de color azul medianoche dividía el espacio. Hartmann depositó las tazas de café debajo de dos luces halógenas que colgaban del techo como dos amapolas vueltas del revés. «Es un enamorado de los detalles», pensó Cüpper. Se agachó y miró el horno.
—¿De fabricación especial?
—Sí.
—Hum. ¿Qué es lo último que ha cocinado?
—¿Eso forma parte del interrogatorio?
—No. Pura curiosidad.
—Hamburguesas de bacalao. Lleva muchísimo trabajo. El pescado es tan duro que se podría matar a alguien con él.
—No sería la primera vez.
—¿Un asesinato con un bacalao? — Hartmann soltó una carcajada-. ¿Dónde?
—Aquí, en Colonia.
—¡Qué me dice! Creí que los colonienses sólo se abofeteaban con arenques frescos.
—Antes era distinto -dijo Cüpper-. Antiguamente, en Colonia se comía casi todos los viernes bacalao. Lo compraban en los mercados, era barato y sobrevivía a unos cuantos arzobispos. El último asesinato con un bacalao se cometió contra un conocido usurero de la ciudad que amenazaba a sus víctimas con el embargo y cosas aún peores, hasta que se hartaron de él. A falta de porras, le partieron el cráneo con la cena.
Hartmann esbozó una sonrisa, pero su mirada se había vuelto pensativa. Ambos sorbieron de su café exprés al mismo tiempo. A Cüpper le pareció delicioso.
—¿Entiende de recetas antiguas? — le preguntó Hartmann.
—Mi compañera es... era bastante aficionada a la comida casera. Precisamente a los platos con bacalao. Yo no sé si volveré a cocinarlos alguna vez. — Cüpper se interrumpió con un montón de pensamientos que no venían a cuento dando vueltas en su cabeza-. Realmente lleva demasiado tiempo -añadió.
Hartmann asintió con la cabeza.
—¿También tiene alguna receta para esclarecer asesinatos?
—Esa pregunta debería hacérsela a sí mismo -repuso el policía-. Usted entiende de cocina. ¿Cree que hay alguna?
—Tal vez.
—No la hay. Pero de todos modos no anda tan desencaminado. En el fondo, cada delito es como una receta. Hay recetas burdas que las descubres inmediatamente. Otras, en cambio, son extremadamente refinadas; cada ingrediente está pensado de tal modo que su sabor no destaque por encima de los demás. De ahí resulta lo más cercano al crimen perfecto, algo que se admira pero que apenas se puede reconstruir. A no ser que se tenga un paladar inusualmente refinado.
—O que se sea un policía inusualmente bueno. — Cüpper se encogió de hombros-. Hasta el paladar más refinado se equivoca alguna vez -añadió Hartmann.
—Ningún cocinero es perfecto. Todos echan una pizca de más o de menos de algún ingrediente. Tarde o temprano se desenmascara la composición. ¡Ah, era el azafrán! ¡O el marsala! Ninguna receta será nunca perfecta.
Hartmann dejó junto a las tazas una botella alargada y un par de copas.
—Entonces, ¿por qué hay tantos crímenes que no han sido esclarecidos?
—Porque hay pocos paladares refinados -respondió Cüpper mientras observaba cómo un reluciente riachuelo de grapa fluía por su copa.
—Una vieja Levi -anunció Hartmann visiblemente orgulloso, y brindó con él-. Para que su paladar sea lo suficientemente refinado para el asesino de Inka.
—Por eso estoy aquí.
—Lo sé.
—Bien, ahora que estamos aquí tan a gusto, dígame, ¿mató usted a Inka von Barneck?
—No.
—No esperaba que dijera que sí. ¿Qué querían conseguir esta tarde con su pequeña demostración?
—Nada. — Hartmann sonrió; de repente parecía apocado-. Para ser sincero, Fritz ha exagerado desmedidamente al decir que nada ni nadie puede hacerme salir a la luz. Es obvio que mantenemos mi existencia en secreto, pero en el transcurso de la investigación, usted habría acabado dando conmigo. No, lo único que importaba era jugar desde un principio con las cartas al descubierto. Siento que Fritz haya empleado un mal tono. A mí no me van los gestos de amenaza, pero él debe vivir con ellos. Quien está amenazado amenaza a su vez.
—¿Qué le impide dejar de hacerlo? — preguntó Cüpper-. ¿Cuánto dinero puede desembolsar todavía?
—Ésa no es la cuestión. Fritz ama su profesión.
—Desde luego, más que a su mujer.
—Es cierto. No vamos a adornar las cosas. Probablemente antes todo fuera diferente, pero cuando yo los conocí a los dos, el matrimonio había quedado reducido a un simple papel.
—¿Puede imaginarlo cometiendo un asesinato?
—Ni siquiera puedo imaginar por qué.
—Tiene enemigos...
—Claro. Todo el mundo los tiene. Todos aquellos a los que usted ha metido entre rejas son sus enemigos. Pero los enemigos no son una razón para asesinar.
—Tal vez su mujer lo presionara.
—¿Con qué?
—¿Con qué va a ser?
Hartmann hizo un gesto de rechazo.
—Va usted por mal camino. Entre los dos había una indiferencia tan grande como poco espectacular. Cada uno hacía su vida y dejaba en paz al otro. Nunca los oí hablar de planes de divorcio.
—Hay mil maneras de hacer presión.
—Pero no en este caso. Inka era una bestia; de eso no cabe duda. Pero si había alguien a quien no le clavara las uñas, ése era Fritz.
—¿Le caía a usted bien Inka von Barneck?
—Buena pregunta. Digamos que sí.
—Pues es la primera persona que me dice eso.
—Entonces digamos que no. Había en ella un par de cosas que me gustaban, como por ejemplo, que no se preocupara por los convencionalismos. Inka era ingeniosa, inteligente y casi irresistiblemente atractiva. Además, tenía unas cuantas ideas geniales sobre cómo divertirse. El resto no era nada divertido. El egoísmo se le podía perdonar, pero no su pérfido afán de destrucción y su insoportable cinismo. Le hacía ilusión contemplar a las personas como si fueran objetos para su uso. A veces te trataba como a un auténtico ejemplar de lujo, y al día siguiente te consideraba una basura. Paradójicamente, era extremadamente rencorosa. En seguida estaba dispuesta a hundir a alguien en la miseria sólo porque el año anterior no la había saludado en alguna inauguración de una exposición. Pensándolo bien, creo que tiene que haber montones de sospechosos...
—Algo parecido dijo Eva Feldkamp.
—¡Ah, Eva! ¿Qué le ha parecido?
—No tuvimos mucho tiempo para hablar.
—La culpa es suya por haber salido corriendo.
—Reconozco que me precipité un poco. ¿Cómo es su relación con ella?
Hartmann dudó durante una fracción de segundo y luego respondió:
—Cordial. Sé que Dios hizo de ella una criatura preciosa. Somos colegas, nada más.
«Miente, mienten -pensó Cüpper-. Todos mienten en esta historia.»
—También Inka era muy guapa -opinó.
La mirada de Hartmann se volvió algo más atenta.
—Sí -dijo pausadamente-. Tiene razón, pero por desgracia también era muy fría. Nadie tiene un buen recuerdo de ella.
—¿Y Von Barneck? Al fin y al cabo, se casó con ella, e imagino que no lo hizo por aburrimiento. ¿Es tan insensible como parece?
Hartmann arrugó la frente.
—Llevo planteándome esa pregunta desde hace dos años. A veces pienso que simplemente ha desconectado de algunos aspectos esenciales de su vida sentimental. Si la muerte de Inka le importa algo, desde luego, no lo deja traslucir.
—Quizá se haya enamorado de otra persona.
—¿Fritz? Fritz cultiva su vida de ermitaño. Salvo quizá por un cierto amor no declarado hacia Eva. Creo que la venera en secreto. Pero si se le da a elegir entre pasar una noche con ella y una comida con sus adinerados socios, yo casi apostaría por lo segundo.
—¿No lleva una doble vida? ¿Algún pequeño escándalo?
—En el fondo, no sé nada de él. Conozco sus finanzas; estoy tan al corriente como él de todos sus intereses comerciales y podría dirigir su empresa desde mañana mismo. Lo que no sé es lo que pasa por su cabeza. Es como un agujero negro. A lo mejor es un licántropo y se pasea por las noches convertido en lobo por Marienburg y yo no tengo ni la más remota idea.
—¿Son ustedes amigos?
Hartmann lo pensó un momento.
—Sí. Qué extraño, ¿verdad? Pero quizá sea otra cosa lo que nos une, un sentimiento fantasmal de pérdida de la identidad. Resulta raro tener un doble. A veces no estoy seguro de si me gusta.
—Entonces, ¿por qué trabaja para él?
—No puedo dejar plantado a Fritz. Además, ¿tiraría usted por la borda quinientos mil al año y una vivienda gratuita?
—Lo pensaría.
—Yo ya lo he hecho.
Hartmann descorchó nuevamente la botella y rellenó las copas.
—¿Cómo dio con él? A los dobles no se los busca a través de un anuncio.
—Al contrario. Fue Fritz quien dio conmigo. Hasta hace dos años yo vivía en Milán. Trabajaba esporádicamente para el teatro como figurante y maquillador, lo que saliera. No saque de ahí una impresión falsa. Estudié arte dramático en Salzburgo, y con cierto éxito. Pero eso fue antes de que me creyera en la obligación de ir a Italia, porque tenía una especie de complejo de Goethe; ya sabe, Viaje a Italia, segunda parte. Así que me quedé en Milán, principalmente porque se me acabó el dinero. El teatro iba muy bien desde el principio, sólo que yo estaba desesperado por el poco trabajo que me daban.
—¿Y entonces llegó Fritz von Barneck?
—Hace dos años y medio apareció por Milán acompañado de un séquito de colaboradores. Inka y él compraron un palacio cerca del Duomo, y en seguida se rodearon de gente con fama y prestigio. Él hizo negocios con nobles piamonteses y barones toscanos dedicados al vino, rehabilitó caseríos enteros, fábricas y residencias señoriales, y luego llegaron los interesados, alemanes e italianos. Al menos una docena de personalidades colonienses compraron a Fritz un trozo de dolce vita. Honradamente, se entiende.
—Se entiende. Y los italianos se alegraron de que alguien pagara por fin las rehabilitaciones.
—Bueno, fue inevitable que entrara en contacto con la mafia. Ellos siempre aparecen en cuanto hay dinero de por medio. Fritz no regateaba demasiado. Sabe cuándo es mejor ceder.
—Como es natural, nunca se pudo hablar oficialmente de la mafia...
—Ellos no se sientan a una mesa y dicen: «Buenas tardes, nos gustaría cobrar tres mil millones de liras.» Ellos te ofrecen un negocio. Para hacer negocios con la mafia, a veces incluso muy buenos, no tienes que ser un delincuente. Sencillamente hay unas reglas del juego. Una de ellas es que un trato es honesto mientras se siga considerando honesto por ambas partes. La palabra «mafia» no se menciona jamás. Mantenemos relaciones comerciales con muchos italianos decentes, pero si te comes las uvas, tienes que comerte también las pepitas. Fritz les otorgó su derecho hereditario de definir las reglas y, a cambio, ellos le dieron plena libertad de acción.
—¿No tenía miedo de que lo detuvieran?
—¿Por qué cree que le estoy contando todo esto? Los intereses de Fritz son también los míos. Él no cometió ni la más mínima infamia. Si vas a Italia y abres en el casco urbano florentino una tienda de especialidades alemanas, al día siguiente entrará un amable señor que te comprará unas cuantas salchichas de Frankfurt, hablará un poco del tiempo y te dejará claro lo que se espera de ti. Si transiges, no eres ni mucho menos un delincuente; simplemente estás defendiendo tus intereses. Tampoco lo eres si, por ejemplo, concedes una participación al Vaticano de tu fábrica de preservativos. Todo el mundo sabe que muchos cardenales no son unos devotos corderitos, pero ¿a quién le importa eso si tú sí lo eres?
—La mafia rara vez cumple sus promesas -observó Cüpper-. ¿No tenía miedo Fritz von Barneck?
—¿Quién ha dicho que no lo tuviera? Después de que lo asaltaron en Eigelstein, Fritz estaba seguro de que lo intentarían de nuevo y de que a lo mejor incluso lo matarían. Se volvió precavido. En Colonia estuvo metido hasta el cuello en los proyectos de Südstadt; ya entonces era uno de los hombres más odiados entre Eigelstein y Chlodwigplatz. En Italia no pudo evitar echarse algún farol para que no lo apartaran del negocio; así que participó forzosamente en su juego.
—Razones suficientes para estar preocupado.
—Preocupaciones tenía muchas. Y luego, un buen día, uno de sus secretarios caminaba por la calle y me vio. Primero me tomó por Fritz, con el que acababa de estar hacía diez minutos, y se quedó boquiabierto. Luego cayó en la cuenta. Al día siguiente me presenté en la villa, Fritz me hizo una oferta, yo la acepté y fui a ver a un cirujano egipcio.
—¿Y eso por qué?
—Yo me parecía mucho a Fritz, pero la naturaleza no hace nunca a dos iguales. Sólo gracias al bisturí me convertí en el doble perfecto. Es fantástico lo que puede conseguir la cirugía plástica. Antes tenía la misma estatura que Fritz, pero ahora tengo la misma cara, e incluso los mismos ojos. Soy un actor con experiencia y además tengo el don de saber imitar perfectamente casi todas las voces. Durante seis meses no hice otra cosa que aprenderme mi papel. Luego empezamos con las pruebas. Cuando vimos que hasta sus amigos más íntimos se dejaban engañar por mí, empecé a trabajar en serio. Desde entonces he hecho negociaciones en su nombre, he pronunciado discursos y he cerrado tratos. En todos los asuntos que podrían ser delicados soy Fritz von Barneck.
—¿Y cuándo es Max Hartmann?
—Ahora mismo, por ejemplo.
—Bien. ¿Se hizo usted pasar por él anoche?
—Otra vez, no.
Cüpper lo miró fijamente. Hartmann le devolvió la mirada sin pestañear.
—Piénselo. Si lo ayudó a matar a Inka, quizá usted sea el siguiente.
Hartmann negó con la cabeza.
—Fritz sería incapaz de matar a nadie.
—Acaba de decir que en realidad no lo conoce.
—En determinados aspectos, sí. ¿Un asesinato? Eso no me lo creo, y usted tampoco. Yo no haría este trabajo si no tuviera plena confianza en él.
—¡Por Dios, Hartmann! — suspiró Cüpper-. Una mujer ha sido asesinada. Su marido tiene un doble que es clavado a él. Y, para colmo, el doble se niega a contarme dónde estuvo la noche pasada. ¿Qué haría usted en mi lugar?
Hartmann esbozó una sonrisa torcida.
—No me creería.
—¿Lo ve?
—No obstante, se equivoca. Fritz no es un asesino.
—Pero usted quizá sí...
—¿Para qué, ¡maldita sea!? De todas las personas, yo soy la que mejor entendía a Inka. Por lo demás, me resultaba indiferente.
—Bien. Dígame cómo se llama la mujer con la que estuvo y lo creeré.
—Ni hablar.
—Entonces no tiene coartada.
Hartmann respiró profundamente. Por un momento, Cüpper creyó haberlo logrado. Luego, su interlocutor sonrió.
—Lo siento. He hecho una promesa. Por mí, puede considerarlo anticuado. Aunque le diera su nombre, no le serviría de nada.
—Eso es una tontería.
—Puede ser. ¿Por qué no se fía de mí?
—No tengo motivos para hacerlo.
Hartmann asintió.
—Entiendo. ¿Tiene algún otro sospechoso, aparte de Fritz y de mí?
—Le contestaré con otra pregunta: ¿conoce usted a un italiano de estatura media, buen aspecto, elegantemente vestido y con un gran bigote negro?
—Conozco a docenas de tipos que responden a esa descripción.
—¿Y a alguno que también conociera Inka?
Hartmann arrugó la frente.
—Inka conocía a media Italia. Tendría que pensarlo detenidamente.
—Von Barneck tuvo invitados italianos.
—Ninguno con bigote.
Cüpper guardó silencio mientras meneaba la grapa en la copa. Sabía que, por el momento, no sacaría nada en claro, si es que había algo que sacar en claro.
Apuró el Levi y Hartmann lo acompañó hasta la puerta. «Es curioso -pensó Cüpper- cómo dos personas pueden ser casi idénticas y, al mismo tiempo, tan distintas.» Fritz von Barneck le repelía. En cambio, Max Hartmann le caía bien. No podía tratarse sólo del pelo...
—Si cambia de parecer -le dijo antes de marcharse-, ya sabe dónde encontrarme.
—Desde luego -respondió Hartmann-. A ver si cocinamos juntos algún día.
—Prefiero no hacerlo.
—¿Por qué?
Cüpper hizo un gesto de desdén con la mano.
—Me oculta usted demasiados ingredientes.
EL TAXI
Rabenhorst lo esperaba delante de la puerta de su casa.
—¿Qué está haciendo aquí? — se extrañó Cüpper.
Una vez arriba, le dio una toalla. Rabenhorst estaba empapado de pies a cabeza, pero aun así tenía una expresión triunfante en el rostro.
—Como no daba con usted, he decidido venir. Pensaba esperarlo un rato y dejarle luego una nota. Si hubiera tardado diez minutos más, me habría ido al Stadtgarten.
—El Stadtgarten está empapado.
—Toda Colonia está empapada. ¿Tiene algo de beber?
—¡Rabenhorst, viejo amigo! ¿Eso tampoco se lo ha contado a su madre?
—No me suelte uno de sus discursos demagógicos y sírvame un trago de una vez. Me lo he ganado.
Cüpper pescó un Poully Fumé del estante de los vinos y con un ¡plop! arregló de nuevo el mundo. Rabenhorst bebió la primera copa como si fuera agua.
—¡Eh, despacio! — Cüpper puso el grito en el cielo-. ¡Éste no es uno de sus morapios baratos!
—¿Qué diría si le dijera que he encontrado al asesino de Inka? — soltó el inspector, impertérrito.
Cüpper rechinó con los dientes.
—Me preguntaría qué ha sido del auténtico Rabenhorst.
El inspector golpeó con la copa la última mesa de comedor que le quedaba a Cüpper.
—¡Me he partido los cuernos para averiguarlo!
—Tenga cuidado con la copa. No me quedan muchas de ésas.
—Bueno, ¿quiere usted saberlo o no?
—Me temo que eso me va a suponer más derroche de vino blanco.
—¡Sí, exactamente!
Con cara de resignación, Cüpper le sirvió otra copa.
—Bien, Watson. Lo escucho.
—El asesino de Inka es en realidad una mujer y se llama Astrid Hasling.
Cüpper conocía a su ayudante lo suficientemente bien como para saber que no acusaría a nadie de asesinato sin un motivo bien fundado. Dejó la botella sobre la mesa y se recostó en su silla.
—Cuénteme.
—Es muy sencillo -opinó Rabenhorst, animado-. La clave es la venda. ¿Recuerda que Astrid Hasling tenía una herida en la mano?
—Sí.
—¿Recuerda en cuál?
Cüpper no tuvo que pensarlo mucho. Tenía la misma capacidad de observación que una cámara.
—La izquierda.
—¿Y su impresión? ¿Era una venda vieja?
—Más bien no. Naturalmente, podría habérsela cambiado, pero en el centro tenía una mancha de sangre, como de una herida reciente. No, era bastante nueva.
—¡Era novísima! — subrayó Rabenhorst-. En la agencia nadie recordaba haberle visto ninguna venda. Así que me he preguntado cómo puede uno herirse en la mano. ¿Y si Astrid se abalanzó sobre Inka cuando fue a verla por la tarde? Sería muy posible, con lo cabreada que estaba. — Rabenhorst enarcó las cejas-. O tal vez se cortó con algo...
—Con un cristal -completó Cüpper la frase en voz baja.
Rabenhorst asintió con la cabeza.
—Eso es, con un cristal roto. Supongamos que Inka todavía vivía cuando Astrid Hasling salió de su casa hacia las seis y media. Luego se encontró con ese ominoso italiano que poco después llamó a la casa y que, por tanto, existe realmente. Hasta ahí Astrid no ha mentido. Brauner supone que Inka no murió antes de las nueve, luego a esa hora todavía no se pudo cometer el asesinato. De momento, todo bien. Ahora sigamos suponiendo que las dos no llegaron a un acuerdo. Astrid rogó y suplicó, e intentó que Inka desistiera de su propósito, se humilló, y luego la amenazó, blasfemó, lloró, gritó, y no obtuvo ninguna reacción por parte de la otra. Después de lo que sabemos sobre Inka, ésta quizá incluso se divirtiera. En cualquier caso, Astrid sabe que todo se acabó y que Inka, además de su matrimonio, también va a arruinar su negocio. Se marcha a casa y se coge una buena tajada.
—Con un armañac de veinticinco años -se lamentó Cüpper.
—Con lo que sea. Se le junta la borrachera con la desesperación. La rabia de Astrid se convierte en furor; el hecho de no ver salida a la situación la impulsa a lo más extremo. ¡Así que decide matar a Inka! Coge un cuchillo, llama a un taxi y vuelve al Bazaar. Allí, con cualquier pretexto, la señora Von Barneck la deja entrar en casa. Inka se dispone a cerrar la puerta tras ella dándole la espalda. No obstante, nota algo, y antes de que Astrid la ataque, se vuelve y ambas se enzarzan en una pelea, en cuyo transcurso caen al suelo y derriban la mesa con los vasos. Hay añicos de cristal por todas partes, Astrid se corta la mano, Inka intenta huir, le da tiempo a llegar hasta la puerta... y luego sucede todo lo demás.
—¿Qué sucede?
—¡Qué va a ser! Que le rebana el cuello.
—¿Y luego?
—Ella sabrá lo que hizo. Sintió pánico, dejó caer el cuchillo y salió a todo correr a la calle. Fin de la historia.
Cüpper bebió un trago de vino y reflexionó sobre lo que acababa de escuchar. Sonaba un poco teórico, pero no estaba mal.
—¿Y bien? — preguntó Rabenhorst con los ojos brillantes.
—Al menos sería posible. Mañana mismo tome sus huellas dactilares para compararlas con las del mango del cuchillo y entonces lo sabremos.
—Yo ya lo sé ahora -dijo Rabenhorst con decisión.
—No -repuso Cüpper-. De momento sólo tiene una teoría.
—Tengo algo mucho mejor: una declaración de la central de taxis. Ayer, poco antes de medianoche, llamaron pidiendo un coche. El conductor se llama Kurt Odenthal; su taxi es el número 16. Fue a Overstolzenstrasse, donde recogió a una mujer visiblemente ebria. — Rabenhorst rió en voz baja-. Le doy tres oportunidades para que adivine adónde la llevó.
SEGUNDO DÍA
DESAYUNO
La Reina de Saba hacía tanto ruido al masticar que Cüpper temió que los muertos se despertaran.
Aunque era primera hora de la mañana, en el instituto forense reinaba ya una gran actividad. Al parecer, algunos colonienses desahogaban en otros su frustración por la persistente lluvia, pero no por eso dejaba de llover.
—¡Cüpper!
—Brauner lo saludó de muy buen humor con un vaso de café en la mano.
—¡Santo cielo, qué pálido estás!
—Duermo mal.
—¿Tú? Eso es nuevo. ¿Desde cuándo?
—Desde hace algunos días. ¿Está bueno eso?
—Desde luego. Mira, salchichas caseras, pan de especias y... -la Reina de Saba cogió un huevo duro- ¡huevos de gallinas seleccionadas!
Cüpper echó una ojeada a los dos cuerpos entre los cuales Brauner daba comienzo al día. El pecho de uno estaba completamente abierto. El otro estaba intacto, salvo por unos cuantos extraños agujeros en la cabeza. Brauner tragó un pedazo grande de salchicha y señaló los cadáveres.
—A éste le han disparado -dijo masticando con deleite.
—¿Y ése?
—También le dispararon. Pero no se dieron por satisfechos con eso.
—¡Qué horror! Dame un trozo de pan de especias.
—Antes lo ataron a la cama de modo que no pudiera moverse y le sacaron los ojos. Mira, así.
Brauner arqueó los pulgares y los índices y apretó las cuencas de unos ojos imaginarios.
—¿Dónde sucedió eso?
—Detrás de la estación, en ese hotel cutre donde el año pasado atacaron a una niña rubita con una sierra circular...
—Es suficiente.
—Bueno, tómate un café. Siento que ayer no me diera tiempo a terminar lo tuyo. Ya ves cómo estoy de liado. A cambio, te felicito: tenías razón.
—Claro que tenía razón -murmuró Cüpper.
—Se ve por la dirección del corte. Empieza muy superficial, luego se vuelve más profundo y después traza un leve zigzag. Si el asesino llegó efectivamente por detrás, de lo que no me cabe la menor duda, definitivamente estamos ante un zurdo.
—Ajá -dijo Cüpper triunfante-. Sólo falta el análisis de sangre.
—A propósito, Krüger quería verte hace un momento. Se ha pasado por aquí, rajando por los codos, como de costumbre. Naturalmente, he sentido curiosidad, por lo que ahora estoy en condiciones de estropearle la sorpresa. — La Reina chasqueó con la lengua-. ¿Lo hago?
—No necesito más sorpresas -contestó Cüpper-. ¿Qué ha dicho Krüger?
—Que algunas de las manchas de sangre no son de nuestra bella Inka, sino de otra persona.
—¡Ah, bueno!
—Da la impresión de que ya lo intuyeras -Brauner parecía decepcionado.
—Intuir es poco. Eso confirma una teoría.
—¿Tenéis alguna pista?
—Posiblemente tenemos algo más que eso. Rabenhorst ha ido a detener a alguien. ¡Eh! ¿Qué son estos trochos que hay en el pan de especias?
—Tocino con nabicol. Mantenme al corriente.
—Lo haré. Y gracias por los buenos alimentos.
—De nada. El desayuno de los cadáveres.
Cüpper meneó la cabeza.
—Dime, Reina, ¿qué lleva a un hombre de ingenio como tú a elegir esta profesión?
Brauner sonrió y acarició la pantorrilla del que no tenía ojos.
—Las personas, Cüpper, las personas. Me gusta relacionarme con ellas.
COMISARÍA
Astrid Hasling estaba blanca como la pared. Sentada en el despacho de Cüpper, tiritaba mientras se despellejaba con la uña del pulgar los dedos de la mano derecha y sostenía con esfuerzo una taza con la izquierda.
Durante todo el rato había estado llorando en voz baja. Ahora tenía los ojos enrojecidos clavados en un punto fijo y guardaba silencio.
Ni Rabenhorst ni Cüpper habían logrado sonsacarle nada tras la detención. No había confesado ni tampoco negado nada. Lo único que hacía era tomarse un café tras otro, sollozar y guardar silencio de nuevo. Era como si hubiera terminado con todo, como si la cuestión de la culpabilidad, en comparación con su vida destrozada, careciera de importancia. A Cüpper le recordaba a una niña pequeña que se tapa los ojos para que no la vean. Le daba pena.
Krüger entró en el despacho y le dijo algo al oído. El comisario asintió y agarró suavemente a Astrid por los hombros.
—Ya tengo los resultados del análisis de sangre y de las huellas dactilares -dijo en voz baja-. Como debe de saber usted, hay huellas suyas en el cuchillo. Y también hay sangre suya en el marco de la puerta y en los pedazos de cristal. Astrid, ya ha pasado todo. Ahora díganos lo que ocurrió, ¿de acuerdo?
Ella alzó la vista y abrió la boca. Luego sacudió la cabeza con fuerza y se echó a llorar de nuevo.
—¿Por qué lo hizo? — preguntó Rabenhorst en un tono demasiado alto.
Cüpper le lanzó una mirada de reproche. El inspector, consciente de que había metido la pata, se estremeció y fue hacia la ventana.
Astrid siguió despellejando el lecho de la uña de su dedo índice. Parecía no sentir el dolor. Cuando Cüpper vio que empezaban a sangrarle los dedos, le cogió la mano derecha.
—Cuanto antes nos lo cuente, mejor.
—No -gimió ella.
Cüpper suspiró. Cómo odiaba esos momentos.
—No tiene ningún sentido. ¿Qué es lo que nos quiere ocultar? ¿Por qué se atormenta en lugar de aliviar su corazón de una vez?
—No.
—Se sentirá mejor.
—No.
Astrid empezó a respirar entrecortadamente. «Un indicio de shock -pensó Cüpper-. Más vale que lo dejemos.»
—Está bien, tranquilícese. Más tarde hablaremos.
—¡No!
—Más tarde, señora Hasling.
—¡No! — gritó ella.
Sus manos se aferraron a la camisa de Cüpper manchándola de rojo. Él se las apartó cogiéndolas por las muñecas.
—Tranquila, Astrid -dijo-. Quédese...
Astrid Hasling se soltó, se levantó de un salto y se dirigió tambaleándose hacia la ventana. Casi al mismo tiempo, Rabenhorst y Cüpper la sujetaron. Cuando Cüpper la atrajo hacia sí, sabía que ya no había manera de parar la crisis. El cuerpo de la mujer se sacudió repetidas veces y luego se desplomó.
—¡Rabenhorst, aprisa! ¡Un médico!
Cüpper la dejó caer con cuidado al suelo.
—Astrid -dijo, apurado-. ¿Puede oírme? Responda.
De su garganta salió un gemido. Lentamente, giró los ojos y, parpadeando, los puso en blanco. Luego empezaron las convulsiones y las sacudidas bruscas. De sus dientes apretados salió una espuma macilenta que le caía por ambos costados de la barbilla. Cüpper sujetó sus brazos contra el suelo; era como si luchara contra un terremoto. Finalmente, se tumbó encima de ella hasta que poco a poco cesaron las convulsiones.
En ese instante Rabenhorst entró corriendo con dos camilleros y el médico.
—¿Qué le pasa?
—¡Maldita sea! — jadeó Cüpper levantándose del suelo.
Tenía la frente perlada de un sudor frío. Los hombres se arrodillaron junto al cuerpo doblado, le abrieron la blusa y le desabrocharon el cinturón de los vaqueros. Las manos del médico palparon y tentaron rutinariamente el cuerpo de la mujer.
—¿Epilepsia? — preguntó Cüpper.
—Sí. Le voy a poner una inyección. De momento no se puede contar con ella.
—Qué mala pata -protestó Rabenhorst.
El médico se encogió de hombros.
—¿Es importante para su caso?
Cüpper se pasó la mano por el pelo y respiró hondo. Tuvo la impresión de que habían pasado años desde el desayuno que había compartido con Brauner, hacía dos horas.
—Es una asesina -gruñó Rabenhorst.
—Entonces es importante. ¡La camilla!
Sacaron a Astrid Hasling de la habitación. Cüpper los siguió un trecho y se apoyó en la pared del pasillo. A menudo ocurría que los sospechosos, cuando se probaba su culpabilidad, perdían de repente el control sobre sí mismos. De todas formas, nunca se había encontrado con nada parecido. ¡Epilepsia! La enfermedad de los dioses.
Pero los dioses no estaban de parte de ella.
¿Astrid Hasling, una asesina?
Cüpper no acababa de creérselo, pero al mismo tiempo todo indicaba que así era: las huellas en el arma homicida, la sangre en los cristales, ¡toda la dichosa historia!
Regresó a su despacho sintiéndose insatisfecho como hacía mucho que no se sentía.
—Bueno, por lo menos la tenemos a ella -opinó Rabenhorst cuando fueron juntos a la cafetería de la comisaría.
—Todavía no tenemos nada -gruñó Cüpper.
Rabenhorst alzó las cejas desconcertado.
—¿Acaso lo duda, después de los resultados de los análisis? ¡Pero si el caso está clarísimo!
Cüpper se encogió de hombros con impaciencia.
—Ya veremos.
—Por favor, jefe. Ella empuñó el cuchillo como usted va a empuñar uno dentro de un rato. ¿Qué dudas tiene?
—Bueno, vale.
—¿Cogió ella el arma del crimen o no? ¿Estuvo en el piso o no? ¿Hay sangre suya en el marco de la puerta o...?
—Que sí, hombre -admitió Cüpper con desgana.
—No entiendo su problema.
—¿Mi problema?
Cüpper echó un vistazo al menú del día y dio media vuelta. Rabenhorst se quedó perplejo.
—¡Por Dios! ¿Y ahora qué pasa?
—Mi problema son las hamburguesas al estilo policíaco. Usted vaya a comer tranquilamente, Rabenhorst. Yo tengo que cavilar.
El inspector se lo quedó mirando boquiabierto. Luego le llegó el olor de la carne picada frita y decidió no dejarse aterrorizar nunca más por los caprichos de Cüpper.
¡Nunca jamás!
Al menos, no hasta después de la pausa para comer.
EVA FELDKAMP
Cuando Cüpper salió a la calle, la vio acercarse desde lejos a través de la débil lluvia que caía. Aunque llevaba unos tacones de, como mínimo, ocho centímetros, corría con elegancia y agilidad. Con su capa y un sombrero de ala ancha, le pareció tan irreal como las criaturas que salían en los anuncios de H una instantánea, algo que en realidad no existe y, sin embargo, es precioso.
—¡Señor comisario!
Él se acercó a ella tranquilamente. A cada paso se sentía de mejor humor. En los últimos metros que los separaban, se enamoró perdidamente de sus piernas, y se sintió feliz cuando ella llegó sin aliento a su lado.
—¿Casualidad o fe en Dios? — preguntó él sonriendo.
—Lo he llamado por teléfono. — Eva Feldkamp arrugaba un pañuelo diminuto-. Me han dicho que estaba en su despacho. ¿No le han avisado de que venía?
—No -confesó, extrañado.
—Hace un cuarto de hora he... ¡Porras!... ¿dónde estará?
Revolvió el bolso. Cüpper se acercó con curiosidad y carraspeó.
—¿Quiere que la ayude?
—Sosténgame esto. — Antes de que Cüpper se diera cuenta, ella le tendió un lápiz de ojos, y sus dedos desaparecieron de nuevo en terreno vedado-. Y esto. — Esta vez sacó un paquetito de kleenex seguido de un encendedor-. Y la pluma. ¡Cuidado con ella, que me ha costado muy cara! Maldito chisme, ¿dónde te habrás metido?
Estaba claro que el maldito chisme anónimo había emprendido una fuga bien planeada de un rincón a otro del bolso, pues Eva fue sacando un espejito redondo, un peine, dos barras de labios y trescientos marcos sin que apareciera.
—Espere, no tan aprisa. — Cüpper, temeroso, se cambió de mano el espejito y el carmín-. ¿Cómo demonios ha podido meter todo esto en el bolso?
—Con una técnica de aplicación ergonómica. ¿Quiere un chicle?
—Ahora mismo no puedo.
—Da igual. ¡Ah, aquí está!
Con gesto triunfal, pescó un papelito doblado de las profundidades inexploradas de su bolso y se lo dio a Cüpper.
—Para usted.
Cüpper miró desvalidamente sus manos repletas de objetos. Ella soltó un gritito simulando estar escandalizada y, con una velocidad y una precisión increíbles, lo devolvió todo a su entorno natural, hasta que ya no quedó a la vista nada más que el bolso atiborrado y el papelito en la mano del comisario.
—Ábralo -dijo ella, radiante de alegría.
Indeciso y al mismo tiempo ilusionado, Cüpper desdobló el fino papel. Era la receta de la tarta tatin. Cüpper se conmovió casi hasta las lágrimas.
—¿Y ha venido hasta aquí por eso?
Ella negó con la cabeza y se echó a reír.
—No sólo por eso. Quería contarle algo. Por supuesto, si se le ocurre una alternativa a dejarme aquí plantada bajo la lluvia.
—Me disponía a comer.
—De acuerdo.
Cüpper cogió el coche y se dirigieron a Apropos, una atrevida mezcla de boutique, supermercado para gourmets y restaurante emplazado bajo una bóveda de cristal. Allí acudían quienes tenían suficiente dinero como para plantearse el hecho de ir, pero no lo bastante como para no contarlo después. En el espacioso patio interior se repantingaba gente con estilo en butacas de diseño. Toda la tienda ocupaba una única superficie irisada. Quien entraba en ella se volvía inmediatamente más guapo o más invisible, según su situación económica. A Cüpper le encantaba Apropos, pese a que los precios parecían más propios de salteadores de caminos. Apropos otorgaba a la ciudad el glamour de otros tiempos; gracias a él, la gente de Düsseldorf iba de compras a Colonia, y además la cocina era excelente. Eva Feldkamp se sentía en su ambiente, como si toda aquella catedral del consumo hubiera sido erigida exclusivamente para ella. En realidad, pensaba Cüpper, había mil razones para ir allí, siempre y cuando uno no tuviera alergia a los yuppies.
—No deje que le coman la cabeza -murmuró Cüpper mientras se hacía con una mesa para dos- y pida el escalope a la vienesa.
—Hecho. ¿Con qué bebida lo acompañamos?
—Al mediodía habría que prescindir del alcohol.
Ella se quedó desconcertada, pero finalmente asintió y pidió agua. El camarero se dirigió entonces a Cüpper.
—¿Y usted?
—Una copa de Petit Chablis -dijo Cüpper.
—¿Petit Chablis? — exclamó Eva-. Pero si acaba de decir que...
—Soy una persona de carácter débil.
—¡Me ha engañado!
—Lo subsanaré. ¿Por qué ha pedido agua? ¿Sólo porque se lo he dicho yo?
—Qué vanidoso es usted -repuso ella con una sonrisa-. Se divierte haciendo este tipo de cosas, ¿no es así?
—Soy policía. Sé que, inconscientemente, la mayor parte de la gente hace lo que otros esperan que hagan. Creen actuar según su propia voluntad, de la que están tan orgullosos. Si la cosa fuera de otro modo, tendría menos trabajo. — Esbozó una sonrisa burlona-. Y sí, soy vanidoso, no lo negaré.
—¿Quiere decir que la mayor parte de los delitos ocurren porque las personas son manipuladas?
—Quiero decir que siempre hay alguien que se inventa las maldades y otros que lo secundan. El carisma es la causa de muchas canalladas.
—Jack el Destripador actuaba solo -objetó Eva, no sin cierto orgullo.
—Eso no se ha demostrado -replicó Cüpper-. El Destripador probablemente ni siquiera existió, sino que fue una invención de los políticos para encubrir otras cosas. Si le interesa saber lo que entiendo por coautoría, eche un vistazo a nuestro pasado corrupto. Y más atrás. Acostúmbrese a contemplar a personajes históricos como Napoleón o Julio César como unos inveterados criminales sin escrúpulos con capacidad para interesar a otros en sus objetivos. Esa clase de personas se crean un séquito al que eximen por decreto del pensamiento y, por tanto, también de toda responsabilidad. Los carismáticos son los más peligrosos; como mínimo tienen un cómplice, sin el cual no podrían progresar. Paradójicamente, ese ayudante es el que les puede costar la cabeza porque no pueden controlarlo al ciento por ciento. Los cómplices son los puntos débiles del crimen; no porque fallen a la hora de cometer el delito, ¡pero sí después! Algunos se vuelven escrupulosos, otros se van de la lengua y, de esta manera, tarde o temprano hacen que fracase un plan teóricamente perfecto. Los criminales listos lo saben.
—¿Y no buscan cómplices?
—Sí. — Cüpper se deleitó dando un largo trago a su vino-. Pero después los matan.
—Dios mío. — Ella frunció el ceño-. Qué historias tan espeluznantes cuenta usted...
—Por desgracia, usted aparece en una de ellas.
—Sí, por desgracia. Sinceramente, estoy preocupada por el asunto de ayer por la tarde.
—¿Qué asunto?
—Su visita. La intención de Fritz era hablarle con franqueza, pero me temo que no se hizo ningún favor a sí mismo ni tampoco a Max.
—¿Por qué?
—¡Por su modo de expresarse! — dijo Eva, indignada-. Estuvo torpe, y Fritz lo sabe. Odia cometer errores, pero esta vez ha cometido uno. Por eso estaba tan furioso.
—A mí no me importa lo más mínimo que tenga un doble -repuso Cüpper.
—No, pero ahora creerá exactamente lo que no debe creer. En fin, para su información, le diré que Fritz está a salvo. Fue el anfitrión de sus invitados, y eso se puede demostrar con facilidad.
—¿Cómo?
—De eso quería hablar con usted. Anteayer, Max y yo estuvimos comiendo en la villa. Luego nos retiramos al despacho de Fritz para hablar de algunas cosas. Hacia las cinco me marché a hacer unas compras y algunos recados personales. Max se quedó dos horas más porque quería poner al corriente a Fritz de varias transacciones. Ya sabe, la rehabilitación de Eigelstein...
—¡Un momento! ¿Max puso al corriente a Fritz?
—Sí, claro. Max no es sólo su doble, sino un segundo Von Barneck para todo. Su trabajo así lo exige. Cada vez que hace gestiones en lugar de Fritz, sabe más sobre la marcha de un negocio que él mismo. Eso no tiene nada de raro. — Se interrumpió un momento-. Aunque a veces creo que a Fritz le da un poco de rabia -añadió-; lo llama en broma su factor de riesgo número uno.
—¿Quizá porque Max le resulta molesto?
—¡Qué va! — Eva hizo un gesto de rechazo con la mano-. Fritz depende de Max, lo considera un amigo. Naturalmente, siempre y cuando no se salga de los límites trazados por él.
—¿Y qué sucede si alguien traspasa esos límites? — inquirió Cüpper.
Ella meneó la cabeza.
—Hablemos de otra cosa.
—Max es de fiar, ¿no?
—Es... -Eva parecía debatirse consigo misma; luego dijo en voz baja-: Es sencillamente una buena persona. Puede que tienda a no tomarse las cosas muy en serio; llámelo ingenuo, si quiere. Fritz es una máquina, y Max un ser humano con sentimientos. Eso es más importante que todo lo demás.
—¿Por qué trabaja usted para una máquina?
—Las máquinas pagan mucho dinero.
Cüpper la examinó detenidamente.
—Es usted muy sincera.
—Y usted muy desconfiado. Me cae bien, comisario, pero no me gusta que llegue a falsas conclusiones sólo porque mi jefe no tenga la destreza necesaria. Anteayer, cuando Max abandonó la villa por la noche, lo vieron varios testigos, entre otros, Schmitz y Schmitz, ya sabe, nuestros genios tutelares. Y se puede probar que Fritz no salió de casa hasta que llegaron los invitados. En resumen: no pudo ser él.
—¿Estuvo usted también en la fiesta?
—No. — Eva sonrió ambiguamente, cogió la copa de Cüpper y la vació.
—¿Eso es lo que me he ganado? — preguntó él con una sonrisa.
—¡Pues sí!
Se hizo un breve silencio.
—Espero que tenga claro que con su declaración está poniendo a Max bajo sospecha -señaló Cüpper.
—¿Ah, sí?
—Si definitivamente Fritz no pudo haber sido, entonces sí.
—Max tampoco fue.
—¿Está segura?
—Sí: estaba en mi casa.
EL GRITO
—¿Y bien? Así que Max estuvo en casa de ella -dijo Rabenhorst-. ¿Y qué? ¿Qué importancia tiene eso?
Estaban sentados en el despacho de Cüpper tomando café. De la habitación contigua les llegaba el tableteo amortiguado de las máquinas de escribir mezclado con el azote de la lluvia en las ventanas, lo que provocaba un monótono desánimo.
Durante la tarde, Astrid Hasling había sucumbido a una depresión profunda. Una vez pasado el ataque, había dormido una hora y se había despertado gritando. Desde entonces estaba en la clínica hecha un ovillo, como un animal asustado; no decía una palabra ni parecía ver a nadie. Tenía la mirada perdida y no reaccionaba ante la mención de su nombre, ni ante estímulos visuales o táctiles. Sencillamente estaba ausente; parecía haber dejado su cuerpo como prueba de su definitivo desmoronamiento.
—¿De verdad cree que a mí esto me divierte? — gruñó Rabenhorst, dolido.
Cüpper miraba por la ventana en silencio.
—Demuéstreme que no fue ella y seré el primero en llevarla a su casa. — El inspector se sentó en la silla-. De todos modos me fastidia que no le hayamos sonsacado nada.
Se levantó de un salto, se sirvió otro café e hizo una mueca. Estaba amargo; se había calentado durante demasiado tiempo.
—¡Rastros de sangre, huellas digitales, todo pertenece a ella! — vociferó-. Y para colmo, un motivo claro como el agua. ¿Acaso tengo yo la culpa de que fuera ella?
Cüpper se recostó en su asiento y arrugó la nariz.
—¡No, no tengo la culpa! — aseguró Rabenhorst.
—Eh... ¿qué ha dicho? — masculló Cüpper.
Rabenhorst se levantó de un salto.
—¡Jefe! ¡Estoy reñido con el mundo y usted ni siquiera me escucha!
—¿Qué es lo que ha dicho?
—He dicho...
Rabenhorst meneó la cabeza indignado y volvió a sentarse.
—Rabenhorst, atiéndame. — Cüpper apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante-. He estado reflexionando. Hemos pasado algo por alto, viejo amigo. Mientras usted estaba flagelándose, de repente he caído en la cuenta de que hay algo que no cuadra en su teoría.
—¿Qué es lo que no cuadra? — preguntó Rabenhorst con voz de cansancio.
Cüpper lo miró muy serio.
—Si se estrujara su cuarto de libra de cerebro, usted mismo caería en la cuenta. Pero hay más probabilidades de que el gran chef francés Bocuse guise con Maggi. Bueno, vayamos al Bazaar.
Rabenhorst puso los ojos en blanco, pero no se atrevió a llevarle la contraria mientras Cüpper marcaba un número en el teléfono. Schramm estaba en su tienda. Cüpper le ordenó que subiera a su casa.
Al cabo de pocos minutos se presentaron allí.
—¿Qué cree que va a encontrar en casa de Schramm? — preguntó Rabenhorst, escéptico, cuando Cüpper aparcó el coche delante de Apostelnkirche.
—¿En casa de Schramm? Nada.
—¿Y en casa de Inka?
—Nada tampoco.
—O sea, que nada. Entonces, ¿qué hacemos aquí?
—Debería tomar clases de sentido común. Venga, dese prisa.
Rechinando los dientes, Rabenhorst corrió detrás de Cüpper y maldijo el día en que se conocieron. Subieron por la escalera hasta el cuarto piso y llamaron al timbre en casa de Schramm, que les abrió con cara de pocos amigos.
—¿Van a tardar mucho? — A Schramm era lo único que le preocupaba.
—No, sólo un poco -contestó Cüpper.
—No soy tan prescindible, ¿sabe? Los negocios...
—Los negocios pueden marchar sin usted durante un cuarto de hora -decidió Cüpper-. Rabenhorst, vayamos por partes. ¿Qué pasó, según su opinión?
Rabenhorst lo miró, perplejo.
—Pero si ya se lo he dicho.
—Pues dígalo otra vez.
—Astrid Hasling llama al timbre de Inka von Barneck y ésta la deja pasar. Inka le vuelve la espalda, ella saca el cuchillo pero Inka nota algo y grita. Forcejean, las dos caen al suelo arrastrando la mesita, y Astrid se corta la mano con los cristales. Inka huye en dirección a la puerta, Astrid la sigue, la agarra y la liquida. Astrid se da cuenta de lo que acaba de hacer, suelta el cuchillo aterrorizada y sale corriendo.
—Usted está convencido de eso.
—De eso están convencidos los de la policía científica.
Schramm miraba sin entender nada a Rabenhorst y a Cüpper.
—¿Tienen al asesino? — preguntó.
—No -respondió Cüpper.
—¡Claro que lo tenemos o, mejor dicho, la tenemos! — se acaloró Rabenhorst.
—Señor Schramm -dijo Cüpper sin hacer caso de su compañero-, ¿qué fue exactamente lo que oyó la noche del asesinato?
—Ya se lo he contado mil veces a la policía.
—Pues hágalo otra vez.
—Si eso es lo que quiere... -Schramm se encogió de hombros involuntariamente, pero se esforzó por poner cara de cooperación-. Se trata de ayudar, ¿no? — Esbozó una sonrisa automática-. Pasan tantas cosas horribles... Basta con ojear todos los días el periódico...
—¡Cuánta razón tiene! ¿Qué fue lo primero que oyó?
—¿Qué fue lo que oí? Ah, sí, el grito.
—¿Puede repetirlo?
Schramm empalideció.
—¿Repetirlo?
—Sí, las palabras -dijo Cüpper con suavidad.
—Ah, sí, claro. Bueno, pues ella gritó, ¿verdad?
—¿Cómo gritó?
—Pues fue un grito de terror, como en las películas, cuando lo dejan a uno seco... quiero decir, cuando lo matan, o cuando alguien ve algo espeluznante, y luego «Ay, Dios, ay, Dios, ay, Dios», o algo parecido.
—Procure ser más exacto. ¿Cuántas veces clamó a Dios?
—Jefe... -terció Rabenhorst en voz baja.
Schramm se frotó los ojos. Parecía muy cansado.
—Tres veces. ¿No se lo he dicho ya? Sí, tres veces.
—¿Dónde se encontraba usted?
—Apoyado en la puerta de mi casa. No me sentía bien.
—¿Y luego?
—Durante unos segundos no pasó nada. Luego, arriba se cayó algo.
—¡Un momento! — Cüpper alzó la mano-. ¿Cómo sabe que se cayó algo?
Schramm se estremeció.
—Su compañero... -dijo, señalando titubeante a Rabenhorst.
—No quiero saber lo que ha dicho el señor Rabenhorst, sino lo que usted oyó. Por favor, no nos dejemos influir por nada.
—Claro. Pues hubo un trompazo.
—Un trompazo. ¿Algo más?
—No. Bueno, oí pasos en la escalera, pasos apresurados, pero eso fue un poco más tarde.
—Bien. Un momento, señor Schramm.
Cüpper agarró a Rabenhorst del brazo, se lo llevó hasta el rellano de la escalera y le dio la llave de la casa de Inka von Barneck al tiempo que le susurraba algunas instrucciones.
—¡No, no pienso hacerlo!
—¡Rabenhorst, maldita sea!
—Mierda. Démela, ande.
El inspector cogió la llave y subió hecho un basilisco. Una vez arriba, abrió la puerta del piso de Inka y se colocó justo al lado del armario ropero.
—¿Está todo claro? — gritó Cüpper.
—Nada está claro -protestó Rabenhorst.
—Era de esperar. Dentro de dos minutos, haga su entrada en escena.
Cüpper regresó al piso, cerró la puerta y le dirigió a Schramm una sonrisa zorruna.
—Vamos a hacer un experimento, señor Schramm. Apóyese en la puerta como hizo la otra noche.
Schramm abrió unos ojos como platos. «Es un cobarde de mucho cuidado -pensó Cüpper-. Si pasó tanto miedo, se acordará hasta del más nimio detalle.»
—¿Y ahora, qué? — preguntó Schramm con un hilo de voz.
—Espere.
No se oía nada. Cüpper miró enfadado la hora y siguió el minutero con impaciencia. Schramm temblaba.
—¡Aaaaaaaahhhhh! — gritó alguien encima de ellos.
Cüpper se abalanzó hacia la puerta y la abrió bruscamente.
—¡Rabenhorst! — berreó-. Por favor, parece una fina damita... ¡Otra vez!
Schramm estaba más blanco que la cal. El comisario cerró nuevamente la puerta y le guiñó un ojo.
—Aguante un poco -murmuró-. Posiblemente le salve la vida a un inocente.
—¡Oh! — dijo Schramm.
Esperaron.
—¡Aaaaaaaaaaahhhhhh! ¡Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío!
Schramm clavó la vista en el techo de la habitación a la espera de un trompazo, y al cabo de un rato lo oyó.
—¿Fue así? — preguntó Cüpper.
Schramm asintió, nervioso.
—¡Santo cielo! Fue exactamente así.
—Bien. Quédese junto a la puerta. Lo repetiremos una vez más.
En esta ocasión no sucedió nada durante largo rato; luego se oyó un trompazo tan amortiguado como la primera vez.
—¿Y ahora? — preguntó Cüpper.
—Han olvidado el grito -constató Schramm, aliviado.
Cüpper sonrió y abrió la puerta.
—¡Rabenhorst! ¡Ya puede bajar! Se lo agradezco mucho, señor Schramm. No queremos robarle más tiempo.
—¿Les he servido de ayuda? — susurró Schramm devotamente.
—Ya lo creo. Sobre todo a mi ayudante.
Cuando bajaron, Rabenhorst parecía cansado y derrotado. Intuía lo que le esperaba.
—No pudo ser ella, ¿no? — preguntó.
—No -dijo Cüpper-. Venga, vayamos a tomar un café.
—Gracias. No se compadezca de mí. Mejor vayamos al despacho.
COMISARÍA
El agente de policía bostezó. Estaba hojeando una revista, y de vez en cuando echaba un vistazo a Astrid Hasling, que seguía acurrucada en la cama, completamente ausente. «Es guapa -pensó-. Lástima que sea una asesina.»
Una asesina muda.
Habían llamado a un psicólogo, pero él tampoco fue capaz de sonsacarle nada. El agente de policía asintió satisfecho: siempre había sabido que cualquiera podía ser psicólogo. Había demasiada gente que se creía más importante y más inteligente, por ejemplo, que la policía.
¿Y si finalmente resultaba que la policía era más inteligente que los expertos?
Merecía la pena intentarlo. El agente Haas: el hombre que logró romper el silencio.
La cuestión era cómo.
¿Con un ruido, tal vez? Quizá ella hubiera sucumbido a un trance. El agente apartó la revista y chasqueó los dedos junto a la mujer.
—¡Despierte! — ordenó.
Astrid Hasling no se dignó ni siquiera mirarlo. Entonces Haas se le acercó de puntillas y le pellizcó suavemente la nariz.
Nada.
Decidió hacerle cosquillas, así por lo menos reaccionaría con un acto reflejo. ¿Le estaría permitido? Ésa era una pregunta de difícil respuesta. Titubeante, adelantó las manos y le tocó en los costados.
De pronto se abrió la puerta a su espalda. Haas se volvió y se vio enfrentado a una mujer con aspecto de matrona, seguida de un policía que intentaba persuadirla desesperadamente.
—¡Ya le he dicho que no podía entrar aquí!
—¿Por qué no? — berreó la mujer apartando al hombre-. Usted mismo me ha dicho...
—Le he dicho que quizá estuviera aquí, no se lo he asegurado.
—Y yo le he contestado que echaríamos un vistazo.
—¿Quién es usted? — ladró Haas lanzando una mirada asesina a su joven colega.
—Soy la señora Rabenhorst -respondió la mujer como si fuera algo de dominio público-, y busco a mi hijo.
El agente se relajó.
—Su hijo no está aquí.
—¿Cuándo viene, entonces?
—No lo sé. ¿Ha preguntado en su despacho?
—¡Ya lo creo! — respondió el policía más joven-. Luego me ha acribillado a preguntas: que dónde está su hijo, que en qué caso trabaja...
—¿Y usted se ha ido de la lengua? — gruñó Haas.
En realidad, estaba furioso porque la gorda de las mejillas rojas como una manzana había saboteado sus esfuerzos por hacer hablar a Astrid Hasling.
—Yo... -empezó el policía.
—Este señor ha sido muy amable conmigo -dijo la madre de Rabenhorst-. No como usted. Cuando yo era joven, nos dirigíamos de otra forma a las personas mayores; así de claro se lo digo. Pero hoy ya nada es lo que era. Si tiene la bondad de decirme cuándo va a venir mi hijo, esperaré aquí hasta que llegue.
—¿Rabenhorst no ha dejado ningún recado en el despacho? — preguntó Haas arisco.
—¡Nunca lo hace! — exclamó la mujer-. Cuando era pequeño siempre tenía que preguntarle: ¿has hecho esto?, ¿has hecho lo otro?, ¿has hecho los deberes?... Un drama. Nunca ha tenido mucha iniciativa, ¿sabe usted?
El otro policía esbozó una sonrisa burlona al tiempo que Haas meneaba enérgicamente la cabeza.
—Aquí no puede esperar.
—¡Pero si le he traído algo! — Y antes de que Haas pudiera protestar, la mujer ya había sacado un polo horroroso de la bolsa de la compra y lo había desplegado a los pies de la cama-. De las rebajas. Hoy en día todo está por las nubes, pero si vas por la vida con los ojos bien abiertos, encuentras cosas bonitas por poco dinero. ¡Esto es... megamoderno! ¿No lo dice así la gente joven?
Su mirada recayó en los ojos sin vida de Astrid Hasling.
—¿No le parece, querida? — preguntó en un tono de lo más afectuoso.
Haas rebosaba de ira.
—Se acabó. Deje a la mujer en...
—El vendedor me ha dicho que el polo es italiano.
En ese mismo instante, Astrid Hasling empezó a parpadear.
—El italiano... -murmuró.
Durante unos segundos se hizo un completo silencio. Luego empezaron a hablar todos a la vez:
—¿Cómo ha dicho?
—¡Baratísimo!
—¡Maldita sea! ¿Qué acaba de decir?
—¿Conoce usted en realidad a mi hijo?
—¡Llame a Cüpper!
—¿Italiano? ¿Qué italiano?
—¡Silencio! — vociferó Haas.
La escena parecía un bodegón.
—El italiano -susurró Astrid de nuevo.
Haas se inclinó sobre ella.
—¿Y bien? — dijo en voz baja y apremiante-. ¿Qué pasa con el italiano?
—El italiano...
Haas acercó la cara a la suya.
—¿Qué pasa con ese italiano? Díganoslo.
—El italiano. — Un fino hilo de saliva se le deslizó por la barbilla-. Conozco al italiano.
—¡Siga, siga!
—El italiano...
—¡Siga!
Pero sus ojos se perdieron de nuevo en algún punto lejano.
DE CAMINO A LA COMISARÍA
—Usted ha gritado dos veces -dijo Cüpper mientras se dirigían en coche a la jefatura de policía-, sin contar su lamentable ensayo inicial. Una vez con la puerta abierta, junto al armario ropero, y otra desde más adentro.
—Junto a la mesita -asintió Rabenhorst.
—Que luego usted ha volcado... Las paredes y los techos del Bazaar son gruesos, por eso el golpe de un objeto pesado apenas se oye en el piso de abajo; nosotros lo hemos oído dos veces. Pero su grito sólo una, es decir, la primera. Si Schramm oyó el grito de Inka cuando estaba apoyado en la puerta de su casa, sólo hay un lugar desde el que ella pudo gritar.
—Sí: justo al lado de la puerta abierta del piso.
—Exactamente. La escalera hizo de caja de resonancia y amplificó el grito. Si hubiera sido proferido desde más adentro, Schramm no podría haberlo oído, así que ahora ya sabemos desde dónde gritó. Sigamos. Supongamos que Inka dejó pasar a Astrid y, en el momento de ir a cerrar la puerta, vio el cuchillo. Soltó un grito. ¿Puede decirme por qué la mesita no cayó al suelo hasta cinco o diez segundos después?
—Quizá se pelearan. O Inka intentó huir.
—¿Hacia el interior del piso?
—Sí. ¿Por qué no?
—¿Y por qué no hacia el rellano de la escalera? ¡Al fin y al cabo, estaba junto a la puerta!
—Tal vez Astrid le cortara el paso.
—Me da igual. Inka huyó presa del pánico, eso está claro. ¿Cuánto tiempo tarda una persona en ir corriendo desde la puerta hasta la mesita para derrumbarla?
—Tres segundos -opinó Rabenhorst, titubeante.
—¡Como mucho! — señaló Cüpper-. Pero Inka conocía su casa. ¿Por qué iba a abalanzarse sobre su propia mesa? ¿O Astrid, que la seguía?
—No lo sé. Probablemente se enzarzaron en una pelea desde el principio. De este modo, en algún momento chocaron con la mesa y la volcaron.
—¿En silencio?
—¿Por qué?
—A ver. ¿Inka lanzó un grito de terror para luego pelearse durante unos segundos en silencio, derribó una mesa y consiguió llegar hasta la puerta, y todo eso sin el más mínimo grito, sin pedir siquiera auxilio?
—Tal vez ya había sido asesinada junto a la mesita -objetó Rabenhorst.
—Dejando de lado que la policía científica descarta que el crimen se cometiera en cualquier otro sitio que no fuera delante del armario, no se me ocurre ninguna razón para arrastrar a Inka muerta hasta la puerta y luego hacer como si hubiera tirado del blazer. ¿Sí?
Rabenhorst asintió en silencio.
—Un grito agudo, luego silencio, luego la mesa volcada, luego otra vez silencio y después la huida. — Cüpper enarcó las cejas-. Extraño, ¿no? Dígame, Rabenhorst, ¿qué haría usted si yo me presentara de repente con un cuchillo? ¿Qué diría?
—Diría: «Cüpper, hombre, ¿a qué viene eso? ¿Es una broma, no? Aparte el cuchillo y hablemos...» Algo así.
—Eso es, algo distinto de «¡aaaaaaaahhhhhh!» y «ay, Dios mío, Dios mío».
—Entonces es que le rajó el cuello en seguida, ¡me cago en la puta! — Rabenhorst levantó los brazos-. No, no lo hizo... Sí lo hizo, nada más entrar. Inka es sorprendida desde atrás cuando se vuelve para cerrar la puerta. Astrid se da cuenta de lo que ha hecho, deja caer el cuchillo junto al cadáver, retrocede desconcertada y entonces choca con la mesita. Los vasos se rompen, se corta con los cristales y sale corriendo, no sin antes tocar el marco de la puerta con la mano herida.
—Caliente, caliente, Rabenhorst, por no decir ardiendo. Pero, ¿cómo puede uno exclamar con la garganta rajada «¡ay, Dios mío!»?
—Yo ya no sé nada.
—Otra cosa. Está claro que Inka fue asesinada desde atrás y por un zurdo. Astrid se cortó la mano izquierda, por lo que la sangre debería haber impregnado el mango del cuchillo. Pero éste estaba limpio.
—Me rindo -suspiró Rabenhorst.
Tras estacionar el coche, cogieron el ascensor para subir al despacho de Cüpper.
—¿Y cómo piensa explicar todo eso? — preguntó Rabenhorst.
—No sea tan puñeteramente desconfiado -dijo Cüpper con una sonrisa-. ¿No se alegra de que nuestra querida Astrid no cometiera ningún asesinato?
—¡Maldita sea! ¿Qué hizo entonces?
—Muy sencillo, Rabenhorst. Gritó.
ZOOLÓGICO
Marion Ried estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas delante de la reja de hierro de la jaula, observando cómo moría el tigre.
En ese instante se le acercó un hombre mayor.
—Hola, Gopper -dijo Marion en voz baja.
En realidad, el anciano se llamaba de otra manera, pero en algún momento se había convertido para todos en Gopper. Llevaba una eternidad trabajando como cuidador. Un factótum.
Suavemente, posó la mano en el hombro de Marion, pero ella la apartó enojada.
—No puede morirse así, sin más -susurró ella.
—Va a morir -Gopper se agachó a su lado con un quejido.
Marion apretó los puños.
—Hay un montón de medicamentos para todo, y él se va a morir de una simple intoxicación alimentaria. No es justo.
Gopper se quedó mirándola. La chica parecía una estatua de bronce.
—¿Justo? — murmuró-. ¡Tú qué sabrás! — El tigre levantó la cabeza y miró en su dirección con aire fatigado-. Los animales no tienen futuro; ningún animal lo tiene. Éste no sabe que se va a morir; por eso no le importa nada.
—Está sufriendo -dijo Marion.
Gopper negó lentamente con la cabeza, y a Marion le pareció oír el ruido de sus vértebras cervicales.
—No. Sólo le interesa lo que hay. No lo que había, ni tampoco lo que habrá. Cuando muera, morirá y ya está.
—¡No hace falta que lo repitas más! — se enfureció ella.
—Sí hace falta -respondió él tranquilamente-. Tengo setenta y dos años, pequeña. Cada vez estoy más encorvado por todas las gilipolleces que he cometido en esta vida. Todos los días pienso en que se me acaba el tiempo y en cómo podría haber sido mi vida. — Soltó una tos seca-. Y sé que ya no me queda nada que esperar. ¿Crees que es una bendición haber nacido hombre? — Gopper se rascó el mentón, poblado por barba de dos días-. A veces me gustaría estar en el lugar del tigre.
—Eso es problema tuyo.
Permanecieron en silencio durante un rato.
—Tus fieras matan, pero son inocentes -dijo finalmente Gopper-. Mueren, pero lo ignoran. No tienen la culpa de nada ni se la echan a nadie. Visto desde una perspectiva objetiva, no tienen amigos ni enemigos. Eso no es bueno ni malo, pero por lo menos es sencillo. — Suspiró y se levantó con esfuerzo-. Si me lo preguntas, te diré que el problema es más bien tuyo que mío.
—¿De qué hablas? — inquirió ella.
—De que quieres ser como ellos, porque no te aclaras.
Ella se volvió furiosa hacia el anciano.
—¿A quién le importa eso?
—A ti -dijo él.
—Pues entonces vamos a dejarlo como está.
—Como quieras.
Gopper se irguió y recorrió el pasillo desnudo en dirección al exterior.
«Su vitalidad es asombrosa -pensó Marion-. ¿Cómo seré yo a su edad?»
De repente le entró un miedo angustioso y se acercó a la reja.
Gopper se detuvo como si pudiera leerle el pensamiento.
—No puedes ser un gato -dijo-. Así que procura ser al menos una persona.
COMISARÍA
—¿Y desde entonces? — preguntó Cüpper.
—No ha vuelto a abrir la boca -dijo Haas. Luego se enjugó el sudor de la frente. Pocos minutos antes de que Rabenhorst y Cüpper regresaran del Bazaar, había conseguido echar a la madre del inspector. Como resultado, tenía los nervios destrozados.
—¿No ha dicho nada más?
—«El italiano», ha dicho. Y que lo conoce. — Haas dirigió una mirada despectiva a Rabenhorst-. Su madre... fue la que la hizo hablar.
Rabenhorst acarició el polo con cara de estupefacción.
—Bien, agente -asintió Cüpper-. Iré a verla en seguida. Muchas gracias.
Haas asintió cortésmente y se marchó.
—¿Dónde nos habíamos quedado? — dijo Cüpper.
—¿Cuando ha llegado Haas?
—Sí.
—En lo del grito.
—¡Exacto! ¿Recuerda lo que dijo Brauner acerca de la hora del crimen?
—Entre las nueve y las doce.
—No, entre las nueve y las once. Lo de las doce lo concedió de mala gana. En su opinión, sucedió a las diez.
—Es decir, que cuando llegó Astrid Hasling...
—Inka ya llevaba dos horas muerta. Astrid se encontró la puerta del piso abierta, entró y tropezó con el cadáver, igual que nuestro buen amigo Schramm. Imagino que el piso debía de estar a oscuras.
—¿Un asesino que apaga la luz?
—No, un asesino que actúa cuando todavía es de día. Astrid, desorientada y borracha como está, no encuentra el interruptor de la luz, se agacha y saca su encendedor con la mano derecha. Al resplandor de la llama, ve a Inka y al principio no entiende lo que ha pasado. Entonces su mirada recae en el cuchillo. Sin pensarlo demasiado, lo coge, un simple acto reflejo que la ayudará a creer lo que ve. Luego viene el shock. Grita, deja caer el arma justo donde la ha encontrado y le entra el pánico. En lugar de salir corriendo por la puerta, se tambalea hacia atrás y, a oscuras, vuelca la mesita. Todavía lleva el encendedor en la mano derecha, así que se apoya con la izquierda y se corta con los cristales. El dolor la devuelve a la realidad. Lo primero que se le ocurre es salir de allí, pero todo está oscuro y tiene que tantear la puerta, hasta que palpa el marco. Entonces sale del piso, baja la escalera a todo correr y sale a la calle. Ni idea de cómo llegó a su casa, probablemente a pie o en un taxi.
Rabenhorst respiró pausadamente. Luego asintió con la cabeza.
—Ahora está todo mucho más claro -dijo-. Falta por saber cómo entró en la casa a las doce y qué quería.
—Eso tiene fácil explicación. Lea el informe. Alguien llamó al interfono furiosamente y dos o tres vecinos abrieron la puerta. ¿Qué quería? Pues hacer un último intento por salvar su agencia. Posiblemente, amenazarla, pegar a Inka, suplicarle... -Cüpper hizo una pausa-. O tal vez matarla.
—Lo que ya había sucedido.
—Sí.
—Bien, al menos por el momento, su teoría es más convincente que la mía.
—Es la buena.
—Bien. Es la buena. ¿Cómo sigue?
Cüpper dirigió una mirada pensativa al desorden de su escritorio.
—Tenemos que repasar la lista de sospechosos -dijo.
—Sería lo mejor -admitió Rabenhorst-. ¿Quién es el primero? ¿Von Barneck? ¿Nuestro italiano desconocido?
—La lentejuela -repuso Cüpper.
ZOOLÓGICO
Gopper salió al exterior, se apoyó en la barandilla del recinto y se quedó mirando a los leones, que permanecían ociosos. En el foso que había a su alrededor caían hojas y ramas pequeñas. La superficie del agua estaba cubierta por una película de algas, polvo y mosquitos. Un biotopo marchito.
Marion había despertado en él unos sentimientos que creía ahogados en las olas de un océano lejano. No es que se hiciera ilusiones. Él era un hombre mayor y desaliñado. Ella, en cambio, era joven, demasiado joven para estar tan amargada y llena de rencor. Por primera vez desde hacía tiempo, Gopper sintió el deseo de hacer algo sensato antes de morir.
Se acordó de sus padres. Nunca le había hablado a Marion de ellos, del aspecto que tenía la alta burguesía, de la atmósfera blanca como el jazmín, de la actitud expectante y el afán de notoriedad de su progenitor, que despreciaba cualquier tipo de desorden. Nunca le había dicho que él prefirió convertirse en un vividor aventurero, que había visto más cosas que la mayor parte de la gente, pero en el fondo, nada. Que cuando regresó al cabo de unas décadas ya no había nadie a quien odiar o despreciar, y que incluso había perdido la capacidad de amar.
No deseaba que a Marion le sucediera algo parecido.
Pero ¿acaso un fracasado tenía derecho a juzgar lo que estaba bien o lo que estaba mal? La madre de Marion lo había hecho todo del revés mal y había tratado mal a todo el mundo.
¿Había estado bien matarla?
Gopper trató de pensar en el futuro, pero no lo consiguió. Demasiada culpa pagada con culpa. Un círculo vicioso.
Cansado, miró hacia el cielo.
Por el suroeste se acercaban unos negros nubarrones cargados de lluvia. A lo lejos retumbó un trueno. Una de las leonas se levantó ágilmente y se acercó al foso de agua. Alzó la cabeza y clavó sus ojos fríos y amarillos en Gopper.
«El verdugo perfecto -pensó Gopper-. Todo lo bueno y todo lo malo reducido a la presa. Matar sin culpa. Selección natural.»
Y de repente le sobrevino una sensación de paz.
LA LISTA
Cuando el ordenador escupió la lista, Cüpper la colgó en la pared entre requisitorias y anuncios de búsqueda y captura. Su lectura no era precisamente alentadora.
1. Fritz von Barneck
Móvil:
a) Dinero (¿Qué suma habría recibido Inka en caso de divorcio?)
b) Venganza por infidelidad.
Coartada: Fue el anfitrión de una fiesta.
Pero:
a) Hartmann pudo haberle suplantado como anfitrión.
b) Pudo haber pagado a Hartmann por el asesinato.
c) Pudo haber contratado a un matón.
2. Max Hartmann
Móvil: Dinero. (Asesinó o encubrió el asesinato por encargo de Fritz von Barneck.)
Coartada: Estuvo en casa de Eva Feldkamp.
Pero: Eva podría mentir. En ese caso...
a) Él podría haber suplantado a Von Barneck sin saber que así encubría un asesinato.
b) Podría ser él mismo el asesino.
3. Eva Feldkamp
Móvil: —
Coartada: Supuestamente estuvo en compañía de Hartmann.
Pero: Podría mentir para encubrir a Hartmann.
4. Astrid Hasling
Móvil:
a) Venganza.
b) La agencia.
Coartada: —
Pero: Ciertos detalles descartan su autoría.
5. Último amante de Inka
(Se acostó con un hombre poco antes de morir.)
Identidad: Desconocida.
Móvil: Desconocido.
6. Marion Ried
Móvil: Odio.
Coartada: — (Supuestamente estaba en el cine.)
7. Ulrich Stoerer
Móvil: —
Coartada: Estuvo con un amigo en Max Stark.
Pero: Coartada todavía sin comprobar.
8. Holger Renz
Móvil: La agencia.
Coartada: Estuvo en una fiesta.
Pero: Coartada todavía sin comprobar.
9. El italiano
Identidad: Desconocida.
Móvil:
a) Por encargo de la mafia.
b) Por encargo de Von Barneck.
Pero: Astrid Hasling afirma que lo conoce.
10. La lentejuela
(Remite a una persona que la perdió en el lugar del crimen poco antes del asesinato.)
Identidad: Desconocida.
Móvil: Desconocido.
—Y un montón de gente que quería cargarse a Inka por su modo de ser afable y comprensivo -dijo Rabenhorst.
—Ya tenemos bastantes desconocidos -opinó Cüpper-. Hay dos que quizá sean uno. La lentejuela podría pertenecer al último amante.
—¿Un amante que lleva lentejuelas?
—¿Por qué no? Piense en la Reina de Saba.
—Frecuenta hombres.
—No exclusivamente, por lo que me han contado.
—¡Estupendo! — se alegró Rabenhorst-. ¡Detengamos a la Reina!
—De eso nada. Cocina demasiado bien.
—Entonces detengamos al italiano. Ahora en serio, ¿a qué viene esa referencia a la mafia?
—Fue Hartmann quien aludió a ella.
—Ya lo sé, pero eso no afecta necesariamente a la mujer de Von Barneck.
—Tal vez sí -repuso Cüpper-. Convencí a Eva Feldkamp para que me contara más cosas después de revelarme que Hartmann estuvo en su casa la noche del crimen. Me habló de la época de Milán. ¡Muy interesante! El matrimonio Von Barneck estaba arruinado, e Inka hacía lo que quería.
—¿Y qué quería?
Cüpper chasqueó los dedos.
—¡Sexo, drogas y rock and roll! -dijo dando un elegante paso de baile.
Rabenhorst arrugó la frente.
—¿Drogas?
—Cocaína. Inka esnifaba desde la mañana hasta la noche. Todos lo sabían, pero parece que a su marido no le importaba, y menos aún a los demás.
—¿De dónde la sacaba?
—Rabenhorst, ¡qué preguntas hace usted!
—¿De la mafia?
—Para conseguir nieve no hay que molestar forzosamente a la mafia, pero en este caso probablemente era así. Los contactos se produjeron a través de su marido. Hartmann opina que Fritz había llegado a determinados acuerdos con los mafiosos; es muy posible que éstos, a cambio, tuvieran algún detalle con su mujer.
—O quizá no -observó Rabenhorst-. Tal vez Inka olvidara saldar algunas cuentas...
—Es posible -Cüpper asintió meditabundo-. También puede ser que llegara un momento en que los contactos se les quedaran cortos, y entonces enviaron a alguien para resolver el problema.
—Hay otra posibilidad -dijo Rabenhorst-. Fritz von Barneck tenía muy buenas relaciones. Él les hizo un favor y, a cambio, ellos se cargaron a su mujer.
—Hum...
—¿No le parece?
—No sé. Sin duda, sería interesante examinar con lupa las transacciones comerciales de Von Barneck en los últimos años.
—Eso llevaría un trabajo tremendo -replicó Rabenhorst, enojado-. Nos dejaríamos las pestañas mirando nuestros ficheros. Hasta ahora no ha aparecido ningún italiano delgado con bigote.
—¿Y qué? Italia es grande.
—Está bien. ¿Le contó alguna otra cosa Eva Feldkamp?
—Pues sí. Nuestra querida difunta estaba entregada en cuerpo y alma a la población masculina de Milán. Sobre todo, en cuerpo. Se supone que Von Barneck no sabía nada. — Cüpper rió para sus adentros-. Lo cierto es que él tenía otras prioridades. Se enamoró de Eva.
—¡Anda! — soltó Rabenhorst.
—Durante un tiempo ella barajó la idea de ceder -Cüpper asintió con la cabeza-. Como sabe, ese tío es un capullo, pero también es muy rico y atractivo. Luego, un buen día apareció Max. ¿Y qué quiere que le diga?
—Eva cambió de tercio.
—Bingo.
—Pero ¿por qué? — preguntó Rabenhorst, extrañado-. ¡Si son idénticos! ¿Qué tiene Hartmann que no tenga Von Barneck?
—Encanto, sentido del humor, es romántico... Cualidades de las que carece Von Barneck. Al principio lo veía como un segundo Fritz, pero luego empezó a quererlo como Max. Además, a los ojos de Eva no se parecen en nada. Es capaz de distinguirlos a primera vista, cosa que hasta ahora no han conseguido ni sus amigos más íntimos.
Rabenhorst frunció los labios.
—¿Y cómo reaccionó Von Barneck ante su traición?
—Eso es lo peliagudo, Rabenhorst. Von Barneck no lo sabe. Ella y Max mantienen su relación en secreto desde hace casi dos años. Eva dice que Fritz sigue amándola, pero se ha conformado con que su relación se limite a lo puramente profesional. De todas formas, si se enterara...
—¡Madre mía! — gimió Rabenhorst-. La esposa se lo monta con la mafia, el marido quiere montárselo con la secretaria, pero ésta se lo monta con el doble, y el doble quizá se lo monte con la esposa.
—Ya no -dijo Cüpper en tono cantarín.
—¿Se fía de esa mujer?
—Está cooperando sin pedírselo. Aunque reconozco que también puede ser un truco.
El inspector examinó la lista de los sospechosos.
—¿Y los invitados italianos de Von Barneck? ¿Qué hay de ellos?
—Podría ser una pista. — Cüpper cerró los ojos y se masajeó las sienes. Tenía un ligero dolor de cabeza-. Todo podría ser una pista -suspiró-. Por el momento, lo mejor es que se ocupe de las coartadas de Holger Renz y de Ulrich Stoerer. Me gustaría tachar a unos cuantos de la lista.
—Bien. ¿Qué hará usted mientras tanto?
—Volveré a casa de Von Barneck -dijo Cüpper haciendo tintinear las llaves del coche-. A ver si...
En ese instante sonó el teléfono. Dejó caer otra vez las llaves en el bolsillo del pantalón y levantó el auricular.
—Cüpper.
—Tengo que verlo.
—¿Quién es usted?
Breve pausa.
—Por un momento había olvidado que me borró de su memoria.
Cüpper dejó escapar un leve silbido.
—Vaya. ¿Quiere repartir más bofetadas?
—No diga gilipolleces. — Otra pausa-. Perdone. Mi tigre ha muerto. ¿Tiene tiempo?
—¿Cuándo?
—Usted diga cuándo y yo diré dónde.
Cüpper lo pensó un momento.
—A las siete y media.
—De acuerdo. Vaya al Stadtgarten.
—¿Por qué al Stadtgarten?
—Ulli toca allí con su banda.
—¡Vaya! ¿Sirven algo de comer, al menos?
—Algo habrá. ¿Irá?
—Sí.
—Bien. Hasta luego.
—Siento lo del tigre.
Pausa larga. Cüpper pensó que ella había colgado sin más.
—¿Marion?
—Se agradece.
FRITZ VON BARNECK
Cüpper tuvo la impresión de que la villa cada vez tenía un aspecto distinto. Ahora que de nuevo había empezado a lloviznar, le pareció como un espejismo: superficies grises, el interior apenas iluminado, todo rodeado de un aire un tanto fantasmal. El comisario se acordó del castillo de la bestia de Krull, que todas las mañanas aparecía en un sitio distinto para aterrorizar a la gente durante las veinticuatro horas del día.
Pero aquello sólo era un viejo caserón de Marienburg, en cuyo interior vivía un millonario cansado y escaldado.
¿O quizá fuera un monstruo?
La gravilla crujía bajo las suelas de sus zapatos como si quisiera anunciar su llegada. Esta vez, el mayordomo le abrió la puerta.
—Buenas tardes, Schmitz -dijo Cüpper. Y de repente empezó a estornudar varias veces seguidas. ¿Tendría alergia a los mayordomos?
Schmitz estaba ofuscado. Dijo que las visitas no anunciadas eran siempre un problema, que no podía garantizarle que Von Barneck pudiera recibirlo, pero que haría todo lo posible.
—Sin prisa -le aconsejó Cüpper, y entonces pensó si era posible pillar un catarro a treinta grados y con una lluvia persistente, y decidió que no-. Me gustaría preguntarle algo.
—¿La policía desea mi declaración? — El cuerpecillo de Schmitz pareció aumentar de tamaño-. Estoy a su entera disposición.
—Gracias. ¿Puede confirmar que el señor Von Barneck estaba en la villa la noche del asesinato?
—¡Desde luego que sí! — Schmitz alzó las cejas y añadió a las tres docenas de arrugas de la frente unas cuantas más-. Como recordará, tuvimos una recepción.
—Lo sé. Pero ¿salió de casa antes o durante la recepción?
—Déjeme pensar... No. Pasó la tarde con el señor Hartmann y la señora Feldkamp en sus habitaciones de trabajo. A continuación se ocupó de los preparativos, hizo algunas llamadas telefónicas y luego recibió a los invitados.
—¿Y usted sabía en todo momento dónde estaba?
—¡Naturalmente! Y eso que no figura entre mis obligaciones no perder de vista en ningún momento al señor Von Barneck. Es él mismo quien me informa. — Su voz se llenó de orgullo-. En todos estos años no ha habido ni una sola vez que no supiera dónde se encontraba.
—Lo felicito. ¿Sabe también dónde estará esta noche?
—Sí, claro.
—¿Dónde?
Schmitz ladeó la cabeza y le guiñó un ojo.
—¿Cree usted que un mayordomo puede ser indiscreto, señor comisario?
—¡Santo cielo, no! — exclamó Cüpper de un modo teatral-. Retiro la pregunta y le planteo otra: ¿es usted capaz de distinguir a su jefe de Max Hartmann?
Schmitz parecía sorprendido.
—Creo... que sí.
—Quiero decir cuando va caracterizado.
—¡Oh, sí, ya entiendo! No, de eso desgraciadamente no soy capaz.
—Entonces, ¿no es sólo el pelo lo que los diferencia?
Schmitz esbozó una sonrisa.
—No sólo eso. El señor Hartmann y yo, por ejemplo, a diferencia del señor Von Barneck, compartimos una molesta astenopía que, en mi caso, es debida a la edad y en el suyo es de nacimiento.
—Es cierto -dijo Cüpper-. Anoche llevaba gafas.
—Siempre lleva algo. Dado que el señor Von Barneck posee una verdadera vista de lince, si me permite la comparación, en las ocasiones oficiales el señor Hartmann hace uso del benéfico invento de las lentes de contacto.
—Entonces, ¿qué es? ¿Miope?
—Usted lo ha dicho. Otra cosa que los distingue es un pequeño tatuaje en el brazo izquierdo que el señor Hartmann se hizo cuando era joven. Un escorpión diminuto, cuyo significado ignoro. Además de eso, habrá notado que el tono de voz del señor Hartmann es más agudo.
—Puede imitar cualquier tono, ¿no es cierto?
—¡En eso es perfecto!
—¿Y desde el punto de vista puramente humano? — preguntó Cüpper-. Quiero decir si se diferencian en el carácter.
—Pues...
Schmitz se interrumpió y levantó la vista hacia el primer piso como si obedeciera a una llamada silenciosa.
—Ambos son unos honorables caballeros -dijo, titubeante.
—No me refería a eso.
—Pero yo sí. Si me permite, anunciaré su llegada al señor Von Barneck.
—Hágalo -asintió Cüpper, resignado.
Schmitz se mostró agradecido de que el comisario no insistiera, subió la escalera a paso lento y entró en el despacho de Von Barneck. A Cüpper le pareció que había pasado una eternidad cuando por fin le indicaron que subiera.
Von Barneck estaba sentado a oscuras. A su espalda, una luz plomiza se filtraba por la ventana y rodeaba su cabeza con un halo plateado.
—Tengo poco tiempo -dijo en voz baja-. ¿Va a tardar mucho?
—No -respondió Cüpper.
—Bien. Tome asiento. ¿Un whisky?
—Estoy de servicio.
—Yo también.
Cüpper sonrió, satisfecho.
—¿Qué tiene para ofrecerme en su cámara del tesoro?
—Los tiempos difíciles exigen bebidas fuertes. ¿Qué le parece un Laphroaig?
—¿De cuántos años?
—Diez.
Von Barneck cogió la botella que tenía junto a él, fue a buscar un segundo vaso para Cüpper y lo llenó de oro oscuro. En silencio, esperaron a que el whisky desplegara todo su carácter. Turba y aire marino, humo y notas de jerez. Inexplicable.
—Usted conoce el origen de la palabra «whisky» -afirmó más que preguntó Von Barneck.
—Uisge beatha? -murmuró Cüpper.
—El agua de la vida -asintió el empresario-. Los ingleses eran demasiado ignorantes como para pronunciar correctamente el gaélico de los escoceses. Por eso hoy son mortales y los escoceses no.
—¿De modo que le gustaría ser escocés?
Von Barneck dejó el vaso sobre la mesa.
—No. Y usted no ha venido aquí para filosofar sobre el agua de la vida. Hablemos de la muerte.
—No hay mucho que decir. Teníamos a un presunto culpable.
—¿Tenían? ¿Significa eso que no lo era?
—Eso parece. ¿Quién podría haber asesinado a su mujer?
—Cualquiera.
—¿Incluido usted?
—No. Esa noche no salí de casa.
Von Barneck levantó otra vez el vaso y lo meneó trazando círculos con el líquido.
—Siempre las mismas preguntas. Por mí puede creer lo que le apetezca.
—Yo creo lo que está dentro del margen de lo posible. — Cüpper cruzó las piernas y escuchó el tictac del reloj. Estaba anocheciendo-. De su intento de secuestro hace ya más de tres años. No quiero negarle que temiera por su vida, pero todos los que están expuestos a la opinión pública tienen miedo. — Se inclinó hacia adelante-. Y usted no es ningún cobarde.
—Siga.
—¿Para qué necesita un doble?
Von Barneck dio una palmada.
—Siga, señor comisario.
—Hartmann dirige sus negocios, ¿no es así?
—No sé qué tiene eso que ver con la muerte de mi esposa.
—Si fuera un simple empleado... Pero para colmo es amigo suyo. La gente importante lo toma por usted. ¿A veces no tiene la sensación de estar sacrificando su identidad?
—Nunca he dudado de mí mismo.
—¿Para qué lo necesita, en realidad?
—Hay un viejo refrán que dice que no se puede estar en misa y repicando. Eso siempre me ha molestado mucho.
—¿Es una ventaja estar en dos sitios a la vez?
—Puede ser increíblemente lucrativo. A veces hacer un buen negocio es cuestión de minutos. De todas formas, tiene usted razón. En lo que se refiere a mi seguridad personal, hace mucho que ya no necesito a Max. Pero tener un doble ofrece otras posibilidades estimulantes.
—Puede estar en un crucero con un ministro italiano y, al mismo tiempo, cualquiera puede afirmar que estaba en Moscú. ¿Es algo así?
—Lo que usted diga.
—Qué extraño. ¿Son figuraciones mías o no está usted particularmente interesado en que esclarezcamos el caso?
—Claro que estoy interesado. Y también lo está el Kölner Express.
—¿Por qué fracasó en realidad su matrimonio?
—Por la rutina.
—¿No fue por otra cosa? ¿Algún desliz, por ejemplo?
—¡Dios mío, señor comisario! Su moral es más antigua que ese whisky que tiene en el vaso.
—¿Es usted un hombre solitario?
—¿Y usted?
Cüpper iba a responder, pero finalmente guardó silencio.
—He oído que la soledad lo convierte a uno en un buen policía -comentó Von Barneck-. Pues bien, también lo convierte a uno en un buen millonario. Yo no soy más solitario que otros cuyos éxitos no gusta ver y cuyos fracasos no gusta compartir. En el fondo, no importa que Inka esté muerta o no, ni tampoco que encuentre al asesino.
—¡Maldita sea! — exclamó Cüpper-. ¿Es que no hay nada sagrado para usted?
—Mi buen amigo, usted tiene tendencia al sentimentalismo. Realmente no puedo ayudarlo en su difícil tarea. No tengo ni idea de quién la ha matado.
—¿Pudo ser alguien de Italia?
Von Barneck se quedó visiblemente perplejo.
—¿Por qué piensa eso?
—Es otra pista. Buscamos a un hombre bajo y de buen aspecto con un bigote muy poblado.
—Hago negocios con los italianos -dijo Von Barneck-. Eso es todo.
—¿Eran también contactos de negocios los de la otra noche?
—Sí, nos conocemos desde hace años.
—Bien. Necesito información sobre ellos. Sus nombres, sus números de teléfono...
—Ni hablar. Pero puedo concertar una cita con ellos, aunque no se me ocurre qué va a sacar de ahí.
—Quizá al asesino de su mujer.
—Qué cosas tiene.
—¿Tenía su esposa relaciones con la mafia?
Von Barneck manoteó en el aire.
—¡Quién sabe!
—¿Y usted?
—En ocasiones. No creo que la mafia tenga algo que ver con la muerte de mi mujer, pero la vida nos enseña a abordar cualquier tesis sin prejuicios. Así que téngame al corriente.
Cüpper lo miró pensativo.
—¿Qué tal se lleva usted con Marion?
—¡Es increíble! Cambia de tema más aprisa que en una agencia de cambio cambian dólares. Está bien... Marion no me quiere. Eso es quizá lo único que realmente lamento. Podría estudiar algo porque es lista. Sin embargo, prefiere estar en compañía de esos felinos piojosos. Incomprensible.
—¿Por qué? De todas formas, algún día lo heredará todo, supongo.
—Un buen epílogo.
Von Barneck se acercó a la puerta y la abrió de par en par.
—Señor comisario, he tenido mucho gusto en compartir ese whisky con usted. Siga procurando que mi buen nombre no se vea mancillado. Estoy tan expuesto a la opinión pública que reconozco que eso me importa más que conocer la identidad del asesino de mi mujer.
—No vuelva a amenazarme nunca más -dijo tranquilamente Cüpper.
En la penumbra, los ojos de Von Barneck parecían dos lagos de metal fundido.
—Eso estuvo mal y lo siento sinceramente. Ahora debe disculparme, por favor. Tengo cosas que hacer y, además, hay un concierto en el auditorio que no quisiera perderme.
—¿Qué va a ver?
—La sinfonía del «Golpe de timbal».
—Sí -sonrió Cüpper sin ganas-. Ésa podría venirnos bien.
Una vez abajo, Schmitz lo acompañó hasta la puerta. El anciano parecía confuso. Se disculpó ceremoniosamente por el poco tiempo del que disponía Von Barneck y por su propia negativa a discutir acerca del carácter de su jefe. Cüpper calculó que, pese a sus muchos años de servicio, Schmitz no sabía nada.
—Quizá no me haya servido de mucha ayuda -dijo quitándole importancia al asunto-, pero seguro que es usted el mejor mayordomo de sangre alemana que existe.
—Gracias -dijo Schmitz radiante de alegría y, tras una breve vacilación, añadió-: Sir.
—Si se le ocurre alguna otra cosa que yo debería saber, no dude en llamarme. Tome mi tarjeta. Intente dar conmigo en privado, cuando no esté en la comisaría. Este número no se lo doy a cualquiera, pero con usted hago una excepción.
Confianzudamente, le guiñó un ojo a Schmitz. De este modo, el anciano quedaba deudor suyo. Y lo llamaría. Cüpper sabía que su código del honor no tenía una base firme, se tambaleaba. Tenía tan poco de mayordomo como las prostitutas colonienses de damas.
Al salir a la calle miró la hora. Estaba anocheciendo. Debería haber más luz, pero la capa de nubes parecía haber descendido más aún. Pronto Colonia entera desaparecería entre los nubarrones.
Cüpper arrancó el coche mientras pensaba que podría venirle bien un amigo.
STADTGARTEN
La vio en seguida sobre el escenario vacío. Estaba arrastrando una auténtica montaña de altavoces, mientras Ulrich Stoerer se paseaba de un lado a otro dando instrucciones.
Una camarera con un piercing de plata en la nariz salió del restaurante colindante balanceando una bandeja con kölsch. Cüpper cogió dos.
—Son ocho marcos.
—Luego -prometió el comisario.
—De eso nada. Deme ocho marcos ahora.
—En primer lugar, no tengo ninguna mano libre. Y en segundo lugar, soy de la brigada de investigación criminal.
—En primer lugar, me da igual. Y en segundo lugar, la brigada de investigación criminal me va a dar ahora mismo ocho marcos.
Cüpper dejó los vasos, pescó calderilla y se acercó al escenario. Para entonces Marion había dejado los altavoces en manos de otros. Se había hecho daño en el pulgar y maldecía en voz alta.
—¿Qué tal, Catwoman? — dijo Cüpper.
—¡Ah, es usted! — Una sonrisa se deslizó por sus angulosos rasgos, y a Cüpper le gustó.
—Estas dos cervezas se interponían en mi camino, así que las he detenido y las he traído aquí. ¿Quiere una?
—¡Traiga!
La bebida desapareció en un santiamén. Cüpper miró la operación estupefacto y a continuación hizo lo mismo con su cerveza. Ella se echó a reír. Era la primera vez que veía reírse a Marion Ried. Por desgracia, sólo duró un instante; luego volvió a aparecer la pequeña arruga vertical entre sus cejas.
—¿Qué le pasó en realidad a su tigre? — preguntó Cüpper.
—No quiero hablar de eso.
—Entonces, ¿de qué quiere hablar? Ha sido usted quien me ha llamado.
—¿Tiene al asesino?
Él la cogió del brazo y, en silencio, la apartó del escenario.
—No. Para ser sincero, estamos atascados.
—Hum... -Ella se miró las manos.
—Teníamos una pista, pero resultó ser un callejón sin salida. Su madre probablemente fue asesinada hacia las diez, no a las doce. Si es verdad que usted estuvo en el cine, podría borrarla de la lista de mis sospechosos.
Ella negó con la cabeza.
—No tengo testigos, si se refiere a eso.
—Entonces, por el momento sigue estando en la lista.
—¿Acaso soy sospechosa?
—Sí.
—¿Y cuál es su opinión?
—Mi opinión personal no viene al caso.
—¿Ah, no? — Ella lo miró con aire burlón-. ¿Qué quiere entonces? ¡Deténgame!
—Ya me gustaría. ¿Por qué me ha llamado, Marion?
—No lo sé..., Romanus.
Él sonrió. Tal y como la joven había pronunciado su odiado nombre, de repente no sonaba tan mal.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Por qué quería verme?
Ella permaneció en silencio con la mirada perdida y los dientes apretados. Cüpper no sabía qué decir, y simplemente observaba cómo la banda hacía los últimos preparativos para su entrada en escena. Unos cuantos curiosos que se subieron al escenario fueron rápidamente expulsados. Ulli se colgó una guitarra eléctrica al cuello y ensayó unos pocos acordes. Un pitido procedente de los altavoces estuvo a punto de romperle los tímpanos a Cüpper. Luego, el técnico de sonido tuvo compasión y, de repente, el estruendo se convirtió en una dulce melodía.
—Quiero bailar -dijo Marion.
Cüpper iba a decir que ése no era momento de bailar, que tenían cosas más importantes que tratar, pero en lugar de eso estiró una mano y acarició su rostro.
Luego, sobresaltado, la retiró bruscamente. «¿Es que te has vuelto loco? — se reprendió-. Haz el favor de cumplir con tu trabajo, maldito idiota.»
Al momento siguiente, se balancearon al compás de la triste y bella melodía.
—¿Está casado? — le preguntó ella en voz baja.
—No.
—¿Tiene novia?
—Tenía.
—¿Dónde está?
—Se marchó.
—¿Por qué?
Una buena pregunta a la que él seguía sin encontrar respuesta.
—Cuénteme algo de usted -le pidió ella.
—¿Qué quiere que le cuente?
—Cualquier cosa.
Cüpper la estrechó con más fuerza entre sus brazos, como si fuera a escapársele. El poco dominio sobre sí mismo que le quedaba protestó recordándole que estaba de servicio en el Stadtgarten. Pero hizo caso omiso, y siguió la senda de sus recuerdos en busca de algo que pudiera contarle.
Y de repente se encontró de nuevo en el zoo.
—Cuando era muy pequeño, mi padre me llevó a ver los leones -dijo-. Él decía que yo era un cobarde, y quizá tuviera razón. En cualquier caso, quería curarme porque opinaba que los cobardes no llegan a ninguna parte. — ¡Cuánto tiempo hacía de eso!-. Uno de los leones se me acercó mucho y mi padre me mantuvo pegado a la reja. Por aquel entonces todavía estaban en jaulas; no había recintos al aire libre. Pero yo no me di cuenta de que había una verja de protección, sino que creí que mi padre se había hartado y, como castigo por mi carácter asustadizo, quería alimentar a los leones conmigo. Y me eché a llorar. Seguí llorando incluso cuando ya íbamos por Riehler Strasse, menos por miedo que por el gesto de decepción de mi padre. — Hizo una pausa y sonrió-. Es curioso. En realidad, lo había olvidado.
—¿Por eso se hizo policía? — preguntó ella, haciéndole cosquillas en el oído como un animalito juguetón.
—Es posible.
—Pero aún tiene miedo.
—Todo el mundo tiene derecho a tener miedo. — Sonó como si pronunciara su propio alegato de defensa-. Ningún padre, nadie, tiene derecho a quitártelo.
—Tiene miedo de los gatos -señaló ella, y parecía como si le divirtiera saberlo.
Cüpper guardó silencio.
Ella soltó una risita.
—Está usted muy sexy cuando se asusta.
Él iba a decir algo, pero entonces la música terminó de repente, como si la hubieran cortado con una hacha.
—¡Mierda! — gritó Ulrich Stoerer, dejando de ser un trovador para convertirse en un artista colérico-. ¡Mierda, mierda y mierda! ¡Eso no es sonido, es basura!
Marion dirigió una mirada venenosa al escenario. El Stadtgarten volvía a ser el Stadtgarten. Cüpper la soltó.
—Tengo que preguntarle algo, Marion -dijo con serenidad-, y no le va a gustar.
Ella se encogió de hombros.
—¿Le ha dejado algo su madre? ¿Una fortuna? ¿Bienes inmuebles?
—Quiere decir que si me hubiera salido a cuenta matarla, ¿no? — respondió ella.
—Sí, exactamente.
La camarera del piercing plateado pasó por su lado con más cervezas. Más allá, Ulli se peleaba con el técnico de sonido. Cüpper se irguió. Marion estaba más alejada de lo que nunca había estado hasta ese momento.
—Mi madre no me ha dejado nada -dijo fríamente.
—¿No hay testamento?
—No. Inka no hizo nada. Probablemente no partiera de la base de que algún día moriría como el resto de las personas.
—O los gatos -se le escapó a Cüpper.
Ella le lanzó una mirada furibunda.
—¡O los gatos! ¿Acaso hay alguna diferencia? Ni siquiera puedo reprocharle nada a mi madre. Ella no me parió, ¡me arrojó al mundo! En cuanto fui capaz de sostenerme en pie, perdió el interés.
—¿Se ocupa Fritz por lo menos de usted?
—¿Fritz? — resopló ella-. ¿Se ha ocupado alguna vez de algo que no fueran sus negocios?
—Es su padrastro...
—¡Y qué! Alguna vez lo he admirado. ¡Qué padre podría haber sido ese hijo de puta! Pero Fritz tenía bastante con acumular dinero para ponerse a salvo a sí mismo.
—Fritz no tiene ninguna razón para ponerse a salvo. Ya es lo bastante rico.
Marion abrió unos ojos como platos y soltó una carcajada.
—¿Eso es lo que le ha contado?
—Él... no.
Ella le puso el dedo índice en el pecho.
—Fritz no tiene absolutamente nada, comisario. Nada de nada. Era un pobre desgraciado de escasos recursos cuando conoció a Inka. Todo pertenecía a ella. Y él lo heredará todo. Si hay alguien que se beneficie de la muerte de Inka, desde luego no soy yo.
—Un momento -dijo Cüpper, desconcertado-. ¿Significa eso que Fritz no es un hombre rico?
—Ahora sí lo es -repuso ella alargando las sílabas.
—Marion -Cüpper se quedó sin aliento-, ¿sabe lo que está diciendo?
—Si mi madre se hubiera divorciado de él -continuó ella, furiosa-, Fritz se habría ido a la mierda. ¡Y encima va usted y me pregunta si he asesinado a Inka!
—¡Maldita sea! — La ira se apoderó de él-. ¿Acaso quiere mandarlo de cabeza a la cárcel?
—¿Qué esperaba usted?
—Fritz es su...
—No lo es, pedazo de hipócrita. Como si usted mismo no sospechara de él... No me venga con moralismos acerca del padre y de la familia. Usted sólo quiere poner a alguien a la sombra y así quedarse tranquilo.
—Yo quiero la verdad.
—¿Y qué hará después con su verdad? Archivarla. ¡Genial!
—Esto no es nada personal, quiero decir...
—A eso me refiero. A que no es nada personal.
Sus ojos lanzaban chispas. Antes de que Cüpper pudiera responder, Marion desapareció entre la muchedumbre en dirección al escenario.
De repente, Cüpper se sintió terriblemente estúpido.
Dio media vuelta y salió del parque.
LA NOCHE
—Su abrigo -dijo Schmitz.
—Gracias. No necesito abrigo. — Von Barneck miró impaciente la hora-. ¿Dónde rayos se habrá metido el taxi?
—¿El paraguas quizá? Está lloviendo otra vez.
—Sí, no para de llover. Me lo llevaré.
—Cuando era pequeño, escuché la sinfonía del «Golpe de timbal» o «La sorpresa» -comentó Schmitz, y fue a por un paraguas.
—¿Ah, sí? De eso debe de hacer una eternidad.
—Unos setenta años. Me quedé dormido.
Von Barneck se echó a reír.
—Esa es la razón por la que el viejo Haydn introdujo el timbal. La obra se caracteriza por dos reglas irrefutables, querido amigo. En primer lugar, los cortesanos y los reyes no entienden nada de música. Y en segundo lugar, merecía la pena gastarse el dinero.
—Eso hoy no ha cambiado mucho, ¿verdad?
Schmitz había escogido un paraguas con el mango en forma de pato. Von Barneck lo cogió y miró los ojos de cristal del animal.
—Efectivamente -dijo-. Hoy pasa exactamente lo mismo.
Y entonces llegó el taxi.
Marion Ried se sentó detrás del escenario a escuchar los sonidos ásperos y melancólicos de la banda.
Cerró los ojos y pensó en Cüpper con su traje negro, la convencional camisa blanca, la corbata correctamente anudada y el pelo oscuro con una raya que parecía trazada con tiralíneas. Pensó en la tranquilidad que emanaba y en el caos que se ocultaba tras su fachada aparentemente serena. Marion percibía ese caos como algo vivo. En cierto modo, Cüpper era igual que ella.
Sólo que él sospechaba que ella había matado a su madre.
¿Lo había hecho?
¿Había alguna diferencia entre matar a alguien mentalmente o hacerlo de verdad? Claro que había matado a su madre. En realidad, podría haberse cargado a todo el mundo, incluso al zumbado de su novio.
¿Y Gopper? El viejo Gopper, que se preocupaba tanto por ella. ¿Había hecho bien en echarlo de su lado cuando se acercó a consolarla? ¿Acaso no todo el mundo se mata entre sí un poco cada día?
¿Había hecho bien en bailar con Cüpper?
Ulli cantaba a grito pelado; su traje lanzaba destellos a la luz de los focos. Entonces Marion se levantó y fue al despacho del gerente en busca de una guía telefónica.
Una tormenta descargaba sobre Colonia. El cielo se iluminaba cada pocos segundos con un nuevo relámpago.
Rabenhorst se hallaba entre montones de libros de cocina prestados que hojeaba hasta herirse las yemas de los dedos. Finalmente se dio por vencido y marcó de mala gana un número de teléfono.
—Rabenhorst, ¿dígame?
—Rabenhorst también.
—¡Hijo, qué sorpresa! Hace un momento le estaba diciendo a tu padre: «Rolfi se ha olvidado de nosotros, ya no llama nunca ni se preocupa por nada.» Ese desinterés no lo has heredado de nosotros.
—Toda nuestra familia es un hatajo de quejicas e intrigantes -dijo Rabenhorst-. A ninguno de ellos se le pasaría por la cabeza llamarme.
—Al fin y al cabo, tú eres el más joven -contestó astutamente su madre.
—¡Santo Dios! Otra cosa; ya que te tengo al teléfono, te diré que no está bien que te presentes en comisaría y vuelvas loca a la gente.
—No sé de qué te quejas -replicó la madre-. El simpático señor Haas dijo que gracias a mí esa señora tan rara que estaba en la cama había hablado. Por cierto, ¿ya me has dado las gracias por el polo?
—Gracias.
—Es bonito, ¿verdad? Y sólo me ha costado... bueno, no te lo voy a decir. No todo tiene que ser caro.
—Desde luego, mamá. Me compras un polo, me haces la vida imposible en comisaría, todos me señalan con el dedo y me felicitan por tener una madre tan valiente que hizo falta media patrulla para echarla de allí. ¿Tendrías la amabilidad de hacer algo realmente útil por mí?
Se hizo un silencio durante el cual la señora Rabenhorst sumó uno más uno y le dio tres.
—¿Cuánto necesitas? — preguntó con estoicismo.
Rabenhorst puso los ojos en blanco, pero logró imprimir a su voz un tono más o menos amable.
—Necesito tu consejo, mamá.
—¿Mi consejo? ¡Santo cielo! ¡Eso sí que es un milagro! ¿Sobre qué quieres que te aconseje, hijo mío?
—¿Puedes decirme cómo se hace el estofado a la vinagreta?
Al otro lado de la línea telefónica se hizo un silencio. Luego la mujer dijo en tono serio:
—No deberías tomarle el pelo a tu anciana madre, hijo mío. ¿Para qué necesitas la receta?
—La necesito para demostrarle a un bocazas que por lo menos hay algo en el mundo que sé hacer mejor que él -replicó Rabenhorst.
—¡Haberlo dicho antes! — repuso ella-. Vamos, coge algo para escribir.
El fino oído de Eleonore Schmitz registró la llegada de un coche. Dejó de fregar y le pellizcó en un costado a su marido, que estaba adormilado frente a la mesa de la cocina.
—Ve a abrir -cuchicheó.
Schmitz se despertó sobresaltado.
—¿Qué? ¿Ya?
—Son las diez y cuarto, para tu información. Acaba de llegar un taxi. ¿Para qué te pagan? ¿Y tú quieres ser mayordomo? Venga, date prisa.
Schmitz se colocó con cuidado la dentadura postiza y salió al vestíbulo a tiempo para abrir la puerta.
—¿Qué tal la velada, señor?
—Un desastre. Hay un concierto programado para las ocho en punto, y tardan una eternidad en revisar las entradas. No logro entender cómo se consiente una cosa así.
Schmitz cogió el paraguas del pato que Von Barneck le tendía.
—Lamentable, desde luego -convino-. ¿Ha disfrutado al menos con el «Golpe de timbal»?
—Puf... Los músicos eran malos y tocaban con desgana, como ancianitas, y el director..., para matarlo, vamos. Schmitz, aún tengo cosas que hacer. Desviaré las llamadas al vestíbulo; por favor, páseme sólo las que sean realmente urgentes.
—Por supuesto. ¿Estará usted en el primer piso?
—Sí, en el despacho.
Schmitz se retiró y fue a guardar el paraguas.
—¿Cómo dices? ¿Alfajores?
—Mira, hijo, hay dos formas de preparar el estofado a la vinagreta: una con alfajores y otra sin ellos. Eso es así.
—¿Y dónde voy a encontrar alfajores en verano?
—Investiga.
—No sé por dónde empezar.
—Pues pregúntale a tu jefe. Él sabrá.
—¡De eso, nada! — gruñó Rabenhorst, anotando los alfajores con tanta fuerza que el bolígrafo rasgó el papel.
El teléfono sonó.
—Vaya, no lleva en casa ni cinco minutos y ya le están llamando -protestó Schmitz acercándose al teléfono del vestíbulo.
—Casa Von Barneck -graznó.
—Ah, es usted. ¿Dónde está Fritz?
—¡Señor Hartmann! — Schmitz se alegró de oír su voz. El doble de su jefe le caía bien; de hecho, le caía mejor que el original-. ¿Está usted en una cabina telefónica? Se oye un ruido raro.
—No, estoy llamando desde el móvil. Estoy en la calle. Pero sí, tiene usted razón; estos chismes hacen un ruido extraño. ¿Por qué deja que ese usurero lo siga explotando? ¡Si podría trabajar usted como detective!
—Ay, señor Hartmann, la edad...
—No se hable más. ¡Tiene que hacerse detective! Es evidente que tiene usted aptitudes para ello... Bueno, ¿está Fritz en casa?
—Oh, está de mal humor y me ha pedido que no se lo moleste.
—Entiendo. Es importante.
—De acuerdo. Un segundo, que le paso con él.
Acto seguido marcó el número del despacho. Von Barneck lo dejó sonar una docena de veces, hasta que cogió el aparato enojado.
—¿No le he dicho...?
—Señor Von Barneck, es Hartmann.
Siguieron unos pocos segundos de desconcierto.
—Bien, pásemelo.
A continuación, Schmitz colgó y regresó a la cocina.
—¡Esto parece una casa de locos! — protestó su mujer con las manos llenas de jabón.
—Pero Eleonore -repuso él-, si sólo ha sido una llamada. — Se sentó a la mesa y clavó la vista en su plato vacío, tan vacío como su estómago-. ¿Queda algo de sopa?
—Queda algo de sopa, queda algo de sopa... ¡Luego vas por ahí soltando gases todo el día!
—Cariño -la aduló Schmitz-, preparas la mejor sopa de toda Colonia. No te pongas así y sírveme un platito, anda.
—¡Schmitz! — llamó una voz impaciente desde el vestíbulo.
—Te necesitan -canturreó su mujer, sumergiéndose de nuevo en el fregadero.
El anciano se levantó de un salto, se permitió soltar un taco en voz baja y salió escopeteado al vestíbulo. Von Barneck estaba asomado a la baranda del primer piso.
—Un coñac, por favor. El Otard; creo que lo he visto en el comedor.
—Sí, claro, el Otard -murmuró Schmitz.
Se apresuró a ir al comedor y al cabo de pocos segundos fue con el coñac al despacho, donde Von Barneck seguía hablando por teléfono. Schmitz aguardó discretamente como todo buen mayordomo; es decir, con la oreja puesta.
—... entonces nadie lo sabía -decía Von Barneck-. Max, te preocupas demasiado. Te han tomado por mí, tal y como planeamos. De lo de Milán hace ya tres años; ¿a quién le interesa hoy eso? — Meneó enérgicamente la cabeza-. No, alguien te está tomando el pelo, y si me lo preguntas, te diré que deberías olvidarte de esa dudosa cita. Y también de tu libreta.
Schmitz sabía cuándo era el momento de retirarse. Dignamente, dejó el coñac sobre el escritorio y abandonó el despacho sin hacer ruido. Cuando llegó al vestíbulo, sonó nuevamente el teléfono. El viejo mayordomo encajó la bandeja bajo el brazo y se apresuró a ir a cogerlo.
—Casa Von...
—Schmitz, le paso a Max. Tiene instrucciones que darle.
Se oyó un chasquido en el auricular.
—Hola otra vez -dijo Hartmann-. Debo darme prisa, así que escuche con atención, por favor. Busque una libreta negra por la casa; en la primera página está escrito mi nombre. ¡Es importante!
En el piso superior se abrió la puerta del despacho, y Schmitz vio cómo Von Barneck bajaba lentamente la escalera.
—¿Dónde la busco? — balbuceó el mayordomo.
—¡Es importante! — repitió Hartmann-. Gracias. Ahora tengo que colgar. Hasta luego.
—Hasta luego -susurró Schmitz, y colgó.
—Estoy en el cuarto de la chimenea, Schmitz. No me dejan trabajar en paz.
—Naturalmente, señor.
—Manténgase a mi disposición.
—Desde luego.
Schmitz había tenido la impresión de que alguien estaba acosando al pobre Hartmann. Decidió que en el futuro lo trataría con especial deferencia. Luego se acordó de la sopa de guisantes, se olvidó de Von Barneck y de Hartmann y fue corriendo a la cocina.
Sin embargo, a mitad de camino se detuvo. ¡El comisario! ¿Sería importante lo que se le acababa de ocurrir?
El hombre le había dado su teléfono particular, y cualquier pequeño detalle podía ser importante.
Al menos, más importante que la sopa de guisantes.
Cüpper apenas se tenía en pie a la salida del Rosebud, el bar más bonito de Colonia, donde había pasado la tarde bebiendo caipiriñas y charlando con otros clientes. El bolsillo interior de su traje estaba repleto de posavasos garabateados, uno de los cuales le prometía un Jaguar recién restaurado por trece mil marcos si se presentaba a las nueve y media del sábado en casa de un tal Fred. El comisario recordaba vagamente a un hombre de estatura media que iba acompañado de unas damas alegres y que no dejaba de hablar de los viejos tiempos, hasta que Cüpper se hartó de él y le pidió que le prestara a una de las mujeres. Pero para su sorpresa, el tipo accedió encantado, de modo que no le quedó más remedio que salir corriendo del local.
Mientras soñaba con coches ingleses restaurados, entró en su casa tambaleándose como hacía años.
El contestador automático parpadeaba. Dos personas se habían apiadado de él. Bueno, menos era nada.
Pulsó la tecla Play.
—Hola, Romanus.
Era Marion. Instantáneamente se le pasó la borrachera.
—Romanus... el tigre... lo quería mucho. Era un animal muy fuerte. Yo creía que era tan fuerte que era capaz de superar cualquier cosa. Pero ahora está muerto. Y todo por una simple indigestión. Creíamos que con darle unas cuantas píldoras ya bastaba, ¡pero se ha muerto!
Durante largo rato, Cüpper no oyó nada más que un murmullo. Luego sonó de nuevo su voz.
—Usted es la única persona sincera que conozco. Romanus, creo que... ¡Cómo me gustaría que estuviera aquí!
De nuevo el murmullo. Al fondo se oía algo parecido a una música.
—Buenas noches -dijo ella con dulzura.
Clic. Murmullo. Piiip.
—Señor comisario, perdone que lo moleste a estas horas para hacer uso de su amable ofrecimiento de ponerme en contacto con usted también en privado. Verá, no estoy seguro de si tiene importancia, pero se me ha ocurrido que hay otra manera de distinguir al señor Von Barneck del señor Hartmann. — Schmitz soltó una risa nerviosa-. ¡Ay, Dios! Ahora me parece que ha sido una tontería llamarlo por esto. En fin, se lo diré. Pues bien, el señor Hartmann es... Realmente no sé si tiene la menor importancia, discúlpeme. ¡El señor Hartmann es zurdo! Buenas noches, comisario. Que duerma usted bien.
TERCER DÍA
LA MAÑANA
Toni se inclinó sobre el asiento del acompañante y empezó a desabrochar el cinturón de los vaqueros de la chica.
—No -cloqueó ella.
—¿Cómo que no? Para eso nos hemos largado de la dichosa fiesta.
—En el coche no, tío.
Ella lo agarró de la coleta y lo besó apasionadamente en la boca. Las manos de Toni recorrían el cuerpo de la chica mientras intentaba acordarse de su nombre.
—¿Qué tal entre los arbustos? — preguntó él con una sonrisita.
Faltaba poco para el amanecer y no se veía una alma. El cinturón verde de la ciudad esparcía un resplandor que anunciaba otro día gris. «Naturaleza salvaje», pensó Toni sin poder evitar la risa. Rápidamente se quitó la camiseta arrugada y salió del coche.
—Desde la carretera se ve tu coche -señaló ella, riendo con picardía y desperezándose en el aire claro de la mañana. Arrojó el porro entre la maleza y empezó a bailar en medio de Militärringstrasse.
—Deja de hacer tonterías -dijo él-. Vas medio desnuda.
—Ven, hagámoslo aquí.
—¿Estás loca? ¿Acaso crees que quiero que me atropelle un camión en pleno polvo?
—¡Control de tráfico! — chilló ella-. ¿Quién no ha traficado hoy todavía?
—Anda, ven.
Graznando como gansos, se tumbaron en un pequeño claro y rodaron por la hierba húmeda. La tierra estaba blanda a causa de la lluvia; las ramitas se pegaban a sus torsos desnudos dejando una señal delatora. Toni percibía el olor de la tierra mientras notaba la lengua de ella entre sus dientes y gruñía de placer. De nuevo intentó quitarle los vaqueros, esta vez con más fuerza, pero ella se quedó rígida de repente.
—¿Y ahora qué pasa? — dijo él con la voz amortiguada contra el cuello de la chica.
—Tengo... miedo.
Él echó la cabeza hacia atrás y la miró con sus ojos negros.
—Vamos, no irás a decirme ahora que no lo has hecho nunca.
—¿Podrías ser un poco más tierno? — dijo ella con voz suplicante.
Toni se paró a pensar en la medida en que se lo permitía su estado. No tenía nada en contra de la ternura, absolutamente nada. Sólo que no sabía cómo hacerlo. Enojado y confuso, se puso de pie de un salto.
—¿Adónde vas? — preguntó ella.
—A ninguna parte.
Su mirada exploraba las redondeces del cuerpo de ella como un paseante que se asoma a un acantilado y de repente siente vértigo. Tenía que inventar alguna excusa si no quería quedarse allí de pie como un pasmarote.
—Voy a mear -dijo apresuradamente.
La frase obtuvo cierta aceptación, pues ella lo obsequió con una sonrisa dulzona y comenzó a retozar perezosamente. La cinturilla del pantalón de ella quedaba baja, demasiado baja. Toni registró unos hoyuelos sobre las nalgas que parecían hechos a medida para encajar los pulgares en ellos si ella se pusiera a cuatro patas delante de él. Sólo de pensarlo se le quitaron por completo las ganas de orinar. Daba igual; al menos tenía que fingir que lo hacía. Sudando, desapareció detrás de un árbol y se dispuso a bajarse la cremallera, pero se había atascado. Empezó a tirar de ella al tiempo que maldecía, pero nada, seguía atascada. Desconcertado, bajó la vista.
Y entonces alguien le devolvió la mirada desde el suelo.
Al instante se sintió como si la sangre se le hubiera convertido en mermelada. Profirió un gemido angustiado, puso los ojos en blanco, logró bajarse la bragueta finalmente y cayó de bruces sobre una mata de ortigas.
—¿Toni?
El chico intentó moverse sin éxito. La punta de su nariz quedó a unos pocos milímetros de la oreja del desconocido y percibió un olor metálico, dulce y nauseabundo; el hedor era tan insoportable que creyó que se asfixiaría. Con una claridad espantosa, percibió el pabellón auditivo; luego su mirada recorrió el relieve cartilaginoso cubierto por finos pelillos hasta llegar al borde de la cavidad, que conducía al interior del cráneo.
—¿Toni?
La voz de la chica se acercaba osadamente. Él oyó sus pasos en la hierba, registró cada tallo que pisaban sus pies descalzos, hasta que la tuvo a su lado.
—Ahora sí quiero, Toni.
Vio que algo negro se movía en el interior de la oreja: unas patitas diminutas y temblorosas, y a continuación, lentamente, apareció un escarabajo gordo como un dedo. El insecto jugueteó con las antenas durante unos segundos y luego desapareció tras un mechón de pelo.
—Toni.
Él trató de decir algo, pero sólo pudo proferir una especie de gargarismo.
—Sácala, cariño, que me corro.
Siete años antes, Cüpper recibió un golpe en la cabeza con la empuñadura de una pistola. Varias semanas después, cuando salió del hospital universitario, exhibía con orgullo una pequeña placa de plástico que sustituía al hueso temporal izquierdo. Luego el pelo creció encima y él siguió haciendo su vida con absoluta normalidad, excepto por un pequeño y curioso detalle: Cüpper podía beber cuanto quisiera, que a la mañana siguiente no tenía la más leve resaca. En broma le decían que se había convertido en un japonés cuyas tajadas nocturnas no influían perjudicialmente en el producto social bruto del Japón porque les faltaba una enzima muy concreta. Cüpper, que no tenía la menor idea de cómo le podía haber desaparecido una enzima en el transcurso de la operación del cráneo, naturalmente no pensaba recuperarla ni en sueños. Antes bien, se sentía más feliz que nunca porque, como consecuencia de su insensibilidad, también necesitaba dormir menos. Mientras las caipiriñas del Rosebud le habrían pasado factura a cualquier otro, él estaba desayunando tan fresco cuando sonó el teléfono. Rápidamente, mojó el último pedazo de tostada en el huevo pasado por agua y cogió el aparato.
Era Rabenhorst.
—¿Qué está haciendo, comisario? — preguntó impaciente.
-Vive la liberté -respondió Cüpper con la boca llena-. Estoy comiendo huevos, cosa rara en mí.
—¿Está sentado?
—En este momento, no. Oiga, Rabenhorst, ¡tenemos otro zurdo! Ayer me llamó...
—Pues entonces siéntese.
Cüpper arrugó la frente y miró a su alrededor.
—¿Cree que podré asimilar lo que tiene que decirme de pie? Últimamente padezco de cierto déficit de mobiliario.
—Von Barneck está muerto.
—¡¿Cómo?!
—Una pareja de porretas lo han encontrado hace tres cuartos de hora. Está en el cinturón verde, no especialmente bien escondido. Cerca de Aachener Strasse.
—¡Dios mío! ¿Cómo ha sido?
—Nuestro navajero ha vuelto a actuar. Una puñalada por la espalda directa al corazón. Luego ha sacado el cuchillo y lo ha puesto en las manos del cadáver. Qué poca vergüenza.
Cüpper resopló.
—Cuando tengamos al asesino, lo dejaré que lo acuse de inducir a error a la policía. ¿Huellas dactilares?
—Esta vez, no. Pero todavía están examinando el escenario; el cadáver sigue en la hierba, de modo que debería venir cuanto antes.
—¿Dónde está usted, Rabenhorst?
—En el lugar del crimen.
—¿Cómo dice? — exclamó Cüpper, furioso-. ¿Ha ido usted allí sin avisarme?
—Los chicos de la patrulla uno no estaban seguros de si realmente era Von Barneck. Uno de los conductores decía conocerle por el periódico. Lo llamaron a usted y luego a mí, pero probablemente estuviera duchándose y no lo oyó.
—Deberían haber insistido.
—Sí, y si el muerto no hubiera sido Von Barneck, me habría machacado usted hasta el fin de mis días por haberlo molestado mientras comía huevos.
«Otra vez tiene razón», pensó Cüpper. Se vistió rápidamente, cogió el coche y salió zumbando hacia Innere Kanalstrasse. Poco antes de llegar al paso subterráneo, cayó en la cuenta de que había olvidado por completo el control de velocidad. ¡Maldita sea! Se encogió de hombros y aceleró de nuevo en dirección al cinturón verde.
Había muchísimos policías. Buscó a Rabenhorst entre los helechos y los abedules, pero éste lo vio antes y se lo llevó hasta el borde de un pequeño claro.
Para entonces, Von Barneck estaba en una postura algo distinta de como lo habían encontrado Toni y su chica. El forense de guardia había examinado velozmente el cadáver y había diagnosticado la causa del fallecimiento. El golpe había sido asestado desde atrás y, al parecer, con mucha fuerza. La hoja del cuchillo había penetrado entre la duodécima y la decimotercera costilla, acabando con la vida de Von Barneck en el acto. El crimen había tenido lugar algunas horas antes. De momento, no se podía decir nada más.
Cüpper se puso en cuclillas mientras sus ojos recorrían centímetro a centímetro el cuerpo sin vida.
—¿Qué hay de la parejita? — preguntó como de pasada-. ¿Siguen aquí?
—Sólo la chica -dijo Rabenhorst-. Ella ha conservado la serenidad en todo momento. Ha dejado tumbado a su amigo y ha corrido hasta la cabina telefónica más cercana.
—¿Cómo que lo ha dejado tumbado? — se extrañó Cüpper.
—El chico estaba en estado de shock.
—Eso es culpa de la mala alimentación. ¿Han visto algo? ¿Asesinos huyendo o algo parecido?
—Nada.
Cüpper asintió con la cabeza y se dispuso a estudiar la hierba a su alrededor antes de que llegaran Krüger y su equipo. No tardó mucho en descubrir huellas que conducían al camino de grava que también había tomado Toni, sólo que llegaban más lejos, donde ya no se veía la carretera de Militärring. La gravilla estaba todavía húmeda por los chaparrones nocturnos; no obstante, se veía dónde terminaban las huellas. Era evidente que justo al lado se había detenido un coche.
—¡Rabenhorst!
—¡Voy!
—Una vez más, esto no tiene sentido. — Cüpper señaló unos surcos en el suelo-. ¿Qué cree usted que será eso?
Rabenhorst frunció el ceño.
—Yo diría que han arrastrado algo.
—Exacto. El asesino ha arrastrado a la víctima hasta los arbustos. Pero ¿para qué? Si lo ha apuñalado aquí, en el camino, como suponemos de entrada, ¿por qué luego se ha tomado la molestia de arrastrarlo diez metros entre los árboles?
—Un intento algo torpe de esconderlo -aventuró Rabenhorst.
—Pero ¿con qué fin? Esta parte del camino está protegida de la carretera. No tiene la menor importancia que el cadáver esté aquí o allá, porque nadie lo ve.
—¿Y cómo sabe que Von Barneck no fue apuñalado más atrás, entre los arbustos? — objetó Rabenhorst con expresión sagaz.
—Mire. — Cüpper lo llevó un poco más abajo y señaló una coloración herrumbrosa en la grava-. La lluvia ha borrado rastros, pero le juro que me comeré a la Reina de Saba con el escalpelo si eso no resulta ser sangre. — Cüpper se irguió-. Naturalmente, también podríamos pensar que el asesino quería adentrarse más en el bosque e incluso enterrar el cadáver, pero algo se lo impidió.
—No -repuso Rabenhorst-. Eso no tiene mucho sentido. Von Barneck estaba tumbado boca arriba. Habían juntado sus manos a la altura del pecho y habían puesto el cuchillo en medio, con la hoja apuntando hacia abajo. Parecía el rey Arturo en su lecho de muerte. Toda esa puesta en escena no la hace nadie que se vea impedido por algo.
—Tiene razón. ¿Qué puede ser entonces?
Rabenhorst hizo girar elocuentemente su dedo índice contra la sien.
—No lo creo -respondió Cüpper-. Nuestro asesino tiene un sentido macabro del juego, pero desde luego no está loco. Yo apostaría a que simplemente nos quiere tomar el pelo. También podría haber colgado el cadáver del árbol más cercano.
—Tal vez sólo quería retrasar el momento en que encontráramos el cuerpo.
«No, seguro que hay algo más -se dijo Cüpper-. Una lógica extraña.»
Al ver que había llegado el coche de la funeraria, se acercó a él. Observó cómo metían a Von Barneck en un féretro de cinc, y de repente sintió pena por el millonario. ¿Quién se tomaría ahora todo el excelente whisky que había en su casa?
Se inclinó sobre el ataúd abierto y contempló al hombre cuyo poder, al final, le había servido de tan poco como la riqueza de su mujer. Ni siquiera le habían cerrado los ojos todavía.
Cüpper se quedó perplejo. Luego miró con mayor atención.
—No puede ser verdad -susurró.
—¿Qué ha dicho, señor comisario? — preguntó uno de los empleados de la funeraria.
Cüpper levantó una mano como si quisiera detener el tiempo. Rabenhorst se le acercó.
—¿Ha encontrado algo, jefe?
En lugar de responder, Cüpper alargó el brazo, agarró la gruesa coleta blanca y tiró de ella. La cosa estaba más difícil de lo que creía. Luego la peluca se desprendió y resbaló por el cráneo. Debajo apareció un pelo corto de color castaño.
—¿Quién es éste? — dijo el inspector.
—Nunca me he sentido inclinado a mirar profundamente a los ojos de los hombres -declaró Cüpper-, pero a veces es el único camino que conduce a la verdad. Rabenhorst, me complace presentarle a Max Hartmann.
COMISARÍA
Rabenhorst retiró el tapón del rotulador y trazó una gruesa raya negra.
—¿Qué está haciendo? — preguntó Cüpper desde su escritorio.
—Tachar el nombre de Hartmann.
—Me parece algo precipitado, sólo porque esté muerto. Pudo ser él el asesino de Inka.
—¿Un asesino asesinado?
Cüpper descansó la barbilla sobre las manos.
—Anoche se hicieron un montón de revelaciones, Rabenhorst. El pobre Max era zurdo, e Inka fue asesinada por un zurdo. No descarto que la asociación nacional de zurdos disponga de montones de canallas dispuestos a hacer cualquier cosa, pero de momento sólo tenemos a uno.
—Con coartada...
—Eso según Eva Feldkamp. Supongamos que miente. ¿Sabe a quién pertenece en realidad el imperio de Von Barneck?
Rabenhorst aguzó el oído.
—¿A la mafia?
—Yo hubiera respondido lo mismo, de no haberlo sabido. No, todo pertenecía a su querida esposa. El bueno de Fritz nos ha ocultado ese pequeño detalle.
—Quiere decir que él...
—Quiero decir que hay dos posibilidades: que Von Barneck asesinase a su mujer mientras Hartmann lo sustituía en la fiesta, o que Hartmann empuñara el cuchillo. En cualquier caso, Eva Feldkamp lo encubrió al afirmar que estuvo en su casa. ¿Y qué hizo entonces Von Barneck? Asesinar a Hartmann. Los millones son ahora suyos; su doble, que se ha vuelto demasiado influyente, ya no supone ningún peligro para él, y todo va como una seda.
—Para que de verdad fuera todo como una seda, tendría que matar también a Eva Feldkamp.
—Sí, debo reconocer que queda ese cabo suelto.
—Aparte de eso, no sabemos dónde estuvo anoche Von Barneck.
—Sí lo sabemos. Supuestamente, acudió al auditorio; interpretaban la sinfonía del «Golpe de timbal».
Rabenhorst frunció el entrecejo, confuso.
—Es la primera vez que lo oigo.
—Lo suponía.
—¿Una sinfonía entera y sólo golpean el timbal una vez?
—Sí, pero con tanta fuerza que hasta usted se despertaría. ¿Sabe una cosa, Rabenhorst? Tenemos que hacer algo para mejorar su cultura. Compruebe que Von Barneck realmente estuvo allí, y así por lo menos llegará hasta el foyer.
El inspector levantó las manos.
—Un momento. Hay otra posibilidad más: que el asesino tomase a Hartmann por Von Barneck -dijo. Hizo una breve pausa y luego echó la cabeza hacia atrás-. Aparte de eso, déjeme decirle que he ido unas cuantas veces al auditorio.
—¿Y? ¿Se marchó al ver que no acudía ningún camarero?
—Yo...
—Está bien, tiene usted razón. Cabría también esa posibilidad.
—¡Es incluso probable! — dijo Rabenhorst, entusiasmado-. ¿Para qué tenía Von Barneck un doble, eh? Para que lo sustituyera en situaciones delicadas. ¡Y vaya si las hubo! La mafia, el secuestro, Eigelstein... -dijo, golpeando con el puño al compás de las palabras sobre el escritorio de Cüpper.
El comisario abrió la boca, pero finalmente decidió callarse y se recostó en su silla.
—Aunque él le contase que ya no estaba tan preocupado por su seguridad -continuó Rabenhorst-, puede que anoche se produjera la situación que Von Barneck siempre había temido. Y sacrificó a Hartmann a sabiendas.
—Hartmann sabía el riesgo que corría.
—Me da igual. — Rabenhorst estaba imparable-. Siguiente punto: Italia, ¿no? El propio Von Barneck reconoce haber tenido contactos con la mafia. A la fuerza, como él dice. Bien. ¿Sabe alguien lo que sucedió realmente? Quizá hubo problemas. La mafia está bien representada en Colonia. Además, tenemos un italiano en la lista de sospechosos. Admito que Von Barneck temiera que su mujer le quitara toda la pasta; también es posible que Hartmann le resultase molesto. Pero mencióneme una sola razón por la que Hartmann haya sido asesinado disfrazado de Von Barneck. Lo único que cabe imaginar es que acudió a una cita en la que en realidad esperaban a su jefe. — Rabenhorst vaciló-. Aparte de eso, ¿cómo ha sabido usted que el muerto era el pobre Max?
Cüpper esbozó una sonrisa. Se inclinó hacia adelante y susurró misteriosamente:
—Porque sin gafas era más ciego que un topo, no sé si me entiende...
—¿Más ciego que un topo? — repitió Rabenhorst.
—Exactamente. Hartmann llevaba lentes de contacto cuando doblaba a Von Barneck. Así de sencilla es la cosa.
—Más ciego... -Rabenhorst sacudió la cabeza-. Bueno, qué más da. Entonces, ¿a qué teoría damos preferencia?
—No se apresure. Si dejamos de lado el numerito de las armas amorosamente expuestas, ¿qué tienen en común los dos asesinatos?
—La sangre fría.
—Desde luego. ¿Y qué más? Quiero decir que por qué las personas matan a otras personas.
—Por odio. Por codicia. Por autodefensa.
—Etcétera. Cuando los británicos quieren deshacerse de sus esposas, las sumergen en un pantano. Los maridos, en cambio, son disueltos en ácido clorhídrico o congelados a trocitos. A muchos les interesa hacer desaparecer a su víctima sin dejar rastro, de modo que nunca pueda averiguarse si todavía vive.
—Entiendo. Y otros simplemente dejan los cadáveres a la vista.
—Los dejan cerca de algún paseo, sin cerrar siquiera la puerta tras ellos.
La mirada de Rabenhorst emitió un destello de comprensión.
—Tiene razón. Parece que nuestro amigo tenía mucho interés en que se encontrase cuanto antes los cadáveres de Inka von Barneck y Max Hartmann. Pero ¿por qué arrastró el cadáver por la zona y dejó el arma a la vista? Quiero decir que nada de eso tiene mucho sentido.
—Tampoco ha de tenerlo. Es puro teatro -dijo Cüpper-. Escenifica maniobras de distracción, hace cosas aparentemente ilógicas. Pero tienen sentido si se considera la cantidad de tiempo que debe perder la policía intentando comprenderlas.
—Efectivamente, podría haber colgado a Hartmann del árbol más próximo, ¿no es así?
—Sí, y adornarlo con filetes de oro. Su intención era que los dos cadáveres fueran hallados en seguida.
—Entonces he hecho bien en tachar a Hartmann de la lista -observó Rabenhorst con sorna.
—Desde luego. Lo que no ha estado tan bien es que no ha sido hasta después que ha recapacitado sobre ello. Da igual. — Cüpper juntó las yemas de los dedos-. Las dos víctimas corren de la misma cuenta. Son un componente imprescindible del asesino.
—Sí, y por regla general al final de esos planes suele estar siempre el dinero -opinó Rabenhorst-. Lo que de nuevo nos remitiría a Von Barneck.
—O al italiano.
—¿Por qué precisamente a él?
—¿Qué necesita un matón a sueldo para obtener su recompensa?
—Una prueba de que ha cometido el crimen... Ah, claro.
—¿Sabe lo que se me pasa por la cabeza? Ese italiano llamó a todos los timbres del Bazaar preguntando por Inka von Barneck. Todos los vecinos pueden describirlo. A Astrid Hasling incluso le resultó conocido. ¿No le parece un poco raro?
—Todo lo relacionado con estos asesinatos es un poco raro.
Cüpper hizo una mueca. Le disgustaba la consecuencia de sus reflexiones, y es que alguien estaba jugando al ratón y al gato con ellos.
—Vale; vamos a tener mucho trabajo -dijo-. Pondré al corriente del asunto a Von Barneck, si es que, ¡oh, milagro!, no lo sabe ya. Usted reúna a unos cuantos hombres y ponga la casa de Hartmann patas arriba. Tiene que haber alguna relación entre él e Inka.
—Un momento. — El inspector sonrió pícaramente-. ¿Puedo borrar antes otro nombre de la lista?
—Si puede justificarlo...
Astrid Hasling desapareció bajo el tachón negro del rotulador.
—¿Sabe una cosa, Rabenhorst? — dijo Cüpper-. En el fondo es usted un criminalista jodidamente capacitado.
Rabenhorst bajó la vista con modestia.
—Llegaría muy lejos si supiera que Beethoven se escribe con tres es.
A Rabenhorst le entró la tos.
—¿Cómo que con tres? Yo creía... -empezó a decir y se mordió la lengua.
Demasiado tarde.
—Lo sabía -suspiró Cüpper, y desapareció tras su dulce favorito, un rosinenteilchen.
AUDITORIO
Rabenhorst le había mentido al comisario: jamás había estado en el auditorio. Como castigo, tuvo que dar tres vueltas al museo Ludwig hasta que por fin encontró la entrada principal.
Todo el personal de la víspera libraba, excepto una mujer extremadamente pálida que clasificaba los programas de mala gana. No sabía las direcciones de sus compañeros, pero el inspector consiguió que le dijera que uno vivía en Immekeppel y otro más lejos aún. Sin embargo, se enojó cuando comprendió que no lograría sonsacarles nada en el interrogatorio, ya que cuando los porteros rasgan las entradas, raramente miran a la gente a la cara.
Pero Rabenhorst tuvo suerte, y no le hizo falta ir de expedición a la montaña. Cuando le enseñó a la mujer la foto de Von Barneck sin demasiadas esperanzas, de repente cosechó una mirada que parecía proceder de un lanzallamas.
—¿Quién, éste? ¡Ya lo creo que estuvo aquí, cómo se me iba a olvidar!
Rabenhorst insistió. Para entonces la mujer se había puesto roja y soltaba, incontenible, un torrente de palabras. Le contó que Von Barneck se había impacientado porque no recogían las entradas lo suficientemente de prisa. Para cuando por fin le tocó el turno, a las ocho menos cinco, había asignado al personal varios nombres de especies animales desconocidas en Colonia y había pedido a gritos por la dirección. Según él, los miembros del consorcio filarmónico eran todos unos cerdos. Prometió escribir largas y floridas cartas a ciertos responsables, detuvo el tránsito de espectadores y, al final, entró protestando. Sí, claro que ese señor había estado allí, y ella nunca había visto nada parecido.
Rabenhorst dio gracias a los dioses por no tener que ir a Immekeppel.
—¿Me permite que me disculpe en su nombre? — le preguntó galantemente a la mujer.
—No -repuso ella secamente, y siguió clasificando los programas.
Entonces el inspector guardó silencio. Buscó el sentido y la finalidad de un auditorio, no lo encontró y se fue.
CÜPPER
Más o menos a la misma hora, Cüpper pateaba el barro de Rösrath. Había confiado en encontrar a Von Barneck en su casa, pero allí sólo había dado con la cocinera, que le puso la cabeza como un bombo hablándole de su marido. Finalmente, y con cierta habilidad, Cüpper logró averiguar el paradero de Von Barneck. Al parecer, estaba en las obras de Rösrath, y, en cuanto al marido de la cocinera, le quedó claro que, según ella, no era un mayordomo, sino un pedazo de animal. Cüpper se apresuró a darle las gracias y emprendió la huida.
Por desgracia, la mujer no le explicó que las obras eran una gigantesca colina artificial reblandecida por la lluvia hasta una profundidad considerable. Los elegantes zapatos de Cüpper se hundían a cada paso en el barrizal, al tiempo que iba hundiéndose también su moral.
En lo alto de la colina se recortaba contra el cielo encapotado la silueta de una mujer.
—¡Vaya con cuidado! — gritó Eva Feldkamp.
Cüpper alzó la mano y perdió el equilibrio, pero por fortuna el tacón se le enganchó en una raíz y eso lo libró de caer en el fango cuan largo era.
—¡Unos metros más a la derecha hay unas tablas!
Cüpper miró a su alrededor, descubrió las maderas y logró llegar torpemente a un terreno más seguro. Las punteras de sus zapatos de charol negros quedaron de color marrón. Era una mezcla de Al Capone y un cerdo, pensó para sí. Aceleró el paso, maldiciendo, hasta que por fin llegó arriba. Ante él se desplegaba una explanada ribeteada de máquinas y contenedores. Las nubes se reflejaban en los charcos, cuya superficie se erizaba a causa del viento húmedo que soplaba. Más al fondo, el terreno se elevaba hasta alcanzar el bosque. Una excavadora avanzaba como un saurio hacia las negras cumbres. Lentamente, llegó procedente de allí un grupo de personas encabezado por la blanca coleta de Von Barneck.
El paisaje era tan desolador como impresionante. El escenario ideal para una mala noticia.
—¿Qué están construyendo? — preguntó Cüpper, haciendo un esfuerzo por no clavar la vista en Eva Feldkamp, que llevaba un elegante traje de color burdeos con hombreras, medias negras y botas de goma verde militar.
—Nada importante -respondió ella con una sonrisa-. Sólo un pequeño centro comercial.
—¿Por qué en lo alto de una colina?
—¿Y por qué no? ¿Ha probado ya a preparar mi tarta?
Cüpper se miró los pies y no fue capaz de soportarlo por más tiempo. Pidió un kleenex y se limpió los zapatos con él.
—No -dijo-. Pero cuando haga una, le prometo que la invitaré.
—¡Estoy deseando probarla!
Ahí estaba otra vez su sonrisa, y con ella aparecieron los dos hoyuelos como dos simpáticos amigos. Cüpper se sintió fatal.
—Tengo malas noticias para usted -dijo en voz baja-. Muy malas.
La sonrisa desapareció.
—¿Estoy detenida?
—Peor. Max Hartmann ha sido asesinado.
Había imaginado su reacción, pero en un principio Eva Feldkamp no reaccionó de ninguna manera. Sólo parecía estar completamente paralizada. Como siempre le ocurría en ese tipo de situaciones, Cüpper sintió cómo una parte de él se disociaba: un observador distanciado y amablemente interesado, pero sin emociones reales, que archivaba cada detalle de su entorno, un montón de banalidades para compensar lo trágico del momento.
—Lo siento -dijo sinceramente.
—¿Qué ha pasado? — preguntó ella con una voz que parecía una sierra que cortase las cuerdas de un violín.
—Ha sido apuñalado. Iba... -Cüpper dudó un momento-. Iba disfrazado de Fritz von Barneck.
A Eva le tembló la mandíbula. «Está a punto de perder los nervios -pensó él-. Su protección frente a la realidad se tambalea. La sensación de estar en una película, de salir a escena y dominar el repertorio de sentimientos, todo desaparece de repente.»
—¿Me disculpa un momento? — pidió ella en voz baja.
Cüpper asintió en silencio. Eva se volvió despacio y se dirigió hacia las barracas. A los pocos pasos se le dobló una rodilla, pero se irguió de nuevo y continuó su camino. Cüpper vio cómo pasaba junto al grupo que se acercaba y cómo Von Barneck le decía algo y ella era incapaz de responder. Von Barneck lo intentó por segunda vez sin éxito y luego miró confuso en dirección a Cüpper. Gesticulando dijo algo a los demás y el grupo se dispersó. De repente le entraron las prisas. Los últimos pasos los dio casi a la carrera, mientras Cüpper le salía al encuentro.
—¿Qué diablos le ha dicho a Eva?
—Tenemos que hablar -repuso Cüpper.
—¡Hablar, eso es lo único que sabe hacer usted! — Von Barneck enseñó los dientes-. ¿Por qué no hace simplemente su trabajo?
—Es lo que estoy haciendo. Más de lo que a usted le gustaría, creo.
Con semblante hosco, el millonario se pasó la mano por el pelo y echó una ojeada al grupo, que para entonces hacía mediciones al borde del montículo.
—Está bien, lo siento. Estoy estresado, todo está saliendo mal. Debo ocuparme yo de todo sin ayuda de nadie.
—Me temo que seguirá sin ayuda.
Al oír eso, Von Barneck se quedó paralizado. Sus ojos se centraron en Cüpper como si de dos rifles se tratara.
—¿Qué quiere decir usted con eso?
El policía se sintió como si le hubieran disparado.
—Nada. He venido a comunicarle la triste noticia de que su mejor amigo ha sido asesinado.
—¿Mi... amigo? — preguntó Von Barneck, extrañado.
—Max Hartmann. Era su amigo, ¿no?
Durante un momento, Von Barneck pareció completamente desvalido. Manoteó en el aire, dio un paso atrás y miró hacia la barraca de las obras en la que se había metido Eva Feldkamp. Luego recuperó el dominio sobre sí mismo, aunque su tono de voz era ahora monótono.
—¿Qué ha pasado?
—Lo que tenía que pasar, supongo. Al fin y al cabo, estaba sustituyéndolo cuando lo asesinaron.
—¡¿Qué?!
—¿No lo sabía? — preguntó Cüpper, sorprendido.
—No, yo... Max no tenía ningún encargo.
El pecho del empresario se hinchó y se deshinchó unas cuantas veces, como si estuviera bombeando sus reservas de oxígeno para poder soportar la situación. «Qué extraño -pensó Cüpper-. Su reacción es muy distinta de cuando se enteró de la muerte de su mujer.»
—¿Cuándo lo vio por última vez? — sondeó.
—¿Verlo? Anteayer.
—¿Y hablar con él?
—Anoche. ¡No puede ser cierto! Me llamó por teléfono hacia las diez y media, quizá antes. Dijo... ¡Dios mío, tenía razón! — Von Barneck dio unos pasos de acá para allá y luego se detuvo junto a Cüpper-. Dígame lo que ha pasado.
—Tenía razón, ¿en qué?
—¿Le han...? — Von Barneck no encontraba las palabras-. ¿Qué han hecho con él?
—¿Quiénes?
—Ni idea, ¡maldita sea!
Cüpper le lanzó una mirada penetrante.
—¿Está seguro de que no tiene la menor idea de quién ha podido ser?
—¡Mierda, no!
—Al fin y al cabo, era su cometido morir por usted si era necesario.
Von Barneck meneó la cabeza y miró hacia otro lado.
—Cuénteme de una vez qué ha pasado.
—Ha sido apuñalado. Presumiblemente, a las afueras de la ciudad. Encontramos su cadáver entre unos arbustos, cerca de Militärringstrasse.
—Qué horror -musitó Von Barneck.
—¿Por qué le afecta tanto? — inquirió Cüpper con dureza-. Debía de contar con ello. ¿Por qué le sorprende tanto que haya ocurrido?
—Porque... usted no puede entenderlo. Cuando dos personas se conocen desde hace años, los parámetros cambian.
—Quiere decir que ha perdido una mitad de su yo...
Von Barneck guardó silencio.
—¿O tal vez se ha librado de él?
Fue como si hubiera pulsado el botón equivocado. Instantáneamente, su interlocutor alzó la mano para pegarle y la detuvo justo delante de su cara, con el dedo índice apuntándolo. Todo sucedió tan de prisa que Cüpper ni siquiera tuvo tiempo de echarse hacia atrás.
—¡Me pone de los nervios! — gruñó Von Barneck-. Me los destroza.
El comisario estaba desconcertado. ¿Realmente se sentía tan mal Von Barneck? ¿O era todo puro teatro?
«Fritz es una máquina», había dicho Eva. Tal vez fuera cierto, pero no sólo en lo relativo a las emociones de Von Barneck, sino que toda su motricidad tenía algo de angustiosamente preciso, como si un programa guiara cada uno de sus movimientos.
Cüpper apartó a un lado el brazo estirado de Fritz.
—Estoy haciendo mi trabajo -replicó secamente-. Tal y como usted quería.
—Su trabajo no puede consistir en atribuirme toda fechoría imaginable.
—Yo no he dicho que sospeche de usted. Por otra parte, ¿por qué no me dijo que sin su mujer era un pobre diablo?
Von Barneck clavó los ojos en él.
—¿Qué disparate es ése?
—No es ningún disparate. Nos hemos enterado de algunas cosas. Usted nunca ha sido rico: el dinero procedía de Inka. Todo lo que ahora posee usted era de ella, ¿no es cierto? La casa, la empresa. A saber lo que habría pasado si ella le hubiera pedido el divorcio.
—Miserable...
—Dígalo, vamos. ¿Fisgón? Estoy encantado de serlo. Gracias a eso se mantienen las calles limpias. Bueno, y ahora puede compensar la inapropiada elección de sus palabras contándome una coartada creíble para ayer. Todo depende de usted.
Von Barneck pareció relajarse. De pronto daba la impresión de estar muy cansado, de ser casi humano.
—Estuve en casa.
—¿Con testigos?
—Naturalmente. Schmitz me ha dicho esta mañana que poco antes de medianoche me quedé dormido en la biblioteca. Hacia las dos me despertó porque le pareció que en la cama estaría más cómodo. — Von Barneck hizo un amago de sonreír, que finalmente se quedó en una mueca desfigurada-. Y llevaba razón.
—¿Qué le dijo Hartmann cuando lo llamó?
Von Barneck miró al cielo con los ojos entornados.
—Estaba inquieto -dijo.
—¿Por qué?
—Al parecer, tenía una cita. Alguien lo había llamado asegurando que era un conocido de Milán. En principio, es imposible, porque nadie de aquella época conocía el paradero de Max, y mucho menos que era mi doble. Borramos todas las pistas a conciencia. Una vez que se puso a trabajar para mí, apenas quedaba ya nada del antiguo Max. Pero la persona en cuestión aludió precisamente a eso. Afirmó haber conocido a Max en una reunión en la que se había presentado disfrazado de mí. Se trataba de la firma de un contrato. Todavía me acuerdo del negocio. Todo fue sobre ruedas; nadie pudo darse cuenta de nada.
—¿Qué tipo de personas eran las que asistieron a esa reunión?
—Digamos que gente honorable..., con el habitual trasfondo turbio en el que más vale no ahondar.
—¿Dónde iban a verse Max y el tipo que lo llamó por teléfono?
—En el vestíbulo del Domhotel. Le dije que no fuera a la cita, que lo olvidara. Luego me pidió que buscase una libreta negra que creía haber olvidado en mi casa. — Von Barneck hizo una pausa y meneó la cabeza-. Sencillamente no puedo creer que le hayan hecho algo.
—¿Quiénes, señor Von Barneck? — lo apremió Cüpper.
—Ahora eso es lo de menos. Si lo supiera, yo mismo tomaría medidas.
—¿Y la libreta?
—No la encontramos. Según Max, en ella había algo importante que podría servirle para la cita. En realidad no tenía miedo; simplemente, todo le parecía un malentendido...
Cüpper percibió un movimiento al fondo y levantó la cabeza.
Eva Feldkamp había salido de la barraca y se dirigía hacia ellos. Algo en sus andares llamó la atención de Cüpper. Caminaba rígida, dando zancadas con una mano a la espalda.
—Tenemos visita -anunció el policía.
Von Barneck arrugó la frente.
—Ah, Eva. ¿Cómo se lo ha tomado? Cuando le he preguntado qué había pasado, parecía completamente ausente. No ha reaccionado.
—Sí, debe de haberle afec...
Cüpper se interrumpió. Eva Feldkamp había llegado a su lado. Sin dejar de andar, alzó el brazo que llevaba oculto. Cüpper vio un destello y registró cómo Von Barneck se volvía rápidamente mientras Eva lo atacaba con un objeto brillante y delgado. Instantáneamente se abalanzó sobre ella, la agarró del brazo y se lo retorció hacia atrás. Ella gritó y cayó de rodillas. De sus dedos resbaló un destornillador enorme que se clavó en el barro.
Von Barneck la miró con incredulidad.
—¿Estás loca? — jadeó.
Cüpper aflojó el apretón, pero ella no hizo amago de levantarse. Le temblaba todo el cuerpo. Luego, lentamente, dirigió la mirada a Von Barneck.
—Tú lo has matado -dijo en voz baja.
—¿Qué?
—¡Tú lo has matado, tú lo has matado, tú lo has matado!
SPICHERNSTRASSE
—¿Quién lo ha matado? — preguntó el hombre que llevaba el mono blanco.
Rabenhorst alzó la cabeza, sobresaltado, y cerró el libro de cocina.
—Doscientos gramos de patatas -dijo.
—¿Ah, sí? Qué poco usual.
—Perdone, es que estaba... -Guardó el libro y puso cara de escepticismo profesional-. ¿Ha examinado ya el baño? Seguro que todavía no lo ha hecho.
—Estamos en ello. Podrían contarnos algo. Los de la policía científica nos metemos en los calzoncillos de la gente, escrutamos cada una de las fibras de la alfombra y al final no nos enteramos de nada.
—No sé quién lo ha matado.
Rabenhorst se sentía avergonzado porque lo hubieran pillado estudiando los libros de cocina de Hartmann, en lugar de estar buscando trozos de cadáver en el microondas. Pero la tentación había sido demasiado fuerte.
Carraspeó.
—¿Han encontrado algo importante?
—¿Cómo voy a saberlo si no nos cuentan nada del caso? Todo puede ser importante.
—Los calzoncillos no tienen importancia -se acaloró Rabenhorst.
—Pero esto sí. — Krüger estaba apoyado en el marco de la puerta, agitando un montón de fotos. Tras él, su equipo desmantelaba aplicadamente el interior del piso de Hartmann-. Y esto -continuó, mostrando un objeto negro con la otra mano.
Rabenhorst miró con más atención.
—¿Una libreta? Bueno. ¿Qué hay en las fotos?
Krüger sonrió con malicia.
—El eslabón que une a Inka von Barneck con Max Hartmann.
—¡Caray! ¿Y cuál es?
Krüger le pasó las imágenes.
—Él -dijo.
CÜPPER
Estaban sentados delante de él como dos monos que acaban de ver morir a un tercero. Eleonore Schmitz no hacía más que restregarse los ojos, mientras el mayordomo miraba ofuscado a su alrededor.
—Qué horror -se lamentó ella, sacándose un moco enorme de una manera muy poco femenina.
Lo repitió cinco o seis veces, y Cüpper decidió intentarlo con su marido.
—¿Así que Von Barneck estaba esperando un taxi?
—Así es -Schmitz procuró imprimir firmeza a su voz-. El señor Von Barneck fue al auditorio y regresó a las diez menos cuarto. Eso puedo asegurárselo. Sí, sé perfectamente que fue a las diez menos cuarto, ni antes ni después.
—¿Qué dices? — replicó su mujer-. ¡Si te habías quedado dormido!
—Miré la hora -observó Schmitz, molesto-. A menudo miro la hora; es importante comprobar con frecuencia qué hora es. Una costumbre que tú no has desarrollado en más de cuarenta años de matrimonio.
—Nunca hemos llegado tarde a ningún sitio.
—¡Gracias a que yo he mirado la hora!
—¿Y qué más? — preguntó Cüpper.
—Pues el señor Von Barneck puso en duda la calidad artística de la velada y dijo que no quería que lo molestaran. Se retiró a su despacho, pero al cabo de cinco minutos sonó el teléfono. Era el señor Hartmann...
—Qué horror -lloriqueó la cocinera.
—Eleonore, por favor.
—Bien, era Hartmann -suspiró Cüpper-. ¿Y qué quería?
—Me pidió que le pasara al señor Von Barneck, cosa que naturalmente hice. Después regresé a la cocina para tomarme la sopa, ante la cual, como ha comentado mi mujer, me había quedado dormido porque tenía sobradas razones para hacerlo...
Eleonore Schmitz infló su ya de por sí abultado pecho hasta que alcanzó tal tamaño que Cüpper estuvo tentado de ponerse a cubierto. Faltó poco para que tuviera lugar una doble detonación.
—¡Es el colmo! La mejor sopa de guisantes de toda Colonia y tienes la cara dura de decirle al comisario...
—Estoy seguro de que es la sopa de todas las sopas, señora -se apresuró a intervenir Cüpper-. Aun así, si fuera tan amable de seguir describiéndome la noche de ayer...
—¿Lo ves? — dijo Schmitz con aire triunfal-. Tu sopa no le sirve de ayuda.
—No digas tonterías. ¿Cocina usted, señor comisario?
—Con pasión.
—Entonces voy un momento a la cocina para traerle la receta -dijo ella llorando.
—Más tarde -rogó Cüpper, desesperado-. Sigamos con Hartmann, por favor.
Las vías respiratorias de la mujer se vieron otra vez afectadas por una terrible resaca. Sin querer, Cüpper se aferró al respaldo del sillón con el fin de no desaparecer para siempre en sus cavernosas fosas nasales. Ella puso unos ojos como platos y abrió la boca con el evidente propósito de escupir algo de gran envergadura.
Schmitz y Cüpper la miraron expectantes.
—¡¡Qué horror!!
—¡Eleonore!
El comisario tomó una determinación.
—Preste atención, señora Schmitz. Me encantará cocinar su sopa; llámeme un día y deme la receta. Pero le ruego que, a cambio, no diga nada durante los siguientes cinco minutos. ¿Trato hecho?
—Trato hecho -repitió ella, abatida.
—Señor Schmitz, continúe, por favor.
El mayordomo proyectó hacia adelante la mandíbula inferior.
—Bueno, pues el señor Von Barneck me pidió un coñac; lo hace con frecuencia. Le llevé un Otard y entonces oí retazos de su conversación telefónica, por así decirlo, sin querer.
—Por así decirlo.
—Mencionó Milán y una cita. «Alguien te está tomando el pelo», dijo. «No vayas. De todo eso hace años.» Eso fue más o menos lo que dijo. — El mayordomo tosió, y acto seguido su mujer miró elocuentemente a Cüpper e hizo un gesto como si fumara con la mano derecha-. En cualquier caso, el señor Von Barneck desvió la llamada de nuevo al vestíbulo y desde allí hablé brevemente con el señor Hartmann. Me dijo que buscara una libreta negra. Mientras tanto, vi cómo el señor Von Barneck entraba en el salón. Más tarde se retiró a la biblioteca, donde se quedó dormido. Mucho después de las doce fue a acostarse.
—¿Cuándo exactamente? — insistió Cüpper.
—Buena pregunta. Lamento que en este caso deba conformarme con un cálculo aproximado. A las dos o dos y media.
La señora Schmitz hizo un gesto despectivo con la mano y le guiñó un ojo a Cüpper.
—¿Y luego?
—Estuve buscando la libreta, pero no la encontré.
—Porque no miraste bien -replicó su mujer.
—Señora Schmitz, hemos quedado en que guardaría silencio -intervino Cüpper, pero ya era demasiado tarde.
Schmitz obsequió a su mujer con una mirada de desprecio.
—Miré en todas partes, incluso en sitios que tú ni siquiera conoces.
—Conozco todos los rincones de esta casa.
—¿Ah, sí? Pero ellos no te conocen a ti, y mucho menos tu escoba.
—¿Quién eres tú para juzgar eso, viejo cegato? Sólo se pone las gafas para conducir, señor comisario, ¡valiente vanidoso!
—¿Para qué habría de hacerlo, si a diario me veo obligado a observar tu dudosa fisonomía?
Finalmente, Cüpper se dio por vencido y se masajeó las sienes. De pronto se hizo un silencio sepulcral. Cuando alzó de nuevo la vista, vio dos caras arrepentidas.
—Bueno, es que... -empezó a decir Schmitz, rascándose abochornado la cabeza.
—¡Qué horror!
Una vez hubo comprobado la coartada de Von Barneck, Cüpper se dirigió al instituto forense. La Reina de Saba estaba inclinado sobre un cadáver, revolviendo algo en el interior.
—¿Y bien? — dijo Cüpper.
—Espera un momento.
—¿Qué estás haciendo?
—Tienen que estar por aquí -dijo la Reina, rechinando los dientes-. Me voy a volver loco.
—¿Buscas balas?
—Algo más importante.
De la caja torácica salió de repente un ruido indescriptible.
—¡Mierda! Tampoco están aquí.
—Hum... -Cüpper se miró las uñas-. Sé que tienes cosas que hacer. No obstante, deberíamos hablar un poco acerca de Max Hartmann.
—¡Espera un segundo! — gritó la Reina-. Creo que... ¡Ajá, aquí están! — Sacó algo manchado y brillante y lo sacudió ante las narices de Cüpper-. ¿Lo ves? En una casa ordenada no se pierde nada.
—¿Qué es eso? — preguntó el policía con repugnancia.
—Mis gafas. Se me habían caído dentro. ¿No tendrás un pañuelito, por casualidad?
—Un momento. Toma.
—Gracias. — Brauner se dirigió entonces a la mesa de al lado y retiró la sábana. Hartmann no presentaba buen aspecto-. Dicho brevemente: una puñalada por la espalda, absolutamente mortal. Un tipo atractivo, por lo demás. Pero mira esto -añadió señalando el brazo izquierdo.
—¿Qué?
—¿No lo ves? ¡Un tatuaje!
Cüpper miró más detenidamente. El pequeño escorpión, tal y como le había dicho Schmitz.
—¿Y qué?
—¡Por favor! ¡Soy un esteta!
—Qué anticuado estás. ¿Qué hay de la hora de la muerte?
—Entre las nueve y las once de la noche. Quizá, las once y media.
—¿Alguna otra cosa digna de mención?
—Sí, mira las muñecas.
—¿Por qué? ¿Tiene más tatuajes?
—Mira con atención.
Cüpper cogió las manos de Hartmann y las examinó minuciosamente. A la altura de las muñecas destacaban unas marcas decoloradas apenas visibles.
—¿Marcas de presión? — preguntó.
—Sí, aunque muy débil. No obstante, creo que lo maniataron. Con profesionalidad, probablemente poniéndole unos paños debajo. Pero debe de haberse desprendido algo en alguna parte. Esta marca de color parduzco que ves es una excoriación; dentro he encontrado restos de fibra de cordel. Como no tiene ningún sentido maniatar a alguien que ya está muerto, supongo que primero lo dejaron fuera de combate y luego lo apuñalaron. — Le mostró otras heridas diminutas-. Esto indica que lo arrastraron. Tu asesino es fuerte, Cüpper.
—Debe de ser un hombre.
—¡Oh, hay mujeres muy fuertes, chiquillo ignorante! ¿No lo sabías?
De repente Cüpper pensó en el zoo.
—Sí -convino.
Más tarde, en el coche, sintió ganas de visitarla. No tendría que haber desaparecido de esa manera. Era curioso, pero siempre acababan rehuyéndose el uno al otro. ¿Por qué sería?
Luego cambió de idea y se dirigió a la clínica a ver a Astrid Hasling, que seguía igual. Tenía la mirada perdida y la cara blanca como una sábana, sólo que le habían desaparecido las ojeras. Curiosamente, parecía más joven y más guapa, como si en cualquier momento fuera a pestañear y volver a la vida.
—No está en coma -dijo el médico mientras recorrían el pasillo-, sino en un estado que denominamos rigidez catatónica.
—¿Qué hay de la epilepsia?
—No tiene nada que ver. Posiblemente la epilepsia sirvió de desencadenante o de refuerzo. La rigidez catatónica no es el resultado de los ataques epilépticos, sino una especie de trauma. Si he de ser sincero, preferiría dejarla en manos de un psiquiatra.
—¿Qué le va a pasar ahora?
El médico meneó la cabeza.
—Por lo general, la gente llega a un estado de catatonia cuando la cantidad de experiencias sobrepasa a la capacidad de compensación. En otras palabras, se encierran en sí mismos. Se aíslan frente a todo impulso externo, que su cerebro se vería obligado a procesar, y regresan al pasado. Entonces lo reviven todo una vez más y, en cierto modo, van desmenuzando cosa por cosa. La catarsis se produce cuando llegan al momento en que tuvo lugar la parálisis.
—¿Y entonces se despiertan?
—No siempre. Aunque sólo se conocen unos pocos casos. De repente se recuperan y enlazan directamente con el último instante de su experiencia consciente, como si no hubiera pasado el tiempo. Un médico amigo mío me contó hace poco un caso parecido. Uno de sus pacientes había sido testigo del asesinato de su mujer, una experiencia espantosa. Se sumió en un estado de catatonia, y cuando despertó, estaba muy triste y abatido, ¡pero lo había asimilado!
—¿Y cuánto tiempo estuvo ausente? — preguntó Cüpper-. ¿Un día? ¿Una semana?
El médico se detuvo y lo obsequió con una sonrisa antes de responder.
—Treinta años.
Entretanto, ya estaban listos los resultados de la investigación técnico-criminal de Wiesbaden. El piso de Inka von Barneck no resultó ser precisamente una mina, pero aun así, encontraron pelo de otra persona, en el salón. Algunos de ellos eran pelos púbicos, y junto con otros indicios, señalaban que, poco antes de morir, Inka había mantenido relaciones sexuales sobre la alfombra. Con arreglo a ello, el amante era rubio y llevaba ropa adornada con lentejuelas.
Cüpper echó un vistazo al segundo informe. Desde el cinturón verde de la ciudad informaban de que el asesinato, efectivamente, había tenido lugar en el camino de grava. Seguían examinando las huellas de un coche, pero la operación resultaba difícil porque no paraba de llover. No había huellas dactilares, ni siquiera en el cuchillo. Decepcionante. Entre todo lo demás, el policía reparó en un informe que decía que el cadáver de Inka von Barneck no iba a ser enterrado, sino incinerado.
Dando un manotazo, Cüpper hizo sitio en su escritorio y empezó a confeccionar una nueva lista de sospechosos.
Sus pensamientos se dirigieron a Eva Feldkamp. Había intentado calmarla mientras Von Barneck, temblando de cólera, se había marchado precipitadamente de las obras, avergonzado por los reproches de ella, pero sobre todo irritado por haberse enterado de la relación que la mujer mantenía con Max.
Luego Cüpper le explicó pacientemente a Eva que, a la hora del crimen, Von Barneck estaba en la villa. Pero ella rompió a llorar y repitió las acusaciones. Von Barneck era para ella el asesino porque había contado con la muerte de Hartmann. Su culpa en el asesinato era de naturaleza moral, y no quería ni oír hablar de que Hartmann hubiera aceptado el trabajo por voluntad propia y conociendo todos los riesgos a los que se exponía.
Cüpper le recordó que ella misma había tolerado esa situación durante años, y poco a poco logró hacerla entrar en razón. Finalmente, Eva consintió en disculparse ante Von Barneck y prometió no volver a perder el control. En contrapartida, el comisario le aseguró que se abstendría de detenerla por intento de agresión.
Pero era evidente que algo en ella se había desmoronado. Cuando se marchó, Cüpper ya no reconocía su radiante belleza, sino únicamente una mujer destrozada por la pena.
Cuánto debía de amar a Max.
El policía pensó con tristeza que no le faltaba razón. Pagar a alguien por la posibilidad de ser asesinado no era un asesinato, pero sí una culpa.
Cuando llegó al puente del zoo se dio cuenta de que acababa de defender la inocencia de Von Barneck.
Y de repente tuvo la impresión de haber vivido toda la escena anterior frente a la pantalla de un televisor: en dos dimensiones, como algo extrañamente irreal, de colores estridentes y con el volumen demasiado alto.
HALLAZGOS
Rabenhorst llegó hacia el mediodía a su despacho silbando como una tetera. Resultaba obvio que estaba de un humor excelente.
Cüpper le contó brevemente las novedades.
—Eso es agua pasada -dijo Rabenhorst sentándose.
—¿Por qué?
—Por esto.
Metió la mano en la chaqueta y le puso a Cüpper un fajo de fotos delante de las narices.
—¿Qué es?
—Las hemos encontrado en casa de Hartmann.
Cüpper cogió las fotos y las examinó una a una; luego clavó la vista en Rabenhorst, las miró por segunda y por tercera vez y soltó un silbido.
—¡Joder!
—Algo parecido he dicho yo también -asintió Rabenhorst.
Las imágenes mostraban un dormitorio decorado con gusto, fotografiado siempre desde la misma perspectiva. En la cama había un hombre y una mujer desnudos, que se ocupaban con afán el uno del otro. A los dos se los reconocía claramente.
—Ahí tendríamos la conexión -dijo Cüpper.
—Eso parece.
—¡Inka y Max! ¡Maldita sea! ¿Tiene idea de la época en la que fueron sacadas las fotos?
—Sí. El negativo se lo ha comido el gato, pero ahí delante, sobre la silla, hay una revista, ¿la ve? — El dedo de Rabenhorst rodeó una mancha borrosa-. Krüger la ha examinado detenidamente y asegura que se trata de un ejemplar de Moda di Milano, de lo que podemos deducir que Max e Inka iniciaron una relación en Italia. Y mire esto. — El dedo recorrió el borde de la cama-. Fíjese en el brazo izquierdo de Hartmann: está apoyado en el cabezal, lo que en esa postura no tiene nada de extraordinario, pero mire esta otra foto, y ésta... En ésta están atravesados. Aquí ella está encima de él. Y aquí hacen un número acrobático. ¿Y dónde está la mano de Hartmann?
Cüpper carraspeó.
—Siempre apoyada en el mismo sitio.
—Pero ¿por qué?
—Para accionar el disparador automático.
—Eso creo yo también. Hartmann sacó él mismo las fotos. Pero también hemos encontrado otras.
Le entregó a Cüpper otro montón. En la primera copia se veía un parque a media luz; no se distinguía si era el amanecer o el crepúsculo. Al fondo había una iglesia entre hileras de casas cuadradas.
—¿Milán? — preguntó Cüpper.
—Es posible. Queda pendiente de comprobación.
Las siguientes fotos estaban sacadas con zoom: figuras rodeadas de árboles; Inka von Barneck, y un hombre delgado de pelo oscuro con bigote y unas gafas de sol que no le hacían ninguna falta, a juzgar por la hora del día.
Cüpper arrugó la frente y repasó rápidamente las fotos: Inka y el desconocido estrechamente abrazados; besos apasionados; la mano de él bajo su blusa; la de ella dentro de sus pantalones. Una serie entera que parecía una película.
—Qué interesante, ¿verdad? — Rabenhorst cruzó los brazos detrás de la cabeza y sonrió con picardía-. Un pequeño escándalo por aquí, una aventurilla amorosa por allá... ¡Caramba con Inka!
Cüpper guardó silencio. De entre todas seleccionó cuatro fotos y las puso en fila.
—Mire esto -murmuró.
—¿El qué? — Rabenhorst se acercó con curiosidad-. ¡Ah, esto! Ella le agarra la... -Miró más detenidamente-. ¡No, maldita sea, no lo hace!
—Espere. Examinémoslas con la lupa.
Con el cristal de aumento vieron una estrafalaria sucesión escénica. Ella lo besaba, lo atraía hacia sí y, al mismo tiempo, le abría la bragueta. En la siguiente foto, su mano desaparecía en el interior de los pantalones. Luego, en la tercera, la sacaba de nuevo... junto con algo blanco que, en la última imagen, se guardaba entre los pliegues de su vestido.
—Rabenhorst -dijo Cüpper-, que me muera ahora mismo si eso...
—... no es coca.
—Entrega de mercancía a cambio de placer. Eva Feldkamp me dijo que Inka iba siempre hasta las cejas de coca. De alguna manera debía de obtenerla.
—¿Coca a cambio de sexo? ¿Para qué? Ella tenía suficiente dinero como para comprarse eso y, al mismo tiempo, al tío.
—Sí, pero probablemente no le hiciera tanta ilusión.
Rabenhorst asintió.
—¿Serán esas fotos también de Hartmann?
—Es de suponer. ¿Han encontrado alguna otra cosa?
—Esto.
—¡La libreta negra! — exclamó Cüpper.
—Se había caído detrás de un armario. No me extraña que Hartmann no la encontrara. No se tome la molestia de mirarla. Está llena de series de números.
—¿Números?
—Krüger opina que Max codificaba todas las anotaciones.
—¡Santo cielo! ¿Es que en este caso no puede haber nada sencillo? Bien, intentemos construir una pequeña teoría lógica, Rabenhorst. Inka y Max tienen un lío. Max sabe que Inka es caprichosa y que pronto se hartará de él. Malvada como es, no habría dudado en comprometerlo ante Von Barneck, lo que le habría costado como mínimo el trabajo. Pero al mismo tiempo ella se permite coquetear con la mafia de la droga. Max, que no es tonto, la espía y fotografía la entrega. Así tiene a Inka cogida por el cuello.
—Y también al hombre que le proporciona la cocaína. Tal vez Hartmann fuera lo bastante tonto como para hacerle chantaje.
—Es posible.
—Entonces ya los tendríamos a todos juntos. Inka, Max, el italiano... Un motivo.
—¿Qué más se puede pedir?
—Tiene sentido.
—Pues sí.
Ambos policías permanecieron un rato en silencio, cavilando.
—¿Usted se lo cree? — preguntó finalmente Cüpper.
—¿Y usted?
Y de nuevo se hizo el silencio en la habitación.
NOTARÍA
Päffgen cogió el paquete de cigarrillos con sus dedos amarillentos y lo encontró vacío. Su boca, de labios finos, se contrajo aún más; parecía una hucha de mal humor.
—¡Señora Sechser! — gritó con aspereza.
Del cuarto contiguo llegó rápidamente su secretaria ajustándose la cinta del pelo. Desde que trabajaba para Päffgen, llevaba una peluca con una cinta descolorida en la cabeza, es decir, desde hacía treinta y cinco años. A menudo él sentía el impulso de arrancársela y meterla en la lavadora, pero tenía miedo de lo que se encontraría debajo. Aparte de eso, un notario de tan reconocido prestigio no podía permitirse aparecer en la prensa por una tontería semejante.
—Señora Sechser -dijo, enojado-, sabe perfectamente que no puedo trabajar sin cigarrillos.
—¿Está el cartón vacío? — se asustó ella.
—Vacío es poco. Sea amable y tráigame unas cuantas cajetillas.
—¿No cree que su salud...?
—No la contraté a usted para que me diera conferencias sobre medicina. Tome el dinero.
—¡Tres cajetillas en una mañana!
—Más vale eso que tener una petaca en el cajón. Luego tráigame, por favor, el dossier de Von Barneck.
La mujer se marchó ofendida hacia su territorio y, buscando en el archivador entre varias docenas de expedientes, encontró el que buscaba. Con una mueca, lo dejó sobre el escritorio de su jefe, cogió el billete de cien marcos y salió con la cabeza bien alta.
Päffgen examinó los documentos y marcó un número de teléfono.
—¿El señor Von Barneck? Buenas noches. Soy Päffgen, notario de Colonia.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Se trata de su mujer.
Hubo una breve pausa.
—Mi mujer está muerta.
—Mi más sincero pésame, señor. Quería darle cita para la lectura del testamento.
Silencio.
—¿Oiga? ¿Sigue ahí?
—¿Para qué?
Päffgen parpadeó, irritado.
—En fin, su mujer dejó un testamento...
—¿Que ella...? Ah, sí, claro.
—¿No lo sabía?
—¡Sí, sí! ¿Cuándo?
—Si le parece bien, mañana a las tres en mi despacho.
—Un momento... Sí, me viene bien.
Päffgen le dio la dirección, tras lo cual colgó y meneó la cabeza. Qué extraño. Mientras lo pensaba, echó mano del cartón de cigarrillos.
Vacío.
—¡Señora...!
Ah, sí, había ido a por tabaco. Marcó el siguiente número: Ried, Marion.
BILLAR
—¿Puede ser que simplemente no le caiga bien Von Barneck? — preguntó Rabenhorst.
—Hum -musitó Cüpper.
—Pero sospecha de él. Quizá sin razón.
—No sé si realmente sospecho de él.
Rabenhorst cogió la lista nueva. Era más corta que la anterior, pero sobre todo menos sugerente.
1. Fritz von Barneck
Móvil para el asesinato de Inka von Barneck:
a) Dinero.
b) Venganza por infidelidad.
Coartada: La fiesta.
Pero:
a) El anfitrión podría haber sido Hartmann.
b) Podría haber pagado a Hartmann por el asesinato.
c) Podría haber contratado a un matón (véase punto 2).
Móvil para el asesinato de Max Hartmann:
a) Eliminación de un cómplice que o bien asesinaba por él o bien lo encubría.
b) Venganza por infidelidad.
c) Hartmann se había vuelto demasiado poderoso.
Coartada: El auditorio.
Pero: Podría haber contratado a un matón (véase punto 2).
2. El italiano
Móvil para los dos asesinatos:
a) Matón por encargo de Von Barneck.
b) Matón por encargo de la mafia, para
b1) matar a Inka von Barneck y a Max Hartmann.
b2) matar a Inka von Barneck y a Fritz von Barneck.
—El punto «b2» aclararía por qué Hartmann iba disfrazado de Von Barneck -señaló Rabenhorst.
—Sí -admitió Cüpper-. Quizá tenga razón Eva Feldkamp cuando dice que su jefe sabía el peligro que corría. Por eso mandó a Hartmann. Pero si él mismo contrató a ese italiano, tuvo que animar de alguna manera a Max para que se encontrara con él. Y como mejor pudo hacerlo fue con el pretexto de que su trabajo consistía en doblarlo. Explicaciones hay muchas.
—Pese a todo, no debemos olvidar que Von Barneck puede ser inocente. El crimen podría haberse cometido sin que él supiera nada.
—Lo que a su vez no explica por qué Hartmann adoptó su identidad.
—Hartmann podría haber jugado a su propio juego. Digamos que se alió con los enemigos italianos de Von Barneck y acabó siendo víctima de esa alianza...
—Continúe, Rabenhorst. Yo estoy bloqueado.
—En cualquier caso, ese italiano desempeña un papel decisivo.
Cüpper se acordó de Astrid Hasling.
—Treinta años -murmuró.
—¿Qué?
—Nada, que estamos devanándonos los sesos con ese italiano, cuando, en realidad, la clave de todo el caso está en coma.
—¿Astrid Hasling? Pues sí. Al menos ya no está en la lista. Otra cosa, las coartadas de Holger Renz y Ulrich Stoerer son intachables. No hay ninguna razón para suponer que tengan algo que ver con la muerte de Hartmann.
—Entonces todo queda en familia -suspiró Cüpper.
3. Marion Ried
Móvil para ambos asesinatos:
a) Dinero.
b) Odio.
Coartada: En el caso de Inka von Barneck, ningún testigo. En el caso de
Max Hartmann, todavía no se ha comprobado.
4. Eva Feldkamp
Móvil: Venganza. Había descubierto que Max e Inka mantenían una relación.
Coartada: En el caso de Inka von Barneck, supuestamente estuvo con Max.
—¿Dónde estuvo Eva anoche? — preguntó Rabenhorst.
—En casa -dijo Cüpper-. Al menos, eso dice. Otra vez sin testigos.
—¿La cree capaz de matar a Max?
—No -respondió Cüpper-. Pero eso no significa nada.
—Entonces ya sólo nos quedan dos.
5. Último amante de Inka von Barneck
Identidad, motivo y coartada: Desconocidos.
6. La lentejuela
Identidad, motivo y coartada: Desconocidos.
—Probablemente sean el mismo -refunfuñó Cüpper.
—O la misma -opinó Rabenhorst-. Quizá deberíamos examinar con lupa los armarios roperos de nuestras sospechosas.
—¿Tres órdenes de registro domiciliario? Se van a cabrear con nosotros.
—No avanzamos ni un paso -Rabenhorst parecía desanimado-. Más bien al contrario.
Cüpper hizo una mueca. Su compañero tenía razón. Con cada nueva pista todo se volvía aún más enigmático. Se levantó, recorrió el despacho a grandes zancadas y aporreó la pared con el puño.
—¡Es una pasada, Rabenhorst! Asesinatos escenificados, mafia, libretas, fotos de trapicheo de drogas. ¡Sexo! ¡Dinero! ¡Odio!
Rodeó el escritorio, le propinó una patada a la silla giratoria y se dejó caer furioso contra la pared.
—Ah -dijo Rabenhorst-. La culpa debe de ser de la silla.
—Diga algo inteligente a cambio del dinero que le pagan.
—Diga usted algo más inteligente aún. Gana más que yo.
—No se me ocurre nada.
Cüpper se acercó a la ventana y permaneció pensativo mientras miraba la lluvia. El tiempo pasaba obstinadamente.
—El billar -dijo en voz baja.
Rabenhorst levantó perezosamente la cabeza.
—No hable siempre con acertijos, ¿quiere?
Cüpper regresó a su escritorio y colocó unas bolas imaginarias en el centro, hasta que juntó como una docena.
—¿Tan mal lo ha pasado las últimas semanas? — preguntó Rabenhorst, compasivo.
—¡Naranjas de la China!... ¿Qué hacen los criminales? Huyen, se protegen, disimulan. Van dejando pistas. Supongamos que nuestro asesino es una bola, pero no sabemos cuál.
Cogió una de las bolas invisibles y la sostuvo por encima de las demás. Luego la dejó caer.
—¿Qué ocurre? Que la formación se dispersa. Todas las bolas ruedan al mismo tiempo en distintas direcciones, se alejan unas de otras. Huyen, si quiere llamarlo así. ¿Cuál de ellas perseguiría?
Rabenhorst reflexionó un momento.
—Es difícil -dijo finalmente-. Si persigo una, se me escapan las demás. Mientras no sepa cuál es la bola en cuestión, tendría que perseguirlas todas.
—¿Cómo resuelve el problema?
—Buscando suficiente gente hasta que pueda perseguirlas todas.
—Bien. ¿Y qué significa eso?
—Gasto de tiempo y dinero. ¿Adónde quiere llegar, en realidad?
—Al asesino. ¿Qué bola es el asesino?
—Ni idea. Como le he dicho, primero tendré que ir detrás de todos, luego atraparlos, encarcelarlos, interrogarlos, etcétera.
Cüpper sonrió levemente.
—¿Lo ve? Ahí está el busilis. Porque nuestro asesino no se ha escapado, sino que es la bola que he dejado caer. Está tranquilamente encima de la mesa, después de haber dejado una docena de pistas falsas. Ninguna conduce a la meta, pero usted las persigue todas. Esa misma impresión me da este caso.
Rabenhorst observó la mesa como si efectivamente estuviera llena de bolas de distintos colores, todas ellas revueltas.
—En otras palabras, estamos persiguiendo fantasmas.
—Sí. Una bola rueda hacia el rincón más extraño: el loco que no se lleva el arma del crimen. Una segunda rueda hacia Milán, y de repente tenemos a la mafia en juego. Otra rueda hacia la sima de los sentimientos, donde el odio y el amor se dan de ostias. Una rueda hacia una libreta ilegible, otra hacia la peluca blanca con la que Hartmann se convertía en Von Barneck. Etcétera, etcétera. ¿Sabe lo que me parece?
—¡Suéltelo!
—Que nada de eso tiene ninguna importancia. ¡Es puro teatro! La verdad la tenemos delante de las narices. Es tan evidente que no la vemos.
—¿Y cómo lo sabe?
—Intuición.
Rabenhorst recapacitó sobre ello.
—Pues dígale a su intuición que no nos basta con eso.
Cüpper suspiró.
—Ya lo sabe.
CLÍNICA
Mediodía.
El doctor había salido a comer con algunos médicos. Otros se dedicaban a cumplir con sus obligaciones. La planta estaba vacía en varias docenas de metros a la redonda, salvo por dos enfermeras que jugaban a las cartas. Sentadas en un cuartito de paredes sobriamente enlucidas, estaban encantadas de que los pacientes durmieran.
Pero alguien había dejado de dormir en la clínica. Alguien que salía a la superficie de la conciencia e intentaba huir de la cárcel en que se encontraba.
—As de oros -dijo la enfermera cuya boca, aunque ordinaria, hacía perder la cabeza a numerosos hombres.
—Paso -repuso la otra, desalentada.
Más allá de su sobrio enclave se extendía el pasillo principal, un corredor con el suelo de linóleo desgastado y pintado de verde claro y blanco envejecido, en cuyo extremo parecía extinguirse toda voluntad de vivir. Sólo en una de las habitaciones del fondo, justo antes de la pared que delimitaba el recinto, esa voluntad adquiría cada vez más fuerza.
COMISARÍA
—El teléfono -advirtió Rabenhorst.
Cüpper le dirigió una mirada, se acomodó la corbata y respondió.
—Soy Schmitz -dijo una voz potente al otro lado de la línea.
—¡Señora Schmitz! — Cüpper puso los ojos en blanco, y a Rabenhorst le dio la risa-. Qué amable. Muy amable por su parte.
—Quería darle la receta; ¿se acuerda?
—Desde luego. Era la sopa de guisantes, ¿no?
—Exactamente. ¿Sabe una cosa? Mi marido no tiene ni la más remota idea de cocinar, seguro que se habrá dado cuenta. Además, con los años se ha vuelto un poco senil, sobre todo en los dos últimos, se lo aseguro. No es que yo le desee nada malo, ¡Dios me libre! Pero cuando nos casamos era muy distinto. ¡Y mucho más joven!
—Señora Schmitz, todo eso que me cuenta es sumamente interesante, pero...
—Ya entiendo, la receta. Necesita guisantes.
—¡Quién lo iba a decir!
—Bastantes patatas, más que guisantes. Se rehoga a fuego lento. Se agrega puerro, zanahorias y apio. ¡Nada de agua! Luego se añade un buen caldo de pollo, nabos, perejil...
Cüpper se esforzaba por seguirle el ritmo escribiendo a toda prisa en un papel. Era la receta más caótica que le habían dado nunca, pero se propuso cocinarla.
—... y un toque de mejorana -concluyó la mujer-. Mi marido es capaz de comerse un puchero entero. Yo siempre le digo que no haga eso, que luego no puede dormir, pero ¿cree usted que me hace caso?
—Ha sido muy amable por su parte...
—El hombre ya no puede morder bien. Claro, sin dientes... Naturalmente, no le gusta que se lo recuerde. Pero hasta el señor Von Barneck se ha dado cuenta. Fíjese que incluso tiene que ir en taxi al auditorio, ¡qué vergüenza! Yo le digo a mi marido: «A ver si te haces respetar.»
—Cuánta razón tiene.
—«Eres el chófer», le digo. «Siempre has sido puntual. En ti se puede confiar más que en cualquier taxista.» Quiero decir que el señor Von Barneck quería ir al concierto, que empezaba a las ocho en punto, pero el taxi no llegó hasta las ocho menos diez; ¿cómo iba a llegar a tiempo?
Cüpper se quedó paralizado.
—¿Qué ha dicho? — susurró.
—¿Cómo? — La señora Schmitz estaba confusa-. ¡Qué voy a decir!
—¿El taxi del señor Von Barneck llegó a las ocho menos diez? ¿Está segura?
—¡Sí, claro! Yo también suelo mirar el reloj, no como dice mi marido. Sé siempre qué hora es. El taxi llegó a las ocho menos diez. ¡Que me muera ahora mismo si miento!
—Rabenhorst -dijo Cüpper tapando el auricular con la mano-, la anciana acaba de desmontar la coartada de Von Barneck.
Rabenhorst se desperezó, bostezando.
—Estupendo -canturreó-. Por fin algo alentador.
CLÍNICA
La enfermera de la boca ordinaria leía un libro mientras su compañera hacía ganchillo. La vida era aburrida en ese cuartito.
Sin embargo, más al fondo, donde terminaba el pasillo, la vida regresaba impaciente por volver a tomar posesión del cuerpo inmóvil, por guiarlo y controlarlo. Por dotarlo de voluntad y de lenguaje.
Casi había terminado la catarsis.
Casi.
Astrid Hasling empezó a parpadear.
COMISARÍA
¡A las ocho menos diez!
Cüpper sintió ganas de abofetearse a sí mismo por no habérsele ocurrido preguntar en seguida por la hora de llegada del taxi. Desde Marienburg hasta el auditorio se tardaba como mínimo un cuarto de hora. Aunque hubiese viajado en un turborreactor, Von Barneck jamás podría haber estado al cabo de cinco minutos en el auditorio armando una bronca porque tardaban en recoger las entradas.
¡A las ocho menos diez!
Rabenhorst regresó al despacho de su jefe y le plantó un papel delante.
—Se va a caer de culo cuando oiga esto -dijo.
Por si acaso, Cüpper se sentó.
—¿Y bien?
—Nos hemos enterado a través de la central de taxis, como ocurrió con Astrid Hasling. Von Barneck no tenía la menor intención de acudir al auditorio. El taxista lo dejó en otro sitio completamente distinto.
—¿Dónde demonios lo dejó?
Rabenhorst esbozó una sonrisa tan amplia que su cabeza amenazó con partirse por la mitad.
—¡En Südstadt! ¡En casa de Eva Feldkamp!
—¡Toma ya! — exclamó Cüpper.
—El taxista dice que debían de ser las ocho y diez cuando Von Barneck se apeó en Karl-Korn-Strasse.
—Entonces cometió un error estúpido. ¿Por qué fue en taxi?
—No pudo recurrir a Schmitz.
—No, pero podría haber conducido él mismo. Qué extraño. Bien, por lo menos sabemos dónde estaba Hartmann, y también que Von Barneck le encargó montar el numerito de las entradas para que, estúpidos de nosotros, creyéramos que, efectivamente había estado en el auditorio.
—¡Pero si Hartmann quería a Eva! ¿Cómo iba a encubrir a Von Barneck para que echaran un polvo?
—No es eso. Si Von Barneck escenificó semejante maniobra de distracción, el propósito de su visita a casa de Eva era otro.
Ambos permanecieron un rato pensativos, pergeñaron miles de teorías y volvieron a desecharlas todas.
Finalmente, Cüpper dijo:
—Supongamos que los tres han mentido. Max no ama a Eva, y Eva no ama a Max. Pero quizá Eva ame a Fritz, y viceversa. ¿Quién les estorba?
—La buena de Inka.
—Exacto. De modo que el objetivo es eliminar a Inka, porque, si se entera de que su marido está liado con Eva, seguro que lo deja sin un duro. Max sigue haciendo su trabajo. Como necesitan un cómplice, lo suben a bordo y se inventan la historia del amor entre él y Eva para que Von Barneck no sea sospechoso de interesarse por ella. Max encubre a Von Barneck, quien mata a Inka. Eva, a su vez, encubre a Max. Hasta ahí todo bien, pero entonces Max se pone un poco impertinente y empieza a hacerles chantaje a ambos. Así que Fritz y Eva deciden eliminarlo también a él, lo que, desde un punto de vista lógico, tiene sentido.
—Todo fenomenal -dijo Rabenhorst-. Pero a partir de ahí la cosa se complica. Supongamos que Von Barneck engatusa a Max con un encargo: que vaya en su lugar al auditorio. Falta por comprobar si permaneció allí hasta que acabó el concierto, pero por el momento supongamos que sí. A continuación, acude a una cita misteriosa...
—Cita que ha podido preparar clandestinamente Von Barneck.
—Desde luego. ¿Y con quién se encuentra allí? Con su asesino, está claro. Pero Von Barneck no ha podido ser. Su coartada es tan impermeable al agua como el túnel de Rheinufer. Ya estaba en casa cuando Max todavía vivía, y no volvió a salir de la villa en toda la noche.
—Falta Eva.
—Sí, para ir con él al cinturón verde de la ciudad, cosa que debió de costarle trabajo. Porque Max no es tonto: sabe que intentarán dejarlo fuera de circulación. Además, antes de morir lo maniataron; ¿fue Eva quien lo hizo?
Cüpper sonrió amargamente.
—¡Qué rabia, Rabenhorst, cómo me tomó el pelo Eva! Cada vez que me acuerdo de aquel ataque teatral con el destornillador... Sus sutiles acusaciones de asesinato tenían como único objetivo eximir de toda culpa a Von Barneck delante de mí.
—Despacio, jefe. Lo único que tenemos por el momento es una teoría gris.
—Las hay más grises. — Cüpper se miró las uñas-. De todas formas, no debemos olvidarnos del italiano. Astrid Hasling dijo que lo conocía. Según la descripción de que disponemos, podría tratarse del camello de las fotos. Y precisamente ese tío preludia el asesinato de Inka. Demasiada casualidad. — Cüpper se levantó y se desperezó-. Pues sí, es lo que pasa con las grandes teorías. La teoría de la relatividad no encaja ni a tiros con la mecánica cuántica. ¿Cómo vamos a hacerlo mejor nosotros?
—Buena comparación -se burló Rabenhorst-. «Cüpper resuelve un caso de asesinato en Colonia y recibe el Premio Nobel.»
—Bien dicho. Ahora, lo que tiene que hacer es ir otra vez al auditorio y enterarse de si alguien se fue antes de tiempo.
—¿Y usted qué va a hacer?
—Intentaré deshacerme de mi alergia a los gatos.
Una vez que se hubo marchado Rabenhorst, Cüpper llamó al zoológico. Marion Ried tardó una eternidad en responder, pero era evidente que se había dado prisa en coger el teléfono porque llegó sin respiración.
Cüpper le contó lo sucedido a grandes rasgos.
—¿Conocía usted a Hartmann? — preguntó.
—Muy poco. Lo veía con frecuencia, pero siempre creía que era Fritz.
—¿No los distinguía?
—No.
Durante un rato reinó el silencio.
—Ahora, naturalmente querrá saber dónde estuve anoche -dijo ella finalmente, aunque su tono no era en absoluto agresivo.
—Naturalmente -dijo Cüpper.
—Me lo imaginaba. ¿Sabe una cosa? Sinceramente, no me gustaría hacer su trabajo.
—Limítese a mencionar un testigo.
—¿Quiere borrarme de la lista?
—Lo que yo quiera no tiene importancia.
—¿Y prescindiendo de que no tenga importancia?
Cüpper sonrió de satisfacción y la hizo esperar unos segundos.
—Sí -dijo-. Quiero borrarla de la lista.
—Pues entonces, hágalo. Estuve toda la noche en el Stadtgarten. Ulli daba un concierto.
—¿Heavy metal?
—Swing. Cuando quiere, sabe de todo -dijo, e hizo una pausa-. En el escenario, quiero decir.
—Bien. ¿Testigos?
—Alrededor de una docena de personas que me conocen.
Cüpper se recostó en su silla y respiró profundamente.
—Eh, comisario.
—¿Mmm?
—¿Qué hace esta noche?
Cüpper reflexionó.
—Nada.
—Pues podría hacer algo. ¿Quedamos?
—No deberíamos -dijo él, dubitativo-. Mi compañero me matará..., pero el caso es que acabo de excluirla del ilustre círculo de posibles culpables.
—¿Entonces?
«¿Por qué no? — pensó Cüpper-. ¿A qué vienen tantos melindres? ¿Acaso no era eso lo que querías?»
—Por mí está bien -consintió-. Pero nada de peleas ni de echar a correr. Nada de muros.
—Nada de muros. Pásese a las nueve por el Stadtgarten. Tengo que ayudar un poco a Ulli, que actúa otra vez.
—No -replicó él, decidido.
—¿Cómo que no?
—Podemos ir más tarde. Dígale a Ulli que acarree él solo con la guitarra hasta el escenario. Usted ha quedado conmigo.
—¿Realmente quiere...?
—¡Pues claro!
El comisario imaginó que ella sonreía.
—Vale -dijo ella en voz baja.
—Bien. Quedamos en la puerta del zoo. Pasaré a recogerla.
Cuando colgó el teléfono, de repente se sintió más fuerte que un orangután. Hasta le entraron ganas de meterle un puro a Von Barneck.
Pero cuando llamó a la villa, el tipo no estaba en casa. Schmitz le dijo que había viajado a Frankfurt por negocios. Había llevado a su jefe al aeropuerto hacía una hora y no esperaba que regresara antes de las diez. A las diez del día siguiente, se entendía. Asombrosamente, o quizá no tanto, Eva Feldkamp lo acompañaba. Eso interrumpía por completo el avance de las pesquisas.
No le importaba. Así tendría toda una tarde para buscar la gran teoría en la que encajara todo.
Si es que la había.
MARION RIED
Cüpper había conseguido reservar una mesa en Le Moissonnier, lo que solía ser una empresa poco menos que imposible si no se planificaba comer allí, como mínimo, con dos semanas de antelación. Ocuparon su mesa apretados entre gente bulliciosa y durante casi toda la noche lograron no hablar ni de asesinatos ni del pasado de ambos.
Marion no esperaba que fueran a cenar y se sentía un poco desplazada con vaqueros, aunque Cüpper finalmente la convenció de que los vaqueros figuraban entre los logros más significativos de la humanidad; según él, el problema estaba más bien en los gastrónomos, por no haberse acostumbrado a ellos.
—Pero usted lleva traje, camisa blanca y corbata -dijo ella en algún momento, entre sorbo y sorbo de un Mas de Daumas Gassac del 86.
—Me ayuda a concentrarme en mi trabajo -bromeó el policía.
—¿Como ahora?
—No -sonrió Cüpper-. Ahora es simplemente un traje. Me gustan los trajes oscuros y las corbatas con motivos discretos.
Ella lo miró a los ojos y le devolvió la sonrisa.
—A lo mejor a mí también me gustan... Un poco.
De repente Cüpper pensó que Marion era la mujer más hermosa que había conocido nunca. Ensimismado, dio un sorbo a su copa y deseó ser un tigre.
—Hablando de otra cosa -dijo ella cuando se recostaron en la silla después de tomar el postre y el surtido de quesos-. Mañana habrá llegado la hora de la verdad.
—¿Por qué?
—Inka hizo testamento.
Espabilando de golpe, Cüpper dejó sobre la mesa su marc de champán. Resultaba evidente que era imposible rehuir el caso.
—No se preocupe -dijo-. No importa lo que le haya dejado en herencia: ya no está usted en mi lista.
—No es eso. — Su mano se deslizó por la mesa en busca de algo indefinido. Cüpper sintió el cosquilleo de sus dedos, que acariciaron los suyos y se retiraron inmediatamente, aunque él lo percibió como una corriente de alta tensión-. Inka no era la clase de persona que hace testamento. Ella creía haber arrendado su vida.
—¿De verdad no sabía nada del testamento?
—No. Ella dijo en numerosas ocasiones que no pensaba hacerlo. Bueno, mañana es la lectura -añadió Marion, y apartó la vista-. ¿Sus padres viven aún? — le preguntó a Cüpper con la mirada perdida.
—Sí.
—¿Sanos? ¿Felices?
—Las dos cosas. Tienen una casa en Lindenthal con un jardín en la parte trasera. No nos vemos con frecuencia, pero nos llevamos bien.
Por un momento, el ambiente amenazó con volverse melancólico. Entonces, Marion golpeó la mesa con la mano y esbozó una amplia sonrisa.
—Bien, vayamos al Stadtgarten y dejemos a Ulli con un palmo de narices -dijo con una risita maliciosa.
Cüpper se sintió triste de repente y luchó con denuedo contra ese sentimiento.
¿Acaso estaba celoso?
Luego Cüpper quiso pagar la cuenta, y Marion también. Durante unos minutos estuvieron forcejeando, hasta que los dos encajaron sus monederos en el cinturón y solucionaron el asunto a la manera de los pistoleros, pero Cüpper fue más rápido. Ella se echó a reír y sus ojos verdes lanzaron un destello de júbilo.
Y el comisario se dio cuenta de lo que había pasado. Sencillamente, había pasado...
Derrotado, acató su destino, aceptó a Ulli Stoerer y se consoló pensando que la perdía sin haberla tenido nunca.
El Stadtgarten estaba hasta los topes. Cuando entraron en el bar, Ulrich Stoerer estaba tomando un coñac.
—¿Alcohol? — susurró Cüpper al oído de Marion cuando Ulli se separó de la barra y se les acercó-. ¿Qué pasa con su karma? ¿Acaso los extraterrestres no prohibieron toda clase de drogas?
—Sí, pero luego vinieron otros que sostenían otra opinión. — Marion arrugó la nariz-. Los extraterrestres aterrizan siempre como mejor le parece a Ulli.
—¡Eh! — El músico rodeó el hombro de su novia con un brazo y le guiñó un ojo a Cüpper-. Un poco tarde para hacer pesquisas, ¿no?
—No estoy haciendo pesquisas -respondió el policía, esforzándose por ser amable.
—¿En serio? Tío, yo creía que la pasma estaba permanentemente de servicio. Como si todos los polis hubieran nacido con la gorra puesta. — Soltó una carcajada y le dio un leve empujón a Cüpper en el pecho con el dedo índice-. En cualquier caso, me parece genial que haya venido. Marion debe de haberle contado un montón de cosas. Lo que hacemos es muy fashion: ¡puro astrojazz! ¿Sabía usted que la música surge bajo la influencia de la radiación cósmica concentrada?
—Estás diciendo gilipolleces -replicó Marion con brusquedad.
—Claro, todos decimos gilipolleces. El universo es un montón de mierda. — Ulli sonrió y atrajo a Marion hacia sí mientras miraba de hito en hito a Cüpper-. En cambio, mi música no es una mierda. ¿A que tengo razón, pequeña?
—Sí. — Ella se soltó de su abrazo y le acarició la mejilla como a un niño pequeño-. ¿No te toca actuar ya?
Ulli parecía irritado. Bebió su coñac de un trago y miró a la chica.
—Sí, dentro de unos minutos. Pero antes tenemos que cambiarnos.
—Claro. — Ella señaló a Cüpper-. Romanus se muere de ganas de oírte tocar.
Ulli dirigió una mirada cargada de dudas al policía. Luego se encogió de hombros y soltó una risita.
—¡Os vais a enterar de lo que es bueno! — dijo, y desapareció detrás de la barra, por donde se accedía a los vestuarios.
Cüpper se mordió el labio. Luego decidió ser franco.
—Marion, ya se lo pregunté una vez, pero ¿cómo lo soporta?
Contaba con una respuesta insolente que echara por tierra la complicidad que había surgido entre ellos a lo largo de la noche. Sin embargo, ella apoyó la cabeza en su hombro y dijo:
—No lo sé.
Sonaba sencillo y definitivo.
Durante un rato permanecieron así, ya que Cüpper no se atrevía a moverse.
—¿Quiere tomar algo? — preguntó ella.
—Kölsch.
Marion asintió y fue a la barra. Cuando regresó, los músicos estaban subiendo ya al escenario.
—Ulli es como un niño grande. Me quiere, está enganchado a mí. A veces pienso que deberíamos poner fin a la relación, pero luego me preocupa lo que sería de él. Si me quisiera un poco menos, todo sería mucho más sencillo. — Hizo chocar su jarra con la de él-. Bueno, salud.
—¿Sabe que con la compasión no se va a ninguna parte?
—Sí. — Ella le miró-. ¿Qué errores cometió usted?
Cüpper contempló cómo desaparecía la espuma de su cerveza.
—Cultivar hábitos.
—¿Durante cuánto tiempo?
En ese momento, Ulli salió al escenario, se colgó la guitarra y miró al público al tiempo que sonreía ampliamente. Se había cambiado de ropa y llevaba un traje ancho de un color negro brillante.
—Demasiado tiempo.
La banda empezó a tocar.
«Realmente Ulli es un guitarrista extraordinario», constató Cüpper. El joven parecía haber dejado en los vestuarios su lado pueril y exagerado, y ahora se lo veía concentrado y seguro de sí mismo. Alguien que sabía de lo que era capaz. Con cada movimiento, su traje lanzaba destellos, fulguraba como la música, centelleaba con las luces verdes y rojas de los focos.
Brillaba...
De repente Cüpper sintió como si le hubieran dado un latigazo.
Esperó a que Ulli anunciara el último tema, se inclinó sobre Marion y dijo:
—Perdóneme un momento. Me ha parecido ver que un conocido desaparecía por detrás del escenario.
—¿Quién?
—Antes estaba en el bar. Guárdeme el sitio, ¿vale? Volveré dentro de cinco minutos.
—De acuerdo.
—Ah, Marion. — Cogió suavemente su barbilla entre el pulgar y el índice y añadió-: No se me escape corriendo.
Ella sonrió.
—Descuide.
Cüpper se abrió paso a través de la muchedumbre, se dirigió hacia el pasillo que daba a los vestuarios de los artistas, entró y esperó. En la sala resonó un épico acorde final. Los aplausos fueron comedidos, y Cüpper tuvo que aguardar a que los músicos bajaran del escenario. Entonces el comisario avanzó un paso y agarró a Ulli del brazo en cuanto entró en el vestuario.
—¡Eh, Cüpper, qué...!
—Tengo que hablar con usted donde nadie nos moleste.
—¡Dios santo! ¡Si es como en la teleserie «Derrick»!
Se zafó del agarrón de Cüpper y abrió una puerta.
—¿Le parece bien la sala de los ensayos?
El comisario asintió, lo empujó adentro y luego fue tras él. La habitación estaba vacía, salvo por una vieja batería sin platos. El sitio ideal para aclarar unas cuantas cosas. Ulli lo miró con recelo. De repente ya no parecía tan cómico ni tan astral como de costumbre.
—Es usted uno de los guitarristas mejores que he oído.
La mandíbula de Ulli descendió unos centímetros y luego volvió a subir. «Está nervioso -pensó Cüpper-. Mejor.»
—¿Es eso lo que quería decirme?
—Claro.
—Gracias. Entonces voy a...
—No, usted no va a ir a ningún sitio. Aparte de eso, es usted un estúpido redomado.
—¿Qué? — resopló Ulli-. Escúcheme, poli engreído, eso no se lo consiento. Sale por ahí con mi novia, tiene la desfachatez de agarrar a Marion delante de mí, ¡y ahora, encima, esto!
Cüpper se apoyó en la puerta y se cruzó tranquilamente de brazos.
—Bonito traje, Ulli.
—¡Apártese de mi camino!
—Desde luego que sí -Cüpper se apartó complacientemente-. Pero entonces lo detendrá mi gente, y le advierto que eso será mucho más desagradable para usted.
Ulrich Stoerer se detuvo de pronto.
—¿A qué se refiere?
—A que no hay muchos hombres que lleven trajes negros de lentejuelas.
—¿Y?
—Y que pierdan una en el escenario de un crimen. Es penoso, Ulli.
El joven palideció, al tiempo que las manos comenzaron a temblarle visiblemente.
—¿Qué disparates está diciendo?
Cüpper decidió dejar a un lado la diplomacia, dio un paso al frente, agarró a Ulli por las solapas y lo arrinconó contra la batería. El músico no hizo amago de defenderse. Estaba blanco como la tiza.
—Quiero decir que no fue una buena idea cargarse a la madre de Marion -gruñó Cüpper.
—¡Eso... eso no es cierto!
—¿No? Presta atención, hijo. Podemos arreglarlo de otra manera.
En primer lugar, falso testimonio, por lo de Max Stark.
—¡Tengo un testigo!
—Sí, tu colega. Podemos interrogarlo. ¿Cuánto tiempo crees que aguantará con su declaración?
Ulli apartó la cabeza. Le temblaba todo el cuerpo.
—En segundo lugar, asesinato de Inka von Barneck.
—¡No! — Ulli intentó soltarse. Cüpper lo empujó contra el canto del tambor-. ¡Por favor! Yo no fui. ¡No le hice nada a Inka, lo juro!
—¿Ah, sí? ¿Lo juras? Otros muchos han jurado antes que tú.
—¡Yo no fui!
—Primero te acostaste con ella y luego le rajaste la garganta. Probablemente tuvieras miedo de que se lo contara a su hija, ¿no fue así?
—¡No!
—Si yo te digo que fue así, es que fue así.
—Por favor. — A Ulli le temblaba la mandíbula. El comisario lo soltó-. Sí, es cierto. Me lié con la madre de Marion. Un día vino a uno de mis conciertos. Marion tuvo que marcharse antes, y entonces ella se me echó al cuello. ¿Qué quería que hiciera?
—Pobre hijo.
Ulli le dirigió una mirada penetrante en la que se mezclaban el miedo y el odio.
—¡No sabe cómo era ella! Usted tampoco podría haberse resistido. Lo que Inka quería lo conseguía. Y ese día quería montárselo con el novio de su hija.
—El asesinato se castiga con cadena perpetua, Ulli.
—¡Yo no la maté! — aulló él-. Quedamos a las siete y media en su casa. Luego ella me llevó a Vintage, donde la conocía todo el mundo, maldita sea. Yo no quería y le dije: «Estás loca; alguien podría vernos.» Pero a esa vieja bruja le importaba un pimiento. Insistió. ¡El riesgo de ser descubierta la ponía cachonda! Me llevaba como a un perrito faldero, y tuve que hacer todo lo que me pedía para que me dejaran entrar en el garito con ella. Juro que fue así. Luego regresamos hacia las nueve, no me acuerdo exactamente, y lo hicimos en el cuarto de estar, en el suelo. Yo llevaba esta chaqueta porque me lo había pedido ella, pero luego se hartó de mí y me echó sobre las diez de la noche. Me dijo que esperaba a otro. ¡Fue ese otro! ¡Compruébelo! ¡No fui yo, le digo!
Cüpper miró al pobre miserable que estaba a sus pies y meneó la cabeza.
—¿Y qué dirá Marion cuando se entere, Ulli? — dijo en voz baja.
Los ojos del joven reflejaron terror. Se le acercó de rodillas y juntó las manos.
—¡Por favor, no! ¡No se lo diga!
—¿Tanto la quieres?
—Yo... -Un destello de picardía cruzó por su mirada-. Compréndalo. Tengo grandes proyectos: estoy escribiendo un musical y quiero hacer una gira. Y quizá Marion herede mucho dinero. Claro que la quiero, la quiero más que a mi propia vida, yo...
Cüpper se puso en cuclillas y apoyó suavemente la mano derecha en su hombro.
—Te entiendo a la perfección -dijo afablemente-. Por lo demás, sé que tú no la mataste.
—Gracias -balbuceó Ulli en un tono apenas audible.
—Eres demasiado estúpido como para matar a alguien. Pero Marion no lo es. Te necesita tanto como una úlcera de estómago, pero te lleva a cuestas porque cree sinceramente que la úlcera no puede vivir sin ella. Por eso no toma ningún medicamento. En lo que a mí respecta, opino de manera muy distinta. A mí las úlceras no me inspiran la más mínima compasión. — Cüpper se incorporó-. Termina tu relación con ella. Invéntate cualquier cosa, dile que te has enamorado de otra.
—Pero...
—Si no lo haces y, en el plazo de una semana, no recibo la correspondiente contestación, me veré obligado a contarle la verdad a Marion, y es muy posible que entonces se le ocurra variar un poco el menú de sus fieras: músico en salsa de sudor frío. Aparte de eso, te llevaría ante el juez por prestar falso testimonio. — Le guiñó un ojo a Ulli y sonrió-. Quizá lo piense mejor y deje de creer que eres demasiado estúpido para cometer un asesinato.
La expresión en el rostro de Ulli era indescriptible.
—De acuerdo -graznó.
Hastiado, el policía dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
—¡Cüpper!
—¿Qué pasa ahora?
—Usted no es mejor que yo.
El comisario permaneció pensativo.
—Es posible, Ulli. Pero sí más listo.
—¿Dónde se ha metido todo este tiempo? — dijo Marion cuando lo vio volver al bar de buen humor.
—Lo siento. Me he liado a hablar.
—Ah -dijo ella con una sonrisa-. ¿De qué?
—Bueno, del amor y cosas así.
—Tome. Para usted.
Ella le tendió una rosa. Cüpper no daba crédito a sus ojos.
—¿Para mí?
—Me dan pena los vendedores de flores. Además, me parece que le pega.
Cüpper cogió su regalo y se sintió extrañamente desvalido.
—Nadie me había regalado nunca una rosa.
—¿No? — Marion le propinó un tierno golpe con el puño cerrado en la nariz-. ¡Pues ya iba siendo hora!
Más tarde, Cüpper la acompañó hasta la puerta de su casa, donde permanecieron unos instantes sin saber muy bien qué decir.
—Bueno -dijo ella finalmente-. Ha sido una bonita noche. Gracias.
—Gracias por la rosa.
—Lo llamaré en cuanto sepa qué dice el testamento.
—Sí. Hágalo.
De nuevo se hizo el silencio. Parecían mosquitos atrapados en una piedra de ámbar.
«Ahora», se dijo Cüpper, y sintió ganas de gritar.
Al momento siguiente, la tenía entre sus brazos, notaba cómo latía su corazón, y más aún el suyo.
—Ya no quiero ser un gato -susurró ella.
Él la mantuvo abrazada en silencio.
Al cabo de unos instantes, ella se soltó y lo miró a los ojos.
—¿Me protegerás?
—Si te dejas proteger...
—Ya veremos.
Rápidamente ella se inclinó hacia adelante, lo besó en los labios y desapareció en la oscuridad del portal como si nunca hubiera existido. El ruido de la puerta al cerrarse sirvió para que Cüpper se separara definitivamente de ella.
Se encogió de hombros y emprendió el camino de vuelta hacia su casa.
Pero aún conservaba el aroma, el tacto y el sonido de la voz de Marion cuando regresó a su piso vacío.
Y de repente, ya no le pareció tan vacío.
CUARTO DÍA
LLEGADA
Era por la mañana y Schmitz esperaba ante las puertas de salida mientras miraba una y otra vez su reloj. El avión de Von Barneck había aterrizado a su debido tiempo. Eran las diez y diez. O mejor dicho, acababan de serlo. Entretanto, habría pasado un minuto, o tal vez dos.
Schmitz comprobó de nuevo la hora.
Sabía que esa costumbre sacaba de quicio a su mujer, pero él era así y no podía remediarlo. A veces, él mismo ponía en duda el sentido y la finalidad de esa fastidiosa manía. ¿De qué quería asegurarse? ¿De que el reloj seguía en su sitio? Ridículo. Pero le encantaba la precisión, y también su reloj.
Por si acaso, le echó otra rápida ojeada.
Las puertas de salida se abrieron entonces y por ellas comenzaron a salir hombres de negocios con corbatas baratas y pantalones mal confeccionados. En cambio, daba gusto ver la espigada figura de Von Barneck, vestida de impecable Armani. Schmitz sacó pecho y se apresuró a salir al encuentro de su jefe. Como siempre, se sentía orgulloso, pero no sabía exactamente si de Von Barneck o de ser el mejor mayordomo de Alemania.
—¿Qué tal el vuelo, señor? — preguntó cogiendo el equipaje de Von Barneck.
—Una locura. — El millonario bostezó y se atusó el pelo-. Capas de aire frío y caliente en pugna.
—Lamentable. El coche no está lejos.
—La reunión de anoche fue agotadora. He dormido poco. Hágame el favor de encargarme un desayuno consistente.
—Por supuesto. ¿Huevos con beicon?
—Me temo que no -dijo una voz delante de ellos.
Dos hombres les interceptaron el paso y acto seguido se identificaron.
—¡Cómo se atreve! — exclamó Schmitz, enojado; luego reconoció a uno de los dos-. ¿No es usted...?
—Rabenhorst, de la brigada de investigación criminal. Señor Von Barneck, le ruego que me acompañe a la comisaría.
Schmitz miró asustado a los policías y a su jefe, esforzándose por no perder la compostura. El millonario permaneció impertérrito.
—¿Estoy detenido?
—No -repuso el inspector-, pero tenemos que hablar de algunos puntos oscuros en la investigación. Por favor, le ruego que no oponga usted resistencia.
—No se preocupe. Todo va bien, Schmitz. Váyase a casa; yo llegaré más tarde.
—De acuerdo -respondió Schmitz tragando saliva.
—Cuando quieran, señores.
El mayordomo observó cómo se alejaban y por un momento no supo qué hacer. «¡Qué historia tan truculenta!», se dijo.
Suspiró y miró su reloj.
CLÍNICA
La vida se iba abriendo paso... y finalmente permitió que Astrid Hasling abriera de nuevo los ojos.
No sabía dónde estaba.
Lo último que recordaba era una banalidad, un italiano que le había preguntado por Inka y al que había visto alguna vez anteriormente.
Y de pronto recordó también dónde.
Recobró la memoria, y comenzó a gritar.
EL JEROGLÍFICO
Cüpper contemplaba su rosa como si en realidad fueran tres docenas. Había recorrido media jefatura de policía en busca de un jarrón. En su casa ya no quedaba ninguno. Al parecer, todos los jarrones, las jarras y los tiestos eran también de ella.
Al final, una empleada de la cafetería se apiadó de él, y ahora la rosa estaba dentro de un vaso medidor y ennoblecía el escritorio de Cüpper.
—Han llegado el señor Rabenhorst y el señor Von Barneck -chirrió el intercomunicador.
—Que pasen.
Cüpper sentía curiosidad. Las comprobaciones de Rabenhorst en el auditorio no habían aportado los resultados esperados. Allí le habían dicho que era muy posible que alguien se hubiera marchado antes de tiempo la noche en cuestión; eso era algo que sucedía a menudo, pero no se acordaban de nadie en concreto.
Von Barneck no parecía particularmente inquieto. Saludó con la cabeza a Cüpper y tomó asiento sin esperar a que nadie se lo ofreciera.
—¿Café? — preguntó Cüpper.
—Déjese de formalidades y vaya al grano. Tengo que ir a ver al notario.
—Bien. ¿Dónde estuvo la noche en que murió Hartmann?
—¡Lo sabe de sobra! ¿Por qué tengo que repetirlo todo cien veces?
—Porque se lo pregunto cien veces. ¿Qué hacía en casa de Eva Feldkamp?
«Atrapado», dijo la expresión en el rostro de Von Barneck. Luego, en una rápida sucesión, pasó de la ira a la reflexión y más tarde entró en razón. Cüpper no se había equivocado: el millonario era demasiado listo como para mantener tercamente su postura.
—Eva y yo tenemos...
—¿Un lío? — terció Rabenhorst.
—Su manera de expresarse es un tanto vulgar.
Von Barneck sonrió. «Parece cansado -pensó Cüpper-. Da la impresión de que se alegre de que lo hayamos desenmascarado.»
—¿Estaba enterada su esposa? — le preguntó.
—No. Era importante que Inka no supiera nada. Ya conoce el trasfondo financiero.
—Francamente, su mujer no era un ángel, que digamos. ¿Realmente le habría concedido tanta importancia a sus tejemanejes como para divorciarse?
Von Barneck meneó la cabeza.
—No lo entiende. Era yo quien quería el divorcio. Quiero casarme con Eva. La amo.
Sus palabras brotaron titubeantes, con desgana. Parecía que al empresario le costara un gran esfuerzo hablar de sentimientos.
Cüpper y Rabenhorst intercambiaron una rápida mirada.
—Sé que eso puede inducirles a pensar que yo maté a Inka -continuó Von Barneck-. Pero no fue así. Busqué febrilmente una solución que la complaciera -dijo con la mirada perdida en el vacío-. Inka no tenía los mismos intereses que otra gente. Todo le daba igual. Rompía con todos en cuanto se aburría de ellos, cosa que por lo general ocurría muy pronto. Pero había algo que no soportaba.
—Que otro diera el primer paso -aventuró Cüpper.
—Es usted un chico listo. Verá, yo sabía lo que sucedería si pedía el divorcio. Ella se enfurecería y querría vengarse dejándome en la ruina. — Apoyó la barbilla en las manos-. Si no hubiera sabido que se divertía a costa de las miserias de los demás, habría estado tentado de sentir lástima por ella.
Cüpper lo escudriñó con la mirada.
—¿Por qué se casó con ella?
Von Barneck se encogió de hombros.
—No crea que era una bruja sin escrúpulos. Poseía mucho atractivo. Cuando quería, era la persona más cariñosa del mundo. Era capaz de entusiasmarse y de entusiasmar a los demás. Por aquel entonces, un buen día se obsesionó con la idea del matrimonio, igual que años antes se había obsesionado con tener hijos. Entonces nació Marion, e Inka perdió el interés. Yo mismo tenía poco tiempo para ocuparme de la niña.
—Y seguramente también pocas ganas, ¿no es así?
—Sí. ¿Para qué voy a negarlo? Quizá hubiera acabado haciéndome ilusión, pero Marion se fue de casa y no quiso tener nada que ver con nosotros. No se lo puedo echar en cara. Entretanto, Inka sopesó sus intereses y decidió que yo le interesaba tan poco como su hija.
—Y entonces llegó Eva...
Von Barneck asintió levemente con la cabeza.
—Entonces llegó Eva. Soy un hombre de negocios, Cüpper. Me interesa mucho el dinero. Mentiría si dijera que en mi matrimonio con Inka el dinero no tenía ninguna importancia. Pero de repente me vi en la tesitura de tener que elegir entre Eva o el dinero. He pasado muchas noches en blanco buscando soluciones. — Se interrumpió y miró al policía-. Naturalmente, también se me ocurrió liquidar a Inka. Nadie está libre de esos pensamientos. Si usted pudiera detener a toda la gente buena, tolerante y honesta que nos rodea por sus pensamientos, las cárceles no darían abasto.
A Cüpper le dio la risa.
—Usted podría construir más cárceles.
Von Barneck sonrió a su vez.
—Usted mismo acabaría en una celda, comisario.
—Es posible. ¿Le apetece ahora ese café?
—Con mucho gusto.
Cüpper se acercó al intercomunicador para pedir café, al tiempo que acariciaba con la mano el vaso de la rosa. Pero éste se volcó lentamente y cayó por el borde del escritorio. Mientras el policía ponía a prueba sus reflejos, vio cómo los dedos de Von Barneck se cerraban en torno al vaso suspendido en el aire y volvían a depositarlo suavemente encima del escritorio. Fue a decir algo, pero en lugar de ello siguió con el brazo estirado, mirando fijamente su rosa.
De pronto tuvo la impresión de que acababa de encontrar la respuesta a todas las preguntas sin entenderla.
—¡Eh!
El vaso con la rosa. Un jeroglífico.
—¡Eh, jefe!
Cüpper se estremeció y miró a Rabenhorst.
—¿Se encuentra bien?
—¿Cómo? Sí -respondió, y se dirigió a Von Barneck-: Gracias por salvar mi rosa. Rabenhorst, sea bueno y vaya por ese café. — El inspector hizo una mueca de disgusto, respiró profundamente y salió del despacho-. Bueno -dijo Cüpper tras una breve pausa-, ¿a qué venía ese numerito del auditorio?
—Después del asesinato, Eva y yo debíamos ocultarnos. ¿Qué impresión habríamos dado si nada más morir Inka de repente se descubriera que estábamos enamorados? Quizá tomamos unas medidas de precaución exageradas, pero la gente como usted habría sacado una conclusión equivocada.
—En las obras también hicieron teatro.
—No del todo. Estábamos verdaderamente afectados. Naturalmente, envié a Max al auditorio en mi lugar, pero fue un encargo rutinario e inofensivo.
—¿Y lo del destornillador?
—Se le ocurrió a Eva espontáneamente. Pero no la considere una desalmada por ello. Está un poco mal de los nervios, eso es todo.
—Hum... Demasiado teatro, me parece a mí. Habría tenido mil posibilidades de encontrarse con la señora Feldkamp sin llamar la atención de nadie.
—Digamos que reaccioné de manera exagerada. ¿No le sucede a usted también a veces?
—Sí.
Cüpper estaba distraído. Tenía la impresión de que Von Barneck se le escapaba de las manos. Le rondaba por la cabeza la imagen de la rosa caída. Una rosa que se cae. Un vaso con una rosa. ¿Qué demonios...?
Sus pensamientos fueron súbitamente interrumpidos. Rabenhorst entró golpeando la puerta contra la pared, como si lo persiguieran mil clones de su madre.
—¿Dónde está el café? — preguntó Cüpper.
—Café, café... -A Rabenhorst le faltaba el aire-. Acaban de llamar del hospital. La Hasling se ha despertado.
—¡Al fin! — exclamó Cüpper-. Escuche, Rabenhorst...
—¿Sabe cuáles fueron sus primeras palabras? «El italiano. Conozco al italiano.»
—Rabenhorst...
—«Y se parece a...»
—¡ Rabenhorst!
—«... la secretaria de Fritz von Barneck.»
El empresario abrió unos ojos como platos.
—¿Qué significa eso? — inquirió, y acto seguido señaló a Rabenhorst-. ¿De qué está hablando este hombre?
Cüpper se hundió en el abrazo de su sillón acolchado, que tanto consuelo le aportaba.
—Rabenhorst -suspiró-. Ay, Rabenhorst, ¿qué ha hecho usted para merecer venir a este mundo?
Durante un rato, ambos policías guardaron silencio. Cüpper agarraba enfurruñado el volante, dando una imagen muy distinta de lo que debería ser un buen conductor. Pasó varios semáforos en rojo y cogió a toda velocidad la carretera que llevaba al hospital.
—¡Estúpido! — exclamó finalmente Cüpper-. ¡A quién se le ocurre entrar así en el despacho y soltar una novedad tan importante para el caso delante de uno de los principales sospechosos! ¡Podría haberlo publicado directamente en el periódico!
—Creía que ya no era tan sospechoso -murmuró Rabenhorst mirando por la ventanilla.
—Creía, creía... -gruñó Cüpper.
Con los neumáticos echando humo, el policía aparcó frente a la entrada principal y subió la escalera hecho una furia. Rabenhorst lo siguió a trompicones.
—No puede usted... -empezó a decir un portero.
—Sí puedo. Brigada de investigación criminal.
—Sí... eh... puede -dijo Rabenhorst, disculpándolo y esforzándose por no quedarse atrás.
—¿Por qué está usted aquí? — inquirió Cüpper, resoplando como una locomotora-. Entretanto, podría detener a Eva.
—No puedo, y usted lo sabe -jadeó Rabenhorst-. Von Barneck ha dicho que ella se va a quedar un día más en Frankfurt. No llegará hasta mañana.
—¡Mierda!
—¡Maldita sea! — Rabenhorst agarró a Cüpper por el brazo y lo sujetó-. He cometido un error, lo reconozco. Pero ¿es ésa razón suficiente para mostrarme los dientes durante toda la eternidad?
—¡Sí!
—¿Y qué quiere que haga? ¿Pedirle perdón de rodillas?
—Es lo mínimo.
—Está bien; no volverá a pasar, se lo aseguro. ¿Qué más puedo hacer? ¡Ya está: le compraré un restaurante!
—Grrr.
—Uno con estrellas.
—Puf.
—Una cervecería, entonces.
Cüpper se detuvo. Intentaba parecer enfadado, pero de repente le entró la risa.
—Propóngame algo que esté dentro de sus posibilidades.
—Está bien. Lo invito a comer estofado a la vinagreta.
—¿Cómo dice?
—Sí -Rabenhorst asintió, solícito-. Yo cocino. Usted sólo dígame cuándo.
Cüpper lo observó como si su ayudante hubiera perdido la razón.
—¡No me diga que me invita a comer estofado! — exclamó-. Reconozco que debo de estar zumbado, pero acepto.
—Alabado sea el Señor -suspiró Rabenhorst, y hombro con hombro, los dos policías desfilaron por el pasillo que conducía a la habitación de Astrid.
NOTARÍA
Päffgen cambiaba las actas de derecha a izquierda. Las gafas le resbalaban por el puente de la nariz. Se las subió, pero volvieron a deslizarse.
Ante él estaba sentado el tal Von Barneck. Un hombre rico, se decía. A Päffgen le gustaba que lo fuera. Pensó que los hombres ricos eran buenas personas.
Apagó el cigarrillo y sacó otro de la cajetilla.
A su lado estaba la hija de Inka von Barneck. O, más exactamente, la hija de Inka Ried, llamada Marion Ried.
Nadie más.
Abrió el sobre y de él sacó un folio escrito a mano y firmado por Inka von Barneck.
—Voy a dar lectura a la última voluntad -declaró-. Es plenamente legal y no es impugnable. ¿Quiere alguien decir algo antes?
Silencio. Päffgen se subió nuevamente las gafas, que por supuesto volvieron a resbalar. Sacó un cigarrillo del paquete, lo encendió, dio una honda calada y lo dejó en el cenicero. Para su sorpresa, comprobó que a su lado había otro humeando.
—«Yo, Inka von Barneck -leyó en voz alta-, lego la totalidad de mis bienes a mi hija Marion. Lo siento, Fritz.»
Ambos, Fritz von Barneck y Marion Ried, lo miraron desconcertados.
—Dice «Lo siento, Fritz» -se apresuró a aclarar el notario-. No me lo he inventado.
Volvió a echar mano de la cajetilla.
—Firmado: Inka von Barneck -concluyó.
PISTAS FALSAS
Astrid Hasling parecía descansada. No se acordaba de nada de lo sucedido en los últimos días y noches. Tenía un apetito insaciable y bebía agua sin parar. Daba la impresión de que no tenía que recuperar una semana escasa, sino años en realidad, una vez liberada de su prepotente rival.
Tras la muerte de Inka, Astrid empezaba a vivir.
Cuando Cüpper le preguntó por el italiano, ella le contó que, poco antes de la ruptura, Inka la había invitado a su casa por Año Nuevo. Ese día, Eva Feldkamp inauguró la comida con una breve charla aguda y llena de alusiones, que resultó ser más bien una parodia de un discurso. Al parecer, Astrid admiraba a esa mujer. Cüpper quiso saber si ese día había hablado con Eva Feldkamp, cosa que ella negó. Eva ni siquiera se había dado cuenta de su presencia.
Y ahora había salido de su estado catatónico con la certeza de haberse encontrado con ella: el italiano tenía los rasgos de Eva.
Cüpper llamó a la jefatura solicitando que un dibujante de la policía acudiera al hospital. El retrato robot mostraba sobre el papel a un hombre que podría haber sido perfectamente Eva, si se prescindía del bigote y se sustituía la peluca negra por una larga cabellera de color castaño.
Rabenhorst le preguntó entonces a Astrid por la noche en la que fue asesinada Inka, y ella le informó complacientemente. Casi todo lo que le dijo coincidía con la teoría de Cüpper.
Cuando por fin salieron de la clínica, el comisario se sentía aliviado, como si se hubiera quitado un peso de encima. No obstante, había otra cosa que le inquietaba, y no sabía si contársela a Rabenhorst. Pero ¿qué argumento sólido podría ocurrírsele al inspector acerca de los misterios que encerraba una rosa roja de tallo largo metida en un vaso medidor, que se vuelca sobre un escritorio y es recogida y vuelta a colocar sobre la mesa?
—Así que todo lo ha maquinado Eva -observó Rabenhorst.
Estaban sentados en el despacho de Cüpper, tomando demasiados cafés y pergeñando la gran teoría que lo relacionara todo.
—Von Barneck ha sido una víctima como todos los demás -siguió hilvanando Cüpper el hilo.
—Sí. Ella decidió convertirse en su esposa, así que Inka debía desaparecer. Eva lo tenía todo planeado desde hacía mucho, y ese plan también incluía dejarnos el mayor número posible de pistas falsas.
—¡Y le salió condenadamente bien! La pista que llevaba a Milán era perfecta. Ganarse a Max como cómplice debió de ser su primer paso. Él mantenía una relación con Inka que fue utilizada para sacar fotos comprometedoras.
—Fotos que naturalmente debíamos encontrar nosotros.
—Sí, eso estaba planeado. Sólo que Eva ocultó al bueno de Max que, a cambio, él tendría que morir.
—Max e Inka: pista falsa número uno.
—Luego estaba el camello de Inka. Eva y Max averiguaron dónde y cuándo se hacía la entrega de la droga, y también que Inka tenía algo con el tipo. Uno de los dos la siguió a escondidas y sacó las fotos del parque.
—Inka y la mafia de la droga: pista falsa número dos.
—Max pone fin a la relación con Inka y le planta las fotos delante de las narices. Ella es vengativa, pero no estúpida, y acuerdan no denunciarse mutuamente. Luego a Eva se le ocurre la idea de hacer que, más tarde, aparezca otra vez el camello en Colonia, para acabar de liar las cosas. Se disfraza de él y hace todo lo posible por ser vista.
—Pista falsa número dos y medio: Inka y el camello.
—Genial -comentó Cüpper-. Sin embargo, ella no contaba con que precisamente Astrid Hasling se cruzaría en su camino.
—El famoso fallo en el sistema -asintió Rabenhorst.
—Sí, pero al principio el fallo es imperceptible. Max mata a Inka. Eva tiene libre acceso a Von Barneck; el plan ha salido bien. Ya sólo estorba uno.
—Max.
—Exacto. Probablemente ella le contara que, después de la boda, se cargaría a Fritz y repartiría la herencia con él.
—Así que finge una dudosa cita en el cinturón verde de la ciudad, lleva hasta allí a Max en coche y lo mata. Con anterioridad ha convencido a Von Barneck para montar el pequeño espectáculo en las obras.
—Max, el ángel; Fritz, el cerdo. — Cüpper soltó una carcajada-. Pista falsa número tres. Eva pudo desviar las sospechas hacia Von Barneck sin ningún problema, porque él tenía una coartada para las dos noches.
Rabenhorst parecía insatisfecho.
—No obstante... Todo encaja, pero ¿por qué maniató a Max? La creo capaz de apuñalarlo por la espalda, pero ¿maniatarlo? Un metro noventa de estatura, bien entrenado y nada tonto ni mucho menos incauto.
Cüpper se miró las puntas de los zapatos y se paró a pensar. De repente tuvo una idea.
—¿Y si lo drogó? — sugirió.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—En su casa, poco después de que Von Barneck se fue. Max estaba en el auditorio y fue a casa de ella para que ésta lo acompañara a su cita. Entonces Eva le echa algo en la limonada, le ata las manos por si acaso se despierta antes de tiempo, carga con él hasta el coche, lo lleva a las afueras de la ciudad y lo liquida.
Rabenhorst hizo una mueca.
—¿Un narcótico? ¿Y luego lo arrastró hasta el coche? ¡Venga ya!
Cüpper guardó silencio. Su ayudante tenía razón. Aquello no se sostenía.
—En cualquier caso, tenemos que detenerla.
—Von Barneck dijo que su avión aterrizaría mañana al mediodía.
—Sí. La detendremos en el aeropuerto.
—Y archivaremos el caso.
Cüpper dio un papirotazo a una goma con el dedo índice y miró por la ventana.
Una rosa en un vaso, que se cae...
SÜDSTADT
Eva Feldkamp fue a coger la copa, pero no atinó.
—¿Has perdido el sentido de la orientación? — le preguntó alguien, riendo.
Bloqueo mental. Relámpagos tras los párpados.
¿Dónde estaba?
Ah, sí, en su casa. Nada más entrar la esperaba una botella de champán y dos copas, y...
—No me encuentro muy bien -balbuceó; le costaba hablar.
—No me extraña -dijo la voz.
Ella entornó los ojos. La sombra imprecisa que tenía delante se convirtió de nuevo en un hombre. Alto, con el pelo blanco y ondulado, sonriente.
—He tenido que echarte algo en la copa -dijo él amablemente-. Ya sabes que hemos utilizado eso alguna vez.
La noticia le sentó como una patada en la boca del estómago. Había caído en la trampa. Aterrorizada, intentó incorporarse.
—¿Qué... has hecho?
—Tranquila, cariño. Estate tranquila.
Exhausta, se desplomó.
—Has resultado ser muy útil, pero todo papel tiene un final. No seas vanidosa. Ya has recibido tus aplausos.
Ella tragó saliva.
—No puedes hacerme... eso...
Él se levantó y se puso a su espalda. Ahora ella sólo oía su voz.
—Ha habido dificultades. El tal Cüpper no es nada tonto. Figúrate que hasta ha descubierto la artimaña del auditorio.
Oía sus pasos en la moqueta: puf, puf, puf. Pero en su cabeza parecían dilatarse una eternidad; era como si su conciencia tuviera que acarrear con un universo en expansión. La droga iba haciéndole cada vez más efecto.
—Pero lo peor es que han descubierto tu disfraz. Saben que el italiano en realidad eras tú, lo cual es una pena, claro. Ahora vendrán y te interrogarán, y tú, después de resistir durante una hora más o menos, abrirás la boca y les contarás todo lo que quieren oír. Siempre has sido un poco sentimental.
Sus palabras se alzaban como montañas.
Puf, puf, puf...
—Les he dicho que permanecerías otro día más en Frankfurt y se lo han creído.
Hizo una pausa.
Tras los párpados, Eva veía pequeños soles que explotaban. Pugnó por abrir los ojos.
Puf, puf...
—Imagino que Cüpper vendrá a echar un vistazo a tu casa. Pero tardará bastante en obtener pruebas sólidas contra ti. Hasta entonces, por lo menos, no has de tener miedo de que desmantelen tu valiosa vivienda.
Él reapareció en su campo visual. ¿Había crecido? ¿Se había inflado? Parecía un globo con una corona blanca.
—Qué... -logró articular ella.
—Pero ¿sabes qué es lo peor?
De repente le vio la cara, una masa fluctuante en la que los ojos, los orificios de la nariz y los dientes ejecutaban pasos de baile.
—Inka hizo testamento. Ella, que nunca había querido hacerlo. Esa bestia se ha permitido hacernos una guarrada post mórtem. — Se echó a reír-. Se lo ha dejado todo a Marion. Todo, ¿entiendes? ¡Hasta el último penique!
Ella cerró los ojos y desterró la imagen de Fritz de su cabeza. ¿En qué lío se había metido? ¿Por qué lo había ayudado?
¿Por qué lo quería tanto?
—¿No es horrible? Ahora habrá otro muerto. Una muerta, para ser más exactos. Mañana iré al zoo y tendré que apuñalar a Marion. Junto al cadáver encontrarán a un padrastro destrozado, que ha visto escapar a alguien mientras pedía socorro a gritos, el pobre hombre. Un desgraciado que se reprochará durante el resto de su vida no haber podido evitar el asesinato de su hija.
Lo que decía sonaba tan absurdo que, por un momento, se ralentizó el efecto de la droga. Eva apretó los puños.
—Eso... no... lo conseguirás...
—Antes tienen que dejarme marchar, aunque tengan dudas -continuó él-. Pero entonces la tragedia alcanzará su punto culminante. En Südstadt, al cabo de pocas horas, una mujer se precipitará al vacío desde un sexto piso. Dejará una carta de despedida diciendo que primero mandó asesinar a Inka von Barneck para luego matar al asesino, un tal Max. Y que, gracias al matrimonio con el que entonces sería el archimillonario Fritz von Barneck, esperaba enriquecerse y ser feliz. ¡Pero luego vino el testamento, y con él se acabaron sus sueños! Y entonces mató también a la chica, pero de repente ya no pudo seguir viviendo con la culpa. — Bajó la voz hasta convertirla en un susurro y terminó-: Y por eso había decidido poner fin a todo.
Eva pasó de hervir por dentro a estar muerta de frío. Estaba completamente ausente.
—La carta está en tu vieja máquina de escribir. Me he tomado esa libertad. Por desgracia, has olvidado firmarla. En fin, suele ocurrir. Y mientras todos estén alrededor de tu cadáver, nadie notará que desaparezco tan discretamente como he llegado. El caso Von Barneck se dará por cerrado, y se convertirá de repente en el caso Eva Feldkamp. Cosas que pasan...
Tenía la sensación de estar flotando en el aire.
—Hasta entonces te esconderé bien, de manera que nadie te encuentre. No dirás nada y no podrás moverte.
Oscuridad.
La voz de Fritz, apenas un susurro, le llegaba desde muy lejos.
—Que duermas bien, querida. Mañana te ayudaré a llevar a cabo tu última actuación estelar. Tu fama llenará los periódicos. Serás inmortal. Eso me lo debes a mí.
—Dijiste que me amarías siempre -dijo ella de pronto con una claridad asombrosa.
—¡Claro que sí! Pero no dije que sobrevivieras a mi amor.
Sobrevivieras, sobrevivieras...
Cada vez más bajo...
Sobrevivieras...
Más bajo y más lejano...
Sobrevivieras...
Negro.
COMISARIA
—Una rosa en un vaso que se cae. Una rosa en un vaso que se cae. Una...
—¿Qué?
Cüpper se sobresaltó.
—¿Qué significa «qué»?
—Usted ha dicho: «Una rosa en un vaso que se cae.»
—Oh -exclamó Cüpper.
Rabenhorst frunció el entrecejo.
—¿Qué quiere decir con eso?
Cüpper señaló en silencio la rosa en su vaso.
—¿Que se cae? — insistió Rabenhorst.
—Olvídelo.
LA LLAMADA
A última hora de la tarde la lluvia arreció, pero aun así seguía haciendo mucho calor. Los chaparrones de los últimos días no habían refrescado el ambiente. Marion se sentía en un atolladero. Mientras se arrastraba entre las jaulas de las fieras, se preguntaba qué delirio impulsaba a una heredera millonaria a limpiar suelos y paredes de restos de carne seca.
¿Qué le impedía mandarlo todo a paseo?
Curiosamente, esa idea le parecía aún más absurda que haber heredado la fortuna de Inka. Agotada, se recostó contra la pared y apoyó la mejilla en la piedra fría. A través de la reja podía ver el recinto al aire libre. Donde el foso de agua interrumpía la rigurosa línea de la orilla y formaba un pequeño estanque que casi parecía natural, había apiladas unas rocas largas y planas. Justo detrás yacía un árbol muerto, cuyo extremo reposaba sobre dos tocones, destacando así varios metros por encima del suelo. Una de las leonas se había tumbado debajo. Su cola se levantaba de vez en cuando, como un miembro independiente cuya misión fuera inspeccionar el terreno e informar al cuerpo para evitarle todo movimiento innecesario. Cualquier cosa era probable, excepto que el felino se levantara, y menos aún que echara a correr. Era la imagen misma de la holgazanería.
Pero cualquiera que se dejara engañar por ello corría un peligro mortal.
Marion sonrió.
No sabía si llamar a Cüpper para contarle lo sucedido, o simplemente para oír su voz. Pero necesitaba tiempo. Había muchas cosas que asimilar: los asesinatos, el testamento, la ruptura de la fortaleza tras la que se había parapetado...
De nuevo quería estar a solas consigo misma.
En ese instante sonó el teléfono al fondo del pasillo y los músculos de Marion se distendieron. Saltó con agilidad de la jaula, llegó al aparato en cuatro zancadas y descolgó.
—Una llamada para usted -dijo la mujer del edificio de administración.
«Cüpper -pensó-. Querrá saber qué ha pasado con la herencia.»
—Ried -dijo sin aliento.
—Hola, Marion.
Ella se quedó perpleja. Era Von Barneck.
—¿Fritz?
—Sí. He pensado que deberíamos charlar. Al fin y al cabo, ahora eres mi socia.
—Soy la heredera de Inka -replicó ella con frialdad.
—Naturalmente. Pero también eres mi... bueno, creo que podríamos recuperar el tiempo perdido. Al final, ¿qué nos ha quedado tras la muerte de tu madre? Sólo dinero. — Titubeó un instante y luego añadió-: ¿Sabes una cosa? Había pensado que tú y yo podríamos conocernos un poco más.
—¿Porque no te ha dejado nada en herencia? ¿Te refieres a eso?
—Podrías participar en los negocios.
—Yo no entiendo nada de tus negocios.
—Está en tu mano.
Sorprendida, Marion se mordió el labio mientras pensaba en una respuesta.
—No hace falta que te precipites -se apresuró a añadir él-. Ante todo quiero que seamos amigos.
Ella rió amargamente.
—La idea se te ha ocurrido un poco larde.
—Lo sé. Debo compensarte por muchas cosas; déjame intentarlo al menos.
¿Un padre de repente? Marion vio cómo la desconfianza se apoderaba de ella.
—Es demasiado tarde para eso -dijo, pero sonó poco convincente. Deseaba tanto poder confiar en alguien...
—¡No es demasiado tarde! Marion, presta atención. Debo marcharme de viaje unos días. Si mañana estás en el zoo, me gustaría hacerte una visita.
—No puede ser -se apresuró a responder ella-. Tengo muchas cosas que hacer y...
—Hacia las ocho. Antes de que lleguen las visitas.
—¡Es la hora de dar de comer a los animales! Demasiado pronto.
—Después me habré marchado. Marion, hemos de hallar un principio. ¡Por favor!
Su voz sonaba sincera.
—Está bien -suspiró ella-. Diré a los porteros que te dejen pasar.
—Gracias, de verdad.
—Hasta mañana, Fritz.
—Sí, hasta mañana.
Luego ella colgó y salió al exterior, bajo la lluvia. Al pie de la escalera que conducía al gran vivero se hallaban los dos leones de bronce: rígidos, ciegos e impasibles. Antes Marion solía sentir la necesidad de tumbarse a su lado y permanecer allí hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, ahora había despertado en su interior algo que era más salvaje que los gatos.
Algo que anhelaba vida.
Gopper bajó por la escalera y le sonrió.
—¿Qué tal, ricachona?
—¡Cuidadito, eh! — se rió ella-. Al final vas a tener que casarte conmigo.
—¡Dios me libre de las solteronas millonarias!
—Oye, Gopper...
—¿Qué quieres?
—Mi padre... quiero decir, Fritz, me ha llamado.
Gopper dejó en el suelo el cubo lleno de pescado que acarreaba y se echó la capucha del chubasquero por encima de la calva. Pese al calor, Marion vio que tiritaba.
—¿Y qué dice?
—Quiere hacer las paces.
—Bien.
—¿Bien? ¿Nada más?
El anciano se encogió de hombros.
—¿Qué quieres que te diga? Hacer las paces siempre está bien.
Al verlo inclinado tan desvalido ante ella, Marion se le acercó y le pellizcó la nariz.
—¡Eh! Seguimos siendo amigos, ¿no?
Él se incorporó lentamente y dejó al descubierto dos filas de dientes amarillos.
—Claro que seguimos siendo amigos -asintió-. Si crees que es sincero, tendrás que darle algo.
—¿Del dinero? ¡Por supuesto!
—No. De ti misma.
DUDAS
—Huevito, huevito -murmuró Rabenhorst.
Estaba de pie en su pequeña cocina, leyendo el libro de recetas con la cabeza ladeada. Cascarlo y echarlo en un solo movimiento. Contempló con curiosidad cómo la clara y la yema cubrían la mezcla de patatas ralladas, harina y cebollas, cogió el salero y titubeó.
¿Cuánta sal debía echar?
«No lo sé -solía decir su madre cuando le hacía preguntas de ese tipo-. Eso se sabe por intuición.»
Rabenhorst más bien intuía que, si uno no sabe cocinar, no debería ser tan bocazas, pero ahora ya no podía echarse atrás. Cüpper había quedado en ir a cenar la semana siguiente, así que todavía no había puesto la carne a marinar. De momento se limitaba a comer el estofado de su madre.
—Prueba con algo sencillo para empezar -le había dicho ella.
—¿Sencillo? ¿Como qué?
—Tortilla de patatas ralladas -había sugerido su madre-, aunque lleva mucho trabajo.
De modo que Rabenhorst había comprado patatas y un rallador, y a punto había estado de rallarse los dedos.
Miró el reloj. Las ocho y cuarto.
La tarde había transcurrido sin ninguna novedad, y además los habían interrumpido por nimiedades. Un apuñalamiento en Südstadt, un robo con violencia en Hohe Strasse... Daba igual. Hasta que Eva Feldkamp regresara de Frankfurt, lo único que podían hacer era esperar.
Rabenhorst se desperezó y se consagró de nuevo a la receta. Todo indicaba que el caso estaba resuelto.
Se paró a pensar. Pero ¿lo estaba, en realidad?
De repente le pareció que únicamente habían encontrado una buena explicación para algo absolutamente falso.
Y, dubitativo, empezó a echar sal.
Cüpper estuvo delante del televisor hasta bien entrada la noche.
El recuerdo de la rosa le hacía delirar. Analizó la escena en su mente una y otra vez: los pétalos rojos, el agua derramándose, cada reflejo en el plástico transparente, el vaso que se vuelca, la instantánea reacción de Von Barneck, el ruido del improvisado jarrón al ser depositado de nuevo sobre la mesa... Una y otra vez partía de cero. Lo peor era la certeza de que no se trataba de simbolismos, sino de algo increíblemente profano. ¡Había visto la verdad! ¡La solución era ridículamente sencilla!
Lo que fuera tenía algo que ver con la caída. O, más exactamente, con impedir la caída. Quizá la respuesta estuviera ahí. En evitar la caída.
¿Y si uno imaginaba la continuación de la escena?
¿Qué habría pasado si Von Barneck no hubiera cogido el vaso? Se habría roto y el agua se habría derramado. Líquido derramado. Inka von Barneck cayó al suelo cuando el asesino le rajó el cuello con el cuchillo. Y había derramado sangre.
Sangre por todas partes. Roja como una rosa...
Cüpper se levantó y apagó el televisor. No avanzaba nada.
Era casi la una de la madrugada. Pensó en acostarse, pero sabía que en la cama permanecería con los ojos abiertos mirando al techo, incapaz de conciliar el sueño...
Al cabo de unos segundos, la puerta de su casa se cerró tras él.
SÜDSTADT
Su conciencia flotaba en un mar de sueños. Logró hacer un esfuerzo sobrehumano y abrió los ojos.
Oscuridad.
Notó algo blando en la cara, meneó la cabeza e intentó apartarlo, pero no podía mover las manos.
Oyó que alguien emitía un prolongado gemido y al cabo de unos segundos se percató de que había sido ella misma.
De pronto, la cosa blanda desapareció y la luz penetró en sus ojos. Parpadeó y gimió con más fuerza. La coleta blanca ocupaba el centro de su campo visual. Vio la sonrisa de él.
Luego, la jeringuilla. Presa del pánico, Eva agitó la cabeza y empezó a chillar, pero su voz sonaba amortiguada y monótona. Él se reía.
—¿Quieres contarme algo? Lástima que no tenga tiempo.
Entonces notó un doloroso pinchazo en el brazo.
—Sólo una pequeña dosis para que no tengas pesadillas -dijo él afablemente-. Por cierto, ya que estás despierta, te diré que he llamado a tu última víctima: la pequeña Marion. Mañana me encontraré con ella. ¡Papaíto irá a verla! Se fía de mí. Lo terrible es que tú me seguirás sigilosamente y la apuñalarás.
Ella renunció a toda resistencia mientras notaba cómo se adormecía de nuevo y cerró los ojos.
—Ahora voy a dejarte sola. Debo volver a Marienburg, no vaya a ser que me echen de menos.
Ella gimió de nuevo.
—No, no tienes nada que contarme, querida. Estás muerta. ¿Ya lo has olvidado?
Unas aguas encrespadas la rodearon de repente y la arrastraron consigo.
Ella se dejó caer y se sumergió en las olas.
QUINTO DÍA
REVELACIÓN
Cüpper estuvo paseando por la orilla del Rin hasta que amaneció.
De repente se acordó del pepino.
Entre el río sumido en la noche y el despuntar del alba surgían los pensamientos más peregrinos, iluminados por la claridad del horizonte.
Un pepino en un vaso que se cae...
Cuando por fin comprendió que su capacidad de concentración se había reducido considerablemente, volvió a casa y se tumbó en la cama sin quitarse siquiera la ropa.
Rabenhorst probablemente durmiera a pierna suelta.
Rabenhorst parpadeó.
Algo lo había despertado. Salado, fue su primer pensamiento. Había echado demasiada sal.
«¡Pero hijo, eso se sabe por intuición!»
Bostezando, ahuyentó de su cabeza los pensamientos sobre su madre y sobre la tortilla de patatas y miró el radiodespertador. Las seis y diez.
¿Qué demonios había pasado esa mañana?
Rabenhorst se levantó y se acercó a la ventana. A duras penas se lo podía creer.
¡Un rayo de sol!
Lo había despertado el sol; luego, seguía existiendo.
Durante un momento estuvo dudando entre volver a acostarse o tomar un café.
Finalmente se decidió por la segunda opción.
Cüpper habría estado orgulloso de él.
Pero Cüpper dormía. Eran las siete y media cuando se despertó sobresaltado y con la ropa arrugada.
¡Se encontraba fatal!
Se acordaba vagamente de haber soñado con un vaso de plástico de enormes dimensiones, con una planta monstruosa en su interior, que se inclinaba sobre un peñasco y se precipitaba directamente hacia él, que era pequeño como una chinche. Luego aparecía una mano que se acercaba y se apresuraba a impedir la caída.
La mano y el vaso habían quedado flotando por encima de su cabeza.
Luego, lentamente, dedo a dedo, la mano había vuelto a soltar el vaso...
Cüpper se frotó los ojos. Tosió y se dirigió al baño, donde sus dedos hallaron por sí solos los útiles de afeitar. Mientras contemplaba en el espejo su rostro trasnochado, se dio espuma; luego cogió la maquinilla y comenzó a afeitarse.
Y de pronto se detuvo.
El hombre del espejo lo miraba con unos ojos como platos. En la barbilla tenía una pequeña herida de la que manaba sangre que se mezclaba con la espuma.
Desconcertado, vio cómo su mano se alzaba automáticamente y la limpiaba. Pero la sangre seguía saliendo.
Así que era eso.
Muy sencillo. Tremendamente sencillo.
Ni el vaso ni la rosa, sino la manera en que...
—Seré idiota -murmuró.
Arrojó la maquinilla al lavabo, salió disparado del baño y se dirigió al teléfono.
—¿Rabenhorst? Reúna unos cuantos hombres y fuerce la puerta del piso de Eva Feldkamp. ¡Inmediatamente!
Al otro lado del teléfono reinaba la confusión.
—¿Por qué? Creí que íbamos a detenerla en el aeropuerto.
—No creo que llegue allí. Posiblemente esté ya en Colonia.
—Pero...
—Nada de preguntas. Limítese a hacer lo que le digo.
Colgó y marcó el número del zoológico. Cuanto antes la avisara, mejor.
El teléfono sonó durante una eternidad, hasta que finalmente alguien respondió en tono cansado:
—Zoológico de Colonia.
—Cüpper, buenos días. ¿Puedo hablar con la señora Ried?
—¿La señora Ried? No lo sé. Creo que está fuera.
—Pues vaya a buscarla, por favor.
—Muy rápido lo dice usted.
—¡Es urgente!
La voz sonó de pronto más despierta.
—¿Ha hecho algo?
—¡Por favor!
—Lo intentaré. Pero es que han preguntado por ella esta mañana.
—¿Cómo?
—Hace poco ha estado un hombre aquí.
—Un momento. ¿Tiene visita?
—Sí, ha ido a buscarlo. Pero no tiene por qué preocuparse: es su padre.
Cüpper se quedó sin aliento. Dejó caer el auricular y salió a la carrera de su casa.
ZOOLÓGICO
Marion disfrutaba de los primeros rayos de sol después de tantos días de ver siempre el cielo encapotado. Apoyada en la barandilla del recinto de los leones, se permitió unos minutos de descanso. Debajo de ella, en el foso, danzaban miríadas de luces minúsculas.
Cientos de pájaros competían en el canto. Le pareció que uno de ellos sonaba un poco monótono, demasiado regular. Y cayó en la cuenta demasiado tarde de que se trataba del teléfono, que zumbaba débilmente en el edificio que separaba a los leones de los tigres.
Posiblemente llamaban para avisarla de la visita de Fritz. Mientras todavía estaba pensando si acercarse corriendo, el teléfono dejó de sonar.
Daba igual.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
CONTRA RELOJ
Cüpper corría como un loco.
En su época de estudiante, él era uno de los mejores esprínters, pero de eso hacía ya algunos años. Desde entonces había comido demasiado bien y bebido en exceso, y mientras recorría Riehler Strasse, notó unas dolorosas punzadas en los costados. El puente del zoo parecía estar a años luz de distancia.
¡Ojalá hubiera cogido el coche! Pero el caso es que el día anterior lo había aparcado lejos porque no había sitio cerca de su casa.
¡Maldita Colonia!
Llegó jadeando a Reichensperger Platz al tiempo que sus pasos golpeaban rítmicamente el asfalto. Oyó el chirrido de unos frenos y supo que era por su culpa.
El siguiente semáforo también estaba en rojo.
Sin mirar a derecha ni izquierda y sin aminorar tampoco la marcha, cruzó el paso de cebra.
ZOOLÓGICO
El asesino se detuvo, irritado. El mango del cuchillo que llevaba debajo del blazer le oprimía el pecho recordándole que le quedaba poco tiempo.
Paseó la mirada a su alrededor.
A su derecha, dos casuares miraban embobados desde unos arbustos de la altura de un hombre; a la izquierda se encontraba el recinto al aire libre para los ciervos y los okapis. Luego el camino se bifurcaba, dejaba a un lado las cebras y rodeaba la isleta de los monos, mientras que por el otro lado se estrechaba y desaparecía entre los árboles.
Hizo un esfuerzo por recordar cómo se llegaba hasta los leones.
Unos cuantos papiones empezaron a chillar y a perseguirse por las rocas. ¿Por qué no habría preguntado por el camino? Pero en ese caso lo habrían acompañado hasta donde estaba ella, y tener público era lo que menos falta le hacía. Al menos, de momento.
Inseguro, se decidió por el sendero de la izquierda.
A menos de cincuenta metros de distancia, Marion cayó de repente en la cuenta de que Fritz no había ido nunca a visitarla. Probablemente sólo conociera el zoo de su primera infancia, si es que lo conocía. No era el tipo de persona que pasaba el tiempo libre entre canguros y pingüinos de anteojos.
Echó un vistazo al reloj. Las ocho menos diez, hora de meter dentro a sus gatos para darles de comer.
Pero ¿y si Fritz se perdía? No estaría de más echar una ojeada por si acaso.
Lentamente, se puso en movimiento.
¡La entrada principal!
Cüpper llegó al zoo de Colonia en un estado que no admitía discusión alguna acerca de su condición física y los límites de su resistencia. Si se detenía, sería incapaz de dar un paso más. Le daría un infarto, le estallarían los pulmones y sus huesos se desintegrarían.
Jadeando, subió los peldaños que conducían hasta la puerta abierta del edificio de administración. El vestíbulo acristalado estaba vacío. Pasó por él patinando, tomó el pasillo colindante y, a través de la puerta trasera, se internó en el reino de las bestias.
Más o menos al mismo tiempo, Gopper salió del pabellón de la selva virgen para reparar una de las puertas. Era sólo cuestión de dos tornillos, pero había olvidado el destornillador.
—Es para matarte -refunfuñó para sus adentros.
Retrocedió hacia el cobertizo, pasando junto a los lobos indios. Unos pocos metros más adelante, la escalera se desviaba por la izquierda hacia el recinto de los leones. Si se seguía el camino todo recto, a cien metros escasos éste describía una curva que rodeaba la isla de los monos, se bifurcaba y conducía o bien de vuelta hasta la entrada principal o bien en dirección a los felinos.
De repente, le pareció ver a alguien en la curva. Un hombre de pelo blanco, alto.
Se detuvo y entornó los ojos.
¿No esperaba Marion una visita?
—¡Oiga! — gritó.
Pero el hombre había desaparecido.
Poco antes de llegar a la isleta de los monos, Marion dio media vuelta, pasó junto a los casuares y llegó hasta las ovejas Coburg. A Fritz no se lo veía por ninguna parte.
Pensó en acercarse a la puerta de entrada: tal vez había entendido mal y la estaba esperando allí.
Pero eran casi las ocho...
Que se las arreglara sin ella. Por si acaso, pasó por el recinto de los canguros, un rincón alejado en el que uno perdía fácilmente la orientación, miró de nuevo a su alrededor y regresó junto a sus gatos.
¡El asesino se había equivocado de camino!
Furioso, volvió hacia atrás sin saber que, a tan sólo unos pocos metros, la escalera lo habría llevado hasta su objetivo. Debajo de la chaqueta, su mano se aferraba al cuchillo. En la isla de los monos perdió por completo la orientación y fue a parar a una bifurcación. De repente se encontró junto a los pingüinos. Oyó voces, dio media vuelta y, mientras la gravilla rechinaba bajo sus pies, cayó en la cuenta: debería haber cogido el camino estrecho.
Tenía que apresurarse porque no le quedaba mucho tiempo. Rápidamente, se puso en marcha.
Cüpper creía que no lo conseguiría. Cuando pasaba entre el estanque de los flamencos y el pabellón de Sudamérica, notaba como si tuviera unas flechas clavadas en los riñones.
—¡Sigue! — jadeó-. ¡Venga, de prisa, poli inválido, viejo y seboso, corre!
Se ahogaba por el esfuerzo. Más adelante apareció la bifurcación: el camino de la derecha conducía a la isleta de los monos, y el de la izquierda, hacia los felinos. Y de repente lo vio. Iba directamente hacia la casa de las fieras. Cüpper quiso gritar, pero de su pecho sólo salió un ronco gemido.
Se sintió abatido.
¡Marion! ¡Marion!
—¡Marion!
La joven soltó la puerta del edificio de las fieras y se volvió. Él llegaba sonriendo por el camino principal, a paso ligero. Su melena blanca resplandecía al sol como el halo de un santo. «El típico manager -pensó ella-. Seguro que la avioneta ya está esperándolo en la pista de rodadura.»
—Creía que no me encontrarías -dijo.
La mano de él se deslizó por debajo del blazer al tiempo que esbozaba una sonrisa aún más amplia.
—Yo encuentro a todo el mundo, Marion.
Cüpper sentía que el corazón le golpeaba el pecho como un martillo neumático. Inspiró profundamente e intentó gritar. Sus piernas iban por libre, se movían por sí solas. Se llevó la mano derecha a la pistolera y sacó el revólver. Ante él aparecieron los dos recintos al aire libre para las fieras: el de delante para los tigres y el de detrás para los leones; en medio, la casa de techo bajo transversalmente dispuesta en la que se les daba de comer.
Vio que Marion se alejaba de la puerta.
Y vio también al asesino.
Llegó casi a su lado... pero tropezó y cayó cuan largo era.
No sintió cómo las palmas de sus manos se despegaban del áspero asfalto; sólo notó que de repente recobraba la respiración.
—¡Marion! — gritó.
El hombre del pelo blanco se volvió rápidamente hacia él. Al mismo tiempo, un anciano apareció en lo alto de la escalera que, desde la dirección opuesta, conducía hacia las fieras. Cüpper atrapó la mirada desvalida y confusa de Marion e intentó levantarse, pero su pierna izquierda no respondía.
—¡Marion, aléjate de él!
Ella lo miró sin entender.
—¡Corre! ¿Me oyes? ¡Ése no es Fritz! ¡Es Max! ¡¡¡Max Hartmann!!!
HUIDA
Hartmann se quedó paralizado. Soltó el cuchillo y miró aturdido a su alrededor.
Marion se apartó de él.
En una fracción de segundo, Hartmann analizó la situación. Cüpper ya había logrado ponerse de pie. En la escalera estaba el viejo, y aunque consiguiera pasar por su lado, lo cogerían en el zoo, que estaba lleno de vigilantes y cuidadores.
Sólo le quedaba una opción. Se acercó a la chica, que se encontraba entre él y el edificio. Ella alzó los brazos para defenderse, pero Hartmann le agarró la muñeca con la mano derecha y con la izquierda le propinó un puñetazo en el estómago. Marion cayó desplomada. Él la levantó cogiéndola por el pelo y le soltó un par de bofetadas. La sangre comenzó a manar de la nariz de la chica al tiempo que ésta caía hacia atrás y se golpeaba la cabeza con el asfalto.
Inmediatamente echó a correr hacia el otro lado del pretil, que separaba el camino del recinto de los leones, y empezó a trepar.
Gopper contempló asustado cómo golpeaban a Marion y cómo el tipo del pelo blanco saltaba por encima del foso de agua hacia la estrecha franja de tierra que había justo al lado del edificio. Allí, en el talud, había un árbol cuyas ramas se desplegaban por encima del recinto de los leones y llegaban hasta el tejado. El hombre trepó con agilidad por ellas.
Gopper no entendía nada.
Pero de repente dejó de sentirse viejo y se apoderó de él una ira incontenible. Soltó el destornillador que llevaba en la mano y corrió escaleras abajo.
Cüpper jadeaba. Sentía un dolor punzante en la rodilla. Intentó ignorarlo y, con grandes dificultades, logró ponerse en pie. Y entonces lo comprendió. Hartmann quería llegar al tejado: el asesino había emprendido la huida.
Marion permanecía inmóvil ante la entrada. El policía hizo esfuerzos por no mirarla, se agachó a coger su arma, la guardó y se dirigió cojeando hasta el pretil. Hartmann casi había llegado al tejado. Una vez que lo alcanzara, podía correr y salir por detrás de los recintos al aire libre de las fieras. La parte trasera del edificio lindaba con Riehler Strasse, separada de él sólo por una hilera de árboles y un murete estrecho. Si conseguía llegar a la calle principal, apenas habría posibilidades de atraparlo. Un herido y un anciano: ¡menudo panorama!
Pero el anciano ya estaba colgado de las ramas.
Cüpper no lo pensó más y echó a andar como buenamente pudo. Cuando se disponía a saltar la verja, sintió un dolor tan infernal que perdió el equilibrio, se estampó contra el árbol y resbaló por él. Durante un momento quedó suspendido por encima del foso de agua, miró hacia abajo... y las dos leonas alzaron la cabeza. Tenían el cuerpo en tensión y sus colas daban latigazos contra el suelo. En sus ojos se reflejaba la temible curiosidad de los gatos.
La mano de Cüpper se aferró a la corteza y empezó a trepar con los dientes apretados. De no haber estado herido, habría llegado arriba en seguida. Vio saltar a Hartmann al tejado, con el viejo pisándole los talones, logró agarrar la rama más alta y soltó un gemido cuando su rodilla golpeó contra el tronco del árbol.
Otro poquito más.
Las ramas se balancearon peligrosamente. Cüpper oyó un crujido y el estallido de la madera, y la corteza de la que se sujetaba se desprendió del árbol. Entonces vio el pie del anciano, que también había conseguido alcanzar el tejado. Sin mirar abajo, Cüpper se soltó y se agarró al alero, se encaramó y desde allí vio que Hartmann había saltado a una plataforma superior, mientras el anciano se ponía de pie sobre el tejado. Únicamente los separaban un par de metros. Aterrado, el comisario observó entonces cómo el asesino se volvía hacia su perseguidor y se llevaba la mano a la chaqueta. El viejo, ciego de cólera, se abalanzó sobre él con sus escuálidos dedos estirados.
Pero no fue suficiente.
El cuchillo emitió un destello en la mano de Hartmann, que lo lanzó hacia adelante y alcanzó al anciano en mitad del pecho. El flaco cuerpo de Gopper salió proyectado hacia atrás, cayó sobre la tela asfáltica, dio un respingo y finalmente se quedó inmóvil.
Cüpper sintió náuseas. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se levantó sobre el borde del tejado y se encontró con la mirada burlona de Hartmann, antes de que éste diera media vuelta y echara a correr hacia la parte trasera del tejado.
Ya no tenía el cuchillo.
En cambio Cüpper tenía un revólver.
Subió a la plataforma superior y empuñó el arma agarrándose el codo.
—¡Quieto, Max, o disparo!
Hartmann se detuvo. Había recorrido casi la mitad de la distancia que lo separaba del salto. Lentamente se volvió hacia el policía.
—¡Acérquese!
—¿Por qué no se acerca usted a mí?
Hartmann enseñó los dientes. «Imposible -pensó Cüpper-. No puede ser tan estúpido como para oponer resistencia al arma.»
Echó un vistazo rápido hacia atrás. Si había creído que la atención del resto del personal podría haberse sentido atraída por el alboroto, se equivocaba. Para su desgracia, el zoo estaba medio vacío. Luego cayó en la cuenta de que hasta el momento la acción se había desarrollado en silencio.
—Acérquese -repitió, apartándose a un lado para dejar pasar a Hartmann-. ¡Las manos sobre la cabeza! ¡En marcha!
El tipo obedeció con una lentitud enervante y se acercó.
Se acercó demasiado.
—¡Alto! Quédese donde está.
—Como decía que me acercara...
—Cierre el pico, Hartmann. Quédese ahí y no avance más. Camine junto a la claraboya y diríjase al alero.
—Le he tomado bien el pelo, ¿eh?
—¡Cierre la boca!
—¿Qué piensa hacer? ¿Dispararme sólo porque le estoy dando conversación?
Hartmann se rió, pero mantuvo la distancia y retrocedió hacia el alero. Ahora estaba a la misma altura que Cüpper. Sus ojos lanzaron un destello...
Y Cüpper perdió el equilibrio; su pierna herida se había doblado. Al ver que Hartmann se agachaba y se disponía a saltar, alzó el arma.
Demasiado tarde.
El otro se abalanzó sobre él, lo derribó al suelo y el revólver salió disparado por el borde de la plataforma superior. Cüpper trató de ponerse nuevamente en pie, pero se encontró con que debajo no había nada, ni tejado ni nada. Sus manos tentaron el vacío.
Al instante siguiente, Hartmann le propinó un rodillazo en el pecho.
Cüpper empezó a patalear y tomó impulso jadeando. El brazo con el que se disponía a asestar el golpe fue atrapado por la mano izquierda de Hartmann... igual que había atrapado el vaso de la rosa en su despacho, con la mano izquierda, y Cüpper lo había visto sin comprender.
¡El zurdo!
Distanciándose inconscientemente de la situación, se preguntó cómo Hartmann lo habría logrado: el asesinato de Von Barneck haciendo que pareciera que él mismo era la víctima, y luego la llamada, cuando ya llevaba un rato en la villa.
De nuevo intentó zafarse de él, pero en vano. Hartmann poseía una fuerza descomunal.
¿Por qué no se limitaba a derribarlo de un golpe?
Luego lo comprendió, y el susto lo dejó helado.
Hartmann lo empujaba poco a poco hacia el borde del tejado. Un poco más y se caería...
¡Encima de los leones!
Gopper tosió y de su boca salió un líquido espeso y caliente que goteó por la barbilla.
¿Dónde estaba?
Intentó ponerse en pie y volvió a caer con un estertor.
Como a cámara lenta, se llevó las manos al pecho, de donde le sobresalía algo. Palpó la tela pegajosa de la camisa, dio media vuelta y, por encima de él, divisó el borde del tejado.
Ante él había un revólver.
De nuevo tosió de forma grave y convulsiva, y vio cómo sobre la tela asfáltica se derramaba un chorro de sangre negra. Apartó la vista y, más allá del borde del tejado, percibió el cuerpo de un hombre agachado con las manos estiradas y una mueca triunfal en el rostro.
El tipo que había golpeado a Marion...
El que había sacado el cuchillo y se lo había lanzado a él...
¡Iba a morir!
Los dedos de Gopper recorrieron como una araña la superficie alquitranada y palparon el arma. Una vez que cogió la fría culata, notó que el revólver le daba fuerza. Había disparado con anterioridad, en la guerra.
Lo veía todo borroso.
Apretó los dientes y se levantó un poco más. El revólver le pesaba, mientras el cañón del arma oscilaba de derecha a izquierda. Por fin vio lo que hacía el tipo del pelo blanco: estaba en cuclillas sobre un cuerpo al que empujaba hacia el borde del tejado.
Gopper disparó.
La fuerza del retroceso lo arrojó otra vez al suelo, pero en el último momento consciente de su vida adquirió la certeza de que había dado en el blanco.
Las manos de Hartmann se aflojaron, y entonces Cüpper vio la expresión de asombro en sus ojos. En el brazo izquierdo de su rival había una mancha roja que iba aumentando de tamaño.
Alguien había disparado.
Hartmann apartó la vista un segundo. Demasiado tiempo.
El tiempo suficiente para que Cüpper se soltara. Con las fuerzas que le quedaban propinó un puñetazo a la cabeza de Hartmann, y al comprobar que el peso que tenía encima cedía, rodó hacia un costado. Por el rabillo del ojo vio que el cuerpo de Max caía por el borde del tejado y desaparecía, mientras él giraba ciento ochenta grados, de tal manera que de repente se encontró con las piernas colgando por encima del abismo. Presa del pánico, estiró las manos para buscar sujeción y se aferró a la tela asfáltica.
Pero entonces algo tiró de él hacia abajo.
Sus dedos arañaron el tejado y se astilló las uñas. Hartmann se las había arreglado para agarrarse a sus piernas. Después de notar un fuerte tirón, Cüpper sobrepasó también el alero del tejado.
Desesperado, se agarró a lo primero que encontró.
Y comenzó a deslizarse lentamente, milímetro a milímetro.
Ya sólo rozaba el tejado con las puntas de los dedos, mientras Hartmann intentaba trepar por él causándole un dolor horroroso en la pierna.
Todo le daba vueltas.
Luego, ambos se precipitaron al vacío.
SÜDSTADT
Rabenhorst dio la señal.
Uno de los policías se lanzó tres veces contra la puerta. A la tercera, ésta se abrió con un crujido. Dos hombres entraron empuñando las armas e inspeccionaron la vivienda.
—Parece despejado.
—De acuerdo -dijo Rabenhorst-. Echemos un vistazo.
Se preguntaba por qué demonios su jefe le habría dado orden de ir allí. En el piso, nada indicaba que Eva Feldkamp hubiera regresado antes de tiempo.
Pero Cüpper rara vez hacía algo porque sí. Rabenhorst se acercó al ventanal y miró hacia afuera. Demasiado alto para él, que padecía vértigo. Rápidamente dio media vuelta y echó un vistazo al baño.
Vacío.
Mientras tanto, uno de los suyos había abierto el armario empotrado del dormitorio y revisaba las blusas y las faldas. Cuando hizo amago de volver a cerrar las puertas, Rabenhorst creyó percibir un movimiento en el interior. Al instante se acercó.
—¡Espere!
El suelo del armario estaba cubierto por una manta grande de lana. El inspector se agachó y la retiró, y debajo de ella apareció el rostro de Eva Feldkamp.
—¡De prisa! ¡Sáquenla de ahí!
Sacaron con cuidado a la mujer y la tendieron encima de la cama. Estaba atada de pies y manos y tenía un esparadrapo en la boca. Tal y como la habían metido allí, no hubiera sido capaz de liberarse por sus propios medios, ni siquiera de salir a gatas del armario.
Eva parpadeó y gimió en voz baja.
—Traigan agua -ordenó Rabenhorst.
Rápidamente la desató y retiró el esparadrapo.
—¡Señora Feldkamp! ¿Me oye?
—¡Menudo colocón lleva! — dijo uno de los policías.
Rabenhorst dudó un momento. Luego cogió impulso y le propinó un par de sonoras bofetadas a derecha e izquierda.
—¡Señora Feldkamp!
La mujer abrió los ojos.
HAMBRE ASESINA
Cüpper cayó al agua. Cuando quiso coger aire, tragó un líquido putrefacto y creyó que se ahogaba. Afloró a la superficie jadeando y escupiendo.
Habían caído justo al borde de la orilla y se habían precipitado al foso desde ahí.
A su izquierda vio a Hartmann, que se alejaba de él moviéndose de manera lenta y torpe en dirección a la empinada pared de hormigón, cuya altura mínima era de tres metros.
Era imposible trepar por ella.
Pero Hartmann no parecía tener esa intención, sino que siguió nadando a lo largo del foso.
«Quiere ir al otro extremo -se dijo Cüpper-. Hasta la verja que delimita el recinto de los leones. ¡Pretende saltar por encima de la valla!»
Y entonces oyó el rugido.
Una de las leonas se dirigió hacia él a grandes zancadas y se detuvo a unos centímetros del borde. Echó la enorme cabeza hacia atrás, abrió las fauces y soltó un rugido ensordecedor que permitió que Cüpper viera claramente los largos colmillos.
El miedo y la impotencia se apoderaron de él, que otra vez tragó agua. Se echó hacia atrás y, remando con los brazos, consiguió retroceder un trecho.
La leona se lo quedó mirando fijamente. Parecía estar pensando si la presa merecía que se arrojara al agua. Se la veía irritada. Recorrió furiosa la orilla mientras levantaba el labio superior, gruñendo. Cüpper olió sus exhalaciones, el penetrante olor a aceite de hígado de bacalao que despedía el carnívoro.
Braceando apresuradamente, se alejó un poco más de ella.
Frustrada, la leona rugió y saltó a la roca grande y lisa que sobresalía por encima del recodo en forma de estanque del foso. El animal lanzó la pata hacia adelante para golpearlo en la cabeza, pero Cüpper logró esquivarla; luego dio otro zarpazo e hizo que salpicara el agua.
Cüpper se sumergió bajo la superficie hasta que sus pies tocaron el fondo. Cogió impulso y emergió a una distancia prudencial de la leona.
El animal resopló.
Cüpper dio media vuelta rápidamente y nadó a lo largo del foso en dirección al lugar donde había visto a Hartmann por última vez. El agua fría le vivificó el ánimo, pero al mismo tiempo le agravó el dolor de la pierna. Así no podía seguir. Se tumbó de nuevo boca arriba porque tenía miedo de perder de vista al gato.
«Oh, no», pensó.
Para entonces ya eran dos los que no lo perdían de vista a él. Como una patrulla, trotaban por la orilla a su lado, siguiendo atentamente cada uno de sus movimientos. Cüpper vio cómo sus músculos se movían bajo la piel color arena: una coreografía de fuerza y vigor. Las dos leonas tenían abierta de par en par la boca, de la que caían gruesos hilos de saliva.
Los pensamientos más peregrinos cruzaron entonces por su mente. Se acordó de cómo su padre lo sujetaba a la jaula, y recordó su asombro al comprobar lo increíblemente grandes que eran esos animales vistos de cerca. Y ahora le parecía que eran aún más grandes que en su recuerdo. De pronto Cüpper fue consciente de que, en medio de una gran ciudad moderna, había ido a parar a la selva, donde sus posibilidades de supervivencia equivalían a cero.
Y el pánico se apoderó nuevamente de él. ¿Dónde diablos se habría metido el dichoso personal del zoo?
¿Y dónde estaba Hartmann?
De unas cuantas brazadas, llegó a la última curva del foso. A Max no se lo veía por ninguna parte.
Luego, de repente, alguien lo agarró por las piernas. Durante una fracción de segundo vio la cara de su rival, desfigurada por el odio o quizá también por el dolor; luego recibió un puñetazo en la cara y cayó hacia atrás. Oyó un rugido ensordecedor encima de él, vio unas fauces rojas y notó un fuerte zarpazo en el hombro. Se hundió en el agua, salió de nuevo a flote y agitó los brazos con violencia, salpicando al felino en la cara.
—¡Lárgate! — gritó Cüpper-. ¡Venga, pedazo de animal, largo!
La leona se asustó y retrocedió con un gruñido, mientras Cüpper vio cómo ganaba distancia. Sin embargo, se percató demasiado tarde de que estaba acercándose otra vez al edificio. Al fondo, la cabeza de Hartmann asomaba por encima del agua; casi había llegado al final del foso, mientras las fieras sólo prestaban atención a Cüpper.
Cüpper como maniobra de distracción. Hasta en esa situación, Hartmann, que además estaba herido, se revelaba como un estratega.
Y luego, como en una pesadilla, la primera leona metió una pata en el agua.
Marion dejó escapar un gemido. Se sentía como si le hubieran incrustado una barra de hierro entre los ojos. Dando tumbos, logró ponerse en pie e intentó recordar lo sucedido. La cabeza le retumbaba como un gong.
¿Dónde estaba Cüpper?
Se llevó la mano al puente de la nariz. Un dolor insoportable la hizo estremecerse y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Al mismo tiempo, recuperó la memoria.
El del pelo blanco la había golpeado. El hombre que se parecía a Fritz.
Max Hartmann.
Dio media vuelta tambaleándose, pero no vio a nadie a su alrededor. Dirigió la mirada al edificio y hacia lo alto del tejado. Por el borde colgaba un brazo inerte con los dedos oscuros de algo que quizá fuera sangre.
En ese mismo momento oyó los ruidos. Procedían del otro lado de la cerca, tras la cual el terreno descendía bruscamente hasta el recinto de los leones. Rugidos, bramidos y algo más...
Marion se apoyó en el pretil y miró hacia allí. Al momento, sus ojos reflejaron espanto mientras apretaba el dorso de la mano contra los dientes.
Luego echó a correr en busca de ayuda.
Cüpper estaba aterrado. Finalmente logró ponerse en pie e intentó huir. A su espalda oyó que el agua salpicaba cuando la leona saltó tras él. El otro animal rugía desde la orilla, pero o bien no se atrevía a meterse en el agua o bien no quería competir por la presa.
Cüpper nadó jugándose la vida.
«Los gatos no saben nadar -se repetía tratando de convencerse a sí mismo-. Los gatos no saben nadar.»
¡Sí sabían!
El chapoteo se iba acercando. Oyó gruñidos y gorjeos, notó que las garras le tocaban el pie y subían por la pantorrilla.
Y, resignado, esperó su fin.
«¿Por qué no me ataca? — pensó-. ¡Si ya casi me tenía!»
Entonces vio lo que había pasado. Al final del foso, Hartmann había saltado a tierra y corría a toda prisa en dirección a la valla.
La leona de la orilla lanzó un furioso rugido. Al mismo tiempo, Cüpper vio que el segundo gato subía chorreando a la orilla y emprendía la persecución. Su poderoso cuerpo, rodeado de un halo de partículas brillantes de agua, corría entre los arbustos y saltaba por encima del árbol muerto.
Pero Hartmann había logrado ponerse a salvo. Tenía un pie contra el alambre de la verja e intentaba encaramarse a ella.
«¡Dios mío! — pensó Cüpper-. Lo va a conseguir.»
Pero la herida le impedía subir. Hartmann no podía utilizar el brazo.
Al momento siguiente, el animal se abalanzó sobre él. Max fue empujado contra la verja y derribado hacia atrás. Gritó y la leona y retrocedió un poco. Sin dejar de gritar, Hartmann se agachó en cuclillas y fue derribado al suelo por la segunda leona, pero de nuevo logró ponerse de pie. Sus manos se aferraron a la valla. Entonces las dos fieras saltaron sobre él. Cüpper vio un remolino de cuerpos y miembros rodeados de arena y acompañados de un collage de rugidos, gruñidos y gritos.
Apartó la vista, y de pronto los gritos se interrumpieron abruptamente.
—¡Por aquí! — oyó que decía alguien.
Al principio no sabía de dónde provenía la voz. Luego vio que un hombre, presumiblemente un cuidador, había abierto una de las jaulas del edificio y le hacía señas para que se acercara. Entonces oyó voces y ruidos en el pretil, como si dispararan con un silenciador.
—Espere; todavía no -dijo el hombre desde el interior de la jaula-. Quédese en el agua y nade hacia la casa.
Cüpper tiritaba tanto que creía que no podría avanzar ni un metro más.
—¡Tenemos a las leonas! — oyó que decía una de las voces.
De nuevo ese extraño ruido.
—¡Al león también!
¿Al león? Cüpper no había visto ningún león. Y entonces recordó haber aprendido en la escuela que el rey de la selva era más bien vago y dejaba que fueran las hembras las que cazaran. Pero eso ya no tenía ninguna importancia. Nada la tenía, salvo salir de allí. La esperanza de ser rescatado lo hizo moverse; nadó hacia la pared de la casa y se pegó a la orilla.
Sólo quedaban unos pocos pasos hasta la jaula.
¡Maldita sea! La pierna.
Con un gran esfuerzo, consiguió acercarse cojeando hacia la jaula.
—¡Por Dios! ¡Vuelva al agua!
¿De dónde provenía esa voz? Cüpper dio media vuelta, miró hacia el recinto... y se encontró directamente con los ojos del león.
La fiera corría ágilmente hacia él. A medida que se acercaba, su tamaño parecía aumentar de manera descomunal.
Cüpper se quedó helado, tropezó y cayó.
Entonces el león saltó.
Cüpper vio volar por el aire seis quintales de peso, una escultura terriblemente bella y destructora de músculos y tendones. A decir verdad, no se podía morir de una forma más espectacular. No tenía motivos para quejarse.
¡Pero él no quería morir!
Dando un grito, rodó hacia un costado y se cubrió la cara con los brazos, y el león se estrelló entonces contra el suelo; medio cuerpo cayó encima de él y el otro medio a su lado. La tierra tembló. Cüpper oyó el crujido de unas cuantas costillas al romperse y se preguntó si debían de ser las suyas.
Luego ya no se preguntó nada más.
En algún momento emergió de la oscuridad y vio la cabeza de Marion inclinada sobre él. La chica reía y lloraba al mismo tiempo. A su alrededor había gente hablando, dando instrucciones a gritos y pisoteando la arena.
—Hola, Corazón de León -dijo ella.
Cüpper tragó saliva y trató de mantener los ojos abiertos. ¡Dios, qué bella visión! ¡Su gata!
«Los gatos no saben nadar», quiso decir, pero sólo logró farfullar algo incomprensible.
Después se durmió apaciblemente.
MORDENTE FINAL
Condujeron a Cüpper a la clínica universitaria y, para su fastidio, lo dejaron allí ingresado: ¡si sólo se había astillado la rodilla y roto tres costillas! Trató de hacerles entender que eso no era motivo para meter a un hombre sano en la cama, pero los médicos dijeron que no estaba sano. Protestó. Durante tres días se limitó a mordisquear un poco la comida, a irritar a las enfermeras y a comportarse inadmisiblemente en todos los sentidos. Pero no le sirvió de nada.
Mientras tanto, Rabenhorst dirigió el interrogatorio de Eva Feldkamp y fue poniendo a Cüpper al corriente de las novedades.
Todo había sido idea de Hartmann.
Nadie lo distinguía de Von Barneck, así que ¿por qué iba a seguir haciendo de su doble en vez de convertirse directamente en el propio Von Barneck? Si lo eliminaba y ocupaba su lugar, acabaría poseyendo una enorme fortuna.
Ya en Milán había barajado esa posibilidad, pero sabía muy poco aún de Fritz como para poder encarnarlo de manera convincente. Tenía que averiguar sobre él, hacer suyo su pasado, sus características personales, adoptar sus recuerdos. Y eso requería tiempo. A ello se añadía que el engaño sólo podía tener éxito si estaba capacitado para dirigir los negocios de Von Barneck. De modo que Max optó por la estrategia de la araña: esperar.
Inka, que no hacía ascos a ninguna aventura, fue la primera que cayó en la trampa, y a través de ella, Max llegó a poseer valiosas informaciones. En Milán surgió entre ambos una turbulenta aventura amorosa, con lo que al poco Max ya sabía que la fortuna pertenecía por entero a ella y que Fritz no tenía ni un centavo. Entonces cambió las disposiciones: matar sólo a Von Barneck no tenía ningún valor; Inka también tendría que sucumbir.
Luego se enamoró de él Eva, la persona de mayor confianza de Fritz y su pasión secreta. Hartmann, que aprovechaba cualquier oportunidad para ahondar en su conocimiento acerca de su jefe, se la metió en el bolsillo, todo a escondidas. Fritz no sabía nada de Max y Eva ni de Max e Inka; Inka no sabía nada de Max y Eva, y Eva no sabía nada de Max e Inka. Sólo Max Hartmann, el omnisciente, tejía los hilos de su telaraña y aguardaba. Hasta que llegó un día en que Eva fue la única persona que lo distinguía de Fritz.
Y Max decidió iniciarla en el secreto. Le prometió casarse con ella en cuanto hubiera completado su conversión en Fritz, y le aseguró que ella no tendría nada que ver con los asesinatos. Únicamente debería encubrirlo. Eva había sucumbido desesperadamente a él. Al final, llevó las cosas hasta tal extremo que le contó lo de Inka, un mal necesario, en su opinión, para alcanzar el objetivo final. También eso se lo tragó ella, y se mostró dispuesta a mentir por él y a tolerar un doble asesinato. A Eva no se le pasó en ningún momento por la cabeza que ella misma estaba también en su lista.
Inka, colgada del sexo y de la coca, había conocido mientras tanto a un camello de la mafia de la droga. Él le proporcionaba la nieve y ella se lo pagaba entregándose físicamente. Hartmann, que había sacado las fotos a escondidas para hacer callar a Inka cuando fuera necesario, tuvo una idea brillante. ¿Qué tal si ese tipo aparecía en Colonia? ¡Eva podría disfrazarse de él! Max sólo tenía que preocuparse de que la policía encontrara las fotos en su casa y sacara conclusiones acerca de ellas. Una pista falsa que tendrían que roer como un ratón roe un pedazo de parmesano.
Rompió con Inka. Entonces ella se puso hecha una furia y lo amenazó con hacer que lo despidieran. Max le plantó las fotos delante de las narices. La idea de la cárcel enfrió notablemente a Inka e hicieron las paces. Entretanto, Eva mantuvo a Fritz von Barneck a distancia, aunque sin cerrar del todo la puerta; era importante que él siguiera albergando esperanzas.
Se marcharon a Colonia.
Con el tiempo, Von Barneck fue considerándolo como un amigo y confidente. En adelante ya no hubo más encargos peligrosos. Hartmann llevaba una vida agradable, sólo levemente alterada por la necesidad de llevar gafas y lentes de contacto para disimular su miopía. Pero también eso formaba parte del plan. Así iba transcurriendo la vida, y nada más lejos de su intención que precipitarse.
Max era una araña paciente. Y Eva una mujer muy enamorada.
Pasaron dos años y un buen día Von Barneck dio una fiesta.
Hartmann consideró que ya había llegado la hora y le pidió una cita a Inka. Le insinuó que quería volver con ella, que pasaba por el aro. Así se topó con el único punto débil de Inka: la vanidad. Sugirió la noche del encuentro, ella se mostró conforme y le dijo que fuera después de las diez de la noche al Bazaar.
Durante el día, Eva, Fritz y Max trabajaron en la villa. A las cinco de la tarde, Eva se despidió aduciendo que debía ocuparse de algunos asuntos personales, fue a su casa y se disfrazó del italiano, tal y como le había indicado Hartmann. Se dirigió al Bazaar y llegó allí a las seis y media. Su cometido era llamar la atención. Para que su voz no la delatara, bajó el tono y la convirtió en un ronco susurro. Funcionó. Convencida de haberlo hecho todo a la perfección, regresó a casa un poco más tarde sin tener ni idea de que Astrid Hasling se había cruzado en su camino.
Hartmann abandonó la villa unas dos horas después que ella, a las siete, se marchó a casa y esperó.
Mientras tanto, los invitados llegaron a Marienburg, y Ulrich Stoerer al Bazaar. Inka lo llevó a cenar a la fuerza, regodeándose con el miedo de Ulli a ser descubiertos, se dejó mimar por él y lo echó antes de que llegara Max.
Éste apareció a las diez y media, una visita a la que Inka no sobrevivió ni diez segundos. Hartmann dejó el cuchillo a su lado, otra maniobra de distracción, y dejó la puerta del piso abierta para que Inka fuera encontrada en seguida. Y así sucedió, pero quien la encontró fue la pobre Astrid Hasling, que de este modo pasó a convertirse en sospechosa de asesinato. A Hartmann no podrían haberle salido mejor las cosas. Tal y como había planeado, la policía no podía acusarlos de nada ni a él ni a Fritz von Barneck.
El segundo asesinato resultó una obra maestra. El mayor temor de Hartmann era que alguien dudara de la identidad de la víctima, así que pasó a la ofensiva. Tenía que parecer que el apuñalado no era él, sino Von Barneck, con el efecto teatral de que debajo de la máscara aparecía Hartmann. Nadie sospecharía que Von Barneck había sido caracterizado como Hartmann y luego disfrazado otra vez de Von Barneck: ¡una concatenación de ideas demasiado absurda!
Durante los años que pasaron en Colonia, Von Barneck nunca había abandonado del todo la esperanza de tener a Eva. Ahora, poco después de la muerte de Inka, ella daba señales de interesarse por él. ¡Pero no en la villa! No debían dejarse ver juntos, o la policía podría relacionarlos con el asesinato. Así que lo mejor era encontrarse en casa de ella para cenar a las ocho. Eva le insistió en que acudiera sin chófer, conduciendo él mismo, para que no hubiera testigos. O mejor aún, que dijera en la villa que iba al auditorio. A Von Barneck le pareció todo demasiado exagerado, pero como deseaba a Eva, participó del juego.
Y pidió un taxi.
A las ocho y diez llegó a casa de su secretaria. Ésta no le dio importancia al retraso, sino que lo saludó efusivamente y le preguntó si el personal de la villa se había tragado la mentira del auditorio. Él le dijo que sí. Ella le preguntó como de pasada dónde había aparcado el coche, y Von Barneck contestó que había ido en taxi, pero no mencionó que el vehículo no se había presentado en su casa hasta las ocho menos diez.
Al cabo de pocos minutos, Von Barneck ya estaba inconsciente. Ella le había echado taipoxina en el vino, un narcótico que se obtenía del veneno de la cobra y que, al cabo de unas pocas horas, no dejaba rastro en la sangre.
De este modo, su destino estaba decidido.
Mientras tanto Hartmann, haciéndose pasar por Von Barneck, había ido al auditorio, donde montó un numerito para llamar la atención. Poco antes de que empezara el concierto, fue a los lavabos y se transformó en un hombre cualquiera ataviado con una trinchera que a las ocho y diez salió discretamente del auditorio. Fuera lo esperaba una furgoneta que había alquilado Eva. A las ocho y veinticinco llegó a Karl-Korn-Strasse, aparcó la furgoneta en el parking subterráneo del edificio y subió en ascensor al quinto piso. Eva le abrió la puerta y le contó de inmediato lo del taxi.
Hartmann comenzó a darle vueltas a la cabeza. Había, pues, un testigo que sabía adónde se había dirigido realmente Von Barneck. Pero, por otra parte, ¿para qué iba a ponerse la policía en contacto con el taxista si Fritz había sido visto en el auditorio? Con eso bastaba. De todas formas, ya no se podía cambiar nada.
Ataron a Von Barneck a una silla, le cortaron y le tiñeron el pelo hasta que parecía Hartmann, le pusieron unas lentes de contacto, le hicieron unos cortes diminutos en el brazo y los rellenaron con tinta. El tatuaje provisional resistiría al lavado del cadáver. A las nueve, Fritz von Barneck se había convertido en Hartmann y, gracias a una peluca, de nuevo en Fritz von Barneck. Entre los dos, lo agarraron por debajo de los brazos, lo montaron en el ascensor y lo bajaron al parking, donde lo metieron en la furgoneta. Von Barneck iba atado de pies y manos por si acaso el efecto del narcótico desaparecía antes de tiempo. Eva regresó a su casa, mientras que Max se dirigió al cinturón verde de la ciudad, aparcó en el camino, mató a Von Barneck de una puñalada en el corazón y rápidamente le quitó las ataduras para no dejar marcas. Eran las nueve y media. Para crear más confusión, lo arrastró un trecho hasta la hierba y dejó el arma junto al cadáver.
Al regresar aparcó la furgoneta en Karl-Korn-Strasse, en casa de Eva se transformó en Fritz von Barneck y le dio las llaves del vehículo a ella para que lo devolviera al cabo de unos días. A continuación cogió un taxi y fue a la villa, adonde llegó a las diez y cuarto para llevar a la práctica la última parte de su plan. Escondido entre la ropa, llevaba un móvil y un casete con una cinta grabada. Pidió que no lo molestaran durante el resto de la noche y desapareció en el despacho. Desvió las llamadas al vestíbulo y ordenó a Schmitz que sólo lo avisara si era urgente.
Luego, al cabo de cinco minutos marcó con su móvil el número de la casa. La llamada sonó en el vestíbulo y Schmitz cogió el teléfono. Hartmann se anunció como Hartmann y pidió que lo pusieran con Von Barneck. Naturalmente, le pasaron con él.
Sonó el aparato de su escritorio. Metió en un cajón el móvil junto con el casete, descolgó el teléfono y, una vez que Schmitz hubo colgado en el vestíbulo, aceptó la «conversación».
Al cabo de un rato pidió un coñac. Schmitz se lo encontró hablando por teléfono, y oyó que decía algo sobre Milán y alguna cita extraña. Evidentemente, estaba hablando con Max. Esperó a que el mayordomo llegara abajo, marcó el número del vestíbulo y le explicó a Schmitz que Hartmann tenía algo que contarle. Entonces conectó el casete y la voz de Hartmann llegó al vestíbulo: unas cuantas indicaciones dichas apresuradamente para que le buscaran una misteriosa libreta negra, gracias, adiós, clic. Naturalmente, esa libreta no era sino una pista falsa, una serie de números sin el menor sentido; la había escondido detrás de un armario en su casa para que la policía la encontrara fácilmente al hacer una inspección. Mientras Schmitz seguía escuchando la cinta con atención, Max salió del despacho y bajó al vestíbulo. Así, Schmitz podría jurar más tarde que había hablado por teléfono con Hartmann mientras veía cómo Von Barneck entraba en la habitación de la chimenea. La coartada era perfecta. De ningún modo Von Barneck podía ser el asesino de Hartmann. Y Hartmann, cuando lo encontraran muerto, no podía ser Von Barneck ni con la mejor voluntad.
Eva coronó la obra con su espectacular y lacrimógeno número en las obras. Hartmann se hizo pasar por el amigo conmocionado y por el amante mortalmente ofendido. Se sentía muy satisfecho.
Luego todo se torció.
Mientras Max y Eva acudían en Frankfurt a una cita de Von Barneck, se descubrió que el viaje al auditorio era una artimaña. Al día siguiente, Rabenhorst fue al aeropuerto. Max consiguió a duras penas escurrir el bulto; luego vino el siguiente golpe: el desenmascaramiento de Eva. Max se apresuró a decirle a Cüpper que ella no llegaría hasta el día siguiente, lo que le proporcionaba tiempo para reflexionar. En realidad, ella llegó en el siguiente avión. Él la llamó y le dio instrucciones de mantener la calma, de no abrir a nadie más que a él y de no coger el teléfono. Le dijo que algo se había torcido. Le aseguró que la amaba y que todo saldría bien.
Y decidió cargársela de inmediato.
Luego tuvo lugar la lectura del testamento de Inka, y Max se precipitó desde la cumbre del triunfo hasta la más profunda desesperación. ¡Todo había sido inútil! Liquidar también a Marion sería tensar demasiado la cuerda.
A no ser que...
—A no ser que la asesina fuera Eva -dijo Cüpper metiéndose en la boca un pedazo enorme de carne estofada a la vinagreta.
—Sí -asintió Rabenhorst-. Pero no le salió bien.
—¡Alabado sea Dios!
—Ciertamente.
Repasaron la historia por enésima vez, simplemente porque se sentían orgullosos. Ni siquiera Klausen, el director de la sección administrativa, había resuelto nunca un caso tan complicado.
Estaban sentados en la cocina de Rabenhorst, devorando cantidades ingentes de carne de vaca. El inspector rellenaba regularmente de albóndigas el plato de Cüpper, y éste comió hasta que el estómago le oprimió las costillas. Todavía seguía vendado y, en opinión de los médicos, debería haber permanecido en el hospital. Aunque él tenía otra visión del asunto. En la escayola de la pierna destacaba el dibujo de un león dentro de un corazón, y Cüpper no se podía quejar de falta de cuidados.
Cuando pensaba en su gata, era feliz.
—Rabenhorst, debo disculparme con usted...
—¡No será verdad!
—Insisto. No contradiga a un hombre que ha vencido a un león.
—Gracias a que el león se desplomó sobre él.
—¡Pero estaba fuera de combate!
—Sí, porque finalmente le hizo efecto la anestesia.
—Como siga así, retiro las disculpas.
—Está bien -repuso Rabenhorst-. ¿Por qué quiere disculparse?
—Por haberlo subestimado -dijo Cüpper con humildad-. Como cocinero, quiero decir. Realmente creía que no tenía ni idea de guisar. Pero ahora veo que estaba muy equivocado.
—Bah, tampoco es para tanto -sonrió modestamente el inspector.
—¡Créame! No sólo era un buen estofado a la vinagreta, sino el mejor que he comido en mi vida. Mejor que el que yo mismo podría preparar. Oiga, Rabenhorst -se inclinó hacia adelante todo lo que le permitían los vendajes-, hablo muy en serio. ¡Estaba realmente exquisito!
—Imagínese todo lo que he tenido que practicar -dijo Rabenhorst en tono jovial.
—Es evidente -Cüpper sonrió-. ¿Me dará la receta?
—¿La receta? Ya veremos.
—¿Ahora se hace el interesante conmigo?
—En este momento me lo puedo permitir. ¿Café?
—Sí, gracias.
Rabenhorst se levantó y en ese instante sonó el timbre de la puerta. Miró a su jefe y éste lo miró a su vez a él.
—¿Quién puede ser?
Cüpper se encogió de hombros.
—No sé. Es su casa. ¿Por qué no va a comprobarlo?
Rabenhorst dudó, se dirigió al vestíbulo y abrió.
Inmediatamente entró escopeteada una mujer gorda de mediana edad que empezó a registrar las habitaciones de la casa.
—No te lo creerás, pero me he dejado el bolso. Una se va haciendo mayor. — Sus redondas mejillas resplandecían como manzanas-. Llego a casa, voy a sacar las llaves del bolso para abrir la puerta y resulta que el bolso ha desaparecido. Y me digo: «Eso es que lo has olvidado en alguna parte; no va a desaparecer así, por las buenas.»
Rabenhorst danzaba a su alrededor con una palidez cadavérica.
—Mamá, yo...
Nada más ver a Cüpper, la mujer se le acercó como una bala de cañón.
—¿Estaba rico? — le preguntó amablemente-. No se levante, yo me voy en seguida. Rolfi estaba tan contento de que usted viniera a comer... Ojalá supiera cocinar. Pero para estos casos tiene a su madre. ¿Verdad, hijo?
—Mamá...
De repente se llevó asustada la mano a la boca, dirigió como disculpándose una mirada a su alrededor y soltó una risita nerviosa.
—Vaya, he metido la pata, ¿no? Está bien, no he dicho nada. ¡No he dicho nada! ¡Hombre, ahí está mi bolso!
—Mamá...
La mujer cogió el bolso, que estaba junto al fregadero, y se alejó contoneándose en dirección a la puerta. De espaldas parecía un pingüino andando a toda prisa.
—¡Ya me voy! No he dicho nada. ¡Adiós, Rolfi!
—Mamá... -lo intentó Rabenhorst por última vez, pero la puerta ya se había cerrado tras ella.
Cüpper se lo quedó mirando largo rato a los ojos.
—Eh... -argumentó Rabenhorst.
—Exacto -dijo Cüpper.
LAS RECETAS
APERITIVO
Desde que, según su propia declaración, Cüpper ya sólo cocina comida para gatos, se ha vuelto un poco raro. Así pues, no se hagan ilusiones de que los invite a comer estofado a la vinagreta. Rabenhorst, sin embargo, sigue estando obligado a prepararse él mismo la comida o, mejor dicho, a aprender a cocinar. Y todo porque no ronronea mientras come.
Por más que le he insistido, Cüpper no ha soltado ni una sola receta. En su opinión, tengo bastante con que me deje desarrollar literariamente el caso Von Barneck; además, dice que tiene cosas más importantes que hacer que recopilar recetas.
Ya sé a lo que se refiere: ¡visitas al zoo! Pues que lo disfrute. Pero con ello Cüpper ha roto claramente un pacto que ambos hicimos antes de la publicación de este libro: yo contaba su historia y él me desvelaba sus viejas recetas.
No lo ha hecho, pero tampoco pasa nada.
A cambio, tengo algo mejor: los amigos de Cüpper.
Porque, como habrán supuesto, nuestro comisario hace sus pesquisas principalmente donde se come bien. Cuando me contaba su historia, a menudo estábamos comiendo en alguna parte. Siempre eran manjares sabrosos, siempre se nos hacía tarde y, una y otra vez, los cocineros y los gastrónomos se revelaban como los amigos íntimos de Cüpper.
En otras palabras, hasta entonces no había conocido un círculo de amistades de un gusto tan refinado como el del comisario.
Cüpper y yo hemos celebrado juntos varias cenas. Hemos repostado en las tabernas de Colonia y hemos disfrutado del toque especial de la cocina mediterránea y de la sofisticada comida francesa. Entre pintas de kölsch y nobles aguardientes, entre estofados a la vinagreta y tartas tatin, nos hemos adentrado en las obsesiones de Max Hartmann y de Inka von Barneck, hasta que, de tanto disfrutar, me zumbaba la cabeza y ya no sabía si ese tal Cüpper existía de verdad o más bien había brotado, junto con su disparatada historia, de mi imaginación.
Sea como sea, ¡lo he conseguido! Y no me refiero a la presente novela, sino a sonsacar una receta a cada uno de los gastrónomos, debido a su amistad con el comisario. De ahí se deduce que Cüpper existe realmente. Y gracias a eso ustedes pueden conocer el renacimiento, tantas veces citado, de la cocina coloniense.
LA RECETA FAVORITA DE FRANK SCHÅTZING
Macarrones con jamón de Parma y salvia
Para 4 personas
√ 400 g de macarrones n.º 44 (Barilla)
√ 200 g de jamón de Parma
√ 1 manojo de salvia
√ 200 g de parmesano
√ 100-150 g de mantequilla
√ sal y pimienta recién molida
Preparación
Derretir 100 g de mantequilla en una cacerola grande. Añadir las hojas de salvia machacadas y rehogar hasta que queden crujientes. Sacar, dejar escurrir sobre papel absorbente y reservar al calor.
Partir el jamón de Parma en dados pequeños. Sofreír a fuego lento unos 5 minutos. Añadir un poco de queso parmesano.
Hervir los macarrones durante 7 minutos. Mientras, seguir sofriendo el jamón en la sartén. Si es necesario, añadir un poco más de mantequilla.
Aderezar con sal y pimienta y añadir poco a poco más parmesano.
Escurrir los macarrones, ponerlos en la cacerola y mezclarlos bien con la mantequilla y el jamón, de modo que queden bien impregnados de la mantequilla, que para entonces habrá adquirido un tono marronoso.
Retirar del fuego, espolvorear unas hojas de salvia picadas sobre los macarrones, disponerlos en platos precalentados y echar parmesano por encima. Servir inmediatamente.
DAS FACHWERKHAUS
● Burggraben, 37
● 51429 Bergisch Gladbach
● 02204-549 11
● Lunes y martes, cerrado
Muy acogedor, el techo es de vigas antiguas y tiene una romántica terraza para los días de buen tiempo. Nunca lo autóctono ha sido más refinado. El chef Toni Richartzhagen fue elegido cocinero del año en 2005, y Rita Richartzhagen revela con encanto lo que está fuera de la carta.
Vieiras con habas gordas
Para 4 personas
√ 12 vieiras
√ 3 kg de habas gordas
√ 1 manojo de ajedrea
√ 100 g de panceta ahumada
√ 1 cebolla pequeña
√ 0,1 l de nata
√ 0,2 l de caldo de carne sin sal
√ 2 patatas
√ 1 zanahoria
√ 1 tallo de apio
√ 1 trozo de bulbo de apio
√ un poco de mantequilla derretida
√ 20 g de mantequilla para la salsa
Preparación
Limpiar las vieiras. Desgranar las habas, hervirlas durante 3 minutos en agua con sal y dejarlas enfriar en agua helada. Quitar la piel de las habas. Rehogar en la mantequilla derretida la cebolla picada y 80 g de panceta y añadir las pieles de las habas. Al cabo de 2 minutos, verter el caldo y hervir durante 5 minutos. Mientras tanto, picar finamente la ajedrea.
Colar el caldo y, con una cucharada de ajedrea y la nata, reducirlo a 0,1 l. Dorar una cucharada de dados de patata, otra de tocino, de zanahoria y del tallo y el bulbo del apio, añadir media cucharada de ajedrea y reservarlo todo al calor sobre papel absorbente. Calentar las habas con la mitad de la salsa.
Freír las vieiras en una sartén antiadherente con algo de mantequilla, 2 minutos por cada lado. Disponer las habas en el centro del plato, colocar encima 3 vieiras por comensal y añadir las verduras salteadas. Mezclar la otra mitad de la salsa con un poco de mantequilla y verterla por encima de las vieiras.
EZIO
● Mittelstrasse, 19
● 50672 Colonia
● 0221-280 67 77
● Domingo, cerrado
El restaurante italiano más pequeño de Colonia se encuentra en medio del barrio comercial más chic de la ciudad. Sabrosos entrantes y ensaladas, capuchinos, Prosecco y dulces durante todo el día, hasta que cierran las tiendas.
Hasta hoy, Ezio Dutto no había revelado a nadie su receta especial para el aliño de las ensaladas.
Salmón marinado
Para 10 personas
√ 1 salmón salvaje
√ 65 g de sal gorda
√ 30 g de azúcar
√ 1 manojo de eneldo
√ 1 ramillete pequeño de tomillo
√ 1 cucharada de semillas de cilantro
√ 1 cucharadita de granos de mostaza
√ 10 bayas de enebro
√ 1/2 limón
Preparación
Frotar la carne del salmón con azúcar y sal marina, y dejar marinar durante 24 horas en el frigorífico. Una vez transcurrido ese tiempo, pasar el medio limón por todo el salmón.
Picar finamente el eneldo y desmenuzar las hojitas del tomillo. Frotar el salmón con las hierbas, las semillas de cilantro, las bayas de eneldo y los granos de mostaza, y dejar marinar otras 24 horas.
Cortarlo en rodajas; no importa si son algo gruesas. Puede acompañarse con pequeñas tortillas de patata rallada y crème fraîche.
CAPRICORN I ARIES
● Alteburger Strasse, 34
● Restaurante
● 50678 Colonia
● 0221-32 31 82
● Lunes y martes, cerrado
Con sus cuatro mesas, quizá sea el restaurante para gourmets más pequeño del mundo, donde su chef, Klaus Jaquemod, crea una gran cocina. La decoración -todo en blanco y con pétalos de rosa en la entrada- alegra el ingenio, mientras que la sonrisa de su dueña, Judith Werner, proporciona calor en los días fríos.
Rodaballo con cantarelas y espárragos
Para 2 personas
√ 300 g de filetes de rodaballo
√ 500 g de espinas de pescado
√ 4 espárragos blancos gordos
√ 4 espárragos verdes gordos
√ 100 g de cantarelas
√ 1 cebolla grande
√ un poco de azúcar
√ un poco de mantequilla
√ sal y pimienta
Preparación
Hervir las espinas del pescado con la cebolla finamente picada y 500 ml de agua. Cocer durante 20 minutos y dejar reposar. Al cabo de 2 horas, pasar el caldo por un colador fino.
Pelar los espárragos y cortarlos del tamaño de unos 10 cm desde las puntas. Partir los tallos en dados de 1 cm. Limpiar las cantarelas y dorarlas ligeramente en mantequilla junto con los dados de espárragos; condimentar con sal, pimienta y un poco de azúcar. Hervir las puntas de los espárragos blancos en el fondo de pescado durante 10 minutos aproximadamente y dejarlos reposar. Dar un solo hervor fuerte a los espárragos verdes, sacarlos del caldo y conservarlos al calor.
Reducir el fondo a aproximadamente una taza de café. Salpimentar el rodaballo e introducirlo en el fondo caliente (¡sin que hierva!) hasta que ya no parezca que está crudo. Disponer las cantarelas y los dados de espárragos en un plato y colocar el rodaballo encima. Mientras tanto, dar un hervor al fondo y ligarlo con un poco de mantequilla fría hasta que resulte una salsa espesa. Condimentar con sal y pimienta, rociar la salsa alrededor de los espárragos y el rodaballo y servir con las puntas de espárragos previamente preparadas.
CAPRICORN I ARIES
● Alteburger Strasse, 31
● Braseria
● 50678 Colonia
● 0221-397 57 10
● Domingos, cerrado
Esta encantadora brasería, vecina del restaurante galardonado con varias estrellas Michelin, trae a la memoria las virtudes elementales de la cocina francesa de bistró. Comida nada pretenciosa, honesta y sabrosa. En sus sillones de mimbre y sus sojas color berenjena, uno se olvida del tiempo mientras degusta un marc de champán.
Salmonetes sobre tomates trituradoscon patatas aromáticas y pesto
Para 4 personas
√ 8 salmonetes de 80 g cada uno
√ 20 patatas «la ratte»
√ 16 tomates maduros partidos en cuartos y sin pepitas
√ 2 cucharadas de romero finamente picado
√ 2 cucharadas de tomillo finamente picado
√ 2 cucharadas de albahaca finamente picada
√ aceite de oliva, sal, pimienta, azúcar, mantequilla
√ 1 manojo de albahaca
√ 100 ml de aceite de oliva
√ 50 g de piñones
Preparación
Precalentar el horno a 180°
Partir las patatas por la mitad y aderezarlas con romero, tomillo, sal y pimienta. Meterlas en el horno, en una fuente refractaria, con 8 cucharadas de aceite de oliva. Entretanto, sazonar la pulpa de los tomates con un poco de sal, pimienta y azúcar, triturarlos y pasarlos por un colador fino (dejar escurrir unos 4 minutos).
A continuación sofreír lentamente el tomate con 4 cucharadas de aceite de oliva y un poco de mantequilla, salpimentar y añadir un poco de azúcar. Por último, mezclar el zumo de tomate con la albahaca picada y reservarlo al calor.
Poner en el vaso de la batidora el manojo de albahaca, 100 ml de aceite de oliva y los piñones y picarlo todo finamente; salpimentar. Secar los filetes de salmonete y freírlos por la parte de la piel en una sartén, con aceite de oliva muy caliente, durante 1,5 minutos. Mientras, disponer los tomates en el centro del plato y rodearlos de las patatas.
Dar la vuelta a los salmonetes, escurrirlos un poco, disponerlos sobre el tomate y añadir el pesto como guarnición.
MARIOS TRATTORIA
● Lütticher Strasse, 12
● 50674 Colonia
● 0221-52 54 53
● Domingo, cerrado
La discreta trattoria de los hermanos Mario y Nikola Salvatore está considerada por muchos como el mejor restaurante italiano de Colonia. En verano uno puede sentarse bajo los árboles de su jardín y degustar la mejor pasta del norte de los Alpes. El pescado parece que ha saltado directamente al plato desde el mar Mediterráneo.
Cabrito lechal de Mario
Para dos personas
√ Pierna de cabrito lechal, 800-1.000 g con huesos
√ 2 patatas
√ 1 ramito de romero, otro de tomillo y otro de perejil
√ 5-6 dientes de ajo toscamente machacados
√ 200 ml de vino blanco
√ sal y pimienta recién molida
Preparación
Untar con una fina película de aceite de oliva la pierna del cabrito. Salpimentar y frotar con las hierbas aromáticas (los ramitos enteros) y el ajo. Envolverlo todo bien en film transparente y dejarlo marinar en la nevera durante al menos 2 horas. Mientras tanto, pelar las patatas y cortarlas en cuartos.
Precalentar el horno a 180°.
Retirar las hierbas aromáticas y el ajo. Dorar bien la pierna en el horno por todos lados. Distribuir alrededor de la carne los cuartos de patata, las hierbas y el ajo y meter al horno durante 75 minutos, regándolo de vez en cuando con el vino blanco.
Cortar la pierna en rodajas, regarla con el jugo del asado y servirla junto con las hierbas y las patatas.
LA SOCIÉTÉ
● Kyffhäuserstrasse, 53
● 50674 Colonia
● 0221-23 24 64
● No cierra ningún día
En Kyffhäuserstrasse uno puede comprar drogas, meterse en peleas callejeras... o comer soberbiamente en La Société, un oasis íntimo del savoir vivre. Su patrón, Stefan Helfrich, lo introduce a uno en el país de las maravillas del vino, y los aperitivos del chef Mario Kotaska son realmente originales.
Albóndigas de gambas con pasta degarbanzos sobre yogur de tandoori
Para 10 personas
√ Para las albóndigas de gambas
√ 500 g de gambas limpias y peladas
√ 200 g de lucioperca sin piel ni espinas
√ 300 g de nata
√ sal, pimienta, ajo, semillas de cilantro molidas y tostadas
Para la pasta de garbanzos
√ 250 g de harina de garbanzos
√ un poco de agua
√ 60 g de clara de huevo
√ 50 g de pimientos rojos y amarillos pelados, cortados en taquitos muy finos
√ 10 g de hojas de cilantro finamente picadas
√ sal, pimienta, semillas de cilantro molidas y tostadas
Para el yogur de tandoori
√ 700 g de yogur turco o griego, con un 10 % de materia grasa
√ tandoori masala
√ sal, un poco de azúcar, pimienta
√ zumo de limón y ajo
Preparación
Hacer una tosca farsa en la trituradora con las gambas, la lucioperca, la nata y las hierbas aromáticas; formar albóndigas de unos 40 g de peso y dejar enfriar.
Amasar con las manos la harina de garbanzos, el agua, los pimientos, la hoja y las semillas de cilantro, la clara de huevo, la sal y la pimienta. La masa ha de tener la consistencia de una masa para tempura.
Batir el yogur con tandoori masala, ajo, un chorrito de zumo de limón, pimienta, sal y azúcar.
Según se vayan utilizando, pasar las albóndigas una vez frías por la masa y freirías en grasa caliente hasta que se doren. Disponer las albóndigas sobre una base de yogur y Tandoori y adornarlas con una hoja de cilantro.
FONDA
● Ubierring, 35
● 50678 Colonia
● 0221-32 61 33
● No cierra ningún día
Elegante restaurante español de tapas en Südstadt, el barrio de la farándula teatral. Su situación recuerda a los más coquetos rincones de Montmartre. El servicio, bajo la dirección del patrón Thomas Wippenbekk, merece una mención especial por su amabilidad. Los domingos se sirven sabrosas tortillas para el desayuno de los que no madrugan.
Pato al horno con melocotones ypolenta
Para 4 personas
√ 1 pato de unos 2-2,5 kg
√ 8 melocotones
√ 1/2 1 de vino blanco
√ 2 cucharadas de azúcar
√ 100 ml de aceite de oliva
√ 1 rebanada de pan blanco tostado
√ sal marina y pimienta recién molida
√ 6 clavos
√ 4 ramitas de canela
√ 500 ml de caldo de ternera
√ 3 chalotas
√ 1 diente de ajo
√ 3 yemas de huevo
√ 280 g de sémola de maíz
√ mantequilla
Preparación
Precalentar el horno a 200°.
Condimentar el pato con sal marina y pimienta y dorarlo en una bandeja grande con aceite de oliva. Mientras tanto, pelar los melocotones y ponerlos un ratito al fuego en otro cazo junto con el azúcar, las ramitas de canela, los clavos y la mantequilla. Regarlo todo con vino blanco y dejar pochar durante 10 minutos a fuego lento; sacar los melocotones y añadir la salsa resultante al pato.
Cubrir la bandeja del pato con una tapadera y meterla en el horno. Durante los siguientes 30 minutos de cocción, regar el pato repetidas veces con su jugo. Luego darle la vuelta, añadir los melocotones y dejar cocer durante otros 30 minutos. Poco antes de que termine de hacerse, quitar la tapadera y dar otra vez la vuelta al pato.
Partir en pequeños dados las chalotas y el diente de ajo y sofreírlos en aceite de oliva hasta que queden transparentes. Regarlo con el caldo de ternera y probar de sal. Cuando hierva el fondo, añadir la sémola de maíz sin dejar de remover, ya que de lo contrario la polenta puede quemarse. En cuanto la masa se despegue del fondo del cazo, agregar removiendo las tres yemas de huevo y verterlo todo en una bandeja recubierta de papel de horno.
Sacar de la bandeja el pato y los melocotones y, al igual que la polenta, mantenerlo caliente en el horno a baja temperatura. Machacar en el mortero el pan tostado con un poco de salsa, añadir a la salsa restante y remover. Disponer el pato y los melocotones en una bandeja de servir y rociarlo con un poco de su salsa. El resto de la salsa puede servirse en una salsera. Partir la polenta en rombos o en rectángulos y servirla en un plato precalentado.
VINTAGE
● Pfeilstrasse, 31-35
● 50672 Colonia
● 0221-92 07 10
● Domingos, cerrado
¿Vinoteca o restaurante? Eso no supone ningún problema para Claudia y Michael Stern, que han combinado ambas cosas a la perfección. Entre cientos de botellas se sirve una lograda cocina de fusión.
Aquí no sólo entienden una barbaridad de tintos y blancos. Pregunte también por el chocolate...
Cordero guisado al estilo toscano
Para 6 personas
√ 1 kg de carne de cordero cortada en dados
√ 1/2 1 de vino tinto seco
√ 2 cebollas cortadas en dados
√ 40 cl de aceite de oliva
√ 2 ramitas de romero
√ 2 ramitas de tomillo
√ 3 cucharadas de pulpa de tomate
√ 1 cucharada de mostaza
√ sal y pimienta recién molida
√ el zumo de 2 limones
√ 200 g de patatas en dados (de aprox. 1,5 cm)
√ 200 g de zanahorias en dados (de aprox. 1,5 cm)
√ 100 g de zanahorias baby en dados (de aprox. 1,5 cm)
Para la guarnición
√ 150 g de judías verdes, partidas por la mitad y hervidas al dente
√ 50 g de flagolets (alubias enanas francesas)
Preparación
Poner la víspera a remojo en agua fría las flagolets.
Calentar aceite en una cazuela y dorar bien la carne. Añadir la pulpa de tomate a la cazuela y rehogar. Agregar las cebollas y dejar que se doren unos minutos. Salar ligeramente, echar pimienta y agregar el vino tinto; pasados unos minutos, añadir a la cazuela 1 l de agua.
Echar las alubias y cocerlas a fuego lento. A la media hora, agregar la verdura y las hierbas aromáticas. Retirar las hierbas antes de servir. Ligar la salsa con un poco de fécula de maíz (opcional). Rectificar de sal, pimienta y zumo de limón.
Servir con las judías verdes como guarnición.
WACKES
● Benesistrasse, 59
● 50672 Colonia
● 0221-257 34 56
● No cierra ningún día
Este restaurante auténticamente alsaciano está situado en pleno corazón del casco antiguo de Colonia. Su chef, Georg Bollmer, hace tartas flambeadas como deben ser, mientras que su patrón, Romain Wack, adivina los deseos de sus clientes sólo con mirarlos a los ojos. Sus cuatro pisos están siempre abarrotados; la cocina no cierra hasta medianoche.
Tarta flambeada alsaciana
Para 4 personas
√ Para la masa:
√ 300 g de harina
√ 20 g de levadura
√ 125 ml de agua templada
√ 1 pizca de sal
Para el relleno
√ 400 g de nata agria
√ sal, pimienta y nuez moscada
Además
√ o bien 2 cebollas grandes finamente picadas y
√ 60 g de panceta ahumada finamente picada
√ o bien 100 gramos de chucrut toscamente picada y
√ tiras finas de 1 tomate de mata y
√ 60-80 g de pechuga de pato ahumada en lonchas finas y
√ 80 g de emmental rallado
Preparación
Precalentar el horno a 200°. Mezclar la harina, la levadura, el agua y la sal hasta formar una masa lisa y dejarla reposar cubierta con un paño en torno a 1,5 horas. Extender la masa en una capa muy fina y disponerla en una bandeja de horno engrasada. Mezclar la nata agria, la pimienta, la sal y la nuez moscada y untar la masa con la mezcla. Distribuir por encima el relleno que se haya elegido: o bien panceta y cebolla o bien chucrut, tomate, pechuga de pato y emmental. Meterlo en el horno de 6 a 8 minutos hasta que adquiera una tonalidad dorada.
GUT LÅRCHENHOF
● Hahnenstrasse
● 50259 Pulheim-Stommeln
● 02238-92 31 00
● No cierra ningún día
La leyenda gastronómica de Peter Hesseler y el chef Bernd Stollenwerck ha creado uno de los restaurantes más notables dentro de un club de golf. Las recomendaciones de vino del patrón son excelentes, y lo que llega al plato es más que decente. Merece la pena el viaje de peregrinación también para los que no son golfistas.
Bogavante y albóndigas de Königsberg en alcaparrada de tomates
para 4 personas
√ 2 bogavantes de 500 g cada uno
√ Para las albóndigas de Königsberg
√ 100 g de carne de ternera
√ 20 g de panceta
√ 25 g de chalotas finamente picadas
√ 1 rebanada de pan de molde sin corteza (reblandecido)
√ 2 filetes de anchoas finamente picados
√ 1 cucharada de alcaparras finamente picadas
√ 1 huevo
√ sal y pimienta
Para la alcaparrada de tomates
√ 200 ml de fondo de pescado
√ 100 ml de fondo claro de tomate
√ 3 cucharadas de zumo de alcaparras
√ concassé de tomate (de 2 tomates)
√ 2 cucharadas de alcaparras finamente picadas
√ 2 cucharadas de perejil finamente picado
Preparación
Pedir al carnicero que pase por la máquina para picar carne la ternera y la panceta, o hacerlo uno mismo si se dispone de una picadora. Mezclar todos los ingredientes para las albóndigas hasta formar una masa y dejar reposar un poco.
Reducir el fondo de pescado y el fondo de tomate a un tercio y añadir el zumo de alcaparras. Agregar el concassé de tomate, las alcaparras picadas y el perejil. Al final, diluir un trocito de mantequilla y aceite de oliva.
Echar las albóndigas en agua hirviendo hasta que afloren a la superficie (unos 5 minutos).
Hervir el bogavante durante 3 minutos con vinagre en el fondo de verdura.
Como guarnición se recomienda apio, puerro y zanahoria cortados en juliana y derretidos en mantequilla con chalotas.
LE MOISSONNIER
● Krefelder Strasse, 25
● 50670 Colonia
● 0221-72 94 79
● Domingos y lunes, cerrado
Una joya del modernismo tan auténticamente francesa que al salir a la calle cuesta trabajo creer que uno está en Colonia. Vincent Moissonnier y el chef Eric Menchon podrían haber sido perfectamente los inventores del concepto de creatividad. Su carta de vinos es legendaria, y se sirven también por copas.
Rape con salsa de aceitunas y vinotinto
Para 4 personas
√ 4 turnedós de rape con la espina central, de 3-4 cm de grosor,
√ sal, pimienta y un poco de aceite de oliva
Para la salsa
√ 12 rocambolas
√ 1 pizca de sal
√ 10 g de azúcar
√ 10 g de mantequilla
√ 15 g de panceta ahumada
√ 50 g de champiñones
√ 16 aceitunas verdes enteras sin hueso
√ 3/4 l de vino tinto con un elevado grado de acidez
√ 1/4 l de fondo de ternera
Para la perejilada
√ 20 g de harina para rebozar
√ 1 diente de ajo
√ 1/2 manojo de perejil rizado
√ 1 cucharada de aceite de oliva
Preparación
Para la perejilada, picar finamente el ajo y el perejil y mezclarlo con harina para rebozar y aceite de oliva. Reservar.
Para la salsa, hervir en una olla grande el vino tinto hasta que reduzca casi por completo. Añadir el fondo de ternera y dejar que cueza durante 5 minutos. Mientras tanto, pelar las rocambolas y hervirlas a fuego lento en un cazo pequeño (con el agua apenas cubriéndolas) con sal, azúcar y mantequilla, hasta que se caramelicen. Cortar los champiñones en láminas finas y saltearlos en un poco de aceite de oliva. Cortar la panceta ahumada en dados y darle un hervor (tiene que quedar blanca). Añadir los champiñones, las rocambolas y la panceta a la salsa de vino y dejar que cueza todo junto 5 minutos.
Salpimentar los turnedós de rape y sofreírlos a fuego vivo en un poco de aceite de oliva hasta que queden algo tostados. Rociar la perejilada sobre el pescado y meterlo en el horno, precalentado a 220°, hasta que el perejil quede un poco marrón, entre 8 y 10 minutos. Calentar brevemente la salsa de vino tinto y aceitunas, verterla sobre platos precalentados y disponer el pescado en el centro.
Los Moissonnier acompañan este plato de ratatouille (pisto) y patatas aromatizadas (es decir, patatas con piel hervidas con 1 hoja de laurel, un poco de tomillo y ajo).
PÅFFGEN
● Friesenstrasse, 64
● 50670 Colonia
● 0221-13 54 61
● No cierra ningún día
La cervecería más antigua de Colonia tiene la mejor kölsch, una carta enorme para casi todos los paladares, unos encantadores y desenfadados Köbese (típicos camareros de las cervecerías de Colonia y la zona del Rin), un ambiente nada clasista en el mejor sentido de la palabra, y la respuesta de todas las respuestas cuando alguien intenta pedir Coca-Cola o agua: «¿Acaso quieres envenenarte?»
Estofado a la vinagreta típico delRin
Para 4 personas
√ 1 kg de espaldilla de añojo
√ 1/2 l de agua
√ 1/4 l de vino tinto
√ 2 cebollas grandes
√ 1 zanahoria
√ 1 trozo de apio
√ 1 hoja de laurel
√ 2 bayas de enebro
√ 2 granos de pimienta de Jamaica
√ 5 granos de pimienta negra
√ 1 clavo de olor
√ 100 g de unto en dados
√ 1 manojo de verduras para sopa juliana
√ 400 ml de caldo de carne
√ 4 alfajores (¡guardar en Navidades!)
√ 1 rebanada de pan negro
√ 1 puñado de pasas
√ 20 ml de nata
√ 20 g de harina
√ un poco de melaza de remolacha (opcional)
√ sal, pimienta y azúcar
Preparación
Hervir el vino tinto con el agua, la zanahoria, el apio cortado en dados, una cebolla toscamente partida, la hoja de laurel, el clavo, los granos de pimienta de Jamaica, los granos de pimienta negra, las bayas de enebro y una pizca de sal. Dejar que cueza a fuego lento durante 15 minutos; luego dejar que se enfríe. Colocar la carne de tal manera que esté completamente cubierta por el líquido; dejar reposar 2-3 días dándole varias veces la vuelta.
Derretir el unto en una cazuela. Secar la carne, salpimentarla y dorarla bien en la grasa. Añadir para que se rehogue durante 15 minutos la cebolla toscamente picada y la verdura para la sopa juliana. Retirar la verdura. Despegar el fondo del asado y añadir 1/4 l de la marinada colada, verter el caldo de carne y añadir las pasas. Guisar la carne tapada y a fuego lento durante 90 minutos, dándole varias veces la vuelta. Sacar la carne y reservarla al calor. Mezclar la nata con la harina y agregar a la salsa. Rociar también los alfajores desmenuzados. Hervir 5 minutos, pasar la salsa por el pasapurés y dar otro hervor. Condimentar con sal, pimienta y azúcar y, si se quiere, añadir la melaza de remolacha.
Cortar la carne y regarla con la salsa.
Se puede acompañar con albóndigas de patata.
AMABILE
● Görresstrasse, 2
● 50674 Colonia
● 0221-21 91 01
● Lunes, cerrado
Un restaurante entrañable y acogedor, con mucho encanto y personalidad, en una zona tranquila. La cocina de Michael Greif sondea en profundidad el espectro mediterráneo y es ocurrente sin necesidad de experimentos. En verano resulta atractiva la terraza.
Lubina en marinada de melisa y soja
Para 4 personas
√ 4 lubinas sin tripas ni escamas, de unos 350 g
√ 1 jengibre rallado
√ 8 cucharadas de salsa de soja
√ 1 cucharadita de azúcar
√ 1 diente de ajo picado
√ 0,1 l de aceite de sésamo
√ 2 tallos de melisa
√ 1 manojo de cilantro
√ 2 limas
√ 0,2 l de aceite de oliva
√ sal y pimienta
Preparación
Precalentar el horno a 180°.
Para la marinada, mezclar la salsa de soja con el azúcar, el jengibre rallado y el ajo. Añadir el aceite de sésamo y el de oliva. Incorporar la melisa finamente cortada, lo verde del cilantro picado y las limas fileteadas.
Condimentar las lubinas enteras con zumo de limón, sal y pimienta. Calentar aceite de oliva en una sartén. Enharinar las lubinas y sofreirías por los dos lados; a continuación, dejar que terminen de hacerse al horno durante unos 10 minutos. Sacarlas del horno, distribuir por encima un poco de la marinada y disponerlas en los platos. Como guarnición se puede servir patatitas cocidas.
APROPOS CÖLN RESTAURANTHORNSLETH
● Mittelstrasse, 12
● 50672 Colonia
● 0221-27 25 19-20
● Domingos, cerrado
Todo aquel a quien Colonia le resulte demasiado coloniense, encontrará un trozo de Nueva York en el Apropos Cöln — The Concept Store. Este paraíso del consumo de estilo elegante abarca moda fashion, accesorios, productos de belleza y el excelente restaurante Hornsleth, con unos cuadros del artista Kristian von Hornsleth que alegran la vista.
Taquitos glaseados de pechuga de pollocon ensalada de fresas y aguacate
Para 2 personas
√ 250 g de pechuga de pollo en un filete
√ 250 g de fresas
√ 1 aguacate
√ 1/2 lechuga iceberg
√ 2 ramitas de tomillo
√ 2 cucharadas de mayonesa
√ 2 cucharadas de yogur
√ 1 cucharada de semillas de hinojo
√ 1 vaina de chile finamente picada
√ 1 cucharada de aceite de oliva
√ 1 cucharada de mantequilla
√ sal y pimienta
Preparación
Lavar las fresas, quitarles los tallos y partirlas en dados. Pelar el aguacate, partirlo por la mitad, retirar el hueso y cortar la carne del fruto en rodajas pequeñas. Limpiar la lechuga iceberg y escurrirla. A continuación, partirla en trozos que quepan en la boca. Deshojar el tomillo y picarlo finamente. Mezclar todos los ingredientes con mayonesa y yogur y sazonar con sal y pimienta.
Cortar el filete de pechuga de pollo en dados de 2 cm y condimentarlos con sal, pimienta y semillas de hinojo. Calentar aceite y mantequilla en una sartén antiadherente, saltear los dados de pollo de 3 a 4 minutos dándoles una y otra vez la vuelta. Verter encima la salsa de soja. Retirar la sartén del fuego y añadir la vaina de chile.
Servir la ensalada junto con los trocitos glaseados de pechuga de pollo.
Fin