ADAPTACIÓN (Connie Willis)
Publicado en
diciembre 15, 2020
¡Apilad más madera! El viento es helado;
pero dejad que silbe a voluntad,
mantendremos nuestras Navidades alegres pese a todo.
—Sir Walter Scott
Dígase para empezar que Marley estaba muerto. La historia de Dickens Cuento de Navidad, sin embargo —de la cual la anterior es la primera frase—, sigue viva y sana y disponible en todo número de versiones. En el departamento de libros de Harridge’s, donde trabajo, tenemos diecinueve, entre ellas La canción de Navidad de Mickey, La canción de Navidad de los teleñecos, la Canción de Navidad de Cuddly-Wuddly, y una con fotografías de perros vestidos como Scrooge y la señora Cratchit.
También tenemos un surtido de libros de cocina, calendarios de Adviento y rompecabezas Canción de Navidad, y una cinta de audio en la cual el capitán Picard de la serie de televisión norteamericana Star Trek: la nueva generación interpreta todos los papeles.
Todas ellas son adaptaciones, por supuesto, recortadas y alteradas y expurgadas de mil otras formas. Nadie lee el original, aunque lo tenemos en edición de bolsillo. En los dos años que llevo trabajando aquí hemos vendido tan sólo un ejemplar, y el comprador he sido yo. Lo compré el año pasado para leérselo a mi hija Gemma, cuando la tuve por Navidad, pero luego no tuve tiempo de hacerlo. Mi ex esposa, Margaret, vino a recogerla antes de lo previsto para una pantomima a la que ella y Robert la llevaban, de modo que sólo llegamos al fantasma de Marley.
Sin embargo Gemma conoce la historia, pese a no haberla leído nunca, y los nombres de todos los personajes, como todo el mundo. De hecho, son tan conocidos que este año, al principio de la temporada, la dirección de Harridge’s sugirió que el personal vistiéramos como Scrooge y el Pequeño Tim, para aumentar los beneficios y "proporcionar una atmósfera acorde con la época”.
Hubo una protesta general ante eso, y la idea fue desechada. Pero la mañana del 22, cuando llegué al trabajo, había una figura, con una especie de túnica negra que le llegaba hasta el suelo y una capucha, de pie junto al escritorio de pedidos con el señor Voskins, que sonreía relamidamente.
—Buenos días, señor Grey —me dijo el señor Voskins—. Éste es su nuevo ayudante —y casi esperé que me dijera "el señor Black”, pues realmente no podía ser más negro, pero en vez de ello dijo complacidamente—: el Espíritu de la Navidades Futuras.
En realidad es las Navidades Aún Por Venir, pero el señor Voskins tampoco ha leído el original.
—¿Cómo vamos? —dije, preguntándome si el señor Voskins iba a pedirme que yo también me disfrazara, y por qué había contratado a alguien precisamente ahora. El departamento de librería ha estado falto de personal durante todo diciembre.
—El señor Grey se lo explicará todo —le dijo el señor Voskins al espíritu—. Harridge’s ha arreglado las cosas para que un autor de renombre venga a firmar su obra —me dijo a mí, lo cual explicaba aquella contratación tres días antes de Navidad. Sin duda el libro a firmar sería otra versión de Canción de Navidad—. Será pasado mañana.
—¿El día de Nochebuena? —exclamé—. ¿A qué hora? Tenía intención de irme temprano por Nochebuena.
—Dependerá de los compromisos del autor —dijo el señor Voskins—. Es un hombre extremadamente ocupado.
—Mi hija viene a pasar la velada conmigo —expliqué—. Es el único momento que la tendré estas vacaciones. —Estaría con los padres de Robert en Surrey durante todo el resto de la semana de Navidad.
—Estoy concretando los detalles con el autor esta mañana —dijo—. Oh, y telefoneó su esposa. Quiere que la llame usted.
—Mi ex esposa —le corregí, pero él ya se había marchado, dejándome con mi nuevo ayudante.
—Soy el señor Grey —dije, tendiéndole la mano.
El espíritu extendió en silencio una delgada mano para que se la estrechara, y recordé que el Espíritu de las Navidades Aún Por Venir era mudo, y se comunicaba únicamente señalando.
—¿Ha trabajado en algún departamento de librería antes? —pregunté.
Negó con su encapuchada cabeza. Esperé que no pensara seguir interpretando tan al pie de la letra su personaje mientras aguardaba a los clientes, o quizá ésa fuera la idea, y estuviera allí solamente para proporcionar una "atmósfera adecuada”.
—¿Cómo se supone que debo llamarle? —quise saber.
Extendió un huesudo dedo y apuntó a Canción de Navidad en el Salvaje Oeste, en cuya portada un espíritu con sombrero negro señalaba en primer plano una lápida con el nombre de Scrooge escrito en ella.
—¿Espíritu? ¿Navidades? ¿Aún Por Venir? —dije, pensando que un ayudante "atmosférico” era peor que ningún ayudante.
Pero estaba equivocado. Demostró ser muy eficiente, aprendió con rapidez la caja registradora y el proceso de cobro con tarjeta, y atendía con rapidez a los clientes. Éstos parecían encantados cuando extendía su huesudo dedo asomando de su negra manga y señalaba los libros que le habían pedido. A las diez me sentí lo bastante confiado como para dejarle a cargo del departamento mientras yo iba a la sala de empleados para telefonear a Margaret.
La línea estaba ocupada. Pensé en volver a probarlo un cuarto de hora más tarde, pero hubo una afluencia de clientes, y aunque Navidades Aún Por Venir resultaba extremadamente útil, no pude intentarlo de nuevo hasta cerca de las once. Cuando marqué el número de Margaret no obtuve respuesta.
Casi me alegré. Deseaba saber la hora de la firma antes de hablar con ella. Ya habíamos tenido dos peleas acerca del "programa de visitas”, como lo llama Margaret. Originalmente tenía que tener a Gemma el día después de Navidad además de la Nochebuena, pero los padres de Robert los habían invitado a Surrey toda la semana. Habíamos llegado al compromiso de que tendría a Gemma por Nochebuena y parte del día de Navidad. Luego, la semana pasada, Margaret había telefoneado para decir que los padres de Robert deseaban especialmente que estuvieran allí para asistir a la iglesia la mañana de Navidad, puesto que era una tradición familiar que Robert leyera las Escrituras.
—Puedes tenerla todo el día de la Nochebuena —dijo Margaret.
—Tengo que trabajar.
—Podrías insistir en que te dieran el día libre —respondió, y dejó que su voz se apagara.
Uno de sus trucos es el dejar una frase sin terminar pero tras haber dejado claro su significado. Lo usó de una forma excelente durante el divorcio, afirmando que no había dicho ninguna de las cosas de las que yo la acusaba, como de hecho así había sido, y aunque ahora sólo la veo cuando trae a Gemma, todavía sigo comprendiéndola perfectamente.
Lo que en realidad quería decir era: "Podrías insistir en que te dieran el día libre… si realmente te importara Gemma.” Y no había respuesta a eso, no había ninguna forma de hacerle entender que el día antes de Navidad no es un día en que un empleado pueda insistir en tomarse el día libre, explicarle que estar empleado en una tienda no es lo mismo que ser contable en una oficina. No hay ninguna forma de explicarle por qué dejé de ser contable.
Y no hay ninguna forma de explicarle que era posible que necesitara cambiar lo programado a causa de una firma de libros. Decidí aguardar a intentar llamarla hasta que hubiera hablado con el señor Voskins.
No volvió hasta pasado el mediodía.
—La firma tendrá lugar de once a una —dijo, tendiéndonos un montón de folletos rojos y verdes—. Den esto a los clientes —indicó.
Leí el folleto de encima, aliviado de que la firma no causara problemas con Gemma. "Firma especial de ejemplares del último libro de sir Spencer Siddon —decía—, Hacer dinero a puñados.”
—Está en la lista de best sellers —dijo alegremente el señor Voskins—. Tuvimos mucha suerte de conseguir que viniera. Su secretaria estará aquí a la una y media para disponer las cosas.
—Necesitaremos más personal —dije—. Nosotros dos no podremos ocuparnos de la firma y atender a los clientes al mismo tiempo.
—Intentaré contratar a alguien —respondió vagamente—. Hablaremos de ellos cuando llegue la secretaria de sir Spencer.
—Entonces, ¿debo ir a comer ahora —pregunté—, y dejar que el señor… —señalé al espíritu— vaya luego para poder estar de vuelta a tiempo para la reunión?
—No —dijo—, los quiero a los dos aquí. Vayan ahora. —Hizo un gesto vago en nuestra dirección.
—¿Quién?
—Los dos. Conseguiré a alguien del departamento de artículos para el hogar para que cubra su departamento. Estén de vuelta a la una.
Cuando llegó nuestro reemplazo le dije al espíritu:
—Puede ir a comer. —Me metí el ejemplar de Canción de Navidad, que había estado leyendo en las pausas para comer y durante el té, en el bolsillo del abrigo, y fui a telefonear a Margaret. La línea estaba ocupada de nuevo.
Cuando salí del departamento el espíritu estaba de pie allí, aguardándome, y me di cuenta de que no debía de saber adónde ir a comer. Puesto que Harridge’s había cerrado su comedor para empleados para incrementar sus beneficios, los empleados tenían media hora para salir, comer y regresar.
—Sé de un lugar que es rápido —le dije.
Asintió, y abrí camino por los atestados pasillos, esperando que se mantuviera a mi altura. No necesité preocuparme: mantuvo mi ritmo con facilidad, pese a no decir, como yo, "Lo siento” a las docenas de compradores que bloqueaban el camino. Cuando llegamos a la puerta sur seguía a mi lado y, antes de que pudiera volverme hacia Cavendish Square, se había situado delante, con su brazo extendido y su largo y huesudo dedo señalando hacia Regent Street.
Todos los lugares donde se puede comer en Regent Street son caros e invariablemente atestados de compradores que descansan sus pies, y están a unos buenos diez minutos de distancia andando. Tendríamos sólo el tiempo de llegar hasta allí, no ser atendidos, y volver con las manos vacías.
—Normalmente voy a Wilson’s —dije—, está más cerca. —Pero él siguió señalando con aire autoritario, y tampoco teníamos tiempo para ponernos a discutir. Le seguí calle abajo, por una callejuela que no había sabido que estuviera allí, y a un lugar de comidas de aspecto deprimente llamado Mama Montoni’s.
Al menos no estaba atestado, y las pequeñas mesas parecían comparativamente limpias, aunque los bocadillos preparados encima del mostrador parecían tener varios días.
En una de las mesas había un hombre enorme con una densa barba castaña, y vi por qué el espíritu me había traído allí. El hombre iba vestido como el Espíritu de las Navidades Presentes, con una especie de bata verde orlada con piel blanca y una corona de acebo.
— ¡Entren! ¡Entren! —exclamó, aunque ya estábamos dentro, y mi compañero se deslizó hacia él.
El enorme hombre sacudió la cabeza negativamente y dijo:
—No, no puede venir a comer hoy —como si Navidades Aún Por Venir hubiera dicho algo.
Me pregunté a quién se refería. ¿Al Espíritu de las Navidades Pasadas, quizá?
—Me temo que ninguno de nosotros consiguió nada —siguió diciendo el enorme hombre a Aún Por Venir, con aire desanimado—. La mayoría de los ejecutivos de los bancos están de vacaciones. Pero el narrador dijo que el Adelphi celebra audiciones de pantomima esta tarde.
Me pregunté si la pantomima sería de Canción de Navidad, o si habían estado previamente en alguna producción de la obra y ahora estaban intentando hallar empleo que encajara con sus trajes. Eran buenos disfraces. La corona de acebo tenía los necesarios carámbanos, y la bata verde estaba sujeta con un cinturón con una vaina oxidada, exactamente igual que en el original. Sin embargo su pecho no estaba desnudo, como tampoco lo estaban sus pies. Había llegado a un compromiso con el tiempo llevando sandalias con calcetines gruesos y sujetaba su abierta bata cruzándola sobre su masivo pecho con un gran botón verde.
Yo estaba todavía de pie al lado de la puerta. Mi compañero se volvió y me señaló, y el enorme hombre retumbó:
—Venga a conocerme mejor, hombre —y me hizo señas de que me acercara a la mesa.
Yo iba a decir que primero necesitaba pedir, pero la mujer vieja detrás del mostrador —¿Mama Montoni?— había desaparecido en la parte de atrás. Fui a la mesa.
—¿Cómo estamos? —saludé—. Soy Edwin Grey.
—Encantado de conocerle —dijo el enorme hombre de corazón—. Siéntese, siéntese. Mi amigo me dice que trabajan juntos.
—Sí. —Me senté—. En Harridge’s.
—Me dice que están contratando personal adicional en su departamento. ¿Es eso cierto?
—Posiblemente —respondí, preguntándome cómo se sentiría sir Spencer Siddon viéndose enfrentado con la mitad de los personajes de Canción de Navidad. ¿Pensaría quién se suponía que era Scrooge?—. Aunque sólo es algo temporal. Únicamente los tres días hasta Navidad.
—Hasta Navidad —dijo, y la mujer vieja emergió de la parte de atrás con un puñado de cubiertos y dos bandejas de espagueti de aspecto congelado.
—Tomaré lo mismo que ellos —dije— y un té en vaso de papel para llevarme.
La vieja mujer, que estaba claramente relacionada con Aún Por Venir, no respondió, ni siquiera dio muestras de haber oído mis palabras, y desapareció de nuevo en la parte de atrás.
—No sabía que estaba aquí este café —dije, para que no volviera a suscitarse el tema del trabajo.
—Una excelente elección de libros —dijo el enorme hombre, señalando mi Canción de Navidad, que asomaba del bolsillo de mi abrigo.
—Supongo que es su favorito —dije, depositándolo sobre la mesa y sonriendo.
Sacudió su despeinada cabeza castaña.
—Prefiero La pequeña Dorrit, también del señor Dickens, tan paciente y alegre en su prisión, y Las torres de Barchester de Trollope.
—¿Lee usted mucho? —pregunté. Es raro encontrar a alguien que lea a los autores antiguos, y menos aún a Trollope.
Asintió.
—Considero que ayuda a pasar el tiempo —dijo—. Especialmente en esta época del año. "Cuando el oscuro diciembre ensombrece el día y se lleva consigo nuestras alegrías de octubre. Cuando los cortos y sesgados rayos del sol arrojan sobre la triste desolación de la nieve una fría y estéril mirada…” Marmion, de sir Walter Scott.
—Cuarto canto —dije, y me miró con ojos radiantes.
—¿También lee usted? —exclamó ansioso.
—Hallo un gran consuelo en los libros —admití, y asintió.
—Dígame lo que piensa de Canción de Navidad —quiso saber.
—Creo que ha durado todos estos años porque la gente desea creer que es algo que puede ocurrir —dije.
—¿Pero usted no lo cree? —insistió—. ¿No cree que un hombre puede oí la verdad y ser cambiado por ella?
—Creo que Scrooge parece reformarse muy fácilmente —dije—, comparado con los Scrooge que he conocido.
Mama Montoni emergió de nuevo de la parte de atrás y depositó con fuerza sobre la mesa un plato de espagueti tibios y un arrugado vaso de papel medio lleno de té.
—¿Así que ha leído usted Marmion? —dijo el Espíritu de las Navidades Presentes—. Dígame, ¿qué piensa del relato de sir David Lindesey? —Y nos lanzamos a una viva discusión que duró demasiado. Iba a llegar tarde a la reunión con la secretaria de Scrooge.
Me puse en pie, y mi ayudante me imitó.
—Tenemos que volver —dije, poniéndome el abrigo—. Ha sido un placer conocerle, señor…
Me tendió su enorme mano.
—Soy el Espíritu de las Navidades Presentes.
Me eché a reír.
—Entonces falta el tercero. ¿Dónde está el de las Navidades Pasadas?
—En América —respondió, muy serio—, donde ha sido muy corrompido por la nostalgia y los intereses comerciales.
Me vio mirando escéptico a sus calcetines y sus sandalias.
—No nos ve con nuestro mejor aspecto —dijo—. Me temo que estamos pasando unos momentos difíciles.
Eso parecía.
—Cabría pensar que tendrían que ser unos buenos tiempos, con tantos Scrooges que reformar.
—Y ahí están —dijo—, pero son alabados y recompensados por su codicia, y muy admirados también. Y —me miró seriamente— no creen en los espíritus. Atribuyen sus visiones a Freud y a los desequilibrios hormonales, y sus terapeutas les dicen que no deben sentirse culpables y les aconsejan que se enfoquen más en sí mismos.
—Sí, bueno —dije—. Tengo que volver al trabajo. —Señalé a mi ayudante, sin saber si Presentes esperaba que me dirigiera a él como lo hacía al Espíritu de las Navidades Aún Por Venir—. Puede quedarse usted y hablar con su amigo si lo desea —y salí a escape, feliz de que al menos no le hubiera sugerido hablar con el señor Voskins acerca de ser contratado, y preguntándome lo que haría el señor Voskins cuando descubriera que había contratado a un lunático.
El señor Voskins no estaba en la planta baja, y tampoco la secretaria. Miré mi reloj, esperando que fuera ya pasada la una, pero todavía faltaba un cuarto. Llamé a Margaret. La línea estaba ocupada.
Mi ayudante estaba allí cuando volví, atendiendo a un cliente, pero todavía no había el menor signo del señor Voskins. Finalmente se nos acercó para decirnos que la secretaria había telefoneado para cambiar la hora.
—¿De la firma? —pregunté ansiosamente.
—No, de la reunión con nosotros. No estará aquí hasta menos cuarto.
Aproveché el retraso para probar de llamar de nuevo a Margaret. Se puso Gemma.
—Mamá esta abajo hablando con el portero acerca de los días que vamos a estar fuera —me dijo.
—¿Sabes de qué quería hablarme? —le pregunté.
—No… o —dijo tras pensarlo un poco, y añadió, con la irrelevancia propia de los niños—: Fui al dentista. Volverá en un minuto.
—Entonces hablaré contigo mientras tanto. ¿Qué quieres que comamos por Nochebuena?
—Higos —dijo rápidamente.
—¿Higos?
—Sí, y pasteles glaseados. Como la princesita y Ermengarde y Becky en la fiesta. Bueno, en realidad no los comieron. La horrible señorita Minchin los descubrió y se los quitó. Y vino de grosella roja. Sólo que supongo que no vas a dejarme tomar vino. Pero zumo de grosella roja sí. Algo de grosella roja.
—E higos —dije, con una mueca de desagrado.
—Sí, y un pañuelo rojo como mantel. Quiero que sea igual que en el libro.
—¿Qué libro? —dije, pinchándola.
—Una princesita.
—¿Qué libro es ése?
—Tú ya lo sabes. Aquél en el que la princesita es rica y luego pierde a su padre y la señorita Minchin la hace vivir en el desván y ser una sirvienta y el caballero indio siente tanta pena por ella y le envía cosas. Ya sabes. Es mi libro favorito.
Lo sabía, por supuesto. Había sido su favorito desde hacía dos años, desplazando a Ana de las tejas verdes y Mujercitas en su afecto.
—Es porque somos tan parecidas —me dijo cuando le pregunté por qué le gustaba tanto.
—Ambas vivís en un desván —dije.
—No. Pero ambas somos altas para nuestra edad, y ambas tenemos el pelo negro.
—Por supuesto —admití—. Lo olvidé. ¿Qué quieres por Navidad?
—No una muñeca. Ya soy demasiado mayor para muñecas —se apresuró a decir, y luego dudó—. El padre de la princesita siempre le regalaba libros por Navidad.
—¿De veras?
El señor Voskins apareció junto a mi codo, con aire agitado.
—Vengo en seguida —dije, cubriendo el micrófono con la mano.
—Ya casi es menos cuarto —señaló.
—Estaré ahí en un minuto. —Le prometí a Gemma que compraría higos y algo de grosella roja, y le indiqué que dijera a su madre que había telefoneado, y fui a reunirme con la secretaria, preguntándome si se parecería a Bob Cratchit. Eso completaría el reparto, excepto el Espíritu de las Navidades Pasadas, por supuesto, que estaba en América.
La secretaria todavía no estaba allí. A las dos y cuarto, el señor Voskins nos informó que la secretaria había llamado para cambiar la hora de la reunión a las cuatro. Utilicé el tiempo extra para comprarle a Gemma su regalo, un ejemplar de Una princesita. Tiene una edición de bolsillo, que ha leído una docena de veces, pero este ejemplar era una reproducción del original, con una cubierta en tela azul oscuro y láminas a color. Gemma lo miraba con envidia cada vez que venía a verme, y había hecho todo tipo de no muy veladas insinuaciones, como que "el padre de la princesita le compraba todos sus libros”.
Hice que Aún Por Venir me cobrara el libro, y lo guardé en el abrigo y fui al almacén a buscar otro ejemplar para que Gemma no viera que faltaba y sospechara cuando acudiera a la tienda pasado mañana.
Cuando salí con el ejemplar, el señor Voskins estaba allí con la secretaria de sir Spencer. Me equivoqué acerca de que la secretaria se parecería a Bob Cratchit. Era una mujer joven elegantemente vestida, con el pelo corto y liso y un Rolex de oro en la muñeca.
—Sir Spencer exige una silla de respaldo recto sin brazos, con un asiento de madera a setenta centímetros de altura, y dos plumas estilográficas con tinta verde cromo. ¿Dónde han pensado que se siente?
Le mostré la mesa en la sección de literatura.
—Oh, eso no funcionará así —dijo, mirando los libros—. Vendrá un fotógrafo. Estos estantes tendrán que estar llenos con ejemplares de Hacer dinero a puñados. Con la portada mirando hacia fuera. Y el resto de ellos aquí —apuntó a los estantes de historia— para que sean fácilmente asequibles desde la cola. ¿Quién estará a cargo de esto?
—Él —dije, señalando a Aún Por Venir.
—Una sola fila —dijo la secretaria, examinando sus notas—. Dos libros por persona, máximo. Sólo tapa dura, nuevos, nada de ediciones de bolsillo, y ningún libro viejo.
—¿Desea que lleven el nombre que quieren en la dedicatoria escrito en un pedazo de papel —dijo—, a fin de que no tengan que deletreárselo?
Me miró fríamente.
—Sir Spencer no personaliza los libros, sólo los firma. Sir Spencer prefiera agua de Armentières, no Perrier, y algo ligero para picar, galletitas sin mantequilla y queso dietético. —Fue tachando cosas en su bloc de notas—. Necesitaremos una salida por la cual podamos irnos sin ser vistos.
—¿Una trampilla? —dije, mirando a Aún Por Venir, que parecía positivamente amistoso en comparación,
La secretaria se volvió hacia el señor Voskins.
—¿De cuánto personal dispone?
—Estoy contratando ayuda adicional —se apresuró a decir el señor Voskins—, y el editor está trayendo más libros.
Ella cerró el bloc de notas con un gesto brusco.
—Sir Spencer estará aquí de once a una. Tienen mucha suerte de haberlo conseguido. Sir Spencer está muy solicitado.
Pasamos el resto del día trayendo libros y rebuscando en el sótano y en el departamento de muebles en busca de una mesa que encajara con las especificaciones. Había pensado en ir a comprar los ingredientes para la fiesta de Gemma al salir del trabajo, pero en vez de ello fui de tienda en tienda buscando agua de Armentières, que encontré al sexto intento, y zumo de grosella roja, que no encontré. Compré una caja de té de grosella negra y supuse que serviría.
Eran casi las diez cuando llegué a casa, pero telefoneé a Margaret dos veces más. En ambas ocasiones la línea estaba ocupada.
A la mañana siguiente dejé a Aún Por Venir a cargo del departamento y fui a la sección de alimentación a arreglar las cosas para el queso dietético y las galletitas sin mantequilla. Cuando volví Margaret estaba allí, preguntándole a Aún Por Venir dónde estaba yo.
—Supongo que fue idea tuya tener un empleado mudo —dijo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté—. ¿También está Gemma?
—Sí —dijo Gemma, acercándose con una sonrisa.
—Necesito hablar contigo —dijo Margaret—. Gemma, ve al departamento de niños y ve si puedes encontrar algo para el pelo que haga juego con tu vestido de Navidad.
Gemma estaba mirando a Aún Por Venir, que estaba señalando hacia la sección de viajes.
—¿Es ése el Espíritu de las Navidades Aún Por Venir? —preguntó—. ¿De Canción de Navidad?
—Sí —dije—. El auténtico y genuino.
—Gemma —advirtió Margaret—. Ve a buscar lo que te he dicho. Color borgoña, para que haga juego con el vestido que te regaló Robert. —La envió a hacer el encargo, la observó hasta que estuvo a buena distancia pasillo abajo, luego se volvió hacia mí—. Es evidente que no me llamaste.
—Lo hice —dije—. ¿No te dijo Gemma que había telefoneado?
—Me dijo que no pudiste aguardar ni siquiera un momento hasta que regresara, que estabas demasiado ocupado.
Gemma no le había dicho aquello, por supuesto.
—¿De qué quieres hablarme? —pregunté.
—De la salud de tu hija. —Hizo un gesto significativo hacia los estantes llenos de libros—. ¿O estás demasiado ocupado para eso también?
Hay veces en las que me resulta difícil imaginar que alguna vez estuve enamorado de Margaret. Sé racionalmente que fue así, que cuando ella me dijo que deseaba el divorcio fue como si me atravesaran con una espada, pero no puedo evocar la sensación o recordar qué fue lo que me enamoró de ella.
—¿Qué ocurre con su salud? —dije cansadamente.
—Necesita ortodoncia. El dentista dice que sufre una ligera desalineación de los dientes superiores con respecto a los inferiores y que es preciso corregirla con unos hierros. Será caro —dijo, y su voz murió.
Demasiado caro para un dependiente de una tienda, quería decir. Un contable hubiera podido permitírselo.
No había respuesta a aquello, aunque lo hubiera dicho realmente. Ella cree que abandoné mi trabajo de contable por despecho, para impedirle acumular una gran cantidad de apoyo infantil, y no hay nada que pueda decir que la convenza de lo contrario. Por supuesto no es la verdad, y éste es el motivo por el cual habiéndola perdido a ella, habiendo perdido a Gemma, no puedo soportar el estar sin libros.
—Robert se ha ofrecido a pagar la ortodoncia —dijo—, lo cual creo que es muy generoso por su parte, pero teme que tú puedas poner alguna objeción. ¿Pones alguna objeción?
—No —dije, deseando poder decir: "Quiero pagar yo la ortodoncia”, pero, como ella no había dicho, un dependiente de una tienda no gana lo suficiente para pagar una ortodoncia a su hija—. No pongo ninguna objeción.
—Le dije que no te importaría —murmuró—. Cada vez se ha ido haciendo más claro a lo largo de los últimos dos años que no te importa Gemma en absoluto.
—Y se ha ido haciendo cada vez más claro —dije, alzando la voz— que tú estás intentando sistemáticamente alejar a mi hija de mí. ¡Ni siquiera puedes soportar el dejarme verla en Navidad! —grité, y entonces vi a Gemma.
Estaba en la sección de literatura, de espaldas a las estanterías. Tenía entre las manos el ejemplar de Una princesita, y evidentemente había ido a ver si todavía estaba allí, a ver si yo todavía no lo había comprado.
Y había oído a sus padres intentando partirla en dos. Se apretó contra las estanterías, con aspecto pequeño y desvalido, aferrando el libro.
—Gemma —dije, y Margaret se volvió y la vio.
—¿Hallaste algo para el pelo de color borgoña? —preguntó.
—No —dijo Gemma.
—Bien, ven conmigo. Tenemos que hacer algunas compras.
Gemma volvió a dejar cuidadosamente el libro y se dirigió hacia nosotros.
—Te veré mañana por la noche —dije, forzando una sonrisa—. Conseguí un poco de té de grosella negra para nuestra fiesta.
—¿Compraste los higos? —preguntó solemnemente.
—Vamos, Gemma —dijo Margaret—. Dile adiós a tu padre.
—Adiós —dijo, y me sonrió tentativamente.
—Compraré los higos —le prometí.
Lo cual era más fácil de decir que de hacer. La sección de alimentación de Harridge’s no los tenía, ni secos ni frescos, y tampoco la tienda de un poco más abajo de la calle. No había tiempo de ir hasta el mercado y volver en la pausa de la comida. Tendría que ir después del trabajo.
Y no deseaba ir a Mama Montoni’s. No deseaba que Presentes me hiciera más preguntas acerca de si estábamos contratando personal adicional. Y no sentía deseos de hablar con nadie, cuerdo o no. Me deslicé callejón abajo hasta Wilson’s, con la intención de comprar un bocadillo de beicon para llevar.
El Espíritu de las Navidades Presentes estaba allí, sentado en una de las diminutas mesas, leyendo Hacer dinero a puñados. Levantó la vista cuando entré y me hizo señas de que fuera a su mesa.
—Se supone que tengo que encontrarme con Jacob Marley aquí —dijo, haciéndome gestos de que me acercara—. Venga, hablaremos de Ivanhoe y de El misterio de Edwin Drood. —Arrastró una silla para mí—. Siempre me he preguntado si Edwin estaba realmente muerto o si podía ser traído de vuelta a la vida.
Me senté y tomé el ejemplar de Hacer dinero a puñados.
—Creía que se limitaba usted a los autores antiguos.
—Investigación —dijo, recuperando el libro—. Jacob tiene muchas esperanzas de un trabajo para nosotros. Fue al Tribunal de lo Criminal de Londres esta mañana para hablar con un abogado.
—Especializado en divorcios, sin duda —dije—. ¿O fue a hablar con el abogado para conseguir que le redujeran la sentencia?
—Sobre arrepentimiento —dijo.
Me eché a reír sin el menor humor.
—¿De veras creen que son la encarnación de los espíritus de Dickens?
—No de Dickens —dijo.
—¿Que es usted realmente las Navidades Presentes y mi ayudante las Navidades Aún Por Venir? ¿Es por eso por lo que nunca habla? ¿Porque el Espíritu de las Navidades Aún Por Venir en la historia de Dickens es mudo?
—Puede hablar —dijo muy seriamente—. Pero no le gusta hacerlo. Muchos encuentran inquietante el sonido de su voz.
—¿Y cree usted que su trabajo es reformar avaros y difundir la alegría de la Navidad? —Hice un amplio gesto con el brazo—. Entonces, ¿por qué no hace algo? —dije amargamente—. Use sus poderes mágicos. Ayude a los necesitados. Aloje a los sin hogar. Reúna a los padres con sus hijos.
—No tenemos tales poderes. Un poco de habilidad con las cerraduras, una destreza menor con el tiempo. No podemos cambiar lo que es, o lo que fue. Nuestro poder es sólo reprender y recordar, instruir y advertir.
—Como los libros —dije—. Que ya nadie lee.
—Su hija.
—Mi hija —admití, y mi rostro se iluminó—. ¿Sabe dónde puedo encontrar higos?
—¿Secos o frescos?
—No importa.
—Fortnum and Mason’s —dijo, y tan pronto como me puse en pie siguió leyendo el libro de sir Spencer. No había tiempo para ir a Fortnum’s, aunque cuando volví a Harridge’s y miré mi reloj todavía me quedaban diez minutos de mi tiempo libre para comer.
El señor Voskins me estaba esperando.
—Telefoneó la secretaria de sir Spencer. Sir Spencer no puede estar aquí hasta la una y media. —Me tendió un fajo de folletos revisados—. La firma será de la una y media a las tres y media.
Contemplé los folletos, desalentado.
—Era el único tiempo libre en su apretado programa —dijo defensivamente—. Tenemos suerte de que haya podido incluirnos.
Pensé en la limpieza de después.
—Necesitaré irme a las cuatro —advertí—. Mi hija viene a pasar la Nochebuena conmigo.
Fue una larga tarde. Aún Por Venir retiró los libros de los estantes de literatura y puso los de sir Spencer, con la portada mirando hacia fuera, brillantes volúmenes verdes con el dibujo de un billete de cien libras y letras doradas. Pegué folletos con cinta adhesiva y atendí a clientes que habían recibido un regalo que no esperaban y que ahora, a regañadientes, tenían que devolver el favor, "pero nada por encima de las dos libras”. Les di los recibos de sus tarjetas de crédito y folletos, pensando: sólo un día más hasta tener a Gemma conmigo.
Después del trabajo fui a Fortnum’s, que tenía higos, tanto frescos como secos. Compré de ambos, y pastelillos glaseados, y chocolate, que tenía intención de decirle que le había mandado el caballero indio.
Cuando llegué a casa desenterré un viejo pañuelo rojo de lana para usarlo como mantel y limpié todo el piso. Sólo un día más.
Que llegó al fin, y con él un nuevo folleto (de la una y media a las tres y media) y el Espíritu de las Navidades Presentes.
—¿Qué está haciendo usted aquí? —pregunté.
—Hemos encontrado empleo —dijo, radiante.
—¿Hemos? —repetí, mirando a mi alrededor en busca de Marley. No vi a nadie que se le pareciera, y Presentes estaba ya apilando ejemplares del libro de sir Spencer en las mesas de exhibición.
—¿Qué tipo de empleo? —dije, suspicaz—. No estarán planeando alguna especie de manifestación contra sir Spencer, ¿verdad?
—Soy su nuevo ayudante —dijo, apilando libros en el suelo junto al mostrador—. Se supone que debo dar números para la cola.
—No puedo imaginar que vaya a venir tanta gente —dije, pero a las diez ya había veinte personas sujetando sus números.
Les vendí ejemplares de Hacer dinero a puñados y les expliqué por qué sir Spencer no iba a estar allí a las once como se había anunciado al principio.
—Es un hombre muy ocupado —dije—. Tenemos suerte de que haya podido hacer un hueco para nosotros.
El señor Voskins vino a las once para decirnos que tendríamos que olvidar la comida, lo cual era patentemente obvio. El departamento hormigueaba de gente, Aún Por Venir había tenido que ir abajo al sótano a por más libros, y Presentes estaba escribiendo números en más tarjetas.
Al mediodía la cola había empezado a formarse según los números y recorría el pasillo hasta la mitad.
—Será mejor que vaya a buscar más libros —le dije a Aún Por Venir, y me volví para encontrarme a Margaret allí de pie.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dije, intentando mantener la serenidad—. ¿Dónde está Gemma?
—Está arriba en la quinta planta, mirando las muñecas —respondió.
—Creí que no quería ninguna muñeca.
—Dijo que sólo quería mirarlas —indicó. Sí, pensé, y ocultarse sus buenos dos pisos de las peleas de sus padres.
—Lo de Nochebuena no va a ser posible —dijo Margaret.
—¿Qué? —exclamé, intentando mantener todavía la serenidad, aunque sabía ya lo que quería decir, lo sentía como una fría hoja metálica penetrando en mi cuerpo.
—Necesitamos tomar un tren que sale más temprano. Los padres de Robert tienen un amigo que es ortodoncista, y ha aceptado examinar a Gemma, pero sólo va a estar allí la Nochebuena.
—Tengo derecho a Gemma por Nochebuena —dije estúpidamente.
—Lo sé. Por eso he venido, para que podamos replantearnos las cosas. Vamos a volver el día después de Año Nuevo. Puedes tenerla entonces.
—¿Por qué no puede ver al ortodoncista después de Año Nuevo?
—Es un hombre muy ocupado. Normalmente Gemma hubiera tenido que ser puesta en lista de espera, pero ha aceptado verla como un favor especial. Creo que deberíamos sentirnos agradecidos de que haya podido hacernos un hueco.
—Tengo inventario el día después de Año Nuevo —dije.
—Por supuesto —respondió, y dejo morir su voz—. El siguiente fin de semana, entonces. Cuando quieras.
Y al siguiente fin de semana tendrían que probarle los hierros, pensé, y a la siguiente tendrán que apretárselos o aflojárselos o cualquier otra cosa.
—Contaba con que Gemma estaría conmigo en Nochebuena. ¿No podéis tomar un tren que salga más tarde? —insinué, aunque ya sabía que era inútil, sabía que estaba de pie contra la estantería de la misma forma que lo había estado Gemma, con aspecto pequeño y desvalido.
—Los únicos trenes son a la cuatro y a las diez y media. El último no llega hasta la una. No esperarás que Robert les pida a sus padres y al ortodoncista que nos aguarden hasta entonces. Creo que deberías ser un poco más comprensivo…
—Señor Grey, nos hemos quedado sin tarjetas para los números —dijo el señor Voskins—. Y necesito hablar con usted acerca de la cola.
—Volveremos un día antes, y puedes tener a Gemma para Año Nuevo —dijo Margaret.
—Está casi llegando al final del pasillo —dijo el señor Voskins—. ¿Debemos hacer que dé la vuelta?
Margaret echó a andar hacia el atestado pasillo.
—Espera —dije—. Tengo el regalo de Gemma en casa. Sólo un minuto.
Me apresuré hacia los estantes de literatura, y entonces recordé que los libros habían sido trasladados debajo de Viajes. Me arrodillé y busqué el otro ejemplar de Una princesita. No estaba envuelto, pero al menos lo tendría por Navidad.
No estaba allí. Miré dos veces a lo largo de toda la B, y luego pasé el dedo por los lomos, buscando la portada azul oscuro. No estaba allí. Comprobé Infantiles, pensando que Aún Por Venir podía haberlo puesto allí, pero no estaba, y cuando me puse en pie después de comprobar Literatura de nuevo Margaret se había ido.
—He hecho formar una doble cola —dijo el señor Voskins—. Va a ser un gran éxito, ¿no cree usted, señor Grey?
—Un gran éxito —dije, y fui a escribir más números en pedazos de papel.
Sir Spencer llegó a las dos menos cuarto vestido con un traje de Savile Row. Se acomodó en la silla de respaldo recto, contempló desdeñosamente la mesa y la cola, y quitó el capuchón de una de las plumas estilográficas.
Empezó a firmar los libros que colocaban ante él y a repartir sabiduría a la admirativa cola.
—La Navidad es un tiempo excelente para pensar en el futuro —dijo, garabateando un signo que podía ser una S seguida por una larga línea irregular—. Y un tiempo excelente para planear la estrategia financiera para el nuevo año.
La cuarta persona de la cola era alguien que sólo podía ser Marley, una chaqueta y unos pantalones pasados de moda sujetos con pesadas cadenas y una buena cantidad de base de maquillaje gris verdoso. Llevaba un pañuelo anudado alrededor de la cabeza y mandíbula y aferraba un ejemplar de Hacer dinero a puñados.
"Van a intentar realmente reformarlo”, pensé, y me pregunté qué diría sir Spencer.
Marley avanzó hasta la parte delantera de la cola y tendió su libro abierto sobre la mesa.
—En la vida… —dijo, y su voz sonó curiosa, seca, quebradiza, una voz que sonaba como si hubiera muerto total y definitivamente—. En la vida fui Jacob Marley —dijo, con aquella débil voz muerta, y sacudió su cadena con una mano gris verdosa, pero sir Spencer ya le estaba devolviendo su libro y tendiendo la mano hacia el siguiente.
—Hay quienes dicen que el dinero no lo es todo —dijo sir Spencer a la multitud—. No es cierto. El dinero es lo único.
La cola aplaudió.
A las dos y media, sir Spencer hizo una pausa para flexionar los dedos de su mano que firmaba y beber su agua de Armentières. Consultó algo en un susurro con su secretaria, miró su reloj y dio otro sorbo de agua.
Fui al mostrador a buscar otra botella, y cuando regresaba casi choqué con el Espíritu de las Navidades Presentes. Llevaba un enorme budín de ciruela rematado con una ramita de acebo.
—¿Qué está haciendo? —le pregunté.
—Navidad es una época excelente para pensar en el futuro —dijo con un guiño, y se dirigió hacia la mesa, pero la secretaria se interpuso ágilmente entre él y sir Spencer.
Presentes intentó darle el budín de ciruela a ella, aún riendo, pero ella se lo devolvió.
—Pedí específicamente cosas light —dijo con voz seca, y se volvió hacia sir Spencer, mirando su reloj.
Presentes la siguió.
—Vamos, conózcame mejor —le dijo, pero ella estaba consultando de nuevo con sir Spencer, y ambos miraban sus relojes.
La secretaria se volvió hacia mí.
—La cola necesita moverse más aprisa —indicó—. Dígales que tengan sus libros abiertos por la página del título.
Lo hice, siguiendo todo el camino a lo largo de la cola. Hubo un repentino silencio, y volví la vista hacia la mesa. Aún Por Venir se había deslizado delante de una mujer de mediana edad en la parte delantera de la cola, y ella había retrocedido un paso, aferrando su libro contra su amplio pecho.
Va a hacerlo, pensé, y casi deseé que pudiera. Sería hermoso ver que ocurría algo bueno.
Sir Spencer tendió la mano hacia el inexistente libro, y Aún Por Venir se irguió y apuntó su dedo hacia él, sólo que no era un dedo, sino los huesos de un esqueleto.
Pensé: va a hablar, y supe cómo sonaría su voz. Sería la voz de Margaret, diciéndome que deseaba el divorcio, diciéndome que tenían que tomar el tren más temprano. La voz del destino.
Contuve el aliento, temeroso de oírla, y la secretaria se inclinó hacia adelante.
—Sir Spencer no firma partes corporales —dijo muy seriamente—. Si no tiene usted un libro, por favor échese a un lado.
Y eso fue todo. Sir Spencer siguió firmando ejemplares de tapa dura recién adquiridos hasta las tres y cuarto, y entonces se puso en pie a medio garabatear una firma y se dirigió a la puerta trasera previamente dispuesta.
—No ha terminado de firmar el libro —dijo quejumbrosa la joven cuya firma había dejado a medias, y yo tomé el libro y la pluma y fui tras él, aunque sin muchas esperanzas.
Lo atrapé en la puerta.
—Todavía hay gente en la cola que esperan que les firme sus libros —dije, tendiéndole el libro a medio firmar y la pluma, pero la secretaria se interpuso entre nosotros.
—Sir Spencer estará firmando en la segunda planta de Hatchard’s —dijo—. Indíqueles que prueben de nuevo allí.
—Es Navidad —insistí, y sujeté su manga.
La miró significativamente.
—Perderá usted su avión a Mallorca —dijo la secretaria, y él tiró de su manga y se soltó y se alejó, mirando su reloj.
—… tarde —oí decir a la secretaria.
Yo todavía estaba sujetando la pluma y el libro abierto, con su medio terminada S. Se lo devolví a la muchacha.
—Si no le importa dejarlo, intentaré que se lo firme. ¿Era un regalo de Navidad?
—Sí, para mi padre —dijo—, pero no lo veré hasta después de Navidad, así que está bien.
Tomé su nombre y su número de teléfono, deposité el libro en el mostrador, y empecé a quitar los folletos.
Había pensado que quizá Aún Por Venir hubiera desaparecido tras su fracaso con sir Spencer como habían hecho los demás, pero todavía seguía allí, metiendo libros en cajas.
De algún modo parecía más silencioso —lo cual era imposible, nunca había pronunciado ni una palabra— y deprimido, lo cual era ridículo también. Se suponía que el Espíritu de las Navidades Aún Por Venir era ominoso, terrible, pero parecía haberse encogido sobre sí mismo. Como Gemma, encogida contra las estanterías.
Sir Spencer era el terrible, pensé, y su secretaria. Y su Rolex de oro.
—Los Scrooge son alabados y muy recompensados por su codicia —había dicho Presentes, y lo eran, con trajes de Savile Row y títulos nobiliarios y Mallorca. No era extraño que los Espíritus pasaran tiempos difíciles.
—Al menos lo intentó —dije—. Hay algunas batallas que se pierden antes de iniciarlas.
Una dependienta de Infantiles vino a comprar un regalo.
—Es para Utensilios de Casa. Le dije que no creía en esos intercambios entre colegas —dijo irritada—, pero me compró algo pese a todo. Y yo ya había planeado marcharme temprano. Como tú, supongo, para poder pasar la tarde con tu hija pequeña.
Miré mi reloj. Eran las tres pasadas. Pronto partirían hacia la estación, y hacia los padres de Robert, y hacia el ortodoncista.
Retiré las galletitas sin mantequilla y el queso dietético y puse papel de aluminio por encima del budín de ciruela y lo coloqué todo al lado del libro de la chica, que no tenía esperanzas de conseguir que firmara su autor, y regresé a ayudar a Aún Por Venir a retirar los ejemplares sobrantes de Hacer dinero a puñados de las estanterías, intentando no pensar en Gemma y la Nochebuena.
El espíritu se detuvo de pronto y se alzó y señaló, y la manga resbaló de su huesuda mano. Me volví, temiendo más malas noticias, y allí estaba Gemma en el pasillo, abriéndose camino hacia mí.
Avanzaba contra corriente por entre los compradores, que parecían ir todos en dirección contraria, agachándose entre bolsas llenas de compras, con una expresión decidida en su estrecho rostro.
— ¡Gemma! —exclamé, y la rescaté del pasillo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Quería decirte adiós y que siento no poder venir por Nochebuena.
Alcé la cabeza e intenté mirar pasillo abajo.
—¿Dónde está tu madre? No habrás venido hasta aquí sola, ¿verdad?
—Mamá está arriba en la quinta planta —dijo—. Con las muñecas. Le dije que había cambiado de opinión acerca de querer una. Una muñeca vestida de novia. Con los ojos verdes. —Pareció complacida consigo misma. No era un pequeño logro haber traído a Margaret hasta allí media hora antes de que tuvieran que reunirse con Robert en la estación, nunca hubiera aceptado de haber sabido por qué Gemma quería venir. Pude imaginar su argumentación —no hay tiempo, lo verás el día después de Año Nuevo, no podemos ponerle pegas a Robert, que después de todo es quién pagará tu ortodoncia—, y al parecer también podía imaginarla Gemma, y había sabido eludirla muy limpiamente.
—¿Le has dicho que bajabas a la tercera planta? —pregunté, intentando parecer desaprobador.
—Me dijo que fuera a ver los juegos para que no pudiera verla comprar la muñeca —respondió—. Quería decirte que hubiera preferido estar contigo esta Nochebuena.
Te quiero, pensé.
—Pienso que cuando al fin venga —dijo muy seriamente— deberíamos fingir que es Nochebuena, como la princesita y Becky.
—¿Ellos fingían que era Nochebuena?
—No. Cuando la princesita tenía frío o hambre o estaba triste, fingía que su desván era la Bastilla.
—La Bastilla —dije, pensativo—. No creo que tuvieran higos en la Bastilla.
—No —se rio—. La princesita fingía todo tipo de cosas, cuando no podía tener lo que deseaba. Así que yo pienso que deberíamos fingir que es Nochebuena, y llevar sombreros de papel, e iluminar el árbol y decir cosas como "Se acerca la Navidad” y "Oh, escucha, suenan las campanas de Navidad.”
—Y "Pásame los higos, por favor” —dije.
—Esto es serio —protestó—. Estaremos juntos después de Navidad, pero hasta entonces deberemos fingir. —Hizo una pausa y adoptó una actitud solemne—. Voy a pasármelo bien en Surrey —dijo, y su voz se apagó en la incertidumbre.
—Por supuesto que vas a pasártelo bien —dije de corazón—. Tendrás montones de regalos, y comerás montones de ganso. E higos. He oído decir que en Surrey utilizan los higos para rellenar el ganso. —La abracé fuertemente.
Una delgada mujer gris con casi el aspecto de la señorita Minchin se me acercó.
—Perdón, ¿trabaja usted aquí? —dijo desaprobadoramente.
—Estaré con usted en un instante —dije.
Aún Por Venir se acercó apresuradamente, pero la mujer lo despidió con un gesto de su mano.
—Estoy buscando un libro —dijo.
—Será mejor que vuelvas antes de que tu madre termine de comprar la muñeca y te eche en falta —le dije a Gemma.
—No lo hará. Las muñecas vestidas de novia están todas vendidas. Lo pregunté cuando estuve aquí antes. —Sonrió con ojos brillantes—. Los enviará a comprobar en el almacén —dijo alegremente, y por un momento se pareció a su madre, y de pronto recordé qué era lo que había amado en su madre, su alegría y el inocente placer que extraía de las cosas, sus recursos. Su sonrisa. Y fue como si hubiera recibido un regalo de Navidad que ni siquiera sabía que deseaba.
—Estoy buscando un libro —repitió la señorita Minchin—. Lo vi aquí hace varias semanas.
—Será mejor que me vaya —dijo Gemma.
—Sí —admití—, y dile a tu madre que no quieres la muñeca antes de que ponga el almacén patas arriba.
—Pero si la quiero —confesó—. La princesita tenía una muñeca —y de nuevo aquel arrastrar las palabras hasta el silencio, como si se hubiera dejado algo por decir.
—Me pareció que habías dicho que estaban todas vendidas.
—Lo están —admitió—, pero hay una en el escaparate, y ya conoces a mamá. Les hará que se la vendan.
—Disculpe —insistió la señorita Minchin—. Era un libro verde; verde y dorado.
—Será mejor que me haya —dijo de nuevo Gemma.
—Sí —admití a mi pesar.
—Adiós —y se sumergió entre los compradores, que ahora estaban yendo en la otra dirección.
—En tapa dura —dijo la señorita Minchin—. Estaba aquí, en este estante.
Gemma se detuvo a medio pasillo, con los clientes arracimándose a su alrededor, y volvió la vista hacia mí.
—Será mejor que te comas los pastelillos glaseados para que no se pongan malos. Me lo voy a pasar bien —dijo, más firmemente, y fue tragada por la multitud.
—Tenía letras doradas —dijo la señorita Minchin—. Estaba escrito por un conde, creo.
El libro que deseaba la señorita Minchin, tras una dilatada búsqueda, resultó ser Hacer dinero a puñados, de sir Spencer. Por supuesto.
—Qué hija tan encantadora tiene —dijo mientras yo marcaba su compra en la caja registradora, toda amabilidad ahora que había obtenido lo que deseaba—. Es usted muy afortunado.
—Sí —admití, aunque no me sentía afortunado.
Miré mi reloj. Las cuatro y cinco. Gemma había tomado ya el tren hacia Surrey, y yo no vería su dulce rostro de nuevo este año, y aunque me quedara después de cerrar y volviera a poner todas las cosas tal como estaban antes todavía quedarían por pasar todas las horas de la Nochebuena. Y todo el día siguiente. Y todos los días después.
Y el resto de la tarde, y todos los clientes que habían dejado sus compras hasta demasiado tarde, y que tenían prisa y estaban cansados e irritados de que no hubiera más ejemplares de Canción de Navidad del espacio exterior, y que habían contado con que les envolviéramos para regalo todas sus compras.
Y el señor Voskins, que vino a decirnos desaprobadoramente que se había sentido muy decepcionado por las ventas de la firma de libros, y que deseaba que todas las estanterías volvieran a ponerse en orden de inmediato.
Mientras tanto, Aún Por Venir y yo plegamos sillas y llevamos las cajas invendidas del libro de sir S. al sótano.
Fuera se hizo oscuro, y el flujo de compradores fue disminuyendo y finalmente se convirtió en un goteo. Cuando Aún Por Venir acudió a mí con sus huesudas manos llenas con una caja de libros, dije:
—No es necesario que vuelva —y ni siquiera tuve corazón de desearle feliz Navidad.
El goteo de clientes disminuyó a dos jóvenes de aspecto desesperado. Les vendí diarios aromatizados y empecé a retirar los ejemplares del libro de sir S. de las estanterías y a meterlos también en cajas.
En el segundo estante empezando desde arriba, encajado detrás de Hacer dinero a puñados, encontré el otro ejemplar de Una princesita.
Y aquello pareció, de alguna forma, el golpe definitivo. No el que hubiera estado allí todo el tiempo —no había ninguna auténtica diferencia entre no estar allí y no ser capaz de encontrarlo, y a Gemma le encantaría lo mismo cuando se lo diera la próxima semana que si se lo hubiera dado la mañana de Navidad—, sino que sir Spencer Siddon, sir Garabatos en sólo tapas duras nuevos y agua de Armentières, sir Scrooge y su maldita secretaria que ni siquiera había reconocido a los Espíritus de las Navidades, y mucho menos les había hecho caso, que no sentía ningún deseo de conservar la Navidad, le hubiera costado a Gemma la suya.
—Tiempos difíciles —dije, y me dejé caer en el sillón de orejas—. He caído en tiempos difíciles. —Al cabo de un rato abrí el libro y giré las páginas, buscando las ilustraciones a color. La princesita y su padre en su carruaje. La princesita y su padre en la escuela. La princesita y su padre.
La fiesta de cumpleaños. La princesita acurrucada contra una pared, abrazando fuertemente su muñeca, con aspecto desamparado.
"La princesita tenía una muñeca”, había dicho Gemma, y quería decir: "para ayudarla en sus tiempos difíciles”.
La forma en que la muñeca de la princesita la había ayudado cuando perdió a su padre. La forma en que el libro había ayudado a Gemma.
—Hallo un gran consuelo en los libros —le había dicho yo al Espíritu de las Navidades Presentes. Y lo mismo había hecho Gemma, que había perdido a su padre.
—Voy a pasármelo bien en Surrey —me había dicho ella, y su voz se había arrastrado hasta perderse, y yo también podía terminar esa frase—: Pese a todo.
No una esperanza, sino una determinación de intentar ser feliz pese a las circunstancias, como la princesita había intentado ser feliz en su helado desván.
—Voy a pasármelo bien —me había dicho de nuevo, volviéndose en el último minuto, y fue un reproche y un recordatorio y una instrucción, todo a la vez. Y un consuelo.
Permanecí un momento allí, contemplando el libro, y luego lo cerré y lo dejé en el estante, de la misma forma que lo había hecho Gemma.
Fui al mostrador y tomé el budín de ciruela. El libro que había dejado la chica para que sir Spencer se lo acabara de firmar estaba debajo. Lo abrí y tome el papel con su nombre y su dirección.
Martha. Tomé la pluma estilográfica, con su tinta verde cromo, le quité el capuchón y tracé un garabato que se parecía un poco al de sir Spencer. "Al padre de Martha —escribí encima—. ¡El dinero no lo es todo!” Y fui en busca de los espíritus.
Si podía encontrarlos. Si después de todo no habían encontrado otro empleo con el abogado o el banquero, o tomado un avión a Mallorca, o ido a Surrey.
Mama Montoni’s tenía un gran cartel de Cerrado colgando en la parte interior de la puerta, y la luz encima del mostrador estaba apagada, pero cuando probé la puerta no estaba cerrada. La abrí, cuidadosamente para que no sonara el timbre, y entré. Mama Montoni debía de haber apagado también la calefacción. Dentro estaba helado.
Estaban sentados en la mesa del rincón, inclinados hacia adelante como si tuvieran frío. Aún Por Venir tenía las manos metidas dentro de sus mangas, y Presentes no dejaba de tirar de su botón como si quisiera ajustarse su ropa verde. Estaba leyendo en voz alta Canción de Navidad.
—"Te verás perseguido”, siguió diciendo el Fantasma de Marley, "por tres espíritus” —leyó Presentes—. "¿Es esta la oportunidad y la esperanza que mencionaste, Jacob?”, preguntó con voz titubeante. "Lo es.” "Yo…, creo que más bien no”, dijo Scrooge. "Sin sus visitas”, dijo el Fantasma, "no puedes esperar eludir el camino que he trazado.”
Abrí la puerta de par en par y entré.
—"Entra, cena conmigo, tío” —dije.
Se volvieron para mirarme.
—Ya hemos pasado este pasaje —dijo Marley—. El sobrino de Scrooge ya ha ido a casa, y también Scrooge.
—Estamos en el pasaje donde Scrooge es visitado por Marley —dijo Presentes, ofreciendo una silla—. ¿Quiere unirse a nosotros?
—No —dije—. Están en el pasaje donde ustedes deben venir a visitarme.
Mama Montoni apareció a toda prisa desde la parte de atrás.
—Ya he cerrado —gruñó—. Es Nochebuena.
—Es Nochebuena —confirmé—, y Mama Montoni’s está cerrado, así que tienen que venir a cenar conmigo.
Se miraron entre sí. Mama Montoni arrancó el letrero de Cerrado de la puerta y lo blandió ante mis narices.
— ¡He cerrado!
—No puedo ofrecer mucho. Higos. Tengo higos. Y pastelillos glaseados. Y sir Walter Scott. "En Navidad tengo la más fuerte cerveza, en Navidad cuento la más alegre historia.”
—"Divertirse un poco en Navidad puede alegrar el corazón de un hombre pobre durante medio año” —murmuró Presentes, pero ninguno de ellos se movió. Mama Montoni fue al teléfono, sin duda para marcar el 999.
—Nadie debería estar solo en Nochebuena —dije.
Se miraron de nuevo entre sí, y entonces Aún Por Venir se puso en pie y se deslizó hacia mí.
—El tiempo se acaba —dije, y Aún Por Venir extendió su dedo y apuntó hacia ellos. Marley se puso en pie, y luego Presentes, cerrando con suavidad su libro.
Mama Montoni nos empujó hacia la puerta, con ojos como puñales. Extraje Canción de Navidad de mi bolsillo y se lo tendí.
—Es un libro excelente —dije—. Instructivo.
Cerró la puerta con un golpe seco detrás de nosotros y dio dos vueltas a la llave.
—Feliz Navidad —le dije a través de la puerta, y abrí camino hacia casa, aunque antes de que alcanzáramos la estación del metro Aún Por Venir se había puesto en cabeza y señalaba con el dedo el camino hacia el metro, y hacia mi calle, y hacia mi piso.
—Tenemos té de grosella negra —dije, yendo a la cocina para poner a hervir la tetera—. E higos. Por favor, considérense en casa. Presentes, el Dickens está en esa librería, el estante de arriba, y el Scott justo debajo.
Saqué el azúcar y la leche y los pastelillos glaseados que había comprado para Gemma. Retiré el papel de aluminio del budín de ciruela.
—Cortesía de sir Spencer Siddon que, desgraciadamente, sigue siendo un miserable —dije, depositándolo sobre la mesa—. Lamento que no hallaran a nadie a quien reformar.
—Hemos tenido un pequeño éxito —dijo Presentes desde la librería, y Marley sonrió taimadamente.
—¿Quién? —dije—. No Mama Montoni.
La tetera se puso a silbar. Eché el agua sobre el té y lo traje a la mesa.
—Vamos, vamos, siéntense. Presentes, traiga su libro consigo. Puede leernos un poco mientras se hace el té. —Adelanté una silla para él—. Pero primero tiene que hablarme de esa persona a la que reformó.
Marley y Aún Por Venir se miraron como si compartieran un secreto, y ambos miraron al Espíritu de las Navidades Presentes.
—Ha leído usted el Marmion de Scott, ¿no? —dijo, y supe que, fuera lo que fuese, no iban a decírmelo. ¿Una de las personas en la cola, quizá? ¿O el propio Harridge?
—Siempre he pensado que Marmion era un poema excelente para Navidad —dijo Presentes, y abrió el libro—. "Y nuestros sires cristianos de antaño —leyó— amaron cuando el año rodó su curso, y trajeron de nuevo la alegre Navidad, con todas sus cosas hospitalarias.”
Serví el té.
—"El ponche, en sus buenas poncheras de barro —leyó— adornadas con cintas, se alza alegre.” —Dejó el libro y alzó su taza de té en un brindis—. ¡Por sir Walter Scott, que sabía cómo mantener la Navidad!
—Y por el señor Dickens —dijo Marley—, el fundador de la fiesta.
— ¡Y por los libros! —dije yo, pensando en Gemma y en Una princesita—, que instruyen y nos sostienen en los tiempos difíciles.
—"¡Apilad más madera! —leyó Presentes, tomando de nuevo su libro—. El viento es helado; pero dejad que silbe a voluntad, mantendremos nuestras Navidades alegres pese a todo.”
Serví más té, y comimos los pastelillos glaseados y los higos de Gemma y la mitad de un pastel de carne que hallé en la parte de atrás del frigorífico, y Presentes nos leyó "Lochinvar” con efectos sonoros.
Y mientras traía la segunda tetera de hirviente agua, el reloj empezó a sonar las horas y, fuera, las campanas de las iglesias se pusieron a tañer. Miré el reloj. Imposiblemente, era medianoche.
— ¡Ya es Navidad! —dijo jovialmente Presentes—. Las veladas con los amigos vuelan demasiado aprisa.
—Y son los amigos quienes las hacen volar —dije yo.
—Por los pequeños éxitos —dijo Marley, y alzó su taza hacia mí.
Miré al Espíritu de las Navidades Presentes, y luego al de las Navidades Aún Por Venir, cuyo rostro todavía no podía ver, y luego de vuelta a Marley. Sonrió astutamente.
—Vamos, vamos —dijo Presentes en el silencio que se formó—. Todavía no hemos brindado por las Navidades Aún Por Venir.
—Sí, sí —dijo Marley, haciendo sonar excitadamente sus cadenas—. Habla, Espíritu.
Aún Por Venir tomó el asa de su taza de té con sus huesudos dedos y la alzó.
Contuve el aliento.
—Por la Navidad —dijo, ¿y por qué siempre había temido aquella voz? Era clara e infantil. Como la voz de Gemma diciendo: "Estaremos juntos la próxima Navidad.”—. Por la Navidad —dijo el Espíritu de las Navidades Aún Por Venir, y su voz se hizo más fuerte a cada palabra—. Dios nos bendiga a Todos.
Fin