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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    MUERTE Y JUICIO (Donna Leon)

    Publicado el martes, febrero 13, 2018

    Para Tony Sepeda y Craig Manley

    Questo è i fin di chi fa mal;
    E de' perfidi la morte
    Alla vita è sempre ugual.

    Este es el fin del que hace el mal;
    y de los pérfidos la muerte
    es a la vida siempre igual.
    Mozart, Don Giovanni


    1


    El último martes de septiembre cayó la primera nieve en las montañas que separan el norte de Italia de Austria, más de un mes antes de lo habitual. La nevada empezó de repente, traída por gruesos nubarrones que se habían presentado de improviso. Al cabo de media hora, en el puerto de montaña de Tarvisio, la carretera estaba resbaladiza y peligrosa. Hacía un mes que no llovía, y la nieve se posaba en un asfalto cubierto de una reluciente capa de aceite y grasa.

    Esta combinación resultó fatal para un gran camión de cuatro ejes con matrícula rumana, cargado, según constaba en el manifiesto, con noventa metros cúbicos de tablas de pino. Durante el descenso hacia la autostrada y las vías más cálidas y seguras de Italia, el conductor frenó bruscamente en una curva y el enorme vehículo se salió de la carretera a cincuenta kilómetros por hora. Los neumáticos abrieron profundos surcos en la tierra que aún no estaba helada, mientras la caja del camión tronchaba troncos y partía ramas a su paso, desgarrando la ladera hasta el fondo del barranco, donde el camión chocó contra una pared rocosa y reventó, esparciendo su carga en un amplio radio.

    Los primeros en pasar por el lugar del accidente, camioneros que pararon a socorrer al compañero, fueron ante todo a la cabina, pero ya no había esperanza para el conductor, que colgaba del cinturón de seguridad con medio cuerpo fuera del vehículo y el cráneo hundido por una rama que había arrancado la puerta de la cabina cuando el camión caía por la pendiente. Un hombre que transportaba cerdos a un matadero de Italia, se encaramó a lo que quedaba del capó, para mirar por el destrozado parabrisas si había un segundo conductor. El asiento estaba vacío, y los varios hombres que ya se habían congregado empezaron a registrar los alrededores, por si éste había salido despedido.

    Cuatro conductores de camiones de tonelajes diversos bajaron la ladera, mientras el quinto ponía las señales de aviso en la carretera y llamaba por su radio a la polizia stradale. Aún nevaba copiosamente, por lo que transcurrió algún tiempo antes de que uno de ellos descubriera el retorcido cuerpo que había quedado en la pendiente, a una tercera parte del recorrido. Dos hombres corrieron hacia él, con la esperanza de que, por lo menos, uno de los conductores hubiera sobrevivido.

    Los hombres avanzaban con dificultad, resbalando y cayendo de rodillas en la pendiente por la que se había precipitado el camión. El primero en llegar se arrodilló junto a la figura inerte y empezó a retirar la fina capa blanca que la cubría, buscando señales de vida. Pero sus dedos se enredaron en un cabello largo y, cuando pudo verle la cara, descubrió las facciones delicadas de una mujer.

    Entonces el hombre oyó a un compañero gritar desde más abajo. Al volverse, lo vio arrodillado junto a un bulto que estaba a unos metros a la izquierda del desgarro abierto por el camión en la ladera.

    —¿Qué hay? — preguntó, mientras buscaba el pulso de la figura que yacía con el cuerpo doblado.
    —Es una mujer -dijo el segundo hombre. Y el primero, que seguía sin percibir latido alguno en la garganta de la mujer, oyó que el de abajo gritaba-: Está muerta.

    Después, el primer conductor que miró detrás del camión dijo que al ver aquello pensó que la carga debía de ser de maniquíes, sí, esas muñecas de plástico que ponen en los escaparates. Había por lo menos media docena esparcidas sobre la nieve, detrás de las destrozadas puertas traseras. Una estaba suspendida de la plataforma con las piernas aprisionadas por las tablas, qué durante la caída se habían desplazado, pero estaban bien embaladas y ni el impacto del camión contra la roca había hecho que se soltaran. Pero después el hombre recordaba que le había llamado la atención que unos maniquíes llevaran abrigo. ¿Y por qué había manchas rojas en la nieve alrededor de ellos?


    2


    La polizia stradale tardó más de media hora en acudir. Cuando los agentes llegaron por fin al lugar del accidente, instalaron señales luminosas y trataron de despejar las retenciones de varios kilómetros que se formaban en uno y otro sentido, porque los conductores, que ya circulaban con precaución a causa del mal estado de la carretera, aminoraban la marcha para mirar por la brecha de la barandilla metálica hacia los restos del camión. Y los otros restos. El primer agente que bajó no oía lo que le gritaban los camioneros, pero cuando vio las figuras que yacían en torno al destrozado camión trepó a la carretera volviendo sobre sus pasos y llamó por radio al cuartel de carabinieri de Tarvisio. Su llamada fue contestada con prontitud, y al poco rato, la llegada de dos coches que traían a seis carabinieri de negro uniforme venía a entorpecer todavía más la circulación. Los recién llegados dejaron los coches en el arcén y descendieron hasta el camión siniestrado. Cuando advirtieron que la mujer que tenía las piernas aprisionadas por las tablas aún vivía, todos se desentendieron por completo del tráfico.

    En circunstancias menos trágicas, la escena que siguió hubiera podido ser grotesca y hasta cómica. Los montones de tablas que comprimían las piernas de la mujer contra el suelo del camión tenían por lo menos dos metros de alto; para levantarlas se necesitaba una grúa, pero era imposible bajar una grúa hasta allí. También podían retirarse a mano, pero para ello los hombres tendrían que situarse encima, acrecentando el peso.

    El más joven de los agentes, arrodillado detrás del camión, tiritaba en el frío anochecer alpino. Su anorak de uniforme envolvía la parte accesible del cuerpo atrapado. Las piernas de la mujer, a la altura de los muslos, desaparecían bajo una compacta pila de madera, como en una caprichosa composición de Magritte.

    El agente podía ver que era joven, que era rubia, y también que palidecía por momentos. Estaba de lado, con la mejilla contra el suelo ondulado del camión. Tenía los ojos cerrados, pero aún respiraba.

    A su espalda, el joven oyó el estrépito de algo pesado que caía al suelo del camión. Sus cinco compañeros habían trepado por los costados de la pila y, tras forcejear con los paquetes de tablas, los habían soltado por la parte superior. Hacían caer una tabla al suelo del camión, se bajaban y la sacaban, pasando junto a la muchacha y al joven Monelli.

    A cada viaje, observaban cómo el charco de sangre que salía de debajo de las tablas estaba más cerca de las rodillas del agente; pero ellos seguían rompiéndose las manos en su afán por liberar a la muchacha. Incluso después de que Monelli le tapara la cara con el anorak y se pusiera de pie, dos de ellos siguieron arrancando tablas de la pila y arrojándolas al exterior, donde crecía la oscuridad. Así siguieron hasta que su sargento se acercó primero a uno y luego al otro y les puso una mano en el hombro, para hacerles comprender que ya podían parar. Entonces ellos se calmaron y reanudaron la investigación rutinaria. Cuando terminaron y pidieron a Tarvisio ambulancias para la retirada de los cadáveres, ya era noche cerrada, seguía nevando y el atasco del tráfico llegaba hasta la frontera austríaca.

    Nada más podía hacerse hasta el día siguiente, pero los carabinieri apostaron a dos agentes en el lugar del accidente. Sabían la fascinación que el escenario de la muerte tiene para muchas personas, y temían que, si el vehículo siniestrado quedaba sin vigilancia durante la noche, alguien pudiera robar o destruir indicios.

    Como suele ocurrir en esta época del año, el día siguiente amaneció sereno y diáfano y a las diez, la nieve no era más que un recuerdo. Pero el camión destrozado seguía allí, lo mismo que las profundas heridas que había abierto en la tierra. Durante el día, la carga fue retirada y estibada a bastante distancia del vehículo por los carabinieri, que refunfuñaban por el peso, las astillas y el barro que chasqueaba bajo sus botas, mientras un equipo forense examinaba minuciosamente la cabina, espolvoreando las superficies y guardando papeles y objetos en bolsitas de plástico debidamente etiquetadas y numeradas. El asiento del conductor había sido arrancado del bastidor por el impacto final; los dos hombres que trabajaban en la cabina acabaron de desmontarlo y luego desprendieron la funda de plástico y la tela del tapizado, buscando algo que no encontraron. Como tampoco encontraron sustancias sospechosas debajo de los paneles de plástico de la cabina.

    Pero fue en la caja del camión donde se encontró algo extraño: ocho bolsas de plástico de las que suelen dar en los supermercados, cada una de las cuales contenía una muda de ropa interior femenina y, una de ellas, además, un libro de oraciones impreso en una lengua que uno de los técnicos identificó como rumano. Todas las etiquetas habían sido eliminadas de las prendas que contenían las bolsas, lo mismo que, según se comprobaría después, de toda la ropa que llevaban las mujeres muertas en el accidente.

    Los papeles que se encontraron en el camión eran estrictamente los que debía haber: el pasaporte y el permiso del conductor, los formularios del seguro, documentos de aduanas, albaranes y una factura a nombre del almacén de madera al que había que entregar la mercancía. Los papeles del conductor eran rumanos, la documentación de aduanas estaba en regla y el envío iba destinado a un aserradero de Sacile, una pequeña ciudad situada a unos cien kilómetros hacia el sur.

    Nada más revelarían los restos del camión que, con grandes dificultades y enormes trastornos circulatorios, fue izado hasta el arcén con ayuda de cabrestantes enganchados a tres camiones-grúa. Allí fue cargado en una plataforma-remolque y devuelto a su dueño de Rumania. La madera fue entregada al aserradero de Sacile, que se negó a pagar los gastos extra.

    La extraña muerte de las mujeres fue recogida por la prensa de Austria y de Italia, en artículos titulados, respectivamente, «Der Todeslaster» y «Il Camión della Morte». Los austriacos habían conseguido tres fotos de los cadáveres esparcidos en la nieve y las publicaron con la noticia. Se hicieron conjeturas: ¿refugiadas?, ¿trabajadoras ilegales? La caída del comunismo eliminaba la que sin duda hubiera sido inevitable conclusión: espías. El misterio no se aclaró, y la investigación languideció ante la incapacidad de las autoridades rumanas de contestar preguntas y devolver papeles y la falta de interés de las italianas. Los cadáveres de las mujeres y del conductor fueron enviados a Bucarest en avión, donde fueron sepultados bajo su tierra natal y todo el peso de la burocracia.

    La noticia pronto fue desplazada de los periódicos por la profanación de un cementerio judío de Milán y el asesinato de otro juez más. Pero no desapareció sin que la leyera la professoressa Paola Falier, ayudante de Literatura Inglesa de la Universidad de Cà Pesaro, de Venecia y -lo que importa para este relato- esposa de Guido Brunetti, comisario de policía de la ciudad.


    3


    Carlo Trevisan, el avvocato Carlo Trevisan, como él prefería que lo llamaran, era hombre de origen modesto, no obstante lo cual, hizo una carrera de lo más brillante. Era natural de Trento, una ciudad próxima a la frontera austríaca y se licenció en derecho por la Universidad de Padua con matrícula de honor y el unánime elogio de sus profesores. Al terminar sus estudios, el joven avvocato entró a trabajar en un bufete de Venecia, donde adquirió gran experiencia en derecho internacional, por ser uno de los pocos hombres de la ciudad que se interesaban por esta materia. Cinco años después abrió su propio despacho y se especializó en derecho mercantil internacional.

    En Italia suele ocurrir que una ley que se dicta hoy es revocada mañana. Por otra parte, no es de extrañar que, en un país en el que resulta imposible descifrar el sentido hasta de la noticia periodística más banal, exista cierta confusión respecto al alcance de la ley. La diversidad de interpretaciones posibles crea un clima muy propicio para los abogados que se precian de entender la ley. Entre éstos, el avvocato Carlo Trevisan.

    Por ser trabajador y ambicioso, el avvocato Trevisan prosperó. Por haberse casado con la hija de un banquero, entró en contacto, familiar o amistoso, con acaudalados y poderosos empresarios y financieros de la región del Véneto. Su clientela crecía y su cintura se dilataba y, cuando cumplió los cincuenta, el avvocato Trevisan tenía a siete abogados trabajando en su bufete, ninguno de los cuales era socio de la firma. Asistía todos los domingos a misa en Santa María del Giglio, se había distinguido en el servicio a la ciudad desde el consejo municipal en dos legislaturas y tenía dos hijos, chico y chica, ambos inteligentes y guapos.

    El martes anterior a la fiesta de la Madonna della Salute, a últimos de noviembre, el avvocato Trevisan se trasladó a Padua, para hacer una visita a Francesco Urbani, un cliente que recientemente había decidido separarse de su esposa, tras veintisiete años de matrimonio. Durante las dos horas que duró la entrevista, Trevisan sugirió a Urbani que sacara del país cierto capital y lo llevara, por ejemplo, a Luxemburgo y que vendiera inmediatamente su participación en las dos fábricas de Verona de las que era socio capitalista y diera el mismo destino al producto de las transacciones.

    Después de la reunión, concertada para que enlazara con su cita siguiente, Trevisan acudió a su cena semanal con un asociado. La semana anterior se habían encontrado en Venecia, por lo que hoy tocaba cenar en Padua. Esta reunión, como todas las demás, tuvo la cordialidad que propician el éxito y la prosperidad. Buena cocina, buen vino y buenas noticias.

    El socio llevó a Trevisan a la estación, donde el avvocato solía tomar el Intercity con destino a Trieste que lo dejaba en Venecia a las diez y cuarto. A pesar de tener billete de primera clase, que estaba en la cola del tren, Trevisan atravesó los semivacíos coches y se sentó en un compartimiento de segunda; al igual que todos los venecianos, prefería viajar en el primer coche, para no tener que recorrer a la llegada el largo andén de la estación de Santa Lucia.

    Trevisan dejó su cartera de piel de becerro en el asiento de delante, la abrió y sacó un folleto que había recibido del Banco Nacional de Luxemburgo, en el que se ofrecían intereses de hasta un 18 por ciento, aunque no a las cuentas en liras. Sacó una pequeña calculadora de un bolsillo de la tapa de la cartera y empezó a hacer anotaciones en un papel con su Mont Blanc.

    La puerta del compartimiento se abrió, y Trevisan se volvió de espaldas, para sacar el billete del bolsillo del abrigo y darlo al revisor. Pero lo que la persona que estaba en la puerta venía a pedir al avvocato Carlo Trevisan no era el billete.

    El cadáver fue descubierto por Cristina Merli, la revisora, cuando el tren cruzaba la laguna que separa Venecia de Mestre. En un principio, al pasar frente al compartimiento en el que el bien trajeado pasajero dormía apoyado en la ventanilla, la mujer decidió no despertarlo para pedirle el billete, pero después recordó que eran muchos los pasajeros, incluso bien vestidos, que fingían dormir porque viajaban sin billete, para ahorrarse las mil liras de la corta travesía sobre la laguna. Por otra parte, si aquel hombre dormía realmente e iba a Venecia, le agradecería que lo despertara, especialmente, si tenía que tomar el barco 1 para Rialto, que salía del embarcadero de la estación exactamente tres minutos después de la llegada del tren.

    La revisora abrió la puerta y entró en el pequeño compartimiento.

    —Buona sera, signore. Suo biglietto, per favore.

    Después, al hablar de ello, a Cristina le parecía recordar el olor que había notado al abrir la puerta del super-caldeado compartimiento. La revisora dio dos pasos hacia el durmiente y repitió, en voz más alta:

    —Suo biglietto, per favore.

    ¿Tan profundamente dormía que no la oía? Imposible, debía de viajar sin billete y trataba de salvarse de la inevitable multa. Al cabo de sus años de servicio en los trenes, Cristina Merli casi había llegado a gozar de este momento: pedir la identificación, extender el billete y cobrar la multa. También le divertía la retahíla de las consabidas excusas, que hubiera podido recitar hasta en sueños: se me habrá caído; el tren iba a salir y no quería perderlo; lo tiene mi esposa, que está en otro compartimiento.

    La revisora, consciente de todo ello y del tiempo que este incidente la haría perder al final del largo viaje desde Turín, no pudo reprimir un gesto de impaciencia, casi de irritación.

    —Por favor, signore, despierte y déme su billete -dijo inclinándose y sacudiéndolo por el hombro. Bajo la presión de su mano, el hombre, lentamente, se apartó de la ventana, cayó de lado sobre el asiento y se deslizó al suelo. Al caer, se le abrió la americana, dejando al descubierto la camisa manchada de rojo. Del cuerpo emanaba el olor inconfundible a orina y excrementos.
    —Maria Vergine -jadeó la mujer que, andando hacia atrás muy despacio, salió del compartimiento. Por la izquierda se acercaban dos pasajeros que se dirigían hacia la puerta anterior-. Lo siento, señores, pero esta puerta está bloqueada; tendrán que apearse por detrás.

    Acostumbrados a las anomalías, los hombres dieron media vuelta y se alejaron hacia la parte posterior del coche. Ella miró por la ventana y vio que el tren estaba llegando al final del puente. Dentro de tres o cuatro minutos entraría en la estación. Entonces se abrirían las puertas y los pasajeros se apearían y dispersarían, llevando consigo los recuerdos del viaje y de las personas a las que hubieran visto en los pasillos del largo tren. Sacudidas y chirridos indicaban que estaban entrando en agujas. La cabeza del tren ya estaba bajo la cubierta de la estación.

    Hacía quince años que Cristina Merli trabajaba en el ferrocarril y nunca había visto utilizar este recurso, pero entonces hizo lo único que se le ocurrió: entrar en el compartimiento de al lado y tirar con fuerza del freno de alarma. El gastado cordón se rompió con un pequeño chasquido y ella se quedó esperando, no sin una curiosidad distante, casi académica, lo que fuera a ocurrir ahora.


    4


    Las ruedas se bloquearon y patinaron y el tren se detuvo bruscamente; los pasajeros cayeron al suelo de los pasillos o fueron proyectados al regazo de los desconocidos sentados enfrente. A los pocos segundos se bajaban ventanillas y aparecían cabezas que indagaban la causa de aquella insólita parada. Cristina Merli abrió una ventanilla del pasillo, aspiró agradecida el aire frío y se asomó para requerir ayuda del exterior. Por el andén venían corriendo una pareja de la polizia ferrovia.

    —Aquí, aquí -les gritó la mujer. Como no quería que nadie más que la policía oyera lo que tenía que decir, no volvió a hablar hasta que los hombres estuvieron debajo de la ventanilla.

    Al oír la noticia, uno regresó corriendo a la estación y el otro fue a hablar con el maquinista. Lentamente, después de dos falsas arrancadas, el tren entró en la estación y se detuvo en su lugar habitual de la vía 5. En el andén había gente que esperaba a los pasajeros o que deseaba subir al tren de la noche para ir a Trieste. En vista de que no se abrían las puertas, los que aguardaban se agolpaban en el andén preguntándose unos a otros qué ocurría. Una mujer, suponiendo que se trataba de una de tantas huelgas de trenes, dejó caer la maleta y levantó las manos por encima de la cabeza. Mientras los pasajeros comentaban, molestos, aquella demora incomprensible, otra prueba más del mal funcionamiento de los ferrocarriles, seis policías armados con metralletas aparecieron por el extremo del andén y se apostaron a lo largo del tren uno a cada dos coches. En las ventanillas se multiplicaban las cabezas, los hombres gritaban con impaciencia, pero nadie prestaba atención a sus protestas. Las puertas del tren permanecían cerradas.

    Al cabo de varios minutos, alguien dijo al sargento que mandaba la unidad, que el tren tenía un sistema de altavoces. El sargento subió a la locomotora y, por el micrófono explicó a los pasajeros que en el tren se había cometido un asesinato y que se les retendría en la estación hasta que la policía pudiera tomar nota de nombres y direcciones.

    Cuando el sargento acabó de hablar, el maquinista abrió las puertas y los policías subieron al tren. Desgraciadamente, nadie había pensado en explicar lo ocurrido a los que esperaban en el andén, que se precipitaron al tren y se mezclaron con los demás pasajeros. En el segundo coche, dos hombres trataban de apearse a toda costa, decían al agente apostado en el pasillo que ellos no habían visto nada, que no sabían nada y que ya llegaban con retraso. El policía se cruzó la metralleta sobre el pecho bloqueando el pasillo y les hizo entrar en un compartimiento, donde ellos se quedaron despotricando contra la prepotencia de la policía e invocando sus derechos de ciudadanos.

    Al fin, descontando a los que habían subido detrás de los policías, resultó que en el tren viajaban sólo treinta y cuatro personas. Al cabo de media hora, la policía tomó nota de sus nombres y direcciones y les preguntó si algo les había llamado la atención durante el viaje. Dos recordaban a un mendigo negro que se había apeado en Vicenza, otro dijo que cuando llegaban a Verona había salido del aseo un hombre con el pelo largo y barba y alguien había visto apearse en Mestre a una mujer con gorro de piel. Por lo demás, nada de particular.

    Cuando ya parecía que el tren iba a estar allí toda la noche y los pasajeros empezaban a llamar a Trieste para avisar a la familia de que no los esperasen, una locomotora se acercó a la cola del tren haciendo marcha atrás y se enganchó a ella convirtiéndola en la cabeza. Unos mecánicos de uniforme azul desengancharon el que ahora era el último vagón, donde estaba el cadáver. Un revisor recorría el andén gritando: «In partenza, in partenza, siamo in partenza» y los pasajeros se apresuraban a volver al tren. El revisor cerró una puerta, luego otra, y subió al tren en el momento en que éste arrancaba. Mientras tanto, Cristina Merli estaba en el despacho del jefe de estación, tratando de demostrar por qué no debían imponerle una multa de un millón de liras por haber tirado del timbre de alarma.


    5


    Guido Brunetti no se enteró del asesinato del avvocato Carlo Trevisan hasta la mañana siguiente, y de un modo muy poco profesional: al leer el titular de Il Gazzettino, el mismo diario que en dos ocasiones había aplaudido la gestión del avvocato Trevisan en el consejo municipal. «Avvocato assassinato sul treno», pregonaba el titular, mientras que La Nuova, siempre amante del melodrama, hablaba de «Il treno della morte». Brunetti vio los titulares cuando iba camino del trabajo, y se paró a comprar los dos periódicos. Leyó la noticia plantado en el mercado de la Ruga Orefici, ajeno al aluvión de los compradores de primera hora que pasaban rozándolo. La noticia daba los hechos escuetos: muerto por arma de fuego en el tren, el cadáver hallado cuando el convoy cruzaba la laguna, la policía realiza las investigaciones pertinentes.

    Brunetti levantó la cabeza y paseó una mirada ausente por los puestos de frutas y verduras. ¿«Las investigaciones pertinentes»? ¿Quién estaba de guardia ayer por la noche? ¿Por qué no le habían avisado? ¿A cuál de sus compañeros habían llamado?

    Brunetti dio la espalda al quiosco y siguió andando hacia la questura, mientras repasaba mentalmente los varios casos pendientes y trataba de deducir a quién encomendarían éste. Brunetti estaba terminando la investigación de una ramificación menor, a escala veneciana, de la vasta red de cohecho y corrupción que había operado desde Milán durante años. Se habían construido en el continente, con un desembolso de miles de millones de liras, varias superautopistas, una de las cuales unía la ciudad con el aeropuerto. Hasta que estuvo terminada, a nadie se le ocurrió considerar que la comunicación con el aeropuerto, que no registraba más de cien vuelos diarios, estaba ya perfectamente servida por las carreteras, autobuses, taxis y vapores existentes. Hasta entonces no se cuestionó el enorme dispendio de fondos públicos en la construcción de una autopista que ni con el mayor alarde de imaginación podía considerarse necesaria. De ahí la intervención de Brunetti, y de ahí las órdenes de arresto y bloqueo de las cuentas del dueño de la constructora a la que se habían encargado la mayor parte de las obras y de los tres miembros del consejo de la ciudad que más habían batallado para que se le otorgara el contrato.

    Otro comisario trabajaba en un asunto del Casino, donde una vez más los crupiers habían hallado la forma de burlar las normas para embolsarse un porcentaje de las apuestas. El tercero estaba investigando a una serie de empresas de Mestre controladas por la Mafia, una investigación que no parecía tener ni límites ni, desgraciadamente, final.

    Por consiguiente, no fue una sorpresa para Brunetti que, a su llegada a la questura, los guardias de la puerta lo saludaran con la noticia:

    —Él quiere verlo.

    Si el vicequestore Patta quería verlo tan temprano, era señal de que la víspera habían avisado a Patta y no a alguno de los comisarios. Y si Patta estaba tan interesado en el crimen como para hallarse aquí a primera hora de la mañana, era señal de que Trevisan era más importante o tenía amistades más poderosas de lo que Brunetti imaginaba.

    El comisario subió a su despacho, colgó la gabardina y revisó la mesa. No había en ella nada que no estuviera ya la noche antes, cuando él se fue, de manera que los papeles que hubiera podido generar el caso estaban abajo, en el despacho de Patta. Bajó por la escalera posterior al antedespacho del vicequestore. La signorina Elettra Zorzi se hallaba sentada a su mesa luciendo un vestido de crespón blanco azucena, con un sugestivo drapeado en diagonal en el pecho, como si estuviese allí con el único objeto de recibir a los fotógrafos de la revista Vogue.

    —Buon giorno, commissario -sonrió levantando la mirada de la revista que tenía encima de la mesa.
    —¿Trevisan? — preguntó Brunetti.

    Ella asintió.

    —Hace diez minutos que está hablando por teléfono. El alcalde.
    —¿Quién ha llamado a quién?
    —El alcalde a él -respondió la signorina Elettra-. ¿Por qué? ¿Importa eso?
    —Sí; probablemente significa que no hay pistas.
    —¿Por qué?
    —Si hubiera llamado él, sería señal de que podía asegurarle que teníamos a un sospechoso o que pronto conseguiríamos una confesión. El que haya llamado el alcalde indica que Trevisan era importante y que quieren que el caso se resuelva pronto.

    La signorina Elettra cerró la revista y la apartó hacia un lado de la mesa. Brunetti recordó que, al principio de trabajar para Patta, la joven solía guardar las revistas en el cajón; ahora ya ni se molestaba en ponerlas boca abajo.

    —¿A qué hora ha llegado? — preguntó Brunetti.
    —A las ocho y media -y, sin darle tiempo de preguntar, ella añadió-: Yo ya estaba aquí y le he dicho que usted había salido a interrogar a la criada de los Leonardi.

    Brunetti había hablado con la mujer la tarde anterior, en el curso de su investigación del contratista, pero no había averiguado nada.

    —Grazie -dijo Brunetti, que más de una vez se había preguntado por qué una persona con una inclinación natural por la duplicidad como la que poseía la signorina Elettra había decidido trabajar para la policía.

    Ella bajó la mirada a la mesa, y vio que en su teléfono había dejado de parpadear una luz roja.

    —Ya ha terminado -dijo.

    Brunetti movió la cabeza de arriba abajo y fue hacia la puerta del despacho de Patta. Llamó con los nudillos y cuando oyó gritar «Avanti» entró.

    A pesar de que el vicequestore había llegado temprano, era evidente que no había economizado el tiempo en su aseo personal, ya que en el aire flotaba el ácido aroma del aftershave, y el bello rostro de Patta relucía. La corbata era de lana y el traje de seda: el vicequestore no era esclavo de la tradición.

    —¿Dónde estaba usted? — fue el saludo de Patta.
    —En casa de Leonardi. Hablando con la criada.
    —¿Ha averiguado algo?
    —No sabe nada.
    —Eso no importa ahora -dijo Patta, señalando la silla del otro lado de la mesa-. Siéntese, Brunetti. — Cuando el comisario estuvo sentado, Patta preguntó-: ¿Se ha enterado de esto?

    No hacía falta preguntar qué era «esto».

    —Sí, señor -respondió Brunetti-. ¿Cómo ocurrió?
    —Lo mataron anoche, en el tren de Turín. Dos disparos, desde muy cerca. Al pecho. Uno debió de seccionar una arteria, porque había mucha sangre. — El «debió de» era señal de que aún no se había practicado la autopsia-. ¿Dónde estaba usted anoche? — preguntó entonces Patta, casi como si, antes de seguir adelante, quisiera eliminar a Brunetti de la lista de sospechosos.
    —Fuimos a cenar a casa de un amigo.
    —Me dijeron que habían llamado a su casa.
    —Estaba en casa de un amigo -repitió Brunetti.
    —¿Por qué no tiene contestador?
    —Porque tengo dos hijos.
    —¿Qué tiene que ver?
    —Que, si tuviera contestador, me pasaría la vida escuchando los mensajes de sus amigos.

    O escuchando las excusas de sus hijos por sus retrasos. También significaba que Brunetti consideraba que era responsabilidad de sus hijos tomar los recados para sus padres, pero no tenía intención de dar explicaciones a Patta.

    —Tuvieron que avisarme a mí -dijo Patta sin disimular su indignación.

    Brunetti supuso que ahora su superior esperaba una disculpa. Pero no se la dio.

    —Fui a la estación. La policía de ferrocarriles hizo una chapuza, desde luego.

    Patta miró a la mesa y acercó varias fotos a Brunetti.

    El comisario se inclinó hacia adelante, tomó las fotos y las miró mientras Patta seguía enumerando las pruebas de la incompetencia de la policía de ferrocarriles. La primera foto había sido tomada desde la puerta del compartimiento y mostraba el cuerpo de un hombre tendido boca arriba entre los asientos. El ángulo impedía ver más que la parte posterior de la cabeza, pero las manchas rojo oscuro del abultado abdomen eran inconfundibles. La foto siguiente mostraba el cuerpo desde el otro lado del compartimiento y debía de haber sido tomada a través de la ventanilla. En ésta Brunetti vio que el hombre tenía los ojos cerrados y una estilográfica en la mano. Las otras fotos mostraban poco más, a pesar de estar hechas desde dentro del coche. El hombre parecía dormir, la muerte había borrado de su cara toda expresión, dejando sólo la beatitud del sueño de los justos.

    —¿Le robaron? — preguntó Brunetti, cortando la diatriba de Patta.
    —¿Cómo?
    —¿Le robaron?
    —Parece ser que no. Tenía la billetera en el bolsillo y la cartera de documentos, como usted puede ver, sigue en el asiento frente al que él ocupaba.
    —¿La Mafia? — preguntó Brunetti, como era de rigor, como había que preguntar.

    Patta encogió los hombros.

    —Era abogado -respondió, dejando a criterio de Brunetti si esto lo hacía más o menos merecedor de una ejecución de la Mafia.
    —¿La esposa? — preguntó entonces Brunetti, denotando con ello su doble condición de italiano y casado.
    —No es probable. Es secretaria del Lions Club -respondió Patta, y Brunetti, ante lo absurdo de la observación, no pudo reprimir una carcajada que, al ver la expresión de Patta, trató de disfrazar de tos, y que acabó en un auténtico acceso de tos que lo dejó colorado y lloroso.

    Cuando pudo volver a respirar con normalidad, Brunetti preguntó:

    —¿Socios? ¿Negocios?
    —No lo sé. — Patta golpeó la mesa con el índice, para llamar la atención de Brunetti-. He revisado los asuntos pendientes del departamento, y me parece que el que tiene menos que hacer es usted. — Una de las cualidades de Patta que más apreciaba Brunetti era este don para hallar indefectiblemente la expresión más afortunada-. Me gustaría asignarle el caso, pero antes quiero estar seguro de que lo llevará como es debido.

    Brunetti comprendió que esto quería decir que Patta deseaba asegurarse de que él guardaría la debida consideración hacia el estatus social que implicaba una secretaria del Lions Club. Como sabía que él no estaría ahora en este despacho si Patta no hubiera decidido ya asignarle el caso, Brunetti optó por ignorar la recomendación implícita en estas palabras y preguntó:

    —¿Qué hay de los pasajeros?

    Después de su conversación con el alcalde, Patta consideró preferible no perder tiempo en adoctrinar a Brunetti, y respondió escuetamente:

    —La policía de ferrocarriles anotó los nombres y direcciones de todas las personas que iban en el tren cuando entró en la estación. — Brunetti levantó el mentón con gesto inquisitivo, y Patta prosiguió-: Un par de ellos dijeron haber visto a personas sospechosas. Está en el informe -dijo golpeando con las yemas de los dedos la carpeta marrón que tenía delante.
    —¿Qué juez instruye el caso? — preguntó Brunetti. Cuando conociera este dato, sabría cuánta consideración debería guardar al Lions Club.
    —Vantuno -dijo Patta.

    Era una mujer de la edad de Brunetti con la que él había trabajado satisfactoriamente. La juez Vantuno, siciliana lo mismo que Patta, sabía que la sociedad veneciana poseía matices y peculiaridades que ella nunca podría comprender, pero tenía en los comisarios locales confianza suficiente como para permitirles llevar las investigaciones como estimaran más conveniente.

    Brunetti se limitó a mover la cabeza de arriba abajo. No quería que Patta supiera que esto le complacía.

    —Quiero un informe diario -prosiguió Patta-. Trevisan era un hombre importante. Ya he recibido una llamada de la oficina del alcalde, y no le ocultaré que me ha dicho que desea que el caso se resuelva lo antes posible.
    —¿Tenía el alcalde alguna sugerencia? — preguntó Brunetti.

    Acostumbrado como estaba a las impertinencias de su subalterno, Patta se arrellanó en su sillón y miró fijamente a Brunetti antes de preguntar:

    —¿Acerca de qué? — acentuando ásperamente la última palabra, para manifestar su desagrado.
    —Acerca de cualquier asunto en el que Trevisan pudiera estar implicado -respondió Brunetti llanamente. Hablaba en serio. No por ser alcalde tenía uno que ignorar los chanchullos de los amigos, sino todo lo contrario, probablemente.
    —No me ha parecido oportuno preguntárselo -respondió Patta.
    —Pues quizá se lo pregunte yo -dijo Brunetti con naturalidad.
    —Brunetti, no busque problemas.
    —Me parece que los problemas ya los tenemos -dijo Brunetti, guardando las fotos en la carpeta-. ¿Desea usted algo más?

    Patta tardó un momento en contestar.

    —Nada más por el momento. — Alargó la carpeta a Brunetti-. Puede llevársela. Y no olvide que quiero un informe diario. — En vista de que Brunetti no se daba por enterado, Patta agregó-: O, si no, déselo al teniente Scarpa -mirando fijamente a Brunetti, para ver el efecto que causaba el nombre del aborrecido asistente de Patta.
    —Sí, señor -dijo Brunetti con voz neutra, poniéndose de pie, con la carpeta en la mano-. ¿Adonde han llevado a Trevisan?
    —Al Ospedale Civile. Supongo que esta mañana le harán la autopsia. Y no olvide que era amigo del alcalde.
    —Descuide usted, señor -dijo Brunetti y salió del despacho.


    6


    La signorina Elettra levantó la mirada de la revista cuando Brunetti salía del despacho de Patta y le preguntó:

    —Allora?
    —Trevisan. Y tengo que andar listo, porque era amigo del alcalde.
    —La mujer es una fiera -dijo la signorina Elettra, y añadió, como para darle ánimo-: No le arriendo la ganancia.
    —¿Hay en esta ciudad alguien a quien usted no conozca? — preguntó Brunetti.
    —A ella no la conozco personalmente. Era paciente de mi hermana.
    —Barbara -dijo Brunetti involuntariamente, recordando dónde había conocido a la hermana-, la doctora.
    —La misma, comisario -dijo ella con una sonrisa de satisfacción-. No le ha costado mucho recordarla.

    Cuando la signorina Elettra Zorzi llegó al departamento, su apellido pese a no ser corriente, resultó familiar al comisario. Pero él nunca hubiera relacionado a la vivaz y radiante -todos los adjetivos que se le ocurrían estaban asociados a la luz y la vistosidad- Elettra con la formal y discreta doctora que contaba entre sus pacientes al suegro del comisario y ahora, al parecer, a la signora Trevisan.

    —¿Ha dicho usted que era paciente de su hermana? ¿Ya no lo es? — preguntó Brunetti, dejando para otra ocasión las reflexiones acerca de la familia de Elettra.
    —Sí, hasta hace cosa de un año. Las visitaba a ella y a su hija. Pero un día la madre se presentó en el consultorio y montó un escándalo, exigiendo a mi hermana que le dijera de qué estaba tratando a su hija.

    Brunetti escuchaba atentamente, pero no preguntó.

    —La hija tenía sólo catorce años, y cuando Barbara se negó a decir a la signora Trevisan lo que quería saber, ella la acusó de haberle practicado un aborto a la niña o de haberla enviado al hospital para que abortara allí. Le estuvo gritando y al fin le tiró una revista a la cara.
    —¿A su hermana?
    —Sí.
    —¿Y qué hizo entonces?
    —¿Quién?
    —Su hermana.
    —Le dijo que se marchara de su despacho. Ella gritó un poco más y luego se fue.
    —¿Y qué pasó después?
    —Al día siguiente, Barbara le envió por correo certificado su historial y le dijo que se buscara otro médico.
    —¿Y la hija?
    —Tampoco ha vuelto. Barbara la encontró un día en la calle y la chica le dijo que su madre le había prohibido que volviera. La madre la llevó a una clínica particular.
    —¿Qué tenía la hija? — preguntó Brunetti.

    Observó cómo la signorina Elettra sopesaba la pregunta. Rápidamente, sacó la conclusión de que Brunetti lo averiguaría de todos modos y dijo:

    —Una infección venérea.
    —¿De qué tipo?
    —Eso no lo recuerdo. Tendrá que preguntárselo a mi hermana.
    —O a la signora Trevisan.

    La respuesta de Elettra fue rápida y vehemente.

    —Si ella lo sabe, no ha sido por Barbara.

    Brunetti la creyó.

    —Así que la hija tendrá ahora quince años.
    —Eso es -asintió Elettra.

    Brunetti reflexionó. A este respecto, la ley era imprecisa, ¿y cuándo no? No se podía obligar a un médico a facilitar información sobre el estado de salud de un paciente, pero sin duda tenía libertad para decir cómo se había comportado un paciente y por qué, especialmente si no se trataba de la salud del propio paciente. Sería preferible hablar personalmente con la doctora, en lugar de pedir a Elettra que lo hiciera en su nombre.

    —¿Su hermana todavía tiene el consultorio cerca de San Barnaba?
    —Sí. Allí estará esta tarde. ¿Quiere que la avise de su visita?
    —¿Quiere decir que no le diría nada si yo no se lo pidiera, signorina?

    Ella miró el teclado de su ordenador donde, al parecer, encontró la respuesta que buscaba, y levantó la cara hacia Brunetti.

    —Es indiferente que se lo diga usted o yo, comisario. Mi hermana no ha hecho nada malo. De modo que no le diré nada.

    Él preguntó entonces por curiosidad:

    —¿Y si no fuera indiferente? ¿Y si ella hubiera hecho algo malo?
    —Si eso había de ayudarla, la avisaría. Por supuesto.
    —¿Aun a costa de vulnerar un secreto policial? — preguntó él, y entonces sonrió, para dar a entender que bromeaba, aunque no era así.

    Ella le miraba ahora con perplejidad.

    —¿Cree usted que yo respetaría un secreto policial en algo que afectara a mi familia?

    Él respondió, cortado:

    —No; no lo creo.

    La signorina Elettra sonrió, satisfecha de haber podido ayudar una vez más al comisario a ser más comprensivo.

    —¿Sabe usted algo más acerca de la esposa? — y entonces Brunetti rectificó-: La viuda.
    —No directamente. Sólo lo que he leído en la prensa. Siempre anda metida en Causas Nobles -dijo haciendo audibles las mayúsculas-. Por ejemplo, recogiendo alimentos para Somalia, que luego son robados, enviados a Albania y vendidos. O bien organizando conciertos de gala con los que a duras penas se cubren gastos, pero dan a las organizadoras la ocasión de ponerse de tiros largos y presumir ante las amistades. Me sorprende que no sepa usted quién es.
    —Tengo una vaga idea de haber leído el nombre, pero nada más. ¿Y el marido?
    —Era especialista en derecho internacional, y muy bueno, según creo. Si mal no recuerdo, intervino en un convenio con Polonia, o Chequia, o uno de esos países en los que la gente come muchas patatas y viste mal… pero no recuerdo cuál de ellos.
    —¿Qué clase de convenio?

    Ella movió negativamente la cabeza, sin poder recordar.

    —¿Podría averiguarlo?
    —Quizá si me acercara a las oficinas del Gazzettino podría encontrar algo.
    —¿Tiene algo que hacer para el vicequestore?
    —Le haré la reserva para el almuerzo y bajaré al Gazzettino. ¿Desea que busque algo más?
    —Sí, vea si hay algo acerca de la esposa. ¿Quién escribe ahora las crónicas de sociedad?
    —Pitteri, me parece.
    —Pues hable con él, a ver qué puede decirle de ellos dos; especialmente, cosas que no haya podido publicar.
    —Que son las cosas que la gente prefiere leer.
    —Eso parece -dijo Brunetti.
    —¿Algo más?
    —No, signorina, muchas gracias. ¿Ha llegado Vianello?
    —No lo he visto.
    —Cuando llegue, ¿hará el favor de decirle que suba a mi despacho?
    —Desde luego -dijo ella, y volvió a la revista. Brunetti echó una ojeada al artículo que ella estaba leyendo, que trataba de hombreras, y se fue a su despacho.

    La carpeta, como suele ocurrir al principio de una investigación, contenía poco más que nombres y fechas. Carlo Trevisan había nacido en Trento hacía cincuenta años, se había licenciado en derecho por la Universidad de Padua y había ejercido de abogado en Venecia. Hacía diecinueve años, había contraído matrimonio con Franca Lotto, con la que había tenido dos hijos, Francesca, que ahora contaba quince años, y Claudio, de diecisiete.

    El avvocato Trevisan nunca se había interesado en derecho criminal ni tenido relación alguna con la policía; tampoco había sufrido inspecciones de la Guardia di Finanza, lo que parecía un milagro, a no ser que las declaraciones de impuestos del avvocato hubieran sido siempre correctas, lo que también sería milagroso. La carpeta contenía los nombres de los empleados del bufete de Trevisan y una copia de su solicitud de pasaporte.

    —Lavata con Perlana -dijo Brunetti en voz alta, dejando los papeles encima de la mesa. Porque, ¿quién más limpio que Carlo Trevisan? Y, todavía más interesante, ¿quién podía haberle metido dos balas en el cuerpo, sin molestarse en llevarse la billetera?

    Brunetti abrió el cajón de abajo de su mesa con la punta del zapato derecho y echó la silla hacia atrás apoyando los pies en el cajón. El asesino tenía que haber actuado entre Padua y Mestre; no iba a arriesgarse a permanecer en el tren hasta Venecia, donde seguramente ya se habría descubierto el cadáver y habría una investigación. El tren no era de cercanías, y entre Padua y Venecia sólo paraba en Mestre. No era probable que quienquiera que se apeara en Mestre hubiera llamado la atención, pero no estaría de más preguntar en la estación. Los revisores suelen ir en el primer compartimiento; también a ellos habría que preguntarles qué recordaban. Investigar sobre el arma, desde luego; comprobar si las balas coincidían con las utilizadas en otros crímenes. Las armas de fuego estaban muy controladas, y tal vez fuera posible identificarla. ¿A qué había ido Trevisan a Padua? ¿Con quién había estado? La mujer, investigar a la mujer. Luego preguntar a vecinos y amigos, para confirmar lo que ella dijera. La hija… ¿una enfermedad venérea a los catorce años?

    Brunetti se inclinó, acabó de abrir el cajón y sacó la guía telefónica. La abrió y buscó en la Z. «Zorzi, Barbara, Médico» aparecía dos veces: domicilio particular y consultorio. Marcó el número del consultorio y una grabación le informó de que las visitas eran a partir de las cuatro. Marcó entonces el domicilio y oyó la misma voz que le decía que la dottoressa estaba momentaniamente assente y le pedía que dejara su nombre, motivo de la llamada y número de teléfono, al que se le llamaría appena possibile.

    —Buenos días, doctora -empezó él después de la señal-. Aquí el comisario Guido Brunetti. Llamo por el asunto de la muerte del avvocato Carlo Trevisan. Tengo entendido que su esposa y su hija eran…
    —Buon giorno, comisario -le interrumpió la voz fosca de la doctora-. ¿En qué puedo ayudarle?
    —Buenos días, dottoressa -dijo él-. ¿Siempre filtra sus llamadas?
    —Comisario, hay una mujer que, desde hace tres años, me llama todas las mañanas para pedirme que vaya a visitarla a su casa. Y cada mañana tiene síntomas distintos. — Su voz era grave, pero tenía un leve acento humorístico.
    —No sabía que hubiera tantas partes del cuerpo -dijo Brunetti.
    —Hace combinaciones interesantes -explicó la doctora Zorzi-. ¿En qué puedo ayudarle, comisario?
    —Como le decía, tengo entendido que la signora Trevisan y su hija eran pacientes suyas. — Hizo una pausa, para ver si ella decía algo. Silencio-. ¿Sabe ya lo del avvocato Trevisan?
    —Sí.
    —Quería preguntarle si estaría dispuesta a hablarme de la esposa y la hija.
    —¿Como personas o como pacientes? — preguntó ella con voz sosegada.
    —Como usted prefiera -respondió Brunetti.
    —Podríamos empezar por lo primero y, si es necesario, seguir con lo segundo.
    —Muy amable, dottoressa. ¿Podría ser hoy?
    —Esta mañana tengo que hacer varias visitas, pero espero haber terminado a eso de las once. ¿Dónde quiere que nos encontremos?

    Puesto que era ella la que le hacía el favor, a Brunetti no le parecía correcto pedirle que fuera a la questura.

    —¿Dónde estará usted a las once?
    —A ver, un momento. — Ella dejó el teléfono pero volvió al cabo de un momento-. Mi paciente vive cerca del embarcadero de San Marco -dijo.
    —¿Quiere que nos encontremos en Florian's?

    Ella no respondió inmediatamente y, recordando sus tendencias políticas, Brunetti casi esperaba algún comentario cáustico acerca de la manera en que él se permitía gastar el dinero del contribuyente.

    —De acuerdo, comisario, en Florian's -dijo al fin.
    —Hasta luego entonces. Y muchas gracias, dottoressa.
    —Hasta las once -dijo ella, y colgó.

    Brunetti dejó la guía telefónica en el cajón y lo cerró con el pie, dando un golpe seco. Al levantar la cabeza vio a Vianello entrar en el despacho.

    —¿Deseaba usted verme, comisario? — preguntó el sargento.
    —Sí. Siéntese. El vicequestore me ha asignado el caso Trevisan. — Vianello asintió, dando a entender que en la questura esto ya había dejado de ser noticia-. ¿Qué sabe usted del asunto?
    —Lo que decían los periódicos y la radio esta mañana. Que anoche lo encontraron muerto en el tren. De dos disparos. No se ha hallado el arma ni hay sospechosos.

    Brunetti advirtió que, a pesar de haber leído los informes de la policía, no tenía él más datos. Con un movimiento de cabeza invitó a Vianello a tomar asiento.

    —¿Sabe usted algo de él?
    —Un hombre importante -empezó Vianello, sentándose en una silla que pareció disminuir de tamaño bajo su corpulencia-. Era miembro del consejo municipal, encargado, si mal no recuerdo, de Sanidad. Casado, dos hijos. Tenía un bufete importante en los alrededores de San Marco, me parece.
    —¿Vida personal?

    Vianello movió la cabeza negativamente.

    —De eso no sé nada.
    —¿Y la esposa?
    —Algo he leído sobre ella. Quiere salvar los bosques. ¿O es la del alcalde?
    —Creo que sí.
    —Pues alguna otra cosa. Salvar algo. África, quizá. — Vianello resopló despectivamente, y Brunetti no hubiera podido decir si era por la signora Trevisan o por la probabilidad de que África pudiera ser salvada.
    —¿Sabe de alguien que pudiera tener información sobre él? — preguntó Brunetti.
    —¿La familia? ¿Los clientes? ¿Los empleados? — sugirió Vianello. Al ver la expresión de Brunetti, dijo-: Lo siento, no se me ocurre nadie más. No recuerdo a nadie que lo mencionara siquiera.
    —Hablaré con la esposa, pero no hasta esta tarde. Me gustaría que esta mañana fuera usted a su despacho, para ver la reacción causada por su muerte.
    —¿Cree usted que habrá alguien? ¿El día después?
    —Será interesante averiguarlo -repuso Brunetti-. Me ha dicho la signorina Elettra que había oído hablar de su intervención en un convenio comercial con Polonia o, quizá, con Chequia. Averigüe si saben algo de eso. Ella dice que lo leyó en el periódico, pero no recuerda de qué se trataba exactamente. Y procure averiguar también lo de siempre. — Llevaban trabajando juntos el tiempo suficiente como para que Brunetti no tuviera que especificar qué era lo de siempre: un empleado desleal, problemas profesionales, un marido celoso, los celos de su propia esposa… Vianello tenía el don de hacer hablar a la gente, especialmente si eran venecianos. Las personas a las que interrogaban solían sentirse comunicativas con este hombre corpulento y bonachón que daba la impresión de preferir su común dialecto al italiano, lo que, insensiblemente, propiciaba las confidencias.
    —¿Algo más, comisario?
    —Sí. Esta mañana voy a estar ocupado y por la tarde trataré de hablar con la viuda, de modo que le agradeceré que envíe a alguien a la estación para que interrogue a la revisora que encontró el cadáver. Que averigüe también si los otros revisores vieron algo de particular. — Antes de que Vianello pudiera protestar, Brunetti agregó-: Sí, ya lo sé. Si hubieran visto algo, ya lo hubieran dicho. Pero de todos modos quiero que se lo pregunte.
    —Sí, señor.
    —Y deseo ver la lista de los nombres y direcciones de todas las personas que se encontraban en el tren cuando se detuvo, y la transcripción de todo lo que dijeron al ser interrogadas.
    —¿Por qué no le robarían, comisario?
    —Si el motivo era el robo, quizá el asesino oyó acercarse a alguien por el pasillo antes de que pudiera registrar los bolsillos de la víctima, se asustó y huyó. O quizá quería que supiéramos que no había sido un robo.
    —No le veo el sentido -dijo Vianello-. ¿No le hubiera valido más hacernos creer eso precisamente?
    —Depende de por qué lo mataran.

    Vianello reflexionó antes de asentir.

    —Sí, seguramente -pero no parecía convencido. ¿Por qué alguien iba a querer dar esa ventaja a la policía? Pero, sin perder más tiempo en especulaciones, Vianello se levantó diciendo-: Iré ahora mismo al bufete, a ver qué puedo averiguar. ¿Vendrá usted esta tarde, comisario?
    —Seguramente, aunque depende de la hora en que pueda ver a la viuda. De todos modos, si no viniera, le llamaría.
    —Bien. Hasta esta tarde entonces, comisario -dijo Vianello saliendo del despacho.

    Brunetti se acercó la carpeta, la abrió y leyó el número de teléfono del domicilio particular de Trevisan. Marcó. No contestaron hasta la décima señal.

    —Pronto. -Era voz de hombre.
    —¿Es la casa del awocato Trevisan? — preguntó Brunetti.
    —¿Quién llama?
    —El comisario Guido Brunetti. Deseo hablar con la signora Trevisan, por favor.
    —Mi hermana no puede ponerse al teléfono.

    Brunetti buscó en la carpeta la hoja en que figuraba el apellido de soltera de la viuda y dijo:

    —Signor Lotto, lamento molestarle en estos momentos y lamento más aún tener que molestar a su hermana, pero es indispensable que hable con ella lo antes posible.
    —Lo siento, pero no puede ser, comisario. Mi hermana se encuentra bajo los efectos de un fuerte sedante y no puede ver a nadie. Está destrozada.
    —Soy consciente del dolor que padece, signor Lotto, y deseo expresar mi sincera condolencia. Pero, antes de empezar la investigación, necesitamos hablar con alguien de la familia.
    —¿Qué información es la que necesitan?
    —Tenemos que hacernos una idea de la vida del avvocato Trevisan, sus asuntos profesionales, sus relaciones, a fin de tratar de averiguar qué ha podido motivar este crimen.
    —Creí que había sido un intento de robo -dijo Lotto.
    —No se llevaron nada.
    —Pues para matar a mi cuñado no podía haber otro motivo. Algo debió de asustar al ladrón.
    —Es posible, signor Lotto, pero nos gustaría hablar con su hermana, aunque no sea más que para descartar otras posibilidades y poder concentrarnos en la hipótesis del robo.
    —¿Qué otras posibilidades podía haber? — preguntó Lotto ásperamente-. Yo le aseguro que en la vida de mi cuñado no había absolutamente nada anormal.
    —De eso no me cabe la menor duda, signor Lotto, pero aun así, tengo que hablar con su hermana.

    Lotto, después de una pausa, preguntó:

    —¿Cuándo?
    —Esta tarde -respondió Brunetti, y se abstuvo de añadir: «si fuera posible».

    Hubo otra pausa.

    —Un momento, por favor -dijo Lotto, dejando el teléfono. Tardó tanto en volver que, para entretener la espera, Brunetti sacó un papel del cajón y se puso a escribir los nombres de los distintos países del este de Europa que habían estado al otro lado del Telón de Acero y con los que Trevisan hubiera podido mantener relaciones. Había tenido tiempo de terminar la lista cuando volvió a oír la voz de Lotto-: Si viene esta tarde a las cuatro, podrá hablar con mi hermana o conmigo.
    —Las cuatro -repitió Brunetti-. Hasta luego -dijo lacónicamente antes de colgar. La experiencia le había enseñado que era mala política mostrarse afable con un testigo, por simpático que pareciera.


    Brunetti miró el reloj y vio que eran más de las diez. Llamó al Ospedale Civile y habló con cinco personas por tres extensiones distintas, sin conseguir información acerca de la autopsia. Con frecuencia había pensado que la única operación a la que podía someterse una persona en el Ospedale Civile sin peligro era una autopsia.

    Reafirmado en su opinión acerca de la pericia de los facultativos, Brunetti abandonó su despacho para acudir a la cita con la dottoressa Zorzi.


    7


    Al salir de la questura, Brunetti torció hacia la derecha en dirección al bacino de San Marco y la Basílica, notando con sorpresa lo mucho que calentaba el sol. Antes, con la impresión causada por la noticia del asesinato de Trevisan, no había reparado en el claro día que embellecía la ciudad, con la luz diáfana de principios del invierno, y ahora, mediada la mañana, le pesaba la gabardina.

    La poca gente que transitaba por la calle parecía agradecida por aquel regalo inesperado de sol y calor. ¿Quién diría que ayer mismo la ciudad estaba envuelta en una niebla tan densa que los vaporetti tenían que usar el radar hasta para hacer la corta travesía del Lido? Y ahora Brunetti hubiera agradecido unas gafas de sol y un traje más ligero. Cuando llegó al borde del agua, el reverbero del sol lo deslumbró. Vio frente a sí la cúpula y la torre de San Giorgio, que no estaban allí la víspera, como si se hubieran colado subrepticiamente en la ciudad durante la noche. Qué grácil y esbelta aparecía la torre de San Marco, libre del andamiaje que la había aprisionado durante los últimos años y que le daba aspecto de pagoda. Brunetti había empezado a sospechar que las autoridades municipales habían vendido la ciudad a los japoneses y éstos ya empezaban a imprimirle su sello característico.

    Mientras subía hacia la piazza, Brunetti se sorprendió a sí mismo al mirar con benevolencia a los turistas que se cruzaban con él y aflojaban el paso boquiabiertos. Aún podía quitar el hipo la vieja seductora, y Brunetti, deseoso de protegerla en su ancianidad como buen hijo, sintió una oleada de orgullo y alegría, y ansió que aquella gente lo viera y reconociera en él a un veneciano, uno de los herederos de todo aquello.

    Las palomas, que solían parecerle antipáticas y estúpidas, ahora se le antojaban casi encantadoras, revoloteando a los pies de sus muchos admiradores. Bruscamente, sin causa aparente, cientos de ellas alzaron el vuelo, dieron la vuelta a la plaza y volvieron a posarse en el mismo sitio, para seguir contoneándose y picoteando. Una mujer robusta, con tres de ellas en los hombros, hurtaba la cara con regocijo, o quizá con horror, mientras el marido la grababa con una videocámara poco mayor que una pistola. Unos metros más allá, alguien abrió una bolsita de maíz y lo esparció en un amplio círculo, y otra vez las palomas se echaron a volar y se posaron en el centro del maíz.

    Brunetti subió los tres peldaños y franqueó las vidrieras grabadas del Florian's. Aunque llegaba con diez minutos de adelanto, miró en los saloncitos de la derecha y luego en los de la izquierda, pero la doctora Zorzi aún no había llegado.

    Pidió al camarero de chaqueta blanca que se le acercó una mesa junto a una de las grandes ventanas. En este día espléndido, una parte de él quería sentarse con una mujer joven y atractiva junto a una ventana del Florian's y otra parte de él quería ser visto sentado con una mujer joven y atractiva junto a una ventana del Florian's. Tiró del respaldo de la delicada silla negra y la giró de cara a la piazza, para gozar de la vista.

    La fachada de la Basílica estaba parcialmente cubierta por andamios, tal como había estado desde que Brunetti pudiera recordar. ¿La habría visto alguna vez completamente despejada, quizá en su ya lejana niñez? Probablemente, no.

    —Buenos días, comisario -dijo una voz a su espalda, y él se levantó para saludar a la dottoressa Barbara Zorzi, una mujer esbelta que le estrechó la mano con una fuerza sorprendente. Él la hubiera reconocido en cualquier sitio, a pesar de que ella llevaba ahora el pelo más corto, como un prieto casco de rizos castaños. Los ojos eran tan oscuros que casi era imposible distinguir el iris de la pupila. Tenía cierto parecido con Elettra -la nariz recta, la boca carnosa, el mentón redondeado-, pero su belleza era menos llamativa, más discreta.
    —Celebro que haya usted podido dedicarme un poco de tiempo, dottoressa -dijo él mientras la ayudaba a quitarse el abrigo.

    Ella sonrió por toda respuesta y dejó un maletín marrón en una silla, al lado de la ventana. Brunetti dobló el abrigo y lo dejó en el respaldo de la misma silla. Mirando el maletín, comentó:

    —El médico que venía a visitarnos cuando éramos niños llevaba un maletín como ése.
    —Supongo que debería modernizarme y llevar una cartera -dijo ella-, pero este maletín me lo regaló mi madre cuando terminé la carrera y lo he usado desde entonces.

    El camarero se acercó a la mesa y los dos pidieron café. Cuando el camarero se alejó, ella preguntó:

    —¿Por qué cree que puedo ayudarle?

    Brunetti comprendió que no ganaría nada con ocultar la forma en que había conseguido la información y dijo sencillamente:

    —Me ha dicho su hermana que la signora Trevisan era paciente suya.
    —Y su hija también -agregó la doctora alargando la mano hacia el maletín, del que sacó un arrugado paquete de cigarrillos. Mientras hurgaba en el maletín en busca de un encendedor, a su izquierda apareció un camarero que, inclinándose, le ofreció lumbre-. Grazie -dijo ella volviendo la cabeza hacia la llama, como habituada a esta clase de atenciones. El camarero se alejó de la mesa silenciosamente.

    Ella aspiró el humo con fruición, cerró el maletín y miró a Brunetti:

    —¿He de suponer que esto tiene algo que ver con el asesinato?
    —En esta fase de la investigación, no estoy seguro de qué tiene y qué no tiene que ver con el asesinato. — Ella frunció los labios, y Brunetti advirtió lo forzado y formal de su propio tono-. Es la verdad. En este momento, no tenemos nada, nada aparte del hecho tangible de la muerte.
    —¿Le dispararon?
    —Sí. Dos veces. Una de las balas debió de romper una arteria, porque la muerte sobrevino rápidamente.
    —¿Qué quiere saber de su familia? — preguntó ella, sin precisar, según observó él, el miembro de la familia en el que pudiera estar interesado.
    —Quiero saber cosas de su trabajo, de sus amistades, de su familia, de todo lo que me permita comprender qué clase de persona era.
    —¿Piensa que eso le ayudará a descubrir quién lo mató?
    —Es la única manera de averiguar por qué alguien había de querer matarlo. Después será relativamente fácil deducir quién lo hizo.
    —Parece muy optimista.
    —No lo soy. — Brunetti sacudió la cabeza-. En absoluto, ni lo seré hasta que pueda empezar a hacerme una idea de cómo era él.
    —¿Y cree que la información sobre su esposa y su hija le ayudará a conseguirlo?
    —Sí.

    Por la izquierda reapareció el camarero, que puso en la mesa dos tazas de espresso y un azucarero de plata. Ellos echaron cada uno dos terrones de azúcar en la taza y removieron el café, marcando una pausa en la conversación con esta pequeña ceremonia. La doctora tomó un sorbo de café, dejó la taza en el platillo y dijo:

    —Hará poco más de un año, la signora Trevisan me trajo a la consulta a su hija, que entonces tenía catorce años. Era evidente que la niña no deseaba que su madre supiera qué tenía. La signora Trevisan quería entrar en la sala de reconocimiento, pero yo se lo impedí. — Sacudió la ceniza y agregó con una sonrisa-: Aunque no fue fácil. — Tomó otro sorbo de café. Brunetti no dijo nada para apremiarla-. La niña tenía un episodio de herpes genital. Yo le hice las preguntas habituales, si su pareja utilizaba un profiláctico, si había tenido relaciones sexuales con otros y cuánto tiempo hacía que tenía los síntomas. Normalmente, en el herpes, la primera manifestación es la peor, y yo quería saber si aquél era el primer brote. Ello me permitiría determinar la gravedad de la infección. — Hizo una pausa y aplastó el cigarrillo en el cenicero. Hecho esto, tomó el cenicero y, sin dar ninguna explicación, lo dejó en la mesa vecina.
    —¿Era el primer brote?
    —Ella dijo que sí, pero me pareció que mentía. Yo entonces le expliqué por qué tenía que saberlo, le dije que no podía recetar sin saber la gravedad de la infección. Tardó, pero al fin confesó que era la segunda vez, y que la primera había sido mucho peor.
    —¿Por qué no fue a verla la primera vez?
    —Estaban de vacaciones, y ella temía que, si iba a otro médico, él dijera a sus padres lo que ocurría.
    —¿Eran fuertes los síntomas?
    —Fiebre, escalofríos, dolor genital.
    —¿Qué hizo ella?
    —Dijo a su madre que tenía calambres y estuvo dos días en cama.
    —¿Y la madre?
    —¿Qué quiere saber de la madre?
    —¿La creyó?
    —Aparentemente.
    —¿Y esta vez?
    —La chica dijo que volvía a tener calambres y que quería que yo la visitara. Yo era su médico desde que tenía siete años.
    —¿Por qué la acompañaba su madre?

    Ella miraba el fondo de la taza al contestar.

    —La signora Trevisan ha sido siempre una madre sobreprotectora. Cuando Francesca era pequeña, me llamaba en cuanto tenía un poco de fiebre. Había inviernos en los que me pedía que fuera a su casa dos veces al mes.
    —¿Iba usted?
    —Al principio, sí. Hacía poco que había terminado la carrera. Después he ido descubriendo cuáles son las personas que te llaman cuando están realmente enfermas y cuáles las que… en fin, te llaman sin tanta necesidad.
    —¿La signora Trevisan también la hacía ir a su casa cuando no se encontraba bien?
    —No. Nunca. Ella iba al consultorio.
    —¿Y qué tenía?
    —Eso me parece que no hace al caso, comisario -dijo ella, sorprendiéndole con el tratamiento. Él no insistió.
    —¿Qué contestó la muchacha a sus otras preguntas?
    —Dijo que su pareja no usaba condón. Que, según él, eso restaba placer. — Sonrió torciendo la boca, como si le doliera oírse a sí misma repetir un tópico tan egoísta.
    —¿Pareja, en singular?
    —Sí; según ella, era uno solo.
    —¿Le dijo quién era?
    —No pregunté. No era asunto mío.
    —¿La creyó? ¿Que era uno solo?
    —No tenía por qué no creerla. Como le he dicho, la conozco desde niña. Por lo que yo sabía de ella, me pareció que decía la verdad.
    —¿Y la revista que la madre le arrojó a la cara? — preguntó Brunetti.

    Ella lo miró con evidente sorpresa.

    —Ah, mi hermana. Cuando ella cuenta algo, no se calla nada. — Pero no parecía haber enojo en su voz, sólo la admiración que debía de sentir, aun a regañadientes, a Brunetti no le cabía duda, quien hubiera pasado la vida al lado de Elettra-. Eso fue después -prosiguió la mujer-. Aquel día, cuando salimos del gabinete de reconocimiento, la signora Trevisan exigió que le dijera qué le pasaba a Francesca. Yo respondí que se trataba de una pequeña infección que se resolvería rápidamente. Pareció satisfecha y se fueron.
    —¿Cómo se enteró ella de la verdad? — preguntó Brunetti.
    —Por el medicamento, Zovirax. Es específico para el herpes. No podía tomarlo por otra razón. La signora Trevisan tiene un amigo farmacéutico y le preguntó, estoy segura que con la mayor naturalidad e inocencia, cuáles eran las indicaciones. Él se las dijo. No se usa para nada más, o muy raramente. Al día siguiente volvió al consultorio, sin Francesca, y me dijo cosas muy ofensivas. — Se interrumpió.
    —¿Qué cosas?
    —Me acusó de haber preparado un aborto para Francesca. Yo le dije que se marchara del consultorio, y entonces fue cuando ella agarró la revista y me la tiró. Dos pacientes, hombres mayores, que estaban en la sala de espera, la agarraron uno de cada brazo y la sacaron de allí. No he vuelto a verla.
    —¿Y la chica?
    —Como le decía, la he visto en la calle un par de veces, pero ya no es paciente mía. Un médico me llamó, para pedirme la confirmación del diagnóstico, y se la di. Yo ya había enviado los dos historiales médicos a la signora Trevisan.
    —¿Sospecha usted de dónde pudo ella sacar la idea de que usted había preparado un aborto?
    —Ni por asomo. De todos modos, yo no podría hacer tal cosa sin el consentimiento de los padres.

    Chiara, la hija de Brunetti, tenía catorce años, los mismos que tenía entonces Francesca. Se preguntó cómo reaccionarían él y su mujer a la noticia de que la niña tenía una infección de transmisión sexual. Desechó el pensamiento con un sentimiento que identificó como horror.

    —¿Por qué es usted reacia a hablarme del historial de la signora Trevisan?
    —Ya se lo he dicho, porque me parece que no hace al caso.
    —Y yo he dicho también que cualquier cosa puede ser importante -dijo él tratando de suavizar el tono y quizá consiguiéndolo.
    —¿Y si le dijera que sufre de dolor de espalda?
    —De ser así, no hubiera tenido inconveniente en decirlo la primera vez que se lo he preguntado.

    Ella no dijo nada durante un momento y luego movió la cabeza.

    —No. Era paciente mía, y no puedo decir nada.
    —¿No puede o no quiere?

    Ella le miraba sin pestañear.

    —No puedo -repitió, y entonces desvió la mirada para consultar su reloj. Él observó que era de Snoopy-. Tengo que hacer otra visita antes del almuerzo.

    Brunetti comprendió que no podía sino acatar la decisión.

    —Gracias por su tiempo y por su información -dijo con sinceridad. En tono más personal, agregó-: Es curioso que hasta ahora no me diera cuenta de que usted y Elettra eran hermanas.
    —Ella tiene cinco años menos.
    —No pensaba en el parecido físico -dijo él en respuesta al inquisitivo gesto que ella había hecho con el mentón-. Sus caracteres. Son muy similares.

    La sonrisa de ella fue rápida y amplia.

    —Eso nos lo dice mucha gente.
    —Es lógico -reconoció Brunetti.

    Ella no dijo nada, pero al cabo de un instante se echó a reír con auténtico regocijo. Sin dejar de reír, apartó la silla y alargó la mano hacia el abrigo. Él la ayudó a ponérselo, miró la cuenta y dejó dinero en la mesa. Ella empuñó su maletín marrón y juntos salieron a la piazza, donde descubrieron que hacía aún más calor que antes.

    —La mayoría de mis pacientes están convencidos de que esto es señal de que el invierno va a ser terrible -dijo ella abarcando con un ademán la plaza y la luz que la inundaba. Bajaron los tres escalones y se encaminaron hacia el campanile.
    —¿Y si hiciera más frío de lo normal, qué dirían? — preguntó Brunetti.
    —Oh, dirían lo mismo, que era señal de que tendríamos un invierno malo -respondió ella, imperturbable. Los dos eran venecianos y comprendían el sentido de aquella aparente contradicción.
    —Somos un pueblo pesimista, ¿verdad? — preguntó Brunetti.
    —Tuvimos un imperio. Ahora… -dijo ella repitiendo el ademán que abarcaba la Basílica, el campanile y, debajo, Sansovino's Loggetta-, lo único que tenemos es esta Disneylandia. Creo que eso justifica el pesimismo.

    Brunetti asintió, pero no dijo nada. No estaba de acuerdo. Eran momentos que se daban muy de tarde en tarde, pero para él las glorias de la ciudad aún pervivían.

    Se despidieron al pie del campanile, y ella se fue a casa de su paciente, que vivía en Campo della Guerra y él, hacia Rialto, a casa, a almorzar.


    8


    Aún estaban las tiendas abiertas cuando Brunetti llegó a su barrio, entró en la tienda de comestibles de la esquina y compró cuatro botellas de agua mineral en envase de vidrio. En un momento de debilidad y conciencia ecologista había accedido a secundar el boicot familiar a los envases de plástico y, al igual que su esposa e hijos -eso había que concedérselo-, había adquirido la costumbre de entrar en la tienda cada vez que pasaba por delante, a comprar unas cuantas botellas. A veces se preguntaba si el resto de la familia se bañaba en agua mineral a espaldas suyas, por la rapidez con que desaparecía.

    Al llegar al cuarto piso dejó la bolsa de las botellas en el último escalón y sacó las llaves. Dentro se oía el boletín de noticias de la radio, que seguramente hablaba a un ávido auditorio acerca del caso Trevisan. Abrió la puerta, introdujo las botellas y cerró. Sonaba en la cocina una voz monótona: «… niega todos los cargos presentados contra él e invoca veinte años de leales servicios prestados al partido cristianodemócrata en prueba de su dedicación a la justicia. Desde su celda de la prisión Regina Coeli, no obstante, Renato Mustacci, confeso asesino de la Mafia, mantiene que seguía órdenes del senador cuando él y otros dos hombres mataron a tiros al juez Filippo Preside y a su esposa, en Palermo, en mayo del año pasado».

    El solemne sonsonete del locutor fue seguido por una canción que anunciaba un detergente, sobre la que se oyó la voz de Paola, que hablaba consigo misma, con frecuencia, su interlocutora predilecta.

    —Cerdo asqueroso, embustero como todos los de su calaña. Dedicación a la justicia. Dedicación a la justicia… -Siguió uno de los más contundentes epítetos del idioma que, curiosamente, su esposa solía utilizar únicamente cuando hablaba sola. Al oírle andar por el pasillo se volvió hacia él-: ¿Has oído, Guido? ¿Tú has oído eso? Los tres asesinos dicen que él les encargó que mataran al juez y él habla de su dedicación a la justicia. Tendrían que sacarlo a la plaza y colgarlo. Pero es parlamentario, y no se le puede tocar. Habría que encerrarlos a todos. Meter a todo el Parlamento en la cárcel. Así nos ahorraríamos tiempo y complicaciones.

    Brunetti cruzó la cocina y se agachó para guardar las botellas en el armario bajo situado al lado del frigorífico. Sólo quedaba una de las cinco que había subido la víspera.

    —¿Qué hay para almorzar?

    Ella dio un paso atrás y le apuntó al corazón con un índice acusador.

    —La República se hunde y él sólo piensa en la comida -dijo dirigiéndose al oyente invisible que durante más de veinte años había sido mudo testigo de su matrimonio-. Guido, esos canallas nos destruirán a todos. Quizá ya nos han destruido. Y tú quieres saber qué hay para almorzar.

    Brunetti reprimió el comentario de que una persona que usaba prendas de cachemir de Burlington Areade no era la más indicada para lanzar soflamas revolucionarias y sólo dijo:

    —Dame de comer, Paola, para que pueda mantener mi propia dedicación a la justicia.

    Esto bastó para recordar a Paola el caso Trevisan, que era lo que pretendía Brunetti, e inmediatamente abandonó sus diatribas políticas para preguntar con interés, apagando la radio:

    —¿Te lo han dado a ti?

    Brunetti asintió mientras se ponía de pie.

    —Él ha dicho que como ahora yo no tenía nada que hacer de particular, podía encargarme de eso. Le ha llamado el alcalde, así que no te cuento cómo está. — No había necesidad de especificar quién era «él».

    Tal como Brunetti esperaba, Paola olvidó momentáneamente todas sus consideraciones sobre la justicia y la ética política.

    —La noticia que he leído sólo decía muerto por disparos. En el tren de Turín.
    —Llevaba billete de Padua. Estamos tratando de averiguar qué había ido a hacer allí.
    —¿Una mujer?
    —Quizá. Aún es pronto para hacer conjeturas. ¿Qué hay para almorzar?
    —Pasta fagioli y cotoletta.
    —¿Ensalada?
    —Guido -dijo ella frunciendo los labios y mirando al techo-, ¿puedes decirme cuándo no hay ensalada con las chuletas?

    En lugar de contestar, él preguntó a su vez:

    —¿Queda todavía dolcetto de aquel tan bueno?
    —No sé. Abrimos una botella la semana pasada.

    Él musitó algo entre dientes y volvió a arrodillarse delante del armario bajo. Detrás del agua mineral había tres botellas de vino, pero todo, blanco. Al levantarse de nuevo, él preguntó:

    —¿Dónde está Chiara?
    —En su cuarto. ¿Por qué?
    —Quiero pedirle un favor.

    Paola miró su reloj.

    —Es la una menos cuarto, Guido. Las tiendas estarán cerradas.
    —Puede ir a Do Mori. No cierran hasta la una.
    —¿Vas a pedirle que vaya hasta allí sólo para que te traiga una botella de dolcetto?
    —Tres -dijo él saliendo de la cocina y alejándose por el pasillo en dirección a la habitación de Chiara. Llamó a la puerta y a su espalda oyó otra vez la radio.
    —Avanti, papà -gritó Chiara.

    Él abrió la puerta y entró en la habitación. La cama en la que su hija estaba echada tenía un dosel con volantes blancos. En el suelo había unos zapatos, una bolsa de libros y una chaqueta. Los postigos estaban abiertos y la luz de mediodía caía sobre los osos y otra fauna de trapo que compartían la cama con su dueña. Chiara se apartó de los ojos un mechón de pelo rubio ceniza y le dedicó una sonrisa que rivalizaba con la luz que entraba por la ventana.

    —Ciao, dolcezza -dijo él al entrar.
    —Llegas temprano, papá.
    —No, justo a tiempo. ¿Estabas leyendo?

    Ella asintió mirando otra vez el libro.

    —Chiara, ¿querrías hacerme un favor?

    Ella observó a su padre por encima del libro.

    —Di, Chiara.
    —¿Adónde? — preguntó ella.
    —A Do Mori.
    —¿Qué es lo que se nos ha acabado?
    —Dolcetto.
    —Oh, papá, ¿por qué no bebes otra cosa con el almuerzo?
    —Porque quiero dolcetto, tesoro.
    —Voy si me acompañas.
    —Para eso, voy solo.
    —Pues ve, papá.
    —Es que no quiero ir, Chiara. Por eso te pido que vayas tú.
    —¿Por qué tengo que ir yo?
    —Porque yo trabajo mucho para manteneros a todos.
    —Mamma también trabaja.
    —Sí, pero con mi dinero pagamos la casa y las cosas de la casa.

    Ella dejó el libro abierto boca abajo encima de la cama.

    —Mamma dice que eso es chantaje capitalista, y que cuando lo utilizas no tengo que ceder.
    —Chiara -dijo él en voz muy baja-, tu madre es una agitadora subversiva resentida.
    —Entonces, ¿por qué siempre estás repitiendo que tengo que hacer todo lo que ella diga?

    Él suspiró profundamente. Al observarlo, Chiara se deslizó hasta el borde de la cama y pescó los zapatos con la punta de los pies.

    —¿Cuántas botellas? — preguntó hoscamente.
    —Tres.

    La niña se agachó para atarse los zapatos. Brunetti extendió la mano y le acarició la cabeza, pero ella se hizo a un lado rehuyéndole. Cuando se hubo calzado se enderezó recogiendo la chaqueta del suelo con un brusco tirón. Pasó junto a su padre sin decir nada y salió al pasillo.

    —Pide el dinero a tu madre -gritó él, y se fue al cuarto de baño. Mientras se lavaba las manos oyó cerrarse la puerta de la escalera.

    Volvió a la cocina, donde Paola estaba poniendo la mesa, pero sólo para tres.

    —¿Dónde está Raffi? — preguntó Brunetti.
    —Esta tarde tiene un examen oral, y pasará el día en la biblioteca.
    —¿Y qué comerá?
    —Tomará unos bocatas por ahí.
    —A un examen hay que ir bien comido.

    Ella le miró y sacudió la cabeza.

    —¿Qué te pasa? — preguntó él.
    —Nada.
    —No, dime. ¿Por qué meneas la cabeza?
    —A veces no me explico cómo pude casarme con un hombre tan vulgar.
    —¿Vulgar? — De todos los insultos que Paola le había lanzado en sus años de matrimonio, éste le pareció el peor-. ¿Vulgar? — repitió.

    Ella titubeó y luego decidió explicarse:

    —Primero, coaccionas a tu hija para que baje a comprar un vino que ella no bebe y luego te preocupa si tu hijo come. No si estudia, sino si come.
    —¿Qué debería preocuparme entonces?
    —Que no estudie.
    —Durante todo este año no ha hecho más que estudiar, estudiar y pasearse por la casa pensando en Sara.
    —¿A qué viene ahora Sara?

    Y a qué venía todo aquello, se preguntó Brunetti.

    —¿Qué te ha dicho Chiara? — preguntó.
    —Que ella te había pedido que la acompañaras y le has dicho que no.
    —Para acabar yendo yo, no necesitaba pedírselo a ella.
    —Siempre estás diciendo que te gustaría pasar más tiempo con tus hijos y, cuando tienes la ocasión, la desperdicias.
    —Yendo a un bar a comprar una botella de vino no es la forma en que a mí me gusta pasar el tiempo con mis hijos.
    —¿Entonces cómo? ¿Sentado a una mesa explicándoles que el dinero da poder a las personas?
    —Paola -dijo él recalcando las tres sílabas del nombre-, no sé a qué viene todo esto, pero tengo la impresión de que no tiene nada que ver con el hecho de haber enviado a Chiara a comprar vino.

    Ella se encogió de hombros y se volvió hacia la olla que hervía en el fogón.

    —¿Qué ocurre, Paola? — preguntó él sin moverse pero abrazándola con la voz.

    Su mujer volvió a encoger los hombros.

    —Vamos, Paola, dime qué es.

    Ella siguió de espaldas y dijo en voz baja:

    —Empiezo a sentirme vieja, Guido. Raffi tiene novia y Chiara ya es casi una mujer. Pronto cumpliré los cincuenta. — Él se sorprendió del cálculo, pero no hizo comentarios-. Sé que es una estupidez, pero me deprime, me siento caduca, como si lo mejor de mi vida hubiera acabado ya. — Santo Dios, y le llamaba vulgar a él.

    Guido seguía escuchando, pero ella parecía haber terminado.

    Paola levantó la tapadera y una nube de vapor la envolvió un momento. Con una cuchara de madera removió en la olla, sin que ello le diera aspecto de bruja. Brunetti trataba de observarla fríamente, aunque le era casi imposible hacer abstracción del amor y la familiaridad de más de veinte años de convivencia, y veía a una mujer alta y delgada de poco más de cuarenta años y cabello rubio tostado que le llegaba por los hombros. Ella se volvió a mirarle un momento y él vio la nariz larga, los ojos oscuros y la boca grande que le encantaba.

    —¿Significa que voy a tener que cambiarte? — aventuró él.

    Ella trató de reprimir la sonrisa, pero tuvo que rendirse.

    —¿Soy una tonta? — preguntó.

    Él iba a decirle que, si lo era, no era una tonta original, cuando se abrió la puerta de la escalera y Chiara entró en tromba en el apartamento.

    —Papá -gritó desde el recibidor-, no me has dicho nada.
    —¿No te he dicho qué, Chiara?
    —Que han matado al padre de Francesca.
    —¿La conoces? — preguntó Brunetti.

    Chiara venía por el pasillo con el bolso de tela en la mano. Era evidente que la curiosidad había disipado su enfado.

    —Íbamos juntas a primaria. ¿Tú buscarás al asesino?
    —Voy a contribuir -dijo él, remiso a someterse a lo que sabía que sería un interrogatorio implacable-. ¿La conocías mucho?
    —No, qué va -dijo ella, sorprendiéndole al no atribuirse la condición de mejor amiga y, por consiguiente, depositaría de información que él pudiera desear-. Ella iba siempre con la Pedrocci, ya sabes, la de los gatos. Olía a gato y nadie quería ser amiga suya. Menos Francesca.
    —¿Tenía Francesca otras amigas? — preguntó Paola, interesada a su vez y, por ello, cómplice voluntaria del intento de su marido por sonsacar a su propia hija-. No creo haberla visto nunca.
    —No, ella nunca vino a casa. Quien quisiera jugar con ella tenía que ir a su casa. Su mamma lo quería así.
    —¿Iba a su casa la niña de los gatos?
    —Oh, sí. Su padre es juez, de modo que a la signora Trevisan no le importaba que oliera. — Brunetti quedó asombrado por la claridad con que su hija veía el mundo. Aún no sabía qué camino tomaría Chiara, pero era indudable que llegaría lejos.
    —¿Cómo es la signora Trevisan? — preguntó Paola lanzando una mirada a Brunetti, que movió la cabeza afirmativamente. Muy hábil. Él tomó una silla y se sentó a la mesa.
    —Mamma, ¿por qué no dejas que las preguntas las haga papá, ya que él es el que quiere enterarse? — Sin esperar la respuesta de su madre, Chiara cruzó la cocina y se sentó en las rodillas de su padre, colocando las ya olvidadas, o perdonadas, botellas en la mesa-. ¿Qué quieres saber, papá? — Bueno, por lo menos no le había llamado comisario.
    —Todo lo que recuerdes, Chiara. Quizá puedas decirme por qué siempre las niñas tenían que ir a jugar a su casa.
    —Francesca no lo sabía, pero una vez, hace unos cinco años, dijo que le parecía que era porque sus padres temían que la secuestraran. — Antes de que Brunetti o Paola pudieran comentar que eso les parecía absurdo, Chiara prosiguió-: Ya sé que resulta estúpido, pero es lo que dijo. Quizá lo dijera para darse importancia. De todos modos, como nadie le hizo caso, no volvió a decirlo. — Miró a mi madre y preguntó-: ¿Cuándo comeremos, mamma? Tengo tanta hambre que me parece que voy a desmayarme -y con un gemido se dejó caer, pero no llegó al suelo, porque Brunetti, instintivamente, la sujetó y la atrajo hacia sí.
    —Comedia -le susurró al oído y empezó a hacerle cosquillas, agarrándola con un brazo mientras le hurgaba en el costado con los dedos de la otra mano.

    Chiara gritaba y braceaba jadeando de angustia y de gusto.

    —No, papá, no. Basta, déjame… -La risa ahogó el resto de la frase.

    Antes del almuerzo se restableció el orden, pero era precario. Por acuerdo tácito, sus padres no hicieron más preguntas a Chiara acerca de la signora Trevisan y su hija. Durante todo el almuerzo, para irritación de Paola, Brunetti hacía amagos de cosquillas en dirección a Chiara, que estaba sentada a su lado, provocándole risitas nerviosas, que hacían desear a Paola tener autoridad suficiente para enviar a un comisario de policía a su habitación sin comer.


    9


    Un Brunetti bien alimentado salió de casa inmediatamente después del almuerzo y se encaminó a la questura, parando por el camino a tomar café, con la esperanza de que le despejara el sopor provocado por la buena mesa y por la tibia temperatura de la tarde. Una vez en el despacho, colgó la gabardina y fue al escritorio a revisar los papeles llegados durante su ausencia. Tal como esperaba, allí estaba el informe de la autopsia, no el oficial, sino el que debía de haber mecanografiado la signorina Elettra con los datos dictados por teléfono.

    La pistola con la que habían matado a Trevisan era de pequeño calibre, una 22 de prácticas de tiro, no un arma pesada. Como Brunetti suponía, una de las balas había seccionado una arteria del corazón, provocando la muerte, casi instantánea. La otra, a juzgar por el orificio de entrada, había quedado alojada en el estómago. Las heridas indicaban que los disparos se habían hecho a no más de un metro de distancia y, a juzgar por la trayectoria, Trevisan estaba sentado y su asesino, de pie y a su derecha.

    Trevisan había tomado una cena abundante poco antes de su muerte, con una cantidad de alcohol moderada, no lo suficiente como para afectar a sus reacciones. Aparte cierto sobrepeso, Trevisan parecía gozar de buena salud. No se apreciaban síntomas de enfermedad grave, aunque le había sido practicada una operación de apéndice y una vasectomía. Según el forense, no había razón para que no hubiera podido vivir veinte años más, salvo enfermedad o accidente, naturalmente.

    —Dos décadas robadas -dijo Brunetti entre dientes al leerlo, y pensó en las cosas que puede hacer un hombre en veinte años: ver madurar a un hijo o crecer a un nieto, conseguir el éxito profesional, incluso escribir un poema. Y Trevisan ya no tendría ocasión de hacer estas cosas ni ninguna otra. Brunetti siempre había pensado que uno de los aspectos más crueles del asesinato era este robo, esta definitiva privación a la víctima de la posibilidad de conseguir algo en la vida. Él había sido educado en la fe católica, y era consciente de que para mucha gente, el mayor de los horrores era el de que se arrebatara a la víctima la ocasión de arrepentirse. Recordaba el pasaje del Inferno en el que Dante oye de labios de Francesca da Rimini la queja de haber sido «arrojada inconfesa a mi perdición». Aunque no era creyente, no era insensible a los principios de la fe y comprendía que para mucha gente esta perspectiva era aterradora.

    El sargento Vianello llamó a la puerta y entró en el despacho, con una de las carpetas azules de la questura en la mano.

    —Este hombre estaba limpio -dijo sin preámbulos, poniendo la carpeta en la mesa de Brunetti-. Por lo que a nosotros se refiere, como si nunca hubiera existido. No tenemos más datos que los de su solicitud de pasaporte, que renovó… -Vianello abrió la carpeta para comprobar la fecha-… hace cuatro años. Aparte de eso, nada.

    Esto en sí no tenía nada de extraño. Muchas personas no atraían la atención de la policía hasta el día en que padecían las consecuencias de la violencia fortuita: un automovilista borracho, un violador, un atracador. Pero muy pocas de esas personas eran víctimas de algo que tenía todas las trazas de ser un asesinato profesional.

    —Estoy citado con la viuda esta tarde a las cuatro -dijo Brunetti.

    Vianello asintió.

    —Tampoco tenemos nada acerca de la familia inmediata.
    —¿No le parece extraño?

    Vianello reflexionó y dijo:

    —Es normal que haya personas, incluso familias enteras, que no tienen antecedentes.
    —Entonces, ¿por qué resulta extraño? — preguntó Brunetti.
    —Porque la pistola era del calibre veintidós. — Los dos sabían que era el arma utilizada por muchos asesinos profesionales.
    —¿Alguna posibilidad de identificarla?
    —Ninguna, aparte el tipo -dijo Vianello-. He enviado copia de la información de las balas a Roma y a Ginebra. — Los dos sabían que era poco probable que esto reportara información útil.
    —¿Y en la estación?

    Vianello repitió lo que los agentes habían averiguado la noche antes.

    —Esto no ayuda mucho, ¿verdad, dottore?

    Brunetti movió la cabeza y preguntó:

    —¿Qué hay del bufete?
    —Cuando llegué, casi todos se habían ido a almorzar. He hablado con una secretaria que lloraba, y con el abogado que parecía estar al frente -dijo Vianello y al cabo de un momento agregó-: Y que no lloraba.
    —¿No? — preguntó Brunetti mirando a su sargento con interés.
    —No, señor. En realidad, no me ha parecido afectado por la muerte de Trevisan.
    —¿Ni por las circunstancias?
    —¿Porque fuera asesinado?
    —Sí.
    —Eso pareció impresionarle, desde luego. He deducido que no sentía gran estima por Trevisan, pero el que hubiera sido asesinado lo impresionaba.
    —¿Qué ha dicho?
    —Pues en realidad, nada -respondió Vianello, y explicó-: Lo que me ha llamado la atención es lo que no ha dicho, esas cosas que todos decimos cuando se muere alguien, aunque no fuera santo de nuestra devoción. Que ha sido una tragedia, que lo sentía mucho por la familia, que es una pérdida irreparable. — Él y Brunetti habían oído estas frases infinidad de veces, y ya no les sorprendía su falta de sinceridad. Lo sorprendente era que alguien no se molestara en decirlas.
    —¿Algo más?
    —No, señor. La secretaria ha dicho que mañana irán todos a trabajar. Esta tarde no, por respeto. De modo que mañana volveré para hablar con los demás. — Antes de que Brunetti pudiera preguntar, Vianello dijo-: He llamado a Nadia y le he pedido que vea qué puede averiguar. A él no lo conocía, pero cree recordar que es el que, hará cinco años por lo menos, tramitó el testamento del dueño de la zapatería de Via Garibaldi. Llamará a la viuda. Y ha dicho que preguntará en el vecindario.

    Brunetti asintió. Aunque no estaba en nómina, la esposa de Vianello era una excelente fuente de la clase información que no suele guardarse en los archivos oficiales.

    —Me gustaría comprobar sus finanzas -dijo Brunetti-. Lo de siempre, cuentas bancarias, declaraciones de impuestos, patrimonio. Y vea si puede hacerse una idea de lo que ingresa el bufete al año. — Aunque eran cuestiones de rutina, Vianello tomó nota.
    —¿Digo a Elettra que vea lo que puede encontrar? — preguntó Vianello.

    Esta pregunta invariablemente sugería a Brunetti la imagen de la signorina Elettra envuelta en una larga túnica y tocada con un turbante -el turbante, siempre de brocado y adornado con piedras preciosas- con la mirada fija en la pantalla del ordenador del que ascendía una fina columna de humo. Brunetti era incapaz de adivinar cómo se las ingeniaba, pero ella siempre conseguía extraer información financiera, y también personal, de víctimas y sospechosos que sorprendía incluso a sus mismas familias y socios. Brunetti intuía que nadie podía sustraerse a su habilidad informática y a veces se preguntaba si no la utilizaría para husmear en la vida privada de aquellos con los que y para los que trabajaba.

    —Sí, a ver qué encuentra. Y también me gustaría tener una lista de sus clientes.
    —¿De todos?
    —Sí.

    Vianello asintió y tomó nota, aunque sabía que esto sería mucho más difícil de conseguir. Era casi imposible conseguir que los abogados dieran los nombres de sus clientes. Las únicas personas más reservadas que ellos a este respecto eran las prostitutas.

    —¿Algo más, comisario?
    —No, tengo que hablar con la viuda dentro de… -miró el reloj-… media hora. Si me dice algo que pueda servirnos, volveré; si no, ya nos veremos mañana.

    Dándose por despedido, Vianello guardó la libreta en el bolsillo, se levantó y volvió a la oficina de la planta baja.

    Brunetti salió de la questura cinco minutos después y subió hacia Riva degli Schiavoni, donde tomó el vaporetto 1. Desembarcó en Santa Maria del Giglio, giró hacia la izquierda en el hotel Ala, cruzó dos puentes, cortó hacia la derecha por una estrecha calle que salía al Gran Canal y se detuvo ante la última puerta de la parte izquierda. Tocó el timbre marcado Trevisan y, cuando se abrió la puerta con un chasquido, subió al segundo piso.

    En lo alto de la escalera había una puerta abierta y, en el vano, un hombre de cabello gris con un abdomen considerable, sabiamente disimulado por el buen corte del traje. Cuando Brunetti llegaba a lo alto de la escalera, el hombre preguntó, sin ofrecerle la mano:

    —¿El comisario Brunetti?
    —Sí. ¿El signor Lotto?

    El hombre asintió, pero tampoco ahora le dio la mano.

    —Pase. Mi hermana lo espera.

    Aunque Brunetti llegaba tres minutos antes de la hora, el hombre hablaba como si hubiera hecho esperar a la viuda.

    Las paredes de uno y otro lado del recibidor estaban cubiertas de espejo, lo que creaba la ilusión de que el pequeño espacio estaba lleno de duplicados de Brunetti y del hermano de la signora Trevisan. El reluciente suelo a cuadros blancos y negros hizo pensar a Brunetti que él y su reflejo se movían sobre un tablero de ajedrez y que el otro hombre era el adversario.

    —Estoy muy agradecido a la signora Trevisan por haber accedido a recibirme -dijo Brunetti.
    —Yo le aconsejé que no lo recibiera -dijo el hermano de la viuda hoscamente-. No debería ver a nadie. Esto es terrible. — La mirada que el hombre dirigió a Brunetti hizo que éste se preguntara si hablaba del asesinato o de la presencia de Brunetti en la casa mortuoria.

    Cortando por delante de Brunetti, el hombre lo llevó por un pasillo y abrió una puerta a la izquierda. Resultaba difícil adivinar cuál era la utilidad de aquella habitación: no había libros ni televisor, sólo cuatro sillas, una en cada ángulo. Las dos ventanas tenían cortinas verde botella. Entre las dos, una mesa redonda con un jarrón de flores secas en el centro. Nada más, ningún indicio sobre el objeto o función de la pieza.

    —Espere aquí -dijo Lotto saliendo de la habitación.

    Brunetti se quedó quieto un momento, luego se acercó a una ventana y apartó la cortina. Frente a él estaba el Gran Canal, que relucía al sol y, a la izquierda, el Palazzo Darío. Las piezas doradas del mosaico que cubría su fachada reflejaban el reverbero de la luz en el agua, lo desmenuzaban y lo devolvían al canal. Pasaban embarcaciones y, con ellas, los minutos.

    Brunetti oyó abrirse la puerta a su espalda y se volvió para saludar a la viuda Trevisan, pero la que había entrado en la habitación era una muchacha con una melena oscura hasta los hombros que, al ver a Brunetti junto a la ventana, salió tan aprisa como había entrado, cerrando la puerta. Unos minutos después volvió a abrirse la puerta, y entró una mujer de unos cuarenta años. Llevaba un sencillo vestido de lana negra y zapatos de tacón alto que la elevaban casi hasta la estatura de Brunetti. La forma de su rostro era igual a la del de su hija y el pelo, también hasta los hombros, tenía el mismo tono castaño, aunque con indicios de ayuda química. Sus ojos, muy separados como los de su hermano, tenían una expresión inteligente y un brillo más de curiosidad, pensó Brunetti, que de lágrimas.

    La mujer cruzó hasta Brunetti y le tendió la mano.

    —¿Comisario Brunetti?
    —Sí, signora. Siento que tengamos que conocernos en estas circunstancias. Le agradezco que haya accedido a recibirme.
    —Deseo hacer cuanto pueda para ayudarle a encontrar al asesino de Carlo. — Tenía la voz suave y un ligero acento de Florencia. Miró en derredor, como sí viera la habitación por primera vez-. ¿Por qué le ha traído aquí Ubaldo? — preguntó y agregó volviéndose hacia la puerta-: Venga conmigo.

    Brunetti la siguió al pasillo, donde ella giró hacia la derecha y abrió otra puerta. La habitación en la que entraron era mucho mayor que la primera y tenía tres ventanas, que daban a campo San Maurizio. Parecía un despacho o una biblioteca. La mujer lo llevó hacia dos mullidas butacas, se sentó en una y ofreció la otra a Brunetti con un ademán.

    Brunetti se sentó, fue a cruzar las piernas, pero se dio cuenta de que la butaca era muy baja como para que resultara cómoda la postura. Apoyó los codos en los brazos y juntó las manos frente al estómago.

    —¿Qué desea saber, comisario? — preguntó la signora Trevisan.
    —Me gustaría que me dijera si, durante las últimas semanas, o quizá meses, su marido parecía preocupado o nervioso, o si su conducta había cambiado de algún modo extraño.

    Ella esperó hasta cerciorarse de que él había terminado la pregunta, luego reflexionó y dijo:

    —No, que yo recuerde. Carlo estaba siempre muy absorbido por su trabajo. Con los cambios políticos de los últimos años y la apertura de nuevos mercados, estaba muy ocupado. Pero no, durante estos últimos meses no me ha parecido especialmente nervioso, no más de lo que normalmente justificaría su trabajo.
    —¿Le había hablado de algún caso en el que estuviera trabajando o quizá de algún cliente que le preocupara especialmente?
    —No, nada de eso.

    Brunetti esperaba.

    —Tenía un cliente nuevo -dijo ella al fin-. Un danés que quería abrir un negocio de importación, quesos y mantequilla, según creo, y que tenía dificultades con las normas de la Unión Europea. Carlo estaba tratando de encontrar la forma de que él pudiera transportar su mercancía a través de Francia en lugar de Alemania. O quizá era al revés. Estaba muy atareado con esto, pero no disgustado.
    —¿Y en el bufete? ¿Cómo eran sus relaciones con sus empleados? ¿Normales? ¿Amistosas?

    Ella juntó las manos en el regazo y se las contempló.

    —Creo que sí. Desde luego, nunca dijo tener problemas con el personal. De haberlos tenido, estoy segura de que me lo hubiera dicho.
    —¿Es cierto que la firma era suya en su totalidad, que los otros abogados eran simples asalariados?
    —¿Cómo dice? — Ella le miraba ahora con extrañeza-. No entiendo la pregunta.
    —¿Los otros abogados participaban de los beneficios del bufete o eran empleados?

    Ella levantó la mirada de las manos y la posó en Brunetti.

    —Lo siento, pero no puedo responder a eso, dottor Brunetti. No sé casi nada de los asuntos profesionales de Carlo. Tendrá que hablar con su apoderado.
    —¿Y quién es el apoderado, signora?
    —Ubaldo.
    —¿Su hermano?
    —Sí.
    —Comprendo -respondió Brunetti. Después de una pausa, prosiguió-: Me gustaría hacerle unas preguntas acerca de su vida personal, signora.
    —¿Nuestra vida personal? — repitió ella, como si nunca hubiera oído la expresión. En vista de que él no decía nada, la mujer movió la cabeza de arriba abajo, para indicarle que podía empezar.
    —¿Cuánto tiempo llevaban de matrimonio?
    —Diecinueve años.
    —¿Cuántos hijos tiene, signora?
    —Dos. Claudio, de diecisiete años y Francesca, de quince.
    —¿Van a la escuela en Venecia?

    Ella le miró fijamente.

    —¿Por qué lo pregunta?
    —Yo tengo una hija de catorce años, Chiara, y he pensado que a lo mejor se conocen -respondió él con una sonrisa, para demostrar la inocencia de la pregunta.
    —Claudio estudia en Suiza, pero Francesca está aquí, con nosotros, quiero decir conmigo -rectificó ella, pasándose la mano por la frente.
    —¿Diría usted que el suyo era un matrimonio feliz, signora?
    —Sí -respondió ella inmediatamente, con mucha más rapidez de la que hubiera contestado Brunetti a esta misma pregunta, aunque hubiera dado la misma respuesta. De todos modos, ella no se extendió en explicaciones.
    —¿Podría decirme si tenía su marido amigos íntimos o socios?

    Ella levantó la mirada, pero volvió a bajarla a sus manos.

    —Nuestros amigos más íntimos son los Nogare, Mirto y Graziella. Él es arquitecto y viven en campo Sant'Angelo. Son los padrinos de Francesca. De socios no sé nada, tendrá que preguntar a Ubaldo.
    —¿Otros amigos, signora?
    —¿Para qué necesita saber todo esto? — dijo ella levantando la voz con sequedad.
    —Me gustaría saber más cosas de su marido, signora.
    —¿Por qué? — La pregunta saltó de su garganta, casi a pesar suyo.
    —Mientras no sepa qué clase de persona era, no podré comprender por qué ha ocurrido esto.
    —¿Un robo? — preguntó ella, casi con sarcasmo.
    —No fue robo, signora. Lo mataron deliberadamente.
    —Nadie podía tener motivos para matar a Carlo -insistió ella. Brunetti, que había oído esto más veces de las que deseaba recordar, no dijo nada.

    De pronto, la signora Trevisan se puso de pie.

    —¿Tiene usted más preguntas? Si no es así, me gustaría volver junto a mi hija.

    Brunetti se levantó y extendió la mano.

    —De nuevo, muchas gracias por haber accedido a hablar conmigo, signora. Comprendo el doloroso trance por el que atraviesan usted y su familia, y le deseo que encuentre el valor necesario para superarlo. — Aún no había acabado de hablar cuando comprendió que sus palabras eran los formulismos que se utilizan cuando no se percibe un dolor verdadero, como ocurría en este caso.
    —Gracias, comisario -dijo ella imprimiendo en su mano un leve apretón y yendo hacia la puerta. La sostuvo abierta mientras él salía y lo acompañó al recibidor. Los otros miembros de la familia no daban señales de vida.

    Brunetti saludó a la viuda con una inclinación de cabeza y empezó a bajar la escalera mientras a su espalda la puerta se cerraba con suavidad. Parecía extraño que, al cabo de casi veinte años de matrimonio, una mujer no supiera nada de los negocios del marido. Y más extraño todavía cuando su propio hermano era el apoderado. ¿De qué hablaban durante las comidas familiares? ¿De fútbol? Todas las personas que Brunetti conocía detestaban a los abogados. Brunetti detestaba a los abogados. Por lo tanto, no podía creer que un abogado no tuviera enemigos, especialmente si era famoso y rico. Al día siguiente hablaría de esto con Lotto, que quizá fuera más explícito que su hermana.


    10


    Mientras Brunetti estaba en el apartamento de Trevisan, el cielo se había encapotado y la tarde había refrescado. Por su reloj, aún no eran las seis, y hubiera tenido que volver a la questura, pero tomó el camino de su casa, por el puente de Accademia. Durante el trayecto entró en un bar y pidió un vasito de vino blanco. Tomó uno de los pretzels que había en la barra, pero al primer mordisco lo echó al cenicero. No era el vino mejor que el pretzel, por lo que también lo dejó y siguió hacia casa.

    Mientras caminaba trataba de evocar la expresión que había visto en la cara de Francesca Trevisan cuando la muchacha había aparecido en el vano de la puerta, pero no recordaba más que unos ojos grandes, brillantes y secos. La muchacha se parecía a su madre tanto por el corte de sus facciones como por su fría resignación. No había pena en aquellos ojos sino sólo sorpresa. ¿Esperaba ver allí a otra persona?

    ¿Cómo reaccionaría Chiara si lo mataran a él? ¿Y Paola? ¿Sería capaz su mujer de contestar a un policía preguntas sobre su vida personal? Desde luego, Paola no podría decir, como la signora Trevisan, que ella no sabía nada de los asuntos profesionales de su difunto esposo. Esta pretendida ignorancia resultaba a Brunetti, más que chocante, inverosímil.

    Cuando abrió la puerta de su casa, el radar afinado durante muchos años le dijo que no había nadie. Fue a la cocina, y vio la mesa cubierta de periódicos y lo que parecían los deberes de Chiara, hojas con números y signos matemáticos que no tenían ningún sentido para él. Tomó una de las hojas y contempló las largas series de cifras trazadas con la escritura inclinada y pulcra de su hija, que, si no le fallaba la memoria, desarrollaban una ecuación de segundo grado. ¿Cálculo? ¿Trigonometría? Las matemáticas nunca fueron su fuerte y, además, al cabo de tanto tiempo, casi no recordaba nada. No obstante, tenía que haberlas estudiado durante cuatro años.

    Brunetti apartó los papeles de Chiara y repasó los diarios, en los que el asesinato de Trevisan competía por la atención con otro caso de soborno de otro senador. Habían transcurrido años desde que el juez Di Pietro había formulado la primera acusación formal, y los granujas seguían gobernando el país. Todas, o casi todas, las figuras políticas que habían ocupado los cargos de mayor responsabilidad desde que Brunetti era niño habían sido acusadas una y otra vez y hasta habían empezado a acusarse mutuamente, sin que ninguna llegara a ser juzgada y sentenciada, a pesar de haber vaciado las arcas del Estado. Hacía décadas que se llenaban los bolsillos, pero nada -ni la repulsa popular, ni un desbordamiento de indignación nacional- había podido apartarlos del poder. Volvió la página y vio las fotos de los dos peores, el chepa y el cerdo calvorota, y dobló el diario con asco y cansancio. Nada cambiaría. Brunetti sabía no pocas cosas de aquellos escándalos, sabía adonde había ido buena parte del dinero y sabía quién sería señalado con el dedo a continuación, pero también sabía con absoluta certeza que todo seguiría igual. Lampedusa estaba en lo cierto: tenía que parecer que todo cambiaba, para que todo siguiera igual. Habría elecciones, caras nuevas y nuevas promesas, pero la única diferencia sería que en las arcas se meterían otras manos.

    Y en los discretos bancos privados de Suiza se abrirían otras cuentas.

    Brunetti conocía bien -y casi temía- este estado de ánimo, esta convicción que a veces lo asaltaba de la futilidad de su trabajo. ¿Por qué preocuparse por meter en la cárcel a un revientapisos, si el que ha estafado miles de millones a la Sanidad nacional es nombrado embajador en el país al que ha estado desviando los fondos desde hace años? ¿Y qué sistema judicial podía imponer una multa a la persona que dejaba de pagar el impuesto por la radio del coche, si el fabricante de ese coche, que reconocía haber pagado miles de millones a los jefes de los sindicatos para que impidieran a sus afiliados pedir mejoras laborales, podía seguir en libertad? ¿Por qué arrestar a nadie por asesinato, o por qué preocuparse en buscar a la persona que había asesinado a Trevisan, si el que durante décadas había sido el político más relevante del país estaba acusado de ordenar el asesinato de los pocos jueces honrados que habían tenido el valor de investigar a la Mafia?

    La llegada de Chiara interrumpió esta lúgubre reflexión. La niña cerró con un portazo y entró con mucho ruido y un montón de libros. Brunetti la vio meterse en su habitación, de donde salió a los pocos momentos sin los libros.

    —Hola, ángel -la saludó-. ¿Te apetece comer algo? — Y cuándo no le apetecía, se preguntó el padre.
    —Ciao, papà -respondió ella, que venía por el pasillo batallando con la manga de la chaqueta, que había vuelto del revés, en su empeño por liberar la mano, aprisionada en el puño. Él observó cómo su hija tiraba ahora de la manga rebelde con la otra mano. Desvió la mirada Un momento y al volverse de nuevo vio que la chaqueta estaba en el suelo y que Chiara se agachaba a recogerla.

    La niña entró en la cocina y puso la mejilla para recibir el beso que él le daba. Fue a la nevera, la abrió, se agachó a mirar en su interior, metió una mano y sacó un paquete de queso. Se enderezó, tomó un cuchillo del cajón y cortó una gruesa loncha.

    —¿Pan? — preguntó su padre, bajando una bolsa de panecillos de encima del frigorífico. Ella asintió y le dio un trozo de queso a cambio de dos panecillos.
    —Papá -empezó ella-, ¿a cuánto cobran la hora los policías?
    —No lo sé exactamente, Chiara. Cobran un sueldo, pero a veces tienen que trabajar más horas que un empleado de oficina.
    —¿Te refieres a cuando hay mucha delincuencia o cuando tienen que seguir a alguien en particular?
    —Sí. — Él señaló el queso con el mentón y ella cortó otra loncha y se la dio.
    —¿O cuando tienen que pasar mucho tiempo interrogando a la gente, sospechosos y así? — insistió ella, reacia a abandonar el tema.
    —Sí -repitió él, preguntándose adonde querría ir a parar.

    Chiara terminó el segundo panecillo y metió la mano en la bolsa, en busca del tercero.

    —Mamá te matará si te comes todo el pan -dijo él. A fuerza de años de repeticiones, la frase, más que una advertencia, era un mimo.
    —¿A cuánto crees tú que saldría la hora, papá? — preguntó ella, abriendo el panecillo, sin darse por enterada del aviso.

    Él, consciente de que acabaría pagando la suma que ahora mencionara, decidió inventar una cifra.

    —Calculo que sobre unas veinte mil liras la hora. — Y, suponiendo que ella esperaba la pregunta, agregó-: ¿Por qué?
    —Bueno, como creí que te interesaría saber cosas del padre de Francesca, he hecho preguntas, y me parece que, ya que he trabajado para la policía, tendrían que pagarme. — Únicamente cuando observaba en sus hijos estas señales de mercantilismo lamentaba Brunetti la milenaria tradición comercial de Venecia.

    No contestó, y Chiara, dejando de masticar, lo miró fijamente.

    —¿Qué te parece?

    Él reflexionó.

    —Depende de lo que descubrieras, Chiara. Porque tú no cobras un sueldo fijo, hagas lo que hagas, como los policías de verdad. Tú serías una especie de eventual que trabaja de freelance, y se te pagaría según el valor de la información que dieras.

    Ella meditó un momento y pareció convencida por la lógica del argumento.

    —Está bien. Yo te digo lo que he descubierto y tú me dices cuánto te parece que vale.

    No sin admiración, Brunetti apreció la habilidad con que su hija soslayaba la cuestión fundamental, de si él le pagaría la información o no y, como si ya estuviera cerrado el trato, pasaba a negociar los detalles. Adelante pues.

    —Cuenta.

    Chiara terminó el tercer panecillo, se limpió los labios con un paño de cocina y se sentó, con las manos juntas encima de la mesa, en actitud formal.

    —He tenido que hablar con cuatro personas diferentes, antes de poder averiguar algo -dijo muy seria, como si hablara delante de un tribunal. O de una cámara de televisión.
    —¿Quiénes son esas personas?
    —Una chica del colegio al que ahora va Francesca, una maestra y una chica de mi colegio y una de las chicas que hacían primaria con nosotras.
    —¿Y todo en una tarde, Chiara?
    —Oh, he tenido que tomarme la tarde libre, para ir a ver a Luciana, y al colegio de Francesca donde estaba esa chica, pero antes de salir he hablado con la profe y con la chica de mi escuela.
    —¿Te has tomado la tarde libre? — preguntó Brunetti, pero sólo por curiosidad.
    —Claro, lo hacen todos. Llevas una nota de los padres diciendo que estás enferma o que tienes que ir a algún sitio, y nadie te hace preguntas.
    —¿Y eso lo haces muy a menudo, Chiara?
    —Oh, no, papá, sólo cuando es necesario.
    —¿Y la nota quién la ha firmado?
    —Esta vez le ha tocado a mamá. Además, es más fácil hacer su firma que la tuya. — Mientras hablaba, Chiara recogía las hojas esparcidas por encima de la mesa y las apilaba cuidadosamente. Las dejó a un lado y levantó la mirada, deseosa de continuar con los asuntos importantes.

    Él se arrimó una silla y se sentó frente a la niña.

    —¿Y qué te han dicho esas personas, Chiara?
    —Lo primero, que también a esa otra chica, Francesca le había contado la historia del secuestro que nos contó a nosotras en primaria, hace cinco años.
    —¿Cuántos cursos estudiaste con ella, Chiara?
    —Toda la básica. Luego su familia se mudó y la llevaron al colegio Vivaldi. A veces la veo, pero nunca hemos sido lo que se dice amigas.
    —¿Y de esa otra chica sí era amiga? — Vio que Chiara fruncía los labios antes de contestar y agregó-: Me parece que será preferible que me lo cuentes a tu manera.
    —Esa otra chica de mi colegio hizo con ella el segundo ciclo, y dice que Francesca les contaba que sus padres le advertían que tuviera mucho cuidado con quién hablaba y que nunca fuera con personas desconocidas. Es más o menos lo que nos había dicho a nosotras.

    Chiara miró a su padre, buscando un gesto de aprobación, y él le sonrió, aunque esto no era mucho más de lo que le había contado durante el almuerzo.

    —Como esto ya lo sabía, he pensado que sería mejor hablar con una chica de su escuela de ahora. Por eso me he tomado la tarde libre, para estar segura de encontrarla. Esa chica me ha dicho que Francesca tiene novio. No, papá, un novio de verdad. Quiero decir amantes y todo.
    —¿Te ha dicho quién es él?
    —No, Francesca no dice el nombre, sólo que es mayor, de más de veinte años, y que se iría con él, pero él no quiere, hasta que ella sea mayor de edad.
    —¿Sabe esa chica por qué quiere irse Francesca?
    —A ella le parece que es por la madre. Siempre están discutiendo.
    —¿Y el padre?
    —Francesca se llevaba muy bien con su padre, pero no lo veía mucho porque estaba siempre ocupado.
    —Francesca tiene un hermano, ¿verdad?
    —Sí, Claudio, pero estudia en Suiza. Por eso he hablado con la profe. Enseñaba en la escuela a la que iba él, y he pensado que por ella podría enterarme de algo.
    —¿Y te has enterado?
    —Sí, claro. Le he dicho que era la mejor amiga de Francesca y que Francesca estaba muy preocupada por cómo se tomaría Claudio esto de la muerte de su padre, estando solo en Suiza. Le he dicho que también yo lo conocía, y hasta le he dado a entender que me gustaba. — Sacudió la cabeza-. ¡Buá! Todo el mundo, absolutamente todo el mundo, dice que Claudio es un asqueroso, pero me ha creído.
    —¿Qué le has preguntado?
    —Le he dicho que Francesca deseaba saber si ella, quiero decir la profe, podía aconsejarle sobre cómo debía tratar a Claudio. — Al ver el gesto de sorpresa de Brunetti, dijo-: Sí, ya sé que parece una estupidez, que eso es algo que nadie preguntaría, pero ya sabes cómo son los profes, cómo les gusta darte consejos y decir lo que tienes que hacer con tu vida.
    —¿Y la profesora se lo ha creído?
    —Naturalmente -respondió Chiara muy seria.
    —Debes de ser una buena embustera -comentó Brunetti, no del todo en broma.
    —Lo soy. Dice mamá que eso es algo que hay que aprender a hacer bien -dijo Chiara sin preocuparse de mirar a Brunetti, y agregó-: La profe ha dicho que Francesca debe tener presente… eso ha dicho ella, «tener presente», que Claudio siempre se había sentido más unido a su padre que a su madre, por lo que ahora lo pasará muy mal. — Hizo una mueca-. No es gran cosa, ¿eh? Cruzar toda la ciudad, para eso. Y ha estado hablando media hora para decirlo.
    —¿Qué te han dicho las otras?
    —Luciana… he tenido que ir hasta Castello para hablar con ella… me ha dicho que Francesca no traga a su madre, porque es una mandona que siempre estaba manipulando a su padre y diciéndole lo que tenía que hacer. Tampoco quiere al tío, que se cree que es el jefe de la familia.
    —¿De qué forma lo manipulaba?
    —No lo sabe. Pero es lo que decía Francesca, que su padre hacía siempre lo que mandaba la madre. — Antes de que Brunetti pudiera bromear al respecto, Chiara agregó-: No es lo mismo que entre tú y mamá. Ella te dice lo que tienes que hacer, tú le contestas que sí y luego haces lo que te parece. — Levantó la mirada hacia el reloj de la pared-. ¿Dónde estará mamá? Son casi las siete. ¿Qué habrá de cena? — Era evidente que la última pregunta era la que más la preocupaba.
    —Probablemente, estará en la universidad, diciendo a algún alumno lo que debe hacer con su vida. — Antes de que Chiara decidiera entre reírse o no, Brunetti apuntó-: Si no tienes más información, ¿qué te parece si empezáramos a preparar la cena? Así mamá la encontrará lista cuando llegue, para variar.
    —¿Y cuánto te parece que vale la información? — preguntó Chiara, melosa.

    Brunetti reflexionó.

    —Unas treinta mil -dijo al fin. Puesto que el dinero saldría de su bolsillo, él tasaba la información en esta cantidad. Pero, si era cierto que la señora Trevisan dominaba a su marido y si su dominio alcanzaba a la actividad profesional, el dato podía valer infinitamente más.


    11


    Al día siguiente, Il Gazzettino daba en primera plana la noticia del suicidio de Rino Favero, uno de los asesores financieros más importantes de la región del Véneto. Favero, se informaba, había metido su Rover en el garaje doble del sótano de su casa, había cerrado la puerta y se había tendido tranquilamente en el asiento delantero, dejando el motor en marcha. Su esposa, que había pasado la noche en el hospital junto a su madre moribunda, lo había encontrado al volver a casa por la mañana. Se rumoreaba que el nombre de Favero iba a salir a la luz en relación con el escándalo que había estallado en el Ministerio de Sanidad. Aunque toda Italia ya estaba al corriente de la acusación de que el ex ministro de Sanidad había aceptado fuertes sobornos de varios laboratorios farmacéuticos a cambio de permitirles aumentar los precios de sus medicamentos, aún no era de dominio público que Favero fuera el gestor del patrimonio del presidente de la mayor de aquellas empresas. Los que lo sabían suponían que él había decidido imitar a tantos otros de los implicados en esta vasta trama de corrupción y, para salvar el honor, había decidido eludir la acusación y el posible castigo. Eran pocos los que parecían dudar de que de esta manera pudiera salvarse el honor.

    Una mañana, tres días después de la muerte de Favero y cinco del asesinato de Trevisan, cuando Brunetti llegó a su despacho estaba sonando el teléfono.

    —Brunetti -contestó acercando el aparato al oído con una mano y empezando a desabrocharse la gabardina con la otra.
    —Comisario Brunetti, aquí el capitano Della Corte, de la Policía de Padua. — A Brunetti le sonaba el nombre, y tenía la sensación de que lo había oído nombrar en términos elogiosos.
    —Buenos días, capitán, ¿en qué puedo servirle?
    —¿Podría decirme si en la investigación del asesinato del tren ha aparecido el nombre de Rino Favero?
    —¿Favero? ¿El que se suicidó?
    —¿Que se suicidó? — preguntó Della Corte-. ¿Con cuatro miligramos de Rohipnol en la sangre?

    Brunetti se puso alerta. Nadie que tuviera tal cantidad de este barbitúrico en la sangre podría andar y mucho menos, conducir un coche.

    —¿Qué relación puede haber con Trevisan? — preguntó.
    —Lo ignoramos. Pero estamos comprobando todos los números de su libreta de teléfonos. Es decir, los números sin nombre al lado. Uno de ellos es el de Trevisan.
    —¿Tienen ya las listas? — No hacía falta especificar que se refería a las listas de las llamadas hechas desde el teléfono de Favero.
    —No hay constancia de que llamara al despacho ni al domicilio particular de Trevisan. Por lo menos, desde sus propios teléfonos.
    —Entonces, ¿por qué había de tener los números? — preguntó Brunetti.
    —Eso es lo que nos gustaría saber. — El tono de Della Corte era seco.
    —¿Cuántos más números sin nombre había?
    —Ocho. Uno es de un bar de Mestre, otro de una cabina de la estación de Padua y el resto no existen.
    —¿Qué quiere decir?
    —Que no son del Véneto.
    —¿Ni de otras provincias o ciudades?
    —Tampoco. O tienen demasiados dígitos o no corresponden a números de este país.
    —¿Del extranjero entonces?
    —A la fuerza.
    —¿Ningún indicio del país ni del prefijo?
    —Dos parecen del este de Europa y dos podrían ser de Ecuador o de Tailandia, pero no me pregunte cómo han podido averiguarlo los chicos que me lo han dicho. Todavía están trabajando con los otros -respondió Della Corte-. Pero nunca llamó a ninguno de estos números desde sus teléfonos, ni a los del extranjero ni a los del Véneto.
    —Pero los tenía anotados -dijo Brunetti.
    —Sí, los tenía anotados.
    —Pudo llamar desde una cabina -sugirió Brunetti.
    —Ya lo sé.
    —¿Y qué me dice de otras llamadas internacionales? ¿Llamaba con frecuencia a algún país en concreto?
    —Llamaba con frecuencia a muchos países.
    —¿Clientela internacional? — preguntó Brunetti.
    —Algunas de las llamadas eran a clientes, sí. Pero muchas no corresponden a personas para las que trabajara.
    —¿Qué países?
    —Austria, Holanda, República Dominicana… -empezó Della Corte. Se interrumpió y dijo-: Un momento, aquí tengo la lista. — Sonó un golpe seco del teléfono en la mesa, un murmullo de papeles y de nuevo la voz de Della Corte-. Y Polonia, Rumania y Bulgaria.
    —¿Con qué frecuencia llamaba?
    —A algunos de estos países, dos veces a la semana.
    —¿Siempre al mismo número o números?
    —No siempre.
    —¿Los han localizado?
    —El número austríaco corresponde a una agencia de viajes de Viena.
    —¿Y los otros?
    —Comisario, no sé si estará usted muy familiarizado con la Europa del Este, pero allí no tienen ni guías telefónicas, y no digamos telefonistas que te digan de quién es un número determinado.
    —¿Y la policía?

    Della Corte resopló con desdén.

    —¿Han llamado a esos números? — preguntó Brunetti.
    —Sí. Nadie contesta.
    —¿En ninguno?
    —En ninguno.
    —¿Qué me dice de los teléfonos de la estación y del bar? — preguntó Brunetti.

    En respuesta recibió otro resoplido, pero ahora Della Corte explicó:

    —Tuve suerte de que se me autorizara a localizar los números. — Della Corte hizo una pausa larga, y Brunetti esperó la petición que sabía que no podía dejar de llegar-. He pensado que usted, que está mucho más cerca, podría enviar a alguien a vigilar el teléfono del bar.
    —¿Dónde está? — preguntó Brunetti tomando un bolígrafo de la mesa, pero sin comprometerse.
    —¿Significa eso que enviará usted a alguien?
    —Lo intentaré -respondió Brunetti. Era lo más que podía hacer-. ¿Dónde está?
    —No tengo más que un nombre y una dirección. No conozco Mestre lo suficiente como para saber por dónde cae. — En opinión de Brunetti, Mestre no era una ciudad digna de ser conocida lo suficiente como para saber por dónde caía nada. — Se llama Bar Pinetta. Via Fagare, dieciséis. ¿Sabe dónde está? — preguntó Della Corte.
    —La Via Fagare está cerca de la estación, según creo. Pero no he oído hablar de ese bar. — Después de acceder, en cierta medida, a ayudar a su comunicante, Brunetti pensó que tenía derecho a solicitar cierta información a cambio-. ¿Tiene idea de qué relación pueda haber?
    —¿Está enterado de lo de las empresas farmacéuticas?
    —¿Y quién no lo está? ¿Piensan que los dos pudieran estar involucrados?

    En lugar de responder directamente, Della Corte dijo:

    —Es una posibilidad. Pero queremos empezar investigando a todos sus clientes. Trabajaba para mucha gente del Véneto.
    —¿Gente respetable?
    —De lo más respetable. Desde hacía un par de años había empezado a llamarse «procurador» en lugar de simple gestor.
    —¿Era bueno?
    —Dicen que el mejor.
    —Entonces lo bastante bueno como para entender el impreso del impuesto sobre la renta -apuntó Brunetti, tratando con la broma de crear un sentimiento de complicidad. Le constaba que todos los italianos sentían una profunda aversión hacia la oficina de impuestos, pero este año, con un formulario de treinta y dos páginas que el propio ministro de Hacienda se había confesado incapaz de rellenar, la aversión se había exacerbado.

    La palabra soez que musitó Della Corte denotaba claramente sus sentimientos hacia la oficina de impuestos, pero no delataba sentimiento alguno de compañerismo.

    —Sí, al parecer era lo bastante bueno hasta para eso. Su lista de clientes haría enfermar de envidia a la mayoría de sus colegas.
    —¿Incluía a Medi-Tech? — preguntó Brunetti, nombrando a la mayor de las empresas implicadas en el escándalo de fijación de precios.
    —No; al parecer, él no tenía nada que ver con sus tratos con el ministerio, y su trabajo para el presidente se circunscribía a su patrimonio personal.
    —¿Así que no estaba implicado en el escándalo? — preguntó Brunetti, cada vez más interesado.
    —No que nosotros sepamos.
    —¿Alguna otra razón para…? — Brunetti buscaba la palabra adecuada-. ¿…su muerte?

    Della Corte no contestó inmediatamente.

    —No hemos encontrado nada. Estaba casado. Desde hacía treinta y siete años. Felizmente, al parecer. Cuatro hijos, todos ellos licenciados universitarios y ninguno, problemático.
    —¿Así pues, asesinato?
    —Probablemente.
    —¿Lo dirá a los periódicos?
    —No; por lo menos, hasta que podamos decirles algo más, a no ser que alguno descubra lo del informe del forense -respondió Della Corte, dando la impresión de que él podría impedir durante algún tiempo que tal cosa sucediera.
    —¿Y cuando se enteren? — Brunetti recelaba de la prensa y de las muchas libertades que se tomaba con la verdad.
    —Ya me preocuparé cuando llegue el momento -dijo Della Corte ásperamente-. ¿Me tendrá informado si averigua algo en el bar?
    —Por supuesto. ¿Puedo llamarle a la questura?

    Della Corte le dio el número de la línea directa de su despacho.

    —… y, Brunetti, si descubre algo, no dé la información a cualquier otra persona que pueda contestar al teléfono, ¿de acuerdo?
    —Descuide -dijo Brunetti, aunque la petición no dejó de sorprenderle.
    —Si volvemos a tropezamos con el nombre de Trevisan, le llamaré. Trate de descubrir si había alguna relación entre ellos. Un número de teléfono no es mucho.

    Brunetti se mostró de acuerdo, pero era algo y, por lo que al caso Trevisan se refería, mucho más de lo que tenían ellos.

    La despedida de Della Corte fue brusca, como si lo reclamaran asuntos más importantes.

    Brunetti colgó el teléfono y se arrellanó en su sillón, tratando de adivinar qué relación podía existir entre un abogado de Venecia y un gestor de Padua. Uno y otro debían de moverse en los mismos círculos sociales y profesionales, por lo que nada tendría de particular que se conocieran ni que el teléfono de uno apareciera en la libreta del otro. Pero era curioso que estuviera anotado sin nombre y con la insólita compañía de dos teléfonos públicos y otros números de lugares desconocidos. Y más extraño todavía era que el número apareciera en la libreta de direcciones de un hombre que había sido asesinado la misma semana que Trevisan.


    12


    Brunetti llamó a la signorina Elettra para preguntar si la SIP había facilitado ya lista de todas las llamadas telefónicas de Trevisan durante los seis meses últimos que él había pedido, y ella le respondió que la lista estaba encima de la mesa del comisario desde la víspera. Él colgó y empezó a revolver papeles, apartando los informes de personal que había estado demorando revisar desde hacía dos semanas y una carta de un antiguo compañero de Nápoles, que temía leer porque sabía que lo deprimiría.

    Allí estaba la lista de llamadas, treinta hojas de impresora en una carpeta. En la primera hoja sólo había llamadas de larga distancia, hechas desde el despacho y desde el domicilio. Los números estaban dispuestos en columnas, con el prefijo de la ciudad o el país correspondiente, la hora de la llamada, duración y, por último, el nombre de la ciudad o el país. Hojeó rápidamente las listas y vio que sólo indicaban las llamadas hechas desde aquellos teléfonos, no las recibidas. Quizá éstas no se habían solicitado o quizá la SIP tardaba más en localizarlas. O quizá se había inventado una nueva traba burocrática para el trámite de esta petición, que demoraba su llegada.

    Brunetti repasó la columna de la derecha, correspondiente a las ciudades. En las primeras páginas, no se apreciaba una pauta pero, a partir de la cuarta, pudo observar que Trevisan -o quienquiera que utilizara sus teléfonos- llamaba a tres números de Bulgaria con cierta regularidad, por lo menos, dos o tres veces al mes. Otro tanto ocurría con números de Hungría y de Polonia. Recordó que Della Corte había mencionado el primero de estos países, pero no los otros. Intercaladas había llamadas a Holanda e Inglaterra, éstas, motivadas quizá por la especialidad profesional de Trevisan. La República Dominicana no aparecía en la lista, y las llamadas a Austria y Holanda, los otros países mencionados por Della Corte, no parecían frecuentes.

    Brunetti ignoraba en qué medida podían despacharse por teléfono los asuntos de un bufete jurídico, por lo que no sabía si la lista que tenía delante reflejaba un número exagerado de llamadas.

    Descolgó el teléfono y pidió a la centralita que le pusieran con el número que le había dado Della Corte. Cuando el otro policía contestó, Brunetti se identificó y pidió los números de Padua y de Mestre que figuraban en la libreta de Favero.

    Cuando Della Corte se los hubo leído, Brunetti dijo:

    —Tengo delante una lista de las llamadas de Trevisan, pero sólo las de larga distancia, así que los números de Mestre no saldrán. ¿Quiere esperar un momento, mientras compruebo si aparece el número de Padua?
    —Pregúnteme si quiero morir en los brazos de una quinceañera y recibirá la misma respuesta.

    Brunetti lo tomó por una afirmación y empezó a repasar la lista, deteniéndose cada vez que encontraba el 049, prefijo de Padua. Las tres primeras páginas no revelaron nada, pero en la quinta y de nuevo en la novena vio el número. Éste desaparecía temporalmente, para reaparecer en la página 14, tres veces la misma semana.

    La respuesta de Della Corte cuando Brunetti le comunicó su hallazgo fue un gruñido.

    —Creo que vale más que ponga a alguien en ese teléfono.
    —Y yo enviaré a alguien al bar, a echar un vistazo -dijo Brunetti, ahora interesado, deseando saber qué clase de bar era y quién lo frecuentaba, pero deseando sobre todo conseguir una lista de las llamadas locales de Trevisan y ver si en ella aparecía el número del bar.

    Los largos años de servicio y la dura experiencia habían destruido toda la fe que Brunetti pudiera haber tenido en la casualidad. No podía ser casualidad que dos hombres que habían sido asesinados con pocos días de diferencia conocieran un mismo número de teléfono. Aquel número de Padua significaba algo, aunque Brunetti no podía adivinar qué, y de pronto tuvo la convicción de que el número del bar de Mestre estaría en la lista de las llamadas locales de Trevisan.

    Después de prometer a Della Corte que tan pronto como averiguara algo acerca del teléfono de Mestre se lo comunicaría, Brunetti soltó la tecla de la línea exterior de su aparato y marcó el número de la extensión de Vianello. Cuando el sargento contestó, Brunetti le pidió que subiera a su despacho.

    Minutos después entraba Vianello.

    —¿Trevisan? — preguntó, mirando a Brunetti a los ojos con franca curiosidad.
    —Sí. Acabo de recibir una llamada de la policía de Padua acerca de Favero.
    —¿El gestor que trabajaba para el ministro de Sanidad? — preguntó Vianello. Cuando Brunetti movió la cabeza afirmativamente, Vianello estalló con vehemencia-: ¡Todos tendrían que hacer eso!

    Brunetti lo miró con asombro.

    —¿Hacer qué?
    —Matarse, todo ese hatajo de sinvergüenzas. — Con la misma brusquedad con que se había sulfurado, Vianello se calmó y se sentó en la silla situada frente al escritorio de Brunetti.
    —¿A qué viene eso? — preguntó Brunetti.

    Por toda respuesta, Vianello se encogió de hombros y agitó una mano frente a sí.

    Brunetti aguardaba.

    —Es el editorial del Corriere de esta mañana -explicó Vianello al fin.
    —¿Qué dice?
    —Que hay que compadecer a esos pobres hombres, que se ven empujados a quitarse la vida por la vergüenza y el sufrimiento que se les impone, que los jueces deberían dejarles salir de la cárcel para que pudieran volver junto a sus familias. He olvidado el resto. Leer eso sólo ya me ha puesto enfermo. — Como Brunetti no dijera nada, Vianello prosiguió-: Cuando el que roba un bolso va a la cárcel, no leemos editoriales, por lo menos, en el Corriere, pidiendo la excarcelación o compasión para ellos. Y sólo Dios sabe los millones que han robado estos cerdos. Sus impuestos, comisario. Los míos. Miles y miles de millones. — Al darse cuenta de que estaba alzando la voz, Vianello repitió el ademán como si desechara su indignación, y preguntó moderando el tono-: ¿Qué hay de Favero?
    —Que no se suicidó -dijo Brunetti.

    La expresión facial de Vianello era de franca sorpresa.

    —¿Qué ocurrió? — preguntó, aparentemente olvidada ya su explosión.
    —Tenía tantos barbitúricos en el cuerpo que no podía haber conducido.
    —¿Qué cantidad? — preguntó Vianello.
    —Cuatro miligramos -y, antes de que Vianello le dijera que ésta no era una dosis fuerte, puntualizó-: De Rohipnol. — Vianello sabía, al igual que Brunetti, que cuatro miligramos de Rohipnol harían dormir durante un día y medio a cualquiera de ellos dos.
    —¿Qué relación hay con Trevisan? — preguntó Vianello.

    Hacía tiempo que Vianello, al igual que Brunetti había dejado de creer en las coincidencias, y se mostró atento al dato de que ambas víctimas tenían anotado un mismo número de teléfono.

    —¿En la estación de Padua? — preguntó Vianello-. ¿Y un bar de Via Fagare?
    —Sí. El bar Pinetta. ¿Lo conoce?

    Vianello miró hacia un lado y luego asintió.

    —Me parece que sí, si es el que imagino. ¿A la izquierda de la estación?
    —Eso no lo sé -contestó Brunetti-. Dicen que está cerca de la estación, pero nunca había oído hablar de él.
    —Sí, me parece que es el Pinetta.

    Brunetti asintió y esperó a que Vianello continuara.

    —Si es el que supongo, es bastante malo. Muchos norteafricanos, de esos del tú comprar que hay por todas partes. — Vianello se interrumpió, y Brunetti se preparó para oír un comentario despectivo sobre los vendedores callejeros que infestaban Venecia con sus bolsos Gucci de imitación y sus tallas africanas. Pero Vianello lo sorprendió al decir-: Pobres tipos.

    Hacía tiempo que Brunetti había abandonado toda esperanza de descubrir coherencia política en sus conciudadanos, pero le pilló desprevenido la simpatía que manifestaba Vianello por aquellos vendedores sin licencia, generalmente los más despreciados de los cientos de miles de inmigrantes que inundaban Italia con la esperanza de recoger unas migajas de la riqueza del país. Sin embargo, Vianello, que no sólo votaba por la Lega Nord sino que afirmaba con convicción que había que dividir a Italia por el norte de Roma y, en sus momentos de mayor exaltación, incluso abogaba por la construcción de una muralla para detener a los bárbaros, es decir, los africanos, porque para él, al sur de Roma todos eran africanos, ese mismo Vianello los llamaba ahora «pobres tipos», y su compasión parecía sincera.

    Aunque la observación desconcertó a Brunetti, éste prefería no hablar de eso ahora, y se limitó a preguntar:

    —¿Tenemos a alguien que pudiera ir allí por la noche?
    —¿Para hacer qué? — preguntó Vianello, no menos deseoso que Brunetti de eludir el otro tema.
    —Tomar unas copas. Charlar con la clientela. Ver quién usa el teléfono. Quién contesta cuando suena.
    —¿Quiere decir alguien que no tenga pinta de policía?

    Brunetti asintió.

    —¿Puccetti? — sugirió Vianello.

    Brunetti movió la cabeza negativamente.

    —Demasiado joven.
    —Y, probablemente, demasiado limpio -convino Vianello inmediatamente.
    —Pues bonito lugar debe de ser el Pinetta.
    —Es la clase de sitio en el que prefiere uno llevar la pistola -dijo Vianello. Y, después de pensar un momento, apuntó con forzada indiferencia-: Parece un trabajo para Topa. — Se refería a un sargento que se había retirado hacía seis meses, después de treinta años de servicio. El verdadero nombre de Topa era Romano, pero nadie le había llamado así desde hacía más de cinco décadas, cuando era un niño regordete, como el ratoncito al que aludía el apodo. El niño creció y se convirtió en un hombre tan fornido que había que hacerle la chaqueta del uniforme a medida, pero el nombre le quedó, indeleble a pesar de su incongruencia. Nadie se había reído nunca de Topa por tener un apodo con terminación femenina. Durante sus treinta años de servicio, varias personas habían tratado de perjudicarle, pero nadie se había atrevido a reírse de su apodo.

    Como Brunetti no contestara, Vianello levantó la mirada y la desvió rápidamente.

    —Ya sé lo que piensa usted de él, comisario. — Y, antes de que Brunetti pudiera hacer un comentario, dijo-: En realidad, no sería trabajo. Por lo menos, oficialmente. Sería sólo un favor que le hacía a usted.
    —¿Yendo al Pinetta?

    Vianello asintió.

    —No me gusta -dijo Brunetti.
    —Sería sólo un jubilado que entra en un bar a tomar una copa, o quizá a jugar una partida de cartas. — Ante el silencio de Brunetti, Vianello prosiguió-: Un policía retirado puede entrar en un bar a jugar una partida si le apetece, ¿no?
    —Eso es lo que no sé -dijo Brunetti.
    —¿El qué?
    —Si le apetece. — Era evidente que ninguno de los dos deseaba o veía la utilidad de mencionar la razón del retiro anticipado de Topa. Hacía un año, Topa había arrestado a un joven de veintitrés años, hijo de un consejero municipal, por abusos a una niña de ocho años. El arresto tuvo lugar por la noche, en el domicilio del joven, y cuando el sospechoso llegó a la questura tenía fracturados un brazo y el tabique nasal. Topa dijo que el joven le había atacado en un intento de fuga, pero el joven afirmó que Topa había parado el coche camino de la questura, le había metido en un callejón y le había golpeado.

    El policía que estaba de guardia en la questura trató en vano de describir la mirada que Topa lanzó al sospechoso cuando éste empezó a contar esta historia. El joven no la repitió, ni presentó denuncia. No obstante, al cabo de una semana, del despacho del vicequestore Patta partió la consigna de que al sargento Topa le había llegado la hora del retiro, y éste la acató, perdiendo con ello una parte de la pensión. El joven fue sentenciado a dos años de arresto domiciliario. Topa, que tenía una nieta de siete años, nunca dijo ni una palabra del arresto, de su retiro ni de las circunstancias que lo rodearon.

    Sin darse por enterado de la mirada de Brunetti, Vianello preguntó:

    —¿Quiere que le llame?

    Brunetti vaciló antes de decir, a regañadientes:

    —De acuerdo.

    Vianello se guardó bien de sonreír.

    —No llega del trabajo hasta las ocho. Lo llamaré entonces.
    —¿Trabajo? — preguntó Brunetti, a sabiendas de que no debía preguntar. La ley prohibía trabajar a los jubilados, que, si la contravenían, se exponían a perder la pensión.
    —Trabajo -repitió Vianello lacónicamente, levantándose-. ¿Desea algo más, comisario?

    Brunetti recordó que Topa había sido compañero de Vianello durante más de siete años y que el sargento quiso marcharse cuando Topa fue obligado a retirarse y sólo la enérgica intervención de Brunetti lo disuadió. Topa nunca había parecido a Brunetti la clase de persona que mereciera sacrificios heroicos.

    —No, nada más. Al bajar, ¿querrá pedir a la signorina Elettra que pregunte a los de la SIP si pueden darle la lista de las llamadas locales de Trevisan?
    —El Pinetta no es un sitio al que llame normalmente un abogado especializado en derecho internacional -comentó Vianello.

    Tampoco parecía un sitio al que tuviera que llamar un prestigioso gestor de patrimonios, pero Brunetti se reservó la opinión.

    —Las listas nos lo dirán -dijo llanamente. Vianello esperó un momento y, en vista de que su superior no añadía nada, bajó a su despacho, dejando a Brunetti especulando sobre las razones por las que relevantes y prósperos ciudadanos llamaban a teléfonos públicos, especialmente de un local tan dudoso como el bar Pinetta.


    13


    Aquella noche, la cena de los tres estuvo animada -Brunetti no podía encontrar una palabra más suave- por una encendida polémica entre Chiara y Paola, que estalló cuando la niña dijo a su padre que, al salir del colegio, había ido a hacer los deberes de matemáticas a casa de la chica que era la mejor amiga de Francesca Trevisan.

    Antes de que Chiara pudiera decir más, Paola dio una palmada en la mesa.

    —En mi casa no quiero espías -gritó a su hija.
    —Yo no soy espía -respondió Chiara ásperamente-. Yo trabajo para la policía -y dirigiéndose a su padre-: ¿Verdad, papá?

    Brunetti, haciendo como si no la hubiera oído, alargó la mano hacia la botella de Pinot Noir casi vacía.

    —¿No es verdad, papá? — insistió Chiara.
    —Si trabajas o no para la policía es lo de menos -sentenció su madre-. Lo que está claro es que no puedes dedicarte a sonsacar a tus amigas.
    —Pero papá siempre está sacándoles información a sus amigos. ¿Significa eso que es un espía?

    Brunetti tomó un sorbo de vino mientras observaba a su mujer por encima del vaso y esperaba su respuesta con curiosidad.

    Paola dijo entonces a Chiara, mirándolo a él:

    —Lo que importa no es si les saca información a sus amigos sino que, cuando les pregunta, ellos saben quién es y por qué pregunta.
    —Pues mis amigas saben quién soy y tendrían que figurarse por qué pregunto -insistió Chiara poniéndose colorada lentamente.
    —No es lo mismo, y tú lo sabes -zanjó Paola.

    Chiara murmuró entre dientes algo que sonó a Brunetti como «Lo es», pero ella tenía la cabeza inclinada sobre el plato vacío, y no podía estar seguro.

    Paola dijo entonces a Brunetti:

    —Guido, ¿harías el favor de tratar de explicar a tu hija la diferencia? — En el calor de la discusión, Paola, al igual que un roedor negligente, solía renunciar a todo derecho de maternidad, adjudicando al padre la plena responsabilidad de la cría.
    —Tiene razón tu madre -dijo él-. Cuando yo interrogo a la gente, ellos me contestan sabiendo que soy policía. Comprenden que lo que me digan puede comprometerles, y eso les permite ser precavidos, si quieren.
    —¿Y nunca lías a nadie? — preguntó Chiara-. ¿Ni lo intentas? — agregó antes de que él pudiera contestar.
    —Reconozco que sí -admitió él-. Pero recuerda que nada que te digan a ti tiene fuerza legal. Siempre pueden negar haberlo dicho, y entonces sería tu palabra contra la suya.
    —Pero, ¿por qué iba yo a mentir?
    —¿Y por qué iban a mentir ellos? — repuso Brunetti.
    —¿Qué importa si lo que diga la gente tiene o no fuerza legal? — preguntó Paola, volviendo a la carga-. No estamos hablando de lo legalmente válido, sino de lealtad. Y, si las personas que se sientan a esta mesa me permiten usar la palabra -terminó mirándolos uno a uno-, de honor.

    Chiara, según observó Brunetti, adoptó su expresión de «ya salió aquello» y se volvió hacia él en busca de apoyo moral, pero él no se lo dio.

    —¿Honor? — preguntó Chiara.
    —Sí, honor -dijo Paola con una súbita calma, no menos peligrosa que su indignación-. No puedes sonsacar a tus amigas. No puedes hacerles hablar y luego utilizar contra ellas lo que te digan.
    —Es que nada de lo que me dijo Susanna puede ser utilizado contra ella -protestó Chiara.

    Paola cerró los ojos un momento, tomó un trozo de pan y empezó a desmenuzarlo. Era algo que solía hacer cuando estaba disgustada.

    —Chiara, el uso que se haga o deje de hacerse de lo que ella te haya dicho es lo de menos. Lo que no se puede -empezó y luego recalcó-, lo que no se puede es inducir a una amiga a que nos cuente algo cuando estamos a solas y luego dar media vuelta y repetir la información o utilizarla con una finalidad que ella desconocía. Eso se llama abuso de confianza.
    —Haces que parezca un delito -dijo Chiara.
    —Es peor que un delito -repuso Paola-. Está mal.
    —¿Y no está mal el delito? — preguntó Brunetti, desde la grada.

    Ella saltó.

    —Guido, si mal no recuerdo, hace una semana tuvimos en casa a tres fontaneros, durante dos días. ¿Tienes el ricevuto fiscale de ese trabajo? ¿Tienes alguna prueba de que el dinero que pagamos será declarado y que se pagarán sobre él los impuestos correspondientes? — Él no decía nada y su mujer insistió-: ¿La tienes? — Se mantuvo el silencio-. Eso es un delito, Guido, un delito, pero te desafío a ti y a cualquiera de este asqueroso gobierno de cerdos y ladrones que tenemos a que me diga que eso está mal.

    Él fue a tomar la botella, pero estaba vacía.

    —¿Quieres más? — preguntó Paola, y él sabía que no se refería al vino. No le apetecía oír más, pero Paola se había encaramado a la tribuna, y la experiencia había enseñado a Brunetti que no se bajaría hasta que hubiera dicho todo lo que tenía que decir. Sólo sentía que se hubiera terminado el vino.

    Por el rabillo del ojo vio a Chiara levantarse e ir al armario. Al cabo de un momento, volvió con dos vasitos y una botella de grappa, que le acercó en silencio. Su madre podía llamarla lo que quisiera -traidora, espía, monstruo- pero para él era un ángel.

    Brunetti vio que Paola miraba fijamente a Chiara y se alegró al observar que la expresión de sus ojos se suavizaba, aunque sólo momentáneamente. Se sirvió un vasito de grappa, tomó un sorbo y suspiró.

    Paola extendió el brazo y tomó la botella. Se sirvió un poco y lo probó. La tregua se mantenía.

    —Chiara -dijo-, no quería gritarte.
    —Pues has gritado -respondió su hija, siempre literal.
    —Ya lo sé, y lo siento. — Paola tomó otro sorbo-. Es que, ¿sabes?, esas cosas son muy importantes para mí.
    —Es por todos esos libros, ¿verdad? — preguntó Chiara con sencillez, dando a entender que la actividad de su madre de profesora de Literatura Inglesa había tenido un efecto pernicioso en su desarrollo moral.

    Sus padres buscaron en su voz una nota de sarcasmo o desdén, pero no había más que un sincero deseo de información.

    —Seguramente -reconoció Paola-. Los que escribieron esos libros sabían mucho de honor, y para ellos era muy importante. — Hizo una pausa, pensando en lo que acababa de decir-. Pero no era importante sólo para ellos, los escritores, la sociedad toda creía en la importancia del honor, el buen nombre de una persona, la palabra empeñada.
    —Yo creo que esas cosas son importantes, mamma -dijo Chiara y en este momento parecía mucho más joven de lo que era.
    —Ya sé que lo crees. Y yo también, y Raffi. Y tu padre. Pero nuestro mundo, no, ya no.
    —¿Por eso te gustan tanto esos libros, mamma?

    Paola sonrió y, pensó Brunetti, bajó de la tribuna antes de contestar.

    —Supongo que sí, cara. Además, gracias a ellos tengo un empleo en la universidad.

    Desde hacía más de dos décadas, el pragmatismo de Brunetti había chocado contra las diversas formas del idealismo de Paola, por lo que estaba seguro de que «esos libros» representaban para ella mucho más que un empleo.

    —¿Tienes muchos deberes esta noche, Chiara? — preguntó Brunetti, pensando que después, o al día siguiente por la mañana, podría preguntar a su hija qué había averiguado por la amiga de Francesca. Chiara, dándose por despedida, dijo que, en efecto, los tenía y se fue a su habitación, dejando que sus padres siguieran hablando del honor, si querían.
    —No pensé que se tomara tan en serio mi ofrecimiento, Paola, ni que empezara a preguntar a unos y otros -dijo Brunetti a modo de explicación y, en cierta medida, disculpa.
    —No me importa que consiga la información -dijo Paola-. Lo que no me gusta es la forma en que la consiguió. — Tomó otro sorbo de grappa-. ¿Crees que ha comprendido lo que quería decirle?
    —Creo que comprende todo lo que decimos -respondió Brunetti-. No sé si está de acuerdo con todo ello, pero desde luego lo entiende. — Volviendo a lo que ella había dicho antes, preguntó-: ¿Qué otros ejemplos pondrías de cosas que son delito pero no están mal hechas?

    Ella hizo girar el vasito entre las palmas de las manos.

    —Es muy fácil responder a eso -dijo-, especialmente con las leyes demenciales de este país. Lo que ya es más difícil es decir cuáles son las cosas que están mal hechas pero no son delito.
    —¿Por ejemplo?
    —Dejar a los niños ver televisión -rió ella, cansada ya del tema.
    —No, Paola, dime -dijo él, interesado-. Me gustaría saberlo.

    Antes de responder, ella golpeó con la uña el cristal de la botella de agua mineral que estaba en la mesa.

    —Ya sé que estás harto de oírme decir esto, Guido, pero creo que usar botellas de plástico está mal, aunque no sea un delito. — Y agregó rápidamente-: Aunque me parece que antes de que pasen muchos años lo será. Es decir, si sabemos lo que nos conviene.
    —Yo esperaba un ejemplo más elevado -dijo Brunetti.

    Ella respondió, después de pensar un momento:

    —Si nosotros hubiéramos educado a los niños de manera que pudieran creer que el dinero de mi familia les daba privilegios, eso estaría mal. — Sorprendió a Brunetti que Paola pusiera este ejemplo, porque ella rara vez aludía a la riqueza de sus padres, salvo cuando la discusión política subía de tono y necesitaba poner un ejemplo de injusticia social.

    Se miraron y, antes de que Brunetti pudiera hablar, ella continuó:

    —No sé si es una cuestión mucho más elevada, pero me parece que si yo hablara de ti despectivamente, eso estaría mal.
    —Tú siempre hablas de mí despectivamente -dijo Brunetti sonriendo.
    —No, Guido. Yo te hablo despectivamente a ti. Es distinto. Yo nunca diría cosas feas de ti.
    —¿Porque no sería honorable?
    —Exactamente -sonrió ella.
    —¿Y es honorable decírmelas a mí?
    —Desde luego. Especialmente si son verdad. Pero eso queda entre nosotros, Guido, no tiene nada que ver con el mundo.

    Él volvió a alargar la mano y tomó la botella de grappa.

    —Me parece que cada vez resulta más difícil establecer la diferencia.
    —¿Entre qué?
    —Entre lo que es delito y lo que está mal.
    —¿Por qué lo crees, Guido?
    —No estoy seguro. Quizá porque, como has dicho tú, ya no creemos en los antiguos cánones y no hemos encontrado otros nuevos en los que creer.

    Ella asintió con gesto pensativo.

    —Y todas las viejas reglas se han roto -prosiguió él-. Durante cincuenta años, desde que terminó la guerra, se nos ha mentido sistemáticamente. Nos ha mentido el Gobierno, la Iglesia, los partidos políticos, los empresarios y los militares.
    —¿Y la policía?
    —Sí -convino él sin vacilar-. Y la policía.
    —¿Pero tú quieres seguir en ella? — preguntó Paola.

    Él se encogió de hombros y se sirvió más grappa. Ella esperaba. Finalmente, él dijo:

    —Alguien tiene que intentarlo.

    Paola se inclinó por encima de la mesa, le tomó la cara entre las manos y la atrajo hacia sí.

    —Si vuelvo a predicarte honor a ti, Guido, dame con una botella en la cabeza, ¿de acuerdo?

    Torciendo el cuello, él le dio un beso en la palma de la mano.

    —No, a menos que me dejes comprarlas de plástico.


    Dos horas después, cuando Brunetti bostezaba con la Historia secreta de Procopio entre las manos, sonó el teléfono.

    —Brunetti -contestó mirando el reloj.
    —Comisario, aquí Alvise. Él ha dicho que le llame.
    —¿Quién le ha dicho que me llame, agente Alvise? — preguntó Brunetti sacando del bolsillo un billete del vaporetto y poniéndolo entre las páginas del libro a modo de señal. Las conversaciones con Alvise solían ser largas o confusas. O ambas cosas.
    —El sargento, señor.
    —¿Qué sargento, agente Alvise? — Brunetti cerró el libro y lo dejó a un lado.
    —El sargento Topa, señor.

    Brunetti, ya más alerta, preguntó:

    —¿Por qué le ha dicho que me llamara?
    —Porque quiere hablar con usted, comisario.
    —¿Por qué no me llama él? Mi nombre está en la guía.
    —Porque no puede.
    —¿Por qué no puede?
    —Lo dicen las ordenanzas.
    —¿Qué ordenanzas? — preguntó Brunetti con una voz en la que se percibía una impaciencia creciente.
    —Las ordenanzas de aquí.
    —¿De dónde, agente?
    —De la questura. Estoy de guardia esta noche.
    —¿Qué está haciendo ahí el sargento Topa, agente?
    —Ha sido arrestado. Los chicos de Mestre lo detuvieron y cuando vieron quién era, bueno, qué era, bueno, lo que había sido, quiero decir un sargento, lo enviaron aquí, pero le dijeron que podía venir él solo. Nos llamaron para decirnos que venía, pero lo dejaron venir solo.
    —¿Así que el sargento Topa se ha arrestado a sí mismo?

    Alvise meditó un momento y respondió:

    —Eso parece, señor. Y no sé cómo rellenar el informe, qué poner en la casilla que dice: «Agente que ha efectuado el arresto».

    Brunetti bajó el teléfono un momento, luego volvió a arrimárselo al oído y preguntó:

    —¿Por qué ha sido arrestado?
    —Porque intervino en una riña, señor.
    —¿Dónde? — preguntó Brunetti, aunque ya sabía la respuesta.
    —En Mestre.
    —¿Con quién se peleó?
    —Con un extranjero.
    —¿Y dónde está el extranjero?
    —El extranjero escapó. Se pelearon, pero el extranjero escapó.
    —¿Cómo sabe que era extranjero?
    —Me lo ha dicho el sargento Topa. Ha dicho que hablaba con acento.
    —Si el extranjero se ha escapado, ¿quién ha presentado la denuncia contra el sargento Topa, agente?
    —Supongo que por eso nos lo han mandado los chicos de Mestre. Habrán pensado que nosotros sabríamos qué hacer.
    —¿Le han pedido los de Mestre que extienda un informe de arresto?
    —Pues no, señor -dijo Alvise, después de una pausa bastante larga-. Han dicho a Topa que viniera y que hiciera un informe de lo sucedido. Y como el único formulario que he visto en la mesa era un informe de arresto, he pensado que era el que tenía que usar.
    —¿Por qué no ha dejado que me llamara él, agente?
    —Ya había llamado a su esposa, y sólo pueden hacer una llamada.
    —Eso es en la televisión, agente, en la televisión americana -dijo Brunetti armándose de paciencia-. ¿Dónde está ahora el sargento Topa?
    —Ha salido a tomar café.
    —¿Mientras usted extendía el informe del arresto?
    —Sí, señor. No me parecía bien tenerlo aquí delante mientras yo escribía.
    —Cuando el sargento Topa vuelva… porque volverá, ¿no?
    —Oh, sí, señor. Le he dicho que vuelva, bueno, se lo he pedido y él me ha dicho que volvería.
    —Cuando vuelva, dígale que me espere. Ahora voy para allá. — Sabiendo que no podría resistir más, Brunetti colgó el teléfono sin esperar la respuesta de Alvise.

    Veinte minutos después, tras decir a Paola que tenía que ir a la questura para resolver un asunto, Brunetti entraba en la oficina de los agentes de uniforme. Vio a Alvise sentado a un escritorio y, frente a él, al sargento Topa, que tenía exactamente el mismo aspecto que un año antes, cuando dejó la questura.

    El ex sargento era bajo, grueso y pobre de pelo. La luz de la lámpara del techo se reflejaba en su cráneo. Tenía la silla inclinada hacia atrás y los brazos cruzados. Cuando entró Brunetti, lo observó atentamente un momento con unos ojos oscuros, semiescondidos por pobladas cejas blancas y asentó la silla en el suelo con un golpe seco. Poniéndose de pie, tendió la mano a Brunetti, puesto que ya no era el sargento y, por lo tanto, podía estrechar la mano del comisario de igual a igual. Brunetti sintió otra vez aquella antipatía que siempre le había inspirado el sargento, un hombre en el que bullía la violencia, que hacía pensar en la polenta recién vertida, que al menor descuido te abrasa la boca.

    —Buenas noches, sargento -dijo Brunetti.
    —Comisario -respondió éste escuetamente.

    Alvise se había levantado y los miraba sin decir nada.

    —Podríamos subir a mi despacho -propuso Brunetti.
    —Sí -convino Topa.

    Brunetti encendió la luz y, sin quitarse la gabardina, para dar a entender que no tenía mucho tiempo que dedicar a este asunto, se sentó detrás de su mesa.

    Topa se sentó en una silla situada a la izquierda.

    —¿Y bien? — preguntó Brunetti.
    —Vianello me llamó para pedirme que fuera a echar un vistazo a ese bar, el Pinetta. Había oído hablar de él, pero nunca había estado allí. No me gustaba lo que decían de ese sitio.
    —¿Qué decían?
    —Muchos negros. Y eslavos. Que son peores. — Brunetti, que estaba de acuerdo, no dijo nada.

    Ante esta falta de respuesta, Topa abandonó sus comentarios sobre diferencias étnicas y prosiguió:

    —He entrado y he pedido un vaso de vino. En una mesa había un par de tíos jugando a las cartas, y me he acercado a mirar. No parecía importarles. He pedido más vino y he entrado en conversación con otro individuo que estaba en el bar. Uno de los que jugaba a cartas se ha ido y yo me he sentado en su sitio y he jugado unas manos. He perdido unas mil liras, luego el hombre ha vuelto, yo me he ido otra vez al bar y he tomado otro vaso de vino. — Brunetti pensaba que Topa hubiera podido pasar una velada mucho más distraída quedándose en su casa, viendo la televisión.
    —¿Y cómo ha empezado la pelea, sargento?
    —A eso iba. Al cabo de un cuarto de hora o cosa así, uno de los otros hombres se ha levantado de la mesa, y me han preguntado si quería jugar un poco más. He dicho que no, y entonces el que estaba conmigo en el bar se ha sentado a jugar varias manos. Luego, el que se había ido ha vuelto y ha tomado una copa en el bar. Nos hemos puesto a hablar y me ha preguntado si quería una mujer.

    »Le he dicho que yo no necesito pagar, que hay por ahí mucho de eso gratis, y el tío me ha contestado que no sería como lo que podía proporcionarme él.

    —¿Y qué era eso?
    —Ha dicho que podía conseguirme chicas, jovencitas. Yo le he contestado que prefiero a mujeres, y entonces él me ha insultado.
    —¿Qué ha dicho?
    —Que le parecía que tampoco me interesaban las mujeres, y yo le he dicho que prefiero a mujeres, mujeres de verdad, a lo que él ofrecía. Y entonces se ha echado a reír y ha gritado a los que jugaban a cartas algo en una lengua que me ha parecido eslava. Ellos se han reído y entonces le he sacudido.
    —Nosotros queríamos que fuera usted a buscar información, no pelea -dijo Brunetti, sin disimular su irritación.
    —De mí no se ríe nadie -dijo Topa levantando la voz en aquel tono airado que Brunetti recordaba.
    —¿Cree que hablaba en serio?
    —¿Quién?
    —El del bar. El que le ha ofrecido las chicas.
    —No lo sé. Quizá. No parecía un proxeneta, pero con los eslavos nunca se sabe.
    —¿Lo reconocería si volviera a verlo?
    —Tiene la nariz rota, no ha de ser difícil de localizar.
    —¿Está seguro? — preguntó Brunetti.
    —¿De qué?
    —De eso de la nariz.
    —No voy a estarlo -dijo Topa levantando la mano derecha-. He sentido cómo se partía el cartílago.
    —¿Lo reconocería en una foto?
    —Sí.
    —Está bien, sargento. Ahora ya es tarde para hacer algo sobre esto. Vuelva por la mañana y eche un vistazo a las fotos, a ver si lo encuentra.
    —Creí que Alvise quería arrestarme.

    Brunetti agitó una mano como si se espantara una mosca.

    —Olvídelo.
    —A mí nadie me habla como me habló ese individuo -dijo Topa, en tono amenazador.
    —Mañana, sargento -dijo Brunetti.

    Topa le lanzó una mirada que recordó a Brunetti el episodio de su último arresto, se levantó y salió del despacho dejando la puerta abierta. Había empezado a llover, caía una llovizna fina, la primera del invierno, pero Brunetti la sintió en la cara con agrado, sofocado como estaba por la irritación de haber tenido que soportar la desagradable compañía de Topa.


    14


    Dos días después, pero no sin que Brunetti tuviera que solicitar una orden a la juez Vantuno, la oficina en Venecia de la SIP entregó a la policía la lista de las llamadas locales hechas desde el domicilio particular y el despacho de Trevisan durante los seis meses anteriores a su muerte. Tal como esperaba Brunetti, algunas de las llamadas habían sido hechas al bar Pinetta, aunque no se apreciaba una pauta. Miró en la lista de llamadas de larga distancia las fechas de las hechas a la estación de Padua, pero ni la hora ni el día coincidían con los de las llamadas al bar de Mestre.

    Brunetti dejó ambas listas encima de su mesa y las miró. En las llamadas locales, a diferencia de las de larga distancia, se indicaba la dirección de cada número y el nombre del titular, en una columna que ocupaba el lado derecho de más de treinta páginas. El comisario empezó a leer nombres y direcciones, pero al cabo de unos minutos desistió.

    Con los papeles en la mano, Brunetti salió a la escalera y bajó al antedespacho que ocupaba la signorina Elettra. La mesa que estaba delante de la ventana parecía nueva, pero el jarrón de cristal de Venini era el mismo, y hoy sostenía un gran ramo de modestas y alegres margaritas amarillas.

    En armonía con las flores, la signorina Elettra llevaba hoy en el cuello un pañuelo de un color cuyo secreto debía de haber sido robado a los canarios.

    —Buenos días, comisario -dijo al verle entrar, obsequiándole con una sonrisa tan alegre como la de las flores.
    —Buenos días, signorina -dijo él-. Tengo una consulta para ustedes dos -y señalaba con el mentón el ordenador, la otra mitad del equipo.
    —¿Sobre eso? — preguntó ella, mirando las hojas de la SIP que él traía en la mano.
    —Sí; la lista de las llamadas de Trevisan. Finalmente -agregó, sin ocultar la irritación que le producía haber desperdiciado tanto tiempo esperando conseguir la información por los conductos oficiales.
    —Si le corría prisa, debió advertírmelo, comisario.
    —¿Algún amigo en la SIP? — preguntó Brunetti, a quien ya no sorprendía el vasto alcance de los contactos de la signorina Elettra.
    —Giorgio -dijo ella sin más.
    —¿Usted cree que podría…? — empezó Brunetti.

    Con una sonrisa, ella alargó la mano.

    Él le entregó los papeles.

    —Necesito que pongan estos números por orden de frecuencia de las llamadas.

    Ella hizo una anotación en el bloc que tenía encima de la mesa y sonrió indicando que eso era juego de niños.

    —¿Algo más?
    —Sí; cuántos de estos teléfonos están en lugares públicos, bares, restaurantes, cabinas.

    Ella volvió a sonreír con la misma expresión.

    —¿Eso es todo?
    —No; deseo saber cuál es el número de la persona que lo mató. — Si esperaba que ella hiciera otra anotación, se vio defraudado-. Pero supongo que eso no lo conseguirá -agregó Brunetti con una sonrisa, para indicar que no hablaba en serio.
    —Eso no creo que podamos encontrarlo, pero quizá esté aquí -apuntó ella agitando los papeles. Probablemente, pensó Brunetti.
    —¿Cuánto tardará? — preguntó él, refiriéndose a días.

    La signorina Elettra miró su reloj y luego pellizcó el borde de las hojas, para calcular su número.

    —Si Giorgio está hoy en su despacho, podría tenerlo esta tarde.
    —¿Cómo? — exclamó Brunetti, a quien la sorpresa impidió formular la pregunta con más calma.
    —He hecho instalar un módem en el teléfono del vicequestore -dijo ella señalando la cajita metálica que tenía encima de la mesa, a unos centímetros del teléfono. Brunetti vio unos cables que iban de la caja al ordenador-. Lo único que tiene que hacer Giorgio es introducir la información, programarla de manera que ordene las llamadas según su incidencia y enviarla directamente a mi impresora. — Hizo una pausa-. Y tendremos las llamadas ordenadas por frecuencia, cada una con la fecha y la hora. ¿Quiere saber también la duración? — Se quedó esperando su respuesta, con la punta del bolígrafo apoyada en el bloc.
    —Sí. ¿Y cree que podríamos conseguir una lista de las llamadas hechas desde el teléfono público del bar de Mestre?

    Ella asintió, pero no dijo nada, ocupada en escribir.

    —¿Esta tarde? — preguntó Brunetti.
    —Si está Giorgio, desde luego.

    Cuando Brunetti se alejó, ella descolgaba el teléfono, seguramente para llamar a Giorgio y, juntos y con ayuda de la cajita rectangular conectada al ordenador, romper todas las barreras que la SIP hubiera puesto delante de sus archivos, desentendiéndose de las leyes que determinan la información de la que se puede disponer sin una orden judicial.

    De vuelta en su despacho, Brunetti redactó un breve informe para Patta, dando cuenta de las pesquisas realizadas y de los planes para los días sucesivos. En la primera parte había mucha frustración y en la segunda, inventiva y optimismo a partes iguales, con lo que confiaba en contentar a Patta momentáneamente. Hecho esto, llamó por teléfono a Ubaldo Lotto y le pidió una entrevista para aquella tarde, aduciendo que necesitaba información acerca de los asuntos profesionales de Trevisan. Después de titubear y de insistir en que él no sabía nada de los asuntos del bufete, ya que él se limitaba a llevar las cuentas, a regañadientes, Lotto le dijo que fuera a su despacho a las cinco y media.

    Las oficinas de Lotto estaban en el mismo edificio y la misma planta que el bufete de Trevisan, en la Via XXI Marzo, encima de la Banca Commerciale d'Italia, la mejor zona comercial de Venecia. Brunetti se presentó minutos antes de las cinco y media y fue conducido a un despacho en el que la actividad y la eficacia eran tan evidentes que llegaban a resultar convencionales: la clase de despacho que montaría un joven y brillante realizador de televisión para escenario de una película acerca de un joven y brillante financiero. En una sala del tamaño de media pista de tenis había ocho mesas, cada una con su ordenador, ocupadas por cinco chicos y tres chicas. A Brunetti le llamó la atención que ninguno de ellos se dignara mirarlo mientras él pasaba junto a las mesas, siguiendo al recepcionista.

    El joven se paró delante de una puerta, dio dos golpes con los nudillos y, sin esperar respuesta, la abrió y la sostuvo para que entrara el comisario. Brunetti vio a Lotto trastear en el interior de un armario alto situado en la pared del fondo. Al oír cerrarse la puerta a su espalda, el comisario se volvió para ver si el joven había entrado también en el despacho. No era así. Cuando miró otra vez hacia adelante vio que Lotto se había apartado del armario con una botella de vermut dulce en la mano derecha y dos vasos en la izquierda.

    —¿Desea beber algo, comisario? — preguntó-. A esta hora, yo acostumbro a tomar una copa.
    —Muchas gracias -dijo Brunetti, que aborrecía las bebidas dulces-. Me vendrá bien. — Sonrió y Lotto, con un ademán, le invitó a ir hacia el otro extremo del despacho, donde había dos sillones, uno a cada lado de una mesa baja de patas finas.

    Lotto sirvió dos tragos generosos y cruzó la habitación. Brunetti tomó uno de los vasos, dio las gracias y esperó a que su anfitrión dejara la botella en la mesita y se sentara a su vez, para levantar el vaso y brindar con su sonrisa más cordial.

    —Cin cin. -El dulce líquido le resbaló por la lengua y la garganta, dejando una película viscosa. El alcohol quedaba completamente enmascarado por aquella dulzura empalagosa; era como beber aftershave con néctar de albaricoque.

    Aunque lo único que se veía por las ventanas del despacho eran las ventanas de los edificios del otro lado de la calle, Brunetti dijo:

    —Le felicito por la oficina. Es muy elegante.

    Lotto agitó el vaso con displicencia.

    —Gracias, dottore. Tratamos de transmitir una imagen de eficacia, dar a nuestros clientes la seguridad de que sus asuntos están en manos competentes que los gestionan debidamente.
    —Eso debe de ser muy difícil -apuntó Brunetti.

    Por la cara de Lotto cruzó una sombra, que desapareció rápidamente, llevándose consigo una parte de su sonrisa.

    —Me parece que no le entiendo, comisario.

    Brunetti trató de aparentar la turbación del que no domina el lenguaje y, una vez más, no ha sabido expresarse.

    —Me refiero a las nuevas leyes, signor Lotto. Debe de ser muy difícil entenderlas y aplicarlas convenientemente. Desde que el nuevo gobierno cambió las disposiciones, mi gestor reconoce que a veces tiene dudas hasta para rellenar los impresos. — Tomó un sorbo de vermut, pero muy pequeño, incluso insignificante, y prosiguió-: Desde luego, no es que mis cuentas sean tan complicadas como para crear confusión, pero supongo que tendrá usted muchos clientes cuyas finanzas exijan la atención de un especialista. — Otro sorbito-. Yo de estas cosas no entiendo, claro -prosiguió y lanzó una mirada a Lotto, que parecía escuchar atentamente-. Por eso deseo hablar con usted, por si puede darme alguna información que usted estime importante sobre las finanzas del avvocato Trevisan. Era usted su apoderado, ¿verdad?
    —Sí -respondió Lotto escuetamente. Y con voz neutra preguntó-: ¿Qué clase de información?

    Brunetti sonrió y abrió las manos como si quisiera desprenderse de los dedos.

    —Eso es lo que no sé y por eso he venido. Puesto que el avvocato Trevisan le había confiado sus asuntos financieros, he pensado que quizá usted supiera si alguno de sus clientes podía estar… ¿cómo le diría…?, descontento del signor Trevisan.
    —¿Descontento, comisario?

    Brunetti se miró las rodillas como el que, una vez más, ha tropezado con el escollo de su impericia lingüística, un individuo del que Lotto podría pensar tranquilamente que no debía de ser menos inepto como policía.

    Lotto dijo, rompiendo el silencio que se dilataba:

    —Lo siento, pero sigo sin comprender. — Brunetti observó complacido cómo su interlocutor forzaba la nota de la sinceridad al simular confusión, ya que ello indicaba que Lotto creía estar frente a un hombre insensible a la sutileza o la complejidad.
    —Verá, signor Lotto, puesto que no tenemos móvil para esta muerte… -empezó Brunetti.
    —¿No fue el robo el móvil? — interrumpió Lotto alzando las cejas.
    —No se llevaron nada.
    —¿No es posible que el ladrón huyera al oír acercarse a alguien?

    Brunetti otorgó a esta sugerencia la atención que hubiera merecido si nadie la hubiera formulado antes, que era lo que él deseaba que Lotto creyera.

    —Es posible, supongo -dijo Brunetti, como si hablara a un igual. Asintió, sopesando esta nueva posibilidad. Después, con machacona insistencia, volvió a la primera idea-. ¿Y si no fuera así? ¿Y si se tratara de un asesinato premeditado? En tal caso, el móvil podría estar en su vida profesional. — Brunetti se preguntaba si Lotto cortaría la lenta deriva de su pensamiento antes de que llegara a la siguiente posibilidad: que el móvil radicara en la vida privada de Trevisan.
    —¿Insinúa que esto pudo hacerlo un cliente? — preguntó Lotto con la voz impregnada de incredulidad. Estaba claro que este policía no sabía con qué clase de clientes trabajaba un hombre como Trevisan.
    —Comprendo que la probabilidad es remota -dijo Brunetti con una sonrisa que él quería nerviosa-. Pero es posible que, en su calidad de abogado, el signor Trevisan estuviera en posesión de información peligrosa.
    —¿Sobre uno de sus clientes? ¿Eso es lo que quiere decir, comisario? — El asombro que Lotto imprimió en su voz indicaba lo seguro que estaba de su habilidad para manejar a este policía.
    —Sí.
    —Imposible.

    Brunetti hizo asomar a sus labios otra media sonrisa.

    —Parece inverosímil, lo comprendo, pero aun así, aunque sólo sea para descartar esta posibilidad, necesitamos ver una lista de los clientes del signor Trevisan, y he pensado que usted, como apoderado suyo, podría facilitárnosla.
    —¿Van a mezclarlos en esto? — preguntó Lotto, procurando que Brunetti percibiera en su tono una incipiente indignación.
    —Puede usted tener la completa seguridad de que haremos cuanto esté en nuestra mano para impedir que ellos se enteren de que tenemos sus nombres.
    —¿Y si no se les dieran esos nombres?
    —Nos veríamos en la necesidad de solicitar una orden judicial.

    Lotto apuró su vermut y dejó el vaso en la mesa que tenía a su izquierda.

    —Diré que le preparen esa lista. — Su reticencia era audible. Al fin y al cabo, estaba hablando con la policía-. Pero les agradeceré que tomen en consideración que no se trata de la clase de personas que suelen ser objeto de una investigación policial.

    En circunstancias normales, Brunetti hubiera respondido que, durante los últimos años, la policía no hacía prácticamente nada más que investigar a «esa clase de personas», pero se reservó el comentario y se limitó a decir:

    —Se lo agradezco.

    Lotto carraspeó.

    —¿Eso es todo?
    —Sí -dijo Brunetti haciendo girar el vermut en el vaso y observando cómo resbalaba por el cristal-. Había otra cosa, pero carece de importancia. — El viscoso líquido bailaba en el vaso.
    —¿Sí? — preguntó Lotto sin demostrar interés, ahora que el motivo de la visita del policía ya estaba ventilado.
    —Rino Favero -dijo Brunetti, dejando caer el nombre con la misma suavidad con que una mariposa se mece en las corrientes de aire.
    —¿Qué? — dijo Lotto, con un asombro muy vivo como para ser reprimido. Satisfecho, Brunetti parpadeó con su expresión más bovina y volvió a contemplar el líquido del vaso. Lotto modificó entonces su pregunta a un neutro-: ¿Quién?
    —Favero. Rino. Era gestor. En Padua, según creo. ¿Lo conoce usted, signor Lotto?
    —El nombre me suena. ¿Por qué?
    —Murió hace poco. Por su propia mano. — Pensaba Brunetti que éste era el eufemismo que un hombre de su posición social debía utilizar para referirse al suicidio de una persona de la categoría de Favero. Calló, esperando a descubrir la magnitud de la curiosidad de Lotto.
    —¿Por qué lo pregunta?
    —He pensado que, si lo conocía, éste sería un momento difícil para usted, por haber perdido a dos amigos en tan poco tiempo.
    —No; no lo conocía. Por lo menos, personalmente.

    Brunetti movió la cabeza.

    —Un caso muy triste.
    —Sí -convino Lotto en conclusión, y se puso en pie-. ¿Algo más, comisario?

    Brunetti se levantó y miró en derredor, un poco azorado, buscando dónde depositar el vaso con el resto de la bebida, y dejó que Lotto se lo tomara de las manos y lo pusiera en la mesa, al lado del suyo.

    —Nada más. Sólo esa lista de clientes.
    —Mañana. O pasado mañana -dijo Lotto yendo hacia la puerta.

    Brunetti sospechaba que sería pasado mañana, pero ello no le impidió extender la mano y dar al financiero las más efusivas gracias por su tiempo y su colaboración.

    Lotto acompañó a Brunetti hasta la escalera, volvió a estrecharle la mano y cerró la puerta. Brunetti se paró un momento en el rellano y contempló la discreta placa de bronce que había a la derecha de la oficina de enfrente: C. Trevisan, Avvocato. Brunetti estaba seguro de que, detrás de aquella puerta, habría un ambiente de dinamismo y eficacia análogo al que dejaba atrás, pero ahora le constaba, además, que las dos oficinas tenían en común mucho más que el domicilio y la decoración y sospechaba que ambas estaban relacionadas con Rino Favero.


    15


    A la mañana siguiente, Brunetti encontró en su escritorio, enviada por fax por el capitano Della Corte de la policía de Padua, una copia del expediente de Rino Favero, cuya muerte se atribuía aún, por lo menos de cara a los medios de comunicación, a suicidio. El expediente revelaba sobre la muerte de Favero poco más de lo que Della Corte le había dicho por teléfono. Para Brunetti, lo más interesante era lo que podía deducirse acerca de la posición que ocupaba Favero en la sociedad y los medios financieros de Padua, una ciudad próspera y tranquila, a una media hora al oeste de Venecia.

    Favero, especializado en la contabilidad de empresas, empleaba a siete contables, y su firma estaba muy bien conceptuada no sólo en Padua capital sino en toda la provincia. Figuraban entre sus clientes algunos de los más importantes empresarios de esta industriosa zona y los jefes de tres departamentos de la universidad, una de las mejores de Italia. Brunetti conocía los nombres de muchas de las empresas y particulares cuyo patrimonio gestionaba Favero. No había entre ellos relación aparente, ya que pertenecían a campos muy diversos de la actividad: productos químicos, artículos de piel, agencias de viajes y de empleo, el departamento de Ciencias Políticas… No se advertían puntos de contacto.

    Brunetti estaba nervioso y con deseos de entrar en acción o, por lo menos, de cambiar de escenario, y pensó en ir a Padua para hablar con Della Corte pero luego decidió llamarle por teléfono. Entonces, por asociación de ideas, recordó la advertencia de Della Corte, de que no hablara de Favero con nadie más que con él, palabras que indicaban que sobre Favero -y quizá también sobre la policía de Padua- había mucho más que saber de lo que Della Corte había querido revelar.

    —Della Corte -contestó el capitán a la primera señal.
    —Buenos días, capitano. Brunetti, de Venecia.
    —Buenos días, comisario.
    —Le llamo para preguntarle si hay alguna novedad.
    —Sí.
    —¿Sobre Favero?
    —Sí. Al parecer, usted y yo tenemos amigos comunes, comisario.
    —¿Sí? — preguntó Brunetti, sorprendido.
    —Ayer, después de hablar con usted, hice una llamada.

    Brunetti no dijo nada.

    —Y mencioné su nombre casualmente -agregó Della Corte.

    Brunetti dudó que la mención hubiera sido casual.

    —¿A quién hizo la llamada? — preguntó.
    —A Riccardo Fosco. De Milán.
    —Ah, ¿cómo está? — preguntó Brunetti, aunque lo que a él le interesaba era por qué Della Corte había tenido que llamar a un periodista investigador para informarse sobre Brunetti, porque estaba seguro de que la llamada a Fosco no había sido casual.
    —Me dijo muchas cosas de usted -empezó Della Corte-. Todas buenas.

    Sólo dos años atrás, si alguien hubiera dicho a Brunetti que un policía creía necesario llamar a un periodista para averiguar si otro policía era de fiar, se hubiera escandalizado, pero ahora sólo sentía una sorda desesperación porque se vieran obligados a tomar estas precauciones.

    —¿Cómo está Riccardo? — preguntó sosegadamente.
    —Bien, muy bien. Me dio recuerdos para usted.
    —¿Se ha casado?
    —Sí. Hace un año.
    —¿Interviene usted en la busca? — preguntó Brunetti, refiriéndose a los policías amigos de Fosco que, años después del ataque de un pistolero que le había dejado parcialmente inválido, aún no habían perdido la esperanza de descubrir a los responsables.
    —Sí, pero sin resultado. ¿Y usted? — peguntó Della Corte, halagando a Brunetti al suponer que también él seguía buscando, a pesar de que habían transcurrido más de cinco años desde la agresión.
    —Nada tampoco. ¿Llamó usted a Riccardo por algo en particular?
    —Quería saber si podía decirme algo acerca de Favero, algo interesante que nosotros no pudiéramos averiguar.
    —¿Y le dijo algo?
    —Nada.

    Con una súbita corazonada, Brunetti preguntó:

    —¿Le llamó desde su despacho?

    El ruido que hizo Della Corte podía ser risa.

    —No. — Siguió un silencio largo y Della Corte dijo-: ¿Tiene línea directa en su despacho?

    Brunetti le dio el número.

    —Le llamaré dentro de diez minutos.

    Mientras esperaba, Brunetti pensó en llamar a Fosco, para preguntar por el otro policía, pero no quería bloquear la línea y se dijo que el que Della Corte le hubiera hablado del periodista era ya recomendación suficiente.

    Un cuarto de hora después llamaba Della Corte. Brunetti oía su voz sobre un fondo de ruidos de tráfico, cláxones y motores.

    —Espero que su teléfono sea seguro -dijo Della Corte, dando a entender que el suyo no lo era. Brunetti reprimió el impulso de preguntar seguro contra qué.
    —¿Qué ocurre? — preguntó Brunetti.
    —Hemos tenido que dar por bueno lo del suicidio. Oficialmente.
    —¿Por qué?
    —El informe de la autopsia indica ahora dos miligramos.
    —¿Ahora? — preguntó Brunetti.
    —Ahora -repitió Della Corte.
    —¿Con lo que Favero habría estado en condiciones de conducir? — preguntó Brunetti.
    —Sí, y meter el coche en el garaje y cerrar la puerta y, en suma, suicidarse. — La voz de Della Corte era sorda de indignación contenida-. No encuentro a un juez que esté dispuesto a firmar una orden de investigación de asesinato o de exhumación del cadáver para una segunda autopsia.
    —¿Cómo consiguió el primer informe?
    —Hablé con el médico que hizo la autopsia. Trabaja en el hospital. Es ayudante.
    —¿Y…?
    —Cuando llegó el informe oficial del laboratorio… él había hecho un análisis inmediatamente después de la autopsia, pero envió las muestras al laboratorio para el contraanálisis, vio que indicaba que el nivel del barbitúrico era muy inferior al que había hallado él.
    —¿Comprobó sus anotaciones? ¿Y las muestras?
    —Han desaparecido.
    —¿Desaparecido?

    Della Corte no se molestó en contestar.

    —¿Dónde estaban?
    —En el laboratorio de Patología.
    —¿Qué procedimiento se sigue normalmente?
    —Una vez redactado el informe oficial de la autopsia, las muestras se guardan durante un año y luego son destruidas.
    —¿Y esta vez?
    —Cuando llegó el informe oficial, él quiso revisar sus notas, por si se había equivocado. Y entonces me llamó. — Della Corte se interrumpió antes de agregar-: Eso fue hace dos días. Después volvió a llamar para decirme que los primeros resultados debían de estar equivocados.
    —¿Alguien le ha presionado?
    —Desde luego -dijo Della Corte secamente.
    —¿Usted ha dicho algo de esto?
    —No; no me gustó lo que me dijo sobre las notas la segunda vez que llamé. De modo que me mostré de acuerdo con él en que a veces suceden estas cosas, fingí estar molesto por el error y le advertí que tuviera más cuidado la próxima vez que hiciera una autopsia.
    —¿Él le creyó?

    El gesto de escepticismo con que Della Corte se encogió de hombros recorrió la línea telefónica.

    —¿Quién sabe?
    —¿Y entonces? — preguntó Brunetti.
    —Entonces llamé a Fosco para informarme sobre usted. — Brunetti oyó ruidos extraños en la línea y se preguntó si estaría pinchado su propio teléfono, pero los ruidos se definieron en los chasquidos y señales que indicaban que Della Corte estaba echando monedas en el teléfono-. Comisario -dijo-, apenas me quedan monedas. ¿Podríamos vernos para hablar de esto?
    —Por supuesto. ¿Extraoficialmente?
    —Del todo.
    —¿Dónde? — preguntó Brunetti.
    —¿A mitad de camino? — sugirió Della Corte-. ¿En Mestre?
    —¿Bar Pinetta?
    —¿Esta noche a las diez?
    —¿Cómo le conoceré? — preguntó Brunetti, esperando que Della Corte no fuera un policía con aspecto de policía.
    —Soy calvo. ¿Y yo a usted?
    —Tengo pinta de poli.


    16


    Aquella noche, a las diez menos diez, Brunetti bajó por la escalera de la estación de Mestre y torció hacia la izquierda. Sabía dónde estaba la Via Fagare, porque la había localizado en el plano que estaba impreso en la cubierta de la guía telefónica de Venecia. Delante de la estación había la acostumbrada aglomeración de coches mal aparcados y en ambas direcciones circulaba un tráfico fluido. Cruzó la calzada y siguió hacia la izquierda. En la segunda travesía dobló a la derecha, en dirección al centro. A uno y otro lado bordeaban la calle los cierres metálicos de las tiendas, bajados ahora como rastrillos de una fortaleza, contra posibles invasiones nocturnas.

    De vez en cuando, una ráfaga de viento agitaba hojas secas y papeles que perezosamente se levantaban a su paso en lentos remolinos. El fragor del tráfico, al que no estaba habituado, lo aturdía, como siempre que salía de Venecia. Todo el mundo se queja del clima de Venecia, húmedo e inclemente, pero para Brunetti era mucho peor el bronco ruido del tráfico, y el olor de los gases que salían por los tubos de escape, y se admiraba de que la gente se resignara a vivir entre coches y los aceptara como parte integrante de la vida cotidiana. A pesar de todo, cada año eran más los venecianos que se mudaban a Mestre, obligados a abandonar su ciudad por el descenso de la actividad económica y las fuertes subidas de los alquileres. Él era consciente de las circunstancias, comprendía las razones que impulsaban a la gente a marchar, pero, ¿cambiar Venecia por esto? No les arrendaba la ganancia.

    Al cabo de unos minutos distinguió al extremo de la manzana un rótulo de neón vertical que descendía desde la azotea del edificio hasta el entresuelo, en el que se leía B-IN-TA. Brunetti entró en el bar por el hueco que dejaba la puerta entreabierta, sin sacar las manos de los bolsillos de la gabardina, ladeando el cuerpo para no tener que empujar.

    Se adivinaba que el dueño había visto muchas películas americanas, porque el local quería parecerse a los bares en los que se contoneaba Victor Mature. El gran espejo que cubría la pared de detrás del mostrador estaba tan empañado por el polvo y el humo que no reflejaba sino imágenes borrosas. En lugar de las múltiples hileras de botellas que suele haber en los bares italianos, en éste había una sola, y de bourbon y escocés exclusivamente. Y el mostrador no era la clásica barra con la consabida cafetera para los espressos sino que tenía forma de herradura. Lo atendía un hombre con un delantal que quizá había sido blanco, ceñido a la cintura.

    Había mesas a uno y otro lado del mostrador. Las de la izquierda estaban ocupadas por grupos de tres o cuatro jugadores de cartas; las de la derecha, por parejas mixtas que, evidentemente, se dedicaban a otros juegos de azar. Cubrían las paredes fotos ampliadas de estrellas de cine americanas que parecían contemplar lúgubremente el escenario al que el destino las había traído.

    En el mostrador había cuatro hombres y dos mujeres. El primer hombre, bajo y robusto, miraba fijamente el interior del vaso, que sostenía entre las manos con gesto protector. El segundo, más alto y delgado, estaba de espaldas al bar, observando, ora a los jugadores de cartas, ora a los clientes del otro lado. El tercero era calvo y, evidentemente, Della Corte. El último, más que delgado, escuálido, estaba entre las dos mujeres y volvía la cabeza nerviosamente de la una a la otra, según cuál de ellas le hablara. Cuando Brunetti entró, el hombre lo miró y las mujeres, siguiendo la dirección de su mirada, se volvieron a su vez para examinar al recién llegado. No serían más tétricos los ojos de las Tres Parcas en el momento de cortar los hilos de la vida de un hombre.

    Brunetti se acercó a Della Corte, un tipo delgado, con muchas arrugas y grueso bigote, y le dio una palmada en un hombro. Hablando con marcado acento veneciano y en un tono de voz más alto de lo necesario, dijo:

    —Ciao, Bepe, come stai? Perdona el retraso, chico, la zorra de mi mujer… -Su voz se apagó y su mano dibujó un airado ademán dirigido a todas las zorras y todas las esposas. Miró al camarero y dijo en voz aún más alta-: Amico mio, ponme un whisky, y a Della Corte-: ¿Qué bebes, Bepe? Toma otra. — Al dirigirse al camarero cuidó de no volver únicamente la cabeza sino todo el cuerpo, con excesivo impulso. Para recobrar el equilibrio puso una mano en el mostrador y masculló otra vez-: Zorra.

    Cuando llegó el whisky vació de un trago el alto vaso, lo dejó en el mostrador con un golpe seco y se limpió los labios con el dorso de la mano. Apareció entonces otro vaso, del que se apoderó Della Corte.

    —Cin, cin, Guido -dijo el capitán brindando con un gesto que revelaba una vieja amistad-. Me alegro de que hayas podido escapar. — Tomó un sorbo, luego otro-: ¿Vienes a cazar con nosotros este fin de semana?

    No habían preparado un guión, y Brunetti se dijo que lo mismo daba un tema que otro para dos cuarentones amantes del whisky que se encuentran en un bar cutre de Mestre. Contestó que él iría encantado, pero que tenía que quedarse porque aquel fin de semana era su aniversario de boda, y a la zorra de su mujer se le había metido en la cabeza que la llevara a cenar por ahí. ¿De qué servía tener una cocina en casa, si ella no iba a utilizarla para hacerle la cena? Mientras charlaban, una de las parejas se levantó y salió del bar. Della Corte pidió otros dos tragos y, tirando de la manga a Brunetti, lo llevó hasta la mesa que había quedado libre y le ayudó a sentarse. Cuando ya tenían las bebidas, Brunetti apoyó el mentón en la palma de la mano y preguntó en voz baja:

    —¿Hace rato que está aquí?
    —Una media hora -respondió Della Corte, sin la lengua torpe ni el acento del Véneto con que había hablado en el mostrador.
    —¿Y?
    —Ese del mostrador, el que está con las dos mujeres… -Della Corte se interrumpió para tomar un sorbo de whisky-… de vez en cuando, entran hombres y hablan con él. Una de las mujeres se ha sentado en la barra con uno de ellos y luego con otro. La otra mujer se ha ido con uno y ha vuelto al cabo de veinte minutos.
    —Trabajo rápido -dijo Brunetti. Della Corte asintió y tomó otro sorbo de whisky.
    —Por su aspecto -prosiguió Della Corte-, yo diría que ese hombre toma heroína. — Miró al bar y sonrió ampliamente a una de las mujeres.
    —¿Está seguro? — preguntó Brunetti.
    —He estado seis años en Narcóticos. He visto a cientos como él.
    —¿Alguna novedad en Padua? — preguntó Brunetti. Durante la conversación no mostraban interés por las otras personas del bar, pero ambos memorizaban las caras y vigilaban atentamente lo que ocurría alrededor.

    Della Corte movió la cabeza negativamente.

    —He dejado de hacer preguntas, pero envié a un hombre de confianza al laboratorio, para que viera si faltaba algo más.
    —¿Y?
    —Son precavidos. Han desaparecido todas las notas y las muestras de las autopsias de aquel día.
    —¿Cuántas hubo?
    —Tres.
    —¿En Padua? — preguntó Brunetti, sin disimular la sorpresa.
    —En el hospital murieron dos ancianos por haber comido carne en mal estado. Salmonella. También han desaparecido las notas del forense y las muestras tomadas durante las autopsias.

    Brunetti movió la cabeza de arriba abajo.

    —¿Quién ha podido hacer eso? — preguntó al capitán-. ¿Y quién ha podido ordenarlo?
    —Yo diría que la misma persona que le administró el barbitúrico.

    El camarero hizo una pasada por las mesas. Brunetti levantó la cabeza y le hizo seña de que les trajera otros dos tragos, a pesar de que tenía el segundo casi intacto todavía.

    —Con los sueldos que ganan los del laboratorio, con unos cientos de miles de liras se puede comprar mucha colaboración -dijo Della Corte.

    En el bar entraron dos hombres hablando y riendo en el tono que se utiliza para llamar la atención.

    —¿Algo sobre Trevisan? — preguntó Della Corte.

    Brunetti movió la cabeza de derecha a izquierda con la solemnidad que suelen poner los borrachos en las cosas triviales.

    —¿Entonces? — preguntó Della Corte.
    —Creo que uno de nosotros va a tener que probar la mercancía -dijo Brunetti mientras se acercaba el camarero. Levantó la cabeza, sonrió al hombre, indicó con un movimiento del mentón que dejara las bebidas en la mesa y le hizo seña para que se inclinara. Cuando el otro obedeció, Brunetti le dijo-: Unas copas para las signorine -agitando una mano no muy firme en dirección a las dos mujeres que estaban en la barra, a cada lado del hombre delgado.

    El barman asintió, volvió al mostrador y sirvió dos copas de un vino blanco espumoso que Brunetti supuso prosecco de ínfima calidad, que se le cobraría a precio de champagne auténtico. El camarero fue hasta las mujeres, les puso las copas delante y dijo algo al hombre que estaba con ellas. Éste miró a Brunetti y luego se volvió hacia la mujer que tenía a la izquierda, una joven de estatura corta, piel morena, boca grande y una cascada de pelo rojizo hasta los hombros. Ella miró al hombre delgado, miró las copas y miró hacia la mesa de Brunetti. Éste sonrió, se levantó a medias y le hizo una torpe reverencia.

    —¿Se ha vuelto loco? — preguntó Della Corte, sonriendo de oreja a oreja, mientras alargaba la mano hacia el vaso que tenía delante.

    En lugar de contestar, Brunetti agitó una mano en dirección al trío de la barra, empujó con el pie la silla que estaba a su izquierda y sonrió a la mujer señalando la silla. La pelirroja se apartó del grupo y, con la copa en la mano, empezó a caminar en dirección a la mesa de Brunetti. Mientras la veía acercarse, Brunetti volvió a sonreírle y preguntó a Della Corte hablando entre dientes:

    —¿Ha traído coche?

    El capitán asintió.

    —Bien. Cuando ella llegue, márchese. Espere en el coche a que salgamos y síganos.

    En el momento en que la mujer llegaba a la mesa, Della Corte echó la silla hacia atrás y se levantó, casi chocando con la mujer. La miró fijamente un momento, como si le sorprendiera su presencia.

    —Buenas noches, signorina. Siéntese, por favor -le dijo sonriendo ampliamente y recuperando su marcado acento del Véneto.

    La mujer se sentó al lado de Brunetti, ciñéndose la falda a los muslos y le sonrió. Él vio que, bajo la gruesa capa de maquillaje, había una cara bonita, de ojos oscuros, naricita graciosa y buena dentadura.

    —Buona sera -dijo ella casi en un susurro-. Gracias por el champagne.

    Della Corte se inclinó tendiendo la mano a Brunetti desde el otro lado de la mesa.

    —Tengo que marcharme, Guido. La próxima semana te llamo.

    Brunetti, que no tenía ojos más que para la mujer, hizo caso omiso de la mano. Della Corte se volvió hacia los que estaban en el mostrador, sonrió, se encogió de hombros y salió del local cerrando la puerta.

    —Ti chiami Guido? -preguntó la mujer, dejando las cosas claras con su tuteo.
    —Sí, Guido Bassetti. ¿Y cómo te llamas tú, preciosa?
    —Mara -respondió ella riendo como si hubiera dicho algo gracioso-. ¿A qué te dedicas, Guido? — Brunetti detectó en sus palabras dos cosas, un acento extranjero, quizá portugués o, en cualquier caso, latino, y un tono insinuante, más claro que el acento.
    —Soy fontanero -dijo Guido procurando aparentar orgullo y guiñando un ojo, para corresponder a sus insinuaciones.
    —Oh, qué interesante -dijo Mara, y volvió a reír sin saber qué agregar.

    Brunetti vio que en el segundo vaso aún quedaba mucho whisky y que el tercero estaba intacto. Bebió un poco del segundo, lo apartó y levantó el tercer vaso.

    —Eres una chica muy guapa, Mara -dijo, sin esforzarse por disimular que esta circunstancia no hacía al caso. A ella no pareció importarle.
    —¿Ése que está en el bar es amigo tuyo? — preguntó Brunetti señalando con el mentón al hombre delgado, que seguía en el mismo sitio, a pesar de que la otra mujer se había ido.
    —Sí -respondió Mara.
    —¿Vives cerca? — preguntó Brunetti, ahora, el hombre que no quiere seguir perdiendo el tiempo.
    —Sí.
    —¿Vamos?
    —Sí. — Ella volvió a sonreír, y Brunetti observó cómo ponía en sus ojos un calor y un interés forzados.

    Dejando entonces su aire jovial, él preguntó:

    —¿Cuánto?
    —Cien mil -respondió ella con la rapidez de quien ha oído la pregunta demasiadas veces.

    Brunetti se rió, bebió otro trago y se levantó con brusquedad, procurando volcar la silla.

    —Tú estás pirada, Marita. En casa tengo una mujer que me lo hace gratis.

    Ella se encogió de hombros y miró el reloj. Eran las once, y hacía veinte minutos que en el bar no entraba nadie. Él observó cómo calculaba el tiempo y la hora.

    —Cincuenta -dijo entonces con la expresión de quien desea ahorrar tiempo y energía.

    Brunetti dejó en la mesa el trago sin terminar y la tomó del brazo.

    —De acuerdo, Marita, yo te enseñaré lo que un hombre de verdad puede hacer por ti.

    Ella se puso en pie sin resistirse. Brunetti, sin soltarla, se acercó al bar.

    —¿Cuánto le debo? — preguntó al barman.
    —Sesenta y tres mil liras -respondió el hombre rápidamente.
    —¿Estás loco? — preguntó Brunetti con indignación-. ¿Por tres whiskies y, además, asquerosos?
    —Y los dos su amigo, y el champagne de las señoras.
    —Las señoras -repitió Brunetti con sarcasmo, pero sacó la billetera y extrajo un billete de cincuenta, uno de diez y tres de mil liras que echó sobre el mostrador. Antes de que pudiera guardar la billetera, Mara le asió del brazo.
    —Puedes dar el dinero a mi amigo -dijo indicando con la cabeza al hombre delgado, que observaba a Brunetti muy serio. Éste miró en derredor, rojo de confusión, como buscando a quien le ayudara a entender esto. Pero nadie le ayudó. Sacó otro billete de cincuenta mil liras y lo dejó caer en el mostrador, sin mirar al hombre que, a su vez, tampoco miró el dinero. Brunetti, con gesto de dignidad ofendida, se llevó a la mujer hacia la puerta. Ella se paró sólo un segundo para descolgar una chaqueta de leopardo sintético, de un gancho que había junto a la entrada y salió a la calle con Brunetti, que cerró con un portazo.

    Mara torció hacia la izquierda sin esperarlo. Daba pasos rápidos, pero los tacones altos y la falda estrecha no le permitían avanzar deprisa, y Brunetti no tuvo dificultad para mantenerse a su lado. En la primera esquina, la mujer dobló hacia la izquierda y se paró delante de la tercera puerta. Ya tenía la llave en la mano. Abrió y entró, sin preocuparse de si Brunetti la seguía. Éste se quedó un momento en el umbral y pudo ver el coche que entraba en la estrecha calle y hacía dos rápidos destellos con los faros. Entonces siguió a la mujer.

    Ella se detuvo en el primer rellano, abrió la puerta de la derecha y entró, también dejándola abierta y sin volverse. En la habitación, Brunetti vio una cama turca con una colcha a rayas de colores vivos, un escritorio, dos sillas y una ventana con los postigos cerrados. La mujer encendió la luz de una bombilla desnuda y débil que colgaba del techo al extremo de un cable corto.

    Sin volverse a mirarlo, Mara se quitó la chaqueta y la colgó cuidadosamente del respaldo de una silla. Se sentó en el borde de la cama y se agachó para desabrocharse los zapatos. Brunetti la oyó respirar de alivio al descalzarse. Todavía sin mirarlo, ella se levantó, se quitó la falda, la dobló con cuidado y la dejó encima de la chaqueta. No llevaba nada debajo. Se sentó y luego se echó en la cama, también sin mirarlo.

    —Si quieres tocarme los pechos tienes que pagar extra -dijo, volviéndose hacia un lado, para alisar la colcha que se había arrugado debajo de su hombro.

    Brunetti cruzó la habitación y se sentó en la silla que estaba libre de ropa.

    —¿De dónde eres, Mara? — preguntó con su voz normal, hablando en italiano, no en dialecto.

    Ella lo miró ahora, sorprendida por la pregunta o por el tono completamente normal en que se la había hecho.

    —Oiga, señor Fontanero -dijo con una voz en la que había más cansancio que irritación-, usted no ha venido aquí a charlar, ni yo tampoco, así que vamos a hacerlo ya para que yo pueda volver a mi trabajo, ¿vale? — Se dejó caer de espaldas y abrió las piernas.

    Brunetti desvió la mirada.

    —¿De dónde vienes, Mara? — volvió a preguntar.

    Ella juntó las piernas y se sentó en la cama encarándose con él, con los pies en el suelo.

    —Mira, si quieres follar, follemos, ¿de acuerdo? Pero no tengo tiempo para charla. Y de dónde yo vengo no te importa.
    —¿Del Brasil? — preguntó él especulando con el acento.

    Con un gruñido de impaciencia, ella se puso de pie y agarró la falda. Se agachó sosteniéndola ante sí, metió un pie, luego el otro, se la ajustó a la cintura y se subió la cremallera con un movimiento seco. Palpó con el pie el suelo debajo de la cama, donde había escondido los zapatos y volvió a sentarse para abrocharse las correas.

    —Puede ser arrestado, ¿sabes? — dijo Brunetti en el mismo tono tranquilo-. Ha dejado que le diera el dinero. Eso podría costarle por lo menos un par de meses.

    Las correas que le sujetaban los zapatos a los tobillos estaban ya perfectamente abrochadas, pero ella no alzó la mirada hacia Brunetti ni hizo movimiento alguno para levantarse de la cama. Se había quedado con la cabeza inclinada, escuchando.

    —Tú no querrás que a él le ocurra eso, ¿verdad? — preguntó Brunetti.

    Ella resopló con repugnancia e incredulidad.

    —Piensa en lo que haría cuando saliera, Mara. No me has reconocido, y te echará la culpa.

    Entonces la mujer le miró y extendió el brazo.

    —Enséñeme su credencial.

    Brunetti se la dio.

    —¿Qué quiere? — preguntó ella al devolverle el documento.
    —Quiero que me digas de dónde viniste.
    —¿Para que puedan enviarme allí otra vez? — preguntó ella mirándole a los ojos.
    —No soy de Inmigración, Mara. No me importa si estás aquí legalmente o no.
    —¿Pues qué quiere entonces? — preguntó ella con un filo de impaciencia en la voz.
    —Ya te lo he dicho. Quiero saber de dónde has venido.

    Ella titubeó sólo un momento, mientras buscaba el peligro de la pregunta y, al no verlo, respondió:

    —Sao Paulo. — Él tenía razón, el acento era brasileño.
    —¿Cuánto hace que llegaste?
    —Dos años.
    —¿Y trabajas de prostituta? — preguntó él procurando dar a la palabra tono de definición, no de condena.
    —Sí.
    —¿Has trabajado siempre para ese hombre?

    Ella lo miraba fijamente.

    —No le diré cómo se llama.
    —No quiero saber cómo se llama, Mara. Quiero saber si siempre has trabajado para él.

    Ella respondió en voz tan baja que él no pudo oírla.

    —¿Cómo has dicho?
    —No.
    —¿Siempre en ese bar?
    —No.
    —¿Dónde trabajabas antes?
    —En otro sitio -respondió ella evasivamente.
    —¿Cuánto hace que trabajas en el bar?
    —Desde septiembre.
    —¿Por qué?
    —¿Por qué qué?
    —¿Por qué cambiaste al bar?
    —Por el frío. No estoy habituada, y el invierno pasado enfermé por trabajar en la calle. Entonces él me dijo que este invierno podía trabajar en el bar.
    —Ya -dijo Brunetti-. ¿Cuántas chicas hay además de ti?
    —¿En el bar?
    —Sí.
    —Tres.
    —¿Y en la calle?
    —No sé cuántas. ¿Cuatro? ¿Seis? No sé.
    —¿Alguna otra brasileña?
    —Dos.
    —¿Y las demás, de dónde son?
    —No lo sé.
    —¿Y qué puedes decirme del teléfono?
    —¿Cómo? — preguntó ella entornando los ojos con una confusión que parecía auténtica.
    —El teléfono del bar. ¿Quién recibe llamadas? ¿Él?

    Era evidente que la pregunta la había desconcertado.

    —No sé -dijo-. Ese teléfono lo usan todos.
    —¿Pero quién recibe llamadas?

    Ella pensó un momento.

    —No lo sé.
    —¿Él? — insistió Brunetti.

    La mujer encogió los hombros y volvió la cara hacia otro lado, pero Brunetti hizo chasquear los dedos delante de sus ojos y ella volvió a mirarlo.

    —¿Él recibe llamadas?
    —A veces -respondió la mujer, que miró el reloj y dijo-: Ya tendría que haber terminado.

    Él miró el reloj a su vez: habían transcurrido quince minutos.

    —¿Cuánto tiempo te da?
    —Generalmente, un cuarto de hora. A las viejas les da más, con los habituales. Pero si yo no vuelvo pronto, empezará a hacer preguntas y tendré que decirle por qué he tardado.

    Por su manera de hablar, Brunetti comprendió que ella contestaría cualquier pregunta que el hombre le hiciera. Debatió consigo mismo si no sería preferible permitirle que descubriera que la policía se interesaba por él. Examinó la cara de la mujer, tratando de calcular su edad. ¿Veinticinco? ¿Veinte?

    —Está bien -dijo poniéndose en pie.

    Ante su brusco movimiento, ella se sobresaltó.

    —¿Eso es todo? — preguntó.
    —Sí, eso es todo.
    —¿No quiere un rápido?
    —¿Cómo? — preguntó él, desconcertado.
    —Un rápido. Es lo que piden normalmente los polis cuando nos detienen para interrogarnos. — Su voz era neutra, cansada, no acusadora.
    —No, nada de eso -dijo él yendo hacia la puerta.

    A su espalda, ella se puso de pie y embutió un brazo y luego el otro en las mangas de la chaqueta. Él sostuvo la puerta abierta y la siguió al descansillo. Ella dio media vuelta, cerró con llave y bajó por el único tramo de escaleras. Abrió la puerta de la calle y se alejó por la derecha en dirección al bar. Brunetti se fue hacia la izquierda hasta el extremo de la calle y se paró al pie de una farola, donde momentos después lo recogió el coche negro de Della Corte.


    17


    —¿Qué tal? — preguntó Della Corte cuando Brunetti se sentó a su lado en el coche. A Brunetti le complació que no hubiera en la pregunta ni asomo de sorna.

    —Es brasileña, trabaja para el que estaba con ella. Ha dicho que él recibe llamadas telefónicas en el bar.
    —¿Algo más? — preguntó Della Corte mientras ponía el coche en marcha y lentamente lo conducía hacia la estación.
    —Eso es todo -respondió Brunetti-. Todo lo que me ha dicho, pero creo que podemos deducir bastantes cosas más.
    —¿Por ejemplo?
    —Por ejemplo, que está en Italia ilegalmente y, al no tener permiso de residencia, está obligada a hacer lo que le manden para ganarse la vida.
    —Quizá lo haga porque le gusta -apuntó Della Corte.
    —¿Conoce a alguna prostituta a la que le guste eso? — preguntó Brunetti.

    Haciendo caso omiso de la pregunta, Della Corte dobló una esquina y paró el coche delante de la estación. Puso el freno de mano pero dejó el motor en marcha.

    —¿Y ahora qué hacemos?
    —Creo que habría que arrestar al que estaba con ella. Así sabremos por lo menos quién es. Y quizá convenga volver a hablar con ella mientras él esté detenido.
    —¿Cree que hablará?

    Brunetti se encogió de hombros.

    —Quizá, si no teme que la devuelvan a Brasil.
    —¿Qué posibilidades hay de que hable?
    —Depende de quién la interrogue.
    —¿Una mujer? — preguntó Della Corte.
    —Seguramente, sería preferible.
    —¿Tienen a alguien?
    —Tenemos a una psicóloga que nos asesora de vez en cuando. Podría pedirle que hablara con Mara.
    —¿Mara? — preguntó Della Corte.
    —Así ha dicho que se llama. Me gustaría creer que le han dejado conservar por lo menos el nombre.
    —¿Cuándo arrestarán al hombre?
    —Lo antes posible.
    —¿Alguna idea de cómo?
    —La próxima vez que un cliente de Mara le deje a él el dinero en el mostrador. Será lo más sencillo.
    —¿Cuánto tiempo pueden retenerlo por eso?
    —Depende de lo que encontremos, si tiene antecedentes o si existe una orden de arresto. — Brunetti reflexionó-. Si está usted en lo cierto sobre la heroína, un par de horas deberían ser suficientes.

    La sonrisa de Della Corte no era agradable.

    —Estoy en lo cierto sobre la heroína. — Como Brunetti no dijera nada, Della Corte preguntó-: ¿Y mientras tanto?
    —Estoy trabajando en varias cosas. Quiero saber algo más de la familia y del bufete de Trevisan.
    —¿Algo en particular?
    —No, nada. Sólo que hay un par de cosas que me inquietan, cosas que no parecen importantes. — Esto era todo lo que Brunetti estaba dispuesto a decir, y preguntó-: ¿Y ustedes?
    —Nosotros haremos otro tanto respecto a Favero, pero hay mucho campo que cubrir, por lo menos por lo que respecta a su trabajo. — Della Corte hizo una pausa y comentó-: No imaginaba que esa gente ganara tanto dinero.
    —¿Los gestores financieros?
    —Sí. Cientos de millones de liras al año. Declarados; a saber lo que sacarán en negro. — Brunetti, al recordar algunos nombres de la lista de clientes de Favero, se hizo una idea de la magnitud de sus ingresos, declarados y no declarados.

    Abrió la portezuela, se apeó y rodeando el coche se acercó a la ventanilla de Della Corte.

    —Mañana por la noche enviaré a varios hombres. Si él y Mara están trabajando en el bar, será fácil detenerlos.
    —¿A los dos? — preguntó Della Corte.
    —Sí. Quizá ella esté mejor dispuesta a hablar después de pasar una noche en el calabozo.
    —Creí que quería que la entrevistara una psicóloga -dijo Della Corte.
    —Sí, pero quiero que antes sepa lo que es estar encerrada. El miedo hace más comunicativas a las personas, sobre todo, a las mujeres.
    —Es usted muy duro, ¿no? — preguntó Della Corte con cierto respeto.

    Brunetti se encogió de hombros.

    —Esa mujer puede saber algo de un asesinato. Cuanto más asustada y confusa esté, más probable será que nos lo diga.

    Della Corte sonrió al soltar el freno de mano.

    —Hubo un momento en que creí que iba a hablarme de la puta con corazón de oro.

    Brunetti se incorporó apartándose del coche y empezó a andar hacia la estación. A los pocos pasos se volvió hacia Della Corte, que subía el cristal de la ventanilla mientras el coche empezaba a avanzar lentamente.

    —Nadie tiene el corazón de oro -dijo, pero Della Corte ya se alejaba sin dar señales de haberle oído.

    A la mañana siguiente, la signorina Elettra saludó a Brunetti con la noticia de que había encontrado el artículo sobre Trevisan aparecido en Il Gazzettino, pero dijo que se trataba de la simple descripción de una iniciativa conjunta en materia de turismo, de las cámaras de comercio de Venecia y Praga. Las actividades de la signora Trevisan, por lo menos, según el redactor de la página de sociedad del diario, no eran menos inocentes.

    A pesar de que Brunetti esperaba algo parecido, la noticia lo decepcionó. Pidió a la signorina Elettra que viera si Giorgio -le sorprendió oírse a sí mismo hablar de Giorgio como de un viejo amigo- podía conseguir una lista de las llamadas hechas al y desde el bar Pinetta. Hecho esto, leyó el correo y a continuación hizo varias llamadas telefónicas relacionadas con una de las cartas.

    Brunetti llamó después a Vianello y le pidió que aquella noche enviara a tres hombres al bar Pinetta, para arrestar a Mara y a su proxeneta. Luego no tuvo más remedio que dedicarse a los papeles de su mesa, aunque le resultó difícil concentrarse en lo que leía: estadísticas del Ministerio del Interior sobre las necesidades de personal para los cinco años siguientes, el coste del enlace informático con la Interpol y el índice de operatividad de un nuevo tipo de pistola. Brunetti arrojó los papeles a la mesa con un ademán de impaciencia. El questore había recibido recientemente del ministro del Interior un memorándum en el que se le informaba de que el presupuesto del año próximo para la policía nacional se recortaría en un 15 o, quizá, un 20 por ciento, y que no cabía esperar un aumento de los fondos en un futuro previsible. Ello no obstante, aquellos estúpidos de Roma seguían redactando proyectos y planes, como si hubiera dinero que gastar, como si no lo hubieran robado ya todo y enviado a cuentas secretas de Suiza.

    Brunetti dio la vuelta a la hoja en que se detallaban las características de aquellas pistolas que nunca se comprarían y escribió en el reverso los nombres de las personas con las que deseaba hablar: la viuda Trevisan y su hermano, su hija Francesca y alguien que pudiera darle información concreta, tanto sobre el bufete como sobre la vida privada de Trevisan.

    En una segunda columna escribió las cosas que le habían llamado la atención: la explicación -¿o era jactancia?— de Francesca, de que alguien podía secuestrarla; la resistencia de Lotto a darle la lista de los clientes de Trevisan y su sorpresa al oírle mencionar a Favero.

    Y, planeando sobre todo ello, los números de teléfono, aquel sinfín de llamadas, sin pauta ni justificación aparentes.

    Al agacharse para sacar la guía telefónica del cajón de abajo, Brunetti se dijo que debía de ser muy práctica una libretita con los números de uso más frecuente, como la de Favero. Pero al número que ahora buscaba no había llamado nunca, porque hasta ahora no había querido cobrarse aquel favor.

    Hacía tres años, su amigo Danilo, el farmacéutico, le había llamado una tarde a última hora, para pedirle que fuera a su apartamento. Lo encontró con un párpado hinchado y casi cerrado, como si se hubiera metido en una pelea. Violencia la hubo, en efecto, pero no de Danilo, que no opuso resistencia al joven que había irrumpido en la farmacia en el momento de cerrar. Tampoco trató de impedir que el joven forzara el armario en el que se guardaban los narcóticos ni que sacara las siete ampollas de morfina. Pero Danilo había reconocido al intruso y cuando éste se iba, dijo: «No hagas eso, Roberto», y entonces el otro le dio un empujón. El farmacéutico cayó de lado y se golpeó la cabeza con el borde de una vitrina.

    Roberto, como sabían no sólo Danilo y Brunetti sino casi toda la policía de la ciudad, era hijo único del juez Mario Beniamin, presidente de la Audiencia de Venecia. Hasta aquella noche, su adicción nunca le había inducido a la violencia, ya que se las arreglaba con recetas falsas y lo que conseguía a cambio de los objetos que robaba en casa de familiares y amigos. Pero la agresión al farmacéutico, aunque la lesión había sido involuntaria, había hecho de Roberto uno más de los delincuentes de la ciudad. Después de hablar con Danilo, Brunetti fue a casa del juez y estuvo con él durante más de una hora. Al día siguiente, el juez Beniamin acompañó a su hijo a una pequeña clínica particular de las afueras de Zurich, donde Roberto pasó los seis meses siguientes y de la que salió para iniciar un curso en un taller de cerámica de las afueras de Milán.

    El favor, ofrecido espontáneamente por Brunetti, había permanecido en reposo entre él y el juez durante todos aquellos años, como duermen en el fondo del armario unos zapatos demasiado caros, hasta el día en que, inopinadamente, tropezamos con ellos y recordamos con una mueca de desagrado lo estúpidos que fuimos al dejarnos tentar por aquella falsa ganga.

    En el despacho del juez, a la tercera señal del teléfono, contestó una voz femenina. Brunetti dio su nombre y solicitó hablar con el juez Beniamin.

    Al cabo de un minuto, el juez se puso al teléfono.

    —Buon giorno, comisario. Esperaba su llamada.
    —Sí -dijo Brunetti simplemente-. Me gustaría hablar con Su Señoría.
    —¿Hoy?
    —Si fuera posible.
    —Puedo dedicarle media hora esta tarde a las cinco. ¿Será suficiente?
    —Espero que sí, Señoría.
    —Le espero entonces. Aquí -dijo el juez, y colgó.

    La Audiencia de lo criminal está situada al pie del puente de Rialto, aunque no en el lado de San Marco sino en el del mercado de frutas y verduras. Por ello, los que van al mercado temprano, a veces pueden ver a hombres y mujeres que entran o salen del edificio esposados, y no es raro que entre las cajas de coles o de uvas transiten carabinieri armados con metralletas custodiando a los detenidos. Brunetti mostró su credencial a los guardias de la puerta y subió dos tramos de la amplia escalera de mármol, hasta el despacho del juez Beniamin. Desde las grandes ventanas de la escalera se dominaba la Fondazioni dei Tedeschi, en tiempos de la República, sede de los mercaderes alemanes de la ciudad y ahora central de Correos. En lo alto de la escalera, dos carabinieri con chaleco antibalas y rifle de asalto le pidieron la identificación.

    —¿Lleva algún arma, comisario? — preguntó uno de ellos, después de examinar atentamente el documento.

    Brunetti lamentó no haber pensado en dejar la pistola en el despacho. Hacía tiempo que en Italia se había levantado la veda del juez, y ahora, cuando ya era tarde, todas las precauciones parecían pocas. Lentamente, se desabrochó la chaqueta y la abrió para que el guardia le quitara la pistola.

    La tercera puerta de la izquierda era la del despacho de Beniamin. Brunetti dio dos golpecitos y una voz lo invitó a entrar.

    Durante los años transcurridos desde su visita a la casa del juez, los dos hombres se habían saludado por la calle alguna vez, pero Brunetti llevaba ya casi un año sin ver a Beniamin y quedó asombrado por el cambio que se había producido en aquel hombre que, a pesar de tener sólo unos diez años más que Brunetti, ahora hubiera podido pasar por su padre. A cada lado de la boca, se le marcaban unos pliegues profundos y los ojos, en otro tiempo oscuros y brillantes, estaban empañados, como si alguien hubiera olvidado limpiarlos. Y había perdido tanto peso que parecía extraviarse dentro de la amplia toga.

    —Siéntese, comisario -dijo Beniamin. La voz era la misma, grave y vibrante, voz de barítono.
    —Gracias, Señoría -dijo Brunetti sentándose en una de las cuatro sillas que estaban dispuestas frente al escritorio del juez.
    —Lo lamento, pero dispongo de menos tiempo de lo que pensaba. — Después de hablar, el juez se quedó en suspenso como si acabara de escuchar sus propias palabras. Esbozó una sonrisa pequeña y triste y agregó-: Me refiero a esta tarde. De modo que, si podemos abreviar, se lo agradeceré.
    —Desde luego, Señoría. Ni que decir tiene que le agradezco mucho que me haya recibido. — Brunetti se detuvo y su mirada se cruzó con la del juez. Ambos eran conscientes de lo convencional de la frase.
    —Sí -dijo el juez. Nada más.
    —Carlo Trevisan -enunció Brunetti.
    —¿Concretamente? — preguntó el juez.
    —