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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS (Dino Buzzati)

    Publicado el miércoles, febrero 14, 2018

    La fascinación que desde su aparición en 1940 ha despertado EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS, la más célebre novela de DINO BUZZATI (1906-1972),proviene del paisaje formal de la fábula que narra, no de su significación oculta. Con todo, la historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los más hondos problemas de la existencia: la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia.


    UNO


    Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino.

    Mandó que le despertaran cuando todavía era de noche y vistió por primera vez el uniforme de teniente. Cuando acabó, se miró en el espejo a la luz de una lámpara de petróleo, aunque sin encontrar la alegría que había esperado. En la casa había un gran silencio, se oían sólo pequeños ruidos en una habitación vecina: su madre estaba levantándose para despedirlo.

    Era el día esperado desde hacía años, el principio de su verdadera vida. Pensaba en los días sórdidos de la Academia Militar, recordó las amargas tardes de estudio cuando oía pasar fuera, por las calles, la gente libre y presumiblemente feliz, los despertares invernales en los dormitorios helados, donde se estancaba la pesadilla de los castigos. Se acordó de la angustia de contar uno por uno los días, que parecían interminables. Ahora era por fin oficial, ya no tenía que consumirse sobre los libros ni temblar con la voz del sargento, y, sin embargo todo eso había pasado. Todos aquellos días, que le habían parecido odiosos, se habían consumido para siempre, formando meses y años que nunca se repetirían. Sí, ahora era un oficial, tendría dinero, las mujeres hermosas quizá lo mirarían, pero en el fondo —se dio cuenta Giovanni Drogo— el tiempo mejor, la primera juventud, probablemente había acabado. Así, Drogo miraba fijamente el espejo, veía una cansada sonrisa en su rostro» al que en vano había tratado de amar.

    ¡Qué contrasentido! ¿Por qué no lograba sonreír con la obligada despreocupación mientras se despedía de su madre? ¿Por qué ni siquiera se fijaba en sus últimas recomendaciones y llegaba solamente a percibir el sonido de aquella voz, tan familiar y humana? ¿Por qué daba vueltas por el dormitorio con inútil nerviosismo, sin conseguir encontrar el reloj, la fusta, la gorra, que se encontraban, sin embargo, en su sitio?

    ¡Desde luego no partía a la guerra! Decenas de tenientes como él, sus ex camaradas, dejaban a esa misma hora la casa paterna entre alegres carcajadas, como si fueran a una fiesta. ¿Por qué no le salían de la boca, con destino a su madre, sino frases genéricas vacías de sentido, en lugar de cariñosas y tranquilizadoras palabras? La amargura de dejar por primera vez la vieja casa, donde había nacido a las esperanzas, los temores que entraña todo cambio, la emoción de despedirse de su madre, llenaban su ánimo, sí, pero sobre todo eso pesaba una insistente idea, que no conseguía identificar, como un vago presentimiento de cosas fatales, como si estuviera a punto de iniciar un viaje sin retorno. Sin embargo Francesco Vescovi lo acompañó a caballo durante el primer trecho del camino. Los cascos de los animales resonaban en las calles desiertas. Alboreaba, la ciudad aún estaba inmersa en el sueño; aquí y allá, en los últimos pisos, se abrían algunas persianas, aparecían caras cansadas, apáticos ojos miraban un momento el maravilloso nacimiento del sol.

    Los dos amigos no hablaban. Drogo pensaba en cómo sería la fortaleza Bastiani, pero no conseguía imaginarla. Ni siquiera sabía con exactitud dónde se encontraba, ni cuánto camino tendría que recorrer. Alguien le había hablado de una jornada a caballo, otros de menos; nadie había estado allí, en realidad, de a quienes había preguntado. A las puertas de la ciudad Vescovi empezó a hablar vivazmente de cosas normales, como si Drogo fuera de paseo. Después, en cierto momento:

    —¿Ves aquel monte herboso? Sí, ese mismo. ¿Ves una construcción en la cima? —decía—. Es ya una parte de la Fortaleza, un reducto avanzado. Pasé por allí hace dos años, lo recuerdo, con mi tío, yendo de caza.

    Habían salido ya de la ciudad. Comenzaban los campos de maíz, los prados, los rojos bosques otoñales. Por la carretera blanca, azotada por el sol, avanzaban uno al lado del otro. Giovanni y Francesco eran amigos, habían vivido juntos muchos años, con las mismas pasiones, las mismas amistades; siempre se habían visto día tras día, después Vescovi se había enriquecido; Drogo, en cambio, se había hecho militar y ahora notaba cuán lejos estaba del otro. Toda aquella vida fácil y elegante ya no le pertenecía, le esperaban cosas graves y desconocidas. Su caballo y el de Francesco —le parecía— tenían ya una andadura distinta, un trote, el suyo, menos ligero y vivo, como un fondo de ansia y fatiga, como si también el animal notase que la vida estaba a punto de cambiar.

    Habían llegado a lo alto de una cuesta. Drogo se volvió a mirar la ciudad a contraluz; de los tejados se alzaban humos matutinos. Vio de lejos su casa. Identificó las ventanas de su cuarto. Probablemente las hojas estaban abiertas, las mujeres estaban ordenando. Habrían deshecho la cama, encerrado en un armario los objetos, y después atrancado las contraventanas. Durante meses y meses nadie entraría allí, salvo el paciente polvo y, en los días de sol, tenues franjas de luz. El pequeño mundo de su niñez quedaba encerrado en la oscuridad. Su madre lo conservaba así para que él, al regresar, volviera a encontrarse de nuevo, para que pudiera allí dentro seguir siendo un muchacho, incluso tras larga ausencia. Oh, desde luego, ella se hacía la ilusión de poder conservar intacta una felicidad desaparecida para siempre, de contener la huida del tiempo, de que al abrir de nuevo puertas y ventanas al regreso del hijo las cosas volverían a ser como antes.

    Su amigo Vescovi se despidió cariñosamente de él y Drogo continuó solo por la carretera, acercándose a las montañas. El sol caía a plomo cuando llegó a la entrada del valle que conducía a la Fortaleza. A la derecha, en lo alto de un monte, se veía el reducto que Vescovi le había señalado. No parecía que quedase aún mucho camino. Ansioso por llegar, Drogo, sin pararse a comer, espoleó su caballo, ya cansado por el camino, que se volvía empinado y encajonado entre escarpadas laderas. Los encuentros eran cada vez más raros. Giovanni le preguntó a un carretero cuánto tiempo faltaba para llegar a la Fortaleza.

    —¿La fortaleza? —respondió el hombre—. ¿Qué fortaleza?
    —La Fortaleza Bastiani —dijo Drogo.
    —Por aquí no hay fortalezas —dijo el carretero—. Nunca he oído hablar de ellas. Evidentemente estaba mal informado. Drogo reanudó su camino y advirtió una sutil inquietud a medida que avanzaba la tarde. Escrutábalos altísimos bordes del valle para descubrir la Fortaleza. Se imaginaba una especie de viejo castillo con vertiginosas murallas. Con el paso de las horas, se convencía cada vez más de que Francesco le había dado una información errada; el reducto indicado por él ya debía haber quedado muy atrás. Y se acercaba la noche.

    Miradlos, a Giovanni Drogo y su caballo, qué pequeños sobre el flanco de unas montañas que cada vez resultan más grandes y salvajes. Él sigue subiendo para llegar a la Fortaleza de día, pero más ligeras que él, desde el fondo, donde retumba el torrente, más ligeras que él suben las sombras. En cierto momento se encuentran justamente a la altura de Drogo en la vertiente opuesta de la garganta, parecen disminuir su carrera por un instante, como para no desalentarlo, después se deslizan hacia arriba por riscos y peñascos, y el jinete se ha quedado debajo.

    Todo el valle estaba ya lleno de tinieblas violeta, sólo las desnudas crestas herbosas, a increíble altura, estaban iluminadas por el sol, cuando Drogo se encontró repentinamente ante una construcción militar que parecía antigua y desierta, negra y gigantesca contra el purísimo cielo de la tarde. Giovanni sintió latir su corazón, ya que ésa debía de ser la Fortaleza, aunque todo, desde los muros al paisaje, exhalaba un aire inhóspito y siniestro.

    Dio vueltas a su alrededor sin encontrar la entrada. Aunque ya estaba oscuro, no había ninguna ventana encendida, ni se divisaban luces de centinelas en el borde de los murallones. Sólo había un murciélago, que oscilaba contra una nube blanca. Al final Drogo probó a llamar:

    —¡Eh! —gritó—. ¿No hay nadie?

    De la sombra acumulada al pie de las murallas surgió entonces un hombre, una especie de vagabundo y de pobre, de barba gris y con un pequeño saco en la mano. Pero en la penumbra no se distinguía bien, sólo el blanco de sus ojos lanzaba reflejos. Drogo lo miró con agradecimiento.

    —¿Qué buscas, señor?
    —Busco la Fortaleza. ¿Es ésta?
    —Aquí ya no hay fortaleza —dijo el desconocido con voz bonachona—. Está todo cerrado, hará unos diez años que no hay nadie.
    —¿Y dónde está la Fortaleza, entonces? —preguntó Drogo, de repente irritado con aquel hombre.
    —¿Qué fortaleza? ¿Aquélla, quizá? —y hablando así el desconocido extendía un brazo, como señalando algo.

    Por una hendidura de las rocas próximas, ya recubiertas por la oscuridad, detrás de una caótica escalinata de crestas, a distancia incalculable, inmerso aún en el rojo sol del ocaso, como salido de un encantamiento, Giovanni Drogo vio entonces un desnudo cerro y en la cima una tira regular y geométrica, de un especial color amarillento: el perfil de la Fortaleza.

    ¡Oh, cuán lejana aún! Quién sabe cuántas horas de camino, y su caballo estaba ya agotado. Drogo la miraba fascinado, se preguntaba qué podría haber de deseable en aquella solitaria bicoca, casi inaccesible, tan separada del mundo. ¿Qué secretos escondía? Pero eran los últimos instantes. Ya el último sol se apartaba lentamente del remoto cerro y por los amarillos bastiones irrumpían las lívidas ráfagas de la noche que caía.


    DOS


    La oscuridad lo alcanzó aún de camino. El valle se había estrechado y la Fortaleza había desaparecido detrás de las montañas vecinas. No había luces, ni siquiera gritos de aves nocturnas, sólo de vez en cuando llegaba un sonido de aguas lejanas. Probó a llamar, pero los ecos le devolvieron su voz con un timbre hostil. Ató el caballo a un tocón de árbol al borde del camino, donde habría podido encontrar hierba. Se sentó allí; con la espalda apoyada en el talud esperó que llegase el sueño, y mientras tanto pensaba en el camino que le quedaba, en la gente que encontraría en la Fortaleza, en la vida futura, sin reconocer ningún motivo de gozo. El caballo golpeaba a intervalos con los cascos sobre el terreno de un modo antipático y extraño.

    De madrugada, al reanudar el camino, advirtió que en la vertiente opuesta del valle, a la misma altura, había otra carretera, y poco después distinguió algo que se movía por ella. El sol aún no había llegado hasta allá abajo y las sombras se adensaban en las curvas, impidiendo ver bien. Sin embargo, apresurando el paso, Drogo consiguió ponerse a la misma altura y comprobó que era un hombre: un oficial a caballo. Un hombre como él, por fin; una criatura amiga con quien podría reír y bromear, hablar de la próxima vida en común, de caza, de mujeres, de la ciudad. De la ciudad que ahora le parecía a Drogo relegada a un mundo lejanísimo.

    Al estrecharse mientras tanto el valle, los dos caminos se acercaban, y Giovanni Drogo vio que el otro era un capitán. Al principio no se atrevió a gritar, habría parecido inútil y poco respetuoso. Saludó, en cambio, varias veces, llevándose la diestra a la gorra, pero el otro no respondía. Evidentemente, no se había fijado en Drogo.

    —¡Mi capitán! —gritó por fin Drogo, dominado por la impaciencia. Y saludó de nuevo.
    —¿Qué pasa? —respondió una voz desde el otro lado.

    El capitán, parándose, había saludado con corrección y ahora le preguntaba a Drogo la razón de aquel grito. No había en su pregunta ninguna severidad, pero se notaba que el oficial estaba sorprendido.

    —¿Qué pasa? —resonó de nuevo la voz del capitán, esta vez levemente irritada. Giovanni se detuvo, hizo bocina con las manos y respondió con todo resuello:
    —¡Nada! ¡Deseaba saludarlo!

    Era una explicación estúpida, casi ofensiva, porque podía hacer pensar en una broma. Drogo se arrepintió de ella inmediatamente. ¿En qué ridículo lío había ido a meterse, y todo porque era incapaz de bastarse a sí mismo?

    —¿Quién es? —gritó de rebote el capitán.

    Era la pregunta temida por Drogo. Aquella extraña conversación, de un lado a otro del valle, iba asumiendo así el tono de un interrogatorio jerárquico. Desagradable comienzo, puesto que era probable, si no seguro, que el capitán fuese alguien de la Fortaleza. En cualquier caso, era preciso responder.

    —¡Teniente Drogo! —gritó Giovanni para presentarse.

    El capitán no lo conocía, con toda probabilidad no podía entender el nombre a aquella distancia, pero pareció calmarse, ya que reanudó su camino haciendo un gesto de inteligencia, como diciendo que dentro de poco se encontrarían. Y, en efecto, media hora después, en un estrechamiento de la garganta, apareció un puente. Los dos caminos se unían en uno.

    En el puente se encontraron los dos. Sin bajar del caballo, el capitán se acercó a Drogo y le tendió la mano. Era un hombre de unos cuarenta años o quizá más, de rostro seco y señorial. Su uniforme era de corte tosco, pero perfectamente en regla.

    —Capitán Ortiz —se presentó.

    Estrechándole la mano, a Drogo le pareció entrar por fin en el mundo de la Fortaleza. Aquél era el primer lazo, y después vendrían otros innumerables de todo género, que lo encerrarían en ella.

    El capitán reanudó sin más el camino; Drogo lo siguió, a su lado, algo detrás por respeto jerárquico, y esperaba alguna desagradable alusión al embarazoso coloquio de poco antes. Pero el capitán callaba, quizá no tenía ganas de hablar, quizá era un tímido y no sabía por dónde empezar. Como el camino era empinado y calentaba el sol, los dos caballos avanzaban despacio.

    Por fin el capitán Ortiz dijo:

    —No he entendido su nombre hace poco, a esa distancia. ¿Droso, creo?

    Giovanni respondió:

    —Drogo, con —g—, Giovanni Drogo. También usted, mi capitán, debe disculparme por haberlo llamado hace poco. ¿Sabe? —añadió embrollándose—, a través del valle no había visto su grado.
    —Efectivamente, no se podía ver —admitió Ortiz, renunciando a desmentirlo, y se rió.

    Cabalgaron así un ratito, un poco turbados ambos. Después Ortiz dijo:

    —Entonces, ¿adonde se dirige?
    —A la Fortaleza Bastiani. ¿No es éste el camino?
    —Sí, efectivamente.

    Callaron, hacía calor, siempre montañas por todas partes, gigantescos montes herbosos y salvajes.

    Ortiz dijo:

    —¿De modo que usted viene a la Fortaleza? ¿Trae quizá un mensaje?
    —No, mi capitán, voy a entrar en servicio; me han destinado.
    —¿Destinado por el escalafón?
    —Creo que sí, de plantilla, primer servicio.
    —De modo que de plantilla, claro... Bien, bien, entonces... reciba mis felicitaciones.
    —Gracias, mi capitán.

    Callaron y siguieron adelante un poco más. Giovanni tenía una gran sed, una cantimplora de madera colgaba de la silla del capitán y se oía el agua que hacía chac, chac en su interior.

    Ortiz preguntó:

    —¿Por dos años?
    —Perdone, mi capitán... ¿por dos años?
    —Digo por dos años, si hará el consabido turno de dos años, ¿no?
    —¿Dos años? No sé, no me han dicho el tiempo.
    —Oh, está claro, dos años; todos ustedes, tenientes recién nombrados, dos años y después se van.
    —¿Son normales los dos años para todos?
    —Dos años, claro, valen cuatro para la antigüedad, eso es lo que les importa; si no, nadie lo pediría. Bueno, con tal de hacer carrera pronto, uno se acostumbra incluso a la Fortaleza, ¿no?

    Drogo nunca lo había sabido, pero no quiso parecer un tonto; intentó una frase ambigua:

    —Claro que muchos...

    Ortiz no insistió, pareció que el tema no le interesaba. Pero ahora que el hielo se había roto, Giovanni probó a preguntar:

    —¿Y la antigüedad en la Fortaleza es doble para todos?
    —¿Para qué todos?
    —Para los otros oficiales, decía.

    Ortiz se rió:

    —¡Ya, para todos! ¡Figúrese! Sólo para los subalternos, claro, si no, ¿quién pediría venir?

    Drogo dijo:

    —Yo no lo he pedido.
    —¿No lo ha pedido?
    —No, mi capitán; sólo hace dos días que he sabido que estaba destinado en la Fortaleza.
    —Bueno, es raro, efectivamente.

    Callaron de nuevo, cada uno parecía pensar en cosas distintas. Pero Ortiz dijo:

    —A menos que...

    Giovanni se sobresaltó:

    —A sus órdenes, mi capitán.
    —Decía, a menos que no hubiera ninguna otra petición, y entonces lo han destinado de oficio.
    —¿Puede ocurrir eso, mi capitán?
    —Claro, debe ser eso, efectivamente.

    Drogo miraba la sombra neta de los dos caballos sobre el polvo del camino, las cabezas que hacían sí, sí a cada paso; sentía su cuádruple pisoteo, algún zumbar de moscardones y nada más. No se veía el final de la carretera. De vez en cuando, en una curva del valle, se divisaba enfrente, altísimo, cortado en escarpadas cuestas, el camino que trepaba en zigzag. Se llegaba allá, se miraba de nuevo hacia arriba, y allí estaba enfrente la carretera, cada vez más alta.

    Drogo preguntó:

    —Disculpe, mi capitán...
    —Diga, diga lo que quiera.
    —¿Falta aún mucho camino?
    —No mucho, quizá dos horas y media, o incluso tres a este paso. Quizá para mediodía estemos allí, efectivamente.

    Callaron durante un trecho; los caballos estaban completamente sudados; el del capitán estaba cansado, arrastraba las patas.

    Ortiz dijo:

    —¿Viene de la Academia Real, no?
    —Sí, mi capitán, de la Academia.
    —Ya... Dígame: ¿está aún el coronel Magnus?
    —¿Coronel Magnus? No creo, no lo conozco.

    El valle ahora se estrechaba, cerrando el paso a los rayos del sol. Sombrías gargantas laterales se abrían de vez en cuando, de ellas bajaban vientos gélidos, en la cumbre se divisaban abruptísimos montes en forma de cono; se habría dicho que no bastaba con dos o tres días para alcanzar las cumbres, tan altas parecían. Ortiz dijo:

    —Dígame, teniente: ¿está aún el comandante Bosco? ¿Da aún clase de tiro?
    —No, señor, no creo; está Zimmermann, el comandante Zimmermann.
    —Ya, Zimmermann; efectivamente, he oído hablar de él. El caso es que han pasado muchos años desde mis tiempos a ahora... Habrán cambiado todos ya. Ambos pensaban ahora en algo. La carretera había salido de nuevo al sol, unas montañas sucedían a otras, ahora más pendientes y con algunas paredes de roca. Drogo dijo:
    —Ayer la vi de lejos.
    —¿Qué? ¿La Fortaleza?
    —Sí, la Fortaleza —hizo una pausa, y después, para mostrarse amable—: debe de ser grandiosa, ¿no? Me pareció inmensa.
    —¿Grandiosa la Fortaleza? No, no, es una de las más pequeñas, una construcción viejísima; sólo de lejos hace cierto efecto.

    Calló un momento, agregó:

    —Viejísima, completamente superada.
    —Pero es una de las principales, ¿no?
    —No, no, es una fortaleza de segunda categoría —respondió Ortiz.

    Parecía que disfrutaba hablando mal de ella, pero con un tono especial, como uno se divierte anotando los defectos de su hijo, seguro de que siempre serán ridículos comparados con sus ilimitados méritos.

    —Es un trozo de frontera muerta —añadió Ortiz—. De modo que no la han cambiado nunca, se ha quedado siempre como hace un siglo.
    —¿Cómo frontera muerta?
    —Una frontera que no preocupa. Delante hay un gran desierto.
    —¿Un desierto?
    —Un desierto, efectivamente, piedras y tierra seca; lo llaman el desierto de los Tártaros.

    Drogo preguntó:

    —¿Por qué de los tártaros? ¿Había tártaros?
    —Antiguamente, creo. Pero más que nada es una leyenda. Nadie debe haber pasado por allí, ni siquiera en las últimas guerras.
    —¿De modo que la Fortaleza nunca sirvió para nada?
    —Para nada —dijo el capitán.

    Al subir cada vez más el camino, los árboles habían acabado, sólo quedaban aquí y allá escasos arbustos; lo demás eran prados requemados, rocas, desprendimientos de tierra roja.

    —Perdone, mi capitán, ¿hay pueblos cerca?
    —Cerca, no. Está San Rocco, pero habrá unos treinta kilómetros.
    —No muchas diversiones, entonces, me imagino.
    —No muchas diversiones, no muchas, efectivamente.

    El aire se había vuelto más fresco, los flancos de las montañas se redondeaban, dejando presagiar las crestas finales.

    —¿Y no se aburre uno, mi capitán? —preguntó Giovanni con acento confidencial, riendo, como para indicar que a él le tenía sin cuidado.
    —Uno se acostumbra —respondió Ortiz, y agregó con subyacente reproche—: Yo estoy aquí desde hace casi dieciocho años. Me equivoco, dieciocho años cumplidos.
    —¿Dieciocho años? —dijo Drogo, impresionado.
    —Dieciocho —respondió el capitán.

    Un vuelo de cuervos pasó rasante junto a los dos oficiales, se abismó en el embudo del valle.

    —Cuervos —dijo el capitán.

    Giovanni no respondió, estaba pensando en la vida que le esperaba, se sentía ajeno a aquel mundo, a aquella soledad, a aquellas montañas. Preguntó:

    —Y de los oficiales que van a cumplir allá arriba el servicio de su primer nombramiento, ¿hay alguno que después se quede?
    —Ahora, pocos —respondió Ortiz, como arrepentido de haber hablado mal de la Fortaleza, dándose cuenta de que ahora el otro exageraba—; casi ninguno, incluso. Ahora todos quieren guarniciones brillantes. Antes era un honor la Fortaleza Bastiani, ahora casi parece un castigo.

    Calló Giovanni, pero el otro insistía:

    —Después de todo, es una guarnición de frontera. En general hay elementos de primera. Un puesto de frontera es siempre un puesto de frontera, efectivamente. Drogo callaba, con una repentina opresión encima. El horizonte se había ensanchado; al fondo aparecían curiosos perfiles de montañas rocosas, peñas agudas que se superponían en el cielo.
    —Ahora, incluso en el ejército, las concepciones han cambiado —continuaba Ortiz—. Antes la Fortaleza Bastiani era un gran honor. Ahora dicen que es una frontera muerta; no piensan que la frontera siempre es frontera y que nunca se sabe... Un arroyo atravesaba el camino. Se detuvieron para dar de beber a los caballos, y bajando de las sillas, caminaron un poco de arriba abajo para desentumecerse. Ortiz dijo:
    —¿Sabe lo que es efectivamente de primera? —y se rió de gusto.
    —¿Qué, mi capitán?
    —La cocina, ya verá cómo se come en la Fortaleza. Y eso explica la frecuencia de las inspecciones. Cada quince días, un general.

    Drogo no por cumplido. No conseguía entender si Ortiz era un cretino, si ocultaba algo o si decía semejantes cosas sin más, sin el mínimo interés.

    —¡Estupendo! —dijo Giovanni—, ¡tengo un hambre!
    —Oh, ya no nos falta mucho. ¿Ve aquella joroba con una mancha de grava? Allí está, exactamente detrás.

    Al reanudar su camino, exactamente detrás de la joroba con una mancha de grava, los dos oficiales desembocaron en el límite de una altiplanicie que subía levemente y la Fortaleza apareció ante ellos, a unos cientos de metros.

    Realmente, parecía pequeña comparada con la visión de la tarde anterior. Del fuerte central, que en el fondo se parecía a un cuartel con pocas ventanas, salían dos bajos murallones almenados que lo unían con los reductos laterales, dos a cada lado. Las murallas cortaban así débilmente todo el desfiladero, de unos quinientos metros de ancho, cerrado en los costados por rocas altas y abruptas.

    A la derecha, justamente bajo la pared de la montaña, la altiplanicie se hundía en una especie dé puerto de montaña; por allí pasaba la vieja carretera del desfiladero, y terminaba contra las murallas.

    El fuerte estaba silencioso, inmerso en el pleno sol meridiano, carente de sombras. Sus murallas (el frente no se divisaba, pues estaba orientado a septentrión) se extendían desnudas y amarillentas. Una chimenea emitía un pálido humo. A lo largo de todo el borde del edificio central, de las murallas y de los reductos se veían docenas de centinelas, con el fusil al hombro, caminando metódicos de un lado a otro, cada uno por un breve trecho. Semejantes a un movimiento pendular, escandían la marcha del tiempo, sin romper el encanto de aquella soledad que resultaba inmensa.

    Las montañas se prolongaban a derecha e izquierda hasta perderse de vista en escarpadas cadenas, aparentemente inaccesibles. También ellas, al menos a esa hora, tenían un color amarillo y requemado.

    Instintivamente Giovanni Drogo detuvo su caballo. Girando lentamente la vista, contemplaba los tétricos muros, sin conseguir descifrar su sentido. Pensó en una cárcel, pensó en un palacio abandonado. Un leve soplo de viento hizo ondear una bandera sobre el fuerte, que antes colgaba fláccida, confundiéndose con el mástil. Se oyó un vago eco de cornetas. Los centinelas caminaban lentos. En la explanada ante la puerta de entrada tres o cuatro hombres (no se veía a esa distancia si eran soldados) estaban cargando sacos en un carro. Pero todo se estancaba en una pereza misteriosa. También el capitán Ortiz se había parado a mirar el edificio.

    —Ahí está —dijo, aunque fuera perfectamente inútil.

    Drogo pensó: «Ahora me pregunta qué me parece», y le fastidió. Pero el capitán calló.

    No era imponente la Fortaleza Bastiani, con sus bajas murallas, ni hermosa en cierto modo, ni pintoresca con torres y bastiones; absolutamente nada que consolase de su desnudez, que recordase las cosas dulces de la vida. Y, sin embargo, como la noche anterior desde el fondo de la garganta, Drogo la miraba hipnotizado y en su corazón entraba una inexplicable excitación.

    ¿Y detrás, qué había? Al otro lado de aquel inhóspito edificio, al otro lado de las almenas, de las casamatas, de los polvorines, que cerraban la visión, ¿qué mundo se abría? ¿Cómo aparecía el reino del norte, el pedregoso desierto por el que nadie había pasado nunca? El mapa —recordaba vagamente Drogo— marcaba al otro lado de los confines una vasta zona con poquísimos nombres, pero desde lo alto de la Fortaleza se vería al menos algún pueblo, algún prado, una casa..., ¿o bien sólo la desolación de una landa deshabitada?

    Se sintió repentinamente solo, y su petulancia de soldado, tan desenvuelta hasta ahora, mientras duraban las plácidas experiencias de la guarnición, con una casa cómoda, amigos alegres siempre al lado, con pequeñas aventuras en los jardines nocturnos, toda la seguridad en sí mismo le falló de golpe. Le parecía la Fortaleza uno de esos mundos desconocidos a los que nunca había pensado en serio que podría pertenecer, no porque le parecieran odiosos, sino por infinitamente alejados de su vida normal. Un mundo mucho más exigente, sin otro esplendor que el de sus geométricas leyes.

    ¡Oh, regresar! No cruzar siquiera el umbral de la Fortaleza y descender a la llanura, a su ciudad, a sus viejas costumbres. Éste fue el primer pensamiento de Drogo, y no importa que tal debilidad fuera vergonzosa en un soldado, estaba incluso dispuesto a confesarla si hacía falta, con tal de que lo dejaran marcharse de inmediato. Pero una densa nube se alzaba, blanca, desde el invisible horizonte del Norte, sobre las escarpas, y los centinelas, imperturbables, bajo el sol a plomo, marchaban de arriba abajo como autómatas. El caballo de Drogo soltó un relincho. Después volvió a hacerse un gran silencio.

    Giovanni apartó por fin los ojos de la Fortaleza y miró a su lado, al capitán, esperando una palabra amiga. También Ortiz se había quedado inmóvil y miraba intensamente las amarillas murallas. Sí, él, que vivía allí desde hacía dieciocho años, las contemplaba, casi hechizado, como si volviera a ver un prodigio. Parecía no cansarse de remirarlas y una vaga sonrisa, de alegría y tristeza al tiempo, iluminaba lentamente su rostro.


    TRES


    En cuanto llegó, Drogo se presentó al comandante Matti, ayudante del coronel. El teniente de guardia, un joven desenvuelto y cordial llamado Carlo Morel, lo acompañó a través del corazón de la Fortaleza. Desde el zaguán de entrada —donde se entreveía un gran patio desierto, los dos se encaminaron por un largo corredor, cuyo final no se lograba ver. El techo se perdía en la penumbra; de vez en cuando una pequeña faja de luz entraba por finos ventanucos.

    Sólo en la planta de arriba encontraron un soldado que llevaba un fajo de papeles. Los muros desnudos y húmedos, el silencio, la escualidez de las luces... Todos allí dentro parecían haber olvidado que en alguna parte del mundo existían flores, mujeres risueñas, casas alegres y hospitalarias. Todo allí dentro era una renuncia, pero ¿a qué, por qué misterioso bien? Ahora avanzaban por el tercer piso, a lo largo de un corredor exactamente idéntico al primero. Se oía, al otro lado de unos muros, el lejano eco de carcajada que a Drogo le pareció inverosímil.

    El comandante Matti era regordete y sonreía con excesiva afabilidad. Su despacho era vasto, grande era también el escritorio, atestado ordenadamente de papeles. Había un retrato en colores del rey y el sable del comandante colgaba de un adecuado pivote de madera.

    Drogo se cuadró y se presentó, mostró sus documentos personales, comenzó a explicar que no había pedido que lo destinaran a la Fortaleza (estaba decidido, en cuanto fuera posible, a pedir el traslado), pero Matti lo interrumpió.

    —He conocido hace años a su padre, teniente. Un caballero ejemplar. Sin duda usted querrá hacer honor a su memoria. Presidente del Tribunal Supremo, si no me equivoco...
    —No, mi comandante —dijo Drogo—. Mi padre era médico.
    —Ah, ya, médico; caramba, me confundía, médico, sí, sí.

    Matti pareció turbado durante un momento y Drogo notó que, llevándose a menudo la mano izquierda al cuello, trataba de ocultar una mancha de grasa, redonda, una mancha evidentemente reciente, en el pecho del uniforme.

    El comandante se recobró en seguida:

    —Mucho gusto en verlo por aquí —dijo—. ¿Sabe lo que ha dicho Su Majestad Pedro III?: «La Fortaleza Bastiani, centinela de mi corona», y yo agregaré que es un gran honor pertenecer a ella. ¿Acaso no está convencido, teniente?

    Decía esto mecánicamente, como una fórmula aprendida hacía años, que había que sacar en determinadas ocasiones.

    —Precisamente, mi comandante —dijo Giovanni—. Tiene toda la razón, pero, se lo confieso, para mí ha sido una sorpresa. Tengo familia en la ciudad, y preferiría, si es posible, quedarme allí...
    —Ah, ¿conque quiere dejarnos antes aún de haber llegado, podría decirse? Le confieso que me desagrada, me desagrada...
    —No es que yo quiera. No me permito discutir... Quiero decir que...
    —Entendido —dijo el comandante con un suspiro, como si se tratase de una vieja historia y él supiera disculparla—. Entendido: usted se imaginaba distinta la Fortaleza y ahora se ha asustado un poco. Pero, dígame honradamente: ¿cómo puede juzgar, honradamente, si ha llegado hace unos minutos?

    Drogo dijo:

    —Mi comandante, no tengo nada contra la Fortaleza... Sólo que preferiría quedarme en la ciudad, o cerca, por lo menos. ¿Entiende? Le hablo confidencialmente; veo que usted comprende estas cosas, me remito a su amabilidad...
    —¡Claro, claro! —exclamó Matti con una breve risa—. ¡Estamos aquí para eso! De mala gana no queremos a nadie, ni siquiera al último de los centinelas. Sólo que lo siento) me parece usted un buen muchacho...

    El comandante calló un momento, como para meditar sobre la solución mejor. Entonces Drogo, volviendo un poco la cabeza a la izquierda, fijó la mirada en la ventana, abierta al patio interior. Se veía el muro frontero, amarillento como los otros y batido por el sol, con los rectángulos negros de las escasas ventanas. Había también un reloj que marcaba las dos y, en la terraza más alta, un centinela que marchaba de un lado a otro, con el fusil al hombro: Pero sobre el final de edificio, lejana, dentro de la reverberación meridiana, asomaba una cima rocosa. Se veía sólo la última punta y no tenía en sí nada especial. Mas en aquel trozo de roca estaba, para Giovanni Drogo, la primera llamada visible de la tierra del norte, del legendario reino que amenazaba a la Fortaleza. ¿Cómo era el resto? Una luz soñolienta provenía de esa parte, entre lentas humaredas de calígine. Entonces el comandante empezó a hablar de nuevo:

    —Dígame —preguntaba a Drogo—, ¿usted querría regresar inmediatamente o no le importa esperar unos meses? A nosotros, le repito, nos es indiferente... desde el punto de vista formal, por supuesto —agregó, para que la frase no sonara descortés.
    —Ya que debo regresar —dijo Giovanni, agradablemente sorprendido por la inexistencia de dificultades—, ya que debo regresar, me parece que será mejor en seguida.
    —De acuerdo, de acuerdo —lo tranquilizó el comandante—. Pero ahora le explico: si usted quiere marcharse en seguida, entonces lo mejor será que se haga pasar por enfermo. Vaya usted un par de días a la enfermería, en observación, y el médico le dará un certificado. Por otra parte, hay muchos que no aguantan la altura...
    —¿Es necesario hacerse pasar por enfermo? —preguntó Drogo, a quien no le gustaba aquella ficción.
    —Necesario no, pero lo simplifica todo. Si no, tendría usted que hacer una petición de traslado por escrito, hay que mandar esa petición al Mando Supremo, el Mando Supremo tiene que responder, se requieren por lo menos dos semanas. Y, sobre todo, tiene que ocuparse de ello el coronel, y yo preferiría evitarlo. En el fondo estas cosas le desagradan, se aflige, ésa es la palabra, se aflige, como si ofendieran a su Fortaleza. Mire, si yo fuera usted, voy a serle sincero, preferiría evitar...
    —Pero, mi comandante, perdone —observó Drogo—, no sabía yo eso. Si el marcharme me puede perjudicar, entonces es otro asunto.
    —Ni se le ocurra, teniente, no me ha entendido usted. En ningún caso va a sufrir su carrera. Se trata sólo, ¿cómo decirlo?, de un matiz... Es cierto, y se lo he dicho de inmediato, que al coronel la cosa no le va a gustar. Pero si usted está realmente decidido...
    —No, no —dijo Drogo—, si las cosas son como usted dice, quizá sea mejor el certificado médico.
    —A menos que... —dijo Matti con una sonrisa insinuante, dejando la frase en suspenso.
    —A menos, ¿qué?
    —A menos que usted se acomode a quedarse aquí cuatro meses, lo cual sería la mejor solución.
    —¿Cuatro meses? —preguntó Drogo, ya bastante desilusionado, tras la perspectiva de poder marcharse en seguida.
    —Cuatro meses —confirmó Matti—. El procedimiento es mucho más regular. Ahora le explico: dos veces al año nos hacen a todos un reconocimiento médico, está prescrito formalmente. El próximo será dentro de cuatro meses. Me parece la mejor ocasión para usted. Y el certificado será negativo; a eso, si usted quiere, me comprometo yo. Puede estar absolutamente tranquilo. »Amén de eso —prosiguió el comandante, tras una pausa—, amén de eso, cuatro meses son cuatro meses y bastan para un informe personal. Puede estar seguro de que el coronel se lo hará. Y usted sabe el valor que eso puede tener para su carrera. Pero, entendámonos, entendámonos bien: se trata de un simple consejo mío, usted es absolutamente libre...
    —Sí, mi comandante —dijo Drogo—, lo entiendo perfectamente.
    —El servicio aquí no es fatigoso —subrayó el comandante, casi siempre servicio de guardia. Y el Reducto Nuevo, que es un poco más comprometido, no se le confiará al principio. Nada de trabajo, no tenga miedo, si acaso más bien se aburrirá. Pero Drogo no escuchaba apenas las explicaciones de Matti, atraído extrañamente por el recuadro de la ventana, con aquel trocito de roca que asomaba por el muro de enfrente. Un vago sentimiento que no lograba descifrar se insinuaba en su alma; quizá una cosa estúpida y absurda, una sugestión sin sentido.

    Al mismo tiempo se sentía un tanto tranquilizado.

    Aún le urgía marcharse, pero ya sin la angustia de antes. Casi se avergonzaba de las aprensiones experimentadas a la llegada. ¿Es que no podía estar a la altura de todos los demás? Una partida inmediata —pensaba ahora— podía equivaler a una confesión de inferioridad. Así, el amor propio luchaba con el deseo de la vieja existencia familiar.

    —Mi comandante —dijo Drogo—, le agradezco sus consejos, pero déjeme pensarlo hasta mañana.
    —Muy bien —dijo Matti, con evidente satisfacción—. ¿Y esta noche? ¿Quiere que lo vea el coronel en el comedor, o prefiere dejar la cosa pendiente?
    —Bueno —respondió Giovanni—, me parece inútil esconderme, y mucho más si luego tengo que quedarme cuatro meses.
    —Mejor —dijo el comandante—. Así se animará. Ya verá qué gente tan simpática, todos oficiales de primera.

    Matti sonrió, y Drogo comprendió que había llegado el momento de irse. Pero antes preguntó:

    —Mi comandante —preguntó con voz aparentemente tranquila—, ¿puedo echar un vistazo al norte, ver qué hay al otro lado de las murallas?
    —¿Al otro lado de las murallas? No sabía que le interesasen los panoramas —respondió el mayor.
    —Sólo un vistazo, mi comandante, sólo por curiosidad. He oído decir que hay un desierto, y nunca he visto uno.
    —Nóvale la pena, teniente. Un paisaje monótono, no tiene nada de hermoso. Hágame caso, ¡no piense más en ello!
    —No insisto, mi comandante —dijo Drogo—. No creía que fuera un problema. El comandante Matti unió, como para rezar, las puntas de sus dedos gordezuelos:
    —Me ha pedido usted lo único que no puedo concederle —dijo—. A las murallas y a los cuerpos de guardia sólo pueden ir los militares de servicio; hay que conocer el santo y seña.
    —Pero ¿ni por excepción? ¿Ni siquiera un oficial?
    —Ni siquiera un oficial. Ah, lo entiendo muy bien: a ustedes, los de la ciudad, esas cosas les parecen ridículas. El santo y seña no es, por lo demás, un gran secreto allá. Aquí, en cambio, es muy distinto.
    —Discúlpeme si insisto, mi comandante, pero...
    —Dígame, dígame, teniente.
    —Quería decir: ¿no hay ni siquiera una tronera, una ventana, por la que se pueda mirar?
    —Sólo una. Sólo una, en el despacho del coronel. Desgraciadamente nadie ha pensado en un mirador para los curiosos. Pero no vale la pena, se lo repito, es un paisaje que no vale nada. Oh, ya se hartará de ese panorama, si se decide a quedarse.
    —Gracias, mi comandante. A la orden – y saludó, cuadrándose.

    Matti hizo un gesto amistoso con la mano:

    —Hasta la vista, teniente. Y no piense en ello: es un paisaje que no vale nada, se lo garantizo, un paisaje estupidísimo.

    Sin embargo, esa misma noche el teniente Morel, que salía de su servicio de guardia, llevó a escondidas a Drogo al extremo de las murallas, para que pudiese ver. Un larguísimo corredor iluminado por escasos faroles acompañaba todo el despliegue de las murallas, de un límite a otro del desfiladero. De vez en cuando había una puerta; almacenes, talleres, cuerpos de guardia. Anduvieron unos ciento cincuenta metros hasta la entrada del tercer reducto. En el umbral había un centinela armado. Morel pidió hablar con el teniente Grotta, que mandaba la guardia. Así, a pesar del reglamento, pudieron entrar. Giovanni se encontró en un pequeño pasadizo de tránsito; en una pared, bajo una luz, había un cuadro con los nombres de los soldados de servicio.

    —Ven, ven por aquí —dijo Morel a Drogo—, más vale acabar pronto.

    Drogo lo siguió por una estrecha escalera que desembocaba al aire libre, sobre las escarpas del reducto. El teniente Morel le hizo un gesto al centinela que vigilaba aquel tramo, como para indicarle que las formalidades eran inútiles.

    Giovanni se encontró de repente asomado a las almenas del perímetro; ante él, inundado por la luz del ocaso, se hundía el valle, se abrían a sus ojos los secretos del septentrión.

    Una vaga palidez había aparecido en el rostro de Drogo, que miraba, petrificado. El centinela próximo se había detenido y un desmesurado silencio parecía haber descendido entre los halos del crepúsculo. Después Drogo preguntó, sin apartar la vista:

    —¿Y detrás? ¿Qué hay detrás de aquellas rocas? ¿Todo igual, hasta el fondo?
    —Nunca lo he visto —respondió Morel—. Hay que ir al Reducto Nuevo, aquel de allá abajo, en la cima de aquel cono. Desde allí se ve toda la llanura de delante. Dicen... —y calló.
    —Dicen... ¿Qué dicen? —preguntó Drogo, y una insólita inquietud temblaba en su voz.
    —Dicen que son sólo piedras, una especie de desierto, piedras blancas, dicen, como si fuera nieve.
    —¿Sólo piedras? ¿Nada más?
    —Eso dicen, y algunas charcas.
    —Pero en el fondo, al norte, ¿es que no se ve nada?
    —En el horizonte suele haber niebla —dijo Morel, que había perdido la cordial exuberancia de antes—. Están las nieblas del norte, que no dejan ver.
    —¡Nieblas! —exclamó Drogo, incrédulo—. No estarán siempre, algún día el horizonte será claro.
    —Casi nunca es claro, ni siquiera en invierno. Pero hay quien dice haber visto...
    —¿Dicen haber visto? ¿Qué?
    —Lo habrán soñado... Vete tú a creerles a los soldados. Uno dice una cosa, otro dice otra. Algunos dicen haber visto unas torres blancas, o bien dicen que hay un volcán que humea, y que de allí salen las nieblas. Hasta Ortiz, el capitán, asegura haberlo visto, hará ahora unos cinco años. De creerlo, hay una larga mancha negra, deberían de ser bosques.

    Callaron. ¿Dónde había visto ya Drogo aquel mundo? ¿Lo había vivido quizá en sueños o lo había construido al leer alguna vieja fábula? Le parecía reconocer las bajas rocas caídas, el valle tortuoso sin árboles ni verde, aquellos precipicios sesgados y por último aquel triángulo de desolada llanura que las rocas de delante no lograban ocultar. Ecos profundísimos de su alma se habían despertado, y él no sabía entenderlos. Ahora Drogo miraba el mundo del septentrión, la landa deshabitada a través de la cual los hombres, se decía, nunca habían pasado. Jamás por allí habían llegado enemigos, jamás se había combatido, jamás había ocurrido nada.

    —¿Qué? —preguntó Morel, buscando un tono jovial—. ¿Qué? ¿Te gusta?
    —¡Hombre!... —Drogo sólo supo decir esto. Deseos confusos revoloteaban en su interior, junto con insensatos miedos.

    Se oyó una corneta, un pequeño sonido de corneta, quién sabe dónde.

    —Es mejor que te vayas ahora —aconsejó Morel.

    Pero Giovanni pareció no oírlo, atento a buscar algo entre sus propios pensamientos. Las luces de la tarde se debilitaban, y el viento, despertado por las sombras, rozaba las arquitecturas geométricas de la Fortaleza. Para entrar en calor, el centinela había vuelto a andar, mirando de vez en cuando a Giovanni Drogo, desconocido para él.

    —Es mejor que te vayas ahora —repitió Morel, cogiendo a su colega de un brazo.


    CUATRO


    Muchas veces había estado solo: en algunos casos, de niño, perdido en el campo, otras veces en la ciudad nocturna, en las calles habitadas por el crimen, y hasta la noche antes, que había dormido por el camino. Pero ahora era algo muy distinto, ahora que había acabado la excitación del viaje y sus nuevos colegas estaban ya durmiendo, y él se sentaba en su cuarto, a la luz de la lámpara, en el borde de la cama, triste y desamparado. Ahora sí que entendía en serio qué era la soledad (una habitación nada fea, toda recubierta de madera, con una gran cama, una mesa, un incómodo sofá, un armario). Todos habían sido amables con él, en la mesa habían descorchado una botella en su honor, pero ahora se les daba un ardite de él, lo habían olvidado ya por completo (sobre la cama un crucifijo de madera, al otro lado un viejo grabado con una larga inscripción cuyas primeras palabras se leen: Humanissimi Viri Francisci Angloisi virtutibus). Nadie entraría a saludarlo durante toda la noche; nadie en toda la Fortaleza pensaba en él, y no sólo en la Fortaleza, probablemente tampoco en todo el mundo había un alma que pensase en Drogo; cada uno tiene sus ocupaciones, cada uno apenas se basta a sí mismo, hasta la madre, podía ser, hasta ella en ese momento tenía en la cabeza otras cosas, él no era su único hijo, en Giovanni había pensado todo el día, ahora les tocaba a los otros. Muy justo, admitía Giovanni, sin una sombra de reproche; pero mientras tanto él estaba sentado en el borde de la cama, en la habitación de la Fortaleza (grabado en la madera de la pared, lo notaba ahora, coloreado con extraordinaria paciencia, un sable de tamaño natural, que a primera vista incluso podía parecer auténtico, meticuloso trabajo de algún oficial, quién sabe hace cuántos años), estaba sentado, pues, en el borde de la cama, con la cabeza un poco inclinada hacia adelante, la espalda encorvada, miradas átonas y pesadas, y se sentía solo como nunca en su vida. Drogo se levantó con un esfuerzo, abrió la ventana, miró hacia fuera. La ventana daba al patio y no se veía nada más. Como miraba hacia el sur, Giovanni trató en vano de distinguir, en la noche, las montañas que había atravesado para llegar a la Fortaleza; resultaban más bajas, ocultas tras el muro frontero.

    Sólo había tres ventanas iluminadas, pero pertenecían a su misma fachada, de modo que no se veía su interior; su halo de luz y el de la habitación de Drogo se grababan en el muro opuesto, agigantados, y en uno de ellos se agitaba una sombra, quizá un oficial que estaba desnudándose.

    Cerró la ventana, se desnudó, se metió en la cama, se quedó unos minutos pensando, mirando al techo, también revestido de madera. Se había olvidado de traer algo para leer, pero esa noche no le importaba porque tenía mucho sueño. Apagó la lámpara; poco a poco de la oscuridad emergió el rectángulo claro de la ventana y Drogo vio brillar las estrellas.

    Le pareció que un entorpecimiento repentino lo arrastraba al sueño. Pero estaba demasiado consciente. Una barahúnda de imágenes, como de sueño, pasaron ante él, comenzaban incluso a formar una historia; pero tras unos instantes advirtió que estaba aún despierto.

    Más despierto que antes, pues lo impresionó la vastedad del silencio. Lejanísima, aunque, ¿sería real?, le llegó una tos. Después, cercano, un fláccido «ploc» de agua, que se propagó por los muros. Una pequeña estrella verde (la veía, quedándose él inmóvil) estaba alcanzando, en su viaje nocturno, el límite superior de la ventana, dentro de poco habría desaparecido; centelleó un instante exactamente sobre el borde negro, y después desapareció, en efecto. Drogo quiso seguirla un poco más, desplazando la cabeza hacia adelante. En ese momento se oyó un segundo «ploc», parecido al zambullirse de un objeto en el agua. ¿Se repetiría otra vez? Esperó al acecho el sonido, ruido de subterráneos, de charcas, de casas muertas. Pasaron minutos inmóviles, un silencio absoluto parecía por fin incontrovertible señor de la Fortaleza. Y de nuevo se agolpaban en torno a Drogo insensatas imágenes de la vida lejana.

    «¡Ploc!», ahí estaba otra vez el odioso sonido. Drogo se sentó. Conque era un ruido de repetición; además, los últimos sonidos no habían sido menores que el primero, no podía ser, pues, un goteo a punto de terminar. ¿Cómo era posible dormir? Drogo recordó que al lado de la cama colgaba un cordón, quizá de una campanilla. Probó a tirar, el cordón cedió y en un remoto recoveco del edificio respondió, casi imperceptiblemente, un breve tintineo. ¡Qué estupidez, pensó ahora Drogo, llamar por semejante fruslería! ¿Quién habría de acudir?

    En el corredor, fuera, resonaron poco después unos pasos, se acercaron cada vez más, alguien llamó a la puerta.

    —¡Adelante! —dijo Drogo.

    Apareció un soldado con una linterna en la mano:

    —¡A sus órdenes, mi teniente!
    —Aquí no se puede dormir, ¡por Dios! —dijo Drogo, enfureciéndose en frío—.

    ¿Qué es ese asqueroso ruido? Alguna cañería que se sale; ocúpate de arreglarla, no se puede dormir; a veces basta con poner debajo un trapo.

    —Es el aljibe —respondió el soldado inmediatamente, como experto en el asunto—. Es el aljibe, mi teniente, no hay nada que hacer.
    —¿El aljibe?
    —Sí, mi teniente —explicó el soldado—. El aljibe del agua, justamente detrás de esa pared. Todos se quejan, pero no se ha podido hacer nada. No se oye sólo desde aquí. También el capitán Fonzaso chilla de vez en cuando, pero no hay nada que hacer.
    —Vete, vete, entonces —dijo Drogo.

    La puerta se cerró, los pasos se alejaron, se amplió nuevamente el silencio, brillaron las estrellas en la ventana. Giovanni pensaba ahora en los centinelas que a pocos metros de él caminaban como autómatas de un lado a otro, sin una pausa de respiro. Decenas y decenas de hombres estaban despiertos, mientras él yacía en la cama, mientras todo parecía inmerso en el sueño. Decenas y decenas —pensaba Drogo—, pero ¿por quién?, ¿para qué? El formalismo militar parecía haber creado, en aquella fortaleza, una insana obra maestra. Cientos de hombres para custodiar un desfiladero por el que nadie pasaría. Irse, irse lo más pronto posible —pensaba Giovanni—, salir fuera, al aire, salir de aquel misterio neblinoso. Oh, la decente casa; a estas horas su madre estaba durmiendo, con seguridad, con todas las luces apagadas; a menos que no pensara por un momento en él, era muy probable, la conocía bien, le preocupaba la más pequeña cosa y por la noche daba vueltas en la cama sin encontrar descanso.

    De nuevo el rebosar del aljibe, de nuevo otra estrella que se perdió tras el recuadro de la ventana, aunque su luz seguía llegando al mundo, a las escarpas de la Fortaleza, a los ojos febriles de los centinelas, pero ya no a Giovanni Drogo, que esperaba el sueño, atormentado ahora por siniestras ideas.

    ¿Y si las sutilezas de Matti no fueran sino una comedia? ¿Y si en realidad, incluso pasados cuatro meses, no lo dejaran marcharse? ¿Si con sofísticos pretextos reglamentarios le impedían volver a ver la ciudad? ¿Tendría que quedarse allá arriba, años y años, y en aquella habitación, en aquella cama solitaria, se consumiría su juventud? Qué absurdas hipótesis, se decía Drogo, dándose cuenta de su necedad... Y, sin embargo, no conseguía desecharlas, al poco rato volvían a tentarlo, protegidas por la soledad de la noche.

    Le parecía sentir crecer a su alrededor una oscura trama que intentaba retenerlo. Probablemente ni siquiera se trataba de Matti. Ni éste, ni el coronel, ni ningún otro oficial se interesaban para nada por él. Desde luego les daba igual que se quedara o se marchara. Sin embargo, una fuerza desconocida trabajaba contra su regreso a la ciudad, quizá brotaba de su propia alma, sin que él lo advirtiese.

    Después vio un atrio, un caballo por un camino blanco, después le pareció que lo llamaban por su nombre y lo asaltó el sueño.


    CINCO


    Dos tardes después Giovanni Drogo subió por primera vez de servicio al tercer reducto. A las seis de la tarde formaron en el patio las siete guardias: tres para el fuerte, cuatro para los reductos laterales. La octava, para el Reducto Nuevo, se había marchado antes, porque había bastante camino por recorrer.

    El sargento primero Tronk, vieja criatura de la Fortaleza, había traído a los 28 hombres del tercer reducto, más un corneta que hacía el 29. Todos eran de la segunda compañía, la del capitán Ortiz, a la que Giovanni había sido destinado. Drogo tomó el mando y desenvainó la espada.

    Las siete guardias entrantes estaban alineadas, y desde una ventana, según la tradición, las observaba el coronel jefe de la plaza. En la amarilla tierra del patio formaban un dibujo negro, hermoso a la vista.

    El cielo, barrido por el viento, resplandecía sobre las murallas, cortadas diagonalmente por el último sol. Una tarde de septiembre. El subjefe, teniente coronel Nicolosi, salió por la puerta de la Comandancia, cojeando a causa de una vieja herida, y se apoyaba en la espada. Ese día estaba de servicio de inspección el gigantesco capitán Monti; su voz ronca dio las órdenes y todos al tiempo, absolutamente al tiempo, los soldados presentaron armas, con un poderoso estruendo metálico. Se hizo un vasto silencio.

    Entonces, uno tras otro, los trompeteros de las siete guardias lanzaron los toques de costumbre. Eran las famosas trompetas de plata de la Fortaleza Bastiani, con cordones de seda roja y oro, y un gran escudo colgado. Su voz pura se ensanchó por el cielo y vibraba con ella el inmóvil enrejado de las bayonetas, con vaga sonoridad de campana. Los soldados estaban quietos como estatuas, sus rostros militarmente herméticos. No, no se preparaban para los monótonos turnos de guardia; con esas miradas de héroes parecía —desde luego— que iban a esperar al enemigo.

    El último tañido quedó mucho tiempo en el aire, repetido por las lejanas murallas. Las bayonetas centellearon todavía un instante, bruñidas contra el cielo profundo, y después fueron tragadas por la formación, apagándose simultáneamente. El coronel había desaparecido de la ventana. Resonaron los pasos de las siete guardias que se esparcían hacia las respectivas murallas, a través de los laberintos de la Fortaleza. Una hora después Giovanni Drogo estaba en la terraza que coronaba el tercer reducto, en el mismo punto donde la tarde anterior había mirado hacia septentrión. Ayer había ido a curiosear como un viajero de paso. Ahora era el amo, en cambio; durante veinticuatro horas todo el reducto y cien metros de murallas dependían sólo de él. Cuatro artilleros, bajo sus pies, en el interior del fortín, se ocupaban de los dos cañones apuntados hacia el fondo del valle; tres centinelas se repartían el borde perimétrico del reducto, otros cuatro estaban escalonados a lo largo del murallón, hacia la derecha, con veinticinco metros para cada uno.

    El relevo con los centinelas salientes se había producido con meticulosa precisión ante los ojos del sargento primero Tronk, especialista en los reglamentos. Tronk llevaba veintidós años en la Fortaleza y ahora ya ni siquiera se movía de ella en los períodos de permiso. Nadie conocía como él cada rincón de la fortificación, a menudo los oficiales se lo encontraban por la noche girando una visita de inspección, en la más negra oscuridad, sin la mínima luz. Cuando él estaba de servicio, los centinelas no abandonaban ni un instante el fusil, no se apoyaban en las murallas y hasta evitaban detenerse, porque las paradas sólo estaban permitidas en casos excepcionales; Tronk no dormía en toda la noche y vagaba con pasos silenciosos por el camino de ronda, haciéndolos estremecerse. «¿Quién va? ¿Quién va?», preguntaban los centinelas, embrazando el fusil. «Gruta», respondía el sargento primero. «Gregorio», decía el centinela.

    En la práctica, los oficiales y suboficiales de servicio de guardia recorrían el borde de sus propias murallas sin formalismos; los soldados los conocían bien de vista y habría parecido ridículo intercambiarse la contraseña. Sólo con Tronk los soldados seguían el reglamento al pie de la letra.

    Era bajo y delgado, con una cara de vejete, el pelo rapado; hablaba poquísimo, incluso con sus colegas, y en sus horas libres prefería en general quedarse solo, estudiando música. Era su manía, hasta el punto de que el maestro de la banda, el brigada Espina, era quizá su único amigo. Poseía una buena armónica, pero no la tocaba casi nunca, aunque la leyenda decía que era buenísimo; estudiaba armonía y decían que había escrito marchas militares. Pero no se sabía nada concreto.

    No había peligro, cuando estaba de servicio, de que se pusiera a silbar, como era su costumbre durante el descanso. Normalmente caminaba a lo largo de las almenas, escrutando el valle del norte, en busca de quién sabe qué. Ahora estaba al lado de Drogo y le indicaba el camino de herradura que, a lo largo de abruptas pendientes, llevaba al Reducto Nuevo.

    —Ahí tiene la guardia saliente —decía Tronk, señalando con el índice derecho; pero Drogo no logró distinguirla en la penumbra del crepúsculo. El sargento primero meneó la cabeza.
    —¿Qué pasa? —preguntó Drogo.
    —Pasa que el servicio así no marcha, siempre lo he dicho, es de locos —respondió

    Tronk.

    —Pero ¿qué ha ocurrido?
    —El servicio así no marcha —repitió Tronk—, tendrían que hacerlo primero, el relevo, en el Reducto Nuevo. Pero el señor coronel no quiere.

    Giovanni lo miró asombrado. ¿Era posible que Tronk se permitiera criticar al coronel?

    —El señor coronel —continuó el sargento primero con profunda seriedad y convicción, y desde luego no para rectificar sus últimas palabras— tiene toda la razón desde su punto de vista. Pero nadie le ha explicado el peligro.
    —¿El peligro? —preguntó Drogo. ¿Qué peligro podía haber en trasladarse de la Fortaleza al Reducto Nuevo por aquel cómodo sendero en una localidad tan desierta?
    —El peligro —repitió Tronk—. Un día u otro sucederá algo con esta oscuridad.
    —¿Y qué habría que hacer? —preguntó Drogo, por mostrarse amable; toda aquella historia le interesaba muy relativamente.
    —En tiempos —dijo el sargento primero, muy contento de poder alardear de su competencia—, en tiempos, en el Reducto Nuevo la guardia se cambiaba dos horas antes que en la Fortaleza. Siempre de día, incluso en invierno; y además el asunto de la contraseña estaba más simplificado. Se necesitaba una para entrar en el Reducto, y se necesitaba la contraseña nueva para el día de guardia y el regreso a la Fortaleza. Bastaba con dos. Cuando la guardia saliente estaba de regreso en la Fortaleza, aún no había entrado aquí la guardia nueva y valía todavía la contraseña.
    —Ya, ya entiendo —decía Drogo, renunciando a seguirlo.
    —Pero después tuvieron miedo —contaba Tronk—. Es imprudente, decían, dejar sueltos, fuera de los confines, tantos soldados que saben la contraseña. Nunca se sabe, decían, es más fácil que traicione un soldado entre cincuenta que un solo oficial.
    —Sí, claro —asintió Drogo.
    —Y entonces pensaron: mejor que la contraseña la sepa sólo el comandante del puesto. Así, ahora salen de la Fortaleza tres cuartos de hora antes del relevo. Supongamos que es hoy. El relevo general se ha hecho a las seis. La guardia para el Reducto Nuevo se ha marchado de aquí a las cinco y cuarto, y ha llegado allá a las seis en punto. Para salir de la Fortaleza no necesita la contraseña, porque es una sección formada. Para entrar en el Reducto necesitaba la contraseña de ayer, y ésa la sabía sólo el oficial. Hecho el relevo en el Reducto, comienza la contraseña de hoy, y ésa también la sabe sólo el oficial. Y dura veinticuatro horas, hasta que llega la nueva guardia a hacer el relevo. Mañana por la tarde, cuando los soldados regresen (podrán llegar a las seis y media, el camino de vuelta es menos fatigoso), en la Fortaleza habrá cambiado la contraseña. De modo que se necesita una tercera. El oficial tiene que saber tres: la que sirve para la ida, la que se gasta en el servicio y la tercera para la vuelta. Y todas estas complicaciones para que los soldados, mientras están por el camino, no sepan nada. »Y yo digo —continuaba, sin preocuparse de si Drogo le hacía caso—, yo digo: si la contraseña la sabe sólo el oficial y, supongamos, se siente mal por el camino, ¿qué hacen los soldados? No podrán obligarlo a hablar. Y tampoco pueden volver al sitio del que han salido, porque mientras tanto también allí ha cambiado la contraseña. ¿No piensan en eso? Y además, ellos, que tanto buscan el secreto, no se dan cuenta de que así se necesitan tres contraseñas en lugar de dos, y que la tercera, para regresar al día siguiente a la Fortaleza, se pone en circulación más de veinticuatro horas antes... Suceda lo que suceda, están obligados a mantenerla, si no la guardia no puede volver a entrar.
    —Pero —objetó Drogo— en la puerta los reconocerán, ¿no? ¡Verán perfectamente que es la guardia saliente!

    Tronk miró al teniente con cierto tono de superioridad:

    —Eso es imposible, mi teniente. Es la regla en la Fortaleza. Por la parte del norte nadie puede entrar sin contraseña, sea quien sea.
    —Pero, entonces —dijo Drogo, irritado por aquel absurdo rigor—, entonces, ¿no sería más sencillo dar una contraseña especial para el Reducto Nuevo? Hacen el relevo primero, y la contraseña para regresar se le dice sólo al oficial. Así los soldados no saben nada.
    —Claro —dijo el suboficial, casi triunfante, como si hubiera estado al acecho de esa objeción—. Quizá fuera la mejor solución. Pero habría que cambiar el reglamento, se necesitaría una ley. El reglamento dice —entonó la voz con cadencia didáctica—:

    «La contraseña dura veinticuatro horas desde un relevo de la guardia al sucesivo; una sola contraseña rige en la Fortaleza y sus dependencias». Dice precisamente «sus dependencias». Habla claro. No cabe ningún truco.

    —Pero en tiempos —dijo Drogo, que al principio no había estado atento—, ¿se hacía antes el relevo en el Reducto Nuevo?
    —¡Seguro! —exclamó Tronk, y luego se corrigió—. Sí, mi teniente. Esta historia viene de hace dos años. Antes era mucho mejor.

    El suboficial calló, Drogo lo miraba espantado. Tras veintidós años de Fortaleza, ¿qué quedaba de aquel soldado? ¿Recordaba aún Tronk que existían, en alguna parte del mundo, millones de hombres semejantes a él que no vestían uniforme? Que vagaban libres por la ciudad y por la noche podían, a su placer, meterse en la cama o ir a una taberna o al teatro... No (al mirarlo se comprendía perfectamente), Tronk se había olvidado de los demás hombres, para él no existía sino la Fortaleza con sus odiosos reglamentos. Tronk ya no recordaba cómo sonaban las dulces voces de las muchachas, ni cómo eran los jardines, ni los ríos, ni otros árboles que los endebles y escasos arbustos diseminados por las cercanías de la Fortaleza. Tronk miraba, sí, hacia septentrión, pero no con el ánimo de Drogo; él contemplaba el sendero del Reducto Nuevo, el foso y la contraescarpa, inspeccionaba las posibles vías de acceso, pero no las salvajes rocas, ni aquel triángulo de llanura misteriosa, y mucho menos las nubes blancas que navegaban por el cielo ya casi nocturno.

    Así, mientras llegaba la oscuridad, se apoderaba nuevamente de Drogo el deseo de huir. ¿Por qué no se había ido en seguida?, se reprochaba. ¿Por qué había cedido a la meliflua diplomacia de Matti? Ahora tenía que esperar que se consumieran cuatro meses, ciento veinte larguísimos días, la mitad de ellos de guardia en las murallas. Le pareció encontrarse entre hombres de otra raza, en una tierra extranjera, mundo duro o ingrato. Miró a su alrededor, reconoció a Tronk, que, inmóvil, observaba a los centinelas.


    SEIS


    Ya había caído la noche. Drogo estaba sentado en la desnuda habitación del reducto y se había hecho llevar papel, tinta y pluma para escribir.

    «Querida mamá», comenzó a escribir, e inmediatamente se sintió como cuando era niño. Solo, a la luz de un farol, mientras nadie lo veía, en el corazón de la Fortaleza desconocida para él, lejos de su casa, de todas las cosas familiares y buenas, le parecía un consuelo poder al menos abrir completamente su corazón.

    Con los demás, con sus colegas oficiales, tenía que aparentar ser un hombre, tenía que reír con ellos y contar historias jactanciosas de militares y mujeres. ¿A quién, sino a su madre, podía decirle la verdad? Y la verdad de Drogo esa noche no era una verdad de valiente soldado, no era probablemente digna de la austera Fortaleza, sus camaradas se habrían reído de ella. La verdad era el cansancio del viaje, la opresión de los tétricos muros, el sentirse completamente solo.

    «He llegado agotado después de dos días de camino —así le escribiría—, y, al llegar, he sabido que si quería podía regresar a la ciudad. La Fortaleza es melancólica, no hay pueblos cercanos, no hay ninguna diversión y ninguna alegría. » Eso le escribiría.

    Pero Drogo se acordó de su madre, a esas horas ella pensaba en él y se consolaba con la idea de que el hijo lo estaba pasando bien, con amigos simpáticos y acaso, quién sabe, en amable compañía. Desde luego, ella lo creía satisfecho y sereno.

    «Querida mamá —escribió su mano—. He llegado anteayer tras un viaje espléndido. La Fortaleza es grandiosa... » Oh, darle a entender la sordidez de aquellas murallas, aquel aire vago de castigo y exilio, aquellos hombres ajenos y absurdos. Y, en cambio: «Los oficiales me han acogido cariñosamente —escribía—. Incluso el comandante, ayudante del coronel, ha sido muy amable y me ha dejado en entera libertad de regresar a la ciudad si quería. Pero yo... »

    Quizá en ese momento su madre andaba por su habitación abandonada, abría un cajón, ponía en orden algunos de sus trajes viejos, los libros, la escribanía; los había ordenado ya muchas veces, pero le parecía encontrar así en parte la viva presencia de él, como si fuera a volver a casa, como de costumbre, antes de cenar. Le parecía oírlo, el conocido rumor de sus pasitos inquietos que se dirían preocupados siempre por alguien.

    ¿Cómo iba a tener valor para amargarla? Si hubiera estado a su lado, en la misma habitación, absortos bajo la luz familiar, entonces sí que Giovanni se lo habría dicho todo, y ella no habría tenido tiempo de contristarse, porque él estaba a su lado y lo peor había pasado ya. Pero así, de lejos, ¿por carta? Sentado a su lado, ante la chimenea, en la consoladora tranquilidad de la antigua casa, entonces sí que le habría hablado del comandante Matti y de sus insidiosas lisonjas, de las manías de Tronk... Le habría dicho cuán estúpidamente había aceptado quedarse cuatro meses, y probablemente ambos se habrían reído de ello. Pero ¿cómo hacer, desde tan lejos?

    «Pero yo —escribía Drogo— he creído conveniente para mí y para mi carrera quedarme algún tiempo aquí arriba... Además, la compañía es muy simpática, el servicio fácil y nada fatigoso. » ¿Y su habitación, el ruido del aljibe, el encuentro con el capitán Ortiz y la desolada tierra del norte? ¿No tenía que explicarle los férreos reglamentos de la guardia, el desnudo reducto donde se encontraba? No, ni siquiera con su madre podía ser sincero, ni siquiera confesarle a ella los oscuros temores que no le dejaban en paz.

    En su casa, en la ciudad, los relojes, uno tras otro, con voces distintas, daban ahora las diez; con los toques tintineaban levemente los vasos en los aparadores, de la cocina llegaba el eco de una carcajada, del otro lado de la calle el sonido de un piano. A través de una estrechísima ventanita, casi una tronera, Drogo podía, desde el sitio donde estaba sentado, echar un vistazo al valle del norte, aquella tierra triste; pero ahora no se veía más que oscuridad. La pluma rechinaba un poco. Aunque triunfaba la noche, el viento empezaba a soplar entre las almenas trayendo ignotos mensajes, aunque dentro del reducto se amontonaban densas las tinieblas y el aire era húmedo e ingrato, «en conjunto estoy muy contento y me encuentro muy bien», escribía Giovanni Drogo. Desde las nueve de la noche al alba, cada media hora sonaba una campana en el cuarto reducto, en el extremo derecho del desfiladero, donde acababan las murallas. Sonaba una pequeña campana y en seguida el último centinela llamaba al camarada más próximo; la llamada corría en la noche desde éste al soldado siguiente, y después avanzaba hasta el extremo opuesto de las murallas, de reducto en reducto, a través del fuerte y a lo largo del conjunto de bastiones. «¡Alerta! ¡Alerta!» Los centinelas no ponían el menor entusiasmo en el grito, lo repetían mecánicamente, con extraños timbres de voz.

    Tendido en el camastro, sin haberse desnudado, Giovanni Drogo, invadido por una creciente pesadez, sentía llegar a intervalos, desde lejos, aquel grito. «Aé..., aé..., aé... », le llegaba sólo. Se hacía cada vez más fuerte, pasaba sobre él con la máxima intensidad, se alejaba hacia otra parte, hundiéndose poco a poco en la nada. Dos minutos después estaba de regreso, devuelto, como contraprueba, desde el primer fortín de la izquierda. Drogo lo oía acercarse una vez más, a pasos lentos e iguales: «aé..., aé..., aé... ». Sólo cuando estaba sobre él, repetido por sus propios centinelas, conseguía distinguir la palabra. Pero pronto el «¡alerta!» se confundía de nuevo en una especie de lamento que moría por fin en el último centinela, junto al pedestal de las rocas. Giovanni oyó llegar la llamada cuatro veces, y cuatro veces volver a bajar por los bordes del fuerte hasta el punto de donde había salido. A la quinta, a la conciencia de Drogo llegó sólo una vaga resonancia que provocó en él un leve estremecimiento. Se le pasó por la cabeza que no estaba bien, en un oficial de guardia, dormir; el reglamento lo permitía a condición de que no se desvistiera, pero casi todos los oficiales jóvenes de la Fortaleza, por una especie de elegante altanería, se quedaban despiertos toda la noche, leyendo, fumando cigarros, visitándose también abusivamente unos a otros y jugando a las cartas. Tronk, a quien antes Giovanni le había pedido información, le había dado a entender que era una buena norma estar despierto.

    Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo lo asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche —oh, si lo hubiera sabido, quizá no tendría ganas de dormir—, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.

    Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas, y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.

    ¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.

    Así se continúa andando en medio de una espera confiada, y los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.

    Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.

    Cierran en cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños.

    Pasarán días antes de que Drogo comprenda lo que ha sucedido. Será entonces como un despertar. Mirará a su alrededor, incrédulo; después oirá un pataleo de pasos que llegan a sus espaldas, verá la gente que, despertada antes que él, corre afanosa y se le adelanta para llegar primero. Oirá el latido del tiempo escandir ávidamente la vida. A las ventanas ya no se asomarán risueñas figuras, sino rostros inmóviles e indiferentes. Y si él pregunta cuánto camino queda, ellos señalarán de nuevo al horizonte, sí, pero sin ninguna bondad ni alegría. Mientras tanto los compañeros se perderán de vista, alguno se queda atrás, agotado; otro ha escapado delante; ahora ya no es sino un minúsculo punto en el horizonte.

    Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba, los días se hacen cada vez más breves, los compañeros de viaje más escasos; en las ventanas hay apáticas figuras pálidas que sacuden la cabeza. Hasta que Drogo se quede completamente solo y aparezca en el horizonte la franja de un inmenso mar azul, de color plomo. Ahora estará cansado, las casas a lo largo del camino tendrán casi todas las ventanas cerradas y las escasas personas visibles le responderán con un gesto desconsolado: lo bueno estaba detrás, muy detrás, y él ha pasado por delante sin saberlo. ¡Oh!, es demasiado tarde ya para regresar, detrás de él se amplía el estruendo de la multitud que lo sigue, empujada por idéntica ilusión, pero aún invisible por el blanco camino desierto.

    Giovanni Drogo ahora duerme en el interior del tercer reducto. Sueña y sonríe. Por última vez llegan a él, en la noche, las dulces imágenes de un mundo completamente feliz. ¡Ay! Si pudiera verse a sí mismo, como estará un día, allá donde el camino acaba, parado a la orilla del mar de plomo, bajo un cielo gris y uniforme, y a su alrededor ni una casa, ni un hombre, ni un árbol, ni siquiera una brizna de hierba, y todo así desde tiempo inmemorial...


    SIETE


    Llegó por fin de la ciudad el cajón con la ropa del teniente Drogo. Entre otras cosas había una capa novísima, de extraordinaria elegancia. Drogo se la puso y se miró palmo a palmo en el pequeño espejo de su habitación. Aquello le pareció un vivo lazo con su mundo; pensó con satisfacción que todos lo mirarían, tan espléndida era la tela, tan orgullosos los pliegues que resultaban.

    Pensó que no debía echarla a perder para el servicio de la Fortaleza, en las noches de guardia, entre los muros húmedos. También era de mal agüero ponérsela allá arriba por primera vez, como admitiendo que no tendría ocasiones mejores. Pero le disgustaba que no se la vieran y, aunque no hacía frío, quiso ponérsela al menos para ir al sastre del regimiento, al que le compraría otra de un tipo más corriente.

    Salió, pues, de su habitación y echó a andar escaleras arriba, observando, donde la luz lo permitía, la elegancia de su sombra. Sin embargo, a medida que se adentraba por el corazón de la Fortaleza, la capa parecía perder en cierto modo su inicial esplendor. Drogo, además, se dio cuenta de que no conseguía llevarla con naturalidad; le parecía algo extraño, que llamaba la atención.

    Le agradó, por tanto, que las escaleras y los corredores estuvieran casi desiertos. Un capitán al que encontró finalmente respondió a su saludo sin una mirada más de lo necesario. Ni siquiera los escasos soldados volvían la vista para mirarlo. Bajó por una angosta escalera de caracol, excavada en el cuerpo de una muralla, y sus pasos resonaban por arriba y por abajo como si hubiera otra gente. Los preciosos faldones de la capa golpeaban, oscilando, los blancos mohos de los muros. Drogo llegó así a los subterráneos. El taller del sastre Prosdocimo estaba situado en un sótano. Un rayo de luz bajaba, en los días buenos, de una pequeña ventanita al nivel del suelo, pero aquella tarde habían encendido ya las luces.

    —Buenas noches, mi teniente —dijo Prosdocimo, el sastre del regimiento, en cuanto lo vio entrar.

    En la gran habitación sólo había algunos pequeños trechos iluminados: una mesa donde escribía un vejete, la mesa donde trabajaban tres jóvenes ayudantes. Todo alrededor colgaban flojos, con siniestro abandono de ahorcados, decenas y decenas de uniformes, gabanes y capas.

    —Buenas noches —respondió Drogo—. Quisiera una capa, una capa que no cueste mucho, quisiera, basta con que dure cuatro meses.
    —Déjeme ver —dijo el sastre con una sonrisa de desconfiada curiosidad, cogiendo un borde de la capa de Drogo y llevándolo hacia la luz; su graduación era la de brigada, pero su calidad de sastre parecía concederle el derecho de cierta irónica familiaridad con los superiores—. Buena tela, buena... Le habrá costado un ojo de la cara, imagino; allá en la ciudad no se andan con bromas —echó una ojeada de conjunto, de hombre que sabe de su oficio, meneó la cabeza haciendo temblar las mejillas llenas y sanguíneas. Lástima que...
    —Lástima ¿de qué?
    —Lástima que el cuello sea tan bajo, es poco militar.
    —Se usa así ahora —dijo Drogo con superioridad.
    —La moda dirá que cuello bajo —dijo el sastre—, pero con nosotros, los militares, la moda no tiene nada que ver. La moda ha de ser el reglamento, y el reglamento dice «el cuello de la capa pegado al cuello, en forma de tira, de siete centímetros de ancha». Quizá usted crea, mi teniente, que yo soy un sastrecillo de poca monta, al verme en este agujero.
    —¿Por qué? —dijo Drogo—. Nada de eso, al contrario.
    —Usted probablemente cree que soy un sastrecillo de poca monta. Pero muchos oficiales me aprecian, incluso en la ciudad, y oficiales importantes. Estoy aquí arriba de forma ab-so-lu-ta-men-te pro-vi-sio-nal —y destacó las dos últimas palabras, como premisa de gran importancia.

    Drogo no sabía qué decir.

    —Espero marcharme de un día a otro —continuaba Prosdocimo—. Si no fuera por el coronel, que no quiere dejarme ir... Pero ¿de qué os reís vosotros?

    En efecto, en la penumbra se había oído la risa sofocada de los tres ayudantes; ahora habían inclinado la frente, exageradamente atentos al trabajo. El vejete seguía escribiendo, ocupándose en lo suyo.

    —¿Qué os daba tanta risa? —repitió Prosdocimo—. Sois tipos demasiado listos vosotros. Un día u otro os daréis cuenta.
    —Ya —dijo Drogo—, ¿qué les daba tanta risa?
    —Son unos estúpidos —dijo el sastre—. Mejor no hacerles caso.

    En ese momento se oyeron pasos que bajaban por las escaleras y apareció un soldado. A Prosdocimo lo llamaban arriba, el brigada del almacén de vestuario.

    —Discúlpeme, mi teniente —dijo el sastre—. Es un asunto del servicio. Dentro de dos minutos estoy de regreso.

    Y siguió al soldado de arriba.

    Drogo se sentó, preparándose para esperar. Al marcharse el jefe, los tres ayudantes habían interrumpido el trabajo. El vejete alzó por fin los ojos de sus papeles, se puso de pie, se acercó cojeando a Giovanni.

    —¿Lo ha oído? —le preguntó con extraño acento, haciendo un ademán para señalar al sastre que había salido. ¿Lo ha oído? ¿Sabe, mi teniente, cuántos años hace que está aquí, en la Fortaleza?
    —No tengo ni idea...
    —Quince años, mi teniente, quince condenados años, y sigue repitiendo la consabida historia: estoy aquí de forma provisional, de un día a otro espero... Alguien rezongó en la mesa de los ayudantes. Ése debía ser su habitual objeto de risa. El vejete ni siquiera hizo caso.
    —Y, en cambio, nunca se moverá de aquí —dijo—. Él, el señor coronel y otros muchos se quedarán aquí hasta que revienten; es una especie de enfermedad; tenga cuidado usted, mi teniente, que es nuevo; usted, que está recién llegado, tenga cuidado mientras aún está a tiempo...
    —¿Tener cuidado de qué?
    —De irse en cuanto pueda, de no coger su manía.

    Drogo dijo:

    —Yo estoy aquí sólo por cuatro meses, no tengo la menor intención de quedarme. El vejete dijo:
    —Tenga cuidado igual, mi teniente. La cosa empezó con el coronel Filimore. Se preparan grandes acontecimientos, empezó a decir, lo recuerdo perfectamente, hará ya dieciocho años. «Acontecimientos», eso decía. Ésa es su frase. Se le metió en la cabeza que la Fortaleza es importantísima, mucho más importante que todas las demás, que en la ciudad no entienden nada.

    Hablaba despacio, entre una palabra y otra tenía tiempo de insinuarse el silencio.

    —Se le metió en la cabeza que la Fortaleza es importantísima, que debe suceder algo.

    Drogo sonrió:

    —¿Que suceda algo? ¿Quiere decir una guerra?
    —¿Quién sabe? Puede ser, incluso una guerra.
    —¿Una guerra del lado del desierto?
    —Del lado del desierto, probablemente —confirmó el vejete.
    —Pero ¿quién? ¿Quién debería venir?
    —¿Qué quiere que sepa yo? No vendrá nadie, claro. Pero el coronel en jefe estudió los mapas, dice que aún hay tártaros, dice, un resto del antiguo ejército que se entrega al pillaje aquí y allá.

    En la penumbra se oyó una risa idiota de los tres ayudantes.

    —Y aún está aquí, esperando —prosiguió el vejete—. Mire al coronel, al capitán Stizione, al capitán Ortiz, al teniente coronel, cada año va a suceder algo, siempre igual, hasta que les llegue el retiro —se interrumpió, dobló la cabeza a un lado, como para escuchar—. Me parecía oír pasos —dijo, pero no se oía a nadie.
    —No oigo nada —dijo Drogo.
    —¡Hasta Prosdocimo! —dijo el vejete—. Es un simple brigada, el sastre del regimiento, pero se ha unido a ellos.

    También él espera, hace ya quince años... Pero usted no está convencido, mi teniente, lo veo, usted se calla y piensa que son todo cuentos —agregó casi suplicante—: Tenga cuidado, le digo, se dejará usted sugestionar, también usted acabará quedándose, basta con mirarle a los ojos.

    Drogo callaba, le parecía indigno de un oficial confiarse con un pobre hombre.

    —Pero usted —dijo—, ¿qué hace entonces?
    —¿Yo? —dijo el vejete—. Yo soy su hermano, trabajo aquí con él.
    —¿Su hermano? ¿Su hermano mayor?
    —Claro —sonrió el vejete—, su hermano mayor. También yo fui militar en tiempos, después me rompí una pierna, estoy reducido a esto.

    En el silencio subterráneo Drogo sintió entonces los golpes de su corazón, que se había puesto a latir con fuerza. ¿De modo que también el vejete agazapado en el sótano haciendo cuentas, también aquella oscura y humilde criatura esperaba un destino heroico? Giovanni lo miraba a los ojos y el otro sacudió un poco la cabeza con amarga añoranza, como indicando que sí, que no había remedio: así estamos hechos —parecía decir— y no tenemos cura.

    Quizá debido a que en alguna parte de la escalera se había abierto una puerta, se oían ahora, filtradas por los muros, lejanas voces humanas de indefinible origen; de vez en cuando cesaban dejando un vacío, poco después volvían a aflorar, iban y venían, como una lenta respiración de la Fortaleza.

    Ahora Drogo comprendía por fin. Miraba las sombras múltiples de los uniformes colgados, que temblaban con el oscilar de las luces, y pensó que en ese mismo momento el coronel, en el secreto de su oficina, había abierto la ventana hacia el norte. Estaba seguro: en una hora tan triste como aquélla por la oscuridad y el otoño, el comandante de la Fortaleza miraba hacia el septentrión, hacia las negras simas del valle. Del desierto del norte tenía que llegar su fortuna, la aventura, la hora milagrosa que al menos una vez le toca a cada uno. Por esa posibilidad vaga, que parecía volverse cada vez más incierta con el tiempo, hombres hechos y derechos consumían allá arriba la mejor parte de su vida.

    No se habían adaptado a la existencia común, a las alegrías de la gente normal, a un semidestino; unos al lado de otros vivían con idéntica esperanza, sin decir nunca una palabra de ella, porque no se daban cuenta o simplemente porque eran soldados, con el celoso pudor de la propia alma.

    Quizá también Tronk, probablemente. Tronk seguía los artículos del reglamento, la disciplina matemática, el orgullo de la responsabilidad escrupulosa, y se hacía la ilusión de que eso le bastaba. Mas si le hubieran dicho: siempre así mientras vivas, todo igual hasta el final, también él habría despertado. Imposible, habría dicho. Algo distinto tendrá que venir, algo verdaderamente digno, como para poder decir: ahora, aunque haya acabado, paciencia.

    Drogo había comprendido su fácil secreto y con alivio pensó que estaba al margen, espectador incontaminado. Dentro de cuatro meses, gracias a Dios, los dejaría para siempre. Las oscuras fascinaciones de la vieja bicoca se habían disuelto ridículamente. Eso pensaba. Pero ¿por qué el vejete seguía mirándolo, y con aquella expresión ambigua? ¿Por qué Drogo sentía deseos de silbar un poco, de beber vino, de salir al aire? ¿Quizá para demostrarse a sí mismo que era verdaderamente libre y estaba tranquilo?


    OCHO


    He aquí los nuevos amigos de Drogo: los tenientes Cario Morel, Pietro Angustina, Francesco Grotta, Max Lagorio. Están sentados con él en el comedor, en esta hora vacía. Sólo queda un camarero, apoyado en la jamba de una lejana puerta, y los retratos de los ex coroneles, alineados en las paredes de alrededor, inmersos en la penumbra. Ocho botellas negras sobre el mantel, en el desorden de la cena acabada. Todos están excitados en cierto sentido, en parte por el vino, en parte por la noche, y cuando sus voces callan, se oye fuera la lluvia.

    Festejan al conde Max Lagorio, que se marcha al día siguiente, tras dos años de Fortaleza.

    Lagorio dijo:

    —Angustina, si te vienes también tú, te espero —lo dijo con su habitual tono de broma, pero se notaba que era cierto.

    También Angustina había acabado los dos años de servicio, pero no quería partir. Angustina era pálido y estaba sentado con su perenne aire de despego, como si no se interesara para nada por ellos, como si estuviera allí por puro azar.

    —Angustina —repitió Lagorio casi con un grito, en los límites de la borrachera—, si vienes tú también, te espero; estoy dispuesto a esperar tres días. El teniente Angustina no respondió, lanzando una breve sonrisa de aguante. Su uniforme azul, desteñido por el sol, se destacaba entre los otros por una indefinible y negligente elegancia.

    Lagorio se dirigió a los otros, a Morel, a Grotta, a Drogo:

    —Decídselo también vosotros —y puso su mano derecha en el hombro de Angustina—. Le sentaría bien venir a la ciudad.
    —¿Me sentaría bien? —preguntó Angustina, como curioso.
    —En la ciudad estarías mejor, eso es. Todos, por lo demás, creo.
    —Estoy perfectamente —dijo seco Angustina—. No necesito cuidarme.
    —No he dicho que necesites cuidarte. He dicho que te sentaría bien. Así habló Lagorio, y se oyó fuera, en el patio, caer la lluvia. Angustina se alisaba con dos dedos el bigotito, estaba aburrido, se veía.

    Lagorio continuó:

    —No piensas en tu madre, en los tuyos... Imagínate cuando tu madre...
    —Mi madre sabrá acostumbrarse —respondió Angustina, con amargo sobreentendido.

    Lagorio comprendió y cambió de tema:

    —Oye, Angustina, figúrate, presentarte pasado mañana ante Claudina... Hace dos años que no te ve...
    —Claudina... —dijo Angustina, desganadamente—. ¿Qué Claudina? No me acuerdo.
    —¡Claro, no te acuerdas! Contigo no se puede hablar de nada esta noche, eso es lo que pasa. No será un misterio, ¿no? Se os veía juntos todos los días.
    —¡Ah! —dijo Angustina, por mostrarse amable—, ahora me acuerdo. Claro, Claudina, figúrate, ni siquiera se acordará de que existo...
    —¡Venga!, sabemos perfectamente que todas se vuelven locas por ti, ¡no te hagas el modesto ahora! —exclamó Grotta, y Angustina lo miró sin pestañear, impresionado, se veía, por tanta vulgaridad.

    Callaron. Fuera, en la noche, bajo la lluvia otoñal, caminaban los centinelas. El agua chaparreaba sobre las terrazas, gorgoteaba en las gárgolas, corría murallas abajo. Fuera la noche era cerrada, y Angustina tuvo un pequeño acceso de tos. Parecía extraño que de un joven tan refinado pudiese salir un sonido tan desagradable. Pero él tosía con sabia mesura, bajando cada vez la cabeza, como para indicar que no podía impedirlo; en el fondo era una cosa no suya que le tocaba aguantar por corrección. Así transformaba la tos en una especie de melindre caprichoso, digno de ser imitado.

    Se había hecho un penoso silencio, que Drogo sintió la necesidad de romper.

    —Dime, Lagorio —preguntó—, ¿a qué hora te vas mañana?
    —Hacia las diez, creo. Quería marcharme antes, pero aún tengo que despedirme del coronel.
    —El coronel se levanta a las cinco, en verano e invierno a las cinco; desde luego, no te hará perder tiempo.

    Lagorio rió:

    —Pero quien no se levanta a las cinco soy yo. Al menos la última mañana quiero obrar a mi gusto, nadie me corre detrás.
    —Pasado mañana habrás llegado, entonces —observó Morel con envidia. Lagorio dijo:
    —Me parece imposible, os lo juro.
    —Imposible, ¿qué?
    —Estar en la ciudad dentro de dos días —una pausa—, y además para siempre. Angustina estaba pálido, ahora no se alisaba ya el bigote, sino que miraba ante sí, a la penumbra. Pesaba ahora sobre la sala el sentimiento de la noche, cuando los miedos salen de los decrépitos muros y la infelicidad se vuelve dulce, cuando el alma bate orgullosas las alas sobre la humanidad dormida. Los ojos vítreos de los coroneles, desde los grandes retratos, expresaban heroicos presagios. Y fuera, siempre la lluvia.
    —¿Te imaginas? —le dijo Lagorio, sin misericordia, a Angustina—. Pasado mañana por la noche, a estas horas, estaré quizá en casa de Consalvi. Gran mundo, música, hermosas mujeres —decía, repitiendo una vieja chanza.
    —Buena gana —respondió con desprecio Angustina.
    —O bien —continuaba Lagorio, con la mejor de las intenciones, únicamente para convencer a su amigo—, eso, quizá sea mejor, iré a casa de los Tron, tus tíos, hay gente simpática y «se juega entre caballeros», como diría Giacomo.
    —Ah, buena gana... —dijo Angustina.
    —Sea como sea —dijo Lagorio—, pasado mañana yo estaré divirtiéndome y tú estarás de servicio. Yo pasearé por la ciudad y a ti (reía con la idea) te llegará el capitán de inspección. «Sin novedad, el centinela Martini se ha sentido mal. » A las dos te despertará el sargento: «Mi teniente, es la hora de la inspección». Te despertará a las dos, puedes jurarlo, y a esa misma e idéntica hora, positivamente, yo estaré en la cama con Rosaria...

    Eran las fatuas e inconscientes crueldades de Lagorio, a las que todos estaban habituados. Pero detrás de sus palabras apareció ante sus camaradas la imagen de la lejana ciudad con sus edificios y sus inmensas iglesias, sus aéreas cúpulas, sus románticas avenidas alo largo del río. A esa hora, pensaban, debía de haber una fina niebla y los faroles daban una tenue luz amarillenta; a esa hora negras parejas por las calles solitarias, gritos de cocheros ante las vidrieras iluminadas de la Ópera, ecos de violines y de risas, voces de mujer (desde los tétricos portones de las ricas casas), ventanas encendidas a increíble altura, entre el laberinto de los tejados; la fascinante ciudad con sus sueños de juventud, sus aún desconocidas aventuras. Todos miraban ahora sin que él lo notara la cara de Angustina, cargada de inconfesado cansancio; no estaban allí, lo comprendían, para festejar a Lagorio que se marchaba, en realidad aclamaban a Angustina porque sólo él se quedaría. Uno tras otro, después de Lagorio, cuando llegara su turno, también los otros se marcharían: Grotta, Morel, y el primero de todos, Giovanni Drogo, que apenas tenía que cumplir cuatro meses. Angustina, en cambio, se quedaría, no lograba entender por qué, pero lo sabían perfectamente. Y aunque notaban oscuramente que también en esta ocasión él obedecía a su ambicioso estilo de vida, no eran capaces de envidiarlo; en el fondo les parecía una absurda manía.

    ¿Y por qué Angustina, maldito esnob, sonríe una vez más? ¿Por qué, enfermo como está, no corre a hacer su equipaje, no se prepara para la marcha? Mira, en cambio, la penumbra ante sí... ¿En qué piensa? ¿Qué secreto orgullo lo retiene en la Fortaleza?

    ¿También él, pues? Míralo, Lagorio, tú que eres su amigo, míralo bien mientras estás a tiempo, haz que su rostro se grabe en tu mente cómo es esta noche, con la nariz fina, las miradas átonas, esa ingrata sonrisa... Quizá un día comprendas por qué no te ha querido seguir, sepas lo que se encerraba tras su frente inmóvil.

    Lagorio se marchó a la mañana siguiente. Sus dos caballos estaban esperándolo con el asistente ante la puerta de la Fortaleza. El cielo estaba cubierto y no llovía. Lagorio tenía una cara satisfecha. Había salido de su habitación sin echarle ni siquiera un vistazo y no se volvió hacia atrás, cuando estuvo al aire libre, para mirar la Fortaleza. Las murallas estaban sobre él sombrías y adustas, el centinela de la puerta estaba inmóvil, no había un alma en la vasta explanada. De una garita, adosada al fuerte, salían rítmicos sonidos de martillo.

    Angustina había bajado a despedirse de su camarada. Le hizo una caricia al caballo.

    «Sigue siendo un hermoso animal», dijo. Lagorio se marchaba, bajaba a su ciudad, a la vida fácil y alegre. Él se quedaba, en cambio, él miraba con ojos impenetrables a su camarada que se ajetreaba en torno a los animales, y se resistía a sonreír.

    —Hasta me parece imposible marcharme —decía Lagorio—. Esta fortaleza era para mí una obsesión.
    —Ve a saludar a los míos cuando llegues —dijo Angustina sin hacerle caso—. Dile a mamá que estoy bien.
    —Quédate tranquilo —respondió Lagorio. Y tras una pausa añadió—: Siento lo de ayer, ¿sabes? Somos muy distintos, en el fondo nunca he entendido lo que tú piensas. Parecen manías tuyas, no sé, pero quizá seas tú el que tenga razón.
    —Ni siquiera me acordaba —dijo Angustina, apoyando la diestra en un costado del caballo y mirando al suelo—. No creas que me he enfadado.

    Eran dos hombres distintos, que amaban distintas cosas, muy alejados en inteligencia y cultura. Hasta resultaba asombroso verlos siempre juntos, tan grande era la superioridad de Angustina. Pero eran amigos; entre todos, Lagorio era el único que instintivamente lo entendía, sólo él sentía pena por su camarada, casi se avergonzaba de marcharse delante de él, como si fuera una fea ostentación, y no sabía decidirse.

    —Si ves a Claudina —dijo aún Angustina con voz inmóvil, dale recuerdos... Aunque, no, es mejor que no le digas nada.
    —¡Oh, pero ella me preguntará, si la veo! Sabe perfectamente que estás aquí. Angustina calló.
    —Bueno —dijo Lagorio, que había acabado de colocar, con su asistente, el saco de viaje—, quizá sea mejor que me vaya; si no, se me hace tarde. Hasta la vista. Estrechó la mano de su amigo y después, con un elegante movimiento, saltó a la silla.
    —Adiós, Lagorio —exclamó Angustina—. ¡Buen viaje!

    Erguido en la silla, Lagorio lo miraba; no era muy inteligente, pero una oscura voz le decía que quizá nunca volvieran a verse.

    Un toque de las espuelas y el caballo echó a andar. Fue entonces cuando Angustina alzó levemente la mano derecha, para hacer un gesto, como para llamar a su camarada, que se detuviese aún un momento; tenía que decirle una última cosa. Lagorio vio el ademán con el rabillo del ojo y se paró a una veintena de metros.

    —¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Querías algo?

    Pero Angustina bajó la mano, recobrando la actitud indiferente de antes.

    —Nada, nada —respondió—. ¿Por qué?
    —Ah, me parecía... —dijo Lagorio, perplejo; y se alejó a través de la explanada, bamboleándose en la silla.


    NUEVE


    Las terrazas de la Fortaleza estaban blancas, como el valle del sur y el desierto del septentrión. La nieve cubría totalmente las escarpas, había extendido un frágil marco a lo largo de las almenas, se precipitaba con pequeñas zambullidas desde los canalones, se desprendía de vez en cuando del costado de los precipicios, sin ninguna razón comprensible, y horribles masas retumbaban humeando en las torrenteras. No era la primera nieve, sino la tercera o la cuarta, y servía para indicar que habían pasado bastantes días. «Me parece que fue ayer cuando llegué a la Fortaleza», decía Drogo, y era exactamente así. Parecía ayer, pero el tiempo se había consumido lo mismo con su inmóvil ritmo, idéntico para todos los hombres, ni más lento para quien es feliz ni más veloz para los desventurados.

    Otros tres meses habían pasado, ni deprisa ni despacio. Navidad se había ya disuelto en lontananza, el año nuevo había llegado también trayendo durante unos minutos a los hombres extrañas esperanzas. Giovanni Drogo se preparaba ya para partir. Se necesitaba aún el formalismo del reconocimiento médico, como le había prometido el comandante Matti, y después podría irse. Él seguía repitiéndose que se trataba de un acontecimiento alegre, que en la ciudad lo esperaba una vida fácil, divertida y quizá feliz, y sin embargo no estaba contento.

    La mañana del 10 de enero entró en el despacho del doctor, en el último piso de la Fortaleza. El médico se llamaba Ferdinando Rovina, tenía más de cincuenta años, un rostro flojo e inteligente, un resignado cansancio, y no llevaba uniforme, sino una larga chaqueta oscura de magistrado. Estaba sentado ante su mesa con varios libros y papeles delante; pero Drogo, al entrar casi de improviso, comprendió inmediatamente que no estaba haciendo nada; estaba sentado, inmóvil, pensando en quién sabe qué. La ventana daba al patio y de éste subía un sonido de pasos cadenciosos porque ya atardecía y comenzaba el cambio de la guardia. Por la ventana se divisaba un trozo del muro frontero y un cielo extraordinariamente sereno. Los dos se saludaron y Giovanni se dio cuenta pronto de que el médico estaba perfectamente al corriente de su caso.

    —Los cuervos nidifican y las golondrinas se van —dijo Rovina bromeando, y sacó de un cajón un papel con un formulario impreso.
    —Quizá no sepa usted, doctor, que yo vine aquí por un error.
    —Todos, hijo mío, han venido aquí arriba por un error —dijo el médico con patética alusión—. Quien más y quien menos, incluso los que se han quedado. Drogo no entendía del todo y se contentó con sonreír.
    —¡Oh, no se lo reprocho! Hacen bien ustedes, los jóvenes, en no enmohecerse aquí —continuó Rovina—. Abajo, en la ciudad, hay oportunidades muy distintas. También yo lo pienso algunas veces, si pudiera...
    —¿Por qué? —preguntó Drogo—. ¿No podría conseguir un traslado?

    El doctor agitó las manos como si hubiese oído una barbaridad.

    —¿Conseguir el traslado? —rió de buena gana—. ¿Después de veinticinco años que llevo aquí? Demasiado tarde, hijo mío; había que pensarlo antes.

    Quizá habría deseado que Drogo le llevase la contraria, pero como el teniente calló, entró en materia: invitó a Giovanni a sentarse, hizo que le diera su nombre y apellido, que escribió en el sitio exacto, en la ficha reglamentaria.

    —Bien —concluyó—. Usted padece algunos trastornos del sistema cardíaco, ¿no?

    Su organismo no soporta esta altura, ¿no? ¿Ponemos eso?

    —Pongámoslo —asintió Drogo—. Usted es el mejor árbitro para esas cosas.
    —¿Prescribimos también un permiso de convalecencia, ya que estamos? —dijo el médico guiñando un ojo.
    —Muchas gracias —dijo Drogo—, pero no quisiera exagerar.
    —Como quiera. Nada de permiso. Yo, a su edad, no tenía semejantes escrúpulos. Giovanni, en lugar de sentarse, se había acercado a la ventana y miraba de vez en cuando hacia abajo, a los soldados alineados sobre la blanca nieve. El sol acababa de ponerse, entre las murallas se había difundido una penumbra azul.
    —Más de la mitad de ustedes quiere marcharse después de tres o cuatro meses —estaba diciendo con cierta tristeza el doctor, ahora también envuelto en sombras, hasta el punto de que no se entendía cómo veía para escribir—. También yo, si pudiera volver atrás, haría como ustedes... Pero, después de todo, es una lástima. Drogo escuchaba sin interés, atento a mirar por la ventana. Y entonces le pareció ver los muros amarillentos del patio alzarse altísimos hacia el cielo de cristal, y sobre ellos, al otro lado, aún más altas, solitarias torres, murallones sesgados coronados de nieve, aéreas escarpas y fortines, que nunca había observado antes. Una luz clara de occidente los iluminaba aún y resplandecían misteriosamente con una impenetrable vida. Nunca se había dado cuenta Drogo de que la Fortaleza fuera tan complicada e inmensa. Vio una ventana (¿o una tronera?) abierta sobre el valle, a una altura casi increíble. Allá arriba debía de haber hombres que él no conocía, quizá también algún oficial como él, del que habría podido ser amigo. Vio sombras geométricas de abismos entre un bastión y otro, vio frágiles puentes colgados entre los tejados, extraños portones atrancados al ras de las murallas, viejos despeñaderos bloqueados, largas aristas curvadas por los años.

    Vio, entre faroles y teas, sobre el fondo lívido del patio, soldados enormes y fieros desenvainar las bayonetas. Sobre la claridad de la nieve formaban filas negras e inmóviles, como de hierro. Eran bellísimos y estaban petrificados, mientras comenzaba a tocar una trompeta. Sus sonidos se ensanchaban por el aire vivos y brillantes, penetraban rectos en el corazón.

    —Uno a uno se van todos —murmuraba Rovina en la penumbra. Acabaremos por quedarnos sólo los viejos. Este año...

    La trompeta sonaba abajo en el patio, sonido puro de voz humana y metal. Palpitó una vez más con ímpetu guerrero. Al callar, dejó un inexpresable encanto, hasta en el despacho del médico. El silencio se volvió tal que se pudo oír un largo paso crujir sobre la nieve helada. El coronel en persona había bajado a saludar a la guardia. Tres notas de suma belleza cortaron el cielo.

    —¿Quién de ustedes? —continuaba recriminando el doctor—. El teniente Angustina, el único. Hasta Morel, apuesto, el año que viene tendrá que bajar a la ciudad a curarse. Hasta él, apuesto, acabará por enfermar...
    —¿Morel? —Drogo no podía dejar de responder, para que viera que escuchaba—.

    ¿Morel, enfermo? —preguntó, pues no había cogido más que las últimas palabras.

    —Oh, no —dijo el doctor—. Una especie de metáfora.

    Incluso a través de la ventana cerrada se oían los pasos vítreos del coronel. En el crepúsculo las bayonetas formaban, alineadas, muchas tiras de plata. De lejanías improbables llegaban ecos de trompetas, el sonido de antes, quizá, devuelto por la maraña de murallas.

    El doctor callaba. Después se levantó y dijo:

    —Ahí tiene el certificado. Ahora vaya a que se lo firme el coronel —dobló la hoja y la metió en una carpeta, descolgó del perchero el gabán y un gorro de piel—. ¿Se viene usted también, teniente? —preguntó—. ¿Qué está mirando?

    Las guardias entrantes habían dejado las armas y se movían una tras otra hacia las distintas partes de la Fortaleza. Sobre la nieve la cadencia de sus pasos hacía un ruido sordo, pero por encima volaba la música de la banda. Después, aunque pareciera inverosímil, las murallas, ya asediadas por la noche, se alzaron lentamente hacia el cenit, y de su límite supremo, enmarcado por tiras de nieve, empezaron a desprenderse nubes blancas en forma de garza que navegaban por los espacios siderales. Pasó por la mente de Drogo el recuerdo de su ciudad, una imagen pálida, calles fragorosas bajo la lluvia, estatuas de yeso, humedad de cuarteles, escuálidas campanas, caras cansadas y deshechas, tardes sin fin, cielos rasos sucios de polvo. Aquí, en cambio, avanzaba la noche grande de las montañas, con las nubes en fuga sobre la Fortaleza, milagrosos presagios. Y desde el norte, desde el septentrión invisible tras los muros, Drogo sentía agolparse su destino.

    —Doctor, doctor —dijo Drogo, casi balbuciendo—. Yo estoy bien.
    —Ya lo sé —respondió el médico—. ¿Qué se creía?
    —Yo estoy bien —repitió Drogo, como sin reconocer su propia voz—. Estoy bien y quiero quedarme.
    —¿Quedarse aquí, en la Fortaleza? ¿Ya no quiere marcharse? ¿Qué le ha sucedido?
    —No lo sé —dijo Giovanni—. Pero no puedo marcharme.
    —¡Oh! —exclamó Rovina, acercándose—. Si no bromea, le juro que estoy muy contento.
    —No bromeo, no —dijo Drogo, que sentía que la exaltación se mudaba en una extraña pena, próxima a la felicidad. Doctor, tire ese papel.


    DIEZ


    Así debía ocurrir, y quizá ya estaba fijado desde hacía mucho tiempo; esto es, desde aquel lejano día en que Drogo se asomó por vez primera, con Ortiz, al borde de la altiplanicie y la Fortaleza se le apareció con su pesado esplendor meridiano. Drogo ha decidido quedarse, sujeto por un deseo, mas no sólo por eso: quizá el pensamiento heroico no habría bastado para tanto. Por ahora él cree haber hecho algo noble y se asombra de buena fe, al descubrirse mejor de lo que había creído. Sólo muchos meses después, al mirar atrás, reconocerá las míseras cosas que lo ligan a la Fortaleza.

    Aunque hubieran sonado las trompetas, se hubieran oído canciones de guerra, del norte hubieran llegado inquietantes mensajes; si fuera sólo eso, Drogo se habría marchado igualmente; pero estaban ya en él el entorpecimiento de los hábitos, la vanidad militar, el amor doméstico a los muros cotidianos. Cuatro meses habían bastado para enviscarlo en el monótono ritmo del servicio.

    En hábito se había convertido el turno de guardia, que las primeras veces parecía un peso insoportable; poco a poco había aprendido bien las reglas, los modismos, las manías de sus superiores, la topografía de los reductos, los puestos de los centinelas, las esquinas donde no soplaba viento, el lenguaje de las cornetas. Del dominio del servicio extraía un especial placer, valorando la creciente estimación de los soldados y de los suboficiales; hasta Tronk se había dado cuenta de lo serio y escrupuloso que era Drogo, casi le había tomado cariño.

    En hábito se habían convertido los colegas; ahora los conocía tan bien que ni siquiera los más sutiles de sus sobreentendidos lo encontraban desprevenido; por la noche se quedaban mucho tiempo juntos, hablando de los hechos de la ciudad, que con la lejanía adquirían desmesurado interés. Hábito la mesa buena y cómoda, la acogedora chimenea del club de oficiales, encendida siempre, día y noche; la solicitud del asistente, un buen diablo llamado Geronimo, que poco a poco había aprendido sus deseos especiales.

    Hábito las excursiones de vez en cuando con Morel al pueblo menos alejado: dos horas largas de caballo a través de un estrecho valle que ya se había aprendido de memoria, una posada donde por fin se veía alguna cara nueva, se preparaban cenas suntuosas y se oían frescas carcajadas de muchachas con las que se podía hacer el amor. Hábito las desenfrenadas carreras a caballo de un lado a otro de la explanada de detrás de la Fortaleza, compitiendo en maestría con sus compañeros, en las tardes de descanso, y las pacientes partidas de ajedrez, por la noche, que se desarrollaban en alta voz, a menudo victoriosas para Drogo (pero el capitán Ortiz le había dicho:

    «Siempre es lo mismo, los recién llegados ganan siempre al principio. A todos les ocurre lo mismo, se hacen la ilusión de ser verdaderamente buenos, pero es sólo cuestión de novedad; también los otros acaban aprendiendo nuestro sistema y un buen día ya no se consigue nada»).

    Hábitos eran para Drogo su habitación, las plácidas lecturas nocturnas, la grieta del techo, sobre la cama, que semejaba la cabeza de un turco, los ruidos del aljibe, con el tiempo convertidos en amistosos; el hoyo excavado por su cuerpo en el colchón, las mantas tan inhóspitas en los primeros días y ahora dócilmente prontas; el movimiento, ya realizado instintivamente con su longitud exacta, para apagar la lámpara de petróleo o dejar el libro en la mesilla. Ya sabía cómo tenía que colocarse por la mañana, cuando se afeitaba ante el espejo, para que la luz iluminase su cara con el ángulo justo, cómo verter el agua de la jarra en la palangana sin derramarla, cómo hacer saltar la cerradura rebelde de un cajón, manteniendo la llave doblada un poco hacia abajo. Hábito el rechinar de la puerta en los períodos de lluvia, el punto donde solía dar el rayo de luna entrado por la ventana y su lento desplazarse con el transcurso de las horas, la agitación en el cuarto de debajo del suyo, todas las noches, a la una y media en punto, cuando la vieja herida de la pierna derecha del teniente coronel Nicolosi se despertaba misteriosamente, interrumpiendo su sueño.

    Todas estas cosas se habían ya vuelto suyas y dejarlas le habría apenado. Pero Drogo no lo sabía, no sospechaba que la partida le habría costado trabajo ni que la vida de la Fortaleza se tragara los días unos detrás de otros, todos semejantes, con velocidad vertiginosa. Ayer y anteayer eran iguales, no habría ya sabido distinguirlos; un hecho de tres días antes o de veinte acababa pareciéndole igualmente lejano. Así se desarrollaba, sin saberlo él, la huida del tiempo.

    Pero por ahora ahí está, petulante y despreocupado, sobre las escarpas del cuarto reducto, en una pura y gélida noche. A causa del frío los centinelas caminaban sin tregua y sus pasos rechinaban en la nieve helada. Una luna grande y blanquísima iluminaba el mundo. El fuerte, los peñascos, el valle pedregoso al norte estaban inundados de maravillosa luz, resplandecía hasta la cortina de nieblas que se estancaban en el último septentrión.

    Abajo, en el cuarto del oficial de servicio, dentro del reducto, se había quedado encendida la lámpara, la llama oscilaba levemente haciendo balancear las sombras. Drogo había empezado poco antes a escribir una carta, tenía que contestarle a María, la hermana de Vescovi, su amigo, que quizá un día sería su esposa. Pero después de dos líneas se había levantado, sin saber muy bien por qué, y había subido al tejado a mirar. Aquél era el trozo más bajo de la fortificación, que correspondía a la máxima hondura del desfiladero. En aquel punto de la muralla estaba la puerta que comunicaba los dos Estados. Las macizas hojas acorazadas de hierro no se habían vuelto a abrir desde tiempo inmemorial. Y la guardia del Reducto Nuevo salía y entraba todos los días por una pequeña puerta secundaria, apenas más ancha que un hombre y vigilada por un centinela.

    Drogo montaba guardia por primera vez en el cuarto reducto. Apenas salió al aire libre, miró las rocas enormes de la derecha, todas incrustadas de hielo y resplandecientes bajo la luna.

    Rachas de viento empezaban a transportar a través del cielo pequeñas nubes blancas y sacudían la capa de Drogo, la capa nueva, que tanto significaba para él. Inmóvil, miraba fijamente las barreras de rocas del frente, las impenetrables lejanías del norte, y los bordes de la capa crepitaban como una bandera, plegándose tempestuosamente. Drogo sentía que aquella noche poseía una fiera y militar belleza, erguido en el borde de la terraza, con la espléndida capa agitada por el viento. A su lado, Tronk, arropado en un ancho gabán, ni siquiera parecía un soldado.

    —Dígame, Tronk —preguntó Drogo, con un aire falsamente preocupado—. ¿Es una impresión mía, o la luna esta noche es mucho más grande que de costumbre?
    —No creo, mi teniente —dijo Tronk—. Aquí, en la Fortaleza, siempre da esa impresión.

    Las voces resonaban enormemente, como si el aire fuera de vidrio. Tronk, en vista de que el teniente no tenía otras cosas que decirle, se marchó a lo largo del borde de la terraza, con su perenne necesidad de vigilar el servicio.

    Drogo se quedó solo y se sintió prácticamente feliz. Saboreaba con orgullo su decisión de quedarse, el amargo gusto de abandonar las alegrías menudas y seguras por un gran bien a largo e inseguro plazo (y quizá bajo eso estaba el consolador pensamiento de que siempre estaría a tiempo de marcharse).

    Un presentimiento —¿o era sólo esperanza?— de cosas grandes y nobles lo había hecho quedarse allá arriba, pero podía ser sólo un aplazamiento, en el fondo nada queda comprometido. Tenía mucho tiempo por delante. Todo lo bueno de la vida parecía esperarlo. ¿Qué necesidad había de apresurarse? Hasta las mujeres, amables y extrañas criaturas, las preveía como una felicidad segura, prometida formalmente a él por el normal orden de la vida.

    ¡Cuánto tiempo por delante! Larguísimo le parecía incluso un solo año, y los años buenos apenas habían comenzado; parecían formar una serie larguísima, cuyo final era imposible divisar, un tesoro todavía intacto y tan grande que resultaba aburrido. No tenía nadie que le dijera: «¡Cuidado, Giovanni Drogo!» La vida le parecía inagotable, obstinada ilusión, aunque la juventud ya había comenzado a ajarse. Pero Drogo no conocía el tiempo. Aunque hubiera tenido ante sí una juventud de cien y cien años, como los dioses, habría sido bien pobre cosa. Y, en cambio, disponía de una vida sencilla y normal, de una pequeña juventud humana, avaro don, que los dedos de las manos bastaban para contar y que se disolvería antes aún de dejarse conocer. Cuánto tiempo por delante, pensaba. Y, sin embargo, existían hombres —había oído decir— que en cierto momento (qué cosa más extraña) se ponían a esperar la muerte, esa cosa conocida y absurda que no podía concernirle. Drogo sonreía pensando en ello, y mientras tanto, instigado por el frío, había echado a andar.

    Las murallas seguían en aquel punto el declive del desfiladero, formando una complicada escala de terrazas y balcones corridos. Bajo él, negrísimos contra la nieve, Drogo veía, a la luz de la luna, los sucesivos centinelas; sus pasos metódicos hacían cric, cric, sobre la capa helada.

    El más cercano, en una terraza interior, a unos diez metros, menos presuroso que los otros, estaba inmóvil, con la espalda apoyada en un muro; se habría dicho que dormía. Pero Drogo lo oyó canturrear una cantinela con voz profunda.

    Era una sucesión de palabras (que Drogo no lograba distinguir) unidas entre sí por un aire monótono y sin fin. Hablar, y aún peor cantar, de servicio estaba severamente prohibido. Giovanni habría debido castigarlo, pero le dio pena, pensando en el frío y la soledad de aquella noche. Entonces empezó a bajar una breve escalera que llevaba a la terraza y tosió levemente, para advertir al soldado.

    El centinela volvió la cabeza, y cuando vio al oficial rectificó su posición, pero no interrumpió la cantinela. A Drogo le asaltó la cólera: ¿aquellos soldados se creían que podían tomarle el pelo? Ya le daría un buen escarmiento.

    El centinela notó de inmediato la actitud amenazadora de Drogo, y aunque la formalidad del santo y seña, por mutuo y viejísimo acuerdo, no se practicara entre los soldados y el jefe de la guardia, tuvo un exceso de escrúpulo. Embrazando el fusil, preguntó, con el especialísimo acento usado en la Fortaleza:

    —¿Quién va? ¿Quién va?

    Drogo se paró de golpe, desorientado. Quizá a menos de cinco metros de distancia, a la límpida luz de la luna, veía perfectamente la cara del militar y su boca estaba cerrada. Pero la cantinela no se había interrumpido. ¿De dónde venía entonces la voz?

    Pensando en aquella cosa extraña, ya que el soldado seguía a la espera, Giovanni dijo mecánicamente la contraseña: «Milagro». «Miseria», respondió el centinela, y dejó el arma a sus pies.

    Se produjo un inmenso silencio, en el cual navegaba más fuerte que antes el murmullo de palabras y canto.

    Por fin Drogo comprendió, y un lento escalofrío corrió por su espalda. Era el agua, era una lejana cascada que corría con estruendo por los salientes de las rocas vecinas. El viento, que hacía oscilar el larguísimo chorro, el misterioso juego de los ecos, el sonido distinto de las piedras golpeadas, formaban una voz humana, la cual hablaba y hablaba: palabras de nuestra vida, que se estaba siempre a un pelo de entender, pero, en cambio, nada.

    No era, pues, el soldado el que canturreaba, no un hombre sensible al frío, a los castigos y al amor, sino la montaña hostil. Qué triste equivocación, pensó Drogo, quizá todo es así, creemos que a nuestro alrededor hay criaturas semejantes a nosotros y en cambio no hay sino hielo, piedras que hablan una lengua extranjera; estamos a punto de saludar a un amigo, pero el brazo vuelve a caer inerte, la sonrisa se apaga, porque advertimos que estamos completamente solos.

    El viento bate contra la espléndida capa del oficial y la sombra azul sobre la nieve se agita como una bandera. El centinela está inmóvil. La luna camina y camina, lenta, pero sin perder un solo instante, impaciente del alba. Toc, toc, late el corazón en el pecho de Giovanni Drogo.


    ONCE


    Casi dos años después, Giovanni Drogo dormía una noche en su habitación de la Fortaleza. Habían pasado veintidós meses sin traer nada nuevo y él se había quedado inmóvil, esperando, como si la vida debiera tener con él una especial indulgencia. Y, sin embargo, veintidós meses son largos y pueden suceder muchas cosas: hay tiempo para que se formen nuevas familias, nazcan niños y hasta empiecen a hablar, para que se alce una gran casa donde antes sólo había un prado, para que una hermosa mujer envejezca y ya nadie la desee, para que una enfermedad, incluso de las más largas, se prepare (y mientras tanto el hombre sigue viviendo despreocupado), consuma lentamenta-mente el cuerpo, se retire en breves apariencias de curación, se reanude desde más hondo, sorbiendo las últimas esperanzas; queda aún tiempo para que el muerto sea enterrado y olvidado, para que el hijo sea de nuevo capaz de reír y por la noche acompañe a las muchachas por las avenidas, inconsciente, a lo largo de las verjas del cementerio. La existencia de Drogo, en cambio, estaba como detenida. La misma jornada, con idénticas cosas, se había repetido centenares de veces sin dar un solo paso adelante. El río del tiempo pasaba sobre la Fortaleza, agrietaba las murallas, arrastraba hacia abajo polvo y fragmentos de piedra, limaba los peldaños y las cadenas, pero sobre Drogo pasaba en vano; aún no había conseguido engancharlo en su huida.

    También esa noche habría sido igual a todas las demás si Drogo no hubiera tenido un sueño. Había vuelto a ser niño y se encontraba de noche en el alféizar de una ventana.

    Más allá de un profundo entrante de su casa veía la fachada de un palacio riquísimo iluminado por la luna. Y la atención de Drogo niño se veía atraída por entero hacia una alta y fina ventana, coronada por un baldaquín de mármol. La luna, entrando a través de los cristales, daba en una mesa donde había un tapete, un jarrón y algunas estatuillas de marfil. Y esos escasos objetos visibles hacían imaginar que en la oscuridad, detrás, se abría la intimidad de un vasto salón, el primero de una interminable serie, llenos de cosas valiosas, y todo el palacio dormía, con ese sueño absoluto y provocador que conocen las mansiones de la gente rica y feliz. «Qué alegría —pensó Drogo— poder vivir en esos salones, vagar durante horas descubriendo siempre nuevos tesoros. »

    Entre la ventana a la que estaba asomado y el maravilloso palacio —un intervalo de una veintena de metros— habían empezado a flotar mientras tanto frágiles apariencias, parecidas quizá a hadas, que arrastraban en pos de sí jirones de gasa, relucientes a la luna.

    En el sueño, la presencia de tales criaturas, nunca vistas en el mundo real, no asombraba a Giovanni. Ondeaban en el aire en lentos remolinos, rozando insistentemente la fina ventana.

    Por su naturaleza parecían lógicas pertenencias del palacio, pero el hecho de que no le hicieran ningún caso a Drogo, sin acercarse nunca a su casa, lo mortificaba. ¿Conque también las hadas huían de los niños corrientes para ocuparse sólo de la gente afortunada, que ni siquiera las miraba, sino que dormía indiferente bajo baldaquines de seda?

    «Chist, chist... », hizo Drogo dos o tres veces, tímidamente, para llamar la atención de los fantasmas, aun sabiendo muy bien en el fondo de su corazón que sería inútil. En efecto, ninguno de ellos pareció oírlo, ninguno se acercó ni siquiera un metro a su alféizar.

    Y he aquí que una de aquellas mágicas criaturas se agarró al borde de la ventana frontera con una especie de brazo y golpeó discretamente el cristal, como llamando a alguien.

    No pasaron muchos instantes antes de que una frágil figura —¡cuán pequeña en comparación de la monumental ventana!— apareciera detrás de los cristales, y Drogo reconoció a Angustina, también niño.

    Angustina, de una palidez impresionante, llevaba un traje de terciopelo con cuello de encaje blanco, y no parecía nada satisfecho con aquella silenciosa serenata. Drogo pensó que su compañero, aunque sólo fuera por cortesía, lo invitaría a jugar juntos con los fantasmas. Pero no fue así. Angustina no pareció observar a su amigo y ni siquiera cuando Giovanni lo llamó: «¡Angustina! ¡Angustina!», volvió hacia él la mirada.

    Con gesto cansado, su amigo abrió la ventana y se inclinó hacia el espíritu colgado del alféizar como si estuviera familiarizado con él y quisiera decirle una cosa. El espíritu hizo un ademán y, siguiendo la dirección de aquel gesto, Drogo volvió la vista hacia una gran plaza, absolutamente desierta, que se extendía ante las casas. Sobre esa plaza, a unos diez metros del suelo, avanzaba por el aire un pequeño cortejo de otros espíritus que arrastraban una silla de manos.

    Hecha, aparentemente, de su misma esencia, la silla de manos rebosaba gasas y penachos. Angustina, con su típica expresión de despego y aburrimiento, la miraba acercarse; era evidente que iba en su busca.

    La injusticia hería el corazón de Drogo. ¿Por qué todo para Angustina y nada para él? Si fuera otro, paciencia, pero precisamente Angustina, siempre tan soberbio y arrogante. Drogo miró las otras ventanas para ver si había alguien que pudiera acaso tomar partido por él, pero no consiguió descubrir a nadie.

    Por fin la silla de manos se detuvo, bamboleándose, exactamente ante la ventana, y todos los fantasmas se encaramaron a su alrededor de un salto, formando una palpitante corona; todos se inclinaban hacia Angustina, ya no obsequiosos, sino con una curiosidad ávida y casi maligna. Abandonada a sí misma, la silla de manos se sostenía en el aire como colgada de hilos invisibles.

    De golpe Drogo se vació de envidia, pues comprendió lo que estaba sucediendo. Veía a Angustina, erguido en el alféizar de la ventana, y sus ojos que miraban fijamente la silla de manos. Sí, habían ido a él los mensajeros de las hadas esa noche, ¡pero con qué embajada! La silla de manos tenía que servir para un largo viaje, pues, y no regresaría antes del alba, ni siquiera a la noche siguiente, ni la tercera noche, ni nunca. Los salones del palacio esperarían en vano a su amito, dos manos de mujer cerrarían cautamente la ventana dejada abierta por el fugitivo y también todas las demás serían atrancadas, para incubar en la oscuridad llanto y desolación.

    Los fantasmas, primero amables, no habían venido, pues, a jugar con los rayos de la luna, no habían salido, inocentes criaturas, de jardines perfumados, sino que provenían del abismo.

    Otro niño habría llorado, habría llamado a su madre, pero Angustina no tenía miedo y confabulaba sosegadamente con los espíritus, como para establecer ciertas modalidades que era necesario aclarar. Apretados en torno a la ventana, semejantes a pliegues de espuma, se superponían unos a otros, urgiendo al niño, y éste hacía con la cabeza sí, como para decir: está bien, está bien, perfectamente de acuerdo. Al final, el espíritu que se había agarrado primero al alféizar, quizá el jefe, hizo un pequeño gesto imperioso. Angustina, siempre con su aire aburrido, saltó el alféizar (parecía haberse vuelto ya tan leve como los fantasmas) y se sentó en la silla de manos, como un gran señor, cruzando las piernas. El racimo de fantasmas se disolvió en un ondear de gasas, la encantada carroza se puso suavemente en marcha.

    Se compuso un cortejo, las apariencias hicieron una evolución semicircular en el entrante de las casas, para alzarse después al cielo, en dirección a la luna. Al describir el semicírculo la silla de manos pasó a unos metros de la ventana de Drogo, que trató de gritar, agitando los brazos: «¡Angustina! ¡Angustina!», supremo saludo. El amigo muerto volvió entonces por fin la cabeza hacia Giovanni, mirándolo unos instantes, y a Drogo le pareció leer en él una seriedad absolutamente excesiva para un niño tan pequeño. Pero el rostro de Angustina se abría lentamente en una sonrisa de complicidad, como si Drogo y él pudieran comprender muchas cosas desconocidas para los fantasmas; unas supremas ganas de bromear, la última ocasión para demostrar que él, Angustina, no necesitaba la compasión de nadie... Un episodio insignificante, parecía decir, sería estúpido asombrarse.

    Al llevárselo la silla de manos, Angustina apartó la vista de Drogo y volvió la cabeza hacia adelante, en dirección al cortejo, con una especie de curiosidad divertida y desconfiada. Parecía que probaba por primera vez un juguete que no le interesaba demasiado, pero que por educación no había podido rechazar.

    Así se alejó en la noche, con nobleza casi inhumana. No echó un vistazo a su palacio, ni a la plaza de debajo, o a las otras casas, o a la ciudad donde había vivido. El cortejo se fue serpenteando lentamente en el cielo, cada vez más alto; se convirtió en una confusa estela, después en un mínimo mechón de niebla, después en nada. La ventana había quedado abierta, los rayos de la luna iluminaban aún la mesa, el jarrón, las estatuillas de marfil, que habían seguido durmiendo. Allá dentro, en otra habitación, tendido en la cama, a la luz temblorosa de los cirios, quizá estaba tendido un pequeño cuerpo humano carente de vida, cuyo rostro se parecía a Angustina; y debía de tener un traje de terciopelo, un gran cuello de encaje, en los blancos labios congelada una sonrisa.


    DOCE


    Al día siguiente Giovanni Drogo mandó la guardia en el Reducto Nuevo. Era éste un fortín apartado, a tres cuartos de hora de camino de la Fortaleza, en la cima de un cono rocoso que dominaba la llanura de los Tártaros. Era la plaza fuerte más importante, completamente aislada, y debía dar la alarma si se aproximaba alguna amenaza. Drogo salió por la tarde de la Fortaleza al mando de unos setenta hombres; se necesitaban tantos soldados porque los puestos de centinela eran diez, sin contar dos cañoneras. Era la primera vez que ponía el pie al otro lado del paso, prácticamente se estaba ya fuera de los confines.

    Giovanni pensaba en las responsabilidades del servicio, pero sobre todo meditaba en el sueño sobre Agustina. Este sueño le había dejado en el ánimo una obstinada resonancia. Le parecía que en él debía haber oscuros lazos con las cosas futuras, aunque no fuera especialmente supersticioso.

    Entraron en el Reducto Nuevo, se hizo el cambio de centinelas, después la guardia saliente se marchó y desde el borde de la terraza Drogo se quedó observándola mientras se alejaba en medio de las paredes rocosas. La Fortaleza desde allí parecía un larguísimo muro, una simple muralla con nada detrás. Los centinelas ni se distinguían, porque estaban demasiado lejos. Sólo era visible de vez en cuando la bandera, cuando la agitaba el viento.

    Durante veinticuatro horas, en el solitario reducto, el único comandante de puesto sería Drogo. Ocurriera lo que ocurriera, no se podía pedir socorro. Aunque hubieran llegado enemigos, el fortín tenía que bastarse a sí mismo. El propio rey, durante veinticuatro horas, contaba menos dentro de aquellas murallas que Giovanni Drogo. Esperando que llegase la noche, Giovanni se quedó mirando la llanura septentrional. Desde la Fortaleza sólo había podido ver un pequeño triángulo, por culpa de las montañas de delante. Ahora la podía divisar toda, en cambio, hasta los últimos límites del horizonte, donde se estancaba la habitual barrera de niebla. Era una especie de desierto, empedrado de rocas, con manchas aquí y allá de bajas matas polvorientas. A la derecha, al fondo de todo, una tira negra podía ser incluso un bosque. A los costados, la áspera cadena de montañas. Las había bellísimas, con inmensos murallones cortados a plomo y la cumbre blanca con la primera nieve otoñal. Pero nadie las miraba: todos, Drogo y los soldados, tendían instintivamente a mirar hacia el norte, a la desolada llanura, carente de sentido y misteriosa.

    Fuese la idea de estar completamente solo al mando del fortín, fuese la visión de la deshabitada landa, fuese el recuerdo del sueño de Angustina, Drogo sentía ahora crecer a su alrededor, con el dilatarse de la noche, una sorda inquietud. Era una tarde de octubre de tiempo inseguro, con manchas de luz rojiza diseminadas aquí y allá sobre la tierra, reflejadas de no se sabía dónde, y progresivamente tragadas por el crepúsculo de color plomo.

    Como de ordinario, con la puesta del sol entraba en el ánimo de Drogo una especie de poética animación. Era la hora de las esperanzas. Y él volvía a meditar sobre las heroicas fantasías tantas veces construidas en los largos turnos de guardia y perfeccionadas cada día con nuevos detalles. En general pensaba en una desesperada batalla entablada por él, con muy pocos hombres, contra innumerables fuerzas enemigas; como si esa noche el Reducto Nuevo hubiera sido sitiado por millares de tártaros. Él resistía durante días y días, casi todos sus compañeros morían o resultaban heridos; un proyectil le había alcanzado también a él, una herida grave, pero no del todo, que le permitía seguir todavía al mando. Y he aquí que los cartuchos están a punto de acabarse, él intenta una salida a la cabeza de los últimos hombres, una venda rodea su frente; y entonces por fin llegan los refuerzos, el enemigo se desbanda y emprende la huida, él cae agotado, estrechando el sable ensangrentado. Pero alguien lo llama:

    «Teniente Drogo, teniente Drogo», llama, lo sacude para reanimarlo. Y él, Drogo, abre lentamente los ojos: el rey, el rey en persona está inclinado sobre él y le llama valiente. Era la hora de las esperanzas y él meditaba en heroicas historias que probablemente no se producirían nunca, pero que de todos modos servían para animar su vida. A veces se contentaba con mucho menos, renunciaba a ser él solo el héroe, renunciaba a la herida, renunciaba incluso al rey que le llamaba valiente. En el fondo habría sido una simple batalla, una batalla sola, pero en serio, cargar con uniforme de gala y ser capaz de sonreír al precipitarse hacia las caras herméticas de los enemigos. Una batalla, y después quizá estaría contento para toda la vida.

    Pero aquella tarde no era fácil sentirse un héroe. Las tinieblas habían envuelto ya el mundo, la llanura del norte había perdido todo color, pero aún no se había amodorrado, como si algo triste estuviera naciendo en ella.

    Eran ya las ocho de la noche y el cielo se había llenado de nubes, cuando a Drogo le pareció divisar en la llanura, algo a la izquierda, exactamente bajo el reducto, una pequeña mancha negra que se movía. «Debo de tener la vista cansada —pensó—, a fuerza de mirar tengo la vista cansada y veo manchas. » También otra vez le había ocurrido lo mismo, cuando era un muchacho y se quedaba levantado de noche, a estudiar.

    Probó a mantener cerrados por unos instantes los párpados, después dirigió la vista a los objetos de alrededor: un cubo que debía de haber servido para lavar la terraza, un gancho de hierro en la muralla, una banqueta que el oficial de servicio anterior a él debía de haber mandado llevar para sentarse. Sólo unos minutos después volvió a mirar hacia abajo, donde poco antes le había parecido divisar la mancha negra. Estaba aún allí, y se desplazaba lentamente.

    —¡Tronk! —llamó Drogo con tono agitado.
    —A la orden, mi teniente —le respondió inmediatamente una voz tan cercana que le hizo estremecerse.
    —Ah, está usted ahí —dijo, y tomó aliento—. Tronk, no quisiera equivocarme, pero me parece... me parece ver algo que se mueve allá abajo.
    —Sí, mi teniente —respondió Tronk con voz reglamentaria. Hace ya varios minutos que lo estoy observando.
    —¿Cómo? —dijo Drogo—. ¿También lo ha visto usted? ¿Qué es lo que ve?
    —Esa cosa que se mueve, mi teniente.

    Drogo sintió que se le revolvía la sangre. Ya está, pensó, olvidando completamente sus fantasías guerreras, precisamente a mí tenía que pasarme, ahora ocurre algún lío.

    —¡Ah! ¿Lo ha visto también usted? —preguntó de nuevo, con la absurda esperanza de que el otro negase.
    —Sí, mi teniente —dijo Tronk—. Hará unos diez minutos. Había ido abajo para ver la limpieza de los cañones, y después subí aquí y lo he visto.

    Callaron ambos, también para Tronk debía ser un hecho extraño e inquietante.

    —¿Qué diría que es, Tronk?
    —No consigo entenderlo, se mueve demasiado despacio.
    —¿Cómo? ¿Demasiado despacio?
    —Sí, pensaba que podían ser los penachos de las cañas.
    —¿Penachos? ¿Qué penachos?
    —Hay un cañaveral allá al fondo —hizo un gesto hacia la derecha, pero era inútil, porque en la oscuridad no se veía nada—. Son plantas a las que en esta estación les salen unos penachos negros. A veces el viento los arranca, esos penachos, y como son ligeros, vuelan, parecen pequeños humos... Pero no puede ser —agregó tras una pausa—, se moverían más rápidos.
    —¿Y qué puede ser, entonces?
    —No lo entiendo —dijo Tronk—. Hombres sería extraño. Vendrían de otro lado. Y además sigue moviéndose, no se entiende.
    —¡Alarma! ¡Alarma! —gritó en ese momento un centinela próximo, después otro, después otro más. También ellos habían divisado la mancha negra. Del interior del reducto acudieron inmediatamente los otros soldados que no estaban de turno. Se amontonaron en el parapeto, curiosos y con un poco de miedo.
    —¿No lo ves? —decía uno—. Sí, exactamente aquí debajo. Ahora está quieto.
    —Será niebla —decía otro—. La niebla a veces tiene agujeros y a través de ellos se ve lo que hay detrás. Parece que hay alguien que se mueve y, en cambio, son los agujeros de la niebla.
    —Sí, sí, ahora lo veo —se oía decir—. Pero siempre ha habido ese chisme negro ahí, es una piedra negra, eso es lo que es.
    —¡Cómo, una piedra! ¿No ves que sigue moviéndose? ¿Estás ciego?
    —Una piedra, te digo. La he visto siempre, una piedra negra que parece una monja. Alguien se rió.
    —Fuera, fuera de aquí, volved inmediatamente adentro —intervino Tronk, anticipándose al teniente, cuya angustia aumentaban todas aquellas voces. Los soldados se retiraron a regañadientes al interior y se hizo de nuevo el silencio.
    —Tronk —preguntó Drogo de pronto, no sabiéndose decidir por sí solo—, ¿usted daría la alarma?
    —¿La alarma a la Fortaleza, dice? ¿Dice que disparemos un cañonazo, mi teniente?
    —No sé... ¿Le parece que habría que dar la alarma? Tronk sacudió la cabeza:
    —Yo esperaría a ver mejor. Si se dispara, en la Fortaleza se alborotarían. ¿Y si después no hay nada?
    —Claro —admitió Drogo.
    —Y además —agregó Tronk—, no estaría conforme con el reglamento. El reglamento dice que es preciso dar la alarma sólo en caso de amenaza, exactamente eso dice, «en caso de amenaza, de aparición de secciones armadas y en todos aquellos casos en que personas sospechosas se acerquen a menos de cien metros del límite de las murallas», eso dice el reglamento.
    —Claro —asintió Giovanni—, y habrá más de cien metros, ¿no?
    —Eso diría yo —aprobó Tronk—. Y, además, ¿cómo afirmar que sea una persona?
    —¿Y qué quiere que sea, entonces? ¿Un espíritu? —dijo Drogo, vagamente irritado. Tronk no respondió.

    Colgados sobre la interminable noche, Drogo y Tronk estuvieron apoyados en el parapeto, con los ojos clavados en el fondo, allá donde comenzaba la llanura de los Tártaros. La enigmática mancha parecía inmóvil, como si estuviera durmiendo, y poco a poco Giovanni empezaba a pensar que realmente no era nada, sólo una peña negra parecida a una monja y que sus ojos se habían engañado, en parte por cansancio, nada más, una estúpida alucinación. Ahora sentía incluso una sombra de opaca amargura, como cuando las graves horas del destino nos pasan al lado sin tocarnos y su estruendo se pierde en lontananza mientras nos quedamos solos, entre torbellinos de hojas secas, añorando la terrible pero gran ocasión perdida.

    Pero después, desde el valle oscuro, con el transcurso de la noche volvía a subir el soplo del miedo. Con el transcurso de la noche Drogo se sentía pequeño y solo. Tronk era demasiado distinto de él para poderle servir de amigo. Oh, si hubiera tenido a su lado a sus camaradas, aunque fuera uno solo, entonces sí que habría sido distinto, Drogo habría encontrado incluso ganas de bromear y no le habría causado pena la espera del alba.

    Mientras tanto se iban formando lenguas de niebla en la llanura, pálido archipiélago sobre océano negro. Una de ellas se extendió justamente al pie del reducto, ocultando el objeto misterioso. El aire se había puesto húmedo, de los hombros de Drogo la capa colgaba floja y pesada.

    ¡Qué noche más larga! Drogo había perdido ya la esperanza de que terminase nunca cuando el cielo empezó a palidecer y rachas gélidas anunciaron que el alba no estaba lejos. Entonces fue cuando lo sorprendió el sueño. De pie, apoyado en el parapeto de la terraza, Drogo dejó bambolearse dos veces la cabeza, dos veces la enderezó sobresaltado, y por último la cabeza se abandonó inerte y los párpados cedieron ante un peso. Nacía el nuevo día. Se despertó porque alguien le tocaba un brazo. Emergió despacio de los sueños, aturdido con la luz. Una voz, la voz de Tronk, le decía: —Mi teniente, es un caballo.

    Recordó entonces la vida, la Fortaleza, el Reducto Nuevo, el enigma de la mancha negra. Miró inmediatamente hacia abajo, ávido de saber, y deseaba cobardemente no descubrir sino piedras y matas, nada más que la llanura, como siempre había estado, solitaria y va cía. La voz le repetía, en cambio: —Mi teniente, es un caballo. Y Drogo lo vio, cosa inverosímil, parado al pie de la roca.

    Era un caballo, no muy grande, bajo y regordete, de una curiosa belleza con sus patas finas y su crin flotante. Extraña era su forma, pero asombroso sobre todo el color, un color negro resplandeciente que manchaba el paisaje.

    ¿De dónde había llegado? ¿De quién era? Ninguna criatura, desde hacía muchísimos años —salvo acaso algún cuervo o alguna culebra— se había aventurado por aquellos lugares. Y ahora, en cambio, había aparecido un caballo, y se notaba de inmediato que no era salvaje, sino un animal selecto, un auténtico caballo de militares (quizá sólo las patas eran demasiado finas).

    Era algo extraordinario, de inquietante significado. Drogo, Tronk, los centinelas —y también los otros soldados a través de las troneras del piso de abajo— no conseguían apartar de él los ojos. Aquel caballo rompía las reglas, volvía a traer las viejas leyendas del norte, con tártaros y batallas, llenaba con su ilógica presencia todo el desierto. Por sí solo no significaba gran cosa, pero detrás del caballo se comprendía que tenían que llegar otras cosas. Tenía la silla en orden, como si hubiera sido montado poco antes. Había, pues, una historia en suspenso, lo que hasta ayer era absurda y ridícula superstición, podía ser cierto, por lo tanto. Drogo tenía la impresión de sentirlos, a los misteriosos enemigos, a los tártaros, agazapados entre las matas, en las grietas de las rocas, inmóviles y mudos, con los dientes apretados: esperaban la oscuridad para atacar. Y mientras tanto llegaban otros, un amenazador hormigueo que salía con lentitud de las nieblas del norte. No tenían músicas ni canciones, ni espadas centelleantes, ni hermosas banderas. Sus armas eran opacas para que no centellearan al sol y sus caballos estaban amaestrados para no relinchar.

    Pero un caballito —ésa fue la inmediata idea en el Reducto Nuevo—, un caballito se les había escapado a los enemigos y había corrido hacia adelante a traicionarlos. Probablemente no se habían dado cuenta porque el animal había huido del campamento durante la noche.

    El caballo había traído, así, un mensaje valioso. Pero ¿en cuanto tiempo precedía a los enemigos? Hasta la tarde Drogo no podría informar al mando de la Fortaleza, y entre tanto los tártaros podían aparecer debajo.

    ¿Dar la alarma, pues? Tronk decía que no; en el fondo se trataba de un simple caballo, decía; el hecho de que hubiera llegado al pie del reducto podía significar que se había encontrado aislado, quizá el dueño fuera un cazador solitario que se había internado imprudentemente en el desierto y había muerto, o estaba enfermo; el caballo, al quedarse solo, había buscado la salvación, había sentido la presencia del hombre por el lado de la Fortaleza y ahora esperaba que le llevasen cebada.

    Justamente eso hacía dudar seriamente de que se estuviera acercando un ejército.

    ¿Qué motivo podía haber tenido el animal para escapar de un campamento en una tierra inhóspita? Y, además, decía Tronk, había oído decir que los caballos de los tártaros eran casi todos blancos, incluso en un viejo cuadro colgado de una sala de la Fortaleza se veía a los tártaros montados todos en corceles blancos, y éste, en cambio, era negro como el carbón. Así, Drogo, tras muchos titubeos, decidió esperar a la tarde. Entre tanto el cielo se había aclarado y el sol iluminó el paisaje, caldeando el corazón de los hombres. También Giovanni se sintió reanimado con la clara luz; las fantasías de los tártaros perdieron consistencia, todo volvía a sus proporciones normales, el caballo era un simple caballo y para su presencia podía encontrarse una gran cantidad de explicaciones sin recurrir a incursiones enemigas. Entonces, olvidados los temores nocturnos, se sintió repentinamente dispuesto a cualquier aventura, y lo llenaba de gozo el presentimiento de que su destino estaba en puertas, una suerte feliz que lo pondría por encima de los demás hombres.

    Se complació en ocuparse personalmente de las más insignificantes formalidades del servicio de guardia, como para demostrar a Tronk y a los soldados que la aparición del caballo, aunque extraña y preocupante, no lo había turbado en absoluto; la cosa le parecía muy militar.

    Los soldados, a decir verdad, no tenían ningún miedo; el caballo se lo habían tomado a broma, les habría gustado muchísimo poderlo capturar y llevarlo como trofeo a la Fortaleza. Uno de ellos pidió incluso permiso al sargento primero, que se limitó a una ojeada de reproche, como diciendo que no era lícito bromear con los asuntos del servicio.

    En el piso interior, en cambio, donde estaban instalados dos cañones, uno de los artilleros se había agitado muchísimo al ver el caballo. Se llamaba Giuseppe Lazzari, un jovencito entrado hacía poco en filas. Decía que aquel caballo era el suyo, lo reconocía perfectamente, no podía equivocarse, debían de haberlo dejado escapar mientras los animales habían salido de la Fortaleza para abrevar.

    —¡Es Fiocco, mi caballo! —gritaba, como si verdaderamente fuera de su propiedad y se lo hubieran robado.

    Tronk, que descendió abajo, hizo callar de inmediato los gritos y demostró secamente a Lazzari que era imposible que su caballo hubiese huido; para pasar al valle del norte hubiera tenido que atravesar las murallas de la Fortaleza o cruzar las montañas.

    Lazzari respondió que había un paso —había oído decir, un cómodo paso a través de las rocas, un viejo camino abandonado que nadie recordaba. En efecto, en la Fortaleza, entre otras muchas, había esa curiosa leyenda. Pero debía de ser una patraña. A derecha e izquierda de la Fortaleza, durante kilómetros y kilómetros, se alzaban salvajes montañas que nunca habían sido franqueadas.

    Pero el soldado no se convenció y bramaba con la idea de tenerse que quedar encerrado en el reducto, sin poder recuperar su caballo; habría bastado con media hora de camino entre ir y volver.

    Mientras tanto las horas se consumían, el sol continuaba su viaje hacia occidente, los centinelas se daban el relevo en el momento exacto, el desierto resplandecía más solitario que nunca, el caballito estaba en el sitio de antes, normalmente inmóvil, como si durmiera, o daba unas vueltas buscando alguna brizna de hierba. Las miradas de Drogo buscaban en lontananza, pero no divisaban nada nuevo, siempre las mismas grandes lastras rocosas, las matas, las nieblas del último septentrión que mudaban lentamente de color a medida que se acercaba la noche.

    Llegó la guardia nueva para hacer el relevo. Drogo y sus soldados dejaron el reducto, se encaminaron de regreso a la Fortaleza a través de las paredes rocosas, entre las sombras violetas de la tarde. Llegados a las murallas, Drogo dijo la contraseña para sí y para sus hombres, abrieron la puerta, la guardia saliente se alineó en una especie de pequeño patio y Tronk empezó a pasar lista. Mientras tanto Drogo se alejó para avisar al mando del misterioso caballo.

    Como estaba prescrito, Drogo se presentó al capitán de inspección, y después fueron juntos en busca del coronel; normalmente, para las novedades, bastaba con dirigirse al ayudante del coronel, pero esta vez podía ser una cosa grave y no había tiempo que perder.

    Entre tanto, el rumor había corrido fulminantemente por toda la Fortaleza. Alguien, en los últimos cuerpos de guardia, charloteaba ya sobre enteros escuadrones de tártaros acampados al pie de las rocas. El coronel, cuando lo supo, dijo sólo:

    —Habría que tratar de coger ese caballo; si está ensillado, quizá se pudiera saber de dónde viene.

    Pero ya era inútil, porque el soldado Giuseppe Lazzari, mientras la guardia saliente regresaba a la Fortaleza, había conseguido esconderse detrás de un peñasco, sin que nadie lo advirtiese, y después había bajado por su cuenta por las rocas, había llegado hasta el caballito y ahora lo traía a la Fortaleza. Comprobó con estupor que no era el suyo, pero ya no había nada que hacer.

    Sólo en el momento de entrar en la Fortaleza alguno de sus compañeros advirtió que había desaparecido. Si Tronk se enteraba, Lazzari se pudriría en el calabozo al menos un par de meses. Había que salvarlo. Por eso cuando el sargento primero pasó lista, y salió el nombre de Lazzari, alguien respondió por él «presente».

    Unos minutos después, cuando los soldados habían ya roto filas, recordaron que Lazzari no sabía la contraseña; ya no se trataba del calabozo, sino de la vida; ¡ay de él si se presentaba ante las murallas, le dispararían! Dos o tres compañeros se pusieron entonces a buscar a Tronk, para que encontrase un remedio.

    Demasiado tarde. Sujetando al caballo negro por las riendas, Lazzari estaba ya junto a las murallas. Y en el camino de ronda estaba Tronk, reclamado allí por un vago presentimiento; inmediatamente después de pasar lista, cierta inquietud había asaltado al sargento primero, no conseguía averiguar la causa, pero intuía que algo no marchaba bien. Al examinar los hechos de la jornada, había llegado hasta el regreso a la Fortaleza sin encontrar nada sospechoso; después algo le había chocado; sí, en la lista debía de haber habido una irregularidad, y en su momento, como ocurre a menudo en esos casos, él no se había dado cuenta.

    Un centinela montaba guardia precisamente sobre la puerta de entrada. En la penumbra vio dos figuras negras que se adelantaban por la grava. Estarían a unos doscientos metros. No hizo mucho caso, pensó que sufría una alucinación; muchas veces, en los lugares desiertos, tras estar mucho tiempo a la espera, se acaba descubriendo, incluso en pleno día, perfiles humanos que se deslizan entre las matas y las rocas, se tiene la impresión de que alguien nos está espiando, y después se va a ver que no hay nadie.

    El centinela, para distraerse, miró a su alrededor, hizo, un ademán de saludo a un compañero, de centinela a unos treinta metros más a la derecha, se ajustó el pesado gorro que le apretaba en la frente, después volvió los ojos a la izquierda y vio al sargento primero Tronk, inmóvil, que lo miraba severamente.

    El centinela se recobró, miró ante sí, vio que las dos sombras no eran un sueño, ya se encontraban próximas, estarían apenas a unos sesenta metros: un soldado y un caballo, concretamente. Entonces embrazó el fusil, preparó el gatillo para disparar, se atiesó en el gesto repetido cientos de veces en la instrucción. Después gritó:

    —¿Quién va? ¿Quién va?

    Lazzari era soldado desde hacía poco tiempo, ni remotamente pensaba en que sin la contraseña no habría podido volver. A lo sumo temía un castigo por haberse alejado sin permiso; aunque, quién sabe, quizá el coronel le perdonase por obra del caballo recuperado: era un animal bellísimo, un caballo de general.

    Sólo faltaban unos cuarenta metros. Las herraduras del cuadrúpedo resonaban en las piedras, era casi noche cerrada, se oyó un lejano sonido de corneta.

    —¿Quién va? ¿Quién va? —repitió el centinela. Una vez más, y después tendría que disparar. Un repentino malestar había asaltado a Lazzari ante la primera llamada del centinela. Le parecía muy raro, ahora que se encontraba personalmente metido, oírse interpelar de ese modo por un compañero, pero se tranquilizó con el segundo «¿quién va?», porque reconoció la voz de un amigo, precisamente de su misma compañía, a quien llamaban en confianza el Moreno.
    —¡Soy yo, Lazzari! —gritó—. ¡Manda al jefe del piquete que me abra! ¡He cogido el caballo! Y que no se den cuenta, ¡porque me meten un puro!

    El centinela no se movió. Con el fusil embrazado, estaba inmóvil, tratando de retrasar lo más posible el tercer «¿quién va?» Quizá Lazzari se daría cuenta por sí solo del peligro, retrocedería, quizá podría sumarse al día siguiente a la guardia del Reducto Nuevo. Pero Tronk, a pocos metros, lo miraba severamente.

    Tronk no decía ni una palabra. Ora miraba al centinela, ora a Lazzari, por culpa del cual probablemente le castigarían. ¿Qué significaban sus miradas?

    El soldado y el caballo ya no distaban más de treinta metros; esperar aún habría sido imprudente. Cuanto más se acercaba Lazzari, más fácil sería acertarle.

    —¿Quién va? ¿Quién va? —gritó por tercera vez el centinela.

    Y en su voz subyacía como una advertencia privada y antirreglamentaria. Quería decir: «Retrocede mientras estás a tiempo. ¿Quieres que te maten?»

    Y finalmente Lazzari comprendió, recordó como en un relámpago las duras leyes de la Fortaleza, se sintió perdido. Pero en lugar de huir, quién sabe por qué, soltó las riendas del caballo y se adelantó solo, invocando con voz aguda:

    —¡Soy yo, Lazzari! ¿No me ves? ¡Moreno, eh, Moreno! ¡Soy yo! Pero ¿qué haces con el fusil? ¿Estás loco, Moreno?

    Pero el centinela ya no era el Moreno, era simplemente un soldado de cara adusta que ahora alzaba lentamente el fusil, apuntando a su amigo. Había apoyado el arma en el hombro y con el rabillo del ojo echó un vistazo al sargento primero, invocando silenciosamente un gesto de que lo dejara. Pero Tronk seguía inmóvil y lo miraba severamente.

    Lazzari, sin volverse, retrocedió unos pasos tropezando con las piedras.

    —¡Soy yo, Lazzari! —gritaba—. ¿No ves que soy yo? ¡No dispares, Moreno!

    Pero el centinela ya no era el Moreno, con quien todos sus camaradas bromeaban libremente, era sólo un centinela de la Fortaleza, con uniforme de paño azul oscuro con banderola de cuero, absolutamente idéntico a todos los demás de la noche, un centinela cualquiera que había apuntado y ahora apretaba el gatillo. Sentía en los oídos un estruendo y le pareció oír la voz ronca de Tronk: «¡Apunta bien!», aunque Tronk no había resollado.

    El fusil lanzó un pequeño relámpago, una minúscula nubécula de humo, incluso el disparo no pareció gran cosa en el primer momento, pero después fue multiplicado por los ecos, rebotó de muralla en muralla, se quedó mucho tiempo en el aire, muriendo en un lejano murmullo como de trueno.

    Ahora que había cumplido con su deber, el centinela dejó el fusil en el suelo, se asomó por el parapeto, miró hacia abajo esperando no haber acertado. Y en la oscuridad le pareció, en efecto, que Lazzari no había caído.

    No, Lazzari estaba aún de pie, y el caballo se le había acercado. Después, en el silencio dejado por el disparo, se oyó su voz, y con qué desesperado sonido:

    —¡Oh, Moreno! ¡Me has matado!

    Eso dijo Lazzari, y se dobló lentamente hacia adelante. Tronk, con rostro impenetrable, aún no se había movido, mientras una confusión bélica se propagaba por los meandros de la Fortaleza.


    TRECE


    Así comenzó aquella noche memorable, atravesada por los vientos, entre vaivenes de linternas, insólitas cornetas, pasos en los zaguanes, nubes que bajaban atropelladamente del norte, se enganchaban en las cimas rocosas dejando pegados en ellas jirones, pero no tenían tiempo de pararse, algo muy importante las llamaba. Había bastado un disparo, un modesto disparo de fusil, y la Fortaleza se había despertado. Durante años había habido silencio —y ellos siempre orientados al norte para oír la voz de la guerra inminente, un silencio demasiado prolongado. Ahora un fusil había disparado —con la carga de polvo prescrita y la bala de plomo de treinta y dos gramos— y los hombres se habían mirado recíprocamente como si aquella fuera la señal.

    Es cierto que tampoco esta noche nadie, salvo algún soldado, pronuncia el nombre que está en el corazón de todos. Los oficiales prefieren callarlo porque justamente ésa es su esperanza. Por los tártaros han alzado las murallas de la Fortaleza, consumen allá arriba grandes porciones de vida, por los tártaros los centinelas caminan noche y día como autómatas. Unos alimentan esa esperanza con nueva fe cada mañana, otros la conservan oculta en lo más hondo, otros ni siquiera saben que la poseen, creyendo haberla perdido. Pero nadie tiene el valor de mencionarla; parecería un mal augurio, y sobre todo parecería confesar los propios y más queridos pensamientos, y a los soldados eso les avergüenza.

    Por ahora hay sólo un soldado muerto y un caballo de desconocida procedencia. En el cuerpo de guardia, en la puerta que da al norte, donde ha sucedido la desgracia, hay una gran agitación, y aunque no sea de ordenanza, también se encuentra Tronk, quien no descansa al pensar en el castigo que le espera; la responsabilidad recae sobre él, él tenía que impedir que Lazzari huyese, él tenía que darse cuenta inmediatamente, a la vuelta, de que el soldado no había respondido al pasar lista.

    Y ahora aparece también el comandante Matti, ansioso de hacer notar su autoridad y competencia. Tiene una extraña cara, incomprensible, incluso puede dar la impresión de que sonríe. Evidentemente está informado a la perfección de todo y da órdenes al teniente Mentana, de servicio en ese reducto, para que mande retirar el cadáver del soldado.

    Mentana es un oficial descolorido, el teniente más antiguo de la Fortaleza; si no tuviera un anillo con un grueso diamante y no jugase bien al ajedrez, nadie advertiría su existencia; grosísima es la piedra preciosa de su anular y pocos son los que consiguen derrotarlo en el tablero, pero ante el comandante Matti tiembla literalmente y pierde la cabeza en una cosa tan sencilla como es mandar un grupo de faena en busca de un muerto.

    Por suerte para él, el comandante Matti ha divisado, de pie en un rincón, al sargento primero Tronk y lo llama: —Tronk, en vista de que no tiene usted nada que hacer, ¡tome el mando de la expedición!

    Lo dice con la máxima naturalidad, como si Tronk fuera un suboficial cualquiera, sin la menor relación personal con el incidente; pues Matti es incapaz de hacer un reproche directo, acaba por ponerse blanco de rabia y no encuentra palabras; prefiere el arma mucho más dura de las investigaciones, con flemáticos interrogatorios, documentación escrita, que consiguen aumentar monstruosamente los más leves fallos y conducen casi siempre a castigos de importancia.

    Tronk no pestañea, responde «a sus órdenes» y se apresura en el pequeño patio, inmediatamente detrás del portón. Un pequeño grupo, a la luz de linternas, sale poco después de la Fortaleza: Tronk a la cabeza, y además cuatro soldados con una camilla, otros cuatro soldados armados como precaución, y, por último, el propio comandante Matti, envuelto en un desteñido capote, arrastrando el sable por las piedras. Encuentran a Lazzari tal como ha muerto, con la cara en el suelo y los brazos tendidos hacia adelante. El fusil que llevaba en bandolera se le ha enganchado, con la caída, entre dos piedras, y está derecho, con la culata hacia arriba, cosa rara a la vista. El soldado, al caer, se ha herido en una mano y antes de que se enfriase el cuerpo ha tenido tiempo de verter un poco de sangre, formando una mancha sobre una piedra blanca. El misterioso caballo ha desaparecido.

    Tronk se inclina sobre el muerto e intenta aferrarlo por los hombros, pero se retira de golpe hacia atrás, como si hubiera advertido que actúa contra las reglas.

    —Levantadlo —ordena a los soldados con voz baja y aviesa—. Pero primero quitadle el fusil.

    Un soldado se baja para desatar el correaje y deja en las piedras la linterna, al lado del muerto. Lazzari no ha tenido tiempo de cerrar por completo los párpados, y en la rendija de los ojos, sobre el blanco, la llama pone un leve reflejo.

    —Tronk —llama entonces el comandante Matti, que se ha quedado completamente en la sombra.
    —A sus órdenes, mi comandante —responde Tronk, cuadrándose.

    También los soldados se detienen.

    —¿Dónde ocurrió? ¿De dónde se escapó? —pregunta el comandante, arrastrando las palabras como si hablara por aburrida curiosidad—. ¿Fue en la fuente? ¿Donde hay esos peñascos?
    —Sí, mi comandante, en los peñascos —responde Tronk, sin añadir una palabra más.
    —¿Y nadie lo vio cuando escapó?
    —Nadie, mi comandante —dice Tronk.
    —En la fuente, ¿eh? ¿Y estaba oscuro?
    —Sí, mi comandante, bastante oscuro.

    Tronk espera unos instantes en posición de firmes, y después, como el comandante Matti calla, indica a los soldados que continúen. Uno intenta desatar la correa del fusil, pero el cierre está duro y le cuesta trabajo. Al tirar, el soldado siente el peso del cuerpo muerto, un peso desproporcionado, como de plomo.

    Tras quitarle el fusil, los dos soldados le dan la vuelta delicadamente al cadáver, poniéndolo boca arriba. Ahora se ve completamente su rostro. La boca está cerrada e inexpresiva, sólo los ojos semiabiertos e inmóviles, que resisten a la luz de la linterna, huelen a muerte.

    —¿En la frente? —pregunta la voz de Matti, que ha notado en seguida una especie de pequeño hundimiento, justamente sobre la nariz.
    —¿Mi comandante? —dice Tronk, sin comprender. —Digo que si le han dado en la frente —dice Matti, fastidiado por tener que repetirlo.

    Tronk levanta la linterna, ilumina de lleno la cara de Lazzari, ve también él el pequeño hundimiento e instintivamente acerca un dedo, como para tocarlo. Pero de inmediato lo retira, turbado.

    —Creo que sí, mi comandante, precisamente en el medio de la frente. —(Pero ¿por qué no viene a ver él el muerto, si tanto le interesa? ¿Por qué todas esas estúpidas preguntas?)

    Los soldados, advirtiendo la turbación de Tronk, se ocupan de su trabajo: dos alzan el cadáver por los hombros, dos por las piernas. La cabeza, abandonada a sí misma, se bambolea hacia atrás horriblemente. La boca, aunque helada por la muerte, vuelve casi a abrirse.

    —¿Y quién ha disparado? —pregunta aún Matti, siempre inmóvil en la oscuridad. Pero en ese momento Tronk no le hace caso. Tronk está sólo atento al muerto.

    «Levantadle la cabeza», ordena con profunda ira, como si el muerto fuese él. Después se da cuenta de qué Matti ha hablado, se cuadra de nuevo.

    —Perdone, mi comandante, estaba...
    —He dicho —repite el comandante Matti, y escande las palabras, dando a entender que si no pierde la paciencia es sólo mérito del muerto—, he dicho que quién ha disparado...
    —¿Cómo se llama? ¿Lo sabéis? —pregunta en voz baja

    Tronk a los soldados.

    —Martelli —dice uno—, Giovanni Martelli.
    —Giovanni Martelli —responde Tronk en alta voz.
    —Martelli —repite para sí el comandante. (Ese nombre no le resulta nuevo, debe ser uno de los premiados en el concurso de tiro. La escuela de tiro la dirige el propio Matti y siempre se acuerda del nombre de los mejores)—. ¿Quizá es ese al que le llaman el Moreno?
    —Sí, mi comandante —responde Tronk, inmóvil en posición de firmes—, creo que le llaman el Moreno. Ya sabe, mi comandante, entre camaradas...

    Dice eso como para disculparlo, como para demostrar que Martelli no tiene ninguna responsabilidad, que si le llaman el Moreno no es por su culpa y que no hay ningún motivo para castigarlo.

    Pero el comandante no piensa en absoluto en castigarlo, no se le pasa por la cabeza.

    —¡Ah, el Moreno! —exclama, sin ocultar cierta complacencia.

    El sargento primero lo mira con ojos duros y comprende. «Claro, claro que sí —piensa—, dale un premio, basura, porque ha matado bien. Una magnífica diana, ¿verdad?»

    Una magnífica diana, seguro. Precisamente Matti está meditando en eso (y pensar que cuando el Moreno ha disparado ya estaba oscuro. Espléndidos, sus tiradores. ) Tronk, en ese momento, lo odia. «Claro, claro que sí, dilo en voz alta que estás contento —piensa—, ¿qué te importa que Lazzari haya muerto? Dile que muy bien al Moreno, ¡hazle un elogio solemne!»

    Y efectivamente es así: el comandante, absolutamente tranquilo, se felicita en voz alta:

    —Claro, el Moreno no yerra —exclama, como diciendo: «Lazzari, el muy listo, creía que el Moreno no apuntaba bien, creía que saldría bien parado, ¿eh?, Lazzari, pues así ha aprendido qué clase de tirador era... ¿Y Tronk?, acaso también él esperaba que el Moreno errase (entonces todo se habría arreglado con unos días de arresto)»—. Ah, sí, sí —repite una vez más el comandante, olvidando del modo más absoluto que allí delante hay un muerto—. ¡Un tirador de primera el Moreno!

    Por fin se calla y el sargento primero puede volverse a mirar cómo han colocado el cadáver en la camilla. Ya está perfectamente extendido; sobre la cara le han arrojado una manta de campaña; lo único desnudo que se ve son las manos, dos gruesas manos de campesino, que parecen aún rojas de vida y de sangre cálida.

    Tronk hace un ademán con la cabeza. Los soldados levantan la camilla.

    —¿Podemos irnos, mi comandante? —pregunta.
    —¿Y a quién quieres esperar? —responde Matti, duro; ahora, con sincero asombro, ha notado el odio de Tronk y quiere devolvérselo multiplicado, con el añadido de su desprecio de superior.
    —Adelante —ordena Tronk. De frente, march, habría debido decir, pero casi le parece una profanación. Sólo ahora miraba las murallas de la Fortaleza, el centinela en el borde, vagamente iluminado por los reflejos de las linternas. Detrás de esos muros, en un dormitorio común, está el catre de Lazzari, su cajoncito con las cosas traídas de casa: una imagen piadosa, dos panochas, un eslabón, pañuelos de colores, cuatro botones de plata, para el traje de las fiestas, que habían sido de su abuelo y que en la Fortaleza no podían servir para nada.

    El almohadón quizá tiene aún la huella de su cabeza, exactamente como dos días antes, cuando se había despertado. También hay, probablemente, un frasquito de tinta —agrega mentalmente Tronk, meticuloso incluso en sus pensamientos solitarios—, un frasquito de tinta y una pluma. Todo eso se meterá en un paquete y se remitirá a su casa, con una carta del señor coronel. Las otras cosas, dadas por el Gobierno, pasarán, como es natural, a otro soldado, incluida la camisa de repuesto. El uniforme mejor no, en cambio, ni siquiera su fusil: el fusil y el uniforme serán enterrados con él, porque así es la vieja regla de la Fortaleza.


    CATORCE


    Y a primeras horas de la madrugada vieron, desde el Reducto Nuevo, una pequeña franja negra en la llanura septentrional. Una señal sutil que se movía y no podía ser una alucinación. La vio primero el centinela Andronico, después el centinela Pietri, después el sargento Batta, que al principio se lo había tomado a broma, después también el teniente Maderna, comandante del reducto.

    Una pequeña franja negra avanzaba desde el norte a través de la landa deshabitada y pareció un absurdo prodigio, aunque ya durante la noche algún presentimiento vagaba por la Fortaleza. Alrededor de las seis el centinela Andronico lanzó el primero un grito de alarma. Algo se acercaba desde septentrión, cosa que jamás había ocurrido desde tiempo inmemorial. Al aumentar la luz, sobre el fondo blanco del desierto se destacó con nitidez la formación humana que avanzaba.

    Unos minutos después, como hacía todas las mañanas desde tiempo inmemorial (un día había sido pura esperanza, después sólo escrúpulo, ahora casi únicamente hábito), el sastre-jefe Prosdocimo subió a echar una ojeada el tejado de la Fortaleza. En los cuerpos de guardia lo dejaban pasar por tradición, él se asomaba al camino de ronda, charlaba un poco con el sargento de servicio y después volvía a bajar a su sótano. Esa mañana se asomó dirigiendo la mirada al triángulo visible de desierto y creyó estar muerto. No pensó que pudiera ser un sueño. En el sueño hay siempre algo absurdo y confuso, uno no se libera nunca de la vaga sensación de que todo es falso, que de un momento a otro tendrá que despertarse. En el sueño las cosas jamás son límpidas y materiales, como aquella desolada llanura por la que avanzaban escuadrones de hombres desconocidos.

    Pero se trataba de algo tan extraño, tan idéntico a ciertos delirios suyos de cuando era joven, que Prosdocimo ni siquiera pensó que podía ser cierto y creyó estar muerto. Creyó estar muerto y que Dios lo había perdonado. Pensó estar en el mundo del más allá, aparentemente idéntico al nuestro, sólo que las cosas más bellas se cumplen de acuerdo con los justos deseos, y tras alcanzar esa satisfacción uno se queda con el ánimo en paz, no como aquí abajo, donde siempre hay algo que envenena incluso los días mejores.

    Creyó estar muerto Prosdocimo, y no se movía, suponiendo que ya no le tocaba moverse, como difunto, hasta que lo sacudiera una arcana intervención. Pero fue un sargento primero el que le tocó respetuosamente en un brazo.

    —Brigada —le dijo—, ¿qué tiene? ¿No se encuentra bien?

    Sólo entonces Prosdocimo empezó a entender.

    Más o menos como en los sueños, pero mejor, del norte bajaba gente misteriosa. El tiempo pasaba rápidamente, los párpados ni siquiera se movían mientras miraban la insólita imagen, el sol resplandecía ya sobre el borde rojo del horizonte, poco a poco los extranjeros se acercaban más, aunque con grandísima lentitud. Alguien decía que los había a pie y a caballo, que avanzaban en fila india, que había una bandera. Eso decía alguien y también los otros se hacían la ilusión de verlo, a todos se les metía en la cabeza descubrir infantes y jinetes, el paño de un estandarte, la fila india, aunque en realidad distinguieran sólo una sutil franja negra que se movía lentamente.

    —Los tártaros —se atrevió a decir el centinela Andronico, como con jactanciosa chanza, pues su rostro se había puesto blanco como un sudario. Media hora después el teniente Maderna, en el Reducto Nuevo, ordenó un cañonazo de salvas, disparo de advertencia, como estaba prescrito en el caso de que se viera acercarse secciones extranjeras armadas.

    Hacía muchos años que allá arriba no se oía el cañón. Las murallas tuvieron un pequeño temblor. El disparo se amplió en un lento estruendo, funesto sonido de ruina entre las peñas. Y los ojos del teniente Maderna se volvieron al chato perfil de la Fortaleza, esperando señales de agitación. Pero el cañonazo no sembró el estupor, porque los extranjeros avanzaban precisamente por el triángulo de llanura visible desde el fuerte central y ya todos estaban informados. La noticia había llegado incluso a la galería subterránea más periférica, donde los bastiones de la izquierda terminaban pegados a las rocas, incluso al plantón que montaba la guardia en el sótano, en el almacén de las linternas y los útiles de albañilería, a él, que nada podía ver, encerrado en la lóbrega bodega. Y se estremecía porque el tiempo corriese, porque su turno terminase, para ir también al camino de ronda a echar un vistazo. Todo seguía como antes, los centinelas permanecían en sus puestos, caminando de un lado a otro por el espacio prescrito, los escribientes copiaban los informes haciendo rechinar las plumas y mojándolas en el tintero con el ritmo habitual, pero desde el norte estaban llegando hombres desconocidos que era lícito presuponer enemigos. En las cuadras los hombres almohazaban los animales, la chimenea de las cocinas humeaba flemáticamente, tres soldados barrían el patio, pero ya pesaba sobre todo un sentimiento agudo y solemne, una inmensa suspensión de los ánimos, como si la gran hora hubiera llegado y nada pudiera pararla.

    Oficiales y soldados respiraron a fondo el aire de la mañana para sentir en su interior una vida joven. Los artilleros se pusieron a preparar los cañones; bromeando entre sí, trabajaban a su alrededor como si se tratara de animales a los que mantener tranquilos, y los miraban con cierta aprensión; quizá, después de tanto tiempo, las piezas ya no estaban en condiciones de disparar, quizá en el pasado no se había hecho la limpieza con bastante cuidado, había que remediarlo en cierto sentido, pues dentro de poco se decidiría todo. Y nunca los mensajeros habían corrido escaleras arriba a tanta velocidad, nunca los uniformes habían estado en tan perfecto orden, ni las bayonetas tan brillantes, nunca habían tañido las cornetas de forma tan militar. No se había esperado en vano, pues; los años no se habían desperdiciado, la vieja Fortaleza, después de todo, serviría para algo.

    Se esperaba ahora un especial toque de corneta, la señal de «alarma general» que los soldados nunca habían tenido la suerte de escuchar. En sus ejercicios, realizados fuera de la Fortaleza, en un vallecito aislado —para que el sonido no llegara al fuerte y no se produjeran equívocos—, los cornetas, durante las plácidas tardes de verano, habían ensayado la famosa señal, más que nada por un exceso de celo (nadie pensaba, desde luego, que un día podría servir). Ahora se arrepentían de no haberla estudiado lo bastante; era un larguísimo arpegio y subía hasta un extremo agudo; probablemente les saldría algo desafinado.

    Sólo el comandante de la Fortaleza podía ordenar esa señal, y todos pensaban en él; los soldados ya esperaban que viniera a inspeccionar las murallas de una punta a otra, ya lo veían avanzar con orgullosa sonrisa, mirando bien a todos a los ojos. Tenía que ser un día espléndido para él. ¿No había gastado su vida en espera de esta ocasión?

    El coronel Filimore estaba en su despacho, en cambio, y desde la ventana miraba, hacia el norte, el pequeño triángulo de desierta llanura que no ocultaban las rocas; veía una lista de puntitos negros que se movían como hormigas, precisamente en dirección a él, a la Fortaleza, y parecían verdaderamente soldados.

    De vez en cuando entraba algún oficial, o el teniente coronel Nicolosi, o el capitán de inspección, u oficiales de servicio. Con diversos pretextos entraban, en impaciente espera de sus órdenes, anunciándole novedades insignificantes: que de la ciudad había llegado un nuevo cargamento de víveres, que se iniciaban esa mañana los trabajos de reparación del horno, que vencía el plazo del permiso de una decena de soldados, que en la terraza del fuerte central estaba preparado el anteojo, por si acaso el señor coronel quería utilizarlo.

    Daban estas noticias, saludaban con un taconazo y no entendían por qué el coronel permanecía allá, mudo, sin dar las órdenes que todos esperaban como seguras. Aún no había mandado reforzar las guardias ni redoblar las reservas individuales de municiones, ni decidido la señal de «alarma general».

    Como con misteriosa atonía, observaba fríamente la llegada de los extranjeros, ni triste ni alegre, como si todo aquello no le concerniese.

    Además era un espléndido día de octubre, de sol límpido, aire ligero, el tiempo más deseable para una batalla. El viento agitaba la bandera izada en el tejado del fuerte, la tierra amarilla del patio resplandecía y los soldados, al pasar por allí, dejaban nítidas sombras. Una hermosa mañana, mi coronel.

    Pero el comandante del fuerte daba a entender con claridad que prefería quedarse solo, y cuando no había nadie en su despacho iba del escritorio a la ventana, de la ventana al escritorio, sin saber decidirse, se acomodaba sin motivo el bigote gris, lanzaba largos suspiros, como hacen los viejos, exclusivamente físicos. Ahora la franja negra de los extranjeros ya no se divisaba en el pequeño triángulo de llanura visible desde la ventana, señal de que estaban ya debajo, cada vez más próximos a la frontera. En tres o cuatro horas estarían al pie de las montañas. Pero el señor coronel seguía limpiando con el pañuelo, sin motivo, los cristales de sus gafas, hojeaba los informes acumulados sobre la mesa: la orden del día para firmar, una petición de permiso, el impreso diario del oficial médico, un buen balance de la talabartería.

    ¿Qué esperas, coronel? El sol está ya alto, hasta el comandante Matti, que ha entrado hace poco, no ocultaba cierta aprensión; hasta él, que nunca cree en nada. Que te vean por lo menos los centinelas, una vueltecita por las murallas. Los extranjeros, ha dicho el capitán Forze, que ha ido a inspeccionar el Reducto Nuevo, se distinguen ya uno a uno, y están armados, llevan fusiles al hombro, no hay tiempo que perder. Filimore, en cambio, quiere esperar. Serán soldados los extranjeros, no lo niega, pero ¿cuántos son? Uno ha dicho doscientos, otro doscientos cincuenta; le han hecho constar además que si ésa es la vanguardia el grueso será por lo menos de dos mil hombres. Pero el grueso aún no se ha visto, podría ocurrir que ni siquiera exista. El grueso del ejército no se ha visto aún, mi coronel, sólo a causa de las nieblas del norte. Esta mañana están muy adelantadas, el viento las ha empujado hacia abajo, de modo que cubren una vasta zona de la llanura. Esos doscientos hombres no tendrían sentido si detrás de ellos no bajara un fuerte ejército; antes de mediodía aparecerán seguramente los otros. Incluso hay un centinela que afirma haber visto hace poco algo que se movía en los límites de las nieblas.

    Pero el comandante va de un lado a otro, de la ventana al escritorio y viceversa, hojea desganadamente los informes. ¿Por qué iban a asaltar la Fortaleza los extranjeros?, piensa. Acaso se trata de maniobras normales para experimentar las dificultades del desierto. El tiempo de los tártaros ha pasado ya, no son sino una remota leyenda. ¿Y a quién iba a interesarle forzar la frontera? En todo este asunto hay algo que no lo convence.

    No serán los tártaros, no, mi coronel, pero desde luego son soldados. Desde hace bastantes años hay profundos rencores con el reino del norte, no es un misterio para nadie; más de una vez se ha hablado de guerra. Soldados son, desde luego. Los hay de a pie y de a caballo; probablemente pronto llegará la artillería. Antes de la noche, sin exagerar, tendrían perfectamente tiempo de atacar, y las murallas de la Fortaleza son viejas, viejos son los fusiles, viejos los cañones, todo absolutamente atrasado, salvo el corazón de los soldados. No te fíes demasiado, coronel.

    ¡Fiarse! ¡Oh!, él quisiera, sí, no poder fiarse; para eso ha gastado su vida; ya no le quedan muchos años, y si esta vez no es la buena, probablemente todo ha acabado. No es el miedo lo que lo detiene, no es el pensamiento de poder morir. Ni se le pasa por la cabeza.

    El caso es que, al final de su vida, Filimore veía repentinamente llegar la fortuna con coraza de plata y espada teñida en sangre; él (que casi ya no pensaba ahora en ella) la veía aproximarse extrañamente, con rostro amigo. Y Filimore, ésa es la verdad, no se atrevía a moverse hacia ella y responder a su sonrisa, se había engañado demasiadas veces, ya estaba bien.

    Los otros, los oficiales de la Fortaleza, habían corrido inmediatamente a su encuentro, festejándola. A diferencia de él, se habían adelantado confiados y saboreaban, como si lo hubieran probado ya otras veces, el acre y poderoso olor de la batalla. El coronel, al contrario, esperaba. Hasta que la hermosa aparición no le hubiera tocado con la mano, no se movería, como supersticioso. Quizá bastara una nadería, un simple gesto de saludo, una admisión del deseo, para que la imagen se disolviera en la nada.

    Por eso se limitaba a sacudir la cabeza haciendo señas de que no, de que la fortuna se debía de equivocar. Y miraba incrédulo a su alrededor, a sus espaldas, donde era presumible que hubiera otras personas, las que la fortuna buscaba verdaderamente. Pero no divisaba a nadie, no podía tratarse de un error de personas, tenía que reconocer que la envidiable suerte estaba destinada precisamente para él.

    Hubo un momento, con las primeras luces del alba, cuando en la blancura del desierto se le apareció la misteriosa franja negra, un momento en el que su corazón había jadeado de gozo. Después la imagen acorazada de plata y con la espada ensangrentada se había ido haciendo un poco más vaga, y aún caminaba, sí, hacia él, pero en realidad no conseguía aproximarse, acortar la breve y, sin embargo, infinita distancia.

    La razón es que Filimore ha esperado demasiado, y a cierta edad esperar cuesta un gran trabajo, ya no se recobra la fe de cuando se tenía veinte años. Demasiado tiempo ha esperado en vano, sus ojos han leído demasiadas órdenes del día, demasiadas mañanas sus ojos han visto esa maldita llanura siempre desierta.

    Y ahora que han aparecido los extranjeros tiene la clara impresión de que debe tratarse de un error (demasiado hermoso, si no), debe haber bajo todo un garrafal error. Entre tanto, el reloj de pared frente al escritorio continuaba triturando la vida, y los flacos dedos del coronel, secados por los años, se obstinaban en relimpiar, con ayuda del pañuelo, los cristales de las gafas, aunque no hubiera necesidad. Las agujas del reloj se aproximaban a las diez y media, y entonces entró en la sala el comandante Matti para recordar al coronel que había asamblea de oficiales. Filimore se había olvidado y quedó desagradablemente sorprendido: le tocaría hablar de los extranjeros aparecidos en la llanura, no podría retrasar más la decisión, tendría que definirlos oficialmente como enemigos, o bien tomárselo a broma, o bien un camino intermedio, ordenar medidas de seguridad y al mismo tiempo mostrarse escéptico, como sí no hubiera que calentarse los cascos. Pero había que tomar una decisión, y eso le disgustaba. Habría preferido continuar la espera, quedarse absolutamente inmóvil, como provocando al destino con el fin de que se desencadenara de verdad. El comandante Matti le dijo, con una de sus ambiguas sonrisas:

    — ¡Parece que va de veras esta vez!

    El coronel Filimore no respondió. El comandante dijo:

    —Se ven llegar más ahora. Son tres filas, se pueden ver incluso desde aquí. El coronel le miró a los ojos y consiguió, por un instante, casi quererlo.
    —¿Dice usted que llegan más?
    —Incluso desde aquí se pueden ver, mi coronel; ya son muchos.

    Fueron a la ventana y en el triángulo visible de la llanura septentrional distinguieron nuevas pequeñas franjas negras en movimiento; ya no una, como de madrugada, sino tres juntas, y no se divisaba el final.

    La guerra, la guerra, pensó el coronel, y trató en vano de expulsar esa idea, como si fuera un deseo prohibido. Con las palabras de Matti la esperanza había vuelto a despertar y ahora lo llenaba de angustia.

    Revoloteándole así la mente, el coronel se encontró de pronto en la sala de reuniones, ante todos los oficiales alineados (excepto los de servicio de guardia). Sobre la mancha azul de los uniformes resplandecían pálidas caras singulares, que le costaba trabajo reconocer: jóvenes o avezadas, le decían todas lo mismo, con ojos encendidos de fiebre le pedían ávidamente el anuncio formal de que habían llegado los enemigos. Erguidos en posición de firmes, todos le miraban fijamente, con la pretensión de no verse defraudados.

    En el gran silencio de la sala se oía solamente la honda respiración de los oficiales. Y el coronel comprendió que tenía que hablar. En esos instantes se sintió invadido por una sensación nueva y desenfrenada. Con asombro, sin descubrir las razones, Filimore tuvo la repentina certeza de que los extranjeros eran realmente enemigos, decididos a forzar la frontera. No comprendía cómo le había ocurrido, a él, que hasta un momento antes había sabido vencer la tentación de creer. Se sentía como arrastrado por la común tensión de los ánimos, comprendía que hablaría sin reservas. «Señores —diría—, he aquí por fin llegada la hora que esperamos desde hace muchos años. » Diría eso, o algo parecido, y los oficiales escucharían con gratitud sus palabras, autorizada promesa de gloria.

    Estaba a punto de hablar ya en este sentido, pero todavía, en la intimidad de su alma, se obstinaba una voz contraria. «Es imposible, coronel —decía esa voz—; ten cuidado mientras estás a tiempo, es un error (demasiado hermoso, si no), ten cuidado, que bajo todo hay un garrafal error. »

    En la emoción que lo estaba invadiendo afloraba de vez en cuando esta voz enemiga. Pero era tarde, la demora empezaba a resultar embarazosa. Y el coronel dio un paso adelante, alzó la cabeza como era su costumbre cuando empezaba a hablar, y los oficiales vieron que su rostro se ponía repentinamente rojo; sí, el señor coronel se ruborizaba como un niño, porque estaba a punto de confesar el celoso secreto de su propia vida.

    Se había ruborizado delicadamente como un niño y sus labios estaban a punto de emitir el primer sonido, cuando la voz hostil se despertó desde el fondo de su ánimo, y Filimore tuvo un estremecimiento de desasosiego.

    Le pareció entonces oír pasos precipitados que subían las escaleras, que se aproximaban a la sala donde estaban reunidos. Ninguno de los oficiales, vueltos hacia su comandante en jefe, lo advirtió, pero los oídos de Filimore se habían adiestrado durante muchos años a distinguir las mínimas voces de la Fortaleza. Los pasos se acercaban, no cabía duda, con desacostumbrada precipitación. Tenían un sonido extraño y sórdido, un sonido de inspección administrativa; venían en derechura, se diría, del mundo de la llanura. El ruido llegaba ahora con claridad también a los otros oficiales e hirió vulgarmente su alma, sin que se pudiera decir por qué. Por fin se abrió la puerta y apareció un desconocido oficial de dragones, que jadeaba de cansancio, cubierto de polvo.

    Se cuadró.

    —Teniente Fernández —dijo—, del Séptimo de Dragones. Traigo este mensaje de la ciudad, de parte de Su Excelencia el jefe del Estado Mayor.

    Sosteniendo elegantemente su largo gorro con el brazo izquierdo, doblado en arco, se acercó al coronel y le entregó un sobre lacrado.

    Filimore le estrechó la mano.

    —Gracias, teniente —dijo—, debe de haber hecho una buena carrera, me parece. Su colega Santi, ahora, le acompañará a refrescarse un poco.

    Sin dejar traslucir ni una sombra de inquietud, el coronel hizo un gesto al teniente Santi; el primero se le puso delante, invitándole a hacer los honores de la casa. Los dos oficiales salieron y la puerta se cerró de nuevo.

    —¿Me permiten, verdad? —preguntó Filimore con una sonrisa sutil, mostrando el sobre, para indicar que prefería leerlo ahora mismo.

    Sus manos desprendieron delicadamente los lacres, arrancaron un borde, sacaron una hoja doble, toda cubierta de escritura.

    Los oficiales le miraban mientras leía, tratando de ver reflejado algo en su rostro. Pero nada. Como si estuviera dando un vistazo al periódico después de la cena, sentado ante la chimenea, en una letárgica noche de invierno. Sólo el rubor había desaparecido de la cara enjuta del comandante en jefe.

    Cuando acabó de leer, el coronel dobló la hoja, la introdujo nuevamente en el sobre, se metió el sobre en el bolsillo y alzó la cabeza, haciendo una señal de que iba a hablar. Se notaba en el aire que algo había sucedido, que el encanto de poco antes se había roto.

    —Señores —dijo, y la voz le costaba un gran trabajo—. Esta mañana ha habido entre los soldados, si no me equivoco, cierta excitación, e incluso entre ustedes, si no me equivoco, con motivo de las secciones avistadas en la llanura de los Tártaros. Sus palabras se abrían a duras penas un camino en el profundo silencio. Una mosca volaba de un lado a otro de la sala.
    —Se trata —continuó—, se trata de secciones del Estado del Norte encargadas de fijar la línea fronteriza, como hicimos nosotros hace muchos años. Por tanto, no vendrán hacia la Fortaleza, probablemente se dispersarán en grupos, escalonándose por las montañas. Eso me comunica oficialmente en esta carta Su Excelencia el jefe del Estado Mayor.

    Filimore lanzaba largos suspiros al hablar, no movimientos de impaciencia o dolor, sino suspiros exclusivamente físicos, como hacen los viejos; y similar a la de los viejos parecía haberse vuelto de repente su voz, por obra de cierta flaccidez cavernosa, e igualmente sus miradas, amarillentas y opacas.

    Se lo había olido desde el principio el coronel Filimore. No podían ser enemigos, lo sabía perfectamente; él no había nacido para la gloria, demasiadas veces se había ilusionado estúpidamente... ¿Por qué —se preguntaba con rabia—, por qué se había dejado engañar? Se lo había olido desde el principio que tenía que acabar así.

    —Como ustedes saben —continuó con acento demasiado apático, para no resultar sumamente amargo—, nosotros hemos fijado años atrás los cipos de la frontera y otras señales de demarcación. Pero aún queda, según me informa Su Excelencia, un trecho sin definir. Mandaré a completar el trabajo a cierto número de hombres al mando de un capitán y de un subalterno. Es una zona montañosa, con dos o tres cadenas paralelas. Es superfluo agregar que convendría avanzar lo más posible, asegurarse el borde septentrional. No es que estratégicamente sea esencial, ustedes me entienden, porque allá arriba una guerra nunca podrá tener desarrollos ni ofrecer posibilidades de maniobra... —se interrumpió un momento, perdiéndose en algún pensamiento—. Posibilidades de maniobra... ¿dónde me había quedado?
    —Decía que era preciso avanzar lo más posible... —apuntó el comandante Matti con sospechosa compunción.
    —Ah, sí; decía que era preciso avanzar lo más posible. Desgraciadamente la cosa no es fácil; ahora llevamos retraso respecto a los del norte. Sin embargo... Bueno, ya hablaremos después —concluyó dirigiéndose al teniente coronel Nicolosi. Calló y parecía fatigado. Había visto bajar sobre las caras de los oficiales, mientras hablaba, un velo de desilusión, los había visto volver a convertirse, de guerreros ansiosos de lucha, en incoloros oficiales de guarnición. Pero eran jóvenes, pensaba, aún estaban a tiempo.
    —Bien —prosiguió el coronel—. Ahora me duele tener que hacer una observación que concierne a varios de ustedes. He notado más de una vez que algunos pelotones se presentan al relevo, en el patio, sin que los acompañen los respectivos oficiales. Esos oficiales, evidentemente, se consideran autorizados a llegar más tarde…

    La mosca volaba de un lado a otro de la sala, la bandera del tejado del fuerte se había aflojado, el coronel hablaba de disciplina y de reglamentos, por la llanura del norte avanzaban escuadrones armados, ya no enemigos ávidos de batalla, sino soldados inocuos como ellos mismos, no lanzados al exterminio, sino a una especie de operación catastral, sus fusiles estaban descargados, sus dagas sin filo. Por la llanura del norte se extiende esa inofensiva apariencia de ejército, y en la Fortaleza todo se estanca de nuevo en el ritmo de los días de siempre.


    QUINCE


    La expedición para delimitar los confines en el trecho de frontera que había quedado sin marcar partió al día siguiente de madrugada. La mandaba el gigantesco capitán Monti, acompañado por el teniente Angustina y por un sargento primero. A cada uno de los tres se les habían confiado las contraseñas de ese día y de los cuatro siguientes; en cualquier caso, el más antiguo de los soldados supervivientes tendría facultades para abrir la guerrera de los superiores muertos o desvanecidos, para hurgar en el bolsillo interior, para extraer el sobre sellado que contenía la palabra secreta para regresar a la Fortaleza.

    Unos cuarenta hombres armados salieron de las murallas de la Fortaleza, hacia el norte, mientras estaba naciendo el sol. El capitán Monti llevaba zapatos gruesos claveteados, parecidos a los de los soldados. Sólo Angustina llevaba botas, y el capitán las había mirado con exagerada curiosidad, antes de salir, aunque sin decir nada. Descendieron un centenar de metros entre cúmulos de rocas, después doblaron a la derecha, horizontalmente, hacia la embocadura de un angosto valle rocoso que se adentraba en el corazón de la montaña.

    Llevaban media hora andando cuando el capitán dijo:

    —Con esos chismes —aludía a las botas de Angustina— se cansará.

    Angustina no dijo nada.

    —No quisiera que tuviéramos que detenernos —repitió al cabo de un rato el capitán—. Le harán daño, ya lo verá.

    Angustina respondió:

    —Ya es demasiado tarde, mi capitán; habría podido decírmelo antes, si es como usted dice.
    —Total —replicó Monti—, habría sido lo mismo. Le conozco, Angustina, se las habría puesto lo mismo.

    Monti no lo podía aguantar. «Con todos esos aires que te das —pensaba—, ya te enseñaré dentro de poco. » Y forzaba al máximo la marcha, incluso en las pendientes más empinadas, sabiendo que Angustina no era robusto. Entre tanto se habían acercado a la base de las paredes. La grava se había vuelto más menuda y los pies se hundían trabajosamente en ella.

    El capitán dijo:

    —Normalmente sopla un viento infernal por esta garganta... Pero hoy se está bien. El teniente Angustina calló.
    —Por suerte no hace sol —siguió Monti—. Se marcha bien hoy.
    —Pero ¿usted ya ha estado por aquí? —preguntó Angustina.

    Monti respondió:

    —Una vez, había que buscar a un soldado fug...

    Se interrumpió porque de lo alto de un gris murallón, cortado a pico sobre ellos, había llegado un sonido de derrumbamiento. Se oían los golpes de las piedras berroqueñas que estallaban contra las rocas, y rebotaban con salvaje ímpetu abismo abajo, entre humaredas de polvo. Un estruendo de trueno repercutía de una pared a otra. El misterioso derrumbamiento continuó durante unos minutos en el corazón de los despeñaderos, pero se agotó en las profundas torrenteras antes de llegar abajo; a la grava por donde subían los soldados sólo llegaron dos o tres piedrecillas. Todos habían callado, en aquellos estruendos de derrumbamiento se había sentido una presencia enemiga. Monti miró a Angustina con un vago aire de desafío. Esperaba que tuviese miedo, pero nada de eso. Sin embargo, el teniente parecía exageradamente acalorado por la breve marcha; su elegante uniforme se había descompuesto.

    «Con todos los aires que te das, maldito esnob —pensaba Monti—, ya te quiero ver dentro de poco. » Reanudó de inmediato la marcha, forzando aún más el paso, y de vez en cuando lanzaba breves ojeadas hacia atrás para examinar a Angustina; sí, tal y como había esperado y previsto, se veía que las botas empezaban a torturarle los pies. No es que Angustina aflojase el paso o su cara expresase dolor. Se notaba por el ritmo de la marcha, por la expresión de severo empeño marcada en su frente.

    Dijo el capitán:

    —Noto que hoy seguiremos adelante unas seis horas. Si no fuera por los soldados... Hoy todo va muy bien —insistía con ingenua malicia—, ¿Qué tal, teniente?
    —Perdone, mi capitán —dijo Angustina—. ¿Qué ha dicho?
    —Nada —y sonreía, avieso—, le preguntaba qué tal iba.
    —Ah, sí, gracias —dijo Angustina evasivamente; y tras una pausa, para ocultar el jadeo de la subida—; lástima que...
    —Lástima ¿qué? —preguntó Monti, esperando que el otro se confesara cansado.
    —Lástima que no se pueda venir más a menudo aquí arriba, son lugares bellísimos
    —y sonreía con su tono de despego.

    Monti aceleró aún más el paso. Pero Angustina seguía detrás; su cara estaba ahora pálida por el esfuerzo, regueros de sudor bajaban desde el borde de la gorra, también la tela de la chaqueta, en la espalda, se había humedecido, pero no decía una palabra ni perdía terreno.

    Ahora habían entrado entre las peñas, horrendas paredes grises se alzaban a plomo a su alrededor, el valle parecía seguir subiendo hasta alturas inconcebibles. Cesaban los aspectos de la vida habitual para dejar su puesto a la inmóvil desolación de la montaña. Fascinado, Angustina alzaba de vez en cuando los ojos a las crestas que gravitaban sobre ellos.

    —Haremos una parada más adelante —dijo Monti, que no le quitaba ojo—. Aún no se ve el sitio. Pero, sinceramente, ¿no está cansado, verdad? A veces uno no está en condiciones. Y es mejor decirlo, aunque se corra el riesgo de llegar tarde.
    —Sigamos, sigamos —fue la respuesta de Angustina, como si el superior fuera él.
    —¿Sabe? Se lo decía porque a cualquiera le puede ocurrir no estar en condiciones. Lo decía sólo por eso...

    Angustina estaba pálido, regueros de sudor fluían desde el borde de la gorra, la chaqueta estaba totalmente empapada. Pero apretaba los dientes y no cedía, antes se hubiera muerto. Tratando de que el capitán no lo viese, lanzaba realmente ojeadas hacia el extremo del valle, buscando un final a sus fatigas.

    Mientras tanto el sol se había alzado e iluminaba las cimas más altas, aunque sin el fresco esplendor de las buenas mañanas de otoño. Un velo de calígine se extendía lentamente por el cielo, subrepticio y uniforme.

    Ahora en realidad las botas empezaban a hacerle un daño infernal, el cuero mordía el empeine del pie; a juzgar por el sufrimiento de la piel, debía ya de haberse desgarrado.

    De repente cesaron los paredones y el valle desembocó en una breve altiplanicie con enfermizas hierbecillas, al pie de un circo de paredes. A un lado y otro se alzaban, en una maraña de torres y de hendiduras, murallas cuya altura era difícil estimar. Aunque a regañadientes, el capitán Monti ordenó una parada y dio tiempo para comer a los soldados. Angustina se sentó en un peñasco con toda compostura, aunque temblaba con el viento que le helaba el sudor. Él y el capitán compartieron un poco de pan, una loncha de carne, queso, una botella de vino.

    Angustina tenía frío, miraba al capitán y los soldados, por si alguno desataba el rollo del capote, para poderlo imitar. Pero los soldados parecían insensibles a la fatiga y bromeaban entre sí, el capitán comía con ávida complacencia, mirando entre un bocado y otro una escarpada montaña sobre ellos.

    —Ahora —dijo—, ahora ya veo por dónde se puede subir y señalaba la abrupta pared que finalizaba sobre la cresta en litigio—. Hay que subir rectos por aquí. Bastante empinado, ¿no? ¿Qué le parece, teniente?

    Angustina miró la pared. Para alcanzar la cresta del confín no había otro remedio que subir por allí, a menos que se quisiera rodearla por algún puerto. Pero eso llevaría mucho más tiempo y había que apresurarse, en cambio; los del norte llevaban la ventaja de haberse puesto en marcha los primeros, y por su lado el camino era mucho más fácil. Había que atacar la pared precisamente de frente.

    —¿Por ahí arriba? —preguntó Angustina, observando los abruptos despeñaderos, y notó que unos cien metros más a la izquierda el camino habría sido mucho más sencillo.
    —Rectos por ahí, claro —repitió el capitán—. ¿Qué le parece?

    Angustina dijo:

    —Todo consiste en llegar antes que ellos. El capitán le miró con manifiesta antipatía. —Bueno —dijo—. Ahora juguemos una partidita. Sacó del bolsillo un mazo de cartas, extendió sobre una piedra cuadrada su capote, invitó a Angustina a jugar, y después dijo:
    —Esas nubes... Usted las mira de cierta manera, pero no tenga miedo, no son nubes de mal tiempo, ésas... —y se rió, quién sabe por qué, como si hubiera gastado una ingeniosa broma.

    Empezaron a jugar. Angustina se sentía helado por el viento. Mientras que el capitán se había sentado entre dos grandes piedras que lo abrigaban, a él le daba el aire en plena espalda. «¡Esta vez enfermo!», pensaba.

    —¡Ah, esto es demasiado para usted! —gritó, literalmente chilló, el capitán Monti, sin previo aviso—. ¡Por Dios, darme así un as! Pero, mi querido teniente, ¿dónde tiene la cabeza? Sigue mirando para arriba y ni siquiera se fija en las cartas.
    —¡No, no! —respondió Angustina—. ¡Ha sido un error! Y trató de reír sin conseguirlo.
    —Diga la verdad —dijo Monti con triunfal satisfacción—. Diga la verdad; esos chismes le hacen daño, lo habría jurado desde que salimos.
    —¿Qué chismes?
    —Sus hermosas botas. No son para estas marchas, mi querido teniente. Diga la verdad: le hacen daño.
    —Me molestan —admitió Angustina con un tono de desprecio, como para indicar que le fastidiaba hablar de eso—. Me han molestado, efectivamente.
    —¡Ja, ja! —rió contento el capitán—. ¡Ya lo sabía yo! Claro, no hay que andar con botas peñas arriba.
    —Mire que le he echado un rey de espadas —advirtió gélido Angustina—. ¿No tiene para seguirme?
    —Sí, sí, no me daba cuenta —dijo el capitán, siempre alegrísimo—. ¡Claro! ¡Esas botas!

    Las botas del teniente Angustina no se agarraban bien, en realidad, a las rocas de la pared. Desprovistas de clavos, tendían a resbalar, mientras que los zapatones del capitán Monti y de los soldados mordían sólidamente en los salientes. No por eso Angustina se quedaba atrás; con multiplicado empeño, aunque ya estaba cansado y penaba con el sudor helado encima, conseguía seguir de cerca al capitán por la quebrada muralla. La montaña resultaba menos difícil y empinada de lo que parecía mirándola desde abajo. Estaba enteramente surcada por galerías, por hendiduras, por cornisas pedregosas, y las rocas estaban agrietadas por innumerables salientes, a los que era fácil agarrarse. Nada ágil por naturaleza, el capitán trepaba a fuerza de brazos, en sucesivos saltos, mirando de vez en cuando hacia abajo con la esperanza de que Angustina estuviera reventado. Pero Angustina aguantaba bien; buscaba con la máxima presteza los apoyos más anchos y seguros y casi se asombraba de poder subir tan prestamente, a pesar de sentirse agotado.

    A medida que el abismo aumentaba bajo ellos, parecía alejarse cada vez más la cresta final, defendida por un amarillo murallón cortado a plomo. Y la noche se acercaba cada vez más velozmente, aunque un espeso techo de nubes grises impedía valorar la altura del sol. Incluso empezaba a hacer frío. Un viento malo subía desde el valle y se le oía jadear dentro de las grietas de la montaña.

    —¡Mi capitán! —se oyó en cierto momento gritar desde abajo al sargento que cerraba la marcha.

    Monti se detuvo, se detuvo Angustina, y después todos los soldados, hasta el último.

    —¿Qué pasa ahora? —preguntó el capitán, como si ya le trastornaran otros motivos de preocupación.
    —¡Ya están en la cresta los del norte! —gritó el sargento.
    —¿Estás loco? ¿Dónde los ves? —replicó Monti.
    —A la izquierda, en aquel pequeño puerto, ¡inmediatamente a la izquierda de esa especie de nariz!

    En efecto, allí estaban. Tres minúsculas figuras negras se destacaban contra el cielo gris, y visiblemente estaban moviéndose. Era evidente que habían ocupado ya el trecho inferior de la cresta y con toda probabilidad llegarían a la cima antes que ellos.

    —¡Por Dios! —dijo el capitán con una ojeada rabiosa hacia abajo, como si los soldados fueran responsables del retraso. Después, a Angustina:
    —Al menos tenemos que ocupar nosotros la cima, sin más historias. ¡Si no, estamos frescos con el coronel!
    —Tendrían que pararse ésos un poco —dijo Angustina—. Desde el puerto a la cima no tardan más de una hora. Si no se paran un poco, a la fuerza llegaremos después. El capitán dijo entonces:
    —Quizá será mejor que me adelante yo con cuatro soldados; siendo pocos se va más deprisa. Usted síganos con calma, o bien espere aquí, si se siente cansado. A eso quería ir a parar aquel bribón, pensó Angustina, quería dejarlo atrás, para hacer un buen papel él solo.
    —A sus órdenes, mi capitán —respondió—. Pero prefiero subir yo también; al quedarse parado, uno se hiela.

    El capitán, con cuatro de los soldados más ligeros, volvió a partir, pues, como patrulla avanzada. Angustina tomó el mando de los restantes y esperó inútilmente poder seguir aún de cerca a Monti. Los suyos eran demasiados; la fila, forzando el paso, se alargaba desmesuradamente, hasta el punto de que los hombres se perdían completamente de vista.

    Angustina vio así cómo la pequeña patrulla del capitán Monti desaparecía allá arriba, tras grises repisas de roca. Durante un rato oyó los pequeños derrumbamientos que producían en las torrenteras, después ni siquiera eso. Hasta sus voces acabaron por disolverse en lontananza.

    Pero mientras tanto el cielo se ensombrecía. Las rocas de alrededor, las pálidas paredes del otro lado del valle, el fondo del precipicio, tenían un tinte lívido. Pequeños cuerpos volaban a lo largo de las aéreas aristas emitiendo chillidos, parecían llamarse unos a otros ante peligros inminentes.

    —Mi teniente —le dijo a Angustina el soldado que lo seguía—. Dentro de poco tendremos lluvia.

    Angustina se detuvo a mirarlo un instante y no dijo palabra. Las botas ahora ya no lo torturaban, pero comenzaba un profundo cansancio. Cada metro de subida le costaba un supremo esfuerzo. Por fortuna las rocas de aquel trecho eran menos empinadas y aún más quebradas que las precedentes. Quién sabe hasta dónde había llegado el capitán —pensaba Angustina—, quizá ya a la cima, quizá haya plantado la banderita y puesto la señal de los confines, quizá estaba ya por el camino de vuelta.

    Miró hacia arriba y advirtió que la cumbre ya no estaba muy lejos. Sólo que no comprendía por dónde podrían pasar, tan escarpado y liso era el murallón rocoso que la sustentaba.

    Finalmente, al desembocar en una ancha senda pedregosa, Angustina se encontró a pocos metros del capitán Monti. Encaramado a hombros de un soldado, el oficial intentaba trepar por una breve pared cortada a pico, no más alta de una docena de metros, desde luego, pero en apariencia inaccesible. Era evidente que Monti llevaba ya varios minutos obstinándose en sus tentativas, sin conseguir encontrar un camino. Gesticuló tres o cuatro veces buscando un sostén, pareció encontrarlo, se le oyó blasfemar, se le vio caer nuevamente sobre los hombros del soldado, que vibraba totalmente con el esfuerzo. Por fin renunció y de un salto estuvo sobre la grava del sendero.

    Monti, jadeante de fatiga, miró con aire hostil a Angustina:

    —Podía haber esperado abajo, teniente —dijo—. Por aquí, desde luego, no pasamos todos, ya será mucho si puedo ir yo con un par de soldados. Era mejor que esperara abajo, ahora cae la noche y bajar resulta asunto serio.
    —Pero lo dijo usted, mi capitán —respondió Angustina sin la mínima participación—. Me dijo que hiciera lo que prefiriese: esperar o subir detrás de usted.
    —Está bien —dijo el capitán—. Ahora es preciso encontrar un camino, sólo quedan esos pocos metros para llegar a la cima.
    —¿Cómo? ¿La cima está inmediatamente detrás? —preguntó el teniente con una indefinible ironía que Monti ni siquiera sospechó.
    —No quedan ni siquiera doce metros —renegaba el capitán—. ¡Por Dios, ya veremos si paso o no! A costa de...

    Lo interrumpió un grito arrogante que venía de lo alto: al borde superior de la breve pared se asomaron dos sonrientes cabezas humanas.

    —Buenas noches, señores —gritó uno, quizá un oficial—. ¡Miren que por aquí no pasan, hay que subir por la cresta!

    Las dos caras se retiraron y se oyeron sólo confusas voces de hombres que confabulaban.

    Monti estaba lívido de rabia. No había nada que hacer, pues. Los del norte habían ocupado también la cima. El capitán se sentó sobre un peñasco del sendero, sin hacer caso de sus soldados, que seguían llegando desde abajo.

    Precisamente en ese momento empezó a nevar, una nieve espesa y pesada, como de pleno invierno. En pocos instantes, casi increíble, los guijarros del sendero se pusieron blancos y faltó repentinamente la luz. Había caído la noche, en la que hasta ahora nadie había pensado en serio.

    Los soldados, sin demostrar la menor alarma, desataron el rollo del capote y se taparon.

    —¿Qué hacéis? ¡Caramba! —saltó el capitán—. ¡Volved a enrollar los capotes inmediatamente! ¿No se os pasará por la cabeza quedaros aquí de noche? ¡Hay que descender ahora!

    Angustina dijo:

    —Si me permite, mi capitán, mientras ésos estén en la cima...
    —¿Qué? ¿Qué quiere decir usted? —preguntó el capitán con ira.
    —Que no se puede retroceder, me parece, mientras los del norte estén en la cima. Ellos han llegado antes y no tenemos nada que hacer aquí, ¡pero haríamos un bonito papel!

    El capitán no respondió, caminó de un lado a otro unos instantes por la ancha senda. Después dijo:

    —Pero ahora también ellos se marcharán; en la cima, y con este tiempo, aún están peor que aquí.
    —¡Señores! —llamó una voz desde arriba, mientras asomaban por el borde de la paredita cuatro o cinco cabezas—. ¡No se anden con cumplidos, cojan estas cuerdas y suban aquí arriba! ¡Con la oscuridad no conseguirán descender por la pared!

    Simultáneamente arrojaron desde arriba dos cuerdas, a fin de que los de la Fortaleza las utilizaran para subir la breve muralla.

    —Gracias —respondió el capitán Monti con aire burlón—. Gracias por la idea, ¡pero ya nos ocuparemos nosotros de nuestros asuntos!
    —Como quieran —gritaron de nuevo desde la cima—. De todos modos se las dejamos aquí, por si les acomoda.

    Siguió un breve silencio, no se oía más que el susurro de la nieve, alguna tos de los soldados. La visibilidad había desaparecido casi por entero, apenas se lograba distinguir el borde de la paredita, desde el que ahora irradiaba el reflejo rojo de una linterna. También varios soldados de la Fortaleza, de nuevo con los capotes, habían encendido luces. Le llevaron una al capitán, por si acaso la necesitaba.

    —Mi capitán —dijo Angustina con voz cansada.
    —¿Qué pasa ahora?
    —Mi capitán, ¿qué le parecería una partidita?
    —¡Al diablo la partidita! —respondió Monti, que comprendía perfectamente que esa noche ya no podría bajar.

    Sin decir palabra, Angustina sacó de la cartera del capitán, confiada a un soldado, el mazo de cartas. Extendió sobre una piedra un borde de su capote, puso al lado la linterna, comenzó abarajar.

    —Mi capitán —repitió—. Hágame caso, aunque no tenga ganas.

    Monti comprendió entonces qué pretendía decir el teniente: ante los del norte, que probablemente estaban mofándose de ellos, no quedaba otra cosa que hacer. Y mientras los soldados se agazapaban junto a la base de la pared, aprovechando todos los entrantes, o se ponían a comer entre bromas y risas, los dos oficiales, bajo la nieve, comenzaron una partida de cartas. Sobre ellos las rocas cortadas a pico, debajo el precipicio negro.

    «¡Capote! ¡Capote!», se oyó gritar desde arriba, en tono burlón.

    Ni Monti ni Angustina levantaron la cabeza, siguieron jugando. Pero el capitán lo hacía a regañadientes, golpeando con rabia las cartas sobre el capote. En cambio, Angustina trataba de bromear: «Magnífico, dos ases en fila..., pero esto me lo llevo yo... Diga la verdad, se le había olvidado aquel basto... » Y también se reía, de cuando en cuando: una risa aparentemente sincera.

    Arriba se oyó reanudarse las voces, después, ruidos de piedras removidas, probablemente estaban a punto de irse.

    «¡Buena suerte! —gritó aún hacia ellos la voz de antes—. ¡Buena partida... y no olviden las dos cuerdas!»

    Ni el capitán ni Angustina respondieron. Continuaron jugando sin siquiera un gesto de respuesta, fingiendo gran concentración.

    El reflejo de la linterna desapareció de la cima; evidentemente los del norte se estaban yendo. Las cartas, bajo la nieve espesa, se habían humedecido y sólo a duras penas conseguían barajarlas.

    —Ya basta —dijo el capitán, lanzando sobre el capote las suyas—. ¡Basta de esta comedia!

    Se retiró bajo las rocas, se envolvió con cuidado en el capote.

    —¡Toni! —llamó—. Tráeme mi cartera y búscame algo de agua para beber.
    —Aún nos ven —dijo Angustina—. ¡Aún nos ven desde la cresta! —pero como comprendía que Monti ya tenía bastante, continuó él solo, simulando que continuaba la partida.

    Entre clamorosas exclamaciones propias del juego, el teniente sostenía en la mano izquierda sus cartas, con la derecha las arrojaba sobre el borde del capote, fingiendo recoger las ganadas; en medio de la espesa nieve, los extranjeros de la cresta no podían notar, desde luego, que el oficial jugaba solo.

    Una horrible sensación de hielo había penetrado entre tanto en sus entrañas. Sentía que probablemente ya no sería capaz de moverse, ni siquiera de tumbarse; nunca, por lo que recordaba, se había sentido tan mal. En la cresta se distinguía aún el bamboleante reflejo de la linterna de los otros, que se alejaban; todavía podían verlo. (Y en la ventana del maravilloso palacio, una frágil figura: él, Angustina, niño, de una impresionante palidez, con un elegante traje de terciopelo y un cuello de encaje blanco; con gesto cansado abrió la ventana inclinándose hacia los fluctuantes espíritus colgados del alféizar, como si estuviera familiarizado con ellos y quisiera decir algo. )

    «¡Capote! ¡Capote! —intentaba gritar aún para que lo oyeran los extranjeros, pero le salía una pobre voz ronca y agotada—. ¡Perdió por segunda vez, mi capitán!»

    Envuelto en su tabardo, masticando lentamente algo, Monti miraba ahora atentamente a Angustina, con ira cada vez menor.

    —¡Basta! Venga a abrigarse aquí, teniente, ¡los del norte ya se han ido!
    —Usted es mucho mejor que yo, mi capitán —insistía Angustina en la ficción, fallándole cada vez más la voz—. Pero esta noche no está de suerte. ¿Por qué sigue mirando hacia arriba? ¿Por qué mira a la cima? ¿Quizá está un poco nervioso?

    Entonces, bajo el hormigueo de la nieve, las últimas cartas húmedas se le escaparon de la mano al teniente Angustina, la propia mano cayó sin vida, quedó inerte a lo largo del capote, a la trémula luz de la linterna.

    Con la espalda apoyada en una piedra, el teniente se abandonó con lento movimiento hacia atrás, una extraña somnolencia lo estaba invadiendo. (Y hacia el palacio, en la noche de luna, avanzaba por el aire un pequeño cortejo de otros espíritus que arrastraban una silla de manos.)

    —Teniente, venga aquí a comer un bocado, con este frío hay que comer, fuércese, aunque no tenga ganas... —Así gritaba el capitán, y una sombra de aprensión vibraba en su voz—. Venga aquí debajo, que la nieve está a punto de acabar.

    Y así era, en efecto: casi de golpe los blancos copos se habían vuelto menos espesos y pesados, la atmósfera más límpida, se podía ya divisar, con los reflejos de las linternas, rocas distantes incluso varias decenas de metros.

    Y repentinamente, a través de un desgarrón de la tormenta, en una lejanía incalculable, aparecieron las luces de la Fortaleza. Parecían infinitas, como de un castillo encantado, inmerso en el jolgorio de antiguos carnavales. Angustina las vio y una sutil sonrisa se formó lentamente en sus labios, entorpecidos por el hielo.

    —Teniente —llamó de nuevo el capitán, que empezaba a comprender—. Teniente, tire esas cartas, venga aquí debajo, se está al abrigo del viento. Pero Angustina miraba las luces y en verdad no sabía ya exactamente qué eran, si de la Fortaleza o de la ciudad lejana, o bien del propio castillo, donde nadie estaba esperando su regreso.

    Quizá, desde las escarpas del fuerte, un centinela había vuelto en ese momento casualmente la mirada hacia las montañas, reconociendo las luces en la altísima cresta; a tan gran distancia la maligna paredita era menos que nada, no se veía mucha diferencia. Y quizá era el propio Drogo quien mandaba la guardia; Drogo, que probablemente, de haberlo deseado, habría podido partir con el capitán Monti y Angustina. Pero a Drogo le había parecido estúpido: esfumada la amenaza de los tártaros, aquel servicio le había parecido ni más ni menos un fastidio, en el que no se podían hacer méritos. Pero ahora también Drogo veía el temblequeo de las linternas en la cima y empezaba a lamentar no haber ido. No sólo en una guerra podía encontrarse algo digno, y ahora le habría gustado estar allá arriba, en el corazón de la noche y de la tempestad. Demasiado tarde, la ocasión había pasado a su lado y la había dejado escapar.

    Bien descansado y seco, envuelto en su cálido capote, quizá Giovanni Drogo miraba envidiosamente a las luces lejanas, mientras Angustina, todo cubierto de nieve, empleaba con dificultad las fuerzas que le quedaban en alisarse los bigotes mojados y plegar minuciosamente el capote, no con el fin de arrebujarse en él y estar más caliente, sino con otro designio. Desde su refugio, el capitán Monti le miraba estupefacto, se preguntaba qué estaba haciendo Angustina, dónde había visto una figura muy similar, aunque sin conseguir recordarlo.

    Había, en una sala de la Fortaleza, un viejo cuadro que representaba el final del príncipe Sebastián. Mortalmente herido, el príncipe Sebastián yacía en el corazón del bosque, apoyando la espalda en un tronco, con la cabeza un poco abandonada hacia un lado, el capote cayendo en armoniosos pliegues; nada había en la imagen de la desagradable crueldad física de la muerte; y al mirarlo nadie se asombraba de que el pintor le hubiera conservado toda su nobleza y una suma elegancia. Ahora Angustina —¡oh, no es que él lo pensase!— se estaba pareciendo al príncipe Sebastián herido en el corazón del bosque; Angustina no tenía, como él, una reluciente coraza, ni a sus pies yacía el yelmo sanguinolento, ni la espada rota; no apoyaba la espalda en un tronco, sino en un duro peñasco; no le iluminaba la frente el último rayo del sol, sino solamente una débil linterna. Pero se le parecía muchísimo, idéntica la posición de los miembros, idéntico el plegado del capote, idéntica aquella expresión de cansancio definitivo.

    Entonces, en comparación con Angustina, el capitán, el sargento y todos los demás soldados, aun siendo mucho más vigorosos y petulantes, parecieron toscos patanes. Y en el ánimo de Monti, por muy inverosímil que fuera, nació un envidioso estupor. Tras cesar la nieve, el viento lanzaba lamentos entre las peñas, arremolinaba una polvareda de carámbanos, hacía oscilar las llamitas dentro de los vidrios de las linternas. Angustina parecía no notarlo, estaba inmóvil, apoyado en la gran piedra, con los ojos clavados en las lejanas luces de la Fortaleza.

    —¡Teniente! —probó de nuevo el capitán Monti—. Teniente, ¡decídase! Venga aquí debajo; si se queda ahí no podrá aguantar, acabará congelado. Venga aquí debajo, que Toni ha construido una especie de tapia.
    —Gracias, capitán —dijo trabajosamente Angustina, y como le resultaba demasiado difícil hablar, alzó levemente una mano, haciendo un ademán, como para decir que no importaba, que eran meras bobadas sin el mínimo peso. (Al final el jefe de los espíritus le dirigió un gesto imperioso y Angustina, con su aire aburrido, saltó el alféizar y se sentó graciosamente en la silla de manos. La encantada carroza se puso suavemente en marcha. )

    Durante unos minutos no se oyó sino el grito ronco del viento. También los soldados, reunidos en grupos bajo las rocas para estar más calientes, habían perdido las ganas de bromear y luchaban en silencio con el frío.

    Cuando el viento hizo una pausa, Angustina levantó unos centímetros la cabeza, movió despacio la boca para hablar, le salieron sólo estas dos palabras: «Mañana habría... », y después nada más. Dos palabras sólo, y tan débiles que ni el propio capitán Monti advirtió que había hablado.

    Dos palabras, y la cabeza de Angustina se dobló hacia adelante, abandonada a sí misma. Una de sus manos yació blanca y rígida dentro del pliegue del capote, la boca consiguió cerrarse, de nuevo en sus labios fue formándose una sutil sonrisa. (Al llevárselo la silla de manos, él apartó la vista de su amigo y volvió la cabeza hacia adelante, en dirección al cortejo, con una especie de curiosidad divertida y desconfiada. Así se alejó en la noche, con una nobleza casi inhumana. El mágico cortejo se fue serpenteando lentamente en el cielo, cada vez más alto, se convirtió en una confusa estela, después en un mínimo mechón de niebla, después en nada. )

    «¿Qué querías decir, Angustina? Mañana, ¿qué?» El capitán Monti, saliendo finalmente de su refugio, sacudió con fuerza por los hombros al teniente para hacerle recobrar vida; pero sólo consiguió descomponer los nobles pliegues del militar sudario, y es una lástima. Ninguno de los soldados se había dado cuenta aún de lo sucedido. Al renegar Monti, le respondió sólo, desde el precipicio negro, la voz del viento.
    «¿Qué querías decir, Angustina? Te has marchado sin terminar la frase; quizá era algo absurdo e insignificante, quizá una absurda esperanza, quizá incluso nada. »


    DIECISÉIS


    Una vez enterrado el teniente Angustina, el tiempo volvió a pasar sobre la Fortaleza de la misma forma que antes.

    El comandante Ortiz le preguntaba a Drogo:

    —¿Desde cuándo ya?

    Drogo decía:

    —Estoy aquí desde hace cuatro años.

    Había llegado repentinamente el invierno, una larga estación. Caería la nieve, primero cuatro o cinco centímetros; después, tras una pausa, una capa más gruesa, y después más y más veces, parecía imposible echar la cuenta, quedaba mucho tiempo antes de que regresase la primavera. (Y, sin embargo, un día, mucho antes de lo previsto, mucho antes, se oirá resonar desde los bordes de las terrazas arroyuelos de agua y el invierno habrá acabado inexplicablemente.)

    El ataúd del teniente Angustina, envuelto en la bandera, yacía bajo tierra en un pequeño recinto a un lado de la Fortaleza. Encima había una cruz de piedra blanca con su nombre escrito. Para el soldado Lazzari, un poco más allá, una cruz más pequeña de madera.

    Dijo Ortiz:

    —Yo a veces pienso: deseamos la guerra, esperamos la buena ocasión, la tomamos con la mala suerte porque nunca pasa nada... Y, sin embargo, ya ha visto, Angustina...
    —¿Quiere decir —dijo Giovanni Drogo—, quiere decir que Angustina no necesitó la suerte? ¿Que fue bueno igual?
    —Él era débil y creo incluso que estaba enfermo —dijo el comandante Ortiz—. Estaba peor que todos nosotros, efectivamente. Él, como nosotros, no se enfrentó con el enemigo, tampoco para él hubo guerra. Y, sin embargo, murió en una batalla. ¿Sabe, teniente, cómo murió?

    Drogo dijo:

    —Sí, estaba yo también cuando el capitán Monti lo contaba.

    Había llegado el invierno y los extranjeros se habían marchado. Los hermosos estandartes de la esperanza, quizá con reflejos de sangre, habían descendido lentamente y el ánimo estaba de nuevo tranquilo; pero el cielo se había quedado vacío, el ojo buscaba inútilmente alguna cosa en las últimas fronteras del horizonte.

    —Él supo morir en el momento justo, efectivamente —dijo el comandante Ortiz—. Como si le hubiera dado una bala. Un héroe, no hay más que decir. Y, sin embargo, nadie disparaba. Para todos los que aquel día estaban con él las probabilidades eran idénticas, él no tenía la menor ventaja, salvo, quizá, la de poder morir fácilmente. Pero, en el fondo, los otros, ¿qué hicieron? Para los otros fue un día más o menos como todos los demás.

    Drogo dijo:

    —Sí, solamente un poco más frío.
    —Sí, un poco más frío —dijo Ortiz—. También usted, teniente, podía haber ido con ellos, bastaba con pedirlo.

    Estaban sentados en un banco de madera, en la terraza más alta del cuarto reducto. Ortiz había ido a ver al teniente Drogo, que estaba de servicio. Entre ambos se establecía día tras día una buena amistad.

    Estaban sentados en un banco, envueltos en sus capotes, las miradas abandonadas a sí mismas, en dirección al norte, donde se acumulaban grandes nubes informes llenas de nieve. Soplaba de vez en cuando el viento septentrional, helándoles las ropas encima. Las altas cimas rocosas, a la derecha e izquierda del desfiladero, se habían puesto negras. Drogo dijo:

    —Creo que mañana nevará también aquí, en la Fortaleza.
    —Es probable —respondió el comandante sin mucho interés, y calló. Drogo dijo aún:
    —Nevará. Siguen pasando cuervos.
    —La culpa también es nuestra —dijo Ortiz, que perseguía un obstinado pensamiento—. Después de todo, a uno le toca siempre lo que se merece. Angustina, por ejemplo, estaba dispuesto a pagar caro; nosotros no, en cambio, y quizá ésa es la cuestión. Quizá pretendemos demasiado. A uno le toca siempre lo que se merece, efectivamente.
    —Entonces —preguntó Drogo—, entonces, ¿qué deberíamos hacer?
    —Oh, yo nada —dijo Ortiz con una sonrisa—. Yo he esperado demasiado ya, pero usted...
    —Yo, ¿qué?
    —Márchese mientras aún está a tiempo, regrese a la ciudad, adáptese a la vida de guarnición. Después de todo, no me parece usted del tipo de quien desprecia los placeres de la vida. Hará mejor carrera que aquí, desde luego. Y, además, no todos han nacido para ser héroes.

    Drogo callaba.

    —Usted ha dejado pasar ya cuatro años —decía Ortiz—. Ha conseguido cierta ventaja de antigüedad en la carrera, pero piense cuánto más le habría servido quedarse en la ciudad. Se ha apartado del mundo, nadie se acuerda ya de usted, regrese mientras aún está a tiempo.

    Con los ojos clavados en el suelo, Giovanni escuchaba, mudo.

    —Ya he visto otros casos —continuó el comandante—. Poco a poco se han habituado a la Fortaleza, se han quedado aprisionados aquí dentro, no han sido capaces ya de moverse. Viejos a los treinta años, efectivamente.

    Drogo dijo:

    —Lo creo, mi comandante, pero a mi edad...
    —Usted es joven —prosiguió Ortiz— y lo será aún cierto tiempo, es verdad. Pero yo no me fiaría. Con que deje pasar otros dos años, bastan sólo dos años, retroceder le costaría demasiado trabajo.
    —Se lo agradezco —dijo Drogo, nada impresionado—. Pero en el fondo, aquí en la Fortaleza, se puede esperar algo mejor. Será absurdo, pero usted, si es sincero, debe confesar...
    —Quizá sí, por desgracia —dijo el comandante—. Todos, más o menos, nos obstinamos en esperar. Pero es un absurdo, basta con pensarlo un poco (y señalaba con una mano hacia el norte). De ese lado nunca podrá venir una guerra. Y ahora, además, después de la última experiencia, ¿quién quiere que lo crea aún en serio?

    Hablaba así, y mientras tanto se había levantado, mirando siempre al septentrión, igual que en aquella remota mañana, sobre el borde de la altiplanicie, Drogo lo había visto mirar, fascinado, los enigmáticos muros de la Fortaleza. Habían pasado cuatro años desde entonces, una respetable fracción de vida, y nada, absolutamente nada, había sucedido para justificar tantas esperanzas. Los días habían escapado uno tras otro; unos soldados que podían ser enemigos habían aparecido una mañana en los bordes de la llanura extranjera, después se habían retirado tras inocuas operaciones limítrofes. La paz reinaba en el mundo, los centinelas no daban la alarma, nada permitía presagiar que la existencia habría podido cambiar. Igual que en años pasados, con idénticas formalidades, avanzaba ahora el invierno y los soplos del cierzo producían contra las bayonetas un débil silbido. Y allí estaba todavía el comandante Ortiz, de pie en la terraza del cuarto reducto, incrédulo respecto a sus propias y prudentes palabras, mirando una vez más la landa del norte, como si sólo él tuviera derecho a mirarla, sólo él derecho a quedarse allá arriba, no importaba con qué finalidad, y Drogo fuera un buen chico que no estaba en su lugar, que se había equivocado en sus cálculos y que mejor haría en regresar.


    DIECISIETE


    Hasta que la nieve de las terrazas de la Fortaleza se puso blanda y los pies se hundían en ella como en légamo. El dulce sonido de las aguas llegó repentinamente de las montañas más cercanas, aquí y allá, a lo largo de los salientes, se descubrían listas blancas verticales que centelleaban al sol, y los soldados se sorprendían de vez en cuando canturreando, como no hacían desde hacía meses.

    El sol ya no corrió como antes, ansioso de ponerse, sino que empezaba a pararse un poco en medio del cielo, devorando la nieve acumulada, y era inútil que las nubes se precipitaran aún desde los hielos del norte; ya no conseguían hacer nieve, sólo podían lluvia, y la lluvia no hacía más que disolver la poca nieve que quedaba. Había vuelto el buen tiempo.

    Ya se oían por la mañana voces de pájaros que todos creían haber olvidado. En compensación, los cuervos ya no estaban reunidos sobre la altiplanicie de la Fortaleza esperando los desechos de las cocinas, sino que se diseminaban por los valles en busca de comida fresca.

    Por la noche, en los dormitorios, las tablas que sostienen las mochilas, las perchas para los fusiles, las propias puertas, y hasta los hermosos muebles de nogal macizo del cuarto del coronel, todas las maderas de la Fortaleza, incluidas las más viejas, lanzaban crujidos en la oscuridad. A veces eran golpes secos como pistoletazos, parecía que algo se hacía verdaderamente pedazos, alguien se despertaba en el catre y aguzaba el oído; pero no lograba oír nada, salvo otros crujidos que susurraban en la noche. Es el momento en que las viejas tablas resucitan una obstinada nostalgia de vida. Muchísimos años antes, en los días felices, había un flujo juvenil de calor y de fuerza, de las ramas salían haces de brotes. Después, el árbol había sido derribado. Y ahora que es primavera, infinitamente menor, una pulsación de vida. Antaño flores y hojas; hoy sólo un vago recuerdo, un poquito, p