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  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    UNA INVASIÓN PSÍQUICA (Algernon Blackwood)

    Publicado el lunes, diciembre 11, 2017
    I


    —¿Y qué le hace pensar que en este caso particular yo podría serle de utilidad? — preguntó el doctor John Silence dirigiendo la mirada hacia la dama sueca que tenía sentada frente a él.
    —Su buen corazón y sus conocimientos de ocultismo…
    —¡Oh no, por favor, otra vez esa horrible palabra! — interrumpió Silence haciendo un gesto de descontento con la mano.
    —Bien, entonces -dijo la dama sonriendo- sus maravillosas dotes de clarividencia y su avezado conocimiento psíquico de los problemas por los que una personalidad puede resultar destruida y desintegrada; es decir, esos estudios extraños a los que lleva usted dedicado, todos estos años.
    —Si no es más que un caso de múltiple personalidad, realmente no me interesa -se apresuró a decir el doctor con una expresión de aburrimiento.
    —No, no es eso; en serio, necesito su ayuda -dijo la dama-; le ruego sea paciente con nú ignorancia si no acierto a elegir las palabras apropiadas. El caso que conozco le interesará, y nadie podría tratarlo mejor que usted. De hecho, ningún médico convencional podría enfrentarse a él, pues no conozco ningún tratamiento o medicina que pueda devolver el sentido del humor una vez que se ha perdido.
    —Vaya, empieza a interesarme su 'caso' -señaló Silence disponiéndose cómodamente a escuchar.

    Mrs. Sivendson exhaló un suspiro de satisfacción mientras observaba cómo el doctor se acercaba al tubo acústico y decía al criado que no le molestaran.

    —Creo que me acaba de leer el pensamiento -dijo la dama-; su conocimiento intuitivo de lo que ocurre en las mentes de otras personas es ciertamente extraordinario.

    Su amigo asintió con la cabeza, sonriendo, y colocó su silla en posición adecuada, dispuesto a escuchar atentamente lo que la dama tuviera que decirle. Como solía hacer siempre que deseaba captar el auténtico significado de una narración no expresada del modo más adecuado, cerró los ojos, pues de esa manera le resultaba más fácil sintonizar con los pensamientos vivos que yacían tras las palabras entrecortadas.

    Para sus amistades, John Silence era un excéntrico, ya que era rico por accidente y médico por elección. Que un hombre de situación acomodada dedicara su tiempo a la medicina, principalmente al tratamiento de gente que no podía pagarle, escapaba por completo a su comprensión. La nobleza innata de un alma cuyo primer deseo consistía en ayudar a aquellos que no podían ayudarse a sí mismos les asombraba. Más tarde, les irritaba, aunque finalmente, y para gran satisfacción del doctor, le dejaban que se dedicara a sus asuntos.

    Sin embargo, el doctor Silence era un médico muy peculiar, pues no tenía consultorio, no llevaba ningún registro de pacientes ni mostraba los modales acostumbrados de la profesión. Tampoco cobraba por sus servicios, ya que en el fondo era un verdadero filántropo que, no obstante, no perjudicaba a sus colegas, pues sólo aceptaba aquellos casos no lucrativos que le interesaban por alguna razón muy especial. Argumentaba que mientras los ricos podían pagar y los indigentes podían arreglárselas con las organizaciones caritativas, había una clase muy amplia de trabajadores dignos escasamente remunerados, a menudo con interés por el arte, que no podían costearse los gastos derivados de un viaje de una semana de descanso impuesto por prescripción facultativa. Y era a estos a quienes él quería ayudar: casos que con frecuencia requerían un estudio atento y paciente, algo que ningún doctor puede ofrecer por una guinea y que, por otra parte, nadie esperaría que lo hiciera.

    Pero existía otro rasgo en su personalidad y práctica en el que estamos más directamente interesados en este momento: los casos que tenían especial atracción para él no eran los habituales sino más bien aquellos que por su naturaleza intangible, esquiva y complicada podríamos denominar con propiedad afecciones psíquicas; y, aunque él hubiera sido el último en aprobar tal título, era evidente que todo el mundo le conocía por el sobrenombre de 'el doctor Psíquico'.

    Para poder resolver ese tipo particular de casos se había sometido a un entrenamiento físico, mental y espiritual, prolongado y severo. Nadie parecía saber en qué había consistido dicho entrenamiento o dónde se había realizado, pues nunca hablaba de él ya que, como era de esperar, jamás mostraba ninguna de las características propias del charlatán; con todo, el hecho de que hubiera permanecido apartado del mundo exterior durante cinco años y, tras su regreso y comienzo de su singular práctica, a nadie se le hubiera ocurrido aplicarle el epíteto de curandero, de tan fácil adquisición, hablaba sobradamente de la seriedad de su extraña investigación y de la autenticidad de sus logros.

    Por el moderno investigador físico, sentía la sosegada toleracia del "hombre que sabe". Cuando hacía algún comentario sobre sus métodos, su voz revelaba un atisbo de compasión (desprecio, sin embargo, nunca mostró).

    Estuve trabajando como su ayudante de confianza durante varios años, y en cierta ocasión me dijo: «Esta clasificación de resultados es, en el mejor de los casos, un trabajo mediocre. No conduce a nada, y tampoco lo hará cuando hayan pasado cien amos. Es como jugar con la parte defectuosa de un juguete bastante peligroso. Sería mucho mejor examinar las causas y de ese modo los resultados encajarían con facilidad y podrían explicarse por sí solos. Porque las fuentes son accesibles y están disponibles para todo aquel que tenga el valor de emprender el único camino que convierte a la investigación práctica en algo sensato y posible.»

    En cuanto al tema de la clarividencia, su actitud era también muy prudente, ya que conocía que el verdadero poder es raro en extremo y que lo que se denomina vulgarmente clarividencia no es otra cosa que una fuerte capacidad de previsión.

    «Implica una sensibilidad ligeramente desarrollada, nada más -solía decir-. El clarividente auténtico deplora su poder, pues reconoce que añade un nuevo horror a la vida y está en la naturaleza de cualquier aflicción. Ya descubrirás que esto es siempre la verdadera prueba.»

    De resultas de todo ello, John Silence, este doctor de evolución singular, era capaz de seleccionar sus casos con un conocimiento preciso de la diferencia entre la ilusión puramente histérica y el tipo de aflicciones psíquicas que reclamaban de sus especiales poderes. Nunca necesitaba recurrir a los elementales misterios de la adivinación, pues, según le he oído observar tras solucionar algún problema particularmente intrincado, «los sistemas de adivinación, desde la geomancia hasta la lectura de las hojas de té, no son más que métodos para oscurecer la visión externa con el fin de que la visión interna pueda ser accesible. Una vez dominado el método, sobra todo sistema.»

    Estas palabras expresaban de modo significativo los métodos de este hombre extraordinario, la clave de cuyo poder radicaba sobre todo en el conocimiento de que, en primer lugar, el pensamiento puede actuar a distancia y, además, es dinámico y capaz de conseguir resultados materiales.

    «Aprende a 'pensar' -habría dicho él-, y habrás aprendido a utilizar el poder desde sus fuentes.»

    Contaba más de cuarenta años y era de aspecto enjuto; sus ojos, marrones y expresivos, brillaban con la luz del saber y la autoconfianza; al mismo tiempo, hacían recordar la maravillosa mansedumbre observada a menudo en los ojos de algunos animales. Una barba cerrada ocultaba la boca, sin disfrazar la severa determinación insinuada por los labios y la mandíbula. Debido a la delicadeza y refinamiento de sus rasgos, el rostro transmitía una impresión de transparencia, casi de luz. En su frente aparecía ese sello de paz indescriptible que procede de identificar la mente con lo que hay en el alma de imperecedero y dejar que lo perecedero se desvanezca sin causar heridas otranstornos; pocos podrían haber imaginado por sus modales, tan gentiles, sosegados y afables, la tremenda resolución que ardía en su interior como una gran llama.

    —Creo que lo describiría como un caso psíquico -continuó la dama sueca intentando explicarse de un modo inteligente-, del tipo de los que a usted le atraen. Me refiero a un caso cuya causa está oculta en el fondo de algún trastorno espiritual y…
    —Por favor, mi querida Svenska -le interrumpió el doctor empleando un tono grave, extrañamente compulsivo-, primero cuénteme los síntomas, y después ya analizaremos sus deducciones.

    La dama se giró repentinamente sobre el borde de la silla y, mirando al doctor a la cara, bajó la voz para impedir que su emoción se hiciera patente de un modo manifiesto.

    —En mi opinión no hay más que un síntoma -dijo en un murmullo como si estuviera contando algo desagradable-: miedo, simplemente miedo.
    —¿Miedo físico?
    —Creo que no; aunque ¿cómo saberlo? Creo que se trata de un temor perteneciente a la región psíquica. No es un desvarío de los comunes; en realidad el individuo en cuestión se encuentra bastante sano, aunque vive en un estado de terror hacia algo.
    —No entiendo lo que quiere decir con 'región psíquica' -señaló el doctor sonriendo-; aunque supongo que lo que me quiere hacer comprender es que no son sus procesos mentales, sino los espirituales, los que se encuentran afectados. De cualquier modo, intente relatarme brevemente y de un modo directo lo que sabe acerca del individuo y de sus síntomas, de su necesidad de ayuda, esto es, de "mi" peculiar ayuda, y todo lo que le parezca de vital importancia en el caso. Prometo escucharle con atención.
    —Lo estoy intentando -prosiguió la dama en tono serio-, pero he de hacerlo con mis propias palabras; confío en que su inteligencia sea capaz de desenredar mi discurso a medida que avanzo. Se trata de un joven autor que vive en una pequeña casa en algún lugar cerca de Putney Heath. Escribe relatos de humor, un género en el que destaca: se llama Pender, Felix Pender, debe de haber oído hablar de él. El tipo tenía un gran talento y se casó con toda su confianza puesta en él; su futuro parecía asegurado. Digo "tenía" porque de repente le falló estrepitosamente. Peor aún, se transformó en lo contrario. Ahora es incapaz de escribir una sola línea en aquel estilo que le estaba proporcionando éxito.

    El doctor Silence abrió los ojos durante un segundo y miró a su interlocutora.

    —Entonces no ha perdido su capacidad. ¿Todavía escribe? — preguntó brevemente antes de cerrar de nuevo los ojos para volver a escuchar.
    —Trabaja con frenesí -prosiguió Mrs. Sivendson-, pero no produce nada -añadió-, nada que pueda utilizar o vender. Prácticamente sus ganancias han cesado y lleva una vida precaria haciendo crítica de libros y trabajos extraños. No obstante, estoy segura de que su talento no le ha abandonado definivamente sino que sencillamente está…

    Mrs. Sivendson titubeó de nuevo buscando la palabra apropiada.

    —En suspenso -sugirió Silence sin abrir los ojos.
    —Anulado -prosiguió después de sopesar el significado de la palabra durante un momento-, sencillamente anulado por algo.
    —¿Quizá por "alguien"?
    —Ojalá lo supiera. Todo lo que puedo decir es que está hechizado y que su sentido del humor ha sido temporalmente velado, borrado y sustituido por algo horrible que escribe cosas distintas. A menos que tome alguna medida adecuada pronto, acabará muriéndose de hambre. Teme visitar a un médico por miedo a ser declarado loco; aunque, de cualquier modo, no se le puede pedir a ningún médico que devuelva a un hombre el sentido del humor por una guinea.
    —¿Ha visitado ya a alguno?
    —No, todavía no. Ha probado con sacerdotes y otra gente religiosa, pero ellos "saben" tan poco y muestran una compasión tan carente de inteligencia… La mayoría están muy ocupados haciendo equilibrios sobre sus propios pedestales.

    John Silence interrumpió la invectiva haciendo un gesto.

    —¿Y cómo sabe usted tanto acerca de él? — preguntó con delicadeza.
    —Conozco a Mrs. Pender muy bien. La conocí antes de que se casara con él.
    —¿Es ella quizá una causa?.
    —En absoluto. Sin ser muy inteligente, es una mujer fiel y bien educada, con tan poco sentido del humor que siempre se ríe cuando no debe. Pero ella no tiene nada que ver con la causa de su trastorno, que ha adivinado más a fuerza de observarle que por lo poco que él le ha contado. Doctor, Pender es un tipo realmente simpático, trabajador, paciente… en resumen, digno de ser salvado.

    Silence abrió los ojos y se acercó al timbre para pedir que sirvieran el té. Para ser sinceros, sobre el caso del humorista no sabía mucho más ahora que cuando se sentó a escuchar; pero se dio cuenta de que ninguna nueva explicación de su amiga sueca le ayudaría a revelar los hechos. Una entrevista personal con el propio escritor sí podría hacerlo.

    —Todos los humoristas son dignos de salvación -replicó sonriendo mientras Mrs. Sivendson servía el té-. En estos días tan difíciles no podemos permitirnos perder ni uno. Aprovecharé la primera oportunidad para ir a visitar a su amigo.

    Con gran profusión de palabras, mrs. Sivendson le dio las gracias muy efusivamente y, a partir de ese momento, Silence, no sin dificultad, se dedicó a hablar exclusivamente de la tetera.

    Como resultado de dicha conversación, y con alguna información más que había conseguido por medios sólo conocidos por su secretario, una tarde, varios días después, Silence subía a toda velocidad en su vehículo hasta Putney Hill para tener su primera entrevista con Felix Pender, el escritor de relatos de humor víctima de un mal misterioso en la "región psíquica", que le había anulado el sentido cómico y amenazaba con arruinar su vida y destruir su talento. El deseo de ayudarle que el doctor sentía era probablemente semejante al ansia que tenía por conocer e investigar su caso.

    El motor se detuvo tras un fuerte ronroneo, como si hubiera una gran pantera negra oculta en el capó, y el doctor, 'el doctor psíquico', echó a andar a través de la abundante niebla y cruzó el diminuto jardín en el que crecían un abeto ennegrecido y un laurel achaparrado. La casa era muy pequeña y pasó cierto tiempo antes de que alguien contestara al timbre. De repente se encendió una luz en el vestíbulo y el doctor vio aparecer sobre el último escalón a una mujer amable, de aspecto menudo, que le invitaba a pasar. Iba vestida de gris y la luz de gas iluminaba su cabello claro, cepillado con esmero. De la pared que quedaba a su espalda colgaban varias aves disecadas, llenas de polvo, y una destartalada colección de lanzas africanas. Un perchero con un estante para sombreros, sobre el que había una bandeja de bronce llena de tarjetas muy grandes, guió su mirada rápidamente hasta una escalera oscura situada más allá. Aunque intentaba mostrar una cordialidad natural, Mrs. Pender, que tenía los ojos redondos como los de un niño, le saludó con una efusión que apenas podía ocultar su nerviosismo. Evidentemente había estado aguardando su llegada y se había adelantado al criado, pues le faltaba un poco el aliento.

    —Supongo que no le habré hecho esperar demasiado; creo que ha sido muy amable al venir… -dijo antes de ver el rostro del doctor bajo la luz de gas y detenerse repentinamente. Algo en la apariencia de Silence le impidió seguir hablando. Algo que revelaba unas intenciones serias, como las de ningún otro hombre.
    —Buenas tardes, Mrs. Pender -dijo con una sonrisa afable que, aunque desaprobaba palabras innecesarias, le hizo ganar confianza-, la niebla me retrasó un poco. Encantado de conocerla.

    Se dirigieron hacia una sala de estar sombría en la parte trasera de la casa, pulcramente amueblada pero de aspecto deprimente. Una fila de libros descansaba sobre la repisa de la chimenea. El fuego acababa de ser encendido y revocaba mucho humo dentro de la habitación.

    —Mrs. Sivendson dijo que creía que usted podría venir -se aventuró de nuevo a decir aquella mujer menuda, dirigiendo una mirada afable al doctor y mostrando preocupación e impaciencia en cada gesto-. Pero apenas me atrevía a creerlo. Verdaderamente creo que es muy amable por su parte. El caso es que mi marido es tan peculiar que… bueno, ya sabe usted, estoy segura de que cualquier doctor "normal" diría enseguida que el manicomio…
    —¿No está él entonces? — preguntó el doctor Silence con delicadeza.
    —¿Dónde? ¿En el manicomio? — repuso Mrs. Pender con voz entrecortada- ¡Oh Dios mío! No, todavía no.
    —En la casa, quiero decir -añadió Silence riendo.

    Mrs. Pender dio un gran suspiro.

    —Volverá en cualquier momento -respondió aliviada al ver reír al doctor-, aunque a decir verdad no le esperábamos a usted tan pronto… es decir, mi marido ni siquiera creía que usted fuera a venir.
    —Siempre estoy encantado de ir allá donde se me necesita y pueda servir de ayuda -replicó rápidamente Silence-; tal vez sea mejor que su marido esté fuera, porque aprovechando que estamos solos puede contarme algunos de sus problemas. Verá usted, hasta ahora sé muy poco.

    La voz de Mrs. Pender temblaba mientras daba las gracias al doctor, y cuando éste se sentó en una silla que había a su lado, la mujer tuvo serias dificultades para encontrar palabras con las que empezar.

    —En primer lugar -dijo tímidamente antes de continuar con un torrente de palabras nervioso e incoherente-, mi marido estará contentísimo de que haya venido, pues dijo que usted era la única persona que consentiría ver…, el único médico, quiero decir. Pero, claro, él no sabe lo asustada que estoy ni lo que he descubierto.

    Pretende hacerme creer que no es más que una crisis nerviosa y estoy segura de que no se ha dado cuenta de todas las cosas entrañas que le he visto hacer. Pero lo principal, supongo…

    —Sí, lo principal, Mrs. Pender -dijo Silence en tono alentador al advertir su indecisión… -es que piensa que no estamos solos en la casa. Eso es lo fundamental. Cuénteme más hechos, por favor, sólo los hechos.
    —Todo empezó el verano pasado cuando regresé de Irlanda; él había estado solo durante seis semanas y me dio la impresión de que su aspecto era cansado y enfermo…; tenía el rostro desencajado y parecía abandonado, no sé si me entiende: su carácter se había deteriorado. Me dijo que había estado escribiendo mucho, pero que la inspiración le fallaba y se encontraba insatisfecho con su trabajo. El sentido del humor le estaba desapareciendo, o transformándose en otra cosa, añadió. Había algo en la casa, dijo, que -aquí recalcó las palabras-, "le impedía sentirse gracioso".
    —Algo en la casa que le impedía sentirse gracioso -repitió el doctor-. ¡Vaya, por fín nos estamos acercando al fondo de la cuestión!
    —Sí -continuó con un tono impreciso-; eso es lo que se empeñaba en decir.
    —¿Y qué es lo queusted encontraba extraño? — Preguntó Silence en tono cordial-. Sea breve, por favor, o estará de vuelta antes de que acabe.
    —Cosas sin importancia pero que me parecían significativas. Trasladó su despacho desde la biblioteca, como llamamos a esa habitación, a la sala de estar. Decía que todos sus personajes se volvían perversos y terribles en la biblioteca; al cambiar éstos, se decidió a escribir tragedias, tragedias viles y degradantes, las tragedias de almas rotas. Pero ahora dice lo mismo de la sala de fumar y ha vuelto a la biblioteca.
    —¡Ya!
    —En realidad tengo tan poco que contarle… -añadió, hablando cada vez con mayor rapidez y haciendo innumerables gestos-. Me refiero a que son sólo algunas de las cosas que hace y dice las que resultan extrañas. Lo que me asusta es que da por hecho que siempre hay alguien más en la casa, alguien a quien nunca veo. El nunca lo dice, pero le he visto apartarse en las escaleras para dejar pasar a alguien, abrir la puerta para que alguien salga o entre, y a veces distribuye sillas por nuestro dormitorio como si esperara que alguien se sentara. ¡Ah!, sí, sí, y una o dos veces… -exclamó- una o dos veces…

    En este punto se detuvo y miró a su alrededor con aire asustado.

    —Por favor, continúe.
    —Una o dos veces -prosiguió apresuradamente como si oyera un ruido que le sobrecogiera-, le he oído correr, entrar y salir de las habitaciones jadeando como si alguien le persiguiese…

    Mientras estaba hablando, la puerta se abrió, interrumpiendo sus palabras, y un hombre entró en la habitación. Era de tez morena, más bien cetrino, y barbilampiño; tenía los ojos propios de la fantasía y unos escasos mechones de pelo oscuro que le crecían sobre las sienes. Llevaba un traje de tweed raído, con un desgalichado cuello de paño. La expresión dominante en su cara era la de un hombre asustado, perseguido; una expresión que en cualquier momento podía transformarse en una horrible mirada de terror y anunciar una total pérdida de autodominio.

    Al descubrir al visitante, su rostro ajado esbozó una sonrisa, y acto seguido el individuo avanzó para estrecharle la mano.

    —Contaba con que vendría; Mrs. Sivendson dijo que era posible que usted sacara tiempo -dijo sencillamente con voz fina y aguda-. Encantado de conocerle, doctor Silence. Porque usted es médico ¿verdad?
    —Bueno, tengo derecho a ese título -rió el doctor-, aunque pocas veces me sirvo de él. Es decir, no ejerzo regularmente; sólo acepto casos que me interesan de un modo espeeial… No acabó la frase, pues entre ellos se produjo un intercambio de miradas afines que lo hizo innecesario.
    —He oído hablar de su gran amabilidad.
    —Es mi afición -replicó Silence- y mi privilegio.
    —Confío en que seguiré pensando así cuando haya oído lo que le tengo que contar -continuó el escritor con un tono algo cansado. Entonces condujo al doctor a través del recibidor hasta la Sala de fumar donde podian hablar con tranquilidad y sin ser molestados.

    En dicha estancia, con la puerta cerrada y en un ambiente de confianza, la actitud de Pender cambió en cierto modo y su disposición se tornó seria. Silence se sentó frente a él desde donde pudiera verle la cara. Entonces comprobó que parecía bastante más desmejorada. Obviamente, le costaba mucho hablar de su problema.

    —Lo que tengo es, según creo, una profunda aflicción espiritual -dijo con franqueza, núrando al doctor a la cara.
    —Eso lo aprecié enseguida -replicó Silence.
    —Claro, debió de apreciarlo; mi entorno debe de transmitirlo a cualquiera que tenga percepciones psíquicas. Además, por lo que he oído, estoy seguro de que usted es un verdadero doctor del alma y no un simple curandero del cuerpo.
    —Tiene usted un alto concepto de mí -señaló el doctor-; aunque, como bien sabe, prefiero aquellos casos en que es el espíritu, y no el cuerpo, el que sufre los primeros trastornos.
    —Ya comprendo. Verá, yo he experimentado un trastorno muy singular, pero no en la región física. Quiero decir que mis nervios están en perfecto estado y mi cuerpo también. No es que sufra delirios exactamente, aunque mi cuerpo está torturado por un miedo espantoso que me asaltó por primera vez de una forma extraña.

    John Silence se inclinó hacia adelante y tomó la mano del escritor en la suya, cerrando los ojos mientras lo hacía. No estaba tomándole el pulso o haciendo alguna otra cosa de las que acostumbran los médicos; simplemente estaba absorbiendo en su interior la esencia de la condición mental de aquel hombre, para ponerse por completo en su propio punto de vista y ser así capaz de tratar su caso con auténtica armonía. Un observador atento podría haber advertido cómo un ligero temblor recorría su cuerpo después de haber sujetado la mano del escritor durante unos segundos.

    —Con sinceridad, Mr. Pender -dijo el doctor en tono calmado mientras liberaba su mano con un gran esmero en sus modales-, cuénteme todos los pasos que condujeron al comienzo de esta invasión. Es decir, dígame cuál fue la droga en cuestión, por qué la tomó y cómo le afectó.
    —¡Ah, veo que usted sabe que todo empezó con una droga! — exclamó el escritor con asombro manifiesto.
    —Sólo deduzco a partir de lo que observo en usted y de su efecto sobre mí mismo. Se encuentra usted en una condición psíquica sorprendente. Ciertas partes de su entorno vibran con un ritmo mucho más rápido queotras. Eso es efecto de una droga, pero no de una droga común. Permítame terminar, por favor. Si ese elevado ritmo de la vibración se extiende, usted llegará a ser consciente de un mundo mucho más amplio del que habitualmente conoce. Si, por otro lado, la celeridad del ritmo retrocede hasta el nivel usual, la capacidad de percepción que usted tiene ahora extraordinariamente desarrollada desaparecerá.
    —¡Me deja usted estupefacto, doctor Silence! — exclamó el escritor-, pues sus palabras describen con total precisión las sensaciones que he estado experimentando.
    —Le menciono esto sólo de pasada y para darle confianza antes de que aborde el relato de su verdadera dolencia -continuó el doctor-. Como usted sabe, toda percepción es resultado de vibraciones; ser clarividente significa simplemente ser sensible a una mayor escala de esas vibraciones. El despertar de los sentidos internos de los que tanto hemos oído hablar no es más que eso. Su clarividencia parcial se puede explicar con facilidad. Lo único que me sorprende es cómo obtuvo la droga, pues no es fácil conseguirla en forma pura, y ninguna solución adulterada podría haberle dado el fabuloso ímpetu que según veo ha adquirido. Pero, por favor, prosiga y cuénteme la historia a su modo.
    —Esta Cannabis indica -continuó el escritor- llegó a mis manos el otoño pasado mientras mi mujer estaba fuera. No hace falta que le explique cómo lo conseguí porque eso no tiene importancia; pero era el genuino extracto fluido, y no pude evitar la tentación de hacer un experimento. Uno de sus efectos, como usted sabe, es provocar una risa incontenible.
    —Sí, a veces.
    —Yo soy escritor de relatos de humor y deseé aumentar mi propia capacidad de risa para captar lo rídiculo desde un punto de vista fuera de lo normal. Quería estudiar un poco ese fenómeno, si era posible, y…
    —Cuente, cuente.
    —…tomé una dosis de prueba. Ayuné durante seis horas para acelerar el efecto, me encerré en esta habitación y di orden de que no se me molestara. Luego ingerí el extracto y esperé.
    —¿Y cuál fue el efecto?
    —Transcurrieron una, dos, tres, cuatro, cinco horas y nada ocurría. La risa no aparecía por ninguna parte y sólo sentía en su lugar una gran fatiga. Nada de lo que había en la habitación o en mi mente llegaba a tener el más mínimo aspecto cómico.
    —Es siempre una droga de lo más incierta -interrumpió el doctor-. Por esa razón se utiliza tan poco.
    —A las dos de la madrugada me sentí tan hambriento y cansado que decidí no esperar más y abandonar el experimento. Bebí un poco de leche y subí a acostarme. Estaba abatido y decepcionado. Enseguida me quedé dormido y debía de llevar durmiendo alrededor de una hora cuando me despertó de repente un tremendo ruido en los oídos. ¡Era el ruido de mi propia risa! Sencillamente me estaba desternillando de risa. Al principio, muy desconcertado, pensé que había estado riéndome en sueños, pero un momento después me acordé de la droga y me alegró ver que, después de todo, el efecto se había producido. En realidad, la droga había estado actuandodurante todo el rato, lo que pasaba es que yo había calculado mal el tiempo. La única sensación desagradable que aprecié, 'entonces' fue la extraña impresión de que no me había despertado de un modo natural, sino que había sido despertado por alguien deliberadamente. Esa impresión se me reveló con certeza en medio de mi propia risa escandalosa y por ello me inquieté.
    —¿Tiene idea de quién pudo haber sido? — preguntó el doctor, que había estado muy alerta prestando atención a cada palabra.

    Prender dudó y, retirándose el pelo hacia atrás con un ademán de nerviosismo, trató de sonreír.

    —Debe usted contarme todas sus impresiones, aunque sólo sean sospechas; son tan importantes como sus convicciones.
    —Tengo la vaga idea de que era alguien relacionado con mi sueño olvidado, alguien que había estado intentando importunarme mientras dormía; alguien que tenía una gran resolución y habilidad de carácter, mucha fuerza física…, una personalidad inusual… y, de eso estaba también seguro, era una mujer.
    —¿Una mujer bondadosa? — preguntó John Silence en tono tranquilo.

    Pender se sobresaltó un poco por la pregunta y su cara macilenta enrojeció; parecía sorprendido. Rápidamente negó con la cabeza al tiempo que con la mirada expresaba un horror indescriptible.

    —Mala -respondió escuetamente-, espantosamente malvada, y en su absoluta maldad había también una cierta iniquidad, la iniquidad propia de una mente desequilibrada.

    Volvió a titubear por un momento y luego dirigió la vista de un modo penetrante hacia su interlocutor. Una sombra de sospecha apareció en su mirada.

    —No -rió el doctor-, no tema, no le estoy tomando el pelo, ni creo que esté loco. Ni mucho menos. Su relato me interesa sobremanera, e inconscientemente usted me ha proporcionado varias pisas mientras lo contaba. Verá, tengo ciertos conocimientos particulares en lo referente a esos vericuetos psíquicos.
    —Aunque no sabía con claridad qué era lo que me la provocaba -prosiguió el narrador, tranquilizado de nuevo-, la risa que se había apoderado de mí era tan violenta que tuve verdadera dificultad para coger las cerillas; además, temía que los criados pudieran oír mis carcajadas y se asustaran. Cuando por fín logré encender la lámpara, vi que la habitación estaba vacía y la puerta cerrada como siempre. Entonces, a medio vestir, salí al rellano y, controlando algo mejor mi hilaridad, me dispuse a bajar las escaleras. Deseaba poner por escrito mis sensaciones. Me metí un pañuelo en la boca para evitar que mis carcajadas produjeran mucho ruido y comunicaran mi histeria a todo el servicio.
    —¿Y la presencia de esa, esa…?
    —Me estuvo rondando todo el rato -dijo Pender-, aunque por el momento parecía haberse retirado. Además, mi risa debía de haber acabado con todas las demás emociones.
    —¿Y cuánto tiempo tardó en bajar las escaleras?
    —Iba a hablarle ahora mismo de eso. Veo que conoce de antemano todos los 'síntomas'; porque, evidentemente, creí que nunca iba a llegar al final. Me daba la impresión de que tardaba cinco minutos en bajar cada escalón y, si mi reloj no me hubiera asegurado que sólo habían transcurrido unos segundos, podría haber jurado que cruzar el estrecho vestíbulo que hay al pie de las escaleras me había llevado media hora. Además, andaba deprisa e intentaba progresar. Pero no servía de nada. Parecía que caminaba sin avanzar y a aquel ritmo habría tardado una semana en descender Putney Hill.
    —Una dosis experimental altera a veces la sucesión del tiempo y del espacio.
    —Cuando por fin llegué al despacho y encendí la lámpara, se produjo un cambio terrible y repentino como un relámpago. Fue como una ducha de agua fría; en medio de aquella tormenta de carcajadas…
    —¿Qué pasó? — inquirió el doctor inclinándose hacia delante y mirándole fijamente a los ojos.
    —…me abordó un pánico indescriptible -dijo Pender bajando el tono de su aguda voz al recordarlo.

    Hizo una pausa y se enjugó la frente. Una mirada atemorizada y retraída dominaba completamente su rostro. No obstante, durante todo el rato las comisuras de sus labios esbozaban una sonrisa, como si el recuerdo de aquel alborozo todavía le divirtiera. La mezcla de miedo y risa en su semblante resultaba muy curiosa y daba una gran autenticidad a su relato; asimismo aportaba una expresión extraña a sus gestos.

    —¿Pánico? — repitió el doctor en tono consolador.
    —Sí, sí, pánico. Aunque la Cosa que me había despertado parecía haber desaparecido, su recuerdo todavía me aterrorizaba, y sin darme cuenta me desplomé sobre una silla. Después cerré la puerta e intenté razonar. Pero como la droga hacía que mis movimientos fueran tan prolongados, me llevó cinco minutos llegar hasta la puerta y otros cinco volver de nuevo a mi asiento. Además, la risa seguía bullendo en mi interior. Era una risa completamente saludable que me agitaba a rachas; tanto es así que hasta el terror que sentía me hacía reír. Sin embargo puedo decirle, doctor Silence, que aquella mezcla de risa y miedo era totalmente vil, total y absolutamente vil.
    —Inmediatamente después los objetos de la habitación volvieron a presentar su lado divertido y exploté en una arcajada más escandalosa que las anteriores. La estantería resultaba ridícula, el sillón era un perfecto payaso, el modo en que me miraba el reloj que había sobre la repisa dela chimenea, demasiado cómico como para expresarlo con palabras; la disposición de los papeles y del tintero en el escritorio me hizo tanta gracia que mis carcajadas se convirtieron en un estruendo. Empecé a dar sacudidas y a agarrarme los costadlos hasta que las lágrimas me brotaron y comenzaron a correr por mis mejillas. ¡Y aquél taburete! ¡Oh, Díos mío! ¡Aquel absurdo taburete!

    Al recordarlo, se echó hacia atrás en la silla, riéndose solo y levantando las manos. Silence también empezó a reír.

    —Siga por favor -dijo-. Le entiendo perfectamente. Yo también conozco la risa del hachís.

    Pender recobró la calma y, volviendo a adoptar un aspecto serio, reanudó su relato.

    —Como ve, junto a ese alborozo extravagante en apariencia injustificado, existía también un pánico igualmente extravagante e injustificado. Que la droga me producía risa está claro; lo que no podía imaginar es qué era lo que me producía terror. Por todas partes, tras la diversión estaba el miedo. Era un terror enmascarado bajo un gorro de bufón y yo era el campo de batalla en el que dos emociones opuestas y armadas luchaban a muerte. Paulatinamente se fue consolidando en mí la idea de que ese miedo estaba causado por, según acaba usted de denominarlo, la invasión de la 'persona' que me había despertado: era una mujer terriblemente malvada, enemiga de mi alma o, al menos, de todo aquello que en mi interior buscaba hacer el bien. Allí estaba yo, trémulo y sudoroso, riéndome de todo lo que había en la habitación y al mismo tiempo dominado por ese pánico que me hacía palidecer. Y esa criatura no dejaba de introducir, de introducir…

    Una vez más volvió a titubear y a enjugarse el rostro con el pañuelo.

    —¿De introducir qué?
    —…de introducir sus ideas en mi mente -añadió mientras su miradla nerviosa recorría la habitación-. Es decir, aprovechaba mi flujo mental para alterar el curso habitual de mis pensamientos e introducir los suyos propios. Sé que todo esto suena disparatado pero así era como ocurría. No puedo expresarle de otro modo. Por otra parte, aunque me sentía aterrorizado, era tal la habilidad con que estaba siendo llevada a cabo la operación que, al compararla con la torpeza de los hombres, no pude evitar reírme de nuevo. Nuestros métodos de enseñanza, ignorantes y toscos, y nuestras formas de inculcar ideas hicieron que me desternillara de risa al comprender este superior procedimiento diabólico. Sin embargo, mis carcajadas resultaban huecas y espantosas, y las ideas de maldad y tragedia se entremezclaban con lo cómico. Le repito, doctor, que era como para volverse loco.

    John Silence siguió sentado, con la cabeza estirada hacia adelante para no perder ni una palabra del relato que el escritor iba desgranando atropelladamente a media voz con oraciones nerviosas y desordenadas.

    —¿Y no vio usted algo o a alguien durante todo ese tiempo? — preguntó.
    —No con los ojos. No hubo alucinaciones visuales. Pero en mi mente se empezó a formar la imagen inconfundible de una mujer corpulenta, de piel oscura, que tenía dientes blancos y rasgos masculinos, y un ojo, el izquierdo, tan caído que parecía estar casi cerrado. ¡Dios santo, qué rostro!
    —¿Lo reconocería usted si lo viera?

    Pender soltó una carcajada horrorosa.

    —Ojalá pudiera olvidarlo -susurró-, ¡cómo lo desearía! — añadió inclinándose hacia adelante y agarrando la mano del doctor con un gesto de emoción-. Quiero que sepa lo agradecido que le estoy por su paciencia y amabilidad -continuó con voz temblorosa-, y porque no piense que estoy loco. No he contado a nadie ni la mitad de lo que le he dicho a usted, y creo que sólo con haberme permitido hacerlo libremente y haberme procurado el alivio de compartir mi aflicción con otra persona, ya me ha ayudado usted más de lo que yo pueda decir.

    El doctor Silence le apretó la mano y fijó la mirada en sus ojos asustados. A continuación le contestó con voz relajada.

    —Su caso es muy singular y me parece interesantísimo, porque amenaza, no su existencia física, sino el santuario de su vida psíquica, de su universo interior. Ahora mismo, en este mundo, su mente no se vería afectada de un modo permanente; pero en la otra vida, una vez que el cuerpo hubiera quedado atrás, su espíritu podría despertar tan completamente deformado, trastornado y denigrado, que usted estaría espiritualmente loco, circunstancia muchísimo más definitiva que la de estar loco en este mundo.

    En ese momento un extraño silencio envolvió la habitación y a los dos hombres sentados el uno frente al otro.

    —Quiere usted decir… ¡Oh Dios mío! — balbuceó el escritor en cuanto pudo articular palabra.
    —Lo que quiero decir exactamente lo sabrá un poco más tarde; ahora sólo hace falta que le diga que no le habría hablado de este modo si no estuviera seguro de poder ayudarle. No hay la menor duda en cuanto a ello, créame. En primer lugar, conozco muy bien cómo actúa esta droga extraordinaria que ha tenido el efecto imprevisto de revelarle las fuerzas de otra región; además, creo firmemente en la existencia de sucesos suprasensoriales y tengo amplios conocimientos de los procesos psíquicos, que he adquirido a travésde prolongadas y penosas experiencimentaciones. El resto se reduce, o se debería reducir, a un tratamiento comprensivo y a una aplicación práctica. Al aumentar su nivel de vibración psíquica y hacerle extraordinariamente sensible, el hachís le ha abierto en parte las puertas de otro mundo. Las antiguas fuerzas asociadas a esta casa le han atacado. Por el momento lo único que no alcanzo a comprender es lo relaccionado con la naturaleza exacta de esas fuerzas, pues si tuvieran un carácter ordinario, yo mismo tendría la suficiente capacidad psíquica para sentirlas. No obstante, no soy consciente de haber sentido nada todavía. Pero, por favor, Mr. Pender, continúe y cuénteme el resto de su asombrosa historia; cuando usted haya terminado, le hablaré de los métodos de curación.

    Pender se acercó un poco más la silla al amable doctor y prosiguió su narración con la misma voz nerviosa.

    —Después de tomar algunas notas acerca de mis impresiones, volví a subir al dormitorio para acostarme. Eran las cuatro de la madrugada. Seguí riéndome durante todo el trayecto: de la grotesca barandilla, del divertido aspecto de la ventana de la escalera, del burlesco agrupamiento del mobiliario…, y aún conservaba el recuerdo de aquella atrocidad de taburete que había dejado en la habitación de abajo. Pero ya no ocurrió nada que me alarmara o trastornara, y a la mañana siguiente me desperté bastante tarde, después de haber dormido a pierna suelta, sin advertir más secuelas del experimento que un ligero dolor de cabeza, y un adormecimiento de las extremidades debido a una circulación más lenta.
    —¿Y el miedo había desaparecido también? — preguntó el doctor.
    —Parecía haberlo olvidado, o al menos lo achacaba a un mero nerviosismo. De cualquier modo, por el momento no sentía su presencia y me pasé el día trabajando. Mi sentido del humor había sido reforzado de un modo portentoso y mis personajes actuaban sin esfuerzo y con auténtica gracia. Estaba muy contento con el resultado del experimento. Pero cuando la taquígrafa se hubo marchado y empecé a leer las páginas que ella había pasado a máquina, recordé sus repentinas miradas de asombro y el modo extraño en que me había observado mientras le dictaba. Lo que leí me dejó sorprendido y apenas pude creer que yo hubiera dicho aquello.
    —¿Por qué razón?
    —¡Estaba tan deformado! Según pude recordar eran mis palabras, pero su significado me resultaba extraño. Me asusté. ¡El sentido era tan distinto! En los momentos en que se suponía que mis personajes debían provocar risa, no encontraba más que inexplicables sentimientos de diversión siniestra. Mis frases encerraban ahora unas insinuaciones espantosas. Se podría decir que había risa, pero era una risa especial, horrible, turbadora; y mis pretensiones de análisis no hacían más que aumentar mi consternación. El relato, tal como lo leí entonces, me estremeció, pues en virtud de aquellas ligeras variaciones había llegado a tener un fondo terrorífico, un terror disfrazado de alborozo. La trama humorística seguía allí, pero los personajes se habían vuelto siniestros y su risa era maligna…
    —¿Puede mostrarme ese relato?

    El escritor negó con la cabeza.

    —Lo destruí -susurró-. Pero al final, a pesar de sentirme muy perturbado por él, me convencí de que aquello se debía a algún efecto retardado de la droga, a una especie de reacción que había provocado un giro en mi mente debido al cual descubría macabras interpretaciones en palabras y situaciones que en realidad no las contenían.
    —Y mientras tanto… ¿desapareció la presencia de esa persona?
    —No; en cierto modo seguía estando allí. Cuando tenía la mente ocupada me olvidaba de ella; pero cuando estaba inactiva, soñaba o simplemente no hacía nada en particular, aquella mujer aparecía junto a mí, influyendo sobre mi mente de un modo espantoso…
    —¿Exactamente en qué sentido? — interrumpió el doctor.
    —Me provocaba pensamientos malvados, intrigantes, visiones de crímenes, horrorosas imágenes de iniquidad, y toda esa clase de fantasías perversas que hasta ese instante resultaban extrañas, o mejor dicho imposibles, para mi normal naturaleza.
    —La presión de los Poderes de la Oscuridad sobre la personalidad -murmuró el doctor haciendo una breve anotación.
    —¿Cómo? No he entendido…
    —Le ruego que prosiga. Sólo estoy tomando algunas notas; ya le explicaré su significado un poco más tarde.
    —Incluso tras el regreso de mi mujer, seguí siendo consciente de esa Presencia en la casa; la forma en que se asociaba con mi personalidad interior era muy estrecha. En cuanto al comportamiento exterior, siempre me sentí constreñido a ser educado y respetuoso con ella: a abrirle las puertas, proporcionarle asiento y mostrar deferencia cuando se encontraba a mi alrededor. Finalmente, se tornó muy compulsivo y, cuando yo fallaba en algún pequeño detalle, sentía que me perseguía por toda la casa, por las habitaciones, atormentando mi alma en su morada más íntima. Ciertamente, en lo referente a las atenciones que le dispensaba, fui más cuidadoso que con mi esposa.

    »Pero permítame que antes acabe de hablarle de mi dosis experimental, porque volví a tomarla aquella noche y sufrí una experiencia similar, de efecto retardado como la primera vez, que me arrebató con una nueva acometida de aquella falsa risa demoníaca. En esta ocasión, sin embargo, se produjo un cambio en la apreciación del espacio y del tiempo; en vez de alargarse, se abrevió de tal modo que me vestí y bajé las escaleras en unos veinte segundos, y el par de horas que pasé trabajando en el despacho transcurrieron literalmente como si hubieran sido diez minutos.

    —Eso es lo que suele ocurrir cuando la dosis es excesiva -intervino el doctor-: da la impresión de que se recorre una milla en unos pocos minutos, o unas yardas en un cuarto de hora. Resulta totalmente incomprensible para quienes nunca lo han experimentado, y es una curiosa prueba de que el espacio y el tiempo no son más que entelequias.
    —Además, — continuó Pender excitado, hablando de un modo cada vez más rápido-, sentí un efecto nuevo y extraordinario, y experimenté una curiosa transformación de los sentidos, pues percibía el mundo exterior a través de un único canal principal en lugar de a través de las cinco divisiones denominadas vista, tacto, olfato, ect. Me entenderá cuando le diga que oía visiones y veía sonidos. Ya sé que ningún lenguaje puede hacer que esto sea comprensible; lo único que le puedo decir, por ejemplo, es que vi surgir ante mí las campanadas del reloj como una imagen perceptible. Realmente, vi el tintín de las campanadas. Del mismo modo, oí los colores de la habitación, en especial los colores de esos libros que hay en la estantería detrás de usted. Oí esos lomos rojos con sonidos graves, y las cubiertas amarillas de los libros franceses que hay junto a ellos produjeron una nota aguda y penetrante muy semejante al trino de los estorninos. Aquella librería marrón murmuró, y esas cortinas verdes de ahí enfrente emitieron una especie de murmullo constante como el de las notas más graves de una trompa. Pero sólo era consciente de esos sonidos cuando miraba fijamente a los diferentes objetos y pensaba en ellos. Ya me entiende, la habitación no estaba llena de un conjunto de notas musicales, sino que cuando concentraba mi mente en un color, además de verlo, lo oía.
    —Ese es un efecto conocido, aunque no muy común, de la Cannabis indica -comentó el doctor-. Y también le provocaría risa ¿verdad?
    —Sólo me hizo reír el rumor de la librería. Era como un gran animal que intentara hacerse notar, lo que me hizo pensar en un oso amaestrado, imagen que, como usted sabe, conlleva un cierto humor patético. Pero esa mezcolanza de sentidos no produjo ninguna confusión en mi mente. Al contrario, me encontraba muy despejado y experimenté una intensificación de la consciencia que me hacía sentirme absolutamente vivo y tremendamente perspicaz.

    »Obedeciendo a un impulso que me llevaba a dibujar (destreza en la que no se puede decir que destaque) cogí un lápiz. Me di cuenta de que sólo era capaz de dibujar cabezas; mejor dicho, sólo una cabeza (siempre la misma) de una mujer de tez morena, con rasgos enormes y terribles, y un ojo izquierdo muy caído; y lo hice tan bien que, como podrá suponer, me sorprendí.

    —¿Y cómo era la expresión de esa cara?

    Pender se encogió de hombros, dudó por un momento y moviólas manos como si buscara una respuesta. Un escalofrío perceptible le recorrió el cuerpo.

    —Sólo puedo describirla como llena de oscuridad -contestó en tono grave-; como si fuera el rostro de un sonido misterioso y maligno.
    —¿Y eso también lo destruyó?
    —No. Los dibujos los conservo -replicó Pender con una sonrisa mientras se levantaba a coger los bosquejos de un cajón del escritorio que había detrás de él-. Aquí está lo que queda de ellos — añadió colocando varias hojas sueltas delante del doctor-; no son más que unos cuantos garabatos. Esto fue lo que encontré a la mañana siguiente. En realidad no había dibujado ninguna cabeza sino todas estas líneas sinuosas y estos manchurrones. Las imágenes eran completamente subjetivas y sólo existían en mi mente, que las había construido a partir de unos cuantos trazos hechos con el lápiz. Al igual que la sucesión alterada del espacio y el tiempo, los dibujos eran una total ilusión que evidentemente desapareció cuando se acabaron los efectos de la droga. Pero lo otro no desapareció; quiero decir que la presencia del Alma Misteriosa permaneció a mi lado. Y todavía permanece. Es real. No sé cómo escapar de ella.
    —Está asociada a la casa, no a usted. Por ello, debe usted abandonar esta casa.
    —Sí, pero no puedo permitirme hacerlo; mi trabajo es mi único medio de sustento, y… Bueno, verá usted, desde que se produjo esta transformación ni siquiera puedo escribir. Estos relatos que ahora escribo, con su mal remedo de risa y sus sugerencias diabólicas, son tristes, terribles… ¡horrorosos! Si esto continúa me voy a volver loco.

    Frunció el ceño y recorrió la habitación con la vista como si esperara ver una figura fantasmal.

    —La influencia sobre esta casa, provocada por el experimento, ha acabado de golpe con los fundamentos de mi sentido del humor y, aunque todavía sigo escribiendo cuentos, pues tengo que conservar mi reputación, mi inspiración se ha agotado y me veo obligado a quemar gran parte de lo que escribo… Sí, doctor, lo quemo antes de que alguien lo vea.
    —¿Tan ajeno es a su propia mente y personalidad?
    —¡Totalmente! Como si lo hubiera escrito otro.
    —Ya.
    —¡Y espantoso! — añadió. Antes de continuar se frotó los ojos con la mano y dejó escapar lentamente un suspiro-. Sin embargo, el modo en que esas sugerencias viles se insinúan bajo el aspecto de un humor extraordinario resulta terriblemente ingenioso. Como era de esperar, mi taquígrafa me abandonó, y no he tenido valor para buscar otra.

    John Silence se puso en pie y empezó a deambular en silencio por la habitación; observaba los cuadros de la pared y leía los nombres de los libros que allí había. Luego se detuvo delante de la chimenea, de espaldas al fuego, y miró directamente a su paciente sin decir nada. El rostro de pender era ahora lánguido y ojeroso, como si estuviera dominado por una expresión de hostigamiento: la larga narración parecía haber hecho mella en él.

    —Garcias, Mr. Pender -dijo mientras en su expresión distinguida y sosegada asomaba un extraño resplandor-, muchas gracias por la sinceridad y franqueza de su relato. Creo que, por el momento, no necesito preguntarle nada más.

    Silence se enfrascó en un detenido examen de los rasgos trasnochados del escritor y, tras buscar intencionadamente los ojos de Pender, le dirigió una mirada de fuerza y confianza que habría insuflado ánimo en el espíritu más débil.

    —Para empezar -añadió con una amable sonrisa-, permítame asegurarle sin más dilación que no tiene por qué alarmarse, pues usted no está más trastornado o desequilibrado de lo que pudiera estar yo.

    Al oir esto, Pender lanzó un profundo suspiro e intentó recobrar la sonrisa.

    —Por lo que puedo juzgar hasta ahora, se trata simplemente de un caso de invasión psíquica muy especial, y también bastante siniestra; supongo que entiende lo que quiero decir.
    —Es una expresión extraña que ya empleó usted antes -replicó el escritor en tono apagado, a pesar de que había escuchado con ilusión el diagnóstico del doctor y se encontraba muy emocionado por la inteligente benevolencia de no llevarle directamente al manicomio.
    —Es posible -observó el doctor-, pues coincidirá usted conmigo en que también se trata de una aflicción, extraña, no desconocida sin embargo en la antigüedad, ni tampoco en el mundo moderno, para aquellos que admiten la libertad de movimiento, bajo ciertos estados patógenos, entre este mundo y cualquier otro.
    —¿,Y usted cree -se apresuró a preguntar Pender- que todo esto se debe principalmente al Cannabis? Es decir ¿no hay en mí nada decididamente nefasto, nada incurable, o…?
    —Sí, se debe únicamente a la dosis excesiva -respondió el doctor Silence de modo enfático-, a la acción directa de la droga sobre su vida psíquica. Ella hizo que usted fuera ultrasensible y le obligó a responder a un acrecentado nivel de vibración. Y déjeme decirle, Mr. Pender, que su experimento podría haber tenido consecuencias mucho más horribles. Le ha puesto en contacto con una clase de Mundo Invisible muy singular, aunque creo que de un carácter fundamentalmente humano. Sin embargo, usted podría haber, sido arrancado y trasladado fuera del nivel humano, en cuyo caso las consecuencias de tal contingencia habrían sido muchísimo más espantosas. Evidentemente, no estaría ahora aquí para contarlo. Pero no hace falta alarmarse por ese lado; sólo quería mencionárselo como advertencia, para que no malinterprete o infravalore la situación por la que ha pasado.

    Le noto algo confundido. Me da la impresión de que no comprende lo que quiero decir. No es que quepa esperar que lo haga, pues supongo que usted será el clásico cristiano con un sentido sublime de la moral y una ignorancia profunda acerca de las posibilidades espirituales. Aparte de una comprensión en cierto modo infantil de la 'maldad espiritual en las clases altas', puede que no tenga la menor idea de lo que es posible una vez que se ha atravesado el estrecho abismo dispuest misericordiosamente entre usted y el Más Allá. Gracias a mis estudios y preparación he conseguido traspasar los límites de los viajes ortodoxos y realizado experimentos de los que apenas podría hablarle en un lenguaje que le resultara inteligible.

    En este punto hizo una pausa y advirtió un profundo interés en el semblante y en la actitud de Pender. Cada palabra que pronunciaba estaba calculada; Silence conocía exactamente el valor y efecto de las emociones que quería despertar en el corazón del ser afligido que tenía ante él.

    —A partir de ciertos conocimientos que he adquirido a través de diversas experiencias -prosiguió en tono calmado-, me creo capaz de diagnosticar que su caso, como he dicho antes, responde a una invasión psíquica.
    —¿Y en cuanto a la naturaleza de esa… invasión…? — balbuceó el asombrado escritor de relatos de humor.
    —No hay razón por la que no deba decirle inmediatamente que todavía no la conozco bien -replicó el doctor Silence-. Antes tengo que realizar un par de experimentos.
    —¿Conmigo? — preguntó Pender con voz entrecortada y conteniendo la respiración.
    —No exactamente -observó el doctor, esbozando una sonrisa ponderada-, aunque tal vez sea necesaria su colaboración. Quisiera comprobar las circunstancias de la casa para descubrir, si es posible, la naturaleza de esas fuerzas, de esa extraña personalidad que ha estado rondándole.
    —Ahora mismo no tiene usted la menor idea de quién…, qué…, por qué… -preguntó el escritor en un estado de agitación que revelaba interés, asombro y temor.
    —Tengo una buena idea, pero ninguna prueba -contestó el doctor-. En principio, los efectos de la droga al alterar la sucesión del espacio y el tiempo, y al provocar la confusión de los sentidos, no tienen nada que ver con la invasión. Dichos efectos aparecen en cualquiera que haya sido lo suficientemente insensato como para ingerir una dosis experimental. Son los otros aspectos de su caso los que son inusuales. Verá, usted se encuentra ahora en contacto con ciertas emociones violentas, con deseos y propósitos todavía activos en esta casa, que fueron originados en el pasado por alguna personalidad fuerte y perversa que vivió aquí. Cuánto tiempo hace de ello, o por qué dichas manifestaciones persisten de un modo tan vigoroso, son dos preguntas a las que no puedo responder. Pero en mi opinión sólo son fuerzas que actúan de una manera maquinal siguiendo el ímpetu de su fabuloso impulso original.
    —¿Quiere usted decir que no están controladas por un ser vivo, por una voluntad consciente?
    —Posiblemente no, pero precisamente por eso puede que sea más peligroso y difícil tratar con ellas. Resulta complicado explicarle en unos minutos la naturaleza de tales fuerzas, pues usted no ha realizado las investigaciones necesarias para comprender mi explicación; pero tengo razones para creer que cuando un ser humano desaparece al morir, sus impulsos pueden perdurar y seguir actuando de una manera ciega e inconsciente. Por regla general, se disipan rápidamente, pero en el caso de una personalidad muy fuerte es posible que subsistan durante largo tiempo. Y, algunas veces (y me inclino a pensar que ésta es una de ellas) esos impulsos pueden fundirse con ciertas entidades no humanas que de ese modo prolongan su vida indefinidamente, y aumentan su poder hasta un grado increíble. Si la personalidad original era malvada, las entidades atraídas por los impulsos remanentes también lo serán. En su caso, creo que ha habido un engrandecimiento tremendo e inusual de los pensamientos y propósitos abandonados hace mucho tiempo por una mujer de inmensa perversidad, y carácter e intelecto personal extraordinariamente fuertes. ¿Empieza a entender un poco lo que quiero decir?

    Pender miró fijamente a su compañero con una expresión de horror. Pero no supo qué decir y el doctor continuó:

    —Predispuesto por la acción de la droga, usted ha experimentado el asalto de esos impulsos con una violencia descomunal. Ellos han anulado completamente en su persona el sentido del humor, la fantasía, la imaginación…, todo aquello cuyo objetivo es la alegría y la esperanza. Pretenden, aunque tal vez de un modo maquinal, desplazar sus pensamientos y ocupar su lugar. Por tanto, ha sido usted víctima de una invasión psíquica. Al mismo tiempo, se ha convertido en un individuo clarividente en todo el sentido del término, ya que, además, es una víctima clarividente.

    Pender se secó el rostro y suspiró. Entonces se puso en pie y se dirigió hacia la chimenea para calentarse un poco.

    —Pensará usted que soy un charlatán o un insensato al hablarle así -dijo el doctor Silence sonriendo-. Pero no importa. He venido a ayudarle, y podré hacerlo si hace lo que le diga. Es muy sencillo: debe usted abandonar esta casa inmediatamente. ¡Ah! Olvidese de las dificultades; las haremos frente juntos. Puedo poner otra casa a su disposición, o pagarle el alquiler de ésta y hacer que la derriben más tarde. Su caso me interesa mucho y quisiera ayudarle a salir de este trance para que su preocupación desaparezca y pueda volver enseguida a su antiguo hábito de trabajo. La droga le ha proporcionado, y por tanto a mí también, un camino directo para llegar a una experiencia muy interesante. Le estoy tremendamente agradecido.

    El escritor sintió que la emoción le embargaba y atizó el fuego con decisión. Luego miró hacia la puerta con aspecto nervioso.

    —No hay necesidad de alarmar a su esposa ni contarle los detalles de nuestra conversación -prosiguió el doctor-. Hágale saber que pronto estará usted de nuevo en posesión de su sentido del humor y de su salud, y explíquele que le voy a dejar otra casa durante seis meses. Mientras tanto usted me permitirá pasar una o dos noches en ésta para realizar mi experimento. ¿Le parece bien?
    —Se lo agradezco de todo corazón -replicó pender, incapaz de encontrar palabras para expresar su agradecimiento.

    Después dudó por un momento y buscó el rostro del doctor con ansiedad.

    —¿Y en cuanto a su experimento en la casa? — preguntó sin más rodeos.
    —Es algo muy sencillo, querido Mr. Pender. A pesar de ser una persona con una preparación psíquica sofisticado, y por tanto generalmente consciente de la presencia de entidades desprovistas de carne y hueso, aquí no he tenido la más mínima sensación extraña. Ello me hace pensar que las fuerzas que actúan en esta casa son de una naturaleza inusual. Lo que me propongo es realizar un experimento con el fin de que ese ser maligno salga a la luz, obligándole a abandonar su madriguera, por así decir, para que pueda consumirse en mi interior y desaparezca para siempre. Yo ya he sido inoculado -añadió-, y por tanto me considero inmune.
    —¡Santo cielo! — exclamó el escritor dejándose caer sobre una silla.
    —«¡Maldito infierno!» habría sido una exclamación más apropiada -dijo el doctor riendo-. En serio, Mr. Pender, eso es lo que pretendo hacer…, con su permiso, claro.
    —Claro, claro -observó Pender-, puede usted contar con mi permiso y con nús mejores deseos de éxito. No veo qué podría objetar pero…
    —¿Pero qué?
    —Supongo que no realizará este experimento usted solo ¿verdad?
    —Oh, claro que no.
    —Imagino que traerá usted un compañero que sepa controlar sus nervios y en el que pueda confiar en caso de desastre.
    —Vendré con dos compañeros -dijo el doctor.
    —Ah, eso es mucho mejor. Ya me siento más tranquilo. Estoy seguro de que entre sus amistades habrá algunos hombres…
    —No pienso traer hombres, Mr. Pender.

    El escritor le miró extrañado.

    —No, ni tampoco mujeres; ni niños.
    —No alcanzo a comprenderle. ¿A quién traerá entonces?
    —Animales -explicó el doctor, incapaz de contener una sonrisa ante la expresión de asombro de su interlocutor-. Dos animales: un perro y un gato.

    Pender le miró de tal modo que parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas; después, sin decir palabra, precedió al doctor hasta la habitación contigua donde les estaba esperando su esposa para tomar el té.


    II


    Algunos días más tarde, el humorista y su esposa se mudaron, con gran sensación de alivio, a una pequeña casa amueblada puesta a su disposición en otra zona de Londres. John Silence, impaciente por llevar a cabo su próximo experimento, se preparó para pasar una noche en la casa vacía de Putney Hill. Sólo necesitaba dos habitaciones: el despacho de la planta baja y el dormitorio que había inmediatamente encima de él. Todas las demás habitaciones debían quedar cerradas con llave y los criados debían abandonar la casa. El chófer tenía órdenes de recogerle por la mañana a las nueve.

    Entretanto, había dado instrucciones a su secretario para que consultara la historia pasada así como las posibles conexiones de aquel lugar, y estudiara todo lo referente al carácter de sus anteriores ocupantes, recientes o remotos.

    Silence había escogido con esmero y buen criterio los animales por medio de cuya sensibilidad esperaba comprobar cualquier situación anómala en la atmósfera del edificio. Pensaba (y ya había realizado curiosos experimentos para comprobarlo) que los animales tenían a menudo, y de un modo más fiable, una mayor clarividencia que los seres humanos. Estaba convencido de que muchos de ellos poseían unos poderes de percepción que sobrepasaban la mera agudeza de los sentidos característica de los moradores de la selva, donde el sentimiento de vigilancia llega a alcanzar un grado especialmente desarrollado: tenían lo que él denominaba 'clarividencia animal'. A partir de sus experimentos con caballos, perros, gatos, e incluso con pájaros, había sacado ciertas deducciones que no hace falta explicar aquí con detalle.

    Creía que, especialmente los gatos, eran conscientes casi en todo momento de un campo de visión más amplio y más detallado incluso que el proporcionado por una cámara fotográfica, que excedía el alcance de los órganos humanos habituales. Además, había observado que mientras los perros solían asustarse en presencia de tales fenómenos, los gatos por el contrario encontraban satisfacción en ellos y se tranquilizaban. Aceptaban con agrado dichas manifestaciones como algo perteneciente a su propio mundo.

    Por tanto, seleccionó con inteligencia a los animales para que pudieran ofrecerle un testimonio distinto y para que uno de ellos no se limitara a comunicar su propia excitación al otro, escogió un perro y un gato.

    El gato elegido era adulto y había vivido con él desde que era un gatito, período durante el cual había mostrado una ternura asombrosa y una astucia osada. Era travieso y caprichoso, y jugaba por las esquinas de la habitación de un modo misterioso, lanzándose hacia cosas invisibles, dando brincos laterales en el aire y cayendo con sus diminutas zarpas almohadilladas sobre el otro extremo de la alfombra; no obstante, tenía un aire de dignidad que demostraba que tal comportamiento era necesario para su propio bienestar y no un modo de impresionar a una audiencia humana estúpida. En medio de una sesión de relamido aseo levantaba la cabeza sorprendido, como si notara la proximidad de algo invisible, inclinando la cabeza hacia un lado y alargando una zarpa aterciopelada, para inspeccionarlo cuidadosamente. Luego volvía a abstraerse, dirigía la mirada hacia otro lado con la misma intensidad (sólo para confundir a quienes le contemplaban), y de repente empezaba a relamerse una nueva zona de su cuerpo. A excepción de una mancha blanca que tenía en el pecho, era negro como el carbón. Su nombre era 'Smoke'.

    Este nombre describía tanto su temperamento como su aspecto. Sus movimientos, su individualismo, su apariencia de pequeña masa peluda llena de misterios ocultos y su carácter esquivo como el de un elfo, lo justificaban; un pintor refinado podría haberío representado como una delgada columna de humo flotando en el aire y desvelando el fuego que había bajo ella sólo en dos puntos: sus ojos brillantes.

    Todos sus impulsos revelaban ingenio: en él se apreciaban la secreta inteligencia y la silenciosa e incalculable intuición propia de los gatos. Era, con toda seguridad, el gato adecuado para el experimento.

    La selección del perro no había sido tan sencilla, pues el doctor tenía varios; tras mucho pensarlo eligió a un collie al que llamaba 'Flame' por su pelo amarillento. A decir verdad, era un poco viejo, tenía las articulaciones algo rígidas y estaba empezando a perder oído, pero, por otra parte, era un amigo de 'Smoke' muy especial, ya que le había cuidado desde pequeño, lo que había hecho que entre ellos existiera un sentimiento de comprensión mutua. Esto fue precisamente lo que hizo que la balanza se inclinara a su favor; esto y su valor. Aunque tenía buen carácter, era un luchador terrible y, cuando se sentía provocado por una causa justa, mostraba una furia enardecida e irresistible.

    A Silence se lo había dado un pastor cuando era sólo un cachorro y aún tenía el aire de las colinas en el hocico: era entonces poco más que piel, huesos y dientes. Para ser un collie tenía un aspecto robusto y el hocico más chato que la mayoría; su pelo era duro en vez de sedoso y sus ojos, a diferencia de los característicos ojos rasgados de los de su raza, eran grandes. Sólo podía tocarlo su amo, pues a los extraños los ignoraba y despreciaba sus caricias, si es que se atrevían a acariciarlo. Había algo patriarcal en el viejo animal.

    Era muy serio y parecía pasar por la vida con una tremenda energía y grandes perspectivas, como si tuviera que defender la reputación de toda su raza. Contra todo pronóstico, al verle pelear se comprendía por qué decimos que era terrible.

    En sus relaciones con 'Smoke' siempre demostaba una delicadeza absurda. Era paternal, y al mismo tiempo revelaba una cierta timidez o falta de confianza en sí mismo. Parecía reconocer que 'Smoke' necesitaba un trato duro aunque respetuoso. Los métodos rebuscados del gato le sorprendían, y sus complicadas pretensiones contrastaban con el gusto del perro por la acción franca y directa. Sin embargo, aunque no alcanzaba a comprender los intrincados misterios felinos, nunca se mostraba despreciativo o condescendiente, y velaba por la seguridad de su peludo y negro amigo del mismo modo que un padre cariñoso e intuitivo podría observar los caprichos de un hijo inteligente y travieso. A cambio, 'Smoke' le recompensaba con las exhibiciones de sus travesuras más audaces y fascinantes.

    Estas breves descripciones de sus caracteres son necesarias para una comprensión adecuada de lo que ocurriría posteriormente.

    Con 'Smoke' durmiendo sobre las arrugas de su abrigo y el collie echado en actitud vigilante en el asiento de enfrente, John Silence se dirigió hacia la casa en su vehículo la noche del quince de noviembre después de cenar.

    Y la niebla era tan densa que se vieron obligados a realizar todo el trayecto a velocidad reducida.


    ***

    Eran más de las diez cuando despidió al chófer y entró en la pequeña casa sombría utilizando la llave que Pender le había dado.

    Tanto la luz de gas del recibidor como la chimenea del despacho estaban encendidas. Siguiendo instrucciones, el sirviente también había dejado preparados algunos libros y alimentos. A través de la abierta abierta penetraron espirales de niebla que llenaron el vestíbulo y el pasillo de un frío desagradable.

    Lo primero que Silence hizo fue encerrar a 'Smoke' en el despacho, dejándole un platillo de leche junto al fuego, y se dispuso a recorrer la casa acompañado de 'Flame'. El perro corría alegremente tras el doctor mientras éste comprobaba que las puertas de todas las habitaciones estaban cerradas. El animal husmeaba por las esquinas y hacía pequeñas incursiones por cuenta propia. Su actitud era expectante. Sabía que debía de ocurrir algo inusual, pues durante toda su vida lo normal a esas horas era estar durmiendo sobre la alfombra delante del fuego. Mientras el doctor comprobaba las puertas una tras otra, 'Flame' no dejaba de observar el semblante de su amo con una expresión de comprensión inteligente y, al mismo tiempo, un cierto aire de desaprobación. Sin embargo, todo lo que su amo hacía resultaba bueno ante sus ojos, por lo que procuraba mostrar la menor impaciencia posible por todo ese deambular innecesario de acá para allá. Si al doctor le agradaba entretenerse en esa clase de juegos a aquellas horas de la noche, no sería él quien pusiera objecciones. Así que él también jugaba; y además se lo tomaba muy en serio.

    Tras realizar un registro de la casa lleno de emoción volvieron al despacho, donde 'Smoke' se dedicaba a lavarse tranquilamente la cara delante del fuego. El plato de leche estaba limpio y vacío; al parecer, la investigación preliminar que los gatos siempre realizan cuando están en un nuevo entorno había concluido de un modo satisfactorio. Silence acercó un sillón a la chimenea, atizó el fuego hasta que se reavivó, colocó la mesa y la lámpara de forma apropiada para leer y se dispuso a observar a los animales a hurtadillas. Deseaba ver sus reacciones sin que ellos lo advirtieran.

    A pesar de su diferencia de edad, tenían por costumbre jugar juntos un rato cada noche antes de dormir. Siempre empezaba 'Smoke'. Con gran descaro, daba unos golpecitos sobre la cola del perro, a los que 'Flame' replicaba amodorrado, aceptando el juego con indulgencia. Más que por gusto, lo hacía por obligación; cuando el entretenimiento llegaba a su fin se alegraba, e incluso había ocasiones en las que decididamente se negaba a participar.

    Y aquella fue una de esas ocasiones.

    El doctor les observaba lentamente por encima del libro y contempló cómo el gato iniciaba la acción. Primero miró con expresión inocente al perro, que estaba echado en el centro de la habitación con el hocico entre las patas y los ojos completamente abiertos. Después se levantó y, moviéndose sigilosamente pero con decisión, hizo como si se dirigiera hacia la puerta. Los ojos de 'Flame' le siguieron hasta que quedó fuera del alcance de su vista; en ese momento, el gato se volvió de repente y probó a darle en la cola con una zarpa. El perro contestó meneando ligeramente el rabo, a lo que 'Smoke' replicó cambiando de zarpa y volviendo a intentarlo de nuevo. 'Flame', sin embargo, no se levantó a jugar como era su costumbre, y entonces el gato empezó a golpearle enérgicamente con ambas zarpas. 'Flame' ni se inmutó.

    Esto sorprendió y aburrió al gato, que rodeó a su amigo y se puso a mirarle a la cara para ver qué pasaba. Quizá de los ojos del perro saliera algún mensaje inarticulado y llegara a su pequeño cerebro haciéndole entender que era mejor no iniciar el programa nocturno con juegos. Quizá 'Smoke' se diera cuenta de que su amigo era inamovible. El caso es que, fuese cual fuese la razón, en adelante desistió de su empeño habitual y no hizo más intentos por convencerle. El gato cedió enseguida ante la falta de disposición del perro; volvió a su sitio y empezó a relamerse.

    Pero Silence advirtió que su verdadero propósito al hacerlo no era lavarse; sólo lo hacía para ocultar otra cosa. En los momentos en que estaba entregado a su tarea se detenía de repente y comenzaba a escudriñar la habitación. Sus pensamientos deambulaban de un modo absurdo. Escrutaba atentamente las cortinas, los rincones oscuros, el espacio vacío que había sobre él, adoptando unas posturas extrañamente complicadas durante varios minutos seguidos. De repente se volvió y miró al perro con un imprevisto gesto de inteligencia; 'Flame', que tenía los miembros algo entumecidos, se puso en pie enseguida y empezó a deambular de acá para allá porla habitación con aspecto inquieto. 'Smoke' siguió sus pasos, apoyando sigilosamente sus almohadillas. Entre los dos realizaron lo que parecía ser un registro a fondo de la habitación.

    Mientras les observaba y estudiaba con atención cada detalle de su actividad desde detrás del libro sin hacer ningún esfuerzo por intervenir, el doctor creyó advertir las primeras muestras de una ligera inquietud en el collie e indicios de una vaga excitación en el gato.

    Siguió observándolos atentamente. La atmósfera de la habitación estaba cargada y el humo procedente de su pipa la hacía aún más densa; los muebles que había en el extremo más alejado resultaban borrosos y, en aquellas partes en que las sombras se congregaban formando nubes suspendidas del techo, era difícil ver con claridad. La luz de la lámpara sólo llegaba hasta una altura de un metro y medio desde el suelo, por encima de la cual surgían capas de relativa oscuridad que hacían que la habitación pareciera dos veces más alta de lo que en realidad era. Sin embargo, gracias a la luz de la lámpara y del fuego de la chimenea, la alfombra resultaba claramente visible.

    Los animales continuaron realizando su recorrido sigiloso por la habitación, en vanguardia unas veces el perro y otras el gato; de cuando en cuando se miraban mutuamente como si intercambiaran consignas y, a pesar de lo reducido del espacio, se perdieron de vista una o dos veces entre el humo y las sombras. A Silence le dio la impresión de que su curiosidad respondía a algo más que a la simple excitación derivada del reconocimiento de un territorio desconocido en una habitación vacía; no obstante, hasta el momento era imposible confirmar ese punto, por lo que se mantuvo tranquilo y receptivo para no transmitir la más mínima agitación mental a los animales e intentar de ese modo no destruir el valor de su comportamiento independiente.

    Hicieron un recorrido completo sin dejar un solo mueble sin husmear o examinar. 'Flame' iba ahora delante caminando despacio con la cabeza inclinada, y 'Smoke' seguía sus pasos recatadamente simulando no estar interesado pero sin perderse nada. Por fin dieron por terminado el registro y regresaron. Primero fue el viejo collie quien, con la intención de descansar en la alfombra delante del fuego, apoyó el morro en la rodilla de su amo; éste sonrió beatíficamente mientras acariciaba su cabeza amarillenta y pronunciaba su nombre. Un poco más tarde volvió 'Smoke' y, aparentando haber llegado por casualidad, levantó la mirada desde el platillo de leche vacío hacia el doctor, dio unos cuantos lametones para rebañar hasta la última gota, se subió de un salto a su regazo y se hizo un ovillo en busca del sueño que creía haberse ganado y pretendía disfrutar.

    Silence volvió a ser consciente de la habitación. A través de la profunda quietud sólo se oía el resoplido del perro como si fuera el pulso del tiempo marcando los minutos; en el exterior, el constante goteo de la niebla sobre los alféizares de las ventanas transmitía la inclemencia de la noche. A medida que el fuego se iba asentando en el hogar, los débiles chasquidos de las brasas se hacían cada vez menos perceptibles, pues la combustión disminuía y las llamas iban perdiendo fuerza.

    Eran ya más de las once cuando el doctor Silence decidió leer un poco. Pasó la vista por las palabras que había sobre la página impresa y sólo pudo captar su significado superficialmente, sin dar vida a las correlaciones de pensamiento y sugestión que acompañan a una lectura interesante. Por debajo, sus energías mentales estaban centradas en observar, escuchar y esperar lo que pudiera acontecer. No se sentía nada confiado y no quería que le cogieran por sorpresa. Además, los animales, sus barómetros sensitivos, estaban completamente dormidos.

    Tras leer una docena de páginas, se dio cuenta de que su mente estaba realmente ocupada en revisar los detalles esenciales de la extraordinaria narración de Pender y de que ya no era necesario controlar su imaginación leyendo los insípidos párrafos detallados en las páginas que tenía ante él. En consecuencia abandonó la lectura y dejó que sus pensamientos discurrieran sobre las características del caso. Evitó rigurosamente especular acerca de su significado, pues sabía que tal práctica actuaría sobre su imaginación como el viento sobre las ascuas del fuego.

    A medida que pasaba la noche, el silencio se iba haciendo cada vez más profundo, y sólo de muy tarde en tarde se oía un chirrido de ruedas procedente de la carretera principal que había a unas cien yardas, donde debido a la densidad de la niebla los caballos iban al paso. Ya no distinguía el eco de las pisadas de un hombre, y el clamor de voces ocasionales en la calle de al lado había dejado de oírse. La noche, envuelta en bruma y embozada con velos de misterios remotos, rondaba la pequeña villa como un presagio. Todo era quietud en la casa. El silencio, revestido de una espesa cobertura, caía sobre las estancias del piso de arriba. La atmósfera del despacho, donde el frío húmedo era cada vez más penetrante, se hacía más densa. De vez en cuando, Silence sentía un escalofrío.

    El collie, profundamente dormido, se estremecía ocasionalmente: gruñía en sueños, suspiraba o contraía nerviosamente las patas. 'Smoke' descansaba en el regazo de Silence como un remanso peludo, cálido y negro, y sólo si se le observaba atentamente se podía detectar el movimiento de sus lustrosos costados. En aquella bola de pelo brillante resultaba difícil distinguir exactamente dónde estaba la cabeza y el resto del cuerpo; una pequeña nariz de color negro satinado y un trocito de lengua rosa eran los único detalles que desvelaban el secreto.

    Silence se encontraba a gusto contemplándole. La respiración del collie era relajante. Ahora el fuego tiraba bien y seguiría ardiendo al menos durante otras dos horas sin que fuera necesario prestarle atención. No se apreciaba el menor indicio de nerviosismo. El doctor deseaba que su mente permaneeiera en un estado tranquilo y normal, sin que hubiera que forzar nada. Si el sueño le llegaba de un modo natural, lo dejaría actuar e incluso le daría la bienvenida. Cuando el fuego se extinguiera horas más tarde, la frialdad de la habitación le despertaría; entonces habría tiempo suficiente para llevar aquellos barómetros durmientes a la cama de arriba. Debido a varias premoniciones psíquicas, estaba seguro de que la noche no acabaría sin que ocurriera algo; pero no quería adelantar acontecimientos. Deseaba mantenerse relajado para que, cuando el hecho se produjera, no pasara desapercibido por la turbación o por falta de atención. Los muchos experimentos realizados le habían enseñado cómo se debían hacer las cosas. Por lo demás, no tenía ningún temor.

    Así pues, tras unos instantes se quedó dormido como esperaba. Lo último de lo que fue consciente antes de que el olvido se deslizara sobre sus ojos como un suave velo, fue la imagen de 'Flame' estirando sus cuatro patas al mismo tiempo y resoplando ruidosamente, mientras buscaba una postura más cómoda sobre la alfombra.


    ***

    Había pasado bastante rato cuando notó un peso sobre el pecho y le pareció que algo le rozaba la cara y la boca. Un ligero cosquilleo sobre la mejilla le despertó. Sintió como si le acariciaran.

    Al incorporarse de repente se encontró con un par de ojos brillantes, mitad verdes, mitad negros, que le miraban fijamente. La cara de 'Smoke' estaba frente a la suya: el gato se había encaramado, y le había apoyado las zarpas delanteras sobre el pecho. la luz de la lámpara había disminuido y el fuego estaba a punto de apagarse; no obstante, Silence se dio cuenta enseguida de que el gato estaba un poco excitado, pues no paraba de darle con ambas zarpas alternativamente sobre el pecho. Sentía cómo le clavaba las uñas. En ese momento levantó una pata lentamente y le acarició la mejilla con mucho tiento. Silence observó que tenía el pelo del lomo erizado, las orejas aplastadas hacia atrás y la cola le temblaba. Evidentemente el gato le había despertado a propósito; tan pronto como tuvo consciencia de esto, dejó a 'Smoke' sobre el brazo del sillón y, poniéndose en pie de un golpe, se giró rápidamente para volver el rostro hacia la habitación vacía que quedaba a su espalda. Por algún curioso instinto, echó los brazos adelante en actitud defensiva, como para repeler algo que amenazaba su seguridad. Sin embargo, no se veía nada. Sólo sombras brumosas que se desplazaban lentamente por el aire de acá para allá con una ligera cadencia.

    Los últimos vestigios de sueño habían desaparecido y ahora su mente estaba alerta. Aumentó la intensidad de la lámpara y escrutó a su alrededor. Enseguida se dio cuenta de dos cosas: una, que aunque 'Smoke' estaba excitado, se trataba de una excitación placentera, y otra, que el collie había desaparecido de la alfombra. Se había ido arrastrando hasta el rincón de la pared más alejado de la ventana y vigilaba la habitación con unos ojos completamente abiertos en los que se dejaba entrever una sensación de alarma.

    Hubo algo en la conducta del perro que a Silence le pareció muy extraño, por lo que, después de llamarle por su nombre, se acercó a acariciarle. 'Flame' se puso en pie, meneó la cola y se dirigió hacia la alfombra con lentitud emitiendo un sonido grave que era mitad gruñido, mitad gañido. Había algo que le turbaba, y cuando su amo se disponía a tranquilizarle, su atención fue desviada de repente hacia las travesuras de su otro compañero cuadrúpedo, el gato.

    Y lo que vio le llenó de asombro.

    'Smoke' había saltado al suelo desde el respaldo del sillón y ahora estaba enmedio de la alfombra, donde, con la cola tiesa y las patas estiradas como palos, se movía sin cesar adelante y atrás en un espacio reducido, emitiendo mientras lo hacía esos curiosos sonidos guturales de placer que sólo un animal de la especie felina utiliza cuando necesita expresar un sentimiento de felicidad suprema. La rigidez de sus patas y el arqueamiento de la espalda le daban una apariencia más grande de lo normal, y en su semblante negro había una sonrisa de alegría beatífica. Sus ojos despedían un fulgor indescriptible: estaba en éxtasis.

    Al final de cada recorrido se daba la vuelta rápidamente y reiniciaba su andadura, siguiendo con paso majestuoso la misma línea y ronroneando como un redoble de tambores amortiguado. Se comportaba como si se estuviera restregando contra los tobillos de alguien que permanecía invisible. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Silence mientras seguía allí de pie observando. Por fin su experimento empezaba a ponerse interesante.

    Atrajo la atención del collie hacia la conducta de su compañero para descubrir si también él era consciente de algo que se erguía allí delante sobre la alfombra; el comportamiento del perro fue significativo y corroborante. Se acercó hasta las piernas de su amo y se detuvo junto a ellas sin atreverse a investigar desde más cerca. Silence le azuzo en vano; 'Flame' meneó la cola, gañió un instante y permaneció medio agazapado, mirando alternativamente hacia el gato y hacia su amo. Parecía estar a la vez confuso y asustado; el gañido fue hundiéndose en las profundidades de su garganta hasta transformarse en un espantoso ladrido como de furia recién despertada.

    Entonces el doctor le llamó con un tono autoritario al que nunca había desobedecido; sin embargo, aunque el perro contestó dando un respingo, declinó acercarse. Probó a hacer unos cuantos movimientos, dio unos pequeños brincos como si le fueran a bañar, hizo amago de ladrar y empezó a correr de un lado a otro de la alfombra. Por el momento no parecía haber ninguna clase de miedo en su comportamiento sino que más bien se mostraba intranquilo y nervioso, y nada podría hacerle arrimarse al gato andariego. Una vez dio una vuelta completa a su alrededor, pero procurando siempre guardar las distancias; al final regresó junto a las piernas de su amo y se restregó con fuerza contra ellas. A 'Flame' no le gustaba la conducta del gato en absoluto: eso estaba perfectamente claro.

    John Silence continuó observando con 'atención el comportamiento de 'Smoke' durante unos minutos, sin intervenir. Finalmente, llamó al animal por su nombre.

    —'Smoke', fierecilla misteriosa, ¿qué demonios te pasa? — dijo en tono mimoso.

    Aunque el gato levantó la vista hacia su amo y guiñó los ojos extasiado, se encontraba demasiado feliz como para detenerse. Silence volvió a llamarlo. Lo hizo varias veces, y después de cada una de ellas el animal le miraba con unos ojos brillantes, ebrios de un placer profundo, mientras abría y cerraba la boca, con el cuerpo estirado y rígido por la emoción. Sin embargo, no dejó de realizar ni por un instante sus cortos trayectos de acá para allá.

    El doctor estudió sus movimientos con exactitud: daba, según pudo ver, el mismo número de pasos cada vez, unos seis o siete, y, acto seguido se giraba y hacía el recorrido en sentido inverso. Siguiendo el dibujo de las grandes rosas de la alfombra, Silence pudo medir la distancia. El gato mantenía la misma dirección y caminaba sobre la misma línea. Se comportaba como si se estuviera restregando contra algo sólido. Sin lugar a dudas, en aquella parte de la alfombra había algo, invisible para el doctor, que alarmaba al perro y, sin embargo, al gato le causaba un placer indescriptible.

    —¡Pero 'Smokie'! — gritó de nuevo- ¿Qué es lo que tanto te excita?

    El gato volvió a dirigir la mirada hacia Silence por un breve instante, y después prosiguió su camino de ronda con una felicidad palpable y una entrega total. Mientras le contemplaba, el doctor fue consciente durante un segundo de que una ligera inquietud perturbaba las profundidades de su propio ser, concentrado hasta entonces en observar el curioso comportamiento de la misteriosa criatura que tenía ante él.

    En su interior albergaba ahora una sensación completamente nueva que tenía que ver con el misterio de toda la raza felina y en especial de su representante más común: el gato doméstico. Estaba relacionada con su carácter reservado, su extraña frialdad, su astucia incalculable. ¡Qué tremendamente alejados de la conprensión humana quedaban los orígenes de sus actitudes siempre esquivas! Mientras observaba la indescriptible prestancia de aquella pequeña criatura que caminaba remilgadamente a lo largo de esa franja de la alfombra, coqueteando con poderes ocultos y quizá dando la bienvenida a algún temible visitante, en su corazón se despertó un sentimiento muy parecido al respeto. La indiferencia del animal respecto de la raza humana, su serena superioridad ante lo evidente, le impresionaron profundamente por su nuevo significado; tan remotos e inaccesibles parecían ser los propósitos secretos de su vida, tan extraños si se comparaban con la torpe franqueza de otros animales. La absoluta elegancia de su porte le hizo recordar las palabras del comedor de opio cuando decía que 'no existe ninguna dignidad perfecta que no esté añada con lo misterioso'. De repente se dio cuenta de que la presencia del perro en aquella habitación embrujada y llena de bruma sobre la cima de Putney Hill era extraor-dinariamente bien acogida por su parte. Le agradaba sentir que la fiel personalidad de 'Flame' estaba a su lado. El tremendo gruñido que oyó a sus pies le resultó grato. Se alegró de oírlo. Aquel gato andariego le estaba poniendo nervioso.

    Viendo que 'Smoke' no prestaba la más mínima atención a sus palabras, el doctor decidió pasar a la acción. ¿Se restregaría también contra sus piernas? Le cogería por sorpresa y lo comprobaría.

    Dio un paso hacia adelante y se situó sobre la zona de la alfombra por la que el gato caminaba.

    ¡Pero ningún gato se deja sorprender! En el momento en que el doctor ocupó el espacio del Intruso, pisando con sus pies las rosas tejidas en su camino, 'Smoke' dejó de ronronear de repente y se sentó. Después levantó la cara y en sus ojos verdes apareció una mirada de lo más inocente. Se podría haber jurado que reía. Volvía a ser un perfecto pipiolo. En un segundo había recobrado sus sencillos modales domésticos y observaba al doctor de tal modo que Silence estuvo a punto de pensar que el comportamiento de 'Smoke' era normal, y que era su propia conducta excéntrica la que había que vigilar. La manera en que se había producido este cambio de un modo tan repentino y simple era perfecta.

    —¡Eres un pequeño actor magnífico! — exclamó el doctor riendo sin ganas e inclinándose a acariciar su brillante lomo negro. Cuando el gato sintió que le rozaba la piel, se volvió de repente y emitió un bufido virulento al tiempo que asestaba un zarpazo en la mano del doctor con una pata. Luego, haciendo un rápido movimiento, salió disparado por la habitación como un rayo y un momento más tarde estaba sentado junto a las cortinas de la ventana, relamiéndose como si nada en el mundo le interesara más que la limpieza de sus mofletes y bigotes.

    john Silence se irguió y, al darse cuenta de que la representación había terminado por el momento, suspiró profundamente. Entretanto el collie, que había contemplado con gran desaprobación todo lo ocurrido, se había vuelto a echar junto a la chimenea y había dejado de gruñir. A Silence le pareció como si hubiera entrado algo en la habitación mientras él estaba durmiendo, algo que tras asustar al perro y alborozar al gato, ahora se había vuelto a marchar, dejando la situación como estaba anteriormente. Fuera lo que fuese, aquello que había merecido todos los agasajos del felino se había retirado por el momento.

    Se dio cuenta de ello de modo intuitivo. Evidentemente, 'Smoke' también lo había advertido, porque ahora se dignó a retroceder hasta la chimenea y saltó sobre las rodillas de su amo. El doctor Silence, paciente y resuelto, se entregó de nuevo a la lectura. Los animales volvieron a quedarse dormidos enseguida; el fuego ardía nuevamente con fuerza y la fría niebla exterior seguía entrando en la habitación por todos los resquicios o grietas que se lo permitían.

    El silencio y la paz reinaron en aquella estancia durante un largo rato, y el doctor Silence aprovechó esta tranquilidad para anotar cuidadosamente lo que había ocurrido. Con objeto de conservarlo para casos posteriores, analizó de un modo exhaustivo lo que había observado, en especial lo relacionado con la actitud de los dos animales. Resulta imposible detallar aquí esas observaciones; además, tampoco serían inteligibles para un lector poco versado en el conocimiento de una región tan familiar para un especialista científicamente preparado como el doctor Silence. Según él, aquello estaba claro hasta cierto punto, y para resolver lo que faltaba había que seguir esperando y vigilar. Hasta el momento, al menos, era consciente de que mientras él descabezaba el sueño en la silla, es decir, mientras su voluntad estaba adormecida, se había producido una intromisión por parte de lo que en un principio reconocía como una Fuerza muy activa, y que posteriormente podría verse obligado a considerar como algo más que una mera fuerza ciega, es decir, algo con una personalidad definida.

    Hasta ahora a él no le había afectado en absoluto, pues sólo había actuado directamente sobre los organismos más simples de los animales. Había estimulado de un modo inteligente los centros nerviosos fundamentales de la vida psíquica del gato, suscitándole una mirada de felicidad instantánea (ampliando su conciencia del mismo modo que una droga o un estimulante amplía la de un ser humano); por el contrario, había asustado al perro, menos sensible, haciéndole sentir una vaga aprensión y malestar.

    Su intervención repentina y su demostración de energía había servido para expulsar temporalmente a ese ser, aunque estaba convencido de que todavía permanecía cerca de él, si no espacialmente al menos en esencia (pues no faltaban indicios que así lo confirmaran mientras tomaba notas), y estaba, como si dijéramos reuniendo fuerzas para emprender un segundo ataque.

    Además, intuía que las relaciones entre los (los animales habían sufrido un cambio sustancial: el gato había salido beneficiado en extremo, pues estaba lleno de confianza y muy seguro de sí mismo en cuanto a su mundo peculiar, mientras que 'Flame' había sido despertado por un ataque repentino que no comprendía y al que no sabía cómo responder. Aunque todavía no había llegado a sentir miedo, se mostraba desafiante y dispuesto a repeler el terror que adivinaba cercano. Ya no manifestaba un sentimiento de protección hacia el gato. 'Smoke' poseía la clave del asunto; y tanto él como 'Flame' lo sabían.

    Mientras transcurrían los minutos, John Silence siguió allí sentado, en actitud vigilante, preguntándose cuánto tardaría en producirse el ataque y en qué momento dejaría de centrarse en los animales y se dirigiría directamente hacia él.

    El libro yacía en el suelo a su lado y había terminado con sus anotaciones. Tenía una mano apoyada sobre la piel del gato y las patas delanteras del perro descansaban sobre sus pies: los tres reposaban plácidamente delante del fuego candente mientras el tiempo pasaba y el silencio se hacía más profundo a medida que se acercaba la medianoche.

    Eran más de la una de la madrugada cuando el doctor Silence apagó la lámpara y encendió una vela dispuesto a subir a acostarse. En ese momento 'Smoke' se despertó y, tras emitir un profundo ronroneo, se quedó sentado. No se estiró, ni se lavó ni se dio la vuelta: sólo se puso a escuchar. Al contemplarle, el doctor se dio cuenta de que en la habitación se acababa de producir un cambio que era incapaz de definir. Había tenido lugar un repentino reajuste de las fuerzas que albergaban aquellas cuatro paredes, una nueva distribución de sus personalidades respectivas. El equilibrio se había roto, la armonía anterior había desaparecido. 'Smoke', que era el más sensible de los barómetros, había sido el primero en notarlo, pero el perro tampoco tardó en advertirlo, porque al mirar hacia abajo Silence descubrió que 'Flame' había dejado de dormir. Estaba echado con los ojos completamente abiertos, y en ese preciso instante se sentó sobre sus ancas y empezó a gruñir.

    El doctor Silence estaba cogiendo las cerillas para volver a encender la lámpara cuando oyó un ruido en la habitación que le hizo quedarse inmóvil. 'Smoke' saltó de sus rodillas y avanzó unos pasos sobre la alfombra. Entonces se detuvo y se quedó absorto; el doctor se incorporó para observar mejor.

    Mientras se levantaba, el sonido se repitió; Silence se dio cuenta de que no procedía de la habitación, como había creído al principio, sino de afuera, y tampoco provenía de una sola dirección. Fue como si un torbellino se estrellara contra los cristales de las ventanas y al mismo tiempo algo se restregara contra la puerta por el lado del vestíbulo. 'Smoke' cruzó la alfombra meneando la cola y se sentó junto a la puerta. La influencia que había acabado con el equilibrio establecido en la habitación se había puesto en marcha a aquello que la originaba. Algo estaba a punto de ocurrir.

    Por primera vez en aquella noche, Silence dudó; la imagen del estrecho pasillo del recibidor, lleno de niebla y desprovisto de las mínimas comodidades, le resultaba desagradable. Se dio cuenta de que se le ponía la carne de gallina. Sabía, claro está, que no era necesario abrir la puerta para que tuviera lugar la invasión que estaba a punto de producirse, pues ninguna puerta, ventana o cualquier otra barrera sólida supondría un obstáculo para ¡impedir que aquello consiguiera entrar. Sin embargo, el hecho de abrir aquella puerta podría ser significativo y simbólico, e instintivamente lo evitó.

    Pero sólo por un instante, ya que 'Smoke' le recordó con una mirada de impaciencia su intención inicial. Silence pasó por delante de la criatura allí sentada en actitud vigilante, y abrió decididamente la puerta de par en par.

    Lo que ocurrió después, se desarrolló a la débil y titilante luz de la vela que había sobre la repisa de la chimenea.

    A través de la puerta abierta se veía el vestíbulo, que aparecía en tinieblas y lleno de bruma. No se distinguía nada más que el perchero, las lanzas africanas como líneas oscuras sobre la pared y, debajo, una silla de madera con respaldo alto que se erguía con aspecto grotesco sobre el suelo encerado. Durante un momento la niebla pareció deslizarse y espesarse de un modo extraño; pero Silence atribuyó aquel hecho a su imaginación. La puerta se había abierto y no había nada.

    No obstante, 'Smoke' pensaba de otra manera, y el profundo gruñido del collie desde la alfombra al fondo de la habitación parecía corroborar su opinión.

    Orgulloso y sereno, el gato se había vuelto a poner en pie y, tras acercarse hasta la puerta, estaba invitando a alguien a pasar a la habitación. Resultaba evidente. Iba de un lado a otro inclinando la cabecita con gran majestuosidad y manteniendo la cola rígida y enhiesta como si fuera un mástil. Se movía de acá para allá de un modo remilgado, mostrando signos de extrema satisfacción. Estaba en su elemento. Aceptaba la intromisión y parecía dar por hecho que sus compañeros, el doctor y el perro, también lo hacían.

    El Intruso había regresado para lanzar un nuevo ataque.

    El doctor Silence retrocedió lentamente y tomó posiciones sobre la alfombra procurando mantener concentrada toda su atención.

    Advirtió que 'Flame' estaba inmóvil a su lado, mirando la habitación e inclinando la cabeza de un lado para otro con un curioso movimiento de balanceo. Tenía los ojos abiertos, el lomo muy estirado, el cuello y las mandíbulas proyectados hacia adelante y las patas en tensión, dispuestas para dar un salto. Aunque su actitud era violenta y estaba preparado para atacar o defenderse, se le notaba muy confundido e incluso un poco acobardado, pues el pelo del espinazo y de los costados se le había erizado como si una corriente de viento pasara a través de él. A la pálida luz de la chimenea parecía un gran lobo amarillento y silencioso, cuyos ojos despedían un fidgor penetrante y amenazador en grado sumo. Era 'Flame el terrible'.

    'Smoke', entretanto, seguía avanzando desde la puerta hacia el centro de la habitación, acoplándose al paso lento de su invisible compañero. Tras recorrer un corto trecho, se detuvo y empezó a sonreír y a hacer guiños. Había un tono deliberadamente complaciente en su actitud, como si deseara realizar algún tipo de presentación entre el Intruso y su canino amigo y aliado. Sus modales eran de lo más refinados: ronroneaba, sonreía y dirigía la mirada de un modo persuasivo de uno a otro lado, dando pasos cortos, como de tanteo, primero en una dirección y luego en la otra. Siempre había existido un entendimiento perfecto entre ambos animales. Con toda seguridad 'Flame' apreciaría las intenciones de 'Smoke' y mostraría su avenencia.

    Pero el viejo collie no se movió sino que, levantando el belfo hasta dejar ver las encías, enseñó los dientes y permaneció completamente inmóvil con los ojos fijos y los ijares palpitantes. El doctor siguió retrocediendo sin dejar de prestar atención al menor movimiento, y fue entonces cuando adivinó, por la actitud y el comportamiento del gato, que 'Smoke' no había invitado a entrar en la habitación a un único compañero sino a varios. El animal no paraba de moverse de un lado a otro y de levantar la vista cada rato. Pretendía convencer al perro para que se mostrara amigable con todos. El Intruso original había regresado con refuerzos. Al mismo tiempo, el doctor se dio cuenta de que el Intruso era algo más que una fuerza impersonal y destructiva que actuara ciegamente. Tenía una Personalidad, una gran personalidad. Y venía acompañada por una hueste de otras personalidades, inferiores que ella en grado, pero de la misma clase.

    Silence se hizo fuerte en un rincón junto a la repisa de la chimenea y esperó. Todo su ser estaba dispuesto para la defensa, pues ahora era plenamente consciente de que el ataque se había ampliado: debía estar alerta, ya que le afectaría a él tanto como a los animales. Aguzó la vista a través de la densa atmósfera de la habitación intentando descubrir lo que el perro y el gato veían; pero la luz que la vela despedía era débil y trémula, y sus ojos no pudieron distinguir nada. 'Smoke' se movía sigilosamente delante de él como una sombra; cuando volvía la cabeza sus ojos resplandecían, y aún seguía intentando con gestos insinuantes y un continuo ronroneo llevar a cabo las presentaciones pertinentes.

    Pero todo fue en vano. 'Flame' se mantuvo clavado en su sitio, rígido como una estatua.

    Transcurrieron algunos minutos, durante los que sólo se movió el gato. De pronto se produjo un cambio repentino. 'Flame' comenzó a retroceder hacia la pared. Meneaba la cabeza y a veces se volvía como queriendo morder algo detrás de él. Ellos avanzaban intentando rodearle. Su irritación fue aumentando a partir de ese momento, y al doctor le pareció que su enojo se iba transformando en un auténtico terror, que acabó por dominarle. El gruñido salvaje del animal se convirtió en un gañido quejumbroso; más de una vez intentó meterse entre las piernas de su amo buscando una vía de escape. Se esforzaba por huir de algo que le rodeaba por todas partes.

    El terror de aquel luchador indomable impresionó al doctor enormemente, pero también le produjo una gran angustia e impaciencia: nunca antes había visto al perro mostrar signos de capitulación, y contemplarlo le apenaba. Sin embargo, sabía que 'Flame' no se rendiría con facilidad y comprendía la imposibilidad de calibrar de un modo apropiado los sentimientos del animal. Lo que pudiera estar viendo y sintiendo debía de ser ciertamente terrible y por ello no se le podía tildar de cobarde a la ligera. Se enfrentaba a un enemigo que le hacía temer por algo más que por su vida. El doctor le dirigió unas cuantas palabras de aliento y acarició su pelo erizado. Pero no tuvo mucho éxito. Al collie ya no le servía de nada ese tipo de consuelo, y el derrumbamiento del viejo animal se produjo inmediatamente después de esto.

    Entretanto 'Smoke' permanecía más atrás contemplando el avance, pero sin intervenir en él. Sentado, satisfecho y en actitud expectante, pensaba que todo iba bien y de acuerdo con sus deseos.

    Se dedicaba a escarbar en la alfombra con sus zarpas delanteras de un modo lento y laborioso, como si tuviera las patas metidas en melaza. El ruido que producían sus uñas al engancharse en los hilos era claramente perceptible. El animal seguía sonriendo mientras parpadeaba y ronroneaba.

    De repente el collie emitió un ladrido seco y contundente, y saltó con torpeza hacia un lado. Sus dientes desnudos describieron una línea blanca en la oscuridad de la habitación. Inmediatamente después se lanzó por entre las piernas de su amo, casi desequilibrándole, y salió disparado por la habitación, dándose golpetazos contra las paredes y los muebles. Aquel ladrido era significativo; el doctor lo había oído con anterioridad y sabía lo que quería decir: era el grito de un luchador en desventaja y significaba que el viejo animal había recobrado el coraje. Tal vez sólo fuera el coraje propio de la desesperación, pero de cualquier modo la lucha iba a ser tremenda. El doctor Silence lo comprendió y no se atrevió a intervenir. 'Flame' debía luchar contra sus enemigos a su manera.

    El gato había oído aquel terrible ladrido y también lo había entendido. Era mucho más de lo que había esperado. Por entre las lóbregas sombras de aquella habitación embrujada los animales debieron de cruzar alguna secreta señal de peligro. 'Smoke' se puso en pie y miró repentinamente a su alrededor. Emitió un maullido lastimero y con un trote elegante se dirigió hacia las ventanas, donde la oscuridad era mayor. Descubrir cuál era su objetivo es algo que sólo podrían hacer aquellos que poseen la aguda inteligencia de los felinos. De cualquier forma, el pequeño bicho por fín se había puesto del lado de su amigo y ahora iba en serio.

    En ese mismo momento el collie consiguió ganar la puerta. El doctor le vio precipitarse hacia el vestíbulo como un relámpago de luz amarillenta. Corrió por el suelo encerado y subió las escaleras a toda prisa, pero al segundo siguiente volvió a bajar por ellas como un rayo y acabó aterrizando entre tumbos, gañendo encogido y asustado. El doctor lo vio retirarse de nuevo a la habitación y arrastrarse junto a la pared hasta donde estaba el gato. ¿Estaba, pues, la escalera ocupada? ¿Se encontraban ellos también en el vestíbulo? ¿Estaba toda la casa atestada de arriba a abajo?

    Tales pensamientos vinieron a añadirse al ya profundo malestar que el doctor sintió al ver el desconcierto del collie. A decir verdad, su propia desazón personal se había ido incrementando durante los últimos minutos y seguía aumentando cada vez más. Se dio cuenta de que su vitalidad iba disminuyendo progresivamente y de que el sería ahora el ataque dirigido contra él en vez de contra el abatido perro o el engatusado felino

    Los acontecimientos que estaban desarrollándose en esa pequeña casa de estilo moderno sobre la cima de Putney Hill, entre la medianoche y el amanecer, se sucedían de un modo tan rápido e imprevisible que el doctor Silence apenas era capaz de seguirlos y recordarlos. Aquella celeridad le pareció misteriosa y temible. A la luz de la vela, los movimientos del gato resultaban muy difíciles de columbrar sobre la alfombra oscura y, por otra parte, el propio doctor se encontraba tan fatigado y sorprendido que le fue prácticamente imposible observar con exactitud o recordar más tarde con precisión qué era lo que había visto o en qué orden habían tenido lugar los incidentes. Nunca pudo comprender por qué defecto visual le pareció ver que el gato, primero, se había duplicado y, más tarde, multiplicado indefinidamente de tal modo que había al menos una docena de felinos correteando con sigilo por la habitación y saltando con suavidad sobre las sillas y mesas, como sombras que avanzaran desde la puerta abierta hasta el fondo de la habitación. Eran negros como el tizón y con unos brillantes ojos verdes que despedían fuego en todas direcciones. Parecía como si una veintena de espejos hubieran sido colocados con diversos ángulos sobre las paredes. Tampoco pudo comprender en ese momento por qué el tamaño de la habitación parecía haber aumentado tanto, y por qué se prolongaba por detrás de él, más allá de donde debería haber estado el límite de la pared. El ladrido del asustado y enfurecido collie le llegaba a veces desde la lejanía; el techo parecía haberse elevado muchísimo y gran parte del mobiliario se había transformado de un modo asombroso.

    Todo le resultaba muy confuso, como si la pequeña habitación que había conocido se hubiera convertido en otra de dimensiones completamente diferente; la hueste de gatos y las extrañas distancias entre ellos le parecieron una visión incomprensible.

    Pero estos cambios tuvieron lugar un poco más tarde; en ese momento su atención estaba tan centrada en observar el comportamiento de 'Smoke' y del collie que sólo los apreció de un modo subconsciente. La emoción, la trémula luz de la vela, la pena que sentía por el collie, y la distorsión que la niebla producía en la atmósfera eran los peores aliados para una observación atenta.

    Al principio sólo se dio cuenta de que el perro no hacía más que repetir su tremendo ladrido de vez en cuando, lanzando tarascadas a diestro y siniestro hacia el aire o hacia el suelo. En una ocasión dio un salto adelante y empezó a atacar furiosamente con uñas y dientes, como si estuviera en el fragor de una pelea de lobos, pero al cabo de un minuto regresó apresuradamente buscando el refugio de la pared que quedaba tras él. Después de permanecer un rato echadoe inmóvil, se agazapó en actitud de abalanzarse de nuevo contra algo, gruñendo espantosamente y describiendo semicírculos con la cabeza torcida. Mientras tanto, 'Smoke' no dejaba de maullar desde la ventana en tono quejumbroso como si quisiera atraer el ataque hacia sí mismo.

    Daba la impresión de que la acometida de toda aquella trama horrorosa iba alejándose del perro para dirigirse sobre la persona del doctor. Tras dar un nuevo salto, el collie había vuelto a estrellarse contra un rincón, donde con gran rabia hizo suficiente ruido como para despertar a los muertos antes de ponerse a gemir y quedarse inmóvil. La aflicción del doctor empezaba a hacerse profunda e intolerable. No había dado ni un paso hacia adelante para ir en ayuda del animal cuando un velo más denso que la niebla cayó sobre la escena, envolviendo la habitación, las paredes, los animales y el fuego en una bruma oscura que también alcanzó a su propia mente. Su campo de visión era atravesado por formas que reconocía por anteriores experimentos y a las que no daba la bienvenida. Su cerebro comenzó a inundarse de pensamientos atroces en los que sugerencias siniestras y malvadas hacían su presentación de un modo seductor. El hielo parecía haberse establecido en su corazón y su mente se estremecía. Comenzó a perder memoria de su identidad, de dónde estaba, de lo que debería hacer. Las bases de su fortaleza estaban minadas. Su voluntad parecía paralizada.

    Y fue entonces cuando la habitación se llenó de esa horda de gatos, todos negros como el betún y con unos ojos que irradiaban fuego verde. Las dimensiones del lugar se habían alterado. El espacio era mucho mayor. El gañido del perro se oía a lo lejos, y a su alrededor pasaban los gatos a toda velocidad de acá para allá, practicando con sigilo sus vertiginosos e impetuosos juegos malvados y urdiendo la trama de su oscuro propósito sobre el suelo. Silence hizo un gran esfuerzo por sobreponerse y recordar las palabras que había utilizado con anterioridad en situaciones tan espantosas como ésta, a las que sus peligrosas prácticas le habían conducido en ocasiones; pero su mente y su memoria estaban envueltas por la neblina: se sentía aturdido y le faltaban las fuerzas. Las profundidades de su cerebro estaban demasiado ocupadas buscando una solución curativa como para salir al exterior.

    Después sintió el hechizo, un fuerte hechizo lanzado sobre su imaginación por la poderosa personalidad que había detrás de aquel velo; aunque en ese momento no era muy consciente de ello pues, como suele ocurrir con todos los hechizos auténticos, era incapaz de descubrir dónde acababa la realidad y comenzaba lo imaginado. Estaba momentáneamente atrapado en la misma vorágine que había intentado seducir con malas artes al gato y llevarle a la destrucción, y amenazaba con acabar con el perro por medio del terror.

    En ese instante se produjo un estampido en la chimenea, como si el viento retumbara al descender vertiginosamente por el conducto. Las ventanas crujieron. La vela parpadeó y se apagó. Una atmósfera glacial le envolvió con el frío de la muerte y una tremenda corriente de aire le pasó rozando por encima de la cabeza, como si el techo hubiera sido elevado hasta una altura imponente. Luego oyó cómo se cerraba la puerta a lo lejos. Se sintió desamparado, perdido en las profundidades de su ahna. No obstante, se mantuvo firme y logró resistir mientras el punto culminante de la batalla se iba acercando cada vez más… Había entrado en el flujo de las fuerzas despertadas por Pender, y sabía que debía ofrecerles resistencia hasta el final o llegar a una conclusión que no era buena para ningún ser humano. Sentía que algo procedente del frío mundo del Más Allá le rondaba.

    De repente, a través de aquel velo de bruma empezó a vislumbrar la Personalidad que había estado todo el rato dirigiendo la contienda. Sintió que una fuerza invadía su ser y le sacudía como una tempestad sacude las hojas de los árboles; frente a él, a la altura de la vista, surgió la tremenda desolación de un enorme semblante oscuro, un rostro que aún en su decadencia resultaba terrible.

    Era verdaderamente espantoso y desolador, y los signos de un espíritu maligno estaban presentes en todas sus facciones desgarradas. Los ojos, el rostro y el pelo de aquella visión quedaban a su misma altura, por lo que durante un buen rato no pudo distinguirlos y evaluarlos apropiadamente; dos seres, un hombre y una mujer, se miraban directamente a la cara y al fondo del corazón.

    John Silence, un alma de buenas y abnegadas intenciones, plantaba cara a una mujer descarnada y misteriosa cuyos motivos eran de la más pura maldad y cuyo espíritu estaba de parte de los Poderes de la Oscuridad.

    Fue ese desenlace el que conmocionó la profundidad del poder que Silence tenía en su interior y empezó a envolverle su propia personalidad. Fue consciente del esfuerzo que tuvo que hacer; sin embargo no le pareció sobrehumano, pues había reconocido la naturaleza del poder de su oponente y había invocado al bien que tenía dentro de sí para recibirlo y dominarlo. Las fuerzas alojadas en su interior se agitaron y alteraron en respuesta a su llamada. Al principio no parecían estar tan disuestas como de costumbre, ya que bajo el influjo del hechizo habían sido diabólicamente adormecidas, pero al final se despertaron, surgiendo desde esa naturaleza espiritual interna que, con tanto tiempo y esfuerzo, había aprendido a devolver a la vida. Y el poder y la confianza retornaron con ellas. Comenzó a respirar profunda y regularmente y, al núsmo tiempo, a absorber las fuerzas adversas y a sacar provecho de ellas. Al dejar de oponer resistencia y permitir que la corriente maligna fluyera con libertad por su interior, utilizaba el poder proporcionado por su adversario e incrementaba enormemente el suyo.

    Silence conocía esta alquimia espiritual. Sabía que, en último término, la fuerza es una y sólo una; lo que la convierte en buena o mala es la intención que hay en ella, y la suya era completamente altruista. Asimismo, sabía (siempre que no estuviera privado de su autodominio) cómo absorber esas malvadas radiaciones ajenas en su interior y transformarlas en buenos propósitos de un modo mágico. Como sus intenciones eran puras y su alma intrépida, no podían hacerle ningún daño.

    De esa forma permaneció inmerso en ese flujo perverso sintiéndose inconscientemente atraído por Pender y desviando el curso de sus pensamientos hacia él. Al pasar a través del filtro purificador de su altruismo esas energías no podían más que aumentar su experiencia, su conocimiento y por tanto su poder. A medida que recuperaba el dominio de sí mismo, ese propósito se iba realizando paulatinamente, aunque mientras ocurría Silence no dejaba de estremecerse.

    Con todo, la lucha fue dura y, a pesar del aire gélido, el sudor le corría por el rostro. Lentamente, aquel semblante oscuro y horroroso fue desvaneciéndose; el hechizo cesó, las paredes y el techo recuperaron sus proporciones, las formas se disiparon en la niebla y el remolino de sombras felinas que correteaban apresuradamente desapareció por donde había venido.

    Al recuperar la consciencia de su propia identidad, John Silence recobró el control de su fuerza de voluntad. Con voz grave y modulada empezó a pronunciar unos sonidos rítmicos que fueron resonando por el aire como un mar embravecido, inundando la habitación de unas poderosas armonizaciones vibratorias en cuyo tono creciente se sumergieron todas las irregularidades de las vibraciones inferiores. Al mismo tiempo realizó ciertos signos, gestos y movimientos. Durante varios minutos continuó pronunciando esas palabras hasta que por fín aquel volumen sonoro invadió toda la habitación y dominó todas las manifestaciones que se oponían a él.

    Además de conocer la alquimia espiritual que transmutaba las fuerzas del mal elevándolas a canales superiores, Silence comprendía, gracias a un estudio prolongado, el empleo oculto del sonido y su efecto directo sobre la región plástica en la que los poderes de los espíritus malignos urdían sus funestos propósitos. La armonía, por tanto, quedó restaurada, primero en su propia alma, y después en la habitación y en todos sus ocupantes.

    El primero en reconocerlo después de él fue el viejo perro, que seguía echado en una esquina. 'Flame' empezó a emitir unos susurros de placer, esos característicos sonidos entre gruñidos y refunfuños que hacen los perros cuando recobran la confianza del amo. El doctor Silence oyó también el golpeteo de la cola del collie contra el suelo. Ambos sonidos provocaron un sentimiento de profundo afecto en el corazón de Silence y le proporcionaron una ligera idea de las agonías por las que aquella muda criatura debía de haber pasado.

    Después, desde la oscuridad que había junto a la ventana, un ronroneo penetrante anunció el retorno del gato a su estado normal. 'Smoke' avanzó por la alfombra. Parecía muy contento consigo mismo y sonreía con una expresión de extrema inocencia. No era una sombra, sino un gato auténtico, lleno de su acostumbrada y perfecta seguridad. Andaba muy remilgadamente, con una dignidad imponente que recordaba la majestad de sus antepasados egipcios. Sus ojos ya no emitían destellos; sólo brillaban firmemente. No irradiaban excitación sino sabiduría. Se le veía ansioso por enmendar las travesuras a las que se había entregado inconscientemente debido a su naturaleza sensible y eléctrica.

    Sin dejar de emitir su agudo ronroneo se acercó hasta su amo y se restregó con fuerza contra sus piernas. Luego se sentó sobre las patas traseras y rozó con las delanteras las rodillas del doctor mirándole a la cara en tono de súplica. Entonces volvió la vista hacia el rincón en el que estaba tumbado el collie meneando la cola débil y lastimosamente.

    John Silence comprendió. Se inclinó y acarició la piel de aquella criatura, advirtiendo la línea de brillantes chispas azuladas que acompañaban el movimiento de su mano por el lomo. Acto seguido avanzaron juntos hacia la esquina en la que se encontraba el perro.

    'Smoke' llegó primero y aproximó el morro suavemente al hocico de su amigo, ronroneando núentras se frotaba contra él y emitía unos suaves sonidos de afecto con la garganta. El doctor encendió la vela y la acercó. Vio al collie echado junto a la pared; estaba agotado y todavía le asomaba espuma por la boca. La cola y los ojos respondieron al oír a su amo, pero evidentemente se encontraba débil y rendido. 'Smoke' continuó restregándose contra sus mejillas, hocico y ojos, colocándose incluso sobre su lomo u jugueteando con su espeso pelo amarillento. 'Flame' replicaba de vez en cuando con pequeños lametones, la mayor parte de los cuales se perdían en el camino.

    El doctor Silence intuyó que algo irreparable había sucedido y se le encogió el corazón. Aarició auel apreciado cuerpo, buscando magulladuras o huesos rotos, pero no encontró ninguno. Le ofreció la comida y la leche que quedaba, pero el animal derramó el plato con torpeza y desparramó la comida entre sus patas, por lo que el doctor Silence tuvo que darle de comer con sus propias manos. Durante todo ese rato 'Smoke' no dejó de maullar en tono lastimero.

    John Silence empezó a comprender. Se dirigió al extremo más alejado de la habitación y llamó al perro.

    —¡'Flame', viejo amigo! ¡Ven aquí!

    En cualquier otro momento el perro se habría acercado hasta él en un instante, ladrando y dando grandes saltos. En esta ocasión, se levantó lentamente y con dificultad, y echó a correr meneando la cola con energía. Primero chocó con una silla y después se estrelló contra una mesa. 'Smoke' corría a su lado haciendo todo lo posible por guiarle. Pero no sirvió de nada. El doctor Silence tuvo que cogerle con sus propios brazos y llevarle como a un niño. Estaba completamente ciego.


    III


    Una semana más tarde John Silence visitó al escritor en su nueva casa y lo encontró muy recuperado y entregado de nuevo a sus relatos. La mirada asustada había desaparecido de sus ojos y parecía alegre y confiado.

    —¿Ha recobrado el sentido del humor? — dijo el doctor sonriendo tan pronto como se acomodaron en la habitación que daba al jardín.
    —No he tenido el más mínimo problema desde que abandoné aquella horrible casa -replicó Pender agradecido-; y todo gracias a usted…

    El doctor le interrtimpió con un gesto.

    —Olvídese de eso -dijo-; ya hablaremo más adelantes de sus nuevos planes y de mi proyecto para librarle de la casa y ayudarle a establecerse en otro sitio. Evidentemente habrá que derribarla, pues no es conveniente que la habite ninguna persona sensible: cualquier otro inquilino podría verse afectado del mismo modo que usted. Sin embargo, creo que el mal ha desaparecido por ahora.

    Entonces contó al asombrado escritor algunas de sus experiencias con los animales.

    —No pretendo comprenderlo -dijo Pender una vez acabada la relación-, pero mi mujer y yo nos sentimos completamente aliviados al vernos libres de todo aquello. Sólo quiero decirle que me gustaría saber algo de la historia de la casa. Cuando la alquilamos hace seis meses no oí ni una palabra en contra de ella.

    El doctor Silence sacó del bolsillo unos papeles mecanografiados.

    —Puedo satisfacer su curiosidad en cierto modo -observó pasando la vista sobre las hojas y volviendo a guardárselas en el bolsillo de su chaqueta-; según las investigaciones llevadas a cabo por mi secretario he podido comprobar cierta información obtenida durante el trance hipnótico de un 'medium' que me ayuda en estos casos. El anterior ocupante, que le tenía hechizado parece haber sido una mujer de vida y carácter singularmente cruel, responsable de una serie de crímenes que conmovieron a toda Inglaterra y sólo fueron descubiertos por pura casualidad. Fue ahorcada en el año 1798, pero no habitó en esa casa sino en otra mucho más grande levantada en el solar que ocupa la actual y que en aquella época no estaba en Londres sino en el campo. Era una persona inteligente, con una voluntad poderosa y decidida, y una audacia consumada; estoy convencido de que se valía de los recursos más bajos de la magia para conseguir sus fines. Todo esto sirve para explicar la virulencia de su ataque sobre usted y el por qué todavía era capaz de continuar realizando, tras su muerte, las prácticas perversas que constituyeron su principal propósito en vida.
    —Usted cree que tras la muerte un alma puede dirigir conscientemente… -comenzó a decir el escritor.
    —Como le dije antes, creo que las fuerzas de una personalidad poderosa pueden perdurar tras la muerte siguiendo la línea trazada por el impulso original -repuso el doctor-; los pensamientos y los propósitos enérgicos pueden continuar reaccionando en cerebros convenientemente preparados mucho después de que sus creadores hayan desaparecido.

    »Si supiera usted algo de magia -prosiguió-, sabría que el pensamiento es dinámico y capaz de invocar formas e imágenes que pueden existir durante cientos de años. No muy lejos del mundo de la vida humana, hay otro mundo en el que flotan los desechos e intenciones de todos los siglos, el limbo de los cuerpos de los muertos; se trata de un mundo densamente poblado, lleno de horrores y espantos de todas clases, que a veces puede ser devuelto a la vida por medio de la voluntad de un manipulador entrenado, de una mente versada en las prácticas más bajas de la magia. Estoy convencido de que esa mujer comprendía ese tráfago vil y de que las fuerzas que ella puso en movimiento durante su vida se han ido acumulando desde entonces; y habrían seguido haciéndolo si no hubieran sido atraídas por usted y después descargadas y satisfechas a través de mí.
    »Cualquier cosa podría haber provocado el ataque, pues, aparte de las drogas, existen ciertas emociones violentas, ciertas disposiciones del alma, ciertos ardores del espíritu, si se pueden llamar así, que abren directamente el espacio interior a un conocimiento de ese mundo astral que acabo de mencionar. En su caso, dio la casualidad de que fue una potente droga la que lo produjo.
    »Pero dígame -añadió tras una pausa, entregando al perplejo escritor un dibujo a lápiz de aquel semblante oscuro que se le había aparecido durante la noche que pasó en Putney Hill-, ¿reconoce usted este rostro?

    Pender, sorprendido, contempló el dibujo atentamente. Al verlo se estremeció un poco.

    —Sin duda -dijo-, es el rostro que yo siempre intentaba dibujar: oscuro, con una boca y una mandíbula grandes, y el ojo caído. Esa es la mujer.

    En ese momento el doctor Silence sacó de entre las hojas de su libro de notas un antiguo grabado de la misma persona, desenterrada de los archivos del Newgate Calendar (Antigua publicación que contenía informes acerca de los prisioneros recluídos en Newgate, famosa prisión londinense derribada en 1902 -N del T.) por su secretario. El grabado y el dibujo mostraban dos aspectos diferentes del mismo semblante horroroso. Los dos hombres los compararon durante unos instantes sin decir palabra.

    —Debo dar gracias a Dios por las limitaciones de nuestros sentidos -dijo Pender suspirando-; la clarividencia permanente debe ser una aflicción muy seria.
    —Sí que lo es -replicó el doctor Silence-; si todo el mundo que hoy en día pretende ser clarividente realmente lo fuera, las estadísticas de suicidios y casos de locura serían, mucho más altas de lo que son. No es sorprendente -añadió- que su sentido del humor se haya visto nublado, con unas fuerzas mentales como las de aquel monstruo mortal que intentaba utilizar su cerebro para propasarse. Ha pasado por una aventura interesante, Mr. Felix Pender, y permítame que le diga que ha salido usted muy bien parado.

    El escritor estaba a punto de mostrarle de nuevo su agradecimiento cuando unos arañazos en la puerta hicieron que el doctor se pusiera en pie rápidamente.

    —Es hora de marcharme. Dejé al perro en la entrada, pero supongo…

    Antes de que tuviera tiempo de abrir la puerta, ésta cedió a la presión ejercida desde el otro lado y se abrió de par en par para dejar entrar a un gran collie de pelo amarillento. El perro, meneando la cola y moviendo con satisfacción todo su cuerpo, cruzó la habitación y dio un salto intentando poner las patas sobre el pecho de su amo. Aquellos ojos ancianos rebosaban alegría y felicidad, pues de nuevo brillaban como la luz del día.


    Fin