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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LOS LAMB DE LONDRES (Peter Ackroyd)

    Publicado el viernes, diciembre 08, 2017

    Nota del autor

    Este libro no es una biografía, sino una obra de ficción. He inventado personajes y modificado la vida de los Lamb por el bien de la narración.

    P. A.


    CAPÍTULO I


    —Detesto el hedor de los caballos. — Mary Lamb se acercó a la ventana y rozó con gran delicadeza el gastado ribete de encaje de su vestido. Se trataba de una prenda anticuada que lucía sin inmutarse, como si la manera en la que elegía vestirse no tuviera la menor importancia-. La ciudad es una gran letrina.


    Estaba sola en el salón de su casa y ladeó la cara hacia el sol. Tenía el cutis picado por la viruela que había sufrido hacía seis años, y con el rostro dirigido hacia la luz, imaginó que era la agujereada luna.

    —Querida, lo he encontrado. Estaba escondido en A buen fin. — Charles Lamb entró en el salón con un delgado libro verde en la mano.

    Mary se volvió sonriente. No se resistió al entusiasmo de su hermano, que le permitió dejar de pensar en la perforada luna.

    —¿Qué es?
    —Querida, ¿a qué te refieres?
    —¿A buen fin no hay mal principio?
    —Espero con fervor que así sea. — Llevaba desabrochados los botones superiores de la camisa de hilo y el cuello flojamente anudado-. ¿Puedo leértelo? — Charles se dejó caer en el butacón y se apresuró a cruzar las piernas. Fue un movimiento rápido y preciso, al que su hermana ya se había acostumbrado. Sujetó el libro con el brazo estirado y recitó un fragmento: «Dicen que los milagros pertenecen al pasado; contamos con filósofos que consiguen que lo sobrenatural y sin causa parezca moderno y familiar. De ahí que restemos importancia a los terrores y nos escondamos en el presunto conocimiento, cuando lo cierto es que deberíamos someternos al miedo a lo desconocido». Lo comenta Lafeu a Parolles. Es ni más ni menos el pensamiento de Hobbes.

    Por regla general, Mary leía lo mismo que su hermano, aunque más despacio. Quedaba absorta con más profundidad; se sentaba junto a la ventana, en la que pocos instantes antes la luz la había acariciado, y analizaba las sensaciones que la lectura le producía. Tal como había explicado a su hermano, en esos momentos sentía que formaba parte del espíritu del mundo. Leía para poder sostener con Charles esas conversaciones que se habían convertido en el gran consuelo de su vida, cuando hablaban aquellas noches en las que Charles regresaba sobrio de la East India House. Cada uno confiaba en el otro, pues observaban que un alma gemela resplandecía en sus expresiones.

    —¿Qué significa «presunto conocimiento»? Charles, qué bien te expresas. Me encantaría poseer tus dones.

    Mary admiraba a su hermano en la idéntica y exacta medida en la que no se quería a sí misma.

    —Palabras, palabras, palabras.
    —¿Se aplica a las personas que conocemos? — preguntó a su hermano.
    —Querida, ¿a qué te refieres?
    —Al presunto conocimiento y al miedo a lo desconocido.
    —Es algo complicado.
    —Creo conocer a papá, pero ¿debería someterme al miedo a lo desconocido en lo que a él concierne?

    Esa mañana de domingo, sus padres regresaban de la capilla de los Disidentes, situada en la esquina de Lincoln's Inn Lane y Spanish Street. Sólo estaban a cien yardas de la casa y Mary comprobó que cruzaban con lentitud la calle. El señor Lamb se encontraba en las primeras fases de la decadencia senil, pero la señora Lamb lo mantenía erguido gracias a su potente brazo derecho.

    —Por no hablar de Selwyn Onions -acotó Mary. Onions era uno de los compañeros de trabajo de Charles en Leadenhall Street-. Creo conocer sus bromas y travesuras, pero ¿debería someterme al miedo a lo desconocido con relación a su espíritu malévolo?
    —¿Onions? Es muy buen tipo.
    —Tal vez.
    —Querida, te metes en demasiadas honduras.

    El otoño tocaba a su fin y el sol poniente teñía de rojo los ladrillos de las casas de enfrente. La calle estaba salpicada de mondaduras de naranja, trozos de periódico y hojas secas. Una anciana cubierta con un grueso chal accionaba la bomba de agua de la esquina.

    —¿Qué quieres decir con eso de «demasiadas honduras»?

    Mary se había sorprendido de la frivolidad de su hermano. Había sido insensible y contaba con la sutileza de Charles para dar sentido a su propia existencia.

    —Mary, existen algunos temas que no tienen hondura ni profundidad. Onions es uno de ellos. — Incómodo ante esa deslealtad hacia su amigo, se apresuró a cambiar de asunto-. ¿Por qué el domingo es tan horrible? Se trata de mi día de descanso, pero resulta muy aburrido y desolado. Me arrebata la vida. No hay nada en qué pensar. — Abandonó el butacón de un brinco y permaneció de pie junto a su hermana, en el hueco de la ventana-. Sólo cobra vida con el crepúsculo, si bien para entonces ya es demasiado tarde. Iré a mi habitación y estudiaré a Sterne.

    Ya estaba acostumbrada. Como la propia Mary solía decir, «ser dejada por Charles» era un verbo compuesto que aludía a una sensación coherente y absoluta de pérdida, decepción y expectación. No se sentía lo que se dice abandonada. En verdad, casi nunca estaba sola en casa. Sus padres acababan de llegar. Oyó cómo su madre introducía la llave en la cerradura y de forma instintiva se incorporó, igual que si se defendiese de un peligro. El señor Lamb se limpió las botas en el felpudo de paja mientras la señora Lamb pedía a Tizzy, la criada, que barriese las hojas secas. Mary se dio cuenta de que Charles se arrellanaría en el asiento y de que, con la ayuda de Sterne, se aislaría de los ruidos del hogar. Mientras sus padres entraban en la sala, se volvió otra vez hacia la ventana y se dispuso a desempeñar de nuevo su papel de hija.

    —Mary, haz compañía a tu pobre padre mientras preparo el ponche de huevo. Tal vez ha cogido frío. — El hombre meneó la cabeza y rió-. ¿Cómo dices, señor Lamb? — El marido le miró los pies-. Tienes toda la razón. Todavía llevo chanclos. Ya veo que no se te escapa nada.
    —Quítatelos -aconsejó el señor Lamb, y volvió a reír.


    ***

    Mary Lamb había observado con interés la lenta decadencia de su padre. Éste había sido un hombre de negocios rápido y eficaz en sus tratos con el mundo. Había dirigido sus asuntos como si estuviera en guerra con un enemigo invisible y cada noche regresaba a la casa de Laystall Street con actitud triunfal. Sin embargo, un anochecer retornó con la mirada demudada por el terror y se limitó a comentar que no sabía dónde había estado. Poco a poco empezó a desvariar. Había sido el padre de Mary; más tarde se convirtió en su amigo y, finalmente, en su niño.

    En apariencia, Charles Lamb no hacía caso del estado de su padre; lo evitaba siempre que podía y no hacía el menor comentario sobre su creciente incapacidad. Cada vez que Mary planteaba el tema, Charles la escuchaba con paciencia, pero no decía nada. Se negaba a abordar el problema.


    ***

    A la espera del ponche de huevo, el señor Lamb se frotó las manos con impaciencia.

    En cuanto su madre abandonó la estancia, Mary tomó asiento junto a su padre en el desteñido diván verde.

    —Papá, ¿has cantado durante el oficio?
    —El ministro se equivocó.
    —¿En qué?
    —En Worcestershire no hay conejos.
    —¿No hay conejos?
    —No… y tampoco panecillos.

    La señora Lamb gustaba de pensar que había sabiduría en las divagaciones de su esposo, pero Mary sabía que no era así. De todos modos, ahora su padre le interesaba más que nunca; sentía curiosidad por las frases extrañas y azarosas que emitía. Era como si el idioma hablase por sí mismo.

    —Papá, ¿tienes frío?
    —Sólo ha habido un error en las cuentas.
    —¿Supones que es eso?
    —Un día memorable.

    La señora Lamb regresó con un cuenco de ponche de huevo.

    —Mary, querida, impides que el calor del fuego llegue a tu padre. — La señora Lamb permanecía eternamente atenta, como si alguna cosa en este mundo estuviese intentando sin cesar eludirla-. ¿Dónde se ha metido tu hermano?
    —Está leyendo.
    —¡Vaya sorpresa! Señor Lamb, bebe con cuidado. Mary, ayuda a tu padre.

    A Mary su madre no le caía demasiado bien. Era una mujer inquisitiva y fisgona o, al menos, eso le parecía; consideraba que su estado de alerta era una forma de hostilidad. En ningún momento se le cruzó por la cabeza la posibilidad de que se tratase más bien de una variante del miedo.

    —Señor Lamb, no hagas tanto ruido al beber. Te mancharás la ropa.

    Mary tomó con delicadeza el cuenco de las manos de su padre y le dio de beber con la cuchara de porcelana. Dedicaba su vida a realizar esas tareas. La vieja Tizzy era demasiado débil como para ocuparse de la totalidad de la limpieza y la cocina de la casa, por lo que Mary se encargaba de las faenas más pesadas. Podrían haber pagado una criada joven, que no les habría costado más de diez chelines a la semana, pero por principio, la señora Lamb se resistía a la introducción de otra persona, temerosa de que destruyese la tranquilidad y la compostura que la familia preservaba con tanto primor.

    Mary aceptaba de buena gana su papel. Charles acudía al despacho y ella «se encargaba» de la casa. Sería siempre así. Además, desde su enfermedad se había vuelto más reservada. Las cicatrices que surcaban su rostro se habían convertido en tema de compasión o disgusto, o al menos eso pensaba, y no le apetecía dejarse ver.

    Oyó que Charles deambulaba de un extremo a otro de la habitación de la planta alta. Se había acostumbrado al sonido de los pasos de su hermano y sabía cuándo se disponía a escribir; Charles ordenaba sus pensamientos antes de comenzar. Recorrería una delgada tira de la alfombra extendida a los pies de la cama y, al cabo de tres o cuatro «giros» más, se sentaría ante el escritorio y empezaría. Le habían presentado a Matthew Law, director de Westminster Words, que se mostró encantado con su discurso sobre el estilo interpretativo en el Old Drury Lane; le había encargado un artículo sobre el tema y Charles terminó de redactarlo en sólo tres días. Su ingenioso remate aludía a las dotes teatrales de Munden al decir que: «Contemplado por él, un tarro de mantequilla equivale a una idea platónica. Comprende la pierna de cordero en toda su esencia. Se hace preguntas, en medio de los elementos corrientes de la vida, a semejanza del hombre primitivo ante el sol y las estrellas que lo rodean». Según Matthew Law, ese comentario se consideró un «poderoso arrebato», y desde entonces Charles se había convertido en colaborador habitual del semanario. En ese momento redactaba un artículo en el que elogiaba a los deshollinadores. Había leído a Sterne para saber si su novelista preferido había abordado alguna vez el tema.

    Por insistencia de su madre, Charles seguía ganándose la vida como escribiente de la East India House, pero lo cierto es que prefería considerarse a sí mismo escritor. Desde su época de alumno pobre en Christ's Hospital, había encaminado sus esperanzas y ambiciones hacia la literatura. Leía sus poemas a Mary, que lo escuchaba con gran atención, casi con solemnidad. Daba la impresión de que ella misma los había escrito. Charles había compuesto un drama en el que interpretó a Darnley y su hermana hizo de María, la reina de Escocia; se había sentido muy entusiasmada con su papel y aún recordaba fragmentos del texto.


    ***

    —Mary, dile a tu hermano que baje a comer.
    —Mamá, está ocupado con el artículo.
    —No creo que las chuletas de cerdo afecten su artículo.

    El señor Lamb hizo un comentario acerca del cabello pelirrojo, pero las mujeres no se dieron por aludidas.

    Cuando Mary se acercó a la puerta, Charles ya estaba a mitad de la escalera.

    —Querida, el olor a cerdo impregna el aire. El hombre fuerte se deleita con él y el débil no rechaza sus sabrosos jugos.
    —¿Francis Bacon?
    —No, Charles Lamb. Como el apellido indica, se trata de cordero[1], un plato más sutil. Buon giorno, mamá.

    La señora Lamb guió a su esposo hacia el pequeño comedor situado en la parte trasera de la casa; daba a un jardín estrecho, al fondo del cual se encontraban una pagoda de hierro colado y los restos de una hoguera de hojas. La mañana anterior, Mary y ella habían recogido a brazadas las hojas caídas sobre la hierba cortada y el caminito de pizarra y las habían quemado; Mary había aspirado el aroma del humo dulzón que se elevó hacia el encapotado cielo de Londres. Fue como si realizara un sacrificio… ¿a qué extraña divinidad? ¿Acaso al dios de la niñez?

    Tizzy dejó una salsera sobre la mesa; como sufría una pequeña parálisis, derramó parte del líquido sobre la lustrosa superficie encerada. Charles pasó el dedo y se lo chupó.

    —Yo diría que está preparada con pan rallado mezclado con hígado y una pizca de delicada salvia. Es el éxtasis.
    —Charles, déjate de tonterías -reconvino la señora Lamb, que formaba parte de la Comunión Fundamental de Holborn y tenía ideas muy claras sobre el tema del éxtasis.

    Sin embargo, la austera piedad de la señora Lamb no ejercía efectos notorios en su apetito. Bendijo la mesa, a la que sus hijos se sumaron, y sirvió las costillas de cerdo.

    En cierta ocasión Charles había preguntado a su hermana por qué el acto de comer requería una bendición. ¿Qué lo diferenciaba del agradecimiento mudo? ¿Por qué no daban las gracias antes de emprender un paseo a la luz de la luna? ¿Las gracias ante Spenser? ¿Las gracias antes de un encuentro entre amigos? Desde la infancia, Mary había detestado la ceremonia de las comidas familiares. El reparto de los platos y de la comida, así como el entrechocar de los cubiertos provocaban en ella una suerte de cansancio. En esas ocasiones, sólo Charles era capaz de animar su espíritu.

    —Me pregunto quién es el tonto más tonto que ha existido -quiso saber Charles-. ¿Will Somers? ¿El magistrado Shallow?
    —Ya está bien, Charles. No te propases -advirtió la señora Lamb, y miró hacia su marido, sin que éste advirtiese que lo vigilaba.

    Mary rió y, a resultas de un movimiento brusco, se atragantó con un trozo de patata. Se puso rápidamente en pie e intentó tomar aire; su madre también se incorporó, pero ella la apartó con energía. No quería que su progenitora la tocase. Tosió hasta expulsar el trozo de patata en su mano y suspiró.

    —¿Quién me comprará naranjas dulces? — preguntó su padre.

    La señora Lamb volvió a tomar asiento y siguió comiendo.

    —Charles, regresaste muy tarde a casa.
    —Mamá, estuve cenando con amigos.
    —¿Ahora lo llamas así?


    ***

    Charles había regresado muy borracho a Laystall Street. Como de costumbre, Mary lo aguardó levantada y, en cuanto oyó que su hermano intentaba de forma infructuosa meter la llave en la cerradura, abrió la puerta y lo sujetó antes de que se desplomase. Dos o tres noches por semana Charles bebía en exceso; al día siguiente, a modo de disculpa decía que «había cogido una trompa», pero Mary jamás lo regañaba. Estaba convencida de que entendía las razones por las que su hermano bebía e incluso las compartía. De haber tenido el valor o la posibilidad de hacerlo, Mary se habría emborrachado cada día de su vida. Estar enterrada en vida…, ¿acaso no era motivo suficiente para beber? Por añadidura, Charles era escritor y los escritores son conocidos por su desenfreno. ¿Qué decir de Sterne o Smollett? Claro que su hermano no era gritón ni beligerante; se mostró tan delicado y afable como de costumbre, con la salvedad de que fue incapaz de permanecer de pie y hablar con un mínimo de precisión. «Eso es la causa, eso es la causa», le había dicho a Mary la noche anterior. «Guíame.»

    En compañía de Tom Coates y de Benjamin Milton, dos colegas de la East India House, había bebido vino dulce y cerveza en la Salutation and Cat de Hand Court, cerca de Lincoln's Inn Fields. Sus compañeros eran muy bajos, atildados y de pelo oscuro; hablaban deprisa y se reían con descaro de sus respectivos comentarios. Charles era un poco más joven que Coates y un tanto mayor que Milton, por lo que se consideraba, tal como lo había expresado, «el medio neutral que conduce las fuerzas galvánicas». Coates hablaba de Spinoza, Schiller, la inspiración bíblica y la imaginación romántica; Milton peroraba sobre la geología, las edades de la tierra, los fósiles y los mares muertos. A medida que se emborrachaba, Charles imaginó que se encontraba en la infancia del mundo. ¿Qué podía conseguir una sociedad que albergaba tamaños intelectos?


    ***

    —Mamá, ¿anoche te desperté?
    —Ya estaba despierta. El señor Lamb se encontraba inquieto.

    Su marido tenía la costumbre de tratar de orinar desde la ventana del dormitorio a la calle, hábito al que la señora Lamb se oponía con firmeza.

    —Charles, casi no hiciste ruido. — Mary ya se había recuperado del ataque de tos-. Te fuiste derecho a la cama.
    —Mary, vivo por siempre en tus buenas palabras. Que los cielos iluminen a semejante hermana.
    —Pues de tu habitación me llegó claramente un ruido. — La señora Lamb no se dejó impresionar por aquel intercambio de afecto fraternal-. Oí un estrépito.


    ***

    De hecho, Mary había ayudado a su hermano a subir la escalera y lo había conducido a su dormitorio. Lo cogió del brazo con delicadeza y saboreó el efluvio vinoso de su aliento, mezclado con el ligero olor a sudor del cuello y la frente. Disfrutó con la proximidad física de su hermano, sensación que hacía tiempo que no experimentaba. Charles había estudiado interno en Christ's Hospital y su partida al inicio de cada curso desataba en Mary una extraña mezcla de rabia y soledad. Su hermano se iba al mundo de la camaradería y la erudición, mientras ella se quedaba en compañía de su madre y de Tizzy. Fue en esa época en la que, una vez cumplidas las tareas de la casa, comenzó a estudiar. Su dormitorio se encontraba en un cuartito trastero del ático. Allí guardaba los libros de texto que Charles le había prestado; entre otros, una gramática latina, un léxico griego, el Diccionario filosófico de Voltaire y un ejemplar del Quijote. Intentó seguir el ritmo de su hermano y, al regreso de éste, con frecuencia se percató de que lo había superado. Había empezado a leer y a traducir el cuarto libro de la Eneida, que relata el amor entre Dido y Eneas, antes de que Charles dominase los discursos de Cicerón. Le había dicho: «At regina gravi iamdudum saucia cura», pero al oír esas palabras su hermano se había echado a reír y le había preguntado qué significaban.

    —Es Virgilio, Charles. Dido está afligida.

    Charles volvió a reír y le alborotó los cabellos. Mary intentó esbozar una sonrisa, pero bajó la cabeza porque se sintió vanidosa y necia.

    En otras ocasiones, estudiaban juntos por la noche y reflexionaban sobre un texto, con la mirada encendida mientras desentrañaban las mismas frases. Hablaban de Roderick Random y del peregrino Pickle, de las obras picarescas de Tobias George Smollett, el traductor del Quijote al inglés, e inventaban aventuras o escenas nuevas para Lemuel Gulliver y Robinson Crusoe. Imaginaban que estaban en la isla de Crusoe y entre los árboles se ocultaban de los caníbales. Luego retornaban a las complejidades de la sintaxis griega. Charles le dijo a Mary que se había convertido en «una helenista».


    ***

    —Mamá, ¿has dicho un estrépito? — Charles planteó la pregunta con tono de ofendida inocencia porque, en realidad, no sabía a qué se refería.


    ***

    Charles se había desplomado sobre la cama y sumido en el acto en un sueño profundo; parecía que por fin había escapado.

    Mary desató los cordones de sus botas y cuando dispuso a quitarle la derecha, tropezó, cayó de espaldas sobre el escritorio y derribó un candelero y un pequeño cuenco de bronce en el que su hermano acumulaba las cerillas usadas. Ese fue el estrépito que, insomne y alerta al otro lado del pasillo, había oído la señora Lamb. Charles no se había despertado. En el silencio que siguió, con gran sigilo Mary volvió a poner en su sitio el candelero y el cuenco; descalzó despacio a su hermano y se tumbó a su lado. Lo abrazó y apoyó la cabeza en su pecho, con tanta delicadeza que subió y bajó al ritmo de la respiración de Charles. Al cabo de unos minutos, sin hacer ruido subió la escalera que conducía a su pequeño cuarto.


    ***

    Los domingos, después de comer, en casa de los Lamb estaban acostumbrados a que Charles leyera la Biblia a sus padres y hermana. No le molestaba. Admiraba los artificios de la versión del rey Jacobo. Su equilibrio, cadencia y eufonía le habían llegado en su infancia cual un soplo de aire fresco.

    —«Tuve un sueño que me aterró. Los fantasmas que tuve en mi lecho mientras dormía y las visiones de mi mente me horrorizaron.» -Se habían reunido en el salón, el mismo en el que Mary había tomado el sol; Charles se encontraba tras una pequeña mesa con largueros y sostenía con una mano el texto sagrado-. Papá, ésta es la historia de Nabucodonosor.
    —¿Estás seguro? ¿Sabía cuándo tenía que llorar?
    —Pues cuando Dios lo regañaba, señor Lamb. — La señora Lamb hizo hincapié en sus palabras-. Toda la carne es hierba.

    Mary se llevó instintivamente la mano a la cara mientras Charles retomaba la lectura de Daniel:

    —«Di orden de que vinieran a mi presencia todos los sabios de Babilonia, a fin de que me dieran a conocer la interpretación de mi sueño.»


    CAPÍTULO II


    A la mañana siguiente, Charles Lamb salió de la casa de Holborn en dirección a la East India House de Leadenhall Street. Al dejar atrás Holborn Passage, se unió al numeroso grupo de peatones que esa deliciosa mañana de otoño se dirigían al corazón financiero de la ciudad. Sin embargo, como estaba convencido de que había visto algo, decidió dar la vuelta. Había madrugado y disponía como mínimo de una hora antes de cumplir con la obligación de ocupar su alto escritorio en la oficina de dividendos. Holborn Passage era poco más que un callejón, uno de esos hilos oscuros incorporados a la trama de la ciudad que, con el transcurso de los siglos, acumulan hollín y polvo. Albergaba una tienda de pipas, el taller de una modista, otro de carpintería y una librería. Todos soportaban con resignación la deslustrada pátina de los años y el abandono. Los vestidos estaban descoloridos, las pipas en exposición jamás se encenderían y el taller parecía desocupado. Pues sí, eso era lo que había visto. El escaparate de la librería exhibía un documento redactado con caligrafía isabelina del siglo xvi. Charles adoraba las muestras de la antigüedad. Se había detenido en el emplazamiento de la vieja bomba de Aldgate e imaginado cómo salía el agua de la tubería de madera hacía cinco siglos; había recorrido el trazado de la muralla romana y reparado en que las calles se adaptaban naturalmente a esa configuración; se había demorado junto a los relojes de sol del Inner Temple y seguido los lemas con el dedo. En cierta ocasión, en un momento de ebria inspiración, había dicho a Tom Coates: «El futuro es como la nada porque lo es todo. El pasado lo es todo por ser la nada».


    El documento isabelino parecía un testamento; aunque no era paleógrafo, entendió la frase «Yo lego». El joven que se encontraba de pie en el oscuro interior de la librería lo observó desde el otro lado del escaparate. Debido a su cara pálida y a su cabello intensamente rojo, a Charles le dio la impresión de que se trataba de un aparecido. Sonrió solícito y abrió la puerta.

    —¿Señor Lamb? — preguntó el joven.
    —El mismo. ¿Cómo sabe mi apellido?
    —Alguien me lo ha dicho en la Salutation and Cat. A veces ocupo una mesa del fondo. Es probable que jamás haya reparado en mí. Pase, por favor.

    En cuanto entró en la librería, Charles percibió el olor de las cubiertas apolilladas de los viejos folios y pliegos en cuarto; aspiró el polvo del saber, delicioso en su particularidad. A dos lados de la tienda se levantaba un mostrador de madera, sobre el cual se encontraban manuscritos, hojas sin encuadernar y rollos de pergaminos. En los estantes vislumbró las obras escogidas de Drayton, Drummond de Hawthornden y Cowley.

    El joven reparó en su mirada y comentó:

    —En algunos aspectos, cuanto mejor es un libro, menos requiere de la encuadernación. El lomo resistente y una buena encuadernación son el desiderátum de cualquier volumen.
    —¿La magnificencia ocupa el siguiente lugar?
    —Sólo en el caso de que esté presente. Señor Lamb, me llamo Ireland, William Henry Ireland. — Se estrecharon las manos-. Por ejemplo, jamás se me ocurriría ataviar con traje de gala una colección de revistas. Tampoco tiene sentido un Shakespeare con espléndido atavío.

    Charles quedó sorprendido por la pericia del joven.

    —Tiene toda la razón. El verdadero amante de la lectura, señor Ireland, desea hojas moteadas y aspecto desgastado.
    —Señor Lamb, conozco la diferencia, sé lo que significan las páginas vueltas con deleite más que por obligación.
    —¿Lo sabe?

    Charles llegó a la conclusión de que, ciertamente, se trataba de un joven peculiar. Dedujo que William Ireland rondaba los diecisiete años, aunque con la corbata, la camisa y aquel chaleco de color amarillo intenso parecía una figura chapada a la antigua. Tendría que haber lucido una peluca empolvada. Aun así, su intensidad era tal que Charles se sintió atraído por su persona.

    —Prefiero las ediciones comunes de Shakespeare, sin notas ni grabados -prosiguió Ireland-. Rowe o Tonson me encantan. Por otro lado, soy incapaz de leer a Beaumont y a Fletcher, salvo en folio. ¿No le parece que es difícil mirar las ediciones en octavo? No me agradan, las detesto. — Sus ojos eran de color verde claro y los abrió cada vez más a medida que modulaba la voz; al hablar cruzó las manos como si librase una violenta lucha interna-. Señor Lamb, ¿le gusta Drayton?
    —Muchísimo.
    —Pues esto le interesará. — Retiró del estante un libro en cuarto, encuadernado con primor en piel de becerro-. Se trata de Pandosto, de Greene. Fíjese en la inscripción. — Abrió el libro y se lo entregó a Charles.

    En el frontispicio, escritas con tinta ahora descolorida, se leían las siguientes palabras: «Entregado a mí, Mich. Drayton, por Will Sh.».

    Charles sabía muy bien que Pandosto había servido de fuente de inspiración de Cuento de invierno. Y allí estaba el volumen propiamente dicho, el libro que Shakespeare había sostenido con sus manos…, de la misma forma que él lo cogía ahora. La reciprocidad absoluta del ademán estuvo a punto de provocarle un vahído.

    William Ireland lo escrutaba con atención, a la espera de que tomase la palabra.

    —Es de lo más extraordinario. — Charles cerró el libro y lo depositó con sumo cuidado sobre el mostrador-. ¿Cómo lo consiguió?
    —Procede de la biblioteca de un caballero que murió el año pasado. Mi padre y yo viajamos a Wiltshire. Albergaba tesoros, señor Lamb, tesoros insospechados. — Volvió a dejar el libro en su estante y añadió, todavía de espaldas-: Mi padre es el dueño de este negocio.


    ***

    Hacía tres semanas había viajado con su padre en la diligencia de Salisbury. Fueron los últimos pasajeros, ya que habían comprado los billetes con sólo dos días de antelación, por lo que les pidieron que ocupasen los asientos descubiertos, situados detrás del cochero y los tres caballos.

    —No y no -había dicho Samuel Ireland-. Debo viajar en el interior. El aire de septiembre es cortante.
    —Señor, no creo que sea posible.

    Al igual que todos los que se topaban con Ireland padre, el cochero pronto se vio abrumado por su actitud imperiosa.

    —Le aseguro que es posible. Es tan fácil como hacerlo. — El señor Ireland subió a la diligencia y se volvió hacia su hijo-. William, vete a la parte de arriba, te reanimará. — Se quitó el gorro de piel de castor, dirigió toda clase de cumplidos a la única dama que ocupaba el vehículo y, como un corcho que vuelve a tapar la botella, se insertó lentamente entre dos pasajeros, a los que pidió disculpas-. Señor, le ruego que se mueva una pulgada más. Le presento mis más sinceras disculpas.

    William Ireland ya había escalado hasta lo alto de la diligencia y se acomodó en el asiento mientras el vehículo traqueteaba por Cornhill y Cheapside en dirección a Saint Paul. Miró el edificio cuando los caballos pasaron junto a la catedral. Fue incapaz de concebir sobre qué base se había construido y de imaginar la serenidad del alma del arquitecto que la había creado. En su opinión, la gran cúpula era un objeto extraño.

    Ya se había acostumbrado al egoísmo de su padre, aunque lo cierto es que jamás habría empleado esa palabra. Samuel Ireland era un hombre perentorio, magistral y convincente, pero se trataba de un librero, otro simple comerciante más. William sabía que por ello sufría exquisitamente. El respeto que su padre sentía por sí mismo era su única manera de soportar la existencia.

    En Ludgate Hill se produjo un atasco de caballos y vehículos, por lo que la diligencia aminoró la velocidad hasta detenerse. William volvió la vista atrás y contempló la cúpula de Saint Paul. Nunca realizaría nada que pudiese rivalizar con ese templo. Él era lo que era y nada más. En medio del atasco y por encima de los sonidos de Londres, oyó la voz de su padre en el interior del vehículo. Su progenitor hablaba de las virtudes de las trufas.

    La diligencia se detuvo en una posada de Bagshot para que los pasajeros que viajaban en el exterior entrasen en calor. William se sentó junto al pequeño fuego de carbón de la sala y cogió un vaso de cerveza negra caliente; se encontraba al lado de Beryl que, como ya había averiguado, era doncella de una señora, pero había perdido su empleo y regresaba con su familia, que vivía en el campo.

    —No se trata tanto de mi partida, como de la manera en la que me echaron -explicó Beryl con tono desafiante-. «Aquí tienes dos guineas y ahora, lárgate.» -William no quiso indagar en los motivos de su despido, aunque por su actitud dedujo que habían tenido que ver con ciertos comportamientos lascivos en las escaleras de servicio-. De todos modos, me llevé su chal. No lo echará de menos. ¿De dónde has sacado ese pañuelo?
    —Es de mi padre.
    —¿Es ése de ahí que no deja de hablar?

    Eran los únicos que viajaban en lo alto de la diligencia y habían establecido una alianza, implícita contra los que iban cómodamente sentados.

    —Me temo que sí. — En ese momento Samuel Ireland entretenía a sus compañeros de viaje con los auténticos componentes de la bebida llamada Stingo, aunque más bien parecía que evaluaba los méritos de Shakespeare. Cuanto refería se volvía sin remedio importante-. ¿Cómo sabes que es mi padre?
    —Porque tiene tus facciones, aunque tu cara es más bonita. ¿Cómo te llamas?
    —William.
    —¿Bill, Will… o acaso Willy?
    —En realidad, William.
    —William, como Guillermo el Conquistador. — Beryl miró fugazmente la bragueta del joven, lo que bastó para excitarlo. William se sintió tenso y enardecido, como si estuviese a punto de llevarse un susto mayúsculo. Aferró el vaso para evitar que le temblasen las manos-. William, ¿estás levantándote?
    —Sí, está contenta.
    —¿Se ha puesto gorda?
    —No lo sé. No tengo ni la más remota…

    William se dio cuenta de que jamás lo habían abordado de esa forma. Hasta las prostitutas callejeras le volvían la espalda por considerarlo un niño y, si a eso vamos, un niño pobre; él solía afirmar que se había proporcionado placer, pero, en realidad, nunca lo había hecho.

    Los demás pasajeros disfrutaban de los olores y las sensaciones de la taberna, como si fuesen personajes de una obra de teatro titulada La sala. Estaban de buen humor y se mostraban tolerantes y dispuestos a reír. Con un brazo en alto, Samuel Ireland aludió en tono modesto a su amistad con Richard Brinsley Sheridan. A William se le aceleró el pulso. Tras recoger dos chelines de manos del dueño de la taberna, el cochero se acercó a la puerta de la sala y pidió a los viajeros que regresasen a la diligencia. Antes de que lo vieran, William salió a la carrera y subió hasta el techo del vehículo. Reparó en que Beryl cruzaba con lentitud el patio. William se puso las manos entre las piernas. La doncella subió al techo de la diligencia, esbozó una sonrisa y se sentó lo más lejos que pudo del joven. El cochero se instaló en el pescante, levantó el látigo y azuzó a los caballos. Cuando abandonaron el patio de la taberna, Beryl se acercó a William y apoyó su mano en la bragueta. A renglón seguido le masajeó la cara interior de los muslos. La diligencia traqueteó por la calzada irregular de High Street de Bagshot, que más bien se trataba de un camino rural pavimentado a costa del dueño de la taberna. Desde abajo nadie podía ver la mano de Beryl y el cochero miraba hacia delante, por lo que la doncella meneó el miembro de William con creciente vigor. Cuando salieron a campo abierto y pasaron junto a arroyos, arboledas, campos de cultivo y setos, Beryl se arremangó las faldas y se tumbó en el techo de la diligencia. En lo alto volaron las ocas salvajes. William se desabrochó la bragueta y se tendió sobre la muchacha. Notó el viento frío sobre su cara y suspiró encantado. La penetró con delicadeza. Su miembro creció y se movió con más energía; se corrió dentro de Beryl al tiempo que el cochero gritaba «¡arre!». Atravesaban el caserío de Blackwater, por lo que permanecieron inmóviles a fin de que no reparasen en ellos. William se subió el pantalón y lo abrochó antes de ponerse de pie. Beryl siguió tumbada en el techo de la diligencia y contemplando el cielo.

    La primera y principal sensación de William fue de alivio. Había hecho esa cosa desconocida y no había titubeado. Beryl se subió los calzones antes de ocupar su asiento. Luego sonrió y extendió la mano. El gesto resultó inequívoco.

    —Sólo tengo un puñado de monedas de seis peniques -se justificó el joven.
    —Ya me apañaré.

    William se llevó la mano al bolsillo del pantalón y le entregó las monedas. Contemplaron juntos el paisaje mientras viajaban hacia Stonehenge y Salisbury.


    ***

    —¿Qué clase de tesoros? — preguntó Charles a William en la librería.
    —Un De Sphaera original de la imprenta de Manuzio. Una segunda edición de Erasmo impresa en Francia.

    Esos libros no despertaron la imaginación de Charles. Se sentía más cómodo con los viejos autores ingleses, por lo que cogió el Pandosto de Greene del estante en el que William lo había guardado y preguntó:

    —¿Es muy caro?
    —Tres guineas.

    Charles se percató de que el joven hablaba ahora con actitud brusca e impetuosa, como si pretendiera desafiarlo.

    —Tres guineas permiten comprar muchos libros.
    —Pero no volúmenes que han tenido dueño tan ilustre.

    Esa cifra equivalía al salario de una semana. Por otro lado, poseer un libro que había pertenecido a Shakespeare valía más que una semana de su vida.

    —Le dejaré una guinea y pagaré el resto cuando venga a buscar el libro.
    —Señor Lamb, no se tome tantas molestias. Yo mismo se lo llevaré encantado.

    William Ireland caminó hasta detrás del mostrador y cogió un libro de contabilidad encuadernado en piel. Para sorpresa de Charles, sacó el tintero y la pluma del bolsillo de la chaqueta y se dispuso a escribir el recibo. Charles reparó en que utilizaba la primorosa letra chancilleresca, distinta a la isabelina que él empleaba en las cuentas de la compañía para la que trabajaba, y lo felicitó.

    —Verá, señor Lamb, la aprendí de mi padre. Me produce un gran placer. Para determinadas transacciones, empleo la caligrafía cortesana y reservo la de texto para los asuntos generales.
    —Tendré que darle mis señas.
    —Sé dónde está su casa -replicó sin mirarlo a la cara.


    ***

    Hacía dos noches, William Ireland había acompañado a Charles de la Salutation and Cat a su casa. Charles bebía solitario en la taberna. Ocupaba la vieja mesa de ébano de un rincón y en la pared, a sus espaldas, colgaba un pañuelo bordado y expuesto en una vitrina. El lema se había desdibujado, pero todavía se leía la frase «Bien vale un pastel».

    Charles estaba en las nubes y se rascaba el mentón con el índice. Con frecuencia había pensado en la posibilidad de atrapar sus pensamientos esquivos y ordenar esas impresiones y asociaciones, las divagaciones de su mente, pero aún no lo había conseguido. Bebió otra copa de curaçao y el dulzor le revolvió el estómago. No tenía ganas de volver a Laystall Street. Le desagradaba aquel olor nocturno de la casa que le recordaba las lavazas de la cocina. No le apetecía ver a sus padres, quienes parecían haberse cerrado del todo a las posibilidades de la vida. En cuanto a Mary…, bueno, indudablemente disfrutaba de su compañía, aunque en ocasiones le repugnaba esa atención, intensa y sensible, que su hermana le prodigaba. Necesitaba que las compañías de Mary se expandiesen, florecieran y se volviera como él; su hermana lo aplaudía porque lo comprendía, pero cuando lo reclamaba en exceso, por ejemplo, cuando lo interrogaba con demasiada insistencia sobre sus amistades, Charles se replegaba y guardaba silencio. En esos casos Mary se sentía humillada y rechazada. Por eso había noches en las que Charles bebía en solitario.

    La suposición de que el alcohol representaba una fuente de inspiración le parecía una insensatez. Sabía que eso violentaba su imaginación y la reducía a los límites de una percepción ebria. Cuando se embriagaba no tenía en cuenta los detalles ni la perspectiva, pero a pesar de ello, acogía de buena gana ese estado y lo buscaba con premeditación.

    Lo liberaba de miedos y responsabilidades. ¿A qué le temía? Lo asustaban su fracaso y su futuro. Tobias Smith, uno de sus compañeros de escuela, había dejado Christ's Hospital sin puesto ni vocación. Durante una temporada había vivido con su madre en Smithfield y, tanto en la taberna como en el teatro, se mostró tan alegre y vivaz como siempre, pero, en verdad, iba de capa caída. Sus ropas acabaron andrajosas y, a la muerte de su madre, lo expulsaron de su habitación de inquilino. En apariencia, había desaparecido, pero hacía tres semanas Charles lo vio mendigar en la esquina de Coleman Street. Cuando se cruzó con él, no mostró el menor indicio de reconocimiento. Charles se asustó y por eso ahora bebía curaçao.

    Saboreó las sensaciones de sumirse en la borrachera. Aunque no recordaba su infancia, imaginó que debió de ser algo parecido: la bienaventurada acogida de las circunstancias, la dichosa aceptación de cuanto sucedía en el mundo. Se acercó a la barra y pidió otra copa. Sintió que necesitaba hablar incluso mientras preguntaba al dueño por los clientes de la noche. Quería divulgar noticias sobre sí mismo y desternillarse de risa ante el ingenio de un tercero.

    —Señor Lamb, ésta es la última copa.
    —Desde luego que sí.

    Después se encontró ya espatarrado en la cama y totalmente vestido. No recordaba nada de la víspera. Vislumbró imágenes de sombras de gigantes convertidas en un torbellino, de una mano extendida y de una palabra susurrada. No se acordaba de William Ireland, que permaneció sentado ante la mesa contigua a la puerta de la Salutation and Cat; a decir verdad, Ireland estaba en parte oculto por una columna de madera en la que habían pegado anuncios de representaciones de escenas cómicas y exhibiciones acrobáticas.

    Charles había vuelto de la barra a su asiento, echado la cabeza hacia atrás y vaciado la última copa de curaçao. Se había puesto en pie sin tenerlas todas consigo y, con los ojos desmesuradamente abiertos, había caminado en dirección a la puerta. Recitó en voz alta:

    —«Quedaos vosotros; marchaos vos.»

    William Ireland había dejado su asiento y, con suma delicadeza, ayudado a Charles a salir a la calle. Como el embriagado se habría convertido en víctima inmediata de los carteristas o de gente de peor calaña, William lo alejó de Lincoln's Inn Fields.

    —Señor, ¿dónde se aloja?

    Al oír la pregunta Charles rió.

    —Me alojo en la eternidad.
    —Tal vez sea difícil encontrarla. — Charles caminó por King Street y Little Queen Street hacia Laystall Street, por lo que de manera instintiva se dirigió hacia su casa. William Ireland retomó la palabra-: Acaba de citar a Shakespeare. «Quedaos vosotros; marchaos vos.» Pertenece a Trabajos de amor perdidos.
    —¿Lo he citado? Ahora por aquí.

    Pasó un miembro de la policía local que con el candil iluminó el rostro de William.

    —Mi amigo está cansado -comentó Ireland-. Lo acompaño a casa.

    Llamar amigo a Charles dio pie a cierta intimidad. Lo cogió de bracete y lo ayudó a permanecer erguido mientras giraban por Laystall Street.

    William ya lo había visto y escuchado antes en la Salutation and Cat. Charles solía acudir acompañado a la taberna. Comentaba con sus amigos las últimas obras de teatro y publicaciones, y discutía sobre filosofía o los méritos de determinadas actrices. Ireland siempre estaba solo y, desde su asiento habitual junto a la puerta, los escuchaba con impaciencia. A sus oídos llegaban ráfagas y fragmentos de conversaciones; en concreto, había quedado impresionado por un discurso de Charles sobre las virtudes de Dryden en contraposición con las de Pope. También se había enterado de que Charles escribía para algunas publicaciones periódicas, ya que había oído la conversación sobre un futuro artículo acerca de los parientes pobres. «No cesan de sonreír y siempre se sienten incómodos», explicó a Tom Coates y Benjamin Milton. «Además, resultan un quebradero de cabeza para los criados, que temen mostrarse demasiado obsequiosos o descorteses.»

    «Pero si no tienes criados…»
    «Y Tizzy, ¿qué es? ¿No existe? ¡Un brindis por Tizzy! ¡Un brindis por la inexistente!»

    El propio William había presentado a la Pall Mall Review un artículo sobre encuadernaciones renacentistas, pero lo rechazaron con el argumento de que se trataba de «un tema demasiado específico para la mayoría de los lectores». La respuesta no lo había sorprendido. Su ambición sólo estaba a la altura de lo poco que confiaba en sí mismo, por lo que aspiraba al éxito pero esperaba el fracaso. Por eso escuchaba a Charles con envidia y admiración; asimismo envidiaba a cuantos rodeaban al señor Lamb, que también parecían sentirse del todo a sus anchas en el mundo de la literatura y el periodismo. Si conseguía establecer una relación de amistad con Charles Lamb, tal vez podría entrar a formar parte de esa fraternidad encantadora.

    También abrigaba la esperanza de seguir los pasos de Charles Lamb. Ambicionaba escribir y que lo publicasen. Su artículo para la Pall Mall Review era, de momento, su único intento de publicar, aunque también había compuesto diversas odas y sonetos. Tenía una gran opinión de su «Oda a la libertad con motivo del retorno de Napoleón de Egipto a Francia», si bien sabía que, dadas las circunstancias, no aparecería en la prensa inglesa. En otras odas había despotricado contra la «fangosa oscuridad» y los «sombríos límites» de Inglaterra. En los sonetos había buscado una vía para la expresión de sentimientos más personales y en una secuencia resumía la historia de un «hombre sentimental» que era olvidado y ridiculizado por «la masa bruta de la humanidad». Jamás había mostrado a nadie sus escritos, que guardaba bajo llave en su escritorio, del que de vez en cuando los sacaba para releerlos. A pesar de que los consideraba el eje de su vida auténtica, no había nadie sobre la tierra con quien pudiese compartirlos. En una ocasión había escrito:

    Quietas e inertes permanecen mis capacidades mentales sin la chispa estimulante de la comprensión ajena.

    Estaba convencido de que obtendría esa chispa de Charles Lamb y sus amigos. En la taberna jamás se habría atrevido a salvar la distancia que los separaba porque se trataba de una brecha demasiado profunda: el abismo de la abnegación.


    ***

    William guió a Charles por la calle estrecha, esquivó la bomba de agua y se cercioró de que no cayera sobre la pared de ladrillos, húmeda y cubierta de hollín, de la panadería de la esquina, llamada «Stride, nuestro panadero». Cada mañana laborable, a la que denominaba «mañana escolar», Charles compraba una hogaza de un penique y la comía de camino a Leadenhall Street. En ese momento pasó ante la panadería y no la reconoció. Sólo por pura intuición subió los escalones desde el adoquinado hasta la puerta de su casa. William permaneció tras él mientras buscaba las llaves y fue entonces cuando una joven abrió la puerta. William bajó a toda velocidad por Laystall Street ya que, por alguna razón, temió que la mujer lo viese.

    Mary Lamb no reparó en él; sólo se preocupó de ayudar por enésima vez a su hermano a franquear el umbral de su pequeña casa.


    ***

    —¿Cómo lo sabe?
    —Señor Lamb, ¿me está preguntando como sé las señas de su casa? La otra noche lo acompañé. No hay motivos por los cuales deba recordarlo.

    William logró dar a entender que, más que la ebriedad de Charles, su propia insignificancia era lo que había provocado ese fallo de memoria.

    —¿Desde la Salutation?

    William movió de modo afirmativo la cabeza.

    Charles demostró la elegancia suficiente como para ruborizarse, aunque su voz sonó serena. Mantenía una relación extraña con su yo borracho: lo consideraba un conocido desgraciado y desafortunado al que se había habituado. No lo defendería ni se disculparía en su nombre. Lisa y llanamente, reconocería su existencia.

    —Le estoy muy agradecido. ¿Puede traer el libro esta noche?

    Se despidieron con un apretón de manos. Charles abandonó la librería y miró a derecha e izquierda antes de recorrer el pasaje oscuro hasta High Holborn. Se unió a la retahíla de vehículos y peatones que se desplazaban hacia el este, rumbo al corazón financiero de la ciudad. Para él se trataba de un abigarrado desfile, mitad procesión fúnebre, mitad pantomima, que revelaba la plenitud y la variedad de la vida en todos sus aspectos…, hasta que la ciudad se lo tragaba. El sonido de pasos en los adoquines se mezclaba con el retumbo de las ruedas de los vehículos y el eco de los cascos de los caballos, y creaba lo que Charles consideraba un sonido exclusivamente urbano. Se trataba de la música del movimiento. A lo lejos se balanceaban gorras, tocados y sombreros; estaba rodeado de levitas moradas, chaquetas verdes, gabanes a rayas, capotes a cuadros, paraguas y enormes y multicolores chales de lana. Charles siempre vestía de negro y, al ser tan anguloso, se asemejaba a un clérigo joven y torpe. El vendedor ambulante de pasteles, que lo conocía de vista, le vendió un pastelillo relleno de carne.

    Formaba parte del gentío. En ocasiones esa situación lo reconfortaba y se consideraba un elemento más de la urdimbre de la vida. En otras sólo servía para reforzar su sensación de fracaso. La mayoría de las veces acicateaba su ambición. Imaginaba los días en los que, desde su cómoda biblioteca o despacho, oiría pasar a la muchedumbre.

    Conocía tan bien el trayecto que apenas se fijó en lo que hacía; fue arrastrado por Snow Hill, Newgate, Cheapside y Cornhill hasta llegar a Leadenhall Street, casi como si lo hubiesen disparado desde un cañón hasta el pórtico con columnas de la East India House. Se trataba de una antigua mansión de ladrillo y piedra, de los tiempos de la reina Ana, reforzada con firmeza por una gran cúpula que arrojaba sombras en la oscura y polvorienta Leadenhall Street. Al pasar junto al portero, Charles le apretó el brazo y murmuró: «Vida campestre vermiculada». El sábado anterior habían hablado del nombre del adorno con forma de gusano que decoraba la unión de la base del edificio con la calle. El portero se llevó la mano a la frente y simuló que, sorprendido, caía de espaldas.

    Charles franqueó el vestíbulo, de modo que el acelerado tamborileo de su calzado provocó sonoros estremecimientos entre las columnas de mármol, y ascendió por la gran escalera ornamental, salvando los escalones de dos en dos.

    En la oficina de dividendos, que era donde trabajaba, había seis empleados. Los escritorios estaban colocados en forma de uve invertida o, según prefería decir, «como el vuelo de una bandada de gansos», cuyo vértice ocupaba el jefe. En el centro de dicha formación se encontraba una mesa larga y baja sobre la que reposaban diversos tomos de contabilidad y registro, encuadernados en piel. Cada escribiente utilizaba una silla de respaldo alto y sobre el escritorio se encontraban la pluma, la tinta y el papel secante. Benjamin Milton se sentaba delante de Charles y Tom Coates lo hacía detrás.

    Benjamin se volvió al oír el arrastre de una silla.

    —Buenos días, Charlie. No había alegría en Inglaterra hasta que naciste.
    —Lo sé, lo sé. Soy una persona ingeniosa y motivo de ingenio para los demás.

    Benjamin era un joven bajo, delgado, apuesto y de pelo oscuro. Charles lo llamaba «Garrick de bolsillo» en honor del difunto actor y director teatral. Al igual que Garrick, Benjamin siempre parecía contento.

    Tom Coates se presentó canturreando la última balada. Siempre estaba enamorado y tenía deudas. Lloraba con desconsuelo durante los romances de obruchas del tres al cuarto y constantemente se burlaba de su sentimentalidad.

    —Quiero mucho a mi madre -comentó-. Me ha tejido estos guantes.

    Charles no se volvió para admirarlos. El jefe, Solomon Jarvis, había abandonado su silla y se disponía a repartir los libros mayores de una y dos columnas. Jarvis, un hombre serio, empleado de la compañía desde hacía cuarenta años, se sentía honrado de ser escribiente en la East India House. Fueran cuales fuesen las ambiciones o aspiraciones que antaño había albergado, todo había quedado en agua de borrajas. No por ello era un desengañado…, se trataba de un hombre serio y solemne, pero no estaba amargado. Era uno de los pocos que llevaban el pelo empolvado y rizado a la vieja usanza; no se sabía muy bien si prefería la moda del reinado anterior por empecinada fidelidad a lo antiguo o al bendito recuerdo de su aspecto de «galán» o «petimetre». Como solía decir Benjamin, parecía «un obelisco viviente». También era adicto al rapé, que retiraba en grandes cantidades de los bolsillos de su anticuado chaleco color de orín. A decir verdad, Charles aseguraba que su cabello estaba cubierto de rapé más que de polvos, pero nunca se atrevió a someter a prueba su teoría.

    —Caballeros, no tardará en llegar el día de los dividendos -informó Jarvis-. ¿Elaboramos los cálculos? ¿Redactamos los documentos?

    Apuntaron los números bajo un fresco de sir James Thornhill, que representaba a la Industria y la Prosperidad recibidas en el golfo de Bengala por tres príncipes indios que llevaban en las manos diversos frutos de la región. A cambio, la Industria ofrecía una azada, mientras que la Prosperidad entregaba una balanza dorada. A Charles lo que más le interesaba de aquel cuadro eran el mar y el paisaje. Cruzaba las manos tras la nuca, contemplaba el techo y recorría con la mirada los azules y verdes lejanos. Imaginaba la rompiente del océano en orillas extrañas y el susurro de la brisa cálida entre los árboles en flor hasta que lo arrancaban del ensueño los arañazos de las plumas de sus compañeros que escribían a su alrededor.

    Trazaba tres ceros bien redondeados al final de un cálculo cuando sonó la campana que indicaba el fin de la jornada laboral. Tom Coates se acercó veloz a su silla e inquirió:

    —Charlie, ¿qué has dicho? ¿Sólo una?

    Benjamin Milton se sumó a ellos, se llevó una mano a la boca e imitó el sonido de un bugle.

    —Eso es -respondió Charles-. Sólo una.

    Los tres jóvenes abandonaron el edificio por Leadenhall Street. Caminaron rápidamente por el adoquinado, con las manos en los bolsillos y los faldones de las levitas negras aleteando a sus espaldas; giraron por Billiter Street, palmearon las ancas de los caballos a medida que los esquivaban y se adentraron en el calor acogedor de la Billiter Inn, donde resultaron rodeados por el suave murmullo de las voces y el olor dulzón de la cerveza negra. Vieron un reservado vacío y lo ocuparon. Benjamin se acercó a la barra. En momentos como ése, Charles se sentía tal cual un personaje histórico. Cada movimiento y ademán que hacía habían sido repetidos sin cesar en el mismo lugar. El suave murmullo y el olor dulzón eran el pasado propiamente dicho, un ayer que lo cubría y lo reclamaba. Todo lo que dijese ya había sido expresado.

    —Lloro ante las cunas y sonrío ante las tumbas. Ben, a tu salud. — Charles cogió la jarra de peltre de manos de su amigo y bebió un generoso trago de cerveza-. Bebo por pura obligación.
    —Desde luego. — Tom Coates alzó su jarra-. Lo haces por pura necesidad, no sientes el menor placer.
    —Brindo por mi destino -declaró Benjamin, y entrechocó su jarra con la de sus amigos.
    —Ay, sí. Las Moiras…, las hermanas. ¡Atropo, te saludamos! — Charles vació su jarra y buscó al camarero con la mirada. Todos lo llamaban «Tío», aunque era un hombre mayor y solemne que todavía vestía pantalón hasta la rodilla y medias de estambre-. Lo mejor de lo mejor, Tío, en cuanto esté libre.
    —Anon, señor, me llamo Anon.
    —Esa frase figurará en su lápida -cuchicheó Charles a sus amigos-. «Anon, señor, me llamo Anon.» Dios lo dejará por imposible.

    Los tres se dedicaron a beber durante más de una hora. Luego serían incapaces de recordar lo que dijeron. Era la experiencia de la charla compartida, el enlace de una voz con otra, la llamada y la respuesta, la confraternización de sentimientos lo que los animaba y tranquilizaba. Charles había olvidado su cita de esa noche con William Ireland. Al final se despidió de sus amigos en la esquina de Moorgate; ellos caminaron hacia el norte, rumbo a Islington, y Charles se dirigió hacia Holborn y su casa.

    De repente, le asestaron un brutal golpe en la nuca.

    —¿Qué tienes? ¡Dame lo que llevas!

    Al oír la voz, Charles se volvió y recibió otro golpe. Trastabilló junto a la pared y notó que alguien le registraba los bolsillos. Le arrancaron el reloj de la leontina y le sustrajeron la bolsa a toda velocidad, casi con impaciencia; enseguida oyó que el ladrón se alejaba y sus pisadas resonaron en los altos muros de Ironmonger Lane. Charles se apoyó en la pared de la esquina, dejó escapar un suspiro y se sentó en los adoquines. Quiso consultar su reloj y recordó que se lo habían arrebatado; se percató de que no tenía nada grave y, de pronto, se sintió muy cansado. Estaba agotado. Se había convertido en uno más de los incontables asaltados que en el mismo sitio, la esquina de Ironmonger Lane con Cheapside, había decidido sentarse en el suelo. Aún percibía el eco de las pisadas que huían de la escena del crimen.


    CAPÍTULO III


    William Ireland estaba con su padre en el comedor situado arriba de la librería. Los acompañaba Rosa Ponting, la compañera de Samuel Ireland.


    —La perca estaba deliciosa -comentó Rosa-. Con la mantequilla ha quedado muy suave. — Rebañó el pan en lo que quedaba de salsa de mantequilla-. Estoy convencida de que lloverá. Sammy, querido, ¿puedes pasarme esa patata? ¿Sabías que las patatas proceden de Perú?

    La mujer vivía en esa casa desde que William tenía memoria; ya había alcanzado la madurez y desarrollado una barbilla adicional, aunque todavía conservaba una actitud jovial. Antaño había sido lo que se conoce como «encantadora» y aún reivindicaba ese título.

    —Nunca adivinaríais quién me abordó esta mañana en la calle. ¡Ni más ni menos que la señorita Morrison! Hacía muchísimo que no la veía. Estoy segura de que llevaba el mismo sombrero de siempre. No me cabe la menor duda. — Ensimismado a causa de algo que lo perturbaba, Samuel Ireland miraba hacia delante y su hijo apenas lograba contener la impaciencia-. Me ha invitado a tomar el té el martes que viene. — Rosa habló con tono desafiante; al fin y al cabo, tenía derecho a hablar…, ¿o no?-. William, tengo la sensación de que deseas abandonar la mesa. Por favor, levántate cuando quieras.

    William miró a su padre, que no se dio por enterado.

    —Padre, ¿puedo irme?
    —¿Cómo dices? Sí, por supuesto, faltaría más.
    —Quiero mostrarte algo.
    —¿De qué se trata?
    —Es una sorpresa. — William abandonó la mesa-. Está en los estantes. — Con esa expresión se refería a la librería de la planta baja, si bien había aprendido que nunca debía mentar esa palabra en presencia de su padre-. Es un regalo, algo que has deseado profundamente.
    —William, el deseo es una bestia. No debemos desear en exceso.
    —Supongo que este regalo te resultará aceptable.
    —¿Se trata de un libro? — Samuel Ireland miró a Rosa Ponting, que no se interesaba nunca por esas cuestiones, y musitó-: Rosa, te dejo con la patata.

    Siguió a su hijo por la sencilla escalera de pino que separaba la librería de la casa.

    William retiró el pergamino de uno de los estantes, lo abrió sobre el mostrador de madera y lo contempló con intenso deleite.

    —Padre, ¿ya sabes de qué se trata?

    Samuel Ireland tocó el papel con la yema de los dedos.

    —Es una escritura. A ojo de buen cubero, diría que de la época de Jacobo I.
    —Padre, estúdiala con más atención.
    —En concreto, ¿qué es lo que quieres que vea?
    —Es posible que los testigos te interesen.

    Samuel Ireland sacó las gafas de leer del bolsillo de la chaqueta.

    —No, no puede ser.
    —Pero lo es.
    —¿Dónde la has encontrado?
    —En la tienda de antigüedades próxima a Grosvenor Square. Estaba enrollada con otras escrituras. Al desatar la cinta, ésta cayó al suelo y en cuanto la recogí reparé en la firma.
    —¿Cuánto te costó? — inquirió Samuel Ireland a toda velocidad.
    —Un chelín.
    —A eso llamo yo un chelín bien gastado.
    —Padre, la escritura es tuya. Te la regalo.
    —Se trata de algo con lo que he soñado toda mi vida. — Se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo-. El nombre y la caligrafía de William Shakespeare… Es el documento más extraordinario que he visto en mi vida.
    —¿No albergas dudas sobre su autoría?
    —Absolutamente ninguna. He visto el testamento de Shakespeare en la biblioteca de la Rolls Chapel. ¿Te has fijado en el trazo extendido en la cola de la pe y el rabo añadido como para que parezca que dice «per»? ¿Has visto la ka imperfecta y la e con la curva invertida? El documento es auténtico.


    ***

    —Tenlo en consideración en su totalidad -había dicho Samuel Ireland a su hijo un día que se pusieron a conversar después del desayuno-. Es nuestro verdadero padre. Chaucer es el progenitor de nuestra poesía y Shakespeare el de nuestras tablas. Nadie se enamoró de verdad antes de Romeo y Julieta. Nadie comprendió los celos antes de Otelo. Hamlet también es un gran original. — Abandonó la silla y se acercó a la repisa de la chimenea del comedor, donde reposaba un pequeño busto de Shakespeare tallado en madera de moral. Lo había comprado hacía seis meses en Stratford-upon-Avon-. Lamentablemente, las personas sin cultivar de su época no llegaron a comprender su genialidad. Las obras completas sólo se publicaron después de su muerte y los textos están tan corruptos, que muchos fragmentos carecen de sentido. Algunas obras han desaparecido.
    —¿Han desaparecido? ¿Dónde están?
    —Como diría el bardo, en el inmenso pasado y abismo de los tiempos. Cardenio, Vortigern, Trabajos de amor conseguidos…, todas han desaparecido.

    Algunas noches, después de la cena, Samuel Ireland leía textos de Shakespeare a su hijo. William todavía evocaba la sensación de la bruma o de la lluvia que caía al otro lado de la ventana salediza del escaparate de la librería. Su padre se sentaba tras él, con la lámpara de aceite sobre la mesa, por lo que la sombra de su cabeza se reflejaba en el libro abierto mientras recitaba las palabras:

    —«Cuando el moribundo se acerca al trance final, suele reanimarse, y a esto lo llaman el último destello.» Will, ¿qué te parece? ¡En mi opinión, es magnífico!
    —A menudo se refiere a los relámpagos. Ese verso está en Romeo y Julieta…

    Su padre ya no escuchaba porque buscaba otro pasaje con el que impresionarlo. Le encantaba recitar los dramas. Estaba convencido de que tenía una voz potente que, con frecuencia, a William le resultaba más bien hueca e insegura.

    Según había dicho el propio Samuel Ireland, una vez habían viajado a Stratford «en pos del bardo». William sabía que su padre acogía de buena gana la más mínima oportunidad de alejarse de casa; en su separación transitoria de la librería y de la presencia vigilante de Rosa Ponting, Samuel Ireland ocupaba una posición más distinguida en el mundo. Un viajero de la diligencia de Stratford se había atrevido a preguntarle a qué oficio se dedicaba. Samuel le había clavado la mirada y finalmente había respondido: «Señor, me dedico al oficio de vivir».

    Habían pasado la noche en la Swan Inn de Stratford y a la mañana siguiente habían visitado al señor Hart, el carnicero descendiente de Shakespeare por línea materna y que todavía vivía en Henley Street, en la casa del propio poeta y dramaturgo. El erudito Edmond Malone había entregado una carta de presentación a Samuel Ireland. En el exterior de la vieja morada se leía en un letrero: «William Shakespeare nació en esta casa. Atención: se alquilan un caballo y un carro con los impuestos pagados».

    Cuando entraron en el estrecho pasillo de la casa, Hart había dicho:

    —Señor, es todo un honor.
    —Señor, el honor es mío, el honor de conocer a un miembro de la familia en esta morada. Le presento a mi hijo William.

    William estrechó la mano del carnicero, que era firme y estaba calentita, y la imaginó alrededor del pescuezo de una liebre o un pollo. Ralph Hart era un hombre bajo, calvo y de piel muy blanca.

    —Señor Ireland, no poseo dotes literarias. Sólo soy un simple comerciante.
    —De un oficio honroso. — Samuel Ireland estuvo muy elegante-. ¿Acaso el padre del bardo no era carnicero?
    —Todavía se discute. Hay quienes dicen que confeccionaba guantes. De todas maneras, poseía ganado. Pasen a la sala, a la que algunos llaman salón. — William pensó que Hart era un hombre sereno y decidido y llegó a la conclusión de que dirigía un próspero negocio-. ¿Les apetece una taza de té? No estoy casado, pero cuento con una competente criada.
    —Señor, estoy seguro de que se trata de una mujer de valor incalculable.

    William Ireland experimentó extrañísimas sensaciones al entrar en la casa en la que se suponía que había nacido William Shakespeare, detenerse en una estancia que habría recorrido miles de veces y ver en la cara del carnicero algunas facciones de la ilustre familia. Lo más misterioso fue que una vez en su interior no percibió nada, no experimentó una presencia conocida y le pareció una situación carente de encanto. Lo achacó a su ineptitud. Con toda seguridad, una persona más sensible habría florecido en esa atmósfera evocadora. Un espíritu más sutil se habría conmovido, como si oyese un trompetazo. Él no reparó en nada, ya que la casa le pareció vacía.

    —Señor Ireland, ¿está al tanto de los últimos descubrimientos? El testamento del padre estaba escondido tras una viga del tejado de esta casa. Apareció en el desván, donde guardo mis viejas bateas.

    William miró hacia arriba y reparó en los ganchos para colgar las piezas de carne que aún había en las vigas transversales del salón.

    —Se refiere al testamento papista de John Shakespeare, ¿no? — Samuel Ireland bajó ligeramente la voz al pronunciar la palabra «papista».
    —Desde luego.
    —En ese caso, es probable que existan algunas dudas, ¿no es verdad, señor Hart? ¿Cabe la posibilidad de que lo haya falsificado un fanático?
    —Nuestro amigo, el señor Malone, considera que es auténtico. Se publicará en la Gentleman's Magazine.

    William notó un ligero rubor en el carnicero y preguntó a su progenitor:

    —Padre, ¿por qué habría de ser una falsificación?
    —William, hay quienes prefieren reivindicar como suyo al padre del bardo.
    —Me temo que soy demasiado simple. — Ralph Hart ofreció otra taza de té a los visitantes-. Creo en lo que veo.

    William Ireland rió.

    —Pues yo veo lo que creo -añadió.

    El joven se percató de que su padre lo observaba con extrañeza. Había metido la pata y se avergonzó. Haría lo que hiciera falta con tal de satisfacer a su padre. Experimentó la sensación de que, en algún sentido, lo había decepcionado y que debía compensarlo. No sabía con qué lo había desilusionado. Más bien se trataba de un fracaso general. Trabajaba en el negocio de su padre y lo había acompañado en varias expediciones librescas. En varias ocasiones había descubierto que su padre lo miraba sorprendido, tal como había hecho en el salón de la casa del señor Hart, como si acabara de descubrir que formaba parte de aquel hogar. William Ireland no había conocido a su madre. En cierta ocasión, Samuel le explicó que había muerto cuando era muy pequeño, pero no añadió nada más. Se trataba de un tema que no abordaban. Hacía muchos años que Rosa Porting compartía el lecho de su padre, pero William no la trataba con afecto ni intimidad. Reservaba todo el cariño para su padre.


    ***

    —Padre, ¿el documento es genuino? ¿Es auténtico?

    Estudiaban el pequeño pergamino y contemplaban la firma garabateada.

    —Se trata de una auténtica escritura de la época. No cabe la menor duda.
    —En ese caso, si estás convencido, te ruego que la aceptes como el regalo de un hijo a su padre.
    —Will, ¿no quieres nada a cambio? Coge la llave y retira el libro que más te apetezca.
    —No, padre. No aceptaré nada porque, si lo hiciera, mancillaría la pureza del regalo.
    —Que quede claro que no está a la venta. — A William ni se le había pasado por la cabeza la idea de vender el documento-. Deberías volver a la tienda de antigüedades, rebuscar en los rincones y evocar sus misterios.

    Oyeron a Rosa Ponting bajar la escalera.

    —Muchachos, ¿qué estáis tramando? Estoy segura de que seré la última en enterarme.

    La mujer tenía por costumbre considerar que Samuel Ireland todavía era un «muchacho».

    El librero la miró con desconfianza cuando entró en el local.

    —Querida, no tramamos nada.

    William no soportaba verla entre los libros y los pergaminos.

    —Padre, debo entregar Pandosto antes de que se haga demasiado tarde.

    El joven ya había explicado a su padre la compra realizada por Charles Lamb.

    —William, ¿dejas la casa a estas horas? — preguntó Rosa, y se tocó la nariz-. Espero que esa mujer merezca tanto esfuerzo.

    El joven había envuelto el volumen en áspero papel de estraza; en ese momento lo retiró del estante y lo cogió como si le sirviera de escudo para defenderse de Rosa, abandonó la librería a toda velocidad y dio las buenas noches sin dirigirse a nadie en particular.


    ***

    Laystall Street estaba bastante cerca de la librería de Holborn Passage, por lo que pocos minutos después Mary Lamb le abrió la puerta.

    —Tengo una cita con el señor Lamb. — William pensó que se había expresado con demasiado ímpetu y retrocedió un paso-. Le ruego que disculpe mi entrometimiento.
    —¿Se refiere a Charles? No está en casa.

    La cara de la muchacha permanecía en sombras, ya que la lámpara de aceite estaba encendida a sus espaldas, pero William se sintió atraído por la dulzura de su voz.

    —Le traigo un libro. — De manera impulsiva el joven se lo ofreció-. Lo compró esta mañana.
    —¿Qué libro es?
    —Pandosto.
    —¿Se refiere al Pandosto de Greene? Por favor, pase. — William titubeó en el umbral-. Mis padres me acompañan en el salón.

    El joven la siguió por el pasillo y reparó en el brillante tono broncíneo de su melena alborotada. Llegaron a una estancia pequeña y demasiado caldeada y William advirtió que un matrimonio mayor lo miraba con expresión de sorpresa. El hombre comía una tostada y tenía el mentón manchado de mantequilla.

    —Me llamo Ireland, William Henry Ireland -se presentó.

    El matrimonio no dijo nada y lo observó boquiabierto, como si acabase de llegar del Sahara o de las inmensidades antárticas.

    —Papá, el señor Ireland ha traído un libro para Charles.

    El señor Lamb lo saludó moviendo la tostada y rió. La señora Lamb no se mostró tan encantada. Le desagradaban las sorpresas, sobre todo si se trataba de un joven pelirrojo que se presentaba con libros a las ocho de la noche.

    —Señor Ireland, Charles no se encuentra en casa. Está ocupado.
    —A pesar de todo, me pidió que trajera este libro.
    —Déjeme verlo -solicitó Mary, quien cogió el paquete y lo abrió.
    —Señorita, la clave está en la inscripción.

    Mary abrió el libro por el frontispicio y repitió mudamente las palabras. En ese instante, William reparó en las cicatrices que surcaban su rostro, ya que la luz de la vela resaltó los hoyuelos y los surcos de sus mejillas. El joven desvió la mirada y fingió que estudiaba las miniaturas y los camafeos colgados en las paredes de la pequeña estancia.

    —Vaya, señor Ireland, se trata de un tesoro. Mamá, en el pasado este libro fue propiedad de William Shakespeare.
    —Mary, eso ocurrió hace mucho tiempo. — Así fue como William se enteró de que la muchacha se llamaba Mary-. Me gustaría saber por qué tu hermano compra cosas como ésta cuando apenas tiene dinero para adquirir unas botas -se lamentó la señora Lamb antes de volverse hacia la tostada que estaba a punto de quemarse.
    —Señor Ireland, ¿mi hermano se comprometió a pagarle esta noche?

    Mary habló con tono bajo para que su madre no la oyese y durante unos segundos se creó la complicidad entre ellos.

    —No es mucho…
    —¿Cuánto?
    —Sólo dejó a deber dos guineas, ya que ha abonado una.
    —Señor Ireland, ¿me disculpa un momento?

    Cuando Mary abandonó la estancia, la señora Lamb observó con más detalle a William.

    —Señor Ireland, ¿Charles le ha comprado este libro? Por favor, señor Lamb, regresa junto al fuego.

    El señor Lamb se había acercado a William y le limpiaba el polvo y algunos restos que llevaba en la chaqueta.

    —No es exactamente así. — Distraído por las atenciones del señor Lamb, William titubeó-. Acordamos…
    —En ese caso, le agradeceré que al salir se lo lleve de nuevo.
    —¡Claro que no! — Mary entró apresuradamente-. Mamá, se trata de un libro sagrado. Shakespeare en persona pasó sus páginas. Señor Ireland, ¿le apetece acompañarnos un rato? — Mary se acercó al joven y depositó en su mano dos monedas de una guinea-. ¿Quiere tomar algo?
    —Estoy segura de que el señor Ireland tiene cosas más importantes a las que dedicar su tiempo.

    Aunque la señora Lamb no tenía por costumbre ser hospitalaria, las estentóreas carcajadas de su marido parecieron inclinar la balanza en su contra.

    —Mamá, en el salón hay oporto y el señor Ireland es nuestro invitado.

    William ya no podía dejar de quedarse y, por si eso fuera poco, una extraña tranquilidad lo embargaba en presencia de Mary. Percibió que ésta se hallaba al margen de las convenciones. También era la hermana de Charles Lamb, acaso otra vía para llegar a conocerlo.

    —Charles fue muy hábil al encontrar el libro. Pensándolo bien, debería decir que lo fue al dar con usted.
    —Suele pasar por allí a menudo. — En varias ocasiones había visto que Charles examinaba los volúmenes expuestos en el escaparate-. Esta mañana entró por primera vez.
    —¡Entonces usted trabaja en la librería de Holborn Passage! Charles suele hablar de ella. No se imagina cuánto lo envidio por estar entre libros. Mamá, el señor Ireland posee una librería.
    —Mi padre es el dueño…
    —¿El negocio es próspero? — De pronto la señora Lamb se mostró interesada.
    —Prosperar es tomar esposa.
    —¡Venga, señor Lamb, ya está bien! ¿Se trata de una vieja empresa?
    —Hace muchos años que mi padre creó el negocio.

    Mary Lamb volvió las páginas de Pandosto, se dirigió a William y comentó:

    —Éste es un libro para las frías noches de invierno.
    —Exacto, señorita Lamb, sobre todo cuando el mundo queda excluido.

    Mary permaneció cabizbaja.

    —Quizá se trata del mismo libro que el poeta leyó antes de escribir Cuento de invierno.
    —Lo leyó como un niño contempla la playa en busca de conchas bonitas.

    Asombrada, Mary levantó la cabeza.

    —¿Shakespeare siempre le ha gustado?
    —Claro que sí. Solía recitarlo incluso de pequeño. Me enseñó mi padre.

    William evocó las noches en las que se encaramaba a una mesa y con voz clara y serena interpretaba los monólogos de Hamlet y de Lear. Los amigos de Samuel Ireland lo habían considerado una especie de niño prodigio.

    —Charles y yo también interpretábamos esos papeles. — Mientras sus padres se ocupaban del fuego casi apagado, Mary le contó que con su hermano representaban a Beatriz y Benedicto, de Mucho ruido y pocas nueces; a Rosalinda y Orlando, de Como gustéis, y a Ofelia y Hamlet. Conocían los textos de memoria e incorporaban los actos y actitudes que consideraban apropiados a los personajes. En el papel de Ofelia, Mary se daba la vuelta y lloraba; en tanto Hamlet, Charles daba pataditas en el suelo y fruncía el entrecejo. Para Mary, esas escenas eran más reales y serias que cuanto acontecía en su día a día-. Creo que, para Charles, más bien formaban parte de un juego. Me temo que he hablado demasiado.
    —En absoluto. Lo que dice me interesa sobremanera. Señorita Lamb, quizá le agrade saber que he encontrado su firma.
    —¿Qué quiere decir?
    —Me refiero a la rúbrica de Shakespeare. Se trata de una vieja escritura del reinado de Jacobo. Mi padre la ha autentificado.
    —¿Tiene la certeza de que se trata de su letra?
    —No cabe la menor duda. — William se dio cuenta de que las cicatrices de su rostro eran un tono más claras que su piel sana-. La encontré en una tienda de antigüedades de Grosvenor Square.
    —Poseer semejante tesoro…
    —Con frecuencia he pensado que en algún lugar tiene que existir un depósito con los papeles de Shakespeare. El contenido de su estudio y de su biblioteca ha desaparecido y no figura en su testamento, pero su familia tuvo que haberlo venerado.
    —Por descontado.
    —Ellos lo debieron conservar.
    —¿En Stratford?
    —Señorita Lamb, ¿quién sabe dónde?

    William tuvo la sensación de que entre ambos se creaba cierta intimidad. No supo de dónde había surgido; fue como si hubiese descendido sobre ellos. El padre de Mary comenzó a cantar una vieja canción.

    —A menudo me he preguntado cómo era Shakespeare…, quiero decir en vida -añadió Mary con voz tan alta como se atrevió a emplear.
    —Sin duda estaba muy sano.
    —Eso es incuestionable, gozaba de excelente salud.
    —Supongo que fue un hombre abierto, generoso y honrado.
    —Caminaba con paso vivo y no había fuerza capaz de retenerlo.
    —Desde luego. Lo llevaba dentro de sí… -William elevó el tono de voz, pero enseguida se amilanó-. Señorita Lamb, como acaba de sugerir, él no era un vulgar mortal.

    De repente, William tuvo la sensación de que la estancia se hacía más pequeña y se sintió muy próximo a Mary, a sus padres e incluso a las miniaturas colgadas de las paredes.

    —Por otro lado, comprendió con claridad lo que significa ser una persona corriente, ¿no le parece, señor Ireland?
    —Lo comprendió todo.
    —En sus obras aparecen seres normales y corrientes como amas, presos y ciudadanos, seres corrientes hasta la genialidad. — William reparó en la soledad de Mary incluso mientras ésta hablaba; estaba imbuida de tanto fervor porque sin duda no lo manifestaba a menudo-. Piense en el ama de Julieta. Es la esencia de todas las amas que han existido y existirán.
    —Para no hablar del portero de Macbeth.
    —Sí, claro, lo había olvidado. Deberíamos hacer una lista de los personajes corrientes de Shakespeare. — Ese «deberíamos» le resultó conocido y Mary se dirigió de inmediato a su madre-: Mamá, ¿dónde se ha metido Charles?
    —Supongo que donde no debería estar.

    La mujer retomó la costura con un satisfactorio suspiro de disgusto. Su marido dormitaba junto al fuego mortecino.

    —Señor Ireland, ¿puedo tocar para usted? Así le demostraré una cosa. — Mary se acercó al pequeño piano colocado en el hueco contiguo a la chimenea y levantó la tapa. Cuando la música comenzó a sonar, pareció que sus dedos apenas rozaban las teclas, si bien las notas de Clementi inundaron el salón. Siguió tocando durante un minuto y por último se volvió hacia William-. ¿No le parece bonita esta música? Es elevada, pero carece de significado concreto. Es lo mismo que pienso de Shakespeare. Es estrictamente expresivo. Emplea el blanco y el negro, y eso es todo.

    El joven Ireland se dio cuenta de que, si en ese momento se le hubiesen llenado los ojos de lágrimas, no habría sabido a qué se debía.

    —Por favor, toque un poco más.

    La música se elevó por encima de los padres de Mary sin despertar la menor reacción, pero a William lo entusiasmó. En la librería no había instrumentos de música, por lo que sólo conocía las tonadas de los alegres parques y las tabernas. Eso era algo totalmente distinto y procedía de otra esfera; además, confirmó sus percepciones sobre Mary.

    En ese instante, llamaron a la puerta. Mary abandonó el piano a toda velocidad y se dirigió a la entrada. El señor Lamb se despertó y preguntó a su esposa:

    —¿Cuántos sacos quedan por llevar al molino?

    De pronto William se sintió como un desconocido, con la sensación de haberse convertido en una visita inoportuna. Oyó voces en la entrada.

    —Querida, he perdido las llaves.
    —¿Qué te ha pasado?
    —Me atizaron.
    —¿Te atizaron?
    —El muy canalla me quitó el reloj y puso pies en polvorosa. Mírame la cabeza. ¿Todavía sangro?

    La señora Lamb miró con turbación a William y abandonó el sillón.

    —Charles, ¿qué te ha pasado?
    —Nada, mamá, me han asaltado. — Charles se adentró en la estancia y a William le pareció que gastaba una expresión triunfal-. ¡Vaya, señor Ireland! Lo había olvidado. Estoy encantado de volver a verlo. Como ha podido comprobar, me he retrasado.
    —Charles, ¿estás herido?
    —No, mamá, creo que no. Mary, ¿has visto el libro?
    —Charles, ¿qué te han quitado?
    —El reloj, mamá, nada más.

    Mary se acercó a su madre y comentó:

    —No ha sido nada. Charles está bien. Tranquilízate. — La acompañó al sillón-. No lo han herido, sólo ha desaparecido su reloj.

    El señor Lamb dormitaba de nuevo.

    Charles se sentó junto a William.

    —Estuve cenando con unos amigos. De lo contrario, habría recordado nuestra cita. Después pasó lo que pasó. — Existía la posibilidad de que su tono denotase cierta condescendencia.
    —Señor Lamb, no se preocupe. Sus padres y su hermana han sido muy hospitalarios. Escuchamos música. ¿Está seguro de que se encuentra en perfectas condiciones?

    Con un ademán Charles restó importancia a la pregunta.

    —¿Ha dicho música? No sabe la suerte que ha tenido. Vaya, éste es el libro. — Charles cambió de tema y cogió el ejemplar de Pandosto, que Mary había dejado en la mesilla auxiliar.
    —El mismo.
    —¿Me permite?
    —Ahora es suyo. Su hermana ha pagado lo que faltaba.
    —¿Cómo lo hizo?
    —No tengo ni la menor idea.
    —Pues yo sí. Una tía abuela le ha legado una modesta renta vitalicia. La cobra en el West Lothian Bank de Seething Lane. Es un lugar hermoso.
    —Charles, has tenido mucha suerte. — Mary había tranquilizado a su madre y se reunió con los hombres-. Podrían haberte hecho daño.
    —Mary, en las calles de Londres la fortuna siempre me acompaña. Disfruto de una vida encantadora en la ciudad.
    —Señor Ireland, ¿piensa que mi hermano está en su sano juicio?
    —Si su experiencia ha sido ésa… A otros les resulta más ardua.


    ***

    Hacía varios meses, William había ido a caminar por la orilla del Támesis, justo debajo del Strand; eran las tres de la madrugada y había marea alta. A menudo iba a esa hora para disfrutar del sonido y el discurrir del agua con la marea creciente. Le generaba esperanzas. Junto a la orilla había visto a un hombre que se quitó las botas y el pantalón. Sus intenciones eran inequívocas.

    —¡Aguarde un momento! — De forma instintiva William se acercó corriendo al desconocido-. ¡Espere!

    Era joven, tenía más o menos la edad de William. Temblaba de frío. Masculló algo que William casi no entendió; le pareció un pasaje del Nuevo Testamento, pero no estuvo del todo seguro. Ireland cogió al joven del brazo, pero éste se apartó con brusquedad y anunció:

    —Eche un buen vistazo a mi cara porque no volverá a verla.

    Dio la impresión de que el desconocido saltaba hacia atrás. Cayó al agua y flotó unos segundos; mientras flotaba sonrió a William. Desapareció enseguida. Por debajo de la superficie apacible, la poderosa corriente de la marea del Támesis lo absorbió. Fue tan súbito y fácil que William experimentó el extraño deseo de hacer lo mismo.


    ***

    William volvió a recordar aquella sensación mientras estaba en compañía de Charles y Mary Lamb en Laystall Street.

    —Me he quedado más tiempo del que corresponde -reconoció William, y se puso en pie-. Sin duda, mi padre me está esperando.
    —¿Volverá? — preguntó Mary, y se volvió hacia su hermano-. El señor Ireland ha prometido que me mostrará más papeles de Shakespeare, escritos de su puño y letra.

    William se retiró en silencio, para no despertar al señor Lamb, y se detuvo con Charles en la puerta.

    —¿Con quién se enfrentó? ¿Con un pilluelo?
    —No llegué a verlo.

    Como si estuviera muy cansado, Charles se apoyó en la puerta.

    —¿Había bebido?
    —Me temo que sí.
    —Señor Lamb, debería ser más cuidadoso. — William reparó en que estaba representando el papel de Mary-. De noche las calles no son seguras.
    —Señor Ireland, siempre que pienso en la noche me acuerdo de los gatos en los patios.


    CAPÍTULO IV


    Tres semanas después de los acontecimientos de esa noche, Mary Lamb decidió internarse por Holborn Passage. Desde aquel encuentro, con frecuencia se había imaginado a William Ireland entre los libros, y en su mente se había convertido en una figura de cierto interés. Los amigos de Charles eran demasiado ruidosos y hablaban hasta por los codos. William se mostraba más sensible. Poseía un mayor refinamiento de espíritu o, al menos, eso era lo que la joven suponía. Se le aceleró la respiración cuando se acercó a la librería y leyó el letrero que colgaba sobre la puerta: «Samuel Ireland, librero». Pasó junto a la ventana salediza y había decidido seguir deprisa su camino cuando del interior llegó una estentórea carcajada semejante a un bramido. Se detuvo, se volvió y observó cómo un hombre mayor palmeaba la espalda de William en presencia de un tercero. William reparó en su presencia, como si la estuviera esperando, y se dirigió con diligencia a la puerta.


    —Señorita Lamb, ¿por qué no entra? Nos ha encontrado por casualidad.

    Casi contra su voluntad, Mary se vio obligada a entrar en la librería; no le gustaba reunirse con gente a la que no conocía. Reconoció a Samuel Ireland por el parecido con su hijo y, en medio de un arrebato de desconcierto, acabó por estrechar la mano del anciano caballero, que aún no había abandonado su expresión risueña.

    Samuel se dirigió a ella:

    —Señorita Lamb, encantado de conocerla. Por lo que veo, el señor Malone ya se ha presentado. A buen seguro, está enterada de su erudición. Señorita Lamb, le garantizo que hemos encontrado una joya.
    —Padre, es algo más precioso que cualquier joya.
    —Fíjese en esto. — Samuel Ireland sostuvo un disco de lacre rojo, con los bordes ligeramente descoloridos-. Es su sello.
    —Es su estratagema -acotó el anciano.
    —Es lo que nos ha explicado, señor Malone. — Samuel Ireland todavía sonreía a Mary, pero a la joven no le dijo nada su actitud triunfal-. Si fuera tan amable, estaría muy bien que repitiese las explicaciones.

    Acercó el sello a Mary para que lo estudiase y Malone acortó distancias a fin de explicarle los detalles. La muchacha reparó en la acidez de su aliento de viejo.

    —Esto es el estafermo. — Mary vio un palo colgado de una barra, con un saquillo en un extremo-. Se trata de un instrumento de justas y torneos que da vueltas. El jinete cabalgaba hasta el estafermo y lo golpeaba con la lanza o el instrumento lo golpeaba. ¿Comprende el significado y la importancia del sello? Lo siento, pero no he oído su nombre. «Shake» y «spear», literalmente «sacudir» y «alancear», como el estafermo. Fíjese en esto. Aquí están las iniciales.

    En la base del sello Mary distinguió una uve doble y una ese corrientes. En ese momento comprendió el regocijo y el buen humor de los presentes.

    —Es probable que lo utilizase para la correspondencia -comentó William- y para documentos de teatro. El señor Malone ha tenido la amabilidad de identificarlo. Es el autor de un índice de las obras de teatro de Shakespeare.

    Malone vestía chaleco de seda de color verde brillante, del que extrajo una pequeña libreta de papel encuadernado. Se volvió hacia el padre de William y afirmó:

    —Necesitamos algo más que el objeto propiamente dicho. Señor Ireland, necesitamos la fons et origo.
    —¿Cómo dice, señor?
    —Me refiero a la procedencia, al origen.

    Samuel Ireland miró a su hijo y Mary reparó en que William negaba de inmediato con la cabeza.

    —Señor Malone, no tenemos derecho a…
    —¿Se trata de un cliente?
    —No estoy autorizado a responder.
    —En ese caso, lo siento mucho. Es imprescindible conocer la fuente de los tesoros.

    Samuel Ireland no hizo caso del comentario de Malone y cogió a Mary del brazo.

    —Señorita Lamb, ¿ha visto la escritura?
    —¿Qué escritura?
    —Padre, me he limitado a mencionar su existencia.
    —Con eso no es suficiente. La señorita Lamb debería verla. William me ha dicho que admira usted todo lo que tiene que ver con Shakespeare.
    —Desde luego. Lo admiro profundamente.
    —Pues aquí tiene. — Mary se sobresaltó al percatarse de que el padre de William se parecía lejanamente a un buhonero. No era así como había imaginado a la familia del muchacho-. Señorita Lamb, ésta es la pieza auténtica. — Extendió un rollo de papel vitela y, con gran delicadeza, lo acarició con el índice-. Es de primera calidad.
    —Lo he analizado a conciencia -informó Malone. Mary se dijo que la boca del anciano volvía a acercarse con peligro-. Es la misma letra. No me cabe la menor duda.

    A falta de algo mejor, Mary replicó:

    —Estoy muy satisfecha.

    William reparó en la turbación de la joven.

    —Señorita Lamb, ¿me permite acompañarla durante una parte del camino?
    —Sí, por supuesto.

    Tras una apresurada despedida, William la condujo hacia el frescor reconfortante de Holborn Passage.

    —Lamento haberla puesto nerviosa -se disculpó William-. Mi padre y el señor Malone se dejaron llevar por el entusiasmo.
    —Señor Ireland, no es necesario que se disculpe. El entusiasmo no tiene nada de malo. Lo que ocurre es que noto la falta de aire.

    Pasaron en silencio junto al tenderete del fabricante de flores artificiales, que siempre se instalaba en la esquina de Holborn Passage con King Street.

    —Señorita Lamb, tengo que hacerle una confesión.
    —¿A mí?
    —Le conté que la escritura procede de una tienda de antigüedades de Grosvenor Square, pero no es así. Procede de la misma persona que me dio el sello.
    —No comprendo…
    —¿No comprende qué tiene que ver con usted? Evidentemente, nada, pero no puedo ser más explícito.
    —No. Lo que quería decir es por qué esa persona se desprendió de objetos tan valiosos.
    —Señorita Lamb, ¿me permite contarle una historia? Hace un mes estaba en la cafetería de Maiden Lane. ¿Sabe a cuál me refiero? Tiene una magnífica barra de caoba francesa. Llevaba conmigo una vieja edición en tinta negra, más dificultosa de leer que las demás, de Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, que acababa de comprar a un cliente de Long Acre. Volvía las páginas cuando oí una voz que se dirigió con claridad a mí: "Señor, ¿conoce las virtudes de los libros?".

    »Se trataba de una mujer madura que ocupaba la mesa situada a mis espaldas. Vestía de negro de la cabeza a los pies, incluidos la toca, el chal y el paraguas. No es habitual que una mujer vaya sola a una cafetería, ni siquiera en Maiden Lane, por lo que me sentí algo inquieto. Estaba claro que no era una mujer pública. Señorita Lamb, le ruego que disculpe mi falta de delicadeza, pero su edad y aspecto demostraban de forma incuestionable que no lo era. Llegué a la conclusión de que estaba ebria o había perdido la cabeza. "Señora, ¿de qué virtudes habla?"
    «"¿Entiende de estas cosas? Me refiero a papeles, libros y otros artículos de ese tipo."
    »"Se trata de mi profesión."
    »"No confío en los abogados." Reparé en que bebía una infusión de sasafrás, brebaje que me desagrada profundamente. "Como seguramente ha notado, soy viuda."
    »"Lo siento."
    »"No hay de qué lamentarse. Era una bestia, pero me dejó muchos papeles." Como es lógico, me mostré interesado. "No tengo habilidad para manejar papeles y necesito ayuda." Pensé de nuevo que tal vez se trataba de una de esas ilusas que a menudo rondan por las calles de Londres, si bien mostraba cierto cuidado y firmeza que apuntaban a lo contrario. "Señor, es posible que le resulte extraño que me dirija a usted en estos términos pero, como ya he explicado, siento aversión por los abogados, los picapleitos y otros de su misma calaña. Durante las últimas semanas me he dicho que, si por casualidad me topo con una persona hábil para estudiar y descifrar papeles, me abalanzaré sobre ella." Al oír esas palabras esbocé una sonrisa. "Compréndalo, señor, no estoy acostumbraba a pronunciar floridos discursos. ¿Será tan amable de decirme su apellido?" La viuda abrió su bolso de seda negra y percibí con claridad un perfume de violetas. "¿No le parece un aroma maravilloso? No tengo tarjeta, salvo la de mi marido, pero la dirección es la misma." Vi que su marido, Valentine Strafford, había sido importador de té y que vivía en una buena zona…, en Great Titchfield Street, en la parroquia de Marylebone. Le dije mi nombre y me comprometí a visitarla. Es lo que exige la urbanidad.
    »Tres días después, de camino a un encuadernador de Clipstone Street, por casualidad pasé delante de su casa. Señorita Lamb, ¿conoce el barrio? No es antiguo, pero resulta interesante. Entonces no me proponía visitarla, aunque debo reconocer que esa mujer me había dejado muy intrigado. Miré por una ventana de la planta baja y vi montones de papeles y rollos de manuscritos encima de una mesa larga. También había archivos y cajas, así como otros documentos atados con cintas y lazos. Por lo tanto, había dicho la verdad sobre los papeles de su marido. Sin titubear, de manera instintiva subí los escalones y llamé. Me sorprendí cuando la viuda en persona abrió la puerta. "Señor Ireland, estaba segura de que vendría. Lo estaba esperando."
    »La viuda me condujo a la habitación de la planta baja, donde guardaba los papeles. En el fondo había un jardín largo y estrecho, con una de esas construcciones decorativas pero inútiles que representan un estanque de piedra. Se han puesto de moda. "Señora Strafford, no sé si podré ayudarla."
    »"Déjese de tonterías." Cuando entró vi cómo abría desmesuradamente los ojos. "Estas cosas le encantan." Me ofreció una infusión de sasafrás, que rechacé. Era evidente que el negocio de su marido la traía sin cuidado. "Quede claro que su trabajo será remunerado."
    »"Quiero echar un vistazo antes de hablar de pagos."
    »"Es posible que los papeles no le interesen."
    »"También podrían interesarme mucho. Ante todo tengo que consultarlos."
    »Así fue como me puse manos a la obra. Se trataba de una colección interesante. Contenía registros de pagos de la abadía de Bermondsey, fechados en el siglo xiii, y fragmentos de un registro de propiedad del xvi, procedente de la parroquia devoniana de Morebath. Espero no aburrirla. También guardaba un mapa del litoral entre Gravesend y Cliffe; aunque la fecha no era legible, por la caligrafía deduje que procedía de mediados del siglo xvii. Está claro que no pude establecer cómo habían llegado esos papeles a manos del marido. Hallé un largo inventario de artículos firmado por el interventor de impuestos de la aduana de Londres y fechado en el año decimotercio del reinado de Ricardo II, así como varias hojas con divisas y emblemas heráldicos. Me pareció una colección elaborada al azar, pero tan curiosa que me aguijoneó y despertó mi afán de aventuras.
    »Fue entonces cuando encontré una escritura, recientemente certificada por el notario y sellada con el distintivo lacre verde de la oficina del gobernador de Londres. Mi padre me había mostrado varios ejemplos y me quedó claro que no se trataba de una antigüedad. Aludía a una propiedad de Knightrider Street y en el documento constaba con precisión que hacía sólo dos años que Strafford había adquirido una morada por doscientas treinta y cinco libras. Salí al pasillo y llamé a la señora Strafford, que bajó enseguida de la primera planta.
    »"Señor Ireland, ¿ha encontrado algo que merezca la pena?"
    »"Señora Strafford, me parece que sí. Quiero mostrarle un documento. ¿Lo había visto con anterioridad?"
    »"No, nunca."
    »"En ese caso, le informo de que posee usted otra casa."
    »"Mi marido jamás la mencionó. ¿En qué estaría pensando? ¿Ha dicho en Knightrider Street? Queda cerca de Saint Paul, ¿no? Estoy segura de que no es una finca barata." La viuda me lanzó una mirada interrogativa, pero yo no entiendo nada de esas cosas. "Deberíamos visitarla sin más dilaciones."
    »Alquilamos un tílburi cubierto. Personalmente prefiero el cabriolé. Los tílburis huelen a paja húmeda y a paraguas mojados, ¿no le parece? De todas maneras, no había disponibles más vehículos. Durante un rato estuvimos retenidos en Holborn, ya que unos caballos habían mutilado a un niño, y luego nos dirigimos al este hasta Knightrider Street. Señorita Lamb, ¿conoce esa calle? Se curva como la pared de un anfiteatro romano.
    »La señora Strafford se apeó del tílburi sin darme tiempo a pagar la carrera y era tal su impaciencia que pasó de largo ante la puerta que correspondía. La llamé y permanecimos juntos en medio de la calle. La tarde era oscura y tras la ventana brillaba una vela. Nos llevamos una sorpresa mayúscula. A mí me habría parecido maravilloso que el presuntamente difunto señor Strafford viviese allí y, a juzgar por su expresión de horror, a la señora Strafford se le había ocurrido lo mismo. Enseguida se armó de valor y subió los escalones que conducían a la puerta. Llamó con los nudillos y entonces me di cuenta de que no llevaba guantes. Qué extraño, ¿no le parece? En ese momento, una mano anónima retiró la vela. Aguardamos con creciente impaciencia hasta que abrió la puerta una anciana que parecía encorvada a causa de una espantosa enfermedad. "No hay nadie", espetó.
    »Me llevé una gran sorpresa cuando la señora Strafford pasó sin más junto a la anciana y gritó: "¡Baja! ¡Baja de una buena vez!".
    »"El señor Strafford ya no viene por aquí."
    »"¿Cómo dice?" La señora Strafford estaba a punto de subir la escalera, pero se volvió.
    »"Hace como mínimo ocho meses que no se presenta. Los últimos dos meses nadie me ha pagado."
    »"¿Usted es el ama de llaves?"
    »"Lo era, pero no me han pagado."
    »"De eso nos ocuparemos enseguida." En ese momento me percaté de que la señora Strafford no era una mujer remolona. "¿Cuánto le debía mi marido?"
    »Si la repentina aparición de la señora Strafford la sorprendió, la anciana no lo demostró. "Sesenta chelines. Me pagaba siete con seis por semana."
    »"Supongo que acepta billetes." La viuda sacó del bolso tres billetes de una libra. "Valen tanto como el metal."
    »Las mujeres siguieron conversando, pero yo sentía curiosidad por averiguar qué había tras las puertas de esa vieja casa. Señorita Lamb, por si no lo sabe tengo debilidad por las pruebas del pasado. Más allá de la escalera divisé un trastero; en cuanto entré, reparé en el ligero olor a papeles viejos, para mí tan refrescante como el de las hierbas y las plantas. ¿Qué representa la dulzura de las flores comparada con el aroma del polvo y el encierro? En un rincón había un voluminoso buró de madera. Lo abrí y encontré montones de documentos doblados, atados o en hojas individuales.
    »De repente la señora Strafford apareció a mis espaldas. "¿Qué hay aquí? ¿Más papeles? Dios mío, mi esposo estaba hasta el cuello de papeles."
    »"Es posible que la casa esté repleta de documentos. ¿Qué puedo hacer…?"
    »"¿Qué puede hacer con ellos? Señor Ireland, quédeselos. Usted ha encontrado la casa y puede quedarse con los papeles que contiene."
    »Reflexioné unos instantes y, a través de una ventana mugrienta, contemplé el patiecillo empedrado. "No, no sería justo. Planteémoslo de otra manera. Si encuentro algo de valor para mí, pero no para usted, puedo quedármelo."
    »"De acuerdo."
    »"¿Así de simple?"
    »"No resulta difícil dar lo que jamás he poseído. Señor Ireland, aquí tiene las llaves del ama. Venderé la casa en cuanto termine su trabajo."
    »A la mañana siguiente regresé a Knightrider Street y di a mi padre la excusa de que tenía que examinar la biblioteca de un caballero de Bow Lane. Ya le he explicado mi deseo de que esta historia se convirtiese en una aventura. Comencé por la planta superior y registré con minuciosidad cada estancia. En su mayor parte, la casa carecía de muebles, salvo el cuartucho que la anciana ama de llaves había ocupado, pero sí había varios cofres y cajas en los que hallé más documentos. En ese momento tuve claro que el señor Strafford había sido un empedernido y apasionado coleccionista de manuscritos. Encontré registros de defunciones, papeles teatrales escritos en largos rollos, correspondencia diplomática y hasta varios folios de una Biblia iluminada. Señorita Lamb, le ruego que me diga si la aburro. La segunda mañana descubrí la escritura con la firma de William Shakespeare. Me refiero a la escritura que mi padre acaba de mostrarle. Al principio no reparé en la rúbrica y aparté el documento a un lado, junto con otros. Sin duda algo debió llamar mi atención. Quizá no fue más que la proximidad de la uve doble, la ese y la hache. Repasé la página y una hora después la llevé a la librería. Era el regalo perfecto para mi padre. Ayer mismo encontré el sello.

    —¿La mujer está enterada de la existencia del sello? — Mary había escuchado la narración sumida en el silencio, pero ahora sentía mucha curiosidad.
    —¿La señora Strafford? Claro que sí pero, de todas maneras, no lo valora. Shakespeare no le interesa para nada. Carece de nuestro…, carece de nuestro entusiasmo.
    —A su marido no le ocurría lo mismo.
    —Todavía no sé si coleccionaba esos objetos de forma deliberada o al tuntún. Quedan muchas cajas y cajones por examinar. Me sentí obligado a hablar a mi padre de los papeles de Strafford, pero no he entrado en detalles. Lo conozco y sé que sería indiscreto.
    —No se imagina cuánto lo envidio.
    —Señorita Lamb, ¿por qué?

    Hasta entonces nadie se había dirigido a William en esos términos:

    —Porque tiene una finalidad, un propósito.
    —Yo no le daría tanta importancia.
    —Pues yo, sí.
    —En ese caso, podría compartir este…, podría compartir este propósito con usted.
    —¿De qué manera?
    —La haré partícipe de mis descubrimientos. Así satisfarán a mi padre y también a usted.
    —¿Está dispuesto a hacerlo?
    —Por supuesto. Lo haré voluntariamente y de buena gana. Quede claro que puede contárselo a su hermano.


    ***

    Habían paseado hasta Catton Street y parecían poco dispuestos a separarse. Por consiguiente, Mary volvió a caminar con él por High Holborn. Tal y como ella se había confesado, sentía un peculiar interés por ese joven, pero era incapaz de explicar los motivos de esta atracción. También percibió el detalle de que William no tenía madre, aunque no habría podido explicar el porqué; quizá fue la intensidad del joven lo que le indicó cierto desasosiego interior. Más tarde comentó a su hermano que William tenía una «mirada solitaria» y Charles rió ante esa muestra de sentimentalismo. De todos modos, para Mary se trató de una descripción exacta.

    —La soledad no está lejos de la sensibilidad -comentó su hermano.
    —Charles, estoy hablando en serio. — El color encendió las mejillas de Mary-. El señor Ireland necesita protección.
    —¿De qué hay que protegerlo?
    —No estoy segura. Al parecer, libra una batalla con el mundo. Se considera la parte perjudicada y no dejará de plantarle cara.


    CAPÍTULO V


    Tras despedirse de Mary Lamb en la esquina de High Holborn y verla fundirse con la gente, William Ireland regresó a la librería. Allí encontró solo a su padre. Samuel Ireland deambulaba de un extremo a otro y se oía el roce de sus zapatos de charol en el suelo de tablas de madera.


    —El señor Malone te envía saludos. Se fue porque tenía una cita con el oculista.
    —Se le notaba satisfecho, ¿no?
    —Estaba encantado más allá de todo lo imaginable. — Samuel Ireland caminó hasta el final de la tienda antes de volverse hacia su hijo-. ¿Cuándo verás de nuevo a tu mecenas?

    William no había sido tan explícito con su padre como con Mary Lamb; apenas si le había contado que había encontrado la escritura de una casa en la biblioteca de una anciana dama que, a su vez, lo había autorizado a quedarse con ciertos artículos que para ella carecían de interés. En lo que a la mecenas se refería, sólo se trataba de «simples papeles». También le había comentado que prestó juramento solemne de que jamás revelaría su nombre. William sabía de la grandilocuencia y propensión de su padre a la elaboración de tramas extravagantes. Por ejemplo, fue a raíz de un impulso repentino que su padre había llamado a Edmond Malone.

    —Le dije que la visitaría dentro de unos días.
    —¿Unos días? ¿Sabes lo que tenemos aquí?
    —Un sello.
    —Es una mina, una mina de oro. ¿Sabes el precio que estos objetos alcanzarían en subasta?
    —Padre, ni se me ha ocurrido planteármelo.
    —Supongo que tu mecenas no lo sabe porque, de estar al tanto, no los pondría sin más a tu disposición. ¿Sería mejor que dijera «tu benefactora»? — William se negó a considerar si el tono de su padre era irónico-. Está por encima de esas cuestiones, ¿no?
    —Solamente se trata de un regalo. Ya te expliqué que encontré una escritura en la casa de su difunto marido…
    —¿Estos papeles carecen de valor económico para ti? — Samuel Ireland volvió a deambular por la librería. William tuvo claro que su padre se hallaba preso de una energía o vigor extraño que no intentó disimular-. William, quiero preguntarte una cosa. ¿Posees acaso la capacidad de progresar y de triunfar en esta vida?

    Más que una pregunta era un desafío.

    —Eso espero. Supongo que sí.
    —De ser así, aprovecha la oportunidad que se te presenta. Estoy seguro de que habrá más papeles shakespearianos. Encontrar en el mismo lugar una escritura y un sello va más allá de la mera coincidencia. William, debes buscarlos. — Dio la espalda a su hijo a fin de acomodar los libros de una estantería-. Tu mecenas no tiene por qué enterarse. Los venderemos en privado.

    William reparó en que un pelo cano colgaba de la espalda de la chaqueta de su padre y refrenó el deseo de quitarlo.

    —Padre, no es posible venderlos.
    —¿No es posible?
    —No me beneficiaré de la generosidad de esa mujer.

    Su padre hizo un esfuerzo notorio por erguirse.

    —¿No estás dispuesto a tomar en consideración mis opiniones… ni mis sentimientos sobre este asunto?
    —Claro que sí, siempre estoy dispuesto a hacer caso de tus consejos, padre, pero lo que acabo de decir se trata de uno de mis principios.
    —Eres demasiado joven para hablar de principios. — Samuel Ireland seguía de espaldas-. ¿Crees que tus principios te permitirán acceder a una vida mejor?
    —No me conducirán a otra peor.
    —¿Estás dispuesto a trabajar en una tienda hasta el fin de tus días? — Aunque se volvió, el señor Ireland no miró a su hijo. Se acercó al mostrador y lo recorrió con la palma de la mano-. ¿No tienes más ambición que la de ser un tendero? — William guardó silencio, con lo cual obligó a su padre a retomar la palabra-. Si cuando salí al mundo hubiera contado con una benefactora, con una mecenas como la tuya, lo habría aprovechado.
    —¿En qué te habrías aprovechado?
    —Lo habría aprovechado para escalar.
    —Padre, ¿cómo pretendes que consiga algo así?
    —Guardando dinero en el banco. — Sólo en ese momento el señor Ireland miró a su hijo-. ¿Tienes idea de lo que es la pobreza? Llegué al mundo con los bolsillos vacíos. Tuve que pelear para ganarme el pan. Asistí a la escuela gratuita de Monmouth Street. Bueno, ya te lo he contado. — A decir verdad, no era la primera vez que William oía la historia de su padre-. Mendigué y pedí prestado un puñado de chelines para montar un tenderete en la calle. Prosperé muy despacio, pero prosperé. Lo sabes perfectamente.
    —Lo sé.
    —¿También sabes emularlo? ¿Sabes por dónde empezar?

    Samuel Ireland subió poco a poco la escalera y, como si se hubiese quedado sin resuello, hizo un alto en un peldaño.

    William esperó a que su padre se internase en la habitación de la planta alta; entonces, se acercó al sello rojo de Shakespeare, lo cogió y rompió a llorar.


    ***

    Tres días después, William entró en la librería silbando Dulce Julie y subió a la carrera hasta el comedor. Rosa Ponting y su padre estaban sentados junto al fuego de carbón y elaboraban la lista de conocidos a los que, de manera rentable y útil, podían enviar como presente navideño la botella de una bebida preparada con leche y cerveza.

    —Cummings es demasiado viejo -argüía Rosa-. Se le derramará.
    —Padre, te traigo un regalo. — Del bolsillo interior de su chaqueta, William extrajo una hoja de desteñido papel vitela-. Se trata de un regalo para todas las épocas. — Samuel Ireland abandonó presuroso la silla y agarró el papel con impaciencia-. Se trata de su testamento.
    —¿Me estás hablando de un testamento, no de una última voluntad?
    —Sin el menor atisbo de dudas. ¿No recuerdas que me dijiste una vez que murió papista?

    Samuel Ireland se acercó a la mesa y desenrolló el documento.

    —Se trataba de una sospecha, nada más.


    ***

    Habían debatido la cuestión durante su reciente visita a Stratford. Tras dejar la casa natal, donde habían tomado el té con el señor Hart, caminaron por Henley Street en dirección al río. Evaluaron el testamento de John Shakespeare, escondido tras una viga del tejado, y se preguntaron si el hijo habría seguido las convicciones religiosas de su padre. Samuel Ireland llevaba un bastón coronado con una piedra preciosa, con el cual golpeaba el suelo a fin de resaltar sus palabras.

    —Existió una obra de teatro sobre el papista Tomás Moro y se atribuyó a Shakespeare, pero se trata de una cuestión bastarda.
    —¿Una cuestión bastarda? Padre, ¿qué es eso?

    Se miraron unos segundos y Samuel golpeó un adoquín con el bastón.

    —No es nada, una simple expresión. Quiere decir que no forma parte del canon.

    William miró hacia delante y ni siquiera reparó en la pequeña piara de cochinillas que atravesaban Henley Street.

    —De todas maneras, se trata de una expresión interesante: una cuestión bastarda.
    —William, algunas frases se emplean demasiado a la ligera. La erudición no es exacta. ¿Has visto esas pequeñas criaturas?
    —¿De modo que los eruditos pueden equivocarse?
    —Dan demasiada importancia a las fuentes, a los orígenes. En vez de estudiar la maravillosa sublimidad de los versos del bardo, los eruditos van a la caza de los originales que Shakespeare pudo copiar. Se trata de un falso saber.
    —Hay quienes dicen que, en realidad, Shakespeare lo copió todo.
    —Ésa es, ni más ni menos, la conjetura a la que me refiero. Me parece absurda y disparatada. Él fue un ser magnífico y original.
    —¿Estás diciendo que carecía de orígenes?
    —William, ¿por qué no lo dejamos en que los orígenes carecen de importancia?
    —Me alegra oírtelo decir. — El joven se percató de que, durante unos segundos, su padre lo observaba con una mirada penetrante-. Shakespeare es único.


    ***

    Samuel Ireland seguía estudiando el pergamino extendido en la mesa del comedor.

    —Padre, el testamento demuestra que no era papista. ¿Has entendido lo que dice el texto?
    —Aquí pone algo según lo cual encomienda su alma a Jesucristo.
    —No aparecen María ni los santos. No hay supersticiones ni intolerancia.

    Samuel Ireland se frotó los ojos con un gesto que tuvo mucho de nervioso.

    —William, ¿no existe la menor confusión?
    —Padre, mira la firma. Es idéntica a la de la escritura.

    Rosa Ponting seguía analizando la lista de las personas a las que enviaría la bebida como regalo navideño.

    —Sammy, es una pérdida de tiempo. Si tu hijo no tiene intención de vender, ¿para qué sirven esas cosas?


    ***

    Una fría noche de la semana siguiente, Samuel y William Ireland estaban invitados a la biblioteca de la Church House contigua a Saint Mildred, en Fetter Lane. Al llegar fueron recibidos por los doctores Parr y Warburton, que iban vestidos de la misma forma, de negro clerical, medias y puñetas blancas y pelucas grises empolvadas.

    —Encantado -saludó el doctor Parr.
    —Es un placer inconmensurable -añadió el doctor Warburton.

    Ambos hicieron una elegante reverencia.

    —El señor Malone ha escrito al arzobispo.
    —El arzobispo no cabe en sí de alegría.

    William quedó tan desconcertado ante los ancianos clérigos que se sintió obligado a mirar hacia otro lado. Se concentró en un grabado de Abraham e Isaac, rodeado de un grueso marco negro.

    —Es una gran alegría saber que nuestro primer poeta ha quedado al margen de toda sospecha de papismo.

    El joven también reparó en que los eclesiásticos olían a naranjas podridas.

    —¿Compartirán un amontillado con nosotros? — inquirió el doctor Parr.
    —El más seco de los secos.

    El doctor Warburton tocó la campanilla y un niño negro, que también vestía de negro, con puñetas blancas y peluca gris, se presentó con una bandeja de plata con cuatro vasos y un decantador. El doctor Parr sirvió amontillado y propuso un brindis por el «genial bardo».

    Samuel Ireland extrajo del portafolios el documento que, hacía una semana, William le había entregado con actitud triunfal.

    —Señor, ¿entiende la caligrafía isabelina?
    —La conozco de toda la vida.
    —En ese caso, la lectura del testamento no le causará dificultades.

    El doctor Parr cogió el papel vitela y lo pasó a su colega. De un modo ritual con el que era evidente que disfrutaba, el doctor Warburton se calzó las gafas y leyó en voz alta:

    —«Oh, Señor, perdona nuestros pecados y cuídanos como la dulce ave que, al amparo de sus alas extendidas, recibe a sus polluelos, se cierne sobre ellos y los mantiene…», ¿qué significa esto?

    Entregó el documento al doctor Parr.

    —«Sanos», Warburton.
    —«…y los mantiene sanos y salvos. Manteneos sano y salvo, soberano Jacobo divinamente nombrado». Parr, es extraordinario. Estaba de acuerdo con nuestra iglesia anglicana. La imagen del ave es impresionante.

    William se acercó a una ventana y miró hacia Fetter Lane. En la pared, bajo un olmo, se podía leer en una placa: «Aquí se contuvo el gran incendio de Londres». Entre la ventana y los estantes de la biblioteca colgaba un tapiz que representaba a «Jesús entre los doctores del templo». Algunos hilos sobresalían de los lados del tapiz e, impulsivamente, el joven los arrancó y se los guardó en el bolsillo. Se dio la vuelta y reparó en que el criado negro lo había visto; el muchacho meneó la cabeza y sonrió. Como los demás estaban muy concentrados en el examen del testamento de Shakespeare, William se acercó hasta él y comentó:

    —Es un recuerdo, un recuerdo de este lugar.

    El muchacho tenía los ojos grandes y la mirada temblorosa. Daba la impresión de que observaba a William como si estuviese bajo el agua.

    —Señor, no es asunto mío.

    William quedó sorprendido por la pureza de su dicción. El chico podría haber sido inglés. El único contacto de William con un negro había sido con el barrendero del cruce de London Stone, que prácticamente era incapaz de articular palabra.

    —¿Cuánto hace que trabajas aquí?
    —Señor, desde que era muy pequeño. Me trajeron desde el otro lado del océano y aquí me redimieron.

    El joven Ireland no estuvo muy seguro de a qué se refería al decir «redimir», pero notó cierta connotación de deuda o adquisición. Por otro lado, podía significar, lisa y llanamente, que lo habían bautizado.


    ***

    Alice, la madre de Joseph, había embarcado junto a su pequeño en una nave que zarpaba de Barbados con un cargamento de caña de azúcar; Alice acababa de convertirse en la querida del capitán y le había suplicado que su hijo realizase con ellos la travesía hasta Inglaterra. Entonces Joseph contaba seis años. Cuando llegaron al puerto de Londres, el capitán llevó a madre e hijo a la Misión Evangélica para hombres de mar, situada en Wapping High Street, y les pidió que lo esperasen allí. Pasaron la noche entera sentados en los escalones. Por la mañana, Alice rogó a Joseph que esperase al capitán mientras ella iba a buscar alimentos. Jamás regresó. Mejor dicho, todavía no había vuelto siete horas después, cuando Hannah Carlyle encontró al chiquillo negro acurrucado junto a la puerta de la misión. «Por Dios, ¿qué es esto?», preguntó la mujer sin dirigirse a nadie en concreto. El crío sólo conocía la jerga autóctona de su país y la señora Carlyle no entendió su respuesta. «Bendita sea tu lengua pagana», añadió la mujer. «Tienes la piel negra y el alma blanca. La Providencia te ha enviado con algún propósito.»

    La piel del niño despertó pocos comentarios entre los críos blancos e ilegítimos del barrio, hijos de marineros que vivían como salvajes en los callejones próximos al río y en los almacenes de los muelles. Se trataba de un mundo extraño donde Joseph tuvo la sensación de que el mar entraba en Londres. El viento era como la brisa marítima y los pájaros como las aves marinas. Las maromas, los palos, los barriles y las tablazones le hicieron creer que se encontraba como en un barco varado en tierra.

    Al final, Hannah Carlyle se llevó de Wapping a Joseph y lo entregó a su prima, el ama de llaves de la Church House de Fetter Lane. Así fue como el chiquillo se crió en compañía de Parr y Warburton; los doctores le enseñaron inglés y de ellos adquirió aquella dicción ligeramente anticuada que tanto había sorprendido a William Ireland. Los eclesiásticos también se turnaron para meterse en su cama. El doctor Parr le chupaba el miembro y se masturbaba, mientras que el doctor Warburton se limitaba a acariciarlo antes de dejar escapar un suspiro y regresar a su habitación.


    ***

    —Señor, quizá le interese saber que me llamo Shakespeare, Joseph Shakespeare.

    William no pudo disimular su sonrisa.

    —¿Cómo es eso posible?
    —Señor, era el apellido que se daba a los esclavos infortunados. Se trataba de una broma.

    El doctor Parr leía en voz alta otro fragmento del testamento:

    —«Nuestros pobres y débiles pensamientos se elevan hasta alcanzar la cumbre y luego, como los copos de nieve en los árboles sin hojas, caen y se deslizan hasta que dejan de existir.» -Se secó los labios con un pañuelo blanco que guardaba bajo la puñeta-. Debería leerse desde todos los pulpitos de Inglaterra.

    William se acercó a los mayores y, con el pretexto de preguntar la hora, susurró al oído, de su padre:

    —Esto no se considerará un asunto bastardo.
    —En los oficios religiosos leemos excelentes fragmentos -aseguró Warburton-. Nuestras letanías están cargadas de belleza, pero este hombre se ha distanciado de todos nosotros. La composición en su totalidad transmite sentimientos auténticos.
    —¿Es el estilo de Shakespeare? — inquirió William.
    —No me cabe la menor duda. El mundo debe conocer este texto.
    —Me propongo escribir un artículo sobre el tema para la Gentleman's Magazine -aseguró Samuel.

    Su hijo lo miró anonadado.

    Bebieron más amontillado y volvieron a brindar por «el bardo» antes de que los doctores Parr y Warburton acompañasen a sus visitantes hasta la puerta de la Church House.

    —Ha sido un gran privilegio tocar el papel en el que Shakespeare escribió -reconoció Parr.
    —Señor Ireland, ha sido un honor. — Warburton miró Fetter Lane abajo, como si esperase la llegada de un ejército invasor-. Ha supuesto una gran alegría.

    Mientras cruzaban Fetter Lane, William agarró del brazo a su padre y le soltó:

    —No sabía que te proponías escribir un artículo.
    —¿Qué tiene de malo?
    —Padre, tendrías que haberme informado.
    —¿Desde cuándo un padre tiene que pedir permiso a su hijo? ¿Es eso lo que estás diciendo?
    —Tendrías que haberme consultado.
    —¿Consultarte? ¿Qué es lo que hay que consultar? Como ha dicho el simpático Warburton, debemos dar la buena nueva al mundo.

    A decir verdad, William pretendía escribir un artículo sobre el tema. Desde el día en el que había mostrado la primera rúbrica a su padre, el joven albergaba la ambición de redactar ensayos biográficos sobre Shakespeare, el tema que se convertiría en su clave para publicar.

    —Padre, quizá también hay otros que quieren escribir acerca de ello.
    —Nadie más conoce el tema tan a fondo como nosotros. Vaya, supongo que no te refieres a ti mismo, ¿eh?

    William se ruborizó.

    —Tengo tantos motivos como tú.
    —Eres un muchacho, William, todavía careces de aptitudes para la composición.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Sensus communis. Por sentido común. Te conozco.

    De repente, William se encolerizó muchísimo:

    —¡No le habrías dicho lo mismo al joven Milton ni a Pope! Chatterton tenía mi edad cuando murió.
    —Milton y Pope poseían auténtico genio. Seguramente no creerás que…
    —Está claro que no lo he heredado, es harto evidente.

    Durante el resto de la velada no se dirigieron la palabra.


    ***

    La semana anterior, Samuel Ireland había escrito a Philip Dawson, el director de la Gentleman's Magazine.

    Dawson era un hombre de negocios astuto, discreto y sensato, pero cuando leyó la carta de Ireland echó la cabeza hacia atrás, lanzó un silbido y declaró:

    —Esto es todo un descubrimiento. Doy mi palabra de que lo es.

    Se dirigió al armario y sacó una botella de soda. Bebía únicamente soda porque, como siempre afirmaba, así su mente se mantenía clara y transparente. Los conocidos lo apodaban «Soda» y con ese mote firmaba las cartas más personales. No obstante, se había limitado a firmar como «Dawson» su respuesta a Samuel Ireland, en la que le solicitaba que lo visitase.


    ***

    Mientras se dirigía a las oficinas de la Gentleman 's Magazine, en Saint John's Gate de Clerkenwell, Samuel Ireland experimentó durante unos instantes el malestar de su hijo. En cuanto William le mostró los primeros papeles, Samuel imaginó en el acto los beneficios que obtendría. Conocía a varios eruditos y coleccionistas dispuestos a pagar más que una módica suma por cualquier rúbrica o escritura. No tenía demasiada importancia que William se negase a venderlos; Samuel estaba seguro de que, con el paso de las semanas y los meses, lo convencería. Un hijo suyo jamás desecharía la posibilidad de alzarse con beneficios económicos. A medida que se encaminaba hacia Saint John's Gate, lo que más lo preocupaba era la seriedad de su tarea. Estaba a punto de revelar al público inglés una serie de artículos shakespearianos desconocidos y hasta entonces ocultos. A renglón seguido, Samuel Ireland se convertiría en tema polémico. Ya se había preguntado cómo lo definirían: ¿librero, comerciante o dueño de una tienda? ¿Cual era la mejor manera de comportarse en presencia de eruditos y hombres de letras?


    ***

    Philip Dawson estaba sentado ante el escritorio, en el extremo de una habitación larga y de techos bajos; se encontraba encima de la casa del guarda y el tejado se apoyaba en grandes vigas de madera del siglo xv. En cuanto vio a Samuel Ireland, Dawson se puso de pie y acortó distancias; enseguida reparó en el corte elegante de la chaqueta del visitante, en su tez rubicunda, la boca de labios carnosos y los ojos de mirada penetrante e inquisitiva.

    —Señor Ireland, ha producido una maravilla -comentó Dawson tras la presentación formal y sin dejar de mirarlo de manera franca.
    —Señor Dawson, desde luego que se trata de una maravilla. ¿Puedo beber un vaso de agua antes de que hablemos? — Ireland tenía la boca seca.
    —¿Le va bien un vaso de soda?
    —Perfecto. — Bebió a grandes sorbos y no pudo reprimir un eructo cuando dejó el vaso sobre el escritorio-. Le pido mil disculpas.
    —Les ocurre a muchos invitados. La soda remueve las entrañas.
    —Y tanto. Supongo que ha leído mi carta.
    —Señor Ireland, ahora lo único que necesito es la prueba, el documento propiamente dicho.
    —Gracias a una feliz coincidencia… -Samuel se agachó sobre el portafolios y extrajo el testamento de William Shakespeare que, por razones de seguridad, había envuelto con un pañuelo de hilo y guardado en un sobre.

    Dawson lo cogió y lo examinó con sumo cuidado.

    —Es extraordinario.
    —Es realmente extraordinario.
    —Resulta obvio que los sentimientos son ortodoxos.
    —Lo cual representa un gran consuelo. Señor Dawson, si nuestro bardo hubiese sido puritano o papista…
    —Habría arrojado una extraña luz sobre sus dramas.
    —Habría resultado inquietante.
    —La cuestión está en saber si lo considerarán auténtico.

    Samuel Ireland se llevó una soberana sorpresa. Había dado por supuesto la autenticidad de los documentos. ¿Existía algún motivo por el cual la benefactora de William los hubiese podido falsificar?

    —Señor, le garantizo que su procedencia es incuestionable. De eso puede estar seguro.
    —Me alegro pero, de todas maneras, necesitamos un paleógrafo.
    —Lo siento, pero no entiendo lo que quiere decir.

    Samuel Ireland jamás había oído esa palabra.

    —Un paleógrafo, un intérprete de antiguas caligrafías.
    —El señor Edmond Malone ya ha verificado la firma.
    —Malone es erudito, pero no paleógrafo. ¿Me permite un momento? — Dawson se sentó ante el escritorio y escribió con rapidez una tarjeta-. ¡Jane! — En la puerta apareció una joven que sostenía una bandeja de madera con tipos de metal-. ¿Puedes llevar esta tarjeta al señor Baker? Ya sabes dónde vive.

    Jane despertó el interés de Samuel Ireland. Llevaba el pelo oscuro pegado al rostro ovalado, según el estilo conocido como «marroquí», y le recordó aquel cuadro de lady Keppel, que colgaba en Somerset House.

    —El señor Baker es toda una autoridad en caligrafías del siglo xvi -apostilló Dawson-. En la tarjeta le pido que venga a vernos. ¿Le apetece más soda?

    Ireland aceptó y la bebió de un trago.


    ***

    —Señor Baker, es usted rápido.

    Jonathan Baker era un hombre bajo, fornido y su expresión denotaba un completo hastío. Tenía las comisuras de los labios caídas y los párpados pesados. A Samuel Ireland le recordó a Pantalone, el personaje de la ópera bufa. Baker se presentó en la oficina ataviado con un sombrero con visera de una época imposible de precisar.

    —Señor Dawson, le garantizo que cuando usted me llama, salgo volando. — Su voz era aflautada, casi juguetona-. ¿Me permite ver el documento? — Ni siquiera había mirado a Samuel Ireland, como si hasta el mero saludo pudiese perjudicar su análisis. Cogió el testamento y lo analizó a la luz que se colaba por la ventana-. El papel es de buena calidad, la marca de agua corresponde a la época y la tinta es excelente. Fíjese cómo se ha difuminado en la trama. — Había olvidado que todavía llevaba la cabeza cubierta, por lo que se disculpó y se quitó el sombrero-. Es una buena caligrafía del siglo dieciséis. En el pasado he estudiado la rúbrica de Shakespeare…
    —Señor, ¿dónde la ha estudiado?
    —Señor Dawson, su testamento se encuentra en la Rolls Chapel, bajo cristal, eso sí, pero la he estudiado a fondo. — Sacó del bolsillo una tira de papel-. La he trazado con un micromemnonígrafo de mi propia invención. — En la tira de papel figuraban diversas líneas y números-. Como ve, tengo mi personal método caligráfico, basado en principios exactos.

    Su tono de voz era tan animado y elegante que, en principio, Samuel Ireland no comprendió muy bien lo que decía, aunque comenzó a sentirse incómodo a medida que Baker estudiaba la firma del testamento. ¿Y si ese hombre sospechaba que se trataba de una falsificación?

    Baker examinó el testamento, prácticamente rozó el papel vitela con la nariz y, de vez en cuando, dejó escapar alguna que otra exclamación.

    —Hay varias anormalidades -decretó por último-. De todos modos, se producen en determinadas circunstancias. En conjunto, me inclino por creer que el documento es auténtico. Felicitaciones, señor. — Miró a Ireland por primera vez-. Supongo que es usted quien lo ha traído aquí.
    —Ese honor me pertenece.
    —En ese caso, ha realizado un gran servicio.


    ***

    Cuando le refirió la escena a su hijo, Samuel Ireland imitó los actos de Dawson y Baker: la forma en la que Baker se había inclinado, en la que Dawson había esgrimido una botella de soda en el aire y en la que Jane había gritado «¡hurra!» desde la puerta. Al principio, William se mostró horrorizado cuando su padre mencionó la llegada del paleógrafo. ¿Qué derecho tenía el mentado Dawson a recabar la participación de un desconocido? También había reído a mandíbula batiente cuando su padre le comunicó la verificación del documento.

    —Padre, ¿acaso esperabas otra cosa? — preguntó William-. ¿Quién se atrevería a dudar de ti?

    William abandonó por un instante la estancia. Lo embargaba un regocijo tan intenso que no quería que nadie lo viese.


    CAPÍTULO VI


    —¿Qué significa «la madre»? — Era el primer día de primavera. Charles Lamb estaba con Tom Coates y Benjamin Milton en la Billiter Inn-. No sé dónde leí que Julio César sufría «la madre». No tengo ni la más remota idea de lo que quiere decir.


    —Ben, ¿has tenido la madre? ¡Caramba! — preguntó Tom, que bebía Stingo y no pudo evitar estornudar sobre la manga.

    Benjamin le palmeó la espalda.

    —Mi querido amigo, que Dios te bendiga. Charles, me has dejado de piedra. Sin duda recuerdas que «la madre» aparece en El rey Lear. Se trata de la «pasión histérica». En pleno frenesí, el útero asciende cada vez más y acaba por ahogar el corazón. El útero representa la madre.
    —Pero los hombres no tienen útero.
    —Tienen entrañas, ¿no? También sangran.
    —Mi madre está siempre histérica. — Tom terminó su bebida y levantó el brazo para indicar que quería más-. Llora cada vez que se le escapa un punto.
    —Las pasiones crean humores corporales. — Benjamin estaba empeñado en seguir la concatenación de sus pensamientos en medio de los efluvios del alcohol-. Los vapores inferiores suben hasta el cerebro. Eso es la histeria.

    Charles pensó en su hermana.


    ***

    Una semana antes, Mary estaba en la cocina y preparaba riñones para la cena.

    —Nunca entenderé por qué hay quienes insisten en preparar los riñones sazonados con mucho picante -protestó la señora Lamb, que se había sentado junto a su hija-. ¿Qué tiene de malo freírlos?

    Mary lanzó un grito de dolor. Se había rebanado la yema del pulgar y la sangre goteaba sobre la tabla de picar. Charles la había estado contemplando mientras cortaba los riñones, mejor dicho, la había mirado de un modo ocioso porque no tenía nada mejor que hacer, por lo que habría jurado que se había lastimado aposta. Con movimientos serenos, Mary había pasado el filo del riñón al pulgar. La señora Lamb chilló al ver la sangre y se puso de pie de un salto. Estaba a punto de coger la mano de su hija cuando ésta se apartó, abrió un cajón y retiró un paño de hilo. Se vendó con rapidez el dedo y miró a Charles. Su hermano tuvo la sensación de que su expresión era de triunfo.

    Más tarde Mary había entrado en la habitación de Charles con el pretexto de que necesitaba que le tradujese una frase difícil de Lucrecio. Se sentó al pie de la cama y declaró:

    —Charles, por si no lo sabes, debo abandonar esta casa.
    —Querida, ¿por qué lo dices?
    —¿No te das cuenta? Me está matando. — Charles se quedó anonadado. Mary reparó en su sorpresa y se echó a llorar. El joven se inclinó hacia su hermana, pero no la tocó. Ella dejó de llorar con la misma presteza con la que había empezado y se enjugó las lágrimas con el vendaje que le rodeaba el pulgar-. Charles, lo digo totalmente en serio. Debo marcharme o me voy a volver loca.
    —¿Qué harás? ¿Adónde irás?
    —Eso no tiene importancia.

    Hasta entonces Mary no le había revelado sus sentimientos; Charles quedó conmocionado y alterado. No supo qué responder. Se planteó la posibilidad de que Mary estuviese dispuesta a dejarlo, a abandonarlo, pero la descartó de inmediato. Era impensable. No consiguió entrever el origen de la cólera y la frustración de su hermana. Había dado por sentado que vivía satisfecha, casi plácida, en compañía de sus padres y con el consuelo del entorno conocido. Disponía de tiempo para leer y coser. ¿Acaso no había afirmado siempre que aguardaba deseosa las conversaciones que sostenían al final del día? Charles no estaba dispuesto a tomarse en serio esa amenaza. Se limitó a preguntar:

    —¿Qué será de papá?

    Mary lo miró con los ojos desorbitados y abandonó la alcoba. Charles oyó sus pasos en la escalera, así como la apertura y el cierre de la puerta de entrada. Mary salió sin chal ni sombrero.


    ***

    Aunque la noche era apacible, un fuerte viento recorría las calles. Mary Lamb no tenía rumbo ni propósito: necesitaba escapar para tomar aire. Recorrió deprisa el adoquinado. Vio que una rata se colaba por una tubería de agua, pero no se sobresaltó. El mundo era así. A causa de la fuerza del viento, restos de mondas de naranja y de periódicos se deslizaban sobre los adoquines; como no lo llevaba recogido, su cabello se le arremolinó alrededor del cuello y la frente. Pensó que parecía una bruja, una arpía nocturna. Se dijo que estaba condenada. Echó a correr y giró en una esquina penumbrosa. Su prisa era tal que chocó con alguien.

    —¿Señorita Lamb?

    Al principio Mary no lo reconoció.

    —¡Vaya, señor Ireland! Lo lamento. Supongo que lo he alarmado.
    —En absoluto, no he sufrido daño alguno. — Durante unos segundos se contemplaron-. ¿Hay algún problema?
    —¿Un problema? Los problemas no existen. — Dada su ansiedad y su zozobra, Mary no supo bien lo que decía-. ¿Le gustaría caminar un rato conmigo?
    —Encantado.

    Descendieron por la calle y el joven Ireland se adelantó ligeramente, como si la guiara.

    —Me temo que, sin chal, parezco una cualquiera. Además, tengo el pelo revuelto.
    —Claro que no, en absoluto.

    Deambularon en silencio mientras Mary recobraba poco a poco la compostura.

    —Me gusta observar la forma y la presión del viento -comentó ella por fin-. ¿Ha visto cómo ondula en aquellas ventanas? — Se sintió protegida al amparo de la noche de la ciudad y reconfortada por el aire ceniciento-. Señor Ireland, usted también es un enamorado de Londres.
    —¿Por qué lo dice?
    —Bueno, porque ha sobrevivido.
    —He sobrevivido.
    —Y porque camina de noche.
    —No puedo dormir, estoy demasiado nervioso.
    —¿Puedo preguntarle el motivo?
    —Pensaba visitarla mañana y revelarle mi descubrimiento. Ahora no hay tiempo de…
    —Siempre hay tiempo.
    —Lo plantearé de forma sencilla. — William levantó la cara para disfrutar del viento-. He encontrado un poema de Shakespeare. Se trata de un poema nuevo que nadie ha visto ni leído.
    —¿Lo que dice es verdad?
    —Señorita Lamb, todo es verdad. Lo encontré anoche, mezclado con otros papeles.
    —Me encantaría verlo ahora mismo.
    —¿Estás segura?
    —Sí, por supuesto.

    Era una forma de escapar de su desdicha. Sumirse en otra época, aunque sólo fuese durante unos instantes, daba testimonio de que no tenía por qué estar encerrada ni oprimida. Tal vez ése era el motivo por el que había huido hacia la noche.

    —No lo llevo encima -explicó William como si se disculpara-. Lo tengo en casa.
    —Por favor, ¿podemos ir?
    —Es tarde, pero si no se ofende…
    —Por nada del mundo.

    Recorrieron la poca distancia que los separaba de Holborn Passage.

    —No sabía de qué se trataba hasta que lo estudié a fondo. Estaba escrito en el fragmento de un original, un fragmento recortado de una hoja de mayor tamaño. — William habló a toda velocidad-. La letra es muy pequeña y, al principio, no la reconocí. Verá, no estaba redactado como un poema, sino en versos largos, para ahorrar espacio. Fue entonces cuando reparé en el peculiar trazo de las eses y recordé dónde lo había visto con anterioridad. Estaba claro, sin el menor atisbo de dudas, que era de su puño y letra.
    —¿A qué alude el poema?
    —Es una breve queja, como las que hacen los enamorados. Señorita Lamb, le ruego que espere un momento.

    Habían llegado a la librería, que estaba a oscuras. El joven Ireland abrió la puerta y regresó poco después con una lámpara.

    —Reunidos al amparo de la lámpara de aceite… -susurró Mary.
    —Así es. Se trata de una aventura. — Iluminado por el círculo difuso de la llama, William parecía ansioso y confundido-. Mi cuarto está en el segundo piso. Le ruego encarecidamente que no haga ruido, pues mi padre duerme encima.

    Ireland la condujo por la escalera de paneles de pino, cruzaron el comedor y subieron a la planta superior. La casa era vieja, como una caja de resonancia de madera, con suelos irregulares y vigas combadas. Utilizó dos llaves para abrir la puerta de su cuarto. Cuando William dejó la lámpara, Mary observó que las paredes estaban cubiertas de grabados. Ahí estaban las cabezas de Shakespeare, Mil ton, Spenser, Tasso, Virgilio y Dante.

    —¿Quién es ése?
    —Se trata de John Dryden, el padre de la prosa inglesa.
    —Una posición encumbrada…
    —Al menos es lo que dice mi padre. Por favor, señorita Lamb, siéntese.

    Con sumo cuidado, William extrajo de un cajón el fragmento de papel del original. Mary reparó en que había varias cajas y baúles en la pequeña alcoba que ocupaban casi todo el suelo. Tomó asiento en un baúl mientras, con voz asordinada y a la luz de la lámpara, William comenzaba a leer el texto. La joven tuvo conciencia de que el señor Ireland dormía sobre de sus cabezas.

    Ni una doncella que a su ámbito llegó
    la fuerza de su puntería infalible esquivó.
    La antaño salvaje no tardó en ser domada
    y él aprovechó lo que antes mutilar deseaba.
    Así, de inmediato, su virtud clausura,
    con el tono y la tintura de las rosas puras.
    William dejó la lámpara sobre su escritorio.


    —Suena a Shakespeare, ¿no le parece?
    —¿Quién anda por ahí? — preguntó el señor Ireland desde arriba.
    —Padre, soy yo. Estoy leyendo.
    —No te olvides de apagar la lámpara.
    —No te preocupes, padre. — William aguardó unos instantes con los ojos cerrados, como si no quisiera que Mary reparase en el ardor de su mirada-. ¿Cree que los versos son en verdad de Shakespeare?
    —Vaya, claro que sí. Es imposible que sean obra de otro.

    Mary deseaba reforzar el entusiasmo de William y dejarse arrastrar por su regocijo a fin de olvidar su propia existencia.

    —Todavía no le he dicho nada. — El movimiento ascendente de la cabeza dio a entender a quién se refería-. Se alzaría con los laureles. Si yo escribiera un texto sobre este descubrimiento y se lo entregase a su hermano, ¿cree que se encargaría de publicarlo?
    —No me cabe la menor duda. Charles estaría encantado. Lo consideraría un privilegio.
    —En ese caso, ¿le dirá de mi parte que he comenzado a redactarlo? Le entregaré el artículo dentro de una semana. — De repente, William pareció reparar en lo comprometido de la situación, sentados ambos en medio de su alcoba-. Señorita Lamb, creo que debería acompañarla a su casa. — Su voz sonó muy baja y firme-. Espero no haberla ofendido.
    —En absoluto, señor Ireland. Me temo que me he aprovechado de su hospitalidad.
    —El viento y la noche se colaron en nuestras mentes. Nos iremos con la mayor discreción que podamos.

    William la acompañó por Holborn Passage y luego caminaron por Laystall Street. Permaneció junto a la joven hasta que llegaron a la puerta de la casa, donde Mary se volvió, sonrió y comentó:

    —Ha sido una velada extraordinaria.
    —Lo mismo digo.


    ***

    Cuando Mary entró, Charles estaba en el vestíbulo y tenía el pelo completamente revuelto.

    —Mary, ¿dónde te has metido? Te he buscado por las calles.
    —Estuve escuchando a Shakespeare.
    —No te entiendo.
    —William Ireland ha descubierto un poema y acaba de leérmelo.
    —¿Te lo leyó en la calle?
    —No, regresé con él a la librería.
    —¿En plena noche? ¿Te has vuelto loca?

    Mary lo miró como si fuera un desconocido, alguien con quien no tuviera relación alguna.

    —¿Adónde quieres ir a parar? ¿Crees que me podría haber pasado algo malo?
    —Mary, no se trata de algo malo.
    —En ese caso, ¿de qué se trata? ¿Del decoro? ¿De las buenas costumbres? ¿Tienes tan mala opinión de mí que serías capaz de imponerme condiciones?
    —Sé que Ireland es honrado, pero…
    —Pero no conoces a tu hermana. Cuando me ves en esta casa soy una sonámbula. Aquí no tengo vida real ni auténtica. ¿Por qué crees que cada noche ansío tu regreso? La verdad es que sólo quiero verte cuando no estás borracho como una cuba. — Charles guardó silencio-. ¿A quién veo? ¿Con quién hablo? ¿A quién corresponde ese decoro como para que se me imponga hasta la muerte? ¿Qué convención es ésa por la que ya reposo en el sepulcro familiar?
    —Calla, Mary, los despertarás.

    La muchacha alzó la voz un poco más:

    —¡Jamás despertarán! ¡Aquí me estoy muriendo!

    William agarró a su hermana del brazo y la arrastró escaleras arriba hasta su dormitorio.

    —Mary, ¿quieres que el mundo entero te oiga?

    Extenuada, la joven se sentó en el lecho de Charles.

    —El señor Ireland me leyó su último descubrimiento. Lo escuché, eso es todo. Luego me acompañó a casa. Nos despedimos en la puerta. Tal como has dicho, es un hombre honrado. Le he hecho una promesa.
    —¿De qué se trata?
    —Le prometí que te ocuparías de que publicasen su artículo.
    —Francamente, no entiendo nada. ¿A qué artículo te refieres? — Era evidente que la ira y la aflicción de su hermana lo habían descolocado. Charles llegó a la conclusión de que, dadas las circunstancias, lo mejor era mostrarse neutral e indiferente-. Querida, vuelve a empezar. ¿Qué pretende Ireland?
    —Ireland, no. El señor Ireland ha encontrado un breve poema de Shakespeare de no más de seis o siete versos. Como ya te he explicado, me lo ha leído. Por otro lado, se trata del primer poema descubierto en dos siglos, algo extraordinario y maravilloso.
    —He leído el artículo del padre en la Gentleman's Magazine. Únicamente menciona a un benefactor anónimo. ¿El hijo te ha contado alguna otra cosa?
    —Nada de nada.

    Mary se percató de que le había resultado muy fácil mentir.

    —¿No puede tratarse de una equivocación?
    —Imposible.

    Charles, sorprendido por la súbita firmeza y seguridad del tono de su hermana, decidió colaborar.

    —¿Qué es lo que quiere el señor Ireland?
    —Se trata de un gran descubrimiento y, como es lógico, le gustaría ser él quien se lo presentara al mundo. Si escribe un artículo, ¿te encargarás de que se lo publiquen?

    A decir verdad, Charles Lamb no tenía el menor deseo de que lo relacionasen con William Ireland. Al fin y al cabo, se trataba de un comerciante, de un dependiente que había realizado un descubrimiento afortunado…, pero eso no lo dotaba de la capacidad para la composición o la invención.

    —Querida, ¿estás segura de que es ese el camino más adecuado?
    —¿Existe otra opción? Se trata de un descubrimiento excepcional…, pasmoso…
    —Ni más ni menos. Por eso debe ser correctamente descrito y documentado.
    —Comprendo. Piensas que el señor Ireland no es capaz de mostrar un estilo adecuado.
    —Verás, seguro del todo no estoy, pero me parece improbable, yo diría que hasta imposible. Tal y como nos explicó, no ha recibido una educación como Dios manda. Sólo lo ha formado su padre.
    —¿Tuvo Shakespeare una educación como Dios manda? Charles, tus palabras me sorprenden.
    —Ireland no es Shakespeare.
    —¿Debo entender que sólo tú eres poseedor de la capacidad para crear textos literarios? Charles, sospecho que tienes un elevado concepto de ti mismo.

    Parecía que Mary había recuperado la furia. Se mordió el labio inferior y volvió la espalda a su hermano.

    Charles se mostró cauteloso. Nunca antes había visto esos repentinos cambios de humor y se dijo que lo mejor sería tranquilizarla.

    —Querida, te ruego que me perdones. Es muy tarde. Ireland no es Shakespeare, pero podría acabar convirtiéndose en otro Lamb. Lo ayudaré en todo aquello que pueda.
    —Charles, ¿te parece correcto que nos visite para contarnos lo que se propone escribir? Me encantaría.
    —Desde luego. Que venga cuando quiera.


    ***

    Una breve nota de Mary condujo a William a Laystall Street el domingo siguiente por la mañana. Se mostró nervioso en compañía de Charles y, mientras leía los versos shakespearianos, miró a Mary en busca de gestos tranquilizadores.

    —Son muy elegantes -comentó Charles.
    —Ésa es la definición exacta: elegantes. — William se aferró al vocablo-. Señor Lamb, ¿puedo leerle lo que estoy escribiendo? — Estaban en la sala y Mary reparó en la infinidad de motas de polvo que flotaban y giraban al trasluz de los rayos del sol primaveral. William se llevó la mano al bolsillo y sacó un fajo de papeles-. De momento he descuidado el principio. ¿Me permite leer in medias res?
    —Por supuesto.

    Así fue como William Ireland tomó la palabra:

    —«Otra excelencia de Shakespeare, en la cual nadie ha estado jamás a su altura, radica en su uso del lenguaje de la naturaleza. Es tan correcto que nos vemos reflejados en cada uno de sus escritos; su estilo y su manera poseen idéntica perfección, por lo que es imposible leer una frase sin deducir su origen shakespeariano.»

    Charles Lamb escuchó con atención y la intensidad de las palabras de Ireland lo sorprendió. El joven describió la índole del poema que había encontrado, comparó sus analogías con fragmentos reconocidos de la poesía de Shakespeare y concluyó con un floreo:

    —«Tras conceder a Shakespeare las cualidades superiores que despiertan nuestra admiración, a partir de este ejemplo nos sentimos obligados a concederle el título miltoniano de "nuestro bardo más dulce".»

    Mary aplaudió.

    Charles esperaba la torpe expresión del novato y se encontró con una lograda pieza creativa.

    —Estoy en verdad impresionado -admitió-. Me costaba creer…
    —¿Le costaba creer que fuera capaz de escribir algo así?
    —No sé si exactamente eso, pero debo reconocer que el artículo es muy bueno.
    —Charles, déjate de tonterías. A la edad de William, Milton ya escribía odas.
    —¡Yo también he compuesto odas! — Ireland se contuvo-. Señor Lamb, en parte se lo debo a usted. Admiro los artículos que publica en Westminster Words. No me atrevo a afirmar que me haya contagiado de su estilo, aunque lo cierto es que me sirvió de fuente de inspiración.
    —Charles, acaban de brindarte un gran cumplido. Deberías dar las gracias a William.

    Charles extendió la mano y William la estrechó con ademán amistoso.

    —Señor, ¿opina que es posible presentarlo?
    —Por descontado. Estoy seguro de que el señor Law lo aceptará. ¿Podemos citar el poema íntegro?
    —En caso contrario, no tendría sentido.

    Mary tomó asiento en el diván, junto a su hermano, y lo abrazó antes de declarar:

    —Éste es un día soleado en nuestras vidas.

    El empleo de tan peculiar frase llevó a Charles a mirarla. La expresión de Mary era serena, casi embelesada, y contemplaba a William con extraordinario fervor.


    ***

    Fue esa imagen la que se le apareció en la Billiter Inn, donde se encontraba en compañía de Tom Coates y Benjamin Milton. Estaba más preocupado que nunca por la salud de Mary, que en los últimos días sufría unos ataques de tos que la dejaban extenuada y sin aliento. También estaba febril, con los ojos brillantes y la cara ardiente y seca. Charles lo atribuyó al inminente cambio de estación.

    Acababan de servirles tres picheles de Stingo.

    —¡Vaya, vaya, señora caballa! — exclamó Tom Coates, levantó su jarra y brindó con Benjamin Milton.
    —Caballeros, va por vosotros. — Charles también levantó el pichel-. Decidme una cosa, ¿cómo vamos a pasar nuestro tiempo libre?
    —Podemos hablar.
    —No, no me refiero al aquí y al ahora, sino a los relajados meses del estío, a la canícula. Como afirma Horacio, a los días de vino y rosas.
    —Acabas de decirlo. Beberemos vino, comeremos rosas y aspiraremos el perfumado aliento de Arabia.
    —Podríamos alquilar un globo aerostático.
    —Podríamos decorar vajillas Wedgwood.

    Tom y Benjamin estaban empeñados en superarse mutuamente.

    —Podríamos pedorrear gas inflamable.
    —Podríamos montar un teatro de títeres.
    —No necesitamos títeres -terció Charles, que vislumbró el esbozo de un plan-. ¿Recordáis que el año pasado los de la oficina de depósitos internos representaron Every Man In His Humour? Fue un exitazo; por si eso fuera poco, cobraron la entrada.
    —Y se bebieron las ganancias. El dinero se trocó en alcohol.
    —No, lo destinaron a los huérfanos de la ciudad. Recuerdo la carta que les envió sir Alfred Lunn. — Charles bebió un generoso trago de Stingo-. Mi plan es el siguiente: montaremos una función de teatro.
    —¿De dónde has sacado esa idea? — preguntó Tom Coates con tono de incredulidad.
    —De Dios.
    —Charles, no puedo caminar por el escenario con peluca y barba postiza. Lisa y llanamente, me resulta imposible. — Benjamin Milton se repeinó-. Quedaría ridículo. Además, no sé actuar.
    —Ben, reconozco que ése sí que es un problema. — Charles seguía entusiasmado con su idea-. Claro que, por otro lado, podríamos convertirlo en algo positivo.
    —¿Qué dices?
    —La respuesta está a punto de llegarme, ten un poco de paciencia. — Lamb miró el techo, como si esperara que en la moldura apareciese un hada madrina-. ¡Ya lo tengo! Me pregunto por qué no se me ocurrió antes.
    —Ah, ¿ya habías pensado en ello antes?
    —Píramo, Tisbe y Muro.
    —Mi querido amigo, explícate.
    —Son como Cartabón y Lanzadera, los artesanos de Sueño de una noche de verano. — Charles miró a Benjamin-. Pensándolo bien, serías un excelente Hocico. Los artesanos son la base de una mala actuación precisamente por ser aficionados. Interpretaremos su entremés. Será fantástico.
    —Sí, claro. Sin duda se trata de una fantasía. — Benjamin se frotó la nariz-. No me cabe la menor duda.
    —¿No le ves el lado divertido? — preguntó Charles, que adoraba las representaciones de aficionados. Con frecuencia asistía a las funciones de compañías ambulantes y a los dramas interpretados en casas de amigos; él mismo había interpretado en el pasado los papeles de Volpone y Barba Azul.
    —Yo sí se lo veo -confirmó Tom-. Pero ¿cómo lo llevaremos a cabo? Soy incapaz de actuar.
    —¿Me has escuchado o no? — quiso saber Charles.
    —No. Probablemente, no.
    —Querido Tom, ése es el quid de la cuestión. Cartabón y Lanzadera tampoco escuchaban.
    —Pero ellos son personajes y nosotros, seres reales. ¿O no?
    —Ben, ¿qué importancia tiene eso? Las palabras son las mismas, ¿no te parece? Incorporaremos a Siegfried y a Selwin. — Siegfried Drinkwater y Selwin Onions también trabajaban en la oficina de dividendos-. Serán unos atenienses perfectos. Interpretaremos la obra en Transaction Hall una noche de verano, la del solsticio, ¿no estáis de acuerdo? Tom Coates y Benjamin Milton se miraron con solemnidad y luego se partieron de risa.


    CAPÍTULO VII


    Al dar las doce, William Ireland entró en Paternoster Row; sabía que a esa hora repartían los ejemplares semanales de Westminster Words en las librerías y entre los libreros de la calle. Envueltos con papel de estraza y atados con cuerda, el editor en persona los entregaba desde las profundidades de un cabriolé de alquiler. William lo había visto la semana anterior y la previa, mientras aguardaba con impaciencia para comprobar si habían publicado su artículo sobre el poema perdido de Shakespeare. Conocía al dedillo las librerías del barrio y, en cuanto pasó el cabriolé, compró un ejemplar al señor Love, que regentaba Love Volumes.


    —Una hora tranquila para el comercio, ¿no le parece, señor Ireland?
    —Señor Love, todas las horas son tranquilas.
    —Sí, claro, olvídelo. — Love era un hombre demacrado, de pelo canoso y fino, que tenía la costumbre de mirar de soslayo a su interlocutor-. Señor Ireland, este clima es demasiado cálido para mí. A ellos tampoco les gusta. — Señaló los libros-. Prefieren el fresco. Bueno, olvídelo. ¿Cómo está su padre?

    William pagó su ejemplar de Westminster Words y bajó corriendo por Paternoster Row. Buscó un lugar retirado en el que echarle un vistazo. Se detuvo detrás de una pila de toneles, que el transportista había apilado con cuidado hasta formar una pirámide, y abrió el semanario. Era el primer artículo. «Poema desconocido de William Shakespeare», impreso en romana de doce puntos, luego se leía: «por W. H. Ireland». Era su nombre el que aparecía en letras de molde. Jamás lo había visto escrito de ese modo y le resultó curiosamente lejano, como si siempre hubiese albergado una identidad secreta que acababa de revelarse. Leyó las palabras de introducción como si las viera por primera vez y en esa tipografía le resultaron mucho más formales y significativas. Se trataba de un momento que había imaginado con frecuencia, y que por ello le producía un placer más intenso si cabe.

    Hasta ahora se había llegado a la conclusión de que ningún ejemplo más de la escritura de Shakespeare sería descubierto, así como que nada nuevo se añadiría a la historia de la poesía dramática que el mundo conoce. Tanto en ésta como en tantas otras cuestiones shakespearianas, se ha demostrado que la opinión al uso estaba en un error…


    ***

    Edmond Malone leía el artículo en un reservado de la cafetería Parker, situada cerca de Chancery Lane; apoyó la espalda en los paneles de roble, adoptó una expresión de sorpresa, se quitó las gafas e inmediatamente pidió la cuenta. Se puso el sombrero y, con Westminster Words apretado bajo el brazo, se dirigió deprisa a la calle. Pocos minutos después, llegó a la librería de Ireland. La campanilla colgada de la puerta alertó a Samuel Ireland, arrodillado tras el mostrador examinando las heces de un ratón.

    —Buenas tardes, señor Malone. ¿Ya es de tarde, no?
    —Sí. Dígame, ¿qué significa esto? — inquirió, y dejó sobre el mostrador la copia de la publicación semanal.

    Samuel Ireland la abrió y hojeó el primer artículo. Levantó el semanario, se lo acercó a la cara y leyó con suma atención a medida que su respiración se aceleraba y se volvía más fatigosa.

    —No tengo ni la más remota idea… -Cogió el pañuelo y se sonó ruidosamente la nariz-. Nadie me dijo que… -Volvió a sonarse la nariz-. Se trata de una sorpresa sumamente desagradable.
    —Está bien, señor. ¿Dónde está?
    —¿De qué me está hablando?
    —Del poema que su hijo ha descrito con tanto lujo de detalles, del original. Señor Ireland, tengo que verlo.
    —Señor Malone, no sé dónde está. Por lo visto, a William no le ha parecido oportuno… -A medida que hablaba su cólera iba en aumento-. Mi hijo no ha tenido la gentileza de mencionar este tema. Lo ha ocultado de forma deliberada, me ha traicionado.
    —El poema en cuestión no pertenece a su hijo, sino al mundo.
    —Bien lo sé, señor Malone.

    En ese momento William Ireland entró en la librería. Aún estaba emocionado por haber visto su nombre en Westminster Words y afrontó con ecuanimidad las expresiones hostiles de ambos hombres. Vio el semanario sobre el mostrador.

    —Padre, ¿lo has leído?
    —¿Qué significa esto?
    —Si lo has leído ya lo sabes. Buenas tardes, señor Malone.
    —Por segunda vez te pregunto qué significa esto.
    —Te lo diré. He llevado a cabo lo que aseguraste que jamás sería capaz de hacer: he escrito un artículo y lo han publicado.
    —¿Cómo te atreviste a ocultármelo?
    —Padre, sabes bien que te lo habrías quedado. Habrías supuesto que carezco de habilidades para la composición. Acabo de demostrar que estabas equivocado, eso es todo.

    Samuel Ireland miró furibundo a su hijo, pero guardó silencio.

    Entretanto, Edmond Malone perdió la paciencia.

    —Esto no tiene nada que ver con el padre ni con el hijo. ¿Dónde está el poema? — Se dirigió a William-. Señor, ha sido muy irreflexivo y temerario de su parte imprimir el artículo antes de saber qué terreno pisa. ¿Cómo sabe que el poema es auténtico?
    —Estoy seguro de su procedencia.
    —¿Está seguro? Supongo que cree que la autenticidad se demuestra de modo instintivo y que los eruditos no tienen arte ni parte en el asunto.
    —El pordiosero se muestra altanero -intervino el padre de William.

    El joven los miró y sonrió.

    —Señor Malone, tenga la amabilidad de esperar un poco. — Subió la escalera a la carrera y regresó poco después con un sobre de gran tamaño-. Señor Malone, lo dejo a su cuidado y custodia. Sométalo al escrutinio que quiera. Si tiene la menor duda de que se trata de Shakespeare, proclámelo a los cuatro vientos.

    Malone cogió el sobre con impaciencia y extrajo el original.

    —Señor, en su artículo afirma que se trata de versos amorosos.
    —Lea, lea.
    —Ya he tenido ese placer. Lo he visto en Westminster Words. — Volvió a leer el poema-. Me alegro de que no haya indelicadezas. Albergaba el temor de que…
    —¿Ha dicho indelicadezas?
    —Shakespeare era muy soez. Vivimos con el temor a que se descubra algo y que semejante procacidad mancille su poesía.
    —Le garantizo que el poema es muy puro. Señor Malone, debe darme su palabra de que lo devolverá en menos de un mes.
    —Señor Ireland, tardará mucho menos en regresar a sus manos. Le doy mi palabra de honor de que no sufrirá daños ni deterioro alguno.
    —Será mejor que firmemos un recibo.

    De repente, Samuel Ireland se puso en movimiento y buscó tinta y papel detrás del mostrador.

    —Compréndalo, en cuestiones de este tipo, mi padre se pone nervioso enseguida.
    —William, se trata de algo precioso, no de una bagatela.

    Una vez firmado el escueto documento, Edmond Malone abandonó Holborn Passage con el sobre pegado al pecho.


    ***

    Tras despedirse en la puerta, Samuel Ireland entró en la librería.

    —William, no tendrías que haberle dado el documento.
    —¿Por qué?
    —Piensa por un momento en su valor. Es como si le hubieses entregado una bolsa repleta de guineas.
    —El señor Malone es un hombre honrado, ¿no?
    —El honor se compra y se vende. — Samuel Ireland parecía arrepentido de lo que había dicho. Cogió el ejemplar de Westminster Words y, sin decir esta boca es mía, leyó el artículo de su hijo. En cuanto terminó se lo entregó a William-. ¿Por qué no me informaste de la existencia del poema? ¿Por qué he tenido que leerlo en una publicación?
    —Ya te lo he dicho. Quería que fuese un secreto, era mi deseo.
    —¿Tu deseo? ¿Acaso no tienes obligaciones para con tu padre?
    —Por supuesto, tantas como reclama la naturaleza. Me comunicaste que no tenía aptitudes para escribir y declaraste explícitamente que sólo servía como dependiente.
    —En modo alguno quise referirme a nada semejante.
    —Padre, dime una cosa. ¿No tienes obligaciones para con tu hijo? Podrías haberme alentado.
    —Éste no es el momento de…
    —Nunca ha habido un momento para mí. Podrías haber fomentado mis ansias de aprender, pero he tenido que educarme yo solo.
    —Igual que en mi caso. La mejor educación…
    —…es la que cada uno se provee. Te lo he oído decir infinidad de veces. Bueno, ya has leído el artículo. Piensa si me he educado bien o mal a mí mismo.

    Después de la cena, la discusión continuó en el comedor. Rosa Ponting se había retirado tras asegurar que el tema de «los condenados papeles» no le interesaba en absoluto, aunque, en realidad, nada más cerrar la puerta pegó la oreja a la madera. Oyó que Samuel Ireland entrechocaba el vaso con el plato: evidente muestra de contrariedad.

    —En esta cuestión el señor Malone no tiene derechos. Esos papeles son como joyas. No puedes entregárselos a quien te dé la real gana.
    —¿Los reclamas para ti? ¿Por eso los pregonas por ahí como si fueran artículos de empeño? Yo los encontré y soy su dueño. No tienen nada que ver con Samuel Ireland.
    —William, no hay derecho. No es justo. Si no supiera que trabajas en mi comercio, tu mecenas no te habría mirado dos veces.
    —No es cierto.
    —Déjame terminar. El mundo te conoce como hijo mío y mi reputación está tan en juego como la tuya.
    —En ese caso, te libero de toda responsabilidad. Firma un documento en el que niegues tu interés por esta cuestión. Estoy seguro de que Rosa actuará de testigo de buena gana.
    —¿Por qué dices eso? Los vínculos que unen a padres e hijos son sagrados.
    —¿Lo mío es tuyo?
    —Eso no tiene nada que ver. Es un golpe bajo. — Samuel Ireland abandonó la mesa y respiró agitado-. Es posible que necesites mi ayuda y mis consejos. Quién sabe qué más podrías encontrar.
    —Por ejemplo, ¿una carta de amor a Anne Hathaway?
    —¿Cómo dices? — Samuel se sentó a toda velocidad.
    —No es exactamente una carta, sino una nota, una esquela amorosa. No podía permitir que el señor Malone se lo llevase todo.

    Samuel Ireland rió con cordialidad.

    —William, eres admirable. Me has aventajado. Tráela. Quiero verla.

    William abrió su libreta de piel. Constaba de un trozo de papel al que con un hilo delgado habían atado un mechón de pelo. El joven había protegido el objeto con papel de seda y, cuando lo depositó sobre la mesa, su padre lo desató con gran cuidado.

    Samuel Ireland leyó la inscripción:

    —«Te aseguro que ninguna mano tosca lo ha anudado. Solamente tu Will ha hecho el trabajo. Encontró la manera. Ni las baratijas doradas…», algo… algo… Perdona, estoy abrumado. — El mechón era rojizo y en un extremo se rizaba. A Samuel le dio miedo tocarlo-. ¿Es…, es de verdad? Me refiero al pelo.
    —¿Acaso puede ser de otra manera? Cuando Eduardo IV fue exhumado, su cabello todavía era fuerte y presentaba un color intenso, pese a que había muerto en 1483.
    —¿Encontraste la carta con los demás papeles? ¿Estaba en la casa de tu benefactora?
    —Por supuesto. ¿Dónde querías que estuviese? Algún día, esa casa se convertirá en un santuario para los verdaderos admiradores de Shakespeare.
    —Siempre y cuando alguien logre dar con ella. — Ante la mención de la esquela amorosa, Rosa Ponting había vuelto al comedor-. Sammy, William, convertís todo en un misterio. Resulta irritante. De verdad que es muy molesto. ¿Sigues negándote a decir a tu padre dónde vive esa persona?
    —Rosa, ¿quieres que te cuente lo que ella me planteó?
    —Adelante, los relatos me gustan.
    —No está dispuesta a someterse a preguntas impertinentes de nadie. Su marido ha muerto hace poco tiempo y no dejó la más mínima explicación con respecto a los papeles que coleccionaba. Mi mecenas no tiene nada más que decir y, como corresponde a una dama, no desea ser reconocida en público.

    Rosa se sorbió los mocos y retiró los platos.

    Samuel Ireland volvió a llenarse el vaso.

    —Sin duda, todo eso está muy bien de su parte -opinó-, pero la gente hará muchas preguntas.
    —A las que yo contestaré.
    —Su marido tuvo que ser un coleccionista francamente extraordinario.
    —Ya lo creo. No se dedicó a acumular fruslerías insignificantes. Padre, estoy a punto de llegar a una conclusión sobre este asunto. Shakespeare no menciona libros ni papeles en su testamento.
    —Ya lo sé.
    —Es de suponer que legó sus pertenencias a su hija Susannah, junto con la casa y las tierras.
    —Y ella se casó con el doctor Hall.
    —Eso es. A su vez, ellos legaron cuanto tenían a Elizabeth, su única hija, que todavía vivía en Stratford.

    Rosa Ponting regresó al comedor.

    —Supongo que nos dirás dónde está su casa.
    —También sabemos que esa casa fue tomada por los soldados de Cromwell durante la guerra civil y que los papeles no vuelven a mencionarse.
    —¿Supones que los cogieron los soldados o los usaron para encender sus trabucos naranjeros?
    —No, no es exactamente lo que creo. Entre los partidarios del Parlamento se hallaban anticuarios. En cuanto alguno se enteró de que los soldados habían ocupado la casa que perteneció a Shakespeare, todo les debió resultar muy fácil. Bastó hablar con el comandante de las fuerzas locales para que…
    —Para que les permitieran entrar en la casa. ¿A quién le importaba el destino de los garabatos de un dramaturgo? ¿A alguien de ese diabólico bando enemigo?
    —Así lo creo, padre. Sea como sea, se conservaron. Papeles de un tesoro privado que nunca se descubrieron al mundo. Se transmiten hasta que, al final, fueron rastreados por el marido de mi benefactora.
    —¿Puede existir mejor compra? Me gustaría saber cuánto le costaron.

    Samuel Ireland se acercó al ventanuco que daba a Holborn Passage y contempló el adoquinado.

    Rosa Ponting, apoltronada en un sillón, echaba un vistazo a su labor de costura.

    —Bueno, Sammy, por lo que me has explicado, su valor no puede sino aumentar. A alguien le va a ir muy bien.


    ***

    Una semana después, Edmond Malone devolvió la pieza de Shakespeare. Confirmó su autenticidad más allá de toda duda razonable y se ocupó de entregársela en mano a William más que a Samuel Ireland.

    —Señor, quiero felicitarlo por su perseverancia. Todos le estamos agradecidos.
    —¿Qué opina de los versos?
    —Que encarnan el genio sublime del poeta. En ocasiones Shakespeare oscurece sus intenciones. Suele decirse que combina un exceso de farsa con sus asuntos trágicos. Sitúa a los tontos junto a los sepulcros y mezcla reyes y bufones.
    —¿Existe alguna diferencia?

    Malone pasó por alto la pregunta.

    —Sin embargo, este poema es la pureza personificada.

    La satisfacción de William era evidente. Estrechó la mano de Malone y subió la escalera a la carrera, al tiempo que comentaba:

    —Me gustaría que evaluase algo más. — Cuando regresó, entregó al erudito la breve esquela amorosa y el mechón-. Señor Malone, toque el pelo.

    El estudioso se negó. Estiró los brazos como si se defendiera. Había leído de inmediato la inscripción y comprendido su importancia.

    —Está demasiado próxima al bardo. En mi imaginación resulta algo cálido y palpable.
    —¿Sería algo así como tocarle?
    —Exactamente.

    La situación pareció causar gracia a William.

    —Señor Malone, he mostrado el mechón a un fabricante de pelucas antiguas y me ha asegurado que es auténtico. Se trata de pelo de la época, un poco más grueso que el nuestro.
    —No me cabe la menor duda. Ya nada me sorprende. Es como un mar de gozo.
    —Hay algo más. — Samuel Ireland se agachó al otro lado del mostrador y reapareció con un fajo de papeles-. Un manuscrito completo. — Las hojas estaban dobladas en cuatro y atadas con un hilo de seda. La caligrafía resultaba visible-. Se trata de El rey Lear. — Entonó el título como si anunciara la representación en el escenario-. No es la copia de un amanuense, sino la letra original.
    —La he cotejado con el texto -añadió William-. Lo más sorprendente es que sea igual en todo sentido al Folio, si bien aquí no aparecen los juramentos y las blasfemias.

    Su padre le siguió la corriente:

    —Señor, el bardo ha retirado con suma discreción aquellas faltas de delicadeza a las que usted aludió.
    —Supongo que es la copia que Shakespeare redactó para el maestro de ceremonias festivas. No quiso verse sometido a la pluma reprobadora de dicho maestro.
    —Es muy probable. Solían hacerlo así. Durante la representación recuperaban las frases transgresoras. — Malone estudió la caligrafía con mucha atención-. Por lo tanto, aquí está el bardo libre de blasfemias, algo que demuestra, sin lugar a dudas, que se trata de un escritor mucho más redomado incluso de lo que suponíamos.
    —Confío en que así sea -apostilló William-. Eso creo yo también.
    —Tengo en mis manos los papeles con los que Shakespeare trabajó. Me cuesta admitirlo.
    —Pero es así, señor Malone.
    —Jamás imaginé que en mi vida… -Se hizo el silencio y, de repente, lo embargó un ataque de llanto. William lo ayudó a tomar asiento y el erudito se enjugó las lágrimas con el pañuelo-. Les pido mil disculpas. Perdonen.
    —Señor, no hace falta que se disculpe. — Samuel Ireland sonrió de oreja a oreja-. Nos pasa a todos. Se trata de una reacción natural e inevitable. Yo también he llorado muchas veces. — Miró a William con expresión alegre-. No he podido ocultar mis sentimientos. Al parecer, mi hijo es más resistente que yo.
    —No, padre, te equivocas. A lo largo de los últimos meses, me habría puesto a llorar de alegría en cualquier momento. Lo que ha ocurrido es abrumador.
    —Me parece una excelente definición. — Malone abandonó la silla-. Es abrumador…, en efecto. Algo que me permite volver a preguntarle acerca de la procedencia de semejantes tesoros.
    —No estoy autorizado a dar esa información.
    —Tendré que insistir. ¿Puede decirnos cuál es el origen de los papeles? ¿De qué fuente manan?
    —Sólo puedo responder lo mismo que he dicho a mi padre. Mi mecenas no desea que el público conozca su identidad ni su nombre, ya que despertaría demasiado interés y especulaciones con relación a alguien que prefiere mantenerse al margen de la sociedad.
    —Ese personaje cuenta con nuestra lealtad y confianza más plenas -añadió Samuel Ireland. Sorprendido, William miró a su padre-. Nuestro benefactor nos ha pedido la discreción más absoluta y cuenta con ella. Señor, se trata de un honor sagrado que se nos recompensa con estos obsequios.
    —No saben cuánto lo lamento. A pesar de ello, estoy convencido de que la gente educada elogiará sus sentimientos. — Malone estaba a punto de marcharse cuando titubeó-. Señor Ireland, ya que hablamos de la gente me gustaría hacerle una propuesta. No basta con leer estos textos de Shakespeare. El público también debería verlos. Tendrían que exponerlos.
    —Señor, en esto le llevo cierta ventaja. Mi hijo y yo hemos tomado la decisión de exhibirlos aquí en la librería. — William miró de nuevo a su padre con cara de sorpresa-. Este humilde local se convertirá en un santuario shakespeariano. William, ¿no fue ésa la palabra que empleaste?
    —Padre, de momento no se me ocurre ni una sola palabra.
    —Mencionaste un santuario en honor del bardo.
    —No saben cuanto me alegro. Estoy encantado. — Malone secó las últimas lágrimas que mojaban su rostro-. Deberían publicar un anuncio en el Morning Chronicle. Todos lo leemos. Señor Ireland, ¿me permite enviar a uno o dos idólatras al santuario antes de que se anuncie su existencia?
    —Por supuesto, señor. Los recibiré con sumo gusto.


    ***

    En cuanto Edmond Malone se fue, William se volvió hacia su padre e inquirió:

    —¿Desde cuándo mi mecenas es un caballero? Padre, te estás metiendo en camisa de once varas.
    —Al señor Malone le complace pensar que cuenta con nuestra confianza.
    —Me importa un bledo lo que le complazca al señor Malone. — William asestó un puñetazo a un estante bajo-. ¿A qué diantres te referías? ¿Qué es eso del santuario?
    —No te lo dije por miedo de echar a perder la sorpresa. — William no se percató de que su padre acababa de responderle con sus mismas palabras-. ¿No lo entiendes? Despertará un interés tan grande que tendremos incontables visitantes.
    —No vendrán si no saben adónde tienen que ir.
    —William, seamos serios. Debemos prepararnos. Tenemos que exponer las pruebas de manera que todos aquellos que estén interesados las examinen con tranquilidad.
    —¿Aquí? ¿En la tienda?
    —En el local. ¿Acaso existe algún lugar más adecuado? El mostrador dispone de cristal, lo mismo que los estantes. En el escaparate podríamos colgar un letrero que anuncie la existencia del «Museo de Shakespeare». Por una módica suma…
    —¡No! ¡Lo prohíbo!
    —Hay que cobrar una modesta entrada. Rosa hará guardia junto a la puerta.
    —¡Me niego rotundamente! Ningún dinero pasará de mano en mano. ¡Nunca!

    Samuel Ireland se asombró de la vehemencia de su hijo.

    —Si es lo que deseas…
    —Así es.
    —En ese caso, no se hable más.
    —Me alegro.
    —Sólo quiero añadir una cosa. William, no soy rico, ya sabes a cuánto ascienden nuestras ganancias. Uno no puede hacerse rico únicamente con los libros.
    —Padre, no estoy dispuesto a atenerme a razones.
    —Si alguna vez existió la ocasión de cambiar nuestra fortuna, aquí la tenemos. El propio Shakespeare era hombre de negocios y vivía de sus ganancias. ¿Supones que condenaría nuestra conducta?
    —Padre, nada de esto se hizo por dinero.
    —En ese caso, ¿por qué se hizo?
    —Por ti.
    —Debo admitir que no lo entiendo.

    Algo avergonzado por ese reconocimiento, William dejó escapar una risilla.

    —Eres como el ciego Tiresias, que se dejó conducir por un joven.
    —Me has quitado las palabras de la boca.
    —Padre, eso es algo a lo que ya estoy acostumbrado. — De pronto William bajó la cabeza-. Está bien, no pongo reparos a que los papeles se exhiban aquí. Con mucho gusto los expondré aquí bajo supervisión…, siempre y cuando acuerdes conmigo que nadie pagará por ello.

    Su padre desvió la mirada hacia una distancia media. El aumento cuantitativo de visitantes podía significar el crecimiento de la clientela; impulsados por la curiosidad o la obsesión, muchos eruditos y admiradores literarios acudirían por primera vez a Holborn Passage y no sólo estudiarían los papeles shakespearianos, sino el contenido de la librería. La empresa merecía la pena.

    —De acuerdo, William -accedió Samuel Ireland-. Me inclino ante tu sensatez, que es mayor que la mía.


    ***

    Esa misma tarde, previa recomendación, se presentó uno de los íntimos amigos de Edmond Malone. El pintor y caricaturista Thomas Rowlandson, un jadeante hombre de edad madura, entró en la librería aturullado y pidiendo disculpas. Vestía chaqueta azul cielo, chaleco marrón y pantalón de cuadros de color verde.

    —¿Es éste el lugar, el suelo en el que Shakespeare acaba de ser plantado? Si me permiten, el señor Malone me ha guiado hasta aquí. ¿Es usted el señor Ireland?

    William extendió la mano, pero Samuel Ireland dio un paso al frente antes de responder:

    —Señor, ambos ostentamos el honor de compartir ese apellido.
    —Me alegro. ¿El señor Malone ha mencionado mi visita? Señor, soy Rowlandson.
    —Caballero, todos los admiradores de Shakespeare lo conocen. — Samuel Ireland aludió a la serie de grabados que Rowlandson había ejecutado, donde se representaban escenas de las obras del bardo y publicados con el título de The Shakespeare Gallery.
    —Fueron dictados por una potencia superior. Ya sabe a quién me refiero.
    —Señor Rowlandson, su presencia nos honra. — Samuel Ireland estrechó la mano del artista.
    —Llámeme, simplemente, Tom.
    —Es usted el primero en visitar nuestro museo y, por desgracia, todavía no estamos preparados.

    Rowlandson sudaba copiosamente.

    —¿Tiene limonada o refresco de jengibre? Verá, tengo mucha sed.
    —¿No prefiere algo más fuerte? — sugirió William, que había detectado indicios de debilidad en su rostro-. Señor, ¿qué tal un whisky?
    —Sólo un dedito, una gota… y, si es tan amable, con soda, pero que apenas sea una cantidad mínima.

    William subió la escalera que conducía al comedor y del bargueño decorado retiró una botella de cristal; sirvió una medida generosa, se dirigió a la cocina contigua y añadió un poco de agua de la jarra. Rowlandson lo aguardaba con impaciencia y sólo tomó la palabra después de beber.

    —Malone afirma que tienen una carta dirigida a la señora Hathaway.
    —Y un mechón de cabellos del bardo. — William tomó el vaso vacío de manos de Rowlandson.
    —¿Me permite?
    —Señor, no lo comprendo.
    —Solamente quisiera tocar los cabellos.
    —Adelante.

    William fue en busca de la prueba a un cajón del mostrador y se la entregó al visitante.

    —¿Ésta es la carta, la verdadera misiva shakespeariana? Señor, el pelo se parece al suyo, castaño tirando a rojizo fuego. — Observó al joven extrañado, casi con timidez, pero William ya se dirigía al primer piso, donde se llenó el vaso con whisky y un dedo de agua antes de regresar a la tienda. Allí, Samuel Ireland permanecía de pie en una de sus posturas habituales: con las piernas separadas, la espalda muy recta y los pulgares en los bolsillos del chaleco. Rowlandson leía la nota a Anne Hathaway-. Es muy tierna, exacta…, un amor juvenil… -Leyó de viva voz la frase que parecía referirse al mechón de pelo propiamente dicho-: «Ni las baratijas doradas que rodean la majestuosa cabeza ni los honores más excelsos me proporcionarían la mitad del gozo que me causó este modesto trabajo para ti». — Devolvió el texto a William y cogió el vaso con impaciencia-. Señor, una delicia. Me refiero a la misiva. Resulta conmovedora. Contiene el auténtico espíritu del poeta. Una vez más, me gustaría… -Rió a carcajadas-. La nota transmite autenticidad. Le agradeceré un poco más, realmente muy poco, sólo un dedito.

    Samuel Ireland continuaba en la misma posición.

    —Tenemos otro tesoro -afirmó-. Me refiero al manuscrito completo de El rey Lear.
    —¿De su puño y letra?
    —Es lo que suponemos. — William volvió a llenarle el vaso-. Ha quitado las blasfemias.

    Rowlandson recordó un fragmento de la obra:

    —«¡Oh, dioses benditos!» Figura en el acto segundo, escena dos. — El artista se dejó caer sobre la silla.
    —Creo, señor, que es Regania quien pronuncia esas palabras.

    Rowlandson contempló a William con profunda admiración.

    —Señor Ireland, posee una mente sagaz…, para no hablar de su encantadora sonrisa.
    —Se trata de una de las expresiones que, a fin de respetar la métrica, el bardo ha modificado y convertido en «¡Oh, benditos poderes!».

    Samuel Ireland hizo aparecer el manuscrito de El rey Lear. Se lo entregó a Rowlandson con un atisbo de reverencia. El artista dejó el vaso y se puso en pie. Le temblaron las manos al tocar las hojas del original.

    —Como pueden ver, mi frente está ardiendo y encendida. Fíjense bien. El fuego del poeta me consume. — Para desconcierto de William, Rowlandson se arrodilló-. Ya puedo morir feliz y tranquilo. Beso las letras del bardo y doy gracias a Dios por haber vivido para verlo.
    —Le ruego que se siente -lo apremió Samuel Ireland-. Se hará daño, el suelo es muy irregular.

    William llegó a la conclusión de que Rowlandson ya estaba medio borracho cuando se presentó, y a trancas y barrancas lo ayudó a incorporarse.

    El artista le aferró el brazo con firmeza.

    —Ay, señor -musitó-. ¡Cuánta energía y gracia! Señor Ireland, me ha honrado con la contemplación de sus joyas.
    —Señor, es usted quien nos honra -insistió Samuel Ireland, empeñado en que no lo pasasen por alto.
    —Señor, es usted artista y, por lo tanto, entiende cuánto significa -apuntó William.
    —Lo sé -confirmó Rowlandson sin desprenderse de su brazo.
    —¿Puede aclararme una duda? El bardo asegura que la poesía más verídica es la más fingida…
    —Trabajos de amor perdidos, según creo recordar.
    —¿Acaso afirma con ello que admiramos lo falso?
    —Se trata de una simple agudeza de Shakespeare. — Rowlandson apretó la mano de William con ademán juguetón-. Lo fingido nunca llegará a ser más verídico que lo real. Volvería a reinar el caos. — Se desplomó con pesadez en la silla y derramó el vaso-. Además, no es una cuestión que me interese demasiado.
    —Yo sólo planteaba una pregunta.
    —Señor Ireland, usted no debe plantear preguntas. Limítese a darnos respuestas. ¡Traiga más papeles!


    ***

    A lo largo de las semanas siguientes, se sucedieron los visitantes, que aumentaron cuando Samuel Ireland publicó en el Morning Chronicle un anuncio acerca del «Museo de Shakespeare».

    William encontró más documentos: una carta del conde de Southampton a Shakespeare, un requerimiento al dramaturgo por no haber pagado su diezmo a la Iglesia y una breve nota de Richard Burbage sobre accesorios teatrales. Fue así como la librería acabó por parecer una vitrina de objetos curiosos pertenecientes a Shakespeare. William no deseaba encargarse de esas actividades ni supervisarlas. Delegó esa función en su padre, que se había comprado una chaqueta de color verde botella en la casa Jackson and Son, situada en Great Turnstile Street. Provista de su labor de costura, Rosa Ponting se sentaba en una silla colocada junto a la puerta. En apariencia, su función allí era la vigilancia de paraguas y abrigos, si bien Samuel Ireland albergaba la esperanza de que la confundiesen con una cobradora de entradas: Rosa no puso reparos a que depositaran monedas de plata en su mano, dinero que guardaba sin perder un segundo en un voluminoso bolso de labores que también contenía su abanico, la caja de rapé, el monedero y el pañuelo. Recibía de la misma forma a todos los visitantes: «La obra de teatro está en la vitrina de la izquierda, junto a las cartas. Los recibos y las facturas se encuentran en el mostrador contiguo. Prohibido tocar el cristal y escupir en el suelo».

    La mujer disfrutaba con su cometido. De pequeña había ayudado a su madre en el puesto de frutas del mercado de Whitefriars y se había sumado con entusiasmo a la algarabía de voces que acompañaban el comercio diario, pregonando manzanas hasta quedarse ronca. Justo es decirlo: custodiaba con cuidado ejemplar la librería y los objetos expuestos. Conocía cada huella de las tablas de madera y reparaba de inmediato en si alguien intentaba subir la escalera o colarse detrás del mostrador. Si un visitante echaba el aliento sobre el cristal, Rosa giraba con brusquedad la cabeza y lo miraba de mala manera. No sentía interés ni curiosidad alguna por Shakespeare, pero se alegraba de que William aumentase de manera tan inesperada la fortuna familiar.

    Por descontado, a ella no le cabía la menor duda de que formaban una familia. De hecho, Rosa se había casado en secreto con Samuel Ireland; los había unido, sin cumplidos, un capellán naval de Greenwich y sólo accedió a mudarse a Holborn Passage cuando se cumplió esa condición. La madre de William había muerto de parto y la comadrona se lo llevó a su hermana, que vivía en Godalming, y el pequeño vivió en el seno de esa familia hasta los tres años. William no recordaba nada de ello y su padre tampoco se tomó la molestia de iluminarle al respecto. Regresó a Holborn Passage poco después de su tercer cumpleaños y Rosa lo recibió con los brazos abiertos. El crío, por su parte, miró para otro lado y lloró. Eso sí, la librería pareció gustarle y, como comentó Rosa a su marido, «los libros le agradan más que las personas». Rosa se sintió zaherida y perpleja. William mostró un tajante desinterés ante sus muestras de afecto. A medida que el niño creció, Rosa le preguntaba por los acontecimientos cotidianos, pero William se limitaba a responder sucintamente, en ocasiones con un mero movimiento afirmativo o negativo de la cabeza. Jamás conversó con ella y, en las contadas ocasiones en las que estuvieron a solas, William se limitó a coger un libro o mirar por la ventana. Con el paso de los años nada cambió.

    Un mes después de la inauguración del «Museo de Shakespeare», mientras estaban a la mesa del desayuno, Rosa comentó con su marido:

    —Cabría pensar…, pásame las ciruelas…, cabría pensar que, en realidad, no vive aquí.
    —Rosa, tiene anhelos de inmortalidad.
    —¿Y eso qué significa cuando está en casa?
    —Shakespeare se le ha metido en la cabeza y a partir de ahora ya nada lo satisfará.
    —Sammy, habla claro.
    —Cree que aquí, con nosotros, no está en su sitio. Se encuentra en un nivel superior.
    —Me figuro que con Mary Lamb. ¿Sabes que esta semana ha venido dos veces? Para ver a Shakespeare…, o eso dice ella.
    —Rosa, se trata de una dama.
    —¿Yo no lo soy?
    —De una joven dama.
    —Y muy poco agraciada, si quieres que te dé mi opinión.
    —Lo sé, pero William no es un joven al uso. Él ve su alma.
    —Me gustaría saber qué tipo de gafas usa.
    —La ha distinguido del resto. Considera que esa muchacha es su salvación.
    —¿De qué tiene que salvarlo?
    —De nosotros. Cuidado, William ha vuelto.

    Samuel oyó cómo su hijo introducía la llave en el cerrojo de la puerta de la librería.


    ***

    En los últimos días Samuel había prestado atención a las idas y venidas de su hijo. La mañana anterior había salido de la tienda inmediatamente después de William. Lo había visto girar en la esquina de Holborn Passage y lo había seguido sin perder un instante. Supuso que se dirigía a casa de su benefactora, donde se encontraban los papeles shakespearianos. Samuel estaba deseoso de dar con la mecenas de su hijo e interrogarla. William caminaba hacia el sur por una de las estrechas calles que conducían directamente al Strand; su paso era vivo y decidido y serpenteó con habilidad los tenderetes, los vendedores ambulantes y los carros que siempre se apiñaban en las cercanías del Drury Lane. A Samuel le costó no perderlo de vista mientras a duras penas se abría paso entre la población itinerante del barrio, rodeaba las montañas de basura y de estiércol, se deslizaba entre los niños que jugaban en la calle y esquivaba las cestas y los barriles que acarreaban aquí y allá. De pronto, observó que William cruzaba el Strand y aprovechaba la aglomeración de carruajes parados en la calle para acortar distancias. De camino al Támesis, William se internó por Essex Street, pero enseguida giró a la izquierda y desapareció.

    Samuel lo siguió tan rápido como pudo; aunque fornido, era un hombre veloz y flexible, en parte gracias a las múltiples clases que un maestro francés de baile le había impartido en Russell Square hasta que dominó el cotillón y la polonesa. William había recorrido Devereux Court en su totalidad cuando su padre alcanzó la esquina de Essex Street; Samuel se asomó por el enladrillado justo en el momento en el que su hijo abría el portón que daba acceso al Middle Temple. Al otro lado se extendía un gran patio abierto. ¿Podía arriesgarse a que su hijo lo viera? No es que apenas llamase la atención. Por otro lado, tampoco podía dar media vuelta, pues cabía la posibilidad de que los tesoros shakespearianos estuvieran guardados en cámaras del Middle Temple propiamente dicho.

    Samuel abrió la puerta y echó un vistazo a su alrededor. Su hijo se hallaba de espaldas, junto a una fuente, por lo que se refugió en un portal adyacente para que no pudiese verlo. Samuel percibió el sonido del rocío del agua que caía en el cuenco de la fuente y el arrullo de las palomas congregadas a su alrededor. No tuvo que esperar mucho para saber a qué obedecía la presencia de William en el Middle Temple. Una mujer con chal y tocado pasó cabizbaja a su lado. Samuel reconoció de inmediato que se trataba de Mary Lamb. De modo que ése era su lugar de encuentro.

    Lanzó otro vistazo desde su refugio. Los jóvenes estaban junto a la fuente y William señalaba el Middle Temple Hall. Aquel era el lugar en el que habían representado Noche de Reyes poco después de que Shakespeare escribiera su obra. Caminaron alrededor de la fuente y hablaron con voz queda. Samuel Ireland tomó la decisión de alejarse. Había visto lo suficiente como para saber que su hijo no se disponía a visitar a su benefactora; más bien estaba ocupado con una búsqueda de tipo más personal. La delicadeza o los remordimientos de conciencia lo llevaron a suspender su persecución. No quería ver a su hijo en pleno cortejo y coqueteo.


    ***

    Mary y William giraron por Pump Court y se detuvieron a contemplar el antiguo reloj de sol con el emblema de piedra «El tiempo devora todas las cosas».

    —Estoy convencido de que Shakespeare no tenía el menor deseo de parecerse a su padre -aseguró William-. Lo apreciaba, pero no quería ser como él.
    —Me parece natural que no quisiera ser carnicero.
    —No, a lo que me refiero es a que escapó del fracaso. Un fracaso alegre, pero fracaso de todos modos. Detestaba las deudas y la compasión ajena. — Cruzaron la plaza, con la iglesia redonda de los templarios a un costado-. Era lúcido y decidido, pletórico de energía.
    —¿También era ambicioso?
    —Por descontado. ¿Cómo es posible que haya logrado tanto? Mire la gárgola que hay sobre la puerta.
    —Charles afirma que esa iglesia es como el telón de fondo de una pantomima.
    —Su hermano tiene debilidad por las comparaciones fantasiosas. ¿Entramos?

    Se internaron en el frío espacio de la nave circular, donde las figuras de los caballeros yacían boca arriba y formaban un redondel en torno a ellos.

    Mary quedó cautivada por esas imágenes de siglos pasados. Se acercó a cada una de ellas y contempló sus pétreos semblantes. No le costó nada imaginar antiguos salones y fuegos parpadeantes. Con seguridad, también había habido humo, perros, juglares y trovadores. Cuando levantó la mirada se percató de que William no estaba a su lado. La esperaba en Pump Court.

    —Es muy fácil tener fe en esa atmósfera -comentó William-. Sin embargo, me desagrada la virtud fugitiva y enclaustrada. Esos caballeros deberían estar al aire libre, en el mundo.
    —No creo que deba censurarlos por permanecer tumbados. — Mary se dio cuenta de lo poco que sabía acerca del joven-. Sin duda están cansados después de tantas aventuras.

    Se internaron por King's Bench Walk.

    —Y nosotros, ¿qué conseguiremos? — se preguntó Ireland-. ¿Cómo nos recordarán?
    —Estoy convencida de que a estas alturas sabe que su nombre quedará vinculado al de Shakespeare.

    William rió ante su comentario.

    —¿Le parece suficiente? ¿Cree que a alguien le basta con eso?
    —A muchísimos.
    —Mary, todavía no me comprende. Los papeles no son más que un comienzo. Reconozco que se trata de un golpe de suerte, ya que es un gran honor encontrar…, encontrar lo que he encontrado. Ahora bien, en cuanto me haga un nombre, estaré obligado a utilizarlo. Debo dar a conocer mi valía.
    —Charles le augura una gran trayectoria. Está convencido de que posee un talento excepcional.
    —¿Para qué exactamente?
    —Para la composición. Admira los artículos que usted publica en Westminster Words.
    —Sólo han editado uno o dos. El señor Law me ha pedido que escriba acerca de cómo era el distrito Bankside en el pasado.

    Pese a haber vivido toda la vida en Londres, Mary no conocía las zonas que se extendían más allá de su barrio. En ese aspecto no se diferenciaba mucho de sus vecinos.

    —Creo que no sé a qué se refiere -reconoció.
    —Hablo de Southwark, al sur del río, por allí; de la zona en la que antaño se alzaban el Globe y el Bear Garden, donde los osos luchaban con perros. Quiere que trace un esbozo del teatro en la época de los Tudor en contraposición a la era moderna. ¿Sabe que en tiempos de Shakespeare «moderno» significaba corriente o vulgar?
    —¿Puedo acompañarlo?
    —Mary, ¿no le resulta significativo? Para el bardo, ser moderno quería decir común y poco interesante. Nosotros pensamos en los isabelinos como parte de un rico y colorico tapiz, pero Shakespeare prefirió remontarse a Lear y a César. Perdone, ¿qué acaba de decir?
    —He preguntado si puedo acompañarlo a Southwark. No he estado nunca.
    —Por supuesto, Mary, aunque he de recordarle que se trata de una zona algo peligrosa y sucia.
    —No me preocupa. ¿Es el lugar donde Shakespeare vivió y se movió?
    —Eso dicen.
    —Entonces debo verlo.

    Desde King's Bench Walk se dirigieron al río.

    —Mi padre nos ha estado vigilando -añadió William a continuación.
    —¿Qué ha dicho?
    —Que mi padre me siguió. — Con un leve desasosiego, el joven rió.
    —Pero si no hay nada…
    —¿Iba a decir que entre nosotros no hay nada? Ya lo sé. No es ése el motivo por el que me siguió. Buscaba a Shakespeare. — Mary permaneció en silencio, tal vez abatida por el reconocimiento explícito de que entre ellos no había «nada más» que amistad-. Pretende rastrear ese río hasta su fuente. No confía en mí.
    —¿Está diciendo que su propio padre no confía en usted?
    —Posee un carácter extraño y se pone hecho una fiera cuando hay dinero de por medio. — Caminaron unos segundos en silencio-. Le gustaría saber dónde están los papeles. Lo considera una especie de tesoro escondido en la cueva de un mercader, como en una especie de cuento de hadas.
    —Y usted es el príncipe que sostiene la lámpara. — Mary encontró ese comentario peculiarmente gratificante-. Es usted quien invoca la presencia del genio.
    —Bueno, bueno; y por si eso fuera poco las monedas de oro se apiñan a mi alrededor. Por eso me sigue, para averiguar dónde está la cueva.
    —¿Por qué no confía en usted?
    —¿Confía usted en mí?
    —Por supuesto. Si lo desea, proclamaré aquí mismo su honradez. ¡Juraría donde hiciera falta que dice la verdad!
    —No meta la mano en el fuego por mí. — William quedó sorprendido por la vehemencia de la muchacha-. Podría quemarse.

    A un lado de la calle, una joven descalza tocaba el violín. Sus labios pálidos parecían moverse al son de la melodía de Esta bendita isla. Había subido desde el río en busca de unas pocas monedas. El lado derecho de su rostro estaba desfigurado a causa de una excrecencia o del bocio. Mary la observó con expresión de sorpresa y, sin la menor vacilación, sacó el monedero de su bolsa de labores y lo depositó a los pies de la joven.

    Cuando regresó junto a William, las lágrimas rodaban por sus mejillas.

    —Es por la falta de amor -afirmó. Siguieron andando y pasaron junto a los cimientos en ruinas de la puerta de los templarios-. Veamos, ¿qué significado tienen mis palabras para estas piedras? — Las miró como si tuviesen una profundidad insondable.

    Cuando emprendieron el regreso, la joven todavía tocaba el violín. En el momento en el que pasaron a su lado, Mary aferró el brazo de William como si temiera un castigo. Se adentraron por Pump Court y, en cuanto desaparecieron de su vista, la joven dejó de tocar y recogió el monedero. Con gran agilidad se quitó el bocio que cubría un lado de su cara y se lo guardó en el bolsillo.


    CAPÍTULO VIII


    —«Eso requiere ciertas lágrimas para su verdadera ejecución. Si corre a mi cargo, cuide el auditorio de sus ojos. Provocaré tormentas…»


    Rodeado por el resto de la compañía, Charles Lamb interpretaba a Lanzadera en el jardín de su casa de Laystali Street. Tom Coates hacía de Berbiquí y Benjamin Milton representaba el papel de Cartabón; habían convencido a Siegfried Drinkwater y a Selwyn Onions, dos compañeros de trabajo, para interpretar, respectivamente, a Flauta y Hocico. También alistaron a Alfredjowett, amigo de Siegfried que trabajaba en el departamento de impuestos, a fin de que hiciera de Hambrón. Ese domingo por la mañana se habían reunido a ensayar en la pequeña pagoda que el señor Lamb había construido en el jardín hacía diez años. La construcción, aunque bastante deteriorada, con la pintura desconchada y el metal oxidado, les permitía refugiarse del ligero aguacero estival que caía mientras recitaban sus papeles bajo la dirección de Mary Lamb.

    —Entona, Lanzadera -pidió Mary a su hermano-. Da profundidad a tus palabras.
    —«No obstante, mi fuerte es el tirano. Representaría a Hércules de un modo formidable, o cualquier papel de rompe y rasga en que hiciera todo trizas.» Luego está el verso. Mary, ¿tengo que declamarlo?
    —Por supuesto, querido.

    Tom Coates y Benjamin Milton cuchicheaban. Se partieron de risa cuando la joven llamó «querido» a su hermano. Benjamin se tapó la boca con un pañuelo y pareció pasarlas moradas. Charles no les hizo ni caso, pero Mary los fulminó con la mirada antes de preguntar con total indiferencia:

    —Caballeros, ¿qué tiene de divertido?
    —¿No se trata de una comedia? — A Tom le costó articular las palabras.
    —Querido, tu interpretación de Lanzadera es excelente -susurró Benjamin antes de desplomarse a causa de la risa contenida.

    Siegfried Drinkwater, cada vez más impaciente, estaba a la espera de dar entrada a su personaje.

    —Por favor, ¿podemos ensayar lo que dice Flauta? De lo contrario, olvidaré mis parlamentos, estoy convencido de que los olvidaré.
    —Tus textos son cortos -precisó Alfred Jowett-. Apenas si son nada.
    —Fred, te garantizo que me olvidaré.

    Siegfried Drinkwater, un joven impulsivo, soñaba constantemente con las antiguas glorias familiares. Comunicó al mundo que era el séptimo en la línea de sucesión al trono de Guernsey y ni se inmutó por el hecho de saber que dicho trono ya no existía. Su amistad con Alfred Jowett desconcertaba a los demás porque Jowett era un hombre pragmático, realista y un tanto mercenario. En este sentido, había dividido su salario por el año laboral y calculó que ganaba cinco peniques y tres cuartos por cada hora trabajada. Guardaba una tabla con las cuentas en su escritorio y, cada vez que conseguía dedicar al ocio una de aquellas horas de oficina, añadía la suma a sus beneficios. Una vez concluida la jornada laboral, Alfred y Siegfried solían visitar los teatros más modestos. Siegfried observaba el pequeño escenario con sincero deleite y a menudo lloraba ante un giro desafortunado del drama, mientras Alfred contemplaba con placidez a las actrices y a las «extras» de las compañías.

    —No tiene sentido interpretar esta comedia si va a estar plagada de risillas -advirtió Mary.
    —En los sermones de Barrow -replicó Selwyn Onions-, «risillas» equivale a menear los pulmones como si fuesen un fuelle. También se conoce como zumbido.

    Aquello fue demasiado para Tom Coates, que se retorció de risa en su silla. Selwyn era famoso por sus explicaciones útiles… y también por estar casi siempre errado, sobre todo en lo referente a los hechos y los detalles. En la East India House, «Selwyn dice…» se había convertido en una muletilla con la cual daban a entender que alguien estaba a punto de pronunciar una soberana tontería.

    Habían llegado al momento de la escena en el que Siegfried, en el papel de Flauta, aparece ante la llamada de Pedro Cartabón: «¡Francisco Flauta, el remiendafuelles!».

    —¿Soy un remiendafuelles? Creía que tenía algo que ver con las flautas, que es a lo que alude mi apellido.
    —No, Siegfried. — Por un momento Benjamin Milton se despojó del papel de Cartabón-. Guarda relación con el timbre de tu voz, que ha de ser aflautado.
    —¿Qué quieres decir?
    —Que tu voz tiene que ser aguda y ligera.
    —¿En vez de suave y cantarina?
    —El texto no lo menciona. Las flautas isabelinas eran célebres por su sonido débil y agudo.
    —Si me lo permites, debo aclararte que no existe un solo Drinkwater que sea débil. Pregunta a los habitantes de Guernsey.
    —Señor Drinkwater, sólo le pido que levante un poco la voz.
    —¿Cómo dice, señorita Lamb?
    —Le ruego que suba una escala el tono de su voz. Señor Milton, le agradeceré que repita su frase.
    —«¡Francisco, el remiendafuelles!»
    —«¡Presente, Pedro Cartabón!»
    —«Flauta, vos tenéis que cargar con Tisbe.»
    —«¿Qué es Tisbe? ¿Un caballero andante?»
    —«Es la dama a quien debe amar Píramo.»
    —«No, a fe mía, no me deis papeles de mujer.» No pienso interpretar a una mujer. — Siegfried se mostraba indignadísimo-. Charles, dijiste que me tocaría el papel de un honrado trabajador.
    —Y así es.
    —No pienso ponerme un vestido.

    Selwyn Onions intervino por enésima vez:

    —Bastará con que luzcas una bata corta o un mandil.
    —¿Cómo dices? ¿He entendido bien? ¿Has mencionado un mandil? Los Drinkwater no conocemos el significado de esa palabra.

    Benjamin Milton y Tom Coates asistían a la conversación con intenso regodeo. Benjamin cogió la petaca de cerveza negra que llevaba en la cadera y, subrepticiamente, echó un trago al coleto. Se la pasó a Tom, que para beber le volvió la espalda. Alfred Jowett se inclinó junto a sus amigos y comentó:

    —¡Vaya juerga para una mañana de domingo! ¿Han ido a la iglesia? — preguntó mientras señalaba la casa de los Lamb.
    —Me parece que no -replicó Tom-. Aunque la señora Lamb es creyente, o al menos eso es lo que me han dicho.
    —He oído que papá está tocado del ala.
    —¿Qué?
    —Que está loco. — Se apoyó un dedo en la sien-. Viene de familia.

    Mary Lamb repitió la frase que le tocaba a Siegfried:

    —«No, a fe mía, no me deis papeles de mujer. Me está saliendo la barba.» Señor Drinkwater, como puede ver es usted un hombre. No cabe la menor duda.
    —¿Lo sabrá el público?
    —Por descontado. Le pondremos un sombrero de bocací. Nadie se confundirá con relación a su sexo.


    ***

    Mary se había hecho enormes ilusiones con esa obra. Quedó encantada cuando Charles le pidió que apuntara y dirigiese a sus compañeros. A lo largo de las últimas semanas había experimentado un exceso de energías interiores, un entusiasmo difícil de contener, y ansiaba desviarlo. Por eso estudió con impaciencia el entremés interpretado por los artesanos contenido en la comedia Sueño de una noche de verano. Había ayudado a Charles a enlazar las diversas escenas e incluso había incorporado textos adicionales y acotaciones a fin de otorgarle continuidad. Sin embargo, no había comentado el proyecto con William Ireland. Estaba convencida de que el joven se habría sentido excluido y también tenía la seguridad de que habría llegado a conclusiones erróneas. Se trataba de una de esas complicadas situaciones humanas que Shakespeare era capaz de explicar con maestría. William Ireland habría estimado que se le rechazaba por su condición de comerciante. El hecho de que además tuviera aspiraciones literarias no habría hecho más que acrecentar la ofensa. Era un advenedizo y no le correspondía codearse con caballeros. A decir verdad, su oficio no había tenido nada que ver.

    —¿Invitamos al señor Ireland a participar? — había preguntado Charles a su hermana.
    —¿A William? Claro que no -replicó Mary sin perder un segundo-. Es demasiado… -Por su cabeza pasó la palabra «sensible»-. Es demasiado serio.
    —Sé a qué te refieres. Nuestra modesta diversión no le causaría la menor gracia.
    —En su caso, Shakespeare se ha convertido en una causa sagrada.
    —Sin duda se daría cuenta de que nuestras intenciones son buenas.
    —Desde luego, pero William dedica tanto tiempo y atención a los papeles que…
    —…que no ve el lado alegre de las cosas.
    —Todavía no. De momento no se da cuenta. Resérvalo para tus amigos.

    Charles Lamb sospechaba que su hermana estaba más pendiente de William Ireland de lo que estaba dispuesta a reconocer. Sus afanes y aquella trémula atención a lo que Mary percibía como los sentimientos del joven confirmaron su interés por él. Charles evocó la súbita imagen de un ciervo abatido…, pero no supo si se trataba de William o de Mary.


    ***

    —«¿Tenéis escrita la parte del León?» -Tom Coates ensayaba el papel de Berbiquí-. «Os ruego que me la deis, si la tenéis, porque aprendo despacio.»
    —Hay que reconocer que es cierto.
    —Señor Jowett, le ruego que no interrumpa. Señor Milton, continúe con su papel.
    —«Podéis improvisar, pues no habéis de hacer más que rugir.»
    —Señor Milton, ¿se ve capaz de adoptar un tono más vulgar? — Mary estaba concentrada en el texto y no levantó la cabeza-. ¿Puede expresarse con tosquedad?
    —Señorita Lamb, eso me parece dificilísimo.
    —Por favor, inténtelo. No puede sonar como un empleado de banco. Debe hablar como un carpintero.

    Bastante sorprendido, Charles había reparado en la intensidad e impaciencia con las que su hermana dirigía el ensayo. En ese momento tuvo la sensación de que todos sus actos eran extremos. En las últimas semanas también se había mostrado nerviosa e inquieta… y autoritaria, en particular, con su madre.


    ***

    Tres días antes, la señora Lamb había regañado a Tizzy porque llevó a la mesa tostadas quemadas.

    —¿Qué te pasa? — reprendió a la vieja criada-. El señor Lamb no soporta la corteza dura.

    Mary arrojó sobre el mantel la cucharadilla llena de azúcar que sostenía sobre la taza.

    —Madre, esta casa no es un reformatorio ni nosotros somos tus internos.

    El señor Lamb miró a su hija con ternura y admiración, y musitó:

    —En el rellano a la izquierda. Es la última puerta.

    La señora Lamb permaneció muda y, azorada, comprobó que Mary abandonaba su sitio y la estancia. Charles untó la tostada con mantequilla y adoptó una actitud reflexiva.

    —No entiendo a esa muchacha -reconoció la señora Lamb-. Es tan voluble… Señor Lamb, ¿tú qué opinas?
    —Norte cuarta al nordeste -replicó, ante lo cual su esposa se mostró en apariencia satisfecha.

    Charles era propenso a atribuir la conducta excéntrica de Mary a su amistad con William Ireland; aquel joven se las apañaba para inquietarla. No lo censuraba por ello porque, a juzgar por lo que sabía, el comportamiento de Ireland era impecable. No obstante, Mary jamás había establecido una relación de confianza con alguien relativamente desconocido. Era así de simple… y de grave.


    ***

    —«Pues no habéis de hacer más que rugir» -Benjamin Milton interpretaba ahora el papel de Cartabón con un marcado acento barriobajero.
    —Así está mejor, señor Milton, pero, ¿no le parece que un dialecto rural sería más adecuado?
    —Señorita Lamb, ¿con modismos campesinos? ¿Se le ocurre algo?
    —¿Alguna vez ha asistido a las clases del profesor Porson sobre antigüedad clásica?
    —Por supuesto, en el Masonic Hall.
    —¿Podría emplear una voz como la del profesor?

    Tizzy salió al jardín y anunció que «el joven» esperaba a la señorita Mary en la puerta.

    —¿Ha dicho «el joven»? — preguntó Benjamin con gran alborozo.

    Charles lo fulminó con la mirada mientras, presa de la confusión, Mary seguía a Tizzy por el jardín bajo la iluminada lluvia estival.


    ***

    Mary contuvo el impulso de mirarse al espejo cuando entró en la casa.

    —Tizzy, ¿lo has hecho esperar en la calle?
    —¿Dónde más podía dejarlo? Su madre está en el salón y el recibidor está lleno de zapatos.

    Mary se dirigió a la puerta y saludó a William que, sombrero en mano, aguardaba en el umbral.

    —Señor Ireland, no sabe cuánto lo lamento. Le pido mil disculpas porque…
    —Mary, no puedo quedarme. El miércoles por la mañana visitaré Southwark. — De pronto William titubeó-. Por si no lo recuerda, usted dijo que deseaba venir conmigo.
    —Claro que lo recuerdo. Le estaré muy agradecida. — Ése no era un comentario adecuado y durante unos segundos Mary dejó de mirarlo-. Iré encantada. ¿Ha dicho el miércoles por la mañana? — William asintió-. Lo apuntaré en mi diario. ¿Quiere pasar?

    Más allá de las palabras, existe una comunicación muda y William supo que la muchacha no quería que entrase en la casa. Además, vio que el señor Lamb atisbaba desde el otro lado de la cortina, como el guardián de un castillo presto a repeler un ataque.

    —Es muy amable de su parte, pero no, no puedo hacerlo. El tiempo apremia. — William extendió la mano y Mary la cogió-. Vendré a recogerla. ¿Le parece bien a las nueve de la mañana?

    William se alejó, con el sombrero en la mano, y Mary lo contempló mientras bajaba por Laystall Street en dirección al corrillo de mujeres formado alrededor de la bomba de agua.

    Mary se dio media vuelta, suspiró y oyó que su madre se acercaba con rapidez a la chimenea. No tenía la menor intención de dirigirle la palabra, pero la señora Lamb la llamó con aquel tono quejumbroso que tan bien conocía:

    —Mary, ¿puedes venir un momento?
    —Sí, mamá, ¿qué quieres?
    —Ese jovencito…
    —El señor Ireland.
    —A él me refería. Ese jovencito debe haber abierto un camino hasta esta casa. Se presenta constantemente.
    —Mamá, ¿qué tiene de malo?
    —Nada, sólo era un comentario. — Mary guardó silencio-. Mary, ¿te parece correcto interpretar un drama de Shakespeare un domingo por la mañana?
    —No estamos actuando, mamá. Tan sólo leemos algunas partes.
    —Pues tu padre se pone nervioso. Basta mirarlo para verlo. — El señor Lamb estaba tumbado en el diván y contemplaba las idas y venidas de una mosca. Desde el estallido colérico de Mary a la hora del té, la señora Lamb se había mostrado más circunspecta con su hija; sólo se permitía comentarios y «observaciones» amplios o aludía a los sentimientos del señor Lamb sobre cuestiones concretas-. Tu padre siempre ha respetado el día del Señor.
    —En ese caso, ¿por qué no habéis ido a la capilla?
    —Por los pies del señor Lamb. Quizá se curen a tiempo para asistir al oficio vespertino.

    Mary ya no la escuchaba. Experimentó un extraño mareo que la llevó a aferrarse al brazo de un butacón. Fue como si alguien hubiese abierto un agujero en su cráneo e introducido aire caliente.

    —Nunca dice nada, pero yo me doy cuenta de que cojea como el caballo de un cervecero. ¿No es así, señor Lamb? — Mary reparó en los sonidos que se produjeron a su alrededor y se restregó la cara con impaciencia-. Pase lo que pase, el señor Lamb no se queja. Mary, ¿te ocurre algo?

    La muchacha se arrodilló en la alfombra y apoyó la cabeza en un costado de la silla.

    Su padre la miró y sonrió encantado.

    —El Señor te lo quita -declaró.
    —¿Se te ha caído algo?
    —Sí. — Mary comenzó a recuperarse y clavó la mirada en la alfombra, pero sin verla-. Enseguida voy. Se me ha caído una horquilla.
    —Me gustaría ser lo bastante joven como para agacharme. ¡Hablando del ruin de Roma y por aquí asoma! Charles, ayuda a tu hermana a buscar una horquilla. La ha extraviado.

    Al entrar desde el jardín, Charles se sorprendió de que lo llamasen ruin.

    —Querida, ¿dónde la dejaste?
    —No sé. — Aferró la mano de su hermano, que la ayudó a ponerse en pie-. Me equivoqué. No he perdido nada.
    —El señor Ireland acaba de presentarse -informó la señora Lamb a su hijo con una actitud que resultó harto significativa.
    —¿De verdad? ¿No se ha quedado?
    —Mary habló con él en la puerta.
    —Mamá, tenía cosas que hacer.

    La muchacha se apoyó en el brazo de su hermano.

    —Por lo que parece, es un joven muy ocupado.


    ***

    Lo cierto es que Charles empezaba a envidiar a William Ireland. En un mes, el director de Westminster Words ya había publicado dos artículos suyos, «El humor en El rey Lear» y «Los juegos de palabras en Shakespeare»; también le había propuesto escribir una serie de esbozos sobre personajes shakespearianos. En cambio, el artículo de Charles sobre los deshollinadores todavía no había visto la luz, aunque Matthew Law también le había pedido que redactase un texto sobre los mendigos de la metrópoli. El director había aconsejado que se centrase en los mendigos más pintorescos o excéntricos en lugar de en los más necesitados o depravados, pero Charles sólo se había topado con dos o tres de ese tipo: el enano que pedía limosna en la esquina de Gray's Inn Lane con Theobald's Road y que en alguna ocasión se deslizaba entre los caballos con el propósito de espantarlos, y la calva de Saint Giles, que se desplomaba en plena calle a cambio de monedas de medio penique. Charles no estaba para nada seguro de que semejantes personajes dieran lugar a reflexiones profundas sobre la vida vagabunda de la ciudad.

    En cualquier caso, ¿podía considerarse él un escritor? En modo alguno era un autor profesional, ya que su cargo en la East India House lo imposibilitaba para ello. Además, carecía de los arrestos necesarios para hacer frente a las dificultades y las decepciones de la vida literaria. Comparó su situación con la de William Ireland, que había encontrado un gran filón gracias a su descubrimiento de los papeles shakespearianos. Incluso cabía la posibilidad de que Ireland escribiese un libro.


    ***

    —¿Quieres continuar? — preguntó Mary.
    —Querida, no te entiendo.
    —¿Quieres continuar en el jardín o hemos terminado el ensayo?
    —Eso parece. Yo diría que hemos terminado. — Charles se dejó llevar por el tono implícito en las palabras de su hermana, que parecía deseosa de estar a solas.
    —Tenemos que volver a reunimos todos una noche de esta semana. — Apartó su mano del brazo de Charles y se dirigió a la puerta-. Pídeles que preparen la próxima escena.


    ***

    La mañana del miércoles siguiente, Mary Lamb y William Ireland bajaban los escalones de Bridewell Wharf rumbo al río. Había llovido y la madera estaba gastada por el uso constante, por lo que William la tomó del brazo y la sostuvo hasta llegar a la orilla. Mary se disculpó por su lentitud.

    —Lo siento. Me temo que mi actitud no es muy elegante.
    —Mary, tampoco deja de serlo. La necesidad tiene su propia elegancia.
    —A veces dice cosas de lo más sorprendentes.
    —¿En serio? — William se mostró en verdad halagado-. Vaya, allí están.

    En el muelle se veían tres o cuatro barqueros junto a las embarcaciones amarradas. Cuando William pidió que los cruzaran, los barqueros los remitieron a un tal Giggs, que había llegado primero, si bien no parecía muy dispuesto a interrumpir su alegre charla. En su gorra de lana el hombre lucía la insignia dorada de su oficio y, con un gesto típico, la abrillantó con la manga.

    —Le costará seis peniques.
    —Me habían dicho que valía tres.
    —Es por la lluvia. Hace mucho daño a la barca.
    —Podríamos haber cruzado por el puente -le comentó a Mary con tono bajo mientras se acercaban al amarradero.
    —William, por el puente es muy aburrido. Esto es emocionante, es de verdad.

    Subieron a la modesta embarcación. William cogió a Mary de la mano y la condujo hasta la banqueta de madera de la popa. Al grito ritual de «¡Todo bien!», Giggs soltó amarras y empujó el bote de remos.

    —¿Nos llevará hasta Paris Stairs? — preguntó William a gritos.
    —Allá voy.

    Mary nunca había atravesado el Támesis en barca y perdió el sentido de las proporciones en ese entorno desconocido.

    —En el agua me siento muy pequeña -reconoció.
    —No es por el tamaño, sino por el pasado que entraña.

    En el centro del río el viento pareció soplar con más fuerza.

    —William, pero eso no explica esta clase de aire, tan fresco y vivificante.
    —Es el mismo recorrido que él hacía. Cuando vivía en Shoreditch, cruzaba desde esta orilla al Globe en una embarcación como ésta. Nada ha cambiado.

    Se cruzaron con un balandro, que se dirigía río abajo con un cargamento de cenizas, y las aguas turbulentas rompieron en sus proas. Mary pareció disfrutar de la sensación de verse sacudida en medio del río.

    —Huelo a mar -aseguró la muchacha-. ¡Ojalá pudiésemos dar la vuelta y navegar hacia el mar!

    Aunque Giggs no entendió lo que decía la joven, al ver su expresión de contento y entusiasmo comenzó a entonar una de las canciones marineras que conocía desde su más tierna infancia:

    Desde el sur mi amada llegó,
    de la costa de Berbería,
    donde con valerosos galanes de guerra se topó
    de uno en uno, de dos en dos y de tres en tres.


    También entonó el estribillo, que aludía al arriado de una vela e incluía juegos de palabras subidos de tono, con vocablos como «corte», «raja» y «agujero». William lo miró consternado y no se atrevió a regañarlo, mientras Mary parecía a punto de desternillarse de risa; se regodeó con la canción y hundió la mano en el agua.

    —¡Hemos llegado a Paris Stairs! — anunció Giggs antes de que tocaran la orilla. Los pasajeros disfrutaron del poderoso aroma de la brea de calafateo, que se mezclaba con el de las cazuelas de pescado y la madera en descomposición. Para Mary supuso un extraordinario instante de descubrimiento. Al aproximarse a la orilla sur contempló toda la vida fluvial que se desparramaba por las callejas estrechas extendidas tras los cobertizos y las barracas que bordeaban el Támesis. Arribaron al amarradero de Paris Stairs y, sin dirigirse a nadie en concreto, el barquero gritó-: ¡Atención, atención, atención!

    Giggs lanzó la amarra hacia el noray de hierro y acercó el bote al pequeño embarcadero de madera, al que Mary saltó con impaciencia. Cuando William pagó los seis peniques del trayecto, la muchacha ya se había adentrado por una callejuela empedrada en la que el barro discurría con plena libertad.

    —El foso de los osos estaba allí -explicó William-. La audiencia del Globe los oía a la perfección. Lo llamaban «el canto del oso».
    —Aquí sigue habiendo mucho ruido.
    —Los habitantes del río tienen fama de ser ruidosos. El ruido discurre por sus venas.
    —Yo diría que es el agua la que fluye por sus venas.
    —Es probable.

    Caminaron hacia Star Shoe Alley y William percibió el excelente estado de ánimo de Mary.

    —Más que a agua huelo a lúpulo -reconoció la muchacha.

    El viento del sudeste arrastraba hasta ellos el aroma embriagador de la destilería Anchor.

    —Mary, el sur abunda en olores y también ha sido un lugar de placeres. ¿Acaso existe mayor placer que el que proporciona la cerveza?
    —Me temo que Charles estaría de acuerdo con usted.
    —¿Lo teme? No hay nada que temer. — De repente, Mary se dio cuenta de que a William le costaba contener su entusiasmo-. Tengo algo que decirle -añadió el joven.
    —¿De qué se trata?
    —De momento no debe contárselo a nadie. — William vaciló unos segundos-. La he encontrado. He encontrado una obra perdida. Hace mucho tiempo que se la dio por perdida y ahora la he encontrado.
    —Creo que comprendo lo que está diciendo…
    —Entre los papeles encontré una obra de Shakespeare, un texto entero, completo. — Atravesaron Star Shoe Alley y se cruzaron con dos mujeres reclinadas en un portal con los postigos rojos. William no les hizo el menor caso y Mary las observó sorprendida-. Se titula Vortigern.
    —¿No es el nombre de un rey?
    —Es un monarca de la antigua Britania. Mary, ¿no se ha dado cuenta de lo que estoy diciendo? Se trata de una obra desconocida de Shakespeare, de la primera en dos siglos. Es un gran acontecimiento, algo trascendental.

    De modo inesperado, Mary se detuvo en medio de la calle.

    —Todavía no lo asimilo. Discúlpeme, pero