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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LOS ARRABALES DE CANNERY (John Steinbeck)

    Publicado el martes, diciembre 12, 2017

    PREFACIO

    El arrabal conservero de Monterrey, California, es un poema, un hedor, un sonido discordante, una clase de luz, una tonalidad, una costumbre, una nostalgia, un sueño. El arrabal es una mezcla de hojalata, hierro, maderos mohosos y astillados, pavimento roto, solares cubiertos de hierba y montones de juncos, fábricas hechas de hierro acanalado, dedicadas a la conserva de sardinas, restaurantes, prostíbulos, tiendas de comestibles, laboratorios y casas deshabitadas. Sus habitantes son -como un hombre dijo una vez- «prostitutas, jugadores, alcahuetes e hijos de perra», queriendo significar con ello todo el mundo. Si el hombre hubiese mirado por otro agujero, podría haber dicho: «santos, ángeles, mártires y seres benditos», y hubiera dado a entender la misma cosa.

    Por la mañana, cuando las lanchas sardineras vuelven de la pesca, los hombres entran lentamente en la bahía arrastrando sus redes de pesca y haciendo sonar sus silbatos. Los cargados botes arriban al lugar de la costa donde las fábricas de conservas hunden su cola en la bahía. La figura está bien elegida, pues si las fábricas hundiesen su hocico en la bahía, las sardinas enlatadas que salen por el otro extremo serían, metafóricamente al menos, mucho peores. Suenan los pitos de las fábricas y, en toda la ciudad, hombres y mujeres se ponen apresuradamente sus ropas y se disponen a trabajar. Luego, lujosos automóviles transportan a las clases privilegiadas: inspectores, contadores, propietarios, que desaparecen en sus oficinas. Luego vienen de la ciudad chinos y polacos, hombres y mujeres con pantalones, chaquetas de hule y delantales encerados. Van corriendo para limpiar, cortar, preparar y envasar el pescado. Toda la calle grita gime y rechina, mientras el plateado río de sardinas sale de los botes, y éstos van emergiendo de las aguas hasta que quedan vacíos. Las fábricas gimen y se agitan hasta que la última sardina ha sido preparada y enlatada, y entonces vuelven a sonar los pitos, y los chorreantes, malolientes y cansados chinos y polacos, hombres y mujeres, salen para dirigirse a la ciudad, y el arrabal recobra su aspecto — mágico y tranquilo -. Vuelve otra vez a la vida normal. Los holgazanes que se habían retirado con disgusto bajo los negros cipreses, salen a sentarse sobre las tuberías del solar. Las chicas de Dora salen a tomar un poco de sol, si es que lo hay. El doctor sale del Laboratorio Biológico de Occidente y cruza la calle para dirigirse a casa de Lee Chong y comprar allí medio litro de cerveza. Henri, el pintor, husmea como un perro entre el montón de juncos en busca de algún trozo de madera o metal que necesita para el bote que está construyendo. Luego, la obscuridad avanza y se enciende el farol enfrente de la casa de Dora: la luz de luna que ilumina perpetuamente el arrabal. Al laboratorio llegan visitantes que quieren ver al doctor, y éste cruza la calle para ir a buscar más cerveza en casa de Lee Chong.

    ¿Cómo es posible aislar vivos, el hedor y el sonido discordante, la luz, la tonalidad, la costumbre y el sueño? Cuando se coleccionan especies marinas, hay ciertos gusanos aplanados tan delicados, que resulta casi imposible obtenerlos enteros, pues se rompen si se les toca. Hay que dejarlos que voluntariamente se deslicen sobre la hoja de un cuchillo y entonces transportarlos con cuidado al recipiente de agua de mar. Y quizá sea ése el modo de escribir este libro: abrir la página y dejar que los relatos se deslicen espontáneamente.


    I


    La tienda de Lee Chong, aunque no era un modelo de limpieza, era un milagro de surtido. Era pequeña y estrecha pero en su breve recinto un hombre podía encontrar todo lo que necesitara o quisiera para vivir y ser feliz — ropas, comida, tanto fresca como enlatada — licores, tabaco, equipos de pesca, maquinaria, botes, cuerdas, gorros, tajadas de puerco. Donde Lee Chong se podían comprar un par de pantuflas, un kimono de seda, un cuarto de pinta de whisky y un cigarro. Se podían elaborar combinaciones para satisfacer casi cualquier capricho. La única comodidad que Lee Chong no podía satisfacer puede haber sido la de conducirlos a la casa de Dora.

    La tienda abría al alba y no cerraba hasta que el último centavo circulante había sido gastado o retirado por la noche. No es que Lee Chong fuera avaro. No lo era, pero si uno quería gastar dinero, no se hacía de rogar. La posición de Lee en la comunidad le sorprendía a él mismo, hasta donde podía ser sorprendido. En el transcurso de los años todo el mundo en el arrabal le adeudó dinero. Nunca presionó a sus clientes, pero cuando la deuda se hacía muy grande, Lee cortaba el crédito. En lugar de escabullirse, el cliente usualmente pagaba o trataba de hacerlo.

    Lee tenía el rostro ovalado y agradable. Hablaba un inglés corriente sin usar jamás la letra R. Cuando las persecuciones contra los chinos comenzaron en California, Lee se encontró con que se había puesto precio a su cabeza. Entonces viajó en secreto a San Francisco y entró en un hospital hasta que los problemas pasaron. Lo que hiciera con su dinero, nadie lo supo nunca. Tal vez nunca lo tuvo. Es posible que su riqueza consisitiera por entero en deudas no pagadas, pero vivía bien y se había ganado el respeto de todos sus vecinos. Confiaba en sus clientes hasta que prolongar la confianza ya resultaba ridículo. A veces cometía errores en los negocios, pero incluso a estos les sacaba provecho aumentando su buena reputación, si es que no en otra forma. Así sucedió con el Palace Flophouse Grill. Nadie más que Lee Chong hubiera considerado la transacción una pérdida total.

    El puesto de Lee Chong en la tienda quedaba detrás del mostrador de los cigarros. La caja registradora quedaba entonces a su izquierda y el ábaco a su derecha. Dentro de la caja de vidrio estaban los cigarros marrones, los cigarrillos, el Bull Durham, la mezcla Duke, los Five Brothers, mientras tras él, apilados sobre la pared estaban las pintas, medias pintas y cuartos de Old Green River, Old Town House, Old Colonel, y el favorito -Old Tennessee, un whisky mezclado con garantía de cuatro meses de añejamiento, muy barato y conocido en el vecindario como Old Tennis Shoes. Lee Chong no se ubicaba entre el whisky y el comprador sin razón. Algunas mentes muy prácticas habían alguna vez tratado de desviar su atención hacia otra parte del almacén. Primos, sobrinos, hijos y nueras aguardaban en el resto de la tienda, pero Lee nunca abandonaba el mostrador de los cigarros. La parte superior del vidrio era su escritorio. Sus regordetas manos delicadas permanecían sobre el vidrio, los dedos se movían sin descanso como pequeñas salchichas. Una gran sortija de oro de bodas en el dedo medio de su mano izquierda era su única joya y con ella golpeaba silenciosamente sobre la alfombrilla de goma que los golpecitos habían gastado mucho tiempo atrás. La boca de Lee era llena y benévola y el brillo dorado cuando sonreía era rico y cálido. Llevaba unos anteojos y puesto que miraba todo a través de ellos, tenía que echar su cabeza hacia atrás para ver a la distancia. Intereses y descuentos, sumas, restas, todo lo hacía en el ábaco con sus pequeños incansables dedos salchicha, y sus amistosos ojos castaños vagabundeaban por la tienda y sus dientes brillaban hacia los compradores.

    Una noche, cuando estaba en su sitio con un atado de periódicos para mantener calientes sus pies, contemplaba con humor y tristeza un negocio que se había concebido esa tarde y cerrado más tarde ese mismo día. Cuando uno abandonaba la tienda, si daba vuelta a la esquina a través del terreno en el que crecía la hierba, dirigiendo sus pasos entre las herrumbrosas tuberías que salían de las fábricas de conservas, veía un camino gastado en la maleza. Siguiéndolo más allá de los cipreses, a través de la vía del ferrocarril, trepando por un sendero con listones, llegaba a un amplio y bajo edificio que por mucho tiempo fue usado como sitio de depósito de comida para pescado. Consistía en una gran habitación techada y pertenecía a un caballero angustiado llamado Horace Abbeville. Horace tenía dos esposas y seis hijos y durante un período de años había conseguido, a fuerza de ruegos y persuasión, construir un depósito, el mejor de todo Monterey. Esa tarde había ido a la tienda y su sensitivo rostro cansado había vacilado delante de la sombra de dureza que cruzaba la cara de Lee. El grueso dedo de Lee golpeaba la alfombrilla de goma. Horace puso las palmas de sus manos sobre el mostrador de los cigarros.

    —Adivino que te debo bastante pasta -dijo simplemente.

    Los dientes de Lee relampaguearon en respuesta a un acercamiento tan diferente a cualquiera que nunca hubiera escuchado. Asintió gravemente, pero esperó a que la trampa se revelase.

    Horace humedecía sus labios con la lengua, un buen trabajo entre comisura y comisura.

    —Odio tener a mis niños con esto colgando sobre ellos -dijo.
    —¿Por qué? Apuesto a que no les permitiría llevar encima ahora un paquete de caramelos.

    El rostro de Lee Chong estuvo de acuerdo con esta conclusión.

    —Bastante pasta -dijo.

    Horace continuó.

    —Conoces ese lugar mío a través del sendero, donde está la comida para pescado.

    Lee Chong asintió. Era su comida para pescado.

    Horace dijo con seriedad:

    —Si yo fuera a darte ese lugar -¿lo limpiarías conmigo?

    Lee Chong echó su cabeza hacia atrás y miró a Horace a través de sus cristales mientras su mente revoloteaba entre las cuentas y su mano derecha se movía sin descanso sobre el ábaco. Consideraba que la construcción era débil y que el terreno podría adquirir valor si una fábrica de conservas llegase algún día a prosperar.

    —Shu, — dijo Lee Chong.
    —Bien, que se hagan las cuentas y te haré una factura de venta de ese lugar.

    Horace parecía apurado.

    —No hay necesidad de papeles, — dijo Lee. — Yo hago los papeles para pagar en un solo contado.

    Terminaron el trato con dignidad y Lee Chong ofreció un cuarto de pinta de Old Tennis Shoes. Y entonces Horace Abbeville, caminando muy recto, atravesó el terreno más allá de los cipreses y a través del sendero y subió por el caminito y entró al edificio que había sido suyo, y se golpeó con un bulto de comida para pescado. Y aunque esto no tiene nada que ver con esta historia, ningún niño de Abbeville, no importa quien fuese su madre, conoció la falta de un caramelo nunca en adelante.

    Pero regresemos a esa noche. Horace estaba en el bastidor con las agujas de embalsamar, y sus dos esposas estaban sentadas en los escalones de su casa con sus brazos entrelazados (fueron buenas amigas hasta después del funeral, y entonces se dividieron los hijos y nunca se volvieron a hablar de nuevo). Lee Chong permanecía detrás del mostrador de los cigarros y sus bellos ojos marrones miraban hacia adentro en una calmada y eterna tristeza china. Sabía que no habría podido ayudar, pero deseaba poder haber sabido y acaso habría ayudado. Formaba parte profunda de la gentileza y del entendimiento de Lee la idea de que el derecho de un hombre a suicidarse es inviolable, aunque a veces un amigo pueda hacerlo innecesario. Lee ya había suscrito el funeral y enviado una gran canasta de víveres a las familias de los deudos.

    Ahora Lee Chong era el dueño del edificio de Abbeville -un buen techo, un buen piso, dos ventanas y una puerta. Es cierto que estaba atiborrado hasta arriba con comida para pescado y que su olor era delicado y penetrante. Lee Chong lo encontraba apropiado como depósito de comestibles, una especie de almacén, pero ya lo pensaría más tarde: estaba lejos y cualquiera podría penetrar por una ventana. Golpeaba la alfombrilla de goma con su sortija de oro, considerando el problema, cuando se abrió la puerta y entró Mack. Éste era el jefe, mentor y, hasta cierto punto, el explotador de un pequeño grupo de hombres cuyo nexo común era no tener familia ni dinero y cuya única ambición era comer, beber y estar alegres. Pero aunque la mayoría de los hombres cuando buscan la alegría suelen desgastarse sin conseguir su objeto, Mack y sus amigos iban calmosamente en busca del placer y lo saboreaban con mesura. Mack y Hazel, un joven de extraordinaria fuerza, Eddie, que a veces estaba de suplente en un bar de La Ida, Hughie y Jones, que de vez en cuando cazaban ranas y gatos para el laboratorio, vivían en las oxidadas tuberías que había en el solar inmediato a la casa de Chong. Es decir, vivían en las tuberías cuando había humedad, pero si hacía buen tiempo vivían a la sombra del negro ciprés del solar. Las ramas del árbol se inclinaban formando un dosel bajo el cual un hombre podía contemplar, echado, el río de vitalidad del arrabal conservero.

    Lee Chong enderezóse ligeramente al ver entrar a Mack, y sus ojos recorrieron rápidamente la habitación para asegurarse de que Eddie, Hazel, Hughie o Jones no habían entrado también y se dirigían hacia los comestibles.

    Mack dio a conocer sus intenciones con toda franqueza.

    —Lee -dijo-, yo, Eddie y el resto hemos oído que eres el dueño del edificio de Abbeville. — Lee inclinó la cabeza y esperó -. Yo y mis amigos hemos pensado pedirte que nos dejaras estar allí. Te cuidaríamos la propiedad — añadió rápidamente-. No dejaríamos que nadie entrase o estropease algo. Los chicos pueden romper las ventanas, ya sabes… -sugirió Mack-. Puede producirse un incendio si no hay nadie que vigile. Lee echó hacia atrás la cabeza y miró a Mack a través de sus cristales; el lento movimiento de sus dedos indicaba que estaba absorto en sus pensamientos. En los ojos de Mack se leía buena voluntad, cordialidad y un deseo de hacer feliz a todo el mundo. ¿Por qué se inquietaba entonces Lee? ¿Por qué su espíritu tomaba precauciones como un gato que anda entre los cactos? La proposición había sido hecha amablemente, casi con espíritu de filantropía. El pensamiento de Lee iba más allá, examinando las posibilidades — no, eran probabilidades-, y el golpear de sus dedos se hizo más lento aún. Se vio rechazando la petición de Mack, y vio los cristales rotos. Mack entonces se ofrecería otra vez a guardar su propiedad, y al negarse por segunda vez, Lee podía oler el humo, veía las llamas que subían por las paredes. Mack y sus amigos tratarían de apagar el fuego. El dedo de Lee se quedó inmóvil sobre la alfombrilla. Estaba vencido. Él lo sabía. Sólo podía resistirse para salvar las apariencias, y Mack iba a ser muy generoso respecto a esto. Lee dijo:
    —¿Queréis pagar alquiler? ¿Queréis vivir allí como si fuera un hotel?

    Mack sonrió y dijo generosamente:

    —Es una idea. ¿Cuánto?

    Lee meditó. Sabía que no importaba lo que pidiese. No iban a pagarle de ningún modo. Podía pedir una gruesa suma.

    —Cinco dólares semanales -dijo Lee.

    Mack llevó la comedia hasta el fin.

    —Tendría que hablar con los muchachos -dijo dubitativamente -. ¿No podrías dejarlo en cuatro dólares?
    —Cinco dólares -dijo Lee con firmeza.
    —Bien, veré lo que dicen los muchachos.

    Y esto fue todo. Todos quedaron contentos. Y aunque pudiera creerse que Lee Chong sufrió una pérdida, al menos no tenía preocupaciones. No se rompían las ventanas. No se producían incendios y, aunque no le pagasen el alquiler, cuando los inquilinos tenían dinero, cosa que sucedía frecuentemente, no se les ocurría ir a gastarlo en otro lugar que no fuese la tienda de Chong. En sus inquilinos tenía un pequeño grupo de clientes en potencia. Y más aún: si algún borracho causaba alboroto, si los chicos bajaban de New Monterrey dispuestos a robar, Lee Chong no tenía más que llamar, y sus inquilinos corrían en su ayuda. Y nuevas ventajas: no se puede robar a un bienhechor. Lo que se ahorraba Lee en latas de conservas y sandías representaba más que el valor de la renta. Y si las tiendas de comestibles de New Monterey experimentaban repentinas pérdidas, eso no era asunto de Lee. Los muchachos entraron y la harina salió. Nadie sabe quién dio nombre a la casa conocida hasta entonces por Palace Flophouse Grill. En las tuberías y bajo el ciprés no había lugar para muebles ni esos pequeños adornos que no sólo califican, sino que limitan nuestra civilización. Una vez en el Palace, los muchachos se dedicaron a amueblarlo. Apareció una silla, luego un catre y después otra silla. Una ferretería proporcionó una lata de pintura roja, y en cuanto aparecía una nueva silla o mesa, se la barnizaba, con lo cual no sólo se la embellecía, sino que se la ocultaba a los ojos de un posible dueño anterior. Y el Palace Flophouse Grill comenzó a funcionar. Los muchachos podían sentarse en la puerta y mirar la vía, el solar o las ventanas del Laboratorio, que se hallaba enfrente. Por la noche oían la música del Laboratorio. Y sus ojos seguían al doctor cuando atravesaba la calle para ir a casa de Lee Chong en busca de cerveza. Y Mack decía:

    —El doctor es un buen tipo. Deberíamos hacer algo por él.


    II


    La Palabra es un símbolo y una delicia tal que absorbe hombres, escenas, árboles, plantas, fábricas y pekineses. Luego la Cosa se convierte en Palabra y la Palabra en Cosa, pero constituyendo un fantástico tejido. La Palabra absorbe el arrabal conservero, lo digiere y lo expulsa, y entonces el arrabal tiene el brillo del mundo nuevo y del océano que refleja el cielo. Lee Chong es algo más que un tendero chino. Tiene que serlo. Quizá es un desequilibrado sostenido por el bien — un planeta asiático mantenido en su órbita por la atracción de Lao Tse y arrancado de Lao Tse por la fuerza centrífuga del aparador y ia caja registradora-, Lee Chong girando en medio de comestibles y espíritus. Un hombre firme con una lata de alubias; un hombre débil con los huesos de su abuelo. Pues Lee Chong buscó en la tumba del cementerio chino y halló los amarillos huesos, el cráneo con el cabello gris aún adherido a él. Y Lee envolvió cuidadosamente los huesos largos — fémures y tibias-, colocando el cráneo en medio, los rodeó con la pelvis y clavículas y lo metió todo en la caja de las costillas. Luego, Lee Chong envió los restos de su abuelo más allá del océano, para que descansasen por fin en tierra santificada por sus antepasados. Mack y los muchachos también giran en sus órbitas. Son las «Virtudes», las «Gracias», las «Bellezas» de la precipitada y desgarradora locura de Monterey, del cósmico Monterey, donde los hombres, por miedo al hambre, destrozan sus estómagos en la lucha para conseguir alimentos, donde los hombres hambrientos de amor destruyen todo lo amable que los rodea. Mack y los muchachos son las «Bellezas», las «Virtudes», las «Gracias». En el mundo, gobernado por tigres con úlceras, surcado por toros en celo, asolado por ciegos chacales, Mack y los muchachos comen con los tigres, acarician a las vacas frenéticas y recogen las migas para alimentar con ellas a las gaviotas del arrabal. ¿De qué le sirve a un hombre hacerse dueño del mundo y llegar a su posesión con una úlcera gástrica, la próstata enferma y perdida la vista? Mack y los muchachos evitan la trampa, rodean el veneno, pasan sobre el nudo corredizo, mientras una generación de presos y envenenados les grita llamándoles inútiles, perdidos, vergüenza de la ciudad, ladrones, pillos, holgazanes, Dios, artífice supremo, que ha concedido el don de supervivencia al coyote, a la rata común, al gorrión, a la mosca y a la polilla, debe tener un gran amor por los inútiles, vergüenza de una ciudad, holgazanes, y por Mack y los muchachos. Virtudes y gracias, pereza y deleite. Dios artífice supremo.


    III


    La casa de Lee Chong está a la derecha del solar vacío, aunque nadie sabe decir por qué se llama vacío a un solar lleno de viejas calderas, grandes maderos y pilas de latas. Detrás del solar vacío está la vía del ferrocarril y el Palace Flophouse. Pero a la izquierda del solar se encuentra el severo y majestuoso prostíbulo de Dora Flood; una casa decente, limpia y anticuada, donde un hombre puede tomar un vaso de cerveza rodeado de amigos. No en casa de escándalo, sino un virtuoso club, dirigido y disciplinado por Dora, quien, señora y pupila durante cincuenta años, ha sabido, gracias a su tacto, honestidad, caridad y realismo, hacerse respetar por los eruditos, los inteligentes y los buenos. Y por las mismas razones es odiada por la lasciva hermandad de esposas cuyos maridos respetan el hogar, pero no se sienten muy atraídos por él. Dora es una gran mujer alta con brillante cabello color naranja y una especial predilección por los trajes de noche color verde Nilo. Posee una casa decente, de precio único, no vende licores fuertes y no permite las charlas procaces. Algunas de sus muchachas están inactivas por causa de la edad y las enfermedaded, pero Dora nunca se desprende de ellas, aunque, como ella dice, “hay algunas que no llegan a funcionar tres veces en el mesm pero siguen comiendo tres veces al día”. En un momento de pasión local, Dora dio a su establecimiento el nombre de Restaurante del Oso y se dice que hubo gentes que entraron a pedir un sandwich. En la casa hay, normalmente, doce mujeres, contando las viejas, un cocinero griego y un hombre conocido por «el vigilante», pero que tiene a su cargo todas las tareas peligrosas y delicadas: Corta las riñas expulsa a los borrachos, alivia la histeria, cura la jaqueca y atiende el bar. Venda heridas y magulladuras, pasa el día con polizontes, y como la mayoría de las muchachas son «Christian Scientist», todos los domingos por la mañana les lee en voz alta Ciencia y Salud. Su antecesor, que era un hombre menos equilibrado, tuvo un fin desastroso, como luego diremos, pero Alfred ha triunfado sobre su medio y lo ha elevado hasta él. Sabe cuáles son los hombres que deben estar allí y cuáles no deben estar. Sabe más de la vida de los hogares de Monterey que cualquier otra persona de la ciudad.

    En cuanto a Dora, lleva una existencia difícil. Como está en contra de la ley, por lo menos contra la letra de la ley, debe cumplir la ley el doble que los demás. No tiene que haber borrachos, pendencia ni escándalo, de lo contrario le cerrarán la casa. Por ser ilegal, Dora tiene que ser especialmente filantrópica. Todo el mundo se fija en ella.

    Si la policía da un baile para allegar fondos y todo el mundo da un dólar, Dora tiene que dar cincuenta dólares. Cuando la Cámara de Comercio mejoró sus jardines, todos los comerciantes dieron cinco dólares, pero Dora tuvo que dar cien. Con todo ocurre lo mismo, con la Cruz Roja, Boy Scouts, etc. Los vergonzosos beneficios de Dora encabezan, sin que nadie los celebre, la lista de los donativos. Pero durante la depresión experimentó una gran pérdida. Además de sus donativos de costumbre, Dora socorrió a los niños hambrientos del arrabal, a sus padres, que no tenían trabajo, y a sus angustiadas madres, y pagó a diestro y siniestro cuentas de comestibles durante dos años, de modo que casi se arruinó por ello.

    Las muchachas de casa de Dora son agradables y bien educadas. Nunca hablan con un hombre en la calle, aunque éste hubiese ido a visitarlas la noche anterior.

    Antes de que viniera Alfy, ocurrió en el Restaurante una tragedia que entristeció a todo el mundo. El vigilante anterior, llamado William, era un hombre obscuro y solitario. Durante el día, cuando sus tareas escaseaban, se aburría de la compañía femenina. Por la ventana podía ver a Mack y los muchachos que, sentados en las tuberías del solar vacío, balanceando los pies y tomando el sol, discutían lenta y filosóficamente asuntos interesantes, aunque de poca importancia. De vez en cuando los veía sacar una pinta de Old Tennis Shoes, y después de limpiar en la manga el cuello de la botella, empinarla uno tras otro. Y William comenzó a desear incorporarse a aquel grupo. Un día salió y fue a sentarse en uno de los tubos. La charla cesó, y un silencio hostil se produjo entre los del grupo. Al poco rato, William regresó desconsolado al Restaurante, y desde la ventana vio cómo la conversación resurgía, y esto le entristeció. Tenía un rostro moreno y feo, y en la boca, un rictus de preocupación.

    Al día siguiente volvió a salir y se llevó una pinta de whisky. Mack y los muchachos bebieron el whisky, pues a pesar de todo no estaban locos, pero todo cuanto le dijeron fue: «Buena suerte» y «Que le vaya bien».

    Al poco rato, William regresó al Restaurante y los miró otra vez desde la ventana; oyó que Mack decía alzando la voz: «¡Cielos, cómo odio a los alcahuetes!» Esto era totalmente falso, aunque William no lo supiera. Lo que ocurría era que ni a Mack ni a los muchachos les gustaba William.

    William se descorazonó. Los haraganes no querían trato con él. Se daban cuenta de que él estaba muy por debajo de ellos. William era aficionado a la introspección, y se hacía con frecuencia acusaciones. Se puso el sombrero y marchó junto al mar, hasta llegar al faro; quedóse en el pequeño cementerio donde siempre se oía el rumor de las olas. Los pensamientos de William eran muy tristes: nadie lo quería. Nadie se preocupaba por él. Podían llamarlo vigilante, pero era un alcahuete, un miserable alcahuete, la peor cosa del mundo. Y se preguntó si tenía derecho a vivir y ser feliz como todo el mundo; claro que lo tenía. Regresó enfurecido, pero su furia desapareció cuando llegó al Restaurante y subió la escalera. Era de noche y la gramola tocaba Harvet Moon, y William recordó que a su primer amor le gustaba aquella canción antes de que se marchase, se casase y desapareciese. La canción lo entristeció enormemente. Dora estaba en la sala trasera tomando una taza de té cuando William entró.

    —¿Qué te ocurre, William? ¿Estás enfermo?
    —No -dijo William -. Pero, ¿qué vale la vida? Creo que voy a quitarme de en medio.

    Dora había tratado con bastantes neuróticos. Con ellos había que emplear la rudeza.

    —Bien, hazlo cuando quieras, pero sin molestar a nadie.

    Una nube fría y gris envolvió el corazón de William, que salió lentamente de la habitación y fue a llamar a la puerta del cuarto de Eva Flanegan. Eva tenía el pelo rojo; iba a confesarse todas las semanas. Era una mujer espiritual con una larga serie de hermanos y hermanas, pero increíblemente borracha. Cuando William entró se estaba pintando las uñas, pero lo hacía muy mal; William la vio y comprendió que Dora no iba a consentirle que trabajase en aquel estado. Los dedos de Eva estaban llenos de esmalte hasta la primera falange, y ella estaba furiosa.

    —¿Qué te pasa? — le preguntó.

    William también se enfureció.

    —¡Voy a quitarme de en medio! — dijo con fiereza.
    —Esto es un pecado horrible — le gritó Eva-. ¿No podría hacerlo cuando yo estuviese de viaje por San Luis? Eres un degenerado, un bastardo — y continuaba gritándole cuando William cerró la puerta tras él y marchó a la cocina.

    Estaba harto de mujeres. El griego, después de ellas, le serviría de consuelo.

    Éste, con un gran delantal y las mangas remangadas, estaba friendo chuletas de cerdo en dos grandes cazuelas, y les daba vuelta con un punzón:

    —¡Hola, Kits!, ¿cómo te va?

    Las chuletas de cerdo silbaban en la sartén.

    —No sé, Lou. A veces creo que lo mejor que podría hacer sería, ¡clac! — y con el dedo se señaló la garganta.

    El griego dejó el punzón sobre el hogar y se remangó más aún.

    —Voy a decirte lo que he oído, Kits -dijo -. Los que hablan de matarse, no lo hacen nunca.

    La mano de William se apoderó del punzón. Sus ojos miraron profundamente en los del griego, y en ellos leyó incredulidad y burla, pero al continuar mirándolo, los ojos del griego se turbaron y luego descendió sobre ellos una nube de preocupación. Cuando William advirtió el cambio, vio, primero, que el griego lo creía capaz de hacerlo, y luego, que él era capaz de hacerlo. En cuanto leyó esa creencia en los ojos del griego, William supo que tenía que hacerlo. Estaba triste, porque ahora le parecía tonto. Levantó la mano y se hundió el punzón en el corazón. Era asombrosa la facilidad con que entraba. William era el vigilante antes que viniera Alfred. Todo el mundo quería a Alfred. Podía sentarse con Mack y los muchachos siempre que quería. Podía ir incluso a visitarlos al Palace Flophouse.


    IV


    Por la tarde, durante el crepúsculo, ocurría en el arrabal conservero una cosa extraña. Pasaba siempre durante el tiempo que media desde la puesta de sol hasta que se encienden las primeras luces. Entonces hay un gris período de calma. Por la colina, pasando ante el Palace y atravesando el solar vacío, venía un anciano chino. Llevaba un viejo sombrero de paja, un traje azul y fuertes zapatos, uno de los cuales tenía desprendida una suela que golpeaba el suelo. En la mano traía una cesta de mimbre que siempre iba tapada. Su rostro era delgado, moreno y curtido, y sus viejos ojos obscuros, obscuros hasta en el blanco, estaban tan hundidos que parecían mirar desde el fondo de un agujero. Siempre llegaba al anochecer y cruzaba la calle por el claro que había entre el Laboratorio y la fábrica de conservas «Hediondo». Luego cruzaba la playa y desaparecía entre las estacas y postes metálicos que sostienen el malecón. Nadie volvía a verlo hasta el amanecer.

    Pero al otro día, a la hora en que se apagan las luces de la calle y aún no ha amanecido del todo, el viejo chino surgía de entre las estacas y cruzaba la playa y la calle. Su cesto de mimbre estaba entonces lleno y chorreante. Su suela desprendida golpeaba el pavimento. El chino subía por la colina hasta llegar a la segunda calle, penetraba por una puerta que había en una alta cerca de madera y no se le volvía a ver hasta que anochecía. Los vecinos, que aún dormían, oían el golpear de su suela y se despertaban un momento. Esto venía ocurriendo desde hacía años, pero nadie se acostumbraba a ello. Algunos pensaban que era Dios, los más ancianos creían que era la Muerte y los niños creían que era un grotesco chino, pues los niños siempre encuentran divertido todo lo viejo y extraño. Pero no se atrevían a meterse con él, pues el chino estaba envuelto por una ligera aureola de terror.

    Sólo un chico de diez años, valiente y guapo, llamado Andy, que procedía de Salinas, se atrevió a enfrentarse con el viejo chino. Andy estaba de paso en Monterey y vio al anciano y comprendió que tenía que meterse con él, aunque sólo fuera para conservar su propia reputación; pero incluso Andy, a pesar de s bravura, percibió la aureola. Andy le observaba todas las tardes mientras mantenía una lucha entre su deber y su miedo. Y una tarde, Andy se dio ánimos y corrió tras el viejo chino, gritando con voz de falsete: «Chin-Chon, una vez estaba un chino sentado en una banqueta, pero entonces vino un blanco y le cortó la coleta».

    El anciano se detuvo y se volvió. Andy se quedó inmóvil. Los ojos hundidos miraron a Andy y los delgados labios se movieron. Lo que entonces ocurrió, Andy no pudo explicarlo ni olvidarlo jamás. Pues los ojos se fueron ensanchando hasta que el chino desapareció. Y entonces los ojos se convirtieron en uno solo, obscuro y grande como la puerta de una iglesia. Andy miraba a través de la puerta brillante, transparente y obscura, y veía un campo desierto, una llanura que se extendía por espacio de muchas millas, pero que terminaba en una fila de montañas fantásticas en forma de cabezas de perros y de vacas, de hongos y de tiendas de campaña. La llanura estaba cubierta de césped, y de vez en cuando se advertía un pequeño túmulo; sobre cada túmulo había un animalito semejante a una marmota. Y la soledad, la fría y desolada soledad del paisaje, le hizo gemir, pues el mundo estaba desierto y sólo quedaba él. Andy cerró los ojos para no seguir viendo aquel espectáculo, y cuando los abrió, estaba en el arrabal, y el viejo chino golpeaba el pavimento con su suela al pasar ante el Laboratorio y la fábrica de conservas «Hediondo». Andy fue el único niño que se atrevió a hacer aquello, y jamás volvió a repetirlo.


    V


    El Laboratorio Biológico de Occidente estaba al otro lado de la calle, frente por frente al solar vacío. La tienda de Lee Chong estaba a su derecha y el Restaurante de Dora, a su izquierda. El Laboratorio trafica con bellos y extraños artículos. Vende los hermosos animales del mar, las esponjas, tunicates, anémonas, estrellas de mar, bivalvas, lapas, gusanos y conchas; animales fabulosos y delicados erizos, cangrejos, dragones, camarones voraces y camarones transparentes, tan diáfanos que apenas llegan a proyectar sombra.

    Y el Laboratorio Biológico de Occidente vende cucarachas, caracoles, arañas, serpientes de cascabel, ratas y abejas. Todo esto se dedica a la venta. También hay algunos fetos humanos, enteros unos, otros partidos en delgados trozos y colocados sobre portaobjetos. Y para los estudiantes hay tiburones a los cuales se les ha extraído la sangre substituyéndosela por líquidos azules y amarillos para que se pueda apreciar el funcionamiento del sistema circulatorio. También hay gatos con coloreadas venas y arterias y ranas preparadas igualmente.

    Al Laboratorio Biológico de Occidente se le puede pedir cualquier cosa, en la seguridad de que tarde o temprano ha de conseguirse.

    Es un edificio bajo que mira a la calle. El sótano sirve de depósito y está lleno de estantes hasta el techo, de estantes cargados de vasijas con animales en conserva. En el sótano hay una pila e instrumentos para inyectar y embalsamar. Si se atraviesa el patio trasero se llega a un cobertizo que da sobre el mar y está sostenido por pilares, y allí se encuentran las cisternas para los grandes animales — tiburones, rayas y pulpos -, cada uno de los cuales está en su cámara de cemento. Hay una escalera que lleva al centro del edificio y una puerta que da a un despacho donde se halla una mesa llena de cartas por abrir, un archivo y una caja fuerte con la puerta abierta. Una vez la caja se cerro equivocadamente, y nadie sabía la combinación. Y en la caja había una caja de sardinas y un pedazo de queso de Roquefort. Antes de que el constructor de la caja pudiera indicar la conit nación, hubo algunas perturbaciones. Fue entonces cuando a doctor se le ocurrió un medio para vengarse de un banco si alguien quería hacerlo alguna vez: «Alquilad una caja fuerte -dijo- y depositad en ella un salmón fresco, y no volváis hasta los seis meses.» Después de lo ocurrido con la caja, no se permitió ya guardar alimentos. Se guardaban en los archivos. Detrás del despacho hay un acuario donde se encuentran muchos animales vivos; también hay microscopios, portaobjetos, un botiquín para medicinas, recipientes de laboratorio, bancos de trabajo, pequeños motores y substancias químicas. De dicha habitación vienen diferentes olores: de formalina, estrella de mar desecada, agua de mar, mentol, ácido fénico, ácido acético, papel de envolver, paja, cuerdas, cloroformo, éter, ozono procedente de los motores, acero, aceite lubricante de los microscopios, aceite de banana, tubería de goma, olor de calcetines y botas que se secan, el punzante olor de las serpientes de cascabel y el rancio hedor de las ratas. Y por la puerta trasera viene un olor de algas marinas cuando la marea baja, y de sal y espuma cuando la marea sube.

    A la izquierda del despacho está la biblioteca. Los estantes, que llegan hasta el techo, están llenos de libros de todas clases, diccionarios, enciclopedias, poesía, teatro, folletos. Junto a la pared hay un gran fonógrafo con cientos de discos apilados junto a él. Bajo la ventana hay una cama de madera pintada de rojo, y sobre los muros y estantes se ven reproducciones de Daumier, Graham, Tiziano, Leonardo, Picasso, Dalí y George Grosz. En esta habitación hay sillas y bancos, además de la cama; una vez se reunieron en ella cuarenta personas.

    Detrás de esta biblioteca, o sala de música, o como se quiera llamarla, está la cocina, una habitación estrecha, con fogón de gas, un calentador de agua y una pila. Pero aunque algunos alimentos se guardan en los archivos, las fuentes, la manteca y las verduras se guardan en los armarios de la cocina. Esto no ha sido dictado por capricho. Simplemente ocurrió así. Del techo de la cocina penden trozos de tocino, salchichones y esturiones. Detrás de la cocina está el lavabo y la ducha. El lavabo goteó durante cinco años, hasta que un invitado hábil lo arregló con un trozo de goma de mascar.

    El doctor es el dueño del Laboratorio de Occidente. Es un hombre bajito, engañosamente bajito, pero nervudo y fuerte, y capaz de grandes violencias cuando la cólera le acomete. Lleva barba; su rostro, que es una mezcla de Cristo y sátiro, dice la verdad. Se dice que ha ayudado a salir de apuros a varias muchachas, para luego meterlas en otro. El doctor tiene manos de cirujano y una mente serena y cordial. El doctor saluda a los perros cuando pasa en su automóvil, y los perros levantan la cabeza y le sonríen. Por necesidad mataría a quien fuese, pero por gusto es incapaz de herir un solo sentimiento. Tiene un temor supremo: el de mojarse la cabeza, y por ello, en verano y en invierno lleva siempre puesto el sombrero. El doctor puede mojarse hasta el pecho sin sentir la humedad, pero una gota de agua en la cabeza le produce pánico.

    Durante años, el doctor se consagró al arrabal hasta un punto que ni él siquiera sospechaba. Se convirtió en la fuente de la filosofía, la ciencia y el arte. En el Laboratorio, las muchachas de Dora escucharon por primera vez el canto llano y la música gregoriana.

    Lee Chong oía la traducción de Li Po. Henri, el pintor, escuchó por primera vez el Libro de los Muertos, y quedó tan conmovido que cambió de técnica. Hasta entonces Henri había estado pintando con cola, óxido de hierro y plumas de gallo, pero cambió, y sus cuatro primeras pinturas siguientes las hizo con distintas clases de cascara de nuez. El doctor escucha toda clase de insensateces y las transforma en sabiduría. Su espíritu y su piedad no tienen límites. Puede hablar con los niños y hacerles comprender cosas profundas. Vive en un mundo interesante, maravilloso. Es tan lascivo como un conejo y tan dulce como e infierno. Todo el mundo que lo conoce le debe algún favor. Y cuantos lo tratan piensan: «Hay que hacer algo amable por el doctor».


    VI


    El doctor buscaba especies marinas en la cala situada al extremo de la península. Es un lugar fabuloso: cuando la marea sube, es un remolino de espuma, agitado por las olas que se estrellan contra la boya de la escollera. Pero cuando baja la marea se convierte en un lugar tranquilo y adorable. El agua es muy clara, y en el fondo del mar se ven animales que corren, luchan, comen y se reproducen. Los cangrejos se mueven entre algas ondulantes. Las estrellas de mar se enroscan sobre mejillones y lapas, les aplican sus millones de ventosas y, lentamente, con increíble fuerza, desprenden a su presa de las rocas; entonces surge el estómago de la estrella y envuelve el alimento. Negras anguilas sacan la cabeza por las hendiduras y esperan la presa. Los camarones voraces se mueven ruidosamente. Este mundo multicolor parece cubierto con un cristal. Los cangrejos solitarios juegan como niños en el fondo de arena. Y uno de ellos, al encontrar la vacía concha de un caracol, que le gusta más que la suya, se desliza fuera de su concha, exponiendo durante un momento su blanco cuerpo al enemigo, y se mete en la nueva. Una ola, al romperse, agita el agua clara y llena de burbujas la cala, pero al poco rato vuelve a quedar tranquila, hermosa y cruel. Un cangrejo le arranca una pata a su hermano. Las anémonas se extienden como flores suaves y brillantes, invitando a los animales cansados a que reposen en sus brazos, y cuando algún cangrejillo acepta la invitación roja y verde, los pétalos se cierran, las células emiten unas agujas narcóticas que se clavan en la presa, que se debilita y se adormece mientras los jugos digestivos del pólipo se encargan de disolver su cuerpo.

    Luego el taimado asesino, el pulpo, se desliza lentamente insensiblemente, avanzando como una nube gris, semejando ahora un grupo de algas, luego una roca, más tarde un trozo de carne podrida, mientras sus malignos ojos vigilan fríamente. Avanza hacia un cangrejo y, al acercarse, sus amarillos ojos lanzan llamas y su cuerpo se colorea de emoción y de rabia. Luego, súbitamente, corre sobre la punta de sus tentáculos, con la misma ferocidad del gato cuando ataca. Salta brutalmente sobre el cangrejo, echa una bocanada de un negro fluido, y una nube color sepia oculta a los combatientes, mientras el pulpo mata al cangrejo. En las rocas que sobresalen del agua, las lapas lanzan burbujas y las lapas se secan. Las negras moscas bajan a las rocas para comer cualquier cosa que encuentren. El áspero olor a yodo de las algas, el olor calizo de los cuerpos calcáreos y un penetrante olor de esperma y ovas llenan el aire.

    En las rocas que sobresalen del agua, las estrellas de mar lanzan semen y huevos entre sus radios. Aromas de vida y plenitud, de digestión y muerte, de podredumbre y alumbramiento impregnan la atmósfera. Y la espuma salada salta desde la barrera donde el mar aguarda que la marea alta le permita volver a la cala. Y en la escollera la boya muge como un toro paciente y triste.

    En la cala, el doctor y Hazel trabajaban juntos. Hazel vive en el Palace con Mack y los muchachos. Hazel debe su nombre al azar que luego ha presidido toda su vida. Su madre tuvo siete hijos en ocho años. Hazel era el octavo, y su madre confundió su sexo cuando él nació. La infeliz estaba agotada tratando de vestir y alimentar a siete hijos y al padre. Había intentado hacer dinero de todos los modos imaginables — haciendo flores de papel, vendiendo setas y conejos — mientras su esposo, desde una silla de lona, le daba cuanta ayuda podía proporcionarle con sus consejos, sus razonamientos y sus críticas. La mujer tenía una tía llamada Hazel, a quien se creía poseedora de un seguro vida. Al octavo hijo se le dio el nombre de Hazel antes de que a su madre le pasara por la cabeza que Hazel era un muchacho, y para entonces se había acostumbrado a llamarlo así, y de ningún modo quiso cambiarle el nombre.

    Hazel creció. Fue cuatro años a la escuela de primera enseñanza, otros cuatro al reformatorio, y no aprendió nada en ninguna de las dos partes. Los reformatorios tienen fama de enseñar el vicio y el crimen, pero Hazel no puso la atención suficiente. Salió del reformatorio tan ignorante del vicio como de los quebrados y divisiones. A Hazel le gustaba oír hablar, pero no escuchaba las palabras, sólo el tono de la conversación. Hacía preguntas, no para oír la respuesta, sino simplemente para que la charla continuase. Tenía veintiséis años, el pelo negro, y era fuerte, servicial y leal. Con frecuencia iba con el doctor para ayudarle a buscar sus animales, y se daba buena maña para ello. Sus dedos se deslizaban como el pulpo, y asían como el cangrejo y la anémona. Se mantenía bien sobre las rocas resbaladizas y le gustaba la caza.

    El doctor llevaba su sombrero impermeable y sus botas altas, pero Hazel chapoteaba con zapatos de tenis y pantalones azules. Estaba recogiendo estrellas de mar. Al doctor le habían hecho un pedido de trescientas.

    Hazel extrajo una vistosa estrella de color púrpura y la puso dentro del saco que estaba casi lleno.

    —Me pregunto qué es lo que hacen con esto -dijo.
    —¿Con qué? — preguntó el doctor.
    —Con las estrellas de mar -dijo Hazel -. Usted las vende. Usted vende una gran cantidad. ¿Qué es lo que hacen con ellas? No son comestibles.
    —Las compran para estudiarlas -dijo pacientemente el doctor, y recordó que Hazel le había hecho esta pregunta docenas de veces. Pero el doctor tenía una costumbre que no podía vencer. Cuando alguien le hacía una pregunta, creía que le interesaba la respuesta. A él le ocurría así. Nunca preguntaba a no ser que le interesase la respuesta, y no concebía que nadie preguntase sin interés. Pero Hazel, a quien simplemente le gustaba oír hablar, había descubierto un sistema mediante el cual una respuesta daba origen a otra pregunta, y hacía que la conversación continuase.
    —¿Y qué es lo que encuentran cuando las estudian? — prosiguió Hazel -. Son sencillamente estrellas de mar. Hay millones de ellas. Yo podría obtener un millón si quisiera.
    —Son unos animales interesantes y complicados -dijo el doctor, un poco a la defensiva-. Éstas son para la Universidad del Noroeste.

    Hazel siguió empleando su método.

    —¿No tienen allí estrellas de mar?
    —Allí no tienen mar -dijo el doctor.
    —¡Ah! — dijo Hazel, y buscó afanosamente otro medio para seguir preguntando.

    Le molestaba dejar que la conversación languideciese así. Pero no era lo suficientemente rápido. Mientras él buscaba el medio de hacer otra pregunta, el doctor le interrogó. A Hazel le molestaba esto, significaba tener que meditar la respuesta, y la meditación era para Hazel como el vagar por un museo desierto. El espíritu de Hazel estaba lleno de objetos sin catalogar. Jamás olvidaba una cosa, pero no se preocupaba de ordenar sus recuerdos. Todo lo lanzaba junto, cual si fueran los avíos de pescar cuando yacen mezclados en el fondo del bote.

    El doctor le preguntó:

    —¿Cómo van los asuntos en el Palace?

    Hazel se pasó los dedos por su negro cabello y escudriñó en la confusión de su cerebro.

    —Bastante bien -dijo -. Ese muchacho Gay, creo que va a venirse con nosotros. Su mujer lo trata muy mal. A él no le importa que le pegue cuando está despierto, pero ella espera a que se duerma, y entonces le pega. A Gay le molesta que lo trate así. Tiene que levantarse y pegarle, y cuando se vuelve a dormir, ella le pega otra vez. Como no puede descansar viene a vivir con nosotros.
    —Ésta es una moda nueva -dijo el doctor-, antes solía hacer que lo metieran en la cárcel.
    —¡Sí!-dijo Hazel-; pero eso era antes de que construyesen la nueva cárcel de Salinas. Esta cárcel tiene radio, buenas camas y el sheriff es un buen hombre. Cuando Gay entra allí, no quiere volver a salir. Le gusta tanto que su mujer ya no lo hace arrestar. Por esto ha inventado eso de pegarle mientras duerme. Es para destrozarle los nervios, dice él. Y usted lo sabe como yo. A Gay nunca le gustó pegarle. Sólo lo hace para conservar su propia estimación. Pero se está cansando. Creo que se vendrá con nosotros.

    El doctor se enderezó. Las olas comenzaban a invadir la cala. La marea subía y el agua empezaba a lamer las rocas. Soplaba el viento del lado del mar y se oía el silbido de la boya y el ladrido de los leones marinos. El doctor se metió más su sombrero.

    —Ya tenemos bastantes estrellas -dijo, y prosiguió -: Mira, Hazel, he visto que en el fondo del saco llevas seis o siete abalones pequeños. Si nos detiene algún guarda, dirás que corresponden a mi licencia, ¿entendido?
    —Bien, bien -dijo Hazel.
    —Mira -dijo bondadosamente el doctor -, suponte que yo obtengo una licencia para pescar abalones y que el guarda opina que la empleo demasiado. Suponte que cree que me los como.
    —Bien -dijo Hazel.
    —Igual ocurre con las juntas del alcohol industrial. Tienen un espíritu receloso. Siempre creen que yo me bebo el alcohol. Lo creen de todo el mundo.
    —¿Y no se lo bebe usted?
    —No en gran cantidad -dijo el doctor-. Eso que le ponen sabe horriblemente y cuesta mucho volverlo a destilar.
    —Pues no es tan malo -dijo Hazel-. Yo y Mack bebimos un poco el otro día. ¿Qué es lo que le ponen?

    El doctor iba a contestar cuando se dio cuenta de que se trataba de la estratagema de Hazel.

    —Pongámonos en marcha -dijo.

    Y se echó al hombro el saco lleno de estrellas de mar, olvidando los ilegales abalones que había en el fondo del saco de Hazel.

    Éste marchó tras el doctor por el resbaladizo sendero hasta que se hallaron en tierra firme. Pequeños cangrejos huían a su paso. Hazel pensó que sería mejor dar por terminado el asunto de los abalones.

    —El pintor ha vuelto al Palace -dijo.
    —¿Sí?
    —¡Sí! Había pintado antes con plumas de gallo y ahora quiere hacerlo con cascara de nuez. Dice que ha cambiado de técnica.

    El doctor rió.

    —¿Sigue construyendo el bote?
    —Claro -dijo Hazel -. Ahora lo ha cambiado todo. Quiere un bote de otro tipo. Me parece que va a deshacerlo. Doctor, ¿no cree usted que está chiflado?

    El doctor puso en tierra su pesado saco y se detuvo jadeante.

    —¿Chiflado? — preguntó-. ¡Oh, sí! Creo que sí. Tan chiflado como tú y como yo, sólo que de diferente manera.

    A Hazel jamás se le había ocurrido una cosa así. Se consideraba el prototipo de la claridad y de la virtud incomprendida. La observación del doctor le molesto un poco.

    —Pero ese bote -dijo — lo lleva construyendo hace más de siete años y lo ha comenzado diversas veces. Siempre que lo tiene casi terminado, lo deshace y empieza otra vez. Creo que está chiflado. ¡Siete años con un bote!

    El doctor, sentado en el suelo, se quitaba sus botas de hule.

    —No comprendes -dijo-. A Henri le gustan los botes, pero tiene miedo del mar.
    —Entonces, ¿para qué quiere el bote? — preguntó Hazel.
    —Le gustan los botes -dijo el doctor -. Pero suponte que termina el suyo. Una vez terminado, la gente dirá: ¿Cómo no lo lleva al mar? Pero si lo lleva al mar, tendría que ir en él, y Henri odia el agua. Por eso nunca termina el bote: para no verse obligado a botarlo.

    Hazel siguió este razonamiento durante un rato, pero dejó de atender antes de que estuviese acabado, y no sólo no atendía sino que buscaba un modo de cambiar el tema.

    —Creo que está chiflado -dijo dócilmente.

    Sobre la tierra negra se arrastraban cientos de negras cucarachas. Y muchas de ellas tenían levantada la cola.

    —Mire las cucarachas -dijo Hazel, agradecido a los insectos porque se encontraban allí.
    —Son interesantes -dijo el doctor.
    —¿Y por qué se ponen así?

    El doctor dobló sus calcetines de lana, y de su bolsillo sacó un par seco y unos finos mocasines.

    —No lo sé — respondió-. Los he examinado recientemente. Son unos animales muy vulgares, y una de las cosas más vulgares que hacen es levantar la cola. Y en ningún libro se menciona el hecho de que levanten la cola ni se explica la razón de ello.

    Hazel puso patas arriba a una de las cucarachas empujándola con sus mojados zapatos, y el brillante insecto luchó desesperadamente para volver a su posición normal.

    —¿Y por qué cree que lo hacen?
    —Creo que están rezando -dijo el doctor.
    —¡Qué! — Hazel se escandalizó.
    —Lo notable no es que levanten la cola -dijo el doctor-; lo verdaderamente notable es que nosotros creamos que lo es. La única medida de las cosas somos nosotros mismos. Si hiciéramos algo tan extraño e inexplicable como eso, estaríamos pro bablemente rezando. Por lo tanto quizá también ellos rezan.
    —Salgamos pronto de aquí -dijo Hazel.


    VII


    El engrandecimiento del Palace no se realizó bruscamente. Cierto que cuando Mack, Hazel, Eddie, Hughie y Jones se trasladaron allí, lo consideraron solamente como un refugio contra el viento y la lluvia, como un lugar adonde ir cuando todo se hallaba cerrado o cuando habían abusado de sus visitas. Entonces el Palace era una habitación larga y desnuda, mal iluminada por dos ventanas, y cuyos muros de madera sin pintar olían fuertemente a harina de pescado. Al principio no sintieron cariño por aquello, pero Mack comprendió que era necesaria cierta organización, especialmente tratándose de un grupo de individualistas rabiosos.

    Un ejército al que se instruye, pero que carece de equipo, emplea fusiles de imitación y carros para simular verdaderos fusiles y artillería, y los soldados se fortalecen y se acostumbran a manejar los cañones colocando maderos sobre ruedas.

    Mack, con un pedazo de tiza, dibujó sobre el suelo cinco cuadriláteros de unos siete pies de largo por cuatro de ancho, y escribió un nombre en cada uno de ellos. Éstas eran las camas. Cada uno de los hombres tenía inviolables derechos sobre el espacio que le correspondía. Podía legalmente luchar con el hombre que pretendiera arrebatárselo. El resto de la habitación era propiedad común. Esto ocurrió en los primeros días, cuando Mack y los muchachos se sentaban en el suelo para jugar a las cartas y dormían sobre sus camas duras. A no ser por causa del tiempo, quizá hubieran continuado viviendo así. Sin embargo, un temporal de lluvias que duró todo un mes hizo que las cosas cambiasen. Obligados a permanecer en casa, los muchachos se cansaron de tener que sentarse en el suelo, y les ofendía la vista de las desnudas paredes. Como era su refugio, comenzaron a tomarle cariño a la casa. Y, además, la casa tenía el encanto de que nunca entraba en ella un indignado casero. Lee Chong jamás se acercaba por allí. Una tarde, Hughie vino con un catre de campaña que tenía desgarrada la lona. Hughie pasó dos horas remendándola con el aparejo de pescar. Y aquella noche, los que yacían en el suelo contemplaron a Hughie que estaba cómodo en su catre; lo oyeron suspirar de placer. Se durmió y comenzó a roncar antes que ninguno.

    Al día siguiente, Mack trajo unos muelles oxidados que había encontrado en un vertedero. La apatía desapareció. Los muchachos rivalizaban entre sí para embellecer el Palace, el cual, al cabo de unos meses estaba repleto de muebles. Sobre el suelo había tapices viejos, sillas con asiento y sin él. Mack poseía una silla larga de mimbre pintada de color rojo brillante. Había varias mesas y un reloj de pie al que le faltaba la esfera. Las paredes habíanse encalado y esto daba a la habitación un aspecto alegre y ventilado. Comenzaron a aparecer cuadros, principalmente almanaques con llamativas rubias que sostenían botellas de Coca-Cola. Henri había contribuido a la obra con dos cuadros suyos pertenecientes a la época de las plumas de gallo. En un rincón había un haz de doradas espadañas, y varias plumas de pavo real hallábanse clavadas en la pared, junto al viejo reloj.

    Durante algún tiempo estuvieron buscando un fogón, y cuando lo localizaron — un monstruo adornado con espirales de plata, hornos floreados y con un frente de niquelados tulipanes — tuvieron dificultades para conseguirlo. Era demasiado grande para robarlo, y su dueño no quería cederlo a la «viuda enferma y con ocho niños» inventada por Mack, y en cuyo nombre pedía el fogón. El dueño pedía un dólar y medio, y tardó tres días en dejarlo por ochenta centavos. Los muchachos cerraron la venta en ochenta centavos y le dieron un pagaré que probablemente tiene todavía. Esta transacción se realizó en Seaside, y el fogón pesaba trescientas libras. Mack y Hughie agotaron en diez días toda posibilidad de transporte, y cuando vieron que nadie iba a llevarles el fogón a casa, se decidieron a hacerlo ellos mismos. Tardaron tres días en llevarlo al arrabal, que estaba a cinco m¡. lias de distancia, y durante la noche acampaban junto al fogón. Pero, una vez instalado, constituiría el orgullo del Palace. Las flores de níquel brillaban alegremente. El fogón era la perla de la casa. Cuando se encendía, calentaba toda la habitación. El horno era maravilloso, y se podía freír un huevo sobre su reluciente tapa.

    Con la entrada del fogón, el Palace se convirtió en un hogar. Eddie plantó dondiegos para que adornasen la puerta, y Hazel consiguió una rara especie de fucsia plantada en unas latas que colocó junto a la entrada. Mack y los muchachos tenían cariño al Palace y, de vez en cuando, hasta llegaban a limpiarlo un poco. Interiormente despreciaban a los que no tenían hogar, y de vez en cuando, para satisfacer su orgullo, invitaban a un amigo para que pasara uno o dos días.

    Eddie trabajaba algunas veces en un bar de La Ida. Estaba de suplente cuando Whitey, el barman permanente, se hallaba enfermo, cosa que ocurría con toda la frecuencia posible. Siempre que Eddie estaba de suplente, desaparecían algunas botellas, y por tal razón no podía suplir con asiduidad. Pero a Whitey le agradaba que Eddie ocupase su puesto, porque se hallaba convencido, con razón, de que Eddie no era hombre que tratase de conservar su trabajo permanentemente. Teniendo esto en cuenta, cualquiera podía depositar en él su confianza.

    No es que Eddie se llevara muchas botellas. Debajo del bar tenía un jarro de un galón, y sobre la boca del jarro ponía un embudo. Todo lo que quedaba en los vasos Eddie lo derramaba en el embudo antes de lavar los vasos. Cuando había alguna cusión, alguna canción, o cuando por la noche la camarad había alcanzado su lógico fin, Eddie llegaba a verter en su jarro medios vasos y otros que contenían una tercera parte de licor. La mezcla resultante, que luego se llevaba al Palace, era siempre interesante y a veces sorprendente. La mezcla de cerveza, whisky de centeno, aguardiente de maíz, whisky escocés, vino, ron y ginebra solía ser la más común, pero a veces algún cliente pedía anís o curacao, y esto añadía un nuevo sabor a la mezcla. Eddie, antes de marchar, echaba en el jarro un poco de angostura. Una noche, Eddie consiguió tres cuartos de galón. Para él era una satisfacción el saber que con eso no perjudicaba a nadie.

    Había observado que un hombre se emborracha igualmente con medio vaso que con un vaso entero, si se halla dispuesto a emborracharse. Eddie era un habitante del Palacio muy bienquisto. Sus compañeros nunca le pedían que les ayudase en la limpieza de la casa, y una vez Hazel le lavó cuatro pares de calcetines.

    La tarde en que Hazel se hallaba con el doctor, en el Palace los muchachos se bebían el resultado de los esfuerzos de Eddie. Gay formaba también parte del grupo. Eddie bebía un sorbo y se pasaba la lengua por los labios.

    —Es muy divertido ver cómo se consigue -dijo -. La última noche, por ejemplo, diez parroquianos, por lo menos, me pidieron Manhattan. A veces se piden dos Manhattans en un mes. La granadina es lo que le da ese gusto.

    Mack bebió un largo sorbo de su vaso y se volvió a servir.

    —Sí -dijo sombríamente -; las pequeñas cosas son las que hacen las diferencias — y miró a su alrededor para apreciar el efecto de sus palabras.
    —¿Dónde está Hazel? — preguntó Mack.
    —Fue con el doctor a buscar estrellas de mar -dijo Jones.

    Mack inclinó la cabeza.

    —Ese doctor es un buen tipo. Siempre tiene veinticinco centavos disponibles. Cuando yo me corté me ponía un vendaje nuevo todos los días. Es un tipo muy simpático.

    Los demás inclinaron la cabeza en señal de asentimiento.

    —Durante mucho tiempo he estado pensando — continuó Mack — qué es lo que podríamos hacer por él. Hacer algo que le gustara.
    —Una mujer le gustaría -dijo Hughie.
    —Ya las tiene -dijo Jones -. Siempre que corre las cortinas y toca esa especie de música de iglesia…

    Mack dijo a Hughie en tono de reproche:

    —¿Por qué no has visto nunca al doctor perseguir a una mujer por la calle crees que no se corre juergas?
    —¿Qué es una juerga? — preguntó Eddie.
    —Pues, cuando no se encuentran mujeres -dijo Mack.
    —Yo creía que era una especie de fiesta -dijo Jones.

    Se produjo un silencio. Mack movió su silla larga. Hughie apoyó en el suelo las patas delanteras de la suya. Miraron al vacío y luego a Mack. Éste dijo:

    —¡Hum!
    —¿Qué clase de fiesta creéis que le gustaría al doctor? — preguntó Eddie.
    —¿Es que hay muchas clases? — dijo Jones.

    Mack dijo:

    —Al doctor no le gustaría lo que estamos bebiendo.
    —¿Cómo lo sabes? — preguntó Hughie -. Nunca le has invitado.
    —Sí, lo sé -dijo Mack-. El doctor ha ido a la escuela.

    Una vez lo visitó una dama con abrigo de pieles. Luego no la vi salir. Eran más de las dos la última vez que miré… y la música de iglesia continuaba. No, al doctor no pueden ofrecérsele estas cosas.

    Y llenóse otra vez el vaso.

    —Esto sabe muy bien después del tercer vaso -dijo Hughie insistiendo.
    —No -dijo Mack -. No para el doctor. Él necesita whisky.
    —Pero le gusta la cerveza -dijo Jones -; yo le he visto muchas veces ir a buscar cerveza a casa de Lee, a veces a medianoche.
    —Gastar en cerveza — observó Mack-, es tirar el dinero. Se compra un ocho por ciento de cerveza y noventa y dos por ciento de agua y porquería. Eddie — añadió-, ¿crees que podrás conseguir cuatro o cinco botellas de whisky en La Ida, la próxima vez que Whitey se ponga enfermo?
    —Seguro -dijo Eddie-. Seguro que puedo conseguirlas, pero se acabaría la mina. Creo que Johnnie sospecha algo. El otro día dijo: «Huelo un ratón llamado Eddie. Debo tomar precauciones».
    —¡Sí!-dijo Jones-. No pierdas ese trabajo. Si algo le ocurriera a Whitey podrías estar una semana antes que encontrasen otro. Creo que si vamos a invitar al doctor tendremos que comprar el whisky. ¿Cuánto vale el galón?
    —No lo sé -dijo Hughie-. Nunca compro más de media pinta. Si compras un cuartillo te encuentras al momento rodeado de amigos. Pero comprando media pinta puedes bebería en el solar antes de que la gente te rodee.
    —Vamos a tener que gastar dinero, si queremos invitar al doctor -dijo Mack-; en caso de invitarle, la fiesta debe ser buena. Habrá que traer un pastel grande. ¿Cuándo es su cumpleaños?
    —Para invitar a alguien no es preciso que sea su cumpleaños -dijo Jones.
    —No, pero queda mejor -dijo Mack-. Calculo que nos costaría diez o doce dólares darle una fiesta al doctor.

    Se miraron los unos a los otros.

    —La fábrica de conservas «Hediondo» está tomando gente -sugirió Hughie.
    —No -dijo Mack con rapidez -. Tenemos una buena fama y no debemos deslucirla. Cada uno de nosotros conserva su empleo durante más de un mes. Por esta razón tenemos trabajo siempre que lo necesitamos. Si tomamos un trabajo de días, perderíamos nuestra reputación. Cuando necesitemos trabajo nadie nos lo dará.

    Los demás inclinaron la cabeza en señal de aprobación.

    —Yo voy a trabajar durante un par de meses: noviembre y parte de diciembre -dijo Jones-. Es agradable tener dinero para Navidad. Podríamos comprar un pavo este año.
    —Cierto -dijo Mack -. Conozco un lugar en el valle de Carmel donde hay más de mil quinientos.
    —En el valle -dijo Hughie -. Yo solía ir al valle a buscar tortugas, cangrejos de río y ranas. El doctor me daba cinco centavos por cada rana.
    —A mí también-dijo Gay-. Una vez cogí quinientas ranas.
    —Si el doctor necesita ranas, asunto terminado -dijo Mack. — Remontaremos el río, haremos una pequeña excursión, no le diremos al doctor cuáles son nuestras intenciones y luego le da remos una fiestecita.

    Entre los habitantes del Palace cundió el entusiasmo.

    —Gay -dijo Mak -, sal y mira si el coche del doctor está frente a su casa.

    Gay dejó su vaso y fue a mirar.

    —No -dijo.
    —Bien, debe regresar dentro de unos minutos -dijo Mack.
    —Ahora esto es lo que debemos hacer…


    VIII


    En abril de 1932, la caldera de la fábrica de conservas «Hediondo» se descompuso por tercera vez en una semana, y la dirección, integrada por Mr. Randolph y una mecanógrafa, decidió que resultaba más barato comprar una caldera nueva que arreglar la vieja tan frecuentemente. Cuando llegó la caldera nueva llevaron la vieja al solar situado entre la tienda de Lee y el restaurante de Dora, y allí la dejaron en espera de que a Mr. Randolph se le ocurriera un medio de sacar dinero de ella. Poco a poco, el ingeniero de la fábrica se fue llevando la tubería para reparar con ella algunas piezas viejas de la «Hediondo». La caldera semejaba una vieja locomotora sin ruedas. Tenía en su frente mía puerta grande y otra pequeña para recibir el combustible. Gradualmente la caldera se fue oxidando, y las malvas fueron creciendo alrededor de ella. El mirto trepó por sus cortados y el anís silvestre embalsamó su atmósfera. Luego, alguien arrojó un hueso de dátil, y un pequeño árbol creció; grandes campanillas blancas pendían sobre la puerta de la caldera, y, por la noche, las flores exhalaban un penetrante aroma.

    En 1935, Mr. y Mrs. Sam Malloy se mudaron a la caldera. Toda la tubería había desaparecido, y la caldera se había transformado en un departamento espacioso, seco y saludable. Cierto que si se entraba por la puerta pequeña había que hacerlo andando a gatas, pero una vez dentro había espacio suficiente, y no podía imaginarse lugar más abrigado ni más seco. Los esposos metieron un colchón en la caldera y se establecieron allí. Mr. Malloy sentíase feliz, y durante largo tiempo también sintióse feliz Mrs. Malloy.

    Bajo la caldera, en la colina, había muchos tubos de gran tamaño, abandonados también por la «Hediondo». Hacia fines de 1937 hubo una pesca abundante, las fábricas de conservas trabajaban sin cesar y había escasez de alojamiento. Entonces fue cuando Mr. Malloy se dedicó a alquilar por un precio módico las grandes tuberías para que sirvieran de dormitorio a los solteros. Poniendo un trozo de papel alquitranado en un extremo, y en el otro un pedazo de tapiz, los convertía en confortables dóratenos; sin embargo, los hombres que tenían la costumbre de dormir enroscados se veían en la necesidad de cambiar de postara o mudarse. También había algunos que se quejaban de que no los dejaban dormir los ronquidos que salían de las demás tuberías. Pero, en general, Mr. Malloy hacía un negocio modestamente lucrativo, y era feliz.

    Mrs. Malloy sintióse también feliz hasta que su esposo se convirtió en propietario; entonces comenzó a cambiar. Primero compró una alfombra, luego una artesa, luego una lámpara con pantalla de seda. Finalmente penetró en la caldera y dijo anhelante:

    —En casa de Holman se están vendiendo cortinas. Cortinas de encaje verdadero con los bordes azul y rosa a 1,98 dólares el juego, incluidos los barrotes.

    Mr. Malloy sentóse sobre el colchón.

    —¿Cortinas? ¿Para qué quieres cortinas?
    —Me gustan las cosas bonitas -dijo Mrs. Malloy-. Siempre me gustó tener cosas bonitas para que tú disfrutes. — Y su labio inferior comenzó a temblar.
    —Pero, querida — gritó Sam Malloy-; si a mí me gustan las cortinas, no tengo nada en contra de ellas.
    —Sólo 1,98 — insistió Mrs. Malloy-, y tú me regateas 1,98 dólares -dijo con un resoplido y su pecho empezó a agitarse.
    —No te los regateo -dijo Mr. Malloy -. Pero, querida, por amor de Dios, ¿qué vamos a hacer con las cortinas? No tenemos ventanas.

    Mrs. Malloy lloró y lloró, y Sam la tomó en sus brazos y la consoló.

    —Los hombres no comprenden los sentimientos de las mujeres — sollozaba Mrs. Malloy -. Los hombres nunca quieren colocarse en el lugar de una mujer.

    Y Sam echóse a su lado y le frotó la espalda durante largo tiempo antes de que Mrs. Malloy se durmiera.


    IX


    Cuando el coche del doctor regresó al Laboratorio, Mack y sus compañeros observaron como Hazel le ayudaba a entrar los sacos llenos de estrellas de mar. A los pocos minutos Hazel salió y se dirigió al Palace. Sus pantalones estaban húmedos hasta el muslo, y por donde se iban secando, la sal formaba blancos anillos. Dejóse caer en su mecedora y se quitó los zapatos mojados.

    —¿Cómo está el doctor? — le preguntó Mack.
    —Bien -dijo Hazel-. No se puede entender nada de lo que dice. ¿Sabéis lo que dice de las cucarachas? No, mejor será que no lo diga.
    —Parece que está muy cordial -dijo Mack.
    —Seguro -dijo Hazel-. Hemos cogido doscientas o tres cientas estrellas de mar. El doctor está contento.
    —Me pregunto si deberíamos ir ahora -preguntóse Mack, y se respondió a sí mismo -: No, mejor será que vaya uno solo.

    Si vamos todos lo echaríamos a perder.

    —¿De qué se trata? — preguntó Hazel.
    —Tenemos planes -dijo Mack-. Voy a ir yo, para no asustarlo. Vosotros os quedaréis aquí. Dentro de unos minutos estaré de vuelta.

    Mack salió y atravesó la vía. Malloy estaba sentado sobre un ladrillo, a la puerta de su casa.

    —¿Cómo te va, Sam? — le preguntó Mack.
    —Bastante bien.
    —¿Y tu señora?
    —Bastante bien -dijo Mr. Malloy-. ¿Conoces alguna clase de cola que pegue la tela al hierro?

    En otra ocasión Mack se hubiera dedicado de lleno al problema, pero esta vez no quiso detenerse.

    —No -dijo.

    Atravesó el solar, cruzó la calle y penetró en el sótano del Laboratorio.

    El doctor se había quitado el sombrero, pues allí no había peligro de mojarse la cabeza, a no ser que estallase alguna cañería. Estaba ocupado sacando de los mojados sacos las estrellas de mar y colocándolas sobre el frío suelo de cemento.

    Las estrellas estaban enroscadas, pues les gusta apoyarse en algo, y durante una hora sólo habían podido apoyarse sobre sí mismas.

    El doctor las dispuso en largas filas, y lentamente los animales se fueron estirando hasta convertirse en simétricas estrellas. La puntiaguda barba del doctor estaba húmeda de sudor. Levantó nerviosamente la vista cuando penetró Mack. No es que los líos y Mack entraran siempre juntos, pero con él siempre solía venir algo.

    —¿Qué tal, doctor? — dijo Mack.
    —Bien — contestó con inquietud el doctor.
    —¿Sabe lo que le ha ocurrido a Phyllis Mae, la del Restaurante? Golpeó a un borracho y se quedó con el diente en el puño, y ahora tiene una infección que le llega al codo. Phyllis me enseñó el diente. Era un diente postizo. ¿Puede esto ser venenoso, doctor?
    —Creo que todo lo que sale de la boca humana es venenoso -dijo el doctor en tono de advertencia-. ¿La ha visto el médico?
    —La ha curado Alfred.
    —Le llevaré un poco de sulfato -dijo el doctor, y aguardó a que la tormenta estallase. Sabía que Mack había venido por algo, y Mack se dio cuenta de que lo sabía.
    —Doctor, ¿necesita ahora animales? — preguntó Mack.

    El doctor lanzó un suspiro de alivio.

    —¿Por qué? — preguntó.

    El tono de Mack se hizo confidencial.

    —Voy a decírselo, doctor. Yo y los muchachos necesitamos algún dinero… tenemos que conseguirlo. Lo necesitamos para una buena obra, para un acto noble.
    —¿El brazo de Phyllis Mae?

    Mack consideró la sugerencia, y la desechó.

    —No-dijo-, es para algo más importante. A Phyllis no jiay quien la mate. No, esto es diferente. Yo y los muchachos hemos pensado si necesitaría usted algo que nosotros pudiéramos conseguir, y de este modo ganar algún dinero.

    La cosa parecía sencilla e inocente. El doctor siguió colocando las estrellas.

    —Necesito trescientas o cuatrocientas ranas -dijo-. Yo mismo podría cogerlas, pero me tengo que ir esta noche a La Jolla. Mañana habrá marea y podré conseguir pulpos.
    —¿Sigue pagando cinco centavos por cada rana? — preguntó Mack.
    —Sí -dijo el doctor.

    Mack se sentía jovial.

    —No se preocupe por las ranas, doctor -dijo -. Le conseguiremos todas las que necesite. Iremos a Carmel. Conozco un lugar.
    —Bien -dijo el doctor -. Me quedaré con todas las que traigáis, pero necesito trescientas.
    —Quede tranquilo, doctor -dijo Mack -. No pierda su sue ño por ello. Le traeremos las ranas que necesita, quizá setecientas u ochocientas. — Después de tranquilizar al doctor, una nube obscureció el rostro de Mack-. Doctor, ¿podemos usar su coche?
    —No -dijo el doctor -; tengo que ir esta noche a La Jolla, ya te lo dije.
    —¡Oh! — dijo con pesadumbre Mack-. ¡En fin!, no se preocupe, doctor. Quizá Lee Chong nos preste su camión viejo. — Y con tono opaco-: Doctor, ¿nos adelantaría dos o tres dólares para la gasolina? Lee Chong no querrá dárnosla.
    —No -dijo el doctor.

    Ya lo había hecho en otra ocasión. Le había prestado dinero a Gay para que fuera a buscarle tortugas. Le pagó dos semanas, y cuando éstas transcurrieron, Gay estaba en la cárcel, y no pudo ir por las tortugas.

    —Entonces, quizá no podamos ir por ellas -dijo tristemente Mack.

    El doctor necesitaba realmente las ranas. Trató de hallar algún medio que fuese negocio en vez de filantropía.

    —Verás lo que vamos a hacer -dijo-. Te daré una nota para mi surtidor, y allí te proporcionarán diez galones. ¿Te bastarán?

    Mack sonrió.

    —Estupendo -dijo -. Eso nos vendrá estupendamente. Vamos a ponernos a trabajar desde mañana temprano. Cuando regrese del Sur tendrá más ranas de las que ha visto en toda su vida.

    El doctor se dirigió a su mesa y escribió una nota a Red William, empleado del surtidor, autorizándolo para que diese a Mack diez galones de gasolina.

    —Aquí tienes -dijo.

    Mack sonreía cordialmente.

    —Doctor, duerma esta noche sin pensar un momento en las ranas. Cuando vuelva tendrá todas las que necesite.

    El doctor lo vio marchar con un poco de inquietud. Los tratos con Mack y sus compañeros eran siempre interesantes, per rara vez provechosos. Recordó la vez que Mack le vendió quince gatos, y por la noche vinieron los dueños y se los llevaron todos.

    —Mack -habíale preguntado-, ¿cómo es que todos son machos?
    —Doctor -había contestado Mack-, esto es una invención mía, pero voy a contárselo a usted porque es un amigo. Se pone una trampa de alambre y en ella se coloca el cebo. Se emplea… bien, se emplea una gata. De este modo vienen todos los gatos de la comarca.

    Desde el Laboratorio, Mack fue directamente a la tienda de Lee Chong. Mrs. Lee estaba cortando tocino. Un primo de Lee arreglaba las lechugas. Sobre una pila de naranjas dormía un gato. Lee estaba en su lugar de costumbre, detrás del mostrador de los cigarros y frente a los estantes de los licores. Cuando vio entrar a Mack, su dedo golpeó con más violencia la alfombrilla de goma. Mack no perdió el tiempo.

    —Lee -dijo-, el doctor tiene un problema. El Museo de Nueva York le ha hecho un fuerte pedido de ranas. Esto significa mucho para el doctor. Aparte del dinero es un honor conseguir un pedido como ése. El doctor tiene que ir al Sur, y yo y los muchachos nos hemos ofrecido a ayudarle. Creo que los amigos deben ayudarle a uno a salir de un apuro, especialmente cuando se trata de un hombre como el doctor. Calculo que te comprará por valor de sesenta o setenta dólares mensuales.

    Lee Chong permaneció silencioso y vigilante. Su grueso dedo apenas golpeaba la alfombrilla de goma, sino que se agitaba ligeramente como la cola de un gato nervioso.

    Mack prosiguió:

    —¿Nos prestarás tu viejo camión para ir a Carmel a buscar ranas para nuestro buen doctor?

    Lee Chong sonrió triunfalmente.

    —Camión estropeado -dijo.

    Mack vaciló un instante, pero al momento se recuperó. Le mostró la nota del doctor.

    —¡Mira! — dijo -. El doctor necesita las ranas. Nos proporciona la gasolina con tal de que se las consigamos. No puedo echarme atrás. Gay es un buen mecánico. Si arregla el camión, ¿nos dejarás usarlo?

    Lee echó hacia atrás la cabeza para mirar a Mack. No veía nada malo en la proposición. El camión no marchaba. Gay era un buen mecánico, y la nota respecto a la gasolina era una prueba convincente.

    —¿Cuánto tardaréis? — preguntó Lee.
    —Quizá medio día, quizá un día entero. Hasta que ene tremos las ranas.

    Lee estaba preocupado, pero no veía la salida. Se daba cuenta del peligro, pero dijo:

    —De acuerdo.
    —Bien -dijo Mack-. Sabía que el doctor podía contar contigo. Voy a buscar a Gay para que se ponga a trabajar inme diatamente. — Cuando se iba a marchar volvióse -. A propósito -dijo -, el doctor nos paga cinco centavos por cada rana. Vamos a traer setecientas u ochocientas. ¿Podríamos llevarnos una pinta de Old Tennis Shoes a cuenta de las ranas que traigamos?
    —¡No! — dijo Lee Chong.


    X


    Frankie comenzó a ir al Laboratorio cuando tenía once años. Durante una semana quedóse junto a la puerta del sótano contemplando lo que había dentro. Pero un día pasó de la puerta. A los diez días estaba en el sótano. Frankie tenía grandes ojos y su cabello era una obscura y sucia maraña. Llevaba las manos sin lavar. Frankie recogió un poco de serrín y lo puso en e cesto de la basura, luego miró al doctor que ponía etiquetas a unos recipientes que contenían velella. Finalmente, Frankie acer cose al banco de trabajo y puso en él sus sucios dedos. Frankie tardó tres semanas en llegar allí, y siempre estaba dispuesto a salir corriendo.

    Un día el doctor le habló.

    —¿Cómo te llamas?
    —Frankie.
    —¿Dónde vives?
    —Allí — y con un gesto indicó la colina.
    —¿Cómo no estás en la escuela?
    —Yo no voy a la escuela.
    —¿Porqué?
    —No me quieren allí.
    —Tienes las manos sucias. ¿No te lavas nunca?

    Frankie corrió a la pila y se lavó las manos; desde entonces se las lavaba casi todos los días.

    Y todos los días venía al Laboratorio. Era una compañía silenciosa.

    El doctor, por una llamada telefónica, supo que era cierto lo que Frankie decía. No lo querían en la escuela. No aprendía y tenía defectos de coordinación. No había lugar para él. No era un idiota, no era peligroso: sus padres no pagaban para que lo tuviesen en una institución.

    Frankie no solía dormir en el Laboratorio, pero pasaba allí los días. Y a veces dormía en el canasto del serrín. Esto ocurría probablemente durante las crisis de su hogar. El doctor le preguntó:

    —¿Por qué vienes aquí?
    —Usted no me pega ni me da cinco centavos.
    —¿Te pegan en tu casa?
    —En casa hay siempre tíos. Algunos me pegan y me dicen que me vaya, pero otros me dan cinco centavos y me dicen lo mismo.
    —¿Dónde está tu padre?
    —Muerto -dijo vagamente Frankie.
    —¿Dónde está tu madre?
    —Con los tíos.

    El doctor cortó el cabello de Frankie y le quitó los piojos. En casa de Lee Chong compró unos pantalones y un jersey listado, y Frankie se convirtió en esclavo suyo.

    —Te quiero — le dijo un día -, te quiero.

    Quiso trabajar en el laboratorio. Barría todos los días, pero nunca dejaba el suelo completamente limpio. Trataba de clasificar los cangrejos atendiendo a su tamaño. Estaba todos juntos en un cubo. Había que agruparlos en grandes cacerolas, primero los de tres pulgadas, luego los de cuatro, etc. Frankie quiso hacerlo y su frente se llenó de sudor, pero no consiguió su propósito. No tenía idea de los tamaños.

    —No — le decía el doctor-. Mira, Frankie, ponlos al lado de tu dedo para que veas cuáles son los más largos. ¿Ves? Éste llega desde la base hasta la punta del dedo. Coge otro que llegue desde la punta a la base del dedo y colócalo en el mismo lugar.

    Frankie probó, pero no pudo hacerlo.

    Cuando el doctor subió, Frankie se metió en el canasto del serrín y no salió en toda la tarde.

    Pero Frankie era un chico bueno y amable. Aprendió a encender los cigarros del doctor y quería que fumase constantemente para poder encenderle los cigarros.

    Cuando más disfrutaba Frankie era cuando daban fiestas en el Laboratorio. Cuando hombres y muchachas se juntaban para charlar, cuando el fonógrafo tocaba una música que se reflejaba en su estómago y hacía que su cerebro se llenase de imágenes vagas y encantadoras. Entonces se acurrucaba detrás de una silla y desde allí, oculto, observaba y oía. Cuando se reían de un chiste que él no podía comprender, Frankie reía detrás de su silla, y cuando la conversación recaía en temas abstractos, Frankie fruncía el ceño y se ponía serio.

    Una tarde tomó una resolución desesperada. En el Laboratorio había una pequeña fiesta. El doctor estaba en la cocina llenando los vasos de cerveza cuando Frankie apareció a su lado Tomó un vaso lleno de cerveza y corrió a dárselo a una muchacha que estaba sentada en un sillón.

    La muchacha tomó el vaso.

    —Muchas gracias -dijo, y le sonrió.

    El doctor, que venía, dijo:

    —Sí, Frankie representa para mí una gran ayuda.

    Frankie no pudo olvidar esto. Repasaba en su cerebro cómo había cogido el vaso, cómo la muchacha le había dicho: «Muchas gracias», y el doctor: «Frankie es una gran ayuda para mí». ¡Oh, Dios mío!

    Se preparaba una gran fiesta, pues el doctor había traído bistecs y gran cantidad de cerveza y le había permitido que limpiase la escalera. Pero esto no era nada comparado con el plan que Frankie se había trazado. Lo repetía una y otra vez. Era maravilloso. Era perfecto. Por fin se dio la fiesta y vino la gente, y el salón se llenó de hombres y de muchachas.

    Frankie tuvo que esperar hasta que en la cocina no hubo nadie y pudo cerrar la puerta. Pasó algún tiempo antes de que pudiera hacerlo. Pero por fin se hallaba solo y con la puerta cerrada. Escuchaba el rumor de la conversación y la música del gramófono. Trabajaba con mucha calma: primero la bandeja, luego los vasos, sin que se rompiera ninguno. Ahora llenarlos de cerveza dejando que la espuma bajara y luego echar un poco más.

    Todo estaba listo. Dio un gran suspiro y abrió la puerta. La charla y la música zumbaban a su alrededor. Frankie cogió la bandeja y salió. Ahora ya sabía. Marchó directamente hacia la misma muchacha que antes le había sonreído. Y frente a ella ocurrió todo: falló la coordinación, le temblaron las manos, los músculos se contrajeron, los nervios telegrafiaron inútilmente, la respuesta no vino. Cerveza y bandeja cayeron sobre el regazo de la muchacha. Durante un momento Frankie permaneció inmóvil. Luego volvióse y huyó.

    La habitación estaba en silencio. Lo oían como bajaba las escleras del sótano. Escucharon un ruido semejante al que hace una persona que excava… luego, silencio.

    El doctor bajó las escaleras y penetró en el sótano. Frankie se hallaba en el fondo de la caja del serrín con todo el contenido encima de él.

    Se le oía sollozar. El doctor esperó unos momentos y luego regresó por donde había venido.

    No podía hacer otra cosa.


    XI


    El camión Ford modelo T propiedad de Lee Chong, tenía una digna historia. En 1923 había pertenecido al doctor W. T. Waters. Éste lo usó durante cinco años y luego lo vendió a un agente de seguros llamado Rattle. Mr. Rattle no era un hombre cuidadoso. Conducía a toda velocidad el automóvil que había recibido en perfectas condiciones. Mr. Rattle bebía los sábados por la noche, y el coche se estropeó. El guardabarros estaba curvado y roto. Mr. Rattle usaba el pedal, y con frecuencia tenía que cambiar las conexiones. Cuando Mr. Rattle despilfarró el dinero de un cliente y huyó a San José con una rubia, fue detenido, y a los diez días estaba en la cárcel.

    La carrocería del auto estaba tan deteriorada que el propietario siguiente hizo arreglar el coche y lo convirtió en camión.

    El siguiente poseedor le quitó la parte delantera y el parabrisas. Lo empleaba para llevar calamares y le gustaba recibí la brisa fresca en el rostro. Se llamaba Francis Almones, y llevaba una vida triste, porque no ganaba nunca lo que necesitaba. Su padre le había dejado algún dinero, pero año tras año y mes tras mes, a pesar de todos los esfuerzos de Francis, el dinero iba disminuyendo, hasta que finalmente desapareció.

    Lee Chong obtuvo el camión en pago de una cuenta. Por entonces el camión consistía en cuatro ruedas y un motor, y éste estaba tan estropeado que había que tratarlo con gran cuidado y consideración. Lee Chong no lo trataba así y, como resultado, el camión permanecía la mayor parte del tiempo en la parte de atrás de la tienda con las malvas creciendo entre los radios de sus ruedas. En las de atrás llevaba sólidas llantas, y unos leños protegían las ruedas delanteras.

    Probablemente cualquiera de los muchachos hubiera hecho andar el camión, pues todos eran competentes mecánicos, pero Gay era un mecánico inspirado. No hay término adecuado que pudiera aplicársele, pero debería habérselo. Pues hay hombres que después de mirar, escuchar, golpear y ajustar consiguen que un motor ande. Pero hay hombres junto a los cuales un coche marcha mejor. Y uno de ellos era Gay. Sus dedos, manejando el carburador, eran suaves, precisos y seguros. Podía arreglar delicados motores eléctricos en el Laboratorio. Podía haber trabajado en las fábricas de conservas todo el tiempo que hubiese querido, pues para esta industria que se queja amargamente si, al cabo del año, no ha podido recuperar el total de sus inversiones, la maquinaria es mucho menos importante que la declaración fiscal. Si se pudieran enlatar sardinas con el libro mayor, los propietarios se pondrían muy contentos. Y empleaban una maquinaria horrible y decrépita que necesitaba los constantes cuidados de un hombre como Gay.

    Mack hizo levantar temprano a los muchachos. Tomaron café y se fueron en seguida a buscar el camión, que estaba sepultado en la maleza. Gay puso manos a la obra. Quitó los listones que había bajo las ruedas delanteras.

    —Pedid prestada una bomba y vamos a inflar las ruedas -dijo. Luego colocó un palo en el depósito de gasolina, bajo el ladero que servía de asiento. De milagro había en el depósito media pulgada de gasolina. Luego Gay realizó las operaciones más delicadas. Abrió el carburador para ver si salía gas. Oprimió la biela para ver si el eje estaba oxidado o si no marchaban bien los pistones y cilindros.

    Mientras tanto llegó la bomba y Eddie y Jones se dedicaron a inflar las ruedas.

    Gay canturreaba mientras iba trabajando. Quitó las bujías y las limpió. Luego echó un poco de gasolina en una lata y roció los cilindros. Luego volvió a poner las bujías. Se incorporó.

    —Vamos a necesitar un par de pilas -dijo -. Preguntad a Lee Chong si puede proporcionárnoslas.

    Mack partió y regresó inmediatamente con una negativa de Lee Chong extensiva a todas las demás peticiones. Gay meditó un instante:

    —Yo sé dónde hay un par, bastante buenas; pero no quiero ir a buscarlas.
    —¿Dónde? — preguntó Mack.
    —En mi casa -dijo Gay -. Si vosotros podéis penetrar sin que os vea mi mujer… están en el dormitorio, a la izquierda según se entra. Pero, por amor de Dios, no dejéis que mi mujer os agarre.

    Eligieron a Eddie para que fuera, y partió en seguida.

    —Si te agarran no hables de mí — gritó Gay.

    Mientras tanto él probó las conexiones. El acelerador no llegaba a tocar el suelo, tenía por lo tanto una conexión. El pedal del freno sí lo tocaba, por lo tanto no había freno, pero el pedal de retroceso funcionaba perfectamente.

    En un Ford modelo T el retroceso es el margen de seguridad. Cuando falla el freno, puede emplearse en su lugar el retroceso. Y cuando no se puede subir una cuesta, porque las transmisiones están muy gastadas, se puede remontar dando marcha atrás. Gay, al ver que el retroceso estaba bien, se dio cuenta de que la situación estaba salvada.

    Era un buen augurio que Eddie regresase sano y salvo con la pilas. Mrs. Gay estaba en la cocina. Eddie la oyó moverse de un lado a otro, pero ella no oyó a Eddie. Él sabía hacer estas cosas.

    Gay conectó las pilas y puso en marcha el motor.

    Gay era maravilloso: el mecánico de Dios, el San Francisco de todas las cosas que giran, se retuercen y explotan, el San Francisco de las bobinas, equipos y engranajes. Y si todos los viejos Dusenberg, Buick, De Soto y Plimouth, American Austin e Issota-Fraschini entonan un coro a Dios, se debe en gran parte a Gay y los suyos.

    Una torsión, una ligera torsión, y el motor comenzó a funcionar. Gay conmutó el magneto, y el Ford modelo T, propiedad de Lee Chong, resopló alegremente como si supiese que trabajaba para un hombre que lo comprendía. Pero aún le faltaban pequeños requisitos legales. La patente había caducado y le faltaban las luces. Pero los muchachos pusieron una estera en la chapa de atrás y la de delante la embadurnaron con barro. El equipo de la expedición era ligero: redes para las ranas y algunos sacos. Los cazadores de ciudad, cuando van de excursión, suelen aprovisionarse de alimentos y bebidas, pero no así Mack y sus compañeros. Dos panecillos y lo que quedaba en el jarro de Eddie era todo lo que llevaban. Subieron al camión. Gay conducía y Mack iba a su lado; rodearon la casa de Lee y atravesaron el solar pasando por entre los tubos. Mr Malloy los saludó desde su puesto junto a la caldera. Gay guiaba con precaución, porque los neumáticos estaban muy gastados.

    Cuando se pusieron en marcha eran más de las doce.

    El camión se detuvo junto al surtidor de Red William. Mack saltó a tierra y le dio a Red la nota del doctor, diciéndole:

    —El doctor no tenía cambio. Así que danos cinco galones y un dólar en vez de los otros cinco, eso es lo que el doctor quiere. Ha tenido que ir al Sur. Tiene allí un negocio importante.

    Red sonrió con benevolencia.

    —¿Sabes, Mack? — dijo -. El doctor también tuvo eso en cuenta y anoche me telefoneó. Es un individuo inteligente.
    —Pon los diez galones -dijo Mack -. No, espera. Se derramarían. Pon cinco y danos otros cinco en una lata cerrada. Red volvió a sonreír.
    —El doctor también tuvo eso en cuenta -dijo.
    —Pon los diez galones -dijo Mack -, y no dejes nada en la manguera.

    La expedición no pasó por el centro de Monterey. La patente y las luces hicieron que Gay eligiese las calles apartadas. Podrían encontrarse con un policía. Gay eligió una ruta que los llevó a donde comenzaba la colina de Carmel. Subieron a buena marcha, pero a las cincuenta yardas el pedal se descompuso. Gay sabía que no iba a funcionar, la conexión era demasiada delgada. Estaba bien, pero no para las cuestas. Se detuvo, hizo dar la vuelta al coche y lo colocó cuesta abajo. Puso en marcha el motor. El pedal de retroceso estaba bien. Lentamente el coche subió la cuesta de Carmel.

    Y casi llegaron al final. El radiador hervía, claro está, pero los técnicos en modelos T creen que para que funcione bien ha de hervir necesariamente. Alguien debería escribir un ensayo erudito sobre los efectos morales, físicos y estéticos del Ford modelo T sobre la nación americana.

    Dos generaciones de americanos saben más de la bobina Ford que del clítoris, del sistema planetario de engranajes que del sistema solar. Con el modelo T desaparece una parte del concepto de la propiedad privada. Los alicates dejan de ser propiedad particular, y una bomba de neumáticos pertenece al último hombre que la recoge. La mayoría de los niños de esa época han sido concebidos en Fords modelo T y no pocos han nacido en ellos. La teoría del hogar anglosajón se ha hecho tan complicada que jamás volverá a ser como antes.

    El camión siguió remontando la cuesta, pasó por la carretera de Jack's Peak, y cuando casi llegaba a la cima, el motor lanzo un profundo resoplido y dejó de funcionar. Gay bajó cincuenta pies y se metió por la carretera de Jack's Peak.

    —¿Qué ocurre? — preguntó Mack,
    —Creo que es el carburador -dijo Gay.

    El motor recalentado chirriaba, y por el escape salía un chorro de vapor que lanzaba silbidos semejantes a los de un caimán.

    El carburador de un modelo T no es complicado, pero necesita que le funcionen todas sus partes. Si alguna de ellas no está en su sitio, el carburador no funciona.

    Gay sacó la aguja y vio que tenía rota la punta.

    —¿Cómo habrá ocurrido esto? — preguntó.
    —Magia -dijo Mack-, pura magia. ¿Puedes arreglarlo?
    —No -dijo Gay -; tengo que ir a buscar otra.
    —¿Cuánto cuestan?
    —Un dólar, si es nueva; veinticinco centavos si es de segun da mano.
    —¿Tienes un dólar? — preguntó Mack.
    —Sí, pero no es necesario.
    —Vuelve lo más pronto que puedas. Te esperaremos aquí.
    —No podríais ir muy lejos teniendo la aguja rota -dijo Gay, y saltó fuera del coche.

    Hizo señas a tres autos y, por fin, uno se detuvo. Los muchachos vieron que Gay subía en el coche y desaparecía colina abajo. No volvieron a verlo en ciento ochenta días.

    ¡Oh, el infinito de las posibilidades! ¿Por qué el coche que recogió a Gay se estropearía antes de llegar a Monterey? Si Gay no hubiera sido mecánico no hubiera podido arreglar el coche. Y si él no hubiera arreglado el coche, su propietario no lo hubiera llevado a casa de Jimmy Brucia para que tomase una bebida. ¿Y por qué había de ser el cumpleaños de Jimmy? De todas las posibilidades existentes — hay millones de ellas — sólo se realizaron las que llevaban a la cárcel de Salinas. Sparky Ehea y Tiny Colletti se habían reconciliado y ayudaban a Jimmy a celebrar su cumpleaños, cuando llegó la rubia. Sobrevino la discusión con acompañamiento de gramola. El amigo de Gay conocía una nueva forma de lucha y quiso enseñársela a Sparky, y al hacerlo le rompió la muñeca. El policía que tenía enfermo el estómago — todos los detalles, hasta los más pequeños, iban en la misma dirección -. El destino se oponía a que Gay fuese a buscar las ranas y el destino amontonó toda clase de obstáculos para impedir que lo hiciese. Cuando finalmente los invitados rompieron el escaparate de la zapatería de Holman y comenzaron a probarse allí los zapatos, Gay fue el único que no oyó el pito. Y cuando la policía vino lo halló en el escaparate de Holman con un zapato oxford en un pie y uno de charol en el otro.

    Los muchachos que estaban con el camión encendieron una hoguera al ver que anochecía y comenzaba a refrescar. La brisa del mar agitaba los pinos. Los muchachos, sentados sobre el suelo del pinar, miraban el desierto horizonte a través de las ramas de los árboles. Durante un rato hablaron de la dificultad que Gay hallaba para encontrar una aguja, y cuando fue pasando el tiempo, no volvieron a mencionarlo.

    —Alguien debería haberlo acompañado -dijo Mack.

    Cerca de las diez, Eddie se levantó.

    —Un poco más arriba hay un campamento -dijo -. Voy a ver si tienen algún modelo T.


    XII


    Monterey es una ciudad de larga y brillante tradición literaria. Recuerda con orgullo y placer que Robert Stevenson vivió allí. La Isla del Tesoro tiene sin duda la topografía y trazado costero de Punta Lobos. Más recientemente ha habido en Carmel otros literatos, pero sin el antiguo perfume, la antigua dignidad de la bellas letras. Una vez la ciudad se escandalizó grandemente con algo que los ciudadanos consideraron ultrajante para un autor. Fue con motivo de la muerte de Josh Billings, el gran humorista.

    Donde está ahora el nuevo edificio de Correos había una quebrada profunda por la que corría el agua, y un pequeño puente sobre ella. En uno de los lados de la quebrada había un viejo edificio, el «Adobe Bar», y en el otro lado la casa del médico que atendía todas las enfermedades, los nacimientos y las muertes de la ciudad. El médico hacía experimentos con animales y. como había estudiado en Francia, solía embalsamar los cadáveres antes de que los enterrasen. Algunas personas consideraban esto sentimental, otras como un derroche, y otras como un sacrilegio, ya que los libros sagrados no hacían indicación alguna respecto a ello. Pero las familias mejores y más ricas empezaban a adoptar la costumbre que iba camino de convertirse en moda.

    Una mañana, el viejo Mr. Carriaga se dirigía desde su casa situada en la colina a la calle de Alvarado. Cruzaba el puente cuando atrajo su atención un niño y un perro que salían de la quebrada. El niño llevaba un hígado, y el perro una madeja de intestinos, al extremo de los cuales se balanceaba un estómago. Mr. Carriaga se detuvo y abordó cortésmente al niño:

    —Buenos días.

    En aquel tiempo los niños eran bien educados.

    —Buenos días, señor.
    —¿Adonde vas con ese hígado?
    —Voy a ver si pesco caballa.

    Mr. Carriaga sonrió.

    —Y el perro, ¿va también a pescar?
    —El perro ha encontrado eso, es suyo. Los dos lo hemos ha llado en la quebrada.

    Mr. Carriaga sonrió y siguió su camino, pero su mente comenzó a trabajar. No era el hígado de un buey: era demasiado Pequeño. No era el hígado de una ternera: era demasiado rojo. Tampoco era un hígado de oveja. Su espíritu estaba alerta. En la esquina se encontró con Mr. Ryan.

    —¿Murió alguien en Monterey la última noche? — preguntó.
    —No, que yo sepa -dijo Ryan.
    —¿No mataron a nadie?
    —No.

    Siguieron andando juntos y Mr. Carriaga le habló del niño y el perro. En el «Adobe Bar» se reunían varios ciudadanos para cambiar sus impresiones matinales. Allí Mr. Carriaga contó otra vez la historia, y apenas había terminado cuando el alguacil penetró en el «Adobe». Él tenía que saber si había muerto alguien.

    —No ha muerto nadie en Monterey -dijo el alguacil-. Pero fuera de Monterey, en el Hotel del Monte, ha muerto Josh Billings.

    Los hombres del bar quedaron silenciosos. Y el mismo pensamiento cruzó todas las mentes. Josh Billings era un gran hombre, un gran escritor. Había honrado a Monterey yendo a morir allí, y lo habían deshonrado. Sin gran discusión formóse una comisión compuesta por todos los que allí se encontraban. Los hombres atravesaron el puente y llamaron a la puerta de la casa del doctor que había estudiado en Francia.

    El doctor había estado trabajando hasta muy tarde. Las llamadas lo hicieron saltar de la cama, y, con el cabello revuelto y en camisa de dormir, fue a abrir la puerta. Mr. Carriaga se dirigió a él diciendo con severidad:

    —¿Embalsamó usted a Josh Billings?
    —Sí, ¿por qué?
    —¿Y qué ha hecho con sus tripas?
    —Pues las tiré a la quebrada como hago siempre.

    Los dignos ciudadanos le obligaron a vestirse rápidamente, y todos corrieron a la playa. Si el niño hubiera sido más rápido nada habrían podido hacer. Se estaba metiendo en el bote cuando llegó la comisión. El intestino estaba en la arena, donde el perro lo había dejado.

    Entonces el médico francés tuvo que reunido todo. Le obligaron a lavar cuidadosamente todas las partes y a quitar cual arena le fue posible. El mismo doctor tuvo que atender al importe de la caja de plomo de Josh Billings, pues Monterey no es una ciudad que permite que se deshonre a un literato.


    XIII


    Mack y los muchachos durmieron apaciblemente en el pinar, poco antes del alba, Eddie regresó. Había tenido que ir muy lejos antes de encontrar un Ford modelo T. Y cuando lo encontró pensó en si sería una buena idea quitar la aguja de su sitio. Quizá no ajustara bien. Por lo tanto se llevó todo el carburador. Los muchachos no se despertaron cuando Eddie volvió. Eddie se echó al lado de ellos y durmió bajo los pinos. El Ford modelo T tiene muchas ventajas. Sus piezas no sólo son intercambiables, sino que además son inindentificables. Desde la cuesta se disfrutaba de una vista hermosa: la bahía con las olas que se rompían sobre la arena, las dunas que rodeaban Seaside y, al pie de la colina, la intimidad cordial de la ciudad.

    Mack se levantó cuando amanecía y se ajustó los pantalones. Veía a los hombres que llevaban las redes de pescar. Un coche tanque tomaba aceite en Seaside. Detrás de Mack, los conejos se agitaban entre los matorrales. Luego salió el sol, que sacudió el frío de la noche como se sacude una alfombra. Al sentir el calor del sol, Mack se estremeció.

    Los muchachos comieron un poco de pan mientras Eddie ponía el nuevo carburador. Cuando Eddie hubo terminado empujaron al Ford en dirección al camino. Subieron, y Eddie los llevó tasta la cima del monte y luego siguió adelante pasando ante los campos de Hatton. En el valle del Carmen las alcachofas tenían un color verde grisáceo y los sauces se alineaban lozanos junto al río. La suerte les sonrió desde el primer momento.

    Un polvoriento gallo rojo, que se había alejado de su granja, cruzó la carretera, y Eddie, sin marchar con demasiada rapidez, lo rozó y lo lanzó fuera del camino. Hazel, que iba sentado en la parte trasera del camión, se apoderó del gallo, dejando escapar algunas de sus plumas, lo que constituyó la prueba más difundida que se recuerda, pues soplaba la brisa del lado de Jamesburg y algunas de las plumas del gallo fueron a parar a Punta Lobos y otras cayeron en el mar.

    El río de Carmen es encantador. No es muy largo, pero durante su curso tiene todo lo que un río debe tener. Nace en las montañas y desciende durante un trecho, discurre entre bancos de arena, una presa lo transforma en lago, salta sobre la presa, bulle entre cantos rodados, se desliza perezosamente bajo los sicómoros, forma embalses donde viven truchas y lame orillas pobladas por cangrejos.

    Durante el invierno se transforma en torrente, y en el verano es un lugar donde los niños pueden jugar y donde penetran los pescadores.

    Las ranas parpadean en sus orillas y junto a él crecen los helechos. Los gamos y los zorros van a beber al río por la mañana y por la noche, y de vez en cuando un león de las montañas se acurruca en sus riberas y hunde la lengua en sus aguas. Las granjas de los ricos se extienden hasta el río y emplean su agua para el huerto. La codorniz reclama junto a él y las palomas torcaces vienen al anochecer. Los coatíes recorren sus riberas en busca de ranas. El río de Carmen tiene todo cuanto un río debe tener.

    Pocas millas más arriba, el río pasa bajo unas rocas de las que penden heléchos y vides. Al pie de las rocas hay una laguna verde y profunda, y al otro lado de ella, un lugar arenoso, buenc para sentarse y hacer la comida.

    Mack y los muchachos se dirigieron a aquel lugar. Era per fecto. De haber ranas, allí las encontrarían. Era un lugar par descansar, para ser feliz. Durante el viaje se habían aprovisionado. Además del gallo rojo tenían un saco de zanahorias caído de un camión de verduras y media docena de cebollas que no se jiabían caído. Mack llevaba en su bolsillo un paquete de café. En el camión había una lata de cinco galones que tenía cortada la parte de arriba. El jarro de Eddie estaba lleno hasta la mitad. También habían traído sal y pimienta. Mack y los muchachos pensaban que quienes viajaban sin sal, pimienta ni café eran unos necios.

    Sin esfuerzo ni confusión, colocaron cuatro piedras en la pequeña playa. El gallo, que aquel día había saludado la salida del sol, yacía desmembrado y limpio en la lata de cinco galones que estaba llena de agua en la que flotaban las cebollas, mientras un fuego de leña de sauces secos chisporroteaba entre las piedras, un fuego muy pequeño. Sólo los tontos encienden grandes hogueras. El gallo tardaría mucho en estar a punto, porque era bastante viejo. Pero en cuanto el agua comenzó a hervir en torno de él, exhaló un perfume delicioso.

    Mack los aleccionó.

    —Por la noche es cuando va mejor para coger ranas -dijo, — por lo tanto, vamos a echarnos hasta que obscurezca.

    Sentáronse a la sombra y, gradualmente, uno por uno, se tendieron en el suelo y durmieron.

    Mack tenía razón. Las ranas no suelen salir durante el día; se ocultan entre los helechos y miran a través de las hendiduras de las rocas. Las ranas se cazan con una linterna durante la noche.

    Los hombres dormían sabiendo que aquélla iba a ser una noche agitada. Sólo Hazel estaba despierto para mantener vivo el fuego que ardía bajo la lata donde se cocía el gallo.

    Junto a las rocas no hay tardes doradas. Cuando el sol se elevó sobre el lugar, a eso de las dos, la playita se cubrió de sombra. Los sicómoros temblaban agitados por la brisa de la tarde. Pequeñas serpientes acuáticas salían de entre las rocas y nadaban por la laguna levantando la cabeza cual si fuera un periscopio y dejando tras de sí una ligera estela. Una gruesa trucha saltó en el agua.

    Los mosquitos que huyen del sol salieron y zumbaron sobre la laguna. Y todos los insectos amigos del sol, las moscas, las avispas, los avispones, las libélulas, se fueron a sus guaridas. Y en cuanto la playa quedó en sombras, la primera codorniz dejó oír su reclamo.

    Mack y los muchachos se despertaron. El olor del gallo era sobremanera apetitoso. Hazel había cogido una hoja de un laurel que estaba junto al río y la había echado en el caldo. Las zanahorias también se estaban cociendo. El café se hacía en un lugar aparte, bastante alejado de la llama para que no hirviese con demasiada fuerza. Mack despertóse, se estiró, fue a la laguna, se lavó la cara, tosió, escupió y se sentó junto al fuego:

    —¡Cielos, qué bien huele esto! — dijo.

    Los demás hombres, cuando se levantaron, hicieron lo mismo que Mack. En cuanto todos estuvieron alrededor del fuego y hubieron cumplimentado a Hazel, éste hundió el cuchillo en la carne del gallo.

    —No va a estar lo que se dice tierno -dijo Hazel -. Tendría que hervir durante dos semanas para ponerse blando. ¿Qué tiempo crees que tenía, Mack?
    —Tengo cuarenta y ocho años y no estoy tan duro como él -dijo Mack.
    —¿Hasta qué edad puede llegar un gallo si no se le mata ni se pone enfermo? — preguntó Eddie.
    —Ésa es una cosa que nadie puede averiguar -dijo Jones.

    Era un momento feliz. Bebiefon un jarro y se calentaron.

    —Eddie, esto no es una queja -dijo Jones-. Pero estaba pensando. ¿Y si trajeses del bar dos o tres jarros? En uno echabas el whisky, en el otro vino y en otro la cerveza…

    Un silencio de asombro siguió a esta sugerencia.

    —No es que me queje — volvió a decir Jones rápidamente -. Me gusta así… — Jones hablaba demasiado, pues se daba cuenta de que había cometido una incorrección y no podía repararla -. Lo que me gusta de esto es que uno no sabe los efectos -dijo con precipitación -. Si se toma whisky, ya se conoce lo que es. A unos les da por pelear y a otros por llorar -dijo con magnanimidad -, pero con esto no se sabe si uno va a subirse a un pino o a irse nadando hasta Santa Cruz. Es más divertido de este modo — terminó débilmente.
    —Hablando de nadar -dijo Mack para cortar aquella conversación-. ¿Qué le pasaría a McKinley Moran? ¿Recordáis, aquel que nada bajo el agua?
    —Lo recuerdo -dijo Hughie-. Hemos estado muchas veces juntos. No tenía trabajo y se dio a la bebida. Nadar bajo el agua y beber es demasiado fuerte. Luego vinieron las preocupa ciones. Por fin vendió su equipo, se emborrachó y dejó la ciudad.

    No sé adonde fue. No estaba bien desde que salvó a aquel hombre que se hundió con el ancla. McKinley se estropeó el tímpano, y después de aquello no volvió a estar bien. — Mack bebió otra vez del jarro-. Solía hacer bastante dinero durante la Prohibición -dijo -. El Gobierno le daba veinticinco dólares diarios por nadar hasta el fondo en busca de licores, y Louie le daba tres dólares por caja que no entraba. Sacaba una caja por día para tener contento al Gobierno. A Louie no le importaba eso. De ese modo no empleaban a otros buceadores. McKinley hizo mucho dinero.

    —Cierto -dijo Hughie-, pero McKinley es como todos los demás, en cuanto tuvo dinero quiso casarse. Se casó tres veces antes de que se le agotase el dinero. Yo lo sabía. Compró un zorro plateado, y zas, ¡a casarse en seguida!
    —¿Qué le habrá pasado a Gay? — preguntó Eddie. Era la primera vez que hablaban de él.
    —Cualquier cosa -dijo Mack -; no se puede confiar en los casados. Por mucho que les molesten las esposas, siempre vuelven a ellas. Se ponen a pensar y vuelven a casa. No se puede confiar en ellos. Mirad a Gay, por ejemplo: su mujer le pega, pero os aseguro que en cuanto lleve tres días separado de ella, pensará que él es quien tiene la culpa y regresará a su hogar.

    Comieron larga y delicadamente, cortando en trozos el gallo, dejando que se enfriasen los pedazos y luego royendo hasta el hueso la carne dura. Colocaron las zanahorias sobre las hojas de los sauces y bebieron el caldo que había en la lata. Y en torno de ellos, como una música, avanzaba la noche. Las codornices comenzaron a llamarse. Las truchas saltaron en el agua, y las mariposas vinieron y revolotearon sobre la superficie. Los muchachos tomaron el café. Habían comido y se hallaban reconfortados y silenciosos. Finalmente, dijo Mack:

    —¡Cielos, cómo odio a los mentirosos!
    —¿Quién te ha mentido? — preguntó Eddie.
    —Oh, no me importan los que dicen mentiras para salir del paso o para animar la conversación, pero odio a los hombres que se engañan a sí mismos.
    —¿Y quién ha hecho eso? — preguntó Eddie.
    —Yo -dijo Mack-, y quizá vosotros también. Hemos pensado en darle una fiesta al doctor, y para ello hemos venido hasta aquí y nos hemos divertido. Y cuando volvamos, el doctor nos pagará. Somos cinco y beberemos cinco veces más que el doctor. Y no estoy seguro de que lo hagamos por el doctor. Quizá lo estamos haciendo por nosotros. Y el doctor no merece que le hagamos esto. El doctor es el mejor hombre que conozco. No me gustaría aprovecharme de él. Ya sabéis que una vez le conté una historia para sacarle un dólar. Cuando estaba a la mitad me di cuenta de que él veía que era mentira, y le dije: «Doctor, todo esto es mentira», y él se metió la mano en el bol sillo y me dio un dólar. «Mack -dijo -, sé que el hombre que miente para conseguir un dólar es porque realmente lo necesita.» Yo le devolví el dinero al día siguiente. No me lo gasté. Me quedé con él durante la noche y se lo devolví por la mañana.
    —Al doctor le gustan mucho las fiestas -dijo Hazel-. Tenemos que dársela. ¿Es que hay algún inconveniente?
    —No lo sé -dijo Mack-. Me gustaría hacer algo donde nosotros no recibiéramos la mayor parte del beneficio.
    —¿Y si le hiciéramos un regalo? — sugirió Hughie -. ¿Y si comprásemos el whisky y se lo diéramos para que hiciese con él lo que quisiera?
    —Tienes razón -dijo Mack -. Eso es lo que vamos a hacer. Darle el whisky y marcharnos.
    —Ya sabéis lo que va a pasar -dijo Eddie -. Henri y los amigos de Carmel olerán el whisky, y en vez de nosotros cinco habrá veinte. El doctor me dijo una vez que cuando freía un bisté se olía desde el arrabal hasta la Punta Sur. No veo la ven taja. Mejor será que le demos nosotros la fiesta.

    Mack consideró este razonamiento.

    —Quizá tengas razón -dijo por fin -. Pero… ¿y si le regalásemos otra cosa que no fuera whisky? Por ejemplo, un par de gemelos con sus iniciales.
    —¡Oh, no! — exclamó Hazel -. Al doctor no le gustan esas cosas.

    Había cerrado la noche y las estrellas brillaban en el cielo. Hazel avivó el fuego y las llamas iluminaron la pequeña playa. En la colina se oía a un zorro que lanzaba ladridos agudos. De las montañas venía un perfume de salvia. El agua cantaba entre las piedras al deslizarse fuera de la laguna.

    Mack consideraba la última sugerencia, cuando un ruido de pasos le hizo volverse. Un hombre alto y moreno avanzaba hacia ellos; llevaba al hombro una escopeta y tras él trotaba un pointer.

    —¿Qué estáis haciendo aquí? — preguntó.
    —Nada -dijo Mack.
    —¿No habéis leído los avisos? No se permite pescar, cazar, encender hogueras ni acampar. Tenéis que recogerlo todo, apagar el fuego y marcharos.

    Mack se levantó humildemente.

    —No lo sabía, capitán -dijo -, no hemos visto los avisos.
    —Los hay por todas partes. Tenéis que haberlos visto.
    —Mire, capitán, hemos cometido un error y lo sentimos -dijo Mack. Hizo una pausa y miró fijamente a su encorvado interlocutor-: Es usted militar, ¿no es cierto, señor? Los militares ponen los hombros de modo diferente a las demás personas. Yo estuve en el ejército y puedo decirlo.

    Imperceptiblemente, el hombre enderezó sus hombros.

    —No permito que se enciendan hogueras -dijo.
    —Lo sentimos mucho, capitán. Vamos a apagarla ahora mismo. Sabe, trabajamos para un científico. íbamos a cazar ranas. Son para hacer experimentos sobre el cáncer y nosotros tratábamos de ayudar.

    El hombre dudó un momento.

    —¿Y qué es lo que hacen con las ranas? — preguntó.
    —Les inoculan el cáncer y luego hacen estudios y experimentos, mas para ello necesitan muchas ranas. Si no quiere que estemos aquí, capitán, nos marcharemos al momento. Nunca habríamos acampado aquí si lo hubiéramos sabido. — De repente, Mack se fijó en el pointer como si lo viera por vez primera-. ¡Qué magnífica perra! — dijo con entusiasmo -. Se parece a Nola, la que ganó el año último el premio Virginia. ¿Es también de Virginia esta perra, capitán?

    El capitán dudó un momento y luego mintió:

    —Sí -dijo brevemente-. Está coja. Tiene garrapatas en el brazuelo derecho.
    —¿Le importa que la examine, capitán? — dijo Mack solícitamente -. Ven acá, amiguita, ven acá. — La perra miró a su amo y luego se acercó a Mack-. Enciende unas ramitas para que pueda ver — le dijo Mack a Hazel.
    —Está en la parte de arriba, donde no se puede lamer -dijo el capitán, y se inclinó para mirar sobre el hombro de Mack.

    Mack extrajo un poco de pus de la herida que había en la pata del animal:

    —Una vez tuve un perro con una cosa semejante, pero le metió adentro y le produjo la muerte. Acaba de tener cachorros, ¿verdad?
    —Sí -dijo el capitán-, le he puesto yodo en la pata.
    —No -dijo Mack -, eso no sirve. ¿Tiene en casa un poco de sulfato de magnesia?
    —Sí.
    —Tiene que hacer con ello una cataplasma caliente y ponérsela en la herida. La perra está débil a causa de los cachorros.

    Es una pena que se ponga enferma ahora. Perdería también los cachorros.

    La perra miró fijamente a Mack y luego se lamió la pata.

    —Mire, capitán, yo mismo voy a curársela. La magnesia le vendrá muy bien. Es lo mejor que hay.

    El capitán acarició la cabeza de la perra.

    —¿Sabe? Al lado de mi casa hay un estanque lleno de ra nas, que no me dejan dormir por las noches. ¿Por qué no van allí? Las ranas croan toda la noche. Me gustaría mucho verme libre de ellas.
    —Es usted muy amable -dijo Mack-, la ciencia se lo agradecerá. Pero me gustaría poder curar a la perra. — Se volvió a los demás -. Apagad el fuego. Aseguraos de que no quede una sola chispa y dejadlo todo limpio. No queremos dejar mal las cosas. Yo y el capitán vamos a curar a Nola. Vosotros ven dréis cuando hayáis acabado de limpiarlo todo.

    Mack y el capitán se fueron juntos. Hazel echó arena sobre el fuego.

    —Creo que si Mack quisiera podría ser presidente de los Estados Unidos -dijo.
    —¿Y para qué iba a quererlo? — preguntó Jones-. No debe ser nada divertido.


    XIV


    En el arrabal conservero, el amanecer está lleno de encanto. En esos momentos grises que hay desde que se hace la luz hasta que el sol sale, el arrabal parece suspendido fuera del tiempo, en una luz plateada. Se apagan los faroles y las hierbas son de un verde brillante. El hierro acanalado de las fábricas de conservas luce cual si fuese de platino o peltre viejo. No pasan automóviles. En la calle no se aprecia el rumor del progreso y de los negocios; y se oye el batir de las olas entre las estacas de las fábricas de conservas. Es un momento de paz, de soledad, de descanso. Los gatos saltan las cercas y corren en busca de cabezas de pescado. Perros silenciosos y madrugadores pasan majestuosamente buscando un lugar donde hacer sus necesidades. Las gaviotas se posan sobre el techo de las fábricas de conservas en espera de los residuos. De las rocas cercanas a la Estación Marítima de Hopkins viene el rugir de los leones marinos semejante al ladrido de los perros. El aire está lleno de frescor. En los jardines, los topos salen de los montones de tierra húmeda y se llevan flores a sus agujeros. Se ven muy pocas personas, sólo las necesarias para acentuar la soledad: alguna de las chicas de Dora que regresa de casa de un cliente demasiado rico o demasiado enfermo para ir al Restaurante. El maquillaje de la muchacha está estropeado y tiene cansados los pies. Lee Chong saca los cubos de la basura y los coloca al borde de la acera. El viejo chino sale del mar y cruza la calle golpeando el piso con su suela desprendida. Los serenos de las fábricas de conservas salen y parpadean con la luz matinal. En el Restaurante, Alfred sale en mangas de camisa, se estira, bosteza y se rasca la barriga. Los ronquidos de los inquilinos de Mr. Malloy tienen una profundidad de caverna. Es una hora mágica: el intervalo entre la noche y el día cuando el tiempo se detiene para examinarse.

    En tal mañana y con tal luz, dos soldados y dos muchachas venían por la calle. Habían estado en La Ida y se hallaban cansados y felices. Las muchachas eran corpulentas, de abultados senos, y su rubio cabello estaba algo desordenado. Llevaban trajes de fiesta de algodón estampado que, arrugados ahora, se ceñían a sus curvas. Cada una de ellas llevaba puesta la gorra de un soldado, una hacia atrás y la otra con la visera sobre la nariz. Eran muchachas de labios y nariz gruesos, anchas caderas, y se hallaban muy cansadas. Los soldados llevaban desabrochada la guerrera, el cinturón metido por las charreteras, las corbatas aflojadas para que se pudiera desabrochar el cuello de la camisa. Llevaban puestos los sombreros de las chicas: uno, un diminuto sombrero de paja adornado con margaritas; el otro, un sombrero blanco de punto adornado con medallones de celofán. Caminaban cogidos de las manos y moviéndolas rítmicamente. Uno de los soldados llevaba una bolsa llena de latas de cerveza fresca. Avanzaban alegremente en aquella mágica luz. Lo habían pasado muy bien y se sentían felices. Sonreían delicadamente como niños cansados al recordar una fiesta. Se miraban los unos a los otros, sonreían y balanceaban las manos. Al pasar ante el Restaurante saludaron a Alfred, que seguía rascándose el abdomen. Escucharon los ronquidos que salían de los tubos y se echaron a reír. Al llegar a la casa de Lee Chong se detuvieron y miraron el desordenado escaparate. Balanceando las manos y arrastrando los pies llegaron al límite del arrabal y se encontraron con la vía del tren. Las muchachas subieron sobre los rieles y anduvieron por ellos, y los soldados pasaron el brazo por sus rollizas cinturas para evitar que cayesen. Pasaron ante los astilleros y llegaron a los terrenos propiedad de la Estación Marítima de Hopkins. Frente a la estación hay una playa curva, una playa diminuta limitada por rocas. El oleaje matinal lamía la playa murmurando dulcemente. Un olor de algas venía de las rocas que surgían del agua. Cuando los cuatro llegaron a la playa, un rayo de sol pasó sobre la finca de Tom Wark, atravesó la bahía y doró el agua y las rocas. Las muchachas se sentaron sobre la arena y se cubrieron las rodillas con la falda. Uno de los soIdados abrió agujeros en cuatro latas de cerveza y las distribuyó entre sus compañeros. Los hombres se echaron y pusieron la cabeza sobre el regazo de las chicas y las miraron a la cara. Y ellas les sonrieron un secreto maravilloso lleno de paz y de cansancio.

    En la estación oyóse ladrar un perro. El vigilante, un hombre moreno y rudo, les había visto, y también su negro perro cocker. Les gritó y, al ver que no se movían, bajó a la playa acompañado por su perro, que ladraba monótonamente.

    —¿No saben que no pueden estar aquí? Tienen que marcharse. Es un terreno particular.

    Los soldados ni siquiera parecieron oírlo. Sonreían a las muchachas que les acariciaban el cabello. Finalmente, uno de los soldados volvió con lentitud la cabeza dejando la mejilla entre las piernas de la muchacha. Sonrió benévolamente al hombre.

    —¿Por qué no toma un pasaje para la luna? — dijo con amabilidad y se volvió para mirar a la chica.

    El sol iluminó el rubio cabello de la muchacha, que se puso a rascar la oreja del soldado. Ni siquiera vieron al vigilante cuando éste regresó a su casa.


    XV


    Cuando los muchachos llegaron a la granja, Mack estaba en la cocina. La perra pointer se hallaba echada y Mack mantenía sobre la mordedura de las garrapatas una toalla impregnada en sulfato de magnesia. Entre las patas de la perra se afanaban lo rollizos cachorros que iban en busca de leche, y la perra miraba pacientemente a Mack y parecía decirle: «Ya ves de qué se trata; yo bien quiero hacérselo comprender, pero él no me entiende».

    El capitán sostenía una lámpara y contemplaba a Mack.

    —Me alegro de saberlo -dijo.
    —No quiero darle lecciones, señor -dijo Mack -, pero hay que destetar a los cachorros. La perra tiene poca leche y sus hijos la están devorando.
    —Lo sé -dijo el capitán -, creo que debería haberlos ahogado a todos, menos a uno. ¡Pero he tenido tanto que hacer! A la gente no le interesan estos perros. Prefiere los perros de lanas, los boxer y los Doberman.
    —Ya sé -dijo Mack -, y sin embargo no hay perro como el pointer. Ya sé lo que le ocurre a la gente. Pero no va a ahogar a los perros, ¿verdad?
    —Bien -dijo el capitán -, desde que mi esposa se ha me tido en política me estoy volviendo loco. La eligieron por este distrito, y cuando no hay sesión está pronunciando discursos. Y cuando se halla en casa no hace más que estudiar y redactar proyectos de ley.
    —Qué desagradable debe ser (me refiero a la soledad) -dijo Mack-. Si yo tuviera un cachorro como éste — y cogió a uno de ellos-, en tres años lo convertiría en un magnífico perro de caza. Tomaría una perra.
    —¿Quiere uno de éstos? — le preguntó el capitán.

    Mack levantó la cabeza.

    —¿Quiere decir que va a regalarme uno?
    —Pues claro que sí. Elija el que quiera -dijo el capitán -; a estos perros nadie los quiere ahora.

    Los muchachos, de pie en la cocina, cambiaron impresiones. Era indudable que la mujer no cuidaba de la casa: las latas abiertas, la sartén con restos de huevos fritos, las migas sobre la mesa de la cocina, los cartuchos de escopeta que había sobre la cesta del pan, todo indicaba la ausencia de la mujer, mientras que las cortinas blancas, los papeles que cubrían las estanterías, y las toallas que había junto al fogón, decían que había habido una Mujer. Los muchachos se alegraron inconscientemente de que la esposa no estuviera. Las mujeres que ponen papeles en las estanterías y emplean toallas, suelen llevarse mal con Mack y sus compañeros. Dichas mujeres saben que ellos son los peores enemigos de un hogar, pues consideran la quietud, meditación y compañerismo como incompatibles con el orden, la pulcritud y la limpieza. Los muchachos se alegraban de que la mujer no estuviese en casa.

    Entonces el capitán pareció darse cuenta de que le estaban haciendo un favor. No permitió que se marchasen, y les dijo con tono de vacilación:

    —Me figuro que querréis algo que os caliente antes de ir por las ranas.

    Los muchachos miraron a Mack. Este fruncía el entrecejo como si estuviera meditando el asunto.

    —Cuando realizamos un trabajo científico, tenemos por costumbre no tomar nada -dijo Mack, y en seguida, rápidamente, como si hubiera ido demasiado lejos, agregó-: pero viendo lo amable que ha sido con nosotros… bueno, no me importará tomar una copa. No sé lo que pensarán los muchachos.

    A los muchachos tampoco les importaba tomar una copa. El capitán cogió una linterna y bajó al sótano. Lo oyeron remover maderos y cajas y al poco rato volvió trayendo un pequeño barril de roble que colocó sobre la mesa de un modo descuidado.

    —Durante la Prohibición -dijo -, conseguí whisky de maíz y lo oculté. Ahora no sé cómo estará. Es bastante añejo. Casi lo había olvidado. Saben…, mi mujer — y se detuvo allí al ver que comprendían.

    El capitán quitó el tapón del barril y tomó vasos de la estantería adornada con papeles. Es una cosa difícil verter poco líquido de un barril de cinco galones. Cada uno recibió más de medio vaso de licor. Esperaron ceremoniosamente al capitán y luego dijeron:

    —¡Arriba!

    Y bebieron. Chasquearon la lengua, se lamieron los labios sus ojos adquirieron una mirada abstraída.

    Mack miró su vaso vacío como si en el fondo hubiera escrito algún sagrado mensaje. Y luego alzó la vista.

    —Es estupendo -dijo-. Esto no se embotella. — Aspiró profundamente; luego prosiguió -: Creo que no he probado nunca nada tan bueno.

    El capitán pareció complacido. Volvió la vista al barril.

    —Sí, es bueno. ¿Le parece bien que tomemos un poco más?

    Mack miró otra vez a su vaso.

    —Está bien. Pero, ¿no sería mejor echarlo en un jarro? De este modo puede derramarse.

    Dos horas más tarde recordaron a qué habían venido.

    El estanque de las ranas era cuadrado: cincuenta pies de ancho por setenta de largo y cuatro de profundidad. Lozano césped crecía en sus bordes; una pequeña zanja llevaba hasta él el agua del río, y otras más pequeñas llevaban al huerto el agua del estanque. En el estanque había miles de ranas. Su croar rasgaba la calma de la noche. Las ranas cantaban a las estrellas, a la luna menguante, al ondulante césped. Entonaban cantos de amor y se cruzaban desafíos. Los hombres, protegidos por la obscuridad, avanzaron hacia el estanque. El capitán llevaba un jarro casi lleno de whisky y cada hombre tenía un vaso. El capitán les había proporcionado linternas. Hughie y Jones llevaban unos sacos. Cuando estuvieron cerca, las ranas los oyeron venir. Todo quedó repentinamente silencioso. Mack y los muchachos se sentaron en la hierba para beber otro vaso y para trazar su plan de campaña. Y el plan era audaz.

    Durante los milenios en que hombres y ranas vivían casi en las mismas circunstancias, es probable que los hombres cazaran ranas. Y desde entonces se ha desarrollado un plan de ataque: el hombre, armado de red, arco, lanza o rifle, se desliza silenciosamente, a su parecer, hacia la rana. Las reglas requieren que la rana permanezca inmóvil y espere el último segundo: cuando la red desciende, cuando la lanza está en el aire, cuando el dedo oprime el gatillo, y entonces salta, se zambulle en el agua, nada hasta el fondo y espera allí hasta que el hombre se marcha. Éste es el modo de hacerlo, el modo como se ha hecho siempre. Las ranas tienen derecho a esperar que siempre suceda así. De vez en cuando la red es demasiado rápida, la lanza traspasa, el rifle dispara y la rana perece, pero todo ello es justo y de acuerdo con las reglas. Las ranas no se quejan. Pero, ¿cómo habían de prever el nuevo método de Mack? ¿Cómo habían de imaginarse el terror que sobrevino: las repentinas luces, los gritos de los hombres, los pasos precipitados? Todas las ranas saltaron, se zambulleron en el agua y nadaron hasta el fondo. Entonces los hombres saltaron al estanque y comenzaron a moverse en todas direcciones. Histéricamente, las ranas salieron de sus plácidos refugios y nadaron huyendo de los terribles pies, pero los pies las perseguían. Las ranas nadan bien, pero no tienen mucha resistencia. Llegaron hasta el final del estanque y se amontonaron junto al borde. Y los pies las siguieron hasta allí.

    Unas cuantas ranas perdieron la cabeza, vacilaron entre los pies y se salvaron. Pero la mayoría decidió abandonar para siempre el estanque, buscar un nuevo hogar, un nuevo país donde no ocurrieran estas cosas. Una ola de ranas frenéticas, grandes y pequeñas, verdes, obscuras, machos y hembras, una ola de ranas saltó el borde del estanque y llegó al césped, unidas las unas a las otras, las pequeñas montadas sobre las grandes. Y entonces -¡horror tras horror! — las linternas las descubrieron. Dos hombres las cogieron como si fuesen fresas. Los hombres salieron del estanque y cercaron su retaguardia. Los sacos se llenaron de ranas cansadas, aterradas, desilusionadas, chorreantes. Algunas consiguieron huir, claro está, y algunas quedaron en el estanque. Pero jamás en la historia de las ranas tuvo lugar una catástrofe parecida. No las contaron, pero debía de habe seiscientas o setecientas. Luego, Mack cerró alegremente los sacos. Estaban empapados y el aire era frío. Tomaron un vasito en el césped, antes de regresar, para no pillar un resfriado.

    No se sabe si el capitán se había divertido nunca tanto como aquella vez. Estaba agradecido a Mack y a los muchachos. Luego, cuando las cortinas se incendiaron y el fuego se apagó con las toallas, les dijo a los muchachos que no se preocuparan. Consideraría un honor que quemasen la casa, si ello les divertía.

    —¡Mi esposa es una mujer maravillosa! — exclamó -. ¡Una mujer maravillosa! Debiera haber sido hombre. Si hubiera sido hombre, yo no me hubiera casado con ella.

    Rióse mucho con esto, lo repitió tres o cuatro veces y resolvió contárselo a otras personas. Llenó un jarro de whisky y se lo entregó a Mack. Quería irse a vivir con ellos al Palace. Decidió que su mujer simpatizaría con Mack y sus amigos en cuanto los conociera. Finalmente echóse a dormir en el suelo con la cabeza entre los cachorros. Mack y los muchachos se sirvieron otro vaso y lo contemplaron seriamente.

    Mack dijo:

    —Me dio este jarro de whisky, ¿verdad? ¿Lo oísteis?
    —Cierto -dijo Eddie -, yo lo oí.
    —Y me regaló un cachorro.
    —Cierto, el que quisieras. Todos lo oímos. ¿Por qué?
    —Nunca me he aprovechado y no voy a empezar ahora -dijo Mack-. Tenemos que marcharnos de aquí. Cuando se despierte va a enfadarse y a echarnos la culpa. No quiero que estemos aquí.

    Mack miró las abrasadas cortinas, el suelo lleno de whisky y de basura de los cachorros, la grasa de tocino que se coagulaba en el fogón. Fue adonde estaban los cachorros, los examinó cuidadosamente, les miró los ojos y las mandíbulas y eligió una linda perra moteada, con nariz color de hígado y ojos de un dorado obscuro.

    —Vamos, Darling -dijo.

    Apagaron la lámpara por miedo a un incendio. Amanecía cuando dejaron la casa.

    —Creo que nunca he hecho una excursión tan buena -dijo Mack-; pero me estremezco al pensar lo que ocurrirá cuando venga la mujer. — El cachorro gemía y Mack se lo metió debajo de la chaqueta-. Él es un buen hombre cuando se encuentra a gusto. — Marchó hacia el lugar donde habían dejado el Ford-. No debemos olvidar que esto lo hacemos por el doctor -dijo -; y según se están poniendo las cosas, me parece que el doctor tiene mucha suerte.


    XVI


    Probablemente, la época de más trabajo para las chicas del Restaurante de Dora fue el mes de marzo, cuando la gran pesca de sardina. No se debió solamente a que el río plateado de las sardinas hiciera que el dinero corriese en abundancia. Un nuevo regimiento se trasladó al presidio, y los soldados nuevos siempre hacen gastos antes de establecerse. Dora estaba falta de gente, pues Eva Flanegan estaba de vacaciones en San Luis, Phyllis Mae se había roto una pierna al salir del barco de cabotaje, en Santa Cruz, y Elsie Doublebottom había hecho una novena y no servía gran cosa para otros asuntos.

    Los pescadores, cargados de dinero, entraban y salían durante toda la tarde. Se hacían a la mar al obscurecer y pescaban durante la noche para poder jugar por las tardes. Por la noche, los soldados del nuevo regimiento venían al Restaurante y se sentaban en torno a la gramola, bebiendo Coca-Cola y fijándose en las muchachas para cuando recibiesen su paga. Dora estaba preocupada por los impuestos, pues se hallaba frente al curióse enigma que declaraba ilegal su comercio, pero le hacía pagar un impuesto. Aparte de todo esto, estaban los clientes de todo el año, los trabajadores de los cascajales, los caballistas de los ranchos, los empleados del ferrocarril, que entraban por la puerta principal, y los oficinistas de la ciudad y los negociantes de importancia que entraban por la puerta de atrás y tenían reservados saloncitos de quimón.

    Por todas estas razones, aquél fue un mes terrible, y a la mitad de él estalló una epidemia de gripe que se extendió por toda la ciudad. Mrs. Talbot y su hija, que estaban en el San Carlos Hotel, la padecían. La padecía Tom Work. Benjamín Peabody y su familia estaban también enfermos. La excelentísima María Antonia Field cayó enferma también. Toda la familia Gross estaba atacada.

    Los médicos de Monterey — y había muchos que se ocupaban de los casos corrientes, accidentes y neurosis — estaban enloquecidos. Tenían más trabajo del que podían atender, y con clientes que, aunque no pagasen las cuentas, tenían al menos dinero con que pagarlas.

    El arrabal conservero, cuyos habitantes eran más fuertes, tardó más en contraer la enfermedad, pero finalmente la padeció también. Las escuelas se cerraron. No había una sola casa donde no hubiera niños calenturientos y padres enfermos. No era una enfermedad mortal, como ocurrió en 1917, pero en los niños tenía la tendencia de atacar al mastoides. Los médicos estaban muy ocupados, y, además, el arrabal conservero no era un cliente de importancia.

    El doctor del Laboratorio Biológico de Occidente no tenía derecho a ejercer. Pero no era culpa suya que todos los habitantes del arrabal fuesen a consultarlo. Antes de darse cuenta, se vio corriendo de casucha en casucha, tomando temperaturas, dando medicinas, pidiendo y entregando mantas, e incluso llevando alimentos de una casa a otra, mientras las madres lo miraban con inflamados ojos desde sus lechos dándole las gracias y haciéndolo responsable de la mejoría de sus hijos. Cuando no Podía atender a alguno, telefoneaba a un médico local, y éste venía, a veces, cuando lo consideraba de urgencia. Mas para las familias siempre eran casos de urgencia. El doctor no dormía apenas. Se alimentaba con cerveza y sardinas de lata. En casa de Lee Chong, donde fue a comprar cerveza, se encontró con Dora, que iba a buscar un par de tijeras para las uñas.

    —Parece agotado — le dijo Dora.
    —Lo estoy -dijo el doctor -. No duermo desde hace una semana.
    —Lo sé -dijo Dora -. Me dicen que la epidemia es grave.

    Y también la época es mala.

    —Sin embargo, no ha muerto nadie -dijo el doctor -. Pero hay algunos niños muy enfermos. Los chicos de Ransel tienen todos mastoiditis.
    —¿Podría ayudar en algo? — preguntó Dora.
    —Bueno, ya ve lo que ocurre. La gente está asustada y falta de ayuda. Los Ransel, por ejemplo, están asustados y tienen miedo de estar solos. Si usted o alguna de las muchachas pudiera acompañarlos…

    Dora, a pesar de su suavidad, tenía la dureza del diamante. Regresó al Restaurante y lo organizó todo. Lo pasó mal, pero lo hizo. El cocinero griego hizo un calderón de sopa que siempre mantenía lleno.

    Las muchachas trataban de atender el negocio, pero iban a velar a las casas y llevaban cacharros llenos de sopa. Al doctor lo llamaban constantemente. Dora lo consultaba y enviaba a las chicas donde el doctor indicaba. Y durante todo aquello, el negocio del Restaurante iba en aumento. La gramola jamás dejaba de tocar. Los pescadores y los soldados se turnaban. Y las muchachas atendían su trabajo y llevaban la sopa cuando iban a velar a casa de Ransel, McCarty y Ferrias. Las muchachas se escurrían por la puerta de atrás. A veces, cuando velaban a los niños dormidos, se echaban a dormir en sus sillas. No usaban maquillaje. No lo necesitaban. La misma Dora dijo que si hubiese querido, hubiera podido emplear a las ancianas del asilo. Fue la época de más trabajo que recuerdan las muchachas del Restaurante. Todas se alegraron cuando terminó.


    XVII


    A pesar de su cordialidad y de sus amigos, el doctor era un hombre solitario y aislado. Probablemente, Mack notaba esto más que ningún otro. En medio de un grupo, el doctor parecía estar solo. Cuando brillaban las luces, se corrían las cortinas y sonaba el fonógrafo, Mack, desde el Palace, solía contemplar el Laboratorio. Sabía que el doctor estaba con una mujer, pero consideraba aquello como un indicio de soledad. Incluso estando con una mujer, Mack sentía que el doctor estaba solo. El doctor parecía no dormir. En el Laboratorio, las luces estaban encendidas durante toda la noche, y, durante el día, el doctor seguía levantado. La música sonaba en el Laboratorio a cualquier hora del día o de la noche. A veces, cuando todo estaba a obscuras y parecía que el sueño había llegado al fin, las voces infantiles del coro de la Capilla Sixtina salían a través de las ventanas del Laboratorio.

    El doctor tenía que mantener su stock de animales. Tenía que aprovechar las mareas. Las rocas y playas donde hallaba lo que le era necesario. Sabía dónde estaba lo que quería. Todos los artículos de su comercio se hallaban a lo largo de la costa, basadas aquí, pulpos allí. Sabía dónde encontrarlos, pero no podía ir por ellos siempre que los necesitara, pues la naturaleza guardaba sus ejemplares y sólo los soltaba de vez en cuando. El doctor no sólo tenía que conocer las mareas, sino cuándo una baja era particularmente buena en un determinado lugar. Cuando esto ocurría, el doctor metía sus utensilios en el auto, y se iba a la playa o rocas donde encontraría los animales que nesitaba.

    Ahora tenía un pedido de pulpos jóvenes, y el lugar más cercano donde podía hallarlos estaba en La Jolla, entre Los Ángeles y San Diego. Esto significaba un viaje de quinientas millas, y su llegada debía coincidir con la retirada de las aguas.

    Los pulpos pequeños viven entre los guijarros, incrustados en la arena. Como son jóvenes y tímidos, prefieren un fondo donde haya muchas cuevas, grietas y montones de barro donde puedan ocultarse y escapar a la voracidad de los otros animales, y protegerse contra las olas. Pero en aquel mismo lugar hay millones de basadas. Mientras cumplimentaba su pedido de pulpos, el doctor reponía su stock de basadas.

    La marea baja era a las cinco y diecisiete de la mañana del jueves. Si el doctor salía de Monterey el miércoles por la mañana, podía llegar en. el momento oportuno. Se hubiera llevado a alguien que lo acompañase, pero desgraciadamente todos estaban fuera u ocupados. Mack y sus amigos se hallaban en Carmel cazando ranas. Tres muchachas a quienes le hubiera gustado llevar de compañeras estaban empleadas y no podían dejar el trabajo. Henri, el pintor, estaba ocupado, pues Holman, en su propaganda, no había empleado un hombre que se sentase sobre una pértiga, sino un patinador. Al extremo del alto mástil que había sobre la tienda tenía una pequeña plataforma redonda, y sobre ella patinaba el hombre. Había estado allí tres días y tres noches. Iba a establecer un nuevo record de permanencia con patines sobre plataforma. El anterior record había durado ciento veintisiete horas, de modo que tenía bastante tiempo por delante. Henri, el pintor, se había apostado en el surtidor de Red Williams. Henri estaba fascinado. No podía abandonar la ciudad mientras el patinador estuviese en la plataforma. Alegó que el patín sobre mástiles encerraba deducciones filosóficas que ninguno había sacado hasta entonces. Henri sentóse en una silla y se reclinó sobre la celosía que ocultaba la puerta del lavabo para hombres. Mantuvo los ojos fijos en la plataforma y no quiso ir a La Jolla. El doctor tuvo que partir solo, pues la marea no esperaba.

    Por la mañana temprano preparó sus cosas. Sus efectos personales los metió en un saquito de mano. En otro saquito llevaba jas jeringas y los instrumentos. Después de hacer el equipaje, se arregló la barba obscura, vio si sus plumas estaban en el bolsillo de la chaqueta y el espejo de aumento en su solapa. Guardó las bandejas, vasijas, preservativos, botas de hule y una manta en la parte trasera de su automóvil. Trabajó durante el amanecer, lavó tres platos sucios, sacó a la calle el cubo de basura. Cerró la puerta, pero no con llave, y a las nueve en punto estaba en camino.

    El doctor tardaba en ir a un sitio más que las demás personas. No iba de prisa y se detenía frecuentemente para comer salchichas. Cuando subía la Avenida del Faro saludó a un perro que se volvió y le sonrió. En Monterey, antes de partir, sintió hambre y se detuvo en casa de Hermán para tomar salchichas y cerveza. Mientras comía su sandwich y bebía la cerveza, recordó lo que Blaisedell, el poeta, le había dicho en una ocasión: «Le gusta tanto la cerveza, que creo que un día va a pedir un batido de leche con cerveza». Era una simple broma, pero el doctor mostróse inquieto desde entonces. Se preguntaba a qué sabría un batido de leche con cerveza. Le molestaba la idea, pero no podía desecharla. Volvía siempre que tenía en la mano un vaso de cerveza. ¿Se coagularía la leche? ¿Le añadiría azúcar? Era como un helado de camarones. Cuando una idea ha entrado en la cabeza, es imposible desecharla. Terminó su sandwich y pagó a Hermán. No quiso mirar a las brillantes batidoras. Si un hombre va a pedir un batido de leche con cerveza, es mejor que lo haga en una ciudad en donde no le conozcan. Pero también, ¡un hombre con barba pidiendo un batido de leche con cerveza en una ciudad donde no le conocen!…, podían llamar a la policía. Un hombre con barba es siempre sospechoso. No se puede decir que uno lleva barba porque le gusta. La gente no quiere a los que dicen la verdad. Hay que decir que se tiene una cicatriz y que por eso no se afeita. Una vez, cuando el doctor estaba en la Universidad de Chicago, trabajó mucho y tuvo contrariedades amorosas. Creyó que le convenía darse un largo paseo. Cogió su mochila y atravesó Indiana, Kentucky, Carolina del Norte, Georgia, hasta llegar a Florida. Anduvo entre granjeros y hombres de la montaña, entre pescadores y habitantes de los pantanos. Y todos ellos le preguntaban por qué iba a través de los campos.

    Como el doctor amaba la verdad, trató de explicárselo. Les dijo que estaba nervioso y que además quería ver el campo, aspirar el olor de la tierra y mirar el césped, los pájaros y las flores, en una palabra, saborear el campo, y esto únicamente se puede hacer a pie. Pero a la gente no le gustó, porque dijo la verdad. Le miraban con recelo, sacudían la cabeza o reían, como si esto fuese una mentira y calasen al mentiroso. Y algunos, temerosos por sus hijas o sus cerdos, le dijeron que siguiese adelante, que no se detuviera cerca de sus casas, si no quería exponerse a un contratiempo.

    Y por ello el doctor dejó de decir la verdad. Dijo que lo hacía por una apuesta: que ganaría cien dólares. Y entonces todos lo quisieron y le creyeron. Le invitaban a comer, le proporcionaban cama y le deseaban buena suerte. El doctor seguía amando la verdad, pero sabía que esto no era general, y podía dar lugar a perturbaciones.

    No se detuvo en Salinas para comer salchichas, pero lo hizo en González, en King City y en Paso Robles. Tomó cerveza y salchichas en Santa María -dos, pues desde Santa María hasta Santa Bárbara hay mucho camino-. En Santa Bárbara tomó sopa, ensalada de lechuga y judías verdes, asado y puré de patatas, tarta de pina, queso y café, después de lo cual llenó el depósito de gasolina y fue al lavabo. Mientras examinaba su coche en el surtidor, el doctor se lavó la cara y se peinó la barba; cuando regresó adonde estaba el coche, varios hombres estaban esperando.

    —¿Va hacia el Sur, señor?

    El doctor viajaba mucho. Ya estaba acostumbrado. Hay que elegir cuidadosamente los compañeros de viaje. Vale más que sea un hombre experimentado, porque entonces guarda silencio; pero los novatos tratan de pagar el viaje haciéndose interesantes. Al doctor no le gustaba esto. Después de decidirse por quién se ha de llevar, hay que protegerse diciendo que no se va muy lejos. Si el hombre molesta, se le puede hacer bajar. Por otra parte, también pueden encontrarse hombres agradables.

    El doctor miró a los presentes y se decidió por uno de rostro delgado, con aspecto de vendedor, que llevaba un traje azul. Tenía profundos surcos a los lados de la boca y unos ojos obscuros y pensativos.

    El hombre miró al doctor con disgusto.

    —¿Va hacia el Sur?
    —Sí -dijo el doctor -, pero sólo un trecho.
    —¿Le importa llevarme?
    —¡Suba! — dijo el doctor.

    Pronto llegaron a Ventura; hacía muy poco que el doctor había comido y sólo se detuvo para beber cerveza. El hombre no había despegado los labios. El doctor paró en un establecimiento del camino.

    —¿Quiere un vaso de cerveza?
    —No -dijo el hombre-. Y no tengo reparo en decirle que no se debe conducir bajo la influencia del alcohol. No me importa lo que puede hacer con su vida, pero en este caso lleva un automóvil y éste puede convertirse en un arma peligrosa si lo conduce un borracho.

    Al principio, el doctor habíase alarmado ligeramente.

    —Baje del coche -dijo con suavidad.
    —¿Cómo?
    —Voy a darle un puñetazo en la nariz -dijo el doctor — si no baja del coche antes de que cuente hasta diez: uno, dos…

    El hombre abrió la portezuela y salió precipitadamente del coche. Pero desde fuera gritó:

    —Voy a buscar un policía. Voy a hacer que le detengan.

    El doctor abrió una caja que había sobre el guardabarros y sacó una llave inglesa. El hombre la vio y se alejó precipitadamente.

    El doctor marchó furioso al mostrador del establecimiento.

    La camarera, una linda rubia, con una ligera señal de paperas, le sonrió:

    —¿Qué va a tomar?
    —Un batido de leche con cerveza -dijo el doctor.
    —¿Qué?

    Bien, ya estaba pedido. Daba igual que fuera ahora o un poco más tarde.

    La rubia preguntó:

    —¿Está bromeando?

    El doctor sabía que no podía explicarlo, que no podía decir la verdad.

    —Padezco de la vejiga -dijo -. Bipalichetorsonectomía, lo llaman los médicos. Y debo beber un batido de leche con cerveza. Lo manda el médico.

    La rubia sonrió tranquilizada.

    —¡Oh! Yo creí que se burlaba. Dígame cómo se hace. No sabía que estaba enfermo.
    —Muy enfermo -dijo el doctor -, y he de ponerme peor. Ponga un poco de leche y agregúele media botella de cerveza.

    Ponga la otra media en un vaso y démela.

    No echó azúcar en el batido. Cuando se lo sirvieron lo probó haciendo una mueca. No era tan malo; sabía a cerveza pasada y leche.

    —Debe ser horrible -dijo la rubia.
    —No es tan malo, cuando se está acostumbrado a ello -dijo el doctor -. Yo lo llevo bebiendo diecisiete años.


    XVIII


    El doctor había ido despacio. Era muy tarde cuando se detuvo en Ventura, tan tarde que cuando paró en Carpentaria sólo tomó un sandwich de queso y se fue al lavabo. Además, pensaba comer bien en Los Ángeles, y era ya de noche cuando llegó allí. Se detuvo en un restaurante que conocía y pidió pollo frito, patatas julienne, galletas, miel, un trozo de tarta de pina y queso. Y allí llenó sus termos de café caliente, hizo que le prepararan seis sandwiches de jamón, y compró dos cuartillos de cerveza.

    No era agradable conducir de noche. No se ven perros, sólo el camino iluminado por los faros. El doctor se dio prisa. Eran las dos cuando llegó a La Jolla. Atravesó la ciudad y llegó a la orilla del mar. Allí se detuvo, comió un sandwich, bebió un poco de cerveza, apagó las luces y se acurrucó en el asiento para dormir. No necesitaba reloj. Estaba tan acostumbrado a las mareas, que aun dormido percibía cualquier cambio. Se despertó al amanecer, miró a través del parabrisas y vio que el agua se retiraba de las rocas. Bebió un poco de café caliente, comió tres sandwiches y se tomó un cuartillo de cerveza.

    La marea se retira imperceptiblemente. Las rocas parecen elevarse y el mar retrocede dejando pequeñas lagunas, mojadas algas, musgo y esponjas de tornasolados colores. En el fondo queda el increíble desecho del mar. Conchas rotas, trozos de esqueletos, garras, cual si el océano fuese un cementerio fantástico sobre el cual luchan y corretean los seres vivos.

    El doctor se puso sus botas de goma y su sombrero impermeable. Cogió sus cubos, vasijas y palanca de hierro, se metió los bocadillos en un bolsillo y los termos en otro, y bajó allí donde el mar se retiraba entre las rocas. Comenzó a trabajar en seguida. Movía las rocas con su palanca, metía la mano de vez en cuando y sacaba unos furiosos pulpos jóvenes que enrojecían de rabia y le escupían tinta en la mano. El doctor los colocaba en una vasija llena de agua de mar, donde ya había otros, y generalmente el recién llegado estaba tan furioso que atacaba a sus hermanos.

    La caza de aquel día fue buena. Cogió veintidós pulpos jóvenes. Y también consiguió varios centenares de basadas, que puso en un cubo de madera. Al retirarse las aguas, él seguía adelante; mientras tanto, se hizo de día y salió el sol. El espacio descubierto por las aguas se extendía en unas doscientas yardas, hasta llegar a una línea de rocas cubiertas de algas, después de las cuales el terreno descendía. El doctor dirigióse a la barrera. Ya tenía lo que necesitaba, y se dedicaba a mirar bajo las piedras y en el fondo de los charcos. Por fin llegó al lugar donde estaban las algas. Rojas estrellas de mar se amontonaban sobre las rocas, y el mar batía contra la barrera esperando penetrar otra vez. Entre dos rocas, el doctor vio brillar algo blanco que luego fue cubierto por las algas flotantes. Se subió sobre las rocas resbaladizas, se apoyó firmemente, se inclinó y separó las obscuras algas. Entonces se puso rígido. Un rostro de niña lo contemplaba, un rostro pálido y lindo, encuadrado por obscuros cabellos. Tenía abiertos los ojos, firmes los rasgos y el agua hacía ondular sus cabellos. No se veía el cuerpo que se hallaba entre unas grietas. Los labios entreabiertos dejaban ver los dientes, y el rostro tenía una expresión de bienestar y descanso. Sólo estaba cubierto por una delgada capa de agua y el claro cristal lo embellecía. Al doctor le pareció que llevaba muchos minuto mirando, y el rostro se quedó impreso en su cerebro.

    Lentamente levantó la mano y dejó que las obscuras algas cubriesen el rostro. El corazón le latía fuertemente y sentía oprimida la garganta. Recogió su cubo y se dirigió hacia la playa.

    Pero veía ante sí el rostro de la ahogada. Sentóse sobre la arena seca y se quitó las botas. En la vasija, los pulpos jóvenes estaban acurrucados lo más lejos posible los unos de los otros. En los oídos del doctor sonaba una aguda flauta que tocaba una melodía que nunca pudo recordar, acompañada por un ruido de resaca y un rumor de árboles agitados por el viento. La flauta alcanzaba regiones superiores a la audición e incluso allí penetraba su increíble melodía. Al doctor se le pusso la carne de gallina. Estremecióse y se le humedecieron los ojos como cuando se contempla algo muy hermoso. Los ojos de la niña habían sido grises y claros, y su obscuro cabello le acariciaba el rostro. No podía apartar el recuerdo de su imaginación. El doctor quedóse sentado hasta que el primer remolino saltó sobre las rocas indicando el retorno de la marea; permanecía sentado escuchando aquella música, y las aguas seguían avanzando. La mano del doctor quería marcar el ritmo de la melodía que la terrible flauta tocaba en su cerebro: los ojos eran grises y la bocs sonreía con una mueca de éxtasis…

    Una voz pareció despertarlo. Había un hombríe junto a él.

    —¿Ha estado pescando?
    —No, he estado recogiendo animales, mientras el mar se retiraba.
    —¿Y qué ha cogido?
    —Pulpos jóvenes.
    —¿Pulpos? No sabía que hubiese por aquí. He vivido en este lugar toda mi vida.
    —Hay que buscarlos -dijo el doctor.
    —Diga -preguntó el hombre-, ¿se siente bien? Parece enfermo.

    La flauta volvió a sonar y el mar continuó avanzzando hacia la playa.

    El doctor apartó la música de sí, movió la cabeza, se sacudió el frío de su cuerpo.

    —¿Hay por aquí cerca una estación de policía?
    —En la ciudad. ¿Qué ocurre?
    —Hay un cadáver entre las rocas.
    —¿Dónde?
    —Allí, metido entre dos rocas. Es una niña.
    —¿Sabe? — dijo el hombre -. Dan una recompensa al que descubre un cadáver. No sé cuánto es.

    El doctor se levantó y reunió sus utensilios.

    —¿Quiere dar usted parte? Yo no me siento bien.
    —Le impresionó, ¿verdad? ¿Está descompuesto o podrido?

    El doctor se alejó.

    —Para usted la recompensa -dijo -. Yo no la quiero.

    Dirigióse hacia su coche. En su cerebro resonaban solamente las notas menores de la flauta.


    XIX


    Probablemente ninguna de las propagandas empleadas por la Casa Holman atrajo tanta atención como el patinador. Día tras día patinaba en su redonda plataforma, y por la noche, su obscura silueta se recortaba sobre el cielo y la gente podía ver que el patinador no descendía. Sin embargo, todos convenían en que durante la noche surgía por el centro de la plataforma un barrote de hierro y el patinador se sujetaba a él por medio de unas correas. Pero el hombre no se sentaba, y a nadie le importaba lo del barrote de hierro. Desde Jamesburg venía la gente para verlo, y por la costa, desde Grimes Point. De Salinas la gente venía en caravanas, y la Unión de Granjeros de aquella ciudad hizo una oferta al patinador para que cuando éste se decidiese a hacer una nueva aparición proporcionase el record mundial a Salinas. Como no había muchos patinadores de esta clase y éste era, sin disputa, el mejor de todos, tenía que batir su propio record.

    Holman estaba encantado. Habían realizado una venta blanca, una venta de aluminio y una de vajilla. Multitud de personas estaba en la calle contemplando al hombre en su plataforma.

    Al segundo día de su permanencia sobre la plataforma, el patinador anunció que le disparaban con un fusil de aire comprimido.

    El departamento de Propaganda comenzó sus investigaciones y localizó al agresor. Era el viejo doctor Merrivale, que, oculto entre las cortinas de su despacho, disparaba con un rifle Daisy. No le denunciaron y él prometió que no volvería a hacerlo. El doctor tenía un grado importante en la Logia Masónica.

    Henri, el pintor, continuaba sentado en el surtidor de Red Williams. Buscó todos los medios posibles de abordar filosóficamente la situación, llegando a la conclusión de que tenía que hacer una plataforma y probar él mismo. Todos los habitantes de la ciudad estaban más o menos afectados por el patinador. El comercio languidecía al alejarse de él y mejoraba según iba aproximándose a casa de Holman. Mack y los muchachos fueron a mirar un momento, y luego regresaron al Palace. No comprendían el interés por aquello.

    Holman instaló en uno de los escaparates una cama de matrimonio. Cuando el patinador batiera el record mundial, iría a descansar y a dormir en el escaparate sin quitarse siquiera los patines. El nombre del fabricante del colchón se leía en una tarjeta que había al pie de la cama.

    En toda la ciudad se discutía el acontecimiento, pero el aspecto más importante y que preocupaba a toda la ciudad no se mencionaba nunca. Nadie hablaba de ello, a pesar de que a todos les obsesionaba. Mrs. Trolat pensaba en ello cuando salía de la Pastelería Escocesa, donde había ido a comprar unos dulces. Mr. Hall, en la tienda de artículos para caballeros, penaba en ello. Las tres jóvenes Willoughby reían al pensar en ello. Pero nadie tenía el valor de abordar la cuestión públicamente.

    Richard Frost, un joven nervioso y brillante, se preocupó más que ningún otro. Aquel pensamiento le obsesionaba. La noche del miércoles la pasó pensando en ello, la del jueves comenzó a agitarse y la del viernes se emborrachó y tuvo una pelea con su esposa. Ella lloró durante un rato y luego fingió que se dormía. Oyó que su marido se deslizaba fuera del lecho y marchaba a la cocina. Iba a beber más. Y luego le oyó vestirse y salir. La mujer volvió a llorar. Era muy tarde. Sin duda su marido se iba al Restaurante de Dora.

    Richard descendió pesadamente la colina y llegó a la Avenida del Faro. Dobló hacia la izquierda y se dirigió a la tienda de Holman. Llevaba la botella en el bolsillo, y poco antes de llegar al establecimiento bebió otro trago. Las luces de la calle brillaban débilmente. La ciudad estaba desierta. No se movía un alma. Richard quedóse en la calle y levantó la vista.

    Vagamente, al extremo del mástil, veía la silueta del patinador.

    Bebió un segundo trago. Hizo con las manos una bocina y gritó roncamente:

    —¡Eh! — No hubo respuesta-. ¡Eh! — gritó con más fuerza y miró a su alrededor para ver si los policías salían de su puesto de costumbre.

    De las alturas vino una bronca respuesta:

    —¿Qué se le ofrece?

    Richard volvió a poner las manos a modo de bocina.

    —¿Cómo se las arregla para ir al lavabo?
    —Tengo una lata aquí arriba -dijo la voz.

    Richard volvióse y regresó por donde había venido. Recorrió la Avenida del Faro, subió la colina y penetró en su casa. Mientras se desnudaba advirtió que su esposa estaba despierta. Roncaba un poco cuando dormía.

    Richard metióse en el lecho y su esposa le hizo sitio.

    —Tiene una lata allá arriba -dijo Richard.


    XX


    A media mañana, el camión modelo T atravesó triunfalmente el arrabal, saltó la cuneta y fue a ocupar su puesto entre las hierbas, detrás de la casa de Lee Chong. Los muchachos colocaron los maderos bajo las ruedas delanteras, vaciaron en una lata de cinco galones lo que quedaba de gasolina, cogieron sus ranas y marcharon al Palace Flophouse.

    Luego Mack hizo una ceremoniosa visita a Lee Chong, mientras los muchachos encendían el fuego. Mack dio dignamente las gracias a Lee Chong por haberles prestado el coche. Habló del éxito del viaje y de los cientos de ranas que habían cogido. Lee sonreía tímidamente y aguardaba lo inevitable.

    —Tenemos muy buenas perspectivas -dijo Mack con entusiasmo -. El doctor nos paga cinco centavos por cada rana y hemos traído unas mil.

    Lee asintió. Aquél era el precio corriente. Todo el mundo lo sabía.

    —El doctor está fuera -dijo Mack-. Va a alegrarse mucho cuando vea tantas ranas.

    Lee volvió a asentir. Sabía que el doctor estaba fuera y sabía también adonde iba a parar la conversación.

    —A propósito -dijo Mack como si pensase de pronto en ello -, ahora estamos mal de dinero…

    Procuró que la cosa sonase como algo muy poco frecuente.

    —Nada de whisky -dijo Lee Chong sonriendo.

    Mack se ofendió.

    —¿Y por qué habíamos de querer whisky? Tenemos un galón del mejor whisky existente. A propósito — continuó-, a mí y a los muchachos nos gustaría que tomases un trago con nosotros. Me dijeron que te invitase.

    Involuntariamente, Lee sonrió con agrado. No le invitarían si no tuviesen el whisky…

    —No — continuó Mack-, lo que ocurre es que estamos mal de dinero y tenemos hambre. Por lo tanto, hemos pensado esto. No queremos que pierdas nada, y por ello te cedemos vein ticinco ranas por un dólar. De este modo tienes cinco ranas de beneficio.
    —No -dijo Lee -. Nada de dinero.
    —Pero, Lee, si lo que necesitamos son unos cuantos comes tibles. Te explicaré: queremos darle una fiesta al doctor cuando regrese. Tenemos bastante whisky y únicamente necesitamos algunos bistés y cosas parecidas. El doctor es un buen tipo. Cuando tu esposa tuvo dolor de muelas, ¿quién le proporcionó el láudano?

    Mack había vencido. Lee tenía mucho que agradecerle al doctor. Estaba preocupado pensando si el agradecimiento que sentía por el doctor le obligaba a dar crédito a lo que decía Mack.

    —No queremos que hipoteques las ranas — continuó Mack -; te entregaremos veinticinco por cada dólar de comestibles que nos des, y además podrás venir a la fiesta que daremos en honor del doctor.

    Lee examinó mentalmente la proposición. No veía nada en contra de ella. Todo ello era legítimo. Las ranas representaban dinero, el precio era fijo, y él obtenía un provecho doble. Además de las cinco ranas de beneficio había que añadir lo que ganaba con los comestibles. Todo dependía de si en realidad existían las ranas de que hablaba Mack.

    —Vamos a ver las ranas -dijo por fin Lee Chong.

    Frente al Palace bebió un poco de whisky, inspeccionó los sacos de ranas y accedió a la transacción. Estipuló, sin embargo, que no aceptaría ranas muertas. Mack contó cincuenta ranas. Las puso en una lata, fue a la tienda con Lee y allí obtuvo dos dólares de tocino, pan y huevos.

    Lee, previendo un negocio activo, sacó una caja grande y la puso donde vendían las verduras. Vació en la caja las cincuenta ranas y puso encima un saco mojado para que estuviesen a gusto los batracios de su propiedad.

    Y el negocio fue activo. Eddie vino con ranas por valor de dos dólares, que cambió por cigarros Bull Durham. Más tarde Jones se ofendió al ver que el precio de la Coca-Cola subía de una a dos ranas. La incomodidad creció según avanzaba el día y subían los precios. La carne, por ejemplo, la de mejor clase, no debía valer más de diez ranas la libra, pero Lee la cobró a doce y media. Los melocotones en conserva alcanzaron el desmesurado precio de ocho ranas por lata.

    Lee Chong se aprovechaba de sus parroquianos. Sabía que ni el Mercado Económico ni Holman aprovecharían su sistema. Si los muchachos querían carne, tenían que pagar los precios de Lee Chong. Las cosas llegaron al máximo cuando a Hazel, que durante largo tiempo había deseado unos brazales, le dijeron que si no quería pagar por ellos treinta y cinco ranas, podía irse a otra parte. El veneno de la codicia comenzaba a penetrar en aquel inocente trato comercial. El rencor aumentaba, como aumentaban las ranas en el cajón de Lee.

    El rencor financiero no hacía gran mella en Mack y sus amigos porque no tenían espíritu mercantil. No medían su alegría por las ventas realizadas, su personalidad por las cuentas del Banco, ni sus amores por lo que les costaban. Aunque les irritaba que Lee se aprovechase de ellos, tenían en el estómago dos dólares de tocino y huevos, yaciendo sobre un buen trago de whisky y cubiertos por otro buen trago. Y estaban sentados en sillas y en su propia casa mirando cómo Darling aprendía a beber la leche que había en una lata de sardinas. Darling era y estaba destinada a ser un animal muy feliz, pues los cinco hombres tenían teorías contrarias respecto a la educación de los perros, y por lo tanto Darling crecería sin que la educaran. Desde el principio demostró ser una perra precoz. Dormía en la cama del hombre que le había dado la última golosina. Los muchachos llegaron a veces a robar para la perra. Se la disputaban entre sí. De vez en cuando convenían en que las cosas debían cambiar y en que se debía disciplinar a Darling, pero siempre diferían en cuanto al método. Estaban enamorados del animal. Encontraban encantadores los charquitos que dejaba en el suelo. Aburrían a todos sus amigos con el relato de sus monerías y la hubieran matado a fuerza de darle de comer, si la perra no hubiese sido más sensata que ellos.

    Jones le hizo una cama al pie del reloj, pero Darling no la utilizó jamás. Dormía con el hombre que más le agradaba. Se comía las mantas, desgarraba los colchones, sacaba las plumas de las almohadas. Coqueteaba y lanzaba a los dueños unos contra otros. Los hombres la encontraban maravillosa. Mack quería enseñarle juegos, para dedicarla al circo, y ni siquiera consiguió educarla bien.

    Aquella tarde se hallaban sentados, haciendo la digestión, fumando, discutiendo y bebiendo de vez en cuando. Y cada vez que bebían, observaban que no había que tomar mucho, que aquello era para el doctor. No debían olvidarlo ni un momento.

    —¿Y cuándo creéis que regresará? — preguntó Eddie.
    —Generalmente regresa a las ocho o las nueve -dijo Mack.
    —Ahora tenemos que ver cómo vamos a darle la fiesta. Yo creo que debemos hacerlo esta noche.
    —Seguro — convinieron los otros.
    —Puede que el doctor esté cansado -sugirió Hazel -. Es un viaje muy largo.
    —Diablos -dijo Jones-; nada descansa tanto como una fiesta. Yo he estado tan cansado que hasta se me caían los pan talones, y he ido a una fiesta y me he sentido como nuevo.
    —Vamos a pensarlo seriamente -dijo Mack-. ¿Dónde vamos a dar la fiesta?
    —Pues al doctor le gusta oír su música. Siempre se lleva el fonógrafo cuando va a una fiesta. Quizá le guste más que demos la fiesta en su casa.
    —Llevaremos las cosas allí -dijo Mack-; le vamos a dar una sorpresa. ¿Y cómo vamos a hacer que parezca una fiesta, si sólo llevamos el jarro de whisky?
    —¿Y si pusiéramos adornos -sugirió Hughie — como el Cuatro de Julio o la víspera de Todos los Santos?
    —Hughie -dijo -, creo que tienes razón. No te creía capaz de esto, pero veo que has acertado. — Endulzóse su voz y co menzó a imaginar-. Veo lo que ocurrirá -dijo-: El doctor regresa. Está cansado. Se detiene ante su casa. Todo está encendido. El doctor supone que han entrado ladrones. Sube la escalera y se encuentra adornada toda la casa. Hay papeles rizados y un gran pastel. Entonces el doctor comprenderá que se trata de una fiesta. Y no ha de ser una fiesta de poca categoría. Y nos otros nos esconderemos un momento para que no sepa de quién se trata. Y luego salimos dando gritos. ¿Os imagináis el rostro del doctor? Cielos, Hughie, no comprendo cómo se te ha ocurrido.

    Hughie enrojeció. Su idea estaba basada en las fiestas de Año Nuevo de La Ida, pero si la fiesta fuese así, ¡qué gloria le correspondería a Hughie!

    —Sólo he pensado que sería agradable -dijo.
    —Cierto, va a ser muy agradable -dijo Mack -. Y pienso decirle al doctor de quién partió la idea.

    Se recostaron en las sillas y consideraron el asunto. Y se figuraron que el adornado Laboratorio se parecería al invernadero del Hotel del Monte. Bebieron otros dos vasos, para saborear el plan.

    La tienda de Lee Chong era notable. Por ejemplo, la mayoría de las tiendas compran en octubre papel amarillo y negro, gatos de papel negro, antifaces y calabazas. Se hace un activo negocio la víspera de Todos los Santos y después desaparecen estos artículos. Se venden o se tiran; pero no pueden comprarse en el mes de junio. Lo mismo ocurre con los ornamentos del Cuatro de Julio, banderas, colgaduras, cohetes. ¿Dónde están en enero? Han desaparecido totalmente. Esto no sucedía en casa de Lee Chong. Allí se pueden comprar en noviembre los regalos que se envían el día de San Valentín, tréboles y cerezos de papel, en agosto. Tenía triquitraques que estaban allí desde 1920. Era un gran misterio saber dónde guardaba su stock, pues su establecimiento no era muy grande. Lee Chong tenía trajes de baño del tiempo de las faldas largas y las medias negras. Tenía lanzaderas para hacer encaje y juegos de Mah Jong. Tenía banderitas que decían: «Recordad el Maine», y recuerdos de la exposición internacional de 1915. Pero además Lee Chong tenía otra costumbre contraria a la ortodoxia. Jamás reducía el precio de ningún artículo. Un artículo que en 1912 costaba treinta centavos, seguía costándolos aunque la polilla y los ratones hubieran podido reducir su valor a los ojos de algunos. Pero no había que darle vueltas. Si se quería adornar un laboratorio, no de acuerdo con la estación, sino de modo que tuviese algo de saturnal y algo de desfile de banderas de todas las naciones, la tienda de Lee Chong era el lugar indicado.

    Mack y los muchachos lo sabían, pero Mack dijo:

    —¿Dónde vamos a encontrar un pastel grande? Lee sólo los tiene pequeños.

    Hughie, que había tenido tanto éxito, volvió a probar otra vez.

    —¿Por qué Eddie no hace un pastel? — sugirió -. Eddie ha estado algún tiempo en la cocina del San Carlos.

    El entusiasmo que despertó la idea impidió que Eddie confesase que nunca había hecho un pastel.

    Además, Mack hizo hincapié en el aspecto sentimental.

    —Al doctor le agradará más -dijo -; no se parecerá a los pasteles comprados. Resultará más cordial.

    Al finalizar la tarde y el whisky, el entusiasmo creció. Hubo infinitos viajes a casa de Lee Chong. Uno de los sacos de ranas estaba vacío y la caja de Lee se iba llenando. Hacia las seis habían terminado el galón de whisky y compraban medias pintas de Old Tennis Shoes a quince ranas la botella, pero los elementos de decoración se amontonaban en el suelo del Palace: millares de papeles conmemorativos de todos los acontecimientos en boga y algunos que no lo estaban ya.

    Eddie vigilaba el fogón como una gallina a sus polluelos. Estaba haciendo un pastel dentro de la jofaina. La receta era infalible, de acuerdo con la compañía que fabricaba la levadura. Pero desde el primer momento el pastel habíase conducido extrañamente. Cuando terminaron de amasarlo, retorcióse y jadeó como si dentro de él se agitase algún animal. Cuando estuvo en el horno comenzó a inflarse como una pelota de baseball, se puso tenso y brillante y luego se desinfló emitiendo un silbido y dejando un agujero que obligó a Eddie a llenarlo con masa. Ahora el pastel procedía curiosamente, pues mientras el fondo se quemaba enviando una columna de negro humo, la parte de encima se elevaba y descendía en medio de una serie de pequeñas explosiones.

    Cuando Eddie lo puso a enfriar, semejaba un campo de batalla cubierto de lava.

    El pastel tuvo mala suerte, pues mientras los muchachos adornaban el Laboratorio, Darling comió una parte, vomitó sobre él y, finalmente, se enroscó y se echó a dormir sobre la masa que aún estaba caliente.

    Pero Mack y los muchachos habían cogido todos los ornamentos y se habían trasladado a casa del doctor. Las últimas ranas las cambiaron por un cuartillo de Old Tennis Shoes y dos galones de vino de 49 centavos.

    —Al doctor le gusta mucho el vino -dijo Mack-. Creo lúe lo prefiere al whisky.

    El doctor no cerraba jamás el Laboratorio. Tenía la teoría de que cualquiera que quisiese asaltar la casa podía hacerlo fácilmente, que la gente era esencialmente honrada y que la mayoría de las personas no tenían interés en robarle. Los objetos de valor eran libros, instrumentos quirúrgicos y cosas que no atraían la atención del ladrón vulgar. Su teoría había dado resultado respecto a los ladrones profesionales y cleptómanos, pero había fracasado con sus amigos. Con frecuencia se llevaban «prestados» sus libros. No había lata de habichuelas que sobreviviera a sus ausencias, y en varias ocasiones, cuando regresaba tarde, había encontrado personas metidas en su cama.

    Los muchachos colocaron los papeles en el vestíbulo y entonces Mack los detuvo.

    —¿Y qué es lo que más va a gustarle al doctor? — preguntó.
    —¡La fiesta! — dijo Hazel.
    —No -dijo Mack.
    —¿Los adornos? — sugirió Hughie, que se sentía responsable de ello.
    —No -dijo Mack-, las ranas. Eso es lo que más va a gustarle. Y quizá cuando el doctor regrese, Lee Chong habrá cerrado y ni siquiera podrá ver las ranas. ¡No!-gritó-; las ranas deben estar en medio de la habitación con una colgadura sobre ellas y un letrero que diga: «Bien venido, doctor».

    El comité que fue a visitar a Lee tropezó con una dura oposición. El receloso espíritu del chino veíase asaltado por toda clase de sospechas.

    Se le explicó que como él iba a estar en la fiesta podría vigilar su propiedad, y que nadie discutía que las ranas fuesen suyas. Mack escribió un papel por el que transfería las ranas a Lee Chong en previsión de un posible entredicho.

    Cuando las protestas de Lee se debilitaron, Mack y sus compañeros llevaron la caja al Laboratorio, la adornaron con banderitas de colores, escribieron la bienvenida en una tarjeta y se dedicaron a adornar la casa. Se les había terminado el whisky y tenían realmente un ánimo de fiesta. Colgaron los papeles colocaron las calabazas. Los transeúntes se unían a la C y corrían a casa de Lee Chong en busca de más bebida. Lee estuvo en la fiesta durante un rato, pero tenía débil el estómago y tuvo que marcharse a casa. A las once frieron los bistés y se los comieron. Alguien se dedicó a poner discos en el gramófono y la música podía oírse desde La Ida. Un grupo de clientes del Restaurante creyó que el Laboratorio era un establecimiento rival, y subió con gran algazara. Fueron expulsados por los ofendidos huéspedes, después de una larga, feliz y sangrienta batalla, durante la cual se arrancó la puerta principal y se rompieron dos cristales. El chocar de los jarros era desagradable. Hazel, que atravesaba la cocina para ir al lavabo, tropezó con la sartén llena de grasa caliente, que derramó sobre sí y sobre el suelo produciéndose graves quemaduras.

    A la una y media, un borracho que había entrado hizo una advertencia que se consideró insultante para el doctor. Mack le aplicó una llave que aún se recuerda y se discute. El hombre perdió el equilibrio, describió un pequeño arco y cayó sobre la caja de las ranas. Alguien que trataba de cambiar un disco, dejó caer el regulador del tono y rompió el cristal.

    Nadie ha estudiado la psicología de un final de fiesta. La gente se encoleriza, grita, luego, rápidamente, desaparece todo, tos invitados se marchan a su casa a dormir o a cualquier otra parte, abandonando un cuerpo muerto.

    Las luces brillaban en el laboratorio. La puerta principal pendía de uno de los goznes. El suelo estaba lleno de cristales rotos. Por todas partes se veían discos de gramófono, unos rotos, otros únicamente mellados. Los platos llenos de restos de carne y grasa coagulada estaban en el suelo, sobre las librerías, debajo de la cama. Al lado de ellos se veían vasos de whisky. Alguien que trató de subirse a las estanterías derribó toda una sección de libros, que se desparramaron por el suelo. Y la habitación se hallaba vacía, la fiesta había terminado.

    Por uno de los rotos extremos de la caja salió una rana, que inspeccionó la atmósfera como presintiendo un peligro; al poco rato se le unió otra. Las ranas olían el aire húmedo que entraba por la puerta y por las ventanas rotas. Una de ellas se puso sobre la tarjeta que decía: «Bienvenido, doctor». Luego las dos se encaminaron tímidamente hacia la puerta.

    Durante bastante tiempo, un pequeño río de ranas descendió a saltos la escalera, un río movedizo, lleno de remolinos, y durante bastante tiempo el arrabal se vio invadido por las ranas. Un taxi que conducía un retrasado al Restaurante aplastó a cinco ranas. Pero antes de que amaneciese habían desaparecido todas. Algunas fueron a parar a la alcantarilla, otras subieron por la colina y llegaron al depósito de agua, otras desaparecieron por las cloacas y algunas se ocultaron entre las hierbas del solar.

    Y las luces continuaron brillando en el vacío y silencioso Laboratorio.


    XXI


    En la parte de atrás del Laboratorio, las ratas blancas chillaban y se movían inquietas en sus jaulas. En una jaula aparte, una rata madre yacía sobre sus desnudos y ciegos hijuelos y dejaba que mamasen mientras sus ojos recorrían nerviosamente la habitación.

    En la jaula de las serpientes de cascabel, los enroscados reptiles miraban ante sí con sus ojos negros y empolvados. En el acuario, las anémonas extendían sus tentáculos verdes y purpúreos y mostraban sus estómagos de color pálido. La bomba de agua de mar chirriaba suavemente, y el agua que penetraba ei los tanques enviaba burbujas hacia la superficie.

    Amanecía. Lee Chong sacó a la calle los cubos de la basura.

    Alfred se rascaba la barriga en la puerta del Restaurant Sam Malloy salió arrastrándose de la caldera, sentóse sobre un madero y miró hacia el Oriente. Más allá de las rocas, junto a la Estación Marítima, los leones marinos ladraban monótonamente. El chino viejo salió del mar con su chorreante cesta y subió la colina golpeando el piso con su rota suela.

    De pronto un coche avanzó por medio del arrabal, y el doctor se detuvo ante su casa. Tenía los ojos enrojecidos de fatiga y se movía con lentitud y cansancio. Cuando el coche se detuvo, quedóse inmóvil durante un momento para apartar de sí el traqueteo de la carretera. Luego bajó del coche. Al sentir sus pasos, las serpientes de cascabel sacaron su lengua hendida y se pusieron a escuchar. Las ratas corrieron como locas por sus jaulas. El doctor subió la escalera y miró asombrado la puerta arrancada y las ventanas rotas. Pareció como si su cansancio se desvaneciese. Penetró rápidamente en el Laboratorio. Fue de habitación en habitación, procurando no pisar los cristales. Inclinóse y recogió del suelo un disco roto y miró el título.

    En la cocina, la grasa derramada blanqueaba en el suelo. Los ojos del doctor centelleaban de cólera. Sentóse un momento sobre el diván, pero se levantó en seguida y puso un disco sobre el fonógrafo. Escuchóse un silbido, el doctor paró el fonógrafo y se sentó otra vez en el diván.

    En la escalera sonaron unos pasos inseguros y en la puerta apareció Mack. Tenía el rostro enrojecido. Se detuvo vacilante en medio de la habitación.

    —Doctor -dijo -, yo y los muchachos…

    Durante un instante, el doctor pareció no verlo. Luego se incorporó de un salto. Mack retrocedió.

    —¿Lo habéis hecho vosotros todo esto?
    —Bien, yo y los muchachos.

    El pequeño y duro puño del doctor fue a chocar contra la boca de Mack. En los ojos del doctor brillaba una furia animal. Mack cayó pesadamente al suelo. El puño del doctor era duro y afilado. Los labios de Mack se desgarraron al ser aplastados contra los dientes, y uno de éstos inclinóse hacia dentro.

    —¡Levántate! — dijo el doctor.

    Mack se incorporó. Tenía las manos en los costados. El doctor volvió a golpearle en la boca, un golpe frío y calculado. La sangre brotó de los labios de Mack y corrió por su barbilla. Mack trató de chuparse los labios.

    —¡Levanta la mano, pelea, hijo de perra! — gritó el doctor, y golpeó otra vez sintiendo el crujido de los dientes rotos.

    La cabeza de Mack sufrió una sacudida, pero esta vez Mack no cayó al suelo. Y seguía con las manos en los costados.

    —Continúe, doctor. — Habló a través de sus labios partidos -. Me lo merezco.

    Los hombros del doctor se inclinaron con un gesto de derrota.

    —¡Hijo de perra! — dijo -. ¡Sucio hijo de perra!

    Sentóse en el diván y se miró los heridos nudillos.

    Mack dejóse caer en una silla y miró al doctor. Los ojos de Mack estaban llenos de pena. Ni siquiera se limpió la sangre que corría por su barbilla. En el cerebro del doctor comenzó a resonar la monótona obertura del Or ch'el Ciel e la Terra de Monteverdi, el triste y resignado lamento de Petrarca. A través de la música el doctor veía la boca herida de Mack. La música estaba en su cabeza y en el aire. Mack se hallaba sentado e inmóvil como si él también percibiese la música. El doctor miró al lugar donde estaba el álbum de Monteverdi, y entonces recordó que el fonógrafo estaba roto. Se incorporó.

    —Vete a lavar la cara -dijo. Bajó la escalera y entró en casa de Lee Chong. Lee no se atrevió a mirarle cuando le sirvió la cerveza. El doctor volvió a cruzar la calle.

    Mack estaba en el lavabo limpiándose la sangre. El doctor abrió la botella y llenó un vaso. Luego llenó otro vaso y llevo los dos a la habitación de delante. Mack regresaba enjugándosi la boca con una toalla mojada. El doctor, con un movimient de cabeza, le indicó el vaso. Mack abrió la boca y bebió medio vaso. Dio un profundo suspiro y miró la cerveza. El doctor había terminado su vaso. Trajo la botella y volvió a llenar los dos vasos. Luego se sentó sobre el diván.

    —¿Qué es lo que ha pasado? — preguntó.

    Mack miró al suelo y una gota de sangre le cayó en la cerveza.

    Volvióse a enjugar los labios heridos.

    —Yo y los muchachos quisimos darle una fiesta. Creímos que estaría de regreso anoche.

    El doctor inclinó la cabeza.

    —Comprendo.
    —No pude evitarlo -dijo Mack-. No vale nada decir que lo siento. Esto me ha ocurrido toda mi vida. No es nada nuevo. — Bebió un largo sorbo de cerveza -. Tenía una mujer -dijo Mack-, y con ella ocurría lo mismo. Todo me salía mal. Ella no pudo soportarlo. Cuando hago algo bueno se me estropea al momento. Hasta cuando le hacía un regalo, la cosa se estropeaba. Ella no pudo soportarlo. Ahora me he convertido en un payaso, sólo sirvo para hacer que los muchachos rían.

    El doctor volvió a asentir. Otra vez resonaba la música en su cerebro: resignación y pena juntamente.

    —Lo sé-dijo.
    —Me alegré cuando me pegó — continuó Mack -. Pensaba: quizá esto te sirva para que recuerdes. Pero no aprendo ni recuerdo nada. Doctor — gritó Mack-, tal como lo había pla neado todos lo pasábamos bien: usted era feliz porque le dábamos una fiesta y nosotros también estábamos contentos. Como yo lo planeaba era muy agradable. — Indicó con la mano los objetos rotos que había en el suelo -. Lo mismo ocurrió cuando me casé. Quería que saliesen bien las cosas, pero nunca lo conseguía.
    —Lo sé — repitió el doctor. Abrió la segunda botella de cerveza y llenó los vasos.
    —Doctor -dijo Mack-, yo y los muchachos limpiaremos todo esto y pagaremos lo que se ha roto. Aunque tardemos cinco años lo pagaremos.

    El doctor meneó la cabeza lentamente y se limpió la espuma que tenía en el bigote.

    —No; yo lo limpiaré. Sé dónde debe ponerse todo.
    —Pagaremos lo roto, doctor.
    —No, Mack -dijo el doctor -. Pensaréis en ello y os preocuparéis, pero no pagaréis nada. Habéis roto cristales por valor de trescientos dólares. No me digas que vais a pagarlos. Sólo os servirá de preocupación. Pasarán dos o tres años antes de que lo olvidéis y estéis otra vez tranquilos. Y de ninguna forma pagaríais.
    —Creo que tiene razón -dijo Mack -. Sé que tiene razón. ¿Qué podemos hacer entonces?
    —Ya lo he olvidado -dijo el doctor-. Esos golpes en la boca han hecho que lo olvide. No hablemos más de ello.

    Mack terminó su cerveza y se levantó.

    —Hasta luego -dijo.
    —Hasta luego. Mack, ¿qué ocurrió con tu esposa?
    —No lo sé -dijo Mack -. Se marchó de casa.

    Bajó pesadamente las escaleras, cruzó la calle y se dirigió al Palace. El doctor, desde la ventana, le vio alejarse. Luego cogió una escoba que había detrás del calentador de agua. Tardó un día entero en limpiarlo todo.


    XXII


    Henri, el pintor, no era francés y, además, no se llamaba Henri. Tampoco era, en realidad, un pintor. Henri estaba tan empapado de relatos de la Rive Gauche de París, que vivía allí aun no habiendo estado nunca. A través de los periódicos seguía febrilmente el movimiento dadaísta, y las escisiones, los fervores y envidias extrañamente femeninos, los obscurantismos de las escuelas que se formaban y se disolvían. Regularmente se rebelaba contra las viejas técnicas y los viejos materiales. En una época abandonó la perspectiva. Otra vez prescindió del rojo, incluso en la composición del morado.

    Finalmente dejó de pintar. No se sabía si Henri era o no un buen pintor, pues se había dedicado de tal modo a seguir los distintos movimientos, que apenas tenía tiempo para pintar.

    Hay varias dudas con respecto a su pintura. No se puede juzgar por su producción. Pero era un magnífico constructor de botes. Llevaba varios años viviendo en una tienda de campaña cuando comenzó a construir su barquito y pudo irse a vivir en él. Pero una vez que tuvo casa, dedicó todo su tiempo al barco. Éste, más que construido, estaba tallado. Tenía treinta y cinco pies de largo, y sus líneas cambiaban constantemente. Durante un tiempo tuvo la proa como un clíper y la popa como un destructor. Más tarde tuvo un vago aspecto de carabela. Como Henri no tenía dinero, tardaba a veces varios meses en encontrar la pieza que le hacía falta. Pero a Henri le agradaba esto, pues no quería terminar su barco.

    El barquito estaba entre los pinos de un terreno que Henri había alquilado por cinco dólares al año. Esto servía para pagar los impuestos, y el propietario se contentaba. El bote yacía sobre una base de cemento, y una escala de cuerda pendía de uno de sus cotados cuando Henri estaba ausente. Cuando estaba en casa quitaba la escala, y sólo la ponía cuando venían invitados. Su pequeña cabina tenía un amplio diván que se extendía a lo largo de tres de sus paredes. Sobre él dormía Henri y se sentaban sus invitados. Había también una mesa plegable y una lámpara que Pendía del techo. Su cocina era una maravilla de concreción, pero todas sus piezas eran producto de largos meses de meditación y trabajo.

    Henri era moreno y arisco. Llevaba una boina cuando todo el mundo había dejado de usarla, fumaba en pipa, y su negro cabello le caía sobre el rostro. Henri tenía muchos amigos, a quienes clasificaba en dos grupos: los que podían alimentarlo y los que tenía que alimentar. Su barquito no tenía nombre. Henri decía que iba a bautizarlo cuando lo terminase. Henri vivía en el barco y llevaba construyéndolo más de diez años. Durante aquel tiempo se había casado dos veces y había entablado varios concubinatos semipermanentes. Y todas las mujeres lo abandonaron por la misma razón: la cabina era demasiado pequeña para dos personas. No les gustaba golpearse la cabeza cuando se ponían de pie, y echaban de menos un lavabo. Los lavabos marítimos no funcionaban en un buque perennemente amarrado, y Henri no quería lavabos de otra clase. Él y sus amigos tenían que marcharse entre los pinos. Y una tras otra, todas las mujeres lo abandonaron.

    Después que lo dejó la muchacha que él llamaba Alicia, le ocurrió una cosa curiosa. Siempre que lo abandonaban, Henri solía apenarse formalmente durante algún tiempo, aunque en realidad experimentaba una sensación de alivio. Podía estirarse en su pequeña cabina. Podía comer lo que quisiera. Le gustaba verse libre de las interminables funciones biológicas de la mujer.

    Siempre que lo abandonaban solía comprar un galón de vino, se extendía en su litera y se emborrachaba. A veces lloraba un poco, pero esto era solamente un lujo y le proporcionaba una sensación de bienestar. Leía en alta voz a Rimbaud, con un acento terrible, y se maravillaba de la fluidez de su dicción.

    Durante uno de estos duelos rituales por la pérdida de Alicia, ocurrió la cosa más extraña: era de noche, la lámpara estaba encendida y Henri había comenzado a emborracharse, cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Miró con cautela y vio que al otro extremo de la cabina había un hombre joven, de aspecto demoníaco, un hombre moreno y apuesto. Sus ojos lanzaban llamas de inteligencia y energía y le brillaban los dientes. En su rostro había algo muy atractivo y muy horrible a la vez; junto a él había un niño de cabello rubio. El hombre miró al niño y el niño miró al hombre y se echó a reír como si fuera a suceder algo maravilloso. El hombre miró a Henri, sonrió y volvió a mirar al niño. Del bolsillo izquierdo de su chaleco sacó una vieja navaja de afeitar. La abrió, y con un gesto de la cabeza señaló al niño. Le puso la mano entre los rizos, el niño rió alegremente, entonces el hombre cortó con la navaja la garganta del niño, y el niño continuó riendo. Pero Henri daba gritos de terror. Tardó mucho tiempo en darse cuenta de que ni el hombre ni el niño estaban ya allí.

    Cuando se hubo calmado un poco, Henri salió de la cabina, saltó fuera del buque y descendió corriendo la colina. Anduvo varias horas y por fin llegó al arrabal.

    El doctor estaba en el sótano trabajando con unos gatos cuando Henri entró. Siguió trabajando mientras Henri le contaba lo que le había ocurrido, y, al terminar, el doctor lo miró fijamente para ver cuánto miedo y cuánta comedia había en todo aquello. Y había sobre todo miedo.

    —¿Cree que es un fantasma -preguntó Henri -, el reflejo de algo que ha sucedido, un terror freudiano, o que estoy completamente loco? Lo vi, estoy seguro. Lo he visto con tanta claridad como le estoy viendo a usted.
    —No sé -dijo el doctor.
    —¿Quiere venir conmigo y ver si la cosa se repite?
    —No -dijo el doctor-. Si yo lo veo, puede ser un fantasma, y eso me asustará mucho, porque no creo en los fantasmas. Y si lo ves otra vez, no será ya una alucinación y vas a llevarte un buen susto.
    —¿Y qué voy a hacer? — preguntó Henri-. Si lo veo otra vez, ya sé lo que va a suceder y estoy seguro de que me moriré.

    Él no tiene aspecto de asesino. Tiene aspecto simpático, y el niño también. Pero él le ha cortado la garganta al niño. Yo lo he visto.

    —No sé -dijo el doctor-, no soy psiquiatra ni brujo, y no voy a empezar ahora.

    Se oyó una voz de muchacha.

    —Hola, doctor, ¿puedo bajar?
    —Adelante -dijo el doctor.

    Era una muchacha linda y espabilada. El doctor se la presentó a Henri.

    —Henri tiene un problema -dijo el doctor-. Ha visto un fantasma o le remuerde la conciencia, pero él no sabe lo que es. Cuéntaselo, Henri.

    Henri repitió la historia, y los ojos de la muchacha lanzaron llamas.

    —¡Pero eso es horrible! — dijo cuando Henri hubo acabado -. Nunca he visto un fantasma. Vamos a su barco para ver si vuelve.

    El doctor les vio alejarse con un poco de amargura. Se quedaba sin compañera.

    La muchacha no consiguió ver al fantasma, pero le gustaba Henri y transcurrieron cinco meses hasta que la estrechez de la cabina y la falta de lavabo la obligaron a marcharse.


    XXIII


    Una nube de tristeza descendió sobre el Palace. La alegría desapareció. Mack regresó del Laboratorio con los labios desgarrados y los dientes rotos. En penitencia, no se lavó la cara. Echóse en la cama, se tapó la cabeza con la manta y no se levantó en todo el día. Tenía el corazón tan herido como la boca. Examinaba todas las cosas que había hecho en su vida y todas le parecieron malas. Estaba muy triste. Hughie y Jones se sentaron durante un rato, contemplaron el mismo paisaje de siempre y luego se fueron malhumorados a la fábrica de conservas «Hediondo», pidieron trabajo y lo obtuvieron.

    Hazel se sintió tan triste que se marchó a Monterey, donde se peleó con un soldado y se dejó vencer. Le alivió verse vencido por un hombre a quien hubiera derrotado fácilmente.

    Darling era la única feliz. Pasaba el día debajo de la cama de Mack comiéndole los zapatos. Era una perra inteligente y tenía los dientes muy afilados. Dos veces, en medio de su negra desesperación, Mack levantó a la perra y la metió en su cama para que le hiciese compañía, pero Darling se escabulló y volvió a morderle los zapatos.

    Eddie se fue a La Ida para hablar con su amigo del bar. Bebió unos cuantos vasos y le pidió prestadas unas monedas que gastó tocando Melancholy Baby en la gramola eléctrica.

    Mack y sus amigos comprendían que se merecían cuanto les pasaba. Se habían convertido en un deshecho social. Habían olvidado todas sus buenas intenciones. El que la fiesta se hubiera dado en honor del doctor no se mencionaba nunca ni se tomaba en consideración. El hecho se había comentado en el Restaurante de Dora. Se hablaba de él en las fábricas de conservas. Los borrachos lo repetían en La Ida. Lee Chong, virtuosamente, se negaba a hacer comentarios. Se sentía perjudicado financieramente. Lo ocurrido se juzgaba así: habían robado dinero y bebidas; habían penetrado en el Laboratorio y se habían dedicado a destrozarlo todo, sistemáticamente, por el solo placer de destrozar. Incluso las gentes mejor informadas apoyaban esta teoría. Algunos de ios borrachos de La Ida pensaban en ir al arrabal para escarmentar a Mack y sus amigos y demostrarles que no se podía hacer una cosa así.

    Sólo el sentido de solidaridad y su habilidad en la lucha salvó a Mack y a sus amigos de que se les hiciese objeto de represalias.

    Las personas más escandalizadas no eran, sin embargo, las más virtuosas. Tom Sheligan, el más fervoroso de todos ellos, hubiera ido a la fiesta si lo hubiese sabido.

    Mack y los muchachos estaban socialmente proscriptos. Sam Malloy no les hablaba cuando pasaban ante la caldera. Mack y los muchachos tuvieron que refugiarse en sí mismos, y nadie podía prever cómo iban a salir de aquella situación, pues contra el ostracismo social sólo hay dos reacciones posibles: o el hombre se decide a mejorarse, y lo consigue, o desafía al mundo haciendo cosas peores. Esta última es la reacción más frecuente.

    Mack y sus amigos oscilaban en los platillos de la balanza del bien y del mal. Eran buenos y cariñosos con Darling; eran pacientes y comprensivos unos con otros. Una vez pasada la primera impresión, limpiaron el palace como nunca lo habían hecho. Limpiaron el fogón y lavaron las mantas y las sábanas. Financieramente estaban bien. Hughie y Jones trabajaban y traían a casa sus salarios. Compraban los comestibles en el Mercado Económico, porque no podían soportar las miradas de reproche que les dirigía Lee.

    Durante aquella época hizo el doctor una observación que, si bien podía ser cierta, como en su razonamiento faltaba un factor, no se sabe si era acertada. Fue el Cuatro de Julio. El doctor estaba en el Laboratorio en compañía de Richard Frost. Bebían cerveza, escuchaban a Scarlatti y miraban por la ventana. Enfrente del Palace había un largo madero, y Mack y sus amigos se hallaban sentados sobre él tomando el sol matinal. Miraban en dirección al Laboratorio. El doctor dijo:

    —Mírelos. Son unos verdaderos filósofos. Creo — continuó, — que Mack y sus amigos saben todo lo ocurrido en el mundo y lo que va a suceder. Creo que son superiores a las demás gentes. En una época en que a la gente la desgarra la ambición, la nerviosidad y la codicia, ellos se sienten tranquilos. Todos nuestros triunfadores son hombres enfermos, con el estómago y el alma echados a perder, pero Mack y sus amigos son puros y sanos. Hacen cuanto quieren. Satisfacen sus apetitos sin tener que cambiarles el nombre. — Este discurso secó de tal modo la garganta del doctor que tuvo que beberse un vaso de cerveza-. No hay nada comparable al sabor de la cerveza -dijo sonriendo.
    —Creo que Mack y sus amigos son como todos los demás -dijo Richard Frost-. Lo que ocurre es que no tienen dinero.
    —Podrían tenerlo -dijo el doctor-. Podrían arruinarse la vida y tener dinero. Mack posee cualidades geniales. Todos son listos cuando quieren algo. Pero conocen demasiado bien las cosas para ceder a la tentación.

    Si el doctor hubiese sabido lo tristes que estaban Mack y los muchachos, no hubiera hecho la siguiente declaración, pero nadie le había informado de la presión social que se ejercía contra los habitantes del Palace.

    Lentamente el doctor llenó su vaso de cerveza.

    —Creo que puedo probárselo -dijo-. ¿Ve que están sen tados mirando hacia aquí? Bien, dentro de media hora el desfile del Cuatro de Julio va a pasar por la Avenida del Faro. Si vuelven la cabeza, podrán verlo, si andan dos manzanas, el desfile pasará junto a ellos. Bien, le apuesto un cuartillo de cerveza a que ni siquiera vuelven la cabeza.
    —Y si no lo hacen -dijo Richard Frost -, ¿eso qué prueba?
    —¿Que qué prueba eso? — gritó el doctor -, pues que sa ben exactamente en lo que ha de consistir el desfile. Saben que primero irá el Alcalde en un automóvil adornado con banderas. Luego vendrá Long Bob montado en su caballo blanco y llevando la bandera. Luego los concejales, luego una compañía de solda dos del Presidio, después los Elks con sus sombrillas purpúreas, luego los Templarios con sus blancas plumas de avestruz y sus espadas. Después los Caballeros de Colón, con sus rojas plumas de avestruz y sus espadas. Mack y sus amigos saben todo esto. La banda irá tocando. Ellos lo han visto ya. No tienen por qué mirar ahora.
    —No hay hombre vivo que no mire un desfile -dijo Frost.
    —¿Apostamos entonces?
    —Está bien.
    —Siempre me ha extrañado -dijo el doctor-. Las cosas que más admiramos en el hombre, ternura, generosidad, franqueza, honradez, comprensión y sensibilidad, son, en nuestro sistema, las causas del fracaso. Y las que más detestamos, o sea rudeza, codicia, mezquindad, egoísmo e interés, constituyen los elementos del triunfo. Y que los hombres que admiran lo primero aprecien los frutos de lo segundo.
    —¿Y quién quiere ser bueno, si para ello ha de estar hambriento? — dijo Richard Frost.
    —Oh, no se trata de pasar hambre. Es algo completamente distinto. La venta de almas para comprar el mundo entero es completamente involuntaria y casi unánime, pero no es total. Por todas partes hay gentes como Mack y sus amigos. Yo los he visto en Méjico, en la persona de un vendedor de helados, y en un aleutiano que conocí en Alaska. Ya sabe que trataron de dar me una fiesta y que todo salió mal. Pero trataban de darme una fiesta. Ésa era su intención. Escuche -dijo el doctor -, ¿no es eso la banda?

    Rápidamente llenó de cerveza los dos vasos y los hombres se acercaron a la ventana.

    Mack y sus amigos seguían sentados mirando el Laboratorio. En la Avenida del Faro se oía tocar la banda, y los edificios devolvían el eco del redoblar de los tambores. Y de repente pasó el Alcalde en su coche adornado con banderas, luego Long Bob montado en su caballo blanco y con su bandera, luego la banda, luego los soldados, los Elks, los Templarios, los Caballeros de Colón. Richard y el doctor se inclinaron mientras vigilaban a los hombres sentados sobre el madero.

    Y no se volvió una sola cabeza, ni un solo cuello se irguió. El desfile pasó y los hombres no se movieron. Y el desfile desapareció. El doctor vació su vaso y dijo:

    —No hay nada comparable al sabor de la cerveza.

    Richard se dirigió a la puerta.

    —¿Qué clase de cerveza quiere?
    —Esta misma -dijo el doctor.

    Sonreía contemplando a Mack y a sus amigos.

    Es fácil decir: «El tiempo lo cura todo, esto pasará. La gente olvida», y cosas semejantes, cuando no se trata de uno mismo, pero si se trata de uno, el tiempo no pasa, la gente no olvida y uno se encuentra en medio de algo que no cambia. El doctor no sabía lo que ocurría en el Palace, de no ser así hubiera tratado de remediarlo. Y Mack y los muchachos no conocían los sentimientos del doctor, pues de lo contrario hubieran vuelto a erguir la cabeza.

    Fue una mala época. La desgracia penetró en el solar vacío. Sam Malloy se peleó muchas veces con su esposa y ella lloraba constantemente. Los sollozos, al salir de la caldera, daban la sensación de que Mrs. Malloy lloraba bajo el agua. Mack y sus amigos parecían ser la causa de la perturbación. Alfred, el del Restaurante, arrojó afuera a un borracho, pero lo hizo con tanto vigor que le partió la espina dorsal. Alfred tuvo que ir tres veces a Salinas hasta que todo se puso en claro, y todo ello le molestó mucho. Ordinariamente no hacía daño a nadie. Su técnica era un modelo de precisión y de gracia.

    Y para colmo, un grupo de señoras de la ciudad pidió que se cerrasen los antros de vicio para proteger así a los jóvenes americanos. Esto ocurría una vez por año, en el período que media entre el Cuatro de Julio y la Feria del Condado. Cuando esto sucedía, Dora cerraba el Restaurante durante una semana. No había gran perjuicio. Todo el mundo estaba de vacaciones y se podían hacer reparaciones en las paredes y cañerías. Pero este año, las damas organizaron una verdadera cruzada. Necesitaban la cabeza de alguien. El verano había sido muy aburrido y se hallaban inquietas. La cosa se puso tan seria que hubo que declarar quién era el verdadero propietario del lugar donde se Practicaba el vicio, adonde iban a parar las rentas y los inconcientes a que daría lugar el cierre.

    El Restaurante de Dora estuvo cerrado durante dos semanas, y durante aquel tiempo hubo tres asambleas en Monterey. Se corrió la voz, y Monterey perdió cinco asambleas para el siguiente año. Las cosas estaban mal en todas partes. El doctor tuvo que pedir un préstamo en el Banco para poder reponer lo roto durante la fiesta. Elmer Rechati se echó a dormir en la vía del tren y perdió ambas piernas. Una repentina e inesperada tempestad desgarró una red de pescar y se llevó varios botes, que luego arrojó destrozados sobre la playa de Del Monte.

    No hay modo de explicar tal serie de desdichas. Todos los hombres se culpan. La gente recuerda pecados cometidos secretamente y se pregunta si ellos habrán sido la causa de la desgracia. Un hombre lo atribuye a manchas en el sol, y otro, invocando la ley de probabilidades, dice que no lo cree. Ni siquiera los médicos se beneficiaron con ello, pues aunque había muchos enfermos, eran pocos los que se hallaban dispuestos a pagar. No eran enfermedades de las que cura un médico o una medicina patentada.

    Y para colmo de males, Darling se puso enferma. Era una cachorra gorda e inquieta cuando cayó enferma, pero cinco días de fiebre la convirtieron en un esqueleto cubierto de piel. Su nariz color de hígado se había puesto color de rosa, y sus encías estaban blancas. Tenía los ojos empañados por la enfermedad y su cuerpo ardía, aunque a veces temblara de frío. No comía ni bebía, y su pequeño vientre se pegaba arrugado a su espina dorsal, e incluso en el rabo se marcaban las articulaciones. El animal, indudablemente, estaba enfermo.

    Un verdadero pánico se extendió por el Palace. Darling había llegado a serles muy querida. Hughie y Jones dejaron sus ocupaciones para estar cerca y poder ayudar. Velaban a Darling por turno. Le ponían un trapo mojado sobre la frente, pero la perra se ponía cada vez más enferma y más débil. Finalmente, a pesar de su repugnancia, eligióse a Hazel y Jones para que fuesen llamar al doctor. Lo encontraron estudiando un mapa donde figuraban las mareas, mientras comía un guiso de pollo, cuyo ingrediente principal no era pollo sino pepinos. Hazel y Jones pensaron que los miraba con frialdad.

    —Se trata de Darling — dijeron -, se ha puesto enferma.
    —¿Qué le pasa?
    —Mack dice que es moquillo.
    —No soy veterinario -dijo el doctor -, no sé cómo tratar a los animales.
    —¿Y no podría venir a verla? — preguntó Hazel -. Está muy mala.

    Rodearon al doctor mientras éste examinaba a Darling. Le miró los párpados y las encías y le tocó las orejas para ver si había fiebre. Le pasó el dedo por las costillas que sobresalían a ambos lados de la columna vertebral.

    —¿No quiere comer? — preguntó.
    —Nada -dijo Mack.
    —Tenéis que hacer que coma; dadle sopas substanciosas, huevos y aceite de hígado de bacalao.

    A los hombres les pareció que el doctor estaba frío y profesional. Volvió en seguida a su mapa y su comida.

    Pero Mack y sus amigos ya sabían lo que hacer. Cocieron carne e hicieron un caldo tan fuerte como el whisky. Con grandes esfuerzos consiguieron que Darling tragase algunas gotas de aceite de bacalao. Le abrían la boca y echaban en ella el caldo frío. La perra tema que tragarlo o ahogarse. Cada dos horas le daban agua y alimentos. Antes dormían por turno, ahora nadie dormía. Se sentaban silenciosos esperando que se produjera la crisis. Y la crisis se produjo por la mañana temprano. Los muchachos estaban medio dormidos en sus sillas, pero Mack se hallaba despierto y tenía los ojos fijos en la perra. La vio agitar dos veces las orejas e hinchar el pecho. Con una debilidad infinita Darling se incorporó, fue hasta la puerta, bebió un poco de agua y cayó al suelo.

    Mack despertó a gritos a los demás. Comenzó a bailar pesadamente. Todos gritaron de contento. Lee Chong los oyó cuando sacaba los cubos de la basura. Alfred los oyó y creyó que estaban dando una fiesta.

    A las nueve, Darling se había comido un huevo crudo y media pinta de crema batida. Al mediodía recuperaba peso visiblemente. Al día siguiente correteaba un poco y a la semana habíase puesto del todo bien.

    Por fin habíase abierto una brecha en la muralla del mal. Por todas partes había pruebas de ello. La red de pescar pudo ser utilizada de nuevo.

    A Dora se le avisó que podía abrir el Restaurante. Earl Wakefield pescó un coto espinoso que tenía dos cabezas y lo vendió al Museo por ocho dólares. La muralla del mal estaba rota. Se caía a pedazos. Aquella noche las cortinas estaban corridas en el Laboratorio. La música sonó hasta las dos en punto, pero no se vio salir a nadie. Lee Chong perdonó a Mack y sus amigos y rompió la cuenta de las ranas, que desde el primer momento había constituido una preocupación. Y para probar a los muchachos que les había perdonado, les regaló una pinta de Old Tennis Shoes. El hecho de que comprasen en otra parte había herido sus sentimientos, pero ahora todo había terminado. La visita de Lee coincidió con el primer momento favorable que Darling había tenido desde su enfermedad. Ahora estaba tan mimada que nadie se atrevía a decirle nada. Cuando llegó Lee Chong llevando su regalo, Darling estaba destrozando deliberadamente el único par de botas de goma que tenía Hazel, y sus felices dueños la aplaudían.

    Mack nunca visitaba el Restaurante profesionalmente. Le hubiera parecido un incesto. Favorecía una casa que había cerca del campo de baseball. Así que cuando entró en el bar, todo el mundo creyó que quería una cerveza. Mack acercóse a Alfred.

    —¿Está Dora?
    —¿Qué es lo que quieres? — le preguntó Alfred.
    —Quiero preguntarle una cosa.
    —¿Qué cosa?
    —Algo que no te importa.
    —Está bien. Voy a averiguar si quiere recibirte.

    Un momento después introducía a Mack en el despacho de Dora. La dueña de la casa estaba sentada ante una mesa. Su pelo color de naranja estaba peinado en ricitos, y tenía puesta una visera verde. Provista de pluma, estaba poniendo sus libros al día. Llevaba un magnífico vestido de seda rosa adornado con encajes en las mangas y el cuello. Cuando Mack entró hizo girar su silla y se quedó mirándolo. Alfred quedóse en la puerta y esperó. Mack permaneció en pie hasta que Alfred hubo cerrado la puerta y desaparecido. Dora lo contempló con recelo.

    —Bien, ¿qué es lo que quieres? — le preguntó al fin.
    —Pues, sabe… -dijo Mack -; ya sabe lo que nos ocurrió con el doctor hace algún tiempo.

    Dora se levantó la visera y dejó la pluma en el tintero:

    —¡Sí! Me lo han contado.
    —Pues, bien, señora, aunque no lo crea, nosotros quisimos darle una fiesta al doctor. Pero él no llegó cuando pensábamos y la cosa se echó a perder.
    —Eso he oído -dijo Dora-. Y, ¿qué es lo que quieres que yo haga?
    —Pues -dijo Mack -, yo y los muchachos hemos pensado preguntarle. Ya sabe lo que pensamos del doctor. Queremos preguntarle qué cosa amable podríamos hacer por el doctor.
    —¡Hum!…-dijo Dora, y echóse hacia atrás en su silla, cruzó las piernas y alisóse la falda de su vestido. Sacó un cigarrillo, lo encendió y se puso a meditar -. Vosotros le disteis al doctor una fiesta a la cual no pudo asistir. ¿Por qué no le dais una fiesta a la que asista?
    —¡Jesús! — dijo luego Mack hablando con sus amigos-. Y era una cosa tan sencilla. Pero es una mujer de mérito. No me extraña que se haya convertido en una señora. Es una mujer de mérito.


    XXIV


    Mary Talbot, la esposa de Tom Talbot, era una mujer encantadora. Tenía el cabello rojo con reflejos verdosos. Su piel era dorada con un matiz verdoso y sus ojos estaban moteados con unos puntitos dorados. Su rostro era triangular, con amplios pómulos, ojos separados y mentón puntiagudo. Tenía piernas y pies de bailarina y parecía no tocar el suelo cuando andaba. A una de sus abuelas la habían quemado por bruja.

    Lo que más amaba Mary Talbot eran las fiestas. Le gustaba darlas y le gustaba ir a ellas. Como Tom Talbot no ganaba mucho, Mary no podía dar continuamente fiestas, y por ello procuraba que las diesen los demás. A veces telefoneaba a una amiga y le preguntaba: ¿No es hora ya de que des una fiesta?

    Regularmente Mary tenía seis aniversarios por año, y además organizaba fiestas de trajes, asaltos, fiestas de vacaciones. En su casa, el día de Nochebuena era siempre emocionante. Pues Mary resplandecía en las fiestas, y en medio de su entusiasmo arrastraba tras ella a su esposo.

    Por las tardes, cuando Tom estaba trabajando, Mary daba fiestas a los gatos de la vecindad. Ponía sobre un taburete tacitas y platos de juguete, congregaba a los gatos — y había muchos — y tenía con ellos largas conversaciones. Esta clase de juego le gustaba mucho — y era una especie de farsa para ocultar que Mary tenía pocos vestidos y que los Talbot no poseían ningún dinero-. Generalmente estaban sin un cuarto, y cuando realmente se hallaban en las últimas, Mary se las arreglaba para dar una fiesta.

    Mary podía hacerlo. Podía llenar de alegría una casa entera, y empleaba este don contra la tristeza que siempre parecía estar acechando a Tom. Generalmente solía tener éxito, espantando las ideas negras de su casa, pero a veces éstas llegaban a hacer presa en Tom. Entonces se sentaba y meditaba durante horas, hasta que Mary, frenéticamente, disipaba las tristezas con su alegría.

    Un primero de mes había llegado la factura del agua, había que pagar el alquiler. Collier's había devuelto un manuscrito, The New Yorker unos bocetos, y Tom, que se hallaba enfermo de pleuresía, metióse en su cuarto y se tendió en la cama.

    Mary penetró suavemente. Llevaba unas flores envueltas en un papel picado.

    —Huele -dijo, y colocó el ramo de flores bajo las narices de su esposo. Él olió las flores y no dijo nada -. ¿No sabes qué día es hoy? — preguntó ella buscando ansiosamente algún modo de alegrar el día.
    —¿Por qué no miras las cosas tal como son? — dijo Tom -. Vamos para abajo y seguiremos descendiendo. ¿De qué sirve el que nos engañemos?
    —No -dijo Mary-, eso no es cierto. Nosotros poseemos virtudes mágicas. ¿Recuerdas los diez dólares que encontraste en un libro? ¿Recuerdas cuando tu primo te envió aquellos cinco dólares? No nos pasará nada.
    —Pues nos ha pasado -dijo Tom -. Yo lo siento, pero esta vez no puedo convencerme. Estoy harto de fingir. Por una sola vez querría tener algo real.
    —Yo pensaba dar una fiestecita esta noche -dijo Mary.
    —¿Cómo? ¿Piensas cortar el jamón de un anuncio y servirlo en lonchas? Ya estoy harto de todo esto. Ha dejado de ser alegre. Ahora es una cosa triste.
    —Yo podría dar una fiestecita — insistió ella-, una fiesta sin importancia. No habría que vestirse. Es el aniversario de la fundación de la Liga Bloomer, tú no lo recordabas.
    —Es inútil -dijo Tom -; lo siento mucho, pero no puedo animarme. ¿Por qué no te vas, cierras la puerta y me dejas solo? Va a ser mejor así.

    Ella lo miró fijamente y vio que decía la verdad. Salió despacito y cerró la puerta. Tom dio la vuelta y escondió la cara entre las manos. Podía oír el ruido que hacía su mujer al moverse en la otra habitación.

    Mary adornó la habitación con les restos de la pasada Navidad, y puso un cartel que decía: «Bienvenido sea Tom, nuestro Héroe». Escuchó en la puerta, pero no oyó nada. Con un poco de desconsuelo sacó el taburete y puso una servilleta sobre él. Puso las flores en un vaso que colocó en el centro y trajo cuatro tacitas. Fue a la cocina, echó té en la tetera, puso a hervir el agua y salió al patio.

    La gata de los Randolph tomaba el sol sobre la cerca de enfrente.

    —Mrs. Randolph — le dijo Mary-, voy a tener invitados para el té; si usted quiere venir… -Mrs. Randolph se volvió perezosamente y se estiró -. No venga después de las cuatro — prosiguió Mary -. Mi esposo y yo vamos a la fiesta que da la Liga Bloomer.

    Mary se fue al patio de atrás, donde las zarzamoras se enroscaban en la cerca. La gata de los Casini estaba echada en el suelo, gruñendo y agitando la cola con fiereza.

    —Mrs. Casini — comenzó Mary, y se detuvo, pues vio lo que la gata estaba haciendo. Mrs. Casini tenía un ratón. Con la pata lo golpeaba suavemente mientras éste se agitaba desesperado tratando de huir. La gata lo dejó llegar hasta las zarzamoras, y entonces sacó las uñas. Delicadamente las hundió en el cuerpo del ratón y lo atrajo hacia sí, mientras la intensidad del placer le hacía mover la cola.

    Tom debía haberse quedado dormido, cuando oyó que lo llamaban una y otra vez. Levantóse gritando:

    —¿Qué ocurre? ¿Dónde estás?

    Oyó a Mary que lloraba. Salió al patio y vio lo que estaba ocurriendo.

    —Vuelve la cabeza -dijo, y mató al ratón.

    Mrs. Casini había saltado a la cerca y desde allí lo contemplaba enfurecida. Tom cogió una piedra y la hizo huir.

    En la casa, Mary seguía llorando aún. Echó el agua en la tetera y la llevó a la mesa.

    —Siéntate ahí — le dijo Tom, y él se sentó en el suelo frente al taburete -. ¿Puedes darme una taza más grande?
    —No censuro a Mrs. Casini -dijo Mary -; ya sé lo que son los gatos. Pero, oh Tom, si la vuelvo a invitar puedo tener incon venientes. No voy a invitarla durante un tiempo, a pesar de lo mucho que me gusta. — Miró a Tom y vio que las arrugas ha bían desaparecido de su frente, y que ahora tenía mejor aspecto -. Estos días estoy tan ocupada con la Liga Bloomer — prosiguió-, que no sé cómo voy a arreglármelas para tener todo hecho.

    Mary Talbot dio aquel año una fiesta para anunciar que iba a tener un hijo. Y todo el mundo dijo: ¡Cielos! Un niño de Mary va a pasarlo bien.


    XXV


    Seguramente todos los habitantes del arrabal, y probablemente todos los de Monterey, se daban cuenta de que algo había cambiado. Está bien el no creer en los augurios; nadie cree en ellos. Pero no trae buena suerte el burlarse de ellos, y nadie lo hace. El arrabal conservero, como todos los demás lugares, no es supersticioso, pero nadie se atreve a pasar debajo de una escalera o a abrir en casa un paraguas.

    El doctor era un científico puro, incapaz de supersticiones, y cuando llegó una noche y vio una línea de flores blancas en el umbral de la puerta, pasó un mal rato. Pero la mayoría de las gentes del arrabal no creen en tales cosas, aunque vivan junto a ellas. A Mack no le cabía duda alguna de que una negra nube había pendido sobre el Palace. Analizaba la abortada fiesta y hallaba que la desgracia se había deslizado en todos los detalles, que la mala suerte había estado presente en todos los momentos, y cuando las cosas se ponen así, lo mejor es irse a la cama y esperar que la nube pase. Uno nada puede hacer. Y no es que Mack fuese supersticioso.

    Ahora, una especie de alegría comenzó a penetrar en el arrabal y a extenderse desde allí a otros lugares. El doctor estuvo como nunca afortunado con varias señoras que fueron a visitarlo, y apenas tuvo que esforzarse. La cachorra del Palace crecía espléndidamente y, después de mil generaciones de aprendizaje, comenzó a educarse a sí misma. Le disgustaron los charcos del suelo y comenzó a ir afuera. Era indudable que Darling iba a ser una perra encantadora. Y no tuvo espasmos como consecuencia de su enfermedad. La benigna influencia extendióse como el gas por todo el arrabal. Llegó al establecimiento de Hermán, al San Carlos Hotel. Jimmy Brucia se dio cuenta de ella y también Johnny, su ayudante. Sparky Evans la percibió también y buscó pendencia a tres policías de la ciudad. La influencia se hizo sentir en la Cárcel de Salinas, donde Gay, que llevaba una buena vida dejándose ganar a las damas por el sheriff, enfadóse de repente y jamás volvió a perder. Aunque se le acabaron sus privilegios, se sintió otra vez un hombre cabal.

    Los leones marinos también percibieron el cambio, y sus rugidos tenían una cadencia que hubiera alegrado el corazón de San Francisco. Las niñas que estudiaban el catecismo levantaban de repente la cabeza y reían sin que hubiese motivo para ello. Quizá un detector eléctrico podía haber localizado la fuente de toda esta alegría. Y posiblemente la habría hallado en el Palace Flophouse. Por lo menos todos la atribuían a Mack y a sus amigos. Habían visto a Jones saltar de su silla, iniciar unos pasos de baile y luego volverse a sentar. Hazel sonreía vagamente mirando al espacio. La alegría era tan general que Mack encontraba difícil canalizarla. Eddie, que había trabajado en La Ida con bastante regularidad, había reunido una buena cantidad de licor. Ya no echaba cerveza en el jarro. No le daba buen gusto a la mezcla, decía.

    Sam Malloy plantó dondiegos en torno a la caldera. Había puesto un toldo y bajo él Sam y su esposa se sentaban por las noches. Ella estaba haciendo una colcha.

    La alegría penetró en el Restaurante. Los negocios marchaban bien. A Phyllis Mae se le curaba bien la pierna y pronto iba a poder reanudar sus tareas. Eva Flanegan regresó de San Luis y estaba muy contenta de haber vuelto. Hacía mucho calor en San Luis y no era tan alegre como ella lo recordaba. Pero cuando ella lo pasó tan bien, era mucho más joven.

    El conocimiento y convicción de que iban a darle una fiesta al doctor no fue cosa repentina. La gente lo sabía, pero dejaba que la idea se desarrollase gradualmente. Mack era realista.

    —La última vez forzamos las cosas -dijo a sus amigos-. De ese modo no se pueden dar las fiestas. Hay que dejar que todo siga su curso.
    —Entonces, ¿cuándo va a ser? — preguntó impaciente Jones.
    —No lo sé -dijo Mack.
    —¿No va a ser una sorpresa? — preguntó Hazel.
    —Debería serlo, eso sería lo mejor -dijo Mack.

    Darling le trajo una pelota de tenis que había encontrado y Mack la arrojó entre las hierbas. La perra corrió tras ella.

    —Si supiéramos cuándo es el cumpleaños del doctor, podríamos darle la fiesta entonces -dijo Hazel.
    —Mack abrió la boca. Hazel le sorprendía constantemente.
    —¡Cielo, Hazel, has tenido una buena idea! — gritó-. Cierto, el día del cumpleaños tiene que haber regalos. Me parece muy bien. Lo que tenemos que hacer es averiguar la fecha.
    —Eso es cosa fácil -dijo Hughie-. ¿Por qué no se lo preguntamos al doctor?
    —No -dijo Mack -; eso le haría sospechar. Si se le pregunta a un hombre cuándo es su cumpleaños, especialmente si ya se le ha dado una fiesta, comprenderá de qué se trata. Voy a averiguarlo sin que él se dé cuenta.
    —Yo iré contigo -dijo Hazel.
    —No, si vamos los dos, el doctor va a sospechar.
    —Pero la idea fue mía -dijo Hazel.
    —Lo sé -dijo Mack -, y cuando demos la fiesta le diré al doctor que fue idea tuya. Pero ahora creo que es mejor que vaya solo.
    —¿Está amable el doctor? — preguntó Eddie.
    —Claro que sí.

    Mack halló al doctor en la parte de abajo del Laboratorio. Tenía puesto un largo delantal de hule y llevaba guantes de goma para proteger sus manos del formaldehido. Estaba inyectando una substancia coloreada en las venas y arterias de un pequeño cazón. El rojo fluido estaba ya en el compresor. Las delicadas manos del doctor trabajaban con precisión, metiendo la aguja en el lugar adecuado e inyectando en las venas la substancia coloreada. Cuando terminaba, dejaba el pez en un ordenado montón. Una vez hecho esto tendría que inyectar en las arterias una substancia azul. El cazón se prestaba para trabajos de disección.

    —¿Qué tal, doctor? — dijo Mack -. Le veo muy ocupado.
    —Esto es lo que quiero -dijo el doctor-. ¿Cómo está el perro?
    —Magnífico. Pero se hubiera muerto si usted no lo hubiera visitado.

    Una nube de recelo envolvió al doctor, pero se disipó en seguida.

    Ordinariamente los cumplidos le hacían ponerse en guardia. Conocía a Mack desde hacía mucho tiempo. Pero en el tono de Mack sólo había agradecimiento. El doctor conocía el cariño que le tenía al perro.

    —¿Cómo van los asuntos en el Palace?
    —Bien, doctor, muy bien. Tenemos dos sillas nuevas. Quiero que un día venga a vernos. Ahora todo está arreglado.
    —Iré — aseguró el doctor -. ¿Eddie continúa trayendo bebida?
    —Claro que sí -dijo Mack -, pero ya no le pone cerveza.

    Yo creo que así está mejor. Ahora tiene más cuerpo.

    —Ya tenía bastante -dijo el doctor.

    Mack esperó pacientemente. Tarde o temprano conseguiría su propósito. Y si el doctor mismo abordaba el tema, sería menos sospechoso. Éste era siempre el método de Mack.

    —No he visto a Hazel desde hace mucho tiempo. ¿Está enfermo?
    —No -dijo Mack, y se preparó para la batalla-. Hazel está bien. Lleva una semana peleándose con Hughie. — Rió -. Y lo más divertido de ello es que se pelean por una cosa que ninguno de los dos conoce. Yo no me he metido en ello porque tampoco sé nada. Pero ellos parecen haberse vuelto locos.
    —¿Y qué es lo que ocurre? — preguntó el doctor.
    —Hazel -dijo Mack — se pasa el tiempo comprando horóscopos y hablando de los días afortunados y de las estrellas.

    Y Hughie dice que todo eso son tonterías. Hazel dice que cuando se sabe la fecha en que ha nacido un hombre, se pueden adivinar cosas acerca de él, y Hughie dice que él no lo cree. Yo no sé nada de esto. ¿Usted qué cree, doctor?

    —Yo opino corno Hughie -dijo el doctor, y lavó la jeringa llenándola luego con la substancia azul.
    —La otra noche -dijo Mack — me preguntaron cuándo había nacido yo; les dije que el 12 de abril, y Hazel fue a comprar un horóscopo para saber cuál era mi suerte. En algunas cosas acertó. Me dijo que era valiente, listo y bueno con mis awigos. Pero como casi todas eran cosas agradables, uno no tiene inconveniente en creérselas. Pero Hazel dice que es verdad. ¿Cuándo ha nacido usted, doctor?

    Al final de todo este largo razonar, esta pregunta sonaba perfectamente natural. Pero debe recordarse que el doctor conocía a Mack desde hacía mucho tiempo. Si no hubiera sido así, le habría dicho que había nacido el 18 de diciembre en vez del 27 de octubre.

    —El 27 de octubre — respondió -. Cuéntaselo a Hazel para ver lo que dice.
    —Probablemente son tonterías -dijo Mack-, pero Hazel lo toma en serio. Se lo contaré, doctor.

    Cuando se fue Mack, el doctor pensó de qué se trataría. Pues se había dado cuenta de que era una estratagema. Conocía a Mack, su técnica y sus métodos, y había reconocido su estilo. Y se preguntaba para qué querría Mack estos informes. Pero sólo cuando los rumores crecieron, supo el doctor de lo que se trataba. Ahora sentíase un poco aliviado, pues había creído que Mack intentaba hacerle morder el anzuelo.


    XXVI


    Dos niños jugaban en los talleres de construcción de botes, cuando un gato saltó por la cerca. Instantáneamente los niños se dedicaron a darle caza, lo arrojaron más allá de las vías y allí se llenaron de piedras los bolsillos. El gato se escapó metiéndose entre las altas hierbas, pero los niños conservaron las piedras, porque, por su tamaño, forma y peso, eran perfectas para tirar. Nunca se puede decir cuándo va a necesitarse una piedra. Los niños atravesaron el arrabal y arrojaron una piedra a la fachada de hierro acanalado de la fábrica de conservas Morden. Un hombre sacó la cabeza por la ventana de la oficina y luego se precipitó en dirección a la puerta, pero los niños eran demasiado ágiles para él. Estaban ocultos tras una viga del solar antes de que el hombre hubiera llegado a la puerta. No hubiera podido hallarlos en cien años.

    —Apuesto a que se pasaría la vida mirando y no nos encontraría-dijo Joey.

    Por fin se cansaron de estar escondidos sin que nadie los buscase. Se levantaron y continuaron andando. Durante largo tiempo contemplaron codiciosamente los alicates, las sierras, las gorras y las bananas que había en el escaparate de Lee Chong. Luego cruzaron la calle y se sentaron en el último tramo de las escaleras que conducían al segundo piso del Laboratorio.

    —¿Sabes? — dijo Joey -. Ese hombre que vive aquí tiene niños metidos en botellas.
    —¿Qué clase de niños? — preguntó Willard.
    —Niños corrientes, sólo que no han nacido aún.
    —No lo creo -dijo Willard.
    —Pues es cierto. Sprague los ha visto y dice que son así de grandes y que tienen manos y pies muy pequeños.
    —¿Y pelo? — preguntó Willard.
    —Bien, Sprague no me dijo nada del pelo.
    —Debías habérselo preguntado. Yo creo que es un mentiroso.
    —Más vale que él no sepa lo que dices -dijo Joey.
    —Puedes decírselo. No tengo miedo de él ni de ti tampoco.

    No tengo miedo de nadie. ¿Quieres algo? — Joey no respondió -. Y bien, ¿qué dices?

    —Nada -dijo Joey-. Estaba pensando por qué no subimos y le preguntamos al hombre si tiene los niños metidos en las botellas. Puede que nos los enseñe, si es que los tiene.
    —No está en casa -dijo Willard -. Cuando está en casa tiene el coche aquí. Debe estar fuera. Me parece que es una men tira. Creo que Sprague es un mentiroso. Creo que tú también lo eres. ¿Quieres algo?

    Era un día aburrido. A Willard iba a serle difícil encontrar algo emocionante.

    —Creo también que eres un cobarde. Eh, ¿qué te parece?

    Joey no respondió. Willard cambió de táctica.

    —¿Dónde está tu padre? — le preguntó con un tono natural.
    —Ha muerto -dijo Joey.
    —¿Sí? No lo sabía. ¿Qué le pasó?

    Joey quedó silencioso durante un momento. Sabía que Willard no lo ignoraba, pero no podía decirlo sin que hubiera lucha, y Joey tenía miedo de Willard.

    —Se sui… se mató.
    —¿Sí? — Willard puso la cara larga-. ¿Y qué es lo que hizo?
    —Tomó veneno de las ratas.
    —¿Y qué creía que era? ¿Una rata? — dijo Willard con una voz que la risa hacía aguda.

    Joey le rió un poco el chiste, sólo lo necesario.

    —Debió creer que era una rata — gritó Willard -. ¿Se arrastraba de este modo, mira Joey, así? ¿Arrugaba así la nariz? ¿Tenía un rabo largo? — La risa le impidió continuar-. ¿Por qué no buscó una trampa y metió la cabeza en ella? — Ambos rieron. Willard quiso hacer otro chiste-: ¿Qué aspecto tenía cuando tomó aquello? ¿Se puso así?

    Guiñó un ojo, abrió la boca y sacó la lengua.

    —Estuvo enfermo todo el día -dijo Joey-. No murió hasta medianoche.
    —¿Y por qué lo hizo?
    —No tenía trabajo -dijo Joey-. Llevaba casi un año sin encontrar trabajo. Y, mira qué chistoso, a la mañana siguiente de morir vinieron a ofrecerle trabajo.

    Willard intentó seguir con el chiste:

    —Creo que pensaba que él era una rata -dijo -, pero fracasó.

    Joey se levantó y se metió las manos en los bolsillos. Había visto brillar una moneda en el arroyo y fue hacia allí, pero cuando se inclinaba para cogerla, Willard le dio un empujón y se quedó con la moneda.

    —Yo la vi primero — gritó Joey -. Es mía.
    —¿Quieres que haya pelea?-dijo Willard- ¿Por qué no vas a tomarte el veneno de las ratas?


    XXVII


    Mack y los muchachos — las Virtudes, las Gracias, las Bellezas -, sentados en el Palace, eran la piedra arrojada a la laguna, el impulso que enviaba las ondas a todo el arrabal, a Pacific Grove, a Monterey y hasta a Carmel.

    —Esta vez -dijo Mack — tenemos que estar seguros de que va a asistir a la fiesta. Si el doctor no está, no la damos.
    —¿Dónde vamos a darla esta vez? — preguntó Jones.

    Mack apoyó la silla contra la pared y enganchó los pies en las patas delanteras.

    —Tenemos que pensarlo bien -dijo -. Claro está que po dríamos darla aquí, pero esto no sería una sorpresa. Y al doctor le gusta su casa. Tiene allí su música. — Mack recorrió la habitación con los ojos -. No sé quién le rompió el fonógrafo -dijo acaloradamente-, pero si la próxima vez veo que alguien pone un dedo sobre él, lo echaré a puntapiés.
    —Creo que tendremos que dar la fiesta en casa del doctor -dijo Hughie.

    No se informó a nadie acerca de la fiesta… pero poco a poco todos se fueron enterando. Y no se invitó a nadie. Pero iba a ir todo el mundo. El 27 de octubre estaba rodeado, mentalmente, de un círculo rojo. Y como era una fiesta de cumpleaños, tenía que haber regalos.

    Tómese como ejemplo a las chicas de Dora. Todas habían ido al Laboratorio para consultar por medicinas, o simplemente como amigas. Y todas habían visto la cama del doctor. Estaba cubierta por una vieja manta roja, muy estropeada, pues el doctor se la llevaba en todos sus viajes. Cuando tenía dinero, compraba material de laboratorio. Nunca se le ocurrió comprarse una manta nueva. Las chicas de Dora, con trocitos de sus trajes, le estaban haciendo una magnífica colcha de seda. Y como la mayoría de la seda procedía de ropa interior y trajes de noche, la colcha estaba llena de rayas color rosa carne, amarillo pálido y rojo cereza. Las chicas trabajaban por la mañana y por la tarde, antes de que llegaran los pescadores de sardinas. Bajo la comunidad del esfuerzo, las malquerencias y luchas que siempre existen en un prostíbulo desaparecían completamente. Lee Chong sacó e inspeccionó una traca de veinticinco pies de largo, y una bolsa llena de simiente de lirios de la China. A su modo de ver, éstas eran las mejores cosas que podían llevarse a una fiesta.

    Sam Malloy tenía una gran colección de objetos antiguos. Sabía que los muebles, los cacharros y la cristalería que actualmente no parecen de valor, cuando pasa el tiempo llegan a valer más de lo que haría suponer su belleza o utilidad. Sabía que por una silla se habían pagado quinientos dólares. Sam coleccionaba piezas de automóviles históricos, y estaba convencido de que algún día su colección, después de haberlo enriquecido, reposaría en los museos sobre un trozo de terciopelo negro. Sam pensó mucho sobre la fiesta, y luego examinó sus tesoros guardados en una gran caja que se hallaba detrás de la escalera. Decidió darle al doctor uno de sus mejores ejemplares: la biela y el pistón de un Chalmers modelo 1916. Limpió y pulió el lindo objeto hasta que brilló como una armadura antigua, y lo metió en una cajita que forró de tela negra.

    Mack y sus amigos, después de meditar detenidamente acerca del problema, llegaron a la conclusión de que el doctor siempre necesitaba gatos, y encontraba difícil procurárselos. Mack sacó su jaula doble. Pidieron prestada una gata que estaba interesante y colocaron la trampa bajo el ciprés que había en el solar vacío. En una esquina del Palace hicieron una jaula de alambres, y en ella su colección de gatos aumentaba cada noche. Jones tenía que hacer dos viajes diarios a las fábricas de conservas, para buscar cabezas de pescado con que alimentar a sus alojados. Mack suponía, acertadamente, que veinticinco gatos eran el mejor regalo que se le podía hacer al doctor.

    —Nada de decoraciones esta vez -dijo Mack -; únicamente una buena fiesta con abundancia de bebida.

    Gay enteróse de la fiesta cuando se hallaba en la cárcel de Salinas, e hizo un trato con el sheriff para que lo dejara salir aquella noche, y además le pidió prestados dos dólares para poder pagar el viaje en autobús. Gay había sido muy amable con el sheriff, y éste no era hombre capaz de olvidarlo, especialmente al acercarse las elecciones, pues Gay podía, o lo decía al menos, proporcionarle algunos votos. Además, Gay, si quería, podía poner mala fama a la cárcel de Salinas.

    Henri había decidido bruscamente que el anticuado acerico era una forma del arte que había florecido y alcanzado su máximo desarrollo en el novecientos, pero que desde entonces se había descuidado. Se dedicó a hacerlos y se maravillaba al ver lo que podía hacerse con alfileres de colores. La obra nunca estaba terminada, podía modificarse cambiando los alfileres. Estaba preparando una exposición de acericos cuando oyó hablar de la fiesta, y al instante abandonó su trabajo y comenzó un acerico gigante para el doctor. Iba a tener un complicado dibujo formado por alfileres verdes, amarillos y azules, todos colores fríos, y por título Recuerdo del precámbrico.

    Eric, el amigo de Henri, un culto barbero que coleccionaba las primeras ediciones de los escritores que nunca tuvieron una segunda edición, decidió regalar al doctor una chumacera que había obtenido en la liquidación por quiebra de un cliente que le debía tres años de servicios. El aparato estaba en muy buenas condiciones. No se había empleado mucho, pues una chumacera no la emplea nadie.

    La conspiración crecía y había innumerables visitas; se discutían los regalos, las bebidas, cuándo había que comenzar y que el doctor no tenía que saber nada.

    El doctor no supo cuándo comenzó a darse cuenta de que ocurría algo concerniente a él. En casa de Lee Chong cesaban las conversaciones cuando él entraba. Al principio creyó que la gente lo trataba con frialdad. Cuando media docena de personas le preguntó qué iba a hacer el 27 de octubre, quedóse asombrado, pues no se acordaba de lo que le había dicho a Mack. Le interesaba saber cuál sería su falso horóscopo, pero Mack no había vuelto a hablar de ello, y el doctor se había olvidado.

    Una noche se detuvo a beber en un establecimiento del camino donde vendían una clase de cerveza que le agradaba y donde, además, la tenían a la temperatura adecuada. Había bebido su primer vaso y se disponía a beber el segundo, cuando oyó que un borracho le decía al mozo del bar:

    —¿Y qué, va a la fiesta?
    —¿A qué fiesta?
    —Bien -dijo el hombre confidencialmente -, ya conoce al doctor, ese del arrabal conservero.

    El barman levantó la cabeza y miró hacia atrás.

    —Pues bien -dijo el borracho-, van a darle una fiesta el día de su cumpleaños.
    —¿Quién?
    —Todo el mundo.

    El doctor meditó sobre esto. No conocía al borracho.

    Su reacción no fue sencilla. Sintióse conmovido de que quisieran darle una fiesta, pero tenía miedo recordando la que ya le habían dado. Ahora se lo explicaba todo: la pregunta de Mack, y los silencios cuando entraba en alguna parte. Aquella noche pensó mucho sobre ello mientras estaba sentado ante su mesa. Consideraba las cosas que tenía que guardar. Sabía que la fiesta iba a costarle mucho dinero. Al siguiente día comenzó sus preparativos. Sus mejores discos los metió en la habitación de atrás, y también llevó allí los instrumentos susceptibles de romperse. Sabía lo que iba a suceder: la gente tendría hambre, pero no traería nada de comer. Sólo traerían bebidas, como de costumbre. El doctor fue al Mercado Económico, donde había una buena carnicería. Después de discutir un poco, encargó quince libras de bistés, diez libras de tomates, doce lechugas, seis panes, un tarro de manteca de cacahuete, otro de jalea de fresa, cinco galones de vino y un litro de un whisky bueno, pero no famoso. Sabía que a primeros de mes tendría dificultades con el Banco. Tres o cuatro de estas fiestas y se quedaría sin Laboratorio.

    Mientras tanto, en el arrabal aumentaban los preparativos. El doctor tenía razón, nadie había pensado en llevar comida, pero por todos lados se hacían reservas de bebida. Crecía el número de los regalos y la lista de los invitados, de haberla habido, hubiera parecido el censo. En el Restaurante se discutía constantemente acerca del vestido. Como no estaban de servicio, las muchachas no querían llevar los lindos vestidos largos que constituían su uniforme. Decidieron ir vestidas de calle. Pero la cosa no era tan sencilla. Dora insistía en que en el Restaurante debían quedarse unas cuantas muchachas. Las chicas se dividirían en grupos que se irían turnando. Tenían que decidir quiénes iban a ser las primeras en ir a la fiesta y ver la cara del doctor cuando le dieran la colcha. La tenían en el comedor, puesta sobre un bastidor; estaba casi terminada. Mrs. Malloy abandonó temporalmente sus tareas. Estaba haciendo seis servilletas pequeñas de postre para regalarle al doctor. En la jaula del Palace había quince gatos, y sus maullidos ponían a Darling un poco nerviosa durante la noche.


    XXVIII


    Tarde o temprano Frankie tenía que saber lo de la fiesta. Pues Frankie iba de un lado a otro como si fuera una nube. Siempre estaba metido entre los grupos. Nadie se daba cuenta de su presencia ni le hacía el menor caso. No se sabía si escuchaba o no. Pero Frankie se enteró de la fiesta y de los regalos que iba a haber, y entonces experimentó un devorador anhelo.

    En el escaparate de la joyería de Jacobs había el objeto más hermoso del mundo. Llevaba allí mucho tiempo. Era un negro reloj de ónix con la esfera de oro, pero encima de él es donde estaba el hermoso objeto. Era un grupo de bronce que representaba a San Jorge matando al dragón. El dragón estaba echado, con las garras en el aire, y la lanza de San Jorge le atravesaba el pecho. El Santo tenía puesta su armadura, levantada la visera, e iba montado sobre un caballo gordo, de recias ancas. La lanza de San Jorge clavaba al dragón en el suelo, pero lo más maravilloso de todo era que el Santo llevaba una barbita puntiaguda y se parecía un poco al doctor. Frankie iba varias veces por semana a la calle de Alvarado para contemplar aquella maravilla. Soñaba con ello, soñaba con pasar los dedos por la suave superficie del bronce. Hacía varios meses que había visto el reloj cuando oyó hablar de la fiesta y de los regalos.

    Frankie estuvo una hora de pie en la acera antes de decidirse a entrar.

    —¿Qué quieres? — le preguntó Mr. Jacobs.

    Se había fijado en Frankie cuando éste entró y sabía que no llevaba sobre sí ni setenta y cinco centavos.

    —¿Cuánto vale? — preguntó Frankie con voz opaca.
    —¿Qué?
    —Eso.
    —¿El reloj? Cincuenta dólares; con el grupo, setenta y cinco dólares.

    Frankie se marchó sin contestar. Bajó a la playa, se metió debajo de una lancha que estaba volcada y quedóse contemplando las olas. Tanto le obsesionaba el pensamiento de la figura de bronce, que le parecía verla delante de él. Y le invadió un incontenible deseo de apoderarse de ella. Tenía que conseguirla. Sus ojos llameaban cuando pensaba en ello.

    Quedóse bajo la lancha todo el día, y al llegar la noche salió y fue a la calle Alvarado. Mientras la gente se iba al cine y luego, a la salida, a la «Amapola de Oro», Frankie recorrió la manzana. Pero no se cansó ni tuvo sueño, pues el pensamiento de la figura de bronce ardía en él como si fuese fuego.

    La gente fue escaseando y finalmente desapareció. Partieron los autos que había estacionados y la ciudad se dispuso a dormir.

    Un policía quedóse mirando a Frankie.

    —¿Qué haces aquí? — le preguntó.

    Frankie echó a correr, dobló la esquina y se escondió detrás de una barrica que había en la callejuela. A las dos y media salió de su escondite, fue hasta la tienda de Jacobs e intentó abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Frankie volvió a la calleja, sentóse detrás de la barrica y meditó. Vio un trozo de cemento que había junto a la barrica y se apoderó de él.

    El policía informó que corrió al oír el golpe. El escaparate de Jacobs estaba roto. Vio al muchacho que se alejaba rápidamente y le dio caza. No comprendía cómo el chico pudo correr tanto llevando un peso de cincuenta libras, pero por poco se le escapa. Si no se hubiese metido en un callejón sin salida, se hubiese escapado.

    El jefe llamó al doctor al día siguiente: «Haga el favor de venir, le necesito».

    Le trajeron a Frankie, que estaba sucio y despeinado. Tenía los ojos enrojecidos, pero en su boca había una mueca de firmeza, y cuando vio al doctor hasta llegó a sonreír.

    —¿Qué es lo que ha pasado, Frankie? — le preguntó el doctor.
    —Rompió el escaparate de Jacobs -dijo el jefe de Policía -. Robó un objeto. Nos hemos puesto en comunicación con su madre, pero ella dice que no tiene la culpa, pues el chico se pasa la vida en casa de usted.
    —Frankie, no has debido hacer eso -dijo el doctor. La conciencia de lo inevitable le oprimía el corazón -. ¿Quiere en tregármelo bajo fianza? — preguntó el doctor.
    —No creo que lo permita el juez -dijo el jefe -. Tenemos un informe de su estado mental. ¿Sabe lo que le pasa?
    —Sí -dijo el doctor -, lo sé.
    —¿Y sabe lo que le ocurrirá, probablemente, cuando llegue a la pubertad?
    —Sí -dijo el doctor, y aumentaba la opresión de su pecho.
    —El médico opina que es mejor que lo recluyamos. Antes no podíamos, pero ahora ha cometido un delito. Yo creo que es mejor.

    Mientras escuchaba, el rostro de Frankie se ensombrecía.

    —¿Qué es lo que se llevó? — preguntó el doctor.
    —Un reloj con una figura de bronce.
    —Yo lo pagaré.
    —¡Oh! Lo hemos recuperado. No creo que el juez lo permita. Volverá a suceder, ya lo sabe.
    —Sí -dijo el doctor-, lo sé. Pero quizá haya una razón. Frankie — le preguntó -, ¿por qué lo has hecho?

    Frankie se le quedó mirando largo tiempo.

    —Te quiero mucho -dijo.

    El doctor salió, subió en su coche y se fue a buscar animales a las cuevas de Punta Lobos.


    XXIX


    El 27 de octubre, a las cuatro de la tarde, el doctor terminó de envasar las últimas medusas. Lavó el jarro de la formalina, limpió sus fórceps, quitóse y empolvó sus guantes de goma. Subió las escaleras, dio de comer a las ratas y guardó en el cuarto de atrás sus mejores discos y sus microscopios. Luego cerró la puerta con llave. A veces, un invitado quería jugar con las serpientes de cascabel. Gracias a sus cuidadosos preparativos y a su previsión, el doctor esperaba que la fiesta fuese lo menos dañina posible, sin que por ello resultase aburrida.

    Púsose a hacer café, colocó en el fonógrafo la Gran Fuga, y tomó una ducha. Lo hizo muy rápidamente, pues estaba vestido de limpio y bebiendo el café cuando terminó el disco.

    A través de la ventana miró hacia el solar y el Palace, pero nadie se movía, El doctor no sabía cjuiénes iban a venir a la fiesta. Pero se dio cuenta de que lo vigilaban. Lo había observado todo el día. No es que hubiera visto a nadie, pero se daba cuenta de que lo vigilaban. Por lo visto pensaban darle una sorpresa. Él se haría el sorprendido. Seguiría su costumbre y haría como si nada ocurriese. Fue a casa de Lee Chong y compró dos cuartillos de cerveza. Le pareció ver una emoción contenida en el rostro de Lee. Luego, también él vendría. El doctor regresó al Laboratorio y se sirvió un vaso de cerveza. El primero lo bebió porque tenía sed, y el segundo lo bebió por gusto. El solar y la calle continuaban desiertos. Mack y sus amigos estaban en el Palace y la puerta se hallaba cerrada. Toda la tarde había funcionado la estufa calentando agua para baños. Habían bañado hasta a Darling y le habían puesto al cuello un lazo de cinta roja.

    —¿A qué hora os parece que debemos ir? — preguntó Hazel.
    —No debemos ir antes de las ocho -dijo Mack -. Pero no veo nada que impida tomarnos aquí un vasito para irnos animando.
    —¿Y si fuéramos a animar al doctor?
    —No -dijo Mack-, el doctor acaba de ir a casa de Lee en busca de cerveza.
    —¿Creéis que sospecha algo? — preguntó Jones.
    —¿Cómo había de sospechar? — respondió Mack.

    En la jaula, dos gatos iniciaron una pelea y los demás los animaron maullando y arqueando el lomo. No había más que veintiún gatos. Habían cogido menos de los que creían.

    —¿Cómo vamos a llevar los gatos? — comenzó Hazel -. La jaula no pasa por la puerta.
    —No los llevaremos -dijo Mack -. Acuérdate de lo que pasó con las ranas. Sólo le diremos al doctor que los tenemos. Él puede venir por ellos. — Mack se levantó y abrió uno de los jarros de Eddie -. Vamos a calentarnos un poco -dijo.

    A las cinco y media, el viejo chino descendió la colina, pasó ante el Palace, atravesó el solar, cruzó la calle y desapareció entre el Laboratorio y la «Hediondo».

    En el Restaurante, las chicas terminaban de arreglarse. Habían echado a suertes quiénes eran las que debían quedarse. A las que se quedaban se las relevaría cada hora.

    Dora estaba espléndida. Su pelo, recién teñido de color naranja, se hallaba recogido en rizos. Llevaba su anillo de bodas y un enorme broche de diamantes. Su traje era de seda blanca con dibujo negro. En las alcobas se realizaba a la inversa el procedimiento ordinario.

    Las que se quedaban llevaban trajes largos, y las que iban a salir lucían trajes cortos y estaban muy bonitas. La colcha, terminada ya, se hallaba en una caja de cartón que había sobre el mostrador. Alfred gruñó un poco, pues se había decidido que no iría a la fiesta. Alguien tenía que cuidar de la casa. Contrariando las órdenes, cada chica tenía escondida media pinta, y cada una esperaba una señal para ponerse a punto de ir a la fiesta. Dora penetró en su despacho y cerró la puerta. Abrió el cajón de su mesa, sacó una botella y sirvióse un vaso. Y la botella hizo un pequeño ruido al chocar con el cristal. Una chica que escuchaba detrás de la puerta, oyó el ruido y corrió la voz. Ahora Dora no podría inspeccionar los alientos. Y las chicas corrieron a sus cuartos y sacaron la bebida. Anochecía, en el arrabal se esparcía esa luz gris que media entre la luz del día y la hora en que se encienden los faroles. Phyllis Mae miró por las cortinas del salón delantero.

    —¿Lo ves? — le preguntó Doris.
    —Sí. Tiene encendidas las luces. Está sentado y lee. ¡Jesús, lo que lee ese hombre! Va a estropearse los ojos. En la mano tiene un vaso de cerveza.
    —Bien -dijo Doris -. Creo que nosotras también podemos tomarnos un vasito.

    Phyllis Mae cojeaba un poco, pero estaba muy bien. — ¡Qué gracioso!— exclamó-. El doctor está ahí sentado sin sospechar siquiera lo que se prepara.

    —El doctor nunca viene aquí -dijo Doris con algo de tristeza.
    —A muchos hombres no les gusta pagar -dijo Phyllis Mae-. Luego les cuesta más, pero ellos se figuran que es diferente.
    —Bueno, quizá le gusten las otras.
    —¿Qué otras?
    —Las que van a visitarlo.
    —¡Oh, sí, quizá! Pero yo he estado en su casa y nunca me ha dicho nada.
    —Si no hubieses trabajado aquí, quizá te lo hubiese dicho — advirtió Doris.
    —¿Quieres decir que al doctor no le agrada nuestra profesión?
    —No, no quiero decir eso. Él se figura probablemente que las chicas que trabajan son distintas.

    Volvieron a beber.

    En su despacho, Dora se sirvió por segunda vez, y luego guardó la botella. Se arregló el cabello frente al espejo que había en la pared, se inspeccionó sus brillantes uñas y salió al bar. Alfred estaba malhumorado. No decía una palabra, ni su expresión era desagradable, pero de todos modos se le conocía. Dora lo contempló fríamente.

    —Veo por tu expresión que te has enfadado.
    —No -dijo Alfred -, todo me parece bien.

    Esto enfureció a Dora.

    —¿Conque te parece bien? Has conseguido un empleo. ¿Quieres conservarlo o no?
    —No estoy diciendo nada -dijo Alfred con expresión fría.

    Puso los codos sobre el mostrador y se miró en el espejo -. Vaya a divertirse -dijo-, yo me encargo de todo. No tiene que preocuparse.

    Dora se conmovió.

    —Mira -dijo-. No me gusta tener esto sin un hombre. Si alguno se desmanda, las chicas no pueden hacer nada. Pero más tarde puedes venir a la fiesta y vigilar desde la ventana. ¿Qué te parece? Si ocurre algo podrás verlo.
    —Bien -dijo Alfred -, me gustaría ir. — El permiso lo había dulcificado-. Más tarde iré unos minutos. La última noche hubo un borracho, y no sé, Dora, pero estoy mal de los nervios desde que le rompí la espalda al hombre aquél. He perdido la seguridad.
    —Necesitas descansar -dijo Dora-. Voy a ver si Mack quiere substituirte y te vas quince días de vacaciones.

    ¡Qué maravillosa mujer era Dora!

    En el Laboratorio, el doctor tomó un poco de whisky después de la cerveza. Sentíase un poco conmovido. Le emocionaba que quisieran darle una fiesta. Tocó la Pavana en honor de una infanta difunta y se puso sentimental y un poco triste. Y a causa de esto continuó con Dafnis y Cloe. En ésta había un pasaje que le recordaba otra cosa. Los observadores de Atenas antes de Maratón dijeron haber visto una línea de polvo que cruzaba la llanura, y haber escuchado el chocar de armas y el Canto de Eleusis. Una parte de la música le recordaba este cuadro.

    Cuando terminó, tomóse otro whisky y pensó si le convendría el Brandemburgués. Lo arrancaría de aquel dulce y enfermizo estado de espíritu. Pero, ¿qué tenía de malo aquel estado? Era bastante agradable.

    —Puedo tocar lo que quiera -dijo en voz alta-. Puedo tocar el Claro de Luna o la Doncella del Rubio Cabello. Soy un hombre libre.

    Se sirvió un whisky y bebió. Y se decidió por la Sonata Claro de Luna. Veía parpadear las luces de neón de La Ida. Y el farol que había enfrente del Restaurante se encendió.

    Un escuadrón de obscuros escarabajos se precipitó sobre la luz y luego cayó a tierra. Una gata marchaba lentamente por el arroyo en busca de aventuras. Se preguntaba qué es lo que les habría ocurrido a todos los gatos que hacían que la vida fuese interesante y las noches odiosas.

    Mr. Malloy salió arrastrándose de la caldera para ver si alguien había ido ya a la fiesta. En el Palace, los muchachos estaban sentados y vigilaban inquietos las negras manecillas del reloj.


    XXX


    La naturaleza de las fiestas ha sido imperfectamente estucada. Sin embargo, existe la creencia general de que una fiesta tiene su patología, que es una especie de individuo, y que probablemente es un individuo perverso. Y también existe la creencia de que casi nunca realiza lo que se propone. Esto último excluye, claro está, las fiestas que dan las anfitrionas profesionales. Éstas no son fiestas, sino actos y manifestaciones tan espontáneos como la peristalsis y tan interesantes como su resultado.

    Probablemente todos los habitantes del arrabal habrían proyectado en su imaginación cómo iba a ser la fiesta: los gritos de salutación, las felicitaciones, el ruido, el bienestar. Pero no comenzó así. A las ocho en punto, Mack y sus amigos, limpios y peinados, cogieron los jarros de bebida, atravesaron la vía del tren, cruzaron el solar y la calle y subieron la escalera del Laboratorio. Todos se hallaban inquietos. El doctor abrió la puerta y Mack le dijo:

    —Como hoy es su cumpleaños, yo y los muchachos hemos querido felicitarle, y como regalo, le tenemos guardados veintiún gatos.

    Mack dejó de hablar y él y sus amigos quedáronse aguardando.

    —Entrad -dijo el doctor -. Estoy sorprendido. No sabía que supieseis que hoy era mi cumpleaños.
    —Los gatos -dijo Hazel — no los hemos traído.

    Se sentaron formalmente en la habitación de la izquierda. Hubo un largo silencio.

    —Bien -dijo el doctor -. Ya que estáis aquí, ¿qué os parece si tomamos un traguito?
    —Hemos traído bebida -dijo Mack, e indicó los tres jarros que Eddie había ido reuniendo.
    —No tienen cerveza -dijo Eddie.
    —No -dijo el doctor-, yo soy quien tengo que invitaros.

    Precisamente tengo un poco de whisky.

    Estaban sentados formalmente y bebían el whisky cuando entraron Dora y las muchachas que le entregaron la colcha. El doctor la extendió sobre su cama. Hacía un efecto precioso. Luego las chicas bebieron un poco de whisky. En seguida vinieron Mr. y Mrs. Malloy trayendo sus regalos.

    —La mayoría de la gente no conoce el valor de este objeto -dijo Sam Malloy cuando sacó la biela y el pistón del Chalmers 1916 -. Probablemente no quedan más de tres en el mundo.

    Y luego la gente comenzó a llegar en grupos. Henri vino y trajo un acerico de tres pies de largo por cuatro de ancho. Quería dar una conferencia sobre este arte nuevo, pero cuando él llegó la formalidad habíase roto. Llegaron Mr. y Mrs. Gay. Lee Chong le entregó al doctor la traca y los bulbos de lirio. A las once, un invitado se comió los bulbos, pero la traca duró más. De La Ida llegó un grupo de desconocidos. La rigidez desaparecía rápidamente. Dora estaba sentada en una especie de trono, su cabello flameaba. Sostenía delicadamente su vaso de whisky, y vigilaba a las muchachas para ver si se comportaban decentemente. El doctor puso en el fonógrafo un disco de música de baile y se fue a la cocina para freír los bistés.

    La primera pelea no fue mala. Uno de los del grupo de La Ida hizo una proposición inmoral a una de las chicas de Dora. Ella protestó y Mack y sus amigos, ofendidos por el ultraje, lo arrojaron de la casa sin que nada se rompiera. Después de esto se sintieron aliviados, pues se daban cuenta de que estaban siendo útiles.

    En la cocina, el doctor freía los bistés, cortaba los tomates y partía el pan. Se sentía muy bien. Mack se ocupaba personalmente del fonógrafo. Había encontrado un álbum de los tríos de Benny Goodman. El baile había comenzado y la fiesta se animaba. Eddie entró en el despacho y comenzó a bailar un zapateado. El doctor se había llevado a la cocina una pinta de whisky y bebía de la botella. Todos se sorprendieron cuando trajo la carne. Aunque nadie tenía verdadera hambre, terminaron con todo en un momento. El alimento infundió en la fiesta una tristeza digestiva. El whisky se había acabado y el doctor tuvo que sacar los galones de vino.

    Dora, sentada en su trono, le dijo al doctor:

    —Doctor, roqueños esa linda música. Estoy harta de la gramola eléctrica que hay en casa.

    Y el doctor cogió un álbum de Monteverdi y tocó Ardo y Amor. Los invitados escuchaban en silencio. Dos recién llegados subieron las escaleras y entraron calladamente. El doctor experimentaba una dulce tristeza. Nadie habló cuando terminó la música. El doctor tomó un libro y leyó en voz alta:

    Aun ahora,
    Si recuerdo a mi amada de senos de limón,
    Color de ámbar y de ojos como estrellas,
    Cuando se me acercaba ardiente,
    Herida por las flechas del amor,
    La que por su juventud fue para mí lo primero,
    En una tumba de nieve entierro mi corazón.

    Aun ahora,
    Si otra vez viniera a mí mi amada de ojos de loto,
    Cansada por el peso de un amor joven,
    La estrecharía otra vez con mis brazos hambrientos
    Y apagaría en su boca el ardor de mi sed,
    Como la abeja en sus revoloteos
    Roba la miel de los nenúfares.

    Aun ahora,
    Si la viera extendida con los ojos abiertos
    Y los párpados prolongados hasta el oído,
    Sufriendo por la fiebre de mi ausencia,
    Entonces mi amor se tornaría en cadenas de flores,
    Y por la noche, un amante moreno dormido en su regazo.

    Aun ahora,
    Mis ojos que nada quieren ver, aun recuerdan
    El rostro de mi amada. ¡Oh anillos de oro
    Que rozasteis mejillas de magnolia!
    ¡Oh suave pergamino en que mis labios
    Escribieron con besos magníficas estrofas!
    Ya nada escribirán.

    Aun ahora,
    La muerte me recuerda el temblor de los párpados pintados
    Sobre unos ojos inquietos, y su pobre cuerpo frágil,
    Quebrado por el placer;
    Las rojas flores de sus senos que fueron mi consuelo un día
    Y los húmedos labios rojos cuya memoria me entristece ahora.

    Aun ahora,
    Se habla de la debilidad de aquella
    Que fue fuerte al amarme. Y los hombres,
    Que siendo esclavos compran con su plata,
    Guiñan los ojos; pero sin embargo
    No hay príncipe que la haya poseído.
    ¡Oh dulce amor, tú has sido sólo mía!

    Aun ahora,
    Amo los negros que acarician cual seda,
    Ojos tristes y alegres a la vez.
    Los párpados que al cerrarse proyectan dulce sombra
    Y dan a su rostro una expresión nueva.
    Amo la boca fresca, la boca perfumada;
    El ondeante cabello, tan sutil como el humo;
    Los dedos delicados y el brillo de las verdes gemas.

    Aun ahora,
    Recuerdo tu respuesta,
    Fijos en mí tus ojos, tu mano en mis cabellos
    Y el ardiente recuerdo redondeaba tus labios.
    A la luz de la luna he visto el amor de las sacerdotisas de Rati.
    Y luego en una habitación cubierta de tapices
    e iluminada por dorada lámpara
    Echarse a dormir indolentemente.


    Phyllis Mae lloraba a lágrima viva cuando el doctor acabó de leer, y la misma Dora se enjugaba los ojos. Hazel había estado tan absorto en el sonido de las palabras que no había entendido su significado. Pero todos se sentían un poco tristes. Todos tenían algún amor a quien recordar.

    —Jesús, qué preciosidad -dijo Mack -. Me recuerda una mujer… — Y no dijo más.

    Llenaron de vino los vasos y quedaron en silencio.

    La fiesta se disolvía en una suave tristeza. Eddie marchó al despacho del doctor, bailó allí un zapateado y sentóse otra vez. Iban a irse a dormir cuando sintieron pasos por la escalera.

    —¿Dónde están las muchachas? — gritó una gruesa voz.

    Mack se levantó rápidamente y fue a la puerta. Una alegre sonrisa iluminó los rostros de Hughie y Jones.

    —¿De qué muchachas habla? — preguntó Mack.
    —¿No es esto una casa de mujeres? El conductor del taxi dijo que era aquí.
    —Se ha equivocado, señor — la voz de Mack era alegre.
    —Pues, ¿y esas mujeres que hay allí?

    Entonces comenzó la batalla. Eran los tripulantes de un bote de San Pedro, hombres fuertes y acostumbrados a luchar. A la primera embestida penetraron en la habitación. Las chicas de Dora se quitaron un zapato que sujetaron por la punta. En caso necesario podrían golpear a los hombres con los zapatos. Dora corrió a la cocina y volvió con una mano de almirez. Hasta el doctor animóse y blandió la biela y el pistón del Chalmers 1916.

    Fue una buena lucha. A Hazel le echaron la zancadilla y le dieron dos patadas en la cara antes de que pudiera incorporarse. La estufa Franklin pasó volando y se estrelló con gran ruido. Rechazados hasta un rincón, los recién llegados se defendieron arrojando los libros de las estanterías. Pero gradualmente iban retrocediendo. Las dos ventanas delanteras estaban rotas. De repente Alfred, que había oído el rumor de la batalla, atacó por la retaguardia empleando su arma favorita, una pala de baseball. La batalla continuó en las escaleras, prosiguió en la calle y llegó al solar. La puerta del Laboratorio pendía de uno de sus goznes. La camisa del doctor estaba desgarrada y tenía herido un hombro. El enemigo había sido rechazado hasta mitad del solar, cuando sonaron las sirenas. Los invitados del doctor tuvieron el tiempo justo para encerrarse en el Laboratorio y apagar las luces, cuando llegó el coche de la policía. Los agentes no pudieron hallar nada. Pero los amigos del doctor reían alegremente y bebían vino sentados en la habitación a obscuras. Del Restaurante llegó un nuevo turno de chicas. Y otra vez animóse la fiesta. Los policías volvieron y se unieron a los invitados. Mack y sus amigos emplearon su coche para ir a buscar más vino a casa de Jimmy Brucia, y Jimmy volvió con ellos. De extremo a extremo del arrabal se oía el estruendo de la fiesta, que tenía el aspecto de una noche de motín. Los tripulantes del bote de San Pedro regresaron humildemente y se unieron a la fiesta. Fueron recibidos cordialmente. Una mujer, que cinco manzanas más allá, se quejaba del ruido, quiso llamar a un policía y no pudo encontrar a ninguno. Los policías dijeron que les habían robado el coche y que más tarde lo encontraron en la playa. El doctor, sentado a la turca sobre la mesa, se golpeaba suavemente las rodillas. Mack y Phyllis Mae, tirados en el suelo, luchaban al estilo indio. A través de las ventanas rotas penetraba la fresca brisa del mar. Y entonces, a alguien se le ocurrió prender fuego a la traca.


    XXXI


    Un topo adulto tomó por residencia un macizo de malvas que había en el solar vacío. Era un lugar perfecto. Las malvas se erguían lozanas y verdes y, al madurar, sus flores pendían provocativamente. La tierra también era apropiada para la madriguera de un topo, negra y blanda, pero con algo de arcilla para impedir que se hundieran y borrasen los túneles. El topo era gordo y lustroso, y siempre tenía los carrillos llenos de alimento. Tenía unas lindas orejitas y los ojos negros como cabezas de alfiler y de un tamaño semejante. Sus uñas eran fuertes y la piel de su lomo era de un color marrón brillante y la de su pecho increíblemente suave. Tenía unos dientes amarillos y curvos y un corto rabito. Era un hermoso topo y estaba en la plenitud de la edad.

    Cuando descubrió este lugar lo halló conveniente, y comenzó a cavar su madriguera en una pequeña eminencia, desde donde podía ver a través de las hierbas los camiones que pasaban por el arrabal. Podía contemplar los pies de Mack y sus amigos cuando atravesaban el solar. Según iba cavando, encontraba el lugar más perfecto, pues bajo tierra había grandes rocas. Bajo una de estas rocas hizo la cámara para depositar los alimentos, en la seguridad de que no se hundiría con las lluvias. En aquel lugar podía establecerse y fundar una familia.

    La primera vez que sacó la cabeza de su guarida vio un espectáculo maravilloso. Era por la mañana temprano, las malvas proyectaban una luz verde y los primeros rayos del sol comenzaban a calentar.

    Cuando el topo terminó la gran cámara y las cuatro salidas de emergencia y una habitación a prueba de lluvias, se dedicó a almacenar alimentos. Solamente cortaba tallos perfectos, les daba el tamaño necesario, los metía en su agujero y los llevaba a la gran cámara, colocándolos de modo que no fermentaran ni se pusieran agrios. Había descubierto la vivienda ideal. No había jardines cerca y, por lo tanto, no colocaban trampas. Los gatos, aunque había muchos, estaban tan hartos con los restos de las fábricas de conservas que ya no querían cazar. El suelo era lo suficientemente arenoso como para que el agua no se estacionase. El topo trabajó intensamente hasta que tuvo su guarida repleta de alimentos. Entonces hizo unas habitaciones que destinaba a sus hijitos. En pocos años tendría millares de descendientes.

    Pero según pasa el tiempo, el topo comenzó a impacientarse, pues no aparecía ninguna hembra. Por la mañana, el topo salía a la puerta de su madriguera y emitía penetrantes gritos que el oído humano no puede percibir, pero que los demás topos oyen desde grandes profundidades. Pero la hembra no aparecía. Finalmente, en un arrebato de impaciencia, el topo atravesó la vía y siguió hasta que encontró otra madriguera. Oyó ruido y percibió el olor de la hembra, pero, de repente, salió de la madriguera un macho viejo y curtido en la batalla que lo mordió de tal modo que tuvo que irse arrastrando hasta su guarida, y tardó tres días en curarse; había perdido dos uñas de una de sus patas delanteras.

    Volvió a esperar y a llamar junto a la puerta de su lindo hogar, pero la hembra no venía, y al poco tiempo, el topo cambió de residencia. Se mudó a un jardín de dalias que había en la colina, donde ponían trampas todas las noches.


    XXXII


    El doctor se despertó lenta y torpemente como un hombre que sale de la piscina. Su mente rozó la superficie varias veces, pero volvía a hundirse. En la barba del doctor veíanse huellas de carmín. Abrió los ojos, vio los brillantes colores de la colcha y volvió a cerrarlos. Pero al poco rato volvió a mirar. Sus ojos fueron de la colcha al suelo, a los platos rotos que yacían en un rincón, a los vasos que había sobre la volcada mesa, al vino derramado, a los libros caídos que semejaban grandes mariposas. Por todas partes había trocitos de papel rojo y se percibía el áspero olor de la quemada traca. A través de la puerta, el doctor veía en la cocina los montones de platos y las sartenes llenas de grasa. En el suelo había centenares de colillas. Y al olor dejado por la traca se mezclaba una combinación de vino, whisky y perfume. Las miradas del doctor se detuvieron un momento en un montón de horquillas que había en medio del suelo.

    Dio la vuelta lentamente y luego, apoyándose en un codo, miró a través de la ventana rota. El arrabal estaba tranquilo y soleado. La puerta de la caldera no se había abierto aún. La puerta del Palace estaba cerrada. Un hombre dormía apaciblemente entre las hierbas del solar. El Restaurante estaba cerrado a cal y canto.

    El doctor se levantó, fue a la cocina, encendió el calentador de agua y entró en el lavabo. Luego volvió, se sentó al borde de su cama y contempló los destrozos. En la colina se oía el rumor de las campanas de la iglesia. Cuando el agua estuvo caliente, el doctor tomó una ducha, se puso unos pantalones azules y una camisa de franela. La tienda de Lee Chong estaba cerrada, pero él vio quién estaba en la puerta y abrió. Fue a la heladera, sacó un cuartillo de cerveza sin esperar a que se lo pidiesen. El doctor le pagó.

    —¿Lo pasó bien? — le preguntó Lee. Tenía los ojos un poco inflamados.
    —¡Muy bien! — dijo el doctor, y regresó al Laboratorio lle vándose la cerveza. Se hizo un bocadillo de manteca de caca huete. La calle estaba silenciosa. No pasaba nadie. En la cabeza del doctor sonaba una música, una música de violas y violoncelos que tocaban una melodía suave y consoladora. El doctor comía el bocadillo y bebía la cerveza escuchando la música. Cuando terminó la cerveza, fue a la cocina y puso en la pina los platos sucios. Dejó correr el agua caliente y bajo ella puso trocitos de jabón para que se formase espuma. Luego se dedicó a reunir los vasos que no se habían roto y los metió en el agua jabonosa. Los platos en que se había servido la carne estaban sobre el fogón, llenos de grasa y jugo de bistec. El doctor iba colocando en la mesa los vasos limpios. Luego abrió la puerta de la habitación de atrás, sacó uno de los álbumes de música gregoriana y puso el Pater Noster y el Agnus Dei. Las voces angélicas llenaron el Laboratorio. Eran de una increíble pureza y dulzura. El doctor lavaba cuidadosamente los cacharros para que no chocasen entre sí y estropeasen la música. Los niños cantaban con sencillez, pero de un modo incomparable. Cuando terminó el disco, el doctor se secó las manos y paró el fonógrafo. Bajo su cama vio un libro abierto, lo cogió y se sentó en el lecho. Durante un momento leyó para sí, pero luego sus labios comenzaron a moverse y leyó en voz alta, lentamente, haciendo una pausa al final de cada línea:

    Aun ahora,
    Me interesa la plática de los hombres sabios
    Que pasaron su juventud pensando,
    Pero yo, al escucharlos, no he hallado
    Las sales de la charla de mi amada,
    Conjunto de colores varios, cuando juntos dormíamos.
    Palabras sabias, palabras ingeniosas
    Que fluyen como el agua y la pasión endulza.


    En la pila, la espuma blanca se enfriaba y se llenaba de burbujas.

    En la escollera, la marea alta lanzaba las olas sobre rocas que no habían alcanzado hacía mucho tiempo.

    Aun ahora,
    Recuerdo que he amado rosales y cipreses,
    Las montañas azules y las colinas grises,
    El sonido del mar; y que hubo un día
    En que vi extraños ojos, manos cual mariposas.
    Por las mañanas, la alondra venía volando a mí desde el tomillo,
    Y los niños corrían a bañarse al arroyo.


    El doctor cerró el libro. Oía el batir de las olas contra los pilares y el ruido que hacían las ratas blancas al golpear contra los alambres de sus jaulas. El doctor fue a la cocina y metió la mano en el agua de la pila. Estaba fría y dejó correr el agua caliente.

    El doctor habló en voz alta, dirigiéndose a la pila, a las ratas blancas y a sí mismo:

    Aun ahora,
    Recuerdo haber saboreado la fuerte esencia de la vida,
    Alzando en el festín supremo copas de verde y oro;
    Mas, sólo por un tiempo breve,
    Los ojos de mi amada
    Me envolvieron en su luz divina.


    El doctor se limpió los ojos con el dorso de la mano. Las ratas blancas se agitaban inquietas en sus jaulas y, tras el cristal, las serpientes de cascabel, inmóviles, contemplaban el espacio con sus ojos torvos y empañados.


    Fin