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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA NAVE DE CRISTAL (Joan D. Vinge)

    Publicado el martes, diciembre 12, 2017
    La Nave de Cristal caía interminablemente en su órbita, ligada al mundo de remolineantes nubes. Dentro de sus paredes, en las distintas estancias, los soñadores buscaban el olvido en la belleza. Ahora eran escasamente cincuenta, y ninguno de ellos recordaba por qué sus antepasados habían llegado allí, ni les importaba. Pero seguían en la nave tras quinientos años, como si eso fuera un rito.

    Dentro de la sala toroidal de alto techo, los soñadores miraban el brillo creciente del mundo o yacían fascinados en los dobleces líquidos del lecho o los sillones. El color rubí del jarabe de chitta se coagulaba como gotas de sangre en los bordes de las copas caídas.

    La chitta enrojecía los labios de Tarawassie, mientras las estrellas danzaban en las puntas de sus dedos, y ella desechaba las falsas barreras del ser y la percepción para hacerse una con el ilimitado universo, sin formas, sin tiempo, sin mente… Tarawassie soñaba, como siempre había soñado… Como siempre lo haría…, si no hubiera sido por la locura de Andar.

    Colores que se desvanecían en el cielo del ocaso, pétalos al pastel que se desmenuzaban, fragancia perdiéndolo todo excepto el recuerdo… Leves barreras la rodeaban; lazos de carne, barrotes de hueso, asentados en torno mientras Tarawassie se retiraba de nuevo, pesarosa, a su territorio particular.

    — ¡Es cierto! ¡Es cierto…!

    El sonido brusco la golpeó, se estrelló dentro de su cabeza en una lúgubre incandescencia. Sus manos se alzaron, sin saber qué cubrir; oídos, ojos… Un rostro pálido y ardiente surgió ante su vista, se sintió arrastrada, estremecida, sacudida, a través de un túnel de sonido reverberante.

    — ¡Mírate! No te preocupes…, animales —gritó el rostro débilmente, mientras ella recuperaba la vida para debatirse a medida que el dolor la abandonaba y la empujaba contra el fluyente lecho—. ¡Animales pudriéndose, pudriéndose…!

    El rostro, apartándose de ella, adquirió realidad y forma: reconoció a Andar, sus brillantes ropajes que ondeaban como el viento a través de un campo de hierba mientras gritaba:

    — ¡Yo sé la verdad… pero vosotros no podéis verla!

    Sus manos sujetaron, abordaron, rechazaron otras, mientras recorría las estancias tambaleándose. Instintivamente se levantó y continuó su marcha por salones transparentes; lo vio caer sobre formas inertes mientras avanzaba hacia la cosa en el corazón de toda belleza…, hacia el Pozo Estelar.

    —Os quiero…, os odio… —reía, o tal vez sollozaba—. ¡Vosotros, muertos vivientes! Yo soy el único…, el único vivo… Y ya no puedo soportaros más —había alcanzado el borde del Pozo, se arrodilló y se inclinó sobre la fría y palpitante profundidad—. Conozco tu secreto, y estoy preparado —dijo al propio reflejo de su rostro en el Pozo—, estoy preparado…, para cruzar el dragón y entrar en el oscuro abismo. ¡Acéptame! Esto es un paraíso, y está muerto…

    Estaba sollozando; dio un paso adelante y se dejó caer en el Pozo, abrazando su tenebrosa ambigüedad. Oleadas de fosforescencia se esparcieron por la ausente agua, vibrando con tonalidad marina; se quedó inmóvil. Tarawassie miró fijamente, debatiéndose con la realidad.

    Andar permaneció inmóvil; permaneció tan inmóvil… Los pocos de los otros que habían visto y podían comprender acudieron a reunirse en torno a ella, moviéndose lentamente, silenciosamente, cruzando admirados las estancias para detenerse finalmente al borde del Pozo.

    El cuerpo de Andar yacía debajo de ellos; no exactamente flotando, no exactamente sostenido, sino de algún modo suspendido. Oscuras olas azul verdoso lo lamían suavemente, sacudiendo sus adornados ropajes, su largo y hermoso cabello, ahuecando sus doblados dedos. Tarawassie sabía que su propia mano nada podría asir, nada podría capturar…, y sin embargo allí estaba, a su alcance, en aquel verdor azulado. El misterio de todo aquello nunca la había turbado; nunca se le había ocurrido pensar tanto como para maravillarse del porqué. Las estrellas parecían muy grandes, muy cercanas, como cuando yacían durmiendo en las sedosas profundidades.

    —Andar… ¿Andar?

    Alguien extendió la mano en vez de ella para sujetar otra mano inmóvil, de la que tiró. No hubo respuesta. Contempló cómo Sabowyn arrastraba el cuerpo de Andar hasta el borde y lo hacía girar suavemente, aún suspendido.

    — ¿Qué ha ocurrido?
    — ¿Qué es lo que ha hecho?

    Voces tranquilizadoras murmuraron preguntas, Sabowyn sacudió la cabeza.

    —No lo sé. Creo que… Creo que está muerto.

    Su mano tocó los labios de Andar. La boca se dobló blandamente en una sonrisa de alegre liberación que se perpetuó. Los ojos estaban abiertos, sin parpadear, mirando arriba hacia las estrellas a través del domo de cristal, y más allá de ellas, perdidos en admiración. Tarawassie apartó la mirada de su rostro, eludiendo el oleaje de indeseada emoción que aquello le provocaba. Bajó la vista a su propio rostro, que se reflejaba débilmente en la ilusoria superficie del Pozo; ojos verdeazulados que se fundían en la inexistente agua; pelo negro que caía hacia adelante para mezclarse con su fantasmagórico reflejo.

    —Está muerto —dijo Mirro, apoyando la mano sobre el pecho del cuerpo inmóvil.
    — ¿Cómo puede estar muerto? ¿Cómo pudo haber muerto?
    —Dijo que quería morir.
    —Estaba loco.
    —Pero, ¿cómo pudo…?

    Las voces tejieron una red de incredulidad alrededor de ella. Tarawassie se apartó de su imagen.

    —El Pozo… El Pozo Estelar. Cumplió su deseo.
    — ¿Se trata acaso de un Pozo de los Deseos?

    ¿Era eso? Alguien reía tras ella, incapaz de contenerse.

    —Pobre Andar. Estaba loco… Siempre lo estuvo. No era feliz.
    —Ahora debe ser feliz —Sabowyn se contrajo en un gesto—. Mirad. Mirad…, su rostro parece tan apacible… —suspiró y se echó hacia atrás, apartándose el cabello del rostro. Se sentó.
    —Pero nunca nos hizo nada a ninguno de nosotros. Me refiero al Pozo…
    — ¿Qué haremos con el cuerpo?
    —Enviémoslo abajo, a la ciudad. Alguien se ocupará de él.
    —Pobre Andar… Pobre Andar… Pero ahora es feliz —las voces insinuaban una bendición.

    Tarawassie cerró los ojos, aún agachada, su cabeza moviéndose de un lado a otro mientras los demás sacaban y retiraban el cuerpo. ¿Lo es?

    —Tarawassie —las manos de Mirro se apoyaron ligeramente en sus hombros—. Me voy a soñar ahora. ¿Quieres tejer en el Telar?

    Tarawassie permaneció inmóvil, consciente de la dolorosa rigidez de sus articulaciones. Miró a la otra mujer. Sacudió la cabeza, esta vez negativamente.

    —No. No puedo. Tengo que ir abajo, a la ciudad.
    — ¿Porqué?
    —Mi madre está enferma —repitió por milésima vez; nadie lo recordaba, al parecer, pero no se sorprendió ni se irritó por ello—. Tengo que ver a mi madre.
    —Oh —Mirro se alejó, ausente, mientras se dirigía hacia la rampa en espiral—. Ya encontraré a alguien.

    Tarawassie siguió a los que llevaban el cuerpo de Andar, al nivel inferior de la Nave de Cristal. El suave cuero de sus zapatos sin forma avanzaba silenciosamente sobre las transparentes superficies. Llegó a donde estaban los demás, aguardando en silencio la llegada del transbordador. Permaneció con ellos, mirando hacia abajo a través de la transparencia, serenamente indiferente al impresionante vacío que había bajo sus pies. El mundo era un moteado huevo de ave, azul y manchado con nubes blancas, ambos colores medio ocultos ahora por el eclipse nocturno. Podía abarcarlo en el círculo de sus brazos…, y por un momento se perdió en las sensaciones de tal posibilidad.

    —Está llegando —dijo alguien.

    Ella levantó la mirada, y vio el frágil destello de luz solar procedente del pequeño óvulo del transbordador que se acercaba. Observó cómo se elevaba al encuentro de ellos, y sintió la débil vibración recorrerle el cuerpo cuando la estructura en forma de gota fue absorbida en la mayor continuidad de la propia Nave, hasta el muelle flotante.

    Sonó un suave carillón; se volvió con los demás, mientras la pared tras ellos se abría, irradiando un intermitente verde. Aguardó mientras los otros instalaban a Andar en un asiento en la cabina cerrada del transbordador, sujetándolo con correas. Por último, cuando terminaron, avanzó para entrar ella también.

    — ¿Tú también vas? ―le preguntó Sabowyn.

    Ella lo miró a lo largo del corto pasillo de la cabina; se acomodó en otro asiento, se sujetó con sus propias correas.

    —Sí. Mi madre está enferma; tengo que verla.
    —Oh. Bien, cuando llegues… ya sabes, si ves a alguien, ¿le pedirás que se haga cargo de él? —Sabowyn bajó la vista; su pelo oscuro le cubría a medias el rostro.
    —De acuerdo —asintió ella.

    Sabowyn rozó la placa metálica de la pared, y cuando la compuerta estanca se hubo cerrado tras ellos, el transbordador se convirtió en una entidad libre, nuevamente completa en sí misma. Como una gota de lluvia, cayó libremente por tubo del muelle flotante, alejándose de la Nave, iniciando su larga caída al planeta. El cuerpo de Tarawassie se alzó contra la sujeción de las correas, su peso anulado mientras dejaban atrás la Nave. Alzó la vista y observó cómo la Nave de Cristal se hacía más pequeña, hasta terminar convertida en una entidad independiente, una polifacética baya salpicada de luz.

    Cerró los ojos, despojada de sus sueños de chitta, con la sensación de que la Nave de Cristal se hacía insignificante arriba, mientras que el mundo se volvía enorme e importante debajo. Intentó concentrarse en su deber allí, mientras su mente forcejeaba por escapar del desacostumbrado peso de la realidad y del dolor. Su madre se estaba muriendo, y no había nada que ella pudiera hacer. Sólo subvenir a sus necesidades, tratar de aliviar un sufrimiento para el que no había consuelo, que nadie pudiera proporcionar…, y luego huir de vuelta a la Nave de Cristal, de vuelta al mundo de los sueños, donde todos los dolores se olvidan.


    Abrió los ojos y parpadeó ante la repentina e inexpresable enormidad del borde neblinoso y azul del mundo, que llenaba ahora el espacio ante ellos. Una pesadez que era más que el regreso gradual del peso la aplastó de nuevo contra el asiento; una zumbante vibración se transmitió a su piel, una burla de anticipación. Su cabeza giró ligeramente; junto a ella, Andar permanecía con la boca entreabierta, los ojos vidriosos ante la visión de un mundo en toda su magnificencia…, trascendiéndola, y todos los mundos.

    Sonrió serenamente, dueña de sí.

    —Andar —la comprensión se expandía ahora en ella; giró en su asiento para mirarlo—. Oh…

    Se frotó el rostro en repentina confusión; sintió su cabello, la diadema dorada que impedía que le cayera sobre los ojos, sintió sus dedos…, y su propia y fláccida mano, fríamente translúcida, como mármol, cuando la extendió hacia él. No lo conocía bien; a nadie conocía bien, ni tampoco nadie la conocía bien a ella. Pero los conocía a todos, el puñado de gente de la ciudad y de la Nave de Cristal, y los amaba a todos como a una familia, por sus modales gentiles y los sueños que compartían. Pero Andar nunca había estado en paz, y sus sueños habían sido a menudo tanto lacrimosas pesadillas como cosas de belleza.

    La plácida mirada de Andar estaba fija en el cielo allá abajo, a través de ella.

    —Eres feliz, ahora —no era una pregunta, pues ya había sido contestada—. Pero ¿por qué?

    Se lo preguntaba ―sabiendo que nunca obtendría esa respuesta―, por si tal vez ella consistiera en poner fin a todas las preguntas.

    Pero el Pozo Estelar… Recordó su propia voz: Cumplió su deseo. Nunca le había hecho nada a nadie en todo el tiempo, por lo que ella sabía. Y sin embargo… él se le había entregado en su locura, cansado de vivir, hastiado de su dolor. Le había pedido que lo aceptara, que le diera la muerte… Y el Pozo le había respondido, estaba segura de ello. Estaba segura. Había muerto sin dolor, alegremente, y ya no volvería a sufrir más… Nunca más.

    Las nubes se abrieron para recibirlos, tomando forma; los rodearon y se apartaron de nuevo, mostrándoles los círculos concéntricos de la ciudad. La vibración aumentó en ella mientras la ciudad crecía allá abajo, y finalmente cayeron atravesando el acanalado domo del hangar del transbordador y se detuvieron en la penumbra. La compuerta se deslizó a un lado en el acristalado flanco del transbordador. Ella se soltó las correas y salió a la resonante penumbra del hangar. Estaba vacío, como de costumbre; no había nadie a quien decirle lo del cuerpo de Andar. Otros transbordadores, grandes y pequeños, se alineaban pacientemente, con su transparencia enturbiada por capas de polvo. Ella no reparó en eso; nunca había visto ninguno de los otros en funcionamiento.

    Breves ráfagas otoñales azotaron los pliegues de su chillón atuendo, mientras avanzaba por entre las largas sombras de las desiertas calles hacia el apartamento de su madre. Andaba rápidamente, lentamente, rápidamente de nuevo, insensible al frío viento que acuciaba su delicada piel. Le diría a su madre lo de Andar… No, no. ¿Cómo podría…?

    Vio deslizarse a lo largo de los oscuros espejos de las paredes de los edificios el reflejo de su imagen, tropezó en el pavimento levantado por las raíces de los árboles y cubierto por remolinos de hojas en forma de espada agitados por el viento… Alcanzó la esquina de la calle de su madre, rodeó un pequeño montón de grava. Sus pasos se hicieron nuevamente más lentos. El viento la empujó por detrás, insistente, hasta que ella entró vacilante en el vestíbulo del sombrío edificio y empezó a subir las escaleras. Su madre se había negado a trasladarse a un piso más bajo, o al edificio donde ahora vivían los otros. La enfermedad y la edad la habían vuelto testaruda; se había aferrado a los esquemas de una prolongada familiaridad, contra la incierta configuración del futuro. Ahora, ya no podía abandonar su cama. La anciana Zepher iba a verla ocasionalmente cuando Tarawassie no estaba. Era demasiado vieja como para preocuparse de subir a la Nave de Cristal, y ahora era la única habitante que quedaba en el abandonado edificio de seis plantas.

    —Tarawassie… ¿eres tú? —la voz de su madre le llegó débilmente; la anciana tenía muy poco que hacer excepto permanecer acostada y escuchar.
    —Sí, madre.

    Tarawassie siguió el oscuro camino que únicamente sus pies habían limpiado de polvo hasta la puerta de su madre, y penetró. El aire siempre olía desagradablemente a encierro allí, incluso para su embotado sentido del olfato. Su madre se había quejado de eso, pero no podía abrir las ventanas.

    —Madre, ¿cómo te encuentras?

    Inspiró profundamente y retuvo el aliento, pese a lo escaso de su complexión.

    —Feliz ahora. Feliz de ver a mi hija…

    No había reproche en la voz de su madre, pero se adivinaba una extraña tristeza en sus apagados ojos cuando tocó a Tarawassie, y por debajo de ella, la comprensión de la impotente angustia que mantenía a su hija lejos. Tarawassie avanzó por el desnudo suelo hasta el costado de la cama y se arrodilló apretando la ardiente mano contra su mejilla, sintiendo la aspereza de la fláccida piel, notando la sonrisa de su madre.

    —Oh, madre…

    Tarawassie se levantó cuando las lágrimas estaban a punto de brotar y humedecer la frágil mano envuelta en las suyas, y las ocultó mientras le arreglaba furiosamente la almohada. Su madre suspiró, un sonido débil y chirriante, mientras Tarawassie le alisaba el canoso cabello.

    —Te calentaré algo de comer.

    Tarawassie obligó a sus palabras a que sonaran optimistas; se dirigió a la nevera y sacó el plato medio lleno de guiso de arbat que encontró dentro. Frunció el ceño con fugaz preocupación. Tenía que recordar ir el próximo día al lugar de ofrendas por más comida; debía… Debía recordarlo esta vez. Colocó el bol en el pequeño calentador de sobremesa; la tapa se cerró con un golpe, vio encenderse la luz.

    Luz… Se dio cuenta de que la habitación se estaba oscureciendo; se adelantó para limpiar el globo luminoso que pronto llenó el espacio con un suave resplandor plateado, casi gris. La luz cubrió la desolada desnudez de la habitación.

    Tarawassie dio a su madre una cucharada del guiso recalentado; vio que la anciana se ahogaba en convulsiones sacudiendo la cabeza.

    —No… No más, Tara. No puedo comer…

    Permaneció tendida sin resistirse mientras Tarawassie le limpiaba el rostro; las lágrimas brotaron, algunas fueron contenidas en los remansos que se formaban en sus mejillas. Llevaba dos días sin probar bocado.

    —Madre, déjame traerte algo de chitta para que puedas…, para que puedas soñar de nuevo —la voz le temblaba, bajó la vista—. Por favor, inténtalo.
    —No —su madre giró la cabeza como si de pronto le resultara doloroso mirarla; clavó los ojos en la ventana que daba a la ciudad sumida en el crepúsculo—. Arde dentro de mí, duele demasiado… He dejado de soñar —las lágrimas centellaron cuando la estremeció un temblor, cristales a la luz del globo.
    —Madre… Oh, madre… —Tarawassie notó que sus palabras forzaban su camino para atravesar la barrera de su negativa, arrastradas por una necesidad mayor, imperiosa—…hoy ha ocurrido algo extraño, madre. Andar ha muerto. Fue al Pozo Estelar, y pidió la muerte. Y murió. No hubo dolor. Sonreía…

    Los ojos de su madre regresaron a su rostro, buscando, preguntando.

    — ¿Cómo ocurrió?
    —No lo sé. Pero… Parecía tan apacible… Y él nunca tuvo paz —enterró el rostro entre sus manos—. Dijo: «Esto es un paraíso, y está muerto».

    Su madre le tocó el brazo, temblando con el esfuerzo.

    —Sí, Tara. Me gustaría ir a la Nave, e intentarlo. Estoy tan cansada, tan cansada…

    Tarawassie abandonó la habitación y buscó a la vieja Zepher. Con la ayuda de la otra anciana pudo trasladar la consumida forma de su madre, envuelta en sábanas, a través de las gradualmente más y más oscuras calles hasta el hangar del transbordador. Vio, agradecida, que alguien había encontrado el cuerpo de Andar y lo había retirado. Tendió a su madre entre tres asientos, y la colocó lo más cómoda que pudo; la anciana permaneció tendida muy quieta, con los músculos del rostro crispados. Tarawassie subió y tecleó una señal, y el transbordador se cerró herméticamente y se elevó, ascendiendo en un acorde de silenciosa vibración, trazando ahora el itinerario inverso hacia la Nave de Cristal. Su madre no dijo nada; miraba hacia afuera del mismo modo que lo había hecho Andar, hacia algo que estaba más allá de la visión.


    Por petición suya, Sabowyn trasladó a su madre por las estancias de la Nave de Cristal hasta el borde del Pozo. Tarawassie los siguió, avanzando a través de la textura de estímulo que Mino había conseguido en el Telar. El atrapahechizos de luz/música del Telar trabó sus sentidos; forcejeó por aclarar su mente en los fragmentos de pasados sueños que la atraían lejos de la realidad. Se aferró a la visión del pálido rostro de su madre, reflejo de una lívida vida a causa de la urdimbre de colores irreales. Un chisporroteo de extraña emoción brotó de su interior para llenar los ojos de su madre cuando miró hacia abajo por última vez al creciente mundo. Tarawassie fue nubosamente consciente de que los demás estaban siendo arrastrados hacia ellos, sacados de sus propios sueños; los seguían a través de la fulgente pavana de una procesión fúnebre.

    Una vez más Tarawassie se detuvo al borde del Pozo Estelar y miró hacia abajo a través de la fantasmagórica profundidad oscurecida finalmente por las interminables profundidades de la noche, temerosa de descubrir su propio reflejo. Sabowyn se arrodilló junto a ella, el rostro inexpresivo, para depositar a su madre en el borde.

    La anciana se sacudió ligeramente, alzó la cabeza. Tarawassie tropezó con sus ojos, se inclinó para sujetarla más cerca, llorando de pronto.

    — ¡Mamá, no quiero que vayas!

    Una debilitada mano se tendió para sujetar la negrura nocturna de su cabello.

    —Debo hacerlo… Debo hacerlo, Tarawassie. Puesto que me amas, debes ayudarme. Dímelo de nuevo, lo que dijo Andar…
    —Dijo que estaba dispuesto. Dijo: «Esto es un paraíso, y está muerto».
    —Sí —susurró su madre—. ¡Sí! Déjame ir, Tarawassie…

    La anciana se envaró en los brazos que la rodeaban, apartándolos, apartando la vida. Lentamente, Tarawassie la soltó, y la dejó deslizarse al agua de los sueños iluminada por las estrellas. La anciana suspiró, cerrando los ojos como si un gran cansancio brotara de ella, y sonrió. Un verde azulado rezumó entre sus dedos. Se quedó inmóvil.

    Tarawassie se inclinó hacia adelante, la mano extendida sobre la mano de su madre por última vez. Sus lágrimas cayeron dentro del Pozo sin el menor sonido. Se echó de nuevo hacia atrás, al mundo de color y ruido, al sueño que podía compartir. Oyó los murmullos de sorpresa de los que la rodeaban, y de nuevo tuvo conciencia de ellos…, conciencia también de que empezaban a alejarse y dispersarse. Alguien izó el cuerpo de su madre del Pozo y se lo llevó. Tarawassie permaneció sentada sobre los talones, apenas consciente de que estaba llorando… por la pérdida de un contacto, el consuelo de un abrazo, todo lo que ya no volvería a tener.

    —Ella es feliz; su deseo se ha cumplido.

    Sabowyn estaba a su lado aún. Apoyó una mano sobre el hombro de ella. Le ofreció una copa plateada llena de chitta, conseguida quién sabe de dónde.

    —Sé feliz tú también, para terminar de sufrir.

    Tarawassie tomó agradecida la copa, y bebió el jarabe color rubí, concentrada en la sensación de frío fuego en su garganta. Él la condujo abajo, por la rampa en espiral, hacia el lugar de los sueños. Tendiéndose en la flexible viscosidad de un lecho, cayó desesperadamente a través de la frágil membrana que separaba la realidad del éxtasis.


    Se despertó, las lágrimas corriendo por su rostro, sin saber si acababa de empezar a llorar o si llevaba horas en ello. Alzó la cabeza. Estancia, estrellas, sinfonía, arcoíris y siluetas, se separaron lentamente mientras parpadeaba y apartaba de sí lágrimas y confusión… ¡No había belleza! Su mente se cerró al terror de la desilusión, del desencanto, de los colores enlodados en la corrupción, del insensato ruido… ¡Nada de consuelo, ninguna visión, sólo fealdad! ¡Nunca había soñado así! ¿Cómo podía soportar…?

    Sabowyn estaba tendido en el lecho frente a ella, los ojos vacíos. Avanzó de puntillas hacia él cruzando el bajo semicírculo de la mesa, y lo sacudió inútilmente, como Andar la había sacudido a ella. Andar… ¿Habían sido todos sus sueños como aquél? Aturdida, se levantó y siguió su sendero hasta el borde del Pozo Estelar, para quedarse allí tambaleándose, buscando el rostro de Andar, o el de su madre; pero tan sólo encontró el suyo, distorsionado por la nada. Dio un paso dentro del Pozo, conteniendo la respiración; la frialdad le lamió los tobillos. Un repentino vértigo la arrastró; osciló, como un junco en el agua, empujada por un invisible viento. Y nada ocurrió.

    Aguardó, inmóvil, hasta que gradualmente fue dándose cuenta de que nada pasaría; con creciente lucidez iba dándose cuenta de lo que había intentado hacer. Repentinamente atemorizada de la tensa y elástica superficie que sostenía sus pies, temerosa de caer a través de ella a las profundidades estelares, retrocedió al borde del Pozo.

    Regresó por la rampa en espiral y encontró a Mirro sola, jugando en el Telar. Tarawassie penetró en la estancia abriéndose paso a través de la deslumbrante red de la urdimbre de Mirro. Cuanto más se acercaba al Telar, más profundamente trabajaba el estímulo en ella…, las sensaciones de luz y sonido meramente superficiales, y las auténticas armonías que despertaban profundas resonancias en sus fibras nerviosas. Penetró en el cono de silencio que rodeaba al propio Telar.

    —Mirro —susurró Tarawassie, por encima de los débiles matices sonoros—. ¿Cómo puede el Pozo dar la muerte? ¿Qué es? ¿Por qué está aquí? Y… ¿por qué yo no puedo morir también?
    — ¿Deseas morir, acaso?

    Mirro la miró curiosamente; el rostro de Tarawassie adoptó de nuevo los profundos rasgos del hábito. Su dedo se deslizó por encima de la superficie del Telar bajo los brillantes hilos. Los colores centellearon en la barra transparente, las hebras relucieron, en una trama de afiligranado tejido de luz. Tarawassie cerró los ojos ante aquel flujo hipnótico, ante el recuerdo de un sueño fracasado.

    —No lo sé, pero… No puedo soñar.

    Mirro dio la espalda al Telar; sus ropajes llameantes resplandecieron con el movimiento.

    —Estás triste… Pero eso se pasa. Siempre se pasa. Eres joven: ya verás.
    —Pero el Pozo Estelar… Tú comprendes el Telar. ¿Puedes hablarme del Pozo Estelar?
    —No sé nada acerca de él —se encogió de hombros—. Nadie sabe nada. No nos afecta; no importa. No te preocupes por ello.
    —Pero quiero saber. ¿Cómo puedo aprender…?
    —No puedes. Nadie aquí puede.
    — ¿Y en la ciudad? ¿Entre los nativos? Andar fue más allá del lugar de ofrendas, y supo la respuesta… —Tarawassie estaba deshilachando la manga de su propio atuendo, tirando de ella.

    Mirro sacudió la cabeza; su cabellera ondeó, plata y negro.

    —Andar estaba loco. No debió haberse ido. Tú no deberías irte tampoco, no hay razón para ello.

    Tarawassie emprendió el regreso a través de la barrera de sensaciones. Se dirigió al nivel inferior, donde aguardaba el transbordador. Tomó una capa y un globo de luz de entre los objetos desechados en el suelo. Miró hacia atrás una vez, cuando sonaba la alarma del transbordador: nadie que la viera marcharse.


    Tomó el camino a través de los iluminados cañones de la ciudad. Fue primero al lugar de ofrendas, donde los nativos dejaban comida, brillantes ropas y bisutería… Y chitta, en potes de barro o a veces en jarras de plástico. Los nativos y otras criaturas salvajes habían venido a compartir la ciudad con su propia gente, que no tenía uso para ―ni interés por― los kilómetros cuadrados de cristal y piedra. Su gente se mantenía agrupada en unos pocos edificios cerca del hangar del transbordador, y con eso tenían suficiente.

    Una plataforma, que quizás en un tiempo había contenido alguna otra cosa, estaba escasamente llena con la carne adobada de pequeños animales, bols de frutos de otoño secos, cestos de gruesos cereales. Algo se elevó aleteando torpemente, y se alejó volando al verla, lanzando hoscos gritos. Vagamente decepcionada al no descubrir a nadie más ―ninguna criatura a la que pudiera preguntar―, se sentó al borde de la plataforma, temblando en el frío aire del amanecer. El hambre se agitó en su interior a la vista de la comida, casi una náusea. Le costó recordar cuánto tiempo había pasado desde su última ingesta. La carne cruda le repugnaba, odiaba los frutos sin ningún sabor. Un jarro de chitta aguardaba también, con pequeños animalillos atraídos a la destrucción en la superficie de su pegajoso jarabe. Sus manos se estremecieron cuando su mirada se posó en la zumbona nubecilla. Apartó el rostro. Más tarde. Volvería más tarde, cuando lo necesitara…

    El límite de la ciudad estaba muy cerca, allí mismo: podía ver la llanura entre las rechonchas torres, el gris dorado de la hierba madura meciéndose a impulsos del viento, las magnolias llameantes cargadas de frutos. El cielo festoneado de nubes resplandecía: rosa, amarillo y sutiles trazos verdes combinados para teñir el domo de azul violeta y remover sus adormecidas emociones.

    Mirando llegar la mañana, no advirtió casi el pequeño asomo de movimiento en el perímetro de la plaza. Una silueta vaciló y regresó rápidamente a las profundas sombras, mientras ella se ponía en pie y gritaba:

    — ¡Espera!

    Echó a correr y cruzó la plaza, llamando de nuevo. Pero no descubrió más que una calle medio bloqueada por la maleza, vacía de vida. Oyó un ruido, muy lejos; algo movido de su sitio que caía estruendosamente. La sosegada quietud la oprimió cuando los ecos del ruido desaparecieron. Se quedó inmóvil por un momento, la respiración contenida ante lo brusco de sus movimientos e insegura respecto a todo lo demás. Pero alguien había estado allí; alguien que podía darle una respuesta. De otra manera, ¿cómo pudo haber aprendido Andar el secreto del Pozo Estelar, aquí afuera, en el corazón de la ciudad?

    Todavía insegura, entró por la calle.


    Durante todo el largo día recorrió las tranquilas y retorcidas calles de la ciudad. A veces le llegaban sonidos, distantes y distorsionados; a veces su mente se llenaba con la sensación de ser observada… o tal vez fuera solamente su imaginación. Quién pudiera saberlo. Llamó, y los ecos le respondieron, o la precipitada huida de pequeñas cosas escamosas, un impreciso aletear en los árboles sobre su cabeza. Un enrejado de pesadas vigas y delgados filamentos proyectaba una trama de sombras ante su paso, para terminar bruscamente en dientes de sierra sobre un montón de polvo y metal retorcido. Cascotes mezclados con traicioneros trozos de cristales de ventana bloqueaban su camino.

    Reticente por alguna razón, no intentó entrar en ninguno de los edificios vacíos hasta después del mediodía. Finalmente, con el corazón latiendo alocadamente, cruzó el arco de una entrada sin puerta y se internó en la oscuridad. Su globo de luz irradió una ligera fluorescencia que le mostró una pared recubierta con mosaicos, representaciones de la vida humana… Y dos brasas gemelas destellando. Un resollante gruñido, y el agudo aullido de un cachorro la enviaron de vuelta rápidamente a la luz del sol. Exasperada y aterrada, trató de evitar entrar en cualquier otro edificio.

    Cuando las sombras empezaron a alargarse de nuevo, la irritabilidad creció en su interior. Se dio cuenta por último de que no podía recordar por qué había acudido allí, y qué cosa había esperado descubrir. Le dolía el cuerpo por un ejercicio al que no estaba acostumbrada, el estómago le dolía de hambre, hambre… Un hambre irresistible.

    Supo que su hambre irresistible era de chitta. Había pasado demasiado tiempo; los residuos de euforia que llenaban las horas entre los sueños se estaban disipando, dejándola frente a las emociones que nunca había deseado conocer. Necesitaba chitta, la necesitaba…

    Regresó calle abajo, presurosa ahora, con el nuevo objetivo nítidamente definido en su mente, hasta que empezó a darse cuenta de que nunca podría volver a trazar su errático itinerario desde la plaza. Debatiéndose en su creciente miedo, se percató de que tendría que haber subido a alguna altura que le permitiera descubrir un punto de referencia familiar que la guiara hasta casa.

    Eligió una rampa en espiral que ascendía sujetando una ligera trama de enredaderas colgantes sobre la calle. Pensó fugazmente en la función que tendría…, si había sido pensada para pies humanos, si alguna vez tuvo realmente alguna finalidad. Pero eso no importaba; sólo la chitta importaba…, sólo la chitta. Puso cuidadosamente un pie en la rampa, y se sujetó con ambas manos. La inclinación era fuerte, pero sus zapatos se agarraban bien a la erosionada superficie. No miró hacia abajo. La rampa se estrechaba, y unos débiles crujidos llegaban a sus oídos a cada paso que daba.

    Hubo un sonido de rotura. Su pie se vio repentinamente suspendido en el aire. Cayó hacia adelante, y oyó su propia voz gritar en la oscuridad.


    Tarawassie abrió los ojos y parpadeó para eliminar el polvo sobre ellos, se limpió la costra de suciedad que le cubría los labios y la nariz; pasó entonces la lengua por los labios, y notó un sabor salado que no reconoció como el sabor de la sangre. A su alrededor, debajo de ella, había un montón de polvo y algo aguzado que se le clavaba en un costado. Apoyó las manos cautelosamente para levantarse, y una de sus muñecas lanzó una punzante advertencia que le subió por el brazo. Se dejó caer bruscamente y levantó luego el rostro, parpadeando para recuperar la claridad de su visión.

    El observador se movió hacia atrás en cuclillas, alejándose de su alcance. Los ojos de ambos se cruzaron aprensivamente. No era humano. Sus ojos eran grises, con pupilas largas y dispuestas de manera oblicua en un iris sin blanco. El rostro del observador era puntiagudo hasta el punto de ser casi un hocico… ¿El rostro de él? Instintivamente lo había clasificado sexualmente, mediante normas que no eran precisamente las correspondientes.

    ¿Un nativo? La sorpresa barrió todo lo que tenía registrado en su mente: su desconcierto, la incongruencia de su propia presencia allí. Se sentó frenéticamente, antes de dejarse vencer por el dolor. Sorprendido, el observador se puso en pie de un salto y se echó hacia atrás, todo en un solo movimiento.

    — ¡No, espera!

    La voz de Tarawassie temblaba, igual que la mano que había extendido hacia adelante.

    El nativo se detuvo, indeciso; un pelaje plateado orlaba su cuero cabelludo, a lo largo de los hombros. Alzó un pie, lo restregó nerviosamente contra el tobillo de la otra pierna; los pies estaban cubiertos por apretados zapatos de cuero, como los de ella.

    Tarawassie dejó caer su brazo y se inclinó blandamente hacia adelante, sintiéndose dolorida y vacía. Miro al nativo a los ojos, quiso volver a hablarle… pero no sabía qué decir, al tiempo que recordaba que los nativos eran muy tímidos…, y muy estúpidos.

    El nativo avanzó lentamente hacia ella, con algo en los ojos que tal vez fuera preocupación. Se acuclilló de nuevo, todavía fuera del alcance de ella, inclinando la cabeza a un lado y haciendo restallar su cola parecida a un látigo contra sus espinillas. La cola estaba medio desnuda en la punta, y era gris, como las palmas de las manos cruzadas sobre su regazo; el resto del cuerpo estaba cubierto por un denso pelaje plateado. Llevaba una especie de taparrabos enrollado en torno a sus caderas, un informe chaquetón sin mangas de descolorida tela roja, unos collares de abalorios. También una bolsa de piel atada a la cintura, junto con un cuchillo de acero. Los ojos de Tarawassie se fijaron en el cuchillo; luego desvió la vista hacia las manos del nativo. Eran anormalmente delgadas; se dio cuenta de que tenía tan solo tres dedos en cada una, en vez de cuatro.

    Bruscamente el nativo extendió una de las manos hacia ella, señalándola; la punta de una uña retráctil brilló marfileña. Emitió una serie de sonidos, algo entre un gorjeo y un ladrido, y se echó de nuevo hacia atrás, expectante. Ella no respondió. Él repitió la cadencia de sonidos, más lentamente, aguardó una vez más.

    Ella sacudía la cabeza, sin comprender lo que deseaba. Sus ojos abandonaron la figura del nativo, buscaron por entre las oscuras paredes. Sólo los extremos superiores de las torres, como uñas doradas, brillaban a la luz del sol, pero los juegos de luz y sombra parecían invertidos. ¿Había permanecido allí toda la noche?

    Se estremeció. Pero había algo más, sutilmente distinto en aquellos iluminados cañones… ¿Por qué estaban vacíos? Huesos… Había huesos en la calle. Los oscuros ojos de vacíos paneles sin cristales le devolvieron la mirada; montones de grava formaban nuevas paredes junto a las antiguas, arcadas reducidas a polvo… Aquella no era su ciudad, la ciudad que recordaba. ¡No era así ayer!

    Se cubrió la boca con las manos, ahogando el grito de la locura.

    — ¿Qué…, mal? —el nativo intentó una pregunta.

    Se inclinó hacia ella estirando el cuello, como si intentara tocarla a través de una jaula. Las palabras eran entrecortadas, deformadas, como empañadas… Pero eran inteligibles. Sus ojos, demasiado humanos por la tensión y la preocupación.

    — ¿Estar mal?
    — ¿Mal…? —ella alzó las manos y rio… sin quererlo, temblorosamente—. ¿Mal?

    El rostro del nativo se iluminó con la respuesta de ella.

    — ¿Mal… aquí? —la punta de su cola barrió la parte inferior de su acuclillada figura—. ¿O mal… aquí? —la cola golpeó su cabeza; la postura del nativo era la viva imagen de la desesperanza.

    Tarawassie se dejó caer de nuevo en el polvo.

    —Mal… en ambos lados, creo —le temblaba la voz—. ¿Cómo has…? ¿Cómo aprendiste a hablar?

    No se le ocurrió preguntar cómo era que hablaba en su lengua; no pensaba que pudiese haber alguna otra.

    —No aprender —la plateada cabeza se movió de un lado a otro—. Saber. Siempre saber —la plata pareció vibrar cuando frunció el ceño, como si el formar palabras, o el hecho mismo de hablar, fuera para él una tarea difícil—. Yo humano, todos los humanos saber.
    — ¡Tú no eres humano!

    Tarawassie se obligó a ponerse en pie al tiempo de haberle lanzado su chillido; los músculos daban tirones a causa de la forzada rigidez; la piel le picaba en los rasguños. Se dirigió hacia el oscuro reflejo de la ventana más cercana. Se quedó completamente inmóvil durante un largo rato, observándose: una figura de espantajo, envuelto en antiguas y polvorientas ropas, la macilenta miseria del ensangrentado rostro…, la incomprensión en los hundidos ojos verdeazulados… era todo lo que quedaba de la soñadora Tarawassie que siempre había conocido.

    Y entonces, desmañadamente, se derrumbó contra el panel de la ventana y cayó al suelo, inmóvil sobre el polvo.


    Tarawassie abrió de nuevo los ojos en la semioscuridad, tendida de costado sobre un montón de andrajos. Pero la polvorienta luz del sol penetraba a través de una brecha en la semidesmoronada pared, y otra luz titilaba extrañamente a su espalda y la calentaba como el sol. Miró a su alrededor. El nativo estaba acuclillado junto a un pequeño fuego, su plateada concentración puntuada de oro; frotaba metódicamente el globo de luz de ella con sus manos. La cola hizo un movimiento independiente y agarró un tronco para echarlo al fuego. Un pote que parecía de cobre colgaba de un gancho improvisado sobre las llamas. Sintió la fragancia…, el olor de los alimentos cocinándose, infinitamente más atrayente y apetecible que cualquier otra cosa que recordara…

    —Tengo hambre…

    El nativo alzó la vista, sorprendido. Dejó el globo y se arrodilló. Su cabeza se inclinó hacia ella, sus ojos brillaron con algo más que luz reflejada.

    — ¡Yo oír tú!

    Extrajo un cuenco de fina cerámica, lo sumergió en el pote, y se lo extendió lleno a ella. Tarawassie estudió el delicado e intrincado diseño de flores de fantasía de su poliédrica superficie mientras daba sorbos de la espesa y humeante sopa. Saboreó el suave aroma de las hierbas, el gusto fuerte de la carne. Alimentarse había sido un tedioso deber desde hacía tiempo, y la comida una insípida, informe y poco atractiva cosa que se engullía para combatir la debilidad. Nunca había conocido un hambre tal, ni la satisfacción de saciarla. Las náuseas, la debilidad, las molestias desaparecieron; su mente se aclaró…

    Recordó la visión de su propio y agotado cuerpo, el reflejo de una terrible verdad. Porque era cierto, ahora estaba segura de ello. Ella, y la realidad que siempre había conocido, habían sido un sueño, un sueño. Pero no una fantasía. Recordaba la muerte de su madre, el Pozo Estelar. ¿Era este mundo arruinado y su propia miseria lo que había visto su madre sin la chitta? ¿Y era esto lo que había visto Andar?

    Un ladrido de exaltación brotó del nativo. Tarawassie levantó de nuevo la vista, y vio el globo de luz que finalmente brillaba en las manos de él, que la estaba mirando de nuevo, al tiempo que producía un peculiar ruido chirriante.

    — ¿Tú querer más?
    —Sí —le extendió el cuenco—. Está bueno… —vio que él lo metía en el pote, y se lo devolvía, después de lo cual tomó otra vez el globo y se puso a acariciarlo casi reverentemente. Entonces ella se dio cuenta de cuánto tiempo había necesitado para obtener luz de él. Sorbió el guiso—. ¿Siempre os toma tanto tiempo?
    —Siempre difícil para mí —asintió él, ya sin sonrisa—. Pero bola solar durar mucho… Ser mejor que antorcha.
    — ¿Tú me trajiste aquí?

    El asintió de nuevo.

    —Yo hacer. Yo esperar que humanos venir dentro ciudad, para mostrar a ellos… —el nativo se puso de pie, envarado ante algún recuerdo. Abultados músculos surgieron bajo su plateada piel cuando se puso en tensión. Debía ser mucho más fuerte de lo que aparentaba—. ¿Tú ver más nativos cuando tú venir?
    —No —Tarawassie se extrañó de que aquello importara—. Sólo uno, ayer… Escapó corriendo. Yo… vine a la ciudad para encontrar a… alguien con quien hablar, para saber sobre mi gente…

    Repentinamente se dio cuenta de que deseaba hallar respuestas a más cosas que el secreto del Pozo Estelar, antes de regresar a la Nave de Cristal. Sus manos se juntaron a descansar sobre su regazo.

    — ¿Sí? —el nativo se acuclilló de nuevo; sus ansias desbordaban su desasosiego. A ella, esta impulsiva franqueza le pareció infantil, y le hizo pensar en los dos niños que conocía—. Yo también… ¡Yo saber sobre Gente Estelar! Uno con pelo amarillo venir aquí también. Derribar cosas, herir a mí. No dejar yo entrar —su cola azotó el suelo al recuerdo del miedo y la frustración.
    — ¿Entrar dónde?

    El rubio debía ser Andar… ¿Había visto a Andar?

    —Edificio, ahí arriba —la cola apuntó vagamente hacia la puerta—. Gente Estelar dejar mucha cosa buena. Pero puerta no dejar pasar a mí, dejar pasar a Pelaje Amarillo; él no dejar pasar a mí… —la esperanza volvió a mostrarse en su rostro—. ¿Tú dejar pasar a mí?
    —Sí, si me llevas hasta allí.

    Él se sentó bruscamente, chirriando, y ella pronto se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era reír.

    — ¡Mi amiga, mi amiga…! ¡Yo mostrar a ti todo lo que yo saber! —se apretó las rodillas con los brazos; los ojos se clavaron en Tarawassie con sus dilatadas pupilas volviéndolos casi negros a la media luz—. Otra Gente Estelar nunca venir aquí ahora; nadie venir, sólo yo.
    — ¿Por qué nos llamas Gente Estelar?
    —Porque vosotros venir de Estrella Fija, arriba en el cielo.

    Le pareció que el nativo se expresaba como si pensara que aquello era la cosa más obvia del mundo, y tuvo entonces que suponer que quizá sí lo fuera, después de todo. Había visto la Nave de Cristal en el cielo nocturno, y se había sentido hipnotizada por su belleza…, una joya imperecedera de un brillo que tan sólo la luna superaba, clavada en medio del cielo, entre las constelaciones giratorias. Se preguntó cómo la vería ahora, si la descubría esa noche entre las estrellas.

    —La Gente Real siempre vivir aquí, en mundo —la cola del nativo le golpeó el pecho, como si su cuerpo fuera algo separado de su mente—. Por mucho Tiempo Real. Cuando Gente Estelar venir, ellos decir: Tiempo Real terminar, para siempre. Yo decir, Tiempo Real venir con Gente Estelar —sus manos se extendieron en caricias sobre el globo de luz—, pero nadie oír a mí. Nadie dejar a mí mostrar a ellos… —se dejó caer hacia adelante, golpeando en su amargura los abalorios contra su pecho—. Yo dejar que tú enseñar a mí —volvió a erguirse mientras hablaba; y ella notó que sus propios hombros se le estaban envarando, con una repentina penetración—. Yo pensar, de algún modo nosotros perder nuestro Tiempo Real también —levantó una mano llena de callosidades—. Entonces, quizá, nosotros descubrir un sueño…, y perder en él nosotros también.

    El nativo la miraba de forma extraña, y se rascó la espalda con la cola.

    — ¿Cuál es tu nombre? ¿Cómo te… llaman?
    —Sombra Lunar —se golpeó el pecho con la mano abierta, y adoptó una perversa expresión de orgullo—. Sombra Lunar, Hombre de las Estrellas.
    — ¿Hombre de las Estrellas? ¿Quieres decir…? —Tarawassie frunció el ceño—. Habías dicho que eras humano. Pero no lo pareces… ―sonaba muy estúpido, pero él no pareció ofenderse.
    —Aquí no —señaló su cuerpo—, aquí sí —se palmeó la cabeza—. Yo último estirpe Hombre de las Estrellas. Largo, largo tiempo pasar, pero nosotros estar antes con Gente Estelar; ellos parte de nosotros, parte de mí. Yo último Real Hombre de las estrellas.
    —Oh —ella sonrió, vacilante—. Yo soy Tarawassie —dijo.
    —Nombres humanos no tener razón. ¿Qué… qué significar? —hizo una mueca, se concentró.

    Ella sonrió nuevamente.

    —No significa nada. Es mi nombre. ¿Tiene que significar algo?
    —Toda la Gente Real tener nombre de familia. Y nombre de nacimiento, que indicar señales de cuando él nacer… Cuando yo salir de bolsa, la Bestia de la noche estar tragando luna. Gente hacer mucho ruido, Bestia de la Noche escupir luna fuera; pero yo salir cuando luna no estar. Ellos decir… —tiró de sus abalorios, rompió una tira, las cuentas cayeron sobre sus huesudas rodillas—, ellos decir que yo ser extraño… niño Sombra Lunar. Yo ser último de estirpe Hombre de las Estrellas, mala estirpe, nacido con espíritu malo. Siempre, cuando ellos mostrar cosas a mí, pensar yo ser extraño… Y así ser verdad —recogió las esparcidas cuentas, las metió en la bolsa que llevaba a la cintura. Tarawassie pudo reconocer extraños fragmentos de alambre y cristal, brillantes partículas de carcomido metal.
    — ¿De modo que eres… extraño?
    —Espíritus antepasados de Hombre de las Estrellas guiar a mí. Pero Gente Real decir que Gente Estelar tener malos espíritus, no Reales espíritus. Decir sólo Gente Real mostrar forma real de hacer cosas; no bueno aprender nada más. Ellos intentar detener yo, no aprender sobre esto, mi ciudad. ¡Pero ellos vivir en ciudad de Gente Estelar también! Ellos dar comida y chitta para que Gente Estelar dejar que ellos seguir aquí. ¡Ellos estar locos, no yo!

    Tarawassie pensó en el lugar de ofrendas en la plaza, recordó que siempre había sabido que los nativos proporcionaban la comida que mantenía a los humanos con vida…, y que nunca se había preguntado por qué lo hacían. Recordó al nativo que había huido corriendo.

    — ¿Por qué tu gente tiene miedo de nosotros? ¿No somos también «reales»? —pero… si nunca hemos sido reales ni siquiera para nosotros mismos, pensó.

    Sombra Lunar reflexionó, se alisó el pelaje.

    —Pero nosotros única Gente Real. Gente Real como… como espíritus. Mucho en el cielo…, tener mucha magia. Gente Estelar hacer cambiar Tiempo Real. Mi gente no recordar todo el porqué, haber pasado demasiado tiempo; pero recordar temer la gente-espíritu, dar a ellos mucha chitta…
    —Chitta —estalló ella—. ¡Vosotros nos disteis la chitta! Por supuesto… ¡Por supuesto! —prorrumpió en un pequeño ruido que no era precisamente una risa, y lastimó su garganta—. Y cuando todo el mundo está ciego… ¿quién echa de menos el día, quién se da cuenta de la oscuridad?
    —Yo llamar a ti Mujer Estelar —dijo Sombra Lunar, exteriorizando sus pensamientos—. Ser auténtico nombre…, como Sombra Lunar.

    Tarawassie asintió, ausente. Él sonreía, mostrando unos dientes blancos y afilados.

    —Sombra Lunar, Mujer Estelar… Nosotros ser amigos, yo mostrar a ti mis secretos. ¿Ahora…? —se inclinó hacia adelante, extrañamente interesado—. ¿Yo mostrar a ti algo ahora?
    —Sí. ¿Podemos ir adonde viste a Andar…, a Pelaje Amarillo? —se sentó sobre sus rodillas, confiando en que no fuera demasiado lejos. Él se había echado hacia atrás, bajando la vista como si ella lo hubiera rechazado—. Pero… si deseo que me lo muestres… ¿No puedes mostrarme el lugar? —concluyó, algo desconcertada, el ceño fruncido.

    La cola del nativo se sacudió impotente.

    —Sólo poder mostrar lo que yo aprender ya; no conocer secretos de nuevo lugar todavía. Yo mostrar a ti otros primero, luego ir allí; entonces tú comprender cosa buena, como yo.

    Tarawassie sacudió la cabeza, la paciencia perdida en la precipitación de sus recién liberadas emociones.

    — ¿De qué estás hablando? ¿Quieres decir que deseas hablarme primero de lo que ya has aprendido? ¿Es eso?
    — ¡Hablar no! —las ansias de Sombra Lunar embistieron contra la muralla de incomprensión que los separaba—. Mostrar a… Yo mostrar a ti. Aquí…

    Avanzó resueltamente para sujetar a Tarawassie de la mano, y tiró hacia adelante. Ella empezó a ponerse en pie, pero él la hizo sentarse de nuevo; sus manos rodeaban el talle de la mujer.

    — ¿No vamos a ir…? ¡Suéltame! —se echó hacia atrás con todas sus fuerzas y se soltó, cuando él atraía la mano de ella hacia el plateado pelaje de su estómago—. ¿Qué estás haciendo?

    Sombra Lunar retrocedió.

    — ¡No hacer daño a ti! Sólo mostrar a ti…, sólo mostrar… Por favor, Mujer Estelar —se puso lentamente de rodillas, las manos apretadas, los grises ojos suplicantes—. Nadie dejar que yo mostrar, nadie ser mi amigo…
    — ¿Mostrarme qué…? —el rostro le ardía con una desconocida indignación—. ¿Por qué tengo que tocarte?

    Él dejó de temblar.

    —Ah… Tú no tener bolsa. ¡Tú no saber!
    — ¿Cómo podría saber? ¡No sé nada! —la mujer apoyó fuertemente sus manos contra el polvoriento suelo, y el dolor de su muñeca lastimada la alejó de verse atrapada por emociones que era incapaz de controlar—. Lo siento.

    Sombra Lunar asintió.

    —Sí…, yo entender —suspiró—. Yo… intentar decirte… Entre la Gente Real los pequeños crecer en bolsa de madre, y no salir por mucho tiempo, cuando ser ya fuertes. En bolsa, madre mostrar al pequeño muchas cosas. Tras pequeño nacer, padre mostrar, amigos-familiares mostrar. Hombres tener también bolsa —palmeó su estómago, escrutando la comprensión en el rostro de ella—. No poder llevar, pero poder mostrar a pequeños, mostrar a amigos —sus dedos se retorcieron, las uñas salidas, como si quisiera desgarrar la claridad del aire—. Poner mano en bolsa…, y aquello que amigo conocer, tú conocer, así. No decir… Ver. Ver, con ojos de amigo. Amigo mostrar… —como si esperara que repitiéndolo las veces suficientes, en voz lo suficientemente alta, ella pudiera comprender el significado, abrió las manos, expectante.

    Tarawassie se sentó a dar vueltas a las palabras en su mente.

    —Comprendo que es más que simplemente decir, pero… No es como nada que yo conozca, nosotros no podemos tocar a alguien y leer su mente. ¿Cómo podría leer la tuya, entonces? Ni siquiera soy una nativa. ¿No puedes, simplemente… decírmelo?
    —No poder decir, Mujer Estelar —sonrió él con desesperación—. No tener bastantes palabras, no tener manera —se encogió de hombros en un gesto casi humano—. Hablar, demasiado difícil. Pero sí poder mostrar a ti. Yo Hombre de las Estrellas porque poder hacerlo…

    Estiró una mano. Ella hizo movimiento de levantarse, pero volvió a sentarse, asustada, incierta.

    —Todavía no. Todavía no estoy… preparada. ¿Puedes mostrarme… ehm, llevarme hasta el lugar de que habíamos hablado? Luego veré…

    La mano del nativo cayó, acompañando un desalentado asentimiento.

    —Yo llevar a ti. Yo mantener promesa —había un ligero énfasis en el «yo»— ¡Yo llevar dentro de lugar! Nosotros ir ahora, sí.

    Su cola tomó el globo de luz, lo depositó en ambas manos. Se puso en pie y pateó polvo hacia el fuego para sofocarlo. Tarawassie se levantó también, curvada como una vieja, con un fuego de otro tipo ardiendo en sus tensos músculos.

    —No lejos —sonrió él, alentador…, esperando no ser rechazado otra vez por ella, supuso Tarawassie. La cola se torció para señalar hacia la luminosa entrada—. Andar hacer bien a ti.

    Ella apretó su lastimada mano contra su espina dorsal.

    —Varios tipos de bien, espero.


    —Aquí. Pelaje Amarillo apretar aquí —Sombra Lunar apretó sus palmas abiertas contra dos tallados paneles de marfil situados a la altura del pecho, en las altas puertas oscuras. No sucedió nada—. Tú darte prisa, Mujer Estelar. Mi gente irritarse si ver a nosotros aquí.

    Tarawassie cojeó hasta el pórtico, arrastrando los pies entre las hojas secas. Se detuvo y levantó la vista hasta la imponente altura de la entrada durante un largo momento, aturdida ante ella.

    — ¿Eran gigantes? —la expectativa y el frío la hacían temblar.
    —No —dijo impaciente Sombra Lunar mientras hacía fricciones en sus brazos, desordenándoles el pelaje—. Ellos ser como tú…, igual como tú —miró hacia el otro lado de la calle—. ¿Entrar nosotros, ahora?
    —No eran como nosotros —ella bajó la vista—. No, nunca como nosotros…

    Lentamente, como si oficiara un rito, alzó las manos y las apoyó en los sellos; las pesadas puertas se abrieron, como agua fluyente, con un ligero gruñido metálico. La oblicua luz del atardecer arrojó sus distorsionadas sombras hacia el interior, delante de ellos. Tambaleante, indecisa, Tarawassie se quedó inmóvil. Sombra Lunar se detuvo a su lado, repentinamente subyugado. Ella tomó el globo de luz en sus manos y lo sujetó como un talismán. En el rectángulo de doble luz, sus largas sombras palidecieron, se transformaron.

    —La gente-espíritu —murmuró Sombra Lunar.
    —Nuestros espíritus —Tarawassie inspiró, contuvo el aliento, casi sin darse cuenta—. Quizá seamos gigantes, después de todo…

    Cruzaron juntos el umbral, y como si fuera una señal de bienvenida, una incandescencia llameó en torno a ellos, llenando la vasta oscuridad con luz artificial. Se detuvieron, atónitos, mirando hacia arriba. Sus miradas trepaban por las paredes de la bóveda en que se encontraban. En alguna parte, entre los secretos de aquel lugar, Andar había hallado la verdad que lo había vuelto loco y lo había liberado. Y había liberado a su madre. Y ahora ella tenía que averiguarlo también…

    — ¡No bueno! —la resonante voz de Sombra Lunar rebotó de superficie en superficie, haciendo que los ecos llovieran sobre las cabezas de los visitantes—. ¡No cosas buenas aquí, no cosas reales!

    …reales… reales… reales…Tarawassie se tapó los oídos como medida de protección.

    — ¿Qué quieres decir? Aquí es donde vino Andar a aprender, ¿verdad?
    —Pero todo palabras, aquí. No bueno. No comprender palabras, comprender sólo cosas —señaló el globo de luz—. Cosas funcionar… Yo hacer funcionar. Pero palabras… ¡Palabras! —Sombra Lunar hizo gestos de arrojar algo fieramente al suelo—. Yo no bueno con palabras… —se volvió de espaldas a ella, ocultando el rostro—. Siempre, antepasados decir a mí que éste ser buen lugar, lugar importante… Ahora saber que sólo ser palabras —dijo algo que ella no pudo comprender, algo que sonó repugnante—. Tú no necesitar a mí, Mujer Estelar. Yo ir ahora.
    —Espera, Sombra Lunar —Tarawassie vio que él se detenía, mirando a otro lado—. No me dejes sola… Quiero decir, comprendo este lugar. Te necesito para que me ayudes a comprender cómo… cómo funciona.

    Él se encogió de hombros, pero su voz se iluminó.

    —Yo mostrar a ti cajas de palabras. Yo saber cómo funcionar —se volvió—. Pero tú nunca encontrar palabras correctas aquí, en mucho tiempo. Demasiadas… Demasiadas palabras —recorrió nivel tras nivel con la vista.
    —Andar encontró algo, de alguna manera. Y lo que encontró le bastó.
    —Quizá sí, quizá no. Nosotros mirar, de todos modos… ¡Aquí! —Sombra Lunar avanzaba observando el suelo—. Yo ver… Pelaje Amarillo andar mucho aquí dentro… Venir varias veces… Por aquí… Al ascensor. Nosotros ir arriba —su cola hizo un gesto para que lo siguiera.

    Ella lo seguía, mirando al suelo, incapaz de detectar ninguna huella apreciable en la fina capa de polvo que cubría el suelo. Entró en el ascensor con Sombra Lunar, vio cómo él tocaba con precisión los símbolos en la pared, uno tras otro.

    Ascendieron envueltos en una suave vibración, hasta el segundo nivel. Sombra Lunar observaba el suelo, sacudía la cabeza. Subieron otros dos niveles antes que asintiera y se deslizara fuera, por las baldosas color marfil del anfiteatro. Avanzó rastreando a lo largo de la mitad de la circunferencia. Tarawassie miró afuera, arriba, abajo y por encima de la verja, intentando imaginar qué antiguos misterios se hallaban cautivos allí.

    Oyó el ladrido de una exclamación, y vio a Sombra Lunar desaparecer por uno de los corredores laterales. Siguió tras él, y descubrió una doble anchura de suelo entre las hileras altas hasta el techo de pequeños compartimentos. La abertura estaba llena de mesas y blandas sillas. Las mesas estaban atestadas de mecanismos que le fueron irreconocibles, salpicadas con discos ovalados no mayores que un pulgar. Algunos de los incontables compartimentos a lo largo de las paredes estaban abiertos con violencia, como si los hubiesen forzado.

    —Aquí es donde venir Pelaje Amarillo. Quizás esto ser lo que tú querer. Muchas palabras aquí —Sombra Lunar barrió la mesa con una mano.
    — ¿Dónde? ¿Cómo…?

    Tarawassie sintió el ciego resentimiento brotar de nuevo en ella, ante su impotencia, ante el hecho de que un nativo poco dotado pudiera saber más que ella acerca de los secretos de su gente.

    —Poner en cajas visión —Sombra Lunar tomó un disco, se lo extendió—. Poner dentro cajas visión, huevo hablar, o dar visión… o dar sólo palabras. Huevo tener… ¡No funcionar si tú dejar abierto!

    Tarawassie dejó de forcejear, irritada.

    —Magia escapar, sólo polvo dentro… Huevo verde hablar, huevo negro mostrar visión, huevo rojo sólo hacer palabras —Sombra Lunar señaló los discos sobre la mesa; en su mayoría eran rojos—. Cajas visión no mostrar cómo Gente Real… No recordar bien después, olvidar demasiado.

    La mano de Tarawassie se cerró sobre el disco rojo.

    — ¿Cuál es la diferencia entre «hacer palabras» y hablar? Es lo mismo, ¿no? —abrió de nuevo su mano, bajó la vista.

    Sombra Lunar sacudió la cabeza.

    —Esta caja de visión sólo mostrar palabras…

    Avanzó, y le hizo algo a una de las extrañas construcciones que había sobre la mesa. Una oscura placa cuadrada se llenó repentinamente de luz, exhibiendo el delgado trazo de símbolos verdes.

    —Esas no son palabras.

    El asintió, mirándola con orgullo y exasperación.

    —Hacer imágenes palabra, contar historia a los ojos. Yo ver… —Sombra Lunar señaló—. Y esto…, muerto —hizo una pausa, se rascó la oreja.

    Tarawassie tiró el disco rojo, se aferró a la mesa.

    — ¡No, no es eso! Quiero una respuesta.

    Sombra Lunar se acercó a ella; Tarawassie sintió que le apoyaba las frías palmas grises sobre sus hombros, obligando a su rígido cuerpo a sentarse.

    —Tranquila, Mujer Estelar. Tú aún mal. Nosotros ir ahora. Mañana, siguiente día…
    — ¡No quiero esperar! ¡Quiero una respuesta ahora! Ya he malgastado bastante mi vida… —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la dura cubierta de la mesa, las manos aferrando su enmarañado pelo.
    —Un día más no importar, entonces —Sombra Lunar se sentó torpemente en la silla contigua, como molesto—. ¿Qué saber Pelaje Amarillo que ser tan importante? ¿Por qué tú venir aquí? ¿Qué hacer a ti venir?
    —Él sabía lo referente al Pozo Estelar… —Tarawassie levantó la cabeza—. Está en la Nave de Cristal. Hizo que él muriera, o lo dejó morir. Y… dejó morir a mi madre también. Estaba enferma y sufría y… simplemente murió. Yo la dejé morir. Yo la dejé ir. Pero no quiso tomarme a mí. Quiero saber cómo decide cada caso… ¡Y quiero saber por qué nadie lo sabe!
    —Y tú querer saber si espíritu de madre encontrar hogar…

    Ella lo miró fijamente a los grises ojos, sorprendida.

    —Sí.
    — ¿Tú ofrecer ceremonia chitta, luego?
    — ¿Después de que ella… muriera? —Tarawassie asintió—. Bebí chitta…
    —Y tú sueño no bueno.
    — ¿Có… cómo sabes eso?
    —Yo saber. Yo entender por qué tú venir… —Sombra Lunar se sacudió en la silla, incómodo—. Ocurrir a veces con Gente Real, también. Uno morir; familia ofrecer ceremonia chitta, abrir nosotros al espíritu… Espíritus de amigos muertos venir entre ellos, venir dentro de aquellos que mostrar con ellos cuando vivos, formar parte de ellos para siempre. Pero a veces familia-amigo mucho pesar, y cerrar espíritu fuera. Amigo no tener paz, espíritu no tener hogar. Con pesar uno deber ir solo, buscar…, buscar corazón. Cuando comprender todo y… aceptar todo, entonces espíritu entrar en él. Espíritu hallar descanso, él hallar paz, toda familia estar contenta, unida, entera, de nuevo.
    — ¿Cómo aceptáis vosotros perder a la persona que os ha importado…, a la que habéis amado? ¿Cómo podéis sentiros felices de nuevo, sabiendo todo lo que no habéis hecho y no podríais hacer y debisteis haber hecho por ella? Yo simplemente la dejé morir. Y nunca le dije… no, nunca le dije… —la voz se le quebró, mientras se hundía en las aguas del dolor—…«te quiero, madre».
    —Sólo cuerpo morir; espíritu parte de nosotros…, parte de nosotros —la torpe voz se elevó para tocarla como una mano consoladora—. Antepasados vivir para siempre, formar parte de amigos, de familia. Con chitta sentir esto; sentir belleza de espíritu cuando amigo venir dentro de nosotros.

    Esto es un paraíso, y está muerto. Tarawassie se frotaba los ojos y notaba las manos mojadas, notaba que los rasguños le ardían. Pero no es eso lo que Andar quiso dar a entender…

    —Nosotros no creemos en eso…, que la chitta le muestre a uno los espíritus de los muertos.
    — ¿No creer? —la pregunta de Sombra Lunar fue apenas audible.
    —No. Sólo son sueños, no significan nada.
    —Quizá muerte no ser lo mismo para Gente Estelar que para Gente Real… —Sombra Lunar buscó su propio reflejo sobre la cubierta de la mesa—. Pero todos morir. Y mis antepasados ser espíritus humanos… Y yo ser último Hombre de las Estrellas, y nadie mostrar con mí —levantó la vista, volvió a bajarla; ella lo oyó suspirar—. Nosotros ir ahora, Mujer Estelar, antes que alguien venir. Tú descansar. Mañana nosotros encontrar respuestas.

    Tarawassie se puso en pie, aceptando el firme apoyo que él prestaba a su frágil brazo. Y se preguntó si existiría alguna pregunta que condujera a una respuesta, en vez de a otra pregunta.


    Mientras regresaban al campamento de Sombra Lunar, Tarawassie buscó el punto brillante de la Nave de Cristal en la bóveda celeste, pero las oscuras nubes se habían extendido como un párpado por encima de la ciudad. El viento era penetrante; se introducía en su capa, abofeteándola y oprimiéndola en su aislamiento de todo lo que conocía.

    Pálidas ráfagas intermitentes de nieve se materializaron luego en la entrada del refugio, mientras el viento soplaba en la oscuridad lejana… La nieve formaba charquitos brillantes en el suelo a medida que se iba derritiendo, pero Tarawassie se acurrucó cerca del fuego; se calentaba las manos en un tazón de espesa y humeante sopa. Sombra Lunar arrojaba maderos a las llamas con la cola mientras engullía su propia comida; el pelaje le cubría densamente todo el cuerpo, aislándolo contra el frío.

    — ¿Cómo aprendiste a comprender las imágenes-palabra que vimos, Sombra Lunar? ¿Cómo pudiste imaginar alguna vez… —mantuvo cuidadosamente el tono— lo que significaban?

    El alienígena dejó oír su suave chirrido de satisfacción a través del crujiente fuego.

    —Siempre saber, porque yo ser Hombre de las Estrellas.
    — ¿Quieres decir que no lo aprendiste en ningún sitio, de ninguna manera? ¿Que no hay lugar alguno donde yo pueda aprenderlo?

    Él sacudió estúpidamente la cabeza.

    — ¿Por qué no me lo cuentas? ¿Cómo podré llegar yo alguna vez a…?
    —Yo mostrar a ti —Sombra Lunar levantó la vista hacia ella, las pupilas dilatadas; su mano tembló sobre la rodilla de la desconcertada Tarawassie—. Yo mostrar a ti, Mujer Estelar, si tú querer.

    Ella asintió, desesperada de frustración y cansancio.

    —Sí. Muéstrame —extendió suavemente la mano—. ¿No dolerá?

    Hizo un gesto de negación con la cabeza. Vacilante, tomó la mano de Tarawassie y la atrajo hacia sí.

    —No doler a ti. No dolor, amiga mía.

    Ella no se echó atrás; se mantuvo resuelta. Sintió sus dedos rozar el áspero tejido de la descolorida chaqueta de él, después el pelaje gris de su estómago, de la misma consistencia de las nubes, la suavidad del agua. Sorprendida, vagamente azorada, cerró los ojos mientras él guiaba firmemente su mano dentro de la angosta, cálida bolsa en su carne —alguna parte dentro de ella intentó perversamente reírse—, allá donde debía estar su ombligo.

    Durante un largo momento no sintió más que aquella vaga y persistente calidez. Luego, gradualmente, como si sus dedos permanecieran apoyados contra una superficie cargada eléctricamente, sintió un hormigueo que crecía y se intensificaba. Como un entumecimiento, se fue abriendo camino a lo largo de los senderos nerviosos de su brazo. Intentó apartar la mano, pero Sombra Lunar se la sujetaba firmemente.

    —Esperar… ―una súplica; su rostro, sus ojos, cerrados en concentración—. Yo ver… Tú ver.

    El hormigueo eléctrico se intensificó, casi hasta rozar el dolor, extendiéndose a través de su hombro, ardiendo hacia su rostro. Pero de pronto, la sensación estalló en su mente, y el miedo y las reservas se perdieron juntos en una tormenta de brillante radiación hacia la oscuridad… Y más allá, sus ojos captaron desde dentro la destellante estática de unas imágenes incoherentes. Paralizada, permaneció allí acuclillada como si se hubiera convertido en piedra, atrapada en un sueño infinito creado por alguien que no era ella misma, alimentado por la energía de una percepción alienígena.


    Tarawassie permaneció sentada, parpadeando, parpadeando… Se iba dando cuenta lentamente de que su visión era clara de nuevo. El brillante centro del fuego, el borde penumbroso que lo rodeaba, tomaron forma ante ella, y Sombra Lunar, plata y oro, apoyado sobre un codo, estaba mirando…

    —Sombra Lunar…

    La mujer consiguió que su voz llegara hasta él; se sentía sin fuerzas, ni siquiera las necesarias para levantar una mano. Él sacudió la cabeza para aclarar la visión de sus vacíos ojos. Levantó la mirada.

    —Tú… —sacudió de nuevo la cabeza—. ¿Tú ver palabras, ahora? Yo mostrar a ti…

    Un mundo de imágenes crepitó tras los bañados ojos de Tarawassie.

    —No sé… lo que he visto. Todo está dando vueltas y más vueltas…, cosas que no pertenecen a mi mente —apretó sus manos contra las sienes, se obligó a anclar la concentración en su propia realidad—. ¡No ha funcionado!

    El asintió inexpresivamente, poniéndose en pie.

    —Luchar contra mí. Yo sentir… Tú venir dentro de mí, no desear. Ser mala cosa —hizo un gesto señalando su cabeza—. Malo sentir así, nunca sentir con Gente Real…, nunca —hizo una mueca, sus dientes destellaron—. Pero antepasados… ¡Antepasados decir ser correcto!

    Se quedó mirando al fuego, sus pupilas se contrajeron hasta volverse hendiduras oblicuas. Tarawassie se masajeó el brazo. Lo sentía arder, hinchado; pequeñas manchas rojas, como alfilerazos, se marcaban en su mano.

    — ¿Cómo puede ser correcto si no ha funcionado? ―se dejó caer bruscamente en el montón de harapos, aspirando el olor a polvo y humo, y se enrolló en su capa.

    Vio el penacho del pelaje bordeado de oro alzarse irritado, volver a asentarse. Con un gruñido de cansancio, o de disgusto, Sombra Lunar se acurrucó como una pelota junto al fuego, dejándola a ella al margen. Temblando de frío, con la mente y el cuerpo doloridos por los rasguños y el fracaso, Tarawassie dio la bienvenida al sueño, que era una especie de muerte.


    Hubo varios sueños, muy distintos de cualquier anterior. Con vívidos detalles, clasificaron y alinearon un desorden que estaba más allá de su comprensión…, sin perturbar su dormir, sino más bien guiando a su inconsciente a través de sí mismo hacia una más profunda paz.

    Se despertó ante un súbito ruido, henchida por una sensación de entereza y bienestar. Buscó la causa del sonido, y vio la silueta de Sombra Lunar contra un resplandor plomizo…, inclinaba la cabeza para entrar en el edificio. Algo más lejos, a lo largo de la pared, vio también una puerta cerrada marcada con un signo: Salida.

    Sombra Lunar vino hacia ella, hacia el fuego, aferrando en sus manos dos pequeños kirvat muertos, y una maraña peculiar de tres correas y tres piedras redondas sujetas en su cola formando un gancho. Vio que el vaho de su respiración se le helaba delante de la boca cuando se acercó; vio el desencanto que mantenía prietos sus labios hasta formar una delgada línea en su rostro iluminado por el fuego. Dejó caer los dos animales junto a la hoguera y se acuclilló. Sacó el cuchillo de su cinturón.

    Tarawassie se sentó. Y entonces, repentinamente, lo recordó todo…, algo que era nuevo para ella. Se sentía avergonzada.

    —Sombra Lunar. ¡Sombra Lunar, mira esa palabra! ¡Salida! Sé lo que significa —esperó que su afirmación fuera para él algo más que una disculpa—. ¡Puedo… leer! ¡Tú me lo mostraste!

    Él volvió la cabeza buscando con sus ojos el rostro de ella, olvidada su irritación.

    — ¿Sí? ¿Sí? ¿Ser cierto, Mujer Estelar? ¿Yo mostrar bien a ti?

    Ella asintió, la risa brotó de su boca desde muy dentro.

    — ¡Sí! Todo encaja ahora en su lugar, Sombra Lunar… Puedo comprenderlo todo —captó fragmentos de extraños recuerdos nuevos que bordeaban su conciencia.
    —Quizás… —Sombra Lunar vacilaba, forcejeando con alguna emoción incomprensible para él—. Quizás ahora yo compartir lo que tú ver. Yo no comprender bien palabras. Pero tu mente venir a la mía, como Gente Estelar mucho tiempo atrás. Quizá tú mostrar a mí lo que tú… leer. Y yo mostrar a ti todo lo que ellos saber.
    — ¡Juntos podremos encontrar todas las respuestas! Y entonces… —Tarawassie se detuvo, ceñuda—. Entonces…
    —Nosotros ir aprisa al lugar de palabras —asintió prestamente Sombra Lunar. Se volvió para preparar los animales, y ella desvió la mirada para no verlo manipular la carne muerta.


    Tarawassie se dirigió primero a la lectora que contenía ya una grabación, en el estrecho cubículo de la desierta biblioteca, aquella en la que Andar había acumulado sus verdades. Sombra Lunar estaba inclinado sobre su hombro, guiando sus manos hacia la línea de mandos de lectura, recitando instrucciones que había aprendido a través de algún desconocido maestro. Ella se regocijó de su recién descubierta habilidad, a medida que empezaba a identificar sonidos con símbolos, uno tras otro; y luego palabras enteras, frases completas. La gran sabiduría de aquel que había creado símbolos que representaban sonidos, para preservar un pensamiento a través de millones de kilómetros, o milenios, la llenó con nuevos ánimos y nuevas esperanzas.

    Y sin embargo, una pequeña parte de su mente se rebelaba contra el torpe e insuficiente tedio de las palabras y símbolos. Tan sin sentido, tan antieconómico, tan innecesario, cuando una persona podía simplemente mostrar… Y sorprendida por lo obvio de aquella verdad, reconoció que no era suya, sino un reducto de terca y obstinada resistencia que pertenecía a Sombra Lunar, para quien demasiadas palabras no eran más que una confusión de lo esencial. Para Sombra Lunar, para los nativos, sólo los más simples, los más obvios esquemas de la vida diaria necesitaban palabras. Para ellos todo pensamiento o sentimiento o fragmento de conocimiento más personal o complejo debía ser directamente mostrado y compartido, mente a mente. Y la actitud del donante era transmitida por completo, una entera matriz de actitud-idea quedaba firmemente fijada en la mente del receptor.

    Su propia mente disponía de una matriz de experiencia alienígena, que le permitía separar sus propias creencias de las de él… Y sin embargo, incluso así, apenas había sabido. Habiendo crecido en un medio donde absorber retazos de otras mentes es algo que se inicia aun antes de nacer… ¿cómo puede uno conocerse a sí mismo abstrayéndose de las actitudes que lo han formado, abstrayéndose de sus padres, de sus vecinos…, de sus antepasados?

    Sombra Lunar miró a Tarawassie como si sintiera los ojos de ella clavados en los suyos. Sonrió interrogativamente, sin necesidad de palabras.

    Y pronunciando frase a frase, cada vez un poco más fácilmente, ella empezó a leer.


    ¿Quién puede adorar la muerte, y vivir? Un credo, y un epitafio. Esto es un paraíso, y está muerto…

    Tarawassie se apartó de la placa de lectura, del borde de la mesa, con el envarado movimiento de alguien paralizado por una terrible visión. La horrible belleza de la muerte se había filtrado a través de sus ojos, ocultando la clara geometría de las palabras impresas… Las emanaciones de la muerte habían llenado su ser a lo largo de aquella tarde, y había recibido su respuesta.

    Sombra Lunar había pasado la primera mitad del día realizando nerviosos viajes hasta la entrada del edificio; para vigilar, había dicho, por si acaso su gente enviaba a alguien en su busca. Pero ahora permanecía tendido en el suelo, dormitando, perdida ya la paciencia, y por último el interés, acerca del tortuoso estudio de Tarawassie. Ella no lo despertó; se preguntaba cómo haría —cómo podría hacer— para mostrarle su verdad: que el pueblo de ella se había suicidado…, suicidado como individuos, como grupo, como mundo. Habían adorado la muerte, no como un medio para algún fin, sino como un fin en sí mismo. Habían muerto —por medios que le eran totalmente incomprensibles― bajo sus propias manos, en un éxtasis de necrofilia. Y su mundo había muerto con ellos, dejando huesos esparcidos por toda la tierra para ser curtidos por la intemperie y pudrirse y ser comidos por el tiempo, dejando un puñado de vivos que languidecieran allí, como los últimos restos de carne en el ruinoso esqueleto de la ciudad. Y ella estaba viva, sola… Sola entre los muertos en vida. Pero… ¿por qué?

    Una mano le rozó el hombro, se sobresaltó.

    — ¿Qué ir mal, Mujer Estelar? —Sombra Lunar le repitió las primeras palabras que ella le había dicho, pero esta vez pudo leer la expresión en su rostro. Y al ver que el de ella expresaba incomprensión, él dijo suavemente—: Yo… oír a ti.

    Ella hizo el rostro a un lado.

    —Todo está mal. Cuanto más busco, y más respuestas encuentro…, más deseo no haber empezado nunca. Y sin embargo, más quiero saber… ¿Por qué me ocurre esto? ¡Yo era feliz!
    — ¿Qué encontrar en palabras? ¿Ser cosas malas? Tú intentar mostrar a mí, y… yo compartir malo contigo —aguardó expectante, frotándose una pierna contra la otra, como si se tratara de un regalo, de una oferta que no tenía costumbre hacer.
    —No puedo. No puedo mostrarte algo tan horrible acerca… acerca de nosotros.
    — ¿Acerca de Gente Estelar?

    Ella asintió.

    —Tú no debes saberlo… ¡Nadie debería saberlo!

    Él buscó torpemente las palabras:

    —Tú mostrar a mí, daño marchar de ti… Daño ser compartido. Yo saber. Yo necesitar, pero nadie mostrar con mí… —se puso a juguetear con un disco grabado—. Necesitar… ¡Necesitar mostrar con alguien! —sus dedos se engarfiaron; el disco salió disparado contra la reluciente superficie.

    Sorprendida, ella se sintió atrapada por un repentino recuerdo de su niñez, tan brillante, tan inalcanzable ahora como las estrelladas profundidades de un Pozo en el espacio… Los brazos de su madre, el apagado arcoíris del atuendo de su madre, el soñoliento murmullo de la voz de su madre apaciguando las lágrimas de un bien perdido: «No llores, no llores. Manos compartidas, corazón compartido, harán el peso más ligero, pequeña Tara».

    Ella asintió en silencio, y estiró su mano.

    Esta vez, porque no sentía miedo al dolor, el dolor fue casi inexistente en la hormigueante intrusión que brotaba a través de sus nervios. Y esta vez era como si la ensordecedora estática en su cerebro absorbiera una parte de ella de vuelta a través del puente de la electricidad viva que los unía, como si absorbiera apartando las fragmentadas imágenes. Forcejeando contra el ofuscador ruido mental, recordó el maligno éxtasis de la muerte que había surgido del pasado para destruir su futuro, el mundo de su gente. Y arrastrando su debilitada imagen recordada, su confusión y su aislamiento pasaron a través de ella hasta la conciencia de Sombra Lunar… Fueron compartidos, se vieron serenados por la aceptación.

    Pero entonces, como si las imágenes hubieran accionado algún conmutador muy dentro de su mente, los recuerdos de Sombra Lunar empezaron a llenar su propia mente con una imagen respuesta. Y repentinamente ella fue Sombra Lunar, en una rápida y desorientadora transición. Se vio a sí misma a través de unos ojos alienígenas, se vio a sí misma como una alienígena, sintió el pelaje plateado erizándose en su cabeza en sorprendida incredulidad… Pero mientras ella se sumergía en la extraña sensación, descubrió que los recuerdos no eran sólo de Sombra Lunar, y se vio aspirada, mientras perdía el control, dentro de otra mente: una mente humana, preservada en el interior de la matriz de los recuerdos de Sombra Lunar y emergiendo al presente desde las profundidades de generaciones pasadas.

    Su nombre ―no Tarawassie, ¿quién era Tarawassie?― era Shemadans. Shemadans. Lo repitió una vez más, para estabilizarse ella misma, sintiendo que su corazón latía demasiado fuerte. Sintió las correas del saco de suministros médicos clavándose en su hombro ―Tarawassie hizo una mueca―, en forma dolorosamente real. Había venido a la ciudad únicamente a buscar suministros, pero ahora estaba regresando al campamento con una carga infinitamente más pesada. La realización de sus más terribles temores: el sabotaje del transportador. Se obligó a sí misma a refrenar el paso, manteniéndose en los oscuros bordes de la atestada calle. Tarawassie miró alocadamente, sintiendo que su pánico era alimentado por la increíble masa de humanidad. Un fino polvo de nieve cubría el suelo bajo sus botas. Tarawassie/Shemadans alzó la vista a las pantallas aéreas de enredadera contra la nieve, se dio cuenta de pronto que ya no funcionaban, que las hojas de la enredadera estaban grises a causa del hielo…

    Las manos de alguien se cerraron sobre sus brazos; casi gritó. Pero el rudo rostro miró a través de ella, vacío; el desconocido se estabilizó y siguió su camino. Tarawassie/Shemadans respiró temblorosamente. Era tan difícil, tan difícil seguir creyendo que era una historiadora de la cultura y no una asustada paria…

    Aliviada, se dio cuenta de que nadie cerca de ella había notado su repentino pánico; todos eran desconocidos ahora…, extraños a la realidad. Pasaban por su lado sin reparar en ella, sin reparar en el frío, en el día, en el mundo… Culturistas de la Muerte que pensaban que soñaban en la muerte, envueltos en una sábana de sueños de chitta. Un dulce y repulsivo hedor la alcanzó al pasar por el estrecho espacio entre dos edificios; desesperadamente, no giró la vista al lado… Porque soñar se había convertido en una obsesión para ellos, y si se les impedía seguir soñando… ¿Quién puede adorar la muerte, y vivir?

    ¡Todos se habían vuelto locos! Ninguna parte en su mente negaba eso, ahora. Y había ocurrido tan rápidamente… ¿Cuánto tiempo más podía seguir adelante esta ciudad, o esta colonia, antes de que su locura otoñal se convierta en el infierno final para el que nunca más volvería a haber una primavera? ¿Qué podemos hacer, si nuestro mundo se muere? ¡No podemos abandonar a nuestros familiares-amigos! Oh, Basilione, Basilione… Se apresuró, la bolsa de suministros golpeando desmañadamente contra su pierna. Dobló la última esquina, vio el vehículo para la nieve aún en el sitio donde lo había dejado. ¿Qué será de todos nosotros, ahora que han destruido el transportador?

    Tendida sobre la cabina naranja del vehículo para la nieve, una cosa brillante, inidentificable, un montón de ropas manchadas de carmesí… ¿Un suicidio? Oh, no. ¡No! Shemadans se detuvo, gritando en el interior de su amurallada mente, viendo el testimonio microscópico de la muerte de un mundo…

    —No… No… No… —Tarawassie volvió a ser ella misma, con los gritos de horror de algún otro constriñendo aún su garganta—. ¡Sombra Lunar…! —apretó su dolorida mano contra la boca, tragó el amargo regusto del miedo—. ¿Qué…Qué ha ocurrido? ¿Quién era? ¡No eras tú!

    Sombra Lunar sacudió la cabeza. Tarawassie vio las secuelas del terror compartido desvanecerse del rostro de su compañero mientras sus ojos volvían a enfocar.

    —Tú llamar a él… Llamar espíritu antepasado, llamar Shemadans —tuvo que luchar contra la palabra— cuando tú ver. Recuerdo llamar a recuerdo.
    —Era humana…

    Tarawassie llegó a comprender finalmente cuan literalmente cierta era la presunción de Sombra Lunar de su linaje humano… El Hombre de las Estrellas. Ella había preguntado sin saberlo, y su pregunta había sido contestada…, a través de una visión de su propio pasado ―el recuerdo de las calles llenas de vida le cortó nuevamente el aliento― que de alguna forma había pasado a integrar. ¿Cómo había ocurrido? ¿Hacía cuánto tiempo? Y ¿qué le había ocurrido a Shemadans? De pronto deseó desesperadamente saber, descubrir más sobre aquella nueva parcela de sí misma, con aquel nuevo mundo abriéndose ante ella.

    Porque sabía ahora que todo lo que Shemadans había temido, había ocurrido finalmente; sabía que la gente, su mundo, había muerto… debido a la chitta. Tarawassie lo veía claramente ahora, en el angustiado paralelismo de la perspectiva de Shemadans y la suya propia. Y se preguntó aturdidamente cómo este último puñado de su gente había conseguido sobrevivir por tanto tiempo, en su imitación de muerte… Su imitación de vida…

    Sombra Lunar le tocó el brazo para sacarla de sus ensueños.

    —Nosotros marchar pronto, ¿sí? Estar aquí mucho tiempo, oscuridad llegar. Mi gente ver luz, venir, castigar a mí —vaciló, la mirada baja—. Yo mostrar con ti, compartir cosa mala, hacer menos mala… ¿Yo ser… tu familiar-amigo?
    —Sí —concedió Tarawassie, aún insegura de si la respuesta que había obtenido al compartir con él había mitigado la angustia o la había incrementado, pero sabiendo de algún modo que para él era muy importante su gratitud por haberla compartido—. Sí, gracias…, amigo mío —vio una sonrisa en él. Y ahora que una pregunta había sido contestada, supo que había hallado la primavera del auténtico conocimiento, y que nunca la abandonaría hasta que se hubiera emborrachado completamente de ella—. Sombra Lunar… —Tarawassie extendió de nuevo la mano, olvidando su advertencia—. Muéstrame lo que le ocurrió a tus antepasados, lo que le ocurrió a Shemadans.

    Él le tomó la mano, y esta vez ella no sintió sorpresa en el momento en que ambas mentes juntas estaban enfocando su pregunta, su necesidad de saber. Y dejaron que la pregunta se hundiera hasta los más profundos niveles de su conciencia ―la de ambos―, convertida en imágenes fragmentadas por errores de transmisión y lagunas a lo largo de los años, pero que surgían, pese a todo, para permitirles ver a través de los ojos ancestrales tan pronto como alguna necesidad o alguna visión de su antigua ciudad surgían para guiarla.

    Por un fugaz instante fue de nuevo otra, con delgadas manos grises, un vientre brillantemente plateado que no era el de Sombra Lunar… Y Tarawassie miró directamente un rostro humano, el rostro de un hombre crispado de dolor. Se acurrucó bajo la carbonizada luna de una tienda, y apeló a todos sus restos de fortaleza para absorber aquel terrible dolor…

    Y una vez más… Se convirtió en un ser humano, en un hombre, esta vez, cuyo nombre ―de él/de ella― era Basilione. Shemadans… ¿Dónde estaba Shemadans, y dónde estaba ella misma, Tarawassie?

    Basilione giró ligeramente, bajando su mano, apartando los ojos de la procesión de vehículos para la nieve que aún seguían abriéndose camino hacia el campamento a lo largo del valle y del río. Shemadans… Comprobó que ella estaba a su lado, un bulto informe bajo sus gruesas ropas, con sólo el rostro enrojecido apreciándose bajo la capucha. Cuando él se volvió, ella retiró la mirada del río y la dirigió hacia él, y ambos movimientos se coordinaron armoniosamente. Los rostros se suavizaron al verse, y sonrieron. Se acercaron, sus manos se encontraron, y el movimiento hizo que sus familiares-amigos se agruparan mejor alrededor, todos juntos, como tenía que ser.

    Pero no todos ellos… Habían alejado a una parte de la familia, la parte vulnerable, la parte nativa ―en la mente de él/de ella se esbozó una protesta por la necesidad momentánea de una distinción―, porque aquel no era un simple grupo de hombres acercándose desde abajo, estaba seguro; era una turba. Giró algo más, mirando a través de la docena de tensos y ansiosos rostros de sus amigos. El fuerte gimotear de los vehículos para la nieve que se acercaban les llegaba ahora constantemente. A lo largo de la nevada tundra, más allá del ordenado y desierto campamento, podía ver los escuálidos e inadecuados refugios del principal poblado nativo, donde el grupo de los desdichados sobrevivientes de la intrusión humana subsistía a base de líquenes y larvas. Todos los nativos habían huido a la primera señal de problemas.

    La mirada de Tarawassie/Basilione avanzó mecánicamente a lo largo del paisaje ―demasiado familiar― dejado por el lento y gradual deshielo… La mellada cara de un risco, la grava de una morrena, el fino y estéril polvo que había debajo de la nieve, que un día sería arrastrado hacia el sur para aposentarse en los ricos terrenos agrícolas… Pero allá, debajo de la orilla del lago glacial, la tierra era tan estéril como una luna, y la Gente Real se apiñaba al borde de la extinción, y se odiaba a sí misma.

    Dios… ¿Habían pasado nueve años desde que había venido a través del transportador desde el Mundo Natal? ¿Sólo nueve años, desde su llegada para verificar la subhumanidad de los nativos, y comprobar por sí mismo que eran un callejón sin salida de la evolución, no mejores que los animales? La vergüenza fluctuó en él. Pero no, no tenía que sentirse avergonzado ahora. Aquel había sido otra persona, un hombre distinto…

    Un brusco impulso de su memoria le trajo la visión de su hogar, el Mundo Natal, el hombre que había sido. Un salto…, y había cruzado el antiguo patio cuadrangular del campus de la universidad, con el aroma de los árboles en flor poblando el aire, para entrar en una sala de conferencias donde los estudiantes se apiñaban, porque en su mundo sólo había sitio para que la gente estuviera apiñada. Un mundo donde él y su esposa habían temido estar demasiado cerca, incluso entre ellos, pues estar muy cerca significaba una multitud, y nada más.

    Ahora sujetaba a su esposa muy cerca de él, sintiendo la profunda proximidad de mente y espíritu que compartían mutuamente y con sus amigos…, debido al mostrar. Nada podía separarlos ahora: ni el ostracismo de la Gente Real, ni la ira de los humanos de abajo. Si pudieran conseguir tan sólo que alguien viera…, hacer que ambos lados se dieran cuenta de que debían mantener la estirpe unida frente a las privaciones y la persecución, de que debían sentirse felices de permanecer allí, de las cosas que habían empezado a saber juntos, cosas que nadie podía realizar aisladamente…

    Shemadans se envaró contra él; oyó que alguien murmuraba intranquilo, y que un niño estornudaba en el frío viento. Los cuatro vehículos para la nieve se habían detenido, cincuenta metros por debajo de ellos. Contó los vigilantes que trepaban: quince…, dieciocho…, veinticuatro en total; los vio señalar, y empezar a avanzar ladera arriba hacia el campamento, a pie. Entrecerró los ojos contra el viento, empezando a captar detalles… Los duros y vengativos rostros, los destellos de luz sobre las armas, las parcas forradas con piel color ébano sacada de un nativo viejo sacrificado, el blanco plateado de un niño asesinado. Encajó los dientes contra un grito de dolor que brotaba de recuerdos no totalmente suyos. Shemadans gimió quedamente, apoyando un pie contra el tobillo del otro, como si pensara que, si pudiera, huiría a la carrera. Tras ella, Pamello murmuró entre dientes una maldición:

    —Carniceros…
    — ¡No! ¡Podemos manejar esto, si no perdemos el control de nosotros mismos! Sabíamos que iban a venir —hablaba excitadamente, más para sí que para los demás—. Tienen una buena razón para sentirse furiosos esta vez… Y también sienten miedo.

    Una buena razón. Recordó la reunión familiar, tres semanas atrás, cuando Shemadans había regresado con las noticias del transportador y el creciente deterioro de la ciudad.

    Y esos humanos habían recorrido los cuatrocientos kilómetros desde la ciudad en sus vehículos para la nieve —no los planeadores de la Policía Colonial—, botín de los saqueos al campamento en el pasado. Las cosas se iban derrumbando cada vez más aprisa ahora, aguijoneadas por el miedo. Esos hombres ni siquiera eran pseudo-oficiales; esta vez habían venido en busca de sangre.

    — ¿Qué quieren aquí?

    Los colonos se detuvieron cinco metros más abajo, en la ladera. Ahora veía claramente las feas armas de proyectiles apuntadas hacia su gente, hacia él.

    —Quédense donde están. Ya saben lo que queremos. Queremos a sus «amigos» —las palabras del líder convertían aquel profundo honor en una obscenidad—, ¡amantes de los canguros! ¿Dónde están?

    Había visto antes a aquel hombre, o quizá solamente a demasiados otros como él, demasiados rostros vueltos inexpresivos por el ciego fanatismo…

    —Se fueron allá donde no podrán encontrarlos ―sus ojos recorrieron la turba sin rostro.
    —Los encontraremos —observó el líder, al tiempo que enviaba un grupo para inspeccionar las tiendas y el campamento nativo, algo más alejado—. Y cuando lo hagamos, podrán ver lo que hacemos con ellos por destruir nuestro mundo.
    —Sabemos lo que los Cultistas le hicieron al transportador —Basilione hablaba calmadamente, sin alterarse, sin esfuerzo—. Sabemos que cortaron todo contacto, que nadie más podrá venir hasta nosotros ahora. ¡Pero no pueden culpar a los nativos por ello!
    —Entonces, ¿a quién infiernos hay que culpar? ¡Es su chitta lo que está destruyendo a nuestra gente, lo que nos está conduciendo a todos a la locura! ¡Lo planearon así, para quitarnos nuestro mundo!
    —Nosotros les quitamos su mundo —tuvo que incluirse a sí mismo, consciente de su humanidad—. ¿Creen realmente que un puñado de… de «canguros» puede planear una venganza así? ¡Fue nuestra propia culpa, por dejar que la droga se nos escapara de las manos!

    Y sin embargo, recordó que Shemadans había dicho que era una especie de venganza, una especie de irónica justicia. ¿Cuántas incontables veces a través de la historia humana habían sido diezmados y desmoralizados grupos «primitivos» como la Gente Real por los vicios de una tecnología superior? Y esta vez, esta única vez, había ocurrido a la inversa…

    — ¿Acaso puede decir que todo lo que hemos hecho aquí estaba equivocado? Vamos a tener que cambiar si queremos salvar algo, nuestras vidas incluso, de este desastre. Vamos a tener que trabajar juntos, vamos a tener que trabajar con los nativos…

    Siguió hablando, vacilante, buscando torpemente palabras inadecuadas, palabras que no podían mostrar la esencia de lo que se suponía había que ver a través de los ojos de otro ser distinto, para dejarles absorber una parte de ellos a cambio, y para saber qué parte de uno mismo viviría por siempre… Si tan sólo pudiera mostrarles cómo el innato egoísmo humano había sido alterado por la presencia de otros puntos de vista, otras mentes; hasta qué punto todos los humanos en el Campamento Chiflado habían crecido menos preocupados e inseguros, más tolerantes, más atentos en la estabilidad que siempre había parecido querer eludir a la humanidad…

    Y la Gente Real había cambiado también, a través del mostrar. Para su especie, la estabilidad del rito de mostrar había evolucionado a una superespecialización que perpetuaba la mediocridad, que rechazaba el cambio o la innovación. El mostrar conjuntamente con los humanos había infectado a los familiares-amigos del Hombre de las Estrellas ―sintió un perverso orgullo al pronunciar el epíteto nativo― con la actitud humana de que el cambio era bueno. Y cualquier humano podía imprimir los secretos de la tecnología en una mente Real, directamente, permanentemente, proporcionándole un conocimiento instintivo de cosas que la trampa de la evolución les habría negado por siempre.

    Y todo lo que aprendían podía ser enseñado, instantáneamente, de manera casi indolora, a otro humano.

    — ¿A qué puede conducir la unidad de nuestros pueblos sino a algo bueno? Nunca ha existido una unión complementaria de culturas alienígenas antes, pero ¡podemos tener una ahora! Juntos podemos…
    — ¡Cállese! Es usted tan retorcido como esos malditos zombis de la chitta… —el líder gritaba delante de la multitud, el arma en alto—. ¡Y peor! No necesitamos escuchar inmundicias de esa clase. ¡No tenemos porqué escucharlas de una horda de excéntricos amantes de los animales! ¡Destruyan el campamento, derríbenlo todo, quémenlo! ¡Aplástenlo todo! ¡El campamento principal también…, no dejen nada! Así es como lo desean… ¡Dejemos que se hielen aquí todos juntos!

    Levantó el arma, arrastró a la muchedumbre adelante.

    Como si el tiempo se hubiera vuelto de repente de adentro hacia afuera, Tarawassie/Basilione vio a la gente empezar a dispersarse como el agua, vio a la niñita de Pamello tomar una lisa piedra redonda, alzarla, lanzarla… Golpeó en plena cara a un hombre, la sangre brotó roja contra el plomizo cielo; Shemadans gritó: « ¡No!». Pero ya era demasiado tarde, demasiado tarde. Viviendo una pesadilla, vio las armas girar, escupir, pero no pudo moverse, y era demasiado tarde, demasiado tarde incluso para correr.

    Tarawassie volvió a sí misma, doblada sobre sus rodillas, sollozando acongojadamente. Se irguió con lentitud, apartando las manos de su pecho. Se quedó mirándolas durante largo rato, mirando su deslucida ropa. Pero no había sangre, no había dolor, ni necesidad de escupir la vida, en aquella abandonada biblioteca.


    Un suave ulular que rompía el corazón se filtró por ella cuando sus sollozos sin lágrimas fueron cesando. Sombra Lunar permanecía recostado contra su silla, los ojos cerrados, las manos aferradas a su propio pecho.

    —Sombra Lunar —musitó Tarawassie—, ¿qué nos ocurrió? ¿Qué ocurrió? ¿Morimos todos…Murieron? ¿Todos ellos?

    La cabeza del nativo se movió apáticamente en una negación.

    —Ellos yo. Ellos yo. Yo todo lo que quedar de ellos… ―inspiró profundamente, abrió los ojos.

    ―Pero fueron asesinados. ¡Murieron!

    Y en cierto modo había sido tan real, ocurriendo dentro de ella, que lo había creído… Se echó hacia adelante, las manos emparejadas sobre la mesa, mientras la bruma de imágenes y pérdida empezaba a disiparse, dándole una visión más clara y objetiva de todo lo que había visto. Y comprendió, repentinamente, el auténtico significado de la palabra nativo.

    —Sombra Lunar. Tú… ¿me odias? Los de aquella turba debieron ser mis antepasados. Y todos los humanos… ¿qué le hicieron a tu gente?

    Los recuerdos dentro de recuerdos de la atrocidad surgieron tan vívidos como si los hubiese visto transcurrir delante de sus ojos, después de… de quinientos años. Le fue imposible concebir la magnitud de un lapso tal. Recordó sus propios sentimientos hacia los nativos, y su boca se endureció:

    —Dime, ¿soy como ellos?

    Sombra Lunar sacudió la cabeza, evitando la mirada de ella.

    —Tú no como ellos, Mujer Estelar. Tú como mis antepasados. Tú como… Tú como yo.

    Basilione no se había sentido avergonzado, porque el fanático había sido otro hombre…

    —Sí —asintió Tarawassie—. Y… Creo que tú eres más como yo que cualquier otro a quien conozca —se echó a reír muy suavemente, cuando todas las implicaciones de lo que acababa de decir la golpearon—. Ahora… Pero sigo sin saber quién soy.
    —Tú mi amiga —la mano de Sombra Lunar tocó el pecho de la mujer, y él sonrió—. Mi familiar-amiga.

    Un nítido y progresivo placer la llenó con una luz, mientras captaba el significado de la palabra.

    —Y de todos modos —se formaron de nuevo sombras tras los ojos de Tarawassie—, lo que ocurrió, fue hace muchos años. A tu gente…, a la mía. Vuestra chitta condujo a los humanos a la ruina, al final. Tu gente son sus herederos. Todo lo que era de ellos os ha sido legado, para que podáis probar lo equivocados que estaban al juzgaros como lo hacían.
    —Quizás —Sombra Lunar se encogió de hombros; sus abalorios resonaron—. O quizás ellos probar estar en lo cierto, probar nosotros nunca cambiar. Nosotros vivir aquí mucho tiempo, dentro de ciudad humana, pero nadie buscar magia, nadie usar. Aunque saber ser mejor camino, no necesitar nuevo camino.
    —Pero si la Gente Real fuera realmente tan…, tan primitiva como la que conocía Basilione, ¿no habrían cambiado?
    — ¡Cosas pequeñas! Cosas estúpidas, no grandes cosas, no lo suficiente.

    Tarawassie sacudió la cabeza. Se restregaba las manos, frotándose los brazos.

    —Pero… los recuerdos que posees, ¿no podrían cambiar a tu gente, a través de ti?
    —Mi gente no dejar que yo cambiar a ellos —sacudió la cabeza en una negativa. Se levantó. Su pie frotaba su tobillo en un gesto extrañamente familiar—. Ahora nosotros ir, antes que ellos venir.
    —Espera —ella lo sujetó por la muñeca mientras él se levantaba—. Muéstrame otra cosa más, por favor. Necesito descubrir la respuesta a la primera pregunta que me hice a… a mí misma —se levantó también, y en su mente se formaba una imagen del Pozo Estelar—. De algún modo, alguien en tu mente tiene que haber sabido algo de la Nave de Cristal, del Pozo Estelar…

    Un poco reacio, Sombra Lunar, rendido, se dejó caer de nuevo en su asiento, como un pecador atrapado entre el temor y el éxtasis. Ella lo vio cerrar los ojos mientras su mano se deslizaba una vez más en los cálidos pliegues de su bolsa. Sintió que el agradecimiento lo llenaba y se volvía su propio agradecimiento, mientras la corriente los unía de nuevo.


    Shemadans permanecía sentada cansinamente, con las piernas cruzadas, en su lugar en el círculo de expectantes amigos. Tarawassie miró a través de sus ojos, incrédula, al moreno rostro de Basilione, a los rostros de otros humanos…, una docena, tal vez, intercalados con rostros de los nativos… Todos ellos vivos, ¿aún vivos? Shemadans recorrió con la mirada el doble anillo de rostros, observó la gris pared de lona de la tienda, agitada por las ráfagas del viento nocturno de afuera. Se puso a ordenar los pensamientos que habían sido sólo suyos durante los cuatro largos días de su regreso a la ciudad. Empezó a hablar, incluso mientras le mostraba a Cazador Afortunado a su izquierda; pensaba que en un grupo tan amplio como ése, había también lugar y tiempo para el uso de las palabras:

    —Las noticias son muy malas, esta vez. Las pantallas contra la nieve han fallado, la ciudad se está desmoronando, no hay gente suficiente para que se ocupe en todo lo que es necesario hacer. El sesenta por ciento debe estar usando ahora la droga, lo he visto por todos lados. Se mueven como zombis; apenas cuidan de sus propias necesidades, e ignoran todo lo demás… Y si se ven privados de chitta… ¡se matan entre ellos! Es cierto, lo he visto por mí misma. Otros han empezado a obsesionarse con las muertes. Les fascinan… Y ya no hay la suficiente chitta para todos —mientras los recuerdos procedentes de Cazador Afortunado la animaban, fluyendo de nuevo hacia ella, tuvo conciencia de que no estaba sola.

    Y Tarawassie comprendió, finalmente, que todo aquello había ocurrido antes de la confrontación final. Shemadans, Basilione, todos los demás, nunca murieron, nunca morirían: seguían experimentando la vida a través de los cuerpos de sus descendientes. Eran Sombra Lunar. Y serían parte de ella ahora, durante tanto tiempo como ella viviera.

    Shemadans echó hacia atrás la capucha de su chaquetón, y volvió a centrarse en el sombrío presente.

    —Pero no es eso lo peor —Tarawassie/Shemadans observó los rostros, el color de la carne, los colores del pelaje mezclado en una sola continuidad para ella—. Los Cultistas han saboteado el transportador ―gesticuló contra la oleada de gritos y preguntas, contra los rostros tensos—. ¡Pero esperad! Esperad… Desmantelaron sólo el receptor, no el transmisor. Aún podemos irnos…, si lo deseamos…

    Pero sólo los humanos pueden. Bajó la vista.

    — ¿Pero nadie puede venir hasta aquí? ¿Nadie del Mundo Natal? —Basilione era quien preguntaba.

    Y ella confirmó:

    —El daño ha sido irreparable. Los Cultistas deseaban asegurarse de que nadie pudiera venir para detenerlos. Si la gente desea irse, no les importa. Se sentirán felices de verlos marcharse…

    Shemadans los representó en su mente, arracimados como moscas en la estación del transportador, arrastrados por sus mórbidas inclinaciones de contemplar el cadáver de uno que había pasado por ella, a la deriva entre líneas azules de fuerza entre las estrellas. ¿El transportador? Tarawassie se aferraba frenéticamente a los jirones de evocaciones… El Pozo Estelar, ¿el Pozo Estelar…? Pero la mente de Shemadans era cambiante como las dunas bajo el viento.

    —No son violentos contra nadie, excepto contra ellos mismos. Y los que no están drogados se están dejando ganar por el pánico, y entre unos y otros…
    —Esta colonia está sentenciada, entre los zombis y los otros —asintió Basilione—. Y no es que no lo hayamos previsto.
    —Vendrá ayuda —dijo alguien—. Vendrán del Mundo Natal, cuando se den cuenta de todo y se les pase el miedo. Los humanos vendrán de nuevo, en naves estelares.
    —Pero eso toma cuarenta años, como mínimo —dijo otro.
    —Si es que realmente alguien viene… Y ¿qué pasará ahora con el Mundo Natal? Se despedazará, si no pueden enviar colonos a este mundo.
    — ¿Y qué ocurrirá aquí, ahora? —Tarawassie/Shemadans dirigió la mirada hacia Hermoso Cielo, cuya vida había salvado Basilione, que había sido el primero de los Reales que había mostrado con un humano—. Los más irritados quizás echen la culpa a la Gente Real. Esto nos acusará también a nosotros. ¿Dónde iremos? ¿Qué haremos, entonces?
    —Quizá no tengamos que preocuparnos —dijo Shemadans suavemente—. Puede que todos los humanos se maten entre ellos. Y todo lo que la Gente Real tendrá que hacer será esperar un poco más, y éste volverá a ser de nuevo su mundo…

    La tragedia de todo esto la tenía enferma, pero no podía negar su justicia. Imaginó el transportador, y los débiles lazos que habían unido tan tenuemente aquel mundo con la realidad, con la cordura; imaginó uno de ellos, roto… Y el oscuro abismo.

    Andar, ¿qué había dicho Andar? Por favor, gritó silenciosamente Tarawassie, recitando en su mente: Cruzar el dragón y entrar en el oscuro abismo… ¡Por favor, muéstramelo, muéstramelo ahora!

    Y obedientemente, la mente de Shemadans se hundió más profundamente en los recuerdos, halló el poema:

    ¿Quién disolverá? ¿Quién consolidará?
    ¿Quién cruzará el dragón y entrará en el oscuro abismo?
    Silenciosamente, sin ningún movimiento, entra en… el océano.


    El poema de Grattan, el pintor-poeta que había captado ―para Shemadans― la experiencia mística de un rito de iniciación, para animar la fría sustancia de su conocimiento acerca de la función del transportador…

    Y Tarawassie asimiló todo lo que Shemadans sabía acerca del Pozo Estelar: una estación transportadora ― ¡la Nave de Cristal!― había sido enviada a este mundo desde otro, que era uno de los muchos mundos interconectados ya por Pozos Estelares. Durante cuarenta años una nave había viajado cruzando distancias inimaginables para ella, a fin de depositar materiales esenciales para fundar una colonia y establecer un portal aquí, al final del viaje. El portal era el Pozo Estelar, fijado en el transparente corazón de la desmantelada nave estelar que seguía girando eternamente encima de aquel mundo, un portal que había permitido a la humanidad cruzar el abismo entre las estrellas en poco más tiempo del que tomaba cruzar el umbral de una puerta.

    Pero aquellos que elegían cruzar, pagaban el precio supremo. Porque el umbral entre los mundos era la Muerte. El cuerpo debía ser desechado, antes de que el espíritu — ¿la esencia?— de cada viajero pudiera pasar a través de las tinieblas y renacer bajo la luz de otro sol. A través de algún proceso que Shemadans/Tarawassie no podía imaginar siquiera, el mecanismo del Pozo Estelar capturaba el esquema vital, el precioso elemento que hacía que cada hombre o mujer fuera un único ser, y lo transmitía, dejando la cascara de carne detrás, recreando el ser idéntico, en un cuerpo idéntico, en su destino.

    Pero ¿quién se disolverá, quién se consolidará? Cada persona que elegía viajar debía comprender ―y aceptar― el hecho de su propia autodestrucción. Y ésta era la razón, comprendió Tarawassie, de que el Pozo nunca hubiera aceptado a ningún humano que ella supiera, antes de su madre y Andar. Sólo Andar había sabido la verdad. Sólo su madre y Andar habían estado completamente dispuestos a cruzar el dragón y entrar en el oscuro abismo…, como todos los humanos debieron haber tenido que hacer en una ocasión, aceptando la muerte sin remordimientos, sin pensar, como una transición, sin ver nunca sus cuerpos derivar carentes de vida tras ellos, sólo conscientes de su llegada, de su renovación…

    —Pero eso significa ―estaba diciendo Pamello (la mente de Shemadans había vuelto al presente, la de Tarawassie al pasado) — que durante el resto de nuestras vidas, al menos, las cosas probablemente se irán haciendo más y más duras para nosotros. Aunque los colonos nos dejaran solos, no tendremos acceso a los equipos, a los suministros. La cuestión es, ¿podemos sobrevivir a esto ahora?

    Shemadans sacudió la cabeza.

    —La cuestión es, ¿podremos soportar el abandonar a nuestros familiares-amigos ahora? Nadie está obligado a quedarse aquí. Pero cualquiera que abandone este mundo no podrá regresar nunca. Sé que, en lo que a mí respecta, éste es ahora mi hogar. Mi lugar…, nuestro lugar —miró a Basilione—. Está aquí con la familia, ocurra lo que ocurra —sonrió; los dedos de él y de ella se rozaron sobre la estera de cuero que había entre ambos.

    ―Nadie ha dicho nunca que alguno de nosotros deseara irse —dijo Pamello, algo ásperamente. Las arrugas de preocupación se borraron un poco entre sus ojos claros. Los demás humanos, uno tras otro, movieron sus cabezas en torno al círculo—. Sólo que ahora el Campamento Chiflado ya no será un lujoso lugar de recreo…

    Las risas brotaron en torno al círculo, y Tarawassie/Shemadans comprendió las diferentes ironías y tristezas de los humanos y Reales que había tras ellas. Bajó la vista hacia su mano y la de Basilione, ambas callosas y agrietadas, envejecidas por un trabajo duro al que no estaban acostumbradas. ¿No estaban acostumbradas? Sonrió de nuevo, con añoranza. Seguramente no, después de nueve largos años. Volvió a levantar la vista, para ver con los ojos de su mente a Cazador Afortunado reparando un calentador a infrarrojos, a Basilione arrastrando un gamo saltador ártico ayudado apenas por tres piedras redondas atadas con correas. Todos nosotros hemos cambiado. Podemos aprender a vivir con el futuro, si tenemos que hacerlo.

    En la esquina de su tienda —donde habían compartido tantas frugales comidas, sentados con las piernas cruzadas o acuclillados en el aislado suelo— vio ahora a los niños, sentados juntos en una sesión propia de mostrar/compartir. Vivirían para ver un futuro mejor, cuando el tiempo de penurias que les tocaba hubiera pasado. Y a través de ellos, su propio espíritu, el de toda su estirpe, seguiría, se ampliaría, vería realizadas sus esperanzas y podría recordar sus creencias. A su debido tiempo el miedo y la suspicacia de la Gente Real se desvanecerían, y el linaje del Hombre de las Estrellas sería capaz de alcanzarles finalmente. Y si llegaba ayuda del Mundo Natal, podrían empezar a edificar una nueva colonia, pero esta vez del modo correcto.

    —Pero no ocurrió así… —Tarawassie se aferró al tenue resplandor de esperanza y orgullo, luchando contra la sensación de desolación que llenaba su regreso al presente—. Los humanos fueron muertos… y la Gente Real nunca escuchó a tus antepasados. ¿Qué ocurrió? ¿Cuál es tu familia, ahora?
    —Toda estar aquí —dijo él suavemente, sin mirarla; Tarawassie necesitó un momento para darse cuenta de que le estaba hablando directamente a ella—. Yo último…, último Hombre de las Estrellas —viendo la incomprensión de ella, se inclinó hacia adelante, golpeó un tintineante disco grabado—. Yo mostrar a ti el resto.

    Ella ofreció su mano moteada de rojo; apenas notó molestia esta vez, sumida en una profunda sensación de realización, una conciencia diferente. Y mientras se deslizaba de nuevo en un cuerpo plateado, en una mente compartida, sintió que aquello iba a ser el final de una estirpe.


    Un mosaico de mentes, de imágenes, de años, desfilaba esta vez dentro de la mente de Tarawassie/Sombra Lunar, mientras revivía de nuevo su pasado… En el largo, abrumador invierno después de que el poblado y su campamento hubieran sido quemados, sus amigos masacrados y las posesiones de la Gente Estelar destruidas, los treinta y tantos miembros del diseminado linaje del Hombre de las Estrellas intentaron reunirse con el grupo principal de la Gente Real. Intentaron ayudarles reedificando, recuperando, adaptando…, sólo para descubrir que precisamente por ello no eran bien recibidos. Y sin el estímulo de las ideas que habían recibido de los humanos de la familia, se descubrieron incapaces de crear nuevas herramientas, de innovar en las existentes, de reemplazar todo lo que habían perdido. Donde antes habían sido temidos por la magia que controlaban, ahora, cuando habían perdido poder y amigos, recibían burlas y desprecio, y eran mantenidos al margen de la sociedad.

    A medida que pasaba el tiempo y la Gente Estelar iba desapareciendo, la Gente Real se atrevió a emigrar de nuevo hacia tierras mejores, y finalmente a entrar en las ciudades de los diezmados humanos. Pero incluso en la ciudad —especialmente en la ciudad— el linaje del Hombre de las Estrellas era mantenido a raya, y pocos Reales aceptaban dejarse ver con ellos, o unírseles. Las fricciones aumentaron a medida que los descontentos descendientes de la estirpe abandonaban sus creencias fuera de la ley, por propia elección y por otros motivos; a medida que se unían a otras bandas errabundas, o eran absorbidos en la masa. Y a medida que el número de componentes de la estirpe original se reducía, la endogamia hizo que sus recuerdos ancestrales se fueran convirtiendo en más y más aberrantes. No había suficientes amigos a quienes mostrar, con quienes compartir; no había suficiente difusión de los recuerdos para hacer que la totalidad integrada fuera aceptable para su gente, lo cual hizo que el linaje del Hombre de las Estrellas fuera considerado cada vez más como predestinado a la Muerte, poseído por espíritus diabólicos: criaturas que debían ser evitadas.

    Hasta que finalmente él, Sombra Lunar, nació: el único niño de la última mujer del linaje del Hombre de las Estrellas. Atormentado por las voces del pasado, guiado por los extraños antojos de ancestrales espíritus demasiado fuertes para que él pudiera controlarlos, había sido perseguido durante toda su solitaria y semifugitiva existencia por la censura de la inflexible estirpe de su padre. Su madre había desaparecido; sólo su espíritu vivía ahora en él. Pero se había negado a someterse o a unirse a la familia de su padre. Y así había sido espiado e insultado por su búsqueda entre las ruinas, por aquellos que aún seguían temiendo a la Gente Estelar, a su recuerdo, y particularmente a su poder. No habría ningún familiar-amigo para celebrar por él la ceremonia de la chitta, cuando su cuerpo muriera; nadie para absorber su espíritu y todos los de sus antepasados que ahora sobrevivían tan sólo en su mente.

    Estaría perdido, solo, abandonado, llevando malos sueños durante la noche a las almas reacias que le negaran refugio. Todo su linaje terminaría con él. Moriría como nadie en sus recuerdos había muerto antes; sería olvidado por siempre, maldito, sin formar parte del alma de nadie…

    Tarawassie se aferró a su delgada y callosa mano, comprendiendo entonces por qué él se había apresurado tan desesperadamente a ser su amigo. Una especie de inmortalidad… Se echó hacia atrás en su asiento. Pero incluso sabiendo que se habían valorado mutuamente, sabía también que ambos se sentirían siempre aislados, alienados, perdidos, porque no tenían ninguna finalidad allí, ninguna razón para existir en un mundo alienígena.

    — ¡Aquí sólo existe la muerte! —Tarawassie logró dominar la voz; vio en su mente el recuerdo de Shemadans en el Pozo Estelar, tratando de cambiar su mundo de locura por otro en el que imperara la cordura—. ¿Y si mi madre aún estuviera viva? El Pozo Estelar funcionó; la aceptó. Quizá fue… recreada, en nuestro Mundo Natal, sin su enfermedad, viva y sana. O quizá la gente que pudo construir el Pozo Estelar pudo también haberla curado, y ahora me estará aguardando en algún mundo hermoso, pero sin poder decirme cómo llegar hasta ella, sin poder venir a mí —recordó el cuerpo de su madre y el de Andar, flotando sin vida en el Pozo—. Y yo sé, pero no puedo ir. ¡Porque tengo miedo a la muerte!
    —Quizás Pozo Estelar no funcionar, quizás ella morir… Nadie venir aquí en largo tiempo. Quizá Gente Estelar no existir ya; todos desaparecidos, en todas partes… —Sombra Lunar se expresaba como si no supiera si esto era bueno o malo. Una especie de sentimiento de posesión surgió en su voz—. Tú quedar…
    —Ellos no pueden haber desaparecido, no pueden… —Tarawassie sacudía la cabeza sin oírle, sabiendo demasiado bien que Shemadans y los demás intuían que el sabotaje del Pozo Estelar habría podido significar el desmoronamiento del Mundo Natal—. Ellos simplemente lo dejaron correr; no quisieron enviar a nadie más a este mundo, para que se volviera loco.
    —Quizás ellos volver ahora, si madre ir hasta ellos.
    — ¿Le tienes miedo a eso? ¿Miedo a que ocurra de nuevo? Los desórdenes, la persecución…

    El asintió; su cola trazó oscuras siluetas en el pálido polvo del suelo tras de él.

    —Pero… Sombra Lunar, la forma en que nosotros podemos mostrar juntos, es algo que los humanos no pueden hacer en absoluto, algo que valorarían enormemente si alguien simplemente pudiera hacerles comprender. Shemadans, Basilione, todos tus antepasados, lo creían… Creían que eso podía protegerte y defenderte; que podía hacerte tan importante para los humanos como… como lo son ellos para sí mismos. Vosotros podéis convertiros en transmisores de todo el conocimiento —la creencia de Shemadans en el futuro, la visión de Basilione, la llenaron, se convirtieron en ella—. ¡Puedo ir al Mundo Natal! Puedo hacerlo. Deseo ir a través del Pozo, deseo encontrar a mi madre, y ver…, verlo todo. Deseo ver un auténtico mundo humano. Y si voy, puedo hacer que ellos deseen volver aquí y encontrarse con tu gente. Les mostraré lo importantes que sois. Vendrán, sé que lo harán. Y yo volveré en la nave… El linaje del Hombre de las Estrellas vivirá; no seremos olvidados…
    — ¿Yo no morir? —Sombra Lunar se puso en pie, su puntiagudo rostro crispado por la emoción—. Sí, sí, tú ir… ¡Tú volver allá! —le cogió la mano, haciéndola levantar de su asiento—. Nuestros pueblos ser uno. Mi gente aprender todo lo que Pueblo Estelar saber… Yo… ¡yo no morir por siempre! Tú ir, Mujer Estelar, nosotros ir ahora a la Nave de Cristal —rio nerviosamente—, ¡mientras yo creer!

    ¡Pero yo soy Tarawassie! Sus propias dudas, sus no respondidos temores, se agitaron de nuevo, rechazando lo extraño en su mente. Sin embargo, Sombra Lunar la empujaba ya hacia el ascensor, y abajo, en la precipitación de su irrefrenable emoción.

    Salieron cruzando las altas y pesadas puertas de la entrada de la biblioteca, al frío crepúsculo otoñal. Y surgiendo de las sombras del resplandor del globo de luz de Tarawassie, cinco nativos venían a su encuentro…

    Ella se quedó quieta, mientras la fría luz se reflejaba en la punta de las lanzas alzadas hacia ella. Oyó el ladrido de maldición de Sombra Lunar.

    —Bien, maligno. ¡Desobedeciendo aún a nuestro pueblo…! —el más alto de los nativos, de pelo plateado como Sombra Lunar, se enfrentó a él; sus ojos fulguraban triunfantes. Tarawassie se dio cuenta de que comprendía sus palabras, pese a que había utilizado el lenguaje nativo—. Esta vez haremos que te arrepientas de veras. ¡Arrojad las lanzas!

    Pero Tarawassie se dio cuenta de que los otros estaban retrocediendo, dudando tras la protección de sus lanzas, los ojos fijos en ella, temerosos. Como si también él se hubiera dado cuenta del hecho, Sombra Lunar mantuvo aferrado su propio tubo de metal aguzado, mientras sacudía la cabeza.

    — ¡No, hermanos! ¡Estoy bajo la protección de la Gente Estelar! No me tocaréis, o seréis vosotros los primeros en lamentarlo —se mantuvo firme al lado de ella, mirando de rostro a rostro, desafiante. Subrepticiamente, tomó la mano de Tarawassie, tranquilizando, buscando ser tranquilizado. Sus dedos se cerraron un momento sobre los de ella—. ¡Dejadnos!

    Arrojó su propia lanza, devolviendo el desafío. Dos de los otros retrocedieron ligeramente, pero el… ¿hermano? de Sombra Lunar permaneció en su sitio.

    —No te dejaremos, maligno. Brincador Rápido te juzgará, y a esta mujer-espíritu, esta vez.

    Y Sombra Lunar asintió, sonriendo de pronto; los dientes le brillaron.

    — ¡De acuerdo, entonces! Esta vez no me repudiará… Iré al poblado con vosotros.

    El supuesto hermano de Sombra Lunar vio la sonrisa de éste, y su pelaje se erizó ligeramente.

    —No tienes otra opción.


    Avanzaron rodeados de lanzas a través de las calles ventosas, llenas de escombros, penumbrosamente azuladas. Tarawassie miró hacia arriba, y sintió que el aliento se le helaba ante el oscuro azul violeta del domo del cielo, donde brillaba una estrella, ligeramente desviada del cénit ante ella. Una estrella que no era una estrella, pero que mantenía un lazo de unión extendido a través de la oscuridad a todas las estrellas. Levantó una mano hacia ella, en una promesa y en una llamada; su mano volvió a caer, se cerró en un puño a su lado. Bajó la vista hasta sus pies, buscando un camino a través de los entrevistos cascotes.

    —Sombra Lunar —murmuró, manteniendo una voz firme—. ¿Qué van a hacer con nosotros? ¿Quiénes son? Tú dijiste «hermano»…

    Sombra Lunar habló en idioma humano, la voz en un tono bajo.

    —Ser medio-hermano…, hermano de padre. Otros ser familia-amigos —su voz se endureció—. Ellos llevar nosotros a Brincador Rápido. Ellos no hacer daño nosotros, Mujer Estelar. Tú ver que no tocar a ti… Tener miedo de ti.
    — ¿Quién es Brincador Rápido?
    —Chamán… Mostrar con todos los familiares, mostrar muy claro. Brincador Rápido conocer todo; toda la gente mostrar con él, hacer muchas muchas estaciones. Él decir: «Esta cosa ser Real, esta cosa no pertenecer». Él decir que yo, lleno de espíritus malignos… Pero incluso él honrar a ti. Tú mandar a él, y él no castigar a mí esta vez. En cambio, él escuchar a mí, hacer que todos ellos ver lo que nosotros hacer, ¡ver el futuro! —alzó la vista hacia ella; una especie de desesperada determinación ardía en él—. Quizás esto ser buena cosa, no mala… familia-amiga.
    —Familia-amigo —asintió Tarawassie, vacilante—. Espero que así sea.

    La última ondulación de la calle los enfrentó a un enorme espacio abierto, como la plaza donde los nativos dejaban sus ofrendas. Este espacio constituía el centro donde desembocaban seis calles, seis fachadas reflejadas ante otras seis… fachadas de edificios, un brillo negroazulado ahora, con pupilas de muy profunda y pura negrura, moldeadas en fracturas con simetría de copos de nieve.

    En el centro del espacio abierto había una alegre hoguera, instalada sobre una gran losa de piedra. El incesante pulsar de la vida se burlaba de ella, reflejado en los oscuros y abandonados ojos de aquel valle de espejos. Sus sentidos vibraron con el resplandor, con el calor, con la acritud del aroma del humo de la albura ardiendo. Y como si siempre lo hubiera sabido, se dio cuenta en ese momento de que un fuego de alcohol había ardido allí en otros tiempos: había sido una señal para la Gente Real de que debían asentarse allí para siempre. Cuando el fuego de alcohol se consumió, ya habían creado su propia llama eterna, pues era un signo sagrado.

    Tarawassie pasó la mano por el borde de piedra cuando pasaron por su lado, y se tiznó los dedos con el hollín. Bajo la pátina de carbón quedó al descubierto un débil rastro de color en la pulida superficie. Y dentro de los vitrales dorados y azules de las llamas, silueteada de hollín, vio una forma de oscura gracia. Mientras se preguntaba qué finalidad habría podido tener, por un sorprendido segundo captó el destello de una segunda visión, la de la extraña belleza que los ojos humanos vieron al mirar el «fuego de alcohol», y supo que su única finalidad había sido la belleza.

    Atrapada entre el futuro y el pasado, avanzó con Sombra Lunar y los guardianes a través de la acumulación de oscuridad hasta la base de un edificio que ocupaba parte del perímetro. Y por último vio que aquel lugar no estaba desierto, abandonado al fuego ritual. Dos nativos los observaban desde un portal: dos mujeres, con faldas que les colgaban hasta las rodillas, sujetas con cadenas de brillante metal y abalorios.

    Las mujeres permanecían de pie, intranquilas, indecisas, mirándolos alternativamente a ella y a Sombra Lunar con silenciosa reverencia. Detrás de ellas ardían otros fuegos; amortiguados; pequeños fuegos familiares para cocinar en el interior de un gran salón. Tarawassie pudo ver entonces otras siluetas dentro, delgadas formas entre las sombras, y se preguntó cuántos de aquellos edificios habían sido ocupados por el nuevo orden del mundo. Un niño apareció bruscamente entre las mujeres en el portal; su aterciopelado pelaje tenía un color blanco plateado. Como una gota de líquida luz estelar, trepó por la pierna de su madre; ayudado por las manos de ella desapareció imposiblemente dentro de su bolsa. La mente de Tarawassie se llenó con una imagen sensorial de suave calor, seguridad, placer…, la tierna comunicación de los pensamientos de una madre. Con sus manos en el distendido estómago, la mujer se volvió y penetró por el portal.

    La otra se quedó inmóvil en su sitio, bajo la protección del voladizo, con su pelaje gris acero brillando. Se pasó una mano por la cresta de su cabellera cuando el hermano de Sombra Lunar se le acercó.

    —Brincador Rápido —el nativo señaló el suelo entre ellos.

    Ella asintió y se deslizó rápidamente, sin una palabra, en dirección al cálido interior. La cola de Sombra Lunar se retorció; su ligera lanza golpeó el suelo en suave desafío a su lado. Tarawassie se ciñó aún más la capa que la cubría.

    El tiempo pasó lentamente; a Tarawassie empezó a picarle la cara con el frío.

    — ¿Qué estamos…?

    La mujer se interrumpió al notar que un nuevo cuerpo ocupaba el umbral. Había otros nativos agrupados tras él, bloqueando la luz posterior. Un hombre envuelto en un atuendo que le llegaba a las rodillas se detuvo y, pesadamente, emergió a la fría luz del alienígena globo de Tarawassie. Todo un grupo lo seguía; su alisado pelaje era negro como la medianoche, incluso allí. La cresta de Sombra Lunar se irguió.

    Brincador Rápido se detuvo, sonriendo débilmente.

    — ¿Qué ocurre, Mujer Sombra? —su mirada se desplazó ligeramente para enfocar a Tarawassie. Las pupilas se le dilataron, se estrecharon; sacudió como si pensara que sus ojos lo traicionaban.
    —Soy Real.

    Tarawassie le habló en su propia lengua humana, sabiendo instintivamente que no podría dominar los entrecortados sonidos del lenguaje nativo. Avanzó hacia donde la luz era más fuerte, echándose el pelo hacia atrás; se mantuvo firme, consciente de la criatura que el viejo nativo estaba viendo, y que no era tan sólo ella exactamente… Intentaba constituirse en el misterio que ni siquiera ella comprendía por completo, y extendió una mano para restregar la bolsa de Sombra Lunar. Señaló a Brincador Rápido.

    Esta vez la cresta del viejo nativo se erizó. Su rostro sin edad se frunció con la emoción. Ella vio el deseo de rechazar aquello, de negarlo, de castigar a Sombra Lunar, ardiendo en sus ojos cuando ella tocó a su compañero. Pero Brincador Rápido no podía rechazar o negar su miedo, su adoración, hacia los semirrecordados antepasados que ella representaba.

    Sombra Lunar se enfrentó a la mirada de Brincador Rápido con terco orgullo.

    —Honra a Mujer Estelar —fue casi una orden—. Llama a los viejos; quiero mostrar con todos vosotros esta vez. Mostraré con todos; ¡es mi derecho!

    Brincador Rápido sacudió la cabeza.

    —Mostrarás conmigo; es mi elección. Tienes malos pensamientos; nadie aquí quiere a las mentes retorcidas. Yo elijo.

    Tarawassie inspiró profundamente.

    —Llámalos a todos. Tienen derecho a elegir por sí mismos si desean saber esto. ¡Quiero que estén todos aquí para mostrar! —se llevó la palma de la mano contra su mejilla, como había visto hacer a Sombra Lunar, confiando en que este gesto diera un sentido claro a sus palabras.

    Brincador Rápido se erizó, se envaró, el pelaje de su cresta se rizó. Tarawassie se replegó en su capa, insegura de si su actuación había sido buena, temerosa de un fracaso.

    — ¡Cobarde Brincador Rápido! —Sombra Lunar arrojó su lanza contra el suelo con un clac; su voz iba más allá de Brincador Rápido, hacia el grupo de los espectadores que se mantenían en sombras junto a la puerta—. Excremento de Brincador, temes que tu poder venga a mí. ¡No es mi pretendida malignidad lo que temes!

    De nuevo Brincador Rápido sacudió violentamente la cabeza, haciendo resonar su quebradizo cuerpo.

    — ¡Veremos, Mujer Sombra, quién da más honor a su linaje esta noche! —el escarnio resonaba en sus palabras; bruscamente su tambaleante autoridad dio un giro para abrirse paso entre el grupo de espectadores.

    Tarawassie trató de escuchar lo que hablaban dentro…, secos, rechinantes, ininteligibles ladridos, resonantes dentro del gran salón. Un chico larguirucho y plateado se deslizó entre la gente reunida en la puerta y cruzó al lado de ella como un rayo antes de ir a perderse en la noche.

    — ¡Ocurrir…, ocurrir! —murmuraba Sombra Lunar, casi sin creer lo que estaba presenciando—. Viejos, jóvenes, todos venir; yo mostrar a todos ellos. Esta vez yo mostrar a ellos cambio… Yo mostrar a ellos que cambio ser bueno —sus grises ojos tropezaron con los de Tarawassie, que le sonrió—. ¡Lo que nosotros hacer esta noche, ser mostrado por siempre!
    —La especie inmortal —susurró Tarawassie, levantando la vista hacia el cielo sin luna, hacia una estrella más brillante que todas las demás—. Una especie de la que puedes estar seguro.

    Sombra Lunar asintió, resplandeciente de excitación, y ella vio que el supuesto hermano y la guardia se habían retirado. Se acercó de espaldas hacia el fuego, cruzando la plaza.

    Tarawassie aguardó, sujetando el globo de luz y una lanza contra sí, calentando su espalda a las llamas. Pasaron los minutos, y una multitud de nativos fue congregándose, observando cómo ella los observaba a ellos. Un puñado de hombres y mujeres se adelantó a la multitud bajo la conducción de Brincador Rápido, y se detuvo entre Sombra Lunar y ella. Gorjearon secamente, en privado, entre ellos. Observó que la mayoría tenía pelajes que iban del gris al negro: viejos. Y también que podían ver más claramente, le dijeron los recuerdos de Sombra Lunar…, que podían captar muchos más detalles del mostrar de otros, y podían trasladar la imagen que absorbían de otros, intactas, para difundir noticias importantes.

    Sombra Lunar no miró hacia ella, confiado en su presencia, perdido en la atención hacia su propia gente y la obsesión de su necesidad de mostrar. Tarawassie sentía que los ojos de los demás la rozaban de tanto en tanto, oía sus vacilantes preguntas. Finalmente vio al grupo elegido empezar a formar una cadena, cada uno colocando cuidadosamente una mano en la bolsa del siguiente, hasta que Brincador Rápido se adelantó, como si se acercara a algo inmundo, para establecer contacto con Sombra Lunar.

    Un murmullo recorrió la multitud. Sombra Lunar cerró los ojos, el rostro arrebatado.

    La multitud permaneció en silencio. Tarawassie apretó el globo de luz contra su cuerpo, sintiendo el débil rastro de calidez, sintiendo el calor del fuego a su espalda y el frío aire ardiendo detrás de su cabeza… Imaginaba el hormigueo que discurría de brazo en brazo, delante de ella. Las llamas restallaron y chisporrotearon detrás, como la eléctrica disonancia de una presencia alienígena en su mente, como la carga de hostilidad que fluía entre viejas aversiones. Trató de imaginarse qué podía estar llenando las mentes de Brincador Rápido y los demás receptores en ese momento…, un brillante y tentador abanico de magia humana, el secreto poder de la Gente Real, la posibilidad de un futuro donde la Gente Real pudiera probar el valor de sus ofrendas y compartir la igualdad con la Gente Estelar, y obtener a cambio del mostrar toda la magia secreta…

    — ¡Maligno…! —Brincador Rápido se apartó de Sombra Lunar, el más débil eslabón de una cadena de esperanzas—. ¡Los espíritus malignos han entrado en mí, procedentes de una mente maligna! —los otros, que permanecían conectados a través de él, permanecían inmóviles, como aturdidos, como si hubieran recibido un mazazo, contemplando cómo él golpeaba a Sombra Lunar con su bastón—. ¡Maligno!

    Sombra Lunar se tambaleó, pero no gritó, mientras una extraña y frustrada expresión brotaba en su rostro.

    —Este maligno ha mostrado a la Gente Estelar, le ha dado poder sobre él. Nos ha mostrado mentiras, ocultas verdades, ¡mucha malignidad! Yo he mostrado, todos hemos visto, esa maldad…

    Tarawassie avanzó ansiosamente, sin comprender, las manos crispadas en torno a la lanza mientras Sombra Lunar empezaba a retroceder, paso a paso, aguijoneado por el bastón de Brincador Rápido.

    — ¡No me obligues…! —sacudía la cabeza de lado a lado, impotente; su exclamación tenía tanto de rechazo como de súplica.

    Brincador Rápido hizo un gesto con la cola, y dos hombres surgieron de la multitud para sujetar a Sombra Lunar. Lo rodearon con sus brazos y con las colas ciñeron sus piernas, manteniéndolo inmóvil.

    — ¡Sombra Lunar!

    El grito de Tarawassie resonó fuertemente, pero él no la oyó ni la vio, los dientes le brillaban en un gruñido de miedo, el pelaje erizado. Los ojos de Sombra Lunar eran sólo para Brincador Rápido, que avanzaba de nuevo. Un hombre le sujetó una mano y lo obligó a introducirla en la bolsa de Brincador Rápido, quien a su vez colocó la suya en la bolsa de Sombra Lunar. Los más viejos formaron de nuevo la cadena, el más cercano deslizó también su mano en la bolsa de Sombra Lunar.

    Envarado, con una angustia que Tarawassie no podía comprender, Sombra Lunar era apenas un agudo y suave gemido, nacido no de un dolor físico, que brotaba de él, continuo… La multitud inició un susurro.

    ¿Por qué dejaban que hicieran esto? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Debía ella…?

    — ¡Alto! ¡Deteneos! —su voz golpeó inútilmente a Brincador Rápido. Se obligó a avanzar, blandiendo la lanza.

    Pero mientras Tarawassie hacía esto, la cadena se separó de nuevo. Sombra Lunar se tambaleó, su lamento se desvaneció mientras sus ojos se abrían. Los dos hombres que lo habían sujetado lo soltaron; cayó sobre manos y rodillas, como si toda fuerza, toda resistencia, todo orgullo, le hubieran sido vaciados en un rápido e incomprensible asalto. Brincador Rápido desvió la mirada de él a ella, con una virulenta satisfacción llenando sus ojos cuando se encontraron con los de la mujer. Y señaló con su bastón.

    — ¡Basta!

    Ella se detuvo, pero dejó que la punta de su lanza siguiera apuntando hacia él.

    — ¿Qué habéis hecho?

    Habló tan fríamente como le fue posible. Todos permanecían inmóviles. Los más viejos los rodeaban; sintió que los ojos que antes la habían tocado con reverencia se clavaban ahora en ella con miedo y suspicacia, fríos como el viento.

    Brincador Rápido alzó la voz hacia la multitud.

    — ¡Yo os diré la verdad! Éste —su bastón golpeó a Sombra Lunar— y ésta —lo blandió amenazadoramente hacia ella, pero no se atrevió a golpearla— desean que seamos tragados de nuevo por la Gente Estelar, ¡como ya ocurrió tiempo atrás! ¡Yo os diré la verdad! —los más viejos se alejaron a su señal, y se dirigieron hacia la multitud—. ¡La chitta nos salvó, les dimos chitta a la Gente Estelar, y ellos murieron para siempre! Démosle chitta a ésta ahora… Contemplemos cómo muere —su bastón golpeó la lanza como un rayo, arrancándola de un golpe de las inertes manos de Tarawassie.

    Ella atrajo el globo de luz hacia sí, sintiéndose como ellos la veían ahora, despojada de sus espíritus ancestrales…, una desgreñada, andrajosa mujer, como un espantajo, indefensa contra la venganza que reclamaban por los sufrimientos de sus antepasados. Vio a Sombra Lunar levantarse sobre sus rodillas, vio su propio miedo y desesperación reflejados y magnificados en el espejo de su rostro.

    — ¡Huir! ¡Mujer Estelar, correr!

    Tarawassie apenas pudo comprender las palabras de Sombra Lunar. Ya se estaba dando la vuelta para abrirse paso por el extremo de la multitud. Echó a correr ciegamente a través de la plaza, se hundió en la oscura boca de la entrada de una calle, siguió corriendo.


    Seguida sólo por el recuerdo de su miedo, avanzó tambaleante por los estrechos cañones de la noche, tropezando, cayendo, medio alocada con la desparramada superposición de una palabra sobre otra, recuerdos de una ciudad de vida y ruido que iluminaban los rotos silencios de las oscuras y vacías ruinas. Pero finalmente ninguna necesidad, ninguna visión, fue lo suficientemente fuerte como para aguijonear a sus helados pies para que siguieran andando. Se detuvo, con el dolor punzando bajo sus costillas, y levantó los ojos a la entremezclada simetría del cielo. La luna ascendente, como un pequeño rostro plateado, clavaba la mirada a su paso en las sombrías torres, llenando las oscuras ventanas con luces fantasmales como ella misma, a medida que su mente las llenaba con los espectros del pasado. Algo se deslizó a través de un charco de líquida luz lunar junto a sus pies, desmoronando un montón de huesos. Su semiahogado grito de terror resonó tras ellas, lanzando ecos, alejándose hasta recuperar un tenso silencio. Como si sólo ella estuviera viva allí…

    Pero mientras adquiría el convencimiento de que estaba perdida, en cuerpo y espíritu, la luz lunar rozó la inconfundible forma del semiderruido edificio donde Sombra Lunar había establecido su campamento, como una mano plateada señalando el camino al refugio. Avanzó, tirando de sus doloridas piernas, dejando a un lado todos los pensamientos, todos los temores, todas las penalidades, aferrándose agradecida a lo único concreto que le ofrecía aquel mundo hecho de noche.

    Halló la rota pared entre las sombras y se deslizó a través de ella hacia el vacío interior. Pero nadie atendía al consumido fuego; nadie estaba sentado aguardando o tendido en el montón de harapos… Él no había vuelto. Tarawassie se dejó caer sobre sus rodillas entre las viejas ropas que constituían la cama; se dejó caer hacia atrás, con la boca trémula. ¿Volvería alguna vez? ¿Habría muerto, también? ¿Habían visto ellos sus secretos, buenos y malos, y luego lo habían matado, como la otra multitud había matado, como hubieran deseado matarla a ella también, tanto a causa de lo bueno como de lo malo, por haberles mostrado la verdad?

    Pero la razón no importaba, no significaba nada… ¡Él no estaba! Y ella no tenía poder para llevar su alma a casa. No tenía el poder de la inmortalidad, no tenía poder sobre el alma de nadie más, ni siquiera sobre la suya propia. Con ella sólo quedaba un terrible vacío. Sombra Lunar, su madre, ambos estaban más allá de las lágrimas de las lamentaciones, de la pérdida y del dolor… y ella había quedado detrás de todas esas cosas. Y había tantas cosas hechas o sin hacer… Y no había ningún medio de que ella pudiera ahora cambiarlas. Todas sus oportunidades de hacer o deshacer estaban perdidas, perdidas…

    La aflicción la sujetó por la garganta y la sacudió con la esterilidad de sus sueños despierta, que no habían sido más ciertos y vistos más claramente que los sueños que le había mostrado la chitta. ¿Por qué había creído que el Pozo Estelar contenía la respuesta a todo…, a cualquier cosa? ¿Cómo podía esperar que la aceptara, con su mente tan llena de cantidades desconocidas, dudas y miedo? ¿Cómo había pretendido creer que no le importaría? Apenas estaba empezando a aprender lo que significaba estar viva. ¿Deseaba acaso morir tan pronto?

    Porque, ¿cómo podía saber si había toda una civilización aguardándola al otro lado del paso, y si iba a ser una en donde ella pudiera llevar una nueva vida, una que fuera a aceptarla… una que no se hubiera visto reducida a polvo, como la suya propia? Su madre estaba muerta, había estado muriéndose, y era tan sólo el pensar lo que la había hecho creer, o despertado la necesidad de creer, que algún milagro, en algún lugar, le había permitido vivir. Nadie había venido hasta aquí en quinientos años para acudir en su busca… Ni nadie vendría ahora. Si el espíritu de su madre había hallado un hogar, no era en ningún lugar donde pudieran seguirla los vivos. ¿Y si simplemente se había disipado en la oscuridad, perdida entre los espectrales silencios de los gases y polvo helados? ¿Y tendría alguna importancia, si alguna vez llegaba a saberlo?

    — ¡No quiero esto! ¡No quiero esto! —Tarawassie se irguió, sentándose sobre sus talones, entre los resonantes ecos de su propio grito atormentado—. ¡No quiero que haya desaparecido! —rechazó los ecos—. No quiero saber la verdad de eso, y no quiero malgastar mi vida —se apretó los puños uno con otro sobre el regazo de su harapienta ropa—. Y no quiero hacerlo. No hay ninguna razón para ir, ninguna razón para intentarlo. ¡No lo haré!

    Hasta ella llegó un arrastrar de pies, el ruido de guijarros cayendo, mientras los ecos de sus propias palabras se alejaban. Se volvió como un animal sorprendido, volvió al presente, mirando de reojo a través de los dedos de luz que señalaban como una mano delatora la existencia de su refugio en la oscuridad.

    Se mordió los labios para reprimir otro grito, sabiendo demasiado bien que su voz ya la había traicionado. Y bruscamente una silueta bloqueó la luz… Un nativo. Una voz llamó, un ronco ladrido, no imperativo sino extrañamente familiar.

    Tarawassie se puso rígidamente en pie, conteniendo la respiración.

    —Sombra Lunar… ¡Sombra Lunar!

    La figura avanzó hacia el penumbroso interior, moviéndose torpemente, como un lisiado. Ella luchó por centrar su visión en el rostro orlado de plata. Y él llegó a su lado, de pie junto al círculo del fuego; vaciló un momento, mirando a través de ella. Su rostro se estremeció; la confusión ―y algo más sombrío― nubló sus ojos. Luego su mirada giró hacia ella; levantó las manos y las depositó sobre los hombros de la mujer, apretando suavemente, en un gesto de reunión. Ella alzó sus propias manos, las apretó sobre las de él. Una desconsolada sonrisa se dibujó en su rostro; el peso de sus manos la empujó hacia el suelo con él, mientras se dejaba caer cansadamente sobre el montón de harapos. Ella dejó caer su propio cuerpo lentamente, cuidadosamente pese a las dolorosas protestas de sus miembros, para impedir que él cayera. Manchones de oscuridad moteaban su revuelto pelaje.

    —Sombra Lunar… —Tarawassie tomó una de sus manos entre las de ella, y vio la sangre coagulada atrapada entre sus dedos, allí donde una uña fuera arrancada. Abrió sus propias magulladas manos—. ¿Estaban locos? ¿O somos nosotros…? ¿Cómo pudieron lastimarte así? —sus manos cubrieron de nuevo la delgada mano de tres dedos—. ¿Cómo? ¿Por qué?

    Sombra Lunar contrajo ligeramente los hombros, como si eso le doliera. Una cantinela suave y dolorida brotó de él, como un canto fúnebre. Ella levantó la mirada, invadida por una premonición; quería saber…

    — ¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que va mal? ¿Qué te hicieron?

    Sombra Lunar sacudió la cabeza, evitando los ojos de ella; abrió sus manos en un gesto de incomprensión, de agotamiento. Ella elevó la voz.

    — ¿No puedes entenderme? ¿Qué ocurrió, qué es lo que te hicieron? —Tarawassie se detuvo—. Entonces, ¿cómo podremos…?

    Estiró la mano, al recordar. Cuando la deslizaba dentro de la bolsa de Sombra Lunar, él trató de soltarse, y todo su cuerpo resbaló contra el contacto de ella. La mano de Tarawassie se cerró en el vacío. Entonces, ella se echó hacia atrás, herida por la sorpresa y el desánimo.

    Sombra Lunar se adelantó para sujetarla por la muñeca, y abrió los dedos, los atrajo hacia sí. Sus ojos estaban llenos de culpa, su rostro tenso por la frustración. Deslizó la mano de ella dentro de su bolsa, y Tarawassie sintió el hormigueo de una emoción que le resultó incomprensible. Entonces, como una explicación, él dejó que sus recuerdos pasaran a ella, y ella pudo saber lo que le habían hecho por voluntad de Brincador Rápido:

    Ella/él soportó de nuevo la humillación, indefenso, como un criminal, mientras Brincador Rápido extraía su culpable secreto y le infligía el castigo al mismo tiempo. Vivió la indignidad de una intrusión…, la obligada revelación de unos recuerdos no ofrecidos libremente, lo cual era también un tipo de perversión…, cometida a plena vista por toda su gente, permitida por ellos, como si él fuera menos que nada.

    La cantinela fúnebre llenó de nuevo su garganta. Las lágrimas inundaron los ojos de ella, brotaron y cayeron, sin darse casi cuenta esta vez, como si fuera alguien distinto quien se apenara en su interior. Observó a través de los ojos de Sombra Lunar cómo Brincador Rápido se volvía hacia ella, y ella/Sombra Lunar no pudo hacer otra cosa para ayudarla que gritarle a él/Mujer Estelar que echara a correr…

    Y entonces ella/él se derrumbó, sin fuerzas para levantarse, contemplando como si estuviera sucediendo entonces la maligna verdad de la brutalidad humana que había sido arrancada de él y se había dispersado como ondas sobre agua a través de la multitud. Sabiendo que la promesa, las esperanzas, todas las posibilidades de una nueva vida que habían estado también en él, no eran extraídas con lo demás, sino que yacerían como una pesada losa en las profundidades del olvido, perdidas…, perdidas… Y empezó a gemir.

    Brincador Rápido empezó a hablar de nuevo, con toda la vacilante elocuencia que pudo reunir. Se oyó a sí mismo, Sombra Lunar, llamarse transmisor de las perversiones de la Gente Estelar, un loco que prefería la locura de sus bastardos antepasados a las probadas verdades de la Gente Real. Alguien que quería que todos ellos perdieran su Realidad, que fueran destruidos de nuevo por la maldad de la Gente Estelar, como habían sido tragados ya una vez antes, como él mismo, Sombra Lunar, había sido tragado por la Bestia de la Noche…

    Sombra Lunar consiguió ponerse trabajosamente en pie de nuevo, consiguió hablar, denunciando a Brincador Rápido en un último desafío, semiformulado: gritó que allí, en ese lugar consagrado al fuego eterno, no había sido completamente escuchado ni juzgado imparcialmente…

    El bastón de Brincador Rápido cayó violentamente contra las espaldas de él/ella para derribarlo de nuevo, y la Gente Real, infectada e inflamada por la transferencia de sus propios recuerdos de las atrocidades humanas, se cerró en torno a él y emitió su juicio.

    — ¡No!

    Tarawassie interrumpió el contacto con un grito horrorizado ―el horror de ella, el horror de él―, mientras sentía el odio de un centenar de mentes extrañas introducido a la fuerza en él, estallando dentro de él, dispersándose en él; una sobrecarga de imágenes que le quemaba los circuitos del cerebro, que le arrancaba su identidad, sus antepasados, su Realidad…

    Sombra Lunar se inclinó y se tumbó contra ella. Tarawassie deslizó su brazo libre para sujetar la estrecha espalda de él, apretando contra sí el cálido y revuelto pelaje con fiera ternura. Gimoteó desvalida, con el conocimiento de porqué él había temido que ella lo tocara, de que cualquiera lo tocara…

    Pero ¿cómo pudo haber sucedido? Había poseído control sobre su mostrar, había controlado a Brincador Rápido con la presencia de ella…, hasta que Brincador Rápido decidió interrumpir el lazo del mostrar y volverse contra él. Y entonces él se había rendido, perdido el control, perdida la confianza, olvidada incluso su meta. ¿Cómo había podido ocurrir? ¿Qué era lo que lo había hecho ocurrir? ¿Por qué? ¿Por qué?

    Sombra Lunar se sacudió y levantó la cabeza del hombro de ella, llorando suavemente. Tarawassie inspiró entrecortadamente ante lo que vio en sus ojos, y volvió a jadear cuando aquello empezó a desvanecerse. Finalmente asintió, suspirando, y fijó de nuevo sus ojos en los de él. Suavemente introdujo su mano en la bolsa del nativo, formando en su mente la imagen del instante crucial, intentando llevar su propio fracaso a la comprensión del porqué…

    Sombra Lunar lanzó una pequeña exclamación que ella no comprendió, y su mente empezó a llenarse con recuerdos de Brincador Rápido… Brincador Rápido el chamán, el de visión clara, el más viejo entre todos los viejos que absorbían todo el conocimiento, que emitían juicios sobre la validez y la conveniencia de lo que era mostrado. Brincador Rápido, que encarnaba lo absoluto en actitud y comportamiento en la mente de todos los Reales…, incluso en la propia mente de Sombra Lunar. Aun sabiendo que sus creencias ancestrales eran correctas, seguía creyendo todavía en el omnisciente juicio de Brincador Rápido. Vio de nuevo la denuncia de Brincador Rápido sobre él, sintió que sus propias creencias se volvían en contra de él para hacerle vacilar, y aquello había sido suficiente. El sistema estático que había confiado transformar se volvió contra él y lo venció, debido a que siempre había formado parte de él…

    Tarawassie interrumpió de nuevo el contacto para abandonarse al repentino aturdimiento del cansancio. Se inclinó para alcanzar la bolsa de provisiones de Sombra Lunar y la atrajo, para disponer de las reservas de carne seca y frutas. Comieron en silencio, desanimados, ahorrando las fuerzas que pudieran malgastar en palabras inútiles. Las palabras serían inútiles para siempre a partir de ese momento.

    Pero Sombra Lunar tomó de nuevo su mano…, la otra mano esta vez, sin rigidez ni hormigueos, y dejó que fuera ella quien lo tocara sin vacilación. La cabeza de Tarawassie resonó con los planes de su paso a través del Pozo Estelar, y una sensación urgente, apremiante… Apremiante por saber —pudo darse cuenta— mientras aún podía intentarlo, y urgente con la necesidad de que ella aceptara.

    Tarawassie sacudió la cabeza, denegando, para aclararse. No podía, no quería… Dejó que todas las preguntas sin responder, todas sus dudas y temores, fluyeran desordenadamente hacia la mente de Sombra Lunar como respuesta. No había ninguna razón, ninguna necesidad…

    Un estallido de irritados sonidos sorprendió su oído; abrió los ojos a la ira de Sombra Lunar. Con insistencia, él volvió a trazar su plan, su anhelo, su curiosidad, el rostro de su madre. Y su mente tanteó, modeló torpemente, obligó a que se formara una desorientada, una fragmentaria visión del linaje del Hombre de las Estrellas unido, compartiendo sus secretos y sus talentos únicos. Él era el último, el último Hombre de las Estrellas, y la Gente Real había destruido a sus antepasados. Si ella no traía nunca a su gente de vuelta, si no regresaba para realizar sus esperanzas, entonces… ¡él habría sufrido para nada!

    Sólo ella podía salvar a sus antepasados, o hacerlo de nuevo Real a él. Si ella no volvía con su gente, y no regresaba aquí…, él moriría también, moriría para siempre. Ella era su familia-amiga, su única amiga, y había prometido… lo había prometido.

    Tarawassie dejó que de nuevo sus dudas dieran la respuesta. Imaginó a su gente desaparecida, como sus antepasados habían temido. Nada se ganaría…

    Su propia imagen cruzando el abismo la golpeó de nuevo tras sus ojos, nublada por los estallidos de la vehemencia de Sombra Lunar: ella era su única esperanza, la única esperanza de su linaje, la única esperanza absoluta…

    —Pero… ¡tengo miedo! —se apartó bruscamente de él—. Tengo miedo por mí. Nadie más ha hecho esto… Ni tú, ni ellos, nadie excepto yo. ¡Maldito seas! Maldita sea tu gente. ¡No habrá nada que hacer con ellos, tienen demasiado miedo, son demasiado egoístas! Yo también soy egoísta. Tengo que asegurarme, tengo que estar segura para ser capaz de hacerlo, de lo contrario… Tengo que estar segura de que las cosas son como pensamos que son, de que eso es lo mejor para mí… —Tarawassie dio un tirón a un harapo que había junto a su tobillo, sin mirar al rostro de él, observando cómo las manos de Sombra Lunar frotaban distraídamente el pelaje de su estómago. Por último alzó los ojos a la desolada incomprensión del afilado rostro, que sólo podía responder a su no formulada pregunta con otra pregunta.

    Sombra Lunar se dejó caer hacia atrás sobre un codo, y luego sobre el costado, con un sonido semejante a un gruñido. Sus ojos contemplaron a Tarawassie por un largo momento ―las oblicuas pupilas grandes y negras―, y luego, como si los hubiera mantenido abiertos todo el tiempo que le fuera posible, cerró sus párpados. Suspiró, sin encontrar alivio.

    Lentamente, ella se tendió al lado del nativo, permitiendo que sus envarados miembros se relajaran sobre el estrecho hato de harapos. La débil radiación de calor que unía el espacio entre ambos cuerpos los consolaba, carentes ya de fuego. Aspiró el sutil, el polvoriento y alienígena aroma del cuerpo del nativo, y permitió que la tensión de soportar todo aquello la abandonara, se fuera.

    La respiración de Sombra Lunar había descendido hasta los moderados ritmos del sueño. Pero la mente de Tarawassie se resistió a la exigencia de su cuerpo, en busca de las profundidades de su ser, pensando, midiendo, evaluando… Si no intentaba entrar en el Pozo Estelar, o si fracasaba en cruzarlo, ¿qué le quedaría? Vivir para siempre en estas ruinas con Sombra Lunar, rebuscando entre los secretos del pasado, rodeada para siempre de muerte y pérdida. Y ya no podrían seguir comunicándose eternamente el pasado. Habían demostrado el lazo de unión que podía significar el hecho de mostrar entre sus pueblos… Pero ¿cómo podrían comunicarse el futuro, o incluso el presente, ahora? ¿Podría la incapacitada mente de Sombra Lunar llegar a recrear de nuevo el lenguaje de ella?

    Pero tampoco podía volver a la vida tal como siempre la había conocido, perdida en sueños entre los agónicos… y convertirse en una muerta viviente en un ataúd de cristal. ¿Era eso mejor? ¿O era peor? ¿Era mejor mantener aquella muerte en vida, sin sentido ni futuro, sólo debido a que era algo de lo que podía estar segura? ¿O era mejor tomar esa vida entre sus manos y arrojarla a lo desconocido, con la posibilidad de ser recompensada con toda la felicidad y realización del universo? Pero también podía ser que no hallara nada, absolutamente nada…

    Abrió bruscamente los ojos para mirar el rostro de Sombra Lunar, sumido en el sueño. Los temores del nativo, su propio convencimiento de la muerte, se alzaron contra la negativa para decirle que debía intentarlo, por su propio bien (de ella/de él), a fin de vivir, vivir eternamente. ¡Pero ella era apenas Tarawassie! Tarawassie, sí, y no Sombra Lunar, ni Shemadans o Basilione, o el redentor de las aspiraciones de nadie…, simplemente Tarawassie. Y era su cuerpo el que tenía que flotar sin vida en el limbo verdeazulado del Pozo Estelar, su alma la que quizá nunca sería reclamada. Podría ser mucho más fácil, si ella hubiera podido compartir lo suficiente como para creer realmente como lo hacía él, o para creer ―como lo había hecho Shemadans― en el Pozo Estelar. Si pudiera saber que alguien estaba aguardando recibir su desencarnada alma, mientras ella miraba a través de los transparentes misterios del Pozo… Cruzar el dragón, y entrar en el oscuro abismo… Tan fácil…, si pudiera estar segura. ¿Pero estaba alguien seguro alguna vez, realmente seguro, de nada? ¿Era posible conocer alguna vez el futuro?

    Había experimentado tan poco, y deseaba experimentar tanto… Y ninguna magnitud de mensura o de evaluación respondería a la pregunta de si estaba dispuesta a aceptar los términos del desafío, dispuesta a jugarse la vida, a fin de vivir. Sólo su corazón podía decírselo, sólo su corazón… Y el Pozo Estelar oiría la respuesta…


    Había un pequeño montón de nieve en la entrada del edificio con la llegada del nuevo amanecer; los copos derivaban como el pálido polvo de la edad. Sombra Lunar se movía vacilante, como si a veces olvidara lo que tenía que hacer; con la hoja de su cuchillo golpeó contra una piedra, y finalmente consiguió que las chispas encendieran un fuego para calentar sus doloridos huesos.

    Miraba a menudo hacia ella, buscando su expresión mientras comían, acurrucados frente a las llamas. Pero ella mantenía sus pensamientos ocultos: reunía las imágenes, ponía la casa en orden. Hasta que, finalmente, se dirigió hacia él, mostrándole una imagen de la Nave de Cristal, sin prometerle nada, excepto que iría hasta allá.

    El asintió, pero la repentina alegría en sus ojos se empañó; se transformó en una emoción más profunda, que más bien significaba que compartía y comprendía su miedo. Sintió de nuevo que una gran parte de él, en su interior, compartía su éxito o su fracaso.

    Salieron, recorriendo el retorcido laberinto de calles, en un viaje final hacia un destino incierto. La nieve los envolvía en un blanco puro; se pegaba en las pestañas y el pelo, en las deterioradas ropas, en el manchado pelaje de Sombra Lunar, anestesiando, enmascarando. Por un momento Tarawassie se asustó ante la visión que se le presentó delante: la miserable, desgastada cosa que quedaría tras de ella si accedía a una nueva vida cruzando el Pozo… Pero recordó que su cuerpo no era más que un vehículo para la esencia, el código que debía ser transmitido, vaciado en el universo…, un vehículo mejorable, a buen seguro, sin las heridas y lastimaduras superficiales que la vida había impreso en él. Vio a su madre aguardándola, fuerte y saludable… y se aferró a aquella visión, para no seguir viendo el infinito y oscuro abismo.

    Por fin llegaron al domo del hangar del transbordador, cubierto de nieve. Entró lentamente; se sentía como una extraña. Sombra Lunar se arrastraba tras de ella; captó la irregular trama de su nueva vacilación mientras caminaba. Vio a su alrededor las señales del deterioro, las aberturas artificiales en la bóveda en forma de domo del hangar. Nadie estaba aguardando, pero había un transbordador a punto. Se sintió feliz de no tener que esperar y así dar tiempo a las dudas, a las vacilaciones.

    Se paró junto a la abertura en el transparente casco del transbordador. Sombra Lunar se detuvo a su lado, los ojos fijos en ella con una total incomprensión. Tarawassie señaló hacia arriba, al opaco cielo a través del domo; no dio ninguna otra respuesta. Luego extendió una mano y le mostró una imagen de aquella pequeña joya facetada elevándose, para reunirse con la Nave de Cristal, donde aguardaba el Pozo Estelar. Él se echó hacia atrás, la cresta erguida ante la visión del vuelo, con una temerosa incredulidad en los ojos y ninguna palabra humana para expresar su maravilla. Por el lapso de medio segundo brilló la alegría allí donde había estado el temor, pero bruscamente su mirada se ensombreció, se hizo errabunda.

    El dolor la aferró. No, no podía… No podía dejarlo detrás de esta manera… no podía dejarlo así. De alguna forma tenía que existir un medio para que fueran juntos, para que él pudiera explorar con ella aquel secreto final. Le hizo un gesto para que montara con ella al transbordador. Él sacudió la cabeza, el miedo aún presente, pero cubierto de pronto por una especie de desafiante resolución. Se tocó el pecho.

    —Yo no olvidar. Yo esperar, hasta que tú venir. ¡Yo nunca olvidar! —se echó hacia atrás, le dijo con gestos que la aguardaría… Ocurriera lo que ocurriese, aguardaría su regreso.

    Ella asintió y lo aceptó, al recordar que Shemadans había sabido que el Pozo Estelar no había sido diseñado para servir a la Gente Real. Y comprendió que la separación iba a ser un pago parcial de lo que debía hacer, una prueba de resolución, cuando se dio cuenta de que aquello significaba que tenía que hacer el viaje sola, asistida únicamente por su propia decisión, valor y fortaleza.

    Sombra Lunar se acercó de nuevo y apoyó las manos sobre los hombros de la mujer, apretando suavemente. Y cuando ella intentó mirarlo directamente, él desvió la vista. Habló muy suavemente:

    —Mi amiga… Mi amiga…

    Tarawassie levantó las manos para cubrir las de él, las apartó y por un largo momento las mantuvo cerca de sus brazos.

    —Sí, amigo mío… Mi amigo… ¡Mi amigo! Adiós…

    Se soltó antes de sentir flaquear su decisión, y entró en el transbordador. Miró el extraño rostro plateado a través del cristal, con su juego arcoíris de emociones, contempló su sorpresa cuando el transbordador empezó a elevarse hasta verlo convertido de pronto en una mancha imprecisa al abandonar el hangar ―y el mundo― tras de ella. Y sintió que una parte suya se desgarraba y se quedaba allá abajo, mientras que una parte de él vivía dentro de él en su mente, para siempre. Y supo que se había equivocado al pensar que se perderían el uno del otro, incluso en aquella partida…

    Las nubes se cerraron a su alrededor, como un velo gris.


    Tarawassie salió del transbordador y echó a andar a través del corredor, sus pies sobre el cristal, su cabeza entre las estrellas. En algún lugar sonaba música…, densa y sin entonaciones, desafinada. Las superficies de las paredes estaban recubiertas de un lóbrego color sangre.

    Se detuvo en medio del desorden del área de espera, tapándose los oídos, parpadeando incrédula. Era… ¿el Telar? ¿Mirro, en el Telar? Aquella gemebunda, erizante estridencia, ¿era la fina trama tejida con urdimbre de luz y lanzadera de música? Pero… ¿qué otra cosa podía ser? Entonces cerró también los ojos, aunque sin poder apartar las profundas violaciones de las fibras de sus nervios. Sabías lo que iba a ser esto, lo sabías, lo sabías…, desde el momento en que viste tu propio reflejo. ¡Adelante! Adelante. Enfréntate a la realidad…

    Atravesó los corredores casi a la carrera, hasta la estancia donde siempre jugaba Mirro… y allí se quedó inmóvil, atrapada en la red de sensaciones distorsionadas, que no podía decir que fueran belleza. Estremecida, inmóvil ante la puerta, deseó gritarle, arrancarla de la maltratada consola que no había sido creada para emitir música, y hacer que se detuviera… que se detuviera… Pero se dio cuenta de que no conseguiría nada contra la chitta, no llegaría a nada.

    Siguió su camino, arrastrada por los fantasmas de su propio reflejo, a través de las estancias hacia el lugar de sueños principal. Los soñadores estaban tendidos como solían estar siempre, o vagaban sin rumbo, haciéndoles preguntas a las estrellas. Unos pocos levantaron la vista cuando entró, sin interés ni sorpresa. Desteñidos ropajes colgaban como sacos de sus enflaquecidos cuerpos. Los rostros ―que había visto durante años― eran máscaras arrancadas y extrañas, los ojos vacíos y las bocas abiertas. El hedor a chitta, a suciedad e inactividad humanas, la abofeteó hasta producirle náuseas… Alguien avanzó tambaleante hacia ella; se volvió para descubrir a Sabowyn, reconociéndolo después de largos, angustiosos segundos. Él la atrajo hacia sí, afirmándose con su apoyo, sonriéndole neciamente.

    —Te habías ido…
    —Sabowyn… —Tarawassie liberó sus manos para sujetarlo y sacudirlo—. Escúchame. No debes beber nunca más, ¡tienes que dejarlo! ¡Te estás muriendo a causa de la chitta! Por favor, por favor, ¡escúchame! —repentinamente, demasiado vívida, recordó la locura de Andar.
    —Déjame besarte, Tarawassie. Ahora voy a soñar, pero quiero besarte…―la mano de Sabowyn le estrujó torpemente el cabello, y sin entender bien por qué lo hacía, raspó su mejilla con la barba.

    Ella lo rechazó, el rostro crispado por la desesperación, lo vio caer sobre un lecho, sonriente aun a través de la confusión.

    Halló la rampa en espiral más allá del gran salón, y no se detuvo hasta alcanzar el borde del Pozo Estelar. Se arrodilló junto a él, mirando al infinito esquema de estrellas que se movían imperceptiblemente bajo las azules líneas de fuerza. Pasó la mano a través de la fría y tranquilizadora bruma verdeazulada, buscando el reflejo de sus propios ojos profundos, azules y verdes. Y más allá de ellos, debajo de ellos, halló el rostro de su madre, y el rostro de Andar… sonriendo, en paz. Y entrelazada con su propia esencia había una parte de otro ser, que llevaría consigo para siempre, fuera donde fuese, pasara lo que pasase. Alguien que llevaba a su vez consigo una parte de la propia esencia de ella, dondequiera que ella estuviese. Una especie de inmortalidad, una llama eterna…

    Lentamente se puso en pie y dio un paso más allá del borde. Silenciosamente, sin ningún movimiento, penetró en el océano.


    EPÍLOGO


    Y Sombra Lunar recibió el cuerpo de Tarawassie, que le llegó en una lágrima de cristal de la Nave de Cristal, donde se hallaba el Pozo Estelar. Se llevó el cuerpo, y dónde yace es algo que nadie sabe, pues es costumbre de los familiares mantener los cuerpos a salvo de los espíritus malignos. Cumplió con la ceremonia de la chitta, para llamar al espíritu de su familiar-amiga de vuelta a él desde los lejanos silencios, en caso de que no hubiera hallado el auténtico hogar. Pero lo que soñó, si realmente soñó, nunca fue mostrado.

    Luego, como había prometido, aguardó su regreso. Aguardó durante treinta años, evitado y despreciado por la Gente Real de la ciudad en ruinas. Pero ella no llegó. Pasó todo ese tiempo y ella no volvió. Después de treinta años murió él, y no hubo quien efectuara el llamado de la ceremonia de la chitta entre su gente, o diera a su espíritu descanso, porque era el último Hombre de las Estrellas.

    Así es mostrada la leyenda de Tarawassie y Sombra Lunar. Puedan sus almas mostrar a nuestros pueblos el camino de la verdadera comprensión.


    Fin



    COMENTARIO

    La Nave de Cristal es una historia que surgió de una canción, en este caso la obsesionante canción de Doors del mismo título. Primero tuve la idea de escribir una historia basada en la canción hará unos diez años, antes de que realmente me pusiera a escribir en serio. La trama aquella tenía algunas semillas de esta historia, pero era completamente distinta; básicamente una aventura. Cuando me decidí seriamente a escribir esta historia unos años más tarde, quería hacer algo que fuera más sustancial, algo que tuviera que ver con las cuestiones básicas de la vida y la muerte, realidad e ilusión, que la propia canción evocaba.

    Esta fue otra de las historias en la cual un personaje empezó a tomar importancia inesperadamente; en este caso, el alienígena Sombra Lunar. De todas las historias que componen esta colección, La Nave de Cristal fue la más difícil de escribir, principalmente porque su personaje empezó a moverse en direcciones que yo no había previsto, y a enmarañar su propia vida inextricablemente con la de la heroína. Sus problemas se hicieron tan importantes como los de ella, y me obligaron a prestarles idéntica atención.

    La Nave de Cristal dibujaba también, casi inadvertidamente, una de mis más pesimistas imágenes de la naturaleza humana, quizá simplemente debido a los temas que estaba manejando. Pero alguien me preguntó en una ocasión si me sentía particularmente deprimida cuando la escribí; por aquel entonces dije que no, pero mirando hacia atrás, me doy cuenta ahora de que me hallaba en un período particularmente negativo de mi vida, lo cual quizás hizo que eligiera ese momento preciso para escribirla.

    El poema que aparece en la historia, del artista Russell Grattan, fue uno que había hallado unos años antes en una reproducción de sus pinturas. Incluso entonces, el poema parecía llenar perfectamente la esencia del Pozo Estelar; no pude imaginarme capaz de crear por mí misma algo que le fuera mejor. Escribí a Grattan pidiendo su permiso para utilizar el poema, y él aceptó a cambio de un ejemplar de la historia. Entrar en contacto con él, intercambiar palabras y obras, fue un placer único en el proceso de escribir esta novela corta en particular.

    Además de ser la historia que más dificultades de escritura me presentó, La Nave de Cristal me dio un problema adicional, una vez impresa: su final. Mi intención era que la última frase de la historia diera a entender sutilmente al lector que Tarawassie regresó a su mundo, y que sus sueños y los de Sombra Lunar se verían finalmente realizados; pero desgraciadamente, lo hice de una forma demasiado sutil… Sólo uno de cada diez lectores aproximadamente se da cuenta de que la historia no había sido dejada con un final abierto. Espero que la versión que aparece aquí haya disminuido las dudas, e iluminado una de otro modo oscura pintura hecha con palabras.