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  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL MISTERIO DEL JOVEN CABALLERO (Joanna Russ)

    Publicado el viernes, diciembre 01, 2017
    En cuanto Elisa penetró en su calabozo, lo primero que acudió a su mente fue cómo salir de allí.

    Se dirigió a la Puerta, pero estaba cerrada. Miró a la ventana, pero tenía barrotes de hierro: decepcionada en ambas expectativas, desesperaba de lograr su huida cuando por fortuna percibió que en el Rincón de su Celda había una pequeña sierra y una escala de cuerdas…

    Jane Austen, Henry y Elisa


    6 de junio de 1885.— Embarqué en el S.S. President Hayes que efectúa la travesía de Londres a Nueva York. He estado leyendo a Charcot y riendo entre dientes —¡las cosas que estas personas se ingenian cuando tratan de explicarse unos a otros!— pero sé que desearás toda la ciencia física y la teoría económica que puedas obtener, por lo que ya te he enviado las actas de la Royal Society, el Diario Astronómico, números recientes de The Lancet, etc., y un nuevo volumen muy interesante titulado El Capital, que creo encontrarás útil. María Dolores se ha sometido con decente civilidad a la necesidad de faldas, enaguas y botas, y por suerte para mí ha descubierto en sí misma un positivo gusto por los sombreros. Por otro lado, sólo su incapacidad para hablar buen inglés le impide los peores excesos de los que es capaz. Tener a una pequeña de quince años procedente de los suburbios de Barcelona registrada como la hija de uno, es una manera delicada de efectuar la travesía, sobre todo porque también yo tengo que ganarme el sustento, como de costumbre. Seguiré escribiéndote en mis ratos libres durante el viaje. Si esta carta sale desde Nueva York, llegará a Denver antes que nosotros. En cualquier caso, garabatear un poco no puede hacer daño… Mantendré el material bien cerrado y puedo utilizar la práctica en esta extraña actividad, aunque no puedo sustituir al objeto real, como tú y yo (¡para mi desgracia!) bien sabemos. Ayuda a mantener la mente alejada del barco: un enorme clamoreo que ahora empieza a separarse del infinitamente más vasto estruendo del mismo Londres, que casi ha sido imposible de soportar en las últimas semanas. He comprado un montón de novelas baratas para que María Dolores pueda practicar con ellas el inglés. Si esto no resulta, me concentraré en sus modales, que son abominables. (He dedicado íntegramente las últimas semanas a lecciones sobre la forma de comer: no tender los brazos por encima de los platos, no comer con los dedos, no soltar juramentos y así sucesivamente).

    Ruido infernal (es María Dolores que baja por la escalera de cámara. La próxima lección será sobre las formas de caminar).

    —¡Mamaíta! (Ruidosamente presente en su camarote, anexo al mío).
    —Papá —le corrijo automáticamente.
    —Papá —dice ruborizándose. Viene adonde estoy sentado, escribiendo, y añade en español—: Odio estos zapatos. No puedo quitármelos.

    Busco en el diminuto escritorio, saco el abrochador y se lo muestro, fuera de su alcance.

    —Pero me hacen daño, papá —dice ella. Entonces instruye a sus botas, en español, para que se vayan al carajo, tras lo cual guardo el abrochador de nuevo. La criatura se aferra a mí, con gesto semierótico, y hace un puchero—: Papá, ¿puedo cenar contigo y el capitán esta noche?

    Le aparto la mano de un manotazo: no va a robar la llave.

    —Tienes doce años, María Dolores —le digo—. Pórtate como corresponde a tu edad.
    —¡Tu madre! —Replica ella.

    Procuro no pensar en esos pies salvajes encerrados en la creación de fantasía de un zapatero londinense para muchachitas.

    —María Dolores —le digo en inglés—. Un caballero no puede viajar con una joven de quince años, por bajita y menuda que sea, ni tampoco puede comer con ella hasta que aprenda a comportarse. Ahora acuéstate y lee tus libros. Los pies se curarán.
    —La próxima vez seré tu hijo —dice María Dolores, cojeando innecesariamente en dirección a su camarote.

    Pero veo qué mira Ned el minero, relatos del Oeste y las otras novelas. Emoción, aventura, alegría desbordante. ¡Estos libros!, piensa ella, y se arroja sobre la cama. Me levanto y me acerco a un lugar desde donde puedo ver sus blancas pantorrillas de niña y su vestido.

    —María Dolores —le digo—, soy tu padre y te has olvidado de darme las gracias.

    Ella se vuelve, perpleja. Estamos solos.

    —Si siempre te comportas en privado como debes hacerlo en público, nunca te olvidarás de mantener la conducta apropiada.

    He dicho esto con cierta severidad y ella se levanta de la cama, heridos sus sentimientos. Ya comprenderás que gran parte de esto es todavía misterioso para ella. Hace una reverencia, tal como le he enseñado.

    —Gracias, papá —me dice en español.
    —Ahora en inglés —le ordeno.
    —Gracias por los libros, papá. Estoy segura de que me gustarán.
    —Bien. Mucho mejor. Ahora lee.

    Y al instante está a mundos de distancia, su larga cabellera negra, colgando por el borde de la cama. ¡Qué harían de nosotros en la Salpetriére! Pero por fortuna Europa está ahora lo bastante lejos para quedar fuera del alcance de mis preocupaciones. Inglaterra también. No hay ninguna inteligencia extraordinaria a bordo entre los pasajeros de primera clase, aunque un viejo médico, cuyo camarote está un poco más abajo en el pasillo, nos ha estado observando a los dos desde que embarcamos con una atención «aguda», cabalmente de aficionado, cosa que encuentro a la vez exasperante y en extremo divertida. Sin embargo, no deberé perderle de vista pues, como dicen en las montañas, hasta un ganso puede caminar desde Leadville a Kansas, con tal que le den suficiente tiempo. (Hay algunas mentes notables en tercera clase, pero no se preocupan de nosotros). Entonces Joe Smith, de Colorado, se viste para cenar: un anillo con un diamante de corte plano, pepitas de oro a guisa de botones en la pechera de la camisa, un reloj de oro, pitillera de oro macizo, una pequeña pistola con incrustaciones de perlas en las cachas, el pelo peinado hacia atrás, a partir de una línea divisoria central, con esos cepillos de caoba que tanto le gustaron a María Dolores cuando los vio en un escaparate de la calle Rívoli hace dos semanas. Al salir al pasillo tengo el gran placer de encontrarme con el desagrado del doctor, así que me detengo, haciéndole detenerse, lío un pitillo y lo enciendo. Al instante el dudoso italiano con una queridita se convierte en un joven caballero del Oeste: acomodado, alto, esbelto, todavía intensamente bronceado. Hay que ser cuidadoso al hablar, pues es demasiado fácil responder a preguntas que no han sido formuladas.

    —Buenas noches, doctor —me limito a decir.
    —¿Cómo…?
    —Le oí casualmente cuando hablaba con otro pasajero. —Sonrío—. Fue involuntario por mi parte, se lo aseguro. Y si puedo tomarme la libertad de responder a la inevitable pregunta, el acento corresponde a lo que ustedes llaman «Atlántico medio». Fui educado en…

    Hablamos de las instituciones donde cursó sus estudios superiores. Busca defectos pero, naturalmente, no encuentra ninguno. Menciona con cierto embarazo a la «joven señora», pero cuando juro y digo que es un incordio, que me hace sentir desesperadamente torpe, necesita el cuidado de una mujer, tutoría inesperada, tía en Denver, primo segundo prometido, etcétera, todo queda arreglado. El resultado es un considerable aumento del interés del doctor hacia mí, y por un momento me pregunto si esto puede representar un auténtico problema, pero no, se trata tan sólo de la confusión habitual. Charlamos. Creo que he localizado el juego de póquer. El doctor me invita a cenar con él y asiento, pues no hacerlo parecería raro. El hombre aspira hondo y saca el pecho, diciendo con tono autoritario: «Será una agradable travesía». Eso es para impresionarme. En las mesas hay dos mujeres casadas, temporalmente sin maridos, de las que procuro mantenerme alejado, un viejo absorto en sus deudas y la ruina de su negocio y una pareja formada por madre e hija de esa clase sin remedio en la que la desgracia inevitable engendra un inevitable odio, todo ello a causa de la mutua dependencia, la verdadera necesidad de la una por la otra. Hay una enorme cantidad de plumas, volantes, guatas, corsés y botas rígidas. (María Dolores, cuando robaba conejos, era más afortunada). Hay flores en el centro de la mesa (la primera noche), demasiada comida, copas cargadas de monogramas, cubiertos y porcelana no menos monogramados y una vaga y generalizada apreciación de todo esto que no es placer sino una especie de sentido abstracto de gratificación (busca «riqueza»). Todo vulgarizado y simplificado por razones comerciales y la posibilidad de mal tiempo. Nadie repara en el camarero (que es un organizador de sindicatos). Me escabullo después de cenar, pero sólo para un interludio con la más joven de las mujeres casadas. Todos somos encantadores —tú, yo, María Dolores— tenemos que serlo, no podemos cambiar de rumbo, y en esta situación y clase hay acercamientos a los que un caballero debe ceder, a pesar de las reglas. («Qué noche tan hermosa, señor Smith. ¿Le gustan las estrellas?»). Ella no puede ir a ninguna parte de noche sin un compañero, así que damos vueltas y más vueltas, tenazmente, por la cubierta, la señora X llevando la mayor parte de la conversación… «¿Así que posee una mina de plata en Leadville, señor Smith?». «Mi padre es el propietario, señora»… hasta que ese tema se agota. María Dolores es una mala excusa para marcharme, pues la señora X «se interesará» por ella y querrá «formarla». Esa sombría, perpetua, obligada carencia que a ella le han enseñado a llamar «amor», que el brazo de un caballero, el rostro de un caballero, la conversación de un caballero, tan maravillosamente alivia. Es un asunto fatal. Finalmente me libero y voy a jugar al póquer en la sala del caballero —es decir, una de las salas de los caballeros— donde el problema no consiste en ganar sino en evitar ganar demasiado. Tengo la regla de perder siempre la primera noche.

    —¡Un hombre nuevo! ¿Cómo se llama?
    —Joseph Smith, de Colorado.

    Chistes sin originalidad sobre los mormones, mucha risa nerviosa, fanfarronadas, fuertes apretones de manos. Entonces todos hablan de las mujeres. Ninguno tiene más de treinta años, pero hay un profesional más viejo al que voy a tener que vigilar. Me permito sazonar mi conversación con un poco de Leadville, lo que ellos esperan: no juego con vosotros, muchachos, naturalmente, pensé que me limitaría a mirar.

    El juego serio. El miedo a la muerte, al fracaso. Arriesgar el destino, sobrevivir a él. Uno se marcha, llorando en secreto, diciendo como si no tuviera importancia: «Estoy limpio». Hago balance de lo que veo, de lo que «debería» ver, de lo que ellos creen que veo. Es una sala pequeña y calurosa. Pierdo un poco, gano un poco más, entonces vuelvo a perder y me hundo de un modo bastante catastrófico, más de trescientas libras.

    —Querrá recuperar eso —dice el profesional, que es lo bastante inteligente para saber que no soy un novato.

    El hombre también ha marcado la baraja, lo cual facilita las cosas. Pierde otra vez… un poco… y él me deja recuperar cerca de un tercio. Entonces me guiña un ojo.

    —Abandone mientras lleve la delantera.

    Continúo y vuelvo a perder, con lo cual llega el momento de marcharme, mencionando al papá rico y sus objeciones morales.

    —¡Se diría que ustedes han nacido con una baraja de cartas en las manos!

    Una promesa… (azorado).

    —¿Qué tiene de malo un poco de diversión? (fingiéndose ofendido).
    —Le veré mañana por la noche —me dice confiado.

    Así pues, está hecho. María Dolores duerme. El viejo doctor Inepto pasa por mi lado en el pasillo, todo sonrisas y reverencias, encantado, sin saber que su joven amigo va a arruinarse. Abro la puerta de mi camarote y despierto a María Dolores, que me llama.

    —Ven a hablar conmigo.

    Eso significa exactamente lo que dice: estoy sola, siento curiosidad, me gustas, quiero un poco de charla. Como la mayoría de nosotros a su edad, es sorprendentemente transparente.

    —Papá, ¿qué hace correr al barco? —Me pregunta con sinceridad.
    —Los motores —le digo—. Unos motores enormes.

    Ahí abajo (indico el suelo). Queman carbón.

    —¿También de noche?

    Es divertido ver sus intentos de imaginar este fenómeno. Sus conocimientos terminan en la estufa de carbón.

    —Unos hombres les echan el carbón a paletadas, durante toda la noche.

    La muchacha se endereza.

    —¿Ahora?
    —Sí, en este mismo momento.

    Una vívida imagen en su mente de una vasta caverna con puertas y llamas en su interior.

    —Debe de ser excitante.
    —Para ellos no lo es replico. —Ella parece sorprendida y, para responderle, añado—: Porque hace mucho calor, y es un trabajo muy, muy duro. Y sólo están deseando irse a dormir.

    Trata de imaginar por qué lo hacen y entonces resuelve el rompecabezas.

    —Si ellos hacen que el barco se mueva, deciden adónde va.
    —No, no. Eso lo deciden otros. El capitán tampoco, sino la Junta de Directores… No, no se trata de madera[1]: son hombres.

    La muchacha reflexiona soñolienta, bordando la sala de calderas (que puedo ver, oír, oler y tocar desde una docena de puntos) en la cueva de Aladino.

    —Les pagan muy bien. Se están haciendo ricos.
    —Luego —le digo.

    Luego hablaremos de cómo ayudar a los demás cuando lleguemos a casa. La respuesta está en los libros que ha leído, pero los libros no cuentan, no son reales. Sólo en Barcelona hay gente pobre. Pero incluso Barcelona ha sido amable con la huérfana María Dolores. No le ha ocurrido como a la ceñuda y flacucha María Elena, que trabaja dieciséis horas al día fabricando cerillas y perdió la sensación del tacto en las manos, o la bonita y asustada María Teresa, vendida y embarazada a los trece años, o la feúcha, hambrienta y cojitranca María Mercedes, con el rostro magullado a causa de las palizas de su mamá. La mitad de las niñas en los suburbios españoles se llaman como la Virgen. Sus rápidas piernas desnudas corren como ratones en los sueños de María Dolores. Que duerma ahora. Algo ha protegido siempre a este ratoncillo, le ha advertido, dirigido, confortado. Algo la ha mantenido a salvo y feliz, incluso a los quince años.

    Como a ti, como a mí.

    7 de junio.— Una pícara nota de la señora X, así que me pongo enfermo, permanezco el día entero en bata en mi camarote y adiestro a María Dolores en buenos modales. Cada vez se pone más furiosa, y hacia el anochecer empieza a incordiarme.

    —¡La próxima vez viajaré como tu hijo!

    Le digo que, cuando lleguemos a las montañas, podrá viajar disfrazada de lo que quiera, hasta de sapo feliz.

    —Quiero esto…

    Me señala la ilustración en un libro de una joven señora muy peripuesta. ¿Podrá ella vestirse de ese modo cuando lleguemos a casa? En parte se porta así simplemente para fastidiar, pero la verdad es que está harta de ser una chiquilla de doce años. Le digo que sí, que encargaremos el vestido en Denver.

    —Bueno, ¿puedo vestirme como un hombre?
    —¿Así? (me señalo a mí mismo). Naturalmente.

    Pero no se da por satisfecha, decidida a ponerse realmente pesada.

    —Apuesto a que en las montañas no hay mujeres.
    —Tienes razón —convengo (también está realmente confusa).
    —¡Excepto yo! —Me dice.
    —Cuando llegues allí, seguirá sin haber mujeres.
    —Pero tú… ¿Son todos hombres?
    —No hay hombres, María Dolores. Hemos hablado de esto una y otra vez.

    Se da por vencida, exasperada. Su cabeza, como la de todas las demás, sólo comprende dos categorías: los hombres y las mujeres, como si eso fuera un hecho de la naturaleza: señoras cuyos traseros parecen inflados con manchas de bicicleta y caballeros con bigotes en forma de manillar que besan las manos de las señoras. Si digo «las hombres y los mujeres», como hice una vez y estoy tentado de volver a hacerlo, la niña me dará un puntapié.

    —¡Estoy aburrida! —Exclama, y va al ojo de buey, mira afuera y reflexiona en que ahí no hay nada interesante y en cambio hay todo un mundo en el barco, pero yo la mantengo alejada de los pasajeros.

    Hay algo más. Creo que me he mentido a mí mismo, como es tan fácil hacerlo aquí. Ella es demasiado vieja; hemos estado juntos demasiado tiempo. Temiendo esto, he sido con ella tan frío como me he atrevido. Vuelvo la espalda, me pongo el esmoquin y la pajarita. Ella alza la mirada. Un choque eléctrico, una tentación insoportable, como cuando las cosas se agolpan en una nueva forma en la mente de alguien. Oh, querida mía, ¿qué haré? ¿Qué diré? Este es un ser humano auténtico; es uno de nosotros.

    —Lo sabes todo —dice ella—. ¿Por qué te molestas en preguntar? Lo he hecho antes. Con muchachas también. Las chicas lo hacen con las chicas y los chicos con los chicos. Todo el mundo lo sabe. —Y suavemente, tras un momento de lucha, balbucea—: Te quiero.
    —Cierra la puerta exterior —le ordeno, inexpresivo. Y cuando lo ha hecho—: Siéntate. No, no, no, al otro lado de la habitación… Así. Estás pensando en lo agradable que sería, ¿no? Piensas en eso ahora mismo. —La ola resultante casi me derriba. Continúo como si nada hubiera sucedido—: No, no sería en absoluto agradable.

    »Mira, María Dolores, ya hemos hablado antes de esto, sobre la diferencia y cómo, cuando eres un bebé, lo aíslas. Bien, no puedes decidir encenderlo o apagarlo, como abres o cierras los ojos. Al principio, uno pierde la conciencia de sí mismo; es como si te golpearan con un martillo hasta la muerte. Con tanto clamor a tu alrededor, o bien te cerrarás de nuevo con tanta rapidez que nada conseguirá abrirse de nuevo o te volverás loca, como un ratón encerrado en un mecanismo de relojería, y tendré que recurrir a los médicos para que te hagan dormir con morfina durante las próximas semanas… y eso es malo para tu salud y muy caro, y lo peor de todo es que originará muchas sospechas sobre mí, lo cual ni tú ni yo podemos permitirnos. ¿Quieres que te alejen de mí y te encierren en algún lugar para siempre? (¡O todas las demás cosas!).

    Bien, ella ha seguido mi discurso, pero también ha obtenido un placer considerable contemplando el movimiento de mis labios. Tengo que sujetarme con bastante fuerza al escritorio.

    —Pero ¿por qué…? —Dice, y se interrumpe, comprendiendo finalmente que lo sé.
    —Porque eso es lo que ocurre cuando uno es joven.

    Y como sé mucho más que ella, me siento, pues me flaquean las rodillas, y apoyo la cabeza en las manos. Los dos espejos colocados de tal manera que se reflejan el uno al otro hasta el infinito, como puedes ver en la barbería, cada uno sabiendo lo que siente el otro. Esa fusión recordada que lo abre todo, incluso las mentes.

    Tan perdido que literalmente no sé que ella ha cruzado; el pequeño camarote hasta que la oigo respirar y huelo su cabello y su cuerpo antes de verla.

    —¿Podemos hacerlo más tarde? —Pregunta. Y asiento. ¡En algún lugar de Kansas, a muchos kilómetros de cualquiera! Muy conmovida, dice—: ¡Oh, dame un beso para mostrarme que no me odias!
    —No te odio, María Dolores —logro decir— pero, por favor, déjame en paz.

    Pero ya no puedo confiar en mi dominio de las palabras. Ella tiene la intención de besarme, la pequeña embustera, y después de eso será realmente imposible, un maravilloso e imposible descenso en espiral del que realmente no puedo apartarme. Pero arréglatelas para levantarte y salir al pasillo sin tocarla —¡fatal!— y la puerta tiene el cerrojo echado, lo cual, como sería de esperar no ayuda lo más mínimo. Así pues, hice a conciencia lo que al menos hice involuntariamente quince años atrás, enfrentado a mi primera ciudad (trescientas almas) y no importa que el viejo Inepto esté doblando la esquina del pasillo: lo primero es lo primero.

    Ciérralo todo.

    El olor a flores de azahar, que se vuelve acre y sofocante: sal amoníaco. El viejo Inepto se retira, dándome la espalda. Estoy tendido sobre algo, no en mi propio camarote, y por un instante impreciso no puedo ver de él más que su ancha espalda. Tan impotente como cualquiera de ellos.

    —Pensé que sería mejor no alarmar a la joven señora —me dice.

    Empiezo a toser sin poder contenerme, sentado en el borde de su litera, cama o como queráis llamarlo. Estoy despierto. Desde luego es un hombre de extraordinaria estupidez.

    —Parece que se ha roto una costilla —dice.

    Tras dedicar tal vez un minuto y medio a mirarme con detenimiento por primera vez, ha sumado dos más dos y ha obtenido cinco: uranista, invertido, onanista. (Ellos inventan esas palabras; las encontrarás en textos médicos). Tal vez te sorprenda que esta clase de cosas no sucedan a menudo, pero la división es tan fuerte, tan meticulosa, tan absoluta y ellos se han ejercitado tanto para tenerla como un hábito que, dentro de unos límites razonables, ven generalmente más o menos lo que esperan ver, sobre todo si uno lleva puesta la máscara del comportamiento apropiado. Su error se ha producido en otras ocasiones, pero los que lo cometen no suelen enunciarlo, va sea en interés de la amistad va por simple falta de interés. Esta es una combinación fatal: amabilidad y curiosidad pues bajo la indignación superficial, lo lamenta y se siente azorado, y le gustaría decir: «Mire, querido amigo, olvidemos todo esto, finjamos que nunca ha sucedido, ¿eh?, y los dos seremos mucho más felices».

    Pero también está fascinado. Incluso, aunque no lo sepa, se siente atraído. Lo tiene claro. La auténtica fijación en el cuerpo femenino, pero también está su suciedad, su repulsión, su profundo temor, que como médico debe reconocer y sentir con más intensidad (y, como es médico, cree que sus confusiones tienen la categoría de verdad absoluta) y entonces, lo peor de todo, está la terrible monotonía del asunto, que acompaña a la semidesilusión de la edad provecta: las mujeres, la estupidez de las mujeres, las perpetuas decepciones del acto (¡no es de extrañar!), la falta de limpieza de todo el asunto y, finalmente, la sombría y ruin sospecha de que se trata simplemente de «propagación», uno de los desagradables engaños de una naturaleza impersonal y desalmada, a menos que sea lo bastante estúpido para sentimentalizarlo. (Compendia todo esto diciendo de vez en cuando: «Soy demasiado viejo para esas cosas. ¡Dejemos que los jóvenes hagan el tonto!»).

    Farfulla palabras incoherentes mientras me mira a hurtadillas. Finalmente sale de su tumulto mental:

    —Debería hacer que le examinen esa costilla, ¿sabe? (Se imagina investigando bajo las vendas, ¡viejo gatito codicioso!).
    —Gracias —le digo—. Ya lo he hecho. Me han dicho que lo importante no es la inmovilidad.
    —¿Fue un accidente?
    —Una pelea.

    Cree saber los motivos. Su mente me escudriña con la minuciosa habilidad del viejo Rutherford B. Hayes tratando de cazar una ardilla, manoseando los instrumentos de su maletín médico, como si tuviera algo más que guardar en él, tosiendo, arreglando y volviendo a arreglar su estetoscopio… y hay tal parecido entre los dos que no puedo evitar imaginarme al doctor capturado bajo el ángulo del porche de nuestra casa, de donde le sacarían aullando agitando la cola, con el pelaje erecto y su sentido de la autonomía irremediablemente quebrantado, con restos de polvo y telarañas pegadas a sus viejas y vivaces patillas (que tienen ambos).

    —Usted debería… llevar una vida más activa —me dice—. Ejercicio al aire libre, ya sabe. Ponerse en forma.
    —Vivo en un rancho, doctor —le digo.
    —Pero mi querido amigo, no debe usted… es del todo evidente… se lo debe usted a su padre… y esa pobre niña…
    —Sin duda está mucho más segura conmigo que con usted —le digo secamente.

    He calculado estas palabras para enfurecerle. Admito que es difícil seguir la lógica del asunto, pero en su base encontrarás una notable confusión de ideas: herencia, causación biológica, enfermedad, contaminación moral y otras cinco o seis nociones que no han sido bien establecidas del todo. Hay también el cumplido indirecto a la virilidad de un hombre de sesenta años. ¿Por qué el viejo Rutherford B. Hayes, una hora después del ignominioso trato a que le ha sometido uno de nosotros, se convence nebulosamente de que ha sido rescatado por un adorador y salta al pecho de uno lleno de gratitud? Los casos son parecidos. Inepto no es sólo estúpido, como he dicho, sino que su estupidez es realmente la causa principal de su amabilidad. No pretendo que esto sea tan cruel como parece enunciado así; limitémonos a decir que tiene una genuina inocencia, algo fresco a lo que no afectan sus «ideas», y todavía menos su «decencia», que es (como suele ocurrir con ellos) lo peor que tiene. Mi observación tarda un momento en activar el mecanismo. Entonces, irguiéndose con dignidad —pues yo debería tener la «decencia» de estar disgustado conmigo mismo, eso es lo peor del caso— me dirige, el pobre hombre, la acusación más condenatoria de que es capaz:

    —¡Maldita sea, señor, usted sabe lo que es!

    Dejémosle agitarse un poco. Me pongo la camisa, lentamente, me abrocho los puños y busco la pajarita. Me embuto en el bien cortado esmoquin. He salido sin la pequeña pistola, pues de lo contrario Inepto me lo habría recordado y no lo hace. ¿Qué habría hecho con ella? Empieza a sentirse avergonzado de sí mismo, de modo que es el momento de hablar.

    —Doctor —le digo con firmeza—, soy lo que la naturaleza me ha hecho. No lo he elegido y no tengo en ello culpa ni mérito. No he hecho nada en toda mi vida de lo que deba avergonzarme, y espero que me perdone si observo que, en mi caso, eso ha sido necesariamente algo más duro, creador de soledad y amargura, que en el suyo. —Entonces tomo la fotografía de su difunta esposa que está al lado de la cama, en un lujoso marco de oro—: ¿Es un familiar de usted, señor?

    El asiente, sintiendo ya remordimientos.

    —Mi esposa —dice ásperamente.

    Dejo el retrato y le pregunto:

    —¿Tiene hijos?
    —Sí. Ya son adultos, naturalmente.

    Es mejor no retractarse de la comparación. Me limito a decir:

    —Puede estar seguro, señor, de que mi primita española está tan segura conmigo moralmente como si estuviera en una iglesia. Tengo una hermana casada en Denver que desea darle un hogar. Ahí es donde la llevo.

    No soy demasiado convincente. Me marcharé en seguida. Hablamos un poco más, de mi hermana, una tal señora Butte, de las sobrinas y sobrino s —sus ideas preconcebidas de lo que es la familia constituyen una molestia para mí, pues son bastante fuertes y he de inventar un poco para no coincidir excesivamente con él— y al fin queda muy satisfecho de sí mismo por haber sido tan generoso y tan bueno, y tan afortunado también, en comparación con ya sabes quién, tanto que me ofrece un trago.

    —No, señor —le digo—. No es que sea abstemio, pues tomo vino con las comidas, como ha visto. Pero aparte de eso no pruebo el alcohol.

    El protesta. Meneo la cabeza.

    —Nada de licores fuertes, doctor. Hay en nuestra frontera demasiados malos ejemplos. En los campamentos de mineros he visto a muchos destruidos de esa manera… individuos buenos y normales a los que envidiaba. Esas tragedias me han ayudado a mantenerme en la buena senda. Lo que sólo es una tentación para usted, para mí es veneno, señor.
    —Pero el dolor de esa costilla… —Me dice solícito.

    Vuelvo a menear la cabeza. Él está conmovido, y yo también.

    Entonces vuelvo al juego de póquer, con la expresión en el rostro adecuada al caso, para recuperar doscientas cincuenta libras. Así es como se hace: perder espectacularmente pero ganar poco a poco, y embolsarte algo de vez en cuando, dando la impresión de que no has ganado mucho. Esto sólo requiere una moderada destreza manual cuando la atención de los demás está en otra parte. Pero el experto en las cartas lo sabe.

    9 de junio.— Dos días de mal tiempo, mareo, casi todos los pasajeros acostados. Para no echar las tripas a causa del bombardeo de la desgracia ajena, debo hipnotizarme más levemente que para dormir, pero con la suficiente intensidad para que todo quede envuelto en una cómoda neblina, como si estuviera bebido. (En esta condición, las novelas que he comprado para María Dolores tienen realmente cierto sentido). Esa joven señora, a la que no afecta el mareo, que come en abundancia y siente un éxtasis de libertad, corre por la cubierta de primera clase y el comedor, casi despoblados. La lista de las reglas: no hablar ni entender inglés, blasfemar, quitarse las botas, mostrar el trasero, hacer gestos obscenos, ir a cualquier parte menos a primera clase, etcétera. Ella se ha reído al oírlo. Alguien dice en tono autoritario —en alguna parte del barco— que el tiempo mejorará mañana. Estamos avanzando por el borde de no sé qué. Pero no he comprendido la mayor parte de lo que ha dicho.

    10 de junio.— Ese viejo gato ha estado anotando mi caso, como él lo llama: nombres, fechas, detalles, ¡todo lo que nunca debe imprimirse! Incluso tiene la intención de sobornar al camarero para averiguar si hay ropas femeninas en el baúl de mi camarote, muestra de idiotez que nos meterá ipso facto en un lío. Se lo he explicado a María Dolores, la cual se ha limitado a encogerse de hombros, mortalmente aburrida, la pobre, y violentamente malhumorada por tener que reprimir sus sentimientos hacia mí.

    —Ve y rompe esas notas —dice.
    —No, es él quien debe destruirlas. De lo contrario… —Y señalo significativamente el ojo de buey.

    Ella observa que probablemente es demasiado gordo para pasar por la abertura, y opina que, en cualquier caso, todos los ingleses están locos. Su juicio de los maricones es que (a) están en todas partes, (b) ¿a quién le importa? (opinión que ciertamente desearía que suscribiera el doctor) y (c) por favor, por favor, por favor, ¿puedo salir aunque sólo sea un poco antes de que se vuelva loca?

    —Sí —le digo—. Sí, ahora debes salir.

    Entra gritando en la estancia. Pues ahora conozco la manera y se la diré, aunque como la señora H. B. Carrington, cuyo Misterio de la novia robada (8 vols. Tapas de cartón, ilustraciones) María Dolores está ahora a punto de arrojar por el ojo de buey que acaba de abrir —tengo que gritarle «¡detente en seguida!».

    —No te lo diré. Nunca lo hacen en sus libros, lo cual es causa, supongo, de que la historia sea más parecida a la vida para ellos. Así puedes fingir que ahora eres uno de ellos y no rehuir sus reuniones.

    Le voy a atizar, tanto que nunca volverá a escribir una palabra sobre mí… ni tampoco querrá pensar en ello. Creo que puedes adivinarlo. No, no será agradable, pero sí más fácil que ahogarse, y más seguro (entre estas muchedumbres).

    Ahora escribe en un rapto de inspiración —en este mismo momento— que la única influencia que me ha salvado del «destino» de mi «tipo» (medias de encaje, vestidos femeninos, autopolución, frecuentación de lugares indeseables, actos contra natura, ebriedad, amor a los cosméticos, inevitable degeneración moral, locura final, y continúa así a lo largo de varias páginas, inventariando todo cuanto de horrible existe) ¡es mi saludable vida al aire libre en el clima viril del Oeste norteamericano!

    María Dolores acaba de asomar la cabeza para saber por qué me río tanto. Recuerdos de los campamentos de mineros, le digo. Te lo mereces, Inepto, te lo mereces todo. Tras pensarlo mucho, el doctor anota orgulloso el título: «Una posibilidad no considerada hasta ahora: el invertido moral».

    14 de junio.— La primera clase está llena de sillicos y felpa roja por doquier. Un nuevo vestido cada día. La niebla moral, aquí bastante mala, se alza considerablemente dos niveles más abajo —por la fuerza de la mera desesperación— y entonces se abate y se convierte en algo que se aproxima al realismo limitado cuando entras en la tercera clase. (No es que nadie vea realmente mucho más que un escalón de la escala por encima o por debajo de él; el resto se desvanece en la niebla). Por las tardes, la señora X, el doctor y yo organizamos una fiesta con María Dolores como su supuesto centro. Durante la cena, cuando ya María Dolores se ha ido, todo el mundo come sin freno (como han estado haciendo a lo largo del día), y la señora X, sonrojada por las victorias de la jornada, me hace inequívocas señales mientras bebe vino. No me doy por enterado. Inepto, que lo aprueba externamente, logra siempre acaparar a su joven amigo para pasar la velada, y entonces los dos pasamos las próximas horas entregados a pequeñas y secretas orgías de sentimentalismo apoyados en la barandilla, contemplando las estrellas.

    —¡Una encantadora mujer como ésa, mi querido amigo…!
    —Pero, doctor, ¿cómo podría, honradamente…? Y casada…

    Bien, no lo decía en serio, de veras. Fuma, suspira, señala las constelaciones, habla de Dios. Su sustituto de la emoción (todo ello, claro, a cuenta de la señora X). Atacar superficialmente a Inepto no lograría más que despertar su ira, pero él pregunta lenta y solemnemente. Y solemne, trágico y avergonzado le respondo. Y lenta, muy lentamente empiezo a hablarle, a echarle el humo en la cara, a mirarle… el giro de la cabeza, la sonrisa, la postura descuidada, el arrastre de las palabras, las manos en los bolsillos, hasta que uno de nosotros sabría, aunque estuviera ciego como un topo, lo que sucede. Inepto, que no es ninguno de nosotros —no tiene el menor indicio del modelo— no lo sabe, aunque está hecho a su medida. En cuanto a él: recuerdos reprimidos de la escuela secundaria, recuerdos de su esposa. Hemos hablado hasta muy tarde, incluso durante el tiempo que dedico a jugar a las cartas, por lo que cada vez duermo más tarde, pero nunca tan tarde que afecte al importante mantenimiento de la buena forma. María Dolores, al ver mis ejercicios gimnásticos que realizo todavía soñoliento, dice: «Uff. ¿Para qué?».

    Más tarde: arrastro cinco cartas. Si quieres los detalles técnicos mira a tu alrededor. Me he dedicado a ello demasiado tiempo para considerarlos algo más que un completo aburrimiento. El grupo, ahora algo reducido, está formado principalmente por hombres jóvenes, de modales muy desenvueltos y agradables, pero que de hecho acataban de manera evidente a quien llamaré El Viejo Farsante, el viejo profesional entrecano con grandes patillas; ésta es la habitual situación en la que impera el rango y la jerarquía, por lo que no será difícil desviar su fidelidad si logro que las demás cosas salgan bien. Aunque se han pasado el día comiendo, ahora comen más. Periódicamente llega comida y bebida, sin aportarme nada útil excepto un poco de aire fresco. Los pulmones de uno corren peligro.

    Me incorporo tarde al grupo, saludo con un movimiento de cabeza y me siento. El Y. F., que tiene un convenio con uno de los camareros, pide una baraja sin abrir, la cual traen con más comida y más whisky, todo en cantidades que me asquea describir. (Hay, sobre todo, una bandeja de salchichas que casi basta para expulsarle a uno de la estancia).

    —¿El señor Smith no gusta? —Pregunta E. Y. F.

    Alguien hace una broma acerca de la señora X, ante lo cual uno se limita a sonreír. Es lo mejor.

    Juego. Más juego. Continuamos, todo el mundo fumando ferozmente. La baraja está marcada. El Viejo Farsante pone cuidado para no ganar demasiado abiertamente, por lo que cuando decide no tomar una mano, lo hago yo (si es posible). El sistema es comodísimo, y además empieza a parecer arriesgado, lo que es bueno.

    Nadie quiere hacer comentarios, porque ya sabes lo que eso significa. E. Y. F., comprendiendo que he roto su código, se retira cautelosamente.

    Consigo un buen pico.

    Entonces, el Farsante, sonriendo para la galería, sugiere que cambiemos nuestros juegos. Póquer para las mujeres; el camarero puede traer lo que sea. (Lo ha arreglado de antemano; hay mujeres que trabajan en esta travesía, como en cualquier otra).

    Digo que cuando juego a las cartas, jugar a las cartas es lo que hago. Ahora bien, lo más difícil del mundo es esperar algo que te haga parecer sorprendido. E. Y. F. —tiene cincuenta y cinco años y todo lo que ha hecho en los últimos veinte es comer y sentarse— no me quita el ojo de encima durante un tiempo excesivo, poniéndome a prueba. Entonces dice que, naturalmente, a la señora Smith no le entusiasma el nuevo juego. Se despacha a gusto sin pagar por ello, y luego se permite una broma acerca de María Dolores.

    Bien, desde luego, no puedo palidecer, pero hay una forma razonable de adoptar los efectos de la palidez, por medio de los músculos y la mirada fija, y eso es lo que hago. Me levanto lentamente y con la misma lentitud saco… no, no la pistola, esta noche no; después de todo, alguien podría apoderarse de ella… sino el Bowie (funda colgada del hombro) y la atmósfera de la sala se electriza.

    Lentamente, palideciendo, le digo:

    —¡Cómo, maldito canalla!

    Entonces saco el cuchillo, primero la punta aguda en extremo, y lo clavo en la pulida superficie de la mesa —¡ya ves, no voy a usarlo!—, todo muy estúpido y salido de la clase de relato de aventuras que ya sabes quién se pasa las noches leyendo. El Y. F., al otro lado de la mesa, sentado casi contra la pared, se levanta, esperando que rodee la mesa para cogerle —está preocupado y planea la retirada— pero, claro, las cosas son fáciles cuando uno sabe lo que el otro va a hacer antes de que lo haga, antes incluso de que lo sepa. La mesa está fijada al suelo y es bastante sólida, por lo que uno puede saltar por encima de ella como si fuera una valla, utilizando un brazo como palanca, y, deslizándose un poco, alcanzar con los pies al pobre Farsante, ese barril de grasa (todos son así a su edad), estrellando al pobre hombre contra la pared. Luego un par de puñetazos a guisa de demostración; eso basta para dejarle sin resuello.

    (Y ésta, pequeño, es la razón. Una vez ella me golpeó en el pecho y me preguntó: «¿Pero cómo respiras?». Le respondí: «Con el vientre, igual que tú.».)

    Respirando con cierta dificultad —no, no es suficiente, ni siquiera para uno que ha crecido a tres mil metros de altura— doy paso al maravilloso escándalo:

    —Caballeros, la baraja está marcada.

    Bueno, la cosa es seria. Le digo a uno de los jóvenes: «Jones, elige una carta», y adivino cuál es. Y lo hago otra vez, y otra más. Algunos empiezan a decir, estupefactos: «Pero…», despreciando mentalmente al Y. F., a quien ahora dejo prudentemente en su lado de la mesa. (¿Y en cuánto incrementarán los daños a los muebles la factura de esta noche? ¡Oh, Señor!).

    —¿Quién pidió la baraja? —pregunto.

    Alboroto. Nadie está seguro. Uno exclama:

    —¡Pero lo hice yo! Le pedí al señor X. (A esto sigue una mano en la boca y el chico se pone pálido de verdad).

    Ahora todo el mundo cree. Sensación, estremecimiento, horror real. Estas son sus «normas». Este es su «código». Extiendo mis ganancias y les digo:

    —Caballeros, si recuerdan ustedes sus pérdidas… Este juego no ha sido limpio, y no me apetece seguir jugando.

    Y salgo dejando una gran cantidad de dinero y muchos sentimientos conflictivos detrás de mí, lo último resultado directo de lo primero. (Dejémosles enderezar las cosas).

    Así que ahora soy farsante en jefe. ¿Te das cuenta? Y puedo estirar un poco mi suerte en las próximas nocches. Con suerte, creo que podré apañar unas dos mil libras antes de que desembarquemos.

    Qué especie.

    ¡No obstante, incluso ciegos…!

    15 de junio.— Así es como sucede: Una noche agradable y fresca, el doctor está apoyado en la barandilla fumando su cigarro y mirando el mar. Estoy ante él y acabo de liar un cigarrillo (¡nada de comparaciones anatómicas, por favor!): dos amigos bajo las estrellas. El tiempo apremia y el doctor está muy inquieto. Quiere apartarse de la luz, de modo que las mujeres que deambulan lentamente, en parejas o acompañadas por caballeros, son reconocibles sólo por la silueta, la leve forma de las mangas y la falda, la masa del cabello y el sombrero, el brillo de un pendiente. El doctor está en el mar y los recuerdos le perturban, tanto más cuanto que no está muy seguro de cuáles son esos recuerdos. Además, está algo bebido. Nuestras conversaciones son cada vez más confidenciales: su época escolar, sus amigos, los últimos días a bordo, su esposa, cómo se conocieron, nuestro encuentro, nuestras charlas, hasta que todo forma un revoltijo inextricable y siente la misma nostalgia por todos ellos, lo cual le parece inquietante. Finalmente, me inclino hacia él, pues ahora todo debe suceder bajo el agua, el sueño lento y el rápido y, quizá demasiado cerca, aunque aun así apenas puede verme a medias, con las manos en los bolsillos y apoyado en la barandilla, en voz baja que sale de la oscuridad, le digo:

    —Inepto, su compañía y su ejemplo han significado mucho para mí estos últimos días.

    El leve tartamudeo le excita, la postura descuidada, las palabras suaves y precisas, el mentón alzado. Todo memorable, todo inidentificable. Musita unas palabras de modestia y se vuelve para marcharse, incómodo en extremo, pero me interpongo en su camino, pareciendo más eso que nunca… y eso dice:

    —Sólo puedo decirle, doctor, cuánto le admiro, hasta qué punto le tengo en estima.

    El protesta, y eso sigue diciendo:

    —Lo diría en unos términos más expresivos, pero no es necesario. Sin duda usted lo sabe.

    Inepto empieza a ahogarse. Estoy lo bastante cerca para cogerle del brazo, pues si no lo hiciera saldría disparado. Nota la presión y el calor a través de sus ropas, casi como si no las llevara puestas, y eso le coge la mano y le dice con voz descarnada, el ardiente contacto en el brazo y, esta vez, el cálido aliento en su cuello:

    —Como usted mismo me dijo, hay un instante en tales cosas que nunca puede prestarse a confusión.

    Dentro de un momento se irá al fondo, las sirenas le harán cosquillas en las orejas con corrientes de burbujas: ¿Quién soy? ¿Le recuerdo a alguien? Jugarán con sus cabellos, le tirarán de las orejas. Dentro de un momento será unos huesos descarnados. La gente cilíndrica, la gente contorsionada e hinchada, pasa a un mundo de distancia.

    Y eso dice con la voz de su esposa, con una extraña y leve ruptura entre las sílabas que él percibe como la punta de una lengua:

    —Edward…

    Inepto me tira del brazo, presa del pánico. Está a punto de dejar caer su cigarro y su chistera sin darse cuenta. No pueden soportar dos clases de conocimiento que no se mezclan —no conocen el secreto— pero entonces este hombre encuentra la manera de salir, y ojalá pudieras verlo —¡hasta Inepto!—, como una pendiente de vaivén en una vía férrea: uno, dos, tres saltos y la nueva vía está ahí, brillante y recia, tan convencido como si lo hubiera dicho yo mismo:

    —¡Usted es una mujer!

    No hago nada, no digo nada. No tengo por qué hacerlo, ¿sabes? Sólo he de sonreír, con una sonrisa llena de sexo. Él lo hará todo, desde «¡Mi querida muchacha! ¿Por qué no me lo dijo?» hasta «¡Pero no debe ir sola, no querida, no, no debe regresar sola a su camarote!». Recuerda mi rostro en un cartel de teatro (aunque el nombre se le escapa)… Debo ser una actriz, naturalmente, tengo que serlo. Tenemos que aprender estas cosas en el escenario, ¿verdad? Un vestido especial, la voz alterada, la piel teñida… pero nada perjudicial, supone, nada que estropee, ¿eh? No querré estropear este cutis, no cuando lo necesito para mi trabajo, cuando una es famosa por ello (todavía buscando en su memoria). Y qué inteligente mujercita al ocultarlo, pues de otra manera todos me acosarían, me estropearían el viaje con sus entrevistas y su publicidad.

    Parlotea. Lo sabía. Los doctores lo saben, claro. Manos pequeñas, piececitos, rostro suave, rasgos delicados, cuerpo esbelto. Es del todo evidente. Trata de recordar lo que le dijo al caballero que no debió haberle dicho a la señora… pero las actrices son diferentes, ya se sabe… Piensan libremente… aunque nada indelicado… y él sólo actuaba, comprendes, se permitía cierta libertad en su lenguaje, pero nada indecoroso, sólo parloteo, sólo muchas tonterías…

    En mi camarote, sin recordar bien cómo ha llegado hasta aquí, pues todo ha sucedido tan rápido. Otro trago. Recuerda que me besó las manos en el pasillo. Está en el único sillón sin brazos, con el vaso en la mano, tímido, azorado y la cabeza le da vueltas a causa del alivio y él deseó, con el aturdido atolondramiento de un hombre que ha logrado apartarse de un puente que se viene abajo… cuando de súbito la pequeña actriz se pone a horcajadas en sus rodillas, dándole la cara (una posición que debería resultarle extraña si estuviera sobrio) pero con el rostro lo bastante cerca para besar… lo cual hace el doctor.

    —¡Oh, Edward! —susurro en su oído—. ¡Mi querido, queridísimo Edward!

    Ávidamente intenta desabrocharme los botones, pero no puede, pues he colocado sus brazos por fuera de los míos, a mi espalda, con las pecheras de nuestras camisas almidonadas crujiendo como corazas entre nosotros. Intenta levantarse, por lo que le beso de nuevo, un beso lento seguido de un mordisquito. La posición le molesta, pero es la que necesito, así que le susurro: «No, todavía no. Déjame», y, para su indescriptible sorpresa y placer intenso e irremediable, mi brazo desciende y le desabrocha los pantalones. Sí, las actrices son diferentes. Le beso en el cuello y la boca y le hablo de la divina forma femenina que verá dentro de un momento: las muelles caderas, los pechos y nalgas prominentes, las partes secretas, redondeadas, húmedas, toda la tapicería que le hace entrar en erección, empujar y jadear. El licor le hace ser más lento, pero también posibilita las cosas, quiero decir la duplicidad de los sueños: las palabras adecuadas, los malos olores (tabaco, pomada capilar masculina), la armadura entre nosotros, esa confusión aún no disipada acerca de quién es quién, la súbita satisfacción irrazonable con una persona desconocida que sabe exactamente qué caricias desea y las mágicas palabras vergonzosas que su esposa jamás conoció, y que maneja su yo secreto como ella nunca lo habría hecho, o que le introduce la lengua en la oreja, una exquisita y terriblemente excitante novedad, de modo que se abandona al sueño, el pobre viejo, dulce y sedoso gatazo, un sueño que de repente sucede demasiado pronta… y se aferra a mi con su sexo rígido (pero mis brazos se interponen en el camino), trata de detenerse heroicamente, le susurro: «¡Dispárame!» y eyacula libremente en mis manos y mis pantalones de etiqueta. Por un instante vuelve en sí y ve a su esposa… no, al jugador de Colorado… no, a la actriz… en una vaga y ambigua persona. Se adormece.

    Está sentado y roncando con los pantalones abiertos. Pobre animal viejo. En el camarote contiguo María Dolores se agita en su sueño. Entonces, a través de esa mezcolanza de sueños en la mente de Inepto, cruza el irrefrenable regocijo de contar toda la historia del principio al fin: maravillas, admiraciones, éxitos. Lo hará. Es incorregible. Y se despertará y querrá más… más tarde, esta noche, mañana por la noche, y no se puede hacer nada para evitarlo. Endurezco mi corazón.

    Se despierta. ¿Qué está haciendo la querida muchacha?

    Me he lavado las manos y estoy sentado ante mi escritorio, limpiando un Smith y Wesson de calibre cuarenta y cinco, con una tela para protegerlo que también oculta el Bowie. El doctor se dirige rudamente a una espalda inidentificable, con lágrimas en los ojos.

    —Así que te encaprichaste del viejo, ¿eh? —Y añade—: Querida mía, ¿no podrías… bueno, estamos solos… algo más natural?
    —Todo es un disfraz —le digo sin volverme.
    —¡Joyas! —Exclama riendo entre dientes, socarrón (los gemelos de la camisa, el diamante).
    —Valen dinero —le digo—. Tampoco colecciono billetes de banco por el sonido del papel. —Entonces añado—: Estoy seguro de que alguien nos vio en el pasillo.

    No puede recordar.

    —Me estabas besando las manos —le digo. El vuelve a reírse y se ruboriza. ¡Las manos!—. Querida, si haces el favor de volverte…

    Lo hago y él ve lo que estoy haciendo. Muy sorprendente, pero sin duda hay alguna razón para ello.

    —Doctor, ¿has leído la Psicopatía sexual de Krafft-Ebing?

    No lo ha leído. Su mente está en blanco.

    —El especialista alemán es menos generoso que tú en su opinión sobre el invertido masculino. Según él, tales personas carecen de moralidad. Sólo desean poseer el órgano reproductor de otro hombre por cualquier medio, limpio o engañoso; ése es su único objeto. Y hallan placer en extender el contagio de su enfermedad moral, sobre todo cuando encuentran los gérmenes de ésta ocultos en un hombre aparentemente normal.

    Inepto no establece la conexión. Es lento.

    —El especialista alemán está en lo cierto, doctor —digo diciendo—. Existe, como tú mismo me dijiste, un instinto en tales cuestiones que nos advierte contra el contagio… si deseamos ser advertidos. Tú, por ejemplo, no lo deseaste.

    ¿Has visto alguna vez a un hombre volverse realmente pálido? Desaparece el color como una persiana que baja; es de lo más impresionante. Pero la vieja criatura es admirable, a su manera. Hasta abrochándose los pantalones (acto que normalmente no se considera decoroso entre ellos) puede hacer una buena imitación de indignación colérica:

    —Señor… yo… expondré…
    —Es difícil, en ese caso, que tu propia conducta resista el análisis —le digo en tono neutro.
    —¡Mintió usted! —Exclama, desesperado y sincero.
    —¿De veras? —Y me palpo en busca del cuchillo, por si Inepto decide llevar a cabo alguna investigación de primera mano en mi persona—. La verdad es que no lo recuerdo. Recuerdo, en cambio, que no dije nada mientras tú inventabas toda la historia, y parecías muy deseoso de creerla. ¿Una actriz? ¿Media cabeza más alta que tú mismo? ¿En qué parte de Europa, en qué posible escenario? Y ese asunto de la piel teñida… que no huele, no desaparece y ni siquiera se puede detectar con el contacto más íntimo… ¿ni siquiera un médico? ¡Vamos! Mentiste porque lo deseabas, y sigues mintiendo. —Suavizo mi tono y añado—: No me hagas tenerte aversión. —Y entonces, con su voz—: Guarda mi secreto y yo guardaré el tuyo, ¿eh?

    Inepto atacará. Habrá que detenerle mediante la exhibición del Bowie, mejor que mi puño bajo su mentón, etcétera. Entonces Inepto tiene una inspiración. No mentí, le dije la verdad, pero ahora estoy mintiendo. ¿Los motivos? Ninguno en absoluto, pero, cruzando los brazos temblorosos sobre su pecho, para indicar una creencia inquebrantable, dice:

    —Es usted una mujer.

    La estupidez. ¡La absoluta e irremediable estupidez! Como el mejor espadachín del mundo vencido por un necio. Avanzo rodeándole, vigilándole, hacia la puerta de María Dolores.

    —¿Te has enterado de lo que sucedió anoche, en el juego de cartas? Sí, ése soy yo. Así es cómo me gano la vida. La tontería acerca de Colorado ayuda. Bueno, derribé a un hombre que pesaba veinte kilos más que yo. Infórmate mañana.

    Inepto está temblando.

    Me vuelvo y lanzo el cuchillo con la punta por delante, clavándolo en la puerta que da al corredor —¿por qué los actos de virilidad siempre comportan daños a los muebles?— lo cual, has de comprenderlo, es algo que una mujer no puede hacer. Eso es artículo de fe. Repito: lo que una mujer no puede hacer. Y también es lógico.

    —¿Si ahora estoy mintiendo —le digo— cuál es el propósito de mi mentira? ¿Obligarte a salir de aquí? La pequeña actriz no querría que te fueras, no después de tantas molestias para conseguirte. ¿Por qué iba a confesar que es una mujer a menos que te quisiera? ¿Y por qué habría de mentir? ¿Por temor a que me denuncies? Yo puedo denunciarte. Podría chantajearte si lo deseara. Nos vieron, ya sabes. ¿Obligarte a salir? No quiero. Me gustas… aunque no me hace gracia la perspectiva de que me ataques y tenga que derribarte o acogotarte como le hice anoche al otro caballero, en el juego. Y, qué diablos, si quisiera alejarte, no me habría tomado tanto trabajo para… bueno, no lo mencionemos. Pero es una perfecta tontería, mi querido amigo, que una mujer finja ser un hombre que finge ser una mujer a fin de fingir que es un hombre. ¡Vamos, vamos, es absurdo! Una invertida querría vestir y vivir como un hombre, pero confesar que es una mujer… que impediría su propósito… y luego intimar contigo, lo cual le parecería absolutamente repulsivo… ¿con qué finalidad, por el amor de Dios? ¿Qué sentido tiene eso? No, hay una sola posibilidad, y es la verdad: que no he engañado a nadie, incluyéndote a ti, sino que tú, mi pobre y querido amigo, has pasado mucho tiempo engañándote. ¿Por qué no dejas de engañarte, eh? ¿Por qué no lo haces ahora mismo?

    Y con una sonrisa, aplico las puntas de los dedos a la mancha que empieza a secarse en la parte delantera de mis pantalones y me llevo los dedos a la nariz. Indescriptible devastación. Esto no es decoroso, es repugnante. Inepto podría caerse muerto en este mismo momento, en cuyo caso, María Dolores —que acaba de entrar, en camisa de dormir— y yo deberíamos arrojarle por el ojo de buey.

    Ella nos ve, finge alarma y corre a ocultarse tras la puerta. Asoma la cabeza.

    —Pequeña —susurra el pobre y pálido viejo—. Dime, ¿alguna vez este hombre… alguna vez…?
    —María Dolores —intervengo—, este hombre quiere saber si alguna vez te he besado o tocado. Dile la verdad.

    Ella lo sabe, naturalmente. Habla en tono vacilante.

    —Me besas en la frente para darme las buenas noches.
    —¿Te he tocado alguna vez?

    Ella asiente a regañadientes, turbada.

    —Me empuja.
    —¿Te empuja? —Inquiere Inepto, agarrándose a un clavo ardiendo.
    —Cuando el tío lee en su escritorio o está ocupado —dice María Dolores— me empuja, en el hombro, y dice: «Vete». Eso me pone triste. Sucede muchas veces.
    —Tu tío —dice Inepto—, es… es… es…

    Ella le contempla sin parpadear, como si fuera algo perfectamente normal que viejos desconocidos se crispen y tartamudeen en mi camarote bastante después de medianoche. Intervengo de nuevo:

    —Este caballero, por razones que no te voy a explicar, quiere saber algo acerca de mí. Quiere saber si soy un hombre o una mujer. Díselo.

    La niña representa la sorpresa incrédula mucho mejor que yo. Inepto, penosamente, empieza a hablar, pero le interrumpo.

    —No se trata de mis ropas, María Dolores, ni de mi comportamiento. Quiere saber el resto, ¿me comprendes? Quiere saber qué hay bajo mis ropas. Dile que eres tan ignorante como deberías ser, y luego puedes volver a la cama.
    —Te molestarás —dice ella con una voz lánguida, apenas audible.

    Le aseguro que no.

    —No lo sé —dice ella con rapidez, avergonzada, con lágrimas en los ojos—. Creí que estabas fuera, y por eso entré. Estabas en el baño y eché a correr. ¡Nunca volveré a hacerlo!
    —Niña —dice Inepto—. Lo lamento… no deseo…
    —Es muy hombre —dice María Dolores, haciendo un vago gesto ante su entrepierna, y por algún milagro teatral logra ponerse roja como la grana. Añade, muy azorada—: Sí, es un hombre.
    —Pero sabes —dice Inepto, inesperadamente coherente—, ¿sabes lo que es un hombre, chiquilla? ¿Lo sabes de verdad?
    —Sí, claro —dice María Dolores, sorprendida de veras. Entonces parece interesada—. ¿Por qué? ¿No lo sabe usted?

    El doctor regresa a su camarote para vomitar en el sillico, romper sus notas y su ensayo y quemar los fragmentos en el lavabo.

    Ya está hecho.

    16 de junio.— En algún lugar al norte de Denver acamparemos para pasar la noche, a muchos kilómetros de cualquier persona. Allá, en las tierras altas, bajo los millones de espléndidas estrellas, soltaré su pelo negro. María Dolores emite una risita. También ella lo ha hecho con las chicas. «Joe Smith», de Colorado, desliza sus manos bajo la camisa de la pequeña —un proceso que, estoy seguro, él describiría muy bien— pero su rostro nunca se reflejará en los ojos de la niña, la cual se estremece, en parte a causa del frío, y susurra:

    —También yo quiero.

    Digo que sí sonriente, recordando la suavidad del león de Joe-Bob y la primera sorpresa de tu cabello delgado pero resistente. Mientras me agacho lentamente hacia las pequeñas protuberancias, la blandura, la viscosidad de musgo, el calor, el reflejo familiar empieza adelante y atrás entre nosotros, un súbito disparo que se dispersa a lo largo de los nervios, su concentración en un lugar, los ecos en el cuello, las palmas y los labios, las plantas de sus pies, sus senos. María Dolores ha perdido el aliento. «¡No te detengas!», exclama, olvidando que lo sé. Cierra los ojos, solloza, se aferra con sus entrañas, me coge la cabeza: ¡abrumador! Y me ve, todo lo recuerdo, lo que siento, lo que sé: ¡abrumador! Y entonces, de entre las cosas que sé, y que no puedo evitar saber, ve la única cosa tan extraña y terrible para ella como la cara oculta de la luna: ella misma.

    Y ya está hecho.

    Pero todavía no. Imagino con palabras, como ellos hacen aquí. Curioso, en un lenguaje que se difuminaría al cabo de medio año si no lo recibiera continuamente del exterior. (¡Y para ti, que sabrás polaco y yiddish en cuanto regrese!). María Dolores, que ignora ambas cosas, duerme en el camarote contiguo, malhumorada por tener la regla tantas veces en un mes (y también con tanta irregularidad), —ridículo incluso a los quince años, no digamos a los doce—, me dice en su sueño, en elocuente español:

    —Inepto hoy ha estado lo bastante animado para unirse de inmediato a la señora X, no sólo por autodefensa sino, con toda claridad, como venganza.

    Se lo dije a María Dolores y ella respondió que eso era absurdo. Le pregunté cuándo Inepto dejaría de ser absurdo. Así que sellaré esta carta y la enviaré dentro de unos días.

    ¿Pero cómo finalizar? (aquí es una costumbre). Bien, en el estilo de los libros de María Dolores. Sólo quedan tres, puesto que ha decidido arrojar los que no le interesan por el ojo de buey cuando no estoy presente. Y la verdad es que no tengo ánimos para pelear con ella. ¡Son malos de veras! Aquí está el primero, con una redacción un tanto extraña. Titulado El misterio de Nevada, que está abierto sobre su cama:

    Es curioso, ¿eh, McCabes? No pongas esa cara de sorpresa aunque no sepas cómo nombrar eso que los separa de Zas demás personas. Y han contratado mano de obra de todas partes, chinos y negros (ese eres tú, quitándome el delantal cuando alguien viene, hablando a medias, riendo a medias, «¡rápido, chica!») hasta indios. Y la razón por la que permanecen allá en las montañas, completamente solos, sólo Dios lo sabe.

    El segundo libro, muy recargado y extravagante (se titula ¡El misterio del capitán Satán!), ha recibido un puntapié y yace, cerrado, en un rincón de la estancia (en el suelo):

    Oh, lector, ¿cómo podemos contemplar esta alma desordenada sin horror? Dotada con un conocimiento de sí misma y de los demás que pocos mortales poseen, sin embargo recorre toda la gama del vicio, viviendo como un parásito, haciendo trampas con las cartas, negándose a ayudar a la misma especie que le alimenta, infligiendo en cambio complicadas torturas mentales a un anciano caballero que se parecía mucho a su fallecido papá, y utilizando su natural incapacidad para ser padre (le digo esto a María Dolores; ella, se limita a encogerse de hombros, sin el menor asomo de interés) como una excusa para entregarse a placeres antinaturales —¡y lo que es peor, incluso a algunos naturales!— ¿Qué condena les espera en el cielo a estos hombres y mujeres sin corazón, diabólicamente disfrazados de hombres y mujeres o viceversa y en consecuencia invisibles a nuestros ojos, que hablan el lenguaje de cualquiera en la estancia, lo cual supone terribles confusiones porque no puedes saber de qué degenerada nación (o raza) pueden proceder, y lo peor de todo, FINGIENDO QUE SON SERES HUMANOS? ¿¿¿CUANDO DE HECHO LO SON??? (continúa por el estilo).

    Y aquí está el último, honorablemente colocado en la mesita, junto a la cama de María Dolores. Un libro considerablemente sosegado y amable (tomándolo todo en consideración) y que a ella le gusta bastante, por lo que va a quedarse con él. Se titula El misterio del joven caballero (descubrimos que él no es una señora tan joven) y termina exacta y sencillamente, en una pura tradición oral:

    Y a partir de entonces vivieron siempre felices.


    * * * * * * * * * * * * * * * * * *

    —Eso es —dijo el alumno—. El mundo se salvó gracias a la minoría telepática, que gradualmente se apoderó de todo y, una vez la comunicación fue telepáticamente perfecta, nadie odiaba a nadie y ya no había razón para seguir luchando.
    —Si crees eso —observó el instructor—, ¡podrías creer cualquier cosa! No, no fue así en absoluto. De hecho, la minoría telepática se extinguió unos siglos después, sin haber influido lo más mínimo en los acontecimientos públicos. Sin embargo, realmente se estableció en la tierra una Utopía, hace sólo unos miles de años, y ahora vamos a echar un vistazo a esa Utopía.
    —De acuerdo —dijo el alumno, pero esta vez no quiero sorpresas, o de lo contrario te desconecto.

    Y el alumno escuchó.


    Fin