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  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL HOMBRE QUE VINO DE LA GRAN OSCURIDAD (John Brunner)

    Publicado el viernes, diciembre 22, 2017
    Prólogo

    La nave salió de la Gran Obscuridad como si todos los demonios de todos los infiernos de diez mil planetas persiguieran al piloto. El capitán de un carguero, que iba repleto y zarandeándose de un lado a otro, recibió la señal luminosa en sus detectores, revisó los circuitos para ver si realmente se trataba de una embarcación que se movía a tanta velocidad, y apenas si tuvo tiempo para arrepentirse de haber decidido exponerse al riesgo de ir directamente desde Batyra Dap a los Pantanos de Klaret, en lugar de seguir la ruta patrullada a través de Mallimamedy, cuando el piloto del bólido dio un tirón a los controles, y se perdió en la inmensidad del espacio.

    Había una sola clase de naves que salían de la Gran Obscuridad, el espacio de cien años luz de ancho que algún fenómeno de las corrientes estelares había abierto entre los Pantanos de Klaret y el brazo exterior de la galaxia. Una nave pirata.

    Pero esta debía estar persiguiendo alguna presa más valiosa.

    La siguiente embarcación que la avistó fue un patrullero de la armada que venía de Klaret, regresando de alguna cita en el espacio y del habitual intercambio de insultos con su colega de Mallimamedy. Era la tarea más pesada que las patrullas habían tenido en los últimos cincuenta años.

    Para entonces el piloto que venía de la Gran Obscurimeta y había tomado un rumbo de ciento diez grados, había pasado deliberadamente por encima de su diferencia con respecto al original, lo cual concordaba con la sumisa respuesta que dio a la patrulla cuando fue interrogado acerca de su identidad y ocupación.

    Sin embargo, ni bien el vehículo oficial desapareció de su detector, llevó bruscamente la palanca de potencia al extremo de emergencia y viró en dirección hacia el mundo que había sido asiento del Prestans de Klaret cuando este estaba sólo un grado por debajo del Rey de Argos. Pero eso había sido mucho tiempo atrás.

    La nave ingresó en la atmósfera del planeta con los circuitos sobrecargados y casi a punto del agotamiento total. Al piloto no le preocupaba el largo castigo que había impuesto a la embarcación. Tuvo tiempo para examinar a la ligera la tempestad que azotaba los restos de un incendio de bosques en el hemisferio sur de Klaret y rasgar la brisa serena de la región ecuatorial antes de arrojar la nave sobre la mayor de las islas boscosas que circundaban el mundo, y aterrizar sin una sacudida en el último puerto utilizable de los cincuenta y tantos que habían existido en otra época, desde los; cuales partía el tráfico Imperial hacia las rutas estelares.

    No tenía ningún papel, pero sí, en cambio, moneda Imperial, que ya no era muy común en un mundo tan próximo al borde de la galaxia. Seguía siendo útil. Cuando el piloto se alejó el comandante del puerto recogió las monedas por valor de dos mil círculos que le había hecho pagar y volvió su atención a la nave.

    Pasaron cinco días antes de que los complicados cerrojos de la embarcación cedieran a sus dedos expertos: había salido de noche e "inspeccionado" extraoficialmente a los visitantes del puerto desde que tenía veinte años, gracias a lo cual a los treinta ya era casi tan rico como para retirarse.

    Por lo tanto, cuando descubrieron el cuerpo de la muchacha que yacía mutilado sobre la litera, el piloto había tenido tiempo suficiente para perderse entre el gentío de las islas, y con toda seguridad no iba a ser tan tonto como para regresar.


    1


    La taberna próxima al muelle estaba construida con los fragmentos de un edificio destruido durante un ataque rebelde, unos cuantos años atrás. Por su aspecto parecía que ante el primer viento fuerte del océano se desarmaría otra vez; pero el olor a comida que venía de ella atrajo a Terac y le recordó que tenía apetito. Trepó el corto tramo de escalones que conducían a la puerta y entró.

    Los únicos parroquianos eran tres hombres vestidos con chaquetas y pantalones de cuero que intercambiaban bromas obscenas en una de las mesas, y un hombre muy pálido vestido de negro azabache, sentado solo en un rincón, con la mirada fija en una jarra y murmurando para sí.

    Cuando estas personas levantaron la vista al oír las pisadas de Terac, vieron a un hombre de estatura mediana con huesos pesados y sólidos, vestido con una camisa andrajosa de seda de Velian que en otra época debía haberle costado mucho dinero y unos pantalones gruesos y arrugados. El cabello ondulado y rígido, en asombroso contraste con el rostro marrón como la madera de Zakrik, se le mantenía parado sobre el cuero cabelludo con el color y la textura de alambres de bronce. Llevaba una espada al estilo leontino, en una vaina detrás del hombro derecho, donde sólo tenía que levantar el brazo y tomar la empuñadura para blandiría en un golpe asesino.

    Terac percibió las miradas fijas y calculadoras, y le hicieron gracia, si bien en ese momento nada le resultaba demasiado divertido. Cruzó la habitación en dirección al mostrador, moviéndose con inesperada elegancia, teniendo en cuenta que era un hombre de constitución fornida, y golpeó la madera con el puño. Una mujer de rostro anguloso, que llevaba un delantal grasiento, se asomó de la cocina.

    —¿Sí?
    —¿Qué tiene para comer? ¿Y qué bebidas?
    —¿Qué se cree que puede haber en Klaret? Hay un guiso de pescado en la hornalla, ¿o quiere algo asado especialmente para usted?
    —Me alcanza con el guiso. Y pan, y una medida de ancinardio.

    La mujer parecía tener ganas de escupirle, pero tomó una jarra y la llenó con el humeante líquido rojo. Después volvió a la cocina, para reaparecer con una fuente de madera llena de un guiso apetitoso y un buen pedazo de pan negro y ordinario.

    —Quince verdes —dijo brevemente.

    Terac hizo aparecer un rollo de círculos como por arte de magia entre el pulgar y el índice.

    —¿Cuánto es eso en moneda imperial? No conozco la moneda de este lugar.

    Los ojos de la mujer se dilataron por la codicia.

    —Ocho círculos y cuarenta anillos —dijo demasiado rápido. Terac esbozó una sonrisa, y se volvió a los hombres que reían alrededor de la mesa cercana.
    —Amigo, ¿cuál es el valor de un círculo Imperial en moneda de Klaret?

    El hombre que se encontraba más cerca le dirigió una sonrisa, que dejó al descubierto sus dientes rotos.

    —Cuatro verdes son un círculo —respondió—. Y no permitas que te diga otra cosa.
    —Si te causa dificultades, dile que vamos a hacerle pedazos el local —agregó uno de sus compañeros.

    Con cuidado Terac puso la suma exacta sobre el mostrador. Una mano enrojecida y huesuda se cerró instantáneamente sobre el dinero, y esta vez la mujer escupió mientras se daba vuelta.

    Terac se encogió de hombros, tomó la fuente y la jarra y se dirigió a una mesa. El hombre de los dientes rotos le hizo una seña.

    —¡Ven con nosotros, amigo! —lo invitó, y Terac aceptó, aunque no sabiendo por qué. Sin embargo, podría enterarse de algo a través de ellos.

    El hombre de los dientes rotos empujó una silla sobre el piso con un pie extendido y le indicó que se sentara. Terac se sentó y comenzó a comer y beber con moderada ferocidad.

    —Con razón la agarraste tratando de estafarte, amigo —dijo el hombre—. Una vez trató de hacerme lo mismo a mí, creyendo que yo era un tonto porque acababa de llegar del espacio, pero soy tan klaretiano como ella.

    Echó la cabeza hacia atrás y se rió con gran estruendo.

    Terac esperó que se calmara y mientras tanto observó que los tres hombres tenían el cabello cortado como para ajustarse a la forma de un casco.

    —¿Soldados? —dijo por último.
    —Eso es. Yo me llamo Avrid, y ellos son Qualf y Torkenwal.
    —Yo soy Terac. ¿Dónde están sirviendo ahora?
    —Donde todo buen hombre debería hacerlo si puede, en nuestro propio mundo.

    Terac asintió.

    —Entonces deben estar con el General Janlo, luchando contra los rebeldes en las islas del sur. Su campaña debe ir bastante bien, para que dé licencias.
    —Bastante bien —admitió Avrid espontáneamente—. ¿Pero cómo habría de ser de otra forma si cuenta con casi todos los combatientes de Klaret para destruir a unos pocos campamentos miserables de rebeldes?

    Eructó ruidosamente.

    —¿Se tienen noticias de esto en otros mundos?

    Terac eludió la pregunta implícita acerca de su origen y dijo simplemente:

    —Los viajeros hablan con la boca pero no con la mente, a juzgar por el modo en que se deforman las historias en unos pocos días.

    Masticó algo gomoso que había en el guiso.

    —Tu versión no coincide con lo que me dijeron —continuó—. Yo creía que los rebeldes hacían lo que querían, y que en pocas semanas más habría un nuevo Prestans.

    La sugerencia produjo un torrente de indignadas negativas por parte de los tres hombres. Qualf, golpeando la mesa con la mano abierta, declaró:

    —¡Debes venir del otro lado de la Gran Obscuridad para tener noticias tan atrasadas! Eso era lo que ocurría hace tres años, quizás, pero no desde que el General Janlo asumió el mando.

    Terac contuvo una sonrisa; fingió una expresión de interés lleno de sorpresa y dijo:

    —¿Qué ha ocurrido desde entonces?
    —Janlo vio —dijo Avrid con pesadez— que durante mucho tiempo nuestras fuerzas habían estado diseminadas por la mitad del mundo. Estimó cuáles eran los puestos rebeldes más peligrosos, concentró sus máximos recursos contra ellos —además de una multitud de mercenarios que obtuvo de un negrero que vino creyendo que iba a encontrar ganancias fáciles—, y los hizo retroceder uno por uno, en lugar de tratar de controlarlos a todos al mismo tiempo. Por supuesto, algunos de los puestos de avanzada rebeldes, que fueron relativamente descuidados desde que comenzó su campaña, crecieron en tamaño. Pero no tienen forma posible de conseguir reclutas y sólo aguardan nuestro ataque.
    —Como ciruelas maduras que cuelgan de una rama esperando al recolector —dijo Torkenwal con deleite.
    —Ingenioso —lo admiró Terac—. Sin embargo, tú mencionaste a un negrero. No sabía que esa gen seguía trabajando en el Pantano.
    —En su mayor parte, no —dijo Avrid—. Pero por eso mismo las patrullas se han vuelto descuidadas e indolentes.

    Avrid hablaba con todo el desprecio de un hombre sensato, a quien le gustaba pelear cara a cara y con los pies sobre el suelo firme.

    —Cuando apareció éste, Janlo no tuvo ningún tipo donde la brigada del Dragón de Oro estaba acabando de problema. Si el hombre no hubiera elegido un lugar con un fuerte aislado, probablemente habría podido conseguir lo que se proponía. Pero tenía un buen cargamento y se convirtieron en soldados para nuestro ejército.
    —Si estaba tan bien provisto, ¿por qué se detuvo aquí?
    —Mujeres, mi amigo. Los negreros andan siempre escasos de mujeres.

    Terac hizo un gesto para indicar que comprendía.

    —¿Esta campaña se inició mucho antes de que Janlo asumiera el mando del ejército?

    Avrid soltó una risotada, y Qualf respondió:

    —Hace doce años... desde la muerte del último Prestans. Sabes, elegimos a nuestros Prestans según las antiguas tradiciones... por medio de un llamamiento a todas las islas. Cuando Lukander murió —que en paz descanse—, la opción estaba entre Farigol y Abret, su tío y su hijastro.

    Abret tenía mucha aceptación entre la gente joven pero no tenía carácter para mandar, créeme. Entonces, la convocatoria favoreció a Farigol, a pesar de que ya era un hombre viejo. Pero el resultado fue casi parejo: ciento seis islas, ¿no es cierto? contra noventa y nueve.

    —Ciento ocho —dijo Torkenwal bruscamente.
    —Entonces Abret, disgustado, levantó su estandarte en el sur en una isla que se había pronunciado a su favor, y en poco tiempo tenía un ejército rebelde tan bueno como el del Prestans. Y fue casi tan bueno hasta que apareció Janlo.
    —¿Y de dónde vino este Janlo?
    —Según dicen, era pescador y comerciante en su juventud, y obtuvo honores peleando contra los piratas que solían atacar sus naves. La mayoría de ellos se unió a los rebeldes.

    Avrid dio un enorme bostezo.

    —De modo que se está haciendo demasiado aburrido vivir en este planeta —se quejó—. No hay piratas, ni rebeldes... sólo pescadores, comerciantes y leñadores. ¡Creo que esta es nuestra última oportunidad de servir en Klaret, amigos!

    Qualf y Torkenwal pusieron caras melancólicas.

    Terac formuló otra pregunta que tenía en mente:

    —¿Es seguro ahora, entonces, embarcarse hacia algunas de las islas cercanas?
    —¿Seguro? —rió Avrid—. ¡El único peligro puede venir de la tripulación que elijas! Pregunta en los muelles si estás buscando un barco: hay bastantes juncos, queches y lanchas, para compensar por el comercio perdido durante la revuelta que te vendrán bien.
    —Gracias —dijo Terac. Vació la jarra de ancinardio, dio un apretón de manos a cada uno de sus nuevos amigos, y se marchó. Sin mucho interés notó al pasar que el hombre pálido vestido de negro ya no estaba en la silla del rincón.


    2


    Fillenkep era la isla más grande del planeta. Allí se encontraba la única ciudad de tamaño razonable, el único puerto espacial que seguía abierto y la sede del gobierno. Por lo tanto, los muelles eran amplios y estaban llenos de movimiento; Terac caminó por ellos durante un largo rato. El sol descendía hacia el horizonte. Calculó que aún le quedaban dos horas antes del ocaso, lo cual era suficiente; pero desde que había comenzado el viaje, nunca había tenido demasiado tiempo. El viaje había comenzado con sangre y, si la suerte lo permitía, también terminaría con sangre. Pero no la suya.

    Avanzó en medio de la confusión del puerto. Gran cantidad de mercaderías en atados, cajas de cartón y envases de madera estaban alineadas a lo largo del camino sin pavimentar, custodiadas por monos Sirios salvajes sujetos con cadenas de hierro. Por lo visto, los animales nunca aprendían que era imposible burlar las cadenas y aguardaban con toda la paciencia de sus mentes irracionales y luego corrían en un instante hasta alcanzar la distancia máxima que les permitían sus grillos, con la esperanza de agarrar desprevenido al metal que los reprimía, algún día. Terac se mantuvo alejado de ellos, como lo hacían los marineros nuevos de las embarcaciones que cumplían servicio regular entre las islas, los cuales venían cantando desde la costa con botellas en las manos y del brazo de mujeres fáciles.

    Por último llegó a un espigón en el cual el lento movimiento del mar había desgastado la manipostería y cavado un hundimiento resbaladizo y peligroso. Con paso seguro, caminó entre los estibadores, los holgazanes y los mendigos, mientras miraba los barcos amarrados. Los dos primeros que vio al pasar eran queches de pesca: uno de ellos había vuelto con una carga dé peces de color verde brillante, y el otro desplegaba las redes para hacerse a la mar con la noche. Más adelante había tres buques mercantes —juncos—, pero como era evidente que habían atracado juntos en un convoy, no le servían.

    Un poco más allá encontró lo que buscaba: una barca de manga ancha bastante sumergida en el agua, con las cubiertas limpias y un gallardete escarlata que anunciaba su inminente partida.

    En el muelle cercano había un hombre que controlaba la mercadería, y Terac lo llamó, creyendo que se trataba del contramaestre del barco.

    —¿Cuándo zarpa? —gritó, sacudiendo el pulgar hacia abajo.
    —¿El Aaooa? —escupió el hombre. Tenía una cicatriz que le desfiguraba un lado de la cara, levantándole la boca y haciendo que le resultara difícil controlar la dirección de sus escupidas.
    —¿Cómo podría saberlo?

    Volvió a su contabilidad. Terac se encogió de hombros y se asomó por encima de un costado del espigón.

    —¡Ah del Aaooa! —llamó. La embarcación llevaba ese nombre por el silbido del viento que soplaba en el ecuador de Klaret, y para pronunciarlo era necesario lanzar un quejido. No hubo respuesta; la única señal de vida allí abajo era alguien que quitaba las algas del caño del reactor de popa con un arpón de hierro.

    Terac miró alrededor de sus pies y encontró un pescado en descomposición que debía pesar por lo menos lo que una pata de katalabo. Apuntó con cuidado y lo dejó caer de manera tal que golpeara la espalda encorvada del hombre que quitaba las algas. Reventó, exactamente en su blanco, con un chasquido. Pero Terac tuvo apenas cinco segundos para recuperarse de su asombro antes de que su víctima saliera del agua y trepara las grampas de hierro que hacían las veces de escalera, sobre el espigón, esgrimiendo su arma herramienta de filosa flecha.

    Terac agarró el arpón unos centímetros antes de que le hendiera la cabeza y consiguió arrebatárselo a su dueño. Luego esperó un momento para disfrutar lo que veía antes de hablar. El atacante era una muchacha, más alta que él, con el cabello rojo fuego y los ojos tan verdes como los océanos de Klaret. Su rostro de rasgos finos era una máscara blanca de furia. Su cuerpo era igualmente hermoso, sin lugar a dudas, ya que llevaba el traje ideal para su tarea acuática: estaba tan desnuda como un bebé recién nacido.

    Pero la urgencia que sentía en la mente alejó todo placer.

    —La próxima vez responde a mi llamado, y no tendré que volver a hacer eso —dijo Terac brevemente. La muchacha dio medio paso hacia adelante y le aplicó un puñetazo —no una palmada— en la mandíbula. El golpe lo hizo estremecer, pero levantó la mano, la tomó de la muñeca, y la obligó a completar el paso que había iniciado, colocó la mano que tenía libre detrás de ella y la besó con fuerza en la boca.

    Por un segundo la muchacha forcejeó, pero luego se rindió con placer y Terac sintió que le rodeaba la cintura con la mano izquierda. Cuando se separó de ella, dio un paso hacia atrás y agitó la cabeza.

    —Usa los ojos —dijo Terac con fingido desprecio—. ¿Cuándo viste un hombre que lleve la espada como yo tengo un cuchillo, a la derecha?
    —¿Fue para eso que querías que subiera? —dijo con voz severa—. Hay mujeres a montones en el puerto que te darán lo que sólo podrías obtener de mí arriesgando tu vida.
    —Voy a insultarte. No fue para eso. Quiero comprar un pasaje en el Aaooa. Llévame a tu capitán.

    La muchacha sacudió el pulgar sobre su pecho perfectamente moldeado.

    —Estás frente al capitán. ¿Y bien?

    La sorpresa de Terac se esfumó en un instante. Estaba seguro de que una mujer irascible como esta era capaz de comandar cualquier embarcación posible.

    —Mis disculpas por no haberte reconocido, con ese traje —dijo en un tono uniforme—. ¿Tu próximo viaje llega a la zona de combate en el Sur?

    La muchacha parecía dudar entre responderle y darse vuelta con desprecio, pero se decidió por lo primero.

    —Sí. Nuestro cargamento principal son provisiones para las fuerzas del General Janlo. Pero no llevamos pasajeros, extranjero. El Aaooa es un buque de carga rápido, y para hacer este viaje tengo que llenar un contrato militar.
    —¿Ya cerraste el contrato con la tripulación? Si no, puedo engancharme como marinero.
    —¿Conoces el mar? Tienes más el aspecto de un hombre del espacio.
    —Conozco tanto las naves en el mar como en el espacio.
    —Mi segundo oficial está en el pueblo en este momento consiguiendo hombres —dijo la muchacha bruscamente—. Todos los hombres que traiga serán marinos, no pilotos espaciales. Lo siento, extranjero.

    Tenía una expresión burlona en los ojos.

    —Te pagaré por el privilegio de alistarme en tu tripulación —la apremió Terac—. Hizo aparecer una moneda de mil círculos entre sus dedos y se la ofreció. La muchacha balanceó la mano con un movimiento casual y arrojó la moneda sobre las piedras del espigón. Terac no miró para ver dónde caía.
    —Eso es lo que me importa tu dinero —dijo con irritación, y luego...—. ¿No vas a levantarla?
    —¿Para qué? —Terac se encogió de hombros—. Es inútil ofrecértela otra vez, y si el dinero no me sirve para conseguir un pasaje, ¿para qué sirve?

    La muchacha lo estudió por un momento.

    —Extraño, aquí llega mi segundo oficial. Si no llenó todos los puestos, puedes embarcarte con nosotros. ¿De acuerdo?
    —De acuerdo —dijo Terac instantáneamente, y se dio vuelta para ver a un grupo de hombres aguerridos que se acercaban, llevando cada uno un atado con sus cosas sobre el hombro. Formaban un conjunto heterogéneo, pero tenían una cosa en común: el leve balanceo al caminar que indica que un hombre busca contrarrestar el movimiento de la cubierta aún cuando está de pie sobre la tierra firme.

    A la cabeza del grupo iba un hombre gordo con la nariz rota y un pie tronchado detrás de los dedos, a quien se dirigió la muchacha.

    —¡Bozdal! ¿Está completa la tripulación?
    —Todos menos dos —respondió el hombre gordo—. Nos faltan un marinero de cubierta y uno para trabajar en la cocina.

    Detrás de él, los nuevos reclutas del Aaooa tenían la mirada fija y cambiaban el peso del cuerpo de uno a otro pie a la vista de su nuevo capitán. Pero ella parecía ignorar por completo la mirada de los hombres.

    Cuando miró a Terac, en sus ojos brillaba una huella de diversión. Terac pensó que esta era su oportunidad de desquitarse por aquel pescado podrido.

    —Eres bastante fuerte como para cumplir las dos funciones —dijo—. ¿Cómo te llamas?
    —Terac —le dijo.
    —¡Muy bien, Terac! Únete a tus compañeros. ¿Donde tienes tus cosas?
    —Las llevo puestas.
    —Muy bien. Eres mi hombre —dirigió una mirada feroz a todo el grupo que estaba frente a ella—. ¡Igual que todos ustedes! Mi nombre es Karet Var. ¡Para ustedes soy el Capitán Var! Soy la dueña del Aaooa y con él hice siete viajes alrededor de este planeta, y sé lo que hago. Todo el que piense otra cosa puede arreglarse con mi segundo oficial.

    Bozdal se cruzó de brazos y tamborileó los dedos sobre sus sólidos bíceps. Nadie dijo nada.

    —Muy bien. Vayan abajo y acomoden su equipo. ¡Tú, ¡Terac!
    —¿Sí?
    —¡Sí, Capitán! —dijo Bozdal, dando un paso hacia adelante.

    Terac obedeció.

    —Así está mejor —dijo Karet—. Como no tienes nada que acomodar, ve al otro lado del espigón, y usa para algo ese arpón que tienes en la mano. Dentro de una hora bajaré para ver si cumpliste debidamente tu tarea. Quiero zarpar al atardecer, así que te conviene trabajar con cuidado. ¡Apresúrate!

    Terac le dirigió una amplia sonrisa y llegó al otro lado del espigón antes de que ella pudiera agregar el comentario que bullía en su interior.

    El agua le llegaba a la cintura, pero estaba templada, y se puso a trabajar con energía. Al principio, no supo servirse del arpón, hasta que adquirió un poco de práctica, lo enroscaba unas cuantas veces en la maraña de algas y luego con un tirón fuerte las arrancaba.

    Había algo peor que algas marinas en el caño; era una cierta clase de animales de caparazón azul que se habían incrustado alrededor del extremo del caño, y Terac se estremeció al pensar en el daño que podrían causar en el motor. Los golpeó, los destrozó y los quitó con violencia del lugar donde se habían incrustado.

    Estaba tan absorto, que casi no se dio cuenta de la llegada de Karet. Se limpió la frente, dio un paso hacia atrás en el agua y miró a la muchacha que estaba colgada de las grampas de la pared del espigón. Se había puesto una túnica verde, que hacía juego con el color de sus ojos, que apenas le llegaba a la mitad de los muslos. Era el mismo traje que usaban la mayoría de los marineros. Se la ataba con un cinturón de corteza entrelazada en el cual llevaba un cuchillo.

    —¡Bien! —dijo de mala gana después de revisar el trabajo—. Sube a bordo y ayuda al cocinero a servir la comida. ¡Y no quiero que ensucies las cubiertas con la ropa mojada, o tendrás que fregarlas antes de irte a dormir!

    Terac obedeció. Después de retorcer los pantalones y secarse, llevó al castillo de proa el guiso de pescado en las inevitables fuentes de madera —puesto que Klaret estaba cubierto de bosques, se utilizaba al máximo la madera—, donde se encontraban Bozdal y la tripulación. Karet comió en cubierta, sentada sobre la borda y estudiando cartas marinas.

    Zarparon inmediatamente después. Antes de levar el ancla, Bozdal bajó a tierra y volvió con un mono de Sirian que había vigilado la mercadería durante el cargamento. Lo mantenía a distancia en el extremo de la cadena con una puntiaguda pica de metal. Con suma habilidad lo ubicó en la popa. Con una mano manejaba la pica y con la otra ató la cadena a una grampa colocada en el tabique de la cabina. Luego puso la pica fuera del alcance del animal.

    Terac se preguntaba por qué habían elegido ese lugar en especial como morada del mono, en lugar de la habitual jaula en cubierta. Dos horas más tarde obtuvo la respuesta, mientras se lavaba antes de irse a su litera. Oyó que alguien chapoteaba sobre el costado del buque, y miró hacia abajo. La luz que arrojaban las lámparas de navegación era bastante brillante como para que pudiera distinguir la figura de Karet, quien con una mano se frotaba el cuerpo en el mar, mientras con la otra se mantenía asida a una soga. Poco después trepó con agilidad y apareció con el mismo traje —o más bien, la ausencia de uno— que llevaba cuando la había visto por primera vez.

    —Buenas noches, Capitán —arriesgó, y fue retribuido con un breve saludo, mientras la muchacha cruzaba de un tranco la distancia que la separaba de la cabina de popa. Tomó la pica e hizo retroceder al despierto mono siriano para poder entrar en la cabina y cerrar la puerta de un golpe. El mono se lanzó hacia adelante y pateó contra la dura madera hasta que se aburrió y reanudó la tarea de tratar de engañar a la cadena que lo sujetaba.

    ¡De modo que así era como Karet cuidaba de sí misma en un buque cargado de hombres! Terac pensó que no debía existir ningún medio más eficaz.

    El viaje fue rápido, tal como le habían prometido. Navegaron hacia el ecuador y lo cruzaron, por lo general con baja potencia, pero aprovechaban cuando podían el viento aaooa, que daba el nombre a la nave. Tocaron un par de puertos en las islas para aprovisionarse de agua fresca y fruta, pero casi todo el tiempo mantuvieron rumbo constante hacia el sur.

    El trabajo le resultaba pesado, pero eso era bueno, ya que disminuía el dolor de su mente hasta un nivel soportable. Una vez que los demás llegaron a la conclusión de que era capaz para cumplir su tarea, comenzó a llevarse bastante bien con la tripulación, incluyendo a Bozdal, a pesar de ser un extraño y provenir de otro mundo. Bozdal era severo con él cuando Karet estaba cerca, pero todo estaba preparado en consideración al capitán, que encontraba su silencioso placer en extender la venganza por aquel beso que le había robado.

    El hecho de navegar a las órdenes de una mujer parecía no preocupar a los marineros. Terac pensaba que la causa de esta conducta era que ellos vivían de viaje en viaje, y cuando terminaban sin un peso después del permiso para ir a tierra entre dos viajes, quedaban hartos por un tiempo de la clase de mujeres tramposas que encontraban en el puerto. Siempre que Bozdal —un hombre a quien tenían respeto— les diera las órdenes propiamente dichas, no les importaba en absoluto quién fuera el dueño del Aaooa.

    Fueron relativamente pocas las naves que vieron pasar —en su mayoría buques mercantes como el de ellos— en los primeros veinte días después de la partida. En la mañana del día número veintiuno divisaron un rápido bote patrullero de dos reactores, que les ordenó detenerse para prestarse a una inspección, y Terac supo que el fin de su viaje era inminente.


    3


    —¡Paren los motores! —gritó Bozdal—. ¡Prepárense para recibir una patrulla a bordo! Los marineros corrieron a sus puestos, y Karet subió al castillo de popa junto al timonel para estudiar el bote que se acercaba; éste viró al costado del Aaooa, y un grupo de marineros acompañados por un oficial, que vestía el espléndido uniforme de las fuerzas de Janlo, saltaron de a uno sobre la cubierta un poco más baja de la nave y avanzaron.

    —¿Dónde está el capitán? —preguntó el oficial, y luego avistó a Karet, que se hallaba a popa—. ¡Ah, Capitán Var! —llamó—. ¿Cuál es su cargamento y destino?

    Karet descendió para ir a su encuentro, y se estrecharon la mano. Hizo una seña a Bozdal para indicarle que trajera el manifiesto y la copia del contrato, y dijo:

    —¡Provisiones de Fillenkep para vuestro ejército, Mayor! Hasta ahora vamos con un adelanto de un día... espero que no nos haga perderlo mientras nos inspecciona.
    —¡Oh! —explotó el oficial—. ¡Usted me conoce bien y sabe que no buscaría contrabando en su nave, Capitán Var! No, si eso hubiera sido todo, la hubiera llamado sólo para asegurarme de que era realmente su nave y no un impostor.

    La tripulación se mantenía cerca escuchando con suma atención. Cuando Bozdal se dio cuenta de esto, les ordenó volver a sus puestos de servicio.

    —¡Tú, Terac! —dijo bruscamente—. ¡Baja a la cocina! Puedes dejar tu puesto de marinero de cubierta por el momento.

    La cocina, para satisfacción de la curiosidad de Terac, tenía una abertura que daba casi directamente al lugar de la cubierta donde se encontraban Karet y el oficial. Mientras tomaba un pescado y comenzaba a limpiarlo, captó nuevamente el hilo de la conversación.

    —...no hay descripciones de él —decía el oficial—. Por supuesto, no hay prácticamente ninguna posibilidad de encontrarlo otra vez, a menos que intente abandonar el planeta y los guardias del puerto espacial lo reconozcan. Pero han transcurrido cinco días desde su llegada y el descubrimiento del crimen.
    —¿Cuál fue el crimen? —preguntó Karet con voz fría.
    —Violación y asesinato —dijo el oficial un poco confundido. Al ver que Karet no hacía ningún comentario, continuó:
    —Mientras usted estaba en Fillenkep, ¿se cruzó con alguien, un extranjero, que pudiera haber sido ese hombre?

    Terac sintió que se le paralizaba el corazón, y acomodó el pescado con excesivo cuidado. La espada que llevaba cuando vino a bordo estaba fuera de su alcance, en las habitaciones de la tripulación, pero el cuchillo que tenía en la mano se convertiría en un arma peligrosa.

    —Cuando estuve en Fillenkep no pasé más allá del espigón —respondió Karet con calma—. Sin embargo, Bozdal estuvo en tierra para conseguir la nueva tripulación. Bozdal, ¿viste a alguien así mientras estuviste en el pueblo?

    Por fortuna, el oficial no percibió el acento que puso sobre las últimas palabras, pero Bozdal captó rápidamente la sugerencia.

    —Que yo recuerde, no —dijo con voz grave.
    —Bien —dijo el oficial después de una pausa—, de todos modos, usted no nos puede ayudar. Disculpe la demora, Capitán Var, pero sigue adelantada.

    Al oír que los marineros que acompañaban al oficial volvían al bote patrullero, Terac, con la mente dando vueltas, tomó el pescado que había empezado a limpiar y continuó su tarea metódicamente.

    Varias veces desde entonces hasta el momento en que llegaron al puerto de destino, vio que Karet lo observaba con curiosidad, y el desconcierto de Terac aumentó. Era evidente que él bien podría haber sido el hombre al que se había referido el oficial, y había esperado que lo entregara casi con deleite. ¿Por qué no lo había hecho?

    Atracaron al día siguiente al atardecer acompañados por los sonidos de combate que llegaban hasta ellos por sobre el océano inmóvil. El puerto se encontraba sobre una isla pequeña y Terac sabía que no podía estar a más de treinta kilómetros de distancia de la zona de lucha más encarnizada. Sin embargo la vida en el único pueblo parecía bastante similar a la de Fillenkep, que se encontraba muy lejos hacia el norte. En la zona portuaria había incluso grupos de obreros reparando los daños que había causado el sitio y reducción de una fortaleza rebelde por parte de las fuerzas de Janlo unos cuantos meses atrás. Al ver esto Terac se estremeció. No sabía que Janlo tenía tal dominio de la situación. El corazón le dio un vuelco. El tiempo se le estaba acabando, y tenía tanto que hacer...

    Mientras se ocupaba de la descarga, deseaba estar en tierra y lejos, pero hizo un gran esfuerzo para transportar los pesados fardos de mercaderías hasta que el trabajo estuvo terminado. Ya hacía una hora que había obscurecido por completo cuando Bozdal consideró que la descarga había concluido y llamó a los que querían recibir su pago aquí en lugar de hacer el viaje de vuelta a Fillenkep.

    Sólo cuatro optaron por esta posibilidad, y lógicamente Terac era uno de ellos. Karet trajo la caja de caudales a la cubierta y la colocó encima de una mesa pequeña. Ni bien recibieron el dinero, los marineros corrieron a recoger sus pertrechos, y se marcharon a lo largo del muelle con la esperanza de ver algo de la vida nocturna de la ciudad —si es que la había— antes de irse a dormir.

    —¿Y bien? —dijo Karet por fin, mirando a Terac. Hizo una seña a Bozdal, que cerró el cofre y se lo llevó—. ¿Qué estás haciendo aquí?
    —Yo prometí pagarle por el privilegio de mi pasaje —dijo Terac—. ¿Cuál es su precio?

    Karet echó la cabeza atrás, y por primera vez desde que se conocieron, soltó una carcajada. Tenía una risa encantadora, que brotaba como música. Luego se estiró, lo cual hizo que su cuerpo bien formado extendiera la tela delgada de su túnica. Se puso de pie, atravesó la cubierta y se inclinó con los codos sobre la borda, dando la cara a Terac.

    —Puedes olvidarlo —dijo—. Trabajaste duro y con honestidad, y te contrataría otra vez cuando tuvieras ganas.

    Terac sabía que la urgencia de su misión exigía que no perdiera el tiempo ahí escuchando. Sin embargo, no podía alejarse.

    —Viste mucho más de nuestro mundo en unos pocos días que la mayoría de nuestros visitantes provenientes de otros planetas —dijo con aspereza—. Dime, ¿qué piensas de él?
    —Creo que es un mundo excelente —dijo Terac, con toda sinceridad. Le gustaban las innumerables islas en el mar sin mareas, coronadas con sus bosques, y las ciudades pequeñas pero bulliciosas que se levantaban en ellas. El agrado involuntario que le provocaba este planeta, en realidad, le servía de estímulo para emprender su misión.
    —Sí —dijo Karet suavemente—. Me alegra que digas eso, Terac, porque sé que lo sientes de verdad. Sabes, yo amo este mundo. No conozco muchos otros, pero viajé alrededor de los Pantanos, y estuve en Mallimamedy y en Batyra Dap. Mi padre era comerciante en el espacio, y mis hermanos mayores todavía lo son, pero él amaba a Klaret y volvió para morir aquí. Vino directamente desde Argos, pero cuando encontró este mundo, supo que era para él. Se casó con una muchacha klaretiana, y llamó a sus hijos con nombres basados en la palabra Klaret. Mis hermanos se llaman Laret y Aret.

    Terac estaba inmóvil y se preguntaba a dónde conducía todo esto.

    —Es por eso que yo estaba tan afligida cuando comenzó la guerra civil, para dividir a mi mundo —continuó la muchacha, casi para sí—. Y me puse tan feliz cuando apareció un hombre fuerte para sofocar a los rebeldes.

    Terac apenas pudo captar las últimas palabras, porque la muchacha se dio vuelta y fijó la mirada en el mar que tenía un débil resplandor. Había muy poco ruido: el sonido de la lucha había cesado, y la ciudad se encontraba a bastante distancia del muelle y no perturbaba la atmósfera en absoluto.

    Entonces Terac cruzó la cubierta suavemente y se acercó a la borda, al lado de la muchacha, para oír lo que diría a continuación.

    Después de un rato Karet dio vuelta la cabeza y lo miró.

    —Terac, ¿qué haces en Klaret? ¿Por qué tenías que venir aquí con tanta urgencia? ¿Y por qué pareces haber olvidado tu propósito ahora?

    Terac comenzó a responder pero luego lo alcanzó el verdadero impacto de la primera pregunta. Sintió que se alejaba de sí mismo y se maravillaba de haber tenido la sublime confianza en su propia persona como para imaginar por un momento que sería capaz de llevarlo a cabo. Lo malo era que nunca se había dado cuenta de lo que significaba todo un planeta.

    La resolución se hizo firme en su interior. Era una idiotez seguir pensando en llevar a cabo el plan sin ninguna ayuda. Si tuviera más tiempo, quizá, pero el tiempo era escaso y aquí a mano tenía un aliado en quien podía confiar.

    Antes de que pudiera hablar, una ráfaga fría surgió del mar, y Karet se estremeció dentro de su túnica delgada. Bozdal, que había estado comprobando que todo estuviera en perfecto orden, la llamó para preguntarle si lo necesitaba para alguna otra cosa. La muchacha le contestó que no, y él tomó la aguijada para llevar a tierra al mono Siriano, el cual se encargaría de vigilar las mercaderías amontonadas sobre el muelle.

    —Capitán Var —dijo Terac con resolución—. Creo que voy a responder a sus preguntas, y creo que debido a que usted ama Klaret le interesarán mucho las respuestas. Pero le advierto que la historia que debo relatarle le parecerá irreal, y con toda seguridad va a ordenar a Bozdal que me arroje a patadas por la borda. La muchacha lo miró pensativamente por algunos instantes, y luego se volvió.
    —Ven conmigo —dijo con tranquilidad, y atravesó la cubierta en dirección a su cabina. Abrió la puerta, y lo hizo pasar. Terac vaciló, pero ella asintió con impaciencia.

    La habitación tenía el techo bajo, y estaba iluminada por una lámpara que ardía con aceite de pescado. Había una litera angosta cubierta con una colcha de color verde intenso, una silla atada a la cubierta en una ranura corrediza, y —apenas el único toque femenino— un espejo grande con un lindo marco.

    —Siéntate —dijo, indicando una silla, y se dirigió a uno de los armarios. Sacó una gran vasija de ancinardio y dos jarras, y limpió una de ellas con un trozo de tela; era obvio que hacía mucho tiempo que no las usaba.

    Luego sirvió la bebida para los dos y se sentó en el borde de la litera, de frente a Terac. Bebieron, y la muchacha dijo pensativamente mientras bajaba el jarro.

    —Sabes, eres el único hombre que puso un pie en esta cabina. Incluso Bozdal nunca pasó de la puerta...

    Entonces se puso enérgica:

    —Muy bien. ¿Cuál es tu historia?
    —Ya sabes —dijo Terac, eligiendo sus palabras con sumo cuidado—, que yo soy el hombre que vino de la Gran Obscuridad que estaba buscando el oficial.
    —¿Vienes de la Gran Obscuridad? —Karet se puso tensa y parecía incrédula. Terac asintió.
    —¿Qué sabes de esa zona del espacio?
    —Sólo lo que... lo que todos saben. Que es el hogar de piratas y negreros. Lo mismo que algunas islas aquí en Klaret, por ejemplo Petoronkep, pero trasladado al espacio.

    Lo miró con cuidado y dijo:

    —¿Tú eres de esa estirpe?
    —Lo era —admitió Terac sin un temblor.
    —Tu misma sabes algo más acerca de eso, aunque puede ser que no te des cuenta —continuó después de una pausa—. Piensa en el pasado... no más allá de tu niñez. ¿No se contaban historias de los estragos que causaban los piratas, y en especial los negreros, en los mundos de esta zona, en Klaret y en Mallimamedy y Batyra Dap, y todos los demás? Sin embargo, sólo unas pocas horas después de aterrizar, oí que las patrullas se habían vuelto holgazanas por no tener nada que hacer. ¿Cuál crees que fue la causa de que disminuyeran los ataques de los piratas?

    La muchacha bebió otro trago de ancinardio, sin apartar la mirada del rostro de Terac.

    —Creo que te sigo —dijo—. Muy bien. Ahora explícame en que forma eso afecta a Klaret, como supongo qué quieres darme a entender. Todo lo que puedo decir es que a nosotros nos parece muy satisfactorio.
    —¡No! —dijo Terac explosivamente, y comenzó a contarle por qué.

    Cuando hubo terminado, la muchacha estaba sentada, inmóvil como una estatua, con el rostro arrugado y serio. Pero su primer comentario fue típicamente femenino.

    —¡Pobre muchacha! ¿La amabas... mucho?
    —Sí —afirmó Terac, y al admitirlo sintió una punzada de dolor.
    —Nunca oí el nombre de Aldur —fue la siguiente observación de Karet—. Creía que los nombres de muchos de los jefes piratas eran famosos. ¿Cómo es posible que el suyo no lo sea, si tiene dominio completo sobre ellos, como tú sostienes?
    —Aldur es un hombre muy inteligente —dijo Terac—. Sabe que el orgullo tonto ha significado la ruina de muchos antes que él. Muy pocos de su especie han comprendido esto. No pretende adquirir una reputación que haga llorar a los niños de noche, sino que desea el poder real, absoluto... y va por buen camino para conseguirlo.

    "Y ése", agregó su mente con melancolía, "es el hombre que tengo que destruir antes de que él pueda destruirme a mí".

    Bebió un trago de ancinardio.

    —Te creo todo lo que dijiste —dijo Karet con brusquedad—. Es asombroso. Es exactamente lo contrario de todo lo que pensé durante los últimos tres años —desde que Janlo se hizo cargo de las fuerzas contra los rebeldes—, pero concuerda. ¡Por los vientos del Klaret, concuerda demasiado bien!
    —¿Estás conmigo? ¿Me vas a ayudar?
    —En todo lo que pueda —prometió la muchacha, y Terac supo que no había cometido ningún error al elegir a su aliada.

    Karet se levantó y fue a buscar más ancinardio, y mientras lo servía, Terac formuló la pregunta que había estado ardiendo en su mente durante más de un día.

    —Karet —pronunció su nombre con torpeza—, cuando aquel oficial preguntó por mí, ¿por qué negaste que hubieras visto a alguien que pudiera ser el hombre que buscaban?

    Ella le dio la respuesta con total franqueza:

    —Porque —dijo—, ¡no creía que tú, de todos los hombres que conozco, tuvieras que valerte de la violencia para conseguir a la mujer que quieres!


    4


    Al principio Celly estuvo demasiado presente en su memoria, por supuesto. La recordó como la había visto por última vez, cuando dio un vistazo final a la cabina de su nave. En siete días la mecha se habría consumido y el fuego habría purificado el interior de la embarcación. Pero habían abierto las intrincadas cerraduras antes de eso, y otros la habían visto yacer, salvajemente atacada, sobre la litera dura y en total desorden.

    Sintió que la ira ardía en su interior, al pensar que la habían conocido cuando ya estaba muerta, y no como era en vida: vivaz, con una vitalidad que brillaba a través de sus ojos como la luz del sol.

    Después la recordó como era entonces, la forma en que Aldur la había visto, deseado y tomado cuando él, Terac, se encontraba lejos. Se sabía que cualquiera que hiciera algo más que mirar a Celly (¡porque todos la miraban!) tendría que vérselas con un Terac enfurecido, aunque se tratara del mismo Aldur... y los hombres que tenían que responder a Terac, por lo general lo hacían con la sangre de su vida.

    Así que Aldur lo había hecho, ¿y qué había conseguido? Nada. Pero Terac juró que le costaría el imperio, por lo cual apostó.

    Este era Aldur: un hombre cruel que veía más allá de los engaños.

    Cuando era joven había percibido la mentira con que se alentaban las esperanzas de la población en las colonias anárquicas de hombres y mujeres nacidos en el espacio, más allá en la Gran Obscuridad; había visto que la degeneración genética no había terminado, sólo disminuido, y esto gracias a la sangre fresca que, cada vez con menos frecuencia, se agregaban a sus filas como resultado de las ventas de esclavos, y los ocasionales proscriptos que venían huyendo y lograban convencer a las autoridades de su deseo de unirse a sus fuerzas.

    Entonces Aldur había conspirado. Terac, que también había visto que la única vida que conocían corría peligro de extinción, lo había ayudado.

    Habían hecho que los jefes piratas se pelearan entre sí, y que los negreros, que se habían puesto gordos por no hacer nada, lucharan unos contra otros, hasta que Aldur se erigió como jefe indiscutido de su bandas salvajes.

    Y luego había lanzado su plan para formar un imperio.

    Demasiado tiempo habían vivido de los recuerdos de las glorias pasadas; demasiado tiempo se habían alimentado y multiplicado, sin hacer otra cosa. Aldur dijo: "La disolución del antiguo Imperio es completa.

    Ningún rey poderoso flamea su estandarte sobre Argos, el Prestans del vecino mundo de Klaret fue puesto a prueba en la guerra civil... ¡La fuerza que nos empujó hacia la Gran Obscuridad ha desaparecido; pero nosotros seguimos existiendo y vamos a volver!"

    La realización del plan había de ser lenta. Entre roces e irritaciones, los súbditos de Aldur se quejaban y Aldur también se aburrió de esperar. Por último, firmó el decreto de su propia destrucción... y tomó a Celly.

    El recuerdo dulce y triste a la vez de su primer abrazo, la primera vez que ella se había rendido en sus brazos, llenó la mente de Terac, y también recordó cuál había sido su propósito.

    Y sin embargo... Sus brazos rodeaban a otra persona, y otra cosa además. Había visto, en algunas de sus correrías, cómo era vivir bajo el cielo abierto y respirar el aire natural. Había visto a esos seres humanos a los que él siempre había considerado como animales engordados, aguardando las incursiones de los piratas. Y se había dado cuenta de que había una razón más poderosa que la simple venganza para destruir a Aldur.

    Por fin, como si un viento puro hubiera quitado el olor a muerte de su memoria, miró directamente a Karet.

    Podía decir sin preguntarlo que ella sabía lo que había hecho por él.

    Terac durmió plácidamente por primera vez después de varias semanas.

    Karet le trajo el desayuno, que consistía de pescado a la parrilla hecho con sus propias manos. Se imaginó que esta era la primera vez que la muchacha hacía tal cosa. Le dio las gracias, comió con voracidad y la estudió mientras comía. No la entendía, porque en realidad no entendía la forma de vida de la gente que vivía en un planeta, pero al menos sabía que valía la pena tomarse el trabajo de entender.

    —Supongo que tu plan original consistía en matar a Janlo y apoderarte del ejército —sugirió Karet después de permanecer en silencio por un largo rato.

    Terac asintió.

    —No creas que soy estúpido —le dijo con ironía—. Pero en los términos a que estoy acostumbrado, era posible hacerlo. No hay nada más que trescientas o cuatrocientas mil personas allá, en la Gran Obscuridad, contando a las mujeres, los niños y los esclavos. Un hombre puede, ¡y lo hace!, gobernarlos. Aquí, debe haber muchos millones.
    —¿Entonces, ahora...?
    —Al menos debemos ir hasta el frente de batalla y averiguar cuál es la situación antes de tomar una decisión. Me temo que el momento está muy cerca para que Janlo mande sus correos a Aldur. Luego, con todas las defensas del otro lado del planeta y una horda de fingidos "esclavos liberados" para destruirlos desde adentro, Aldur puede descender sobre el planeta y apoderarse de él.

    Terac hablaba con amargura, y se lamentó de que sus palabras provocaran una expresión de tristeza en los ojos de Karet.

    ¡Oh, pero ese era un plan simple, y magistral!

    —Entonces debemos encontrar alguna excusa para ir hacia allá —Karet frunció las cejas—. La extensión de agua que separa este lugar del ejército de Janlo tiene que estar repleta de patrullas cuya misión es detener a los rebeldes fugitivos y a los intrusos portadores de noticias o provisiones para las fortalezas que aún se conservan. Mi contrato con el gobierno era sólo para traer provisiones hasta aquí. Yo tenía la intención de regresar con un cargamento de madera —la cual abunda aquí, porque los rebeldes construyeron muy poco en tres años—, o bien de soldados con licencia.
    —Vamos a encontrar algo —declaró Terac. Sin embargo, después de mucho meditar no encontraron nada, y cuando más tarde subieron a la cubierta no había ningún signo de vida más que el mono Siriano en el muelle, que parloteaba con sí mismo de mal humor, y pasaba los eslabones de la cadena que lo sujetaba de una pata a la otra con un movimiento estúpido. El metal producía un ruido tintineante.
    —¿Dónde está la tripulación? —preguntó Terac, sorprendido.
    —Bozdal debe haber bajado a tierra para buscar hombres para el viaje de vuelta; debemos reemplazar a los tres que perdimos. Y los demás están abajo durmiendo.
    —¿Entonces quien...?
    —¿Te preparó el desayuno? Bueno, yo lo hice.

    Terac no tuvo oportunidad de pronunciar su sorprendido comentario porque Bozdal venía caminando por el muelle en ese momento. Lo acompañaba un hombre alto y muy pálido, vestido de negro azabache, que hizo sonar una cuerda de reconocimiento en la memoria de Terac, aunque no podía determinar dónde se habían encontrado.

    —¡Capitán Var! —dijo Bozdal con voz fuerte—. Este hombre es Ser Perarnit y desea hablarle acerca de una proposición que parece interesante.

    Karet asintió.

    —¡La mejor de las mañanas para usted, Ser Perarnit, y suba a bordo!

    El hombre vestido de negro descendió con torpeza, como si estuviera inseguro, hasta la cubierta, y Terac vio que su rostro era viejo y arrugado.

    —Lo mismo para usted, Capitán Var —replicó, con sus penetrantes ojos grises fijos en el rostro de Karet—. Tengo entendido que se encuentra libre.
    —Por el momento —admitió Karet—. ¿Desea fletar mi embarcación?
    —Sí —dijo Perarnit. Metió la mano en el vestido negro y tanteó dentro de una bolsa. Los dedos le temblaban un poco. Terac trató de determinar si era realmente viejo o sólo estaba muy enfermo.

    Pero abrió el rollo de papel que sacó con un movimiento hábil y diestro. Karet lo leyó y luego tocó el pesado sello que tenía en la parte inferior.

    —Bueno, si este papel es auténtico, ¿no podría usted comandar cualquier embarcación de la armada en Klaret? —preguntó.
    —Quiero averiguar con qué eficiencia operan las patrullas, si son tan buenas como afirma el General Janlo. No tengo ninguna duda de que lo sean, en realidad, pero quiero estar seguro. Por lo tanto, en lugar de avanzar hasta el frente de batalla en un buque de la armada, tengo la intención de fletar una nave privada para ver hasta qué punto se la controla.

    Ni Terac, ni Karet, recurriendo a algún esfuerzo sobrehumano, revelaron la repentina y tensa ansiedad que ambos sentían. ¡Esto era un envío de los dioses!

    Karet mantuvo su voz práctica, y dijo:

    —¿Cuál será mi recompensa, Ser Perarnit? Mi nave y su cargamento es todo lo que tengo para vivir.
    —Su hombre —señaló a Bozdal— me dijo cuánto gana usted por un cargamento de madera en un viaje como este. Le pagaré el doble para compensar el tiempo del viaje de regreso.
    —Hecho —dijo Karet, y se descubrió el pecho sobre el corazón para que Perarnit lo tocara como símbolo de un pacto sellado. El hombre vaciló un momento, como si no estuviera acostumbrado a que una mujer hiciera los gestos propios de un hombre, pero luego sus dedos delgados y marchitos se posaron en el pecho de Karet por un instante, tan ligeramente como si fueran las extremidades de un pájaro, lo que parecían en realidad.
    —Soy bastante conocido dentro de la flota —dijo Perarnit después de una pausa—. Por lo tanto no voy a aparecer en la cubierta cuando reciban la voz de alto. Le mostrará esto al capitán de la nave patrullera...

    Agitó un segundo rollo de papel, más pequeño que el primero. Karet lo tomó, perpleja, y dijo llena de asombro:

    —Lleva la firma del Prestans, ¿no es cierto?
    —Así es —dijo Perarnit, y sonrió como si estuviera gozando en secreto—. ¿Cuándo puede estar lista para zarpar?
    —Nos faltan tres hombres —dijo Karet, y estaba por ordenar a Bozdal que regresa a tierra y juntara tres hombres para reemplazar a los que se habían ido, cuando Perarnit se le anticipó.
    —Tengo una comitiva personal —dijo—. Tres hombres y una muchacha. Conocen perfectamente la vida de mar.

    Bozdal estaba a punto de protestar cuando se dio cuenta, al igual que Terac y Karet, de que Perarnit había hablado con la voz de un hombre a quien no se desobedece.

    —Entonces podremos zarpar ni bien lleguen a bordo —dijo Karet con brusquedad—. ¡Bozdal, ve a dar una reprimenda a los que están durmiendo!


    La reorganización fue difícil. Los tres esclavos que vinieron con Perarnit —hombres robustos y silenciosos, con reflejos rápidos y ojos pensativos que contradecían su fuerte musculatura— se acomodaron con bastante facilidad entre la tripulación. Pero no podían destinarle a Perarnit la litera de un marinero. Por lo tanto, Karet le cedió su cabina, y con un centelleo en los ojos Perarnit decretó que no debía preocuparse por la esclava, ya que lo atendía de día y de noche y no correría peligro entre la tripulación. De modo que Karet quedó relegada al frío de la cubierta. Ya habían dejado atrás la calidez de los trópicos.

    Bozdal estuvo al borde de las lágrimas cuando vio que el Aaooa llevaba una carpa en la cubierta de popa, pero valió la pena...

    Perarnit no apareció para nada, excepto de vez en cuando, cuando después de la caída del sol subía a la cubierta a caminar, sumergido en sus pensamientos. Terac le llevaba la comida hasta la puerta de la cabina, y la esclava devolvía los platos más tarde; por lo general la comida apenas había sido tocada.

    Terac, quien a juzgar por las apariencias externas seguía siendo el ayudante de la cocina y el marinero de cubierta de la travesía anterior, trató de hacer hablar a los hombres que formaban la comitiva de Perarnit sobre el comportamiento de su señor, pero aparte de repetidas afirmaciones al respecto de su antigüedad en el gobierno de Klaret, no obtuvo más que una sonrisa y Un gesto con la cabeza El pergamino firmado por el Prestans tema un efecto extraordinario sobre las patrullas que los detenían con monótona regularidad. Sólo tenían que aparecer como un punto en el horizonte de una nave patrullera, y en menos de una hora se encontraban frente a una ballesta cargada con suficiente fuego líquido como para empaparlos en llamas de una punta a otra, mientras varios oficiales exigían con voz furiosa una explicación por hacer uso de esta parte del océano. Entonces Karet mostraba el rollo de papel, y ellos parpadeaban, retrocedían, saludaban respetuosamente, y permitían que el Aaooa continuara su travesía.

    Después de dos días vieron señales del combate. Los hombres que se encontraban en cubierta sin nada que hacer se vengaban a costas de los peces globos que emigraban hacia el norte en dirección al ecuador durante el invierno meridional; los miembros humanos aún no digeridos sobresalían de sus estómagos externos como pseudópodos adicionales. Uno de los marineros en particular —Karet explicó que pertenecía a un culto que sostenía que era necesario enterrar el cuerpo de un hombre o, al menos, rezar sobre él, para que alcanzara la resurrección—, atacaba con violencia a los abultados peces que se alimentaban de carroña.

    Después de tres días, muchos de los buques de la armada que los interceptaban se dirigían hacia el norte con huellas de quemaduras y orificios causados por espolones explosivos para ser reparados en un puesto de reacondicionamiento. En dos oportunidades se cruzaron con convoyes de buques apresados; las naves patrulleras remolcaban lentamente las averiadas embarcaciones de los rebeldes, cuyas cubiertas estaban llenas de prisioneros encadenados.

    Y el cuarto día Perarnit apareció en la cubierta sin advertencia previa, y les dijo dónde se encontraba el cuartel general de Janlo, lo cual constituía un secreto guardado celosamente. Estaba a menos de tres horas de distancia, y Karet viró de inmediato en esa dirección. En cuanto atracaron, los guardias del puerto vinieron a interceptarlos, pero cuando Perarnit les mostró su pergamino asumieron una actitud servil. Apostaron un guardia al costado del Aaooa para evitar nuevas averiguaciones.

    Perarnit dio las gracias a su anfitriona temporaria, pagó la suma estipulada, y trepó al espigón con sumo cuidado y con bastante ayuda. Los tres esclavos lo siguieron, saludando a los amigos que se habían hecho entre la tripulación; y en último lugar, los seguía la niña esclava, a quien apenas habían visto. Escoltado por una cuadrilla de soldados, Perarnit desapareció de la vista.

    No hacía mucho tiempo que esta ciudad había sido arrebatada a los rebeldes. Tenía las marcas dejadas por el fuego, que era el arma más potente en las ciudades de Klaret, construidas con madera. Los soldados y marineros que estaban aquí temporariamente vivían en carpas, aunque también había unas cuantas casas intactas que parecían estar llenas de oficiales. La ciudad era pequeña, y Terac informó a Karet que tenía una excelente posibilidad de localizar a Janlo de inmediato.

    —¿Pero qué puede pasar si bajas a tierra? —preguntó Karet—. ¿No te detendrán de inmediato?
    —Probablemente. En el peor de los casos, tendré que recurrir a Perarnit, pero creo que seré capaz de librarme de la mayoría de los inconvenientes que pueda tener.

    Lleno de optimismo, ató la espada en su lugar habitual, sobre el hombro, y trepó a tierra.

    Mientras avanzaba mantuvo los ojos y los oídos abiertos, y observó que la vida seguía su curso de un modo casi normal. Pequeños comerciantes habían fabricado puestos improvisados con restos de madera quemada, los bares estaban abiertos, las mujeres fáciles que habían sobrevivido al sitio otra vez se aplicaban a su oficio con las nuevas soldadescas, y se sorprendió al ver que al menos una escuela había reabierto sus puertas. En todo caso, veinte chiquillos sucios estaban sentados en círculo sobre el suelo escuchando a un maestro, aunque sin la ayuda de libros.

    Había caminado durante casi una hora; de vez en cuando saludaba a un oficial como si fuera un mercenario en la nómina de pagos de Janlo, y se había formado una idea muy clara de la distribución de la ciudad, cuando de pronto oyó un grito de atrás.

    —¡Alto, tú, Terac!


    5


    Terac se dio vuelta, y se sorprendió al encontrarse con un soldado que parecía un trueno. Era Avrid, a quien había conocido en la taberna del muelle, allá en Fillenkep.

    Avrid sacó un silbato y dio tres agudos silbidos antes de dirigirse rápidamente a Terac y sujetarle el brazo con fuerza. Terac forcejeó hasta soltarse.

    —¿A qué estás jugando, Avrid? —preguntó.
    —¿Te acuerdas de mí, eh? —el soldado se puso las manos en las caderas e hizo frente a la mirada fija de Terac con una expresión feroz e implacable. Mientras tanto llegaron varios hombres en respuesta a los silbatos, y entre ellos venía un oficial resplandeciente con su uniforme negro y rojo.
    —¿Qué significa esto, soldado? —preguntó este último. Avrid dio un paso hacia atrás e hizo un saludo.
    —Este es un extranjero llamado Terac, señor —informó al oficial—. Hace pocas semanas encontraron a una mujer asesinada en una nave que había aterrizado en Fillenkep. ¡Vi a este hombre en el muelle el mismo día que aterrizó la nave!
    —¿Extranjero, eh? —el oficial se frotó las mejillas abultadas—. ¿Y cuál es su historia, Terac?
    —No sé nada de lo que este hombre dice —mintió Terac inflexiblemente—. Cuando nos conocimos, ya hacía cinco días que estaba en Klaret.
    —¡Y en esos cinco días no habías aprendido nada sobre la moneda de Klaret! —dijo Avrid, y explicó el episodio al oficial, mientras el corazón de Terac dio un vuelco.
    —Llévenlo a prisión —dijo bruscamente el oficial a los otros soldados que habían llegado—. Se le puede conceder una audiencia esta noche, si hay tiempo en la corte.

    La mano de Avrid se levantó como una víbora que se dispone a morder, y Terac supo que habían sacado su espada de la vaina cuando sintió el suave siseo del metal al rozar el cuero, junto con una leve sacudida. Luego, varias manos musculosas se cerraron sobre sus brazos y lo transportaron por las calles boca abajo sostenido por las cuatro extremidades.

    Fue conducido a uno de los edificios intactos que ahora servían de oficinas administrativas, y entregado a un carcelero hosco y de piel obscura, que tomó breves detalles de la acusación que pesaba sobre él. Le permitieron conservar todo lo que llevaba excepto las armas y los instrumentos para hacer fuego. Pronto comprendió el motivo de esta última precaución: lo arrojaron en una celda que, al igual que casi todos los objetos en Klaret, estaba hecha de madera. Pero se trataba de una clase de madera tan dura como la piedra y de varios centímetros de espesor.

    Después de explorar la posibilidad de escapar y decidir que no existía en absoluto, Terac se sentó lánguidamente sobre el único mueble, una tosca litera cubierta por un colchón relleno de plumas, y se preguntó qué le ocurriría a continuación.

    Una hora más tarde recibió parte de la respuesta. El taciturno carcelero, escoltado por dos soldados armados, entró en la celda y le dirigió una mirada lenta y penetrante. Por último, dijo:

    —Le corresponde una audiencia esta noche. Antes de que oigan su caso tiene permiso para llamar a cualquier persona que pueda respaldarlo. Si no satisface al general, será enviado de vuelta a Fillenkep para ser juzgado allí. ¿Entendido?
    —Yo llegué aquí como miembro de la tripulación de una nave en la cual viajaba un alto funcionario del gobierno —dijo Terac con ansiedad—. La nave se llama Aaooa, y el capitán debe estar en el muelle. Es una mujer llamada Karet Var; ella hablará por mí.

    Dejó de hablar. Era evidente que, en lugar de escucharlo, el carcelero contemplaba el techo y silbaba distraídamente para sí. Terac comprendió casi enseguida, y puso una moneda de cien círculos en la mano del hombre. Obviamente esto era más de lo que el carcelero había esperado, porque brilló de alegría una vez que se hubo asegurado de que la moneda no era falsa.

    —¿Quiere llamar a alguna otra persona? Podemos traer a cualquiera que usted conozca aquí.
    —¿Los esclavos pueden prestar declaración? —preguntó Terac con incertidumbre. Para Perarnit él era simplemente uno más de la tripulación pero se había hecho bastante amigo de uno de los hombres de su comitiva.

    El carcelero sacudió la cabeza con pesar.

    —Los esclavos son capaces de hacer cualquier cosa por el precio de su libertad —dijo—, de modo que no podemos confiar en ellos. Pero voy a tratar de encontrar a esa mujer.

    Cuando los visitantes se retiraron, Terac, lleno de furia, recorrió la habitación de un lado a otro durante más de una hora. Luego, la puerta de la celda se abrió otra vez, y fue escoltado a lo largo de varios corredores hasta una habitación en la cual habían instalado una especie de tribunal. El estandarte de Janlo estaba colgado en una pared detrás de una silla de respaldo alto, en frente de la cual se encontraba el banquillo del acusado custodiado por soldados. Unos cuantos curiosos y espectadores llenaban las hileras de sillas ubicadas al fondo de la sala.

    Terac buscó con desesperación algún rastro de cabello rojo fuego, pero no lo encontró. ¿Dónde estaba Karet, entonces?

    Un heraldo que pidió silencio distrajo su atención, y; sobre el costado de la sala se abrió una puerta y se hizo presente el juez principal. El corazón de Terac latió con violencia por un momento, y luego comprendió que estaba perdido. Era Janlo en persona.

    Con una espada en la espalda, Terac fue obligado a sentarse en el banquillo, y cuando Janlo se acomodó en su asiento vio por primera vez al prisionero y lo reconoció de inmediato. Una expresión de asombro y desconcierto invadió su rostro, pero pronto dejó lugar a una sonrisa de tranquila satisfacción mientras estudiaba la situación.

    Los procedimientos fueron breves.

    —El acusado es un marinero —anunció el taciturno carcelero—. Un extranjero llamado Terac. Se lo acusa de violación y asesinato.

    A continuación leyó, de un papel que parecía una proclama oficial de "buscado" con algunos detalles acerca del descubrimiento del crimen.

    —¿Cuáles son los motivos para acusar a este hombre? —preguntó Janlo con voz suave y ronroneante.

    Avrid se puso de pie en el recinto del tribunal y relató su primer encuentro con Terac. Después le siguió Qualf, y a continuación Torkenwal, sus compañeros de aquel día.

    —Bastante bien —asintió Janlo—. Prisionero, ¿tiene algo que decir?
    —Pedí un testigo que declarara a mi favor, pero no fue traído aquí —dijo Terac con amargura.
    —Es verdad —admitió el carcelero ante la mirada interrogadora de Janlo, y describió la relación de Karet con el caso—. Pero tal vez tenga algo que temer, pues no vino.
    —El prisionero está condenado a un juicio en el lugar más próximo a la ofensa —dijo Janlo brevemente—. Dispongan que sea enviado a Fillenkep mañana por la mañana.

    Terac fue empujado fuera de su asiento y volvió a su celda. La cabeza le daba vueltas, y se sentía terriblemente furioso por el triunfo que ahora invadía la mente de Janlo. Sin lugar a dudas, Aldur debía haber advertido a su general títere de que Terac había escapado, y verlo llegar como prisionero ante el tribunal era un envío de los dioses. Janlo no podía haber dudado ni un instante acerca de quién se encontraba delante suyo, ya, que con bastante frecuencia se habían sentado frente; a frente en la mesa del consejo, junto con Aldur, tres años atrás.

    Era peor aun imaginar cómo el mismo Aldur se reiría cuando se enterara de la noticia...


    Estaba sentado en la litera con la cabeza entre las manos, cuando se abrió la puerta y apareció Janlo en persona, acompañado por un gigantesco esclavo leontino, a quien le habían cortado la lengua, a juzgar por la manera en que movía la boca.

    —¿Y bien, Terac? —dijo Janlo con una risita ahogada—. ¿Qué te trae por aquí?
    —Lo sabes muy bien —dijo Terac sarcásticamente, y Janlo asintió.
    —Creo que Aldur le tomó cariño a esa muchacha tuya tan atractiva. ¿Cómo se llamaba? Celly, ¿no es cierto? —la mirada de Janlo era burlona—. ¡Terac, Terac, nunca sospeché que fueras tan tonto!

    Terac escupió en el rostro del hombre, y el esclavo leontino le dio un golpe sobre la boca con la palma de la mano. Fue arrojado contra la pared como si lo hubiera embestido un toro de Tanis, y se tendió atontado sobre la litera.

    —Sí, la saliva es la única arma que te queda —dijo Janlo con compostura, secándose el escupitajo con un pañuelo finamente bordado—. Así que te dispones a conquistar un mundo llevado por el mero resentimiento, con ningún instrumento más poderoso que la saliva. Asombroso. Eso revela una mente débil: me desconcierta pensar por qué Aldur confió en tí durante tanto tiempo.

    Echó hacia atrás su hermosa cabeza y soltó una carcajada.

    —¡Un príncipe de los tontos! —exclamó—. Te agrada pelear del lado de esos otros tontos que habitan Klaret, ¿no es cierto? ¡Están tan seguros de que tienen razón, son tan sensatos! Nunca se les ocurre preguntarse si un simple pescador puede en realidad conquistar medio planeta... A propósito, debo felicitarte, Terac. ¿Te acuerdas de aquellos planes para reducir una fortaleza aislada que elaboramos con Aldur cuando empezábamos a prepararnos para la conquista de Klaret? Produjeron resultados maravillosos y tu contribución en ellos no es la menos importante por cierto.

    Terac hizo un esfuerzo para incorporarse sobre los codos y miró a los ojos al pretendiente al trono.

    —¡Ahora hablas muy bien, Janlo! Has gobernado durante mucho tiempo. Pero me pregunto si seguirás hablando con la misma elegancia cuando Aldur venga a reclamar para sí lo que te esforzaste por ganar durante tres largos años.

    La provocación dio en el blanco. El rostro de Janlo se obscureció de pronto, como las nubes de una tormenta. Dio media vuelta y salió precipitadamente de la celda. El esclavo leontino echó una prolongada mirada a Terac y lo siguió.

    Terac permaneció inmóvil por un largo rato, insultándose a sí mismo. Si no se hubiera dejado arrastrar por la furia, y no hubiera escupido en el rostro de Janlo, el esclavo no lo habría atontado con el golpe, y quizás podría haber hundido los dientes en la garganta de Janlo antes de que el otro pudiera impedírselo.

    El sueño lo invadió como una horda de proyectiles, pero después de un cierto límite ya no pudo resistirlo. El sonido de una puerta que se abría lo despertó de pronto, mucho después de que cayera la obscuridad.

    —¡Tú, afuera! —dijo el carcelero con un susurro, y Terac obedeció antes de que su mente dormida pudiera preguntar si no se trataba de un sueño. Pero no lo era. En la débil luz de una antorcha que brillaba más allá de la celda, distinguió... ¡Karet!
    —¿Por qué... por qué no viniste esta tarde? —preguntó.
    —Te traía algo mejor —dijo la muchacha, y le mostró un rollo de papel—. Fui en busca de Perarnit, ¡y por él conseguí un indulto firmado por el Prestans!
    —Pero... ¿cómo?
    —Dice que trajo algunos documentos para poner en libertad a los prisioneros que fueron torturados para que ayudaran a los rebeldes. Pero, ven... rápido.

    Terac vaciló, y dirigió una mirada al carcelero que se encontraba a sus espaldas.

    —¿Janlo sabe esto? —dijo por lo bajo.
    —No, está en un banquete —Karet no podía entender por qué se demoraba.
    —Aquí están tus cosas —dijo el carcelero con voz apagada. Le devolvió la espada, el cuchillo y los instrumentos para hacer fuego que le había quitado antes. Terac le dio veinte círculos y le ordenó que desapareciera. En cuestión de unos minutos él y Karet estaban seguros en la ciudad y corriendo hacia el laberinto de calles angostas cercanas al muelle.

    Hicieron un alto en un obscuro callejón, y la muchacha se arrojó en sus brazos.

    —¡Tuve tanto miedo cuando me enteré de que te habían atrapado! —susurró contra la mejilla de Terac, y él sintió una humedad inesperada que provenía de los ojos de la muchacha.
    —¿Cómo conseguiste la amnistía? —inquirió Terac suavemente, y Karet retrocedió un paso.
    —Terac, tuve que contarle a Perarnit, por supuesto. ¡Tuve que contarle todo!


    6


    Terac tardó mucho tiempo para comprender las palabras; por último pudo hablar.

    —¡Pero estabas loca! Supónte que se hubiera reído de tí y enviado el informe a Janlo. ¡En menos de un día una espada te habría dado muerte en la obscuridad!
    —Terac, ¿podía arriesgar menos por Klaret? —preguntó la muchacha, y él se relajó lentamente, casi con un sentimiento de culpa.
    —No —dijo con suavidad—. Era lo único que se podía hacer. Pero... bueno, la aventura salió bien. ¿O no?
    —Sí —insistió Karet—. Ven ahora, y juzga por tí mismo. Ahora vamos a ver a Perarnit. Me dijo que en cuanto estuvieras libre te llevara a donde él se encuentra.

    Al oír esto, Terac vaciló otra vez.

    —Esto no me gusta nada —dijo—. ¿No será una trampa? ¿Acaso un funcionario de Klaret estaría dispuesto a prestar ayuda a un hombre proveniente de la Gran Oscuridad?
    —Ya verás por qué —dijo Karet con determinación, y Terac se rindió.

    La muchacha lo condujo a una casa pequeña en la zona portuaria, en la cual se filtraba la luz por los bordes de las cortinas. Un guardia apostado delante de la entrada principal los examinó a la luz de una antorcha resinosa. Reconoció a Karet y la saludó, y golpeó la puerta en la forma convenida. Uno de los esclavos de Perarnit les abrió, y cuando entraron en la habitación de techo bajo, encontraron al hombre en persona extendido sobre una cama cubierta con pieles de katalabo. Su cuerpo delgado sólo llevaba un taparrabos, y la silenciosa esclava lo masajeaba con aceite.

    Atravesó a los recién llegados con sus ojos penetrantes e inteligentes.

    —Veo que mi pergamino hizo milagros —dijo con sequedad—. Esclava, trae sillas y una jarra de vino para estas personas —agregó, y la muchacha se levantó para obedecerlo.
    —Debemos encubrir esta huida —continuó Perarnit, mientras se incorporaba—. ¿Cuál es la velocidad máxima del Aaooa, Capitán Var?
    —No más de lo normal para un carguero —respondió Karet.
    —Una lástima. Sin embargo, habrá que intentarlo —hizo una pausa mientras la muchacha servía el vino que había encontrado, y luego continuó con sus meditaciones—. ¿Su hombre Bozdal conoce su letra? Bien. Escriba instrucciones en un rollo de papel... por allí debe haber tinta. ¡Balaz!

    El esclavo que se hallaba en la puerta se hizo presente.

    —Balaz, tienes casi la misma altura que Terac. Quiero que te vistas con su ropa y lleves tu espada como lo hace él. Llevarás el papel que te entregue el Capitán Var e irás al Aaooa que está amarrado en el muelle. Sube a bordo. Entrega el papel a Bozdal. Dile que salga del puerto con poco ruido, pero lo suficiente como para llamar la atención, y asegúrate de que se vea con claridad que estás a bordo disfrazado de Terac. Cuando Janlo se entere de la partida del buque, darán por sentado que Terac abandonó la isla por ese medio. ¿Entendido?

    Balaz hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Terac se quitó la ropa lentamente y se puso, en cambio, un traje negro de Perarnit que le entregó Balaz. Mientras tanto, Karet escribía sobre un pequeño escritorio detrás del lecho de Perarnit; dobló el mensaje, y lo entregó a Balaz.

    Cuando el esclavo desapareció en la oscuridad de la noche, Terac se levantó de la silla y contempló el cuerpo delgado y desnudo de su protector.

    —¿Por qué —preguntó—, siendo usted un funcionario que goza de confianza, presta ayuda a un refugiado, a un pirata?
    —Toma asiento otra vez —le ordenó Perarnit con calma—. En realidad, es muy simple. En primer lugar, ¿por qué piensas tú que vine hasta aquí, al frente de batalla, para observar las actividades de Janlo? ¡Piensa, hombre! ¿Es acaso probable que un pescador se alce para conquistar medio planeta?

    Terac recordó que las palabras de Janlo, un poco más temprano ese mismo día, habían presagiado la observación, y comenzó a comprender.

    —El Prestans, como tú sabes, —continuó Perarnit— está viejo y débil ahora. Pronto, no sabemos cuando, surgirá el problema de la sucesión. Abret, el pariente más cercano de la antigua estirpe, perdió sus derechos y los de sus descendientes cuando alzó el estandarte de la rebelión contra Farigol, quien había ganado la elección legalmente en un llamado a las islas, ¿recuerdas?
    —Ahora bien, algunas veces ocurre que un hombre fuerte, un conquistador, después de ganar sus verdaderas batallas, mira a su alrededor en busca de nuevas victorias. ¿No crees que si se proclamara por todas las islas que se debe elegir un nuevo Prestans, Janlo se ofrecería, y probablemente triunfaría?

    Perarnit hablaba con violenta intensidad, y Terac se preguntó cómo una llama de vida tan brillante podía arder en ese cuerpo marchito.

    —Ahora bien, ocurre también que un general que sabe mandar durante la guerra no gobierna con sabiduría en tiempos de paz. Por otra parte, una cosa que no ocurre es que un hombre que no tenga más habilidad para la estrategia que defender las flotas pesqueras de los cariñosos ataques de nuestros piratas klaretianos se convierta en un gran Prestans. Buena parte de la carrera de Janlo nos ha hecho reflexionar en Fillenkep. En realidad, nos preocupó tanto que la única solución era que yo mismo viniera para evaluar la situación. Lo que tu Capitán Var me ha contado constituye una explicación tan perfecta de lo que ha ocurrido y ocurrirá que no pude menos que aceptarlo.

    Perarnit agregó pensativamente:

    —Resulta interesante que nadie haya cuestionado el origen de Janlo hasta después de que hubo dirigido su primer gran ataque y destruido la isla de Osterkep, ciudades, bosques, y todo lo demás, con fuego. Sólo entonces, cuando había destruido todo rastro posible, afirmó haber nacido y crecido en aquella isla.

    Karet inspiró bruscamente. Terac sabía por qué; le resultaba inconcebible, lo mismo que a cualquier nativo de Klaret, que alguien destruyera todo lo que había conocido de niño.

    —Además —prosiguió Perarnit implacablemente—, nos pareció extraño que el cargamento de esclavos que Janlo "rescató" cuando, hace ya un tiempo, tuvo lugar aquel ataque temerario en este lugar, incluyera tantos combatientes y capitanes militares de primera línea. ¡Hombres de ese calibre no son buenos esclavos!
    —Ahora está claro como el agua. Una vez que estuvieran a sus órdenes, esos supuestos "esclavos liberados" recobrarían su verdadera identidad y se volverían contra sus camaradas. Entre tanto, mientras Klaret se lame sus heridas y todos sus mejores combatientes caen destrozados en una lucha mortífera del otro lado del mundo, Janlo da la señal convenida a Aldur y los ejércitos de la Gran Obscuridad descenderán sobre Fillenkep y las islas del hemisferio norte... Se me hiela la sangre en las venas, Terac. Dime, ¿he comprendido el plan correctamente?

    Terac hizo un gesto afirmativo.

    —¿Pero, cómo puede usted confiar en mí, que —tuvo que hacer un esfuerzo para admitirlo—, que participé en la preparación de ese plan?
    —Porque creo, lo mismo que el Capitán Var, que tú eres un hombre dispuesto a pelear por la mejor causa que encuentre. Hasta que llegaste a Klaret, la mejor causa que conocías era la de tu gente revoltosa. Ahora has encontrado una mejor.
    —Es verdad —dijo Terac.
    —Janlo, según creo, sabe quién eres —continuó Perarnit después de un breve silencio—. ¿Crees que informará de tu presencia a Aldur?
    —Sí, supongo que sí.
    —¿Le informará de tu huida con la misma rapidez?
    —No hasta que se vea obligado a hacerlo, creo yo. De lo contrario Aldur podría hacerle pagar el error con su cabeza. El sabe perfectamente que corre peligro en manos de Aldur.
    —Entonces —dijo Perarnit con una sonrisa de alegría—, esperaremos aquí tranquilamente hasta que esté bien convencido de que estás en alta mar; creo que hasta mañana al mediodía, cuando ya habrá enviado naves para seguir al Aaooa y todavía no se haya enterado de que no te encuentras a bordo del barco. Mis esclavos te acompañarán a una habitación apropiada. Que tengas buenas noches.

    Y con la tranquilidad de un hombre que domina la situación por completo, se dio vuelta y ordenó a la esclava que continuara los masajes.

    La parte más irritante y difícil de soportar de todo el plan era la espera, aunque teniendo a Karet a su lado resultaba más fácil. A la mañana siguiente, un poco después del amanecer, recibieron la primera señal de que el plan había tenido el efecto deseado. En la habitación contigua al hall de entrada, donde habían pasado la noche, se oyeron las voces de una fuerte discusión.

    Terac se deslizó de la cama y acercó los ojos a una rajadura que había en el marco de la puerta. Un oficial superior uniformado discutía con uno de los esclavos de Perarnit, y exigía ser conducido ante la presencia de su amo.

    El altercado se interrumpió cuando apareció Perarnit en persona, vestido con una bata de noche. La esclava lo trajo hasta el salón sobre una silla de ruedas.

    Tenía el rostro casi cubierto por una capucha, de la cual salían jirones de vapor.

    —Le pido disculpas, Coronel, por presentarme en esta condición indecorosa —dijo Perarnit con voz apagada—. Sin embargo, mis médicos me prescribieron una hora por día de este tratamiento para purificar mis pulmones del reuma de la noche, y comprendo que el asunto que lo trae aquí es urgente.

    Terac, por el tiempo que Perarnit había pasado a bordo del Aaooa, sabía que se trataba de un subterfugio; pero no podía adivinar cuál era su propósito.

    —Un prisionero condenado a juicio en Fillenkep fue liberado anoche de la prisión con un indulto falso. Ser Perarnit —declaró el oficial—. El General Janlo me ordenó que le informara de inmediato.
    —¿De veras? —dijo Perarnit con un tono que expresaba ligero cansancio—. Supongo que se trata de un importante prisionero de guerra. ¿Un antiguo rebelde?
    —No —respondió el oficial—. Es un extranjero, acusado de violación y asesinato.
    —¿Y qué precauciones ha tomado el General Janlo?
    —Ordenó que salieran todas las naves patrulleras de la armada que estuvieran disponibles para buscar el carguero donde se supone que el prisionero escapó anoche.
    —¡De veras! —dijo Perarnit otra vez con un poco de énfasis—. Dígale al General Janlo que me gustaría saber por qué me hace perder el tiempo y el de esas naves de patrulla para buscar un extranjero insignificante que, de todos modos, será capturado bastante pronto, cuando aparezca por sí mismo en algún lado.

    Puso un ligero sarcasmo en sus palabras, y el oficial se puso tan colorado como las bocamangas de su uniforme.

    —Y dígale también que no me interesan las cuestiones menores de esta naturaleza, y que de todos modos desprestigian de una manera vergonzosa su administración de los asuntos civiles de esta ciudad. Retírese.
    —Buen hombre —susurró Terac al aire.
    —Pero —comentó un momento después mientras le transmitía a Karet lo que había oído—, ¡me encantaría saber quién es este Perarnit!

    Pasaron la mañana en la agradable compañía de Perarnit, que habló de Klaret y sus asuntos con un aire de persona bien informada. Para Terac, acostumbrado a la ley de la fuerza, que era todo lo que había conocido en la Gran Obscuridad, fue toda una revelación comprender que aquí en Klaret el Prestans mismo, al ser elegido por votación popular, podía caminar por la calle sin ningún problema y sin atavíos especiales que indicaran su cargo o autoridad. Casi no podía creerlo, hasta que Perarnit le echó una mirada sardónica y burlona y dijo:

    —Esto corresponde a todos los funcionarios del gobierno. ¿No recuerdas, Terac, una cierta taberna en el puerto de Fillenkep, donde te sentaste a comer en compañía de tres soldados del ejército de Janlo?
    —¡Usted era el hombre que estaba sentado solo en un rincón! —dijo Terac, estupefacto.
    —Y nadie me reconoció —admitió Perarnit—. No es habitual, comprendes, que la gente conozca de vista a los funcionarios del gobierno, excepto sus colegas. Todos los soldados del ejército conocen al General Janlo, pero en lo que respecta a los transeúntes casuales, un hombre que entra al edificio del gobierno en Fillenkep puede ser tanto el mayordomo... como el Prestans en persona.
    —Sin embargo, usted es bastante conocido aquí.

    Perarnit sacudió la cabeza.

    —No soy yo, sino los documentos que llevo.

    Se puso de pie, y ordenó a la esclava que le trajera la capa.

    —Creo que ya es hora —dijo— de que aprovechemos el pánico en que debe estar Janlo en este momento. Tiene la costumbre de ofrecer una recepción todos los mediodías, seguida de una conferencia del estado mayor, en la cual los oficiales presentan sus informes. Creo que me gustaría llegar al comienzo, cuando desfilan miles de soldados. De todos modos, estoy invitado a asistir a la conferencia.
    —Pero suponga que me reconocen y me capturan —dijo Terac.
    —Cúbrete la cabeza. El hecho de estar conmigo será garantía suficiente hasta que debamos enfrentar al propio Janlo.


    7


    Y así fue. Cuando dejaron la morada caía una lluvia suave, lo cual le convenía a Perarnit porque, como él explicó, la recepción tendría lugar en una sala interior y no en la plaza principal de la ciudad. Tardaron unos veinte minutos para llegar al lugar.

    A medida que se aproximaban había cada vez más soldados, pero los esclavos de Perarnit les abrían el paso, y de vez en cuando un oficial echaba una mirada a Perarnit, se sobresaltaba, y le dirigía un vigoroso saludo. Terac quiso saber a qué se debía esto, y Perarnit le dijo:

    —Los oficiales visitan la corte del Prestans cuando reciben su nombramiento, sabes. Lógicamente me conocen.

    Los serviciales ayudantes condujeron al grupo hasta dentro del edificio del cuartel general, a lo largo de los pasillos y luego a una galería que daba sobre una sala que debía tener unos sesenta metros de largo. Varios sargentos daban órdenes a las escuadras de soldados para que se formaran sobre tres de los lados, debajo de la galería, mientras los oficiales, con caras aburridas, muchos de ellos recién llegados del frente, estaban de pie charlando.

    Por último, un grupo de los ayudantes personales de Janlo ingresaron en la galería, y uno de ellos vociferó una orden que de inmediato hizo callar el parloteo de la conversación. Janlo avanzó desde la puerta hacia el frente de la galería, y ni bien apareció, las tropas saludaron.

    Entonces se produjo un repentino murmullo de asombro, ¡y un estruendo!

    Terac estaba perplejo, y sólo vio que Perarnit, manteniéndose erguido, había avanzado hasta el frente de la galería y estaba de pie junto a Janlo, quien se dio vuelta con un rostro amenazador para ver al viejo que lo miraba como si estuviera gozando interiormente.

    —Ellos me conocen —dijo Perarnit—. ¿No es sorprendente, Janlo, que tú, un oficial superior de nuestro ejército, seas el único oficial que no conozcas al Prestans de Klaret?
    —Usted... ¿qué? —dijo Janlo, comprendiendo la situación, aunque ya era tarde.
    —Yo soy Farigol —dijo el hombre que se había llamado Perarnit—. ¡Y, Janlo, la razón por la cual estas personas me conocen y tú no, es que ellos, a diferencia tuya, son klaretianos!

    En aquel instante Janlo se volvió loco. Debió imaginar que todo su plan se encontraba expuesto a la vista del enemigo. Primero dio media vuelta para enfrentar a las tropas y profirió un grito llamando a los hombres de Aldur a volverse contra sus compañeros. Con el rostro blanco, un grupo de los oficiales, aunque ninguno de los soldados rasos, desenvainaron las espadas y se quedaron indecisos. Sabiendo sólo que esto estaba mal, sus compañeros los desarmaron rápidamente.

    Al ver que su orden no había dado resultado, Janlo torció los labios mostrando los dientes como un animal, y desenvainó el cuchillo para hundirlo en el vientre de Perarnit-Farigol. Pero antes de que la hoja pudiera alcanzar su blanco, Terac había levantado y bajado otra vez el brazo derecho, y la mano de Janlo yacía sobre el piso, todavía sosteniendo el cuchillo. El golpe fue tan rápido que el resplandeciente metal de la espada de Terac no estaba manchado de rojo.

    El general títere contempló por un instante con una expresión estúpida su antebrazo, del cual manaba abundante sangre. Luego lo venció la tremenda impresión, y se desplomó sobre el piso, llorando y tratando de contener la sangre con la otra mano. Terac se inclinó sobre él para que pudiera reconocerlo.

    —¡Tú! —dijo Janlo con vehemencia—. ¡Tú! Pero yo te vencí, Terac, aunque te escapaste una vez. ¡Vencí a toda esta multitud cobarde y atada a su planeta! ¡Di la señal a Aldur anoche, en cuanto supe que estabas seguro en prisión y no podías levantar un ejército contra el mío!

    Apenas pronunció las últimas palabras la cabeza se le desplomó hacia adelante. El último instante de su vida se le escapó con un chorro de sangre.

    Terac levantó la cabeza para asegurarse de que el Prestans también había oído la oración final. Conmovidos y preocupados, los oficiales que habían confiado en Janlo solicitaban órdenes, y los hombres debajo de la galería zumbaban como un enjambre de abejas.

    —¿Cuánto tiempo se necesita para llegar desde las profundidades de la Gran Obscuridad hasta los Pantanos de Klaret? —preguntó el Prestans, y Terac sacudió la cabeza.
    —Depende de si la flota ya se puso en movimiento. Pero aunque Aldur puede haber dispuesto la invasión de inmediato, yo, en la nave más veloz que pude robar, y viajando en el extremo de emergencia, cosa que él no hará, tardé once días.
    —¡Once días! ¡Una nave patrullera veloz tarda nueve para ir desde aquí hasta Fillenkep! ¡Y ni hablar de un buque recargado de tropas! —el Prestans se mordió el labio—. ¿Dónde darán el primer golpe?
    —A menos que Janlo y Aldur hayan alterado los planes cuando me marché, primero en Fillenkep y luego en varias islas importantes en todo el hemisferio norte. Contaban con el tiempo que tardan las noticias para llegar al sur, y con los traidores introducidos en el ejército de Janlo para impedir que las defensas intervinieran hasta tanto se encontraran bien establecidos.
    —Entonces nuestra primera misión es eliminar a los traidores —dijo el Prestans—. ¡La segunda: movernos hacia el norte con la velocidad del fuego!


    Tres días después, cuando se encontraban a bordo de una de las naves patrulleras más veloces de la flota klaretiana, y pasaron junto a una isla cuyos bosques estaban cubiertos de llamas y humo, Terac se dio cuenta de cuan exacta y apropiada resultaba la comparación. Debía haber muchos hombres en la flota que consideraban esa isla como su hogar, que experimentaban un gran dolor al ver que el fuego la convertía en una tierra estéril, pero estaba el peligro de una clase peor que el fuego, que destruiría a todo el planeta.

    Con los ojos enrojecidos, el Prestans se sentó con sus oficiales en la cubierta de la nave para escuchar lo que Terac recordaba del plan de los piratas. Una y otra vez, algún oficial exclamó:

    —¡Pero no es posible reducir —tal isla— en ese período de tiempo! —y Terac entonces volvía a relatar que él, Janlo y Aldur habían comprobado que sí se podía hacer semejante cosa.
    —¡Pero esto da muestras de una estrategia magistral! —dijo el Prestans en un determinado momento, y Terac le dirigió una sonrisa amarga.
    —¡Fueron necesarios tres de nosotros para elaborarlo! La verdadera prueba consiste en ver si uno —¡yo!— puede detectar los puntos débiles del plan dentro de los próximos días.

    Y así lo hizo. Mientras comandaba, desplegaba y apostaba las fuerzas klaretianas, el Prestans lo observaba con una mirada pensativa.

    La tensión afectaba evidentemente al anciano, pero él insistía en que el bienestar de su pueblo estaba antes que el suyo propio. El hecho de saber que su soberano hacía planes con los generales, declaraba, equivalía a otro regimiento o flotilla para los defensores. Sin embargo, la esclava tenía que atenderlo con más frecuencia, y el tratamiento de vapor curativo ya no era un subterfugio sino una necesidad extrema.

    No obstante, su cansancio y enfermedad no parecían afectar su juicio o la sagacidad de sus sugerencias. En más de una ocasión Terac tuvo que darle las gracias por su profundo conocimiento de los asuntos de Klaret.

    —El plan de defensa debe depender del aterrizaje que se produzca —Terac insistía una y otra vez en sus conferencias de estrategia—. Si los piratas sospechan algo, van a atacar antes de aterrizar, y no tenemos ninguna forma de hacer frente a las armas espaciales. Podemos contener una invasión, pero no un bombardeo.
    —¿Qué pasa con las patrullas de la armada? —o bien— ¿Qué pasa con el ejército rebelde? —preguntaba alguno bruscamente, y Terac se pasaba una mano por la frente y repetía con tenaz insistencia que las patrullas no debían ser alertadas, simplemente debían continuar con sus tareas de rutina, y había que contener a los rebeldes con una fuerza mínima bajo instrucciones de que se comportara, en la medida en que le fuera posible, como todo el ejército y la armada de Klaret. Consciente de que el tiempo transcurría rápido, Terac concedía de mala gana incluso el breve instante que debían detenerse para que los oficiales de las otras embarcaciones que habían venido a bordo para la conferencia pudieran regresar a sus respectivas naves. Al cuarto día, el Prestans lo encontró paseándose impaciente por la cubierta, y murmurando en contra de esa demora mientras observaba a las otras naves que golpeaban contra la suya en una sucesión y recibían de vuelta a sus pasajeros.
    —¿Qué te preocupa, Terac? —inquirió Farigol, y al pronunciar la última palabra tuvo un ataque de tos.
    —¡El tiempo! —dijo Terac con amargura—. Han transcurrido ya cuatro de nuestros valiosos once días, y cuando lleguemos a Fillenkep todavía tenemos que alertar a la población y disponer las fuerzas.
    —Se hará —dijo Farigol pacíficamente. Se produjo una pausa, y luego—: Terac, ¿por qué estás tan ansioso por salvar a mi mundo de los estragos de tus consanguíneos?

    Terac se encogió de hombros.

    —Supongo... que será porque esta es una mejor forma de vivir...

    Farigol le clavó la mirada.

    —Tal vez has notado que nuestros nombres están llenos de sonidos cortos y bruscos. ¿De dónde vienen tus antepasados, Terac, lo sabes?

    Terac sacudió la cabeza.

    —Hay muy poca gente allá en la Gran Obscuridad que tenga muy en cuenta su origen.
    —Terac —dijo el Prestans pensativamente—. Terac... Klaret. ¿No se te ha ocurrido que tal vez aquí hayas encontrado a tu verdadera familia?

    Terac dio vuelta la idea en su mente, intrigado, y el otro hizo una seña a su ayudante siempre presente y se dirigió hacia abajo, soltando un alegre buenas noches por encima del hombro, y comenzó a toser de nuevo mientras se alejaba.


    El interés con que seguía pensando en la sugerencia de Farigol se entremezclaba en la mente de Terac con los pensamientos de la desmejorada salud del Prestans. Abrigaba la esperanza de que la tensión de los próximos días no resultara un esfuerzo excesivo para el anciano.

    ¡Faltaban nueve días para la señal fatal de Aldur! Y la flota avistó en el horizonte la isla de Fillenkep. Para entonces el plan estaba pulido y concertado. Sólo faltaba ponerlo en práctica.

    Primero los oficiales bajaron a tierra con el mensaje. Los pregoneros corrían por las calles, ordenando a la gente que asistiera a una reunión pública sin demora, y la gente venía, alarmada, dispuesta a oír las aterradoras noticias.

    —¡Ustedes aman a Klaret! —les dijeron—. Aguarden hasta que los piratas estén seguros. Actúen como lo harían si tuvieran miedo de ser esclavizados. Pero no tengan miedo, porque sólo estamos esperando hasta que llegue el momento justo.

    La gente escuchó en silencio, y luego se dispersó en dirección a sus hogares, para charlar tranquilamente, mirar y aguardar la invasión.

    Mientras tanto, Terac se ocupó de esconder a la mejor parte de las fuerzas de Klaret entre los bosques de las márgenes de las islas.

    Durante los dos últimos días pusieron a prueba cada detalle de su organización y comprobaron que daba resultado sin tropiezos.

    Después de eso, no se atrevieron a hacer otra cosa más que esperar.

    Los rezagados, los lentos buques de carga que para el undécimo día no habían llegado hasta la latitud de Fillenkep, fueron detenidos y conducidos, también, a algún escondite.

    Terac casi no podía soportar el fastidio que sentía al ver que había transcurrido otro día entero sin que se produjera ningún acontecimiento.

    —¡Si lo hubiera sabido! —se impacientó mientras caminaba junto a Karet sobre la cubierta de la nave de comando, cubierta por árboles grandes y frondosos que los hacía imperceptibles desde las alturas—. ¡Podríamos haber traído seis mil hombres más y otras cuarenta, cincuenta naves!
    —¡Pero no nos atrevimos! —le recordó Karet—. No debe haber ninguna posibilidad de que los piratas se den cuenta de que nos adelantamos a sus planes.
    —Creo que tienes razón —dijo Terac con cansancio, reconociendo la fuerza de su propio argumento, y corrió al castillo de popa para abrir las ramas y fijar la vista una vez más en el cielo enigmático.


    8


    Y llegó, por fin.

    Terac había participado en algunas correrías, pero en esas ocasiones los piratas rara vez organizaban cuidadosamente su ataque. Algunas veces se había preguntado qué sentiría un hombre al verse indefenso frente a esos brillantes monstruos que descendían como flechas sobre su tierra natal, dispuestos a canjear dos de sus hombres por cada diez de su amigos, a los que se llevaban como esclavos. Eran sangrientos, luchadores violentos, brillantes, tenaces, poco menos que invencibles.

    Pero esto era más que una correría para robar esclavos, más que una breve ocupación, unas horas bajo un tacón de hierro mientras se procedía a secuestrar y arrastrar a bordo de las naves el material esclavo conveniente. En lugar de las tres o cuatro naves habituales, había más de noventa, y esto era sólo la primera oleada.

    Estaba intrigado por saber dónde se encontraba Aldur.

    Las naves descendían a toda velocidad, y sus cascos todavía lucían el color rojo vivo ocasionado por la fricción cuando tocaban el suelo. Aterrizaron en todos los lugares posibles, sobre las playas, en espacios abiertos en las ciudades, y a menudo entre los bosques, que comenzaban a arder por el calor de sus cascos.

    Pero ni siquiera los árboles envueltos en llamas impedían que los hombres brotaran a borbotones de las naves. Parecía que casi antes de que las naves se hubieran detenido salían de a montones y descendían sobre los "desprevenidos" pueblos y ciudades.

    Tranquilizados por la obvia falta de preparación que demostraban la falta de patrullas apostadas en el espacio, no se preocuparon mucho por sus defensas. Por lo que sabían, la flota y el ejército de Klaret se encontraban a medio planeta de distancia, lejos de poder intervenir hasta que la invasión estuviera bien establecida, y, como añadidura, divididos por los supuestos esclavos que habían introducido de antemano.

    La población reaccionó en una forma espléndida. Terac había dispuesto que se ubicaran unos cuantos oficiales en los puntos estratégicos, para dirigir "contraataques" indiferentes, planeados con cuidado para disolverse en la confusión con un mínimo de víctimas. Además de esos conflictos aislados, los habitantes corrían de un lado a otro como un alborotado nido de hormigas, de modo impresionante, pero sin ningún propósito.

    Al anochecer, hacía ya diez horas que los piratas habían llegado a Klaret, y tenían un supuesto control de todas las islas principales del hemisferio norte, desde Fillenkep para abajo.

    Terac, Karet y el Prestans con sus oficiales de escolta, aguardaban a bordo de la nave de comando, mordiéndose las uñas por la ansiedad. Separados por intervalos, varios mensajeros se habían escabullido para darles parte de la situación, pero ya había transcurrido mucho tiempo desde la llegada del último mensaje. Todo lo que sabían era que los piratas no se habían visto obligados a entrar en una batalla de mayor importancia, porque de haber ocurrido esto, se les habría comunicado al instante.

    Cuando ya se encontraban en plena noche, vieron algo que se movía en el océano: una estela de fosforescencia que podría haber dejado la aleta de un pez antorcha. Sin embargo, ningún pez antorcha se habría aventurado tan cerca de la costa, y el vigía lo identificó mucho antes de que se pudieran distinguir más detalles.

    Terac se precipitó a la popa, y el Prestans lo siguió, cojeando, y se introdujo en medio de los que tendían las manos para alzar al hombre a bordo. Era uno de los esclavos personales de Farigol, que había sido enviado como espía a Fillenkep.

    Miró a su amo con una sonrisa mientras se secaba el rostro y se echaba hacia atrás el cabello empapado. Terac lo apremió para que le informara sobre la tarea que había cumplido.

    —¡Salió perfecto, Terac! —dijo el esclavo con entusiasmo—. Esos piratas parecen decididos a descubrir todo lo que la vida de un planeta puede ofrecerles en su primera noche aquí.

    Su rostro se ensombreció.

    —Toman lo que quieren cuando lo quieren, y he visto algunas escenas desagradables...

    Terac recordó que Aldur había hecho eso exactamente, y sintió que su estómago se llenaba con la quintaesencia de la anticipación.

    —¿Qué se sabe de Aldur? —preguntó con furia.
    —Estaban preparando algo alrededor de la casa de gobierno esta tarde temprano —declaró el esclavo—. Descendió otra nave para reunirse con las de la primera oleada. Alguna persona de importancia bajó de ella y se dirigió a la casa de gobierno. ¿No cree que bien podía haber sido Aldur?

    Terac asintió con un gesto sombrío.

    —Corresponde perfectamente a las ambiciones de Aldur de dormir en la capital del mundo que acaba de conquistar —respondió—. ¿Crees que ha llegado el momento?
    —Creo que sí —dijo el mensajero con placer, y todo el grupo que se encontraba a su alrededor se puso tenso. Terac estuvo a punto de darse vuelta para dirigirse al hombre que sostenía la lámpara de señales en la popa, pero luego se relajó y lanzó un suspiro.
    —No, aún no —decidió—. ¿Cuánto tiempo calculas que la población esperará con paciencia?

    El hombre se encogió de hombros.

    —Hasta después de medianoche, quizás. Pero antes de irme, los que sabían quién era yo ya me preguntaban cuándo llegaría el momento de atacar, y una vez que una palabra llegue por descuido a oídos del invasor...
    —Una hora más —dijo Terac, inspirando profundamente—. Una hora, y una eternidad.

    Aunque le resultó muy difícil tratar de permanecer tranquilo, sólo cuando hubo transcurrido toda esa hora miró al hombre que se encontraba en el castillo de popa con la lámpara de señales y levantó la mano derecha.

    En un instante el señalero descubrió la llama de la lámpara; la nave que se hallaba a popa repitió la señal y la transmitió, y así sucesivamente alrededor de la isla. El último de la línea envió la señal a través de los pocos kilómetros de océano que los separaban de las islas vecinas. En menos de treinta minutos, lo sabían por las pruebas que habían realizado, esa señal llegaría a todas las islas que había tomado el invasor, a todas las islas donde los defensores aguardaban su oportunidad de devolver el ataque.

    Los hombres se lanzaron a encender el reactor de la nave de mando, y el timonel usó el primer impulso para virar la proa y emprender la corta travesía hasta la playa donde iban a desembarcar. Ahora toda la flota de Klaret estaba en movimiento, y se deslizaron sobre el mar, sin luces y casi sin ruidos.

    El primer objetivo, por supuesto, eran las naves piratas. Desde la costa subieron los hombres silenciosos, arrastrándose a lo largo de los senderos que conocían desde la infancia. Los descuidados centinelas que habían apostado los invasores no tuvieron tiempo de proferir más que un gorgoteo antes de morir estrangulados en sus puestos.

    De pronto, cada una de las naves provenientes de la Gran Obscuridad se vio rodeada por un círculo de enemigos invisibles, que serían testigos de la huida aterrorizada que seguramente conduciría a los piratas a una masacre en la obscuridad. La elección al azar de los lugares de aterrizaje favoreció a la perfección el propósito de los klaretianos.

    Los mensajeros volvieron de cada destacamento del cuerpo de exploración en cuanto fue completado el cerco de las naves espaciales sobre Fillenkep. Terac experimentó una cruel satisfacción al enterarse de la noticia. La nave que había aterrizado en último término, y en la que presuntamente había llegado Aldur, se divisaba con claridad desde casi todos los puntos de la isla, incluyendo la casa de gobierno. Si Aldur se asomara para verla, no adivinaría que había algo que le impedía retornar a ella cuando lo quisiera.

    Terac se rió entre dientes con tristeza al pensar en ello.

    —Ahora, podemos entrar —dijo suavemente, y se volvió al Prestans, que aguardaba sobre la cubierta detrás suyo—. Ser Farigol, espero poder devolverle su planeta intacto dentro de una o dos horas —declaró—. Y espero ganar... mi planeta al hacerlo.
    —Puede que tengas más razón de lo que crees —dijo el anciano misteriosamente—. ¡Que la suerte te acompañe, Terac!

    Se hizo a un lado y se recostó sobre la esclava en busca de sostén; el sonido de su respiración era casi estridente en el silencio.

    —¡Buena suerte, Terac! —dijo Karet, dando un paso hacia adelante—. ¡Ojalá pudiera estar allí a tu lado, peleando por mi mundo!
    —Estarás, en espíritu —dijo Terac con seguridad, y la tomó en sus brazos durante un breve instante antes de dar la señal a sus hombres para que avanzaran, y trepar con agilidad sobre la borda de la embarcación y caer en el agua poco profunda.

    Adelante del ejército iban mensajeros furtivos, que llamaban a las puertas y susurraban a los que respondían:

    —¡Ahora! —La noticia dejó atrás a los mensajeros casi en seguida, y la ciudad se cerró sobre sus invasores como las garras de un ave de rapiña, como una mano que aprieta una fruta madura, como el lazo del verdugo sobre el cuello de un condenado.

    Los hombres que habían permanecido ocultos durante dos días se levantaron, estiraron sus miembros acalambrados, surgieron armados de sus lugares secretos y emprendieron la cacería. En los bares, los taberneros se reían entre dientes al agregar unas gotas de veneno a los últimos pedidos. En las casas de comida, los mozos tomaban los cuchillos de trinchar y cortaban gargantas en lugar de la carne de katalabo asada. En las calles, los piratas borrachos daban vuelta a las esquinas y recibían un golpe de espada.

    Antes de que Aldur pudiera enterarse de lo que ocurría, la parte principal de las fuerzas de invasión estaba destrozada.

    Las mujeres fáciles se deslizaron de sus camas sin piedad y lamentaron sólo que la sangre de sus víctimas mancharía la ropa de cama antes de guardar sus cuchillos. Los dueños de casa, que a la fuerza habían dado alojamiento a los piratas, se escabulleron a la calle con sus familias y sacaron las antorchas de la noche de sus soportes en la pared y prendieron fuego a la madera. Nadie vaciló, porque los que estaban adentro eran enemigos.

    Algunos de los piratas tuvieron suerte, en cierta forma. Los que estaban sobrios, o eran bastante precavidos para darse cuenta de lo que ocurría, superaron a los atacantes y corrieron por las calles dando gritos para advertir a sus compañeros. Pero para entonces los hombres de Terac ya estaban dentro de la ciudad, y aunque los otros se agruparon y pelearon desesperadamente, pronto se dieron a la fuga.

    Mientras el enemigo iba cayendo, uno detrás de otro, con la sangre de las víctimas klaretianas todavía fresca en la hoja de sus espadas, Terac supo que todo lo que había sufrido valía la pena sólo por ver sus caras cuando lo reconocían y morían tratando de pronunciar su nombre.

    ¡Ver a Aldur hacer lo mismo...!

    —¿Dónde está Aldur? —les preguntaba a uno por uno, y entre sollozos le aseguraban que no lo sabían. Les había creído: un hombre que teme una muerte sangrienta e inminente rara vez puede mentir en forma convincente.
    —¡Pregúntenles dónde se encuentra Aldur! —gritó, volviéndose a sus hombres, y la orden pasó de boca en boca, y cada hombre lanzaba la pregunta mientras blandía su espada sobre la garganta de un pirata.
    —En... en el gran edificio en el centro de la ciudad —dijo con dificultad uno de los hombres que Terac interrogó—. ¡No me mates! ¡Ten piedad!
    —Te perdonaré la vida —dijo Terac con voz apagada—. ¡Por tu amable colaboración! Pero no voy a permitir que salgas corriendo para advertir a tus compañeros. ¡Así te perdono!

    Su espada se movió como un relámpago, y el hombre dio un grito y cayó postrado con la mano derecha cercenada.

    —¡Apriétate con fuerza! —le aconsejó Terac—. Y de ese modo no morirás desangrado.

    Se dio vuelta y llamó a sus hombres.

    —¡Aldur está en la casa de gobierno! —les informó—. Lleguen hasta allí lo más rápido y silenciosamente que puedan.

    Y él mismo se echó a correr en esa dirección.

    La enorme mole del edificio se encontraba todavía en relativa calma. Por lo visto, en las calles cercanas los soldados klaretianos no habían permitido que nadie pasara para advertir a Aldur y su cuerpo de oficiales, que se hallaban dentro.

    El edificio, si bien era amplio, no estaba fortificado, pero algunos hombres que conocían su distribución interior le dijeron que sería difícil tomarlo.

    —¡Préndanle fuego! —sugirió uno de los soldados de Terac, jadeando y al borde de la furia.
    —¡No! —dijo bruscamente uno de sus compañeros—. Un pirata que maté hace un momento me dijo que hay muchos prisioneros de Klaret allí, y muchas mujeres que Aldur había llevado para entretenimiento de sus oficiales.

    La cabeza de Terac dio vueltas por un instante; sabía perfectamente lo que implicaba la palabra entretenimiento.

    ¡Celly! ¡Oh, Celly, mi amada muerta!

    Hizo un esfuerzo para llevar el recuerdo al fondo de su mente, y dio órdenes rápidas. Sus hombres se dividieron para buscar una entrada vulnerable en el edificio, y una de ellos volvió al instante con la información de que había una entrada desguarnecida.

    —¡Aldur! —murmuró Terac para sí al aproximarse a la entrada—. ¡Aprovecha al máximo tu pequeño triunfo! Ya no te queda mucho...

    Se lanzó con todo el cuerpo contra la puerta. Por un instante sintió un dolor en el hombro izquierdo, y luego se encontró tendido sobre el piso de un corredor que había del otro lado; pero con una mano seguía aferrado al marco de la puerta, del que se había sostenido al caer y el cual se había desprendido con la violencia de su ataque.

    Se puso de pie de un salto y se precipitó por el corredor. El sonido de las pisadas detrás le bastaba para saber que lo seguían, pero ahora sentía que era capaz de llegar hasta Aldur sin ninguna ayuda, y hacer frente a toda la fuerza de los piratas aquí en la casa de gobierno.

    Un hombre asustado alcanzó a verlo en el débil resplandor de una antorcha resinosa, y antes de que pudiera soltar un grito, Terac estaba encima de él, amenazándolo con la espada.

    —Un grito, y estás muerto —susurró—. ¿Dónde está Aldur?

    El hombre tenía un rostro pálido y amarillento, y se puso casi blanco cuando reconoció a Terac; aflojó tanto la boca que un hilo de saliva le corrió por la barbilla.

    —En... en un aposento que pertenecía al Prestans —el hombre tragó en seco, y Terac lo corrigió con una sonrisa sardónica.
    —¡Que todavía pertenece al Prestans! —dijo—. Voy a devolvérselo a su dueño. ¿Por dónde?

    El hombre, demasiado abrumado para hablar, le indicó con un gesto. Terac le dio un golpe que lo dejó inconsciente, y se echó a correr en la dirección señalada. Sus hombres lo siguieron, pero él los dejó atrás, y sólo un puñado de ellos se encontraban detrás cuando irrumpió en las habitaciones del Prestans. Abrió las puertas de un golpe y sorprendió a los oficiales de Aldur que estaban durmiendo, bebiendo, entretenidos con alguna mujer o haciendo planes para explotar la supuesta victoria...

    Dentro de las habitaciones los guardias, atónitos, se pusieron de pie de un salto. Terac no les prestó la mínima atención, y cuando se recuperaron y se lanzaron tras él, los soldados de Klaret, que también lo seguían, los tomaron por la espalda. Murieron con una bocanada de sangre en la boca.

    Y... ¡sí! Terac tenía razón: dormir en el lecho del Prestans era muy del agrado de Aldur. Aquí, ahora, por fin, se encontraba cara a cara con su enemigo. El jefe de los invasores se despertó sobresaltado junto a la mujer de su preferencia en ese momento, la cual se escondió llena de miedo entre las colchas.

    Con el rostro hecho un trueno, Terac se paró sobre la cama e hizo silbar la espada en el aire. Escupió con desprecio a la compañera de Aldur, pensando en el inmenso abismo que separaba a esta jovencita complaciente de Celly, que estaba muerta. Una furia cruel e implacable lo invadió al pensar en la imagen de Aldur sosteniendo a Celly en sus brazos.

    —¡Terac! —dijo Aldur, y su voz sonó suplicante, como si le estuviera rogando a alguna deidad desconocida que todo eso fuera nada más que un sueño.
    —El mismo. Tú me quitaste lo que yo más amaba y más deseaba, e hiciste que la contemplara como la dejaste: arruinada. Tú no amas a nada ni a nadie tanto como el poder total. Por eso, yo te lo he quitado, y tú también contemplarás las ruinas de lo que amabas —dio un paso hacia atrás—. Mira por aquella ventana, desde la cual podrás ver tu nave espacial.

    Aldur no hizo ningún movimiento para obedecerlo, y con un furioso ademán Terac quitó los cobertores y lo tomó del brazo.

    —Si no quieres ir, te llevaré yo —dijo entre los dientes crispados, y con más fuerza de la que creía que le quedaba en el cuerpo arrastró a Aldur por el piso.

    Del otro lado de la ventana, del otro lado de la ciudad, se encontraba la nave que había conducido al jefe pirata desde la Gran Obscuridad. Estaba rodeada de fuego líquido, y muy débilmente en el aire llegaban los alaridos de los hombres que morían consumidos por las llamas.

    Terac sintió que Aldur, al contemplar el horrible espectáculo, ya no oponía resistencia a su mano.

    —Ahora ya has visto, como yo tuve que ver —dijo Terac salvajemente—. Ahora tengo una deuda que saldar, lo mismo que tú.

    Se volvió a los soldados que lo habían seguido hasta el dormitorio.

    —¡Denle una espada a este asqueroso!

    Los hombres obedecieron: de inmediato le ofrecieron tres empuñaduras. Pero Aldur no tomó ninguna de ellas. En cambio, se llevó las manos a la cabeza, cayó de rodillas lentamente, y se desplomó sobre el piso.

    La desilusión de Terac duró sólo un momento. Había pensado en vengarse personalmente, pero hacía ya mucho tiempo que el sentimiento de venganza había dejado de ser el móvil principal de sus actos en Klaret, y en ese momento el deseo desapareció. Enfundó su espada, que no tenía ningún rastro de la sangre de Aldur, y se dio cuenta de que sentía un infinito cansancio.

    Se quedó contemplando la figura postrada de Aldur durante algunos minutos tal vez, hasta que de pronto una voz familiar lo hizo volver nuevamente a la realidad. ¡Era la voz de Karet!

    La muchacha gritaba:

    —¡Terac! ¿Terac está aquí? ¿No lo vieron a Terac?

    Y de pronto apareció en la entrada.

    —¡Karet! ¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre venir aquí ahora? —declaró Terac, lanzándose hacia adelante—. ¡Te podrían haber matado en las calles!

    La actitud de la muchacha había cambiado en el instante en que lo vio. Sacudió la cabeza enfurecida.

    —Ahora no, Terac —dijo—. ¡Klaret es tuyo!

    Y se inclinó ante él, profundamente, con toda ceremonia, tanto que el cabello casi le llegaba a los pies.

    —¿Qué significa esto? —preguntó Terac, que no salía de su asombro.

    Karet se incorporó.

    —¡Klaret es tuyo, Terac! Quería ser el primero de tus súbditos que te rindiera los honores. Farigol ha muerto. La tensión fue demasiado grande para él; expiró al recibir la noticia de que habíamos recuperado Fillenkep, pero con su último aliento te nombró su sucesor.
    —¿Cómo pudo hacer eso? —la cabeza de Terac le daba vueltas.
    —Cuando se llame a votación entre las islas, como no hay ningún miembro cercano de su descendencia para elegir, la voz del difunto Prestans te asegurará el derecho de sucesión.

    Hablaba con voz clara, y con una cierta esperanza.

    —¿Aceptarás a Klaret, Terac? ¿Aprenderás a gobernar lo que has salvado?

    Los soldados que se encontraban en la habitación, recobrados de su asombro, comenzaron a hacer torpes reverencias al nuevo Prestans.

    Terac no les prestó atención, y cerró los ojos por un instante y oyó en el recuerdo de la voz de Farigol, una voz que nunca volvería a oír.

    —¡Tal vez aquí hayas encontrado a tu verdadera familia!

    Y Terac supo que así era, y que así tenía que ser. —Tendré a Klaret —dijo, abriendo otra vez los ojos—, si también puedo tener a Karet.

    Y por un momento fue como si los océanos del planeta le estuvieran diciendo que sí, pero eran los ojos de la muchacha, que tenían el color verde del mar.


    Fin