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  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    PELIGRO: ¡RELIGIÓN! (Brian W. Aldiss)

    Publicado el miércoles, noviembre 29, 2017
    Éramos un grupo extraño, los cuatro que avanzábamos con dificultad pero virilmente a través de la nada.

    Royal Meacher, mi hermano, encabezaba la marcha. Sus largos brazos y las manos huesudas le disputaban al viento la posesión de la capa, un manto raído que lo envolvía con no menos firmeza que su autoridad.

    A renglón seguido, la brisa del norte tironeaba de la figura de Turton, nuestro servidor Turton, el pobre viejo Turton, el mutante cuyo tercer brazo y su no menos útil tercera pierna se confabulaban con la capa negra para darle, visto de atrás, la apariencia de un escarabajo. Sobre el hombro, Turton llevaba a Cándida en una postura de máxima incomodidad.

    Cándida todavía chorreaba. Su pelo flameaba al viento cómo una cinta deshilachada. La oreja izquierda golpeaba la costura central de la chaqueta de Turton; el ojo derecho me miraba sin ver. Cándida es la cuarta esposa de Royal.

    Yo soy Sheridan, el hermano menor de Royal. La mirada fija de Cándida me anulaba. No hacía más que rogar que el trotecito de Turton terminase por cerrarle el ojo; cosa más que probable si no hubiese sido que Cándida colgaba cabeza abajo.

    Caminábamos rumbo al norte, hacia los molares del viento.

    La ruta que recorríamos era angosta y muy recta. Parecía conducir a la nada, pues a pesar del viento una niebla infecta se levantaba de la humedad que nos rodeaba, oscureciendo todo lo que se extendía ante nosotros. La ruta flanqueaba una represa, cuyos lados, por ser una obra reciente, eran sólo de tierra. La represa dividía un brazo de mar. Estábamos rodeados por el mar.

    Casi en los confines de nuestro campo visual, divisábamos otra represa paralela a la nuestra. Estaban encerrando el mar con pólders. Con el tiempo, cuando los trabajos de recuperación avanzaran, se desecarían las parcelas; el mar degeneraría en charcos; los charcos se trasformarían en barro; el barro en campo; los campos en vegetales —¡oh sí!—; los vegetales serían comidos y transformados en carne; los espíritus de pueblos futuros crecían allí.

    Sin dejar de seguir las huellas de Turton, miré por encima del hombro.

    La distancia empequeñecía la vasta pira funeraria que acabábamos de abandonar; el horno era un tubo diminuto coronado de llamas. Ya no sentíamos su calor ni olíamos los cuerpos ardiendo, pero el efluvio persistía en nuestro recuerdo, Royal no dejaba de hablar sobre el tema; divagando con centenares de citas como era su costumbre, arengaba al viento.

    —Habéis notado cómo los avaros holandeses recuperan su tierra y sus muertos con una sola operación. Y esos cadáveres espantosos, destruidos por el mar y las radiaciones, elaborarán un excelente fertilizante con sus cenizas. ¡Qué práctico, que conciso! La navaja de Occam corta muy a menudo, amigos las obscenas fauces de una reacció química sirven para iniciar otra. «¡Maravilloso es el plan por medio del cual se instrumenta con sabiduría el mejor de los mundos!» Cuarenta mil holandeses muertos deberían asegurarnos una buena cosecha de coles dentro de cuatro años, ¿eh, Turton?

    El encorvado viejo, con la cabeza de Cándida rubricando una aprobación idiota, dijo:

    —Antes de las dos últimas guerras, solían cultivar tulipanes y flores en estas tierras, según me dijo el ingeniero del horno.

    Estaba cayendo la noche, la bruma se espesaba y el mar, cautivo, huraño, se apaciguaba al morir el viento. Más allá del perfil que trazaba la espalda de mi hermano, pude ver las luces, con gratitud pronuncié en silencio su feo nombre: Noordoostburg-op-Langedijk.

    —El producto de esa torre mohosa repleta de cadáveres es más digno de aplicarse a las coles que a los tulipanes.

    Turton —dijo Royal—. ¿Qué final poético puede ser más adecuado para la indignidad de esas muertes? Recuerda tu Browne: «Ser arrancados a dentelladas de nuestras tumbas, el que trasformen nuestros cráneos en copones para beber, y nuestros huesos en pipas, para deleite y diversión de nuestros enemigos (¿cómo sigue?)… son abominaciones trágicas que evitaremos con la cremación.» ¡Desde los tiempos de Browne hasta ahora hemos demostrado ser mucho más ingeniosos! La destrucción nuclear y la incineración no son por fuerza el fin de nuestras tribulaciones. Aún podemos ser esparcidos como mantillo para el género berzas…

    —Eran coles, coles o tulipanes —insistió el viejo Turton, pero a Royal era imposible desviarlo del tema. No dejó de perorar mientras proseguíamos nuestra trabajosa marcha. Yo no lo escuchaba. Sólo quería salir de ese terraplén, refugiarme en la civilización y el calor.

    Cuando llegamos a Noordoostburg-op-Langedijk, una simple plataforma unida por el dique y el malecón a la tierra distante, entramos en su único café. Turton depositó a Cándida en un banco. Enderezó su espalda de escarabajo y estiró los brazos (el tercero nunca se estiraba del todo) con gruñidos de satisfacción. El gerente del café se acercó presuroso.

    —Lamento no poder presentarle a mi esposa como corresponde. Es creyente y ha caído en estado de coma —dijo Royal, con mirada más firme que la del gerente.
    —Señor, ¿esta dama no está muerta? —preguntó el hombre.
    —Sólo religiosa.
    —¡Señor, está un poquito mojada! —dijo el gerente.
    —Cualidad que comparte con la maldita zanja en que se sumergió al caer en coma, mi amigo. Tendría la amabilidad de traernos tres sopas: como usted ve, mi esposa no nos acompañará a cenar.

    El gerente se retiró, bastante confundido.

    Turton lo siguió hasta el mostrador.

    —Sabe, la señora es muy sensible a todo lo religioso. Vinimos con la excursión especial de Edimburgo para ver la cremación, y la señora de Meacher se sintió abrumada por el espectáculo. O tal vez por el olor, no lo sé, o por el ruido que hacían los cuerpos al burbujear en el crematorio. De todos modos, antes de que nadie pudiese hacer nada para impedírselo, cayó de espaldas —¡plaf!— y…
    —¡Turton! —gritó Royal con sequedad.
    —Estaba tratando de conseguir una toalla —dijo Turton. Tomamos nuestra sopa en absoluto silencio. Bajo el ropaje de Cándida se iba formando un charco.
    —Di algo, Sheridan —exigió Royal, golpeando con la cuchara la mesa frente a mí.
    —Me pregunto si en estos campos habrá peces —dije.

    Mi hermano hizo su habitual gesto de reprobación y miró para otro lado. Por fortuna no tuve que agregar nada más, porque en ese preciso momento entraron nuestros compañeros de excursión a tomar su sopa. La ceremonia de incineración había terminado enseguida que nosotros nos marcháramos.

    Sopa y chocolate racionado era todo cuanto el café podía ofrecernos. Cuando el grupo terminó su sopa, salimos al aire libre. Envolví los hombros de Turton con Cándida y seguimos a Royal.

    El clima demostraba su versatilidad. El viento había cesado; pero empezó a caer la lluvia. Caía sobre el cemento, en los pólders, en el hosco mar. Caía sobre el zumbador de chorro. Todos nos embarcamos, a codazos y empujones. De alguna manera, Royal fue el primero en subir y en escapar de la lluvia. Turton y yo fuimos los últimos, pero Turton ya estaba mojado de antes.

    El zumbador era un regalo de la última guerra y había sido transformado. No era nada confortable, pero todavía se movía; enfilamos rumbo al noroeste por encima del mar, volamos sobre el norte de Inglaterra, no se veía ni una luz en su tierras arrasadas; en un cuarto de hora asomaron las lucs de Edimburgo desgarrando la oscuridad.

    Nuestra nave era de propiedad estatal. El transporte privado de cualquier tipo era cosa del pasado. La escasez de combustible había sido el principal factor desencadenante de esa situación; pero al finalizar la última guerra a principios de 2041, el gobierno promulgó varias leyes que prohibían la propiedad privada de los transportes.

    Desembarcamos en el aeropuerto Turnhouse y junto con la multitud nos encaminamos al refugio de autobuses. A los pocos minutos llegó un ómnibus, pero estaba demasiado lleno para tomarlo, esperamos y tomamos el siguiente; a paso de tortuga nos llevó a la ciudad, amontonados como ganado.

    Ese tipo de inconvenientes arruinó lo que en otros sentidos había sido un agradable día de excursión. Habíamos hecho varios viajes de esa clase para celebrar mi licenciamiento del ejército.

    Después de la guerra, Edimburgo se había convertido en la capital de Europa, en razón de que las otras ciudades habían sido barridas del mapa o eran inhabitables por los efectos colaterales de la guerra bacteriológica o por la radiación.

    Algunas antiguas familias escocesas estaban orgullosas del nuevo rango de su ciudad; otras sentían que se les había forzado a aceptar esa dignidad; pero la mayoría aprovechaba la hora de esplendor para elevar los alquileres a niveles siderales. Los miles de refugiados, evacuados y personas desplazadas que se volcaban en la ciudad descubrían que para conseguir un lugar donde vivir debían pagar precios de extorsión.

    Cuando en el centro de la ciudad descendimos del ómnibus, la multitud me separó de mis compañeros, la maldita multitd anónima que hablaba todas las lenguas europeas. Me desprendí de una mano que se aferraba a mi manga; reapareció, deteniéndome con mayor firmeza. Irritado, miré a mi alrededor, y mis ojos se encontraron con los de un hombre moreno, cuadrado; en ese instante, no observé otro detalle, pero me dije para mis adentros que ese rostro era una inmensa catedral gótica.

    —¿Usted es Sheridan Meacher, miembro de la Universidad de Edimburgo, profesor de la cátedra de historia? —preguntó.

    No me gusta que me reconozcan en una parada de ómnibus.

    —Historia europea —contesté.

    La expresión de la cara era indescifrable; de fatigado triunfo ¿tal vez? Me hizo señas de seguirlo. En ese momento, avanzó la multitud y nos hizo a un lado obligándonos a tomar por una calle lateral.

    —Quiero que me acompañe —dijo.
    —¿Quién es usted? No tengo dinero.

    Vestía un uniforme negro y blanco y eso no contribuía a que le tomase simpatía. Ya había visto demasiados uniformes en esos tediosos años de guerra subterránea.

    —Señor Meacher, se encuentra en una situación difícil. Tengo una habitación a menos de cinco minutos de marcha; ¿tendría la bondad de acompañarme para discutir la situación conmigo? Le puedo asegurar que no correrá ningún riesgo, si es eso lo que lo hace vacilar.
    —¿Qué situación? ¿Es usted del mercado negro? Si es así, será mejor que desaparezca.
    —Vayamos a mi habitación y hablaremos.

    Me encogí de hombros y lo seguí. Caminamos por un par de calles alejadas de las avenidas, en dirección a Grassmarket, y traspusimos un umbral mugriento. El hom bre de la cara gótica se adelantó para ascender por una escalera de caracol. En uno de los rellanos una cara de bruja apenas iluminada nos espió por la rendija de una puerta, y luego la cerró de un portazo dejándonos en tinieblas.

    Al llegar a uno de los descansos el hombre se detuvo y se palpó el bolsillo. Dijo:

    —No creo que una casa como ésta haya cambiado mucho desde la visita del doctor Johnson a Edimburgo —luego, con la voz alterada, agregó—: Quiero decir… ustedes tuvieron un tal doctor Johnson, Samuel Johnson, ¿no?

    Sin comprender su fraseología —en ningún momento lo había tomado por otra cosa que inglés— le respondí:

    —El doctor Johnson visitó esta ciudad para alojarse en casa de su amigo Boswell en el año 1773.

    En la oscuridad lanzó un suspiro de alivio. Deslizando la llave en la cerradura, dijo:

    —Claro, claro. Me olvidé que la carretera entre Londres y Edimburgo ya existía para esa fecha. Disculpe.

    Abrió la puerta, encendió las luces y me hizo entrar en la habitación. ¿De qué estaría hablando ese hombre? Edimburgo y Londres estaban comunicadas —aunque a menudo en forma precaria— mucho antes de la visita de Johnson. Estaba empezando a tener extrañas ideas sobre el desconocido gótico; más tarde todas ellas demostraron ser erróneas.

    La habitación estaba casi vacía y era muy impersonal, una típica habitación de alquiler con una cómoda-lavabo en un rincón, en otro un generador manual por si llegaba a fallar la electricidad central, y un biombo en la pared del fondo detrás del cual se escondía la cama. Antes de enfrentarme el hombre se acercó a la ventana para correr la cortina.

    —Debería presentarme, señor Meacher. Mi nombre es Apostolic Rastell, capitán Apostolic Rastell del Cuerpo Investigador de Matrices.

    Hice una inclinación de cabeza y aguardé; en esos días el mundo rebosaba de instituciones con nombres siniestros, y aunque no había oído mencionr al Cuerpo Investigador de Matrices, no lo dije. Allí nos quedamos, mirándonos y calibrándonos el uno al otro. El capitán Rastell era un hombre bastante imponente, quizá un tanto descuidado, pero de apariencia agradable, de fuerte constitución sin llegar a la corpulencia, un hombre de casi treinta años, y con aquella cara cuadrada, terca, extraordinaria. No podía clasificarlo como persona; a decir verdad, nunca llegué a saber qué clase de persona era.

    Se metió detrás del biombo y salió llevando una liviana pantalla plegadiza. La abrió y la puso de pie sobre el piso.

    La pantalla estaba asegurada por una especie de candado cifrado. Rastell trabajó con él, mientras me observaba con expresión ceñuda y oía abrirse los tambores con golpe seco.

    —Será mejor que mire esto antes de que le dé mi explicación.

    La pantalla desplegó un asiento y, por detrás de él, la superficie de la pantalla tomó color plateado y espejado. La miré con fijeza y me dio un vahído. Me tambaleé y el desconocido me sostuvo, pero me recobré en seguida.

    Me vi reflejado en la pantalla. También el cuarto impersonal se reflejaba en ella, si reflejar es la palabra correcta; las dimensiones se veían distorsionadas y retorcidas, y así parecía que Rastell y yo estábamos afuera más que adentro de un cubo. Daba la impresión de estar mirándose en un espejo deformante, pero eso no era un espejo… ¡pues sin advertirlo me encontré mirando mi propio perfil!

    —¿Qué significa este truco de feria?
    —Usted es un hombre inteligente, señor Meacher, y como tengo mucha prisa espero que lo que ha visto sea suficiente para sugerirle que hay ciertos sectores de la vida que son un misterio para usted, sectores en los que no ha espiado ni le ha interesado espiar. Hay otras tierras, otros Edimburgo, que éste suyo, señor Meacher; yo vengo de uno de ellos y ahora lo estoy invitando a seguirme.

    Me senté en una silla y le clavé la mirada. No objeto volver a relatar los terrores, las esperanzas y suposiciones que asaltaron mi mente. Al cabo de un rato, escuché lo que me estaba diciendo. Era algo así:

    —Aunque usted no es un filósofo, señor Meacher, quizá comprenda cuántos hombres pasan la mayor parte de sus vidas esperando un desafío; se preparan para ello, a pesar de que tal vez no imaginan cuál será hasta que llega el momento. Yo espero que usted sea de esa clase de hombres, porque no tengo tiempo para explicaciones detalladas. En la matriz de la que yo vengo, tuvimos un dramaturgo del siglo pasado que se llamaba Jean-Paul Sartre; en una de sus obras, un hombre le decía a otro: ¿Quieres decir que juzgarías toda la vida de un hombre por una sola acción?, y el otro se limita a decir: ¿Por qué no? Así, yo le pregunto: señor Meacher, ¿vendrá conmigo? ¿Pondrá a prueba toda su vida con una sola acción?
    —¿Por qué habría de hacerlo?
    —Esa es una pregunta que sólo usted puede responder.

    En esas circunstancias, ¡qué monstruosas suposiciones se ocultaban en esa frase!

    —¿Vendrá? ¡Magnífico! —dijo, poniéndose de pie para tomarme por el brazo.

    Abstraído, me había puesto de pie, y él había interpretado ese gesto involuntario como una aceptación. Tal vez lo era.

    Permití que me guiase hasta el asiento en su —usaré su misma palabra— «portal». Esperó a verme sentado y dijo:

    —Esto no es nada que lo toma desprevenido; puede que esté maravillado, pero no sorprendido. Será algo nuevo, pero es más que probable que usted ya haya pensado en ello; yo le digo que la tierra que usted conoce no es más que una apariencia tridimensional —un afloramiento, diría un geólogo— de un universo multidimensional. Comprender el mundo multidimensional en su totalidad está más allá de la capacidad humana, y quizá siempre lo estará; uno de los impedimentos estriba en que los sentidos registran cada una de las dimensiones como una realidad tridimensional.
    —¡Rastell, por amor de Dios, no tengo la menor idea de lo que está diciendo!
    —La violencia con que niega me persuade de otra cosa. Deje que se lo explique en esta forma, comparándolo con cosas que le son familiares. Una criatura bidimensional vive sobre una hoja de papel. Una burbuja —es decir, un objeto tridimensional— pasa a través del papel. ¿Cómo percibe la burbuja a la criatura bidimensional? Primero como un punto, que se expande hasta un círculo cuya máxima dimensión es la circunferencia de la burbuja; en ese momento la burbuja se encuentra a mitad de camino; entonces el círculo se empieza a contraer hasta convertirse en un punto y a renglón seguido desaparece.
    —Sí, sí, todo eso lo comprendo, pero usted está insinuando que esa criatura bidimensional puede trepar a la burbuja, que es…
    —Escuche, todo lo que impide a la criatura subir a la burbuja es su actitud mental, su sistema lógico. Esa mente necesita dar un giro de noventa grados y la suya también.

    Una los extremos de la hoja de papel donde vive la criatura y obtendrá una vívida representación de su mente: ¡un círculo cerrado! Usted no puede percibir las otras matrices del universo multidimensional. Pero está en mis manos hacérselas percibir. Ahora le voy a inyectar una sustancia, señor Meacher, que ejercerá su efecto sobre los sentidos.

    ¡Era una locura! De alguna manera debía haberse ingeniado para hipnotizarme (¡de que me había fascinado no cabía la mejor duda!); de otro modo nunca hubiera llegado tan lejos. Salté de la silla.

    —¡Déjeme en paz, Rastell! No sé lo que está diciendo, ni quiero saberlo. No quiero participar en esto. Perdí mi espíritu aventurero en el ejército. Yo… ¡Rastell!

    El nombre brotó de mis labios como un alarido. Había alargado una mano como disponiéndose a sostenerme y me había clavado en la vena de la muñeca izquierda la punta de una diminuta aguja hipodérmica. Una sensación punzante me corrió por el brazo.

    Cuando me abalancé sobre él, levanté la mano derecha: tenía la intención de darle un puñetazo en plena cara. Él me esquivó y, al perder el equilibrio, me tambaleé hacia adelante.

    —Si yo fuese usted me sentaría, Meacher. Tiene nicomiotina en las venas, y si no está habituado a ella, el ejercicio lo puede descomponer. Siéntese, hombre.

    Mi mirada se fijó en aquella cara, de líneas claras, y de una proporción extraordinaria y sensible entre los distintos rasgos. Vi esa cara; se me grabó en la retina, como un punto central, como un factor cardinal, una referencia a partir de la cual se podría trazar todo el mapa del universo; pues la influencia del tiempo y los hechos yacían en ella, hasta que a su vez ella influyera en el tiempo y los hechos, y en ese entrelazamiento vi simbolizada toda la rueda de la vida que gobierna a los hombres. Sí, supe —aun en ese momento supe— que me estaba sometiendo a la influencia de la droga que Rastell me había inyectado. No tenía ninguna importancia. La verdad es la verdad, la encontremos nosotros a ella o ella sea la que nos encuentre a nosotros.

    Cuando me senté en el banquillo de la pantalla, fue con un movimiento que participaba del mismo dualismo mágico. Pues ese acto podía parecer una sumisión a la voluntad de otro; y no obstante yo sabía que era una demostración muy vital de mi voluntad, como si dentro del universo de mi cuerpo una parte de mí mismo hubiese puesto en actividad un millar de respuestas diminutas, y la sangre y el músculo cooperaran con el acto. Y al mismo tiempo que ese acto cósmico y dramático tenía lugar, oía la voz de Rastell, resonando en la distancia.

    —En esta matriz a la que pertenece, tengo entendido que usted vivió lo que ahora se denomina la Edad del Tabaco, cuando mucha gente —me refiero principalmente a los cincuenta primeros años del siglo pasado —era esclava del tabaco. Fue la edad del cigarrillo. Los cigarrillos no eran sólo los objetos románticos descritos por nuestros novelistas históricos; eran asesinos, porque la nicotina que contenían, aunque benéfica para el cerebro en pequeñas dosis, es la muerte de los pulmones cuando la absorbemos en grandes cantidades. Sin embargo, antes de que los cigarrillos se dejaran de fabricar hacia fines de la década del setenta —¿cómo se siente, Meacher?, no tardará en surtir su efecto—, antes de la quiebra de las empresas tabacaleras, descubrieron la nicomiotina. Como esas empresas tenían bastante mal olor, la nueva droga fue olvidada durante unos cincuenta años; en su matriz, según lo que he podido averiguar, no se le da aún importancia alguna.

    Me tomó el pulso, que se esforzaba bajo mi piel como un hombre tratando de liberarse del saco que lo aprisiona. Hundido en un océano de sensaciones, no dije nada: podía comprobar las ventajas de haber estado inconsciente toda una vida. Luego uno puede lograr la libertad para perseguir las cosas que realmente importan.

    —Probablemente no lo sepa, Meacher, pero la nicotina retarda la eliminación de orina. Ponía en movimiento una cadena de reacciónes que liberaban una sustancia llamada vasopresina que desde la glándula pituitaria se volcaba en el torrente sanguíneo; cuando la vasopresina llegaba al riñón, cesaba la excreción de líquidos ingeridos por la boca. La nicomiotina libera la noradrenalina del hipotálamo y de los tegumentos del cerebro límbico, esa parte del cerebro que controla las funciones de la conciencia. Al mismo tiempo la droga produce miodrenalina en los vasos capilares periféricos. Esto se manifiesta en lo que llamamos «transferencia de la atención». El resultado —estoy simplificando, Meacher—, el resultado es la descolocación de la conciencia que nos es imprescindible para transferirnos de una matriz a otra. El flujo de atención es, por así decir, sometido a un desvío móvil y se lo engancha a la próxima matriz.
    —Extrañísimo y cada vez más extrañísimo murmuré.
    —El banquillo en el cual está sentado es un circuito que se puede sintonizar a distintos niveles de vibración, cada uno de los cuales corresponde a una de las matrices del univero multidimensional. Yo muevo esta palanca, y usted se deslizará sin dificultad a través del portal hacia la matriz de donde yo vengo. No piense que va a trasponer una barrera, en realidad va a eludir una barrera. Los resultados de esta técnica también se pueden lograr por medio de una intensa disciplina mental; era esto lo que estaban consiguiendo, sin quererlo, los yoga cuando… ah, ya se está deslizando, Meacher. ¡No se asuste!

    No estaba asustado. Me encontraba fuera de mi caparazón y comprendía que a todos nosotros nos llegan instantes de calma y desprendimiento; esa quietud tal vez sea el secreto que sólo un puñado de hombres en cada generación descubre por casualidad. En ese mismo lentísimo lapso advertí que mi pie izquierdo se había desintegrado.

    Pero no me asaltó congoja alguna, porque mi pie derecho también se había desintegrado. La sabiduría y la simetría del hecho me regocijaban.

    Todo se desintegraba en una bruma…, no es que me importara mucho, aunque por un instante me aterraron las miradas de basilisco de los botones de mi chaqueta; me miraban furiosos y sin parpadear, así que trajeron a mi memoria aquellas líneas de Rimbaud «los botones de la chaqueta son los ojos de las fieras que nos acechan desde el fondo de los corredores». ¡Luego los botones y Rimbaud y yo desaparecimos en la bruma!

    Una sensación de náuseas precedió mi entrada en la matriz de Rastell.

    Permanecía en mi asiento tiritando, con la cabeza repentinamente despejada y baja temperatura corporal. La droga había alcanzado cierto nivel y luego se había desvanecido. Era como si un amor apasionado hubiese concluido por un abandono inesperado, por una pérfida carta. En mi aflicción, miré a mi alrededor y vi una habitación muy semejante a la que acababa de dejar.

    La habitación tenía la misma forma, las mismas puertas y ventanas, la vista que se divisaba desde la ventana era la misma; pero las cortinas no estaban corridas y afuera era de día. Me pareció que los muebles eran distintos, pero no me había fijado mucho en los otros como para estar totalmente seguro. De una cosa sí estaba seguro: en la otra habitación no había visto a un hombrecito de aspecto desagradable que vestido con un mono de algodón estaba inmóvil junto a la puerta, mirándome sin parpadear.

    Cuando me ponía de pie, Rastell se materializó, llevando a rastras la pantalla plegadiza.

    —Pronto se sentirá mejor —dijo—. La primera vez siempre es la peor. Ahora hay que moverse. ¿Puede caminar bien? En la calle podremos tomar un cabriolé.
    —¿Dónde estamos, Rastell? Esto todavía es Edimburgo. ¿Qué ha sucedido? Si se está divirtiendo conmigo…

    Chasqueó los dedos con impaciencia, pero cuando respondió su voz era tranquila.

    —Usted ha abandonado el Edimburgo de AA688, así designamos a su matriz natal. Y ahora estamos en el Edimburgo AA541. En muchos aspectos, el uno es muy similar al otro. En ciertas formas los encontrará idénticos. Sólo por obra del azar se han producido divergencias; por lo tanto al principio usted las tomará como una norma. A medida que se adapte a la vida intermatrices, advertirá que las normas no existen. Vamos, a moverse.
    —No entiendo lo que Me dice. ¿Quiere decir que tal vez encuentre aquí a mi hermano y su mujer?
    —¿Por qué no? Es muy posible que se encuentre a usted mismo aquí, aquí y en un millar de otras matrices. Una de las propiedades de la materia es imitarse a sí misma en todas las matrices; y del azar, el modificar esas imitaciones.

    Hablaba como si repitiese un concepto aprendido de memoria, mientras se acercaba al fulano andrajoso, el cual, durante toda nuestra conversación, no se había movido de junto a la puerta. Noté que el hombrecito llevaba, un poco más abajo de la rodilla, un brazalete con cuatro ejes radiales que se le clavaban en la carne. Rastell sacó una llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura del brazalete. Los cuatro ejes saltaron hacia afuera y colgaron de sus goznes en el borde del aro. El hombre se frotó la pierna y renqueó alrededor de la habitación para restablecer la circulación sanguínea. No nos sacaba los ojos de encima ni a Rastell ni a mí, pero en especial a mí, sin mirarnos directamente y sin hablar una sola palabra.

    —¿Quién es este hombre? ¿Qué está usted haciendo?
    —Si no lo hubiese inmovilizado con el grillete habría tratado de escapar mientras yo no estaba —dijo Rastell. Extrajo una botella por debajo de la túnica—. Le gustará saber, Meacher, que aún tiene whisky en esta matriz; tome un buen trago… le ayudará a reponerse.

    Agradecido, bebí el reconstituyente de la botella misma.

    —Ya estoy repuesto, Rastell. Pero toda esa charla de la materia imitándose a sí misma… es como una visión infernal. Por el amor de Dios, ¿cuántas matrices hay?
    —No hay tiempo para hablar de todo eso. Si nos ayuda, obtendrá las respuestas que quiera. Por el momento, en todo caso, son más los interrogantes que hemos descubierto que las respuestas. No más de veinte años atrás se verificó la existencia del universo multimatriz; el Cuerpo Investigador de Matrices se organizó sólo quince años atrás, en 2027, el año en que estalló la Cuarta Guerra Mundial en su matriz. Aquí no hubo guerra.
    —Rastell, no puedo aceptar ni una sola palabra de lo que dice. No quiero participar en esto.
    —Ya está participando. Dibbs, pliega el portal.

    Dibbs era el mudo. Con los ojos bajos, cumplió la orden que le habían dado, plegando el portal hasta reducirlo al tamaño de un maletín que prendió en la espalda de Rastell. Rastell me tomó del brazo y me arrastró consigo.

    —Contrólese y vamos. Ya sé que al principio es un choque muy violento, pero usted es un hombre inteligente; se adaptará.

    De un manotazo me liberé de su garra.

    —Por ser un hombre inteligente es por lo que rechazo sus explicaciones. ¿Cuántos de estos mundos-matriz hay?
    —El Cuerpo Investigador de Matrices mide el grado de conciencia por «des». Al separar tres «des» en el espacio entre ellos encontraremos infinidad de matrices…Sí, una infinidad, Meacher, y ya veo que esa palabra no lo tranquiliza en absoluto. Hasta ahora sólo hemos explorado unas pocas docenas de mundos. Uno o dos los estamos utilizando. Algunos son tan parecidos a los nuestros que sólo por detalles mínimos —tal vez el sabor del whisky o el nombre de un diario dominical —es posible identificarlos; otros… encontramos uno, Meacher, en que el planeta había sido mal concebido, no era más que una bola de turbulentos ríos de barro, y estaba envuelto en una nube permanente. Los habitantes de otro eran todos seres alados que vivían en un mundo selvático.

    Abrió la puerta mientras hablaba; salimos juntos a la escalera de caracol; y a la calle, por un umbral mugriento.

    Mi aventura había comenzado. Al ver la puerta mugrienta y extraña, volví a sentirme yo mismo, excitado por la desafiante novedad de todas las cosas.

    Anochecía cuando había entrado en aquella casa, o una casa similar. Cuando salimos era un día gris, con una luz plomiza forjada con la intención de mimetizarla con las piedras de la ciudad. Oh sí, no cabía duda de que estábamos en la Auld Reekie, la inconfundible Auld Reekie, y tampoco cabían dudas de que no era mi Edimburgo natal.

    En verdad, los edificios se parecían a los que yo conocía, aunque ciertos rasgos de su aspecto general me decían que habían sido alterados en alguna forma que no podía recordar. El aspecto de la gente era diferente y su vestimenta también.

    Las multitudes míseras y parleras entre la cuales Royal, Cándida y yo habíamos caminado a codazos ya no se veían. Las calles estaban casi desiertas, y los escasos transeúntes se podían clasificar sin vacilación en dos clases. Algunos hombres y mujeres marchaban con la cabeza muy erguida, a paso vivo, se sonreían y saludaban unos a otros; vestían con elegancia, en aquel momento pensé en denominar «futurista» el estilo, con amplios cuellos blancos y capas cortas de un material parecido a un plástico o cuello rígido. Muchos de los hombres llevaban espadas. Esa clase caminaba por las aceras.

    Había otra clase, de gente. A esos hombres sólo se les permitía caminar por la calzada. No intercambiaban saludos entre sí; marchaban por las calles sin ninguna gracia ni apostura; pues al caminar o al avanzar zigzagueando —eran muchos los que lo hacían así —llevaban baja la cabeza y miraban, furtivos, por debajo de las cejas. Al igual que Dibbs, todos vestían monos de algodón, como él tenían un brazalete un poco más abajo de la rodilla, y como él llevaban un disco amarillo entre los omóplatos.

    Disponía de mucho tiempo para observar a la gente, porque Rastell, tal como lo había prometido, había conseguido un cabriolé y en él partimos en dirección a la Estación Waverley.

    El coche me dejó estupefacto. Era de tracción humana. Tres hombres enfundados én monos —para ese entonces, creo, al pensar en ellos los llamaba la clase esclava —estaban encadenados a un asiento trasero; Dibbs subió al asiento para formar un cuarteto; todos juntos empezaron a pedalear, y así avanzábamos, impulsados por cuatro sudorosos infelices.

    En las calles, varios coches similares rodaban de un lado al otro, y hasta se veían sillas de mano, muy apropiadas para la escabrosa topografía de Edimburgo. No faltaban los jinetes y, de tanto en tanto, un carro convencional con motor de combustión interna. No vi ningún ómnibus ni auto particular. Al recordar que ese último tipo de vehículo había sido prohibido en mi matriz, le pregunté a Rastell si allí se habían promulgado iguales leyes.

    —En realidad contamos con más mano de obra que combustibles —respondió—. Y a diferencia de lo que acontece en su miserable matriz proletaria aquí la mayoría de los hombres libres tiene su tiempo de ocio y no necesita apresurarse para nada.
    —Usted insistió para que me apresurase.
    —Nosotros estamos obligados a correr porque el equilibrio de toda esta matriz se halla en estado de crisis. La civilización está amenazada y debemos salvarla. Usted y otros como usted, provenientes de otras matrices, han sido traídos aquí porque necesitamos las ideas que seres extramatriciales nos puedan proporcionar. Si bien su cultura es inferior a la nuestra, no quiere decir que sus talentos no sean quizá invalorables.
    —¿Inferior? ¿Qué pretende decir con inferior? A juzgar por esas anticuadas sillas de mano y estos anacrónicos coches a pedal, parecerían que están varios siglos atrasados con respecto a nosotros.
    —Espero, Meacher, que no sólo mida el progreso según normas materialistas.

    Las cejas góticas se arquearon mientras hablaba.

    —Por supuesto que no. Lo mido por la libertad personal que gozan los individuos, y por lo poquísimo que. he visto de su cultura, de su matriz, viven en un Estado esclavista.
    —No hay nada mejor que un Estado esclavista. Usted es un historiador, ¿no? ¿Es capaz de juzgar sin atenerse exclusivamente a las pautas estrechas dictadas por su propia época? ¿Qué Estado llegó a la grandeza sin contar con la labor de los esclavos, entre ellos la Unión Soviética y el Imperio Británico? ¿No fue la Grecia clásica una comunidad de Estados esclavistas? ¿Quién si no los esclavos forjaron los monumentos memorables del mundo? En todo caso, usted prejuzga. Aquí tenemos una población sometida, no esclavizada, lo que es diferente.
    —¿Es diferente para la gente en esa condición? —Oh, en nombre de la Iglesia, Meacher, cállese. Usted no hace más que parlotear.
    —¿Por qué invocar a la Iglesia?
    —Porque yo soy miembro de la Iglesia. Cuídese de blasfemar, Meacher. Durante su permanencia aquí estará, como es natural, sujeto a nuestras leyes, y la Iglesia se atiene a sus derechos con mayor firmeza de lo que sucede en su matriz.

    Guardé un silencio tenebroso. Habíamos llegado con extrema dificultad al Puente George IV. Dos de los esclavos, con las cadenas extendidas al máximo, habían saltado del asiento y nos empujaron durante ese trecho de camino. Después de cruzar el puente, empezamos a descender por la empinada cuesta de The Mound, usando en forma alternada los frenos y la rueda libre, aunque un volante auxiliar eliminaba las molestas sacudidas de ese método de conducción. El Castillo de Edimburgo a la izquierda, con toda su majestuosa altura, no me pareció cambiado, pero en la parte más moderna de la ciudad, que se extendía ante nosotros, vi muchos cambios, aunque no pude precisar en qué radicaban, porque Royal, Cándida y yo no hacía mucho que vivíamos allí, y aún no estaba familiarizado con la ciudad.

    Se oyeron silbatos en las cercanías. Yo no les presté atención, pero Rastell se puso rígido y sacó un revólver del bolsillo. Más adelante, junto a la escalinata del Salón de Asambleas, un cabriolé había chocado y volcado. Los tres esclavos encadenados a él —al dar la vuelta un recodo los vimos con claridad— tizoneaban con todas sus fuerzas tratando de arrancar las cadenas. Uno de los pasajeros había sobrevivido al choque. Con la cabeza asomada por la ventanilla soplaba un silbato.

    —Los subs han permitido que ocurriese otro choque… éste es el lugar favorito —dijo Rastell—. Se están poniendo muy negligentes.
    —Es una esquina peligrosa. ¿Como puede decir que ellos lo permitieron?

    Sin responderme, Rastell entreabrió la puerta y se asomó para gritar a sus esclavos.

    —Eh, subs, detengan el coche enseguida. Quiero bajar. Dibbs, ¡salta!

    Con un rechinar de frenos nos detuvimos en la barranca. Cuando Rastell saltó a la calle yo le imité. El aire era frío. Me sentía acalambrado e inquieto, con la plena conciencia de que me encontraba tan lejos de casa que la distancia no se podía medir en kilómetros. Miré alrededor, Dibbs y sus tres compañeros me observaban por debajo de las cejas.

    —Será mejor que me siga, Meacher —gritó Rastell.

    Empezó a correr en dirección al coche accidentado. Uno de los esclavos había conseguido arrancar la cadena del panel de madera del coche. Avanzó y blandiendo la cadena la dejó caer sobre la cabeza del pasajero. El silbido se interrumpió en medio de una nota. El pasajero se desplomó hacia un costado y luego desapareció en el interior del coche. Para ese entonces el esclavo ya había subido al costado del cabriolé y se daba vuelta para enfrentar a Rastell. Otros silbatos empezaron a ulular. Se oyó el gemido de una sirena.

    Cuando el esclavo del coche vio que Rastell empuñaba un revólver, cambió de expresión. Vi la mirada de desaliento con que se lo señalaba a sus compañeros aún cautivos y que saltaba cerca de ellos. Los otros tres se quedaron inmóviles y trémulos, ya no trataban de escapar.

    Rastell no diparó el arma. Un auto se abrió paso por la colina con las sirenas chillando y se coló entre Rastell y el coche volcado. En el techo llevaba un letrero luminoso con la leyenda Policía de la Iglesia. Hombres con uniforme blanco y negro saltaron a la calle. Llevaban cintos con espadas y empuñaban pistolas. Rastell se acercó a ellos a la carrera.

    Me quedé donde estaba, a medias protegido por nuestro cohe, indeciso; no quería participar en nada. Dibbs y sus compañeros subs se quedaron donde estaban, sin moverse, ni hablar.

    Una multitud se congregaba en los escalones del Salón de Asambleas, una multitud formada por la clase superior. El sub que se había liberado fue entrado a puntapiés por la puerta trasera del patrullero. Mientras los otros intercambiaban comentarios, tuve tiempo de observar el auto con más cuidado. Era un vehículo extraño, impulsado por un motor de combustión interna, una bestia poderosa, pero sin las líneas aerodinámicas que habían caracterizado a los autos de mi niñez. Tenía puertas dobles a ambos lados, y otra, por la que habían entrado a empellones al infeliz sub, en la parte trasera. Las ventanillas eran estrechas, puntiagudas y agrupadas de a dos, al estilo de los ventanales de las iglesias primitivas de Inglaterra; hasta el parabrisas seguía el mismo estilo y estaba dividido en seis. Todo él estaba barrocamente pintado de blanco, celeste y amarillo. ¿Por qué no, pensé, si el tiempo sobra y la mano de obra es barata?

    Y en cuanto al vitral del parabrisas… ¿Por qué no, si la mayoría de la gente que pueden atropellar carece de importancia y de derechos?

    Rastell volvía, aunque el debate en la vecindad de la escalinata proseguía aún.

    —Sigamos —dijo Rastell.

    Le hizo a Dibbs y a los subs una seña autoritaria. Todos entramos en el coche y reanudamos la marcha. Al pasar cerca del patrullero miré la multitud reunida a su alrededor. Con un sobresalto creí reconocer a uno de los ociosos que peroraban. Se parecía tanto a mi hermano Royal; luego me dije que mis nervios me estaban traicionando.

    —Se producen demasiados de estos incidentes —dijo Rastell—. Este problema prendió como la yesca hace sólo unos años atrás. Deben tener un jefe.
    —Me imagino que también tienen una causa. ¿Qué le pasará al hombre que rompió la cadena y aporreó al pasajero?
    —¿Ese sub? —me miró, los labios curvados en una sonrisa no exenta de maldad—. Atacó a un Fiel Practicante. Yo no fui el único testigo. Lo ahorcarán en el Castillo la semana próxima. ¿Qué otra cosa se puede hacer con él? Se le otorgarán los últimos ritos.

    La ancha calle Princes, una calle digna de cualquier capital del mundo, había cambiado, aunque muchos de los edificios se conservaban como yo los había conocido. Lo que había desaparecido era su alegría comercial. En ese momento los envolvía una decolorida uniformidad. Los vidrios de los escaparates estaban sucios; las mercaderías en venta no se desplegaban en forma atractiva. Las espiaba con ansiedad mientras a paso de hombre marchábamos junto a ellas. Los grandes salones con mercaderías electrónicas no existían, la tiendas no estaban abarrotadas con los miles de maquinitas que me eran familiares.

    En la aceras reinaba una gran actividad. Había mucha gente y todos parecían felices mientras hacían sus compras. Pocos eran los esclavos que estaban a la vista, y tuve oportunidad de advertir que algunos de los hombres libres parecían menos prósperos que otros. Sillas de mano, coches a pedal, bicicletas de cuatro ruedas y autitos con motores eléctricos iban y venían, de un lado al otro. Lamenté cuando nos detuvimos frente a un inmenso edificio gris y Rastell me indicó por señas que debíamos descender.

    —Éste es el cuartel general de mi congregación— dijo al empujar la puerta para entrar, can Dibbs pegado a los talones.
    —Creo que mi matriz es un edificio de oficinas.
    —Por el contrario, es el edificio de la Comisión de Rearme Nuclear. ¿Ya se ha olvidado de la inclinación guerrera que tiene su matriz? —entonces pareció ablandarse y dijo con un tono menos irónico—: Sin embargo, tal vez llegue a pensar que somos demasiado religiosos. En realidad, sólo es cuestión de puntos. de vista.

    El lugar hervía de actividad. El vestíbulo me hacía recordar los hoteles pasados de moda; el moblaje era pesado y de extraño diseño, con cierta similitud con los muebles de estilo Windsor de unos cincuenta años atrás, excepto que todo era de un apagado color grisáceo.

    Rastell se acercó a una cartelera y la recorrió rápidamente.

    —Nos queda media hora antes de la próxima conferencia en la que se les dará a los extramatriciales información sobre nuestra historia. Le será útil escucharla… cuanto menos tiempo pierda mejor será. Voy a ver si le pueden encontrar una habitación para lavarse y descansar. Yo tengo que hablar con una o dos personas. Pronto nos volveremos a reunir en la conferencia.

    Un sub corrió a desprenderle el maletín de la espalda. Otro corrió con un vaso de agua. El capitán Apostolic Ras parecía feliz de haber llegado a casa, e hizo señas a una sirvienta que pasaba, una muchacha que no vestía un mono sino un pantalón blanco y negro muy curioso. Yo sentía cierta aprensión en separarme de Rastell, el único contacto con mi matriz. Él interpretó la expresión de mi rostro y llamó a la muchacha.

    —Esta muchacha sub lo atenderá muy bien, Meacher. Bajo dipensa, le prestará todos los servicios que usted requiera.

    Al alejarse, pensé que no sería un diablo tan desagradable, en mejores circunstancias que aquéllas. Seguí a la muchacha, sin dejar de mirar el disco amarillo de la espalda. Me guió por un tramo de escaleras y a lo largo de un corredor y me abrió la puerta de una de las habitaciones. Entré y ella me acompañó, cerró la puerta con llave y me la entregó. A pesar de mí mismo, su aire sumiso me sugirió ideas inquietantes. Con esa horrible vestimenta quedaba ridícula y su rostro era pálido y enfermizo, pero joven y de hermosas facciones.

    —¿Cómo te llamas?

    Apoyó el índice en un botón de la blusa. Leí el nombre ANN estampado en él.

    —¿Tú eres Ann? ¿No puedes hablar?

    Sacudió la cabeza. Agujas heladas se clavaron en mi pecho; recordé que ni a Dibbs ni a los esclavos del coche volcado les había oído pronunciar una sola palabra. Me acerqué a ella y le toqué el mentón.

    —Abre la boca, Ann.

    Dócil, dejó caer la mandíbula. No: tenía lengua, así como también varios dientes que necesitaban ser curados o extraídos. El desamparo en que se encontraba aquella criatura me abrumó.

    —¿Por qué no puedes hablar, Ann?

    Cerró la boca y echó hacia atrás la cabeza. Sobre la blancura del cuello destacaba una fea cicatriz. Le habían cortado las cuerdas vocales. Abracé los hombros escuálidos y me dejé poseer por la furia.

    —¿Les hacen esto a todos los esclavos?

    Negó con la cabeza.

    —¿A algunos… a la mayoría?

    Asintió.

    —¿Es una especie de castigo?

    Repitió el gesto.

    —¿Te dolió?

    Asintió. ¡Oh, con tanta indiferencia!

    —¿Hay otros hombres como yo, de otras matrices, en este corredor?

    Una mirada vacía de toda. expresión.

    —Quiero decir ¿otros extranjeros como yo?

    Asintió.

    —Llévame a uno de ellos.

    Le devolví la llave. Abrió la puerta y salimos al corredor. Se detuvo ante la puerta vecina a la mía y empleó la misma llave. La puerta giró sobre sus goznes.

    Un sujeto con una escobilla de pelo amarillo sobre la frente y un rastrojo alrededor de una enorme mandíbula estaba comiendo sentado a una mesa. Comía con una cuchara, rabiosamente. Aunque levantó la mirada cuando entré, arrastrando a Ann conmigo, no dejó de llenarse la boca de comida.

    —¿Es usted un extramatricial? —le pregunté. Hizo ruidos de asentimiento dentro del guiso.
    —Yo también. Me llamo Sheridan Meacher. Historiador, ex soldado del ejército —como no me contestó y se limitó a abrir la boca, continué—: No debemos otorgarle a esta gente ninguna ayuda que les permita apuntalar su régimen. Todo el sistema es perverso y debe ser destruido. Voy a conseguir gente que me secunde.

    Se puso de pie, era un hombrón desmañado y desagradable. Se inclinó hacia mí por encima de la mesa, sin dejar de empuñar la cuchara.

    —¿Qué tiene de perverso este sistema, Juan?

    Le mostré la cicatriz de Ann, le expliqué a qué clase pertencía la muchacha y por qué se lo habían hecho. Se echó a reír.

    —¿Quieres venir a dar una mirada a mi matriz natal? —dijo—. Diez años atrás, después del fracaso de una revolución, los chinos han formado batallones de trabajo con los intelectuales. Están muy ocupados haciendo caminos a través de Cairngorms.
    —¿Los chinos? ¿Qué tienen que hacer allí?
    —Los chinos rojos. En tu matriz ¿no fueron los vencedores de la Tercera Guerra Mundial?
    —¿Vencedores? ¡Ni siquiera entraron en ella!
    —Bueno, entonces, lo que a ti te sobra es suerte, Juan, y si yo estuviese en tu pellejo mantendría el hocico cerrado. Acepta lo que te ofrecen, ¡eso es lo qué digo siempre!

    Antes de que me hubiese retirado de la habitación, ya estaba metiéndose cucharadas de guiso en la boca.

    El huésped de la habitación vecina era un hombrecito rechoncho de cara rubicunda y calvo, que con un respingo interrumpió los mimos que le prodigaba a su muchacha sub cuando entré con Ann.

    —Yo soy extramatricial como usted —le dije—, y lo que hasta ahora he visto aquí no me gusta. Espero que esté de acuerdo conmigo en que esta gente no merece recibir ayuda.
    —Tenemos que tomar las cosas de la mejor forma posible ya que estamos aquí; ésa es mi opinión —contestó, avanzando para mirarme de cerca—. ¿Qué es lo que no le gusta de este lugar?
    —Este sistema esclavista —de esclavos mutilados— es suficiente para convencer a cualquiera que el régimen imperante debe ser borrado. Estará de acuerdo conmigo, ¿no?

    Se rascó la monda cabeza, meditando.

    —Hay cosas peores que la esclavitud, ¿sabe? Por lo menos la esclavitud garantiza que una parte de la población viva por encima del nivel animal. En la Gran Bretaña de mi matriz —y espero que usted haya observado lo mismo— el nivel de vida ha decrecido sin cesar desde principios de siglo. Tanto es así que algunos empiezan a murmurar que tal vez el comunismo no es la solución que creíamos cuando lo adoptamos por primera vez y…
    —¿Comunismo en Gran Bretaña? ¿Desde cuándo?
    —Usted parece tan sorprendido, ¡cualquiera hubiera creído que dije capitalismo! Después del éxito de la Huelga General de 1929, que nos llevó a la gloriosa revolución, se organizó el primer gobierno comunista bajo la conducción de Sir Harold Pollitt. Luego, en la gran Guerra del Pueblo, en 1940…
    —¡Está bien, está bien, gracias por la conferencia! Sólo dígame una cosa… ¿me apoyará en mi oposición a este régimen de esclavitud?
    —Bueno, yo no me opongo a que usted se oponga; pero primero tengo que reunirme con los camaradas y someterlo a votación…

    Le cerré la puerta en la cara. Me había retirado a todo lo que me daban las piernas y choqué con otro hombre que avanzaba por el corredor a paso vivo. Al detenernos tan bruscamente nos observamos desafiantes. Era joven y moreno, de mi estatura y peso, con una nariz de puente muy marcado. Su aspecto me gustó enseguida.

    —¿Usted es extramatricial?

    Asintió sonriéndome con simpatía, y me extendió la mano. Cuando extendí la mía me estrechó el codo en vez de la mano, así que yo también estreché el suyo.

    —Me llamo Mark Claud Gale, a sus órdenes. Estoy en una misión revolucionaria, usted me parece un posible adherente. Ninguno de esos sujetos invertebrados quiere apoyarme, pero yo no voy a prestar ni la más mínima ayuda a este gobierno de entunicados de negro…
    —¡Ah, cuenta conmigo para cualquier cosa, Mark! ¡Estamos de acuerdo! Soy Sherry Meacher, historiador y soldado, y también yo ando reclutando gente. Si nos mantenemos unidos y desafiamos al régimen, puede que otros sigan nuestro ejemplo. Y entonces tal vez los esclavos…

    La broncínea lengua de una campana me interrumpió.

    —La campanada para la conferencia de historia —dijo Mark—. ¡Vamos y aprendamos todo lo posible, Sherry, acerca de esta jauría besa-aras! Estos datos quizás nos sirvan luego para nuestros propósitos. Por mi escapulario, ¡ésta sí que es una aventura!

    Esa faceta del problema me había pasado inadvertida, pero contar con un aliado vigoroso y fiel me reanimó inmensamente, me sentí dispuesto a todo. Me colmó una excitación embriagadora y deliciosa. No quería perder un minuto de la conferencia y oír, escuchar, ser asaltado e insultado por la descarga cerrada de hechos nuevos que solo un día atrás me hubiesen parecido una fantasía descabellada. Y luego Mark Claud Gale y yo escribiríamos una página de historia de nuestro puño y letra.

    Un par de policías de la Iglesia vestidos de negro apareció en la escalera y empezó a conducirnos al piso inferior. El calvo de la Gran Bretaña comunista (según mis datos sólo había un millón de comunistas británicos) se pegó a nosotros, pero no habló una palabra. Ann desapareció cuando nos apresurábamos a descender. Contando las cabezas noté que los extramatriciales éramos veintidós. Al entrar en un salón, al fondo del vestíbulo, vimos que nos esperaban una treintena más de individuos. Por la variedad de estilos de la ropa, sin duda, también ellos eran extramatriciales.

    Nos sentamos en unos bancos que había junto a largas mesas y miramos hacia la que ocupaba la cabecera; se alzaba sobre una plataforma y tenía tres ocupantes, cada uno con su secretario; la policía de la Iglesia montaba guardia a sus espaldas. Uno de los tres hombres era el capitán Apostolic Rastell; no dio muestras de haberme visto.

    Cuando sonó una campana uno de los hombres en la plataforma, apuesto y de pelo blanco, se puso de pie y empezó a hablar.

    —Señores y pecadores, les damos la bienvenida a nuestra matriz pacífica y temerosa de Dios. Les agradecemos que hayan venido aquí a traernos su ayuda y sabiduría. No es necesario decir que sus servicios serán recompensados. Yo soy el Teniente Diácono Administered BIigh, y me acompañan dos miembros de la junta. El capitán Apostolic Rastell dará ahora una breve clase sobre la historia de esta matriz, así podrán lograr una perspectiva correcta de la naturaleza de nuestro problema. Un sub distribuirá lapiceros y papel para aquellos que deseen tomar notas.

    Rastell abandonó su asiento, hizo una leve inclinación de cabeza a Bligh y entró de lleno en el tema.

    Habló durante casi dos horas. En todo el salón apenas se oyó un murmullo. Escuchábamos fascinados el relato de la historia de un mundo tan similar —y sin embargo, tan alucinante en su diferencia— al nuestro. La versión de Rastell era prodiga en sutil propaganda; sin embargo, la personalidad de ese hombre era capaz de vivificar hasta el más pesado de los pasajes dialécticos.

    Bastará que repita sólo algunos de los extraños datos que Rastell nos proporcionó. En esa matriz, el concepto de nacionalidad no se había afirmado en épocas tan remotas como en la matriz que yo conocía. En mi matriz natal (Rastell la había designado como AA688, y yo me había grabado el número en la memoria), aunque Alemania e Italia sólo se constituyeron como nación durante la segunda mitad del siglo XIX, los restantes países europeos habían logrado su unidad varios siglos antes.

    En la matriz de Rastell, los reyes de Inglaterra y Francia habían sido menos afortunados en las luchas contra los señores; la razón de ese estado de cosas, deduje, era que la Iglesia no había visto con tanta benevolencia, como en otras matrices, el afianzamiento de los reinos terrenales. La Iglesia había incitado a los barones a luchar unos contra otros y contra la Corona. Los obispos tenían más poder que los reyes o los parlamentos.

    Por lo tanto, Gran Bretaña sólo se había convertido en un reino unido en 1914, en la época de la guerra franco-alemana, durante la cual Gran Bretaña había permanecido al margen y los Santos Estados Consolidados de América habían vendido armamento a los dos combatientes. En la Primera Guerra Mundial de 1939, el equilibrio de poder era tal como yo lo conocía, con una Alemania nazi luchando contra Gran Bretaña y Francia y, más tarde, la Santa Rusia y la Santa América entrando como aliados, mientras Japón combatía del lado alemán. Japón, sin embargo, había sido evangelizado. Los americanos, que sentían menor atracción por una Europa no tan industrializada, habían dedicado su atención y misioneros a Japón en épocas anteriores a lo que lo hicieran en mi matriz.

    Esto produjo una crisis en la conduccion de la guerra. Los científicos británicos y norteamericanos fabricaron la bomba atómica. Antes de emplear esa arma contra los enemigos japoneses y alemanes, el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, Benedict H. Denning, consultó a la Asamblea de Iglesias.

    La Asamblea era un grupo poderoso. No sólo prohibió el uso de un arma semejante contra países nominalmente cristianos; poco a poco extendió su potestad sobre el arma. La guerra se prolongó hasta 1951; para ese entonces la Iglesia poseía el control de todo poder nuclear.

    Una guerra larga y dura había socavado a los S.E.C.A. y sus aliados. Al finalizar el conflicto, los gobiernos débiles cayeron y una Iglesia poderosa, con respaldo popular, se irguió como una fuerza omnipotente. Su autoridad se extendió a otros países, en especial los europeos, que fueron ocupados después del armisticio, no por ejércitos, sino por batallones de religiosos militantes.

    En 1965, la Iglesia Ecuménica sostuvo una breve guerra nuclear con China y la ganó.

    Desde esa fecha, casi un siglo atrás, la Iglesia Ecuménica había conservado los frutos y los secretos del poder nuclear bajo sus poderosos brazos.

    El agotamiento de los recursos naturales había exigido el sometimiento de pueblos enteros, pero, a partir de 1951, no habían estallado guerras en occidente. El gobierno religioso volcaba sus beneficios sobre toda la humanidad. Lo que Rastell no mencionó fueron los resultados negativos o represivos de ese dominio.

    Algunas de esas represiones eran bastante obvias. Con un control central autócrata y con falta de incentivos que las guerras proporcionan, el pogreso científico y tecnológico se había estancado. La población mundial, por otra parte, había aumentado en forma exorbitante; Rastell informó en una parte de la conferencia que, después de la fusión de la Iglesia Cristiana Universal en 1979, los métodos anticonceptivos fueron desaconsejados en todo el mundo. Los nuevos seres nacían para la esclavitud.

    —Hemos podido apartarnos del materialismo porque contamos con una gran población de sometidos que realizan por nosotros las tareas serviles —dijo Rastell.

    En ese momento se me ocurrió que ésa era una forma retorcida de decir que casi todas las naciones que carecen de fuerzas mecánicas se ven obligadas a recurrir a los esclavos.

    Por lo que expuso, y por lo que omitió decir, era evidente que desde 1960 el único descubrimiento científico que habían logrado eran los portales y los viajes espaciales transmatriciales. La Iglesia no había alentado los viajes espaciales. Sin duda los habría horrorizado enterarse de la Batalla de Venus que tuvo lugar en la Quinta Guerra Mundial, en la que yo había tomado parte.

    Cuando Rastell terminó de hablar, reinó un profundo silencio en el salón. Había oscurecido mientras él pronunciaba la conferencia; las luces empezaron a alumbrar desmayadamente en tanto nosotros despertábamos a la realidad de nuestra situación. Pude ver por las caras que me rodeaban que, para muchos de los extramatriciales, el material que Rastell nos ofreció era mucho más sorprendente que para mí.

    Lo que más me desconcertaba era cuánto se había apartado la Iglesia de aquí de los ideales que encarnaba en mi matriz. Quizá fuese el monopolio del poder nuclear lo que había provocado el cambio. Una posesión de esa naturaleza requería hombres fuertes para controlarla, y sin duda los hombres fuertes habían eliminado a los mansos. Un caso más en que el poder absoluto todo lo corrompe. Así que me dije para mi fuero interno, aquí el villano de la película es la Iglesia. Luego Administered Bligh volvió a ponerse de pie, y nada de lo que dijo hizo que dudara de mis razonamientos.

    «Ahora que ya tienen una perspectiva que les permitirá trabajar —dijo—, la Iglesia Ecuménica puede presentar ante ustedes el problema a que nos vemos abocados en la actualidad. Como ya saben, los.hemos traído aquí para que nos ayuden. En sus diferentes matrices, todos ustedes, de una manera u otra, son investigadores históricos. Inmediatamente les será servida la cena; después les explicaré en detalle en qué radica ese problema y los invitaré a darme sus opiniones; pero ahora les daré un panorama general para que lo vayan meditando mientras comen.
    »Tratamos de inculcar en nuestra clase sometida la verdad eterna de que la vida en este mundo está siempre acompañada por el dolor, verdad que rige para dirigentes y dirigidos, y de que sólo encontrarán la recompensa a su virtud en el Más Allá. Pero los subs no aprenden.
    »Varias veces se han rebelado contra sus amos, contra la Iglesia Ecuménica. Ahora —seré sincero con ustedes, caballeros— nos enfrentamos con una revuelta mucho más seria. Los subs se han apoderado de la capital: Londres está en sus manos. Allí la Iglesia era… un tanto decadente… La pregunta que les habremos de formular, y todas las consecuencias implícitas, es ésta: ¿es la lenidad o el rigor la mejor arma para manejarlos?
    »¿Debemos destruir a Londres con armas nucleares y arriesgarnos así a proporcionarles el espectro del martirio, para inspirar a otras comunidades esclavas? ¿O debemos obligarlos a rendirse para perdonarlos, ajusticiando tan sólo a los jefes y permitirles creer que la Iglesia Ecuménica reprimió su fuerza no por caridad sino por debilidad?
    »Los dos caminos se abren ante nosotros. Necesitamos conocer la experiencia histórica de las matrices desgarradas por la guerra para optar por la solución más adecuada.
    »La Iglesia Ecuménica los bendecirá por la ayuda que le pueden prestar.»

    Se sentó. Ya se oía el entrechocar de la vajilla. Un torrente de hombres y mujeres sub aparecieron por las puertas al fondo del salón, con bandejas de comida. De las cocinas salía un vapor grasiento y el aroma de potajes y carnes asadas.

    El hombrecito calvo de la Gran Bretaña comunista estaba sentado a mi lado.

    —Un dilema interesante —dijo—. La lenidad siempre impresiona a las mentes mediocres, si el director de escena es bueno.
    —Ah, pero el terror impresiona más —dijo algún otro y se rió.
    —Estos miembros de la Iglesia son perros, hipócritas invertebrados —le replicó Mark—. Y tú debes venir de alguna asquerosa cultura lamebotas si dedicas un solo minuto de inteligencia a resolver su problema. ¿No estás de acuerdo conmigo, Sherry?

    Y volvió hacia mí su rostro ceñudo y sincero.

    —¡Me alegra infinitamente que tengan disgustos en Londres, Mark! Hay aquí unos cincuenta extramatriciales. La mayoría tiene que pensar igual que nosotros y se negarán a apuntalar este régimen. Busquémoslos, y unidos…

    Mark levantó la mano.

    —No, Sherry. Escucha, ¡tengo una idea más sencilla! —se inclinó para hablarme confidencialmente. El calvo también se inclinó para no perder sus palabras. Mark le apoyó la palma de la mano en la nariz y lo empujó hacia atrás.
    —Vete a jugar al bosque, caralisa —dijo. Y luego a mí—: Donde hay tres sobra uno. Un puñado de hombres indisciplinados es peor que el dolor de estómago, lo sé bien, tengo experiencia; en mi matriz, soy instructor de historia en una de nuestras academias militares: He prestado servicios en todo el mundo; hacía sólo una semana que acababa de regresar de una misión de la legión en Cachemira cuando esta gente me tomó prisionero. Créeme, esta vil Iglesia está acostumbrada a tratar con esclavos, no con hombres libres, o podrían resolver sus propios problemas sin ayuda de nadie. Nosotros dos podemos hacer cualquier cosa sin correr riesgos.
    —¿Qué estás maquinando?

    Tenía la desagradable impresión de que estaba metiéndome en aguas más profundas de lo que era mi intención.

    —Primero tanteemos con qué recursos cuentan. Y al mismo tiempo conseguiremos armas. ¿Sabes combatir, Sherry? Me pareces un buen soldado.
    —Luché en la Quinta Guerra Mundial, en la Tierra y en

    Venus.

    —¡Todas esa guerras mundiales! En mi matriz es muy distinto, sólo tenemos campañas locales. ¡Mucho más sensato! ¡Mucho más civilizado! Cuando tengamos tiempo, tenemos que hablar y hablar y también escuchar, por supuesto. Primero, vayamos a las cocinas. Las cocinas siempre están bien provistas de armas, aunque estos perros sarnosos son vegetarianos. ¡Vamos!

    No esperó mi asentimiento. Se deslizó del banco y partió, doblado en dos para no ser visto desde la plataforma. Tomé el único camino que me quedaba. Satisfecho de corazón de estar obligado a comprometerme, lo seguí.

    Un par de gruesas puertas vaivén de madera separaban el salón de las cocinas. Irrumpimos con violencia en ellas. Era un vasto recinto, bañado en vapor, la apariencia que daba era de oscuridad, pero no de suciedad. Todo el equipo era de una antigüedad increíble.

    Un capataz que empuñaba un latiguillo nos vio enseguida y se apresuró a acercarse. Tenía una cara tosca y, cejas color arena, sí, un típico nativo de Edimburgo, pensé, mientras miraba a mi alrededor y notaba que sólo había otro capataz en toda la cocina para vigilar las tareas de unos treinta esclavos. Me tracé un plan de acción.

    —Deja ese fulano de mi cuenta —le dije a Mark.

    Cuando el capataz llegó a nuestro lado, con un ¿qué desean los caballeros? en los labios, le arrojé una bandeja de metal que encontré en una mesa a la derecha. El borde lo golpeó con certeza en el puente de la nariz y cayó como muerto, sin un grito. Vi el disco amarillo entre los omóplatos.

    —Yo me encargo del otro lamebotas —dijo Mark, palmeándome el hombro al pasar.

    En un rincón había baldes con varios lampazos con los gruesos mangos apoyados contra la pared. Me apoderé de uno y lo inserté entre las manijas de la puerta. Eso los detendría por un rato. Otro par de puertas vaivén llevaba al fregadero; las trabé en la misma forma. Había otra puerta en la cocina, una amplia puerta que daba a un patio. Empujé una enorme mesa de madera y la estrellé contra esa puerta; también esa entrada quedó cerrada. ¡Por unos instantes la cocina era nuestra!

    Al darme vuelta, vi que Mark había definido la lucha con su capataz. Para ese entonces los esclavos habían comprendido que algo extraño sucedía. Abandonaron las distintas tareas y nos miraron boquiabiertos. Me apoderé de un cuchillo de carnicero que estaba sobre un banco. Salté sobre el asiento y los arengué.

    —Hombres: ¡Todos ustedes pueden ser libres! ¡Un hombre tiene derecho a su libertad! ¡Mejor la muerte que la esclavitud! .Ármense y ayúdennos a luchar contra sus opresores. No están solos. Si nos ayudan, otros los ayudarán. Ha llegado el momento de la venganza. ¡Ármense! ¡Luchen por la libertad! ¡Luchen por sus vidas!

    Vi a Mark volverse hacia mí con una expresión de estupor y consternación. La reacción de los infelices subs fue aún más sorprendente. Se apeñuscaron austados, los ojos dilátados me miraban como si me dispusiese a degollarlos. Agité los brazos en el aire y seguí con mi arenga. Un repiqueteo contra la puerta que daba al salón los sacó de su parálisis. Llorando y atropellándose se lanzaron contra la puerta, intentaron arrancar el lampazo, en su ansiedad unos entorpecían los esfuerzos de los otros.

    Salté en medio del grupo y los hice retroceder. Eran débiles y estaban aterrorizados y lo único que hacían era evitar mis trompadas.

    —Estoy tratando de ayudarlos. ¿Son cobardes? No los dejen entrar… los matarán. Saben bien que los matarán. Atranquen las puertas con las mesas., ¡Elijan la libertad!

    Todo lo que hicieron fue batirse en temerosa retirada. Unos pocos dejaron escapar gritos inarticulados. Mark me tomó del brazo con rudeza.

    —¡Sherry por mi escapulario, estás loco! ¡Estos perros han nacido esclavos! ¡Escoria! ¡Parias! ¡Basura!… ¡No nos servirán de nada! No lucharán… los esclavos nunca pelean a menos que hayan conocido días mejores. Déjalos, ¡deja que los masacren! Ármate y salgamos de aquí.
    —Pero Mark, la idea…

    Me metió bajo la mandíbula un puño desmesurado y, sin tocarme, lo sacudió al ritmo de sus palabras.

    —¡La idea es derrocar a esta podrida Iglesia Ecuménica! ¡Yo sé cuál es mi deber: mi deber es para con los libres, no para con los siervos! Olvídate de estos brazos grasientos! Toma un cuchillo más grande y muévete. ¡Salgamos de aquí!
    —Pero no podemos dejar a esta gente…
    —Estúpido liberal, ¡podemos y lo haremos! ¡Son basura, no gente!

    Corrió hasta un gran artesón de metal, sacó de allí una pesada cuchilla de trozar y la lanzó en mi dirección. Cuando yo la barajaba en el aire, volvió a ordenarme, vociferante, que me moviese. ¡Hervía su sangre guerrera, su rostro estaba enrojecido! El golpeteo contra la puerta aumentaba de volumen. Entrarían en cualquier momento. Los esclavos se apiñaban como ganado en un rincón cercano, observándonos a Mark y a mí con alarma. Algunos se persignaban. Giré sobre los talones y corrí detrás de Mark.

    Señaló un pesado montacargas que se veía en una de las paredes. Nos precipitamos hacia él.

    —No lleva más que hacia arriba. ¡Un ascensor de servicio!
    —Nos bastará. ¡Sube y tira de la soga!

    Saltamos al armatoste. Por medio de las cuerdas que lo sotenían, se podía manejar a mano desde el interior. —¡Eh, deténganse! ¡Espérenme!

    Al oír el grito, Mark y yo 'nos volvimos al unísono. El capataz que se había desmayado con la bandeja avanzaba, tambaleándose, hacia nosotros.

    —Déjenme unir a ustedes —dijo—. Prefiero morir a seguir como hasta ahora. Lucharé junto a ustedes. ¡Estoy con ustedes!
    —Tú eres capaz. ¡No te queremos con nosotros!
    —No, espera —dijo Mark—. Es un esclavo ascendido, ¿no es así, amigo? Tienen gran fibra de luchadores porque han aprendido la diferencia entre lo bueno y lo malo. Sube, hombre, y serás bien venido. Podrás guiarnos por los recovecos de este lugar infernal.

    De un brinco el capataz se nos unió, nos ayudó a tirar de las cuerdas. Ascendimos chirriando en la oscuridad. Mientras nos dedicábamos a nuestra tarea, Mark dijo:

    —Necesitamos conseguir uniformes de la policía de la Iglesia lo más pronto posible. Entonces podremos salir con toda tranquilidad del edificio. ¡Nadie se dará cuenta!
    —Bah, nada más fácil —gruñó el capataz—. Amigos, no importa si con lo que nos encontremos es la muerte o la luz del día, mi nombre es Andy Campbell y me alegro de haberme unido a ustedes.
    —Nosotros somos Mark y Sherry, y esa bandeja no fue arrojada con odio.
    —¡Hombre, creí que me partías la cabeza en dos! Me tendré que desquitar del dolor con el primer fiel que me salga al paso.

    No tuvo mucho que esperar.

    Llegamos a un descanso mal iluminado; un hombre imponente con polainas y una especie de hábito eclesiástico pasaba junto a la trampa del montacargas. Al darse vuelta, nos vio, abrió la boca para gritar cuando yo me tiraba sobre él. Dio un grito antes de que lo derribase, y casi al instante apareció un oficial de la policía. Nunca olvidaré la expresión de horrorizada sorpresa que se pintó en su rostro al doblar por el recodo del pasillo y encontrarse con tres forajidos. Cuando quiso desenfundar la pistola era demasiado tarde. Andy ya estaba allí, hundiendo la hoja de acero a través de la chaqueta en el pecho, derecho al corazón. Murió con la expresión de sorpresa estampada en el rostro.

    —¡Ja, por la sangre del toro, bien hecho, mis nobles muchachos! —exclamó Mark, dándose un puñetazo en la otra palma de la mano. Abrió la puerta de una habitación cercana y arrastramos los cuerpos al interior. Un fuego de leña ardía en un hogar anticuado. Todo parecía indicar que el ocupante del cuarto no tardaría en regresar.
    —Aquí tenemos un buen par de disfraces —dije—. Ustedes dos pónganselos si es que les quedan bien. Yo iré a ver qué sucede fuera. Estoy seguro de que no querrán que los descubran sin pantalones.

    El hombre imponente de las polainas estaba inconsciente. Andy lo amordazó antes de despojarlo de las ropas.

    Cuando patrullaba el corredor, pude oír un estrépito en los pisos inferiores que subía por el hueco del montacargas. Estábamos en el ojo de la tormenta, el saberlo me llenaba de gozo y excitación. Al acercarme a la escalera, oí unos pasos, y supe que alguien estaba llegando al piso, ascendía con rapidez pero en silencio. A mi lado había una especie de armario rodante para las escobas; de prisa me deslicé tras él, en las sombras.

    Quienquiera que fuese ya estaba en nuestro piso. Un ataque de furia por arremeter —quizá basado en el miedo— se posesionó de mí. Empujé el carrito contra el hombre y me lancé fuera de las sombras. El armario, al caer, golpeó al recién venido que girando fue a dar contra la pared. Tenía los dedos en su garganta, los pulgares hundidos en la tráquea, antes de haber yo reconocido a Rastell.

    —¡Mark! —llamé.

    Mark apareció enseguida y entre los dos arrastramos a Rastell a la habitación y cerramos la puerta. Mark empuño el cuchillo.

    —No lo mates, Mark. Lo conozco.
    —¿Lo conoces? Es un enemigo, Sherry. Deja que lo ensarte y podrás ponerte el uniforme. Parece ser de tu misma talla.
    —Eso, ensártalo, o lo haré yo —dijo Andy—. ¡Muerte a la Iglesia!
    —Déjalo tranquilo —dije—. Se llama Rastell. Es un buen tipo; lo desvestiremos y lo dejaremos atado aquí, pero no permitiré que lo maten.
    —Bueno, apúrate —dijo Mark, y él y Andy bajaron los cuchillos. Ya, estaban vestidos con las ropas de los otros dos, habían arrojado sus propias ropas al suelo.

    La cara de Rastell adquirió Un color ceniza. Ni siquiera protestó cuando le saqué la chaqueta y los pantalones. Lo aborrecí por la cobarde actitud que adoptaba.

    —¿Recuerda lo que me dijo, Rastell? «Los hombres pasan la mayor parte de la vida aguardando un desafío.» Bueno, ¡éste es el mío!

    No me contestó una palabra. Mientras me ponía la ropa a tirones, me volví hacia Mark.

    —¿Qué planes tienes? En cualquier momento vendrán a registrar el piso.
    —Esta gente de Iglesia no es eficiente; de lo contrario hubiesen apostado guardias en el salón para vigilarnos. No tenían ningún—motivo para pensar que íbamos a colaborar con ellos. Pero su movilización contra nosotros podrá organizarse con mayor rapidez que nuestro reclutamiento de voluntarios. Así que tendremos que abandonar Edimburgo.
    —Eh, nos acompaña la suerte de los demonios, ¡fuera hay un patrullero! Podríamos robarlo y unirnos a los rebeldes de Londres, si es que alguno de ustedes sabe conducirlo —dijo Andy Campbell. Se había acercado a una ventana y espiaba los fondos del edificio.
    —En mi matriz, el transporte es propiedad estatal y yo no sé conducir.
    —En la mía, el aprender a conducir forma parte de los ritos de iniciación de la pubertad —dijo Mark. Al aproximarse a Andy para observar el auto, dijo—: ¡Lo intentaremos! Apúrate y termina de' vestirte, Sherry. Pero no iremos a Londres. Debemos partir de Edimburgo por el mismo camino por el que vinimos… por los portales. El que me trajo a mí quedó en la Mansión de Arthur, y allí había otros más. Iremos a la Mansión en el auto, enseguida. Una vez de regresó en nuestros mundos —Andy, tú vienes conmigo— reclutaremos fuerzas, luego reaparecemos en Londres y nos uniremos a la rebelión, armados y adecuadamente preparados para luchar. ¡Mi gobierno aceptará encantado la oportunidad!

    Yo estaba seguro de que mi gobierno no sería de la misma opinión, con sus recursos agotados al cabo de una larga guerra. Pero en líneas generales el plan de Mark era bueno. No era el momento de discutir detalles. Al terminar de abotonarme la túnica de Rastell, arranqué un trozo de cordón de la cortina y até a Rastell a los barrotes del monumental sofá. Cuando había concluido, algo crujió en el pasillo. Los tres nos volvimos como un solo hombre hacia la puerta.

    —¡El ascensor está bajando! —exclamó Andy—. ¡Vamos, Sherry, los tenemos pegados a los talones!

    Con un alarido, Mark arrebato una pesada alfombra extendida frente al hogar. Hundiendo las manos en ella, retiró la parrilla de la chimenea y corrió con ella, humeante y al rojo, fuera de la habitación. La lanzó; y leños llameantes, parrilla y alfombra volaron por el hueco en dirección al montacargas. Sin detenerse, siguió la carrera hacia la escalera y nosotros tras él. Descendimos los tres juntos.

    Una media docena de policías, revólveres en mano, corrían como alma que lleva el diablo por el corredor dél piso bajo. Nos topamos con ellos al pie de la escalera. Antes de que Mark cometiera una imprudencia, lo aferré por el brazo y grité a los policías, señalando hacia arriba como un poseído:

    —¡Rápido, están allá… segundo piso! ¡Son seis! ¡Cúbranlos, nosotros traeremos las mangueras!

    Los policías pasaron a nuestro lado como un ventarrón, galoparon escalera arriba. ¡La expresión de alegría de la cara de Andy! Mientras corríamos hacia la puerta trasera, pudimos oír los gritos en la cocina. Me pregunté si el montacargas estaría en llamas o si estarían azotando a los es clavos por habernos dejado pasar por allí.

    Desembocamos en un patio, bajo la mirada vigilante de un centenar de ventanas. Aunque estaba oscuro, varios subs rondaban por allí, descargando carne de un camión y alumbrándose con largas antorchas cerosas. El auto que habíamos visto desde el piso superior estaba muy cerca; un vigilante de uniforme blanco y negro estaba sentado al volante, tenía un diario en la mano, pero parecía nervioso. Cuando abrí la puerta de un tirón, me arrojó el diario a la cara e intentó sacar la pistola. Gritando como un salvaje, me lancé con todo mi peso contra él y lo derribé de costado sobre el asiento. Caí encima de él, Andy se había apelotonado en el asiento trasero. Sus manos atenazaron al infeliz por el cuello. En ese instante, la pistola disparó.

    El estampido, a sólo unos centímetros de mi oído, pareció bastar para matarme, aunque la bala había traspasado el techo. El hombre se debatía con desesperación bajo mi cuerpo, pero yo nada podía hacer; me había abandonado todo espíritu de lucha. Me quedé tendido sobre el policía mientras Andy le arrancaba la vida.

    Durante la lucha, Mark había puesto en marcha el motor. Sus manos palpaban las palancas de control como probando cuáles eran sus funciones. El vehículo se sacudió con violencia, Mark lo maldijo, luego avanzó. Perdido en una bruma, vi lo que sucedió a continuación.

    Dos oficiales de policía brotaron de una puerta un poco más adelante. El disparo. los había atraído. Las únicas armas que llevaban eran los espadines. Sin vacilar, saltaron al estribo más cercano. Algunos de los estrechos ventanucos estaban abiertos, y de ellos se prendieron.

    Uno consiguió desenvainar el espadín, atacó con él a Andy, que aún forcejeaba con mi hombre. Andy soltó su presa y retorció y retorció la muñeca que empuñaba la espada.

    Corno con cámara lenta, mientras seguíamos avanzando, vi al otro colgado sacar el arma y meterla por el ventanuco, preparándose a desembarazarse de Andy antes de librarse de mí. Nada podía hacer. La sacudida del disparo tan cerca de mi cabeza aún no me permitía reaccionar. Sólo podía quedarme acurrucado, con los ojos fijos en el magnífico acero que apuñalaría a Andy.

    Acelerando, Mark giró el volante. Nos dirigíamos hacia el camión de carne. Los esclavos gritaron y se dispersaron. Mark volvió a torcer el volante, sólo faltaron unos pocos centímetros para chocar con el otro vehículo. La desesperación desfiguró el rostro de los dos colgados. Las cabezas se retorcieron, las bocas se abrieron, las espadas cayeron, mientras eran aplastados entre los dos autos y desaparecían de la vista.

    Andy nos palmeaba las espaldas y gritaba su aprobación. Una pequeña cantimplora surgió en su mano —la había encontrado en el bolsillo trasero del pantalón expropiado— y me hizo tomar un poderoso trago. Me quemó la garganta pero me sentí mejor.

    El hombre sobre el cual me reclinaba estaba inconsciente. Andy y yo, juntos, lo arrastramos al asiento de atrás.

    —Manejar este auto es una locura —dijo Mark; pero lo hacía bien. Ya marchábamos por plena calle. No había señales de alarma. Mark avanzaba con lentitud, para no llamar la atención.

    Las calles estaban mal iluminadas y el tránsito era escaso. No tenía idea de la hora; no podían ser más de las ocho de la noche, sin embargo, casi no se veía un alma. Probablemente, pensé, para los esclavos rija el toque de queda; el resto de la población debía estar o en sus camas o dedicado a la oración.

    —Será magnífico conseguir otro lugar donde vivir —dijo Andy—. Y mientras lo pienso, reduce un poco la velocidad, Mark, y dobla a la derecha, por la calle Hanover. Al final de la calle hay una tienda estatal importante —Paz Militante, se llama— que sólo abastece a los oficiales. Uno de mis compañeros de cocina trabajó una vez allí. Si podemos entrar (es más seguro que estará cerrada), encontraremos a algunos de esos portales y nos sacudiremos enseguida el polvo de esta matriz.

    La idea de Mark era ir a la Mansión de Arthur. Andy lanzó una maldición.

    —¡Ese basurero piojoso! Estará reventando con tropas del Ejército de la Iglesia. La Paz será más seguro. Eso nos decidió.

    Mark movió la palanca de cambios y subimos, gruñendo, la colina. Fuera de la calle Princes los focos de iluminación escaseaban y se espaciaban mucho. En la cima de la pendiente encontramos la tienda. Era un sólido bloque de granito con diminutas ventanas de iglesia y tras ellas se veían las oscuras siluetas de las mercaderías. Sobre una puerta atrancada, una tablilla anunciaba: PAZ MILITANTE.

    Y Andy gimio.

    En ese momento yo estaba tomando otro trago de whisky. Me volví para ver qué le pasaba. El hombre casi estrangulado por Andy había revivido y le acababa de clavar un puñal entre las costillas. Estaba retirando la hoja de la herida cuando yo giré la cabeza. Luces mortecinas brillaban en el arma, y bajo ese mismo resplandor amarillento vi sus dientes cuando, rugiendo, se abalanzó sobre mí. Yo ya blandía la cantimplora.

    El filo del fondo lo golpeó en el ojo. Con un gesto instintivo, levantó la mano: le trituré la muñeca, y le arrebaté el Puñal. Gimoteó como un perro. De nuevo la furia me poseyó. Cayendo sobre él, por encima del respaldo del asiento, lo hundí en la oscuridad, mientras el puñal —su propio puñal—se clavaba y lo arrastraba hacia una noche sin amanecer.

    Al rato advertí que Mark me sacudía. El auto se había detenido.

    —Hiciste un buen trabajo, muchacho, pero sólo se puede morir una vez. ¡Mala suerte! ¡Déjalo! Vamos, tenemos que entrar rápido en la tienda antes de que nos alcancen.
    —Mató a Andy. ¡Andy Campbell está muerto!
    —Yo también lo siento. Llorar no nos servirá de nada. Ahora Andy no es más que carne para los perros. Vamos, Sherry, eres un verdadero guerrero. ¡En marcha!

    Bajé al pavimento. Mark destrozó una ventana con el codo y nos escurrimos al interior de la tienda. ¡Así, tan fácil! La excitación se volvía a adueñar de mí, me sentía como un poseso.

    La planta baja no nos rindió ningún fruto, si bien cada uno por su lado la revisó con todo detenimiento. Nos disponíamos a subir al piso superior cuando hallé un registro caído en el suelo. A la luz que se filtraba desde el exterior, leí un renglón que decía: Sótano: Plantas tropicales, Jardines, Café, Librería, Equipos extramatriciales. Mark y yo bajamos las escaleras al trote.

    Bajo el nivel de la calle, pensamos que no habría peligro en encender un par de luces. Allí descubrí el primer indicio de que esa civilización poseía algún sentido estético. La calefacción funcionaba y en ese ambiente climatizado crecía un perfecto jardín tropical. Árboles y arbustos en flor, una hilera de bananeros, llamativos hibiscos, se apiñaban en artístico desorden. El motivo central era un estanque con lirios acuáticos y las luces se reflejaban en las aguas oscuras.

    Más allá, el café había sido alhajado con mesas y sillas distribuidas en una terraza que se asomaba al estanque. Atractivo, pensé, mientras lo dejábamos atrás para entrar en el recinto contiguo. Había allí una docena de portales, de distintas medidas y modelos.

    Los dos estallamos en gritos de júbilo, dejamos caer los cuchillos y pusimos manos a la obra.

    Era un invento acerca del cual nada sabíamos. Tendríamos mucho que aprender antes de poder regresar a nuestros mundos. Para mi inmensa alegría, los primeros portales con que tropezamos estaban preparados para la venta inmediata y provistos, junto con otras drogas, con ¡niponas de nicomiotine. Se los entregaba con un manual de instrucciones y nos sentamos para dominar la materia con la poca paciencia que nos restaba.

    El método para regresar a la propia matriz resultó ser bastante sencillo. Antes que nada, uno debía inyectarse un fluido de nombre muy complicado que parecía ser una especie de tranquilizante, seguido de un pinchazo de nicomiotine en la dosis que indicaba el manual y que se relacionaba con la talla y la edad. Luego se debía sentar en el banquillo del portal, el promedio de vibraciones se marcaba con los números de la correspondiente matriz, esos números estaban marcados en un dial. Cuando las drogas surtían su efecto y las vibraciones alcanzaban el nivel adecuado, se regresaba.

    —Tal vez el orden social que ha instaurado esta gente es aborrecible, pero este invento los honra —dije—. Y si llegasen a educar y liberar a sus esclavos no podría dejar de sentir admiración por una matriz que sólo ha conocido una guerra mundial.
    —Nosotros no tenemos guerras mundiales —gruñó Mark.
    —Entonces tus puntos de vista son diferentes, pero en lo que a los esclavos concierne…
    —Sherry, no haces más que hablar de los esclavos. Estoy cansado del tema. Por el nacimiento del frigio, ¡olvídate de ellos! En todas las matrices debe haber conquistadores y conquistados, perros y amos. Es una ley de la naturaleza humana.

    El manual se me cayó de las manos y me quedé mirándolo.

    —¿Qué estás diciendo? Todo cuanto hicimos, todo lo que hemos luchado, ha sido en nombre de esos pobres infelices esclavizados aquí. ¿Cuál si no ha sido nuestra causa?

    Estaba acuclillado junto a mí. Su cara era una máscara de piedra y las palabras cayeron de sus labios como pequeños aguafuertes.

    —Yo no hice nada por ningún esclavo. Todo lo que he hecho fue contra la Iglesia.
    —En lo que a ella se refiere, a mí también me ha sorprendido su conducta. En mi matriz, la Iglesia Cristiana es una potestad para el bien. Y si bien condena la guerra, su dogma…
    —¡Muerte a la Iglesia Cristiana! ¡Es a la Iglesia Cristiana a quien combato!

    Se puso de pie de un salto. Yo también brinqué, mi cólera azuzada por sus palabras, y nos fulminamos con la mirada.

    —¡Estás loco, Mark! Puede que no nos pongamos de acuerdo en lo que a la Iglesia se refiere, pero en Gran Bretaña es la Iglesia del Estado desde hace siglos. Por empezar…
    —¡No en mi Gran Bretaña! ¡No está reconocida en mi Gran Bretaña! En mi matriz natal, el Cristianismo es la religión de los perros y los inferiores. Cuando Rastell empezó a contar la historia de este mundo, dijo que el Imperio Romano de Oriente había sido fundado por Constantino el Grande, y dijo que Constantino, junto con un emperador que él llamó Teodosio, instauró el cristianismo como religión oficial del Imperio. ¿Fue así como sucedió en tu matriz?
    —Sí, tal como lo dijo Rastell.
    —Bueno ¡eso no fue lo que sucedió en la mía! He oído hablar de ese hombre a quien llaman Constantino; nosotros lo llamamos Flavius Constantinus. De Teodosio no sé nada. Constantinus fue asesinado por el suegro Maximiano, y nunca llegó a emperador. Majencio el Grande fue el emperador que sucedió a Diocleciano.

    En ese momento me sentía tan desconcertado como furioso. Sin duda, Gibbon se hubiese deleitado con ese revés de la cristiandad, pero sus derivaciones me aturdían.

    —Todo eso aconteció diecisiete siglos atrás. ¿Qué relación puede tener con nosotros?

    Mark se contraía de hostilidad.

    —¡Decisiva, mi amigo, decisiva! En tu matriz y en ésta, dos emperadores errados le impusieron la cristiandad al occidente. En mi matriz, la cristiandad fue barrida a sangre y fuego, aunque aún subsiste entre los bárbaros y esclavos que gobernamos en oriente, y la Religión Verdadera fue fomentada, crecio y florece invencible
    —¿La Religión Verdadera?
    —Por mi escapulario, Sherry, ¿nunca has oído hablar del dios de los soldados? Entonces inclínate ante el nombre de Mitra.

    Entonces comprendí, por sobre todas las cosas vi la estupidez criminal que me había llevado a creer que por tener un interés en común podíamos tener un pasado en común. Este hombre, el compañero de las horas más intensas de mi vida, ¡era mi enemigo!

    Hasta qué punto mi enémigo, lo descubrí antes que él, y en eso residía mi ventaja. El tenía una idea más confusa del estado de las cosas en mi matriz de la que yo tenía de la suya. Vi que volvería a su matriz y probablemente regresaría con una legión de guerreros dispuesto a destronar el régimen pacifista de la Iglesia. Lo que yo anhelaba era abolir la esclavitud, no eso.

    El solo pensar en una guerra y conquista intermatricial me horrorizaba. El invento de los portales no debía llegar jamás a su mundo mitríaco. La decisión era obvia… ¡tenía que matar a Mark Claud Gale!

    Vio la muerte en mis ojos antes de que pudiera acercarme a él. ¡Era listo, ese Mark! Cuando se inclinó para recuperar el cuchillo, lo hice volar de un puntapié al mismo tiempo que lo golpeaba en el hombro con la rodilla. Cayó, arrastrándome en la caída, sus dedos hundiéndose en mi pantorrilla. Una lucha cuerpo a cuerpo no me atraía; con toda seguridad él estaba en mejores condiciones que yo. ¡Lo que necesitaba era un arma!

    Cuando alzó la mano derecha para aferrarme, le planté la rodilla libre en la tráquea y le retorcí el brazo hacia abajo con todas mis fuerzas, así le obligué a soltarme la otra pierna. Me incorporé de un salto y corrí hacia el jardín artificial.

    Más alla del café había una exhibición de herramientas para jardineria. Me tiró una lata antes de llegar a ellas. La lata se estrelló contra mi hombro y rebotó en el frente del café desencadenando una lluvia de vidrios.

    Me di vuelta. ¡Lo tenía casi encima! De un puntapié interpuse entre los dos una mesita y sin darle la espalda avancé hacia la percha de herramientas. Al sentir un mango detra de mí, lo descolgué a ciegas, usé todo el peso de mi cuerpo para revolearlo como un bastón. La herramienta que empuñaba era un rastrilló. Lo alcancé a Mark en el muslo cuando saltaba hacia un costado.

    Hubiese tenido tiempo de volver a golpear, pero Mark se había apoderado del otro extremo del palo. Al instante, luchábamos cara a cara. Me dio un tremendo cabezazo en la nariz. El dolor y la rabia me arrollaron como un volcán en erupción. Lo así por la garganta, clavándole la rodilla en la ingle. Enganchó una pierna con la mía y tiró. Al caer, le aplasté el empeine, se dobló de dolor, dejando la nuca desprotegida. Aun en el momento en que bajaba el canto de la mano contra ella, me di cuenta de la debilidad del golpe. Estaba mareado por el intenso dolor de la cara.

    Nos separamos con el rastrillo en medio de los dos. Reuniendo fuerzas, me volví y arranqué otra herramienta del perchero y la hice girar en redondo. Mark se había inclinado para apoderarse del rastrillo. Cambió de idea, retrocedió y yo lo corrí con la herramienta alzada. Fue un movimiento tonto. Le rompí el mango en los hombros mientras caíamos en la fuente ornamental.

    El agua estaba tibia, pero la impresión sirvió para aclararme la cabeza. La fuente tendría unos noventa centímetros de profundidad. Me puse de pie a tropezones, sacudiéndome viscosos tallos de lirios acuáticos, pero sin soltar el trozo de mango. Bramaba como una foca hambrienta para respirar.

    A Mark le llevó más tiempo aflorar a la superficie. Por la forma en que se movía, por la forma en que su brazo izquierdo colgaba inerte y por cómo se apretaba el hombro, supe que le había roto algo. Se alejó de mí y se dirigió a la orilla opuesta, donde crecían los bananeros y las altas hierbas.

    La compasión me oprimió el pecho. No tenía corazón para seguir. ¿Mark, no había sido mi aliado? Pero en ese momento de debilidad se dio vuelta y me miró. Y yo comprendí la mirada. Éramos enemigos, e iba en busca de un arma para matarme. Las habría en abundancia por los alrededores: podaderas, tijeras de esquilar, hojas de acero de todo tipo. No lo podía dejar escapar.

    Se arrastró por la orilla, ayudándose con un solo brazo.

    El trozo de herramienta que tenía en la mano era el extremo de un instrumento filoso, con la hoja en forma de hoz. La arrojé con fuerza.

    Mark se tambaleó y manoteó uno de los bananeros. Le erró. Intentó arrancarse el mango de la espalda con la mano sana, pero fracasó. Cayó otra vez en el estanque, desapareció entre las cañas. Las aguas se agitaron con violencia durante un rato, pero al cabo se aquietaron. Trepé por el borde del estanque.

    Tambaleándome, boqueando a destiempo, me encaminé hacia los portales.

    Es inútil que me pregunten cómo cumplí las instrucciones. No lo sé. De alguna manera me las ingenié para hacer todo lo necesario, me inyecté, sintonicé el portal. Al sentarme en el banquillo oí ruidos fuera de la tienda, distantes y sin sentido, y el crujir de una puerta al romperse y el chillido de los silbatos. Luego el efecto de las drogas me venció.

    Negrura. Negrura.

    Y… estaba tendido en la pista de un atestado club nocturno con ¡tres bailarinas semidesnudas que gritaban de terror hasta enronquecer! ¡De regreso en el hogar!

    Me expulsaron del club sin molestarse en hacerme preguntas. ¡Mucho mejor! Había algo que no hubiera podido decirles: me era imposible recordar el número de la matriz de la cual había escapado. No había forma de regresar a ella, excepto por obra del azar. El mundo de Rastell se había perdido entre la miríada de otros mundos del universo multidimensional.

    Esa afortunada pizca de ignorancia me salvaba de un grave dilema moral. Suponiendo que se pudiese volver al mundo de Rastell ¿nos asistía, en realidad, el derecho de intervenir en favor de los esclavos? ¿Tendríamos la obligación de cultivar la huerta de otro? En una palabra, bastantes eran nuestros problemas sin necesidad de revolver los de los demás. O así fue como le expliqué la situación a Cándida.

    Me miró con su rostro virtuoso. Convalecía de la gripe que había contraído en Noordoostburg-op-Langedijk, la palidez hacía que su rostro virtuoso fuese más virtuoso que de costumbre.

    —Me siento lo bastante bien como para asistir hoy a las vísperas de la iglesia de St. Giles, Sheridan —dijo—. Y sugiero que me acompañes. Después de las sacrílegas aventuras en esa descarriada matriz, es evidente que necesitas la absolución de ésta.

    En ese momento, creo que lo único que ella quería decir era que la muerte de Mark en defensa propia pesaba sobre mi conciencia; y como era verdad, me sometí con docilidad a la sugerencia.

    Dediqué el día a descansar. Al atardecer, cuando el crepúsculo sentaba sus reales sobre nuestra llagada y antigua ciudad, y antes de que Royal y Turton hubiesen regresado de sus tareas, Cándida y yo nos deslizamos por las calles atestadas en dirección a la mole gótica de la Catedral de Edimburgo.

    La ingeniosa Candidata me llevó por un atajo, una calleja escondida entre muros ennegrecidos por las manchas de humedad. Tan estrecha era que no podíamos caminar juntos; yo la seguía, notando una vez más qué frágil era esa mujercita decidida que tenía por cuñada. A nuestra espalda resonó el rumor de pasos; alguien nos daba alcance. Una mano me aferró por el hombro. Giré como una peonza, con los puños listos, y me enfrenté a una cara fuerte y cuadrada, de intensos ojos negros. La última vez que había visto esa cara estaba gris por miedo a la muerte, pero en ese momento no había en ella nada de cobarde.

    —¡Capitán Apostolic Rastell!
    —Ya no soy el capitán Apostolic —dijo—. ¡Soy un fugitivo… igual que usted!

    Me escudriñó con atención cuando me apreté contra la pared.

    Cándida se había detenido y lo observaba con arrogancia.

    —Así que éste es uno de tus amigos de esa ignominiosa matriz, Sherry… Bueno, ¿no me vas a presentar?

    Con Cándida uno no puede olvidar la buena educación. Sólo después de las apuradas presentaciones le pregunté a Rastell:

    —¿Qué quiere decir con lo de fugitivo? ¡Estoy a salvo y en mi propia matriz! ¡Nunca pensé que lo volvería a ver! ¡Usted es el fugitivo aquí!
    —¡Usted es tan fugitivo como yo! —me clavó los dedos en el brazo—. ¿Hay algún lugar donde podamos hablar?
    —No hay ningún lugar —le espetó Cándida—. Vamos a los oficios religiosos. Puede acompañarnos si lo desea; y por lo que he oído sobre los sucesos en su dimensión, debería desearlo, para la paz de su alma. Después de la función podrá hablar con Sheridan.
    —Será tan seguro allí como en cualquier otra parte —dijo Rastell, casi para sí mismo.

    Después del servicio, fue la misma Cándida quien señaló que la Catedral era el lugar más adecuado para conversar. Tal vez a esa altura de los acontecimientos no quería que Royal se entrometiera. Pero a Rastell lo convenció el enjambre de fieles anónimos y la gran oscuridad que reinaba en ese interior sombrío y recamado, una oscuridad que la escasa iluminación no hacía más que subrayar.

    Persuadido por esa penumbra intensa, si no por mi cuñada, Rastell nos llevó desde la capilla lateral hacia la nave de Moray. junto al monumento de Moray, dijo dirigiéndose a los dos:

    —¡La insurrección es ahora general en mi matriz natal! No, no son los subs los rebeldes, pobres desdichados, son los extramatriciales que llevamos allá los causantes del problema. ¡Y usted fue quien la inició, Sheridan Meacher!
    —¡Estoy encantado de oírle decir que las cosas marchan tan bien!
    —Andan mal para usted ¡jamás se engañe! Tanto la policía de la Iglesia como los Cuerpos de la Matriz le siguen el rastro, registrando palmo a palmo las matrices más cercanas. Han decidido que debe morir por la participación que tuvo en la revuelta.
    —¿Por qué vino a ponerme en guardia, Rastell? ¡No somos amigos!
    —La Iglesia sabe cuánta verdad hay en esas palabras. Sin embargo, me salvó la vida, Meacher. Y yo también estoy huyendo. Tuve la suerte de poder escapar. Querían mi sangre por lo que llaman mi ineficiencia… así que yo también tuve que huir de ellos.

    Aturdido levanté la mirada y mis ojos tropezaron con el horrible vitral del asesinato de Moray y la figura de John Knox cuando lee con el entrecejo fruncido la oración fúnebre; la moribunda luz del día le daba un énfasis especial. Ser el destinatario de una oración similar estaba aún muy lejos de ser mi deseo.

    —¿Por qué se ha molestado en venir hasta aquí para informar a Sherry, señor Rastell?

    Se volvió hacia ella:

    —Porque es la única persona que conozco fuera de mi matriz, porque debemos unirnos si queremos escapar de una muerte segura.
    —¿Y cómo se propone conseguir su propósito?
    —Bueno, tenemos que huir a otra matriz, una alejada del cálculo de probabilidades, escondernos allí durante unos meses, más si es necesario, hasta que se hayan cansado de buscarnos.
    —Ya veo —dijo Cándida, con un tono de voz que hubiese paralizado al mismísimo John Knox—. Por sus palabras, deduzco que tiene uno de esos portales a mano y que su intención es escamotear a mi cuñado por él.
    —Exacto, señora.
    —¡No hará nada semejante! Somos una familia pequeña pero muy unida. No permitiré que Sherry desaparezca en matrices más pervertidas que la nuestra. Ya se ha inmiscuido demasiado en problemas impíos.
    —Aquí corre peligro.
    —También lo correría en las otras —bajo la débil luz del recinto, intercambiaron miradas asesinas. Yo no sabía qué decir. Por último Cándida dijo—: Hay una solución. Yo iré con ustedes. A través del portal,
    —¡Señora!
    —La fe de ambos es frágil. Yo los acompañaré y me encargaré de que no caigan en pecado. ¡Usted adelante, señor Rastell!

    Rastell había dejado el portal en el cuartucho miserable de una pensión vecina a la iglesia. Lo preparó mientras Cándida y yo lo mirábamos. Cuando Rastell se disponía a inyectarnos, traté de disuadir a Cándida pero se mostró inflexible.

    —En otras matrices, ya has dado prueba de tu conducta un tanto laxa en cuanto a moral se refiere, Sherry. «Bastante son nuestros problemas sin necesidad de revolver los de los demás». Eso es lo que me dijiste. No estoy de acuerdo. La doctrina de Cristo enseña que tenemos una responsabilidad moral hacia todos los seres. Si son humanos y poseen un alma que perder, entonces la gente de otras matrices es igual a nosotros, vivan o no en otras dimensiones.
    —¡Pero obedecen sus propias normas de conducta! Nuestra obligación moral consiste en no juzgarlos de acuerdo con nuestro código moral.
    —¿Nuestro código moral? No es nuestro, nos viene de lo Alto. Nos limitamos a respetarlo; debemos cuidar de que los otros lo respeten. Las pautas existen por derecho propio, las reconozcamos o no, a igual que Dios.

    A la familia Meacher le encanta ese tipo de dicusiones y se embarcan en ellas en los momentos más insólitos, una manía como la del bordado.

    En la mano de Rastell había aparecido una libretita negra y revisaba los números de clasificación.

    —Entonces escaparemos a una matriz bien lejana a ésta, donde jamás se haya reconocido a un Dios —dijo. Tal vez hubiese un ápice de ironía en su voz, pero Cándida preguntó con ansiedad:
    —¿Existe una matriz así? ¡Entonces sí que podremos realizar una labor positiva!

    Y palmoteó alborozada.

    Ella fue la primera que Rastell transportó con el portal. Yo la seguí. El fue el último, lo vi materializarse llevando el portal, como el payaso del circo que salta por el aro que él mismo sostiene. Pero no tuve tiempo de meditar en ese milagro menor de la ciencia ¡porque Cándida ya estaba enzarzada en una violenta discusión con uno de los habitantes de nuestra nueva matriz!

    ¿La matriz o el habitante? ¿Por cuál empezar? El habitante —será mejor que no me refiera a él con el nombre de escocés— atraía toda la atención de Cándida, por lo tanto fue a él lo que miré primero, y él tendrá la prioridad.

    Era un espécimen de menor talla que la común, de porte brutal, con una pelambre áspera que sospeché le cubría el cuerpo íntegro bajo la tosca vestimenta. Sin duda se había apoderado de Cándida tan pronto ella se materializó. Le parloteaba en una lengua incomprensible… y llevaba la peor parte en la pelea, porque Cándida lo aporreaba con una pesada bolsa para las compras que había llevado a la iglesia. Cuando embestí para liberarla del atacante, éste echó a correr.

    Por un instante, se inclinó e hizo un gesto de una obscenidad tan animal que Cándida chilló de indignación. Luego se volvió y bajó la colina a toda carrera, marchando con sus pies planos a lo largo de la calle sin pavimentar.

    Dije calle… senda hubiese sido la palabra adecuada. Pues esta Edimburgo no se parecía en nada, excepto en la naturaleza del terreno, a la ciudad de la dimensión de -Rastell o mía. Las casas no parecían ser otra cosa que una insensata acumulación de piedras y ramas de árboles. La calle, como ya dije, era una simple senda que serpenteaba entre las chozas, y en ella se apilaban lo desechos y los excrementos humanos. Donde, en nuestra matriz, se levantaba St. Giles, se veía una construcción primitiva, casi la parodia de una iglesia, con una especie de chapitel que al mirarlo con Mayor detenimiento demostraba ser la punta de un pino seco.

    Me fue posible observar todos esos detalles porque por fortuna habíamos llegado al promediar la tarde; resolví, para mis adentros, que con el crepúsculo saldríamos de allí. Cualquiera que fuese la culpa de aquellos desdichados habitantes de la Tierra, no veía la razón de que nosotros tuviésemos que compartir su suerte.

    —¡Así que éste es el mundo cuando no se cree en el Señor! —exclamó Cándida—. ¡Paganos! ¡Tienen el aspecto y los gestos de los impíos! Sí, el diablo reina aquí. ¡Fuera!

    La última exclamación estaba dirigida a un grupo de bobos saltarines que se habían congregado para ver la diversión. Brincaban con alborozo, cacareaban, daban volteretas, remedaban nuestros gestos.

    Encaré a Rastell.

    —¡Son un hato de gorilas! ¡Nada más que un hato de gorilas! ¿Qué clase de broma es ésta? Nos ha lanzado a una especie de matriz prehistórica ¿no?
    —No, no se trata de una broma. Esta matriz es contemporánea de las nuestras. Sólo que la raza humana ha tomado un camino de evolución distinto.
    —¡Alejados de Dios! —dijo Cándida—. ¡Ojalá pudiese hablar su lengua!

    Un trozo de basura la golpeó en el hombro. Los espectadores —quizá enojados por nuestra mala actuación— habían empezado a arrojarnos cosas. Abracé a Cándida por los hombros y la obligué a alejarse. Los espectadores arracimaron los dedos en ambas comisuras de la boca sin labios y silbaron burlones, ¡silbidos largos, estridentes, mordaces, penetrantes! Con Rastell pegado a los talones, nos internamos por entre dos cabañas fétidas, casi tropezamos con una piara de cerdos negros y peludos en nuestra prisa por alejarnos.

    Y allí terminaba Edimburgo, en el barro y los campos miserables. Lo que yo conocía como Cowgate era tierra labrantía sin cultivar. ¡Y la estaban trabajando! Había dos grupos dedicados a esa tarea, parecían estar arando. Sobre el arado mismo se veía, en los dos casos, a un mono capataz encaramado a una percha, que se aferraba a ella con los pies mientras azotaba con un látigo primitivo las espaldas inclinadas ante él. En uno de los grupos, las espaldas eran numerosas: encanijadas espalditas de mono, una docena de simios cautivos intentaban arrastrar el arado por el suelo pedregoso. En el otro grupo, la espalda no era más que una: una espalda amplia y negra, una inmensa criatura semejante a un orangután gigantesco tironeaba de los ejes que movían la cuchilla del arado.

    El imponente horror de la escena me conmovió al instante. Sólo más tarde comprendí su significado y supuse que era una comunidad agrícola que utilizaba en los trabajos los cautivos tomados a otras tribus. Las patéticas figuritas se afanaban bajo celajes grises y nubes parduscas portadoras de lluvias.

    No los miramos durante un largo rato, porque unos tunantes de formas extrañas avanzaban por detrás de las cabañas en nuestra dirección. Rastell levantó una mano en un gesto de admonición:

    —¡Es inútil huir! No nos harán daño.
    —¿Quién piensa en huir? —preguntó, indignada, Cándida—. Debemos aprender su idioma y poner inmediatamente manos a la obra para convertirlos al cristianismo. Es lo único que los puede elevar de estado animal.
    —No creo que tengan lo que nosotros consideramos un idioma —dijo Rastell.

    Los que se acercaban eran de piernas largas y grotescos. Todo cuando nos rodeaba era tan extraño que sólo cuando estuvieron a nuestro lado descubrí que usaban zancos. Eran seis. Vestían una especie de uniforme. Como intentaba, con frenesí, relacionar cada detalle de esta matriz con otro de la nuestra, en el primer momento confundí los uniformes con las camperas negras de cuero que han adoptado los matoncitos de mi Edimburgo natal; más tarde llegué a la conclusión de que era la piel de sus enemigos, el pueblo-gorila.

    Los hombres —no, digamos los hombres-monos pues eso eran—, los hombres-mono usaban zancos de unos noventa centímetros de altura, que manejaban muy diestramente con los pies, y conservaban las manos libres. Uno de ellos intentó tocarme el hombro, levanté el puño con brusquedad, de inmediato estuvo en el suelo y, sin cambiar de «mano», me propinó un bastonazo en las costillas… en un abrir y cerrar de ojos recobró su postura erguida.

    —¡No lo atacarán si no los asusta! —dijo Rastell.
    —¿Cómo puede estar seguro? —preguntó Cándida.
    —No son hostiles como los seres humanos; sólo desconfiados como los monos.
    —Bueno, ¡yo soy de las dos naturalezas!

    Pero les permitimos, con bastante docilidad, que nos arreasen, pues los zancudos habían conseguido lo que, sin duda, era su propósito: intimidamos con la estatura. A la augusta impresión sólo la menoscababa la cháchara que intercambiaban, que Cándida escuchaba con ceñuda concentración, como si intentase comprender las palabras.

    Los zancudos nos condujeron ante una cabaña grande que se alzaba como una burla en el predio en que se levanta, en nuestra matriz, la magnífica catedral gótica. Cuatro se apostaron junto a la puerta. Los otros dos no empujaron al interior, saltando con agilidad de sus zancos al entrar en el recinto.

    Aunque estaba en tinieblas, se podía ver que era espaciosa, como era lógico, porque albergaba a toda una familia de monos. Por el vago recuerdo de la organización entre los simios, creí distinguir las siluetas de varios monos viejos que se acuclillaban en el fondo, y también las de hembras más activas, ataviadas con toscos delantales de —un amarillo chillón que no les cubrían los traseros. Los chiquillos pululaban, aunque tenían buen cuidado de no acercarse —me sorprendió que contaran con un lujo tala un pequeño fuego que ardía en un nicho lateral. Los olores que nos llegaron eran fuertes y extraños.

    Casi por encima de nuestras cabezas colgaban un trapecio. Sentado con negligencia en él, mascando una zanahoria, estaba un macho joven y vigoroso. El uniforme negro que vestía tenía adornos de brillantes plumas, mientras que alrededor de los tobillos lucía un par de espuelas de amenazador aspecto. Nos miraba furioso.

    Los zancudos que nos habían acompañado se postraron ante él y se humillaban y gemían en voz baja. —Es el jefe —dije.

    —Será mejor que nos arrodillemos, sólo para demostrar que nuestras intenciones son pacíficas —dijo Rastell—. Una vez que nos acepte… no habrá problemas.
    —¡Tiene razón! Si hemos de enseñar humildad, tenemos que estar dispuestos a humillarnos —dijo Cándida. Me miró ceñuda—. ¡Arrodíllate, Sherry!

    En esa forma, creo, la afectuosa mujer le evitaba una herida a mi orgullo; me limitaba a obedecerla.

    Pero cuando nos arrodillamos, el jefe en las alturas escupió un trozo de zanahoria que fue a pegar en el ojo de Rastell. Se levantó como un relámpago, olvidando toda prudencia.

    —¡Mandril! —gritó, blandiendo el puño.

    Lo entendió al vuelo. Antes de que tuviera tiempo de ponerme de pie, el bruto del trapecio lo había levantado, sin ningún esfuerzo, y durante un momento sus caras casi se rozaron. Hubo un fogonazo de caninos, se oyó un grito y Rastell se precipitaba desde la altura. Cayó abierto de brazos y piernas. Noté que la oreja le sangraba. Los dientes del jefe la habían desgarrado.

    El jefe, gruñendo y escupiendo, aterrizó ágilmente a unos pasos de distancia y luego se acercó a Rastell, balanceando los brazos, brincando, farfullando. Los chiquillos se dispersaron buscando a las madres, que se habían apeñuscado, inquietas, y ni siquiera murmuraban.

    La pelea era inminente.

    De un salto me apoderé de unos de los zancos que un guardia había dejado abandonado. En un instante se abalanzaron sobre mí. Revoleé el palo con fuerza, golpeándolos con furia, pero la piel de gorila los protegía y me arrollaron. Me estrellaron ignominiosamente contra el piso y me arrancaron el palo de la mano. Me sujetaban, con la cara hundida en la mugre del piso, esperando como perros la orden del amo.

    Pero el amo seguía dando vueltas en torno a Rastell. Rastell se había erguido y buscaba un arma con desesperación. Su oreja sangraba mucho. Vi que dos de los viejos habían avanzado a paso tardo desde el fondo y sujetaban a Cándida, con torpeza pero sin hacerle daño. Las hembras del rincón chillaban y brincaban.

    Entonces se hizo un profundo silencio y nos inmovilizamos como en un cuadro vivo. El jefe se disponía a saltar, a abalanzarse sobre Rastell con dientes y espuelas, cuando éste se movió.

    Rastell se inclinó, casi se acuclilló, tocó el suelo con los puños y chasqueó los labios. Mostró al jefe el cuerpo de perfil. La posición lo convertía en un gorila. El jefe avanzó y vaciló —la tensión nos inmovilizaba a todos— y de pronto saltó sobre la espalda de Rastell. Por un momento lo abrazó por el pecho y se refregó contra él, en una parodia de copulación y luego se separo. Rastell se irguió.

    Toda la tensión se disipó. Nos soltaron a Cándida y a mí. Nos sacudimos el polvo y Rastell se enjugó la cara y la oreja. Las hembras y los niños del pueblo-mono volvieron a correr y parlotear. En lo que al jefe respecta, perdió todo interés en nosotros. Chillándoles a los guardias, se encaramó en el trapecio una vez más. En un soplo, a los tres humanos nos sacaron al aire libre.

    Los zancudos nos llevaron a empujones hasta el final de la calle y allí, con gritos y gestos, nos despidieron sin más trámite.

    Estreché la mano de Rastell.

    —¡Qué listo ha sido en esta ocasión! Adopto las costumbres de los simios y con ello probablemente nos salvó la vida.
    —Fue bien desagradable verlo degradarse ante un animal —dijo Cándida.

    Riéndose, Rastell respondió:

    —¿No son superiores a nosotros en muchos aspectos? No hay aquí guerras entre las especies ni asesinatos, como los hay entre los hombres. No hice más que seguir sus costumbres tribales.
    —¿Nuestros superiores, señor Rastell? ¿Esas bestias sin

    Dios? ¡No me sorprende que no hayan salido de su estado simiesco si nunca han encontrado a Dios!

    —Más adelante podremos discutir el punto a nuestro gusto, señora Meacher —dijo Rastell con frialdad. Volviéndose a mí, agregó—: Ahora tendremos que caminar un poco.

    Un grupito de ociosos se había reunido y corría a nuestro alrededor, silbaban, gritaban y se burlaban de nosotros. Se fueron quedando atrás cuando salimos de la ciudad. Para animarla un poco, rodeé los hombros de Cándida con mi brazo. La tarde se había puesto muy melancólica; había amenaza de lluvia; y estábamos muy lejos de casa. Era evidente que la aldea nos había sometido a una especie de examen y que, al habernos aprobado, nos permitían recorrer su mundo primitivo en libertad; también era evidente que Rastell sabía lo que hacía; y sin embargo tanto a Cándida como a mí nos repugnaba hacerle preguntas.

    Mientras marchábamos hacia el poniente, siguiendo una senda que pasaba bajo un peñasco sobre el cual —en cualquier matriz sensata— se alza el Castillo de Edimburgo, mi cerebro era un torbelino. No se debía confiar en Rastell. El episodio con el adorador de Mitras, Mark Claud Gale, me había prevenido contra las alianzas que ocultan factores desconocidos.

    Los objetivos de Rastell no eran los míos, por mucho que él tratase de hacérmelo creer así; y comprendí con toda claridad que el momento que habría de revelar el antagonismo de nuestros fines se aproximaba. Rastell no nos llevaba a hacer un paseo vespertino. Nos dirigíamos hacia alguna parte con un propósito definido… y adivinaba, por lo menos en esbozo, la clase de lugar que sería.

    Yo carecía de armas. Rastell tenía arma al cinto. No la había empleado para defenderse del líder de los hombres-mono. Así que debía haber algún tipo de convenio con ellos. Rastell conocía esta matriz.

    No. No estaba más que haciendo conjeturas. No tenía ninguna prueba; eran sólo mis temores los que me aguijoneaban. Y si mis temores eran infundados, entonces tenía que cooperar con este hombre. Podría .ser el único hombre en toda la matriz… pero lo dudaba.

    Lo observé mientras marchábamos.

    Caminaba impasible, llevándonos en dirección a Water of Leith, que era muy probable existiese allí como en su matriz y en la mía. Cándida, sin otra idea que el aspecto religioso del problema, le hablaba sin cesar; Rastell parecía no escucharla.

    —…mucho más terrible de lo que jamás pude imaginar. Usted parece estar muy al tanto de sus costumbres… si es que nos vamos a quedar por mucho tiempo aquí, yo también debo tratar de comprenderlos, de hablar su idioma, para llevarles la palabra de Dios. Usted me ayudará, señor Rastell, al ser usted también un hombre de Dios, ¿no?
    —Lo mejor será dejarlos vivir como hasta ahora.
    —¿Cómo puede decir eso? ¿Cómo se atreve? ¿No es toda esta matriz una prueba del amor de Dios? No lo conocen aquí… ¡y se han estancado en un nivel animal durante un millón de años! Debemos acercarlos a Cristo.

    Rastell se volvió hacia ella, inexpresivo y sólido, sin sombra de atractivo.

    —¡Piense un poco, señora Meacher! Esta gente no ha evolucionado en la misma forma que nosotros. Nosotros partimos de una etapa hombre-mono, ¿no? Nosotros —nuestros antepasados— fuimos cazadores después de la fase agrícola, y luego pasamos a organizaciones más perfeccionadas. ¿En qué momento de esta evolución supone usted que intervino Dios, señora Meacher?
    —Dios creó al mundo.

    Rastell rió, una risa amarga y forzada, como si le lacerase la garganta.

    —No ¡la verdad es al revés! ¡Nuestro mundo creó a Dios! Durante la etapa arborícola, la del mono, en la que este mundo se ha paralizado, no se tiene necesidad de Dios…
    —¡No tiene necesidad de Dios! No querrá decir…
    —Los monos no tienen necesidad de Dios, le digo. En su lugar cada grupo tiene un líder, un jefe, un tirano, como el que acabamos de ver. Él dicta la ley, distribuye justicia, cumple todos las funciones sociales de su Dios. Pero cuando los monos se ramifican en cazadores, compiten por la comida con carnívoros más inteligentes como el lobo, se ven obligados a rechazar esa tiranía, porque cada uno de los miembros de la manada tiene que pensar por sí mismo. Así la autoridad del líder se relaja, para permitir esa semiautonomía de pensamiento. E inventa una sombra por encima de él, una autoridad suprema, omnipotente y, por supuesto, aliada suya, en la cual todos pueden creer. Se introduce una ley moral donde antes reinaban los puños. ¡Se ha inventado un Dios!
    —¡Ídolos! ¡Figuras estampadas!
    —Al principio, sí. Luego dioses más elaborados, dioses omnímodos e invisibles y coléricos… Y por último: ¡Dios! ¡Jehová!

    Habíamos descendido a tropezones por la barranca de una pequeña cañada. Ante nosotros fluía el angosto río Ilamado Water of Leith. Pero en mi tiempo, sobre él se extendía el hermoso puente Telford. Pero allí no se veía nada semejante, sólo un transportador miserable, una barca de fondo plano que se arrastraba de una orilla a otra por medio de un cable tendido por encima del agua. Enseguida comprendí que hasta ese simple aparato era obra de hombre y no del pueblo-mono.

    En la orilla opuesta, confirmando mis sospechas, se alzaba una valla de alambre de púas; justo frente a la barca, se veía un portón.

    Empezó a llover. El frío era intensísimo.

    Cándida, aterida, le decía a Rastell:

    —¡Usted proclama que Dios no es más que una invención del hombre para afirmar su autoridad! ¡Usted, un hombre de Dios!
    —Cállese, ya estamos casi allí. Suba al bote. Y usted…

    Antes de que terminase de hablar, me había zambullido de costado y había asido la cartuchera. Me golpeó el brazo y lo abracé por la cintura, se debatía como un salvaje y caímos al suelo.

    Quedé encima dé él y le apreté el estómago con la rodilla. Con ambas manos lo aferré por la garganta, como ya lo había hecho otra vez. Su oreja herida empezó a gotear de nuevo. Levantó los pulgares tratando de hundirme los ojos, su rostro estaba lívido por la presión de mis manos. Cándida logró sacarle el revólver y le metió el caño en una oreja.

    —¡Quédese quieto o lo mato!

    Yo sabía que lo haría. ¡Él también! Se quedó quieto, todo espíritu de lucha lo había abandonado.

    Con brusquedad, le hice rodar sobre sí mismo y empecé a desprender el portal que llevaba a la espalda.

    —Sheridan —dijo con voz ronca—, lo llevo a la seguridad, ¡lo juro!
    —Jura, ¿por qué jura? ¿Por su honor? ¿Por Dios? Usted sólo cree en el poder, Rastell; nos acaba de explicar su filosofía. Todo se justifica si reafirma el poder. ¿Qué hay al otro lado del alambre de púas?

    Vacilo. Llevé el brazo hacia atrás y lo abofeteé. —¿Qué hay detrás del alambre de púas?

    —El jefe-mono que conocimos; encerramos allí a sus enemigos, otras tribus.
    —¡Oh, así que es su aliado! —le dije a Cándida mientras le alcanzaba el portal plegado—; Rastell me explicó una vez que no hay mejor Estado que el que tiene esclavos. Éste es un mundo esclavista… de esclavos poco inteligentes, es verdad, pero dóciles a la disciplina. Aquí puedes reclutar un ejército de esclavos, trasladarlos a tu matriz y hacerlos participar en la represión de las rebeliones, ejércitos enteros de monos baratos. ¿No es así, Rastell?

    Le retorcí el brazo y lo disfruté mucho.

    —Tiene que sufrir en aras de la justicia —dijo.

    Le saqué el arma a Cándida y me puse de pie. Hizo ademán de levantarse y le ordené que se quedara en el barro. Se apoyó en un codo y nos fulminaba con la mira—da, dos veces más peligroso que el líder mono, pensé.

    Mi cuñada tiritaba. Se estrechó contra mi brazo libre, sin mirar a Rastell.

    —¿Por qué nos trajo a este horrible lugar?
    —Alguien debe entrenar al ejército-mono. ¿Tengo razón, Rastell? Y quería vengarse de mí. No es un fugitivo de su mundo. Necesitan mentes cínicas como la suya, ¿no?, para mantener el bestial statu quo.

    Yacía en el barro sin responder, los pliegues de la boca en amargo rictus.

    —Mi destiño era vigilar a los monos mientras otros exiliados los entrenaban, ¿no es así, Rastell? ¡Algo tan bajo como eso!

    Con algo de su antiguo espíritu, dijo:

    —Sólo quienes gozan de nuestra confianza consiguen un trabajo fácil como el de guardián. Para el resto, hay montones de trabajo sucio. Alguien tiene que fregar las cuadras de los monos.

    Se puso de pie con lentitud, vigilándome, con la cara gris, la sangre le corría por las mejillas y el mentón. Con un rápido movimiento de la mano se la secó como si fuese basura.

    —¿Qué vas a hacer con él Sherry?
    —Tendría que matarlo, ¿no te parece?
    —Sí, tendrías que matarlo.

    Me azuzaba a mí mismo para poder hacerlo. Por desgracia, también tenía que mirar ese rostro cuadrado y sombrío. ¡Qué poco lo comprendía! Lo había visto en sus momentos de coraje y de cobardía. Rastell luchaba para apuntalar el inicuo sistema de su matriz (como por instinto lo hacemos todos), y sin embargo había murmurado que a los esclavos de aquí era mejor dejarlos vivir como hasta entonces. Era, al mismo tiempo, un hipócrita y un creyente. No, yo no podía juzgarlo; y quizá sea imposible asumir la fácil presunción con que calibramos la personalidad de un hombre si nos separa de él un abismo cultural. No podía juzgarlo. Ni tampoco matarlo.

    —Déme la llave del portón al otro lado del río, Rastell. Negó con la cabeza.
    —No tengo ninguna llave.
    —Apúntale con el arma, Cándida, mientras lo reviso.

    Cuando simulamos acercarnos, Rastell hizo un gesto de derrota. Sin decir una palabra, corrió un cierre relámpago de la túnica, sacó una gran llave y me la arrojó. La barajé en el aire y la metí en el bosillo sin hacer comentarios.

    La lluvia le caía por la cara en regueros irregulares y ni siquiera intentaba secársela. Le hice un gesto con el revólver.

    —Vuelva a la aldea —le dije—. El jefe de los monos lo cuidará hasta que alguien llegue a rescatarlo.

    Por un momento, Rastell nos miró fijo. Abrió la boca como si se propusiese hablar. Luego se persignó y dio media vuelta, empezó a recorrer lentamente el camino por el que habíamos venido. Cándida y yo lo miramos marcharse.

    La lluvia arreciaba. Estrechando el portal y el revólver, tirando del cable, cruzamos el río con el bote. La ayudé a Cándida a subir la resbalosa barranca y abrimos el portón. Daba a un campo achaparrado y quebrado; al trepar una cuesta, surgió la gran prisión.

    A pesar de la cellisca, había hombres-mono moviéndose en escuadrones; supongo que debería decir marchando. Los vigilaban hombres de uniforme negro: víctimas, sin duda, del régimen de Rastell, que estarían más que contentos de darnos asilo. La cortina de lluvia, después de azotar a las figuras diminutas, ocultaban y revelaban a medias los siniestros edificios de cemento que se alineaban más allá, delante de una hilera de pinos.

    Dios bien lo sabe, la perspectiva no era muy halagüeña. Y, no obstante, ese cuadro de miseria y lucha humanas —lo espiritual y lo animal siempre entrelazados— parecieron reconfortamos en ese extraño lugar, porque no nos eran desconocidos. Cándida y yo nos estrechamos las manos y con paso lento y trabajoso nos encaminamos a los grises edificios.

    Sin duda nos ofrecerían algo más que un refugio. Algo más que un mendrugo.

    Por encima de ellos, bañada en el agua de la lluvia, se alzaba una Cruz gigantesca.

    Fe en ferrocemento.


    FIN