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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA CADENA ROTA (Toti Martínez de Lezea)

    Publicado el miércoles, noviembre 29, 2017

    A los que fueron,
    A los que serán.


    A la memoria de Manex Goyhenetche cuya obra “Historia General del País Vasco” me ha servido de guía para escribir esta historia.


    Bakea laster ein baledi Kanpoan tugun etsaiekin, Barneko etsaien temari Baginekike zer egin.
    (Salvat Monho Ayherre 1749-Bardos 1821)


    1764


    Una noche de invierno, negra como boca de lobo, nació un niño en el caserío Jaurenea, antigua casa torre desmochada, de Sara. Los ladridos de los perros acallaron los gritos de la madre y la criatura fue arrancada de su lado antes de que ella pudiera verla. Con pasos sigilosos, la partera se la llevó envuelta en una manta y la dejó a la puerta de la iglesia. Poco después, oculto de pies a cabeza por una capa larga, un hombre se acercó, recogió al niño y desapareció en la oscuridad por el camino de San Juan de Luz.


    1789


    — Joantto!!! Joantto!!!

    En una taberna de la calle de Les Cordeliers del Bourgneuf o Baiona Tippia como la llamaban sus moradores para distinguirla del barrio antiguo, cuatro jóvenes jugaban a los dados entre risas y bromas groseras dirigidas a la moza que atendía a los clientes y aguantaba con buena cara los manoseos en su trasero.

    La llamada se escuchaba cada vez más cerca.

    —Parece que te buscan -comentó uno de los jugadores dirigiéndose a otro.
    —Que busquen… -respondió el interpelado con indiferencia. Y tiró los dados.
    —Puede ser algo importante -dijo otro de los jugadores.
    —O no… Doble. Me toca de nuevo.

    El joven bebió un trago de vino y tiró los dados.

    —Vuelvo a ganar -afirmó sin expresar la mínima alegría.
    —Eres un tipo con suerte.
    —Quién sabe…

    Joantto Ithurbide rondaba los veinticinco años y no había en el barrio ningún hombre tan atractivo como él, al decir de las mozas casaderas y de sus madres. De cuerpo armonioso en sus proporciones, delgado pero fuerte y estatura media, su rostro provocaba miradas de admiración por la perfección de sus rasgos, y él lo sabía. Llevaba el cabello hasta las hombros; a veces suelto, otras, atado en una cola, y se negaba a ponerse peluca empolvada aunque trabajaba para el abogado Durruty que tenía despacho abierto al lado de la catedral. También se dejaba crecer una barba a ras de piel de aspecto aparentemente descuidado, que le daba un aire bohemio, lo cual contrastaba con sus ropas de buen paño y corte a la moda francesa. Pero eran, sobre todo, sus ojos los que provocaban turbación; unos ojos oscuros que jamás reflejaban sus sentimientos y permanecían inmutables, ya sonriese complacido ya sus labios desaparecieran debido el enojo, aunque, en estos casos, su mirada se tornaba casi negra.

    Nadie podía afirmar que conocía a Joantto Ithurbide, ni siquiera sus amigos más íntimos, aquellos en cuya compañía cerraba las tabernas y acudía al burdel del puerto. A pesar de su aspecto de noble extravagante, más de una vez se había enfrentado a puñetazo limpio con alguien que le había molestado y siempre había habido que separarlo del contrincante para salvar a éste de sus golpes, rotundos como martillazos sobre el yunque. No era un hombre pendenciero, pero respondía con violencia a la provocación y no aceptaba bromas a su costa.

    —¡Joantto!

    La silueta de una mujer se recortó en la entrada de la taberna. El hombre levantó la vista de la mesa y echó la cabeza hacia atrás con un gesto interrogante.

    —Tu padre -dijo la mujer.

    Como impulsado por un resorte, Joantto se levantó de la banqueta, que cayó al suelo, y salió del local sin despedirse de nadie.

    Ambos caminaron por la calle sin hablar, él unos pasos por delante de la mujer, hasta llegar a una casa de tres pisos en la calle de Les Tonneliers. Las escaleras crujían y el pasamanos se balanceaba como si fuera a desprenderse en cualquier momento. La única puerta del tercer piso estaba entornada; Joantto la empujó sin miramientos, recorrió un pasillo largo y estrecho y entró en una habitación que olía a enfermo y cuyas contraventanas se hallaban a medio cerrar. Un hombre reposaba sobre la única cama y, a su lado, otro le tomaba el pulso. Este último alzó la mirada al verlo entrar e hizo un gesto negativo con la cabeza, dejó con delicadeza la mano sobre la cama, recogió su maletín de cuero ajado y se dispuso a salir.

    —He hecho todo lo que he podido, pero su hígado ya no resiste más… -se disculpó al pasar por su lado.

    La mujer acompañó al médico y Joantto se quedó solo con el moribundo. No se movió durante mucho rato pero, finalmente, y después de abrir la ventana de par en par, cogió una silla y se sentó junto al lecho. Contempló el rostro del padre y apretó los labios con aquel gesto que mostraba su ira y que amigos y enemigos conocían bien. Estaba enfadado, furioso con el padre, consigo mismo, con el mundo.

    El hombre que se moría era su referente en la vida, el único ser que siempre había tenido a su lado, para bien y para mal, un borracho inútil que había malgastado su vida y se había suicidado lentamente abusando del alcohol. Lo despreciaba por débil, por no haber luchado contra aquello que lo había impulsado a obrar como un loco, por perder la dignidad. Y, sin embargo, lo quería. Nunca le había levantado la mano, ni siquiera cuando, en medio de una borrachera, le daba un arrebato y rompía todo lo que tenía a su alcance, mientras gritaba palabras incoherentes y sin aparente significado. Jamás le había tocado un pelo, y él nunca le había tenido miedo. Cuando el furor daba paso a la llorera, le ayudaba a tumbarse en la cama, refrescaba su frente con un paño húmedo, le cogía las manos y le hablaba con voz pausada hasta que se quedaba dormido. El padre se transformaba en un ser desvalido y el hijo se convertía en padre. Había ocurrido muchas veces, aunque en los últimos años las crisis se habían ido espaciando, tal vez porque el propio cuerpo presagiaba su pronto final.

    —Hijo…

    Bittor abrió los ojos y lo contempló con infinito cariño. Joantto asió su mano y esbozó una sonrisa.

    —En vez de un padre, has tenido una calamidad -prosiguió el enfermo-. No me recuerdes mal.
    —No lo haré, te lo prometo. Recordaré sólo los momentos felices.
    —Tampoco han sido muchos… No he sabido ser fuerte, lo reconozco. No he sido el padre que necesitabas.
    —Déjalo…
    —Nunca te lo he dicho, pero quiero que sepas la razón de mi miseria.
    —No te tortures, ya no vale la pena…
    —Deja que te cuente, me quitaré un peso de encima y tal vez puedas perdonarme.
    —No hay nada que perdonar.
    —Oh, sí, hay mucho que perdonar… -el hombre suspiró-: que no te hablara de tu madre ni de nuestra familia, que te ocultara tu lugar de nacimiento, que jamás te dijera la razón por la que hemos malvivido durante tantos años sin medios ni respeto…

    Muy a su pesar, las palabras del padre despertaron en Joantto la curiosidad tantas veces acallada, el secreto que intuía, la necesidad de saber. Era natural. Los demás niños de la calle tenían madres y parientes; se reunían en las fiestas, compartían comidas, celebraban nacimientos y funerales… y él los envidiaba, envidiaba el griterío en las viviendas de los vecinos, los pescozones propinados a sus compañeros de travesuras por madres enfadadas que luego los abrazaban y llenaban de besos. El padre y él siempre habían estado solos. A medida que crecía, se había protegido tras una coraza de aparente desprecio hacia lo que él llamaba “sensiblería estúpida”, pero, en el fondo, añoraba el cariño y la protección de una familia.

    —Abre el cajón de la mesita de noche -con un dedo tembloroso, Bittor le indicó el cajón-. Hay una carta.

    Abrió el cajón. Había dentro un cerillo para encender la vela y varios cabos de vela ennegrecidos, pero nada más.

    —Debajo del cartón -insistió el agonizante.

    El joven levantó el cartón que cubría el fondo del cajón y encontró un papel doblado en cuatro partes y amarillento por el tiempo, lo cogió y se lo tendió al padre.

    —Léelo -le pidió éste-, léelo despacio.

    Desplegó el papel y comenzó a leer: «Amado Bittor, ésta será la última vez que te escriba y con esta carta va también mi adiós. El padre ha decidido ya mi suerte y ha jurado que abandonará al niño en la calle. Se agita en mi vientre, quiere salir, y yo desearía que no lo hiciera, que permaneciera dentro de mí, puesto que su nacimiento nos separará para siempre. Nuestro amor estaba condenado desde un principio y, aun así, volvería a amarte con todas mis fuerzas porque tú has sido la única razón de mi existencia. Nací para ti, por ti vivo y sin ti, moriré. Recuérdame en tus sueños, amado, no me olvides y salva a nuestro hijo. Enrieta».

    A medida que leía, el rostro de Joantto iba perdiendo el color, de forma que al acabar la lectura su tez estaba tan pálida como la del enfermo. Miró al padre y constató, con enorme sorpresa, que sus ojos apagados estaban llenos de lágrimas.

    —La amé como ningún hombre ha podido amar jamás a una mujer. La he recordado a cada momento desde entonces y he bebido para olvidarla, pero cuanto más bebía, más pensaba en ella…
    —¿Qué fue de ella?
    —No lo sé -la voz de Bittor era cada vez más débil-. Te recogí a la puerta de la iglesia y escapé por el camino hacia San Juan de Luz. Nunca volví.
    —¿Adonde?
    —Al lugar más bello de la Tierra… donde las montañas tocan el cielo y…

    Su voz se apagó, cerró los ojos y permaneció inmóvil.

    —¡Padre!

    El grito de su hijo pareció volverlo a la vida, respiró emitiendo un silbido, pero no abrió los ojos.

    —¿Dónde está ese lugar, padre? — insistió Joantto asiéndolo por los hombros.
    —Sara…, Sara…

    No había llorado desde la primera vez en que fue lo suficientemente mayor para darse cuenta de que el padre bebía hasta perder el sentido. Aquel día juró no volver a hacerlo, pero ahora, con el cadáver enflaquecido por una agonía que había durado veinticinco años entre sus brazos, lloró la amargura acumulada durante todo aquel tiempo, y maldijo la causa que se había llevado la vida de un hombre todavía joven para morir.


    Al día siguiente, por la tarde, Bittor Ithurbide fue enterrado en la zona reservada a los pobres en el cementerio de la iglesia de San Clemente. Sólo estuvieron presentes el cura, Joantto, Graxi, la mujer que le había avisado la víspera y el enterrador.

    De vuelta a casa, Graxi le ayudó a recoger las pocas pertenencias del padre para entregarlas a la caridad y le preparó una sopa de albóndigas. La mujer, una vecina casada con un pescador que pasaba la mayor parte del año en alta mar, era por decirlo de alguna manera la única persona con la que los Ithurbide habían mantenido una relación continua desde su llegada a Baiona. Sintió lástima al verlos tan desamparados y se encargó de criar a la criatura con leche de vaca pues ella no tenía hijos. También se ocupó del padre y ambos se consolaron mutuamente en el lecho, él por la perdida de su amor y ella por la ausencia de su marido que la convertía en viuda sin serlo. Graxi era para Joantto lo más parecido a una madre.

    Al anochecer, el joven se acercó al burdel del muelle y pasó en él toda la noche. Quería olvidar, aunque fuera durante unas horas, perderse entre los brazos de una hembra, hacerle el amor hasta quedar exhausto y de esta manera, no pensar. Apenas habló más de dos palabras seguidas con la mujer que compartió con él aquella noche; la poseyó con furia en varias ocasiones, queriendo expulsar los demonios de su cuerpo y de su mente, vaciarse por dentro y por fuera. La muerte del padre y la revelación de su origen habían sido dos impresiones demasiado fuertes que precisaban tiempo para ser asimiladas

    A la mañana siguiente, fue a los baños públicos, se hizo arreglar el cabello y rapar la barba, acudió después al despacho del abogado Durruty y pidió permiso para ausentarse durante un par de días. Debido a la muerte de su padre, explicó, tenía que solventar unos asuntos pendientes en la población de Sara. El abogado le dio el permiso a regañadientes.

    —Cosas muy graves están ocurriendo en el reino -le informó-. Me han llegado noticias alarmantes. Hace un par de semanas, el pueblo de París asaltó la Bastilla y liberó a los prisioneros. Además, la Asamblea tiene la intención de abolir los privilegios y derechos señoriales. Nuestros principales clientes son nobles y ricos hombres y mucho me temó que el trabajo va a ser muy duro durante los próximos meses.
    —Sólo estaré fuera dos días, el tiempo de ir, solucionar mis asuntos familiares y regresar.
    —Lamentaría tener que prescindir de ti…

    La amenaza era velada, pero clara. Llevaba cinco años trabajando para Durruty, primero como chico de los recados, después como ayudante del secretario del abogado y, finalmente, como ayudante del propio abogado. Su inteligencia despierta, su ambición y falta de escrúpulos, lo habían hecho imprescindible. Gracias a los buenos oficios del rector de San Clemente, el padre Mathieu, que lo había protegido desde pequeño al observar su capacidad para aprender, Joantto estudió las letras y los números con el rector y después se educó gratis en la escuela de la catedral como favor especial hacia el cura. El padre Mathieu esperaba hacer de él un hombre de Iglesia, pero el joven no tenía ninguna intención de profesar y el sacerdote habló con el abogado para que le diera trabajo.

    —Dentro de dos días estaré de vuelta -afirmó, molesto porque Durruty pusiese en duda su palabra.

    Alquiló una mula en la caballeriza pública y salió de inmediato hacia Sara. A pesar de su aplomo y sangre fría, sentía un hormigueo molesto en el estómago. No sabía cómo reaccionaría al llegar al pueblo de sus padres, con quién hablaría, a quién preguntaría si aún quedaba vivo algún pariente. El padre había tardado demasiado tiempo en hablar, no había tenido ocasión de preguntarle por la familia, dónde vivía, quiénes eran sus abuelos… ¡tantas preguntas sin respuesta! No se detuvo durante el trayecto y llegó a Sara antes del mediodía. Sin saber por dónde empezar, se dirigió a la iglesia en busca del párroco. Los curas lo sabían todo sobre sus feligreses y éste no sería una excepción.

    —Sólo llevo unos meses en esta rectoría -le informó el coadjutor de la parroquia, el padre Michel Bordaguibel-. No conozco a todos los habitantes del lugar. El párroco, el padre Teillary, se halla ausente en estos momentos.
    —Alguien habrá, sin embargo, que pueda decirme algo sobre la familia de mi padre…
    —No sé… ¡Domenga! — exclamó el coadjutor tras meditar unos instantes-. Está al corriente de todo lo que acontece en la localidad. Vive aquí al lado y si ella no lo sabe, nadie lo sabrá.

    Atravesaron la plaza y se dirigieron a una casa con aspecto de llevar mucho tiempo en el mismo sitio sin sufrir cambio alguno. La mujer que acudió a la llamada miró interrogante a Joantto y luego al sacerdote.

    —Oye, Domenga, ¿conociste alguna vez a alguien de nombre Bittor Ithurbide? — preguntó éste después de saludarle.

    La mujer miró de nuevo al joven, sacó la cabeza para comprobar que nadie estaba a la escucha y les hizo una seña para que entraran en la casa.

    —¿Por qué queréis saberlo? — preguntó una vez todos dentro.
    —Era el padre de este caballero.

    Domenga asió a Joantto por el brazo y lo llevó junto a la ventana para poder observarlo mejor. El joven la dejó hacer, un tanto sorprendido por el gesto, demasiado familiar y a la vez brusco, de la desconocida.

    —Tiene un aire, sí -afirmó la mujer.
    —Entonces, ¿lo conociste? — interrogó el coadjutor con una sonrisa.
    —Conocí a su padre y a toda su familia.
    —El joven quiere saber…
    —¿Qué?
    —Todo. Su padre nunca le habló de los suyos.

    La mujer chasqueó la lengua, se sentó en un banco colocado junto al fuego bajo y les indicó que hicieran lo mismo. Durante un buen rato, nadie habló. Domenga callaba con la mirada perdida y los dos hombres esperaban pacientemente a que se decidiese a hablar.

    —Es una historia larga y triste. No sé si merece la pena recordarla…
    —Él quiere saber -insistió el sacerdote, señalando a Joantto.
    —Te ruego que me digas lo que sabes… Mi padre murió hace tres días y no tengo a nadie más.

    La súplica del joven pareció conmover a la mujer, que se levantó para remover el contenido de la olla colocada sobre una trébede encima del fuego, se secó las manos con el delantal y se sentó de nuevo.


    La familia Ithurbide, explicó Domenga, vivía en el molino de Istilarte, separado por el río de Lehenbizkai, donde se alzaba la torre Jaurenea. El molino estaba en tierras del señor Gehexan de Jaurenea, aunque los Ithurbide lo habitaban desde hacía generaciones y se consideraban gentes libres. El hijo pequeño, Bittor, se había educado con los monjes del monasterio de Urdazubi pues su familia deseaba que fuera clérigo.

    —Y nada habría ocurrido -prosiguió la mujer- si el muchacho no hubiera vuelto a su casa a pasar una temporada antes de tomar los hábitos de manera definitiva. El caso es que regresó y conoció a Enrieta, la hija de Jaurenea. Ambos eran jóvenes y ansiaban vivir, como ocurre a esa edad en la que todo parece posible y no se presienten los peligros. Se les veía juntos a menudo, paseando, hablando…, hasta que un buen día desaparecieron.
    —¿Desaparecieron? — preguntaron ambos hombres al unísono.
    —A ella no se le volvió a ver fuera de la torre y él no regresó al monasterio.
    —¿Se escaparon?

    La pregunta había partido del coadjutor, perplejo y, a la vez, intrigado de que algo semejante pudiera haber ocurrido en un lugar sin historia. Se le había destinado a la parroquia del pequeño pueblo pirenaico nada más acabar sus estudios en el seminario de Larrasoro. No era que él, recién ordenado, hubiese esperado un destino más brillante, pero sí que por lo menos le permitieran permanecer en Baiona, vistas sus buenas calificaciones. De poco le valían sus amplios conocimientos de teología en una aldea de pastores y agricultores y, además, echaba en falta conversaciones de mayor nivel intelectual. De todos modos, estaba dispuesto a tener paciencia: algún día tendría su oportunidad. Lo más interesante que había ocurrido en los meses que llevaba allí era la aparición de aquel joven caballero llegado de la ciudad en busca de sus raíces, así que estaba dispuesto a convertirse en investigador aunque el resultado fuera decepcionante.

    —No. Bittor se quedó en el molino y todos los días se apostaba delante de la torre hasta que Gehexan de Jaurenea ordenó que lo apalearan y lo echaran de allí. A Enrieta, como ya os he dicho, no se la volvió a ver en la vecindad. Luego, un buen día Bittor también desapareció y, que yo sepa, nunca más regresó a Sara.
    —¿Y qué ocurrió con la chica? — interrogó de nuevo el clérigo.
    —Se habló de que había sido enviada a un convento, pero saber, lo que se dice saber, nadie supo nada.
    —Una historia muy triste…
    —No acabó ahí.
    —Ah, ¿no?
    —No. El señor de Jaurenea, no se sabe por qué, se empeñó en echar a los Ithurbide del molino. Les hizo la vida imposible, exigió el pago de una antigua deuda que no pudieron satisfacer y envió a sus hombres para que se llevaran la piedra de molienda y todas las herramientas aduciendo que con ellas se cobraba parte de dicha deuda. También dejó correr la voz de que no vería con buenos ojos que la gente comprara la harina en el molino de Istilarte. La familia se arruinó, el viejo Ithurbide, padre de Bittor, murió de los disgustos y su mujer y sus hijos se vieron obligados a marchar a Bera, donde tenían parientes.
    —¿Nunca han vuelto?
    —No.
    —Y… -a Joantto le costaba hablar- todo eso, ¿por qué?

    Una sombra apenada cruzó la mirada de Domenga durante unos instantes.

    —¿Tu padre nunca te dijo nada?
    —No -mintió él con voz firme-, sólo que había nacido en Sara.
    —No acostumbro a andar con chismes…

    Joantto apretó los labios y sus ojos se tornaron casi negros, amenazadores. La mujer se frotó las manos nerviosa, consciente de que el joven bien vestido que tenía delante conocía la respuesta, pero quería escucharla de sus labios.

    —Pasó hace tanto… Se dijo que la muchacha, Enrieta, había quedado preñada de Bittor y que, al tener conocimiento del hecho, Gehexan de Jaurenea juró ante la tumba de sus antepasados vengar el deshonor de la familia…
    —¿Qué ocurrió con el niño?

    La pregunta del coadjutor rompió la tensión que se había establecido entre Joantto y Domenga y que él no había percibido en ningún momento.

    —No se supo nada de él…

    A pesar de dirigirse al clérigo, la mujer sintió sobre ella la mirada del joven como un aviso, la premonición de que algo malo le ocurriría si ocultaba lo que sabía. Carraspeó y continuó:

    —Se dijo…, bueno… Jaurenea entregó la criatura a la partera ordenándole que la depositara a la puerta de la iglesia…
    —¿De mi iglesia? — el sacerdote estaba verdaderamente interesado y sorprendido.
    —Sí. Ahí suelen dejar a los niños no deseados. El rector se ocupa de buscarles una familia, o un orfanato…
    —Ah, entonces sería bautizado y su nombre estará en el libro de registros de la rectoría.
    —No.
    —¿No?
    —Alguien se llevó al niño esa misma noche -esta vez Domenga miró directamente a Joantto-. Todo el mundo creyó que había sido Bittor porque ya no se le volvió a ver más por el pueblo. Siento no poder deciros nada más.

    La mujer se levantó del banco dando por terminada la conversación, parecía haberse quitado un gran peso de encima. Los dos hombres también se levantaron y la siguieron hasta la puerta.

    —Una cosa más.

    La voz grave de Joantto interrumpió la marcha.

    —¿Vive todavía el señor de Jaurenea?
    —Sí, es ya hombre anciano y…
    —¿Y la partera? — le interrumpió el joven.
    —¿Marixuria? Sí, pero…
    —¿Dónde vive?
    —Poco más allá de la plaza, junto al oratorio que hay en el camino de Istilarte.
    —Gracias, Domenga, nos has sido de gran ayuda.

    Una vez más, el coadjutor rompió sin saberlo la tirantez del momento. Los dos hombres se despidieron y se encaminaron hacia la dirección indicada. La mujer los vio marchar, hizo la señal de la cruz y cerró la puerta que, por lo general, siempre se mantenía abierta durante el día. Permaneció largo rato con la espalda apoyada en la puerta y volvió a santiguarse. A lo largo de la conversación no sólo había recordado unos hechos que creía relegados en algún rincón de su memoria, también habían pasado por su mente imágenes de sus protagonistas. No se había atrevido a decir que el aire de familia, advertido en el joven en un primer momento, se había ido haciendo más nítido a medida que lo observaba con mayor atención. Era la viva imagen de Gehexan de Jaurenea en su juventud. El viejo cacique se vería reflejado en ella en cuanto la tuviera delante. Mucho temía que las cosas no quedaran ahí si el muchacho tenía el mismo carácter que su abuelo, y casi podía asegurar que así era.


    Joantto y el sacerdote caminaron en silencio el trecho que los separaba de la casa de la partera. El joven daba vueltas en su cabeza a la información recibida. Le costaba hacerse una idea del padre veinticinco años atrás. Tendría entonces más o menos su misma edad, incluso sería más joven, pero él no conocía al mozo enamorado de la hija del jauntxo, el cacique del lugar, capaz de arrostrar las dificultades y las diferencias de clase para amar hasta sus últimas consecuencias, y de salvar a su hijo de un futuro incierto. Sólo conocía al hombre derrotado, al borracho, al padre tierno en sus momentos de lucidez, al viejo prematuro. A la madre ni siquiera se la imaginaba.

    Al llegar a la vieja vivienda más cercana al oratorio, llamaron a la puerta, pero no hubo respuesta. Esperaron un rato y volvieron a intentarlo. Iban a marcharse cuando vieron llegar por el camino del río a una mujer que portaba un cesto de ropa recién lavada.

    —¡Padre Michel! — exclamó al ver a los dos hombres y reconocer a uno de ellos, y a continuación interrogó con preocupación-: ¿Le ha ocurrido algo a mi madre?

    La sorpresa del sacerdote no fue menor. La mujer, Agatha, era una de las feligresas que, en compañía de Domenga y de otras mujeres, se encargaba de limpiar la rectoría, lavar su ropa y ocuparse de que nunca faltara comida en la despensa.

    —¿Marixuria es tu madre?-preguntó a su vez.
    —¿Le ha ocurrido algo? — insistió la mujer, fija en su idea.
    —No… sólo queríamos hablar con ella.
    —¿Hablar con mi madre?
    —Sí. ¿Hay algún problema?
    —Ay… no ve, no oye, no entiende y tampoco habla. Hace ya un par de años que se encuentra en ese estado. Pero… no os quedéis ahí, ¡pasad!

    Agatha empujó la puerta y entró la primera. A pesar de su aspecto exterior, el interior aparecía limpio y cuidado. A la vista, había sólo dos espacios: el que servía de cocina, al cual se abría una cuadra, separada por una batiente baja, y otro más pequeño en el que se apreciaba la esquina de una cama. La anciana Marixuria estaba sentada junto al fuego, cubierta con una toquilla que le envolvía medio cuerpo. No giró la cabeza, ni hizo movimiento alguno cuando ellos entraron.

    —Ya os he dicho que no se entera de nada… -se excusó su hija, bajando la voz como si en realidad pudiera oírles-. ¿Y para qué queríais hablar con ella?
    —Bueno, ya no tiene importancia… si no puede responder… -el padre Michel estaba decepcionado.
    —Pero tal vez yo sí pueda -le alentó la mujer-. He vivido con mi madre toda la vida.

    Joantto no dejaba de mirar a la anciana. Si lo dicho por Domenga era cierto, aquella mujer, un recuerdo de sí misma, lo había abandonado a la puerta de la iglesia una noche de invierno, marchándose después sin preocuparse de lo que pudiera ocurrirle. No sentía la menor emoción, pero le habría gustado preguntarle si alguna vez había pensado en la criatura indefensa que había dejado sola a merced del azar.

    —Verás, queríamos hablar con ella sobre una hija del señor de Jaurena a quien tu madre ayudó en el parto… -escuchó decir al coadjutor.
    —¿La Enrieta de Jaurenea?

    Joantto se giró como golpeado por un látigo y clavó su mirada oscura en Agatha.

    —¿La conociste? — preguntó el padre Michel.
    —Teníamos más o menos la misma edad, ya no me acuerdo, e íbamos a la catequesis juntas. Claro, ella era de familia rica y yo sólo la hija de la partera, pero no me caía mal. Era una moza amable con todo el mundo.
    —¿Qué ocurrió? — el padre Michel estaba encantado de poder proseguir con la investigación.
    —Sentaos por favor ¿No queréis un vaso de agua o de leche? — pregunto Agatha al darse cuenta de que los visitantes permanecían de pie en medio de la cocina-. Vino no tengo.
    —No te molestes…
    —Entonces… salgamos fuera. Ya os he dicho que mi madre no se entera de nada, pero… a veces me da la impresión de que capta cosas y aquello le afectó mucho.

    Salieron y se sentaron en el banco de piedra, adosado al muro; la mujer en medio de los dos hombres. El sol aparecía y desaparecía entre las nubes y un airecillo llevaba hasta ellos el olor a hierba húmeda.

    —¿Qué ocurrió? — preguntó de nuevo el coadjutor.

    Agatha mantenía el cuerpo inclinado hacia el sacerdote. No se atrevía a preguntar por la identidad del desconocido que lo acompañaba y daba a éste media espalda. Había observado su mirada y se había sentido incómoda. Tenía la impresión de haberlo visto antes, pero no sabía dónde.

    —Enrieta se enamoró del hijo pequeño del molinero de Istilarte, un buen mozo que iba para monje, y dejó que él la engatusara quedándose preñada. Otros casos ha habido y los seguirá habiendo de jóvenes incautas que pasan por el lecho antes que por la iglesia y todo se soluciona con un casorio a tiempo, pero el señor de Jaurenea se tomó el asunto a la tremenda. Encerró a Enrieta para que nadie viera su estado de buena esperanza, apaleó al enamorado y… en cuanto al niño…

    Agatha se giró hacia la ventana que tenía detrás para ver a su madre. La anciana permanecía inmóvil, con la mirada fija en el pedazo de cielo que se veía desde dentro.

    —Mi madre acudió a la torre. Hace tiempo que no es torre -aclaró-, pero aquí se le sigue llamando así. El caso es que, llegado el momento del parto, avisaron a mi madre. Jaurenea le hizo jurar sobre una Biblia que jamás diría nada al respecto y la amenazó con echarla del pueblo si se iba de la lengua. Ayudó a Enrieta a traer a su hijo al mundo y después la obligaron a llevarlo a la iglesia para que el cura, al encontrarlo, le buscara una familia o algún sitio donde quedarse.
    —Y dejó a una criatura recién nacida a merced del frío y de cualquier persona desaprensiva que pudiera haber pasado por allí.

    El sombrío tono de voz de Joantto la sobresaltó y se giró hacia él.

    —¿Y qué queríais que hiciese? — preguntó a la defensiva- Tenía cinco hijos que alimentar y el padre había muerto.
    —Podría haber llamado a la puerta de la rectoría…
    —¿Y verse obligada a contarle al cura toda la verdad después de la amenaza de Gehexan de Jaurenea?
    —Sin embargo, la contó. Tú lo sabes y también la señora Domenga y, seguro, que todo el pueblo conoce la historia.

    Agatha se volvió desconcertada hacia el padre Michel. No podía mantener la mirada del desconocido que le producía un desasosiego difícil de expresar.

    —Mi madre no volvió a ser la misma a partir de entonces -intentó explicarse-. El niño desapareció. Se dijo que su padre se lo había llevado lejos de Sara, pero nadie pudo asegurarlo. Creo que ella siempre se preguntó si había obrado correctamente.
    —¿Y qué fue de Enrieta? — preguntó el coadjutor para no ahondar más en la conciencia de la partera a través de la de su hija.
    —La internaron en un convento. Bueno, eso dicen… no lo sé con certeza. Lo único cierto es que nunca más se la ha visto por aquí.
    —¿Por dónde se va al molino de Istilarte?

    La mujer se sobresaltó de nuevo al escuchar la voz del desconocido, se levantó del banco y señaló una vereda bordeada de hierbas altas. Joantto también se levantó y comenzó a andar en la dirección señalada.

    —Gracias, Agatha, por tu ayuda -se despidió el padre Michel, algo confuso por la falta de cortesía de su acompañante.
    —¿Quién es? — preguntó la mujer bajando la voz.
    —Joantto Ithurbide, el hijo de Enrieta.


    Para cuando el sacerdote alcanzó al joven, éste se hallaba a la orilla del río y examinaba el lugar intentado descubrir el molino o lo que de él quedara. Algo más lejos, en la otra orilla, podía verse un tejado semiderruido. Caminó el trecho que lo separaba en busca de una zona menos profunda para cruzar al otro lado. No lo pensó dos veces y, al localizarla justo delante del edificio cubierto de verdín y plantas trepadoras, se metió en el agua sin quitarse los zapatos. El coadjutor, sin embargo, se detuvo para quitarse las medias y el calzado; se arremangó la sotana y pasó el río con infinita precaución para no resbalar. Encontró a su arisco acompañante contemplando la casa en la que habían nacido su padre y el padre de su padre. Todo estaba silencioso, igual que una tumba.

    Joantto aguzó el oído para escuchar los ecos de las vidas que habían habitado aquel lugar, deseando que el viento le trajera risas y palabras colgadas en el tiempo, pero sólo escuchó el piar de unas crías de golondrina pidiendo comida. Se adentró entre los muros derruidos en parte, contempló el cielo a través del enorme agujero del techo y buscó un objeto, algo, que pudiera ligarlo con el pasado, pero allí no había más que cascotes y tejas rotas, hierbajos y excrementos de animales.

    —La casa muere cuando sus moradores se van -afirmó el padre Michel, deseando romper el silencio.
    —O cuando los obligan a irse -puntualizó el joven.
    —Domenga ha dicho que la familia partió hacia Bera… Tal vez, si os dierais una vuelta por allí…
    —Aún me queda algo por ver aquí.

    El viento se había levantado con más fuerza y las nubes corrían raudas por encima de sus cabezas. En medio de las ruinas, con el cabello revuelto, los labios prietos, las mandíbulas marcándose en su rostro y los ojos fijos en un punto indefinido, Joantto Ithurbide encarnaba la propia imagen de la cólera de Dios… o del diablo, y el sacerdote sintió un estremecimiento.

    —¿Sabéis dónde se halla la torre de Jaurenea?
    —¿Pensáis acaso…?
    —Sólo quiero verla.
    —Ya… Hay que volver a cruzar el río y dirigirse hacia la izquierda. Un poco más adelante hay un puente, pero… pronto será el toque del Ángelus y tengo que regresar para…
    —Id -le interrumpió Joantto-. Luego me reuniré con vos.

    El clérigo se mordisqueó el labio inferior. Durante un instante estuvo tentado de olvidarse del Ángelus y continuar junto a él. Aún estaba bajo la impresión recibida momentos antes y no quería perderlo de vista, pero sus obligaciones religiosas no admitían demora. Muy a su pesar, hizo un gesto de despedida con la mano, se arremangó otra vez el hábito y cruzó el río. Sentado al otro lado, mientras se calzaba, observó cómo el joven echaba una última mirada al antiguo molino y se perdía después entre la maleza.

    Joantto anduvo un rato por la margen izquierda del río hasta encontrar un viejo puente de piedra. Las hierbas que lo cubrían demostraban que no se utilizaba con asiduidad y quiso imaginar que aquel era el camino que el padre tomaba para ir a reunirse con su amada. En efecto, unos pasos más adelante podía verse el tejado de un caserón despuntando entre los árboles y se sorprendió al notar que se aceleraban los latidos de su corazón, algo que no le había ocurrido al ver el molino. Al contrario que su corazón, sus pies aminoraron el paso, como si una parte de sí quisiera retardar el momento. Su abuelo, el padre de su madre, seguía vivo, según lo dicho por Domenga. ¿Qué haría si se encontraba frente a él? Sólo voy a echar un vistazo, se dijo y continuó adelante.

    La antigua torre no había perdido el aire sólido de una construcción elevada cuya finalidad era controlar el paso de gentes y animales, defenderse de los ataques y, sobre todo, imponer su poderío en el entorno. Había visto otras parecidas. Desaparecido su cometido guerrero, las torres habían sido desmochadas, pero mantenían sus siluetas, reforzadas por escudos de armas situados encima de las puertas principales, como podía verse en este caso, y sus propietarios conservaban parte de su influencia. Todavía quedaban restos del muro de defensa, cuyas piedras habrían sido reutilizadas en otras obras de la propiedad, en especial dos torreones, uno a cada lado de la entrada. Entre estos y la puerta de la vivienda podía verse un huerto cultivado en perfecta alineación; puerros, tomates, lechugas, cebollas… crecían en formación militar, sin salirse medio palmo del lugar asignado, a ambos lados de un caminillo empedrado. Se detuvo al comienzo, cruzó los brazos sobre su pecho y contempló el lugar donde había nacido y del que lo habían echado nada más comenzar a respirar.

    De pronto, la puerta de la casa se abrió y un hombre viejo, apoyado en una makila, avanzó hacia él. La primera impresión era errónea. El hombre caminaba con paso firme y no utilizaba la makila como sostén, sino como símbolo de poder, levantándola y apoyándola en el suelo al igual que haría un rey paseando por sus dominios. Al llegar frente a él, el hombre lo miró de arriba abajo y frunció el ceño. Tenía el sol de cara y no podía distinguir con claridad los rasgos del forastero.

    —¿Buscáis algo?
    —No, sólo miro.
    —Miráis ¿qué?
    —La casa.
    —Pues id a mirad a otro sitio.
    —Miro lo que me apetece y vuestra postura no es digna de un hombre de bien ante un visitante.
    —Aquí no queremos visitantes y en mi propiedad mando yo. Si no os vais inmediatamente, llamaré a mis hombres.
    —¿Para que me apaleen? Creo que es la costumbre de esta casa.

    Gehexan de Jaurenea permaneció inmóvil. Una sola vez en toda su vida había ordenado apalear a un hombre y prefería no recordarlo. ¿Quién era aquel extraño que le hablaba como si entre ellos existiera alguna relación? Se colocó una mano encima de los ojos para poder distinguirlo con más detalle y permaneció atónito al reconocerse a sí mismo con cuarenta años menos: la misma postura arrogante, el cuerpo fibroso, la mirada fría. Era como mirarse en un espejo.

    En ese momento se aproximó a ellos una mujer, también mayor, que salía del gallinero llevando un montón de huevos en el delantal. Miró primero al viejo y luego al joven, se llevó las manos a la boca para acallar un grito y los huevos se desparramaron por el suelo, rompiéndose al caer.

    —¿A qué has venido? — preguntó el hombre tuteándole mientras trataba de reponerse de la sorpresa.
    —A saber qué ocurrió aquí hace veinticinco años.
    —No ocurrió nada.
    —¿Qué fue de ella?
    —¿De quién?
    —De Enrieta, de mi madre.

    El jauntxo no respondió enseguida. Delante de él, salido del pasado, estaba la causa de su deshonra. Después de tantos años aún sentía ira y rabia cada vez que pensaba en ello. Su hija, el tesoro más valioso de Jaurenea, se había entregado sin ningún pudor a un hombre quien, para más agravio, vestía un hábito religioso. El joven que tenía delante no era sino la prueba de un pecado que había ensombrecido su vida, llevando la desolación a su casa y la vergüenza a la familia.

    —Murió -dijo finalmente entre dientes, alzando el mentón como si hablara con un inferior.

    Joantto cerró los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en las palmas de las manos. Aquel viejo orgulloso había destruido la vida de sus padres, causado la muerte del abuelo molinero, obligado a su familia a exiliarse y todavía tenía la desfachatez de mostrarse arrogante. Si al menos se hubiera alegrado de verlo y hubiera mostrado algún signo de arrepentimiento, él podría haber perdonado y recuperado la presencia de su madre en aquella casa, pero, a la vista estaba, el hombre no sentía pesadumbre alguna por el mal que había hecho.

    —¿Dónde está enterrada?
    —Con los suyos, en la iglesia.

    Un gemido se escapó de la garganta de la mujer que permanecía callada. El señor de Jaurenea la miró y ella se apresuró aregresar a la casa, encogida y enjugándose las lágrimas con el delantal. Joantto se dio media vuelta y echó a andar, deseando abandonar aquel lugar que había añadido más pesar a su ánimo.

    —No esperes nada de mí y no pienses que algo de lo que hay aquí será tuyo algún día -escuchó decir a su abuelo.

    Se detuvo, se giró y volvió sobre sus pasos para encararse de nuevo con él.

    —No quiero nada de vos. Sois un ser despreciable.
    —No eres bien recibido, y la próxima vez te echaré de aquí como a un perro vagabundo.

    Joantto frunció el ceño y apretó las mandíbulas; su mirada se tornó torva y, durante unos instantes, el jauntxo perdió el aplomo y por primera vez tuvo la impresión de que se enfrentaba a alguien tan fuerte como él era, o como lo había sido.

    —La próxima vez seré yo quien os eche de esta casa. Lo juro -afirmó el joven en un tono de voz que dejó helado al anciano.


    De regreso al pueblo, Joantto entró en la iglesia, pero el coadjutor no estaba en ella y volvió a salir para esperarlo afuera. Luego, lo pensó mejor y entró de nuevo. En Sara todos los habitantes eran enterrados dentro de la iglesia, razón por la que el suelo estaba embaldosado con lápidas mortuorias. Caminó leyendo los nombres inscritos en ellas y tardó en encontrar la que buscaba, pero finalmente pudo leer el nombre de la familia Jaurenea grabado en una de las tumbas, situadas de modo preferente delante del altar. Permaneció largo rato con los ojos fijos en la piedra bajo la que se hallaban los restos de la mujer que le había dado la vida. No sentía nada. Salió al cabo de un rato y se apoyó en el muro, al lado de la puerta. Vio llegar al padre Michel que portaba la estola al cuello y un cáliz en las manos. Iba acompañado por un chaval vestido de monaguillo.

    —He ido a dar la comunión a un feligrés enfermo -le explicó al llegar a su altura-. Esperadme, que ahora salgo.

    Poco después ambos estaban sentados a la mesa de la rectoría, un edificio situado delante de la iglesia, dando buena cuenta de la sopa de verduras y la carne guisada que Domenga había preparado y dejado sobre las brasas.

    —¿Y…? — interrogó el cura a su invitado.
    —¿Qué?
    —¿Visteis la casa?
    —La vi.
    —¿Visteis a…?
    —¿A los padres de mi madre? También los vi. Bueno, creo que la mujer era mi abuela, pero no estoy seguro porque no dijo ni media palabra.
    —¿Y qué dijo el señor de Jaurenea?
    —Que la próxima vez que aparezca por allí, me echará como si fuera un perro vagabundo.

    Comieron en silencio durante un rato. Joantto fue el primero en hablar. Lo hizo sin levantar la vista del plato, como si le costase un gran esfuerzo emitir las palabras, como si le doliesen en el alma.

    —El dijo que mi madre había muerto y estaba enterrada en la iglesia. He estado allí, pero en la lápida sólo pone el nombre de la familia.
    —¿Qué insinuáis?
    —¿Y si no ha muerto? ¿Y si continúa en el convento? Mi padre tenía unos veinte años cuando yo nací y ella no tendría más que él. Todavía podría estar viva…
    —¿Por qué iba a mentir Jaurenea en algo tan serio?
    —Para que yo no la busque.

    El padre Michel no dijo nada, se levantó, recogió los platos y los restos de la comida, limpió la mesa con un paño mojado y la frotó con otro seco hasta dejar la madera brillante.

    —Esperad aquí, ahora vuelvo.

    Volvió al poco con un libro grueso cuyas cubiertas se hallaban en bastante mal estado, lo colocó encima de la mesa y fue pasando las hojas hasta encontrar lo que buscaba.

    —¿Qué es? — preguntó Joantto señalando al libro.
    —El libro de registros de la rectoría. Aquí están escritos los bautizos y defunciones -respondió el clérigo mientras pasaba las páginas-. Tendremos que mirar todas las hojas desde hace veinticinco años. ¡Menos mal que éste es un pueblo pequeño y apenas hay una o dos páginas por año! — añadió con humor.

    Ambos se inclinaron sobre el libro y fueron leyendo los nombres de las personas difuntas que aparecían inscritos en él desde 1764, pero no encontraron ninguna Enrieta de Jaurenea entre ellos.

    —Puede que muriese en otro lugar… -meditó el sacerdote en voz alta.
    —El dijo que estaba con los suyos, en la iglesia -insistió.
    —Tal vez tienen familia en otras poblaciones…
    —Tal vez.

    Joantto estaba cansado. No había dormido desde hacía dos días y la tensión de las últimas horas había sido muy fuerte. El padre Michel no quiso oír nada cuando le preguntó si había en las cercanías una venta donde pasar la noche. Le obligó a aceptar su hospitalidad en la propia rectoría y lo acompañó a un pequeño cuarto con una cama y un arcón apolillado.

    —Se piensa mejor con el cuerpo descansado -le dijo antes de cerrar la puerta, y añadió con una sonrisa-: y la oración ayuda.

    No rezo. Hacía mucho que no lo hacía. A pesar del cansancio, tardó en quedarse dormido. Cuando lo hizo, su último pensamiento fue para una mujer sin rostro que alargaba los brazos suplicando que no le quitasen a su hijo.

    Al salir de la habitación, a la mañana siguiente, encontró al padre Michel atareado en preparar el desayuno. Calentó un pucherillo de leche, tostó unas rebanadas de pan seco y frió unas lonchas de tocino que colocó amorosamente encima de las tostadas.

    —Hay que empezar la jornada con el estómago lleno -fue su saludo al verlo entrar en la cocina-. ¿Habéis dormido bien?
    —Sí, gracias. Teníais razón, se piensa mejor con el cuerpo descansado y eso he estado haciendo. ¿Hay por aquí cerca algún convento de mujeres?
    —Veo que seguís creyendo que vuestra madre continúa con vida.
    —No lo sé, la verdad, pero nada se pierde con preguntar.
    —La cuestión es saber si obtendréis respuesta a vuestras preguntas -el sacerdote se llevó a la boca una tostada con su correspondiente loncha de tocino y la saboreó antes de continuar hablando-. Las religiosas no suelen procurar información excepto a los familiares cercanos.
    —Yo soy un familiar cercano de Enrieta de Jaurenea, el más cercano.
    —Ya, pero no hay constancia de ello y, a menos que no tengáis autorización del obispo, no os permitirán pasar de la puerta.
    —Conseguiré esa autorización.
    —Me temo que en estos momentos el obispo se halle ocupado en asuntos mucho más graves.

    El coadjutor calló. Acababan de recibir una carta del obispado de Baiona en la que se les informaba, al igual que a todos los sacerdotes de la diócesis, de que en París se hablaba de declarar propiedad nacional los bienes del clero. Llegado el caso, cada párroco debería ocuparse de recabar el apoyo de los feligreses. A ellos la medida no les atañía de manera importante. Los diezmos de la parroquia de Sara no eran exorbitantes, sus necesidades pocas y la feligresía, en general, muy devota. Le preocupaba, no obstante, lo que vendría después. Durante el último mes de su estancia en Larressoro, las conversaciones en el seminario siempre giraban en torno a los acontecimientos que de manera vertiginosa se sucedían en el reino, las protestas, los motines, los problemas de gobierno. El descontento del pueblo crecía día tras día y todo el mundo estaba seguro de que algo grave estaba a punto de suceder. La guerra contra los ingleses en las posesiones americanas había desangrado las arcas públicas; los aristócratas no pagaban impuestos; el clero tampoco, y los altos prelados, pertenecientes casi todos ellos a familias nobles, amasaban fortunas en su propio beneficio. Por si esto fuera poco, el rey pretendía reforzar el poder absoluto de la monarquía, ya de por sí considerable.

    —De todos modos, lo intentaré. ¿Dónde hay un convento de mujeres por aquí cerca? — insistió Joantto.
    —El más cercano está en Jatsu, cerca de Uztaritz. Es un convento de monjas visitandinas. En Baiona hay varios más: carmelitas, ursulinas, cistercienses…, pero no creo, amigo mío, que podáis averiguar nada.
    —Os lo haré saber. Ahora tengo que marcharme.

    El joven esbozó una sonrisa, más bien una mueca irónica. El sacerdote lo acompañó afuera y lo vio partir por el camino de Senpere que llevaba a Baiona. Un airecillo fresco acarició su cogote y sintió un estremecimiento que no supo si atribuir al tiempo, a un mal presagio o a la certeza de que muy pronto volvería a encontrarse con el joven caballero que había irrumpido en su vida de forma tan peculiar.


    Durruty era un manojo de nervios cuando Joantto entró en su despacho. La Asamblea de París había abolido, en efecto, los privilegios y los derechos señoriales, incluyendo los de las provincias, principados, países, cantones, villas y comunidades. Los clientes del abogado, entre los cuales se encontraban las familias más ricas de la ciudad, lo acosaban día y noche para que recurriera el decreto y amenazaban con retirarse a sus propiedades en la región de Las Landas o, incluso, con atravesar la frontera e instalarse en Guipúzcoa llevándose sus fortunas con ellos. A pesar de sus consejos para que tuvieran paciencia hasta que él y los otros abogados de Baiona pudieran examinar la nueva ley, sabía que iba a resultar muy difícil cambiarla.

    —¡Están todos locos! — exclamó nada más verlo.
    —¿Quiénes? — preguntó él, divertido, al ver tan excitado al abogado, un hombre siempre ponderado en sus expresiones.
    —¡Los miembros de la Asamblea! ¡No se pueden abolir los privilegios de la noche a la mañana!

    Joantto no tardó en enterarse del tema que tenía tan preocupado a su jefe, aunque él no compartía su inquietud. Permaneció callado mientras Durruty enumeraba los problemas que acarrearía tal medida: la oposición de la nobleza y de una buena parte del ejército, cuyos mandos pertenecían a dicha clase, la posibilidad de una huida de capitales al extranjero, y en su fuero interno sintió una profunda satisfacción.

    Baiona Ttipia era un barrio de trabajadores, artesanos y emigrantes. Todas las mañanas, cuando atravesaba el puente Pannecau sobre el Errobi y pasaba a la villa para ir al despacho del abogado, dejaba atrás un lugar donde el pan faltaba en muchas mesas, la chiquillería se criaba en la calle y eran numerosos los hombres sin trabajo. Los clientes que acudían al despacho del notario eran ricos. Los veía entrar enfundados en sus ropas de corte elegante, con las pelucas empolvadas, las maneras de personas acostumbradas a ordenar y a ser obedecidas. Le entregaban sus sombreros como si él fuese un criado y no le dedicaban ni una simple mirada; los oía hablar de propiedades y rentas, de la forma de multiplicar sus riquezas en detrimento de la comunidad. Hasta el momento, no se había interesado demasiado por los asuntos del gobierno. Le bastaba con sobrevivir y hacerse un puesto en la sociedad bayonesa, algo que podría llevarle toda la vida. Sin embargo, las cosas estaban cambiando muy rápidamente y tal vez no tendría que esperar a ser viejo para ser respetado.

    Regresó al barrio ya entrada la noche, pero no fue a su casa. No había tenido tiempo de asimilar la muerte de su padre y no quería encontrarse solo en ella. Fue directamente a la taberna “La Galère d'Or”, un pequeño tugurio de la calle de Les Cordeliers donde siempre encontraba a algún conocido, y halló el lugar repleto de hombres dando voces.

    —¿Qué ocurre? — preguntó a Betti Zubiburu, un carpintero de ribera y uno de los pocos amigos de la infancia por quien sentía algún afecto.
    —¿No te has enterado? Han abolido los privilegios.
    —Ya lo sabía, pero ¿por qué tanto tumulto? Los asuntos de los ricos no nos incumben.
    —También han abolido los fueros del país. Las Juntas han enviado una carta a la Asamblea Nacional para desautorizar a los hermanos Garat. Hay protestas en toda la región y la gente habla de alzarse en armas.

    La mente de Joantto trabajaba deprisa. Los hermanos Garat habían sido elegidos junto a otros tres diputados para representar a Lapurdi en la Asamblea y defender sus derechos. Había conocido en una ocasión al más joven de los dos, Dominique-Joseph, un hombre vehemente, buen orador, culto y amante de su tierra, el mejor para representar al Tercer Estado. Si los Garat no habían conseguido sus propósitos y defender los derechos de los vascos, nadie más lo haría. Era el momento de tomar partido, meditó. Nunca había sido un apasionado de la tradición de su tierra. Tal vez porque tampoco había tenido quien se la trasmitiese o porque se había criado en un ambiente más preocupado por el día a día que por los usos y costumbres. Los fueros, las libertades, eran palabras desconocidas para él y se felicitaba si era cierto que la nación caminaba hacia una mayor igualdad entre las clases sociales.

    Salió de “La Galère d'Or” y se dirigió al club “Jean Jacques Rousseau”, en la calle Pontrique, una asociación cuyos miembros se reunían para estudiar y discutir las teorías del filósofo y a quienes nunca había tomado muy en serio. Tenía un par de amigos entre ellos, más bien compañeros de jaranas, que en los momentos de euforia lanzaban gritos contra la monarquía y los nobles y decían que habría que cortarles a todos la cabeza. A él le hacían gracia sus discursos enfebrecidos, pero no intervenía y tampoco era miembro del club, aunque tal vez ahora había llegado la ocasión de serlo. Encontró el local llenó hasta los topes y vio a Jean-Martin Monduteguy, uno de sus conocidos, subido encima de una mesa hablando con entusiasmo de los cambios que se avecinaban.

    —¡Abajo los nobles, ricos, rentistas, que no pagan impuestos y son cada día más ricos mientras el pueblo pasa hambre! ¡Abajo el clero que tampoco paga y cobra los diezmos sin mover un dedo!

    Le sorprendieron los aplausos y vítores con los que fueron recibidas las palabras del espontáneo orador. Monduteguy era unos años mayor que él, bajito y con tendencia a engordar, algo que intentaba disimular vistiendo siempre, hiciese frío o calor, una casaca larga hasta media pantorrilla para ocultar las redondeces. Tampoco llevaba peluca porque opinaba que era un signo decadente y se hacía cortar el pelo al cero lo que, añadido a su nariz chata y su mandíbula cuadrada, le daba un aspecto bastante feroz. Miembro de una rica familia de comerciantes de Uztaritz, con la disculpa de los negocios, procuraba escapar a Baiona siempre que se le presentaba la oportunidad.

    —¡La Patria demanda nuestra colaboración! — prosiguió el inflamado orador-. Pide a sus hijos que luchen contra la tiranía. Nosotros, los vascos, siempre hemos luchado contra la opresión. ¡Y también lo haremos esta vez!
    —Un discurso para soliviantar a las masas -comentó Joantto con ironía cuando algo más tarde bebía un vaso de sidra en su compañía.
    —Primero iremos por los nobles y los rentistas, después por los curas y, por último, por los jauntxos que hacen su voluntad en los pueblos -afirmó Monduteguy.

    Joantto lo observó con atención. El hombre estaba seguro de sus palabras, el fervor de sus seguidores era evidente y no le faltaba razón. La imagen de Gehexan de Jaurenea cruzó por su mente. Lo vio de nuevo, altivo, la makila en la mano y el mentón levantado, escupiendo su desprecio hacia un bastardo de su propia sangre, y, una vez más, su mirada se oscureció.

    —¿Aceptáis adeptos entre vosotros? — preguntó.

    Monduteguy esbozó una sonrisa de oreja a oreja y le dio unas palmadas en la espalda.

    —¡No esperaba menos de ti! — exclamó antes de pedir otra ronda.


    Grehexan de Jaurenea permaneció durante mucho rato bajo la impresión con la mirada puesta en el camino por el que había desaparecido su nieto. Verlo ante él le había provocado sentimientos encontrados. Había querido borrar los recuerdos, pero estos perduraban anclados en su memoria y la presencia del joven había avivado su cólera… y sus remordimientos.

    No había sido capaz de perdonar a su hija, y todavía, después de tantos años, continuaba sin hacerlo. Todos los días, desde aquella noche fría de invierno, había pensado en la criatura a la que ni siquiera quiso ver y se entregó a la partera para que la abandonase a la puerta de la iglesia. Un par de horas más tarde, arrepentido de su acción, envió a Martzelina, la criada que llevaba con ellos toda la vida, para que la recogiera y la llevara de vuelta a la casa, pero el niño había desaparecido. Martzelina también fue a hablar con Marixuriaa, pero la partera juró sobre la memoria de sus difuntos que había hecho tal y como se le había ordenado. El pasó el resto de la noche sentado junto al fuego bajo, escuchando los lloros de Enrieta y de su madre. Al día siguiente se presentó temprano en el molino de Istilarte para hablar con Joanes Ithurbide.

    —Vengo a buscar al niño -dijo a modo de saludo.
    —¿Qué niño? — preguntó le molinero, sorprendido.
    —Mi nieto.
    —Aquí no hay ningún niño.
    —¿Dónde está tu hijo?
    —¿Cuál de ellos?
    —Ese malnacido de Bittor.

    Joanes reaccionó ante el insulto como si le hubiera picado una serpiente.

    —Si vienes a mi casa a insultar, más te vale volver por donde has venido.
    —Dile a Bittor que salga.
    —¿Para qué quieres verlo?
    —Mira, Joanes, no me hagas decirlo dos veces.
    —No está aquí.
    —¿Cómo que no está aquí? — vociferó el jauntxo.
    —¡Te digo que no está! — gritó a su vez el molinero.

    Los dos hombres se enzarzaron en una discusión que atrajo a los demás miembros de la familia: la mujer y los cuatro hijos, un varón y tres hembras.

    —Bittor salió ayer por la tarde y todavía no ha regresado -le informó Martín, el mayor de los Ithurbide, en un momento de silencio en medio de la bronca.
    —Puede que haya vuelto al monasterio -terció la madre, que no podía ocultar su nerviosismo.
    —¿Sin despedirse? — interrogó a su vez una de las hijas.

    Los Ithurbide comenzaron a hablar todos a la vez, ignorando la presencia de Jaurenea.

    —¡Silencio! — ordenó éste en un tono de voz que ahogó las demás-. Escuchadme bien. Vuestro hijo ha deshonrado a mi hija y exijo una reparación. Levantad las piedras si es preciso, buscad casa por casa, cueva por cueva, pero encontradlo. Si devuelve al niño, olvidaré lo ocurrido, de lo contrario…
    —¿De lo contrario? — le retó el molinero.

    Los ojos del señor de Jaurenea brillaron bajo el ala de la amplia boina de fieltro, alzó el mentón y, sin mover la cabeza, miró uno a uno a los seis miembros de la familia Ithurbide.

    —Ya podéis ir pensando en abandonar Sara.

    Dio media vuelta y se encaminó a paso lento hacia el puente mientras golpeaba las piedras con la punta de la makila.

    Bittor no apareció y tampoco el niño. El mismo envió a uno de sus hombres al monasterio de Urdazubi, pero los monjes no pudieron darle razón del novicio desaparecido. Había vuelto a su hogar antes de tomar los hábitos y no había regresado, le informaron los monjes. También envió con idéntico resultado a otros hombres a indagar en los pueblos de los alrededores. Los meses pasaron y él cumplió su amenaza. Arruinó a los Ithurbide y los obligó a abandonar el pueblo. El día del funeral de Joanes, su único interés se centró en descubrir a quien había abusado de su hija, pero el culpable no se presentó.

    Desde entonces apenas salía de la casona. Únicamente asistía a la misa dominical, pero jamás se detenía a hablar con nadie. A lo sumo saludaba con un ademán de cabeza a algún viejo conocido. Su hijo se encargaba de negociar la venta de los corderos y de la madera y, antes de la derogación de los fueros y de la disolución de las Juntas, también era quien lo representaba en las asambleas. Sus propiedades eran las más extensas de todo el valle. Incluso poseía tierras próximas a Azkain y algunas más al otro lado de la frontera, en Zugarramurdi. Era el hombre más rico de Sara, pero jamás se le había visto derrochar un céntimo. Las pocas personas que habían tenido la oportunidad de entrar en su vivienda aseguraban que no se diferenciaba en nada de cualquier otra con menos posibles. Lo único claro para todo el mundo era que Jaurenea gobernaba sus dominios y a los suyos con mano de hierro.

    Además de él y de su mujer, en la casona vivía su hijo Xan, un soltero que frisaba los cincuenta y a quien nunca se le había conocido intención de matrimoniar. Había sido un buen mozo, aunque los años no pasaban en balde. Su rostro se había afilado, las arrugas habían hecho su aparición alrededor de los ojos y las canas comenzaban a cubrir el cabello castaño, antaño abundante y ahora lacio y sin fuerza. A veces se acercaba a la taberna para jugar una partida de cartas o de dados. Era un conversador ameno, pero nunca soltaba una palabra sobre su familia; ni siquiera cuando había bebido algo más de la cuenta y sus ojos brillaban achispados. En una ocasión un vecino, ausente de Sara durante varios años e ignorante de lo acaecido, le preguntó por su hermana. Antes de que los presentes hubieran podido reaccionar, Xan lo había acogotado contra la pared.

    —No ensucies el nombre de mi hermana porque la próxima vez te estrangularé con mis propias manos -lo amenazó.

    El hombre salió disparado de la taberna y los demás tomaron buena nota a fin de no cometer el mismo error.

    Martzelina y cinco sirvientes llegados de no se sabía dónde, puesto que no eran de Sara ni de los alrededores y jamás alternaban con los vecinos, eran los restantes habitantes de la casona.

    —¿En qué piensas? — preguntó Gehexan a su mujer cuando de nuevo entró en la casa y la encontró sentada junto al fuego con la mirada perdida.
    —En él, en nuestro nieto.
    —Nosotros no tenemos ningún nieto.
    —Di lo que quieras, pero es exactamente igual al hombre de quien me enamoré hace cuarenta años…

    Andra Josebe era una mujer que podría pasar completamente desapercibida en cualquier lugar. Algunos la recordaban de cuando, procedente de Jatsu, llegó a Sara después de su boda. Era atractiva, alegre, habladora, de sonrisa pronta y buena vecina, siempre dispuesta a echar una mano. Los años y los disgustos habían hecho de ella una sombra de sí misma. Su belleza se había marchitado como una flor cortada; permanecía silenciosa, siempre vestida de negro, con la mirada baja, un par de pasos detrás de su marido cuando iban a la iglesia y, al igual que él, no había vuelto a salir de la propiedad desde el parto de su hija. Marixuria aseguró haber escuchado palabras muy duras en boca de Jaurenea aquella noche terrible. Según ella, el jauntxo habría acusado a su mujer de ser la responsable de la deshonra de su hija y de no haber cumplido con sus deberes de madre y esposa. Y también, afirmó la partera, le oyó jurar que no volverían a compartir el lecho. Lo cierto era que la sonrisa se había borrado para siempre del rostro de la señora de la casa.

    —Cuando Enrieta lo sepa…

    Gehexan asió a su mujer por los hombros y la agitó con violencia.

    —¡Nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca ha de saberlo!
    —Me la mataste una vez, la enterraste viva en el convento, pero no lo harás de nuevo. Tiene derecho a saber que su hijo se ha hecho un hombre. Yo misma se lo diré.
    —Tú no le dirás nada porque yo te lo prohibo.

    Andra Josebe miró al hombre y, durante unos instantes, la esposa apocada y sumisa recobró el espíritu perdido y su cuerpo algo encorvado se irguió desafiante. Con ademán brusco se desprendió de las manos que atenazaban sus hombros y, sin decir palabra, salió de la cocina para ir a encerrarse en el pequeño cuarto que, por expreso deseo de su marido, ocupaba sola desde hacía veinticinco años.

    El jauntxo se sentó en el banco corrido, adosado a uno de los muros en el interior de la gran chimenea que ocupaba casi la mitad de la cocina, cerró los ojos y su rostro, habitualmente hermético, se crispó en un rictus de dolor. ¡Maldito orgullo, que había arruinado la vida de tantas personas! La de Josebe, la de Enrieta, la de su viejo camarada de juventud, Joanes Ithurbide, la suya propia, la de su nieto… de quien ni conocía el nombre. No encerró a su hija en un convento porque hubiera deshonrado a la familia, sino porque no podía soportar su mirada acusadora cada vez que sus ojos se encontraban. Pensó que alejándola de su lado también alejaría el espectro del niño sin rostro, del único heredero de Jaurenea, pero no había sido así, y el fantasma se había encarnado en el joven que tan sólo un par de horas antes se había enfrentado a él… Una sola palabra suya habría bastado para, tal vez, recuperar a su nieto: perdón. Pero fue incapaz de pronunciarla.


    Los meses y los acontecimientos se sucedieron con celeridad. Joantto Ithurbide fue nombrado capitán de la milicia patriótica del Bourgneuf, creada para reprimir los desordenes de cualquier tipo, en especial los que suscitaba la falta de pan blanco y de carne; recibía una asignación por sus servicios y dejó de trabajar para el abogado Durruty. También se encargó de perseguir a los acaparadores de provisiones y grano. Fue de casa en casa y no dejó rincón sin revisar. Su figura, enfundada en un traje de corte militar de color negro, debajo de cuya casaca ajustada sobresalía una camisa de un blanco inmaculado, era reconocida a distancia. Su introversión se había acentuado y raramente respondía a las preguntas con algo más que monosílabos, pero no se le escapaba nada de lo que ocurría a su alrededor. Continuaba viviendo en la casa de la calle de Les Tonneliers, y sus vecinos, incluso los más entusiastas seguidores de la nueva Constitución, le temían aunque no les hubiera dado ningún motivo especial para ello y procuraban no molestarle. Graxi era la única que continuaba tratándolo como a un hijo, limpiaba la vivienda, lavaba sus ropas, cocinaba para él y lo mantenía al corriente del estado de ánimo de la población.

    —¿Hacía falta cerrar los conventos? — le preguntó una noche en que ambos cenaban unas sardinas que la mujer había conseguido comprar en el mercado a tres veces su precio habitual-. ¿No bastaba con declarar los bienes del clero de propiedad nacional?

    La medida había causado una gran conmoción en toda Francia y también en el País Vasco. Se permitía a los religiosos continuar residiendo en ellos, pero se les prohibía dedicarse a la enseñanza con lo que a muchos se les suprimía su principal fuente de ingresos.

    —Los conventos son nidos de contrarrevolucionarios y suponen un peligro.
    —A la gente no le gusta que se metan con la Iglesia…
    —¿A qué gente?

    La mirada fría de su pupilo hizo enmudecer a Graxi durante unos instantes. A pesar de haberlo criado, a veces, le daba la impresión de que no lo conocía. No recordaba muy bien cuándo se había producido el cambio y el niño había dejado de serlo para convertirse en un hombre extraño. Nunca había sido pródigo en sus demostraciones afectuosas, pero, al menos, había habido entre ellos una complicidad ahora inexistente.

    —Se oyen comentarios… El propio padre Mathieu…
    —¿Qué ocurre con él?
    —Apenas tiene para comer.
    —Que trabaje.
    —Es muy anciano, lo sabes, y gracias a él pudiste estudiar y encontrar un trabajo.

    Joantto no respondió. Le molestaba que le recordasen los favores, no quería deber nada a nadie, pero tampoco podía borrar de su memoria la amabilidad del viejo rector, la única persona, aparte de Graxi, que se había ocupado de él. Sin su ayuda habría acabado siendo un borracho como su padre.

    —Llévale comida.
    —Ya lo hago.

    Miró a la mujer con afecto. Era valiente y también a ella le debía un favor: el de seguir vivo. Sin sus cuidados, hubiera muerto o acabado en un hospicio para niños pobres. También le debía los pocos momentos de felicidad del padre. Aunque éste y ella procuraban ser discretos en sus encuentros amorosos, él dormía en la habitación contigua y los oía. El jergón crujía y los suspiros atravesaban las delgadas paredes de ladrillo. Le estaba reconocido por haber llevado un poco de amor a la existencia del padre, aunque hubiese valido de poco. No fue capaz de suplir el doloroso recuerdo del amor imposible que había llevado a Bittor a la tumba.

    —Graxi…
    —¿Qué?
    —¿Mi padre nunca te contó nada?
    —¿Sobre qué?
    —De su vida antes de venir a Baiona.
    —No hablaba mucho… pero en una ocasión…

    La mujer calló. Aquellos eran asuntos viejos que valía más olvidar. Joantto aprisionó las manos de Graxi entre las suyas y la obligó a mirarle a los ojos.

    —En una ocasión, ¿qué?
    —Le pregunté si no tenía más familia que tú y me respondió que no, que todos estaban muertos. Entonces le pregunté por tu madre, y… me respondió que el padre de ella la había matado.
    —¿Cómo que la había matado?
    —Eso mismo pregunté yo, y él me explicó que, varios años después de vuestra llegada a Baiona, se encontró con un conocido de Sara. El hombre le informó que había trabajado para tu abuelo y que en el pueblo se decía que la habían metido en un convento. Sin embargo, aseguraba que él había visto a la madre de tu madre llorar inconsolable y le había escuchado decir a su marido: “Tú me la has matado”. A partir de entonces, tu padre comenzó a beber.

    Joantto permaneció callado con la vista perdida en la llama de la vela colocada encima de la mesa. No sabía cómo ni cuándo, pero llegaría hasta el final de aquel asunto costase lo que costase. El crimen no quedaría impune y el señor de Jaurenea pagaría todo el dolor que había causado. Hasta hacía poco, habría sido tarea imposible enfrentarse a él. Ya no controlaban los peajes, ni disponían de hombres de armas, pero los jauntxos mantenían su prestigio y eran propietarios de tierras, caseríos y molinos; su voz se escuchaba en las Juntas y, por supuesto, en pueblos y aldeas. Ahora, no obstante, con los nuevos aires las cosas eran muy diferentes. Todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, nadie era más que el otro y aquellos que más tenían serían los primeros en caer. No tenía prisa y, además, contaba con un poderoso aliado. Monduteguy había sido nombrado procurador del distrito de Uztaritz, del cual Baiona era cabeza de cantón. Su autoridad era inmensa. Como procurador de la nación, ejercía las funciones del ministerio público en los tribunales, redactaba leyes y ordenaba investigaciones. Llegado el momento, solicitaría su ayuda.


    Una nueva ley decretada en París causó aún mayor impacto que el cierre de los conventos. En vísperas de la celebración del Día de la Patria, se adoptaba la Constitución Civil del clero por la que se suprimía la autoridad del Papa sobre la iglesia católica francesa y se ordenaba a todos los sacerdotes un juramento de fidelidad y obediencia.

    —¡Ya los tenemos! — exclamó Jean-Martin Monduteguy al ver entrar a Joantto en el club.
    —¿A quiénes? — preguntó éste, a su vez, sin mostrar especial interés.
    —¡A los curas! Ahora sabremos quiénes son verdaderos patriotas franceses. Aquellos que no juren la nueva constitución demostrarán con su actitud que prefieren seguir siendo lacayos del obispo de Roma.
    —Jurarán.
    —No lo harán, ya lo verás, y entonces, amigo mío, habrá llegado el momento de destruir una institución que siempre ha mostrado más apego por los ricos que por el pueblo. El que no jure tendrá que dejar de ser sacerdote.

    Joantto pensó que su amigo sentía un encono especial por los curas, pero no le preguntó por la razón del mismo. Allá cada cual con sus problemas. El ni sentía ni padecía por una cuestión que le traía sin cuidado. En una ocasión preguntó al padre por qué ellos no iban a la iglesia los domingos como los demás vecinos de la calle.

    —Una vez pedí algo con todas mis fuerzas y Dios no me escuchó -fue su respuesta.

    No indagó sobre aquel “algo” que el padre había pedido, pero ahora lo sabía o, al menos, lo intuía. El padre no se opuso a que acudiera a la catequesis cuando tuvo la edad adecuada, ni le prohibió ir a misa cuando el padre Mathieu le informó de que su hijo no podría continuar los estudios si no cumplía con sus obligaciones dominicales, aunque él se mantuvo firme. Incluso el día en que hizo la Primera Comunión, no entró en la iglesia y lo esperó fuera.

    —¿Cómo van los preparativos de la conmemoración? — preguntó para cambiar de tema.
    —¡La Fiesta de la Federación será la mayor festividad que se ha visto durante siglos! — exclamó Monduteguy con su vehemencia habitual-. Han llegado varios representantes de la Asamblea Nacional para estar presentes durante las celebraciones, y los vascos demostraremos nuestra lealtad a Francia.

    Mientras el hombre se perdía en explicaciones sobre los planes previstos para conmemorar el primer aniversario de la toma de La Bastilla, fiesta declarada nacional por la Asamblea, y enumeraba y describía cada uno de los actos de la larga jornada festiva, Joantto recordó las palabras de Betti Zubiburu.

    —Baiona no es todo el País Vasco y la nueva fiesta nacional no se celebrará en ningún pueblo de nuestra tierra -le informó el carpintero mientras ambos compartían una jarra de vino en “La Galère d'Or” como únicos clientes en aquel momento.
    —¿Y eso?
    —¿En qué mundo vives, Joantto? Nos han quitado los fueros, nos han unido con el Béarn a pesar de que hablamos lenguas diferentes y nos han impuesto a Pau como cabeza del departamento, aunque los electores habían elegido Navarrenx. No hay nada que celebrar.
    —La libertad del pueblo, la derrota de la tiranía -afirmó él, repitiendo las palabras tantas veces escuchadas en boca de Monduteguy.
    —¡Palabras! Siempre hay unos que mandan y otros que obedecen, unos que están arriba y otros abajo. ¿Qué saben de nosotros en París? ¿Qué saben de nuestras costumbres, leyes, lengua y tradiciones? ¡No tienen ni idea! Todos son iguales una vez que tienen el poder en la mano.
    —Cuidado con lo que dices -le advirtió él-. No es prudente decir en voz alta lo que se piensa.
    —No hay nadie más aquí -. Betti echó una mirada a su alrededor, súbitamente preocupado.
    —Estoy yo.

    El carpintero se le había quedado observando con una mirada que expresaba sorpresa y, al mismo tiempo, tristeza.

    —Entonces, no diré nada -dijo al cabo de un rato-, pero eso no cambiará las cosas.

    No las cambiaría por el momento, meditó Joantto, pero lo haría con el tiempo, cuando la población se sintiese libre de ataduras antiguas, viejas tradiciones, supersticiones religiosas. No era aficionado a la lectura, pero había ojeado por encima alguna de las obras de Rousseau, alma mater de la sociedad intelectual de la que formaba parte, aunque ni él ni la mayoría de los miembros fueran estudiosos y, mucho menos, pensadores. Se limitaban a escuchar a los que sí lo eran. Le llamaba la atención que un solo hombre hubiera podido escribir tal cantidad de libros, pero eran textos muy densos que a veces no entendía. Sí se le quedó una frase que repetía en su mente todos los días al levantarse: Renunciar a la libertad es renunciar a la propia condición de ser humano.

    —El hombre es libre desde que nace -prosiguió Monduteguy-. Voy a ordenar que se inscriba el lema de los jacobinos en todos los cantones: “Ser libre o morir”. Y al que no obedezca, lo llevo a juicio y lo meto en la cárcel.

    Monduteguy continuó hablando, pero Joantto no le prestaba atención aunque asentía con un gesto de cabeza y daba la impresión de no perder ni una sola palabra de su discurso. Algo se le escapaba de toda aquella palabrería. ¿Qué era la libertad? Para él era poder caminar con la cabeza alta, ser respetado, no llevar el estigma de “bastardo”, hacer pagar al responsable de la desdicha de sus padres, tomar sus propias decisiones sin tener que pedir permiso. Lo demás le traía sin cuidado.

    Zubiburu tenía razón. La Fiesta de la Federación apenas tuvo eco en las tierras vascas. Baiona, San Juan de Luz y algunas otras localidades fueron los únicos lugares en los que se celebró con cierta pompa. Para el resto, el día pasó completamente desapercibido.


    A medida que transcurrían los meses, la tensión crecía proporcionalmente a los cambios que tenían lugar en el reino. Después de unas navidades en calma relativa, la Asamblea decretó que los clérigos que se negasen a jurar obediencia a la Constitución y no rechazasen la autoridad del papa no podrían vestir los hábitos ni ejercer su ministerio, serían expulsados de sus parroquias y sustituidos por otros juramentados.

    —No puedo jurar, no puedo… -la voz del padre Mathieu era apenas audible.

    A pesar del peligro que suponía ayudar a un cura refractario, Graxi lo había acogido en su casa y velaba por él como por un padre anciano. Sin parroquia ni medios de subsistencia, sin parientes y el obispo de la diócesis exiliado en el monasterio de San Salvador de Urdazubi, el pobre hombre no tenía a quién acudir.

    —¿Por qué no? — El tono de voz de Joantto era duro, al igual que su mirada-. Son sólo unas palabras.
    —No venderé mi alma al diablo.
    —¿Llamáis diablo a los representantes de la nación libremente elegidos por el pueblo?
    —Nadie tiene derecho a obligarme a jurar en falso.
    —Déjalo… -suplicó Graxi-. ¿No ves que está enfermo?

    Joantto miró al uno y a la otra y salió del piso de la mujer dando un portazo. La mayoría de los curas vascos, apoyados por sus feligresías, se había negado a obedecer la orden dada desde París. Algunos habían atravesado los montes y se habían asilado al otro lado de la frontera, pero muchos permanecían en sus parroquias protegidos por los fieles.

    —¡No lo permitiremos!

    Monduteguy dio un puñetazo encima de la mesa de su despacho, situado en el antiguo convento de las Damas de la Fe, transformado en cuartel, entornó los ojillos y pasó revista a sus colaboradores.

    —No habrá curas refractarios en Lapurdi oficiando misas en la clandestinidad y tampoco los habrá al otro lado de la frontera bautizando y enterrando a ciudadanos franceses -afirmó sin casi despegar los labios.

    Las iglesias estaban vacías. Los habitantes de los pueblos no reconocían a los sacerdotes juramentados que habían reemplazado a los suyos y no asistían a los oficios. Las misas se celebraban en secreto, en caseríos distintos cada vez, y los recién nacidos eran bautizados de noche. Cuando alguien estaba gravemente enfermo, sus parientes lo acomodaban en un carro de la mejor manera posible y tomaban cualquiera de las veredas que comunicaban los territorios vascos para llevarlo al otro lado de los montes donde recibía la extremaunción y era enterrado.

    —¡Nos llaman anticristianos! ¡Los muy asnos!

    El puño de Monduteguy se estrelló de nuevo contra la mesa.

    —Pero no se burlarán de la nación soberana -prosiguió-. La Asamblea tienen puestos los ojos en nosotros. He recibido órdenes muy precisas para detener a cualquiera que intente cruzar la frontera y pasar a España. Los emigrantes, desertores y espías serán detenidos y encerrados en la cárcel hasta que sean juzgados y lo mismo ocurrirá con aquellos que los ayuden.

    El procurador hizo una pausa antes de continuar.

    —A partir de ahora mismo, se organizarán patrullas para controlar los pasos de montaña y se creará un comité de vigilancia en cada cantón. También se publicará un bando conminando a la población a denunciar a los ciudadanos que presten su apoyo a los curas refractarios.

    Joantto permaneció impasible y ni un solo músculo de su rostro se movió mientras pensaba con rapidez. Graxi y el padre Mathieu tenían que salir de Baiona cuanto antes. Su propia seguridad estaba en peligro puesto que todo el mundo en el barrio estaba al corriente de lo mucho que ella había hecho por su padre y por él. Los vecinos sabían que continuaba ocupándose de la limpieza de su vivienda y de sus comidas. Sería imposible negar que él desconociera la presencia del cura refractario en el hogar de la mujer. La voz tonante de Monduteguy le hizo prestar atención de nuevo.

    —Las poblaciones vecinas a la frontera serán las primeras en ser vigiladas: Azkain, Sara, Ainhoa, entre otras. Sus habitantes se niegan a acudir a la iglesia y sus representantes en las Juntas fueron de los más activos en protestar cuando se creó el departamento de los Bajos Pirineos.

    Joantto continuó impávido. Recordó la corta visita al pueblo de sus padres. ¿Cómo lo había llamado el padre en su lecho de muerte? El lugar más bello de la Tierra, donde las montañas tocaban el cielo… Él era un hombre de ciudad, inmune a los encantos del campo; prefería el bullicio de las gentes por las calles, entrando en las tabernas, conversando en las esquinas, a las bucólicas estampas del ganado en los prados. Sin embargo, y a pesar de tener entonces la mente en sus asuntos personales, no le había pasado desapercibida la hermosura de la región.

    —Algunos de vosotros deberéis desplazaros a dichas localidades y organizar allí una comité de vigilancia -prosiguió el procurador-. Ya sé que os pido un sacrificio, pero la patria nos necesita a todos.
    —No me importaría encargarme de la zona de Sara.

    Se arrepintió de haber hablado nada más abrir la boca. ¿Que le importaba lo que ocurriera en aquel villorrio de mala muerte de donde lo habían expulsado nada más nacer? Por él podían irse todos al infierno.

    —¿Y eso?

    Monduteguy había desarrollado un instinto de desconfianza desde que había sido nombrado procurador. No se fiaba, por así decirlo, ni de sus más íntimos allegados y veía sospechosos por todas partes. Estaba convencido de que nadie sentía su mismo fervor revolucionario, y la menor duda en la actitud de sus colaboradores o la aceptación entusiasta de sus órdenes provocaban recelos en él.

    —Nací allí -replicó el joven mirándole directamente a los ojos, con aquella mirada que desconcertaba a conocidos y desconocidos.
    —No lo sabía…
    —Mi padre me trajo a Baiona nada más nacer.
    —¿Y tu madre?
    —Murió.
    —¿Conoces a alguien en ese pueblo?
    —No.
    —¿Has vuelto alguna vez?
    —Una, cuando murió mi padre el año pasado.
    —¿Para qué?
    —Para saber si aún quedaba algún pariente vivo.
    —¿Y…?
    —No queda nadie.

    Monduteguy pareció satisfecho con las respuestas. Conocía a Joantto Ithurbide desde que ambos eran casi unos niños y siempre le había atraído su aire distante y frío. En sus visitas a Baiona su madre le había dicho que no mantuviera relaciones con él porque no era recomendable, que era un pobre bastardo y que su padre era un borracho que se entendía con una vecina. No había hecho caso, tal vez por llevar la contraria a la vieja arpía que siempre lo había dominado, o porque le gustaba el riesgo. El caso es que su amigo continuaba ejerciendo sobre él una atracción extraña. Estaba seguro de que era incapaz de amar a nadie y de que si solicitaba el puesto en Sara sería porque tenía algunas cuentas que arreglar allí. Sonrió.

    —Pues si quieres ocuparte de ese lugar, tuyo es, pero tendrás que usar mano dura para controlarlo. Es zona de brujas y contrabandistas; tratan con los españoles e, incluso, se casan y hacen negocios entre ellos.
    —Yo no creo en las brujas.

    El procurador se echó a reír y los demás hicieron lo mismo. Joantto fue el único que ni siquiera esbozó una sonrisa.


    1791


    Un suave, imperceptible, sirimiri caía el día en que Joantto, acompañado de Graxi y del padre Mathieu, emprendió el viaje hacia Sara por el camino de Senpere.

    Habían transcurrido varios meses desde la reunión mantenida con Monduteguy respecto al envío de comisarios a los pueblos de la frontera y, al no volver a hablar con él sobre el tema, creyó que la decisión habría quedado pospuesta como tantas otras. A fin y al cabo, meditó, era tarea imposible controlar todos y cada uno de los pasos montañosos, muchos de ellos conocidos únicamente por los habitantes de la zona. Sería necesario desplazar a un gran número de hombres familiarizados con la región y, algo muy importante, que supiesen expresarse en vasco. Eran dos requisitos imprescindibles y difíciles de alcanzar. Los vecinos de las poblaciones bajo sospecha no estaban dispuestos a facilitar la tarea a un gobierno que les había arrebatado los fueros e intentaba interrumpir sus relaciones con las gentes del otro lado de la frontera, con quienes mantenían lazos familiares y comerciales. Aun así, dos días antes, el procurador le había comunicado su traslado.

    —Creía que el asunto estaba olvidado -afirmó él para justificar la expresión de sorpresa que no pudo evitar al escuchar el anuncio de su marcha inminente.
    —¡Al contrario! — exclamó Monduteguy-. Sólo estábamos esperando la resolución de París y el acuerdo del comité de vigilancia. El ciudadano Mazade, representante del pueblo, nos ha felicitado personalmente por nuestro plan y más ahora que la comuna de Sara se ha declarado hostil. Sus oficiales municipales han sido arrestados y sustituidos por otros. Aquí tienes un documento firmado y sellado mediante el que se te otorgan amplios poderes para que impongas la cordura en esos campesinos toscos, apegados a unas tradiciones contrarias al nuevo orden de la nación.
    —¿Yo solo?

    Su tono irónico fue ignorado por el procurador, quien prosiguió, embalado:

    —Procura reclutar hombres con buena disposición para que te ayuden en tu cometido. De todos modos, dentro de un par de días se te enviará media docena de soldados y, en breve, una compañía del ejército se desplazará a esa zona para controlar los movimientos de los españoles. Haz lo que tengas que hacer, pero que queden bien claras dos cosas: primera, ningún ciudadano francés podrá atravesar la frontera sin permiso previo de la autoridad, es decir, tú. Segunda, no se permitirá la presencia de curas refractarios en la región y, mucho menos, que ejerzan sus antiguas funciones y hagan propaganda antirevolucionaria.

    Él había afirmado con un gesto de cabeza y alargado la mano para recoger el documento. En su mente un único pensamiento: el pequeño bastardo abandonado en la puerta de la iglesia regresaba a Sara convertido en la máxima autoridad del lugar.

    A la altura de Senpere encontraron una patrulla de la Guardia Nacional que controlaba el paso de viajeros e inspeccionaba carros y equipajes. A la vista del documento que Joantto les tendió sin decir una palabra, los soldados se apartaron del camino tras saludarle con aire marcial. El carro en el que viajaban era de pequeñas dimensiones, pero disponía de un toldo montado sobre varillas y tiraba de él una mula, aún joven y resistente, cuyo verdadero color quedaba oculto bajo una costra de suciedad. Tanto el animal como el vehículo le habían sido proporcionados en el antiguo convento de los franciscanos, requisado para uso militar. Graxi y el sacerdote iban ocultos dentro mientras él, al pescante, guiaba a la mula.

    Había dudado hasta el final sobre si llevárselos con él o dejarlos a su suerte, pero se había decidido al escuchar un rumor la víspera de su partida en el Jean Jacques Rousseau, el club al que ahora llamaban simplemente “Sociedad Popular”. Se hablaba sobre la posibilidad de obligar a los curas refractarios a exiliarse de Francia bajo pena de deportación a La Guayana y reclusión para los más viejos y enfermos. El padre Mathieu no soportaría la reclusión, pero, tal vez, desde Sara podría dirigirse a Urdazubi o a cualquier otro monasterio del otro lado de la frontera. Así quedaría definitivamente saldada su deuda con él. Graxi no quiso oír ni hablar de dejar partir solo al anciano cuando él le expuso su plan.

    —Yo le ayudaré a cruzar los montes -afirmó.
    —Tú no has pisado un monte en tu vida.
    —Habrá gentes caritativas que nos ayudarán.
    —¿Y qué dirá tu marido si vuelve y no te encuentra?
    —Le dejaré dicho que estoy visitando a unos parientes y que me espere. A fin de cuentas -añadió con humor- yo llevo esperándole toda la vida.

    En el fondo era mejor que Graxi los acompañara; de esta manera él no tendría por qué preocuparse del viejo sacerdote. Ella se encargaría de encontrar el medio para ponerlo a salvo y quitarle el trabajo y el riesgo de hacerlo.

    Para cuando llegaron a Sara, el sirimiri se había convertido en un aguacero de tales proporciones que había tramos en los que no podían distinguir el camino delante de sus pies, y Joantto tuvo que apearse del carro para guiar a la mula. No se veía un alma por los alrededores y tampoco en el pueblo. Detuvo el carro delante de la rectoría y llamó a la puerta, pero nadie salió a abrirle y comprobó que las contraventanas estaban cerradas. Se encaminó entonces a casa de Domenga y golpeó con el puño en la puerta. La mujer tardó un rato largo en acudir a la llamada y, cuando lo hizo, abrió únicamente la batiente superior y lo examinó con suspicacia sin reconocerlo en un primer instante.

    —¿Qué quieres?
    —Abre, mujer, soy Joantto Ithurbide.

    Domenga frunció el ceño. Aquel hombre, calado hasta los huesos, con el cabello lacio pegado a la cara y vestido de negro no se parecía al joven que recordaba y en quien había pensado en repetidas ocasiones durante los dos últimos años. Agatha y ella habían hablado a menudo sobre él y revivido la vieja y casi olvidada historia hasta su llegada a Sara de manera tan sorprendente. Las habladurías habían recomenzado y todos en el pueblo esperaban el desenlace de aquel asunto, temiendo un enfrentamiento entre el jauntxo de Jaurenea y su nieto, pero no ocurrió nada. El joven desapareció de la misma manera que surgió del pasado como un fantasma y todo continuó igual.

    —Abre de una maldita vez.

    El tono de voz no se alteró, pero la mujer sintió un sobresalto al ver de nuevo en los ojos del hombre aquella mirada oscura que tanto le había inquietado la primera vez. Abrió la puerta y grande fue su sorpresa al observar que él se dirigía al carro y ayudaba a descender a otras dos personas, una mujer y un anciano cubierto por una manta empapada de agua. Ya en la cocina, junto al fuego, Joantto hizo las presentaciones.

    —Ella es Graxi y él, el padre Mathieu, de la iglesia de San Clemente de Baiona. Necesitan ropa seca, las nuestras están en el carro completamente mojadas.

    La mención a la condición sacerdotal del anciano obró el milagro y la hasta entonces reservada actitud de Domenga se transformó en un ir y venir del arcón de las ropas a la olla de la comida colocada sobre el fuego, en la que hervía una sopa de coles.

    Entre las dos mujeres desvistieron al clérigo, que tiritaba de frío, lo secaron, le pusieron una camisa de felpa y otra más de lana que habían pertenecido al difunto marido de la dueña, enfundaron sus pies en gruesas medias de lana y, por si acaso, lo cubrieron con una manta antes de ayudarle a sentarse en la única silla con brazos que había en la casa. No se quedaron tranquilas hasta que le vieron llevarse la cuchara a la boca y un suave color rosa cubrió sus mejillas. Domenga procuró ropas a Joantto y a Graxi y, finalmente, estos también pudieron sentarse a comer. Apenas habían intercambiado dos frases desde su llegada.

    —¿Y el padre Michel? — inquirió Joantto cuando sintió que el calor volvía a su cuerpo.
    —No está.

    Algo en el tono de la mujer le hizo levantar la vista del cuenco de sopa.

    —¿No está?
    —No… bueno… cuando llegó la orden… él no quiso… es decir…
    —¿Es un refractario?
    —Es un hombre de Dios -afirmó Domenga.
    —Ya… igual que él.

    Señaló al padre Mathieu, que se había quedado dormido sentado en la silla.

    —El tampoco quiso jurar -añadió Graxi- y es tan mayor…
    —¿Estáis ayudando a un cura refractario? — preguntó Domenga sorprendida y no sin cierto temor.
    —Pago una deuda -aclaró Joantto para quien la palabra “ayudar” no significaba exactamente lo mismo que para la mayoría de las personas.
    —No podéis quedaros aquí.
    —¿Por qué no?
    —Todo el mundo sabe que es un delito encubrir a los curas refractarios… De vez en cuando llegan patrullas al pueblo en su búsqueda… Yo no os conozco y…
    —Nos quedaremos en esta casa por ahora.

    Joantto se había levantado y miraba a Domenga. A pesar de llevar puestas unas calzas y una camisa demasiado amplias para él, que en otro hubieran resultado ridiculas, su altura, su arrogancia y, sobre todo, aquellos ojos que no expresaban sentimientos, dejaron muda a la mujer durante unos instantes.

    —¡No podéis! — exclamó en un último intento-. No podéis quedaros si yo no quiero.
    —Esta casa queda desde ahora requisada para servicio de la nación y de su representante.
    —¿Qué representante?
    —Yo mismo. Soy el comisario enviado para velar por el cumplimiento de las leyes en esta población y en sus alrededores.

    Domenga lo miró atónita, miró a Graxi que hizo un gesto afirmativo con la cabeza y, después, miró al padre Mathieu que se había quedado adormilado y comenzaba a roncar. No entendía nada.


    La noticia de la llegada a Sara de un representante del gobierno y de que dicho representante era el hijo de Enrieta de Jaurenea y Bittor Ithurbide, provocó un enorme revuelo entre la población. Así pues el bastardo había regresado, y esta vez lo hacía en calidad de funcionario del Estado con poderes. En las cocinas no se hablaba de otra cosa, así como en la única taberna del pueblo en torno a una partida de mus o cuando dos vecinos se encontraban en el camino. A nadie le era indiferente. Los había que esperaban con curiosidad las decisiones que tomaría el recién llegado, otros cerraban los puños y afirmaban que no permitirían que un extraño impusiese su ley, pero la mayoría permanecía expectante a la espera del choque que, sin duda, tendría lugar entre Gehexan de Jaurenea y su nieto.

    Durante los días que siguieron tras la llegada de Joantto, todos los habitantes estuvieron pendientes de sus movimientos.

    El representante oficial clavó en la puerta de la iglesia el documento que acreditaba su nombramiento y se limitó a pasear por el pueblo, aunque en ningún momento dirigió sus pasos hacia el barrio de Lehenbizkai para alivio de unos y decepción de muchos. Unos días más tarde aparecieron por Sara los seis guardias enviados por Monduteguy y fueron alojados en diversas casas en contra de la opinión de los propietarios quienes, no obstante, optaron por resignarse y no ponerse a mal con los nuevos dueños de la situación.

    —¿Para qué han venido esos hombres armados? — le preguntó Graxi.
    —Para defender a la población -fue su respuesta.
    —¿Para defenderla de qué?
    —De sí misma.

    Graxi no preguntó más. Se había hecho muy amiga de Domenga. A fin de cuentas eran dos mujeres solas y a ambas les hacía falta alguien en quien confiar, dadas las circunstancias. Por Domenga supo que el párroco Teillary y el coadjutor Bordaguibel se hallaban viviendo en un caserío, en las faldas del monte Larrun. No habían querido jurar, pero tampoco abandonar a sus feligreses. Hasta la llegada de los guardias, los vecinos acudían al caserío para oír misa; sin embargo ahora no podían moverse para no levantar sospechas. Fue a la iglesia con Joantto el primer domingo después de su llegada. Un cura oficiaba misa, pero únicamente estaban allí ellos dos, un par de mujeres ya ancianas, el alcalde y los miembros de la comisión municipal, nombrados por el nuevo directorio del distrito. No había nadie más, y las palabras del oficiante retumbaban inútilmente en los muros del templo. Tras la negativa de Teillary, el abad Duronea había aprovechado la ocasión para jurar y hacerse nombrar párroco de San Martín. Vivía en Senpere y se ocupaba de varias parroquias a la vez.

    —Me paso el día yendo de un sitio a otro -se confió a ellos cuando acabó la misa-. No hay suficientes sacerdotes para atender a toda la comarca.
    —Pedid que envíen a otros.
    —Es que no hay más. Apenas somos unos pocos…
    —¿Juramentados?

    El nuevo comisario acabó la frase por él.

    —Juramentados o no, somos hombres de Dios y nuestra ordenación sacerdotal es tan válida como la de los otros -afirmó el cura a la defensiva-. La obligación de todo buen católico es asistir a misa los domingos, le guste o no el sacerdote que la celebre.

    Lo vieron partir a lomos de un borrico que resoplaba ruidosamente.

    —Es más grave de lo que yo creía -dijo Joantto en voz alta.
    —¿El qué? — preguntó Graxi.
    —Nada.
    —¿Y el padre Mathieu?
    —¿Qué ocurre con él?
    —Creía que le ayudarías a cruzar la frontera.
    —No corre ningún peligro mientras yo esté aquí.
    —Pero yo no puedo quedarme mucho más tiempo… Los barcos ya habrán regresado a puerto.
    —Eso es asunto tuyo.

    La dejó sola en plena plaza y se dirigió a la taberna. El local estaba de bote en bote y las conversaciones se detuvieron cuando él entró escoltado por dos de los guardias con la bayoneta calada. Se subió a un taburete, y, antes de empezar a hablar, contempló durante un buen rato a la concurrencia.

    —Sé que todos sabéis quién soy y por qué estoy aquí, así que no voy a perder el tiempo en explicaciones. Busco hombres que quieran alistarse en la milicia nacional.

    Un murmullo en el que se mezclaron por igual desaprobación e ironía recorrió el local.

    —Tengo orden de impedir cualquier trato con los españoles y eso es lo que pienso hacer -prosiguió impertérrito-. Cualquiera que desee entrar en la milicia cobrará un sueldo por sus servicios.
    —¡Antes comeré hierba! — se escuchó una voz.
    —Allá cada cual. No quiero problemas, así que no los causéis y todo irá bien.

    Joantto se bajó del taburete y salió acompañado por los guardias que no perdían de vista a los presentes. Tras un momento de silencioso estupor, el local se llenó de voces, algunas sorprendidas, otras indignadas, las más conciliadoras. Más valía no perder la calma y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

    Xan de Jaurenea permaneció sentado en un rincón de la taberna mientras su sobrino se dirigía a los vecinos. Lo observó desde su puesto y los recuerdos se agolparon en su memoria. Supo por su madre de la presencia del hijo de Enrieta y Bittor en la casona varios meses atrás. Tal y como ella le informó, el joven y su padre se parecían como dos gotas de agua, y no sólo en el físico. Algo le decía que también había heredado su carácter, aunque el viejo no hubiera soltado prenda sobre la conversación mantenida y él ignorase hasta qué punto había llegado el enfrentamiento entre ellos, pues estaba seguro de que se habían enfrentado. No podía haber sido de otra manera porque, de lo contrario, él habría tenido oportunidad de conocer al joven personalmente.

    Pensó en Enrieta y, como siempre, su rostro se mezcló con el de Elixabet, la hermana de Bittor, a quien pensaba pedir en matrimonio cuando aquello ocurrió. Habían transcurrido ya tantos años sin ver a ninguna de las dos que ya no podía distinguirlas en su memoria. Tras la desaparición de Bittor y del niño, Elixabet y él decidieron de mutuo acuerdo no verse hasta que la tormenta amainara y las aguas volvieran a su cauce, pero no ocurrió tal cosa. La cólera del padre los alcanzó a todos por igual: a Enrieta, a los Ithurbide, a él mismo.

    Durante el funeral del molinero permaneció todo el tiempo sin atreverse a levantar los ojos del suelo. No quería encontrarse con la mirada de reproche de su amada. El era joven entonces, y cobarde. Sentía tanto respeto por el padre, tanto temor, que fue incapaz de decir nada cuando supo que intentaba, y conseguía, arruinar a los Ithurbide y obligarlos a abandonar Sara. No se enfrentó a él, no le dijo lo que pensaba, no dejó el hogar familiar para acompañar a Elixabet cuando ella y los suyos partieron hacia Bera. Los vio marchar, oculto entre los árboles, y los siguió durante un largo trecho para, finalmente, regresar a Jaurenea con el rabo entre las piernas.

    Algo parecido ocurrió cuando el padre decidió enviar a Enrieta al convento. El guiaba el carro y escuchó durante todo el camino las súplicas de su hermana y de la madre y el silencio tozudo del padre, pero no hizo nada por impedirlo. Un par de veces al año, llevaba a la madre al convento de Jatsu, pero él no entraba: permanecía en el exterior maldiciendo a cada momento su falta de valor. La madre y él siempre hacían en silencio el trayecto de vuelta. No tenían nada que decirse; ambos eran igualmente culpables por aceptar sin quejarse que el padre los dominase por completo. Era su castigo.

    La única forma que él había tenido de demostrar su rebeldía había sido negarse a matrimoniar a pesar de la insistencia e incluso de las amenazas del padre. Continuaba amando a Elixabet; pero puesto que su unión era imposible, no se casaría con ninguna otra. Con él desaparecería el último vastago del tronco familiar. Esa sería su venganza. Se había acostumbrado a la idea y callaba cuando el viejo le echaba en cara su apatía y la falta de responsabilidad hacia las generaciones que lo habían precedido haciendo posible que Jaurenea fuera la mayor propiedad de la comarca.

    —¡Te estás haciendo mayor, estás obligado a casarte y a darme un heredero! — le había dicho la última vez que discutieron sobre el asunto, tan sólo un par de meses atrás.
    —No estoy obligado a nada -le respondió él con tranquilidad.
    —Siempre ha habido un Jaurenea en esta casa, siempre ha habido un heredero varón para conservar el apellido.
    —Tal vez va siendo hora de que las cosas cambien…
    —¡Quiero un nieto! ¡Maldita sea!
    —Ya tuvisteis uno y lo abandonasteis a la puerta de la iglesia.

    Antes, el padre habría alzado la makila y la hubiera emprendido a golpes con él, pero eso hacía tiempo que no ocurría. Los años no pasaban en balde.

    —Siempre has sido un inútil -se limitó a afirmar con desprecio.
    —Cierto -afirmó él a su vez sin ofenderse.

    Cuando el cuerpo se lo pedía, cabalgaba hasta la venta de Lizuniaga para desfogarse, aunque cada vez sentía menos necesidad de hacerlo. De madrugada, al abandonar el local, se detenía unos instantes para contemplar el valle que se extendía al otro lado de los montes e intentaba divisar Bera entre la niebla. Imaginaba a Elixabet allí, en algún lugar, casada, madre de varios hijos y feliz. Era como un ritual para hacer desaparecer las horas transcurridas entre los brazos de una mujer desconocida y, al mismo tiempo, complacerse en su propia desesperación.

    Y ahora, su sobrino, el hijo de Enrieta, el niño desaparecido, estaba de nuevo en Sara. Sonrió y salió de la taberna sin escuchar los comentarios ni responder a las preguntas de sus vecinos.


    Graxi no volvió a hablar con Joantto sobre el padre Mathieu. Estaba claro que no movería un dedo para ayudarla. El anciano sacerdote se había recuperado del viaje aunque la debilidad debida a su edad ya no tenía remedio y cuanto antes se hallase a salvo, mejor para todos. Cada vez que Joantto abandonaba la casa, ella y Domenga se sentaban a la mesa de la cocina, una mesa de roble, gruesa de un palmo, que el difunto marido, carpintero de profesión, había construido cuarenta años atrás, e intentaban organizar un plan, pero no era fácil. Ni la una ni la otra se habían visto jamás en semejante aprieto y no sabían por dónde empezar. Sin embargo, era necesario tomar una decisión. Las noticias no eran en absoluto alentadoras.

    Además de los guardias enviados por el Comité de Vigilancia, se esperaba la llegada de un grupo de soldados para controlar los pasos y los movimientos de los españoles que, según decían, se aprestaban a invadir el territorio francés. Dentro de poco tiempo, nadie podría dar un paso fuera de la población sin riesgo para su seguridad. Ambas mujeres se esforzaban por encontrar una solución. Las cosas empeoraban a medida que los días pasaban y Graxi deseaba regresar a Baiona: no podía quedarse en Sara eternamente. Joantto podría marcharse en cualquier momento y dejarlos a ella y al padre Mathieu allí, solos y sin protección. Por su parte, Domenga no quitaba el miedo del cuerpo. No vivía en paz desde que el representante oficial se hallaba alojado en su casa; sus vecinos la miraban con desconfianza y algunos, incluso, le habían retirado el saludo. La presencia del sacerdote no hacía sino aumentar el peligro. Corría el rumor de que varias personas habían sido detenidas en otras poblaciones por ayudar a curas refractarios.

    —Necesitamos ayuda -afirmó una tarde, después de volver una vez más sobre el tema-. Solas no podremos hacer nada.
    —¿Y quién nos va a ayudar? — preguntó Graxi, a quien no le habían pasado desapercibidas las miradas desconfiadas de los vecinos.
    —Conozco a alguien que lo hará. Espera aquí, enseguida vuelvo.

    Sin más explicaciones, Domenga salió de la casa para volver poco después acompañada por una mujer joven, de menos de veinte años de edad, de mirada alegre y sonrisa en los labios.

    —Esta es Mari Harotsenne, hija de mi amiga Teresia -la presentó.

    Graxi respondió a la sonrisa, pero estaba perpleja. En vez de dos, ahora eran tres mujeres sin más medios que la propia voluntad.

    —Conoce los pasos de montaña tan bien como los dedos de sus manos-le aclaró Domenga.
    —¡Incluso mejor! — exclamó la recién llegada, y se echó a reír, contagiando su optimismo a las otras.

    En pocas palabras, Domenga le puso al corriente sobre la situación y la necesidad de llevar al anciano sacerdote a un lugar seguro. Mari permaneció callada mientras su amiga hablaba.

    —No hace mucho, tan sólo unos meses, cualquiera podía ir y venir sin trabas de un lado a otro de la muga -dijo la joven-, pero ahora hay que andarse con cuidado. Las patrullas vigilan los caminos y los pasos habituales están controlados. Pero… existen otros que no lo están -añadió con una sonrisa al ver la decepción en el rostro de sus oyentes-, aunque, claro, también son más difíciles para quien no está acostumbrado a andar por él monte.
    —¡Yo no lo estoy! — exclamó Graxi sin poder reprimirse.
    —No te preocupes, conmigo no corres peligro.
    —¿Y el padre Mathieu?
    —Ya nos las arreglaremos.
    —¿Las dos solas?
    —Nadie está solo en esta tierra -sonrió la mujer de forma enigmática-. Llegado el momento…

    Calló al escuchar el ruido de la puerta de entrada al cerrarse. Un instante después, Joantto entraba en la cocina. Una mirada rápida a las tres mujeres le bastó para saber que había interrumpido algo. Domenga se mordía los labios y Graxi parecía sofocada. La tercera lo observaba con curiosidad.

    —¿Conspirando? — preguntó con ironía en su tono grave de voz.

    Domenga y Graxi se miraron preocupadas.

    —Hablando -corrigió Mari sin perder la sonrisa.
    —¿De mí?
    —Tal vez…
    —¿Y tú quién eres?
    —Mari Harotsenne, la hija de una buena amiga -se apresuró a presentar Domenga.
    —¿Vecina de Sara?
    —De toda la vida, como se suele decir. Nací aquí y aquí vivo.
    —¿Y de qué hablabais cuando os he interrumpido? — preguntó Joantto casi con amabilidad

    No podía apartar los ojos de la joven que lo miraba con descaro, la sonrisa flotando en sus labios y la barbilla apoyada en su mano izquierda. No era una belleza ni una dama de las que acostumbraban a acudir al despacho de Durruty en Baiona, pero había algo en ella que le atraía. Entre tanto rostro adusto como veía a su alrededor, era un alivio encontrar a alguien diferente, a alguien que no le tuviese miedo.

    —De vos y de vuestra familia.
    —¿De los Jaurenea?

    Escupió la pregunta entre dientes con rabia contenida y la mirada súbitamente oscurecida. Aquellas mujeres hacían lo mismo que estarían haciendo los demás vecinos de Sara: chismorrear sobre él y sobre su familia, reírse del bastardo. Domenga miró asustada a su amiga y se levantó a poner sobre el fuego un pucherillo lleno de agua. No podía continuar sentada. Mentar al jauntxo y a su familia delante de su obligado huésped era mentar al diablo.

    —De los Ithurbide -respondió Mari con suavidad.

    La respuesta dejó tan sorprendido a Joantto que tardó unos instantes en recuperarse de su confusión.

    —Conozco bien a vuestra abuela y a vuestros tíos -continuó la joven como si no se hubiese percatado de nada, ni de su cólera, ni de su sorpresa.
    —¿Los conoces? — preguntó él, aún perplejo.
    —Sí. De hecho, vos y yo somos casi primos porque una hermana de mi madre está casada con vuestro tío Martín Ithurbide. Ya sabéis que viven en Bera desde hace unos cuantos años…

    Joantto asintió con la cabeza y, después, salió de la cocina sin despedirse y abandonó la casa.

    —O mucho me equivoco o el joven caballero querrá saber más acerca de su familia -comentó Mari risueña-. Puede que también quiera acercarse a Bera para conocerla… ¡y tendremos que acompañarlo para mostrarle el camino!
    —Había olvidado que tu tía Marta estaba casada con Martin de Ithurbide… -apuntó Domenga.
    —Ya eran novios antes de lo de Bittor y Enrieta. La boda se celebró en el otro lado un par de años más tarde. Yo los visito a menudo, cuando voy a Bera por hilo.
    —¿Por hilo? — preguntó Graxi a su vez.
    —Soy tejedora y el hilo es más barato y de mejor calidad en el otro lado.
    —¿Por qué dices “el otro lado”, en lugar de España?

    Mari se le quedó mirando durante un instante y luego se echó a reír.

    —Ah… las gentes de Baiona vivís demasiado lejos… ¡No se pueden poner vallas a los montes! ¿Dónde empieza un país y acaba otro? Casi todos los habitantes de Sara y de los pueblos de los alrededores tienen parientes en Bera, Etxalar o Urdazubi, y ellos los tienen aquí. Así ha sido siempre.
    —De todos modos -intervino Domenga-, ¿qué ocurrirá si el comisario no quiere conocer a sus parientes?
    —Hay otros, querida, o ¿crees que soy la única de los alrededores que se dedica a pasear por el monte?

    Mari se echó a reír de nuevo y las otras dos sonrieron. Era difícil no sentirse optimista junto a una mujer tan vital como aquella.

    Antes de despedirse, habían fijado la fecha de la marcha. Con la ayuda de Joantto o sin ella, saldrían el siguiente lunes, al anochecer. Los sábados y los domingos eran días más arriesgados porque las patrullas estaban alerta para impedir que las gentes acudieran a misa a los pueblos del otro lado de la frontera. Aunque en los últimos tiempos esta práctica había disminuido debido a las dificultades, todavía quedaban algunas personas que lo intentaban. Los lunes, sin embargo, la vigilancia se relajaba.

    —No llevéis bultos, ni nada de peso. A medida que se asciende, un fardo, por ligero que sea, acaba pesando más que una roca. Agua y algo de comer será suficiente. Lo demás corre por mi cuenta.

    Graxi no sabía si arrepentirse o no de la aventura que estaba a punto de emprender. Las cosas parecían más sencillas vistas desde afuera, pero una vez dentro, dejaban de serlo. Tal vez, pensó una vez más, hubiera sido más sabio permanecer en Baiona a verlas venir. Allí, al menos, tenía amigos y vecinos que podían echarle una mano. Luego recordó la promesa hecha a sí misma de no cejar en el empeño hasta poner a salvo al padre Mathieu, y eso es lo que haría ocurriese lo que ocurriese.


    Joantto tomó la vereda que llevaba al barrio de Istilarte y se dirigió hacia el antiguo molino. No había vuelto a pensar en la familia de su padre desde la primera vez que estuvo en Sara y fue a ver el lugar en compañía del coadjutor de la parroquia. Después de toda una vida sin parientes, era difícil hacerse a la idea de que existían de verdad. Por no saber, no sabía el nombre de ninguno de ellos, excepto el del tío Martín mencionado por la amiga de Domenga. No se le había ocurrido preguntarle por los demás, cuántos eran, si estaban vivos, si estaban bien. En el fondo, no sentía nada por nadie y menos por unas personas desconocidas, aunque estuvieran unidas a él por lazos de sangre. En su mente sólo había sitio para un nombre: Gehexan de Jaurenea.

    A varios pasos del molino, después de atravesar el río y mojarse hasta las rodillas a causa de la crecida de las aguas, se detuvo sorprendido y, a la vez, molesto. Allí, en medio de las ruinas, había un hombre bastante mayor que él, sentado sobre lo que una vez debió de ser un banco de piedra adosado al muro de la vivienda. Contuvo la respiración y permaneció quieto entre los matorrales.

    No deseaba encontrarse con nadie, no tenía ganas de hablar. El “intruso” acariciaba con una mano la piedra mientras su mirada se perdía entre las ramas de la enorme haya, todavía sin hojas, bajo cuya sombra habían nacido y muerto varias generaciones de Ithurbides. Aguantó todavía un rato y, finalmente, se decidió a avanzar. El ruido de sus pisadas sacó de la abstracción al hombre, que se giró para ver quién llegaba. La expresión de su rostro no se alteró; lo observó como si fuera alguien a quien estuviera esperando, a quien ya conociera, y se movió para dejarle sitio en el banco.

    Ambos permanecieron sentados sin hablar, sin tan siquiera mirarse. La tarde declinaba entre jirones de nubes enrojecidas por los últimos rayos del sol. La lluvia y la nieve que habían asolado la región durante las semanas precedentes parecían haberse tomado un descanso, aunque, según el decir de los más ancianos, el tiempo desapacible continuaría igual hasta bien entrado el verano.

    —Será un año duro si no deja de llover a tiempo para la siembra -dijo, por fin, el hombre.

    Joantto no respondió. A él le daba igual. No era un campesino y nunca se había preocupado por el tiempo.

    —Faltará grano -prosiguió el otro como si hablase para sí mismo- y si no hay grano, habrá hambre. Vienen tiempos difíciles, muy difíciles.

    Se volvió para mirarlo. Era un hombre enjuto, de nariz algo ganchuda y mentón prominente. No tenía aspecto de campesino. Sus ropas, calzas negras ajustadas hasta media pantorrilla, chaleco de buen paño con ribete de cinta y botones de plata, faja de color verde oscuro, amplia boina de fieltro fino y capa larga, expresaban por sí solas que, cuanto menos, el hombre era un hacendado acomodado.

    —¿Sois de por aquí?
    —Conozco bien la comarca…
    —¿Sabéis cuánto tiempo lleva este lugar deshabitado? — le preguntó, a pesar de conocer la respuesta.

    El hombre se giró hacia él. Tenía la mirada clara, entre gris y verde, muy distinta de la suya y que, no obstante, le resultó familiar.

    —Veintiséis años hizo por la Natividad.
    —¿Cómo eran los que vivían aquí?
    —Gentes honradas.
    —¿Y qué ocurrió para que abandonaran su hogar?
    —La naturaleza puede ser cruel -el hombre había vuelto sus ojos hacia el haya-. Puede inundar los campos o secarlos, arrasar las cosechas o hacerlas arder, pero nada hay parecido al furor humano. Se cometen todo tipo de tropelías en nombre del honor, de la justicia, incluso de Dios, y se hace mucho daño.
    —Me llamo Joantto Ithurbide -sintió la necesidad de presentarse.
    —Lo sé; todo el mundo en Sara y en los alrededores lo sabe.
    —¿Y qué más? — su voz, hasta entonces cortés, adquirió un tono cortante.
    —Que sois el representante oficial del nuevo gobierno.
    —Eso es.
    —¿Y qué sabéis vos sobre esta tierra? — la pregunta tenía más de curiosidad que de reproche.
    —¿Qué tendría que saber? — Joantto no había abandonado su tono áspero.
    —Muchas cosas…

    El hombre cogió una brizna de hierba y la olió.

    —No se puede escalar una montaña sin conocer el camino que lleva a la cumbre.
    —¿Qué queréis decir?
    —La tierra está viva -prosiguió-, toda ella respira: los árboles, las plantas, los ríos… la hierba. Estaba aquí antes de que el ser humano apareciera.
    —No os entiendo.
    —Los seres humanos tuvieron que aprender a vivir en este entorno, a amoldarse, a asimilarse, a perpetuarse. Las gentes de esta región son como la naturaleza que los rodea. Para entenderlas a ellas, es necesario primero entender su forma de vida, sus creencias, sus costumbres. Ninguna ley puede imponerse por la fuerza. Tal vez funcione durante algún tiempo, pero, al igual que un río desviado por la mano del hombre acaba volviendo a su cuenca, así las gentes reclaman sus derechos antes o después, y aquellas personas que las han servido mal, pagan caro sus errores.
    —¿Me estáis amenazando?
    —Os doy un consejo. De vos depende seguirlo o no. Ya os lo he dicho. No se puede escalar una montaña sin conocer el camino. Se hace tarde y he de retirarme, quedad en paz.

    El hombre sonrió, se levantó y echó a andar.

    —¡No me habéis dicho vuestro nombre! — le gritó Joantto antes de que desapareciera por entre los matos, pero no obtuvo respuesta.

    Permaneció aún unos momentos sentado en el banco, estupefacto. ¿Qué le estaba ocurriendo? En Baiona jamás se habría sentado en un banco en la calle ni entablado una conversación con un desconocido y, mucho menos, permitido que alguien le diera lecciones. Ni siquiera a su amigo Zubiburu se lo permitía. Algo fallaba. Durante las semanas que llevaba en Sara no había hecho prácticamente nada excepto pasearse y soltar aquella pequeña arenga en la taberna. Los guardias enviados desde Uztaritz patrullaban los caminos hacia los pasos montañosos más habituales, pero sólo habían detenido a un pastor y todo su rebaño, un centenar de ovejas, que se dirigían a los pastos de Santa Bárbara, cerca de Bera. El hombre no entendía por qué lo habían detenido y continuó sin entenderlo por muchas explicaciones que se le dieron. Al final, ordenó que lo dejaran en paz y el pastor retomó su camino tal y como lo hacía todos años por las mismas fechas. Aun así, estaba seguro de que los vecinos continuaban atravesando los montes cuando se les antojaba. Las sonrisas observadas en las bocas y, sobre todo, en los ojos de algunos de los presentes durante el incidente con el pastor, confirmaban sus sospechas.

    Tampoco se había acercado a Jaurenea en todo aquel tiempo, a pesar de tener las ideas claras al aceptar el cargo en Sara. En un primer momento pensó en personarse en la casona y requisarla para su uso particular. Se establecería allí y llevaría consigo a los guardias. El cacique tragaría hiél y él le haría la vida imposible. Sin embargo, no lo hizo. ¿Por qué? Se dijo que de esta manera el viejo se pondría nervioso y esperaría cada día la llegada del nieto repudiado, temiendo su venganza. Pero, en el fondo, no estaba muy seguro de que ésa, y no otra, fuera la verdadera razón. Todavía no estaba preparado para enfrentarse de nuevo a Gehexan de Jaurenea y, sobre todo, no quería perder el control de la situación. No obstante, antes o después tendría que encararse con su problema. Se lo debía al padre y a la madre, se lo debía a sí mismo.

    Se levantó del banco cuando apenas quedaba una línea de luz y caminó en dirección al puente cubierto de verdín. Tenía una sensación extraña. Era la segunda vez que sus pies pisaban aquellas viejas piedras, pero sentía que las conocía desde siempre. La oscuridad era total para cuando llegó frente a la casona. Un candil de aceite iluminaba la entrada del caminillo que separaba el antiguo muro fuerte de la vivienda, y otro lo hacía junto a la puerta de la casa. Un perro pastor de gran tamaño corrió hacia él gruñendo de forma amenazadora, pero él permaneció inmóvil. El animal se detuvo al llegar a su altura y le olisqueó las ropas, dando vueltas a su alrededor sin dejar de gruñir. Tras unos breves momentos, Joantto alargó la mano y le acarició la cabeza. El perro reculó con un ademán poco amistoso y enseñó los dientes, pero volvió a aproximarse y, de nuevo, él le acarició la cabeza. La escena se repitió varias veces hasta que, finalmente, el animal se dejó hacer; permaneció quieto a su lado, sentado sobre las patas traseras, y ambos contemplaron durante un buen rato la silueta de la casona. Cuando emprendió la marcha hacia el pueblo, el perro lo siguió durante un trecho y sólo se volvió al llegar a la altura de las primeras casas de la plaza.

    Aquella noche tardó en dormirse. En su cabeza resonaban machaconamente las palabras del desconocido. En efecto, él ignoraba todo sobre la tierra en la que había nacido. La vida en Baiona en nada se parecía a la de una aldea de montaña. En la ciudad había movimiento, un trasiego continuo de gentes llegadas de todas partes, comerciantes, marineros, letrados, ricos, pobres, inmigrantes, extranjeros… Uno podía pasearse siendo un perfecto desconocido y nadie le prestaba atención. Los comercios estaban bien surtidos y las tabernas cerraban a altas horas de la madrugada. En Sara era diferente. La población se recogía al anochecer y madrugaba con el nuevo día. Era difícil entablar contactos y, a pesar de que él hablaba el vasco, a veces le costaba entender la forma de expresarse de unas gentes tan cerradas y poco dadas a conversar más de lo necesario. Incluso tenía dificultades para relacionarse con el alcalde y los ediles. Desconfiaba de ellos. Los miembros del ayuntamiento anterior habían sido todos encarcelados. Estos parecían favorables a los dictámenes de la nación, pero ninguno de ellos entendía el francés y mucho se temía que su aparente disposición sólo fuera un medio para dilucidar viejas rencillas vecinales, beneficiarse de la nueva situación o, tal vez, utilizar la astucia allí donde la fuerza estaba condenada al fracaso.

    Debía seguir los consejos del desconocido si no quería pudrirse en aquel rincón perdido del mundo, conocer el sendero que llevaba a la cima y, una vez conocido, golpear con fuerza. En unos meses habría solucionado por fin su problema personal, estaría de vuelta en Baiona, ocuparía un puesto de mayor relevancia y se olvidaría de todo lo que tuviese que ver con su pasado.


    El lunes amaneció de nuevo bajo una intensa lluvia, tan intensa que hacía intransitables los caminos. Graxi y Domenga se miraron desesperadas cuando se reunieron en la cocina para desayunar sopas de borona con leche caliente. De seguir así, no podrían llevar a cabo lo que con tanto ahínco habían estado planeando durante toda la semana. Era imposible pensar en trasladar al padre Mathieu en dichas condiciones: no llegaría al final del viaje. Mari había sido muy clara a la hora de proponer el trayecto elegido.

    —Es impensable tomar el camino que lleva a Zugarramurdi y de allí a Urdazubi.
    —¿Por qué? — interrogó Graxi sorprendida- Tengo entendido que es el camino más corto para pasar a España.
    —En efecto, es el más corto, pero también es el más vigilado por esa misma razón. Ya lo estaba antes de que llegaran los guardias del representante del directorio, que han reforzado el control a la salida del barrio de Istilarte y no dejan pasar a nadie que no lleve un salvoconducto.
    —¿Entonces…?
    —Cruzaremos el campo hasta llegar a la venta de Lizuniaga. Iremos por el monte porque el camino también está vigilado. Será la parte más dura porque la bajada hacia el otro lado no presenta dificultad alguna. Después, Bera.
    —¿Tú crees que el padre Mathieu podrá hacerlo? — preguntó Domenga en tono dubitativo.
    —Parte del recorrido lo hará a lomos de un borrico y otra sobre las espaldas de Ganix y Piarres, ya sabes que son fuertes como mulas y están acostumbrados a llevar los fardos de las mercancías, mucho más pesados que un anciano que sólo tiene piel y huesos.
    —¿Son comerciantes?

    La ingenua pregunta de Graxi provocó las risas de las otras dos mujeres.

    —Podría decirse que así es -afirmó Mari con ojos chispeantes de malicia-. Comercian con tejidos, tabaco, grano, armas…
    —¿Armas?
    —Sí, armas, o cualquier otra cosa que pueda venderse a un lado u otro de la muga.
    —Pues no me ha parecido que hubiera una gran actividad comercial en esta región…

    Las risas redoblaron en la cocina para extrañeza de Graxi que no entendía la razón de tanta hilaridad.

    —Aquí casi todo el mundo es “comerciante” -le aclaró Mari-. Yo misma lo soy. Con unas tierras de labranza que apenas dan para sostener a las familias y el precio que cuesta el grano para alimentar al ganado, ¿cómo crees que sobrevivimos?
    —Pero… ¿tú no eras tejedora?
    —Y en eso comercio: traigo hilo y llevo telas.

    Al mediodía el temporal había cesado y podían observarse grandes claros en el cielo que aumentaban a medida que pasaban las horas. Con un poco de suerte, el tiempo aguantaría y podrían salir como estaba previsto antes de la caída de la noche.

    Graxi había obedecido las indicaciones de Mari y había dispuesto un pequeño hatillo con una bota de piel para el agua, pan, chorizo y unas manzanas. Nada de ropas ni otros objetos; nada que pudiera entorpecer la marcha, aunque hizo una excepción con un crucifijo y un libro de oraciones de los que el padre Mathieu nunca se separaba.

    —No sé si preferiría quedarme aquí, ocurra lo que ocurra -le confesó el sacerdote-. Al fin y al cabo, ya soy viejo y no tardaré en ir a rendir cuentas a Dios. ¿Qué más da antes que después?
    —¡Callad, hombre, callad! — exclamó ella escandalizada- Es pecado pensar en morir antes de tiempo. Vos mismo lo decíais no hace mucho.
    —Sí… pero las cosas han cambiado tanto… Y, por otra parte, no quiero que tú y los demás corráis riesgos inútiles por mi causa.
    —Eso seremos nosotros quienes lo decidamos. Vos limitaros a rezar y ya veréis cómo todo sale bien.

    A pesar de sus palabras, Graxi no las tenía todas consigo. Estaba muerta de miedo y, durante los dos últimos días, había tenido que hacer un gran esfuerzo para no mostrar su nerviosismo delante de Joantto. No acababa de entender su actitud. Por un lado, había protegido a un cura refractario en contra de las disposiciones oficiales y, por otro, se había desinteresado completamente de él una vez llegado a Sara. ¿No había afirmado que el padre Mathieu era asunto sólo de ella? No pensaba informarle sobre sus intenciones de llevarlo al “otro lado”, como decía Mari. Claro que con su ayuda, reflexionó, las cosas serían más fáciles, pero nadie podía estar seguro de sus reacciones y valía más no arriesgarse. Desde que estaban en Sara, su seriedad se había acrecentado y su mirada se había vuelto todavía más oscura de lo habitual; apenas hablaban, pero ella intuía lo que le rondaba por la cabeza. Bittor jamás le mencionó lo sucedido en aquel mismo lugar años atrás, pero Domenga le contó lo que sabía del asunto. No pudo evitar emocionarse al imaginar al hombre a quien había amado a su manera huyendo al amparo de la oscuridad con la criatura recién nacida en sus brazos.

    También supo por su amiga que Joantto conocía la historia de sus padres y de su propio nacimiento, o de una parte al menos, y que en su primera visita al pueblo había acudido a la casona. No pudo informarle, sin embargo, de lo ocurrido entre él y su abuelo, pero sí estaba segura de una cosa: el hijo de Enrieta no había vuelto a poner los pies en Jaurenea. De haberlo hecho, todo el mundo en el pueblo estaría al corriente. Tal vez prefería olvidar, insinuó Domenga, pero ella sabía que no sería así. Lo conocía demasiado bien. De hecho, era la única persona en el mundo que lo conocía un poco. Lo había visto sufrir por la falta de una madre a su lado y a causa de las borracheras del padre, aunque nunca lo hubiera expresado en voz alta, y también había sido testigo de sus peleas cuando alguien insultaba o se reía del pobre guiñapo, ahito de alcohol, que apenas podía sostenerse en pie y caminaba tambaleándose por la calle. No, él no olvidaba; esperaba con la paciencia del ave rapaz para caer sobre su presa; eso podía garantizarlo.

    El cielo estaba casi despejado al caer la tarde y la noche se presagiaba fría. Domenga y Graxi abrigaron bien al padre Mathieu y se dispusieron a esperar la llegada de Mari. Sentados junto a las brasas, los tres permanecían silenciosos. De vez en cuando, la dueña de la casa se levantaba del asiento y miraba impaciente a través del cristal de la ventana. Tenía las manos húmedas y se las secaba continuamente con el delantal. El señor Ithurbide había partido hacia Uztaritz de buena hora por la mañana y había avisado de que no regresaría hasta el día siguiente. Era un inconveniente menos, pero los guardias permanecían en la población y, antes de retirarse, acostumbraban a hacer una última ronda para asegurarse de que todos los habitantes estaban en sus casas y de que no había movimientos sospechosos por los alrededores. De todos modos, aún no había decidido cómo explicaría al comisario la desaparición del sacerdote y de Graxi.

    —Dile que nos hemos ido. Él sabrá lo que significa -le había aconsejado la mujer cuando ella le hizo partícipe de sus dudas.

    No estaba muy convencida de que todo fuera tan sencillo. Podían acusarla de haber ayudado a unos prófugos, a unos emigrantes, como llamaban los responsables del directorio del distrito a todos aquellos que atravesaban los montes sin papeles. La pena por colaborar en las fugas era la cárcel.

    Mari llegó por fin, como siempre, acalorada y sonriente. Además de la falda de paño y del corpiño a juego cerrado hasta el cuello, llevaba encima de los hombros una toquilla de lana cuyos extremos se cruzaban sobre el pecho e iban a perderse bajo la cinturilla de la falda. También había cubierto su cabello con un pañuelo anudado detrás de las orejas y parecía más joven de lo que en realidad era.

    —¿Dispuestos? — preguntó- Pues, ¡andando! He traído el borrico para el padre y Ganix y Piarres nos esperan en la borda de Xilardi, al otro lado del prado.
    —¡Gracias por todo! — Graxi abrazó a Domenga.
    —¡Cuida del padre Mathieu y cuídate tú también! — La mujer dejó escapar una lágrima de preocupación y alivio a la vez.
    —¡Dejaos de despedidas! ¡No hay tiempo! — intervino Mari-. Los guardias acaban de retirarse y tenemos que aprovechar la oportunidad.

    Abrió la puerta y se quedó inmóvil. Las dos mujeres y el cura que iban detrás chocaron contra ella y reprimieron una exclamación. Allí, delante de ellos, como un aparecido iluminado por la luz de la luna, Joantto Ithurbide los miraba con curiosidad.

    —¿Vais a alguna parte? — preguntó al cabo de un instante que se les hizo eterno.
    —A dar una vuelta -afirmó Mari con su aplomo acostumbrado-. El padre quería estirar las piernas.
    —¿De noche?
    —Sólo salíamos a la plaza.
    —¿De noche? — insistió Joantto. La situación parecía divertirle.
    —Cualquier momento es bueno para respirar un poco de aire fresco.

    Asió por el brazo a Mari y la sacó con brusquedad de la casa.

    —No he nacido ayer, ¿sabes? — le susurró al oído mientras los demás permanecían en el interior, aterrorizados-. Me he informado acerca de ti y sé que eres una hábil contrabandista y que conoces al dedillo todos los caminos y veredas que llevan a los pasos.
    —¿Qué tiene eso que ver con un simple paseo por la plaza?

    La fuerza de los dedos del hombre sobre su brazo le hicieron emitir una queja, pero él no aflojó la presión.

    —Voy a acompañaros en vuestro… “paseo” y no intentes jugármela. Nunca he maltratado a una mujer, pero ten por seguro que no dudaré en utilizar mi cuchillo si intuyo algo turbio en tus manejos.

    La joven se desprendió de la tenaza de su opresor y le plantó cara.

    —Vamos al otro lado -le informó en un tono de reto.
    —Lo sé -una medio sonrisa se dibujó en el rostro de él-. Ya te he dicho que no he nacido ayer.

    Poco después, partían a través de las huertas encharcadas para adentrarse en el prado y aproximarse a la borda de Xilardi, al comienzo de la cuesta que ascendía en dirección a Lizuniaga. Mari dirigía al grupo, seguida por Joantto y Graxi que sujetaba las riendas del borrico sobre el que cabalgaba el padre Mathieu. Todos avanzaban procurando no perder el paso en la oscuridad.

    Graxi no salía de su asombro. El corazón se le había subido a la garganta al ver la figura de su antiguo pupilo recortada en la puerta y no había dejado de latirle acelerado durante la corta conversación mantenida entre él y Mari, cuyas palabras no logró escuchar. Después, lo había visto envolverse en la capa larga de viaje, echarse uno de los extremos por encima del hombro izquierdo de modo que su rostro quedara medio oculto y calarse la boina hasta las cejas. No se había atrevido a abrir la boca; incluso ahora, caminando tras sus pasos, no acababa de comprender lo ocurrido. ¿Había cambiado de opinión? ¿Deseaba ayudar al anciano sacerdote que lo había protegido en su niñez y juventud? ¿O era una treta para conocer los senderos utilizados por los habitantes de la región y así poder atraparlos con mayor facilidad?

    Al llegar a la borda, dos hombres con aspecto de leñadores salieron para unirse a ellos. Sus rasgos eran difíciles de distinguir en las sombras, pero su corpulencia era perfectamente visible.

    —¿No dijiste que seríais tres? — preguntó uno de ellos a Mari.
    —Y tres son -respondió ésta con desparpajo-. ¿O no sabes contar?

    Joantto sonrió bajo el embozo por segunda vez durante la noche.

    El camino resultó duro: las lluvias habían convertido el suelo en un barrizal sobre el que era difícil moverse y había zonas en las que se habían desprendido las piedras. Nadie habló durante la mayor parte del trayecto. Antes de iniciar la parte más abrupta de la subida, dejaron suelto al borrico y uno de los hombres se dirigió al padre Mathieu, le pidió que le echara los brazos al cuello y lo cargó sobre sus espaldas. A pesar del peso, el hombre continuó ascendiendo al mismo ritmo que lo había hecho con anterioridad. Al cabo de un rato, el otro hombre lo sustituyó y así fueron turnándose hasta llegar a la venta a eso de la medianoche.

    La venta estaba situada en tierra de nadie puesto que nadie podía asegurar a ciencia cierta si se hallaba en territorio francés o español. Para los naturales estaba donde siempre había estado: en la zona más alta del paso, parada obligada tras el ascenso desde una u otra parte, siempre repleta de gente. No se pedían papeles ni permisos, no se preguntaban los nombres, las procedencias, ni las razones del viaje. Lo que sí existía era una ley no escrita por la que las peleas y las discusiones quedaban prohibidas en su interior. Si alguien llegaba con ánimo pendenciero, era inmediatamente expulsado y obligado a permanecer a la intemperie durante toda la noche. El local le recordó a Joantto una cueva de ladrones como la descrita en uno de los libros que de tiempo en tiempo sustraía de la bien provista biblioteca del notario Durruty. Estaba oscuro, repleto de gente y de humo; del techo colgaban perniles, chorizos y morcillas que despedían un olor que le recordó que no había comido nada desde el desayuno del día anterior. En un rincón había una mesa cubierta de quesos frescos y curados. También se exponían a la venta chamarras de piel de oveja, abarcas, makilas, cencerros para el ganado, bolsitas de tabaco, cuchillos y hasta un jarrón decorado con flores y cubierto de polvo que llamaba la atención por ser un objeto exótico y extraño en aquel lugar.

    Los recién llegados se sentaron en el extremo de una larga mesa, casi enteramente ocupada por comensales ruidosos. Antes de pedir nada, un hombre con aspecto de pirata -cicatriz en la mejilla, pañuelo rojo en la cabeza- y sonrisa acogedora colocó delante de ellos dos jarras de agua y otras dos de vino, se inclinó sobre Mari y la besó en la boca. El, la mujer y los dos leñadores entablaron después una conversación animada que no dejaba lugar a dudas sobre la amistad que los unía. Joantto, Garaxi y el padre Mathieu los observaban, cubiertos de barro y sin fuerzas para intervenir. De los tres, el cura era el que mejor aspecto presentaba ya que, a excepto algunas partes del cuerpo doloridas por la posición a borrico sobre la espalda de los leñadores, no había puesto los pies en el suelo durante toda la travesía.

    —Parece que aquí te conocen bien -dijo Joantto a Mari cuando el ventero desapareció tras la puerta de la cocina.
    —Gartzia y yo somos buenos amigos desde hace muchos años.
    —¿Sólo amigos?

    La joven se le quedó mirando, entornó los párpados y se mojó los labios antes de hablar.

    —Sois muy divertido -dijo al cabo de un momento-. Llegáis a nuestro pueblo con vuestros modales de señorito, nos observáis desde vuestra altura e imagináis que nuestros hombres son unos patanes y nuestras mujeres buenas sólo para haceros la cama. Tenéis mucho que aprender sobre esta tierra. Cuando lo hagáis, tal vez entendáis que aquí las leyes las hacemos nosotros.

    No le dio tiempo a responder. El ventero pirata colocó delante de él una fuente humeante de alubias con morcilla cuyo aspecto y aroma daban ganas de llorar de gusto. Antes de llevarse la primera cucharada a la boca, uno de sus ruidosos compañeros de mesa se levantó en medio de voces de aliento y aplausos. El hombre no se hizo rogar demasiado e inició unas coplas improvisadas, repartiendo puyas por igual entre franceses y españoles, que fueron coreadas ruidosamente por el resto. Después de las primeras coplas, llegaron más, interpretadas por otros voluntarios para, finalmente, entonar todos juntos viejas canciones del país. En esta ocasión, Mari, sus dos amigos y el ventero se unieron al coro. Joantto los observó al tiempo que comía, y repetía, con hambre de náufrago. También en Baiona las juergas solían finalizar con cantos. De todos era conocido que a los vascos les gustaba cantar juntos, pero en aquel antro de la montaña las canciones sonaban de otra manera, o al menos a él le sonaron distintas. En pocos días, dos personas le habían dicho que no conocía a su pueblo. ¿Tanto se le notaba?

    Fijó su atención en Mari. Le brillaban los ojos y tenía las mejillas sonrosadas por el calor. Cantaba con entusiasmo, olvidando la comida que se enfriaba en el plato; no parecía en absoluto cansada, se había quitado la pañoleta de la cabeza y algunos mechones de su cabello se escapaban del moño. Pocas veces había sentido atracción por una mujer. Satisfacía sus necesidades cuando era preciso y luego se olvidaba de ellas, pero aquella era especial. La vio reír, feliz, al finalizar la canción y sintió la tentación de alargar la mano para colocar los mechones en su lugar, pero se contuvo. Si algo no quería en aquellos momentos era tener un lío amoroso. Por otra parte, no estaba muy seguro de que ella fuera a responder a sus insinuaciones y él jamás había forzado a una mujer, ni deseaba hacerlo.

    Un par de horas más tarde, dormían todos juntos en el granero de la venta, sobre colchones de hierbas secas y cubiertos con mantas que desprendían un tufillo sospechoso, pero nadie las rechazó.


    Tal y como había dicho Mari, la bajada hacia Bera, aunque bastante empinada, no presentaba ninguna dificultad. Ganix y Piarres se despidieron de ellos y regresaron a Sara portando unos fardos de mercancías negociados con el propio Gartzia quien, además de ser propietario de la venta, también ejercía de mayorista en el lucrativo oficio del contrabando. Ellos, por su parte, emprendieron la marcha después de haber comido tres huevos fritos con jamón por cabeza. El ventero, además, les prestó un pequeño asno y el padre Mathieu pudo hacer el trayecto con cierta comodidad. Descansados y con los estómagos llenos, los caminantes bajaron tranquilos, disfrutando de una mañana cálida de finales del invierno, en la que la brisa acariciaba las ramas desnudas de los árboles que empezaban a reverdecer. No se veía un alma; ningún ruido, excepto el trino de los pájaros y las lejanas esquilas de las ovejas, rompía la paz de un lugar que a Joantto le pareció mentira que pudiera existir en medio de tanta convulsión.

    El viaje a Uztaritz había durado menos de lo previsto. No había querido pernoctar en aquella población y había regresado a Sara, justo a tiempo para pillar a los “fugitivos” y unirse a ellos. No sabía muy bien por qué lo había hecho. Quizás para pagar la deuda contraída con el padre Mathieu o por la mirada retadora de Mari. Le gustaban los retos. Su vida, un reto desde el mismo día de su nacimiento en condiciones desafortunadas, era un verdadero manual de supervivencia. O tal vez se había metido en aquella aventura para despejar la mente y aclarar las ideas.

    Las reuniones del directorio del distrito eran siempre largas y aburridas. Sus miembros nunca coincidían y discutían hasta la saciedad como si cada uno de ellos hablara un lenguaje distinto. A él le irritaban las discusiones en las que raramente participaba. Oía sin escuchar y aceptaba lo decidido, estuviese o no de acuerdo. De todos modos, estaba allí en calidad de oyente y nada de lo que pudiera decir u opinar sería tenido en cuenta. Sin embargo, la reunión de la víspera fue distinta a otras a las que había asistido. Uno de los puntos del orden del día fue discutido de forma especialmente violenta, tan violenta que incluso él dejó a un lado su acostumbrada apatía por los asuntos de la gobernación y prestó atención. Un mes antes había sido trasladado el tribunal a Baiona y ahora se pretendía hacer otro tanto con el directorio. Con dichas medidas se intentaba borrar para siempre cualquier vestigio del antiguo baluarte de los fueros. Uztaritz dejaría de ser el centro político de la región y las Juntas Generales, defensoras de las libertades vascas, serían un recuerdo del pasado y caerían en el olvido en el transcurso de una generación.

    No se habría interesado tanto, pensó, si no hubiera visto a un Jean-Martin Monduteguy acalorado apoyar y lograr el traslado de la sede. Una postura muy contraria a la mantenida en otras ocasiones en las que le había escuchado defender con ardor los derechos de Lapurdi y del pueblo vasco en general, un régimen fiscal especial, el mantenimiento del tribunal en Uztaritz y otras reivindicaciones, rechazadas una tras otra por la Asamblea Nacional. Dichos rechazos, en lugar de mermar, parecían haber afirmado su fe en el nuevo orden, lo cual no dejaba de sorprender a sus vecinos, que empezaban a desconfiar de la honestidad de su representante o, cuanto menos, de su buen juicio. Con la marcha de los poderes gubernativos, Monduteguy condenaba a su pueblo natal al ostracismo puesto que su bonanza económica se debía a la amplia presencia de jueces, abogados, notarios, posaderos y comerciantes, cuyas actividades giraban en torno a la relevancia social de la población sobre las localidades vecinas, incluida Baiona.

    Observó con curiosidad a su antiguo compañero de francachelas. Había cambiado. En pocos meses, el pequeño burgués se había convertido en un ser fatuo, convencido de que la salvación de la patria estaba en sus manos. El exaltado y utópico sans-culotte, era ahora un discípulo aventajado de las tesis extremas formuladas por los miembros más radicales del partido jacobino. Su apariencia física continuaba siendo la misma, pero los modales, la forma de dirigirse a la concurrencia, el aire de prepotencia, eran propios de un hombre ambicioso que conocía bien sus cartas. La entrevista posterior mantenida con él no hizo sino confirmar sus sospechas.

    El flamante procurador le reprochó su incapacidad para detener la fuga de personas a través del territorio que le había sido confiado.

    —¿Se puede saber qué haces allí, aparte tocarte los cojones? — le recriminó con aspereza a la salida de la reunión.
    —¿A qué viene eso? — le respondió en el mismo tono.
    —¿Dónde están el antiguo párroco y el coadjutor de la iglesia de Sara? Según mis noticias andan escondidos o ya han pasado a España.
    —Hemos inspeccionado todos los caseríos de la zona y puedo asegurarte que no hay ningún refugiado escondido en ellos.
    —¡Y una mierda! — exclamó Monduteguy furioso- ¿A cuántas personas habéis detenido? ¡A ninguna! ¡A un pastor y sus cien ovejas! No pongas esa cara de sorpresa. Sé lo que ocurre en Sara y en todos los departamentos del distrito.
    —¿Me espías?
    —¡Espiaría a mi madre si fuera necesario! Escucha bien lo que voy a decirte, Joantto Ithurbide: esto no es un juego, aunque a ti te lo parezca. La nación precisa de personas responsables. Creía que podía confiar en ti y por esa razón te recomendé al comité de vigilancia, pero me estás demostrando que me equivoqué y no me gusta equivocarme.

    Al decir las últimas palabras, la voz de Monduteguy adquirió un tono amenazador.

    —Hago lo único que puede hacerse en un pueblo perdido de la montaña con la única ayuda de seis guardias -afirmó él, impasible, fijando en su interlocutor aquella mirada indescifrable que ponía nerviosos a quienes la soportaban.
    —Entiendo, entiendo… -replicó el procurador, súbitamente calmado-. Has de comprender que las cosas por aquí no están siendo nada fáciles. Nuestras gentes son hostiles al cambio, no creen que lo que hacemos es por su bien, por la igualdad de los seres humanos, por su libertad.
    —Ya…
    —¡Los malditos aristócratas y esos curas, hijos del diablo, no hacen sino poner trabas! — añadió Monduteguy, de nuevo exaltado-. ¡Andan a su aire! ¡Se burlan del gobierno! ¡Se niegan a jurar la Constitución y continúan celebrando misas y enterrando a los muertos, como si la cosa no fuera con ellos! ¡Por Dios, si es que existe, que acabaré con todos ellos y con todos los que los apoyan!

    Fueron a tomar un pote de vino en una taberna cercana a la ya antigua sede del directorio del distrito y hablaron de su vida en Baiona, de las juergas, de los conocidos y de las reuniones en el Jean-Jacques Rousseau, transformado en sociedad popular, pero él no bajó la guardia. El lobo había enseñado los dientes.

    Pensándolo con detenimiento, quizás su decisión de acompañar a Graxi y al padre Mathieu al otro lado de la frontera era sólo una forma de resarcirse por la manera en que lo había tratado Monduteguy. Todavía no había nacido quien pudiera tratarle como a un inferior, y menos un comerciante con ínfulas de señor.

    —¡Ya hemos llegado!

    La exclamación de Mari, que se había detenido y señalaba hacia abajo con el dedo índice, le hizo prestar atención y buscó el lugar con la mirada. Tardó en distinguir el tejado rojo de un caserío oculto entre los árboles.

    —¿Es eso Bera? — preguntó sin poder ocultar su extrañeza ante lo que él esperaba una población mayor.
    —No. Eso es Alzate.
    —¿Y Bera?
    —Algo más adelante, pero nosotros nos paramos aquí. — Mari disfrutó durante unos momentos al observar el desconcierto de su acompañante-. Aquí es donde viven la madre y los hermanos de vuestro padre.

    La mujer sonrió y continuó caminando, seguida por Graxi y el padre Mathieu. Joantto no se movió. No estaba preparado, se dijo con la mirada fija en el tejado rojo y el hilillo de humo que emergía de su interior. No quería que nada alterase un equilibrio adquirido a lo largo de los años y no estaba muy seguro de su reacción cuando tuviese delante a la familia de su padre, cuya existencia ignoraba hasta hacía un par de semanas. En ningún momento durante la travesía había pensado en ello. Se le pasó por la mente dar media vuelta y volver sobre sus pasos, pero echó a andar tras los otros.

    A poca distancia del caserío, Mari comenzó a dar gritos para alertar a sus moradores y, al instante, asomaron por la puerta media docena de personas de ambos sexos y un par de niños. Un perro pastor corrió hacia ellos y, después de oler a las dos mujeres y al sacerdote, se dirigió a Joantto que llegaba unos pasos más atrás; dio varias vueltas a su alrededor, se frotó contra su muslo y lo acompañó hasta la puerta sin separarse ni un momento de él. Tras los saludos, abrazos y exclamaciones de contento, Mari hizo las presentaciones:

    —El padre Mathieu, sacerdote de San Clemente de Baiona; mi amiga Graxi, que ha venido acompañándolo, y… el señor Joantto Ithurbide, el hijo de Bittor.

    Las voces enmudecieron de súbito y a la señora de la casa, una anciana de aspecto frágil, vestida de negro y con los cabellos blancos recogidos en un pañuelo del mismo color, se le escapó un grito y tuvo que ser sostenida para no caer.

    Algo más tarde, se hallaban compartiendo un potaje de legumbres y unos pollos asados, sacrificados para la ocasión. Los recién llegados eran objeto de todo tipo de atenciones por parte de los miembros de la familia, Joantto de manera muy especial. Lo sentaron a la cabecera de la mesa, entre la abuela y su hijo mayor, Martín, el marido de la tía de Mari. Andra Engrazia no dejaba de mirar a su nieto; sus ojos lagrimosos por la edad y la emoción intentaban reconocer en el desconocido al hijo del hijo desaparecido tantos años atrás. De vez en cuando alargaba la mano y la posaba sobre la de él, como queriendo convencerse de que no se trataba de una ilusión, de que era de carne y hueso. También intentaba descubrir algún rasgo conocido de su querido Bittor en aquel rostro que le recordaba, salido del pasado, al hombre que tanto daño había hecho a su familia, Gehexan de Jaurenea.

    Joantto, por su parte, se sentía incómodo. Él no tenía recuerdos que compartir con la familia de su padre y tampoco era dado a expresar emociones. Veía a sus parientes revolotear a su alrededor, deseando ser amables, llenándole el plato de potaje y el cubilete de vino, sonriéndole y, al mismo tiempo, evitando hacerle preguntas. Como si temieran la respuesta, ninguno, ni siquiera la anciana señora, le preguntó por su padre, ni por la vida de ambos lejos de ellos. La conversación giró en torno a la situación de los sacerdotes asilados en Bera y en otras localidades vecinas, así como a la de muchas otras personas que cada vez llegaban en mayor número desde el otro lado de los montes. Él escuchaba y no intervenía. Mari, Graxi y el padre Mathieu no hicieron mención al cargo que ocupaba, aunque le dirigían miradas preocupadas cada vez que alguno de los Ithurbide criticaba acaloradamente la situación política que obligaba a los vascos a huir de sus casas.

    Tras la comida, y mientras cada cual volvía a sus labores o sesteaba un rato, andra Engrazia asió a su nieto por una mano, lo llevó a un rincón de la cocina, junto al fuego, le señaló una silla de brazos y ella se sentó en una más pequeña, la que utilizaba para remendar la ropa.

    —Dime, hijo, ¿qué fue de tu padre? — inquirió.

    Joantto tuvo la impresión de que la anciana daba por supuesto que su hijo había desaparecido, y tardó en responder.

    —Murió el año pasado.
    —El año pasado… era aún joven. ¿De qué murió?
    —Un ataque, el corazón… -mintió.
    —Ya… Háblame de él y de ti. No te preocupes. Soy vieja y he vivido mucho, nada puede herirme.

    Habló hasta que la cocina quedó en penumbra y alguien encendió los candiles. Nadie se aproximó a ellos durante todo el tiempo, ni interrumpió unas confidencias expresadas en voz baja, como en un confesionario.


    Dos días más tarde Mari y Joantto emprendieron el camino de regreso a Sara con el burro de Gartzia cargado con dos sacos de hilo para tejer. El padre Mathieu quedaba en una casa de la parroquia de Bera puesta a disposición de los sacerdotes huidos y Graxi haría el viaje hasta Baiona en compañía de un comerciante de aquella localidad, amigo de Martín Ithurbide, que disponía de papeles para atravesar la frontera sin contratiempos por el momento.

    Joantto realizó casi todo el trayecto hasta la venta de Lizuniaga en silencio, sin prestar atención al paisaje ni a los intentos de Mari por entablar algún tipo de charla. En un par de jornadas había experimentado tantos sentimientos distintos que necesitaba pensar, recapacitar. La larga conversación con la abuela -que no se había repetido- lo había dejado exhausto. Nunca había dicho tanto, jamás había abierto su corazón a nadie, y no sabía si arrepentirse o no de haberlo hecho. Algo lo había empujado a confiarse a aquella anciana, una desconocida que lo escuchaba mientras mantenía sus manos entre las suyas. Era impropio de su carácter y no pensaba repetir la experiencia, pero… se sentía más libre después de explayarse sobre la amarga experiencia del niño obligado a luchar en un mundo adverso y confesar la extraña soledad experimentada a la muerte de su padre.

    —Bittor tuvo miedo. Creyó que huyendo te defendía y nos defendía. Se equivocó. Nosotros os habríamos protegido, pero lo hecho, hecho está y no merece la pena darle vueltas al asunto. Has de mirar hacia delante. De lo contrario, continuarás siendo la criatura perdida que busca una puerta al final de un oscuro pasillo.

    Las manos de la abuela apretaron las suyas en la semioscuridad de la cocina, únicamente iluminada por las brasas del hogar, y él devolvió el gesto.

    —Hace unos meses conocí al jauntxo de Jaurenea -musitó para sí.
    —También es tu abuelo…
    —No.

    Ella retiró las manos y tardó un rato en volver a hablar.

    —Lo es, aunque tú no quieras. Es un hombre atormentado, siempre lo ha sido. Amaba a Enrieta más que a nadie en el mundo; más incluso que a su mujer, la pobre Josebe, y que a su hijo Xan.
    —¿Su hijo?
    —Sí, también tiene, o tenía, un hijo mayor que Enrieta. Cuando aquello ocurrió -prosiguió la abuela-, Gehexan sufrió por lo que él creyó un ataque a su honor, pero, en realidad, yo sé que sufrió por él mismo, porque supo que había perdido a su hija.
    —¿Por eso la mató?
    —¿Qué barbaridades estás diciendo?
    —Alguien le dijo al padre que el jauntxo había matado a su hija.
    —No fue así. La metió en un convento. Josebe no sólo era mi vecina, también era mi amiga. Por ella lo supe.

    Sintió alivio al escuchar las últimas palabras y, al mismo tiempo, una gran presión en el pecho.

    —Y a mí me abandonó en la puerta de la iglesia -insistió con rencor.
    —Se arrepintió nada más hacerlo. Al día siguiente se presentó en nuestra casa reclamando tu devolución. Esa fue la verdadera razón de su actitud posterior hacia nosotros. Creyó que os estábamos escondiendo y que no queríamos devolverle a su nieto.
    —¿Cómo puedes defenderle después de todo lo que hizo?
    —No le defiendo, Dios lo sabe, pero la verdad es la que es y no cambia las cosas.

    Era cierto, la verdad no las cambiaba, pero tampoco hacía falta que lo hiciese. Le tranquilizaba saber que su abuelo no era un asesino, pero ello no alteraba sus sentimientos hacia él. No había observado un atisbo de cariño ni de contrición en su único encuentro y no estaba dispuesto a perdonarlo, ni descansaría hasta hacerle pagar por el dolor causado.

    Al llegar al alto de Lizuniaga, devolvieron el asnillo a Gartzia, rechazaron su invitación para pernoctar en la venta y sólo aceptaron tomar un refrigerio antes de continuar la marcha. Joantto deseaba llegar a Sara antes del anochecer. Eran ya cuatro días los que llevaba ausente de su puesto y no había avisado a nadie de su marcha. Los guardias creerían que le había ocurrido algo y tal vez habrían dado parte de su desaparición. Por su parte, Mari también quería llegar cuanto antes a su casa. Su madre era mayor y nadie más vivía con ellas. No era prudente dejarla tanto tiempo sola, vista la situación. Los tíos habían confirmado lo que era un rumor en la otra parte: un ejército español estaba acantonado en las inmediaciones, dispuesto a invadir el territorio francés, y nadie podía asegurar lo que ocurriría en breve. Además, tampoco deseaba pasar otra noche con el hombre que la acompañaba. Lo había pillado varias veces observándola y tenía la suficiente experiencia para saber cuándo un hombre se sentía atraído por ella. ¡Maldita sea! Nunca en su vida había conocido a alguien tan atractivo, pero era del todo imposible que pudieran llegar a entenderse y tampoco tenía la intención de servir de colchón a un comisario político que se marcharía en cuanto hubiera acabado su misión.

    Bajaron la pendiente a paso ligero, portando cada uno de ellos un saco con hilo de tejer. Era una situación absurda, pensó Joantto. El representante del gobierno en la región, encargado de imponer el orden y evitar movimientos en la frontera, actuaba como un delincuente. Sería irónico que se toparan con una patrulla y él tuviera que explicar su ausencia y su presencia junto a una conocida contrabandista. Casi le entraron ganas de reír. Mari caminaba delante de él. A la vista estaba que conocía bien el sendero y que no se habría desviado de él ni en una noche sin luna. ¿Por qué arriesgaba su seguridad a cambio de unas libras de hilo? Existían otros medios para ganarse la vida o, meditó, quizás no.

    En las semanas que llevaba viviendo en Sara se había percatado de lo dura que era allí la subsistencia. Las huertas eran pequeñas y poco productivas, siempre dependiendo del tiempo; amplias zonas de bosque habían sido taladas y aún lo serían más si era cierto que se avecinaba la guerra con España, y lo mismo ocurriría con los ganados. Las tropas necesitarían alimentos y los habitantes de la región se verían obligados a proporcionárselos a costa de quitárselo de sus propias bocas. Sólo aquellos que hubieran ahorrado algunos dineros podrían evitar la ruina y el hambre, pero los afortunados podían contarse con los dedos de las manos, según le informó el recién conocido tío Martín.

    —Ricos y pobres, ésa es la única verdad -le dijo la segunda mañana de su estancia en Alzate, cuando lo acompañó hasta el río y lo vio introducir sus pies descalzos en el agua, un rito para vigorizar la sangre antes de comenzar las tareas del caserío, según le explicó-. Guerras, revoluciones, insurrecciones, son todas lo mismo, aunque se disfracen bajo otros nombres.
    —En Francia las cosas están cambiando -se vio obligado a argüir-. El reparto de las riquezas empieza a ser una realidad y el pueblo llano tiene ahora la palabra.
    —No te hagas ilusiones. Siempre habrá alguien por encima de los demás y nunca he conocido a un poderoso que calce alpargatas.

    Pensó en Monduteguy, en Dibarrart, en Daguerressar, en Mendiry y en tantos otros. Se habían otorgado a sí mismos el título de “notables” y, de paso, se habían asignado una paga acorde con su nueva posición. Pequeños burgueses, tenderos, escribanos, funcionarios del antiguo régimen, notarios, se pavoneaban entre sus vecinos hablando de la igualdad entre todos los ciudadanos con los mismos aires de superioridad de los nobles y rentistas que él había conocido en el despacho de Durruty. El tío tenía razón y él pensaba servirse de la coyuntura para su propio provecho.

    Llegaron a Sara con las últimas luces del día sin haber encontrado patrulla alguna en el camino. Joantto siguió a Mari hasta una casa de aspecto humilde, situada a poca distancia del centro del pueblo.

    —Ya estamos -dijo ella al tiempo que depositaba su saco al lado de la puerta y alargaba las manos para coger el de su acompañante-. Gracias.
    —¿Sólo gracias? — La voz bajo el embozo sonó bronca-. Creo que merezco algo más por haber arriesgado mi reputación y mi cargo transportando mercancía de contrabando.
    —No… no tengo dinero… -balbuceó ella.
    —No siempre es necesario pagar con dinero.

    Se había aproximado y sus cuerpos casi se tocaban; apoyó las manos en la puerta, atrapándola entre ellas y el embozo cayó dejando su rostro al descubierto. No se había afeitado durante los últimos días, el cabello caía lacio y despeinado y le miraba directamente a los ojos. Mari sintió que el vello se le erizaba. Estaba tan aterrorizaba como una liebre pillada en una trampa, pero, a la vez, excitada por el deseo de que él la cogiera entre sus brazos y la besara. Nunca se había sentido tan atraída por alguien, jamás como en aquel instante había suspirado con tanta fuerza por yacer con un hombre, y ya no le importaba que fuera un representante oficial.

    —Tú conoces a todo el mundo por aquí y sabes quiénes se encargan de pasar gente a España, además de esos dos fortachones que nos acompañaron hasta la venta -lo oyó susurrar-, y yo necesito hacer méritos ante mis superiores.

    Una picadura de serpiente no le habría hecho más daño. El deseo desapareció al instante y en su lugar sintió que sus mejillas ardían.

    —¿Me estáis pidiendo que sea una chivata? — preguntó indignada.
    —Favor por favor. Piénsalo…
    —No me hace falta pensar nada. ¡Lo que proponéis es una vileza!
    —Como quieras. Lo haré a mi modo entonces, pero procura no cruzarte en mi camino.

    Joantto retiró sus manos, esbozó una mueca burlona y se marchó, dejándola desconcertada y furiosa.

    Domenga tuvo un sobresalto cuando escuchó unos fuertes golpes en la puerta, y tardó en decidirse a abrir. Los guardias habían estado varias veces en la casa indagando sobre la desaparición de su jefe. Tendría que confesarse cuando estuviese con el padre Miguel, porque había mentido, una y otra vez, repitiendo que ignoraba el paradero del comisario. Había partido hacia Uztaritz y aún no había vuelto ni había enviado recado, les dijo con aplomo. No sabía cuánto tiempo podría resistir y rogaba a los santos para que el señor Ithurbide regresara de una vez. Una nueva tanda de golpes la forzaron a quitar la tranca y a abrir la puerta.

    —¿Dónde estabas?
    —Yo…

    Sintió alivio al verlo ante ella, mezclado con el desasosiego que siempre le producía su presencia, y lo siguió hasta la cocina explicándole, azorada, la preocupación de sus hombres por su ausencia. Él no respondió; entró en su cuarto y volvió a salir al cabo de un rato, después de haberse cambiado las calzas, medias y zapatos embarrados. La mujer observó que también se había mojado el pelo y se lo había atado en una cola.

    —No cierres la puerta -fue lo único que dijo-. Estaré de regreso dentro de poco y tengo hambre.

    Joantto se dirigió a la casa vecina y pidió hablar con el sargento de la guardia que se alojaba en ella. El hombre apareció en calzones y anudándose la camisa.

    —Estábamos intranquilos por vuestra desaparición…
    —Asuntos urgentes me han mantenido ocupado -le interrumpió él.
    —Pensaba enviar un mensajero a Uztaritz para solicitar órdenes al señor procurador -insistió el sargento.
    —Hay otros aquí con autoridad además de Monduteguy — le cortó con sequedad-. Mañana todos los hombres se trasladarán a la rectoría. Quiero que adecenten el lugar y dispongan una habitación para mí.

    No le dio oportunidad de hacer preguntas y se dispuso a salir, pero antes se giró hacía él.

    —Ah, y después quiero que dos hombres se encarguen de vigilar día y noche la llamada borda de Xilardi, al otro lado del prado, y que detengan a todo aquel que aparezca por allí.

    Los habitantes de Sara fueron testigos preocupados de los cambios que iban teniendo lugar en su localidad a medida que transcurrían las semanas y los meses. Aquella era una población tranquila donde nunca ocurría nada especial y, tras un primer momento de sorpresa por la llegada del comisario y los guardias, las cosas habían vuelto a su normalidad habitual. La presencia de hombres armados entre ellos había acabado por ser aceptada sin mayores problemas y el hecho de que vivieran en las casas de los vecinos facilitó su integración. Incluso dejó de interesarles Joantto Ithurbide cuando comprobaron que el nieto bastardo de Gehexan de Jaurena no parecía tener intención alguna de enfrentarse con el jauntxo. Su única preocupación real eran las malas cosechas y el aumento del precio del grano, asunto éste cuya responsabilidad achacaban a la mala gestión de la alcaldía impuesta por el directorio. Los ediles se defendían aduciendo que ellos nada tenían que ver con los precios del mercado y que tampoco era culpa suya si las cosechas del último año habían sido malas. Las noticias del resto del país no eran alentadoras pero, como decían los más viejos en tono filosófico, las tormentas llegaban y pasaban, y también ésta pasaría.

    Todos pudieron apreciar, no obstante, un cambio importante de la situación a partir del momento que los guardias, con su jefe a la cabeza, ocuparon la rectoría y establecieron en ella su cuartel general. Poco después, llegaron más guardias y comenzaron a inquietarse. Para empezar, se exigió a la municipalidad el pago de una cantidad fija para los gastos de alojamiento y mantenimiento del comisario y de sus hombres, cuantía por sufragar entre los vecinos según sus posibilidades, lo cual provocó un gran malestar, como era de esperar. Varias personas fueron detenidas y enviadas a Uztaritz al intentar pasar mercancías de contrabando, lo que provocó que varias familias se vieran privadas de una parte importante de sus ingresos. También se aumentó la vigilancia en el camino de Urdazubi, haciendo del todo imposible que alguien pudiera trasladarse al monasterio a oír misa y obligando así a muchos católicos fervientes a acudir a la parroquia, a pesar del rechazo que la mayoría sentía por el juramentado Duronea. También se declaró el toque de queda a la caída del sol bajo pena de arresto para quienes anduvieran por la calle sin un salvoconducto expedido por el comisario. El primero en protestar fue el tabernero, un tal Dominique Hiriart, que vio mermados sus beneficios de manera considerable ya que las primeras horas de la noche eran precisamente las mejores para su negocio. A su protesta siguió la de los frecuentadores del local, a quienes se les impedía disfrutar del único momento de esparcimiento y encuentro con amigos y conocidos. De nada valieron las quejas. Joantto estaba decidido a demostrar que podía desempeñar su cargo con total eficacia.

    No era sólo ésta la razón que le impulsaba a variar una actitud hasta entonces relativamente conciliadora. Por las conversaciones escuchadas en Uztaritz, las nuevas que llegaban de París con muchos días de retraso, la constatación de la presencia de tropas españolas en las inmediaciones de Bera y, sobre todo, el talante de los nuevos dirigentes de la nación y, en especial, del territorio vasco, estaba seguro de que la situación iba a cambiar en breve, pero a peor. Quería estar preparado y mantener el control sobre la población, sólo así estaría en disposición de labrarse un porvenir brillante, lejos de la miseria. La noticia de la huida y posterior detención de Luis XVI y de su familia no hizo sino confirmar sus sospechas. El rey fue declarado traidor y comenzaron a escucharse voces a favor de su destitución y de la creación de una república, algo absolutamente impensable tan sólo poco tiempo antes. Tal vez Monduteguy tenía razón y la revolución era un hecho sin retorno. A él le pillaría con un as en la mano, pensó, pero antes debía solucionar un asunto pendiente. Envió a uno de los guardias en busca de Xan de Jaurenea y esperó sentado ante su mesa de trabajo, en el despacho acondicionado en el antiguo comedor de la rectoría.

    Observó, sorprendido, durante largo rato y sin decir nada al hombre que entró en la habitación con la boina entre las manos. Era el mismo que había encontrado en el molino de Istilarte nada más ser nombrado comisario. Aquel tipo de ojos risueños, algo desgarbado, con aspecto descuidado a pesar de las ropas de buen paño que vestía y esperaba a que él se decidiera a hablar sin mostrar impaciencia alguna, en nada se parecía al jauntxo de Jaurenea, eso saltaba a la vista. No tenía su porte ni su mirada decidida, pero le recordaba a la mujer avistada en la casona durante un instante, a la abuela Josebe. Calculó que tendría más o menos la edad de su padre y este pensamiento le recordó la razón por la que lo había hecho llamar.

    —¿Tu nombre? — lo interrogó, a sabiendas de que era una pregunta estúpida al tiempo que centraba su atención en los documentos que llenaban la mesa.
    —Xan de Jaurenea.
    —¿Nombre de los padres?
    —Gehexan y Josebe.
    —¿Hermanos y hermanas?
    —Una hermana, Enrieta.
    —¿Casada?
    —Religiosa.
    —¿Dónde?
    —En el convento de La Visitación de Jatsu.

    Disimuló como pudo la impresión que le causaba la información obtenida de manera tan sencilla y levantó los ojos de los papeles.

    —Sabes quién soy, ¿verdad?
    —Lo sé.
    —¿Tienes algo que decir?
    —Que te pareces a tu abuelo.

    Tuvo la impresión de que aquellas palabras no eran precisamente un halago y examinó al tío con atención, tratando de averiguar lo que podría encerrarse tras la expresión hermética que no había cambiado un ápice durante el corto intercambio de frases.

    —¿Eso es bueno o malo?
    —Depende…
    —¿De qué?
    —De tus intenciones.
    —Soy el representante de la nación en Sara.
    —Lo sé.
    —¿Y…?
    —En algún momento tendrás que elegir.
    —¿Entre qué?
    —Entre la venganza y la justicia.
    —Puede que ambas vayan de la mano.
    —Puede…

    Resultaba difícil entablar una conversación normal con aquel tío a quien acababa de conocer y a quien mantenía de pie mientras él continuaba sentado. Le habría gustado interrogarlo a fondo, preguntarle por todos los pequeños detalles que ignoraba, saber más, conocer las relaciones que intuía difíciles entre él y su padre, hablarle como a un amigo, pero por el momento disponía de la única información que deseaba.

    —¿Mi madre está bien?
    —Lo estaba el otoño pasado, ahora… ya no lo sé.
    —¿Por qué?
    —Muchas cosas están cambiado por estos lugares.
    —Para bien de todos.
    —Por lo menos para bien de algunos…

    Se sintió aludido y se levantó con brusquedad de la silla.

    —Explícate -le ordenó sin alterarse, pero en el mismo tono utilizado cuando se dirigía a un detenido.

    El hombre no se inmutó ni demostró sentirse impresionado por su reacción. O se creía muy seguro o era un imprudente, pensó Joantto aproximándose hasta quedar a tres palmos de él.

    Ambos tenían más o menos la misma altura, pero ahí acababa su parecido físico. No obstante, le dio la impresión de que habrían podido llegar a entenderse de no mediar entre ellos un abismo infranqueable.

    —Ocurre cuando hay cambios -comenzó diciendo Xan de Jaurenea-. Siempre ha sido igual. Los que antes mandaban obedecen ahora y los que obedecían, ahora mandan. Aquellos decían que lo hacían por el bien de todos, estos dicen lo mismo y, en medio, está el pueblo.
    —El pueblo francés es soberano con el nuevo gobierno -adujo Joantto, un tanto sorprendido por el derrotero que tomaba la conversación.
    —Allá los franceses, nosotros no tenemos nada que ver con ellos.
    —¿Cómo que no? ¡También somos franceses!
    —Tal vez lo seáis en Baiona, en Sara somos vascos.

    La afirmación del tío lo dejó estupefacto. Era la primera vez que escuchaba algo semejante. Ni siquiera a Betti Zubiburu, tan apegado al país y a sus costumbres, le había oído decir tal necedad. Asió a Xan por un brazo y lo atrajo hacia sí.

    —Cuidado con lo que dices -le advirtió bajando la voz-. La traición se paga con la cárcel y, muchas veces, con la muerte.
    —La verdad no cambia las cosas.

    La abuela Engrazia había dicho aquellas mismas palabras refiriéndose a Gehexan de Jaurenea, y la rabia contenida brotó con furia.

    —La verdad es que un niño fue abandonado en medio de la noche nada más nacer -escupió entre dientes-, que el padre de aquel niño murió alcoholizado, destrozado por la pena, y que su madre fue encerrada de por vida en un convento. La verdad es que aquel niño fue despojado de todo lo que en justicia le pertenecía, empezando por el cariño y la protección de una familia. ¿Es ésa tu verdad, jauntxo orgulloso de una estirpe que no dudó en sacrificar a tres seres inocentes en aras de un honor trasnochado y lleno de prejuicios?

    El rostro inmutable del hombre se transformó en una mueca de dolor; entornó los ojos y apretó las mandíbulas. Joantto notó tensarse los músculos bajo sus dedos y lo soltó, extrañado por su reacción.

    —Las cosas han empezado a cambiar en este país y aún cambiarán mucho más -prosiguió embalado, recuperando la frialdad-. Todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, todos tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones; ninguno es más que el otro. Las antiguas leyes han sido abolidas y lo mismo se hará con las tradiciones y las creencias de esta tierra que envenenan la vida de sus habitantes y propagan la injusticia.
    —¿Puedo ya marcharme? — preguntó Xan tras unos minutos de silencio. Volvía a ser el hombre impasible que había entrado en el despacho.

    Joantto asintió con un gesto de cabeza señalando hacia la puerta.

    —Jaurenea será mía -afirmó antes de que el tío abandonara la habitación.

    Este se giró hacia él y lo observó sin ninguna animosidad.

    —Mi primera impresión era cierta -dijo con suavidad-. Eres igual que tu abuelo.

    Poco después, los guardias apostados en el camino de Senpere vieron llegar a su jefe cabalgando a galope y a punto estuvieron de ser arrollados y de caer en una acequia de aguas estancadas.


    1792


    A la reunión convocada a finales del mes de julio en el Castillo Viejo de Baiona acudieron los alcaldes, comisarios y otros funcionarios de todos los pueblos bajo la jurisdicción del directorio del distrito de Uztaritz. El asunto debía de ser de extrema gravedad cuando se congregaba a un número tan importante de responsables políticos, aunque nada había trascendido y los que estaban al corriente guardaban silencio. Antes de comenzar la reunión, les fue entregado a cada uno de los presentes un documento escrito en francés.

    Joantto Ithurbide, sentado cerca de una de las ventanas de la sala en la que habían sido introducidos, sonrió con ironía al leer el encabezamiento: “¡Ciudadanos, la patria está en peligro!”. En un primer momento, creyó que se trataba de alguna de las proclamas a las que tan aficionado era Jean-Martin Monduteguy. No pasaba un mes sin que éste le hiciera llegar los ardientes manifiestos que publicaba él mismo. También le enviaba, al igual que a los representantes vascos en París y a algunos de sus colaboradores más fieles, copia de todas y cada una de sus intervenciones públicas. El porqué era él receptor de la confianza del procurador y miembro del directorio era un enigma. En los últimos tiempos Monduteguy se había distanciado de sus antiguos camaradas, arrimándose de manera descarada a los representantes de París. Repetía sus consignas como aquellos papagayos de plumaje colorido llegados de las Indias, capaces de repetir las palabras de sus dueños, y que tanto éxito tenían entre las personas que podían pagar su precio desorbitado. Continuó leyendo el texto y constató que su primera impresión era errónea.

    Aquella no era una proclama más del procurador, sino un edicto emitido por la Asamblea Nacional, una ley en toda regla. Leyó despacio los diecisiete apartados del documento, prestando especial atención a aquellos que tendrían más incidencia en su distrito y, por tanto, en sus relaciones con los habitantes de la comuna de Sara. Tras la palabrería habitual referente a la patria, la libertad de los ciudadanos y los peligros que los acechaban, utilizada con profusión en los últimos tiempos, se disponía el reclutamiento de guardias nacionales y las disposiciones que debía tomar los gobernantes de cada departamento. Asimismo se ordenaba la declaración de las armas y municiones en manos privadas bajo pena de arresto y se aconsejaba su entrega voluntaria. Todo normal si se tenía en cuenta que Francia había declarado la guerra a Austria y a Prusia tres meses antes y que acababan de entablarse combates en el norte y en el este. Las primeras batallas habían sido un verdadero desastre para los ejércitos franceses y París se hallaba amenazada, aunque las noticias que llegaban eran escasas y no perturbaban demasiado la vida diaria de los habitantes de Lapurdi.

    Frunció el ceño, sin embargo, al leer dos de los tres últimos puntos del decreto. Uno exigía que todos los hombres que vivían o viajaban por el territorio nacional llevaran la escarapela con los colores nacionales, azul, blanco y rojo. A él no le gustaban los uniformes ni tampoco los signos distintivos. De hecho, guardaba en el bolsillo una escarapela, regalo de Monduteguy, quien llevaba la suya bien visible, sujeta en el sombrero de copa que portaba desde que había sido nombrado procurador. El nunca se la había puesto y le molestaba en grado sumo que ahora se viera obligado a hacerlo.

    La extrajo con desgana del bolsillo, se la colocó en la solapa de la levita y releyó el otro punto, el anteúltimo, mucho más preocupante. Se castigaba con la cárcel, e incluso con la muerte, a quien portara un signo de rebelión con otros colores que los nacionales. También se ordenaba a los ciudadanos que detuvieran o denunciaran a quienes así actuaran, bajo pena de ser acusados de complicidad si no lo hacían.

    Si se penaba tan duramente por algo anodino como llevar o no un símbolo, unas cintas, unos colores, ¿qué vendría después?, se preguntó. ¿Llegaría a ser forzoso el uso del gorro frigio? ¿Deberían aprenderse de memoria las canciones revolucionarias que comenzaban a oírse un poco por todas partes? Y luego estaba aquella obligación, la de denunciar a otras personas… Recordó la expresión en el rostro de Mari al insinuarle que le dijera los nombres de quienes cruzaban los montes eludiendo los puestos fronterizos. Todavía no sabía por qué se le había ocurrido hacerle semejante propuesta. Quizás porque así evitaba lo inevitable. Tuvo que dominarse al sentirla tan cerca, al observar en sus ojos el miedo confundido con el deseo, para no poseerla allí mismo, en la calle, a la vista de cualquiera. No la había vuelto a ver desde entonces. Ambos se rehuían, y así tenía que ser.

    Los miembros de la mesa habían procedido a leer el decreto de la Asamblea y en aquel momento se discutían sus diferentes artículos, pero Joantto no los escuchaba. Con la vista perdida en el cielo azul que divisaba a través de la ventana, revivía los meses transcurridos en un pequeño pueblo, próximo a la frontera, rodeado de montañas, en uno de los parajes más bellos que conocía. Llevaba en Baiona un par de días y había encontrado la ciudad cambiada. No eran cambios importantes; todo seguía en su sitio, pero había algo diferente. Tardó en darse cuenta de que eran los propios bayoneses quienes le resultaban extraños o, mejor dicho, la desconfianza que descubría en sus miradas, sus andares apresurados, las tabernas medio vacías, el silencio de las mujeres mientras esperaban turno para coger agua, la falta de niños en las calles. Incluso su barrio, de costumbre tan animado por los gritos y juegos de la chiquillería y los corrillos de vecinos en cada esquina, parecía un lugar sin vida.

    —¿Qué ocurre aquí?
    —¿Dónde?
    —Aquí, en Baiona, en Baiona Tippia. Todo parece cambiado.
    —La gente espera.

    Se hallaba en un rincón de “La Galere d'Or” en compañía de Betti Zubiburu la víspera de la reunión convocada por el directorio. No había nadie más en el local, aparte ellos dos y un viejo marinero empeñado en narrarle al dueño por enésima vez sus aventuras en ultramar.

    —¿Qué?
    —Quién sabe… nada bueno.
    —¿Te refieres a la guerra?
    —A la guerra y a otras cosas…
    —¿Qué otras cosas?
    —La última vez que estuvimos juntos me aconsejaste que no diera voz a mis pensamientos…
    —Sabes que no tienes nada que temer de mí -afirmó él acompañando sus palabras con una de sus raras sonrisas.
    —No, no lo sé. Nadie sabe nada. Los amigos se vuelven enemigos; los que ayer bebían juntos hoy no se hablan; se decretan nuevas leyes todos los días y uno ya no se sabe a qué atenerse. La comida no llega a las mesas, se han suprimido los gremios, se ha declarado la guerra a un país que casi nadie de aquí sabe dónde está, y grupos de exaltados recorren las calles. Obligan a los viandantes a gritar vivas a la república e insultos al rey, y los apalean si se niegan.

    Zubiburu bebió un trago largo de vino aguado, el único posible de encontrar desde hacía meses.

    —Los cambios precisan tiempo para consolidarse -terció él en tono comprensivo-. No se puede transformar un país, borrar el pasado, suprimir las injusticias, con un chasqueo de dedos. El nuevo gobierno intenta hacerlo lo mejor que puede y sabe.
    —Y todavía no hemos visto lo peor -prosiguió el carpintero sin darse por enterado-. Llegarán más leyes y las libertades de las que tanto hablan algunos sólo serán papel mojado en manos de los de siempre.
    —Los nobles ya no tienen el poder.

    Su amigo se le quedó mirando y sus ojillos azules, sombreados por unas espesas cejas, chispearon con sorna, aunque sus labios no sonreían.

    —¿Y quién se preocupa de ellos? — retomó la palabra al cabo de unos instantes- París, la corte… todo eso queda muy lejos. Aquí no hay nobles importantes; ni siquiera los rentistas lo son, y nadie dedica medio pensamiento al rey francés.
    —Entonces, ¿a quién te refieres cuando hablas de “los de siempre”?
    —A algunos que siempre apuestan por el ganador; a quienes decían defender a esta tierra y ahora defienden la supresión de sus fueros. Hablan a grandes voces de la nación cuando antes sólo hablaban de este pequeño rincón del mundo. Han trocado su herencia por un plato de lentejas, pero, cuando todo esto acabe, los veremos ocupando puestos de relevancia política y social a todos los niveles.
    —Pero… ¿a quién diablos te refieres?
    —A aquellos cuyos únicos intereses son medrar caiga quien caiga, la monarquía, la república o la soberanía, aunque para ello tengan que vender su alma al diablo.
    —Yo creo en la revolución -afirmó él con el tono seco de voz que adoptaba cada vez que quería causar impresión.
    —¡Brindemos, pues, por ella! — exclamó Zubiburu levantando su pote de vino- ¡Y ojalá yo me equivoque!

    Continuaban las discusiones sobre el número de guardias nacionales que cada comuna debía proporcionar, el reparto de armas y municiones, la apertura de las oficinas de reclutamiento en cada municipalidad, el gasto que supondría el mantenimiento y alimentación de las milicias y otros asuntos por el estilo.

    Joantto no había intervenido ni una sola vez desde el comienzo de la reunión y observaba sin escuchar a los miembros de la mesa. Betti tenía parte de razón. Dhiriart, Daguerressar, Delissalde, Duronea, el hermano del cura juramentado de Sara… Algunos de aquellos hombres se habían distinguido en la defensa de los derechos y libertades de los vascos y ahora estaban allí, con sus escarapelas bien visibles, vociferando en francés sobre la obligación de todos los ciudadanos de apoyar a la patria y denunciar a sus enemigos. Su amigo no se refería a él, como en un principio pensó, al hablar de “los de siempre”, sino a aquellos burgueses, notarios, abogados y comerciantes adinerados que se llamaban a sí mismos revolucionarios, sans-culottes, cuando, en realidad, sus calzones estaban confeccionados con el mejor paño de Holanda. En un extremo de la mesa, levantando acta de la reunión, se hallaba Durruty. Se habían encontrado al entrar y el notario se había apresurado a informarle de que ya no atendía a nobles traidores y clérigos enriquecidos con el dinero del pueblo. Ahora trabajaba para el gobierno y se ocupaba de inventariar las propiedades confiscadas a sus antiguos clientes. No le sorprendió. Se había quitado la peluca y en su pecho lucía una escarapela nacional más grande aún que la de Monduteguy.

    De todos modos, se dijo con cinismo, su amigo no iba muy descaminado. También él esperaba medrar y estaba dispuesto a entregar su alma al diablo, sólo que no sería para obtener riquezas ni honores. El sólo quería una cosa: Jaurenea. Vendería los montes y los ganados, arrasaría los campos labrados, pero, sobre todo, ordenaría derruir piedra a piedra la casona, como hacían los antiguos cuando buscaban borrar para siempre el nombre de sus enemigos de la faz de la Tierra. No abandonaría Sara hasta haberlo logrado.

    Tras la entrevista con su tío Xan, cabalgó hasta Jatsu con la mente puesta en la madre a quien, por fin, iba a conocer. La sacaría del lugar donde había transcurrido más de la mitad de su vida y la llevaría a vivir con él. Juntos recuperarían el tiempo que les había sido robado y nadie volvería a separarlos jamás. Espoleó al caballo con tanta furia que, al llegar, el pobre animal se dejó caer resoplando en el suelo. Llegó al convento de la Visitación que se hallaba en el camino de Villefranche, golpeó la puerta con la fusta y esperó ansioso a que le abrieran. Frunció el gesto al ver asomar a una mujer mayor vestida de negro que le dio las buenas tardes con voz temblorosa. A pesar de haber trocado el velo por un pañuelo, estaba claro que su vestimenta era un hábito. Hacía año y medio que los hábitos religiosos habían sido abolidos por decreto de la Asamblea Nacional, y tuvo un mal presentimiento.

    —¿Está aquí Enrieta de Jaurenea, de Sara? — preguntó sin responder al saludo.

    Notó que la mujer se encogía aterrorizada.

    —Me han informado de que Enrieta de Jaurenea se hospeda en esta casa y desearía hablar con ella -dijo, intentando ser algo más amable.

    La anciana empujó con dificultad el portón para permitirle la entrada, aunque sin dejar de observarlo con aprensión, y lo acompañó a una sala vacía de muebles. Habían transcurrido casi dos años desde la abolición de conventos y monasterios, aunque se había autorizado la permanencia en ellos de sus antiguos ocupantes, en especial de las monjas. Los hombres lo tenían más fácil a la hora de integrarse en la sociedad, pero ¿qué podrían hacer unas mujeres que habían pasado toda la vida entre inciensos y rezos? Vírgenes histéricas, las había llamado Monduteguy en una ocasión, estériles para parir hijos para la patria. Autoridades municipales, comisarios de distrito y otros funcionarios las vigilaban de cerca, inventariaban sus pertenencias, se llevaban los objetos de valor y las amenazaban con echarlas de sus refugios. No era de extrañar, por tanto, que la anciana tuviera miedo. Contempló su imagen reflejada en el cristal de la ventana. Su propio aspecto no era en absoluto tranquilizador. Continuaba vistiendo de negro, levita corta de cuello duro, calzas, medias y zapatos. El único punto de color de su indumentaria era el pañuelo blanco atado en varios nudos que cubría la pechera. También se había cortado el cabello y, en un ademán involuntario, se pasó ambas manos por la cabeza. Estaba nervioso. ¿Dónde estaba su madre? Se giró al oír el ruido de la puerta al abrirse y se mantuvo inmóvil, junto a la ventana, mientras ella se aproximaba.

    Durante mucho rato, mucho, los dos permanecieron callados, examinándose el uno al otro, intentando descubrirse. En un primer instante, el rostro de la mujer que tenía delante mostró el estupor que debía sentir al reconocer en él al padre a quien no había vuelto a ver desde el día de su encierro. Después, la duda en su mirada, la pregunta que no se atrevía a formular. Por su parte, él trataba de descubrir a la madre soñada durante tantos años. La había imaginado hermosa como una diosa griega y tenía delante a una mujer avejentada, vestida igual que la anciana portera, pañuelo en la cabeza incluido.

    —¿Eres Enrieta de Jaurenea? — preguntó por fin.
    —Lo soy y… y… ¿vos?
    —Soy Joantto Ithurbide, tu hijo.

    Vio que sus ojos se empañaban y que apretaba los labios para reprimir la emoción, pero no se desvaneció como la abuela Engrazia, ni alargó los brazos para darle el abrazo que él llevaba esperando toda la vida. Tampoco consiguió sacarla de allí por mucho que insistió en el hecho de que ya era libre, de que no estaba obligada a permanecer en aquel lugar por más tiempo, de que ambos tenían aún muchos años por delante.

    —No sabría vivir fuera de aquí -afirmó- y debo quedarme con mis hermanas y compartir su suerte.
    —¿Y qué hay de mí?
    —Tú eres ya un hombre y no me necesitas. Sería un estorbo para ti.

    Partió de Jatsu con amargura en el corazón y la rabia en el cuerpo. Sólo al final, cuando se despedían, preguntó por el padre. Lo hizo con una voz apenas audible y reprimió un gemido al saber que había muerto.

    —¿Fue feliz? — preguntó una vez más.
    —Sí -respondió él.

    Había mentido. Tal vez porque no merecía la pena ahondar en la herida, o porque sintió lástima por ella. El jauntxo de Jaurenea tenía razón: su madre estaba muerta, él la había matado.

    La asamblea finalizó, pero Joantto sólo se dio cuenta de ello cuando su vecino de asiento le pidió que le dejara paso. Se levantó presuroso y salió del Castillo Viejo sin despedirse de nadie; tenía prisa por volver a Sara. Pasó por la calle de Les Tonneliers para recoger su bolsa y despedirse de Graxi y de su marido, el marino. Parecían sentirse a gusto el uno junto al otro a pesar de las penurias y la inseguridad reinante, y se alegró por ellos. La mujer le había informado de que el padre Mathieu había sido acogido en la casa para curas de Bera y de que su viaje hasta Baiona había transcurrido sin complicaciones, así que ya no tenía que preocuparse por ninguno de los dos, añadió. El asintió, pero no le confesó que no había pensado en ellos ni un momento desde la última vez que se habían visto.


    El reclutamiento de voluntarios en Sara no tuvo éxito. Nadie se presentó para apuntarse en la Guardia Nacional, ni siquiera aquellos que mostraban alguna simpatía hacia la revolución, que también los había. El decreto había sido traducido al vasco para mejor entendimiento y fue leído por el alcalde en la plaza ante todos los habitantes de la comuna, convocados al acto. La lectura sólo obtuvo algún que otro comentario mordaz, pero, en general, la concurrencia mostró una total indiferencia y nadie se acercó a la mesa de alistamiento colocada al lado del altar de la patria, un monolito erigido por la municipalidad obedeciendo la orden de la Asamblea dirigida a todos las ciudades y pueblos del territorio francés. Una vez acabado el acto, los vecinos se dispersaron y regresaron a sus tareas. La mesa permaneció todo el día y los días sucesivos custodiada por dos guardias con la bayoneta calada, pero la hoja de inscripciones permaneció en blanco.

    Joantto podía ver desde la ventana de su despacho al secretario municipal, que no sabía cómo pasar el tiempo. Lo observaba escribiendo algo para no tener que alzar la cabeza, levantándose para ir un momento a la taberna o hablando con los guardias. Se notaba que el hombre estaba incómodo y que habría preferido hallarse en otro lugar. El calor era sofocante y el sol caía de lleno sobre la plaza. El funcionario se llevaba el pañuelo a la frente cada dos por tres y, en cuanto la campana de la iglesia daba las cinco de la tarde, recogía hojas, plumas y tintero y se marchaba apresuradamente. Le divertía observar los apuros del secretario y también los de los miembros de la municipalidad, que se veían ante la coyuntura de informar al directorio del distrito de que no habían podido reclutar un solo hombre para la defensa de la patria. A él el asunto le era indiferente y, desde luego, no tenía intención alguna de alistarse en el ejército para ir a luchar, y quizás morir, en un lugar perdido del norte, pero le llamaba la atención que no hubiera en Sara una sola persona dispuesta a hacerlo. Recordó las palabras de su tío. Tal vez era cierto que a las gentes de aquella región no les concernía lo que ocurría en el resto del país, pero estaban equivocadas porque, antes o después, Francia entraría en guerra con España y ellas se encontrarían justo en el medio.

    La tarde declinaba y se había levantado un brisa suave que aliviaba el bochorno sufrido durante toda la jornada. Sintió la necesidad de salir a pasear; le agobiaba estar encerrado entre cuatro paredes repasando decretos, organizando partidas de vigilancia, escuchando las quejas de los vecinos y también de los ediles que iban a contarle sus penas. Su actitud distante hacía la población no le había granjeado amigos y las únicas conversaciones mantenidas en tono distendido eran con los guardias, obligados compañeros de alojamiento con los que tampoco tenía mucho en común; una partida de cartas o de dados con ellos, o la lectura de unos libros que se había traído de Baiona, eran todo su entretenimiento. De vez en cuando acudía a la casa de Domenga con ánimo de encontrar un ambiente algo hogareño, como el disfrutado durante su estancia en ella con Graxi y el padre Mathieu. En el fondo, tenía que reconocer que también confiaba toparse con Mari en alguna de sus visitas, cosa que no había ocurrido hasta el momento. Domenga lo recibía con amabilidad, lo invitaba a comer o a cenar, pero sus confidencias no iban más allá de algunos comentarios sobre el tiempo o sobre pequeños chismorreos de la vecindad. En un par de ocasiones le había preguntado por el padre Michel, pero ella había respondido que no tenía noticias. Estaba seguro de que mentía y de que conocía el paradero del sacerdote, pero no insistía porque no sabía muy bien lo que haría si llegaba a averiguar dónde se encontraba. La situación de los curas refractarios no estaba clara, aunque mucho temía que en París se decidieran por fin a tomar la medida de la deportación, de la cual se llevaba hablando desde hacía meses.

    Tomó el único camino que conocía bien, el de Istilarte, pero, a medio trayecto, avistó a una mujer que caminaba deprisa, a bastante distancia, y desaparecía por un sendero del bosquecillo cercano. La siguió, picado por la curiosidad. Que él supiese, no había nada interesente por aquella zona y tampoco ningún caserío. Anduvo durante un rato entre matos y estaba a punto de dar media vuelta y regresar al camino cuando de nuevo descubrió a la mujer. Sólo podía ver su pañuelo moviéndose con agilidad entre la masa boscosa. Un rato después, atisbo una chabola, de las utilizadas por los cazadores para guarecerse. Avanzó despacio, procurando no meter ruido, y se acercó lo suficiente para observar sin ser visto. La mujer se hallaba de espaldas a él y hablaba con un hombre, rebuscaba en su faltriquera y le entregaba algo, dinero supuso, a cambio de una bolsa. El hombre desapareció en el bosque. La mujer cogió la bolsa y echó a andar hacia donde él estaba. Esperó a que llegara a su altura y entonces le salió al encuentro.

    —Es algo tarde para andar por parajes solitarios -dijo, mirándola fijamente.

    Pasada la primera impresión y el susto de encontrarse con alguien y que ese alguien fuera precisamente Joantto Ithurbide, Mari Harotsenne le devolvió la mirada.

    —Lo mismo digo.

    Iba a continuar su camino cuando él la cogió por el brazo y la obligó a detenerse.

    —¿Contrabandeando de nuevo? — la interrogó con sequedad, señalando la bolsa.
    —Ganándome la vida.
    —Sabes que puedo ordenar que te arresten. El tráfico de mercaderías incumple la ley y es un delito.
    —Si se arrestase a todo el que incumple la ley, habría más gente dentro que fuera de la cárcel.
    —Yo debo cumplir con mi deber.
    —Pues cumplidlo.

    Parecía segura y mantenía su mirada, pero Joantto advirtió un ligero temblor en sus palabras y prosiguió en el mismo tono de voz.

    —No te gustará. Las cárceles son lugares pavorosos donde los presos sufren todo tipo de tormentos; conviven con las ratas, que les disputan la comida, y… las mujeres son azotadas desnudas y violadas por los carceleros tantas veces como a ellos se les antoja.

    Esta vez el miedo se reflejó en los ojos de Mari, aunque no desvió la mirada, y él la contempló a su gusto, sabiéndose el amo de la situación. Le gustaba. Le gustaba aquella muchacha, una contrabandista, una campesina vestida con pobres ropas y, aun así, orgullosa de sí misma como una dama. Era una criatura salvaje nacida para vivir en libertad, sin leyes ni reglas, asustada ante la presencia de un depredador, pero dispuesta a plantarle cara; tan diferente a su madre, cautiva de su propia sumisión. Le excitaba percibir su turbación, mezcla de temor y atracción, y el dominio que él ejercía sobre ella. Le pasó la mano por la cabeza y le quitó el pañuelo. Una mata de cabello castaño se esparció por sus hombros. Sujetó su nuca con la misma mano, acercó sus labios a los de ella y la besó con violencia, ebrio de deseo.

    —¿Pensáis violarme? — la oyó decir entre jadeos.
    —No haré nada que tú no quieras que haga -respondió antes de besarla de nuevo.

    Pasaron la noche en la chabola, tumbados sobre un lecho de hierbas. Podían ver el cielo estrellado a través del agujero que servía de ventana, pero no tenían tiempo de contemplar la belleza serena de la noche. No hablaron. Sus manos se buscaron, deseosos de descubrirse; sus labios se unieron en largos besos sin fin y sus cuerpos se acoplaron una y otra vez entre gemidos de gozo y expresiones de amor, sin pensar en el pasado, ni tampoco en el futuro.

    —No más contrabando -ordenó Joantto, al amanecer, cuando ella emprendió la primera el regreso a Sara-. Yo me ocuparé de que te llegue el hilo suficiente para tejer tus telas.
    —No más contrabando -prometió ella.
    —Vuelve mañana -le ordenó de nuevo.
    —Volveré.

    La vio desaparecer entre los árboles, colocándose el pañuelo en la cabeza, con la bolsa de los hilos colgada del brazo, y después entró en la cabaña para acabar de vestirse. Se sentía a gusto consigo mismo por primera vez en mucho tiempo. No era sólo que hubiera satisfecho un deseo reprimido durante meses, sino que tenía unas ganas inmensas de que el día transcurriera y llegara de nuevo la noche. Al contrario de lo que solía ocurrirle en el burdel de Baiona, donde el desahogo dejaba paso al hastío e incluso a la repulsa. Quería volver a tener a Mari bajo su cuerpo, tenerla encima, rodearla con sus brazos, hacerle el amor hasta perder el sentido. Quería besar sus labios, su cuello, sus pechos; acariciar su cuerpo y olvidar que, fuera de allí, los lobos esperaban al acecho para hincarse los dientes unos a otros, y que él mismo era uno de ellos.

    Sacudió sus ropas para eliminar todo rastro de polvo y hierbas, metió el pañuelo del cuello en el bolsillo de la levita y se la echó por encima del hombro. Caminó hasta el pueblo sin prisas, en mangas de camisa y con el chaleco desabrochado, disfrutando de una mañana de verano que se anunciaba tan calurosa como la víspera, y entró en la rectoría en el mismo momento en que los guardias comenzaban a despertarse.

    Antes de la puesta del sol, volvió a la chabola. Llegó el primero y se entretuvo en recoger un buen montón de flores silvestres que esparció sobre el lecho de hierbas. Estaba sorprendido de sí mismo. No era un hombre romántico, y dos días antes no se le habría ocurrido hacer algo tan pueril. No obstante, continuó cortando flores hasta cubrir el lecho por completo. El sol se había puesto, Mari no aparecía y comenzaba a ponerse nervioso. No le gustaba esperar, odiaba esperar. Quizás ella se había arrepentido; quizás se había reído de él o había cedido para no ser arrestada. Esperaría un poco más y luego se marcharía. No pensaba pasar la noche en un cuchitril infecto, con los grillos como única compañía. Estaba a punto de salir cuando la portezuela desvencijada se abrió y Mari entró con el rostro sonriente. Se aproximó a ella, la mirada oscura, los músculos en tensión; la empujó de cara contra el muro de piedra, le levantó las faldas y la penetró sin una palabra, sin un beso, sin una caricia.

    —No vuelvas a hacerme esperar -le susurró amenazador.
    —Tus guardias me han retenido a la salida del pueblo -afirmó ella, aterrorizada por la inesperada violencia de su amante-. Querían saber adonde iba.
    —No vuelvas a hacerme esperar -repitió, cogiéndola en brazos y depositándola sobre el lecho de flores-. He creído morir pensando que no vendrías.
    —No tenías derecho a pensarlo. — Mari había recuperado algo de su aplomo habitual-. Siempre cumplo mis promesas y…

    No pudo continuar. Los labios de Joantto se lo impidieron.

    Al día siguiente, el comisario ordenó que no se vigilase el camino del bosque cercano al barrio de Istilarte. No dio ninguna explicación y ninguno de los subordinados se atrevió a pedírsela, aunque no pudieron evitar mirarse unos a otros. El jefe no había dormido en la rectoría las dos últimas noches y no era necesario ser demasiado sagaz para adivinar que las había pasado en buena compañía. Su aspecto distendido y alguna que otra hierba prendida en sus ropas decían mucho más que las palabras.


    Las noticias sobre la guerra en el norte llegaban al País Vasco con retraso y tras haber pasado el filtro de la censura. Según los gobernantes, no era bueno para la moral de la ciudadanía conocer las derrotas del ejército francés en su propio territorio. Tampoco se supo, hasta mucho después, la matanza en las cárceles parisinas de cerca de dos mil presos a manos del populacho a raíz de la toma de Verdun por el ejército prusiano. Entre tanto, se firmó el decreto que ordenaba el exilio a los religiosos refractarios bajo pena de ser deportados a la Guayana, un lugar lejano en Ultramar adonde iban a parar los criminales más peligrosos y de donde raramente se regresaba.

    En Sara la recogida de las últimas cosechas se mezclaba con la preparación del terreno para la siembra del otoño. Algunos rebaños de ovejas habían iniciado el descenso desde las tierras altas, pero, en general, las jornadas transcurrían apaciblemente. Las fiestas de la comuna, en la segunda semana del mes de septiembre, se llevaron a cabo sin incidentes. Hubo, incluso, una asistencia masiva a la misa del domingo para asombro del abad Duronea, poco acostumbrado a la afluencia de fieles. El párroco juramentado aprovechó la ocasión para recordar a los presentes su obligación de cumplir con los deberes religiosos y la nulidad de los matrimonios y bautizos celebrados por sacerdotes destituidos. Desde su asiento en un lateral de la iglesia, al lado del alcalde y de otros ediles, Joantto observó los rostros imperturbables de los vecinos. Daba la impresión de que todos estaban de acuerdo, de que el asunto no iba con ellos, pero él sabía que no era así. Desde su llegada a Sara habían nacido varios niños que no habían sido bautizados; también estaba al corriente de algunas parejas que vivían maritalmente sin haber pasado por la vicaría ni por el registro municipal. En un lugar tan pequeño y con una profunda impronta religiosa, era impensable que se aceptase con toda naturalidad el amancebamiento y, menos todavía, que no se bautizase a los recién nacidos. Sonrió para sus adentros y pensó en el padre Michel.

    Algo más tarde, presenció el partido de pelota en el frontón que se alzaba en plena plaza. Estaba en compañía del párroco, de los ediles y de algunas personas que, o bien por temor o por simpatía, compartieron con ellos el vino ofrecido gratuitamente por la municipalidad “para brindar por el triunfo sobre los enemigos de Francia”. También escuchó, a media tarde, los versos improvisados que arrancaban los aplausos de los espectadores, aunque, al contrario de lo escuchado en la venta de Lizuniaga, no se hiciera mención alguna a la situación política, a los curas constitucionales, ni a españoles y franceses. Sin embargo, por los gestos crispados que en ocasiones advertía en Duronea y en el alcalde, abrigó la sospecha de que algo se le escapaba. La sutileza no era su fuerte, pero admiraba el ingenio y le hubiera gustado comprender el trasfondo de algunas de aquellas rimas sencillas e inocentes que, al parecer, no lo eran tanto.

    Se olvidó de los versos y de lo poco que disfrutaba él con las fiestas al escuchar los sones de xirulas y tamboriles que invitaban al baile o, mejor dicho, a los bailes, pues los había de todos los tipos: de hombres solos, de mujeres solas, agitados, tranquilos, mixtos. Vio a Mari con las mejillas sonrojadas por la energía que ponía al bailar un fandango. Únicamente tenía ojos para ella, para aquel cuerpo que sabía suyo, agitado por los movimientos de una danza que los burgueses de Baiona consideraban ordinaria y muy alejada de los cánones de la elegancia en boga. A él, por el contrario, le resultaba extremadamente seductora. Ella sonreía cada vez que sus ojos se encontraba y desviaba la vista para no dar lugar a los comadreos de las mujeres que, sentadas en sendas sillas, contemplaban a los danzantes. Reparó en Domenga, muy seria y ajena al bullicio, conversando con otra mujer sentada a su lado; ambas tenían el aspecto de estar tramando algo. No les prestó mayor atención y volvió a centrarse en Mari que había iniciado un nuevo fandango.

    La fiesta duró hasta la madrugada y todos se retiraron cansados y satisfechos. Durante unas horas habían arrinconado los pesares, las desavenencias, las incertidumbres, ansiosos por disfrutar de la vida, por sentirse vivos. Antes de acostarse, a Joantto le vino de pronto la imagen de Domenga y de la otra mujer. Salió de la habitación a medio vestir, llamó al más joven de los guardias, Peio, un chaval que aún no había cumplido los dieciocho años, originario de Urruña, y fue con él hasta la puerta.

    —A partir de mañana, te encargarás de seguir a la mujer que vive en esa casa -le ordenó, señalando la casa de Domenga-. Procura ser discreto. No tienes que decir ni hacer nada, sólo seguirla y decirme luego adonde ha ido. ¿Has entendido?

    Se durmió pensando en Mari y lamentando que aquella noche no hubieran podido reunirse como venían haciéndolo desde hacía dos meses.

    Obedeciendo las órdenes, el joven guardia informaba cada día sobre los pasos dados por la persona cuya vigilancia tenía encargada: muchas veces ni siquiera salía de su vivienda, otras se reunía con alguna amiga, iba a visitar a una parturienta o a un enfermo, o sacaba una silla a la calle y hacía tertulia con las vecinas hasta eltoque de queda. Nada especial que no hicieran las mujeres de cierta edad de la localidad, aseguraba muy serio. Joantto llegó a pensar que era un pérdida de tiempo mantener ocupado a uno de sus hombres en una tarea inútil, pero tenía una intuición y no se equivocó.

    Una tarde, Peio entró en el despacho con aspecto de haber hecho un gran descubrimiento. Según le notificó, la mujer había salido del pueblo con una cesta en el brazo y se había dirigido hacia el barrio de Zuhalmendi, dando un paseo, sin prisas, deteniéndose, recogiendo bayas que metía en el cesto. Al cabo de un rato, entró en la casa Ortillopitz y tardó mucho en salir. Cuando lo hizo, iba acompañada por varias personas: los dueños, a quienes conocía por haberlos visto en la plaza, y dos hombres cuyas caras no tuvo tiempo de distinguir por que volvieron a entrar, en su opinión, con demasiada presteza.

    —Avísame la próxima vez que ella tome la misma dirección -le ordenó.

    No habían pasado dos días cuando Peio entró en el despacho con la respiración entrecortada y le comunicó que, sin duda, la mujer se dirigía al caserío. La había seguido durante un trecho y había regresado corriendo para notificárselo. Ambos se dirigieron al lugar indicado. Al joven se le veía muy excitado ante la posibilidad de ser el descubridor de un complot, pero Joantto le ordenó regresar al pueblo al llegar a un punto del camino desde donde se divisaba la casa. La decepción plasmada en su rostro fue tal, que el jefe tuvo que reprimir una sonrisa. Lo vio marchar con desgana, mirando hacia atrás cada cuatro pasos, y esperó a que hubiera desaparecido de la vista para seguir adelante.

    Un perro de gran tamaño, tipo mastín, le salió al encuentro a pocos pasos de la puerta, pero no ladró. Hizo como hacían todos, olerlo, dar vueltas a su alrededor, aceptar sus caricias y acompañarlo en silencio. Era curioso que siempre ocurriera lo mismo, se dijo. Alguna vez tendría que pensar con detenimiento por qué los animales actuaban así. Pudiera ser que reconocieran en él a un ser acostumbrado, como ellos, a vigilar y a defenderse en solitario. La puerta estaba abierta y entró sin llamar. Las voces lo condujeron a la cocina y contempló en silencio a los allí reunidos: los dueños de la casa, como había dicho el guardia, Domenga, el padre Michel, otro hombre desconocido y… Mari. Todos ellos tardaron unos instantes en percatarse de su presencia y, al hacerlo, la conversación cesó de golpe.

    —Buenas tardes -saludó él, consciente de la impresión que acababa de causar.

    El dueño de la casa, un campesino entrado en años y curtido por el trabajo al aire libre, se levantó de la silla y le indicó con un gesto que se sentara.

    —¿Deseáis beber algo? ¿Vino, agua…? — le preguntó.
    —Un vaso de vino servirá.

    El hombre le sirvió y se retiró unos pasos. De nuevo se instaló el silencio en la cocina. Los ojos de Domenga iban de él a los otros hombres sin poder ocultar su preocupación, Mari evitaba mirarle y los demás esperaban a que hablara.

    —Me da la impresión de que he interrumpido algo -dijo por fin-, e imagino lo que es.
    —¿Y qué pensáis hacer? — La pregunta procedía del padre Michel.
    —¿Qué crees tú que debo hacer, ciudadano Bordaguibel? Me habían dicho que te encontrabas en paradero desconocido y resulta que no te habías movido de Sara en todo este tiempo. Imagino que tú y el ciudadano que está a tu lado, y que supongo es el antiguo párroco Teillary, habéis estado muy ocupados durante todo este tiempo casando, bautizando y oficiando misas y funerales…

    El tuteo impuesto por los revolucionarios para demostrar que todos, hombres y mujeres, eran iguales y sus posteriores palabras causaron entre los reunidos incluso mayor desasosiego que verlo aparecer de pronto por la puerta, pero nadie dijo nada.

    —Os recuerdo que ambos deberíais ya estar fuera del país -prosiguió mientras acariciaba el vaso de vino sin llevárselo a los labios.
    —En ello estábamos cuando…

    Interrumpió las palabras de Mari con una mirada airada. Fue un instante, suficiente para que la joven enrojeciera hasta la raíz de los cabellos y no intentara continuar hablando. La atención de Joantto se centró de nuevo en el padre Michel.

    —Tenéis un día a partir de este mismo momento -le advirtió-. Mañana a esta hora enviaré una patrulla y, si aún estáis aquí, los dos seréis escoltados hasta Uztaritz y de allí a Baiona para ser embarcados rumbo a la Guayana.

    Se levantó, miró una vez más a cada uno de los presentes y salió de la cocina y de la casa. El perro meneó la cola al verlo aparecer por la puerta y se le acercó, él le acarició la cabeza y continuó andando. No había avanzado unos pasos cuando lo detuvo una voz llamándole, y se giró. El padre Michel salió a su vez de la casa y se aproximó a él.

    —Sólo quería darte las gracias -dijo al llegar a su altura y tuteándole a su vez.
    —No es necesario.
    —¿Por qué lo haces?
    —Yo siempre pago mis deudas y tú me ayudaste la primera vez que vine a Sara. Me diste de comer y de beber -añadió con un deje no exento de ironía rememorando las palabras del Evangelio- y me alojaste en tu casa.
    —Que ahora es la tuya… -no pudo evitar añadir el sacerdote en el mismo tono.
    —Así es. Por tu bien espero que no volvamos a vernos.
    —Yo, sin embargo, espero que algún día podamos sentarnos bajo las ramas de un árbol y conversar como amigos.
    —Puede que eso ocurra, pero no será mañana.
    —¡Qué Dios te acompañe!

    Joantto levantó el mentón en señal de despedida y prosiguió su camino seguido por el perro.

    Al llegar a la rectoría se topó con Peio, quien lo estaba esperando impaciente, y no pudo ocultar su extrañeza al verlo llegar solo.

    —Mañana a esta misma hora, y al mando de cuatro hombres, procederás a hacer un registro a fondo de aquella casa y detendrás a cualquier persona sospechosa que se halle en ella.

    El joven se cuadró, orgulloso, y él entró en el edificio. Poco después, el propio Peio le comunicó que la ciudadana Mari Harotsenne estaba afuera y deseaba hablar con él.

    —Dile que yo no deseo hablar con ella, ni ahora ni nunca.

    A través del cristal de la ventana, observó al guardia cumplir la orden y negar repetidamente con un gesto de cabeza ante la insistencia de ella. Antes de retirarse, Mari alzó la vista y lo vio. Joantto pudo leer una súplica en sus ojos, pero se mantuvo impasible y se retiró de la ventana al cabo de unos instantes.

    No esperaba encontrarla en el caserío y su presencia allí sólo podía significar que estaba dispuesta a ayudar a los dos curas, a organizar su fuga e, incluso, a servirles de guía, pero, sobre todo, significaba que no había confiado en él. Durante las últimas semanas había creído que las cosas podían cambiar y llegó a pensar en olvidar su propio asunto, el que le enfrentaba a su abuelo; que era posible vivir en paz, pero estaba equivocado. El mundo era lo que era y los seres humanos también. Nadie daba nada por nada, nadie amaba por el placer de amar, ninguna mujer se entregaba sin esperar algo a cambio: dinero, posición, protección… Mari se había aprovechado de él, meditó con amargura. Estaba segura mientras fuera su amante; los guardias no la molestarían y podía moverse a su aire porque su relación con él era un salvoconducto mucho más valioso que un simple papel. Le había suministrado una gran cantidad de hilo para asegurarse de que no volvería al contrabando, al peligro. No la interrogaba acerca de su actividad, pues la suponía en su casa, junto a su madre, tejiendo, esperando el momento para encontrarse con él en la cabaña del bosque. Lo único que verdaderamente le importaba era saberla suya en cuerpo y alma, y ahora se daba cuenta de que todo había sido una ilusión.

    Al anochecer del día siguiente, el guardia Peio le informó de que había sido registrado el caserío sospechoso y de que no se había encontrado nada extraño dentro, ni objetos, ni documentos, ni personas ajenas al lugar. Parecía muy decepcionado, pero él lo felicitó por su buen hacer, le prometió misiones de mayor importancia y sus palabras levantaron el ánimo del joven.


    A finales del mes de septiembre, una noticia conmocionó a toda Francia: la Asamblea legislativa se había disuelto para dar una nueva Constitución al país. La nueva asamblea llevaba el nombre de Convención Nacional, había decretado la abolición definitiva de la realeza y proclamado la República. La primera victoria del ejército francés contra el enemigo, en Valmy, había sido decisiva para dar un vuelco total a la situación política, cuyas consecuencias estaban aún por verse.

    Como siempre, las nuevas llegaron al País Vasco con una semana de retraso, siendo acogidas con exaltación por parte de los más ardorosos defensores de la revolución, miembros de las sociedades populares, y la expectación de aquellos que añoraban la restitución de las Juntas Generales ante la lejana posibilidad de un cambio en las relaciones con el gobierno de la nación a favor del antiguo territorio foral. No obstante, la gran mayoría de la población permaneció indiferente. Para ella el rey era una figura lejana en cuyo nombre se reclamaba el pago de los impuestos y poco más. Le daba igual la monarquía o la república. Había cosas mucho más graves en las que pensar.

    En Sara el invierno se presentaba duro y el precio del grano continuaba en alza, pero lo más preocupante fue el aviso de la llegada de un representante enviado por la Convención. El delegado tenía como misión inspeccionar el potencial en hombres y bienes de la región, requisar lo que fuera necesario, exigir a los habitantes su contribución para el sustento de los ejércitos de Francia y todo lo que fuera menester. La guerra era un asunto prioritario para la supervivencia de la nueva Francia y costaba cara. Era preciso suministrar a los soldados ropa y alimentos, leña y armas.

    El ciudadano Monestier, representante del pueblo, acompañado por una docena de subalternos, Jean-Martin Monduteguy entre otros, apareció por fin un mediodía de la primera semana de octubre. Los miembros del Consistorio fueron avisados a toda prisa por uno de los hombres del comisario, previamente informado por los guardias apostados a medio camino entre Sara y la aldea de Amotz. Se hallaban en aquellos momentos trabajando en huertas y establos y acudieron vestidos con los calzones de faena, aunque con la escarapela bien visible sobre camisas y chalecos. Joantto había ordenado formar a los guardias y se mantenía delante de la puerta de la rectoría con los brazos a la espalda y el gesto circunspecto. No movió un solo músculo de la cara al ver aparecer a los ediles, sofocados por la carrera, pero durante un breve instante su mirada perdió el aire sombrío y un brillo divertido se reflejó en ella.

    Le molestaba la llegada de la delegación oficial a pesar de haber recibido un mensaje del directorio con dos semanas de antelación. Antes o después aparecería por la zona, de eso no cabía la menor duda. Exceptuando Hendaia, Sara y Ainhoa eran las dos poblaciones más próximas a la frontera. La inspección era una mera disculpa. No había mucho que requisar allí, pero sí mucho que controlar. Se alegró de que los dos sacerdotes estuvieran a salvo. Los nuevos vientos traerían tempestades y cada vez sería más difícil atravesar los pasos. La persecución aumentaba contra los refractarios y aquellos que les prestaban ayuda.Este pensamiento le llevó a otro y su mirada se tornó oscura de nuevo. Habían transcurrido tres semanas desde la última vez que había visto a Mari a través de la ventana de su despacho. Ella no había vuelto y él no la había buscado. Cada día esperaba que alguna de sus patrullas la pillara intentando pasar alijos y se la imaginaba ante él llorosa y suplicante, pero los días transcurrían y los únicos arrestados eran hombres, contrabandistas contumaces, que ni lloraban ni suplicaban. Muy al contrario, se mantenían enteros y afirmaban que sólo hacían lo que siempre habían hecho.

    —Siempre hemos mantenido negocios con nuestros vecinos -aseveró la víspera el último detenido- y es un medio de vida para muchas familias de por aquí.
    —Para la ley francesa sois contrabandistas, criminales, que traficáis con un país extranjero, hostil a nuestra patria.
    —Mi hermano no es ningún extranjero
    —¿Y qué tiene que ver él con esto?
    —Vive en Etxalar -afirmó el hombre con naturalidad.

    Aquella era la única realidad para los habitantes de la zona por mucho que él y otros intentasen convencerlos, les explicasen los entresijos de la política, del comercio entre naciones, del pago de tasas e impuestos por las mercancías, del agravamiento de la situación con los reinos vecinos tras la abolición de la monarquía. A poca distancia, al otro lado de los montes, vivían parientes y amigos, gentes con las que se entendían en el mismo idioma y compartían usos y costumbres desde épocas antiguas. ¿Cómo hacerles entender que las leyes existían para ser cumplidas y que los tiempos de los que hablaban pertenecían al pasado?

    —¡Joantto, mi buen amigo!

    La voz de Monduteguy interrumpió sus pensamientos. Lo vio bajarse del carruaje con los brazos extendidos y acudió a su encuentro. El procurador le palmeó con fuerza la espalda y después se giró hacia el hombre que descendió tras él.

    —Ciudadano Monestier, te presento al ciudadano Ithurbide, comisario delegado del directorio en Sara.
    —El ciudadano Monduteguy me ha hablado muy bien de ti, ciudadano -afirmó el representante del pueblo tras los saludos.
    —Jean-Martin… el ciudadano Monduteguy me honra.

    Era un fastidio tanto ciudadano por aquí y por allá, pensó Joantto, al tiempo que examinaba con detenimiento al recién llegado. Era un hombrecillo delgado, con lentes redondas sobre una nariz más bien pequeña, vestido con una levita de color verde y unos calzones marrones de paño barato que en Baiona habría pasado totalmente desapercibido y, mucho más, pensó, en París, su lugar de procedencia. Mientras el funcionario saludaba al alcalde y a los ediles, intentó averiguar cuál sería su profesión antes de meterse a revolucionario. Tenía aspecto de tendero, aunque igualmente podría haber sido barbero, maestro de matemáticas o administrador de fincas. Después supo que era un sacerdote renegado y diputado por el departamento de la Lozére. Sin embargo, había en él algo inquietante. Tardó un rato en averiguar de qué se trataba: el hombre apenas hablaba; escuchaba y respondía con monosílabos, pero nada se escapaba de su mirada indagadora. Observó cómo sus ojos empequeñecían al escuchar al alcalde expresarse en un mal francés y cómo empequeñecieron aún más cuando fue preciso que alguien tradujera las palabras de algunos ediles que desconocían por completo la lengua oficial de la nación.

    —Ciudadano Monduteguy, hay algo que me desconcierta — señaló Monestier tras despedir a los ediles, penetrar en la rectoría y tomar posesión del despacho de Joantto.
    —¿Algo que te desconcierta? — preguntó el procurador en tono preocupado.
    —No es la primera vez, en los días que llevo recorriendo este distrito, que preciso de un traductor para hacerme entender por las autoridades locales. Es inconcebible que existan ciudadanos franceses que ignoren su lengua -prosiguió al no percibir reacción alguna en su interlocutor.
    —Bueno… aquí siempre se ha hablado el vasco… -adujo el interpelado, confundido-. Las gentes se entienden y…
    —Hace ya casi cien años que el francés es la única lengua oficial en toda Francia -le interrumpió el representante con acritud-. ¿Existe una escuela en este villorrio?
    —Antes el cura se encargaba de enseñar algo de números y letras a los niños…
    —Toma buena nota, ciudadano: tendrá que haber una escuela en cada pueblo de tu distrito y los niños de ambos sexos aprenderán el francés como única lengua.
    —Se hará como lo desees, ciudadano.
    —No soy yo quien lo desea, es la nación. El francés es la lengua de la República, una lengua que ha dado grandes escritores, filósofos y oradores y que no puede ser ignorada por unos patanes sin instrucción. Las lenguas incultas, los dialectos y el analfabetismo han de ser erradicados por completo de Francia.

    Dicho esto, el representante del pueblo pidió los registros en los que estaban inscritos los nombres de los habitantes de Sara, las casas, tierras y ganados y se enfrascó en su lectura, ignorando por completo a sus acompañantes.

    —Ya lo has oído -susurró Monduteguy al oído de Joantto-. Encárgate de que haya una escuela en el pueblo y de que el maestro sepa francés.

    Joantto asintió, pero no abrió la boca. Después de todo, el hombrecillo sabía hablar y, sobre todo, ordenar. Tendría su escuela, se dijo, pero no sería él quien fuera a buscar a los alumnos casa por casa. No le había gustado su tono despectivo. Le vinieron a la mente las palabras de Betti Zubiburu: “¿Qué saben de nosotros en París? ¿Qué saben de nuestras costumbres, leyes, lengua y tradiciones?”. Su amigo no iba descaminado. El mismo sabía muy poco cuando llegó a Sara y todavía estaba lejos de conocer a fondo la tierra de sus antepasados, pero le molestaba que alguien ajeno al país hablara con desprecio de ella y desús habitantes.

    —¿Quién es este Gehexan de Jaurenea?

    Dio un respingo al escuchar el nombre de su abuelo en boca de Monestier.

    —Es un… un propietario de Sara -respondió al sentir el codo de Monduteguy en las costillas.
    —El más rico, por lo que veo…
    —Puede… sí…
    —Sin duda lo es y además… -El representante buscó en el documento- también es uno de los mayores proveedores de palomas.
    —¿Palomas?
    —¿Acaso el ciudadano comisario desconoce que, llegado el otoño, por esta zona sobrevuelan miles y miles de palomas torcaces y zuritas? Atrapan a cientos de ellas con un sistema arcaico, pero muy eficaz.
    —El ciudadano Monestier es un gran entendido en aves — indicó Monduteguy adulador.
    —También me complace cazarlas y saborearlas -añadió el aludido sonriendo por primera vez-. Mañana temprano iremos a visitar al ciudadano Jaurenea.

    Los visitantes fueron alojados en la rectoría. El representante en el propio cuarto del comisario y los demás en el dormitorio de los guardias, recién fregado el suelo y con sábanas limpias. Joantto volvió a casa de Domenga y sus hombres a las ocupadas meses atrás.


    Al día siguiente, descansados y desayunados, los representantes oficiales, acompañados por Joantto y cuatro de sus guardias, se dirigieron a pie a Jaurenea. La mañana estaba limpia; el cielo azul contrastaba con el verde de los campos y una brisa fresca acariciaba los rostros de los caminantes. Monduteguy había insinuado la conveniencia de ir en el carruaje; no le agradaba andar y evitaba hacerlo siempre que le era posible. Además, la impresión de los visitados era mayor si los veían llegar en un vehículo y no a pie como los aldeanos. El representante del pueblo le recriminó su gusto por la comodidad, impropia de un procurador de la nación, y el hombre no se atrevió a replicar. La comitiva provocó la natural curiosidad entre los saratarras. Aunque muchos conocían la llegada de los “franceses”, otros muchos la ignoraban, pero todos se detuvieron a verlos pasar, o se asomaron a las puertas y ventanas hasta que se hubieron alejado lo suficiente para formar corrillos y comentar su presencia en el pueblo.

    Joantto caminaba detrás de Monestier y Monduteguy. Sus sentimientos en aquel momento eran contradictorios y ello le descorazonaba. No le agradaba sentirse así. Era un hombre seguro de sí mismo que tomaba las decisiones con frialdad, sin dejar llevarse por las emociones. Había postergado el encuentro con su abuelo por diversas razones, la más importante decidir cuál iba a ser su actitud al encontrarse de nuevo cara a cara con él. La imprevista llegada del representante del pueblo había acelerado dicho momento. En su mano estaba destruir al jauntxo, vengarse de él, arrebatarle la hacienda y hacerle pagar hasta la última lágrima vertida por Bittor y Enrieta. Hacer justicia. No obstante, era un asunto entre ellos dos y no quería beneficiarse de la situación ni, por supuesto, permitir que unos extraños interviniesen en una cuestión exclusivamente familiar que no les incumbía. El lema “Libertad, Igualdad, Fraternidad” de los revolucionarios tenía un significado muy distinto para él. Quería la libertad para quitarse de encima el estigma de bastardo soportado durante toda su vida, ahuyentar los recuerdos, y también los odios. La igualdad para ser como los demás y, sobre todo, para ser el igual del hombre que se había creído superior y decidido su destino cuando él sólo era un recién nacido. En cuanto a la fraternidad entendida como compañerismo, le era indiferente puesto que no creía en la camaradería entre las personas. La vida se lo había demostrado a un alto precio.

    Los alrededores de la casona estaban silenciosos. Ni siquiera el perro pastor acudió a su encuentro. Daba la impresión de que allí no había nadie, pero Joantto intuía que el jauntxo se hallaba en su guarida esperándolos. Dentro de ella él era el amo. Cruzaron la entrada protegida por las dos torres, últimos vestigios de la antigua casa fortificada, y caminaron por el sendero entre hortalizas. Al llegar, él mismo se encargó de golpear la puerta con la aldaba de hierro. Quería ser el primero en entrar y observar la reacción de su abuelo cuando lo tuviera delante. ¡A ver si se atrevía a echarlo como a un perro vagabundo, tal y como había amenazado! Una vieja desconocida para él abrió la puerta y se le quedó mirando con la boca abierta.

    —Gehexan de Jaurenea -ordenó.

    La sirvienta se hizo a un lado para permitirles la entrada, pero sólo entraron él, Monestier y Monduteguy, éste con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo de la caminata. El resto permaneció afuera. Fueron conducidos a una habitación amplia en la que había una mesa de roble de al menos cuatro dedos de ancho, dos arcones tallados y algunas sillas. Gehexan los esperaba, de pie, delante de la chimenea apagada, con su mujer a la izquierda y su hijo a la derecha. Entre ambos hombres, el perro pastor, sentado sobre sus cuartos traseros y las orejas tiesas.

    Joantto admiró la escena a su pesar. Con sus padres y él mismo a su lado, habrían constituido una familia fuerte y unida, capaz de hacer frente a cualquier contratiempo. Miró a la abuela. Andra Josebe sólo tenía ojos para él y percibió en ella la misma emoción sorprendida de su primer encuentro. Miró al tío, que lo observaba con aquel aire risueño que lo desarmaba, y, finalmente, miró al abuelo. El jauntxo tenía la vista puesta en algún punto entre él y la puerta. Se asemejaba a una estatua. El perro se levantó en ademán de reconocimiento e hizo amago de ir hacía él, pero su amo chasqueó la lengua y el animal volvió a sentarse.

    —Ciudadano Ithurbide, informa al dueño de la casa de quiénes somos y traduce mis palabras.

    La voz de Monestier rompió el momento especial, suspendido en el tiempo.

    —No necesito que nadie me traduzca vuestras palabras — afirmó Gehexan en un perfecto francés.
    —Vaya… Me alegro de que podamos entendernos sin intermediarios. — El hombre parecía confundido-. Mi nombre es Monestier y soy el representante del pueblo en misión en estas tierras. Tengo entendido que eres el propietario más rico de la comuna, el que más tierras y ganado posee.
    —Fruto del trabajo de muchas generaciones. Nada se nos ha regalado y nada hemos robado.
    —Sí, claro…

    Joantto constató divertido que Monestier se sentía intimidado ante el jauntxo, algo en verdad sorprendente dado el carácter del personaje.

    —La patria precisa la colaboración de todos los ciudadanos -prosiguió el representante después de un carraspeo para aclararse la garganta- y he venido para inspeccionar las propiedades y la disponibilidad de los propietarios.
    —Cumplid con vuestra obligación, pues, y tomad lo que sea necesario. Nadie en esta casa se opondrá.
    —Se hará… se hará… Me complace tu buen talante, no todos los propietarios se muestran tan colaboradores.
    —Ignoran la fuerza que hay detrás de la razón y ante la que es inútil resistirse.
    —Me llama la atención encontrar en un lugar como éste a una persona de vuestra cultura.
    —Es bueno conocer el pensamiento de hombres más sabios que uno -aseveró Jaurenea impasible.

    Monestier no podía ocultar su asombro. El hombre que tenía delante, a todas luces un campesino acomodado, pero campesino al fin y al cabo, acababa de citar “El Contrato Social” de Rousseau. Joantto, a su vez, se mordió la lengua para no echarse a reír. El viejo zorro acababa de alterar el significado de las palabras del filósofo. No había hablado de la fuerza de la razón, sino de la fuerza que se hallaba tras la razón en clara referencia a las armas que acompañaban al representante del pueblo. Admiraba a las personas inteligentes y el hombre acababa de demostrar que lo era, pero no debía caer en la trampa, se dijo. La agudeza y los buenos sentimientos no tenían por qué ir parejos.

    —Hay otro asunto… -continuó Monestier en un tono que intentaba ser amable-. Me han dicho que eres un gran experto en la caza de palomas…

    Gehexan alzó ligeramente la ceja derecha, gesto que pasó desapercibido para todos excepto para su nieto, quien no le quitaba el ojo de encima.

    —Algo sé de ello -respondió con cautela.
    —Me gustaría acompañarte en una de las batidas…
    —Al ciudadano representante le gustaría contemplar el método utilizado en las palomeras -intervino Monduteguy a su vez, ansioso por participar en la conversación.
    —Podemos ir allí ahora mismo si vos los deseáis -afirmó Gehexan.
    —¡Me encantaría! — exclamó impulsivo Monestier. Después, recuperó su seriedad y carraspeó de nuevo antes de hablar-. Mejor mañana. No traigo el calzado adecuado para andar por el campo y he de organizar el trabajo para los próximos días.
    —Se hará como vos decidáis.
    —¡Perfecto! Entonces, mañana.

    El hombre inclinó levemente la cabeza en señal de saludo y emprendió la salida, seguido de Monduteguy.

    —Otra cosa -dijo antes de abandonar la habitación-. No es correcto que me trates de vos. En el nuevo orden todos los ciudadanos somos iguales y el tuteo es la forma adecuada de dirigirnos unos a otros.
    —Lo recordaré.

    Joantto hizo ademán de salir detrás de los dos hombres, pero se giró en el último instante. El jauntxo tenía de nuevo la vista fija en algún punto de la habitación, lo ignoraba; el tío le hizo un guiño y la abuela apretó los labios como si quisiera decir algo que no se atrevía a decir. Miró una vez más a su abuelo y después se golpeó el muslo con la mano.

    —¡Aquí! — ordenó, y el perro corrió a su lado.

    No pudo evitar esbozar una sonrisa de triunfo al observar la mirada de Gehexan, más sorprendida que enojada, y salió de la habitación seguido por el animal.

    La jornada de caza fue todo un éxito a pesar de que el día amaneció gris y de que la niebla ocultaba el pueblo, aunque estaba más despejado en la zona de las palomeras y así permaneció el resto del día. Monestier escuchó con atención las explicaciones y observó con sumo interés la colocación de las redes que permitían atrapar a decenas de palomas a la vez. El mismo pidió lanzar una vez la “polotia”, una especie de paleta de madera que desconcertaba a las aves creyéndola un halcón y las obligaba a descender a toda velocidad para ir a refugiarse entre los árboles quedando atrapadas en las redes. De todos modos, no se contentó con ser un simple espectador y se dedicó a disparar contra ellas con la escopeta que uno de los subalternos portaba y se encargaba de recargar después de cada tiro. Disparaba y celebraba con grandes exclamaciones cada vez que una paloma caía, siendo coreado por Monduteguy y sus otros colaboradores.

    Gehexan y sus hombres contemplaban la maniobra escandalizados.

    —Ese hombre mata por matar -sentenció el jauntxo.
    —Hace lo mismo que vosotros -afirmó Joantto.
    —No. — Por primera vez el abuelo le miró directamente a la cara-. Nosotros no disfrutamos matando. Es sólo un medio de vida.

    Al finalizar la jornada, Monestier se mostraba en extremo satisfecho.

    —Ha sido una gran experiencia -manifestó, dirigiéndose a Gehexan-. ¿Qué se hace con las aves?
    —Se venden.
    —Estas no. Las enviarás con mis saludos al ciudadano general Servan -ordenó, recuperando el tono autoritario que pocas veces le abandonaba, refiriéndose al general al mando del ejército de los Pirineos que acampaba en la zona-. Los soldados de la nación también tienen derecho a disfrutar de una buena comida de vez en cuando.

    El representante del pueblo no esperó la respuesta e inició el regreso seguido por sus acompañantes. Cada uno de ellos, incluido Monduteguy que no dejaba de resoplar, cargaba con algunas de las palomas abatidas por su jefe.

    —Se hará como desees…, ciudadano -musitó el jauntxo con desprecio.

    Joantto escuchó sus palabras, pero no dijo nada y siguió a los demás.

    Monestier y sus ayudantes permanecieron varios días en Sara, inspeccionaron una a una todas las casas de la comuna, anotaron los bienes de cada familia, requisaron armas, provisiones, varios carros con sus parejas de bueyes e, incluso, mantas y otras prendas de abrigo. La población respiró aliviada cuando los vio partir en dirección a Ainhoa aunque no se engañaba: aquello era sólo el comienzo.


    Cuando ya no le cupo la menor duda, Mari se confió a su mejor amiga, Madeleine Larralde, unos años mayor que ella, tejedora y su maestra en el oficio del contrabando. Era la única persona, además de su madre, con la cual mantenía trato desde hacía tres meses, el tiempo transcurrido desde su último encuentro con Joantto. Provista con suficiente hilo para tejer, evitaba acudir a la plaza; permanecía dentro de la casa intentando no pensar en él y se acostaba con la espalda y los brazos doloridos después de horas y horas de trabajo en el telar.

    —¿Estás segura? — le preguntó Madeleine.
    —Lo estoy.
    —No es un buen momento. De hecho ninguno lo es.
    —Lo sé, pero ya no tiene remedio.
    —Podrías haberlo pensado antes…
    —¿Acaso se piensan esas cosas?
    —Imagino que no…

    Durante un rato, en la cocina sólo se escuchó el traqueteo de los cuadros de lisos movidos por los pedales del telar, intercalado con el siseo producido por el peine al deslizarse entre los hilos de la urdimbre.

    —Díselo -aconsejó Madeleine al cabo de un rato.
    —¡Jamás! Tenías que haber visto la mirada que me lanzó cuando me encontró en Ortillopitz. Después fui a verle y se negó a recibirme. Estoy segura de que cree que le he traicionado y de que me he aprovechado de la situación
    —Tal vez ahora sea distinto cuando sepa que…
    —No lo será -le interrumpió Mari-. Nunca me ha hablado de su familia, ni ha insinuado que lo nuestro fuera a tener algún futuro.
    —Pero tú le quieres…
    —¡Ay!

    Madeleine sonrió comprensiva al escuchar el suspiro de su amiga. Quedarse embarazada sin estar casada era un problema, pero estarlo de un hombre como Joantto Ithurbide lo era aún más. No lo conocía personalmente, pero lo había visto en varias ocasiones, siempre frío, siempre distante, y no era un secreto para nadie la historia de su vida, al menos de una parte. Estaba convencida de que el comisario únicamente se había servido de Mari para su placer, como podía haberlo hecho con cualquier otra joven de la localidad. Era atractivo y su nacimiento estaba envuelto en el drama y el misterio. No tenía nada de extraño, por tanto, que una muchacha romántica hubiera caído en la trampa del amor sin prestar atención a las consecuencias. La observó con el cariño de una hermana mayor y también con una pizca de envidia. La maternidad la estaba cambiando. Su mirada había adquirido un brillo especial y la piel aparecía tersa y brillante. Todavía no se le apreciaban los signos de la preñez, que no tardaría en ser bien visible a los ojos de cualquiera y era preciso hacer algo.

    —¿De cuánto estás?
    —De unos tres meses… la criatura nacerá en la primavera.
    —Buena época para nacer. ¿Lo sabe tu madre?
    —¡No! ¿Cómo voy a decírselo? La mataría del disgusto y ya sabes que no tiene buena salud. Además, nunca hemos hablado más de lo necesario, aunque de todos modos -añadió-, antes o después tendrá que enterarse.

    Mari observó a través de la ventana a la madre afanándose en la huerta. A pesar de los achaques, la mujer se empeñaba en mostrarse útil aunque sus movimientos eran torpes y tenía que realizar un gran esfuerzo cada vez que se agachaba para arrancar alguna hierba. Le hubiera gustado confiarse a ella, pero la madre jamás le había dado la oportunidad. Era una persona reservada y poco dada a mostrar sus sentimientos. De hecho, no recordaba la última vez que la había besado y, recapacitó, tampoco sabía mucho sobre ella. Eran como dos extrañas viviendo bajo el mismo techo, pero ella la quería a su manera, de eso estaba segura.

    —Tampoco puedes quedarte aquí…

    Madeleine hizo girar el urdidor para embobinar los hilos, incapaz de estarse quieta.

    —¿Y adonde puedo ir?
    —A Alzate, a casa de los Ithurbide.
    —¿Estás loca?
    —¿Qué mejor sitio que aquel? Tus tíos te quieren como a una hija y andra Engrazia te recibirá con los brazos abiertos. Estuve allí hace cerca de un mes y no paró de hablarme de su nieto. Ya que no puede tenerlo a él, podrá tener a su hijo.

    Mari intentaba pensar. También a ella se le había pasado por la cabeza tal posibilidad, pero la había rechazado rápidamente. Estaba avergonzada y, al mismo tiempo, furiosa consigo misma. Cuando era niña, tenían una gata de color negro y blanco a la que adoraba. De vez en cuando desaparecía para reaparecer acompañada de tres o cuatro crías. La madre siempre le decía lo mismo:

    —Ahí están la madre y las crías, pero ¿dónde está el padre?

    Le llevó tiempo entender lo que la madre quería decirle y se rió cuando al fin comprendió sus palabras. A ella no le pasaría lo mismo. Se casaría con Sebastián Etxeberry, el hijo de los vecinos, su compañero de juegos, tal y como las familias habían decidido desde que eran niños. Su vida transcurriría tranquila, sin sobresaltos, junto a un hombre honrado y buen trabajador… Y entonces apareció Joantto. Podía ir despidiéndose de los planes matrimoniales con el vecino o con cualquier otro, pero tampoco tenía valor para abandonar Sara y presentarse en casa de los tíos.

    —¿Y mi madre? — preguntó.
    —Yo me ocuparé, estáte tranquila. No le faltará de nada, pero tú tienes que marcharte de aquí cuanto antes.
    —No. No me iré -afirmó al cabo de unos instantes-. Aquí estoy y aquí me quedaré.
    —La gente hablará…
    —Que hable.
    —No será fácil. Todo el mundo sabe lo tuyo con el comisario…

    Dejaron a un lado la discreción después de sus primeros encuentros. ¿Cómo podían ignorarse si la noche anterior se habían amado hasta perder el sentido? Una sonrisa, un intercambio de palabras bajo el soportal de la rectoría, un roce de manos… eran jóvenes y se amaban. La gente podía pensar lo que quisiera, ellos no tenían que dar explicaciones de su comportamiento a nadie. Ahora, sin embargo, se arrepentía de haber sido tan feliz, de no haber hecho caso de los consejos que prevenían contra el entusiasmo amoroso, fuente de desgracias para las mujeres. La felicidad que ella creía eterna no había durado un suspiro.

    No pudo ocultar su estado durante mucho más tiempo, a pesar de ensanchar la cinturilla de la falda y de atarse el delantal con más holgura. Había perdido el apetito y adelgazado después de su ruptura con Joantto, de forma que a simple vista podía apreciarse el ensanchamiento de las caderas y el aumento de los pechos. La relación con la madre había empeorado. Teresia observaba en silencio a su hija, la veía transformarse, sufrir; la oía dar vueltas en la cama por las noches, pero era incapaz de decir nada. Ni un reproche, ni una palabra de consuelo salieron de sus labios. Como si el infortunio hubiera acabado por hacer mella en ella, un buen día decidió no levantarse del lecho. Durante un par de semanas permaneció con los ojos cerrados y negándose a comer sin que sirviesen para nada los esfuerzos de Mari, de Madeleine y de Domenga, quien acudió al conocer la situación de su vieja amiga. Dejó de respirar una tarde, a comienzos del mes de diciembre, y fue enterrada al día siguiente en la iglesia de Sara sin la presencia de un sacerdote. El abad Duronea llevaba varios días sin aparecer por la población debido a las lluvias y a lo embarrado de los caminos. Domenga se encargó de recitar el responso, que conocía de memoria.

    Tanto al llegar como al salir de la iglesia, Mari no pudo evitar lanzar una mirada de reojo a la rectoría. El local parecía desierto, aunque la presencia de un soldado de guardia ante la puerta desmentía la primera impresión. Iban ya para cinco meses desde la última vez que había visto a Joantto y habría asegurado que lo ocurrido había sido un sueño si no fuera porque la criatura que llevaba en sus entrañas se movía y le recordaba la realidad a cada instante.

    Aunque Madeleine le instó a mudarse a su casa, más amplia y mejor provista, prefirió quedarse en la suya, en el único hogar que conocía. Quería estar sola para pensar. Ahora que la madre había muerto, tal vez debía retomar la idea de abandonar la comuna y trasladarse a Alzate. A fin de cuentas, ya no había razón alguna para permanecer allí y, aparte su amiga, Domenga y alguna otra mujer, tampoco iba a encontrar mucha más ayuda. Al entierro únicamente habían acudido unas pocas personas, en su mayoría mujeres, y todas la habían mirado con ojos acusadores, como si ella hubiera sido la causa de la muerte de su madre. Había incumplido una norma de conducta no escrita en ningún código: mantener relaciones sexuales sin estar casada y llevar en su vientre la prueba del pecado. Habría sido perdonada con facilidad si se hubiera tratado de Sebastián Etxeberry o de cualquier otro joven de la localidad. No sería la primera vez que una mujer matrimoniaba embarazada, pero el hombre elegido era extraño a la tierra aunque hubiera nacido en ella. Aun más, era un comisario político llegado para imponer la ley por la fuerza en nombre de un gobierno que pocos en Sara reconocían, aunque callasen por prudencia, y que, al parecer, no tenía intención alguna de casarse con ella ni aceptar su paternidad. ¿Cómo criaría ella sola al hijo o a la hija que no tardaría en llegar? ¿Cómo lo defendería cuando los demás niños le llamaran bastardo?

    —¿Y las patrullas? — le preguntó a Madeleine cuando ésta acudió a visitarla y apoyó sin reservas su decisión de pasar a Alzate-. ¿No será peligroso?
    —¡Cómo si sólo existiese un camino para cruzar la muga! — exclamó ésta echándose a reír-. ¡Parece mentira que hayas aprendido tan poco a mi lado!
    —Tengo entendido que la vigilancia es ahora mucho más estrecha… -adujo a modo de disculpa y un tanto picada por el comentario, ya que se consideraba al menos tan buena contrabandista como su maestra.
    —Lo es, lo es… pero a nosotros nos da igual. Hay mil veredas, vías, pasillos por las zonas altas y también por las bajas que los guardias ignoran. Y, por cierto, cuanto antes lo hagamos, mejor. La nieve puede comenzar a caer en cualquier momento. ¡La huelo!

    Quedaron para el día siguiente. Madeleine tenía razón. Una vez tomada la decisión de partir, más valía no esperar ni un momento más, y ella todavía se sentía lo suficientemente ágil para emprender la marcha por caminos de cabras. Echó una mirada a su alrededor. El bagaje sería ligero. No poseía nada importante que llevar consigo, aparte los lienzos y los manteles que había ido tejiendo para su boda y que guardaba en un arcón. Sacó las prendas y las colocó sobre la mesa. ¡Cuántos sueños e ilusiones tejidos con la mente puesta en un día que ya nunca llegaría! Eligió un mantel grande, bordado con punto de cruz e hilo azul marino, para llevar como regalo a los Ithurbide y comenzó a guardar el resto. Unos golpes en la puerta la dejaron momentáneamente paralizada. Durante un instante quiso creer que quien llamaba era Joantto, que venía a buscarla, y abrió con las mejillas enrojecidas por la emoción. El hombre le sonrió con timidez al tiempo que se llevó un par de dedos a la boina a modo de saludo.

    —Buenas noches, Mari. ¿Puedo hablar un momento contigo?

    Sorprendida por la presencia en su casa de Xan, el hijo de Jaurenea, la joven le hizo un gesto para que entrara y cerró la puerta.

    Cuando al atardecer del día siguiente Madeleine acudió en su búsqueda, la encontró sentada ante el telar y a punto de acabar una pieza de colcha de cama.

    —¿Cómo es que no estás preparada? ¿No habíamos quedado que te marcharías hoy? — le preguntó extrañada.
    —Ya no me voy.
    —¿Has vuelto a cambiar de opinión?
    —Voy a casarme -afirmó la joven sin dejar de trabajar.
    —¿Con Joantto?
    —Con Xan de Jaurenea.
    —¿Con Xan de Jaurenea? — repitió Madeleine estupefacta.

    Sin esperar la respuesta, la mujer cogió una banqueta, se sentó a su lado y la obligó a detener el trabajo y a mirarle a los ojos.

    —Cuéntamelo.
    —No hay mucho que contar… Vino a verme ayer por la noche, me propuso matrimonio y yo acepté.
    —¡Pero si te lleva por lo menos veinte años!
    —Veintisiete para ser exactos -sonrió Mari, divertida por el tono escandalizado de su amiga.
    —¿Y sabe que estás embarazada?
    —¿Acaso no se nota?
    —El jauntxo no lo permitirá -afirmó Madeleine convencida.
    —Ha sido idea suya.

    Xan no se anduvo por las ramas y fue directamente al asunto. Sabía, al igual que todo el mundo en Sara, que estaba embarazada de Joantto Ithurbide. También sabía que la relación había finalizado aunque no indagó sobre las razones de la ruptura.

    —Tú y tu hijo tendréis un hogar y la protección de una familia -concluyó.
    —Yo no te amo -fue lo único que a ella se le ocurrió decir.
    —En Jaurenea tendrás tu propia habitación.

    Ante la mirada interrogante de ella, el hombre prosiguió con una sonrisa llena de tristeza:

    —Hace años, mi padre cometió un terrible error. Perdió a su hija y a su nieto en un ataque de ira. No quiere volver a cometerlo. Joantto es sangre de su sangre y tu hijo también lo es. Ha sido él quien me ha rogado que viniera a verte y te ofreciera nuestra casa y nuestro apellido.
    —¿Y tú? ¿No tienes nada que decir?

    Xan permaneció unos momentos en silencio antes de responder.

    —Juré que conmigo desaparecería el nombre de Jaurenea, que morirían las raíces ancladas en nuestro pasado y que ninguna rama nueva crecería en el árbol de la familia. Esa sería mi venganza y también mi castigo por lo ocurrido en nuestra casa, pero no contaba con Joantto… ni contigo. Acepta nuestra propuesta y ven a vivir con nosotros. Tú serás la nueva señora de la casa y tu hijo el heredero de mi padre.
    —El jauntxo me da… miedo -susurró ella, agitada por un mar de dudas.
    —¡A mí también! — rió el hombre- Pero juntos le haremos frente. No te preocupes, yo estaré a tu lado como… tu tío que soy.
    —¿Y si es una niña?
    —El viejo se muere de ganas por tener un heredero varón -rió de nuevo Xan-, pero tendrá que aguantarse con lo que venga, aunque… -añadió asiéndole las manos- se sentirá satisfecho de ella si es tan valiente como su madre.

    Había algo en su mirada, en el tono de voz que le hacían confiar en su sinceridad. Joantto no volvería a ella, era demasiado orgulloso, tanto como su abuelo, y no cedería. Si aceptaba la propuesta, no se vería obligada a partir en busca de asilo y su hijo tendría un nombre y el futuro asegurado. Pero ¿y ella? Era aún joven para enterrarse en un caserón en compañía de un viejo despótico, una mujer sometida y un solterón que podría ser su padre. Tendría que decir adiós a sus sueños, a las ilusiones que anidaban en su corazón, a la esperanza de recuperar al hombre que amaba; adiós a la libertad, a la vida. Notó cómo la criatura se agitaba dentro de ella y asintió con la cabeza, incapaz de pronunciar la palabra si.


    1793


    A comienzos de marzo, la República declaró la guerra al reino de España y tres mil hombres fueron acantonados en Sara y en los alrededores. La mayoría de los soldados republicanos procedían de la región de Burdeos. Ni las proclamas publicadas en lengua “vulgar”, ni la presencia de los representantes populares arengando a los varones en edad de portar armas para que se consagraran voluntariamente al servicio de la patria, habían tenido éxito. Obligados a suministrar el número de soldados correspondiente al de los habitantes, las municipalidades se vieron forzadas a proceder al sorteo entre los hombres de dieciocho a cuarenta años, lo cual provocó la desbandada general. Los alistados por la fuerza esgrimían todo tipo de disculpas para no acudir a la llamada, desaparecían de sus casas, desertaban y cruzaban la frontera. No había día en que los ediles y representantes públicos no fueran objeto de insultos y recibieran alguna pedrada que otra.

    El gran número de soldados acampados en la comuna, diez veces superior al de los propios vecinos, creaba una situación difícil. El directorio del distrito encargó a Joantto Ithurbide la requisición de las armas, alimentos, prendas de abrigo y madera que debían ser entregados al ejército. Acompañado por sus guardias y varios soldados de la compañía de “Cazadores Vascos”, recientemente creada por Jean Isidore Harispe con los voluntarios de la región, en especial de Baigorri, el comisario fue de casa en casa y procedió al embargo de todo aquello que pudiera ser de utilidad. Las primeras visitas fueron para los propietarios más ricos, Gehexan de Jaurenea entre ellos. Eljauntxo no se inmutó al verlo llegar al mando de un grupo de hombres armados. Lo esperó a la puerta de la casona, makila en mano y rodeado por su gente, y se limitó a asentir con un gesto de cabeza cuando él le comunicó la razón de su presencia. Se llevaron dos de cada tres sacos de grano y cereales, dos de cada tres animales, un par de bueyes y un carro.

    —Tus hombres se encargarán de talar uno de cada cuatro árboles de tus bosques y de llevarlos al campamento militar -ordenó el comisario a su abuelo cuando estaban a punto de abandonar la propiedad.

    Le gustó aquella sensación de poder. De los dos, él era el más fuerte, el dueño de la situación, y al jauntxo no le quedaba más remedio que tragarse el orgullo y aceptar las órdenes del vastago rechazado. El hombre no respondió, pero le dirigió una mirada extraña. No había amabilidad en ella, pero tampoco la animosidad ni la indiferencia de otras veces; era más bien una mirada de curiosidad, como si lo viese por primera vez. Joantto frunció el ceño, sorprendido. Prefería el enfrentamiento, las palabras, el cara a cara, incluso el resentimiento. Se crecía ante las situaciones adversas, pero era difícil responder cuando no existía desafío. Dio media vuelta para marcharse tras sus hombres, que ya enfilaban el camino. Fue un instante, el tiempo de un suspiro. En la penumbra del interior de la casa, a través de la puerta abierta, vio a Mari. Giró la cabeza con rapidez, pero allí sólo estaba el tío Xan apoyado en la jamba. Mordisqueaba un hierba larga, pero no pudo verle los ojos; el ala de la amplia boina utilizada por los campesinos labortanos proyectaba una sombra sobre ellos.

    Durante el trayecto de vuelta a la plaza no dejó de cavilar sobre la alucinación que acababa de sufrir. ¿Cuánto tiempo llevaba sin verla? Parecía casi imposible que dos personas no se hubieran encontrado en tantos meses y en un lugar tan pequeño, pero así era. A veces recordaba su risa y sus ojos brillantes después de haber hecho el amor, pero borraba inmediatamente la imagen de su cabeza. Aquel asunto se había acabado y no merecía la pena darle vueltas. El país hervía; su mente y sus energías estaban ocupadas en asuntos demasiado graves como para perder el tiempo pensando en una contrabandista de tres al cuarto. Leía con avidez las noticias que Monduteguy no dejaba de enviarle con regularidad: el juicio y la ejecución del antiguo rey, Luis Capeto, la guerra con Inglaterra y Holanda, las revueltas en muchas regiones de Francia, en especial en Vendée, y la lucha feroz que en París protagonizaban los miembros de los partidos de La Gironde y de la Montaña. La situación empeoraba por momentos y pronto se haría insostenible incluso en el País Vasco, a pesar de la actitud indiferente mantenida por gran parte de la población.

    —¡Veremos si continúan comportándose como unos cobardes cuando los españoles nos invadan! — había exclamado el procurador durante uno de sus últimos encuentros en Uztaritz, refiriéndose a la negativa generalizada a alistarse en el ejército.
    —No creo que sea una cuestión de cobardía… -reflexionó él en voz alta.
    —¿No? ¿Y cómo llamas tú al hecho de que no hayamos podido cubrir la cuota de hombres exigida?
    —Resistencia pasiva.
    —¿Resistencia pasiva? ¿Qué diablos quieres decir?
    —Me da la impresión de que un gran número de vascos no comparte los ideales de la República… y muestra su rechazo a su manera.
    —¡Son unos asnos! — casi gritó Monduteguy utilizando uno de sus epítetos favoritos-. ¡Pueblo de curas y jauntxos! Nosotros les haremos entrar en razón aunque tengamos que utilizar la vara o los fusiles si es necesario. ¿Has leído la última hoja del ciudadano Marat?

    Negó con la cabeza. De vez en cuando, llegaba a sus manos un número atrasado de “L'Ami du peuple”, el periódico del tal Marat, un diputado, republicano convencido, que escribía encendidos discursos revolucionarios, pero él y otros como él, Danton, Robespierre…, estaban en París y París quedaba lejos de Lapurdi.

    —¡Bien claro lo expone! “La libertad debe establecerse mediante la violencia y ha llegado el momento de organizar el despotismo de la libertad”.
    —¿Y eso, qué significa? — preguntó él temiendo la respuesta.
    —Que si es preciso, el Estado utilizará la violencia para conseguir la libertad.
    —¿En contra del pueblo?
    —En contra de los malos, de todo aquel que se opone al cambio, de los que apoyan a las potencias extranjeras, de los que se aprovechan de la situación para incrementar sus riquezas, de los emigrantes, de los curas, de los nobles agazapados en sus castillos, de los contrarrevolucionarios, de los espías y mercenarios, de los defensores de la tiranía, de los que se niegan a luchar por la patria…

    Monduteguy continuó enumerando la lista de los enemigos de la República mientras él ironizaba para sus adentros sobre los pocos franceses que quedarían en Francia una vez pasada la tormenta revolucionaria. Al mismo tiempo, recapacitó, algo no encajaba. Lo de la libertad estaba bien y él era el primero en apoyarla, pero el discurso del procurador hablando de buenos y malos, de patriotas y traidores, era demasiado simple y… peligroso. Las cárceles estaban repletas, los perseguidos se contaban por millares y muchos, como él mismo, aprovechaban la situación para saldar antiguas deudas. Invocando a Rousseau, los dirigentes revolucionarios vociferaban que todos los hombres nacían iguales y que era la sociedad la que los convertía en desiguales, pero que ellos remediarían dicha desigualdad. No obstante, la realidad desmentía sus palabras. Sin ir más lejos, entre los miembros del directorio del distrito no había un solo campesino o pescador; no había pastores, mujeres ni artesanos. Todos pertenecían a la burguesía: eran notarios, abogados o comerciantes ricos, y se apoyaban los unos a los otros. Mucho se temía que las luchas que desangraban el país fueran únicamente una misma batalla por el poder, pero él ni entraba ni salía en el asunto. Le bastaba con enderezar la injusticia cometida con él y con sus padres.

    Volvió a pensar en Mari al pasar por delante de su casa, un poco apartada del viejo camino romano. En la distancia pudo apreciar que las contraventanas estaban cerradas y parecía deshabitada. Ordenó a sus hombres que siguieran adelante y dispusieran la entrega de los bienes incautados en Jaurenea y en otras propiedades y que estaban hacinados en la iglesia, y se adentró por la vereda que llevaba a la vivienda. Aunque su primera impresión resultó ser cierta, golpeó en la puerta y esperó, pero nadie abrió. Las hierbas habían crecido y la vasija para la leche estaba tirada en el suelo y rota. Echó a andar con paso rápido hasta llegar a la plaza, pero en lugar de dirigirse a la rectoría, se encaminó a casa de Domenga.

    —¿Dónde está Mari? — interrogó a la mujer cuando ésta acudió a su llamada.
    —¿Mari? — preguntó ella a su vez intentando ganar tiempo.

    Joantto entró en la casa llevándola asida por el codo y cerró la puerta tras de él.

    —Mari Harotsenne. ¿Dónde está?

    Su mirada se había tornado oscura, con aquel brillo que tan nerviosa la ponía. Tragó saliva varias veces antes de responder.

    —Su madre murió…
    —¿Dónde está? — repitió el hombre sin alterar el tono de su voz.
    —Se casó.

    Tardó en reaccionar. ¿Y a él que le importaba? Lo suyo había sido una aventura, una más. ¡Allá ella con su maldita vida! No era más que una puta que se vendía al mejor postor y habría encontrado a alguien que podía ofrecerle algo más que unas noches de pasión en una cabaña.

    —¿Cuándo? — preguntó sin embargo.
    —Antes de las Navidades… -Domenga estaba aterrorizada.

    Todavía pasaron unos momentos, que a ella se le antojaron angustiosos, antes de que él hiciese la temida pregunta.

    —¿Con quién?
    —Con un buen hombre, trabajador…
    —¿Con quién? — la interrumpió aproximando su rostro al de ella.
    —Con… con Xan de Jaurenea.

    Así pues era cierto; no había sufrido ninguna alucinación. Era Mari la mujer que había visto entre sombras dentro de la casona. Estaba perplejo y salió a la calle sin despedirse, para alivio de Domenga que ya se veía obligada a hablar de la existencia de la criatura que nacería a comienzos de mayo.

    Eran pocas las personas que estaban en el secreto, aparte Madeleine, Agatha la partera y ella misma, las gentes de Jaurenea y… el padre Michel. El jauntxo había enviado a sus hombres en su busca para que oficiase el casamiento. A pesar de las patrullas y del gran movimiento de soldados que vigilaban caminos y senderos, los hombres habían cumplido el encargo y vuelto con el cura, a quien volvieron a llevar a Bera al día siguiente. La ceremonia, celebrada en la sala grande, había sido sencilla y a ella se le habían escapado un par de lágrimas. Quería a Mari como a una hija y lamentaba que se viese en la situación de tener que aceptar como marido a un hombre que podría ser su padre. Luego recapacitó. Xan era un hombre tranquilo y bueno, la joven estaría segura a su lado. Era la mejor solución para sus problemas y nada les faltaría a ella y a su hijo.

    Observó a Gehexan durante el almuerzo. Hacía tiempo que no lo veía. Nunca bajaba ya a la plaza porque había dejado de asistir a misa desde la llegada del párroco Duronea. Para su sorpresa, lo encontró más humano. El gesto altivo seguía siendo el mismo, pero su mirada se había suavizado y hasta sonreía de vez en cuando. Presidía la mesa larga engalanada con un mantel de hilo y con la loza fina reservada para los grandes acontecimientos, tantos años sin ser utilizada según le confesó la sirvienta Martzelina, y en una ocasión lo vio apoyar con afecto su mano sobre la de Mari, que se hallaba sentada a su izquierda. No acabaron ahí las sorpresas. La comida fue un banquete digno del acontecimiento: caldo de gallina con yemas de huevo y costrones, truchas con jamón, capones asados, dulce de manzana y queso, todo ello acompañado de sidra y vino. Olvidaron que fuera de la casona se respiraba el miedo, que había hambre, que la tierra que tanto amaban estaba en peligro y que el futuro era cuanto menos incierto. En Jaurenea el tiempo se detuvo durante unas horas.


    La llamada a rebato en la madrugada del último día de abril sacó de sus casas a los saratarras en calzones y camisas de noche. Los españoles avanzaban y el ejército republicano acantonado en la zona retrocedía a marchas forzadas. Si nada lo remediaba, en pocas horas habrían tomado la población. El pánico se apoderó de los vecinos, que corrieron de un sitio a otro sin saber qué hacer. Algunos acudieron a la plaza portando azadones, hoces, guadañas y horcas, dispuestos a hacer frente a la invasión; otros recogieron algunas pertenencias y se encaminaron hacia Senpere con sus familias; muchos permanecieron en sus casas a la espera de los acontecimientos. Joantto se las vio y se las deseó para obligar a los primeros a deponer su actitud. ¿Acaso creían que unos cuantos campesinos armados con palos iban a poder detener a todo un ejército pertrechado con fusiles y cañones?

    —¡No será la primera vez! — gritó uno de los más exaltados siendo coreado por los demás.
    —¡Hace cien años nuestros abuelos se enfrentaron a los españoles y los rechazaron! — gritó otro haciendo mención a una incursión fronteriza que había recibido como premio por parte del rey Luis XIV el escudo de armas que podía verse en la fachada del ayuntamiento.
    —¡Aquellos eran otros tiempos! — replicó Joantto tratando de hacerse oír.
    —¡Nadie nos robará lo que es nuestro!
    —¿Y vais a detenerlos con azadas y hoces? — preguntó con ironía.
    —¡Y con armas!

    Entre los congregados asomaron varias escopetas y también alguna que otra bayoneta. Dentro de la confusión reinante, Joantto recordó la conversación mantenida con Monduteguy. Él tenía razón, no era cobardía lo que impedía a muchos vascos alistarse en el ejército republicano para ir a luchar contra los prusianos o contra los ingleses. Sencillamente, no se sentían implicados. Aquí era distinto; aquí estaba en juego su tierra, su modo de vida, su libertad. También tuvo un pensamiento para aquellas armas de fuego que aparecían por encima de las cabezas. ¿Dónde diablos las habían tenido escondidas durante las requisiciones que sus hombres habían llevado minuciosamente a cabo?

    La jornada transcurrió en tensa espera. La municipalidad había enviado la víspera mensajes a los pueblos vecinos solicitando ayuda en hombres y armas, pero apenas llegaron unos pocos. Los moradores de los caseríos desperdigados acudieron a la plaza; los ancianos, enfermos y niños se refugiaron en la iglesia, mientras hombres y mujeres se mantenían a la expectativa frente al ayuntamiento y Joantto y sus guardias vigilaban los caminos de Bera, Etxalar y Zugarramurdi. Tras varias horas escuchando disparos y con los nervios a flor de piel, los saratarras vieron pasar por delante de sus narices a los soldados franceses que se replegaban hacia Bidart y los dejaban solos ante el invasor. Un silencio de muerte cayó sobre la población; nadie se atrevía a hablar ni siquiera a respirar.

    —¡Se marchan!

    Los gritos entusiastas de unos mozalbetes que se habían escabullido para observar los enfrentamientos y bajaban la cuesta de Lehenbizkai corriendo y agitando los brazos sacaron a sus vecinos de la consternación en la que se hallaban sumidos.

    —¿Quién se marcha? — preguntó el alcaide.
    —¡Los españoles! ¡Se marchan!

    No tardaron en comprobar que la noticia era cierta: los soldados españoles se replegaban a sus posiciones al otro lado de la frontera y no parecían tener intención de continuar el avance. Un suspiro de alivio se elevó de todos los pechos, cada cual recogió a los suyos y regresó a su casa. Joantto permaneció solo en medio de la plaza cuando todo el mundo hubo desaparecido. El cielo había amenazado lluvia durante el día, pero ahora, ya de noche, aparecía completamente despejado y podía verse con toda claridad la luna en cuarto creciente. Extraño pueblo aquel, el suyo, meditó, dispuesto a luchar con azadas contra el enemigo, pero que no había saltado ni bailado de alegría al desaparecer la amenaza y había retomado su ritmo de vida como si nada hubiera ocurrido. Muchos, incluso, no se habían movido de los caseríos y habían continuado con sus labores cotidianas. Lo había constatado mientras vigilaba los caminos. Cayó en la cuenta de que no había visto al jauntxo ni a nadie de su familia, Mari incluida, en la plaza y tampoco a Domenga. Acudió a casa de esta última, pero la puerta estaba cerrada y no se veía luz en su interior. Impelido por una extraña inquietud se dirigió a Lehenbizkai, a Jaurenea.

    Todo parecía en paz allí y había luz en varias de las ventanas. El perro pastor acudió a recibirlo y él le acarició la cabeza como a un viejo amigo. Iba a marcharse cuando escuchó un grito desgarrado de mujer. No lo pensó dos veces, echó a correr hacia la casa, entró en ella sin molestarse en llamar a la puerta y a punto estuvo de tirar al suelo a la vieja Martzelina que, en aquel momento, salía de la cocina con un barreño de agua en las manos. La mujer le miró como las otras veces, como si viera un fantasma, y volvió a entrar en la cocina. Un instante después, Xan asomaba por la puerta y lo invitaba a entrar. El jauntxo se hallaba sentado en el banco de dos plazas, colocado delante de la chimenea, mientras sus hombres jugaban a los dados en un rincón. Levantaron la vista al verlo, pero continuaron con la partida. Gehexan no desvió la mirada del fuego.

    —¿Quieres un poco de sidra? — le preguntó el tío.

    Joantto asintió con un gesto.

    —Siéntate -lo invitó, indicándole el asiento libre en el banco.

    Se sentó sin mirar al abuelo. La tabla abatible separaba a ambos hombres y Xan contempló durante unos instantes los dos perfiles, el uno viejo, el otro joven, iluminados por el fuego y por la luz amarillenta de los candiles de aceite. La naturaleza podía realizar milagros extraordinarios, caviló. Parecía mentira que dos personas pudieran ser tan iguales en todo, en lo físico y en lo espiritual. Eran dos fuerzas gemelas obligadas a entenderse o a destruirse. Dejó el vaso de sidra en la tabla y se sentó a su vez en una banqueta.

    —¿Y los españoles? — preguntó.
    —Se han replegado.
    —¿Ha habido heridos?
    —No que yo sepa, al menos entre la población.
    —¿Volverán?

    Joantto se alzó de hombros y bebió la sidra de un trago. Un grito procedente del piso superior le hizo ponerse en pie de un salto.

    —¿Qué ocurre?
    —Mi mujer está pariendo.
    —¿Pariendo?
    —Sí. Lleva así desde la madrugada. Es duro ser madre…

    Volvió a sentarse. Estaba confuso. ¿Y qué hacía él allí? Era una situación grotesca. Mari, la única mujer por quien se había sentido atraído, con la cual había olvidado sus viejos rencores, estaba a punto de alumbrar al hijo de otro hombre, su tío, en la misma casa en la que su propia madre lo había parido a él y quizás en el mismo lecho. Miró a Gehexan. El jauntxo continuaba con los ojos fijos en las llamas, sin expresión alguna en el rostro, al igual que, imaginó, habría estado veintinueve años atrás. Tenía que marcharse de inmediato de aquel lugar, pero algo lo retenía en contra de su voluntad.

    —Os casasteis antes de las Navidades -afirmó dirigiéndose al tío.
    —En efecto.
    —Eso fue hace algo más de cuatro meses… -Las cuentas no cuadraban.
    —Mari y yo nos conocemos hace mucho y…

    Tuvo la impresión de que el tío quería decirle algo, pero un nuevo grito más prolongado y doloroso que el anterior le hizo saltar del asiento. Esta vez, el jauntxo salió de su inmovilidad y giró la cabeza hacia la puerta; los sirvientes interrumpieron la partida de dados y Xan se levantó de la banqueta y se acarició la barbilla, visiblemente nervioso. Se escucharon unos pasos bajando la escalera con celeridad y todos mantuvieron la respiración.

    —¡Ha sido un chico! ¡Un varón, hermoso como cien soles!
    —¿Y Mari? — preguntó Xan.
    —Bien, bien, agotada, pero bien. ¡El primer hijo siempre cuesta más!

    Domenga ni siquiera reparó en la presencia de Joantto y volvió a subir las escaleras a toda prisa. Los sirvientes se apresuraron a dar la enhorabuena al padre y al abuelo y esperaron a que el primero llenara los vasos para brindar por el recién nacido; desearon las buenas noches y abandonaron el lugar. Los tres hombres permanecieron solos en la cocina.

    —¡Todo ha ido bien gracias a Dios! — exclamó Xan echando un buen trago.

    Joantto mantenía su vaso lleno en la mano. Tenía los ojos fijos en Gehexan. El jauntxo había vuelto a su posición estática, pero su rostro reflejaba una satisfacción absoluta; apenas podía reprimir la sonrisa y sus ojos brillaban emocionados. Sintió que la rabia le invadía hasta formar un nudo en la garganta que le impedía tragar la saliva. Si el abuelo lo hubiera mirado a él de la misma forma la primera vez que se encontraron, si tan sólo lo hubiera mirado así, habrían sobrado las palabras y todo el dolor acumulado durante su vida habría desaparecido en un instante.

    —Brindo por el heredero de Jaurenea -dijo con un tono helado de voz antes de beber el contenido del vaso-. Al menos este niño no será abandonado en la calle como una cría de perro inútil.

    Dejó el vaso sobre la tabla y salió de la cocina sin mirar a los dos hombres y sin esperar respuesta alguna. La rabia había dejado paso a una amargura tan profunda que apenas podía contener las lágrimas. No prestó atención al ademán del tío en un intento por retenerlo, no vio cómo el abuelo se levantaba del banco y se llevaba una mano al corazón, ni tampoco escuchó su voz quebrada, llamándolo. Caminó hasta la rectoría dando tumbos, como un borracho, ordenó al guardia de la puerta que ensillara su caballo y salió a galope tendido en dirección a Uztaritz.

    Cuando llegó a esta población aún no había amanecido, se dirigió directamente a Bereterraenea, la casa de Jean-Martin Monduteguy, y golpeó con furia la puerta despertando a todos sus moradores.

    —¿Qué ocurre? ¿Han vuelto a atacar los españoles?

    El procurador, alarmado, apareció en la puerta en camisa de noche, gorro de dormir incluido, y un candil en la mano. Tenía un aspecto inofensivo y ridículo, muy diferente al exhibido en las asambleas.

    —Dejo mi puesto -le informó Joantto.
    —¿De qué hablas?
    —He venido a decirte que renuncio a mi puesto de comisario en Sara.
    —¿Y para eso organizas un escándalo a estas horas y asustas a mi familia?
    —Sólo quería que lo supieras y no podía esperar a que amaneciera. Tengo prisa.
    —¿Y qué pasa si a mí no me da la gana de que lo dejes?
    —Me da igual que a ti te dé o no la gana.
    —¡No puedes dejarlo así como así! ¡Eres un funcionario del Estado!
    —Soy un hombre libre, uno de esos de los que tanto hablas en tus discursos, y hago con mi vida lo que me place sin dar explicaciones.
    —Pues ten cuidado con lo que haces -lo amenazó Monduteguy-. Otros han caído por menos que eso.

    En una zancada Joantto se colocó junto a la puerta y subió el escalón de la entrada. Su rostro estaba marcado por el padecimiento y sus ojos, iluminados por la luz del candil, brillaban de manera peligrosa.

    —Ten cuidado tú y no intentes nada contra mí porque no vivirás para contarlo.

    El procurador retrocedió un paso, asustado.

    —Veré que puedo hacer… -dijo, conciliador, todavía bajo la impresión.
    —Haz lo que quieras, pero no me busques.

    Sin más palabras, volvió a montar en el caballo y se perdió en la oscuridad por el camino de Baiona.


    Durante las semanas siguientes, Joantto Ithurbide deambuló por la ciudad del Adur, indiferente a los rumores que hablaban de un asalto al poder en París por parte de los jacobinos más exaltados y de la depuración política de todos aquellos que no estaban de acuerdo con ellos. No se enteró de que los electos municipales de Baiona y de Kanbo habían sido depuestos y sustituidos por otros afines a las consignas del partido de La Montaña, liderado por Maximilien Robespierre, ni tampoco de que el Comité de Salvación Pública, creado a comienzos de abril, había empezado a funcionar en el País Vasco.

    Pasaba las horas muertas absorto en la contemplación de los barcos que partían hacia las Indias y preguntándose si no sería buena idea enrolarse en uno de ellos y dejar atrás recuerdos y sinsabores, o se metía en una taberna y no salía de ella hasta que el dueño cerraba y lo echaba a la calle. No hablaba con nadie, no bebía; sentado en el rincón más oscuro del local, pasaba el tiempo contemplando el contenido del pote con la mente en blanco. Una vez se acercó al burdel que solía frecuentar. Aquel era el único lugar de toda la ciudad que no había cambiado. Burgueses bien vestidos, revolucionarios con escarapelas exageradamente grandes, marinos que regresaban de largos viajes con la paga en el bolsillo, extranjeros de paso… entraban y salían sin cesar y, desde la calle, podían escucharse sus voces, risas y alguna que otra bronca. No entró. Lo último que deseaba en aquellos momentos era yacer con una mujer por dinero. De todos modos, tampoco podía permitirse el lujo de pagar por el servicio; las pocas monedas que le quedaban se le estaban acabando a pasos agigantados y Graxi ya no estaba allí para ocuparse de él. Un vecino le informó de que el marido marinero había aceptado un trabajo en Hondarribia y que ambos se habían mudado a aquella población guipuzcoana un par de meses atrás. No había quien le preparase una comida caliente, adecentase la vivienda, lavase sus camisas y planchase sus trajes. Poco a poco, su figura adquirió un aspecto desaliñado. El pañuelo del cuello, antes de un blanco inmaculado, parecía un trapo sucio; la levita estaba llena de brillos; el cabello creció y volvió a llevarlo atado en una cola y también dejó de afeitarse. Nada en él recordaba al pasante del notario Durruty, ni tampoco al comisario que sobrecogía a los habitantes de Sara.

    No visitó “La Galere d'Or” porque no quería encontrarse con antiguos conocidos, en especial con Betti Zubiburu. No sabría qué responder cuando le preguntase por su vida, ni qué decir cuando el carpintero le hablase con devoción del país de sus padres, de sus derechos vulnerados, de las viejas leyes, de las tradiciones. Un padre borracho, una madre monja, un abuelo insensible y una mujer infiel eran sus únicas referencias personales. Le importaba un comino lo que ocurriese a su alrededor. Tampoco fue a la Sociedad Popular para no toparse con Monduteguy y sus correligionarios. Estaba cansado de discursos, harto de escuchar palabras grandilocuentes, vacías de contenido. Habían sustituido la vieja tiranía por otra nueva, escudándose en la libertad ansiada por cualquier ser humano; imponían sus criterios y destruían sin piedad a los oponentes, incluso a los familiares. Lo había escuchado en un antro de mala muerte: Jean-Martin había enviado a prisión a su propio cuñado, acusándolo de contrarrevolucionario, y pensaba llevarlo a juicio. ¡Ojalá el mundo volase por los aires y todo se acabase de una maldita vez!

    Comenzó a visitar los lugares menos recomendables de la ciudad: las callejuelas en torno al puerto de Bertaco y los tugurios frecuentados por la soldadesca en los alrededores del Castillo Nuevo, cerca de la muralla sur de Baiona Tippia. Allí se daba cita todo tipo de personajes: aventureros de diversas procedencias, contrabandistas de armas, delincuentes de todo pelaje, soplones al servicio del mejor postor, soldados alistados por la fuerza, chulos en busca de clientes, curas renegados e, incluso, burgueses deseosos de emociones fuertes. La guardia encargada de la vigilancia nocturna pasaba por allí de puntillas sin intervenir en los altercados. De vez en cuando se encontraba un cadáver flotando en el Errobi, pero era inútil realizar pesquisas. Los callejeros de la noche mantenían su propio código del honor y no abrían la boca.

    Joantto tomó por costumbre acudir a un antro situado en el sótano de una casa destartalada que se llenaba de gente y de humo en cuanto caía la noche. Se sentaba, como hacía en otros lugares, en el rincón más oscuro del local y no participaba en las conversaciones ni discusiones de los demás parroquianos; tampoco daba pie a que alguien hablara con él y bastaba su mirada para que el importuno lo dejara en paz y buscara mejor compañía. Su actitud no pasó desapercibida al dueño del local, un hombre llamado Basile, antiguo marinero de un barco negrero que hacía la ruta entre África y las islas caribeñas. Había perdido el brazo derecho dos años antes en Santo Domingo, durante las insurrecciones de los esclavos, y, obligado a dejar la profesión, había elegido Baiona para establecerse. Aunque aún no era ley, se comentaba con insistencia sobre el propósito de la Convención de abolir la esclavitud a pesar de la oposición de los representantes de las colonias, plantadores, traficantes de esclavos y… de Basile. El tabernero soltaba sapos y culebras cada vez que se refería a los diputados, en especial a los jacobinos que apoyaban la medida.

    —¡Cañones! ¡Eso es lo que hace falta allí para acabar con los malditos negros y no tanta monserga de igualdad! — exclamaba en voz en grito para que todo el mundo pudiera escucharlo.

    Joantto había sido testigo de su destreza con la mano izquierda cuando amenazó con una pistola que llevaba oculta bajo el mandil a un grupo de sans-culottes que en una ocasión le reprochó su comportamiento antirrevolucionario. Nadie había vuelto a increparle desde entonces. También se percató, de vez en cuando, de la presencia en el local de un par de hombres que se sentaban en un apartado y permanecían dentro cuando el dueño echaba a los demás clientes. Una noche, a punto de abandonar el local, Basile se le acercó.

    —Quédate un rato más -le pidió-. Te invitó a tomar lo que quieras.

    Aceptó. ¿Qué más le daba? No tenía a nadie esperándole y su vivienda estaba cada día en peor estado.

    —¿Eres un buen patriota? — le preguntó el tabernero al tiempo que le servía un pote de vino.
    —¿Le importa a alguien? — preguntó él a su vez.
    —Estos son tiempos difíciles -prosiguió Basile sirviéndose él también vino en un pote-. Muchas familias han abandonado la ciudad, personas honradas son encerradas en las prisiones y los ministros de Dios sufren persecución.

    El hombre se santiguó dejándolo pasmado. Jamás habría imaginado que el feroz negrero fuera un hombre religioso.

    —No hay lugar para los ciudadanos honrados, y un gobierno de leguleyos y oportunistas están llevando el país a la ruina. ¿Estás de acuerdo conmigo?

    Asintió. No tenía ningún deseo de discutir y, además, sentía curiosidad por saber adonde quería llegar el hombre.

    —Es preciso acabar con todo esto -afirmó Basile tras volver a llenar su pote puesto que el de Joantto permanecía lleno-, pero para ello son precisos hombres valerosos, verdaderos patriotas, que, además… -hizo una pausa antes de proseguir-, serán recompensados generosamente por su servicio.
    —¿Me estás proponiendo un trabajo? — preguntó con sorna.
    —Un servicio por la patria.
    —No creo en las patrias.
    —Por la Iglesia.
    —Tampoco creo en la religión.
    —Por la salvación de los valores tradicionales y de la familia.
    —No tengo familia y los valores tradicionales me son indiferentes.

    El tabernero pareció desconcertado y lo examinó con detenimiento antes de volver a preguntar.

    —¿Existe algo por lo que estarías dispuesto a arriesgar tu vida?
    —Por mandar toda esta mierda al infierno.

    El rostro de Basile se iluminó y esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

    —¡Eres nuestro hombre! — exclamó dándole una palmetada en el hombro- Ven, quiero presentarte a unos amigos.

    Lo arrastró hasta el apartado y descorrió la cortina.


    El calor era insoportable. No había llovido durante el mes anterior y el tiempo no mostraba señales de cambio, al decir de los marineros acostumbrados a observar el curso de las nubes y a oler el aire. Durante los primeros días de julio el sol golpeó con fuerza y el viento sur expandió por la ciudad los hedores procedentes de las cloacas. Los hombres sudaban enfundados en chaquetas de paño y levitas, y las mujeres buscaban una sombra, sofocadas. Al caer la tarde, las calles se animaban a la espera del viento del norte o a que llegara la brisa del mar, pero las noches eran tan calurosas como los días y el alivio escaso. Los pescadores lanzaban sus barcas al agua y permanecían horas en el mar aunque no pescaran nada, y las mujeres y los chicuelos de los barrios más humildes andaban descalzos y se mojaban con el agua de las fuentes o, en el caso de estos últimos, se zambullían en el Errobi para refrescarse en medio de una gran algaraza.

    Joantto permanecía casi todo el día tumbado en la cama con las contraventanas cerradas. A media tarde, salía, compraba unas sardinas asadas y alguna otra cosa y comía sentado bajo un árbol al borde del río mientras esperaba a que fuera de noche para presentarse en la taberna de Basile. Había adelgazado, su piel había adquirido un color cetrino y los huesos de los pómulos se marcaban en las mejillas, lo cual, unido a la mirada siempre oscura desde su vuelta a Baiona, le daba un aspecto ciertamente siniestro.

    La víspera del día señalado acudió al barbero después de pasar por el sastre a quien había encargado un atuendo completo varias semanas antes. Los dos hombres de la taberna le habían adelantado una cantidad de dinero por el trabajo que se esperaba de él y recomendado, de paso, que mejorase su aspecto. El baño en la tina duró más de lo previsto, para disgusto de la mujer del barbero que tenía a otros clientes esperando, pero no se atrevió a decirle nada. Llevaba meses sin bañarse y el agua caliente relajó sus músculos y despejó su cabeza. La misión era sencilla y la llevaría a cabo sin mayores contratiempos, afirmaron los dos hombres; todo estaría dispuesto para cuando él llegara. No le preguntaron el nombre ni ellos le dieron los suyos; era mejor para todos no conocerse en el caso de que algo saliera mal, adujeron. Después del baño, se hizo afeitar y cortar el pelo por encima de las orejas, se vistió con la ropa nueva y pidió al barbero que tirase la vieja al fuego. Salió a la calle con el aspecto de un burgués acomodado, sombrero de copa incluido, y no olvidó ponerse la escarapela de Monduteguy en la solapa. Compró también un maletín de viaje que llenó con piedras para darle peso y aquella noche alquiló una habitación en una posada de la calle de Les Faures, donde solían hospedarse los inspectores del gobierno. Durmió a pierna suelta por primera vez en mucho tiempo y despertó descansado y con hambre.

    Media hora antes de dar las once de la mañana, se hallaba ante el portón del Castillo Nuevo y pedía hablar con el intendente encargado de las suministros.

    —Decidle que el ciudadano Sabarot de Burdeos desea hablar con él sobre la próxima entrega de aguardiente destinado a los bravos soldados de la nación -ordenó a los guardias de la puerta.

    Uno de los soldados entró en el edificio y salió de nuevo al poco rato indicándole que lo siguiera hasta el patio interior. El sargento encargado de los suministros no tardó en aparecer con un montón de papeles en la mano y comenzó a hablar sin dejarle meter baza. El último envío había sido de mala calidad y los precios considerablemente elevados respecto al anterior. ¿Acaso creían en Burdeos que el aguardiente estaba destinado a los cerdos? Los hombres necesitaban entrar en calor y levantar el ánimo antes de la batalla. ¿Acaso sabía él cuántos miles de soldados se hallaban acampados en los Pirineos Occidentales? El género era fraudulento y el fraude se castigaba con la pena de muerte. ¿Acaso creían en Burdeos que podía engañarse al ejército?

    —¿Y si me llevas al almacén? — preguntó Joantto en un momento en que el sargento paró para tomar aire -. Yo seré el primero en denunciar a los responsables si es cierto lo que me dices.

    El tono reposado del supuesto comerciante y sus últimas palabras apaciguaron al soldado, que sacó del bolsillo un pañuelo para secarse las gotas de sudor que resbalaban por su frente. Le hizo una seña y echó a andar en dirección al almacén por un corredizo iluminado por hachones. Al llegar, sacó un manojo de llaves, asió una de las antorchas que iluminaban la entrada y abrió la puerta custodiada por dos guardias. El local estaba oscuro y olía a alcohol y a humedad.

    —Las barricas del último envío están…

    El hombre se desplomó en el suelo. Uno de los guardias de la puerta lo había golpeado con una maza de las utilizadas para abrir los toneles. Sin una palabra, ni un gesto entre ellos, lo cogieron por las axilas y lo sacaron de allí. Joantto recogió la antorcha y examinó el suelo. Un reguero de pólvora recorría el pasillo que separaba dos filas de barricas desde un extremo a otro y desaparecía dentro de un pequeño barril, al fondo del depósito. Retrocedió hasta la puerta, prendió fuego a la pólvora y salió cerrando tras sí; continuó avanzado con paso tranquilo hasta el portón y abandonó el lugar. Minutos después se escuchaba una detonación seguida de un fuego de grandes proporciones. Prosiguió su camino sin volver la vista atrás y escuchó una serie de explosiones mucho más atronadoras que la primera.

    —¡Ha estallado el polvorín!

    En un instante el Bourgneuf se transformó en un hervidero de gritos, gentes asustadas que corrían en todas las direcciones, guardias nacionales y soldados. Un humo negro cubrió el cielo hasta entonces azul y hubo algunos que creyeron que los ingleses atacaban desde el mar como ya lo habían hecho en otras ocasiones.

    Joantto llegó a la casa de la calle de Les Tonneliers y sacó de un arcón unos calzones negros, una camisa de color crudo, un chaleco azul marino y una faja roja. Para completar el atuendo, cogió la boina labortana de ala ancha del padre que colgaba de un clavo, en el mismo lugar que el difunto la había dejado por última vez, y se la caló al modo que siempre lo había visto hacer: con un pico alargado por encima de los ojos. Después, hizo un atillo con las ropas nuevas y salió de nuevo. El alboroto continuaba y los puentes estaban repletos de gentes que intentaban cruzarlos en ambas direcciones. Caminó hacia la confluencia del Errobi y del Adur, cogió una piedra de buen tamaño al llegar a la orilla, la introdujo en el atillo y lo dejó caer en el agua.

    Durante los siguientes días los representantes de la Convención, Neveu y Monestier, decretaron el toque de queda y compañías enteras de guardias patrullaron las calles de sol a sol. La noticia del asesinato en París del Amigo del Pueblo, Jean-Paul Marat, la víspera de la fiesta nacional, no hizo sino exarcebar más los ánimos de los dirigentes jacobinos que veían contrarrevolucionarios por todas partes. Decenas de personas fueron encerradas en los diversos conventos de la ciudad, ahora cárceles populares, y la guillotina se alzó en la plaza de la Libertad, antes de Gramont, junto al puerto. Unas sesenta personas, militares, familiares de desertores, curas refractarios y otros que no habían mostrado su lealtad revolucionaria con el ardor suficiente, fueron condenadas a muerte y ejecutadas sin dilación.

    Joantto, al igual que cientos de bayoneses, acudió a varias de las ejecuciones para que nadie pusiera en duda su patriotismo y no levantar sospechas. Apretujado entre la multitud, contempló cómo, una tras otra, caían las cabezas de los inculpados acusados de traidores, fanáticos contrarrevolucionarios, malvados y criminales. En algún momento se le pasó por la mente que él era el culpable de la muerte de aquellos hombres, pero rechazó tal idea. El mundo era lo que era: un lugar donde sólo sobrevivían los más fuertes. Los dirigentes jacobinos de Baiona únicamente habían aprovechado la situación para implantar la guillotina y poner en práctica las consignas del asesinado Marat y de otros como él: la revolución únicamente se salvaría por medio del terror. Estaba asqueado e iba a marcharse de la plaza cuando la visión de uno de los condenados lo dejó clavado al suelo. Bittor Zubiburu esperaba su turno con aspecto resignado. A empujones y codazos logró colocarse en la primera fila de espectadores. Su amigo presentaba un aspecto terrible; tenía el rostro tumefacto por los golpes y su camisa, desgarrada y llena de manchas de sangre, mostraba que también había sido azotado. Vio cómo era obligado a subir las escaleras del patíbulo y a colocarse en la plancha, y sintió que el aire no llegaba a sus pulmones.

    —…por traidor a la patria -oyó decir al hombre que dirigía la ejecución.
    —…por amor a mi tierra -lo escuchó decir antes de que la cuchilla cayera sobre su cuello y el verdugo mostrase su cabeza a los asistentes.

    Permaneció alelado, los músculos agarrotados, incapaz de pensar. Dos víctimas más, ambos sacerdotes refractarios, fueron guillotinados por la máquina, pero él no les vio, ni escuchó los gritos del gentío. El mundo había enmudecido a su alrededor; había desaparecido. Una voz conocida lo sacó de su estupor.

    —Esto servirá de lección para quienes se conjuren contra la República.

    Monduteguy pasó por delante de él, acompañando a los representantes del pueblo fuertemente escoltados por una compañía de guardias nacionales. Sólo se fijó en la pluma que, sujeta por la escarapela tricolor, adornaba el sombrero de copa del procurador y la siguió con la mirada hasta que desapareció entre la muchedumbre.

    —¡Los curas tienen la culpa de todo!
    —¡Muerte a la religión!
    —¡Destruyamos el templo de la corrupción!

    Se vio empujado por una multitud enfurecida que se dirigía a Saint-Etienne y se dejó llevar, todavía bajo la impresión por la muerte de su amigo. Los manifestantes llegaron a la catedral y, alentados por los más exaltados, comenzaron a destruir las estatuas de los doce apóstoles que adornaban el pórtico, así como otras figuras más pequeñas. Mazas, barras de hierro, picas y todo tipo de herramientas pasaban de mano en mano para que todos mostraran su ira y participaram en la destrucción. Sin darse cuenta, Joantto se encontró con un martillo en la mano mientras un energúmeno le instaba a golpear. Estuvo a punto de descargar el martillo sobre la cabeza del hombre pero, en su lugar, golpeó con todas sus fuerzas el pie de uno de los apóstoles haciéndolo añicos. Los asaltantes se dirigieron después al claustro y procedieron de la misma manera que en el pórtico. No entraron en el templo porque un batallón de soldados se lo impidió fusil en mano. El interior estaba siendo utilizado como almacén de forraje para las caballerías del ejército. Horas después, la catedral y sus alrededores mostraban un aspecto desolador. Pasada la fiebre destructiva, se escucharon voces culpando del desastre a los judíos de Saint-Esprit, la población situada en la otra orilla del Adur; otras achacaron el desastre a los sans-culottes ateos y otras acusaron a los contrarrevolucionarios de incitar a las masas para crear confusión.

    Joantto no regresó a su casa esa noche; se refugió en una taberna hasta el amanecer y, entonces, volvió a la plaza y contempló la guillotina durante un buen rato. La siniestra máquina se alzaba bajo el cielo que comenzaba a clarear reflejándose en la cuchilla que había acabado con la vida de su amigo. Betti Zubiburu era un hombre reposado, pacífico, que expresaba sus opiniones sin enfurecerse y amaba profundamente la tierra que pisaba.

    —Tal vez este pueblo sea pequeño -le había dicho con una sonrisa en su último encuentro, meses atrás-, pero es el nuestro.

    Cruzó la ciudad pasando por delante de la catedral, cuya plaza estaba repleta de cascotes, pero no se detuvo a contemplar el resultado de la acción en la que había tomado parte y continuó en dirección a la Puerta de Mousserolles. No se veía a nadie por las calles, ni siquiera patrullas de vigilancia. Era como si la ciudad entera quisiese olvidar los acontecimientos de los últimos días.

    —¿Adonde te diriges? — le interrogó el sargento al mando de la guardia de la Puerta.
    —A Uztaritz.
    —No se puede salir sin autorización firmada por la autoridad.
    —Soy comisario de distrito.
    —¡Y yo soy el duque de Berry! — exclamó el militar provocando las risas de los demás soldados- ¡Lárgate o te hago detener!

    Joantto extrajo del bolsillo del chaleco el documento que acreditaba su nombramiento y que siempre llevaba consigo, y se lo tendió.

    —Extraña indumentaria para un comisario… -comentó el sargento en un tono de voz lleno de duda tras leer atentamente el papel.
    —En el campo no vestimos igual que en la ciudad.
    —¿Y la montura?
    —Si todos los comisarios de Francia tuviésemos caballos, no quedaría ninguno para el ejército.
    —Aun así… -El soldado no acababa de decidirse-. ¿Cómo sé yo que este documento no es falso?
    —Ciudadano, no tengo todo el día para darte explicaciones, ni tampoco ganas -replicó con frialdad-. O me dejas salir de una maldita vez, o vuelvo con el ciudadano Monestier para que te obligue a hacerlo.

    La mención del representante del pueblo y su mirada sombría acabaron por convencer al sargento; le devolvió el documento y se hizo a un lado para dejarlo pasar. La ciudad comenzaba a despertar cuando Joantto emprendió el camino, esta vez sin saber adonde ir. Justo en aquel momento, el cielo se cubrió de nubes tan negras como su ánimo y dejó caer una tromba de agua que anegó los campos resecos. La lluvia también limpió los restos de sangre del patíbulo a la espera nuevas víctimas.


    En Sara el ambiente era relativamente tranquilo. Tras la huida en desbandada de los soldados franceses ante las tropas españolas y el posterior repliegue de éstas, la población había disfrutado de unos meses de tranquilidad que de nuevo se veía alterada por la llegada de nuevos contingentes republicanos y, en especial, de un nuevo comisario. Nadie podía informar sobre lo ocurrido porque nadie lo sabía. Lo único cierto era que Ithurbide había desaparecido la misma noche de la invasión y no se le había vuelto a ver por el pueblo. Un vecino de la plaza, que había estado vigilante por si acaso aparecían los españoles, aseveró que lo había visto hablando con un guardia de la rectoría y que, poco después, escuchó el ruido de los cascos de un caballo alejándose. No obstante, todos estuvieron de acuerdo en una cosa: el nuevo comisario hacía santo al nieto bastardo de Jaurenea.

    El recién llegado, un tal Marcel Inchauspe, estaba dispuesto a hacer méritos ante sus superiores a costa de los habitantes de la comuna. Visitó, una a una, todas las casas y levantó acta de los bienes de sus propietarios; procedió a la requisición de capas, hopalandas, mantas y prendas de abrigo en general; exigió la entrega de quintales de heno, paja, maíz y madera para que los soldados acantonados en las inmediaciones no se viesen privados de productos de primera necesidad. Finalmente, hizo saber a los vecinos mediante un bando que todos los animales de tiro, mulas, burros y, sobre todo, bueyes, se hallaban en requisición permanente, así como los carros y carromatos. La municipalidad debería elegir de entre los vecinos a los boyeros encargados de asegurar el transporte de las mercancías, bajo pena de multa o arresto en caso de no obedecer la orden. Por primera vez en cuatro años, el pueblo de Sara sintió que el peligro era real.

    La casa de Jaurenea recibió, como todas, la visita del comisario y de los guardias y fue una de las más expoliadas por ser también una de las más productivas. El funcionario no se anduvo con miramientos y ordenó a sus hombres vaciar el granero y la cuadra. El mismo revisó arcones y armarios y cogió todas las prendas de abrigo que encontró ante la desesperación de andra Josebe y la impasibilidad de Gehexan. El jauntxo permaneció sentado en el banco, con la vista fija en la chimenea apagada. No se levantó ni respondió al saludo del comisario, no movió un dedo; parecía de piedra, tanto que Inchauspe llegó a creer que tenía la mente perdida, al igual que otros ancianos, y no le prestó la menor atención.

    —Es preciso que tú, Mari y el niño paséis al otro lado hasta que todo este asunto se haya calmado -sentenció cuando la familia se quedó por fin a solas.
    —¿De qué hablas? — preguntó Xan, tan sorprendido como su madre y su mujer.
    —Las cosas van a ponerse feas, muy feas, y mucho me temo que algunos no se conformen con quitarnos el grano y los animales.
    —¿Qué más pueden quitarnos? Nos han robado hasta la camisa y este invierno pasaremos hambre.
    —La vida, pueden quitarnos la vida.

    La afirmación del cabeza de familia dejó a todos helados. Andra Josebe y Martzelina reprimieron un gemido y Mari apretó contra ella al niño que se había quedado dormido con una gota de leche en los labios.

    —Las ideas pueden ser buenas -prosiguió Gehexan-, pero muchos hombres no lo son. Aprovechan las oportunidades para medrar aunque su camino quede sembrado de cadáveres; dicen defender la justicia y sólo defienden su ambición. Vendrán y no se detendrán hasta sacarnos la última gota de sangre. Lo he visto antes.
    —¡Me niego a dejaros aquí! — exclamó Xan golpeando con un puño en la palma de la otra mano-. Si nos vamos, nos vamos todos.
    —Solos os será más fácil eludir los controles y sabes que yo no puedo andar distancias largas después del ataque al corazón, y mucho menos por los montes.
    —Pues entonces, nos quedamos y no se hable más del ello.
    —Os iréis porque es necesario que nada malo les ocurra a Mari y al niño y porque yo lo ordeno.
    —¡Tú siempre ordenas y todos estamos obligados a obedecer! ¿Qué pasa con ama y con Martzelina? ¿No tienen derecho ellas también a decidir? ¿No lo tengo yo?
    —Si tu padre no va, yo tampoco.

    La voz de andra Josebe rompió el silencio que había caído en la cocina tras las airadas palabras de su hijo.

    —¿Cómo puedes apoyarle después de la forma en la que te ha tratado?
    —Y tú, ¿por qué te enfadas? El sólo quiere saberos a salvo y yo estoy de acuerdo: tenéis que partir cuanto antes. No te preocupes, estaremos bien.

    La mujer se sentó en el banco, junto a su marido, y alargó la mano. Gehexan la retuvo entre las suyas y le miró a los ojos sin decir palabra. Xan no salía de su asombro. De pronto, la madre resignada se había transformado en una mujer fuerte, en una persona diferente. Años y años de dolor desaparecían ante el peligro. La lealtad, la dignidad, el amor, emergían del escondite donde habían sido relegados durante tanto tiempo.

    —¿Y tú, Martzelina? — Xan hizo un último intento.
    —Yo ¿qué?
    —¿Vendrías con nosotros?
    —Jamás pondré un pie fuera de Jaurenea por voluntad propia, de eso puedes estar bien seguro.
    —¡Los tres estáis locos!
    —Cuida de Mari y del pequeño. ¡Ya habrá ocasión de decidir quién es aquí el loco!

    Las palabras de la sirvienta provocaron sonrisas y relajaron el ambiente, pero no borraron la preocupación que todos sentían en aquellos momentos.

    Partieron hacia Bera varios días más tarde, acompañados por dos de los hombres de la casona, cuando aún no había amanecido. Iban con lo puesto, sin bultos que pudieran entorpecer la marcha, el alma en vilo y el corazón roto. La niebla los protegió durante la mayor parte del trayecto, hurtándolos a la vigilancia de los guardias fronterizos, mucho más numerosos que antes de la invasión, y llegaron al caserío Ithurbide a media mañana. Xan se sentía cohibido. ¿Cómo recibirían al hijo del hombre que tanta desolación les había causado?

    —Dile a Engrazia que lo siento.

    Era la primera vez que escuchaba al padre disculparse por algo y asintió con la cabeza, sin hacer ningún comentario porque no estaba seguro de poder cumplir el encargo. No sabía si tendría el valor de hacerlo.

    Y también estaba Elixabet. ¿Qué haría cuando la tuviese delante? No había dejado de pensar en ella durante todos aquellos años. En su imaginación veía a una joven de trenzas largas y piel tersa. Habría cambiado, él también lo había hecho, y temía que el sueño se rompiera, que desapareciera para siempre. Mari caminaba a su lado llevando al niño en sus brazos, sujeto a ella por una faja para impedir que se cayera en un mal movimiento. Su matrimonio era una farsa, aunque no se arrepentía de haber dado el paso. Quería al pequeño como a un hijo propio y la compañía de él y de su madre aliviaba su soledad.

    Los Ithurbide los acogieron con cariño, en especial a Mari, y nadie tuvo un gesto desabrido ni una mala palabra para con él. Muy al contrario, lo trataron con deferencia, sobre todo Elixabet que no dejaba de mirarlo como si quisiera convencerse de que aquel hombre de cabellos grises y arrugas alrededor de los ojos era el mismo muchacho que había quedado atrás, al igual que sus fantasías juveniles. El tiempo había transcurrido deprisa y se había llevado lo mejor de sus vidas: la ilusión. Él, por su parte, deseaba descubrir a la muchacha que veía todas las noches antes de quedarse dormido, pero la mujer madura de gesto afable, rodeada por tres hijos y otros tantos nietos, nada tenía que ver con aquella. No se sintió defraudado, únicamente lamentó no haber podido envejecer en su compañía y que su familia no fuera también la de él.

    —¿Y este niño? — inquirió andra Engrazia cuando ya todos se hallaban sentados a la mesa y los recién llegados recobraban las fuerzas.

    Mari contempló a la anciana antes de responder. La mujer se había consumido desde la última vez que ella había estado en Alzate en compañía de Joantto, recordó con dolor. Las venas se marcaban en su piel y ya no podía andar por lo que permanecía todo el tiempo sentada en una silla forrada con unos cojines rellenos de lana.

    —Es mío y… de mi marido -respondió, incapaz de decir la verdad.

    La anciana la miró, miró a Xan y después volvió su atención a la criatura que dormía confiada en el regazo de su madre.

    —Me recuerda a… -suspiró-, pero, claro, todos los recién nacidos se parecen un poco… ¿Cómo se llama?

    Mari no respondió y miró a Xan pidiendo ayuda. El hombre se levantó, cogió al niño y se lo tendió a andra Engrazia.

    —Se llama Bittor…, igual que el padre de su padre.

    Durante un instante la mujer no reaccionó; después, su labio inferior comenzó a temblar, alargó los brazos para coger a su bisnieto y lo meció al tiempo que entonaba, más bien susurraba, una canción de cuna, la misma que cantaba cincuenta años atrás para adormecer al más pequeño de sus hijos.

    —¿Por qué les has dicho que era el hijo de Joantto?
    —Ya ha habido suficiente sufrimiento -respondió Xan a la pregunta de Mari cuando ambos se encontraron solos-. Esa mujer perdió a su marido y a su hijo por culpa del padre. Deja que sepa que su sacrificio no fue en vano, deja que muera feliz. Esta también es la familia de Bittor.

    Un par de semanas más tarde, él y uno de los hombres volvieron por donde habían llegado; el otro hombre, el más joven, decidió quedarse en Alzate. Alegó que lo hacía para proteger a Mari y al niño, pero todos sabían que eran los enormes ojos castaños de Julene, una de las hijas de Elixabet, lo que en verdad lo retenía allí.

    —Volveré a buscarte cuando las cosas mejoren -afirmó Xan al despedirse de su mujer-. Otra cosa: el padre me entregó este documento antes de partir -sacó del bolsillo del chaleco un papel doblado en cuatro partes y se lo entregó-. Es su testamento. Guárdalo, aquí estará más seguro.
    —Quédate y guárdalo tú…
    —Los padres están solos…
    —Tú le quieres ¿verdad?
    —¿A quién?
    —Al viejo tozudo.

    Xan sonrió y sus ojos desaparecieron bajo sus cejas.

    —Sí. Los quiero a los dos, a él y a ama, y también a la vieja Martzelina. Amo Sara y Jaurenea y me siento perdido lejos de allí. ¡El viejo se va a poner como una furia! — rió después para disimular la emoción, besó a Mari en la mejilla y agitó la mano para despedirse de los demás-. ¡Cuida del heredero! — gritó antes de perderse entre los árboles.

    Los dos hombres llegaron a Sara al atardecer. Tampoco esta vez tuvieron problemas con las patrullas. Tomaron una vereda antes de llegar a Lizuniaga y caminaron en diagonal hasta la zona de las palomeras, un recorrido mucho más largo, pero también mas seguro, mezclándose con gente del pueblo que regresaba después de preparar las redes para la caza del día siguiente. Gehexan, sorprendido y confundido, frunció el ceño al verlos entrar.

    —Mari y Bittor están a salvo -le informó su hijo antes de que él dijera nada.
    —¿Y tú, por qué has vuelto? — le espetó en tono seco.
    —Porque me gusta ver amanecer en Jaurenea y porque la madre prepara la mejor sopa de ajo que conozco -respondió Xan con sorna mientras abrazaba a andra Josebe.

    El jauntxo esbozó una sonrisa apenas perceptible. Era una consuelo tenerlo de vuelta, aunque nunca lo reconocería en voz alta. El comisario Inchauspe había vuelto a la casona y esta vez no sólo se había llevado lo poco que había dejado en su visita anterior, sino que también había alistado por la fuerza a los tres sirvientes aduciendo que estaban en edad de servir a la patria, que no tenían familias que mantener y que, además, bajo el nuevo régimen estaba prohibida la esclavitud. Notó la mano de Josebe apretando su brazo con fuerza para impedirle responder. ¡Esclavitud! ¡Miserable gusano carroñero! Los hombres eran libres, miembros de la casa, comían a la misma mesa, cobraban por su trabajo y estaban allí por decisión propia, pero eso jamás podría comprenderlo un mísero funcionario cuya tarea consistía en desvalijar a gente honrada. Se habían quedado solos las mujeres y él, tres viejos sin fuerzas para levantar la azada y arrastrar el arado, ahora que también les habían robado la pareja de bueyes. Con Xan en casa, al menos tendrían algo que echarse a la boca, no en vano era uno de los mejores cazadores de la comarca. Luego recordó que el comisario también se había llevado la dos escopetas que él se había negado a entregar en la primera requisición.

    A medio camino entre Baiona y Uztaritz, Joantto Ithurbide cambió de opinión. No quería aparecer por esta última localidad, era demasiado conocido. ¿Qué haría? ¿De qué viviría? Podría detenerse en alguna aldea y pedir trabajo aunque sólo fuera a cambio de techo y comida, pero él nunca había trabajado en un caserío y tampoco le apetecía hacerlo. Se adentró por el campo, siempre en dirección este, y después siguió hacia el sur por la ruta real hasta llegar a San Juan de Luz. Era la primera vez que aparecía por la población pesquera y le llamó la atención la actividad del puerto, muy diferente de la que podía observarse en el de Baiona, adonde arribaban los navios que navegaban por las grandes rutas y era continuo el tráfico de mercancías y personas. El puerto estaba repleto de barcos, chalupas, chipironeras y todo tipo de embarcaciones dispuestas para la pesca; de pescadores baldeando las cubiertas y disponiendo los aparejos, y de mujeres remendandolas redes, todos hablando a voz en grito. Tenía hambre y el olor a pescado frito provocó los gemidos de su estómago. Aún le quedaba algún dinero del adelanto y se apresuró a entrar en una tasca y pedir algo de comer.

    No había vuelto a la taberna de Basile a pesar de estar todavía pendiente el pago por el trabajo realizado. No era prudente dejarse ver y tampoco estaba muy seguro de que los dos individuos y el propio tabernero no fueran a denunciarlo para quitarse de en medio a un testigo molesto. Por otra parte, él no había prendido fuego a la pólvora por dinero, sino por razones difíciles de explicar incluso para él mismo. El ruido ensordecedor de las explosiones, el terror pintado en los rostros de sus vecinos y la posterior venganza llevada a cabo sobre personas inocentes, y de manera especial sobre su amigo, lo habían arrancado con violencia del infierno en el que se hallaba sumido desde hacía meses y no estaba dispuesto a repetir la experiencia.

    Después de comer se acercó al muelle y se sentó en el bordillo. Era preciso tomar una decisión, buscar un alojamiento, pensar acerca de lo que haría para ganarse la vida, pero no tenía ganas de moverse. Las horas pasaron y el sol del otoño se hundió en el mar. Poco a poco, el muelle fue quedándose vacío. Los pescadores dejaron listos los barcos para salir con la próxima marea, las mujeres dejaron las redes en el suelo para continuar al día siguiente, pero él siguió en el mismo lugar.

    —¿Fumas?

    Un hombre viejo con barba de varios meses se sentó junto a él y le tendió una pipa tallada de manera tosca que él cogió sin sorprenderse, como si fuera natural que un desconocido se sentase a su lado, en el suelo, y le ofreciese tabaco. Ambos fumaron durante un rato mientras contemplaban los últimos fulgores desapareciendo en el horizonte.

    —No eres de por aquí -afirmó finalmente el viejo.
    —No.
    —¿Familia?
    —No.
    —¿Casa?
    —No.
    —¿Trabajo?
    —No.

    Permanecieron otro buen rato en silencio. Las pipas estaban apagadas y la noche se había echado encima. El pescador se levantó y estiró los brazos para desentumecer el cuerpo después de la sentada.

    —Me llaman “Ziriki” y en mi casa hay sitio para otro -dijo, y echó a andar.

    Joantto se puso en pie y lo siguió. Atravesaron el pueblo por la Karrika Handia y salieron al arenal por el otro extremo. Tras andar un trecho por la arena, llegaron a una cabaña de madera construida entre las rocas, en la punta del arenal, al abrigo de las olas y también de miradas extrañas.

    —No es un palacio -dijo el hombre empujando la puerta que no estaba cerraba y cuyos goznes chirriaron lamentablemente-, pero es mía y no la cambiaría por otra mejor.

    No era un palacio, pero Ziriki tenía razón. En aquel rincón el tiempo parecía haberse detenido, y no sólo el tiempo, también el mundo. Vivían a poca distancia del pueblo y, no obstante, solos, sin visitas, sin ruidos ni voces. El sonido del mar y el grito estridente de las gaviotas eran su única compañía. Todas las mañanas, nada más amanecer, salían en busca de cangrejos, caracoles, almejas, mejillones, percebes y todo bicho que viviese en torno a las rocas; colocaban reteles o se adentraban en el agua hasta media cintura para arrancar los moluscos. Iban vestidos con pantalones arremangados, camisas sueltas, sendos sombreros de paja de ala ancha deshilachados y los pies descalzos. No cogían mucho, sólo lo necesario para subsistir.

    —No quiero más de lo que necesito -comentó el pescador cuando, en una ocasión, Joantto le hizo ver que todavía quedaba mucho donde coger-. Uno no es más feliz por tener más -añadió, y se sentó en la roca para fumarse una pipa.

    Una vez a la semana se acercaban al puerto llevando la pesca en dos enormes cestos y la vendían con pasmosa rapidez. Todos conocían a Ziriki y se sorprendían de que siguiera pidiendo por su género el mismo precio que antes de la revolución. La carencia de productos de todo tipo había dado lugar a una especulación cada día mayor y quién más, quién menos, se aprovechaba de la situación. Eso sí, el hombre siempre pedía que se le pagara en moneda contante y sonante: no aceptaba el asignado, papel-moneda puesto en circulación por el gobierno de París. Cuando los cestos quedaban vacíos, acudían a una taberna, siempre la misma, situada junto a la iglesia, y pedían que les sirvieran carne, a poder ser de cordero o, en su defecto, de ternera o de cerdo. Después de comer y beber una copita del licor de hierbas elaborado por la propia dueña de la taberna, ambos regresaban a la cabaña y no volvían a aparecer por el pueblo hasta la semana siguiente. Por primera en su vida Joantto se sentía en paz consigo mismo y los recuerdos habían dejado de atormentarlo.

    Una mañana en que Ziriki y él se encontraban en la zona más abrupta de las rocas, en plena faena de desalojar a cangrejos y bogavantes de sus orificios con ayuda de una horquilla de dos dientes, observaron que un par de hombres bien trajeados y seguidos por cuatro guardias nacionales se acercaban caminando por la arena. El pescador lanzó un gruñido, pero continuó con la labor y lo mismo hizo él. Cuando el grupo se hallaba a menos de treinta pasos, Joantto tuvo un sobresalto al reconocer en uno de los hombres a su antiguo camarada, Jean-Martin Monduteguy, y se caló el sombrero de paja hasta las orejas.

    —¡Eh! ¡Tú! — le gritó al ser él quien se hallaba más cerca-. ¿Eres Ziriki?

    No respondió, pero señaló con un dedo a su compañero, algo más lejos, y volvió a centrarse en el trabajo sin dejar de mirar a los recién llegados por el rabillo del ojo.

    —¡Eh! ¡Tú! — gritó de nuevo el procurador dirigiéndose al pescador-. ¡Baja aquí, queremos hablar contigo!

    Ziriki soltó otro gruñido, pero obedeció la orden.

    —Nos han dicho que eres el mejor marisquero de la zona…
    —Se exagera…
    —Se exagere o no, eso es lo que nos han dicho.

    El viejo se alzó de hombros.

    —Mañana esperamos en San Juan de Luz a dos representantes del pueblo que llegan directamente de París -prosiguió Monduteguy- y deseamos agasajarlos como se merecen.
    —Traerás al Ayuntamiento dos cestos repletos de mariscos antes del mediodía.
    —La marea estará alta esta tarde.
    —¿Qué quieres decir?

    Ziriki miró a los ojos al procurador y se pasó la lengua por los dientes antes de responder.

    —No se puede mariscar con marea alta -afirmó impávido-. Mejor esperáis a que entren los barcos a puerto, hay un par de langosteros que os podrán servir mejor que nosotros.

    Monduteguy pareció sorprendido por la respuesta y meditó unos instantes.

    —Entonces, madrugad -dijo finalmente-, pero antes del mediodía os quiero ver aparecer con el género, y… que sea variado porque nuestros visitantes no son cualesquiera y no me gustaría que se llevaran una mala impresión de la hospitalidad vasca.

    Joantto reconoció el tono amenazador utilizado por Monduteguy cada vez que se dirigía a alguien a quien consideraba inferior y apretó los puños. ¿Qué hacía el sans-culotte en aquel paraíso? ¿No tenía bastante con Uztaritz y Baiona que tenía que venir a molestar a un viejo pescador, ajeno por completo a lo que ocurría en el resto del país? Le provocaba nauseas verlo allí, en una playa solitaria, vestido con su levita larga y su sombrero de pluma con laescarapela, acompañado por hombres armados. Era un pájaro de mal agüero, su presencia contaminaba el aire, traía consigo los males de los que él intentaba huir. Lo observó mientras se alejaba y sus huellas y las de sus acompañantes quedaban marcadas en la arena.

    Era aún de noche cuando los dos hombres se dirigieron hacia las rocas e iniciaron la faena ayudándose con unos farolillos de aceite. Trabajaron sin descanso hasta cerca del mediodía, pero llenaron los dos cestos con cangrejos, almejas, navajas, lapas, bigaros e incluso una buena cantidad de ostras. Estaban agotados, tenían las manos enrojecidas y no sentían los pies, pero se presentaron en el Ayuntamiento antes de dar las doce. Las puertas y las ventanas estaban adornadas con orlas tricolor, varios ciudadanos con sus mejores galas esperaban en la calle, los niños de la escuela, vestidos a juego con la orla, esperaban la llegada de los representantes con ramilletes de flores en las manos y los guardias nacionales mantenían la formación delante de la reja cuya puerta se abría a un pequeño patio. El propio Monduteguy salió a su encuentro, bajó las escaleras que daban al patio, sonrió satisfecho al ver los cestos repletos y ordenó a cuatro mozalbetes que los llevaran sin tardanza a la cocina de la taberna donde se preparaba el banquete en honor de los invitados de la comuna. Después, subió de nuevo y entró en el edificio. Volvió a bajar cuando uno de los suyos le comunicó que los pescadores seguían allí.

    —Bien, bien… ¿qué puedo hacer por vosotros? — preguntó molesto.

    Los representantes estaban a punto de llegar y la presencia allí de dos pobres que olían a mar no era precisamente lo más adecuado en aquel momento. Quería que todo estuviera perfecto y cada uno en su puesto: los miembros de la municipalidad, los de la Sociedad Popular, los niños, la guardia…

    —Devolvednos los cestos -indicó Zikiri.
    —Pagadnos -dijo Joantto a su vez.
    —Ahora mismo os devuelven los cestos, en cuanto a pagaros… ya os he dicho que esperamos a dos ciudadanos importantes.
    —El trabajo se paga.
    —Volved mañana y hablaremos.
    —Son dos soles por pieza grande y otros dos por docena de las pequeñas -insistió Joantto sin inmutarse ante el nerviosismo cada vez mayor del procurador.
    —Ya os he dicho que volváis mañana. Tengo cosas más importantes que hacer que preocuparme en pagar por unos cangrejos. Los asuntos de la nación me reclaman.

    Monduteguy entró de nuevo en el Ayuntamiento y Ziriki hizo amago de marcharse, pero su amigo negó con la cabeza y los dos permanecieron al pie de la escalera.

    —¡Si no os vais ahora mismo, haré que os echen a patadas! — gritó el procurador bajando por tercera vez al cabo de un rato.
    —Libertad, igualdad, fraternidad… para unos sí, para otros no.

    Joantto continuaba con el sombrero de paja calado hasta las orejas y se había dejado crecer la barba. Era difícil reconocerlo bajo el aspecto de un pobre marisquero, pero su voz no había cambiado y Monduteguy detuvo el ademán iniciado para llamar a la guardia, intentando recordar.

    —¿Nos conocemos de algo? — le interrogó examinándolo con más atención.
    —¡Ya llegan! ¡Los representantes! ¡Ya llegan!

    Un hombre corría calle abajo y algunas personas se asomaron a las ventanas al escuchar sus gritos. El procurador miró a los dos pescadores y sacó una bolsa de monedas.

    —¡Tomad! — exclamó al tiempo que la lanzaba y Joantto la cogía en el aire-. ¡Y largaos de aquí ahora mismo!
    —Los cestos…

    Ziriki interrumpió a su compañero, lo asió por el brazo y lo arrastró fuera del patio.

    —¡Espera! — rogó éste-. Quiero saber quiénes son esos personajes tan importantes.

    Se mezclaron entre la gente que iba abarrotando los alrededores de la Casa Consistorial y esperaron con los sombreros de paja en las manos para no llamar la atención del procurador, que de vez en cuando dirigía la vista hacia los asistentes como buscándolos. Tuvieron que apartarse a la llegada del carruaje y de la escolta a caballo, que a punto estuvieron de derribar a más de uno. Delante del edificio se había levantado una pequeña tribuna y hacia ella se dirigieron los recién llegados acompañados por las autoridades y un gran número de miembros de la Sociedad Popular y de curiosos.

    —¡Ciudadanos de Chauvin-Dragon, tenemos el honor de contar entre nosotros con la presencia de los ciudadanos Pinet y Cavaignac, representantes del pueblo de Francia! — proclamó Monduteguy exultante-. ¡Muchas cosas van a cambiar aquí de ahora en adelante para bien de la nación y de todos los vascos!

    Sus palabras fueron recibidas con aplausos y vítores a los que respondieron los aludidos con gritos a la revolución y a la república. Tras unas palabras de bienvenida del alcalde y la interpretación por parte de los niños de un canto que los voluntarios marselleses habían hecho popular durante la toma de las Tuileries el año anterior, representantes y autoridades se escabulleron a fin de dar buena cuenta del convite dispuesto en el Ayuntamiento.

    —¿Cómo ha llamado ese hombre a San Juan de Luz? — preguntó Joantto a Zikiri cuando regresaban a la cabana.
    —Chauvin-Dragon.
    —¿Y eso?
    —Dicen que los nuevos gobernantes han cambiado los nombres de los pueblos que no les gustaban. Y tú ¿de qué lo conoces?

    Zikiri lo observaba con curiosidad y una pizca de malicia en los ojos.

    —¿Qué te hace pensar que lo conozco?
    —Él parece haberte reconocido.
    —Lo dudo.
    —Entonces, lo conoces…

    Joantto no pudo evitar soltar una carcajada. Lo necesitaba. Palpó el mango del cuchillo que utilizaba para arrancar las lapas de la roca y que llevaba en la cintura, bajo la camisa. Lo habría utilizado sin dudar en caso de que Monduteguy lo hubiera reconocido e intentado algo contra él o contra su amigo.

    —Tal vez algún día te cuente mi historia -dijo echando un brazo por encima del hombro del viejo pescador.
    —Guárdate de él. No es buena gente.
    —Lo sé.

    Estaba cansado, tenía ganas de tumbarse en el catre y dormir un poco, pero, en lugar de ello, dejó a Ziriki sesteando y se fue a pasear por la playa. La presencia del procurador y de dos personajes importantes del gobierno no auguraban nada bueno y, menos aún, aquellas palabras referentes a que muchas cosas iban a cambiar. Sara se hallaba a tan sólo tres horas de camino, demasiado cerca. Y allí se encontraba Mari.


    Durante aquel otoño muchas personas en Lapurdi fueron detenidas, acusadas de contrarrevolucionarias, y muchas más huyeron o buscaron un escondite ante lo que se preveía una empeoramiento de la situación para todos aquellos que se hubieran mostrado poco patrióticos. A finales del verano, la Convención había votado la “Ley de sospechosos” que permitía detener a todo el que no habiendo hecho nada contra la Libertad, tampoco había hecho nada por ella; es decir, la mayoría de la población. Como siempre ocurre en casos parecidos, las rencillas, las desavenencias, las cuentas pendientes por viejos asuntos fueron razones importantes para acusar y denunciar a los vecinos. Los curas refractarios que aún no lo habían hecho, se apresuraron a cruzar la frontera y se instalaron en Donostia y en sus alrededores, al igual que las personas que habían ostentado cargos políticos durante el régimen anterior o los disidentes que habían esperado hasta el último momento a que las cosas cambiaran. Un primo de Ziriki, Dominique, también pescador, acudió a la cabaña en busca de un refugio provisional antes de marcharse a otro sitio.

    —No sé si éste es el lugar más seguro… -meditó el viejo marisquero en voz alta-. Tal vez deberías ocultarte en la zona de Urrufia… ¿No vivía tu hermano mayor en Serres?
    —Y allá sigue, pero hace años que no lo veo y la última vez que hablamos a poco acabamos a golpes. No, mejor pienso en otra solución…
    —¿Por qué iban a buscarte? — preguntó Joantto interesado.
    —Hace unas semanas, un sábado, bebí más de la cuenta y dije cosas que tendría que haber callado.
    —¿Qué dijiste?
    —Pues… lo que mucha gente de por aquí piensa y no dice: que la tiranía ha cambiado de nombre, pero no de pellejo; que algunos revolucionarios son ahora más ricos que antes y han expropiado tierras para luego comprarlas ellos mismos por cuatro soles; que a mí lo que los franceses hagan en su casa me trae sin cuidado, pero aquí no estamos en Francia… Esas cosas…
    —Que te pueden costar el cuello -afirmó Ziriki mientras encendía la pipa.
    —Los dos que vinieron hace unas semanas -prosiguió su primo refiriéndose a Pinet y Cavaignac- han organizado algo que se llama comité de sanidad pública o algo por el estilo…
    —De salvación pública… -corrigió Joantto.

    Cuando Ziriki y él acudían al puerto, aguzaba el oído y leía los decretos clavados en paredes y árboles. A veces, los textos estaban redactados en vasco, pero normalmente lo estaban en francés de forma que pocos se enteraban exactamente de lo que ponía en ellos. Los vecinos hacían correr la voz sobre las nuevas ordenanzas, pero siempre había alguien que las ignoraba. El jacobino montañés Robespierre se había erigido en máximo responsable del Comité de Salvación Pública y había declarado que el gobierno sería revolucionario hasta la paz, “terrible con los malos, pero favorable a los buenos”. La misma cantinela que ya había escuchado en boca de Monduteguy tiempo atrás, pero que ahora adquiría unos visos mucho más peligrosos puesto que cualquiera podía ser detenido y ejecutado sin un juicio formal y sin la posibilidad de defenderse. A esta situación los propios revolucionarios la denominaban “el Terror”, y terror era lo que estaban provocando los terroristas en todos los territorios de la República.

    —Pues eso, de salvación pública -prosiguió Dominique-. Ni siquiera vale tener el certificado de civismo…
    —¿El qué?
    —Este papel. — El pescador sacó del bolsillo de su camisa un papel doblado y arrugado y se lo tendió a Joantto-. Ahora también piden un certificado de no sospechoso y otro de no emigrante… A mí me lo dio el anterior secretario del Ayuntamiento, pero lo han depuesto a él y a todos los ediles y, como lleva su firma, ya no vale.
    —En otro sitio valdrá -intervino Ziriki.
    —Lo mismo pienso yo, por eso voy a largarme de aquí en cuanto decida a dónde ir.

    Joantto se había quedado pensativo. Él no poseía aquel certificado y le iba a ser imposible conseguirlo en San Juan de Luz. Guardaba el documento de su nombramiento como comisario, pero tampoco sabía si podría volver a servirse de él como lo había hecho en Baiona. Además estaba convencido de que Monduteguy no vacilaría en hacerlo detener si le echaba la vista encima. Había sido arriesgado dirigirle la palabra y exigirle el pago por la mercancía. No era hombre que olvidara, en algún momento recordaría y volvería a aparecer por la cabaña. Miró a Ziriki.

    —Creo que también es hora de que yo parta.
    —Imagino que sí -asintió su amigo.

    Dos días más tarde, nada más caer la noche, Dominique y él se echaron a la mar en un pequeño bote de remos que Ziriki utilizaba de forma ocasional para pescar durante los meses de verano, cuando el marisco escaseaba.

    —Es viejo, pero seguro -afirmó el pescador al despedirse-. Podéis bordear la costa y desembarcar en Hondarribia.
    —¿No habrá peligro? — preguntó Joantto sin tenerlas todas consigo.
    —No te preocupes. Mi primo conoce la mar mejor que su casa.
    —Ya… pero yo no sé nadar…
    —¡Yo tampoco! — exclamó Dominique con humor- ¡Ni falta que hace si no te caes!

    Joantto abrazó a Ziriki sin decir palabra y ayudó a su compañero de aventura a empujar el bote al agua, subió y cogió un remo. Hacía frío y el cielo estaba completamente despejado. Al igual que un gigantesco farol, la luna brillaba en lo alto iluminando la mar en calma. Eran dos hombres que huían en una frágil cascara de madera, pero, sin saber por qué, algo en su interior les aseguraba que llegarían sanos y salvos a su destino.

    Remaron hasta que la piel de las manos de Joantto se abrió produciéndole un dolor intenso que palió vendándolas con unas tiras de tela rasgadas de su propia camisa. Dominique, por su parte, no parecía tener problemas e, incluso, entonó algunas canciones marineras desconocidas para su compañero. Tenía una melodiosa voz de tenor y, escuchándolo, Joantto sintió que le invadía la melancolía. Añoraba a su padre, los años que se le escapaban, la familia que nunca había tenido, pero, sobre todo, añoraba a Mari. Había sido un estúpido engreído, como su abuelo. El tío Xan tenía razón, ambos eran igualmente orgullosos, incapaces de reconocer sus errores, incapaces de perdonar los errores de los demás. No quiso ver a Mari, ni escucharla. La juzgó y la condenó como hacían ahora los revolucionarios en nombre de la libertad, olvidando que la libertad era algo más que una palabra, más que una idea. Era, ante todo, respeto a los demás. Su abuelo no había respetado la libertad de sus padres y él tampoco había respetado la de Mari. Por esa razón la había perdido para siempre.

    Se detuvieron al observar luces a menos de dos millas de distancia, sobre un peñón que se adentraba en la mar.

    —Eso debe ser Hendaia -señaló Dominique-. Pronto comenzará a clarear y será difícil cruzar por delante y llegar al otro lado sin ser vistos. Hace tiempo que no he estado por aquí, pero la última vez había mucho movimiento de gentes armadas.
    —Francia está en guerra con España -le recordó él-. Parte del ejército francés está acampado en las inmediaciones de la frontera.
    —Pues… o nos arriesgamos o atracamos e intentamos seguir a pie.

    Decidieron atracar en una pequeña cala, ocultaron el bote entre las rocas y lo amarraron lo mejor que pudieron. Quizás tuvieran la oportunidad de volver a buscarlo, aunque ambos sabían que, por el momento, dicha posibilidad era muy remota. No conocían los parajes, pero Dominique aseguró que se orientaba igual de bien en la tierra que en la mar y tomaron dirección oeste, siempre hacia el sur, con la intención de dar un rodeo y entrar en Guipúzcoa por el monte. Caminaron hasta que amaneció y se encontraron en un lugar de extraordinaria belleza, tan bello como recóndito: un desfiladero atravesado por un río de aguas abundantes, entre árboles y montes.

    —¡No tengo ni idea de dónde estamos! — exclamó el pescador.
    —Al menos aquí no parece haber patrullas de vigilancia — respondió Joantto-. Sigamos, puede que encontremos alguna señal más adelante.

    Al llegar a un recodo del río, vieron los tejados de unos caseríos, asomando por detrás de una roca y se aproximaron al primero deellos. Tenían hambre y sed y las heridas de las manos de Joantto precisaban una cura.

    —En Endarlatsa.

    Les informó una mujer que lavaba la ropa al preguntarle en qué lugar se hallaban.

    —¿Esto es España o Francia?

    La mujer los miró sonriente y se alzó de hombros.

    Pasaron la noche allí. La lavandera les ofreció alojamiento a cambio de nada, les dijo. Eran tiempos duros para todos y estaban acostumbrados a recibir visitantes a horas intempestivas.

    —Cualquiera que se aventura por aquí tiene un camino difícil y es de buenos cristianos ayudar al prójimo -declaró el marido.
    —Nosotros vamos a Hondarribia… -apuntó Dominique-. ¿Estamos en la buena dirección?

    El hombre levantó las cejas sorprendido.

    —¿De dónde venís?
    —De San Juan de Luz.
    —¡Pues sí que habéis dado un buen rodeo! — exclamó risueño-. Vais justo en dirección opuesta.
    —¿No decías que te orientabas igual de bien en la tierra que en la mar? — le preguntó Joantto a su compañero sin poder evitar un deje irónico en el tono de su voz.
    —Tenéis una jornada de camino para llegar a Hondarribia.
    —¿Y cuál es la población más cercana? — preguntó de nuevo el pescador intentando disimular su decepción.
    —Si salís a buena hora, podéis llegar a Bera para antes del mediodía.

    ¡Bera! A Joantto a poco se le cae la cuchara llena de sopa que en ese momento se llevaba a la boca.

    —No tenemos nada que hacer en Bera -escuchó decir a Dominique.
    —Yo tengo familia allí -replicó él-. En Alzate.

    El destino lo devolvía a un lugar en el que se había sentido querido. Recordó a la abuela Engrazia; la vio sentada junto a él, al lado del fuego, asiendo sus manos, escuchando su confesión y sintió unas ganas enormes de volver a verla.

    Los dos hombres compartieron catre en una habitación en la que, en otro catre, dormían los hijos del matrimonio. Nada más tumbarse se quedaron inmediatamente dormidos para regocijo de los dos chavales que se entretuvieron un rato pasándoles una pluma de gallina por la nariz sin lograr despertarlos. A la mañana siguiente se despidieron de sus anfitriones dispuestos a continuar la marcha. Dominique había decidido acompañar a su amigo. A fin de cuentas, le daba lo mismo ir a un sitio que a otro y más valía hacerlo en compañía. La mujer había limpiado y curado las heridas de las manos de Joantto, le había aplicado una espesa capa de grasa y vendado con tiras de tela limpias. No le preguntó cómo se había herido ni la razón de que ambos anduviesen perdidos por aquellos parajes y él le agradeció su discreción. También les proporcionó ropa, calzones y camisas, medias y abarcas. Al despedirse, el marido les advirtió de que Bera estaba ocupada por fuerzas militares españolas.

    —Más os vale no atravesar la población. Alistan por la fuerza a todo hombre entre los veinte y los cincuenta y más, si como vosotros, son jóvenes y fuertes.
    —¿Y cómo hacemos para llegar a Alzate?
    —Hay un camino desde aquí que deja Bera atrás, pero… no sé si sabréis seguirlo… Esperad un momento.

    Lo vieron hablar con su mujer y a ésta asentir con la cabeza.

    —Estamos seguros de que os perderíais si fuerais solos, así que os acompañaré una parte del camino.
    —No tienes por qué molestarte… -Joantto estaba confuso ante tanta amabilidad.

    No hubo manera de hacerle desistir y partieron, internándose por un bosque tupido de árboles cuyas hojas comenzaban adesprenderse de las ramas. Pensándolo bien, en su vida había encontrado más gente afable que desabrida. Graxi, Domenga, el propio padre Michel, los Ithurbide, Mari, Ziriki y ahora aquella familia, cuyo nombre ignoraba, que no había mostrado temor alguno hacia dos hombres barbudos y andrajosos, los había alojado, curado y vestido. ¿Por qué entonces nunca había sabido apreciarlo y siempre había creído que todo el mundo era su enemigo? A poca distancia de Bera, el hombre les indicó el sendero que debía seguir dejando la población a la derecha y continuar hasta Alzate. Se despidió de ellos con un “¡hasta pronto!” y volvió sobre sus pasos.

    El caserío estaba tal y como él lo recordaba, en el valle, al comienzo de la cuesta empinada que llegaba hasta la venta de Lizuniaga. Vio al tío Martín cortando leña, ayudado por uno de sus yernos y por el hombre de Jaurenea que no había regresado a Sara con ellos, y a un par de niños que corrían por la campa adyacente seguidos por el perro. El animal se detuvo cuando todavía estaban a bastante distancia y corrió veloz hacia ellos. Se echó a reír al contemplar la cara de pavor de Dominique y lo retuvo por una manga para que no echara a correr en dirección contraria. El perro se abalanzó sobre él, le puso las patas delanteras en el pecho y le lamió la cara, dejando al pescador boquiabierto de asombro. Los hombres y los niños ya los habían divisado y esperaban, acompañados por otros miembros de la familia, a que se acercaran. Sintió una punzada de decepción al observar la desconfianza reflejada en sus semblantes, pero se acordó de que era imposible que lo reconocieran. El hombre que habían conocido era un tipo vestido de comisario, cabello corto y rostro rasurado. Nada que ver con el campesino barbudo y con abarcas que tenían delante.

    —Soy Joantto y éste es mi amigo Dominique -se presentó-. ¿Cómo está la abuela?

    Poco rato después se hallaba junto al lecho de andra Engrazia. La anciana llevaba varios días postrada, esperando la muerte que se resistía en llegar. Abrió los ojos cuando él asió su mano y la besó.

    —Gehexan de Jaurenea -dijo con una voz apenas audible-, te has dejado crecer la barba…

    Joantto quiso decirle que él no era el jauntxo, sino su bisnieto, el hijo de Bittor, pero no pudo.

    —He venido a pedirte que me perdones -le susurró al oído.
    —Hace tiempo que estás perdonado. El rencor amarga a las personas. ¿Son felices Bittor y Enrieta?
    —Sí…
    —¿Y el pequeño? ¿Crece sano?
    —Sí…
    —Bien, bien…

    La abuela cerró de nuevo los ojos y él salió del cuarto intentando mantenerse sereno. Entró en la cocina y paseó su mirada por los allí reunidos: el tío Martín y su mujer, sus hijos, la tía Elixabet y sus hijas, los yernos, las nueras, el hombre de Jaurenea, los niños y… Cerró los ojos y volvió a abrirlos creyendo que era presa de una alucinación. Mari lo contemplaba tan sorprendida como él mismo. El bebé rollizo que tenía en los brazos también lo miraba con sus grandes ojos castaños mientras se chupaba el dedo pulgar de una mano.


    1794


    E l invierno llegó antes de lo previsto. Las cumbres se cubrieron de blanco y muchos caseríos quedaron aislados. También se vieron sorprendidas por la nieve las localidades cercanas a los montes. La requisición de ropas de abrigo, leña y alimentos para los soldados del ejército había dejado indefensa a la población y los vecinos intentaban ayudarse unos a otros, pero de donde no había, no se podía sacar, y pronto el hambre y el frío fueron huéspedes indeseados en todas las casas. Los ancianos y los niños enfermaban sin que nada pudiera hacerse para mejorar su estado.

    En Sara, el comisario Inchauspe continuaba en su labor expoliadora y más de uno pensó en descargar su furia e impotencia contra él, pero estaban demasiado agotados para intentarlo. De todos modos, si acababan con él, enviarían a otro y el pueblo sufriría las represalias. Era preciso sobrevivir costase lo que costase. Los miembros más fuertes de las familias aguantaban horas enteras delante del Ayuntamiento para recibir un poco de harina de maíz, mezclada con salvado, y algunos troncos para calentar las viviendas. Los campesinos escarbaban en sus huertas buscando alguna raíz, alguna hortaliza medio podrida que meses atrás habrían echado a los cerdos; la búsqueda de castañas y bellotas se convirtió en la ocupación principal de los más jóvenes y se racionaban al máximo las legumbres, como las alubias o las lentejas, que las mujeres habían ocultado de la vista de los guardias en los lugares más insólitos. A pesar de las patrullas, algunos lograban pasar al otro lado y regresar con provisiones que les entregaban sus parientes, pero estos sufrían una carencia parecida ya que también sus animales y cosechas habían sido confiscados para proveer al ejército español.

    Joantto y Dominique se habían convertido en mugalaris expertos, se dedicaban a pasar a personas huidas y, de paso, siempre que podían, a llevar y traer alimentos. Su base de operaciones era la venta de Lizuniaga, más concretamente una borda que Gartzia, “el pirata”, tenía en el monte. La venta en sí estaba ocupada de manera continua por los soldados de ambos bandos. Unas veces eran los franceses y otros los españoles, aunque nunca coincidían. Había una especie de pacto no convenido ni escrito entre ellos y el ventero atendía a todos por igual, colocando en medio del camino una u otra enseña, según los ocupantes del momento. El hombre hablaba a la perfección el francés y el castellano y adulaba a cada cual en su propia lengua. Les suministraba tabaco, licores y mujeres y lograba a cambio toda clase de facilidades para continuar con su negocio. También conseguía que nadie metiese las narices en sus asuntos. La borda del monte la utilizaba para guardar los alijos y una manada de cerdos de color grisáceo de origen desconocido, y, sobre todo, para cobijar a los mugalaris y a los huidos. Estos eran de todas las clases sociales, en especial jóvenes alistados por la fuerza en el ejército republicano. Llegaban de todos los pueblos de Lapurdi y eran conducidos sanos y salvos al otro lado, evitando en todo momento que cayeran en manos del ejército español y fueran enrolados en él. La red estaba perfectamente organizada y Gartzia actuaba con un verdadero coronel al mando de un regimiento. A ambos lados de la frontera tenía agentes, que se ocupaban de guiar a los fugitivos. El ventero y contrabandista conocía al dedillo los itinerarios de las patrullas militares, tanto españolas como francesas, e, incluso, sabía cuándo y a qué hora caería la niebla. No cobraba por sus servicios y alimentaba y vestía a sus expensas a los fugados, lo cual no dejaba de sorprender a Joantto.

    —Mira, si algo hay en esta vida que me fastidia es que quieran mangonearme -le explicó una noche tras una jornada especialmente dura en la que ambos bebían orujo en la borda-. A mí o a cualquiera -aclaró.
    —¿De verdad has sido pirata? — le preguntó el antiguo comisario haciéndose eco del apodo por el que todo el mundo lo conocía.

    El hombre se echó a reír.

    —¡Hace tiempo que no hay piratas! Ahora sólo hay traficantes de esclavos y de tabaco.
    —¿Y qué eras antes de meterte a contrabandista?
    —Pastor.
    —¿Pastor? — Joantto preguntó incrédulo.
    —¡Sí, hombre! Pastor de ovejas, y muy bueno por cierto. Mi padre también lo fue, y mi abuelo. Durante años recorrí los senderos, los montes, los valles de nuestra tierra. No hay rincón, vaguada, colina, fuente que no conozca…

    Gartzia permaneció pensativo como si añorase tiempos pasados.

    —¿Y por qué lo dejaste?
    —¿Ves esta cicatriz? — preguntó pasándose el dedo pulgar por la mejilla-. Cuando era joven, unos facinerosos me atacaron y me vendieron a un barco francés que hacía la ruta del océano Pacífico. Faltaban marineros y aquella era una forma de conseguirlos. No volví en mucho tiempo, tanto que hasta olvidé quién era. Un día la tripulación se amotinó y matamos al capitán y a los oficiales. Un barco inglés nos abordó y todos los amotinados fueron ahorcados. Yo salté al agua. Prefería ser comido por los tiburones. Otro barco, esta vez español, me recogió y trabajé como un esclavo hasta que me escapé al atracar en algún lugar de la costa guipuzcoana. Vagué por los montes comiendo hierba, por así decirlo, hasta que recuperé la memoria y regresé. Mi padre había muerto, pero esta borda seguía en pie. Decidí entonces que nunca más obedecería órdenes, ni permitiría que nadie impusiera sus criterios por la fuerza. Por eso no admito que haya discusiones en mi local.
    —Y por eso ayudas a otros a escapar…
    —No me importa quiénes son, ni de dónde vienen, ni por qué razones huyen. Sólo sé que quieren ser libres y les auxilio.
    —¿Y no has querido nunca llevar una vida más tranquila?

    Gartzia soltó una carcajada y se palmeó el muslo.

    —Hubo un tiempo, sí, pero ya hace mucho. Cuando me muera, no dejaré nada importante detrás y espero que mis amigos se beban a mi salud las barricas de aguardiente que ves ahí apiladas. ¿Y tú?
    —Yo ¿qué?
    —¿No tienes por ahí una buena moza esperándote?
    —No.

    Tardó en recuperar el aliento cuando vio a Mari delante de él con su niño en brazos y buscó al tío con la mirada.

    —¿Y Xan? — preguntó.
    —Ha vuelto a Sara.

    No intercambiaron más palabras ni aquel día, ni los siguientes. Ambos se rehuían y evitaban encontrarse. No sabía lo que haría si llegaba a tener la oportunidad de hallarse a solas con ella. La pasión que creía enterrada había resucitado con tal fuerza que le hacía daño. La deseaba en todo momento, ansiaba morir en ella, abrazarla, besarla, pedirle perdón y pasaba las noches en vela sabiendo que ella dormía bajo el mismo techo.

    Dominique y él ayudaban todo lo que podían en el caserío: cortaban leña, segaban, acarreaban la hierba cortada y se acostaban agotados. Era una manera, la única, de responder a la hospitalidad de la familia. La abuela Engrazia murió dulcemente un amanecer, sin un lamento, sin sufrir. Se fue como había vivido, sin molestar a nadie. Al día siguiente tuvieron lugar los funerales en la iglesia de San Esteban de Bera y a ellos acudió un gran número de personas, algunas de las cuales llegaron desde Sara, el tío Xan entre ellas. Cómo supieron que la buena señora había muerto era un misterio, y más aún que hubieran podido cruzar la frontera. Estaba claro que no había vigilancia, ejército, gobierno o mal tiempo que pudiera detener a los habitantes de la zona si estos se empeñaban en pasar de un lado a otro. Si el tío se sorprendió al verlo allí, no hizo ningún comentario, pero, al igual que en Jaurenea la noche del parto, le dio la impresión de que quería decirle algo, aunque no acabara de decidirse.

    —¿Cómo están las cosas en Sara? — le preguntó.
    —Mal. Quieren que sembremos patatas para alimentar al ejército -y, ante su gesto interrogante, añadió-. Nunca hemos sembrado patatas y quieren que utilicemos las zonas de pasto. Aun así, pasarán meses antes de que podamos recolectar y puede que sea demasiado tarde para entonces.
    —¿Tarde para qué?
    —Para evitar que nos muramos de hambre. Me alegra ver que ya no eres comisario -añadió, recobrando por un momento la viveza de su mirada.
    —Hace meses que lo dejé.
    —¿Y has encontrado el camino?
    —¿Qué camino?
    —El que lleva a la cumbre. No es fácil, pero es el único medio para ver la tierra desde arriba, para aprender, para juzgar y actuar sin negarse a sí mismo.
    —Creo que todavía estoy algo perdido…
    —Cuando la locura acabe, cuando podamos pensar con calma, no habrá sitio en esta tierra para aquellos que no han sabido o no han querido servirla. Recuérdalo bien.

    Las palabras de Xan sonaron como una amenaza en sus oídos. Los vio, a él y a Mari, hablando después del entierro y sintió una presión en el pecho, un deseo irrefrenable de arrojarse sobre su tío y decirle que aquella mujer era suya, solamente suya; que nadie tenía derecho a yacer con ella, que nadie más que él podía amarla. El tío la besó en la mejilla, acarició al niño y se marchó como había llegado, perdiéndose en el monte por veredas que ningún extraño a la tierra conocía.

    Unos días más tarde fue al río a limpiar los aperos y encontró a Mari lavando la colada. Estaba arrodillada junto a la orilla, con las mangas arremangadas y la falda recogida, golpeando con la pala las prendas que primero había restregado con jabón sobre la tabla de madera. Quiso dar media vuelta, pero no pudo apartar la mirada de las piernas desnudas y de las caderas que se balanceaban al ritmo de los golpes. Sintió que la sangre le hervía y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no abalanzarse y poseerla en aquel mismo instante. Como si presintiera que alguien la estaba observando, ella giró la cabeza y su brazo se detuvo en lo alto. Sonrojada, se puso en pie y se estiró la falda. Ambos se contemplaron durante largo rato, sin decir nada, sin hacer ningún movimiento para aproximarse el uno del otro, con el dolor y el deseo marcados en sus rostros. Finalmente, él dio media vuelta y regresó a la casa.

    Aquella noche, y acompañado por Dominique, se presentó en la venta.

    —Vamos a tener mucho trabajo. He oído rumores muy serios.

    La voz de Gartzia le hizo dejar de pensar en algo que quería arrinconar en lo más profundo de su memoria.

    —¿Qué rumores?
    —Dicen que quieren deportar a los habitantes de la frontera.
    —No entiendo…
    —Dicen que los habitantes de la frontera ayudan a los españoles, que espían para el enemigo y ayudan a los emigrantes.
    —¿Quién lo dice?
    —Hace tiempo que ignoras lo que ocurre por aquí, ¿no es cierto?

    El ventero lo observaba con curiosidad.

    —Así es -aceptó él-. He vivido al margen durante los últimos meses.

    Mientras daban buena cuenta del orujo, Gartzia intentó poner a Joantto al corriente de los acontecimientos. La llegada de nuevos representantes del gobierno y el nombramiento de otros había empeorado la situación de manera alarmante. Pinet y Cavaignac tenían a su cargo el distrito de Uztaritz; Monestier, Maule y el conjunto del departamento de los Bajos Pirineos; y Dartigoeyete, las Landas y regiones circundantes. Daguerressar era el agente nacional del directorio del distrito. Aquellos hombres, con el apoyo de las sociedades populares y los comités de vigilancia, habían redactado una lista de las comunas que debían ser evacuadas.

    —¿Por qué? — interrogó Joantto, atónito.

    Gartzia rebuscó en un bolsillo de su chaleco, extrajo unos papeles doblados en varias partes y se los tendió. Joantto los leyó repetidamente sin dar crédito a lo que leía. Tras los calificativos de “tunantes”, “bribones” o “meapilas” refiriéndose a los vascos, se exponían los motivos por los que era preciso deportar a los habitantes de las comunas fronterizas, en especial la de Sara:

    “Que la comuna de Sara ha manifestado de manera constante su odio más acerbo contra la Revolución, que dicha comuna está únicamente habitada por aristócratas, que al estar abierta por todos sus lados, sus habitantes y todos los traidores refugiados en ella se comunican tanto con la República como con sus enemigos; que es constante, según todos los informes de los desertores, que los espías de los satélites del déspota español pasan casi todos por Sara y que es allí donde reciben todos los avisos; que la falta de civismo de los habitantes de esta comuna debe acarrearles la animadversión de todos los patriotas y la venganza republicana; que es peligro dejar en sus alrededores individuos tan corrompidos que, debido a sus conocimientos de las localidades, podrían continuar manteniendo sus relaciones criminales con España”.

    —¿Cómo has conseguido este documento? — preguntó a Gartzia.
    —Me lo dio uno de los refugiados que llevaste a Etxalar la noche pasada. Era miembro de la municipalidad de San Juan de Luz hasta que fue depuesto por los nuevos dueños de la situación.

    Continuó leyendo, esta vez en voz alta:

    “Se insta a los Representantes del Pueblo, cerca del ejército de los Pirineos Occidentales, a llevar a cabo en el plazo de tiempo más corto posible la total evacuación de la comuna de Sara, enviando a los labradores a los departamentos del Loty del Lot-et-Garonne, a los marinos y carpinteros a los barcos y astilleros de la República, a los artesanos a las comunas de Auchy Condom, a recluir a los ancianos y a los enfermos de ambos sexos así como a los niños sin edad de trabajar en las casas nacionales de algunos departamentos alejados, a vender los granos de la comuna de Sara a la de Chauvin-Dragon, el heno y la paja a los funcionaros de los ejércitos de la República, los animales en las ferias y mercados vecinos…”.

    Joantto buscó al final de la hoja.

    —Está fechado el 24 de noviembre y enero se acaba. Puede que hayan olvidado el asunto.
    —Lo dudo -caviló el ventero escéptico-. Esperan el momento oportuno.
    —¿Y nosotros?
    —Poco es lo que podemos hacer. Seguir con lo nuestro e intentar ayudar a quien lo necesite.

    Durante los días siguientes, Joantto no pudo olvidar el contenido del documento. Pensaba continuamente en ello e interrogaba a todo aquel que pasaba por la borda, pero nadie supo darle razón. Quería convencerse de que aquello era una falsa alarma, una de las muchas disposiciones que se tomaban y nunca se llevaban a la práctica. ¿Qué pasaría con Domenga y con los demás vecinos de Sara, a quienes había ido conociendo durante su estancia en el pueblo? El jauntxo de Jaurenea, la abuela silenciosa y el tío hacían parte de su preocupación. No le atañía lo que les ocurriera, se decía. A fin de cuentas, a ellos tampoco les había importado lo que él pudiera sentir, pero, muy a su pesar, continuaba pensando en ellos.

    Una tarde en que Dominique y él acababan de regresar de Zugarramurdi y se reponían del esfuerzo, Gartzia les informó sobre una noticia que corría de boca en boca: cuarenta y siete soldados de Itsasu, pertenecientes al batallón de Cazadores Vascos, habían desertado y pasado por los montes al valle del Baztan, y con ellos un número indefinido de vecinos de aquella población. El ejército español atacaba sin tregua los puestos fronterizos desde hacía días, la deserción de los cazadores suponía un fuerte golpe para la moral de las tropas francesas y alentaba un comportamiento similar entre los vascos alistados por sorteo. Al mismo tiempo, las autoridades aseguraban que era imposible que hubieran podido atravesar los montes sin ayuda. Las poblaciones próximas a la frontera fueron puestas bajo sospecha y ocupadas por contingentes militares, y sus habitantes se vieron obligados a acoger en sus casas a uno o más soldados para impedir que otros fugitivos se ocultaran en ellas. El estado de sitio era total, afirmó el ventero, y era preciso mantenerse quietos por el momento.


    Las represalias no se hicieron esperar. Pronto se supo que los familiares de los desertores y de los emigrados de Itsasu habían sido detenidos y todas sus posesiones confiscadas. Los terroristas habían puesto en marcha la máquina de la represión y no pensaban detenerse. De nada valía poseer certificados de civismo, tener parientes en el ejército francés o haber declarado su apego a la República. A los ojos de las autoridades revolucionarias todos los vascos de las poblaciones fronterizas eran traidores, o podían llegar a serlo. La orden de deportación fue emitida por Pinet y Cavaignac el tercer día del mes de marzo y se hizo efectiva durante las jornadas siguientes. Jean-Martin Monduteguy, nombrado “Comisario delegado por los Representantes del Pueblo para el internamiento de los habitantes de las comunas de los vascos”, se encargó de coordinar las operaciones con mano firme y los agentes y comisarios de las localidades afectadas de llevarlas a cabo con el apoyo de la Guardia Nacional. Los habitantes de Sara fueron obligados a abandonar sus casas y a acudir a la iglesia donde se les encerró durante la noche sin comida ni agua. Ancianos, enfermos, niños, hombres y mujeres, compartieron el espacio mientras se disponía su envío hacia los diferentes destinos. Al día siguiente se les hizo subir a treinta carretas tiradas por bueyes que se unieron al más de un centenar procedente de Itsasu, Ainhoa, Ezpeleta y Zudaire y se dirigieron hacia Azkain donde se les añadieron otras veinte.

    La larga caravana se dirigió a San Juan de Luz provocando el estupor entre la mayoría de los habitantes de la villa pesquera que ignoraban que el decreto de deportación tenía como origen la solicitud de la municipalidad y de la Sociedad Revolucionaria de su propia comuna. Las gentes reconocían entre los deportados a parientes y amigos, intentaba aproximarse a las carretas y prestarles auxilio, pero eran rechazados a culetazos de fusil por los guardias mientras los más despiadados sans-culottes los insultaban y les lanzaban pescados y hortalizas podridas. Un tal Pierre Diharce, encargado de leer las proclamas en vasco, respaldado por los ciudadanos Hiriart y Harismendi, miembros del Comité de Vigilancia, leyó desde el balcón del Ayuntamiento el decreto por el que se declaraba infames a las comunas de Sara, Itsasu y Azkain. Poco después la caravana se puso de nuevo en marcha. Llegó a Baiona al anochecer y se dirigió hacia la vecina Saint-Esprit, ahora llamada Jean-Jacques Rousseau, donde los detenidos fueron amontonados en la colegiata y en las casas nacionales. No habían comido ni bebido desde hacia dos días y así permanecieron una noche más.

    Xan de Jaurenea llevó al padre en brazos hasta un rincón de la iglesia, lo depositó en el suelo con sumo cuidado, con la espalda apoyada en el muro, y se sentó a su lado. Andra Josebe y Martzelina se reunieron con ellos. Estaban extenuadas y se deslizaron hasta el suelo sin fuerzas para nada. Ninguno de los cuatro habló: no eran capaces de entender lo que les estaba ocurriendo. A su alrededor se oían sollozos y lamentaciones, madres lactantes con los ojos llenos de lágrimas amamantaban a sus criaturas, los niños pedían agua y los mayores apretaban los labios para no gritar, para no dejarse arrastrar por la desesperación.

    —Jamás habría imaginado que mi final fuera a ser tan humillante, que fuera a morir lejos de todo aquello que amo.

    La voz de Gehexan sacó a los suyos del sopor en el que se encontraban sumidos.

    —No digas esas cosas…

    Andra Josebe asió la mano de su marido y se la llevó a la mejilla.

    —Arrancados de nuestros hogares, insultados, acarreados como ganado, exiliados de nuestra tierra…
    —La culpa es de esa maldita guerra -terció Martzelina.
    —De la guerra, de la revolución, de nosotros mismos… No saldré de ésta, lo presiento, y tal vez sea mejor así. No merece la pena vivir entre hienas, pero lamento no haber tenido tiempo para arreglar mis asuntos pendientes.
    —Déjalo…

    Andra Josebe besó la palma de su mano y apoyó la cabeza en su hombro.

    —Contigo primero. Te quiero, siempre te he querido y te he añorado todas las noches desde que te eché de nuestro dormitorio. Mil veces quise llamarte y mil veces me lo impidió el orgullo. Ahora es tarde.
    —Eso quedó atrás…
    —Por esa misma razón, quedó atrás y ya no puedo recuperar el tiempo perdido. No podré abrazar a Enrieta y decirle lo mucho que lo siento; no podré tener en mis rodillas al pequeño Bittor, ni pedirle perdón a nuestro nieto Joantto por todo el mal que le he hecho. Dios será severo conmigo y lo merezco.
    —Padre, no te atormentes.
    —Y tú, Xan, tú también tienes mucho que perdonar a este viejo tozudo que no supo ni quiso ver en ti a un buen hijo, leal y honrado. Estoy orgulloso de ti, aunque de poco te vale saberlo en este momento.
    —Más de lo que tú crees…

    Se quedaron dormidos, apoyados unos en otros, imaginando, al igual que los demás encerrados, que aquello era un mal sueño, una pesadilla de la que saldrían al despertar.

    A la mañana siguiente los guardias repartieron agua y pan enmohecido y comenzó la selección. Los detenidos eran llamados por sus nombres y separados por grupos. Los primeros en partir fueron los hombres y mujeres hábiles, aquellos que tenían buena salud y podían trabajar. Padres e hijos, esposos y esposas fueron separados, obligados a subir de nuevo a las carretas sin tiempo para despedirse de los suyos, para un último beso. Xan fue enviado al departamento del Lot, con los agricultores. Sus padres y Martzelina contemplaron su marcha, impotentes y con el corazón destrozado. Ellos, a su vez, se vieron formando parte del grupo de ancianos, madres y niños que eran deportados a la región de Las Landas.

    Al cabo de una hora de viaje, andra Josebe y Martzelina fueron apeadas junto a un centenar de mujeres y niños en un pequeño pueblo llamado Ondres. A pesar de sus gritos y súplicas no lograron que Gehexan fuera autorizado a descender y contemplaron desesperadas cómo las carretas emprendían de nuevo la marcha antes de ser encerradas en la iglesia con los demás.


    Madeleine Larralde no esperó a verlas venir. El rumor de la deportación de los vecinos era ya un clamor, aunque todavía hubiera quien creía que las autoridades jamás se atreverían a sacarlos de sus hogares. Esperó a que el soldado que tenía alojado se quedara dormido y salió de la casa por una ventana trasera. Era noche cerrada y una lluvia de aguanieve caía intermitente, pero no necesitaba luz para guiarse. Conocía todos los caminos, senderos y recovecos de la zona y antes de que amaneciera llamaba a la puerta del caserío Ithurbide de Alzate. Estaba calada hasta los huesos y tiritaba de frío. Tras el pequeño revuelo organizado en la casa, ella y Mari permanecieron solas junto al fuego, cuyas brasas había sido reavivadas para hacerla entrar en calor y también para calentar un poco de caldo sobrante de la cena.

    —¡Has cogido peso! — exclamó la fugitiva al contemplar que la blusa de su amiga se ajustaba a sus medidas- Antes no cabía en tu ropa.
    —O tú lo has perdido… -reflexionó Mari, entristecida al constatar su aspecto desmejorado.
    —Bueno… no he comido mucho últimamente, pero… tengo mejor tipo y tal vez ahora encuentre un pretendiente con posibles.

    Mari se echó a reír y abrazó a Madeleine. La había echado mucho en falta. Los tíos eran personas acogedoras y cariñosas, pero se sentía una extraña entre ellos. No sabía qué hacer para compensarles por su presencia y la del niño. Las tías Marta y Elkabet y sus respectivas hijas se ocupaban de las tareas de la casa y de la huerta, ordeñaban a las vacas, acudían al mercado… Ella sólo sabía tejer, pero allí no había un telar y tampoco tenía dinero para encargar a un carpintero que le construyera uno. No había dicho nada de todo esto a Xan para no preocuparlo. Sólo habían transcurrido unos meses desde que él la había dejado en Alzate, pero lo había visto envejecido y triste durante el entierro de andra Engrazia.

    —Es natural que lo estuviera -aseveró Madeleine-. Las cosas en Sara están cada vez peor y pasan días e incluso semanas entre dos comidas calientes. Nos lo han quitado todo y hablan de deportar a la población.
    —¿Deportar?
    —Sí, por eso me he marchado de allí.
    —¿A todos?
    —A todos, incluidos los ancianos, los enfermos y los niños.
    —¿Por qué?
    —Por traidores.
    —Mi familia…
    —Tu familia está aquí y no tienes nada que temer.
    —Hablo de la familia de mi marido.
    —¿Del jauntxo de Jaurenea? — la sorpresa de Madeleine no era fingida.
    —Jaurenea es ahora mi casa -afirmó Mari-. Me ayudaron y me dieron su nombre.
    —De nada les va a servir haber sido los más ricos del pueblo. También serán deportados y el jauntxo… no lo soportará.
    —¿Tan mal está?
    —Sí. Ya no se levanta de la cama. Tuvo otro ataque la semana pasada.
    —¡Tenemos que hacer algo! — exclamó Mari frotándose las manos nerviosa-. Todos nuestros amigos están en Sara: Domenga, Agatha, Piarres…
    —Ya me dirás tú qué podemos hacer…

    Durante unos días las dos mujeres compartieron habitación, pero Madeleine dejó bien claro que no era su intención permanecer en la casa sin hacer nada. No pensaba ser una carga y se dispuso a buscar trabajo. Conocía a un comerciante de telas de Bera con quien había hecho negocios y lo convenció para que las empleara, a ella a cambio de alojamiento y comida y a su amiga a cambio de una pequeña compensación económica.

    Los Ithurbide protestaron cuando Mari les comunicó su decisión de trabajar en el taller de telas y contribuir a su manutención y a la del pequeño, pero la vida era difícil para todos y también ellos tenían problemas. Toda ayuda era poca. El taller funcionaba sin descanso día y noche para surtir de prendas de abrigo, chaquetas, calzones y mantas a los soldados del ejército español y el trabajo era agotador, pero la joven estaba contenta. Volvía a sentirse útil y no tenía tiempo de pensar en Joantto.

    Se habría arrojado a sus brazos, allí, junto al río, si él hubiera hecho un gesto. Al aceptar el matrimonio con Xan había creído que todo quedaría atrás. Estaba incluso dispuesta a compartir su lecho con él; se lo debía. Le había proporcionado un hogar, un nombre, seguridad para ella y para su hijo. Justo era, pues, devolver de alguna manera su generosidad, pero él no se lo pidió y ella no se lo ofreció. Pagaría su error el resto de su existencia, no volvería a ser una con el hombre amado, su cuerpo no vibraría con sus caricias y sus labios permanecerían secos. Aceptó su destino y se resignó hasta que lo vio aparecer en la cocina del caserío de Alzate, vestido de campesino y el rostro medio oculto por la barba. Era una locura, pero lo amaba con todas sus fuerzas. Su matrimonio era simulado y no traicionaba a Xan entregándose al padre de su hijo. Él, sin embargo, no hizo ni dijo nada que pudiera alentar sus deseos. Y allí, junto al río, solos los dos, la miró y volvió a desaparecer de su vida.

    —¿Cómo puede ser?

    Madeleine se imaginaba a Ithurbide en algún puesto de importancia en Baiona o en cualquier otro lugar. Su desaparición repentina había provocado las hablillas de los vecinos de Sara, pero por poco tiempo. La llegada del nuevo comisario había dado lugar a preocupaciones mucho más importantes. Se alegró por su amiga. Mari olvidaría; era joven y tiempo tendría de enamorarse de un hombre como era debido, incluso de Xan aunque éste fuera mayor que ella. No sería la primera vez que un matrimonio de conveniencia arribaba a buen puerto. Valía más el respeto de la madurez que la pasión alocada de la juventud. Aquélla duraba, ésta no. La revelación de que ella y el antiguo comisario habían compartido techo y comida durante algún tiempo la dejó desconcertada.

    —No lo sé -respondió Mari-. No hablamos.
    —¿No hablasteis?
    —No. Continúa enfadado conmigo y no es hombre que perdone.
    —No hay nada que perdonar. Cada cual es libre de hacer lo que quiera.
    —Pero él cree que lo traicioné y que me aproveché de nuestras relaciones.
    —¡Que crea lo que le dé la gana! ¡Aviadas estaríamos las mujeres si tuviéramos que estar siempre pendientes de lo que piensan los hombres! ¡A la porra con ellos!

    Mari sonrió al escuchar el exabrupto.

    —De todos modos, desapareció hace unas semanas y no creo que vuelva.
    —Tú le sigues queriendo.
    —No lo puedo evitar.
    —Pues, visto lo visto, ya va siendo hora de que te olvides de él y te centres en el tejido, ¡que te está saliendo torcido!

    Las noticias que llegaban del otro lado eran cada día más alarmantes, pero nadie estaba en disposición de asegurar que todas ellas eran ciertas. Finalmente, ya no hubo ninguna duda. La amenaza se había hecho realidad: unas cuatro mil personas de todas las edades y condiciones había sido deportadas, nadie sabía adonde; los pueblos fronterizos habían quedado vacíos. Las dos mujeres lloraron al conocer la noticia. No podían imaginarse Sara sin sus habitantes y, en cierto modo, también se sentían culpables por hallarse a salvo. Acudieron a la iglesia a rezar por la suerte de sus vecinos y allí se encontraron con varios que habían logrado escapar. Otros lo habían intentado, les explicaron, pero no había guías y muchos habían sido detenidos en el camino. No tuvieron que pensárselo mucho. Mari encomendó el cuidado de Bittor a la tía Marta y, llegada la noche, ambas ascendieron a la venta de Lizuniaga. El local estaba repleto de guardias nacionales y no entraron; esperaron pacientemente a que Gartzia saliera en busca de uno de los barriletes de aguardiente que se apilaban en la trasera.

    —¡Por todos los diablos! — exclamó en un susurro al descubrirlas escondidas entre los barriletes-. ¿Qué hacéis aquí? ¡Esto está infestado de franceses!
    —Hemos decidido ser mugalaris -respondió Madeleine también en un susurro.
    —Id a la borda, ¡maldita sea!

    Un rato más tarde, Gartzia entraba en la venta hecho una furia.

    —¿Se puede saber a qué estáis jugando? ¡Esto no es ninguna broma y ya os estáis marchando por donde habéis venido! ¡No tengo tiempo que perder escuchando tonterías de mujeres! ¡Sólo me faltaba tener que cargar con dos fardos inútiles como vosotras!
    —Nosotras también te queremos, “pirata” -respondió Madeleine y Mari le dedicó su mejor sonrisa.
    —¿No os dais cuenta de que arriesgáis la vida? — preguntó él desarmado.

    Las conocía a las dos desde hacía años. A Madeleine desde que un día, unos quince años antes, se había presentado en la venta para preguntarle cuánto le pagaría por una remesa de hilos de seda. Entonces sólo era una muchacha. Le hizo gracia su desparpajo y le pagó por los hilos más de lo habitual. A partir de entonces, se había convertido en su persona de confianza y en una de sus mejores contrabandistas. Tiempo después mantuvieron una corta relación amorosa. Llegó a pensar en dejar el negocio e instalarse en Sara, pero recordó sus años de esclavitud y su promesa de no volver a someterse a nadie, ni siquiera a la mujer que amaba. Ella no se lo reprochó y continuó trabajando para él. También fue quien le trajo a Mari, a la que ambos querían como a la hija que habrían podido tener.

    —¿Quiénes son tus mejores “hombres”? — le preguntó Madeleine.
    —Vosotras.
    —¿Quiénes te han hecho ganar un montón de dinero?
    —Vosotras.
    —¿A quiénes no han atrapado jamás los guardias de ambos lados?
    —A vosotras.
    —Entonces… ¿qué problema hay?

    No pudo convencerlas. Los huidos continuaban llegando y aún más tras la deportación de los pueblos fronterizos. Algunos de sus habitantes habían logrado esconderse o huir y ahora buscaban el medio de salir del infierno aunque, según él, iban a caer en otro parecido. Le faltaban hombres. Algunos habían sido detenidos y otros habían decidido alejarse del fuego y buscar tierras más seguras. El no podía encargarse de todo y, en el fondo, le gustaba la idea de volver a tener a Madeleine a su lado.

    —Pero haréis exactamente lo que yo os ordene -dijo por fin-. ¡Y nada de bajar a Sara! Ya no queda nadie conocido y allí sólo hay guardias. Tengo que volver o me echarán en falta. Luego os traeré algo de comer y unas mantas. Por cierto -añadió dirigiéndose a Mari-, tu amigo se marchó en cuanto supo lo de la deportación.
    —¿Qué amigo?
    —Aquel que vino contigo una vez, el que era comisario. Ha estado trabajando para mí todos estos meses pasando gente.
    —¿Adonde… adonde se marchó? — balbuceó la joven.
    —Dijo que iba a intentar salvar a los suyos. ¡El muy loco!

    El hombre abandonó la borda y las dos mujeres se quedaron mirándose, incapaces de decir nada.


    El caballero y su acompañante llegaron a San Juan de Luz al mediodía. Dejaron los caballos en la cuadra comunal y se dirigieron directamente a la taberna que había junto a la iglesia. El local estaba abarrotado, pero el dueño no se anduvo con zarandajas y echó a dos clientes que ocupaban una de las mesas en cuanto el caballero le puso en la mano una pieza de plata de treinta soles. No dejó que el mozo les atendiera y él mismo limpió la mesa con su delantal antes de confesar, dolido, que la oferta culinaria era bastante exigua. Los representantes nacionales se hallaban en el pueblo y su séquito había acaparado las existencias del mercado. No obstante, añadió, podía ofrecerles unos chicharros recién pescados y algo de verdura.

    —No os recomiendo el vino porque me llega aguado -añadió bajando la voz-, pero la sidra es excelente.

    Comieron el pescado y felicitaron al tabernero por el punto conseguido en el asado.

    —Algo de licor sería el remate perfecto para esta excelente comida -señaló el caballero-. Lástima que la nación se halle en situación tan difícil…
    —Algo habrá por ahí… -respondió el hombre guiñando ambos ojos a la vez.

    Volvió al poco rato con una garrafilla y tres vasos pequeños de vidrio grueso. La clientela se había ido marchando y a él se le veía con ganas de conversación. El caballero asintió y el tabernero volvió a guiñar los ojos antes de sentarse.

    —Tiempos duros… -comentó tras tomar un sorbito.
    —Tienes razón, ciudadano. Lo son.
    —Claro, que yo no me quejo… -añadió rápidamente.

    Uno nunca sabía con quién estaba hablando y aquellos dos hombres bien vestidos, con la escarapela en la solapa, podían ser agentes del comité de vigilancia.

    —Ningún buen patriota se queja -terció Joantto con amabilidad-, pero hay que reconocer que es cierto lo que dices. Son tiempos duros, pero nuestro país saldrá victorioso de la prueba. ¡Viva la República!
    —¡Viva la República!

    Los tres bebieron el contenido de los vasos y el tabernero sirvió una nueva ronda. Al cabo de un rato, el hombre les ponía al corriente de los acontecimientos en la comuna durante las últimas semanas: la presencia de los representantes del pueblo que habían instalado la guillotina y ya habían ejecutado a dos personas, una de ellas, un cura refractario al que habían pillado intentando atravesar la frontera disfrazado de pescador; la llegada de las carretas repletas de gentes procedentes de las comunas infames; la pena de muchos al verlos en situación tan vergonzosa y su marcha posterior hacia Baiona; lo mucho que al ciudadano Cavaignac le gustaba pasearse en carruaje y ser vitoreado por el pueblo; los caprichos de la señora de Pinet cuyo marido la complacía en todo momento; el temor de los vecinos a los miembros del Comité de Vigilancia y a los de la Sociedad Patriótica, verdaderos dueños del pueblo…

    —Una cosa más, ¿conoces a Ziriki, el marisquero? — le preguntó el caballero después de dejar tres monedas de plata encima de la mesa.

    El tabernero guiñó los dos ojos un par de veces y se dio cuenta de que él era el único que había hablado. El caballero se había limitado a hacer un par de preguntas y su acompañante no había abierto la boca durante toda la conversación, y no dejaba de mirar hacia la puerta. Tal vez se había ido de la lengua, tal vez aquellos dos señores eran agentes secretos, tal vez…

    —¿Por qué lo preguntas? — indagó con desconfianza.
    —Quiero hablar con él. Me han informado que es el mejor en su oficio y que suele aparecer por aquí los días de mercado; y hoy es día de mercado.
    —Era el mejor…
    —¿Era?
    —Fue la otra persona guillotinada junto al cura refractario.
    —¿Por qué razón?

    Se asustó al constatar que los dos hombres lo observaban sin benevolencia alguna y que la mirada del caballero se había oscurecido de repente. Tragó saliva varias veces antes de responder.

    —Por traidor a la patria, por conspirador, por ayudar a los emigrados… -recitó.
    —¿Quién lo denunció?
    —El ciudadano Jean-Martin Monduteguy.

    Poco después, los jinetes galopaban a la desesperada hacia Baiona. Al llegar a la Puerta de España, el primero entregó al jefe de la guardia una cartera de piel repleta de documentos: los certificados de civismo, los de no emigrantes, los de no sospechosos a nombre de los ciudadanos Jacques Laborde y Dénis Vincent. También había, a nombre del primero, una carta de plenos poderes en el departamento de los Pirineos Occidentales firmada por el ciudadano Monestier y otra en la que se estipulaba su nombramiento como agente nacional firmada por el propio Louis Antoine Saint-Just, presidente de la Convención y principal colaborador de Robespierre.

    —¿Algún parentesco con el ciudadano general Mathieu Laborde? — preguntó el guardia impresionado por los documentos y por el nombre.
    —Soy su hermano.

    El soldado se cuadró.

    —¿Adonde llevaron a los deportados que llegaron hace cuatro días? — preguntó el caballero en un tono de autoridad acorde con su posición.
    —A Saint-Esprit.

    Los dos hombres se adentraron por las calles de la ciudad y se dirigieron a la posada de la calle de Les Faures donde alquilaron una habitación con dos camas.

    —¡Malditos hijos de Satanás! — exclamó Dominique al entrar en el cuarto y cerrar la puerta-. ¡Malditos lobos sedientos de sangre!

    Joantto permanecía callado. Cuando todo aquello acabara, si es que lo hacía algún día, muchas cuentas quedarían pendientes por cobrar. Mientras, era preciso saber si los deportados continuaban aún allí.

    Volvieron a salir y encaminaron sus pasos hacia Saint-Esprit. No les costó averiguar lo que querían. En efecto, los detenidos habían pasado la noche en la colegiata y en otros lugares, pero habían reanudado el viaje a la mañana siguiente.

    —Escuché a un guardia decir que se dirigían a varios pueblos de Las Landas y de la Garonne -les informó una mujer cuya vivienda estaba próxima a la colegiata, y añadió-. Daba pena verlos, apretujados en las carretas los viejos, los niños…

    ¡Imposible seguirles la pista! El departamento de Las Landas era el mayor de Francia en extensión y también el Lot y la Garonne eran regiones muy extensas. Podían transcurrir semanas enteras antes de que encontraran al jauntxo y a los demás, si es que por un casual estaban todos juntos. Iba a resultar muy difícil no ser descubiertos en un territorio desconocido. Desalentados, atravesaron el puente de Saint-Esprit y anduvieron sin rumbo fijo por las calles de Baiona Tippia. Al pasar por la calle de Les Tonneliers, Joantto alzó la vista al llegar a su casa. Las contraventanas del piso de Graxi estaban cerradas y arrugó el ceño, contrariado. Le habría gustado volver a verla y hablar con ella sobre lo ocurrido a Domenga y a los demás vecinos de Sara. Al llegar a los aledaños del antiguo convento de La Visitación, reconvertido en cuartel y cárcel del pueblo, observaron que un carromato se detenía delante de la puerta y que una docena de mujeres bajaban de él y eran empujadas por los guardias e introducidas sin miramientos en el recinto.

    —¿Quiénes eran esas mujeres? — preguntó Joantto al guardia de la puerta.
    —Sigue tu camino, ciudadano, y no hagas preguntas -le ordenó éste en tono altivo.
    —Ten cuidado a quién te diriges, no vaya a ser que acabes limpiando las letrinas. Soy el ciudadano Laborde, agente nacional nombrado por la Convención, y te he hecho una pregunta.

    El guardia se cuadró y miró al frente.

    —Son antiguas monjas que perduran en el fanatismo y se niegan a abandonar la vida en comunidad -respondió.
    —¿Qué comunidad?
    —Las visitandinas de Jatsu.
    —¿Qué se va hacer con ellas? — preguntó de nuevo, intentando dar a la voz una entonación neutra para no desvelar su agitación.
    —Lo que siempre se hace en estos casos: juzgarlas y condenarlas por negarse a obedecer las leyes de la nación.

    El supuesto agente se llevó la mano al sombrero en un saludo militar y continuó su camino sin prisas, aparentemente interesado en mantener una conversación con su acompañante. El guardia no les quitó el ojo hasta que doblaron la esquina y desaparecieron de su vista. Entonces, respiró tranquilo y volvió a la posición de descanso.

    Joantto estaba aturdido. No recordaba cuándo había sido la última vez que había pensado en su madre. De hecho, casi la había borrado de su mente después de su único encuentro. Prefería imaginársela como siempre la había soñado: joven y hermosa. Después de todo, el destino los había separado y no existía ningún lazo efectivo que los uniese. Le había ofrecido la oportunidad de volver al mundo, de nacer de nuevo, y ella se había negado. El sino de ambos era no encontrarse jamás. Sin embargo, era su madre. Ya una vez había perdido la libertad por traerlo al mundo y ahora volvía a perderla y, quizás, también la vida.

    Dominique caminaba unos pasos por detrás sin atreverse a hablar. Llevaban suficiente tiempo juntos para conocer las reacciones de su compañero. Algo lo había turbado. Podía apreciarlo por la forma de fijar su mirada oscura en un punto indeterminado delante de él. Cuando se encontraba en aquel estado, no oía nada ni a nadie. Al llegar al puente de Pannecau, lo vio detenerse, girarse sobre sus talones y dirigirse hacía la zona que rodeaba al Castillo Nuevo. Lo siguió, siempre a cierta distancia, como si no lo conociera. Podría acudir en su ayuda si algún rufián se le echaba encima para robarle. Descendieron los escalones que llevaban a un tugurio repleto de hombres que olían a sobaquina y le costó habituarse a la penumbra y al humo. Joantto se sentó a una mesa cuyos ocupantes se levantaron a toda prisa, y él lo imitó.

    —¿Qué les has dicho? — le preguntó al constatar que los hombres no habían salido del local y se mantenían a cierta distancia lanzándoles ojeadas de vez en cuando.
    —Que dejaran sitio a un agente nacional de la Convención.

    Dominique se alegró de no ser él quien tuviera que mentir en algo tan peligroso, aunque si pillaban a su amigo, también lo pillarían a él y los enviarían a ambos a la guillotina.

    Todo ocurrió tan rápido tras enterarse de la deportación que no tuvo tiempo de meditar sobre la decisión de acompañar a Joantto en la aventura. Este sólo le preguntó si quería seguirlo y él respondió afirmativamente. Se afeitaron, se cortaron el cabello y “el pirata” les proporcionó las ropas y los documentos falsificados, caballos, armas y dinero.

    —¡Devolvedme todo en buen estado! — les dijo cuando se marchaban, y añadió en voz en grito-: ¡Excepto el dinero! ¡Podéis gastarlo en mujeres!

    Lo oyeron reír a sus espaldas y pensó que tanto él como su amigo estaban locos de atar. No estaba muy tranquilo portando una pistola y un cuchillo al cinto, ocultos bajo la levita. Nunca había llevado armas, ni siquiera durante sus expediciones como mugalari, pero Joantto había sido tajante: las llevaba o no podría acompañarlo. De todos modos, prefería el cuchillo a la pistola. Estaba acostumbrado a utilizarlo para destripar pescados.

    —¿Qué deseáis, ciudadanos?

    Una mujer con el pelo teñido de rubio y las mejillas coloreadas con afeites estaba delante de ellos.

    —Hablar con el dueño -respondió Joantto.
    —El dueño no habla con cualquiera…

    La mujer se había inclinado hacia él y sus pechos estaban a punto de escaparse por el escote del corpiño.

    —Dile que venga si no quieres que te envíe a la salitrería. No tendrías entonces necesidad de teñirte el pelo porque se te caería a cachos.

    Según su costumbre, no había levantado la voz, pero su tono glacial y la amenaza de enviarla a la fábrica donde se producía el nitrato para la fabricación de la pólvora descompusieron el rostro de la mujer, que palideció bajo los afeites. Pocos minutos después, Basile se acercó a la mesa.

    —¿Puedo serviros en algo, ciudadanos?
    —Siéntate -le ordenó Joantto, indicando una banqueta vacía.
    —Lo siento, tengo trabajo y…
    —Siéntate.

    El tabernero se sentó, aunque, previamente, hizo una seña a dos hombres que avanzaron hacia ellos.

    —Ordena a tus matones que vuelvan a sus sitios.

    Volvió a hacer una seña al sentir el cañón de una pistola presionando en su estómago y los hombres se retiraron.

    —He venido a saldar una cuenta- le informó Joantto.
    —No entiendo… No te conozco… -Basile intentaba recordar.
    —¿No te acuerdas del desarrapado que prendió fuego al polvorín?

    Lo único que recordaba de él eran unos ojos de mirada oscura que no expresaban emoción alguna. Iguales a los del hombre que en aquellos momentos mantenía una pistola contra su estómago. Alzó las cejas, sorprendido.

    —Creíamos que habías muerto. Como no volviste a buscar lo que habíamos acordado…
    —Vengo ahora.
    —Bueno… ocurre que… yo no tengo esa cantidad…
    —No quiero dinero.

    Hablaron hasta que la taberna quedó vacía. Los dos matones se mantenían en todo momento a la expectativa y la mujer había desaparecido en la trasera del local.

    —No intentes jugármela -advirtió Joantto a Basile cuando, por fin, se levantaron de la mesa-. Hay más gente implicada en este asunto y tienen orden de quemar este chamizo contigo dentro.
    —Los amigos no se traicionan…
    —Tú y yo no somos amigos.

    Dominique y él se presentaron de nuevo en el local a lo noche siguiente y el tabernero los condujo con presteza al reservado, cerrando la cortina tras ellos.

    —Van a trasladarlas a París -les informó nada más tomar asiento.
    —¿A París?
    —No se atreven a juzgarlas aquí.
    —¿Y eso?
    —Porque la única pena posible es la muerte o la deportación a La Guayana, y los miembros del directorio no quieren dicha responsabilidad.
    —¿Por qué razón?
    —Porque no estaría bien visto por la población. Al menos es lo que me ha dicho mi informante -aclaró Basile-. No es lo mismo juzgar a ricos aristócratas o a curas fanáticos que a unas monjas. No quieren líos con los vecinos ni comprometerse con los dirigentes de la Convención.

    Joantto cruzó las manos bajo el mentón y permaneció pensativo. París significaba una muerte segura, todo el mundo lo sabía. El fiscal Fouquier-Tinville no perdonaba a nadie, los juicios eran farsas y se contaban ya por cientos las personas enviadas a la guillotina, la máquina que hacía iguales a pobres y a ricos, a reyes y a villanos.

    —¿Cuándo piensan enviarlas?
    —Pasado mañana por la mañana.
    —Quiero que saques de la Visitación a la llamada Enrieta de Jaurenea.
    —¡No puedes pedirme semejante cosa!
    —No te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando.
    —¡Arriesgo el cuello!
    —Lo arriesgas de todos modos aunque no la saques.

    Basile miró suplicante a Dominique, pero éste no movió ni un músculo. No entendía muy bien el empeño de su amigo por liberar a una monja de la cárcel. Habían pasado la jornada encerrados en su habitación de la posada y cada minuto que permanecían en Baiona suponía un peligro para ellos. Además, ¿qué harían después con ella? ¿Cómo saldrían de la ciudad?

    —Habrá que sobornar a los guardias y yo no tengo dinero -apuntó el tabernero en un intento para escaquearse de la encomienda.
    —Ahí tienes suficiente para sobornar a toda la guarnición.

    Joantto sacó una bolsita de piel llena de monedas y la tiró sobre la mesa.

    —Mañana aquí, en la calle, a la misma hora. Traerás a Enrieta de Jaurenea, acuérdate bien del nombre, en un carruaje cubierto -y añadió amenazador-: No me engañes o lo pagarás caro.

    Los dos amigos se pusieron en pie con la intención de marcharse.

    —¿Por qué tanto trabajo por una maldita monja? — preguntó Basile examinando el interior de la bolsa.
    —Pago una deuda.


    Antes de la hora convenida, ambos se hallaban apostados a poca distancia de la taberna, en el vano de una vivienda en ruinas. La oscuridad era total y la única iluminación de la calleja provenía del farol de aceite colgado sobre la puerta del tugurio. El ruido de los cascos de un caballo sobre el empedrado desigual tensó sus músculos, pero continuaron ocultos. Un carruaje pequeño pasó por delante y se detuvo a un tiro de piedra de donde ellos estaban. Un hombre descendió del vehículo al tiempo que uno de los matones asomaba la cabeza y volvía a meterla. Al poco, el tabernero en persona salía a la calle y hablaba en voz baja con el hombre que asentía a sus palabras. Le vieron desenvainar la espada e introducirse de nuevo en el carruaje mientras el conductor, armado con una pistola, se apeaba y tomaba posición al otro lado de la calle. Basile permaneció junto a la puerta de su negocio mirando continuamente hacia derecha e izquierda. La campana del Castillo Nuevo dio la medianoche y se escuchó la voz del oficial de ronda respondida por los vigilantes del baluarte. Joantto esperó aún un buen rato y echó a andar lentamente hacia la taberna, confundiéndose con el muro, al constatar que el tabernero se agitaba nervioso.

    —¡Dios! — exclamó éste sobresaltado al verlo a su lado como si fuera una aparición- ¡Llegas tarde!
    —¿Está ella ahí dentro? — preguntó Joantto señalando al carruaje.
    —¡Claro que está! Tu mismo puedes comprobarlo.

    Abrió la puertezuela y disparó a bocajarro contra el hombre que se encontraba en el interior. El cuerpo cayó hacia delante y quedó colgando boca arriba. Era uno de los dos que lo habían contratado para hacer saltar el polvorín. Tal y como sospechaba, su madre no se hallaba en el interior. Se volvió hacia Basile.

    —Te advertí de que no debías engañarme -dijo, pinchándole la barriga con su cuchillo.
    —Puedo explicártelo…
    —No hace falta.
    —¡Suéltalo!

    El conductor se hallaba detrás de él y lo encañonaba con una pistola. Giró la cabeza despacio. Se trataba del otro individuo que había conocido en la taberna.

    —Demasiado tarde, amigo.

    El hombre se desplomó con el cuchillo de Dominique clavado en la espalda.

    —Ahora te toca a ti -dijo Joantto dirigiéndose a Basile.

    La frente del tabernero estaba cubierta de pequeñas gotas de sudor y todo su cuerpo temblaba. En ese momento, los matones asomaron por la puerta y se detuvieron al ver los dos cadáveres y a su jefe amenazado.

    —Diles que desaparezcan de mi vista -le ordenó.

    El hombre alzó una mano temblorosa y los matones volvieron a entrar en el local.

    —¿Y bien? No sé si sacarte las tripas o degollarte para que te desangres como el cerdo que eres.
    —Dame otra oportunidad, ¡te lo ruego! — el tabernero estaba a punto de echarse a llorar.
    —No se le dan dos oportunidades a una rata.
    —¡Por favor! Tengo amigos en La Visitación… Conozco al sargento de noche y puedo sacarla de allí ahora mismo.

    Poco después, los tres caminaban hacia el centro del Bourgneuf, mientras los matones se encargaban de hacer desaparecer los cadáveres y el carruaje arrojándolos al Errobi. El tabernero había trocado el mandil por una levita y sujetaba una garrafa de su mejor aguardiente con la mano válida, llevaba la bolsa con el dinero en el bolsillo y tenía clavado en la espalda el cañón de una pistola. Continuaba sudando debido al miedo y al peso. Se detuvieron antes de entrar en la calle del antiguo convento.

    —Recuerda que no verás amanecer si intentas engañarme de nuevo -le advirtió Joantto.

    Basile asintió varias veces con la cabeza y se encaminó hacia una pequeña puerta lateral, golpeó dos veces y desapareció por ella cuando ésta se abrió. Tardó mucho en salir y, cuando lo hizo, iba acompañado por una figura cubierta con una capa de pies a cabeza. Caminaban a paso rápido por la calle Pannecau y el tabernero no dejaba de mirar hacía atrás para comprobar que no los seguían. Joantto y Dominique iban por delante. Los esperaron debajo de un farol de aceite antes de llegar río. El primero retiró la capucha que cubría la cabeza y parte del rostro de la persona oculta bajo la capa. Sus ojos y los de Enrieta se encontraron en la oscuridad de la noche, apenas alumbrados por la llama del farol. Cubrió de nuevo a su madre, le echó el brazo por encima del hombro en un ademán protector y la empujó suavemente hacia el puente.

    —¡Podías al menos agradecer mi esfuerzo! — le gritó Basile. Un fuerte golpe en la cabeza lo dejó tumbado en el suelo. Dominique examinó con satisfacción la culata de su pistola y siguió a los otros dos.
    —¡Ciudadano!

    Al ser interpelado, el guardia del puente se aproximó apuntándoles con la bayoneta.

    —Soy el ciudadano Jacques Laborde, recién llegado de París, ella es mi madre y él mi secretario -se presentó Joantto-. Necesitamos escolta hasta la posada de la calle de Les Faures.
    —¿Y vuestro carruaje?
    —Cerca del Castillo Nuevo, con un eje roto.
    —Cualquier ciudadano honorable puede andar sin peligro por las calles de Baiona -afirmó el guardia.
    —Eso nos habían dicho, pero acabamos de ser asaltados por un bandido con gritos subversivos de muerte a la República. Es intolerable.
    —¿Dónde?
    —Allí mismo -señaló Joantto hacia el comienzo de la calle-. Mi secretario lo ha derribado de un golpe.

    El guardia tocó una especie de trompetilla que colgaba de su cinto y al instante aparecieron media docena de compañeros corriendo por el puente. Fueron escoltados por dos de ellos mientras los demás se hacían cargo del tabernero que comenzaba a recuperarse del golpe y no entendía por qué razón se lo llevaban detenido.

    Clareaba cuando llegaron a la posada. Enrieta estaba desfallecida y apenas podía sostenerse en pie. Dominique obligó al posadero a encender el fuego y a preparar algo de comida para los tres. Repuestos y algo más tranquilos, madre e hijo pudieron, al fin, encontrarse.

    —¿Por qué te has arriesgado? — le preguntó ella.
    —Te lo debía.
    —¿Qué me debías?
    —La vida.

    Enrieta reprimió un gemido, abrió sus brazos y Joantto se refugió en ellos. Por primera vez en sus casi treinta años sentía el abrazo de la madre que tanto había añorado y durante un instante se sintió niño de nuevo.

    Todavía les quedaba algo de dinero y Dominique se encargó de adquirir un vestido de mujer -de color azul oscuro, entallado bajo el pecho y con amplio cuello blanco- zapatos a juego y un turbante a la morisca de tres franjas, con los colores nacionales, muy de moda en la capital de la República.

    —Voy a sentirme extraña vestida de civil -comentó Enrieta al recibir las prendas.
    —Es necesario, madre. No podemos permanecer por más tiempo en Baiona. Los tres corremos peligro.
    —¿Qué ha sido de mis hermanas?
    —Han sido trasladadas a París.
    —¿Eso es bueno o malo?
    —Bueno -mintió Joantto.
    —¿Y tus abuelos?
    —Están bien.

    Ya tendría tiempo de explicarle la situación más tarde. Ahora tenían que salir de allí cuanto antes.

    Al atardecer, recogieron el carruaje y el caballo que habían dejado en la caballeriza comunal a su llegada, presentaron de nuevo sus credenciales en el control de la Puerta de España y salieron en dirección a la costa.


    Tras una ofensiva española acabada en fracaso, el ejército francés penetró en la Navarra peninsular por el valle de Baztan y en Guipúzcoa por el de Oiartzun y ocupó la franja montañosa que iba del uno al otro. Los batallones españoles apostados en Bera abandonaron el lugar y los franceses entraron en la población. Una de sus primeras tareas fue buscar emigrados entre los moradores y enviarlos a San Juan de Luz para que fueran juzgados por traición. Fueron casa por casa, registraron graneros y cuadras, y cotejaron los nombres en los registros de la parroquia y del ayuntamiento. Únicamente dejaron libres a los muy enfermos o a los muy viejos, el padre Mathieu entre otros, porque suponían un lastre añadido.

    El viejo sacerdote no pudo acompañar a otros curas refractarios que se apresuraron a huir en cuanto les llegó noticia de que el ejército español retrocedía ante el empuje francés. Los Ithurbide, por su parte, pudieron demostrar que, aunque procedentes de Sara, habían adquirido la propiedad años antes de que comenzara la revolución y los dejaron tranquilos. Tuvieron que aceptar, no obstante, que una compañía de guardias nacionales instalara sus tiendas en sus terrenos puesto que su caserío era el primero bajando el puerto.

    Mientras tanto, Mari y Madeleine continuaban en la borda. Se habían hecho cargo de la red montada por Gartzia y ahora eran ellas las que organizaban el paso de los huidos encaminándolos por Santa Bárbara hacia Lesaka, donde otras personas se hacían cargo de ellos. Era una labor ardua y comprometida. A pesar de la aparente inmunidad disfrutada por el ventero, debían turnarse para dormir y estar siempre vigilantes porque era preciso que el lugar pareciese un almacén de vituallas. Únicamente se aventuraban fuera durante la noche para respirar un poco de aire puro. Durante el día permanecían encerradas con sus protegidos, sin más luz que la de unas velas. Llevaban tres meses sin bajar a Alzate y Mari echaba en falta a su hijo. A veces se decía que no estaba siendo una buena madre, que su obligación era estar a su lado para defenderlo en caso de peligro, pero observaba la mirada asustada de los hombres y mujeres que llegaban y no tenía valor para abandonarlos a su suerte. Tras la ocupación del Baztán, de Bera y de sus alrededores, el flujo de escapados disminuyó. Era una hazaña casi imposible atravesar el cerco impuesto por el ejército francés y pasaban días antes de que alguien se aventurase por Lizuniaga.

    —Tengo que verlo -afirmó la joven una noche-. No aguanto más.
    —¿Ver a quién? — le preguntó Madeleine pensando en Joantto.
    —A Bittor.
    —Está bien. No te preocupes. Tu familia cuida de él, ya lo sabes.

    Gartzia conocía personalmente al capitán al mando de la compañía instalada en las tierras de Ithurbide, un tipo originario de Kanbo, antiguo cliente de la venta, y había bajado a Alzate para informarse.

    —No es suficiente. Quiero verlo con mis propios ojos, cogerlo en mis brazos… Voy a volverme loca aquí encerrada.
    —Es peligroso…
    —La vigilancia ya no es tanta ahora que Bera está en poder de los franceses. No me ocurrirá nada, ya lo verás. He hecho el recorrido por el monte más de cien veces.
    —Te acompañaré.
    —No hace falta.
    —Me hace falta a mí. Yo también necesito salir de aquí durante unas horas.

    Esperaron hasta que el silencio fue total, se acallaron las voces procedentes de la venta y Gartzia apagó el candil que iluminaba la entrada; se deslizaron sigilosas fuera de la borda e iniciaron la bajada. El cielo estaba despejado y la luna brillaba en la noche cálida de finales del verano en la que la fragancia y los sonidos el bosque hacían olvidar que aquella tierra estaba en guerra. Se detuvieron al llegar a las proximidades del caserío. Todo estaba en calma. El campamento militar quedaba algo apartado y no había patrullas a la vista. Mari no podía aguantar su excitación y avanzaron confiadas hacia la puerta.

    —¡Alto ahí! ¿Quién va?

    Se quedaron petrificadas. Un soldado hacía guardia delante de la puerta.

    —Vivimos aquí -respondió Madeleine haciendo acopio de toda su sangre fría.
    —¿Nombres?
    —Madeleine y Mari Ithurbide.
    —¿Qué hacéis fuera de la casa a estas horas?
    —Trabajamos en Bera, en el taller de costura, y se nos ha hecho muy tarde.
    —Ya…

    El soldado cogió un farolillo de aceite que colgaba de un clavo y las examinó con detenimiento. Después, golpeó en la puerta y esperó a que les abrieran sin quitarles el ojo de encima. Martin y uno de sus yernos abrieron con la preocupación marcada en sus rostros.

    —Estas mujeres aseguran que viven aquí -aseveró el soldado.

    Fue un instante, un chispazo. La sorpresa reflejada en las miradas de los dos hombres al verlas fue suficiente.

    —¡A mí la guardia! — gritó el militar.

    Poco después se hallaban rodeados por una docena de soldados que las apuntaban con sus fusiles. El capitán apareció al cabo de un rato, que tanto a las dos mujeres como a los Ithurbide les pareció el más largo de sus vidas.

    —¡Madeleine!

    El asombro del capitán era real y ella se mordió los labios. De todos los hombres que había conocido, tenía que ser precisamente aquél quien estuviera allí en aquellos precisos momentos. No recordaba su nombre, pero unos años atrás acudía a la venta todas las semanas en busca de tabaco y de mujeres. Se encaprichó con ella el día que la vio discutir con Gartzia por el precio de unas mercancías, y desde entonces la acosaba cada vez que se encontraban. Le aseguró que ella no era una de las mujeres del ventero, pero el hombre insistió en su demanda. Al final, tuvo que amenazarle con enviarle a sus amigos, Ganix y Piarrres, para darle una paliza que le quitaría las ganas de volver a molestarla. El hombre se tomó en serio la amenaza y dejó de acudir a la venta.

    —Dice que se llama Madeleine Ithurbide -informó el soldado.
    —Es Madeleine Larralde, una contrabandista experta que, estoy seguro, ayuda a nuestros enemigos. ¡Llevadlas al campamento!
    —¿A las dos?
    —A las dos.

    De nada valió que Martin jurase por todos sus muertos que Mari era su sobrina. Su nombre no estaba en la lista de los actuales ocupantes del caserío, prueba suficiente de que había mentido al decir que vivía allí. Tuvo que callarse porque lo amenazaron con llevárselo preso a él también.

    Una vez en el campamento, ambas fueron despojadas de sus ropas para comprobar que no llevaban mensajes o armas y se vieron obligadas a permanecer desnudas y de pie mientras las interrogaban. Ni las amenazas de ser violadas, ni los golpes que el desairado capitán les propinó con saña lograron que confesaran o implicaran a Gartzia. Únicamente consiguieron que Mari dijera su apellido, Harotsenne, cuando le advirtieron de que toda la familia Ithurbide, los niños incluidos, serían detenidos por cómplices si persistía en ocultar su verdadera identidad. Al amanecer, con las manos y los pies atados, fueron subidas a una carreta en compañía de otros emigrados detenidos en Bera para ser trasladadas a San Juan de Luz.

    —Donde seréis juzgadas por traición y, probablemente, guillotinadas-les informó el capitán con una sonrisa de satisfacción.

    Al llegar al alto, los soldados de la escolta detuvieron la carreta y entraron en la venta a tomar el café -todo un lujo- que Gartzia se hacía traer desde Baiona. Salieron acompañados por el ventero, cuya sonrisa lisonjera se borró de golpe al ver a sus dos amigas presas y con señales de haber sido maltratadas. Ni ellas ni él dieron muestras de conocerse. Tuvo que hacer un esfuerzo para no descubrirse e, incluso, rió la broma de uno de los guardias cuando éste hizo alusión a la “Louissette”, uno de los nombres populares de la guillotina. Los siguió con los ojos hasta que los perdió de vista, entró después a toda prisa en la venta, sacó un par de pistolas que tenía escondidas bajo el arcón de la sal, cerró la puerta de su negocio con varios candados y echó a andar pisando las marcas dejadas en el camino por las ruedas de la carreta.

    Los arrestados y sus guardianes atravesaron Sara sin detenerse. El pueblo parecía un cementerio; las puertas y ventanas de todas las casas estaban abiertas y podían verse muebles, ropas y otros objetos abandonados en la calle. Al pasar por delante de la rectoría, Mari sintió un estremecimiento. Si alguna esperanza se ocultaba en lo más profundo de su corazón, podía despedirse de ella. Joantto no aparecería por milagro para salvarlas a Madeleine y a ella del terrible final que les esperaba. Nunca sabría cuánto lo había amado, ni tampoco que tenían un hijo. Era inútil compadecerse. No había forma de escapar y era mejor enfrentarse al destino con serenidad. Además, tal vez tuvieran suerte y hubiera alguna probabilidad de salvarse. Uno de los últimos huidos les había informado de que el tirano Robespierre había sido ejecutado y de que las cosas estaban cambiando en Francia. La persecución religiosa había remitido y muchas de las personas que habían permanecido escondidas durante meses, comenzaban a regresar a sus hogares. Los terroristas estaban siendo detenidos y juzgados por sus crímenes y muchos presos puestos en libertad. Madeleine y ella no habían hecho sino ayudar a gentes desamparadas y, de todos modos, no lo iban a confesar.

    Se le heló la sangre, días después, cuando se encontró ante un tribunal que desconocía su lengua y un hombre llamado Diharce le tradujo los cargos que se le imputaban: emigración y contrabando. El mismo Diharce le explicó que aquella acusación significaba una condena a muerte pero, añadió con una sonrisa de ánimo, en su caso no tenía por qué preocuparse. No había cumplido los veinte años y, por lo tanto, sería deportada a La Guayana. No prestó atención al simulacro de juicio, que duró un par de horas, y asintió como una autómata al escuchar la sentencia: dentro de unos días sería trasladada a Baiona y embarcada rumbo a las Indias. Sólo tenía un pensamiento en la cabeza: jamás volvería a ver a su pequeño Bittor.

    —¡Bueno! Hasta aquí he llegado y no puedo quejarme. He vivido como he querido.

    La voz de Madeleine la sacó de la confusión en la que se encontraba desde que había sido devuelta a prisión. Se había dejado caer a su lado, sobre la paja sucia que cubría el suelo.

    —¿A ti también te envían lejos? — le preguntó todavía aturdida.
    —Muy lejos, querida, muy lejos…
    —Al menos estaremos juntas…
    —Me temo que no.

    El tono resignado de su amiga la espabiló por completo. La observó con atención. Tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes, como si tuviera fiebre, y recordó las palabras del intérprete diciéndole que ella no sería condenada a muerte porque no había cumplido los veinte. Se llevó la mano a la boca para impedir que escapara un grito de su garganta y comenzó a temblar.

    —Tranquila…, antes o después, a todos nos llega la hora.

    Madeleine la abrazó con fuerza y ella ya no pudo aguantar más y se echó a llorar con desconsuelo.


    Los fugitivos se habían dirigido hacia la costa en busca de un lugar donde establecerse. Finalmente, decidieron acercarse a San Juan de Luz, no sólo porque era la población que mejor conocían, sino porque Dominique tenía allí amigos y parientes que podrían ayudarles. Vendieron el carruaje y el caballo y con el dinero obtenido, más el que aún les quedaba de lo entregado por Gartzia, alquilaron una pequeña vivienda en el puerto de Ziburu.

    Aunque el gobierno había decido que los dos pueblos formaran uno solo, bajo la denominación de Chauvin-Dragon, y que, al igual que sus vecinos, el principal medio de vida era el mar, la diferencia entre ambas poblaciones era clara. En Ziburu vivían descendientes de antiguos corsarios, cazadores de ballenas, agotes, gitanos, gentes marginadas llegadas de otros lugares que, en su momento, no habían encontrado espacio en San Juan de Luz y se habían asentado en el otro extremo de la rada. Era gente dura, poco dispuesta a permitir intromisiones y, menos aún, el control de la Sociedad Popular, y muy acogedora con los que llegaban en busca de un refugio y de paz. Las pocas veces que los dirigentes del Comité habían cruzado el puente, habían sido recibidos con gestos adustos y fueron pocos los ziburutarras que acudieron a celebrar la fiesta del Ser Supremo, impuesta por Robespierre poco antes de perder la cabeza de la misma manera que tantos ciudadanos condenados bajo su mandato.

    Joantto y Dominique se dedicaron a mariscar mientras Enrieta se ocupaba de un pequeño huerto en la parte trasera de la casa. No podía borrar los muchos años transcurridos entre las cuatro paredes del convento de Jatsu y todavía le costaba moverse por la calle y entablar conversación con sus vecinas. Poco a poco fue recobrando la salud, un tanto maltrecha después de los meses de penuria, aumentó de peso y comenzó a sonreír, lo cual era sin duda la mejor señal de su mejoría. No sabía lo que haría más adelante, cuando la furia revolucionaria se hubiera calmado, cuando la guerra fuera un mal recuerdo y cada cual pudiera elegir su futuro con libertad, pero le gustaba su nueva vida. Ya no estaba obligada a regresar al convento y puede que nunca lo hiciese puesto que sus votos habían sido forzados. La única razón para no abandonarlo cuando Joantto acudió en su busca fue la lealtad hacia sus compañeras pero, sobre todo, el miedo a lo que encontraría afuera. Ahora las cosas eran distintas. Había recuperado a su hijo y no quería volver a perderlo. Era mucho aún lo que ambos tendrían que esforzarse para que sus relaciones fueran las normales entre una madre y un hijo, pero ella estaba dispuesta y convencida de que él también. Nunca había visto el mar y pasaba las horas muertas contemplándolo desde la ventana; no había una visión igual a las puestas de sol, pero ansiaba volver a Sara. Tal vez algún día podría regresar a la casa de sus padres, a Jaurenea. Soñaba con ese día. En el convento había aprendido a perdonar y el rencor hacia el padre hacía tiempo que había desaparecido de su corazón. Sabía que el abuelo y el nieto se habían encontrado, pero ignoraba cuál había sido la reacción del jauntxo, aunque sospechaba que no muy buena porque Joantto no hablaba de ello. En una ocasión le había preguntado acerca de su visita y él se había limitado a levantar una ceja y no había respondido. Se imaginaba entrando en la casona con su hijo y a su padre abriendo los brazos para recibirlos. Todo quedaría olvidado, todo perdonado, y serían una familia de nuevo.

    Su vecina, una mujer de verbo fácil y abundante, generosa y acogedora, la mantenía al corriente de lo que ocurría en el país y la instaba a abandonar su reclusión y a pasear con ella. El verano se acababa y los días empezaban a acortarse; la llegada de los barcos al atardecer provocaba un gran bullicio y las gentes se reunían en el puerto para contemplar la pesca y, de paso, comprar unas anchoas o algo de bonito antes de que las carretas con la mercancía partieran hacia Baiona y otras poblaciones. Un día, por fin, se decidió a acompañar a su vecina y disfrutó escuchando la chachara de las pescadoras y contemplando la subasta del pescado. Una conversación oída al azar, sin embargo, ensombreció su ánimo y regresó presurosa a la casa.

    —Dicen que han juzgado a dos mujeres -informó a Joantto y a Dominique en cuanto estos entraron por la puerta.
    —¿Quién lo dice? — preguntó Joantto curioso.
    —Lo he oído en el puerto.
    —¿Has salido a la calle?

    Los dos hombres se miraron y sonrieron. Aquella era una buena noticia.

    —Son dos mujeres de Sara. Una de ellas ha sido condenada a la guillotina y mañana será ejecutada en la plaza de San Juan de Luz.

    Joantto frunció el ceño.

    —¿De qué se las acusa?
    —De ser emigrantes y contrabandistas.

    Notó que una sensación extraña ascendía por su columna vertebral y se alojaba en la nuca. Un nombre le martilleaba la cabeza, pero se negaba a aceptarlo. Mari estaba en Alzate con su familia, a salvo. Había más mujeres contrabandistas en Sara y podía tratarse de cualquiera. La imagen del pueblo vacío se le apareció de pronto delante de los ojos, como si estuviera viéndolo en aquel momento. No quedaba nadie allí cuando ellos lo atravesaron al bajar de Lizuniaga. Intentó dejar de pensar en el asunto. Había sido un buen día y habían vendido todo el género e incluso se habían permitido el lujo de comprar unas chuletillas de cordero a un precio exorbitante.

    —¿Se conoce sus nombres?
    —No lo sé, sólo he oído decir que una de ellas no podía ser ejecutada porque era joven.

    ¿Cuántos años tenía Mari? ¡Maldita sea! La había amado, había yacido con ella hasta perder la razón y no sabía nada de ella, ni siquiera su edad. La madre y el amigo lo observaban preocupados. Aquella mirada oscura y los músculos de su cara en tensión no presagiaban nada bueno.

    —¿Las conoces? — aventuró Enrieta.

    No la oyó. ¿Cómo se llamaba la amiga, la que le había enseñado a contrabandear y de la que hablaba con mucho cariño? Una “hermana mayor”, le había dicho en una ocasión. No se acordaba.

    No aguantó más y salió de la casa sin despedirse. Dominique y Enrieta se miraron asustados y el primero salió rápidamente detrás de él.

    Atravesaron el puente y se dirigieron al centro del pueblo. La guillotina se alzaba amenazadora en medio de la plaza. Pasaron de largo sin dirigirle una mirada y encaminaron sus pasos hacia el Ayuntamiento. La noche estaba al caer y la visibilidad era escasa. En la puerta del edificio habían clavado los últimos decretos y también las sentencias. Joantto leyó con dificultad los nombres de los condenados a diversas penas hasta topar con los de las dos mujeres y, entonces, arrancó la hoja con rabia y la arrugó entre los dedos. Dominique estaba horrorizado. Si los pillaban en ese momento robando un documento oficial, no habría quien los librase de la cárcel. Asió por el brazo a su amigo y lo arrastró hasta la primera taberna abierta que encontraron, un cuchitril infecto en la zona del puerto, local habitual de gentes poco recomendables en el que jamás se aventuraban los guardias nacionales; pidió un par de vasos de aguardiente y obligó a Joantto a sentarse en un rincón, al abrigo de las miradas.

    Permanecieron sin hablar dentro del local hasta que se hizo de día; sobre la mesa, una docena de vasos cuyo contenido no habían bebido. Estaban solos ellos y el dueño del cuchitril, que les lanzaba miradas de vez en cuando, pero no se atrevía a decirles que se fueran. Estaba acostumbrado a vérselas con tipos malencarados, pero el semblante del más alto de los dos hombres le recomendaba prudencia. Pocas veces había contemplado a alguien con tanta ira y desesperación marcadas en el rostro. Los vio marchar y cerró a toda prisa la puerta. Todavía tenía tiempo de dormir un rato hasta la hora de la ejecución.

    Al salir, tropezaron con un hombre que venía en dirección contraria. El encontronazo sacó a Joantto de su estado hipnótico y echó mano al cuchillo, dispuesto a clavarlo en el intruso y en todos los intrusos que encontrara en su camino.

    —¡Joantto! ¡Dominique!

    La exclamación sorprendida del hombre detuvo su ademán. Delante de él estaba Gartzia “el pirata”.

    —¡Por todos los demonios del infierno! ¿Qué diablos estáis haciendo aquí?

    Todavía bajo la impresión de encontrar allí al contrabandista, Joantto levantó el puño. Entre sus dedos apretados mantenía la sentencia del tribunal revolucionario de Chauvin-Dragon. Gartzia cogió el documento y le echó una ojeada.

    —¿Cuándo os habéis enterado? — preguntó.
    —Ayer mismo -respondió Dominique.
    —Yo llevó días merodeando por aquí, intentando encontrar un medio para salvarlas, pero no hay manera. Las tienen bien custodiadas y no permiten que nadie se acerque a la cárcel. Intentarlo sería morir sin conseguir nada ¡Malditos hijos de puta! Os juro que si matan a Madeleine, me cargo a todos ellos.
    —¿A Madeleine?

    Joantto sólo se había preocupado por Mari y la reacción de Gartzia le pilló por sorpresa. Observó con atención a su camarada y se percató de que por primera vez en años había abandonado su guarida.

    —¿Cómo sabías que estaban aquí? — le preguntó curioso, olvidando por un instante su propio desasosiego.
    —Yo mismo vi cómo se las llevaban y las seguí.
    —Pero… ¿cómo…?
    —Cuando os fuisteis, ellas ocuparon vuestro lugar cruzando gente, pero, al parecer, Mari no pudo resistir la tentación de bajar a Alzate a ver a su hijo y Madeleine la acompañó. Las pillaron en el caserío de los Ithurbide.
    —¿Estás seguro de que no podemos hacer nada?
    —Sí.

    A mediodía, la plaza estaba llena de gente que esperaba en silencio. Se había levantado una tribuna para que pudieran contemplar la ejecución los dirigentes revolucionarios que poco a poco iban encaramándose a ella. La llegada de Pinet y Cavaignac provocó un rumor que se extendió entre los espectadores y acabó en un abucheo general. Tras la caída de los terroristas, los dos representantes del pueblo habían sido llamados a París mientras se hallaban en San Sebastián negociando la rendición total de la provincia con los miembros de la Diputación refugiados en Getaria. Su puesto en el gobierno de los Bajos Pirineos había sido ocupado por nuevos representantes. Aunque la situación no les era favorable, mantenían buenas amistades entre los miembros del Comité de Vigilancia de San Juan de Luz y se habían detenido allí durante unos días. A su lado se hallaban algunos hombres a quienes Joantto conocía demasiado bien: Jean-Martin Monduteguy, Jean Etchevers, Eustache Dhiriart, Augustin Harismendy, Maneche d'Ascain…, agentes, comisarios, notables, hijos del pueblo que habían convertido la tierra vasca en un infierno de soplones y criminales.

    Un denso silencio siguió al abucheo. La guardia nacional había calado las bayonetas y se mantenía a la expectativa al tiempo que una carreta fuertemente custodiada hacía su aparición por una de las calles adyacentes. Madeleine Larralde descendió de la carreta y subió los escalones que llevaban al patíbulo. Miró al cielo mientras se leía su condena y después fue obligada a tenderse sobre la plancha.

    —¡Asesinos!

    Al grito desgarrador de Gartzia le siguieron cientos de otros. En la tribuna los dirigentes se removieron intranquilos y Pinet hizo una seña al verdugo. La cuchilla cayó con un golpe seco y la cabeza de Madeleine fue a parar a un cesto. Los gritos arreciaron con más fuerza y los dirigentes se apresuraron a abandonar la tribuna protegidos por los guardias. Habían pensado dirigirse a la multitud, proclamar una vez más las excelencias del nuevo régimen, leer un par de discursos, pero la situación aconsejaba desaparecer antes de que los ciudadanos a quienes decían servir se les echaran encima.

    Entre el tumulto organizado, Joantto pudo ver cómo la carreta con los otros presos era conducida hacia el camino de Baiona. No había dejado de mirar a Mari y la vio encogerse al escuchar el golpe de la cuchilla al caer.

    —¡Cuida de mi madre! — le gritó a Dominique a tiempo que intentaba abrirse camino a codazos.
    —¡Voy contigo!
    —¡No! ¡Quédate! ¡Cuida de mi madre!
    —¡No te preocupes! — le gritó Gartzia a Dominique- ¡Yo voy con él!

    El pescador los vio desaparecer entre la gente y, en cuanto pudo escapar de la plaza, salió corriendo hacia Ziburu.


    Los dos hombres caminaban veloces, cada uno perdido en sus cavilaciones. Tenía que haber pasado por la casa, se decía Joantto, vestir su traje de ciudadano acomodado y recoger los documentos falsificados. Así al menos habría tenido una probabilidad de llegar hasta Mari, pero con ropas de pescador no podría pasar de Bidart y, mucho menos, el control de entrada en Baiona. Gartzia, por su parte, hacia planes. No quería pensar por el momento en lo ocurrido, ya tendría tiempo de ajustarles las cuentas a unos cuantos. Al paso que iban y si no encontraban dificultades, tardarían horas en llegar a la ciudad y perderían el rastro de Mari. Era preciso hacer algo para salvarla; se lo debía a Madeleine ya que no había podido salvarla a ella.

    —¡Para!

    El grito de su compañero detuvo en seco la marcha de Joantto.

    —¿Qué ocurre?
    —Así no vamos a ninguna parte.
    —Pues ya me dirás si se te ocurre algo mejor…
    —Se me ocurre -afirmó “el pirata”, señalando el acantonamiento militar instalado en las inmediaciones de Bidart.

    Ascendieron a una pequeña loma y observaron desde allí el campamento. Comprobaron que había un gran movimiento de jinetes entrando y saliendo.

    —Deben de ser los correos. Se mueven por todo el territorio con los mensajes de los mandos militares.

    Poco después esperaban, ocultos tras unos árboles a la vera del camino. No tuvieron que esperar mucho tiempo. Dos correos galopaban veloces en su dirección y les salieron al paso cuando sólo se hallaban a unos veinte pasos de ellos. Los caballos, asustados, se encabritaron y lanzaron a sus jinetes al suelo. Gartzia disparó contra uno y Joantto lo hizo contra el otro; jalaron los cuerpos por los pies hasta ocultarlos entre la maleza, se vistieron con sus ropas y montaron en los caballos. Los correos iban en dirección a Hendaia; ellos lo hicieron hacia Baiona. Pasaron como una exhalación por delante del campamento y saludaron con la mano a los vigilantes, que respondieron al saludo y continuaron la ronda.

    Antes del toque de queda se hallaban ante la Puerta de España.

    —¡Los españoles han cruzado la frontera! — gritó Gartzia.
    —¡Correo urgente del general Moncey para el directorio! — gritó Joantto.

    Los guardias de la puerta se hicieron a un lado conmocionados por la noticia y los dejaron pasar. Se adentraron en la ciudad sin detenerse y dejaron los caballos sueltos al llegar a las cercanías del puerto. Era una pena perderlos, pero no podían arriesgarse. Todas las caballerías eran propiedad del ejército y llamaría la atención ver a dos civiles con ellos. Urgía, por otra parte, desembarazarse de los uniformes militares. El fusilamiento inmediato era el castigo para quien los vestían sin serlo.

    —Conozco aquí a alguien que nos ayudará -dijo Gartzia.

    Se adentraron por un callejón oscuro, la pistola en una mano y el cuchillo en la otra, y entraron en una casa destartalada, aparentemente vacía; subieron las escaleras, igualmente deterioradas,y penetraron en una vivienda del segundo piso que se abrió con un simple empujón. Dentro los esperaban cuatro hombres armados hasta los dientes.

    —¡Pirata! — exclamó el más viejo.
    —Hola, François.

    Nada más amanecer, seis marineros, gorras de lana en la cabeza, camisetas, calzones y sacos al hombro, se acercaron al muelle. El más viejo se entretuvo hablando con el jefe de una patrulla mientras los demás continuaban adelante y desaparecían dentro de un almacén de carga. El viejo no parecía tener prisa y mantenía una animada conversación con el soldado.

    —Esperan una remesa de presos, varias mujeres entre ellos, para embarcarlos en el “Cristine” hacia La Guayana -les informó Francois al reunirse de nuevo con ellos.
    —¿Cuándo? — preguntó Joantto sin poder contener la impaciencia.
    —En cualquier momento.
    —No va a ser fácil -comentó uno de los hombres al observar por una abertura que otra patrulla distinta a la anterior tomaba posición delante del barco.
    —¡Cosas más difíciles se han hecho! — rió el viejo- Acordaos de lo que hemos planeado y vosotros -añadió dirigiéndose a los dos amigos-, andad rápidos porque no tendréis más que una oportunidad.

    Al cabo de un rato de tensa espera, vieron aparecer por una esquina del muelle y en dirección al barco a un grupo de hombres y mujeres con las manos atadas y rodeados por guardias nacionales.

    —¡Ahora! — gritó François.

    Sus tres compañeros prendieron fuego a la paja seca utilizada para proteger los envíos y a los sacos de mercancías apilados en el almacén. Para cuando el grupo llegó a su altura, las llamas se elevaban hacia el techo y provocaban una humareda negra que detuvo la marcha de los presos y de sus guardianes. Los soldados en guardia delante del “Cristine” acudieron corriendo y lo mismo hicieron los de la patrulla cuyo jefe había estado hablando con el viejo. Los gritos de aviso de éste y de sus hombres alertaron a los marineros de las embarcaciones varadas en el puerto y en un instante el caos fue total. Joantto y Gartzia aprovecharon la confusión para mezclarse con los presos y buscar a Mari. La encontraron en el grupo de las mujeres, la cogieron cada uno por un brazo y la introdujeron en el local vecino al incendiado. Buscaron la trampilla que el viejo les había indicado y descendieron por una escalerilla al agujero que servía de escondite para las mercancías de contrabando. Permanecieron allí acurrucados, soportando el humo que se colaba por las rendijas del suelo del almacén y aguantando la respiración cada vez que escuchaban voces y pisadas por encima de sus cabezas. Llegada la noche oyeron cómo se abría la trampilla y reconocieron la voz del amigo de Gartzia.

    —Ya podéis salir.

    Estaban ateridos por la humedad y casi no podían ponerse en pie.

    —¿Qué ha ocurrido? — preguntó “el pirata”.
    —Nada -respondió Francois con una sonrisa que dejaba ver su dentadura a falta de algún diente-. No es la primera vez que un almacén se incendia.
    —¿Y el “Cristine”?
    —¡A muchas leguas de aquí! — rió el hombre.
    —¿No han notado la falta de Mari?
    —Con el incendio y las prisas han embarcado a los presos y han levado anclas. Para cuando se den cuenta, será demasiado tarde.
    —¿Cómo podemos agradecerte el favor?
    —¡Pagando el café y el resto del género con más generosidad! ¡Hijo de Satanás!

    Los dos hombres se echaron a reír y Joantto apretó contra su cuerpo a Mari a quien sujetaba con un brazo por la cintura para que no se desplomara al suelo.

    Un par de semanas más tarde, dos hombres y dos mujeres vestidos al modo de los campesinos labortanos salían de San Juan de Luz en dirección a Azkain. Los hombres iban a pie y las mujeres montadas en un pequeño carro de dos ruedas tirado por un burro viejo. Los cuatro llevaban una escarapela prendida al pecho y documentos de viaje. No se toparon con ninguna patrulla y prosiguieron sin problemas el viaje hasta Sara. No hablaban. Contemplaban los campos abandonados y las miradas llenas de tristeza de las gentes con las que se cruzaban. No reconocían a nadie y nadie los reconocía a ellos. Atravesaron la población y siguieron hasta el barrio de Lehenbizkai, hasta Jaurenea, y allí se detuvieron. La casona parecía desierta; la huerta que había sido el mayor orgullo de andra Josebe era un erial repleto de hierbajos; podían verse muebles rotos en el exterior, no quedaba ni un solo cristal en las ventanas y hasta el farol de la entrada había sido robado.

    Enrieta no pudo reprimir las lágrimas y Mari le pasó el brazo por encima del hombro para darle ánimos. Gartzia y Joantto se miraron sin decir nada y penetraron en la vivienda para comprobar que no había dentro alguien indeseable.

    El trayecto entre Baiona y San Juan de Luz lo habían hecho en una barcaza que hacía el recorrido hasta Hendaia llevando material para el ejército, provisiones y armas. El oficial y la marinería de la embarcación eran François, el viejo amigo y socio de Gartzia, y sus tres hombres. Los desembarcaron y prosiguieron su ruta.

    La alegría de Enrieta fue tal al ver sano y salvo a su hijo que estuvo a punto de desmayarse de la emoción. No fue menor su alegría y confusión al saber que Mari era su cuñada, aunque percibió algo extraño entre ella y Joantto cuando él se la presentó. No volvió a notarlo durante los días que permanecieron juntos en Ziburu y se olvidó de ello. Decidieron partir hacia Sara cuando supieron que los deportados eran libres para regresar a sus hogares ocho meses después de haber sido alejados de su tierra. Tras la caída de los jacobinos, las nuevas autoridades deseaban mostrar un rostro más amable. Se invitó a los emigrados a volver a sus casas y también a los sacerdotes refractarios. Por otra parte, el ejército republicano ocupaba Guipúzcoa y la zona norte de la Navarra peninsular y el riesgo de deserciones era prácticamente nulo. Dominique decidió permanecer en Ziburu.

    —Mi vida es el mar y lo añoro demasiado cuando estoy lejos -aseguró a modo de disculpa-. Cerca de él me siento libre y soy feliz, pero he disfrutado conociéndoos a todos.

    No quedaba nada dentro de Jaurenea: muebles, ropas y utensilios habían sido robados, por lo que no podían permanecer allí. Fueron a la antigua vivienda de Mari. La pequeña casa, próxima al camino viejo, había sido respetada. Tal vez, pensó la joven, había escapado de la rapiña debido a su tamaño y a su pobre aspecto exterior. Fuera como fuese, tenían donde cobijarse mientras intentaban adecentar la casona. Aunque no hablaban de ello, tanto Enrieta como Mari esperaban el regreso de Gehexan y de andra Josebe y no querían que encontrasen su hogar en tan mal estado.

    Joantto no pensaba en los abuelos. Quería un lugar adecuado para que viviera su madre y, sobre todo, deseaba estar cerca de Mari, sentirla, escuchar su voz. Tendría que marcharse en cuanto el jauntxo y Xan estuviesen de nuevo en la casa. No había decidido lo que haría, pero tenía varias posibilidades: trabajar con Gartzia en la venta, hacerlo con Dominique en Ziburu o lanzarse a la aventura y embarcarse hacia las Indias. Ya lo pensaría cuando llegara el momento.

    Los deportados iban llegando poco a poco. Estaban conmocionados por la terrible experiencia y su único deseo era olvidar, aunque sabían que iba a serles imposible hacerlo. Los primeros en regresar fueron los enviados a Las Landas: mujeres, niños y algunos ancianos. Llegaban en carretas, del mismo modo que habían partido, y con la piel pegada a los huesos. La mitad habían muerto debido al hambre y a las enfermedades. Encerrados en iglesias de pueblos pequeños, desatendidos, sin comida y sin medicinas, dependían de la buena voluntad de los habitantes de aquellos lugares, ellos mismos privados de los medios necesarios para subsistir. Llegaron después los agricultores y los artesanos, con no mucho mejor aspecto. Habían trabajado como esclavos y el único pago había sido una ración al día y un colchón mugriento en el suelo, cuando lo había. Encontraban los hogares desvalijados, los campos yermos, y buscaban a sus familiares llamando puerta por puerta o se sentaban a la entrada del pueblo esperando que aparecieran en cualquier momento. No había comida. Los soldados y los ladrones se lo habían llevado todo.

    Gracias a Gartzia, Jaurenea iba recuperando su aspecto. Todos los días, “el pirata” subía a Lizuniaga y bajaba con provisiones. La venta también había sido saqueada, pero la borda había resistido milagrosamente al hallarse en una hondonada protegida por arbustos y árboles. Los cerdos grises habían huido al monte y no había alimentos guardados en ella, pero sí alcohol y otras mercancías, como sedas, pañuelos y objetos de plata, muy codiciados por los soldados, que él trocaba por sacos de cereales y harina. También trasladaron a la casona los pocos muebles y utensilios de Mari y repararon las ventanas y contraventanas de forma que, aunque sin cristales, podían protegerse de la lluvia, del viento y del frío, que empezaba a caer por las noches.

    Un mediodía de mediados de octubre vieron llegar por el camino de la huerta a dos mujeres que se sostenían la una a la otra. Fue Enrieta la primera en reconocerlas y corrió hacia ellas gritando sus nombres. Andra Josebe y Martzelina habían resistido a las privaciones y regresaban por fin a su casa.

    —¿Y Gehexan? — preguntó andra Josebe emocionada al ver a su hija y a su nieto juntos.
    —No sabemos todavía nada de él, pero volverá. No te inquietes, madre.

    Pasaron las semanas y los meses, pero el jauntxo de Jaurena no regresó. Un confinado en Capbreton les comunicó que el anciano había muerto de un ataque al corazón, a poco de llegar allí, y había sido enterrado en el cementerio de la iglesia de aquel pueblo. De Xan tampoco había noticias. Nadie de Sara podía informarles. Los deportados no sólo pertenecían a las comunas declaradas infames, también los había de otros muchos pueblos de Lapurdi, aunque no en número tan grande. Sin documentos, ni actas, ni firmas, de cara a la ley, Mari continuaba siendo una mujer soltera, madre de un hijo.

    Un buen día Gartzia y Joantto bajaron a Alzate en busca de Bittor. Antes pasaron por el campamento y entregaron una garrafa de ron y una caja de tabaco en polvo al capitán, el mismo hombre de Kanbo que había ordenado el traslado de Madeleine y Mari a San Juan de Luz. Venían a visitar a los Ithurbide, le dijeron, para informales de que su sobrina había sido condenada y deportada a La Guayana.

    —Entonces, ¿era en verdad su sobrina? — preguntó el militar con indiferencia- ¿Y qué fue de la otra mujer detenida con ella?
    —Fue guillotinada.

    El hombre no mostró ni pena ni alegría al conocer la noticia y Gartzia juró rebanarle el pescuezo en cuanto se le presentara la oportunidad, pero, por el momento, era preciso sonreír.

    La tía Marta puso algún reparo. No quería desprenderse del pequeño: lo había cuidado y lo quería como un hijo, insistió, pero el tío le recordó que la madre de la criatura estaba viva y que bastante había sufrido ya. Además, le dijo en un aparte, Joantto era el padre y, antes o después, Mari se lo confesaría. Volvería para reclamarlo y no le gustaría saber que ellos se habían negado a entregarle su hijo conociendo la verdad. Con lágrimas en los ojos, la mujer puso al niño en sus brazos y entregó a Gartzia un cesto con verduras, algunas morcillas y un pedazo de carne de cerdo en salazón.

    —Esto también es de Mari -le dijo Martin tendiéndole un envoltorio plano de tela y atado con una cinta-. Me lo dio para que se lo guardara.

    Las mujeres los esperaban nerviosas, temiendo que algo les hubiera ocurrido o que hubieran sido detenidos, y los recibieron con gritos de contento cuando los vieron aparecer con el niño en brazos. Bittor abría los ojos y los miraba asombrado, pero no se asustó ni lloró, lo cual, según el parecer de Martzelina, era la demostración de que la sangre de los Jaurenea corría por sus venas. Mari no dijo nada, cogió a su hijo y lo abrazó hasta que el chiquillo protestó por el apretón.

    —El tío me ha dado esto para ti -le dijo Joantto, una vez pasadas las efusiones.

    Ella, extrañada, cogió el envoltorio y soltó la cinta. Reconoció el papel al descubrirlo. Era el testamento del jauntxo que Xan le había confiado. No sabía leer y se lo devolvió.

    —Es el testamento de tu abuelo.

    Joantto miró a andra Josebe y también a su madre, ambas asintieron; desplegó el documento y comenzó a leer.

    Fuera de unas cantidades que legaba a sus hombres y a Martzelina, y otra a la iglesia para que se oficiaran misas por su alma, Gehexan de Jaurenea legaba todo a su hijo Xan, su primogénito, con la obligación de ocuparse de su madre y de su hermana.

    “En caso de que mi heredero falleciese, deseo que Jaurenea y todas sus tierras pasen a ser propiedad de mi nieto, Joantto, hijo de Bittor Ithurbide y Enrieta, mi hija, con la obligación de ocuparse de su abuela y de su madre”.

    Se detuvo y alzó los ojos. La abuela le sonreía emocionada.

    “Y si algo llegara a ocurrirle a él, que la propiedad pase a mi bisnieto, Bittor, hijo de Joantto Ithurbide y Mari Harotsenne”.

    El papel se le escapó de las manos y cayó al suelo. Miró a Mari y miró al niño sentado en su regazo; sintió un nudo en la garganta y salió a toda prisa de la casa, lo mismo que había hecho la noche del parto, para que nadie lo viese llorar.


    Fin