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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL BENEFACTOR (Susan Sontag)

    Publicado el jueves, noviembre 16, 2017

    En cuanto al sueño, la siniestra aventura de cada noche, puede observarse que los hombres se dirigen a sus lechos cada día con una audacia que estaría más allá de toda comprensión, si no supiéramos que es resultado de su ignorancia del peligro.
    Baudelaire


    Si algo estuviera equivocado, hagamos responsable al Sueño. El Sueño es una ley en sí misma; se bate contra un arco iris para mostrar, o para no mostrar, un arco secundario… El Sueño conoce mejor; y el Sueño, lo repito, es la parte responsable.
    De Quincey


    CAPITULO I


    Je rêve donc je suis

    ¡Si tan solo pudiera explicarte cuánto he cambiado desde aquellos días! Cambiado y, sin embargo, todavía el mismo. Pero ahora puedo ver mis viejas preocupaciones con mirada serena. En los treinta años que han pasado, la preocupación ha cambiado su forma, se ha invertido, digamos. Cuando empezó, fue creciendo hasta vaciarme. Al principio la ignoraba, más tarde la acepté y busqué consuelo en mis amigos, después me resigné y finalmente aprendí a utilizarla en favor de mi propio beneficio. Ahora, en lugar de estar en mi interior, mi preocupación es una casa en la que vivo; en la que vivo más o menos cómodamente, vagando de habitación en habitación. Algunos inviernos no enciendo la calefacción. Entonces me quedo en una habitación, cálidamente abrigado en mi chaqueta de cuero, sueters, botas y bufanda, y recuerdo aquellos agitados días. Me he convertido en un viejo algo lunático, dedicado a inocentes filantropías. Unos pocos amigos me visitan porque están solos, no porque disfruten realmente de mi compañía. Decididamente, he dejado de ser interesante.

    Ya siendo niño, tuve rasgos que me distinguían de mis compañeros de juego. Mi propio origen es poco notable: procedo de una próspera familia que aún reside en una de las grandes ciudades de provincias. Mis padres habían entrado ya en la madurez cuando nací, siendo el menor de sus tres hijos, y mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Mi hermana ya se había casado y vivía fuera. Mi hermano tenía edad suficiente para entrar en el negocio de mi padre; se casó joven (poco después de la muerte de mi madre) y pronto tuvo varios hijos. Hace muchos años que no le veo. De modo que tuve grandes oportunidades para estar solo durante mi infancia, y desarrollé el gusto prematuro por la soledad. En aquella enorme casa de la que mi padre y mi hermano estaban permanentemente ausentes, yo estaba concentrado en mí mismo, y desde muy niño evidencié una seriedad teñida de melancolía que mi juventud no pudo disipar. Pero yo no deseaba ser diferente. Mi paso por la escuela fue normal, jugué con mis compañeros, flirteé con algunas chicas, las obsequié, les hice el amor, escribí alguna historia; en resumen, llené mi vida con actividades normales a mi clase y edad. Porque no fui particularmente tímido ni nunca huraño, pasé entre mis amigos como un joven mediocre pero agradable.

    Fue entonces, al completar mis estudios y dejar mi ciudad natal para asistir a la universidad, cuando me sentí por primera vez incapaz de superar la sensación de ser diferente. En todas las cosas el ambiente que nos rodea es de gran importancia. Yo había estado rodeado de mi niñera, mi padre, mis parientes, mis amigos, todos fácilmente satisfechos de sí mismos y de mí, viviendo en un confortable acuerdo entre unos y otros. Yo me nutría con su mundo. Lo único que me resultaba desagradable en ellos era la facilidad y la complacencia con que adoptaban una postura de indignación moral; en todo lo demás, eran para mí ni más ni menos de lo que razonablemente puede esperarse de cualquier persona. Pero cuando me trasladé a la capital advertí enseguida que, no sólo era distinto a los pacíficos provincianos entre los que me crié, sino que era también diferente a los inquietos cosmopolitas entre los que ahora vivía y con quienes esperaba tener más en común. Me encontraba rodeado de hombres y mujeres de mi misma edad, algunos, como yo, de provincias, pero la mayoría de la metrópoli en que estaba situada la universidad. (Omito el nombre de esta ciudad, no para fastidiar al lector —dado que no he prescindido en esta narración de ciertas palabras y nombres de instituciones locales, fáciles de reconocer para cualquier turista, por lo que el lector pronto podrá identificar la ciudad en que viví—, sino para destacar mi convicción acerca de la poca importancia que tiene para mi relato el lugar donde yo residí; no me quejo de mi tierra ni de esta ciudad en particular, que no es peor, quizás hasta mejor que la mayoría de ciudades, un centro de cultura, y residencia de gente muy interesante y amable.) En la universidad se había reunido la juventud ambiciosa de mi país. Todos preparaban sus licenciaturas, unos en medicina, en derecho, en arte, en ciencias, otros en servicios civiles y otros en revoluciones. Yo encontraba mi corazón vacío de ambiciones personales. Si la ambición puede llegar a alimentar, suele hacerlo en provecho de los demás. No entré en este tipo de relación, en parte conspirativa y en parte envidiosa, con mis semejantes. Siempre he gozado siendo yo mismo, y la compañía de los demás es mucho más placentera cuando se diluye entre grandes cantidades del placer que yo encuentro en mí mismo, en mis sueños, en mis fantasías.

    En realidad, creo que faltando todos los motivos corrientes de ambición, que afloraban en mis compañeros —ni siquiera la ambición de desagradar a mi familia, en este tiempo de gran tensión entre generaciones— me probé a mí mismo como un estudiante entusiasta y capaz. Inspirado por la posibilidad de alcanzar alguna erudición, me matriculé en los más variados cursos y seminarios. Pero este afán verdadero por saber, que conducía a las investigaciones que más tarde emprendí, no encontró una satisfacción adecuada en las divisiones y facultades de la universidad. No quiero decir con esto que tenga nada que objetar a la especialización. Por el contrario, la auténtica especialización —la separación neta y precisa de un tema, su correcto análisis y el de sus adyacentes subdivisiones— era lo que yo buscaba y no podía encontrar. Tampoco discutía la pedantería. Lo que sí censuraba era que mis profesores propusieran problemas tan sólo para resolverlos y concluyeran sus exposiciones con exasperante puntualidad. Mi obstinado deseo de aprender es comparable al de un hombre hambriento al que se le dan bocadillos y los come con el papel, no porque sea demasiado impaciente para desenvolverlos, sino simplemente porque nunca ha aprendido a quitarlo o lo ha olvidado. Mi hambre intelectual no me hizo insensible al poco apetitoso plato que ofrecían las salas universitarias de lecturas. Pero durante mucho tiempo fui tan incapaz de pelar aquellos insulsos envoltorios como de comer con mayor moderación.

    Estudié así durante tres años. Al fin de este período publiqué mi primer y único artículo filosófico, en que proponía importantes ideas sobre un tema de escasa importancia. El tono polémico de mi artículo provocó algunas discusiones en el mundo literario, y gracias a esto fui admitido en el círculo de un matrimonio de mediana edad, nacidos en el extranjero y nuevos ricos, que reunían gente estimulante en su finca de las afueras. Los fines de semana, los Anders organizaban paseos a caballo a primera hora de la tarde, audiciones de música de cámara al atardecer y largas e interminables cenas. Los invitados habituales, entre los que me incluía, eran un profesor que había escrito varios libros acerca de la teoría de la revolución, un bailarín de ballet negro, un famoso físico, un escritor que fue boxeador profesional, un cura que dirigía una plática semanal en la radio titulada «Confesiones y remedios», y el primer director de la orquesta sinfónica de una ciudad vecina (éste asistía esporádicamente, pero tenía un flirt con la hija menor de la casa). Era Frau Anders, una mujer robusta y sensual que rozaba los cuarenta, quien realmente presidía estas reuniones; la presencia de su marido era irregular y sólo nominal su autoridad; frecuentemente se ausentaba por viajes de negocios. Imaginé que su matrimonio fue más por conveniencia que por sentimientos. Frau Anders insistía en la puntualidad y el respeto, pero era una generosa anfitriona, atenta a la idiosincrasia de sus huéspedes y hábil en hacerlos hablar.

    Todos los invitados de Frau Anders, hasta el vanidoso y agraciado bailarín, eran hábiles conversadores. Al principio quedé sorprendido e irritado por la fluidez de su conversación, por su disposición a exponer una opinión sobre cualquier tema. Estas charlas alrededor de una mesa suntuosa, me parecían de un rigor intelectual no superior al de las mordaces tertulias de café de mis compañeros de estudio. Me llevó cierto tiempo apreciar las virtudes características del salón. Tener opiniones era sólo una parte; allí lo importante era desplegar la personalidad. Los invitados de Frau Anders eran particularmente hábiles en esto, razón por la que sin duda se habían reunido. Este énfasis en la personalidad, más que en las opiniones, me tranquilizaba. Yo mismo había advertido ya en mí cierta escasez de opiniones. Sabía que entrar en la etapa de la madurez suponía adquirir un conjunto más o menos constante de opiniones, pero esto me resultaba mucho más difícil a mí que, en apariencia, a los demás. No creo que fuera debido a torpeza intelectual ni tampoco, espero, al orgullo. Simplemente, mi sistema se hallaba demasiado atareado recibiendo y descargando lo que yo averiguaba sobre mí mismo. En el círculo de Frau Anders aprendí a no envidiar a los demás porque mi seguridad era menor que la de ellos. Tenía una gran fe (esto me parece ahora un poco ingenuo) en mi buena digestión y en el eventual triunfo de la paciencia. Que existe un orden en este mundo, me parece todavía, a pesar de mi avanzada edad y aislamiento, más allá de toda duda. Y no dudé que dentro de este orden encontraría un lugar como el que tengo.

    Dejé de asistir a las clases en la universidad después de haberme introducido en mi nuevo círculo de amistades, para darme, poco después, oficialmente de baja. También dejé de escribir la carta que cada mes enviaba a mi padre. Un día mi padre visitaba la ciudad por negocios, y aprovechó la oportunidad para verme. Supuse que quería regañarme por mi negligencia en mis deberes epistolares, pero no dudé en decirle inmediatamente que había abandonado mis estudios oficiales. Creí preferible enfrentarme a sus reproches en una entrevista que hacérselo saber por una carta, lo que él hubiese considerado una traición. Para mi gran satisfacción, no se molestó. De acuerdo con su punto de vista, mi hermano mayor había satisfecho todas las esperanzas que podía poner en un hijo; por esta razón se mostró dispuesto a mantenerme, fuese cual fuese el camino que yo, independientemente, deseara elegir. Habló con su banquero para aumentar mi paga mensual y nos despedimos cálidamente. Me reafirmó su constante afecto. Me encontraba en la envidiable posición de estar enteramente a mi disposición, libre para proseguir con mis intereses (el tesoro que había acumulado desde mi infancia) y para satisfacer, mejor de lo que lo había hecho en la universidad, mi pasión por la especulación y la investigación.

    Continué dedicando muchas horas diarias a una rápida y voraz lectura, aunque temía que mientras leía apenas pensaba. Tardé años en comprender que esto era razón suficiente para abstenerme de leer. Sin embargo dejé de escribir: salvo un guión cinematográfico, mi diario y numerosas cartas, no he escrito nada desde aquel artículo filosófico de mi juventud sobre un tema de poca importancia; es decir, nada hasta que ahora vuelvo, con dificultad, a tomar la pluma. Después de la lectura, mi principal placer era entonces la conversación, y fue conversando, en el círculo de Frau Anders y con algunos ex—compañeros de universidad, como ocupé los primeros, desorientados meses de mi nueva independencia. No hay razón para que hable ahora con detalle de mis otros intereses. Mis necesidades sexuales no eran excesivamente imperiosas, y periódicas excursiones a un barrio de mala reputación de la ciudad sobraban para satisfacerlas. La política no me interesaba más allá de los comentarios en los periódicos. En esto me parezco a muchos de mi generación y de mi clase, pero tenía razones adicionales para ser apolítico. Estoy extremadamente interesado en las revoluciones, pero creo que las verdaderas revoluciones de mi tiempo no han sido los cambios de gobierno o del personal de las instituciones públicas, sino las revoluciones en los sentimientos y en las opiniones, mucho más difíciles de analizar.

    Algunas veces he pensado que las perplejidades que encontraban en mi propia persona eran síntomas de aquella revolución general de los sentimientos —una revolución todavía sin nombre, una dislocación de la conciencia aún sin diagnosticar. Pero esta noción puede ser presuntuosa por mi parte. Con toda certeza, mis dificultades no pasan de ser las mías, ni me molesta reivindicarlas como mías. Afortunadamente, siendo de constitución fuerte y temperamento sereno, no padecía mis inquietudes de un modo pasivo, y he extraído a través de luchas, crisis y años de consecuente meditación un cierto sentido de ello. Sin embargo, deseo prevenir desde ahora al lector de que, si bien me empeño conscientemente en presentar una justa selección de aquellos hechos, no lo hago más que con el ojo y, sobre todo, con el oído del recuerdo. Es más fácil tolerar que cambiar. Pero una vez se ha cambiado, lo que se toleró es difícil de recordar.

    —La rareza llega a ser tú mismo —me dijo mi padre aquella plácida tarde de mayo.

    Yo era de hecho menos excéntrico entonces que la mayoría de la gente que conocía —en el salón de Frau Anders, en las avenidas, en la universidad— pero no le contradije.

    —Déjalo así, padre —le dije.

    Una palabra más. Desde mis primeros años de colegial estuve expuesto a los seculares ideales intelectuales de mi país: claridad, rigor, educación de los sentimientos. Me enseñaron que para tratar correctamente una idea es preciso descomponerla en sus más pequeñas partes, y entonces retroceder sobre los propios pasos, procediendo de lo más simple a lo más complejo —sin olvidar comprobar, mediante la enumeración, que no se ha omitido ningún paso—. Aprendí que este razonamiento, en sí mismo, aparte de los problemas particulares a los que puede ser aplicado, tiene una forma propia, un estilo, que debe aprenderse del mismo modo que se aprende a nadar o bailar correctamente.

    Si ahora rechazo este estilo de razonamiento, no es porque comparta la desconfianza en la razón, que es el principio intelectual en boga en nuestro siglo. Mis anticuados profesores no estaban equivocados. El método de análisis resuelve todos los problemas. Pero es esto lo que siempre se quiere, ¿resolver un problema? Supongamos que invertimos el método y procedemos de lo más complejo a lo más simple. Es casi seguro que nos quedaremos con menos de lo que teníamos al empezar. Pero, ¿por qué no? En lugar de acumular ideas puede ser mucho mejor ocuparse en disolverlas —no mediante un repentino acto de voluntad, sino despacio y con gran paciencia. Nuestros filósofos nos enseñan que «el todo es la suma de sus partes». Cierto. Pero tal vez cualquier parte es también la suma del todo; tal vez la suma real del todo es la parte más pequeña, sobre la que podemos concentrarnos más de cerca. Asumir que «el todo es la suma de sus partes» es asumir también que las ideas y las cosas son —o puede hacerse que sean— simétricas. He observado que existen al mismo tiempo ideas simétricas y asimétricas. Las ideas que me interesan son asimétricas: uno entra por un lado y sale por otro de forma bastante diferente. Tales ideas son las que despiertan mi apetito.

    Pero el apetito por el razonamiento debe regularse, como sabe toda persona sensible, ya que puede ahogarnos la vida. No tenía ambiciones firmes ni hábitos tenaces; tampoco opiniones hechas que hubiese tenido que sacrificar al pensamiento. Mi vida era la mía: no estaba desmembrada en trabajo y ocio, familia y placer, deber y pasión. Al principio, sin embargo, me contuve: manteniéndome libre de complicaciones innecesarias, buscando la compañía de aquellos a quienes entendía y que por consiguiente no podían seducirme, sin atreverme todavía a seguir mis inclinaciones hacia el pensamiento solitario hasta su conclusión.

    Durante este período de mi juventud, en los años inmediatamente posteriores a mi alejamiento de la universidad, aproveché la oportunidad para viajar fuera de mi país y observar las maneras de otras gentes y clases sociales. Encontré que esto era más instructivo que el aprendizaje erudito de la universidad y de la biblioteca. Quizás porque nunca me ausenté de mi país por más de unos meses, mis viajes no me desmoralizaron. Observar la variedad de creencias en diferentes países no me llevó a la conclusión de que no existe lo verdadero y lo falso, sino tan sólo falibles opiniones humanas. Sin embargo, muchos hombres están en desacuerdo sobre lo que está prohibido y lo que está permitido, todo el mundo aspira al orden y a la verdad. La verdad necesita de la disciplina de la costumbre para poder actuar. No niego que la costumbre es generalmente estrecha de miras y poco generosa, pero uno no tiene derecho a ser ultrajado cuando, en defensa propia, martiriza a los partidarios de actos extremos. Cualquier disciplina, hasta la de costumbres más mojigatas, es mejor que ninguna.

    Mientras estaba ocupado con mis iniciales investigaciones sobre lo que vagamente creía «la certeza», me sentí obligado a reconsiderar todas las opiniones que se me presentaban. Consecuentemente, me sentí desligado de todo. Esta apertura intelectual provocó ciertos problemas, tales como el modo en que conduciría mi vida en adelante; mientras analizaba el contenido no quería perder la forma. Redacté, para el transcurso de este período de investigación, las siguientes máximas provisionales de conducta y actitud:


    1. No satisfacerme con buenas intenciones, mías o ajenas.

    2. No desear para los demás aquello que no se deseen para sí mismos.

    3. No despreciar el consejo de los demás.

    4. No temer la desaprobación, pero observar, en tanto sea aconsejable, las leyes del tacto y la discreción.

    5. No valorar las posesiones ni ser distraído por la ambición.

    6. No hacer propaganda de mí mismo ni exigir nada de los demás.

    7. No desear una larga vida.


    Estos principios nunca fueron difíciles de seguir, ya que correspondían a mi propia disposición. Felizmente puedo proclamar haberlos observado todos, incluyendo el último. Aunque he tenido una larga vida, nunca he hecho nada para conseguirlo (debo decir, para dar al lector una correcta perspectiva, que tengo ahora sesenta y un años), y esta vida, debo añadir también, no la explico porque crea que sea ejemplar para nadie. Es solamente para mí; el camino que he seguido y la certidumbre que he hallado no creo que se adecuaran a nadie más que a mí.

    La metáfora tradicional para la investigación espiritual es la del viaje. De esta imagen debo desprenderme. No me considero a mí mismo un viajero, he preferido permanecer quieto. Me describiría a mí mismo como un bloque de mármol, aceptable aunque toscamente labrado en su exterior, en cuyo interior alberga no obstante una hermosa estatua. Cuando se labra el mármol, la estatua liberada puede ser muy pequeña. Pero cualquiera que sea su tamaño, es mejor no ponerla en peligro moviendo el bloque de mármol con demasiada frecuencia.

    Para el esfuerzo de labrar continuamente el mármol que me contenía, ninguna experiencia, ninguna preocupación era demasiado pequeña. No encontré nada despreciable. Tomemos por ejemplo el grupo de personas recogidas por Frau Anders. Hubiese sido fácil despreciarlas por vanidosas y frívolas. Pero cada una tenía una perspectiva en la vida de algún interés, y algo que enseñarme —los más satisfactorios vínculos para la amistad. A veces deseé que Frau Anders no estuviera sólo preocupada por complacer y ser complacida. Podría haberse constituido en el contrapeso de la búsqueda de sus invitados de sus propias individualidades. Entonces, en lugar de envolver a nuestra anfitriona con atenciones y cumplidos, habríamos podido espiarla. Ella nos hubiera podido pedir que actuásemos y que creásemos en su honor, a lo que todos nos hubiéramos negado. Nos hubiera podido prohibir hacer cosas como escribir novelas o enamorarnos, y gracias a estas prohibiciones habríamos podido desobedecer sus órdenes. Pero los buenos modales me impedían indagar sobre esta mujer más allá de lo que ella era capaz de dar. Era suficiente que la sociedad que encontré en su casa me divirtiera, aun sin despertarme grandes esperanzas.

    Para demostrar mi amistosa conducta como miembro de esta sociedad, expongo la siguiente anécdota: Un día, Frau Anders me preguntó si la falta de preocupaciones económicas en mi vida no abría oportunidades al aburrimiento. Le repliqué, sinceramente, que no. Entonces comprendí que aquella rica y todavía hermosa mujer no me estaba haciendo una pregunta, sino diciéndome algo, exactamente que ella estaba aburrida. Pero yo no acepté su discreta queja. Le expliqué que ella no estaba aburrida; que era, o pretendía ser, infeliz. Este pequeño comentario, levantó instantáneamente su ánimo, y me complació observar, durante mis siguientes visitas a su casa, que se había vuelto bastante alegre. Nunca he comprendido por qué la gente encuentra tan difícil decir la verdad a sus conocidos o amigos. Según mi experiencia, la verdad es siempre apreciada y el temor a ofender es generalmente exagerado. Muchos temen ofender o herir a los demás, no porque sean amables, sino porque no aprecian la verdad.

    Quizás sería más fácil para todo el mundo preocuparse por la verdad, si llegara a entender que ésta sólo existe cuando se dice. Me explicaré. La verdad es siempre algo que se dice, no algo conocido previamente. Si no existiera el habla y la escritura, no existiría la verdad acerca de nada. Todo sería sólo lo que es. De este modo, para mí, mi vida y mis preocupaciones no son la verdad. Son, simplemente, mi vida y mis preocupaciones. Pero ahora estoy ocupado en escribir y en osar trasponer mi vida en este relato. Asumo la abrumadora responsabilidad de decir la verdad. La narración que he emprendido me resulta una tarea difícil, no porque me sea difícil decir la verdad sobre mí mismo, en el sentido de una exposición honesta de «lo que sucedió», «tuvo lugar», sino porque se me hace difícil decir la verdad en el sentido más pretencioso, la verdad en el sentido de insistir, provocar, convencer, cambiar a otro.

    A veces no puedo impedir que me persigan las ideas que tengo acerca del carácter y las preocupaciones de mis lectores. Espero poder vencer esta debilidad. Es cierto que las lecciones de mi vida son lecciones sólo para mí, adaptables sólo a mí, para ser seguidas sólo por mí. Pero la verdad de mi vida no es para mí. Es para cualquiera que esté fuera de mí. Advierto al lector que, en adelante, trataré de no imaginar quién es esa persona y si él o ella están leyendo lo que escribo. Esto no puedo, ni debo, en realidad, saberlo.

    Aun así, decir la verdad es una cosa; escribirla, otra. Cuando hablamos nos dirigimos a alguien. Cuando decimos lo mejor —que es siempre la verdad— todavía es a una persona, con el pensamiento en una persona. Pero si existe alguna posibilidad de escribir algo que sea cierto, sólo es posible porque eliminamos el pensamiento de cualquier otra persona.

    Cuando escribimos la verdad, deberíamos dirigirnos a nosotros mismos. Cuando al escribir somos didácticos y moralistas, debemos considerar que sólo nos instruimos y aconsejamos a nosotros mismos, por nuestras propias faltas. El lector es un divertido accidente. Uno debe permitirle su libertad, su libertad para contradecir lo que está escrito, su libertad para ser acosado por las alternativas. Por lo tanto, sería impropio que tratara de convencer al lector de todo lo que este libro contiene. Es suficiente que me imagines ahora, tal como soy, con la compañía de mis recuerdos, en una relativa tranquilidad, sin desear el consuelo de nadie. Basta con que me imagines, encarnado en la imagen de mi juventud, y aceptes que he cambiado y que antes era diferente.


    CAPITULO II


    No sé cuánto tiempo después de haber comenzado mis visitas a la casa de los Anders, empecé a tener una serie de sueños que me perturbaron. Fue un año después, o tal vez más. Recuerdo que acababa de volver de un breve viaje al extranjero. Y recuerdo también cómo pasé la noche que precedió al primero de estos sueños. Con otros miembros de su círculo, yo había acompañado a Frau Anders a un concierto. A la salida, me reuní con un compañero de la universidad en un café, donde bebí más de lo habitual en mí y estuve argumentando sobre la indecorosidad del suicidio. De madrugada, regresé a mi habitación con ánimo alegre y, sin desvestirme, me metí en la cama.

    Soñé que estaba en una estrecha habitación que no tenía ventanas, sólo una pequeña puerta de unos treinta centímetros de altura. Quería salir y me agachaba. Cuando vi que no podía escurrirme a través de la puerta, me avergoncé de que alguien pudiera verme comprobando algo tan obvio. Varias cadenas colgaban de las paredes, cada una con una gran abrazadera de metal en su extremo. Traté de enganchar una de estas cadenas a alguna parte de mi cuerpo, pero la abrazadera era demasiado grande, tanto para mi mano como para mi pie, y demasiado pequeña para mi cabeza. Estaba en alguna prisión, pero aparte de las cadenas, la habitación no tenía la apariencia de una celda.

    Entonces oí un ruido que venía del techo. Una trampilla se abrió en lo alto y un hombre muy grande vestido con un bañador de una sola pieza de lana negra apareció ante mí. El hombre se descolgó con los brazos, por un momento permaneció suspendido, después saltó hasta el suelo. Cuando se puso de pie y comenzó a caminar hacia mí, cojeó y gesticulaba. Supuse que se habría herido al saltar. Pensé que posiblemente ya fuera cojo, pero entonces era extraño que hubiera intentado el salto, ya que el techo era alto. Y siendo cojo, sus débiles miembros no reunirían cualidades acrobáticas.

    Súbitamente tuve miedo de él, porque me di cuenta que no tenía derecho a estar en la habitación. El no dijo nada, indicó meramente, por medio de signos, que yo debería pasar a través de la pequeña puerta que antes había explorado. Ahora la puerta era más grande. Me arrodillé y la crucé a rastras. Cuando me puse de pie, vi que me encontraba en otra habitación exactamente igual a la primera. El hombre del traje de baño estaba detrás de mí, sosteniendo un largo instrumento de cobre rojizo que parecía una flauta. Con unos pocos pasos y vueltas sobre sí mismo, me indicó que bailase. Volví a asustarme y le pregunté por qué debía hacerlo.

    —Porque en esta habitación él baila —dijo el hombre con voz suave y tranquilizadora.
    —Pero yo no soy él —protesté, y me alegró poder razonar con aquel extraño—. Yo soy Hippolyte, un estudiante de la Universidad, y no bailo.

    Estas últimas palabras las dije con más énfasis del que pretendía, y quizás con un poco de rudeza. Sólo intentaba parecer decidido.

    El hombre me respondió con un gesto amenazador, dirigido a mi estómago:

    —Esto es un error. El baila.
    —¿Pero por qué? Dime por qué. No puede producirte placer ver bailar a un hombre tan torpe.

    Hizo otra vez un gesto perentorio, y esta vez no fue sólo una amenaza de violencia, pues me dio un golpe tan fuerte en la pierna con su flauta, que me hizo saltar de dolor. Entonces, en un tono de voz muy amable, que parecía contradecir el golpe, dijo:

    —¿El quiere abandonar la habitación?

    Supe que estaba en manos de alguien más fuerte que yo, y que no podría vencer la forma peculiar que tenía aquel hombre de dirigirse a mí.

    —¿No puede él abandonar la habitación, si no baila? — le pregunté, esperando que no creyera que me estaba burlando de él.

    Al oír esto, me arrojó su instrumento a la cara. La boca se me llenó de sangre. Sentí mucho frío.

    —El ha perdido su oportunidad de bailar —dijo.

    Caí de rodillas aterrado, cerré los ojos. Aspiré el intenso hedor de su traje de baño, pero no sucedió nada.

    Cuando abrí los ojos, otra persona me acompañaba en la habitación; era una mujer, sentada en una alta silla de mimbre, en una esquina del cuarto. Estaba vestida con algo blanco y largo, como un traje de primera comunión o de novia.

    No podía dejar de mirarla, pero sabía que mi mirada era discontinua, rota, compuesta por cientos de pequeñas miradas con un pequeño intervalo entre cada una y de idéntica duración. Lo que interrumpía mi mirada —los negros intervalos entre las figuras, para decirlo de alguna manera— era la conciencia de algo suelto en mi boca, y una dolorosa hinchazón en mi cara, de la que no quería saber más de lo que ya sabía, como quien no quiere mirarse por miedo a descubrir su propia desnudez. A partir de entonces, sin embargo, la mirada cordial de la mujer se dirigió hacia mí sin revelar ningún síntoma de antipatía, y traté de dominar mi turbación. Quizás mi mirada se encendía y apagaba porque estaba cambiando, y el único modo en que podía alcanzar la ilusión de una dulce transición de un escenario a otro de mi mirada, era precisamente deslizándome dentro de la mirada, porque si hubiera permanecido fija se habría formado una mancha difusa y una disolución de mis facciones, y ella hubiese tenido una desagradable impresión de mi cara. Pensé una manera desacertada de aproximarme hacia ella. Me puse a bailar, girando y girando sobre mí mismo. Salté, hice chocar las rodillas y moví los brazos. Pero cuando me detuve para tomar aire, vi que no había avanzado hacia ella. Sentía el peso de mi rostro. Ella dijo:

    —No me gusta tu cara. Dámela. La usaré como zapato.

    Esto no me alarmó, porque ella no llegó a levantarse de la silla. Dije solamente:

    —No se puede poner el pie en una cara.
    —¿Por qué no? — respondió ella—. Un zapato tiene ojos.
    —Y una lengua —añadí.
    —Y una suela —dijo, poniéndose de pie.
    —¿Por qué haces bromas estúpidas? — grité, empezando a alarmarme. Le pregunté cuál era el objeto de las cadenas en la pared, y por qué esta habitación estaba amueblada como la otra. Entonces me contó una historia sobre la casa y por qué había sido llevado a esta habitación. He olvidado esta parte del sueño. Recuerdo sólo que había un secreto y un castigo. También que alguien se había desmayado. Y porque se había desmayado y los otros estaban ocupados cuidándole, yo fui descuidado y tenía derecho a pedir un tratamiento mejor.

    Le dije que era yo el desmayado.

    —Las cadenas son para ti —declaró.

    Vino hacia mí. Me quité los zapatos y fui con ella hasta la pared, donde me sujetó las muñecas con las cadenas. Entonces me trajo una silla para sentarme.

    —¿Por qué te gusto? — me preguntó.

    Estaba sentada frente a mí en otra silla. Le expliqué que era debido a que ella no me obligaba a hacer nada que yo no quisiera hacer. Pero mientras decía esto, pensaba si realmente era cierto.

    —Entonces no hay necesidad de que me gustes —replicó ella—. Tu pasión por mí nos mantendrá felices a ambos.

    Traté de pensar una forma delicada de decirle que estaba contento, pero que de todos modos me quería marchar. Me sentía mucho más feliz en su compañía que con la del hombre de la flauta. Las cadenas me parecían brazaletes. Pero mi boca estaba dolorida, mis pies sudaban y mi mirada, lo sabía, no era sincera.

    Extendí mis piernas y puse los pies en la falda de su blanco vestido. Se quejó porque se lo ensuciaba y me dijo que tendría que marcharme. Apenas podía creer en mi buena suerte y tan poderoso era el sentimiento de descanso, que el deseo de dejar la habitación era ahora menos urgente que el de expresar mi gratitud. Le pregunté si podría besarla antes de partir. Se rió y me abofeteó.

    —Debes aprender a tomar las cosas sin pedirlas —dijo secamente—. Y bailar antes de que te lo manden y ofrecer tus zapatos y componer tu cara.

    Las lágrimas cayeron de mis ojos. En mi tristeza le pedí que se explicara mejor. No me contestó. Me lancé hacia ella con la intención de poseerla sexualmente, y en ese mismo instante desperté.

    Me levanté sumamente excitado. Después de prepararme yo mismo un café, limpié a fondo la habitación y puse todo en orden. Supe que algo me había sucedido y quería celebrarlo, y con este propósito la tarea de ordenar siempre es mucho más agradable. Después me senté frente a mi escritorio y consideré el sueño. Pasaron varias horas. Al principio, el sueño me intrigaba por su excesiva claridad; es decir, lo recordaba muy bien. Sin embargo me parecía como si la gran evidencia de todo el sueño obstruyese el camino hacia cualquier interpretación fructífera. Insistí. Dediqué toda la mañana a reflexionar sobre los detalles del sueño, y me exigí aplicar una cierta ingenuidad en la interpretación. Pero mi mente rechazó nuevas cábalas sobre el sueño. Hacia el mediodía sospeché que el sueño se había interpretado a sí mismo, por decirlo así. O aún, que aquella mañana de tensión mental era el verdadero sueño, y las escenas en las dos habitaciones eran la interpretación. (No creo poder hacer que esta idea resulte por el momento completamente clara al lector.)

    Ciertos rasgos de mi propio carácter, en el sueño, — mi falsa humildad, mi propensión a la vergüenza, mi actitud de súplica y temor, mi deseo de ceder, halagar y complacer a los dos personajes de mi sueño— me hicieron recordar cómo habla mucha gente de su propia infancia. Pero yo no había sido un niño educado en el miedo: no recuerdo que mis padres me hubieran pegado o atemorizado nunca. «Esto no es un sueño de mi infancia», dije, quizás prematuramente.

    Me detuve a pensar en el hombre de la flauta y el bañador, en su antagonismo hacia mí. Saboreé mi atracción hacia la mujer del vestido blanco, y su rechazo. «He tenido un sueño sexual», dije. Y pude hacer pocos progresos más acerca de mi sueño hasta el atardecer.

    Aquella tarde tenía una cita en un café con el amigo escritor que ya mencioné, que había sido boxeador profesional en su juventud. Había llegado a intimar mucho más con este hombre, unos diez años mayor que yo, que con cualquier otro de los integrantes del círculo de Frau Anders, pese al hecho de que llevaba una vida de muchos compartimentos y adoptaba un disfraz para cada uno, una vida difícil de comprender en su totalidad. Durante el día se sentaba en su habitación, vestido con su pantalón de boxeo, y escribía novelas que la crítica recibía bien; a la hora del aperitivo y a media tarde se colocaba su traje oscuro e iba a la ópera o a casa de Frau Anders; llegada la noche, vagaba por los bulevares de la ciudad, buscando hombres, para lo cual vestía exóticos disfraces de un agresivo carácter masculino, por ejemplo de marinero, camionero o rufián. Dado que ninguna de sus novelas había alcanzado una venta superior a los pocos cientos de ejemplares, era mediante la prostitución y el robo menor que Jean-Jacques se ganaba una modesta vida. Como siempre hablaba abiertamente de lo que llamaba su trabajo —a escribir lo llamaba su «obra»— le pregunté frecuentemente por sus experiencias. El confiaba más en mí, supongo, porque sentía algo neutral en mi actitud, algo que no era ni rechazo ni atracción, ni nada parecido a la respetuosa fascinación con que los otros amigos observaban su «trabajo». Su indiscreción, y mi interés, habían sido las bases de nuestra amistad, hasta la época de mi primer sueño.

    Aquella noche, sin embargo, fui yo quien habló primero, y él quien escuchaba. Expliqué mi sueño a Jean-Jacques y le interesó.

    —¿Nunca has temido perder la razón? — preguntó.

    Pensé por qué podía haberme dicho esto, pues entiendo que las libertades del sueño nos permiten las fantasías más irregulares y crípticas. Y me sorprendió que este hombre excepcional encontrase algo en mi vida vulgar que lo sorprendiera.

    —¿Sabes? — continuó—. Yo no sueño. Encuentro intolerable la lenta destilación de mi sustancia en los sueños, de modo que he ordenado mi vida de forma que pueda incorporarle la energía distraída normalmente en soñar. Lo que escribo origina mi sustancia onírica, la prolonga jugando con ella. Entonces repongo la sustancia en el ambiente de café, en la intriga política del salón, en las extravagancias de la ópera, en la comedia de situaciones del encuentro homosexual.
    —Hasta ahora yo tampoco había soñado.
    —Pero ahora que has empezado —dijo sonriendo— no has tomado el buen camino. Tu sueño contiene demasiada habladuría, tal como me lo has contado. Si tienes que soñar, el silencio es lo mejor. Debes guardar silencio si estás absorto en algo. — Rió—. Tal vez yo mismo soy demasiado hablador para soñar.

    Jean-Jacques no sólo era muy hablador, sino también infatigable; se paseaba y movía rápidamente, siempre aparentando querer ir a alguna parte; sin embargo, nunca parecía tener prisa en marcharse. Su manera de hablar era similar: hablaba muy rápido, velozmente pero con seguridad y presunción. Si su pronunciación tenía algún rasgo peculiar, éste era su extraordinaria precisión. Me pregunté íntimamente si él haría algo en silencio —si escribía en silencio, si hacía el amor en silencio, si robaba sin palabras.

    Pedimos otros dos coñacs.

    —¿Crees que alguna vez me explicaré este sueño? — le pregunté.
    —Puedes explicarte un sueño con otro sueño —dijo pensativo—. Pero la mejor interpretación de tu sueño sería la que encontraras en tu vida. Debes mejorar tu sueño.

    Finalmente me recordó que se estaba haciendo tarde y que el placer y el negocio lo reclamaban. Mientras yo pagaba nuestra consumición, se alejó despidiéndose y vi cómo sacaba una pulsera dorada de su bolsillo y se la ponía en la muñeca.

    Esta conversación con Jean-Jacques me animó a perseguir mi sueño más sistemáticamente. En el abandono de todo prejuicio, que había adoptado como mi camino hacia la certidumbre, difícilmente podría ignorar este singular encuentro.

    Imaginé que ya había soñado antes mi «sueño de las dos habitaciones». Tal vez lo había soñado cada noche. Pero no recordaba mi sueño. Si había sombras de personas o situaciones en mi mente al despertar, tan pronto como me levantaba de la cama y me lavaba, las sombras se desvanecían, y el día y sus obligaciones parecían ser continuación de la noche anterior, antes de acostarme. Ninguna contra—imagen me acechaba mientras dormía.

    A menudo había pensado en las razones por las que no soñaba. Quizá mi personalidad se formó tardíamente. Sin embargo, el advenimiento de los sueños no me tomó completamente por sorpresa. A través de los libros y las conversaciones con mis amigos me familiaricé con el habitual repertorio de los sueños: sueños de estar atrapado en el fuego, sueños de caídas, sueños de llegar tarde, sueños de volar, sueños persecutorios, sueños sobre la propia madre, sueños de desnudez, sueños de matar a alguien, sueños de conquista sexual, sueños de ser sentenciado a muerte. Ni éste, ni ninguno de los sueños que le siguieron, dejaron de incluir algunos de estos típicos dilemas de sueño. Lo extraño y memorable acerca de los sueños no era su originalidad, sino la impresión que me producían. Mis sueños anteriores, si había tenido alguno, eran fácilmente olvidados. Este sueño y los que siguieron eran indelebles. Estaban escritos, para decirlo de alguna manera, por una mano firme y con un lenguaje diferente.

    Como dije, mi primer recurso fue la interpretación. Desde el principio, no acepté el sueño como un obsequio, sino como una tarea. El sueño también me provocó una cierta reacción de antipatía. Por lo tanto, traté de dominarlo por el conocimiento. Cuanto más pensaba en el sueño, mayor era la responsabilidad que sentía. Pero las múltiples interpretaciones que deduje no la eludieron. Estas interpretaciones, en lugar de reducir la presión del sueño durante el día, la aumentaban.

    La verbosidad del sueño, que Jean-Jacques me había señalado, le daba un carácter enteramente diferente a la idea que yo tenía de los sueños. Muchos sueños muestran. El mío hablaba.

    Mi vanidad no estaba herida porque el sueño, profiriendo voces de mando, me mostró a mí mismo sin fuerzas ni orgullo. Sabía que el sueño era voluntario, porque yo lo había imaginado, e involuntario por la posición que me fue ordenado asumir, sin querer ni comprenderlo.

    Trabajé sobre mi sueño.

    Una vez, durante uno de mis viajes, estando en un pueblo montañoso, había observado a una mujer en un parto difícil. Uno se preguntaba cómo había hecho el amor para llegar hasta ella. Ella estaba obviamente sorprendida de que por algún acto propio hubiera podido causarse un dolor tan grande. Rechazaba cualquier ayuda —es decir, no lograba entender lo que sus parientes, vecinos y la misma comadrona querían de ella cuando trataban de ayudarla. Estaba hundida en sí misma.

    Su marido se acercó a la cama metálica y trató de tomar su mano. No la rechazó. Pero sus sentidos estaban vueltos hacia sí misma; sólo los nervios interiores de su piel funcionaban. Estaba sola en la abultada concha de sí misma.

    Hubo un período posterior a mi primer sueño en el que sentía lo que he descrito acerca de esta mujer: pesadez, encierro. No sabía cómo liberarme. La interpretación era mi cesárea y Jean-Jacques mi complaciente partera. La mayor parte de este tiempo estuve tranquilo. No sentía dolor. El sueño no fue una pesadilla. Sin embargo, este sueño me cambió. Las investigaciones acerca del mundo y sus opiniones se deshicieron, cuando volví a investigarlo.

    La mujer que había sufrido en el parto había cometido ya un acto extremo: había dormido con su marido y concebido un niño. El dolor que ahora sufría era sólo el resultado lógico de aquel acto. Pero yo parecía cosechar sin haber sembrado nada. Este sueño no fue querido. Se engendró por sí mismo.

    Este sueño fue mi primer acto inmoderado.


    CAPITULO III


    Es difícil explicar lo que ocurrió en los meses siguientes. Durante mucho tiempo, no pasó una sola noche sin que se me presentara alguna variación sobre el sueño original. A veces, la mujer se rendía a mi abrazo. A veces, era yo quien tocaba la flauta y golpeaba al bañista. A veces, la mujer me dejaba ir con la condición de que llevara conmigo las cadenas. A veces, yo no bailaba para ella. A veces, la mujer permanecía con el bañista y se abrazaban ante mis ojos culpables. Pero siempre, al final del sueño, yo lloraba; y siempre despertaba con un superficial impulso de júbilo que guiaba mi jornada entera. No hice grandes adelantos en mis meditaciones matinales sobre el sueño. Estas generosas variaciones sobre el guión original llegaron a dificultar mis tareas de interpretación. Ya no sabía si era amo o esclavo en mis sueños. Se me ofrecía más de lo que yo podía entender.

    El sueño de mi encarcelamiento en las dos habitaciones limitó mi vida, de modo que cada vez pensaba más y sabía menos. Así, cuando mi padre visitó nuevamente la ciudad, olvidé por unos días ir a verlo. No me quejo de esta obsesión del sueño: afortunada la mente que tiene algo más en que ocuparse que sus propios disgustos. Pero la mente necesita la ocasional recompensa del entendimiento. Estaba exhausto por mis inútiles esfuerzos dirigidos a la comprensión del sueño, y pensaba si sabría cómo actuar una vez que lo hubiera entendido. Finalmente, tomé en serio el consejo de Jean-Jacques y pensé menos en la interpretación del sueño, y más en lo que debería hacer con él. Dado que el sueño me asaltó, sería yo ahora quien lo asaltara. Consideré los ejercicios y prohibiciones ordenados en el sueño. Me compré un traje de baño negro y una flauta que pinté de color cobre. Paseé descalzo por la habitación. Aprendí el tango y el fox—trot. Conquisté la simpatía de varias mujeres renuentes.

    El puente que construí entre mi sueño y mis ocupaciones diarias fue mi primer ensayo de una vida interior. No me sorprendió descubrir que las exigencias de una vida interior modifican las actitudes ante el mundo y, particularmente, hacia las otras personas. La pequeña galería de personajes de mi sueño ocuparon un lugar entre mis parientes y amigos. Eran quizás más parecidos a los miembros de mi familia, a los que ya no veía pero cuya imagen conservaba todavía en mi cabeza, que mis amigos de la ciudad. (Porque, ¿no es cierto que los personajes del pasado tienen un status similar al de los personajes de los sueños de cada uno? Su existencia se confirma con sólo remitirnos a nuestra memoria, o consultando un álbum de fotos, repasando viejas cartas. Estas narraciones autobiográficas cumplen la función de un álbum fotográfico o de una colección de cartas: he releído ya lo que llevo escrito y, sólo cuando confirmo por la memoria que he soñado estos sueños, reconozco lo escrito como perteneciente a mi pasado.) Pero hasta la gente que he conocido, adquiere ahora otro aspecto. Se han superpuesto a los personajes de mi sueño, o superpuse el hombre del bañador negro o la mujer del vestido blanco sobre la imagen de los primeros.

    Entonces, un fin de semana en casa de Frau Anders, el director, que venía regularmente a visitar a la hija de los Anders, me invitó a pasar quince días con él en la ciudad donde tenía su puesto en la orquesta municipal. Acepté la invitación porque se me ocurrió que un cambio —no había salido de la capital desde hacía meses— podía proporcionarme el estímulo que coronara mis esfuerzos de identificación y hasta disipara el sueño. Después supe que el Maestro había formulado su invitación a requerimiento de Frau Anders. Ella estaba preocupada por mi estado de ánimo reflexivo (que ella creía de carácter melancólico). No había podido ocultar mi ánimo en mis últimas visitas, que se manifestaba por la creciente abstinencia de la lisonja desvergonzada con que, durante todo tiempo, era necesario tratarla.

    Fuimos en tren. Al llegar a su casa, el ama de llaves me mostró mi habitación; después sirvió el té, y el Maestro, tras las más elegantes apologías, se marchó a su ensayo, al que, creo, esperaba que yo le pidiese permiso para asistir.

    Pasé la tarde escuchando discos, siguiendo las partituras. A pesar de que no tengo la facilidad que permite seguir con el oído interno la orquestación de las partituras, bastó para entretenerme y no me aburrí.

    Me dormí temprano y fui recompensado con un nuevo sueño.

    Soñé que estaba en la transitada calle de una ciudad, corriendo hacia una cita. Estaba ansioso por llegar puntualmente, pero no sabía el lugar exacto de mi cita. A pesar de todo, no estaba desanimado: pensé que si continuaba con suficiente energía y muestras de seguridad, reconocería el lugar al que debía dirigirme. Entonces apareció un hombre y, educadamente, lo interrogué acerca de las direcciones.

    —Sígame —dijo.

    La voz era familiar. Me volví para observar a mi compañero y reconocí al flautista del bañador negro de mi primer sueño. Exasperado, lo golpeé con algo que me pareció su flauta. Gimió hasta caer, rodando escaleras abajo hacia el acceso del metro. Recordé entonces que cojeaba y me arrepentí de mi furor, ya que no podía alegar esta vez que me hubiera amenazado o intentado hacerme algún daño.

    Temeroso de que él apareciera blandiendo con odio su flauta y me persiguiera, yo eché a correr. Al principio tuve que esforzarme, pero pronto la carrera se me hizo más fácil. Mi pánico disminuyó, ya que parecía que alguien me estuviera ayudando. Corría sobre un gran disco negro que giraba con mayor velocidad de la que yo podía alcanzar, de modo que iba quedando cada vez más atrás. Sentí cómo mi pelo se endurecía y pesaba sobre mi cráneo. Salté fuera del disco y me encontré otra vez en la calle. Al principio estaba completamente aturdido. Después me fui calmando. Debía hallarme, en aquel momento, en la semi—conciencia del estado de sueño, común a todos los sueños, que inspira una complaciente pasividad ante los hechos. Mientras permanecía en la calle buscando una dirección que había olvidado, me vi a mí mismo muy claramente, distante del hilo conductor del sueño, a salvo en mi destino.

    En algún punto del sueño compré cigarrillos. Recuerdo que la marca que pedí era «Cigarrillos Face», y que la propietaria del tabac me dijo que sólo tenía «Cigarrillos Musicales». Le aseguré que también éstos me satisfacen, y pagué con unas cálidas monedas poco corrientes que tenía en mi bolsillo.

    Entonces llegué a alguna parte, un gran estudio donde se realizaba una divertida fiesta. El suelo de baldosas rojas estaba lleno de colillas todavía humeantes. Pisé con mucho cuidado por temor a quemarme. Iba descalzo.

    La anfitriona era Frau Anders, sentada en un taburete, apoyando sus codos en una mesa de dibujo inclinada. Observaba desde lejos la fiesta, y no parecía preocupada porque algunos de sus invitados estuvieran rompiendo vasos y otros garabateando las paredes con lápices de labios y trozos de carbón. No me vio llegar y evité caer bajo su mirada, porque estaba en deuda con ella y temí que viniera a mi encuentro pidiéndome que le pagase. Alguien propuso un juego, y yo acepté con la idea de que al integrarme a él me mostraría a mí mismo cooperador, de buen carácter, y al mismo tiempo pasaría más fácilmente inadvertido.

    Entendí que íbamos a jugar a charadas. Pero todo lo que se nos pidió fue doblarnos por la cintura y tocar el suelo con las manos, «haciendo una U invertida», tal como dijo el que dirigía el juego. Vagos pensamientos indecentes pasaron por mi mente —llevándome a un definido estado de excitación sexual—, pero no podía encontrar motivos para un rubor justificado, ya que a mi alrededor todos los invitados habían asumido ya aquella difícil postura y conversaban alegremente entre sí a través de sus piernas.

    Se escuchaba un concierto en la habitación contigua, e hice algún comentario sobre este hecho a mi vecino de juego, el bailarín negro. Mientras yo estaba hablando, empezó a extenderse y doblarse hasta quedar inclinado sobre el suelo. Cerró sus ojos y suspiró. Otros, junto a mí, hacían lo mismo, inclinándose hacia el suelo, rozándose y superponiendo los cuerpos, todos suspirando; parecían completamente felices, y yo mismo me sentí de pronto tranquilo y feliz. Un sentimiento de gran levedad mantenía mi cuerpo sobre el de los demás.

    «Hippolyte puede mantener esta posición largo tiempo», oí decir a Frau Anders. «Hippolyte ha ganado el juego.» Su voz interrumpió la tranquilidad de mi ánimo, y por un momento quedé aturdido. No entendía por qué, en un juego tan apacible, era necesario proclamar un vencedor. Esa me parecía precisamente la gracia del juego, que no hubiese reglas ni victorias. Pero, después de todo, si se trataba de un juego debía haber un final, pensé entonces, y me agradó comprobar que, de alguna manera, me había mantenido a la altura de este misterioso y fascinante juego, que había ganado inadvertidamente y sin esforzarme. Experimenté tal sensación de amor por mis compañeros postrados en el suelo, que no me sentí embarazado por mi victoria y su derrota, y no temí que ellos pensaran que mi triunfo era inmerecido. Sentí con gran claridad que todos ellos deseaban que yo ganase, o por lo menos —ya que sus ojos estaban cerrados y no podían comprobar la exactitud del anuncio de Frau Anders—que deseaban estar donde estaban. Su molesta posición sobre el suelo era tan apta y aceptada por ellos como lo era para mí la posición de mi cuerpo, flotando sobre los suyos.

    Naturalmente, con mi actitud había atraído la atención de Frau Anders, a pesar de mis esfuerzos por evitarla. Pero ahora sabía que estaría orgullosa de mí. Y en efecto: pasó un brazo por debajo de mi estómago y me puso en pie, conduciéndome a un diván y allí se sentó sobre mis rodillas.

    —Frau Anders —dije, agazapado en el espacio que dejaban sus pesados senos—. Frau Anders, yo te amo.

    Ella me abrazó con fuerza.

    —Deja que rían cuanto quieran —exclamé, cada vez más entusiasmado—. Yo no soy como los demás, como estos tipos que aceptan tu hospitalidad por la gente importante que pueden conocer en tu casa. Yo no soy ambicioso. No me preocupa tu dinero, porque soy rico. No tocaré a tu hija, porque te tengo a ti. Ven conmigo.

    Se aferró a mi cuello con más fuerza.

    —Di que me amarás siempre —exigí, y la obligué a mirarme a los ojos—. Dime que harás todo lo que yo quiera.
    —Ahora —susurró.
    —Pero no delante de todo el mundo —repliqué.

    Apenas podía creer que hubiera conquistado con tal rapidez a una mujer tan segura de sí misma, o que ella fuera tan poco consciente de sus deberes de anfitriona.

    Ella señaló hacia la mesa de dibujo. Atravesamos la estancia de puntillas. Se recostó, apoyando su espalda sobre la mesa de dibujo. Por un momento quedé paralizado por esta embarazosa situación. «Dibújame», dijo suavemente, acercando mi cabeza a la suya. Entonces me recuperé y le dije que lo que me pedía no podía hacerse allí. Le propuse ir a mi habitación. Sólo tenía que encontrar mis zapatos.

    Nos arrastramos y empezamos a buscarlos entre los cuerpos de los invitados. No los encontramos. Entonces lamenté no haber impuesto ninguna condición a aquel feliz encuentro sexual, que sólo un momento antes había sido tan inminente, y empecé a buscar mis zapatos con menos interés, como si de esta manera pudiera abandonar nuestro encuentro, sin necesidad de rehusarlo. Ahora era Frau Anders quien insistía, arrastrándose por el suelo, para encontrarlos.

    —Mira —me dijo—. He encontrado un pelo tuyo.

    En su mano derecha sostenía una muestra de mi pelo negro, terso y brillante. Le pedí que no se distrajera con esto.

    —Y aquí hay más —dijo elevando la voz, mientras mostraba una hebra mayor aún. De nuevo le pedí que no se preocupara por mi pelo. Además, yo no creía que fuera mío. Me toqué la cabeza. Todo parecía perfectamente normal. Pero cuando me dijo que no podía ser de ningún otro de los invitados, porque nadie tenía un pelo tan negro como el mío, pensé que tal vez ella estaba en lo cierto. Y, cómo insistió en que no quería tener estos residuos en el suelo, tuve que ayudarla. Todavía arrastrándonos por el centro de la habitación, recogimos un pequeño montón de pelo, sin que ella dejara de hacer comentarios sobre su negrura y su cantidad, de tal manera que traslucía un inconfundible tono de disgusto.
    —Lo has echado todo a perder —grité, sintiendo que mis mejillas enrojecían de vergüenza.

    Decidí no permanecer en aquel lugar ni un minuto más: me puse en pie, corrí hacia la puerta, y desperté.

    Cuando desperté de mi sueño la habitación estaba aún a oscuras y el negro cielo que veía a través de mi ventana apenas empezaba a purpurear. Pese a eso me vestí y bajé la escalera hasta el estudio del director de orquesta. Se veía luz por debajo de la puerta. Alentado por las extrañas liberaciones que había vivido en mi sueño, golpeé la puerta sin titubear, y encontré al Maestro delante de su mesa de trabajo.

    —Entra, Hippolyte —dijo cordialmente, sacándose las gafas—. No estoy trabajando, sólo escribo una carta, ya que no puedo dormir.
    —Tal vez el ensayo lo ha excitado —aventuré educadamente.

    Ignoró mi comentario y dijo:

    —Hippolyte, ¿me darías tu opinión como amigo y como hombre joven? ¿Crees que una gran diferencia de edad entre dos personas que se aman es importante? Tú sin duda conoces —continuó— mi afecto por Lucrecia Anders y puedes haber adivinado, si eres tan sensible como creo, que es a ella a quien estoy escribiendo.

    Supe que tenía el consentimiento del Maestro para guardar un largo silencio antes de darle mi respuesta, y que cualquiera, por inteligente que fuera, expuesta precipitadamente, le hubiera resultado ofensiva. Reflexioné un momento, pensando qué responderle.

    —Bien, Maestro, he tenido un sueño —dije finalmente—. Aprendo mucho en mis sueños y en éste vi que la atracción y la repulsión existen entre la juventud y la madurez. Si una persona madura insiste demasiado desvergonzadamente, la joven se siente repelida. La juventud debe galantear, la madurez consentir.

    Frunció el ceño.

    —Lo interpreto como si me aconsejaras ser menos ardiente. Pero francamente temo reducir mis visitas a la casa de los Anders o escribir con menos frecuencia a mi prudente amada. El único aspecto en el que creo poder vencer a un hombre más joven es en la tenacidad de mi insistencia. La reserva es un gran riesgo para un hombre maduro. Puede ser mal interpretada, ser tomada por debilidad.
    —Quizás no cabe la posibilidad de que sea usted mal interpretado —dije, tratando de ayudarle—. ¿Puedo preguntar si usted es el primer amor que ella ha tenido?
    —No, por supuesto —dijo—. Nuestra querida anfitriona ha mirado por la educación de Lucrecia mucho antes de que mis intentos fueran permitidos.
    —¿Y cree usted que en el momento presente es el único en disfrutar de sus favores?

    Palideció y pude observar que mi pregunta le había resultado desagradable.

    —No conozco a mis rivales —dijo con aspereza—, Y seguramente éstas son preguntas innecesarias para alguien que frecuenta la casa más que yo. Sin embargo —se recogió en sí mismo—, Frau Anders me dice que tú has estado comportándote de un modo extraño últimamente, que te recluyes en ti mismo y no acudes con la regularidad que solías. ¿Hay alguna mujer joven que ocupe tu tiempo? Quizás no debiera abrumarte con mis problemas de hombre viejo. — Se colocó otra vez sus gafas. Las lentes eran gruesas y hacían que sus ojos parecieran redondos y vacíos—. Tú debes tener tus propios problemas que quizás quieras discutir conmigo —continuó—. De hecho, las pequeñas observaciones que te acabo de hacer —sé que las guardarás en la más estricta confidencia— eran menos una expresión de mis propios pensamientos y problemas que una invitación dirigida —espero no ofenderte—a aumentar tu confianza en mí y promover una atmósfera de mayor intimidad entre nosotros. Pensaba hacerlo mañana, tal vez a la hora del almuerzo, aunque realmente no debo distraerme antes del concierto, por lo que quizás ésta haya sido una ocasión más propicia. Hay algo que te preocupa, Hippolyte. Si pudiera serte útil…

    Su delgada, monótona voz se detuvo. Yo había estado mirando el amanecer a través de la ventana que se abría detrás del escritorio del Maestro.

    —No, de ningún modo —dije—. No hay nada. Excepto, tal vez, demasiada soledad.
    —Pero es tu soledad la que resulta, estoy seguro, de alguna insatisfacción íntima, y no la soledad la que causa tu conducta actual, una conducta que desagrada a todos tus amigos. Permíteme…
    —Le aseguro que mi soledad es enteramente voluntaria.
    —Te ruego que me disculpes, pero…
    —Déjeme decirle, Maestro —exclamé—, que estoy teniendo experiencias de una pureza, también de una intimidad, que no puede ser compartida. Sólo en mí mismo —sólo en él mismo, diría, si se me permitiera la expresión— la puedo gustar.

    Trató de consolarme, pero sólo consiguió mostrarse paternal.

    —Mi joven amigo, desde que te vi por primera vez en la sala de dibujo de Frau Anders, sentí que tenías las cualidades de un artista. Pero nosotros, los artistas —sonrió ante este generoso obsequio, este nosotros—, debemos evitar la tentación de aislarnos, perder contacto con la…
    —Yo no soy artista, querido Maestro. Se equivoca conmigo. — Decidí devolverle las alabanzas—. No tengo ningún mundo interior que aportar a una audiencia pasiva. No deseo contribuir con nada al bagaje de la fantasía pública. Quizás tenga algo que revelar, pero es de una naturaleza tan intensamente privada que dudo que pueda llegar a interesar a nadie. Quizás no revelaré nada, ni siquiera a mí mismo. Pero sé que estoy en la pista de algo. Estoy abriéndome paso a través del túnel de mí mismo, lo cual me aleja constantemente del fundamento del artista, que busca el aplauso. — Ya que no se dio por ofendido con mis últimas palabras, proseguí—: Estoy buscando el silencio, explorando varios estilos de silencio, y deseo ser correspondido con silencio. Podríamos decir —concluí alegremente—, que me estoy desentrañando a mí mismo.

    Detesto las llamadas miradas de entendimiento.

    —Querido Hippolyte —dijo, sin intentar siquiera comprender lo que yo había dicho—, todos los jóvenes artistas atraviesan un período de…

    Me levanté y me dirigí hacia la puerta, con la intención de subir al primer tren que saliera con destino a la capital. Me volví, inexplicablemente irritado en aquel momento; era la excitación del nuevo sueño.

    —Maestro —le grité cuando se levantaba para seguirme—, Maestro, ¿le produce placer Lucrecia? ¿Lo hace saltar?

    Se congestionó, no dando crédito a mi rudeza y permaneció quieto. Salí corriendo a través de la sala y bajé las escaleras de dos en dos, murmurando entre risas:

    —¿Le hace bailar Lucrecia, viejo? ¿Blande usted la batuta? ¿Alguno de sus instrumentos toca para usted solo?

    Otra vez en la ciudad, trabajé infatigablemente en mi nuevo proyecto, la seducción de Frau Anders. La fuente de energía contenida en mi nuevo sueño, que despreocupadamente titulé «sueño de la fiesta original», no era ilusoria. Aquel deleite que había comenzado inesperadamente con mi dureza hacia el Maestro, continuó. Me sentí mucho más vivo de lo que me había sentido en muchos meses. Tenía necesidad de mucha energía. Por el momento cortejaba a mi ama con todas las sonrisas y palabras incitantes que podía acopiar. Ella no quería reconocer en esto más que una recuperación de mi melancolía. Tuve que recurrir a las más desvergonzadas y las menos sutiles miradas, para convertir su neutral complicidad en un estado de conciencia sexual acerca de mis intenciones. La adulación había llegado a ser para mi anfitriona una droga administrada en dosis tan grandes, que su sistema resultaba inmune a esfuerzos menores. Para convertir la adulación en seducción no era suficiente sólo dormir con ella. El acto sexual en sí mismo era para ella como el obsequio de un raro objet d'art, o un centro de flores, o una galantería verbal. Solo con dificultad, con la más cruda insistencia, podía ser obligada a entender aquel acto como un gesto diferente de los otros. Había que insistir una y otra vez en que aquello no era para adularla, para obsequiarla. La desesperación de mi campaña fue que ella creía que nada había cambiado entre nosotros.

    Reconozco que había algo contradictorio en el desarrollo de nuestras relaciones. Deseaba hacer comprender a Frau Anders que mi amor por ella no era algo que yo le debiera. Nada era más frustrante que el que diera mis sentimientos hacia ella y las sorprendentes e inesperadas directrices de mis sueños por sentados. La única manera de sacudir su exasperante seguridad, era insinuarle que ella no me era absolutamente deseable. Dejé caer algunas observaciones acerca de nuestra diferencia de edad, su tendencia a ganar peso, la estridencia de su risa, su ceguera para apreciar los colores, las imperfecciones de su acento —y nada de esto me resultaba realmente desagradable. No deseaba humillarla. Por eso, todas mis insinuaciones estaban desprovistas de la necesaria convicción. Este era mi dilema. No soy una persona hostil. Pero lamentaba que ella se privara del placer de saberse objeto de un amor diferente y más fuerte del que quería suscitar.

    No esperaba recompensas de Frau Anders, sólo seriedad. No era suficiente con que me complaciera en la cama. No cedí ante su fácil conformidad. De modo que en los brazos abiertos y otra vez complacientes de mi anfitriona, hallé una porción de placer, pero no de felicidad, y ella encontró en mí felicidad, pero poco placer.

    Por supuesto que nuestra relación no me alejó de las curiosas cuestiones que me preocupaban. Por el contrario, me proporcionaba nuevos materiales. Mi sentimiento por Frau Anders era una exploración de mí mismo. Nuestro vínculo se desarrolló paralelamente a las sucesivas ediciones y variaciones de mi segundo sueño, «el sueño de la fiesta original». Algunas veces perdía el juego de doblarse sobre sí mismo, otras ni siquiera llegaba a la fiesta, en alguna ocasión me perseguía el hombre del traje de baño, y alguna vez, Frau Anders abandonaba la búsqueda de mis cabellos y se tendía, voluptuosa y adorable, en mis brazos. Con el objeto de esperar el secreto y las insospechadas claves procedentes del sueño, yo había impuesto una rígida disciplina en nuestra unión. Era sólo mediante ciertas reservas que Frau Anders lograba mantener mis sentimientos a su altura. El arte del sentimiento, como el de la representación erótica, consiste en la habilidad para prolongarlo; en mi caso, la duración dependía de mi habilidad en renovar mis fantasías. Para asegurar la intimidad, no dejé que me hiciera favores. Tampoco yo me trasladé a su casa, tal como ella hubiera deseado; siempre hice hincapié en la discreción y traté de mantener una apariencia exterior de gran corrección. El papel de amante de una mujer casada tiene sus reglas, como cualquier otro papel, y yo quería observarlas. La falta de convencionalismos por sí misma no me atrae. Estas diferencias con otra gente, tal como las manifiesto, se abren camino hacia la superficie de la acción desde las profundidades de mi carácter, sin que yo esté particularmente satisfecho con los resultados. La inconvencionalidad de mi anfitriona era, por contraste, enteramente superficial. Las mentiras motivadas por sus frecuentes adulterios habían sido siempre superficiales; nada, excepto la verdad, podía perturbar la vida del salón y su incesante tertulia. Teniendo la fortuna de vivir en un ambiente donde la inconvencionalidad era cultivada y apreciada, parecía natural que ella fuera aparentemente inconvencional. Interiormente, sentía el mayor respeto por las leyes de la sociedad; sólo que raramente las aplicaba a sí misma. No es extraño, entonces, que la consistencia la sorprendiera siempre, nunca la arbitrariedad.

    Así, no se sorprendía por el flujo y el reflujo de mi deseo, de acuerdo con los lazos secretos de mis sueños. Tampoco se quejaba cuando durante una semana, o más, estaba ocupado en la ciudad, sin preocuparme por pensar en ella. Estas actividades me mantenían frecuentemente en mi habitación, donde me sentía más libre. Aparte de la lectura y la meditación sobre mis sueños, estas actividades comprendían varios ejercicios que practicaba en beneficio de mi cuerpo, tales como entretenimientos cerebrales, consistentes en resolver jeroglíficos, memorizar los nombres de los doscientos noventa y seis papas y antipapas y escribirme con un matemático boliviano sobre un problema lógico sobre el que estuve trabajando varios años.

    La vida onírica, que nunca estaba ausente de mis pensamientos, se mantenía en forma de curiosas variaciones durante mis noches con mi anfitriona, no como un nuevo sueño, sino como un largo entreacto, por así decirlo. Me pareció que la excitación de mis sueños sobrepasaba la que alcanzaba en mis encuentros con Frau Anders. No era ella quien despertaba mis instintos amorosos. Estos instintos nacían en mí y morían en ella. Ella era el recipiente en que yo depositaba la sustancia de mis sueños, pero esto no hacía que perdiera importancia para mí. Para mí ella era única entre las mujeres. Los puzzles y las variaciones de la técnica erótica propuestos por mis sueños se resolvían sobre su cuerpo —sobre el suyo, y no sobre otro—. Interpretaba esto como un buen presagio acerca de nuestras relaciones, las cuales, sin embargo, había decidido que no duraran más de lo debido.

    Cuando, por fin, la energía de mis sueños se atenuó y tuve la idea de romper nuestra unión, me encontré a mí mismo con menos energía para ser cruel de la que había previsto. Hasta pensé dejar la ciudad sin decírselo. Afortunadamente, en aquellos días regresó el marido de Frau Anders de uno de sus largos viajes de negocios en el extranjero y —para su sorpresa— le pidió que lo acompañara en el próximo. Ella me pidió que le prohibiese ir. Esta era la primera de sus infidelidades, me dijo, acerca de la que deseaba contar todo a su marido. Pero yo, abogando por el respeto de su reputación y por su comodidad, decliné rescatarla para siempre de sus vínculos conyugales.

    De modo que quedé enteramente libre en mi ciudad de adopción, por primera vez en seis meses. Volví a la seducción de Frau Anders en mis sueños, hasta que una noche un nuevo sueño apareció ante mi vista.


    CAPITULO IV


    En el sueño, yo permanecía de pie en el patio empedrado de un edificio. Era mediodía, y el sol, ardiente. Dos hombres, vistiendo pantalón largo y desnudos hasta la cintura, estaban violentamente unidos entre sí. Por momentos parecía que estuvieran peleando; otras veces, aquello parecía un combate de lucha libre. Deseaba que fuera un combate, a pesar de que no había más espectadores que yo. Y me sentí animado a creerlo así por el hecho de que los dos hombres poseían igual fuerza; ninguno podía derribar al otro.

    Para asegurar que se trataba de deporte y no de violencias personales, me decidí a apostar un poco de dinero por uno de los luchadores, el que me hacía recordar a mi hermano. Pero no pude encontrar una taquilla donde depositar mi apuesta. Entonces, repentinamente, ambos cayeron. Me atemoricé. Sospeché que había sido una lucha personal, incluso una lucha a muerte. Ahora había varios espectadores. Uno de ellos, una niña, tocó con un bastón al hombre que estaba postrado. Golpeó con su bastón la cara del que se parecía a mi hermano. Ambos hombres, pálidos e inmóviles, tenían los ojos cerrados.

    Comprendí que yo conocía un secreto que los otros espectadores ignoraban, y traté de componer mi cara para no demostrar que lo conocía. El esfuerzo me hizo ruborizar y decidí que me ofendía a mí mismo con tanta discreción. Quise comunicar mi secreto a otra persona y busqué a algún conocido. Reconocí al hombre del bañador negro y me pareció que él era mi amigo. Convencido de ello, le sonreí haciéndole señas. El se me acercó sin hacer ningún gesto de saludo. Pretendía no conocerme.

    —El resultado está bastante claro —le susurré al oído.

    Me sentí como si fuéramos cómplices en una conspiración. Aunque él mantenía la cabeza dirigida hacia otro lado, yo estaba seguro de que me escuchaba.

    —Es porque están muertos —dijo.
    —El combate no ha sido limpio —protesté, y había una idea que estaba luchando por expresar—. Por lo menos uno de ellos tiene que estar vivo. El otro puede haber muerto o no, según prefiera. Se volvió y acercó su cara a la mía.
    —Un momento —gritó—, voy a disponer de sus cuerpos.
    —No grite —respondí con osadía—. Con gritos nunca he podido entender nada.

    El bostezó sobre mi cara. Comprendí que no tenía derecho a pedir cortesía a este hombre, y que debería estar agradecido porque no había abusado de mí.

    Tenía a su lado algo que parecía un gran tambor. Rajó su piel con una navaja. Entonces levantó a los luchadores, uno después de otro, los metió dentro de su tambor, lo cargó sobre sus espaldas y lo llevó fuera del patio. Observé sus esfuerzos, y vi que la carga era demasiado pesada para un hombre, además, cojo. Pero decidí dejar que hiciera solo su trabajo, ya que él no quería reconocerme.

    Cuando se hubo marchado, lamenté no haberle ofrecido mi ayuda. Sentí que me había comportado ruda y rencorosamente. La falta creció hasta alcanzar el tamaño de un pecado y quise ser absuelto de él. Aún no había terminado de formular este pensamiento, cuando me vi entrando en un pequeño edificio, con puertas de bronce y techo bajo. Me sorprendí de la facilidad con que se podía encontrar una iglesia. En su interior, busqué al hombre del bañador negro, para presentarle mis disculpas. No pude encontrarlo.

    Fui hasta un altar lateral con la intención de encender una vela. En el altar había una imagen de la Virgen y más arriba, o mejor, apoyándose en los hombros de la Virgen, estaba sentado un cura, asintiendo gravemente y bendiciendo a cuantos pasaban por el corredor lateral, con una flor rosada que sostenía en una mano. Me detuve particularmente en la flor, porque desde que había entrado en el recinto advertí un fuerte perfume dulzón, y ahora supuse que el olor provenía de la flor. Después vi que esto no era posible, pues la flor era artificial, hecha de alabastro. Con más curiosidad que nunca, abandoné el altar y comencé a buscar, sin éxito, a los monaguillos que mecen los incensarios. Se me ocurrió entonces que el olor no estaba destinado al placer de los fieles, sino a disimular un hedor que aún no había podido descubrir. Decidí permanecer en la iglesia hasta saber de dónde procedía el olor. Me hubiera gustado sentarme tranquilamente en un banco, pero pensé que sería más útil que recorriese la iglesia, familiarizándome con los monumentos y las estatuas, ya que vagamente recordé que era un antiguo edificio y contenía muchas cosas que cualquiera hubiera querido ver —yo mismo, por ejemplo, aunque tuviera poco interés por la arquitectura.

    En un momento posterior de mi sueño, descubrí que el olor procedía del santuario central, donde, yacente y visible, se hallaba el cuerpo de un hombre barbudo, llevando una corona de oro. La gente circulaba alrededor del ataúd, inclinándose para besar las narinas del rey. Esta era la razón por la que nadie observaba a los luchadores, pensé. Me aproximé respetuosamente al ataúd y traté de imitar a los demás. Pero al inclinarme me desplomé, sintiendo un gran peso sobre mi cuerpo. Mientras giraba y me revolvía en el suelo, incapaz de levantarme, un anciano me amonestó severamente. «Hay una habitación para este tipo de cosas» dijo. Consultó brevemente con los otros. «Ponlo en la habitación», dijo otro, «antes de que lo haga aquí.» Pensé que querían llevarme al confesionario.

    Alguien añadió, «Ponlo en la silla». Me asieron fuertemente y me sentaron en una silla eléctrica negra, como las que yo había visto en las películas norteamericanas de gangsters. Comprendí con horror que aquello no era para confesarse. Pero mientras aguardaba, temblando, que lanzasen la descarga, la silla parecía elevarse conmigo. Me atreví a mirar hacia abajo y vi que la silla permanecía aún sujeta al suelo. Era yo sólo el que ascendía, elevándome cada vez más, en lo que era ahora una inmensa catedral con cristales rosas y azules. Me elevaba hacia una abertura en la bóveda, mucho más alta todavía, flotando hacia arriba a través de una sustancia densa y húmeda que me lamía el rostro.

    «Es sólo un sueño», dije a los que estaban por debajo de mí, convertidos en diminutas figuras negras sobre un gran suelo de piedra cruciforme. «Estoy teniendo un sueño religioso.» Seguí ascendiendo hasta que, cuando acababa de horadar el techo, desperté.

    Este sueño, que tuve mientras reposaba de mi calculada felicidad con Frau Anders, me informó de que no tendría descanso en mis tareas de investigación. En cierto sentido, el sueño me pareció enigmático. Este nuevo sueño, tal vez por ser el más reciente, parecía ofrecer algunos aspectos más sugestivos que los tormentos y las delicias que había interpretado como mis sueños eróticos del año anterior. ¿No estaban presentes en mi primer sueño, «el sueño de las dos habitaciones», las dos especies de amor y dominación, en estilos masculino y femenino? ¿Y no me proporcionó el segundo, «el sueño de la fiesta original», una guía para mi vida erótica, en la persona de Frau Anders? Pero ¿qué era lo que este tercer sueño —los luchadores, mi viejo amigo el bañista, el rey, la catedral, la ascensión— me dictaba?

    Ciertamente, este sueño no era menos enigmático que los precedentes, a pesar del raro hecho de haber elaborado en el sueño, por así decirlo, una interpretación antes de despedirme. Esta no podía ser la significación verdadera del sueño, pero debía interpretarse junto con cualquier otro elemento de los descritos dentro del paréntesis del sueño.

    De todos modos, no podía negarse al comentario una cierta situación privilegiada en el orden de los pensamientos del sueño. Sin prescindir de que era, tan claramente, «un sueño religioso», el sueño de una persona devota, plena de culpa, pendiente de la absolución.

    No quiero negar un obvio sentido erótico a todos los sueños. Pero en éste, lo sexual se ocultaba tras propósitos más abstractos de unión y penetración. Lo sexual se representó en las escenas de muerte y en palpables imágenes de excremento —¿de qué otro modo podía interpretarse el escondido olor, y aquella repulsiva sustancia que me envolvía al final del sueño? Una desagradable conjunción, ¡lo admito! Pero mientras trato de poner orden en todo esto, para ahorrar al lector cualquier rubor indebido, es necesario escribir sincera y detalladamente.

    La creciente clasificación temática de mis sueños me hundió en una nueva melancolía. La tarea que había emprendido era, ahora lo sé, enorme. Compréndase que mi desánimo no provenía del mero reconocimiento del papel de oprimido actor principal que yo jugaba en mis propios sueños. No buscaba en los sueños una interpretación de mi vida, sino, en mi vida, una interpretación de mis sueños. Pero entonces me di cuenta de que era una tarea mucho más agobiante de lo que había imaginado. En mis sueños he actuado bien y adecuadamente. Pero la simple ejecución de las imágenes de los sueños, el proceso mediante el cual las inscribía en mi vida, no era suficiente. Tal vez, pensé, los sueños no sólo me enseñaban a hacer algo, seducir a una mujer, sino también a no hacer nada, excepto concentrarme en purgar alguna impureza, que pueden contener los sueños mismos. No podía seguir aislando lo erótico en mi interpretación y representación de los sueños.

    Para ello, se me daba la clave en el marco del último sueño. ¿En qué momento de la historia el hombre fue investido con indescriptibles ansiedades y anhelos? Con seguridad no fue en la comunión de los cuerpos, sino en la exaltación de los espíritus. Sin duda, los primeros hombres religiosos estuvieron tan perplejos como yo, ya que carecían de un nombre que dar a lo que experimentaban.

    Fue así como llegué a adquirir el sentimiento de que mis sueños habían marcado y definido mi vida diurna. Llegué a la conclusión de que, siendo mis sueños susceptibles de muchas interpretaciones, no lo eran menos de una interpretación religiosa: a saber, que algo que uno puede, a falta de un nombre mejor, llamar religioso, había irrumpido en mi interior. Esto, en sí mismo, no me proporcionaba placer, ya que no soy una persona crédula ni dada a postergar mi felicidad para otra vida. Tampoco reclamo el dudoso prestigio de la palabra «religión» para volver respetables ante mis ojos los esfuerzos espirituales. Sin embargo, sé que soy una persona capaz de devoción. Sí, definitivamente, diría que, en ciertas circunstancias, no disfruto más que siendo devoto.

    He dicho que la primera reacción ante mi sueño fue la melancolía. Posteriores reflexiones la convirtieron rápidamente en meditación, y experimenté una maravillosa calma. Una de mis reflexiones era acerca de mis propios pensamientos; advertí que nunca había pensado realmente, sino cuando escribía o hablaba. Decidí aumentar mi silencio, sin hacerme moroso. Esto era mucho más fácil en ausencia de Frau Anders; tenía el hábito de interrumpir mis silencios para preguntarme en qué estaba pensando. Siendo a ratos una persona sociable, seguí frecuentando el café y asistiendo a algunas fiestas, pero ciertos amigos, herederos de las solicitudes de Frau Anders, subrayaban la diferencia y juzgaban que yo era nuevamente infeliz.

    Uno de mis amigos, el sacerdote que dirigía el programa radiofónico, se propuso curar mi melancolía invitándome a dar largos paseos por los famosos bosques que se extienden en las afueras de la ciudad. Era un hombre amable, despierto y de una conversación que yo estimaba, pues para ser un clérigo de mi país, era mucho más cultivado de lo habitual. (Siempre hay algo conmovedor en los esfuerzos tardíos hacia la autosuperación que hace una institución o un sentimiento en decadencia.) Aceptaba sus consejos con interés, debido al reciente giro de mis pensamientos hacia esquemas religiosos. Lo que me dijo después de una serie de conversaciones fue que mis sueños representaban la rebelión de mi conciencia contra una vocación religiosa que yo había abortado.

    —No quiero decir —dijo el buen Padre Trissotin— que yo crea que debas aspirar al sacerdocio.

    Me sonrojé y le aseguré que tomaría sus palabras en el sentido que él les daba.

    —Lo que quiero decir —continuó, naturalmente animado—, es que tú deberías ir a confesarte. Nuestras conversaciones sólo son una preparación para este paso, que ya en tus sueños estabas anhelando. Es en la confesión donde lograrás tu purificación.

    Debo decir que siempre he respetado a la Iglesia que me bautizó, y que sólo un millón y medio de ciudadanos de mi país desaprueban hasta el extremo de pertenecer a otra comunidad religiosa. No hay duda de que la Iglesia ha hecho mucho bien, e incluso hoy, cuando veo correr a los sacerdotes jóvenes en sus motocicletas a través de la ciudad, con sus negras sotanas ondeando en el viento, generalmente me detengo a observarlos. No pueden dañar a las almas afligidas sobre las que ejercen su ministerio: los moribundos, las piadosas amas de casa, las muchachas preñadas, abandonadas y llenas de remordimientos, los criminales, los dementes, los intolerantes. Tengo una susceptibilidad congénita, que alguien podría llamar debilidad, hacia los que profesan la cura de almas.

    Estéticamente, también disfruto la religión. Tal como mi sueño indica, me siento atraído por las solemnes ceremonias de la catedral. No me son indiferentes el incienso, las vidrieras, la genuflexión. Me gusta cómo los españoles besan su dedo gordo, después de hacer la señal de la cruz. En pocas palabras, me gustan los gestos repetidos. Supongo que uno de los motivos que tuve para intrigarme acerca de mis sueños fue que cada sueño era un sueño repetido. De este modo, todo gesto en el sueño alcanzaba el grado de ritual.

    Pero no veo cómo un gesto puede suprimir a otro. Y no quería ser fácilmente consolado.

    —Confesarse, mejor que expresarse, hijo mío.

    La rosada cara del Padre Trissotin parecía preocupada.

    Ya dije que estaba dispuesto a admitir que algo religioso había surgido en mi interior. Pero no me gustó la bienintencionada suposición del Padre Trissotin de que mis sueños eran algo de lo que yo quería necesariamente librarme. No obstante, pensé que sería mejor guardarme esta objeción para mí, y decidí aceptar el reto de mi amigo sobre la conveniencia y la eficacia de la confesión.

    —¿Piensa realmente —dije por fin— que una confesión me librará de mis sueños?

    No intentaba discutir con él acerca del valor de mis sueños. Pero pareció adivinar mi reserva interior.

    —Yo creo —dijo, sin aparentar ninguna presunción— que tú estás poseído, si no por Dios, sí por el diablo. Has admitido libremente los perversos y arbitrarios impulsos que últimamente te han gobernado y los atribuyes a tus sueños. Pero, simplemente, no puedes hacerte responsable de tus sueños. ¿Y si te han sido enviados por el diablo? Es tu deber combatirlos y no abandonarte a ellos.

    Como yo no le respondí inmediatamente, advertí que tomaba mi silencio como un buen presagio del éxito de su consejo.

    —Todos los sueños —añadió amablemente— son mensajes espirituales.
    —Quizás estos sueños son un mensaje —dije—, y así lo he pensado más de una vez. Pero creo que son un mensaje de una de mis partes hacia otra.

    El Padre Trissotin movió su cabeza con un gesto desaprobatorio. Continué:

    —¿Cómo puedo atreverme a no contestar al remitente de estos mensajes con mi propio cuerpo? Digo con mi cuerpo, dado que los sueños están grosera, indecentemente preocupados por la suerte de mi cuerpo. ¿Cómo puedo atreverme a sustituirlo por un intermediario? Especialmente el que usted propone, un sacerdote, una persona educada en el arte de menospreciar el cuerpo.
    —No creas en tu propia claridad —dijo—. El cuerpo es más misterioso de lo que tú piensas.

    Volví a guardar silencio. Hubiera sido poco afortunado discutir con el Padre Trissotin acerca de estos temas; el desprecio vocacional de su propio cuerpo le inmunizaba contra compañías embarazosas. Aunque proselitizara en círculos íntimos y libertinos, como el de Frau Anders, o en la radio a la masa de compatriotas (la mayoría de los cuales se preocupaban mucho más por el resultado de la carrera anual de bicicletas que por la salvación de sus almas) nunca arriesgaba nada. Siempre hablaba a través del infranqueable foso de su propia castidad.

    —Te ha sido enviado un mensaje que no puedes comprender —continuó, con maravillosa confidencia—. Si fueras analfabeto, no dudarías en buscar un escriba que llevase tu correspondencia.
    —Ah —respondí—, en tal caso, aún sería yo quien dictara las cartas. Pero cuando acepto el consejo de los sacerdotes, acepto una carta hecha. Y mientras admito que mis sueños pueden no ser tan originales como me parecen, no puedo desprenderme de la idea de que una respuesta diferente, sólo mía, se espera de mí.

    Ante esto, el Padre Trissotin me miró con pena, y dijo:

    —Eres un ingenuo. El campesino analfabeto nunca sabe si el escriba realmente escribe las palabras tal como le son dictadas. A menudo ocurre que el escriba piensa que él sabe mejor que su cliente lo que debe poner. Después de todo, él tiene mayor experiencia en anticipar las reacciones de los que leen las cartas. — Y continuó—: Tú eres precisamente ese analfabeto en transacciones espirituales, y el sacerdote el escriba con experiencia. Todas las cartas son cartas acabadas, ¿no es cierto? Cartas de esperanza, de amor, de desesperación, de hipócrita solicitud… ¿Por qué no buscar la forma acabada más conveniente que tu mensaje pueda tomar, ya que tu propósito no es sólo ser entendido sino también tener o producir un cierto efecto en la persona que recibe tu carta?
    —Quizás —repliqué—, yo no quiero producir ninguna clase de efecto. — No pude contenerme a mí mismo, no pude dejar de contárselo—. Usted supone, Padre, que yo deseo librarme a mí mismo de mis sueños, y me recomienda para eso que acuda al confesionario. Pero, ¡no! Lo que yo quiero, si es que quiero algo, es librar a mis sueños de mí.

    Parecía casi derrotado por mi obstinación, ya que dejó caer, con acento turbado, una respuesta muy impersonal:

    —Dios te ha dado tu alma para que la salves.

    Yo no iba a permitirle esta evasión.

    —Padre, déjeme continuar con mi explicación —dije, dirigiendo mis pasos hacia un banco próximo a la fuente. Nos sentamos en lúgubre silencio, a modo de tregua, y observamos cómo jugaban los niños. Entonces me levanté y dije—: Lo que quiero decir es esto. Veo la confesión como un dudoso medio de responder a un mensaje que viene de mí mismo. Es emprender el camino más largo, como salir por la puerta principal hacia la carretera para alcanzar la puerta trasera. O ir al aeropuerto, y alquilar un avión para viajar del ático al sótano. — Parecía disgustado, pero yo continué—: No es la distancia, compréndame, lo que objeto a estas maniobras. Ya que en una casa raramente proyectada la puerta delantera puede estar muy lejos de la trasera, el ático del sótano. ¿Pero por qué salir fuera de la casa?

    Escuchando mis propias palabras, dudé de mi habilidad para convencer al Padre Trissotin, pues he observado que el camino más directo para una persona, parece intolerablemente complicado a otra.

    —Elegir a un sacerdote para responder a mi propio mensaje, me parece… —me detuve, temiendo ser poco delicado—, me recuerda, si me permite la franqueza, Padre, me recuerda las poco racionales convenciones sobre la sexualidad. Quiero decir —concluí secamente— que no puedo realmente comprender la razón por la que haya que recurrir a una mujer para obtener un placer tan intenso y puro como el que puedo lograr por mí mismo.

    Con mi última reflexión, quedó visiblemente impresionado y sugirió una entrevista con su obispo o con alguien de la radio, no recuerdo bien. La tarde casi había transcurrido, pero me quedé un tiempo más sentado en el parque, pensando en nuestra conversación.

    Quizás debería explicar algunos de mis anteriores encuentros en el parque con el Padre Trissotin, pero éste me parece el más interesante porque es el menos doctrinal. En las primeras sesiones, el Padre Trissotin suponía que yo necesitaba instrucción teológica y había expuesto las penas y las glorias de la Iglesia. Hasta me había dado un rosario, que yo siempre llevaba conmigo cuando teníamos una cita, pero que en otras circunstancias guardaba en un cajón con mis gemelos. A pesar de mi buena voluntad, no había conseguido escuchar con toda mi paciencia al Padre Trissotin. Yo no creía en su «forma acabada» ni podía entender cómo podía él creer en ella. ¿Qué forma? La proliferación de religiones a lo ancho y largo de la tierra me irrita. ¿Cómo puede uno venerar a la divinidad en tantas posturas? Mientras Buda se apoya sobre su codo, Cristo extiende sus brazos en la cruz. Se anulan uno a otro.


    Mientras en mi mente luchaban estos pensamientos, observaba a una niña jugar con una gran pelota de goma. Desde que dejé de ser niño he disfrutado siempre de su compañía. Sentía como si hablar con un niño me reanimase, y ya que ésta era la que tenía más cerca, empecé a observar sus movimientos con mayor atención. Cuando la pelota de la niña rodó alejándose un buen trecho de su niñera y la niña corrió tras ella, me levanté y la seguí. Espero no insultar la sensibilidad de mi lector al reafirmar la pureza de mis intenciones, ya que de hecho no sabía ni lo que le iba a decir ni lo que pensaba hacer con ella.

    Era una hermosa niña, con vestido rosa, de unos cuatro años de edad. Anduve tras ella para poder observar cómo corría. Cuando alcanzó la pelota, la estrechó en sus brazos y le habló. Pero otra vez se deslizó de sus pequeños brazos y siguió rodando. Esta vez me adelanté y cogí yo la pelota.

    —¡Es mía!
    —Ya lo sé —repliqué—. ¿Qué piensas que voy a hacer con ella?
    —¿Devolvérmela? — dijo, dudando.
    —No llores, pequeña. Por supuesto que te la devolveré. ¿Pero qué supones que voy a hacer antes?
    —Comértela.
    —¿Y después?

    Se sonrió. Yo estaba encantado. Me hubiera gustado lanzar al aire, de manera que llegaran hasta ella, como una pelota, todas mis fantasías y oírlas rebotar otra vez en mí, con su acento infantil. Pero no quería que ella me quitase de las manos la pelota, como estaba intentando.

    —No, no. Todavía no. — La mantuve fuera de su alcance—. Dime pequeña, ¿qué es lo primero que recuerdas?
    —Quiero mi pelota.
    —¿Recuerdas algo?
    —Una vez fui al zoo.
    —¿Algo más?
    —Recuerdo mi nombre. ¿Quieres saber cuál es?
    —¿Recuerdas a tu madre?

    Rió abiertamente.

    —¡Tonto! ¿Cómo puedo recordarla? ¡Ella está en casa!
    —Yo tampoco recuerdo a mi madre —dije.
    —¿Está en casa?
    —No. Está muerta.
    —Yo conozco mucha, mucha gente muerta —replicó la niña—. Millones, millones y millones. Millones de muertos.
    —¿Dónde están?
    —Mi padre los guarda en su oficina. Va todos los días a hablar con ellos.
    —¿Es médico tu padre?
    —No, él gana dinero. Esto es lo que hace.
    —Tu madre, ¿a veces te pega?
    —No. Sólo mi niñera. Me pega cuando me alejo del banco.
    —¿Quieres que te devuelva la pelota?
    —¿No te la comes? ¿Es demasiado grande?

    Quería contentar a la niña, de modo que le dije:

    —No, yo desayuno cada día cosas mayores que esta pelota. Como tigres y acróbatas y picaportes. Esta mañana me comí una silla negra.

    Verla reír era mejor que cualquier confesión.

    —¿De verdad? No te creo. Estás mintiendo.
    —No. Te lo juro. Es cierto. ¿De verdad te gustaría que me comiera tu pelota?
    —¿Entonces me la devuelves?
    —Tal vez. Mira.

    Saqué mi navaja e hice una pequeña incisión en la carnosa goma de la pelota. La pelota se arrugó en mis manos. Llevé la goma a mi boca y simulé que masticaba.

    —¡Oh, lo hiciste! Lo has hecho. Vamos a decírselo a la niñera.
    —No. Ahora debes marcharte. Me volví de modo que no pudiese verme y escupí la goma en mi mano.
    —Yo también quiero comerme la pelota.
    —No, tienes que comprarte otra.
    —¿Se ha muerto, la pelota? ¿La has matado con tu cuchillo?
    —No, la pelota la tengo dentro. Y tardará bastante tiempo en salir, de modo que, entretanto, debes comprarte otra. Pero tengo un regalo para ti.

    Vi a la niñera, mirando ansiosamente hacia un lado y otro del camino.

    —¡Quiero verlo!
    —Sí, es un rosario. Un buen cura me lo dio. Y ahora tú puedes rezar por tu pelota.

    Lo puse en sus manos. Ella lo cogió, dudando, y después de mirarlo de cerca, sonrió.

    —Creo que será como tener mi pelota.
    —Adiós, pequeña.
    —El rosario es negro —dijo en un tono enigmático.
    —Adiós, pequeña.

    Y la dejé, en medio del sendero, corriendo entre las flores.


    CAPITULO V


    Volví otra vez a verme con Jean-Jacques. El parecía comprender mejor que nadie lo que me preocupaba. Pero yo no lo impulsaba a interpretar mis sueños. Tenía su vida, que a mí me pareció muy apropiada para él. Yo tenía la mía. Para mantenerme atento sobre su influencia, empecé un libro de notas donde recordaba algunos de nuestros encuentros y conversaciones. A continuación transcribo algunas anotaciones.


    «21 de mayo. Es la vitalidad de Jean-Jacques lo que más me atrae de él. Me dijo: "Odio los argumentos que ilustran la muerte del amor, el fracaso del talento, la mediocridad de la sociedad". Este rechazo de la monotonía es admirable. ¿Por qué, por ejemplo, hay tantas novelas acerca de los padres, los gigantes de nuestra infancia, que mutilan nuestros pies y nos lanzan, cojeando, al mundo? El está en lo cierto: el escritor puede celebrar o reírse, no debe contemplar ni lamentarse. Estoy releyendo sus dos primeras novelas y me parecen muy buenas, aunque quizá excesivamente elaboradas. La que trata del boxeador es especialmente buena. Ha hecho algo sublime con las agonías en la lona.»

    «23 de mayo. No me extraña que Jean-Jacques sea tan prolífico. Escribe cinco o seis horas cada día y reescribe muy poco; aquel estilo barroco, me dijo, se lo dictaba él mismo en su primer borrador. Pero, ¿por qué nunca utiliza sus aventuras nocturnas como tema para una novela? No es por prudencia. Nunca he conocido a nadie tan poco preocupado por su reputación… Creo que entiendo esta reticencia tan poco característica en él. Al separar el día de la noche, sus actos no son irreconciliables. Su vida no está fragmentada porque él ha encontrado la costura en la pieza de tela, y la descose detenidamente, por eso, todos sus actos me parecen misteriosos y naturales… Yo tampoco quería que mi vida estuviera fragmentada. Pero no pretendía separar el día de la noche. "Tú quieres unificar", me dijo Jean-Jacques. "Yo practico las artes de la disociación."»

    «13 de julio. Soy metódico, reservado, honesto. Jean-Jacques es pródigo, indiscreto, deshonesto. Este contraste es la base de nuestra amistad.»

    «4 de agosto. Estoy con Jean-Jacques; me molestó al decirme que yo no soy un escritor. Le respondí que nunca había creído serlo. Pero sus razones para pensar esto de mí no son razones obvias. Tú no puedes escribir, dice, porque has nacido especialista, el tipo de persona que sólo puede hacer una cosa. Escribir no es lo tuyo. ¿Es soñar?, pregunté burlonamente. El no responde, sólo sonríe.»


    Estas son algunas de las anotaciones de aquel período. A pesar de que sabía que durante la ausencia de Frau Anders no debía descuidar mis necesidades sexuales, los placeres del espectador llegaron a ser más interesantes para mí que los de actor. Si antes sólo estaba con Jean-Jacques durante la tarde, empecé ahora a acompañarlo en sus paseos nocturnos. Fue una primavera cálida y un verano voluptuoso.

    Nos encontrábamos en su café favorito a la hora del aperitivo. El acababa de emerger de su régimen de escritor y me saludaba siempre con una mirada fría y distraída. Pronto comprendí que esto significaba tan sólo el lento retorno de su atención, desde las nubes de su retiro literario. Después del segundo vermut estaría ya conversando alegremente sobre antigüedades o sobre ópera, o yo lo llevaría al centro de mi última reflexión acerca de mis sueños.

    Cuando sus energías ya habían retornado, dejábamos el café e íbamos a su hotel. Jean-Jacques estaba permanente y confortablemente instalado en una gran habitación, de amplias dimensiones, en el último piso. Durante un rato, solía sentarme en la cama y observarlo mientras se afeitaba y vestía. El era muy consciente del vestido, quizás porque se consideraba feo, enjuto y hasta un poco difícil de descubrir. «Tengo cara de accionista», le oí exclamar una vez ante su imagen reflejada en el espejo. La elección de su atuendo para la noche era tan meticulosamente considerada como si él fuera un actor maquillándose en su camerino, lo que en parte era cierto. A veces se sentía turbulento y se ponía un auténtico disfraz: el pañuelo rojo, la camisa rayada, y los ceñidos pantalones negros de un apache. Generalmente, la elección era más delicada: se trataba de la línea del pantalón; chaqueta de cuero o suéter con cuello de cisne, anillos, aire militar o dandy; las botas o zapatos puntiagudos.

    Más tarde, cuando la fascinación de su vestimenta me era más familiar, acostumbraba a divertirme observando los objetos de su habitación. Jean-Jacques era coleccionista. En los estantes, en el suelo, debajo de la cama y en las esquinas de la habitación, tenía cajas con extraños tesoros. En una caja, había cientos de postales de fines de siglo, de bailarines de music—hall. Había archivos de recortes de diario sobre premios de boxeo y luchadores, fotos autografiadas de estrellas de cine e informes confidenciales de la policía (nunca pude saber cómo llegó a conseguirlos), sobre casos de robo a mano armada cometidos en la capital durante los últimos veinte años. En otras cajas se amontonaban corbatas postizas, abanicos, conchas marinas, plumas de adorno, joyería barata, piezas sueltas de ajedrez talladas en madera, pelucas… Me parecía que cada vez que iba a visitarlo, había instalado algo nuevo en su habitación —otro grabado de Epinal, un sombrero de boy—scout, un espejo art—nouveau en forma de serpiente, una lámpara con colgantes, una pieza de estatuaria fúnebre, un cartel de circo, una colección de marionetas representando a Barba Azul y sus ocho mujeres, una estera de lana blanca y verde con la forma y el dibujo de un billete de dólar americano. Cuando ya estaba harto de mirar y de tocar, él interpretaba viejas piezas para mí: el aria de una oscura ópera melodramática del siglo pasado, o una vieja java. Yo no compartía estos entusiasmos, ya que conocía el escrupuloso juicio que tenía Jean-Jacques para todas las artes; su amor por estos exagerados, triviales y vulgares artefactos era un misterio para mí. «Mi querido Hippolyte» me hubiera dicho, «nunca entenderás, pero cualquier día te lo explicaré, de todos modos.» No me considero una persona solemne, pero Jean-Jacques me ha hecho sentir así.

    Cuando había terminado de vestirse, bajábamos a la calle. Al pasar frente al viejo y sordo conserje, éste nunca dejaba de soltar algún triste y obsceno improperio como cumplido a Jean-Jacques. Ya en la calle, Jean-Jacques caminaba recatado, pero firmemente, y yo lo seguía a distancia. En general no debíamos esperar más de media hora para que alguien, silenciosamente, se le uniera. Si hubiera estado preocupado únicamente por su propio placer, podría haber sido un conductor de camión, un inmaculado hombre de negocios italiano, un árabe o un estudiante; la primera condición que imponía era que su acompañante fuera evidentemente varonil, en apariencia y gustos. Para satisfacer este propósito, podía aventurarse por cualquier parte de la ciudad y permanecer con quienquiera que encontrara, durante toda la noche. Pero si salía a obtener dinero, se limitaba a ciertos barrios y cafés donde encontraba a los homosexuales conocidos, invariablemente hombres de mediana edad o mayores que él, frente a los que se presentaba como un tipo rudo, y al que estaban dispuestos a pagar por unos minutos de su viril compañía. El y su acompañante iban simplemente al muelle y desaparecían bajo un puente; si los pronósticos financieros eran más favorables, Jean-Jacques se llevaba al hombre a su propia habitación y no regresaba para continuar su itinerario hasta una o dos horas después.

    Yo, por lo tanto, no puedo hablar con demasiado conocimiento de lo que Jean-Jacques hacía para su propio placer; en estas excursiones iba, por supuesto, completamente solo. Pero en las sucesivas noches que, a lo largo de la semana, dedicaba al negocio, lo acompañaba durante toda la velada. Mientras él permanecía con un cliente, yo lo esperaba en diversos cafés, que eran el terreno especializado para la prostitución masculina, llenos de muchachos de facciones delicadas, de rudos y rufianes como Jean-Jacques, o de travestís. Gradualmente empecé a ser conocido y a sentarme en las mesas de la expectante y murmuradora congregación de «hermanas», los rubios oxigenados y cargados de anillos, amigos de mi amigo. No conversaban mucho conmigo, pero me miraban siempre amistosamente; una educada conversación en aquel círculo, una conversación que no versara acerca de su vocación, era impensable. Sus frases eran categóricas, nunca expositivas. No tenían opiniones, conocían tan sólo dos emociones: los celos y el amor, y su conversación, a menudo rencorosa, no salía de los límites de la belleza. Folies de nuit, mujeres locas de la noche, se llamaban jocosamente a sí mismos. La genuina prostitución es rara, la mayoría son hombres de negocios que aman realmente a sus clientes. Han ido demasiado lejos para demostrar su amor hacia los cuerpos de su propio sexo, como para sentir el distanciamiento que una prostituta acostumbra a sentir hacia el hombre. Estaban tan orgullosos de su habilidad para proporcionar placer que no llegaban a sentirse desgraciados cuando, tras el amor, sus clientes se dedicaban torvamente a injuriarles.

    Cuando no estaba sentado en estos cafés, durante las noches de aquel verano, también yo recorría las calles —observando más detalladamente cómo se emplean los hombres entre sí para su placer. Frecuenté las otras estaciones públicas de esta concupiscencia pasajera, donde aprendí a reconocer a los más ocultos homosexuales que se citaban en los urinarios y en las últimas filas de butacas de los cines. No puedo imaginar una forma mejor de entendimiento sin palabras que estos impecables encuentros. No cruzaban ni una sola palabra, sino que alguna misteriosa atracción química los impulsaba a reunirse para estrecharse unos a otros en lugares públicos —nunca parecían cometer una equivocación— y actuaban con tal prontitud como si cada hombre trabajara individualmente en soledad, mientras el otro parecía asistir invisible.

    En cierta ocasión, presencié una de estas escenas, ya iniciada, entre algunos hombres reunidos en un pis—soir. Reinaba un perfecto silencio. Un árabe de buena estatura, con un traje azul, inadecuado para su tamaño, había tomado la iniciativa. Ninguno de aquellos hombres parecía afeminado, todos actuaban como respondiendo a una señal previa. Era como un sueño en que lo extraño se había hecho fácil, y lo deseado, simplemente necesario. Y después, con igual velocidad, la hilera se deshizo, y los bailarines abandonaron su ritmo; se había terminado.

    Otra vez, en un lavabo del Metro, presencié la escena desde el principio. Empezó con bromas y la lucha entre un africano y un negro, bien vestido; todo por un insulto que no llegué a oír. Comenzaron a luchar entre sí, y los demás, animándolos, se colocaron cerca de los primeros, hasta que la lucha —que pronto comprendí era un delicado pretexto—, se extendió también a los espectadores, y cada hombre empujaba y agarraba a su vecino, lanzando obscenos insultos. Uno de ellos gritó «¡No te atreverás!» y otro, «¡Te desafío a que lo repitas fuera!» y otro aún, «Déjame salir de aquí», pero ninguno salió. El manoseo de los participantes continuaba al mismo nivel —el africano y el hombre de negocios estaban ya de rodillas— y me uní al grupo, cuidando de no superar ni estar por debajo de la vehemencia de mis vecinos. Me pregunté por qué el griterío continuaba, si era tan reiterado, y ellos parecían cada vez menos enojados. Entonces se arrodilló otro hombre, y después, otros. Ahora, el espíritu de grupo lo abarcaba todo y expulsaba las oscuras e inciertas muestras de personalidad de cada hombre. El silencio llegó a cada uno, como por turno, parecido a una serie de velas extinguiéndose.

    Cuando comencé a acompañar a mi amigo, el escritor, yo no tenía opinión sobre sus actividades e incluso de haberme sentido autorizado a presionarlo para abandonar una vida perversa y promiscua, me hubiera contenido. Jean-Jacques, sin embargo, no admitía mi silencio. A pesar de que yo no le atacaba, él era activo e ingenioso en su propia defensa, o, mejor, en la defensa de los placeres ocultos, secretos, tramposos y de ser—lo—que—uno—no—es.

    Varias veces, aquel verano, trató de derrumbar mis calladas objeciones. «No seas tan solemne. Hippolyte, eres peor que un moralista.» Entretanto yo no podía dejar de observar ese mundo de lujuria ilícita como un sueño, hábil pero a la vez pesado y peligroso; él lo veía simplemente como un teatro. «¿Por qué no podemos cambiarnos nuestras máscaras una vez cada noche, una vez cada mes, una vez cada año?», dijo. «Las máscaras del propio trabajo, de la propia clase, nacionalidad, de las opiniones. Las máscaras de marido y mujer, padre e hijo, amo y esclavo. Hasta las máscaras del cuerpo —macho y hembra, feo y hermoso, viejo y joven—. Muchos hombres se las ponen sin resistencia para llevarlas durante toda su vida, pero no los hombres que nos rodean en este café. La homosexualidad, como puedes ver, es la principal forma del juego de máscaras. Pruébalo, y verás cómo produce un grato alejamiento de uno mismo.»

    Pero yo no quiero alejarme de mí mismo, sino más bien en mí mismo.

    —¿Qué es, en nuestro tiempo, un acto revolucionario? — me preguntó retóricamente, en otra ocasión—. Derribar una convención es como responder a una pregunta. El que pregunta ya excluye mucho de lo que contendría la respuesta. Por lo menos, separa una zona y la excluye, la zona de las respuestas legítimas a la pregunta. ¿Comprendes?
    —Sí, lo comprendo, pero no entiendo su aplicación. — Mira, Hippolyte, ya sabes la poca audacia que se requiere hoy día para no ser convencional. Las convenciones sexuales y sociales de nuestro tiempo prescriben la parodia homosexual.
    —Se necesita coraje para parodiar la normalidad —dije—. Coraje y una gran capacidad de culpa. No encuentro humor en tus procedimientos, amigo mío. Sería más fácil para ellos —te excluyo a ti, Jean-Jacques, porque tú no eres como los otros— si las cosas fueran como dices.
    —Estás equivocado —replicó—. El precio no es tan exagerado como crees.
    —¿Acaso el travestido que deambula por las calles no añora a su familia, a la que ya no podrá mirar de frente, porque se ha pintado los ojos?
    —Hippolyte —dijo, en un tono exasperado—. Estoy muy disgustado porque hablas de ellos y me excluyes. ¡Y de este modo tratas de complacerme!
    —Pero tú no eres como ellos, Jean-Jacques. Tú eliges. Ellos son obsesos.
    —Tanto peor para mí —dijo—. No —continuó—. Pretender algo es sólo no pretender otras cosas. Pero estar obsesionado es no pretender nada en absoluto.

    El sol no juega a levantarse cada mañana. ¿Sabes por qué? Porque el sol está obsesionado con su trabajo. Todo lo que admiramos en la naturaleza bajo el nombre de orden, y la confianza fundamental que depositamos en sus movimientos regulares, es obsesión.

    La idea me pareció correcta.

    —La obsesión, entonces, no la virtud, es el único terreno posible para la confianza.
    —Correcto —dijo—. Y es por eso que yo confío en ti.

    En ese momento descubrí que era esta misma razón la que me impedía confiar en ti, Jean-Jacques. Pero eso no te lo dije.

    Aun sin confiar en Jean-Jacques, lo respetaba y admiraba como guía y compañero en la búsqueda de mi propio yo. Pero muchos gustos y rasgos de carácter nos separaban. Porque estaba completamente dedicado a su trabajo, escribir, podía permitirse el lujo de ser indigno de confianza en cualquier otro aspecto y adornar su vida con juegos, estrategias y simulacros. Estos extraños ritos que practicaba consigo mismo, no eran adecuados para mí.

    —Tú y yo somos muy parecidos —me explicó otra noche de aquel agitado verano.

    Demostré gran sorpresa.

    —La diferencia —continuó—, es que tú no tendrás éxito y yo sí. Yo estoy preparado para llevar mi carácter hasta sus últimas consecuencias.
    —Yo también lo estoy —interrumpí.
    —Estoy preparado para llevar mi carácter al extremo, lo que es una modificación del carácter. Tú no sabes nada acerca de tu propia modificación. Deseas tu carácter concentrado y claro, pero encontrarás que, después de haber evaporado el agua, has quedado reducido a un ácido demasiado fuerte para tu propio olfato, por no decir el del mundo. Te quemarás, mientras yo me renuevo en una continua destilación.

    Por supuesto, protesté.

    —Ya sé —continuó diciendo—que tú piensas que mi vida es aventurera. ¡Qué poco sabes sobre el riesgo! Tú eres el aventurero, el que se arriesga, porque no sabes claramente cuál es el territorio que estás inspeccionando, si tu cuerpo o tu mente. Si confundes uno con otro, tropezarás.

    Escuché atentamente. Aunque no soy una persona vanidosa, disfruto oyendo a mis amigos cuando hablan de mí.

    —Mi vida es extravagante pero admisible —prosiguió—. La tuya es demasiado decidida y llena de peligros… Está bien ser serio, pero no entender la seriedad como una exigencia.
    —Si lo que quieres decir es —repliqué—, que yo no tengo tu catolicidad de gustos, es cierto.
    —Hay muchas exigencias —dijo—. La seriedad es sólo una de ellas. Pero me gustas, Hippolyte —añadió, sonriendo, mientras me pasaba un brazo por los hombros—. Tienes carácter, como una templada región americana o la gran catedral inacabada de Barcelona. Todo lo que haces eres tú. No puedes ser de otra manera. Es por esa razón que yo… te colecciono.

    Aunque yo lo quisiera, no podía esperar que Jean-Jacques me encontrase precisamente divertido. Supongo que ésta fue la primera vez que me molesté con sus palabras.

    —Quiero ser yo mismo, más que cualquier otra persona en el mundo —declaré firmemente.
    —Y esto es lo que eres, querido Hippolyte —dijo sonriente, acompañándome hacia la puerta del atiborrado café en el que nos sentamos aquella tarde de agosto.

    Y sólo para demostrarme que era capaz de actuar fuera de carácter, que podía sorprenderme como yo jamás podría sorprenderle a él, aquella noche me llevó a su habitación.

    Este imprevisto «encuentro» no modificó nuestras relaciones. Nos despedimos amistosamente. Pero aunque el experimento no se repitió, me consternó la ligereza de Jean-Jacques, e hice la solemne promesa de mantenerme en guardia contra él. Nunca sentí la tentación de discutir sobre Frau Anders con mi amigo, porque era naturalmente discreto. Jean-Jacques, en cambio, era muy indiscreto. Siempre tenía una nueva historia que contarme acerca de su última conquista o su último entusiasmo, discutía sus escapadas sexuales —como su pobre infancia, su carrera de boxeador, sus robos, cualquier cosa menos sus libros— pródigamente, sin reservas, y supe, con gran sorpresa de mi parte, que a menudo era impotente. A través de estas confidencias, yo aumentaba mis elementos de juicio acerca de sus gustos poco naturales y su vida desarreglada, pero aunque disentía de la curiosa teoría de Jean-Jacques sobre la homosexualidad, según la cual esa práctica tenía tanto de culpa como de humor, de rebelión como de convención, nunca estuvo en mi ánimo interferir con la felicidad de los otros. Esta, como recordarán, fue una de las máximas que había decidido en primer lugar, durante mis aventuras intelectuales. Y Jean-Jacques me pareció un hombre feliz.

    Tal vez, yo hubiera podido imaginar que su cínica virilidad era en parte fingida: había algo en sus pequeños ojos y ancha frente, un indicio de mala salud —pero no, esto era falso—. Estaba en perfecto estado de salud. Yo, por el contrario, aparentaba la buena salud que proviene de una infancia bien nutrida y mi cuerpo confirmaba la apariencia. El lector puede imaginar acaso que yo no experimento dificultades del tipo de las de Jean-Jacques. A pesar de lo extravagante de la situación, no me sorprendería saber que pierdo ciertas cimas de satisfacción en el curso de mi tranquila potencia.

    Nunca sufrí, durante los períodos de abstinencia sexual. En ausencia de Frau Anders, me ocupé de la lectura y la correspondencia, con ocasionales participaciones en la vida nocturna de Jean-Jacques, y en constante meditación sobre mis sueños.

    Hice inventario de mis posesiones. Tenía un modesto y aceptable guardarropa —nada para tirar—. Pensé vender mis libros. Pero no me había librado del hábito de leer un fragmento cada día. Con los muebles era diferente. Todo, excepto lo más necesario, una cama, una consola, estanterías para libros, lo di a mis compañeros de estudio. Hasta la silla, ya que podía sentarme en la cama. También dispuse de las pocas pinturas que poseía y de la flauta que había comprado después del primer sueño. Más tarde me deshice también de la cama, y dormía sobre una esterilla que enrollaba cada mañana y metía en el armario durante el día. Me preocupaba también por el mantenimiento adecuado de mi cuerpo, que nunca descuido ni estoy tentado de olvidar. Durante aquella época me gustaba dar largos paseos y me pareció que cualquier cambio de escenario reanimaba mis energías demasiado fáciles de disipar. Para suplir mis paseos, Jean-Jacques sugirió un programa de ejercicios como los que se practican en Oriente, que podría hacer en mi propia habitación. El propósito de estos ejercicios no tenía nada que ver con el vanidoso deseo de fortalecer el cuerpo. No guardaban relación con él, su objetivo era alcanzar un perfecto control sobre él. Pretendían, por medio del cuerpo y dirigidos a la mente, producir un estado de vigilia sin contenido, un estado de vaga levedad. Pero fue sobre todo la idea de los ejercicios lo que me atrajo; quizá por eso no llegué a alcanzar un buen grado de aprovechamiento. Nunca tuve éxito en el control de mi digestión, ni de mi esfínter anal, de modo que pudiera vomitar, excretar o ingerir voluntariamente. Aun después de haber abandonado los ejercicios, con frecuencia me imaginaba a mí mismo haciéndolos, llevando un ajustado bañador de lana negra.

    Practicaba regularmente un ejercicio menos agotador, de mi invención, y lo realizaba con un invisible instrumento electrónico. Me sentaba, muy quieto, tratando de encontrar la postura correcta, la exacta disposición de mis piernas y brazos, a fin de tocar todos los nódulos invisibles e impulsar la corriente. A veces no era un instrumento electrónico el que yo tocaba, sino un impalpable instrumento de viento, como una flauta. Entonces debía descubrir dónde iba a poner la boca, dónde estaban los agujeros y la partitura.

    Tuve menos éxito, en mi preocupación por el cuerpo, ensayando regímenes dietéticos. Sabía que algunas sectas religiosas prohíben a sus miembros ingerir comidas sazonadas, picantes y toda clase de carnes y bebidas tóxicas. Decidí comprobar si estas leyes me eran aplicables. Durante algunas semanas no comía más que arroz y fruta, mientras que en otros períodos comía únicamente los alimentos prohibidos. En ningún caso observé cambios significativos en las sensaciones de mi cuerpo.

    Un día se me ocurrió que no había razón para reprocharme a mí mismo por no cumplir todos los ejercicios. Después de todo, ¿cuáles son sus funciones? Los ejercicios son un método para eliminar el pensamiento, para dedicarse a lo más vacuo, pero ¿no era éste el propósito de la meditación sobre mis sueños?

    La sustitución se confirmó, mediante la recomendación del libro de ejercicios que Jean-Jacques me había dejado: una vez logrado el dominio del cuerpo, estar totalmente quieto, seleccionar un punto y concentrarse en él. Este acto de concentración es el clímax real de los ejercicios. Concentrarse sobre un punto en particular es algo que despeja o elimina cualquier otro pensamiento.

    La mente se abre y la luz brilla en su interior. Según el libro de ejercicios, el punto de concentración puede ser tanto una pequeña parte, situada en cualquier lugar del propio cuerpo, como un pequeño objeto de la habitación. Pero ¿no era esto lo que había estado haciendo? Yo tenía algo mejor que mi nariz o mi ombligo o que un paisaje en la pared. Tenía mis sueños.

    Me volví ahora hacia mis sueños con una nueva exigencia. Si tenía que concentrarme en mis sueños como sustitución de los ejercicios o del ayuno, quería que se presentasen desnudos, y taciturnos. Pero fui desobedecido; no eran lacónicos, sino llenos de conversaciones. Pensé qué podía hacer para contener la locuacidad de mis sueños.

    Me atreví a esperar que alguno de mis sueños fuera totalmente silencioso, tal como Jean-Jacques había sugerido. Pero para esta gran superación, sentí que necesitaba modelos. Encontré un modelo en una de mis diversiones favoritas, el templo de los sueños públicos, el cine. Las películas ya eran habladas en aquel tiempo, pero en las salas más atrasadas todavía podían verse viejas películas, afortunadamente mudas. La lectura de libros de medicina me brindó un nuevo modelo, en los capítulos sobre afasia. Yo quería emular a los que oían la voz, el sonido de la conversación, pero no las palabras. Para un afásico, las palabras no se pronuncian ellas mismas. A pesar de que estaba aún muy lejos de poner en práctica todo esto en mis sueños, llegué a entender que las palabras coartan los sentimientos que intentan encarnar. Las palabras no son el vehículo apropiado para una elevación general que destruye la vieja acumulación de sentimientos.

    Supongo que se me podrá considerar una persona terca. Pero mi terquedad no es superficial o pretenciosa. Yace en lo profundo y se comporta con deferencia y humildad. Por lo menos, yo no era de mente estrecha, la causa más corriente de la terquedad. De haberlo sido, no hubiera continuado hablando con mis amigos.

    —Querido Hippolyte —me dijo Jean-Jacques una tarde, mientras paseábamos a lo largo del bulevar—, has hecho el voto de ser absurdo y no un solo voto, sino muchos. Haces votos como un pobre ansioso comprando arriesgadamente en un gran almacén. Cada vez estás más y más en deuda contigo mismo, has llegado a la bancarrota. ¿Qué sentido tiene encumbrarse a sí mismo de esta manera?

    Le expliqué a Jean-Jacques que su metáfora era equivocada.

    —No estoy interesado en comprar o poseer nada —dije—. Estoy interesado solamente en las posturas.
    —En ese caso, te aconsejo que rompas con tu postura y bailes. Te contemplas demasiado a ti mismo. Este es el principio de todo el absurdo. Mira a tu alrededor. El mundo es un lugar interesante.

    Le repliqué que esperaba que alguien interpretase mis sueños.

    —No hay explicaciones —dijo él—, del mismo modo que no debería haber votos ni promesas. Explicar una cosa es hacer otra cosa, con lo que sólo conseguiremos desordenar más el mundo. ¡Qué ciegamente inútiles serán tus explicaciones cuando finalmente te aposentes sobre ellas!
    —Pero tú, Jean-Jacques, tienes tu vida llena de inútiles pasiones y placeres contradictorios.
    —No es lo mismo —dijo—. Déjame que te cuente una historia que lo aclarará. Conozco a dos pacifistas: uno es un hombre que cree que la violencia es incorrecta y actúa de acuerdo con sus creencias. Se ha confirmado a sí mismo como pacifista y esto es lo que es. Actúa como pacifista porque lo es.
    —¿Y el otro?
    —El otro hombre reniega de la violencia en cualquier situación y, por consiguiente, sabe que es un pacifista. Este es pacifista porque cree que actúa como tal. ¿Ves la diferencia?
    —No la veo y nunca ha sido mi costumbre pretender entender más de lo que entiendo.
    —Mira —dijo—. Yo soy un escritor, ¿no es cierto? Sabes que escribo cada día. Sin embargo, mañana puedo no escribir, o no escribir nunca más a partir de mañana. Soy un escritor porque escribo. No escribo porque sea un escritor.

    Pensé que lo había comprendido, y me sentí descorazonado por la distancia que Jean-Jacques ponía entre nosotros.

    —Pero me has dicho que ibas a explicar una historia —dije, dejando de lado mis pensamientos melancólicos—. Hasta ahora sólo has introducido dos personajes.
    —La historia es que el hombre que era pacifista porque actuaba como tal mató ayer a su mujer. Esta mañana estuve en el juzgado, cuando se le tomaba declaración.
    —¿Y el otro?

    Rió.

    —El otro todavía es un pacifista.
    —¿Y tú ves alguna… belleza… en el asesino que violó sus principios?

    Otra vez me sentí vencido.

    —Belleza no. Sólo vida. ¿Acaso no comprendes que aquel hombre nunca actuó fuera de sus principios? El no había formulado ningún voto, tampoco lo he hecho yo. Por lo tanto, nada de lo que haga es inútil o contradictorio, como pensabas hace un momento. Eres tú quien está fragmentado, dividido.
    —El lenguaje actúa así sobre mí —murmuré, como hablándome a mí mismo—. Mis sueños son demasiado conversadores. Tal vez si yo no hablara…
    —No, no, no te investigues como has estado haciendo. Es mucho más simple. Todo lo que tienes que hacer es hablar sin tratar de prolongar la vida de tus palabras. Por cada palabra dicha, otra debe morir.
    —Entonces, debo aprender a destruir.
    —Tampoco destruir. — Empezaba a exasperarse conmigo—. La vida ya se ocupará, si no está diluida por un exceso de vida.
    —Quiero mejorar la mezcla, pero tú dices que estoy fermentando un ácido.
    —Exactamente —dijo—. Pero sabes, no es bueno decirte estas cosas. ¡Ah! Podría contarte muchas cosas… Escucha, si te digo algo, ¿prometerás no aferrarte a ello como si fuera un nuevo elemento que puedes introducir en tu condenado juego de reglas para gobernarte a ti mismo? Promete, por favor.

    Lo prometí.

    —Uno debe estar siempre sumergido. Pero nunca en una sola cosa. — Hizo una pausa—. Dime, ¿esto no parece una regla?

    Reconocí que era así.

    —Pero no lo es, no necesita serlo. Imagínate que la inmersión no es una regla o un voto para actuar, obligándote a diversificar tus gustos y diversiones, sino algo que descubres cada día sobre ti mismo. Cada día, tú —mejor dicho, yo—, descubro que estoy absorto, sumergido en algo o en alguien.
    —Pero, ¿no piensas nunca lo que puedes hacer con tus descubrimientos? ¿No te sucede que uno supera a los demás y hace que quieras cambiar tu vida?
    —¿Por qué iba yo a querer cambiar mi vida? — dijo— ¿Porque no puedo tener todo lo que quiero? ¿Ves —sonrió picaramente— cómo las abejas van directamente a la miel?

    ¿Era ésta otra escena de seducción? Mejor cambiar el tema.

    —Creo, con todo —dije lenta y solemnemente— que uno debe estar siempre sumergido. Como tú, Jean-Jacques. Pero el resto no puede decidirse. Mi temperamento es mucho más serio que el tuyo, y pienso que estamos de acuerdo, pero no me caricaturices como un hombre que decide todo sin sentir nada. Te aseguro que soy un hombre de sentimientos.

    Pensé tiernamente en Frau Anders.

    —No, pequeño Hippolyte, tú no decides nada. Tú persistes atrozmente en tus sueños. Dejas que influyan en tus actos, sólo porque has decidido ser el—hombre—que—sueña. Eres como el hombre que descubre un tronco en su camino y, en lugar de apartarlo, llama a una compañía constructora para que ensanche el camino. Vas a tropezar —dijo a mis espaldas, mientras me alejaba.


    CAPITULO VI


    «No», me dije a mí mismo un día. «Es muy claro, todavía no he terminado con Frau Anders. Estoy esperándola.»

    Extrañamente irritable, Frau Anders regresó de acompañar a su marido en el viaje de negocios que por fin se convirtió en una vuelta al mundo y su segunda luna de miel. Nunca la había conocido bajo este aspecto. «Qué muerto está el mundo», gritó, «¡qué insípida es la gente! Yo tan alegre, tenía tantos deseos de vivir… Ahora apenas puedo levantar la cabeza de la almohada por las mañanas.» Insistí para que viviera conmigo, para que abandonara a su marido y su dinero, su hija y su salón.

    Ella asintió, quizás debido a la intensa compañía de su marido, con quien había compartido muy poco tiempo en los últimos años. Frau Anders quería una última entrevista con él para acusarlo de conducirla, con su negligencia, a varios adulterios, pero evité el melodrama. Al principio fue difícil disuadirla, pero me hice fuerte en mi propósito, ya que, si debíamos vivir juntos, era necesario que afirmase mi autoridad desde el principio. Eventualmente, y no sin sorpresa para mí —ella era por naturaleza una mujer imperiosa—, también accedió en este aspecto.

    Esperó a que su marido volviera a marcharse. Dijo a su hija que iba a visitar a un familiar en su país natal. Nuestra salida de la ciudad fue clandestina. Nadie, excepto Jean-Jacques, supo que yo la acompañaba.

    Cuando empezamos a viajar, observé que mi compañera tenía una ilimitada capacidad de aburrimiento. Requería entretenimiento permanente y visitaba las ciudades como si se tratara de servilletas de papel que una vez usadas se tiran al cesto. Su apetito por lo exótico era insaciable, ya que su único propósito era devorar y seguir adelante. Hice cuanto estuvo a mi alcance para distraerla, y al mismo tiempo, trabajaba para remodelar su idea acerca de nuestras relaciones. Antes de su viaje, yo me había sentido, como dije, extremadamente frustrado. Frau Anders no entendió nuestro vínculo, ni tampoco mis sentimientos. Yo sabía que nuestras relaciones eran mucho más serias de lo que ella suponía —y lamenté no ser capaz de complacerla, cuando no me hubiera costado nada, sino la verdad, un fácil trofeo. Debió observar mi falta de interés romántico en ella, pero deseaba que advirtiera también cuan profunda, aunque impersonalmente, la apreciaba como encarnación de mi apasionada relación con mis sueños. A través de las voluntarias escenificaciones de mis sueños, ella me ha atraído sexualmente como antes ninguna otra, y como, posiblemente, ninguna podrá conseguirlo.

    Después de algunos meses de agitado y costoso viaje, Frau Anders estaba suficientemente serena y confidente como para descansar por un tiempo. Nos afincamos en una pequeña isla, y pasaba los días junto a las barcas, hablando con los pescadores y los buscadores de esponjas y nadando en el cálido mar azul. Soy muy aficionado a los isleños, que poseen una dignidad que los habitantes de las ciudades han perdido, y un espíritu cosmopolita que los campesinos nunca podrán alcanzar. Hacia el atardecer regresaba a la casa que habíamos alquilado, para tomar el sol que caía con mi pareja. Al anochecer nos sentábamos junto al muelle, en uno de los tres cafés de la isla, bebiendo ajenjo y conversando con los otros residentes extranjeros sobre el esplendor de los yates visitantes. A veces un policía, abrigado con su capa y luciendo gorra de visera, se paseaba ostentosamente y la conversación de los extranjeros se detenía para admirar su vanidad. Mis sentidos se aguzaron sensiblemente en la isla con este flexible régimen de sol, agua, sexo y vacua conversación. Mi paladar, por ejemplo: la cena empapada en aceite de oliva y ajo trinchado llegó a tener un gusto y un olor exquisitamente variados. Y también mi oído. Cuando a las diez de la noche, la electricidad de la isla era cortada y se encendían las lámparas de queroseno, podía distinguir, a una distancia de muchas millas, los sonidos de diferentes campanas. Desde el pesado cascabel que llevaba el burro, hasta el estridente sonido del cencerro de la cabra. A medianoche, cuando el último toque de campana del monasterio situado en la colina, a espaldas de la ciudad, se dejaba oír, nos retirábamos.

    Lejos de la ingeniosa conversación con sus huéspedes de la ciudad, y descubriendo (resistidamente) mi propia necesidad de soledad, Frau Anders se aburría abiertamente. Sugerí que tratara de meditar, ahora que había silencio. La idea pareció reanimar su espíritu. Pero, pocos días después, me confesó que sus esfuerzos no le proporcionaban ningún fruto y me pidió que la dejara escribir. De mala gana, accedí. Digo de mala gana, porque tenía poca confianza en la mente de Frau Anders y consideraba que sus mejores cualidades —su dulzura e insistencia —florecían únicamente porque habían escapado a su propio conocimiento. Temí que el esfuerzo de asumir la identidad de escritor pudiera privarla del escaso realismo del que disponía. «Poesía no», dije, firmemente. «Por supuesto que no», replicó, ofendida por mi insinuación. «Sólo la filosofía despierta mi interés.» Se decidió a comunicar sus intimidades al mundo en forma de cartas a su hija, que, a nuestra partida, había abandonado al anciano director de orquesta por el nada más que maduro doctor.


    «Querida Lucrecia», suspiraba en la terraza, mientras tomábamos baños de sol. Esta era la señal de que sus esfuerzos epistolares estaban a punto de reanudarse. Entraba en la casa y tomaba su perfumado papel de carta y su pluma con tinta roja y llenaba varias páginas con sus reflexiones. Al terminar, volvía afuera conmigo y me leía en voz alta la carta. Generalmente solía rechazar todos mis sinceros esfuerzos por mejorarla.

    «Querida Lucrecia», recuerdo que empezaba una carta. «¿Has considerado alguna vez que los hombres se sienten obligados a probar que son hombres, mientras las mujeres no tienen que afirmar su feminidad para ser consideradas como tales? ¿Sabes a qué se debe esto? Deja que con mi sabiduría de madre y de mujer te instruya. Ser mujer es ser lo que los seres humanos están destinados a ser, plenos de amor y serenidad» —en este punto, ella acariciaba mi tupido cabello, consolándome—«mientras que ser hombre es intentar algo antinatural, algo que la naturaleza nunca ha intentado. La labor de ser hombre fuerza la máquina» —pido al lector que observe su confusión en cuanto a las metáforas naturales y mecánicas— «lo que comporta continuas averías. La violencia y la rudeza, todas las pretensiones patéticas con que el hombre persiste en su vano intento de probarse a sí mismo, son conocidas y apreciadas como actos de hombría. Sin ellas no se es hombre. ¡Por supuesto que no!»

    Admito que si debo ser encomiado como hombre, preferiría serlo por Jean-Jacques, cuya arrogancia estaba al menos compensada por el hábito de la ironía, que es la segunda naturaleza de todos los que juegan con su identidad sexual. Sin embargo, ¿cómo podía estar irritado con Frau Anders? Su imprudencia era tan ingenua, su habilidad para hacerse querer tan divertida… y aunque hubiera estado irritado, habría pensado que no tenía derecho a juzgar a aquella mujer sin haber conocido a mi propia madre.

    «Querida Lucrecia, el dinero entorpece el espíritu. Los falsos valores empiezan con la adoración de las cosas. Lo mismo ocurre con la reputación. ¿Podemos pedir algo más que indiferencia a nuestra sociedad, algo más que libertad para obtener nuestros placeres?» Este era el tema de otra carta, que me gustó por el intento de emular mi indiferencia hacia las posesiones y la reputación, sentimiento que durante esa época demostré a menudo a Frau Anders.

    «No te asustes por tu cuerpo, querida Lucrecia, el cuerpo más encantador del mundo. Procura apartar todas las mojigaterías y goza tus placeres como te aconseja tu sabia madre. ¡Ojalá todas las madres instruyesen así a sus hijas! El mundo sería un jardín, en este caso, un paraíso. No dejes que la mano muerta de la realidad inhiba tus sensaciones. Toma y te será dado. ¡Aparta de tu alrededor a todos aquellos que se miden por el ahorro y el gasto! Atrévete a pedir más.»


    Mientras me leía estas líneas, recordé a la plácida muchacha rubia que su madre imaginaba como una gran cortesana. Sentí pena por Lucrecia, y enfado hacia su madre, por continuar jugando a distancia con sus desvelos, puramente teóricos. Años después tuve que corregir este rápido juicio, ya que supe que Lucrecia nunca había sido una chica inocente, corrompida por una madre mundana. Quizás fue al revés, como Lucrecia me explicó luego: fue la libertina adolescencia de la hija que incidió sobre la carrera de libre erotismo de la madre, mucho más inocente y afectiva. Durante la época a la que me refiero, sin embargo, veía a Lucrecia sólo a través de los ojos de los turbios consejos de su madre, como antes la había visto con los ojos del deseo del anciano director. La juzgaba como víctima de ambos.


    «Hay sólo una comunicación, querida Lucrecia, la del instinto. Durante dos mil años, el instinto ha trabajado bajo los pretenciosos dictados del espíritu, pero observo que emerge una nueva desnudez, que nos liberará a todos de las cadenas de la legalidad y de los convencionalismos. Nuestros sentidos están adormecidos por el peso abrumador de la civilización. Los pueblos negros conocen esta verdad; nuestra raza blanca está acabada. El hombre con sus máquinas, su inteligencia, su ciencia, su tecnología, dará paso a la intuición de la mujer, al poder sensual y a la crueldad del hombre negro.»


    Con esto basta, pues no debo cansar más al lector. Y no quiero dar la impresión de que mis sentimientos hacia Frau Anders estaban totalmente consumidos por vivir en árida proximidad. En la intimidad del lecho, conocí sus teorías, y la encontré más complaciente que nunca. Yo era un amante vigoroso (pese a mi piel blanca); no obstante, ya lo he dicho, sus ardores me parecían demasiado fáciles de satisfacer. Había en la isla un joven pescador que seguía a mi compañera como un perro perdido y le demostré muy claramente mi total ausencia de celos. Una vez que hubo empezado a dudar de su capacidad de atracción sobre mí, dobló su solicitud y yo me vi sumergido en la paz de la carne, si no en la del espíritu.

    Después del primer invierno en la isla, le propuse continuar viaje a otra parte. Pronto nos encaminamos hacia el Sur, rumbo a las tierras exóticas que decía admirar. Durante el camino hicimos muchas compras de «objetos nativos», pero yo quería viajar, en la medida de lo posible, sin tener que preocuparme por el equipaje, y sugerí que lo enviáramos todo a mi hotel en la ciudad. Yo mismo llevé los paquetes, cuidadosamente preparados por Frau Anders, a la oficina de correos, y los envié a una dirección inexistente.

    Un día llegamos a una ciudad de árabes y, tras mi invitación, nos dispusimos a instalarnos allí por un tiempo largo. Visitamos el barrio nativo con un muchacho de catorce años que se había acercado a nosotros en las proximidades del hotel. Aquel era el mes anual de abstinencia, establecido por su religión, durante el que los creyentes están obligados a la continencia sexual y a ayunar entre sol y sol. El muchacho nos miraba inexpresivamente mientras bebíamos vasos de delicioso té con menta en el palacio de un sultán (abierto ahora a los turistas) y comíamos los alargados pastelillos de miel que vendían en el mercado. Frau Anders trató, sin éxito, de hacer que el muchacho los comiera con nosotros. Para distraer su atención de aquella impiedad, le sugerí que consiguiera del muchacho un placer prohibido, ya que él no lo aceptaba de nosotros. Le preguntó dónde podíamos conseguir algunos de los narcóticos que hacían famosa a la ciudad. El muchacho pareció satisfecho por nuestro interés, ya que habíamos establecido un vínculo con él, y nos llevó hasta el equivalente árabe de una farmacia, donde compramos dos pipas de barro y cinco paquetes de un grueso polvo verde, que llevamos al hotel y probamos más tarde. No apruebo los narcóticos —o por lo menos nunca he sentido su necesidad, ni he creído que mis sentidos estuviesen agotados— pero tenía curiosidad por saber qué efectos producirían en mi pareja. De pronto se desperezó sobre la cama y empezó a sonreír. La invitación sexual era inconfundible. Pero yo quería ver algo nuevo y, tomándola del brazo, le dije que debíamos marcharnos, que la ciudad sería esta noche su amante, que se nos aparecería dilatada, en un lento movimiento, más sensual que cualquier otra ciudad que ella hubiera podido conocer. Me permitió que la levantase de la cama. Después de ponerse su mejor vestido y de arreglar mi corbata, fue lentamente hacia el ascensor, apoyándose en mí para no caer.

    En las calles sonaban disparos. Alquilamos un carruaje para que nos llevara a un desvencijado edificio de madera cercano al puerto, que albergaba un bar donde los marineros y los turistas menos respetables se reunían. El camarero, un alto y fornido árabe, me estrechó la mano cuando pagué nuestra primera ronda. Los músicos tocaban javas, flamenco, polcas; nos sentamos a una mesa y observamos a los bailarines. Una hora después el barman se acercó y nos presentó a su mujer. La mujer, árabe y pelirroja, rodeó con su brazo el desnudo hombro de Frau Anders y susurró algo a su oído. Noté la mirada, levemente embarazosa, con que mi compañera miró a la mujer, seguida de otra, vaga y complacida, que dirigió hacia mí.

    —Nos han invitado a tomar unas copas con ellos cuando hayan cerrado el bar, querido Hippolyte. En su apartamento, encima de aquí. ¿No es encantador?

    Contesté que lo era.

    De modo que, una vez finalizado el ruido, y pagadas o anotadas las últimas sumas escritas con tiza sobre el mostrador, nos retiramos a las oscuras habitaciones del piso superior. Nos ofrecieron más bebida, que yo rechacé. Fue muy fácil. Todo lo que hice fue dar mi consentimiento en el momento crucial en que mi compañera me hizo señas. El hombre y yo nos sentamos en la sala, y él me recitó algunas poesías acompañándose con una guitarra. No pude prestar toda mi atención a su recital, puesto que tenía el oído constantemente distraído con los sonidos que creí provenían de la habitación contigua. Después de todo, yo era algo celoso.

    A la mañana siguiente —o mejor dicho, al mediodía— Frau Anders atribuía a su aventura una satisfacción que me pareció algo menos que sincera. Como siempre, en los momentos en que aspiraba a una emoción que no experimentaba por completo, pensaba en su hija. «Querida Lucrecia», empezó a escribir en la estrecha mesa del hotel. «El amor rebasa todas las fronteras. Te he animado frecuentemente a descubrir esto por ti misma, pues el amor entre dos personas de edades muy diferentes no es una barrera para las mutuas satisfacciones. Deja que añada a este consejo, querida mía, que el amor no conoce tampoco barreras de sexo. ¿Qué más bello que el amor entre dos hombres varoniles, o el amor de una refinada mujer de nuestros climas nórdicos hacia una esbelta muchacha del mundo pagano? Todos tienen mucho que enseñarse recíprocamente. No te asustes ante estas experiencias cuando las encuentres genuinamente en tu corazón.»

    Quemé esta carta al día siguiente, mientras Frau Anders hacía las compras. Escribí a Jean-Jacques una carta llena de aburridas disquisiciones sobre el carácter de mi compañera. Pero lo pensé mejor y la rompí. Carta por carta. Me arrepentí de mis aires de censor a los que todavía estaba sujeto, a pesar de mis buenas intenciones. Una vez más traté de pensar qué podía haber de beneficioso en la naturaleza de Frau Anders, tanto para ella como para mí.

    Que ella hacía progresos, era indudable. Hasta llegó a parecerme más atractiva. Para una mujer de cuarenta años (nunca quiso decirme su edad exacta) resultaba, en todas las ocasiones, de muy agradable presencia. Ahora florecía bajo el sol meridional y del corazón de sus fantasías narcóticas surgió la despreocupación por su vestido, permitiéndome verla sin cosméticos. No por esto la deseé más, pues cualquier complicidad con un capricho mío me fatigaba. Pero, a medida que mi pasión se diluía, sentí una atracción mucho mayor hacia ella.

    Pensé dar una última oportunidad a mi pasión, haciendo a Frau Anders cómplice de mis sueños. Escuchó en un perezoso silencio y, cuando le hube contado varios de mis secretos, me arrepentí de lo que había hecho.

    —Mi querido Hippolyte —exclamó—, son adorables. Tú eres un poeta del sexo. ¿Lo sabías? Todos tus sueños son místicamente sexuales.
    —Yo creo —dije tétricamente— que todos son sueños vergonzosos.
    —Pero tú no tienes de qué avergonzarte, querido.
    —Algunas veces me avergüenzo de tener estos sueños —repliqué—. Por otro lado, no hay nada en mí vida de lo que pueda avergonzarme.
    —¿Ves, querido? — dijo ella apasionadamente.
    —Pruébame que puedo estar orgulloso de mis sueños.
    —¿Cómo?
    —Te diré algo —fue mi serena respuesta—. ¿Qué pensarías si te dijera que cada vez que te abrazo no me preocupa tu placer, ni el mío, sino tan sólo los sueños?
    —La fantasía es perfectamente normal —dijo, tratando de aliviar su herida.
    —¿Y si te dijera que mi participación en la fantasía no es ya suficiente, que necesito tu cooperación consciente en mis sueños para seguir amándote?

    Ella accedió a hacer lo que le pedía —¿acaso esperaba yo otra cosa?— y le mostré cómo interpretar sucesivamente las escenas de mis sueños. Ella representó al hombre del bañador, a la mujer de la segunda habitación, a sí misma como la anfitriona de mi «fiesta original», al bailarín de ballet, al cura, a la estatua de la Virgen, al rey muerto —todos los papeles de mis sueños. Nuestra vida amorosa se convirtió en un ensayo de sueños, en lugar de ser un generador de sueños. Pero a pesar de mis cuidadosas instrucciones, y de su deseo de complacerme, algo no andaba bien. Era este gran deseo de complacerme, creo. Yo necesitaba un contrincante más que un cómplice y Frau Anders no me correspondía siempre con la convicción que requerían los sueños. Este teatro de dormitorio no me llegó a satisfacer porque, mientras mi amante me prestaba su cuerpo para jugar sobre él los variados papeles de mi fantasía, ella había dejado de saber cómo apoyarme.

    Pero, ¿puede realmente una persona participar en los sueños de otra? Seguramente éste fue un proyecto infantil y delirante, y no puedo culpar a Frau Anders de su fracaso. Reflexionando sobre estos hechos, pienso que, de algún modo, mi preocupación por ella había aumentado. Es cierto que sufría por esto —sabiéndose amada no como mujer sino como persona— y sin embargo no se defendió haciéndome sentir ridículo. Había llegado a amarme mucho. Y el hecho de que no me mostrara afectado por el ridículo no disminuye la gratitud que le debo por trascender su almacén de clichés para aceptarme, o tal vez comprenderme. Afortunadamente, no soy la clase de hombre que teme el ridículo, y aún menos lejos de mis misteriosos sueños; pero conozco suficientemente el mundo como para poderlo reconocer.

    Desde que ella consintió en considerar seriamente mis sueños, pensé que sería justo agradecérselo con mi amabilidad. Pero debo confesar que no pude igualar su ingenua seriedad.

    Mis propios esfuerzos para convertir sus fantasías en actos llegaban a hacerme reír. No puedo excusar la mórbida ligereza que entonces me poseía. Debe comprenderse que yo no intentaba en modo alguno ser cruel, aunque mis actos pudieran ser interpretados de ese modo.

    Por iniciativa de Frau Anders, en gran parte, comenzamos a pasar los atardeceres en el barrio nativo. Había llegado el verano y ni siquiera las horas que dejábamos transcurrir en las amplias y hermosas playas nos mantenían frescos durante el resto del día. Por la prodigalidad con que mi compañera gastaba el dinero, éramos bien recibidos en todas partes. Continuó ocupando sus días con el ejercicio de la buena disposición erótica que le proporcionaba el kiffi, y con sus exuberantes cartas a Lucrecia, que en aquel entonces tenía un affaire con el bailarín negro y presidía el salón de su madre con un éxito que ella sugería sólo modestamente en sus cartas. Frau Anders no estaba tan fuera de la realidad como para no sentirse afectada por las noticias, intranquila y, ocasionalmente, irritada.

    Decidí que sería bueno para ella conocer más intensamente las pasiones exóticas de las que hablaba con tanto entusiasmo. Una noche, cuando regresaba al hotel con provisiones, se me acercó un comerciante.

    —¿Y la señora, monsieur? — dijo al principio—. Mi hijo la admira en gran manera. No probará bocado si no la hace su mujer.
    —La señora estará encantada —dije, algo nervioso. El candor del hombre —una cualidad que admiro por encima de todas las demás— me desarmó, pero esta falta absoluta de ceremonial me anunciaba una inusitada impaciencia, que hubiera podido convertirse en violencia, de no haber complacido su deseo.
    —¿Cuánto? — dijo.
    —Dieciséis mil francos —dije, sin tener idea de una cifra aproximada. El lector debe pensar en el valor del franco hace treinta años.
    —Oh, no, monsieur —replicó, dando un paso atrás y gesticulando bruscamente—. Eso es demasiado, demasiado, demasiado. Ustedes, los europeos, ponen demasiado alto el valor de sus mujeres, y además, no he precisado el tiempo que mi hijo desea disfrutar de la compañía de esta mujer.

    Decidí que sería mejor adoptar el tono más firme, ya que era inútil no regatear con esta gente.

    —Debo decirte —contesté— que exactamente en una semana pienso dejar esta ciudad y regresar a mi país. Si he de marchar sin la mujer, debo contar con los ocho mil francos que me entregarás cuando esta noche ella y yo visitemos tu casa, como un adelanto sobre los ocho mil restantes, que deberás pagarme dentro de una semana.

    Me hizo entrar en un portal blanco. — Cinco mil ahora, y tal vez, si todo va bien, los otros cinco mil dentro de una semana.

    —Siete mil ahora y lo mismo, si todo va bien —repliqué, soltando mi brazo de la presión de su mano.

    Lo dejamos en siete mil aquella noche y seis mil una semana después. Me parecía justo que una semana, o menos, con mi amiga, fuera más caro, siendo menos fatigoso, que la compra indefinida de su persona. Sin embargo, protesté galantemente diciendo que su valor era mucho mayor que esta insignificante suma.

    —Asegúrame que tu hijo prometerá no hacerle daño.
    —Lo prometo —dijo solemnemente.

    Desde aquel momento me pareció evidente que no existía ningún hijo por el que el árabe estuviera mediando. Mi amigo, el comerciante, se limitaba a ser galante consigo mismo; viendo a mi atractiva pero madura amiga en compañía de un joven bien parecido, deseaba asegurarme que ella no estaría haciendo un desfavorable cambio. Yo, sin embargo, pensé que era poco probable que un joven árabe deseara a una mujer europea, entrada en su madurez, por muy vehementemente que su piel quisiera triunfar sobre la blanca. Supuse, entonces, que el fornido y cano mercader la quería para él. ¿A qué se debía mi seguridad? Habiendo terminado el mes de abstinencia, quién sabe qué extrañas fantasías se producían. Sabía perfectamente que no existen gustos establecidos de antemano: ¿No había querido yo a Frau Anders para mí? ¿No había resultado atraída por una persona poco agraciada, como la esposa del barman? De modo que, durante mi regreso en barco, decidí que había sido un viril joven árabe, de blanca dentadura, quien había deseado a Frau Anders, y ella había consentido con alegría, contenta de sacarse de encima al pesado Hippolyte, con sus sueños e insatisfacciones. Por lo menos, esto era lo que yo esperaba. Me desagradaba pensar que hubiera habido violencia, terror, violación y mutilación de aquel cuerpo bienhechor.

    Como no regresara inmediatamente a la ciudad, tras mi propio regreso, me agradó pensar que ella estaba satisfecha —más tarde pude comprobarlo— y que aprendía la verdad sobre los sentimientos temerarios de sus cartas a Lucrecia. Pues nada de lo que describía era incierto. Pero Frau Anders tenía la habilidad de hacer de las verdades mentiras cuando las decía. Sus cartas eran retóricas; yo la había capacitado para actuar.

    Perfumada e ignorante de su destino, la dejé en la puerta del mercader. Entró antes que yo, y la puerta se cerró silenciosamente detrás suyo. Pensé si esto le serviría de prueba acerca del verdadero valor de las cortesías ceremoniales hacia las mujeres, que falsifican las relaciones entre hombres y mujeres europeos. Si los hombres precedieran a las mujeres al franquear las puertas, o si no existiera un orden de preferencia, no hubiera sido tan simple.

    Esperé en la calle empedrada, frente a la casa. Media hora más tarde, el mercader apareció con un discreto sobre que contenía los siete mil francos y me besó en ambas mejillas. Me demoré un momento aún, después de ver desaparecer al comerciante. No se escuchaba un solo ruido.

    Aparentemente, todo estaba bien. Una semana después, mi amigo estaba en el puerto con otro sobre, más besos, garantías sobre la salud y el bienestar de Frau Anders y poéticas alabanzas hacia su persona.

    Me embarqué directamente para casa.


    CAPITULO VII


    Después de mi regreso de la ciudad de los árabes, sólo pensaba en la mejor manera de usar mi libertad. Ansiaba tener un poderoso deseo, una gran fantasía, que pudieran ser saciados como yo había saciado los de Frau Anders. Quería mudar mi piel. En cierto modo, ya lo había hecho al disponer de mi amante. Pero al hacerlo, hice más por ella que por mí. La venta de Frau Anders fue quizás mi único acto altruista. Y, como sucede con todos los altruismos, sufría ciertos remordimientos. ¿Fue correcta mi acción?, me preguntaba a mí mismo. ¿Estuvo bien resuelto? ¿No respondía a algún motivo secreto, no fue algo interesado?

    Pensé en continuar mis viejas diversiones con Jean-Jacques. Nos encontramos, y él preguntó: «¿Qué ha sucedido con nuestra amable anfitriona?» Cometí el error de confiarle mis planes antes de partir, pero estaba decidido a no repetir mi error. Recibió alegremente mi silencio. «Me sorprende, Hippolyte; había previsto que fuera Frau Anders quien regresara y tú quien se quedara.» No respondí a estas provocaciones que intentaban hacerme hablar. «¿No piensas compartir conmigo ninguno de los frutos de tu viaje al sur?», dijo finalmente. Su ironía me afectó y temí por nuestra incipiente intimidad.

    Afortunadamente, intervino un nuevo sueño.

    Soñé que estaba en una fiesta. La inclinación de la colina en que se celebraba la fiesta hacía que las mesas y las sillas parecieran algo desequilibradas. Recuerdo perfectamente a un viejo marchito, extremadamente pequeño, que se sentaba en una alta silla de niño, que tomaba té en una copa de barro, derramándolo sobre su camisa y gesticulando con su boca sin producir ningún sonido que yo pudiera oír.

    Pregunté quién era aquel viejo, y supe que era R., el multimillonario rey del tabaco. Me pregunté cómo se había vuelto tan pequeño.

    Después me dijeron que aquel anciano quería verme. Alguien me guió hasta la parte alta de la colina, a través de cercos de piedra, por un camino de grava que conducía a la puerta lateral de la gran casa. Me guiaron a través de los desiertos pasillos del sótano. La única persona que encontramos por el camino, fue un criado, apostado junto a una gran puerta, que interrumpía el largo, ancho pasillo, como el corredor de una clínica. Llevaba una visera verde y estaba sentado junto a una pequeña mesa, con una lámpara y varias revistas que hojeaba. A medida que nos acercamos a él, saltó sobre sus pies y, con una gran inclinación, nos abrió la puerta. La puerta no era pesada ni estaba cerrada.

    Me impresionó aquella ostentación y envidié los lujos que la fortuna del viejo podía proporcionar a su familia. Entramos en la habitación del anciano, con todos los complementos de una habitación de enfermo. Me acerqué a los pies de la cama, en actitud respetuosa, pensando en los bienes que podría dejarme a su muerte.

    —Mándalo alrededor del mundo —dijo al joven que permanecía de pie junto a mí, el que me condujo a la casa y que, supongo, era su hijo—. Eso le hará bien.

    El hijo asintió con la cabeza. Expresé mi gratitud al viejo. Seguí al hijo hacia el jardín, donde me dijo que esperase, y partió. Permanecí solo durante un momento, sin ninguna impaciencia, ya que estaba convencido de que se preocupaban por mí, de encontrarme protegido por algún poder benevolente. Pensé en Frau Anders y en lo que le diría de encontrarla durante mis viajes, cómo iba a explicarle lo bien que aquel anciano me había comprendido.

    Un gato gris se me acercó y lo tomé en mis brazos para acariciarlo. Me repelió el fuerte hedor del gato. Lo lancé al suelo pero permaneció a mi lado, de modo que otra vez volví a cogerlo y me lo puse en el bolsillo, pensando encontrarle después un lugar que fuera adecuado.

    Un grupo de gente se había reunido cerca del lugar donde estaba. Me acerqué a ellos. Todos esperábamos la llegada de un médico que debía hacernos unas preguntas. «Lo hacemos cada domingo por la tarde», me explicó uno de los invitados. El médico bajó por la ladera y nos sentamos sobre la hierba formando un círculo. Nos dio hojas de papel para que las rellenáramos —nombre, número de carnet de identidad, sueldo semanal, profesión— y para firmarlas. Me angustió este requerimiento, porque no llevaba mis papeles encima, no tenía profesión ni salario. Al observar cómo mis compañeros llenaban atentamente sus hojas, comprendí que mi presencia era ilegal. Lamentaba perderme lo que pudiera pasar, pero temía ser detenido o que quizá no quisieran darme el pasaporte. Abandoné el grupo.

    Decidí regresar a la casa, y me encaminaba en esta dirección, cuando me encontré con el hijo del millonario. Me pidió que me ajustara la toalla de baño, que comprobé era mi único vestido, y me condujo hasta otro lugar del jardín, donde me dio una pala y me indicó que empezara a cavar. Tomé con energía el instrumento, aunque la toalla que llevaba anudada a mi cintura iba aflojándose. El suelo era duro y mi trabajo, por lo tanto, extenuante. Cuando ya había conseguido hacer un buen hoyo, el agua empezó, tenuemente, a aflorar. Pronto, el hueco se llenó de agua turbia. No había razón para continuar, de modo que suspendí la excavación, y eché el gato adentro.

    De algún modo, no obstante, creía conservar conmigo al gato y estar paseándolo por el jardín. Entonces encontré a Jean-Jacques y le di el gato, que rechazó con disgusto.

    —¡Perros! — gritó.
    —No te enfades.
    —¿Olvidas que ha llegado la hora de tu operación? — me dijo.

    Me asusté, porque recordaba algo acerca de una operación, pero me pareció que era de un sueño anterior.

    —Todo es tan pesado —dije para distraerlo de su idea—. Y además —añadí con desgana— yo estoy dormido.
    —¡Huevos de tiburón! — gritó con una risa grosera. No podía entender que yo siguiera provocándolo.
    —No hay nada malo —continué— en que me levanté muy temprano.
    —Vete a tu viaje y déjame solo —dijo.

    Pero en lugar de abandonarme como esperaba, Jean-Jacques se hizo muy, muy grande y me hallé ante un enorme par de pies, y apenas podía ver la cabeza que se erguía muy por encima de mí. Alarmado y perplejo, consideré cómo podía convencerlo de que volviera a su tamaño normal. Arrojé una piedra contra su tobillo. No hubo respuesta. Entonces miré hacia arriba, al gigante, y vi que ya no era Jean-Jacques, sino un perverso extranjero que muy bien podría pisarme, y no me atreví a seguir llamando su atención.

    En aquel momento noté que algo no funcionaba bien en mi cuerpo y mirando debajo de la toalla vi con horror que, desde la mitad de mis costillas hasta la altura de la cadera, mi lado izquierdo estaba enteramente abierto y mojado. No podía entender cómo no lo había advertido antes. Esta visión descarnada de mí mismo era revulsiva. Anudé con mayor fuerza la toalla y presioné con ambas manos sobre mi costado, para impedir que mis entrañas salieran de su lugar.

    Entonces empecé a andar. Al principio me sentí digno, orgulloso, y decidí no pedir ayuda a nadie.

    Anochecía. La gente regresaba deprisa hacia sus casas, atravesando las calles a pie o en bicicleta. Oscurecía. Tenía que encontrar un hospital, porque me sentía muy débil por la pérdida de sangre y casi no podía caminar. También pensé en buscar la mansión de mi anciano protector, donde podía tumbarme en el jardín, ya que no me atrevía a entrar y decirle al enjuto viejo que no había conseguido poner en práctica sus consejos. Allí había un doctor, recuerdo, aunque no estaba muy seguro de que no fuera un cónsul o alguien con pasaporte oficial. De todas formas, buscar la mansión era inútil, me encontraba perdido. No había nadie a quien pedir que me orientara. La noche había llegado y esas calles desconocidas estaban vacías. Oprimí nuevamente mi costado izquierdo, reteniendo mis lágrimas de humillación. Quería recostarme, pero me lo impedía el temor de ensuciar la blanca toalla con el pavimento. El sentimiento de pesadez en mi lado izquierdo iba en aumento. Me desangraba y luchaba por inclinarme sobre mi lado derecho. Fue entonces cuando morí. Por lo menos todo se volvió completamente oscuro.


    «Este sueño es excesivamente pesado», me dije al despertar, haciendo un esfuerzo por reanimarme. Siempre que despierto sumergido en un sueño, trato de recobrar mi lucidez lo antes posible. No era fácil en este caso, ya que este sueño me reveló claramente, demasiado claramente, cuan agobiado estaba y cómo me despreciaba a mí mismo. ¿Quién soy para aspirar a ser libre?, pensé. ¿Cómo me atrevo a disponer de los demás, cuando no puedo disponer siquiera de mí mismo? Sin embargo, estoy libre, salvo en la lánguida cautividad de mis sueños. Maldije mis sueños.

    Después de una mañana melancólica, me las ingenié para eliminar la pesadez. Pero sólo a través de la más extrema resignación ante el sueño. Me dije a mí mismo: Si estoy agobiado, que así sea. Y consideré inútil tratar de dar una interpretación más esperanzadora a mi sueño.

    Pero alguien a quien expliqué este sueño, el profesor Bulgaraux, un académico cuya especialidad era el estudio de antiguas sectas religiosas, pensó de forma diferente.

    —De acuerdo con ciertas ideas teológicas, con las que te familiarizaré más adelante —dijo—, éste puede ser interpretado como un sueño de agua. Cavas un hoyo, se llena de agua y, por fin, no te sientes pesado. Te sientes licuificado.

    Era una idea estimulante, pero no quedé convencido.

    —¿Cree que debería viajar, como me aconsejó el viejo millonario?
    —Has estado viajando, ¿no es cierto?

    Asentí.

    —Ahora debes digerir lo que has aprendido y después expelerlo. Hay pecado en tus intestinos.

    No respondí, pero consideré tristemente que quizás él estaba en lo cierto.

    —Te otorgas a ti mismo una confianza que aún no posees. Estás en lo cierto al escuchar tus sueños y aceptarlos —¿acaso puedes evitarlo?— pero te equivocas al condenar el yo que en ellos se revela. Te lo podría demostrar si me escucharas.

    Al principio no comprendí su invitación y me sentí reacio a revelarme otra vez a mí mismo. Es posible que haya cometido un error al referirle mis sueños. Dios sabe cuáles eran sus creencias. Me había dicho que practicaba el encantamiento y trataba de enviar demonios a través de los sueños, todo lo cual repugna a cualquier persona cuerda. Sin embargo, no podía acusarle de charlatán sin haberlo escuchado hasta el final. Respeto un auténtico misterio, mientras deploro los intentos de mistificación. No había logrado saber si el profesor Bulgaraux creía realmente en los temas que le ocupaban.

    —Se rumorea —le dije un día, mientras tomábamos unas copas en su biblioteca— que usted no está contento con la vocación académica, pero que en su vida privada comulga con las teorías que estudia.
    —Sí, es cierto o, por lo menos, lo es en parte —me dijo—. Yo no creo, desde luego, pero sé que estas creencias tienen aplicación real. Estoy preparado para ponerlas en práctica y enseñar a otros cómo realizarlo.
    —¿A enseñarme a mí? — pregunté.

    Me miró detenidamente.

    —¿Dices que tus sueños se refieren a ti más que a ninguna otra persona?

    Asentí.

    —Déjame leerte el mito teogónico de una secta acerca de la que ahora estoy dando un ciclo de conferencias y realizo un estudio. Se me ocurre que sus doctrinas se adaptan particularmente bien a tu caso.

    Tomó varios volúmenes forrados con papel y abrió uno, empezando a leer con voz seca y nasal. Trataré de resumirlo de la mejor manera posible. De acuerdo con esta secta, originalmente había un dios, una divinidad masculina autosuficiente llamada Autógenes. Sin embargo, este dios no estaba completamente solo. Al crearse a sí mismo, debido a un exceso del gesto creador, había dado también existencia a un cierto número de ángeles y poderes. Pero no creó ningún mundo. Su propio ser, el de los ángeles y los poderes que reforzaban su ser, al reconocerlo y aceptarlo, eran suficientes. El se limitaba a ser; no sabía nada de sí mismo. Entonces sucedió que este dios omnipotente llegó a un conocimiento: que él era conocido. Y quiso conocerse a sí mismo; le disgustaba estar limitado a ser. Esto constituyó su caída. Se unió con una de sus sirvientas angélicas, Sofía. El producto de esta unión fue un niño que era a la vez macho y hembra, llamado Dianus.

    La secta que creía en este mito, floreció hace unos dos mil años. Sus primeros devotos miraban a Dianus como a un usurpador, un pretendiente, un dios demoníaco, cuyo nacimiento significaba la corrupción de la cabeza divina. Pero cuando la secta comenzó a propagarse y a ganar devotos, los nuevos adeptos tendieron a ver en Dianus al dios principal, y a relegar a Autógenes a un papel de garantizador de la divinidad de Dianus. Con el tiempo, la devoción a Dianus aumentó. A él podía rezarse esperando la salvación, mientras que Autógenes permanecía distante e inaccesible. Dianus, al contrario de Autógenes, no era un dios excesivamente lejano. Pero poseía algunos de los rasgos de su padre. La mayor parte del tiempo lo pasaba dormitando en la cima de una montaña. Periódicamente se aventuraba a descender entre los humanos para ser adorado, asaltado y martirizado por ellos. Sólo así podía continuar su sueño divino.

    —Por supuesto —observó el profesor Bulgaraux— yo no doy crédito a las artes mágicas que practicaba esta secta. Los miembros de la comunidad autogenista solían estigmatizarse mutuamente en el lóbulo de la oreja derecha. Puedes examinar mi oreja derecha, Hippolyte. Sólo encontrarás un pequeño círculo que tengo desde mi nacimiento.

    Al no comprender la aplicación que este mito pudiera tener en mi caso, impugné el valor del mito mismo.

    —Estos cuentos son sólo sopa de crédulos, concesiones pintorescas a aquellos que no pueden soportar el golpe de una idea desnuda.
    —¿Tus sueños son únicamente alegorías? — me respondió el profesor Bulgaraux—. ¿Crees que se presentan ante ti como historias porque tú no puedes cargar con el peso de una idea rasa?
    —¡Desde luego que no! Mis sueños no son ni más ni menos que la historia que estos mismos sueños cuentan.
    —¿Te contentarías con contemplar tus sueños como poesía, si poesía se opusiera a verdad?
    —No.
    —Reflexiona entonces, Hippolyte, y mira si no hay nada más que atractiva poesía en esta mitología oscura.

    Acepté intentarlo, y hallé que había tanta verdad (y una verdad bastante similar en su contenido) en el mito autogenista como en mis propios sueños. ¿No discurrían acaso mis sueños acerca del ideal de autosuficiencia y de inevitable caída en el conocimiento? Si yo había empezado a sentirme martirizado por ellos, ¿no era esto ingratitud? Por muy dolorosos que fueran, necesitaba a mis sueños —la metáfora que me permitía la introspección— si quería conseguir la paz alguna vez. Me gustó mucho el fragmento del mito que explicaba que las martirizaciones periódicas del Dianus eran necesarias, no para la salvación de los hombres, sino para la buena salud del dios. Permitía apreciar la creación de un dios, en su forma más digna y candorosa. Del mismo modo, aprendí a ver mis sueños, no como generadores de conocimientos útiles a otros, sino únicamente para mí, para mi exclusiva comodidad y salud. Este era también el acto de interpretación del sueño en su forma más digna y candorosa.

    En la tradición autogenista sobre la creación del hombre encontré otra clave para mis sueños, particularmente para el último, que llamé «el sueño de un viejo patrón». Los autogenistas sostienen que la especie humana no fue creada por el remoto dios padre, ni por el somnoliento y agradable Dianus. En cambio, creen que el hombre debe su creación, y debe su obediencia, a Sofía, el órgano femenino que tomó apariencia de serpiente; y como prueba de esto, los maestros señalaban la forma de las vísceras humanas. Nuestra configuración interna de serpiente —es decir, la forma intestinal— es la firma de nuestra sutil generatriz. La idea que sedujo. Nunca hubiera pensado que entre los jugos y los huesos del cuerpo y los apretados órganos en movimiento, hubiera lugar para un símbolo tan extravagante, mucho más imaginativo que la banal identificación del cerebro con el pensamiento o del corazón con el amor. Cuando, en el último sueño, vi que mis entrañas afloraban, ¿no estaba soñando que perdía el signo de mi humanidad? Me estaba advirtiendo acerca del pecado en mis intestinos, como dijo el profesor Bulgaraux.

    Decidí dejar de lado mis reservas intelectuales y escuchar con mayor atención lo que el profesor Bulgaraux iba a decirme. Si quería escapar de la insoportable sensación de que mis sueños eran una inútil carga sin sentido, puesta sobre mí por mi malicia conmigo mismo, tendría que ser purgado de cualquier actitud residual de autocondena… No me importaba que ésta fuese otra interpretación «religiosa». El profesor Bulgaraux, a diferencia del buen Padre Trissotin, no me urgía a someter mis sueños a juicio, sino que me animaba a proseguir, como había estado haciendo, a preparar mi vida para el juicio de mis sueños. Si esto era una herejía, que así fuera. Las más perfectas formas de espiritualidad se encuentran a menudo entre los herejes.

    Me creía relacionado con todos los movimientos heterodoxos disponibles para el buscador de la verdad en esta ciudad y, como ya he indicado al lector, no soy adicto a los entusiasmos colectivos. Hay demasiadas sectas de pensamiento enfermizo en nuestro siglo, demasiadas revoluciones parciales inspiradas por poco más que la moda de ser revolucionario. Sin embargo, no condeno la herejía como tal, si es suficientemente sincera, y llego a creer que el profesor Bulgaraux está realmente convencido de lo que dice.

    Aceptando su invitación, visité varias veces su apartamento durante el mes siguiente, para oírle exponer los puntos de vista de los autogenistas. Tenía en su poder un antiguo código, descubierto en una urna enterrada en un cementerio del Cercano Oriente. Ha pasado muchos años descifrándolo y preparando su publicación; estas conferencias privadas trataban, naturalmente, sobre el contenido del código. Aunque siempre asistían otras personas —algún académico curioso y unas pocas mujeres de edad avanzada con acentos extranjeros, cuyas ocupaciones no pude descubrir—, las reuniones tenían un carácter muy distinto al de las lecciones universitarias, a las que había asistido con ingenuo celo para conseguir erudición.

    Muy pocos fueron los que tomaron notas, pero los que escuchaban atentamente las palabras del profesor Bulgaraux sin papel ni lápiz en sus manos, recibieron esporádicos comentarios personales, que demostraban cómo cada una de esas ideas era aplicable a ellos en concreto. Mirando alrededor de la habitación, vi mujeres que me recordaban a Frau Anders. Me sobresaltaba la idea de que Frau Anders pudiera muy bien —si hubiera conocido alguna vez la existencia de aquel grupo— ser una de las discípulas del profesor Bulgaraux. ¿Qué exponía sino la idea de liberarse a través de la contradicción entre la vida convencional y la que desata las más profundas fantasías, exactamente lo que yo había hecho cuando disponía de Frau Anders?

    No quiero dar la impresión de que él impulsaba a las mujeres a matar a sus maridos, comer cera de abeja, robar de las alcancías de las iglesias, o beber el semen de sus perritos falderos. Sin embargo, el impulso a la acción que ofrecía no era sutil. En este aspecto, me pareció de una concordancia notable con mis propios instintos.

    —La moderación es el signo de un estado espiritual confuso —dijo—. Pero cualquier acto —continuó—, puede llevarse a cabo moderada o inmoderadamente. Hay asesinatos moderados e inmoderados paseos junto al río.

    Parece, pues, que la cosmología autogenista y su plan de salvación suponían un completo código de conducta, o para decirlo mejor, de anticonducta. El hombre fue creado por Sofía, la sutil generatriz, a partir de una oscura materia en la que sólo quedaba un destello de la luz original de Autógenes. Pero el hombre, a quien las escrituras autogenistas llaman «hez subyacente de la materia», puede sin embargo a través de varios ritos de purificación, llegar al cielo. El hombre puede volver al seno de Autógenes si deviene «luz», o sea, explicó el profesor Bulgaraux, mirándome atentamente, ausencia de peso y luminosidad. La purificación no se consigue a través de la autonegación, sino mediante una total expresión del ser. Así, los autogenistas sostienen que los hombres no pueden ser salvados hasta que no han realizado todo tipo de experiencias. Un ángel, añaden, vela por ellos en cada una de sus acciones ilegales, y los insta a cometer sus audacias. Sea cual sea la naturaleza de la acción, ellos declararán que la han hecho en nombre del ángel, diciendo: «¡Oh tú, ángel, yo uso tu trabajo! ¡Oh tú, poder, yo llevo a término tu operación!»

    —Invocaban este perfecto conocimiento —continuó diciendo el profesor Bulgaraux —ejecutando acciones tales que sus críticos rehusaban citar.
    —No hay necesidad de nombrarlas —exclamó una de las mujeres del extasiado círculo.

    «O ruborizarse al nombrarlas», añadí para mis adentros.

    La concepción autogenista de que el bien y el mal no son más que opiniones humanas, no tenía nada en común con el familiar desencanto moderno hacia la moralidad. Esta concepción era un medio de salvación. Como el resultado de las distinciones morales es que, a través de ellas, ganamos una personalidad, o un peso, el propósito de derribar la ley moral es llegar a la ingravidez, librar a la persona de ser solamente ella misma. Las personalidades individuales deben ser neutralizadas en los ácidos de las transgresiones.

    Mirando la ancha cara del profesor Bulgaraux, sus anteojos, su desaliñada barba, su chaleco manchado de huevo, su traje arrugado y abultado, yo no podía determinar si lo que tenía ante mis ojos era un parangón del anonimato o, simplemente, un fracasado entusiasta con toda su pintoresca y particular suciedad. Pero si tenía algo cierto que enseñarme, poco me importaba lo que él mismo fuera.

    —¿Cuál es la personalidad que nos aconseja perder? — le pregunté en la última de las reuniones a que asistí en su apartamento.

    Aquella fue la única ocasión en que me atreví a aludir públicamente a su apego, que rebosaba el dominio del académico, por las creencias de los autogenistas, dando por sentado que éstas eran, efectivamente, sus propias creencias.

    —Piérdela, y lo entenderás.
    —Dígame cómo —le pedí.
    —¿Todavía sueñas?
    —Más que nunca.
    —La has perdido —exclamó, y cada uno de los oyentes, que no superaban la docena, se levantó de su asiento para felicitarme y estrechar mi mano.

    Sí, todavía soñaba. ¡Era tan simple! Cada noche yacía, en el sarcófago del sueño, el hombre del negro bañador de lana, esculpido en piedra sobre la tapa del cofre. Pero, como Dianus, me levantaba impaciente, expectante. A veces parecía que mis sueños fueran un parásito en mi vida, otras, que mi vida fuese un parásito de mis sueños. Quería descubrir el eje de mi preocupación. Quería escapar de esta personalidad que me contenía y me enfrentaba tan penosamente a mis sueños. Llegué a comprender, a través de las instrucciones del profesor Bulgaraux, que el divorcio entre mi vida y mis sueños era un resultado de esta cosa llamada personalidad o carácter que todos, a mi alrededor, parecían cultivar y tomar como fundamento de su propio orgullo. Llegué a la conclusión de que «personalidad» es simplemente el resultado de hallarse fuera de equilibrio. Tenemos «carácter» porque no hemos alcanzado nuestro centro de gravedad. La personalidad es, en el mejor de los casos, una forma de enfrentamiento al problema del desequilibrio. Pero el problema persiste. No nos aceptamos por lo que somos; desechamos nuestra esencia real, y erigimos una personalidad para salvar las distancias.

    ¿No es teniendo personalidad como definimos nuestros puntos de vulnerabilidad y fuerza? La personalidad es nuestro modo de ser para los otros. Esperamos que los otros acepten nuestra forma de ser, gratifiquen nuestras necesidades, que sean nuestra audiencia y suavicen nuestros horrores.

    Pero ¿cómo podemos escapar a la personalidad? Me hubiese gustado ser chino durante un tiempo, para ver si su mítica impasibilidad difiere, ligeramente, en su interior. Pero yo no podía cambiar el color de mi piel o la geografía de mi corazón. Los narcóticos estaban igualmente fuera de lugar. Nunca me han proporcionado, ni siquiera temporalmente, ese sentimiento de imperturbabilidad e ingravidez.

    Existe un camino bien conocido para llegar a esta pérdida de la personalidad: el acto sexual. Durante un tiempo frecuenté prostitutas, porque imaginaba que no pretenderían ser personas; por lo menos, su imagen lo prohíbe. En las maniobras carnales de dos personas que no se han conocido ni se conocerán nunca, cierto silencio y ligereza pueden prevalecer. Pero también pueden faltar. El olor de personalidad —una fotografía en la pared, la cicatriz en el vientre de una mujer, un vestido determinado en el armario, una mirada sugestiva en sus ojos— siempre se infiltra. Aprendí a no esperar demasiado de la sexualidad. Sin embargo comprendí por qué la sexualidad, como el crimen, es una fuente inmortal de impersonalidad. Hechos correctamente, estos actos ahogan el sentido del ser. Sucede, creo, porque el fin está previamente establecido: en la sexualidad, el placer; en el crimen, el castigo. Uno se libera precisamente a través de estos actos que tienen un final al que no se puede escapar.

    Pero hay algo aún más valioso para este propósito que la sexualidad y el crimen, y lo certifico por las experiencias que relato, de una vida a veces libertina, criminal en algunos aspectos. Y es el sueño. ¿Era posible que mis sueños, a menudo fuente de angustia y pesadez, fueran de hecho el medio transparente a partir del cual yo podría perder mi agobiante personalidad? Había pensado que los sueños eran un cuerpo extraño en mi carne, contra el que me defendí lo mejor que supe. Ahora me inclinaba a verlos como una bendición. Los sueños estaban grabados en mi vida, como un tercer ojo en medio de la frente. Con este ojo podía ver con más claridad que nunca. Jean-Jacques me había prevenido contra mis sueños y mi seriedad. El Padre Trissotin me había urgido a confesarme y desembarazarme de ellos. Frau Anders se había sometido a ellos, pero los entendió sólo como fantasías. Ahora el profesor Bulgaraux me sugería que podía estar orgulloso de tenerlos. Si yo estaba perdiendo algo en los sueños, era algo de cuya pérdida debía alegrarme. Me estaba perdiendo a mí mismo, perdiendo la serpiente que está dentro, como mostraba mi último sueño, «el sueño de un viejo patrón», que acabó tan gráficamente con la pérdida de mis entrañas. Me estaba liberando, aunque fuera para ser exclusivamente un hombre—que—sueña. Sabía que no había comprendido aún la naturaleza de la libertad, pero tenía esperanzas de que mis sueños, con sus dolorosas imágenes de humillación y esclavitud, contribuirían a elucidarlo.

    Mucha gente considera los sueños como un cubo de basura diario. Una ocupación indisciplinada, improductiva y asocial. Lo comprendo. Comprendo que la mayoría de la gente considere sus sueños como cosas de poca importancia. Son demasiado leves para ellos, por eso identifican lo serio con lo pesado. Las lágrimas son serias; uno puede recogerlas en una jarra. Pero un sueño, como una sonrisa, es puro aire. Los sueños, como las sonrisas, se esfuman rápidamente.

    ¿Pero qué importa que el rostro se esfume y la sonrisa permanezca? ¿Qué, si la vida en que los sueños son alimento se descompone y los sueños florecen? Porque en ese caso uno se sentiría realmente libre, completamente liberado de su propia carga. Nada puede compararse con esto. Podemos preguntarnos por qué nos contentamos con una ración diaria insignificante de aquella divina sensación de ausencia y plenitud que nace del comercio de la carne, para borrar el mundo. Podemos decir de la sexualidad: qué gran promesa de libertad supone, qué extraño que no esté marginada por la ley.

    Me sorprende que los sueños no estén fuera de la ley. ¡Qué promesas son los sueños! ¡Qué agradables! ¡Qué íntimos! Y no se necesita compañero, no se precisa la colaboración de nadie, macho ni hembra. Los sueños son el onanismo del espíritu.


    CAPITULO VIII


    Empecé a escribir un diario en el que relataba mis sueños, me aventuraba a interpretarlos y tejía fantasías en torno a ellos. Este trabajo fue posible gracias al nuevo ocio que obtuve al dejar de leer. Descubrí que el gusto por lo impreso, la habilidad para leer rápidamente, dependen de una educada pasividad mental. Sería una exageración decir que el lector no piensa, pero piensa sólo hasta cierto punto; debe detener sus pensamientos, o, de otro modo, nunca iría más allá de la primera frase. Puesto que no quería perder ni el más insignificante soplo o eco de mis sueños, decidí no proseguir con la costumbre de llenar mi mente con los sueños impresos de otros. Un día limpié de libros mi habitación y los doné a la biblioteca de mi ciudad natal. Retuve, como recuerdo, algunos textos de mi edad escolar, en el interior de cuyas cubiertas mis compañeros de clase habían escrito varios mensajes, amistosos e insultantes. Guardé también una Biblia, un manual de señales luminosas, una historia de la arquitectura y las copias mecanografiadas de los trabajos que Jean-Jacques me había dado.

    No era ya tan ingenuo ni estaba tan hambriento como para compartir mis ideas. No se debe suponer que había perdido completamente la capacidad de confiar en mis amigos. Pero perdí la esperanza de que pudieran enseñarme algo que no supiese ya. Así que dejé de ver a Jean-Jacques, que insistió en tratarme como a un novicio fuera cual fuera el tema sobre el que habláramos.

    La joven Lucrecia había reemplazado a su poco añorada madre, como amante y amiga en perspectiva. (Nadie, ni siquiera su marido, se preocupó mucho por la desaparición de Frau Anders.) Advertí mi creciente tendencia a la irascibilidad, e hice un considerable esfuerzo por ser menos exigente con Lucrecia de lo que había sido con su madre. Me fue más fácil, en virtud de que no me amaba ni yo la amaba a ella. Era feliz con Lucrecia, pero ella era un regalo que yo no estaba seguro de merecer. Nada me interesaba más que mis presuntuosos sueños, y sentí cierta desgana, quizás fuera autosuficiencia, por iniciar a Lucrecia en mis secretos.

    Sin embargo, los pálidos placeres de la amistad, y pensar y escribir acerca de mis sueños, no era todo lo que en aquel tiempo yo me sentía capaz de hacer. Siendo todavía un hombre joven, era natural que yo convirtiera parte de mi inquietud en actividad. A pesar de todas mis perplejidades íntimas, quería vivir más activamente —con la advertencia de que no me inclino por ninguna ocupación útil, remunerable o formativa. Fue entonces cuando, en lugar de una vida de acción, me dispuse a desarrollar una breve carrera de actor. A través del grupo reunido por Frau Anders y presidido ahora por Lucrecia, su hija, conocí a algunos realizadores cinematográficos independientes y empecé a trabajar con ellos. Mi primer trabajo fue la revisión de guiones para un joven fotógrafo que estaba realizando algunos cortometrajes sobre la vida nocturna de la ciudad. Se rodaron cuatro: uno sobre las barcazas que subían y bajaban por el río, otro sobre los amantes en el metro a medianoche, un tercero sobre la prefectura de policía y el último sobre el barrio árabe próximo a la universidad. Después escribí un guión original sobre una monja. Se filmó, pero los cambios y cortes efectuados no recibieron mi aprobación. El trabajo sobre este guión me llevó un año; escribo con mucha lentitud. Durante este tiempo desempeñé también algunos pequeños papeles de actor.

    Finalmente, como actor, más que como escritor, me gradué en Cine Comercial. Transcurría la primera década del cine sonoro y, si bien los directores extranjeros pueden reclamar los primeros lugares en el cine mudo, entonces el cine de mi país era, o así lo creo, el mejor. Nunca desempeñé, ni aspiré a tener, papeles de primer orden, pero también evité figurar entre las multitudes como extra. Representé los papeles de mayordomo y de galán cortesano en dos comedias románticas, el de hermano mayor en un melodrama familiar y el de maestro patriota en una película sobre el reclutamiento de escolares al final de la Primera Guerra Mundial.

    Al interpretar un papel me gustaba imaginarme a mí mismo introduciendo una subrepticia nota al pie de página en el auditorio. Cuando debía representar el papel de un bienintencionado amante, trataba de insinuar una promesa de crueldad en mis abrazos. Cuando representaba a un villano, procuraba dotarlo de ternura. Cuando me arrastraba, llegaba a imaginar que volaba. Al bailar, que era cojo.

    La necesidad de contradecir, por lo menos interiormente, parece haber crecido en mí durante este período. Mientras en mi comportamiento cotidiano raramente contradecía los deseos de los demás, excepto cuando estaba plenamente convencido de estar en lo cierto, cada palabra que oía me hacía pensar en su contraria. Esta era la razón por la que actuar fue una ocupación tan feliz para mí. Actuar era un dichoso compromiso entre la palabra y el hecho. Un papel puede condensarse en una palabra o frase única; una palabra o frase puede extenderse hasta convertirse en un papel completo. «¡Mayordomo!», «No te amo», «Libertad, igualdad y fraternidad», para dar sólo unos pocos ejemplos. Y mientras representaba el papel, enunciando la palabra o frase, podía pensar en todo lo contrario con impunidad.

    Por supuesto, no podía menos que desear papeles que por sí mismos ejemplificaran estas contradicciones. Quería representar a un gordo sudafricano, cuyas achatadas fosas nasales temblaban con disgusto ante la fragancia floral de una mujer blanca. Quería representar a un pintor, ciego de nacimiento, que oye el murmullo de los colores en los tubos de pintura y se considera músico. Quería representar a un fuerte y genial político que, cuando los prósperos granjeros de su país estaban afligidos por la sequía, enviaba las reservas de grano de la nación como obsequio a los millones de indios hambrientos. Lamentablemente, estos papeles no se presentan todos los días. Son necesarios más escritores que los creen. Jean-Jacques podría haber escrito papeles como éstos, de haber querido; pero su arte estaba al servicio de otros fines —una idea de comedia, a la vez mesurada y extravagante, ante la que me he mostrado siempre demasiado solemne o no muy capaz de apreciarla.

    ¿Por qué no escribía yo estos papeles? podría pensarse. Y ¿por qué me dediqué a la interpretación? No era que sintiera, repentinamente, al aproximarme a mi trigésimo aniversario, la falta de una profesión. No, la verdad era que yo disfrutaba con aquello (y soy capaz de disfrutar de muchas maneras). No debo omitir, sin embargo, que el goce estaba tamizado por la vanidad. La vanidad jugaba seguramente su papel en mi preferencia por actuar más en el cine que en el teatro. Pero disfrutaba con el hecho de que en una película, el papel y mi representación eran indisolubles, uno y el mismo, mientras que, en el teatro, el mismo papel ha sido y será representado por muchos actores. (¿Son las películas, en este aspecto, más semejantes a la vida real de lo que el escenario puede ofrecer?) Además —otro rasgo de vanidad— lo que uno hace en la película se recuerda y es tan imperecedero como el celuloide, mientras que las representaciones teatrales no dejan rastro.

    También prefería el cine al teatro porque no hay auditorio presente, fuera de los compañeros de trabajo, ni tampoco aplausos. De hecho, no sólo no hay audiencia, sino que tampoco hay realmente una actuación. Actuar en una película no es como hacerlo en una obra teatral, donde, a pesar de las interrupciones de los ensayos, la representación es continua, acumulativa y llena de movimientos y emociones consumados. La denominada actuación, en el cine es, por el contrario, algo mucho más parecido a la quietud, a la pose, con destino a una secuencia de fotos fijas, como las que aparecen en las fotonovelas que leen las dependientas y amas de casa. En una película cada escena está subdividida en docenas de encuadres distintos, cada uno de los cuales no encierra más que una línea o dos de diálogo, una única expresión en la cara del actor. La cámara crea el movimiento, anima estos breves momentos paralizados, como el ojo del soñador, que es al mismo tiempo espectador de su propio sueño.

    El cine me parece un arte mucho más riguroso que el teatro, un arte que me permite hallar una profunda analogía con los modos de obrar cuyo modelo inicial tomé de mis sueños. No quiero decir con esto que ver un film, en la oscura sala donde uno puede entrar de improviso, en cualquier momento, sea como entrar en un sueño. No estoy hablando del sueño como la libertad de tiempo y de espacio que tiene la cámara cinematográfica. No me refiero ahora a la experiencia del espectador, sino a la del actor: para actuar en las películas se debe olvidar la pasión y reemplazarla por una especie de frialdad extrema. Esto es fácil, hasta necesario, porque las escenas no se ruedan consecutivamente; el actor que trabaja ante la cámara no se encuentra impulsado por las emociones casi naturales que se acumulan a lo largo de una representación teatral.

    La única ventaja que reconozco al teatro sobre el cine reside en la posibilidad de repetición de un mismo papel, noche tras noche, muchas más veces que el número de tomas que un director precisa para quedar satisfecho con la toma efectuada y pasar a la siguiente. Y mientras en cada toma el actor trata de mejorar su actuación (el período que en teatro corresponde a los ensayos), una vez realizada correctamente, el encuadre ha concluido. En el teatro, cuando el actor ha logrado una buena interpretación, está preparado para representarla, una y otra vez, tantas como el público acuda a ver la obra. Esta es la analogía final entre la representación y mis sueños. Las cosas que sabemos hacer bien son las que repetimos una y otra vez, y todavía son mejores las que tienen en sí mismas una forma esencialmente monótona: bailar, hacer el amor, tocar un instrumento musical. Por suerte pude apreciar este rasgo en mis sueños. Tuve el tiempo y las repeticiones suficientes para llegar a ser hábil en este arte. Llegué a ser un buen soñador, mientras que nunca llegué a ser un actor sobresaliente.

    A través de mis amigos cineastas llegué a conocer a Larsen, el famoso director escandinavo, que trabajaba en la integración del reparto para una película basada en la vida de un fascinante personaje de la historia de mi país. Este individuo, que podría ser identificado por la mayoría de mis lectores, era un noble, de inmensa fortuna y título aristocrático, que luchó en su juventud junto a la devota muchacha campesina que libró a la nación de un odiado invasor, y posteriormente fue denunciado como apóstata, hereje y criminal. Por su apostasía, por su herejía y por sus crímenes, que incluían haber conducido a su castillo, violado y asesinado a cientos de niños, fue juzgado y enviado a la guillotina. Antes de su ejecución se arrepintió total y conmovedoramente de sus crímenes y fue perdonado por la iglesia y llorado por el pueblo.

    Leí el guión, y manifesté mi fuerte interés por el proyecto. Larsen me hizo una prueba para el papel del confesor asignado al noble después de su arresto. Le gustó mi actuación y me adjudicó el papel. Hubiera preferido un papel de menor importancia, por ejemplo, uno de los jueces, que me habría ocupado menos tiempo, pero Larsen insistió en que mi cara era exactamente la que él había imaginado para el celoso cura que se desvela por el arrepentimiento del noble.

    Trabajar en esta película me ocupó la mitad del año siguiente. Nos instalamos en el sur y la mayor parte de la película se rodó en un pequeño pueblo de granjeros, próximo al castillo del noble, el mismo castillo en que había vivido, ahora en ruinas y visitado sólo por escolares y adolescentes enamorados, y hasta el que había conducido a sus víctimas varios siglos antes. La vida social del lugar era aburrida. Tuve un tierno affaire con la hija del alcalde, a quien solía citar clandestinamente en un cobertizo abandonado, en las afueras del pueblo. Pasé bastante tiempo también con el cura del pueblo, discutiendo sobre religión y política. Pero era difícil escapar a la compañía de mis colegas. En el pueblo había sólo un hotel, pequeño, y los actores y todo el equipo de producción vivían en él. Se convirtió prácticamente en un dormitorio. El director, el cameraman, la script y el resto de la compañía nos reuníamos todas las mañanas para desayunar y discutir el rodaje del día, y al atardecer nos sentábamos en la sala, a escuchar la radio del hotel, una de las pocas que había en el pueblo, y enterarnos de las noticias sobre la guerra civil que por entonces se libraba en un país situado al sur.

    Me entendía bien con el resto de la compañía, en especial con Larsen y su joven esposa. La única excepción era el maquillador, que durante el primer día de rodaje tuvo un disgusto conmigo. Íbamos a empezar con una escena en la que el noble es conducido a través del pueblo, hacia la plaza de la ejecución; el cameraman quería la luz matinal, de modo que la compañía tuvo que presentarse a las seis de la mañana para ser maquillada y poder empezar con la primera toma antes de las nueve. Llegué puntualmente, y en el momento en que me sentaba en una silla del granero que almacenaba nuestro vestuario e indumentaria, el maquillador examinó mi cara y haciendo muecas empezó a quejarse, refunfuñando. Durante una hora trabajó conmigo para aplicar una pequeña cantidad de rouge y polvos, ya que, según declaró, yo era un caso sin remedio; me dijo que tenía un tipo de piel no demasiado rara, pero sí afortunadamente poco común entre los profesionales del cine, que se resistía a ser maquillada.

    —Tu piel es mate —dijo.
    —Es la única que tengo —repliqué sarcásticamente.
    —Al director no le va a gustar, pero la culpa no es mía.
    —Nadie te culpará —le dije.

    Los maquilladores me han dicho cosas parecidas en otras películas en que he intervenido, pero nunca en una forma tan insolente. No es necesario decir que mi cara poco absorbente no ocasionó ningún problema aquella mañana.

    El rodaje de la película se desarrolló con normalidad, aunque es difícil observar el progreso cuando se avanza tan lentamente. Trabajábamos en una jungla de escaleras, plataformas, cables tendidos en el suelo, focos y pantallas refractoras de colores, copias mecanografiadas del guión, paquetes de cigarrillos en común y botellas de vino para la compañía. Parecíamos, al representar un espectáculo histórico, una gran multitud. Además de dos equipos de dirección, la compañía y los actores principales, reclutamos extras del pueblo, así como hombres morenos, de torsos desnudos, y muchachos con pantalones cortos color caqui y sandalias, para ayudarnos en las operaciones de la cámara, transportar los focos y el atrezzo y también para traernos la comida durante las filmaciones. El único punto quieto en medio de toda esta actividad, era la señora Larsen, la esposa del director, que pasaba la mayor parte del día tejiendo en un rincón, primero un jersey beige, y después una manta.

    Hubo algunos problemas con los productores, que tenían dudas crónicas sobre el valor comercial de la película. En el plató, todos aprendieron a respetar el furor de Larsen, que se repetía cada tarde, a las cuatro, cuando recibía el correo. Se sentaba aparte, lo leía y, finalmente, lo embutía en el bolsillo trasero de su pantalón. A menudo era llamado desde el hotel, para atender frecuentes llamadas de larga distancia. A pesar de todas las presiones ejercidas sobre él, creo que se debió principalmente a su indecisión que tardáramos tanto tiempo (setenta y tres días de rodaje, repartidos en un período de cuatro meses y medio) en terminar la película. Llegamos con un guión de rodaje completamente terminado, pero él lo sometía a continuos cambios, y la mayoría de las reuniones que teníamos a la hora del desayuno se perdían en discusiones sobre los temas sexuales y las ideas teológicas. Desempeñé un modesto papel en estas discusiones, y puedo atribuirme ciertos éxitos, al evitar que la película se convirtiera en un documento anticlerical. Larsen, que había escrito el guión, no se decidía definitivamente sobre la manera de representar al noble. Algunas mañanas nos amenazaba con suspender la producción, para reelaborar totalmente el núcleo del guión, a los efectos de demostrar que el noble era inocente de los extraordinarios crímenes que se le atribuían. Por lo menos, quería excusar al escandaloso noble, bajo el aspecto de un hombre destrozado por los tormentos que una conciencia hiperescrupulosa impone a su naturaleza sexual no convencional.

    —Debió ser un hombre muy apasionado —susurró el director—. Antoine —dijo, dirigiéndose al actor que representaba al noble—, debes mostrarte más apasionado.

    Lo puse en duda.

    —Lo imagino muy sereno —dije—. Una cantidad tan grande de víctimas comporta tal inmensidad de apetito, que raya en la indiferencia.

    Todos los presentes manifestaron su disconformidad con mi punto de vista.

    —¿Cómo alguien puede ser tan cruel? — exclamó la chica de pelo corto que representaba el papel de patriota—. Piensa en todos aquellos niños.

    Traté de explicarlo.

    —No creo que el noble ilustre el límite de crueldad a que puede llegar la naturaleza humana. Ilustra el problema de la saciedad, ¿lo veis? Todos los actos son emprendidos esperando sus consecuencias. Lo que ocurre al alcanzar la saciedad es simplemente que se llega a las consecuencias —la plenitud— del propio acto. Pero a veces, la atmósfera moral llega a hacerse embarazosa. Hay un cúmulo de consecuencias. Y es necesario mucho tiempo para que las consecuencias se junten con los actos. Entonces uno debe repetirse a sí mismo, aburriendo a los demás, en el intervalo que separa el acto de sus consecuencias. Es el momento en que la gente siente insatisfacción. Algunas veces —con seguridad muy pocas— no hay consecuencias, y uno tiene la impresión de no estar ni siquiera vivo.
    —Tú también estás tratando de disculparlo —dijo la script.
    —No, de ningún modo. Soy el primero en estar de acuerdo con que debería haber sido ejecutado, pues, ¿quién hubiese actuado así, de no haber buscado expresamente el castigo? Sólo que él era un hombre consecuente hasta el extremo. Se repetía a sí mismo —es decir, sus crímenes— de la forma más extravagante. Se convirtió en una máquina. Estas son para mí —me volví para dirigirme personalmente a Larsen— las únicas preguntas que cabe hacerse. Con cada repetición, con cada revolución de la máquina, él iba sintiéndose menos oprimido, hasta que confesar inesperadamente y ser enviado a la muerte no supuso ya nada para él. ¿Habría estado satisfecho con un asesinato, si le hubieran apresado?
    —Prosigue —dijo Larsen—. Veo que tienes el asunto muy pensado.
    —¿Qué significa para alguien asesinar a trescientos niños, cuando un solo asesinato es suficiente y excesivo para la mayoría de la gente? — dije—. ¿Tenía este hombre una capacidad para asesinar trescientas veces mayor que la vuestra o la mía? ¿O mejor, esto sugiere que, para él, un asesinato significaba sólo una parte trescientas veces menor de lo que significa para una persona normal?

    No recuerdo el resto de la discusión, excepto que fui desbordado al hacer algunas sugerencias concretas para cambiar el guión. Mis colegas, comprensiblemente, no compartían mi deseo de reformar este fascinante tema, y darle el estilo lánguido de mis sueños. Pero todavía argumenté que a la interpretación de Larsen le faltaba imaginación. En mi opinión, dedicaba excesivo tiempo de la película a la asociación del noble con la joven patriota; y en las escenas finales fallaba al rendir honores al asombroso cortejo que seguía al asesino sodomita y genocida hasta el patíbulo, compuesto en su mayoría por cientos de ciudadanos llorosos, muchos de ellos padres de las víctimas.

    ¿Por qué lloraban? ¿Podía ser porque sus crímenes tenían de algún modo olor de santidad? Más exactamente, ¿el noble era un converso de ciertas ideas religiosas heréticas que incitaron y aún santificaron sus abominables crímenes? En cuanto a la joven campesina, la heroína nacional de mi país, argüí que esta asociación con ella no lo redimía parcialmente, como Larsen sostenía, sino todo lo contrario. ¿No fue esta misma muchacha llevada a juicio y quemada en la hoguera? La virgen y el infanticida, estos dos seres tan opuestos en el juicio de la historia, y aparentemente vinculados sólo por la explosión de la guerra, tenían algo en común, concretamente la herejía, que fue el cargo principal (esto debe ser recordado) en ambos juicios. Ambos fueron acusados en primer lugar por su herejía, y sólo secundariamente por insurrección y crimen. ¿Es posible que fueran castigados por algo que nunca se citó en sus juicios? Según el profesor Bulgaraux, que me envió varias cartas convincentes sobre el tema, los dos eran víctimas propiciatorias y voluntarias de un culto clandestino, cuyas doctrinas guardan una cierta semejanza con las doctrinas de los autogenistas.

    Pero si es así, deberemos convenir que, de los dos, fue el noble quien mejor cumplió la sagrada misión de desprestigiarse ante los ojos del mundo. La joven campesina, aunque vestía ropas de hombre, decía oír voces y participaba en la guerra, no pudo evitar que la iglesia que la había condenado la santificara después. Pero ninguna iglesia, por muy imaginativa que sea, puede canonizar al noble. De este modo, considerar sus crímenes como producto de tensiones eróticas, como Larsen sostenía, demostraba una gran falta de tacto moral. Sus crímenes fueron monstruosos porque fueron reales, dejando aparte sus motivos.

    —No lo disculpes —pedí a Larsen—. Respeta su opción y no trates de hacer bueno la que es malo. No interpretes nada. ¡Lo más molesto de la sensibilidad moderna es su urgencia por excusarse y hacer que una cosa signifique otra!

    Movido por estas reflexiones, decidí adoptar una nueva actitud ante la cámara. Por una vez en mi breve carrera de actor, representé un papel sin duplicidad. Representé al sacerdote como si en mi cabeza no hubiera nada, sino sus palabras, su compasión y su horror, que quedaron grabados en mi rostro. Cuando conversaba con el noble para obtener su arrepentimiento, rezaba realmente para que sus crímenes pudieran ser borrados y todos los niños volvieran junto a sus madres. Esperaba que el actor que representaba al noble pensara que sus crímenes eran reales. ¿De qué otra manera podía pretender cometerlos, arrepentirse y morir por ellos?

    Mi intervención en esta película fue mi último trabajo como actor. No es a mí a quien corresponde decidir si fue la mejor, ya que el lector puede tener la oportunidad de juzgar por sí mismo, pues la película está siendo aún presentada al público. Lo que merece ser destacado es que mi nueva actitud ante el trabajo de actor, en el que ahora quise ser sin reservas ni distracciones internas el personaje que me tocaba representar, abolió el valor que podía tener la actuación para mí. No había razón para ser otra persona si realmente yo iba a ser otra persona. Y también podía seguir siendo yo mismo. Por otra parte, el trabajo era muy agobiante y me dejaba menos tiempo del que yo deseaba para mis ocupaciones solitarias.

    Regresé a la capital una vez terminado el rodaje y alquilé una habitación junto al mercado central, en el corazón de la ciudad. Estaba amueblada, o mejor dicho, desamueblada, con el mismo estilo de mi antigua habitación. Lucrecia volvió a ser mi compañera habitual y con ella compartí las ideas acerca del bien y del mal que nacían de mis entrevistas con el profesor Bulgaraux, al igual que de mi intervención en la película sobre el noble. Ella tenía una tranquila, independiente inteligencia, y nunca debió necesitar el consejo liberador de su madre. Un día, sin embargo, ocurrió algo que cambió nuestra amistad o hizo posible un cambio en nuestras relaciones. Vino a mi habitación directamente de la peluquería y, tras admirar su peinado y pensar en abrazarla largamente, le ofrecí unas copas y empezamos a hablar.

    —Hippolyte —me dijo, interrumpiendo nuestra conversación sobre el Escandaloso Noble, como Lucrecia y yo solíamos llamarle—, ¿no piensas nunca en mi madre?
    —Sí —contesté sinceramente—. Sí, pienso en ella.
    —Sé que mi madre te quería mucho.

    Tomé delicadamente su mano.

    —¿Crees que es muy ingrato por mi parte no añorarla? — preguntó.
    —Estoy seguro de que ella está muy contenta dondequiera que esté —dije.
    —Eso espero —me respondió Lucrecia—. Eso espero, porque he recibido una carta que pretende ser suya, aunque mi madre tenía una caligrafía muy elegante, y esta carta está escrita desgarbadamente y sobre un papel muy malo. Esta carta, Hippolyte —dijo, asiendo tiernamente mi mano—, contiene muchos y muy curiosos reproches dirigidos a ti y, por supuesto, también a mí.
    —Cuéntamelo —le pedí.
    —Oh, Hippolyte, yo no sabía que mi madre te amaba.

    Se llevó un dedo al ojo como para sacarse una mota que le molestaba.

    —Pero seguramente sabrías que…
    —Sí, sí —respondió apresuradamente—. Pero yo no sabía que tú te fuiste con ella. Dice que está tan enojada contigo que no piensa volver. Dice que imagina también que yo soy mucho más feliz sin ella y que ella está muy contenta donde está. Oh, querido, su tono no me parece precisamente feliz, ¿no crees?
    —Creo que tiene motivos para sentirse feliz —dije—, si la realización de una potente fantasía puede proporcionar felicidad.
    —Me extrañaría mucho que mamá se sintiera feliz, Hippolyte; ella no es este tipo de persona. Quizá ni siquiera se trata de mi madre, a fin de cuentas. La persona que escribió la carta firma Scheherezade.
    —Estoy convencido de que es tu madre.
    —Pero ¿sabes qué vida lleva ahora? La carta no da ningún detalle.
    —Cuando la vi por última vez —expliqué—, había entrado en la casa de un mercader árabe que estaba muy enamorado de ella. Esta parecía ser la solución a su permanente insatisfacción. ¿Recuerdas las cartas que te escribía?
    —¡Sí! ¿Estabas con ella cuando escribía aquellas embarazosas cartas? ¿Las leías? Oh, ¡vuelvo a sentirme celosa! Las cartas eran muy patéticas, ¿no crees?
    —Tu madre quería ensayar un modo de vida totalmente distinto al que había llevado aquí, Lucrecia, pero no disponía del corazón necesario para descartar por sí misma el pasado. Tenía que ser ayudada.
    —Empujada.
    —Ella quería ser empujada.
    —Oh, Hippolyte, ¡a veces desearía que me empujaras!
    —Tú no te pareces a tu madre —le recordé.
    —Sí —dijo ella—. Eso es cierto. Yo no suspiro como ella por lo primitivo. La vida en esta ordenada ciudad es ya excesivamente primitiva para mí.
    —¿Tu madre te pide dinero?
    —Habla de un rescate. Dice que es prisionera del amor. Parece sugerir que podemos coaccionarla para que regrese.
    —¿Me permites que aporte la suma de trece mil francos para su regreso?
    —Hippolyte, ¡con eso podrían pagarse diez regresos! ¿Por qué tanto?
    —Porque esa es la cantidad por la que la vendí. No me atreví a pedir menos, por miedo a que el mercader no la valorara como merecía.

    Durante un buen rato, nuestra conversación versó sobre la propiedad del dinero para crear valor y, del mismo modo, para medirlo.

    —A mí me gusta mucho el dinero —dijo Lucrecia, en un tono de amplia autosatisfacción—, mientras que mamá, que es mucho más generosa que yo, sólo dará el dinero a su árabe. Tal vez ella le compre un rebaño de camellos con esta cantidad.

    Algo molesto por su esnobismo, le dije:

    —Te doy el dinero en su nombre.

    Fui al cajón y le entregué la cantidad, dentro del mismo sobre del mercader, con un sentimiento de alivio. Nunca me hubiera gustado que el dinero jugara más que un papel estético en aquel curioso incidente.

    —Empiezo a pensar que estabas muy enamorado de mi madre —dijo Lucrecia, sacándose los guantes para contar los billetes que colocó en su bolso.

    Quedé aturdido.

    —Ella era mucho más generosa conmigo —dije.
    —¡Qué absurdo!

    Estaba francamente turbado por la manera en que Lucrecia persistía en esta escena de celos, que yo no podía considerar sincera.

    —¿Qué quieres de mí, Lucrecia?
    —Nada —dijo, enrojeciendo.

    Le molestaba descubrirse a sí misma investigando la intimidad, en lugar de concediéndola.

    Cuando dijo que no quería nada de mí, decidí no darle más de lo que ya le había dado. Durante algún tiempo había puesto en duda mi amistad con Lucrecia. Mi conducta reservada lo testimonia. No estaba seguro de que fuera decoroso heredar a la hija después de haber disfrutado de la madre; y las consideraciones de buen gusto, aunque no en la forma que asumían con mi amigo Jean-Jacques, siempre han pesado mucho sobre mí. Entonces comprendí que no había razón para ser más de lo que ya habíamos sido. Quién sabe qué perversos impulsos se escondían bajo el sentimiento de Lucrecia hacia mí, que hasta ahora yo había dado por sentado, acostumbrado como estaba a que la edad y la buena figura merecieran la atención de todas las mujeres.

    Lucrecia y yo seguimos hablando hasta el anochecer y más tarde salimos a pasear por el río. Conversábamos entonces, recuerdo, de la amplitud con que el orgullo y la vergüenza están distribuidos en el mundo. Estuvimos de acuerdo en que muchas cosas malas se elogian normalmente, y se censuran muchas cosas buenas.

    —¿Admiras el esfuerzo? — pregunté—. ¿Aprecias los sentimientos que se corrigen a sí mismos y la conducta que no descansa hasta llegar a ser diferente?
    —No —respondió—, no admiro el esfuerzo, admiro la excelencia, que es menos perfecta cuando resulta del esfuerzo. Y también menos graciosa.

    Por un momento pensé por qué me empeñaba en rehuir el afecto de aquella inteligente mujer con quien compartía tantas ideas. Siempre que estábamos en desacuerdo, como ahora, disfrutaba mucho más con ella que en otras ocasiones.

    —¿Y la belleza? — pregunté.

    Lucrecia tenía el pelo rubio, ojos azul porcelana y unas facciones muy perfectas.

    —¡Oh, sí! Perdono todo lo que es bello.
    —No veo por qué debemos alabar la belleza —repliqué pensativo—. Es demasiado fácil descubrir en el mundo qué es bello y qué no lo es. Debiéramos permitirnos encontrar bella cualquier cosa capaz de mantener todo nuestro interés; estas cosas, y sólo éstas, sin que nos importe cuan desfiguradas y terroríficas puedan ser.
    —En pocas palabras —dijo burlonamente—, sólo admiras lo que te preocupa.
    —Admiro la preocupación. Respeto a los preocupados.
    —¡Nada más! ¿Y el amor? ¿Y el miedo? ¿Y el remordimiento?
    —Nada más.

    Después de esta conversación, borré a Lucrecia de mi pensamiento como algo más que una amiga graciosa y educada. El espectro de su madre se había interpuesto entre nosotros y no podía soportar la idea de que hubiera alguna rivalidad entre las dos mujeres, en la mente de Lucrecia o en la mía. Aunque continuamos viéndonos, e íbamos a menudo juntos al cine, Lucrecia aceptaba el estancamiento de nuestra amistad y dirigió su interés amoroso hacia candidatos más prometedores.

    En los meses siguientes, encontré más sueños en mi libro de notas, y más seriedad en su interpretación. Mi esfuerzo era menor y mayor mi atención. Todavía perseguía las mismas preocupaciones, pero de los sueños aprendí cómo perseguirlas mejor. Mis sueños me mostraron el secreto de la perpetua presencia y me libraron del deseo de adornar mi vida y mi conversación.

    Me explicaré. Imaginen que algo sucede —un asalto, por ejemplo—, y alguien acude inmediatamente.

    —¿Qué ha pasado? — pregunta el recién llegado.
    —¡Socorro!

    Lamentos, gritos y demás.

    —¿Qué ha sucedido?
    —Ellos… entraron… por la ventana. Más lamentos.
    —¿Y después?
    —Ellos… me hirieron… con un hacha.

    En estos primeros momentos, la víctima sangrante no está interesada en convencer a nadie de la realidad del suceso. Ha ocurrido y no puede imaginar que alguien lo dude. Si alguien dudara de la historia, él podría mostrar sus heridas. No, ni siquiera esto se le ocurriría. Que alguien dudara de la veracidad de los hechos, le tendría sin cuidado, siempre que le enviaran un médico. Sus heridas serían compañía más que suficiente.

    Sólo después, cuando las heridas han empezado a cicatrizar, la víctima quiere hablar. Y como el suceso se aleja progresivamente en el tiempo, la víctima —curada y restablecida, junto a su familia— le da una forma dramática. Embellece el relato y lo acondiciona para ponerle música. Le pone tambores de fondo. El hacha fulguraba. Ve la pupila de los ojos del hombre. Cuenta a sus hijos que su atacante llevaba una bufanda azul. «Y penetró a través de la ventana con gran estruendo», dice la madura y saludable víctima a sus hijos. «Levantó su brazo y yo estaba aterrorizado y…»

    ¿Por qué se ha vuelto tan elocuente? Porque ya no tiene la compañía de su dolor. Tiene sólo un auditorio de cuya atención duda. Al explicar la historia, pretende convencer a su audiencia de que «esto» realmente sucedió, sucedió de este modo, y él sintió violentas emociones y estuvo en gran peligro. Anhela la confirmación de su audiencia. Sabe también lo que puede ganar con su relato —dinero, respeto, simpatía—. Con el tiempo, el suceso ya no le parece real, a él, a quien sucedió. Cree menos en la realidad del asalto; le parecen más reales los modos que ha ido encontrando para describirlo. Su narración llega a hacerse persuasiva.

    Pero al principio, cuando el asalto fue real, cuando no le ocurrió para que persuadiera a nadie, su narración era lacónica y honesta.

    Esto es lo que aprendí de los sueños. Los sueños tienen siempre la cualidad de estar presentes —aún cuando, como ahora hago yo, se los explica diez, veinte, treinta años después. No se vuelven rancios ni pierden crédito; son lo que son. El soñador leal no busca la credulidad de su oyente. No necesita convencerlo de que tal y tal cosas asombrosas sucedieron en el sueño. Como en el sueño todos los sucesos son igualmente fantásticos, permanecen independientes del asentimiento de la gente. Esto revela, además, la falsedad de la línea que la gente de buen gusto insiste en trazar y dibujar entre lo banal y lo extraordinario. En los sueños, todos los sucesos son extraordinarios y banales al mismo tiempo.

    En ellos, los asaltos también suceden. Matamos, caemos, volamos, violamos. Pero las cosas son tal como son. Las aceptamos en el sueño; son irrevocables, aunque a menudo sin consecuencias. Cuando alguien desaparece del escenario del sueño, el que sueña no se preocupa de su paradero. Alguien que explique este sueño y diga, por ejemplo, «el dependiente me dejó junto al mostrador; creo que fue a consultar al jefe sobre mi pregunta», está explicando el sueño erróneamente. No está siendo honesto: está tratando de persuadir. Debió decir, «estaba en el mostrador, hablando con un dependiente y entonces me quedé solo».

    Me gustaría describir mi vida con la misma imparcialidad con que se narra un sueño. Sería el único relato honesto. Si no lo he conseguido plenamente, por lo menos continúo aspirando a este objetivo mientras escribo. No he tratado de extraer de mi vida ninguna excitación que no se desprenda por sí sola, o estimular al lector con nombres y fechas, con fatigosas descripciones de mi persona y mi apariencia, de las personas que he conocido, los muebles de la habitación, el progreso de las guerras, la espiral de humo del cigarrillo, y otros temas que corrientemente se trataron en los encuentros y conversaciones que escribí. Que esta única pasión, esta idea única quede clara, es tarea que basta para llenar cien volúmenes, y queda fuera de mis posibilidades hacer algo más que sugerirlo en estas páginas.


    CAPITULO IX


    Un día recibí la visita del marido de Frau Anders. Para ser más exacto: de Herr Anders. Ahora que su esposa no estaba ya a su lado, este hombre merecía el reconocimiento de su propia identidad. Sin embargo, para mí seguía siendo su marido, aún ahora, ya que todo lo que sabía acerca de él (principalmente por Frau Anders) era que tenía un agudo olfato, que su hobby era la taxidermia y que sospechaba que él nunca le había sido infiel. Lucrecia, su hija, prescindía totalmente de su existencia.

    Quedé atónito al ver quién estaba en mi puerta, puesto que supuse que recibiría una tormenta de reproches o, por lo menos, una historia de soledad y miseria. Si él la amaba realmente, ¿cómo podía demostrarle a Herr Anders que el desplazamiento de su mujer a la tierra de su deseo era tan beneficioso para él como para ella? Pero no parecía irritado, sólo incómodo. Le rogué que entrara.

    Sin ceremonial alguno, puesto que tenía la apariencia de un hombre muy ocupado, me comunicó el motivo de su visita. Supe que creía que su esposa se había retirado a un convento de monjas; no tenía ninguna duda de que aquel santo deseo debía respetarse. Cuando le pregunté cómo había llegado a esta idea, me habló de una carta que había recibido seis meses después de su partida. Me dijo también —y parecía sorprendido de que yo no lo supiera— que en aquella carta Frau Anders hablaba de mí como su consejero en el mundo, el ejecutor, por así decirlo, de sus deseos terrenos, su intermediario. Aunque toda esta historia del convento me pareció un chiste algo malicioso de Frau Anders, me creí en el deber de cumplir sus deseos, y le pregunté cómo podía llevar a término mi misión.

    Herr Anders tenía un mensaje que transmitir a su esposa, pero como él desconocía su paradero, me pidió que me comunicara con ella. Deseaba contraer nuevo matrimonio.

    —Pero —repliqué algo desconcertado—, no sé exactamente dónde está. Han pasado varios años y…
    —¡Por favor! — se dirigió a mí implorando—. Sé que puedo divorciarme a causa de su deserción. Pero quiero que ella lo sepa, ¿comprende? No quiero casarme sin su consentimiento.

    No entendía, y por tanto no sabía qué decir.

    —Si Dios le ha dado una vida mejor —añadió lentamente—, yo no quiero inmiscuirme en su felicidad.

    Se me ocurrió que Herr Anders pensaba estar adquiriendo mentalidad religiosa.

    Guardé silencio por un momento. El marido de mi perdida amiga me miró extrañamente; una mirada de aprensión que se convirtió en animosidad apareció en su rostro.

    —Me está escondiendo algo —dijo amargamente, y se apoyó contra la pared (no tenía sillas en la habitación y no me atreví a invitarlo a que se sentara en el suelo), y esperó mi respuesta.

    Decidí contarle una parte de la verdad.

    —Sí, estoy escondiendo algo. Por mi voluntad, le diría todo, pero estoy convencido de que su esposa no lo desea así. De lo contrario, ¿por qué no le ha dicho ella misma dónde está?
    —Explíqueme —dijo.
    —¿Tiene la impresión —empecé con cautela— de que su esposa nunca demostró ninguno de los síntomas normales de vocación religiosa?
    —¿Por qué me pregunta esto? Debo creer que sí los tuvo, pero también que fui demasiado ciego para verlo. Posiblemente usted ignora que ella está en un convento y, a propósito, no quisiera que este hecho fuera divulgado. Sin duda estaba muy molesta y descontenta, especialmente en los últimos dos años de nuestra vida en común. Y éste es un signo de que estaba a punto de tomar una gran decisión. — Su mirada se hizo agresiva—. ¿Por qué? ¿Cree que uno puede ser devoto sin tener vocación para ello? ¿Sospecha que hay alguna insinceridad en la vida de mi mujer? ¿Es esto lo que trata de decirme?
    —No —repliqué—. No creo que haya ninguna insinceridad, pero hablo de algunos gustos, ciertas inclinaciones e ideas que usted quizás no conoce…
    —Tenga la bondad de hablar claramente —exclamó—. ¿Qué ha hecho ella? ¡No pienso responsabilizarme por ninguna de sus idioteces o extravagancias!
    —No, no —dije, tajantemente—. No lo comprende. Pero, ¿cómo puede pensar eso? Sé que no me he expresado con claridad. Lo que quiero decir es que…
    —Si no habla claro, le…

    Estaba enrojeciendo y agarraba su sombrero con fuerza.

    —¿Le dijo a qué convento se ha retirado? — pregunté.
    —No.
    —¿Y por qué se lo imagina? — pregunté cautelosamente.
    —¡No imagino nada! ¿Qué quiere usted de mí? — En su imaginación —proseguí—, ¿ve desnudas celdas encaladas, crucifijos, oraciones a las cinco de la madrugada, una superiora severa, una campana que suena en cuanto los visitantes piden ser recibidos? — Lanzó un rugido de rabia, de modo que terminé rápidamente—. Bien, pues no es así —dije—. Como usted sabe, Frau Anders no es particularmente católica. Si está en un convento, es un convento del Islam.
    —¿Cómo, si está en un convento…? ¿Por qué habla de una manera tan cobarde? No tenga miedo de hablar. — Sacó su pañuelo—. ¡Islam! — Respiró pesadamente, hasta el fondo de sus pulmones, y se sentó en el suelo—. Es increíble. Horroroso. No me extraña que no se atreviera a decírmelo. ¿Le ha dicho usted esto a alguien?
    —No.
    —¡Paganismo! ¡Dios mío! ¿Por qué no se conforma con el ateísmo? ¡Para cualquier otra persona es suficiente! ¡Hubiera podido seguir siendo judía perfectamente!

    Mi descontento crecía ante su indignación. ¡Qué hombre tan aburrido! Sin embargo, me sentí inclinado a facilitarle el conocimiento de la verdad, si Frau Anders lo quería así.

    —¿Quiere que le dé su dirección? — dije poco después—. Tengo la dirección del último lugar donde la vi.
    —No sé si ahora quiero saber… Sí, démela, tal vez le escriba. Parece poco importante, ya —continuó murmurando—. ¡Si supiera lo mucho que la he admirado!

    A pesar de toda su pomposidad, parecía terriblemente afectado cuando se levantó y se puso el sombrero. Alcancé mi maleta, tomé la dirección del mercader y se la copié.

    —Sólo una palabra —dije, mientras aguardaba en la puerta—. ¿Ha sido usted feliz sin ella? Puede hablar sinceramente conmigo.
    —¡Insolente! Ya sé lo que ha sido usted para ella —me miró desafiante y empezó a reír violentamente hasta que las lágrimas brotaron de sus ojos—. Nunca he sido feliz. ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!

    Después supe, por Lucrecia, que Herr Anders escribió a su esposa, a la dirección que le di, pidiendo la anulación de su matrimonio, y que ella le contestó concediéndosela. También supe, poco después, que él se había casado. A menudo me he puesto a pensar si ahora sería feliz, pues no creo que exista quien no pueda ser feliz de alguna manera. ¿Era feliz, Frau Anders? Me inclinaba a pensar que sí. Por lo menos estaba viva, sana y deseando estar donde estaba. Debo confesar que sin saber nada más de su suerte, la envidiaba. Había logrado su libertad, que coincidió con la satisfacción de su fantasía, mientras yo permanecía encadenado a la interpretación de la mía. Mientras Frau Anders estaba lejos, en el desierto, divirtiéndose con su amigo moro, yo estaba en mi habitación, con una oreja sobre la almohada, atento a mis sueños.

    Frau Anders quería ser liberada, de modo que yo la había arrancado de su vieja vida, confinándola en la nueva. Yo también quería liberarme confinándome. Por eso disfrutaba con mi trabajo en el cine. Actuar en las películas me daba la sensación de estar absolutamente utilizado, desplegado, sabía que éste era el modelo de mi salvación. Pero mis necesidades eran tales que un cambio externo de vida —la elección de una mujer dominadora, o una vocación absorbente— no bastaba. La esclavitud debía ser interna. ¿Eran mis sueños, entonces, la autoridad que buscaba? Había tratado de obedecerlos, pero sus dictados eran muy contradictorios.

    A mi alrededor veía a mis amigos expresando preferencias, eligiendo posibilidades. Hasta Herr Anders vio el final del juego y se protegió a sí mismo. Yo no estaba por encima de la elección de felicidad, por la que podía hasta sacrificar algunas de las peticiones de mis sueños.

    Esta es la única manera de explicar una relación que inicié aquel año, con una inteligente joven llamada Mónica. Algunos amigos nos habían presentado con la esperanza de que llegaríamos a comprendernos, porque (aparte del trabajo en el cine, que mis amigos creían con razón que ejecutaba con espíritu amateur) tenía aún la injustificada reputación de ser un hombre de ideas, en pocas palabras, un escritor que, por las razones que fuera, no escribía. Y Mónica era una persona apreciativa y literaria. Creo que nuestros amigos pensaron también que Mónica ejercería una buena influencia sobre mí, pues tenía un carácter seguro y un sentido de la vida generoso y nada complicado. Provenía de una familia pobre y decente, con muchos hijos; su padre era funcionario del ministerio de finanzas, y su madre, maestra; había crecido en la capital y no conocía más vida que la de los largos bulevares, abarrotados apartamentos con olores de cocina, butacas de gallinero en el teatro, oficinas regidas por hombres malhumorados en mangas de camisa, sentados frente a sus máquinas de escribir, y empleados de gruesas medias que andaban de arriba para abajo, revolviendo archivos. Por profesión, tenía la de funcionaría de buenas causas. Había estado empleada durante varios años en un semanario de izquierdas de corto tiraje. Ahora trabajaba en una organización dedicada a la emancipación de los pueblos coloniales, para la que escribía artículos, organizaba la correspondencia y pronunciaba discursos. Pronto observé que las opiniones políticas radicales de Mónica no habían minado su fe en las instituciones oficiales. El matrimonio, el servicio social, las cortes, la prensa, las escuelas, el ejército, no la desilusionaban seriamente, nunca se le ocurrió que su pasión por la justicia no podría transmitirse mediante las líneas de comunicación establecidas y a través de las instituciones oficiales, que no consideraba malas, sino mal orientadas. Como recordará el lector, era una década en que el descontento político, entre los europeos, asumía frecuentemente formas de compromiso mucho más radicales que las que pretendían realmente; sin embargo, hay que señalar que Mónica, a pesar de su temperamento moralizante, no se afilió a ningún partido político donde, por lo menos durante un tiempo, hubiese sido mucho más feliz, es decir, mucho más racionalmente utilizada. Al principio me pareció encantadora la intransigencia de Mónica, pero pronto empecé a sospechar que su actitud respondía más a confusión que a integridad. Los mismos rasgos aparecían en sus hábitos personales, que eran una mezcla de conciencia burguesa y mal gusto proletario. Sus pasiones privadas eran los niños, la haute cuisine y las celebridades; y, aunque se resistía por todos los medios a la maternidad, sólo preparaba carne supercocida y unos pedazos de queso, cuando comía en su apartamento, y ninguna celebridad quería casarse con ella, estas aficiones permanecían inalterables.

    No quiero parecer paternalista cuando hablo de Mónica, pues no lo era ni tenía derecho a serlo. La extraordinaria capacidad de conservar sus pasiones y convicciones intactas, a pesar de su situación objetiva en el mundo, ¿no era curiosamente parecida a la mía?

    Durante esa época, me sentía bastante solo y lleno de concesiones a mí mismo. A pesar de la aparente seguridad acerca de mis juicios y gustos y la confianza en el tortuoso modo de vida que había elegido, sucumbía ante momentos de duda, y en otros llegaba hasta a compadecerme a mí mismo, por la condición de exilado de las tareas ordinarias de la comunidad. Así me encontraba, después de una década de vida adulta, habiéndome educado a mí mismo y sostenido conversaciones con mucha gente interesante; habiendo tenido una amante y aprendido cómo hacerla feliz, aun al precio de perderla para mí; habiendo emprendido una carrera. Sin embargo, sabía que realmente no me había entregado a ninguna de estas actividades, que sólo una, que no podía compartir con nadie —mi dudosa búsqueda de la sabiduría a través de los sueños— realmente me importaba. Experimentaba los dilemas y los conflictos del autodidacta. (Esto, por lo menos, compartía con el artista —en el sentido opuesto al de profesor, de político, de general, de burócrata, de esposa.) Nadie me obligó a dedicarme a los sueños y debía cargar con mis propias dudas sobre el valor de mi vocación, además de la desaprobación de mis parientes y amigos, que me juzgaban como un libertino excéntrico. ¿Estaba cualificado para ello?, me preguntaba a menudo. ¿Estaba perdiendo mi tiempo? ¿No le proporcionaba placer a nadie, ni siquiera a mí?

    Hacer el amor con Mónica era atlético, prosaico y falto de fantasía. Aunque no sentía ningún deseo de informarla sobre el cine o mi vida privada, me encariñé con ella. Parte de mi emoción era ternura fraternal, nacida de nuestro mutuo esfuerzo por superarnos; otra parte, era un sentimiento de amante más mercurial. Experimenté inconfundibles síntomas de celos en presencia de Tububu, a quien, sin embargo, apreciaba, y también cuando observé que ella deseaba un romance con el biencasado Larsen. Pero yo no podía reprochar a Mónica su infidelidad emocional hacia mí. El amor de los famosos, como todas las fuertes pasiones, es bastante abstracto. Su intensidad puede medirse matemáticamente y es independiente de las personas. Mónica no me rechazaba como tal. Sólo que yo no había llegado tan arriba como otros en el escalafón de la fama. Nuestra conversación con Tububu clarificó mis ideas sobre los actos revolucionarios, que habían empezado a tener forma durante las entrevistas con Jean-Jacques. Como ya dije, a veces he soñado en ser agente de una revolución todavía no nombrada y estaba ansioso por contrastar mis ideas no políticas con cualquier idea política.

    —Están acabados, ustedes, los blancos —exclamó Tububu—. No tienen capacidad para la violencia inconsciente, ni para el cambio.

    Yo no podía dejar de mirar las profundas cicatrices simétricas que surcaban sus negras mejillas, como si esto probara que él sabía algo que yo no sabría jamás. Mónica protestó con amabilidad. — Sé que las reivindicaciones de tu pueblo son justas —dijo—, pero seguramente el país que hizo nacer las ideas de libertad, igualdad y fraternidad no puede seguir siendo un país opresor.

    Quizás Tububu estuviera en lo cierto. Sin duda, Mónica era ingenua. En los países negros la justicia puede asegurarse por la violencia común; cuando el opresor es un extranjero, la violencia es, por lo menos, plausible. Pero otras cosas, además de la justicia política, han sido ya abolidas en Europa, y aquí la violencia es una forma de suicidio ineficaz. Observen la historia de mi país en los últimos dos siglos. Primero hubo una revolución que destronó a la Iglesia e inventó un nuevo culto, el culto a la Razón, personificado por una deidad. Desde entonces, ha habido otras revoluciones. Sólo en el último año, se firmaron centenares de peticiones, se confiscaron varios periódicos y se efectuó un llamamiento a la huelga general. Los estudiantes pintaron consignas en las paredes, la policía marchó sobre el parlamento vociferando consignas antisemitas. Dos ministros del gabinete se refugiaron en embajadas extranjeras. Llegaron los paracaidistas del sur. Y ya hemos visto qué poco resultó de esta conmoción. Se editaron nuevos libros de texto para los escuelas, aparecieron caras nuevas en los periódicos. Varios cafés, los lugares de reunión de los elementos subversivos, han sido cerrados. Los controles de identidad por parte de la policía, en plena calle, son mucho más frecuentes. Aparte de eso, todo sigue igual, bastante igual.

    En Europa, estas insurrecciones públicas ya no cambian nada. Sin embargo, la opción revolucionaria en sus formas políticas puede todavía cuajar entre los pueblos negros. Nosotros debemos prever un futuro de revoluciones más apropiadas y peligrosas que las políticas. Quizá las revoluciones en el futuro serán revoluciones de personas solas, ejemplificando no el culto a la razón sino el culto a la vida privada, cuya adoración se personifica en un monigote… Es obvio que no podía convertir a Mónica a mis ideas. Los actos privados no le parecían importantes, salvo cuando podía medirlos con standards públicos —hasta el encanto personal necesitaba la confirmación pública de la fama, para afectarla.

    Un incidente que narraré demuestra nuestras diferencias. Una tarde íbamos caminando hacia su apartamento: alguien escupió desde una ventana, y un esputo aterrizó en la acera, a un paso de nuestros pies. Nuestras reacciones contrastaron profundamente.

    —¿Cómo puede la gente hacer cosas así? — exclamó Mónica.
    —Gracias —dije yo, dirigiéndome hacia arriba.
    —¿Qué significa esto? — dijo ella, indignada—. Ese hombre no tiene ninguna consideración con los demás, y ésa es la fuente de todos los males.
    —No digas tonterías —dije—. Sólo ha distribuido una pequeña parte de la mismísima sustancia de su cuerpo, y por consiguiente ha reorganizado, aunque trivialmente, el orden del universo. Ha hecho que algo suceda con la máxima economía y los medios disponibles más reducidos. Ante este acto modelo, debemos estar agradecidos y no mostrarnos tan escrupulosos.
    —Sigo pensando que es desagradable.

    Mónica nunca escuchaba realmente.

    —Este es el problema con las revoluciones que tú y tus colegas estáis fomentando. El derroche de medios, muy profuso, pero completamente pobre el efecto.

    Mis opiniones se confirmaron cuando, poco después de este incidente, Mónica quedó embarazada. La animé a tener el niño, y le aseguré que dispondría de mi ayuda para mantenerlo. Tan gran resultado —un nuevo hombre caminando sobre esta tierra— de un acto tan pequeño como nuestras higiénicas uniones parecía algo apropiado. Pero Mónica quería continuar dedicándose a mayores empresas, y con un gesto muy severo rechazó mi propuesta.


    Un día Mónica me anunció que había recibido una carta.

    —Una carta muy extraña y muy abstracta —dijo fríamente—. Es de una mujer que dice que tú estás en deuda con ella y que también ella te debe algo a ti.
    —Déjame ver el matasellos —le pedí, algo nervioso.
    —¿Por qué? Es de aquí, de la ciudad —replicó—. ¿Quién es ella? — Como no le respondiera, se puso a sollozar—. Es otra mujer. Estás jugando con mis sentimientos. Esto no es justo.

    No había razón para explicárselo a Mónica, si la mujer era quien yo pensaba. Le pedí que me mostrara la carta, que decía lo siguiente:


    «Mi querida joven», empezaba. «Usted está en este momento en íntima relación con un joven amigo y protegé mío, quien está considerablemente en deuda por mi amistad y mi amor. Pero también yo le estoy en deuda, lo cual él comprenderá cuando le hable de esta carta. Debe comprender que yo no le escriba directamente, pues no quiero interferir en el amor que siente hacia usted. El amor es todo lo que las mujeres poseemos. Pero le ruego que interceda ante él, para que podamos vernos durante una hora. Tengo algo que mostrarle.» Después seguía una dirección de la ciudad y una hora para la cita, a la noche siguiente, y la firma, «un fantasma».

    Temblé, debo confesarlo, ante la misiva y la visión de aquella familiar, aunque deformada, caligrafía; era una señal inequívoca, como la mirada de inquietud en un rostro empolvado, con rouge y máscara; la misma caligrafía de la carta a Lucrecia. No puedo soportar escenas o reproches, pero me consoló que la carta estuviera escrita en un tono tan suave y, poco a poco, me fui preparando para acudir a la cita.

    Al siguiente día, cerca de medianoche, me presenté en la dirección que decía la carta, una desvencijada casa de madera junto a la estación del ferrocarril, en las afueras de la ciudad. Una mujer abrió la puerta vistiendo una holgada túnica árabe gris, que la cubría por completo, excepto los familiares ojos marrones, de expresión alternativamente dócil o imperiosa.

    —Entra, mi caballero de la triste figura —dijo.
    —No te burles —contesté con resentimiento— Dime cómo estás y qué puedo hacer por ti.
    —¿Te gustaría verme? — preguntó.
    —Sabes que siempre me ha gustado —repliqué con deseo de complacerla, sacando el máximo partido de mi habitual candor.

    Me dio la espalda, caminando hacia el otro lado de la habitación, hizo algo en su túnica, y descubrió ante mi asombro un deformado brazo lleno de cicatrices.

    —¿Te fijaste en mi caligrafía?

    Asentí en silencio.

    —Pues todavía hay más —dijo, y entreabrió su bata para dejarme ver brevemente las cicatrices y señales que cubrían su torso—. Y más.

    Entonces se sacó la capucha y vi que la mitad de su cara estaba sesgada en una dolorosa mueca burlona.

    —¿Qué puedo decir? — murmuré—. ¿No estabas contenta antes de que te sucediesen estas calamidades?
    —Sí, ¡claro! — replicó, componiendo su vestido—. Era feliz. El hombre a quien me abandonaste era un gentil amante. Solía visitarme tres veces por semana, entre las dos y las cuatro de la tarde, antes de ir a la mezquita. Estaba confinada en una pequeña habitación, y no podía hablar con nadie en la casa. Le tenía un miedo terrible. Pero por fin, cuando mi miedo cedió al placer, se cansó de mí y me vendió a un mercader que me llevó al desierto. Fue allí donde fui castigada tan visiblemente por mi falta de cooperación y de habilidad para vivir.
    —Dime qué debo hacer —dije—. Ahora t