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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    APAGADAS ESTÁN LAS LUCES (Richard Laymon)

    Publicado el lunes, noviembre 20, 2017

    Apagadas…, apagadas están las luces…, ¡todas ellas! Y sobre cada temblorosa forma, cae el telón, palio funeral, con la acometida de una tormenta. Y los ángeles, pálidos y tenues, alzándose sin velos, afirman que la obra es la tragedia Hombre, y el héroe, el Gusano Conquistador.
    EDGAR ALLAN POE


    Prólogo

    —¿Estás segura de que no es visitada por los fantasmas? — preguntó Ray.

    La casa de estilo Victoriano, curtida por la intemperie, arrojaba su sombra sobre el patio delantero lleno de malezas y el Trans Am de Ray.

    —¿No sería estupendo? — dijo Tina-. Nunca he visto un fantasma.
    —Esta puede ser tu gran oportunidad.

    Ray tiró de la manija de la portezuela, pero vaciló y volvió a mirar por el parabrisas. Se mordió el labio inferior.

    —¿Prefieres que no nos quedemos? — preguntó Tina-. Quiero decir, sólo porque Todd se ofreciera a permitirnos usarla, no estamos obligados a quedarnos. Podemos buscar algún otro lugar si quieres. Un motel o algo así.
    —Creo que servirá-dijo Ray.
    —Simplemente es vieja. Me dijo que no esperara demasiado. La compró para acondicionarla.
    —¿Y cuándo piensa empezar?

    Tina sonrió.

    —Puede que sea maravillosa, una vez estemos dentro.
    —No me gustan esos barrotes en las ventanas.
    —Ha tenido unos cuantos problemas con los gamberros. Esto está tan aislado…
    —Sólo espero que no se produzca un incendio. Un lugar viejo como éste ardería como papel. Y esos barrotes… No sé, Tina. Me da mala espina.
    —Has visto demasiadas películas, ese es tu problema.
    —¿De veras?
    —Echemos al menos una mirada dentro.
    —¿Por qué no?

    Salieron del coche. En la sombra, la brisa del océano puso carne de gallina en la desnuda piel de Tina. Echó hacia delante el asiento trasero del coche, y rebuscó algo detrás.

    —Deja la comida y las cosas hasta que hayamos echado una mirada.
    —Estoy buscando mi blusa -dijo Tina.

    La encontró metida detrás de la cesta de picnic que habían usado en la playa, y tiró de ella.

    Ray hizo una mueca de disgusto mientras se la ponía.

    Tina sonrió.

    —No quiero que los fantasmas me vean en bikini -dijo.
    —No hay nada peor que un fantasma lascivo.

    Mientras ella se abrochaba la blusa, Ray metió una mano por la parte de atrás del sucinto pantaloncito de su bikini. La piel de Tina estaba húmeda aún del baño. Ella agradeció aquella mano cálida y seca.

    Él empezó a retirarla.

    —Ohhhh, sigue…

    Ray le dio una palmada en el trasero.

    —Tempís is fugitating. Echemos una mirada al interior, y luego vayámonos. Hay un buen trecho hasta el motel más cercano.
    —Quizá después de todo te guste.
    —Bueno, el precio no está nada mal. ¿Tienes la llave?
    —Aquí.

    Alzó su bolso del suelo del coche, y se lo colgó del hombro.

    Cruzaron el patio lleno de maleza y subieron media docena de escalones hasta un porche cubierto que se extendía a lo largo de toda la parte frontal de la casa. Mientras rebuscaba en su bolso, Tina vio el pesado llamador de bronce de la puerta…; una calavera.

    —Aquí tienes a tu Todd -dijo, sonriendo-. No es extraño que comprara el lugar. Es tan él.

    Ray no pareció divertido.

    —¿Qué crees que es Todd, un comecadáveres? — comentó.
    —Realmente hay que reconocer que es apuesto.
    —¿De veras?

    Ella siguió buscando la llave, vuelta hacia la puerta para ocultar su sonrisa. Ray podía ser tan infantil a veces… Era divertido lanzarle el cebo de tanto en tanto, pero sabía también cuándo debía parar. Si iba demasiado lejos, él podía aplicar su tratamiento de silencio.

    Encontró la llave.

    —¿Listo?
    —Como siempre.

    La metió en la cerradura, y la hizo girar. El pestillo se descorrió con un clac. Empujó la puerta, gozando con el chirrido de sus goznes.

    —Naturalmente, chirrían -murmuró Ray.
    —Les echaremos un chorro de aerosol lubricante antes de irnos. Eso lo arreglará.

    Aquello hizo sonreír a Ray.

    «Todo está bien», pensó ella.

    Entró en el vestíbulo sumido en la penumbra, captó con el rabillo del ojo a alguien a su lado, y se echó bruscamente hacia atrás. Colisionó con Ray.

    Riendo, él la sujetó entre sus brazos.

    —¿Quién es el nervioso ahora? — preguntó, y señaló con la cabeza hacia el espejo de la pared-. Mira que asustarte de tu propio reflejo…

    Ella tiró del elástico de los bermudas de Ray y luego lo soltó.

    —Bien por ti -dijo. Luego se apartó de él y miró a su alrededor-. El lugar es más bien deprimente -admitió.

    Ray accionó un interruptor. La luz del techo se encendió.

    —Al menos hay electricidad.

    Tina avanzó hasta el pie de la escalera. Los peldaños eran estrechos y empinados. En un descansillo a medio camino, giraban a la derecha y desaparecían.

    —El dormitorio debe de estar ahí arriba -dijo.
    —Ve tú delante, yo esperaré aquí.
    —Ja, ja, ja.
    —¿Prefieres que abra yo camino?
    —Por favor.

    Él cerró la puerta de entrada, y empezó a subir la escalera delante de ella.

    —Cuidado -advirtió-. Espejo al frente.

    Ella tiró hacia abajo de sus bermudas.

    —¡No lo hagas! — protestó Ray sujetándoselos a la altura de sus rodillas-. ¿Quieres que tropiece?
    —Entonces no seas tan listo.
    —Lo siento, lo siento-dijo él, volviendo a subirse los bermudas.
    —Eres un tonto -dijo Tina.
    —Gracias.
    —Y un chiflado, creo.

    En lo alto de la escalera, llegaron a un estrecho pasillo. Las dos únicas ventanas, una a cada extremo, estaban cubiertas por pesados cortinajes rojos.

    —Encantador -dijo Tina.
    —Tu amigo es un gran decorador.

    Ray encontró un interruptor. Débiles bombillas cobraron vida en candelabros a lo largo de las paredes.

    Probó una puerta. Estaba cerrada.

    —Estupendo -murmuró.
    —Espero que no sea el cuarto de baño.

    Ray probó otra puerta al otro lado del pasillo, y miró a Tina cuando el pomo giró. Empujó la puerta y la abrió. La habitación estaba desnuda.

    Tina se alzó de hombros.

    —Tiene un gusto más bien austero en cuanto a muebles.
    —Yo diría que sí.

    Encontraron otras dos habitaciones completamente vacías, luego el cuarto de baño.

    —Hemos tenido suerte -dijo Tina.

    Entraron. Cuando vio la enorme bañera, Tina sonrió extasiada.

    —Es magnífica.
    —No hay ducha.
    —¡Pero mira su tamaño! Incluso tiene patas. Debe de ser realmente antigua. ¡Muchacho, no puedo esperar!
    —¡No pretenderás quedarte aquí!
    —Miremos si hay algún dormitorio.
    —Si no hay ningún dormitorio, ¿nos iremos?
    —Entonces podremos irnos.

    Salieron del cuarto de baño. Tina avanzó apresuradamente delante de Ray, y abrió la última puerta de la derecha.

    —Voilá!
    —Mierda -murmuró él.

    Llegó hasta el final del pasillo, y miró dentro.

    —Bien, no se puede decir que sea miserable, ¿verdad?
    —No, está bien -admitió Ray.

    Tina se quitó las sandalias con un par de golpes de talón, y caminó cruzando la suave blandura de la moqueta.

    —En absoluto miserable.

    Se subió a la enorme cama de matrimonio y caminó sobre el colchón, observando el amplio tocador, el armario, y su propia imagen en los grandes espejos de la pared.

    Ray la contempló, dejando que una sonrisa aflorara lentamente en su rostro.

    —Creo que esto nos irá estupendamente -dijo ella-. ¿No lo crees tú también?
    —No está mal.
    —Mejor que cualquier mugriento motel, ¿correcto?
    —Correcto.

    Se dejó caer, brazos y piernas abiertos, sobre el colchón. Sonriendo lánguidamente, se desabrochó la blusa.

    —Quizá será mejor que vayamos a echar una mirada abajo -dijo Ray.
    —¿Ahora mismo? — Quitándose la blusa, rodó boca abajo. Se apretó contra el suave edredón. Llevándose las manos a la espalda, se soltó la parte superior del bikini-. ¿En este preciso momento? — insistió, arrastrando las palabras.

    Y sonrió al cálido contacto de las manos de Ray.

    Tina se apartó del cálido cuerpo dormido de Ray. Se sentía reacia a abandonar la cama, pero la habitación estaba casi a oscuras, y tenía hambre. Ray probablemente se despertaría hambriento también. Sería bueno tener la cena caliente cuando se levantara.

    Si había alguna forma de calentarla.

    Saltó de la cama, tomó su blusa, y se dirigió silenciosamente hacia una de las ventanas. A través de la reja, miró al coche de Ray. Podía traer las bolsas de la comida, y dejar que el equipaje esperara.

    De todos modos, sería mejor que subieran también pronto las maletas. Un denso y gris banco de niebla estaba avanzando desde la costa. Colgaba ya entre los árboles cercanos a la carretera. Cuando llegara allí, era probable que quisieran ponerse algo más de abrigo.

    Se apartó de la ventana y miró a Ray. Seguía dormido, su bronceada espalda una mancha oscura contra las blancas sábanas. Se puso las sandalias. Con la blusa en la mano, se encaminó a la puerta.

    Antes de salir al pasillo, miró hacia ambos lados. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y se llamó idiota. ¿Qué esperaba, por el amor de Dios, vehículos circulando?

    Se dirigió hacia la escalera. Ray había dejado las luces encendidas. Las bombillas en forma de vela en los candelabros de las paredes arrojaban débiles sombras mientras caminaba por el pasillo, sombras dentro de sombras, superponiéndose y persiguiéndose las unas a las otras a lo largo de ambas paredes. Al observarlas agitó los brazos y dio vueltas sobre sí misma. Las sombras se volvieron locas. Pateó y giró, agitando alocadamente la blusa por encima de su cabeza.

    Un sonido bajo, como un lamento, la inmovilizó de pronto. Se mantuvo quieta cerca de la escalera, escuchando.

    El sonido, reflexionó, había procedido de detrás de la puerta…, la primera puerta junto a la escalera, aquella que habían encontrado cerrada.

    Sintiéndose bruscamente tímida y vulnerable, se puso la blusa. La abrochó, con los ojos fijos en la puerta.

    Su mano se cerró en el pomo.

    ¿Y si ahora no estaba cerrada?, pensó.

    Apartó la mano.

    Retrocedió, observando la puerta, y sintiendo que algo aferraba su estómago, casi como si esperara que la hoja se abriera de golpe. Luego se dio la vuelta y echó a correr hacia el dormitorio.

    —¿Ray? — llamó en la oscuridad. Su mano tanteó la pared en busca de un interruptor-. ¡Ray!
    —¿Eh?

    Lo encontró, y una brillante luz brotó encima de la cama. Ray se sentó, parpadeando.

    —¿Qué demonios estás haciendo? — preguntó.
    —Salgamos de aquí.
    —Creí que…
    —He oído algo.

    Él apartó las sábanas, se sentó al borde de la cama, y recogió sus bermudas del suelo.

    —¿Qué has oído?
    —Sonaba como un lamento.
    —¡Jesús!
    —Puede haber sido mi imaginación, supongo.
    —Pero ¿y si no lo fuera?
    —Lo sé.

    Rebuscando entre las sábanas, encontró su bikini. Se puso rápidamente el brevísimo slip, metió la parte superior en su bolso, y se apresuró detrás de Ray.

    Él se detuvo en el umbral.

    —¿Dónde lo has oído?
    —Al final del pasillo. Junto a la escalera. Creo que salió de la habitación que tenía la puerta cerrada.
    —¡Cristo, eso significa que vamos a tener que pasar por delante!
    —Quizá no sea nada.
    —Vamos a ir corriendo. Correremos todo el pasillo, y luego escalera abajo, y luego fuera de la casa. — Tomó las llaves de su coche del pequeño bolsillo lateral de sus bermudas-. ¿Preparada?
    —Creo que sí.
    —De acuerdo entonces. ¡Adelante!

    Corrió delante de ella por el pasillo. Tina corrió tras sus talones, intentando no quedarse atrás, pero Ray estaba ya a una docena de pasos por delante de ella cuando la puerta junto a la escalera se abrió de golpe.

    Un hombre surgió, su negra capa ondulando, sus colmillos desnudos.


    1


    —Perderéis vuestras cabezas. La dan en el Palacio Encantado, cerca de Lincoln. Ya sabes, ese cine que estuvo tanto tiempo cerrado. Antes se llamaba el Elsinor.

    Connie asintió. Recordaba el Elsinor. Había ido muchas veces a él, antes de que cerrara. Era un viejo lugar, edificado hacía mucho tiempo, en los días en que los cines no parecían salas de conferencias…, largos, bajos y desérticos, cinco o seis en un mismo edificio. El interior de éste tenía paredes cubiertas de hiedra, y almenas y torres, como un castillo, y un alto techo azul salpicado de estrellas. Había sido bien bautizado. El Elsinor, el castillo de Hamlet.

    —¿Puedo ir contigo? — preguntó.
    —Si quieres… -dijo Dal-. Pero no es el tipo de película que te guste, de todos modos. Tengo entendido que es horriblemente sangrienta.

    :-Bueno… -«Quiere ir solo», pensó. Se obligó a sonreír-. Es probable que tengas razón. Ve tú.

    —¿Estás segura?

    «Desea dejarlo bien claro. Debe de remorderle la conciencia, aunque no lo suficiente como para que importe.»

    —Sí -dijo-. Estoy segura. De todos modos, esta noche quería lavarme el pelo.
    —Bueno, está bien-dijo él, reluctante.
    —¿Cuánto vas a estar fuera?
    —Supongo que volveré a medianoche. Es una sesión doble.

    La besó rápidamente, y ella captó el olor de la colonia que le había regalado por su cumpleaños.

    —Vas a ser el tipo que mejor huela del cine -le dijo.

    Por un instante, él pareció confuso.

    —Ah, eso.
    —¿Me traerás unos caramelos?
    —Desde luego.
    —De menta.
    —De acuerdo, si tienen. Te veré luego.
    —Diviértete. Y no te asustes demasiado.
    —¿Yo?

    Parpadeó, y se fue.

    Connie se quedó junto a la puerta, decepcionada y preguntándose qué iba a hacer. Parecía extraño, tener que pasar la velada sola. Extraño y triste, casi como en la época anterior a Dal.

    De lo cual no hada mucho tiempo, realmente. Hacía tan sólo seis meses que se habían conocido, y se habían ido a vivir juntos dos meses después de eso. Habían estado juntos casi todas las noches desde entonces.

    Bueno, también se merecía una noche para ella sola. No debería importarle. Era saludable estar a solas algunas veces.

    Él estaba rodeado de gente todo el día, en el trabajo. Obligado a ser educado con todo el mundo, incluidos esos asquerosos que iban a la tienda de tanto en tanto…, esos asquerosos, le decía a ella con los labios apretados, y los ojos entrecerrados por la irritación.

    Connie no tenía que sufrir nada de eso. Sola en su apartamento todo el día con la máquina de escribir, sólo se encontraba a los asquerosos que ella misma se inventaba. Luchaba despiadadamente con ellos, y gozaba con esa lucha. Cuando llegaban las tres, sin embargo, estaba agotada. Las siguientes tres horas las pasaba en una solitaria espera.

    Espera de ver el rostro de otro ser humano, el único rostro que importaba ya en su vida.

    Fue al dormitorio, y empezó a desvestirse para tomar un baño.

    «Paso mis días en solitario -pensó-, mientras que Dal los pasa entre una enloquecedora multitud. Por la noche, cada uno de nosotros necesita una cura distinta. No debería reprocharle el que desee un poco de tiempo para sí mismo. No debería sentirme rechazada… Pero me siento rechazada.»

    Su bata de satén era suave sobre su piel desnuda. Se ató el cinturón y se dirigió al cuarto de baño. Mientras se llenaba la bañera, dejó que la bata cayera. Se metió en el agua. Ésta rodeó sus tobillos, casi demasiado caliente. Al primer momento, cuando se sentó, sintió un hormigueo en la piel.

    La bañera estaba llena. Cerró los grifos. Con un suspiro, se echó hacia atrás. El agua ascendió sobre ella, caliente y relajante, hasta que tan sólo su rostro y sus rodillas quedaron por encima de la superficie.

    «Esto no está tan mal», pensó.

    Cerró los ojos.

    Mejor que estar sentada en un repleto y sofocante cine. Mucho mejor.


    Dal condujo más allá del Palacio Encantado, y siguió conduciendo. El volante resbalaba un poco en sus sudorosas manos. Los sobacos de su camisa estaban empapados.

    ¡Bueno, maldita sea, ella bien valía sudar un poco! Jamás había conocido a una mujer a la que deseara tanto.

    Desde que la había visto entrar en Lañe Brothers aquella tarde, Dal no había podido apartar sus ojos de ella. Avanzó hacia él, con una sedosa falda plisada acariciando sus piernas, los pechos obviamente Ubres bajo la suelta chaqueta de velludillo, agitándose apenas cuando se movía. Su exuberante cabello castaño le caía sobre los hombros, rozando los lados de un rostro tan impresionante que Dal sintió una punzada de dolor.

    Se detuvo ante él. Él se quedó mirando fijamente sus verdes y claros ojos.

    —¿Puedo ayudarla en algo? — preguntó.
    —Sí. — Ella hizo una pausa, como dejándole saborear el líquido susurro de su voz-. Quiero una colonia para hombre.
    —¿Algo en particular?
    —La quiero masculina, pero sutil.

    Él asintió.

    —¿Quiere venir por aquí?

    Avanzando de lado hacia el mostrador, dejó que sus ojos resbalaran hasta las manos de la mujer. No llevaba anillo de casada.

    —Tenemos un nuevo aroma llamado Ram -le dijo-. Es muy popular.
    —Me gusta el que usted lleva.

    Él sonrió, y la sangre afloró a su rostro.

    —¿Mi colonia?
    —Sí.
    —Es… -Carraspeó-. Se llama Rawhide. Es nueva, de…
    —Déjeme -dijo ella.

    Rozándole ligeramente el pecho con los dedos, se inclinó hacia él. Su rostro se acercó al cuello del hombre. Dal notó su respiración.

    —Sí-decidió-. Eso es precisamente lo que quiero.

    Dal se humedeció los resecos labios.

    —¿Alguna otra cosa?
    —Sí.

    Los labios de la mujer rozaron su cuello, y susurró:

    —A usted.

    Pensando en todo aquello mientras conducía hacia la casa de ella, Dal apenas podía creer que hubiera ocurrido. Era casi como un sueño.

    «Suerte que no me desmayé», pensó. Se echó a reír nerviosamente.

    Durante todo el día había estado reviviendo aquellos momentos con ella, los había analizado, preguntándose de tanto en tanto si no sería tan sólo un juego cruel. Pero ¿quién idearía algo como aquello? Tenía que ser real. ¡Tenía que serlo!

    «Por favor, Dios mío, haz que sea real.»

    Esperando en un semáforo, sacó su billetero y encontró el trozo de papel: Elizabeth Lassin, Altina, 522. Volvió a guardarlo.

    La calle Altina se hallaba a medio camino subiendo una boscosa colina en los Highland Estates, un área rica al norte de la ciudad, un área que estaba completamente fuera de su alcance financiero.

    Pero no necesariamente fuera del de Connie. Si su próxima novela histórica de aventuras románticas («violaciones épicas» las llamaba ella) se vendía como las anteriores, podía empezar a considerar aquella zona como un lugar para vivir.

    Dal había planeado seguir con ella…, casarse con ella, si era necesario.

    Hasta hoy.

    Hasta Elizabeth. Por ella, abandonaría a Connie de buen grado. Dios, ¿qué no abandonaría por ella?

    Incluso por una noche con ella.

    ¡Incluso por una hora!

    Encontró la dirección, y giró por un largo camino privado circular. Mientras conducía hacia el iluminado porche, echó una ojeada a la casa. Tenía el aspecto de una mansión colonial sureña; un poco más pequeña quizá, pero pese a todo elegante. Una casa que encajaba con una mujer como Elizabeth.

    Estacionó el coche. Salió. Caminó hacia la puerta. Adelantó una mano hacia el iluminado botón del timbre.

    Y se detuvo.

    «Apuesto a que ella no vive aquí -pensó-. Me dio la dirección como una broma. Dejemos que el tipo se ponga nervioso, juguemos un poco con él., y luego, montones de risas.»

    ¡Maldita sea! Si le había hecho algo así…

    Pulsó el timbre.

    Sonó.

    «Dios, ¡probablemente esta es su casa!»

    Se frotó las sudorosas manos en las perneras del pantalón.

    «Sin duda se ha reído de mí.»
    «Cristo, ¿y por qué no le he traído nada? ¿Flores, una botella de vino…?»
    «Porque soy un lelo.»
    «Oh, mierda, ¿por qué no pensé…?»

    La puerta se abrió, y ella apareció en el débilmente iluminado vestíbulo, sus pies desnudos sobre el suelo de mármol, su cuerpo envuelto en un traje blanco de gasa que la arropaba como un tenue velo, y que la suave brisa haría ondular contra su piel. Sus labios estaban húmedos y ligeramente entreabiertos; sus ojos con un brillo intenso, casi ansioso.

    —Bésame -dijo.

    «Estoy soñando», pensó Dal, y cruzó el umbral.


    2


    La cola frente al Palacio Encantado se movió rápidamente cuando se abrió la taquilla. Pete Harvey avanzó con los demás. Brit se apretaba contra él, una mano metida en el bolsillo de atrás de los téjanos del hombre, un pecho presionando suavemente contra su brazo.

    Era un poco lapa para el gusto de Pete, pero se lo permitía. Si una chica se te pega, es que tiene alguna razón. Simplemente, está un poco más asustada que otras ante la posibilidad de quedarse atrás.

    En la taquilla, compró dos entradas a una quinceañera con el pelo negro y lacio y el rostro maquillado de blanco. «Se supone que debe parecer una vampira», imaginó. Llevaba una camiseta negra con la leyenda: CUIDADO CON SCHRECK.

    —¿Tu peluquero? — preguntó Pete.

    La chica se echó a reír.

    —Es una peluca, y pica como un demonio.

    Pete siguió adelante. Entregó las entradas a un hombre gordo que llevaba unos pantalones y una camiseta manchados de rojo, y la cabeza enfundada en una media de nailon. Su rostro, pálido y extrañamente desdibujado, resultaba lo bastante grotesco como para hacer que Pete se sintiera intranquilo.

    Brit le apretó el brazo.

    —Te ha asustado, ¿eh?
    —Se parece a alguien que conozco.
    —¿Ah, sí?

    Pete asintió, y deseó no haber mencionado aquello.

    —¿Qué te parecen unas palomitas de maíz o unos caramelos o algo así? — le preguntó para disimular-. Eres toda piel y huesos.

    Ella se reclinó contra él, presionando de nuevo con aquel pecho.

    —¿Las prefieres llenitas?
    —Llenitas y jugosas. Yo tomaré unas palomitas y una Pepsi. ¿Y tú?
    —Un perrito caliente.

    Pete se echó a reír.

    —¿Lo dices en serio?
    —Un llenito y jugoso perrito caliente. — Se lamió los labios-. Ya casi puedo sentir su sabor.

    Compró las cosas a otra chica pálida con la camiseta de Schreck.

    La sala estaba débilmente iluminada.

    —Oye, parece un castillo -dijo Brit.
    —El Palacio Encantado.
    —Es delicioso.
    —¿Dónde quieres sentarte? — preguntó Pete.
    —Un poco más adelante, creo.
    —¿Te va la fila después del pasillo? Me gusta poder estirar las piernas. — Se puso a hablar a lo W. C. Fields-: Hazles la zancadilla a esos pequeños bastardos mientras tantean en la oscuridad.
    —¡Eres terrible!

    Riendo, le sacudió el brazo.

    —No me lo arranques.
    —Oh, vamos.

    Tiró de él hacia un asiento.

    Se dejó llevar, divertido pero irritado. Si seguía saliendo con ella después de esta noche, tendría que dejar bien sentadas algunas cosas. Por ahora, de todos modos, no diría nada, a menos que ella se pusiera realmente insoportable. Tirar de él como si tirase de un perro por la correa casi podía calificarse de insoportable, pero se contuvo.

    —¿Estamos bien aquí? — preguntó ella, una vez se hubieron acomodado.
    —Perfecto.

    La chica desenvolvió su perrito caliente.

    —Ahora cuéntame. ¿A quién te ha recordado ese hombre gordo?
    —Me ha recordado al pájaro. Al pájaro negro, y a una hermosa dama, y…
    —De acuerdo, hediondo Bogart.

    Las luces se apagaron, salvando a Pete de tener que dar una respuesta.

    En la pantalla apareció un bosque envuelto en la niebla. Un terrible grito rompió el silencio del cine. Algo se movió entre los árboles. Lentamente, la imprecisa figura del nombre apareció. Cojeaba por entre la niebla.

    El hombre gordo que recogía las entradas.

    Llevaba los mismos pantalones tostados, la misma camiseta sin mangas. Estaban asimismo manchados de sangre. En su mano derecha sostenía una hachuela, de la que goteaban cuajarones. Una media de nailon distorsionaba su rostro.

    —Buenas noches -dijo-. Bienvenidos al Palacio Encantado.
    —Qué original-susurró Brit.
    —Soy su anfitrión, Bruno Sangre.

    Risas entre el público.

    —Cada noche, les ofreceré a ustedes un festín de horribles delicias, historias de horror que les harán encogerse y gritar. Podrán ver todo lo mejor dentro de la diversión más espeluznante. No solamente las últimas joyas del morbo satánico, sino también los grandes clásicos del pasado.

    »En próximas semanas, les ofreceré platos tales como Halloween, Freaks, Las colinas tienen ojos, La matanza de Texas y La noche de los muertos vivientes.

    Silbidos y aplausos dieron la bienvenida a aquel anuncio. Alzó su hachuela reclamando silencio, como si previera la reacción del público.

    —¡Y más! — aulló. Con voz suave y amenazadora, prosiguió-: Como complemento, un plato especial, disponible tan sólo en el Palacio Encantado. Una especialidad. Cada noche, además de los filmes normales, podrán presenciar ustedes los perversos y diabólieos logros de Otto Schreck, el loco… Cada semana, una nueva y distinta depravación.

    El público rugió con gritos, silbidos y aplausos. Un montón de clientes fijos, imaginó Pete.

    —Ese Schreck debe de ser todo un tipo -susurró Brit en su oído.

    Pete se alzó de hombros.

    —Y ahora -dijo Bruno-, prepárense para la función de esta noche. Apóyense bien en el respaldo de sus asientos, tomen la mano de su amigo o amiga, y… -Sonrió-. No miren para ver quién está sentado detrás de ustedes.

    El público se volvió loco de entusiasmo mientras Bruno se daba la vuelta y, cojeando lentamente, se alejaba hasta desaparecer entre la niebla.

    La pantalla quedó vacía.

    —¿Primero viene lo de Schreck? — preguntó una chica detrás de Pete.
    —Está en medio -susurró un muchacho-. Perderéis vuestras cabezas primero, luego Schreck, y luego Reptantes de la noche.
    —¿Tres películas?
    —Lo de Schreck es corto. Diez o quince minutos. De todos modos, tú espera y verás. Va a ser algo fabuloso.

    La primera película empezó. Brit tiró el papel de su perrito caliente al suelo, sonrió a Pete, y se apretó contra su muslo.


    3


    Tomando la mano de Dal, Elizabeth lo condujo a través del pasillo hasta un dormitorio. Cerró la puerta tras ellos.

    La habitación estaba a oscuras, excepto por las luces de la piscina de atrás.

    —¿No es maravilloso? — dijo ella-. Luego iremos a nadar, si quieres.

    Él la observó mientras cruzaba la moqueta y abría las puertas correderas de cristal. La brisa entró en la habitación, agitando el vaporoso traje de la mujer. Las luces de la piscina lo atravesaban, haciéndolo casi transparente. Incapaz de respirar, Dal contempló el oscuro y esbelto contorno de sus piernas y nalgas.

    —Eres hermosa -susurró.

    Ella le miró por encima del hombro, volviéndose ligeramente, sus pechos visibles a través del tenue velo del tejido.

    —Ven aquí -dijo.

    Avanzó hacia ella.

    Elizabeth se volvió por completo hacia él.

    —No te muevas-dijo.

    Lentamente, sus dedos desabrocharon los botones de su camisa. Sus manos se deslizaron dentro, acariciando ligeramente su pecho.

    Le quitó la camisa. Le acarició el pecho con la boca, besando, lamiéndole los pezones, mientras con las manos le desabrochaba el pantalón. Cuando lo hubo soltado, exploró en su interior.

    Dal gimió ante el frío contacto.

    —Eres tan grande… -dijo Elizabeth-. Tan grande y duro…

    Se arrodilló, haciendo que los pantalones se deslizaran hacia abajo, a lo largo de las piernas del hombre. Con la lengua lamió la parte inferior de su verga.

    A Dal aquel contacto le hizo dar un respingo.

    Retrocedió.

    —¿Qué ocurre? — preguntó ella.
    —Nada -jadeó-. Nada Sólo que… es demasiado. No quiero…, al menos no tan rápido.
    —Habrá mucho más -dijo ella.

    Adelantándose un poco, aferró las nalgas del hombre. Lo atrajo hacia sí, y lamió, y chupó, haciéndole penetrar muy profundamente en su boca.


    Connie, sola en su apartamento, se sentía inquieta. Después de bañarse, se lavó el pelo y se puso rulos. Aquello iba a llevarle algo más de una hora.

    Calentó un poco de café, lo llevó a la sala de estar, e intentó leer. Aunque sus ojos recorrían las palabras, su mente seguía vagando hacia otros lugares.

    Hacia Dal.

    Se sentía engañada por haber sido dejada sola de aquella manera. Especialmente la noche del viernes.

    Desde los tiempos de la escuela superior, las noches de los viernes habían sido siempre un tiempo de citas y diversión, de juegos, de fútbol, de bailes en el gimnasio, fiestas, bolos, cine, o simplemente haraganear con los amigos pasando un rato agradable. Las noches de los viernes traían consigo una terrible urgencia de libertad después de una semana de confinamiento, una necesidad de salir y hacer algo.

    «Y aquí estoy», pensó.
    «Sola en casa, con el pelo lleno de rulos…; encerrada aquí la noche del viernes sin nada que hacer excepto lamentarme de mi inútil destino.»

    Nunca permitiría que Sandra Dane se encontrara en tan miserable situación. Sandra Dane, la hermosa dueña de la plantación El Roble Blanco, con su pelo color ala de cuervo, no se quedaría allí sentada, quejándose. Saldría corriendo a los establos, montaría en su garañón, y cabalgaría alocadamente por el campo a la luz de la luna, a pelo, con el viento azotando su rostro.

    Y no tendría la cabeza llena de rulos.

    Connie se levantó del sofá. Quitándose la bata, se dirigió al dormitorio.

    «¿Dónde voy a ir? — se preguntó-. Puesto que no tengo ningún garañón…»

    Un buen paseo.

    Abrió el armario, y sacó su chandal azul.

    El Siete-Once está abierto toda la noche.

    Se puso los pantalones. Eran blandos y cómodos.

    «Está muy lejos -pensó-, pero está en Pico. Un bulevar tan transitado como Pico no será peligroso, ni siquiera de noche.»

    Se puso la chaqueta del chandal, subió la cremallera hasta media altura, y se contempló en el espejo.

    «Así es como lo llevaría Sandra Dane -pensó-. Pero Sandra, por supuesto, es proclive a la violación.»

    Proclive a la violación. Mierda. Aquello no era nada divertido.

    Al inclinarse para atarse los zapatos, vio que su chaqueta se combaba, revelando todo su pecho izquierdo.

    No.

    Se subió la cremallera hasta la garganta, y se dirigió a la puerta. Con el bolso colgando del hombro, salió.

    Desde el porche cubierto que unía toda la planta, vio que alguien en los bajos estaba celebrando una fiesta. Todos los demás apartamentos estaban a oscuras.

    La gente había salido a divertirse.

    Mientras trotaba escalera abajo, se alzó la capucha del chandal para ocultar los rulos.

    Una buena forma de pasar el viernes por la noche, pensó.

    Hubiera debido ir con Dal, quisiera él o no.


    Elizabeth se inclinó sobre la cama y apartó el cobertor. Se tendió sobre las blancas sábanas, brazos y piernas abiertos.

    —Esta vez quiero mirarte -dijo.

    Uno de sus brazos hizo algo en la cabecera de la cama. Directamente encima se encendió una luz…, un foco como los que Dal había visto en las piscinas. Aunque dejaba el resto de la habitación en sombras, arrojaba una suave luz sobre la cama, y sobre Elizabeth.

    Dal trepó al extremo de la cama. Se arrastró lentamente, deslizando las manos por la suave lisura de las abiertas piernas de la mujer, mientras la miraba. Sus solemnes e intensos ojos, la dolorosa belleza de su rostro. Su esbelto cuello, y el hueco sobre el arco de las tensas clavículas. Sus pechos, tan llenos cuando estaba de pie, aplastados ahora contra su cuerpo, por la gravedad y por tener los brazos abiertos. Los pezones tenían un color marrón oscuro. Apretó con los dedos la firme piel. Elizabeth se agitó. Dal deslizó los dedos por la firmeza de sus pechos, descendió por las costillas, y los detuvo sobre un pálido reborde de la piel.

    Una cicatriz.

    Unos quince centímetros de largo, cruzando diagonalmente el vientre.

    Dal la acarició suavemente con los dedos.

    —¿Una operación? — preguntó.
    —Sin los beneficios de un cirujano -dijo ella.
    —¿Qué quieres decir?
    —Mi marido, bendito sea su corazón, me rajó con un cuchillo de trinchar.
    —Dios mío -susurró Dal.
    —Creyó que le era infiel. — Dobló las manos detrás de la cabeza y miró al techo, frunciendo el ceño-. Era un hombre tan celoso… Era bastante mayor que yo, e increíblemente rico, así que llegó a la conclusión de que yo sólo me había casado con él por su dinero. Lo cual no era en absoluto cierto. Le amaba, realmente le amaba, pese a que hizo de mi vida algo insoportable.

    »Cuanto más intentaba convencerle de que le quería, más seguro estaba él de mi infidelidad. Me seguía, me vigilaba. Veía pruebas de mi engaño en todas partes, en todo lo que yo hacía. En un momento determinado contrató a un detective privado; luego acusó al detective de haber tenido una aventura conmigo.

    —Debió de ser horrible -dijo Dal.
    —No fue agradable. Me pegaba constantemente. Con los puños, con su cinturón. Su látigo favorito era un alargador eléctrico.
    —¿Por qué no lo abandonaste?
    —Le amaba. Siempre creí que algún día, de alguna forma, llegaría finalmente a darse cuenta de que no había ninguna razón para sus celos. Pero las cosas no terminaron así.

    Se alzó apoyándose sobre un codo, y miró a la oscuridad.

    —Una noche intentó matarme. Era nuestro sexto aniversario de boda. Yo había dado el día libre al ama de llaves, a fin de que pudiéramos estar solos. Le esperaba en casa a las siete. Era abogado, y de los famosos, como puedes ver por todo esto.

    »Debían de ser las seis, cuando me di cuenta de que no teníamos champaña. Así que me puse una ropa de estar por casa, y conduje hasta Vendóme. Por el camino, vi una ambulancia por el retrovisor. Me salí de la carretera para dejarla pasar. El arcén no estaba en muy buenas condiciones, y creo que fue allí donde se me clavó el clavo.
    »Conduje hasta Vendóme, y compré el champaña. Pero cuando regresé al aparcamiento mi rueda delantera derecha estaba deshinchada.
    »Uno de los empleados la cambió por mí. Sin embargo, cuando llegué de vuelta a casa, Herbert estaba ya en ella, aguardándome furioso.
    »Allí estábamos los dos, en nuestro aniversario; yo sólo había salido a comprar algo que a él le gustaba, y él tuvo la osadía de acusarme de adulterio.
    »-¿Con quién has estado jodiendo hasta ahora? — dijo.
    »Aquello fue demasiado. Dejé caer las botellas de champaña, y se hicieron añicos contra el suelo. Herbert me abofeteó y siguió chillando:
    »-¿Con quién? ¿Con quién estabas jodiendo?
    »-No sé su nombre -le respondí-. Pero era joven y guapo, y jodia como un caballo.
    »Herbert se dio la vuelta. Supe que le había hecho daño, y me alegré de ello. Había ido ya demasiado lejos. Entonces le oí llorar. Estábamos en la cocina, y él sollozaba como si se le hubiera roto el corazón. Me acerqué. Estaba de espaldas a mí. Le puse las manos sobre los hombros. Antes de que pudiera decir una palabra, él se volvió en redondo y me clavó el cuchillo.

    Dal vio que los ojos de Elizabeth descendían hasta la herida de su vientre; siguió mirando allí mientras hablaba.

    —Corrí. Me persiguió escalera arrriba con aquel cuchillo. Pero teníamos cuadros en las paredes. Cuadros enmarcados. Cuando llegué arriba, descolgué uno y se lo tiré. La esquina del marco le golpeó en pleno rostro, y cayó escalera abajo.

    »Fui hacia él, pero no se movió. Se quedó tendido allí, mirándome. La caída… Se había roto el cuello.

    —¿Murió? — preguntó Dal.

    Adelantando las manos, ella lo aferró, y lo guió hacia la suave humedad de entre sus piernas.

    —No hables. Jódeme. Jódeme ahora. Méteme tu verga, y jódeme hasta que grite.


    Connie disfrutó del largo paseo hasta el Siete-Once. Era agradable estar al aire libre en medio de la noche, caminando enérgicamente, a veces demorando el paso para mirar el escaparate de alguna tienda cerrada. En ocasiones llegó a olvidar a Dal, olvidó que la había abandonado por un par de películas de terror.

    En el Siete-Once, se detuvo ante el expositor de libros de bolsillo. Lo hizo girar, mirando las portadas, hasta que descubrió Furor berebere…, «un sensual relato de pasión en alta mar». Echó hacia delante el ejemplar, y vio que solamente quedaba otro detrás. Sólo dos. La semana pasada había cuatro.

    No estaba mal, no estaba mal.

    Alguien le dio unos golpecitos en el hombro. Se dio la vuelta.

    —Oh, lo siento -dijo el muchacho.

    Exhibía una amistosa sonrisa y un pálido, casi invisible bigote.

    —No se preocupe -dijo Connie.
    —Pensé que era otra persona.
    —No, sólo soy yo.

    Él se echó a reír.

    —De espaldas se parecía usted a… Bueno, creí que era una vieja amiga mía.
    —Lo siento -dijo Connie.

    El muchacho se alzó de hombros.

    Connie se volvió de nuevo al expositor de libros y, durante un minuto, examinó los libros de bolsillo. Cuando miró otra vez a su alrededor, el muchacho estaba de pie al final de una cola, con un cartón de seis cervezas bajo el brazo.

    «Debe de ser mayor de lo que aparenta», pensó.

    Estaba aún en la cola cuando Connie abandonó la tienda. Cruzó la calle y miró hacia atrás. Una chica con pantalones cortos y un jersey sin tirantes salió, con una bolsa en la mano.

    Connie se alejó.

    ¿Había intentado el muchacho ligar con ella?, se preguntó. Si era así, no había sido muy insistente.

    «Tenías que haber probado un poco más, chico.»

    Esta noche se hubiera sentido bien dispuesta. Así le hubiera devuelto la pelota a Dal.

    Siguió caminando. Alejándose más y más del apartamento. Sin ningún destino en mente, hasta que recordó la tienda de licores cerca de Safeway. Podía pararse allí, ver si les quedaba todavía algún ejemplar de su libro.

    Caminó durante varias manzanas. Finalmente, llegó a la tienda de licores. Pero no entró. Se quedó en la acera, mirando al otro lado del cruce, a la iluminada marquesina de un cine en la siguiente manzana.

    El Palacio Encantado.


    Dal empujó y empujó, agitándose dentro de ella. Elizabeth se contorsionaba alocadamente debajo de él, jadeando, alentando sus embestidas, clavando los dedos en su espalda. Sus sudorosos cuerpos chasqueaban rítmicamente.

    Rodaron, y ella estuvo encima. Él aferró sus pechos, los estrujó y los sobó. El rostro de Elizabeth estaba sudoroso y contorsionado sobre él. Se retorcía como si intentara clavar aquella lanza aún más profundamente dentro de ella, empalarse, darle más cabida en su prieta vaina.


    Connie contempló los anuncios de las películas, las siniestras fotos a color sobre ellos. La chica en la taquilla estaba leyendo un periódico.

    «Efectivo, eso de vestirla de vampira», pensó Connie.

    Miró el cartel con los horarios.

    ¿Una sesión triple?

    No, la película central, Schreck el vampiro, era un corto.

    Miró su reloj de pulsera.

    Schreck el vampiro iba a empezar pronto.

    ¿Se sorprendería Dal si ella entraba y se sentaba silenciosamente a su lado?

    Puede que no le gustara, de todos modos.

    ¿Y si no estaba solo, si lo encontraba sentado rodeando con su brazo a una chica…?

    No. El no haría eso.

    Pero el temor fue suficiente para impedirle entrar.

    Miró de nuevo el horario. Reptantes de la noche venía a continuación, después de esa cosa del vampiro. Luego de nuevo Perderéis vuestras cabezas, a las 11.20.

    «Démosle cinco minutos para conducir de vuelta a casa.»

    Así que podía esperarle de regreso a las 11.25 o así. Mientras se alejaba, se preguntó si él se estaría acordando de ella en aquel momento.


    —¿Vamos a nadar un poco? — preguntó Elizabeth.
    —Eso sería estupendo. Pero creo que primero voy a ir al cuarto de baño.

    Elizabeth sonrió de una forma extraña. Se sentó en la cama, y señaló a las sombras al otro lado de la habitación.

    —¿Ves esa puerta?
    —Creo que sí.
    —Está al otro lado.

    Dal saltó de la cama. Cruzó la gruesa y suave moqueta hacia la mancha de oscuridad más profunda que el resto de las sombras.

    —Cuidado, no tropieces -dijo Elizabeth.

    La miró por encima del hombro. La cama y Elizabeth estaban más cerca de lo que había esperado, tan iluminadas y nítidas a la luz de la lámpara de encima que podía ver las marcas rojas que su boca había dejado en la piel de ella.

    —Intentaré no hacerlo -dijo.

    Cruzó la puerta, que estaba abierta, tropezó con una forma oscura, y retrocedió tambaleándose.

    —¿Qué demonios?
    —Espera, déjame guiarte el camino.

    Elizabeth saltó de la cama. Se apresuró al lado de Dal, le dio una palmada en la nalga, y pasó junto a él. Inclinándose junto a la puerta, accionó algo.

    Luego se volvió a las brillantes luces fluorescentes del cuarto de baño.

    —¡Jesús! — jadeó Dal.

    El marchito y calvo hombre en la silla de ruedas parpadeó.

    Elizabeth sonrió.

    —Dal, quiero presentarte a mi marido, Herbert. Le gusta mirar. Sé cuánto disfruta haciéndolo. — Palmeó la mejilla del viejo. La palmeó fuertemente-. Disfrutas mirándonos, ¿verdad, Herbert?


    JOYAS DEL TERROR
    PRESENTA A
    OTTO SCHRECK
    EN
    SCHRECK EL VAMPIRO


    Cerca de la cabecera del ataúd arden dos velas negras. Están en las manos de piedra de una estatua. De las velas sólo quedan unos cortos cabos. Las manos de la estatua están manchadas de negro. La boca, abierta en una silenciosa agonía. Las órbitas de los ojos varías.

    El suelo del sótano está cubierto de huesos. Pequeños, frágiles huesos de roedores. Otros huesos mayores. De perros y gatos. De seres humanos.

    En un oscuro rincón del sótano, una caja torácica humana se estremece. Una rata, dentro de ella, trepa por la espina dorsal. Se acurruca bajo las clavículas, hace una pausa, luego sigue subiendo por el cuello y se encarama en la pálida y colgante mandíbula.

    La mandíbula se suelta y cae. La rata también. Inicia de nuevo su camino hacia el cráneo, pero se detiene y alza la cabeza ante el débil y zumbante sonido de un motor.

    El motor calla de pronto.

    Frente a la casa, una mujer sube los escalones del porche. Es joven y hermosa, con el rubio cabello agitado por el viento, y las piernas desnudas bajo los faldones de una blusa a cuadros.

    Un hombre delgado de pelo oscuro la sigue escalones arriba.

    Sonriendo, la mujer busca en su bolso y saca una llave.

    —¿Listo?

    Abre la puerta, entra, y retrocede contra el hombre. Él la abraza, riendo.

    —¿Quién es el que está caliente ahora? — pregunta.

    Ella da un tirón al elástico de los bermudas de él.

    —¿Tú no?

    La mujer se vuelve hacia la escalera.

    —El dormitorio debe de estar ahí arriba.

    Sigue al hombre escalera arriba. Mientras suben, ella le baja de pronto los bermudas. Caen de sus pálidas nalgas.

    —¡No lo hagas! — Los sujeta-. ¿Quieres que tropiece?
    —Entonces no seas tan terriblemente apuesto.
    —Lo siento, Mary.

    Se sube los bermudas, y sigue escalera arriba.

    —Bonito culo -dice ella.
    —Gracias.

    Al final del pasillo de arriba, ella abre una puerta.

    —Voilá!

    Él se apresura a reunirse con ella.

    —Bien, no se puede decir que sea miserable, ¿verdad?
    —No, está bien -dice él.

    Dejando sus sandalias en la moqueta, ella dice:

    —En absoluto miserable. — Y salta sobre la cama. Da unos pasos sobre el colchón, las manos en las caderas, dándose la vuelta para contemplar la habitación-. Creo que esto nos irá estupendamente. ¿No lo crees tú también?

    El hombre sonríe.

    Mary se deja caer de espaldas, rebotando ligeramente cuando golpea el colchón. Con una sonrisa seductora, se abre la blusa.

    El hombre avanza hacia ella.

    Una vez quitada la blusa, ella se vuelve boca abajo en la cama y se desabrocha la parte superior del bikini.

    El hombre se inclina sobre ella. Le acaricia la espalda. Le da un beso entre los omoplatos.

    En el sótano, goterones de cera negra caen de las manos de la estatua. Las velas están casi consumidas. Sus llamas oscilan y se alargan, como luchando para no morir.

    La rata se acurruca junto al ataúd, mordisqueando un trozo de carne cruda.

    Unos dedos se engarrian en el borde de la tapa del ataúd, la alzan, y la deslizan hacia un lado.

    La rata se inmoviliza ante el ruido del roce de la madera.

    Una mano la agarra del suelo. La rata chilla mientras Schreck, sentándose en el ataúd, la alza hasta su rostro.

    —La sangre es la vida -susurra.

    Arranca la cabeza de la rata de un mordisco, y la escupe. Alza el cuerpo de la rata por encima de él, como una botella de vino, y la sangre salpica su rostro, cayendo en su boca abierta, trazando oscuros hilillos que bajan por sus mejillas y mentón.

    En el oscuro dormitorio, Mary permanece tendida, despierta, junto al hombre dormido.

    Los peldaños de madera de la escalera del sótano crujen mientras Schreck los sube lentamente. Arriba, abre una puerta. Su mano deja una huella de sangre en la madera.

    Mary salta de la cama y cruza silenciosamente la moqueta en dirección a una ventana. Mira afuera.

    Schreck sube la escalera de la casa. Cuando llega arriba, se queda contemplando el largo pasillo débilmente iluminado.

    Mary cruza el dormitorio. Hace una pausa junto a la puerta y mira hacia su derecha.

    Schreck, viéndola, se desliza cruzando una puerta. Por un momento, la contempla. Está desnuda. Agita los brazos y salta, bailando a lo largo del pasillo, alzando la blusa por encima de su cabeza.

    Schreck cierra silenciosamente la puerta. Apoyándose contra ella, mira al techo y se pasa la lengua por los resecos labios. Gime.

    Mary se detiene. Mira hacia la puerta. Rápidamente, se pone la blusa y se la abrocha. Adelanta una mano hacia el pomo, luego la retira bruscamente y echa a correr. Corre por el largo y penumbroso pasillo, agitando las desnudas piernas, los faldones de su blusa azotando suavemente sus nalgas.

    Cruza la puerta del dormitorio.

    —¡Eh! ¡Eh!
    —¿Qué pasa?

    Se enciende la luz. El hombre se sienta en la cama, protegiéndose los ojos contra la repentina iluminación.

    —¿Qué demonios estás haciendo?
    —Salgamos de aquí.
    —Creí que…
    —He oído algo.
    —¿Qué has oído? — pregunta él, poniéndose los bermudas.
    —Sonaba como un lamento.
    —¡Jesús!
    —Puede haber sido mi imaginación, Arthur.
    —Pero ¿y si no lo fuera?

    Mientras se dirige rápidamente hacia la puerta, Mary recupera su bikini de la revuelta cama. Se pone el slip, y mete la parte superior en su bolso.

    —¿Dónde lo has oído?
    —Al final del pasillo. Junto a la escalera.
    —¡Cristo, eso significa que vamos a tener que pasar por delante!
    —Quizá no sea nada.

    Schreck, en la oscura habitación, sonríe ante el sonido de pasos corriendo. Abre la puerta de golpe. Saltando al pasillo, aferra la garganta del hombre que corre y lo arroja contra la pared.

    La aterrada mujer se detiene. Simplemente, se le queda mirando, horrorizada, mientras Schreck agarra de nuevo al hombre y lo arroja por encima de la barandilla.

    Con una sonrisa, camina hacia ella.

    —Tú serás mi novia.
    —¡No! ¡Oh, no!
    —Vagaremos juntos por la noche, tú y yo…, todas las noches de la eternidad…, deleitándonos con la sangre de los inocentes.

    Mientras se adelanta para sujetarla, ella penetra en la habitación. Intenta cerrar la puerta, pero Schreck la bloquea con sus brazos. Luego atraviesa la frágil madera y aferra la garganta de la mujer. La empuja hacia atrás. Penetra en la habitación tras ella.

    La arrastra al pasillo. Desgarra su blusa, abriéndola. Con los dedos engarriados sobre sus opulentos pechos, inclina la cabeza. Lame la sangre que brota de las heridas que las astillas han hecho en el rostro de ella.

    Besa un lado de su cuello.

    Muerde. La sangre brota de la vena seccionada, manchando su rostro, salpicando la pared más cercana. Aprieta con fuerza la boca contra la herida, y traga furiosamente.

    Falto de aliento, alza la cabeza. La sangre sigue manando con intensas pulsaciones. Forma copa con las manos para recoger el flujo.

    Cuando sus manos están llenas, las alza por encima de su cabeza.

    —La sangre es la vida -dice.

    Se baña el rostro con ella.

    Luego carga con el desnudo cuerpo de la mujer escalera abajo, hacia el sótano. La piel de ella está muy pálida a la débil luz.

    La introduce en su ataúd.

    Enciende dos velas negras, y las clava enhiestas en las manos de la estatua. Mientras el rostro de piedra carente de ojos parece mirarle, Schreck se mete en su ataúd. De rodillas sobre el cadáver, susurra:

    —Mi novia.


    FIN


    4


    El público silbó, abucheó, aplaudió y lanzó vítores. Las luces de la sala se encendieron.

    Pete se volvió hacia Brit.

    —¿Qué te ha parecido?
    —Vulgar. Pero es curioso, ¿sabes? La chica que interpretaba el papel de Mary se parece a una de mis mejores amigas. Una de las mejores -puntualizó.
    —¿Lo era?
    —Supongo que no. Los títulos de crédito decían que su nombre era Wilma Payne. La voz tampoco era la de Tina.
    —Bueno, se dice que todos tenemos un doble en algún sitio.
    —De todos modos, es algo realmente extraordinario. Quiero decir que son idénticas. Incluso la forma en que actuaba y caminaba…, ya sabes, sus peculiaridades. Y el tipo de cosas que decía… Era como si fuera su fantasma, ya me entiendes.
    —¿Tina no es actriz?
    —Da clases de historia en la universidad de Pacifica Coast. Allí es donde fui yo, ya sabes. Compartíamos una habitación; ella regresó después de graduarse, y obtuvo ese trabajo. Bueno, todo lo que tengo que hacer es llamarla mañana. Probablemente la cosa no le haga ninguna gracia.
    —Bruno dijo que el corto solamente se exhibía aquí.

    Brit se alzó de hombros.

    —Bueno, quizá pueda desplazarse para verlo. La universidad está a tan sólo un par de horas costa arriba.
    —Si realmente se parece a la chica de la película, no me importaría en absoluto conocerla.
    —¡Oye! — Brit le dio un puñetazo en la rodilla-. ¿Por qué no vas a buscarme unas chocolatinas antes de que termine el descanso?


    5


    Elizabeth empujó la silla de ruedas hacia la cama. — Ayúdame a ponerle en ella.

    —¿Ahí? — preguntó Dal.
    —Es su cama.

    Dal agitó su cabeza. Se sentía como a punto de vomitar.

    —¿Lo hemos hecho en su cama, y con él mirando?
    —No te culpes por ello, cariño. No tenías forma de saberlo.
    —Es repugnante.
    —Pero ¿no te excita, ahora que lo sabes?
    —Creo que será mejor que me marche.

    Ella sonrió, como divertida por la timidez de él.

    —¿No me vas a ayudar antes? No querrás que el pobre Herbert se pase la noche en su silla de ruedas, ¿verdad?
    —Puedes hacerlo tú sola -dijo.

    Las palabras sonaron rencorosas, e inmediatamente las lamentó.

    —Por supuesto que puedo -dijo Elizabeth-. Pero no creo que lo haga, de todos modos. Si quieres ser responsable de que el pobre hombre se pase toda la noche…
    —Ayudaré.
    —Herbert te lo agradecerá.
    —¿Dónde están las sábanas?
    —En la cama.
    —¡Pero están hechas un revoltijo! Y además, húmedas y sucias. No podemos ponerlo encima de ellas.

    Elizabeth palmeó el hombro del inmóvil Herbert.

    —Por supuesto que podemos. Herbert comprende, ¿verdad, cariño?


    Un coche disminuyó la marcha y avanzó a la altura de Connie. Con el corazón latiéndole apresuradamente, ella aceleró la marcha. El coche mantuvo su paso.

    «Tú te lo has buscado», pensó, rabiosa consigo misma pese a su miedo.

    Le echó una mirada al coche. Un Mustang de color claro. La ventanilla del lado del pasajero fue bajada. Dentro, vio las oscuras formas de dos hombres.

    Un brazo le hizo señas desde la ventanilla.

    —No estoy interesada -dijo ella.

    El coche aceleró. Al final de la manzana, giró a la derecha y desapareció.

    —Oh, mierda -murmuró Connie.

    Debían de estar esperándola. Lo sabía. Ya le había ocurrido una vez. Era una noche de verano hacía cinco años, en Tucson.

    Sólo que, entonces, ella no estaba sola.

    Repentinamente, las lágrimas le escocieron en los ojos, haciendo que las luces de la calle oscilaran y se emborronaran.

    Aquellos bastardos.

    Aquellos malditos y sucios bastardos.

    Nunca volvería a encontrar a ningún hombre como Dave, y ellos… Dos de los tres llevaban navajas. Todavía podía oír el ruido que había hecho uno de los chicos al clavar su hoja en el vientre de Dave, un ruido como de un puñetazo, y luego el de Dave al expeler bruscamente el aliento. Fue lo último que oyó ella en su vida antes de que el tercero, el que llevaba la llave inglesa, la golpeara haciéndole perder el conocimiento.

    Secándose las lágrimas del rostro, cruzó la calle en mitad de la manzana.

    «Si me quieren -pensó-, van a tener que trabajar para conseguirme.»


    —¿Ahora puedo irme? — preguntó Dal, apartándose de la cama.
    —Puedes, si quieres. — Elizabeth se le acercó. Sus pezones rozaron el pecho del hombre. Agarró entre sus dedos su flaccido pene-. ¿No preferirías, de todos modos, meterte primero conmigo en la ducha? A menos que quieras llevarte contigo a casa tus olores acusadores. Puede que tu querida Connie sospeche algo, si lo haces.
    —Supongo que sí. Pero tampoco puedo irme con el pelo mojado.
    —Mi secador se encargará de eso.


    Connie miró hacia la esquina a través de la calle. Había un coche aparcado allí. Un Mustang color claro, con las luces apagadas.

    Con un poco de suerte…

    Empezó a cruzar la intersección. El Mustang hizo un giro en U y avanzó a buena marcha hacia ella. Connie echó a correr cruzando la calle, y saltó a la otra acera en el momento en que el Mustang frenaba.

    La portezuela del lado del pasajero se abrió de golpe. Un muchacho de unos quince años saltó fuera.

    Connie retrocedió, mirándole fijamente. Mirando su camiseta blanca, sus pantalones tostados, su pelo negro y su nerviosa sonrisa.

    Exactamente igual que los otros. Como un jodido clon de los que habían matado a Dave, y luego la habían golpeado y violado a ella.

    —Mantente lejos de mí-dijo.

    Otro joven salió tras él. Este era más robusto que el primero, pero llevaba el mismo uniforme.

    —Ven a que te…

    No pudo captar el resto de la frase.

    —Sí -dijo el primero-. Tengo hambre. Quiero comerme algún conejito.
    —Tu madre -le espetó Connie.
    —¡Puta!-gritó el muchacho en español.

    Sacó, una navaja de resorte.

    Connie retrocedió hasta la entrada de una tienda de zapatos.

    —¡No nombres a mi madre! — siguió el muchacho.

    Connie se detuvo, la espalda contra la pared.

    —Aquí no, Joe -dijo el otro-. Demasiado tráfico, hombre.
    —¡Mi madre no es ninguna puta!
    —No más que tu hermana -dijo Connie.

    Joe rugió y lanzó el cuchillo en un golpe hacia delante. Esquivando a un lado, Connie le aferró la muñeca y el codo. Su rodilla partió disparada hacia arriba, golpeando contra el antebrazo de Joe. Mientras éste caía, ella se volvió ligeramente y lanzó una patada. Su pie se encajó en los genitales del otro hombre, quien cayó de rodillas, agarrándose la parte lastimada. La siguiente patada le dio de lleno en la frente. Cayó boca abajo.

    Connie recogió el cuchillo.

    —¿A quién le habéis robado el coche? — preguntó a Joe.
    —¡A nadie! Comprueba la licencia, coño.

    Le dio una patada en el brazo roto.

    El muchacho seguía sollozando cuando Connie se dirigió al Mustang. Subió a él, lo puso en marcha, y se alejó.


    —Casi seco -dijo Elizabeth, pasando los dedos por el pelo de Dal al tiempo que agitaba el chorro de aire caliente del secador-. Tu chica nunca sospechará que has estado copulando a sus espaldas.
    —Espero que no.
    —¿Qué haría?
    —Decirme que me largara, supongo.
    —Sería una lástima.
    —Sería un desastre. ¿Tienes idea de lo que tendría que pagar por un apartamento en esta ciudad?
    —Una cantidad considerable, imagino. De todos modos, si eso es lo peor que tienes que temer, tienes muy poco que temer.
    —Bueno, no creo que ella sea de las que te clavan un cuchillo, si te refieres a eso.
    —¿Te quiere?
    —¿Quién sabe? Supongo que sí.
    —Entonces será mejor que vayas con cuidado. La venganza de una mujer a menudo es considerablemente salvaje.
    —Acabo de darme cuenta.

    Ella se rió.

    —Herbert no está peor de lo que se merece. Ahórrate tu compasión.

    Connie condujo el Mustang hasta el Siete-Once. No podía pasar junto al expositor de libros sin comprobar Furor berebere. Tras ver que nadie había comprado ningún ejemplar en la última media hora, entró.

    Compró un destornillador, una lata de cerveza, otra de líquido para encender barbacoas, y un paquete de Marlboro.

    El empleado dejó caer dos carteritas de cerillas en su bolso.

    Connie bebió la cerveza mientras conducía. Estaba prohibido, lo sabía. Pero esta noche ella hacía sus propias leyes.

    —Legalizo a partir de ahora el consumo de bebidas alcohólicas en los vehículos a motor robados -dijo.

    Sabía muy bien lo que hacer.

    Estacionó el coche en el aparcamiento del Safeway. El supermercado estaba cerrado, el aparcamiento desierto, excepto por un Volkswagen solitario en un extremo. Parecía vacío.

    Connie dejó el motor en marcha. Con el destornillador, abrió varios agujeros en la tapa de la lata de líquido para encender barbacoas. Vació la lata, esparciendo el contenido sobre el asiento de atrás, el suelo, los asientos delanteros.

    Salió del coche y echó una rápida mirada a su alrededor. Nadie cerca.

    Arrancó la tapa de una de las carteritas de cerillas. Encendiendo una, la arrimó a la cabeza de todas las demás. Prendieron rápidamente. Arrojó la carterita en llamas sobre el asiento delantero.

    Lentamente, el fuego fue esparciéndose.

    Cerró la portezuela y se alejó caminando, sorbiendo su cerveza.

    Unas luces rojas centellearon en el espejo retrovisor de Dal. Una sirena aulló.

    ¡No, por favor!

    Una multa. Exactamente lo que necesitaba. En ella constaría el lugar, la fecha y la hora. Si llegaba a manos de Connie, sabría que no había estado en el cine.

    Entonces vio que las luces pertenecían a un coche de bomberos.

    Gracias a Dios.

    Se apartó y lo dejó pasar. Aún temblando, condujo unas cuantas manzanas más. Aparcó en una calle lateral, y caminó hacia el Palacio Encantado.

    —Reptantes de la noche acaba de empezar -dijo la chica de la taquilla.

    Su aspecto era horrible. Dal necesitó unos instantes para darse cuenta de que su apariencia era intencionada.

    Entregó su entrada a un hombre gordo que llevaba unas ropas llenas de supuesta sangre. El rostro del hombre estaba horriblemente contorsionado bajo una media de nilón.

    —Se ha perdido el Schreck de esta noche -dijo el hombre.

    Dal se alzó de hombros.

    —Otra vez será.

    En el mostrador del bar, compró un paquete de caramelos de menta.


    6


    Connie estaba en la cama cuando Dal llegó a casa. Respiraba lenta y pesadamente, fingiendo estar dormida. No deseaba decirle lo que había hecho.

    No deseaba decírselo a nadie, nunca.

    Sentía remordimientos por haber hecho daño a aquellos chicos. Quizás se lo merecieran, pero ¿y si les había dañado de forma permanente? ¿O matado a uno? El chico aquel al que le había dado la patada en la cabeza…

    ¿Y si algún bombero resultaba herido intentando apagar el fuego del Mustang? Si el depósito estallaba…

    Dal se metió en la cama. La besó ligeramente en la mejilla. Ella murmuró algo inconcreto, como perturbada en mitad de su sueño. Dal se apartó.

    Connie permaneció despierta durante largo rato. Se dio la vuelta boca abajo, boca arriba, de lado. Su almohada estaba mojada de sudor, de modo que le dio la vuelta. Apartó las sábanas a un lado, se quitó el empapado camisón, y se quedó mirando al techo.

    Cuando despertó, bañada por la luz del sol matutino, se sintió vagamente sorprendida de haberse quedado dormida.

    Se levantó cuidadosamente de la cama, procurando no despertar a Dal. Encontró su camisón en el suelo. Un regalo de él.

    Un «regalo de quita y pon», lo había llamado él. Reflejaba perfectamente sus gustos: era corto, escotado, y transparente. No podía salir afuera con él, ni siquiera por un instante para recoger el periódico. Se lo puso, de todos modos. Antes de salir de la habitación, tomó su bata del armario.

    Mientras se la ponía, vio una cajita de caramelos de menta sobre la mesa del comedor.

    Dal no lo había olvidado.

    Sintió una cálida oleada de afecto hacia él. Sólo duró un momento. Luego su ansiedad volvió. Se dirigió apresuradamente hacia la puerta de entrada, y la abrió.

    El periódico estaba sobre el felpudo de «Bienvenidos». Lo recogió rápidamente. Volvió a entrar en casa, arrancando la faja de papel.

    Dejándose caer de rodillas, desplegó el periódico sobre la alfombra. Se inclinó sobre él, recorriendo rápidamente con los ojos la primera página.

    Nada allí.

    Nada sobre los dos chicos.

    Nada sobre el Mustang incendiado.

    Pasó la página. Otra, y otra. Buscó en la primera y segunda secciones. La tercera sección era la deportiva y financiera. La pasó de largo. Tampoco podía estar en la de espectáculos. Sólo quedaban los anuncios por palabras. Sintiéndose aliviada, volvió a cerrar el periódico, arregló bien las páginas, y lo depositó sobre el sofá.

    Ninguna mención de lo que había hecho.

    Probablemente los chicos se habían guardado el incidente para sí mismos. Si habían ido al hospital -lo cual tendrían que haber hecho-, sin duda habían inventado una falsa historia para explicar sus heridas.

    El incendio del Mustang debía de haber sido considerado como algo demasiado rutinario para ser mencionado. No había habido heridos allí. No le había estallado a nadie en la cara, después de todo.

    Lo mejor era olvidarlo todo.

    Con un suspiro, se puso de pie. Se dirigió a la cocina, y empezó a preparar una cafetera.

    Podía olvidarlo todo, a menos que se encontrara con aquellos chicos de nuevo.

    Tomó la lata abierta de café de la nevera, y retiró la tapa de plástico. Llevándola hasta la encimera, se la acercó a la nariz y olió. No había olor más maravilloso que el de un buen café.

    Siempre le había gustado aquel olor. Le recordaba cuando era niña, y se quedaba tendida en la cama a primera hora de la mañana, escuchando el rítmico burbujear del café procedente de la cocina. Le gustaría poder oír de nuevo ese ruido. Pero ya nadie lo oía. Ya nadie utilizaba ese sistema. Las nuevas cafeteras eran mucho más rápidas, más eficientes. El progreso.

    Al menos el café seguía oliendo a café.

    Echó una cantidad dentro del filtro de papel.

    Una mano palmeó su trasero. Dio un salto, asustada, derramando un poco de café.

    —¡Dal!

    El hombre sonrió.

    —Buenos días.

    La abrazó y la besó.

    —¿Qué tal estuvieron las películas? — preguntó ella.
    —No estuvieron mal. Las he visto mejores, pero no puedo quejarme. ¿Qué hiciste tú ayer por la noche?

    Connie se alzó de hombros.

    —Me lavé el pelo y leí.
    —No suena muy excitante.

    Volvió a alzarse de hombros.

    —Bueno, mi viejo amigo Joe se dejó caer también por aquí, y estuvimos jodiendo un ratito.
    —Oh, ¿de veras? — preguntó Dal.

    Aunque sonreía, su rostro se empurpuró.

    —¡Oye, sólo estaba bromeando!
    —Lo sé, lo sé.

    Se dio la vuelta, y salió de la cocina.


    7


    Freya pulsó el botón de la caja del control remoto, observando cómo la pantalla de la televisión cambiaba canal tras canal.

    Nada interesante, sólo mierda.

    El pato Lucas, Los teleñecos, una vieja reposición de El llanero solitario.

    Ironside, por el amor de Dios.

    Alzó su taza de té de encima de la Guía de TV, tomó un sorbo, y repasó la programación. Sí, aquello no estaba mal. Dies minutos más de porquería, y luego algo llamado El monstruo camina. Un thriller de 1932, con Rex Léase, Vera Reynolds y Sheldon Lewis.

    Podía estar bien.

    Habría hecho mejor yéndose a la playa, en un fantástico y soleado sábado como aquel. Últimamente había habido tantas mañanas nubladas… El tiempo típico de junio en Pacifica Coast. Pero los negocios eran los negocios. Iba a tener que pasar muchos más fines de semana encerrada en casa si no tenía suerte y encontraba una nueva compañera de apartamento.

    No era fácil el verano en una ciudad universitaria.

    Un montón de vacantes.

    Y la mayoría de las chicas que habían estado preguntando durante las últimas tres semanas no eran muy aconsejables precisamente.

    Sonó el timbre.

    Cristo, al menos podían tener la decencia de telefonear antes.

    Se levantó del sofá. Mientras caminaba hacia la puerta de entrada, tiró de sus apretados shorts y se ajustó el jersey sin tirantes, que siempre tenía la mala costumbre de deslizarse hacia abajo. Obligó a su rostro a exhibir una sonrisa, y abrió la puerta.

    —¡Hola! — dijo la chica.

    Tenía el pelo color zanahoria, y pecas a juego. Llevaba unas gafas gruesas con montura metálica. Sus rechonchas mejillas daban la impresión de contener cada una una ciruela no comida. Su silueta era parecida a la de una patata, y sus ropas acentuaban esa impresión: unos ceñidos téjanos y una camiseta. La camiseta estaba decorada con un buitre que miraba de soslayo. Decía: «Paciencia, y un huevo…, voy a matar algo». Increíblemente, no llevaba sujetador. Sus pechos colgaban dentro de su camiseta como bailoteantes balones de agua.

    —¿Puedo ayudarte en algo? — preguntó Freya.
    —He venido por lo del apartamento. ¿No eres la que está buscando una compañera para compartirlo?
    —No. Yo soy la nueva compañera.
    —Pero el periódico de esta mañana…
    —Vine ayer por la noche. La otra no tuvo tiempo de retirar el anuncio.

    La chica se alzó de hombros.

    —Bien, qué le vamos a hacer.
    —Sí, lo siento. Encontrarás pronto alguna cosa.

    Freya cerró la puerta.

    Miró la televisión. Slim Claymore estaba en pantalla, su sombrero Stetson echado hacia atrás, sonriendo como un idiota.

    —Si está buscando usted un coche usado, venga a la Chevrolet de Slim, donde recibirá un servicio cortés y las mejores oportunidades…

    El teléfono repiqueteó. Freya corrió a la cocina y alzó el auricular.

    —¿Sí?
    —Hola. — Era una voz de mujer joven-. ¿Está Tina?
    —No, no está. ¿Desea dejarle algún mensaje?
    —¿Cuándo la espera de vuelta?
    —¿Quién es usted, por favor?
    —Soy Brit Anderson. Una amiga de Tina. Fuimos compañeras de cuarto en la universidad.
    —Ah, sí, ella me ha hablado de ti.
    —Supongo que eres su compañera de ahora, ¿verdad?
    —Llevamos compartiendo este apartamento desde hace un par de meses.
    —Bien… ¿Tienes idea de cuándo va a volver?
    —Probablemente estará fuera todo el fin de semana.
    —Oh, es lógico. — Brit se echó a reír-. Tina siempre estaba fuera, en algún sitio.
    —¿Quieres que le diga que te llame cuando regrese?
    —Por favor, te lo agradeceré.

    Le dio a Freya su número de teléfono.

    Freya lo apuntó.

    —¿Has dicho Brit qué?
    —Anderson.
    —De acuerdo. Le daré tu mensaje. Ha sido un placer hablar contigo.
    —Gracias. Adiós.
    —Adiós.

    Freya colgó. Volvió a la sala de estar. El monstruo camina ya había empezado.

    —Maldita sea -murmuró, y se dejó caer en el sofá.

    La pantalla quedó vacía por un momento.

    —¡Hola, amigos! Slim Claymore os invita a que vengáis a ver… -Cambió de canal-. Os invita a que vengáis a ver…

    El mismo anuncio, ligeramente desfasado en el tiempo con respecto al otro.

    Cambió de nuevo, esta vez a Bugs Bunny. Era preferible a Slim. Contempló unos instantes a Elmer siendo atosigado por el conejo, luego volvió al canal de la película.

    —… donde los precios son tan bajos que pueden estar seguros de que van a hacer muy buen negocio.

    La película volvió a la pantalla.

    Estaba a punto de terminar, una hora más tarde, cuando el teléfono sonó de nuevo.

    —¿Sí? — preguntó.
    —Hola. Llamo por lo del apartamento. Vi el anuncio esta mañana, y me preguntaba si todavía estaría vacante.
    —Por supuesto que lo está -dijo Freya-. ¿Quieres echarle un vistazo?
    —Me encantaría. ¿Cuándo te parece que pase?
    —Cuanto antes, mejor.
    —Estupendo. Estaré ahí en unos quince minutos. Me llamo Nancy.
    —Muy bien. Nos veremos, entonces.

    Pasaron exactamente quince minutos antes de que sonara el timbre de la puerta. Freya abrió.

    —Hola, soy Nancy.

    Nancy llevaba unas gafas de sol perchadas sobre su cabeza, descansando ligeramente en una masa de rubios rizos. Sus ojos eran brillantes, su piel clara, su nariz ligeramente respingona.

    Una chica encantadora, pensó Freya.

    Llevaba un mono de manga corta color azul pálido. Su cremallera, abierta varios centímetros, revelaba una larga V de pálida garganta y pecho.

    —Soy Freya. Entra.
    —Gracias.
    —¿Eres nueva en Pacifica Coast?
    —Llevo aquí unos cuantos días. Estoy en el Travel Inn hasta que encuentre un lugar más permanente.
    —Bueno, quizá éste lo sea.
    —Quizá sí.

    Le mostró a Nancy la sala de estar, luego la cocina.

    —¿Eres estudiante? — preguntó.
    —Tengo la sensación de que siempre he sido una estudiante.
    —¿En qué campo?
    —Psicología.
    —Lista para ser una remiendacabezas, ¿eh?

    Nancy se echó a reír.

    —Espero que sí.
    —Pareces… demasiado madura para ser estudiante de primer curso.
    —Bueno, me he trasladado de la universidad de Santa Mónica. Tengo que conseguir tres notas este verano, y empezaré como júnior.
    —¿Es la primera vez que estás fuera de casa, Nancy?
    —Oh, he ido de acampada, y cosas así. Ya sabes. Pero nunca he vivido por mí misma antes, si te refieres a eso.
    —¿Vivías con tus padres en Santa Mónica?

    Asintió.

    —Ése sería tu dormitorio, el de aquí.

    Entraron en la habitación inundada de sol.

    —Está amueblada, como puedes ver.

    Nancy dio una vuelta por la habitación, mirando dentro del armario, dejándose caer sobre el colchón, observando a través de las ventanas.

    —Es muy bonita.
    —Tú también -dijo Freya con voz muy baja-. Eres… muy bonita.

    Adelantó la mano hacia el cierre de la cremallera de Nancy.

    —¡Eh! — Nancy la apartó de un manotazo-. No, gracias. ¡Uf! — Meneó la cabeza-. No me gustan ese tipo de cosas.
    —¿Lo has probado alguna vez?

    Enrojeciendo, Nancy negó con la cabeza.

    Freya tiró hacia abajo de su jersey sin tirantes. Sus pechos saltaron libres.

    —¡No!
    —Vamos, querida, toca.
    —¡No!

    Nancy salió corriendo de la habitación.

    La puerta de entrada resonó al cerrarse.

    Adiós Nancy.

    Freya volvió a subirse el jersey, regresó a la sala de estar, y tomó la Guía de TV.

    Suspiró.

    Cristo, estaba empezando a cansarse de aquello.

    Si no era una cosa, era otra.

    Más pronto o más tarde, sin embargo, aparecería la chica adecuada. Una chica perfecta en todos los sentidos. Una chica sin familia cercana. Una chica como Tina.


    8


    Brit telefoneó a Pete y recibió como respuesta una grabación.

    —Aquí Pete Harvey, Investigaciones Privadas. Estoy hablándole, pero no me encuentro aquí. Si quiere dejar un mensaje, me pondré en contacto con usted tan pronto como me sea posible. Al oír la señal, empiece a hablar.

    La señal hizo biiip.

    —Olvídalo -dijo Brit, y colgó.

    No deseaba aguardar a que él la llamara. Lo deseaba ahora. No tenía la menor idea de dónde podía estar. Así que era mejor olvidarlo. Iría sola.

    Quizá fuera mejor de esa forma. Si le pedía a Pete que fueran juntos, podía pensar que estaba tomándose las cosas demasiado en serio con respecto a él. Parecía un hombre poco propenso a dejarse involucrar en esas cosas.

    Con ella, al menos.

    Tres citas ya, y todavía no se había acostado con ella. Bueno, a algunos les gusta tomarse las cosas con calma.

    Metió unas cuantas cosas en su maleta y bajó al coche.

    Mientras conducía en dirección a la costa, empezó a pensar acerca de ir sin Pete. Era un buen hombre para tenerlo a su lado si surgían problemas. Había algo definitivamente raro acerca de Tina y el filme. Y su compañera de apartamento.

    Cuanto más se acercaba, más nerviosa se ponía. Finalmente, se detuvo en un Denny's y utilizó el teléfono público. Respondió la grabación de Pete.

    —¡Maldita sea!

    Colgó el receptor con un golpe seco.

    Al diablo con él.

    Atravesó la puerta como una tromba y cruzó el aparcamiento a largas zancadas. Puso en marcha el motor. Por un momento, pensó en volver a casa.

    Todo aquello tenía que ser una tontería.

    De todos modos, ya casi estaba en Pacifica Coast. En media hora estaría allí.

    Dios, había pasado cuatro años en aquella pequeña ciudad. No tenía nada que temer.

    Probablemente ni siquiera era Tina la de aquella película. Y aunque fuera ella, ¿qué? Sólo era una película.

    Por el amor de Dios, se suponía que las películas tenían que parecer reales. Mira si no El exorcista, donde conseguían que la cabeza de Linda Blair girara sobre sí misma. Aquello parecía real. O La profecía, donde un trozo de cristal rebanaba en seco la cabeza de David Warner. Eso parecía real también. Exactamente tan real como la sangre de Tina chorreando y manchándolo todo.

    Había visto a Linda Blair en montones de filmes después de El exorcista. Lo mismo podía decir de David Warner. Sabía con toda certeza que habían sobrevivido a esas filmaciones. Demonios, sólo se trataba de efectos especiales.

    Tina era diferente.

    «Sólo porque la conozco.»

    Brit salió del aparcamiento y se encaminó hacia Pacifica Coast.

    «Sólo porque conozco a Tina», pensó. Y porque el cine era tétrico. Y porque la película tenía un toque torpe y de aficionado que la hacía parecer barata y de mala calidad, como algunos de esos filmes porno que acostumbraba a ver con Willy.

    El extraño Willy.

    Le gustaba practicar lo que veía en pantalla. Ella lo fue aceptando, hasta que él empezó a mostrarse demasiado violento. El látigo fue la última gota.

    El extraño Willy. Su gran ambición en la vida era ver una «película-verdad».

    «Dios tenga piedad de su chica, si alguna vez llega a ver una de esas…»

    ¿Películas- verdad?

    El pensamiento la golpeó como un puñetazo en el estómago.

    —Ridículo -dijo en voz alta.

    Pero se dio cuenta de que la idea había estado en su mente desde hacía rato, agazapada allí, susurrando su advertencia. Por eso había telefoneado a Tina, aquella mañana.

    Por eso la voz de su compañera de apartamento, Freya, le había ocasionado un estremecimiento de terror. Porque, incluso a través del teléfono, había reconocido la voz.

    La voz del personaje de Tina en el filme.

    Doblada sobre la auténtica voz de Tina.

    Brit condujo hasta el centro de Pacifica Coast y aparcó frente a la estación de policía.

    Se le revolvió el estómago.

    «¿Qué voy a decirles?»
    «Vi a mi amiga siendo asesinada en una película, y creo que puede tratarse de algo real.» «Por qué cree eso?» «Porque no utilizaron su verdadero nombre en los títulos de crédito, y además no era su voz.» «¿Está segura de que era su amiga?» «Estoy casi convencida. Ha desaparecido, y…» (Freya dijo que estaba fuera el fin de semana…, pero Freya debía de estar metida en ello.) «¿No podemos comprobarlo?», insistiría.

    Entonces la policía la conduciría hasta el apartamento de Tina, y Tina abriría la puerta.

    Sería mejor asegurarse primero.

    Dejó el coche y caminó hasta una estación de servicio en la siguiente manzana. Metió diez centavos en el teléfono público y marcó el número.

    El corazón le latía alocadamente. El negro auricular resbalaba en su mano.

    —¿Sí?
    —Hola, Freya.
    —¿Quién es, por favor?
    —Brít Anderson. Llamé esta mañana.
    —Ah, sí.
    —¿Está ahí Tina?
    —Sí. Un momento, por favor.

    Brit cerró los ojos y suspiró. Se secó las temblorosas manos en las perneras del pantalón.

    Gracias a Dios.

    Todo había sido una mala pasada de su imaginación. Era otra la de la película. No Tina, en absoluto. Alguien que se le parecía, con una voz como la de Freya.

    —¿Hola?

    La voz de Freya.

    —¿Sí?
    —Tina está en la ducha en este momento. ¿Quieres que te llame cuando salga?
    —Bueno…, es que llamo desde un teléfono público. Estoy aquí en la ciudad, sin embargo. Puedo dejarme caer por ahí en unos diez minutos.
    —Estupendo. Se lo diré.


    Brit aparcó al otro lado de la calle, frente a la casa de apartamentos. Salió del coche. El sol de la tarde llegaba cálido a su rostro, pero soplaba una fresca brisa del océano.

    Cruzó la calle con piernas débiles. ¡Dios, qué día! Se sentía agotada, emocionalmente exhausta, pero exaltada.

    Se había sentido así, durante todo el día, después del terremoto del 72.

    Una vez pasado el desastre. Con amigos, familiares, y ella misma, milagrosamente intactos.

    Cruzó una chirriante verja, pasó junto a la desierta y resplandeciente piscina, y subió los escalones hasta el porche cubierto que corría a lo largo de todas las puertas.

    Apartamento 210.

    Llamó a la puerta.

    Fue abierta por una esbelta rubia estropajo que llevaba unos ceñidos shorts y un jersey sin tirantes.

    —¿Brit? — dijo la mujer.
    —Sí.
    —Soy Freya. Entra.

    Entró. Las cortinas estaban corridas.

    —Le diré a Tina que estás aquí.

    Freya cruzó la habitación. Sus shorts eran demasiado pequeños. Pálidas medias lunas de nalga asomaban bajo los bolsillos. Desapareció. Brit la oyó llamar.

    —Tina, tu amiga está aquí.

    Freya regresó.

    —Saldrá en un minuto. Cristo, se pasa una eternidad ahí dentro. ¿Puedo ofrecerte algo de beber? ¿Un poco de vino, quizá?
    —Sería estupendo.
    —¿Blanco o tinto?
    —Blanco, por favor.

    Se sentó en el sofá. Momentos más tarde, Freya regresó con dos vasos de vino blanco.

    —¿Así que tu eres la vieja compañera de habitación de Tina en vuestros días universitarios?
    —Sí.

    El vino estaba frío y era afrutado, y no demasiado dulce.

    —¿Vives cerca de aquí?
    —En Los Ángeles.
    —¿Ah, sí? Yo vivía allí. ¿Te gusta?
    —Hay demasiada gente. Ese es el único problema. Pero hay montones de cosas que hacer. — Sintió las mejillas como entumecidas-. Me gusta el cine.
    —A mí también. Especialmente los thrillers.
    —Igual que a mí. Ese…, ese es en parte el motivo de que esté aquí. — Oyó un ruido extraño, como un distante rugir. Pero procedía del interior de su cabeza-. Pensé que había visto a Tina… en un filme.

    Freya sonrió.

    —¿En el Palacio Encantado? — Aja.

    Intentó dejar su vaso vacío, pero se le cayó de entre las manos.

    —Pues sí, la viste.
    —Schregue… l… vimp…
    —Schreck el vampiro.

    Brit se dio cuenta, vagamente, de que su rostro estaba a punto de golpear contra la mesita de café.

    Lo hizo.


    9


    El miércoles por la mañana, Connie se dirigió al edificio principal de la biblioteca pública de Santa Mónica. Tomó el autobús.

    Aunque odiaba conducir cerca de los autobuses, y consideraba a sus conductores unos locos que intentaban cortarle el paso a todos los coches que tenían cerca, se dio cuenta de que disfrutaba yendo en ellos. En el interior del autobús podía relajarse. No tenía que vigilar la calle ante ella, o eludir a los maniacos conductores de autobuses.

    Cuando llegó a su parada, avanzó por el pasillo hacia la parte delantera. El pasillo estaba libre, excepto por un muchacho con un enmarañado pelo a lo afro. Apoyada en el hombro llevaba una radio tan grande como un maletín. Sonrió y se echó a un lado para dejarla pasar.

    En la acera, observó cómo el autobús se ponía en marcha y se abría hacia la izquierda, ignorando el coche que tenía allí. Las luces de freno del coche destellaron. Se clavó para dejar pasar al autobús, y estuvo a punto de que una camioneta se le empotrara por detrás.

    —Encantador-murmuró Connie.

    En la biblioteca, encontró cuatro libros relativos a los barcos fluviales del Mississippi. Los pidió, sin preocuparse de curiosear en el apartado de ficción o ver si sus propios libros estaban allí. En otros tiempos había hecho ambas cosas. Los resultados habían sido decepcionantes. Ahora utilizaba la biblioteca únicamente para documentación.

    Con los cuatro libros en su bolso, caminó bajando el bulevar Santa Mónica hacia las viejas galerías. Pasó un largo rato en la librería especializada en libros de bolsillo. Tenían sus dos títulos. Satisfecha, compró cinco libros que prometían ser interesantes, y abandonó la tienda.

    Miró hacia el otro lado de las galerías, a Lane Brothers, luego observó su reloj de pulsera. Las doce menos cuarto.

    ¿Por qué no?

    Dando un amplio rodeo para evitar el contacto con un mugriento pordiosero, se dirigió hacia la puerta de la tienda de ropas. Entró. Descubrió a tres hombres jóvenes y bien vestidos entre las estanterías, pero no a Dal.

    Uno de ellos se le acercó.

    —¿En qué puedo servirla?
    —¿Está Dal?
    —No, pero estoy yo. Me llamo Ken.

    Había oído historias acerca de Ken. Parecía tan acicalado y artificial como Dal lo describía.

    —¿Acaso Dal ha ido a comer? — preguntó.
    —No. De hecho, hoy no ha venido. Ha pillado un microbio, como se dice. Pero estoy seguro de que yo puedo servirla igualmente.
    —Gracias-dijo ella, y se marchó.

    Fuera, empezó a andar. Miraba directamente al frente. Le dolía el estómago. Sentía deseos de acurrucarse, apretarse con fuerza el vientre y cerrar con rabia los ojos. Deseaba encerrarlo todo fuera de ella…, todo aquel maldito mundo.

    Primero Dave.

    Ahora Dal. Lo había perdido. Sabía que lo había perdido; porque ¿qué otra razón podía tener para llamar a su trabajo diciendo que estaba enfermo, mientras se lo mantenía en secreto a ella?

    Dios, creía que eran felices juntos.

    Alguien sujetó el brazo y la echó hacia atrás. Un coche pasó a toda velocidad, casi rozándola. Se volvió hacia el hombre, que seguía sujetando su brazo.

    —¿Se encuentra bien? — preguntó él.

    Sus azules ojos parecían amables y preocupados.

    —Creo que debería mirar por dónde ando, ¿verdad?
    —A menos que desee hacer de adorno sobre la capota de algún coche.

    Ella se echó a reír. — Bueno, creo que le debo algo.

    —Estoy a la expectativa. ¿Qué es lo que cree que me debe? — preguntó él.
    —¿Qué le parecería un Bloody Mary?
    —Aceptado.
    —Me llamo Connie -dijo ella, y le ofreció su mano.

    Él la estrechó.

    —Yo Pete.
    —Ven el miércoles -le había dicho Elizabeth el viernes por la noche.
    —No sé -había dicho Dal.
    —El miércoles -había repetido ella-. Eso nos dará tiempo para echarnos de menos el uno al otro.
    —Pero está Connie. No puedo desaparecer así como así el miércoles por la noche, sin darle ningún tipo de excusa.
    —Si no quieres levantar sus sospechas, ven durante el día, cuando se supone que estás trabajando.
    —Sólo tengo una hora para comer.
    —Tómate todo el día. Pásalo conmigo.

    Él meneó la cabeza.

    —No sé, Elizabeth. Es…, es correr un gran riesgo.
    —Si no quieres venir, no vengas. — Le besó ligeramente en la boca-. Estaré aquí el miércoles, esperando.

    Durante aquellos días, él no había hecho más que pensar en su ofrecimiento. No deseaba ir. Tenía un trabajo decente, y una situación estable con Connie. Podía perder ambas cosas si seguía aquello con Elizabeth.

    Además, ella le asustaba.

    Si una mujer podía gozar jodiendo con otros hombres delante de su paralizado esposo…, ¿qué otras cosas no podría hacer también, o desear que Dal hiciera?

    Finalmente, decidió permanecer alejado de ella. Sería mucho mejor si no volvía a ver a Elizabeth de nuevo.

    Se sintió complacido con su decisión. Se sintió limpio, decente y aliviado.

    Estaba a medio camino hacia su trabajo, el miércoles por la mañana, cuando, de repente, cambió de opinión. Llamó a Lane Brothers desde casa de Elizabeth. Cuando Ken respondió, le explicó que había tenido que meterse en la cama con una terrible diarrea.

    —No hace falta que la traigas como muestra -dijo Ken, y se echó a reír ofensivamente.
    —Espero poder ir mañana -dijo Dal.

    (Elizabeth le bajó la cremallera de los pantalones.)

    —Tómate un día de vacaciones -dijo Ken.

    (La mano de la mujer se introdujo y acarició.)

    —En todo caso, mi culo -acotó Dal.

    Más risas de Ken.

    (Elizabeth liberó su pene.)

    —Está bien, nos veremos mañana, Ken.

    (Ella lo introdujo en su boca.)

    —Nos veremos, chico. Manten tu mierda unida.

    Dal colgó.

    —Misión cumplida -dijo con voz temblorosa. Elizabeth mugió algo. Mientras chupaba y lamía, Dal estrujó su suave pelo-. ¿No hay audiencia? — preguntó.

    Ella no respondió. Su boca siguió trabajando. Sus manos terminaron de soltar los pantalones de Dal, tiraron de ellos hacia abajo, y se aferraron a sus desnudas nalgas.

    Él vio a Herbert a su derecha. Fuera, junto a la piscina. La silla de ruedas pegada a la puerta cristalera. Mirándole con unos brillantes ojos muy abiertos.

    A Dal no le importó. Demasiado tarde para importarle. Solamente Elizabeth importaba; sus inquisitivos dedos, la suave cavidad de su boca.

    Herbert no importó hasta más tarde.

    —¿Tiene que mirar? — preguntó Dal.
    —Por supuesto.
    —Eso es repugnante, Elizabeth.

    Ella sonrió.

    —Lo sé. ¿No resulta delicioso?

    Se sentaron junto a la piscina, con Herbert frente a ellos, y bebieron Burgundy. Dal llevaba sus shorts de boxeo. Elizabeth no llevaba nada.

    —¿Puede oír lo que decimos?
    —Todo. Oye, ve, piensa. Respira, traga y defeca. Y esos son todos sus logros. ¿No es así, Herbert?

    Le pellizcó la mejilla. Sus dedos dejaron una marca roja.

    —¿Puede sentir eso?
    —¿Puedes, Herbert? No seas tímido, habla francamente… ¿Qué ocurre? ¿Se te ha comido la lengua el gato?
    —¿No tiene una enfermera ni nada?
    —Cielos, no. Me tiene a mí. Yo velo por sus necesidades. A veces es una carga terrible, pero creo que es lo menos que puedo hacer por él.
    —Deberías proporcionarle una enfermera.
    —¿Debería? Oh, no lo creo. No queremos malgastar nuestra fortuna con tales lujos, ¿verdad? No iba a quedar mucho para mí, si hiciéramos eso. Herbert, después de todo, no va a vivir eternamente. Odio decir esto frente al pobrecito, pero creo que su tiempo es limitado. No, no imagino que Herbert siga con nosotros mucho más. — Terminó su vaso de vino-. Vamos a darnos un chapuzón. Y por el amor de Dios, quítate esos estúpidos shorts.
    —¿Cuánto tiempo hace que es sorda? — preguntó Pete.
    —Así que se ha dado cuenta.
    —¿Se supone que es un secreto?

    Connie removió su Bloody Mary con el tallo de apio.

    —No exactamente -dijo-. No voy proclamándolo a todo el mundo con quien me tropiezo, pero lo digo apenas se me presenta la ocasión. No capto todo lo que se me dice. Si la gente no sabe que soy sorda, puede pensar que soy simplemente estúpida.
    —Me preguntaba cuál de las dos cosas sería.

    Connie se echó a reír.

    —Uno no se encuentra cada día con mujeres que caminen directamente hacia bocinantes coches -dijo Pete.
    —¿Estaba bocinando? Me sorprende que no me diera cuenta.
    —¿No es usted completamente sorda?
    —Sólo casi. Existe todavía una cierta audición conductiva. Capto las vibraciones de los sonidos, siempre que sean lo bastante fuertes. Algo así como la bocina de un coche, por ejemplo.
    —Sospeché que no la había oído usted. Mientras entrábamos aquí, dije un par de cosas con la cabeza vuelta hacia otro lado.
    —Debería ser detective.
    —Lo soy.
    —Está bromeando.

    Él tomó una tarjeta de su billetero.

    Connie dio un sorbo a su bebida. Estaba fuerte de tabasco, y los ojos le lagrimearon. Parpadeando, leyó la tarjeta.

    —Pete Harvey. Investigaciones privadas. — Llevaba su dirección y su número de teléfono-. ¿Puedo quedármela? — preguntó.
    —Por supuesto.
    —Una nunca sabe cuándo puede necesitar a un detective privado.
    —Espero que no tenga que saberlo nunca. No dentro de mi capacidad profesional, al menos.

    Ella metió la tarjeta en uno de sus libros de bolsillo, considerando brevemente si debía darle una de sus tarjetas a Pete, y decidiendo que no. No deseaba tener que empezar a hablar de su trabajo. No en aquel momento.

    —¿Cuándo perdió el oído? — preguntó él.
    —Hace cinco años.
    —¿Una enfermedad?
    —Un accidente.
    —Qué lástima.
    —Hubiera podido ser mucho peor.
    —¿Cómo ocurrió? — preguntó él.
    —Un golpe en la cabeza.
    —Debió de ser un buen golpe.
    —Puede decirlo. Estuve tres semanas en coma.

    Pete meneó la cabeza.

    —Bueno, salí con bien -prosiguió ella-. Pese a quedarme sorda… No es tan malo como puede parecer. Al menos he gozado de veintiún años de poder oír. Sé como suena el mundo, y puedo hablar.
    —Habla usted estupendamente.
    —Gracias.
    —Y lee los labios como una profesional. Podría utilizar a alguien así en mi nómina, excepto por una cosa.
    —¿Cuál?
    —Tengo una regla estricta: no quiero sentirme interesado en las personas que trabajan para mí.
    —¿Qué? — preguntó ella, sintiendo que enrojecía.
    —No querría que esto terminara cuando salgamos de aquí.
    —Oh. — Ella sonrió-. Yo tampoco.


    JOYAS DEL TERROR
    PRESENTA A
    OTTO SCHRECK
    EN
    SCHRECK EL INQUISIDOR


    Ella está atada a una silla en el centro de una habitación desnuda, frunciendo los ojos ante la brillante luz mientras intenta ver quién hay detrás.

    Su joven rostro está asustado.

    —¿Quién está ahí? — pregunta-. Por favor, sé que hay alguien ahí. ¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?
    —Soy el Gran Inquisidor. Quiero hacerte unas cuantas preguntas.

    Ella deja escapar un gruñido.

    —Por favor, ¿qué significa todo esto?
    —Tú tienes información que yo necesito.
    —¿Quién es usted?

    El da unos pasos desde detrás de la luz. Lleva un atuendo negro, con capucha.

    —Oh, Jesús.
    —No pronuncies el nombre del Señor en vano, hereje.

    Ella dobla el cuello, intentando ver más allá de él.

    —Ted, ¿estás aquí, en algún sitio? ¿Ted? ¿Es esto alguna especie de…?
    —¿Quién es ese Ted? ¿Uno de tus amigos herejes?
    —¿Qué es toda esa tontería de herejes?
    —Hablame del aquelarre.
    —Oh, Dios…

    Las manos del hombre se agitan. La abofetea; los secos bofetones lanzan el rostro de ella hacia un lado y luego hacia el otro. Se echa a llorar.

    —Las lágrimas no van a ayudarte, bruja. — Agarrándola del pelo, le echa la cabeza hacia atrás-. Hablame del aquelarre.
    —¿Qué aquelarre? — grita ella, con voz estremecida.
    —Ah, quieres jugar un poco, ¿eh? — Tira de un mechón de su largo pelo negro-. ¿Quieres perder tu precioso pelo?
    —¡No!

    Él saca unas tijeras del bolsillo de su atuendo.

    —Entonces, dame los nombres de los participantes en tu aquelarre.
    —No sé nada de ningún aquelarre.

    Ella grita, como presa del dolor, cuando él empieza a cortarle el pelo. Corta cerca del cráneo, y arroja grandes puñados a la oscuridad, más allá de la pequeña área de luz. Pese a que ella grita y suplica, y agita la cabeza de un lado para otro, él sigue trabajando febrilmente, y no se detiene hasta que no queda nada excepto cortas e irregulares cerdas.

    Schreck da un paso atrás y asiente en señal de aprobación.

    —¿Estás preparada, ahora, para darme la información?
    —¡Bastardo! — chilla ella-. ¡Dios te enviará al infierno, sucio y jodido bastardo!
    —¿Te atreves a hablarme a mí de infierno y de condenación? ¿Tú? ¿Una hermana del diablo?
    —¡Maldito pervertido!

    Una sonrisa maligna curva sus labios.

    La rabia abandona de repente el rostro de la mujer.

    —Lo siento -murmura-. Por favor, lo siento. Haré lo que usted quiera. Se lo diré todo. Pero no me haga daño. Por favor.
    —Dime los nombres.
    —John Brown y…
    —¿Me tomas por un estúpido?
    —¡No!
    —Puedo arrancarte las uñas. ¿Te gustaría eso?
    —No -solloza ella.
    —¿Quizá preferirías que te quemara los ojos, o te cortara los pezones?

    Ella niega con la cabeza, mientras llora suavemente.

    —Hay tantas formas de hacerte hablar de tu infernal hermandad… Romperte los huesos, abrir con el fuego agujeros en tu tierna carne, cortarla con un cuchillo, abrirla con un látigo, desgarrarla centímetro a centímetro con mis dientes. He hecho todo eso otras veces. Son métodos burdos, pero efectivos. ¿Qué debo hacer contigo?
    —Déjeme marchar -suplica ella-. Se lo prometo, nunca le diré nada a nadie.
    —Primero tienes que decirme algo a mí.
    —No sé nada de ningún aquelarre. Si lo supiera, se lo diría. ¡Se lo juro! No sé nada de aquelarres ni de brujas ni de herejes…
    —Entonces deberás sufrir.

    Ella está tendida en el suelo, desnuda, brazos y piernas abiertos, muñecas y tobillos sujetos a clavos en la dura madera.

    Schreck se inclina a su lado.

    —¿Ves a mis pequeñas amigas? — Lleva un frasco en la mano-. Sí, son arañas. Tres docenas de arañas. ¿Te gustan las arañas, mi pequeña bruja?
    —Por favor, no.

    Lentamente, él desenrosca la tapa.

    —Dime lo que necesito saber, y te ahorraré todo esto.
    —¡No sé nada!
    —Es una lástima.

    Schreck retira la tapa. Agitando el frasco, hace salir a las arañas. La muchacha cierra fuertemente los ojos y agita la cabeza mientras los bichos caen sobre su rostro. Caen, flotando como negros copos, poniendo motas negras en su pálida garganta, sus pechos, su vientre. Trepan por su rizado vello púbico. Se deslizan por sus muslos.

    La muchacha grita y se contorsiona.

    Schreck, inclinado a su lado, la observa con húmedos y protuberantes ojos.

    —Ahora debo dejarte; te daré unas cuantas horas para que las disfrutes como tus compañeras de juego.
    —¡No! ¡Quítemelas de encima! ¡Quítemelas!

    Él abandona la habitación.

    Una pequeña araña negra repta a lo largo de la frente de la muchacha. Trepa por el reborde de su ceja. Ella agita alocadamente la cabeza, intentando hacerla caer. La araña se detiene, como aguardando. Cuando la muchacha deja de agitar la cabeza, reanuda su marcha, avanzando por encima de su párpado.

    Su grito es interrumpido por el crepitar de un disparo.

    Un hombre entra corriendo en la habitación. Se deja caer de rodillas a su lado.

    —Dios mío, Susan.
    —¡Quítamelas de encima!

    El hombre deja su revólver en el suelo. Sus manos actúan rápidamente, arrojando lejos a las arañas.

    Cuando están fuera de su rostro, ella abre los ojos.

    —Oh, gracias a Dios. Pensé que…
    —Todo está bien. Schreck ha muerto. Estás a salvo.

    Sacando una navaja del bolsillo, empieza a cortar las cuerdas.

    —Oh, Ted, ¿cómo…, cómo me has encontrado?
    —Te lo contaré luego. — Termina de liberarla, y la ayuda a ponerse en pie-. Toma, ponte esto.

    Se quita la camisa.

    Susan se la echa por encima.

    —¿Le dijiste algo? — pregunta él.
    —¿Acerca de qué?
    —Del aquelarre.
    —No sé nada de ningún aquelarre. No he dejado de decírselo, pero él no ha querido escuchar. No sé qué es lo que quería. ¿Cómo me trajo hasta aquí? ¿Quién es ese horrible hombre? Él… ¡Oh, Ted, sácame de aquí! ¡Por favor!
    —¿No le dijiste el nombre de ninguno de los miembros del aquelarre?
    —¡Maldita sea, no sé nada de ningún aquelarre! Si lo supiera, se lo hubiera dicho inmediatamente, antes de que él… ¡Mira lo que le hizo a mi pelo! Y esas…, ¡esas horribles arañas! No le he dicho nada.

    El hombre se aparta de ella.

    Schreck entra en la habitación.

    —No sabe nada -le dice Ted a Schreck-. Estoy seguro de ello.

    Dejándose caer de rodillas, Susan agarra el revólver. Apunta a Schreck y dispara. El estampido de la detonación llena la estancia, pero Schreck no cae. En vez de ello, avanza hacia ella. Su delgado y huesudo rostro exhibe una terrible sonrisa. Susan dispara una y otra vez.

    —Es inútil, hereje.

    Ella mira a Ted, que le sonríe y se alza de hombros.

    —Me temo que tiene razón.

    Ted sale lentamente de la habitación, dejándola a solas con Schreck.

    —Ahora ya no me sirves de nada -dice éste. Sujeta un látigo de cuero. Lo hace restallar, cortando el aire con un sonido silbante-. Haremos que tu muerte sea lenta y agónica, como se merece alguien tan asqueroso como tú.

    Dándose la vuelta, Susan corre hacia una ventana. La golpea con el revólver. El cristal se rompe. Ella toma un trozo, largo y de bordes aserrados.

    —¡No siga avanzando! ¡O me mataré!

    Schreck ríe desdeñosamente mientras se acerca.

    —Si te gusta tanto el cristal, quizá te apetezca comer un poco. Puedo arreglar eso. Puedo arreglar muchos deliciosos entretenimientos con cristal.

    Con ambas manos, ella apoya bruscamente el trozo de cristal contra su propia garganta y lo desplaza hacia un lado, desgarrando una profunda brecha en su carne.

    Schreck llega a su lado. La sangre de la muchacha salpica su rostro y su atuendo.

    —Tenía tantos planes para ti…

    Da una patada contra el suelo, pisando sangre.

    —¡Los has estropeado!

    Alza el látigo.

    Antes de que tenga oportunidad de golpear, Susan cae de rodillas. Schreck se echa un poco hacia atrás mientras ella cae de bruces. Su rostro golpea contra el suelo.

    —¡Estropeado! — chilla Schreck.


    FIN


    10


    El viernes, Connie aguardó nerviosa a que Dal volviera del trabajo. Había deseado decírselo antes, pero no había sido capaz. Ahora ya se había terminado el tiempo.

    No más retrasos.

    ¡Dios, si tan sólo hubiera una forma de salirse de aquello!

    Finalmente, la puerta de entrada se abrió.

    Fue hacia Dal.

    —¿Cómo ha ido el día? — preguntó.
    —No demasiado mal, no demasiado mal.

    Arrojó la chaqueta de sport sobre el sofá y se volvió hacia ella, esperando un beso.

    Ella lo besó rápidamente.

    —¿Y cómo te ha ido a ti? — preguntó él a su vez.
    —No tan bien como me hubiera gustado.

    Había escrito muy poco a causa de las preocupaciones. Pero antes que dejar perder el día, había seguido pulsando obstinadamente las teclas, sin intentar obligarse a la concentración.

    Siguió a Dal a la cocina. Él empezó a prepararse unos martinis. Mientras se dedicaba a ello, Connie se puso un gimlet de vodka.

    —¿Quieres unas patatas fritas? — le preguntó.
    —Claro. ¿Qué hay para cenar?

    ¡Ahí estaba!

    Inspiró profundamente. Se sentía como entumecida.

    —Te he descongelado un bistec.
    —¿Sí? ¿Y para ti?
    —Yo…, yo salgo a cenar fuera.

    Dal pareció desconcertado.

    —Tengo una cita -explicó ella.

    Él enrojeció.

    —¿Una cita?
    —Lo siento, Dal. Hubiera debido decírtelo antes.
    —¿Con un hombre?

    Ella asintió.

    —¿De qué me estás hablando?
    —Lo conocí el miércoles. En la biblioteca. Me pidió que cenáramos juntos esta noche.
    —¡Mierda!
    —Lo siento, Dal.
    —¿Y qué se supone que debo hacer yo?
    —Hazte el bistec.
    —Oh, eso es precisamente lo que necesito, respuestas graciosas. ¿Crees que esto es gracioso?
    —En absoluto.
    —Bueno. Pensé… No importa. Bien, sal y pásatelo bien. ¿Deseas traerlo aquí luego, para seguir un poco más la juerga?
    —Dal, por favor.
    —Es un tiempo un poco corto para un desahucio, ¿no crees?
    —No tienes que irte.
    —Pero sería muy considerado por mi parte que lo hiciera.
    —Yo no he dicho eso.
    —Bien, entonces, ¿qué es exactamente lo que estás diciendo?
    —No lo sé. Tan sólo se trata de una cita, Dal.
    —Sí, y una mierda.

    Se dio la vuelta.

    —¡Dal!

    Ignorándola, él tomó la jarra de martini y abandonó la cocina. Ella lo siguió a la sala de estar. El hombre abrió la puerta delantera.

    —Dal, no te vayas.

    Él se volvió a medias.

    —Que te diviertas-dijo.
    —¿Adonde vas? ¡Dal!

    Salió y cerró la puerta de un golpe.

    Connie sintió el impacto del portazo.

    La puerta se abrió. Elizabeth se lo quedó mirando con sus profundos ojos verdes y sonrió.

    —¿A alguien le apetece un martini? — preguntó Dal.

    Ella llevó la jarra de cristal a sus labios y bebió.

    —Mmmm. Hubieras debido ponerle olivas. Entra. Herbert está fuera, junto a la piscina. ¿Por qué no vas a reunirte con él? Traeré cubitos de hielo y olivas.

    La observó dirigirse a la cocina. Iba descalza. Podía ver a través de la blanca y fina tela de su caftán. No llevaba nada debajo. Por un momento pensó en seguirla a la cocina, subirle el caftán por encima de la cintura, y apretar las firmes y suaves curvas de sus nalgas.

    Pero ella le había pedido que se reuniera con Herbert en la piscina. Era mejor hacer lo que ella decía. Habría mucho tiempo, luego, para lo otro.

    Salió a la piscina. La silla de ruedas de Herbert estaba frente a la mesa, casi como si no hubiera sido movida desde el miércoles. Sin embargo, él llevaba una camisa diferente. Una camisa estampada con brillantes flores rojas. Le hacía parecer un turista en Hawai.

    Un turista arrugado y paralizado. Más cadáver que hombre.

    Dal apartó la mirada de los escrutadores ojos. La piscina estaba todavía iluminada por el sol. Pensó en el miércoles y en la deslizante sensación de la piel de Elizabeth mientras se acariciaban bajo el agua.

    —¿Manteniendo una agradable conversación? — preguntó ella, apareciendo con una bandeja.

    En la bandeja había dos vasos largos, un bote de olivas verdes, y una quesera con brie y galletas saladas. Sus pechos se agitaban levemente mientras caminaba. Sus pezones eran oscuros bajo la tela. Se sentó al lado de Herbert.

    —Y bien -dijo-, ¿cómo has conseguido escaparte de Connie?
    —Hemos tenido una pequeña pelea.
    —Qué inteligente. Has agarrado la ocasión por los pelos, y has salido con aire ofendido.
    —Algo así.
    —Nada demasiado drástico, espero. ¿No le habrás dicho nada de nosotros?
    —No.
    —Eso está bien. Hubieras estropeado una oportunidad tan estupenda.

    Tomó unas cuantas olivas del bote y las dejó caer en los vasos vacíos.

    Dal echó los martinis.

    Tomaron los vasos.

    —Por ti y por Connie -dijo Elizabeth.
    —¿Por qué tenemos que brindar por eso?
    —Porque vas a casarte con ella, por supuesto.
    —¿De veras?
    —Naturalmente.
    —Estás bromeando.
    —Querido, tengo gustos muy caros, gustos que serías completamente incapaz de satisfacer con tu triste sueldo de vendedor. Si estás interesado en proseguir esta relación, tienes que ser capaz de subvenir a mis necesidades.
    —Pero tú eres rica.
    —Herbert lo es. Yo seré rica cuando… él fallezca. Eso, sin embargo, no te libera de la necesidad de subvenir a mis necesidades, cuando estemos juntos.
    —Pero aunque me case con Connie…, su dinero no será mío.
    —La mitad de él sí, creo. Piensa en ello. — Alzó de nuevo su vaso-. Por ti y por Connie, y por la riqueza.
    —No sé…
    —Tú me deseas, ¿verdad?
    —Más que ninguna otra cosa.
    —En ese caso, tu decisión no tiene que ser difícil.

    Dal dudó, luego chocó su vaso contra el de Elizabeth. Bebieron.

    —¿Cómo llegaste a convertirte en detective privado? — preguntó Connie.
    —Empecé en el Departamento de Policía de Los Angeles.
    —Debí figurármelo.
    —¿Por qué?

    Pete, al otro lado de la mesa en el Estación Victoria, sonrió mientras atacaba su chuleta con el cuchillo.

    —Bueno, todo tú respiras ese aspecto sano y confiable a lo Steve Garvey.
    —Exactamente igual que Reed y Molloy.

    Se metió un bocado de ternera en la boca.

    —¿Cuándo dejaste la policía?

    El masticó durante unos instantes, y empezó a responder.

    —No puedo entenderte -dijo Connie-. Si hablas y masticas al mismo tiempo, la cosa se convierte en un galimatías.

    Pete se echó a reír. Después de tragar, dijo:

    —¿Así va bien?
    —Estupendo. Yo comeré mientras tú hablas.
    —¡Gracias!
    —¿Cómo te saliste de la policía?
    —Hubo una desavenencia. Bueno, no, no realmente. Mis problemas no fueron con el departamento. Más bien con el público. Nos habíamos visto sometidos a mucha presión con respecto a eso de que la policía siempre estaba disparando. Ocurrió hace un par de años. Yo estaba patrullando por Sunset, una espléndida noche, y vi a aquella mujer negra corriendo por en medio de la calle con un cuchillo. Estaba persiguiendo a un muchacho. Mi primer pensamiento fue que el muchacho le había robado el bolso, o algo así. Pero el chico vino directamente hacia mi coche, pidiendo ayuda a gritos. Salí, y el muchacho casi se me echó a los pies. «Está loca, oiga», dice. Y la mujer está gritando también, diciendo no sé qué de cortarle las partes íntimas al chico. Yo estoy entre la mujer y el chico, y ella sigue avanzando. No obedece mi orden de detenerse. Y está ese cuchillo de caza que esgrime amenazadoramente. Así que saco mi arma y apunto hacia ella, y ella la ignora y sigue avanzando, y yo pienso en todos los problemas que se me van a venir encima por parte de todos los rectos y honestos corazones si disparo contra ella. Quiero decir, ella es negra, es una mujer, y va desarmada, excepto por el cuchillo que no parece demasiado peligroso. Así que me contengo y no disparo. Y mientras tanto ella lanza el cuchillo. Yo lo esquivo, y mata al chico. El muchacho, luego, resulta ser su hijo homosexual.
    —Así que tú eres ése -dijo Connie.
    —Lo soy.
    —Esposaste a la mujer al cuerpo…
    —Sí. — Sonrió-. Esposé sus manos a las manos del chico muerto, tiré la llave de las esposas, y me fui.
    —Cuando ocurrió me pregunté qué tipo de hombre podía hacer una cosa así.
    —Ahora ya lo sabes. Aquí está, Pete el Sucio. — Se inclinó sobre la mesa y estrechó su mano-. Ahora será mejor que comas, antes de que se te enfríe la cena.
    —De acuerdo. Comeré, y tú hablarás. ¿Cómo te convertiste en novelista?
    —Todo empezó con una podrida vida social.
    —Es muy simple, de veras -dijo Elizabeth-. ¿Nunca antes se lo propusiste?
    —No.
    —Debo decirte que me sorprende. Pareces tan impulsivo… Por favor, querido, sé amable y dame un empujón.

    Su colchoneta había derivado, los pies por delante, hacia uno de los lados de la piscina.

    Dal, sentado en la punta del trampolín, se puso en pie. Se dio la vuelta cuidadosamente y caminó hasta el suelo, sintiendo la tabla oscilar bajo sus pies. El cemento estaba aún caliente, pese a que el sol ya no llegaba hasta allí. Le gustó la sensación de la brisa en su rostro.

    Y le gustaba lo que le hacía a Elizabeth. Era la brisa, suponía, lo que hacía que sus pezones se mantuvieran erguidos.

    Miró al vaso de martini que ella mantenía en equilibrio sobre su estómago.

    —¿Quieres que te lo vuelva a llenar, mientras embarrancas?
    —Sería adorable.

    Alzó el vaso, lo inclinó hacia su boca, y sorbió la oliva.

    Dal empujó la colchoneta a lo largo del borde de la piscina, y tomó el vaso. Recuperó el suyo del extremo del trampolín, y los llevó los dos a la mesa.

    —¿Quieres uno, Herbie? — preguntó.

    Sonrió, dándose cuenta de que la silenciosa presencia del hombre ya no le ponía nervioso.

    —Herbie, eres un buen tipo-dijo.
    —Nunca ha sido eso -dijo Elizabeth.

    Dal terminó de servir las bebidas. Regresó a la piscina. Descendió los peldaños de cerámica en el extremo menos hondo, y vadeó en dirección a Elizabeth.

    Colocó el vaso sobre el estómago de la mujer.

    —Gracias, querido -dijo ella.
    —Pensemos un poco en todo eso.
    —Bien, supon que yo soy Connie.
    —¿Por qué debería hacerlo?
    —Vas a hacerme una proposición.
    —¿Eh?
    —Dijiste que nunca le habías hecho una proposición antes. Aquí está tu oportunidad.
    —Bueno, no sé.

    Elizabeth alzó ligeramente la cabeza de la almohada de la colchoneta, dio un sorbo a su martini sin derramar ni una gota, y volvió a depositar el vaso sobre su estómago.

    —Empiezas llevándola a un restaurante adecuado. Tomáis unas copas.
    —La someto con licor.
    —Exacto. Cenáis maravillosamente. Langosta, quizá.
    —No puedo comer marisco.
    —Un buen bistec, entonces. Un Chateaubriand sería ideal. Cuando terminéis, encargas algunas copas más. Coñac…
    —A Connie le gusta el café irlandés.
    —Estupendo. Un café irlandés entonces. Y ahora es el momento. Ambos os sentís realizados, un poco achispados, y felices.
    —De acuerdo.
    —Yo soy Connie.

    Empezó a alejarse ligeramente. Dal la sujetó por el pie, y tiró de nuevo hacia él.

    —Connie, quiero casarme contigo.
    —¿Casarte conmigo? ¡Oh, Dal! ¿Estás seguro? ¿Por qué querrías casarte con alguien como yo?
    —Porque Elizabeth me ha dicho que debía hacerlo.
    —Así no funcionará en absoluto.


    11


    Salieron del restaurante.

    —Fue estupendo-dijo Connie-. Gracias.

    Estrechó la mano de Pete.

    —La noche es joven. ¿Hay algo especial que quieras hacer?
    —De hecho, sí…
    —Suéltalo.
    —Vayamos al cine.
    —¿Al cine? — Se la quedó mirando, sonriente, como si pensara que era una idea más bien infantil-. ¿Algo en particular?

    Ella se alzó de hombros.

    —No me importa. Mientras esté oscuro.
    —¿Te gustan las películas de terror?
    —¿Te gustan a ti?
    —Son mis preferidas. Conozco el lugar ideal. No sé qué ponen esta noche; pero probablemente será bueno.
    —Apuesto a que sé dónde es. El Palacio Encantado.
    —¿Has estado allí?
    —No desde que cambió de manos. Antes se llamaba el Elsinor.
    —Ahora está muy lejos de eso.

    En la oscuridad del coche, no intentaron hablar. Connie se puso el cinturón de seguridad. Pensó que sería estupendo soltárselo, inclinarse sobre el asiento, y arrimarse a Pete. No había hecho nada así en años. Esta noche, sin embargo, se sentía tan ansiosa, atrevida e insegura como una quinceañera. Vaciló. Pete podía pensar que estaba actuando tontamente, o posesivamente. Por otra parte, se sentía tan alejada de él, atada a su asiento en su lado del coche…

    Con mano temblorosa, soltó el cinturón. Pete la miró y sonrió. Ella se deslizó hacia su lado del asiento. Él la rodeó con un brazo. Connie se apretó contra él, y apoyó una mano en su pierna.

    A una manzana del Palacio Encantado, Pete arrimó su coche al bordillo y aparcó. Caminaron hasta el cine, las manos juntas.

    En la marquesina, Connie vio que el programa estaba formado por Drácula en las antípodas y La ciudad que temía la puesta del sol.

    La chica de la taquilla sonrió a Pete.

    —¿Cómo se encuentra esta noche? — preguntó.
    —No demasiado mal. Veo que no ha encontrado un nuevo peluquero.

    Le tendió el dinero.

    —La ciudad que temía la puesta del sol acaba de empezar -dijo la chica-. Lástima que no hayan llegado media hora antes. Se han perdido el Schreck de esta noche.
    —Es un poco vulgar para mi gusto.

    La chica se echó a reír.

    —Oh, este le hubiera encantado…; se llama Schreck el inquisidor.
    —Suena atractivo.

    Dentro, Pete entregó las entradas a un hombre gordo vestido con unas ropas ensangrentadas.

    —Buenas noches, Bruno.

    Bruno gruñó detrás de la media de nailon que cubría su rostro.

    —¿Vienes aquí a menudo? — preguntó Connie.
    —Sólo he estado una vez -dijo Pete-. La semana pasada.
    —Es un poco vulgar.
    —También lo son la mayor parte de las películas. Pero resulta divertido.
    —Sí. Como un carnaval.
    —¿Unas palomitas de maíz?
    —No podría comer nada más en este momento. Quizá algo de beber.

    La sala del cine era exactamente igual a como Connie la recordaba: las paredes del castillo, los contrafuertes y las torres, el techo como un cielo estrellado.

    Había pasado mucho tiempo en los cines, después del incidente de Tucson. Demasiado tiempo. Primero en Tucson, luego en Los Ángeles.

    Difícilmente pasaba un día en el que no se descubriera sola en un oscuro cine, comiendo palomitas de maíz, perros calientes y caramelos, y mirando a la pantalla, donde una gente silenciosa se debatía en la tragedia, luchaba por sobrevivir, reía, y se enamoraba.

    Iba a los cines, aunque sabía que no debía hacerlo. Debía estar escribiendo más páginas que las dos o tres que conseguía diariamente. Debía estar leyendo. Y, sobre todo, debía salir al mundo, hacer algo, encontrarse con gente, no ocultarse en la oscuridad de un cine.

    Un día, hacía dos años, acudió a una sesión de mediodía de La isla. Cuando hubo terminado, se quedó en su asiento y vio Tiburón II, aunque ya la había visto antes. Cuando terminó, salió al vestíbulo para marcharse. Al otro lado de las puertas de cristal, la tarde era soleada. Una joven pareja pasó por su lado, las manos unidas, felices.

    Sintió un nudo en la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

    Tras comprarse una Pepsi y una nueva bolsa de palomitas de maíz, regresó a su asiento. Vio La isla de nuevo. Vio Tiburón II de nuevo. Cuando La isla empezó por tercera vez, seguía en su asiento.

    Se sentía asqueada consigo misma. Era cobarde y autodestructiva. Pero era incapaz de obligarse a salir.

    Finalmente, un hombre se sentó a su lado. Olía fuertemente a sudor y a cebolla. Puso una mano sobre la rodilla de ella.

    Ella llevaba falda.

    La mano se movió debajo de la falda.

    Connie alzó aquella mano. El hombre le dirigió una sonrisa. Sus labios se movieron, arrojando una bocanada de pestilencia a su rostro.

    Le rompió el dedo índice, y salió del cine.

    Al día siguiente no fue al cine. Ni al otro día. Estaba segura de que si volvía a ir una sola vez, caería de nuevo en el mismo esquema. Era como un alcohólico, temeroso de tomar una sola copa porque esta la conduciría a otra y luego a otra.

    Leyó vorazmente.

    Terminó su novela La novia del río en tres meses.

    Tomó un curso de autodefensa de un duro y lleno de cicatrices ex marine que proclamaba haber sido mercenario… y que lo demostró a satisfacción de Connie desapareciendo un buen día. Supuso que había ido a Rhodesia. Nunca volvió a verle.

    Uno de los hombres de la clase le pidió salir con ella, y así descubrió que podía ir con toda seguridad al cine siempre que no fuera sola.

    Entonces conoció a Dal. El la llevó a menudo. Sabía cuánto le gustaba el cine, aunque ella nunca le contó sus años malos como adicta.

    Realmente, no había sido propio de él, dejarla en casa la semana pasada… Pero no quería pensar en Dal.

    No esta noche.

    Podría preocuparse al respecto más tarde… Pensar en lo que podría decirle…

    Tomó la mano de Pete, y no la soltó.

    Cuando terminó La ciudad que temía la puesta del sol, las luces se encendieron.

    —¿Te ha gustado? — preguntó Pete.
    —Seguramente tendré pesadillas.

    Él sonrió.

    —¿Quieres quedarte a ver la otra?

    Miró el reloj. Cerca de las once. Probablemente Dal estaría ya de vuelta en el apartamento, esperándola. No deseaba enfrentarse a él. Deseaba quedarse allí con Pete, sujetando su mano, y no marcharse nunca.

    —Claro, quedémonos -dijo.
    —¿Te apetecen ahora unas palomitas de maíz?
    —Me irían de maravilla.

    Drácula en las antípodas empezó inmediatamentae después de que Pete regresara.

    Era un filme italiano relativo a un vampiro entre los aborígenes australianos.

    —Oh, no -dijo Connie.

    Pete la miró.

    Ella meneó la cabeza.

    —Nada -susurró, y tomó un puñado de palomitas de la bolsa que tenía en su regazo.

    Estar con él era suficiente.

    No importaba que la película no tuviera sentido. Comió sus palomitas, y bebió su Pepsi, y prestó muy poca atención a la pantalla.

    Se reclinó contra Pete.

    Él le rodeó los hombros con un brazo.

    —¿Podemos volver a vernos mañana? — preguntó Pete, delante de la puerta del apartamento de ella.
    —Me encantaría.
    —Podríamos ir a la playa.
    —Estupendo. Prepararé una comida de picnic.
    —Yo traeré la cerveza. ¿O prefieres vino?
    —Cerveza.

    Se dieron un fuerte apretón de manos, y se besaron.

    —Ha sido un rato maravilloso -dijo Connie.
    —Para mí también.
    —Te diría que entraras, pero Dal…

    Pete meneó la cabeza.

    —En la primera cita, a lo máximo que llego es al beso.
    —¿De veras?
    —Miento, por supuesto.

    La atrajo hacia sí y la besó de nuevo. Su mano apretó suavemente el pecho de ella.

    Connie inspiró profundamente.

    —Oh, Dios, Pete.
    —Buenas noches.
    —Buenas noches. Nos veremos mañana.
    —¿A las diez? — preguntó él.
    —Estupendo.
    —Buenas noches.

    La besó otra vez.

    —Buenas noches.

    Tardaron un buen rato en separarse.

    Luego Connie entró en el apartamento sola. Se apoyó contra la puerta, demasiado débil para moverse, notando un extraño dolor que la hacía sentir deseos de llorar y reír a la vez.

    Mucho rato más tarde, revisó el apartamento. Dal no estaba allí, gracias a Dios.

    Puso la cadena de segundad en la puerta.

    Luego, sintiéndose culpable, la quitó.

    Luego volvió a ponerla. Si Dal regresaba a medianoche, no deseaba que se arrastrara hasta la cama con ella.

    No esta noche.

    No nunca más.

    Pete Harvey era su ahora.

    Pete el Sucio.

    Con un suave gemido de placer, se abrazó a sí misma y cruzó danzando la habitación.


    12


    Otro sábado echado a perder. Freya se sentó frente a la televisión con su té, y se quedó mirando a Popeye.

    Un infierno.

    El domingo, por el amor de Dios, era mejor que esto.

    ¡Ja! El domingo, por el amor de Dios. Qué divertido.

    Pero era cierto. El domingo por la mañana la TV ofrecía todo un desfile de cosas raras. Un auténtico circo. Algunos de esos evangelistas presentaban un show mejor que el del Pájaro Loco. Especialmente los curanderos. Dios, la forma en que reunían a la gente, y les quitaban las muletas a los impedidos, y metían sus dedos en las orejas de la gente sorda. «¡Fuera, demonios! ¡Fuera, Satán!» Sería una buena cosa si una mañana el dedo del tipo salía de una oreja con un buen tapón amarillento de cera.

    Bueno, mierda, no había nada tan bueno el sábado por la mañana. Sólo un puñado de asquerosos dibujos animados y reposiciones de porquerías que había visto hacía ya veinte años.

    Nada decente hasta las 10.30. El fantasma de la ópera. La versión de Claude Rains del 43. Nada podía compararse a Lon Chaney, con esos papanatas yendo de un lado para otro por los túneles con los brazos al aire para que el fantasma no pudiera arrojar lazos corredizos sobre sus cuellos. «¡Los lazos corredizos del fantasma son rápidos!», no dejaban de decir. ¡Vaya tontería! Bueno, la versión de Rains quizá estuviera un poco pasada de moda, pero seguro que ganaba a esa otra mierda de Heckle y Jeckle.

    La NAACP debería dejar de emitir Heckle y Jeckle. Juraría que esas urracas hablaban igual que Amos y Andy.

    Sonó el timbre de la puerta, sobresaltando de tal modo a Freya que derramó un poco de té sobre su pierna desnuda. Se lo secó con la mano, y se puso en pié. Su pierna estaba aún húmeda cuando cruzó la habitación. Se la frotó de nuevo. Se ajustó el jersey sin tirantes y abrió la puerta.

    —Hola.
    —Ah, hola -dijo Freya.

    Se obligó a exhibir una sonrisa.

    —¿Me recuerdas?
    —Te recuerdo. Veo que has cambiado de camiseta.

    La camiseta con el buitre había sido reemplazada por otra que decía: «Tranquilo, no te vuelvas loco».

    —Vi el anuncio en el periódico -dijo-. Pensé que debía volver.

    Como un billete falso, pensó Freya.

    —Bueno, me temo que el apartamento sigue sin estar disponible.
    —¿Por qué no?
    —Ya ha sido ocupado.
    —Esa es la historia que me contaste la semana pasada.
    —Que sigue siendo cierta hoy.
    —Entonces, ¿por qué está el anuncio en el periódico de hoy?
    —Debe de tratarse de un error -dijo Freya.
    —No, no lo creo. Creo que simplemente decidiste que yo no era una buena compañera para compartir el apartamento. ¿No es cierto?
    —Es cierto.
    —Porque soy un grueso pedazo de grasa, ¿correcto?
    —Correcto.
    —Pides doscientos al mes, ¿no es así?
    —Es así.
    —Supon que subo a doscientos cincuenta.
    —Estás terriblemente ansiosa.
    —Este lugar está tan sólo a una manzana del campus. Además, me gusta tu estilo. — Dirigió a Freya una descarada sonrisa-. Ahora, ¿qué te parece si me lo enseñas?
    —Admiro tu persistencia -dijo Freya, odiando a la muchacha un poco más a cada segundo-. ¿Cómo te llamas?
    —Chelsea.
    —Yo soy Freya. Entra.

    La chica entró, y arrugó la nariz.

    —Necesitas un poco más de luz aquí -dijo, y descorrió las cortinas-. Así está mejor.

    Freya se contrajo.

    —¿Eres de por aquí? — preguntó.
    —No -respondió Chelsea.
    —¿De dónde eres?
    —¿Importa eso?
    —Sólo es curiosidad. Si vamos a vivir juntas, ¿no crees que deberíamos saber un poco más la una de la otra?
    —¿Significa eso que me aceptas?
    —Estoy pensándomelo.
    —Bueno, si realmente quieres saberlo, soy de Oakland.
    —Ah. El hogar de los Ángeles del Infierno. ¿Vives con tu familia?
    —¿Qué es eso?
    —¿No tienes padres?
    —No, fui incubada. ¿No se me nota?
    —Sólo estaba preguntándome.
    —Bueno, pues no lo hagas. Simplemente muéstrame el apartamento, ¿quieres? Si deseo un tercer grado, ya te lo comunicaré.
    —Como quieras -dijo Freya.

    Le mostró a Chelsea la cocina, el cuarto de baño y el dormitorio disponible.

    —¿Cuándo puedo venir?
    —Tan pronto como me pagues.
    —Doscientos cincuenta.
    —Seiscientos -dijo Freya.
    —¿Cómo es eso?
    —Primero y último mes de alquiler. Eso hace quinientos.
    —Sé contar.
    —Más cien como depósito por posibles daños.
    —Eres una aprietatuercas.
    —Sólo estoy protegiéndome.
    —Crees que no podré conseguir seiscientos dólares, ¿verdad?
    —Oh, espero que puedas -dijo Freya.

    Realmente lo esperaba.

    —¿Vale un talón?
    —En efectivo.
    —Estamos a sábado.
    —Entonces puedes mudarte el lunes, después de que abran los bancos.
    —Estás intentando sacar algo.
    —En absoluto. Si puedes venir con el dinero hoy, puedes mudarte hoy mismo.
    —¿Qué te parece cincuenta ahora, y el resto el lunes por la mañana?
    —¿Y tú te mudas hoy?
    —Aja.
    —No, gracias. El lunes llegará en seguida.
    —Eres una tipa dura.
    —¿Nos vemos el lunes por la mañana, entonces?
    —Cuenta con ello-dijo Chelsea, imitándola.

    Cuando se hubo ido, Freya hizo una llamada telefónica.

    —¿Sí?
    —Buenos días, querido.
    —¡Princesa!
    —Tengo una para ti -dijo.
    —¡Maravilloso!
    —Es un poco diferente.
    —¿En qué sentido?
    —Es una cerdita.
    —¿Una cerdita? — preguntó el hombre, abandonando el tono de ligereza en su voz.
    —Sé que quieres bellezas, querido, pero esta tipa es maravillosa. Es fea, gorda y detestable.
    —Eso no formaba parte de nuestro plan, princesa.
    —Espera a que la veas.
    —¿Es horriblemente repulsiva?
    —Mucho.
    —Hummm. — Hizo una pausa de varios segundos-. Quizá podamos encajarla. Déjame trabajar en ello, y ya te llamaré.
    —Estupendo.
    —Mientras tanto, sigue buscando una belleza. Tina fue absolutamente maravillosa. Alguien como ella.
    —Mantendré el anuncio en el periódico.
    —Sí. Hazlo. Y ven esta noche, si puedes.
    —¿Conseguista otra?
    —Por supuesto que sí. Desgraciadamente, tiene dos voces femeninas, y no estoy seguro de cómo arreglar el doblaje, pero intentaré pensar en algo antes de que tú llegues.
    —¿A qué hora?
    —Bueno, a las ocho.
    —Estupendo. Te veré entonces.


    13


    Dal se detuvo en Conroy's, y compró una docena de rosas rojas en un florero. Llevó el florero hasta su coche. Sujetándolo bien en el asiento del pasajero, se encaminó al apartamento.

    Las rosas habían sido idea de Elizabeth.

    —Se sentirá emocionada por tu tacto y tu generosidad -le había dicho Elizabeth-. Lo olvidará todo acerca de vuestra pelea.

    Naturalmente, no le había explicado la auténtica causa de sus problemas con Connie. Era demasiado humillante. No sólo eso, sino que Elizabeth reconocería la cita de Connie como lo que era…, una señal de que había perdido su interés hacia Dal, una señal de que el matrimonio quedaba probablemente descartado. No deseaba que Elizabeth supiera eso, de modo que construyó una historia para satisfacer su curiosidad.

    —Se le quemó la comida -le dijo-. Teníamos esos dos hermosos solomillos, y los dejó en la parrilla demasiado tiempo. Los olvidó por completo. Cuando volvió a acordarse de ellos, ya eran puro carbón. Le dije: «No esperarás que me coma esto, ¿verdad?».

    Y luego seguí insistiendo sobre lo mismo. Le dije que me pasaba trabajando todo el día, y que regresaba a casa pensando en una buena cena, y que lo menos que ella podía hacer era no estropearla de aquel modo.

    —Sonaste positivamente abominable.
    —Me echó a cajas destempladas.
    —¿Me chillarías a mí de ese modo si quemará tu comida?
    —Jamás.
    —¿Por qué no?
    —Porque te quiero.
    —¿Y no quieres a Connie?
    —Es una buena chica. Pero no la quiero.
    —Tienes que aprender a actuar como si la quisieras. Hazle sentir que es el mundo entero para ti, que tu vida sería un pozo de cenizas sin ella.
    —Lo intentaré.
    —Debes hacer algo mejor que intentarlo. Debes conseguirlo. Quiero que te cases con ella dentro de este mes.
    —¡Dios mío, eso sólo me deja tres semanas!
    —Estoy segura de que encontrarás una forma.

    Ese era el momento de mencionarle el nuevo amigo de Connie. Pero no consiguió forzarse a decírselo. No tuvo el suficiente valor.

    Tres semanas. Imposible.

    A menos… Quién sabe, quizá terminara odiando al tipo que la había llevado a cenar la pasada noche.

    No había muchas posibilidades de ello.

    Condujo por el sendero que llevaba a la parte de atrás de la casa de apartamentos, y aparcó cuidadosamente el coche en su lugar reservado. Cargó con el florero de rosas cruzando el patio y escalera arriba hasta la puerta del apartamento.

    Abrió la puerta con su llave.

    La cadena de seguridad restalló al tensarse.

    —¡Mierda!

    Pateó la puerta. La cadena la devolvió contra él, cerrándola con un golpe sordo. Avergonzado, miró a su alrededor para comprobar si alguien lo había observado. No vio a nadie.

    Sintió deseos de echar la puerta abajo.

    Aquello le permitiría entrar, pero lo situaría mucho más lejos de su objetivo.

    De modo que, en vez de ello, llamó al timbre. No sonaba; encendía luces en todas las habitaciones. Pulsó de nuevo el botón, y de nuevo, haciendo parpadear las bombillas.

    Sonó la cadena. La puerta se abrió.

    —Dal.

    Aunque sonreía, los ojos de Connie parecían turbados.

    —Esto es para ti.
    —Oh, son preciosas. Gracias.
    —¿Puedo entrar?
    —Claro.

    ¿Claro? Entonces, ¿por qué la cadena?

    —¿Estás sola? — preguntó.
    —Naturalmente que estoy sola.

    Connie tomó las flores y las colocó sobre la mesa del comedor.

    Dal la observó en silencio. Llevaba una falda cruzada. Su blusa blanca iba abotonada por delante, dejando al descubierto una franja en su estómago. Era su traje playero.

    Volvió junto a él.

    —Respecto a lo de la otra noche -dijo Dal-, quiero pedirte disculpas. Me comporté como un asno.
    —Tenías derecho a molestarte, Dal.

    Se dirigió hacia la brillante ventana, y él se volvió para seguir mirándola de frente. «Quiere que la luz me dé en los labios -pensó-. Siempre hace eso.»

    —Hubiera debido ser más razonable -dijo-. Quiero decir, tú no me perteneces. Tienes todo el derecho del mundo a acudir a una cita. Es sólo que…, bueno, duele, supongo. El pensamiento de que tú estás con otro hombre… fue simplemente algo insoportable.
    —Lo siento -dijo ella.
    —¿Me perdonas?
    —No hay nada que necesite ser perdonado. No podrías haberte sentido mal si no te preocuparas por mí. No puedo culparte por ello.
    —Es más que preocuparme por ti, Connie. Te quiero.

    Ella parpadeó, como si él la hubiera abofeteado.

    —No es cierto.
    —Sí lo es. Te quise desde el primer momento en que te vi.

    Se adelantó para abrazarla. Connie, meneando la cabeza, sujetó sus muñecas y le hizo bajar los brazos.

    —No lo hagas.
    —¡Connie!
    —Lo siento, pero… Hemos pasado buenos momentos…, me caes bien, Dal, y siempre te estaré agradecida. Pero creo que todo ha terminado entre nosotros.
    —No.
    —Sí. Me gustaría que te buscaras algún sitio donde ir. No tienes que irte hoy mismo, por supuesto, pero cuanto antes encuentres tu propio apartamento, mejor para los dos.
    —Connie, no puedes estar hablando en serio.
    —Estoy hablando en serio.
    —Debiste de pasártelo muy bien anoche.

    Ella alzó la vista de sus labios y la clavó en sus ojos.

    —Si las cosas hubieran ido mejor entre tú y yo, nunca habría aceptado esa cita. De hecho, nunca lo hubiera conocido. Fui a Lane Brothers el miércoles por la mañana.

    Las palabras hicieron que de pronto a Dal le dolieran las tripas.

    —Pensé que podríamos ir a comer juntos, pero tú no estabas allí.
    —Yo…
    —No tienes que decirme dónde estabas. Lo sé.
    —¿Qué?
    —Estabas con una mujer.
    —No es cierto.
    —No tienes que mentir. Ahora ya no importa.
    —No estaba con ninguna mujer.
    —Estuviste con ella el viernes pasado por la noche en el cine, y todo el día el miércoles, y probablemente ayer por la noche.
    —¡Eso es una mentira!

    ¿Cómo podía saberlo?

    —Es la verdad. Fui al cine el viernes por la noche. Pensé que te daría una sorpresa. Pero fui yo la sorprendida. Te vi sentado con ella, rodeándola con tu brazo.

    «Todo es un farol -se dio cuenta él-. No sabe nada. Simplemente está haciendo suposiciones.»

    —Eso fue un buen truco -dijo Dal-. Si estuve sentado junto a alguna chica, acabo de enterarme. Ahora bien, si quieres que lo crea, sigue adelante. Estoy seguro de que tu conciencia se sentirá mejor si puedes convencerte a ti misma de que yo soy el culpable. Estaba solo en ese cine. Estuve solo el miércoles, a menos que quieras contar a los empleados con los que hablé mientras estaba comprándote esto.

    Rebuscó en su bolsillo y sacó una pequeña cajita de joyería. La abrió.

    Connie se quedó mirando el anillo de diamantes. Las lágrimas llenaron sus ojos.

    —Oh, Dal-murmuró.
    —Estaba planeando… ayer por la noche…
    —Oh, Dal, lo siento.

    Él sacó el anillo de la cajita y se lo tendió.

    —Pruébatelo.

    Ella meneó la cabeza.

    —No puedo. Lo siento. Yo…

    Reprimió un sollozo, y se dio la vuelta.

    Dal apoyó una mano en su hombro.

    Ella la apartó con un gesto y se volvió de nuevo para hacerle frente.

    —Todo ha terminado, Dal. Todo ha terminado. Lo siento. Sigo queriendo que te vayas.
    —Pero ¿por qué?
    —Se trata de Pete.
    —¿El tipo con el que estuviste ayer por la noche?

    Ella asintió.

    —Me ha ganado la partida, ¿eh?
    —Lo siento.
    —De acuerdo. Me marcharé, como tú quieras. No deseo presionarte. En caso de que Pete no… Bien, el anillo seguirá esperando.

    Asintiendo, Connie se secó las lágrimas de su rostro.

    —Será mejor que empiece a buscar otro apartamento -dijo él.
    —Lo siento.

    Dal se dio media vuelta. Salió. La puerta se cerró a sus espaldas.

    Volvió a meter el anillo de pedida de Elizabeth en su cajita, y se dirigió hacia la escalera.


    14


    Freya odiaba conducir a aquella hora de la tarde. El sol colgaba bajo sobre Pacifica, cegándola. Las gafas de sol ayudaban algo, pero no lo suficiente. Durante la mayor parte del tiempo apenas podía ver la carretera delante de ella. Bloqueó el sol con la mano. No era fácil, sin embargo. Tras unos cuantos minutos, su brazo alzado parecía tener pesos de plomo tirando de él hacia abajo.

    Las rectas de la carretera que seguía la línea de la costa parecían interminables. Finalmente llegó al desvío. No se dio cuenta del camino sin señalizar hasta que estuvo sobre él. Pateó los frenos, giró hacia el arcén, y retrocedió unos metros.

    Leyó el cartel: CAMINO PARTICULAR, PROHIBIDO EL PASO.

    Siguió adelante. El camino penetraba en una zona densamente arbolada. Se detuvo ante una verja metálica, corrió el pasador que la mantenía cerrada, y la abrió de par en par. Tras cruzar con el coche, cerró la puerta a sus espaldas y volvió el pasador a su sitio.

    El estrecho camino dejaba los pinos detrás, y serpenteaba por entre bajas colinas hasta la casa:

    Freya contempló la casa mientras conducía hacia ella. Le gustaba aquella casa. Le gustaba su estructura maltratada por la intemperie, sus grandes ventanales, sus aguilones, su única torre de tejado cónico.

    ¡Tan maravillosamente siniestra!

    Se parecía a otras muchas docenas de viejas y tenebrosas casas en docenas de viejos y rancios filmes.

    Pronto le pertenecería.

    ¡Casi no podía esperar!

    Había tenido visiones de cómo serían las cosas entonces, recorriendo sus salones en noches tormentosas, los velones arrojando extrañas sombras en las paredes. Nada de luces eléctricas. Se desembarazaría de todas esas cosas; utilizaría la electricidad únicamente para la televisión, la nevera y todo eso.

    ¡Sería glorioso!

    Tan increíblemente siniestra, la mejor y más macabra casa de todos los tiempos…, y suya.

    Subió los escalones del porche. Mientras apuntaba su llave a la cerradura, la puerta se abrió con un chirrido.

    —Todd.
    —Princesa. — Le besó la mejilla-. Tienes un aspecto encantador esta noche, como siempre.
    —Gracias.

    Él le hizo un gesto para que le siguiera, y empezó a subir la escalera.

    —Espero que hayas tenido un viaje agradable -dijo.
    —He sobrevivido a él.
    —¿Mucho tráfico?
    —No. El tráfico estaba bien. Era ese maldito sol el que casi mataba.
    —Lamento oír eso. Pero tengo algunas noticias que te alegrarán. Encontré una solución a nuestro problema.
    —¿Otra mujer?
    —Sí. Está esperando en la sala de control.
    —¿Qué le dijiste?
    —Le expliqué que sería perfecta para doblar una de las voces en un filme corto de suspense que estaba produciendo.
    —¿Es segura?
    —Es una callejera.
    —¿Sabe leer?
    —Espero que sí.

    Todd abrió una puerta en la parte de arriba de la escalera. Una mujer delgada, negra, estaba sentada en una banqueta en la cabina de control, echada hacia atrás, sus codos apoyados en las apagadas pantallas de dos monitores de vídeo. Tenía las piernas cruzadas. Llevaba botas, y unos shorts ceñidos, y una chaquetilla atada suelta con lazos por la parte de delante.

    —Freya, esta es Tango.
    —Encantada de conocerte -dijo Freya, contemplando la lustrosa y oscura piel.

    La chaquetilla estaba abierta lo suficiente para exhibir la mayor parte de sus pechos.

    —El gusto es mío -dijo Tango formalmente.

    Inclinándose hacia delante, tendió una mano a Freya.

    La mano era cálida. Apenas rozó la suya, y se retiró.

    —¿Todo listo? — preguntó Todd-. Pasaremos una vez la cinta con el áudio, luego os daré un poco de tiempo para familiarizaros con el guión antes de empezar el doblaje.

    Freya asintió.

    —Lo que tú digas -dijo Tango-. Tú eres el jefe.

    Se volvieron hacia la pantalla principal de televisión.

    —Apaga las luces, Freya, por favor.

    Reluctantemente, tendió la mano hacia el interruptor. No era necesaria la oscuridad para ver la pantalla, pero Todd siempre insistía en ello. Para crear atmósfera, decía.

    Quizá fuera lo mejor, pensó Freya. Con las luces encendidas, ella no iba a ver mucho de la cinta. Sabía que sus ojos estarían clavados en Tango.

    —Creo que lo llamaré Schreck el hachero.
    —¿Y por qué no El hachero chirriador? — sugirió Tango.

    Todd rió educadamente.

    —Me temo que no, querida. Demasiada frivolidad estropea el caldo.


    Las dos jóvenes están sentadas junto a su fuego de acampada, como si creyeran que sus brillantes llamas van a protegerlas de todo daño.

    La que llevaba la camisa de franela lisa echa la cabeza hacia atrás, y deja caer en su boca un chorro de vino de una bota de cuero.

    —¿Nunca fallas? — pregunta su amiga, que obviamente falla muy a menudo.

    La parte delantera de su chandal gris está húmeda y manchada de rojo.

    —Lo único que se necesita es práctica, Lynn.

    Pasa la bota a Lynn, que alza la canilla hasta sus labios y empieza a apretar el cuero.

    —Hola, jovencitas.

    Las dos se sobresaltan. El chorro de vino de Lynn se esparce por su nariz y ojos, y el hombre se echa a reír.

    —Lo siento -dice-. No pretendía asustaros. Vi vuestro fuego. — Se acerca caminando a ellas. Es un hombre robusto, con una barba rojiza-. Me llamo Jim.
    —Yo soy Kristi. Esta es Lynn.
    —¿Os importa si me uno a vosotras?

    Kristi mira a Lynn, luego sonríe al hombre y dice:

    —Adelante.

    El hombre se acerca al fuego, junto al que las muchachas están sentadas una al lado de la otra sobre un tronco de casi dos metros.

    —Puedes utilizar nuestra mesa -sugiere Kristi, señalando con su brazo hacia el tocón que hay al lado de ella.
    —Gracias -dice el hombre, y se sienta en él.

    Lleva unos téjanos ceñidos y descoloridos. Las mangas de su chaqueta de dril han sido cortadas a la altura de los hombros, y sus bronceados brazos parecen duros y fuertes.

    —¿Puedo probar un poco de esto?

    Lynn se alza de hombros, sonriendo nerviosamente. Echa una mirada a Kristi, como si le pidiera permiso. Cuando Kristi asiente, Lynn le pasa la bota, y aquélla se la tiende al hombre. Este deja caer un buen chorro de vino en su boca, y no salpica ni una gota. Le devuelve la bota a Kristi.

    —¿De dónde sois, muchachas? — pregunta.
    —De San Diego.
    —Muy lejos de casa.
    —¿Tú eres de por aquí? — pregunta Kristi.
    —¿Yo? De Scottsdale.
    —¿Arizona?
    —California. Es un pueblecito pequeño, justo al otro lado de Sunny Lake.
    —¿Dónde está eso?
    —Justo al otro lado de Loon.
    —Y eso está justo al otro lado de este lago -añade Kristi, señalando con la cabeza hacia la orilla en la parte baja de la ladera donde está situado su campamento.
    —Vine en canoa, vi vuestro fuego.
    —Probablemente todo el mundo puede ver nuestro fuego -dice Lynn, y ríe nerviosamente.
    —Más o menos. ¿Puedo dar otro trago de eso? Es Zinfandel, ¿verdad?

    Kristi se echa a reír.

    —¡Fantástico! ¡Un experto en vinos en medio del bosque primigenio!
    —No un experto, solamente un bebedor.

    Inclina la cabeza hacia atrás, y aprieta los lados de la bota. Cuando ha terminado, pasa el cuero a Kristi.

    —Deseaba hablar con vosotras acerca de este fuego -dice-. Es una noche cálida. Realmente no lo necesitáis.
    —Nos gusta -dice Kristi.
    —Seguro. Sé lo que sentís. Es brillante y alegre, y mantiene la oscuridad más allá de la longitud de vuestro brazo. Os hace sentir bien. Os ayuda a olvidar que estáis solas en el bosque, con «Dios sabe qué» merodeando por ahí y espiándoos.
    —No estás ayudando mucho -dice Kristi, y contorsiona su rostro en una exagerada expresión de miedo.

    Lynn hace una mueca, aparentemente muy nerviosa.

    —Hablo en serio. Deberíais dosificar vuestro fuego. Una vez se ha hecho oscuro, es como un letrero de neón, le dice a todo el mundo que estáis aquí. Si por este lugar merodea la clase de gente que no debería merodear, y viene a husmear, podéis encontraros con grandes problemas.
    —Sabemos cuidar de nosotras mismas -le dice Kristi.

    Lynn, que no parece tan segura de eso, se muerde el labio inferior.

    —Incluso aunque llevéis armas, cosa que dudo, no constituyen ninguna garantía. Por la forma en que vas vestida, Kristi, puedo ver que vas desarmada, a menos que lleves alguna cosa pequeñita en uno de los bolsillos de tus téjanos. — Apunta con un dedo a Lynn-. Tú puede que lleves una pistola oculta bajo ese abultado chandal, pero apuesto a que no. — Sonriendo, extrae un cuchillo de una funda en su cinturón-. Ahora, yo estoy sentado aquí con un cuchillo. Vosotras no tenéis armas. ¿Qué vais a hacer?
    —¿Por qué no te guardas eso? — dice Kristi.

    Su voz, tan confiada antes, tiembla ahora ligeramente.

    —¿Asustada -pregunta Jim.
    —Guárdatelo, ¿quieres?
    —Simplemente quiero meteros un poco de miedo. Lo necesitáis. Sois infernalmente vulnerables, y no parecéis daros cuenta de ello. — Vuelve a meter el cuchillo en su funda-. Apostaría a que no habéis oído hablar de nuestros asesinatos. En caso contrario, no estaríais ahora aquí, y mucho menos con un rugiente fuego delante.

    Kristi y Lynn se miran la una a la otra. Lynn mueve la cabeza negativamente.

    —Eso es lo que pensé -dice Jim.
    —¿Quieres contárnoslo? — pregunta Kristi.
    —Cinco asesinatos en los dos últimos meses, todos ellos dentro de un radio de unos pocos kilómetros de aquí. El primero fue una mujer de cuarenta años. Vino sola al Sunny Lake para pescar de noche, y nunca regresó. Encontraron la mayor parte de su cuerpo una semana más tarde en una caseta para botes abandonada. Alguien había utilizado un hacha con ella.

    Lynn deja escapar un gruñido.

    —¿Es eso cierto? — pregunta Kristi-. ¿O simplemente estás intentando asustarnos?
    —Es cierto, todo. Las siguientes dos víctimas ocurrieron hace apenas un mes. Un hombre y su mujer. Eran los propietarios de la ferretería de Scottsdale. Acostumbraban a hacer muchas excursiones. Estaban acampados aproximadamente a un kilómetro y medio de aquí la noche en que fueron asesinados.
    —¿Con un hacha? — quiso saber Lynn.

    Él asiente.

    —Igual que los dos maestros que encontramos la semana pasada. Habían estado acampados cerca de Loon. Hechos trocitos, como leña para el fuego.
    —No es necesario que seas tan gráfico.
    —Sólo quiero que comprendáis el grave peligro en que os encontráis.

    Lynn esboza una débil sonrisa.

    —Ahora estamos aquí -dice Kristi-. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Recoger nuestras cosas inmediatamente, y marcharnos?
    —No sería mala idea.
    —Excepto por una cosa. Nuestro coche está a unos diez kilómetros de aquí. No vamos a caminar diez kilómetros en la oscuridad. Probablemente nos romperíamos el cuello.
    —Puedo llevaros en mi canoa -dice Jim.
    —Nuestro coche está en dirección contraria al lago.
    —No me refiero a vuestro coche. Os llevaré a Scottsdale. Podemos ir a donde está vuestro coche por la mañana y recogerlo. ¿Qué os parece?
    —No sé -dice Kristi, y se pone en pie. Hace un gesto. Lyhn se pone en pie también-. Danos un par de minutos para discutirlo.

    Jim asiente. Toma la bota, y echa un chorro de vino en su boca.

    Kristi se aleja caminando del fuego, las ramillas y hojas de pino crujiendo bajo sus zapatillas blancas de lona. Lynn la sigue. Se detienen en la oscuridad, justo más allá del área de luz arrojada por el fuego.

    —¿Vamos con él? — pregunta Kristi.

    Lynn se alza de hombros.

    Kristi se aparta el pelo de los ojos.

    —¿Qué te parece eso de los asesinatos? — pregunta-. ¿Has oído algo acerca de ellos?
    —Ni una palabra -dice Lynn.
    —Yo tampoco. Claro que no leo los periódicos.
    —Ni yo. Cinco asesinatos, sin embargo. ¿No crees que eso es algo como para darlo en las noticias de las seis?
    —Yo diría que sí -murmura Kristi-. Esta zona está muy apartada, de todos modos. Quizá no quieran darle mucha publicidad al asunto.
    —No sé. — Lynn se acerca un poco más a Kristi-. Creo…
    —¡Uf! ¿No te has puesto desodorante?

    Lynn olisquea los sobacos de su chandal.

    —No soy yo. De todos modos, mira. Quizá ese tipo se lo haya inventado todo.
    —¿Con qué propósito? — pregunta Kristi.
    —¿Quién sabe? Quizá desee que dependamos de él, a fin de que bajemos nuestra guardia. Quizá desee meter todas nuestras cosas en su canoa, y largarse. Demonios, quizá se divierta ahogando a excursionistas…
    —Tienes una imaginación muy alocada, Lynn.
    —Simplemente estoy pensando en las posibilidades.
    —Mira, vamos a tomar una decisión.
    —Decide tú.
    —¡No! No puedes echarme todo el peso a las espaldas. Dime sí o no. Vamos, Lynn. ¿Quieres que recojamos las cosas y nos vayamos con él en su canoa, o no?
    —¿Un sí o un no?
    —Exacto.

    Lynn agita la cabeza y se pasa una mano por el corto y rizado pelo. Volviéndose, mira durante un largo momento a Jim. Está bebiendo más vino.

    —De acuerdo-dice, con voz derrotada-. No.
    —¿Estás segura?
    —Estoy segura -dice, reluctante-. Quizá esté diciendo la verdad, pero no deseo ir con él. No en una canoa. Ni siquiera sé nadar.
    —De acuerdo, asunto concluido.

    Kristi se da la vuelta.

    —Espera.
    —¿Sí?
    —¿Y si él no se va?

    Kristi frunce el ceño.

    —¿Por qué has tenido que decir eso?

    Entonces las dos regresan junto al fuego. Kristi comunica su decisión con pocas palabras.

    —Hemos decidido quedarnos aquí.
    —Me lo temía.
    —Gracias por tu ofrecimiento, y por avisarnos, pero…

    Se alza de hombros.

    —Habéis decidido correr el riesgo -termina él por ella.
    —Así es.
    —Bien, gracias por el vino. — Se pone en pie-. Será mejor que siga mi camino. Vi otro fuego, allá en el extremo sur. Será mejor que se lo comunique a ellos. Buena suerte, chicas.

    Sin otra palabra, desaparece en la oscuridad. Kristi y Lynn aguardan unos cuantos segundos, luego lo siguen sin hacer ruido. Caminan muy juntas. Mirando ladera abajo, lo ven subir a su canoa y apartarse de la orilla. Observan durante largo rato, hasta que el sonido de sus remos hundiéndose en el agua desaparece entre el murmurar del viento.

    Entonces regresan al fuego y se sientan.

    —Quizá fuera mejor que nos marcháramos de aquí -dice Lynn, que parece tensa.

    Kristi se alza de hombros.

    —¿Por qué preocuparnos? Si el hombre del hacha está por aquí, ya sabe donde encontrarnos.
    —¡No digas eso!
    —Tomemos un poco más de vino, y olvidemos todo el asunto, ¿de acuerdo? Ese tipo probablemente no era más que un bromista que disfruta asustando a la gente.
    —Bueno, espero que sí.

    Kristi alza la boca y deja caer un largo y delgado chorro de vino en su boca. Mientras le pasa el cuero a Lynn, una sombra se mueve silenciosamente entre los árboles tras ellas.

    Lynn alza la bota. Aprieta, y el vino cae en su boca.

    La sombra penetra en la brillante luz del fuego. Es un hombre. Lleva unos pantalones negros de piel. Su pecho desnudo resplandece a la luz del fuego. Una capucha negra le cubre la cabeza. Sus ojos brillan a través de unos agujeros en la capucha. En las manos lleva un hacha de doble filo.

    —Creo que ya estoy lista para meterme en la cama -dice Kristi-. Un trago más para el camino.

    Tiende la mano hacia la bota de vino.

    Lynn se la alarga.

    Con un gruñido, el hombre hace girar el hacha en un rápido golpe de costado. Rebana limpiamente el cuello de Lynn. La cabeza de la muchacha sale disparada, girante sobre sí misma. Cae rodando en medio del fuego.

    Por un momento, Lynn permanece sentada allí, decapitada, tendiendo todavía la bota a Kristi, mientras la sangre mana a borbotones del muñón de su cuello y chorrea hacia abajo.

    Kristi grita.

    La bota cae al suelo. El cuerpo se derrumba hacia delante, golpeando contra el fuego, esparciendo llameantes ramas hacia los lados.

    Kristi grita y grita mientras salta en pie e intenta correr. El hombre la agarra por el cuello de la camisa. La arroja al suelo.

    Caída de espaldas, Kristi alza la vista hacia él.

    El hombre ríe y se quita la capucha. Su rostro es flaco, sus húmedos ojos están desorbitados, su boca, curvada en un terrible rictus.

    —Soy Schreck -dice.

    Alza el hacha muy por encima de su cabeza, y la deja caer.

    Atraviesa las manos que Kristi ha alzado para protegerse, y parte su rostro en dos.

    Todd apagó la máquina.

    Freya conectó las luces y vio su amplia sonrisa. Se volvió hacia Tango, que sonreía afectadamente.

    —Bien, señoritas, ¿qué opináis?
    —Vaya tipo -dijo Tango-. No me gustaría encontrarme con él. — Se echó a reír-. No, señor, de ninguna de las maneras.

    Todd parecía divertido.

    —¿Qué opinas tú, Freya?
    —¡Fantástico!
    —Imaginé que te gustaría.
    —¿Cómo lo hiciste? — preguntó Tango-. Quiero decir, ¿cómo lograste el truco ese de la cabeza?
    —Simplemente cortándola.

    Tango se echó a reír.

    —Ya sé, es un secreto del oficio. Apostaría a que utilizasteis un maniquí.
    —Muy astuta, jovencita.
    —Parecía muy real.
    —Aprecio el cumplido. — Todd sacó tres guiones de una carpeta color manila, y se los tendió-. He subrayado vuestras partes. Tango, tú eres Kristi. Freya, tú eres Lynn. Yo, por supuesto, representaré mi mismo papel. Tomaos unos minutos para leerlo y poneros en situación.

    Tras repasar el guión, Freya dedicó el tiempo restante a mirar a Tango. La muchacha sabía que estaba siendo observada, y parecía aprobarlo. Mientras leía, aflojó de forma casual su chaquetilla. Se volvió de tal modo que uno de sus pezones asomó por entre los lazos.

    Todd no le prestó atención.

    Aquello iba dedicado exclusivamente a Freya.

    —¿Listas? — preguntó Todd.
    —Lista cuando vosotros lo estéis -dijo Tango-. ¿Como es que tenemos que hacer esto? ¿Sabéis a qué me refiero? Es simple curiosidad, claro. — Agitó el guión-. Dice casi exactamente lo mismo que ellos, excepto sus nombres y un par de cosas más. Quizá yo sea tan sólo una ignorante, pero me resulta curioso.
    —Simplemente, sus voces no son como yo deseo -dijo Todd.

    Ella se alzó de hombros.

    —Es tu dinero, encanto.
    —Está bien, empecemos.


    15


    Caminaron a lo largo del porche cubierto que unía toda la planta hasta la puerta del apartamento de Connie. Ella fue a meter la llave en la cerradura, pero Pete detuvo su mano.

    —Déjame a mí -dijo.
    —Siempre me cuesta acertar la cerradura -dijo Connie-. No hay luz aquí.

    Pete meneó la cabeza. Tomó la llave de la mano de ella, y abrió la puerta del apartamento. Dentro tampoco había ninguna luz encendida, de modo que él no se molestó en decir nada. Entró delante de ella, y encontró el interruptor en la pared. Una lámpara al lado del sofá se encendió.

    —Realmente, estás actuando de forma misteriosa -dijo ella.
    —Sólo tomo precauciones. Algunos tipos, cuando se sienten marginados, hacen cosas extrañas.
    —Dal nunca se ha comportado violentamente -dijo ella.
    —Eso es lo que tú no sabes.
    —No creo que haga nada que pueda hacerme daño.

    Pete se alzó de hombros.

    —Si compró un anillo de compromiso, la cosa es tan seria como para convertirse en una amenaza. Una vez conocí a un tipo que arrojó a su novia por la ventana de un piso catorce porque algún otro tipo le había enviado unas flores por su cumpleaños. Luego resultó que había sido su hermano.
    —Estás lleno de historias macabras -dijo Connie, sonriendo como si deseara más-. ¿Te apetece algo de beber?
    —Ah, una libación -dijo él, adoptando su voz Fields-. Nada que no pueda compartir, querida.

    Ya lo había dicho antes de darse cuenta de que ella probablemente no comprendería los movimientos de sus distorsionados labios. Pero no tuvo tiempo para sentirse azarado por ello.

    —Ven a verme de tanto en tanto -dijo ella.

    Él se echó a reír.

    —Eres notable.
    —Cuando soy mala, soy mejor.

    Pete le cogió las manos.

    —Muy cierto -dijo-. Esta tarde has sido muy, muy mala.

    El rostro de ella, enrojecido por todo el día al sol, enrojeció todavía un poco más.

    —Tú también has sido bastante malo. Ahora, ¿qué es lo que quieres? ¿Una cerveza?
    —Estupendo.

    Pasaron a la cocina, y Connie tomó dos botellas de Budweiser de la nevera.

    —¿Quieres un vaso? — preguntó.
    —Vale la botella. De todos modos, creo que primero utilizaré los servicios.
    —Están ahí -señaló ella.

    Pete utilizó el water, pero no regresó inmediatamente a la sala de estar. Primero entró en otra habitación y encendió la luz. El cuarto de trabajo de Connie. Pasó junto a una estantería metálica atestada de libros y abrió la puerta de un armario.

    —¿Qué estás haciendo?

    Se volvió hacia Connie. Ella estaba de pie en la puerta, el ceño ligeramente fruncido.

    —Sólo husmeando.
    —Estás buscando a Dal. Crees que está escondido en algún sitio, aguardando a que tú te marches para saltar sobre mí y cortarme la garganta.
    —Es algo que ocurre a veces.
    —Me preocupas, Pete. ¿Lo sabías?
    —Uno nunca es demasiado cauteloso.
    —Creo que tú puedes ser demasiado cauteloso. Si es que tienes que pasarte la vida mirando por encima del hombro, siempre temeroso de encontrar allí algún terrible villano aguardando a que bajes la guardia para saltarte encima… Sí, creo que puedes ser demasiado cauteloso. ¿Cuándo te diviertes, si siempre te hormiguean los pies buscando que el desastre se abata sobre ti?
    —Oh, tengo también mis momentos de diversión.
    —¿Tengo que mostrarte el dormitorio, o ya lo has comprobado?
    —Todavía no.

    La siguió al dormitorio, y sonrió cuando ella se dirigió hacia la cama, se dejó caer de rodillas a su lado, y miró debajo.

    —¿Qué demonios? — Metió la mano en el espacio entre la cama y el suelo-. Me pregunto qué… ¡Aaah!

    Pareció como si alguien tiraia de su cuerpo. Cayó boca abajo al suelo, se retorció y pateó. Se agarró al marco de la cama como para impedir ser arrastrada debajo.

    Pete corrió a su lado. Agarró el marco de la cama, dispuesto a echarlo violentamente a un lado, cuando Connie le sujetó la mano.

    Vio su sonrisa.

    —Eso no ha tenido gracia -dijo él.
    —Sí la ha tenido.

    Tiró de él, y le besó.

    Cuando la mano de Pete se deslizó bajo su blusa, se sorprendió al sentir la suave piel desnuda de su pecho. Debía de haberse quitado el bikini mientras él estaba en el baño. Tiró de su blusa, quitándosela. El pezón se puso rígido en su boca, con un ligero sabor salino.

    Metió una mano bajo su falda, ascendiendo por su muslo. El slip también había desaparecido.

    —Eres un encanto -dijo.

    Ella no respondió. La boca de él quedaba oculta por el pecho de ella.

    Alzó la cabeza. Los ojos de Connie se clavaron en sus labios.

    —Eres un encanto -repitió.

    Con una sonrisa, ella metió ambas manos bajo los shorts de él, y lo atrajo hacia sí.

    —¿Te apetece la cerveza ahora? — preguntó Connie.
    —Seguro que estará caliente.
    —Podemos hacernos la idea de que estamos en Irlanda, bebiendo Guinness caliente en un pub.
    —Prefiero estar aquí -dijo Pete.
    —Vuelvo en un instante.

    Mientras ella saltaba de la cama, Pete le dio una palmada en su desnudo trasero. Ella se dirigió hacia la puerta del dormitorio y le miró desde allí. Estaba tendido sobre las sábanas, las manos entrelazadas bajo la cabeza, su flaccido pene yaciendo contra su muslo.

    —¿No tienes vergüenza? — le preguntó.
    —Es un poco tarde para eso.
    —Cierto -dijo ella.

    Connie se había mostrado muy vergonzosa aquella tarde, cuando él la llevó a su casa en la playa Venice. Mucho beber en el sofá, mucho charlar hasta el momento en que él la tomó entre sus brazos. Tan sólo llevaban puestos sus trajes de baño. Las manos habían acariciado la piel expuesta, se habían movido vacilantemente sobre la tela, y por último habían explorado debajo de los trajes de baño. Finalmente, estuvieron desnudos el uno contra el otro, la piel resbaladiza de sudor y aceite bronceador, llena de granitos de arena; hicieron el amor en el sofá.

    Se ducharon juntos.

    Comieron hamburguesas.

    Hicieron de nuevo el amor, esta vez sobre las frescas sábanas de la cama de Pete.

    Tras todo lo cual, se dio cuenta Connie, ella seguía sintiendo vergüenza delante de él. Ir a buscar las bebidas desnuda por completo le parecía algo ligeramente atrevido, ligeramente obsceno, como si estuviera alardeando de su desnudez para excitarle.

    Aún en la puerta, miró al pene del hombre. Bajó las manos, y se acarició los muslos.

    Pete meneó la cabeza, sonriendo.

    —¿Qué estás maquinando? — preguntó.
    —Nada.

    Los dedos de Connie se deslizaron suavemente por sus ingles, y observó cómo el pene del hombre empezaba a alzarse.

    —Olvida la cerveza-dijo él.
    —No puedo. Tenemos que recuperar nuestros fluidos vitales.

    Se volvió, dejando de mirarle. Se sentía sexy, ingenua y perversa…, y más feliz de lo que había sido nunca desde… No, no tenía que pensar en Dave.

    Demasiado tarde.

    Pero el recuerdo no dolió, como siempre hacía. Extraño. Muy extraño.

    Entró en la sala de estar.

    —¿Te diviertes? — preguntó Dal.

    Estaba en el sofá, sentado, con los pies en el suelo y la espalda envarada.

    Connie se cubrió los pechos con las manos y se dio la vuelta. Regresó corriendo al dormitorio.

    Pete ya estaba de pie.

    —Quédate aquí -dijo Connie-. Yo me encargo de esto.

    Tomó violentamente un vestido de una de las perchas del armario, y se lo puso mientras volvía a salir corriendo al pasillo.

    Dal seguía sentado en el sofá.

    —Ni siquiera puedes esperar a que yo me haya ido -dijo.
    —Yo… no te esperaba.
    —¿Dónde creías que estaba, en casa de mi amiga?
    —Dal, por favor.
    —En nuestra cama.
    —Es mi cama.
    —Dios, deberíais haberos oído haciéndolo.
    —Tú no deberías haber escuchado.
    —Tú eres mi chica, Connie.
    —Ya no.
    —Siempre serás mi chica. Te quiero. Simplemente recuérdalo, cuando él te deje tirada. Lo hará, y tú lo sabes. Cuando se canse de ti, te dejará tirada. Conozco a esos tipos. Un Jaguar, una casa en la playa, buena presencia. Te doy una semana.
    —Lárgate de aquí.
    —Una semana, y volverás corriendo a mí, volverás suplicándome.
    —Vuelve mañana al mediodía. Tus cosas estarán fuera de la puerta, esperándote.
    —Vendrás suplicándome -dijo él de nuevo.

    Luego se fue.


    16


    —De acuerdo, chicas, eso es todo.

    Todd sacó su billetera y pagó a Tango con billetes de veinte dólares…, diez de ellos.

    —¿A ti no te paga? — preguntó a Freya.
    —Yo soy socia.
    —Ah, ya.
    —Tú ve delante, Todd. Yo llevaré a Tango a casa.
    —Jamás se me ocurriría ponerme en el camino de un auténtico romance. Asegúrate de cerrar bien la puerta cuando salgas.
    —Lo haré.

    Cuando Todd se hubo ido, abandonaron la sala de control. Freya condujo a Tango de la mano. Entraron en una habitación al final del pasillo, y Freya encendió las luces.

    —Eres tan hermosa… -dijo.

    Adelantó una mano hacia los lazos de la chaquetilla de Tango.

    —Ah-ah. No trabajo gratis, querida.
    —¿Cuánto?
    —Depende de lo que quieras.

    Freya abrió su bolso. Sus manos temblaban cuando sacó la billetera. Contó lo que tenía. Para su decepción, encontró tan sólo un billete de diez dólares y tres de uno.

    —Por eso, cariño, sólo podrás conseguir un par de meneos.
    —Tengo…, tengo mucho más en casa. Creí que llevaba…

    Tango sonrió.

    —Eso está bien. Tú llévame a donde esté el dinero. De todos modos, esta vieja casa es demasiado inquietante para mi gusto.
    —Te quiero aquí, Tango.
    —Si no hay dinero, no hay jodienda.

    Freya suspiró.

    —Bien, vayamos a mi apartamento, entonces.

    Abandonaron el dormitorio, y recorrieron el estrecho pasillo. Freya observó sus extrañas y débiles sombras en las paredes. Recordó cómo Tina había bailado y girado como si se sintiera fascinada por aquellas sombras. Oh, cómo le gustaría ver a Tango haciendo lo mismo… Si tan sólo hubiera traído más dinero consigo… Otra noche, quizá.

    Bajaron la escalera. Ninguna de las dos habló. La madera crujió bajo su peso.

    Cruzaron el vestíbulo.

    Freya adelantó una mano hacia el pomo de la puerta.

    No giró. Alarmada, miró a Tango.

    —Déjame probar. — Tango forcejeó con el pomo-. Mierda, chica, ese jodido tipo nos ha encerrado.
    —Hay una salida en la parte de atrás -dijo Freya.
    —Mejor que la haya.

    Abrió camino, encendiendo las luces a medida que avanzaban. Cruzaron un comedor con una enorme araña de bronce que colgaba sobre una gran mesa de caoba. Las lágrimas de cristal destellaban reflejadas en la cómoda. Freya hizo una pausa para admirarla. Algún día todo aquello le pertenecería.

    —Sigue adelante -dijo Tango-. Quiero salir de aquí.

    Freya empujó la puerta basculante de la cocina. Encendió la luz, y se detuvo tan bruscamente que Tango chocó contra ella.

    Perdió el equilibrio hacia delante.

    El hombre con el delantal blanco y el gorro de chef aferró el brazo de Freya y la arrojó hacia un lado.

    —Quiero carne negra -dijo Schreck.

    Dando una rápida media vuelta, Tango se lanzó hacia la puerta. No fue lo bastante rápida. El hombre la agarró por el pelo y tiró de ella hacia sí. Pasando un brazo en torno a su garganta, la alzó del suelo.

    Tango se contorsionó y pateó. Los tacones de sus botas golpearon contra las espinillas de Schreck, pero no hicieron efecto. Las venas de su rostro empezaron a marcarse, y los ojos se le desorbitaron por la presión del brazo contra su garganta. Su debatirse, frenético al principio, fue haciéndose más débil.

    Fue arrastrada hasta una encimera.

    Freya se puso en pie, observando.

    —Quédate fuera de cámara -murmuró Schreck.

    Alzó a Tango y la depositó sobre la encimera.

    Freya descubrió la cámara sobre un soporte giratorio cerca del techo. Todd no había hecho ningún intento de ocultarla. Debía de haberla instalado aquella tarde. Estaba directamente sobre la encimera donde Schreck había colocado a Tango.

    —Corta los lazos-dijo Freya.
    —Cállate.
    —Vamos, hazlo.
    —Vete -dijo Schreck.
    —Quiero mirar.
    —¿Quieres mirar? — Tomó un cuchillo de carnicero y lo agitó-. ¡Fuera! — rugió.
    —Todd estará de acuerdo en que yo…

    De pronto, Schreck sonrió.

    —Ven aquí.

    Freya sintió que se le erizaba la piel. Negó con la cabeza.

    —¡Ven aquí! Quieres mirar.
    —No. Esto…
    —Ven aquí, o te mato.

    Vaciló, preguntándose si no debería echar a correr. No se atrevió. Con lentos y vacilantes pasos, se acercó a Schreck.

    Observó sus ojos. Eran húmedos y protuberantes. Algo así como arañas. Ponían la piel de gallina, causaban náuseas.

    Él aferró su brazo.

    —Mira-dijo.

    Tango gimió.

    Schreck dejó el cuchillo.

    —Mira, pero no toques.
    —Ayúdame -susurró Tango.

    Schreck tomó otro cuchillo y un tenedor de trinchar.

    El miedo de Freya se convirtió en excitación cuando él deslizó el cuchillo bajo los lazos y abrió la chaquetilla de Tango.

    La mujer alzó la cabeza. Miró a Freya.

    —Por favor…
    —Baja la cabeza -dijo Schreck, y le hundió el cuchillo de trinchar en el ojo.

    Freya se volvió hacia un lado. Se dobló sobre sí misma, vomitando. Antes de que terminara, Schreck la obligó a enderezarse de nuevo, agarrándola por el pelo.

    —Querías mirar -explicó-. No quiero que te pierdas nada.


    17


    Después de que Connie insistiera en que se fuese, Dal se encaminó a casa de Elizabeth. A medio camino, cambió de idea. Si iba allí, tendría que reconocer su derrota; un fracaso temporal, al menos. A Elizabeth no iba a gustarle.

    Podía perderla.

    Antes que correr ese riesgo, decidió pasar la noche en un motel. Encontró una habitación en el Palm Court, en las afueras de Pico. Era una habitación pequeña pero limpia.

    La televisión iba a monedas.

    La cama tenía mecanismo vibrador, pero Dal no tenía ningún cuarto de dólar suelto.

    Se sentía muy deprimido cuando se metió en la cama. Durante largo rato fue incapaz de dormir. Todo era tan complicado… Él sólo deseaba a Elizabeth. Pero para conseguirla -para conservarla- tenía que casarse con Connie.

    No necesariamente.

    Lo único que tenía que hacer era hacerse rico.

    Lo único.

    Si fuera fácil hacerse rico, él haría mucho tiempo ya que lo sería.

    Sólo podía pensar en una forma de conseguirlo: casarse con el dinero. Debía de haber montones de chicas ricas en la ciudad. Pero él solamente conocía a una.

    Maldita sea, estaba casi a punto de conseguirlo antes de que aquel Pete metiera su nariz en el asunto.

    Ja, su nariz. Había metido mucho más que eso, el muy bastardo.

    «Míralo desde el lado bueno, de todos modos; quizá termine dejando a Connie. Es posible.»

    Especialmente con un poco de ayuda.

    Dal permaneció tendido con los ojos cerrados, ignorando el ruido de los coches que pasaban justo al otro lado de su ventana, y pensó en diversas formas en que él podía ayudar.

    Por la mañana, se despertó sintiéndose algo mejor. Se dio una larga ducha caliente. Luego salió a pasear un poco. Desayunó huevos con salchichas en Sambos. En un Drug Mart al final de la calle compró una maquinilla de afeitar, un aerosol de crema de afeitar, y una barra de desodorante.

    No podía presentarse ante Elizabeth como un vagabundo.

    Sonriendo, regresó a su habitación del motel. Se afeitó, se untó los sobacos con desodorante, y comprobó su aspecto.

    Ensayó su historia mientras conducía a casa de Elizabeth.

    Ella le abrió la puerta, con un aspecto tan radiante como se sentía el propio Dal. Llevaba una bata de seda que hacía juego con sus ojos verdes, atada suelta en la cintura. Apenas le llegaba a cubrir las ingles.

    —Tienes un aspecto precioso esta mañana -dijo Dal.
    —No te quedes ahí como un bobo. Pasa y bésame.

    Obedeció de buen grado. Mientras la besaba, sus manos se deslizaron hacia abajo por su bata y dentro de ella. Estrujó la fría piel de sus nalgas. La apretó fuertemente contra él.

    —No tengo mucho tiempo -dijo-. Connie está en la iglesia. Sólo puedo pararme un momento.
    —¿Todo ha ido bien?
    —Estupendamente. Algo increíble.
    —Cuéntame.
    —Más tarde -dijo él, sintiendo que su excitación aumentaba.
    —Ahora -dijo ella.

    Se apartó y se dirigió delante de él hacia la sala de estar. Se sentó en un sofá blanco, y alzó los pies.

    Dal se sentó junto a sus pies.

    —Hice exactamente tal como tú sugeriste. Le compré unas flores en el camino de vuelta a casa.
    —¿Y le gustaron?
    —Le encantaron. Le encantaron absolutamente. Lloró, y me pidió perdón por la forma en que había quemado la cena, y quiso saber dónde había pasado yo la noche.
    —¿Qué le dijiste?
    —Que había pasado la mayor parte de la noche conduciendo sin rumbo fijo, aturdido. Y que por último había estacionado en una calle tranquila, no sabía dónde exactamente, y me había echado a dormir en el asiento de atrás.
    —Encantador-dijo Elizabeth.

    Le dio una patada cariñosa en el muslo.

    —Oh, Connie se lo tragó todo entero. Nunca la había visto con un aire tan culpable.
    —Espero que aprovecharas la ocasión para seguir atacando.
    —Puedes sentirte orgullosa de mí.
    —¿De veras?
    —Mientras Connie estaba llorando y llena de remordimientos, la tomé entre mis brazos y le dije: «¿Por qué no te saco a cenar esta noche, y nos lo pasamos bien y olvidamos todo acerca de esa tonta pelea?».
    —¿Y lo hicisteis?
    —Lo hicimos.
    —Bravo.

    Dal palmeó su ligeramente bronceado empeine y deslizó la mano a lo largo del tobillo.

    —Fuimos a un tranquilo restaurante francés…
    —¿Cuál?
    —Henri's.
    —Oh, un sitio estupendo.
    —Y me declaré.
    —¿Aceptó?
    —¿Cómo podía rechazarme?

    Dal deslizó la mano por debajo de la pierna alzada de Elizabeth y acarició la suavidad de su pantorrilla.

    —¿Aceptó?
    —Por supuesto. Y le di el anillo.
    —¿Le iba?
    —Un poco justo. Lo llevaré a un joyero la semana próxima y lo haré ensanchar.
    —¿Le gustó el anillo?
    —Se quedó alucinada. Dijo: «Es magnífico». Creo que se sintió un poco impresionada al pensar que yo me había gastado tanto dinero, pero no la oí quejarse.
    —Así que ahora eres un hombre comprometido.
    —Aja.
    —¿Cuándo es el gran día?
    —El treinta y uno de julio.

    Elizabeth sonrió. Alzó más la pierna, y la apoyó en el respaldo del sofá.

    —Déjame ser la primera en felicitarte, querido.
    —No quiero -dijo Connie.
    —No llevará mucho tiempo -le respondió Pete-. Te echaré una mano. Las dos manos, si lo prefieres.
    —De veras, prefiero que no. Vayamos a algún sitio. El puede venir y recoger sus cosas él mismo. Me preocupa que alguien pueda cogerlas si las dejo fuera.
    —Eso sería malo.
    —Me sentiría culpable por ello.
    —¿No temes que él venga y destroce el lugar?
    —¿Dal? No. Es más bien tímido.
    —Esos son los que se vuelven locos cuando las cosas van mal.
    —Realmente, Pete, te preocupas demasiado.
    —Y tú no dejas de decírmelo.
    —Porque es cierto.
    —Incluso los paranoicos tienen enemigos.

    Ella sonrió.

    —Lo sé. Y un reloj roto marca la hora exacta dos veces al día. ¿Más café?
    —Yo iré a buscarlo.

    Pete se fue. Sola en su terraza particular de la parte de atrás, ella acercó un poco más su tumbona a la barandilla para que la luz del sol le diera en el rostro. Se reclinó e inspiró profundamente. La brisa de la mañana era fría, el sol caliente. Se preguntó si alguna vez se había sentido tan bien antes.

    Seguro. Ayer. Y el viernes por la noche.

    Estando con Pete.

    Era como volver a nacer…, joven, fresca y feliz, con el día siguiente lleno de promesas.

    Él volvió, y le tendió la taza de café. Se sentó en la silla frente a ella.

    —¿Qué te parece si vamos al Marina a tomar un desayuno con champaña? — preguntó.
    —¡Estupendo!


    18


    Freya se quedó en casa el lunes por la mañana. Llamó al trabajo diciendo que estaba enferma. Aunque se sentía bien cuando marcó el número telefónico, su corazón empezó a latir alocadamente y sintió retortijones en el vientre cuando la doctora Eginton respondió.

    Carol Eginton, la encargada del personal femenino, la condescendiente zorra.

    —Espero que no sea nada serio -dijo.
    —Yo también lo espero -dijo Freya, tensando la voz, como si reprimiera un gemido de dolor-. Yo… voy a ir al médico esta mañana.
    —Está bien. Haremos todo lo que podamos sin usted.
    —Gracias.
    —Cuídese.
    —Lo haré.

    Colgó.

    Bueno, no iba a tener que seguir tratando durante mucho tiempo a aquella zorra. Si todo iba como estaba planeado, le diría adiós a su maldito trabajo a finales del verano.

    Lástima que no pudiera llevar a Carol a casa de Todd. Le encantaría verla en manos de Schreck. Pero era un pez demasiado gordo; su desaparición podía traer problemas.

    Hasta ahora, sus precauciones habían dado resultado.

    Tan sólo la desaparición de las chicas excursionistas había aparecido en las noticias. Ahí Todd había sido un poco descuidado. Excesivamente confiado, tal vez. Pero le había asegurado a Freya que no movería la cinta, ni siquiera la llevaría al laboratorio para su conversión a 35 mm, hasta que el asunto se hubiera olvidado.

    Luego estaba el asunto de Tina. Eso hubiera tenido que funcionar perfectamente; ni Tina ni su amigo tenían padres vivos que pudieran echarlos de menos. Tina se había mudado, se había ido con el chico, y no había dejado ninguna dirección. Esa era la historia que contaría si alguien preguntaba. Freya hubiera debido contarla cuando llamó aquella antigua compañera de habitación. Había sido un error estúpido. Pero ¿quién iba a pensar que la chica seguiría insistiendo?

    Bueno, ella se había encargado de aquel pequeño problema. Nadie se había presentado todavía, preguntando por ella. Una buena señal. Quizá ni siquiera fuera echada de menos. Podía ser un problema, sin embargo, cuando pasaran el filme.

    La buena de Brit podía tener amigos que frecuentaran el Palacio Encantado.

    Mierda, ¿por qué preocuparse? Con la voz doblada y el cabello teñido, ¿quién la reconocería?

    Hubieran debido teñir también el cabello de Tina. No podían, por supuesto, de la forma en que se había hecho la filmación. Probablemente tampoco pudieran hacerlo con Chelsea. Para eso había que tener a la chica bajo control. Como «la que fuera» en el filme del inquisidor. O aquella estúpida autostopista. Todd había elegido para ese primer filme el título de Schreck el ejecutor.

    Con toda probabilidad, un pequeño cambio en la apariencia era suficiente para impedir que la gente reconociera a sus amigas.

    Si pudiera pensar en una forma de disfrazar a Chelsea… Oh, mierda, Chelsea era de Oakland. Eso estaba muy lejos de Los Ángeles.

    Freya se sirvió una taza de té, y miró el reloj de la cocina. Las siete y media.

    Los bancos abrían a las diez.

    Chelsea la Cerdita llegaría a las once.

    Mucho tiempo que matar. Se dirigió a la sala de estar, conectó la televisión y puso el canal de Buenos días, América.


    A las 10.32 sonó el timbre de la puerta. Freya se levantó, tiró de sus ceñidos shorts, y abrió la puerta.

    Chelsea, con una risueña sonrisa hinchando sus mejillas, agitó un puñado de billetes verdes ante el rostro de Freya.

    —Seiscientos pavos -dijo-. No creías que viniera, ¿verdad?
    —No lo dudé ni un momento.

    Hoy, su camiseta decía: «Salva un árbol…, cómete un castor».

    Freya tomó el dinero. Permaneció en la puerta, contándolo. Seiscientos dólares, en billetes de cincuenta.

    —Un recibo, por favor.
    —Por supuesto. Entra. — Mientras extendía un recibo, dijo-: ¿Siempre eres tan detestable, Chelsea?
    —Cuando me conviene.
    —Supon que firmamos una tregua. Te ayudaré a subir tus cosas, e incluso te llevaré a cenar fuera esta noche para celebrarlo.
    —¿Pagarás tú?
    —Naturalmente. — Agitó los seiscientos dólares ante Chelsea-. Acabo de cobrar un montón de dinero.
    —Eres incorregible.

    Bajaron a la calle. Freya vio una deslucida camioneta gris llena de enormes etiquetas en los parachoques: ACÉRCATE, POR FAVOR…, NECESITO EL DINERO; NUNCA LO TUVE; FRENO POQUITO A POCO; EL TUYO; TRÁEME A TUS PADRES PARA QUE LOS CASE, y otras por el estilo.

    —Tu trasto, supongo.
    —¿Cómo lo adivinaste?

    Mientras descargaban, Freya echó un vistazo a las pertenencias de la otra. No había mucha cosa que pareciera prometedora. El estéreo, la televisión portátil y una máquina de escribir podían proporcionarle unos cuantos billetes, pero todo lo demás parecía pura basura.


    —¿Dónde vas a llevarme a cenar?
    —Hay un restaurante encantador en la costa, un poco más arriba.
    —¿En la costa, un poco más arriba? ¿Cuan arriba?
    —Sólo unos quince minutos -dijo Freya.
    —Tiene que haber algún otro lugar más cerca.
    —Nada comparado con eso. Tiene una vista maravillosa sobre el océano.
    —¿Tengo que arreglarme para la ocasión?
    —¿Es posible?
    —¿Quién es ahora la detestable?
    —Estás preciosa -dijo Freya, cuando Chelsea salió del dormitorio con un vestido que parecía un viejo mantel.
    —¿He superado la inspección?
    —Con honores.

    Fueron al coche de Freya.

    —¿Quince minutos?
    —Más o menos. Quizá un poco más. Ahora bien, el lugar vale la pena. La mejor comida que hayas probado nunca.
    —Espero que sirvan mucho -dijo Chelsea-. Me comería un caballo.
    —No sirven caballos.
    —Dijiste quince minutos.
    —Ya casi llegamos -dijo Freya.

    El sol estaba más alto sobre el océano que la última vez, y hacía la conducción más fácil.

    —Muchas molestias para ir a cenar.
    —Este lugar es especial.
    —Eso es lo que tú dices.
    —Espera a verlo.

    Cuando Freya tomó el desvío, Chelsea dijo:

    —Estabas bromeando. Ahí arriba no hay ningún restaurante.

    Afortunadamente, Todd había recordado dejar la verja abierta. Lo contrario hubiera despertado las sospechas de Chelsea. Hasta aquel momento no parecía preocupada…, tan sólo curiosa.

    Cuando Chelsea vio la casa, meneó la cabeza.

    —¿Es eso?
    —Es eso.
    —¿Se trata de un chiste?
    —Es un restaurante. El mejor restaurante en kilómetros a la redonda.
    —Lo creeré cuando lo vea.

    Un solo coche, un Plymouth azul, estaba estacionado delante. Freya colocó el suyo a su lado.

    —Si este lugar es tan bueno -dijo Chelsea-, ¿por qué sólo hay un coche?
    —Es muy exclusivo.

    Freya saltó del coche. Chelsea abrió su puerta contra el Plymouth, y se escurrió fuera.

    —¿No podías haber aparcado más cerca de él?

    Freya sonrió.

    —No seas aguafiestas.

    Se encaminaron hacia los escalones del porche. Mientras los subían, la puerta delantera se abrió. Todd salió, vestido de smoking. Dejó la puerta abierta de par en par.

    —Ah, jovencitas -dijo-, las estábamos esperando. Bienvenidas a Hillside Manor. Soy Clarence, el maítre.

    Le siguieron al vestíbulo.

    —Como pueden ver, jovencitas, Hillside Manor es un restaurante de lo más peculiar. Es el hogar de Rudolph Webb, el celebrado chef autor de La cocina de Webb. Abrió este lugar al público hace quince años, como…, digamos, un lugar donde probar sus recetas.

    Entraron en el comedor. La gran mesa de caoba estaba servida para tres. Todd sentó a Freya y Chelsea una frente a la otra, cerca de la cabecera de la mesa.

    —Como clientes de este lugar -prosiguió-, van a ser partícipes en la creación de un plato muy original. ¿Les apetece un cóctel antes de que sea servida la cena?
    —Tónica con ginebra -dijo Chelsea.
    —Yo tomaré vino blanco. El vino de la casa, por favor.
    —Espléndido.

    Todd se dio la vuelta y desapareció por la puerta basculante en dirección a la cocina.

    —Todo esto resulta extraño -dijo Chelsea-. ¿Vamos a ser conejillos de Indias de ese chef, eh?
    —Los conejillos de Indias nunca se lo pasan tan bien.
    —¿Cómo descubriste este lugar?
    —Me trajo un amigo. Al principio me puse muy nerviosa. No podía acabar de creer que se trataba de un restaurante. Pensé que me había engañado, y que me había traído aquí con inconfesables intenciones. Es una vieja casa más bien siniestra. Pero luego me impresioné agradablemente. Comimos pato con una maravillosa salsa de vino. Probablemente la mejor comida que haya probado nunca.

    Todd regresó con las bebidas. Freya alzó su copa de vino.

    —Hay sangre en tu ojo -dijo.
    —Barro -corrigió Chelsea.
    —Lo que sea.

    Bebieron.

    Chelsea indicó el lugar en la cabecera de la mesa.

    —¿Va a unirse alguien a nosotras?
    —Oh, sí. El chef en persona. Saldrá cuando la comida esté preparada.
    —Maravilloso -murmuró Chelsea.
    —Te gustará. Es un hombre realmente fascinante.
    —Espero que la comida sea buena. Odiaría tener que hacerle ascos delante del chef.
    —Jovencitas…, su anfitrión, Rudolph Webb.

    Todd mantuvo abierta la puerta de la cocina, y Schreck entró en el comedor. Caminó envaradamente hasta la mesa, con el flaco rostro solemne, y tendió una mano a Chelsea.

    La muchacha esbozó una pálida sonrisa, pero estrechó la mano ofrecida.

    —Bienvenida -dijo Schreck-. ¿Tú eres?
    —Chelsea.

    Dio la vuelta a la mesa. Freya se estremeció cuando estrechó su mano. Enfundado en su smoking negro, parecía un empleado de pompas fúnebres. Un pálido y delgado empleado de pompas fúnebres que se pasaba demasiado tiempo entre sus cadáveres.

    —Yo soy Freya -dijo ella.
    —Sí, te recuerdo. Bienvenida de nuevo a mi casa.

    Se sentó. Todd sirvió vino tinto en su copa. Se la llevó a los labios. Mientras bebía, un delgado hilillo se deslizó por una de las comisuras de su boca y cayó de su barbilla. No pareció darse cuenta. Cuando hubo vaciado su copa, Todd volvió a llenarla.

    —Trae la bebida para las damas -ordenó Schreck-. Luego sirve la sopa.

    Todd se llevó las copas.

    —El primer plato será una delicada sopa de carne y hierbas -dijo Schreck-. Estoy seguro de que la encontraréis de lo más inusual, algo así como las albóndigas mexicanas, pero más sustanciosa.

    Sonrió, y sus labios dejaron al descubierto unos retorcidos y oscuros dientes y unas pálidas encías.

    Todd trajo la bebida. Freya se dio cuenta de que le temblaba la mano cuando alzó la copa. Los ojos de Chelsea se encontraron con los suyos, y destellaron.

    —Suelo comer con mis huéspedes -dijo Schreck- con el fin de tener la oportunidad de saborear sus reacciones mientras ellos saborean mi cocina. Se trata de un capricho por mi parte, pero creo que debemos permitirnos el gozar de los efectos de nuestros esfuerzos creativos. Soy, si puede expresarse así, como el dramaturgo que asiste al estreno de su drama… a fin de captar las reacciones del público, estremecerse ante las risas, la tensión y los aplausos, y detectar aquellos lapsos donde, quizá, la obra requiera un ajuste.

    Todd entró, empujando un carrito de servir. Depositó un bol de sopa en cada plato, y regresó a la cocina.

    Freya contempló el grumoso líquido marrón en su bol. Parecía idéntica a la sopa que tenían Chelsea y Schreck. Sin embargo, Todd le había asegurado…

    —Bon appétit-dijo Schreck.

    Hundió la cuchara en su bol, y extrajo trocitos de carne junto con cebolla y otros vegetales. La cuchara goteó mientras se la llevaba a la boca. Masticó lentamente, como saboreando la mezcla en busca de sus más íntimos aromas. Luego tragó, y suspiró placenteramente.

    Freya, luchando por controlar las náuseas, tomó un sorbo de vino.

    Cogió su cuchara, la metió en la sopa, y la removió mientras contemplaba a Chelsea probar su primer bocado.

    La cuchara de la muchacha humeaba ligeramente. Dio un sorbo, asintió, y sonrió nerviosamente a Schreck.

    —Delicioso -dijo.

    Freya siguió removiendo su bol. «El mío es tan sólo cordero», se dijo a sí misma. Pero no podía decidirse a probarlo. Observó a Chelsea coger una cucharada del fondo. Estaba llena de vegetales y trozos de carne. Desapareció en su boca. La muchacha masticó, y asintió.

    El estómago d