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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    AMIGOS EN LAS ALTAS ESFERAS - BRUNETTI 9 (Donna Leon)

    Publicado el miércoles, noviembre 22, 2017

    A Christine Donougher
    y Roderick Conwary-Morris


    ...Ah dove Sconsigliato t’inoltri? In queste mura Sai, che non è ricura La tua Vita.

    ...¿Adónde tan imprudente de diriges? Sabe que entre esas paredes No está segura tu vida

    Mozart, Lucio Silla


    1


    Cuando sonó el timbre, Brunetti estaba echado en el sofá de la sala, con un libro abierto apoyado en el estómago. Como estaba solo en el apartamento, sabía que tenía que levantarse a abrir, pero no sin antes terminar el último párrafo del octavo capítulo de la Anábasis, porque quería averiguar qué nuevos desastres aguadaban a los griegos en su retirada. Sonó el timbre por segunda vez, dos zumbidos rápidos e insistentes, y dejó el libro abierto, boca abajo, se quitó las gafas, las puso en el brazo del sofá y se lenvantó. Sus pasos eran lentos, pese a la insistencia con que había sonado el timbre. Sábado por la mañana, libre de servicio, la casa para él solo -Paola había ido al mercado del Rialto, a comprar cangrejos-, y tenían que llamar a la puerta.

    Sería un amigo de sus hijos, que venía en busca de Chiara o de Raffi o, peor, algún portador de verdades religiosas de los que se complacían en interrumpir el descanso de los trabajadores. Él no pedía a la vida nada más que poder estar tumbado leyendo a Jenofonte, mientras esperaba que su mujer volviera a casa con los cangrejos.

    —¿Sí? — dijo por el intercomunicador, imprimiendo en su voz la hosquedad necesaria para ahuyentar tanto a la juventud ociosa como al celo proselitista de cualquier edad.
    —¿Guido Brunetti? — preguntó una voz de hombre.
    —Sí. ¿Qué desea?
    —Soy del Ufficio Catasto. Es sobre su apartamento. — Como Brunetti no decía nada, el hombre preguntó-: ¿Ha recibido nuestra carta?

    Brunetti recordó haber visto, hacía cosa de un mes, una especie de documento oficial redactado en el embrollado lenguaje de la burocracia, acerca de las escrituras del apartamento o de los permisos de obras anejos a las escrituras, ya no recordaba. Se había limitado a leer por encima la sarta de irritantes frases estereotipadas, volver a meter la hoja en el sobre y dejarlo caer en la gran fuente de mayólica que estaba en la mesa del recibidor, a la derecha de la puerta.

    —¿Ha recibido la carta? — repitió el hombre.
    —Ah, sí -dijo Brunetti.
    —Pues vengo a hablar de ella.
    —¿De qué? — preguntó Brunetti doblando el cuello para sujetar el telefonillo con el hombro izquierdo, mientras se inclinaba hacia los papeles y sobres amontonados en la bandeja.
    —Su apartamento -respondió el hombre-. Lo que le decíamos en la carta.
    —Sí, sí, claro -dijo Brunetti, revolviendo sobres y papeles.
    —Desearía hablar con usted, si me permite.

    Desprevenido, Brunetti accedió.

    —De acuerdo -dijo pulsando el botón que abría el portone situado cuatro pisos más abajo-. Último piso.
    —Ya lo sé -respondió el hombre.

    Brunetti colgó el auricular y sacó varios sobres de debajo del montón. Había una factura de ENEL, una postal de las Maldivas que no había visto hasta ese momento y que se puso a leer, y estaba también el sobre, con el nombre de la oficina que lo enviaba en el ángulo superior izquierdo. Sacó la hoja de papel, la desdobló, la sostuvo extendiendo el brazo para enfocar las letras y leyó rápidamente el texto.

    A su vista se ofrecía la misma fraseología impenetrable: «En relación con el estatuto número 1684-B de la Comisión de Bellas Artes»; «Con referencia a la sección 2784 del artículo 127 del Código Civil del 24 de junio de 1948, apartado 3, párrafo 5»; «No obrando en poder de esta oficina la documentación correspondiente»; «Valor calculado según apartado 34-V-28 del decreto de 21 de marzo de 1947». Rápidamente, Brunetti recorrió con la mirada la primera página y pasó a la segunda, donde siguió sin encontrar más que jerga oficial y números. Versado como estaba en la burocracia veneciana por largos años de servicio, sabía que el último párrafo podía darle alguna clave y, en efecto, allí se le informaba de que, próximamente, el Ufficio Catasto se pondría en contacto con él. Volvió a la primera página, pero el significado que pudieran encerrar las palabras seguía escapándosele.

    Como estaba cerca de la puerta, oyó las pisadas de su visitante en el último tramo de la escalera y abrió antes de que sonara el timbre. El hombre estaba acabando de subir y ya alzaba la mano para llamar con los nudillos, por lo que lo primero que percibió Brunetti fue el fuerte contraste entre el puño y el joven de aspecto perfectamente anodino que estaba detrás. El recién llegado, sobresaltado por la brusca apertura de la puerta, hizo un gesto de sorpresa. Tenía la cara estrecha y la nariz afilada tan frecuentes entre los venecianos, ojos castaño oscuro y pelo también castaño que parecía recién cortado. El traje que llevaba podía haber sido azul, o quizá gris. La corbata era oscura, con dibujo pequeño e indiscernible. Llevaba en la mano derecha una ajada cartera de piel marrón, que completaba la imagen del típico burócrata con el que tantas veces se había tropezado Brunetti, un ser anónimo, parte de cuya preparación consistía, al parecer, en adquirir la técnica de hacerse invisible.

    —Franco Rossi -se presentó el hombre, cambiando de mano la cartera para extender la derecha.

    Brunetti la estrechó brevemente y retrocedió para dejarle el paso libre.

    Cortésmente, Rossi pidió permiso y entró en el apartamento. Una vez dentro, se paró, esperando a que Brunetti le indicara el camino.

    —Por aquí -dijo Brunetti llevándolo hacia la habitación en la que había estado leyendo. Se acercó al sofá, tomó el libro, puso el viejo billete del vaporetto a modo de punto de lectura y lo dejó en la mesa. Con un ademán, invitó a Rossi a sentarse y se instaló frente a él, en el sofá.

    Rossi se había sentado en el borde del sillón, con la espalda erguida y la cartera, vertical, sobre las rodillas.

    —Ya sé que es sábado, signor Brunetti, por lo que procuraré no robarle mucho tiempo. — Miró a Brunetti y sonrió-. Recibió nuestra carta, ¿verdad? Confío en que haya tenido tiempo de examinarla, signore -agregó con otra sonrisa pequeña; inclinó la cabeza y abrió la cartera. Extrajo una gruesa carpeta azul y golpeteó con los dedos un papel que quería escapar por el borde inferior, hasta volver a tenerlo seguro en su sitio.
    —En realidad -empezó a decir Brunetti sacando la carta del bolsillo en el que la había metido antes de abrir la puerta-, ahora mismo estaba releyéndola, y debo decir que el lenguaje me resulta un tanto impenetrable.

    Rossi levantó la cabeza, y Brunetti vio en su cara la sombra fugaz de la sorpresa.

    —¿En serio? Creí que estaba bien claro.

    Con una sonrisa pronta, Brunetti dijo:

    —Sin duda lo estará para quienes, como ustedes, tratan estos asuntos a diario. Pero para los que no estamos familiarizados con el lenguaje o la terminología de su oficina, resulta un tanto difícil de entender. — Como Rossi no decía nada, Brunetti agregó-: Desde luego, todos conocemos el léxico de nuestra propia burocracia, pero no el de la ajena. — Volvió a sonreír.
    —¿Con qué burocracia está familiarizado, signor Brunetti? — preguntó Rossi.

    Brunetti, que no solía pregonar su condición de policía, respondió tan sólo:

    —Estudié Derecho.
    —Comprendo -respondió Rossi-. No me parece que nuestra terminología difiera mucho de la suya.
    —Quizá se deba a mi falta de familiaridad con los reglamentos mencionados en su carta -dijo Brunetti suavemente.

    Rossi meditó un momento antes de responder:

    —Sí, es posible. ¿Qué es, concretamente, lo que usted no entiende?
    —El significado -respondió sencillamente Brunetti, abandonando ya toda simulación.

    Rossi tuvo otra vez aquel gesto de perplejidad, tan sincero que le daba un aire casi infantil.

    —¿Cómo dice?
    —Lo que significa. Lo he leído, sí, pero como ignoro la naturaleza de las disposiciones a las que hace referencia, no sé a qué se refiere.
    —Se refiere a su apartamento, naturalmente -respondió Rossi con rapidez.
    —Sí, eso lo entiendo -dijo Brunetti, que tuvo que hacer un esfuerzo para que no se notara la impaciencia en su voz-. Puesto que la carta viene de su oficina, eso he deducido. Lo que no entiendo es qué interés puede tener su oficina en mi apartamento. — Y tampoco entendía por qué a un funcionario de aquella oficina se le había ocurrido ir a verlo en sábado.

    Rossi miró la carpeta que tenía en las rodillas y levantó la mirada hacia Brunetti, que observó, sorprendido, que tenía las pestañas oscuras y largas, casi como las de una mujer.

    —Ya veo, ya veo -dijo Rossi, asintiendo y volvió a mirar la carpeta. La abrió y sacó otra más pequeña, leyó la etiqueta y la dio a Brunetti diciendo-: Quizá esto se lo aclare. — Antes de cerrar la carpeta que conservaba en las rodillas, arregló cuidadosamente los papeles de su interior.

    Brunetti abrió la carpeta y sacó los papeles que contenía. Al ver el tamaño de las letras, se inclinó hacia la izquierda, buscando las gafas. En la parte superior de la primera hoja figuraba la dirección del edificio. Al levantarla, encontró los planos de los apartamentos situados debajo del suyo. En la hoja siguiente estaba la relación de los antiguos dueños de cada uno de aquellos inmuebles, empezando por los almacenes de la planta baja. Las dos hojas siguientes contenían lo que parecía un breve resumen de las reformas realizadas en todos los apartamentos del edificio desde 1947, con indicación de las fechas en que se solicitaron y concedieron determinados permisos, la fecha en que habían empezado realmente los trabajos, y la fecha en que se había dado la conformidad definitiva a la obra terminada. No se hacía mención de su apartamento, lo que hizo suponer a Brunetti que esa información debía de figurar en los papeles que aún tenía Rossi.

    De lo que allí veía Brunetti dedujo que el apartamento inmediatamente inferior al suyo había sido restaurado por última vez en 1977, cuando se habían mudado a él sus actuales propietarios. Por última vez, oficialmente, porque ellos habían cenado en casa de los Calista, disfrutando del amplio panorama que se dominaba desde los ventanales de la sala de estar, cuando las ventanas que se indicaban en el plano eran más bien pequeñas, y sólo cuatro, no seis. Tampoco vio en el plano el aseo para invitados situado a la izquierda del recibidor de los Calista. Le hubiera gustado saber cómo se las habían ingeniado, pero estaba claro que no era Rossi la persona más indicada a quien preguntar. Cuanto menos supiera el Ufficio Catasto de las reformas del interior del edificio, tanto mejor para sus vecinos.

    Lanzando a Rossi una rápida mirada, preguntó:

    —Estos datos parecen muy antiguos. ¿Tiene idea de cuántos años tiene el edificio?

    Rossi negó con la cabeza.

    —Exactamente, no. Pero, por la situación y número de ventanas de la planta baja, diría que la estructura original no data de antes de finales del siglo xv. — Reflexionó un momento y añadió-: Y me parece que el último piso se agregó a principios del xix.

    Brunetti levantó la mirada de los planos, con gesto de sorpresa.

    —No. Es mucho más reciente. Fue después de la guerra. — En vista de que Rossi no contestaba, puntualizó-: La segunda guerra mundial. — Como el otro siguiera mudo, Brunetti preguntó-: ¿No le parece?

    Tras una breve vacilación, Rossi dijo:

    —Yo me refería al último piso.
    —Yo también -dijo Brunetti secamente; le irritaba que aquel funcionario de una oficina que tramitaba permisos de obras no comprendiera algo tan simple. Suavizando el tono, prosiguió-: Cuando lo compré, me dijeron que esta planta había sido agregada después de la última guerra, no en el siglo xix.

    En lugar de contestar, Rossi señaló con un movimiento de la cabeza los papeles que Brunetti aún tenía en la mano:

    —Quizá debería mirar más detenidamente la última página, signor Brunetti.

    Desconcertado, Brunetti volvió a mirar los últimos párrafos, pero sólo vio la descripción de los dos apartamentos inferiores.

    —No sé qué quiere que mire, signor Rossi -dijo levantando la cabeza y quitándose las gafas-. Esto se refiere a los apartamentos de abajo, no a éste. Este piso no se menciona en absoluto. — Dio la vuelta a la hoja, para ver si había algo escrito en el reverso, pero estaba en blanco.
    —Por eso estoy aquí -dijo Rossi, irguiendo el cuerpo más todavía. Luego se inclinó y dejó la cartera en el suelo, a su izquierda, conservando la carpeta en las rodillas.
    —¿Sí? — dijo Brunetti inclinándose hacia adelante para devolverle la otra carpeta.

    Rossi la tomó, abrió la carpeta mayor, volvió a introducir en ella la más pequeña y la cerró.

    —Siento decirle que existen ciertas dudas acerca del estatus oficial de su apartamento.
    —¿El «estatus oficial» -repitió Brunetti, dirigiendo la mirada a la sólida pared situada a la izquierda de Rossi y al no menos sólido techo-. Me parece que no sé a qué se refiere.
    —Existen dudas acerca del apartamento -dijo Rossi con una sonrisa que a Brunetti le pareció un poco nerviosa, pero, antes de que pudiera volver a pedir aclaraciones, Rossi prosiguió-: Es decir, en el Ufficio Catasto no hay papeles que indiquen que se concediera permiso de construcción para este piso, que se aprobara el proyecto ni que… -aquí volvió a sonreír-, ni que se construyera. — Carraspeó y añadió-: Según nuestros datos, el piso de abajo es el último.

    Al principio Brunetti pensó que Rossi bromeaba, pero al verlo dejar de sonreír, comprendió que hablaba en serio.

    —Todos los planos están en los documentos que nos dieron cuando lo compramos -dijo Brunetti.
    —¿Podría enseñármelos?
    —Desde luego -dijo Brunetti poniéndose en pie. Sin excusarse, fue al despacho de Paola y se quedó un momento mirando los libros que cubrían tres de las paredes. Luego alargó la mano hacia el estante superior y sacó un gran sobre marrón que llevó a la otra habitación. En la puerta, se paró a abrir el sobre y sacó la carpeta gris que habían recibido, hacía casi veinte años, del notario que legalizó la venta. Se acercó a Rossi y le dio la carpeta.

    Rossi la abrió y empezó a leer, resiguiendo lentamente cada línea con el dedo. Volvió la página y leyó la siguiente hasta el final. De su garganta escapó un «hum» ahogado, pero no dijo nada. Cuando hubo leído toda la carpeta, la cerró y la conservó sobre las rodillas.

    —¿Son éstos todos los papeles que tiene?
    —Sí, sólo ésos.
    —¿No tiene planos? ¿Ni permiso de obra?

    Brunetti movió la cabeza negativamente.

    —No; no recuerdo haberlos visto. Éstos son los únicos papeles que nos dieron en el acto de la compra. Y no creo haber vuelto a mirarlos desde entonces.
    —¿Dice que estudió usted Derecho, signor Brunetti? — preguntó Rossi al cabo de un momento.
    —En efecto.
    —¿Ejerce la carrera?
    —No -respondió Brunetti sin más explicaciones.
    —Si la ejerciera ahora o la hubiera ejercido en el momento en que firmó estos papeles, hubiera observado sin duda, en la página tres de la escritura, el párrafo que estipula que adquiere usted el apartamento en el estado, tanto legal como físico, en el que se hallaba el día en que la propiedad pasó a usted.
    —Creo que es fórmula corriente en una escritura de compraventa -dijo Brunetti evocando el vago recuerdo de una de sus clases de Derecho Civil, y confiando en que fuera realmente corriente.
    —Es corriente en lo del estado físico, desde luego, pero no en el legal. Y tampoco lo es la frase siguiente -dijo Rossi volviendo a abrir la carpeta y buscando hasta encontrar el pasaje-. «A falta del condono edilizio, el comprador se compromete a obtenerlo oportunamente y por el presente absuelve a los vendedores de cualesquiera responsabilidades o consecuencias que pudieran derivarse, en lo que concierne al estado legal del apartamento, de la no obtención de tal condono.» -Rossi levantó la mirada y Brunetti creyó ver en sus ojos una profunda tristeza al pensar que una persona pudiera firmar algo así.

    Brunetti no recordaba aquella frase en particular. En realidad, en aquel momento los dos estaban tan deseosos de comprar el apartamento que él había hecho todo lo que el notario le dijo que hiciera y firmó todo lo que le dijo que firmara.

    Rossi miró la primera página del contrato en la que figuraba el nombre del notario.

    —¿Eligió usted a este notario? — preguntó.

    Brunetti ni siquiera recordaba el nombre y tuvo que mirarlo.

    —No. Lo sugirió el vendedor. ¿Por qué?
    —Por nada -dijo Rossi con excesiva rapidez.
    —¿Por qué? ¿Sabe algo de él?
    —Tengo entendido que ya no ejerce -dijo Rossi en voz baja.

    Finalmente, impaciente por las preguntas de Rossi, Brunetti inquirió:

    —Me gustaría saber qué significa todo esto, signor Rossi. ¿Existe alguna duda sobre la propiedad de este apartamento?

    Rossi volvió a esbozar su sonrisa nerviosa.

    —Me parece que es algo más serio que eso, signor Brunetti.

    A Brunetti no se le ocurría qué podía ser más serio que eso.

    —¿De qué se trata, pues?
    —Mucho me temo que este apartamento no existe.


    2


    —¿Qué? — gritó Brunetti sin poder contenerse. Percibía la indignación de su voz, pero no trató de modificar el tono-. ¿Qué quiere decir con eso de que este apartamento no existe?

    Rossi echó el cuerpo hacia atrás, como para distanciarse de la órbita de la ira de Brunetti. Por su expresión, parecía desconcertado porque una persona reaccionara con tanta vehemencia a su negación de la existencia de una realidad tangible. Cuando vio que Brunetti no tenía intenciones violentas, se relajó mínimamente, arregló los papeles que tenía en las rodillas y dijo:

    —Quiero decir, signor Brunetti, que no existe para nosotros.
    —¿Y qué significa, para ustedes?
    —Significa que no hay constancia de él en nuestros archivos. Ni petición de permiso de obra, ni planos, ni aprobación de la obra realizada. En resumen, no existen pruebas documentales de que este apartamento haya sido construido. — Adelantándose a la respuesta de Brunetti y poniendo la mano encima de la carpeta, agregó-: Y, desgraciadamente, no puede usted facilitarnos ninguna.

    Brunetti recordó un caso que le había contado Paola de un escritor inglés que, discutiendo con un filósofo que mantenía que la realidad no existe, dio un puntapié a una piedra y dijo al filósofo: «¡Toma realidad!» Pero centró su pensamiento en cuestiones más inmediatas. Su conocimiento del funcionamiento de otras oficinas municipales era vago, pero no creía que esa clase de información se guardara en el Ufficio Catasto, donde, que él supiera, sólo había documentos relacionados con la propiedad.

    —¿Es normal que su oficina se interese en esto?
    —No lo era en el pasado -respondió Rossi con una tímida sonrisa, como si aprobara que Brunetti estuviera lo bastante bien informado como para hacer semejante pregunta-. Pero, a consecuencia de una nueva disposición, se ha encargado a nuestra oficina la creación de un archivo informatizado completo de todos los apartamentos de la ciudad que hayan sido declarados monumentos históricos por la Comisión de Bellas Artes. Este edificio es uno de ellos. De este modo, en una oficina, la nuestra, se centralizarán copias de toda la documentación de cada apartamento de la lista. Con el tiempo, este sistema centralizado permitirá un enorme ahorro de tiempo.

    Brunetti, observando la sonrisa de satisfacción que tenía Rossi al decir eso, recordó que, dos semanas atrás, Il Gazzettino había publicado un artículo en el que se anunciaba que, por falta de presupuesto, se había suspendido el dragado de los canales.

    —¿Cuántos apartamentos son? — preguntó.
    —Oh, no tenemos ni idea. Ésa es una de las razones por las que se efectúa esta investigación.
    —¿Cuándo empezó la investigación? — preguntó Brunetti.
    —Hace once meses -respondió Rossi rápidamente, y Brunetti comprendió que podría darle también la fecha exacta, si se la pedía.
    —¿Y cuántos expedientes han reunido hasta ahora?
    —Como algunos nos hemos ofrecido para trabajar los sábados, llevamos más de cien -dijo Rossi sin disimular el orgullo.
    —¿Y cuántas personas trabajan en el proyecto?

    Rossi se miró la mano derecha y contó con los dedos, empezando por el pulgar, a sus compañeros.

    —Ocho, me parece.
    —Ocho -repitió Brunetti. Desvió la atención de sus cálculos y preguntó-: ¿Qué significa todo eso? Para mí, en concreto.

    La respuesta de Rossi no se hizo esperar.

    —Cuando no tenemos los papeles de un apartamento, lo primero que hacemos es pedirlos al propietario, pero aquí no hay ningún papel de los que necesitamos. — Señalaba la delgada carpeta-. Todo lo que tiene usted es la escritura de compraventa, por lo que hay que suponer que no se le entregaron los datos que sobre la construcción pudieran tener los anteriores propietarios. — Antes de que Brunetti pudiera interrumpir, prosiguió-: Y eso significa que o bien se han extraviado, lo que supondría que han existido, o bien que no. Que no han existido, quiero decir. — Miró a Brunetti, que no dijo nada-. Si se han extraviado -continuó Rossi-, y puesto que dice usted que nunca los ha tenido, deben de haberse traspapelado en alguna de las oficinas municipales.
    —¿Y qué harán ustedes para encontrarlos? — preguntó Brunetti.
    —Ah, no es tan fácil -suspiró Rossi-. Nosotros no tenemos obligación de guardar copia de esos documentos. El Código Civil estipula claramente que ello es responsabilidad del dueño de la propiedad en cuestión. Si usted no dispone de su ejemplar, no puede alegar que nosotros hayamos extraviado el nuestro, si sabe usted a lo que me refiero -agregó con otra sonrisita-. Y nosotros no podemos emprender una búsqueda de esos papeles, porque no podemos destinar personal a una búsqueda que podría resultar inútil. — Al ver la expresión de Brunetti, explicó-: Porque podría darse el caso de que esos papeles no existieran, ¿comprende?

    Brunetti se mordió el labio inferior y preguntó:

    —¿Y si no se hubieran perdido sino que no hubieran existido?

    Rossi bajó la mirada y se golpeó suavemente el reloj, ajustándolo a la muñeca.

    —Eso, signore, significaría que ni se concedió el permiso ni se aprobó la obra.
    —Lo cual es posible, ¿no? — preguntó Brunetti-. Se edificó mucho, después de la guerra.
    —En efecto -dijo Rossi con la falsa modestia del que ha pasado su vida profesional tratando de estas cosas precisamente-. Pero la mayoría de aquellas obras, tanto si se trataba de pequeñas restauraciones como de grandes reformas, recibieron el condono edilizio, por lo que se hallan en situación legal, por lo menos, en lo que a nuestra oficina se refiere. En este caso, lo malo es que no hay condono edilizio -terminó diciendo con un amplio ademán que abarcaba las paredes, el suelo y el techo ilícitos.
    —Si me permite repetir la pregunta, signor Rossi -dijo Brunetti imprimiendo forzada calma y olímpica ecuanimidad en su tono-, ¿qué significa eso para mí y mi apartamento en concreto?
    —Lamento tener que decirle que no estoy autorizado para responder a eso, signore -dijo Rossi devolviendo la carpeta a Brunetti. Se inclinó a recoger la cartera. Con ella en la mano, se levantó-. Mis atribuciones se limitan a visitar a los propietarios y comprobar que obran en su poder los documentos que a nosotros nos faltan. — Su expresión se ensombreció, y Brunetti creyó ver auténtica decepción en ella-. Deploro que usted no los tenga.

    Brunetti se puso en pie.

    —¿Y qué ocurrirá ahora?
    —Eso depende de la comisión del Ufficio Catasto -dijo Rossi empezando a ir hacia la puerta.

    Brunetti se movió hacia la izquierda, sin acabar de cortarle el paso pero sí creando un obstáculo entre Rossi y la salida.

    —Ha dicho que creen ustedes que el piso de abajo fue agregado en el siglo xix. Si se hubiera construido más tarde, al mismo tiempo que éste, ¿cambiaría eso las cosas? — Pese a sus esfuerzos, Brunetti no podía disimular el acento de pueril esperanza de su voz.

    Rossi meditó largamente y al fin dijo, con una voz que era modelo de cautela y reserva:

    —Quizá. Me consta que el piso de abajo tiene todos los permisos y autorizaciones, por lo que, si pudiera demostrarse que éste se construyó al mismo tiempo, ello podría servir de base para alegar que en su momento debieron de concederse los permisos correspondientes. — Se quedó pensativo. El burócrata ante un nuevo problema-. Sí. Eso podría cambiar las cosas, aunque no dispongo de elementos para emitir una opinión.

    Brunetti, momentáneamente animado por la posible salvación, fue hacía la vidriera de la terraza y la abrió.

    —Venga a ver esto -dijo mirando a Rossi y llamándolo desde fuera con un ademán-. Siempre me ha parecido que las ventanas del piso de abajo y las nuestras eran iguales. — Sin mirar a Rossi, prosiguió-: Si se asoma, verá a qué me refiero, aquí, a la izquierda. — Con la soltura nacida de la costumbre, Brunetti se inclinó sobre el parapeto apoyándose en la palma de las manos, para mirar las ventanas del piso de abajo. Pero, ahora que las observaba con atención, descubrió que no se parecían en nada: las de abajo tenían dinteles tallados de mármol blanco de Istria, mientras que las suyas eran simples rectángulos abiertos en la pared de ladrillo.

    Enderezó el cuerpo y se volvió hacia Rossi. El joven estaba petrificado, mirando a Brunetti con la boca abierta, el brazo izquierdo levantado y los dedos extendidos como rechazando un mal espíritu. Brunetti dio un paso hacia él, pero Rossi retrocedió rápidamente, sin bajar la mano.

    —¿Se encuentra bien? — preguntó Brunetti parándose en la puerta.

    El joven trataba de hablar pero no le salía la voz. Bajó el brazo y murmuró unas palabras que Brunetti no pudo oír.

    Esforzándose por superar la embarazosa situación, Brunetti dijo:

    —Me temo que estaba equivocado en lo de las ventanas. No se ve nada.

    Rossi relajó la cara y trató de sonreír, pero su nerviosismo persistía, y era contagioso.

    A fin de alejar de la terraza los pensamientos de su visitante. Brunetti preguntó:

    —¿Puede darme una idea de cuáles pueden ser las consecuencias de todo esto?
    —¿Decía usted?
    —¿Qué puede ocurrir ahora?

    Rossi dio un paso atrás e inició la respuesta. Su voz adquirió la cadencia de salmodia del que se ha oído a sí mismo repetir infinidad de veces las mismas palabras:

    —Si en el momento de la obra se solicitó el permiso pero no se concedió la aprobación definitiva, se impone una multa, cuya cuantía depende de la gravedad de la infracción de las normas de construcción vigentes en la época. — Brunetti permaneció inmóvil y el joven prosiguió-: Si no se presentó solicitud ni, por consiguiente, hubo aprobación, el caso pasa a la Sovraintendenza dei Beni Culturali, que dictamina el alcance del daño que la obra ilegal inflige en el tejido ciudadano.
    —¿Y? — acució Brunetti.
    —Y a veces se impone una multa.
    —¿Y?
    —Y a veces se ordena el derribo de la obra ilegal.
    —¿Qué? — estalló Brunetti, abandonando ya toda pretensión de calma.
    —A veces se ordena el derribo de la obra ilegal. — Rossi sonrió débilmente, dando a entender que él no era responsable de tal posibilidad.
    —Pero es mi casa -dijo Brunetti-. Está usted hablando de derribar mi casa.
    —Rara vez se llega a tal extremo, se lo aseguro -dijo Rossi, imprimiendo a sus palabras un tono tranquilizador.

    Brunetti se había quedado mudo. Rossi, al observarlo, dio media vuelta y fue hacia el recibidor. Cuando llegaba a él, una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. Paola entró en el apartamento. Atenta a las dos grandes bolsas de plástico, las llaves y los tres periódicos que en vano trataba de sujetar debajo del brazo izquierdo, no vio a Rossi hasta el momento en que, impulsivamente, él se abalanzaba hacia adelante para impedir que cayeran al suelo los periódicos y, sobresaltada, dio un salto hacia atrás para esquivarlo, se golpeó el codo izquierdo con el canto de la puerta y dejó caer las bolsas. Hizo una mueca, de susto o de dolor, y se frotó el codo.

    Brunetti ya se acercaba rápidamente hacia ella.

    —Paola, no pasa nada. Estaba conmigo. — Sorteó a Rossi y puso una mano en el brazo de Paola-. Nos has dado un susto -dijo, tratando de calmarla.
    —También vosotros a mí -dijo ella, tratando de sonreír.

    Detrás de ellos, Brunetti oyó ruido y al volverse vio que Rossi había dejado la cartera apoyada en la pared y, con una rodilla en el suelo, metía naranjas en una bolsa de plástico.

    —Signor Rossi -dijo Brunetti.

    El joven levantó la mirada, terminó con las naranjas, se puso de pie y dejó la bolsa en la mesa que estaba al lado de la puerta.

    —Mi esposa -dijo Brunetti innecesariamente. Paola se soltó el codo y tendió la mano a Rossi, que se la estrechó, mientras ambos decían las frases de rigor. Rossi se disculpó por haberla asustado y Paola quitó importancia al incidente.
    —El signor Rossi es del Ufficio Catasto -dijo Brunetti.
    —¿El Ufficio Catasto?
    —Sí, signora -dijo Rossi-. He venido a hablar con su marido, de su apartamento.

    Paola miró a Brunetti, y lo que vio en su cara le hizo volverse hacia Rossi con su sonrisa más encantadora.

    —Parece que ya se iba, signor Rossi. No lo entretengo. Ya me explicará mi marido. No es cosa de hacerle perder más tiempo, sobre todo, en sábado.
    —Muy amable, signora -dijo Rossi efusivamente. Miró a Brunetti y le dio las gracias por su tiempo y luego volvió a pedir disculpas a Paola, aunque no tendió la mano a ninguno de los dos.
    —¿El Ufficio Catasto? — preguntó Paola al cerrar la puerta.
    —Me parece que quieren derribarnos la casa -dijo Brunetti a modo de explicación.


    3


    —¿Derribarla? — repitió Paola, sin saber si reaccionar con asombro o con risa-. ¿Qué dices, Guido?

    —Ese hombre me ha contado no sé qué historia de que en el Ufficio Catasto no tienen datos de este apartamento. Están informatizando archivos y no encuentran constancia de que se concediera la autorización, o de que se solicitara siquiera, para la construcción de este apartamento.
    —Qué absurdo -dijo Paola. Le dio los periódicos, se agachó a recoger la otra bolsa de plástico y se fue por el pasillo hacia la cocina. Puso las bolsas en la mesa y empezó a sacar paquetes. Mientras Brunetti hablaba, ella iba disponiendo tomates, cebollas y unas flores de zucchini no más largas que su dedo.

    Al ver las flores, Brunetti dejó de hablar de Rossi y preguntó:

    —¿Qué vas a hacer con eso?
    —Risotto, creo -respondió ella y se inclinó para meter en el frigorífico un paquete envuelto en papel blanco impermeabilizado-. ¿Te acuerdas lo bueno que estaba el que nos hizo Roberto la semana pasada, con jengibre?
    —Hum -masculló Brunetti, contento de cambiar el tema del apartamento por el más ameno del almuerzo-. ¿Mucha gente en el mercado del Rialto?
    —Cuando llegué, no mucha, pero cuando me iba estaba abarrotado. La mayoría, turistas que retrataban a otros turistas. Dentro de poco, habrá que ir de madrugada, o no podremos ni dar un paso.
    —¿Por qué van al Rialto?
    —Para ver el mercado, supongo. ¿Por qué?
    —¿Es que no tienen mercados en sus países? ¿Allí no se vende comida?
    —Sabe Dios lo que tendrán en sus países -respondió Paola con un deje de exasperación-. ¿Qué más te ha dicho ese signor Rossi?

    Brunetti se apoyó en la encimera.

    —Ha dicho que, en la mayoría de casos, lo más que hacen es poner una multa.
    —Es lo habitual -dijo ella volviéndose a mirarlo, una vez colocada la compra-. Es lo que le pasó a Gigi Guerriero cuando instaló el segundo baño. Un vecino vio entrar en la casa al fontanero con un inodoro, lo denunció a la policía, y Gigi tuvo que pagar una multa.
    —De eso hace diez años.
    —Doce -rectificó Paola, por la fuerza de la costumbre. Al ver que él apretaba los labios, agregó-: No me hagas caso, eso es lo de menos. ¿Qué otra cosa puede ocurrir?
    —Ha dicho que, en algunos casos, han tenido que derribar las obras hechas sin autorización.
    —Lo diría en broma.
    —Ya has visto al signor Rossi, Paola. ¿Te ha parecido la clase de persona que bromearía sobre eso?
    —El signor Rossi me ha parecido la clase de persona que no bromea sobre nada. — Con aire ocioso, Paola se fue a la sala, ordenó unas revistas abandonadas en el brazo de una butaca y salió a la terraza. Brunetti la siguió. Cuando estaban junto a la barandilla, contemplando la ciudad, ella señaló con un ademán el mar de tejados, terrazas, jardines y claraboyas-. Me gustaría saber qué parte de todo eso es legal -dijo-. Y qué parte tiene los permisos correspondientes y el condono. -Los dos habían residido en Venecia casi toda la vida y conocían una retahíla interminable de casos de soborno a inspectores y de paredes de aglomerado que se quitaban al día siguiente de la inspección.
    —Media ciudad es ilegal, Paola -dijo él-. Pero a nosotros nos han pillado.
    —No pueden pillarnos porque no hicimos nada malo -repuso ella volviéndose hacia su marido-. Nosotros compramos el apartamento de buena fe. Battistini… ¿no se llamaba así el que nos lo vendió…? debió preocuparse de conseguir los permisos y el condono edilizio.
    —Y nosotros, antes de comprar, debimos cerciorarnos de que los tenía -adujo Brunetti-. Y no nos cercioramos. Vimos esto… -describió un arco con el brazo abarcando el panorama- y estuvimos perdidos.
    —No es así como yo lo recuerdo -dijo Paola, que volvió a la sala y se sentó.
    —Así es como lo recuerdo yo -repuso Brunetti que, sin darle tiempo a hacer objeciones, prosiguió-: Pero no importa cómo lo recordemos. Ni importa lo imprudentes que fuéramos cuando lo compramos. Lo que importa es que ahora tenemos un problema.
    —¿Battistini? — apuntó ella.
    —Murió hace unos diez años -respondió Brunetti, cerrando toda vía de reclamación que su mujer pensara explorar.
    —No lo sabía…
    —Me lo dijo su sobrino, el que trabaja en Murano. Un tumor.
    —Lo siento. Era un hombre muy agradable.
    —Lo era, sí. Y nos hizo un buen precio.
    —Yo diría que le cayó bien la parejita de recién casados -dijo ella con una sonrisa de evocación-. Y unos recién casados que esperaban bebé.
    —¿Crees que eso pudo influir en el precio? — preguntó Brunetti.
    —Siempre he pensado que sí -dijo Paola-. Una actitud muy generosa, impropia de un veneciano. Pero, si ahora resulta que hay que derribarlo, una faena -se apresuró a añadir.
    —Sería el colmo del absurdo.
    —Guido, ¿no hace ya veinte años que trabajas para la ciudad? A estas alturas, ya deberías saber que el absurdo no es obstáculo.

    Brunetti, amargamente, tuvo que darle la razón. Recordó que un vendedor de frutas y verduras le había dicho que, si un cliente tocaba la mercancía, el vendedor se exponía a una multa de medio millón de liras. Cuando la ciudad decidía dictar una ordenanza, no se detenía ante el absurdo.

    Paola se apoyó los pies en la mesita de centro.

    —Entonces, ¿qué hago? ¿Llamar a mi padre?

    Brunetti esperaba la pregunta, y se alegró de que ya hubiera llegado. El conde Orazio Falier, uno de los hombres más ricos de la ciudad, podía obrar el milagro con una simple llamada telefónica o una observación casual en una charla de sobremesa.

    —No. Prefiero encargarme de esto personalmente -dijo recalcando la última palabra.

    En ningún momento se le ocurrió, ni a él ni a Paola, plantearse la cuestión de forma regular: averiguar los nombres de las oficinas y funcionarios correspondientes e informarse de los trámites procedentes. Tampoco se les ocurrió pensar que pudiera existir un procedimiento burocrático establecido para resolver el problema. Si tales vías existían, los venecianos prescindían de ellas. Ellos sabían que la única forma de resolver esos problemas era la de hacer valer las conoscienze: las amistades, los contactos y un régimen de intercambio de favores tejido a lo largo de toda una vida de habérselas con un sistema que la población en general y quienes trabajaban para él en particular, consideraban de una incompetencia rayana en la inoperancia, proclive a los abusos resultantes de siglos de soborno y lastrado por una inclinación bizantina hacia el secretismo y el letargo.

    Ella, sin dejarse influir por el tono de su marido, dijo:

    —Estoy segura de que él podría arreglarlo.

    Brunetti, sin pararse a reflexionar, dijo:

    —Ah, ¿dónde están las nieves de antaño? ¿Qué se ha hecho de los ideales del 68?
    —¿Qué quieres decir? — barbotó Paola, alerta al instante.

    Él, al verla con la cabeza en alto y aquella actitud beligerante, comprendió cómo debía intimidar a la clase.

    —Quiero decir que los dos creíamos en la política de la izquierda, en la justicia social y en cosas tales como la igualdad de todos ante la ley.
    —¿Y…?
    —Y ahora, nuestro primer impulso es tomar por la calle de en medio.
    —Habla claro, Guido. No digas «nuestro» primer impulso. Eso lo he propuesto yo. — Hizo una pausa y agregó-: Tus principios están a salvo, incólumes.
    —¿Y eso significa…? — preguntó él, con cierto sarcasmo, pero aún sin enojo en, la voz.
    —Que los míos ya no lo están. Durante décadas, hemos sido unos ilusos, nos hemos dejado engañar, todos nosotros, con la esperanza en una sociedad mejor y nuestra estúpida fe en que este repugnante sistema político y estos repugnantes políticos, de alguna manera, iban a transformar este país en un paraíso gobernado por una serie interminable de reyes filósofos. — Buscó con los ojos la mirada de su marido y la retuvo-. Pues bien, yo ya no lo creo, ya no. No tengo fe ni tengo esperanza.

    Aunque él veía cansancio en sus ojos cuando ella decía eso, le preguntó, con aquel resentimiento que nunca había podido reprimir:

    —¿Eso significa que, cuando tienes un problema, has de correr a pedir a tu padre que te lo resuelva, con su dinero, sus amistades y todo ese poder que él lleva en el bolsillo como nosotros llevamos la calderilla?
    —Lo único que yo pretendo -empezó ella con un brusco cambio de tono, como si buscara la conciliación antes de que fuera tarde- es ahorrarnos tiempo y energías. Si tratamos de arreglar esto con el reglamento en la mano, nos meteremos en el universo de Kafka, perderemos la paz y nos amargaremos la vida tratando de dar con los papeles correctos, para que luego un burócrata como el signor Rossi nos diga que ésos no son los papeles correctos, que necesitamos otros, y luego otros, hasta que acabemos locos de atar. — Notando a Brunetti más receptivo a su cambio de tono, prosiguió-: Por lo tanto, sí, si puedo conseguir que nos ahorremos todo eso pidiendo a mi padre que nos ayude, se lo pediré, porque no tengo ni paciencia ni energía para hacer otra cosa…
    —¿Y si yo te dijera que prefiero arreglar esto a mi manera, sin su ayuda? — Antes de que ella pudiera contestar, agregó-: Es nuestro apartamento, Paola, no el suyo.
    —¿Arreglarlo a tu manera por la vía legal o…? — Aquí su tono se suavizó más todavía-: ¿… utilizando a tus propias amistades?

    Brunetti sonrió, señal inequívoca de que se había restablecido la paz.

    —Por supuesto que las utilizaré.
    —¡Ah! — exclamó ella sonriendo a su vez-. Eso es otra cosa. — Ensanchó la sonrisa pasando a considerar las tácticas-. ¿En quién has pensado? — preguntó, olvidándose de su padre.
    —Está Rallo, de la Comisión de Bellas Artes.
    —¿El que tiene un hijo que vende droga?
    —Vendía -rectificó Brunetti.
    —¿Qué hiciste?
    —Un favor -respondió Brunetti escuetamente.

    Paola aceptó la explicación preguntando tan sólo:

    —¿Y qué tiene que ver la Comisión de Bellas Artes? ¿No se construyó este piso después de la guerra?
    —Eso nos dijo Battistini. Pero la parte baja del edificio está catalogada como monumento, por lo que podría quedar afectada por lo que se hiciera con este piso.
    —Hm, hmm -convino Paola-. ¿Alguien más?
    —Luego está el primo de Vianello, el arquitecto, que trabaja en el Ayuntamiento, me parece que en la oficina que expide los permisos de obra. Diré a Vianello que le pregunte si puede averiguar algo.

    Se quedaron un rato repasando viejos favores que ahora pudieran cobrarse. Era casi mediodía cuando dieron por terminada la lista de posibles aliados y la discusión sobre su utilidad. Fue entonces cuando Brunetti preguntó:

    —¿Has traído los moeche?

    Paola, como solía desde hacía décadas, se volvió hacia el ser invisible al que ponía por testigo de los peores desatinos de su marido, preguntando:

    —¿Has oído eso? Estamos a punto de perder nuestro hogar, y él no piensa más que en los cangrejos.

    Brunetti protestó, ofendido:

    —En los cangrejos y en algo más.
    —¿En qué más?
    —En el risotto.

    A los chicos, que llegaron a la hora del almuerzo, no se les explicó la situación hasta que el último cangrejo estuvo liquidado. Al principio, se resistían a tomarlo en serio. Cuando sus padres consiguieron convencerlos de que el apartamento peligraba realmente, empezaron a planear la mudanza.

    —¿Podríamos irnos a vivir a una casa con jardín, para que yo pudiera tener un perro? — preguntó Chiara. Al ver las caras de sus padres, rectificó-: ¿O un gato?

    A Raffi, más que los animales, le interesaba un segundo cuarto de baño.

    —Pues ya no volveríamos a verte. Te pasarías la vida allí metido, cultivando esa birria de bigote -dijo Chiara, en la primera alusión de la familia a la sombra que desde hacía varias semanas apuntaba bajo la nariz de su hermano mayor.

    Paola intervino, asumiendo el papel de «casco azul» pacificador:

    —Silencio los dos. Ya basta. No es cosa de broma.

    Los chicos la miraron y entonces, como una pareja de pollos de mochuelo posados en una rama, que tratan de adivinar cuál de los dos depredadores cercanos va a atacar primero, volvieron la cabeza hacia su padre:

    —Ya habéis oído a mamá -dijo Brunetti, señal inequívoca de que la cosa era grave.
    —Fregaremos los platos -se brindó Chiara con tono apaciguador, consciente de que, de todos modos, le tocaba a ella.

    Raffi apartó la silla y se levantó. Tomó el plato de su madre, el de su padre y el de Chiara, los puso encima del suyo y los llevó al fregadero. Y, lo que era más extraordinario, abrió el grifo del agua caliente y se subió las mangas del jersey.

    Paola y Brunetti, cual dos campesinos supersticiosos en presencia de un numen, huyeron a la sala de estar, pero no sin antes agarrar una botella de grappa y dos vasitos.

    Brunetti sirvió el transparente líquido y dio uno de los vasos a Paola.

    —¿Qué piensas hacer esta tarde? — preguntó ella, después del primer sorbo reconfortante.
    —Volver a Persia -respondió Brunetti. Se descalzó y se echó en el sofá.
    —Un derroche de actividad el que ha desencadenado la visita del signor Rossi. — Bebió otro sorbo-. Es la botella que nos trajimos de Belluno, ¿verdad? — Tenían allí a un amigo que había trabajado con Brunetti durante más de una década y, tras ser herido en un tiroteo, había dejado la policía y vuelto a la granja de su padre. Cada otoño, montaba un alambique clandestino y destilaba unas cincuenta botellas de grappa, que distribuía entre familiares y amigos.

    Brunetti bebió otro sorbo y suspiró.

    —¿A Persia? — preguntó ella al fin.

    Él puso el vasito en la mesa de centro y tomó el libro que había abandonado a la llegada del signor Rossi.

    —Jenofonte -explicó y abrió el tomo por la página marcada, para volver a aquella otra parte de su vida.
    —Consiguieron salvarse, ¿no?, los griegos -preguntó ella-. Y volver a su tierra.
    —Aún no he llegado tan lejos -respondió Brunetti.

    La voz de Paola adquirió un leve tono de impaciencia.

    —Guido, desde que nos casamos, has leído a Jenofonte por lo menos dos veces. Si no sabes si consiguieron volver, es que o no prestabas atención o tienes los primeros síntomas de Alzheimer.
    —Hago ver que no sé lo que pasa y así disfruto más -explicó él. Se puso las gafas, buscó el punto de lectura y empezó a leer.

    Paola se quedó mirándolo un rato, se sirvió otro vasito de grappa y se lo llevó a su estudio, abandonando a su marido con los persas.


    4


    Como suele ocurrir en estos casos, no ocurría nada. No llegaban noticias del Ufficio Catasto ni del signor Rossi. En vista de ese silencio, y movido quizá por la superstición, Brunetti no se puso en contacto con los amigos que hubieran podido ayudarlo a poner en claro la situación legal de su casa. Avanzaba la primavera y, a medida que subían las temperaturas, los Brunetti pasaban más tiempo en la terraza. El quince de abril almorzaron por primera vez al aire libre, pero a la hora de la cena desistieron porque volvía a hacer fresco para estar fuera. El día se alargaba y, como no llegaban más noticias acerca de la dudosa legalidad del apartamento, los Brunetti emularon a los campesinos que viven en la falda de un volcán y, en cuanto deja de temblar la tierra, vuelven a cultivar sus campos, confiando en que los dioses que gobiernan esas cosas se olviden de ellos.

    Con el cambio de estación, inundaban la ciudad más y más turistas que, a su vez, atraían a gran número de gitanos. Siempre se había atribuido a los gitanos el robo con escalo en las ciudades, pero ahora también se los acusaba de hurtos y delincuencia callejera, delitos que no afectaban sólo a los residentes sino también y muy especialmente a los turistas, la principal fuente de ingresos de la ciudad, por lo que se encomendó a Brunetti la tarea de buscar el medio de controlar las tropelías. Los carteristas eran muy jóvenes para ser procesados; se los detenía y conducía a la questura, donde se les pedía que se identificaran. Los pocos que llevaban documentación resultaban ser menores, a los que se amonestaba y ponía en libertad. Muchos volvían a ser detenidos al día siguiente y, la mayoría, antes de una semana. Dado que las únicas opciones viables que veía Brunetti eran la modificación de las leyes sobre delincuencia juvenil o la deportación de los delincuentes, se le hacía difícil redactar el informe.

    Sentado a su escritorio, buscaba la manera de evitar obviedades, cuando sonó el teléfono.

    —Brunetti -dijo, pasando a la tercera hoja de la lista de detenidos por hurto durante los dos últimos meses.
    —¿Comisario? — preguntó una voz de hombre.
    —Sí.
    —Soy Franco Rossi.

    Era el nombre más corriente que podía tener un veneciano, el equivalente de «John Smith», por lo que Brunetti tardó un momento en recorrer los distintos lugares en los que podía hallar un Franco Rossi, antes de llegar al Ufficio Catasto.

    —Ah, hacía tiempo que esperaba recibir noticias suyas, signor Rossi -mintió con desenvoltura. En realidad, él esperaba que el signor Rossi hubiera desaparecido de la faz de la Tierra, llevándose consigo el Ufficio Catasto y sus archivos-. ¿Alguna novedad?
    —¿Sobre qué?
    —El apartamento -dijo Brunetti, preguntándose sobre qué otra cosa hubiera podido esperar noticias del signor Rossi.
    —No, nada -respondió Rossi-. El informe obra en poder de la oficina, que lo está estudiando.
    —¿Puede decirme cuándo sabremos algo? — preguntó Brunetti con timidez.
    —No. Lo siento, no hay manera de saber cuándo se pronunciarán -dijo Rossi con tono impersonal y concluyente.

    Brunetti quedó momentáneamente admirado de la precisión con que esas palabras describían el funcionamiento de la mayoría de las oficinas de la ciudad con las que había tratado como policía y como ciudadano particular.

    —¿Necesita más información? — preguntó, manteniendo el tono cortés, consciente de que algún día podía necesitar de la buena voluntad y hasta quizá de los buenos oficios del signor Rossi.
    —Se trata de otra cosa -dijo Rossi-. Mencioné su nombre a cierta persona y me dijeron dónde trabajaba usted.
    —¿Y en qué puedo ayudarle?
    —Es sobre algo de aquí, de la oficina -dijo, y rectificó-: No exactamente aquí, porque ahora no estoy en la oficina, no sé si me entiende.
    —¿Dónde está, signor Rossi?
    —En la calle. Lo llamo por mi telefonino. No he querido llamarlo desde la oficina. — La voz de Rossi se alejó y cuando volvió decía-: por la índole de lo que tenía que decirle.

    En tal caso, el signor Rossi hubiera hecho bien en no utilizar su telefonino como medio de comunicación, tan accesible al público como cualquier periódico.

    —¿Es importante lo que tiene usted que decirme, signor Rossi?
    —Sí, creo que sí -dijo Rossi en voz más baja.
    —Entonces vale más que busque un teléfono público y vuelva a llamarme -propuso Brunetti.
    —¿Cómo dice? — preguntó Rossi, alarmado.
    —Que me llame desde un teléfono público, signore. Estaré esperando su llamada.
    —¿Quiere decir que esta llamada no es segura? — preguntó Rossi, y Brunetti percibió en su tono aquella misma angustia que lo paralizó impidiéndole asomarse a la terraza del apartamento.
    —Eso sería una exageración -dijo Brunetti con un tono que trató que fuera sereno y tranquilizador-. Pero, si llama desde un teléfono público, no habrá problemas, especialmente, si lo hace a mi número directo. — Dio el número a Rossi y luego lo repitió, mientras el joven, supuso él, lo anotaba.
    —Necesito monedas o una tarjeta -dijo Rossi y, tras una pausa, a Brunetti le pareció que colgaba, pero al poco la voz volvió, y le pareció que Rossi decía-: Ahora lo llamo.
    —Bien, aquí estaré -empezó a decir Brunetti, pero antes de terminar oyó el chasquido del teléfono.

    ¿Qué habría descubierto el signor Rossi en el Ufficio Catasto? ¿Pagos efectuados para que unos planos de una minuciosidad acusadora desaparecieran de una carpeta y fueran sustituidos por otros más ambiguos? ¿Sobornos a inspectores? La idea de que eso pudiera escandalizar a un funcionario induciéndolo a llamar a la policía, resultaba hilarante para Brunetti. ¿En qué estarían pensando los del Ufficio Catasto para contratar a semejante ingenuo?

    Durante unos minutos, mientras esperaba la llamada de Rossi, Brunetti consideró las ventajas que podría reportarle ayudar al signor Rossi en el asunto que hubiera descubierto. No sin cierto remordimiento -aunque muy leve-, descubrió que tenía el propósito de utilizar al signor Rossi. Haría cuanto estuviera en su mano para ayudar al joven. Dedicaría especial atención al problema que tuviera, a fin de que el otro quedara en deuda con él. Así, cualquier favor que pudiera pedir a cambio correría de su cuenta, no de la del padre de Paola.

    Esperó diez minutos, pero el teléfono no sonó. Al cabo de media hora, Brunetti llamó a la signorina Elettra, la secretaria de su superior, para preguntarle si quería que le subiera las fotos y la lista de las joyas que habían sido halladas en el continente, en la caravana de uno de los adolescentes gitanos detenidos hacía dos semanas. La madre afirmaba que las joyas eran suyas, que pertenecían a la familia desde hacía varias generaciones. En vista del valor de las piezas, ello no parecía probable. Una de ellas, según constaba a Brunetti, había sido identificada por una periodista alemana, de cuyo apartamento había sido robada hacía más de un mes.

    Miró el reloj y vio que eran más de las cinco.

    —No, signorina, no se moleste. Lo dejaremos para mañana.
    —Bien, comisario. Puede recogerlas al llegar, si lo desea. — Ella hizo una pausa y Brunetti oyó ruido de papeles al otro extremo de la línea-. Si no manda nada más, me iré a casa.
    —¿Y el vicequestore? -preguntó Brunetti, sorprendido de que ella se atreviera a marcharse más de una hora antes del término de la jornada.
    —Esta tarde no ha venido -respondió la mujer con voz neutra-. Ha dicho que almorzaba con el questore, y creo que después iban a su despacho.

    Brunetti se preguntó qué se traería entre manos su superior. Las incursiones de Patta en los círculos del poder rara vez tenían buenas consecuencias para sus subordinados. Generalmente, sus alardes de iniciativa se plasmaban en planes y directrices que se trazaban con minuciosidad e imponían con rigor y después se abandonaban por superfluos o inoperantes.

    Brunetti dio las buenas tardes a la signorina Elettra y colgó. Durante las dos horas siguientes, esperó a que sonara el teléfono. Finalmente, poco después de las siete, salió de su despacho y bajó a la oficina de los agentes.

    En el mostrador de guardia estaba Pucetti, con un libro delante y la barbilla apoyada en los puños.

    —¿Pucetti? — dijo Brunetti al entrar.

    El joven levantó la cabeza y, al ver a Brunetti, se puso en pie al instante. Brunetti observó con agrado que, por primera vez desde que trabajaba en la questura, Pucetti había conseguido dominar el impulso de cuadrarse.

    —Me voy a casa, Pucetti. Si me llama alguien, haga el favor de darle el número de mi casa y decirle que me llame allí.
    —Sí, señor -dijo el joven, y esta vez sí se cuadró.
    —¿Qué está leyendo? — preguntó Brunetti.
    —En realidad, no estoy leyendo, comisario. Estoy estudiando. Es una gramática.
    —¿Una gramática?
    —Sí, señor. Rusa.

    Brunetti miró la página. Efectivamente, estaba cubierta de caracteres cirílicos.

    —¿Por qué estudia ruso? — inquirió Brunetti-. Si me permite la pregunta.
    —Desde luego, comisario -dijo Pucetti con una leve sonrisa-. Mi novia es rusa y me gustaría hablarle en su lengua.
    —No sabía que tuviera novia, Pucetti -dijo Brunetti, pensando en los miles de prostitutas rusas que inundaban la Europa Occidental y procurando mantener la voz neutra.
    —Sí, señor -dijo el joven ensanchando la sonrisa.
    —¿Qué hace en Italia? ¿Trabaja? — aventuró Brunetti.
    —Enseña ruso y matemáticas en el instituto de mi hermano pequeño. Allí la conocí.
    —¿Cuánto hace que la conoce?
    —Seis meses.
    —Parece que la cosa va en serio.

    Nuevamente, el joven sonrió y la dulzura de su expresión sorprendió a Brunetti.

    —Creo que sí, señor. Su familia vendrá a Italia este verano y ella quiere que me conozcan.
    —Y usted estudia -dijo Brunetti señalando el libro con la barbilla.

    Pucetti se pasó la mano por el pelo.

    —Ella dice que a sus padres no les gusta que se case con un policía. Tanto el padre como la madre son médicos. Así que he pensado que, si puedo decirles aunque no sea más que unas palabras, les causaré buena impresión. Ya que ellos no hablan ni alemán ni inglés, si les hablo en ruso, verán que no soy un poli tarugo.
    —Buena idea. Bien, lo dejo con su gramática.

    Al dar media vuelta para marcharse, Brunetti oyó a su espalda la voz de Pucetti que decía:

    —Da svidania.

    Como no sabía ruso, el comisario tuvo que contentarse con decir «Buenas noches» antes de dirigirse hacia la salida. Ella enseñaba matemáticas y Pucetti estudiaba ruso para congraciarse con los padres. Mientras caminaba hacia su casa, Brunetti, pensando en esto, se preguntaba si, en el fondo, él mismo no sería sino un poli tarugo.

    El viernes Paola no iba a la universidad y, generalmente, dedicaba la tarde a preparar una cena especial. Toda la familia la esperaba con expectación, y la de aquella noche no los defraudó. Paola había traído de la carnicería que estaba detrás del mercado de frutas y verduras una pierna de cordero, que había hecho con patatitas, zucchini trifolati y zanahorias tiernas en una salsa perfumada de romero y tan dulce que Brunetti no hubiera tenido inconveniente en tomarla de postre, de no ser porque había peras al vino blanco.

    Después de la cena, Brunetti se quedó en su sofá, como una ballena varada en la playa, con unas gotas de armañac, apenas algo más que un soplo aromático, en una copita minúscula.

    Paola, después de enviar a los chicos a estudiar con las consabidas amenazas, se reunió con él y, sin tanto remilgo, se sirvió un buen trago de armañac.

    —Qué bueno -dijo después del primer sorbo.

    Como en sueños, Brunetti dijo:

    —¿Sabes quién me ha llamado hoy?
    —¿Quién?
    —Franco Rossi. El del Ufficio Catasto.

    Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca.

    —Ay, Dios, y yo que creí que ese asunto estaba enterrado y olvidado. — Y, tras una pausa-: ¿Qué te ha dicho?
    —No llamaba por lo del apartamento.
    —¿Y por qué iba a llamarte si no? — Antes de que él pudiera responder-: ¿Te ha llamado al despacho?
    —Sí, eso es lo curioso. Cuando estuvo aquí, no sabía que yo era policía. Me preguntó, es decir, vino a preguntarme lo que hacía y yo sólo le dije que había estudiado Derecho.
    —¿Normalmente haces eso?
    —Sí. — Él no dio más explicaciones ni ella las pidió.
    —¿Y lo averiguó después?
    —Eso me ha dicho. Lo supo por un conocido.
    —¿Qué quería?
    —No lo sé. Llamaba por el telefonino y como parecía que iba a decirme algo confidencial, le he sugerido que me llamara desde una cabina.
    —¿Y?
    —No me ha llamado.
    —Habrá cambiado de idea.

    Brunetti se encogió de hombros en la medida en que puede encogerse de hombros un hombre que está atiborrado de cordero y tumbado en un sofá.

    —Si es algo importante, volverá a llamar -dijo ella.
    —Supongo -dijo Brunetti. Pensó en servirse otra pizca de armañac, pero se quedó dormido media hora. Cuando despertó, el recuerdo de Franco Rossi se había borrado de su mente, pero el deseo de aquel sorbito de armañac antes de salir al pasillo, camino de la cama, persistía.


    5


    Tal como temía Brunetti, aquel lunes le llegó el resultado del almuerzo del vicequestore Patta con el questore. Recibió la llamada a eso de las once, poco después de la llegada de Patta a la questura.

    —Dottore… -La signorina Elettra lo llamaba desde la puerta del despacho y, al levantar la cabeza, la vio allí de pie, con una carpeta azul en la mano. Durante un momento, se preguntó si ella habría elegido aquella carpeta para que hiciera juego con el color del vestido.
    —Ah, buenos días, signorina -dijo invitándola a acercarse con un ademán-. ¿Es la lista de las joyas robadas?
    —Sí, y las fotos -respondió ella entregándole la carpeta-. El vicequestore me ha pedido que le diga que le gustaría hablar con usted esta mañana. — En su voz no había indicio de que el mensaje encerrara peligro alguno, por lo que Brunetti se limitó a mover la cabeza de arriba abajo, dándose por enterado. Ella se quedó frente a la mesa mientras el comisario abría la carpeta. Grapadas a la hoja había cuatro fotos en color, cada una, de una alhaja, tres sortijas y una pulsera de oro muy trabajada que llevaba lo que parecía una hilera de pequeñas esmeraldas.
    —Parece que la dueña estaba preparada para que la robaran -dijo Brunetti, sorprendido de que alguien se tomara la molestia de obtener de unas joyas lo que parecían fotos de estudio y sospechando de inmediato un fraude al seguro.
    —¿Y no lo está todo el mundo? — preguntó ella.

    Brunetti la miró sin disimular la sorpresa.

    —¿No hablará en serio, signorina?
    —Quizá no debería decirlo, especialmente trabajando aquí, pero sí, es en serio. — Sin darle tiempo a preguntar, agregó-: La gente no se recata de comentarlo.
    —Aquí hay menos criminalidad que en cualquier otra ciudad de Italia. No hay más que ver las estadísticas.

    Ella no puso los ojos en blanco sino que se contentó con decir:

    —¿No creerá que las estadísticas reflejan la realidad, dottore?
    —¿Qué quiere decir?
    —¿Cuántos atracos y robos se denuncian realmente?
    —Como le decía, he visto las estadísticas. Las hemos visto todos.
    —Esas estadísticas no reflejan los delitos. Y usted debería saberlo. — Como Brunetti no respondiera a la provocación, ella preguntó-: ¿Acaso imagina que la gente se molesta en denunciar todos y cada uno de los delitos que se cometen?
    —Quizá todos no, la mayoría.
    —Pues yo estoy segura de que la gente no denuncia -dijo ella encogiéndose de hombros con un gesto que suavizaba su postura pero no el tono de su voz.
    —¿Puede decirme en qué se basa para creerlo así? — preguntó Brunetti dejando la carpeta en la mesa.
    —Sé de tres personas a las que han entrado a robar en sus casas durante los últimos meses que no han presentado denuncia. — Esperó a que Brunetti dijera algo, pero él callaba y entonces agregó-: No. Uno lo denunció. Fue al puesto de carabinieri de San Zaccaria, y el sargento le dijo que volviera al día siguiente, porque el teniente no estaba y era el único que se encargaba de las denuncias de robo.
    —¿Y volvió?
    —Claro que no. ¿Por qué molestarse?
    —¿No es una actitud negativa, signorina?
    —Claro que es negativa -replicó ella con más descaro del que habitualmente se permitía cuando hablaba con él-. ¿Qué actitud espera que tenga? — La aspereza de su tono hizo que se enfriase el cálido clima que solía generar su presencia, dejando a Brunetti con aquella sensación de fatiga y tristeza que le producían sus discusiones con Paola. Tratando de dominarla, miró las fotos y preguntó:
    —¿Cuál es la joya que tenía la gitana?

    La signorina Elettra, alegrándose a su vez del giro de la conversación, se inclinó sobre las fotos y señaló la pulsera.

    —La dueña la ha identificado. Además, tiene la factura con la descripción. No creo que eso sirva de mucho, pero dijo que la tarde del robo vio a tres gitanos en campo San Fantin.
    —No -convino Brunetti-. No servirá de nada.
    —¿Y qué es lo que puede servir de algo? — preguntó ella con acento retórico.

    En circunstancias normales, Brunetti hubiera hecho una observación banal en el sentido de que la ley era la misma para los gitanos y para los que no lo eran, pero ahora no quería arriesgarse a destruir la armonía que se había restablecido entre ambos y se limitó a preguntar:

    —¿Cuántos años tiene el chico?
    —La madre dice que quince, pero, por supuesto, no hay papeles, ni certificado de nacimiento, ni de estudios, por lo que también podría tener dieciocho. Y, mientras ella diga que tiene quince, no se le puede procesar y durante varios años más el chico podrá seguir haciendo impunemente todo lo que se le antoje. — De nuevo, Brunetti advirtió la llamarada de indignación y procuró zafarse.
    —Humm -dijo cerrando la carpeta-. ¿De qué quiere hablarme el vicequestore? ¿Tiene usted alguna idea?
    —Probablemente, de algo que haya surgido en su entrevista con el questore. -Su voz no revelaba nada.

    Brunetti suspiró audiblemente y se puso en pie. Aunque el tema de los gitanos no estaba zanjado, bastó aquel suspiro para hacerla sonreír.

    —De verdad, dottore, no tengo ni la menor idea. Sólo me ha pedido que le diga que desea hablar con usted.
    —Iré a ver qué quiere. — Se paró en la puerta para dejarla pasar y, juntos, bajaron la escalera, camino del despacho de Patta.

    Cuando llegaron al pequeño antedespacho que ella ocupaba, estaba sonando el teléfono, y la mujer se inclinó por encima de la mesa para contestar.

    —Despacho del vicequestore Patta -dijo-. Sí, dottore, ahora mismo le paso. — Pulsó un botón del costado del teléfono y colgó. Miró a Brunetti y señaló la puerta de Patta-. El alcalde. Tendrá usted que esperar a que… -Volvió a sonar el teléfono. Por la rápida mirada que ella le lanzó al contestar, Brunetti comprendió que era una llamada personal, por lo que tomó el Gazzettino de aquella mañana que estaba doblado encima de la mesa y se acercó a la ventana. Volvió la cabeza un instante y sus miradas se cruzaron. Ella sonrió, hizo girar el sillón, se acercó el aparato a la boca y empezó a hablar. Brunetti salió al pasillo.

    Lo que tenía en la mano era la segunda sección del periódico, que no había tenido tiempo de leer aquella mañana. La mitad superior de la primera página estaba dedicada al examen -era tal la desgana con que se hacía que no se le podía llamar investigación- del proceso por el que se había adjudicado el contrato para la reconstrucción del teatro de La Fenice. Al cabo de años de discusiones, acusaciones y contraacusaciones, incluso los pocos que aún eran capaces de llevar cuenta de la cronología habían perdido todo interés por los hechos y toda esperanza en la prometida reconstrucción. Brunetti desdobló el periódico y miró los artículos de la mitad inferior de la página.

    A la izquierda había una foto. La cara le resultaba familiar, pero no supo de qué hasta que leyó el epígrafe: «Francesco Rossi, inspector del Ayuntamiento, en coma a consecuencia de una caída desde un andamio.»

    La mano de Brunetti apretó las páginas del periódico. Su mirada se desvió un momento y volvió al pie de la foto.

    El sábado por la tarde, Francesco Rossi, inspector que presta sus servicios en el Ufficio Catasto, se cayó desde el andamiaje de un edificio de Santa Croce, mientras inspeccionaba unas obras de restauración. Rossi fue conducido a la sala de Urgencias del Ospedale Civile, donde permanece ingresado con pronóstico reservado.

    Desde mucho antes de ser policía, Brunetti había dejado de creer en la casualidad. Él sabía que las cosas ocurrían a consecuencia de otras cosas. Desde que era policía, había dado por sentado, además, la convicción de que la relación entre los hechos, por lo menos, los hechos que él debía tomar en consideración, rara vez era fortuita. Franco Rossi no había causado una gran impresión en Brunetti, aparte de aquel momento de casi pánico en el que había levantado la mano en actitud defensiva, como para rechazar la invitación de Brunetti a salir a la terraza, para echar un vistazo a las ventanas del piso de abajo. En aquel instante, y sólo durante aquel instante, había dejado de ser el funcionario meticuloso y gris capaz de hacer poco más que recitar las normas de su departamento y se había convertido, para Brunetti, en un hombre como él mismo, con las debilidades que a todos nos hacen humanos.

    Brunetti no creyó ni por un momento que Franco Rossi hubiera caído del andamio. Ni perdió el tiempo en considerar la posibilidad de que la frustrada llamada telefónica de Rossi estuviera relacionada con un incidente sin importancia de su oficina, por ejemplo, que hubiera descubierto a alguien que tratara de hacer aprobar un permiso de obra de forma irregular.

    Con esa certidumbre en su mente, Brunetti volvió a entrar en el despacho de la signorina Elettra y dejó el periódico en su mesa. Ella aún estaba vuelta de espaldas y se reía suavemente. Sin molestarse en atraer su atención y sin pensar ni un momento en la llamada de Patta, Brunetti salió de la questura camino del Ospedale Civile.


    6


    Mientras se acercaba al hospital, Brunetti se puso a pensar, casi sin darse cuenta, en las veces en que su trabajo lo había llevado allí, aunque recordando menos a las personas a las que había venido a ver que el hecho de haber cruzado, como el Dante, los anchos portales tras los cuales moraban el sufrimiento, la desesperanza y la muerte. Con los años, había llegado a intuir que, por grande que fuera el dolor físico, el sufrimiento moral que lo acompañaba podía ser mucho mayor. Movió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos, resistiéndose a entrar en el hospital ya con tan tenebrosas cavilaciones.

    Brunetti se detuvo ante la mesa del portero, para preguntar dónde podía encontrar a Franco Rossi, que había sufrido una caída durante el fin de semana. El portero, un hombre de barba oscura cuyo semblante le era vagamente familiar, le preguntó si sabía en qué sección estaba ingresado. Brunetti suponía que en Cuidados Intensivos. El hombre hizo una llamada, habló unos momentos e hizo otra llamada. Habló brevemente, colgó y dijo a Brunetti que el signor Rossi no estaba en Cuidados Intensivos ni en Urgencias.

    —¿En Neurología entonces? — sugirió Brunetti.

    Con los movimientos sosegados y seguros, fruto de una larga experiencia, el portero marcó otro número de memoria, con el mismo resultado.

    —¿Dónde puede estar? — preguntó Brunetti.
    —¿Seguro que lo trajeron aquí?
    —Es lo que ponía Il Gazzettino.

    Si el acento del portero no hubiera ya dicho a Brunetti que el hombre era veneciano, se lo hubiera revelado la mirada que le lanzó. Pero sólo dijo:

    —¿Dice que fue una caída? — Al gesto de asentimiento de Brunetti, el hombre sugirió-: Preguntaré en Traumatología. — Nuevamente, marcó un número y dio el nombre de Rossi. La respuesta que recibió le hizo lanzar a Brunetti una mirada rápida. Escuchó un momento, cubrió el micrófono con la palma de la mano y preguntó-: ¿Es familia?
    —No.
    —¿Un amigo?

    Brunetti, sin dudarlo ni un momento, se atribuyó la categoría.

    —Sí.

    El portero dijo unas palabras más, escuchó y colgó. Miró el teléfono unos instantes y después a Brunetti.

    —Lamento informarle de que su amigo ha muerto esta mañana.

    Brunetti acusó el impacto, y a continuación sintió un asomo del dolor que hubiera experimentado de haber sido realmente un amigo del muerto. Pero sólo dijo:

    —¿Traumatología?

    El portero se encogió de hombros ligeramente, para distanciarse de la información recibida y transmitida.

    —Dice que lo llevaron allí porque tenía los dos brazos rotos.
    —Pero ¿de qué ha muerto?

    El portero no respondió inmediatamente, rindiendo a la muerte su tributo de silencio.

    —La enfermera no lo ha dicho. Quizá a usted le den más detalles. ¿Conoce el camino?

    Brunetti lo conocía. Cuando se iba, el portero le dijo:

    —Siento lo de su amigo, signore.

    Brunetti asintió en señal de agradecimiento y cruzó los altos arcos del vestíbulo, insensible a su belleza. Con un deliberado esfuerzo de voluntad, se resistió a repasar, como las cuentas de un rosario de mitos, las historias que había oído contar acerca de la legendaria incompetencia del hospital. A Rossi lo habían llevado a Traumatología, y había muerto allí. Eso era lo único que ahora importaba.

    Brunetti sabía que en Londres y en Nueva York se representaban los mismos espectáculos musicales durante años y años. El reparto cambiaba, nuevos intérpretes sustituían a los que se retiraban o se iban a otro teatro, pero el argumento y el vestuario eran los mismos, año tras año. A Brunetti le parecía que allí ocurría otro tanto: los pacientes cambiaban, pero el vestuario y el ambiente de amargura que los rodeaba permanecían invariables. Hombres y mujeres entraban y salían bajo los arcos o se acercaban al bar en bata y pijama, acarreando escayolas y muletas y, mientras se repetía el mismo argumento incesantemente, unos intérpretes cambiaban de papel y otros, como Rossi, hacían mutis.

    Al llegar a Traumatología, Brunetti encontró en el rellano de la escalera a una enfermera que fumaba un cigarrillo. Cuando él se acercó, la mujer aplastó el cigarrillo en el vaso de papel que tenía en la otra mano y abrió la puerta del pasillo.

    —Si me permite un momento -dijo Brunetti entrando rápidamente tras ella.

    La enfermera arrojó el vaso de papel a una papelera metálica y se volvió.

    —¿Sí? — dijo casi sin mirarlo.
    —Se trata de Francesco Rossi. El portero me ha dicho que estaba aquí.

    Ella lo miró más atentamente, y su profesional impenetrabilidad se diluyó, como si su relación con la muerte lo hiciera acreedor a mejor trato.

    —¿Era familia?
    —No, amigo.
    —Lamento su pérdida -dijo la mujer, y no había en su voz tono profesional, sólo el sincero reconocimiento del sufrimiento humano.

    Brunetti le dio las gracias y preguntó:

    —¿Qué ocurrió?

    La mujer empezó a caminar despacio y Brunetti la siguió suponiendo que lo llevaría a donde estaba Franco Rossi, su amigo Franco Rossi.

    —Lo trajeron el sábado por la tarde -dijo ella-. Abajo, cuando lo reconocieron, vieron que tenía los dos brazos fracturados y lo enviaron aquí.
    —Pero el diario decía que estaba en coma.

    La mujer vaciló y, de pronto, empezó a andar más aprisa hacia unas puertas de vaivén que había al fondo del pasillo.

    —De eso no puedo decirle nada, pero cuando lo subieron estaba inconsciente.
    —¿Inconsciente de resultas de qué?

    Ella no contestó inmediatamente, como si pensara en lo que podía revelarle.

    —Debió de darse un golpe en la cabeza al caer.
    —¿De qué altura cayó? ¿Lo sabe usted?

    Ella negó con la cabeza, empujó una puerta y la sujetó para que pasara él. Estaban en un vestíbulo con una mesa, ahora vacía, a un lado.

    Al comprender que la mujer no iba a responderle, Brunetti preguntó:

    —¿Era fuerte la contusión?

    Pareció que ella iba a responder a la pregunta, pero sólo dijo:

    —Eso tendrá que preguntarlo a un médico.
    —¿Fue el golpe en la cabeza la causa de su muerte?

    No estaba seguro, pero le parecía que, a cada pregunta suya, la actitud de la mujer se hacía más reservada y su voz, más profesional.

    —También eso tendrá que preguntarlo a un médico.
    —Pero sigo sin comprender por qué lo subieron aquí -insistió Brunetti.
    —Por las fracturas de los brazos.
    —Pero si tenía la cabeza… -empezó Brunetti. La enfermera dio media vuelta y fue hacia otra puerta de vaivén situada a la izquierda de la mesa.

    Al llegar a la puerta, la mujer dijo por encima del hombro:

    —Quizá eso puedan explicárselo abajo, en Urgencias. Pregunte por el doctor Carraro.

    Brunetti bajó la escalera rápidamente. En Urgencias contó a la enfermera que era amigo de Franco Rossi, un hombre que había muerto después de haber sido examinado en la unidad, y preguntó si podía hablar con el doctor Carraro. Ella le pidió el nombre y le dijo que aguardara mientras hablaba con el médico. Él fue hacia una de las sillas de plástico alineadas junto a la pared y se sentó. De pronto, se sentía muy cansado.

    Al cabo de unos diez minutos, un hombre con bata blanca empujó las puertas de la sala de curas, dio unos pasos hacia Brunetti y se paró, con las manos en los bolsillos. Evidentemente, esperaba que Brunetti fuera hacia él. Era bajo y se movía con el agresivo contoneo que adoptan muchos hombres de su talla. Tenía el pelo blanco y espeso, pegado a la cabeza con reluciente gomina y la cara colorada, pero más de alcohol que de salud. Brunetti, muy cortés, se levantó y se acercó al médico. Le sacaba por lo menos toda la cabeza.

    —¿Quién es usted? — preguntó Carraro levantando la cabeza hacia su interlocutor, con toda una vida de resentimiento en la voz por tener que hacer ese gesto.
    —Como ya le habrá dicho la enfermera, dottore, soy amigo del signor Rossi -dijo Brunetti a modo de presentación.
    —¿Dónde está su familia?
    —No lo sé. ¿Se les ha avisado?

    El resentimiento del médico se trocó en irritación, provocada sin duda por la idea de que pudiera existir alguien tan ignorante como para pensar que él no tenía nada mejor que hacer que sentarse a llamar por teléfono a los parientes de los fallecidos. En lugar de contestar, preguntó:

    —¿Qué desea?
    —Conocer la causa de la muerte del signor Rossi -respondió Brunetti con voz calma.
    —¿Es acaso asunto suyo?

    En el hospital estaban faltos de personal, según recordaba con frecuencia Il Gazzettino a sus lectores. El hospital estaba lleno, y muchos de los médicos hacían jornadas muy largas.

    —¿Estaba usted de guardia cuando lo trajeron, dottore?-preguntó Brunetti a modo de respuesta.
    —Le he preguntado quién es usted -dijo el médico alzando la voz.
    —Guido Brunetti -respondió con calma el comisario-. Me he enterado por el periódico de que el signor Rossi había sido ingresado en el hospital, he venido a ver cómo se encontraba, el portero me ha dicho que había muerto, y por eso estoy aquí.
    —¿Para qué?
    —Para averiguar la causa de su muerte -dijo Brunetti, y añadió-: entre otras cosas.
    —¿Qué otras cosas? — inquirió el médico, mientras la cara se le teñía de un color que no hacía falta ser médico para ver que era peligroso.
    —Repito, dottore -dijo Brunetti con una sonrisa afectadamente cortés-, deseo conocer la causa de la muerte.
    —¿Ha dicho que era un amigo, verdad?

    Brunetti asintió.

    —En tal caso, no tiene ningún derecho a preguntar. La causa de la muerte no se puede decir más que a los parientes inmediatos.

    Como si el médico no hubiera hablado, Brunetti preguntó:

    —¿Cuándo se hará la autopsia, dottore?
    —¿La qué? — preguntó Carraro con énfasis, ante lo absurdo de la pregunta. Como Brunetti no respondía, el médico dio media vuelta y empezó a alejarse, haciendo patente con su contoneo el desprecio del profesional hacia la estupidez del profano.
    —¿Cuándo se hará la autopsia? — repitió Brunetti, ahora omitiendo el tratamiento de Carraro.

    El hombre giró sobre sus talones, no sin cierto aire melodramático en el movimiento y caminó rápidamente hacia Brunetti.

    —Aquí se hará lo que la dirección del hospital decida, signore. Y no creo que vaya usted a contar para nada en esa decisión. — A Brunetti lo dejaba indiferente el furor de Carraro; sólo le interesaba la causa que lo había provocado.

    Sacó la billetera del bolsillo, extrajo su credencial y, sosteniéndola por una punta la acercó a Carraro, procurando situarla a una altura que obligara al otro a levantar la cabeza para leerla. El médico agarró la tarjeta, la bajó y la miró atentamente.

    —¿Cuándo se hará la autopsia, dottore?

    Carraro mantenía la cabeza inclinada sobre la credencial de Brunetti, como si por el acto de leer la inscripción pudiera cambiar el significado. Le dio la vuelta, miró el reverso y lo encontró tan vacío de información útil como de respuesta lo estaba su mente. Al fin miró a Brunetti y preguntó con una voz en la que la suspicacia había sustituido a la arrogancia:

    —¿Quién les ha llamado?
    —No creo que importe por qué estamos aquí -respondió Brunetti, manteniendo el plural, con intención de sugerir un hospital lleno de policías que requisaban fichas, radiografías y gráficos e interrogaban a enfermeras y pacientes, decididos a descubrir la causa de la muerte de Franco Rossi-. ¿No basta con que estemos?

    Carraro devolvió la credencial a Brunetti y dijo:

    —Aquí abajo no tenemos aparato de rayos X, por lo que, cuando vimos cómo tenía los brazos, lo enviamos a Radiología y, después, a Traumatología. Era lo natural. Lo mismo hubiera hecho cualquier médico. — «Cualquier médico del Ospedale Civile», pensó Brunetti, pero se calló.
    —¿Los tenía rotos?
    —Claro que los tenía rotos, los dos, el derecho, por dos sitios. Lo enviamos arriba para que lo escayolaran. Otra cosa no podíamos hacer. Era el procedimiento normal. Después ellos hubieran podido enviarlo a otra sección.
    —¿Por ejemplo, a Neurología? — preguntó Brunetti.

    Por toda respuesta, Carraro se encogió de hombros.

    —Perdone, dottore -dijo Brunetti con meloso sarcasmo-, no he oído su respuesta.
    —Sí. Hubieran podido enviarlo a Neurología.
    —¿Observó usted alguna lesión que indicara que debía ser enviado a Neurología? ¿Lo mencionaba en su informe?
    —Creo que sí -dijo Carraro evasivamente.
    —¿Lo cree o le consta? — preguntó Brunetti.
    —Me consta -reconoció Carraro finalmente.
    —¿Mencionaba usted la lesión de la cabeza? ¿Como de una caída? — preguntó Brunetti.
    —Está en el informe -asintió Carraro.
    —Pero ¿usted lo envió a Traumatología?

    Carraro volvió a enrojecer violentamente con una cólera súbita. Brunetti se preguntaba lo que sería tener la salud en las manos de aquel hombre.

    —Tenía los brazos fracturados y decidí que había que reducir las fracturas antes de que entrara en shock, por eso lo envié a Traumatología. Enviarlo después a Neurología era responsabilidad de ellos.
    —¿Y?

    Ante los ojos de Brunetti, el médico se convirtió en el típico burócrata que rehuye toda responsabilidad, al rechazar la idea de que cualquier sospecha de negligencia pudiera recaer en él antes que en quienes habían tratado realmente a Rossi.

    —Si en Traumatología se lo quedaron en lugar de enviarlo a otra sección para que le aplicaran otro tratamiento, no es asunto mío. Debería usted hablar con ellos.
    —¿Era muy grave la lesión de la cabeza?
    —Yo no soy neurólogo -respondió Carraro de inmediato, tal como esperaba Brunetti.
    —Hace un momento, ha dicho usted que anotó la lesión en el informe.
    —Sí, está anotada -dijo Carraro.

    Brunetti estuvo tentado de decirle que su presencia allí no estaba relacionada con una posible acusación de negligencia, pero dudaba de que Carraro lo creyera o, si lo creía, que ello le hiciera modificar su actitud. En su carrera había tratado con muchos sectores de la burocracia y una larga y amarga experiencia le había enseñado que sólo los militares, la mafia y, quizá, la Iglesia podían compararse con la profesión médica en espíritu corporativo, aun en detrimento de la justicia, la verdad y hasta la vida.

    —Muchas gracias, dottore -dijo Brunetti terminando la conversación con una brusquedad que sorprendió visiblemente a su interlocutor-. Me gustaría verlo.
    —¿A Rossi?
    —Sí.
    —Está en el depósito -dijo Carraro con una voz tan fría como el lugar aludido-. ¿Conoce el camino?
    —Sí.


    7


    Brunetti tuvo que salir al patio principal del hospital para dirigirse al obitorio, lo que le permitió gozar de una breve visión de cielo y árboles en flor. Pensó que le gustaría poder guardar en la retina la imagen de aquellas nubes blancas vislumbradas por entre las flores rosa. Entró en el estrecho pasillo del depósito un tanto inquieto al darse cuenta de lo bien que conocía el camino hacia la muerte.

    En la puerta, el empleado lo reconoció y lo saludó con un movimiento de la cabeza. Era un hombre que, tras décadas de tratar con muertos, se había contagiado de su silencio.

    —Franco Rossi -dijo Brunetti por toda explicación.

    Con otro movimiento de la cabeza, el hombre dio media vuelta y llevó a Brunetti a la sala en la que estaban las mesas con las figuras tapadas con sábanas. El empleado fue hasta un extremo de la sala y se paró junto a una de las mesas, pero no hizo ademán de levantar la sábana. Brunetti miró la figura: la pirámide de la nariz, el declive del mentón, una superficie desigual, limitada por los dos promontorios de los brazos escayolados y, finalmente, dos largos tubos que terminaban en el borde de la sábana, del que asomaban los pies.

    —Era un amigo -dijo Brunetti, hablando quizá consigo mismo, y descubrió la cara.

    La hendidura de encima del ojo izquierdo estaba morada y rompía la simetría de la frente, extrañamente aplanada, como aplastada por la palma de una mano enorme. Por lo demás, la misma cara, corriente e insípida. Paola le dijo una vez que su ídolo, Henry James, había llamado a la muerte «el toque de distinción», pero lo que Brunetti contemplaba ahora no tenía nada de distinguido: era anodino, anónimo, frío.

    Tapó la cara de Rossi, preguntándose en qué medida lo que estaba allí era Rossi y, si Rossi ya no estaba, por qué aquellos restos merecían tanto respeto.

    —Gracias -dijo al empleado al marcharse. Su reacción al sentir el calor del patio fue completamente animal. Casi notó cómo se le suavizaba el vello de la nuca. Pensó en ir a Traumatología, a ver qué justificación le daban, pero la imagen de la magullada cara de Rossi lo perseguía, y lo que más deseaba en aquel momento era salir del hospital. Cedió al deseo y se marchó. Se paró otra vez en la puerta, ahora mostrando la credencial, y pidió la dirección de Rossi.

    El portero la encontró rápidamente y anotó el número de teléfono. Era un número bajo de Castello. Brunetti preguntó al portero si sabía por dónde caía y el hombre dijo que creía que debía de estar por Santa Giustina, cerca de la tienda que había sido la Clínica de Muñecas.

    —¿Ha venido alguien preguntando por él?
    —Mientras yo he estado aquí, nadie, comisario. Pero el hospital habrá avisado a la familia y ya sabrán adonde dirigirse.

    Brunetti miró el reloj. Casi la una, pero dudaba de que aquel día la familia de Rossi, si la tenía, observara la hora del almuerzo. Él sabía que el fallecido trabajaba en el Ufficio Catasto y que había muerto a consecuencia de una caída. Aparte de eso, sólo sabía lo poco que había deducido durante su breve entrevista y su aún más breve conversación telefónica. Rossi era cumplidor y tímido, casi el prototipo del burócrata concienzudo. Y, cuando Brunetti lo invitó a salir a la terraza, se había petrificado como la mujer de Lot.

    Brunetti bajó por Barbaria delle Tolle, en dirección a San Francesco della Vigna. A su derecha, el verdulero del peluquín estaba cerrando el puesto y extendía una tela verde sobre las cajas de fruta y verdura, con un ademán que hizo pensar a Brunetti, con inquietud, en cómo él mismo había cubierto la cara de Rossi con la sábana. Alrededor, las cosas mantenían el curso normal. La gente se iba a casa a almorzar, la vida seguía.

    Le fue fácil encontrar la dirección, a la derecha del campo, dos puertas más allá de una nueva agencia inmobiliaria. Rossi, Franco se leía en una estrecha placa de latón junto al timbre del primer piso. Pulsó el timbre, esperó, volvió a pulsar, pero no hubo respuesta. Llamó al segundo con el mismo resultado y finalmente probó en la planta baja.

    Al cabo de un momento, una voz de hombre contestó por el interfono:

    —¿Quién es?
    —Policía.

    La pausa habitual y la voz dijo:

    —Ya va.

    Brunetti se quedó esperando el chasquido que abriera la gran puerta de la calle, pero en su lugar oyó ruido de pasos y la puerta se abrió manualmente. Vio ante sí a un hombre de baja estatura, aunque en un primer momento no se hacía evidente su verdadera talla, ya que estaba encima del alto escalón destinado a proteger el vestíbulo del acqua alta. El, hombre tenía una servilleta en la mano derecha y miraba a Brunetti con la suspicacia inicial a la que éste ya estaba habituado. Usaba unas gafas de cristales gruesos y -según observó el comisario- tenía una mancha, probablemente, de salsa de tomate, a la izquierda de la corbata.

    —¿Sí? — preguntó sin sonreír.
    —Se trata del signor Rossi -dijo Brunetti.

    Al oír el nombre de Rossi, el hombre suavizó la expresión y se inclinó para acabar de abrir la puerta.

    —Disculpe, debí hacerle pasar. Tenga la bondad. — Se hizo a un lado para dejar espacio a Brunetti en el pequeño zaguán y extendió la mano como para estrechar la de Brunetti. Al ver que aún tenía en ella la servilleta, rápidamente, se la llevó a la espalda. Adelantó el cuerpo cerrando la puerta con la otra mano y se volvió hacia Brunetti.
    —Por favor, pase -dijo yendo hacia una puerta abierta a la mitad del corredor, frente a la escalera que conducía a los pisos superiores.

    Brunetti se detuvo en la puerta, para dejar entrar al hombre y lo siguió. Había un pequeño vestíbulo, de poco más de un metro de ancho, del que partían dos escalones, otra prueba de la inquebrantable confianza de los venecianos en su capacidad para burlar las mareas que roen constantemente los cimientos de la ciudad. La habitación a la que conducían los escalones era limpia, ordenada y sorprendentemente clara, para un apartamento situado en un piano rialzato. Brunetti observó una serie de cuatro ventanas altas que daban a un canal ancho al otro lado del cual se extendía un gran jardín.

    —Perdone, estaba comiendo -dijo el hombre arrojando la servilleta a la mesa.
    —Lamento haberlo interrumpido -se disculpó Brunetti.
    —Ya terminaba -dijo el hombre. Aún tenía una abundante ración de pasta en el plato, a la izquierda del cual había un periódico abierto-. No importa -insistió conduciendo a Brunetti hacia el centro de la habitación, hasta un sofá encarado a las ventanas-. ¿Desea tomar algo? — preguntó-. ¿Un ombra?

    En aquel momento, nada apetecía a Brunetti tanto como un vasito de vino, pero rehusó. Luego tendió la mano y se presentó.

    —Marco Caberlotto -respondió el hombre estrechándole la mano.

    Se sentaron. Brunetti, en el sofá; y Caberlotto, frente a él.

    —¿Qué hay de Franco? — dijo el hombre.
    —¿Sabe ya que estaba en el hospital? — preguntó Brunetti, a modo de respuesta.
    —Sí; lo he leído esta mañana en Il Gazzettino. Pienso ir a verlo en cuanto acabe de almorzar -dijo Caberlotto señalando la mesa en la que se le enfriaba la pasta-. ¿Cómo está?
    —Lamento traerle malas noticias -dijo Brunetti utilizando la fórmula preparatoria que tan habitual se le había hecho durante las últimas décadas. Cuando vio que Caberlotto comprendía, agregó-: Ha fallecido esta mañana sin salir del coma.

    Caberlotto murmuró algo entre dientes y se llevó los dedos a los labios.

    —No lo sabía. Pobre muchacho.

    Brunetti dejó pasar un momento antes de preguntar suavemente:

    —¿Lo conocía bien?

    En vez de contestar, Caberlotto preguntó:

    —¿Es cierto que se cayó? ¿Que se cayó y se hirió en la cabeza?

    Brunetti asintió.

    —¿Se cayó? — insistió Caberlotto.
    —Sí. ¿Por qué lo pregunta?

    Tampoco esta vez respondió directamente Caberlotto.

    —Ah, pobre muchacho -repitió meneando la cabeza-. Nunca hubiera pensado que podía ocurrirle una cosa así. Era siempre tan prudente.
    —¿Se refiere en su trabajo?

    Caberlotto miró fijamente a Brunetti y dijo:

    —No. En todo. Era… en fin, era muy prudente. Una parte del trabajo de esa oficina en la que trabajaba consiste en salir a vigilar las obras, pero él prefería quedarse en el despacho, trabajando con los planos y los proyectos, viendo cómo se construían los edificios o cómo quedarían una vez restaurados. Él decía que esa parte de su trabajo era la que le gustaba.

    Recordando la visita que Rossi había hecho a su casa, Brunetti dijo:

    —Pero yo tenía entendido que una parte de su trabajo consistía en hacer visitas, para detectar obras ilegales.

    Caberlotto se encogió de hombros.

    —Ya sé que a veces tenía que hacer visitas, pero mi impresión es que lo hacía más que nada para tener la ocasión de hablar con los propietarios y explicarles la situación. — Caberlotto hizo una pausa, quizá tratando de recordar sus conversaciones con Rossi, pero luego agregó-: Yo no lo conocía muy bien. Éramos vecinos, y a veces nos parábamos a charlar en la calle o tomábamos una copa juntos. Y fue entonces cuando me dijo que le gustaba estudiar los planos.
    —Decía usted que era una persona muy prudente -apuntó Brunetti.
    —Lo era en todo -dijo Caberlotto, y el recuerdo casi lo hizo sonreír-. Yo solía bromear con él. Nunca bajaba la escalera con una caja en las manos. Decía que necesitaba ver dónde ponía los pies. — Se detuvo, como tratando de decidir si seguía hablando, y así lo hizo-. Un día, le estalló una bombilla y me llamó para pedirme el nombre de un electricista. Yo le pregunté qué le ocurría y cuando me lo explicó le dije que podía cambiar la bombilla él mismo. Lo único que hay que hacer es pegar a un cartón cinta adhesiva doblada para que pegue por los dos lados, introducir el cartón en el casquillo y hacerlo girar. Pero él dijo que le daba miedo tocarlo. — Caberlotto calló.
    —¿Qué ocurrió? — instó Brunetti.
    —Era domingo, por lo que hubiera sido imposible hacer venir a alguien. Así que subí a arreglarlo. No tuve más que cortar la corriente y sacar la bombilla rota. — Miró a Brunetti e hizo girar la mano derecha-. Hice lo que le había dicho, usando la cinta adhesiva y enseguida salió la bombilla. Tardé cinco segundos. Pero él nunca lo hubiera hecho. Hubiera tenido la habitación a oscuras hasta que hubiera podido traer a un electricista. — Lanzó a Brunetti una mirada rápida y sonrió-. En realidad, no es que tuviera miedo. Era su manera de ser.
    —¿Estaba casado? — preguntó Brunetti.

    Caberlotto movió la cabeza negativamente.

    —¿Novia?
    —Tampoco.

    De haber tenido más confianza con Caberlotto, Brunetti le hubiera preguntado por un posible novio.

    —¿Y sus padres?
    —No sé si aún viven. En cualquier caso, no residen en Venecia, desde luego. Nunca hablaba de ellos, y pasaba todas las fiestas aquí.
    —¿Amigos?

    Caberlotto reflexionó.

    —A veces, lo veía con otras personas en la calle. O tomando una copa. Ya sabe lo que es eso. Pero no recuerdo a nadie en particular, ni haberlo visto varias veces con una misma persona. — Brunetti no respondió a eso, y Caberlotto trató de explicarse-: En realidad, no éramos amigos, ¿comprende? No me fijaba mucho en él. Sólo lo saludaba al pasar.
    —¿Recibía visitas?
    —Supongo. En realidad, no presto atención a quién entra y quién sale. Oigo subir y bajar a la gente, pero no sé quiénes son. ¿Por qué está usted aquí? — preguntó de pronto.
    —También yo lo conocía -respondió Brunetti-. Así que, cuando me he enterado de su muerte, he venido a hablar con la familia, pero vengo como amigo, nada más. — A Caberlotto no se le ocurrió preguntar por qué, si era amigo de Rossi, Brunetti sabía tan poco de él.

    El comisario se levantó.

    —Ahora lo dejo para que pueda acabar de almorzar, signor Caberlotto -dijo tendiendo la mano.

    Caberlotto se la estrechó. Acompañó a Brunetti hasta la puerta de la calle y la abrió. Allí, desde lo alto del escalón, miró a Brunetti y dijo:

    —Era buena persona. No lo conocía mucho, pero lo apreciaba. Siempre hablaba bien de la gente. — Se inclinó y puso la mano en la manga de Brunetti, como para dar más énfasis a sus palabras, y cerró la puerta.


    8


    Camino de la questura, Brunetti llamó a Paola para avisar de que no almorzaría en casa, entró en una trattoria y tomó un plato de pasta que no saboreó y unos trozos de pollo. Simple carburante para propulsarlo durante la tarde. Cuando llegó al trabajo, encontró en su escritorio una nota que decía que el vicequestore Patta deseaba verlo en su despacho a las cuatro.

    Llamó al hospital y dejó un mensaje a la secretaria del dottor Rizzardi, el médico forense, para que le preguntara si podría encargarse personalmente de la autopsia de Francesco Rossi. Después hizo otra llamada que inició el proceso burocrático para proceder a la autopsia y bajó a la sala de agentes, para ver si había llegado el sargento Vianello, su ayudante. Lo vio sentado a su mesa, con una gruesa carpeta abierta ante sí. Vianello, aunque no mucho más alto que su superior, daba la impresión de ocupar mucho más espacio.

    Al entrar Brunetti, el sargento alzó la mirada e inició el movimiento de ponerse en pie, pero el comisario lo atajó con un ademán. Entonces, al darse cuenta de que en la sala había otros tres agentes, cambió de idea e indicó la puerta con un rápido gesto del mentón. El sargento cerró la carpeta y siguió a Brunetti a su despacho.

    Cuando estuvieron sentados frente a frente, Brunetti preguntó:

    —¿Ha leído la noticia del hombre que se cayó del andamio en Santa Croce?
    —¿El del Ufficio Catasto? — preguntó Vianello, aunque en realidad no era una pregunta. Brunetti asintió y el sargento, ahora sí, preguntó-: ¿Por qué lo pregunta, comisario?
    —Ese hombre me llamó el viernes. — Brunetti hizo una pausa, para dar lugar a que Vianello preguntara, pero como el otro no decía nada, prosiguió-: Dijo que quería hablarme de algo que ocurría en su oficina, pero me llamaba por el telefonino y, cuando le dije que no era seguro, quedó en volver a llamar.
    —¿Y no llamó? — interrumpió Vianello.
    —No. — Brunetti negó con la cabeza-. Estuve esperando hasta más de las siete y al marchar dejé el número de mi casa por si llamaba, pero no llamó. Y esta mañana he visto su foto en el periódico. He ido al hospital pero ya era tarde. — Nuevamente, hizo una pausa, esperando el comentario de Vianello.
    —¿Por qué ha ido al hospital, comisario?
    —Ese hombre sufría de vértigo.
    —¿Cómo dice?
    —Cuando estuvo en mi casa… -empezó Brunetti, pero Vianello lo interrumpió:
    —¿Estuvo en su casa? ¿Cuándo?
    —Hace meses. Vino a hablarme de los planos o del expediente de mi apartamento que tienen ellos. O que no tienen. En realidad, eso no hace al caso. Lo cierto es que quería ver unos papeles. Me habían enviado una carta. Pero ya no importa por qué vino sino lo que ocurrió mientras estaba en mi casa.

    Vianello no dijo nada, pero su ancha cara reflejaba curiosidad.

    —Mientras hablábamos, le pedí que saliera a la terraza a mirar las ventanas del piso de abajo. Creí que demostrarían que las dos plantas habían sido agregadas al mismo tiempo, lo cual podía influir en la decisión que tomara la oficina acerca del apartamento. — Al decirlo, Brunetti advirtió que no tenía la menor idea de cuál era esa decisión, si algo había decidido el Ufficio Catasto.

    »Yo me había asomado a mirar las ventanas del piso de abajo y, cuando me volví hacia él, fue como si le hubiera enseñado una víbora. Estaba paralizado. — Al ver el escepticismo con que Vianello acogía su explicación, matizó-: Por lo menos, eso me pareció. Pero lo cierto es que estaba asustado. — Calló y miró a Vianello.

    Vianello no dijo nada.

    —Si usted lo hubiera visto, sabría lo que quiero decir -dijo Brunetti-. La idea de asomarse a la terraza lo aterraba.
    —¿Y entonces?
    —Entonces ese hombre nunca se hubiera atrevido a pasearse por un andamio y, menos, solo.
    —¿Le dijo algo?
    —¿De qué?
    —De si sufría de vértigo.
    —A eso iba, Vianello. No tuvo que decir nada porque lo tenía escrito en la cara. Estaba aterrado. Cuando una persona tiene tanto miedo a algo, no puede vencerlo. Es imposible.

    Vianello probó otro enfoque.

    —Lo cierto es que él no le dijo nada, comisario. Es lo que trato de hacerle entender. Es decir, de hacerle considerar. Usted no sabe si lo que lo asustó era la idea de asomarse a la terraza. Pudo ser otra cosa.
    —Claro que pudo ser otra cosa -admitió Brunetti con impaciencia e incredulidad-. Pero no fue otra cosa. Yo lo vi. Yo estaba con él.

    Vianello, complaciente, preguntó:

    —¿Y eso significa?
    —Eso significa que él no se subió al andamiaje por su voluntad, que no cayó por accidente.
    —¿Piensa que lo mataron?
    —No lo sé -reconoció Brunetti-. Pero no creo que él fuera allí por su voluntad o, si fue a la casa, no salió al andamio de buen grado.
    —¿Usted lo ha visto?
    —¿El andamiaje?

    Vianello asintió.

    —No ha habido tiempo.

    Vianello se subió la bocamanga y miró el reloj.

    —Ahora habría tiempo, comisario.
    —El vicequestore me espera a las cuatro en su despacho -dijo Brunetti mirando su propio reloj. Faltaban veinte minutos-. Sí -convino-. Vamos.

    Entraron en la oficina de los agentes y se llevaron el ejemplar de Vianello de Il Gazzettino de aquel día, que daba la dirección del edificio de Santa Croce. También se llevaron a Bonsuan, el piloto en jefe, diciendo que querían ir a Santa Croce. Por el camino, de pie en la cubierta de la lancha de la policía, los dos hombres estudiaban una guía de la ciudad, en la que localizaron la dirección, en una calle adyacente a campo Angelo Raffaele. La lancha los llevó al extremo del Zattera, a unas aguas en las que un barco enorme, amarrado al muelle, empequeñecía todo el entorno.

    —Santo Dios, ¿y qué es eso? — preguntó Vianello cuando la lancha se acercaba.
    —Es el crucero que construyeron aquí. Dicen que es el mayor del mundo.
    —Es horrible -dijo Vianello levantando la mirada para contemplar las cubiertas superiores, que planeaban a casi veinte metros por encima de sus cabezas-. ¿Y qué hace aquí?
    —Traer dinero a la ciudad, sargento -respondió Brunetti ásperamente.

    Vianello bajó la mirada al agua y luego la levantó a los tejados de la ciudad.

    —Qué putas somos -dijo. Brunetti no creyó oportuno disentir.

    Bonsuan saltó de la lancha a poca distancia del enorme barco y la ató al amarre metálico en forma de hongo del muelle, tan grueso que debía de estar destinado a embarcaciones mayores. Al desembarcar, Brunetti dijo al piloto:

    —No nos espere, Bonsuan. No sé cuánto tardaremos.
    —Si no le importa, comisario, esperaré -dijo el hombre-. Prefiero estar aquí que allá. — A Bonsuan le faltaban sólo unos años para jubilarse, y ahora que la fecha, aunque todavía lejana, ya asomaba por el horizonte, el hombre había empezado a decir lo que pensaba.

    La simpatía de los otros dos con los sentimientos de Bonsuan no por callada fue menos sincera. Juntos se alejaron de la lancha para dirigirse hacia el campo, una zona de la ciudad que Brunetti raramente visitaba. Antes solía comer con Paola en un pequeño restaurante de pescado, pero cuando el establecimiento cambió de dueño y la calidad de la comida se deterioró, dejaron de ir. Brunetti había tenido una novia que vivía por allí, pero fue en sus tiempos de estudiante, y ella había muerto hacía años.

    Una vez dejaron atrás el puente, cruzaron campo San Sebastiano en dirección a la amplia zona de campo Angelo Raffaele. Vianello, que iba delante, torció inmediatamente por una calle de la izquierda y frente a ellos vieron el andamiaje levantado frente a la fachada del último edificio, una casa de cuatro pisos que parecía llevar años deshabitada. Contemplaron las señales de abandono: las persianas verde oscuro descascarilladas, los boquetes de los canalones de mármol, por los que el agua de la lluvia debía de caer a la calle y, probablemente, también dentro de la casa; el trozo de antena oxidada que colgaba un metro del alero. Aquella casa -por lo menos, para un auténtico veneciano, es decir, una persona dotada de innato interés en la compraventa de inmuebles-, tenía un aire de soledad que saltaba a la vista, incluso de un transeúnte casual.

    Hasta el andamiaje parecía abandonado: todas las persianas estaban cerradas. No había señales de que allí se trabajara, ni tampoco de que alguien hubiera sufrido un fatal accidente, aunque Brunetti no estaba seguro de qué hubiera podido indicarlo.

    Brunetti retrocedió hasta apoyarse en la pared del edificio de enfrente. Contempló toda la fachada sin ver señales de vida. Cruzó la calle, se volvió y miró el edificio situado frente al andamiaje. También éste parecía deshabitado. Miró entonces a su izquierda: la calle terminaba en un canal y, al otro lado, se veía un jardín.

    Vianello, a su propio ritmo, había duplicado los movimientos de Brunetti y dedicado la misma atención a ambos edificios y al jardín. Se acercó a Brunetti.

    —Parece posible, ¿verdad?

    Brunetti asintió, reconocido.

    —Nadie vería nada. En la casa de enfrente no vive nadie, y hasta el jardín parece abandonado. Así que nadie lo vería caer.
    —Si es que se cayó -agregó Vianello.

    Después de una pausa larga, Brunetti preguntó:

    —¿Tenemos algo sobre el caso?
    —Que yo sepa, nada. Creo que en el parte consta como accidente. Vendrían los Vigili Urbani de San Polo a echar un vistazo. Y, si ellos decidieron que había sido un accidente, asunto concluido.
    —Vamos a hablar con ellos. — Brunetti se separó de la pared en la que estaba apoyado y se volvió hacia la puerta de la casa. La cerraba una cadena con candado pasada por un aro de hierro clavado en el mármol del dintel.
    —¿Cómo se las arregló para entrar y subirse al andamio? — preguntó Brunetti.
    —Quizá eso puedan aclararlo los Vigili -dijo Vianello.

    No pudieron. Bonsuan los llevó en la lancha por Rio di San Agostino arriba hasta la comisaría próxima a campo San Stin. El policía de la entrada reconoció al comisario y a su sargento e inmediatamente los condujo al despacho del teniente Turcati, el oficial de guardia, un hombre de pelo negro que vestía un uniforme que parecía hecho a la medida, lo que bastó para que Brunetti se dirigiera a él con formalidad, mencionando su graduación.

    Cuando estuvieron sentados y Turcati hubo escuchado lo que Brunetti tenía que decir, pidió el expediente de Rossi. El hombre que llamó para avisar del hallazgo de Rossi también pidió por teléfono una ambulancia después de hablar con la policía. Como el Giustiniani, que era el hospital más próximo, no tenía ambulancias disponibles, Rossi fue llevado al Ospedale Civile.

    —¿Está el agente Franchi? — preguntó Brunetti al leer el nombre que figuraba al pie del informe.
    —¿Por qué? — preguntó el teniente.
    —Me gustaría que me explicara algunas cosas.
    —¿Por ejemplo?
    —Por qué creyó que se trataba de un accidente. Si Rossi tenía en el bolsillo las llaves del edificio. Si había sangre en el andamio.
    —Comprendo -dijo el teniente alargando la mano hacia el teléfono.

    Mientras esperaban a Franchi, Turcati preguntó si querían tomar café, pero ellos rehusaron.

    Al cabo de unos minutos, pasados en charla trivial, entró un agente. Tenía el pelo rubio, tan corto que apenas se veía y un aspecto tan juvenil que casi parecía que aún no se afeitaba. Saludó al teniente y se quedó en posición de firmes, sin mirar a Brunetti ni a Vianello. «Conque así es como el teniente Turcati dirige su negocio», pensó Brunetti.

    —Estos señores quieren hacerle unas preguntas, Franchi -dijo Turcati.

    El policía modificó ligeramente la postura, pero a Brunetti no le pareció que se relajara.

    —Sí, señor -dijo, todavía sin mirarlos.
    —Agente Franchi -dijo Brunetti-, su informe sobre el hallazgo del hombre que sufrió una caída cerca de Angelo Raffaele está muy claro, pero me gustaría hacerle varias preguntas.

    Aún de cara al teniente, Franchi dijo:

    —¿Sí, señor?
    —¿Le registró los bolsillos?
    —No, señor. Llegué casi al mismo tiempo que los hombres de la ambulancia. Lo habían puesto en una camilla y lo llevaban al barco. — Brunetti no preguntó al policía por qué había tardado en recorrer la corta distancia entre la comisaría y el lugar de los hechos lo mismo que la ambulancia en cruzar toda la ciudad.
    —Escribió usted en su informe que el hombre se había caído del andamio. Me gustaría saber si examinó el andamiaje para ver si encontraba algún indicio. Quizá un tablón roto o un trozo de la tela del traje. O quizá una mancha de sangre.
    —No, señor.

    Brunetti esperaba una explicación y, como no llegaba, preguntó:

    —¿Por qué no, agente?
    —Vi al hombre en el suelo, al lado del andamiaje. La puerta de la casa estaba abierta y, cuando miré en su cartera, vi que trabajaba en el Ufficio Catasto, por lo que supuse que estaba haciendo una inspección. — Hizo una pausa y, ante el silencio de Brunetti, agregó-: ¿Comprende a lo que me refiero, señor?
    —Dice que cuando usted llegó lo llevaban a la ambulancia.
    —Sí, señor.
    —Entonces, ¿cómo tenía usted la cartera?
    —Estaba en el suelo, medio escondida debajo de un saco de cemento vacío.
    —¿Y dónde estaba el cuerpo?
    —En el suelo, señor.

    Con voz átona y tono paciente, Brunetti preguntó:

    —¿Dónde estaba el cuerpo en relación con el andamiaje?

    Franchi reflexionó y dijo:

    —A la izquierda de la puerta, a un metro de la pared.
    —¿Y la cartera?
    —Debajo del saco de cemento, como ya le he dicho.
    —¿Y cuándo la encontró?
    —Después de que se lo llevaran al hospital. Me pareció que debía echar un vistazo, y entré en la casa. La puerta estaba abierta cuando llegué, tal como escribí en el informe. Y ya había visto que las persianas situadas encima del lugar en el que él había caído estaban abiertas, de modo que no me pareció necesario subir. Fue al salir cuando vi la cartera en el suelo y la recogí. Había una credencial del Ufficio Catasto y pensé que el hombre habría ido a inspeccionar el edificio o algo así.
    —¿Había algo más en la cartera?
    —Dinero y tarjetas. Lo traje aquí y lo puse en una bolsa de pruebas. Creo que en el informe hay una lista.

    Brunetti volvió la hoja del informe y vio que se mencionaba la cartera.

    Levantó la mirada y preguntó a Franchi:

    —¿Observó usted algo más en aquel lugar?
    —¿Qué había de observar, señor?
    —Algo que le pareciera extraño o fuera de lugar.
    —No, señor. Nada.
    —Ya -dijo Brunetti-. Muchas gracias, agente Franchi. — Y agregó, antes de que alguien más pudiera hablar-: ¿Podría traerme esa cartera?

    Franchi miró al teniente, que asintió.

    —Sí, señor -dijo Franchi, que dio una rápida media vuelta y salió del despacho.
    —Parece un joven capaz -dijo Brunetti.
    —Sí -respondió el teniente-, es uno de mis mejores hombres. — Hizo un breve resumen del excelente rendimiento de Franchi durante el período de instrucción pero, antes de que pudiera terminar, el joven agente había vuelto con la bolsa de plástico. Dentro había una cartera de piel marrón.

    Franchi se paró en la puerta, indeciso, sin saber a quién entregar la bolsa.

    —Désela al comisario -dijo el teniente Turcati, y Franchi no pudo disimular la sorpresa al enterarse del rango del hombre que le había interrogado. Fue hacia Brunetti, le entregó la bolsa y saludó.
    —Gracias, agente -dijo Brunetti tomando la bolsa de una punta. Sacó el pañuelo y envolvió en él la bolsa cuidadosamente. Luego se volvió hacia el teniente:
    —Si lo desea, le firmaré un recibo.

    El teniente le acercó una hoja de papel y Brunetti escribió la fecha, su nombre y una descripción de la cartera. Puso su firma al pie, devolvió la hoja a Turcati y abandonó el despacho con Vianello.

    Cuando salieron a la calle, había empezado a llover.


    9


    La lluvia arreciaba mientras volvían a la lancha, felicitándose de que Bonsuan hubiera insistido en esperarlos. Cuando subieron a bordo, Brunetti miró el reloj y vio que eran mucho más de las cinco, lo que significaba que llegaría tarde a la cita con su superior. Salieron al Gran Canal. Bonsuan viró a la derecha y entró en la gran «S» que, por delante de la Basílica y el Campanile, los llevaría hacia el Ponte della Pietà y la questura.

    En la cabina, Brunetti sacó la cartera envuelta en el pañuelo y la entregó a Vianello.

    —En cuanto lleguemos, haga el favor de llevarla al laboratorio para que saquen las huellas. — Mientras Vianello se hacía cargo del envoltorio, Brunetti agregó-: Las de la bolsa de plástico serán de Franchi, y ésas pueden descartarlas. Y envíe a alguien al hospital para que tome las de Rossi.
    —¿Algo más, comisario?
    —Después envíeme la cartera. Me gustaría echar un vistazo al contenido. Y diga que es urgente.

    Vianello lo miró:

    —¿Y cuándo no lo es, comisario?
    —Bien, puede decir a Bocchese que hay una persona muerta. Eso quizá le haga apresurarse.
    —Bocchese es de los que dirían que en tal caso ya no es necesario correr -observó Vianello.

    Brunetti optó por hacer caso omiso del comentario.

    Vianello guardó el pañuelo en el bolsillo interior de la chaqueta del uniforme y preguntó:

    —¿Algo más, comisario?
    —Que la signorina Elettra mire si en el archivo tenemos algo sobre Rossi. — No era probable, ya que no podía imaginar a Rossi involucrado en alguna actividad delictiva, pero la vida le había dado sorpresas mayores que ésa, por lo que no estaría de más asegurarse.

    Vianello levantó los dedos de una mano.

    —Perdón, comisario, si lo interrumpo, pero, ¿significa eso que vamos a tratar el caso como una investigación de asesinato?

    Los dos sabían las dificultades que eso acarreaba. Hasta que se asignara magistrado, ninguno de ellos podía iniciar una investigación oficial, pero, para que un magistrado pudiera hacerse cargo y tratarlo como caso de asesinato, tenía que haber pruebas convincentes de que se había cometido un crimen. Brunetti dudaba de que su impresión de que Rossi sufría de vértigo pudiera considerarse prueba convincente de crimen y, menos, de asesinato.

    —Tendré que convencer al vicequestore -dijo Brunetti.
    —Sí, señor -suspiró Vianello.
    —Parece usted escéptico.

    Vianello levantó una ceja. Fue suficiente.

    —Esto no va a gustarle, ¿verdad? — insinuó Brunetti. Nuevamente, Vianello declinó responder. Patta sólo permitía a la policía admitir que había delito cuando, por así decir, se lo metían por los ojos y no había forma de negarlo. No parecía probable que autorizara la investigación de algo que tenía todas las trazas de un accidente. Mientras fuera posible eludirlo, mientras no pudieran presentarse pruebas que convencieran hasta al más escéptico de que Rossi no se había matado al caerse, a los ojos de las autoridades, el caso seguiría siendo un accidente.

    Brunetti tenía la facultad, o quizá el inconveniente, de poder ver cualquier situación desde dos ángulos distintos por lo menos, y comprendía lo absurdas que debían de parecer sus sospechas a quien no las compartiera. El sentido común aconsejaba abandonar todo aquello y aceptar lo evidente: Franco Rossi había muerto al caer accidentalmente de un andamio.

    —Mañana por la mañana, vaya a buscar las llaves al hospital y eche una ojeada al apartamento.
    —¿Qué he de buscar?
    —Ni idea -respondió Brunetti-. A ver si encuentra una libreta de direcciones, cartas, nombres de amigos o parientes.

    Tan absorto estaba Brunetti en sus especulaciones que no se dio cuenta de que entraban en el canal, y sólo el ligero choque de la lancha contra el embarcadero de la questura le indicó que ya habían llegado.

    Subieron juntos a cubierta. Brunetti, con un ademán, dio las gracias a Bonsuan, que estaba ocupado en tensar los amarres. Él y Vianello cruzaron bajo la lluvia hacia la puerta principal de la questura, que un agente de uniforme se adelantó a abrir. Antes de que Brunetti pudiera agradecerle el gesto, el joven dijo:

    —El vicequestore quiere verlo, comisario.
    —¿Aún está aquí? — se sorprendió Brunetti.
    —Sí, señor. Me ha pedido que se lo dijera en cuanto llegara.
    —Muchas gracias. — Y le dijo a Vianello-: Vale más que vaya ahora.

    Los dos hombres subieron juntos el primer tramo de escaleras, reacios ambos a especular sobre qué podía querer Patta. En el primer piso, Vianello se alejó por el pasillo que conducía a la escalera posterior y al laboratorio, donde Bocchese, el técnico, reinaba de modo indiscutible, sin premuras ni deferencias por el rango.

    Brunetti se encaminó al despacho de Patta. La signorina Elettra estaba sentada a su mesa y levantó la mirada al entrar él. Lo llamó con un ademán al tiempo que descolgaba el teléfono y oprimía un botón. Al cabo de un momento, dijo:

    —Está aquí el comisario Brunetti, dottore. -Escuchó a Patta, respondió-: Entendido, dottore. -Y colgó el auricular-. Debe de querer pedirle un favor, o hubiera estado toda la tarde pidiendo su cabeza a grito pelado. — Aún tuvo tiempo de decir antes de que se abriera la puerta y apareciera Patta.

    Brunetti observó que el traje gris de su superior debía de ser de cachemir y la corbata, lo que en Italia pasaba por «club inglés». Aunque la primavera había sido fresca y lluviosa, la hermosa y tersa cara de Patta estaba bronceada. Llevaba unas gafas ovaladas de montura fina. Eran las quintas gafas que Brunetti le había conocido desde que estaba en la questura, y el diseño, como siempre, sería el que llevaría todo el mundo dentro de varios meses. Una vez en que Brunetti no llevaba encima sus gafas de leer y tomó las de Patta que estaban sobre la mesa para examinar una fotografía, descubrió que los cristales no eran graduados.

    —Estaba diciendo al comisario que entrara, vicequestore -dijo la signorina Elettra. Brunetti observó que encima de su mesa había ahora dos carpetas y tres papeles que no estaban allí hacía un momento.
    —Sí, pase, dottor Brunetti -dijo Patta extendiendo una mano en un ademán que a Brunetti se le antojó alarmante, similar al que imaginaba que haría Clitemnestra para inducir a Agamenón a apearse del carro. Sólo tuvo tiempo de lanzar una última mirada a la signorina Elettra antes de que Patta lo agarrara del brazo y lo atrajera suavemente al despacho.

    Patta cerró la puerta y fue hacia los dos sillones que tenía frente a las ventanas, esperó a que Brunetti se reuniera con él, lo invitó a sentarse y se sentó a su vez. Un decorador de interiores hubiera dicho que los sillones estaban dispuestos «en ángulo de conversación».

    —Me alegro de que haya encontrado tiempo que dedicarme, comisario -dijo Patta.

    Al oír la nota de áspero sarcasmo, Brunetti se sintió en terreno más familiar.

    —He tenido que salir -explicó.
    —Creí que eso había sido esta mañana -dijo Patta, pero entonces se acordó de sonreír.
    —Sí, señor, pero también he tenido que salir esta tarde. Fue algo imprevisto y no tuve tiempo de avisarlo.
    —¿No tiene telefonino, dottore?

    Brunetti, que odiaba ese aparato y se resistía a llevarlo por lo que comprendía que era un prejuicio estúpido y retrógrado, dijo tan sólo:

    —No lo llevaba encima.

    De buena gana hubiera preguntado a Patta qué deseaba, pero la advertencia de la signorina Elettra era suficiente para hacerle mantener la boca cerrada y la cara inexpresiva, como si su jefe y él fueran dos desconocidos que esperasen el mismo tren.

    —Tengo que hablar con usted, comisario -dijo Patta. Carraspeó y prosiguió-: Se trata de algo… en fin, algo personal.

    Brunetti hizo un esfuerzo por mantener la cara inmóvil, con una expresión de interés pasivo por lo que estaba oyendo.

    Patta se arrellanó en el sillón, estiró las piernas y cruzó los tobillos. Se quedó un momento contemplando el brillo de sus zapatos, descruzó las piernas, echó los pies hacia atrás e inclinó el cuerpo hacia adelante. Brunetti observó con asombro que, en los segundos que tardó en hacer ese movimiento, Patta parecía haber envejecido varios años.

    —Se trata de mi hijo.

    Brunetti sabía que tenía dos, Roberto y Salvatore.

    —¿Cuál de ellos?
    —Roberto, el pequeño.

    Roberto, según calculó Brunetti rápidamente, debía de tener veintitrés años por lo menos. Bueno, Chiara, su propia hija, que tenía quince, era y siempre sería la pequeña.

    —¿No estudia en la universidad?
    —Sí, Economía Comercial -respondió Patta, que se interrumpió y volvió a mirarse los pies-. Lleva ya varios años -explicó levantando la mirada hacia Brunetti.

    Una vez más, Brunetti procuró no mover ni un músculo de la cara. No quería demostrar excesiva curiosidad por lo que debía de ser un problema familiar, pero tampoco falta de interés por lo que Patta hubiera de decirle. Asintió con gesto alentador, el mismo que utilizaba con los testigos nerviosos.

    —¿Conoce a alguien en Jesolo? — preguntó Patta, desconcertando a Brunetti.
    —¿Cómo dice, señor?
    —En Jesolo. ¿Alguien de la policía de allí?

    Brunetti pensó un momento. Tenía contactos con algunas policías del continente, pero no con la de Jesolo, un centro turístico de la costa adriática, con abundancia de clubes nocturnos, hoteles y discotecas, desde el que cada mañana cruzaban la Laguna barcos llenos de excursionistas que venían a pasar el día en Venecia. Una compañera de universidad estaba en la policía de Grado, pero en Jesolo, más próxima, no conocía a nadie.

    —No, señor.

    Patta no pudo disimular la decepción.

    —Confiaba en que así fuera.
    —Lo siento, señor. — Brunetti examinó sus opciones mientras observaba al inmóvil Patta, que volvía a contemplarse los zapatos, y decidió arriesgarse-. ¿Puedo preguntar por qué?

    Patta lo miró, desvió la mirada y volvió a mirarlo. Finalmente, dijo:

    —Anoche me llamó la policía de allí. Una persona que trabaja para ellos, ya sabe… -Debía de referirse a un informador-… les dijo hace unas semanas que Roberto vendía droga. — Patta calló.

    Cuando comprendió que el vicequestore no iba a decir más, Brunetti preguntó:

    —¿Quién le ha llamado?

    Patta prosiguió entonces, como si no hubiera oído la pregunta de Brunetti.

    —He pensado que quizá conociera usted allí a alguien que pudiera darnos una idea más clara de lo que ocurre, quién es esa persona, hasta dónde ha llegado la investigación… -Nuevamente, la palabra «informador» acudió a la mente de Brunetti, pero no dijo nada. Como respondiendo a su silencio, Patta agregó-: Esas cosas.
    —No, señor, lo lamento, pero allí no conozco a nadie. — Tras una pausa, propuso-: Podría preguntar a Vianello. — Y, adelantándose a la respuesta de Patta, añadió-: Es muy discreto. No habría nada que temer.

    Patta no se movió ni miró a Brunetti. Luego meneó la cabeza en firme negación, descartando la posibilidad de aceptar ayuda de un agente de uniforme.

    —¿Eso es todo, señor? — dijo Brunetti, apoyando las manos en los brazos del sillón, para mostrar su intención de marcharse.

    Al ver el gesto de Brunetti, Patta dijo, en voz aún más baja:

    —Lo arrestaron. — Miró a Brunetti, pero, al ver que éste no tenía preguntas, prosiguió-: Anoche. Me llamaron a eso de la una. Hubo una pelea en una de las discotecas y, cuando llegaron allí para sofocarla, detuvieron a varias personas y las registraron. Seguramente por lo que esa persona les había dicho, registraron a Roberto.

    Brunetti callaba. Sabía por larga experiencia que, una vez llegaba tan lejos un testigo, ya nada lo detenía. Ahora saldría todo.

    —En el bolsillo de la chaqueta le encontraron una bolsa de plástico con éxtasis. — Se inclinó hacia Brunetti-. Usted sabe lo que es eso, ¿no, comisario?

    Brunetti asintió, asombrado de que Patta pudiera pensar que un policía ignoraba tal cosa. Sabía que cualquier palabra suya podía romper el impulso. Relajó la postura lo mejor que pudo, retirando una mano del brazo del sillón y dejándola en una actitud que transmitiera sensación de sosiego, por lo menos, tal era la intención.

    —Roberto les dijo que alguien debía de haberle puesto la bolsa en el bolsillo al ver llegar a la policía. Eso ocurre a menudo. — Brunetti lo sabía. Y también sabía que no ocurría a menudo.
    —Me llamaron y fui. Sabían quién era Roberto, de modo que les propuse ir yo. Cuando llegué, lo confiaron a mi custodia. Camino de casa, él me contó lo de la bolsa. — Patta calló. Parecía haber hecho punto final.
    —¿Se la quedaron como prueba?
    —Sí, y le tomaron las huellas dactilares para compararlas con las que pudieran encontrar en la bolsa.
    —Si él la sacó del bolsillo y se la entregó, sus huellas estarán en ella -dijo Brunetti.
    —Sí, ya lo sé -dijo Patta-. Eso no me preocupaba. Y por esa razón ni siquiera me molesté en llamar a mi abogado. No había pruebas, a pesar de las huellas. Lo que decía Roberto podía ser verdad.

    Brunetti asintió en muda conformidad, esperando averiguar por qué Patta lo consideraba ahora sólo una posibilidad.

    Patta se recostó en el respaldo y miró por la ventana.

    —Esta mañana, después de que usted se fuera, me han llamado.
    —¿Por eso quería usted verme, señor?
    —No. Esta mañana quería hablarle de otra cosa. Ahora no importa.
    —¿Y qué le han dicho? — preguntó Brunetti al fin.

    Patta apartó la mirada de lo que estuviera viendo por la ventana.

    —Que dentro de la bolsa había cuarenta y siete sobrecitos, con una pastilla de éxtasis cada uno.

    Brunetti trataba de calcular el peso y valor de la droga, para determinar la severidad con que un juez podía castigar su posesión. No parecía mucha cantidad y, si Roberto mantenía su declaración de que se la habían puesto en el bolsillo, el peligro no podía ser muy grave.

    —Sus huellas estaban también en los sobrecitos -dejó caer Patta en el silencio-. En todos.

    Brunetti reprimió el impulso de alargar la mano para ponerla en el brazo de Patta. Lo que hizo fue esperar unos momentos y decir:

    —Lo siento, señor.

    Todavía sin mirarlo, Patta asintió, dándose por enterado o, quizá, agradeciendo sus palabras.

    Transcurrido un minuto completo, Brunetti preguntó:

    —¿Fue en el mismo Jesolo o, en las afueras, en el Lido?

    Patta miró a Brunetti y agitó la cabeza como el boxeador que recibe un golpe no muy fuerte.

    —¿Cómo?
    —¿Dónde ocurrió, en Jesolo o en Jesolo Lido?
    —En el Lido.
    —¿Y dónde estaba él cuando fue…? — Brunetti iba a decir «arrestado», pero rectificó en el último momento-: Detenido.
    —Ya se lo he dicho -respondió Patta secamente, con una voz que denotaba lo cerca que estaba de perder los estribos-. Lido di Jesolo.
    —Sí, señor, pero ¿en qué lugar? ¿Un bar? ¿Una discoteca?

    Patta cerró los ojos, y Brunetti se preguntó cuánto tiempo habría pasado su superior pensando en todo esto, recordando hechos de la vida de su hijo.

    —En un local llamado Luxor, una discoteca -dijo finalmente.

    De la garganta de Brunetti escapó un «¡Ah!» muy leve, pero fue suficiente para hacer que Patta abriera los ojos.

    —¿Qué?

    Brunetti rehuyó la respuesta.

    —Un conocido solía ir.

    Al esfumarse el atisbo de esperanza, Patta desvió su atención.

    —¿Ha llamado a un abogado, señor? — preguntó Brunetti.
    —Sí, a Donatini.

    Brunetti disimuló la sorpresa con un leve gesto de asentimiento, como si el abogado más solicitado para defender a los acusados de asociación con la mafia fuera la elección más natural que podía hacer Patta.

    —Yo agradecería, comisario… -empezó a decir Patta y se detuvo, buscando la manera de articular lo que iba a decir.
    —Lo pensaré detenidamente, señor -cortó Brunetti-. Y no diré nada a nadie, por supuesto. — Por más que despreciara muchas de las cosas que hacía Patta, no quería que su superior sufriera el bochorno de tener que pedirle discreción.

    Patta respondió al tono terminante de la voz de Brunetti y se puso en pie apoyándose en los brazos del sillón. Fue con Brunetti hasta la puerta y la abrió. No le tendió la mano pero sí musitó un seco «gracias» antes de volver a entrar y cerrar la puerta.

    Brunetti vio que la signorina Elettra estaba en su sitio, aunque las carpetas y demás papeles habían sido sustituidos por un cuaderno de un grosor sospechoso y unas páginas tan relucientes como las que pudiera tener el número de moda de primavera de Vogue.

    —¿El hijo? — preguntó ella levantando la mirada de la revista.

    La respuesta escapó de los labios de Brunetti antes de que él pudiera hacer algo por evitarlo.

    —¿Le ha puesto micrófonos en el despacho? — La intención era hacer que sonara a broma, pero al oírse a sí mismo, ya no estuvo tan seguro.
    —No. Esta mañana le ha llamado el chico, que parecía muy nervioso. Después le ha llamado la policía de Jesolo. Nada más colgar, me ha pedido que lo pusiera con Donatini.

    Brunetti se preguntó si no debería pedir a la signorina Elettra que cambiara sus funciones de secretaria por las de agente del cuerpo, pero comprendió que, antes que ponerse el uniforme, ella preferiría morirse.

    —¿Usted lo conoce?
    —¿A quién, a Donatini o al chico?
    —A uno y a otro. A los dos.
    —Los conozco a ambos -dijo ella, y agregó con naturalidad-: Los dos son unos mierdas, aunque Donatini viste mejor.
    —¿Le ha dicho de qué se trata? — preguntó él señalando el despacho de Patta con un movimiento de la cabeza.
    —No -respondió ella sin asomo de decepción-. Si fuera violación, habría salido en el periódico. De modo que debe de ser droga. Supongo que Donatini podrá librarlo.
    —¿Lo cree capaz de una violación?
    —¿A quién? ¿A Roberto?
    —Sí.

    Ella pensó un momento y dijo:

    —No. No lo creo. Es arrogante y presumido, pero no malo del todo.

    Algo impulsó a Brunetti a preguntar:

    —¿Y a Donatini?
    —Ése es capaz de cualquier cosa -respondió ella sin vacilar.
    —No sabía que lo conociera.

    Ella miraba la revista y volvió una página, haciendo que el gesto pareciera casual.

    —Sí. — Volvió otra página.
    —Me ha pedido que lo ayude.
    —¿El vicequestore? -preguntó ella levantando la cabeza con aire de sorpresa.
    —Sí.
    —¿Y usted lo ayudará?
    —Si puedo… -respondió Brunetti.

    Ella lo miró largamente y después volvió a fijar la atención en la página que tenía delante.

    —Me parece que el gris no tiene mucho futuro -dijo-. Estamos hartas de gris.

    La signorina Elettra llevaba una blusa de crespón color albaricoque y chaqueta con cuello Mao de seda negra, al parecer, natural.

    —Probablemente, tiene razón -dijo él, le deseó buenas tardes y subió a su despacho.


    10


    Brunetti tuvo que llamar a Información para conseguir el número de la discoteca Luxor. La persona que contestó al teléfono le dijo que el signor Bertocco no estaba y no quiso darle el número de su casa. Él no dijo que fuera de la policía sino que volvió a llamar a Información y consiguió el número particular de Luca sin dificultad.

    —Estúpido antipático -rezongaba Brunetti mientras marcaba.

    A la tercera señal, una voz grave y un poco áspera contestó:

    —Bertocco.
    —Ciao, Luca, soy Guido Brunetti. ¿Cómo estás?

    La voz perdió el tono formal y adquirió sincera cordialidad.

    —Muy bien, Guido. ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿Cómo estás, y Paola, y los chicos?
    —Todos bien.
    —¿Por fin te has decidido a aceptar mi oferta y venir a bailar hasta caer reventado?

    Brunetti se rió de la broma, que tenía ya más de diez años.

    —Lo siento, pero otra vez voy a tener que defraudarte. No sabes cómo me gustaría estar bailando hasta el amanecer entre una multitud que tiene la edad de mis hijos, pero Paola no me deja.
    —¿Es por el humo? — preguntó Luca-. ¿Cree que sería malo para tu salud?
    —No. Me parece que es por la música, pero la razón es la misma.

    Se hizo una breve pausa y Luca dijo:

    —Probablemente, tiene razón. — Como Brunetti no decía nada, preguntó-: ¿Por qué llamas entonces? ¿Por ese chico al que arrestaron?
    —Sí -contestó Brunetti sin tratar siquiera de mostrar sorpresa porque Luca ya estuviera enterado.
    —Es hijo de tu jefe, ¿verdad?
    —Tú lo sabes todo.
    —Cuando diriges cinco discotecas, tres hoteles y seis bares tienes que saberlo todo, especialmente, de las personas que arrestan en alguno de esos sitios.
    —¿Qué sabes del chico?
    —Sólo lo que me ha dicho la policía.
    —¿Qué policía? ¿La que lo arrestó o la que trabaja para ti?

    El silencio que siguió a la pregunta indicó a Brunetti no sólo que había ido demasiado lejos sino también que, por muy amigos que fueran, Luca siempre vería en Brunetti al policía.

    —No sé qué decir a eso, Guido -dijo Luca al fin. Su voz se quebró en el explosivo ladrido del gran fumador.

    Cuando cesó la tos, Brunetti dijo:

    —Perdona, Luca. Ha sido un chiste malo.
    —No tiene importancia, Guido. Créeme, el que tiene que tratar con el público tanto como yo, necesita toda la ayuda posible de la policía. Y a la policía también le viene bien mi ayuda.

    Brunetti, pensando en los pequeños sobres que cambiaban de mano discretamente en las oficinas municipales, preguntó:

    —¿Qué clase de ayuda?
    —Tengo guardas de seguridad en los aparcamientos de las discotecas.
    —¿Para qué? — preguntó Brunetti pensando en los atracadores y en la vulnerabilidad de los jóvenes que salían de las discotecas de madrugada con paso inseguro.
    —Para quitarles las llaves del coche a los chicos.
    —¿Y nadie se queja?
    —¿Quién va a quejarse? ¿Los padres, porque impido a sus hijos agarrar el volante con una tajada o un colocón? ¿La policía, porque evito que se estrellen contra un árbol?
    —No, claro. No se me había ocurrido.
    —Así les ahorro que los saquen de la cama a las tres de la mañana para ver cómo se extraen cuerpos de entre un montón de chatarra. Créeme, la policía me ayuda de muy buen grado. — Calló y Brunetti oyó el crujido del fósforo con el que Luca encendía un cigarrillo-. ¿Qué quieres que haga? — preguntó después de una profunda calada-. ¿Que lo tape?
    —¿Podrías?

    Aunque el gesto de encogerse de hombros no es sonoro, a Brunetti le pareció oírlo por el teléfono. Finalmente, Luca dijo:

    —No te contestaré a eso hasta saber si tú lo quieres o no.
    —Taparlo en el sentido de borrarlo, no. Pero me gustaría que no llegara a los periódicos, si es posible.

    Luca tardó en contestar.

    —Gasto mucho dinero en publicidad -dijo al fin.
    —¿Eso significa que sí?

    Luca lanzó una carcajada que terminó en tos ronca. Cuando pudo hablar, dijo:

    —A ti siempre te ha gustado remachar las cosas, Guido. No sé cómo Paola lo soporta.
    —Tener las cosas claras me hace la vida más fácil.
    —¿Como policía?
    —Como todo.
    —De acuerdo. La respuesta es sí. Puedo evitar que llegue a los periódicos locales, y dudo que los grandes estén interesados.
    —Es el vicequestore de Venecia -dijo Brunetti en un acceso de orgullo provinciano.
    —Lo siento mucho, pero me parece que a los chicos de Roma eso les deja indiferentes -respondió Luca.
    —Puede que tengas razón. — Antes de que Luca insistiera, Brunetti preguntó-: ¿Qué dicen del chico?
    —Lo tienen bien agarrado. Sus huellas están en todos los sobres.
    —¿Se han presentado cargos?
    —Todavía no. Por lo menos, que yo sepa.
    —¿A qué esperan?
    —Quieren que les diga de dónde sacó la mercancía.
    —¿No lo saben?
    —Claro que lo saben. Pero una cosa es saber y otra probar, como estoy seguro de que comprenderás perfectamente. — Esto, lo dijo no sin ironía. A veces, Brunetti pensaba que Italia era un país en el que todo el mundo lo sabía todo pero nadie estaba dispuesto a decir nada. En privado, todo el mundo comentaba con fruición y plena certidumbre las actividades secretas de los políticos, los jefes de la mafia y las estrellas de cine. Ahora bien, los ponías en una situación en la que sus observaciones pudieran tener consecuencias legales, e Italia se convertía en el reino de los mudos.
    —¿Tú sabes quién es? — preguntó Brunetti-. ¿Me darías el nombre?
    —Mejor no. No serviría de nada. Habrá alguien por encima, y alguien más por encima de ese alguien. — Brunetti le oyó encender otro cigarrillo.
    —¿El chico hablará?
    —No, si en algo valora su vida -dijo Luca, pero agregó inmediatamente-: No. Exagero. Si quiere ahorrarse una paliza.
    —¿Incluso en Jesolo? — preguntó Brunetti. Así que el crimen de las grandes ciudades había llegado a la tranquila ciudad adriática.
    —Sobre todo, en Jesolo, Guido -dijo Luca, sin más explicaciones.
    —Así pues, ¿qué le pasará? — preguntó Brunetti.
    —A eso deberías de poder responder tú mejor que yo -dijo Luca-. Si es su primer delito, le echarán un rapapolvo y lo enviarán a su casa.
    —Ya está en su casa.
    —Lo sé. Hablaba en sentido figurado. Y el que su padre sea policía tampoco perjudica.
    —Siempre que no se enteren los periódicos.
    —Ya te he dicho que sobre eso puedes estar tranquilo.
    —Así lo espero -dijo Brunetti.

    Luca no quiso responder a eso y el silencio se prolongó hasta que Brunetti dijo:

    —¿Y tú qué cuentas? ¿Cómo estás, Luca?

    Luca carraspeó. Fue un sonido húmedo, ingrato al oído.

    —Lo mismo que siempre -dijo al fin, y volvió a toser.
    —¿Y Maria?
    —Hecha una vaca -dijo Luca, con encono-. Lo único que le interesa es mi dinero. Tiene suerte de que la deje vivir en mi casa.
    —Es la madre de tus hijos, Luca.

    Brunetti notó cómo Luca reprimía una respuesta agria a este comentario sobre su vida privada.

    —Prefiero no hablar de eso contigo, Guido.
    —Está bien, Luca. Ya sabes que si lo he dicho es porque hace mucho tiempo que te conozco. — Y, al cabo de un momento, agregó-: Que os conozco a los dos.
    —Ya lo sé, pero las cosas cambian. — Otro silencio, y Luca repitió, ahora en tono distante-: No hablemos de eso, Guido.
    —De acuerdo -dijo Brunetti-. Siento haber tardado tanto en llamar.

    Con la pronta condescendencia del viejo amigo, Luca dijo:

    —Tampoco he llamado yo.
    —No importa.
    —No, desde luego -rió Luca, recuperando su antigua voz y su antigua tos.

    Brunetti se aventuró entonces a pedir:

    —Si te enteras de algo más, ¿me lo dirás?
    —Descuida.

    Antes de que su amigo colgara, Brunetti preguntó:

    —¿Sabes algo de los que se la vendieron y de dónde la sacaron?

    Volvía a haber cautela en la voz de Luca:

    —¿A qué te refieres en particular?
    —A si… -Brunetti no sabía cómo definir la actividad-. A si operan en Venecia.
    —Ah -exclamó Luca-. Que yo sepa, ahí no tienen mucho mercado. La población es vieja, y para los jóvenes es fácil venir a proveerse al continente.

    Brunetti comprendió que era puro egoísmo lo que hacía que él se alegrara de oír eso: cualquiera que tuviera dos hijos adolescentes, por seguro que pudiera estar de su carácter e inclinaciones, se sentiría aliviado de saber que no había mucho tráfico de droga en la ciudad en que vivían.

    El instinto decía a Brunetti que ya nada más podría sacar a Luca. De todos modos, saber el nombre de los hombres que vendían la droga tampoco le hubiera servido de algo.

    —Muchas gracias, Luca. Cuídate.
    —Tú también, Guido.

    Aquella noche, hablando con Paola después de que los chicos se fueran a la cama, le contó su conversación con Luca y el estallido de furor de su amigo a la mención del nombre de su esposa.

    —Tú nunca lo apreciaste tanto como yo -dijo Brunetti, como si eso pudiera explicar o disculpar la actitud de Luca.
    —¿Qué quieres decir con eso? — preguntó Paola, pero sin beligerancia.

    Estaban sentados uno a cada extremo del sofá y habían dejado entre los dos sus lecturas respectivas cuando empezaron a hablar. Brunetti meditó un rato antes de responder.

    —Supongo que es natural que tú simpatices más con Maria que con él.
    —Pues mira, me parece que Luca tiene razón -dijo Paola volviendo hacia él primero la cara y después el cuerpo-. Maria es una vaca.
    —Creí que te caía bien.
    —Y me cae bien -reconoció Paola-. No obstante, Luca tiene razón al decir que es una vaca. Pero lo es por culpa de él. Cuando se casaron, Maria era dentista y él le pidió que dejara de trabajar. Luego nació Paolo, y Luca dijo que no hacía falta que volviera a abrir la consulta, que con los clubes él ganaba lo suficiente para mantenerlos a todos. Y ella se quedó en casa.
    —¿Y qué? — interrumpió Brunetti-. ¿Eso le hace responsable de que ella se haya convertido en una vaca? — Antes de acabar de hablar, comprendía ya lo insultante y lo absurda que era la sola palabra.
    —Sí, porque él se empeñó en ir a vivir a Jesolo, para controlar mejor los clubes. Y ella fue. — Su voz se hacía tétrica mientras iba pasando las cuentas de un antiguo rosario.
    —Nadie le puso una pistola en el pecho, Paola.
    —Naturalmente que nadie le puso una pistola en el pecho. Ni falta que hacía -le disparó ella-. Estaba enamorada. — Al ver la expresión de su marido, rectificó-: De acuerdo, los dos estaban enamorados. — Calló un momento y prosiguió-: Así pues, ella se va de Venecia a Jesolo, ¡un lugarejo de veraneo, por Dios!, y se dedica a ser ama de casa y madre.
    —Que no son palabras soeces, Paola.

    Ella le lanzó una mirada fiera, pero mantuvo la voz serena.

    —Ya sé que no son palabras soeces. No he querido dar esa impresión. Pero lo cierto es que Maria abandonó una profesión que le gustaba y en la que era muy buena, para ir a enterrarse en un desierto, criar a dos hijos y cuidar de un marido que bebía demasiado, fumaba demasiado y andaba con demasiadas mujeres. — Brunetti se guardó bien de echar más leña a ese fuego y mantuvo la boca cerrada, esperando a que ella continuara, y continuó-: Y ahora, al cabo de más de veinte años de esa vida, es una vaca. Es gorda y pelmaza y no sabe hablar más que de sus hijos y sus guisos. — Miró a Brunetti, pero él seguía mudo-. ¿Cuánto hace que no los vemos juntos? ¿Dos años? Recuerda qué pesadilla, la última vez que cenamos en su casa: ella, mariposeando alrededor, preguntando si queríamos más y enseñando fotos de sus dos hijos, que tampoco son nada del otro mundo.

    La velada fue una pesadilla para todos salvo, curiosamente, para Maria, que parecía no darse cuenta de cómo los estaba aburriendo.

    Con pueril candor, Brunetti preguntó:

    —No iremos a discutir por eso, ¿verdad?

    Paola apoyó la cabeza en el sofá y se echó a reír.

    —No, claro que no. Supongo que se me nota la poca simpatía que ella me inspira. Y el remordimiento que ello me causa. — Esperó a ver cómo reaccionaba Brunetti y prosiguió-: Ella tenía otras opciones, pero las rechazó. Se negó a tomar a alguien que la ayudara a cuidar de los niños para trabajar por lo menos media jornada, luego dejó que le caducara la licencia y, poco a poco, fue perdiendo interés por todo lo que no tuviera que ver con sus dos hijos. Y luego engordó.

    Cuando estuvo seguro de que ella había terminado, Brunetti observó:

    —No sé qué pensarás de lo que voy a decir, pero eso se parece sospechosamente a los argumentos que he oído de boca de muchos maridos infieles.
    —¿Para justificar su infidelidad?
    —Sí.
    —Seguramente -dijo ella con firmeza, pero sin incomodarse.

    Evidentemente, no pensaba continuar, por lo que él preguntó:

    —¿Y qué más?
    —Nada más. La vida le ofreció una serie de opciones y ella eligió la que eligió. Imagino que, una vez accedió a dejar de trabajar y marcharse de Venecia, cada paso que daba hacía que el siguiente fuera inevitable. Pero, como has dicho muy bien, nadie le puso una pistola en el pecho.
    —Maria me da lástima -dijo Brunetti-. Los dos me dan lástima.

    Paola, con la cabeza apoyada en el sofá y los ojos cerrados, dijo:

    —A mí también. — Después de un largo momento, preguntó-: ¿Te alegras de que yo haya seguido trabajando?

    Él dio a la pregunta la reflexión que se merecía y respondió:

    —La verdad, no mucho. Pero sí me alegro de que no hayas engordado.


    11


    Al día siguiente, Patta no apareció por la questura, sin otra justificación que una llamada que hizo a la signorina Elettra para comunicarle lo que, para entonces, ya era una obviedad: que no iba a estar. La signorina Elettra no hizo preguntas, pero llamó a Brunetti para decirle que, en ausencia del vicequestore, él tenía el mando, ya que el questore estaba de vacaciones en Irlanda.

    A las nueve, Vianello llamó para informar de que ya había estado en el apartamento de Rossi, después de pasar por el hospital a recoger las llaves. No había visto nada de particular, y los únicos papeles eran facturas y recibos. Había encontrado una libreta de direcciones al lado del teléfono, y Pucetti ya estaba llamando a las personas que aparecían en ella. Hasta el momento, el único pariente que había aparecido era un tío que residía en Vicenza, al que ya habían llamado del hospital y que estaba haciendo los trámites para el entierro. Poco después, llamó Bocchese, el técnico del laboratorio, quien le dijo que un agente le subiría la cartera de Rossi al despacho.

    —¿Ha encontrado algo?
    —No. Sólo sus huellas y las del chico que lo encontró.

    Alerta a la posibilidad de que pudiera haber otro testigo, Brunetti preguntó:

    —¿Un chico?
    —El agente. Ese jovencito, no sé cómo se llama. Para mí todos son chicos.
    —Franchi.
    —Si usted lo dice… -respondió Bocchese con indiferencia-. Tengo sus huellas en el archivo y concuerdan con las de la cartera.
    —¿Algo más?
    —No. No he mirado el contenido de la cartera, sólo he sacado las huellas.

    Un joven agente, uno de los nuevos, cuyos nombres tanto le costaba recordar, apareció en la puerta del despacho. Brunetti lo llamó con un ademán y el joven se acercó y puso encima de la mesa la cartera, aún en la bolsa de plástico.

    Brunetti, sujetando el teléfono entre el hombro y la mandíbula, levantó la bolsa, la abrió y preguntó a Bocchese:

    —¿Alguna huella en el interior?
    —Ya le he dicho que ésas eran las únicas -dijo el técnico y colgó el teléfono.

    Brunetti colgó a su vez. En cierta ocasión, un coronel de carabinieri había comentado que Bocchese era tan bueno que podía encontrar huellas hasta en algo tan viscoso como el alma de un político, por lo que se le consentía más que a la mayoría de los que trabajaban en la questura. Hacía tiempo que Brunetti se había acostumbrado al irascible carácter de aquel hombre; más aún, con los años se había hecho insensible a sus exabruptos. Compensaba su hosquedad la intachable eficacia de su trabajo, que había prevalecido contra el feroz escepticismo de más de un abogado defensor.

    Brunetti abrió la bolsa e hizo caer la cartera sobre la mesa. Estaba abarquillada por el roce con la cadera de Rossi, donde, al parecer, había permanecido varios años. La piel marrón tenía una, grieta en el centro y una pequeña parte del ribete se había desgastado dejando al descubierto un fino cordón gris. Brunetti abrió la cartera aplastándola sobre la mesa. Los departamentos de la izquierda contenían cuatro tarjetas de plástico, Visa, Standa, la credencial del Ufficio Catasto y la Carta Venezia, que daba derecho a Rossi a beneficiarse de la tarifa reducida que los transportes municipales concedían a los residentes. Las sacó y examinó la foto que aparecía en las dos últimas. Estaba grabada en las tarjetas por un proceso holográfico, por lo que la imagen se borraba cuando la luz incidía en ella en un ángulo determinado; pero era Rossi, indudablemente.

    A la derecha había un departamento para monedas con cierre metálico a presión. Brunetti lo abrió y vació sobre la mesa. Había varias monedas nuevas de mil liras, unas pocas de quinientas y una de cada uno de los tres tipos, de distinto tamaño, de monedas de cien en circulación. ¿A todo el mundo le parecía tan extraño como a él que hubiera monedas de cien de tres tamaños diferentes? ¿Qué explicación podía tener semejante chaladura?

    Brunetti abrió la parte posterior de la cartera y sacó los billetes. Estaban dispuestos por riguroso orden, de mayor a menor, con los de mil liras delante. Los contó. Ciento ochenta y siete mil liras.

    Registró el departamento, para ver si se le había pasado por alto alguna cosa, pero no había nada más. Introdujo los dedos en la ranura de la izquierda y sacó varios billetes de vaporetto sin usar, una nota de caja de un bar de tres mil trescientas liras y varios sellos de ochocientas liras. En el otro lado encontró otra nota de bar, en el reverso de la cual estaba anotado un número de teléfono. Como no empezaba por 52, 27 ni 72, a pesar de que no llevaba prefijo, supuso que no era de Venecia. Y nada más. Ni nombres, ni una nota del fallecido para caso de accidente, ninguna de las cosas que en realidad nunca se encuentran en la cartera de una persona que puede haber muerto víctima de un acto de violencia deliberado.

    Brunetti volvió a guardar el dinero en la cartera y ésta, en la bolsa de plástico. Se acercó el teléfono y marcó el número de Rizzardi. A esas horas, ya se habría hecho la autopsia, y el comisario deseaba saber algo más acerca de la extraña hendidura que Rossi tenía en la frente.

    El médico contestó a la segunda señal y los dos hombres intercambiaron los saludos de rigor.

    —¿Llama por lo de Rossi? — preguntó Rizzardi, que, al oír la afirmación de Brunetti, dijo-: Precisamente ahora iba a llamarle yo.
    —¿Por qué?
    —Por la lesión. Es decir, las dos lesiones. De la cabeza.
    —¿Qué puede decirme?
    —Una es plana, y en la piel hay partículas de cemento. La produjo el golpe contra el suelo. Pero a la izquierda de ésta hay otra, cóncava. Es decir, hecha por un objeto cilíndrico, como los tubos utilizados en la construcción de la impalcatura levantada frente al edificio, aunque dé la impresión de que el diámetro era menor.
    —¿Y…?
    —Y no hay vestigios de óxido en la herida. Esos tubos suelen estar sucios, oxidados y con restos de pintura, pero no he encontrado señales de ninguna de esas cosas.
    —Quizá en el hospital lo lavaron.
    —Sí, pero en el hueso había restos de metal, únicamente metal. Ni suciedad, ni óxido, ni pintura.
    —¿Qué clase de metal? — preguntó Brunetti, suponiendo que las palabras de Rizzardi debían de tener una razón más concreta que la simple falta de algo.
    —Cobre. — Como Brunetti no hiciera comentario alguno, Rizzardi apuntó-: No me compete decirle cómo debe hacer su trabajo, pero creo que no estaría de más enviar allí hoy mismo, o lo antes posible, a un equipo del laboratorio.
    —Sí -dijo Brunetti, alegrándose de estar al frente de la questura aquel día-. ¿Algo más?
    —Los dos brazos estaban fracturados, pero eso ya debe usted de saberlo. Y tenía magulladuras en las manos, pero podían ser debidas a la caída.
    —¿Tiene idea desde qué altura cayó?
    —No estoy muy versado en esa clase de cosas, ya que ocurren muy de tarde en tarde. Pero he consultado varios libros, y diría que unos diez metros.
    —¿Un tercer piso?
    —Posiblemente. Un segundo, por lo menos.
    —¿Ha podido deducir algo de la forma en que cayó?
    —No; pero da la impresión de que después de caer trató de arrastrarse. La tela del pantalón está rozada, y también la piel de las rodillas. Además, hay una desolladura en la parte interna de un tobillo que yo diría que se produjo al arrastrarse por el suelo.

    Brunetti interrumpió al médico:

    —¿Es posible determinar qué herida le causó la muerte?
    —No. — La respuesta de Rizzardi fue tan rápida que Brunetti comprendió que debía de estar esperando la pregunta. El médico se quedó a la expectativa, pero a Brunetti no se le ocurrió más que un vago:
    —¿Algo más?
    —No. Estaba sano, y hubiera vivido muchos años.
    —Pobre hombre.
    —El empleado del depósito me ha dicho que usted lo conocía. ¿Un amigo?

    Brunetti respondió sin vacilar.

    —Sí. Un amigo.


    12


    Brunetti llamó a la oficina de Telecom y se identificó como agente de policía. Explicó que estaba tratando de localizar un número de teléfono pero que le faltaba el prefijo de la ciudad y sólo disponía de los siete últimos dígitos, y preguntó si Telecom podía darle los nombres de las ciudades en las que existiera tal número. Sin vacilar ni proponer siquiera llamarlo a la questura para verificar su identidad, la mujer le pidió que aguardara mientras consultaba el ordenador y lo dejó en espera. Por lo menos, no había música. La mujer no tardó en volver a la línea y le dijo que las posibilidades eran: Piacenza, Ferrara, Aquilea o Messina.

    Brunetti pidió entonces los nombres de los abonados, y aquí la mujer invocó las normas de Telecom, el derecho a la privacidad y la «política establecida». Le explicó que necesitaba una llamada de la policía o de algún otro organismo del Estado. Pacientemente, conservando un tono de voz sereno, Brunetti volvió a explicarle que él era comisario de policía y, si lo deseaba, ella podía llamarle a la questura de Venecia. Cuando la mujer le pidió el número, Brunetti estuvo tentado de decirle si no sería preferible que lo buscara ella en la guía, para tener la seguridad de que llamaba realmente a la questura. Pero se limitó a dar el número, repitió su nombre y colgó. Casi inmediatamente, sonó el teléfono y la mujer le leyó cuatro nombres y direcciones.

    Los nombres no le decían nada. El número de Piacenza era de una agencia de alquiler de coches, el de Ferrara estaba a nombre de una sociedad que tanto podía ser una oficina como un comercio. Los otros dos parecían de domicilios particulares. Marcó el número de Piacenza y dijo al hombre que contestó que era de la policía de Venecia y deseaba saber si tenían en sus archivos constancia de haber alquilado un coche a Franco Rossi de Venecia o si el nombre les era familiar. El hombre pidió a Brunetti que esperara, cubrió el micrófono con la mano y habló con otra persona. Entonces se puso al teléfono una mujer que le hizo repetir su petición y también le dijo que esperase un momento. El momento se convirtió en varios minutos, transcurridos los cuales la mujer le dijo que lo sentía mucho pero que en su archivo no figuraba ningún cliente con ese nombre.

    En el número de Ferrara, un contestador informaba de que había llamado al despacho de Gavini y Cappelli, y le pedía que dejara su nombre, número y motivo de la llamada. Brunetti colgó.

    En Aquilea le contestó la que parecía la voz de una anciana que le dijo que nunca había oído hablar de Franco Rossi. El número de Messina estaba fuera de servicio.

    Brunetti no había encontrado un permiso de conducir en la cartera de Rossi. Aunque eran muchos los venecianos que no conducían, podía haberlo tenido: la falta de carreteras no era razón suficiente para impedir a un italiano satisfacer su pasión por la velocidad. Llamó a la oficina de Tráfico, donde le informaron de que habían expedido permisos a nombre de nueve Franco Rossi. Brunetti dio entonces la fecha de nacimiento de Rossi y el número de su tarjeta de identificación del Ufficio Catasto. No había ninguna licencia expedida a su nombre.

    Volvió a marcar el número de Ferrara, y tampoco esta vez obtuvo respuesta. Entonces sonó su teléfono.

    —¿Comisario? — Era Vianello.
    —Sí.
    —Acaban de llamarme de la comisaría de Cannaregio.
    —¿La de Tre Archi?
    —Sí, señor.
    —¿Y qué dicen?
    —Recibieron la llamada de un hombre que decía que del apartamento de encima del suyo salía un olor fuerte. Desagradable.

    Brunetti esperó; no se necesitaba mucha imaginación para adivinar lo que venía a continuación: no se llamaba a un comisario de policía para denunciar un desagüe en mal estado o unas basuras abandonadas.

    —Un estudiante -dijo Vianello, cortando sus especulaciones.
    —¿Qué ha sido?
    —Parece sobredosis. Por lo menos, eso me han dicho.
    —¿Cuánto hace que han llamado?
    —Unos diez minutos.
    —Ahora mismo bajo.

    Al salir de la questura, Brunetti se sorprendió del calor. Era curioso. Siempre sabía qué día de la semana era y, casi siempre, qué día del mes, pero con frecuencia tenía que pararse a pensar si era primavera o era otoño. Así pues, al sentir el calor del día, tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para salir de su extraña desorientación y recordar que estaba en primavera y era natural que el calor fuera en aumento.

    Aquel día tenían a otro piloto, Pertile, un hombre al que el comisario encontraba antipático. Embarcaron Brunetti, Vianello y los dos hombres del equipo técnico. Uno de ellos quitó el amarre, salieron al bacino y viraron por el canal del Arsenale. Pertile conectó la sirena y aceleró por las aguas tranquilas del Arsenale, cortando por delante de un vaporetto, el 52, que salía de la parada de Tana.

    —Esto no es una evacuación nuclear, Pertile -dijo Brunetti.

    El piloto se volvió a mirar a los hombres de cubierta, apartó una mano del volante y el sonido de la sirena se apagó. A Brunetti le pareció que la lancha aceleraba más aún, pero optó por no decir nada. Al extremo del Arsenale, Pertile viró bruscamente a la izquierda y pasó frente a las paradas del hospital, Fondamenta Nuove, La Madonna dell'Orto y San Alvise y entró en el canal de Cannaregio. Justo después de la primera parada de barcos, vieron a un agente de policía que, de pie en la riva, les hacía señas con el brazo.

    Vianello le lanzó la cuerda y el hombre se inclinó para atarla a un aro. Al ver a Brunetti, el agente de la riva saludó y alargó la mano para ayudarlo a desembarcar.

    —¿Dónde está? — preguntó Brunetti cuando sintió los pies en tierra firme.
    —Al extremo de esta calle -dijo el hombre dando media vuelta en dirección a una callejuela que se adentraba en el Cannaregio.

    Los otros saltaron a tierra y Vianello se volvió para decir a Pertile que esperase. Brunetti y el agente entraron en la estrecha calle andando uno al lado del otro y los otros los siguieron en fila india.

    No tuvieron que andar mucho, ni les fue difícil encontrar la casa: a unos veinte metros, se había congregado un grupo de gente frente a una puerta en la que había un agente de uniforme con los brazos cruzados. Al acercarse Brunetti, un hombre se apartó del grupo, pero no fue hacia los policías sino que se quedó a un lado, con los brazos en jarras, esperando. Era alto, casi cadavérico y tenía la nariz de borracho más escandalosa que había visto Brunetti en toda su vida: roja, bulbosa, picada y con la punta casi azul. Recordó a Brunetti las caras que había visto en un cuadro de un pintor flamenco -¿de Cristo con la cruz a cuestas?-, deformes y malévolas, que no prometían más que males y sufrimiento para todo el que cayera bajo su maléfico influjo.

    En voz baja, Brunetti preguntó:

    —¿Es ése el que lo ha encontrado?
    —Sí, señor -contestó el policía que los había recibido en la riva-. Vive en el primer piso.

    Cuando se acercaron al hombre, éste metió las manos en los bolsillos y empezó a balancear el cuerpo adelante y atrás, como si tuviera cosas importantes que hacer y la policía le impidiera atenderlas.

    Brunetti se paró frente a él.

    —Buenos días. ¿Nos ha avisado usted? — preguntó.
    —Sí, y me extraña que se hayan molestado en venir tan pronto -dijo el hombre con una voz tan cargada de resentimiento y hostilidad como lo estaba su aliento de alcohol y café.
    —¿Vive usted en el piso de abajo?
    —Sí, desde hace siete años, y si el mierda del dueño se ha creído que con una nota de desahucio va a echarme, ya le diré yo dónde puede metérsela. — Hablaba con acento de la Giudecca y, como muchos de los naturales de esa isla, parecía convencido de que la grosería es tan esencial para el habla como lo es el aire para la respiración.
    —¿Y cuánto hace que él vive aquí?
    —Es que ya no vive -dijo el hombre y soltó una larga carcajada que acabó en un acceso de tos.
    —¿Cuánto hace que vivía aquí? — preguntó Brunetti cuando el hombre hubo acabado de toser.

    El otro se irguió y miró fijamente a Brunetti quien, a su vez, observó las rojeces escamosas de la cara del hombre y los ojos amarillentos de ictericia.

    —Un par de meses. Tendrá que preguntárselo al dueño. Yo sólo lo veía en la escalera.
    —¿Venía alguien a verlo?
    —Eso no lo sé -dijo el hombre con súbita agresividad-. Yo me ocupo de mis asuntos. Además, era estudiante y yo no tengo nada que decir a esa gente. Son unos mierdecillas que se creen que lo saben todo.
    —¿Así se comportaba? — preguntó Brunetti.

    El hombre se quedó pensativo, sorprendido de tener que examinar un caso concreto para comprobar si se ajustaba a sus prejuicios. Al cabo de un rato, dijo:

    —No, pero, como le decía, sólo lo había visto unas pocas veces.
    —Haga el favor de dar su nombre al sargento -dijo Brunetti dando media vuelta e indicando al joven policía que había esperado la lancha. El comisario dio los dos pasos que lo llevaron a la puerta de la casa, donde lo saludó el agente que allí estaba apostado. A su espalda, oyó que el hombre al que había interrogado gritaba:
    —Se llamaba Marco.

    Cuando Vianello se acercó, Brunetti le pidió que viera qué podía averiguar en el vecindario. El sargento se alejó y el agente de la puerta, se adelantó.

    —En el segundo piso, señor.

    Brunetti miró la estrecha escalera. A su espalda, el policía oprimió el pulsador de la luz, pero la débil bombilla apenas supuso diferencia alguna, como si se resistiera a iluminar tanta sordidez. La pintura y el cemento desprendidos de la pared y, arrinconados por los pies de los que subían y bajaban, formaban pequeñas dunas de las que asomaban colillas y papeles.

    Brunetti subió la escalera. En el primer rellano, le salió al encuentro el olor. Viscoso, denso, penetrante, que hablaba de putrefacción, de inmundicia, de una suciedad inhumana. A medida que se acercaba al segundo piso, el olor se acentuaba, y durante un momento terrible Brunetti creyó ver la avalancha de moléculas que se precipitaban sobre él, se adherían a sus ropas y le entraban por nariz y garganta, portadoras del horrible recordatorio de la mortalidad.

    Un tercer policía, muy pálido a la débil luz de la escalera, estaba en la puerta del apartamento. Brunetti vio con pesar que estaba cerrada, lo que hacía temer que el olor fuera mucho peor cuando la abrieran. El agente saludó, rápidamente, se apartó y no paró hasta que estuvo a cuatro pasos de la puerta.

    —Ya puede bajar -dijo Brunetti, comprendiendo que aquel muchacho debía de llevar allí una hora por lo menos.
    —Gracias, señor -dijo el agente y volvió a saludar antes de pasar a toda prisa junto a Brunetti y lanzarse escaleras abajo.

    A su espalda, Brunetti oyó golpes sordos y sonidos metálicos del equipo técnico, que subía con sus maletas de herramientas.

    Brunetti resistió el impulso de aspirar profundamente. Armándose de valor, alargó la mano hacia la puerta. Pero, antes de que pudiera abrirla, uno de los técnicos le gritó:

    —Un momento, comisario. Póngase esto.

    Brunetti, al volverse, vio que el hombre abría una bolsa de plástico que contenía una mascarilla quirúrgica. Dio una a Brunetti y otra a su compañero. Todos se las ajustaron a la boca y nariz, aspirando, agradecidos, el fuerte olor de los productos antisépticos con los que estaban impregnadas.

    Brunetti abrió la puerta, y el olor los acometió, arrollando los agentes químicos. El comisario levantó la mirada y vio que todas las ventanas habían sido abiertas, probablemente, por la policía, lo que, en cierto sentido, contaminaba la escena del crimen. Pero no era necesario proteger la escena de intrusos; el mismo Cerbero hubiera huido de aquel olor aullando.

    Brunetti cruzó el umbral andando con rigidez, para vencer la resistencia de su cuerpo a todo movimiento, y los otros lo siguieron. La sala de estar era lo que cabía esperar del apartamento de un estudiante, y le recordó cómo vivían sus amigos de la universidad. Un sofá deteriorado, con una colcha india de colores vivos tensada sobre el respaldo y los brazos, con los bordes metidos bajo los almohadones, simulando un tapizado. Arrimada a una pared había una mesa larga con papeles, libros y una naranja que ya empezaba a criar moho. En dos sillas, prendas de vestir y más libros.

    El chico estaba tendido de espaldas en el suelo de la cocina. Tenía el brazo izquierdo extendido sobre la cabeza y la aguja hipodérmica que lo había matado clavada todavía en la vena, justo debajo de la articulación del codo. La mano derecha estaba crispada sobre la cabeza, en un gesto que recordó a Brunetti el que hacía su hijo cuando se daba cuenta de que se había equivocado o cometido una tontería. En la mesa había lo que era de esperar: una cuchara, una vela y la bolsita de plástico que había contenido lo que fuera que lo había matado. Por la ventana de la cocina, abierta a un patio, se veía otra ventana, con las persianas cerradas.

    Uno de los técnicos del laboratorio entró detrás de él y miró al muchacho.

    —¿Lo tapamos, comisario?
    —No. Déjenlo como está hasta que lo vea el médico. ¿Quién viene?
    —Guerriero.
    —¿Rizzardi no?
    —No, señor, hoy está de guardia Guerriero.

    Brunetti asintió y volvió a la sala. La tira de goma de la mascarilla empezaba a clavársele en la mejilla. Se la quitó y la guardó en el bolsillo. El olor empeoró pero, al poco rato, ya no notaba la diferencia. El otro técnico entró en la cocina con la cámara y el trípode. Brunetti oía el sonido apagado de sus voces mientras decidían la mejor manera de fijar aquella escena para la pequeña parte de historia que Marco, estudiante universitario, muerto con una aguja clavada en el brazo, ocuparía en los archivos de la policía de Venecia, la perla del Adriático. Brunetti se acercó a la mesa de trabajo y miró el revoltijo de papeles y libros, tan parecido al que tenía él cuando estudiaba y al que dejaba su propio hijo cada mañana cuando se iba a la escuela.

    En la guarda de una Historia de la Arquitectura, Brunetti encontró el nombre: Marco Landi. Lentamente, repasó los papeles de la mesa, parándose de vez en cuando a leer una frase o un párrafo. Descubrió que Marco estaba haciendo un trabajo sobre los jardines de cuatro villas del siglo xviii situadas entre Venecia y Padua. Brunetti encontró libros y fotocopias de artículos sobre arquitectura de jardines y hasta bocetos de jardines que parecían hechos por el muchacho muerto. Brunetti miró largo rato un dibujo grande de un jardín barroco, con cada planta y cada árbol minuciosamente detallado. Hasta se podía ver la hora en el gran reloj de sol situado a la izquierda de una fuente: las cuatro y cuarto. En el ángulo inferior derecho del dibujo, descubrió Brunetti dos conejos que, aparentemente contentos y bien alimentados, miraban con curiosidad al espectador desde detrás de una frondosa adelfa. Dejó el dibujo y tomó otro, éste, al parecer, para otro proyecto, ya que en él aparecía una casa de sobrias líneas modernas, suspendida sobre el espacio abierto de un cañón o un acantilado. Brunetti contempló el dibujo, en el que también vio a los conejos, que atisbaban interrogativamente desde detrás de una escultura abstracta, situada frente a la casa, en medio de una extensión de césped. Siguió hojeando los dibujos de Marco. En todos aparecían los conejos, aunque en algunos estaban disimulados con tanta habilidad que era difícil descubrirlos, por ejemplo, detrás del parabrisas de un automóvil aparcado frente a una casa. Brunetti se preguntaba cómo reaccionaban los profesores de Marco a la presencia de los conejos en cada trabajo, si les divertía o les irritaba. Y entonces se permitió pensar en el chico que los dibujaba. ¿Por qué conejos? ¿Y por qué dos?

    Brunetti desvió su atención de los dibujos a una carta manuscrita que estaba a su izquierda. El sobre no indicaba remitente y llevaba matasellos de la provincia de Trento. La inscripción estaba borrosa y no se leía el nombre de la población. Repasó rápidamente la hoja y vio que estaba firmada «Mamma».

    Brunetti desvió la mirada un momento antes de empezar a leer. Contenía las habituales noticias familiares: papá estaba muy atareado con la siembra de primavera; Maria, que Brunetti dedujo que sería la hermana pequeña de Marco, iba bien en el colegio. Briciola había vuelto a perseguir al cartero. Ella se encontraba bien y esperaba que Marco estudiara mucho y no tuviera más problemas. No, signora, su Marco ya no tendrá más problema, pero desde ahora y durante toda su vida ustedes tendrán una pena muy honda, el desconsuelo de la pérdida y la sensación de que, en cierto modo, han fallado a este muchacho. Y, por más que la razón les diga que no son responsables de su muerte, nunca llegarán a convencerse.

    Brunetti dejó la carta y, rápidamente, repasó los restantes papeles de la mesa. Había más cartas de la madre, pero no las leyó. Al fin, en el cajón de arriba de la cómoda de pino situada a la izquierda de la mesa, encontró una libretita de direcciones y teléfonos en la que estaban los de los padres de Marco, y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

    Al oír ruido en la puerta, se volvió y vio a Gianpaolo Guerriero, el ayudante de Rizzardi. A los ojos de Brunetti, la ambición de Guerriero se reflejaba en su cara joven y delgada y en cada uno de sus rápidos ademanes, o quizá era sólo que, sabiéndolo ambicioso, veía esa cualidad -que Brunetti nunca había podido considerar virtud- en todos sus actos. Le hubiera gustado poder apreciarlo, porque veía que era respetuoso con los cadáveres, pero la frialdad de aquel hombre le impedía sentir por él algo más que respeto. Al igual que su superior, Guerriero vestía con esmero y hoy llevaba un traje de lana gris que realzaba su buena figura. Detrás de él entraron dos empleados del depósito vestidos de blanco. Brunetti señaló la cocina con un movimiento de la cabeza, y hacia allí fueron los hombres, portando una camilla plegada.

    —No toquen nada -les gritó Guerriero sin necesidad. Dio la mano a Brunetti.
    —Me han dicho que ha sido sobredosis -dijo Guerriero.
    —Eso parece.

    No llegaba sonido alguno de la otra habitación.

    Guerriero se fue a la cocina con un maletín en el que Brunetti distinguió el logo de Prada.

    El comisario se quedó en la sala y, mientras esperaba a que Guerriero terminara, apoyó las palmas de las manos en la mesa y volvió a mirar los dibujos de Marco. Le hubiera gustado poder sonreír a los conejos, pero no pudo.

    Guerriero no estuvo en la cocina más que unos minutos. Se paró en la puerta, para quitarse la mascarilla.

    —Si era heroína, y eso parece, la muerte habrá sido instantánea. Ya lo ha visto, no le ha dado tiempo ni de sacar la aguja.
    —¿Qué ha podido matarlo, o por qué lo ha matado, si era adicto?

    Guerriero reflexionó un momento antes de responder:

    —Si ha sido heroína, pudiera estar adulterada con cualquier porquería. Y haberlo matado eso. O, si lo había dejado durante algún tiempo, pudo tener una sobrerreacción a una dosis que no le hubiera afectado cuando se inyectaba regularmente, Es decir, si consiguió una mercancía lo bastante pura.
    —¿Usted qué opina? — preguntó Brunetti y, cuando vio que Guerriero empezaba a dar una respuesta automática y, evidentemente, cauta, agregó, levantando una mano-: Extraoficialmente, por supuesto.

    Guerriero estuvo un rato pensando la respuesta. Brunetti no pudo por menos de suponer que el joven médico estaba sopesando las consecuencias que para su carrera podía tener el descubrimiento de que había expuesto una opinión extraoficialmente. Al fin dijo:

    —Yo diría que ha sido lo segundo.

    Brunetti no trató de sonsacarlo sino que se limitó a esperar a que continuara.

    —No he examinado todo el cuerpo -dijo Guerriero-. Sólo los brazos. Hay muchas marcas antiguas pero ninguna reciente. Si se hubiera inyectado heroína últimamente, se hubiera pinchado en los brazos. Los adictos usan siempre el mismo sitio. Yo diría que hacía un par de meses que lo había dejado.
    —¿Y volvió?
    —Eso parece. Podré decirle más cuando lo haya examinado.
    —Gracias, dottore -dijo Brunetti-. ¿Se lo llevarán ahora?
    —Sí, he dicho que lo metan en una bolsa. Con las ventanas abiertas esto empezará a despejarse pronto.
    —Bien. Muchas gracias.

    Guerriero levantó una mano en respuesta.

    —¿Cuándo podrá hacer la autopsia? — preguntó Brunetti.
    —Seguramente, mañana por la mañana. Ahora hay bastante calma en el hospital. Es curioso, pero en primavera muere menos gente. He dejado la cartera y lo que tenía en los bolsillos en la mesa de la cocina -terminó Guerriero, guardando la mascarilla en el maletín.
    —Gracias. ¿Me llamará cuando sepa algo?
    —Desde luego. — Guerriero estrechó la mano al comisario y se fue.

    Durante su breve conversación, Brunetti había oído ruidos en la cocina. Cuando Guerriero se marchó, los dos ayudantes aparecieron con la camilla, ahora desplegada y cargada con la abultada bolsa. Brunetti hizo un esfuerzo para no pensar en cómo tendrían que manipular la carga para bajarla por aquella escalera tan estrecha y retorcida. Los dos movieron la cabeza de arriba abajo en señal de saludo pero no se pararon.

    Mientras por la escalera abajo se alejaban los sonidos que acompañaban su partida, Brunetti volvió a la cocina.

    El más alto de los dos técnicos -Brunetti creía recordar que se llamaba Santini, pero no estaba seguro- dijo levantando la cara:

    —Aquí no hay nada, comisario.
    —¿Han visto los papeles? — preguntó Brunetti señalando la cartera y el montoncito de papeles arrugados y monedas que estaban en la mesa.

    El compañero de Santini contestó por él:

    —No, señor. Pensamos que preferiría hacerlo usted.
    —¿Cuántas habitaciones más hay? — preguntó Brunetti.

    Santini señaló hacia la parte posterior del apartamento.

    —Sólo el baño. Debía de dormir en el sofá de ahí fuera.
    —¿Algo en el baño?

    Santini dejó que contestara el otro.

    —No, señor. Ni una aguja. Sólo las cosas normales que suele haber en un cuarto de baño: aspirinas, crema de afeitar, un paquete de maquinillas de plástico; nada de artilugios para drogarse.

    A Brunetti le pareció interesante ese comentario del técnico y preguntó:

    —¿Qué deducción haría usted?
    —Yo diría que el chico estaba limpio -respondió el hombre sin vacilar. Brunetti miró a Santini, que asentía a las palabras de su compañero. El otro prosiguió-: Nosotros vemos a muchos chicos de ésos, y la mayoría están hechos una lástima. Llagas por todo el cuerpo, no sólo en los brazos. — Levantó una mano y la agitó varias veces, como para ahuyentar el recuerdo de los cuerpos jóvenes que se habían comprado la muerte con la droga-. Pero éste no tenía otras marcas recientes. — Todos callaron durante un rato.

    Finalmente, Santini preguntó:

    —¿Algo más, comisario?
    —Nada, gracias. — Brunetti observó que los dos hombres se habían quitado las mascarillas y que el olor era ahora más débil incluso allí, donde había estado el cadáver durante nadie sabía cuánto tiempo-. Vayan a tomar un café. Yo echaré un vistazo a todo eso -dijo señalando con un ademán la cartera y los papeles-. Luego cerraré y bajaré a reunirme con ustedes.

    Ninguno hizo objeciones. Cuando se fueron, Brunetti tomó la cartera y sopló el fino polvo gris que la cubría. En el interior había cincuenta y siete mil liras, más dos mil setecientas en monedas que estaban encima de la mesa, donde alguien las había dejado después de sacarlas de los bolsillos de Marco. Encontró también la carta d'identità de Marco, en la que constaba su fecha de nacimiento. Con un movimiento súbito, se echó en la palma de la mano todas las monedas y el papel y las guardó en el bolsillo de su chaqueta. Había visto un juego de llaves en la mesa, junto a la puerta de entrada. Después de comprobar todas las persianas, las cerró, lo mismo que las ventanas. Luego echó la llave a la puerta del apartamento y bajó la escalera.

    En la calle, Vianello estaba al lado de un anciano, con la cabeza inclinada para oír lo que le decía. Al ver salir a Brunetti, dio unas palmadas en el brazo al viejo y se apartó de él. Cuando se acercaba Brunetti, Vianello movió la cabeza negativamente.

    —Nadie ha visto nada. Nadie sabe nada.


    13


    Con Vianello y los técnicos del laboratorio, Brunetti volvió a la questura en la lancha de la policía, confiando en que el viento disipara el olor que traían consigo del apartamento. Nadie decía nada, pero Brunetti sabía que no se sentiría completamente limpio hasta que se quitara todo lo que llevaba puesto aquel día y estuviera un buen rato debajo de la ducha. A pesar del primer calor de aquella primavera avanzada, le apetecía el contacto del agua caliente y el roce áspero del guante de crin en cada centímetro de piel.

    Los técnicos llevaban a la questura los útiles de la muerte de Marco y, aunque no confiaban en encontrar un segundo juego de huellas en la jeringuilla, cabía la posibilidad de que la bolsa de plástico que el chico había dejado en la mesa les proporcionara algo, aunque no fuera más que un fragmento, que coincidiera con huellas que tuvieran archivadas.

    Al llegar a la questura, el piloto hizo una aproximación muy rápida y la lancha topó con el embarcadero, haciendo tambalearse a los hombres que estaban en cubierta. Uno de los técnicos tuvo que agarrarse al hombro de Brunetti para no caer por las escaleras de la cabina. El piloto paró el motor, saltó a tierra con el cabo para amarrar la lancha al embarcadero y simuló concentrarse en la operación de hacer los nudos. Sin una palabra, Brunetti saltó de la lancha y entró en la questura seguido por los otros.

    Brunetti fue directamente al despachito de la signorina Elettra. Cuando entró, ella estaba hablando por teléfono y, al verlo, levantó una mano para indicarle que esperase. Él se acercó despacio, temiendo llevar consigo el terrible hedor que aún le impregnaba, si no la ropa, por lo menos, la mente. Vio que la ventana estaba abierta y se acercó a ella, parándose junto a un gran ramo de azucenas que despedían aquel olor empalagoso que él siempre había aborrecido.

    Al notar su desazón, la signorina Elettra lo miró, apartó el auricular y agitó una mano en un gesto de irritación con su interlocutor. Se acercó el auricular y murmuró varias veces «sí», sin dejar que la impaciencia le llegara a la voz. Al cabo de un minuto, volvió a apartar el aparato, luego se lo acercó bruscamente, dijo «gracias» y «adiós», y colgó.

    —Y toda esa historia, para decir que esta noche no vendrá -fue toda la explicación que brindó. No era mucho, aunque lo suficiente como para que Brunetti se sintiera intrigado por el qué y el dónde. Y el quién. No dijo nada.
    —¿Qué tal? — preguntó ella.
    —Mal -respondió Brunetti-. Veinte años. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí.
    —Y con este calor -dijo ella en tono de conmiseración.

    Brunetti asintió.

    —Droga. Sobredosis.

    Ella cerró los ojos, dejó pasar un momento y dijo:

    —He preguntado a varios conocidos y todos dicen lo mismo, que Venecia es un mercado muy pequeño para la droga. — Hizo una pausa y prosiguió-: Pero tiene que ser lo bastante grande como para que alguien haya vendido a ese chico lo que lo ha matado. — A Brunetti se le hizo extraño oírla llamar «chico» a Marco, cuando ella misma tendría apenas diez años más.
    —Tengo que llamar a los padres -dijo Brunetti.

    Ella miró el reloj y Brunetti la imitó, descubriendo con asombro que no era más que la una y diez. La muerte hacía perder la noción del tiempo; le parecía haber estado varios días en aquel apartamento.

    —¿Por qué no espera un poco, comisario? — Anticipándose a su pregunta, ella explicó-: Así el padre estará en casa y habrán almorzado. Será preferible que estén juntos cuando se lo diga.
    —Tiene razón. No lo había pensado. Esperaré. — No tenía ni idea de lo que haría para ocupar el tiempo de la espera.

    La signorina Elettra adelantó el cuerpo, tecleó en el ordenador y la pantalla quedó en blanco.

    —Me parece que saldré a tomar un ombra antes del almuerzo. ¿Me acompaña, comisario? — Se sonreía por su descaro: invitar a una copa a un hombre casado que, además, era un superior…

    Brunetti, conmovido por la magnanimidad del ofrecimiento, dijo:

    —Con mucho gusto, signorina.

    Brunetti hizo la llamada poco después de las dos. Se puso al teléfono una mujer, él pidió por el signor Landi y suspiró un «gracias» mudo, dirigido no sabía a quién, cuando ella, sin mostrar curiosidad, dijo que enseguida avisaba a su marido.

    —Landi -dijo una voz grave.
    —Signor Landi -dijo Brunetti-, soy el comisario Guido Brunetti. Le llamo de la questura de Venecia.

    No pudo continuar porque Landi, con voz repentinamente tensa y aguda, cortó:

    —¿Marco?
    —Sí, signor Landi.
    —¿Le ha ocurrido algo malo? — preguntó el hombre bajando el tono.
    —Lamento decirle que sí, signor Landi.

    Por la línea fluía ahora el silencio. Brunetti imaginó a Landi, de pie junto al teléfono, con el periódico en la mano, mirando hacia la cocina, donde su mujer recogía los platos después de haber comido en paz por última vez en su vida.

    La voz de Landi se hizo casi inaudible, pero Brunetti pudo ponerle el sonido fácilmente, porque la pregunta sólo podía ser una:

    —¿Muerto?
    —Sí, lo siento.

    Otra pausa, ésta aún más larga, y Landi preguntó:

    —¿Cuándo?
    —Lo hemos encontrado hoy.
    —¿Quién?
    —La policía. Un vecino ha llamado. — Brunetti no quiso dar detalles ni decir cuánto tiempo llevaba muerto Marco-. Ha dicho que hacía días que no veía a Marco y nos ha pedido que entrásemos en el apartamento. Hemos entrado y lo hemos encontrado.
    —¿Drogas?

    No se había hecho la autopsia. Las instancias del Estado aún no habían estudiado las circunstancias de la muerte del muchacho, no las habían verificado ni se habían pronunciado sobre la causa de la muerte; por lo tanto, era temerario, irresponsable y reprobable aventurar una opinión.

    —Sí -dijo Brunetti.

    El hombre que estaba al otro extremo del hilo lloraba. Brunetti oía los jadeos largos y profundos con los que sorbía el aire su garganta atenazada por el dolor. Brunetti apartó el auricular del oído y se quedó mirando una placa de la pared de su izquierda, con los nombres de los agentes de la policía caídos en la primera guerra mundial. Empezó a leer nombres y fechas de nacimiento y de muerte. Uno tenía sólo veinte años, la misma edad que Marco.

    Oyó por el teléfono el sonido de una voz lejana, que se levantaba con curiosidad o con miedo, pero que se apagó cuando Landi cubrió el micrófono con la mano. Pasó otro minuto. Luego oyó la voz de Landi. Brunetti acercó el auricular al oído, pero sólo alcanzó a oír:

    —Luego lo llamaré. — Se interrumpió la comunicación.

    Mientras, sentado en su despacho, aguardaba la llamada, Brunetti pensaba en la naturaleza de aquel crimen. Si Guerriero estaba en lo cierto y Marco había muerto porque su cuerpo se había deshabituado a la terrible acometida de la heroína durante el tiempo que se había mantenido apartado de ella, ¿qué delito se había cometido entonces, aparte del de la venta de una sustancia prohibida? ¿Qué gravedad podía revestir el delito de vender heroína a un heroinómano y dónde estaba el juez que pudiera considerarlo más que simple falta?

    Ahora bien, si la heroína que lo había matado estaba adulterada con una sustancia peligrosa o letal, ¿cómo averiguar en qué punto de la ruta que se extendía desde los campos de opio de Oriente hasta las venas de Occidente había sido agregada tal sustancia y por quién?

    Cualquiera que fuera el planteamiento, Brunetti no creía que ese crimen pudiera tener grandes consecuencias judiciales. Tampoco parecía probable que llegara a descubrirse la identidad del responsable. Pero no por ello dejaba de estar muerto aquel joven estudiante que disimulaba hábilmente enigmáticos conejos en todos sus dibujos.

    Brunetti se levantó y se acercó a la ventana. El sol inundaba campo San Lorenzo. Todos los ancianos que vivían en la residencia geriátrica habían acudido a la llamada a la siesta y abandonado el campo a gatos y transeúntes. Brunetti apoyó las manos en el alféizar y se asomó, observando el campo como en busca de una señal. Al cabo de media hora, llamó Landi. Dijo que él y su esposa llegarían a Venecia a las siete de la tarde y preguntó cómo podían ir a la questura.

    Cuando Landi respondió afirmativamente a la pregunta de si harían el viaje en tren, Brunetti dijo que estaría esperándolos en la estación para llevarlos al hospital en la lancha.

    —¿Al hospital? — preguntó Landi con una esperanza desgarrada en la voz.
    —Lo siento, signor Landi. Es donde los llevan.
    —Ah -exclamó Landi por toda respuesta y de nuevo colgó el teléfono.

    Aquella tarde, Brunetti llamó a un amigo que regentaba un hotel en campo Santa Marina y le preguntó si tendría una habitación doble para unas personas que quizá se quedasen a pasar la noche. La gente que debe acudir a la llamada del desastre suele olvidarse de comer, de dormir y de todos esos engorros que demuestran que la vida continúa.

    El comisario pidió a Vianello que lo acompañara, pensando que para los Landi sería más fácil reconocer a un policía de uniforme. Por otra parte, era consciente de que Vianello era la mejor compañía que podía llevar no sólo para los Landi sino también para sí mismo.

    El tren llegó con puntualidad, y no fue difícil reconocer a los padres de Landi entre los pasajeros que bajaron al andén. Ella era alta y delgada, con un vestido gris muy arrugado por el viaje y un moñito en la nuca que había pasado de moda hacía décadas. Su marido la llevaba del brazo, pero era fácil adivinar que no era por galantería: la mujer andaba con paso inseguro, como por efecto de la bebida o de la enfermedad. Landi era bajo y fornido, con músculos que denotaban toda una vida de trabajo duro. En otras circunstancias, a Brunetti le hubiera parecido cómico el contraste que ofrecía la pareja, pero no en ésas. La cara de Landi tenía el tono oscuro del cuero y su pelo disperso y descolorido apenas protegía un cráneo tan curtido como la cara. Tenía el aspecto del hombre que pasa todo el día a la intemperie, y Brunetti recordó la carta de la madre en la que hablaba de la siembra de primavera.

    Al ver el uniforme de Vianello, Landi llevó a su esposa hacia él. Brunetti se presentó a sí mismo y a su sargento y dijo que tenían una lancha esperando. Sólo Landi les dio la mano y sólo él pudo hablar. Su esposa no fue capaz sino de mover la cabeza de arriba abajo, al tiempo que se llevaba la mano izquierda a los ojos.

    Todo se hizo con rapidez. En el hospital, Brunetti sugirió que sólo el signor Landi identificara a Marco, pero ellos insistieron en entrar juntos a ver a su hijo. Brunetti y Vianello esperaron fuera, en silencio. Al cabo de unos minutos, los Landi salieron sollozando abiertamente. Las disposiciones exigían que la identificación formal se hiciera de palabra o por escrito en presencia del agente de la autoridad.

    Cuando los Landi se calmaron, Brunetti sólo dijo:

    —Me he tomado la libertad de reservar una habitación, por si prefieren quedarse esta noche.

    Landi miró a su esposa, que movió la cabeza negativamente.

    —No, señor. Regresaremos hoy mismo. Es mejor. Hay un tren a las ocho treinta. Lo comprobamos antes de salir.

    Tenía razón. Era mejor y Brunetti lo sabía. Al día siguiente se haría la autopsia, y era conveniente alejar a los padres. Los hizo salir del hospital por la puerta de Urgencias y los llevó a la lancha de la policía que aguardaba en el muelle. Bonsuan los vio acercarse y ya había soltado las amarras cuando llegaron. Vianello ayudó a la signora Landi a embarcar y a bajar a la cabina. Brunetti tomó del brazo a Landi cuando éste saltó a la lancha y, con una ligera presión de los dedos, le impidió seguir a su mujer.

    Bonsuan, que navegaba con la misma soltura con que respiraba, los apartó suavemente del muelle, haciendo funcionar el motor a poca velocidad, de modo que su avance era casi silencioso. Landi mantenía la mirada baja, fija en el agua, como resistiéndose a mirar a la ciudad que le había quitado la vida a su hijo.

    —¿Querría hablarme de Marco? — preguntó Brunetti.
    —¿Qué quiere saber? — preguntó Landi, sin levantar los ojos.
    —¿Sabía que se drogaba?
    —Sí.
    —¿Lo había dejado?
    —Yo creía que sí. A finales del año pasado, vino a casa. Dijo que se había desenganchado y quería pasar una temporada con nosotros. Estaba sano, y este invierno trabajó de firme. Entre los dos cambiamos el tejado del granero, que es una clase de trabajo que no puedes hacer si tomas cosas de esas que te envenenan el cuerpo. — Landi mantenía la mirada fija en el agua por la que se deslizaba la lancha.
    —¿Le hablaba a usted de eso?
    —¿De la droga?
    —Sí.
    —Sólo una vez. Él sabía que era un tema que yo no podía soportar.
    —¿Le dijo por qué lo hacía o dónde la conseguía?

    Landi miró a Brunetti. Tenía los ojos del azul de los glaciares y la cara extrañamente tersa, aunque atezada por el sol y el viento.

    —¿Quién puede comprender por qué le hacen eso al cuerpo? — Movió la cabeza tristemente y volvió a mirar el agua.

    Brunetti, reprimiendo el impulso de pedir perdón por sus preguntas, dijo:

    —¿Sabe algo de su vida aquí? ¿De sus amigos? ¿Qué hacía?

    Landi pareció responder a otra pregunta.

    —Él siempre quiso ser arquitecto. Desde que era niño, lo único que le interesaba eran los edificios y cómo estaban hechos. Yo no entiendo de eso, yo soy un hombre del campo. Lo único que conozco es eso, el campo. — Cuando la lancha salió a las aguas de la laguna, una ola los embistió, pero Landi mantuvo el equilibrio como si no hubiera notado el movimiento-. Lo malo es que en el campo ya no hay futuro, no se puede vivir de la tierra. De eso estamos convencidos, pero no sabemos hacer otra cosa. — Suspiró. Sin levantar la cabeza, prosiguió-: Marco vino aquí a estudiar. Hace dos años. Cuando volvió a casa al final del primer año, notamos que algo andaba mal, pero no sabíamos qué. — Miró a Brunetti-. Nosotros somos gente sencilla, no sabemos nada de drogas ni de esas cosas. — Volvió la cara, vio los edificios que se levantaban al borde de la laguna y otra vez miró el agua.

    El viento soplaba con más fuerza y Brunetti tuvo que inclinar la cabeza para oír lo que decía el hombre.

    —En Navidad del año pasado vino a casa. Lo vi muy alterado, hablé con él y me lo confesó. Dijo que había decidido dejarlo, que sabía que eso le mataría.

    Brunetti apoyó el peso del cuerpo en el otro pie y vio cómo las encallecidas manos de Landi oprimían la borda de la lancha.

    —No supo explicarme por qué lo había hecho ni cómo era eso, pero cuando dijo que quería dejarlo le creí. No se lo dijimos a su madre. — Landi calló.
    —¿Qué ocurrió después? — preguntó Brunetti.
    —Se quedó en casa todo el invierno, y entre los dos reparamos el granero. Por eso sé que estaba perfectamente. Luego, hace dos meses, dijo que quería volver a los estudios, que ya había pasado el peligro. Yo le creí. Volvió a Venecia y parecía estar bien. Hasta que ha llamado usted.

    La lancha viró para dejar el Canale di Cannaregio y entrar en el Gran Canal.

    —¿Nunca mencionó a algún amigo? — preguntó Brunetti-. ¿Una novia?

    La pregunta pareció violentar a Landi.

    —Tenía una novia en el pueblo. — Calló, pero era evidente que la respuesta no estaba completa-. Me parece que aquí había alguien más. Marco llamó tres o cuatro veces durante el invierno, y también llamaba una chica preguntando por él. Pero él no nos dijo nada.

    El motor dio marcha atrás un segundo, y la embarcación se detuvo suavemente frente a la estación. Bonsuan paró el motor y salió de la cabina. En silencio, enlazó un amarre, saltó a tierra y tiró de la cuerda hasta poner la lancha paralela al embarcadero. Landi y Brunetti se volvieron y el hombre dio la mano a su mujer para ayudarla a subir el último peldaño de la escalera de la cabina y la sostuvo del brazo mientras ambos saltaban a tierra.

    Brunetti pidió a Landi los billetes y se los dio a Vianello, que se adelantó rápidamente para hacerlos sellar e informarse del andén. Cuando los otros tres acabaron de subir la escalera, Vianello ya regresaba. Los llevó al andén número cinco, donde esperaba el tren para Verona. En silencio, caminaron a lo largo del tren hasta que Vianello, que iba mirando por las ventanillas, vio un compartimiento vacío. Se paró en un extremo del coche, al lado de la puerta, y ofreció el brazo a la signora Landi. Apoyándose en él, la mujer subió al tren pesadamente. Landi la siguió. Desde la plataforma, se volvió y tendió la mano primero a Vianello y después a Brunetti. Movió la cabeza de arriba abajo, pero no tenía más palabras y siguió a su mujer por el pasillo hasta el compartimiento.

    Brunetti y Vianello se quedaron junto a la puerta hasta que el revisor tocó el silbato, agitó un banderín verde y subió al tren, que ya había arrancado. La puerta se cerró automáticamente y el tren se dirigió hacia el puente y el mundo que había más allá de Venecia. Cuando el compartimiento pasó por delante de ellos, Brunetti vio que los Landi estaban sentados uno al lado del otro y que él rodeaba con el brazo los hombros de su mujer. Los dos miraban fijamente el asiento de enfrente y no se volvieron al pasar por delante de los policías.


    14


    Desde un teléfono que encontró al salir de la estación, Brunetti anuló la reserva de la habitación, sorprendiéndose a sí mismo por haberlo recordado. Después de aquello, ya no le quedaban energías para lo que no fuera irse a su casa. Él y Vianello tomaron el 82, pero apenas cruzaron palabra en todo el trayecto hasta el Rialto. La despedida fue lúgubre, y Brunetti se encaminó a casa con su tristeza a cuestas, cruzando el puente y el mercado de frutas y verduras ahora cerrado. Ni la explosión de orquídeas en los escaparates de Biancat consiguió animarlo, como tampoco el olor a buena cocina que se respiraba en el segundo piso de su edificio.

    Los aromas eran aún más sugestivos dentro de su casa: alguien se había duchado o bañado con el gel de tomillo que la semana anterior había traído Paola, la misma que había preparado salchichas con pimientos para cenar. Era de esperar que se hubiera tomado la molestia de ponerles un buen lecho de pasta fresca.

    Brunetti colgó la chaqueta en el armario. En cuanto entró en la cocina, Chiara, que estaba sentada a la mesa, ocupada en lo que parecía un trabajo de geografía -tenía delante varios mapas, una regla y un transportador-, se abalanzó sobre él echándole los brazos al cuello. Recordando el olor del apartamento de Marco, Brunetti tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse de su hija.

    —Papá -dijo ella sin concederle tiempo para darle un beso o decir «hola»-, ¿este verano podré tomar lecciones de vela?

    Brunetti buscó con la mirada a Paola, que quizá pudiera darle alguna explicación, pero buscó en vano.

    —¿Vela? — repitió él.
    —Sí, papá -dijo la niña sonriéndole-. Con un libro que tengo, estoy aprendiendo por mi cuenta a navegar, pero necesito que me enseñen a manejar un barco. — Lo tomó de la mano y lo llevó a la mesa de la cocina que estaba cubierta de mapas, aunque eran mapas de costas, sólo del contorno marítimo de países y continentes.

    Chiara se inclinó sobre la mesa, mirando el libro abierto con otro libro encima sujetando las hojas.

    —Mira, papá -dijo señalando una lista de números-, si no está nublado, con buenas cartas y un cronómetro, pueden saber dónde están en cualquier momento y en cualquier parte del mundo.
    —¿Quiénes pueden, cariño? — preguntó él abriendo el frigorífico y sacando una botella de tokai.
    —El capitán Aubrey y su tripulación -respondió ella en el tono del que dice una obviedad.
    —¿Y quién es el capitán Aubrey? — preguntó él.
    —El capitán del Surprise. -Su hija lo miraba como si acabara de confesar que ignoraba su propia dirección.
    —¿El Surprise? -repitió él, todavía en ayunas.
    —Está en los libros, papá, los libros de la guerra contra Francia. — Antes de que él pudiera confesar su ignorancia, ella preguntó-: ¿No son perversos los franceses?

    Brunetti, que en eso estaba de acuerdo con ella, prefirió callar, al no tener ni idea de qué le hablaba. Se sirvió un vasito de vino, tomó un buen trago y después otro. Volvió a mirar los mapas y observó que en las zonas azules había muchos barcos, barcos antiguos, con grandes velas blancas hinchadas por el viento y, en los ángulos, una especie de tritones que surgían de las aguas soplando caracolas.

    —¿Qué libros, Chiara? — preguntó rindiéndose.
    —Los que me dio mamá en inglés, de aquel capitán y su amigo y la guerra contra Napoleón.

    Ah, aquellos libros. Brunetti tomó otro sorbo de vino.

    —¿Y te gustan a ti tanto como le gustan a mamá?
    —Oh -exclamó Chiara, mirándolo muy seria-. No creo que a nadie puedan gustarle tanto como a mamá.

    Hacía cuatro años, Brunetti había sido abandonado por su esposa, tras casi veinte años de matrimonio, durante más de un mes, mientras ella leía, una tras otra, dieciocho novelas -él las iba contando- sobre los interminables años de batallas navales entre Inglaterra y Francia. No contribuyó precisamente a hacer más llevadera la situación el que, durante aquel período, él tuviera que compartir la suerte de la marinería británica, con comidas preparadas apresuradamente, carnes medio crudas y pan seco, de tal modo que más de una vez sintió el impulso de ahogar las penas en grog. En vista de que su mujer no parecía encontrar en la vida otro aliciente, él decidió abrir uno de aquellos libros, aunque sólo fuera para tener tema de conversación durante sus improvisadas comidas. Pero lo encontró farragoso, lleno de hechos extraños y animales más extraños aún, y abandonó el intento a las pocas páginas, antes de conocer al capitán Aubrey. Menos mal que Paola era una lectora rápida y al terminar la última novela de la serie, regresó al siglo xx, en apariencia indemne tras varias semanas de estar expuesta a naufragios, batallas y escorbuto.

    De allí procedían los mapas.

    —Tendré que hablar con tu madre -dijo él.
    —¿Hablar, de qué? — preguntó Chiara, que otra vez tenía la cabeza inclinada sobre los mapas y con la mano izquierda pulsaba la calculadora, instrumento que hubiera envidiado el capitán Aubrey, pensó Brunetti.
    —Las lecciones de vela.
    —Ah, yes -dijo Chiara, pasando al inglés con la suavidad de una anguila-. I long to sail a ship.

    Brunetti la dejó entregada a sus cálculos, volvió a llenar el vaso, sirvió otro y se fue al estudio de Paola. Por la puerta abierta, la vio echada en el sofá. Sólo la frente le asomaba por encima del libro que tenía en las manos.

    —Captain Aubrey, I presume -dijo Brunetti.

    Ella se puso el libro en el estómago y sonrió a su marido. Sin decir palabra, extendió el brazo y tomó el vaso de vino que él le ofrecía. Dio un sorbo, encogió las piernas para hacerle sitio y, cuando él se hubo sentado, preguntó:

    —¿Has tenido un mal día?

    Él suspiró, se apoyó en el respaldo y le puso la mano derecha en los tobillos.

    —Sobredosis. Veinte años, estudiante de arquitectura.

    Callaron un rato, hasta que Paola dijo:

    —Tuvimos mucha suerte en nacer cuando nacimos. — Él la miró y ella explicó-: Antes de la droga, quiero decir. Bueno, antes de que se drogara todo el mundo. — Tomó un sorbo de vino y prosiguió-: Me parece que habré fumado marihuana dos veces en toda mi vida. Gracias a Dios, no me hizo efecto.
    —¿Por qué «gracias a Dios»?
    —Porque, si me hubiera gustado o me hubiera hecho sentir lo que dicen que hace sentir a la gente, quizá hubiera seguido filmándola. O hubiera decidido probar algo más fuerte.

    Él pensó que no había sido menos afortunado.

    —¿Qué lo ha matado?
    —La heroína.

    Ella movió la cabeza tristemente.

    —He estado con los padres hasta ahora mismo. — Brunetti tomó otro sorbo-. El padre es campesino. Han venido del Trentino para identificarlo y se han vuelto.
    —¿Tienen más hijos?
    —Que yo sepa, una niña. Quizá haya más.
    —Ojalá -dijo Paola. Estiró las piernas, introduciendo los pies debajo de los muslos de él-. ¿Quieres cenar?
    —Sí, pero antes me ducharé.
    —De acuerdo -dijo ella poniendo los pies en el suelo-. He hecho salsa de pimientos y salchichas.
    —Ya lo sé.
    —Te enviaré a Chiara cuando esté lista la cena. — Se levantó, puso el vaso, más que medio lleno todavía, en la mesa que estaba delante del sofá y, dejando a su marido en el estudio, se fue a la cocina a preparar la cena.


    Sentado a la mesa con toda la familia -Raffi llegó cuando Paola servía la pasta-, Brunetti empezó a sentirse un poco más animado. Ver a sus hijos enrollar en el tenedor las pappardelle recién hechas, le infundía una irracional sensación de seguridad y bienestar, y también él empezó a comer con buen apetito. Paola se había tomado la molestia de asar y pelar los pimientos, y la salsa estaba cremosa y dulce, como a él le gustaba. Las salchichas contenían granos de pimienta roja y blanca hundidos en la suave masa del relleno, como cargas de profundidad del sabor, preparadas para hacer explosión al primer mordisco, y Gianni, el carnicero, tampoco había sido avaro con el ajo.

    Todos repitieron, un poco avergonzados de que la segunda ración fuera tan grande como la primera. Después a nadie le quedaba sitio para algo que no fuera la lechuga, pero cuando ésta desapareció aún encontraron un huequecito para una cucharada de fresas aderezadas con una gota de vinagre balsámico.

    Durante toda la cena, Chiara siguió en su papel de lobo de mar, enumerando incansablemente la flora y la fauna de tierras lejanas, brindándoles informaciones escalofriantes, como la de que la mayoría de los marinos del siglo xviii no sabían nadar y describiendo los síntomas del escorbuto hasta que Paola le recordó que estaban cenando.

    Los chicos se fueron, Raffi, en busca de los aoristos griegos y Chiara, o mucho se equivocaba su padre, a naufragar en el Atlántico Sur.

    —¿Va a leerse todos esos libros? — preguntó Brunetti, mientras Paola fregaba los cacharros y él le hacía compañía, con un vasito de grappa.
    —Así lo espero -dijo ella inspeccionando la fuente de servir.
    —¿Los lee por lo mucho que a ti te gustan o porque le gustan a ella?

    De espaldas a su marido, Paola restregaba el fondo de una cacerola.

    —¿Cuántos años tiene, Guido? — preguntó.
    —Quince.
    —¿Sabes de alguna chica de quince años, del presente o del pasado, que haga algo porque se lo pide su madre?
    —¿Quieres decir que hemos topado con la adolescencia? — Ya habían sufrido esa etapa con Raffi, que al padre le pareció que duraba por lo menos veinte años, y no le seducía la perspectiva de tener que volver a pasarla con Chiara.
    —Con las chicas es distinto -dijo Paola, volviéndose hacia él mientras se secaba las manos con un paño. Se sirvió una gota de grappa y se apoyó en el fregadero.
    —¿Cómo, distinto?
    —Ellas sólo se rebelan contra la madre, no contra el padre.

    Él se quedó pensativo.

    —¿Y eso es bueno o es malo?

    Ella se encogió de hombros.

    —Es algo que está en los genes, o en la cultura, de modo que, sea bueno o malo, no hay manera de evitarlo. Sólo cabe esperar que no dure mucho.
    —¿Cuánto puede durar?
    —Hasta los dieciocho. — Paola tomó otro sorbo y ambos examinaron la perspectiva.
    —¿Crees que querrían quedársela las carmelitas hasta entonces?
    —No es probable -dijo Paola con vivo pesar en la voz.
    —¿Nunca has pensado que si los árabes casan a sus hijas tan jóvenes quizá sea para ahorrarse todo esto?

    Paola, recordando la vehemencia con que aquella mañana Chiara había expuesto la necesidad de disponer de su propio teléfono, respondió:

    —Seguro.
    —No es de extrañar que se admire tanto la sabiduría de Oriente.

    Ella se volvió y dejó el vasito en el fregadero.

    —Aún tengo que corregir varios ejercicios. ¿Vienes conmigo y, mientras yo corrijo, ves cómo les va a tus griegos en el viaje de regreso a casa?

    Brunetti, agradecido, se levantó y la siguió por el pasillo hasta el estudio.


    15


    A la mañana siguiente, a pesar suyo, Brunetti hizo algo insólito en él: implicar en su trabajo a uno de sus hijos. Raffi no tenía clase hasta las once y había quedado a primera hora con Sara Paganizzi, por lo que se presentó a desayunar despejado y alegre, cualidades que rara vez exhibía a esa hora. Paola aún dormía y Chiara no había salido del baño, por lo que padre e hijo estaban solos en la cocina, comiendo los bollitos de leche recién hechos que Raffi había subido de la pastelería.

    —Raffi -dijo Brunetti mientras partía el primer bollito-, ¿sabes algo de los que venden droga aquí?

    Raffi lo miró, con el resto de su bollito a medio camino de la boca.

    —¿Aquí?
    —En Venecia.
    —¿Drogas duras o blandas, como la marihuana?

    Aunque lo alarmó un poco la distinción que hacía Raffi y le hubiera gustado averiguar la razón por la que su hijo hablaba con tanto desparpajo de las «drogas blandas como la marihuana», no preguntó.

    —Drogas duras. Concretamente, heroína.
    —¿Es por lo del estudiante que murió por sobredosis? — preguntó Raffi y, ante la mirada de sorpresa de su padre, abrió Il Gazzettino y le mostró la noticia. Desde la página lo miraba la foto tamaño sello de correos de un muchacho. Hubiera podido ser cualquier muchacho de pelo negro y ojos oscuros. Incluso el mismo Raffi.
    —Sí.

    Raffi partió el resto del bollito y mojó una parte en el café. Al cabo de un momento, dijo:

    —Dicen que en la universidad hay gente que puede porporcionártela.
    —¿Gente?
    —Estudiantes. O eso creo. Bueno -agregó después de pensar un poco-, por lo menos, gente que está matriculada. — Levantó la taza rodeándola con las dos manos y apoyó los codos en la mesa, copiando una postura de Paola-. ¿Quieres que pregunte?
    —No. — La respuesta de Brunetti fue inmediata. Antes de que su hijo pudiera reaccionar a la aspereza de su voz, agregó-: Era sólo curiosidad, me interesa lo que dice la gente, en general. — Terminó el bollito y empezó a beber el café.
    —El hermano de Sara está en la universidad. En Económicas. Podría preguntarle.

    La tentación era fuerte, pero Brunetti rechazó la propuesta con un displicente:

    —No tiene importancia, era sólo una idea.

    Raffi bajó la taza a la mesa.

    —Papá, tú ya sabes que a mí eso no me interesa.

    A Brunetti le sorprendió percibir un tono tan grave en la voz de su hijo. Pronto sería un hombre. O quizá ese afán por tranquilizar a su padre demostraba que ya lo era.

    —Me alegra oír eso -dijo Brunetti. Extendió la mano y dio a su hijo unas palmadas en el brazo. Se levantó y fue al fogón-. ¿Preparo más café? — preguntó después de llevar la cafetera al fregadero y abrirla.

    Raffi miró el reloj.

    —No, papá, gracias, tengo que irme. — Se levantó y salió de la cocina.

    Minutos después, mientras Brunetti esperaba que estuviera el café, oyó cerrarse la puerta de la casa. Escuchó las rápidas pisadas de Raffi que retumbaban en el primer tramo de la escalera, pero la súbita erupción del café ahogó el sonido.

    Como aún era temprano para que los barcos fueran muy llenos, Brunetti tomó el 82 hasta San Zaccaría. Allí compró dos periódicos, que se llevó al despacho. Ya no se hacía referencia a la muerte de Rossi, y el suelto sobre Marco Landi indicaba poco más que el nombre y la edad. Encima había la noticia -convertida ya casi en rutina- de un coche lleno de jóvenes destrozado, junto con las vidas de sus ocupantes, contra un plátano de una de las carreteras estatales que conducían a Treviso.

    Durante los últimos años, Brunetti había leído tantas noticias de sucesos trágicos como ése que apenas necesitó detenerse en él para saber lo ocurrido. Los jóvenes -en ese caso, dos chicos y dos chicas- habían salido de una discoteca pasadas las tres de la mañana y se habían ido en el coche del padre del conductor. Al cabo de un rato, al conductor le asaltó lo que los cronistas habían dado en llamar un colpo di sonno y el automóvil se había salido de la carretera y había impactado contra un árbol. Aún era pronto para conocer la causa del ataque de somnolencia, pero generalmente era el alcohol o las drogas. Eso se sabía una vez practicada la autopsia en el conductor y en todos aquellos a los que se había llevado consigo a la muerte. Y para entonces el caso ya había desaparecido de las primeras páginas, estaba olvidado, sustituido por las fotos de otros jóvenes, víctimas de su juventud y de sus muchos deseos.

    Brunetti dejó el periódico en la mesa y bajó al despacho de Patta. La signorina Elettra no estaba, por lo que llamó a la puerta y al oír el grito de respuesta de su superior, entró.

    El hombre que ahora estaba sentado detrás del escritorio no parecía el mismo que Brunetti había visto la última vez que había estado en aquel despacho. Había vuelto el viejo Patta: alto, elegante, vestido con un traje ligero que se amoldaba a sus hombros atléticos como un guante. Su tez respiraba salud y sus ojos, serenidad.

    —¿Qué hay, comisario? — preguntó, levantando la mirada del único papel que tenía encima de la mesa.
    —Me gustaría hablar con usted, vicequestore -dijo Brunetti, parándose al lado de la silla situada frente a la mesa y esperando a que Patta lo invitara a sentarse.

    Patta levantó un almidonado puño y miró la oblea de oro que llevaba en la muñeca.

    —Tengo unos minutos. ¿De qué se trata?
    —Del asunto de Jesolo. Y de su hijo. De si ya ha tomado una decisión.

    Patta echó el cuerpo hacia atrás. Al observar que Brunetti podía mirar el papel que tenía delante, le dio la vuelta y cruzó las manos sobre el reverso en blanco.

    —No sé que deba tomarse decisión alguna, comisario -dijo, con una entonación que denotaba su extrañeza porque a Brunetti se le hubiera ocurrido hacer semejante pregunta.
    —Me gustaría saber si su hijo estaría dispuesto a hablar de las personas de quienes obtuvo la droga. — Con la discreción habitual en él, Brunetti se abstuvo de decir «compró las drogas».
    —Estoy seguro de que, si él supiera quiénes son, no vacilaría en decirlo a la policía. — Brunetti detectó en la voz de Patta la misma nota de ofensa y confusión que había oído en las de cientos de sospechosos y testigos recalcitrantes, y vio en su cara la misma sonrisa de inocente desconcierto. Su tono no admitía réplica.
    —¿Si supiera quiénes son? — repitió Brunetti convirtiendo la frase en pregunta.
    —Exactamente. Como usted ya sabe, él ignora cómo llegaron a su poder esas drogas, ni quién pudo metérselas en el bolsillo. — La voz de Patta era tan firme como serena su mirada.

    «De modo que ésas tenemos», pensó Brunetti.

    —¿Y las huellas dactilares, señor?

    La sonrisa de Patta era amplia, y parecía auténtica.

    —Ya sé, ya sé la impresión que eso debió de causar cuando le interrogaron. Pero él me ha dicho, y se lo ha dicho a la policía, que se encontró el sobre en el bolsillo cuando volvía de la pista de baile, al buscar un cigarrillo. No tenía idea de lo que era, de modo que lo abrió para ver qué había dentro, como hubiera hecho cualquiera, y entonces debió de tocar algunas de las bolsas.
    —¿Algunas? — preguntó Brunetti con una voz desprovista de escepticismo.
    —Algunas -repitió Patta con un énfasis que puso fin a la discusión.
    —¿Ha visto el periódico de hoy, señor? — preguntó Brunetti sorprendiéndose a sí mismo tanto como a su superior con la pregunta.
    —No -respondió Patta, y agregó, gratuitamente, en opinión de Brunetti-: He estado tan ocupado desde que he llegado que no he tenido tiempo de mirar el periódico.
    —Esta noche, cuatro adolescentes han sufrido un accidente de tráfico. El coche en el que viajaban al salir de una discoteca se ha estrellado contra un árbol. Un chico, estudiante, ha muerto y los otros tres están graves. — Aquí Brunetti se detuvo. Una pausa por completo diplomática.
    —No. No lo he visto -dijo Patta. También él calló un momento, pero la suya fue la pausa de un capitán de artillería, para decidir hacia dónde descargará las baterías-. ¿Por qué lo dice?
    —Uno de los pasajeros ha muerto, señor. Dice el periódico que el coche iba a unos ciento veinte kilómetros por hora cuando chocó contra el árbol.
    —Muy lamentable, desde luego, comisario -dijo Patta con el pesar que le inspiraría una observación acerca de la regresión del pájaro trepador azul. Volvió a centrar la atención en la mesa, dio la vuelta al papel, lo inspeccionó y lanzó una rápida mirada a Brunetti-. Si ha ocurrido en Treviso, supongo que el caso les incumbe a ellos, no a nosotros. — Se quedó mirando el papel con afectación y, después de leer varias líneas, levantó la vista, como si lo sorprendiera encontrar aún allí a Brunetti-. ¿Eso es todo, comisario?
    —Sí, señor. Eso es todo.

    Al salir del despacho, Brunetti sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en la pared. Ahora se alegraba de que la signorina Elettra no estuviera en su sitio. Cuando se le calmó la respiración y recuperó el autodominio, subió a su despacho.

    Hizo lo que sabía que tenía que hacer: el trabajo de rutina distraería su atención de la cólera que sentía hacia Patta. Estuvo revolviendo los papeles de la mesa hasta que dio con el número de teléfono que se había encontrado en la cartera de Rossi, el que correspondía a Ferrara. Marcó y esta vez, a la tercera señal, contestó una voz de mujer:

    —Gavini y Cappelli.
    —Buenos días, signora. Soy el comisario Guido Brunetti de la policía de Venecia.
    —Un momento, por favor -dijo ella, como si hubiera estado esperando su llamada-. Ahora mismo le paso.

    El aparato enmudeció mientras ella hacía la conexión y al cabo de un momento una voz de hombre dijo:

    —Gavini. Me alegro de que por fin alguien responda a nuestra llamada. Confío en que pueda usted decirnos algo. — Era una voz grave y sonora que denotaba gran interés por lo que Brunetti tuviera que decir.

    Brunetti tardó unos segundos en responder.

    —Tendrá que perdonarme, signor Gavini, pero no sé a qué se refiere. Yo no he recibido ningún mensaje suyo. — Como Gavini no dijera nada, agregó-: Pero me gustaría saber por qué esperaba que le llamara la policía de Venecia.
    —Por lo de Sandro -dijo Gavini-. Les llamé después de su muerte. Su esposa me dijo que él había encontrado en Venecia a alguien que podía estar dispuesto a hablar. — Brunetti iba a interrumpir cuando Gavini cambió de tono para preguntar-: ¿Está seguro de que ahí nadie recibió mi mensaje?
    —No lo sé. ¿Con quién habló, signor Gavini?
    —Con un agente, no recuerdo el nombre.
    —¿Podría repetirme lo que le dijo a él? — preguntó Brunetti acercándose una hoja de papel.
    —Ya se lo he dicho. Llamé después de la muerte de Sandro -dijo Gavini, y preguntó-: ¿Sabe algo de eso?
    —No