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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    UN SABOTEADOR A BORDO (Alistair Stuart MacLean)

    Publicado el miércoles, octubre 11, 2017

    PRÓLOGO

    En esta historia hay tres elementos distintos pero inevitablemente relacionados entre sí: la Marina Mercante (oficialmente la Marina Mercantil) y los hombres que servían en ella; las naves Liberty (Liberty Ships; naves mercantes norteamericanas de alrededor de diez mil toneladas de porte, construidas en grandes cantidades durante la Segunda Guerra Mundial) y las unidades de las fuerzas alemanas submarinas, de superficie y del aire, cuya única misión era encontrar y destruir a los tripulantes y las naves de la Marina Mercante.

    1. Al estallar la guerra en septiembre de 1939, la Marina Mercante británica estaba en un estado verdaderamente peligroso, lamentable sería un término más adecuado. Casi todos los buques eran viejos, muchos no estaban en condiciones de navegar y algunos no eran más que cascos oxidados acosados por interminables problemas mecánicos. Aun así, el estado de esas naves era relativamente bueno si se lo comparaba con las espantosas condiciones de vida de aquellos que tenían la desventura de prestar servicio a bordo de ellas.

    La razón de esta terrible negligencia tanto de naves como de hombres podría resumirse en una palabra: codicia. Los propietarios de las flotas de antaño -y más de uno de los de las actuales- eran avaros y mezquinos, y estaban totalmente dedicados a su único culto: las ganancias a cualquier costo, siempre y cuando ese costo no recayera sobre ellos. Centralización era la contraseña de la época, la adquisición de monopolios que se superponían por unas pocas manos rapaces. Mientras que los salarios y las condiciones de vida de la tripulación quedaban reducidos al mínimo indispensable para la supervivencia, los propietarios se enriquecían, al igual que algunos de los indeseables directores de las compañías y un número considerable de accionistas favorecidos y cuidadosamente escogidos.

    Los poderes dictatoriales de los propietarios, ejercidos con discreción, por supuesto, eran poco menos que absolutos. Las flotas eran sus satrapías, sus feudos, y las tripulaciones, sus sirvientes. Si un siervo decidía rebelarse contra el orden establecido, peor para él. El único recurso que le quedaba era abandonar la nave, cambiarla por un virtual olvido absoluto, pues aparte del hecho de que automáticamente se le aplicaba bolilla negra, el índice de desempleo era alto en la Marina Mercante y las pocas vacantes disponibles se reservaban para siervos sumisos. En tierra firme había más desempleo todavía y aun de no haberlo habido, para los hombres de mar resultaba notoriamente difícil adaptarse al modo de vida de los que viven en tierra firme. Al siervo rebelde no le quedaba adónde ir. Pero eran muy pocos los que se rebelaban. La gran mayoría era consciente de su lugar en la vida y lo mantenía. Las historias oficiales tienden a paliar esta situación o a pasarla por alto y esta miopía no resulta del todo incomprensible. El trato que se les daba a los marineros mercantes entre las dos guerras y, de hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, no constituye uno de los capítulos más gloriosos de los anales navales británicos.

    Los sucesivos gobiernos entre las dos guerras tenían plena conciencia de las condiciones de vida en la Marina Mercante (tendrían que haber sido más que estúpidos para no tenerla), de modo que dichos gobiernos, actuando con una cabal hipocresía destinada a hacerlos quedar bien, creaban una serie de reglamentos que establecían especificaciones mínimas acerca de alojamiento, comida, higiene y seguridad. Tanto los gobernantes como los propietarios sabían muy bien (y sin duda estos últimos se regocijaban ante ese conocimiento) que los reglamentos no son leyes y que no pueden ser puestos en ejecución por la fuerza. Las recomendaciones (porque al fin y al cabo no eran más que eso) se pasaban por alto casi por completo. Un capitán responsable y meticuloso que tratara de hacerlas cumplir corría el riesgo de encontrarse sin una nave que comandar.

    Informes de testigos presenciales registrados sobre las condiciones de vida a bordo de las naves de la Marina Mercante en los años inmediatamente previos a la Segunda Guerra Mundial (y no hay razón para cuestionar esos informes, sobre todo porque el tono de los mismos es tristemente unánime) califican el alojamiento de la tripulación como tan primitivo y atroz que no hay palabras para describirlo. Inspectores médicos declararon que en algunos casos, las habitaciones de la tripulación no estaban en condiciones de alojar a animales y mucho menos a seres humanos. El lugar donde se alojaba la tripulación era invariablemente reducido y estaba desprovisto de cualquier tipo de comodidad. Las cubiertas estaban mojadas, la ropa de los hombres también y los colchones y frazadas, cuando se contaba con semejantes lujos, por lo general estaban empapados. Las instalaciones sanitarias eran primitivas o inexistentes. El frío se colaba por todas partes y cualquier tipo de calefacción —excepto estufas a carbón humeantes y malolientes— era muy poco frecuente, como lo era, de hecho, cualquier forma de ventilación. Y la comida, que según dijo un escritor, no hubiera sido tolerada ni en un asilo para desposeídos, era aun peor que el lugar de alojamiento.

    Lo que acaba de describirse puede sobrepasar los límites de la credulidad o, al menos, parecer rebuscado, pero, respectivamente, no debería hacerlo ni parecerlo. Nunca se ha acusado de falta de precisión a la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical ni a la Oficina de Estadísticas. La primera, en un informe previo a la guerra declaró categóricamente que el índice de mortalidad antes de los cincuenta y cinco años era doblemente alto para los hombres de mar que para el resto de la población masculina y los datos emitidos por la Oficina de Estadísticas indican que el índice de mortandad de hombres de mar de todas las edades superaba en un cuarenta y siete por ciento el promedio nacional. Las causas eran tuberculosis, hemorragia cerebral y úlcera gástrica o duodenal. La incidencia de la primera y la última es más que comprensible y no hay duda de que la combinación de éstas contribuía notablemente a la anormal frecuencia de derrames cerebrales.

    El principal agente de la muerte era, incuestionablemente, la tuberculosis. Cuando uno echa una mirada a la Europa Occidental de hoy, donde los sanatorios destinados al tratamiento de tuberculosis están, felizmente, en rápida vía de extinción, es difícil imaginar hasta qué punto dicha enfermedad era un terrible flagelo hace poco más de una generación. No es que la tuberculosis haya sido eliminada en un nivel mundial: en muchos países subdesarrollados todavía es un flagelo terrible y la principal causa de muerte. En los primeros años de este siglo, la tuberculosis seguía siendo el asesino principal en Europa Occidental y Norteamérica. Esto ya no es así desde que los científicos descubrieron la forma de debilitar y destruir el bacilo de la tuberculosis. Pero en 1930 eso no había sucedido: el descubrimiento de los agentes quimioterapéuticos, rifamicina, ácido paraaminosalicílico, isoniacida y especialmente estreptomicina, todavía estaban más allá del lejano horizonte.

    Era de esos hombres de mar enfermos de tuberculosis, mal alojados y pésimamente alimentados, que Gran Bretaña dependía para hacer llegar alimentos, petróleo, armas y municiones a las costas aliadas. Era el conducto sine qua non, la arteria, la línea vital de la que Gran Bretaña dependía en forma absoluta; sin esas naves y esos hombres, Inglaterra se hubiera hundido sin ninguna duda. Vale la pena acotar que los contratos de esos hombres vencían cuando estallaba un torpedo, una mina o una bomba. Tanto en tiempos de guerra como de paz, los propietarios protegían sus intereses hasta el amargo final: los salarios de los marinos terminaban en forma abrupta cuando la nave se hundía, sin importar dónde, cómo ni en qué circunstancias inimaginables sucedía. Cuando la nave se hundía, el propietario no derramaba lágrimas amargas, ya que los buques estaban asegurados y a veces, muy por encima de su valor. Cuando el barco se hundía, los tripulantes quedaban despedidos.

    El gobierno, el Almirantazgo y los propietarios de esa época tendrían que haberse sentido profundamente avergonzados de sí mismos; si lo estaban, disimulaban su angustia con hombría. Comparadas con el prestigio, la gloria y los intereses, las condiciones de vida y los horrores de la muerte de los hombres de la Marina Mercante eran consideraciones de índole secundaria.

    No se puede condenar al pueblo británico. Con excepción de los familiares y amigos de la Marina Mercante y las espléndidas organizaciones voluntarias de caridad que se crearon para ayudar a los sobrevivientes (nimiedades humanitarias como éstas no preocupaban en absoluto a los propietarios o a Whitehall), muy pocos sabían o sospechaban siquiera lo que estaba sucediendo.


    2. Como línea de vida, conducto y arteria, las naves Liberty estaban a la misma altura que la Marina Mercante británica: sin ellas, Gran Bretaña sin duda se hubiera hundido en la derrota. Todos los alimentos, las armas y municiones que los países de ultramar —especialmente los Estados Unidos— estaban dispuestos a proveer eran inútiles si no se contaba con barcos para transportarlos. Al cabo de menos de dos años de guerra, se tornó tristemente obvio que debido al desgaste mortal de las flotas mercantes británicas, pronto no quedarían buques para transportar nada y que Gran Bretaña rápida e inexorablemente, se vería obligada a rendirse a causa de la escasez. En 1940, aun el indomable Winston Churchill temió no poder sobrevivir y mucho menos lograr la victoria definitiva. Como era característico, su período de desesperanza fue breve, pero Dios fue testigo de que tenía razones para sentirse así.

    En novecientos años, Inglaterra, entre todos los países del mundo, nunca había sufrido una invasión, pero en los días más oscuros de la guerra, dicha invasión parecía no sólo peligrosamente cercana sino inevitable. Al mirar atrás después de un lapso de más de cuarenta años, parece inconcebible e imposible que Inglaterra haya sobrevivido; si los hechos hubieran sido revelados públicamente, cosa que no sucedió, sin duda no habría podido.

    Las pérdidas navales británicas fueron abrumadoras y desafían aun a la imaginación más activa. En los primeros once meses de guerra, Gran Bretaña perdió 1.500.000 toneladas en naves. En los primeros meses de 1941, las pérdidas llegaron a promediar las 500.000 toneladas. En 1942, el período más negro para la guerra en el mar, 6.250.000 toneladas se fueron a pique. Aun trabajando a toda máquina, los astilleros británicos podían reemplazar sólo una pequeña fracción de esas enormes pérdidas. Eso, unido al hecho de que la cantidad de submarinos alemanes en ese mismo año sombrío aumentó de 91 a 212, determinó que, según la regla de disminución de utilidades, la Marina Mercante británica con el tiempo dejaría de existir, a no ser que ocurriera un milagro.

    El nombre del milagro fue naves Liberty. Para cualquiera que pueda recordar esos días, el término naves Liberty se relacionaba inmediata y automáticamente con Henry Kaiser. Kaiser (resultaba irónico que su apellido fuera el título del difunto emperador alemán) era un ingeniero norteamericano de genialidad incuestionable. Hasta ese entonces, su carrera había sido descollante: fue figura clave en la construcción de los diques Hoover y Coulee y del puente de San Francisco. Lo que es cuestionable es si Henry Kaiser hubiera podido diseñar un bote de remos, pero eso no tenía importancia. Por cierto, comprendía mejor que cualquier otra persona de esa época la prefabricación basada en un diseño estándar y repetible, y no vaciló en enviar contratos de construcción de partes a fábricas en los Estados Unidos que quedaban a miles de kilómetros del mar. Esas secciones se transferían a los astilleros para ser montadas, originariamente en Richmond, California, donde Kaiser dirigía la Compañía de Cemento Permanente y, con el tiempo, a otros astilleros controlados por Kaiser. La cantidad y la velocidad de producción de Kaiser llegaron hasta el límite de lo creíble: hizo para la producción de naves mercantes lo que las líneas de montaje de Henry Ford hicieron para el Modelo Ford T. Hasta el momento, en lo que se refería a naves oceánicas, la producción masiva había sido un concepto impensado.

    Errónea aunque comprensible, existía una difundida creencia acerca de que las naves Liberty se originaron en las oficinas de diseño de los astilleros Kaiser. Los diseños y prototipos eran, de hecho, británicos y habían sido concebidos por el equipo de diseño de los constructores navales J.L. Thompson de North Sands, Sunderland. Primero de lo que se convertiría en una línea muy larga, el Embassage se completó en 1935 —la palabra Liberty no se usó hasta siete años después, y entonces, sólo para algunas de las naves construidas por Kaiser. El Embassage, de 9.300 toneladas, con una proa inclinada, una popa redondeada y tres máquinas a carbón de expansión triple, no fue un pionero de la estética, pero sucedía que la empresa J.L. Thompson no estaba interesada en la estética; su objetivo había sido construir un buque de carga moderno, práctico y económico y lo logró en forma admirable. Veinticuatro naves más se construyeron antes de que estallara la guerra.

    Esas naves se construyeron en Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá, mayormente en los astilleros Kaiser. Los diseños del casco se mantuvieron idénticos, pero los norteamericanos —y nada más que los norteamericanos— introdujeron dos cambios que consideraron mejorías. Uno de ellos, el de utilizar petróleo como combustible en lugar de carbón, puede muy bien haberlo sido; el otro, que concernía el alojamiento de los oficiales y la tripulación, no lo fue. Mientras que los ingleses y los canadienses mantuvieron el concepto original de dejar el alojamiento en proa y popa, los norteamericanos optaron por alojar tanto a oficiales como a marineros —y también el puente de mando— en una superestructura que rodeaba la chimenea. En retrospectiva (las miradas al pasado y la amarga experiencia son magníficos conductores de sabiduría tardía), fue un error. Los norteamericanos tenían todos los huevos en una sola canasta.

    Las naves estaban armadas hasta cierto punto. Poseían baterías antiaéreas de cuatro pulgadas, ángulo bajo y proyectiles de doce libras, ninguna de las cuales era demasiado efectiva, junto con Bofors y Oerlikons de tiro rápido; los Oerlikons eran letales en manos entrenadas… pero no había muchas de ellas a bordo. También poseían armas extrañas tales como paracaídas lanzados por medio de cohetes, que llevaban rollos de alambre y granadas. Estos eran tan peligrosos para los que los utilizaban como para el avión al que supuestamente tenían que derribar. Algunas de esas naves poseían aviones Hurricane lanzados con catapultas, lo más parecido a los suicidas Kamikaze japoneses que los británicos llegaron a tener. Los pilotos no podían, por supuesto, regresar a las naves; tenían la incómoda opción de huir o abandonar el avión. En el ártico, durante el invierno, el índice de supervivencia de esos pilotos no era alto.


    3. Desde el aire, sobre el agua y debajo de ella, los alemanes, a veces brillantemente, siempre con tenacidad y persistencia, utilizaban todos los medios a su alcance para destruir los convoyes de la Marina Mercante.

    Básicamente, utilizaban cinco tipos de aeronaves. Su bombardero convencional era el Dornier, que volaba a alturas fijas y dejaba caer las bombas en trayectorias también fijas; eran aviones útiles y daban resultado, pero no eran particularmente efectivos.

    Mucho más temidos, en orden ascendente, eran el Heinkel, él Heinkel III y el Stuka. El Heinkel era un lanzatorpedos que atacaba a nivel del agua. El piloto lanzaba el torpedo en el último minuto, luego utilizaba el peso aligerado de la aeronave para elevarse por encima del buque al que atacaba. Esos aviones tenían un grado inusual de inmunidad a la destrucción; cuando los artilleros de las naves mercantes escudriñaban por encima de las miras de los Oerlikons, Bofors o pompoms (cañones de dos libras), la idea de que "O me la da o se la doy" no ayudaba a lograr el grado de serenidad y sangre fría que hubiera resultado útil en las circunstancias. En el invierno ártico, los aviones lanzatorpedos solían estar en desventaja, al igual que los valientes pero desafortunados pilotos que los comandaban: el hielo podía congelar el mecanismo que liberaba el torpedo y en consecuencia, a la pesada aeronave le era imposible elevarse por encima del blanco. Eso no hacía mucha diferencia para los igualmente desafortunados tripulantes de las naves mercantes: estuviera o no el torpedo unido a la aeronave cuando se estrellaba contra el buque, los efectos eran igualmente devastadores.

    Los Heinkel III eran bombarderos planeadores. Estos eran muy efectivos, exponían a los pilotos a un grado de riesgo muy inferior y una vez que las bombas se soltaban, era casi imposible derribarlos. Afortunadamente para la Marina Mercante, los alemanes tenían pocos de estos aviones altamente especializados.

    El Stuka, el bombardero en picada Junker 87, formado por dos superficies planas, con alas parecidas a las de una gaviota, era el más temido de todos. Solían volar a gran altura en formación y luego separarse sucesivamente en picadas casi verticales. Cuarenta años más tarde los marinos y soldados que sobrevivieron a esos ataques y todavía están vivos, jamás olvidarán el chillido fantasmagórico de las sirenas que accionaban los pilotos de los Stuka al iniciar las picadas. El ruido era enloquecedor y reducía considerablemente la eficacia de los que disparaban las baterías antiaéreas. La Marina Real utilizó reflectores, por lo general de un metro diez de diámetro, en un intento de encandilar a los pilotos de los Stuka, hasta que se le hizo notar que los pilotos, que estaban al tanto de esa táctica, llevaban anteojos oscuros para reducir el brillo enceguecedor a meros puntos luminosos que les permitían apuntar aun mejor al blanco. Desde el punto de vista alemán, los Stuka tenían una sola desventaja: eran aviones de poco alcance y podían operar con eficacia sólo contra convoyes que avanzaban hacia el norte cae Noruega, en camino a Murmansk y Arcángel.

    Pero, curiosamente, la mejor arma aérea que poseían los alemanes era el FockeWulf Condor 200, que era en esencia, no combativo. Por cierto, podía llevar (y llevaba) bombas de doscientos kilos y tenía un despliegue formidable de ametralladoras, pero al quitar las bombas y reemplazarlas por tanques de combustibles adicionales, se convertía en una valiosísimo avión de reconocimiento. Para esa época, en los albores de 1940, cuando volar todavía era algo relativamente nuevo, el alcance de ese avión era notable. Los Condors volaban casi diariamente desde Trondheim en Noruega ocupada por los alemanes, bordeando la costa occidental de Gran Bretaña hasta Francia, también ocupada por los alemanes. Pero más importante aún, podían patrullar el Mar Barents, el mar de Groenlandia y lo peor de todo, el temido estrecho de Dinamarca, entre Islandia y Groenlandia, ya que era por ese estrecho que pasaban los convoyes que enviaban Estados Unidos y Canadá hacia Rusia. Para cualquiera de esos convoyes, divisar un Condor significaba un desastre inevitable.

    Volando alto y fuera del alcance del fuego antiaéreo, el Condor rodeaba literalmente al convoy y los pilotos tomaban nota del número de naves, de la velocidad del convoy, de su curso y de la longitud y latitud exactas. Esa información se transmitía por radio a Alta Fjord o a Trondheim y luego se enviaba a Lorient, el cuartel general en Francia del Almirante Karl Doenitz, casi sin duda el mejor comandante en jefe de submarinos de su época o de cualquier otra. Desde allí, la información se retransmitía a la hambrienta jauría de submarinos, instruyéndolos acerca de las posiciones exactas a tomar para interceptar el convoy.

    En cuanto a naves de superficie, los alemanes estaban más que bien preparados al estallar la guerra. Según el Tratado Anglo—Alemán de 1937, Alemania podía construir el cien por ciento del equivalente británico en submarinos, pero sólo el treinta y cinco por ciento en naves. De hecho, construyeron el doble de submarinos y pasaron por alto completamente la otra restricción del treinta y cinco por ciento. El Deutschland Admiral Graf Spee y el Admiral Scheer eran naves de diez mil toneladas, rápidas y poderosas. En realidad, eran buques de guerra de bolsillo, de mucho más tonelaje del que se daba a entender. El Scharnhorst y el Gneisenau, buques de guerra de veintiséis mil toneladas, se terminaron en 1938 y fue en ese mismo año cuando el Bismarck y el Tirpitz fueron construidos en los astilleros Blohm y Voess en Hamburgo. Fueron los mejores y más poderosos buques de guerra que jamás se construyeron y esta aseveración es válida aún hoy. Por las limitaciones del tratado se los restringió a treinta y cinco mil toneladas; de hecho, eran de cincuenta y tres mil.

    El Bismarck tuvo una carrera breve y espectacular; el Tirpitz, ninguna. Pasó la guerra hibernando en el norte de Noruega, donde no obstante, cumplió con la invalorable función de obstaculizar a importantes unidades de la Flota Doméstica Británica, que temía que el gigantesco buque de guerra pudiera zafar de las amarras en Alta Fjord y salir al Atlántico. Fue en esas mismas amarras que el Tirpitz fue finalmente destruido por bombas de diez toneladas arrojadas por Lancasters de la Real Fuerza Aérea.

    Si bien los ingleses llevaban una ventaja muy considerable en cuanto a buques de guerra, éstos, individualmente, no estaban a la altura de los barcos alemanes, como se comprobó en forma trágica cuando el Bismarck hundió con una sola salva de artillería al Hood, orgullo y niña de los ojos de la Marina Real.

    Debajo del agua, los alemanes utilizaban minas y submarinos. Menos de tres meses luego del estallido bélico, los alemanes sacaron a relucir un artefacto harto desagradable: la mina magnética. A diferencia de la mina convencional, que tenía que entrar en contacto físico con el barco para ser activada, la mina magnética quedaba accionada por la corriente eléctrica generada por el casco del navío. Esas minas podían ser colocadas por aviones y por barcos, y en los cuatro primeros días luego de su aparición, hundieron no menos de quince embarcaciones; el hecho de que casi todas fueron neutrales no parecía preocupar demasiado a los alemanes: las minas magnéticas eran dispositivos muy inteligentes, pero no lo suficiente como para discriminar entre una nave neutral y una enemiga. Los ingleses lograron recuperar una mina intacta, la desarmaron (no sin un riesgo considerable para los que lo hicieron) y crearon medidas de defensa electrónicas que permitían a los dragaminas detonar la mina magnética a una distancia prudente.

    Los submarinos, por supuesto, eran los enemigos más letales con que la Marina Mercante tenía que lidiar. Las bajas en los tres primeros años de guerra fueron increíblemente cruentas. No fue hasta comienzos del verano de 1943 que se pudo controlar la amenaza de alguna manera, pero sólo a fines de 1944 —durante 194344, se destruyeron cuatrocientos ochenta submarinos alemanes— esos sigilosos perseguidores y silenciosos asesinos dejaron de ser un factor de importancia.

    Era inevitable que los submarinos alemanes fueran elegidos como el blanco de odios profundos y sus tripulantes, descritos durante la guerra y después de ella como asesinos astutos, traicioneros y malvados, todos ellos nazis fanáticos, que perseguían a víctimas inocentes, atacaban sin piedad ni remordimientos y luego proseguían, silenciosos, su camino. Hasta cierto punto, ese punto de vista era válido. Las bases de esa creencia quedaron sentadas el primer día de guerra, cuando el crucero Athenia fue torpedeado. De ninguna manera podía haberse confundido al Athenia por otra cosa de lo que era: una pacífica embarcación de pasajeros, atestada de civiles: hombres, mujeres y niños. Eso debía de saberlo muy bien el perverso Oberleutnant Fritz Julius Lemp, comandante del submarino alemán que hundió el Athenia. No existen pruebas de que Lemp haya sido castigado por esa acción.

    También podía decirse que los submarinos aliados eran implacables, en un grado menor, por cierto, y sólo porque tenían una elección de blancos mucho más limitada.

    La imagen global de los submarinos alemanes es falsa. Pueden haber existido nazis implacables entre las tripulaciones, pero eran una pequeña minoría; lo que motivaba principalmente a los hombres era un intenso orgullo por las tradiciones de la Marina Imperial Alemana. Por cierto que hubo actos de brutalidad cometidos por algunos comandantes de submarinos, pero también hubo actos de valentía, humanidad y compasión. Lo que era innegable era el inmenso coraje y espíritu de sacrificio de esos hombres. No debe olvidarse que de un total de cuarenta mil tripulantes de submarinos, treinta mil murieron; es éste el más horrendo número de bajas en la historia de la guerra naval. Si bien no hay que condonar las acciones de esos hombres, los hombres mismos no deber ser condenados. Eran implacables, sí —la naturaleza del trabajo lo exigía— pero eran valientes más allá de lo creíble.

    Así eran, entonces, las condiciones en que los hombres de la Marina Mercante tenían que vivir y morir. Así eran, también, sus enemigos, que buscaban inexorablemente su destrucción. Las probabilidades de que los hombres de la Marina Mercante sobrevivieran a las condiciones de vida y al enemigo eran pocas; su situación era difícil vista desde cualquier ángulo. Sin embargo, era un hecho sorprendente pero común ver que hombres que habían sobrevivido a dos o tres ataques de torpedos y hundimientos, buscaban, no bien regresaban a Inglaterra, otra nave en la que volver a hacerse a la mar. Por definición, esos hombres eran no combatientes, pero su resistencia, tenacidad y determinación —palabras como coraje o valentía los hubieran hecho reír—, estaban a la altura de las de aquellos que los perseguían.


    UNO


    En forma súbita y silenciosa, como en cualquier corte de energía abrupto e inesperado en una ciudad, las luces a bordo del San Andreas se apagaron una hora antes del amanecer. Apagones de esa índole eran poco frecuentes, pero no desconocidos y no causaban alarma particular en lo que se refería al manejo y la navegación del buque. En el puente, la luz de bitácora que iluminaba la brújula, la luz de la mesa de navegación y la línea telefónica que comunicaba con la sala de máquinas quedaron intactas, porque como operaban con bajo voltaje, poseían su propio generador. Las luces de arriba funcionaban con el generador principal, pero eso no tenía importancia, ya que estaban apagadas; el puente siempre quedaba a oscuras por las noches. Lo único que dejó de funcionar en el puente de mando fue la pantalla Kent, una placa circular de vidrio empotrado directamente delante del timonel que rotaba a gran velocidad y ofrecía un campo de visión nítido en cualquier tipo de condiciones. El tercer oficial Batesman, el oficial de guardia, no se preocupó; por lo que sabia, no había ni tierra ni barcos a cien millas a la redonda, con excepción de la fragata HMS Andover. No tenía idea de dónde podía estar la fragata y no le importaba; la fragata siempre sabía dónde estaba él, pues poseía un radar altamente sofisticado.

    En el quirófano y en la sala de recuperación fue un caso de rutina. Aunque el cielo y el mar estaban oscuros como si fuera medianoche, no era una hora temprana; en esas altas latitudes y en esa época del año, la luz del día, o lo que se hacía pasar por ella, llegaba alrededor de las diez. En esos dos ambientes, los más importantes en una nave hospital, pues eso era el San Andreas, luces a batería se encendían en forma automática cuando había un corte de energía. En el resto del barco, había luz de emergencia provista por lámparas de níquel y cadmio, operadas manualmente; al girar la base de dichas lámparas, se obtenía un mínimo de iluminación.

    Lo que causó preocupación fue el apagón total de las luces de la cubierta superior. El casco del San Andreas estaba pintado de blanco, para ser precisos, lo había estado en un principio, pero el paso del tiempo, el granizo, la nieve y el hielo de las tormentas árticas habían erosionado el color original, convirtiéndolo en una mezcla de blanco sucio y gris claro. Una banda verde daba toda la vuelta al casco. Había grandes cruces rojas pintadas sobre los lados y las cubiertas de proa y de popa. Durante la noche, potentes reflectores iluminaban las cruces; y en esa estación, la oscuridad reinaba durante veinte horas diarias.

    Las opiniones respecto de esas luces estaban divididas en forma bastante pareja. Según la Convención de Ginebra, las cruces rojas garantizaban inmunidad contra ataques enemigos y como hasta el momento el San Andreas había dado pruebas de dicha inmunidad, los que estaban a bordo y no habían sufrido nunca un ataque enemigo tendían a creer en la validez de la Convención de Ginebra. Pero los miembros de la tripulación que habían servido a bordo antes de su transformación de barco de carga en buque hospital, miraban la Convención con ojos muy cínicos. Navegar de noche iluminados como un arbolito de Navidad iba contra todos los instintos de hombres que durante años habían creído —y con razón— que encender un cigarrillo sobre la cubierta superior significaba atraer la atención de algún submarino alemán. No confiaban en las luces. No confiaban en las cruces rojas. Y por sobre todas las cosas, no confiaban en los submarinos. Su cinismo estaba justificado: sabían que otros buques hospitales no habían sido tan afortunados como ellos, pero nunca se había sabido si los ataques habían sido deliberados o accidentales. En alta mar no hay cortes de justicia ni testigos independientes. Ya fuera por delicadeza o porque no tenía sentido hacerlo, los miembros de la tripulación nunca hablaban del asunto con los que —según ellos— vivían en el paraíso de los inocentes: los médicos, las cabas, las enfermeras y los asistentes de sala.

    La puerta de estribor del puente se abrió y entró una figura con una linterna en la mano. Batesman dijo:

    —¿Capitán?
    —Así es. Un día de estos podré terminar mi desayuno en paz. Consiga unas lámparas, ¿quiere, Batesman?

    El capitán Bowen era de estatura mediana, con tendencia a la obesidad, fornido era su palabra preferida. Tenía un rostro alegre enmarcado por una barba blanca y ojos muy azules. Había pasado hacía tiempo la edad de retirarse, pero nunca había querido hacerlo y tampoco se lo habían solicitado; la Marina Mercante había sufrido importantes bajas tanto en hombres como en naves y sabía que un barco se hacía en una mínima fracción del tiempo que llevaba formar a un buen capitán. No quedaban muchos como el capitán Bowen.

    Las tres lámparas de emergencia no iluminaban mucho más de lo que lo hubieran hecho tres velas, pero la luz alcanzó para que se viera con qué rapidez se había cubierto de nieve el abrigo del capitán Bowen en los pocos segundos que le había llevado cruzar desde el salón. Se quitó el abrigo, lo sacudió afuera y cerró la puerta de inmediato.

    —El maldito generador tuvo otro de sus ataques —dijo Bowen—, No parecía demasiado alterado, pero a decir verdad, nadie nunca lo había visto alterarse por algo. — La pantalla del radar no funciona, por supuesto. No serviría de nada, de todos modos. Nevada copiosa, viento de treinta nudos y visibilidad cero. — Había una cierta satisfacción en la voz de Bowen y ni Batesman ni Hudson, el timonel, tuvieron que preguntar cuál era el motivo. Los tres pertenecían al grupo que no creía en la Convención de Ginebra: ningún avión, barco o submarino podría localizarlos en esas condiciones, ¿Ya habló con la sala de máquinas?
    —No —respondió Batesman con vehemencia y Bowen sonrió. El jefe de máquinas, Patterson, un nativo del nordeste, de la zona de Newcastle, se enorgullecía de su indudable habilidad, tenía un carácter explosivo y sentía una profunda aversión por las preguntas sobre su trabajo provenientes de un ser tan insignificante como el tercer oficial. — Llamaré al jefe, señor.

    Y lo hizo. Bowen tomó el teléfono y dijo:

    —Ah, John. No estamos teniendo demasiada suerte en este viaje, ¿eh? ¿El alambre conductor sobrecargado? ¿Escobillas? ¿Fusible? Ah, el auxiliar, entonces… Espero que no nos hayamos quedado otra vez sin combustible. — El capitán Bowen hablaba con tono de honda preocupación y Batesman sonrió. Todos los miembros de la tripulación, hasta el ayudante de cocina sabían que el jefe Patterson carecía totalmente de sentido del humor. La referencia que Bowen había hecho al combustible se refería a la ocasión en que no estando el jefe Patterson de turno, el generador principal se había descompuesto y el joven maquinista a cargo se había olvidado de pasar la válvula de la línea de combustible al generador auxiliar. Los comentarios de Patterson fueron predecibles. Con una expresión de sufrimiento en el rostro, Bowen alejó el teléfono de su oreja hasta que los chasquidos cesaron, volvió a hablar luego brevemente y cortó la comunicación.
    —Creo que al jefe Patterson le está costando más trabajo de lo habitual localizar la falla eléctrica. Tardará diez minutos, dice.

    Pero el teléfono sonó al cabo de solamente dos minutos.

    —Cinco dólares a que son malas noticias. — Bowen levantó el teléfono, escuchó por un momento y luego dijo: —¿Dices que quieres hablar conmigo, John? Pero si estás hablando conmigo… Ah, ya veo. Muy bien. — Cortó. — El jefe quiere mostrarme algo.

    Bowen no fue a la sala de máquinas, como Batesman podría haber supuesto, sino que se dirigió a su camarote, donde al cabo de un minuto se le unió el jefe de máquinas. Hombre alto y enjuto, con un rostro que no llamaba la atención, solía, como muchos hombres que no poseen sentido del humor y no se dan cuenta de ello, sonreír a intervalos frecuentes y por lo general, en momentos poco apropiados. Sin embargo, no estaba sonriendo en ese momento. Extrajo tres trozos de algo que parecía ser carbón y los acomodó sobre la mesa del capitán para que formaran una figura alargada.

    —¿Qué piensa de esto, eh?
    —Me conoces, John, soy sólo un simple marino. ¿La escobilla de un dínamo o generador o algo así?
    —Exactamente. — A Patterson le quedaba mucho mejor la expresión sombría que la sonrisa.
    —¿De allí el corte de energía?
    —Nada que ver con el corte de energía. Sobrecarga en el alambre conductor. Un cortocircuito en alguna parte. Jamieson fue a localizarlo. No le llevará mucho tiempo hacerlo.

    Bowen estaba más que dispuesto a creerle. Jamieson, el segundo maquinista, era un joven muy inteligente que contaba con la inusual distinción de ser un M.A.I.I.E. — Miembro Asociado del Instituto de Maquinistas Eléctricos. Bowen dijo:

    —Así que esta escobilla viene del generador auxiliar; está rota y pareces molesto por eso, por lo que deduzco que es poco común.
    —¿Poco común? Es algo nunca visto. Al menos, yo nunca lo he visto. La escobilla está bajo presión de resorte constante contra la faz de la armadura. No hay modo de que pueda haberse roto de esta forma.
    —Bueno, pero se rompió. Hay una primera vez para todo. — Bowen tocó los pedazos rotos con el dedo. — ¿Una falla de fábrica?

    Patterson no respondió. Buscó en un bolsillo del overol, extrajo una cajita de metal, le quitó la tapa y puso la caja sobre la mesa junto a la escobilla rota. Las dos escobillas que contenía eran idénticas en forma y tamaño a la que Patterson había vuelto a armar. Bowen los contempló, frunció los labios y luego miró a Patterson.

    —¿Repuestos?

    Patterson asintió. Bowen tomó una, pero sólo una mitad quedó en su mano; la otra permaneció en el fondo de la caja.

    —Nuestros únicos dos repuestos —dijo Patterson. — ¿No vale la pena examinar el otro?
    —No. Se revisaron los dos generadores y se encontraron en buen estado cuando estábamos en Halifax… y hemos usado el auxiliar dos veces desde que partimos de allí.
    —Una escobilla rota podría ser un golpe de mala suerte extraordinario. Tres ni siquiera llegan a ser una coincidencia ridícula. Esto ni siquiera da lugar a que nos frotemos el mentón con aire pensativo, John. Tenemos un pillo malintencionado entre nosotros.
    —!Pillo! Saboteador, querrá decir.
    —Bueno, sí, supongo que sí. Al menos, alguien que no está bien dispuesto hacia nosotros. 0 hacia el San Andreas. ¿Pero saboteador? No sé. Los saboteadores prefieren diversas formas de destrucción en gran escala. Romper tres escobillas del generador no puede considerarse destrucción en gran escala. Y a menos que el individuo responsable sea un demente, no va a mandar el San Andreas al fondo; no con él a bordo. ¿Por qué, John? ¿Por qué?

    Seguían sentados allí, cavilando, cuando sonó un golpe a la puerta y entró Jamieson. Joven, efervescente y con una actitud despreocupada hacia la vida, se lo veía cualquier cosa menos efervescente y despreocupado en ese momento: tenía un aire serio y ansioso, totalmente ajeno a su personalidad.

    —En la sala de máquinas me dijeron que los encontraría aquí. Pensé que debía venir de inmediato.
    —Como portador de malas noticias —dijo el capitán Bowen—, ha descubierto dos cosas: la ubicación del corto circuito y evidencia de, digamos, ¿sabotaje?
    —¿Cómo diablos…? Lo siento, señor, pero ¿cómo pudo…?
    —Díselo, John —respondió Bowen.
    —No es necesario. Esas escobillas rotas son suficientes. ¿Qué encontraste, Peter?
    —En proa. En la carpintería. Un cable de plomo que atraviesa un mamparo. Los ganchos a cada lado parecen haberse aflojado donde pasaba por el orificio en el mamparo.

    Bowen dijo:

    —Vibración normal del barco, movimiento climático… no es demasiado difícil erosionar plomo blando.
    —El plomo es más duro de lo que cree, señor. En este caso, un par de manos ayudaron a la erosión natural. Aunque eso no es lo importante. Adentro del forro de plomo, la goma alrededor del cable se quemó.
    —¿Cosa que sería normal en un cortocircuito?
    —Sí, señor. Sólo que conozco el olor a goma quemada por electricidad y no huele a azufre. Alguien usó una o varias cabezas de fósforos para hacer el truco. Dejé a Ellis haciendo el trabajo de reparación. Es simple y debería de estar por terminar.
    —Vaya, vaya. De modo que es tan simple como eso acabar con la energía eléctrica de un barco.
    —Casi, señor. Era necesario hacer otro trabajito. Hay una caja de fusibles justo afuera de la carpintería y sacaron el fusible adecuado antes de comenzar a trabajar. Luego regresaron a la caja y cortaron la línea —con pinzas aislantes o un destornillador aislante, cualquier cosa hubiera servido— y después volvieron a colocar el fusible. Si hubieran vuelto a colocar el fusible antes de cortar la línea, se habría quemado, dejando intacto el resto del sistema eléctrico. Teóricamente, claro está. Muy de tanto en tanto, el fusible no es tan amable y no se quema. — Jamieson sonrió levemente. — El asunto es que si yo hubiera estado resfriado, podrían haberse salido con la suya.

    El teléfono sonó. El capitán Bowen lo levantó y se lo pasó a Patterson, que escuchó y dijo:

    —Seguro. Ahora. Devolvió el teléfono. — Sala de máquinas. La electricidad está volviendo.

    Transcurrió aproximadamente medio minuto, luego el capitán Bowen terció:

    —Saben, no creo que esté volviendo realmente.

    Jamieson se puso de pie y Bowen dijo:

    —¿Adónde va?
    —No lo sé, señor. Bueno, en primer lugar a la sala de máquinas, a buscar a Ellis y luego no sé. Parecería que el viejo Pie Sigiloso tiene más de una cuerda en su arco.

    El teléfono volvió a sonar y Bowen, sin responder, se lo alcanzó a Patterson, que escuchó brevemente y dijo:

    —Gracias. El señor Jamieson ya baja. — Devolvió el teléfono y agregó: —Otra vez lo mismo. Me pregunto en cuántos lugares nuestro amigo intervino y está esperando la oportunidad para activarlos.

    Jamieson vaciló en la puerta.

    —¿Esto queda entre nosotros?
    —En absoluto. — Bowen habló con determinación. — Lo transmitimos a todos los rincones. Por supuesto que Pie Sigiloso, como usted lo llama, quedará prevenido y podrá armarse de antemano, pero la idea de que hay un saboteador a bordo hará que todos miren a su vecino y se pregunten qué aspecto tiene un saboteador. En cualquier caso, tornará a este muchacho mucho más circunspecto y, con suerte, sus actividades se verán considerablemente reducidas. — Jamieson asintió y se marchó.
    —Creo, John —dijo Bowen—, que podrías duplicar la vigilancia en la sala de máquinas, o al menos traer a dos o tres hombres adicionales, no para las tareas de rutina, ¿entiendes?
    —Entiendo. ¿Cree que quizá…?
    —¿Si quisieras sabotear, incapacitar un barco, adónde te dirigirías?

    Patterson se puso de pie, fue hasta la puerta y al igual que lo había hecho Jamieson, se detuvo y se volvió.

    —¿Por qué? — dijo— ¿Por qué, por qué, por qué?
    —No sé el porqué. Pero tengo un feo presentimiento acerca del dónde y el cuándo. Aquí en los alrededores, antes de lo que pensamos y más rápido de lo que deseamos. Alguien —dijo el capitán Bowen, a modo de explicación— acaba de pasar sobre mi tumba. — Patterson lo miró largamente y cerró la puerta con suavidad cuando se marchó.

    Bowen tomó el teléfono, marcó un solo número y dijo:

    —Archie, mi camarote. — No bien colgó, el teléfono volvió a sonar. Era el puente. Batesman no parecía demasiado feliz.
    —La tormenta de nieve se está disipando, señor. El Andover puede vernos ya. Quiere saber por qué no mostramos ninguna luz. Le dije que teníamos un corte de energía y luego llegó el siguiente mensaje hace unos instantes: ¿por qué demonios estamos tardando tanto en repararlo?
    —Sabotaje.
    —¿Cómo dijo, señor?
    —Sabotaje. S de Sally, A de Arthur, B de Bobby, 0 de…
    —¡Dios Santo! ¿Qué demonios… digo, por qué…?
    —No lo sé. — El capitán Bowen habló con una cierta reserva. — Dígales eso. Le diré lo que sé —que es prácticamente nada— cuando suba al puente. En cinco minutos. Quizá diez.

    Archie McKinnon, el contramaestre, entró. El capitán Bowen consideraba al contramaestre —al igual que muchos otros capitanes consideran a sus contramaestres— como el miembro de la tripulación más importante. Era nativo de las islas Shetland, medía más de un metro ochenta y su contextura física era adecuada a su altura. Tendría unos cuarenta años, tez color ladrillo, ojos azules y pelo rubio —los dos últimos heredados sin duda de antepasados vikingos que habían pasado por su isla mil años antes.

    —Siéntese, siéntese. — Bowen suspiró. — Archie, tenemos un saboteador a bordo.
    —No me diga. — Arqueó las cejas. Nada de exclamaciones sorprendidas por parte del contramaestre; nunca. — ¿Y qué ha estado haciendo, capitán?

    Bowen se lo contó y dijo:

    —¿Puede deducir algo más que yo, lo que equivale a cero?
    —Si usted no puede, capitán, yo tampoco. — La estima que se tenían el capitán y el contramaestre era totalmente mutua. — No puede querer hundir el barco, estando él a bordo y la temperatura del agua bajo el punto de congelamiento. No puede querer detener el barco —hay media docena de formas en que un hombre astuto podría hacerlo. Lo que estoy pensando es que lo que quería hacer era apagar las luces que —de noche, al menos— nos identifican como una nave hospital.
    —¿Y por qué querría hacerlo, Archie? — Era parte de su tácito entendimiento que el capitán siempre lo llamara "contramaestre", excepto cuando estaban solos.
    —Bueno… —El contramaestre caviló. — Usted sabe que no soy de las tierras altas de Escocia ni de las islas occidentales, de modo que no puedo jactarme de poseer facultades sobrenaturales o extrasensoriales. — Había una levísima mezcla de reprobación y superioridad en la voz del contramaestre, pero el capitán evitó sonreír; sabía que, en esencia, los nativos de las islas Shetland no se consideran escoceses y se mantienen fieles a sus islas. — Pero como usted, capitán, tengo buen olfato para los problemas y puedo decirle que no me gusta lo que huelo. En media hora —o quizá cuarenta minutos— cualquiera podrá ver que somos una nave hospital. — Calló y miró al capitán con lo que podría haber sido un dejo de sorpresa, que era lo más parecido a la emoción que podía esperarse del contramaestre. — No me imagino por qué, pero tengo el presentimiento de que alguien intentará atacarnos antes del amanecer. 0 al amanecer.
    —Tampoco imagino el porqué, Archie, pero tengo el mismo presentimiento. Alerte a la tripulación, ¿quiere? Que se preparen para ocupar los puestos de emergencia. Haga correr la voz de que hay un electricista ilegal entre nosotros.

    El contramaestre sonrió.

    —Así se vigilan mutuamente. No creo, capitán, que encontremos al hombre entre los miembros de la tripulación. Han estado con nosotros mucho tiempo.
    —Espero que no y creo que no. Es decir, me gustaría creer que no. Pero fue alguien que conocía bien el barco. Sus salarios no son exactamente principescos. Se sorprendería al enterarse de lo que puede hacer una bolsa de dinero con la lealtad de un hombre.
    —Luego de veinticinco años en el mar, no hay mucho que pueda sorprenderme. Esos sobrevivientes que rescatamos del buque petrolero anoche…, bueno, no consideraría a ninguno como mi hermano de sangre.
    —Vamos, contramaestre, un poco de espíritu de caridad cristiana, por favor. Era un buque petrolero griego —se supone que Grecia es nuestra aliada, por si no lo recuerda— y la tripulación obviamente iba a ser griega. Bueno, griega, chipriota, libanesa, hotentote, sí así lo prefiere. No puede pretender que todos parezcan de las Shetland. No vi a ninguno llevando una bolsa llena de monedas de oro.
    —No. Pero algunos de ellos —los heridos, quiero decir—llevaban valijas.
    —Y algunos llevaban abrigos y al menos tres tenían corbata. ¿Y por qué no? El Argos pasó seis horas flotando por allí luego de haber sido tocado por una mina; tiempo más que suficiente para que cualquiera empaque sus pertenencias terrenales, o al menos las pocas pertenencias que parecen tener los marinos griegos. Sería demasiado pedir, creo, Archie, que un buque petrolero griego averiado en el Mar de Barents tuviera a bordo un tripulante con una bolsa de oro que casualmente fuera un saboteador entrenado.
    —Sí, no es una combinación que uno esperaría encontrar todos los días. ¿Alertamos al hospital?
    —Sí. ¿Qué es lo último que se sabe de allí? — El contramaestre invariablemente conocía el estado de todo lo que iba a bordo del San Andreas, se refiriera o no a su área específica. — El doctor Singh y el doctor Sinclair acaban de terminar de operar. Un hombre con fractura de pelvis, el otro con quemaduras extensas. Están ahora en la sala de recuperación y no deberían tener problemas. La enfermera Magnusson está con ellos.
    —Cielos, Archie, por cierto que parece estar bien informado.
    —La enfermera Magnusson es de las islas Shetland —dijo el contramaestre, como si eso lo explicara todo. — Siete pacientes en la Sala A, que no están en condiciones de moverse. El peor es el primer oficial del Argos, pero no está en peligro, dice Janet.
    —¿Janet?
    —La enfermera Magnusson. — Era difícil apartar al contramaestre de su camino. — Diez en la Sala B de recuperación. Los sobrevivientes del Argos están en las literas de babor. — Bajaré hasta allí ahora. Vaya a alertar a la tripulación.
    —Cuando haya terminado, venga al compartimiento de enfermos… y traiga a un par de sus hombres.
    —¿Compartimiento de enfermos? — El contramaestre contempló al capitán. — Será mejor que no permita que la caba Morrison lo oiga llamarlo así.

    Bowen sonrió.

    —Ah, la formidable caba Morrison. De acuerdo, el hospital. Hay veinte hombres enfermos allí abajo. Sin contar las cabas, enfermeras y asistentes de sala que…
    —Y médicos.
    —Y médicos que nunca han oído un disparo en su vida. ¿Espera lo peor, capitán?
    —No espero lo mejor —replicó Bowen con pesar.

    El área del hospital del San Andreas era notablemente aireada y amplia, lo que no era sorprendente, puesto que el San Andreas era principalmente un hospital y no un barco y más de la mitad de la cubierta inferior había sido cedida para las instalaciones médicas. La demolición de mamparos estancos —una nave hospital, en teoría, no necesitaba mamparos estancos y aumentó la sensación de espacio y de hecho, el espacio real. El área estaba ocupada por dos salas, un quirófano, una sala de recuperación, un depósito medicinal, un dispensario, una cocina separada e independiente de la cocina de la tripulación— camarotes para el personal médico, dos comedores (uno para el personal y otro para los pacientes) y una pequeña sala o vestíbulo. Fue allí adonde el capitán Bowen se dirigió.

    Encontró a tres personas tomando el té: el doctor Singh, el doctor Sinclair y la caba Morrison. El doctor Singh era un hombre afable de origen paquistaní, de mediana edad. Llevaba anteojos sin patillas y era una de esas pocas personas que se ven perfectamente cómodas con ellos. Era un cirujano capaz y eficiente al que no le gustaba que lo llamaran "señor". El doctor Sinclair, rubio y tan afable como su colega, tenía veintiséis años, había abandonado su segundo año de residencia en un importante hospital escuela para ofrecerse como voluntario para la Marina Mercante. Nadie podría haber acusado a la caba Morrison de ser afable: tenía aproximadamente la misma edad que Sinclair, pelo castaño, grandes ojos castaños y una boca generosa que no concordaba con su habitual expresión severa, ni con los anteojos con marco de acero que a veces usaba y ni con el leve pero inconfundible aire de desdén aristocrático. El capitán Bowen se preguntó cómo se la vería al sonreír, si es que alguna vez sonreía.

    Explicó, en forma breve, el porqué de su visita. Las reacciones de los tres fueron predecibles. La caba Morrison frunció los labios, el doctor Sinclair arqueó las cejas y el doctor Singh esbozó una media sonrisa y dijo:

    —Vaya, vaya. Saboteador o saboteadores, espía o espías a bordo de un navío británico. Increíble, Caviló unos instantes„ —Pero claro, no todos los que están a bordo son estrictamente británicos. Yo no lo soy, para empegar.
    —Su pasaporte dice que lo es. Bowen sonrió, como estaba operando en el quirófano en el momento que nuestro saboteador estaba operando en otra parte, eso lo borra automáticamente de la lista de potenciales sospechosos, Es cierto, doctor Singh; tenemos un considerable número de personas que no nacieron en Gran Bretaña. Tenemos dos indios, dos goaneses, dos nativos de Ceilán, dos polacos, un portorriqueño, un irlandés del sur y. por alguna extraña razón, un italiano, que, como enemigo oficial, debería ser prisionero de guerra o estar en un campo en alguna parte. Y, por supuesto, los sobrevivientes del Argos son todos extranjeros.
    —Y no se olvide de mí —dijo la caba Morrison con frialdad. Soy mitad alemana.
    —¿De veras? ¿Con un nombre como Margaret Morrison? Ella frunció los labios, un gesto que parecía natural.
    —¿Cómo sabe que mi nombre es Margaret?
    —Un capitán tiene la lista de la tripulación. Le guste o no, usted es un miembro de ha tripulación. No es que tenga importancia. Los espías saboteadores pueden ser de cualquier nacionalidad y cuanto menos probable es que se sospeche de ellos en este caso sería de los británicos— más eficientemente pueden trabajar. Como digo, esto por el momento no es importante. Lo que es importante es que el contramaestre y dos de sus hombres estarán aquí dentro de muy poco. Si surgiera alguna emergencia, él se hará cargo de todo excepto, por supuesto, del manejo de los pacientes graves. ¿Supongo que todos conocen al contramaestre?
    —Un hombre admirable —dijo el doctor Singh—. Muy tranquilizador, muy competente, no me imagino a ninguna persona mejor para tener cerca en momentos de necesidad.
    —Todos lo conocemos. — La caba Morrison era tan buena para hablar con tono helado como para fruncir los labios. — Dios es testigo de que anda por aquí con bastante frecuencia,
    —¿Visitando a los enfermos?
    —!Visitando a los enfermos! No me gusta la idea de que un marino común ande molestando a una de mis enfermeras.
    —El señor McKinnon no es un marino común. Es un marino extraordinario y nunca ha molestado a nadie en su vida. Traigamos a Janet aquí para ver si corrobora sus absurdos alegatos.
    —Usted… usted sabe su nombre.
    —Por supuesto que sé su nombre. — Bowen sonaba cansado. No venía al caso, pensó, mencionar el hecho de que hasta hacía cinco minutos, nunca había oído hablar de una persona llamada Janet. — Son nativos de la misma isla y tienen mucho de qué hablar. Sería bueno, señorita Morrison, que usted se interesara tanto por su personal como yo por el mío,

    Fue una buena frase de despedida, pensó Bowen, pero no se sintió particularmente orgulloso de sí mismo. A pesar de la forma en que ella hablaba, sentía simpatía hacia la chica porque sospechaba que la imagen que proyectaba no era la real y que podría haber una muy buena razón para eso; pero ella no era Archie McKinnon.

    El primer oficial, Geraint Kennet, un nombre poco común, pero que según él, provenía de un linaje antiguo y aristocrático, estaba en el puente aguardando la llegada de Bowen. Kennet era galés, delgado de cuerpo y de cara, muy moreno y muy irreverente.

    —¿Está perdido, Kennet? — preguntó Bowen. Bowen había abandonado tiempo atrás la vieja costumbre de llamar señor al primer oficial.
    —Cuando suena la hora, señor, Kennet está allí. Escuché cosas acerca de alarmas y excursiones de boca del joven Jamie. — "El joven Jamie" era Batesman, el tercer oficial. — Se prepara algo siniestro, deduzco.
    —Deduce bien. Cuán siniestro, no lo sé. — Describió lo poco que había sucedido. — Así que dos cortes de electricidad, sí es que se los puede llamar así y un tercero que está siendo investigado.
    —¿Y sería muy ingenuo suponer que el tercero no está conectado con los otros dos?
    —Muy ingenuo.
    —Esto presagia algo ominoso.
    —Por cierto que les enseñan a hablar en esas escuelas galesas
    —Sí, señor. ¿Llegó a alguna conclusión y no es precisamente agradable?

    El teléfono sonó. Batesman lo tomó y se lo alcanzó a Bowen, que escuchó unos instantes, agradeció al que llamaba y cortó.

    Jamieson. En la cámara frigorífica, esta vez. ¿Cómo pudo alguien entrar allí? El cocinero es el único que tiene la llave.

    —Muy fácil —dijo Kennet—. Si un hombre es un saboteador, entrenado en su arte, si es que puede usarse esa palabra, sería lógico que fuera un experto con la ganzúa o que al menos llevara un manojo de llaves maestras. Con respeto, señor, creo que eso no es lo que importa. ¿Cuándo atacará otra vez este villano?
    —Me gustaría saberlo. Pie Sigiloso, así lo llama Jamieson, parece ser un villano de recursos y previsión considerables. Es muy probable que tenga más sorpresas. Jamieson opina lo mismo. Si hay otra falla de electricidad cuando vuelvan a conectar, dice que va a recorrer cada centímetro de cable con no sé qué herramienta.
    —Es un instrumento para detectar pérdidas de voltaje —ya sabe, bloqueos en un circuito. Se me ha ocurrido…

    Spenser, el primer oficial operador de radio apareció en la escotilla de su oficina, con un papel en la mano.

    —Mensaje del Andover, señor.Bowen leyó:
    —"Ausencia continuada de luces muy grave. Esencial resolver asunto. ¿Apresaron ya al saboteador?"
    —Nos da pie, creo, para mascullar furiosamente por lo bajo —comentó Kennet.
    —Es un imbécil dijo Bowen—. Me refiero al comandante Warrington, capitán de la fragata. Spenser, envíe esto: "Si tienen miembros de la División Especial o del Departamento de Investigaciones Criminales a bordo, son bienvenidos aquí. En caso contrario, por favor abstenerse de enviar mensajes inútiles. ¿Qué diablos creen que estamos haciendo?"
    —En estas circunstancias, señor, opino que es un mensaje muy educado. Como estaba por decirle…

    El teléfono volvió a sonar. Batesman atendió, escuchó, agradeció, cortó y se volvió hacia el capitán.

    —Sala de máquinas, señor. Otra falla eléctrica. Jamieson y el tercer maquinista Ralson se disponen a subir con sus herramientas.

    Bowen extrajo su pipa sin decir nada. Daba la impresión de haber enmudecido temporariamente. Kennet no había enmudecido. Eso jamás le sucedía.

    —Uno nunca llega a terminar una frase en este puente. ¿Ha llegado a alguna conclusión, señor, por más desagradable que sea ésta?
    —Conclusión, no. Corazonada, sospecha, sí. Desagradable, también. Apostaría a que aproximadamente a la madrugada, alguien nos va a atacar,
    —Por fortuna replicó Kennet—, no me gusta el juego. De todos modos, no apostaría contra mis propias convicciones. Que son las mismas que las suyas, señor.
    —Somos una nave hospital, señor —dijo Batesman. Ni siquiera sonaba esperanzado.

    Bowen le dirigió una mirada sombría.

    —Si se es inmune al sufrimiento de los desvalidos y moribundos y se desea ejercitar una lógica cruenta y retorcida, entonces somos enemigos, aunque estemos completamente indefensos. Porque, ¿qué es lo que hacemos? Llevamos a nuestros enfermos y heridos a casa, los ponemos nuevamente en condiciones y los mandamos de nuevo al frente o al mar para luchar otra vez contra los alemanes. Si se quiere estirar la conciencia lo suficiente, es posible alegar que permitir que una nave hospital llegue a su patria es lo mismo que ayudar al enemigo. El Oberleutnant Lemp nos hubiera torpedeado sin pensarlo dos veces
    —¿El Oberleutnant qué?
    —Lemp. El tipo que hundió el Athenia, y Lemp sabía que el Athenia no llevaba más que civiles como pasajeros, hombres, mujeres y niños que, y esto lo sabía muy bien, jamás se usarían para luchar contra los alemanes. El Athenia era un caso mucho más digno de compasión que nosotros, ¿no le parece, Batesman?
    —Me gustaría que no hablara de esa manera, señor —Batesman se veía no sólo tan sombrío como el capitán, sino también lúgubre. — ¿Cómo sabemos que este tipo Lemp no anda merodeando allí afuera, justo del otro lado del horizonte?
    —No tema —dijo Kennet—. El Oberleutnant Lemp hace tiempo que fue a reunirse con sus ancestros, por lo que uno no puede sentir más que un cierto grado de compasión. No obstante, puede tener un hermano mellizo o algunas almas gemelas allí afuera. Como infiere el capitán con tanta suspicacia, vivimos en tiempos turbulentos e inciertos.

    Batesman miró a Bowen.

    —¿Está permitido, capitán, pedirle al primer oficial que se calle?

    Kennet sonrió ampliamente, pero dejó de hacerlo cuando sonó el teléfono. Batesman fue a atender, pero Bowen se le adelantó.

    —Privilegio del jefe, Batesman. Las noticias pueden ser demasiado duras para un hombre joven como usted. — Escuchó, maldijo en voz alta y cortó. Cuando se volvió se lo veía y sonaba fastidiado.
    —¡El maldito baño de oficiales!
    —¿Pie Sigiloso? — preguntó Kennet.
    —¿Quién cree que fue? ¿Santa Claus?
    —Una acertada elección —dijo Kennet juiciosamente—. Muy acertada. ¿En qué otro lugar puede un hombre trabajar con tanta paz, privacidad y, por un período indeterminado, inmunidad a cualquier interrupción? Hasta podría tener tiempo de leer un capítulo de su novela de suspenso favorita, como es la costumbre de un joven oficial de este barco que permanecerá en el anonimato.

    El tercer oficial está en su derecho dijo Bowen—. ¿Quiere callarse de una vez?

    —Si, señor, ¿Ese era jamieson?
    —Deberíamos tener noticias de Ralson en cualquier momento.
    —Jamieson ya habló con él. Baño de marineros esta vez, a babor.

    Por una vez, Kennet no hizo comentarios durante casi un minuto hubo silencio en el puente, por la sencilla razón de que no parecía haber nada que decir. Inevitablemente, fue Kennet el que por fin rompió el silencio.

    —Unos minutos más y será mejor que nuestros beneméritos maquinistas se den por vencidos. ¿O es que soy el único que ha notado que llegó el amanecer?

    Era cierto. Hacia el sudeste más allá de los baos a babor, el cielo había cambiado de negro a un gris oscuro y se iluminaba cada vez más Dejó de nevar, el viento disminuyo a veinte nudos y el San Andreas cabeceaba con las olasque venían del noroeste.

    —¿Quiere que ponga un par de vigías adicionales, señor? ¿Uno en cada alerón?
    —Y que pueden hacer esos vigías? ¿Hacerles morisquetas al enemigo?
    —No pueden hacer mucho más que eso, es verdad. Pero si alguien nos va a atacar, será ahora. En un Condor que vuela alto, por ejemplo, casi se pueden ver las bombas saliendo de las compuertas y hay probabilidad de una acción evasiva. — Kennet no parecía demasiado entusiasmado ni convencido.
    —¿Y si es un submarino, un bombardero en picada o torpedero?
    —Igual pueden darnos un aviso y tiempo para rezar. Por cierto, sería una plegaria muy corta, pero una plegaria al fin.
    —Como quiera, Kennet.

    Kennet hizo una llamada y al cabo de tres minutos sus vigías llegaron al puente, abrigados hasta las cejas, según las instrucciones de Kennet. McGuigan y Jones, un irlandés del sur y un galés, no eran más que unos muchachos que no pasaban los dieciocho años. Kennet los equipó con prismáticos y los situó en los alerones del puente, Jones, a babor y McGuigan, a estribor. Unos instantes después de cerrar la puerta de babor, Jones volvió a abrirla.

    —¡Barco, señor! A babor. — Su voz sonaba ansiosa, excitada.
    —Es un buque de guerra, creo.
    —Tranquilícese —dijo Kennet—. Dudo que sea el Tirpitz. Menos de media docena de personas a bordo sabían que el Andover los había acompañado durante la noche. Salió y regresó casi de inmediato.
    —El buen pastor —dijo—. A tres millas.
    —Ya casi hay luz —repuso el capitán Bowen—. Podríamos estar equivocados, Kennet.

    La escotilla de la sala de radio se abrió con un golpe y apareció la cara de Spenser.

    —El Andover, señor. Bandido, bandido, un bandido… 045… diez millas… mil quinientos metros.
    —Ahí está —dijo Kennet—. Sabía que no nos habíamos equivocado. ¿A toda máquina, señor? — Bowen asintió y Kennet dio las instrucciones necesarias.
    —¿Acción evasiva? — Bowen esbozaba una semisonrisa; el conocimiento, por más desagradable que sea, siempre llega como un alivio luego de la incertidumbre.
    —¿Un Condor, cree adivinar?
    —No adivino, señor. En estas aguas, sólo el Condor vuela solo. — Kennet abrió la puerta de babor y escudriñó el cielo. — La capa de nubes es bastante delgada ahora. Deberíamos poder ver a nuestro amigo acercándose. Tendría que estar prácticamente a popa. ¿Salimos, señor?
    —En un minuto, Kennet. Dos minutos. Juntemos flores mientras podamos —o al menos, mantengámonos al calor lo más posible. Si el destino nos ha abandonado, estaremos congelándonos dentro de muy poco. Dígame, Kennet, ¿se le ha ocurrido algún pensamiento profundo?
    —Se me han ocurrido muchos, pero no diría que son profundos.
    —¿Cómo diablos cree que ese Condor nos localizó?
    —¿Un submarino? Podría haber salido a la superficie y transmitido el mensaje a Alta Fjord.
    —No, un submarino, no. El equipo sonar del Andover lo habría captado. Ni aviones ni naves de superficie, de eso estoy seguro.

    Kennet frunció el entrecejo por unos instantes, luego sonrió.

    —Pie Sigiloso —dijo con seguridad—. Una radio.
    —No necesariamente eso, Un pequeño dispositivo eléctrico, probablemente accionado por nuestros propios sistemas, que transmite una señal continua.
    —¿De modo que si sobrevivimos hay que salir a pasar el rastrillo?
    —Por cierto. Hay que salir a…
    —Andover, señor. — Era Spenser otra vez. — Cuatro bandidos, repito cuatro bandidos… 310… ocho millas… novecientos metros.
    —¿Me pregunto qué habremos hecho para merecer esto? — Kennet sonaba casi lúgubre. — Teníamos más razón de lo que suponíamos, señor. Torpederos o planeadores bombarderos, seguro, atacando desde la oscuridad al noroeste y nosotros recortados contra la luz del amanecer.

    Los dos hombres salieron por la puerta de babor. El Andover seguía de ese lado, pero se había acercado hasta quedar a menos de dos millas de distancia. Un banco de nubes bajas, a aproximadamente la misma distancia, oscurecía la visión hacia popa.

    —¿Oye algo, Kennet? ¿Ve algo?
    —Nada, nada. ¡Al diablo con esa nube! Si, ahora sí. Lo oigo. Es un Cóndor.
    —Es un Cóndor. Una vez que se lo ha oído, no es fácil olvidar el clamor mal sincronizado del motor de un FockeWulf 200. Y me temo Kennet, que habrá que postergar su acción evasiva para otro momento. Parece que este muchacho viene muy bajo.
    —Sí, viene volando bajo. Y sé por qué. — Kennet habló con amargura, lo que no era nada común en él. — Su intención es hacer bombardeo de precisión. Tiene órdenes de detenernos o estropearnos el barco, pero no de hundirnos. Apuesto a que ese malnacido de Pie Sigiloso se siente seguro como en su casa.
    —Está en lo cierto, Kennet. Podría detenernos bombardeando la sala de máquinas, pero eso es casi una garantía de que nos vamos a pique. Allí viene.

    El Condor FockeWulf atravesó la nube y se dirigió directamente hacia la popa del San Andreas. El Andover sacó a relucir todos los cañones posibles no bien el FockeWulf atravesó el banco de nubes, y al cabo de unos segundos el lado de estribor del Andover estuvo envuelto en humo. Para una fragata, el fuego antiaéreo que poseía era formidable: baterías de ángulo bajo, pompoms, Oerlikons y las igualmente letales torrecillas BoultonPaul Defiant que disparaban 960 vueltas por minutos. El FockeWulf debió de recibir varios impactos, pero la capacidad del enorme Condor para absorber el castigo era legendaria. Siguió adelante, a no más de sesenta metros sobre las olas. El sonido de los motores pasó de ser clamoroso a atronador.

    —Este no es lugar para un par de marinos honestos, Kennet. — El capitán Bowen tuvo que gritar para hacerse oír. — Pero creo que ya es demasiado tarde.
    —Me parece que sí, señor.

    Dos bombas, sólo dos, se desprendieron perezosamente del Condor envuelto en humo.


    DOS


    Si los norteamericanos hubieran mantenido el diseño inglés original en lo que se refería al alojamiento a bordo de las naves Liberty, la tragedia, aunque no hubiera dejado de serlo, al menos se habría visto minimizada. Los planes originales de Sunderland ubicaban los camarotes tanto en proa como en popa: los diseñadores de Henry Kaiser, creyendo usar su sentido común —que resultó ser disparatado— ubicaron los camarotes de oficiales y tripulantes y el puente de mando agrupados en una única superestructura que rodeaba la chimenea.

    El contramaestre, con el doctor Sinclair a su lado, llegó a la cubierta superior antes de que el Condor alcanzara al San Andreas; casi de inmediato se les unió Patterson, para quien los disparos del Andover habían sonado como una serie de pesados golpes metálicos del lado de la sala de máquinas.

    —¡Abajo! — gritó el contramaestre. Dos fuertes brazos sobre los hombros de Patterson y del doctor Sinclair los arrojaron al suelo; el FockeWulf había alcanzado al San Andreas antes de que lo hicieran las bombas y el contramaestre sabía muy bien que el Condor poseía un despliegue letal de ametralladoras que no vacilaba en usar cuando la ocasión lo requería. En esa oportunidad, sin embargo, las ametralladoras permanecieron en silencio, posiblemente porque los artilleros tenían órdenes de no disparar, más probablemente porque éstos estaban muertos, pues era obvio que el Condor, arrastrando un enorme penacho de humo —era imposible adivinar si provenía del fuselaje o de los motores— y virando con violencia hacia estribor, estaba también a punto de morir.

    Las dos bombas se estrellaron hacia proa y hacia popa de la chimenea, estallaron simultáneamente, enseguida luego de pasar a través de los desprotegidos camarotes, haciendo volar los mamparos destrozados hacia afuera y llenando el aire de esquirlas de metal y vidrios rotos, ninguno de los cuales alcanzó a los tres hombres tirados boca abajo sobre la cubierta. El contramaestre levantó la cabeza con cautela y contempló con incredulidad cómo la chimenea, al parecer intacta, pero cercenada en la base, caía lentamente al mar por el lado de babor. Cualquier ruido que pudiera hacer al chocar contra el agua se ahogó bajo el rugido de nuevos aviones.

    —¡Abajo, manténgase abajo! — Tendido sobre la cubierta, el contramaestre giró la cabeza hacia la derecha. Cuatro lanzatorpedos Heinkel en formación, a media milla de distancia y menos de siete metros sobre el agua, se dirigían directamente a la banda de estribor del San Andreas. Diez segundos, pensó, doce como máximo y los muertos en el osario que era esa superestructura destrozada tendrían compañía de sobra. ¿Por qué se habían callado los cañones del Andover? Se volvió hacia la izquierda para observar la fragata y de inmediato comprendió la razón. Era imposible que los artilleros del Andover no oyeran el ruido de los Heinkel que se aproximaban, pero era igualmente imposible que los vieran. El San Andreas estaba directamente en línea entre la fragata y los bombarderos que volaban a una altura inferior que la de la cubierta superior.

    Volvió a girar la cabeza hacia la derecha y con asombro momentáneo, vio que ése ya no era el caso. Los Heinkels se estaban elevando con la intención de volar por encima del San Andreas, cosa que hicieron al cabo de unos segundos, a no mucho más de cuatro metros sobre la cubierta, dos a cada lado de la superestructura retorcida. El San Andreas no había sido el blanco, sino el escudo para los Heinkels: la fragata era el blanco y los bombarderos estaban a mitad de camino entre el San Andreas y el buque de guerra antes de que los confundidos artilleros comprendieran lo que estaba sucediendo.

    Cuando lo hicieron, la reacción fue rápida y violenta. El armamento principal era virtualmente inútil. Lleva tiempo apuntar y elevar un arma de cualquier tamaño y contra un blanco que se acerca a gran velocidad, el tiempo no alcanza. Las baterías antiaéreas, los cañones de dos libras, los Oerlikons y las Defiants montaron una barrera considerable, pero los lanzatorpedos eran blancos notoriamente difíciles, a lo que se agregaba el hecho de que los artilleros tenían plena conciencia de que la muerte estaba a pocos segundos, lo que disminuía su eficacia.

    Los bombarderos estaban a menos de trescientos metros cuando el avión en el flanco izquierdo de la formación se elevó y viró hacia la izquierda para alejarse de la popa del Andover: seguramente ni el avión ni el piloto habían sido dañados. Como solía suceder, el mecanismo de liberación del torpedo se había congelado, impidiendo la caída del mismo. Aproximadamente en el mismo momento, el avión a la derecha descendió en suave picada hasta que tocó el agua —sin duda el piloto había muerto. Una victoria, sí, pero pírrica. Los otros dos Heinkels liberaron sus torpedos y se elevaron, alejándose del Andover.

    Tres torpedos estallaron contra el Andover casi simultáneamente: los dos que habían sido liberados sin problemas y el que estaba todavía sujeto al avión que había caído al agua. Los tres torpedos detonaron, pero hubo poco estruendo y onda expansiva: el agua siempre ahoga las explosiones submarinas. Lo que sí hubo, sin embargo, fue una gran cortina de agua y espuma que se elevó a sesenta metros y luego cayó lentamente. Cuando por fin desapareció, el Andover estaba semisumergido en el agua. Al cabo de veinte segundos, con sólo un leve siseo producido por el agua que invadió la sala de máquinas y con muy pocas burbujas, el Andover se deslizó bajo la superficie del mar.

    Dios mío, Dios mío, Dios mío! — El doctor Sinclair, tambaleándose levemente, se había puesto de pie. Como médico, había tomado contacto con la muerte, pero no en esa forma horrenda: todavía estaba aturdido y no tenía plena conciencia de lo que sucedía a su alrededor. — !Santo Cielo, ese enorme avión está volviendo hacia aquí!

    El enorme avión, el Condor, regresaba, pero no significaba una amenaza para ellos. Con un humo denso brotándole de los cuatro motores, completó un semicírculo y se acercó al San Andreas. A menos de media milla tocó la superficie del agua, se hundió momentáneamente y luego volvió a aparecer. Ya no había humo.

    —Dios lo guarde —dijo Patterson. Estaba casi anormalmente sereno. — Una expedición para control de daños, primero, que vean si hacemos agua, aunque no creo que ése sea el caso.
    —Sí, señor. — El contramaestre contempló lo que quedaba de la superestructura. — Quizás una expedición de control de incendio. Hay muchas frazadas, colchones, ropa y papeles allí adentro, sabe Dios qué estará ardiendo ya.
    —¿Cree que habrá sobrevivientes allí?
    —No me atrevería a adivinar, señor. Si los hay, es una suerte que seamos un buque hospital.

    Patterson se volvió hacia el doctor Sinclair y lo sacudió con suavidad.

    —Doctor, necesitamos su ayuda. — Hizo un gesto con la cabeza en dirección a la superestructura. — Usted y el doctor Singh… y los asistentes de sala. Mandaré unos hombres con martillos y barras de hierro.
    —¿Y un soplete de oxiacetileno? — dijo el contramaestre.
    —Por supuesto.
    —Tenemos suficiente equipo y material médico a bordo como para equipar el hospital de un pequeño poblado —dijo Sinclair—. Si hay sobrevivientes, todo lo que necesitaremos serán algunas jeringas hipodérmicas. — Parecía haberse recuperado.
    —¿No llevamos a las enfermeras?
    —Por Dios, no. — Patterson sacudió la cabeza con vehemencia. — Le aseguro, ni a mí me gustaría entrar allí. Si hay sobrevivientes, ya tendrán ellas su cuota de horror más tarde.

    McKinnon dijo:

    —¿Permiso para sacar la lancha salvavidas, señor?
    —¿Para qué?
    —Podría haber sobrevivientes del Andover.
    —¡Sobrevivientes! Se hundió en treinta segundos.
    —El Hood se desintegró en un segundo. Hubo tres sobrevivientes.

    Por supuesto, por supuesto. No soy marino, contramaestre. No necesita pedirme permiso a mi.

    —Si, lo necesito, señor. — El contrámaestre señaló la superestructura. Todos los oficiales de cubierta están allí. Usted está al mando.
    —iSanto Cielo! — La idea jamás se le había ocurrido a Patterson. — ¡Qué forma de asumir el mando!
    —Y hablando de mando, señor, el San Andreas ya no está bajo control. Está virando rápidamente hacia babor. El mecanismo de navegación en el puente debe de estar destruido.
    —La navegación puede esperar. Detendré las máquinas.

    Tres minutos más tarde, el contramaestre accionó la palanca y dirigió la lancha salvavidas hacia una balsa inflable que cabeceaba pesadamente cerca del lugar donde había estado el Condor. Había sólo dos hombres en la balsa, el resto de la tripulación del avión se habría hundido con el FockeWulf, supuso el contramaestre. De todos modos, probablemente ya estaban muertos. Uno de los hombres, un jovencito muy mareado y con expresión atemorizada —tenía todo el derecho de sentirse atemorizado, pensó el contramaestre— estaba sentado muy erguido, aferrado a una soga. El otro estaba tendido de espaldas en el fondo de la balsa: en la parte superior izquierda del pecho, brazo izquierdo y muslo derecho, la tela de su overol estaba empapada en sangre. Tenía los ojos cerrados.

    —¡Jesús! — El marinero Ferguson, que tenía un acento de Liverpool y cuya cara surcada de cicatrices hablaba con elocuencia de batallas perdidas y ganadas, principalmente en bares, miró al contramaestre con una mezcla de incredulidad e indignación. — ¡Jesús, contramaestre, ¿no irá a recoger a esos canallas? Acaban de tratar de hundirnos. ¡A nosotros! ¡Una nave hospital!
    —¿No le gustaría saber por qué bombardearon un barco hospital?
    —Es cierto, es cierto. — Ferguson tendió el bichero y acercó la balsa hasta hacerla quedar junto a la lancha salvavidas.
    —¿Alguno de ustedes habla inglés?

    El hombre herido abrió los ojos, que también parecían llenos de sangre.

    —Yo.
    —Parece que está mal herido. Quiero saber dónde antes de tratar de llevarlo a bordo.
    —Brazo izquierdo, hombro izquierdo y muslo derecho. Y creo que tengo algo en el pie derecho. — Su inglés era muy fluido y si había algo de acento, éste era del sur de Inglaterra, no alemán.
    —Usted es el comandante del Condor, por supuesto.
    —Sí. ¿Sigue queriendo llevarme a bordo?

    El contramaestre hizo un gesto a Ferguson y a los otros dos marineros que habían venido con él. Los tres hombres subieron al piloto herido con el máximo cuidado posible, pero con el bote y la balsa cabeceando en las olas era imposible ser muy cuidadosos. Lo recostaron sobre el fondo, cerca de donde estaba sentado el contramaestre junto a los controles. El otro sobreviviente se acurrucó tristemente en el medio del bote. El contramaestre se dirigió hacia el lugar donde calculó que se había hundido el Andover.

    Ferguson miró al hombre herido que yacía de espaldas, con los brazos en cruz. Las manchas rojas se estaban agrandando.

    Podía ser que estuviera sangrando profusamente, pero también podía ser el efecto del agua de mar.

    —¿Cree que ha muerto, contramaestre?

    McKinnon tendió la mano y tocó el costado del cuello del piloto y al cabo de unos segundos localizó el pulso, rápido, débil y errático, pero pulso al fin.

    —Inconsciente. Desmayado. El trasbordo no debe de haber sido fácil para él.

    Ferguson observó al piloto con un cierto respeto involuntario,

    —Quizá sea un maldito asesino, pero es endemoniadamente duro. Debió de estar agonizando pero ni siquiera graznó. ¿No deberiamos llevarlo de regreso al barco, primero? ¿Darle una oportunidad, por decirlo así?
    —Lo pensé. No. Quizás haya sobrevivientes del Andover, y si los hay, no duraran mucho. La temperatura del agua está justo por debajo del punto de congelamiento. Por lo general, los hombres mueren al cabo de un minuto. Si hay alguien, retrasarse un minuto puede significarle la muerte. Les debemos esa oportunidad. Además, el viaje de regreso al barco será muy rápido.

    El San Andreas, virando hacia babor, había trazado un semicirculo y se estaba deteniendo por acción de la marcha atrás. Sin duda, Patterson lo habría hecho para maniobrar la nave temporariamente sin timón y acercarla lo más posible al lugar donde se había hundido el Andover.

    Sólo un patético montón de objetos señalaba dónde había desaparecido la fragata: trozos de madera, algunos barriles, flotadores, boyas y chalecos salvavidas —vacíos— y cuatro hombres. Tres de ellos estaban juntos. Uno del grupo, un hombre que parecía llevar un gorro gris, sostenía la cabeza de otro hombre, inconsciente o bien muerto, fuera del agua; con la otra mano hacia señas en dirección a la lancha que se acercaba.

    Los tres llevaban chalecos salvavidas y mucho más importante aún, trajes de agua, lo que les había permitido seguir con vida luego de quince minutos en las aguas heladas del invierno ártico.

    Los tres hombres fueron subidos a la lancha. El joven al que había ayudado el hombre con gorro gris estaba inconsciente, no muerto. Tenía una gran hinchazón, de la que todavía brotaba sangre, justo por encima de su sien derecha. El tercer hombre —parecía por demás incongruente en las circunstancias llevaba la gorra en pico de un comandante naval. La gorra estaba completamente empapada, El contramaestre fue a quitársela, pero cambió de idea al ver la sangre en la parte trasera de la gorra; probablemente la tuviera pegada a la cabeza. El comandante estaba conseiente, agradeció gentilmente al contramaestre por haberlo sacado del mar, pero tenía los ojos vacíos, vidriosos y perdidos. McKinnon le pasó una mano delante de los ojos, pero no hubo reacción. Por el momento al menos, el comandante estaba ciego.

    Aunque sabía que estaba perdiendo el tiempo, el contramaestre se dirigió hacia el cuarto hombre que estaba en el agua, pero retrocedió cuando todavía estaba a unos metros. Aunque tenía la cara en el agua, no se había ahogado sino que había muerto por congelamiento; no llevaba traje de agua. El contramaestre viró la lancha hacia el San Andreas y tocó el hombro del comandante con suavidad.

    —¿Cómo se siente, comandante Warrington?
    —¿Qué? ¿Cómo me siento? ¿Cómo sabe que soy el comandante Warrington?
    —Todavía lleva la gorra, señor. — El comandante atinó a tocarse la visera pero McKinnon lo detuvo. — Déjela, señor. Se ha herido la cabeza y tiene la gorra pegada a la piel. Lo tendremos en el hospital dentro de quince minutos. Hay médicos y enfermeras de sobra para encargarse de eso, señor.
    —Hospital. — Warrington sacudió la cabeza como para aclararse la mente. — Ah, claro. El San Andreas. Usted debe de ser de allí.
    —Si, señor. Soy el contramaestre.
    —¿Qué sucedió, contramaestre? Con el Andover, digo. — Warrington se tocó el costado de la cabeza. — Estoy algo confundido.
    —Como para no estarlo. Tres torpedos, señor, casi simultáneamente. A usted debieron de volarlo del puente, o quizá se cayó, o más probablemente lo arrastró el agua cuando su buque se hundió. Se fue a pique en poco más de veinte segundos.
    —¿Cuántos de nosotros… bueno, a cuántos encontraron?
    —Solamente a tres, señor. Lo siento.
    —Dios todopoderoso. Sólo a tres. ¿Está seguro, contramaestre?
    —Me temo que sí, señor.
    —Mi encargado de señales…
    —Aquí estoy, señor.
    —Ah, Hedges. Gracias a Dios. ¿Quién es el tercero? — Oficial de navegación, señor. Tiene un golpe muy feo en la cabeza.
    —¿Y el primer teniente? — Hedges no respondió; había hundido la cabeza entre las manos y la sacudía de lado a lado.
    —Me temo que Hedges está algo alterado, comandante. ¿El primer teniente llevaba un chaleco salvavidas rojo? — Warrington asintió. — Entonces lo encontramos, señor. Me temo que se congeló.
    —Qué ironía. Congelarse, digo. — Warrington sonrió levemente. — Siempre se burlaba de nuestros trajes de agua. Llevaba una pata de conejo con él y decía que era todo lo que necesitaba.


    El doctor Singh fue el primero que salió al encuentro del contramaestre cuando éste bajó de la lancha. Patterson estaba con él, al igual que dos asistentes de sala y dos fogoneros. El contramaestre miró a los fogoneros y se preguntó por un instante qué estaban haciendo en la cubierta, pero sólo por un instante: sin duda estaban haciendo el trabajo de un marinero porque quedaban muy pocos marineros para hacerlo. Ferguson y sus dos compañeros habían estado en la expedición de control de incendios en proa y quizá fueran los tres únicos que quedaban; todos los otros marineros habían estado en la superestructura en el momento del ataque.

    —Cinco —dijo el doctor Singh—. Sólo cinco. De la fragata y el avión, sólo cinco.
    —Sí, doctor, Y aun ellos tuvieron una suerte endemoniada. Hay tres en condiciones bastante malas. El comandante parece estar bien, pero creo que está peor que los demás. Aparentemente está ciego y tiene una herida en la nuca. Hay una conexión, ¿no es así, doctor?
    —Oh, Dios. Sí, hay una conexión. Haremos todo lo posible.

    Patterson dijo:

    —Un momento, contramaestre, por favor. — Se apartó hacia un costado y McKinnon lo siguió. Estaban a mitad de camino hacia la superestructura cuando Patterson se detuvo.
    —¿Tan grave es, señor? — preguntó el contramaestre—. No quiere espías. Pero tenemos que confiar en alguien.
    —Supongo que sí. — Patterson parecía cansado. — Pero en muy pocos. Sobre todo luego de lo que vi en esa superestructura. Y de una o dos cositas que descubrí. Comencemos por el principio. El casco está estructuralmente sano. No hay grietas. No creí que fuera a haberlas. Estamos arreglando un control de timón temporario en la sala de máquinas; probablemente podamos reconectar con el puente, que es la parte menos dañada de la superestructura. Hubo un pequeño incendio en el comedor de la tripulación, pero logramos controlarlo, — Asintió en dirección a la triste masa de hierros retorcidos delante de ellos.
    —Roguemos para que haya buen tiempo. Jamieson dice que los soportes estructurales están tan debilitados que todo puede caer por la borda si nos tocan marejadas turbulentas. ¿Quiere entrar?
    —¿Querer? No. Pero debo hacerlo. — El contramaestre vaciló, sin deseos de oír la respuesta a la pregunta que tenía que hacer. ¿Cuántas son las bajas hasta ahora, señor?
    —Hasta el momento hemos encontrado trece muertos. — Hizo una mueca. — Y trozos y fragmentos. Decidí dejarlos donde estaban por ahora. Puede haber más personas con vida.
    —¿Más? ¿Encontró algunas?
    —Cinco, Algunas de ellas, en muy malas condiciones. Están en el hospital. — Entró primero en la retorcida entrada de popa de la superestructura. — Hay dos grupos con oxiacetileno allí adentro. Es un trabajo lento. No hay vigas caídas ni escombros propiamente dichos, sólo puertas retorcidas y trabadas. Algunas, por supuesto —me refiero a las puertas— sencillamente volaron por el aire. Como ésta, por ejemplo,

    La cámara frigorífica, bueno, al menos no había nadie ellí adentro. Pero había tres semanas de provisiones de todo tipo de carne, pescados y otros alimentos perecederos; en un par de días tendremos que comenzar a echarlos por la borda. — Avanzaron lentamente por el pasadizo. La alacena está intacta, señor, aunque no creo que una dieta fija de frutas y vegetales vaya a tener mucho éxito. ¡Dios Santo!

    McKinnon contempló la cocina que quedaba del otro lado del corredor, frente a la alacena. Las superficies de los hornos estaban extrañamente torcidas, pero todos los armarios y las dos mesas estaban intactos. Pero lo que había horrorizado al contramaestre no habían sido los muebles sino los dos hombres que yacían en el suelo. Parecían ilesos, salvo por un pequeño hilo de sangre que les corría desde los oídos y la nariz.

    Netley y Spicer —susurró McKinnon—. No parecen… ¿están muertos?

    —Contusión. Fue instantáneo —respondió Patterson.

    El contramaestre sacudió la cabeza y siguió avanzando.

    —El pañol de comida enlatada —dijo—. Intacto. Qué ironía. Y el pañol de bebidas alcohólicas también. No hay ni una lata abollada ni una botella rota. Hizo una pausa. — Con su permiso, señor, creo que éste es un muy buen momento para hacer uso de las bebidas alcohólicas. Un buen trago de ron para todos, o al menos para los hombres que están trabajando aquí. Es un trabajo bastante desagradable y es una costumbre de la Marina Real cuando hay tareas desagradables que hacer.
    —No sabia que hubiera estado en la Marina Real, contramaestre.
    —Doce años. Por mis pecados.
    —Una idea excelente. Yo seré su primer cliente. — Siguieron por un corredor torcido pero utilizable hacia la siguiente cubierta; McKinnon llevaba una botella de ron en una mano y media docena de jarritos colgados de un alambre en la otra. En esa cubierta se alojaba la tripulación y no ofrecía un espectáculo agradable. El pasillo estaba curvado como una S, y la cubierta presentaba una serie de ondulaciones. En el extremo de proa del pasillo, dos equipos de oxiacetileno se encontraban en plena tarea, cada uno atacando una puerta trabada. En el corto espacio entre el comienzo del pasadizo y el lugar donde trabajaban los hombres había ocho puertas, cuatro de las cuales colgaban de las bisagras, y las otras cuatro habían sido forzadas por los sopletes. Siete de!os camarotes habían estado ocupados y los ocupantes seguían allí; había doce en total. En el octavo camarote encontraron al doctor Sinelair inclinado sobre un paciente postrado pero completamente consciente, al que le estaba administrando una inyección de morfina. Esa plena conciencia quedaba demostrada por el hecho de que dirigía un monólogo irreproducible a nadie en particular.

    McKinnon dijo:

    —¿Cómo se siente, Chips? — Chips era Rafferty, el carpintero del barco.
    —Me estoy muriendo. — Vio la botella de ron en la mano del contramaestre y su expresión angustiada desapareció. — Pero podría recuperarme rápidamente…
    —Este hombre no está moribundo —dijo el doctor Sinclair—. Tiene una simple fractura de tibia, eso es todo. Nada de ron. La morfina y el alcohol no son buenos compañeros. Más tarde. Se enderezó y trató de sonreír. — Pero me vendría bien un trago, si le parece, contramaestre. Uno abundante. Siento que lo necesito. — Eso era cierto, a juzgar por su cara cansada y pálida. Nada en la breve carrera médica del doctor Sinclair lo había preparado siquiera remotamente para la experiencia que estaba viviendo. McKinnon le sirvió una generosa medida de ron, hizo lo mismo para Patterson y para sí y luego pasó la botella y los jarritos a los hombres con sopletes y a los asistentes de sala que aguardaban tristemente, con la camilla lista; no se los veía mucho mejor que el doctor Sinclair, pero se alegraron bastante al ver el ron.

    En la cubierta superior estaban los camarotes de los oficiales. Los daños en ella también eran serios, pero no tan devastadores como los de la cubierta inferior. Patterson se detuvo delante del primer camarote; la puerta había volado hacia adentro y parecía como si un maníaco hubiera atacado el camarote con una maza. McKinnon sabía que era el camarote del Jefe de Máquinas.

    —No me gusta mucho estar en una sala de máquinas, señor —dijo, pero hay momentos en que tiene sus ventajas. — Contempló el camarote vacío y semidestrozado del segundo maquinista, que quedaba frente al de Patterson. — Al menos Ralston no está aquí. ¿Dónde está, señor?
    —Está muerto.
    —Está muerto —repitió McKinnon lentamente.
    —Cuando estalló la bomba, todavía estaba en el baño de los marineros, arreglando ese cortocircuito.
    —Lo siento muchísimo, señor. — Sabía que Ralston había sido el único amigo que Patterson tenía a bordo.
    —Si —dijo Patterson con gesto vago—. Tenía una mujer joven y dos niños, bebés, a decir verdad.

    McKinnon sacudió la cabeza y revisó el siguiente camarote, perteneciente al segundo oficial.

    —Por lo menos el señor Rawlings no está aquí.
    —No. No está aquí. Está arriba en el puente. — El contramaestre lo miró, luego se volvió y entró en el camarote del capitán que, curiosamente, parecía casi intacto. McKinnon fue directamente a un pequeño armario de madera, extrajo su cuchillo, abrió el pasador e insertó la punta justo debajo de la cerradura del armario.
    —¿Rompiendo e invadiendo, contramaestre? — La voz del jefe de máquinas no contenía reproche, pero sí perplejidad: conocía lo suficiente a McKinnon como para saber que nunca hacía nada sin un motivo lógico.
    —Romper e invadir es para puertas cerradas y ventanas, señor. Simplemente llámelo vandalismo. — La puerta se abrió y el contramaestre extrajo dos pistolas del armario. — Colt 45 de la Marina. ¿Sabe algo acerca de pistolas, señor?
    —Jamás tuve una en la mano. ¿Usted sabe de pistolas… como de ron?
    —Sé sobre pistolas. Este pequeño interruptor que está aquí… se aprieta así. Entonces desactiva la traba de seguridad. Eso es todo lo que se necesita saber sobre pistolas. — Miró el armario roto, luego las pistolas y sacudió la cabeza nuevamente. — No creo que al capitán Bowen le hubiese molestado.
    —Que le moleste. No que le hubiera molestado. Que le moleste.

    El contramaestre dejó las pistolas con cuidado sobre la mesa del capitán.

    —¿Me está diciendo que el capitán no está muerto?
    —No. Y tampoco lo está el primer oficial.

    McKinnon sonrió por primera vez esa mañana, luego miró a Patterson con ojos acusadores.

    —Podría habérmelo dicho, señor.
    —Supongo que sí. Podría haberle dicho una docena de cosas. Creo que estará de acuerdo conmigo, contramaestre, en que los dos tenemos muchas cosas en la mente. Ambos están en el hospital, con quemaduras horribles en la cara, pero no corren peligro, al menos según lo que dice el doctor Singh. Los salvó el hecho de haber salido al alerón de babor del puente: estaban lejos de los efectos directos de la explosión.
    —¿Y por qué se quemaron tanto, señor?
    —No lo sé. Casi no pueden hablar, tienen los rostros totalmente vendados. Parecen momias egipcias más que otra cosa. Le pregunté al capitán y murmuraba algo como Essex o Wessex o algo así.

    McKinnon asintió.

    —Wessex, señor. Cohetes. Bengalas de emergencia. Hay dos juegos en el puente. El impacto debió de activar algún mecanismo de disparo y se incendiaron prematuramente. Qué golpe de mala suerte.
    —De buena suerte, si quiere mi opinión, contramaestre. Al menos comparado con los que estaban en!a superestructura. — ¿El… él ya lo sabe?
    —No parecía ser el momento indicado para decírselo. Había otra cosa que seguía repitiendo, como si fuera urgente. "Señal guía, señal guía", algo así. Una y otra vez. Quizá no estaba lúcido, o quizá yo no comprendí bien. La única parte de la cara que no tienen cubierta por las vendas es la boca, pero los labios están muy quemados. Además, por supuesto, están cargados de morfina. "Señal guía". ¿Significa algo para usted?

    Por el momento, no.

    Un fogonero joven y diminuto apareció en la puerta. McCrimmon de unos veinticinco años, era una persona poco querible, ya que sus características principales y permanentes eran goma de mascar en la boca, un estado de ánimo truculento, el entrecejo fruncido y una boca como una cloaca; en este momento, ostentaba las primeras tres.

    —Ese lugar, allí abajo, es asqueroso. Igual que un maldito cementerio.
    —Morgue, McCrimmon, morgue —dijo Patterson—. ¿Qué quiere?
    —¿Yo? Nada, señor. Jamieson me mandó. Dijo algo acerca de que los teléfonos no funcionaban y que quizá necesitaran un mensajero.
    —"Señor" Jamieson para usted, McCrimmon. Patterson miró al contramaestre. — Muy considerado de parte del señor Jamieson. No necesitamos nada de la sala de máquinas, excepto que arreglen ese timón. ¿En la cubierta, contramaestre?
    —Dos vigías, aunque quién sabe qué esperan encontrar. Dos de sus hombres, señor, los dos asistentes de sala de abajo, el marinero Ferguson y Curran. Curran es —o solía ser fabricante de velas. No le envidio su oficio, pero le daré una mano, Curran sabrá qué traer. Sugiero, señor, que despejemos la cubierta del comedor de la tripulación.
    —¿Para depósito de cadáveres?
    —Sí, señor.
    —¿Oyó, McCrimmon? ¿Cuántos hombres?
    —Ocho, señor.
    —Ocho. Dos vigías. Los dos marineros para que traigan el velamen y lo que se necesite. Los otros cuatro que despejen el lugar. No trate de decírselo usted, probablemente lo arrojarían por la borda. Dígaselo al segundo maquinista y él se lo dirá. Cuando hayan terminado, que vengan a informármelo aquí al puente. Usted también. Vaya. — McCrimmon se marchó.

    El contramaestre señaló las dos pistolas Colt que estaban sobre la mesa.

    —Me pregunto qué habrá pensado McCrimmon de ellas.
    —Probablemente no son nada nuevo para él. Jamieson eligió al hombre adecuado: McCrimmon es duro y no tiene mucha fineza de sentimientos. Escocés medio irlandés, de algún villorrio de Glasgow. Estuvo en prisión. A decir verdad, de no haber sido por la guerra, probablemente estaría allí ahora.

    McKinnon asintió y abrió otro pequeño armario, éste tenía llave. Era un bar y del interior tapizado de terciopelo, McKinnon extrajo una botella de ron y la puso sobre la litera del capitán.

    —No creo que al capitán le importe esto tampoco —comentó Patterson—. ¿Para los camilleros?
    —Sí, señor. — McKinnon comenzó a abrir cajones de la mesa del capitán y encontró lo que buscaba en el tercer cajón: dos carpetas forradas en cuero que le entregó a Patterson. — Libro de oraciones y servicio fúnebre, señor. Pero pienso que con el servicio fúnebre debería de bastar. Alguien tiene que leerlo.
    —Por Dios, contramaestre, no soy predicador.
    —No, señor. Pero es el oficial a cargo.
    —Por Dios —repitió Patterson. Dejó las carpetas con reverencia sobre la mesa. — Les echaré un vistazo más tarde.
    —"Señal guía" —dijo McKinnon con lentitud—. Eso es lo que dijo el capitán, ¿no es así? "Señal guía".
    —Sí.
    —"Señal de guía" era lo que estaba tratando de decir. "Señal de guía". Debió de habérseme ocurrido antes, pero supongo que ésa es la razón por la que el capitán Bowen es capitán y yo no. ¿Cómo cree que el Condor logró localizarnos en la oscuridad? De acuerdo, casi había amanecido cuando atacó, pero debió de haber seguido nuestro curso cuando todavía era de noche. ¿Cómo supo dónde estábamos?
    —¿Un submarino?
    —Imposible. El equipo sonar del Andover lo hubiera detectado. — El contramaestre estaba repitiendo las palabras que había usado el capitán.
    —Ah. — Patterson asintió. — Una señal de guía. Nuestro amigo el saboteador.
    —Pie Sigiloso, como lo llama el señor Jamieson. No sólo estaba ocupado con nuestros circuitos eléctricos, sino que transmitía una señal continua. Una señal direccional. El Condor sabía perfectamente dónde estábamos todo el tiempo. No sé si el Condor estaba equipado para recibir ese tipo de señales, pues no sé nada de aviones, pero no hubiera importado; algún lugar como Alta Fjord podría haber recibido la señal y transmitido nuestro rumbo al avión.
    —Está en lo cierto, por supuesto, contramaestre, está en lo cierto. — Patterson miró las dos pistolas. — Una para mi y una para usted.
    —Si usted lo dice, señor.
    —No sea tonto; ¿a quién más se la daría? — Patterson tomó una pistola. — Jamás tuve una en la mano y ni qué decir de dispararla. Pero sabe una cosa, contramaestre, creo que no me molestaría disparar un tiro. Uno solo.
    —A mí tampoco, señor.

    El segundo oficial Rawlings yacía junto al timón y no había misterio respecto de cómo había muerto: lo que debía de ser una esquirla de metal casi lo había decapitado.

    —¿Dónde está el timonel? — preguntó McKinnon—. ¿Está entre los sobrevivientes, entonces?
    —No lo sé. No sé quién estaba al timón. Quizá Rawlings lo había mandado a buscar algo. Pero hubo dos sobrevivientes aquí, aparte del capitán y el primer oficial: McGuigan y Jones.
    —¿McGuigan y Jones? ¿Qué estaban haciendo aquí?
    —Parece que el señor Kennet los había llamado para que hicieran de vigías, uno en cada alerón. Supongo que fue por eso que sobrevivieron, al igual que el capitán Bowen y el señor Kennet. También ellos están en el hospital.
    —¿Malheridos?
    —Ilesos, tengo entendido. Shock, nada más.

    McKinnon salió al alerón de babor y Patterson lo siguió. El ala estaba intacta, no había señales de metal destrozado por ninguna parte. El contramaestre indicó una caja de metal que había sido gris, pero que en ese momento se encontraba casi carbonizada. Estaba insertada justo debajo del rompevientos; la tapa y uno de los lados había volado con la explosión.

    —Allí es donde guardaban los cohetes Wessex —explicó McKinnon.

    Volvieron a entrar y McKinnon se acercó a la escotilla de la oficina de radio; la puerta corrediza de madera ya no estaba allí.

    —Si estuviera en su lugar, no miraría.
    —Los hombres van a tener que hacerlo, ¿no es así? Spenser, el primer oficial de radio, yacía sobre la cubierta, pero ya no era posible reconocerlo como tal. Era sólo una masa amorfa de huesos, carne y jirones ensangrentados de ropa; de no haber sido por estos últimos, los restos podrían haber sido los de cualquier animal. Cuando McKinnon desvió la mirada, Patterson vio que el rostro bronceado había perdido algo de su color.
    —La primera bomba debe de haber estallado justo debajo de él —dijo el contramaestre—. Dios, nunca vi algo así. Yo mismo me encargaré de él. El tercer oficial Batesman. Sé que era el oficial de guardia. ¿Tiene idea de dónde está, señor?
    —En la sala cartográfica. Tampoco le aconsejo entrar allí.

    Apenas si era posible reconocer a Batesman. Seguía en su silla, medio inclinado, medio tendido sobre la mesa, con lo que quedaba de su cabeza apoyada sobre una carta de navegación ensangrentada. McKinnon volvió al puente.

    —Supongo que a sus parientes no los reconfortará nada saber que murieron sin darse cuenta. También de él me encargaré yo. No puedo pedírselo a los hombres. — Miró hacia adelante, a través de los vidrios totalmente destrozados. Al menos, pensó, ya no necesitarán una pantalla Kent para tener una visión clara. — El viento vira hacia el este —comentó, distraído—. Seguramente traerá más nieve. Por lo menos nos ayudará a mantenernos ocultos de los lobos, si es que hay lobos por aquí.
    —¿Cree que quizá vuelvan para acabar con nosotros? — El jefe de máquinas tiritaba incontrolablemente, pero sólo porque estaba acostumbrado al calor de la sala de máquinas; la temperatura en el puente era de veinte grados bajo cero y el viento se mantenía firme en los veinte nudos.
    —¿Quién puede estar seguro, señor? Pero a decir verdad, no lo creo. Hasta uno de esos lanzatorpedos Heinkel podría habernos liquidado si hubiera tenido esa intención. 0 el propio Condor, para el caso.
    —Lo hizo bastante bien, si quiere mi opinión.
    —No tanto como podría haberlo hecho. Sé que un Condor normalmente lleva bombas de doscientos cincuenta kilos. Tres o cuatro de esas bombas nos hubieran mandado a pique. Aun dos hubieran sido suficientes, sin duda habrían desintegrado la superestructura en lugar de dejarla inutilizada.
    —¿La Marina Real otra vez, no es así, contramaestre?
    —Conozco los explosivos, señor. Esas bombas no pueden haber sido de más de cincuenta kilos cada una. ¿No cree, señor, que tendremos preguntas interesantes para hacerle a ese capitán del Condor cuando recupere el conocimiento?
    —Con la esperanza de obtener respuestas interesantes, ¿no es cierto? Incluyendo la respuesta a la pregunta de por qué bombardeó una nave hospital, en primer lugar.
    —Bueno, sí, quizás…
    —¿Qué quiere decir con eso de quizás?
    —Hay una posibilidad, muy leve, debo admitir, de que no haya sabido que estaba bombardeando una nave hospital.
    —No sea ridículo, contramaestre. Por supuesto que lo sabía. ¿De qué tamaño tienen que ser las cruces rojas para que se vean?
    —No estoy tratando de disculparlo, señor. — Hubo una nota áspera en la voz de McKinnon y Patterson frunció el entrecejo, no por la actitud del contramaestre sino porque no era característico en él adoptar ese tono sin tener un buen motivo. — Todavía no había amanecido del todo, señor. Al mirar hacia abajo, las cosas se ven mucho más oscuras de lo que se ven al nivel del mar. Sólo tiene que subir al mástil para darse cuenta de eso. — Como Patterson jamás había subido a un mástil en su vida, probablemente no se sintió bien preparado para responder al comentario de McKinnon. — Como se acercaba por la popa, no pudo haber visto las cruces sobre los costados y como volaba muy bajo, no pudo haber visto la cruz en la cubierta de proa: la superestructura le bloqueaba la visión.
    —Eso todavía deja la cruz en la cubierta de popa. Aun a pesar de que no había amanecido del todo, tuvo que haberla visto.
    —No con la cantidad de humo que brotaba debido a que las máquinas estaban a todo vapor, señor.
    —Es cierto. Es una posibilidad. — No estaba convencido y observó con algo de impaciencia cómo McKinnon hacía girar el timón inutilizado y examinaba la brújula de la bitácora y la brújula de emergencia, que habían quedado destrozadas.
    —¿Es necesario que nos quedemos aquí? — dijo Patterson—. No hay nada que podamos hacer por el momento aquí y me estoy congelando. Sugiero que vayamos al camarote del capitán.
    —Estaba por sugerir lo mismo, señor.

    La temperatura en el camarote no superaba por mucho el punto de congelamiento, pero era considerablemente más alta que en el puente y lo que era más importante aún, no había viento allí. Patterson se dirigió directamente al armario donde estaban los licores y sacó una botella de whisky.

    —Si usted lo hace, yo también voy a hacerlo. Se lo explicaremos al capitán más tarde. No me gusta mucho el ron y necesito un trago.
    —¿Un remedio contra la neumonía?
    —Algo por el estilo. ¿Me acompaña?
    —Sí, señor. El frío no me preocupa, pero creo que voy a necesitar fuerzas para las próximas horas. ¿Cree que se podrá reparar el timón, señor?
    —Es posible. Tendrá que ser un arreglo temporario. Le diré a Jamieson que se ocupe.
    —No es absolutamente indispensable por ahora. Sé que todos los teléfonos están descompuestos, pero no debería llevar mucho tiempo volver a conectarlos y ustedes están armando un control de timón temporario en la sala de máquinas. Lo mismo con la electricidad: no llevará mucho pasar unos cables aquí y allá. Pero no podemos empezar con nada de eso hasta que dejemos esta zona… bueno, despejada.

    Patterson bebió la mitad del contenido de su vaso.

    —No se puede comandar el San Andreas desde el puente. Dos minutos allí arriba fueron suficientes para mí. Quince minutos y cualquiera moriría congelado.
    —No se puede comandarlo desde ningún otro lugar. El frío es el problema principal, estoy de acuerdo. Así que lo cerraremos. Hay mucha madera terciada en la carpintería.
    —No se puede ver a través de la madera terciada. — Podríamos sacar la cabeza de tanto en tanto por las puertas, pero no será necesario. Dejaremos ventanas en la madera.
    —Bien, bien —dijo Patterson. Al parecer, el whisky le había devuelto la circulación. — Lo que necesitamos es un vidriero y algunas ventanas y no tenemos ninguna de las dos cosas.
    —No necesitamos el vidriero. No es necesario cortar el vidrio o empotrar ventanas. Debe de haber rollos de cinta aisladora en su departamento de electricidad.
    —Tengo doscientos metros de cinta y todavía no tengo ninguna ventana.
    —No las necesitaremos. Vidrio, eso es todo. Sé dónde está el mejor vidrio —grueso y pulido, además de todo. En las superficies de todos esos carritos y bandejas en el hospital.
    —¡Ah! Creo que ha dado en el clavo, contramaestre.
    —Sí, señor. Supongo que la caba Morrison le permitirá llevárselos.

    Patterson esbozó una de sus poco frecuentes sonrisas. — Tengo entendido que soy el oficial al mando, aunque sólo sea temporariamente.

    —Así es, señor. Sólo le pido que no me haga estar cerca cuando la meta presa. Esas son todas pequeñeces, Hay tres asuntos que preocupan más. Primero, la radio no es más que un montón de metal inútil. No podemos ponernos en contacto con nadie y nadie puede ponerse en contacto con nosotros. Segundo, las brújulas están inutilizadas. Sé que usted hizo instalar una brújula giroscópica, pero nunca funcionó, ¿verdad? Pero lo peor de todo es el problema de la navegación.
    —¿Navegación?!Navegación! ¿Cómo puede ser eso un problema?
    —Si quiere llegar de la A a B, es el peor problema de todos, Tenemos, teníamos, cuatro oficiales de navegación a bordo de este barco. Dos están muertos y los otros dos están envueltos en vendas como si fueran momias egipcias, para utilizar sus propias palabras. El comandante Warrington podría haber navegado, lo sé, pero está ciego y a juzgar por la expresión en los ojos del doctor Singh, creo que la ceguera es permanente. — McKinnon se detuvo y sacudió la cabeza. — Y para hacer rebasar la copa, señor, tenemos al oficial de navegación del Andover a bordo, pero tiene contusión o está en coma; habrá que preguntárselo al doctor Singh. Si a un jugador de póquer le tocaran estas cartas, se pegaría un tiro. Cuatro oficiales de navegación no ven y si no se puede ver no se puede navegar. Es por eso que la pérdida de la radio es tan desafortunada. Tiene que haber un buque de guerra británico dentro de las cien o doscientas millas que podría habernos prestado un oficial de navegación. ¿Usted sabe navegar, señor?
    —¿Yo? ¿Navegar? — Patterson parecía decididamente insultado. — Soy oficial maquinista. Pero usted, McKinnon, es hombre de mar y tiene doce años de servicio en la Marina Real.
    —No importa que haya estado cien años en la Marina Real, señor. De todas formas no sé navegar. Yo era suboficial torpedero. Si quiere disparar un torpedo, dejar caer una bomba de profundidad, hacer volar una mina o realizar trabajos elementales de electricidad, soy el hombre que busca. Pero apenas reconocería un sextante si lo viera. Cosas como desviación y variación no son más que palabras sueltas para mí.

    Tenemos una pequeña brújula manual a bordo de la lancha salvavidas que usé hoy, pero no sirve. Es una brújula magnética, por supuesto y no sirve porque sé que el polo norte magnético no está cerca del polo norte geográfico; creo que está como a dos mil kilómetros. En Canadá, en la isla Baffin o un lugar así. De cualquier forma, en las latitudes en las que estamos ahora, el polo magnético está más hacia el oeste que hacia el norte. — McKinnon bebió un poco de whisky y miró a Patterson por encima del borde del vaso. — Jefe Patterson, estamos perdidos.

    —Usted se parece al que consolaba a Job. — Patterson miró su vaso con expresión sombría y luego agregó sin demasiada esperanza: —¿No sería posible conseguir que el sol brille a mediodía? De esa forma, sabríamos adónde está el sur.
    —Por como pinta el tiempo, no creo que veamos el sol a mediodía. De todas formas, lo que es mediodía, o la hora del sol, no coincide con las doce en nuestros relojes. Suponiendo que estuviéramos en el medio del Atlántico, cosa que no sería imposible, y supiéramos adónde está el sur, ¿nos ayudaría eso a saber hacia dónde está Aberdeen, que creo que es nuestro destino? El cronómetro, dicho sea de paso, está destruido, cosa que no es para nada importante: igual no sabría relacionar el cronómetro con la longitud. Y aun si consiguiéramos establecer un rumbo hacia el sur, aquí hay veinte horas diarias de oscuridad y el piloto automático está inutilizado, como todo lo que está en el puente. Por supuesto, no avanzaríamos en círculo, pues la brújula manual lo impediría, pero de todas formas no sabríamos en qué dirección avanzamos.
    —Si quiero algo de optimismo, McKinnon, sé adónde no ir a buscarlo. ¿Ayudaría en algo si supiéramos aproximadamente dónde estamos?
    —Ayudaría, pero todo lo que sabemos, aproximadamente, es que estamos en algún lugar al norte o al noroeste de Noruega. En cualquier punto, digamos, de cincuenta mil kilómetros cuadrados de mar. Sólo hay dos posibilidades, señor. El capitán y el primer oficial tienen que haber sabido dónde estábamos. Si pueden decírnoslo, estoy seguro de que lo harán.
    —¡Santo Cielo, por supuesto! No somos muy inteligentes, ¿no es así? Al menos yo no lo soy. ¿Qué quiere decir con eso de si"? El capitán Bowen podía hablar hace alrededor de veinte minutos.
    —Eso fue hace veinte minutos. Sabe bien lo dolorosas que pueden ser las quemaduras. El doctor Singh sin duda les habrá administrado calmantes y algunas ocasiones, la única forma de calmarlos es dejándolos fuera de combate.
    —¿Y la otra posibilidad?
    —Las cartas de navegación. El señor Batesman estaba trabajando sobre una carta —todavía tenía un lápiz en la mano. Iré a ver.

    Patterson hizo una mueca.

    —Mejor que vaya usted y no yo.
    —No olvide a Pie Sigiloso, señor. — Patterson se tocó el overol, en el lugar donde había ocultado la pistola. — Ni el servicio fúnebre.

    Patterson miró con desagrado la carpeta forrada en cuero. — ¿Y dónde se supone que debo dejar eso? ¿Sobre la mesa de operaciones?

    —Hay cuatro camarotes vacíos en el hospital, señor. Para Personas Muy Importantes en vías de recuperación. En este momento, no hay ninguna.
    —Ah. Diez minutos, entonces.

    McKinnon regresó al cabo de cinco minutos y el jefe de máquinas, al cabo de quince. Un aire de pesar casi palpable colgaba sobre Patterson.

    —¿No tuvo suerte, señor?
    —Maldición, no. Usted tenía razón. Están sedados y pueden pasar horas antes de que recuperen el conocimiento. Y si comienzan a hacerlo, dice el doctor Singh, él piensa volver a sedarlos. Al parecer, trataban de arrancarse las vendas del rostro. Les vendó también las manos, hasta un hombre inconsciente, dice el doctor, tratará de rascarse lo que lo irrita. De todas formas, tenían las manos quemadas, no mucho, pero lo suficiente cómo para justificar las vendas.
    —Hay correas para atar las muñecas a las cabeceras de las camas.
    —El doctor Singh mencionó eso, pero dijo que no creía que al capitán Bowen le gustara despertar y encontrarse virtualmente preso en su propio barco. A propósito, el timonel que faltaba era Hudson. Tiene las costillas rotas y una le perforó el pulmón. El doctor dice que está grave. ¿Cómo le fue a usted?
    —Igual que a usted, señor. Nada. Había un par de reglas parelelas junto al señor Batesman, de modo que supongo que debe haber estado trazando un rumbo con el lápiz.
    —¿No pudo deducir nada de la carta marítima?
    —Ya no era una carta. Era sólo un trapo ensangrentado.


    TRES


    Nevaba copiosamente y soplaba un viento helado del este cuando sepultaron a sus muertos en la oscuridad de las primeras horas de la tarde. Tenían iluminación, pues el saboteador, probablemente más que satisfecho con los resultados de sus actividades matinales, descansaba sobre los laureles y las luces de la cubierta funcionaban de nuevo, pero en ese temporal cargado de nieve, la luz era débil, intermitente y muy poco efectiva; servía sólo para intensificar el aspecto macabro de los tripulantes que echaban al agua los cadáveres y la apariencia fantasmagórica de la docena de hombres cubiertos de nieve. Con una linterna en la mano, el jefe de máquinas Patterson leyó el servicio fúnebre, pero era lo mismo que si estuviera recitando las últimas cotizaciones del mercado de cambios, pues no se le oía ni una sola palabra. Uno por uno, los muertos envueltos en mortajas con pesas se deslizaron por el tablón inclinado, desde debajo de la bandera británica y desaparecieron en silencio dentro del agua helada del Mar de Barents. Nada de clarines para ellos; el único réquiem fue el aullido perdido y solitario del viento a través del aparejo congelado y de los huecos dentados que se habían abierto en la superestructura.

    Temblando en forma incontrolable y con los rostros manchados de azul por el frío, los hombres regresaron al único lugar de reunión razonablemente cálido que quedaba en el San Andreas: el comedor y área de recreación del hospital, situado entre las salas y los camarotes.

    —Tenemos una deuda muy grande con usted, señor McKinnon —dijo el doctor Singh. Había asistido al funeral y todavía le castañeteaban los dientes. — Muy rápido, muy eficiente. Debió de ser una tarea horrorosa.
    —Tuve seis pares de manos dispuestas —respondió el contramaestre—. Fue peor para ellos que para mí. — No tuvo que explicar a qué se refería; todos sabían que cualquier cosa siempre sería peor para los otros que para ese casi indestructible marino de las Shetland. Miró a Patterson. — Tengo una sugerencia, señor.
    —¿Una de la Marina Real?
    —No, señor. De pescador de aguas profundas. Bueno, bastante parecido, ya sé que éstas son aguas donde se hace trolling. Un brindis por los que se fueron.
    —Apoyo la idea, aunque no por razones tradicionales ni sentimentales. — Los dientes del doctor Singh seguían sonando como castañuelas. — Medicinales. No sé cómo estarán ustedes, pero mis glóbulos rojos necesitan un poco de ayuda.

    McKinnon miró a Patterson, que hizo un gesto de aprobación. El contramaestre se volvió y miró al joven pecoso y no muy desarrollado que se mantenía a una distancia respetuosa.

    —Wayland.

    Wayland se acercó a toda prisa.

    —¿Sí, señor McKinnon?
    —Vaya con Mario al pañol de las bebidas. Traiga licor para todos.
    —Sí, señor contramaestre. Enseguida, señor contramaestre. — McKinnon había abandonado tiempo atrás la tarea de convencer a Wayland de que no llamara de esa forma.

    El doctor Singh dijo:

    —No será necesario, señor McKinnon. Tenemos provisiones aquí.
    —¿Medicinales, por supuesto?
    —Por supuesto. — El doctor Singh observó a Wayland mientras éste se retiraba a la cocina. — ¿Cuántos años tiene ese muchacho?
    —Dice que tiene diecisiete o dieciocho, no sabe bien cuántos. En cualquier caso, miente. No creo que jamás haya visto una afeitadora.
    —Se supone que trabaja para usted, ¿no es cierto? Está encargado de la despensa, tengo entendido. Se pasa casi todo el día aquí.
    —Si a usted no le molesta, doctor, a mí tampoco.
    —No, no, en absoluto. Es un muchacho bien dispuesto, siempre ansioso por colaborar.
    —Es todo suyo. Además, ya no tenemos despensa. ¿Le está arrastrando el ala a una de las enfermeras?
    —Subestima al muchacho. A la caba Morrison, nada menos. La idolatra desde una distancia respetuosa, por supuesto.
    —¡Santo Dios! — exclamó el contramaestre.

    Mario entró en ese momento, llevando con una sola mano, a unos pocos centímetros encima de su cabeza, una magnífica bandeja de plata cargada con vasos y botellas, cosa que dadas las circunstancias, no era nada fácil, ya que el San Andreas cabeceaba considerablemente. Con un hábil movimiento, Mario dejó la bandeja sobre la mesa sin que se oyera el más leve tintineo de vidrio contra vidrio. De dónde había salido la bandeja era un misterio que concernía sólo a Mario. Como correspondía a la concepción popular de un italiano, Mario poseía unos magníficos bigotes oscuros, pero si tenía los tradicionales ojos relampagueantes era imposible adivinar, pues siempre llevaba gafas negras. Algunos declaraban que había una conexión entre los anteojos oscuros y la Mafia siciliana, aseveración que siempre se hacía con humor, pues Mario contaba con la aprobación de todos. Era gordo, de edad indeterminada y alegaba que había trabajado en el Savoy Grill, lo que podía haber sido cierto. Lo que no entraba en discusión era que detrás de Mario —un hombre que según el capitán Bowen merecía estar en un campo de prisioneros de guerra— había una carrera dudosa.

    Luego de no más de dos dedos de whisky, pero considerando evidentemente que sus glóbulos rojos habían vuelto a su tarea, el doctor Singh dijo:

    —¿Y ahora, señor Patterson?
    —El almuerzo, doctor. Un almuerzo muy tardío, pero morirnos de inanición no ayudará a nadie. Me temo que habrá que prepararlo en su cocina y servirlo aquí.
    —Ya está encaminado. ¿Y luego?
    —Y luego nos encaminaremos nosotros. — Miró al contramaestre. — Podríamos, temporariamente, tener la brújula de la lancha salvavidas en la sala de máquinas. Allí tenemos el control del timón.
    —No daría resultado, señor. Hay tanto metal en la sala de máquinas que a cualquier brújula magnética le daría un ataque. — Empujó hacia atrás la silla y se puso de pie. — Creo que saltaré el almuerzo. Pienso que estará de acuerdo conmigo, señor Patterson, en que una línea telefónica desde el puente a la sala de maquinas, y energía eléctrica en el puente, para ver lo que hacemos, son las dos primeras prioridades.
    —Ya se están encargando de eso, contramaestre —dijo Jamieson.
    —Gracias, señor. Pero de todas formas el almuerzo puede esperar. — Ahora le hablaba a Patterson. — Hay que cerrar el puente y dejar que entre algo de luz. Después de eso, señor, podríamos tratar de despejar algunos de los camarotes de la superestructura, averiguar cuáles de ellos están habitables y tratar de volver a proveerlos de luz y calefacción. Un poco de calefacción en el puente tampoco vendría mal.
    —Deje todo eso al equipo de la sala de máquinas, luego que hayamos comido un bocado, claro está. ¿Necesitará ayuda? — Con Ferguson y Curran será suficiente.
    —Bien, eso deja una sola cosa por conseguir: el vidrio para sus ventanas.
    —Así es, señor. Creí que usted…
    —Una nimiedad. — Patterson agitó la mano para acentuar sus palabras. — Sólo tiene que pedirlo, McKinnon.
    —Pero pensé que usted… quizá me equivoqué.
    —¿Tenemos un problema?
    —Quería el vidrio de los carritos y bandejas de las salas. Quizá, doctor Singh, usted podría…
    —Oh, no. — La respuesta del doctor Singh fue rápida y decisiva. — El doctor Sinclair y yo nos ocupamos del quirófano y de los pacientes operados, pero el manejo de las salas no tiene nada que ver con nosotros. ¿No es así, doctor?
    —En efecto, señor. — El doctor Sinclair también sabía hablar con tono decisivo.

    McKinnon contempló a los dos médicos y a Patterson con un rostro impasible que era mucho más elocuente de lo que podría haber sido cualquier expresión y atravesó la puerta que daba a la Sala B. Había diez pacientes en esa sala y dos enfermeras, una muy morena y la otra muy rubia. La morena, Irene, tenía poco más de veinte años, provenía de Irlanda del Norte, era bonita, tenía ojos oscuros y un carácter tan cálido y alegre que a nadie se le hubiera ocurrido llamarla por su apellido, que de todas formas, nadie parecía conocer. Levantó la mirada cuando McKinnon entró y por primera vez desde que se había enrolado no esbozó una sonrisa de bienvenida. El le palmeó el hombro con suavidad y se dirigió al otro extremo de la sala, donde la enfermera Magnusson estaba volviendo a vendar el brazo de un marinero, Janet Magnusson tenía unos pocos años más que Irene y era más alta, pero no mucho. Tenía un aire levemente vikingo y era incuestionablemente bien parecida: tenía el mismo color de pelo y de ojos que el contramaestre, pero por fortuna, no el de su piel rubicunda. Al igual que la enfermera más joven, era generosa con las sonrisas y como ella, esa vez no sonrió. Se enderezó cuando McKinnon se acercó, tendió la mano y le tocó el brazo.

    —¿Fue terrible, no es cierto, Archie?
    —No fue algo que me gustaría volver a hacer. Me alegro de que no estuvieras allí, Janet.
    —No me refería a eso, al funeral, quiero decir. Fuiste tú el que se ocupó de los que estaban peor. Dicen que el oficial de radio estaba, bueno, hecho pedazos.
    —Una exageración. ¿Quién te lo dijo?
    —Johny Holbrook. Ya sabes, el joven asistente de sala. El que te tiene miedo,
    —Nadie me tiene miedo respondió McKinnon, distraído. Echó una mirada a la sala. — Hubo varios cambios aquí.
    —Tuvimos que echar a algunos de los llamados pacientes en recuperación. Cualquiera hubiera dicho que se los enviaba a la muerte. 0 a Siberia, al menos. No tienen nada. Sólo les gustan las camas suaves y que los mimen.
    —¿Y quién los mimaba, sino tú o Irene? Sencillamente no toleraban que se los separara de ustedes. ¿Dónde está la leona? Janet le dirigió una mirada reprobadora.
    —¿Te estás refiriendo a la caba Morrison?
    —Precisamente. Tengo que tusarle la melena en su cueva.
    —No la conoces, Archie. Es muy buena, te lo aseguro. Maggie es amiga mía. De veras.
    —¿Maggie?
    —Cuando no estamos de turno, siempre la llamo así. Está en la otra sala.
    —!Maggie! ¡Santo Cielo! Yo creí que tú no le gustabas porque yo no le gusto porque no le gusta que te hable.
    —Tonterías. ¿Archie?
    —¿Sí?
    —Las leonas no tienen melena.

    El contramaestre no se tomó la molestia de responder. Se dirigió a la sala contigua. La caba Morrison no estaba allí. De los ocho pacientes, sólo dos, McGuigan y Jones, estaban visiblemente conscientes. El contramaestre se acercó a las camas adyacentes y dijo:

    —¿Qué tal, muchachos?
    —Caray, estamos bien, contramaestre —respondió McGuigan—. No deberíamos estar aquí.
    —Se quedarán hasta que les digan que pueden irse. — Dieciocho años. Se estaba preguntando cuánto tardarían en recuperarse de la visión del casi decapitado Rawlings tendido junto al timón, cuando la caba Morrison entró por la puerta del otro extremo de la sala.
    —Buenas tardes, caba Morrison.
    —Buenas tardes, señor McKinnon. Veo que está haciendo sus rondas médicas.

    McKinnon sintió un principio de ira pero se conformó con adoptar una expresión pensativa; probablemente no era consciente del hecho de que ésta, en algunas circunstancias, podía tener un efecto perturbador sobre las personas.

    —Sólo quería hablar unas palabras con usted, caba.—Echó una mirada alrededor de la sala. — No es un grupo muy vivaz, ¿no?
    —No me parece que éste sea momento o lugar para bromas, señor McKinnon. — No tenía los labios tan fruncidos como podría haberlos tenido, pero había una apreciable falta de calidez detrás de los lentes con armazón de acero.

    McKinnon la miró durante varios segundos y ella comenzó a mostrar señales de nerviosismo. Como la mayoría de la gente —con excepción del temeroso Johnny Holbrook— consideraba al contramaestre como un hombre alegre y de carácter fácil, con el añadido, en su caso, de que probablemente era un poco tonto; una sola mirada a ese rostro frío, duro y torvo bastó para darse cuenta de lo equivocada que había estado. Fue una experiencia perturbadora.

    McKinnon habló con lentitud.

    —No estoy de humor para bromas, caba. Acabo de sepultar a quince hombres. Antes de sepultarlos tuve que coserlos dentro de las mortajas. Antes de eso tuve que recoger los trozos y volver a meterles las entrañas dentro del cuerpo. Luego los cosí. Luego los sepulté. No la vi entre los que asistieron al funeral, caba.

    McKinnon sabía muy bien que no debía haberle hablado de esa forma y también sabía que lo que acababa de vivir lo había afectado más de lo que creía. En circunstancias normales no se habría alterado por tan poca cosa; pero las circunstancias eran anormales y la provocación le pareció grande.

    —Vine a buscar vidrio pulido como el que tienen en las superficies de los carritos y las bandejas. Los necesito con urgencia y no para propósitos triviales. ¿O es que necesita una explicación?

    Ella no dijo si necesitaba o no una explicación. No hizo nada teatral como para dejarse caer en una silla, tender el brazo para apoyarse en lo que tenía más cerca o siquiera llevarse una mano a la boca. Sólo su color se alteró. La caba Morrison tenía el tipo de tez que, al igual que los ojos y los labios, contrastaba notablemente con su expresión habitualmente severa y con los lentes con armazón de acero; el tipo de cutis que habría hecho que los magnates de la industria de cosméticos mandaran a sus científicos a seguir investigando.

    McKinnon le quitó la superficie de vidrio a una mesa que estaba junto a la cama de iones, buscó con la mirada alguna bandeja, no encontró ninguna, le hizo un gesto con la cabeza a la caba Morrison y regresó a la Sala B. Janet Magnusson lo miró con sorpresa.

    —¿Eso es lo que fuiste a buscar? — McKinnon asintió.
    —¿Maggie, la caba Morrison, no objetó?
    —En absoluto. ¿Tienes alguna bandeja de vidrio?

    El jefe Patterson y los demás ya habían comenzado a almorzar cuando McKinnon regresó con cinco planchas de vidrio debajo del brazo. Patterson pareció levemente sorprendido.

    —¿No tuvo problemas, entonces, contramaestre?
    —Uno sólo tiene que pedir. Necesitaré algunas herramientas para el puente.
    —Ya está arreglado —dijo Jamieson—. Acabo de estar en la sala de máquinas. Una caja fue para el puente, con todas las herramientas que necesitará: tuercas, pernos, tornillos, cinta aisladora, una sierra eléctrica y un taladro también eléctrico.
    —Ah, gracias. Pero necesitaré electricidad.
    —La tiene. Es sólo un cable temporario, pero cumple su propósito. Y también hay luz. El teléfono llevará más tiempo.
    —Muy bien. Gracias, señor Jamieson. — Miró a Patterson. — Una cosa más, señor. Tenemos un número considerable de nacionalidades entre la tripulación. El capitán del petrolero griego, Andropolous, ¿no es así?, puede tener una tripulación mezclada, también. Creo que hay una posibilidad, señor, de que uno de nuestros hombres y uno de la tripulación griega tengan un idioma en común. Quizá debería hacer averiguaciones, señor.
    —¿Y en qué nos ayudaría eso, contramaestre?
    —El capitán Andropolous sabe navegar.
    —Por supuesto, por supuesto. Siempre la navegación, ¿no es así, contramaestre?
    —No hay nada sin eso, señor. ¿Cree que podría conseguir a Naseby y a Trent?, los dos hombres estaban conmigo cuando nos atacaron. El tiempo está empeorando, señor, y se está formando hielo sobre la cubierta. ¿Les puede decir que pongan sogas desde aquí hasta la superestructura?
    —¿Empeorando, señor McKinnon? — preguntó el doctor Singh—. ¿Cuánto peor?
    —Bastante, me temo. El barómetro del puente está hecho añicos, pero creo que el del camarote del capitán está intacto. Me fijaré. — Extrajo la brújula manual que había sacado de la lancha salvavidas. — Esta cosa es casi inservible, pero al menos muestra cambios en la dirección. Estamos cabeceando entre las olas del lado de babor, así que eso significa que el viento y el mar se vienen hacia el bao de babor. El viento está cambiando rápidamente, hemos virado alrededor de cinco grados desde que bajamos aquí. Sopla del nordeste, parece. Si la experiencia sirve de guía, significa mucha nieve, aguas turbulentas y temperatura en descenso.
    —Ni la más mínima luz en las tinieblas, ¿no es así, señor McKinnon? — dijo el doctor Singh.
    —Hay una diminuta lucecilla, doctor. Si la temperatura sigue bajando de esta forma, la cámara frigorífica se mantendrá fría y la carne y el pescado no se descongelarán. Está preocupado por sus pacientes, ¿no es cierto, doctor? ¿En especial por los de la Sala A?
    —Telepatía, señor McKinnon. Si las condiciones empeoran mucho más, comenzarán a caerse de las camas y lo que menos quiero hacer es empezar a atar los heridos a las camas.
    —Y lo que menos quiero yo es que la superestructura se desmorone hacia un costado.

    Jamieson había empujado la silla hacia atrás y estaba de pie.

    —¿Tengo las prioridades bien ordenadas, verdad, contramaestre?
    —Así es, señor famieson. Muchas gracias.

    El doctor Singh esbozó una sonrisa.

    —¿Más telepatía?

    McKinnon le devolvió la sonrisa. El doctor Singh parecía ser el hombre indicado en el lugar indicado.

    —Creo que fue a hablar con los hombres que están instalando una línea telefónica desde el puente a la sala de máquinas.
    —Y luego oprimo el botón —dijo Patterson.
    —Sí, señor. Y luego hacia el sudoeste. No tengo que explicarle por qué.
    —Podría explicárselo a un lego —dijo el doctor Singh.
    —Por supuesto. Dos cosas. Dirigirse hacia el sudoeste significará que el viento y las olas del nordeste quedarán a popa. Eso debería eliminar el cabeceo violento, de modo que no tendrá que ponerles chalecos de fuerza a sus pacientes, o algo por el estilo. Nos meceremos, por supuesto, pero no mucho y el señor Patterson podrá suavizar el movimiento adaptando la velocidad del barco a la de las olas. La otra gran ventaja es que al dirigirnos hacia el sudoeste, no hay tierra contra la cual chocar por cientos de millas. Con su permiso, caballeros. — McKinnon se marchó, llevándose las planchas de vidrio y la brújula manual.
    —¿No se le escapa nada, verdad? — comentó el doctor Singh—. Competente, ¿no cree, señor Patterson?
    —¿Competente? Es más que eso. Sin duda es el mejor contramaestre con quien me ha tocado navegar, eso que todavía no conocí a ninguno que no fuera bueno. Si logramos llegar a Aberdeen, y con el señor McKinnon entre nosotros creo que las probabilidades están a nuestro favor, no será a mí a quien se lo tendrán que agradecer.


    El contramaestre llegó al puente, iluminado por dos lámparas fantasmagóricas, para encontrar a Ferguson y Curran allí, con suficiente madera terciada de diferentes formas y tamaños como para construir una choza modesta. Tenían puesta tanta ropa que les resultaba difícil caminar. Estaban prácticamente cubiertos de nieve que volaba en forma casi horizontal, se colaba, sin encontrar obstáculos, por los boquetes enormes donde habían estado las ventanas de babor y el vidrio superior de la puerta del alerón. Las condiciones no se veían mejoradas por el hecho de que, a una altura de unos doce metros por encima del hospital, los efectos del cabeceo eran notablemente peores de lo que habían sido abajo; tan malos, en realidad, que era muy difícil mantener el equilibrio y eso sólo se lograba aferrándose a algo. McKinnon depositó con cuidado los vidrios en un rincón y los trabó de forma tal que no se deslizaran por toda la cubierta. El movimiento del barco no le molestaba, pero el crujido y gemido de los soportes de la superestructura y la ocasional vibración que sacudía el puente lo preocupaban bastante.

    —¡Curran! ¡Rápido! El jefe de máquinas Patterson. Lo encontrará en el hospital. Dígale que se ponga en marcha y vire el barco hacia el viento o de popa a él. De popa es mejor. Eso significa todo a estribor. Dígale que la superestructura va a desmoronarse en cualquier momento.

    Para ser un hombre generalmente lento para obedecer órdenes, y obstaculizado como estaba por la cantidad de abrigo que llevaba, Curran se alejó con bastante celeridad. Podría haberse debido a que fuese un hombre útil para momentos de emergencia, pero lo más probable era que no le gustara la idea de encontrarse sobre el puente cuando éste desapareciera de las aguas del Mar de Barents.

    Ferguson se quitó dos vueltas de bufanda de la boca. — Condiciones difíciles para trabajar, contramaestre. Imposibles, podría decirse. ¿Vio la temperatura?

    McKinnon echó una mirada al termómetro, que parecía ser lo único que seguía funcionando en el puente.

    —Dos arriba —dijo.
    —¡Ah! Dos arriba. ¿Pero dos arriba de qué? Fahrenheit, eso es lo que es. Lo que significa dieciséis grados bajo cero. — Miró al contramaestre con lo que él probablemente creía que era una expresión significativa.
    —¿Oyó hablar alguna vez de la sensación térmica? McKinnon habló con una calma loable.
    —Sí, Ferguson, he oído hablar de la sensación térmica.
    —Por cada nudo de viento, la temperatura, en lo que a la piel respecta, desciende un grado. — Ferguson tenía algo en mente y para él, el contramaestre jamás había oído hablar de la sensación térmica. — El viento es de por lo menos treinta nudos. ¡Eso significa que hay treinta grados bajo cero en este puente! ¡Treinta! — En ese instante, luego de un cabeceo particularmente alarmante, la superestructura emitió un crujido muy fuerte; de hecho, fue más un chillido que un crujido y no requirió mucha imaginación visualizar el metal cediendo bajo la presión lateral.
    —Si quiere abandonar el puente —dijo McKinnon—, no le ordeno que se quede.
    —¿Trata de hacerme sentir avergonzado para que me quede, eh? ¿Trata de llegar a lo mejor de mí? Pues bien, tengo novedades para usted. Lo mejor de mí no existe, compañero.
    —Nadie a bordo del barco me llama "compañero" —comentó McKinnon con tono afable.
    —Contramaestre, entonces. — Ferguson no dio señales de estar por cumplir con su amenaza implícita; ni siquiera parecía indeciso.
    —¿Me darán dinero adicional por esto? ¿Horas extras, quizá?
    —Un par de tragos del whisky especial del capitán Bowen. Pasemos nuestros últimos momentos en una forma útil, Ferguson. Empecemos a medir.
    —Ya está hecho. — Ferguson le mostró la cinta métrica de acero que tenía en la mano y trató de no sonreír con satisfacción. — Yo y Curran ya tomamos las medidas de los mamparos del frente y del costado. Las anotamos en ese trozo de madera que está allí.
    —Bien, bien. — McKinnon probó la sierra y el taladro eléctricos. Ambos funcionaban. — No hay problema. Cortaremos la madera siete centímetros más ancha y más alta que las medidas que han tomado, así lograremos que se superponga en donde sea necesario. Luego perforaremos los orificios arriba, abajo y a los lados a un centímetro y medio hacia adentro, pondremos la madera contra los soportes de los mamparos, marcaremos el metal y perforaremos el acero.
    —Ese acero tiene casi un centímetro de espesor. Tardaremos una semana en perforar esos agujeros.

    McKinnon revisó la caja de herramientas y extrajo tres paquetes de mechas. Descartó el primero y mostró a Fergunon las mechas del segundo, que tenían puntas azules.

    —Tungsteno. Atraviesa el metal como si fuera manteca. Al señor Jamieson no se le escapa nada. Se detuvo y ladeó la cabeza como para escuchar. Fue una reacción automática, cualquier ruido proveniente de la popa desaparecía con el viento. Pero las vibraciones pulsantes que atravesaban la superestructura eran inconfundibles. Miró a Ferguson, cuyo rostro se distendió en lo que casi podría haber sido una sonrisa.

    McKinnon se dirigió a la puerta del alerón de estribor la parte protegida del barco— y espió por el hueco donde había estado el vidrio en la parte superior de la puerta. Nevaba tanto que era casi imposible ver el mar. El barco seguía cabeceando entre las olas. Un navío que ha estado meciéndose según la voluntad de las aguas puede tardar mucho tiempo para reunir el suficiente ímpetu como para comenzar a maniobrar, pero al cabo de un minuto McKinnon tomó conciencia de que el barco comenzaba a responder perezosamente al timón. No lo veía, pero lo sentía: había un movimiento definido en el cabeceo al que se habían acostumbrado desde hacía unas horas.

    Se apartó de la puerta.

    —Estamos virando a estribor. El señor Patterson ha decidido ir con el viento. Pronto tendremos la nieve y el mar detrás de nosotros. Bien, bien.
    —Bien, bien —repitió Ferguson, al cabo de veinte nudos y el tono de su voz indicaba que todo estaba cualquier cosa menos bien. A decir verdad, estaba muy inquieto, y con razón. El San Andreas se dirigía casi hacia el sur y las aguas turbulentas que lo golpeaban a babor lo hacían subir y bajar con violencia; los crecientes crujidos y gemidos de la superestructura no le levantaban la moral en absoluto. — Por Dios, ¿por qué no nos quedamos en donde estábamos?
    —Dentro de un minuto verá por qué. — Y así fue. Las ondulaciones y los cabeceos aflojaron en forma gradual hasta cesar por completo, al igual que los crujidos. El San Andreas, siguiendo un rumbo aproximadamente sudoeste, se mantenía casi firme como una roca en el agua. Había un leve movimiento, pero comparado con lo que acababan de experimentar, era tan insignificante que no merecía mención. Ferguson, con una cubierta firme bajo los pies, el miedo a la muerte inminente disipado y la tormenta de nieve tan por detrás de ellos que ni un copo llegaba hasta el puente, se mostró profundamente aliviado.

    Poco tiempo después de que McKinnon y Ferguson comenzaron a serruchar los rectángulos de madera, cuatro hombres llegaron al puente: Jamieson, Curran, McCrimmon y otro fogonero llamado Stephen. Stephen era polaco y siempre lo llamaban por su nombre de pila; a nadie se le había ocurrido jamás intentar pronunciar el apellido Przynyszewski. Jamieson llevaba un teléfono, Curran dos estufas, McCrimmon dos caloríferos y Stephen dos rollos de cable aislante, uno grueso y uno fino, que iba desenrollando a medida que avanzaba.

    —Bien, así está mejor, contramaestre —dijo Jamieson—. Casi una laguna, podría decirse. Hizo mucho bien para la moral de los que están abajo. Algunos hasta han vuelto a descubrir el apetito. Hablando de apetito, ¿cómo está el suyo? Debe de ser la única persona a bordo que no ha almorzado.
    —Aguantará. — McKinnon miró hacia donde McCrimmon y Stephen ya estaban conectando cables desde las estufas al cable grueso. — Vendrán bien dentro de una hora o dos cuando hayamos logrado mantener afuera este aire fresco.
    —Más que bien, diría yo. — Jamieson se estremeció. — Cielos, qué frío hace aquí. ¿Cuántos grados hay?

    McKinnon echó una mirada al termómetro.

    —Diecisiete bajo cero. Ha bajado dos grados en unos pocos minutos. Me temo, señor Jamieson, que esta noche tendremos mucho frío.
    —No en la sala de máquinas —replicó éste. Destornilló la tapa trasera del teléfono y comenzó a conectarlo con el cable fino. — El señor Patterson opina que éste es un lujo innecesario y que usted sólo lo quiere para hablar con alguien cuando se sienta solo. Dice que mantener la popa hacia el viento y el mar es un juego de niños y que podría hacerlo durante horas sin desviarse más que dos o tres grados del rumbo.
    —No me cabe la menor duda de que podría hacerlo. De esa forma jamás llegaríamos a Aberdeen. Puede decirle al señor Patterson que el viento está virando y que si sigue haciéndolo y él sigue manteniendo la popa al viento y al mar terminamos haciendo un pequeño agujero en el norte de Noruega y un gran boquete en el barco.

    Jamieson sonrió.

    —Se lo explicaré al jefe. No creo que la posibilidad se le haya ocurrido; por cierto que a mí no se me ocurrió.
    —Y cuando baje, señor, ¿podría mandarme a Naseby? Es un timonel experto.
    —Lo haré. ¿Necesita más ayuda aquí arriba?
    —No, señor. Nosotros tres somos suficientes.
    —Como diga. — Jamieson volvió a atornillar el teléfono, oprimió el botón de llamada, habló brevemente y cortó. — Funcionamiento garantizado. ¿Terminaron, McCrimmon? ¿Stephen? — Los dos hombres asintieron y Jamieson volvió a llamar a la sala de máquinas, pidió que conectaran la electricidad y les dijo a McCrimmon y Stephen que conectaran un calorífero y una estufa.
    —¿Todavía necesita a McCrimmon como mensajero, contramaestre?

    McKinnon hizo un gesto con la cabeza en dirección al teléfono. — Ya tengo mi mensajero, gracias.

    Una de las estufas de McCrimmon había comenzado a ponerse roja. Stephen apartó la mano del calorífero y asintió.

    —Bien. Apáguenlos. Parecería, contramaestre, que Pie Sigiloso hubiera terminado sus actividades por hoy. Iremos abajo ahora, para ver qué camarotes pueden resultar habitables. Me temo que no serán muchos. La única forma de volver un camarote habitable, despejarlos no llevará mucho tiempo, ya tengo un par de muchachos trabajando en eso, es reparar el sistema de calefacción que no funciona. Eso es todo lo que importa. Desgraciadamente, la mayoría de las puertas volaron con la explosión o fueron rotas por los sopletes de oxiacetileno y de nada sirve reponer la calefacción si no podemos reponer las puertas. Haremos lo que se pueda. — Giró el timón inutilizado. — Cuando hayamos terminado abajo y ustedes hayan terminado aquí, y cuando la temperatura sea apropiada para mí y otras de las plantas de invernadero de la sala de máquinas, vendremos y probaremos el timón.
    —¿Un trabajo difícil, señor?
    —Depende del daño en las cubiertas de abajo. No apueste a mis palabras, contramaestre, pero hay una buena posibilidad de que lo hagamos funcionar durante la noche; en lo que sin duda usted considerará nuestra habitual cruda forma de hacer las cosas. Para no comprometerme, no especificaré la hora.

    La temperatura en el puente siguió bajando en forma regular y debido a que el frío intenso aminora el ritmo físico y mental de un hombre, a McKinnon y sus hombres les llevó bastante más de dos horas completar su tarea; si la temperatura hubiera sido aproximadamente normal, probablemente lo habrían hecho en menos de la mitad de ese tiempo. Cuando estaban por completar las tres cuartas partes del trabajo, encendieron las cuatro estufas y la temperatura comenzó a ascender, muy lentamente.

    McKinnon quedó bastante satisfecho con el resultado final. Cinco planchas de madera prensada habían sido aseguradas en posición, cada panel con un rectángulo de vidrio, uno grande y los otros cuatro, idénticos en forma, de aproximadamente la mitad del tamaño. El grande estaba insertado en el centro, directamente delante del lugar donde por lo general estaba el timonel; dos de los otros estaban a cada lado de éste y los dos restantes en la parte superior de las puertas que daban a los alerones. Los huecos inevitables entre el vidrio y la madera terciada y entre ésta y el metal al que estaban aseguradas las planchas, se taparon con compuesto de Hartley, un material plástico amarillo normalmente usado para impermeabilizar instalaciones eléctricas externas. El puente quedó protegido de las corrientes de aire hasta donde la situación lo permitía.

    Ferguson guardó las últimas herramientas y tosió. — Alguien habló de un par de tragos de whisky especial del capitán Bowen.

    McKinnon lo miró primero a él, luego a Curran. Tenían los rostros azules y blancos por el frío y los dos tiritaban violentamente; se quejaban en forma casi crónica, pero esta vez ninguno emitió una queja.

    —Se lo han ganado. — Se volvió hacia Naseby. — ¿Cómo está el rumbo?

    Naseby miró con desagrado la brújula que tenía en la mano.

    —Si se puede confiar en esta cosa, a dos veinte. Más o menos. Así que el viento viró cinco grados en las últimas dos horas. ¿Vale la pena molestar a la sala de máquinas por cinco grados?

    George Naseby, un sólido, taciturno, moreno y fornido nativo de Yorkshire —provenía de Whitby, la ciudad natal del capitán Cook— era el otro yo de McKinnon y su amigo más íntimo. Había sido contramaestre él también en otras dos naves, pero eligió navegar en el San Andreas sencillamente por el afecto mutuo que se tenían con McKinnon. Aunque no tenía rango de oficial, desde el capitán hacia abajo todos lo consideraban el número dos en las cubiertas.

    —No los molestaremos todavía. Luego de otros cinco o diez grados, lo haremos. Vayamos abajo, el barco puede cuidar de sí mismo por unos minutos. Luego haré que Trent te releve.


    El nivel de whisky en la botella del capitán descendió con bastante rapidez; Ferguson y Curran tenían sus propias ideas acerca de lo que era un trago razonable. McKinnon, entre sorbos algo más frugales, estudió el sextante, el termómetro y el barómetro del capitán. El sextante, hasta donde McKinnon podía adivinar, estaba intacto: la felpa en la parte interior de la caja de madera seguramente lo había protegido de los efectos de la explosión. El termómetro, también, parecía funcionar: el mercurio registraba ocho grados bajo cero, que era la temperatura que McKinnon calculó que hacía en el camarote. El camarote del capitán era uno de los pocos que tenía la puerta intacta y Jamieson ya había hecho instalar una estufa.

    Le alcanzó el termómetro a Naseby, para que lo colocaran en uno de los alerones del puente, luego fijó la atención en el barómetro. Este funcionaba normalmente, pues cuando golpeó suavemente el vidrio, la aguja negra se movió hacia la izquierda.

    —Veintinueve punto cinco —dijo McKinnon—. Nueve nueve nueve milibares —y va en descenso.
    —Malo, ¿eh?
    —Sí. No necesitábamos un barómetro para saberlo. McKinnon se marchó y bajó de la cubierta a los camarotes de los oficiales. Encontró a Jamieson al final del pasillo.
    —¿Cómo van las cosas, señor?
    —Ya casi terminamos. Debería de haber cinco camarotes aptos para ser habitados por seres humanos, todo depende, por supuesto, de la definición que se le dé al término seres humanos.

    El contramaestre golpeó con la mano el mamparo junto a él.

    —¿Cuán estable cree que es esta estructura, señor?
    —Muy inestable. Bastante segura en estas condiciones, pero deduzco que usted piensa que las condiciones van a cambiar.
    —Si el viento sigue virando y nosotros seguimos en este rumbo, entonces tendremos las olas a estribor y el movimiento se tornará desagradable. Estaba pensando que quizá…
    —Sé lo que estaba pensando. Soy maquinista, contramaestre, no ingeniero civil. Me fijaré. Quizá podamos asegurar o soldar algunas planchas de acero en los puntos más débiles. No lo sé. No hay garantías. Antes que nada, iremos a echar una ojeada al timón en el puente. ¿Cómo están las cosas allí arriba?
    —No hay corrientes de aire. Cuatro estufas. Condiciones de trabajo ideales.
    —¿Temperatura?
    —Doce.
    —¿Sobre cero o bajo cero?
    —Bajo cero.
    —Ideales. Muchas gracias.


    McKinnon encontró a cuatro personas en el comedor: el jefe de máquinas Patterson, el doctor Singh y las enfermeras Janet Magnusson e Irene. Las enfermeras no estaban de turno —el San Andreas, como toda nave hospital, tenía enfermeras para turnos alternados. El contramaestre se dirigió a la cocina, pidió café y sándwiches, se sentó a la mesa y procedió a informar al jefe de máquinas. Cuando terminó, dijo:

    —¿Y cómo le fue a usted, señor? Me refiero a la búsqueda de un traductor.

    Patterson frunció el entrecejo.

    —Con la suerte que tenemos, ¿qué le parece?
    —Bueno, yo no tenía esperanzas, señor. No, como usted dice, con la suerte que tenemos. — Miró a Janet Magnusson. — ¿Dónde está la caba Morrison?
    —En el vestíbulo. — Ni su voz ni sus ojos contenían calidez. — Está alterada. Tú la alteraste.
    —Ella me alteró a mí. — Hizo un gesto impaciente con la mano, como para descartar a la caba Morrison. — Un ataque de histeria. Este no es ni el lugar ni el momento para eso. Si es que existen un lugar y un momento.
    —Ah, vamos. — El doctor Singh sonreía. — Me parece que ninguno de los dos está siendo justo. La caba Morrison no está, como usted sugiere, señor McKinnon, refunfuñando en su camarote y, enfermera Magnusson, si ella se siente algo infeliz, la culpa no es toda del contramaestre. Ella y el señor Ulbricht no ven las cosas de la misma manera.
    —¿Ulbricht? — preguntó el contramaestre.
    —Teniente Karl Ulbricht, tengo entendido. El capitán del Condor.
    —¿Está consciente?
    —Totalmente. No solamente está consciente, sino que quiere abandonar la cama. Su poder de recuperación es notable. Tres heridas de bala, todas superficiales. Perdió mucha sangre, pero se le ha hecho una transfusión; es de esperar que la mejor sangre británica combine bien con la sangre aria. De cualquier forma, la caba Morrison estaba conmigo cuado él recuperó el conocimiento. Lo llamó sucio asesino nazi, cosa que no ayuda mucho para consolidar la relación ideal entre paciente y enfermera.
    —No tuvo mucho tino, estoy de acuerdo —dijo Patterson—. Un hombre herido que vuelve en sí podría esperar ser tratado con algo más de compasión. ¿Cómo reaccionó él?
    —Con mucha calma. Dócilmente, podría decirse. Dijo que no era nazi y que jamás había asesinado a nadie en su vida. Ella sencillamente lo fulminó con la mirada, si es que se puede imaginar a la caba Morrison fulminando a alguien con la mirada, y…
    —Lo imagino con toda facilidad —replicó el contramaestre con vehemencia—. Me fulmina a mí. Con frecuencia.
    —Quizá —comentó la enfermera Magnusson—, tú y el teniente Ulbricht tengan mucho en común.
    —Por favor. — El doctor Singh levantó una mano. — El teniente Ulbricht expresó profundo pesar, dijo algo acerca del infortunio de la guerra, pero no se mostró precisamente acongojado. Detuve la discusión allí, ya que no me pareció que fuera a ser provechosa. No sea demasiado duro con la caba, contramaestre. No es una fierecilla, ni es pendenciera. Es muy sensible y tiene su propia forma de expresar los sentimientos.

    McKinnon estaba por responder, captó la mirada poco amistosa de Janet y cambió de idea.

    —¿Cómo están sus otros pacientes, doctor?
    —El otro miembro de la tripulación del avión, un artillero, parece, llamado Helmut Winterman, está bien; no es más que un chiquillo asustado que cree que lo fusilarán al amanecer. El comandante Warrington, como usted adivinó, señor McKinnon, está malherido. Hasta qué punto, no lo sé. Tiene el occipucio fracturado, pero sólo la cirugía puede decirnos cuán grave es. Soy cirujano, pero no neurocirujano. Tendremos que esperar hasta llegar a un hospital en tierra firme para aflojar la presión sobre el centro visual y averiguar cuándo recuperará la vista, si es que llega a recuperarla.
    —¿El oficial del Andover?
    —¿El teniente Cunningham? — El doctor Singh sacudió la cabeza. — Lo siento, en más de un sentido, temo que ésta es la última esperanza perdida. El joven no navegará por algún tiempo. Está en coma. Las radiografías muestran fractura de cráneo y no es una fractura sin importancia. El pulso, la respiración y la temperatura no dan señales de daños orgánicos graves. Vivirá.
    —¿Tiene idea de cuándo recuperará el conocimiento, doctor?

    El doctor Singh suspiró.

    —Si estuviera en mi primer año de residencia, me arriesgaría a dar un pronóstico con bastante seguridad. Por desgracia, ya han pasado veinticinco años desde mi primer año de residencia. Dos días, dos semanas, dos meses… sencillamente no lo sé. En cuanto a los otros, el capitán y el primer oficial siguen bajo los efectos de sedantes y cuando despierten, volveré a sedarlos. Hudson, el que tiene perforado el pulmón, parece haberse estabilizado; al menos, la hemorragia interna cesó. La tibia fracturada de Rafferty no presenta problemas. Los dos tripulantes heridos del Argos, uno con fractura de pelvis y el otro con quemaduras múltiples, están todavía en la sala de recuperación, pero no porque estén en peligro, sino porque la Sala A estaba llena y ése era el mejor lugar para ponerlos. Y he dado de alta a dos marineros jóvenes, pero no sé los nombres.
    —Jones y McGuigan.
    —Exacto. Era shock, nada más. Tengo entendido que tienen suerte de estar vivos.
    —Todos tenemos suerte de estar vivos. — McKinnon agradeció con un movimiento de cabeza cuando Mario puso el café y los sándwiches delante de él, y luego miró a Patterson.
    —¿Cree que serviría de algo, señor, si pudiéramos hablar con el teniente Ulbricht?
    —Si su forma de pensar es la correcta, contramaestre, podría servir de algo. Al menos, no puede hacer ningún daño.
    —Me temo que tendrán que esperar un poco —dijo el doctor Singh—. El teniente se estaba poniendo un poco demasiado activo, o sintiéndose más activo de lo que le convenía. Tardará una hora, quizá dos. ¿Un asunto urgente, señor McKinnon?
    —Es posible. 0 un asunto importante, por lo menos. Quizá pueda decirnos por qué tenemos tanta suerte de estar vivos. Y si lo supiéramos, entonces podríamos saber o adivinar, al menos, qué nos espera.
    —¿Piensa que el enemigo todavía no terminó con nosotros?
    —Me sorprendería que así fuese, doctor.

    McKinnon, en ese momento, a solas en el comedor, acababa de terminar su tercera taza de café cuando Jamieson y tres de sus hombres entraron, agitando los brazos y tiritando. Jamieson fue a la cocina, pidió café para él y sus hombres y se sentó junto a McKinnon.

    —Condiciones ideales de trabajo, según lo que usted dijo, contramaestre. Uno está calentito y abrigado como pájaro en su nido, podría decirse. La temperatura está subiendo allí arriba. Hay casi diez grados. Bajo cero.
    —Lo lamento, señor. ¿Cómo va el timón?
    —Ya está arreglado. Por el momento, al menos: No fue un trabajo demasiado difícil. La rueda tiene bastante juego, pero Trent dice que es manejable.
    —Bien. Gracias. ¿Tenemos control en el puente?
    —Sí. Le dije a la sala de máquinas que desistiera. El jefe Patterson parecía decepcionado; al parecer cree que puede trabajar mejor que desde el puente. ¿Cuál es el siguiente tema en el orden del día?
    —Nada. Al menos para mí.
    —¡Ah! Comprendo. Nosotros tenemos las manos ociosas, ¿no es así? Bien, veremos qué posibilidades hay de asegurar la superestructura en un momento, que dependerá de cuánto tiempo nos lleve descongelamos.
    —Por supuesto, señor. — McKinnon miró por encima de su hombro. Noté que el doctor Singh no se molesta en mantener cerrado con llave el pañol de bebidas alcohólicas del hospital.
    —¿Una gotita de algo en el café, quizá?
    —Se lo recomendaría, señor. Puede ayudar a acelerar el proceso de descongelamiento.

    Jamieson le dirigió una mirada significativa, se puso de pie y se dirigió hacia el pañol.

    Jamieson terminó su segunda taza de café reforzado y miró a McKinnon.

    —¿Algo le preocupa, contramaestre?
    —Sí. — McKinnon tenía las dos manos sobre la mesa, como si fuera a levantarse. — El movimiento ha cambiado. Hace unos minutos, el barco comenzó a navegar en ángulo, no mucho, como si Trent estuviera alterando levemente el rumbo, pero ahora se está moviendo demasiado. Puede ser que el timón haya fallado otra vez.

    McKinnon partió a toda prisa, seguido de cerca por Jamieson. Al llegar a la cubierta alfombrada de hielo, McKinnon se aferró a una soga y se detuvo.

    Está cabeceando mucho —gritó. Tuvo que hacerlo para que Jamieson pudiera oírlo por encima del viento casi huracanado. — Veinte grados fuera de rumbo, quizá treinta. Algo anda muy mal allí arriba.

    Y en efecto, cuando llegaron al puente, descubrieron que algo andaba muy mal. Los dos hombres se detuvieron momentáneamente y McKinnon dijo:

    —Pido disculpas, señor Jamieson. No era el timón después de todo.

    Trent yacía boca arriba, justo detrás del timón, que giraba hacia uno y otro lado alocadamente, respondiendo a la fuerza del agua que golpeaba contra la quilla. Respiraba, sin duda alguna, pues el pecho se elevaba y bajaba en forma lenta y rítmica. McKinnon se inclinó para examinarle el rostro, lo miró con atención, olfateó, frunció la nariz con un gesto de desagrado y se enderezó.

    —Cloroformo. — Tomó la rueda del timón y comenzó a llevar al San Andreas de vuelta a su rumbo.
    —Y esto. — Jamieson se agachó, recogió la brújula caída y se la mostró a McKinnon. El vidrio estaba hecho añicos y la aguja irremediablemente torcida. — Pie Sigiloso vuelve a atacar. — Así parece, señor.
    —Ah. No parece particularmente sorprendido, contramaestre.
    —La vi tirada allí, No tuve ni que mirar. Hay algunos otros timoneles a bordo. Pero ésa era nuestra única brújula.


    CUATRO


    —Quienquiera haya sido responsable de esto debió haber tenido acceso al dispensario —dijo Patterson. Estaba con Jamieson y McKinnon en el pequeño salón de estar del hospital.

    —Eso no ayudará, señor —respondió McKinnon—. Desde las diez de la mañana, todos los que están a bordo de esta nave, menos, por supuesto, los heridos, los que están inconscientes y los que están sedados, tuvieron acceso al dispensario. No hay una sola persona que no haya estado en el área del hospital para comer, dormir, o tan sólo descansar.
    —Quizá no lo estamos viendo desde la perspectiva correcta —acotó Jamieson—. ¿Por qué razón querría alguien destrozar la brújula? No puede ser sólo para impedirnos seguir el rumbo que estábamos siguiendo o para que no nos escapemos. Lo más probable es que Pie Sigiloso todavía esté transmitiendo su señal de guía y que los alemanes sepan exactamente dónde estamos.
    —A lo mejor quiere que cunda el pánico —dijo McKin—. Quizás espera que aminoremos la marcha, en lugar de dar vuelta en círculos, cosa que fácilmente podría suceder si el tiempo empeora, el mar se torna confuso y si no tenemos brújula. Quizás hay un submarino alemán en los alrededores y no quiere que nos alejemos demasiado. Existe una posibilidad todavía peor. Hemos estado dando por sentado que Pie Sigiloso tiene nada más que un transmisor; quizá también tiene un aparato receptor. ¿Qué sucedería si estuviera en contacto con Alta Fjord o con un submarino o un Condor de reconocimiento? Podría haber un buque de guerra inglés cerca y lo último que querrían es que nos contactáramos con él. Pués bien, nos sería imposible hacerlo, pero el radar del buque podría captarnos a diez o quince millas de distancia.
    —Demasiados "si", "quizá" y "a lo mejor esto" y "a lo mejor esto otro". — La voz de Patterson sonó decidida, como la de un hombre que ha tomado una resolución. — ¿En cuántos hombres de este barco confía, contramaestre?
    —¿En cuántos…? — McKinnon se interrumpió para calcular. — En nosotros tres y en Naseby. Y en el equipo médico. No es que tenga una razón en particular para confiar en ellos, tampoco tengo razones para desconfiar, pero sabemos que estaban aquí presentes cuando atacaron a Trent, así que eso los descarta.
    —Dos médicos, seis enfermeras, tres asistentes de sala y nosotros cuatro. Eso suma quince —dijo Jamieson. Sonrió. — Aparte de éstos, ¿todos los demás son sospechosos?

    McKinnon se permitió una leve sonrisa.

    —Es difícil imaginar a chiquillos como Jones, McGuigan y Wayland Day en el papel de superespías. Aparte de ellos, no pondría las manos en el fuego por nadie, es decir, no tengo razón para confiar en ellos tratándose de un asunto de vida o muerte.
    —¿La tripulación del Argos? — preguntó Patterson—. ¿Los sobrevivientes? ¿Nuestros huéspedes?
    —Es ridículo, lo sé, señor. ¿Pero quién puede decir que el saboteador no está en el lugar menos pensado? Sencillamente no confío en nadie. — McKinnon hizo una pausa. — ¿Me equivoco al pensar que su intención es revisar los camarotes y las pertenencias de todos los que están a bordo?
    —No se equivoca, contramaestre.
    —Con respeto, señor, estaríamos perdiendo el tiempo. Cualquiera que sea tan astuto como Pie Sigiloso lo es como para dejar algo por allí, al menos dejarlo en cualquier lugar donde pueda asociárselo remotamente con él. Hay cientos de lugares a bordo en donde se pueden ocultar cosas, y no somos detectives profesionales. Por otra parte, es mejor eso que no hacer nada. Pero me temo, señor Patterson, que no encontraremos nada.

    Y así fue. Revisaron todos los camarotes, armarios y guardarropas, valijas y bolsos, cada rincón y cada grieta, y no encontraron nada. Se presentó un momento incómodo cuando el capitán Andropolous, un personaje fornido, barbudo y al parecer violento, alojado en uno de los camarotes vacíos generalmente reservados para pacientes en recuperación, objetó con vehemencia a que se lo revisara; McKinnon, que no sabía una palabra de griego, resolvió la situación apuntando con su Colt a la sien del capitán, que se dio cuenta de que el contramaestre no estaba bromeando y se mostró por demás dispuesto a colaborar, llegando hasta el extremo de acompañar al contramaestre y ordenar a su tripulación que abriera sus pertenencias para que fueran revisadas.


    Los dos cocineros senegaleses del hospital eran más que competentes y el doctor Singh, que parecía ser un entendido en el asunto, sacó a relucir un Bordeaux que no habría desentonado en un restaurante de la guía Michelin, pero esa noche no se le hizo justicia a la comida ni, sorprendentemente, al vino. La atmósfera era sombría. Había una cierta inquietud en el ambiente, un leve aire furtivo. Una cosa es que a uno le digan que hay un saboteador a bordo; otra muy diferente es que a uno le revisen el equipaje y las pertenencias pensando que uno puede ser el saboteador en cuestión. Aun los del equipo médico —o quizás especialmente ellos— parecían incómodos por demás: a ellos todavía no se les habían revisado las pertenencias, de modo que oficialmente, no habían quedado fuera de sospecha. Podía ser una reacción irracional, sí, pero dadas las circunstancias, era comprensible.

    Patterson empujó el plato sin terminar y le habló al doctor Singh.

    —¿Está despierto el teniente Ébricht?
    —Más que despierto. — El doctor Singh parecía casi malhumorado. — Su poder de recuperación es notable. Quería cenar con nosotros. Se lo prohibí, por supuesto. ¿Por qué lo pregunta?
    —McKinnon y yo querríamos hablar unas palabras con él.
    —No veo por qué no. — Hizo una breve pausa para pensar. — Existen dos complicaciones de poca importancia. La caba Morrison está allí; acaba de relevar a la caba Maria para que pudiera cenar. — Hizo un gesto con la cabeza en dirección al extremo de la mesa, donde cenaba una muchacha rubia de pómulos salientes, que vestía uniforme de caba. Aparte de Stephen Przybyszewski era la única polaca a bordo y como a todos les resultaba difícil su apellido Szarzynski, igual que el de Stephen, la llamaban, invariable y cariñosamente, la caba Maria.
    —Sobreviviremos —dijo Patterson—. ¿Y la otra complicación?
    —El capitán Bowen. Al igual que el teniente Ulbricht, tiene una alta tolerancia a los sedantes. Está consciente durante largos períodos y su humor no es de lo mejor. ¿Quién ha visto alguna vez al capitán Bowen de mal humor?

    Patterson se puso de pie.

    —Si yo fuera el capitán, no estaría de humor como para cantar y bailar. Vamos, contramaestre.

    Encontraron al capitán muy despierto y, efectivamente, en un estado de ánimo más que irritable. La caba Morrison estaba sentada en un banco junto a su cama. Atinó a ponerse de pie, pero Patterson le indicó con un gesto que se quedara donde estaba. El teniente Ulbricht estaba recostado en la cama de al lado, con la mano derecha detrás de la nuca. El teniente Ulbrich estaba muy despierto.

    —¿Cómo se siente, capitán?
    —¿Que cómo me siento, jefe? — En forma concisa y vehemente el capitán Bowen le informó cómo se sentía. Sin dudas se habría expresado con más vehemencia aún, si no hubiera sabido que la caba Morrison estaba junto a su cama. Levantó una mano vendada para taparse la boca mientras tosía. — Todo se fue al diablo, ¿no es así, jefe?
    —Bueno, sí, las cosas podrían estar mejor.
    —Las cosas no podrían estar peor. — Las palabras del capitán Bowen sonaban borrosas y confusas; hablar a través de esos labios ampollados tenía que ser una tortura. — La caba me lo dijo. Hasta la brújula de la lancha salvavidas quedó destrozada. Pie Sigiloso.
    —¿Pie Sigiloso?
    —Todavía anda suelto. Pie Sigiloso.
    —Pies Sigilosos —dijo McKinnon.
    —¡Archie! — El hecho dé que el capitán, por primera vez delante de otra persona, llamara al contramaestre por su nombre de pila revelaba mucho acerca de su estado.
    —Está usted aquí.
    —La hierba mala crece en cualquier lado, señor.
    —¿Quién está de guardia, contramaestre?
    —Naseby, señor.
    —Está bien. ¿Pies Sigilosos? ¿Por qué?
    —Hay más de uno, señor. No queda otra posibilidad. Lo sé. No sé cómo lo sé, pero lo sé.
    —En ningún momento me lo dijo a mí —repuso Patterson.
    —Es porque no se me ocurrió hasta hace un momento. Y hay otra cosa que sólo se me ocurrió ahora. El capitán Andropolous.
    —El del barco petrolero griego —dijo Bowen—. ¿Qué hay con él?
    —Bueno, señor, como sabrá, tenemos un pequeño problema de navegación.
    —¿Pequeño? Eso no es lo que me dijo la caba Morrison.
    —Bien; grande, entonces. Pensamos que el capitán Andropolous podría darnos una mano si lográramos comunicarnos con él. Pero fue imposible. Quizá no sea necesario hacerlo. Quizá si le mostramos su sextante, capitán, y le damos una carta marítima, eso podría ser suficiente. El problema es que la carta está arruinada. Por la sangre.
    —No hay problema —dijo Bowen—. Siempre llevamos duplicados. Están debajo de la mesa o en los cajones en el extremo de popa de la sala cartográfica.
    —Volveré en quince minutos —dijo el contramaestre.

    Le llevó bastante más que eso y cuando regresó, la expresión dura de su cara y el hecho de que traía con él el sextante en su caja y una carta enunciaban que había venido a informar acerca del fracaso de la misión.

    —¿No obtuvo cooperación? — preguntó Patterson—. ¿O fue Pie Sigiloso?
    —Pie Sigiloso. El capitán Andropolous estaba en su litera, roncando a todo vapor. Traté de sacudirlo, pero fue como sacudir una bolsa de papas. Lo primero que se me ocurrió fue que la misma persona que se había encargado de Trent había visitado también al capitán, pero no había olor a cloroformo. Busqué al doctor Singh, que me dijo que estaba drogado.
    —¡Drogado! — Bowen trató de expresar asombro, pero su voz no fue más que un graznido. — ¡Por Dios, ¿es que esto no va a acabar nunca?! ¡Drogado! ¿Cómo diablos pudieron drogarlo?
    —Muy fácilmente, parecería, señor. El doctor Singh no sabía de qué droga se trataba, pero dijo que debió de haberla ingerido con algo que comió o bebió. Le preguntamos a Achmed, el cocinero principal, si el capitán había comido algo distinto de nosotros y dijo que no, pero que luego había tomado café. El capitán Andropolous tiene ideas propias acerca de cómo se debe preparar el café: mitad café, mitad coñac. El doctor Singh dice que esa cantidad de coñac hubiera disimulado el gusto de cualquier droga. Había una taza y un platito junto a la litera del capitán. La taza estaba vacía.
    —Ah. — Patterson parecía pensativo. — Debió de quedar borra. No sé nada acerca de esas cosas, ¿pero no fue posible que el doctor Singh analizara la borra?
    —No había. El capitán pudo haberlo hecho él mismo, lavar la taza, quiero decir. Lo más probable es que haya sido Pie Sigiloso borrando sus rastros. No tenía sentido preguntar a quién se había visto entrar o salir del camarote del capitán.
    —¿No hay comunicación, verdad?
    —Eso es. Sólo la tripulación griega estaba por allí en ese momento.
    —Deduciendo que nuestro saboteador ha estado haciendo de las suyas otra vez —dijo Patterson—, y no creo que podamos deducir ninguna otra cosa, ¿de dónde diablos habrá sacado una droga tan potente?
    —¿Y de dónde sacó el cloroformo? Yo diría que Pie Sigiloso está bien equipado con lo que él considera elementos esenciales. Quizá no es sólo un aficionado a la química. Quizá también sepa qué buscar en el dispensario.
    —No —dijo Bowen—. Le pregunté al doctor Singh. El dispensario siempre está cerrado con llave.
    —Sí, señor —replicó McKinnon—. Pero si esta persona es un profesional, un saboteador entrenado, entonces creo que incluiría entre los elementos esenciales un juego de llaves maestras.
    —Mi copa rebosa —masculló Bowen—. Como dije, todo se fue al demonio. Si el tiempo sigue empeorando, y tengo entendido que eso es lo que está sucediendo, terminaremos en cualquier lugar. En la costa de Noruega, probablemente.
    —¿Puedo hablar, capitán? — Era el teniente Ulbricht.

    Bowen giró la cabeza hacia un costado, cosa que lo hizo gruñir de dolor.

    —¿Es el teniente Ulbricht? — No hablaba con tono alentador y si sus ojos no hubieran estado vendados, sin duda tampoco habrían sido alentadores.
    —Si, señor. Yo sé navegar.
    —Es usted muy amable, teniente. — Bowen trató de hablar con voz gélida, pero su boca ampollada no se lo permitió. — Es la última persona en el mundo a quien pediría ayuda. Cometió un crimen contra la humanidad. — Calló por unos segundos pero no fue para reflexionar; la combinación de ira y dolor le dificultaba el habla. — Si logramos regresar a Inglaterra, lo fusilarán. ¿Usted? ¡Por Dios!
    —Entiendo cómo se siente, señor —dijo McKinnon—. Debido a las bombas, quince hombres han muerto. Debido a las bombas, usted está como está, al igual que Hudson y Rafferty, y el primer oficial. Pero de todos modos, pienso que debería escucharlo.

    El capitán permaneció en silencio durante lo que pareció un tiempo excesivamente largo. Sólo el contramaestre, a quien el capitán estimaba y respetaba mucho, podía hacerlo vacilar durante tantos segundos. Cuando habló, lo hizo con voz ronca por la amargura.

    —No estamos en posición de elegir, ¿no es así? — McKinnon no respondió. — De todas formas, pilotear un avión no es lo mismo que navegar un barco.
    —Sé navegar un barco —dijo Ulbricht—. En tiempos de paz, estaba en una Marine Schule, una escuela de marina. Tengo un certificado de navegación marítima. — Sonrió levemente.
    —No aquí, por supuesto, pero lo tengo. Además, muchas veces he estudiado las estrellas desde un avión. Eso es mucho más difícil que hacerlo desde el puente de un barco. Le repito, sé navegar.
    —¡El! ¡Ese monstruo! — La caba Morrison habló con más amargura que el capitán, pero quizás se debió a que no tenía los labios ampollados. — Estoy segura de que sabe navegar, capitán Bowen. También estoy segura de que nos llevaría directamente a Alta Fjord o a Trondheim o a Bergen… en fin, a cualquier lugar de Noruega.
    —Ésa es una aseveración muy tonta, caba —interpuso Ulbricht—. Quizás el señor McKinnon no sepa navegar, pero debe de ser un marino experimentado y con sólo un atisbo del sol o la Estrella Polar se daría cuenta de que vamos hacia el sudeste en lugar del sudoeste.
    —De todas formas, no confío en él —dijo la caba Morrison—. Si lo que dice es verdad, entonces confío menos todavía.
    —Lo miraba con ojos helados y los labios apretados y se podía decir que se había equivocado de profesión; parecía la directora de una escuela de niñas con Ulbricht en el improbable papel de una temblorosa y traviesa alumna de tercer grado. — Mire lo que le sucedió a Trent. Mire lo que le sucedió a ese capitán griego. ¿Por qué no debería de sucederle lo mismo al señor McKinnon?
    —Con respeto, caba —dijo McKinnon con voz nada respetuosa—, me veo obligado a repetir lo que dijo el teniente Ulbricht: ésa es una aseveración muy tonta. Es tonta por dos razones. La primera es que Naseby también es contramaestre, y de los buenos. Pero usted no tiene por qué saberlo, claro. — McKinnon acentuó innecesariamente la palabra "usted". — Trent, Ferguson y Curran también pueden distinguir la diferencia entre norte y sur. Al igual que el jefe Patterson y el señor Jamieson, estoy seguro. Podría haber media docena más entre la tripulación. ¿Está sugiriendo que de alguna forma misteriosa que escapa a mi comprensión, pero no, al parecer, a la suya, el teniente Ulbricht va a inmovilizarnos a todos?
    —¿Y la segunda razón?
    —Si piensa que el teniente Ulbricht está complotado con los que fueron responsables de la destrucción de su avión y por poco con la de su vida… bueno, si cree eso, cree cualquier cosa.
    —Si es posible carraspear en forma tranquilizadora, Patterson lo hizo.
    —Creo, capitán, que el teniente puede no ser tan perverso como piensan usted y la caba Morrison.
    —¡No ser tan perverso! El despiadado, maldito… —Bowen se interrumpió y cuando volvió a hablar, lo hizo con voz serena y casi pensativa. — Usted no diría eso sin un buen motivo, jefe. ¿Qué le hace pensar de esa forma?
    —Fue el contramaestre el que tuvo la idea. Creo que estoy de acuerdo. Contramaestre, cuéntele al capitán lo que me dijo.
    —He tenido tiempo para pensar en esto —dijo McKinnon, como queriendo disculparse—. Usted, no. Según lo que me dijo el doctor Singh acerca del dolor que debe de estar sintiendo, pensar tiene que ser una tarea muy difícil. Creo, señor, que la Luftwaffe del teniente le vendió gato por liebre.
    —Le vendió… ¿Qué demonios quiere decir con eso? — Pienso que no sabía que atacaba un buque hospital. Seguro, ahora lo sabe. Pero no lo sabía cuando dejó caer las bombas.
    —¡Que no lo sabía! Los pilotos bombarderos, permítame recordarles, contramaestre, tienen muy buena vista. Todas esas cruces rojas…
    —No creo que las haya visto, señor. Las luces estaban apagadas y todavía estaba oscuro. Como se aproximaba por la popa, no pudo haber visto las cruces a los costados y volaba tan bajo que la superestructura debe de haberle bloqueado la visión de la cruz de proa. En cuanto a la de popa, estábamos largando tanto humo en ese momento que puede haber quedado oculta. Y ni por un momento imagino que el teniente Ulbricht había hecho una aproximación tan suicida, un ataque tan suicida al San Andreas, si hubiera sabido que había una fragata británica a sólo un par de millas de distancia. Yo no hubiera apostado a sus posibilidades de sobrevivir.
    —Yo tampoco. — El teniente Ulbricht habló con vehemencia.
    —Y lo que cierra mi hipótesis, señor. Esos cuatro lanzatorpedos Heinkel. Sé que usted no los vio, señor, y que tampoco los oyó, pues estaba inconsciente en ese momento. Pero el jefe Patterson y yo los vimos. Nos esquivaron en forma deliberada —se elevaron por encima de nosotros— y se dirigieron directamente al Andover. ¿Así que, qué piensa de eso, señor? Un Condor nos ataca, estoy seguro de que fue con bombas de poca potencia, y los Heinkels, que podrían habernos mandado a pique, no lo hacen. Los pilotos de los Heinkel sabían que el Andover estaba allí; el teniente Ulbricht, no. La Luftwaffe, capitán, parece tener dos manos, y la izquierda no le dice a la derecha lo que va a hacer. Estoy más que convencido de que al capitán le metieron el perro, tanto su propio alto mando como el saboteador que apagó nuestras luces de la Cruz Roja. Además, no tiene el aspecto de ser un hombre que atacaría una nave hospital.
    —¿Cómo diablos puedo saber qué aspecto tiene? — le espetó Bowen con comprensible fastidio—. Una cara de ángel con un arpa puede ser un asesino, a pesar de su aspecto. Pero sí, contramaestre, estoy de acuerdo con usted en que se presta para interrogantes curiosos. Interrogantes que parecen reclamar respuestas igualmente curiosas. ¿No está de acuerdo, caba?
    —Bueno, sí, puede ser. — Su tono era dudoso, recalcitrante. — El señor McKinnon podría tener razón.
    —Tiene razón. — La voz era de Kennet, y sonaba firme.
    —Kennet. — Bowen se volvió hacia la cama del otro lado de la suya y maldijo en voz no muy baja cuando la cabeza y el cuello le recordaron que los movimientos súbitos no eran aconsejables. — Creí que estaba dormido.
    —Nunca tan despierto, señor. Es sólo que no tengo muchos deseos de hablar. Por supuesto que el contramaestre está en lo cierto. Tiene que estarlo.
    —Ah. Bueno. — Con más cuidado esa vez, el capitán se volvió hacia Ulbricht. — No hay disculpas por lo que ha hecho, pero quizá no sea el asesino despiadado que creíamos. Contramaestre, el jefe me contó que ha estado destrozando muebles en mi camarote.
    —No más de lo necesario, señor. No encontré las llaves.
    —Están en el rincón trasero izquierdo del cajón izquierdo de mi escritorio. Busque en el armario de la derecha debajo de mi litera. Hay un cronómetro allí. Fíjese si funciona.
    —¿Un cronómetro de repuesto, señor?
    —Muchos capitanes lo llevan. Yo siempre lo hice. Si el sextante sobrevivió a la explosión, quizás el cronómetro también lo haya hecho. El sextante funciona, ¿no es cierto?
    —Por lo que puedo decir, sí.
    —¿Puedo verlo? — preguntó el teniente Ulbricht. Lo examinó por un instante. — Funciona.

    McKinnon se marchó, llevándose el sextante y la carta.


    Cuando regresó, sonreía.

    —El cronómetro está intacto, señor. Puse a Trent de nuevo al timón y a Naseby en su camarote. Desde allí puede ver a cualquiera que trate de subir la escalera del puente y, lo que es más importante aún, dejar fuera de combate a toda persona no autorizada que trate de entrar en su camarote. Le dije que las únicas personas autorizadas son Patterson, Jamieson y yo.
    —Excelente —afirmó Bowen—. Teniente Ulbricht, es posible que todavía recurramos a usted. — Hizo una pausa.
    —¿Sabe por supuesto, que estará navegando hacia la prisión?
    —¿No hacia un pelotón de fusilamiento?
    —Eso sería una pobre retribución por sus servicios profesionales. No.
    —Es mejor ser un prisionero de guerra vivo que flotar por allí congelado en una balsa de goma, cosa que me habría sucedido de no haber sido por el señor McKinnon aquí presente. — Ulbricht se incorporó en la cama. — Bien, no hay tiempo como el presente.

    McKinnon lo detuvo con una mano en el hombro.

    —Lo siento, teniente, tendrá que esperar.
    —¿Se refiere a… al doctor Singh?
    —No se pondría muy contento, pero no es eso. Tormenta de viento y nieve. Visibilidad cero. No hay estrellas y por esta noche, no las veremos.
    —Ah. — Ulbricht volvió a recostarse. — De todos modos, no me sentía tan lleno de energías.

    Fue entonces, cuando por tercera vez en el día, las luces se apagaron. McKinnon encendió su linterna, localizó y encendió cuatro luces de emergencia y miró a Patterson con expresión pensativa. Bowen dijo:

    —¿Sucede algo?
    —Lo siento, señor —dijo Patterson—. Otro apagón.
    —Otro más. ¡Jesús! — El capitán habló con más disgusto que preocupación. — No bien creemos que solucionamos un problema, surge otro. Pie Sigiloso, seguro.
    —Puede ser, señor —replicó McKinnon—. Pero puede no ser. No creo que las luces se hayan apagado porque alguien ha sido drogado o dejado fuera de combate con cloroformo. No creo que se hayan apagado porque alguien quería apagar nuestras luces de la Cruz Roja, porque la visibilidad es cero y no serviría de nada. Si es sabotaje, el motivo es otro.
    —Iré a ver si pueden decirme algo en la sala de máquinas —dijo Patterson—. Parece otra tarea para el señor Jamieson.
    —Está trabajando en la superestructura —le aclaró McKinnon—. Yo iba para allá, de todos modos. Se lo mandaré. ¿Nos encontramos. de nuevo aquí, señor? — Patterson asintió y se apresuró a abandonar la sala.

    Sobre la cubierta, que en ese momento estaba relativamente estable, las sogas ya no eran necesarias para mantener el equilibrio pero sí, como guías, ya que debido a la ausencia de luces y a la tormenta de nieve, McKinnon no veía a un centímetro de su cara. Se detuvo en forma abrupta al chocar contra alguien.

    —¿Quién es? — preguntó con dureza.
    —¿McKinnon? Jamieson. No soy Pie Sigiloso. Ha estado haciendo de las suyas otra vez.
    —Eso parece, señor. Al señor Patterson le gustaría verlo en la sala de máquinas.

    En la parte de la superestructura que estaba en el mismo nivel que la cubierta, el contramaestre encontró a tres del equipo de la sala de máquinas soldando una planta de metal a dos baos; el brillo de la llama de oxiacetileno contrastaba en forma fantasmagórica con la total oscuridad. Dos cubiertas más arriba encontró a Naseby en el camarote del capitán, con una herramienta puntiaguda envuelta en tela en la mano, y una expresión decidida en el rostro,

    —¿No hubo visitas, George?
    —Nadie, Archie, pero parece que alguien anduvo haciendo visitas por otro lado.

    McKinnon asintió y subió al puente, interrogó a Trent y volvió a descender la escalera. Se detuvo fuera del camarote del capitán y miró a Naseby.

    —¿Notas algo, George?
    —Sí, noto algo. Noto que las revoluciones del motor han disminuido, estamos aminorando la marcha. ¿Quizás una bomba en la sala de máquinas, esta vez?
    —No. La hubiéramos oído desde el hospital.
    —Una granada de gas podría haber servido igual.
    —Te estás volviendo tan pesimista como yo —dijo McKinnon.

    Encontró a Patterson y Jamieson en el comedor del hospital. Estaban acompañados por Ferguson, para gran sorpresa de McKinnon. Pero la sorpresa fue sólo momentánea.

    —¿Todo bien en la sala de máquinas, entonces?
    —Si —contestó Patterson—. Reduje la marcha como precaución. ¿Cómo lo supo?
    —Ferguson está hibernando con Curran en la carpintería, que es lo más a proa que se puede llegar en esta nave. Así que el problema está allí, en proa; nada excepto un terremoto sacaría a Ferguson de su litera, o de lo que esté usando como litera allí arriba.

    Ferguson adoptó un tono y una expresión agraviados.

    —Justo estaba por quedarme dormido, cuando Curren y yo oímos esta explosión. La sentimos, también. Directamente debajo de nosotros. No fue tanto una explosión, sino más bien un golpe. Algo metálico, en fin. Curran gritó que nos habían torpedeado o que se trataba de una mina, pero yo le dije que no fuera imbécil, que si una mina o un torpedo hubieran estallado debajo de nosotros, no estaríamos vivos para contar el cuento. Así que me vine corriendo hacia popa, bueno lo más rápido que se puede correr sobre esa cubierta; es como una pista de patinaje.
    —¿De modo que cree que el casco de la nave quedó abierto al mar? — le preguntó McKinnon a Patterson.
    —No sé qué pensar, pero si es así, entonces cuanto más despacio vayamos, menos probabilidades habrá de aumentar el daño en el casco. No demasiado despacio, por supuesto, porque podríamos empezar a cabecear y eso aumentaría la presión en el casco. ¿Supongo que el capitán Bowen tendrá los planos estructurales en su camarote?
    —No lo sé. Supongo que sí, pero no tiene importancia. Conozco la distribución. Seguro que el señor Jamieson también la conoce.
    —Cielos. ¿Eso quiere decir que yo no?
    —No dije eso, señor. Déjeme expresarlo de esta forma. La próxima vez que vea a un jefe de máquinas arrastrándose por las sentinas será la primera vez. Además, usted tiene que quedarse arriba, señor. Si hay que tomar una decisión urgente la sentina no es el lugar indicado para el oficial al mando.

    Patterson suspiró.

    —Con frecuencia me pregunto, contramaestre, dónde se traza la línea entre el sentido común y la diplomacia.
    —¿Cree usted que es esto, contramaestre?
    —Tiene que serlo, señor. — Jamieson y McKinnon, junto con Ferguson y McCrimmon, estaban en el depósito de pinturas, un compartimiento en la cubierta más baja del buque, a proa y a babor. Delante de ellos había una puerta asegurada con ocho tornillos, empotrada en un mamparo estanco. McKinnon apoyó la palma de la mano contra la parte superior de la puerta y luego contra la inferior.
    —Temperatura normal arriba —bueno, casi normal— y fría, casi congelada abajo. Hay agua del otro lado, señor; no más de cuarenta y cinco centímetros, me parece.
    —Lo que esperaba —dijo Jamieson—. Estamos a no más de un metro debajo de la línea de flotación y ésa es la máxima cantidad de agua que permitiría entrar el aire comprimido. Lo que hay del otro lado es uno de los compartimientos de lastre, por supuesto.
    —Es el compartimiento de lastre, señor.
    —Y éste es el depósito de pinturas. — Jamieson hizo un gesto para indicar el parche de metal irregularmente soldado en un costado de la nave. — El jefe de máquinas siempre desconfió de aquellos constructores de navíos rusos.
    —Puede ser, señor. Pero no imagino a ningún constructor naval ruso dejando una bomba de tiempo en el compartimiento de lastre.

    Efectivamente, constructores rusos habían estado a bordo del San Andreas, que había zarpado de Halifax, Nueva Escocia, como buque de carga Ocean Belle (Ocean era el primer nombre que solían llevar las naves Liberty construidas en Norteamérica). En el momento de zarpar, el Ocean Belle no era ni una cosa ni la otra, pero era, de hecho, un buque hospital casi terminado. Se le quitó el armamento, vaciaron la santabárbara, todos los mamparos estancos que no eran imprescindibles se demolieron, armaron un quirófano y equiparon los camarotes para el equipo médico y el dispensario. La cocina estaba casi completa, pero todavía no se había comenzado a trabajar en las salas y comedores. El equipo médico, que había venido desde Inglaterra, ya estaba a bordo.

    Se recibieron órdenes del Almirantazgo para que el Ocean Belle se uniera al próximo convoy rápido hacia el Norte de Rusia, que ya se había reunido en Halifax. El capitán Bowen no se negó —no estaba permitido negarse a cumplir órdenes del Almirantazgo— pero objetó en forma tan vehemente que fue lo mismo que negarse. Que se lo llevara el diablo, dijo, si iba a navegar hasta Rusia con un cargamento de civiles a bordo. Se refería al equipo médico y como eran sólo doce, el término cargamento no era el más indicado; también estaba pasando por alto el hecho de que cada miembro de la tripulación, desde él mismo hacia abajo, era también, técnicamente, un civil.

    El equipo médico, insistió Bowen, era una clase diferente de civiles. El doctor Singh le señaló que el noventa por ciento de los equipos médicos de las fuerzas armadas eran civiles, con la diferencia de que llevaban distintos tipos de uniforme. El equipo del San Andreas también llevaba uniforme, sólo que éste era blanco. El capitán Bowen recurriendo a su última defensa: no iba, dijo, a llevar mujeres por la zona de guerra —se estaba refiriendo a las seis enfermeras del barco. Un comandante de escolta, decididamente fastidiado, le señaló tres cosas que a su vez le habían sido señaladas a él por el Almirantazgo: miles de mujeres y niños habían estado en zonas de guerra mientras se los transportaba como refugiados a los Estados Unidos y Canadá; en el presente año, en comparación con los dos años anteriores, las pérdidas de submarinos se habían cuatriplicado mientras que las pérdidas de la Marina Mercantil habían disminuido en un ochenta por ciento. Y los rusos solicitaron, o mejor dicho casi exigieron que se aliviara a sus sobrecargados hospitales de Arcángel de la mayor cantidad posible de personal aliado. El capitán Bowen capituló —como debió hacer desde un principio— y el Ocean Belle, todavía pintado de gris, pero llevando a bordo suficientes provisiones de pintura blanca, roja y verde, se unió al convoy.

    En lo que a convoyes hacia el Norte de Rusia se refería, ése había sido uno excepcionalmente tranquilo. Ni una nave mercante y ni un buque escolta se habían perdido. Sólo dos incidentes ocurrieron y ambos involucraron al Ocean Belle. En algún lugar al sur de la Isla Jan Mayen, se cruzaron con un torpedero VyW de alta mar, detenido en el agua con un desperfecto en los motores. Ese torpedero había pertenecido a la escolta de un convoy anterior y se había detenido para rescatar a los sobrevivientes de un carguero que se estaba hundiendo, luego de un terrible incendio. Eso sucedió aproximadamente a las dos y media de la tarde, bastante tiempo luego de la puesta del sol, y la operación de rescate se había visto interrumpida por un breve ataque aéreo. El atacante no había sido divisado, pero obviamente él no tuvo dificultades para ver al torpedero, recortado como estaba contra la nave en llamas. Se dio por sentado que el atacante había sido un Condor de reconocimiento, pues no dejó caer bombas y se conformó con disparar con las ametralladoras contra el puente, cosa que destruyó eficazmente la sala de radio. De esa forma, cuando los motores se descompusieron unas horas más tarde —el desperfecto no tuvo nada que ver con el Condor; los VyW estaban viejos, desgastados y solían sufrir interminables problemas mecánicos— no hubo forma de ponerse en contacto con el desaparecido convoy.*


    * Durante las travesías de los convoyes en tiempos de guerra hacia Murmansk y Arcángel, el uso de buques de rescate fue un asunto de discusión entre la Marina Real en alta mar y la Marina Real en tierra, esta última era el Almirantazgo en Londres, que no mereció elogios durante los años largos de los convoyes a Rusia. En los primeros días, el uso de buques de rescate era la regla, no la excepción. Luego de la pérdida del Zafaaran y el Stockport, que se hundió con todos los que estaban a bordo, incluyendo sobrevivientes recogidos de otras naves, el Almirantazgo prohibió el uso de buques de rescate.


    Esta fue una regla que se cumplió sólo en apariencia. En determinados convoyes, un miembro de la escolta se autodesignaba buque de rescate; por lo general era un torpedero o un buque de menor tamaño. El comandante de la fuerza accedía a esta determinación o hacía la vista gorda.

    La tarea de la nave de rescate era harto peligrosa. De ninguna manera podía el convoy detener la marcha o uno de los buques escolta alejarse del convoy, de modo que, casi invariablemente, la nave de rescate quedaba sola y desprotegida. La visión de un navío de la Marina Real detenido en el agua junto a un barco que se hundía constituía una tentación irresistible para muchos comandantes de submarinos alemanes.

    Los sobrevivientes heridos se llevaron a bordo del Ocean Belle. El torpedero, junto con la tripulación y los sobrevivientes ilesos, fue arrastrado por un torpedero clase S. Más tarde se supo que los dos buques llegaron intactos a Scape Flow.

    Tres días más tarde, en algún lugar cerca de Cabo Norte, se cruzaron con una corbeta King Fischer igualmente antigua que no tenía nada que hacer en esas aguas lejanas. También ella estaba detenida y tan inclinada sobre la popa que ésta ya estaba cubierta de agua. También en ella había sobrevivientes, los de la tripulación de un submarino ruso que habían sido recogidos de un mar de petróleo en llamas. Los rusos en su mayoría con quemaduras graves, fueron transferidos, inevitablemente, al Ocean Belle, y la tripulación pasó a un torpedero de la escolta. La corbeta terminó de hundirse con el fuego de ametralladoras. Fue durante ese traspaso que el Ocean Belle fue perforado dos veces, justo debajo de la línea de flotación, del lado de babor, en el depósito de pinturas y el compartimiento de lastre. La razón de ese incidente nunca quedó establecida.

    El convoy se dirigió a Arcángel, pero el Ocean Belle amarró en Murmansk (ni el capitán Bowen ni el comandante de la escolta creyeron prudente que el Ocean Belle prosiguiera más de lo necesario en las condiciones en que estaba: algo inclinado hacia proa y hacia babor). No había dique seco disponible, pero los rusos eran maestros de la improvisación: los rigores de la guerra los habían obligado a serlo. Llenaron los tanques de popa, vaciaron los de proa y sacaron los bloques de cemento de lastre hasta que los orificios en el depósito de pintura y el compartimiento de lastre quedaron justo afuera del agua, luego de lo cual les llevó sólo unas horas soldar planchas de acero para taparlos.

    El emparejamiento de los tanques y la reposición del lastre volvieron a dejar al Ocean Belle en posición.

    Mientras se llevaban a cabo esas reparaciones, un pequeño ejército de carpinteros rusos trabajó en tres turnos de ocho horas diarias, en el área del hospital, instalando las salas, comedores, cocina y depósito medicinal. El capitán Bowen quedó absolutamente pasmado. En sus dos visitas previas a los puertos rusos no había encontrado en sus aliados, hermanos de sangre que deberían haber llorado de gratitud ante la llegada de provisiones vitales para el país desahuciado, otra cosa que caras largas, indiferencia, una notable falta de cooperación y, en algunos casos, franca hostilidad.

    Sólo pudo adjudicar ese extraño cambio al hecho de que los rusos se estaban mostrando agradecidos porque el Ocean Belle les había traído de regreso a los tripulantes heridos de los submarinos.

    Cuando zarparon, fue en una nave hospital: la tripulación de Bowen, con pinceles en la mano, trabajó con ahínco durante la breve estada en Murmansk. No rumbearon, como todos habían creído, por el Mar Blanco para recoger los heridos del Arcángel. Las órdenes del Almirantazgo fueron explícitas: tenían que dirigirse, sin pérdida de tiempo, al puerto de Aberdeen en Escocia.

    Jamieson volvió a poner en su lugar la tapa de la pequeña caja de juntas eléctricas, luego de haber aislado con eficiencia el compartimiento de lastre del sistema principal de electricidad. Golpeó la puerta estanca:

    —Hay un corto circuito allí dentro; podría haber sido causado por la explosión o el agua de mar, no importa. Debió de haber hecho saltar un fusible en alguna parte. No lo hizo. En algún lugar alguien manoseó un fusible: cambió el cable por un clavo o algo así. Eso tampoco importa. No voy a ir a buscarlo. McCrimmon, vaya a pedir a la sala de máquinas que prueben el generador.

    McKinnon golpeó la misma puerta.

    —¿Y qué hacemos aquí?
    —Sí, ¿qué hacemos? — Jamieson se sentó sobre un barril de pintura y pensó. — Hay tres opciones, creo. Podemos traer un compresor de aire hasta aquí, perforar el mamparo a la altura del hombro y sacar el agua de adentro, cosa que estaría muy bien si supiéramos a qué nivel está el agujero en el casco. No lo sabemos. Además, corremos el riesgo de que el aire comprimido en el compartimiento de lastre se escape antes de que podamos meter la manguera del compresor en el orificio que abrimos nosotros, lo que significaría más agua dentro del compartimiento. 0 podríamos reforzar el mamparo. La tercera posibilidad es no hacer nada. Voto por ella. El mamparo es muy sólido. Tendremos que reducir la velocidad, por supuesto. Ningún mamparo toleraría la presión a toda máquina si es que hay una abertura del tamaño de la puerta de un granero en el casco.
    —La puerta de un granero no sería conveniente —dijo McKinnon—. Creo que iré a dar un vistazo.
    —¡Santo Cielo! Morirá congelado, hombre. ¡Vamos, dése prisa! — En lo que quedaba de su camarote, McKinnon comenzó a quitarse el traje. — ¿Localizó los daños?
    —Ningún problema; no hay ningún boquete grande como la puerta de un granero. Sólo un orificio del tamaño de mi puño.

    Casi congelado y algo lastimado, McKinnon trepó con ayuda de los otros a la cubierta de proa del San Andreas, que, con los motores detenidos, cabeceaba pesadamente en las olas. En la pálida luz provista por las lámparas de cubierta que funcionaban otra vez, formaban un extraño cuarteto, Jamieson, Ferguson y McCrimmon, figuras fantasmagóricas cubiertas de nieve, y McKinnon, una reluciente criatura sobrenatural, pues el agua sobre su traje de goma, el tanque de oxígeno y la linterna impermeable comenzaba a congelarse en esa temperatura de cuarenta grados bajo cero. Ante un gesto de Jamieson, McCrimmon partió para la sala de máquinas mientras que Ferguson tiraba de la escalerilla de soga. Jamieson tomó el brazo de McKinnon y lo guió hacia la protección de la superestructura. El hielo recién formado sobre el traje de goma crujía a medida que avanzaban torpemente. Al llegar, McKinnon se quitó el tanque de oxígeno y el tubo de la boca. Los dientes le castañeteaban en forma incontrolable.

    —¿Muy terrible, allí abajo, contramaestre?
    —No es eso, señor. Es el maldito traje de goma. — Tocó una rasgadura a la altura de la cintura. — Se enganchó en un trozo de metal. De aquí para abajo está lleno de agua.

    Jamieson sonrió.

    —Valía la pena correr el riesgo de pescarse una pulmonía para averiguar eso. Lo veré en el camarote del capitán.

    Cuando McKinnon, con ropa seca, pero todavía temblando violentamente, se reunió con Jamieson y Naseby en el camarote del capitán, el San Andreas estaba de nuevo en su rumbo, aumentando la velocidad en forma regular.

    —Me temo que las provisiones del capitán están disminuyendo en forma abrumadora, contramaestre. Esto no aumentará el riesgo de neumonía: no le puse agua. Estuve hablando con el señor Patterson y el capitán, tenemos comunicación telefónica con el hospital, ahora. Cuando le dije que usted se había arrojado al agua con este tiempo, no dijo gracias ni nada de eso, sólo dijo que le informáramos que estaba loco.
    —El capitán no se equivoca con frecuencia. — Las manos de McKinnon temblaban de tal forma que derramó el líquido de su vaso lleno. — ¿Alguna orden del capitán o del señor Patterson?
    —Ninguna. Ambos dicen que están muy contentos de poder dejar en sus manos todo lo que esté por encima de la línea de flotación.
    —Muy amable de su parte. Lo que realmente quieren decir es que no tienen opción, sólo estamos George y yo.
    —¿George?
    —Disculpe, señor. Naseby, aquí presente. Él también es contramaestre. Navegamos juntos de tanto en tanto y somos amigos desde hace veinte años.
    —No lo sabía. — Jamieson miró a Naseby con ojos pensativos. — Ahora comprendo. ¿Ya organizó todo aquí arriba, contramaestre?
    —Estaba por hacerlo, señor. George y yo nos turnaremos para vigilar las joyas de familia, por así decirlo. Haré que Trent, Ferguson y Curran se turnen con el timón. Les diré que me den un sacudón, si me quedo dormido, cuando el tiempo mejore.
    —¿Entonces entrará en acción el teniente Ulbricht?
    —Así es. Me agradaría hacer una sugerencia, señor, si me permite. Me gustaría que haya alguien vigilando las salidas de proa y popa del hospital, sólo para asegurarme de que nadie deambulará durante la noche.
    —¿Y quién va a vigilar a los guardias?
    —Es un buen argumento, señor. Los guardias que sugiero son Jones, McGuigan, McCrimmon y Stephen. A menos que sean actores profesionales, los dos primeros son demasiado jóvenes e inocentes como para ser criminales. Es posible que McCrimmon sea un delincuente, pero creo que es un delincuente honesto. Y Stephen me parece un muchacho digno de confianza. Y más importante aún, no es probable que olvide que fue un dragaminas lo que lo sacó del Mar del Norte.
    —Tampoco sabía eso. Parece estar mejor informado que yo sobre mi propia gente. Me encargaré de Stephen y McCrimmon, usted ocúpese de los otros. ¿Nuestro saboteador residente no va a darse por vencido con tanta facilidad?
    —Me sorprendería que lo hiciera. ¿A usted no?
    —Mucho. Me pregunto qué forma de sabotaje tomará su próximo intento. — No tengo la menor idea. Pero se me ocurre otra cosa, señor. La persona que esté vigilando la salida de popa podría también vigilar la entrada a la Sala A.
    —¿La Sala A? ¿Esa banda de rufianes? ¿Para qué?
    —El o los que están tratando de detenernos y de hacer que nos perdamos pueden considerar que es una excelente idea inutilizar al teniente Ulbricht.
    —Es cierto. Yo mismo me quedaré en la Sala A esta noche. Hay una cama de más. Si me quedo dormido, la enfermera de turno podrá despertarme si entra alguien que no debería entrar. — Jamieson calló por unos instantes. — ¿Qué hay detrás de todo esto, contramaestre?
    —Creo que lo sabe tan bien como yo, señor. Alguien, en algún lugar, quiere capturar al San Andreas, aunque por qué querrían apoderarse de una nave hospital escapa a mi imaginación.
    —A la mía también. ¿Un submarino, cree?
    —Tendría que serlo, ¿no es así? Quiero decir, no se puede capturar una nave desde el aire, y no es probable que envíen el Tirpitz detrás de nosotros. — McKinnon sacudió la cabeza.
    —¿Un submarino? Cualquier barco pesquero con unos pocos hombres armados a bordo, podría capturarnos cuando se le antojara.


    CINCO


    McKinnon, dormido profundamente como estaba, se despertó en forma instantánea cuando Naseby lo sacudió y bajó las piernas por el extremo de la litera del capitán Bowen.

    —¿Qué hora es, George?
    —Las seis. Curren acaba de bajar del puente. Dice que la tormenta de nieve se disipó.
    —¿Hay estrellas?
    —No me lo dijo.

    El contramaestre se puso otro suéter, un abrigo de lana gruesa y botas, se dirigió al puente, habló brevemente con Curren y salió al alerón de estribor. Al cabo de uno o dos segundos, inclinado hacia adelante y de espaldas al viento huracanado, tosiendo y jadeando al sentir el aire helado en los pulmones, comenzó a desear estar en cualquier otro lado menos ése. Encendió la linterna y tomó el termómetro. Marcaba veinticuatro grados bajo cero. Combinada con el viento, la sensación térmica era de sesenta grados bajo cero.

    Se enderezó lentamente y miró hacia afuera, hacia la proa. A la luz de las lámparas de la Cruz Roja sobre la cubierta de proa pudo ver, como se lo había anticipado Curran, que la tormenta de nieve se había disipado. Contra el cielo color índigo, las estrellas resplandecían en forma extraordinaria. Respirando a través de la mano enguantada que le cubría la boca y la nariz, McKinnon se volvió hacia el viento y miró hacia popa.

    Al principio no pudo ver nada, porque el viento le hizo brotar lágrimas de los ojos. Buscó un par de antiparras del bolsillo del abrigo, se las colocó por debajo de la capucha, se enderezó otra vez y frotando de tanto en tanto el dorso del mitón de lana contra el vidrio logró ver, en forma intermitente, lo que estaba sucediendo en la popa.

    Las olas —el tiempo no había empeorado todavía hasta el punto en que el mar se vuelve turbulento— tenían entre tres y cuatro metros de altura. Las estrellas brillaban con la misma fuerza que hacia proa y McKinnon pronto localizó la Estrella Polar, hacia el lado de estribor. El viento ya no viraba hacia el norte y el San Andreas, por lo que él podía juzgar, seguía todavía en su rumbo sursudoeste.

    McKinnon regresó al puente, cerró la puerta con alivio y pensó por unos instantes. Podía deducirse que el rumbo actual no presentaba peligros; por otra parte no se podía asegurar que pudieran mantener dicho rumbo. El tiempo, en esa área gris e indefinida entre el Mar de Barents y el Mar de Noruega, era notablemente cambiante. No había esperado, por ejemplo, y lo dijo, que el cielo se despejara esa noche; tampoco había garantías de que siguiera así y de que el viento no virara más hacia el norte. Descendió dos cubiertas, seleccionó bastante ropa abrigada de los camarotes abandonados de la tripulación y se dirigió al área del hospital. Mientras atravesaba la peligrosa y resbaladiza cubierta superior, guiado sólo por las sogas, tomó conciencia con pesar de que ya se estaba gestando un cambio, cosa que no había notado en el alerón de estribor unos minutos antes. Filosas agujas de hielo comenzaban a clavársele en las zonas desprotegidas de la piel. No auguraban nada bueno.

    En la cubierta donde estaba el comedor del hospital se cruzó con Jones y McGuigan, que le aseguraron que nadie había andado por allí. Pasó a la Sala B, donde en un extremo estaba Janet Magnusson sentada delante de su escritorio, con los codos apoyados sobre el mismo, el mentón descansando sobre las manos y los ojos cerrados.

    —¡Ajá! — dijo McKinnon—. Durmiendo en horas de trabajo, enfermera Magnusson.

    Levantó la mirada, sobresaltada, parpadeó y trató de hablar con indignación.

    —¿Durmiendo? Por supuesto que no. — Escudriñó la ropa que traía McKinnon. — ¿Para qué es eso? ¿Te has convertido en un comerciante de harapos, Archie? No, no me lo digas. Es para ese pobre hombre que está allí adentro. Maggie está allí, también. No le agradará.
    —Respecto de tu querida Maggie, creí que un poco de sufrimiento para el teniente Ulbricht le hubiera caído mejor que nada. No me dan lástima ni la caba Morrison ni el teniente.
    —¡Archie! — Janet se había puesto de pie. — Tu cara. ¡Sangre!
    —En lo que a mí y al teniente nos concierne, tu amiga debería sentirse contenta. — Se limpió la sangre del rostro. — No está muy agradable arriba.
    —Archie. — Ella lo miró con expresión vacilante y preocupación en los ojos cansados.
    —Todo está bien, Janet. — Le tocó el hombro y pasó a la Sala A. La caba Morrison y el teniente Ulbricht estaban despiertos y tomando té, la caba en su escritorio, Ulbricht sentado en la cama; tenía el rostro descansado y los ojos límpidos: como dijo el doctor Singh, el piloto alemán poseía un notable poder de recuperación. Jamieson, totalmente vestido y tendido sobre una cama, abrió un ojo cuando McKinnon pasó junto a él.
    —Buen día, contramaestre. ¿Es de día, no es así?
    —Seis y veinte, señor.
    —Santo Cielo. Egoísmo, eso es. Dormí durante siete horas. ¿Cómo están las cosas?
    —Una noche tranquila, arriba. ¿Aquí también?
    —Debió de serlo. Nadie me despertó. — Observó la ropa que llevaba McKinnon y luego miró a Ulbricht.
    —¿Hay estrellas?
    —Sí, señor. Por el momento, al menos. No creo que duren demasiado.
    —¡Señor McKinnon! — La voz de la caba Morrison era fría y algo áspera, como siempre cuando se dirigía al contramaestre. — ¿Piensa arrastrar a este pobre hombre afuera de la cama en una noche como ésta? Le han disparado varias veces.
    —Sé que le dispararon varias veces ¿o acaso olvida quién lo sacó del agua? — El contramaestre poseía una cortesía innata, pero nunca la sacaba a relucir cuando hablaba con la caba Morrison. — Así que ahora es un pobre hombre… bueno, es mejor que ser un sucio asesino nazi. ¿A qué se refiere con eso de "en una noche como ésta"?
    —Me refiero al tiempo, por supuesto. — Tenía los puños apretados. Jamieson miraba el cielo raso.
    —¿Qué sabe usted acerca del tiempo? No salió de aquí en toda la noche. Si hubiera salido, me habría enterado. — La descartó dándole la espalda y miró a Ulbricht. — ¿Cómo se siente, teniente?
    —¿Tengo una opción? — Ulbricht sonrió. — Me siento lo suficientemente bien. Aun si no fuera así, iría de todas formas. No sea demasiado duro con la caba, contramaestre. Incluso la dama de la lámpara en la guerra de Crimea tenía poca paciencia con los heridos difíciles. Pero ella está pasando por alto mi egoísmo natural. Yo también estoy en este barco. Descendió de la cama con movimientos rígidos y con la ayuda de McKinnon y Jamieson, comenzó a ponerse la ropa encima del pijama, mientras la caba Morrison observaba con gélida reprobación que finalmente culminó en un tamborileo de los dedos sobre su mesa.
    —Pienso que deberíamos llamar al doctor Singh —dijo.

    McKinnon se volvió lentamente y la miró; cuando habló, lo hizo con una voz tan carente de expresión como su rostro.

    —No creo que importe demasiado lo que usted piense, caba. Sugiero que despierte al capitán Bowen y averigüe hasta qué punto importa lo que usted piensa.
    —El capitán está bajo los efectos de sedantes. Cuando recupere el sentido, le haré saber de su insolencia.
    —¿Insolencia? — McKinnon la miró con indiferencia. — Creo que él preferiría la insolencia a la estupidez, la estupidez de una persona que trata de poner en peligro al San Andreas y a todos los que están a bordo. Es una lástima que no haya celdas en este barco.

    Ella lo fulminó con la mirada, pareció querer hablar, pero se volvió cuando el doctor Sinclair entró en la sala. Soñoliento y despeinado, observó con asombro el espectáculo ante sus ojos.

    —¡Doctor Sinclair! ¡Gracias a Dios que está aquí! — Rápidamente, comenzó a explicarle la situación. — Esos… esos hombres quieren salir a mirar las estrellas o navegar o algo así y a pesar de mis protestas insisten en arrastrar a un hombre gravemente enfermo hasta el puente o uno de esos lugares y…
    —Comprendo lo que está sucediendo —repuso Sinclair con tranquilidad—. Pero si están arrastrando al teniente, él no está resistiendo demasiado, ¿verdad? Y ni por asomo puede usted describirlo como un hombre gravemente enfermo. Pero entiendo su punto de vista, caba. Debería estar bajo supervisión médica constante.
    —¡Ah! Gracias, doctor. — La caba Morrison casi se permitió una sonrisa. — De modo que debe regresar a la cama.
    —Bueno, no, no exactamente. Un abrigo, un par de botas marinas, mi maletín y subiré con ellos. De esa forma, el teniente estará bajo constante supervisión médica.

    Aun con la ayuda de los tres hombres, les llevó más tiempo del que creían llegar con el teniente Ulbricht hasta el camarote del capitán. Una vez que estuvieron allí, el teniente se dejó caer pesadamente sobre la silla detrás de la mesa.

    —Muchas gracias, caballeros. — Estaba muy pálido y respiraba en forma rápida y entrecortada. — Lo siento. Parece que no estoy tan bien como creía.
    —Tonterías —dijo el doctor Sinclair con tono eficiente—. Lo hizo muy bien. Es esa sangre inglesa de mala calidad que tuvimos que darle esta mañana, nada más. — Se adueñó con soltura de las provisiones alcohólicas del capitán. — Sangre escocesa de primera. Efecto garantizado.

    Ulbricht sonrió levemente.

    —¿No hay algo acerca de la dilatación de los poros? — No estará al aire libre el tiempo suficiente como para darles a sus poros la posibilidad de protestar.

    Arriba en el puente, McKinnon le puso las antiparras al teniente y luego lo envolvió en bufandas, de manera tal que no quedara ni un milímetro de piel expuesta. Cuando terminó, el teniente Ulbricht estaba tan inmunizado contra el frío como era posible estarlo: dos pasamontañas y una ajustada capucha se encargaban de eso.

    McKinnon salió al alerón de estribor, colgó una lámpara del rompevientos de lona, regresó adentro, tomó el sextante y a Ulbricht del brazo derecho —el que no estaba herido— y lo guió hacia afuera. A pesar de que estaba protegido contra los elementos, de que el contramaestre lo había prevenido, y de que durante el breve trayecto por la cubierta superior ya había tenido un indicio de lo que los esperaba, no estaba en absoluto preparado para lidiar con la fuerza salvaje del viento que lo golpeó no bien salieron del alerón. Sus piernas débiles tampoco estaban preparadas. Dio dos pasos hacia adelante y aunque logró aferrarse al rompevientos, habría caído si no hubiera sido por la mano firme del contramaestre que lo sostuvo. Si él hubiera estado llevando el sextante, sin duda lo habría dejado caer.

    Con el brazo de McKinnon alrededor de su cuerpo, Ulbricht midió la altura de las estrellas hacia el sur, oeste y norte, anotando con torpeza los resultados. Las primeras dos mediciones fueron relativamente rápidas y sencillas; la tercera, hacia el norte, llevó mucho más tiempo y fue más difícil, puesto que Ulbricht tenía que detenerse todo el tiempo para quitar las agujas de hielo de las antiparras y del sextante. Cuando terminó, le devolvió el sextante a McKinnon, apoyó los codos en el extremo del alerón y miró hacia la popa, limpiándose mecánicamente las antiparras con el dorso de la mano. Luego de alrededor de veinte minutos, McKinnon lo tomó del brazo sano y literalmente lo arrastró de nuevo a la protección del puente, cerrando la puerta de un golpe. Le entregó el sextante a Jamieson y le quitó a Ulbricht la capucha, los pasamontañas y las antiparras.

    —Le pido disculpas por esto, teniente, pero hay un momento y un lugar para cada cosa y contemplar el panorama desde ese alerón no es una de ellas.
    —La chimenea. — Ulbricht parecía algo mareado. — ¿Qué pasó con la chimenea?
    —Se cayó.
    —Comprendo. Se cayó. Quiere decir que yo… que yo…
    —A lo hecho, pecho —filosofó Jamieson, y le entregó un vaso al teniente—. Para ayudarlo con sus cálculos.
    —Gracias. Sí. — Ulbricht sacudió la cabeza como para despejarse la mente. — Sí. Mis cálculos.

    Débil como estaba y temblando sin cesar a pesar de que la temperatura en el puente había superado los ocho grados—Ulbricht no dejó lugar a dudas respecto de que como navegante, sabía muy bien lo que estaba haciendo. Trabajando basado en las estrellas, no tenía que preocuparse por la variación y desviación. Con una carta, compases de división, reglas paralelas, lápices y el cronómetro, terminó sus cálculos en un tiempo notablemente breve y dibujó una cruz en la carta luego de haber consultado las tablas de navegación.

    —Estamos aquí. Bueno, bastante cerca. 68,05 norte, 7,20 este, más o menos al oeste de las Islas Lofoten. Nuestro rumbo es 218. ¿Se me permite preguntar cuál es nuestro destino?

    Jamieson sonrió.

    —Francamente, teniente Ulbricht, no nos serviría de mucho si no lo supiera. Aberdeen.
    —¡Ah! Aberdeen. Tienen una prisión bastante famosa allí, ¿no es cierto? Peterhead, ¿verdad? Me pregunto cómo serán las celdas.
    —Es una prisión para civiles. No creo que usted vaya a parar allí. 0 a cualquier otra prisión. — Jamieson lo miró con curiosidad. — ¿Cómo sabe acerca de Peterhead, teniente?
    —Conozco bien Escocia. Y a Inglaterra, mejor aún. — Ulbricht no entró en detalles. — Así que vamos a Aberdeen. Nos mantendremos en este rumbo hasta que lleguemos a la latitud de Trondheim, luego hacia el sur hasta llegar a la latitud de Bergen, o si lo prefiere, señor McKinnon, la latitud de sus islas nativas.
    —¿Cómo supo que soy de las Shetland?
    —A algunos miembros del equipo de enfermeras no parece molestarles hablar conmigo. Luego tomaremos un rumbo más hacia el oeste. Eso es a grandes rasgos, trabajaremos en los detalles a medida que avancemos. Es un ejercicio muy simple y no hay problemas.
    —Claro que no hay problemas —dijo Jamieson—. Tampoco hay problemas para interpretar a Rachmaninoff, siempre y cuando uno sea pianista.

    Ulbricht sonrió.

    —Sobreestiman mis simples habilidades. El único inconveniente que surgirá será cuando recalemos, cosa que deberá hacerse de día. En esta época del año, las nieblas son comunes en el Mar del Norte y no hay forma de navegar en la bruma sin radio ni brújula.
    —Con un poco de suerte, eso no debería ser un inconveniente —dijo McKinnon—. Con guerra o sin ella, sigue habiendo bastante tránsito en la costa este y hay buenas posibilidades de que nos encontremos con un buque que nos guíe hasta el puerto.
    —De acuerdo —asintió Ulbricht—. Una nave de la Cruz Roja no se pasa por alto con facilidad, sobre todo una a la que le falta la chimenea. — Bebió un poco, caviló unos instantes, luego dijo: —¿Su intención es llevarme de nuevo al hospital?
    —Naturalmente —respondió Sinclair—. Allí es donde tiene que estar. ¿Por qué lo pregunta?

    Ulbricht miró a Jamieson.

    —¿Se espera, por supuesto, que yo vuelva a medir la altura de las estrellas?
    —¿Esperar, teniente? Dependemos de ello.
    —Y a intervalos frecuentes, si las condiciones climáticas lo permiten. Nunca sabemos cuándo cambiará el mar o el viento sin que nos demos cuenta de ello. La cosa es que no tengo muchos deseos de arrastrarme de nuevo hasta el hospital, luego regresar aquí cada vez que tenga que hacer mediciones. ¿No podría sencillamente recostarme en el camarote del capitán?
    —No hay problema. ¿Doctor Sinclair?
    —Tiene sentido. El teniente Ulbricht no está en la lista de enfermos graves y así se recuperará más fácilmente. Subiré cada dos o tres horas para ver cómo sigue.
    —¿Contramaestre?
    —No hay inconvenientes. Para la caba Morrison tampoco, me imagino.
    —¿Tendré compañía, por supuesto?
    —¿Compañía? — preguntó Sinclair—. ¿Quiere decir una enfermera, teniente?
    —No me refiero a una enfermera. Con todo respeto hacia sus encantadoras jóvenes, doctor Sinclair, no creo que ninguna de ellas serviría de mucho si ese individuo al que ustedes llaman Pie Sigiloso subiera para destruir o hacer desaparecer el sextante y el cronómetro, y por cómo me siento, no podría ahuyentar a una mosca. Además él tendría que eliminar a los testigos.
    —No hay problema, teniente —dijo el contramaestre—. Tendrá que tratar de eliminarme a mí o a Naseby y no creo que le agrade la idea. Aunque a nosotros sí nos agradaría.

    Sinclair sacudió la cabeza con pesar.

    —A la caba Morrison esto no le va a gustar nada. Otra usurpación de su autoridad. Después de todo, el teniente es paciente suyo, no mío.
    —Tampoco hay problema con eso —declaró McKinnon—. Simplemente dígale que el teniente cayó por la borda.
    —¿Y cómo están sus pacientes esta mañana, doctor? — McKinnon estaba desayunando con el doctor Singh.
    —No hay cambios dramáticos, contramaestre. Los dos tripulantes del Argos alojados en la sala de recuperación están como se puede estar cuando se tiene la pelvis fracturada y quemaduras múltiples. El estado del comandante Warrington y de su oficial de navegación no ha cambiado: Cunningham sigue en coma y se alimenta por vía endovenosa. Hudson permanece estable: la hemorragia del pulmón cesó. El primer oficial Kennet está mejorando, aunque Dios sabe cuándo podremos quitarle esas vendas de la cara. El único que me preocupa es el capitán. No es nada grave, ni siquiera serio, sólo preocupante. Usted vio cómo estaba cuando habló con él la última vez: echaba fuego por todos lados. Ahora se ha vuelto extrañamente silencioso, casi letárgico. 0 quizá es sólo que se tranquilizó ahora que sabe cuál es la posición y el rumbo de la nave. El de ustedes fue un buen trabajo, contramaestre.
    —El crédito no es para mí, señor. Fue el teniente Ulbricht quien hizo un buen trabajo.
    —Como sea, el capitán Bowen parece encontrarse en un estado de ánimo más filosófico. Sugiero que vaya a verlo.

    Cuando el rostro de un hombre está totalmente cubierto por vendas, es difícil adivinar cuál es su estado de ánimo. Tenía una pipa maloliente entre los labios quemados y era imposible decir si estaba disfrutando o no de ella. Cuando oyó la voz de McKinnon, el capitán se la quitó de la boca.

    —¿Seguimos a flote, contramaestre? — Hablaba con más claridad que antes y con menos dificultad.
    —Bueno, señor, digamos que no se fue todo al demonio. Y se acabaron las alarmas y las excursiones. Por lo que puedo decir, el teniente Ulbricht es un experto, creo que usted no vacilaría en tenerlo como oficial de navegación. Está recostado en su litera, señor, pero ya le habrán explicado el motivo de ese cambio.
    —Sin duda está terminando con mis provisiones.
    —Tomó un par de tragos, señor. Los necesitaba. Todavía está muy débil y el frío en el puente era terrible. Creo que nunca hizo un tiempo peor en el Artico. De todos modos, no estaba bebiendo cuando lo dejé. Dormía profundamente.
    —Mientras siga comportándose en esta forma, puede beber todo lo que desee. Manifiéstele mi más sincero agradecimiento.
    —Lo haré. ¿Tiene instrucciones para dar, señor?
    —¿Instrucciones, contramaestre? ¿Instrucciones? ¿Cómo puedo dar instrucciones?
    —No lo sé, señor. Nunca fui capitán.
    —Pues ahora lo es, maldito sea. No estoy en condiciones de dar instrucciones a nadie. Haga lo que le parezca mejor, y por lo que he oído hasta ahora, lo que le parece mejor está bastante bien. Claro que —añadió el capitán con tono reprobador—, no hubiera esperado otra cosa de Archie McKinnon.
    —Gracias, señor. Lo intentaré. — McKinnon se volvió para marcharse de la sala pero la caba Morrison lo detuvo. Por primera vez, lo miraba como si hasta pudiera pertenecer a la especie humana.
    —¿Cómo está él, señor McKinnon?
    —¿El teniente? Descansando. Está mucho más débil de lo que dice, pero jamás lo admitirá. Es un hombre muy valiente, un excelente navegante y un caballero. Cuando dice que no sabía que el San Andreas era una nave hospital, le creo en forma absoluta. No hay mucha gente a la que le crea en forma absoluta.
    —Estoy segura de que no. — El retorno a la antigua aspereza fue sólo momentáneo. — Me parece que no lo sabía realmente. Es más, estoy casi segura.
    —Qué bien. — McKinnon le sonrió, por primera vez, pensó con asombro. — Janet, la enfermera Magnusson, me dijo que usted proviene de la costa este. ¿Sería una impertinencia preguntar de qué lugar exactamente?
    —Por supuesto que no. — Sonrió y McKinnon se dio cuenta con asombro aun mayor que ésta era la primera vez que ella le sonreía. — Aberdeen. ¿Por qué?
    —Qué curioso. El teniente Ulbricht parece conocer la ciudad bastante bien. Por cierto que sabe acerca de la prisión de Peterhead y no está demasiado complacido con la idea de ir a parar allí.

    Una expresión de lo que podría haber sido preocupación cruzó por el rostro de ella.

    —¿Irá?
    —En absoluto. Si nos hace llegar a Aberdeen, probablemente le darán una medalla. ¿Sus padres son de Aberdeen, caba?
    —Mi padre. Mi madre es de Kiel.
    —¿Kiel?
    —Sí. Alemania. ¿No lo sabía?
    —Por supuesto que no. ¿Cómo podría saberlo? Y ahora que lo sé, hay alguna diferencia.
    —Soy mitad alemana. — Ella volvió a sonreír. — ¿No se siente sorprendido, señor McKinnon? ¿Escandalizado, quizá?
    —No, no me siento escandalizado. — McKinnon la miró con pesar. — Yo también tengo problemas en ese sentido. Mi hermana Jean está casada con un italiano. Tengo una sobrina y un sobrino, dos bambini que no pueden, o no podían, antes de la guerra, hablar una palabra de inglés con su viejo tío. — Debe de tornar la comunicación difícil.
    —Por fortuna, no. Yo hablo italiano.

    Ella se quitó los lentes, como para examinarlo más de cerca.

    —¿Habla italiano, señor McKinnon?
    —Sí. Y español. Y alemán. Usted debe de saber alemán. Puede ponerme a prueba cuando quiera. ¿Sorprendida, caba? ¿Escandalizada?
    —No. — Ella sacudió la cabeza lentamente y sonrió por tercera vez. McKinnon tomó conciencia del hecho de que una Margaret Morrison sonriente, con esos amistosos ojos oscuros, era una criatura totalmente diferente de la caba Morrison a la que él creía haber llegado a conocer. — No, no lo estoy. De veras.
    —¿Proviene de una familia de marinos, caba?
    —Sí. — Esa vez sí se sorprendió. — ¿Cómo lo sabía?
    —No lo sabía. Adiviné. Es por la conexión con Kiel. Muchos marineros británicos conocen bien la ciudad de Kiel, me incluyo entre ellos, que tiene, o tenía, la mejor regata de Europa. Su padre es de Aberdeen. ¿Pescador? ¿Hombre de mar o algo así?
    —Algo así.
    —¿Así cómo?
    —Bueno… —vaciló.
    —¿Bueno qué?
    —Es capitán de la Marina Real.
    —¡Dios Santo! — McKinnon la miró con asombro, luego se frotó el mentón sin afeitar. — Tendré que tratarla con más respeto en el futuro, caba Morrison.
    —No creo que sea necesario, señor McKinnon. — La voz era formal, pero la sonrisa que le siguió, no. — Ya no.
    —Habla como si estuviera avergonzada de ser la hija de un capitán de la Marina Real.
    —No lo estoy. Me siento orgullosa de mi padre. Pero a veces puede ser difícil. ¿Me entiende?
    —Sí, creo que sí.
    —Muy bien, señor McKinnon. — Los lentes estaban de nuevo en su lugar y la caba Morrison era toda eficiencia. — ¿Veré al teniente Ulbricht arriba? — McKinnon asintió. — Dígale que subiré a verlo en una hora, quizá dos.

    McKinnon parpadeó, cosa que en él era el máximo de expresividad emocional.

    —¿Usted?
    —Sí. Yo. — Levantó la cabeza con orgullo.
    —Pero el doctor Sinclair dijo que vendría…
    —El doctor Sinclair es un médico, no una enfermera. — La caba Morrison lo dijo como si hubiera algo levemente vergonzoso en el hecho de ser médico. Yo estoy a cargo del teniente. Probablemente necesitará que se le cambien los vendajes.
    —¿Cuándo subirá, exactamente?.
    —¿Acaso importa? Encontraré sola el camino.
    —No, caba, no lo hará. No sabe lo que es allá arriba. Sopla un temporal de mil demonios, hay treinta grados bajo cero, está oscuro y la cubierta parece una pista de patinaje. Nadie sube sin mi permiso, y menos aún las enfermeras. Telefoneará y vendré a buscarla.
    —Sí, señor McKinnon —replicó ella, muy tiesa, y luego esbozó una pequeña sonrisa—. Por la forma en que lo dice, no me deja lugar para discutir.
    —Lo siento. No quise ofenderla. Antes de subir, póngase todo el abrigo que crea que necesitará y luego duplique la cantidad.

    Janet Magnusson estaba en la Sala B cuando él pasó por allí. Ella echó un vistazo al rostro de Archie y dijo:

    —¿Qué te sucede?
    —Prepárese, enfermera Magnusson. El fin está cerca.
    —¿Qué diablos quieres decir, Archie?
    —El dragón de la sala contigua. — Hizo un gesto con el dedo pulgar hacia la Sala A. — Acaba de…
    —¿Dragón? ¿Maggie? Ayer era una leona.
    —Dragón. Ha dejado de escupir fuego. Me sonrió. Por primera vez desde que zarpamos de Halifax. Sonrió. Cuatro veces. Una experiencia perturbadora.
    —¡Vaya! — Ella lo sacudió por los hombros. — Me alegro de veras. De modo que admites que la juzgaste mal.
    —Lo admito. Pero cuidado, pienso que ella también me juzgó mal a mí.
    —Te dije que era buena, ¿lo recuerdas, Archie?
    —Sí, lo recuerdo. Y de veras que lo es.
    —Muy buena. Buenísima.
    —¿Y qué quieres decir con eso?
    —Te sonrió a ti.

    El contramaestre le dirigió una mirada helada y se marchó.

    El teniente Ulbricht estaba despierto cuando McKinnon regresó al camarote del capitán.

    —¿El deber me llama, señor McKinnon? ¿Más cálculos?
    —Quédese tranquilo, teniente. No hay estrellas. El cielo está cubierto. Creo que seguirá nevando. ¿Cómo se siente?
    —Bastante bien. Al menos cuando estoy recostado. Físicamente, quiero decir. — Se tocó la cabeza con los dedos. — Aquí arriba, no tan bien. He estado pensando y preguntándome muchas cosas.
    —¿Pensando y preguntándose por qué está aquí tendido?
    —Exactamente.
    —¿No es lo que hacemos todos? Al menos, yo no he hecho otra cosa que preguntármelo. No llegué demasiado lejos, a decir verdad. Es más, no llegué a ninguna parte.
    —No voy a decirle que yo podría ser de alguna ayuda, llámelo curiosidad, si quiere, pero, ¿le importaría contarme qué le ha estado pasando al San Andreas desde que zarpó de Halifax? Si tiene que revelarme secretos navales, no, por supuesto.

    McKinnon sonrió.

    —No tengo ningún secreto. Además, si tuviera algunos y se los contara, ¿qué haría usted con ellos?
    —Tiene razón. ¿Qué podría hacer yo?

    McKinnon le resumió en forma breve lo que había sucedido desde que partieron de Nueva Escocia, y cuando terminó, Ulbricht dijo:

    —Bien, ahora déjeme ver si sé contar.

    Hasta donde entendí, hubo siete grupos diferentes involucrados en los movimientos del San Andreas, o mejor dicho a bordo de él. En primer lugar, está su propia tripulación. Luego estuvieron los sobrevivientes heridos que recogieron del torpedero averiado. Después de eso vinieron los sobrevivientes del submarino ruso, que tuvieron que recoger de la corbeta que se hundió. Luego recogieron a unos heridos en Murmansk. Desde que partieron de allí, rescataron a los sobrevivientes del Argos, a los del Andover, y a Helmut y a mí. ¿Eso da siete?

    —Eso da siete.
    —Podemos eliminar a los sobrevivientes del torpedero averiado y de la corbeta. Su presencia a bordo de esta nave no pudo haber sido otra cosa que casual. También podemos olvidarnos del comandante Warrington y sus dos hombres y de Helmut Winterman y de mí. Eso deja solamente a su tripulación, los sobrevivientes del Argos y los enfermos que recogieron en Murmansk.
    —No podría imaginar un grupo de sospechosos menos probable.
    —Yo tampoco, contramaestre, pero no es la imaginación lo que nos importa, sino la lógi