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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    UN SABOTEADOR A BORDO (Alistair Stuart MacLean)

    Publicado el miércoles, octubre 11, 2017

    PRÓLOGO

    En esta historia hay tres elementos distintos pero inevitablemente relacionados entre sí: la Marina Mercante (oficialmente la Marina Mercantil) y los hombres que servían en ella; las naves Liberty (Liberty Ships; naves mercantes norteamericanas de alrededor de diez mil toneladas de porte, construidas en grandes cantidades durante la Segunda Guerra Mundial) y las unidades de las fuerzas alemanas submarinas, de superficie y del aire, cuya única misión era encontrar y destruir a los tripulantes y las naves de la Marina Mercante.

    1. Al estallar la guerra en septiembre de 1939, la Marina Mercante británica estaba en un estado verdaderamente peligroso, lamentable sería un término más adecuado. Casi todos los buques eran viejos, muchos no estaban en condiciones de navegar y algunos no eran más que cascos oxidados acosados por interminables problemas mecánicos. Aun así, el estado de esas naves era relativamente bueno si se lo comparaba con las espantosas condiciones de vida de aquellos que tenían la desventura de prestar servicio a bordo de ellas.

    La razón de esta terrible negligencia tanto de naves como de hombres podría resumirse en una palabra: codicia. Los propietarios de las flotas de antaño -y más de uno de los de las actuales- eran avaros y mezquinos, y estaban totalmente dedicados a su único culto: las ganancias a cualquier costo, siempre y cuando ese costo no recayera sobre ellos. Centralización era la contraseña de la época, la adquisición de monopolios que se superponían por unas pocas manos rapaces. Mientras que los salarios y las condiciones de vida de la tripulación quedaban reducidos al mínimo indispensable para la supervivencia, los propietarios se enriquecían, al igual que algunos de los indeseables directores de las compañías y un número considerable de accionistas favorecidos y cuidadosamente escogidos.

    Los poderes dictatoriales de los propietarios, ejercidos con discreción, por supuesto, eran poco menos que absolutos. Las flotas eran sus satrapías, sus feudos, y las tripulaciones, sus sirvientes. Si un siervo decidía rebelarse contra el orden establecido, peor para él. El único recurso que le quedaba era abandonar la nave, cambiarla por un virtual olvido absoluto, pues aparte del hecho de que automáticamente se le aplicaba bolilla negra, el índice de desempleo era alto en la Marina Mercante y las pocas vacantes disponibles se reservaban para siervos sumisos. En tierra firme había más desempleo todavía y aun de no haberlo habido, para los hombres de mar resultaba notoriamente difícil adaptarse al modo de vida de los que viven en tierra firme. Al siervo rebelde no le quedaba adónde ir. Pero eran muy pocos los que se rebelaban. La gran mayoría era consciente de su lugar en la vida y lo mantenía. Las historias oficiales tienden a paliar esta situación o a pasarla por alto y esta miopía no resulta del todo incomprensible. El trato que se les daba a los marineros mercantes entre las dos guerras y, de hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, no constituye uno de los capítulos más gloriosos de los anales navales británicos.

    Los sucesivos gobiernos entre las dos guerras tenían plena conciencia de las condiciones de vida en la Marina Mercante (tendrían que haber sido más que estúpidos para no tenerla), de modo que dichos gobiernos, actuando con una cabal hipocresía destinada a hacerlos quedar bien, creaban una serie de reglamentos que establecían especificaciones mínimas acerca de alojamiento, comida, higiene y seguridad. Tanto los gobernantes como los propietarios sabían muy bien (y sin duda estos últimos se regocijaban ante ese conocimiento) que los reglamentos no son leyes y que no pueden ser puestos en ejecución por la fuerza. Las recomendaciones (porque al fin y al cabo no eran más que eso) se pasaban por alto casi por completo. Un capitán responsable y meticuloso que tratara de hacerlas cumplir corría el riesgo de encontrarse sin una nave que comandar.

    Informes de testigos presenciales registrados sobre las condiciones de vida a bordo de las naves de la Marina Mercante en los años inmediatamente previos a la Segunda Guerra Mundial (y no hay razón para cuestionar esos informes, sobre todo porque el tono de los mismos es tristemente unánime) califican el alojamiento de la tripulación como tan primitivo y atroz que no hay palabras para describirlo. Inspectores médicos declararon que en algunos casos, las habitaciones de la tripulación no estaban en condiciones de alojar a animales y mucho menos a seres humanos. El lugar donde se alojaba la tripulación era invariablemente reducido y estaba desprovisto de cualquier tipo de comodidad. Las cubiertas estaban mojadas, la ropa de los hombres también y los colchones y frazadas, cuando se contaba con semejantes lujos, por lo general estaban empapados. Las instalaciones sanitarias eran primitivas o inexistentes. El frío se colaba por todas partes y cualquier tipo de calefacción —excepto estufas a carbón humeantes y malolientes— era muy poco frecuente, como lo era, de hecho, cualquier forma de ventilación. Y la comida, que según dijo un escritor, no hubiera sido tolerada ni en un asilo para desposeídos, era aun peor que el lugar de alojamiento.

    Lo que acaba de describirse puede sobrepasar los límites de la credulidad o, al menos, parecer rebuscado, pero, respectivamente, no debería hacerlo ni parecerlo. Nunca se ha acusado de falta de precisión a la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical ni a la Oficina de Estadísticas. La primera, en un informe previo a la guerra declaró categóricamente que el índice de mortalidad antes de los cincuenta y cinco años era doblemente alto para los hombres de mar que para el resto de la población masculina y los datos emitidos por la Oficina de Estadísticas indican que el índice de mortandad de hombres de mar de todas las edades superaba en un cuarenta y siete por ciento el promedio nacional. Las causas eran tuberculosis, hemorragia cerebral y úlcera gástrica o duodenal. La incidencia de la primera y la última es más que comprensible y no hay duda de que la combinación de éstas contribuía notablemente a la anormal frecuencia de derrames cerebrales.

    El principal agente de la muerte era, incuestionablemente, la tuberculosis. Cuando uno echa una mirada a la Europa Occidental de hoy, donde los sanatorios destinados al tratamiento de tuberculosis están, felizmente, en rápida vía de extinción, es difícil imaginar hasta qué punto dicha enfermedad era un terrible flagelo hace poco más de una generación. No es que la tuberculosis haya sido eliminada en un nivel mundial: en muchos países subdesarrollados todavía es un flagelo terrible y la principal causa de muerte. En los primeros años de este siglo, la tuberculosis seguía siendo el asesino principal en Europa Occidental y Norteamérica. Esto ya no es así desde que los científicos descubrieron la forma de debilitar y destruir el bacilo de la tuberculosis. Pero en 1930 eso no había sucedido: el descubrimiento de los agentes quimioterapéuticos, rifamicina, ácido paraaminosalicílico, isoniacida y especialmente estreptomicina, todavía estaban más allá del lejano horizonte.

    Era de esos hombres de mar enfermos de tuberculosis, mal alojados y pésimamente alimentados, que Gran Bretaña dependía para hacer llegar alimentos, petróleo, armas y municiones a las costas aliadas. Era el conducto sine qua non, la arteria, la línea vital de la que Gran Bretaña dependía en forma absoluta; sin esas naves y esos hombres, Inglaterra se hubiera hundido sin ninguna duda. Vale la pena acotar que los contratos de esos hombres vencían cuando estallaba un torpedo, una mina o una bomba. Tanto en tiempos de guerra como de paz, los propietarios protegían sus intereses hasta el amargo final: los salarios de los marinos terminaban en forma abrupta cuando la nave se hundía, sin importar dónde, cómo ni en qué circunstancias inimaginables sucedía. Cuando la nave se hundía, el propietario no derramaba lágrimas amargas, ya que los buques estaban asegurados y a veces, muy por encima de su valor. Cuando el barco se hundía, los tripulantes quedaban despedidos.

    El gobierno, el Almirantazgo y los propietarios de esa época tendrían que haberse sentido profundamente avergonzados de sí mismos; si lo estaban, disimulaban su angustia con hombría. Comparadas con el prestigio, la gloria y los intereses, las condiciones de vida y los horrores de la muerte de los hombres de la Marina Mercante eran consideraciones de índole secundaria.

    No se puede condenar al pueblo británico. Con excepción de los familiares y amigos de la Marina Mercante y las espléndidas organizaciones voluntarias de caridad que se crearon para ayudar a los sobrevivientes (nimiedades humanitarias como éstas no preocupaban en absoluto a los propietarios o a Whitehall), muy pocos sabían o sospechaban siquiera lo que estaba sucediendo.


    2. Como línea de vida, conducto y arteria, las naves Liberty estaban a la misma altura que la Marina Mercante británica: sin ellas, Gran Bretaña sin duda se hubiera hundido en la derrota. Todos los alimentos, las armas y municiones que los países de ultramar —especialmente los Estados Unidos— estaban dispuestos a proveer eran inútiles si no se contaba con barcos para transportarlos. Al cabo de menos de dos años de guerra, se tornó tristemente obvio que debido al desgaste mortal de las flotas mercantes británicas, pronto no quedarían buques para transportar nada y que Gran Bretaña rápida e inexorablemente, se vería obligada a rendirse a causa de la escasez. En 1940, aun el indomable Winston Churchill temió no poder sobrevivir y mucho menos lograr la victoria definitiva. Como era característico, su período de desesperanza fue breve, pero Dios fue testigo de que tenía razones para sentirse así.

    En novecientos años, Inglaterra, entre todos los países del mundo, nunca había sufrido una invasión, pero en los días más oscuros de la guerra, dicha invasión parecía no sólo peligrosamente cercana sino inevitable. Al mirar atrás después de un lapso de más de cuarenta años, parece inconcebible e imposible que Inglaterra haya sobrevivido; si los hechos hubieran sido revelados públicamente, cosa que no sucedió, sin duda no habría podido.

    Las pérdidas navales británicas fueron abrumadoras y desafían aun a la imaginación más activa. En los primeros once meses de guerra, Gran Bretaña perdió 1.500.000 toneladas en naves. En los primeros meses de 1941, las pérdidas llegaron a promediar las 500.000 toneladas. En 1942, el período más negro para la guerra en el mar, 6.250.000 toneladas se fueron a pique. Aun trabajando a toda máquina, los astilleros británicos podían reemplazar sólo una pequeña fracción de esas enormes pérdidas. Eso, unido al hecho de que la cantidad de submarinos alemanes en ese mismo año sombrío aumentó de 91 a 212, determinó que, según la regla de disminución de utilidades, la Marina Mercante británica con el tiempo dejaría de existir, a no ser que ocurriera un milagro.

    El nombre del milagro fue naves Liberty. Para cualquiera que pueda recordar esos días, el término naves Liberty se relacionaba inmediata y automáticamente con Henry Kaiser. Kaiser (resultaba irónico que su apellido fuera el título del difunto emperador alemán) era un ingeniero norteamericano de genialidad incuestionable. Hasta ese entonces, su carrera había sido descollante: fue figura clave en la construcción de los diques Hoover y Coulee y del puente de San Francisco. Lo que es cuestionable es si Henry Kaiser hubiera podido diseñar un bote de remos, pero eso no tenía importancia. Por cierto, comprendía mejor que cualquier otra persona de esa época la prefabricación basada en un diseño estándar y repetible, y no vaciló en enviar contratos de construcción de partes a fábricas en los Estados Unidos que quedaban a miles de kilómetros del mar. Esas secciones se transferían a los astilleros para ser montadas, originariamente en Richmond, California, donde Kaiser dirigía la Compañía de Cemento Permanente y, con el tiempo, a otros astilleros controlados por Kaiser. La cantidad y la velocidad de producción de Kaiser llegaron hasta el límite de lo creíble: hizo para la producción de naves mercantes lo que las líneas de montaje de Henry Ford hicieron para el Modelo Ford T. Hasta el momento, en lo que se refería a naves oceánicas, la producción masiva había sido un concepto impensado.

    Errónea aunque comprensible, existía una difundida creencia acerca de que las naves Liberty se originaron en las oficinas de diseño de los astilleros Kaiser. Los diseños y prototipos eran, de hecho, británicos y habían sido concebidos por el equipo de diseño de los constructores navales J.L. Thompson de North Sands, Sunderland. Primero de lo que se convertiría en una línea muy larga, el Embassage se completó en 1935 —la palabra Liberty no se usó hasta siete años después, y entonces, sólo para algunas de las naves construidas por Kaiser. El Embassage, de 9.300 toneladas, con una proa inclinada, una popa redondeada y tres máquinas a carbón de expansión triple, no fue un pionero de la estética, pero sucedía que la empresa J.L. Thompson no estaba interesada en la estética; su objetivo había sido construir un buque de carga moderno, práctico y económico y lo logró en forma admirable. Veinticuatro naves más se construyeron antes de que estallara la guerra.

    Esas naves se construyeron en Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá, mayormente en los astilleros Kaiser. Los diseños del casco se mantuvieron idénticos, pero los norteamericanos —y nada más que los norteamericanos— introdujeron dos cambios que consideraron mejorías. Uno de ellos, el de utilizar petróleo como combustible en lugar de carbón, puede muy bien haberlo sido; el otro, que concernía el alojamiento de los oficiales y la tripulación, no lo fue. Mientras que los ingleses y los canadienses mantuvieron el concepto original de dejar el alojamiento en proa y popa, los norteamericanos optaron por alojar tanto a oficiales como a marineros —y también el puente de mando— en una superestructura que rodeaba la chimenea. En retrospectiva (las miradas al pasado y la amarga experiencia son magníficos conductores de sabiduría tardía), fue un error. Los norteamericanos tenían todos los huevos en una sola canasta.

    Las naves estaban armadas hasta cierto punto. Poseían baterías antiaéreas de cuatro pulgadas, ángulo bajo y proyectiles de doce libras, ninguna de las cuales era demasiado efectiva, junto con Bofors y Oerlikons de tiro rápido; los Oerlikons eran letales en manos entrenadas… pero no había muchas de ellas a bordo. También poseían armas extrañas tales como paracaídas lanzados por medio de cohetes, que llevaban rollos de alambre y granadas. Estos eran tan peligrosos para los que los utilizaban como para el avión al que supuestamente tenían que derribar. Algunas de esas naves poseían aviones Hurricane lanzados con catapultas, lo más parecido a los suicidas Kamikaze japoneses que los británicos llegaron a tener. Los pilotos no podían, por supuesto, regresar a las naves; tenían la incómoda opción de huir o abandonar el avión. En el ártico, durante el invierno, el índice de supervivencia de esos pilotos no era alto.


    3. Desde el aire, sobre el agua y debajo de ella, los alemanes, a veces brillantemente, siempre con tenacidad y persistencia, utilizaban todos los medios a su alcance para destruir los convoyes de la Marina Mercante.

    Básicamente, utilizaban cinco tipos de aeronaves. Su bombardero convencional era el Dornier, que volaba a alturas fijas y dejaba caer las bombas en trayectorias también fijas; eran aviones útiles y daban resultado, pero no eran particularmente efectivos.

    Mucho más temidos, en orden ascendente, eran el Heinkel, él Heinkel III y el Stuka. El Heinkel era un lanzatorpedos que atacaba a nivel del agua. El piloto lanzaba el torpedo en el último minuto, luego utilizaba el peso aligerado de la aeronave para elevarse por encima del buque al que atacaba. Esos aviones tenían un grado inusual de inmunidad a la destrucción; cuando los artilleros de las naves mercantes escudriñaban por encima de las miras de los Oerlikons, Bofors o pompoms (cañones de dos libras), la idea de que "O me la da o se la doy" no ayudaba a lograr el grado de serenidad y sangre fría que hubiera resultado útil en las circunstancias. En el invierno ártico, los aviones lanzatorpedos solían estar en desventaja, al igual que los valientes pero desafortunados pilotos que los comandaban: el hielo podía congelar el mecanismo que liberaba el torpedo y en consecuencia, a la pesada aeronave le era imposible elevarse por encima del blanco. Eso no hacía mucha diferencia para los igualmente desafortunados tripulantes de las naves mercantes: estuviera o no el torpedo unido a la aeronave cuando se estrellaba contra el buque, los efectos eran igualmente devastadores.

    Los Heinkel III eran bombarderos planeadores. Estos eran muy efectivos, exponían a los pilotos a un grado de riesgo muy inferior y una vez que las bombas se soltaban, era casi imposible derribarlos. Afortunadamente para la Marina Mercante, los alemanes tenían pocos de estos aviones altamente especializados.

    El Stuka, el bombardero en picada Junker 87, formado por dos superficies planas, con alas parecidas a las de una gaviota, era el más temido de todos. Solían volar a gran altura en formación y luego separarse sucesivamente en picadas casi verticales. Cuarenta años más tarde los marinos y soldados que sobrevivieron a esos ataques y todavía están vivos, jamás olvidarán el chillido fantasmagórico de las sirenas que accionaban los pilotos de los Stuka al iniciar las picadas. El ruido era enloquecedor y reducía considerablemente la eficacia de los que disparaban las baterías antiaéreas. La Marina Real utilizó reflectores, por lo general de un metro diez de diámetro, en un intento de encandilar a los pilotos de los Stuka, hasta que se le hizo notar que los pilotos, que estaban al tanto de esa táctica, llevaban anteojos oscuros para reducir el brillo enceguecedor a meros puntos luminosos que les permitían apuntar aun mejor al blanco. Desde el punto de vista alemán, los Stuka tenían una sola desventaja: eran aviones de poco alcance y podían operar con eficacia sólo contra convoyes que avanzaban hacia el norte cae Noruega, en camino a Murmansk y Arcángel.

    Pero, curiosamente, la mejor arma aérea que poseían los alemanes era el FockeWulf Condor 200, que era en esencia, no combativo. Por cierto, podía llevar (y llevaba) bombas de doscientos kilos y tenía un despliegue formidable de ametralladoras, pero al quitar las bombas y reemplazarlas por tanques de combustibles adicionales, se convertía en una valiosísimo avión de reconocimiento. Para esa época, en los albores de 1940, cuando volar todavía era algo relativamente nuevo, el alcance de ese avión era notable. Los Condors volaban casi diariamente desde Trondheim en Noruega ocupada por los alemanes, bordeando la costa occidental de Gran Bretaña hasta Francia, también ocupada por los alemanes. Pero más importante aún, podían patrullar el Mar Barents, el mar de Groenlandia y lo peor de todo, el temido estrecho de Dinamarca, entre Islandia y Groenlandia, ya que era por ese estrecho que pasaban los convoyes que enviaban Estados Unidos y Canadá hacia Rusia. Para cualquiera de esos convoyes, divisar un Condor significaba un desastre inevitable.

    Volando alto y fuera del alcance del fuego antiaéreo, el Condor rodeaba literalmente al convoy y los pilotos tomaban nota del número de naves, de la velocidad del convoy, de su curso y de la longitud y latitud exactas. Esa información se transmitía por radio a Alta Fjord o a Trondheim y luego se enviaba a Lorient, el cuartel general en Francia del Almirante Karl Doenitz, casi sin duda el mejor comandante en jefe de submarinos de su época o de cualquier otra. Desde allí, la información se retransmitía a la hambrienta jauría de submarinos, instruyéndolos acerca de las posiciones exactas a tomar para interceptar el convoy.

    En cuanto a naves de superficie, los alemanes estaban más que bien preparados al estallar la guerra. Según el Tratado Anglo—Alemán de 1937, Alemania podía construir el cien por ciento del equivalente británico en submarinos, pero sólo el treinta y cinco por ciento en naves. De hecho, construyeron el doble de submarinos y pasaron por alto completamente la otra restricción del treinta y cinco por ciento. El Deutschland Admiral Graf Spee y el Admiral Scheer eran naves de diez mil toneladas, rápidas y poderosas. En realidad, eran buques de guerra de bolsillo, de mucho más tonelaje del que se daba a entender. El Scharnhorst y el Gneisenau, buques de guerra de veintiséis mil toneladas, se terminaron en 1938 y fue en ese mismo año cuando el Bismarck y el Tirpitz fueron construidos en los astilleros Blohm y Voess en Hamburgo. Fueron los mejores y más poderosos buques de guerra que jamás se construyeron y esta aseveración es válida aún hoy. Por las limitaciones del tratado se los restringió a treinta y cinco mil toneladas; de hecho, eran de cincuenta y tres mil.

    El Bismarck tuvo una carrera breve y espectacular; el Tirpitz, ninguna. Pasó la guerra hibernando en el norte de Noruega, donde no obstante, cumplió con la invalorable función de obstaculizar a importantes unidades de la Flota Doméstica Británica, que temía que el gigantesco buque de guerra pudiera zafar de las amarras en Alta Fjord y salir al Atlántico. Fue en esas mismas amarras que el Tirpitz fue finalmente destruido por bombas de diez toneladas arrojadas por Lancasters de la Real Fuerza Aérea.

    Si bien los ingleses llevaban una ventaja muy considerable en cuanto a buques de guerra, éstos, individualmente, no estaban a la altura de los barcos alemanes, como se comprobó en forma trágica cuando el Bismarck hundió con una sola salva de artillería al Hood, orgullo y niña de los ojos de la Marina Real.

    Debajo del agua, los alemanes utilizaban minas y submarinos. Menos de tres meses luego del estallido bélico, los alemanes sacaron a relucir un artefacto harto desagradable: la mina magnética. A diferencia de la mina convencional, que tenía que entrar en contacto físico con el barco para ser activada, la mina magnética quedaba accionada por la corriente eléctrica generada por el casco del navío. Esas minas podían ser colocadas por aviones y por barcos, y en los cuatro primeros días luego de su aparición, hundieron no menos de quince embarcaciones; el hecho de que casi todas fueron neutrales no parecía preocupar demasiado a los alemanes: las minas magnéticas eran dispositivos muy inteligentes, pero no lo suficiente como para discriminar entre una nave neutral y una enemiga. Los ingleses lograron recuperar una mina intacta, la desarmaron (no sin un riesgo considerable para los que lo hicieron) y crearon medidas de defensa electrónicas que permitían a los dragaminas detonar la mina magnética a una distancia prudente.

    Los submarinos, por supuesto, eran los enemigos más letales con que la Marina Mercante tenía que lidiar. Las bajas en los tres primeros años de guerra fueron increíblemente cruentas. No fue hasta comienzos del verano de 1943 que se pudo controlar la amenaza de alguna manera, pero sólo a fines de 1944 —durante 194344, se destruyeron cuatrocientos ochenta submarinos alemanes— esos sigilosos perseguidores y silenciosos asesinos dejaron de ser un factor de importancia.

    Era inevitable que los submarinos alemanes fueran elegidos como el blanco de odios profundos y sus tripulantes, descritos durante la guerra y después de ella como asesinos astutos, traicioneros y malvados, todos ellos nazis fanáticos, que perseguían a víctimas inocentes, atacaban sin piedad ni remordimientos y luego proseguían, silenciosos, su camino. Hasta cierto punto, ese punto de vista era válido. Las bases de esa creencia quedaron sentadas el primer día de guerra, cuando el crucero Athenia fue torpedeado. De ninguna manera podía haberse confundido al Athenia por otra cosa de lo que era: una pacífica embarcación de pasajeros, atestada de civiles: hombres, mujeres y niños. Eso debía de saberlo muy bien el perverso Oberleutnant Fritz Julius Lemp, comandante del submarino alemán que hundió el Athenia. No existen pruebas de que Lemp haya sido castigado por esa acción.

    También podía decirse que los submarinos aliados eran implacables, en un grado menor, por cierto, y sólo porque tenían una elección de blancos mucho más limitada.

    La imagen global de los submarinos alemanes es falsa. Pueden haber existido nazis implacables entre las tripulaciones, pero eran una pequeña minoría; lo que motivaba principalmente a los hombres era un intenso orgullo por las tradiciones de la Marina Imperial Alemana. Por cierto que hubo actos de brutalidad cometidos por algunos comandantes de submarinos, pero también hubo actos de valentía, humanidad y compasión. Lo que era innegable era el inmenso coraje y espíritu de sacrificio de esos hombres. No debe olvidarse que de un total de cuarenta mil tripulantes de submarinos, treinta mil murieron; es éste el más horrendo número de bajas en la historia de la guerra naval. Si bien no hay que condonar las acciones de esos hombres, los hombres mismos no deber ser condenados. Eran implacables, sí —la naturaleza del trabajo lo exigía— pero eran valientes más allá de lo creíble.

    Así eran, entonces, las condiciones en que los hombres de la Marina Mercante tenían que vivir y morir. Así eran, también, sus enemigos, que buscaban inexorablemente su destrucción. Las probabilidades de que los hombres de la Marina Mercante sobrevivieran a las condiciones de vida y al enemigo eran pocas; su situación era difícil vista desde cualquier ángulo. Sin embargo, era un hecho sorprendente pero común ver que hombres que habían sobrevivido a dos o tres ataques de torpedos y hundimientos, buscaban, no bien regresaban a Inglaterra, otra nave en la que volver a hacerse a la mar. Por definición, esos hombres eran no combatientes, pero su resistencia, tenacidad y determinación —palabras como coraje o valentía los hubieran hecho reír—, estaban a la altura de las de aquellos que los perseguían.


    UNO


    En forma súbita y silenciosa, como en cualquier corte de energía abrupto e inesperado en una ciudad, las luces a bordo del San Andreas se apagaron una hora antes del amanecer. Apagones de esa índole eran poco frecuentes, pero no desconocidos y no causaban alarma particular en lo que se refería al manejo y la navegación del buque. En el puente, la luz de bitácora que iluminaba la brújula, la luz de la mesa de navegación y la línea telefónica que comunicaba con la sala de máquinas quedaron intactas, porque como operaban con bajo voltaje, poseían su propio generador. Las luces de arriba funcionaban con el generador principal, pero eso no tenía importancia, ya que estaban apagadas; el puente siempre quedaba a oscuras por las noches. Lo único que dejó de funcionar en el puente de mando fue la pantalla Kent, una placa circular de vidrio empotrado directamente delante del timonel que rotaba a gran velocidad y ofrecía un campo de visión nítido en cualquier tipo de condiciones. El tercer oficial Batesman, el oficial de guardia, no se preocupó; por lo que sabia, no había ni tierra ni barcos a cien millas a la redonda, con excepción de la fragata HMS Andover. No tenía idea de dónde podía estar la fragata y no le importaba; la fragata siempre sabía dónde estaba él, pues poseía un radar altamente sofisticado.

    En el quirófano y en la sala de recuperación fue un caso de rutina. Aunque el cielo y el mar estaban oscuros como si fuera medianoche, no era una hora temprana; en esas altas latitudes y en esa época del año, la luz del día, o lo que se hacía pasar por ella, llegaba alrededor de las diez. En esos dos ambientes, los más importantes en una nave hospital, pues eso era el San Andreas, luces a batería se encendían en forma automática cuando había un corte de energía. En el resto del barco, había luz de emergencia provista por lámparas de níquel y cadmio, operadas manualmente; al girar la base de dichas lámparas, se obtenía un mínimo de iluminación.

    Lo que causó preocupación fue el apagón total de las luces de la cubierta superior. El casco del San Andreas estaba pintado de blanco, para ser precisos, lo había estado en un principio, pero el paso del tiempo, el granizo, la nieve y el hielo de las tormentas árticas habían erosionado el color original, convirtiéndolo en una mezcla de blanco sucio y gris claro. Una banda verde daba toda la vuelta al casco. Había grandes cruces rojas pintadas sobre los lados y las cubiertas de proa y de popa. Durante la noche, potentes reflectores iluminaban las cruces; y en esa estación, la oscuridad reinaba durante veinte horas diarias.

    Las opiniones respecto de esas luces estaban divididas en forma bastante pareja. Según la Convención de Ginebra, las cruces rojas garantizaban inmunidad contra ataques enemigos y como hasta el momento el San Andreas había dado pruebas de dicha inmunidad, los que estaban a bordo y no habían sufrido nunca un ataque enemigo tendían a creer en la validez de la Convención de Ginebra. Pero los miembros de la tripulación que habían servido a bordo antes de su transformación de barco de carga en buque hospital, miraban la Convención con ojos muy cínicos. Navegar de noche iluminados como un arbolito de Navidad iba contra todos los instintos de hombres que durante años habían creído —y con razón— que encender un cigarrillo sobre la cubierta superior significaba atraer la atención de algún submarino alemán. No confiaban en las luces. No confiaban en las cruces rojas. Y por sobre todas las cosas, no confiaban en los submarinos. Su cinismo estaba justificado: sabían que otros buques hospitales no habían sido tan afortunados como ellos, pero nunca se había sabido si los ataques habían sido deliberados o accidentales. En alta mar no hay cortes de justicia ni testigos independientes. Ya fuera por delicadeza o porque no tenía sentido hacerlo, los miembros de la tripulación nunca hablaban del asunto con los que —según ellos— vivían en el paraíso de los inocentes: los médicos, las cabas, las enfermeras y los asistentes de sala.

    La puerta de estribor del puente se abrió y entró una figura con una linterna en la mano. Batesman dijo:

    —¿Capitán?
    —Así es. Un día de estos podré terminar mi desayuno en paz. Consiga unas lámparas, ¿quiere, Batesman?

    El capitán Bowen era de estatura mediana, con tendencia a la obesidad, fornido era su palabra preferida. Tenía un rostro alegre enmarcado por una barba blanca y ojos muy azules. Había pasado hacía tiempo la edad de retirarse, pero nunca había querido hacerlo y tampoco se lo habían solicitado; la Marina Mercante había sufrido importantes bajas tanto en hombres como en naves y sabía que un barco se hacía en una mínima fracción del tiempo que llevaba formar a un buen capitán. No quedaban muchos como el capitán Bowen.

    Las tres lámparas de emergencia no iluminaban mucho más de lo que lo hubieran hecho tres velas, pero la luz alcanzó para que se viera con qué rapidez se había cubierto de nieve el abrigo del capitán Bowen en los pocos segundos que le había llevado cruzar desde el salón. Se quitó el abrigo, lo sacudió afuera y cerró la puerta de inmediato.

    —El maldito generador tuvo otro de sus ataques —dijo Bowen—, No parecía demasiado alterado, pero a decir verdad, nadie nunca lo había visto alterarse por algo. — La pantalla del radar no funciona, por supuesto. No serviría de nada, de todos modos. Nevada copiosa, viento de treinta nudos y visibilidad cero. — Había una cierta satisfacción en la voz de Bowen y ni Batesman ni Hudson, el timonel, tuvieron que preguntar cuál era el motivo. Los tres pertenecían al grupo que no creía en la Convención de Ginebra: ningún avión, barco o submarino podría localizarlos en esas condiciones, ¿Ya habló con la sala de máquinas?
    —No —respondió Batesman con vehemencia y Bowen sonrió. El jefe de máquinas, Patterson, un nativo del nordeste, de la zona de Newcastle, se enorgullecía de su indudable habilidad, tenía un carácter explosivo y sentía una profunda aversión por las preguntas sobre su trabajo provenientes de un ser tan insignificante como el tercer oficial. — Llamaré al jefe, señor.

    Y lo hizo. Bowen tomó el teléfono y dijo:

    —Ah, John. No estamos teniendo demasiada suerte en este viaje, ¿eh? ¿El alambre conductor sobrecargado? ¿Escobillas? ¿Fusible? Ah, el auxiliar, entonces… Espero que no nos hayamos quedado otra vez sin combustible. — El capitán Bowen hablaba con tono de honda preocupación y Batesman sonrió. Todos los miembros de la tripulación, hasta el ayudante de cocina sabían que el jefe Patterson carecía totalmente de sentido del humor. La referencia que Bowen había hecho al combustible se refería a la ocasión en que no estando el jefe Patterson de turno, el generador principal se había descompuesto y el joven maquinista a cargo se había olvidado de pasar la válvula de la línea de combustible al generador auxiliar. Los comentarios de Patterson fueron predecibles. Con una expresión de sufrimiento en el rostro, Bowen alejó el teléfono de su oreja hasta que los chasquidos cesaron, volvió a hablar luego brevemente y cortó la comunicación.
    —Creo que al jefe Patterson le está costando más trabajo de lo habitual localizar la falla eléctrica. Tardará diez minutos, dice.

    Pero el teléfono sonó al cabo de solamente dos minutos.

    —Cinco dólares a que son malas noticias. — Bowen levantó el teléfono, escuchó por un momento y luego dijo: —¿Dices que quieres hablar conmigo, John? Pero si estás hablando conmigo… Ah, ya veo. Muy bien. — Cortó. — El jefe quiere mostrarme algo.

    Bowen no fue a la sala de máquinas, como Batesman podría haber supuesto, sino que se dirigió a su camarote, donde al cabo de un minuto se le unió el jefe de máquinas. Hombre alto y enjuto, con un rostro que no llamaba la atención, solía, como muchos hombres que no poseen sentido del humor y no se dan cuenta de ello, sonreír a intervalos frecuentes y por lo general, en momentos poco apropiados. Sin embargo, no estaba sonriendo en ese momento. Extrajo tres trozos de algo que parecía ser carbón y los acomodó sobre la mesa del capitán para que formaran una figura alargada.

    —¿Qué piensa de esto, eh?
    —Me conoces, John, soy sólo un simple marino. ¿La escobilla de un dínamo o generador o algo así?
    —Exactamente. — A Patterson le quedaba mucho mejor la expresión sombría que la sonrisa.
    —¿De allí el corte de energía?
    —Nada que ver con el corte de energía. Sobrecarga en el alambre conductor. Un cortocircuito en alguna parte. Jamieson fue a localizarlo. No le llevará mucho tiempo hacerlo.

    Bowen estaba más que dispuesto a creerle. Jamieson, el segundo maquinista, era un joven muy inteligente que contaba con la inusual distinción de ser un M.A.I.I.E. — Miembro Asociado del Instituto de Maquinistas Eléctricos. Bowen dijo:

    —Así que esta escobilla viene del generador auxiliar; está rota y pareces molesto por eso, por lo que deduzco que es poco común.
    —¿Poco común? Es algo nunca visto. Al menos, yo nunca lo he visto. La escobilla está bajo presión de resorte constante contra la faz de la armadura. No hay modo de que pueda haberse roto de esta forma.
    —Bueno, pero se rompió. Hay una primera vez para todo. — Bowen tocó los pedazos rotos con el dedo. — ¿Una falla de fábrica?

    Patterson no respondió. Buscó en un bolsillo del overol, extrajo una cajita de metal, le quitó la tapa y puso la caja sobre la mesa junto a la escobilla rota. Las dos escobillas que contenía eran idénticas en forma y tamaño a la que Patterson había vuelto a armar. Bowen los contempló, frunció los labios y luego miró a Patterson.

    —¿Repuestos?

    Patterson asintió. Bowen tomó una, pero sólo una mitad quedó en su mano; la otra permaneció en el fondo de la caja.

    —Nuestros únicos dos repuestos —dijo Patterson. — ¿No vale la pena examinar el otro?
    —No. Se revisaron los dos generadores y se encontraron en buen estado cuando estábamos en Halifax… y hemos usado el auxiliar dos veces desde que partimos de allí.
    —Una escobilla rota podría ser un golpe de mala suerte extraordinario. Tres ni siquiera llegan a ser una coincidencia ridícula. Esto ni siquiera da lugar a que nos frotemos el mentón con aire pensativo, John. Tenemos un pillo malintencionado entre nosotros.
    —!Pillo! Saboteador, querrá decir.
    —Bueno, sí, supongo que sí. Al menos, alguien que no está bien dispuesto hacia nosotros. 0 hacia el San Andreas. ¿Pero saboteador? No sé. Los saboteadores prefieren diversas formas de destrucción en gran escala. Romper tres escobillas del generador no puede considerarse destrucción en gran escala. Y a menos que el individuo responsable sea un demente, no va a mandar el San Andreas al fondo; no con él a bordo. ¿Por qué, John? ¿Por qué?

    Seguían sentados allí, cavilando, cuando sonó un golpe a la puerta y entró Jamieson. Joven, efervescente y con una actitud despreocupada hacia la vida, se lo veía cualquier cosa menos efervescente y despreocupado en ese momento: tenía un aire serio y ansioso, totalmente ajeno a su personalidad.

    —En la sala de máquinas me dijeron que los encontraría aquí. Pensé que debía venir de inmediato.
    —Como portador de malas noticias —dijo el capitán Bowen—, ha descubierto dos cosas: la ubicación del corto circuito y evidencia de, digamos, ¿sabotaje?
    —¿Cómo diablos…? Lo siento, señor, pero ¿cómo pudo…?
    —Díselo, John —respondió Bowen.
    —No es necesario. Esas escobillas rotas son suficientes. ¿Qué encontraste, Peter?
    —En proa. En la carpintería. Un cable de plomo que atraviesa un mamparo. Los ganchos a cada lado parecen haberse aflojado donde pasaba por el orificio en el mamparo.

    Bowen dijo:

    —Vibración normal del barco, movimiento climático… no es demasiado difícil erosionar plomo blando.
    —El plomo es más duro de lo que cree, señor. En este caso, un par de manos ayudaron a la erosión natural. Aunque eso no es lo importante. Adentro del forro de plomo, la goma alrededor del cable se quemó.
    —¿Cosa que sería normal en un cortocircuito?
    —Sí, señor. Sólo que conozco el olor a goma quemada por electricidad y no huele a azufre. Alguien usó una o varias cabezas de fósforos para hacer el truco. Dejé a Ellis haciendo el trabajo de reparación. Es simple y debería de estar por terminar.
    —Vaya, vaya. De modo que es tan simple como eso acabar con la energía eléctrica de un barco.
    —Casi, señor. Era necesario hacer otro trabajito. Hay una caja de fusibles justo afuera de la carpintería y sacaron el fusible adecuado antes de comenzar a trabajar. Luego regresaron a la caja y cortaron la línea —con pinzas aislantes o un destornillador aislante, cualquier cosa hubiera servido— y después volvieron a colocar el fusible. Si hubieran vuelto a colocar el fusible antes de cortar la línea, se habría quemado, dejando intacto el resto del sistema eléctrico. Teóricamente, claro está. Muy de tanto en tanto, el fusible no es tan amable y no se quema. — Jamieson sonrió levemente. — El asunto es que si yo hubiera estado resfriado, podrían haberse salido con la suya.

    El teléfono sonó. El capitán Bowen lo levantó y se lo pasó a Patterson, que escuchó y dijo:

    —Seguro. Ahora. Devolvió el teléfono. — Sala de máquinas. La electricidad está volviendo.

    Transcurrió aproximadamente medio minuto, luego el capitán Bowen terció:

    —Saben, no creo que esté volviendo realmente.

    Jamieson se puso de pie y Bowen dijo:

    —¿Adónde va?
    —No lo sé, señor. Bueno, en primer lugar a la sala de máquinas, a buscar a Ellis y luego no sé. Parecería que el viejo Pie Sigiloso tiene más de una cuerda en su arco.

    El teléfono volvió a sonar y Bowen, sin responder, se lo alcanzó a Patterson, que escuchó brevemente y dijo:

    —Gracias. El señor Jamieson ya baja. — Devolvió el teléfono y agregó: —Otra vez lo mismo. Me pregunto en cuántos lugares nuestro amigo intervino y está esperando la oportunidad para activarlos.

    Jamieson vaciló en la puerta.

    —¿Esto queda entre nosotros?
    —En absoluto. — Bowen habló con determinación. — Lo transmitimos a todos los rincones. Por supuesto que Pie Sigiloso, como usted lo llama, quedará prevenido y podrá armarse de antemano, pero la idea de que hay un saboteador a bordo hará que todos miren a su vecino y se pregunten qué aspecto tiene un saboteador. En cualquier caso, tornará a este muchacho mucho más circunspecto y, con suerte, sus actividades se verán considerablemente reducidas. — Jamieson asintió y se marchó.
    —Creo, John —dijo Bowen—, que podrías duplicar la vigilancia en la sala de máquinas, o al menos traer a dos o tres hombres adicionales, no para las tareas de rutina, ¿entiendes?
    —Entiendo. ¿Cree que quizá…?
    —¿Si quisieras sabotear, incapacitar un barco, adónde te dirigirías?

    Patterson se puso de pie, fue hasta la puerta y al igual que lo había hecho Jamieson, se detuvo y se volvió.

    —¿Por qué? — dijo— ¿Por qué, por qué, por qué?
    —No sé el porqué. Pero tengo un feo presentimiento acerca del dónde y el cuándo. Aquí en los alrededores, antes de lo que pensamos y más rápido de lo que deseamos. Alguien —dijo el capitán Bowen, a modo de explicación— acaba de pasar sobre mi tumba. — Patterson lo miró largamente y cerró la puerta con suavidad cuando se marchó.

    Bowen tomó el teléfono, marcó un solo número y dijo:

    —Archie, mi camarote. — No bien colgó, el teléfono volvió a sonar. Era el puente. Batesman no parecía demasiado feliz.
    —La tormenta de nieve se está disipando, señor. El Andover puede vernos ya. Quiere saber por qué no mostramos ninguna luz. Le dije que teníamos un corte de energía y luego llegó el siguiente mensaje hace unos instantes: ¿por qué demonios estamos tardando tanto en repararlo?
    —Sabotaje.
    —¿Cómo dijo, señor?
    —Sabotaje. S de Sally, A de Arthur, B de Bobby, 0 de…
    —¡Dios Santo! ¿Qué demonios… digo, por qué…?
    —No lo sé. — El capitán Bowen habló con una cierta reserva. — Dígales eso. Le diré lo que sé —que es prácticamente nada— cuando suba al puente. En cinco minutos. Quizá diez.

    Archie McKinnon, el contramaestre, entró. El capitán Bowen consideraba al contramaestre —al igual que muchos otros capitanes consideran a sus contramaestres— como el miembro de la tripulación más importante. Era nativo de las islas Shetland, medía más de un metro ochenta y su contextura física era adecuada a su altura. Tendría unos cuarenta años, tez color ladrillo, ojos azules y pelo rubio —los dos últimos heredados sin duda de antepasados vikingos que habían pasado por su isla mil años antes.

    —Siéntese, siéntese. — Bowen suspiró. — Archie, tenemos un saboteador a bordo.
    —No me diga. — Arqueó las cejas. Nada de exclamaciones sorprendidas por parte del contramaestre; nunca. — ¿Y qué ha estado haciendo, capitán?

    Bowen se lo contó y dijo:

    —¿Puede deducir algo más que yo, lo que equivale a cero?
    —Si usted no puede, capitán, yo tampoco. — La estima que se tenían el capitán y el contramaestre era totalmente mutua. — No puede querer hundir el barco, estando él a bordo y la temperatura del agua bajo el punto de congelamiento. No puede querer detener el barco —hay media docena de formas en que un hombre astuto podría hacerlo. Lo que estoy pensando es que lo que quería hacer era apagar las luces que —de noche, al menos— nos identifican como una nave hospital.
    —¿Y por qué querría hacerlo, Archie? — Era parte de su tácito entendimiento que el capitán siempre lo llamara "contramaestre", excepto cuando estaban solos.
    —Bueno… —El contramaestre caviló. — Usted sabe que no soy de las tierras altas de Escocia ni de las islas occidentales, de modo que no puedo jactarme de poseer facultades sobrenaturales o extrasensoriales. — Había una levísima mezcla de reprobación y superioridad en la voz del contramaestre, pero el capitán evitó sonreír; sabía que, en esencia, los nativos de las islas Shetland no se consideran escoceses y se mantienen fieles a sus islas. — Pero como usted, capitán, tengo buen olfato para los problemas y puedo decirle que no me gusta lo que huelo. En media hora —o quizá cuarenta minutos— cualquiera podrá ver que somos una nave hospital. — Calló y miró al capitán con lo que podría haber sido un dejo de sorpresa, que era lo más parecido a la emoción que podía esperarse del contramaestre. — No me imagino por qué, pero tengo el presentimiento de que alguien intentará atacarnos antes del amanecer. 0 al amanecer.
    —Tampoco imagino el porqué, Archie, pero tengo el mismo presentimiento. Alerte a la tripulación, ¿quiere? Que se preparen para ocupar los puestos de emergencia. Haga correr la voz de que hay un electricista ilegal entre nosotros.

    El contramaestre sonrió.

    —Así se vigilan mutuamente. No creo, capitán, que encontremos al hombre entre los miembros de la tripulación. Han estado con nosotros mucho tiempo.
    —Espero que no y creo que no. Es decir, me gustaría creer que no. Pero fue alguien que conocía bien el barco. Sus salarios no son exactamente principescos. Se sorprendería al enterarse de lo que puede hacer una bolsa de dinero con la lealtad de un hombre.
    —Luego de veinticinco años en el mar, no hay mucho que pueda sorprenderme. Esos sobrevivientes que rescatamos del buque petrolero anoche…, bueno, no consideraría a ninguno como mi hermano de sangre.
    —Vamos, contramaestre, un poco de espíritu de caridad cristiana, por favor. Era un buque petrolero griego —se supone que Grecia es nuestra aliada, por si no lo recuerda— y la tripulación obviamente iba a ser griega. Bueno, griega, chipriota, libanesa, hotentote, sí así lo prefiere. No puede pretender que todos parezcan de las Shetland. No vi a ninguno llevando una bolsa llena de monedas de oro.
    —No. Pero algunos de ellos —los heridos, quiero decir—llevaban valijas.
    —Y algunos llevaban abrigos y al menos tres tenían corbata. ¿Y por qué no? El Argos pasó seis horas flotando por allí luego de haber sido tocado por una mina; tiempo más que suficiente para que cualquiera empaque sus pertenencias terrenales, o al menos las pocas pertenencias que parecen tener los marinos griegos. Sería demasiado pedir, creo, Archie, que un buque petrolero griego averiado en el Mar de Barents tuviera a bordo un tripulante con una bolsa de oro que casualmente fuera un saboteador entrenado.
    —Sí, no es una combinación que uno esperaría encontrar todos los días. ¿Alertamos al hospital?
    —Sí. ¿Qué es lo último que se sabe de allí? — El contramaestre invariablemente conocía el estado de todo lo que iba a bordo del San Andreas, se refiriera o no a su área específica. — El doctor Singh y el doctor Sinclair acaban de terminar de operar. Un hombre con fractura de pelvis, el otro con quemaduras extensas. Están ahora en la sala de recuperación y no deberían tener problemas. La enfermera Magnusson está con ellos.
    —Cielos, Archie, por cierto que parece estar bien informado.
    —La enfermera Magnusson es de las islas Shetland —dijo el contramaestre, como si eso lo explicara todo. — Siete pacientes en la Sala A, que no están en condiciones de moverse. El peor es el primer oficial del Argos, pero no está en peligro, dice Janet.
    —¿Janet?
    —La enfermera Magnusson. — Era difícil apartar al contramaestre de su camino. — Diez en la Sala B de recuperación. Los sobrevivientes del Argos están en las literas de babor. — Bajaré hasta allí ahora. Vaya a alertar a la tripulación.
    —Cuando haya terminado, venga al compartimiento de enfermos… y traiga a un par de sus hombres.
    —¿Compartimiento de enfermos? — El contramaestre contempló al capitán. — Será mejor que no permita que la caba Morrison lo oiga llamarlo así.

    Bowen sonrió.

    —Ah, la formidable caba Morrison. De acuerdo, el hospital. Hay veinte hombres enfermos allí abajo. Sin contar las cabas, enfermeras y asistentes de sala que…
    —Y médicos.
    —Y médicos que nunca han oído un disparo en su vida. ¿Espera lo peor, capitán?
    —No espero lo mejor —replicó Bowen con pesar.

    El área del hospital del San Andreas era notablemente aireada y amplia, lo que no era sorprendente, puesto que el San Andreas era principalmente un hospital y no un barco y más de la mitad de la cubierta inferior había sido cedida para las instalaciones médicas. La demolición de mamparos estancos —una nave hospital, en teoría, no necesitaba mamparos estancos y aumentó la sensación de espacio y de hecho, el espacio real. El área estaba ocupada por dos salas, un quirófano, una sala de recuperación, un depósito medicinal, un dispensario, una cocina separada e independiente de la cocina de la tripulación— camarotes para el personal médico, dos comedores (uno para el personal y otro para los pacientes) y una pequeña sala o vestíbulo. Fue allí adonde el capitán Bowen se dirigió.

    Encontró a tres personas tomando el té: el doctor Singh, el doctor Sinclair y la caba Morrison. El doctor Singh era un hombre afable de origen paquistaní, de mediana edad. Llevaba anteojos sin patillas y era una de esas pocas personas que se ven perfectamente cómodas con ellos. Era un cirujano capaz y eficiente al que no le gustaba que lo llamaran "señor". El doctor Sinclair, rubio y tan afable como su colega, tenía veintiséis años, había abandonado su segundo año de residencia en un importante hospital escuela para ofrecerse como voluntario para la Marina Mercante. Nadie podría haber acusado a la caba Morrison de ser afable: tenía aproximadamente la misma edad que Sinclair, pelo castaño, grandes ojos castaños y una boca generosa que no concordaba con su habitual expresión severa, ni con los anteojos con marco de acero que a veces usaba y ni con el leve pero inconfundible aire de desdén aristocrático. El capitán Bowen se preguntó cómo se la vería al sonreír, si es que alguna vez sonreía.

    Explicó, en forma breve, el porqué de su visita. Las reacciones de los tres fueron predecibles. La caba Morrison frunció los labios, el doctor Sinclair arqueó las cejas y el doctor Singh esbozó una media sonrisa y dijo:

    —Vaya, vaya. Saboteador o saboteadores, espía o espías a bordo de un navío británico. Increíble, Caviló unos instantes„ —Pero claro, no todos los que están a bordo son estrictamente británicos. Yo no lo soy, para empegar.
    —Su pasaporte dice que lo es. Bowen sonrió, como estaba operando en el quirófano en el momento que nuestro saboteador estaba operando en otra parte, eso lo borra automáticamente de la lista de potenciales sospechosos, Es cierto, doctor Singh; tenemos un considerable número de personas que no nacieron en Gran Bretaña. Tenemos dos indios, dos goaneses, dos nativos de Ceilán, dos polacos, un portorriqueño, un irlandés del sur y. por alguna extraña razón, un italiano, que, como enemigo oficial, debería ser prisionero de guerra o estar en un campo en alguna parte. Y, por supuesto, los sobrevivientes del Argos son todos extranjeros.
    —Y no se olvide de mí —dijo la caba Morrison con frialdad. Soy mitad alemana.
    —¿De veras? ¿Con un nombre como Margaret Morrison? Ella frunció los labios, un gesto que parecía natural.
    —¿Cómo sabe que mi nombre es Margaret?
    —Un capitán tiene la lista de la tripulación. Le guste o no, usted es un miembro de ha tripulación. No es que tenga importancia. Los espías saboteadores pueden ser de cualquier nacionalidad y cuanto menos probable es que se sospeche de ellos en este caso sería de los británicos— más eficientemente pueden trabajar. Como digo, esto por el momento no es importante. Lo que es importante es que el contramaestre y dos de sus hombres estarán aquí dentro de muy poco. Si surgiera alguna emergencia, él se hará cargo de todo excepto, por supuesto, del manejo de los pacientes graves. ¿Supongo que todos conocen al contramaestre?
    —Un hombre admirable —dijo el doctor Singh—. Muy tranquilizador, muy competente, no me imagino a ninguna persona mejor para tener cerca en momentos de necesidad.
    —Todos lo conocemos. — La caba Morrison era tan buena para hablar con tono helado como para fruncir los labios. — Dios es testigo de que anda por aquí con bastante frecuencia,
    —¿Visitando a los enfermos?
    —!Visitando a los enfermos! No me gusta la idea de que un marino común ande molestando a una de mis enfermeras.
    —El señor McKinnon no es un marino común. Es un marino extraordinario y nunca ha molestado a nadie en su vida. Traigamos a Janet aquí para ver si corrobora sus absurdos alegatos.
    —Usted… usted sabe su nombre.
    —Por supuesto que sé su nombre. — Bowen sonaba cansado. No venía al caso, pensó, mencionar el hecho de que hasta hacía cinco minutos, nunca había oído hablar de una persona llamada Janet. — Son nativos de la misma isla y tienen mucho de qué hablar. Sería bueno, señorita Morrison, que usted se interesara tanto por su personal como yo por el mío,

    Fue una buena frase de despedida, pensó Bowen, pero no se sintió particularmente orgulloso de sí mismo. A pesar de la forma en que ella hablaba, sentía simpatía hacia la chica porque sospechaba que la imagen que proyectaba no era la real y que podría haber una muy buena razón para eso; pero ella no era Archie McKinnon.

    El primer oficial, Geraint Kennet, un nombre poco común, pero que según él, provenía de un linaje antiguo y aristocrático, estaba en el puente aguardando la llegada de Bowen. Kennet era galés, delgado de cuerpo y de cara, muy moreno y muy irreverente.

    —¿Está perdido, Kennet? — preguntó Bowen. Bowen había abandonado tiempo atrás la vieja costumbre de llamar señor al primer oficial.
    —Cuando suena la hora, señor, Kennet está allí. Escuché cosas acerca de alarmas y excursiones de boca del joven Jamie. — "El joven Jamie" era Batesman, el tercer oficial. — Se prepara algo siniestro, deduzco.
    —Deduce bien. Cuán siniestro, no lo sé. — Describió lo poco que había sucedido. — Así que dos cortes de electricidad, sí es que se los puede llamar así y un tercero que está siendo investigado.
    —¿Y sería muy ingenuo suponer que el tercero no está conectado con los otros dos?
    —Muy ingenuo.
    —Esto presagia algo ominoso.
    —Por cierto que les enseñan a hablar en esas escuelas galesas
    —Sí, señor. ¿Llegó a alguna conclusión y no es precisamente agradable?

    El teléfono sonó. Batesman lo tomó y se lo alcanzó a Bowen, que escuchó unos instantes, agradeció al que llamaba y cortó.

    Jamieson. En la cámara frigorífica, esta vez. ¿Cómo pudo alguien entrar allí? El cocinero es el único que tiene la llave.

    —Muy fácil —dijo Kennet—. Si un hombre es un saboteador, entrenado en su arte, si es que puede usarse esa palabra, sería lógico que fuera un experto con la ganzúa o que al menos llevara un manojo de llaves maestras. Con respeto, señor, creo que eso no es lo que importa. ¿Cuándo atacará otra vez este villano?
    —Me gustaría saberlo. Pie Sigiloso, así lo llama Jamieson, parece ser un villano de recursos y previsión considerables. Es muy probable que tenga más sorpresas. Jamieson opina lo mismo. Si hay otra falla de electricidad cuando vuelvan a conectar, dice que va a recorrer cada centímetro de cable con no sé qué herramienta.
    —Es un instrumento para detectar pérdidas de voltaje —ya sabe, bloqueos en un circuito. Se me ha ocurrido…

    Spenser, el primer oficial operador de radio apareció en la escotilla de su oficina, con un papel en la mano.

    —Mensaje del Andover, señor.Bowen leyó:
    —"Ausencia continuada de luces muy grave. Esencial resolver asunto. ¿Apresaron ya al saboteador?"
    —Nos da pie, creo, para mascullar furiosamente por lo bajo —comentó Kennet.
    —Es un imbécil dijo Bowen—. Me refiero al comandante Warrington, capitán de la fragata. Spenser, envíe esto: "Si tienen miembros de la División Especial o del Departamento de Investigaciones Criminales a bordo, son bienvenidos aquí. En caso contrario, por favor abstenerse de enviar mensajes inútiles. ¿Qué diablos creen que estamos haciendo?"
    —En estas circunstancias, señor, opino que es un mensaje muy educado. Como estaba por decirle…

    El teléfono volvió a sonar. Batesman atendió, escuchó, agradeció, cortó y se volvió hacia el capitán.

    —Sala de máquinas, señor. Otra falla eléctrica. Jamieson y el tercer maquinista Ralson se disponen a subir con sus herramientas.

    Bowen extrajo su pipa sin decir nada. Daba la impresión de haber enmudecido temporariamente. Kennet no había enmudecido. Eso jamás le sucedía.

    —Uno nunca llega a terminar una frase en este puente. ¿Ha llegado a alguna conclusión, señor, por más desagradable que sea ésta?
    —Conclusión, no. Corazonada, sospecha, sí. Desagradable, también. Apostaría a que aproximadamente a la madrugada, alguien nos va a atacar,
    —Por fortuna replicó Kennet—, no me gusta el juego. De todos modos, no apostaría contra mis propias convicciones. Que son las mismas que las suyas, señor.
    —Somos una nave hospital, señor —dijo Batesman. Ni siquiera sonaba esperanzado.

    Bowen le dirigió una mirada sombría.

    —Si se es inmune al sufrimiento de los desvalidos y moribundos y se desea ejercitar una lógica cruenta y retorcida, entonces somos enemigos, aunque estemos completamente indefensos. Porque, ¿qué es lo que hacemos? Llevamos a nuestros enfermos y heridos a casa, los ponemos nuevamente en condiciones y los mandamos de nuevo al frente o al mar para luchar otra vez contra los alemanes. Si se quiere estirar la conciencia lo suficiente, es posible alegar que permitir que una nave hospital llegue a su patria es lo mismo que ayudar al enemigo. El Oberleutnant Lemp nos hubiera torpedeado sin pensarlo dos veces
    —¿El Oberleutnant qué?
    —Lemp. El tipo que hundió el Athenia, y Lemp sabía que el Athenia no llevaba más que civiles como pasajeros, hombres, mujeres y niños que, y esto lo sabía muy bien, jamás se usarían para luchar contra los alemanes. El Athenia era un caso mucho más digno de compasión que nosotros, ¿no le parece, Batesman?
    —Me gustaría que no hablara de esa manera, señor —Batesman se veía no sólo tan sombrío como el capitán, sino también lúgubre. — ¿Cómo sabemos que este tipo Lemp no anda merodeando allí afuera, justo del otro lado del horizonte?
    —No tema —dijo Kennet—. El Oberleutnant Lemp hace tiempo que fue a reunirse con sus ancestros, por lo que uno no puede sentir más que un cierto grado de compasión. No obstante, puede tener un hermano mellizo o algunas almas gemelas allí afuera. Como infiere el capitán con tanta suspicacia, vivimos en tiempos turbulentos e inciertos.

    Batesman miró a Bowen.

    —¿Está permitido, capitán, pedirle al primer oficial que se calle?

    Kennet sonrió ampliamente, pero dejó de hacerlo cuando sonó el teléfono. Batesman fue a atender, pero Bowen se le adelantó.

    —Privilegio del jefe, Batesman. Las noticias pueden ser demasiado duras para un hombre joven como usted. — Escuchó, maldijo en voz alta y cortó. Cuando se volvió se lo veía y sonaba fastidiado.
    —¡El maldito baño de oficiales!
    —¿Pie Sigiloso? — preguntó Kennet.
    —¿Quién cree que fue? ¿Santa Claus?
    —Una acertada elección —dijo Kennet juiciosamente—. Muy acertada. ¿En qué otro lugar puede un hombre trabajar con tanta paz, privacidad y, por un período indeterminado, inmunidad a cualquier interrupción? Hasta podría tener tiempo de leer un capítulo de su novela de suspenso favorita, como es la costumbre de un joven oficial de este barco que permanecerá en el anonimato.

    El tercer oficial está en su derecho dijo Bowen—. ¿Quiere callarse de una vez?

    —Si, señor, ¿Ese era jamieson?
    —Deberíamos tener noticias de Ralson en cualquier momento.
    —Jamieson ya habló con él. Baño de marineros esta vez, a babor.

    Por una vez, Kennet no hizo comentarios durante casi un minuto hubo silencio en el puente, por la sencilla razón de que no parecía haber nada que decir. Inevitablemente, fue Kennet el que por fin rompió el silencio.

    —Unos minutos más y será mejor que nuestros beneméritos maquinistas se den por vencidos. ¿O es que soy el único que ha notado que llegó el amanecer?

    Era cierto. Hacia el sudeste más allá de los baos a babor, el cielo había cambiado de negro a un gris oscuro y se iluminaba cada vez más Dejó de nevar, el viento disminuyo a veinte nudos y el San Andreas cabeceaba con las olasque venían del noroeste.

    —¿Quiere que ponga un par de vigías adicionales, señor? ¿Uno en cada alerón?
    —Y que pueden hacer esos vigías? ¿Hacerles morisquetas al enemigo?
    —No pueden hacer mucho más que eso, es verdad. Pero si alguien nos va a atacar, será ahora. En un Condor que vuela alto, por ejemplo, casi se pueden ver las bombas saliendo de las compuertas y hay probabilidad de una acción evasiva. — Kennet no parecía demasiado entusiasmado ni convencido.
    —¿Y si es un submarino, un bombardero en picada o torpedero?
    —Igual pueden darnos un aviso y tiempo para rezar. Por cierto, sería una plegaria muy corta, pero una plegaria al fin.
    —Como quiera, Kennet.

    Kennet hizo una llamada y al cabo de tres minutos sus vigías llegaron al puente, abrigados hasta las cejas, según las instrucciones de Kennet. McGuigan y Jones, un irlandés del sur y un galés, no eran más que unos muchachos que no pasaban los dieciocho años. Kennet los equipó con prismáticos y los situó en los alerones del puente, Jones, a babor y McGuigan, a estribor. Unos instantes después de cerrar la puerta de babor, Jones volvió a abrirla.

    —¡Barco, señor! A babor. — Su voz sonaba ansiosa, excitada.
    —Es un buque de guerra, creo.
    —Tranquilícese —dijo Kennet—. Dudo que sea el Tirpitz. Menos de media docena de personas a bordo sabían que el Andover los había acompañado durante la noche. Salió y regresó casi de inmediato.
    —El buen pastor —dijo—. A tres millas.
    —Ya casi hay luz —repuso el capitán Bowen—. Podríamos estar equivocados, Kennet.

    La escotilla de la sala de radio se abrió con un golpe y apareció la cara de Spenser.

    —El Andover, señor. Bandido, bandido, un bandido… 045… diez millas… mil quinientos metros.
    —Ahí está —dijo Kennet—. Sabía que no nos habíamos equivocado. ¿A toda máquina, señor? — Bowen asintió y Kennet dio las instrucciones necesarias.
    —¿Acción evasiva? — Bowen esbozaba una semisonrisa; el conocimiento, por más desagradable que sea, siempre llega como un alivio luego de la incertidumbre.
    —¿Un Condor, cree adivinar?
    —No adivino, señor. En estas aguas, sólo el Condor vuela solo. — Kennet abrió la puerta de babor y escudriñó el cielo. — La capa de nubes es bastante delgada ahora. Deberíamos poder ver a nuestro amigo acercándose. Tendría que estar prácticamente a popa. ¿Salimos, señor?
    —En un minuto, Kennet. Dos minutos. Juntemos flores mientras podamos —o al menos, mantengámonos al calor lo más posible. Si el destino nos ha abandonado, estaremos congelándonos dentro de muy poco. Dígame, Kennet, ¿se le ha ocurrido algún pensamiento profundo?
    —Se me han ocurrido muchos, pero no diría que son profundos.
    —¿Cómo diablos cree que ese Condor nos localizó?
    —¿Un submarino? Podría haber salido a la superficie y transmitido el mensaje a Alta Fjord.
    —No, un submarino, no. El equipo sonar del Andover lo habría captado. Ni aviones ni naves de superficie, de eso estoy seguro.

    Kennet frunció el entrecejo por unos instantes, luego sonrió.

    —Pie Sigiloso —dijo con seguridad—. Una radio.
    —No necesariamente eso, Un pequeño dispositivo eléctrico, probablemente accionado por nuestros propios sistemas, que transmite una señal continua.
    —¿De modo que si sobrevivimos hay que salir a pasar el rastrillo?
    —Por cierto. Hay que salir a…
    —Andover, señor. — Era Spenser otra vez. — Cuatro bandidos, repito cuatro bandidos… 310… ocho millas… novecientos metros.
    —¿Me pregunto qué habremos hecho para merecer esto? — Kennet sonaba casi lúgubre. — Teníamos más razón de lo que suponíamos, señor. Torpederos o planeadores bombarderos, seguro, atacando desde la oscuridad al noroeste y nosotros recortados contra la luz del amanecer.

    Los dos hombres salieron por la puerta de babor. El Andover seguía de ese lado, pero se había acercado hasta quedar a menos de dos millas de distancia. Un banco de nubes bajas, a aproximadamente la misma distancia, oscurecía la visión hacia popa.

    —¿Oye algo, Kennet? ¿Ve algo?
    —Nada, nada. ¡Al diablo con esa nube! Si, ahora sí. Lo oigo. Es un Cóndor.
    —Es un Cóndor. Una vez que se lo ha oído, no es fácil olvidar el clamor mal sincronizado del motor de un FockeWulf 200. Y me temo Kennet, que habrá que postergar su acción evasiva para otro momento. Parece que este muchacho viene muy bajo.
    —Sí, viene volando bajo. Y sé por qué. — Kennet habló con amargura, lo que no era nada común en él. — Su intención es hacer bombardeo de precisión. Tiene órdenes de detenernos o estropearnos el barco, pero no de hundirnos. Apuesto a que ese malnacido de Pie Sigiloso se siente seguro como en su casa.
    —Está en lo cierto, Kennet. Podría detenernos bombardeando la sala de máquinas, pero eso es casi una garantía de que nos vamos a pique. Allí viene.

    El Condor FockeWulf atravesó la nube y se dirigió directamente hacia la popa del San Andreas. El Andover sacó a relucir todos los cañones posibles no bien el FockeWulf atravesó el banco de nubes, y al cabo de unos segundos el lado de estribor del Andover estuvo envuelto en humo. Para una fragata, el fuego antiaéreo que poseía era formidable: baterías de ángulo bajo, pompoms, Oerlikons y las igualmente letales torrecillas BoultonPaul Defiant que disparaban 960 vueltas por minutos. El FockeWulf debió de recibir varios impactos, pero la capacidad del enorme Condor para absorber el castigo era legendaria. Siguió adelante, a no más de sesenta metros sobre las olas. El sonido de los motores pasó de ser clamoroso a atronador.

    —Este no es lugar para un par de marinos honestos, Kennet. — El capitán Bowen tuvo que gritar para hacerse oír. — Pero creo que ya es demasiado tarde.
    —Me parece que sí, señor.

    Dos bombas, sólo dos, se desprendieron perezosamente del Condor envuelto en humo.


    DOS


    Si los norteamericanos hubieran mantenido el diseño inglés original en lo que se refería al alojamiento a bordo de las naves Liberty, la tragedia, aunque no hubiera dejado de serlo, al menos se habría visto minimizada. Los planes originales de Sunderland ubicaban los camarotes tanto en proa como en popa: los diseñadores de Henry Kaiser, creyendo usar su sentido común —que resultó ser disparatado— ubicaron los camarotes de oficiales y tripulantes y el puente de mando agrupados en una única superestructura que rodeaba la chimenea.

    El contramaestre, con el doctor Sinclair a su lado, llegó a la cubierta superior antes de que el Condor alcanzara al San Andreas; casi de inmediato se les unió Patterson, para quien los disparos del Andover habían sonado como una serie de pesados golpes metálicos del lado de la sala de máquinas.

    —¡Abajo! — gritó el contramaestre. Dos fuertes brazos sobre los hombros de Patterson y del doctor Sinclair los arrojaron al suelo; el FockeWulf había alcanzado al San Andreas antes de que lo hicieran las bombas y el contramaestre sabía muy bien que el Condor poseía un despliegue letal de ametralladoras que no vacilaba en usar cuando la ocasión lo requería. En esa oportunidad, sin embargo, las ametralladoras permanecieron en silencio, posiblemente porque los artilleros tenían órdenes de no disparar, más probablemente porque éstos estaban muertos, pues era obvio que el Condor, arrastrando un enorme penacho de humo —era imposible adivinar si provenía del fuselaje o de los motores— y virando con violencia hacia estribor, estaba también a punto de morir.

    Las dos bombas se estrellaron hacia proa y hacia popa de la chimenea, estallaron simultáneamente, enseguida luego de pasar a través de los desprotegidos camarotes, haciendo volar los mamparos destrozados hacia afuera y llenando el aire de esquirlas de metal y vidrios rotos, ninguno de los cuales alcanzó a los tres hombres tirados boca abajo sobre la cubierta. El contramaestre levantó la cabeza con cautela y contempló con incredulidad cómo la chimenea, al parecer intacta, pero cercenada en la base, caía lentamente al mar por el lado de babor. Cualquier ruido que pudiera hacer al chocar contra el agua se ahogó bajo el rugido de nuevos aviones.

    —¡Abajo, manténgase abajo! — Tendido sobre la cubierta, el contramaestre giró la cabeza hacia la derecha. Cuatro lanzatorpedos Heinkel en formación, a media milla de distancia y menos de siete metros sobre el agua, se dirigían directamente a la banda de estribor del San Andreas. Diez segundos, pensó, doce como máximo y los muertos en el osario que era esa superestructura destrozada tendrían compañía de sobra. ¿Por qué se habían callado los cañones del Andover? Se volvió hacia la izquierda para observar la fragata y de inmediato comprendió la razón. Era imposible que los artilleros del Andover no oyeran el ruido de los Heinkel que se aproximaban, pero era igualmente imposible que los vieran. El San Andreas estaba directamente en línea entre la fragata y los bombarderos que volaban a una altura inferior que la de la cubierta superior.

    Volvió a girar la cabeza hacia la derecha y con asombro momentáneo, vio que ése ya no era el caso. Los Heinkels se estaban elevando con la intención de volar por encima del San Andreas, cosa que hicieron al cabo de unos segundos, a no mucho más de cuatro metros sobre la cubierta, dos a cada lado de la superestructura retorcida. El San Andreas no había sido el blanco, sino el escudo para los Heinkels: la fragata era el blanco y los bombarderos estaban a mitad de camino entre el San Andreas y el buque de guerra antes de que los confundidos artilleros comprendieran lo que estaba sucediendo.

    Cuando lo hicieron, la reacción fue rápida y violenta. El armamento principal era virtualmente inútil. Lleva tiempo apuntar y elevar un arma de cualquier tamaño y contra un blanco que se acerca a gran velocidad, el tiempo no alcanza. Las baterías antiaéreas, los cañones de dos libras, los Oerlikons y las Defiants montaron una barrera considerable, pero los lanzatorpedos eran blancos notoriamente difíciles, a lo que se agregaba el hecho de que los artilleros tenían plena conciencia de que la muerte estaba a pocos segundos, lo que disminuía su eficacia.

    Los bombarderos estaban a menos de trescientos metros cuando el avión en el flanco izquierdo de la formación se elevó y viró hacia la izquierda para alejarse de la popa del Andover: seguramente ni el avión ni el piloto habían sido dañados. Como solía suceder, el mecanismo de liberación del torpedo se había congelado, impidiendo la caída del mismo. Aproximadamente en el mismo momento, el avión a la derecha descendió en suave picada hasta que tocó el agua —sin duda el piloto había muerto. Una victoria, sí, pero pírrica. Los otros dos Heinkels liberaron sus torpedos y se elevaron, alejándose del Andover.

    Tres torpedos estallaron contra el Andover casi simultáneamente: los dos que habían sido liberados sin problemas y el que estaba todavía sujeto al avión que había caído al agua. Los tres torpedos detonaron, pero hubo poco estruendo y onda expansiva: el agua siempre ahoga las explosiones submarinas. Lo que sí hubo, sin embargo, fue una gran cortina de agua y espuma que se elevó a sesenta metros y luego cayó lentamente. Cuando por fin desapareció, el Andover estaba semisumergido en el agua. Al cabo de veinte segundos, con sólo un leve siseo producido por el agua que invadió la sala de máquinas y con muy pocas burbujas, el Andover se deslizó bajo la superficie del mar.

    Dios mío, Dios mío, Dios mío! — El doctor Sinclair, tambaleándose levemente, se había puesto de pie. Como médico, había tomado contacto con la muerte, pero no en esa forma horrenda: todavía estaba aturdido y no tenía plena conciencia de lo que sucedía a su alrededor. — !Santo Cielo, ese enorme avión está volviendo hacia aquí!

    El enorme avión, el Condor, regresaba, pero no significaba una amenaza para ellos. Con un humo denso brotándole de los cuatro motores, completó un semicírculo y se acercó al San Andreas. A menos de media milla tocó la superficie del agua, se hundió momentáneamente y luego volvió a aparecer. Ya no había humo.

    —Dios lo guarde —dijo Patterson. Estaba casi anormalmente sereno. — Una expedición para control de daños, primero, que vean si hacemos agua, aunque no creo que ése sea el caso.
    —Sí, señor. — El contramaestre contempló lo que quedaba de la superestructura. — Quizás una expedición de control de incendio. Hay muchas frazadas, colchones, ropa y papeles allí adentro, sabe Dios qué estará ardiendo ya.
    —¿Cree que habrá sobrevivientes allí?
    —No me atrevería a adivinar, señor. Si los hay, es una suerte que seamos un buque hospital.

    Patterson se volvió hacia el doctor Sinclair y lo sacudió con suavidad.

    —Doctor, necesitamos su ayuda. — Hizo un gesto con la cabeza en dirección a la superestructura. — Usted y el doctor Singh… y los asistentes de sala. Mandaré unos hombres con martillos y barras de hierro.
    —¿Y un soplete de oxiacetileno? — dijo el contramaestre.
    —Por supuesto.
    —Tenemos suficiente equipo y material médico a bordo como para equipar el hospital de un pequeño poblado —dijo Sinclair—. Si hay sobrevivientes, todo lo que necesitaremos serán algunas jeringas hipodérmicas. — Parecía haberse recuperado.
    —¿No llevamos a las enfermeras?
    —Por Dios, no. — Patterson sacudió la cabeza con vehemencia. — Le aseguro, ni a mí me gustaría entrar allí. Si hay sobrevivientes, ya tendrán ellas su cuota de horror más tarde.

    McKinnon dijo:

    —¿Permiso para sacar la lancha salvavidas, señor?
    —¿Para qué?
    —Podría haber sobrevivientes del Andover.
    —¡Sobrevivientes! Se hundió en treinta segundos.
    —El Hood se desintegró en un segundo. Hubo tres sobrevivientes.

    Por supuesto, por supuesto. No soy marino, contramaestre. No necesita pedirme permiso a mi.

    —Si, lo necesito, señor. — El contrámaestre señaló la superestructura. Todos los oficiales de cubierta están allí. Usted está al mando.
    —iSanto Cielo! — La idea jamás se le había ocurrido a Patterson. — ¡Qué forma de asumir el mando!
    —Y hablando de mando, señor, el San Andreas ya no está bajo control. Está virando rápidamente hacia babor. El mecanismo de navegación en el puente debe de estar destruido.
    —La navegación puede esperar. Detendré las máquinas.

    Tres minutos más tarde, el contramaestre accionó la palanca y dirigió la lancha salvavidas hacia una balsa inflable que cabeceaba pesadamente cerca del lugar donde había estado el Condor. Había sólo dos hombres en la balsa, el resto de la tripulación del avión se habría hundido con el FockeWulf, supuso el contramaestre. De todos modos, probablemente ya estaban muertos. Uno de los hombres, un jovencito muy mareado y con expresión atemorizada —tenía todo el derecho de sentirse atemorizado, pensó el contramaestre— estaba sentado muy erguido, aferrado a una soga. El otro estaba tendido de espaldas en el fondo de la balsa: en la parte superior izquierda del pecho, brazo izquierdo y muslo derecho, la tela de su overol estaba empapada en sangre. Tenía los ojos cerrados.

    —¡Jesús! — El marinero Ferguson, que tenía un acento de Liverpool y cuya cara surcada de cicatrices hablaba con elocuencia de batallas perdidas y ganadas, principalmente en bares, miró al contramaestre con una mezcla de incredulidad e indignación. — ¡Jesús, contramaestre, ¿no irá a recoger a esos canallas? Acaban de tratar de hundirnos. ¡A nosotros! ¡Una nave hospital!
    —¿No le gustaría saber por qué bombardearon un barco hospital?
    —Es cierto, es cierto. — Ferguson tendió el bichero y acercó la balsa hasta hacerla quedar junto a la lancha salvavidas.
    —¿Alguno de ustedes habla inglés?

    El hombre herido abrió los ojos, que también parecían llenos de sangre.

    —Yo.
    —Parece que está mal herido. Quiero saber dónde antes de tratar de llevarlo a bordo.
    —Brazo izquierdo, hombro izquierdo y muslo derecho. Y creo que tengo algo en el pie derecho. — Su inglés era muy fluido y si había algo de acento, éste era del sur de Inglaterra, no alemán.
    —Usted es el comandante del Condor, por supuesto.
    —Sí. ¿Sigue queriendo llevarme a bordo?

    El contramaestre hizo un gesto a Ferguson y a los otros dos marineros que habían venido con él. Los tres hombres subieron al piloto herido con el máximo cuidado posible, pero con el bote y la balsa cabeceando en las olas era imposible ser muy cuidadosos. Lo recostaron sobre el fondo, cerca de donde estaba sentado el contramaestre junto a los controles. El otro sobreviviente se acurrucó tristemente en el medio del bote. El contramaestre se dirigió hacia el lugar donde calculó que se había hundido el Andover.

    Ferguson miró al hombre herido que yacía de espaldas, con los brazos en cruz. Las manchas rojas se estaban agrandando.

    Podía ser que estuviera sangrando profusamente, pero también podía ser el efecto del agua de mar.

    —¿Cree que ha muerto, contramaestre?

    McKinnon tendió la mano y tocó el costado del cuello del piloto y al cabo de unos segundos localizó el pulso, rápido, débil y errático, pero pulso al fin.

    —Inconsciente. Desmayado. El trasbordo no debe de haber sido fácil para él.

    Ferguson observó al piloto con un cierto respeto involuntario,

    —Quizá sea un maldito asesino, pero es endemoniadamente duro. Debió de estar agonizando pero ni siquiera graznó. ¿No deberiamos llevarlo de regreso al barco, primero? ¿Darle una oportunidad, por decirlo así?
    —Lo pensé. No. Quizás haya sobrevivientes del Andover, y si los hay, no duraran mucho. La temperatura del agua está justo por debajo del punto de congelamiento. Por lo general, los hombres mueren al cabo de un minuto. Si hay alguien, retrasarse un minuto puede significarle la muerte. Les debemos esa oportunidad. Además, el viaje de regreso al barco será muy rápido.

    El San Andreas, virando hacia babor, había trazado un semicirculo y se estaba deteniendo por acción de la marcha atrás. Sin duda, Patterson lo habría hecho para maniobrar la nave temporariamente sin timón y acercarla lo más posible al lugar donde se había hundido el Andover.

    Sólo un patético montón de objetos señalaba dónde había desaparecido la fragata: trozos de madera, algunos barriles, flotadores, boyas y chalecos salvavidas —vacíos— y cuatro hombres. Tres de ellos estaban juntos. Uno del grupo, un hombre que parecía llevar un gorro gris, sostenía la cabeza de otro hombre, inconsciente o bien muerto, fuera del agua; con la otra mano hacia señas en dirección a la lancha que se acercaba.

    Los tres llevaban chalecos salvavidas y mucho más importante aún, trajes de agua, lo que les había permitido seguir con vida luego de quince minutos en las aguas heladas del invierno ártico.

    Los tres hombres fueron subidos a la lancha. El joven al que había ayudado el hombre con gorro gris estaba inconsciente, no muerto. Tenía una gran hinchazón, de la que todavía brotaba sangre, justo por encima de su sien derecha. El tercer hombre —parecía por demás incongruente en las circunstancias llevaba la gorra en pico de un comandante naval. La gorra estaba completamente empapada, El contramaestre fue a quitársela, pero cambió de idea al ver la sangre en la parte trasera de la gorra; probablemente la tuviera pegada a la cabeza. El comandante estaba conseiente, agradeció gentilmente al contramaestre por haberlo sacado del mar, pero tenía los ojos vacíos, vidriosos y perdidos. McKinnon le pasó una mano delante de los ojos, pero no hubo reacción. Por el momento al menos, el comandante estaba ciego.

    Aunque sabía que estaba perdiendo el tiempo, el contramaestre se dirigió hacia el cuarto hombre que estaba en el agua, pero retrocedió cuando todavía estaba a unos metros. Aunque tenía la cara en el agua, no se había ahogado sino que había muerto por congelamiento; no llevaba traje de agua. El contramaestre viró la lancha hacia el San Andreas y tocó el hombro del comandante con suavidad.

    —¿Cómo se siente, comandante Warrington?
    —¿Qué? ¿Cómo me siento? ¿Cómo sabe que soy el comandante Warrington?
    —Todavía lleva la gorra, señor. — El comandante atinó a tocarse la visera pero McKinnon lo detuvo. — Déjela, señor. Se ha herido la cabeza y tiene la gorra pegada a la piel. Lo tendremos en el hospital dentro de quince minutos. Hay médicos y enfermeras de sobra para encargarse de eso, señor.
    —Hospital. — Warrington sacudió la cabeza como para aclararse la mente. — Ah, claro. El San Andreas. Usted debe de ser de allí.
    —Si, señor. Soy el contramaestre.
    —¿Qué sucedió, contramaestre? Con el Andover, digo. — Warrington se tocó el costado de la cabeza. — Estoy algo confundido.
    —Como para no estarlo. Tres torpedos, señor, casi simultáneamente. A usted debieron de volarlo del puente, o quizá se cayó, o más probablemente lo arrastró el agua cuando su buque se hundió. Se fue a pique en poco más de veinte segundos.
    —¿Cuántos de nosotros… bueno, a cuántos encontraron?
    —Solamente a tres, señor. Lo siento.
    —Dios todopoderoso. Sólo a tres. ¿Está seguro, contramaestre?
    —Me temo que sí, señor.
    —Mi encargado de señales…
    —Aquí estoy, señor.
    —Ah, Hedges. Gracias a Dios. ¿Quién es el tercero? — Oficial de navegación, señor. Tiene un golpe muy feo en la cabeza.
    —¿Y el primer teniente? — Hedges no respondió; había hundido la cabeza entre las manos y la sacudía de lado a lado.
    —Me temo que Hedges está algo alterado, comandante. ¿El primer teniente llevaba un chaleco salvavidas rojo? — Warrington asintió. — Entonces lo encontramos, señor. Me temo que se congeló.
    —Qué ironía. Congelarse, digo. — Warrington sonrió levemente. — Siempre se burlaba de nuestros trajes de agua. Llevaba una pata de conejo con él y decía que era todo lo que necesitaba.


    El doctor Singh fue el primero que salió al encuentro del contramaestre cuando éste bajó de la lancha. Patterson estaba con él, al igual que dos asistentes de sala y dos fogoneros. El contramaestre miró a los fogoneros y se preguntó por un instante qué estaban haciendo en la cubierta, pero sólo por un instante: sin duda estaban haciendo el trabajo de un marinero porque quedaban muy pocos marineros para hacerlo. Ferguson y sus dos compañeros habían estado en la expedición de control de incendios en proa y quizá fueran los tres únicos que quedaban; todos los otros marineros habían estado en la superestructura en el momento del ataque.

    —Cinco —dijo el doctor Singh—. Sólo cinco. De la fragata y el avión, sólo cinco.
    —Sí, doctor, Y aun ellos tuvieron una suerte endemoniada. Hay tres en condiciones bastante malas. El comandante parece estar bien, pero creo que está peor que los demás. Aparentemente está ciego y tiene una herida en la nuca. Hay una conexión, ¿no es así, doctor?
    —Oh, Dios. Sí, hay una conexión. Haremos todo lo posible.

    Patterson dijo:

    —Un momento, contramaestre, por favor. — Se apartó hacia un costado y McKinnon lo siguió. Estaban a mitad de camino hacia la superestructura cuando Patterson se detuvo.
    —¿Tan grave es, señor? — preguntó el contramaestre—. No quiere espías. Pero tenemos que confiar en alguien.
    —Supongo que sí. — Patterson parecía cansado. — Pero en muy pocos. Sobre todo luego de lo que vi en esa superestructura. Y de una o dos cositas que descubrí. Comencemos por el principio. El casco está estructuralmente sano. No hay grietas. No creí que fuera a haberlas. Estamos arreglando un control de timón temporario en la sala de máquinas; probablemente podamos reconectar con el puente, que es la parte menos dañada de la superestructura. Hubo un pequeño incendio en el comedor de la tripulación, pero logramos controlarlo, — Asintió en dirección a la triste masa de hierros retorcidos delante de ellos.
    —Roguemos para que haya buen tiempo. Jamieson dice que los soportes estructurales están tan debilitados que todo puede caer por la borda si nos tocan marejadas turbulentas. ¿Quiere entrar?
    —¿Querer? No. Pero debo hacerlo. — El contramaestre vaciló, sin deseos de oír la respuesta a la pregunta que tenía que hacer. ¿Cuántas son las bajas hasta ahora, señor?
    —Hasta el momento hemos encontrado trece muertos. — Hizo una mueca. — Y trozos y fragmentos. Decidí dejarlos donde estaban por ahora. Puede haber más personas con vida.
    —¿Más? ¿Encontró algunas?
    —Cinco, Algunas de ellas, en muy malas condiciones. Están en el hospital. — Entró primero en la retorcida entrada de popa de la superestructura. — Hay dos grupos con oxiacetileno allí adentro. Es un trabajo lento. No hay vigas caídas ni escombros propiamente dichos, sólo puertas retorcidas y trabadas. Algunas, por supuesto —me refiero a las puertas— sencillamente volaron por el aire. Como ésta, por ejemplo,

    La cámara frigorífica, bueno, al menos no había nadie ellí adentro. Pero había tres semanas de provisiones de todo tipo de carne, pescados y otros alimentos perecederos; en un par de días tendremos que comenzar a echarlos por la borda. — Avanzaron lentamente por el pasadizo. La alacena está intacta, señor, aunque no creo que una dieta fija de frutas y vegetales vaya a tener mucho éxito. ¡Dios Santo!

    McKinnon contempló la cocina que quedaba del otro lado del corredor, frente a la alacena. Las superficies de los hornos estaban extrañamente torcidas, pero todos los armarios y las dos mesas estaban intactos. Pero lo que había horrorizado al contramaestre no habían sido los muebles sino los dos hombres que yacían en el suelo. Parecían ilesos, salvo por un pequeño hilo de sangre que les corría desde los oídos y la nariz.

    Netley y Spicer —susurró McKinnon—. No parecen… ¿están muertos?

    —Contusión. Fue instantáneo —respondió Patterson.

    El contramaestre sacudió la cabeza y siguió avanzando.

    —El pañol de comida enlatada —dijo—. Intacto. Qué ironía. Y el pañol de bebidas alcohólicas también. No hay ni una lata abollada ni una botella rota. Hizo una pausa. — Con su permiso, señor, creo que éste es un muy buen momento para hacer uso de las bebidas alcohólicas. Un buen trago de ron para todos, o al menos para los hombres que están trabajando aquí. Es un trabajo bastante desagradable y es una costumbre de la Marina Real cuando hay tareas desagradables que hacer.
    —No sabia que hubiera estado en la Marina Real, contramaestre.
    —Doce años. Por mis pecados.
    —Una idea excelente. Yo seré su primer cliente. — Siguieron por un corredor torcido pero utilizable hacia la siguiente cubierta; McKinnon llevaba una botella de ron en una mano y media docena de jarritos colgados de un alambre en la otra. En esa cubierta se alojaba la tripulación y no ofrecía un espectáculo agradable. El pasillo estaba curvado como una S, y la cubierta presentaba una serie de ondulaciones. En el extremo de proa del pasillo, dos equipos de oxiacetileno se encontraban en plena tarea, cada uno atacando una puerta trabada. En el corto espacio entre el comienzo del pasadizo y el lugar donde trabajaban los hombres había ocho puertas, cuatro de las cuales colgaban de las bisagras, y las otras cuatro habían sido forzadas por los sopletes. Siete de!os camarotes habían estado ocupados y los ocupantes seguían allí; había doce en total. En el octavo camarote encontraron al doctor Sinelair inclinado sobre un paciente postrado pero completamente consciente, al que le estaba administrando una inyección de morfina. Esa plena conciencia quedaba demostrada por el hecho de que dirigía un monólogo irreproducible a nadie en particular.

    McKinnon dijo:

    —¿Cómo se siente, Chips? — Chips era Rafferty, el carpintero del barco.
    —Me estoy muriendo. — Vio la botella de ron en la mano del contramaestre y su expresión angustiada desapareció. — Pero podría recuperarme rápidamente…
    —Este hombre no está moribundo —dijo el doctor Sinclair—. Tiene una simple fractura de tibia, eso es todo. Nada de ron. La morfina y el alcohol no son buenos compañeros. Más tarde. Se enderezó y trató de sonreír. — Pero me vendría bien un trago, si le parece, contramaestre. Uno abundante. Siento que lo necesito. — Eso era cierto, a juzgar por su cara cansada y pálida. Nada en la breve carrera médica del doctor Sinclair lo había preparado siquiera remotamente para la experiencia que estaba viviendo. McKinnon le sirvió una generosa medida de ron, hizo lo mismo para Patterson y para sí y luego pasó la botella y los jarritos a los hombres con sopletes y a los asistentes de sala que aguardaban tristemente, con la camilla lista; no se los veía mucho mejor que el doctor Sinclair, pero se alegraron bastante al ver el ron.

    En la cubierta superior estaban los camarotes de los oficiales. Los daños en ella también eran serios, pero no tan devastadores como los de la cubierta inferior. Patterson se detuvo delante del primer camarote; la puerta había volado hacia adentro y parecía como si un maníaco hubiera atacado el camarote con una maza. McKinnon sabía que era el camarote del Jefe de Máquinas.

    —No me gusta mucho estar en una sala de máquinas, señor —dijo, pero hay momentos en que tiene sus ventajas. — Contempló el camarote vacío y semidestrozado del segundo maquinista, que quedaba frente al de Patterson. — Al menos Ralston no está aquí. ¿Dónde está, señor?
    —Está muerto.
    —Está muerto —repitió McKinnon lentamente.
    —Cuando estalló la bomba, todavía estaba en el baño de los marineros, arreglando ese cortocircuito.
    —Lo siento muchísimo, señor. — Sabía que Ralston había sido el único amigo que Patterson tenía a bordo.
    —Si —dijo Patterson con gesto vago—. Tenía una mujer joven y dos niños, bebés, a decir verdad.

    McKinnon sacudió la cabeza y revisó el siguiente camarote, perteneciente al segundo oficial.

    —Por lo menos el señor Rawlings no está aquí.
    —No. No está aquí. Está arriba en el puente. — El contramaestre lo miró, luego se volvió y entró en el camarote del capitán que, curiosamente, parecía casi intacto. McKinnon fue directamente a un pequeño armario de madera, extrajo su cuchillo, abrió el pasador e insertó la punta justo debajo de la cerradura del armario.
    —¿Rompiendo e invadiendo, contramaestre? — La voz del jefe de máquinas no contenía reproche, pero sí perplejidad: conocía lo suficiente a McKinnon como para saber que nunca hacía nada sin un motivo lógico.
    —Romper e invadir es para puertas cerradas y ventanas, señor. Simplemente llámelo vandalismo. — La puerta se abrió y el contramaestre extrajo dos pistolas del armario. — Colt 45 de la Marina. ¿Sabe algo acerca de pistolas, señor?
    —Jamás tuve una en la mano. ¿Usted sabe de pistolas… como de ron?
    —Sé sobre pistolas. Este pequeño interruptor que está aquí… se aprieta así. Entonces desactiva la traba de seguridad. Eso es todo lo que se necesita saber sobre pistolas. — Miró el armario roto, luego las pistolas y sacudió la cabeza nuevamente. — No creo que al capitán Bowen le hubiese molestado.
    —Que le moleste. No que le hubiera molestado. Que le moleste.

    El contramaestre dejó las pistolas con cuidado sobre la mesa del capitán.

    —¿Me está diciendo que el capitán no está muerto?
    —No. Y tampoco lo está el primer oficial.

    McKinnon sonrió por primera vez esa mañana, luego miró a Patterson con ojos acusadores.

    —Podría habérmelo dicho, señor.
    —Supongo que sí. Podría haberle dicho una docena de cosas. Creo que estará de acuerdo conmigo, contramaestre, en que los dos tenemos muchas cosas en la mente. Ambos están en el hospital, con quemaduras horribles en la cara, pero no corren peligro, al menos según lo que dice el doctor Singh. Los salvó el hecho de haber salido al alerón de babor del puente: estaban lejos de los efectos directos de la explosión.
    —¿Y por qué se quemaron tanto, señor?
    —No lo sé. Casi no pueden hablar, tienen los rostros totalmente vendados. Parecen momias egipcias más que otra cosa. Le pregunté al capitán y murmuraba algo como Essex o Wessex o algo así.

    McKinnon asintió.

    —Wessex, señor. Cohetes. Bengalas de emergencia. Hay dos juegos en el puente. El impacto debió de activar algún mecanismo de disparo y se incendiaron prematuramente. Qué golpe de mala suerte.
    —De buena suerte, si quiere mi opinión, contramaestre. Al menos comparado con los que estaban en!a superestructura. — ¿El… él ya lo sabe?
    —No parecía ser el momento indicado para decírselo. Había otra cosa que seguía repitiendo, como si fuera urgente. "Señal guía, señal guía", algo así. Una y otra vez. Quizá no estaba lúcido, o quizá yo no comprendí bien. La única parte de la cara que no tienen cubierta por las vendas es la boca, pero los labios están muy quemados. Además, por supuesto, están cargados de morfina. "Señal guía". ¿Significa algo para usted?

    Por el momento, no.

    Un fogonero joven y diminuto apareció en la puerta. McCrimmon de unos veinticinco años, era una persona poco querible, ya que sus características principales y permanentes eran goma de mascar en la boca, un estado de ánimo truculento, el entrecejo fruncido y una boca como una cloaca; en este momento, ostentaba las primeras tres.

    —Ese lugar, allí abajo, es asqueroso. Igual que un maldito cementerio.
    —Morgue, McCrimmon, morgue —dijo Patterson—. ¿Qué quiere?
    —¿Yo? Nada, señor. Jamieson me mandó. Dijo algo acerca de que los teléfonos no funcionaban y que quizá necesitaran un mensajero.
    —"Señor" Jamieson para usted, McCrimmon. Patterson miró al contramaestre. — Muy considerado de parte del señor Jamieson. No necesitamos nada de la sala de máquinas, excepto que arreglen ese timón. ¿En la cubierta, contramaestre?
    —Dos vigías, aunque quién sabe qué esperan encontrar. Dos de sus hombres, señor, los dos asistentes de sala de abajo, el marinero Ferguson y Curran. Curran es —o solía ser fabricante de velas. No le envidio su oficio, pero le daré una mano, Curran sabrá qué traer. Sugiero, señor, que despejemos la cubierta del comedor de la tripulación.
    —¿Para depósito de cadáveres?
    —Sí, señor.
    —¿Oyó, McCrimmon? ¿Cuántos hombres?
    —Ocho, señor.
    —Ocho. Dos vigías. Los dos marineros para que traigan el velamen y lo que se necesite. Los otros cuatro que despejen el lugar. No trate de decírselo usted, probablemente lo arrojarían por la borda. Dígaselo al segundo maquinista y él se lo dirá. Cuando hayan terminado, que vengan a informármelo aquí al puente. Usted también. Vaya. — McCrimmon se marchó.

    El contramaestre señaló las dos pistolas Colt que estaban sobre la mesa.

    —Me pregunto qué habrá pensado McCrimmon de ellas.
    —Probablemente no son nada nuevo para él. Jamieson eligió al hombre adecuado: McCrimmon es duro y no tiene mucha fineza de sentimientos. Escocés medio irlandés, de algún villorrio de Glasgow. Estuvo en prisión. A decir verdad, de no haber sido por la guerra, probablemente estaría allí ahora.

    McKinnon asintió y abrió otro pequeño armario, éste tenía llave. Era un bar y del interior tapizado de terciopelo, McKinnon extrajo una botella de ron y la puso sobre la litera del capitán.

    —No creo que al capitán le importe esto tampoco —comentó Patterson—. ¿Para los camilleros?
    —Sí, señor. — McKinnon comenzó a abrir cajones de la mesa del capitán y encontró lo que buscaba en el tercer cajón: dos carpetas forradas en cuero que le entregó a Patterson. — Libro de oraciones y servicio fúnebre, señor. Pero pienso que con el servicio fúnebre debería de bastar. Alguien tiene que leerlo.
    —Por Dios, contramaestre, no soy predicador.
    —No, señor. Pero es el oficial a cargo.
    —Por Dios —repitió Patterson. Dejó las carpetas con reverencia sobre la mesa. — Les echaré un vistazo más tarde.
    —"Señal guía" —dijo McKinnon con lentitud—. Eso es lo que dijo el capitán, ¿no es así? "Señal guía".
    —Sí.
    —"Señal de guía" era lo que estaba tratando de decir. "Señal de guía". Debió de habérseme ocurrido antes, pero supongo que ésa es la razón por la que el capitán Bowen es capitán y yo no. ¿Cómo cree que el Condor logró localizarnos en la oscuridad? De acuerdo, casi había amanecido cuando atacó, pero debió de haber seguido nuestro curso cuando todavía era de noche. ¿Cómo supo dónde estábamos?
    —¿Un submarino?
    —Imposible. El equipo sonar del Andover lo hubiera detectado. — El contramaestre estaba repitiendo las palabras que había usado el capitán.
    —Ah. — Patterson asintió. — Una señal de guía. Nuestro amigo el saboteador.
    —Pie Sigiloso, como lo llama el señor Jamieson. No sólo estaba ocupado con nuestros circuitos eléctricos, sino que transmitía una señal continua. Una señal direccional. El Condor sabía perfectamente dónde estábamos todo el tiempo. No sé si el Condor estaba equipado para recibir ese tipo de señales, pues no sé nada de aviones, pero no hubiera importado; algún lugar como Alta Fjord podría haber recibido la señal y transmitido nuestro rumbo al avión.
    —Está en lo cierto, por supuesto, contramaestre, está en lo cierto. — Patterson miró las dos pistolas. — Una para mi y una para usted.
    —Si usted lo dice, señor.
    —No sea tonto; ¿a quién más se la daría? — Patterson tomó una pistola. — Jamás tuve una en la mano y ni qué decir de dispararla. Pero sabe una cosa, contramaestre, creo que no me molestaría disparar un tiro. Uno solo.
    —A mí tampoco, señor.

    El segundo oficial Rawlings yacía junto al timón y no había misterio respecto de cómo había muerto: lo que debía de ser una esquirla de metal casi lo había decapitado.

    —¿Dónde está el timonel? — preguntó McKinnon—. ¿Está entre los sobrevivientes, entonces?
    —No lo sé. No sé quién estaba al timón. Quizá Rawlings lo había mandado a buscar algo. Pero hubo dos sobrevivientes aquí, aparte del capitán y el primer oficial: McGuigan y Jones.
    —¿McGuigan y Jones? ¿Qué estaban haciendo aquí?
    —Parece que el señor Kennet los había llamado para que hicieran de vigías, uno en cada alerón. Supongo que fue por eso que sobrevivieron, al igual que el capitán Bowen y el señor Kennet. También ellos están en el hospital.
    —¿Malheridos?
    —Ilesos, tengo entendido. Shock, nada más.

    McKinnon salió al alerón de babor y Patterson lo siguió. El ala estaba intacta, no había señales de metal destrozado por ninguna parte. El contramaestre indicó una caja de metal que había sido gris, pero que en ese momento se encontraba casi carbonizada. Estaba insertada justo debajo del rompevientos; la tapa y uno de los lados había volado con la explosión.

    —Allí es donde guardaban los cohetes Wessex —explicó McKinnon.

    Volvieron a entrar y McKinnon se acercó a la escotilla de la oficina de radio; la puerta corrediza de madera ya no estaba allí.

    —Si estuviera en su lugar, no miraría.
    —Los hombres van a tener que hacerlo, ¿no es así? Spenser, el primer oficial de radio, yacía sobre la cubierta, pero ya no era posible reconocerlo como tal. Era sólo una masa amorfa de huesos, carne y jirones ensangrentados de ropa; de no haber sido por estos últimos, los restos podrían haber sido los de cualquier animal. Cuando McKinnon desvió la mirada, Patterson vio que el rostro bronceado había perdido algo de su color.
    —La primera bomba debe de haber estallado justo debajo de él —dijo el contramaestre—. Dios, nunca vi algo así. Yo mismo me encargaré de él. El tercer oficial Batesman. Sé que era el oficial de guardia. ¿Tiene idea de dónde está, señor?
    —En la sala cartográfica. Tampoco le aconsejo entrar allí.

    Apenas si era posible reconocer a Batesman. Seguía en su silla, medio inclinado, medio tendido sobre la mesa, con lo que quedaba de su cabeza apoyada sobre una carta de navegación ensangrentada. McKinnon volvió al puente.

    —Supongo que a sus parientes no los reconfortará nada saber que murieron sin darse cuenta. También de él me encargaré yo. No puedo pedírselo a los hombres. — Miró hacia adelante, a través de los vidrios totalmente destrozados. Al menos, pensó, ya no necesitarán una pantalla Kent para tener una visión clara. — El viento vira hacia el este —comentó, distraído—. Seguramente traerá más nieve. Por lo menos nos ayudará a mantenernos ocultos de los lobos, si es que hay lobos por aquí.
    —¿Cree que quizá vuelvan para acabar con nosotros? — El jefe de máquinas tiritaba incontrolablemente, pero sólo porque estaba acostumbrado al calor de la sala de máquinas; la temperatura en el puente era de veinte grados bajo cero y el viento se mantenía firme en los veinte nudos.
    —¿Quién puede estar seguro, señor? Pero a decir verdad, no lo creo. Hasta uno de esos lanzatorpedos Heinkel podría habernos liquidado si hubiera tenido esa intención. 0 el propio Condor, para el caso.
    —Lo hizo bastante bien, si quiere mi opinión.
    —No tanto como podría haberlo hecho. Sé que un Condor normalmente lleva bombas de doscientos cincuenta kilos. Tres o cuatro de esas bombas nos hubieran mandado a pique. Aun dos hubieran sido suficientes, sin duda habrían desintegrado la superestructura en lugar de dejarla inutilizada.
    —¿La Marina Real otra vez, no es así, contramaestre?
    —Conozco los explosivos, señor. Esas bombas no pueden haber sido de más de cincuenta kilos cada una. ¿No cree, señor, que tendremos preguntas interesantes para hacerle a ese capitán del Condor cuando recupere el conocimiento?
    —Con la esperanza de obtener respuestas interesantes, ¿no es cierto? Incluyendo la respuesta a la pregunta de por qué bombardeó una nave hospital, en primer lugar.
    —Bueno, sí, quizás…
    —¿Qué quiere decir con eso de quizás?
    —Hay una posibilidad, muy leve, debo admitir, de que no haya sabido que estaba bombardeando una nave hospital.
    —No sea ridículo, contramaestre. Por supuesto que lo sabía. ¿De qué tamaño tienen que ser las cruces rojas para que se vean?
    —No estoy tratando de disculparlo, señor. — Hubo una nota áspera en la voz de McKinnon y Patterson frunció el entrecejo, no por la actitud del contramaestre sino porque no era característico en él adoptar ese tono sin tener un buen motivo. — Todavía no había amanecido del todo, señor. Al mirar hacia abajo, las cosas se ven mucho más oscuras de lo que se ven al nivel del mar. Sólo tiene que subir al mástil para darse cuenta de eso. — Como Patterson jamás había subido a un mástil en su vida, probablemente no se sintió bien preparado para responder al comentario de McKinnon. — Como se acercaba por la popa, no pudo haber visto las cruces sobre los costados y como volaba muy bajo, no pudo haber visto la cruz en la cubierta de proa: la superestructura le bloqueaba la visión.
    —Eso todavía deja la cruz en la cubierta de popa. Aun a pesar de que no había amanecido del todo, tuvo que haberla visto.
    —No con la cantidad de humo que brotaba debido a que las máquinas estaban a todo vapor, señor.
    —Es cierto. Es una posibilidad. — No estaba convencido y observó con algo de impaciencia cómo McKinnon hacía girar el timón inutilizado y examinaba la brújula de la bitácora y la brújula de emergencia, que habían quedado destrozadas.
    —¿Es necesario que nos quedemos aquí? — dijo Patterson—. No hay nada que podamos hacer por el momento aquí y me estoy congelando. Sugiero que vayamos al camarote del capitán.
    —Estaba por sugerir lo mismo, señor.

    La temperatura en el camarote no superaba por mucho el punto de congelamiento, pero era considerablemente más alta que en el puente y lo que era más importante aún, no había viento allí. Patterson se dirigió directamente al armario donde estaban los licores y sacó una botella de whisky.

    —Si usted lo hace, yo también voy a hacerlo. Se lo explicaremos al capitán más tarde. No me gusta mucho el ron y necesito un trago.
    —¿Un remedio contra la neumonía?
    —Algo por el estilo. ¿Me acompaña?
    —Sí, señor. El frío no me preocupa, pero creo que voy a necesitar fuerzas para las próximas horas. ¿Cree que se podrá reparar el timón, señor?
    —Es posible. Tendrá que ser un arreglo temporario. Le diré a Jamieson que se ocupe.
    —No es absolutamente indispensable por ahora. Sé que todos los teléfonos están descompuestos, pero no debería llevar mucho tiempo volver a conectarlos y ustedes están armando un control de timón temporario en la sala de máquinas. Lo mismo con la electricidad: no llevará mucho pasar unos cables aquí y allá. Pero no podemos empezar con nada de eso hasta que dejemos esta zona… bueno, despejada.

    Patterson bebió la mitad del contenido de su vaso.

    —No se puede comandar el San Andreas desde el puente. Dos minutos allí arriba fueron suficientes para mí. Quince minutos y cualquiera moriría congelado.
    —No se puede comandarlo desde ningún otro lugar. El frío es el problema principal, estoy de acuerdo. Así que lo cerraremos. Hay mucha madera terciada en la carpintería.
    —No se puede ver a través de la madera terciada. — Podríamos sacar la cabeza de tanto en tanto por las puertas, pero no será necesario. Dejaremos ventanas en la madera.
    —Bien, bien —dijo Patterson. Al parecer, el whisky le había devuelto la circulación. — Lo que necesitamos es un vidriero y algunas ventanas y no tenemos ninguna de las dos cosas.
    —No necesitamos el vidriero. No es necesario cortar el vidrio o empotrar ventanas. Debe de haber rollos de cinta aisladora en su departamento de electricidad.
    —Tengo doscientos metros de cinta y todavía no tengo ninguna ventana.
    —No las necesitaremos. Vidrio, eso es todo. Sé dónde está el mejor vidrio —grueso y pulido, además de todo. En las superficies de todos esos carritos y bandejas en el hospital.
    —¡Ah! Creo que ha dado en el clavo, contramaestre.
    —Sí, señor. Supongo que la caba Morrison le permitirá llevárselos.

    Patterson esbozó una de sus poco frecuentes sonrisas. — Tengo entendido que soy el oficial al mando, aunque sólo sea temporariamente.

    —Así es, señor. Sólo le pido que no me haga estar cerca cuando la meta presa. Esas son todas pequeñeces, Hay tres asuntos que preocupan más. Primero, la radio no es más que un montón de metal inútil. No podemos ponernos en contacto con nadie y nadie puede ponerse en contacto con nosotros. Segundo, las brújulas están inutilizadas. Sé que usted hizo instalar una brújula giroscópica, pero nunca funcionó, ¿verdad? Pero lo peor de todo es el problema de la navegación.
    —¿Navegación?!Navegación! ¿Cómo puede ser eso un problema?
    —Si quiere llegar de la A a B, es el peor problema de todos, Tenemos, teníamos, cuatro oficiales de navegación a bordo de este barco. Dos están muertos y los otros dos están envueltos en vendas como si fueran momias egipcias, para utilizar sus propias palabras. El comandante Warrington podría haber navegado, lo sé, pero está ciego y a juzgar por la expresión en los ojos del doctor Singh, creo que la ceguera es permanente. — McKinnon se detuvo y sacudió la cabeza. — Y para hacer rebasar la copa, señor, tenemos al oficial de navegación del Andover a bordo, pero tiene contusión o está en coma; habrá que preguntárselo al doctor Singh. Si a un jugador de póquer le tocaran estas cartas, se pegaría un tiro. Cuatro oficiales de navegación no ven y si no se puede ver no se puede navegar. Es por eso que la pérdida de la radio es tan desafortunada. Tiene que haber un buque de guerra británico dentro de las cien o doscientas millas que podría habernos prestado un oficial de navegación. ¿Usted sabe navegar, señor?
    —¿Yo? ¿Navegar? — Patterson parecía decididamente insultado. — Soy oficial maquinista. Pero usted, McKinnon, es hombre de mar y tiene doce años de servicio en la Marina Real.
    —No importa que haya estado cien años en la Marina Real, señor. De todas formas no sé navegar. Yo era suboficial torpedero. Si quiere disparar un torpedo, dejar caer una bomba de profundidad, hacer volar una mina o realizar trabajos elementales de electricidad, soy el hombre que busca. Pero apenas reconocería un sextante si lo viera. Cosas como desviación y variación no son más que palabras sueltas para mí.

    Tenemos una pequeña brújula manual a bordo de la lancha salvavidas que usé hoy, pero no sirve. Es una brújula magnética, por supuesto y no sirve porque sé que el polo norte magnético no está cerca del polo norte geográfico; creo que está como a dos mil kilómetros. En Canadá, en la isla Baffin o un lugar así. De cualquier forma, en las latitudes en las que estamos ahora, el polo magnético está más hacia el oeste que hacia el norte. — McKinnon bebió un poco de whisky y miró a Patterson por encima del borde del vaso. — Jefe Patterson, estamos perdidos.

    —Usted se parece al que consolaba a Job. — Patterson miró su vaso con expresión sombría y luego agregó sin demasiada esperanza: —¿No sería posible conseguir que el sol brille a mediodía? De esa forma, sabríamos adónde está el sur.
    —Por como pinta el tiempo, no creo que veamos el sol a mediodía. De todas formas, lo que es mediodía, o la hora del sol, no coincide con las doce en nuestros relojes. Suponiendo que estuviéramos en el medio del Atlántico, cosa que no sería imposible, y supiéramos adónde está el sur, ¿nos ayudaría eso a saber hacia dónde está Aberdeen, que creo que es nuestro destino? El cronómetro, dicho sea de paso, está destruido, cosa que no es para nada importante: igual no sabría relacionar el cronómetro con la longitud. Y aun si consiguiéramos establecer un rumbo hacia el sur, aquí hay veinte horas diarias de oscuridad y el piloto automático está inutilizado, como todo lo que está en el puente. Por supuesto, no avanzaríamos en círculo, pues la brújula manual lo impediría, pero de todas formas no sabríamos en qué dirección avanzamos.
    —Si quiero algo de optimismo, McKinnon, sé adónde no ir a buscarlo. ¿Ayudaría en algo si supiéramos aproximadamente dónde estamos?
    —Ayudaría, pero todo lo que sabemos, aproximadamente, es que estamos en algún lugar al norte o al noroeste de Noruega. En cualquier punto, digamos, de cincuenta mil kilómetros cuadrados de mar. Sólo hay dos posibilidades, señor. El capitán y el primer oficial tienen que haber sabido dónde estábamos. Si pueden decírnoslo, estoy seguro de que lo harán.
    —¡Santo Cielo, por supuesto! No somos muy inteligentes, ¿no es así? Al menos yo no lo soy. ¿Qué quiere decir con eso de si"? El capitán Bowen podía hablar hace alrededor de veinte minutos.
    —Eso fue hace veinte minutos. Sabe bien lo dolorosas que pueden ser las quemaduras. El doctor Singh sin duda les habrá administrado calmantes y algunas ocasiones, la única forma de calmarlos es dejándolos fuera de combate.
    —¿Y la otra posibilidad?
    —Las cartas de navegación. El señor Batesman estaba trabajando sobre una carta —todavía tenía un lápiz en la mano. Iré a ver.

    Patterson hizo una mueca.

    —Mejor que vaya usted y no yo.
    —No olvide a Pie Sigiloso, señor. — Patterson se tocó el overol, en el lugar donde había ocultado la pistola. — Ni el servicio fúnebre.

    Patterson miró con desagrado la carpeta forrada en cuero. — ¿Y dónde se supone que debo dejar eso? ¿Sobre la mesa de operaciones?

    —Hay cuatro camarotes vacíos en el hospital, señor. Para Personas Muy Importantes en vías de recuperación. En este momento, no hay ninguna.
    —Ah. Diez minutos, entonces.

    McKinnon regresó al cabo de cinco minutos y el jefe de máquinas, al cabo de quince. Un aire de pesar casi palpable colgaba sobre Patterson.

    —¿No tuvo suerte, señor?
    —Maldición, no. Usted tenía razón. Están sedados y pueden pasar horas antes de que recuperen el conocimiento. Y si comienzan a hacerlo, dice el doctor Singh, él piensa volver a sedarlos. Al parecer, trataban de arrancarse las vendas del rostro. Les vendó también las manos, hasta un hombre inconsciente, dice el doctor, tratará de rascarse lo que lo irrita. De todas formas, tenían las manos quemadas, no mucho, pero lo suficiente cómo para justificar las vendas.
    —Hay correas para atar las muñecas a las cabeceras de las camas.
    —El doctor Singh mencionó eso, pero dijo que no creía que al capitán Bowen le gustara despertar y encontrarse virtualmente preso en su propio barco. A propósito, el timonel que faltaba era Hudson. Tiene las costillas rotas y una le perforó el pulmón. El doctor dice que está grave. ¿Cómo le fue a usted?
    —Igual que a usted, señor. Nada. Había un par de reglas parelelas junto al señor Batesman, de modo que supongo que debe haber estado trazando un rumbo con el lápiz.
    —¿No pudo deducir nada de la carta marítima?
    —Ya no era una carta. Era sólo un trapo ensangrentado.


    TRES


    Nevaba copiosamente y soplaba un viento helado del este cuando sepultaron a sus muertos en la oscuridad de las primeras horas de la tarde. Tenían iluminación, pues el saboteador, probablemente más que satisfecho con los resultados de sus actividades matinales, descansaba sobre los laureles y las luces de la cubierta funcionaban de nuevo, pero en ese temporal cargado de nieve, la luz era débil, intermitente y muy poco efectiva; servía sólo para intensificar el aspecto macabro de los tripulantes que echaban al agua los cadáveres y la apariencia fantasmagórica de la docena de hombres cubiertos de nieve. Con una linterna en la mano, el jefe de máquinas Patterson leyó el servicio fúnebre, pero era lo mismo que si estuviera recitando las últimas cotizaciones del mercado de cambios, pues no se le oía ni una sola palabra. Uno por uno, los muertos envueltos en mortajas con pesas se deslizaron por el tablón inclinado, desde debajo de la bandera británica y desaparecieron en silencio dentro del agua helada del Mar de Barents. Nada de clarines para ellos; el único réquiem fue el aullido perdido y solitario del viento a través del aparejo congelado y de los huecos dentados que se habían abierto en la superestructura.

    Temblando en forma incontrolable y con los rostros manchados de azul por el frío, los hombres regresaron al único lugar de reunión razonablemente cálido que quedaba en el San Andreas: el comedor y área de recreación del hospital, situado entre las salas y los camarotes.

    —Tenemos una deuda muy grande con usted, señor McKinnon —dijo el doctor Singh. Había asistido al funeral y todavía le castañeteaban los dientes. — Muy rápido, muy eficiente. Debió de ser una tarea horrorosa.
    —Tuve seis pares de manos dispuestas —respondió el contramaestre—. Fue peor para ellos que para mí. — No tuvo que explicar a qué se refería; todos sabían que cualquier cosa siempre sería peor para los otros que para ese casi indestructible marino de las Shetland. Miró a Patterson. — Tengo una sugerencia, señor.
    —¿Una de la Marina Real?
    —No, señor. De pescador de aguas profundas. Bueno, bastante parecido, ya sé que éstas son aguas donde se hace trolling. Un brindis por los que se fueron.
    —Apoyo la idea, aunque no por razones tradicionales ni sentimentales. — Los dientes del doctor Singh seguían sonando como castañuelas. — Medicinales. No sé cómo estarán ustedes, pero mis glóbulos rojos necesitan un poco de ayuda.

    McKinnon miró a Patterson, que hizo un gesto de aprobación. El contramaestre se volvió y miró al joven pecoso y no muy desarrollado que se mantenía a una distancia respetuosa.

    —Wayland.

    Wayland se acercó a toda prisa.

    —¿Sí, señor McKinnon?
    —Vaya con Mario al pañol de las bebidas. Traiga licor para todos.
    —Sí, señor contramaestre. Enseguida, señor contramaestre. — McKinnon había abandonado tiempo atrás la tarea de convencer a Wayland de que no llamara de esa forma.

    El doctor Singh dijo:

    —No será necesario, señor McKinnon. Tenemos provisiones aquí.
    —¿Medicinales, por supuesto?
    —Por supuesto. — El doctor Singh observó a Wayland mientras éste se retiraba a la cocina. — ¿Cuántos años tiene ese muchacho?
    —Dice que tiene diecisiete o dieciocho, no sabe bien cuántos. En cualquier caso, miente. No creo que jamás haya visto una afeitadora.
    —Se supone que trabaja para usted, ¿no es cierto? Está encargado de la despensa, tengo entendido. Se pasa casi todo el día aquí.
    —Si a usted no le molesta, doctor, a mí tampoco.
    —No, no, en absoluto. Es un muchacho bien dispuesto, siempre ansioso por colaborar.
    —Es todo suyo. Además, ya no tenemos despensa. ¿Le está arrastrando el ala a una de las enfermeras?
    —Subestima al muchacho. A la caba Morrison, nada menos. La idolatra desde una distancia respetuosa, por supuesto.
    —¡Santo Dios! — exclamó el contramaestre.

    Mario entró en ese momento, llevando con una sola mano, a unos pocos centímetros encima de su cabeza, una magnífica bandeja de plata cargada con vasos y botellas, cosa que dadas las circunstancias, no era nada fácil, ya que el San Andreas cabeceaba considerablemente. Con un hábil movimiento, Mario dejó la bandeja sobre la mesa sin que se oyera el más leve tintineo de vidrio contra vidrio. De dónde había salido la bandeja era un misterio que concernía sólo a Mario. Como correspondía a la concepción popular de un italiano, Mario poseía unos magníficos bigotes oscuros, pero si tenía los tradicionales ojos relampagueantes era imposible adivinar, pues siempre llevaba gafas negras. Algunos declaraban que había una conexión entre los anteojos oscuros y la Mafia siciliana, aseveración que siempre se hacía con humor, pues Mario contaba con la aprobación de todos. Era gordo, de edad indeterminada y alegaba que había trabajado en el Savoy Grill, lo que podía haber sido cierto. Lo que no entraba en discusión era que detrás de Mario —un hombre que según el capitán Bowen merecía estar en un campo de prisioneros de guerra— había una carrera dudosa.

    Luego de no más de dos dedos de whisky, pero considerando evidentemente que sus glóbulos rojos habían vuelto a su tarea, el doctor Singh dijo:

    —¿Y ahora, señor Patterson?
    —El almuerzo, doctor. Un almuerzo muy tardío, pero morirnos de inanición no ayudará a nadie. Me temo que habrá que prepararlo en su cocina y servirlo aquí.
    —Ya está encaminado. ¿Y luego?
    —Y luego nos encaminaremos nosotros. — Miró al contramaestre. — Podríamos, temporariamente, tener la brújula de la lancha salvavidas en la sala de máquinas. Allí tenemos el control del timón.
    —No daría resultado, señor. Hay tanto metal en la sala de máquinas que a cualquier brújula magnética le daría un ataque. — Empujó hacia atrás la silla y se puso de pie. — Creo que saltaré el almuerzo. Pienso que estará de acuerdo conmigo, señor Patterson, en que una línea telefónica desde el puente a la sala de maquinas, y energía eléctrica en el puente, para ver lo que hacemos, son las dos primeras prioridades.
    —Ya se están encargando de eso, contramaestre —dijo Jamieson.
    —Gracias, señor. Pero de todas formas el almuerzo puede esperar. — Ahora le hablaba a Patterson. — Hay que cerrar el puente y dejar que entre algo de luz. Después de eso, señor, podríamos tratar de despejar algunos de los camarotes de la superestructura, averiguar cuáles de ellos están habitables y tratar de volver a proveerlos de luz y calefacción. Un poco de calefacción en el puente tampoco vendría mal.
    —Deje todo eso al equipo de la sala de máquinas, luego que hayamos comido un bocado, claro está. ¿Necesitará ayuda? — Con Ferguson y Curran será suficiente.
    —Bien, eso deja una sola cosa por conseguir: el vidrio para sus ventanas.
    —Así es, señor. Creí que usted…
    —Una nimiedad. — Patterson agitó la mano para acentuar sus palabras. — Sólo tiene que pedirlo, McKinnon.
    —Pero pensé que usted… quizá me equivoqué.
    —¿Tenemos un problema?
    —Quería el vidrio de los carritos y bandejas de las salas. Quizá, doctor Singh, usted podría…
    —Oh, no. — La respuesta del doctor Singh fue rápida y decisiva. — El doctor Sinclair y yo nos ocupamos del quirófano y de los pacientes operados, pero el manejo de las salas no tiene nada que ver con nosotros. ¿No es así, doctor?
    —En efecto, señor. — El doctor Sinclair también sabía hablar con tono decisivo.

    McKinnon contempló a los dos médicos y a Patterson con un rostro impasible que era mucho más elocuente de lo que podría haber sido cualquier expresión y atravesó la puerta que daba a la Sala B. Había diez pacientes en esa sala y dos enfermeras, una muy morena y la otra muy rubia. La morena, Irene, tenía poco más de veinte años, provenía de Irlanda del Norte, era bonita, tenía ojos oscuros y un carácter tan cálido y alegre que a nadie se le hubiera ocurrido llamarla por su apellido, que de todas formas, nadie parecía conocer. Levantó la mirada cuando McKinnon entró y por primera vez desde que se había enrolado no esbozó una sonrisa de bienvenida. El le palmeó el hombro con suavidad y se dirigió al otro extremo de la sala, donde la enfermera Magnusson estaba volviendo a vendar el brazo de un marinero, Janet Magnusson tenía unos pocos años más que Irene y era más alta, pero no mucho. Tenía un aire levemente vikingo y era incuestionablemente bien parecida: tenía el mismo color de pelo y de ojos que el contramaestre, pero por fortuna, no el de su piel rubicunda. Al igual que la enfermera más joven, era generosa con las sonrisas y como ella, esa vez no sonrió. Se enderezó cuando McKinnon se acercó, tendió la mano y le tocó el brazo.

    —¿Fue terrible, no es cierto, Archie?
    —No fue algo que me gustaría volver a hacer. Me alegro de que no estuvieras allí, Janet.
    —No me refería a eso, al funeral, quiero decir. Fuiste tú el que se ocupó de los que estaban peor. Dicen que el oficial de radio estaba, bueno, hecho pedazos.
    —Una exageración. ¿Quién te lo dijo?
    —Johny Holbrook. Ya sabes, el joven asistente de sala. El que te tiene miedo,
    —Nadie me tiene miedo respondió McKinnon, distraído. Echó una mirada a la sala. — Hubo varios cambios aquí.
    —Tuvimos que echar a algunos de los llamados pacientes en recuperación. Cualquiera hubiera dicho que se los enviaba a la muerte. 0 a Siberia, al menos. No tienen nada. Sólo les gustan las camas suaves y que los mimen.
    —¿Y quién los mimaba, sino tú o Irene? Sencillamente no toleraban que se los separara de ustedes. ¿Dónde está la leona? Janet le dirigió una mirada reprobadora.
    —¿Te estás refiriendo a la caba Morrison?
    —Precisamente. Tengo que tusarle la melena en su cueva.
    —No la conoces, Archie. Es muy buena, te lo aseguro. Maggie es amiga mía. De veras.
    —¿Maggie?
    —Cuando no estamos de turno, siempre la llamo así. Está en la otra sala.
    —!Maggie! ¡Santo Cielo! Yo creí que tú no le gustabas porque yo no le gusto porque no le gusta que te hable.
    —Tonterías. ¿Archie?
    —¿Sí?
    —Las leonas no tienen melena.

    El contramaestre no se tomó la molestia de responder. Se dirigió a la sala contigua. La caba Morrison no estaba allí. De los ocho pacientes, sólo dos, McGuigan y Jones, estaban visiblemente conscientes. El contramaestre se acercó a las camas adyacentes y dijo:

    —¿Qué tal, muchachos?
    —Caray, estamos bien, contramaestre —respondió McGuigan—. No deberíamos estar aquí.
    —Se quedarán hasta que les digan que pueden irse. — Dieciocho años. Se estaba preguntando cuánto tardarían en recuperarse de la visión del casi decapitado Rawlings tendido junto al timón, cuando la caba Morrison entró por la puerta del otro extremo de la sala.
    —Buenas tardes, caba Morrison.
    —Buenas tardes, señor McKinnon. Veo que está haciendo sus rondas médicas.

    McKinnon sintió un principio de ira pero se conformó con adoptar una expresión pensativa; probablemente no era consciente del hecho de que ésta, en algunas circunstancias, podía tener un efecto perturbador sobre las personas.

    —Sólo quería hablar unas palabras con usted, caba.—Echó una mirada alrededor de la sala. — No es un grupo muy vivaz, ¿no?
    —No me parece que éste sea momento o lugar para bromas, señor McKinnon. — No tenía los labios tan fruncidos como podría haberlos tenido, pero había una apreciable falta de calidez detrás de los lentes con armazón de acero.

    McKinnon la miró durante varios segundos y ella comenzó a mostrar señales de nerviosismo. Como la mayoría de la gente —con excepción del temeroso Johnny Holbrook— consideraba al contramaestre como un hombre alegre y de carácter fácil, con el añadido, en su caso, de que probablemente era un poco tonto; una sola mirada a ese rostro frío, duro y torvo bastó para darse cuenta de lo equivocada que había estado. Fue una experiencia perturbadora.

    McKinnon habló con lentitud.

    —No estoy de humor para bromas, caba. Acabo de sepultar a quince hombres. Antes de sepultarlos tuve que coserlos dentro de las mortajas. Antes de eso tuve que recoger los trozos y volver a meterles las entrañas dentro del cuerpo. Luego los cosí. Luego los sepulté. No la vi entre los que asistieron al funeral, caba.

    McKinnon sabía muy bien que no debía haberle hablado de esa forma y también sabía que lo que acababa de vivir lo había afectado más de lo que creía. En circunstancias normales no se habría alterado por tan poca cosa; pero las circunstancias eran anormales y la provocación le pareció grande.

    —Vine a buscar vidrio pulido como el que tienen en las superficies de los carritos y las bandejas. Los necesito con urgencia y no para propósitos triviales. ¿O es que necesita una explicación?

    Ella no dijo si necesitaba o no una explicación. No hizo nada teatral como para dejarse caer en una silla, tender el brazo para apoyarse en lo que tenía más cerca o siquiera llevarse una mano a la boca. Sólo su color se alteró. La caba Morrison tenía el tipo de tez que, al igual que los ojos y los labios, contrastaba notablemente con su expresión habitualmente severa y con los lentes con armazón de acero; el tipo de cutis que habría hecho que los magnates de la industria de cosméticos mandaran a sus científicos a seguir investigando.

    McKinnon le quitó la superficie de vidrio a una mesa que estaba junto a la cama de iones, buscó con la mirada alguna bandeja, no encontró ninguna, le hizo un gesto con la cabeza a la caba Morrison y regresó a la Sala B. Janet Magnusson lo miró con sorpresa.

    —¿Eso es lo que fuiste a buscar? — McKinnon asintió.
    —¿Maggie, la caba Morrison, no objetó?
    —En absoluto. ¿Tienes alguna bandeja de vidrio?

    El jefe Patterson y los demás ya habían comenzado a almorzar cuando McKinnon regresó con cinco planchas de vidrio debajo del brazo. Patterson pareció levemente sorprendido.

    —¿No tuvo problemas, entonces, contramaestre?
    —Uno sólo tiene que pedir. Necesitaré algunas herramientas para el puente.
    —Ya está arreglado —dijo Jamieson—. Acabo de estar en la sala de máquinas. Una caja fue para el puente, con todas las herramientas que necesitará: tuercas, pernos, tornillos, cinta aisladora, una sierra eléctrica y un taladro también eléctrico.
    —Ah, gracias. Pero necesitaré electricidad.
    —La tiene. Es sólo un cable temporario, pero cumple su propósito. Y también hay luz. El teléfono llevará más tiempo.
    —Muy bien. Gracias, señor Jamieson. — Miró a Patterson. — Una cosa más, señor. Tenemos un número considerable de nacionalidades entre la tripulación. El capitán del petrolero griego, Andropolous, ¿no es así?, puede tener una tripulación mezclada, también. Creo que hay una posibilidad, señor, de que uno de nuestros hombres y uno de la tripulación griega tengan un idioma en común. Quizá debería hacer averiguaciones, señor.
    —¿Y en qué nos ayudaría eso, contramaestre?
    —El capitán Andropolous sabe navegar.
    —Por supuesto, por supuesto. Siempre la navegación, ¿no es así, contramaestre?
    —No hay nada sin eso, señor. ¿Cree que podría conseguir a Naseby y a Trent?, los dos hombres estaban conmigo cuando nos atacaron. El tiempo está empeorando, señor, y se está formando hielo sobre la cubierta. ¿Les puede decir que pongan sogas desde aquí hasta la superestructura?
    —¿Empeorando, señor McKinnon? — preguntó el doctor Singh—. ¿Cuánto peor?
    —Bastante, me temo. El barómetro del puente está hecho añicos, pero creo que el del camarote del capitán está intacto. Me fijaré. — Extrajo la brújula manual que había sacado de la lancha salvavidas. — Esta cosa es casi inservible, pero al menos muestra cambios en la dirección. Estamos cabeceando entre las olas del lado de babor, así que eso significa que el viento y el mar se vienen hacia el bao de babor. El viento está cambiando rápidamente, hemos virado alrededor de cinco grados desde que bajamos aquí. Sopla del nordeste, parece. Si la experiencia sirve de guía, significa mucha nieve, aguas turbulentas y temperatura en descenso.
    —Ni la más mínima luz en las tinieblas, ¿no es así, señor McKinnon? — dijo el doctor Singh.
    —Hay una diminuta lucecilla, doctor. Si la temperatura sigue bajando de esta forma, la cámara frigorífica se mantendrá fría y la carne y el pescado no se descongelarán. Está preocupado por sus pacientes, ¿no es cierto, doctor? ¿En especial por los de la Sala A?
    —Telepatía, señor McKinnon. Si las condiciones empeoran mucho más, comenzarán a caerse de las camas y lo que menos quiero hacer es empezar a atar los heridos a las camas.
    —Y lo que menos quiero yo es que la superestructura se desmorone hacia un costado.

    Jamieson había empujado la silla hacia atrás y estaba de pie.

    —¿Tengo las prioridades bien ordenadas, verdad, contramaestre?
    —Así es, señor famieson. Muchas gracias.

    El doctor Singh esbozó una sonrisa.

    —¿Más telepatía?

    McKinnon le devolvió la sonrisa. El doctor Singh parecía ser el hombre indicado en el lugar indicado.

    —Creo que fue a hablar con los hombres que están instalando una línea telefónica desde el puente a la sala de máquinas.
    —Y luego oprimo el botón —dijo Patterson.
    —Sí, señor. Y luego hacia el sudoeste. No tengo que explicarle por qué.
    —Podría explicárselo a un lego —dijo el doctor Singh.
    —Por supuesto. Dos cosas. Dirigirse hacia el sudoeste significará que el viento y las olas del nordeste quedarán a popa. Eso debería eliminar el cabeceo violento, de modo que no tendrá que ponerles chalecos de fuerza a sus pacientes, o algo por el estilo. Nos meceremos, por supuesto, pero no mucho y el señor Patterson podrá suavizar el movimiento adaptando la velocidad del barco a la de las olas. La otra gran ventaja es que al dirigirnos hacia el sudoeste, no hay tierra contra la cual chocar por cientos de millas. Con su permiso, caballeros. — McKinnon se marchó, llevándose las planchas de vidrio y la brújula manual.
    —¿No se le escapa nada, verdad? — comentó el doctor Singh—. Competente, ¿no cree, señor Patterson?
    —¿Competente? Es más que eso. Sin duda es el mejor contramaestre con quien me ha tocado navegar, eso que todavía no conocí a ninguno que no fuera bueno. Si logramos llegar a Aberdeen, y con el señor McKinnon entre nosotros creo que las probabilidades están a nuestro favor, no será a mí a quien se lo tendrán que agradecer.


    El contramaestre llegó al puente, iluminado por dos lámparas fantasmagóricas, para encontrar a Ferguson y Curran allí, con suficiente madera terciada de diferentes formas y tamaños como para construir una choza modesta. Tenían puesta tanta ropa que les resultaba difícil caminar. Estaban prácticamente cubiertos de nieve que volaba en forma casi horizontal, se colaba, sin encontrar obstáculos, por los boquetes enormes donde habían estado las ventanas de babor y el vidrio superior de la puerta del alerón. Las condiciones no se veían mejoradas por el hecho de que, a una altura de unos doce metros por encima del hospital, los efectos del cabeceo eran notablemente peores de lo que habían sido abajo; tan malos, en realidad, que era muy difícil mantener el equilibrio y eso sólo se lograba aferrándose a algo. McKinnon depositó con cuidado los vidrios en un rincón y los trabó de forma tal que no se deslizaran por toda la cubierta. El movimiento del barco no le molestaba, pero el crujido y gemido de los soportes de la superestructura y la ocasional vibración que sacudía el puente lo preocupaban bastante.

    —¡Curran! ¡Rápido! El jefe de máquinas Patterson. Lo encontrará en el hospital. Dígale que se ponga en marcha y vire el barco hacia el viento o de popa a él. De popa es mejor. Eso significa todo a estribor. Dígale que la superestructura va a desmoronarse en cualquier momento.

    Para ser un hombre generalmente lento para obedecer órdenes, y obstaculizado como estaba por la cantidad de abrigo que llevaba, Curran se alejó con bastante celeridad. Podría haberse debido a que fuese un hombre útil para momentos de emergencia, pero lo más probable era que no le gustara la idea de encontrarse sobre el puente cuando éste desapareciera de las aguas del Mar de Barents.

    Ferguson se quitó dos vueltas de bufanda de la boca. — Condiciones difíciles para trabajar, contramaestre. Imposibles, podría decirse. ¿Vio la temperatura?

    McKinnon echó una mirada al termómetro, que parecía ser lo único que seguía funcionando en el puente.

    —Dos arriba —dijo.
    —¡Ah! Dos arriba. ¿Pero dos arriba de qué? Fahrenheit, eso es lo que es. Lo que significa dieciséis grados bajo cero. — Miró al contramaestre con lo que él probablemente creía que era una expresión significativa.
    —¿Oyó hablar alguna vez de la sensación térmica? McKinnon habló con una calma loable.
    —Sí, Ferguson, he oído hablar de la sensación térmica.
    —Por cada nudo de viento, la temperatura, en lo que a la piel respecta, desciende un grado. — Ferguson tenía algo en mente y para él, el contramaestre jamás había oído hablar de la sensación térmica. — El viento es de por lo menos treinta nudos. ¡Eso significa que hay treinta grados bajo cero en este puente! ¡Treinta! — En ese instante, luego de un cabeceo particularmente alarmante, la superestructura emitió un crujido muy fuerte; de hecho, fue más un chillido que un crujido y no requirió mucha imaginación visualizar el metal cediendo bajo la presión lateral.
    —Si quiere abandonar el puente —dijo McKinnon—, no le ordeno que se quede.
    —¿Trata de hacerme sentir avergonzado para que me quede, eh? ¿Trata de llegar a lo mejor de mí? Pues bien, tengo novedades para usted. Lo mejor de mí no existe, compañero.
    —Nadie a bordo del barco me llama "compañero" —comentó McKinnon con tono afable.
    —Contramaestre, entonces. — Ferguson no dio señales de estar por cumplir con su amenaza implícita; ni siquiera parecía indeciso.
    —¿Me darán dinero adicional por esto? ¿Horas extras, quizá?
    —Un par de tragos del whisky especial del capitán Bowen. Pasemos nuestros últimos momentos en una forma útil, Ferguson. Empecemos a medir.
    —Ya está hecho. — Ferguson le mostró la cinta métrica de acero que tenía en la mano y trató de no sonreír con satisfacción. — Yo y Curran ya tomamos las medidas de los mamparos del frente y del costado. Las anotamos en ese trozo de madera que está allí.
    —Bien, bien. — McKinnon probó la sierra y el taladro eléctricos. Ambos funcionaban. — No hay problema. Cortaremos la madera siete centímetros más ancha y más alta que las medidas que han tomado, así lograremos que se superponga en donde sea necesario. Luego perforaremos los orificios arriba, abajo y a los lados a un centímetro y medio hacia adentro, pondremos la madera contra los soportes de los mamparos, marcaremos el metal y perforaremos el acero.
    —Ese acero tiene casi un centímetro de espesor. Tardaremos una semana en perforar esos agujeros.

    McKinnon revisó la caja de herramientas y extrajo tres paquetes de mechas. Descartó el primero y mostró a Fergunon las mechas del segundo, que tenían puntas azules.

    —Tungsteno. Atraviesa el metal como si fuera manteca. Al señor Jamieson no se le escapa nada. Se detuvo y ladeó la cabeza como para escuchar. Fue una reacción automática, cualquier ruido proveniente de la popa desaparecía con el viento. Pero las vibraciones pulsantes que atravesaban la superestructura eran inconfundibles. Miró a Ferguson, cuyo rostro se distendió en lo que casi podría haber sido una sonrisa.

    McKinnon se dirigió a la puerta del alerón de estribor la parte protegida del barco— y espió por el hueco donde había estado el vidrio en la parte superior de la puerta. Nevaba tanto que era casi imposible ver el mar. El barco seguía cabeceando entre las olas. Un navío que ha estado meciéndose según la voluntad de las aguas puede tardar mucho tiempo para reunir el suficiente ímpetu como para comenzar a maniobrar, pero al cabo de un minuto McKinnon tomó conciencia de que el barco comenzaba a responder perezosamente al timón. No lo veía, pero lo sentía: había un movimiento definido en el cabeceo al que se habían acostumbrado desde hacía unas horas.

    Se apartó de la puerta.

    —Estamos virando a estribor. El señor Patterson ha decidido ir con el viento. Pronto tendremos la nieve y el mar detrás de nosotros. Bien, bien.
    —Bien, bien —repitió Ferguson, al cabo de veinte nudos y el tono de su voz indicaba que todo estaba cualquier cosa menos bien. A decir verdad, estaba muy inquieto, y con razón. El San Andreas se dirigía casi hacia el sur y las aguas turbulentas que lo golpeaban a babor lo hacían subir y bajar con violencia; los crecientes crujidos y gemidos de la superestructura no le levantaban la moral en absoluto. — Por Dios, ¿por qué no nos quedamos en donde estábamos?
    —Dentro de un minuto verá por qué. — Y así fue. Las ondulaciones y los cabeceos aflojaron en forma gradual hasta cesar por completo, al igual que los crujidos. El San Andreas, siguiendo un rumbo aproximadamente sudoeste, se mantenía casi firme como una roca en el agua. Había un leve movimiento, pero comparado con lo que acababan de experimentar, era tan insignificante que no merecía mención. Ferguson, con una cubierta firme bajo los pies, el miedo a la muerte inminente disipado y la tormenta de nieve tan por detrás de ellos que ni un copo llegaba hasta el puente, se mostró profundamente aliviado.

    Poco tiempo después de que McKinnon y Ferguson comenzaron a serruchar los rectángulos de madera, cuatro hombres llegaron al puente: Jamieson, Curran, McCrimmon y otro fogonero llamado Stephen. Stephen era polaco y siempre lo llamaban por su nombre de pila; a nadie se le había ocurrido jamás intentar pronunciar el apellido Przynyszewski. Jamieson llevaba un teléfono, Curran dos estufas, McCrimmon dos caloríferos y Stephen dos rollos de cable aislante, uno grueso y uno fino, que iba desenrollando a medida que avanzaba.

    —Bien, así está mejor, contramaestre —dijo Jamieson—. Casi una laguna, podría decirse. Hizo mucho bien para la moral de los que están abajo. Algunos hasta han vuelto a descubrir el apetito. Hablando de apetito, ¿cómo está el suyo? Debe de ser la única persona a bordo que no ha almorzado.
    —Aguantará. — McKinnon miró hacia donde McCrimmon y Stephen ya estaban conectando cables desde las estufas al cable grueso. — Vendrán bien dentro de una hora o dos cuando hayamos logrado mantener afuera este aire fresco.
    —Más que bien, diría yo. — Jamieson se estremeció. — Cielos, qué frío hace aquí. ¿Cuántos grados hay?

    McKinnon echó una mirada al termómetro.

    —Diecisiete bajo cero. Ha bajado dos grados en unos pocos minutos. Me temo, señor Jamieson, que esta noche tendremos mucho frío.
    —No en la sala de máquinas —replicó éste. Destornilló la tapa trasera del teléfono y comenzó a conectarlo con el cable fino. — El señor Patterson opina que éste es un lujo innecesario y que usted sólo lo quiere para hablar con alguien cuando se sienta solo. Dice que mantener la popa hacia el viento y el mar es un juego de niños y que podría hacerlo durante horas sin desviarse más que dos o tres grados del rumbo.
    —No me cabe la menor duda de que podría hacerlo. De esa forma jamás llegaríamos a Aberdeen. Puede decirle al señor Patterson que el viento está virando y que si sigue haciéndolo y él sigue manteniendo la popa al viento y al mar terminamos haciendo un pequeño agujero en el norte de Noruega y un gran boquete en el barco.

    Jamieson sonrió.

    —Se lo explicaré al jefe. No creo que la posibilidad se le haya ocurrido; por cierto que a mí no se me ocurrió.
    —Y cuando baje, señor, ¿podría mandarme a Naseby? Es un timonel experto.
    —Lo haré. ¿Necesita más ayuda aquí arriba?
    —No, señor. Nosotros tres somos suficientes.
    —Como diga. — Jamieson volvió a atornillar el teléfono, oprimió el botón de llamada, habló brevemente y cortó. — Funcionamiento garantizado. ¿Terminaron, McCrimmon? ¿Stephen? — Los dos hombres asintieron y Jamieson volvió a llamar a la sala de máquinas, pidió que conectaran la electricidad y les dijo a McCrimmon y Stephen que conectaran un calorífero y una estufa.
    —¿Todavía necesita a McCrimmon como mensajero, contramaestre?

    McKinnon hizo un gesto con la cabeza en dirección al teléfono. — Ya tengo mi mensajero, gracias.

    Una de las estufas de McCrimmon había comenzado a ponerse roja. Stephen apartó la mano del calorífero y asintió.

    —Bien. Apáguenlos. Parecería, contramaestre, que Pie Sigiloso hubiera terminado sus actividades por hoy. Iremos abajo ahora, para ver qué camarotes pueden resultar habitables. Me temo que no serán muchos. La única forma de volver un camarote habitable, despejarlos no llevará mucho tiempo, ya tengo un par de muchachos trabajando en eso, es reparar el sistema de calefacción que no funciona. Eso es todo lo que importa. Desgraciadamente, la mayoría de las puertas volaron con la explosión o fueron rotas por los sopletes de oxiacetileno y de nada sirve reponer la calefacción si no podemos reponer las puertas. Haremos lo que se pueda. — Giró el timón inutilizado. — Cuando hayamos terminado abajo y ustedes hayan terminado aquí, y cuando la temperatura sea apropiada para mí y otras de las plantas de invernadero de la sala de máquinas, vendremos y probaremos el timón.
    —¿Un trabajo difícil, señor?
    —Depende del daño en las cubiertas de abajo. No apueste a mis palabras, contramaestre, pero hay una buena posibilidad de que lo hagamos funcionar durante la noche; en lo que sin duda usted considerará nuestra habitual cruda forma de hacer las cosas. Para no comprometerme, no especificaré la hora.

    La temperatura en el puente siguió bajando en forma regular y debido a que el frío intenso aminora el ritmo físico y mental de un hombre, a McKinnon y sus hombres les llevó bastante más de dos horas completar su tarea; si la temperatura hubiera sido aproximadamente normal, probablemente lo habrían hecho en menos de la mitad de ese tiempo. Cuando estaban por completar las tres cuartas partes del trabajo, encendieron las cuatro estufas y la temperatura comenzó a ascender, muy lentamente.

    McKinnon quedó bastante satisfecho con el resultado final. Cinco planchas de madera prensada habían sido aseguradas en posición, cada panel con un rectángulo de vidrio, uno grande y los otros cuatro, idénticos en forma, de aproximadamente la mitad del tamaño. El grande estaba insertado en el centro, directamente delante del lugar donde por lo general estaba el timonel; dos de los otros estaban a cada lado de éste y los dos restantes en la parte superior de las puertas que daban a los alerones. Los huecos inevitables entre el vidrio y la madera terciada y entre ésta y el metal al que estaban aseguradas las planchas, se taparon con compuesto de Hartley, un material plástico amarillo normalmente usado para impermeabilizar instalaciones eléctricas externas. El puente quedó protegido de las corrientes de aire hasta donde la situación lo permitía.

    Ferguson guardó las últimas herramientas y tosió. — Alguien habló de un par de tragos de whisky especial del capitán Bowen.

    McKinnon lo miró primero a él, luego a Curran. Tenían los rostros azules y blancos por el frío y los dos tiritaban violentamente; se quejaban en forma casi crónica, pero esta vez ninguno emitió una queja.

    —Se lo han ganado. — Se volvió hacia Naseby. — ¿Cómo está el rumbo?

    Naseby miró con desagrado la brújula que tenía en la mano.

    —Si se puede confiar en esta cosa, a dos veinte. Más o menos. Así que el viento viró cinco grados en las últimas dos horas. ¿Vale la pena molestar a la sala de máquinas por cinco grados?

    George Naseby, un sólido, taciturno, moreno y fornido nativo de Yorkshire —provenía de Whitby, la ciudad natal del capitán Cook— era el otro yo de McKinnon y su amigo más íntimo. Había sido contramaestre él también en otras dos naves, pero eligió navegar en el San Andreas sencillamente por el afecto mutuo que se tenían con McKinnon. Aunque no tenía rango de oficial, desde el capitán hacia abajo todos lo consideraban el número dos en las cubiertas.

    —No los molestaremos todavía. Luego de otros cinco o diez grados, lo haremos. Vayamos abajo, el barco puede cuidar de sí mismo por unos minutos. Luego haré que Trent te releve.


    El nivel de whisky en la botella del capitán descendió con bastante rapidez; Ferguson y Curran tenían sus propias ideas acerca de lo que era un trago razonable. McKinnon, entre sorbos algo más frugales, estudió el sextante, el termómetro y el barómetro del capitán. El sextante, hasta donde McKinnon podía adivinar, estaba intacto: la felpa en la parte interior de la caja de madera seguramente lo había protegido de los efectos de la explosión. El termómetro, también, parecía funcionar: el mercurio registraba ocho grados bajo cero, que era la temperatura que McKinnon calculó que hacía en el camarote. El camarote del capitán era uno de los pocos que tenía la puerta intacta y Jamieson ya había hecho instalar una estufa.

    Le alcanzó el termómetro a Naseby, para que lo colocaran en uno de los alerones del puente, luego fijó la atención en el barómetro. Este funcionaba normalmente, pues cuando golpeó suavemente el vidrio, la aguja negra se movió hacia la izquierda.

    —Veintinueve punto cinco —dijo McKinnon—. Nueve nueve nueve milibares —y va en descenso.
    —Malo, ¿eh?
    —Sí. No necesitábamos un barómetro para saberlo. McKinnon se marchó y bajó de la cubierta a los camarotes de los oficiales. Encontró a Jamieson al final del pasillo.
    —¿Cómo van las cosas, señor?
    —Ya casi terminamos. Debería de haber cinco camarotes aptos para ser habitados por seres humanos, todo depende, por supuesto, de la definición que se le dé al término seres humanos.

    El contramaestre golpeó con la mano el mamparo junto a él.

    —¿Cuán estable cree que es esta estructura, señor?
    —Muy inestable. Bastante segura en estas condiciones, pero deduzco que usted piensa que las condiciones van a cambiar.
    —Si el viento sigue virando y nosotros seguimos en este rumbo, entonces tendremos las olas a estribor y el movimiento se tornará desagradable. Estaba pensando que quizá…
    —Sé lo que estaba pensando. Soy maquinista, contramaestre, no ingeniero civil. Me fijaré. Quizá podamos asegurar o soldar algunas planchas de acero en los puntos más débiles. No lo sé. No hay garantías. Antes que nada, iremos a echar una ojeada al timón en el puente. ¿Cómo están las cosas allí arriba?
    —No hay corrientes de aire. Cuatro estufas. Condiciones de trabajo ideales.
    —¿Temperatura?
    —Doce.
    —¿Sobre cero o bajo cero?
    —Bajo cero.
    —Ideales. Muchas gracias.


    McKinnon encontró a cuatro personas en el comedor: el jefe de máquinas Patterson, el doctor Singh y las enfermeras Janet Magnusson e Irene. Las enfermeras no estaban de turno —el San Andreas, como toda nave hospital, tenía enfermeras para turnos alternados. El contramaestre se dirigió a la cocina, pidió café y sándwiches, se sentó a la mesa y procedió a informar al jefe de máquinas. Cuando terminó, dijo:

    —¿Y cómo le fue a usted, señor? Me refiero a la búsqueda de un traductor.

    Patterson frunció el entrecejo.

    —Con la suerte que tenemos, ¿qué le parece?
    —Bueno, yo no tenía esperanzas, señor. No, como usted dice, con la suerte que tenemos. — Miró a Janet Magnusson. — ¿Dónde está la caba Morrison?
    —En el vestíbulo. — Ni su voz ni sus ojos contenían calidez. — Está alterada. Tú la alteraste.
    —Ella me alteró a mí. — Hizo un gesto impaciente con la mano, como para descartar a la caba Morrison. — Un ataque de histeria. Este no es ni el lugar ni el momento para eso. Si es que existen un lugar y un momento.
    —Ah, vamos. — El doctor Singh sonreía. — Me parece que ninguno de los dos está siendo justo. La caba Morrison no está, como usted sugiere, señor McKinnon, refunfuñando en su camarote y, enfermera Magnusson, si ella se siente algo infeliz, la culpa no es toda del contramaestre. Ella y el señor Ulbricht no ven las cosas de la misma manera.
    —¿Ulbricht? — preguntó el contramaestre.
    —Teniente Karl Ulbricht, tengo entendido. El capitán del Condor.
    —¿Está consciente?
    —Totalmente. No solamente está consciente, sino que quiere abandonar la cama. Su poder de recuperación es notable. Tres heridas de bala, todas superficiales. Perdió mucha sangre, pero se le ha hecho una transfusión; es de esperar que la mejor sangre británica combine bien con la sangre aria. De cualquier forma, la caba Morrison estaba conmigo cuado él recuperó el conocimiento. Lo llamó sucio asesino nazi, cosa que no ayuda mucho para consolidar la relación ideal entre paciente y enfermera.
    —No tuvo mucho tino, estoy de acuerdo —dijo Patterson—. Un hombre herido que vuelve en sí podría esperar ser tratado con algo más de compasión. ¿Cómo reaccionó él?
    —Con mucha calma. Dócilmente, podría decirse. Dijo que no era nazi y que jamás había asesinado a nadie en su vida. Ella sencillamente lo fulminó con la mirada, si es que se puede imaginar a la caba Morrison fulminando a alguien con la mirada, y…
    —Lo imagino con toda facilidad —replicó el contramaestre con vehemencia—. Me fulmina a mí. Con frecuencia.
    —Quizá —comentó la enfermera Magnusson—, tú y el teniente Ulbricht tengan mucho en común.
    —Por favor. — El doctor Singh levantó una mano. — El teniente Ulbricht expresó profundo pesar, dijo algo acerca del infortunio de la guerra, pero no se mostró precisamente acongojado. Detuve la discusión allí, ya que no me pareció que fuera a ser provechosa. No sea demasiado duro con la caba, contramaestre. No es una fierecilla, ni es pendenciera. Es muy sensible y tiene su propia forma de expresar los sentimientos.

    McKinnon estaba por responder, captó la mirada poco amistosa de Janet y cambió de idea.

    —¿Cómo están sus otros pacientes, doctor?
    —El otro miembro de la tripulación del avión, un artillero, parece, llamado Helmut Winterman, está bien; no es más que un chiquillo asustado que cree que lo fusilarán al amanecer. El comandante Warrington, como usted adivinó, señor McKinnon, está malherido. Hasta qué punto, no lo sé. Tiene el occipucio fracturado, pero sólo la cirugía puede decirnos cuán grave es. Soy cirujano, pero no neurocirujano. Tendremos que esperar hasta llegar a un hospital en tierra firme para aflojar la presión sobre el centro visual y averiguar cuándo recuperará la vista, si es que llega a recuperarla.
    —¿El oficial del Andover?
    —¿El teniente Cunningham? — El doctor Singh sacudió la cabeza. — Lo siento, en más de un sentido, temo que ésta es la última esperanza perdida. El joven no navegará por algún tiempo. Está en coma. Las radiografías muestran fractura de cráneo y no es una fractura sin importancia. El pulso, la respiración y la temperatura no dan señales de daños orgánicos graves. Vivirá.
    —¿Tiene idea de cuándo recuperará el conocimiento, doctor?

    El doctor Singh suspiró.

    —Si estuviera en mi primer año de residencia, me arriesgaría a dar un pronóstico con bastante seguridad. Por desgracia, ya han pasado veinticinco años desde mi primer año de residencia. Dos días, dos semanas, dos meses… sencillamente no lo sé. En cuanto a los otros, el capitán y el primer oficial siguen bajo los efectos de sedantes y cuando despierten, volveré a sedarlos. Hudson, el que tiene perforado el pulmón, parece haberse estabilizado; al menos, la hemorragia interna cesó. La tibia fracturada de Rafferty no presenta problemas. Los dos tripulantes heridos del Argos, uno con fractura de pelvis y el otro con quemaduras múltiples, están todavía en la sala de recuperación, pero no porque estén en peligro, sino porque la Sala A estaba llena y ése era el mejor lugar para ponerlos. Y he dado de alta a dos marineros jóvenes, pero no sé los nombres.
    —Jones y McGuigan.
    —Exacto. Era shock, nada más. Tengo entendido que tienen suerte de estar vivos.
    —Todos tenemos suerte de estar vivos. — McKinnon agradeció con un movimiento de cabeza cuando Mario puso el café y los sándwiches delante de él, y luego miró a Patterson.
    —¿Cree que serviría de algo, señor, si pudiéramos hablar con el teniente Ulbricht?
    —Si su forma de pensar es la correcta, contramaestre, podría servir de algo. Al menos, no puede hacer ningún daño.
    —Me temo que tendrán que esperar un poco —dijo el doctor Singh—. El teniente se estaba poniendo un poco demasiado activo, o sintiéndose más activo de lo que le convenía. Tardará una hora, quizá dos. ¿Un asunto urgente, señor McKinnon?
    —Es posible. 0 un asunto importante, por lo menos. Quizá pueda decirnos por qué tenemos tanta suerte de estar vivos. Y si lo supiéramos, entonces podríamos saber o adivinar, al menos, qué nos espera.
    —¿Piensa que el enemigo todavía no terminó con nosotros?
    —Me sorprendería que así fuese, doctor.

    McKinnon, en ese momento, a solas en el comedor, acababa de terminar su tercera taza de café cuando Jamieson y tres de sus hombres entraron, agitando los brazos y tiritando. Jamieson fue a la cocina, pidió café para él y sus hombres y se sentó junto a McKinnon.

    —Condiciones ideales de trabajo, según lo que usted dijo, contramaestre. Uno está calentito y abrigado como pájaro en su nido, podría decirse. La temperatura está subiendo allí arriba. Hay casi diez grados. Bajo cero.
    —Lo lamento, señor. ¿Cómo va el timón?
    —Ya está arreglado. Por el momento, al menos: No fue un trabajo demasiado difícil. La rueda tiene bastante juego, pero Trent dice que es manejable.
    —Bien. Gracias. ¿Tenemos control en el puente?
    —Sí. Le dije a la sala de máquinas que desistiera. El jefe Patterson parecía decepcionado; al parecer cree que puede trabajar mejor que desde el puente. ¿Cuál es el siguiente tema en el orden del día?
    —Nada. Al menos para mí.
    —¡Ah! Comprendo. Nosotros tenemos las manos ociosas, ¿no es así? Bien, veremos qué posibilidades hay de asegurar la superestructura en un momento, que dependerá de cuánto tiempo nos lleve descongelamos.
    —Por supuesto, señor. — McKinnon miró por encima de su hombro. Noté que el doctor Singh no se molesta en mantener cerrado con llave el pañol de bebidas alcohólicas del hospital.
    —¿Una gotita de algo en el café, quizá?
    —Se lo recomendaría, señor. Puede ayudar a acelerar el proceso de descongelamiento.

    Jamieson le dirigió una mirada significativa, se puso de pie y se dirigió hacia el pañol.

    Jamieson terminó su segunda taza de café reforzado y miró a McKinnon.

    —¿Algo le preocupa, contramaestre?
    —Sí. — McKinnon tenía las dos manos sobre la mesa, como si fuera a levantarse. — El movimiento ha cambiado. Hace unos minutos, el barco comenzó a navegar en ángulo, no mucho, como si Trent estuviera alterando levemente el rumbo, pero ahora se está moviendo demasiado. Puede ser que el timón haya fallado otra vez.

    McKinnon partió a toda prisa, seguido de cerca por Jamieson. Al llegar a la cubierta alfombrada de hielo, McKinnon se aferró a una soga y se detuvo.

    Está cabeceando mucho —gritó. Tuvo que hacerlo para que Jamieson pudiera oírlo por encima del viento casi huracanado. — Veinte grados fuera de rumbo, quizá treinta. Algo anda muy mal allí arriba.

    Y en efecto, cuando llegaron al puente, descubrieron que algo andaba muy mal. Los dos hombres se detuvieron momentáneamente y McKinnon dijo:

    —Pido disculpas, señor Jamieson. No era el timón después de todo.

    Trent yacía boca arriba, justo detrás del timón, que giraba hacia uno y otro lado alocadamente, respondiendo a la fuerza del agua que golpeaba contra la quilla. Respiraba, sin duda alguna, pues el pecho se elevaba y bajaba en forma lenta y rítmica. McKinnon se inclinó para examinarle el rostro, lo miró con atención, olfateó, frunció la nariz con un gesto de desagrado y se enderezó.

    —Cloroformo. — Tomó la rueda del timón y comenzó a llevar al San Andreas de vuelta a su rumbo.
    —Y esto. — Jamieson se agachó, recogió la brújula caída y se la mostró a McKinnon. El vidrio estaba hecho añicos y la aguja irremediablemente torcida. — Pie Sigiloso vuelve a atacar. — Así parece, señor.
    —Ah. No parece particularmente sorprendido, contramaestre.
    —La vi tirada allí, No tuve ni que mirar. Hay algunos otros timoneles a bordo. Pero ésa era nuestra única brújula.


    CUATRO


    —Quienquiera haya sido responsable de esto debió haber tenido acceso al dispensario —dijo Patterson. Estaba con Jamieson y McKinnon en el pequeño salón de estar del hospital.

    —Eso no ayudará, señor —respondió McKinnon—. Desde las diez de la mañana, todos los que están a bordo de esta nave, menos, por supuesto, los heridos, los que están inconscientes y los que están sedados, tuvieron acceso al dispensario. No hay una sola persona que no haya estado en el área del hospital para comer, dormir, o tan sólo descansar.
    —Quizá no lo estamos viendo desde la perspectiva correcta —acotó Jamieson—. ¿Por qué razón querría alguien destrozar la brújula? No puede ser sólo para impedirnos seguir el rumbo que estábamos siguiendo o para que no nos escapemos. Lo más probable es que Pie Sigiloso todavía esté transmitiendo su señal de guía y que los alemanes sepan exactamente dónde estamos.
    —A lo mejor quiere que cunda el pánico —dijo McKin—. Quizás espera que aminoremos la marcha, en lugar de dar vuelta en círculos, cosa que fácilmente podría suceder si el tiempo empeora, el mar se torna confuso y si no tenemos brújula. Quizás hay un submarino alemán en los alrededores y no quiere que nos alejemos demasiado. Existe una posibilidad todavía peor. Hemos estado dando por sentado que Pie Sigiloso tiene nada más que un transmisor; quizá también tiene un aparato receptor. ¿Qué sucedería si estuviera en contacto con Alta Fjord o con un submarino o un Condor de reconocimiento? Podría haber un buque de guerra inglés cerca y lo último que querrían es que nos contactáramos con él. Pués bien, nos sería imposible hacerlo, pero el radar del buque podría captarnos a diez o quince millas de distancia.
    —Demasiados "si", "quizá" y "a lo mejor esto" y "a lo mejor esto otro". — La voz de Patterson sonó decidida, como la de un hombre que ha tomado una resolución. — ¿En cuántos hombres de este barco confía, contramaestre?
    —¿En cuántos…? — McKinnon se interrumpió para calcular. — En nosotros tres y en Naseby. Y en el equipo médico. No es que tenga una razón en particular para confiar en ellos, tampoco tengo razones para desconfiar, pero sabemos que estaban aquí presentes cuando atacaron a Trent, así que eso los descarta.
    —Dos médicos, seis enfermeras, tres asistentes de sala y nosotros cuatro. Eso suma quince —dijo Jamieson. Sonrió. — Aparte de éstos, ¿todos los demás son sospechosos?

    McKinnon se permitió una leve sonrisa.

    —Es difícil imaginar a chiquillos como Jones, McGuigan y Wayland Day en el papel de superespías. Aparte de ellos, no pondría las manos en el fuego por nadie, es decir, no tengo razón para confiar en ellos tratándose de un asunto de vida o muerte.
    —¿La tripulación del Argos? — preguntó Patterson—. ¿Los sobrevivientes? ¿Nuestros huéspedes?
    —Es ridículo, lo sé, señor. ¿Pero quién puede decir que el saboteador no está en el lugar menos pensado? Sencillamente no confío en nadie. — McKinnon hizo una pausa. — ¿Me equivoco al pensar que su intención es revisar los camarotes y las pertenencias de todos los que están a bordo?
    —No se equivoca, contramaestre.
    —Con respeto, señor, estaríamos perdiendo el tiempo. Cualquiera que sea tan astuto como Pie Sigiloso lo es como para dejar algo por allí, al menos dejarlo en cualquier lugar donde pueda asociárselo remotamente con él. Hay cientos de lugares a bordo en donde se pueden ocultar cosas, y no somos detectives profesionales. Por otra parte, es mejor eso que no hacer nada. Pero me temo, señor Patterson, que no encontraremos nada.

    Y así fue. Revisaron todos los camarotes, armarios y guardarropas, valijas y bolsos, cada rincón y cada grieta, y no encontraron nada. Se presentó un momento incómodo cuando el capitán Andropolous, un personaje fornido, barbudo y al parecer violento, alojado en uno de los camarotes vacíos generalmente reservados para pacientes en recuperación, objetó con vehemencia a que se lo revisara; McKinnon, que no sabía una palabra de griego, resolvió la situación apuntando con su Colt a la sien del capitán, que se dio cuenta de que el contramaestre no estaba bromeando y se mostró por demás dispuesto a colaborar, llegando hasta el extremo de acompañar al contramaestre y ordenar a su tripulación que abriera sus pertenencias para que fueran revisadas.


    Los dos cocineros senegaleses del hospital eran más que competentes y el doctor Singh, que parecía ser un entendido en el asunto, sacó a relucir un Bordeaux que no habría desentonado en un restaurante de la guía Michelin, pero esa noche no se le hizo justicia a la comida ni, sorprendentemente, al vino. La atmósfera era sombría. Había una cierta inquietud en el ambiente, un leve aire furtivo. Una cosa es que a uno le digan que hay un saboteador a bordo; otra muy diferente es que a uno le revisen el equipaje y las pertenencias pensando que uno puede ser el saboteador en cuestión. Aun los del equipo médico —o quizás especialmente ellos— parecían incómodos por demás: a ellos todavía no se les habían revisado las pertenencias, de modo que oficialmente, no habían quedado fuera de sospecha. Podía ser una reacción irracional, sí, pero dadas las circunstancias, era comprensible.

    Patterson empujó el plato sin terminar y le habló al doctor Singh.

    —¿Está despierto el teniente Ébricht?
    —Más que despierto. — El doctor Singh parecía casi malhumorado. — Su poder de recuperación es notable. Quería cenar con nosotros. Se lo prohibí, por supuesto. ¿Por qué lo pregunta?
    —McKinnon y yo querríamos hablar unas palabras con él.
    —No veo por qué no. — Hizo una breve pausa para pensar. — Existen dos complicaciones de poca importancia. La caba Morrison está allí; acaba de relevar a la caba Maria para que pudiera cenar. — Hizo un gesto con la cabeza en dirección al extremo de la mesa, donde cenaba una muchacha rubia de pómulos salientes, que vestía uniforme de caba. Aparte de Stephen Przybyszewski era la única polaca a bordo y como a todos les resultaba difícil su apellido Szarzynski, igual que el de Stephen, la llamaban, invariable y cariñosamente, la caba Maria.
    —Sobreviviremos —dijo Patterson—. ¿Y la otra complicación?
    —El capitán Bowen. Al igual que el teniente Ulbricht, tiene una alta tolerancia a los sedantes. Está consciente durante largos períodos y su humor no es de lo mejor. ¿Quién ha visto alguna vez al capitán Bowen de mal humor?

    Patterson se puso de pie.

    —Si yo fuera el capitán, no estaría de humor como para cantar y bailar. Vamos, contramaestre.

    Encontraron al capitán muy despierto y, efectivamente, en un estado de ánimo más que irritable. La caba Morrison estaba sentada en un banco junto a su cama. Atinó a ponerse de pie, pero Patterson le indicó con un gesto que se quedara donde estaba. El teniente Ulbricht estaba recostado en la cama de al lado, con la mano derecha detrás de la nuca. El teniente Ulbrich estaba muy despierto.

    —¿Cómo se siente, capitán?
    —¿Que cómo me siento, jefe? — En forma concisa y vehemente el capitán Bowen le informó cómo se sentía. Sin dudas se habría expresado con más vehemencia aún, si no hubiera sabido que la caba Morrison estaba junto a su cama. Levantó una mano vendada para taparse la boca mientras tosía. — Todo se fue al diablo, ¿no es así, jefe?
    —Bueno, sí, las cosas podrían estar mejor.
    —Las cosas no podrían estar peor. — Las palabras del capitán Bowen sonaban borrosas y confusas; hablar a través de esos labios ampollados tenía que ser una tortura. — La caba me lo dijo. Hasta la brújula de la lancha salvavidas quedó destrozada. Pie Sigiloso.
    —¿Pie Sigiloso?
    —Todavía anda suelto. Pie Sigiloso.
    —Pies Sigilosos —dijo McKinnon.
    —¡Archie! — El hecho dé que el capitán, por primera vez delante de otra persona, llamara al contramaestre por su nombre de pila revelaba mucho acerca de su estado.
    —Está usted aquí.
    —La hierba mala crece en cualquier lado, señor.
    —¿Quién está de guardia, contramaestre?
    —Naseby, señor.
    —Está bien. ¿Pies Sigilosos? ¿Por qué?
    —Hay más de uno, señor. No queda otra posibilidad. Lo sé. No sé cómo lo sé, pero lo sé.
    —En ningún momento me lo dijo a mí —repuso Patterson.
    —Es porque no se me ocurrió hasta hace un momento. Y hay otra cosa que sólo se me ocurrió ahora. El capitán Andropolous.
    —El del barco petrolero griego —dijo Bowen—. ¿Qué hay con él?
    —Bueno, señor, como sabrá, tenemos un pequeño problema de navegación.
    —¿Pequeño? Eso no es lo que me dijo la caba Morrison.
    —Bien; grande, entonces. Pensamos que el capitán Andropolous podría darnos una mano si lográramos comunicarnos con él. Pero fue imposible. Quizá no sea necesario hacerlo. Quizá si le mostramos su sextante, capitán, y le damos una carta marítima, eso podría ser suficiente. El problema es que la carta está arruinada. Por la sangre.
    —No hay problema —dijo Bowen—. Siempre llevamos duplicados. Están debajo de la mesa o en los cajones en el extremo de popa de la sala cartográfica.
    —Volveré en quince minutos —dijo el contramaestre.

    Le llevó bastante más que eso y cuando regresó, la expresión dura de su cara y el hecho de que traía con él el sextante en su caja y una carta enunciaban que había venido a informar acerca del fracaso de la misión.

    —¿No obtuvo cooperación? — preguntó Patterson—. ¿O fue Pie Sigiloso?
    —Pie Sigiloso. El capitán Andropolous estaba en su litera, roncando a todo vapor. Traté de sacudirlo, pero fue como sacudir una bolsa de papas. Lo primero que se me ocurrió fue que la misma persona que se había encargado de Trent había visitado también al capitán, pero no había olor a cloroformo. Busqué al doctor Singh, que me dijo que estaba drogado.
    —¡Drogado! — Bowen trató de expresar asombro, pero su voz no fue más que un graznido. — ¡Por Dios, ¿es que esto no va a acabar nunca?! ¡Drogado! ¿Cómo diablos pudieron drogarlo?
    —Muy fácilmente, parecería, señor. El doctor Singh no sabía de qué droga se trataba, pero dijo que debió de haberla ingerido con algo que comió o bebió. Le preguntamos a Achmed, el cocinero principal, si el capitán había comido algo distinto de nosotros y dijo que no, pero que luego había tomado café. El capitán Andropolous tiene ideas propias acerca de cómo se debe preparar el café: mitad café, mitad coñac. El doctor Singh dice que esa cantidad de coñac hubiera disimulado el gusto de cualquier droga. Había una taza y un platito junto a la litera del capitán. La taza estaba vacía.
    —Ah. — Patterson parecía pensativo. — Debió de quedar borra. No sé nada acerca de esas cosas, ¿pero no fue posible que el doctor Singh analizara la borra?
    —No había. El capitán pudo haberlo hecho él mismo, lavar la taza, quiero decir. Lo más probable es que haya sido Pie Sigiloso borrando sus rastros. No tenía sentido preguntar a quién se había visto entrar o salir del camarote del capitán.
    —¿No hay comunicación, verdad?
    —Eso es. Sólo la tripulación griega estaba por allí en ese momento.
    —Deduciendo que nuestro saboteador ha estado haciendo de las suyas otra vez —dijo Patterson—, y no creo que podamos deducir ninguna otra cosa, ¿de dónde diablos habrá sacado una droga tan potente?
    —¿Y de dónde sacó el cloroformo? Yo diría que Pie Sigiloso está bien equipado con lo que él considera elementos esenciales. Quizá no es sólo un aficionado a la química. Quizá también sepa qué buscar en el dispensario.
    —No —dijo Bowen—. Le pregunté al doctor Singh. El dispensario siempre está cerrado con llave.
    —Sí, señor —replicó McKinnon—. Pero si esta persona es un profesional, un saboteador entrenado, entonces creo que incluiría entre los elementos esenciales un juego de llaves maestras.
    —Mi copa rebosa —masculló Bowen—. Como dije, todo se fue al demonio. Si el tiempo sigue empeorando, y tengo entendido que eso es lo que está sucediendo, terminaremos en cualquier lugar. En la costa de Noruega, probablemente.
    —¿Puedo hablar, capitán? — Era el teniente Ulbricht.

    Bowen giró la cabeza hacia un costado, cosa que lo hizo gruñir de dolor.

    —¿Es el teniente Ulbricht? — No hablaba con tono alentador y si sus ojos no hubieran estado vendados, sin duda tampoco habrían sido alentadores.
    —Si, señor. Yo sé navegar.
    —Es usted muy amable, teniente. — Bowen trató de hablar con voz gélida, pero su boca ampollada no se lo permitió. — Es la última persona en el mundo a quien pediría ayuda. Cometió un crimen contra la humanidad. — Calló por unos segundos pero no fue para reflexionar; la combinación de ira y dolor le dificultaba el habla. — Si logramos regresar a Inglaterra, lo fusilarán. ¿Usted? ¡Por Dios!
    —Entiendo cómo se siente, señor —dijo McKinnon—. Debido a las bombas, quince hombres han muerto. Debido a las bombas, usted está como está, al igual que Hudson y Rafferty, y el primer oficial. Pero de todos modos, pienso que debería escucharlo.

    El capitán permaneció en silencio durante lo que pareció un tiempo excesivamente largo. Sólo el contramaestre, a quien el capitán estimaba y respetaba mucho, podía hacerlo vacilar durante tantos segundos. Cuando habló, lo hizo con voz ronca por la amargura.

    —No estamos en posición de elegir, ¿no es así? — McKinnon no respondió. — De todas formas, pilotear un avión no es lo mismo que navegar un barco.
    —Sé navegar un barco —dijo Ulbricht—. En tiempos de paz, estaba en una Marine Schule, una escuela de marina. Tengo un certificado de navegación marítima. — Sonrió levemente.
    —No aquí, por supuesto, pero lo tengo. Además, muchas veces he estudiado las estrellas desde un avión. Eso es mucho más difícil que hacerlo desde el puente de un barco. Le repito, sé navegar.
    —¡El! ¡Ese monstruo! — La caba Morrison habló con más amargura que el capitán, pero quizás se debió a que no tenía los labios ampollados. — Estoy segura de que sabe navegar, capitán Bowen. También estoy segura de que nos llevaría directamente a Alta Fjord o a Trondheim o a Bergen… en fin, a cualquier lugar de Noruega.
    —Ésa es una aseveración muy tonta, caba —interpuso Ulbricht—. Quizás el señor McKinnon no sepa navegar, pero debe de ser un marino experimentado y con sólo un atisbo del sol o la Estrella Polar se daría cuenta de que vamos hacia el sudeste en lugar del sudoeste.
    —De todas formas, no confío en él —dijo la caba Morrison—. Si lo que dice es verdad, entonces confío menos todavía.
    —Lo miraba con ojos helados y los labios apretados y se podía decir que se había equivocado de profesión; parecía la directora de una escuela de niñas con Ulbricht en el improbable papel de una temblorosa y traviesa alumna de tercer grado. — Mire lo que le sucedió a Trent. Mire lo que le sucedió a ese capitán griego. ¿Por qué no debería de sucederle lo mismo al señor McKinnon?
    —Con respeto, caba —dijo McKinnon con voz nada respetuosa—, me veo obligado a repetir lo que dijo el teniente Ulbricht: ésa es una aseveración muy tonta. Es tonta por dos razones. La primera es que Naseby también es contramaestre, y de los buenos. Pero usted no tiene por qué saberlo, claro. — McKinnon acentuó innecesariamente la palabra "usted". — Trent, Ferguson y Curran también pueden distinguir la diferencia entre norte y sur. Al igual que el jefe Patterson y el señor Jamieson, estoy seguro. Podría haber media docena más entre la tripulación. ¿Está sugiriendo que de alguna forma misteriosa que escapa a mi comprensión, pero no, al parecer, a la suya, el teniente Ulbricht va a inmovilizarnos a todos?
    —¿Y la segunda razón?
    —Si piensa que el teniente Ulbricht está complotado con los que fueron responsables de la destrucción de su avión y por poco con la de su vida… bueno, si cree eso, cree cualquier cosa.
    —Si es posible carraspear en forma tranquilizadora, Patterson lo hizo.
    —Creo, capitán, que el teniente puede no ser tan perverso como piensan usted y la caba Morrison.
    —¡No ser tan perverso! El despiadado, maldito… —Bowen se interrumpió y cuando volvió a hablar, lo hizo con voz serena y casi pensativa. — Usted no diría eso sin un buen motivo, jefe. ¿Qué le hace pensar de esa forma?
    —Fue el contramaestre el que tuvo la idea. Creo que estoy de acuerdo. Contramaestre, cuéntele al capitán lo que me dijo.
    —He tenido tiempo para pensar en esto —dijo McKinnon, como queriendo disculparse—. Usted, no. Según lo que me dijo el doctor Singh acerca del dolor que debe de estar sintiendo, pensar tiene que ser una tarea muy difícil. Creo, señor, que la Luftwaffe del teniente le vendió gato por liebre.
    —Le vendió… ¿Qué demonios quiere decir con eso? — Pienso que no sabía que atacaba un buque hospital. Seguro, ahora lo sabe. Pero no lo sabía cuando dejó caer las bombas.
    —¡Que no lo sabía! Los pilotos bombarderos, permítame recordarles, contramaestre, tienen muy buena vista. Todas esas cruces rojas…
    —No creo que las haya visto, señor. Las luces estaban apagadas y todavía estaba oscuro. Como se aproximaba por la popa, no pudo haber visto las cruces a los costados y volaba tan bajo que la superestructura debe de haberle bloqueado la visión de la cruz de proa. En cuanto a la de popa, estábamos largando tanto humo en ese momento que puede haber quedado oculta. Y ni por un momento imagino que el teniente Ulbricht había hecho una aproximación tan suicida, un ataque tan suicida al San Andreas, si hubiera sabido que había una fragata británica a sólo un par de millas de distancia. Yo no hubiera apostado a sus posibilidades de sobrevivir.
    —Yo tampoco. — El teniente Ulbricht habló con vehemencia.
    —Y lo que cierra mi hipótesis, señor. Esos cuatro lanzatorpedos Heinkel. Sé que usted no los vio, señor, y que tampoco los oyó, pues estaba inconsciente en ese momento. Pero el jefe Patterson y yo los vimos. Nos esquivaron en forma deliberada —se elevaron por encima de nosotros— y se dirigieron directamente al Andover. ¿Así que, qué piensa de eso, señor? Un Condor nos ataca, estoy seguro de que fue con bombas de poca potencia, y los Heinkels, que podrían habernos mandado a pique, no lo hacen. Los pilotos de los Heinkel sabían que el Andover estaba allí; el teniente Ulbricht, no. La Luftwaffe, capitán, parece tener dos manos, y la izquierda no le dice a la derecha lo que va a hacer. Estoy más que convencido de que al capitán le metieron el perro, tanto su propio alto mando como el saboteador que apagó nuestras luces de la Cruz Roja. Además, no tiene el aspecto de ser un hombre que atacaría una nave hospital.
    —¿Cómo diablos puedo saber qué aspecto tiene? — le espetó Bowen con comprensible fastidio—. Una cara de ángel con un arpa puede ser un asesino, a pesar de su aspecto. Pero sí, contramaestre, estoy de acuerdo con usted en que se presta para interrogantes curiosos. Interrogantes que parecen reclamar respuestas igualmente curiosas. ¿No está de acuerdo, caba?
    —Bueno, sí, puede ser. — Su tono era dudoso, recalcitrante. — El señor McKinnon podría tener razón.
    —Tiene razón. — La voz era de Kennet, y sonaba firme.
    —Kennet. — Bowen se volvió hacia la cama del otro lado de la suya y maldijo en voz no muy baja cuando la cabeza y el cuello le recordaron que los movimientos súbitos no eran aconsejables. — Creí que estaba dormido.
    —Nunca tan despierto, señor. Es sólo que no tengo muchos deseos de hablar. Por supuesto que el contramaestre está en lo cierto. Tiene que estarlo.
    —Ah. Bueno. — Con más cuidado esa vez, el capitán se volvió hacia Ulbricht. — No hay disculpas por lo que ha hecho, pero quizá no sea el asesino despiadado que creíamos. Contramaestre, el jefe me contó que ha estado destrozando muebles en mi camarote.
    —No más de lo necesario, señor. No encontré las llaves.
    —Están en el rincón trasero izquierdo del cajón izquierdo de mi escritorio. Busque en el armario de la derecha debajo de mi litera. Hay un cronómetro allí. Fíjese si funciona.
    —¿Un cronómetro de repuesto, señor?
    —Muchos capitanes lo llevan. Yo siempre lo hice. Si el sextante sobrevivió a la explosión, quizás el cronómetro también lo haya hecho. El sextante funciona, ¿no es cierto?
    —Por lo que puedo decir, sí.
    —¿Puedo verlo? — preguntó el teniente Ulbricht. Lo examinó por un instante. — Funciona.

    McKinnon se marchó, llevándose el sextante y la carta.


    Cuando regresó, sonreía.

    —El cronómetro está intacto, señor. Puse a Trent de nuevo al timón y a Naseby en su camarote. Desde allí puede ver a cualquiera que trate de subir la escalera del puente y, lo que es más importante aún, dejar fuera de combate a toda persona no autorizada que trate de entrar en su camarote. Le dije que las únicas personas autorizadas son Patterson, Jamieson y yo.
    —Excelente —afirmó Bowen—. Teniente Ulbricht, es posible que todavía recurramos a usted. — Hizo una pausa.
    —¿Sabe por supuesto, que estará navegando hacia la prisión?
    —¿No hacia un pelotón de fusilamiento?
    —Eso sería una pobre retribución por sus servicios profesionales. No.
    —Es mejor ser un prisionero de guerra vivo que flotar por allí congelado en una balsa de goma, cosa que me habría sucedido de no haber sido por el señor McKinnon aquí presente. — Ulbricht se incorporó en la cama. — Bien, no hay tiempo como el presente.

    McKinnon lo detuvo con una mano en el hombro.

    —Lo siento, teniente, tendrá que esperar.
    —¿Se refiere a… al doctor Singh?
    —No se pondría muy contento, pero no es eso. Tormenta de viento y nieve. Visibilidad cero. No hay estrellas y por esta noche, no las veremos.
    —Ah. — Ulbricht volvió a recostarse. — De todos modos, no me sentía tan lleno de energías.

    Fue entonces, cuando por tercera vez en el día, las luces se apagaron. McKinnon encendió su linterna, localizó y encendió cuatro luces de emergencia y miró a Patterson con expresión pensativa. Bowen dijo:

    —¿Sucede algo?
    —Lo siento, señor —dijo Patterson—. Otro apagón.
    —Otro más. ¡Jesús! — El capitán habló con más disgusto que preocupación. — No bien creemos que solucionamos un problema, surge otro. Pie Sigiloso, seguro.
    —Puede ser, señor —replicó McKinnon—. Pero puede no ser. No creo que las luces se hayan apagado porque alguien ha sido drogado o dejado fuera de combate con cloroformo. No creo que se hayan apagado porque alguien quería apagar nuestras luces de la Cruz Roja, porque la visibilidad es cero y no serviría de nada. Si es sabotaje, el motivo es otro.
    —Iré a ver si pueden decirme algo en la sala de máquinas —dijo Patterson—. Parece otra tarea para el señor Jamieson.
    —Está trabajando en la superestructura —le aclaró McKinnon—. Yo iba para allá, de todos modos. Se lo mandaré. ¿Nos encontramos. de nuevo aquí, señor? — Patterson asintió y se apresuró a abandonar la sala.

    Sobre la cubierta, que en ese momento estaba relativamente estable, las sogas ya no eran necesarias para mantener el equilibrio pero sí, como guías, ya que debido a la ausencia de luces y a la tormenta de nieve, McKinnon no veía a un centímetro de su cara. Se detuvo en forma abrupta al chocar contra alguien.

    —¿Quién es? — preguntó con dureza.
    —¿McKinnon? Jamieson. No soy Pie Sigiloso. Ha estado haciendo de las suyas otra vez.
    —Eso parece, señor. Al señor Patterson le gustaría verlo en la sala de máquinas.

    En la parte de la superestructura que estaba en el mismo nivel que la cubierta, el contramaestre encontró a tres del equipo de la sala de máquinas soldando una planta de metal a dos baos; el brillo de la llama de oxiacetileno contrastaba en forma fantasmagórica con la total oscuridad. Dos cubiertas más arriba encontró a Naseby en el camarote del capitán, con una herramienta puntiaguda envuelta en tela en la mano, y una expresión decidida en el rostro,

    —¿No hubo visitas, George?
    —Nadie, Archie, pero parece que alguien anduvo haciendo visitas por otro lado.

    McKinnon asintió y subió al puente, interrogó a Trent y volvió a descender la escalera. Se detuvo fuera del camarote del capitán y miró a Naseby.

    —¿Notas algo, George?
    —Sí, noto algo. Noto que las revoluciones del motor han disminuido, estamos aminorando la marcha. ¿Quizás una bomba en la sala de máquinas, esta vez?
    —No. La hubiéramos oído desde el hospital.
    —Una granada de gas podría haber servido igual.
    —Te estás volviendo tan pesimista como yo —dijo McKinnon.

    Encontró a Patterson y Jamieson en el comedor del hospital. Estaban acompañados por Ferguson, para gran sorpresa de McKinnon. Pero la sorpresa fue sólo momentánea.

    —¿Todo bien en la sala de máquinas, entonces?
    —Si —contestó Patterson—. Reduje la marcha como precaución. ¿Cómo lo supo?
    —Ferguson está hibernando con Curran en la carpintería, que es lo más a proa que se puede llegar en esta nave. Así que el problema está allí, en proa; nada excepto un terremoto sacaría a Ferguson de su litera, o de lo que esté usando como litera allí arriba.

    Ferguson adoptó un tono y una expresión agraviados.

    —Justo estaba por quedarme dormido, cuando Curren y yo oímos esta explosión. La sentimos, también. Directamente debajo de nosotros. No fue tanto una explosión, sino más bien un golpe. Algo metálico, en fin. Curran gritó que nos habían torpedeado o que se trataba de una mina, pero yo le dije que no fuera imbécil, que si una mina o un torpedo hubieran estallado debajo de nosotros, no estaríamos vivos para contar el cuento. Así que me vine corriendo hacia popa, bueno lo más rápido que se puede correr sobre esa cubierta; es como una pista de patinaje.
    —¿De modo que cree que el casco de la nave quedó abierto al mar? — le preguntó McKinnon a Patterson.
    —No sé qué pensar, pero si es así, entonces cuanto más despacio vayamos, menos probabilidades habrá de aumentar el daño en el casco. No demasiado despacio, por supuesto, porque podríamos empezar a cabecear y eso aumentaría la presión en el casco. ¿Supongo que el capitán Bowen tendrá los planos estructurales en su camarote?
    —No lo sé. Supongo que sí, pero no tiene importancia. Conozco la distribución. Seguro que el señor Jamieson también la conoce.
    —Cielos. ¿Eso quiere decir que yo no?
    —No dije eso, señor. Déjeme expresarlo de esta forma. La próxima vez que vea a un jefe de máquinas arrastrándose por las sentinas será la primera vez. Además, usted tiene que quedarse arriba, señor. Si hay que tomar una decisión urgente la sentina no es el lugar indicado para el oficial al mando.

    Patterson suspiró.

    —Con frecuencia me pregunto, contramaestre, dónde se traza la línea entre el sentido común y la diplomacia.
    —¿Cree usted que es esto, contramaestre?
    —Tiene que serlo, señor. — Jamieson y McKinnon, junto con Ferguson y McCrimmon, estaban en el depósito de pinturas, un compartimiento en la cubierta más baja del buque, a proa y a babor. Delante de ellos había una puerta asegurada con ocho tornillos, empotrada en un mamparo estanco. McKinnon apoyó la palma de la mano contra la parte superior de la puerta y luego contra la inferior.
    —Temperatura normal arriba —bueno, casi normal— y fría, casi congelada abajo. Hay agua del otro lado, señor; no más de cuarenta y cinco centímetros, me parece.
    —Lo que esperaba —dijo Jamieson—. Estamos a no más de un metro debajo de la línea de flotación y ésa es la máxima cantidad de agua que permitiría entrar el aire comprimido. Lo que hay del otro lado es uno de los compartimientos de lastre, por supuesto.
    —Es el compartimiento de lastre, señor.
    —Y éste es el depósito de pinturas. — Jamieson hizo un gesto para indicar el parche de metal irregularmente soldado en un costado de la nave. — El jefe de máquinas siempre desconfió de aquellos constructores de navíos rusos.
    —Puede ser, señor. Pero no imagino a ningún constructor naval ruso dejando una bomba de tiempo en el compartimiento de lastre.

    Efectivamente, constructores rusos habían estado a bordo del San Andreas, que había zarpado de Halifax, Nueva Escocia, como buque de carga Ocean Belle (Ocean era el primer nombre que solían llevar las naves Liberty construidas en Norteamérica). En el momento de zarpar, el Ocean Belle no era ni una cosa ni la otra, pero era, de hecho, un buque hospital casi terminado. Se le quitó el armamento, vaciaron la santabárbara, todos los mamparos estancos que no eran imprescindibles se demolieron, armaron un quirófano y equiparon los camarotes para el equipo médico y el dispensario. La cocina estaba casi completa, pero todavía no se había comenzado a trabajar en las salas y comedores. El equipo médico, que había venido desde Inglaterra, ya estaba a bordo.

    Se recibieron órdenes del Almirantazgo para que el Ocean Belle se uniera al próximo convoy rápido hacia el Norte de Rusia, que ya se había reunido en Halifax. El capitán Bowen no se negó —no estaba permitido negarse a cumplir órdenes del Almirantazgo— pero objetó en forma tan vehemente que fue lo mismo que negarse. Que se lo llevara el diablo, dijo, si iba a navegar hasta Rusia con un cargamento de civiles a bordo. Se refería al equipo médico y como eran sólo doce, el término cargamento no era el más indicado; también estaba pasando por alto el hecho de que cada miembro de la tripulación, desde él mismo hacia abajo, era también, técnicamente, un civil.

    El equipo médico, insistió Bowen, era una clase diferente de civiles. El doctor Singh le señaló que el noventa por ciento de los equipos médicos de las fuerzas armadas eran civiles, con la diferencia de que llevaban distintos tipos de uniforme. El equipo del San Andreas también llevaba uniforme, sólo que éste era blanco. El capitán Bowen recurriendo a su última defensa: no iba, dijo, a llevar mujeres por la zona de guerra —se estaba refiriendo a las seis enfermeras del barco. Un comandante de escolta, decididamente fastidiado, le señaló tres cosas que a su vez le habían sido señaladas a él por el Almirantazgo: miles de mujeres y niños habían estado en zonas de guerra mientras se los transportaba como refugiados a los Estados Unidos y Canadá; en el presente año, en comparación con los dos años anteriores, las pérdidas de submarinos se habían cuatriplicado mientras que las pérdidas de la Marina Mercantil habían disminuido en un ochenta por ciento. Y los rusos solicitaron, o mejor dicho casi exigieron que se aliviara a sus sobrecargados hospitales de Arcángel de la mayor cantidad posible de personal aliado. El capitán Bowen capituló —como debió hacer desde un principio— y el Ocean Belle, todavía pintado de gris, pero llevando a bordo suficientes provisiones de pintura blanca, roja y verde, se unió al convoy.

    En lo que a convoyes hacia el Norte de Rusia se refería, ése había sido uno excepcionalmente tranquilo. Ni una nave mercante y ni un buque escolta se habían perdido. Sólo dos incidentes ocurrieron y ambos involucraron al Ocean Belle. En algún lugar al sur de la Isla Jan Mayen, se cruzaron con un torpedero VyW de alta mar, detenido en el agua con un desperfecto en los motores. Ese torpedero había pertenecido a la escolta de un convoy anterior y se había detenido para rescatar a los sobrevivientes de un carguero que se estaba hundiendo, luego de un terrible incendio. Eso sucedió aproximadamente a las dos y media de la tarde, bastante tiempo luego de la puesta del sol, y la operación de rescate se había visto interrumpida por un breve ataque aéreo. El atacante no había sido divisado, pero obviamente él no tuvo dificultades para ver al torpedero, recortado como estaba contra la nave en llamas. Se dio por sentado que el atacante había sido un Condor de reconocimiento, pues no dejó caer bombas y se conformó con disparar con las ametralladoras contra el puente, cosa que destruyó eficazmente la sala de radio. De esa forma, cuando los motores se descompusieron unas horas más tarde —el desperfecto no tuvo nada que ver con el Condor; los VyW estaban viejos, desgastados y solían sufrir interminables problemas mecánicos— no hubo forma de ponerse en contacto con el desaparecido convoy.*


    * Durante las travesías de los convoyes en tiempos de guerra hacia Murmansk y Arcángel, el uso de buques de rescate fue un asunto de discusión entre la Marina Real en alta mar y la Marina Real en tierra, esta última era el Almirantazgo en Londres, que no mereció elogios durante los años largos de los convoyes a Rusia. En los primeros días, el uso de buques de rescate era la regla, no la excepción. Luego de la pérdida del Zafaaran y el Stockport, que se hundió con todos los que estaban a bordo, incluyendo sobrevivientes recogidos de otras naves, el Almirantazgo prohibió el uso de buques de rescate.


    Esta fue una regla que se cumplió sólo en apariencia. En determinados convoyes, un miembro de la escolta se autodesignaba buque de rescate; por lo general era un torpedero o un buque de menor tamaño. El comandante de la fuerza accedía a esta determinación o hacía la vista gorda.

    La tarea de la nave de rescate era harto peligrosa. De ninguna manera podía el convoy detener la marcha o uno de los buques escolta alejarse del convoy, de modo que, casi invariablemente, la nave de rescate quedaba sola y desprotegida. La visión de un navío de la Marina Real detenido en el agua junto a un barco que se hundía constituía una tentación irresistible para muchos comandantes de submarinos alemanes.

    Los sobrevivientes heridos se llevaron a bordo del Ocean Belle. El torpedero, junto con la tripulación y los sobrevivientes ilesos, fue arrastrado por un torpedero clase S. Más tarde se supo que los dos buques llegaron intactos a Scape Flow.

    Tres días más tarde, en algún lugar cerca de Cabo Norte, se cruzaron con una corbeta King Fischer igualmente antigua que no tenía nada que hacer en esas aguas lejanas. También ella estaba detenida y tan inclinada sobre la popa que ésta ya estaba cubierta de agua. También en ella había sobrevivientes, los de la tripulación de un submarino ruso que habían sido recogidos de un mar de petróleo en llamas. Los rusos en su mayoría con quemaduras graves, fueron transferidos, inevitablemente, al Ocean Belle, y la tripulación pasó a un torpedero de la escolta. La corbeta terminó de hundirse con el fuego de ametralladoras. Fue durante ese traspaso que el Ocean Belle fue perforado dos veces, justo debajo de la línea de flotación, del lado de babor, en el depósito de pinturas y el compartimiento de lastre. La razón de ese incidente nunca quedó establecida.

    El convoy se dirigió a Arcángel, pero el Ocean Belle amarró en Murmansk (ni el capitán Bowen ni el comandante de la escolta creyeron prudente que el Ocean Belle prosiguiera más de lo necesario en las condiciones en que estaba: algo inclinado hacia proa y hacia babor). No había dique seco disponible, pero los rusos eran maestros de la improvisación: los rigores de la guerra los habían obligado a serlo. Llenaron los tanques de popa, vaciaron los de proa y sacaron los bloques de cemento de lastre hasta que los orificios en el depósito de pintura y el compartimiento de lastre quedaron justo afuera del agua, luego de lo cual les llevó sólo unas horas soldar planchas de acero para taparlos.

    El emparejamiento de los tanques y la reposición del lastre volvieron a dejar al Ocean Belle en posición.

    Mientras se llevaban a cabo esas reparaciones, un pequeño ejército de carpinteros rusos trabajó en tres turnos de ocho horas diarias, en el área del hospital, instalando las salas, comedores, cocina y depósito medicinal. El capitán Bowen quedó absolutamente pasmado. En sus dos visitas previas a los puertos rusos no había encontrado en sus aliados, hermanos de sangre que deberían haber llorado de gratitud ante la llegada de provisiones vitales para el país desahuciado, otra cosa que caras largas, indiferencia, una notable falta de cooperación y, en algunos casos, franca hostilidad.

    Sólo pudo adjudicar ese extraño cambio al hecho de que los rusos se estaban mostrando agradecidos porque el Ocean Belle les había traído de regreso a los tripulantes heridos de los submarinos.

    Cuando zarparon, fue en una nave hospital: la tripulación de Bowen, con pinceles en la mano, trabajó con ahínco durante la breve estada en Murmansk. No rumbearon, como todos habían creído, por el Mar Blanco para recoger los heridos del Arcángel. Las órdenes del Almirantazgo fueron explícitas: tenían que dirigirse, sin pérdida de tiempo, al puerto de Aberdeen en Escocia.

    Jamieson volvió a poner en su lugar la tapa de la pequeña caja de juntas eléctricas, luego de haber aislado con eficiencia el compartimiento de lastre del sistema principal de electricidad. Golpeó la puerta estanca:

    —Hay un corto circuito allí dentro; podría haber sido causado por la explosión o el agua de mar, no importa. Debió de haber hecho saltar un fusible en alguna parte. No lo hizo. En algún lugar alguien manoseó un fusible: cambió el cable por un clavo o algo así. Eso tampoco importa. No voy a ir a buscarlo. McCrimmon, vaya a pedir a la sala de máquinas que prueben el generador.

    McKinnon golpeó la misma puerta.

    —¿Y qué hacemos aquí?
    —Sí, ¿qué hacemos? — Jamieson se sentó sobre un barril de pintura y pensó. — Hay tres opciones, creo. Podemos traer un compresor de aire hasta aquí, perforar el mamparo a la altura del hombro y sacar el agua de adentro, cosa que estaría muy bien si supiéramos a qué nivel está el agujero en el casco. No lo sabemos. Además, corremos el riesgo de que el aire comprimido en el compartimiento de lastre se escape antes de que podamos meter la manguera del compresor en el orificio que abrimos nosotros, lo que significaría más agua dentro del compartimiento. 0 podríamos reforzar el mamparo. La tercera posibilidad es no hacer nada. Voto por ella. El mamparo es muy sólido. Tendremos que reducir la velocidad, por supuesto. Ningún mamparo toleraría la presión a toda máquina si es que hay una abertura del tamaño de la puerta de un granero en el casco.
    —La puerta de un granero no sería conveniente —dijo McKinnon—. Creo que iré a dar un vistazo.
    —¡Santo Cielo! Morirá congelado, hombre. ¡Vamos, dése prisa! — En lo que quedaba de su camarote, McKinnon comenzó a quitarse el traje. — ¿Localizó los daños?
    —Ningún problema; no hay ningún boquete grande como la puerta de un granero. Sólo un orificio del tamaño de mi puño.

    Casi congelado y algo lastimado, McKinnon trepó con ayuda de los otros a la cubierta de proa del San Andreas, que, con los motores detenidos, cabeceaba pesadamente en las olas. En la pálida luz provista por las lámparas de cubierta que funcionaban otra vez, formaban un extraño cuarteto, Jamieson, Ferguson y McCrimmon, figuras fantasmagóricas cubiertas de nieve, y McKinnon, una reluciente criatura sobrenatural, pues el agua sobre su traje de goma, el tanque de oxígeno y la linterna impermeable comenzaba a congelarse en esa temperatura de cuarenta grados bajo cero. Ante un gesto de Jamieson, McCrimmon partió para la sala de máquinas mientras que Ferguson tiraba de la escalerilla de soga. Jamieson tomó el brazo de McKinnon y lo guió hacia la protección de la superestructura. El hielo recién formado sobre el traje de goma crujía a medida que avanzaban torpemente. Al llegar, McKinnon se quitó el tanque de oxígeno y el tubo de la boca. Los dientes le castañeteaban en forma incontrolable.

    —¿Muy terrible, allí abajo, contramaestre?
    —No es eso, señor. Es el maldito traje de goma. — Tocó una rasgadura a la altura de la cintura. — Se enganchó en un trozo de metal. De aquí para abajo está lleno de agua.

    Jamieson sonrió.

    —Valía la pena correr el riesgo de pescarse una pulmonía para averiguar eso. Lo veré en el camarote del capitán.

    Cuando McKinnon, con ropa seca, pero todavía temblando violentamente, se reunió con Jamieson y Naseby en el camarote del capitán, el San Andreas estaba de nuevo en su rumbo, aumentando la velocidad en forma regular.

    —Me temo que las provisiones del capitán están disminuyendo en forma abrumadora, contramaestre. Esto no aumentará el riesgo de neumonía: no le puse agua. Estuve hablando con el señor Patterson y el capitán, tenemos comunicación telefónica con el hospital, ahora. Cuando le dije que usted se había arrojado al agua con este tiempo, no dijo gracias ni nada de eso, sólo dijo que le informáramos que estaba loco.
    —El capitán no se equivoca con frecuencia. — Las manos de McKinnon temblaban de tal forma que derramó el líquido de su vaso lleno. — ¿Alguna orden del capitán o del señor Patterson?
    —Ninguna. Ambos dicen que están muy contentos de poder dejar en sus manos todo lo que esté por encima de la línea de flotación.
    —Muy amable de su parte. Lo que realmente quieren decir es que no tienen opción, sólo estamos George y yo.
    —¿George?
    —Disculpe, señor. Naseby, aquí presente. Él también es contramaestre. Navegamos juntos de tanto en tanto y somos amigos desde hace veinte años.
    —No lo sabía. — Jamieson miró a Naseby con ojos pensativos. — Ahora comprendo. ¿Ya organizó todo aquí arriba, contramaestre?
    —Estaba por hacerlo, señor. George y yo nos turnaremos para vigilar las joyas de familia, por así decirlo. Haré que Trent, Ferguson y Curran se turnen con el timón. Les diré que me den un sacudón, si me quedo dormido, cuando el tiempo mejore.
    —¿Entonces entrará en acción el teniente Ulbricht?
    —Así es. Me agradaría hacer una sugerencia, señor, si me permite. Me gustaría que haya alguien vigilando las salidas de proa y popa del hospital, sólo para asegurarme de que nadie deambulará durante la noche.
    —¿Y quién va a vigilar a los guardias?
    —Es un buen argumento, señor. Los guardias que sugiero son Jones, McGuigan, McCrimmon y Stephen. A menos que sean actores profesionales, los dos primeros son demasiado jóvenes e inocentes como para ser criminales. Es posible que McCrimmon sea un delincuente, pero creo que es un delincuente honesto. Y Stephen me parece un muchacho digno de confianza. Y más importante aún, no es probable que olvide que fue un dragaminas lo que lo sacó del Mar del Norte.
    —Tampoco sabía eso. Parece estar mejor informado que yo sobre mi propia gente. Me encargaré de Stephen y McCrimmon, usted ocúpese de los otros. ¿Nuestro saboteador residente no va a darse por vencido con tanta facilidad?
    —Me sorprendería que lo hiciera. ¿A usted no?
    —Mucho. Me pregunto qué forma de sabotaje tomará su próximo intento. — No tengo la menor idea. Pero se me ocurre otra cosa, señor. La persona que esté vigilando la salida de popa podría también vigilar la entrada a la Sala A.
    —¿La Sala A? ¿Esa banda de rufianes? ¿Para qué?
    —El o los que están tratando de detenernos y de hacer que nos perdamos pueden considerar que es una excelente idea inutilizar al teniente Ulbricht.
    —Es cierto. Yo mismo me quedaré en la Sala A esta noche. Hay una cama de más. Si me quedo dormido, la enfermera de turno podrá despertarme si entra alguien que no debería entrar. — Jamieson calló por unos instantes. — ¿Qué hay detrás de todo esto, contramaestre?
    —Creo que lo sabe tan bien como yo, señor. Alguien, en algún lugar, quiere capturar al San Andreas, aunque por qué querrían apoderarse de una nave hospital escapa a mi imaginación.
    —A la mía también. ¿Un submarino, cree?
    —Tendría que serlo, ¿no es así? Quiero decir, no se puede capturar una nave desde el aire, y no es probable que envíen el Tirpitz detrás de nosotros. — McKinnon sacudió la cabeza.
    —¿Un submarino? Cualquier barco pesquero con unos pocos hombres armados a bordo, podría capturarnos cuando se le antojara.


    CINCO


    McKinnon, dormido profundamente como estaba, se despertó en forma instantánea cuando Naseby lo sacudió y bajó las piernas por el extremo de la litera del capitán Bowen.

    —¿Qué hora es, George?
    —Las seis. Curren acaba de bajar del puente. Dice que la tormenta de nieve se disipó.
    —¿Hay estrellas?
    —No me lo dijo.

    El contramaestre se puso otro suéter, un abrigo de lana gruesa y botas, se dirigió al puente, habló brevemente con Curren y salió al alerón de estribor. Al cabo de uno o dos segundos, inclinado hacia adelante y de espaldas al viento huracanado, tosiendo y jadeando al sentir el aire helado en los pulmones, comenzó a desear estar en cualquier otro lado menos ése. Encendió la linterna y tomó el termómetro. Marcaba veinticuatro grados bajo cero. Combinada con el viento, la sensación térmica era de sesenta grados bajo cero.

    Se enderezó lentamente y miró hacia afuera, hacia la proa. A la luz de las lámparas de la Cruz Roja sobre la cubierta de proa pudo ver, como se lo había anticipado Curran, que la tormenta de nieve se había disipado. Contra el cielo color índigo, las estrellas resplandecían en forma extraordinaria. Respirando a través de la mano enguantada que le cubría la boca y la nariz, McKinnon se volvió hacia el viento y miró hacia popa.

    Al principio no pudo ver nada, porque el viento le hizo brotar lágrimas de los ojos. Buscó un par de antiparras del bolsillo del abrigo, se las colocó por debajo de la capucha, se enderezó otra vez y frotando de tanto en tanto el dorso del mitón de lana contra el vidrio logró ver, en forma intermitente, lo que estaba sucediendo en la popa.

    Las olas —el tiempo no había empeorado todavía hasta el punto en que el mar se vuelve turbulento— tenían entre tres y cuatro metros de altura. Las estrellas brillaban con la misma fuerza que hacia proa y McKinnon pronto localizó la Estrella Polar, hacia el lado de estribor. El viento ya no viraba hacia el norte y el San Andreas, por lo que él podía juzgar, seguía todavía en su rumbo sursudoeste.

    McKinnon regresó al puente, cerró la puerta con alivio y pensó por unos instantes. Podía deducirse que el rumbo actual no presentaba peligros; por otra parte no se podía asegurar que pudieran mantener dicho rumbo. El tiempo, en esa área gris e indefinida entre el Mar de Barents y el Mar de Noruega, era notablemente cambiante. No había esperado, por ejemplo, y lo dijo, que el cielo se despejara esa noche; tampoco había garantías de que siguiera así y de que el viento no virara más hacia el norte. Descendió dos cubiertas, seleccionó bastante ropa abrigada de los camarotes abandonados de la tripulación y se dirigió al área del hospital. Mientras atravesaba la peligrosa y resbaladiza cubierta superior, guiado sólo por las sogas, tomó conciencia con pesar de que ya se estaba gestando un cambio, cosa que no había notado en el alerón de estribor unos minutos antes. Filosas agujas de hielo comenzaban a clavársele en las zonas desprotegidas de la piel. No auguraban nada bueno.

    En la cubierta donde estaba el comedor del hospital se cruzó con Jones y McGuigan, que le aseguraron que nadie había andado por allí. Pasó a la Sala B, donde en un extremo estaba Janet Magnusson sentada delante de su escritorio, con los codos apoyados sobre el mismo, el mentón descansando sobre las manos y los ojos cerrados.

    —¡Ajá! — dijo McKinnon—. Durmiendo en horas de trabajo, enfermera Magnusson.

    Levantó la mirada, sobresaltada, parpadeó y trató de hablar con indignación.

    —¿Durmiendo? Por supuesto que no. — Escudriñó la ropa que traía McKinnon. — ¿Para qué es eso? ¿Te has convertido en un comerciante de harapos, Archie? No, no me lo digas. Es para ese pobre hombre que está allí adentro. Maggie está allí, también. No le agradará.
    —Respecto de tu querida Maggie, creí que un poco de sufrimiento para el teniente Ulbricht le hubiera caído mejor que nada. No me dan lástima ni la caba Morrison ni el teniente.
    —¡Archie! — Janet se había puesto de pie. — Tu cara. ¡Sangre!
    —En lo que a mí y al teniente nos concierne, tu amiga debería sentirse contenta. — Se limpió la sangre del rostro. — No está muy agradable arriba.
    —Archie. — Ella lo miró con expresión vacilante y preocupación en los ojos cansados.
    —Todo está bien, Janet. — Le tocó el hombro y pasó a la Sala A. La caba Morrison y el teniente Ulbricht estaban despiertos y tomando té, la caba en su escritorio, Ulbricht sentado en la cama; tenía el rostro descansado y los ojos límpidos: como dijo el doctor Singh, el piloto alemán poseía un notable poder de recuperación. Jamieson, totalmente vestido y tendido sobre una cama, abrió un ojo cuando McKinnon pasó junto a él.
    —Buen día, contramaestre. ¿Es de día, no es así?
    —Seis y veinte, señor.
    —Santo Cielo. Egoísmo, eso es. Dormí durante siete horas. ¿Cómo están las cosas?
    —Una noche tranquila, arriba. ¿Aquí también?
    —Debió de serlo. Nadie me despertó. — Observó la ropa que llevaba McKinnon y luego miró a Ulbricht.
    —¿Hay estrellas?
    —Sí, señor. Por el momento, al menos. No creo que duren demasiado.
    —¡Señor McKinnon! — La voz de la caba Morrison era fría y algo áspera, como siempre cuando se dirigía al contramaestre. — ¿Piensa arrastrar a este pobre hombre afuera de la cama en una noche como ésta? Le han disparado varias veces.
    —Sé que le dispararon varias veces ¿o acaso olvida quién lo sacó del agua? — El contramaestre poseía una cortesía innata, pero nunca la sacaba a relucir cuando hablaba con la caba Morrison. — Así que ahora es un pobre hombre… bueno, es mejor que ser un sucio asesino nazi. ¿A qué se refiere con eso de "en una noche como ésta"?
    —Me refiero al tiempo, por supuesto. — Tenía los puños apretados. Jamieson miraba el cielo raso.
    —¿Qué sabe usted acerca del tiempo? No salió de aquí en toda la noche. Si hubiera salido, me habría enterado. — La descartó dándole la espalda y miró a Ulbricht. — ¿Cómo se siente, teniente?
    —¿Tengo una opción? — Ulbricht sonrió. — Me siento lo suficientemente bien. Aun si no fuera así, iría de todas formas. No sea demasiado duro con la caba, contramaestre. Incluso la dama de la lámpara en la guerra de Crimea tenía poca paciencia con los heridos difíciles. Pero ella está pasando por alto mi egoísmo natural. Yo también estoy en este barco. Descendió de la cama con movimientos rígidos y con la ayuda de McKinnon y Jamieson, comenzó a ponerse la ropa encima del pijama, mientras la caba Morrison observaba con gélida reprobación que finalmente culminó en un tamborileo de los dedos sobre su mesa.
    —Pienso que deberíamos llamar al doctor Singh —dijo.

    McKinnon se volvió lentamente y la miró; cuando habló, lo hizo con una voz tan carente de expresión como su rostro.

    —No creo que importe demasiado lo que usted piense, caba. Sugiero que despierte al capitán Bowen y averigüe hasta qué punto importa lo que usted piensa.
    —El capitán está bajo los efectos de sedantes. Cuando recupere el sentido, le haré saber de su insolencia.
    —¿Insolencia? — McKinnon la miró con indiferencia. — Creo que él preferiría la insolencia a la estupidez, la estupidez de una persona que trata de poner en peligro al San Andreas y a todos los que están a bordo. Es una lástima que no haya celdas en este barco.

    Ella lo fulminó con la mirada, pareció querer hablar, pero se volvió cuando el doctor Sinclair entró en la sala. Soñoliento y despeinado, observó con asombro el espectáculo ante sus ojos.

    —¡Doctor Sinclair! ¡Gracias a Dios que está aquí! — Rápidamente, comenzó a explicarle la situación. — Esos… esos hombres quieren salir a mirar las estrellas o navegar o algo así y a pesar de mis protestas insisten en arrastrar a un hombre gravemente enfermo hasta el puente o uno de esos lugares y…
    —Comprendo lo que está sucediendo —repuso Sinclair con tranquilidad—. Pero si están arrastrando al teniente, él no está resistiendo demasiado, ¿verdad? Y ni por asomo puede usted describirlo como un hombre gravemente enfermo. Pero entiendo su punto de vista, caba. Debería estar bajo supervisión médica constante.
    —¡Ah! Gracias, doctor. — La caba Morrison casi se permitió una sonrisa. — De modo que debe regresar a la cama.
    —Bueno, no, no exactamente. Un abrigo, un par de botas marinas, mi maletín y subiré con ellos. De esa forma, el teniente estará bajo constante supervisión médica.

    Aun con la ayuda de los tres hombres, les llevó más tiempo del que creían llegar con el teniente Ulbricht hasta el camarote del capitán. Una vez que estuvieron allí, el teniente se dejó caer pesadamente sobre la silla detrás de la mesa.

    —Muchas gracias, caballeros. — Estaba muy pálido y respiraba en forma rápida y entrecortada. — Lo siento. Parece que no estoy tan bien como creía.
    —Tonterías —dijo el doctor Sinclair con tono eficiente—. Lo hizo muy bien. Es esa sangre inglesa de mala calidad que tuvimos que darle esta mañana, nada más. — Se adueñó con soltura de las provisiones alcohólicas del capitán. — Sangre escocesa de primera. Efecto garantizado.

    Ulbricht sonrió levemente.

    —¿No hay algo acerca de la dilatación de los poros? — No estará al aire libre el tiempo suficiente como para darles a sus poros la posibilidad de protestar.

    Arriba en el puente, McKinnon le puso las antiparras al teniente y luego lo envolvió en bufandas, de manera tal que no quedara ni un milímetro de piel expuesta. Cuando terminó, el teniente Ulbricht estaba tan inmunizado contra el frío como era posible estarlo: dos pasamontañas y una ajustada capucha se encargaban de eso.

    McKinnon salió al alerón de estribor, colgó una lámpara del rompevientos de lona, regresó adentro, tomó el sextante y a Ulbricht del brazo derecho —el que no estaba herido— y lo guió hacia afuera. A pesar de que estaba protegido contra los elementos, de que el contramaestre lo había prevenido, y de que durante el breve trayecto por la cubierta superior ya había tenido un indicio de lo que los esperaba, no estaba en absoluto preparado para lidiar con la fuerza salvaje del viento que lo golpeó no bien salieron del alerón. Sus piernas débiles tampoco estaban preparadas. Dio dos pasos hacia adelante y aunque logró aferrarse al rompevientos, habría caído si no hubiera sido por la mano firme del contramaestre que lo sostuvo. Si él hubiera estado llevando el sextante, sin duda lo habría dejado caer.

    Con el brazo de McKinnon alrededor de su cuerpo, Ulbricht midió la altura de las estrellas hacia el sur, oeste y norte, anotando con torpeza los resultados. Las primeras dos mediciones fueron relativamente rápidas y sencillas; la tercera, hacia el norte, llevó mucho más tiempo y fue más difícil, puesto que Ulbricht tenía que detenerse todo el tiempo para quitar las agujas de hielo de las antiparras y del sextante. Cuando terminó, le devolvió el sextante a McKinnon, apoyó los codos en el extremo del alerón y miró hacia la popa, limpiándose mecánicamente las antiparras con el dorso de la mano. Luego de alrededor de veinte minutos, McKinnon lo tomó del brazo sano y literalmente lo arrastró de nuevo a la protección del puente, cerrando la puerta de un golpe. Le entregó el sextante a Jamieson y le quitó a Ulbricht la capucha, los pasamontañas y las antiparras.

    —Le pido disculpas por esto, teniente, pero hay un momento y un lugar para cada cosa y contemplar el panorama desde ese alerón no es una de ellas.
    —La chimenea. — Ulbricht parecía algo mareado. — ¿Qué pasó con la chimenea?
    —Se cayó.
    —Comprendo. Se cayó. Quiere decir que yo… que yo…
    —A lo hecho, pecho —filosofó Jamieson, y le entregó un vaso al teniente—. Para ayudarlo con sus cálculos.
    —Gracias. Sí. — Ulbricht sacudió la cabeza como para despejarse la mente. — Sí. Mis cálculos.

    Débil como estaba y temblando sin cesar a pesar de que la temperatura en el puente había superado los ocho grados—Ulbricht no dejó lugar a dudas respecto de que como navegante, sabía muy bien lo que estaba haciendo. Trabajando basado en las estrellas, no tenía que preocuparse por la variación y desviación. Con una carta, compases de división, reglas paralelas, lápices y el cronómetro, terminó sus cálculos en un tiempo notablemente breve y dibujó una cruz en la carta luego de haber consultado las tablas de navegación.

    —Estamos aquí. Bueno, bastante cerca. 68,05 norte, 7,20 este, más o menos al oeste de las Islas Lofoten. Nuestro rumbo es 218. ¿Se me permite preguntar cuál es nuestro destino?

    Jamieson sonrió.

    —Francamente, teniente Ulbricht, no nos serviría de mucho si no lo supiera. Aberdeen.
    —¡Ah! Aberdeen. Tienen una prisión bastante famosa allí, ¿no es cierto? Peterhead, ¿verdad? Me pregunto cómo serán las celdas.
    —Es una prisión para civiles. No creo que usted vaya a parar allí. 0 a cualquier otra prisión. — Jamieson lo miró con curiosidad. — ¿Cómo sabe acerca de Peterhead, teniente?
    —Conozco bien Escocia. Y a Inglaterra, mejor aún. — Ulbricht no entró en detalles. — Así que vamos a Aberdeen. Nos mantendremos en este rumbo hasta que lleguemos a la latitud de Trondheim, luego hacia el sur hasta llegar a la latitud de Bergen, o si lo prefiere, señor McKinnon, la latitud de sus islas nativas.
    —¿Cómo supo que soy de las Shetland?
    —A algunos miembros del equipo de enfermeras no parece molestarles hablar conmigo. Luego tomaremos un rumbo más hacia el oeste. Eso es a grandes rasgos, trabajaremos en los detalles a medida que avancemos. Es un ejercicio muy simple y no hay problemas.
    —Claro que no hay problemas —dijo Jamieson—. Tampoco hay problemas para interpretar a Rachmaninoff, siempre y cuando uno sea pianista.

    Ulbricht sonrió.

    —Sobreestiman mis simples habilidades. El único inconveniente que surgirá será cuando recalemos, cosa que deberá hacerse de día. En esta época del año, las nieblas son comunes en el Mar del Norte y no hay forma de navegar en la bruma sin radio ni brújula.
    —Con un poco de suerte, eso no debería ser un inconveniente —dijo McKinnon—. Con guerra o sin ella, sigue habiendo bastante tránsito en la costa este y hay buenas posibilidades de que nos encontremos con un buque que nos guíe hasta el puerto.
    —De acuerdo —asintió Ulbricht—. Una nave de la Cruz Roja no se pasa por alto con facilidad, sobre todo una a la que le falta la chimenea. — Bebió un poco, caviló unos instantes, luego dijo: —¿Su intención es llevarme de nuevo al hospital?
    —Naturalmente —respondió Sinclair—. Allí es donde tiene que estar. ¿Por qué lo pregunta?

    Ulbricht miró a Jamieson.

    —¿Se espera, por supuesto, que yo vuelva a medir la altura de las estrellas?
    —¿Esperar, teniente? Dependemos de ello.
    —Y a intervalos frecuentes, si las condiciones climáticas lo permiten. Nunca sabemos cuándo cambiará el mar o el viento sin que nos demos cuenta de ello. La cosa es que no tengo muchos deseos de arrastrarme de nuevo hasta el hospital, luego regresar aquí cada vez que tenga que hacer mediciones. ¿No podría sencillamente recostarme en el camarote del capitán?
    —No hay problema. ¿Doctor Sinclair?
    —Tiene sentido. El teniente Ulbricht no está en la lista de enfermos graves y así se recuperará más fácilmente. Subiré cada dos o tres horas para ver cómo sigue.
    —¿Contramaestre?
    —No hay inconvenientes. Para la caba Morrison tampoco, me imagino.
    —¿Tendré compañía, por supuesto?
    —¿Compañía? — preguntó Sinclair—. ¿Quiere decir una enfermera, teniente?
    —No me refiero a una enfermera. Con todo respeto hacia sus encantadoras jóvenes, doctor Sinclair, no creo que ninguna de ellas serviría de mucho si ese individuo al que ustedes llaman Pie Sigiloso subiera para destruir o hacer desaparecer el sextante y el cronómetro, y por cómo me siento, no podría ahuyentar a una mosca. Además él tendría que eliminar a los testigos.
    —No hay problema, teniente —dijo el contramaestre—. Tendrá que tratar de eliminarme a mí o a Naseby y no creo que le agrade la idea. Aunque a nosotros sí nos agradaría.

    Sinclair sacudió la cabeza con pesar.

    —A la caba Morrison esto no le va a gustar nada. Otra usurpación de su autoridad. Después de todo, el teniente es paciente suyo, no mío.
    —Tampoco hay problema con eso —declaró McKinnon—. Simplemente dígale que el teniente cayó por la borda.
    —¿Y cómo están sus pacientes esta mañana, doctor? — McKinnon estaba desayunando con el doctor Singh.
    —No hay cambios dramáticos, contramaestre. Los dos tripulantes del Argos alojados en la sala de recuperación están como se puede estar cuando se tiene la pelvis fracturada y quemaduras múltiples. El estado del comandante Warrington y de su oficial de navegación no ha cambiado: Cunningham sigue en coma y se alimenta por vía endovenosa. Hudson permanece estable: la hemorragia del pulmón cesó. El primer oficial Kennet está mejorando, aunque Dios sabe cuándo podremos quitarle esas vendas de la cara. El único que me preocupa es el capitán. No es nada grave, ni siquiera serio, sólo preocupante. Usted vio cómo estaba cuando habló con él la última vez: echaba fuego por todos lados. Ahora se ha vuelto extrañamente silencioso, casi letárgico. 0 quizá es sólo que se tranquilizó ahora que sabe cuál es la posición y el rumbo de la nave. El de ustedes fue un buen trabajo, contramaestre.
    —El crédito no es para mí, señor. Fue el teniente Ulbricht quien hizo un buen trabajo.
    —Como sea, el capitán Bowen parece encontrarse en un estado de ánimo más filosófico. Sugiero que vaya a verlo.

    Cuando el rostro de un hombre está totalmente cubierto por vendas, es difícil adivinar cuál es su estado de ánimo. Tenía una pipa maloliente entre los labios quemados y era imposible decir si estaba disfrutando o no de ella. Cuando oyó la voz de McKinnon, el capitán se la quitó de la boca.

    —¿Seguimos a flote, contramaestre? — Hablaba con más claridad que antes y con menos dificultad.
    —Bueno, señor, digamos que no se fue todo al demonio. Y se acabaron las alarmas y las excursiones. Por lo que puedo decir, el teniente Ulbricht es un experto, creo que usted no vacilaría en tenerlo como oficial de navegación. Está recostado en su litera, señor, pero ya le habrán explicado el motivo de ese cambio.
    —Sin duda está terminando con mis provisiones.
    —Tomó un par de tragos, señor. Los necesitaba. Todavía está muy débil y el frío en el puente era terrible. Creo que nunca hizo un tiempo peor en el Artico. De todos modos, no estaba bebiendo cuando lo dejé. Dormía profundamente.
    —Mientras siga comportándose en esta forma, puede beber todo lo que desee. Manifiéstele mi más sincero agradecimiento.
    —Lo haré. ¿Tiene instrucciones para dar, señor?
    —¿Instrucciones, contramaestre? ¿Instrucciones? ¿Cómo puedo dar instrucciones?
    —No lo sé, señor. Nunca fui capitán.
    —Pues ahora lo es, maldito sea. No estoy en condiciones de dar instrucciones a nadie. Haga lo que le parezca mejor, y por lo que he oído hasta ahora, lo que le parece mejor está bastante bien. Claro que —añadió el capitán con tono reprobador—, no hubiera esperado otra cosa de Archie McKinnon.
    —Gracias, señor. Lo intentaré. — McKinnon se volvió para marcharse de la sala pero la caba Morrison lo detuvo. Por primera vez, lo miraba como si hasta pudiera pertenecer a la especie humana.
    —¿Cómo está él, señor McKinnon?
    —¿El teniente? Descansando. Está mucho más débil de lo que dice, pero jamás lo admitirá. Es un hombre muy valiente, un excelente navegante y un caballero. Cuando dice que no sabía que el San Andreas era una nave hospital, le creo en forma absoluta. No hay mucha gente a la que le crea en forma absoluta.
    —Estoy segura de que no. — El retorno a la antigua aspereza fue sólo momentáneo. — Me parece que no lo sabía realmente. Es más, estoy casi segura.
    —Qué bien. — McKinnon le sonrió, por primera vez, pensó con asombro. — Janet, la enfermera Magnusson, me dijo que usted proviene de la costa este. ¿Sería una impertinencia preguntar de qué lugar exactamente?
    —Por supuesto que no. — Sonrió y McKinnon se dio cuenta con asombro aun mayor que ésta era la primera vez que ella le sonreía. — Aberdeen. ¿Por qué?
    —Qué curioso. El teniente Ulbricht parece conocer la ciudad bastante bien. Por cierto que sabe acerca de la prisión de Peterhead y no está demasiado complacido con la idea de ir a parar allí.

    Una expresión de lo que podría haber sido preocupación cruzó por el rostro de ella.

    —¿Irá?
    —En absoluto. Si nos hace llegar a Aberdeen, probablemente le darán una medalla. ¿Sus padres son de Aberdeen, caba?
    —Mi padre. Mi madre es de Kiel.
    —¿Kiel?
    —Sí. Alemania. ¿No lo sabía?
    —Por supuesto que no. ¿Cómo podría saberlo? Y ahora que lo sé, hay alguna diferencia.
    —Soy mitad alemana. — Ella volvió a sonreír. — ¿No se siente sorprendido, señor McKinnon? ¿Escandalizado, quizá?
    —No, no me siento escandalizado. — McKinnon la miró con pesar. — Yo también tengo problemas en ese sentido. Mi hermana Jean está casada con un italiano. Tengo una sobrina y un sobrino, dos bambini que no pueden, o no podían, antes de la guerra, hablar una palabra de inglés con su viejo tío. — Debe de tornar la comunicación difícil.
    —Por fortuna, no. Yo hablo italiano.

    Ella se quitó los lentes, como para examinarlo más de cerca.

    —¿Habla italiano, señor McKinnon?
    —Sí. Y español. Y alemán. Usted debe de saber alemán. Puede ponerme a prueba cuando quiera. ¿Sorprendida, caba? ¿Escandalizada?
    —No. — Ella sacudió la cabeza lentamente y sonrió por tercera vez. McKinnon tomó conciencia del hecho de que una Margaret Morrison sonriente, con esos amistosos ojos oscuros, era una criatura totalmente diferente de la caba Morrison a la que él creía haber llegado a conocer. — No, no lo estoy. De veras.
    —¿Proviene de una familia de marinos, caba?
    —Sí. — Esa vez sí se sorprendió. — ¿Cómo lo sabía?
    —No lo sabía. Adiviné. Es por la conexión con Kiel. Muchos marineros británicos conocen bien la ciudad de Kiel, me incluyo entre ellos, que tiene, o tenía, la mejor regata de Europa. Su padre es de Aberdeen. ¿Pescador? ¿Hombre de mar o algo así?
    —Algo así.
    —¿Así cómo?
    —Bueno… —vaciló.
    —¿Bueno qué?
    —Es capitán de la Marina Real.
    —¡Dios Santo! — McKinnon la miró con asombro, luego se frotó el mentón sin afeitar. — Tendré que tratarla con más respeto en el futuro, caba Morrison.
    —No creo que sea necesario, señor McKinnon. — La voz era formal, pero la sonrisa que le siguió, no. — Ya no.
    —Habla como si estuviera avergonzada de ser la hija de un capitán de la Marina Real.
    —No lo estoy. Me siento orgullosa de mi padre. Pero a veces puede ser difícil. ¿Me entiende?
    —Sí, creo que sí.
    —Muy bien, señor McKinnon. — Los lentes estaban de nuevo en su lugar y la caba Morrison era toda eficiencia. — ¿Veré al teniente Ulbricht arriba? — McKinnon asintió. — Dígale que subiré a verlo en una hora, quizá dos.

    McKinnon parpadeó, cosa que en él era el máximo de expresividad emocional.

    —¿Usted?
    —Sí. Yo. — Levantó la cabeza con orgullo.
    —Pero el doctor Sinclair dijo que vendría…
    —El doctor Sinclair es un médico, no una enfermera. — La caba Morrison lo dijo como si hubiera algo levemente vergonzoso en el hecho de ser médico. Yo estoy a cargo del teniente. Probablemente necesitará que se le cambien los vendajes.
    —¿Cuándo subirá, exactamente?.
    —¿Acaso importa? Encontraré sola el camino.
    —No, caba, no lo hará. No sabe lo que es allá arriba. Sopla un temporal de mil demonios, hay treinta grados bajo cero, está oscuro y la cubierta parece una pista de patinaje. Nadie sube sin mi permiso, y menos aún las enfermeras. Telefoneará y vendré a buscarla.
    —Sí, señor McKinnon —replicó ella, muy tiesa, y luego esbozó una pequeña sonrisa—. Por la forma en que lo dice, no me deja lugar para discutir.
    —Lo siento. No quise ofenderla. Antes de subir, póngase todo el abrigo que crea que necesitará y luego duplique la cantidad.

    Janet Magnusson estaba en la Sala B cuando él pasó por allí. Ella echó un vistazo al rostro de Archie y dijo:

    —¿Qué te sucede?
    —Prepárese, enfermera Magnusson. El fin está cerca.
    —¿Qué diablos quieres decir, Archie?
    —El dragón de la sala contigua. — Hizo un gesto con el dedo pulgar hacia la Sala A. — Acaba de…
    —¿Dragón? ¿Maggie? Ayer era una leona.
    —Dragón. Ha dejado de escupir fuego. Me sonrió. Por primera vez desde que zarpamos de Halifax. Sonrió. Cuatro veces. Una experiencia perturbadora.
    —¡Vaya! — Ella lo sacudió por los hombros. — Me alegro de veras. De modo que admites que la juzgaste mal.
    —Lo admito. Pero cuidado, pienso que ella también me juzgó mal a mí.
    —Te dije que era buena, ¿lo recuerdas, Archie?
    —Sí, lo recuerdo. Y de veras que lo es.
    —Muy buena. Buenísima.
    —¿Y qué quieres decir con eso?
    —Te sonrió a ti.

    El contramaestre le dirigió una mirada helada y se marchó.

    El teniente Ulbricht estaba despierto cuando McKinnon regresó al camarote del capitán.

    —¿El deber me llama, señor McKinnon? ¿Más cálculos?
    —Quédese tranquilo, teniente. No hay estrellas. El cielo está cubierto. Creo que seguirá nevando. ¿Cómo se siente?
    —Bastante bien. Al menos cuando estoy recostado. Físicamente, quiero decir. — Se tocó la cabeza con los dedos. — Aquí arriba, no tan bien. He estado pensando y preguntándome muchas cosas.
    —¿Pensando y preguntándose por qué está aquí tendido?
    —Exactamente.
    —¿No es lo que hacemos todos? Al menos, yo no he hecho otra cosa que preguntármelo. No llegué demasiado lejos, a decir verdad. Es más, no llegué a ninguna parte.
    —No voy a decirle que yo podría ser de alguna ayuda, llámelo curiosidad, si quiere, pero, ¿le importaría contarme qué le ha estado pasando al San Andreas desde que zarpó de Halifax? Si tiene que revelarme secretos navales, no, por supuesto.

    McKinnon sonrió.

    —No tengo ningún secreto. Además, si tuviera algunos y se los contara, ¿qué haría usted con ellos?
    —Tiene razón. ¿Qué podría hacer yo?

    McKinnon le resumió en forma breve lo que había sucedido desde que partieron de Nueva Escocia, y cuando terminó, Ulbricht dijo:

    —Bien, ahora déjeme ver si sé contar.

    Hasta donde entendí, hubo siete grupos diferentes involucrados en los movimientos del San Andreas, o mejor dicho a bordo de él. En primer lugar, está su propia tripulación. Luego estuvieron los sobrevivientes heridos que recogieron del torpedero averiado. Después de eso vinieron los sobrevivientes del submarino ruso, que tuvieron que recoger de la corbeta que se hundió. Luego recogieron a unos heridos en Murmansk. Desde que partieron de allí, rescataron a los sobrevivientes del Argos, a los del Andover, y a Helmut y a mí. ¿Eso da siete?

    —Eso da siete.
    —Podemos eliminar a los sobrevivientes del torpedero averiado y de la corbeta. Su presencia a bordo de esta nave no pudo haber sido otra cosa que casual. También podemos olvidarnos del comandante Warrington y sus dos hombres y de Helmut Winterman y de mí. Eso deja solamente a su tripulación, los sobrevivientes del Argos y los enfermos que recogieron en Murmansk.
    —No podría imaginar un grupo de sospechosos menos probable.
    —Yo tampoco, contramaestre, pero no es la imaginación lo que nos importa, sino la lógica. Tiene que ser uno de esos tres grupos. Tome por ejemplo los hombres que recogió en Murmansk. Uno de ellos puede haber sido sobornado. Sé que suena ridículo, pero la guerra en sí es ridícula, y las cosas más increíbles suceden en circunstancias ridículas, y si hay algo seguro, es que no vamos a encontrar la respuesta a este enigma en el terreno de lo obvio. ¿A cuántos enfermos está repatriando desde Rusia?
    —A diecisiete.
    —¿Por casualidad conoce la naturaleza de sus heridas?
    —Tengo una vaga idea.
    —¿Todos malheridos?
    —No hay heridos graves a bordo. Si estuvieran graves, no estarían aquí. No están del todo bien, podría decirse.
    —¿Pero están inmovilizados? ¿Permanentemente en cama?
    —Los heridos, sí.
    —¿No todos están heridos?
    —Sólo ocho.
    —¡Dios Santo! ¡Ocho! ¿Quiere decir que hay nueve que no están lastimados?
    —Depende de lo que quiera decir con lastimados. Hay tres que sufren de congelamiento, tres con tuberculosis y los otros tres tuvieron colapsos mentales. Esos convoyes rusos cobran caro, teniente, en muchos sentidos.
    —No tiene motivos para simpatizar con nuestros submarinos o con nuestra Lufwatte, señor McKinnon.

    El contramaestre se encogió de hombros.

    —Ocasionalmente mandamos bombarderos sobre Hamburgo.

    Ulbricht suspiró.

    —Supongo que éste no es momento para filosofar acerca de cómo dos males nunca pueden hacer un bien. Así que tenemos nueve hombres que no están heridos. ¿Todos se pueden mover?
    —Los tres que padecen de congelamiento están virtualmente inmovilizados. Jamás he visto tantas vendas. Los otros seis… bueno, pueden andar de aquí para allá tan bien como usted y yo. En realidad eso no está bien dicho: tan bien como yo y mucho mejor que usted.
    —Ajá. Seis que pueden moverse. Sé poco de medicina, pero lo que sí sé es cuán difícil es discernir hasta qué punto es grave un caso de tuberculosis. También sé que un hombre con un caso bastante avanzado puede moverse con toda facilidad. En cuanto a los colapsos mentales, ésos son fáciles de simular. Uno de esos tres puede estar tan equilibrado como lo estamos nosotros, o como creemos estarlo. En realidad, los tres pueden estarlo. No es necesario que le diga, señor McKinnon, que hay algunos que están tan hartos del salvajismo, de la locura de la guerra, que harán cualquier cosa con tal de escapar de ella. Se fingen enfermos para acabar con todo. Muchos han llegado al límite de tolerancia y no quieren saber nada más. Durante la Primera Guerra Mundial, muchos soldados británicos sufrían de una enfermedad incurable que era una garantía a prueba de fuego de que los enviarían de regreso a casa. Se la llamaba DAC, Desorden que Afecta el Corazón. Los más insensibles médicos británicos comúnmente la llamaban Desesperadas Ansias de ir a Casa.
    —Oí hablar de eso, teniente. No soy por naturaleza una persona curiosa, ¿pero puedo hacerle una pregunta personal?
    —Por supuesto.
    —Su inglés es mucho mejor que el mío. La cosa es que no suena como un extranjero que habla inglés. Suena como un inglés hablando inglés, un inglés que ha estado en una escuela privada inglesa. Es curioso.
    —No tanto. A usted no se le escapa casi nada, señor McKinnon. Me eduqué en una escuela privada inglesa. Mi madre es inglesa. Mi padre fue, durante muchos años, agregado en la Embajada Alemana en Londres.
    —Vaya, vaya. — McKinnon sacudió la cabeza y sonrió. — Es demasiado. Realmente, es demasiado. Dos sorpresas de esta magnitud en veinte minutos.
    —Si quisiera decirme de qué está hablando…
    —La caba Morrison. Usted y ella deberían juntarse. Acabo de enterarme de que es mitad alemana.
    —¡Cielos! ¡Por todos los Santos! — No podía decirse que Ulbricht hubiera enmudecido por el asombro, pero estaba azorado. — Madre alemana, por supuesto. ¡Qué extraordinario! Se lo digo en serio, contramaestre, éste podría ser un asunto grave. Me refiero al hecho de que ella sea mi enfermera. Tiempos de guerra. Complicaciones internacionales, sabe.
    —No lo sé y no lo veo así. Ambos están realizando su trabajo. De todos modos, ella vendrá a verlo dentro de poco.
    —¿Vendrá a verme? ¿A ese implacable asesino nazi?
    —Quizá cambió de parecer.
    —Bajo compulsión, por supuesto.
    —Es su idea e insiste con eso.
    —Será una jeringa hipodérmica. Una dosis letal de morfina o algo así. Para retornar a nuestros seis deambuladores, eso amplía un poco el campo, ¿no es así? Un rufián sobornado que se hace pasar por enfermo o un enfermo de tuberculosis igualmente sobornado. ¿Qué le parece?
    —No me gusta nada. ¿Cuántos hombres sobornados, espías, saboteadores, cree que hemos recogido entre los sobrevivientes del Argos? Es una idea estúpida, lo sé, pero como dijo usted, estamos buscando respuestas estúpidas para preguntas estúpidas. Y hablando de preguntas estúpidas, aquí va otra. ¿Cómo sabemos que el Argos fue realmente atacado por una mina? Sabemos que los buques petroleros son muy duros y resistentes y que éste regresaba con los tanques vacíos. Los petroleros no mueren fácilmente y aun petroleros con los tanques llenos han sobrevivido a los torpedos. Ni siquiera sabemos que el Argos sufrió la explosión de una mina. ¿Cómo sabemos que no fue saboteado para que surgiera la oportunidad de introducir un saboteador —o más de uno— a bordo del San Andreas? ¿Qué le parece?
    —Como dijo usted, no me gusta nada. Pero no estará sugiriendo seriamente que el capitán Andropolous…
    —No estoy sugiriendo nada acerca del capitán Andropolous. Por lo que sé, puede ser el peor villano que surca los mares en estos días. Aunque estoy dispuesto a considerar casi cualquier solución alocada a nuestras preguntas, no puedo aceptar la idea de que un capitán sacrifique su barco por cualquier propósito. Pero una o varias personas para las que el Argos no significaba nada, podrían hacerlo con toda tranquilidad. Sería interesante saber si Andropolous contrató tripulantes adicionales en Murmansk, como por ejemplo compatriotas de él qué hubieran sobrevivido a otro naufragio. Por desgracia, Andropolous y su tripulación hablan solamente griego y ninguna otra persona a bordo habla griego.
    —Yo hablo un poco de griego, muy poco, el tipo de cosa que se aprende en el colegio, las escuelas privadas inglesas son entusiastas partidarias del aprendizaje de griego, y lo he olvidado casi por completo. No es que crea que serviría de mucho que pudiéramos averiguar quién o quiénes se unieron al Argos en Murmansk. No harían otra cosa que adoptar expresiones de inocencia ultrajada, jurar que no saben de qué estamos hablando y ¿qué podríamos hacer entonces? — Ulbricht calló durante casi un minuto y luego dijo de pronto:
    —Los constructores rusos.
    —¿Qué constructores rusos?
    —Los que repararon los daños en el casco de este barco y terminaron de construir el hospital. Pero en especial los que repararon el casco.
    —¿Qué hay con ellos?
    —Un momento. — Ulbricht pensó un poco más. — No sé exactamente cuántos lobos disfrazados de ovejas hay a bordo del San Andreas, pero de pronto estoy seguro de que el primero fue un miembro de la tripulación, de eso no me cabe la menor duda.
    —¿Cómo diablos se le ocurrió eso? No es que vaya a sorprenderme por nada, le aseguro.
    —Sufrieron esos daños en el casco mientras estaban junto a la corbeta que se hundía, antes de terminar de hundirla con las ametralladoras, ¿correcto?
    —Correcto.
    —¿Cómo sucedió?
    —Ya se lo dije. No sabemos. No fueron torpedos, ni minas ni nada de eso. Un torpedero estaba a un lado de la corbeta, rescatando a los sobrevivientes del submarino ruso hundido. Hubo una serie de explosiones dentro de la corbeta antes de que pudiéramos alejarnos. Una fue de una caldera, la otra podría haber sido de pólvora, cañones de dos libras, cualquier cosa. Había un incendio adentro. Fue en ese momento que debieron de producirse los daños.
    —Pienso que no sucedió así en absoluto. Pienso que fue entonces cuando ese miembro de la tripulación detonó una carga en el compartimiento de lastre de babor. Pienso que fue alguien que sabía exactamente cuánto explosivo utilizar para asegurarse de que el barco no se fuera a pique, pero sí se dirigiría al puerto más cercano donde fuera posible repararlo, como en ese caso era Murmansk.
    —Tiene sentido. Podría haber sucedido así. Pero no estoy convencido.
    —En Murmansk, ¿vio alguien el tamaño o la forma del orificio que había en el casco?
    —No.
    —¿Alguien trató de verlo?
    —Sí. El señor Kennet y yo.
    —Pero oh sorpresa, no lo vieron. No lo vieron porque no les permitieron verlo.
    —Así es. ¿Cómo lo supo?
    —¿Tenían lonas todo alrededor y por encima del área que se estaba reparando?
    —Así es. — McKinnon comenzaba a parecer pensativo. — ¿Les dieron alguna explicación?
    —Sí, dijeron que era para protegerlo del viento y la nieve. — ¿Y había mucho viento o nieve?
    —No.
    —¿Trataron ustedes de pasar detrás de las lonas?
    —Sí. No nos lo permitieron. Dijeron que era demasiado peligroso y que sólo retardaría el trabajo de los constructores. No discutimos porque no nos pareció tan importante. Si conoce a los rusos, debe de saber lo testarudos que pueden ser acerca de las cosas más ridículas. Además, nos estaban haciendo un favor y no había motivos para que sospecháramos. Está bien, está bien, teniente, no hay razón para que me rompa la cabeza con una maza. No es necesario ser maquinista o metalúrgico para reconocer un boquete que ha sido abierto de adentro para afuera.
    —¿Y ahora no le parece extraño que el segundo daño al casco se haya producido precisamente en el mismo compartimiento de lastre?
    —No, ahora no. Nuestros valerosos aliados, los nuestros, no los suyos, seguramente dejaron la carga explosiva en el compartimiento con una mecha larga convenientemente adherida. Está usted en lo cierto, teniente.
    —Así que todo lo que tenemos que hacer ahora es encontrar a un miembro de su tripulación que tenga conocimientos de explosivos y experiencia con ellos. ¿Se le ocurre alguien, señor McKinnon?
    —Sí.
    —¡¿Qué?! — Ulbricht se incorporó hasta quedar apoyado sobre un codo. — ¿Quién?

    McKinnon levantó los ojos hacia el cielo raso.

    —Yo.
    —Eso es una gran ayuda. — Ulbricht volvió a recostarse. — Eso sí que es una gran ayuda.


    SEIS


    Poco después de las diez de la mañana, comenzó a nevar otra vez. McKinnon se había quedado quince minutos más en el camarote del capitán, y se marchó sólo cuando vio que al teniente le estaba resultando difícil mantener los ojos abiertos. Luego habló con Naseby, Patterson y con Jamieson, que estaba supervisando nuevamente las tareas de refuerzo de la superestructura. Los tres estuvieron de acuerdo en que Ulbricht sin duda estaba en lo cierto; y los tres opinaron como el contramaestre que ese nuevo descubrimiento no servía de nada. McKinnon regresó al puente cuando comenzó a nevar de nuevo.

    Abrió la puerta de un alerón con cuidado, pero la fuerza del viento se la arrancó de la mano, haciéndola golpear contra el puente. La nieve, liviana todavía, caía en forma casi horizontal. Era imposible estar de frente a ella, pero volviéndole la espalda y mirando hacia proa, vio que el sentido de las olas había cambiado: el amanecer estaba llegando y gracias a esa luz vio paredes de agua que tendían a ir para un lado y luego para otro, en forma desordenada y confusa. Aun sin la evidencia de sus ojos se hubiera dado cuenta del cambio: la cubierta bajo sus pies comenzaba a temblar y sacudirse de manera desconcertante. El frío era intenso. A pesar de su considerable peso y de su fuerza, McKinnon descubrió que la tarea de cerrar la puerta del alerón detrás de sí al entrar de nuevo en el puente no era nada fácil.

    Se encontraba conversando con Trent cuando sonó el teléfono. Era la caba Morrison. Dijo que ya estaba lista para subir al camarote del capitán.

    —No se lo recomendaría, caba. Las cosas no están muy agradables aquí arriba.
    —Le recuerdo que me dio su palabra. — Hablaba con su mejor voz de caba.
    —Lo sé. Pero es que las condiciones han empeorado.
    —Oiga, señor McKinnon…
    —Allá voy. Pero usted es responsable.

    En la Sala B, Janet Magnusson lo miró con reprobación.

    —El hospital no es lugar para un muñeco de nieve.
    —Sólo estoy de paso. En una misión caritativa. Al menos, eso es lo que cree tu testaruda amiguita.

    Ella se mantuvo impasible.

    —¿Se trata del teniente Ulbricht?
    —¿Quién si no? Acabo de verlo. Parece estar bastante bien. Creo que ella está loca.
    —El problema contigo, Archie McKinnon, es que no tienes fineza de sentimientos. No en lo que se refiere a cuidar de los enfermos. Y en otros sentidos tampoco, seguramente. Y si ella está loca, es sólo porque ha estado diciendo cosas agradables sobre ti.
    —¿Sobre mí? No me conoce.
    —Es cierto, Archie, es cierto. — Sonrió dulcemente. — Pero el capitán Bowen, sí.

    McKinnon buscó por un instante algún comentario adecuado para hacer acerca de los capitanes que chismeaban con las cabas, no encontró ninguno y pasó a la Sala A. La caba Morrison, apropiadamente abrigada, lo estaba esperando. Había un pequeño maletín médico sobre una mesa junto a ella. McKinnon la saludó con un movimiento de la cabeza.

    —¿Quiere por favor sacarse esos lentes, caba?
    —¿Por qué?
    —Es el Don Juan que hay en él —comentó Kennet. Hablaba casi con su buen humor habitual. — Probablemente piensa que se la ve mejor sin ellos.
    —No es mañana para un oso polar, señor Kennet, y mucho menos para un Don Juan. Si la señora no se quita los lentes, el viento lo hará por ella.
    —¿Cómo está el viento, contramaestre? — Era el capitán Bowen,
    —Fuerza once, señor. Tormenta de nieve. Nueve noventa milibares.
    —¿Y las aguas se están quebrando? — Aun en el hospital, el temblor del navío era inconfundible.
    —Un poco, señor.
    —¿Algún problema?
    —Aparte del hecho de que la caba parece decidida a suicidarse, ninguno. — Al menos, mientras resista la superestructura, pensó.

    La caba Morrison ahogó una exclamación cuando salieron a la cubierta superior. A pesar de que se había preparado mentalmente, no imaginó la fuerza salvaje de ese viento huracanado y la nieve que lo acompañaba; tampoco imaginó el efecto que tendría en sus pulmones la abrupta caída de veinticinco grados en la temperatura. McKinnon no perdió el tiempo. Aferró a la caba Morrison con una mano, la soga con la otra y permitió que el viento los empujara por la traicionera cubierta congelada hasta la protección de la superestructura. Una vez que estuvieron bajo techo, ella se quitó la capucha y permaneció allí, jadeando y masajeándose las costillas.

    —La próxima vez, señor McKinnon, si es que hay una próxima vez, lo escucharé. ¡Dios mío! Nunca imaginé… bueno, nunca lo imaginé. ¡Y mis costillas! — Se las tocó con cuidado como para asegurarse de que todavía seguían allí. — Tengo costillas comunes, como todo el mundo. Creo que me las quebró.
    —Lo siento —dijo McKinnon, muy serio—. Pero no creo que le hubiera gustado caer por la borda. Y me temo que habrá una próxima vez. Tenemos que regresar y en contra del viento, cosa que será bastante peor.
    —Por el momento, no tengo ningún apuro por regresar, gracias.

    McKinnon la guió por la escalera hacia los camarotes de la tripulación. Ella se detuvo y contempló el pasillo retorcido, los mamparos quebrados, las puertas destrozadas.

    —De modo que es aquí donde murieron. — Hablaba en un susurro ronco. — Cuando uno lo ve, es demasiado fácil comprender cómo murieron. Pero primero hay que verlo para poder entender. Horrendo… bueno, no es la palabra adecuada. Gracias a Dios que no lo vi. Y usted tuvo que despejar todo.
    —Tuve ayuda.
    —Sé que hizo lo más horrible. El señor Spenser, el señor Rawlings, el señor Batesman, esos fueron los casos más horrorosos, ¿verdad? Sé que no dejó que nadie más los tocara. Johnny Holbrook se lo dijo a Janet y ella me lo contó. — Se estremeció. — No me gusta este lugar. ¿Dónde está el teniente?

    McKinnon la guió hasta el camarote del capitán, donde Naseby estaba vigilando al teniente Ulbricht, que estaba recostado.

    —Buenos días, otra vez, teniente. Acabo de experimentar en carne propia el clima al que lo ha estado exponiendo el señor McKinnon. Fue terrible. ¿Cómo se siente?
    —Mal, caba. Muy mal. Creo que necesito cuidados y atención.

    Ella se quitó el traje impermeable y el abrigo.

    —No parece estar muy grave.
    —Apariencias, apariencias. Me siento muy débil. No quiero pecar de insolente automedicándome, pero lo que necesito es un tónico, algo que me devuelva las fuerzas. — Tendió una mano lánguida. — ¿Sabe qué hay allí en ese armario?
    —No —respondió ella con tono severo—. No lo sé, pero puedo adivinar.
    —Bueno, pensé que quizás… en estas circunstancias, comprende…
    —Esas son las provisiones privadas del capitán Bowen.
    —¿Me permite repetir lo que dijo el capitán? — dijo McKinnon—. Mientras el teniente Ulbricht siga navegando, puede continuar haciendo uso de mis provisiones. 0 algo parecido.
    —No veo que esté navegando ahora. Pero está bien. Un trago pequeño.

    McKinnon le sirvió un vaso de whisky y se lo alcanzó. La expresión en el rostro de la caba indicaba claramente que ella y el contramaestre tenían diferentes interpretaciones de la palabra pequeño".

    —Vamos, George —dijo McKinnon—. Éste no es lugar para nosotros.

    La caba Morrison pareció sorprenderse.

    —No podemos tolerar el hecho de ver sangre. Ni tampoco el sufrimiento, para el caso.

    Ulbricht bajó el vaso.

    —¿Nos dejan a merced de Pie Sigiloso?
    —George, si esperas afuera, iré a relevar un poco a Trent en el timón. Cuando esté lista para irse, caba, sabrá dónde encontrarme.

    McKinnon creyó que el trabajo de la caba Morrison llevaría diez o quince minutos como mucho, pero sin embargo, pasaron casi cuarenta hasta que ella apareció en el puente. El contramaestre la miró con compasión.

    —¿Más trabajo de lo que creía, caba? ¿No estaba bromeando cuando dijo que se sentía mal?
    —No le pasa nada. Sobre todo a su lengua. ¡Cómo habla ese hombre!
    —¿No estaba hablando con una pared, verdad?
    —¿Qué quiere decir?
    —Bueno —dijo McKinnon con buena lógica—, no habría seguido hablando si usted no hubiera seguido escuchándolo.

    La caba Morrison no parecía apurada por marcharse. Permaneció en silencio por unos minutos, luego dijo con una leve sonrisa:

    —Esto me resulta… bueno, enojoso, no, pero sí fastidioso. La mayoría de las personas estaría interesada por saber de qué hablamos.
    —Estoy interesado por saberlo. Es sólo que no soy curioso. Si quisiera decírmelo, me lo diría. Si yo le pidiera que me lo dijera y usted no quisiera hacerlo, entonces no me lo contaría. Pero está bien, me gustaría que me lo contara.
    —No sé si eso me resulta enojoso o no. — Hizo una pausa. — ¿Por qué le contó al teniente Ulbricht que yo era mitad alemana?
    —No es un secreto, ¿verdad?
    —No.
    —Y no está avergonzada de serlo. Me lo dijo usted misma. Así que por qué… ¡ah! ¿Por qué no le dije a usted que se lo había contado? Eso es lo que quiere saber. Sencillamente, no se me ocurrió.
    —Al menos podría haberme dicho que él era mitad inglés.
    —Eso tampoco se me ocurrió. No es importante. No me importa de qué nacionalidad es una persona. Le conté acerca de mi cuñado. Al igual que el teniente, es piloto. También es teniente. Si creyera que es su deber dejar caer una bomba encima de mí, lo haría sin pensarlo dos veces. Pero es un hombre excelente.
    —Usted perdona fácilmente, señor McKinnon.
    —¿Perdonar? — La miró con sorpresa. — No tengo nada que perdonar. Quiero decir, todavía no arrojó la bomba sobre mí.
    —No me refería a eso. Aun silo hiciera, no habría diferencia.
    —¿Cómo lo sabe?
    —Lo sé…

    McKinnon no siguió con el tema.

    —No me parece una conversación interesante. Al menos no como para prolongarla durante cuarenta minutos.
    —También disfrutó mucho haciéndome ver que era más inglés que yo. Desde el punto de vista sanguíneo, digo. Cincuenta por ciento inglés para empezar y medio litro más, de la transfusión de ayer.
    —No me diga —acotó McKinnon con cortesía.
    —De acuerdo, veo que las estadísticas tampoco son interesantes. También dice que su padre conoce al mío.
    —Ah. Eso sí que es interesante. Aguarde un minuto. Dijo que su padre había sido agregado en la Embajada Alemana en Londres. No mencionó si era agregado comercial o cultural o lo que fuera. ¿No le habrá mencionado casualmente que su padre había sido agregado naval?
    —Así es.
    —No me diga que el viejo es capitán en la Marina alemana.
    —Exactamente.
    —Eso los convierte casi en hermanos de sangre. Preste atención a mis palabras, caba —le advirtió McKinnon con solemnidad—. Veo la mano del destino en esto. ¿Algo predeterminado, le parece?
    —¡Pfff!
    —¿Los dos están en servicio activo?
    —Sí. — Hablaba con pesar.
    —¿No le resulta gracioso que sus respectivos progenitores estén merodeando en alta mar tratando de idear formas de eliminarse mutuamente?
    —No me parece nada gracioso.
    —No quise decir gracioso en ese sentido. — Si alguien alguna vez le hubiera sugerido a McKinnon que Margaret Morrison en un determinado momento le llegaría a parecer una figura angustiada, él habría dudado de la salud mental de dicha persona: pero ya no era así. La repentina tristeza de ella le resultó inexplicable. — No se preocupe, muchacha. Nunca sucederá. — No sabía muy bien qué quería decir con eso.
    —Por supuesto que no. — La voz de ella carecía totalmente de convicción. Pareció como si fuera a hablar, vaciló, miró hacia abajo y luego levantó la cabeza lentamente. Tenía la cara en sombras, pero a él le pareció ver el brillo de lágrimas. — Oí cosas acerca de usted, hoy.
    —Ajá. Nada bueno, seguramente. No hay que creer en nada de lo que se dice hoy en día. ¿Qué cosas, caba?
    —Me gustaría que no me llamara así. — El fastidio era tan sorprendente como la tristeza.

    McKinnon arqueó la ceja.

    —¿Caba? Pero si es caba.
    —Pero es la forma en que lo dice. Lo siento, no quise decir eso, no lo dice diferente de los demás.

    El sonrió.

    —No me gustaría que me confundiera con un villano. ¿Señorita Morrison?
    —Sabe mi nombre.
    —Sí. También sé que comenzó a decir algo, cambió de idea y está tratando de ganar tiempo.
    —No. Sí. Bueno, no del todo. Es difícil, no soy buena para esas cosas. Oí acerca de su familia esta mañana. Justo antes de que subiéramos. Lo siento, lo siento de veras.
    —¿Janet?
    —Sí.
    —No es ningún secreto.
    —Fue un piloto bombardero alemán el que los mató. — Lo miró por un largo instante, luego sacudió la cabeza. — Cuando aparece otro piloto bombardero alemán que vuelve a atacar a civiles inocentes, usted es el primero que sale a defenderlos.
    —No me ponga alas ni una aureola. Además, no estoy tan seguro de que eso sea un cumplido. ¿Qué pretendía que hiciera? ¿Vengarme de un hombre inocente?
    —¿Usted? No sea tonto. Bueno, no, quizá la tonta fui yo al decirlo, pero sabe muy bien a qué me refiero. También oí que el suboficial McKinnon, Medalla al Servicio Distinguido y no sé qué otra condecoración, estaba en un hospital de Malta con la espalda rota cuando se enteró de la noticia. Un bombardero de la Fuerza Aérea italiana acabó con su submarino. Usted parece tener afinidad con los bombarderos enemigos.
    —Janet no sabía eso.

    Ella sonrió.

    —El capitán Bowen y yo nos hemos hecho muy amigos.
    —El capitán Bowen —dijo McKinnon con serenidad— es una vieja chismosa.
    —El capitán Bowen es una vieja chismosa. El señor Kennet es una vieja chismosa. El señor Patterson es una vieja chismosa. El señor Jamieson es una vieja chismosa. Son todos viejas chismosas.
    —¡Cielos! Esa es una acusación muy seria, caba. Perdón. Margaret.
    —Las viejas chismosas hablan en voz baja y cuchichean. Cada vez que se juntan dos o tres o los cuatro, hablan en voz baja y cuchichean. Se puede sentir la tensión, casi oler el miedo… bueno, no, esa no es la palabra indicada; aprensión, tendría que haber dicho. ¿Por qué cuchichean?
    —Quizá tengan secretos.
    —Merezco algo mejor que eso.
    —Tenemos saboteadores a bordo.
    —Lo sé. Todos lo sabemos. Los cuchicheadores saben que todos lo sabemos. — Lo miró a los ojos por un largo instante. — Sigo mereciendo algo mejor que eso. ¿No confía en mí?
    —Sí, confío en usted. Nos están persiguiendo. Alguien a bordo del San Andreas posee una radio transmisora que envía una señal continua de ubicación. La Luftwaffe y los submarinos saben exactamente dónde estamos. Alguien nos quiere. Alguien quiere apoderarse del San Andreas.

    Durante varios minutos, ella lo miró a los ojos como si buscara la respuesta a una pregunta que no podía formular. McKinnon sacudió la cabeza y dijo:

    —Lo siento. Eso es todo lo que sé. Tiene que creerme.
    —Lo creo. ¿Quién podría estar enviando esa señal?
    —Cualquiera. Pienso que es alguien de nuestra tripulación. Podría ser un sobreviviente del Argos. Podría ser cualquiera de los enfermos que recogimos en Murmansk. Cada una de estas ideas es ridícula, pero una tiene que ser menos ridícula que las demás. Eso sí, no sé cuál.
    —¿Por qué querrían este barco?
    —Si lo supiera, conocería las respuestas a muchas cosas. Una vez más, no tengo la menor idea.
    —¿Cómo se apoderarían de nosotros?
    —Con un submarino. No hay otra forma. No tienen buques de superficie y un avión queda totalmente descartado. Rezando, eso es lo que probablemente estén haciendo sus cuchicheadores, rezando. Rezando para que nunca deje de nevar. Nuestra única esperanza está en que logremos mantenernos ocultos. Rezando para que, como decían los antiguos, no nos abandone la fortuna.
    —¿Y si eso sucede?
    —Entonces es el fin.
    —¿No va a hacer nada? — Ella parecía incrédula. — ¿Ni siquiera va a tratar de hacer algo?

    Hacía varias horas que McKinnon había tomado la decisión de lo que debía hacerse, pero ése no parecía ser el lugar ni el momento para entrar en detalles acerca de sus planes.

    —¿Qué pretende que haga? ¿Mandarlos a pique con una salva de pan duro y papas rancias? Se olvida de que ésta es una nave hospital. Enfermos, heridos, todos civiles.
    —Pero sin duda hay algo que se pueda hacer. — Había un tono extraño en la voz de ella; casi una nota de desesperación. Siguió hablando con amargura. — El tan condecorado suboficial McKinnon.
    —El tan condecorado suboficial McKinnon preferiría vivir para seguir luchando —replicó McKinnon, sin inmutarse.
    —¡Pues luche ahora! — La voz de ella se quebró. — ¡Luche! ¡Luche! ¡Luche! — Ocultó el rostro entre las manos.

    McKinnon le pasó un brazo alrededor de los hombros temblorosos y la miró con asombro. Era un hombre de recursos casi infinitos, capaz de lidiar con todo lo que se le cruzaba en el camino, pero no podía explicarse la extraña conducta de ella. Trató de encontrar palabras de consuelo, pero como no sabía qué tenía que consolar, no encontró ninguna. Frases como "Bueno, bueno" tampoco parecían venir al caso, así que finalmente se conformó diciendo:

    —Iré a buscar a Trent y la llevaré abajo.

    Cuando llegaron abajo, luego de una travesía riesgosa a través de la cubierta superior, entre la superestructura y el hospital (tuvieron que luchar contra el viento y la nieve), la guió hasta el pequeño vestíbulo y fue en busca de Janet Magnusson. Cuando la encontró, dijo:

    —Creo que será mejor que vayas a ver a tu amiga Maggie. Está muy alterada. — Levantó una mano. — No, Janet, soy inocente. No fui yo el que la alteró.
    —Pero estabas con ella cuando se alteró —replicó Janet con tono acusador.
    —Está decepcionada conmigo, eso es todo.
    —¿Decepcionada?
    —Quiere que me suicide. Yo no lo veo de esa forma. Ella se tocó la cabeza.
    —Uno de ustedes dos está loco. No tengo muchas dudas de quién se trata. — McKinnon se sentó sobre un banco junto a la mesa mientras ella regresaba al vestíbulo. Reapareció unos cinco minutos más tarde. Tenía una expresión preocupada.
    —Lo siento, Archie. Eras inocente. Y ninguno de los dos está loco. Es que ella tiene sentimientos ambivalentes respecto de los alemanes.
    —¿Ambi qué?
    —Encontrados. Y no ayuda el hecho de que su madre sea alemana. Ha sufrido mucho. Mucho. Sé que tú también, pero tú eres diferente.
    —Por supuesto que soy diferente. No tengo fineza de sentimientos.
    —Ah, cállate. Tú no sabes que… en realidad, creo que soy la única persona que lo sabe. Hace alrededor de cinco meses perdió a su único hermano y a su novio. Ambos murieron sobre Hamburgo. No en el mismo avión, ni siquiera en el mismo bombardeo. Pero con un intervalo de unas pocas semanas.
    —Dios Todopoderoso. — McKinnon sacudió la cabeza con lentitud y quedó callado por unos instantes. — Pobre chica. Eso explica muchas cosas. — Se puso de pie, cruzó hasta donde estaban las provisiones privadas del doctor Singh y volvió con un vaso. — La legendaria fuerza de voluntad de los McKinnon. ¿Estabas con Maggie cuando sucedió, Janet?
    —Sí.
    —¿La conociste antes de eso?
    —Por supuesto. Somos amigas desde hace años.
    —¿Así que debiste de haber conocido a esos dos muchachos? — Ella no dijo nada. — Quiero decir si los conocías bien. — Janet siguió sin decir nada, se quedó allí sentada, con la cabeza gacha, al parecer mirando las manos cruzadas que tenía apoyadas sobre la mesa. Impaciente, McKinnon le tomó una muñeca y la sacudió con suavidad. — Janet.

    Ella levantó la mirada.

    —¿Sí, Archie? — Tenía los ojos llenos de lágrimas.
    —Oh, cielos —suspiró McKinnon—. Tú, también. — Sacudió la cabeza de nuevo y calló otra vez por unos instantes. — Mira, Janet, esos muchachos sabían lo que hacían. Conocían los riesgos. Sabían que si podían, las baterías antiaéreas alemanas y los pilotos nocturnos los derribarían. Y así lo hicieron, estando en todo su derecho. Y me gustaría recordarte que ésos no eran bombarderos aislados, eran bombarderos de saturación y ya sabes lo que eso significa. Así que mientras tú y Maggie lloran por ustedes mismas, podrían también llorar por los parientes de miles de muertos inocentes que la Real Fuerza Aérea dejó en Hamburgo. Es lo mismo que lloren por toda la humanidad.

    Dos lágrimas le rodaron por las mejillas.

    —Tú, McKinnon, eres un villano sin corazón.
    —Sí, soy todo eso. — Se puso de pie. — Si alguien me necesita, estaré en el puente.

    El mediodía llegó y pasó y, con el correr de las horas, el viento cobró más fuerza, hasta adquirir la aullante intensidad de los huracanes y tifones de las zonas más tropicales de la tierra. A eso de las dos de la tarde, cuando la luz, que en su mejor momento no había pasado de ser una penumbra gris, comenzó a irse, lo poco que podía verse de las encrespadas aguas a los costados y proa del San Andreas —la tormenta de nieve imposibilitaba la visión de todo lo que estuviera a popa del puente— estaban tan blancas como la nieve y las olas eran tan grandes como para cubrir una casa de dos plantas. El San Andreas tenía problemas. Con sus nueve mil trescientas toneladas, no era un buque pequeño y el contramaestre había ordenado disminuir las revoluciones del motor hasta que el barco apenas si avanzaba, pero de todas formas tenía problemas, y las causas de éstos no estaban ni en el tamaño de la nave ni en el de las olas, pues en circunstancias normales el San Andreas podría haber capeado el temporal sin mayores dificultades. Los dos motivos principales radicaban en otra parte.

    El primero de éstos era el hielo. Un navío en aguas turbulentas puede estar rígido o blando. Si está rígido, resiste a los cabeceos y ondulaciones y cuando escora se recupera en forma abrupta; cuando está blando, cabecea y escora con facilidad y se recupera en forma lenta y dificultosa. La nave está blanda cuando se pone pesada en su parte superior, elevando de esa forma el centro de gravedad. La causa principal de esto es el hielo. A medida que el hielo en las cubiertas superiores del navío se pone más blando; cuando el hielo adquiere un determinado grosor, el barco ya no se recupera de los cabeceos, zozobra y se hunde. Aun magníficos pesqueros, construidos especialmente para operar en el Artico, han sucumbido al ataque furtivo e insidioso del hielo; y para portaviones que operan muy al norte, el hielo sobre las amplias áreas abiertas constituía una amenaza constante para su estabilidad.

    McKinnon estaba muy preocupado por la acumulación de hielo sobre las cubiertas del San Andreas. La nieve había formado una capa de hielo, pero no era mucho, porque aparte del área a popa de la superestructura, gran parte de la nieve se había volado con el viento; pero desde hacía varias horas, de acuerdo con la cambiante dirección de las masas de agua, el San Andreas había estado levantando copiosas cantidades de agua y de espuma, que se convertían en hielo aun antes de tocar la cubierta. La nave, de tanto en tanto, avanzaba en forma estable, pero cada vez con más frecuencia, escoraba y cabeceaba y en cada oportunidad, se recuperaba con más dificultad. McKinnon sabía que faltaba todavía para llegar al límite crítico, pero si las condiciones no mejoraban un poco, el límite llegaría inevitablemente. No se podía hacer nada; martillos pesados y barras de hierro habrían tenido un efecto mínimo y lo más probable era que las personas que los manejaran terminaran cayendo por la borda: sobre esa traicionera pista de patinaje, hubiera sido imposible mantener el equilibrio. Por primera vez, McKinnon lamentó estar a bordo de una nave norteamericana a petróleo, en lugar de una inglesa a carbón: las cenizas desparramadas sobre la cubierta habrían ayudado a impedir el deslizamiento y a derretir el hielo. No había nada que pudiera hacerse con el diésel.

    Lo que causaba más preocupación todavía era la superestructura. Excepto cuando la nave estaba erguida sobre la quilla, el metal presionado temblaba y se sacudía, crujía y gemía su tortura, y cuando caía dentro de una depresión entre las olas, toda la estructura se movía en forma perceptible. En el punto más alto, el puente donde se encontraba McKinnon, éste calculó que el movimiento lateral era de entre ocho y quince centímetros por vez. Era una sensación por demás desagradable y lo obligaba a pensar qué inclinación y qué ángulo se necesitarían para que la superestructura cediera y se separara del San Andreas. Con esa idea en la mente, McKinnon bajó a ver al teniente Ulbricht.

    Ulbricht, que había almorzado unos sándwiches y un poco de whisky, y luego había dormido un par de horas, estaba apoyado sobre unas almohadas en la litera del capitán, y se encontraba en un estado de ánimo razonablemente filosófico.

    —El que bautizó con el nombre de San Andreas a este barco —dijo— eligió bien. Sabe, por supuesto, que San Andreas es una célebre falla de las capas de la corteza terrestre, producida por sacudimientos. — Se aferró a un extremo de la litera cuando la nave cayó en una depresión entre las olas y se sacudió en forma alarmante. — Me parece estar viviendo un terremoto.
    —Fue idea del señor Kennet. A veces tiene un sentido del humor algo peculiar. Hasta hace una semana, éste seguía siendo el Ocean Belle. Cuando cambiamos la pintura gris a los colores de la Cruz Roja, blanco, verde y rojo, el señor Kennet dijo que deberíamos también cambiar el nombre. Esta nave se construyó en Richmond, California. Richmond está sobre la falla Hayward, que es una rama de la de San Andreas. A él le parecía que San Andreas era un nombre mucho más romántico que Hayward. También creyó que era divertido ponerle el nombre de una zona de catástrofes. — McKinnon sonrió. — Me pregunto si todavía le seguirá pareciendo divertido.
    —Bueno, pues tuvo bastante tiempo para pensar desde que dejé caer esas bombas ayer por la mañana. Se me ocurre que se debe de haber arrepentido. — Ulbricht volvió a aferrarse a la litera ante un nuevo sacudón. — ¿El tiempo no mejora, señor McKinnon?
    —El tiempo no mejora. De eso vine a hablarle, teniente. Viento de fuerza doce. Con la oscuridad y la nieve, la visibilidad es cero. No veremos estrellas durante horas. Creo que usted estaría mucho mejor en el hospital.
    —De ninguna manera. Tendría que enfrentarme a un huracán, y ni hablar de la nieve, para llegar hasta el hospital. ¿Un hombre en mi estado actual de debilidad? Ni pensarlo.
    —Hace más calor allí, teniente. Estará más cómodo. Y el movimiento, naturalmente, es mucho menor.
    —Cielos, señor McKinnon, ¿cómo pudo pasar por alto la mayor tentación? Todas esas preciosas enfermeras. No, gracias. Prefiero el camarote del capitán, ni qué decir de su whisky. La verdad es, por supuesto, que usted sospecha que la superestructura puede desmoronarse en cualquier momento y quiere sacarme de aquí antes de que eso suceda. ¿No es así?
    —Bueno… —McKinnon tocó el mamparo externo. — Está algo inestable.
    —Y usted se quedará, por supuesto.
    —Tengo que hacer mi trabajo.
    —De ninguna manera. El honor de la Luftwaffe está en juego. Si usted se queda, yo me quedo.

    McKinnon no discutió. Se sentía extrañamente complacido por la decisión de Ulbricht. Golpeó el barómetro con los dedos y arqueó una ceja. ¿Tres milibares?

    —¿Arriba?
    —Arriba.
    —La ayuda está cerca. Todavía hay esperanzas.
    —El tiempo tardará en componerse. Si se arregla, la superestructura igual puede caer en cualquier momento. Aun si eso no sucede, nuestra única esperanza está en la nieve.
    —¿Y cuando se vaya la nieve?
    —Entonces llegarán los submarinos.
    —¿Está convencido de eso?
    —Sí. ¿Usted, no?
    —Me temo que sí.


    Tres horas más tarde, luego de las cinco, y bastante antes de lo que había esperado McKinnon, el tiempo comenzó a mejorar, casi imperceptiblemente al principio, luego con creciente rapidez. La velocidad del viento bajó a fuerza seis, las olas quebradas y confusas de la tarde se ordenaron otra vez hasta formar un padrón reconocible, el San Andreas se enderezó sobre la quilla, el hielo sobre las cubiertas dejó de ser una amenaza y la superestructura casi dejó de crujir y gemir. Pero lo mejor de todo, para McKinnon, era que la nieve, aunque ya no volaba en forma horizontal como antes, seguía cayendo copiosamente. Estaba seguro de que cuando sobreviniera el ataque, sería en las breves horas de luz, pero tenía plena conciencia de que un capitán de submarino decidido no vacilaría en atacar a la luz de la luna. Según su experiencia, la mayoría de los capitanes de submarinos alemanes eran muy decididos y más tarde en la noche habría luna. La nieve no les garantizaría nada de día, pero durante las horas de oscuridad los mantendría a salvo.

    Se dirigió al camarote del capitán, donde encontró al teniente Ulbricht fumando un costoso cigarro Havana —el capitán Bowen, hombre de pipa, se permitía un cigarro por día— y bebiendo un whisky igualmente costoso, cosas que sin duda contribuían a su estado de ánimo relajado.

    —Ah, señor McKinnon. Así me gusta más. Me refiero al tiempo. Está mejorando con cada minuto que pasa. ¿Sigue nevando?
    —Mucho. Una bendición a medias, supongo. No se puede ver las estrellas, pero al menos mantiene lejos a sus amigos.
    —¿Amigos? Sí. Paso bastante tiempo preguntándome quiénes son mis amigos. — Movió la mano con gesto indiferente, cosa que no era nada fácil con un vaso de whisky en una y un cigarro en la otra. — ¿La caba Morrison está enferma?
    —No diría eso.
    —Se supone que soy su paciente. Esto podría llamarse horrenda negligencia. Podría fácilmente desangrarme hasta morir.
    —No podemos permitirnos eso. — McKinnon sonrió. — La haré venir.

    Llamó al hospital y cuando llegó allí, la caba ya estaba lista.

    —¿Hay algún problema? — preguntó—. ¿Está mal?
    —Se siente dejado de lado y dijo algo acerca de desangrarse hasta morir. En realidad, está de buen ánimo, fumando un cigarro, bebiendo whisky y gozando al parecer de excelente salud. Es sólo que está aburrido y quiere hablar con alguien.
    —Puede hablar con usted.
    —Cuando dije alguien, no quise decir cualquiera. No soy Margaret Morrison. Astutos, estos pilotos de la Luftwaffe. Siempre puede acusarla de no cumplir con su deber.

    La llevó al camarote del capitán, le indicó que lo llamara al hospital cuando terminara, extrajo las listas de la tripulación del escritorio del capitán, se marchó y fue en busca de Jamieson.

    Juntos pasaron casi media hora revisando los papeles de cada miembro de las tripulaciones de cubierta y de la sala de máquinas, tratando de recordar cada detalle conocido de sus historias pasadas y lo que los otros tripulantes habían dicho acerca de cualquier individuo. Cuando terminaron de consultar las listas y sus propias memorias, Jamieson hizo a un lado los papeles, se echó hacia atrás en la silla y suspiró.

    —¿Qué saca de todo esto, contramaestre?
    —Lo mismo que usted, señor. Nada. Ni siquiera sabría hacia dónde apuntar con el dedo de la sospecha. No sólo no hay candidatos apropiados para el papel de saboteadores, sino que no hay ni uno que podría serlo siquiera remotamente. Creo que ambos iríamos a la corte a testificar por todos ellos. Pero si aceptamos la teoría del teniente Ulbricht, y usted, el señor Patterson, Naseby y yo la aceptamos, según la cual debe de haber sido uno de los tripulantes originales el que detonó esa carga en el compartimiento de lastre cuando estábamos junto a esa corbeta, tiene que ser uno de ellos. 0 si no, uno del equipo del hospital.
    —¿Del equipo del hospital? — Jamieson sacudió la cabeza. — El equipo del hospital. ¿La caba Morrison como una Mata Hari marítima? Tengo tanta imaginación como cualquiera, contramaestre, pero no ese tipo de imaginación.
    —Yo tampoco. También iríamos a la corte por ellos. Pero tiene que ser alguien que estaba a bordo de este barco cuando zarpamos de Halifax. Cuando nos retiremos, señor Jamieson, será mejor que no nos postulemos para un empleo en el Departamento de Investigaciones Criminales (DIC) de Scotland Yard. También está la posibilidad de que quienquiera que sea esté complotado con alguien del Argos o con uno de los nueve inválidos que recogimos en Murmansk.
    —Sobre los cuales no sabemos absolutamente nada, cosa que no ayuda mucho.
    —Por lo que concierne a la tripulación del Argos, eso es cierto. En cuanto a los inválidos, tenemos, por supuesto, sus nombres, rangos y números. Uno de los casos de tuberculosis, un hombre llamado Hartley, es mecánico de la sala de máquinas. Tendría que saber de electricidad. Otro, Simons, uno de los que sufrió colapso mental, o al menos así lo declararon, es operador en jefe de torpedos. Tiene que entender de explosivos.
    —Demasiado obvio, contramaestre.
    —Demasiado obvio. Quizá la idea es que pasemos por alto lo demasiado obvio.
    —¿Ha visto a esos dos? ¿Les ha hablado?
    —Sí. Imagino que usted también lo hizo. Son los dos pelirrojos.
    —Ah, esos dos. Marineros toscos y honestos. No parecen criminales en absoluto. Pero claro, supongo que los criminales nunca lo parecen. — Suspiró. — Estoy de acuerdo con usted, contramaestre. El DIC no corre peligro con nosotros.
    —No, por cierto. — McKinnon se puso de pie. — Creo que iré a rescatar a la caba Morrison de las garras del teniente Ulbricht.

    La caba Morrison no estaba entre las garras del teniente, ni daba muestras de querer que la rescataran.

    —¿Ya es hora de ir? — preguntó.
    —Por supuesto que no. Sólo quería decirle que estaré en el puente cuando me necesite. — Miró primero a Ulbricht y luego a la caba Morrison. — ¿Logró salvarlo, entonces?

    En comparación con lo que había sido unas pocas horas antes, el alerón de estribor del puente era casi un refugio de paz y tranquilidad. El viento había disminuido a fuerza cuatro y el mar, aunque no era precisamente una laguna, se había tranquilizado hasta el punto de que el San Andreas apenas si cabeceaba. Eso era del lado del, haber. Del lado del debe, estaba el hecho de que la nieve era tan fina que McKinnon no tuvo dificultad para divisar la forma iluminada de la cruz roja sobre la cubierta de proa, reflejándose pálidamente bajo la capa de hielo. Regresó al puente y llamó a Patterson a la sala de máquinas.

    —Habla el contramaestre, señor. La nieve está mermando. Parece que dejará de nevar muy pronto. Solicito permiso para apagar todas las luces exteriores. Las olas todavía son demasiado grandes como para que cualquier submarino nos vea desde la profundidad del periscopio, pero si está en la superficie, si no nieva más y tenemos las luces de la Cruz Roja encendidas, nos verán desde muchas millas desde la torreta de comando.
    —Y eso no nos gustaría, ¿verdad? Apaguen las luces, entonces.
    —Otra cosa. ¿Podría hacer que algunos hombres abran un sendero, con barras de hierro, martillos, cualquier cosa, en el hielo entre el hospital y la superestructura? Con sesenta centímetros de ancho estaría bien.
    —Considérelo hecho.

    Quince minutos más tarde, todavía sin señales de Margaret Morrison, el contramaestre volvió a salir al alerón. Ya no nevaba. Había pedazos de cielo despejado y brillaban algunas estrellas, aunque la Estrella Polar estaba oculta. La oscuridad todavía era completa; McKinnon ni siquiera podía ver el castillo de proa con las luces apagadas. Regresó adentro y bajó al camarote del capitán.

    —Ha dejado de nevar, teniente y hay unas pocas estrellas; no muchas, y por cierto que no se ve la Estrella Polar, pero algo es algo. No sé cuánto durarán estas condiciones, de modo que pensé que quizá quisiera echar un vistazo ahora. Supongo que la caba Morrison habrá detenido la hemorragia.
    —Nunca hubo una hemorragia y usted lo sabe muy bien, señor McKinnon.
    —Sí, caba.

    Ella hizo una mueca, luego sonrió.

    —Archie McKinnon.
    —El viento disminuyó mucho —dijo éste. Ayudó a Ulbricht a ponerse la ropa de abrigo. — Pero la ropa es tan necesaria como antes. La temperatura sigue debajo de cero.
    —¿Farenheit?
    —Lo siento. Ustedes no usan ésa. Hay alrededor de veinte grados centígrados bajo cero.
    —¿Puede acompañarlo su enfermera? Después de todo, el doctor Sinclair fue con él la última vez.
    —Por supuesto. Aunque no le aconsejo salir al alerón. — McKinnon tomó el sextante, el cronómetro y los acompañó hasta el puente. Esa vez, Ulbricht no necesitó ayuda. Salió a los dos alerones y eligió el de estribor para hacer las observaciones. Le llevó más tiempo que la vez anterior, pues fue necesario hacer más mediciones porque no se veía la Estrella Polar. Regresó adentro, trabajó sobre la carta por varios minutos, luego levantó la mirada.
    —Satisfactorio. En las circunstancias, muy satisfactorio. No me refiero a mis cálculos, sino al rumbo que hemos estado manteniendo. No sé si lo hemos mantenido todo el tiempo, por supuesto, pero eso no importa. Estamos al sur del Círculo Ártico, aproximadamente 66.20 norte, 4.20 este. Rumbo 213, que parece indicar que el viento viró sólo cinco grados en las últimas doce horas. Estamos muy bien así, señor McKinnon. Habría que mantener el mar y el viento a popa durante la noche y aun si nos desviamos del rumbo, no chocaremos con nada. Mañana por la mañana, trazaremos un rumbo más al sur.
    —Muchas gracias, teniente —dijo McKinnon—Como dice el refrán, se ha ganado su pan. A propósito, se lo haré subir en media hora. También se ha ganado una noche tranquila: no lo molestaré más por hoy.
    —¿No me gané algo más, también? Hacía mucho frío allí arriba, señor McKinnon.
    —Estoy seguro de que el capitán estaría de acuerdo. Como dijo él, mientras usted navegue… —Se volvió hacia la muchacha.
    —¿Viene ahora?
    —Sí, sí, por supuesto que tiene que ir. He sido muy desconsiderado, muy desconsiderado. — Si lo carcomían los remordimientos, no era evidente. — Todos sus otros pacientes…
    —Todos mis otros pacientes están bien. La caba Maria se está ocupando de ellos. Yo no estoy de turno.
    —¡No está de turno! Eso me hace sentir peor todavía. Debería estar descansando, querida, o durmiendo.
    —Estoy muy despierta, gracias. ¿Va a bajar usted también? Ya no hay problema, la nave está firme como una roca y le acaban de decir que ya no lo necesitarán.
    —Bueno, veamos. — Ulbricht hizo una pausa juiciosa. — Creo que debería quedarme. Urgencias imprevistas, comprende.
    —Los oficiales de la Luftwaffe no tienen que decir mentiras. Por supuesto que entiendo. Entiendo que la única urgencia prevista es que se quede sin provisiones y la única razón por la que no baja es que no servimos whisky con las cenas en el hospital.

    El teniente sacudió la cabeza tristemente.

    —Me siento profundamente herido.
    —¡Herido! — dijo ella. Habían regresado al comedor del hospital. — Herido.
    —Creo que lo está. — McKinnon la miró con expresión divertida y calculadora. — Y usted, también.
    —¿Yo? ¡Ah, vamos!
    —Sí. De veras. Está herida porque cree que él prefiere el whisky a su compañía, ¿no es así? — Ella no respondió. — Si cree eso, entonces tiene una muy mala opinión de sí misma y del teniente. Estuvo con él durante una hora esta noche. ¿Qué bebió durante ese tiempo?
    —Nada —terció ella en voz baja.
    —Nada. No es bebedor y es un muchacho sensible. Está sensible porque es un enemigo, porque es un prisionero de guerra y, por supuesto, está sensible sobre todo porque ahora tiene que vivir el resto de su vida con la idea de que mató a quince personas inocentes. Usted le preguntó si iba a bajar. El no quería que se lo preguntaran. Quería que lo convenciera, que se lo ordenara. El "si" implica indiferencia y por como se siente él, eso equivaldría a un rechazo. ¿Así que, qué sucede? La caba manda a paseo su compasión e intuición femenina y hace unos comentarios tajantes que Margaret Morrison jamás habría hecho. Un error, pero muy fácil de corregir.
    —¿Cómo? — La pregunta era una tácita admisión de que el error había sido cometido.
    —Tontita. Tómele la mano y pídale perdón. ¿O acaso es demasiado orgullosa?
    —¿Demasiado orgullosa? — Ella parecía insegura, confundida. — No lo sé.
    —¿Demasiado orgullosa porque él es alemán? Mire, sé acerca de su novio y su hermano y lo siento muchísimo, pero eso no…
    —Janet no tendría que habérselo contado.
    —No sea boba. No objetó a que ella le contara acerca de mi familia.
    —Y eso no es todo. — Parecía casi enojada. — Usted dijo que andaban por allí matando a miles de personas inocentes y que…
    —Esas no fueron mis palabras. Janet no dijo eso. Está haciendo lo que acusó de hacer al teniente Ulbricht: diciendo mentiras. Además, se está yendo por las ramas. De acuerdo, así que los perversos alemanes mataron a dos personas a las que amaba. ¿Me pregunto a cuántas mataron ellas antes de morir? Pero eso no es realmente importante, ¿verdad? No los conoce ni sabe sus nombres. ¿Cómo puede llorar por gente a la que jamás vio, maridos y mujeres, amantes y niños, sin rostros ni nombres? Es ridículo, ¿no es así? y las estadísticas son aburridas. Dígame, ¿su hermano le contó alguna vez lo que sentía cuando salía con su Lancaster y asesinaba a los compatriotas de su madre? Pero por supuesto, él jamás los había conocido, de modo que eso cambiaba todo, ¿no es cierto?
    —Pienso que usted es odioso —susurró ella.
    —Usted piensa que soy odioso. Janet piensa que soy un villano sin corazón. Yo pienso que son un par de espléndidas hipócritas.
    —¿Hipócritas?
    —Ya sabe… el doctor Jekyll y el señor Hyde. La caba y Margaret Morrison. Janet es igual. Al menos yo no tengo valores dobles. — McKinnon se dispuso a marcharse pero ella lo tomó del brazo y se dedicó, no por primera vez, a examinar en forma desconcertante cada uno de sus ojos por turno.
    —No quiso decir eso en serio, ¿verdad? Acerca de que Janet y yo éramos unas hipócritas.
    —No.
    —Usted sí que es retorcido. Está bien, está bien, corregiré mi error.
    —Sabía que lo haría. Margaret Morrison.
    —¿No la caba Morrison?
    —No se parece a la señora Hyde. — Hizo una pausa. — ¿Cuándo iba a casarse?
    —En septiembre pasado.
    —Janet. Janet y su hermano. ¿Eran muy amigos, verdad?
    —Sí. ¿Se lo dijo ella?
    —No. No fue necesario.
    —Sí, eran muy amigos. — Calló por unos instantes. — Iba a ser un casamiento doble.
    —Diablos —dijo McKinnon y se alejó. Revisó todas las lumbreras del hospital, aun desde la altura relativamente baja de la torreta blindada de un submarino, la luz de un ojo de buey sin tapar puede verse desde muchas millas de distancia, bajó a la sala de máquinas, habló unos instantes con Patterson, regresó al comedor, cenó y luego bajó a las salas. Janet Magnusson, en la sala B, lo miró acercarse sin entusiasmo.
    —Así que otra vez con lo mismo.
    —Sí.
    —¿Sabes de qué estoy hablando?
    —No. No lo sé ni me importa. Supongo que estás hablando de tu amiga Maggie y de ti. Por supuesto que lo siento muchísimo por las dos y quizá mañana cuando lleguemos a Aberdeen se me parta el corazón por lo que sucedió ayer. Pero ahora no, Janet. En este momento, tengo una o dos cosas más importantes en la cabeza, como por ejemplo, llegar a Aberdeen.
    —Archie. — Ella le apoyó una mano sobre el brazo. — Ni siquiera voy a pedirte perdón. Sólo estoy silbando en la oscuridad, ¿no te das cuenta, payaso? No quiero pensar en el mañana. — Se estremeció y él no supo si fue en broma o en serio. — Me siento extraña. He estado hablando con Maggie. ¿Va a suceder mañana, no es así, Archie?
    —Si al decir mañana te refieres a cuando llegue la luz, entonces, sí. Hasta podría ser esta noche, si sale la luna.
    —Maggie dice que tiene que ser un submarino. Eso dijiste
    —Ajá.
    —¿Qué te parece la idea de que te tomen prisionero? — No me gusta en absoluto.
    —Pero, ¿es lo que sucederá, no es cierto?
    —Espero que no.
    —¿Cómo puedes esperar que no? Maggie dice que vas a rendirte. No lo dijo directamente porque sabe que somos amigos… ¿somos amigos, señor McKinnon?
    —Somos amigos, señorita Magnusson.
    —Bueno, no lo dijo, pero creo que ella piensa que eres un poco cobarde, de veras.
    —Nuestra Maggie es, ¿perspicaz es la palabra?, una muchacha muy perspicaz.
    —No tan perspicaz como yo. ¿De veras crees que tenemos probabilidades de llegar a Aberdeen?
    —Hay una probabilidad.
    —¿Y después de eso?
    —¡Ajá! Muy astuta, Janet Magnusson. Si no tengo planes para el futuro, entonces quiere decir que no veo que vaya a haber un futuro. ¿No es así? Pues bien, veo un futuro y tengo planes. Voy a tomarme mis primeras vacaciones desde 1939 y me iré un par de semanas a las Shetland. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste allí?
    —Hace años.
    —¿Vendrás conmigo, Janet?
    —Por supuesto.

    McKinnon fue a la Sala A y cruzó el pasillo hasta donde estaba la caba Morrison sentada a su mesa.

    —¿Cómo está el capitán?
    —Bastante bien, supongo. Algo callado y apático. ¿Pero por qué me lo pregunta a mí? Pregúnteselo a él.
    —Tengo que pedirle permiso para sacarlo de la sala.
    —Sacarlo de… ¿para qué?
    —Quiero hablarle.
    —Háblele aquí, si quiere.
    —Me imagino perfectamente las miradas sospechosas que recibiría de usted si comenzáramos a cuchichear y las preguntas sospechosas que me haría después. Mi querida Margaret, tenemos que discutir asuntos de estado.
    —No confía en mí, ¿no es así?
    —Es la segunda vez que me hace esa pregunta estúpida. Le doy la misma respuesta. Confío en usted. Totalmente. Confío en el señor Kennet aquí presente. Pero hay otros cinco en los que no sé si confiar.

    McKinnon se llevó al capitán de la sala y regresó con él al cabo de dos minutos. Luego de volver a ponerlo en la cama, Margaret Morrison dijo:

    —Esa debe de haber sido la conferencia de estado más corta de la historia.
    —Somos hombres de pocas palabras.
    —¿Y ése es el único comunicado oficial que se me dará? — Bueno, así es como se maneja la diplomacia de alto nivel. La palabra secreto es la contraseña.

    Al entrar en la sala B fue interceptado por Janet Magnusson.

    —¿Qué fue todo eso? Me refiero a tu reunión con el capitán Bowen.
    —No mantuve una conversación privada con el capitán para contárselo a todos los pacientes de la Sala B. Estoy bajo juramento de silencio.

    Margaret Morrison entró, miró primero a uno luego a la otra, y dijo:

    —¿Y bien, Janet, fue más directo contigo que conmigo?
    —¿Directo? Está bajo juramento de silencio, dice. Su propio juramento, no me cabe ninguna duda.
    —Ninguna. ¿Qué le ha estado haciendo al capitán?
    —¿Haciendo? No le hice nada.
    —Diciendo, entonces. Parece decididamente alegre.
    —¿Alegre? ¿Cómo puede saberlo? Con todas esas vendas no se le ve la cara.
    —Hay más de una forma de adivinarlo. Está sentado en la cama, restregándose las manos de tanto en tanto, y dos veces dijo "Ajá".
    —No me sorprende. Se requiere un talento especial para llegar al corazón y a la mente de los enfermos y deprimidos. Es un don. Algunos de nosotros lo tenemos. — Miró a una y luego a la otra. — Y otros no lo tienen.

    Las dejó mirándose mutuamente.

    Trent despertó a McKinnon a las dos de la madrugada.

    —Salió la luna, contramaestre.

    Como pudo apreciar con pesar al salir al alerón de babor, la luna brillaba en todo su esplendor, así le pareció. Por lo menos la mitad del cielo estaba despejada. La visibilidad por encima del mar casi calmo era notable, hasta tal punto que no tuvo dificultad en distinguir la línea del horizonte. Y si él podía ver el horizonte, comprendió de pronto, entonces un submarino podría verlos desde una distancia de diez millas, sobre todo si el San Andreas estaba recortado contra la luz de la luna. McKinnon se sintió desnudo y muy vulnerable. Bajó, despertó a Curran, le dijo que se apostara como vigía en el alerón de estribor del puente, buscó a Naseby, le pidió que controlara que los soportes y las roldanas de las lanchas salvavidas estuvieran libres de hielo y funcionando bien y luego regresó al alerón de babor, donde cada dos minutos, se dedicó a otear el horizonte con sus prismáticos. Pero el mar entre el San Andreas y el horizonte se mantuvo providencialmente vacío.

    El San Andreas en sí, era un espectáculo notable. Totalmente cubierto de hielo y nieve, brillaba y resplandecía bajo la luna, con excepción de una angosta zona en el centro, a popa de la superestructura, donde el humo de la chimenea destrozada había dejado una mancha oscura que llegaba hasta el pilar de popa. Las torres de proa y de popa parecían enormes arbolitos de Navidad refulgentes y las cadenas del ancla en el castillo deproa se habían transformado en suaves sogas de níveo algodón. Era un universo extraño y hermoso, casi mágico; pero uno sólo tenía que pensar en los peligros letales que yacían bajo las aguas y la belleza y la magia desaparecían.

    Pasó una hora y todo siguió silencioso y tranquilo. Otra hora llegó y se fue, nada sucedió y McKinnon casi no pudo creer la buena suerte que tenían. Y antes de que transcurriera la tercera hora, las nubes cubrieron la luna y comenzó a nevar otra vez, suavemente, pero fue suficiente como para dejarlos sumidos de nuevo en el bendito anonimato. McKinnon le dijo a Ferguson, que en ese momento estaba de guardia, que lo despertara si dejaba de nevar, y bajó en busca de un poco de sueño.

    Se despertó a las nueve. Era muy tarde para él, pero no se preocupó demasiado; todavía faltaba una hora para el amanecer. Mientras cruzaba la cubierta superior notó que las condiciones eran las mismas que unas horas atrás: mar moderado, viento de fuerza tres y una suave nevada. McKinnon no creía en los presentimientos, pero sus huesos le advertían que esa paz y tranquilidad se acabarían antes de que transcurriera la mañana.

    Abajo habló con Jones, luego con McGuigan, Stephen y Johny Holbrook. Se habían turnado, de a parejas, para registrar las idas y venidas de todos en el hospital. Los cuatro juraron que nadie se había movido durante la noche y que nadie había salido de la zona del hospital.

    Desayunó con el doctor Singh, el doctor Sinclair, Patterson y Jamieson —el doctor Singh, a su juicio, se veía inusualmente cansado y tenso— luego se dirigió a la Sala B, donde encontró a Janet Magnusson. Estaba pálida y ojerosa.

    McKinnon la miró con preocupación.

    —¿Qué sucede, Janet?
    —No pude dormir, no pegué un ojo en toda la noche. Todo por culpa tuya.
    —Por supuesto. Siempre es culpa mía. Regla número uno: cuando algo sale mal, échale la culpa al contramaestre. ¿Qué se supone que hice esta vez?
    —Dijiste que el submarino atacaría si salía la luna. — Dije que era posible, no seguro.
    —Es lo mismo. Me pasé la mayor parte de la noche mirando por el ojo de buey, no, señor McKinnon, no encendí la luz de mi camarote, y a eso de las dos, pensé que el ataque sobrevendría en cualquier momento. Y cuando se ocultó la luna, creí que saldría de nuevo. Luna. Submarino. Tu culpa.
    —Debo admitir que hay una cierta lógica. Retorcida, por supuesto, pero no más de lo que uno esperaría de una mente femenina. De todas formas, lo siento.
    —Pero a ti se te ve muy bien. Fresco. Descansado. Y te levantaste tarde esta mañana. Nuestro guardián se queda dormido en horas de trabajo.
    —Vuestro guardián también perdió un poco de sueño anoche —respondió McKinnon. Regresaré en un momento. Tengo que ver al capitán.

    La caba Maria, no la caba Morrison, era la que estaba de guardia en la Sala A. McKinnon habló con el capitán y el primer oficial, y luego le dijo Bowen.

    —¿Todavía está seguro, capitán?
    —Más seguro que nunca. ¿Cuánto falta para que amanezca?
    —Quince minutos.
    —Le deseo suerte.
    —Creo que será mejor que nos la desee a todos. Regresó a la Sala B y le preguntó a Janet:
    —¿Dónde está tu amiga?
    —Visitando a los enfermos. Está con el teniente Ulbricht. — No debió haber ido sola.
    —No fue sola. Como estabas durmiendo, vino tu amigo George Naseby a buscarla.

    McKinnon la miró con desconfianza.

    —Algo te resulta divertido.
    —Es la segunda vez en la mañana que sube.
    —¿Él se está muriendo o algo por el estilo?
    —No creo que ella sonreiría tanto si un paciente estuviera al borde de la muerte.
    —¡Ah! Haciendo las paces, ¿te parece?
    —Lo llamó "Karl" dos veces. — Sonrió. — A eso lo llamo hacer las paces. ¿Tú, no?
    —¡Dios Todopoderoso! Karl. Ese asqueroso asesino nazi.
    —Bueno, ella dijo que tú le pediste que hiciera las paces. No, que se lo dijiste. Así que ahora te llevarás todo el crédito, supongo.
    —El crédito es para el que se lo merece —dijo McKinnon, distraído. — Pero tiene que bajar de inmediato. Es muy riesgoso estar allí arriba.
    —El amanecer. — La voz de ella era casi un susurro.
    —¿Esta vez estás seguro, Archie?
    —Esta vez estoy seguro. El submarino llegará con el amanecer.

    El submarino llegó con el amanecer.


    SIETE


    En la penumbra de la alborada, detrás de una repentina nevada violenta, apareció el submarino, camuflado en varios tonos de gris y a una distancia de menos de media milla. Navegaba sobre la superficie y se distinguían con claridad tres figuras en la torreta blindada y otras tres manejando el cañón de cubierta, un poco más a proa de la torreta. El submarino seguía un rumbo exactamente paralelo al del San Andreas y podía haberlo estado siguiendo desde hacía varias horas. Estaba a estribor de la nave, de modo que el San Andreas se hallaba entre éste y el cielo que se iluminaba hacia el sur. Las dos puertas del puente que daban a los alerones estaban totalmente abiertas. McKinnon tomó el teléfono, llamó a la sala de máquinas para indicar que pusieran los motores a toda máquina, giró el timón a estribor y comenzó a acercarse imperceptiblemente al submarino.

    El y Naseby estaban solos en el puente. De hecho, eran las dos únicas personas que quedaban en la superestructura, puesto que diez minutos antes McKinnon había dado órdenes para que todo el mundo, incluyendo al recalcitrante teniente Ulbricht, bajara al hospital. Solicitó la compañía de Naseby por dos razones. A diferencia de él, Naseby era un experto señalero en Morse y tenía una lámpara de señales lista; más importante aún, McKinnon estaba casi seguro de que el puente sufriría un ataque en poco tiempo y quería tener un timonel competente a mano por si quedaba incapacitado.

    —Mantente fuera de vista, George —dijo McKinnon—. Pero trata de vigilarlos. Van a empezar a mandar mensajes en cualquier momento.
    —Pueden verte —dijo Naseby.
    —Quizá puedan ver mi cabeza y mis hombros por encima del alerón del puente. Quizá no. No importa. La cosa es que creerán que yo no los veo. No olvides que están en el cuadrante oscuro del mar y no tienen motivos para creer que estamos esperando un ataque. Además, el trabajo de un timonel es vigilar la brújula y mirar hacia adelante; no hay razón para que yo tenga que estar oteando el horizonte hacia todos lados. — Sintió cómo vibraba la superestructura al adquirir mayor velocidad la nave, movió un poco más el timón hacia estribor, tomó un jarrito de latón de la bitácora destrozada y fingió beber de él. — Es como una ley de la naturaleza, George. Nada más tranquilizador que ver a un inocente que nada sospecha tomando una taza matinal de té.

    Durante un minuto, que pareció eterno, nada sucedió. La superestructura comenzaba a vibrar con bastante intensidad y McKinnon comprendió que el San Andreas estaba avanzando a toda máquina. En ese momento estaban casi noventa metros más cerca del submarino que cuando lo divisaron, pero el capitán del mismo no dio señales de haberse dado cuenta de eso. Si McKinnon hubiera mantenido la velocidad anterior, el viraje hacia el submarino lo hubiera hecho quedar un poco a popa de éste, pero el aumento de velocidad le permitió mantener su posición. El capitán del submarino no tenía motivos para sospechar, y nadie en su sano juicio puede sospechar de un indefenso buque hospital.

    —Está enviando señales, George —dijo McKinnon.
    —Lo veo. — "Deténganse", dice. "Deténganse o los hundo". ¿Qué le envío, Archie?
    —Nada. — McKinnon giró el timón otros tres grados a estribor, tomó otra vez el jarríto de latón y fingió beber. — No le prestes atención.
    —¡No prestarle atención! — Naseby parecía angustiado. — Ya oíste lo que dijo. Va a hundirnos.
    —Miente. No nos persiguió hasta aquí sólo para hundirnos. Nos quiere con vida. No solamente no va a torpedearnos; no puede, a menos que hayan inventado torpedos que doblen en esquina. ¿Así que cómo va a detenernos? ¿Con ese cañoncito ridículo que tiene en cubierta? Es apenas un poco más grande que un pompom.
    —Debo advertirte, Archie, que el individuo va a enojarse mucho
    —No hay nada de qué enojarse. No vimos su señal. Naseby bajó los prismáticos.
    —También tengo que advertirte que está a punto de usar el cañon cito ridículo.
    —Seguro. El clásico disparo de advertencia para llamar la atención. Si de veras quiere advertirnos, disparará delante de la proa, se me ocurre.

    Los dos proyectiles, cuando llegaron, dieron en el mar unos metros delante del San Andreas; uno se hundió en silencio entre las olas, y el otro estalló con el impacto. El ruido de la explosión y el crujido sordo del cañón ya no les permitieron pasar por alto la presencia del submarino.

    —Muéstrate, George —dijo McKinnon—. Dile que deje de disparar y pregúntale qué quiere.

    Naseby salió al ala de estribor y transmitió el mensaje. La respuesta llegó de inmediato.

    —Tiene una sola idea en la cabeza —dijo Naseby—. El mensaje dice: "Deténganse o los hundo".
    —Un individuo lacónico. Diles que somos una nave hospital.
    —¿Crees que es ciego, quizá?
    —Todavía hay poca luz y nuestro lado de estribor es el que está más a oscuras. Puede que piense que creemos que no puede ver. Dile que somos neutrales, menciona la Convención de Ginebra. Quizá sea una faceta mejor de su personalidad.

    Naseby transmitió el mensaje, aguardó la respuesta, luego se volvió hacia McKinnon con pesar.

    —No tiene una faceta mejor.
    —Como la mayoría de los capitanes de submarinos alemanes. ¿Qué dice?
    —La Convención de Ginebra no cuenta en el Mar de Noruega.
    —Ya no hay hombría de bien en alta mar. Probemos con su patriotismo. Dile que tenemos sobrevivientes alemanes a bordo.

    Mientras Naseby transmitía el mensaje, McKinnon telefoneó para que aminoraran la marcha. Naseby apareció en la puerta y sacudió la cabeza con tristeza.

    —Su patriotismo marcha a la par de su hombría de bien. Dice: "Controlaremos compatriotas cuando abordemos. Comenzamos a disparar en veinte segundos".
    —Responde: "No hay necesidad de disparar. Nos detenemos. Controlar estela".

    Naseby envió su mensaje, luego dijo:

    —Bueno, lo entendió bien. Ya tiene los prismáticos sobre la popa. Sabes, creo que se nos está acercando. Muy poco, pero sí, se acerca.
    —Creo que tienes razón. — McKinnon giró el timón un poco más hacia estribor. — Si nota algo, probablemente creerá que es porque se nos está acercando y no viceversa. ¿Sigue mirando nuestra estela?
    —Sí.
    —La turbulencia ya debe de haberse disipado bastante. Eso tendría que ponerlo contento.
    —Bajó los prismáticos —dijo Naseby—. Ahí viene un mensaje.

    El mensaje no decía si el capitán del submarino estaba o no contento, pero denotaba cierto grado de satisfacción.

    —Dice el tipo que somos muy juiciosos —informó Naseby—. También nos ordena que bajemos la escala.
    —Dile que comprendiste. Avísale a Ferguson que empiece a arriarla de inmediato, pero que se detenga a alrededor de dos metros del agua. Luego diles a Curran y a Tren que bajen la lancha salvavidas hasta la misma altura.

    Naseby pasó los dos mensajes y luego dijo:

    —¿Crees que necesitaremos la lancha?
    —Honestamente, no tengo idea. Pero si la necesitamos, la necesitaremos con mucha prisa. — Llamó a la sala de máquinas y pidió hablar con Patterson.
    —¿Jefe? Habla el contramaestre. Estamos aminorando un poco, como sabe, pero eso es sólo por el momento. El submarino se nos está acercando. Bajamos la escala y la lancha salvavidas, la primera según las instrucciones del submarino y la lancha según las mías… No, no pueden verla. Está del lado de babor, que es su lado ciego. No bien estén en posición, voy a pedir motores a toda máquina. Solicito una cosa, señor. Si tengo que usar la lancha me gustaría que le permitiera al señor Jamieson venir conmigo. Con la pistola que tiene usted. — Escuchó por unos instantes mientras el teléfono emitía chasquidos en su oído y luego dijo: —Dos cosas, señor. Quiero al señor Jamieson, porque aparte de usted y de Naseby, es el único miembro de la tripulación en quien puedo confiar. Muéstrele dónde está la traba de seguridad. Y no, señor, usted sabe perfectamente que no puede venir en lugar del señor Jamieson. Es el oficial a cargo y no puede abandonar el San Andreas. — McKinnon dejó el teléfono y Naseby dijo con tono de reproche:
    —Podrías llevarme a mí.

    McKinnon lo miró con frialdad.

    —¿Y quién va a timonear esta maldita nave cuando yo no esté?

    Naseby suspiró.

    —Es cierto, es cierto. Parecen estar preparando una expedición de abordaje, Archie. Hay tres hombres más en la torreta blindada. Están armados con ametralladoras o metralletas o como se llamen esas cosas. Algo feo, en fin.
    —Pues no esperábamos rosas. ¿Cómo anda Ferguson? Si esa escala no empieza a moverse pronto el capitán del submarino comenzará a sospechar. 0 lo que es peor, comenzará a impacientarse.
    —No creo. Al menos, no todavía. Veo a Ferguson, así que estoy seguro de que el capitán alemán también lo ve. Ferguson tiene dificultades de algún tipo, está martillando el aparejo. Seguro que está congelado.
    —Fíjate cómo viene la lancha, ¿quieres?

    Naseby cruzó el puente, salió al alerón de babor y regresó en unos segundos.

    —Ya está abajo. A dos metros del agua, como pediste. — Cruzó al alerón de estribor, escudriñó el submarino con los binoculares, los bajó y se volvió hacia McKinnon.
    —Maldita la gracia que me hace. Todos esos tipos parecen llevar máscaras de gas o algo así.
    —¿Máscaras de gas? ¿Te sientes bien?
    —Por supuesto que sí. Todos llevan alrededor del cuello un chaleco salvavidas con forma de herradura, con una manguera adherida a la parte superior. No la llevan puesta ahora, la tienen colgando por delante, pero hay una boquilla y antiparras adheridas al extremo del tubo. ¿Desde cuándo usan gas los submarinos alemanes?
    —No lo usan. ¿De qué les serviría el gas? — Tomó los prismáticos de Naseby, examinó el submarino por unos instantes y luego se los devolvió. — Tauchretter, George, Tauchrttrer. Conocido también como el pulmón Dráger. Tiene un cilindro de oxígeno y un recipiente con dióxido de carbono. Su única función es ayudar a escapar de un submarino hundido.
    —¿No es gas? — Naseby parecía algo desilusionado.
    —No es gas.
    —Pues para mí, ése no parece un submarino hundido.
    —Algunos comandantes de submarinos obligan a la tripulación a llevarlos todo el tiempo cuando están sumergidos. No tiene mucho sentido en estas aguas, pienso. Andan a alrededor de doscientos metros de profundidad, aquí, a veces llegan a trescientos. No hay forma de escapar de esas profundidades, con el pulmón Dráguer o sin él. ¿Y Ferguson?
    —Por lo que puedo ver, sigue martillando. No, espera, espera. Dejó el martillo y está tratando de soltar la palanca. Se mueve, Archie. Está bajando.
    —¡Ah! — McKinnon telefoneó para que pusieran los motores a toda máquina,

    Transcurrieron unos segundos, luego Naseby dijo:

    —A mitad de camino. — Luego de un lapso similar, prosiguió con el mismo tono lacónico. — Ya está abajo, Archie. A dos metros, más o menos. Ferguson la ha asegurado.

    McKinnon asintió y puso todo el timón a estribor. Lentamente al principio y luego con creciente velocidad, el San Andreas comenzó a virar.

    —¿Quieres quedarte sin cabeza, George?
    —En realidad, no. — Naseby entró, cerró la puerta del alerón detrás de si y espió por la ventanilla de la puerta. El San Andreas, que ya no cabalgaba con el mar, comenzaba a cabecear aunque suavemente; pero la superestructura entera vibró en forma alarmante cuando los motores alcanzaron el punto máximo de poder.
    —¿No crees que deberías tirarte al suelo?
    —En un minuto, Archie, en un minuto. ¿Crees que los del submarino se fueron a dormir?
    —Tienen problemas con la vista, seguro. Pienso que deben de estar restregándose los ojos, sin poder creer lo que ven.

    Si bien los del submarino no estaban literalmente restregándose los ojos, la deducción de McKinnon había sido acertada. Las reacciones del comandante y de su tripulación fueron extraordinariamente lentas, pero dadas las circunstancias, eso resultaba comprensible. La tripulación del submarino había cometido el perdonable e imperdonable error de confiarse y bajar la guardia justo en el momento en que deberían de haber estado más alertas al peligro. Pero el hecho de ver que se arriaba la escala en estricto cumplimiento de sus órdenes debió de convencerlos de que no había posibilidad de que se ofreciera resistencia y que el abordaje del San Andreas ya era un hecho. Además, nadie en la historia de la guerra jamás había oído que una nave hospital se usara como arma ofensiva. Era impensable. Lleva tiempo reconsiderar lo impensable.

    El San Andreas había virado tanto que el submarino estaba a no más de 45° hacia proa y estribor. Naseby pasó de la puerta del alerón a la ventanilla más cercana de la parte delantera del puente.

    —Están apuntando lo que a ti te gusta apodar ese cañoncito ridículo.
    —Entonces quizá sea mejor que nos tiremos al suelo.
    —No. No están apuntándola al puente, sino al casco, hacia popa. No sé qué pretenden… —Se interrumpió y gritó: —¡No! ¡No! ¡Al suelo, al suelo! — Se arrojó sobre McKinnon y ambos cayeron sobre la cubierta del puente. En el momento que tocaban el suelo, cientos de proyectiles, acompañados por el repiqueteo de varias ametralladoras, se estrellaron contra el extremo de proa y de estribor del puente. Ninguna de las balas logró penetrar el metal, pero las cuatro ventanas se hicieron añicos. Los disparos duraron alrededor de tres segundos y no bien cesó, el cañón de cubierta del submarino disparó tres veces en rápida sucesión, y en cada ocasión, el San Andreas se sacudió al recibir los proyectiles en algún lugar del casco a proa.

    McKinnon se puso de pie y tomó el timón.

    —Si hubiera estado aquí de pie, ahora sería el difunto Archie McKinnon. Te daré las gracias mañana. — Contempló la ventana central delante de él. Estaba perforada, rajada y completamente opaca. — ¿George?

    Pero Naseby no necesitaba que se lo dijera. Tomó el matafuegos y rompió la ventana con sólo dos golpes. Echó una ojeada cautelosa por donde había estado la ventana, vio que el San Andreas se cerraba sobre la proa del submarino y se enderezó en forma abrupta, con la instintiva reacción del que de pronto comprende que el peligro pasó.

    —La torreta de comando está vacía, Archie. Todos se han ido. ¿Condenadamente curioso, no crees?
    —No tiene nada de curioso. — El contramaestre hablaba con ironía; si estaba impresionado o sacudido por lo cerca que había estado de la muerte, no lo demostraba. — Es habitual, George, bajar y cerrar la escotilla detrás de uno cuando se tiene la intención de sumergirse. En este caso, de sumergirse a toda velocidad.
    —¿Sumergirse a toda velocidad?
    —El capitán no tiene alternativa. Sabe que no tiene fuego para detenernos y que no hay forma de usar los torpedos. En este momento está expulsando todo el lastre principal. ¿Ves esas burbujas? Eso es agua que sale de los tanques de lastre por presión de aire; algo como mil trescientos cincuenta kilogramos por centímetro cuadrado.
    —Pero… dejó a los artilleros en cubierta.
    —Así es. Otra vez, no tiene alternativa. Un submarino es mucho más valioso que las vidas de tres hombres. ¿Ves esas válvulas que están girando en la parte derecha de los trajes? Son válvulas de oxígeno. Convierten a los pulmones Drñguer en chalecos salvavidas. De nada les servirán si se topan con una hélice. ¿Quieres salir a los alerones, George, y ver si hay fuego o humo en popa?
    —Podrías telefonear.

    McKinnon señaló el teléfono delante del timón; el aparato había sido destrozado por una bala de ametralladora. Naseby asintió y salió primero a un ala y luego a otra.

    —Nada. Nada que pueda verse desde afuera. — Miró hacia adelante, en dirección al submarino, que estaba a menos de cien metros. — Se está sumergiendo, Archie. Las cubiertas de proa y popa ya están llenas de agua.
    —Lo veo.
    —Y está virando a estribor.
    —También lo veo. Es la desesperación. Cree que si puede virar el submarino en un ángulo muy agudo, recibirá un impacto menor. Un impacto al que pueda sobrevivir.
    —El casco ya está sumergido. ¿Lo logrará?
    —Es demasiado tarde. — McKinnon telefoneó para pedir motores a toda máquina y giró el timón levemente a babor. Cinco minutos más tarde, cuando la parte superior de la torreta se estaba cubriendo de agua, el tajamar del San Andreas embistió el casco del submarino, a alrededor de noventa metros a proa de la torreta de comando. La nave hospital se sacudió, pero el efecto global del impacto fue extrañamente pequeño. Por un período de no más de tres segundos, experimentaron, más que oyeron, la sensación de acero rechinando sobre acero. Luego, en forma abrupta, el contacto se perdió.
    —Bien —dijo Naseby—. Con que así es como se hace, ¿eh? — Hizo una pausa. — Va a haber mucho metal destrozado en ese submarino. Si una hélice embiste…
    —Imposible. El submarino se fue para abajo y todavía deben de estar expulsando lastre. Esperemos no haber recibido muchos daños.
    —Dijiste que el capitán no tenía alternativa. Nosotros tampoco. ¿Crees que habrá sobrevivientes?
    —No lo sé. Si los hay, lo averiguaremos muy pronto. Dudo mucho que hayan tenido tiempo de cerrar las escotillas estancas. Si no lo hicieron, entonces ese submarino se va a pique. Si alguien va a escapar, tendrá que hacerlo antes de pasar los setenta y cinco metros, jamás oí de nadie que escapara de un submarino a mayor profundidad.
    —¿Tendrían que usar la torreta?
    —Supongo que sí. Hay una escotilla a proa; en realidad es una escotilla de acceso al cañón de cubierta. Pero lo más probable es que la proa del submarino esté totalmente inundada, así que ésa no serviría. Puede haber una escotilla en popa, no lo sé. La torreta es lo más fácil, o lo habría sido si no hubiéramos embestido su navío.
    —No les dimos cerca de la torreta.
    —No era necesario. El poder compresivo de algo como diez toneladas de peso tiene que ser bastante feroz. La escotilla de la torreta puede haberse cerrado a presión. No sé si será posible abrirla. 0 lo que es peor aún, puede haberse abierto y con cuatrocientos cincuenta litros de agua por segundo entrando en la sala de control, no hay forma de que nadie puede escapar; probablemente queden inconscientes al cabo de los primeros instantes. Bajaré a la cubierta, ahora. Sigue virando a estribor y mantente a popa hasta que te detengas, luego vira hacia el viento. Sacaré la lancha no bien te hayas alejado lo suficiente.
    —¿De qué sirve sacar la lancha si no va a haber sobrevivientes?

    McKinnon lo guió al alerón de babor y hacia popa vieron a tres hombres en el agua.

    —Esos tres tipos. Los artilleros. Por lo que pude ver, sólo llevaban mamelucos e impermeables. Quizás un pulóver o dos, pero eso no haría diferencia. Si los dejas allí otros diez o quince minutos, morirán congelados.
    —Que se mueran. Esos malnacidos nos dieron tres veces en la popa. Quién sabe, quizá algunos de esos proyectiles hayan estallado en el hospital.
    —Lo sé, George, lo sé. Pero creo que la Convención de Ginebra dice algo al respecto. — McKinnon le palmeó el hombro y bajó.

    Justo afuera de la entrada del hospital, McKinnon encontró a media docena de personas que lo esperaban: Patterson, Jamieson, Curran, Trent, McCrimmon y Stephen. Patterson dijo:

    —Creo que ha habido una colisión o algo así, contramaestre.
    —Sí, señor. Un submarino.
    —¿Y?

    McKinnon señaló hacia abajo.

    —Espero que no corramos la misma suerte que ellos. ¿Los mamparos estancos de proa, señor?
    —Por supuesto. De inmediato. — Patterson miró a McCrimmon y a Stephen, que se marcharon sin pronunciar palabra.
    —¿Qué más, contramaestre?
    —Nos dieron tres veces en la popa, señor. ¿Daños en el hospital?
    —Algunos. Los tres proyectiles dieron en el área del hospital. Uno parece haber estallado cuando atravesaba el mamparo entre la Sala A y la B. Algunos heridos, ninguna baja. El doctor Sinclair se está haciendo cargo.
    —¿Y el doctor Singh?
    —Estaba en la sala de recuperación con los dos marineros heridos del Argos. La puerta se trabó y no podemos entrar.
    —¿Estalló algún proyectil allí adentro?
    —Nadie lo sabe.
    —Nadie lo… pero ese es el compartimiento adyacente a la Sala A. ¿Son todos sordos, allí adentro?
    —Así es. Fue el primer proyectil el que estalló entre las dos salas. Eso los dejó bien sordos.
    —Ah. Bien, la sala de recuperación tendrá que esperar. ¿Qué sucedió con el tercer proyectil?
    —No explotó.
    —¿Dónde está?
    —Rodando de aquí para allá.

    Rodando de aquí para allá repitió McKinnon lentamente—. Qué bien. Sólo porque no estalló con el impacto…

    —Se interrumpió y le dijo a Curran: —Un par de sogas de la lancha. No olviden los cuchillos. — Entró y reapareció a los veinte segundos, trayendo un proyectil pequeño y de apariencia inocua. Lo tiró por la borda y dijo a Jamieson: —¿Tiene su pistola, señor?
    —La tengo. ¿Para qué quiere las sogas, contramaestre?
    —Para lo mismo que quiero su pistola, señor. Para desalentar a la gente. Para atarla si es necesario. Si hay sobrevivientes, no se sentirán contentos por lo que les hemos hecho a sus compañeros y a su navío.
    —Pero esos hombres no están armados. Son tripulantes de submarino.
    —No lo crea, señor. Muchos oficiales llevan pistolas, y los suboficiales también, según tengo entendido.
    —¿Aun si tuvieran pistolas, que podrían hacer? — Tomarnos como rehenes, eso es lo que podrían hacer. Y si nos toman como rehenes, podrían copar la nave.
    —¿Usted no confía en demasiada gente, verdad? — preguntó Jamieson, casi con admiración.
    —Sólo en alguna. Sucede que no me gusta correr riesgos. La lancha estaba a menos de cincuenta metros de donde flotaban los artilleros del submarino, cuando Jamieson tocó el brazo de McKinnon y señaló hacia estribor.
    —Burbujas. Michas burbujitas.

    Las veo. Puede ser que alguien esté subiendo.

    —Creí que siempre subían en una gran burbuja de aire.
    —Nunca. Pude haber una gran burbuja cuando abandonan el submarino, pero ésa se desintegra de inmediato. — McKinnon aminoró la marcha al acercarse al grupo que estaba en el agua.
    —Alguien acaba de salir a la superficie —dijo Jamieson—.

    No, por Dios, son dos.

    —Sí. Tienen chalecos salvavidas inflables. Aguantarán. — McKinnon detuvo el motor y esperó mientras Curran, Trent y Jamieson literalmente tiraban de los hombres hasta subirlos a bordo. Parecían incapaces de colaborar. Eran tres muchachitos y temblaban en forma incontrolable, esforzándose por no parecer aterrorizados.
    —¿Revisamos a estos tres? — dijo Jamieson—. ¿Los atamos?
    —Cielos, no. Míreles las manos, están azules y petrificadas. Si ni siquiera pudieron aferrarse a la lancha, menos podrían apretar un gatillo, aun si lograran desabotonarse los impermeables, cosa que les es imposible.

    McKinnon accionó la palanca y se dirigió hacia los dos hombres que habían salido a la superficie. Mientras tanto, una tercera figura apareció a menos de doscientos metros.

    Los dos hombres que rescataron parecían estar en buen estado. Uno de ellos era moreno, de ojos oscuros y rostro inteligente y alerta. Debía de tener unos veintisiete o veintiocho años. El otro era muy joven, muy rubio y estaba muy asustado. McKinnon se dirigió al primero, en alemán.

    —¿Su nombre y su rango?
    —0bersteuermann Doenitz.
    —¿Doenitz? Muy apropiado. — El almirante Doenitz era el brillante comandante en jefe de la flota alemana de submarinos. — ¿Tiene una pistola, Doenitz? Si dice que no la tiene y le encuentro una, tendré que matarlo porque no es digno de confianza. ¿Tiene una pistola?

    Doenitz se encogió de hombros y extrajo una pistola envuelta en goma.

    —¿Y su amigo?
    —El joven Hans es ayudante de cocina. — Doenitz hablaba un inglés fluido. — No se le puede confiar una sartén, y mucho menos una pistola.

    McKinnon le creyó y fue en busca del tercer sobreviviente. Al acercarse, vio que el hombre estaba muerto o inconsciente, porque tenía el cuello doblado hacia adelante y la cara en el agua. La razón de eso no fue difícil de averiguar. El pulmón Dráguer estaba inflado solamente a medias y el exceso de oxígeno se había ido al punto más alto de la bolsa detrás de su cuello obligándolo a bajar la cabeza. McKinnon se detuvo junto al hombre, lo tomó del chaleco salvavidas, le puso una mano debajo del mentón y le levantó el rostro del agua.

    Lo examinó por uno o dos segundos y le dijo a Doenitz:

    —Lo conoce, por supuesto.
    —Heissman, nuestro primer teniente.

    McKinnon lo dejó caer nuevamente al agua. Doenitz lo miró con una mezcla de ira y asombro.

    —¿No va a subirlo? Puede estar inconsciente o casi ahogado.
    —Su primer teniente está muerto. — McKinnon hablaba con total convicción. — Tiene la boca llena de sangre. Le estallaron los pulmones. Se olvidó de exhalar oxigeno mientras subían.

    Doenitz asintió.

    —Quizá no sabía que había que hacerlo. Yo no lo sabia. Me temo que últimamente no tenemos mucho tiempo para practicar la forma de escapas. — Miró a McKinnon con curiosidad. — ¿Cómo lo sabía? Usted no es tripulante de submarinos.
    —Lo fui. Durante doce años.

    Curran gritó desde la proa.

    —Hay uno más, contramaestre. Acaba de salir. Derecho hacia adelante.

    McKinnon arrimó la lancha al hombre en menos de un minuto e hizo que lo subieran y lo tendieran sobre un banco. Permaneció allí en una extraña posición: con las rodillas flexionadas contra el pecho, las manos apretando las rodillas, tratando de rodar de lado a lado. Era la subida, o no habría liberado el oxígeno de los pulmones. ¿Durante la noche viajaron debajo del agua o sobre la superficie?

    —Superficie. Todo el tiempo.
    —Eso descarta el dióxido de carbono, que puede ser venenoso; pero no se puede acumular dióxido de carbono cuando está abierta la torreta. Por la forma en que se aprieta el pecho y las piernas, parecería ser la enfermedad de descompresión, pues es allí donde duelen más sus efectos. Pero esto tampoco puede ser.
    —¿Enfermedad de descompresión?
    —Sí, la enfermedad de los buzos. Es cuando se forman burbujas de nitrógeno demasiado rápidamente, casi siempre cuando se sube con demasiada velocidad. — McKinnon, con la lancha a toda velocidad, se dirigía directamente hacia el San Andreas, que se había detenido a menos de media milla de distancia. — Pero para eso es necesario estar respirando en una atmósfera de alta presión durante bastante tiempo y su capitán no estuvo debajo del agua lo suficiente como para eso. Quizás escapó de una gran profundidad, quizá de una profundidad mayor de la que nadie escapó estando en un submarino, y en ese caso, no sé qué efectos podría tener. Hay un médico a bordo. Supongo que él tampoco lo sabrá; un médico común puede pasarse la vida sin encontrar un caso como éste. Pero al menos podrá calmarle el dolor.

    La lancha salvavidas pasó cerca de la proa del San Andreas que, curiosamente, parecía estar intacta. Pero el daño era incuestionable: el San Andreas estaba por lo menos noventa centímetros más hundido en la proa, cosa que era de esperarse si los compartimientos de proa se habían inundado, lo que era inevitable.

    McKinnon detuvo la lancha junto a la nave y ayudó al capitán del submarino, que estaba casi inconsciente, a llegar hasta la escala. Patterson lo esperaba allí, con el doctor Sinclair y otros tres miembros del equipo de la sala de máquinas.

    —Éste es el capitán del submarino —le dijo McKinnon al doctor Sinclair—. Puede estar sufriendo de envenenamiento por nitrógeno.
    —Por desgracia, contramaestre, no tenemos cámara de descompresión a bordo.
    —Lo sé, señor. Es posible que sólo esté sufriendo los efectos de haber salido a la superficie desde una gran profundidad. No lo sé, lo único que sé es que está terriblemente dolorido. Los demás están bastante bien, todo lo que necesitan es ropa seca. — Se volvió hacia Jamieson, que acababa de unírsele en la cubierta.
    —¿Quizá, señor, sería tan amable de supervisar el cambio de ropa?
    —¿Quiere que me asegure de que no llevan nada que no deberían llevar?

    McKinnon sonrió y se volvió hacia Patterson.

    —¿Cómo están los mamparos estancos de proa, señor? — Aguantan. Me fijé. Están retorcidos y trabados, pero aguantan.
    —Con su permiso, señor, tomaré un traje de buzo y echaré un vistazo.
    —¿Ahora? ¿No puede esperar un poco?
    —Me temo que esperar es lo único que nos resta. Podemos estar casi seguros de que el submarino estaba en contacto con Trondheim hasta el momento en que nos indicó que nos detuviéramos; creo que sería una estupidez de nuestra parte suponer lo contrario. Pie Sigiloso sigue entre nosotros. Los alemanes saben exactamente dónde estamos. Hasta ahora, por razones que sólo ellos conocen, nos han estado tratando con guantes de seda. Quizás ahora sientan deseos de quitarse esos guantes. No me parece que al almirante Doenitz le guste la idea de que uno de sus submarinos fue hundido por un buque hospital. Creo que nos corresponde, señor, salir de aquí a toda velocidad. El problema es que tenemos que decidir si ir a toda máquina hacia adelante o hacia atrás.
    —Ah. Sí, comprendo. Tiene razón.
    —Sí, señor. Si el orificio en la proa es lo suficientemente grande, no creo que los mamparos toleren la presión si vamos a mucha velocidad. En ese caso, tendríamos que avanzar marcha atrás. La idea no me agrada demasiado. Pero no es imposible hacerlo. Sé de un petrolero que embistió a un submarino alemán a alrededor de setecientas millas del puerto al que se dirigía. Llegó… haciendo todo el recorrido marcha atrás. Pero no me gusta mucho la idea de ir de popa hasta Aberdeen, sobre todo si el tiempo empeora. No sólo no tiene que ir más despacio, sino que timonear se torna condenadamente difícil.
    —Me pone nervioso, contramaestre. A toda velocidad, McKinnon, como dice usted, a toda velocidad. ¿Cuánto tiempo llevará?
    —Sólo lo que tardo en ponerme el traje de goma, la máscara, tomar la linterna, bajar y volver a subir. Como máximo, veinte minutos.

    McKinnon regresó en quince minutos. Con la máscara en una mano y la linterna en la otra, subió por la escala hasta donde estaba Patterson, esperándolo.

    —Podemos ir hacia adelante, señor —dijo McKinnon—. A toda máquina, diría.
    —Bien, bien, bien. ¿Les daños son leves, supongo? ¿Cómo es de pequeño el orificio?
    —No es un orificio pequeeño. Es un maldito boquete, grande como la puerta de un gran alero. Hay un trozo de ese submarino de alrededor de dos metros por uno ochenta, empotrado en nuestra proa. Parece ser un tapón bastante resistente y creo que cuanto más rápido vayamos, más se asegurará.
    —¿Y si nos detenemos o tenemos que retroceder, o nos topamos con mal tiempo… quiero decir, ¿qué pasa si se cae el tapón?
    —Le agradecería, señor, que no hablara de esas cosas.


    OCHO


    —¿Qué estás haciendo aquí? — McKinnon contempló la figura tendida de Janet Magnusson, que estaba recostada sobre la cama más cercana a su escritorio, muy pálida.

    —Por lo general me tomo un descanso a esta hora de la mañana. — Trató de hablar con tono ácido, pero no lo logró y sonrió débilmente. — Me han herido de gravedad, Archie McKinnon. Gracias a ti.
    —Cielos. — McKinnon se sentó sobre la cama y le puso una mano sobre el hombro. — Lo siento. ¿Cómo…?
    —Ahí no. — Ella apartó la mano. — Es ahí donde me hirieron.
    —Lo siento, otra vez. — Levantó la mirada hacia el doctor Sinclair. ¿Cuán grave es?
    —La enfermera Magnusson tiene una herida muy leve en el hombro derecho. Un trozo de proyectil. — Sinclair señaló un agujero filoso en el mamparo, aproximadamente de un metro ochenta por encima del nivel de la cubierta, luego le mostró el cielo raso marcado. — Parece que el resto fue a parar allí. Pero la enfermera Magnusson estaba de pie en ese momento y recibió el efecto del impacto. Cayó sobre la cama en la que está ahora, que por suerte estaba vacía en ese momento y nos llevó diez minutos hacerle recuperar el sentido.
    —Remolona. — McKinnon se puso de pie. — Regresaré. ¿Algún otro herido aquí, doctor?
    —Dos. En el extremo de la sala. Marineros del Argos. Uno en el pecho, el otro en la pierna. Esquirlas que rebotaron en el cielo raso. Ni siquiera tuve que sacárselas, de tan pequeñas que eran. No les puse vendas, sólo algodón y tela adhesiva.

    McKinnon miró al hombre que se agitaba, inquieto y murmuraba en la cama de enfrente.

    —0berleutnant Klaussen… el comandante del submarino. ¿Cómo está?
    —Delirando, como verá. El problema que tiene… no tengo ni idea cuál es. Endoso su sugerencia de que debe de haber salido a la superficie desde una gran profundidad. Si es así, estoy luchando con lo desconocido. Lo siento.
    —No me parece que haya necesidad de disculparse, señor. Cualquier otro médico estaría en la misma situación. No creo que nadie haya escapado jamás de una profundidad superior a los setenta y cinco metros. Si Klaussen lo hizo,… bueno, es terreno desconocido. No puede haber bibliografía sobre eso.
    —Archie.

    McKinnon se volvió. Janet Magnusson estaba apoyada sobre un codo.

    —Se supone que tienes que estar descansando.
    —Voy a levantarme. ¿Qué haces con ese martillo y ese cincel en la mano?
    —Voy a tratar de abrir la puerta trabada.
    —Comprendo. — Calló por unos instantes mientras se mordía el labio inferior.
    —¿La sala de recuperación, no es así?
    —Sí.
    —El doctor Singh y los dos hombres del Argos, el de las quemaduras y el de la pelvis fracturada… ¿están allí, verdad?
    —Así me dijeron.
    —Bien, ¿por qué no vas? — Parecía casi enojada—. ¿Por qué te quedas aquí conversando, sin hacer nada?
    —No me parece que eso sea justo, enfermera Magnusson. — Jamieson, que acompañaba a McKinnon y a Sinclair, habló con suave reproche. — ¿Sin hacer nada? El contramaestre hace más que todos nosotros juntos.
    —Estoy pensando que quizá no haya tanto apuro, Janet —dijo McKinnon—. Muchos han estado golpeando a esa puerta durante los últimos quince minutos y no hubo respuesta. Puede significar algo o puede no significar nada. Lo importante era que no servía de nada tratar de forzar esa puerta hasta que no hubiera un médico a mano y el doctor Sinclair acaba de terminar su tarea en las salas.
    —Lo que quieres decir… lo que quieres decir realmente,
    —Archie, es que no crees que los que están dentro de la sala de recuperación vayan a necesitar los servicios de un médico, Espero equivocarme, pero si, eso es lo que temo. Ella volvió a recostarse.
    —Como no quiso decir el señor Jamieson, estaba hablando de más. Lo siento.
    —No tienes por qué disculparte. — McKinnon se volvió y se dirigió a la Sala A. La primera persona que capturó su atención fue Margaret Morrison. Estaba sentada detrás de su escritorio, aún más pálida de lo que había estado Janet, y la caba Maria le estaba asegurando una venda alrededor de la cabeza. McKinnon no fue directamente hacia ella, sino que se encaminó hacia el extremo derecho de la sala, donde el teniente Ulbricht estaba sentado en la cama, y Bowen y Kennet tendidos en las suyas

    Otras tres víctimas —dijo Sinclair—. Bueno, desafortunados sería una palabra mejor. Mientras que el estallido en la Sala B fue hacia arriba, me temo que aquí fue para abajo.

    McKinnon miró a Ulbricht.

    —¿Qué le pasa? — Ulbricht tenía un grueso vendaje alrededor del cuello.
    —Yo le diré qué le pasa —dijo Sinclair—. Tiene suerte, Una suerte de mil demonios. Una esquirla, debió de estar afilada como una navaja, le cortó el costado del cuello. Medio centímetro más a la derecha y le hubiera cortado la arteria carótida también y ahora sería el difunto teniente Ulbricht.

    Ulbricht miró a McKinnon con el rostro inexpresivo.

    —Creí que nos mandaba aquí abajo para estar más seguros.
    —Eso es lo que yo también creí. Estaba seguro de que concentrarían el fuego sobre el puente. No estoy buscando excusas, pero no creo haberme equivocado. Pienso que los artilleros del submarino se dejaron invadir por el pánico. Estoy seguro de que Klaussen no dio instrucciones para que dispararan contra el casco.
    —¿Klaussen?
    —0berleutnant. El capitán. Sobrevivió, pero parece estar bastante mal,
    —¿Cuántos sobrevivientes hubo en total?
    —Seis.
    —Y el resto los envió al fondo.
    —Soy culpable, si eso es lo que quiere decir. No me siento particularmente culpable. Pero soy responsable, sí.
    —Supongo que eso hace que seamos dos. Responsables, pero no culpables. — Ulbricht se encogió de hombros; no parecía interesado en seguir con la conversación. McKinnon se acercó a la cama del capitán.
    —Lamento oír que se ha lastimado de nuevo, señor.
    —Yo y Kennet. Muslos izquierdos, los dos. El doctor Sinclair me dijo que es sólo un pequeño rasguño y como no puedo ver, tengo que creerle. Pero no lo siento como si fuera un rasguño, se lo aseguro. Y bien, Archie, muchacho, lo logró. Sabia que lo haría. Si no fuera por estas malditas vendas, le estrecharía la mano. Felicitaciones. Debe de sentirse muy bien por lo que hizo.
    —No me siento nada bien, señor. Si hubo sobrevivientes y si lograron encontrar un compartimiento donde no entrara el agua, ahora estarán asfixiándose en el fondo del Mar de Noruega.
    —Es cierto, es cierto. Pero no tiene que reprocharse nada, Archie. Eran ellos o nosotros. Desagradable, pero de todas formas, bien hecho. — Con habilidad, Bowen cambió de tema. — Estamos acelerando, ¿no es así? ¿Los daños en la proa son limitados, supongo?
    —Nada de eso, señor. Tenemos un gran boquete en el casco. Pero hay un trozo de submarino empotrado en el orificio. Esperemos que se quede allí.
    —No podemos sino rezar, contramestre, no podemos sino rezar. Y sin importar cómo se sienta usted, todos los que están a bordo de esta nave le están muy agradecidos.
    —Lo veré más tarde, señor.

    Se volvió, miró a Margaret Morrison y luego al doctor Sinclair.

    —¿Está muy herida?
    —Peor que los demás, pero nada peligroso. Estaba sentada junto a la cama del capitán y recibió dos heridas: un corte muy feo en el brazo derecho y una herida superficial en la cabeza. La caba Maria acaba de vendársela.
    —¿No debería estar en cama?
    —Si. Traté de insistir pero le advierto que no volveré a hacerlo. ¿Por qué no prueba usted?
    —No, gracias. — MeKinnon se aproximó a la muchacha, que lo miró con los ojos oscuros cargados de reproche y opacos por el dolor.
    —Esto es todo culpa suya, Archie McKinnon.

    El contramaestre suspiró.

    —Lo mismo que me dijo Janet. Es difícil complacer a todo el mundo. Lo siento muchísimo.
    —Y debería sentirlo. No por esto, quiero decir. El dolor físico, permítame decirle, no es nada comparado con el dolor mental. Me engañó. Nuestro respetado contramaestre es exactamente lo que me acusó de ser: un embustero.
    —Oh, cielos. El vapuleado contramestre otra vez en el banquillo de los acusados. ¿ Qué se supone que hice ahora?
    —Me hizo sentirme muy, muy tonta.
    —¿De veras? Jamás haría una cosa así.
    —Pues lo hizo. ¿Recuerda cuando en el puente sugirió en broma, por supuesto, que los bombardeáramos con pan duro y papas rancias? Bueno, algo así.
    —Ah!
    —Si, ah! ¿Recuerda esa escena emocional, bueno, emocional de mi parte, sufro cuando pienso en ella, en la que le supliqué que luchara y luchara y luchara? ¿Lo recuerda, no es así?
    —Si, creo que sí.
    —!Cree que si! Ya había tomado la decisión de luchar contra ellos, ¿verdad?
    —Bueno… si.
    —Bueno… si —lo imitó ellas. Ya había decidido embestir a ese submarino.
    —Sí
    —¿Por qué no me lo dijo, Archie?
    —Porque podría habérselo mencionado por casualidad a alguien que podría habérselo mencionado por casualidad a Pie Sigiloso, que nada casualmente se lo hubiera contado al capitán del submarino que se habría asegurado de no ponerse en posición como para que pudiera embestirlo. Hasta podría, sin saberlo por supuesto, habérselo mencionado directamente a Pie Sigiloso.

    Ella no trató de disimular el dolor que se le reflejaba en los ojos.

    —Así que no confía en mí. Me dijo que sí.
    —Confío absolutamente en usted. Ya se lo dije.
    —¿Entonces, por qué…?
    —Fue una de esas cosas de antes y ahora. Antes era la caba Morrison. Yo no sabía que existía Margaret Morrison. Ahora lo sé
    —¡Ah! — Ella frunció los labios, luego sonrió, obviamente tranquilizada. — Comprendo.

    McKinnon la dejó, se reunió con el doctor Sinclair y con Jamieson y juntos fueron hasta la puerta de la sala de recuperación. Jamieson llevaba un taladro eléctrico, un martillo y unas clavijas de madera, afiladas en la punta.

    —¿Vio el boquete que hizo el proyectil cuando fue arriba a examinar la proa? — preguntó.
    —Sí. Justo sobre la línea de flotación, o uno o dos centímetros por encima de ella. Podría haber agua adentro. 0 no. Es imposible adivinarlo.
    —¿A qué altura?
    —Cuarenta y cinco centímetros, digamos. Estoy adivinando.

    Jamieson enchufó el taladro y apretó el gatillo. La mecha de tungsteno se hundió con facilidad en el pesado acero de la puerta.

    —¿Qué pasa si hay agua detrás? quiso saber Sinclair. — Introducimos una de esas clavijas, luego lo intentamos otra vez más arriba.
    —Listo dijo Jamieson. Sacó la mecha del taladro. — No hay nada.

    McKinnon golpeó el picaporte de acero dos veces con el martillo. El picaporte ni siquiera se movió una fracción de centímetro. Luego del tercer golpe, se separó de la puerta y cayó a la cubierta.

    —Lástima dijo McKinnon—. Pero es necesario averiguarlo.

    Jarnieson se encogió de hombros.

    —No hay alternativa. ¿Soplete?
    —Por favor. — Jamieson partió y regresó en dos minutos con el soplete, seguido de McCrimmon que llevaba el cilindro de gas y una lámpara conectada a un cable. Jarnieson encendió la llamda de oxiacetileno y comenzó a trazar un semicírculo alrededor del lugar donde había estado el picaporte; Me Crimmon conectó el cable y la lámpara protegida por alambre se encendió.
    —Estamos suponiendo que es aquí donde se atrancó la puerta —dijo Jamieson desde detrás de la máscara de plástico que le protegía el rostro.
    —Si nos equivocamos, cortaremos alrededor de las bisagras. No creo que vaya a ser necesario. La puerta no está retorcida. Casi siempre es la cerradura o el pestillo lo que se traba.

    El compartimiento estaba saturado del olor acre del humo cuando por fin Jamieson se enderezó. Golpeó la cerradura un par de veces con el costado del puño, y desistió.

    —Estoy seguro de que atravesé la maldita cosa, pero no quiere caer.
    —El pestillo todavía está en la ranura. — McKinnon golpeó con suavidad el martillo contra la puerta y el semicírculo de metal cayó hacia adentro. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza y la puerta cedió un centímetro. Con un segundo golpe, cedió varios centímetros más. Hizo a un lado el martillo y empujó la puerta, hasta que crujiendo y protestando, ésta se abrió casi de par en par. Tomó el cable con la lamparilla que tenía McCrimmon y entró.

    Había agua en la cubierta, no mucha, quizá cinco centímetros. Los mamparos y el cielo raso estaban agrietados y rayados por las esquirlas del proyectil. El orificio de entrada que había hecho el proyectil en el mamparo exterior era un círculo dentado a menos de treinta centímetros de la cubierta.

    Los dos hombres del Argos estaban recostados en sus camas, mientras que el doctor Singh, con la cabeza inclinada sobre el pecho, estaba sentado en un pequeño sillón. Los tres parecían ilesos; no había marcas de heridas. El contramaestre acercó la luz a la cara del doctor Singh. Fuera cual fuere la esquirla que se le había clavado en el cuerpo, ninguna le había llegado al rostro. La única señal de que algo había sucedido eran los finos hilos de sangre que le salían de la nariz y los oídos. McKinnon le entregó la lámpara al doctor Sinclair, que se inclinó sobre su colega muerto.

    —¡Dios Santo! El doctor Singh. — Lo examinó por unos segundos, luego se enderezó. — Que esto tenga que sucederle a un excelente médico, a un hombre noble como él.
    —¿En realidad no esperaba encontrar otra cosa, verdad, doctor?
    —No, en realidad, no. Tenía que ser esto o algo similar. — Examinó brevemente a los dos hombres que yacían en las camas, sacudió la cabeza y se volvió. — Pero igual es un golpe para mí. — Era obvio que se refería al doctor Singh.

    McKinnon asintió.

    —Lo sé. No quiero aparecer insensible, doctor, pero… ¿ya no necesitará más a estos hombres? Me refiero a autopsias y esas cosas.
    —Cielos, no. La muerte debe de haber sido instantánea. Concusión. Si sirve de consuelo, murieron sin darse cuenta. — Hizo una pausa—. Podría revisarles la ropa, contramaestre. 0 quizás estén en sus efectos personales o quizás el capitán Andropolous sepa los detalles.
    —¿Se refiere a nombres, fechas de nacimiento y esas cosas, señor?
    —Sí. Tengo que llenar los certificados de defunción.
    —Me encargaré de eso.
    —Gracias, contramaestre. — Sinclair trató de sonreír pero fracasó. — Como de costumbre, le dejo la parte sórdida a usted.
    —Se marchó, aliviado por poder irse. El contramaestre se volvió a Jamieson.
    —¿Puede prestarme a McCrimmon, señor?
    —Por supuesto.
    —McCrimmon, vaya a buscar a Curran y a Trent, ¿quiere? Cuénteles lo que sucedió. Curran sabrá qué tamaño de lonas traer.
    —¿Agujas e hilo, contramaestre?
    —Curran fabrica velas. Déjese'o a él, Y dígale que esta vez es un trabajo limpio.

    McCrimmon se marchó y Jamieson dijo:

    —¿Un trabajo limpio? Es un trabajo horrendo. A usted siempre le toca el trabajo sucio, Mckinnon. Sinceramente, no sé cómo puede seguir haciendo todo. Si hay algo desagradable o macabro para hacer, usted está primero en la lista de todos.
    —Esta vez, no. Esta vez, señor, usted está primero en mi lista. Alguien tiene que decírselo al capitán. Alguien tiene que decírselo al señor Patterson. Y lo que es peor de todo, mucho peor, alguien tiene que decírselo a las enfermeras. Esta última no es una tarea que me gustaría hacer en absoluto.
    —Las muchachas. Dios, no había pensado en eso. A mí tampoco me gusta esa tarea. ¿No cree, contramaestre, que como usted las conoce tan bien…?
    —No, señor, no creo nada semejante. — McKinnon esbozó una sonrisita. — ¿Seguramente, como oficial, no pensará delegarle a un pinche una tarea que usted no quiere hacer, ¿verdad?
    —¡Pinche! Esa sí que es buena, por Dios. Está bien, que nunca se diga que quise eludir mi deber, pero desde ahora, siento un grado menos de compasión por usted.
    —Sí, señor. Otra cosa: cuando este lugar esté despejado, ¿quiere pedirle a un par de sus hombres que suelden un parche sobre este hueco en el mamparo? Dios sabe que han tenido bastante práctica en esa tarea últimamente.
    —Por supuesto. Esperemos que éste sea el último.

    Jamieson se marchó y McKinnon echó un vistazo a su alrededor. Una caja de madera en un rincón le llamó la atención, sólo porque la tapa se había abierto parcialmente por la explosión. McKinnon, no sin un considerable esfuerzo, levantó la tapa y contempló por unos segundos el contenido. Volvió a poner la tapa en su lugar, tomó el martillo y la aseguró. Estampadas sobre la tapa en grandes letras rojas estaban las palabras PARO CARDÍACO

    McKinnon, con cansancio, se sentó a la mesa en el comedor. La caba Morrison y la enfermera Magnusson, cuyas apariencias anunciaban que deberían haber estado en la cama (habían sido reemplazadas por la caba Maria y la enfermera Irene), estaban sentadas allí también, al igual que el teniente Ulbricht, que no sólo daba la impresión de haber olvidado por completo su roce con la muerte sino que estaba lo suficientemente recuperado como para haberse conseguido un lugar entre las dos muchachas. Sinclair, Patterson y Jamieson estaban sentados a un extremo de la mesa. McKinnon miró al teniente Ulbricht con expresión pensativa y luego le habló al doctor Sinclair.

    —No quiero cuestionar su competencia profesional, señor, ¿pero puede estar levantado el teniente?
    —Mi competencia profesional es irrelevante. — Era posible ver que el doctor Sinclair todavía no se había recuperado del golpe de encontrar muerto a su colega. — El teniente, al igual que la caba Morrison y la enfermera Magnusson, se muestra poco dispuesto a colaborar, intransigente y sencillamente desobediente. Los tres probablemente lo llamarían tener ideas propias. El teniente Ulbricht, casualmente, no corre ningún peligro. La lastimadura en su cuello ni siquiera puede llamarse una herida superficial. Un rasguño, eso es lo que tiene.
    —Entonces, teniente, quizá quiera hacer algunos cálculos. No hemos hecho ninguno desde anoche.
    —A su disposición, contramaestre. — Si el teniente le guardaba rencor por la muerte de sus compatriotas, se esforzaba por disimularlo. — Cuando quiera. Sugiero que sea a mediodía.

    Patterson preguntó.

    —¿Ya terminó en la sala de recuperación, contramaestre?
    —McKinnon asintió. — Bien, uno se cansa de estar diciendo gracias, de modo que no lo aburriré. ¿Cuándo los sepultamos?
    —Cuando usted lo decida, señor.
    —En las primeras horas de la tarde, antes de que oscurezca. — _Patterson rió sin humor. — Cuando yo lo decida. El jefe de máquinas Patterson es el hombre indicado cuando se trata de tomar decisiones sobre asuntos que no tienen importancia. No recuerdo haber tomado la decisión de atacar el submarino.
    —Consulté con el capitán Bowen, señor.
    —¡Ah! — La exclamación provino de Margaret Morrison. Con que de eso se trató la conferencia de dos minutos.
    —Por supuesto. El lo aprobó.
    —¿Y si no lo hubiera hecho? preguntó Janet. ¿Igual habrías embestido al submarino?
    —No sólo lo aprobó —dijo McKinnon con paciencia—, sino que se mostró entusiasmado. Muy entusiasmado. Con respeto hacia el teniente Ulbricht aquí presente, el capitán no se sentía muy bien dispuesto hacia los alemanes. En ese momento, al menos.
    —Te estás evadiendo, Archie McKinnon. Responde a mi pregunta. ¿Si él no lo hubiera aprobado, habrías atacado de todos modos?
    —Sí. No es necesario que se lo cuentes al capitán, sin embargo.
    —Enfermera Magnusson. — Patterson le sonrió para que no se ofendiera por sus palabras. — No me parece que el señor McKinnon merezca ser interrogado ni reprobado. Creo que se merece una felicitación por un trabajo magníficamente llevado a cabo. — Se puso de pie, fue al armario donde el doctor Singh guardaba sus provisiones privadas y regresó con una botella de whisky y algunos vasos, le sirvió una medida a MeKinnon y dejó la botella delante de él. Creo que el doctor Singh hubiera estado de acuerdo,
    —Gracias, señor. — McKinnon bajó la mirada hacia el vaso sobre la mesa. Él ya no necesitará esto.

    Se hizo un silencio alrededor de la mesa Como era de prever, fue Janet la que lo rompió.

    —Pienso que ése no fue un comentario considerado.
    —Lo piensas ahora. Puede ser. Puede ser que no. — No había tono de disculpa en la voz. — Levantó el vaso y bebió. — El doctor Singh conocía el buen whisky.

    El silencio fue más largo esa vez, más largo y más tenso. Sinclair, incómodo, lo rompió.

    —Estoy seguro de que todos nos hacemos eco de los sentimientos del señor Patterson, McKinnon. Un trabajo magnífico.
    —Pero, utilizando sus palabras, no quiero cuestionar su competencia profesional, ¿corrió un riesgo bastante grande, no es así?
    —¿Quiere decir que puse en peligro las vidas de todos los que estaban a bordo?
    —No dije eso. — Su expresión turbada dejó en claro que si bien no lo había dicho, lo había pensado.
    —Fue un riesgo calculado —dijo McKinnon—, pero sin exageración. Las probabilidades de éxito estaban de mi lado, creo. Estoy seguro de que el submarino tenía la orden de abordarnos, no de hundirnos, razón por la que también estoy seguro de que los que manejaban el cañón dispararon sin órdenes.

    El capitán del submarino, el Oberleutnant Klaussen, no era el hombre indicado, ni estaba en el lugar indicado en el momento indicado. Estaba cansado, o era inmaduro, inexperto o incompetente, o quizá se mostró un poco confiado. Puede ser que se haya tratado de una conjunción de todos esos factores. De lo que no hay duda es de que un capitán de submarino experimentado jamás se hubiera puesto en posición paralela a la nuestra, a menos de media milla de distancia. Debió haberse quedado a un par de millas, distancia que le habría permitido sumergirse a toda prisa en caso de emergencia, enviado la orden de que mandáramos una lancha, cargarla con media docena de hombres con ametralladoras automáticas y enviarla de vuelta para apoderarse del San Andreas. No podríamos haber hecho nada para detenerlos. O mejor aún, tendría que haberse acercado, desde la popa, posición que jamás hubiera posibilitado una colisión, y luego haberse detenido junto a la escala.

    Y por supuesto, se sintió demasiado seguro de sí mismo, demasiado confiado. Cuando nos vio bajando la escala, se convenció de que el juego había terminado. Jamás se le ocurrió que una nave hospital pudiera ser usada como arma ofensiva. Y fue tan ciego o tan estúpido como para no darse cuenta de que nos estuvimos acercando a él todo el tiempo, desde que establecimos el contacto. En resumen, cometió todos los errores posibles. Hubiera sido difícil elegir un hombre peor para ese puesto.

    Hubo un silencio largo e incómodo. Mario, discreto y eficiente como siempre, había llenado todos los vasos que estaban sobre la mesa, pero con excepción del contramaestre, nadie había tocado el que le correspondía.

    —Basándose en lo que usted indica —insistió Sinclair—, el capitán del submarino no era realmente el hombre indicado para esa tarea. Y, por supuesto, usted lo engañó por completo. Pero sin duda el peligro existía de todos modos. En la colisión, quiero decir. El submarino podía habernos hundido a nosotros y no viceversa. Estamos construidos con finas planchas de acero; el casco del submarino es terriblemente resistente.
    —No me tomaría el atrevimiento de darle cátedra sobre asuntos médicos, doctor Sinclair.

    El médico sonrió.

    —Lo que quiere decir es que no debo tomarme el atrevimiento de darle cátedra sobre asuntos marítimos. Pero usted es contramaestre en una nave mercante, señor McKinnon.
    —Hoy, sí. Pero antes pasé doce años de servicio en submarinos.
    —Oh, no. — Sinclair sacudió la cabeza. — Demasiado, sencillamente demasiado. Sin duda hoy no es el día del doctor Sinclair.
    —Sé de un número considerable de colisiones entre naves mercantes y submarinos. En casi todos los casos, las colisiones eran entre amigos o, en tiempos de paz, entre un submarino y un inocuo navío extranjero. Los resultados siempre eran los mismos: la nave de superficie siempre salía mejor.

    No parece lógico, pero tiene sentido. Tome una esfera hueca de vidrio, con paredes de, digamos, menos de un centimetro de diámetro, sumérjala a una profundidad considerable —hablo de casi cien metros— y no estallará. Sáquela a la superficie, déle un golpecito con un martillo y se deshará en mil pedazos. Es lo mismo con el casco de un submarino. Puede resistir presión a grandes profundidades, pero en la superficie, un golpe corto y seco, como el de la proa de una nave mercante, lo destrozará. Hay que admitir que las probabilidades de éxito del submarino no se acentúan por el hecho de que una nave mercante pueda desplazar muchos miles de toneladas y viajar a una velocidad regular. Por otra parte, aun un navío pequeño como un pes quero puede hundir un submarino. La idea es, doctor Sinclair, que no fue tan peligroso: no tenía muchas dudas acerca de cuál sería el resultado.

    —Comprendo, señor McKinnon. Tiene delante de usted a un arrepentido zapatero que se atendrá a sus zapatos de aquí en más.
    —¿Alguna vez le sucedió esto? — preguntó Patterson.
    —No. De haberme sucedido, lo más probable es que hoy no estaría aquí. Sé de muchos casos. Cuando estaba en el servicio, el oficio, como solíamos llamarlo, teníamos un lema que decía algo como: no te preocupes por el enemigo, ten cuidado con tus amigos. En la década del veinte, un submarino británico —el MI— chocó accidentalmente con una nave mercante, cerca de la costa de Devon. Murieron todos. Tiempo después, un submarino norteamericano fue embestido por un barco de pasajeros italiano, el City of Rome. Todos murieron. Al poco tiempo, otro submarino norteamericano chocó con un torpedero de los guardacostas, cerca de Cape Cod. No hubo sobrevivientes. Una nave japonesa mandó a pique al Poseidón, británico. Un accidente. Fue frente a la costa del norte de China. Hubo un buen número de sobrevivientes, pero algunos murieron por envenenamiento de nitrógeno. En los primeros años de guerra, el Surcouf, tripulado por los franceses libres, y tan grande que se lo llamaba el trasatlántico de los submarinos, fue hundido en el Caribe por una nave del convoy al que escoltaba. El Surcouf tenía una tripulación de ciento cincuenta hombres: murieron todos. — McKinnon se pasó una mano por los ojos. — Hubo otros casos. Me olvidé de la mayoría. Ah, sí, estaba el Umpire. En el cuarenta y uno, creo. Lo destruyó un pesquero, y no grande.


    Explicó su idea, como dice el doctor Sinclair, la dejó muy en claro. Acepto que el elemento de riesgo no era alto. Tendrá que tolerarnos, señor McKinnon. Somos todos aficionados. No sabíamos. Usted, sí. El hecho de que el submarino esté en el fondo del mar es prueba fehaciente de eso. — Hizo una pausa. — Debo decir, contramaestre, que su hazaña no parece haberle brindado satisfacción alguna.

    —No.

    Patterson asintió.

    —Comprendo. Haber sido responsable de la muerte de tantos hombres… bueno, no es un pensamiento alegre. McKinnon lo miró, levemente sorprendido.
    —Lo hecho, hecho está. El submarino se fue y su tripulación, también. No es motivo de celebración, pero tampoco de recriminación. La próxima nave mercante de los aliados que hubiera aparecido en el periscopio de Klaussen, sin duda habría ido a parar adonde está el submarino ahora. El único submarino bueno es el que está hundido en el fondo del mar, con el casco destrozado.
    —¿Entonces por qué…? — Patterson se interrumpió, obviamente falto de palabras, y luego dijo: —Al diablo con los pros y los contras, igual fue un trabajo espléndido. La idea de estar en un campo de prisioneros me gustaba tan poco como a usted. — Miró alrededor de la mesa. — Un brindis por el contramaestre y por la memoria del doctor Singh.
    —No soy tan modesto como me cree. No tengo el menor inconveniente en beber a mi propia salud. — McKinnon miró a los otros seis. — Pero me niego a brindar por Pie Sigiloso.

    McKinnon se estaba convirtiendo en un experto para causar silencios. Ese, el cuarto, fue mucho más largo y más tenso que los que lo habían precedido. Los otros seis lo miraron boquiabiertos, se miraron entre ellos con expresiones adustas e interrogantes, luego volvieron a fijar la atención en McKinnon. Otra vez, fue Janet la que quebró el silencio.

    —¿Sabes lo que estás diciendo, verdad, Archie? Al menos, espero que lo sepas.
    —Me temo que sí. Doctor Sinclair, tenían una unidad para paros cardíacos en la sala de recuperación. ¿Había una unidad similar en algún otro lado?
    —Sí. En el dispensario.
    —Y tenía precisas instrucciones respecto de que en caso de emergencia, había que usar primero la que estaba en el dispensario.
    —Así es. — Sinclair lo miró sin comprender. — ¿Cómo es posible que sepa eso?
    —Porque soy muy inteligente. — El habitualmente calmo y frío contramaestre no hizo ningún esfuerzo por ocultar su amargura. — Después de lo que pasó, soy muy inteligente. — Sacudió la cabeza —No tiene objeto que me escuchen decirles lo poco inteligente que fui. Sugiero que vayan todos a echar una ojeada a la unidad coronaria de la sala de recuperación. La unidad ya no está allí: esta en la Sala A, junto al escritorio de la caba. La tapa está cerrada, pero la cerradura está dañada. Podrán abrirla con facilidad.

    Los seis se miraron, se pusieron de pie, salieron y regresaron al cabo de un minuto. Se sentaron en silencio y permanecieron así. 0 estaban impactados por lo que habían visto o no encontraban palabras para expresar sus sentimientos.

    —¿Bonito, no es así? — dijo McKinnon—. Un transmisor—receptor de gran poder. Dígame, doctor Sinclair, ¿se encerraba alguna vez el doctor Singh en la sala de recuperación? — No sabría decirle. — Sinclair sacudió la cabeza con vehemencia, como para deshacerse de la incredulidad. — Podría haberlo hecho y nadie se habría enterado.
    —¿Pero con frecuencia entraba en esa habitación solo?
    —Sí. Muchas veces. Solo. Insistía en ocuparse personalmente de los dos heridos. Estaba en todo su derecho, por supuesto; él era el que los había operado.
    —Desde luego. Luego de que encontré la radio, todavía no sé qué me hizo abrir esa maldita unidad coronaria, examiné la cerradura de la puerta, la parte que el señor Jamieson había quemado con el soplete y el pestillo. Ambos estaban muy aceitados. Cuando el doctor Singh hacía girar esa llave, no se debía oír ningún ruido de metal contra metal, ni siquiera el menor de los clics, aunque uno estuviera escuchando a medio metro, no es que alguien haya tenido la menor razón para andar escuchando a medio metro, claro. Luego de cerrar la puerta y asegurarse de que sus dos pacientes estuvieran sedados, y si no lo estaban él se encargaba de sedarlos de inmediato, podía utilizar el aparato a voluntad. Imagino que no la debe de haber usado con demasiada frecuencia: el propósito principal, el esencial, de la radio era enviar continuamente una señal de guía.
    —Todavía no puedo entenderlo ni obligarme a creerlo —dijo Patterson con lentitud, tratando de salir de su trance. — Por supuesto, es cierto, tiene que ser cierto, pero eso no lo hace más fácil de creer. Era un hombre tan bueno, tan amable, y un excelente médico, ¿no es así, doctor Sinclair?
    —Era un excelente médico. De eso no hay dudas. Y un brillante cirujano.
    —Como lo era el doctor Crippen, por lo que sé —dijo McKinnon—. Lo encuentro tan increíble como usted, señor Patterson. No tengo idea sobre cuáles pudieron ser sus motivos, y me imagino que jamás los sabremos. Era un hombre muy inteligente y cauteloso, que jamás corrió un riesgo, un hombre que siempre cubrió sus huellas. De no haber sido por unos artilleros alemanes demasiado ansiosos por disparar, jamás nos habríamos enterado de la identidad de Pie Sigiloso. Su traición puede haber tenido algo que ver con su origen: aunque hablaba de ser descendiente de paquistaníes era, por supuesto, indio, y tengo entendido que los indios con educación universitaria tienen pocos motivos para amar al soberano británico. Puede haber tenido algo que ver con la religión, si tenia raíces paquistaníes, probablemente era musulmán. En cuanto a la conexión… no tengo idea. Hay una docena más de razones aparte de la nacionalidad, la política y la religión, que convierten a un hombre en traidor. ¿De dónde salieron esas unidades coronarias, doctor Sinclair?
    —Las cargaron en Halifax, Nueva Escocia.
    —Lo sé. ¿Pero sabe de dónde vinieron?
    —No tengo la menor idea. ¿Es importante?
    —Es posible. Lo que sucede es que no sabemos si el doctor Singh instaló la radio luego de que trajeron la unidad a bordo o si ésta ya vino con la radio instalada. Me atrevería a apostar que el aparato ya había sido instalado. Algo muy difícil de hacer a bordo de un barco. Es difícil introducir el aparato de contrabando e igualmente difícil deshacerse de la unidad que estaba dentro de la caja.

    Sinclair dijo:

    —Cuando declaré que no sabía de dónde provino esa unidad no mentí. Pero sé de qué país es originaria: de Inglaterra.
    —¿Cómo lo sabe?
    —Por las marcas de los esténciles.
    —¿Hay muchas empresas en Gran Bretaña que hacen esas cosas?
    —Ni idea. No es algo que uno se pregunta. Una unidad coronaria es una unidad coronaria. Muy pocas empresas, me imagino.
    —Tendría que ser fácil de rastrear el origen, y ni por un momento imagino que la unidad salió de la fábrica con la radio ya instalada. — Miró a Patterson. — Los de Inteligencia Naval estarían muy interesados en saber qué ruta siguió esa unidad entre la fábrica y el San Andreas y qué escalas hizo.
    —Lo estarían, sin duda. Y no les llevaría nada de tiempo descubrir en qué momento cambió de manos y quién hizo el cambio. Me parece muy descuidado de parte de nuestros amigos saboteadores haberse dejado tan al descubierto.
    —No crea, señor. Sencillamente, nunca imaginaron que los descubriríamos.
    —Supongo que no. Dígame, contramaestre, ¿por qué tardó tanto en decirnos lo del doctor Singh?
    —Porque tuve la misma reacción que ustedes: tuve que esforzarme mucho para convencerme de la evidencia ante mis propios ojos. Además, todos ustedes respetaban y estimaban mucho al doctor Singh; a nadie le gusta ser portador de malas noticias. — Miró a Jamieson. — ¿Cuánto tiempo llevaría señor, instalar un botón en el escritorio de la caba en la Sala A, de modo que hiciera sonar un timbre, por ejemplo aquí, en el puente y en la sala de máquinas?
    —Muy poco. — Jamieson hizo una pausa. — Sé que debe de tener una excelente razón para este, ¿cómo podríamos llamarlo?, sistema de alarma. ¿Podemos saber cuál es?
    —Por supuesto. Para que la caba o la enfermera a cargo de la Sala A pueda avisarnos si entra cualquier persona no autorizada a la Sala. Esa persona no autorizada estará en la misma ignorancia en que estamos nosotros en este momento: no sabrá si ese transmisor funciona o no. Tiene que dar por sentado que sí, tiene que dar por sentado que podemos estar en posición de enviar un SOS a la Marina Real. Obviamente, es de suma importancia para los alemanes que no se envíe esa señal y que quedemos desprotegidos y solos. Nos quieren con vida, así que el intruso hará cualquier cosa por destruir ese aparato.
    —Un momento, un momento dijo Patterson—. ¿Intruso? ¿Persona no autorizada? ¿De qué habla? El doctor Singh está muerto.
    —No sé quién puede ser. Lo único que sé es que existe. Quizá recuerde que hace un tiempo dije que creía que teníamos más de un Pie Sigiloso a bordo. Ahora estoy seguro. Doctor Sinclair, durante la hora antes de que el teniente Ulbricht y su FockeWulf entraran en escena, y después de eso también, usted y el doctor Singh estaban operando a dos marineros heridos, ¿no es así? Me refiero a los hombres del Argos.
    —Correcto. — Sinclair parecía perplejo.
    —¿Salió él del quirófano en algún momento?
    —Ni una vez.
    —Y fue durante ese lapso que alguien estaba ocupado manipuleando las cajas de juntas y fusibles. Así que… Pie Sigiloso número dos.

    Hubo un breve silencio, luego Jamieson dijo:

    —¿No somos particularmente brillantes, ¿verdad? Por supuesto que tiene razón. Debimos habernos dado cuenta solos.

    Y lo habrían hecho. Encontrar el cuerpo del doctor Singh y luego descubrir lo que era es suficiente como para excluir cualquier otro pensamiento de la mente. A mí acaba de ocurrírseme. Tuve más tiempo para recuperarme del asombro, supongo.

    —Objeción —dijo Patterson—. 0 pregunta, mejor dicho. Si ese aparato está destrozado, los alemanes no tienen forma de rastrearnos.
    —No nos están rastreando ahora —explicó McKinnon con paciencia—Los cables de la batería están desconectados. Aunque no lo estuvieran, destrozar el aparato sería el menor de los dos males. Lo último que quiere Pie Sigiloso número dos es ver a la Marina Real en el horizonte. Pueden tener otro transmisorreceptor escondido en algún lado, aunque lo dudo. Doctor Sinclair, por favor controle la otra unidad coronaria en el dispensario, aunque estoy seguro de que la encontrará en perfecto estado.
    —Bueno —dijo Sinclair—, al menos es una satisfacción saber que nos perdieron.
    —No apostaría a eso, doctor. Es más, apostaría en contra. Un submarino no puede utilizar su radio debajo del agua, pero hay que recordar que este muchacho nos seguía por la superficie y que estaba seguramente en constante contacto con su base terrestre. Sabrán exactamente cuál era nuestra ubicación y nuestro rumbo en el momento del hundimiento del submarino. Ni siquiera me sorprendería que hubiera otro submarino siguiéndonos ahora; por alguna maldita razón, parecemos tener mucha importancia para los alemanes. Y no hay que olvidar que cuando más al sudoeste vayamos, más horas de luz habrá. El cielo está bastante despejado y hay buenas probabilidades de que un FockeWulf o algún otro avión nos vea durante el día.

    Patterson lo miró con expresión sombría.

    —Usted si que nos reconforta, contramaestre.

    McKinnon sonrió,

    —Lo siento, señor. Sólo estaba calculando las probabilidades, eso es todo.
    —Las probabilidades —dijo Janet—. Apuestas en contra de nuestras posibilidades de llegar a Aberdeen, ¿no es así, Archie?

    McKinnon giró las manos con las palmas hacia arriba. — No soy jugador, hay demasiados factores desconocidos. La opinión de cualquiera de ustedes es tan válida como la mía.

    No apuesto contra nuestras posibilidades, Janet. Creo que podemos llegar. — Hizo una pausa. — Tres cosas. Iré a ver al capitán Andropoulus y a sus hombres. Me parece que radio" es una palabra bastante universal. Si no, el lenguaje de las señas debería resultar. La mayoría de la tripulación del Argos sobrevivió, así que lo más probable es que haya un oficial de radio entre ellos. Puede echarle un vistazo a ese aparato y ver si podemos usarlo para transmitir. Teniente Ulbricht, le agradecería que subiera al puente cuando sea la hora y haga sus cálculos. Tres: si las luces en la Sala A se apagan en algún momento, quienquiera que esté a cargo tiene que oprimir el botón de pánico inmediatamente.

    McKinnon se dispuso a levantarse, se detuvoy miró la bebida que no había tocado.

    —Bueno, quizá, después de todo, un brindis por los que se fueron. Una vieja maldición céltica, mejor. Por el doctor Singh. Que su sombra deambule esta noche por el lado oscuro del infierno. — Levantó el vaso. — Por Pie Sigiloso.

    McKinnon bebió su brindis solo.


    NUEVE


    Menos de diez minutos luego de que McKinnon llegó al puente, sonó el teléfono.

    —Habla Jamieson —dijo la voz—. Por cierto que en este maldito barco suceden cosas. Hubo otro accidente.
    —¿Accidente?
    —Accidente adrede. Incidente, debí haber dicho. Su amigo Limassol,

    Limassol era el nombre que McKinnon le dio al hombre que resultó ser operador de radio del Argos. Aparte de este descubrimiento, la única otra cosa que el contramaestre pudo averiguar fue que el hombre era chipriota griego de Limassol.

    —¿Qué le pasó a mi amigo Limassol?
    —Lo golpearon.
    —Ah. — McKinnon no era un hombre muy propenso a las exclamaciones. — Era inevitable. ¿Quién lo apaleó?
    —No tendría que hacer esa pregunta, contramaestre. ¿Cómo diablos voy a saberlo? Nadie nunca sabe quién hace las cosas a bordo del San Andreas. El primer oficial fue más profético de lo que creyó cuando le puso el nombre nuevo al barco. Es una maldita zona de desastre. Sólo puedo relatarle los hechos como los sé. La caba Maria estaba de turno cuando Limassol se sentó a estudiar el aparato. Después de un rato se levantó e hizo el gesto de atornillar su dedo índice contra la palma de la otra mano. Ella dedujo, correctamente, que quería herramientas y le dijo a Wayland Day que lo llevara a la sala de máquinas. Yo estaba allí y le di las herramientas que necesitaba. También se llevó ese instrumento para detectar las pérdidas de voltaje. Daba toda la impresión de ser un hombre que sabe lo que hace. En el camino de regreso, en el pasadizo que lleva al comedor, lo apalearon. Con algo duro y pesado.
    —¿Cuán duro y cuán pesado?
    —Aguarde un momento. Lo tenemos aquí abajo en una cama en la Sala A. El doctor Sinclair lo está atendiendo. El se lo explicará mejor que yo.

    Hubo un breve silencio, luego se oyó la voz de Sinclair en el teléfono.

    —¿Contramaestre? Pues bien, diablos, se confirma la existencia de Pie Sigiloso número dos, aunque no se necesitaba ninguna confirmación, pero no esperaba una acción tan rápida y violenta. Este muchacho no pierde el tiempo, ¿verdad? Es peligroso, violento, actúa según su propia iniciativa y su mente trabaja en la misma sintonía que la nuestra.
    —¿Y Limassol?
    —Bastante mal, para ser optimista. Un objeto metálico sin ninguna duda, podría haber sido una barra de hierro. Me atrevería a decir que la intención del agresor era matarlo. Con la mayoría de la gente lo hubiera logrado, pero este Limassol tiene un cráneo como el de un elefante. Fracturado, por supuesto. Le haré una radiografía. Es de rutina y no tiene objeto, pero hay que hacerla. No hay señales de daños cerebrales, lo que no es lo mismo que decir que no los hay. Pero al menos no hay daños evidentes, por ahora. Hay dos cosas de las que estoy seguro, señor McKinnon. Vivirá, pero no le será de mucha utilidad a usted ni a nadie, por algún tiempo.
    —Como dijo el doctor Singh acerca del teniente Cunningham: ¿dos horas, dos días, dos semanas, dos meses?
    —Algo así. Sencillamente, no tengo idea. Lo único que sé es que si se recupera rápidamente, no le será de utilidad por varios días, así que exclúyalo de cualquier plan que pueda tener.
    —Estoy escaso de planes, doctor.
    —Así es. Parece que nos estamos quedando sin opciones. El señor Jamieson quiere hablar con usted.

    Jamieson volvió a tomar el teléfono.

    —Quizás esto haya sido culpa mía, contramaestre. Quizá si hubiera estado pensando con más claridad y con más rapidez, esto no habría sucedido.
    —¿Cómo diablo iba a saber que atacarían a Limassol?
    —Es cierto. Pero tendría que haber ido con él; no para protegerlo, sino para ver lo que hacía para poner en funcionamiento el aparato. Así podría haber aprendido algunas bases rudimentarias, para que no tuviéramos que depender solamente de un hombre.
    —Pie Sigiloso probablemente también lo hubiera golpeado a usted. No tiene sentido señor, tratar de adjudicarse la culpa cuando ésta no existe. Las papas se quemaron y no fue usted el responsable. Déme un poco de tiempo y descubrirá que todo fue culpa de McKinnon.

    Cortó y le relató el meollo de la conversación a Naseby, que timoneaba, y el teniente Ulbricht, que había declarado que se sentía tan bien que ya no necesitaba estar en cama.

    —Inquietante —dijo Ulbricht—. Nuestro amigo parece ser ingenioso, rápido para pensar y muy decidido. Digo "inquietante" porque se me acaba de ocurrir que él puede haber sido Pie Sigiloso número uno y no el doctor Singh, en cuyo caso podemos esperar todo tipo de cosas desagradables. De cualquier forma, eso parece descartar a la tripulación del Argos: ninguno habla inglés, así que no tenían forma de saber que la unidad coronaria falsa estaba en la Sala A.

    McKinnon lo miró con expresión sombría.

    —El hecho de que ninguno parezca entender una palabra de inglés (son muy hábiles para poner los rostros en blanco cuando uno les habla en ese idioma) no significa que uno o dos de ellos no lo hablen mejor que yo. No queda descartada la tripulación del Argos. Y por supuesto, no quedan descartados los nueve inválidos que recogimos en Murmansk ni nuestros propios tripulantes.
    —¿ Y cómo habrían sabido ellos que la unidad coronaria falsa había sido pasada de la sala de recuperación a la Sala A? Sólo, déjeme ver, sólo siete personas sabían del traslado. Los siete que estábamos sentados a la mesa esta mañana. ¿Quizás uno de nosotros haya hablado?
    —No. — McKinnon habló con certeza.
    —¿Sin quererlo?
    —No.
    —¿Es tanta la confianza que nos tiene? — Ulbricht sonrió sin humor. — ¿O es que tiene que confiar en alguien?
    —Claro que confío en ustedes. — McKinnon habló con tono levemente cansado. — La cosa es que no era necesario que nadie hablara. Todos saben que el doctor Singh y los tripulantes del Argos están muertos. — Hizo un gesto descuidado con la mano. — Después de todo, los sepultaremos en media hora. Todos saben que murieron por la explosión dentro de la sala de recuperación y nuestro nuevo Pie Sigiloso debe de haber sabido que el aparato estaba allí. Probablemente imaginó o sospechó que la caja de la unidad coronaria se había dañado lo suficiente como para revelar la existencia del transmisor. No fue así, en realidad, pero eso fue pura suerte de mi parte.
    —¿Cómo explica el ataque al operador de radio?
    —Fácilmente. — McKinnon habló con amargura. — No era necesario para Pie Sigiloso saber dónde estaba la radio, lo único que tenía que saber era que habíamos desarrollado un cierto interés en radios. El señor Jamieson trató de adjudicarse parte de la culpa por el ataque. Es totalmente innecesario hacerlo cuando la Mente Maestra de McKinnon anda cerca. Fue mi culpa. Mi culpa. Cuando bajé a buscar un oficial de radio, la tripulación del Argos, como siempre, estaba a solas en un rincón. Pero no estaban solos en la habitación: había varios de los heridos que recogimos en Murmansk y algunos miembros de nuestra tripulación. Pero no estaban lo suficientemente cerca como para oír la conversación. Aunque no hubo conversación. Sólo dije la palabra "radio" varias veces, en voz baja para que no se me oyera, y este muchacho de Limassol me miró. Luego hice un gesto con el dedo índice, como si estuviera enviando una señal en Morse. Después de eso, moví la manija de un generador eléctrico imaginario. Nadie pudo haber visto esto, excepto la tripulación del Argos. Fue entonces cuando cometí mi estúpido error. Me llevé una mano a la oreja, como si escuchara algo. A esta altura, Limassol había comprendido el mensaje y estaba de pie. Pero nuestro nuevo Pie Sigiloso también comprendió el mensaje. Con sólo un pequeño movimiento de mi mano lo captó. No solamente es violento y peligroso sino que también es astuto. Una combinación desagradable.
    —Por cierto que sí —dijo Ulbricht—. Tiene razón, pero no veo motivos para autorreprocharse. La palabra que utilicé antes era la correcta: inquietante.
    —¿Por casualidad recuerdas quién estaba en la habitación cuando sucedió eso? — preguntó Naseby.
    —Sí. Todos los miembros de la tripulación que no estaban de turno. En la cubierta, había solamente dos haciendo guardia: tú y Trent en el camarote del capitán, vigilando el sextante y el cronómetro. Todo el equipo de la sala de máquinas menos los que estaban de servicio. Dos cocineros y Mario. Siete de los diecisiete inválidos que recogimos en Murmansk: los tres supuestamente tuberculosos, los tres que supuestamente sufren colapsos mentales y uno de los que padece de congelamiento. Está tan vendado que casi no puede caminar, de modo que no entra en consideración. Un par de enfermeras que tampoco entra en consideración. Y no hay duda de que usted tiene razón, teniente: la tripulación del Argos tiene que estar descartada.
    —Bueno, eso sí que es curioso —dijo Ulbricht—. Hace un momento, usted se mostraba poco dispuesto hacia ellos, cosa que me resultó extraña, pues en esa larga conversación que mantuvimos en el camarote del capitán, estuvimos más o menos de acuerdo en que la tripulación del Argos quedaba descartada. La sugerencia original, si lo recuerda, provino de usted.
    —Lo recuerdo. Falta poco para que me mire en el espejo y diga: "Desconfio también de ti". Sí, sé que yo hice la sugerencia, pero todavía me quedaba una pequeña duda. En ese momento, sospechaba que teníamos otro Pie Sigiloso a bordo, pero no tuve la seguridad hasta hace menos de media hora. Es imposible creer que no fue nuestro nuevo Pie Sigiloso el que abrió el boquete en el compartimiento de lastre de proa cuando estábamos junto a esa corbeta que se hundía. Y es impensable, y para mí esto es lo que remata todo, que un miembro de la tripulación del Argos esté decidido a asesinar a una persona que no sólo es compañero de tripulación sino también compatriota.
    —Al menos eso es algo —dijo Naseby—. Queda sólo nuestra tripulación, ¿no es así?
    —Sí, nuestra tripulación… y por lo menos seis hombres supuestamente inválidos, física o mentalmente.

    Naseby sacudió la cabeza con pesar.

    —Archie, este viaje va a ser tu ruina. Nunca te conocí así, tan desconfiado de todo el mundo. ¡Si hasta dijiste que podrías llegar a desconfiar de ti mismo!
    —Si tener una mente ruin y desconfiada nos brinda alguna posibilidad de sobrevivir, George, entonces seguiré así. Recordarás que tuvimos que zarpar de Halifax a toda prisa, en una nave de carga medio convertida en un hospital. ¿Por qué? Para llegar a Arcángel a toda velocidad. Luego, después de ese pequeño accidente cuando estábamos junto a la corbeta, se tornó esencial que nos desviáramos a Murmansk. ¿Por qué?
    —Bueno, estábamos algo inclinados hacia proa.
    —Habíamos dejado de hacer agua, las condiciones meteorológicas eran bastante buenas, podríamos haber llegado al Mar Blanco y luego de atravesarlo llegar a Arcángel sin demasiados problemas. Pero no, era Murmansk o nada. Otra vez: ¿por qué?
    —Para que los rusos pusieran esa carga explosiva en el compartimiento de lastre. — Ulbricht sonrió. — Recuerdo sus palabras: nuestros gallardos aliados.
    —Yo también las recuerdo, y me gustaría que no fuera así.

    Todos nos equivocamos y por cierto que yo no soy una excepción, y ése fue uno de mis mayores errores. Los rusos no nos pusieron la carga; fue su gente.

    —¿Los alemanes? ¡Imposible!
    —Teniente, si imagina que Murmansk y Arcángel no son un hervidero de espías y agentes alemanes, usted vive en el país de las maravillas.
    —Puede ser, puede ser. Pero infiltrarse en un equipo de trabajo naval ruso… eso es imposible.
    —No es imposible, pero ni siquiera es necesario. Se puede sobornar a la gente y si bien quizá no sea cierto que cada hombre tiene su precio, siempre están los que sí lo tienen.
    —¿Sugiere que fue un traidor ruso?
    —¿Por qué no? Ustedes tienen sus propios traidores. Nosotros, los nuestros. Cada país tiene sus traidores.
    —¿Por qué querríamos nosotros, los alemanes, poner una carga explosiva en el San Andreas?
    —Sencillamente, no tengo idea. Como tampoco tengo idea de por qué los alemanes nos atacaron, hostigaron y persiguieron, pero sin tratar de hundirnos, desde que dimos la vuelta al Cabo del Norte. Lo que sugiero es que puede ser que el mismo agente, no los mismos agentes, sobornaron a uno o más de los inválidos que recogimos en Murmansk. Un caso supuestamente psiquiátrico, o un paciente con colapso mental, que está harto de la guerra y del mar, sería una elección ideal para el papel de traidor y ni siquiera imagino que el precio haya sido muy alto.
    —Objeción, señor McKinnon. La decisión de separar al San Andreas del convoy fue hecha a último momento. No se puede sobornar a un hombre de la noche a la mañana.
    —Es cierto. Al menos, es altamente improbable. Quizá sabían una o dos semanas antes que nos dirigiríamos a Murmansk.
    —¿Cómo diablos podían saberlo?
    —No lo sé. Y tampoco sé por qué alguien en Halifax sabía hace tanto tiempo que el doctor Singh necesitaría un transmisorreceptor.
    —¿Y no le parece extraordinario que los rusos, si no fueron los que pusieron esa carga explosiva, hayan traído el San Andreas a Murmansk al parecer nada más que para el beneficio de sus misteriosos agentes alemanes?
    —No son mis agentes, pero sí son misteriosos. Otra vez, la respuesta es que no lo sé. La verdad es que no sé nada de nada. — Suspiró. — Ah, bien. Ya es casi mediodía, teniente. Iré a buscar el sextante y el cronómetro.
    —Todavía seguimos en el mismo rumbo: 213. Exactamente 64° norte. Lo ideal sería dirigirse al sur ahora, pero estando cerca de Trondheim como lo estamos, lo único que lograríamos sería acercarnos aún más. Sugiero que mantengamos este rumbo por ahora, luego viremos hacia el sur alrededor de medianoche. Eso nos llevaría a la costa este de sus islas nativas mañana, señor McKinnon. Haré bien los cálculos.
    —Usted es el navegante —replicó McKinnon afablemente.

    El teniente Ulbricht se enderezó luego de terminar con la carta.

    En marcado contraste con las condiciones que habían existido cuarenta y ocho horas antes, cuando se llevó a cabo el funeral en masa, el tiempo era en ese momento casi benigno. El viento no superaba la fuerza tres, el mar estaba lo suficientemente calmo como para que el San Andreas se mantuviera derecho sobre la quilla y las nubes no eran más que una ancha franja blanca y mullida contra el cielo celeste. McKinnon, de pie junto a la borda de estribor del San Andreas, no sintió ningún placer ante esa mejoría: le hubiera gustado mucho más que siguiera la tormenta de nieve que había soplado durante el funeral anterior.

    Además del contramaestre, los únicos otros testigos en el funeral fueron Patterson, Jamieson, Sinclair y dos fogoneros y dos marineros que habían traído los cuerpos. Nadie más había querido asistir. Por razones obvias, nadie iba a llorar al doctor Singh y sólo Sinclair había conocido a los dos tripulantes muertos del Argos, y aun así, nada más que como dos cuerpos inconscientes sobre una mesa de operaciones.

    Arrojaron al doctor Singh sin ceremonias por la borda; nadie le deseó lo mejor para su travesía hacia el más allá. Patterson, que jamás se hubiera lucido como sacerdote, leyó rápidamente la liturgia del libro de oraciones delante de los dos marineros griegos muertos y luego ellos también se fueron.

    Patterson cerró el libro de oraciones.

    —Dos veces es demasiado. Esperemos que no haya una tercera. — Miró a McKinnon. — ¿Supongo que seguimos en nuestro nada bienaventurado rumbo?
    —Es lo único que podemos hacer, señor. El teniente Ulbricht sugiere que vayamos cambiando el rumbo hacia el sur más tarde. Eso nos llevará en forma más directa hacia Aberdeen. Sabe lo que hace. Pero tardaremos aproximadamente doce horas todavía.
    —Lo que sea mejor. — Patterson contempló el horizonte vacío. — ¿No le parece curioso, contramaestre, que no nos hayan molestado ni localizado durante más de tres horas? Como la comunicación con el submarino se interrumpió desde entonces, tienen que ser muy estúpidos para no darse cuenta de que le sucede algo muy malo.
    —Me imagino que el comandante en Trondheim de la flota de submarinos del almirante Doenitz es cualquier cosa menos estúpido. Tengo la sensación de que saben perfectamente dónde estamos. Entiendo que algunos de los submarinos más modernos son muy veloces bajo el agua y podría haber uno siguiéndonos por Asdic sin que sepamos nada. — Como Patterson, pero mucho más lentamente, contempló el horizonte, luego se quedó mirando hacia babor.
    —Nos están siguiendo.
    —¿Qué? ¿Cómo es eso?
    —¿No lo oye?

    Patterson ladeó la cabeza, luego asintió con lentitud.

    —Me parece que sí. Sí, ahora lo oigo.
    —Condor —dijo McKinnon—. FockeWulf. — Señaló con el dedo. — Ahora lo veo. Viene directamente desde el este y Trondheim está hacia el este ahora. El piloto de ese avión sabe exactamente dónde estamos. Se lo han transmitido, probablemente vía Trondheim, desde el submarino que nos está siguiendo.
    —¿Pero el submarino no tiene que salir a la superficie para poder transmitir?
    —No. Lo único que tiene que hacer es levantar por encima del agua la antena de transmisión. Podría hacerlo a un par de millas de distancia y no la veríamos. De todos modos, probablemente está a más distancia que ésa.
    —Uno se pregunta qué intenciones tendrá el Condor.
    —Adivine, señor. Por desgracia, no estamos dentro de las mentes de los comandantes del submarino ni de la Luftwaffe en Trondheim. Mi opinión es que no van a tratar de aniquilarnos y no porque se hayan tomado el trabajo de no hundirnos hasta ahora. Si quisieran hundirnos, un torpedo de ese submarino que estoy seguro que está allí sería más que suficiente. O, si quisieran hundirnos desde el aire, no usarían un Condor, que en realidad es un avión de reconocimiento; Heinkels, Heinkels III o Stukas con tanques de mucho alcance realizarían la tarea con más eficiencia y Trondheim está a sólo doscientas millas de aquí.
    —¿Qué busca, entonces? — El Condor estaba a dos millas de distancia y perdía altura rápidamente.
    —Información. — McKinnon levantó la mirada hacia el puente y vio que Naseby estaba en el alerón de babor, mirando hacia el Condor que se acercaba. Ahuecó las manos a los lados de la boca y gritó:
    —¡George! — Naseby se volvió. — Abajo, abajo! — McKinnon hizo el gesto apropiado con la mano. Naseby levantó el brazo para hacerle ver que había comprendido y desapareció dentro del puente. — Señor Patterson, metámonos dentro de esa superestructura. Ahora.

    Patterson sabía cuándo hacer preguntas y cuándo callar. Tomó la delantera y al cabo de diez segundos todos estuvieron protegidos excepto el contramaestre, que se quedó en lo que había sido la entrada.

    —Información —repitió Patterson—. ¿Qué información?
    —Un momento. — Se movió rápidamente hacia la banda de la nave, miró hacia popa por no más de dos segundos, luego regresó a la protección de la superestructura.
    —Media milla —dijo McKinnon—. Muy despacio, muy despacio, a alrededor de quince metros. ¿Información? Agujeros de balas digamos, en las bandas o en la superestructura, algo que indique que estuvimos en combate con algún navío. No verá ningún orificio del lado de babor.

    Patterson comenzó a decir algo, pero lo que tenía que expresar se perdió en el repentino clamor de las ametralladoras, en la cacofónica furia de cientos de balas al golpear la superestructura y la banda en unos pocos segundos, y en el abrupto crescendo del ruido cuando los gigantescos motores del avión pasaron a no más de cincuenta metros. Unos pocos segundos más y todo volvió a quedar relativamente en silencio.

    —Bueno, sí ahora veo por qué le dijo a Naseby que mantuviera la cabeza baja —dijo Jamieson.
    —Información. — Patterson parecía ofendido, casi quejumbroso. — Maldita la forma de recabar información que tienen. Creí que ustedes dijo que no nos atacarían.
    —Dije que nos hundirían. Eliminar a algunos tripulantes les sería útil. Cuantos más maten, más creerán que nos tienen a su merced.
    —¿Cree que obtuvieron la información que buscaban?
    —Estoy seguro. No tenga dudas de que todos los ojos que había en ese Condor estaban examinándonos muy de cerca cuando pasaron a cincuenta metros. No vieron el daño en la proa porque está bajo agua, pero no pueden dejar de haber visto otra cosa que también está bajo agua en la proa: la línea de carga. A menos que sean completamente miopes, tienen que haber visto que estamos inclinados hacia adelante. Y a menos que sean igualmente estúpidos, tienen que haberse dado cuenta de que embestimos a algo o algo nos embistió. No puede tratarse de una mina o un torpedo porque ahora estaríamos en el fondo del mar. Habrán comprendido de inmediato que chocamos con algo y no tendrán que adivinar demasiado de qué se trataba.
    —Cielos, cielos —dijo Jamieson—. Me parece que esto no me gusta nada, contramaestre.
    —Ni a mí, señor. Cambia bastante las cosas, ¿no es así? Es cuestión de ver cuáles son las prioridades del alto comando alemán, supongo. Una cuestión de vivos o muertos. ¿Es más importante para ellos apresarnos más o menos vivos o quieren vengarse por la pérdida del submarino?
    —Cualquiera sea la elección, no podemos hacer nada al respecto —dijo Patterson—. Vayamos a almorzar.
    —Creo que deberíamos esperar un momento, señor —McKinnon permaneció quieto y silencioso por unos instantes, luego dijo: —Está regresando.

    Y regresó, volando a la misma altura, casi a ras de las olas. La segunda pasada fue una repetición exacta de la primera, pero como si se la viera en un espejo: en lugar de volar de popa hacia proa del lado de babor, voló de proa a popa del lado de estribor, de nuevo acompañado por el fuego de las ametralladoras. Diez segundos después de que cesó el fuego, McKinnon, seguido de los otros, dejó la protección de la superestructura y fue hasta el la borda de babor.

    El Condor se alejaba por babor y ganaba altura.

    —Bien, bien —dijo Jamieson—. La hemos sacado barata, parece. Deben de haber visto esos tres orificios del lado de estribor, ¿no cree, contramaestre?
    —No pueden habérselos perdido, señor.
    —¿Podría estar buscando altura para bombardear antes de regresar para ajustar cuentas con nosotros?
    —Podría bombardearnos desde una altura de treinta metros sin correr ningún peligro.
    —¿Quizá no lleva bombas?
    —No. Las lleva, sin duda. Sólo los FockeWulfs del gran semicírculo de Trondheim a Lorient en Francia, alrededor de Gran Bretaña, o los que patrullan el Estrecho de Dinamarca no llevan bombas, sino tanques de combustibles adicionales. Los que realizan patrullajes más cortos siempre llevan bombas; de doscientos cincuenta kilos, por lo general y no más chicas como las que usó el teniente Ulbricht. El piloto del Condor está, por supuesto, en contacto radial directo con Trondheim, les ha explicado por qué ya no tienen noticias del submarino, pero aun así se le han dado órdenes de no meterse con nosotros. Por el momento, al menos.
    —Tiene razón —dijo Patterson—. No regresa. Qué curioso. Podría haberse pasado todo el día, no hasta el anochecer, al menos, sobrevolándonos e informando acerca de nuestra posición. Pero no; se aleja. Me pregunto por qué.
    —No es necesario que lo haga, señor. La partida del Condor es la prueba que necesitábamos para asegurarnos de que nos sigue un submarino. De nada sirve tener un submarino y un avión siguiéndonos al mismo tiempo.
    —¿No hay nada que podamos hacer respecto de ese maldito submarino?
    —Bueno, no podemos embestirlo porque no sabemos donde está y podemos estar seguros de que hay probabilidades de que salga a la superficie porque a esta altura ya habrá oído lo que le pasó al otro, o lo oirá de un momento a otro. Es posible que podamos perderlo, pero no ahora. Por cierto, si apagáramos los motores y generadores le haríamos perder el contacto, pero eso no duraría demasiado: elevaría el periscopio, examinaría el horizonte y volvería a encontrarnos.
    —No ahora… ¿quiere decir cuando esté oscuro?
    —Sí, pensé que podríamos probar. Nos quedamos quietos por media hora, luego tomamos un rumbo nuevo con muy pocas revoluciones de motor: cuanto menos ruido hagamos, menos probabilidades hay de que nos encuentren. Podría llevarnos casi una hora volver a llegar a la velocidad máxima. En el mejor de los casos, es un juego de azar, y si lo ganamos, igual no hay garantías de que quedemos liberados. El submarino enviará un mensaje a Trondheim avisando que nos perdió. Ellos saben aproximadamente dónde estamos y un Condor con dos o tres docenas de bengalas puede cubrir un área muy grande en poco tiempo.
    —Usted sí que me levanta la moral —dijo Jamieson—. Las tácticas de esos individuos me resultan incomprensibles. ¿Por qué hacen que un Condor vuele hacia aquí, regrese de nuevo y luego, como sugiere usted, vuelva a volar hacia aquí al anochecer? ¿Por qué no se queda aquí afuera todo el tiempo y hace que lo releve otro Condor? Para mí, no tiene sentido.
    —Para mí, sí. Aunque todavía estamos lejos de Aberdeen, los jefes alemanes en Noruega pueden estar decidiendo si tratar o no de volver a detenernos. Mi presentimiento, y no es más que eso, me dice que lo harán. No hay forma de que un Condor nos detenga sin hundirnos o averiarnos. Quedó en claro que no quieren hundirnos ni averiarnos hasta el punto de que no podamos seguir por nuestra propia cuenta. El submarino puede salir a la superficie a una milla de aquí, observar con cuidado para ver si nota una desviación de un par de grados en nuestro rumbo, y observarán con mucho, mucho cuidado, y luego llenarnos la superestructura y el hospital de proyectiles hasta que icemos la banderita blanca.
    —Usted me reconforta, contramaestre.


    Cuando McKinnon entró en el puente, Naseby le entregó un par de prismáticos.

    —Puerta de estribor, Archie, no es necesario salir. De la mitad de la nave, un poco hacia proa. Cerca del oeste.

    McKinnon tomó los prismáticos, escudriñó el área indicada durante aproximadamente diez segundos, luego los devolvió.

    —A una milla y media, creo. Parece nada más que un espejo, pero por supuesto, no es un espejo, es el periscopio de un submarino reflejando el sol. Nos están haciendo la guerra psicológica, George.
    —¿Así es como se llama?
    —Quieren que los veamos, por supuesto. Por casualidad, por supuesto. Un descuido, por supuesto. Despacio, George, muy despacio, vira hacia babor hasta que nos dirijamos más o menos hacia el este, luego mantente en ese rumbo. Mientras lo haces, llamaré al jefe de máquinas y le pediré permiso.

    Localizó a Patterson en el comedor, le describió la situación y pidió permiso para dirigirse hacia el este.

    —Lo que usted diga, contramaestre. ¿No nos acerca precisamente a casa, verdad?
    —Eso es lo que hará felices a los alemanes, señor. También es lo que me hace feliz a mí. Mientras nos dirijamos hacia Noruega, que es adonde ellos quieren que vayamos, y no a Escocia, no es probable que nos apaleen por hacer exactamente lo que ellos quieren. Cuando caiga la noche, por supuesto, huiremos hacia Escocia otra vez.
    —Satisfactorio, contramaestre, muy satisfactorio. ¿Hacemos correr las noticias?
    —Sugiero que se lo diga al señor Jamieson y al teniente Ulbricht, señor. En cuanto a los demás, cualquier mención de un submarino les haría perder las ganas de almorzar.


    DIEZ


    —¿Tengo permiso de la caba de esta sala para hablar unas palabras con el capitán?

    —El capitán está a sólo dos camas de aquí. — Margaret Morrison miró al contramaestre con expresión calculadora —¿O acaso tiene en mente otra sesión secreta?
    —Bueno, sí es bastante privada.
    —¿Más choques contra submarinos, es eso?
    —No quiero volver a ver un submarino en mi vida —declaró McKinnon con vehemencia—. Lo único que conseguiremos con actos heroicos es una tumba temprana y acuosa. — Asintió en dirección a la cama donde estaba tendido el Oberleutnant Klaussen, moviéndose de un lado a otro y murmurando para sí, en un monólogo casi inaudible. — ¿Está así todo el tiempo?
    —Todo el tiempo. No deja de mascullar.
    —¿Algo de lo que dice tiene sentido?
    —Nada. Nada en absoluto.

    McKinnon guió al capitán hasta una silla en el pequeño vestíbulo a la salida del comedor de la tripulación.

    El señor Patterson y el señor Jamieson están aquí, señor. Quería que escucharan lo que tengo en mente y deseaba obtener su permiso para llevar a cabo —quizá— ciertas cosas que tengo pensadas. Quiero hacer tres sugerencias.

    La primera se refiere a nuestro destino. ¿Estamos obligados a ir a Aberdeen, señor? Quiero decir, ¿hasta qué punto son inviolables las órdenes del Almirantazgo?

    El capitán Bowen hizo algunos comentarios significativos, pero irreproducibles acerca del Almirantazgo, luego dijo:

    —La seguridad del San Andreas y de los que están a bordo es de absoluta importancia. Si considero que esta seguridad corre algún tipo de peligro, llevaré al San Andreas a cualquier puerto seguro en el mundo y al diablo con el Almirantazgo. Somos nosotros los que estamos aquí, no ellos. Nosotros estamos en grave peligro; y el mayor peligro que corren en el Almirantazgo es caerse de sus sillas en Whitehall.
    —Sí, señor. — El contramaestre esbozó una pequeña sonrisa. — Pensé que esas preguntas eran innecesarias, pero tenía que hacerlas.
    —¿Por qué?
    —Porque estoy convencido de que hay un red de espionaje alemán en Murmansk. — Le explicó las razones que le había dado al teniente Ulbricht menos de una hora antes. — Si los alemanes saben tanto acerca de nosotros y de nuestros movimientos, entonces es casi seguro que también saben que nuestro destino es Aberdeen. Mantener un rumbo hacía Aberdeen es como entregarles a los alemanes un regalo.

    Y lo que es más importante aún, a mi modo de ver, al menos, es por qué los alemanes están tan interesados en nosotros. Probablemente no lo sabremos hasta que lleguemos a algún puerto seguro y aun entonces llevará tiempo averiguarlo. Pero si este factor desconocido es tan valioso para los alemanes, ¿no es posible que sea todavía más valioso para nosotros? Lo que yo creo, pero mi creencia carece de bases sólidas, es que los alemanes preferirían perder este valioso trofeo antes que dejárnoslo a nosotros. Tengo la incómoda sensación de que si llegáramos a acercarnos demasiado a Aberdeen, los alemanes pondrían uno o dos submarinos a merodear en algún lugar cerca de Peterhead —eso es aproximadamente a veintiséis millas nornordeste de Aberdeen y les darían la orden de no dejarnos llegar más hacia el sur. Eso significaría una sola cosa: torpedos.

    —No diga nada más, contramaestre —dijo Jamieson—Me convenció. Aquí tiene a un pasajero que quiere tachar de inmediato Aberdeen del itinerario.
    —Tengo el presentimiento de que está en lo cierto —replicó Bowen—Quizás en un cien por ciento. Aun si las probabilidades fueran nada más que del diez por ciento, no se justificaría correr el riesgo. Tengo una queja que elevar contra mí mismo, contramaestre. Se supone que yo soy el capitán. ¿Por qué no se me ocurrió a mí?
    —Por que usted tenía otras cosas en la cabeza, señor.
    —¿Y eso adónde me deja a mí? — quiso saber Patterson.
    —A mí se me ocurrió hace solo unos instantes, señor. Estoy seguro de que cuando el señor Kennet y yo estuvimos en tierra en Murmansk, algo se nos escapó. Tiene que haber sido así. Lo que todavía no entiendo es por qué los rusos nos metieron en Murmansk, por qué se mostraron tan dispuestos y eficientes para reparar el agujero en el casco y terminar el hospital. Si tuviera la clave para responder a esa pregunta, entonces conocería todas las respuestas, incluso por qué los rusos fueron tan colaboradores cuando su comportamiento habitual va de lo poco amistoso a lo francamente hostil, pero no tengo esa clave.
    —Sólo podemos especular —dijo Bowen—. Si tuvo tiempo para considerar esto, contramaestre, obviamente tuvo tiempo para considerar puertos alternativos. Puertos seguros.
    —Sí, señor. Islandia o las Orkney —es decir, Reykiavik o Scapa Flow. Reykiavik tiene la desventaja de estar tan lejos como Scapa; por otra parte, cuanto más al oeste vayamos, más nos alejaremos del alcance de los Heinkels y los Stukas. Si nos dirigiéramos a Scapa, estaríamos al alcance de esos aviones, prácticamente durante todo el recorrido, pues su base está en Begen. También hay otro inconveniente: desde que el Oberleutnant Prien hundió el Royal Oak allí arriba, las minas vuelven imposible la entrada. Pero tiene la ventaja de que tanto la Marina como la Real Fuerza Aérea tienen bases allí. No puedo asegurarlo, pero es probable que hagan patrullajes aéreos frecuentes alrededor de las Orkney, después de todo, allí está la base de la Flota Metropolitana. No tengo idea del alcance de esas patrullas, pueden ser cincuenta millas, cien, no lo sé. Creo que hay buenas probabilidades de que nos divisen mucho antes de que estemos cerca de Scapa.
    —Lo que equivale a estar en casa y sequitos, ¿no es así, contramaestre?
    —No diría eso, señor. Siempre están los submarinos. — McKinnon hizo una pausa y pensó. — Como lo veo, señor, existen cuatro cosas. Ningún piloto británico va a atacar una nave hospital británica. Probablemente nos vería un avión de patrullaje como un Blenheim, por ejemplo, que no tardaría en pedir apoyo y ningún piloto bombardero alemán se arriesgaría a enfrentarse con Hurricanes o Spitfires. El avión de patrullaje sin duda también avisaría a Scapa para que nos abrieran un paso entre las minas. Y por último, seguramente enviarían un torpedero o una fragata o una corbeta— en fin, algo veloz con suficiente cargas de profundidad como para desalentar a cualquier submarino que ande cerca.
    —No es una elección muy envidiable —dijo Bowen—. ¿Tres días hasta llegar a Scapa, se atrevería a decir?
    —Si logramos deshacernos del submarino que estoy seguro de que nos sigue. Cinco días hasta Reykiavik.
    —¿Y si no logramos deshacernos de nuestro perseguidor? ¿No van a comenzar a sospechar cuando nos vean alterar el rumbo hacia Scapa Flow?
    —Si logran seguirnos, no notarán la alteración de rumbo por un día o dos, o aún más. Durante ese tiempo, iremos en rumbo directo hacia Aberdeen. Una vez que estemos al sur de la latitud de Fair Isle, alteraremos el rumbo hacia el sudoeste o oestesudoeste o lo que sea para llegar a Scapa.
    —Es una probabilidad, es una probabilidad. ¿Tiene alguna preferencia, señor Patterson?
    —Creo que le dejo mi preferencia al contramaestre. — Me adhiero —dijo Jamieson.
    —¿Y bien?
    —Me sentiría más feliz en Scapa, señor.
    —Igual que todos, creo. Bien, contramaestre, la sugerencia número uno ya está decidida. ¿Número dos?
    —Hay seis vías de salida del hospital, señor, tres hacia proa y tres hacia popa. ¿No cree que sería mejor, señor, si confináramos a todos en el área del hospital, excepto, por supuesto, los que estén de servicio en la sala de máquinas y en el puente? Sabemos que el nuevo Pie Sigiloso todavía está con nosotros y parece una buena idea restringir su campo de operaciones, si es que le queda alguno, cosa que no sabemos, a un área lo más limitada posible. Sugiero que clausuremos cuatro de esas puertas, dos de popa y dos de proa y apostemos guardias en las dos restantes.
    —¿Quiere que las soldemos? — preguntó Jamieson.
    —No. Una bomba puede llegar a estallar en el hospital. Las dos puertas que no están clausuradas podrían torcerse y trabarse. Todos quedarían atrapados. Cerramos las puertas de la forma usual y les damos un par de golpes moderados con un martillo.
    —Y quizá Pie Sigiloso tenga su propio martillo.
    —Jamás se atrevería a usarlo. Con el primer ruido metálico tendría a toda la tripulación sobre la espalda.
    —Es cierto, es cierto. — Patterson suspiró. — Me estoy poniendo viejo. ¿Tenía una tercera sugerencia?
    —Sí, señor. Lo involucra a usted, con su permiso. No creo que haría ningún mal si reuniera a todos y les dijera lo que sucede, no es que vaya a poder comunicarse con el capitán Andropolous y su tripulación, claro, porque estoy seguro de que la mayoría no sabe lo que está sucediendo. Cuénteles acerca del Doctor Singh, del transmisorreceptor y de lo que le sucedió a Limassol. Dígales que hay otro Pie Sigiloso suelto y que es por eso que hemos clausurado las cuatro puertas para limitar sus movimientos. Por favor, dígales que aunque no es una cosa muy agradable, tienen que vigilarse los unos a los otros como halcones, se trata, después de todo, de su propia supervivencia, e informar acerca de cualquier comportamiento sospechoso. Quizá sirva para contener a Pie Sigiloso y al menos les dará algo que hacer.

    Bowen dijo:

    —¿De veras piensa, contramaestre, que esto de cerrar las puertas y advertir a la tripulación mantendrá bajo control a Pie Sigiloso?
    —Basándome en nuestro desempeño hasta el momento—respondió McKinnon con tono sombrío—, lo dudo muchísimo.

    La tarde y las primeras horas de la noche (y aunque en ese momento estaban a más de trescientas millas al sur del Círculo Artico, la noche en esas latitudes caía muy, muy temprano) pasaron pacíficamente, como había esperado McKinnon. No hubo señales del submarino, pero él había estado seguro de que éste no se mostraría. No hubo señales de aviones Condor de reconocimiento, cosa que sólo sirvió para confirmar su teoría de que el enemigo se escondía debajo del agua, y ni Heinkels ni Stukas aparecieron sobre el horizonte oriental, pues la hora del coup de gráce todavía no había llegado.

    Media hora luego de la puesta del sol, la noche estaba oscura. La capa de nubes era irregular y el resto del cielo estaba brumoso, aunque era posible ver algunas estrellas pálidas.

    —Me parece que es hora, George —le dijo McKinnon a Naseby—. Voy a bajar. Cuando los motores se detengan —eso debería suceder dentro de siete u ocho minutos— haz virar el barco en 180° hasta que estemos regresando por donde vinimos. A pesar de la oscuridad, deberías poder divisar la estela. Después de eso… bueno, sólo podemos esperar que veas una estrella. Yo debería estar de regreso en aproximadamente diez minutos.

    Mientras descendía, pasó por el camarote del capitán. Ya no había nadie cuidando el sextante y el cronómetro: con dos de las salidas de proa del hospital clausuradas y la tercera vigilada, era imposible que alguien llegara a la cubierta superior y de allí al puente. En la cubierta estaba tan oscuro, notó el contramaestre con satisfacción, que era necesario utilizar la soga para guiarse hasta el hospital. Stephen, el joven fogonero, estaba allí, cumpliendo la misión de centinela; McKinnon le dijo que fuera a reunirse con los demás en el comedor. Cuando llegaron allí, McKinnon encontró a Patterson esperándolo.

    —¿Están todos aquí, señor?
    —Todos. Sin olvidar a Currarc y a Ferguson. — Esos dos habían estado hibernando en la carpintería, en proa. — El Acta de Rebelión ha sido debidamente leída. Cualquiera que haga el menor sonido luego de que nos detengamos, luego de que se detengan los motores, mejor dicho, ya sea sin quererlo o no, será silenciado. Sólo se permite hablar en susurros. Dígame, contramaestre, ¿es cierto que se puede percibir el sonido de un cuchillo y un tenedor sobre el plato?
    —No lo sé, en realidad. No sé cuán sensibles son los dispositivos de escucha en un submarino moderno. Sé que el sonido de una llave inglesa al caer sobre la cubierta se detecta con toda facilidad. No hay que correr riesgos.

    Entró en las dos salas, controló que todos supieran acerca de la necesidad de absoluto silencio, encendió las lámparas de emergencia y bajó a la sala de máquinas. Sólo Jamieson y McCrimmon estaban allí. Jamieson encendió una lámpara de emergencia.

    —Ahora, ¿verdad?
    —Está lo más oscuro que puede ponerse aquí, señor.

    Cuando McKinnon llegó a la cubierta del comedor, las revoluciones de los motores ya habían disminuido. Se sentó a una mesa junto a Patterson y esperó en silencio hasta que los motores se detuvieron y el ruido del generador se apagó. Con el silencio absoluto y solamente la luz débil de las lámparas de emergencia para iluminar el área, la atmósfera contenía elementos tanto fantasmagóricos como siniestros.

    —¿No hay posibilidad de que los del submarino crean que se les descompuso el aparato para escuchar? — susurró Patterson.
    —No, señor. No hay que ser un operador de Asdic muy eficiente para saber cuándo las revoluciones de un motor disminuyen y luego se apagan.

    Aparecieron Jamieson y McCrimmon, cada uno con una lámpara de emergencia. Jamieson se sentó junto a McKinnon.

    —Lo único que nos falta ahora, contramaestre, es un capellán naval.
    —Unas cuantas oraciones no vendrían mal, señor. Sobre todo una oración para que Pie Sigiloso no tenga otro transmisor que envíe señales de guía.
    —Por favor. Ni siquiera toque esos temas. — Calló por unos instantes, luego dijo: —Estamos escorando, ¿no es así?
    —Sí, es así. Naseby está haciendo un viraje de 180° para tomar el camino por el que vinimos.
    —!Ah! — Jamieson se mostró pensativo. — Para que nos pierda. Estamos volviendo sobre nuestros pasos. ¿Pero no hará él lo mismo? Quiero decir, ¿no será la primera cosa que se le ocurrirá?
    —Para ser franco, no tengo idea de cuáles serán las cosas que se le ocurrirán. Su primera idea puede ser que nuestro rumbo de regreso es una treta tan obvia que ni siquiera va a considerarla. Hasta puede creer que nos estamos dirigiendo directamente hacia la costa noruega, cosa que es tan ridícula que puede estar pensándola. 0 quizá podamos estar dirigiéndonos hacia el nordeste, de regreso hacia el Mar de Barents. Sólo un loco lo haría, por supuesto, pero tendrá que considerar el hecho, nos crea o no locos. Otra alternativa de las tantas es que piense que una vez que creamos estar libres de las garras del Asdic, continuaremos nuestro rumbo hacia Aberdeen. 0 hacia algún lugar del norte de Escocia. 0 de las Orkney. 0 de las Shetland. Tenemos muchas opciones y lo más probable es que elijan la equivocada.
    —Comprendo —dijo Jamieson—. Digo esto con admiración, contramaestre, y no como reproche: tiene usted una mente muy retorcida.
    —Esperemos que el Oberleutnant a cargo de ese submarino no tenga una mente aún más retorcida. — Se volvió hacia Patterson. — Voy arriba a reunirme con Naseby y ver si hay señales de vida alrededor.
    —¿Señales de vida? ¿Quiere decir que cree que el submarino puede haber salido a la superficie para buscarnos?
    —Puede haberlo hecho.
    —Pero usted dijo que estaba oscuro.
    —Tendrá un reflector. Dos, por lo que sé.
    —¿Y cree que los usará? — preguntó Jamieson.
    —Es una posibilidad. No una probabilidad. A esta altura, ya tiene que estar enterado de lo que le sucedió a su compañero esta mañana.

    Patterson le tocó un brazo.

    —¿No estará… ejem… considerando la posibilidad… de otra colisión?
    —Cielos, no. No creo que el San Andreas pueda sobrevivir a otro golpe como ése. Pero el capitán del submarino no tiene por qué saberlo. Quizás esté convencido de que estamos tan desesperados como para intentar cualquier cosa.
    —¿Y no lo estamos?
    —El camino hasta el fondo del Mar de Noruega es muy largo. — McKinnon hizo una pausa para reflexionar. Lo que realmente necesitamos ahora es una buena tormenta de viento y nieve.
    —El Condor y las bengalas, ¿no es así, contramaestre?
    —No es un pensamiento que se olvida con facilidad. Se volvió hacia Jamieson. — ¿Nos pondremos en marcha en media hora, señor?
    —En media hora. ¿Pero muy, muy suavemente? — Por favor, señor.muy, muy lentamente. Desde el puente los sonidos de la sala de máquinas eran inaudibles y la única indicación de que estaban en movimiento era la leve vibración de la superestructura. Al cabo de unos minutos, McKinnon dijo:
    —¿Tenemos algún rumbo, George?
    —Casi. Estamos desviados en diez grados aproximadamente. Hacia el sur. Dentro de un par de minutos volveremos a dirigirnos hacia el oeste. Me pregunto…
    —Tú te lo preguntas, yo me lo pregunto, todos nos lo preguntamos: ¿estamos solos en el Mar de Noruega o tenemos compañía, una compañía que no piensa darse a conocer? Me arriesgo a decir que estamos solos y así lo espero. Más allá de una cierta distancia, un submarino no puede muy bien detectar un motor a muy bajas revoluciones. Lo que sí puede detectar es un generador, razón por la que no habrá luces abajo por otros quince minutos.

    McKinnon examinó el mar desde ambos lados de la cubierta superior, pero todo estaba a oscuras y en silencio. Subió al puente y salió a los alerones pero ni siquiera desde esa perspectiva se veía algo; ni el dedo acusador de un reflector, nada.

    —Bien, George, esto es un cambio. Todo tranquilo, todo en paz.
    —¿Es una señal buena o mala?

    Elige. Todavía estamos en camino, ¿no es así?

    —Si. Acabo de detectar nuestra estela, Y también localicé un par de estrellas, una del lado de babor, hacia proa y la otra, a estribor. No tengo idea de cuáles son, por supuesto, pero eso tendría que mantenernos en dirección al oeste hasta que nos detengamos.
    —Cosa que no debería suceder por mucho rato, todavía.

    En poco menos de quince minutos, el San Andreas estuvo muerto en el agua y, quince minutos más tarde, volvió a la vida,

    Poco menos de media hora luego de que McKinnon llegó al puente, el teléfono sonó. Naseby respondió y se lo alcanzó al contramaestre.

    —¿Contramaestre? Aquí la Sala A. Habla Sinclair. Creo que será mejor que baje. — Sinclair sonaba cansado o desmoralizado, o ambas cosas. — Pie Sigiloso atacó otra vez. Hubo un accidente. No hay necesidad de apresurarse mucho, nadie está lastimado.
    —Estuvimos demasiado tiempo sin un accidente. — El contramaestre se sentía tan cansado como Sinclair.
    —¿Qué sucedió?
    —El transmisorreceptor está inutilizado.
    —Magnífico. Bajo ya mismo… a paso moderado. — Dejó el teléfono. — Pie Sigiloso atacó de nuevo, George. Parece que el transmisorreceptor que está en la Sala A ya no es lo que era.
    —Oh, Dios. — No era una exclamación de horror, espanto o furia, sólo una señal de resignación.
    —¿Por qué no apretaron el botón de alarma?
    —Sin duda lo averiguaré cuando llegue allí. Enviaré a Trent para que te releve. Sugiero que hagas uso de las provisiones del capitán Bowen. La vida a bordo del San Andreas, George, es igual que en cualquier otra parte: una maldita cosa después de la otra.

    Lo primero que le llamó la atención en la Sala A no fue el transmisorreceptor en la caja de Paro Cardíaco sino el espectáculo que presentaba Margaret Morrison con los ojos cerrados, tendida sobre la cama, con Janet inclinada sobre ella. El contramaestre miró al doctor Sinclair, que estaba sentado desconsoladamente en la silla que por lo general ocupaba la caba.

    —Creí que me dijo que nadie había sido lastimado.
    —No en el sentido médico, aunque la caba Morrison quizá no esté de acuerdo conmigo. La han dormido con cloroformo, pero estará bien en unos minutos.
    —¿Cloroformo? Pie Sigiloso no parece ser muy original.
    —Es un canalla insensible. La chica acaba de sufrir heridas desagradables, pero este individuo no parece haber estado presente cuando repartieron los instintos humanitarios.
    —¿Espera encontrar delicadeza y ternura en un criminal que trata de asesinar a un hombre con una barra de acero? — McKinnon se acercó al costado de la mesa y contempló los restos del aparato de radio. — Le ahorraré los comentarios obvios. Naturalmente, por supuesto, nadie sabe lo que sucedió porque por supuesto, no hubo testigos presenciales.
    —Algo así. Si sirve de algo, fue la enfermera Magnusson la que descubrió esto.

    McKinnon la miró.

    —¿Por qué entraste? ¿Oíste algo?

    Ella se enderezó y lo miró con reprobación.

    —Eres un desalmado, Archie McKinnon. Esta pobre muchacha tendida aquí, la radio destrozada y ni siquiera te ves alterado, fastidiado, ni mucho menos furioso. Pues yo estoy furiosa.
    —Lo veo. Pero Margaret se pondrá bien y el aparato está destrozado. No encuentro sentido al hecho de enfurecerme por cosas por las que no puedo hacer nada y lo que tengo en lugar de mente tiene otras cosas en qué pensar. ¿Oíste algo?
    —No tienes arreglo. No, no oí nada. Sólo entré para hablar con ella. Estaba caída sobre la mesa. Corrí en busca del doctor Sinclair y la pusimos en esta cama.
    —Sin duda alguien tuvo que ver algo. No pueden haber estado todos dormidos.
    —No. El capitán y el primer oficial estaban despiertos. — Sonrió con dulzura. — Habrá notado, señor McKinnon, que tanto el capitán Bowen como el señor Kennet tienen los ojos vendados.
    —Sólo espera —amenazó McKinnon en voz baja— a que te tenga en las Shetland. Tienen muy buena opinión de mí en Lerwick. — Ella hizo un mohín y el contramaestre miró hacia donde estaba el capitán.
    —¿Oyó algo, capitán?
    —Algo que sonaba como el tintineo de un vidrio. No era mucho.
    —¿Y usted, señor Kennet?
    —Lo mismo, contramaestre. Tampoco era mucho.
    —No tenía por qué serlo. No se necesita un martillo de hierro para romper unas pocas válvulas. Un poco de presión con la suela sería suficiente. — Se volvió hacia Janet otra vez. — Pero Margaret no puede haber estado dormida. Tiene que haberlo… no, no pudo haber venido por aquí. Tendría que haber pasado por tu sala. ¿No estoy muy inteligente hoy, verdad?
    —No. — Ella sonrió, pero esta vez lo hizo sin malicia. — No estamos tan avispados como de costumbre esta noche, ¿no es cierto?

    McKinnon se volvió y miró más allá de la mesa de la caba. La puerta que daba a la sala de recuperación estaba abierta alrededor de dos centímetros. McKinnon asintió.

    —Es lógico. ¿Para qué iba a molestarse en cerrarla cuando sería obvio para cualquier persona con medio ojo, debió de olvidarse de mí, que no había otra forma de entrar? Comedor, pasadizo, quirófano, sala de recuperación, Sala A; tan simple como eso. Todas las puertas sin llave, por supuesto. ¿Por qué habrían de estar cerradas? Pues bien, ahora no nos molestaremos en cerrarlas. ¿Sabe alguien cuándo sucedió esto? ¿En algún momento entre que se encendieron los motores y regresó la luz?
    —Creo que tuvo que ser entonces —dijo Sinclair—. Hubiera sido el momento y la oportunidad ideal. Alrededor de diez minutos luego de que se encendieron los motores, pero cinco minutos antes de que volviera la luz, el señor Patterson dio permiso a todos de hablar normalmente y moverse, siempre y cuando no hicieran ningún ruido fuerte. Las luces de emergencia son muy débiles en el mejor de los casos y todos hablaban con entusiasmo, tensión aliviada, supongo, esperanzas de habernos deshecho del submarino, agradecimiento por estar todavía en pie, ese tipo de cosas, y había mucho movimiento. Hubiera sido un juego de niños desaparecer y regresar al cabo de un minuto, sin que nadie se diera cuenta.
    —Tiene que haber sido así —dijo el contramaestre—. Cualquiera de la tripulación, o de ese lote de Murmansk; de hecho, cualquiera que estuviera allí afuera. Seguimos sin acercarnos a la identidad del hombre que posee la llave del dispensario. Capitán, señor Kennet, me pregunto por qué no llamaron a la caba Morrison. ¿Sin duda habrán olido el cloroformo?

    Janet dijo:

    —Ah, vamos, Archie, puedes ver que tienen las narices vendadas. ¿Podrías oler algo con un pañuelo delante de la nariz?
    —Tiene razón a medias, enfermera —dijo Bowen—. Olí el cloroformo, pero fue muy leve. El problema es que hay tantos olores médicos y antisépticos en esta sala que no le presté atención.
    —Pues bien, no pudo haber regresado al comedor con una esponja apestando a cloroformo. Igual que las manos, para el caso. Regresaré en un momento.

    El contramaestre desenganchó una luz de emergencia, entró en la sala de recuperación, miró brevemente a su alrededor y luego pasó al quirófano y encendió las luces. Casi de inmediato, en un balde en un rincón, encontró lo que buscaba y regresó a la Sala A.

    —Una esponja —apestando a cloroformo, como es debido—, una ampolla rota y un par de guantes. Todas cosas inútiles.
    —No lo fueron para Pie Sigiloso —objetó Sinclair.
    —Inútiles para nosotros. Inútiles como evidencia. No nos llevan a ninguna parte. — McKinnon se sentó sobre la mesa de la caba y miró con algo de fastidio al Oberleutnant Klaussen, que murmuraba para sí incesante e ininteligiblemente.
    —¿Sigue así? ¿Todo el tiempo?

    Sinclair asintió.

    —No para nunca.
    —Debe de ser fastidioso para los otros pacientes y para la caba o la enfermera de turno. ¿Por qué no llevaron esta cama a la sala de recuperación?
    —Porque la caba que está a cargo, es Margaret, ¿lo recuerdas?, no quiere que lo muevan. — Janet se mostraba fría y paciente. — Es su enfermo, quiere vigilarlo de cerca y a ella no le molesta. ¿Alguna otra pregunta, Archie?
    —Lo que quieres decir es por qué no me voy o me callo o hago algo. ¿Qué? ¿Trabajos de detective? — Su rostro se ensombreció. — No hay nada que detectar. Sólo estoy esperando a que Margaret vuelva en sí.
    —Señales de piedad, por fin.
    —Quiero hacerle unas preguntas.
    —Debí haberlo imaginado. ¿Qué preguntas? No hay dudas de que el atacante se le acercó por detrás y la dejó inconsciente antes de que ella se diera cuenta de lo que pasaba. De otro modo habría apretado el botón y pedido auxilio. No hizo ninguna de las dos cosas. No hay nada que le puedas preguntar que no podamos responder nosotros.
    —Como no soy jugador, no te haré perder dinero. Pregunta número uno. ¿Cómo supo Pie Sigiloso, y tuvo que saberlo, que aparte del capitán Bowen y del señor Kennet, que están momentáneamente ciegos, todos los demás pacientes estaban dormidos? Jamás se habría atrevido a hacer lo que hizo si hubiera habido una posibilidad remota de que alguien estuviera despierto. ¿Cómo lo supo? Contéstame por favor.
    —No… no lo sé. — Era obvio que estaba anonadada. — Eso nunca se me ocurrió. Pero creo que a nadie se le ocurrió.
    —Es comprensible. Preguntas como ésa se le ocurren sólo a contramaestres viejos y estúpidos. Estás a la defensiva, Janet. Pregunta número dos. ¿Quién se lo dijo?
    —Eso tampoco lo sé.
    —Pero quizá Maggie sí. Número tres. ¿Qué solícito miembro de la tripulación o qué solícito pasajero se interesó por el estado de salud de los pacientes de la Sala A?
    —¿Cómo voy a saberlo?
    —Quizá Maggie lo sepa, ¿no es así? Después de todo, la eligirían a ella para hacerle esa pregunta, ¿no? Y dijiste que podías contestar todas las preguntas que le hiciera a ella. ¡Tonterías! Pregunta número cuatro.
    —Archie, comienzas a hablar como un fiscal. No soy culpable de nada.
    —No seas tonta. Nadie te acusa a ti. Cuarta pregunta, y la más importante de todas. Pie Sigiloso, como todos sabemos por experiencia, no es ningún tonto. Debió de prever la posibilidad de que alguien le haría la pregunta a Maggie: ¿con quién, caba Morrison, habló usted de la salud de sus pacientes? Tenía que dar por sentado que Maggie estaría en posición de señalarlo con el dedo. Así que mi pregunta es: ¿por qué, para proteger su anonimato no la degolló después de dormirla? Un cuchillo afilado es tan silencioso como una esponja con cloroformo. ¿Hubiera sido lo más lógico, no crees, Janet? Pero no lo hizo. ¿Por qué no la asesinó?

    Janet se había puesto muy pálida y cuando habló, lo hizo en un susurro.

    —Horrible —dijo—. Horrible, horrible.
    —¿Te estás refiriendo a mí otra vez? Va bien, debo decir, con lo que me dijiste antes: que era un villano sin corazón.
    —No, tú no, tú no. — La voz le temblaba todavía. — Es la pregunta. La idea. La posibilidad. ¿Podría… podría haber sucedido así, ¿no es cierto, Archie?
    —Me sorprende que no haya sido así. Pero creo que sabremos la respuesta cuando Maggie se recupere.

    El silencio volvió a reinar en la sala y fue Bowen el que lo rompió.

    —Muy galante de su parte, contramaestre, muy galante, por cierto. No le reprochó a la señorita el no haber podido responder a sus preguntas. Si le sirve de consuelo a su amiga Janet, ninguna de esas preguntas se me ocurrió a mí tampoco.
    —Gracias, señor —dijo ella—. Fue muy amable de su parte. Me hace sentir mejor. Ves, Archie, no puedo ser tan estúpida, después de todo.
    —Nadie sugirió que lo fueras. ¿Cuánto tardará en recuperar el sentido, doctor Sinclair?
    —Cinco minutos, quince… ¿veinticinco? Es imposible decirlo. Las personas varían mucho en lo que se refiere al tiempo de recuperación. Y aun cuando vuelva en sí, estará algo aturdida por un tiempo, no tendrá la claridad mental como para responder a preguntas difíciles.
    —Cuanto la tenga, llámeme, por favor. Estaré en el puente.


    ONCE


    Media hora más tarde, McKinnon se reunió con Margaret Morrison en el pequeño vestíbulo cerca del comedor. Estaba pálida y seria, pero parecía bastante serena. Se sentó frente a ella.

    —¿Cómo se siente ahora?
    —Algo descompuesta. Tengo náuseas. — Esbozó una sonrisita. — El doctor Sinclair parecía más preocupado por el estado de mi mente. Creo que está bien.
    —Me alegro. Bueno, no, no me alegro, fue una cosa terrible, pero siento más deseos de felicitarla que de apiadarme de usted.
    —Lo sé, Janet me lo dijo. No soy de esas personas a las que les gusta asustarse, pero… bueno, podría haberlo hecho, ¿verdad, Archie? Degollarme, digo.
    —Podría haberlo hecho. Tendría que haberlo hecho.
    —¡Archie!
    —Cielos, eso no sonó muy bien, ¿verdad? Quise decir que por su propio bien debió haberlo hecho. Es posible que haya soltado suficiente soga como para ahorcarse.
    —No entiendo lo que quiere decir. — Sonrió para que sus palabras no resultaran ofensivas. — Me parece que nadie entiende bien lo que usted quiere decir. Janet dice que es un individuo muy retorcido.
    —Sólo a los verdaderamente honestos se los calumnia de esta manera. Es una cruz que tenemos que soportar.
    —Me cuesta imaginarlo en el papel de mártir. Janet dijo que tenía varias preguntas para hacerme.
    —No son varias, sino sólo una. Bueno, algunas, pero se resumen en una. ¿Dónde estuvo esta tarde antes de que nos detuviéramos?
    —En el comedor. Luego fui a relevar a Irene, justo antes de que se apagaran las luces.
    —¿Alguien le preguntó acerca de la salud de los pacientes de la Sala A cuando estaba en el comedor?
    —Bueno, sí. — Ella pareció levemente sorprendida. — Con frecuencia me preguntan sobre los pacientes. Es natural, ¿verdad?
    —Esta tarde, quise decir.
    —Sí. Se lo dije. También es natural, ¿no?
    —¿Le preguntaron si alguno estaba dormido?
    —No. Ahora que lo pienso, no fue necesario que lo hicieran. Recuerdo haber dicho que sólo el capitán y el primer oficial estaban despiertos. Fue una especie de broma. — Se interrumpió, se tocó los labios con la mano y adoptó una expresión angustiada. — Ya veo. No fue realmente una broma, ¿verdad? Me costó media hora de sueño involuntario.
    —Me temo que sí. ¿Quién le hizo la pregunta?
    —Wayland Day.
    —¡Ah! Nuestro encargado de la despensa, ex encargado, debería decir y ahora su sombra fiel y su adorador desde lejos.
    —No siempre desde tan lejos como cree; a veces me resulta algo embarazoso. — Sonrió y luego se puso seria de pronto. — Está tomando el sendero equivocado, Archie. Quizá sea un poco pesado, pero es sólo un muchacho, y muy bueno. Es impensable.
    —No veo ningún sendero por aquí. Estoy de acuerdo, es impensable. Nuestro Wayland jamás se prestaría a nada que pudiera lastimarla. ¿Quiénes eran los otros que estaban en la mesa? 0 lo suficientemente cerca como para oír.
    —¿Cómo sabe que había alguien más en mi mesa? — Margaret Morrison es demasiado inteligente como para ser estúpida.
    —Sí, reconozco que eso fue estúpido de mi parte. Estaba Maria…
    —¿La caba Maria? — Ella asintió. — Está descartada. ¿Quién más?
    —Stephen. El muchacho polaco., No sé pronunciar su apellido. También estaban Jones y Mcuigan, que casi siempre están con Wayland Day, supongo que porque son los tres más jóvenes de la tripulación. Dos marineros llamados Curran y Ferguson, casi no los conozco porque los veo muy poco. Y sí, me parece recordar que estaban dos de los enfermos que recogimos en Murmansk. No sé sus nombres.
    —¿Le parece recordar?
    —No. Lo recuerdo. Es porque no sé sus nombres, supongo. Estoy segura que uno tiene tuberculosis y el otro un colapso nervioso.
    —¿Podría volver a identificarlos?
    —Con toda facilidad. Ambos tienen cabello pelirrojo.
    —Hartley y Simons. — McKinnon abrió la puerta del vestíbulo. — ¡Wayland!

    Wayland Smith apareció en breves segundos y se paró en posición de firmes.

    —Señor.
    —Vaya a buscar al señor Patterson y al señor Jamieson. Ah, sí, y al teniente Ulbricht. Déles mis saludos y dígales si por favor pueden venir.
    —Sí, señor. De inmediato, señor.

    Margaret Morrison miró a McKinnon, divertida.

    —¿Cómo sabía que Wayland estaba tan cerca?
    —¿Alguna vez trató de deshacerse de su sombra en un día de sol? Puedo profetizar cosas, aunque no soy vidente, como que por ejemplo el teniente Ulbricht será el primero en llegar.
    —Ah, cállese. ¿Le sirvió de algo lo que dije? Otra pregunta estúpida. Si no le hubiera servido, no habría llamado a los otros tres
    —Por cierto que sí. Otra pequeña complicación, pero creo que podremos manejarla. Ah, teniente Ulbricht. Qué veloz. Siéntese, por favor. — Ulbricht se sentó junto a Margaret Morrison mientras McKinnon contemplaba el cielo raso.
    —No tiene por qué hacer eso —dijo ella con tono fastidiado.

    Ulbricht la miró.

    —¿A qué se refiere, Margaret?
    —El contramaestre tiene un sentido del humor retorcido.
    —En absoluto. Es sólo que a ella no le gusta que tenga razón. — Miró a su alrededor, saludó a Patterson y a Jamieson, luego se puso de pie y cerró la puerta con mano firme.
    —Es tan serio como eso, ¿verdad? — dijo Patterson.
    —Preferiría que no nos oyeran, señor. — Les resumió las conversaciones que había tenido con Janet Magnusson y con Margaret Morrison y luego dijo: —Una de esas nueve personas que pudieron oír a la caba Morrison sabía que el capitán Bowen y el señor Kennet eran los únicos dos pacientes en la Sala A que estaban despiertos y aprovechó esa información al máximo. ¿Estamos de acuerdo?

    Nadie lo contradijo.

    —Podemos descartar a la caba Maria. Ningún buen motivo. Salvo que es inconcebible.
    —Inconcebible. — Patterson y Jamieson hablaron al mismo tiempo.
    —¿Stephen? No. Está más a favor de los británicos que nadie y jamás olvidará que fue la Marina Real la que le salvó la vida en el Mar del Norte.

    Margaret Morrison levantó la mirada, sorprendida.

    —No lo sabía.
    —Nosotros tampoco, caba, aunque él pertenece a la sala de máquinas. Lo supimos sólo cuando el contramaestre nos lo contó. Sus agentes están en todos los rincones y las grietas. — Patterson parecía levemente ofendido.
    —Wayland Day, Jones y McGuigan. No. Apenas si salieron del jardín de infantes y no han vivido lo suficiente ni han pecado lo suficiente como para ser aprendices de contraespionaje. Eso nos deja con cuatro sospechosos.
    —Curran y Ferguson están descartados. Los conozco. Son vagos de primera categoría y no tienen la energía, el interés o la inteligencia como para ser espías. Aparte de eso, se pasan todo el tiempo libre hibernando en la carpintería en proa y salen tan poco de allí que casi no saben lo que sucede en el resto del barco. La prueba final, por supuesto, es que aunque no son muy inteligentes, no son tan estúpidos como para hacer estallar una carga explosiva en el compartimiento de lastre mientras ellos duermen encima, en la carpintería. Eso deja a Simons y a Hartley, dos de los hombres enfermos, supuestamente enfermos, que recogimos en Murmansk. ¿No le parece que habría que hacerlos venir aquí, señor Patterson?
    —Tiene razón, contramaestre. Esto se está poniendo interesante.

    McKinnon abrió la puerta.

    —¡Wayland!

    Si era posible hacerlo, Wayland Day tardó menos tiempo todavía que en la ocasión anterior. McKinnon le impartió las instrucciones, luego agregó:

    —Que estén aquí en cinco minutos. Dígales que traigan sus libretas de pago. — Cerró la puerta y miró a Margaret Morrison.
    —¿No le gustaría marcharse ahora?
    —No, en absoluto. ¿Por qué tendría que irme? Estoy tan interesada e involucrada en esto como cualquiera de ustedes. — Se tocó el cuello con un movimiento instintivo. — O más también.
    —Quizá no le guste.
    —Se trata de un interrogatorio del estilo de la Gestapo, ¿no es así?
    —Cómo se los tratará depende del señor Patterson. Me estoy arriesgando a opinar, pero no me parece que el señor Patterson sea partidario de la tortura. No debe de tener implementos en la sala de máquinas.

    Ella lo miró con frialdad.

    —No le sienta bien hacerse el gracioso.
    —Parece que muy pocas cosas me sientan bien.
    —Hartley y Simons —dijo Jamieson—. Los teníamos en la lista de sospechosos. Bueno, más o menos. ¿Lo recuerda, contramaestre?
    —Lo recuerdo. Y también que estuvimos de acuerdo en que el Departamento de Investigaciones Criminales de Scotland Yard no corría peligro de verse reemplazado por nosotros.
    —Hay algo que debo decir —declaró Ulbricht—. Es desalentador, pero tengo que decirlo. Estuve aquí desde que las luces se apagaron hasta que volvieron a encenderse. Con su pelo rojo, esos dos hombres son inconfundibles. Ninguno de los dos abandonó su lugar durante ese lapso.
    —Vaya, vaya. — Margaret Morrison parecía satisfecha. — Eso desbarata un poco su teoría, ¿no es cierto, señor McKinnon?
    —Es triste, caba, muy triste. ¿De veras le gustaría que me equivocara, verdad? Tengo la extraña sensación de que se demostrará que estaba equivocado antes de que acabe este viaje. Aunque no será usted la que lo haga. — Sacudió la cabeza. — Es triste.

    La caba Morrison podía ser muy insistente cuando quería. Adoptó su mejor expresión de caba y dijo:

    —Ya oyó lo que dijo el teniente: ninguno de esos dos hombres se movió de su lugar durante ese período crucial.
    —Me sorprendería que lo hubieran hecho. — El entrecejo fruncido de Margaret Morrison cedió el lugar a una expresión perpleja, que a su vez fue reemplazada por una cierta cautela. McKinnon miró a Ulbricht. — Teniente, no estamos tratando solamente con Pie Sigiloso número dos: estamos tratando con Pies Sigilosos números dos y tres. Quedó establecido que fue el número dos, un miembro de la tripulación, el que abrió el boquete en el compartimiento de lastre cuando estábamos junto a esa corbeta. Pero no había ningún miembro de la tripulación sospechoso cerca de la caba Morrison. De modo que el dedo apunta hacia Hartley o Simons. Quizás hacia ambos. Fue astuto. No había forma de que los asociáramos con el infortunio del San Andreas, porque en ese momento, cuando se abrió el boquete, ambos estaban en el hospital de Murmansk, donde uno o los dos habían sido sobornados. Por supuesto que ninguno de los dos iba a moverse del asiento durante el ataque. Eso hubiera sido demasiado obvio.

    Ulbricht se tocó la cabeza.

    —Lo único que me resulta obvio es que el teniente Ulbricht no está en su momento de máxima lucidez. Pégueme en la cabeza con una maza lo suficientemente grande y comprenderé todo tan rápido como cualquiera. Por supuesto que tiene razón. Era obvio. — Miró a Margaret Morrison. — ¿No está de acuerdo?

    Había un marcado rubor en el rostro normalmente pálido.

    —Supongo que sí.
    —No es tiempo de suponer. — El contramaestre parecía cansado. — Lo que sucedió es que la información se pasó antes, mucho antes, de que los motores se detuvieran. ¿Cuánto tiempo antes de eso le hizo la pregunta Wayland Day acerca de la Sala A?
    —No lo sé. No estoy segura.
    —Vamos, Margaret. ¿No se da cuenta de que es importante? — ¿Quince minutos? — titubeó ella—. Quizá veinte. No estoy segura, de veras.
    —Por supuesto que no está segura. Uno no anda mirando el reloj cada cinco minutos. ¿Pero si durante esos quince o veinte minutos uno de esos dos hombres se levantó de su silla y luego regresó?
    —Sí —respondió ella en voz muy baja.
    —¿Cuál de los dos?
    —No lo sé. De verdad. Por favor, créame. Sé que antes dije que podía identificarlos con facilidad, pero…
    —Por favor, Margaret. Le creo. Lo que quiso decir es que podía identificarlos en pareja, no individualmente. Los dos son inusualmente parecidos, y ambos tienen cabello pelirrojo. Además, usted ni siquiera sabía los nombres.

    Ella le sonrió con gratitud, pero no dijo nada.

    —Vaya si tiene razón, contramaestre. Aparte de eso, estoy convencido porque no hay otra explicación. — Patterson se frotó el mentón. — Este asunto del interrogatorio. Al igual que el señor Jamieson y que usted, no creo realmente ser aspirante a un puesto en el DIC. ¿Cómo lo llevamos a cabo?
    —Sugiero que primero tratemos de dejar sentado si son quienes dicen ser. Hartley dice que es mecánico de la sala de máquinas. Se lo dejaré a usted. Simons alega ser operador principal de torpedos. Le hablaré yo. — Miró su reloj. — Ya pasaron los cinco minutos.

    Patterson no los invitó a que tomaran asiento. Los miró con frialdad y con aire pensativo durante unos segundos y luego dijo:

    —Soy el jefe de máquinas Patterson. Estoy temporariamente al mando de este buque y tengo unas preguntas que hacerles. Los motivos de estas preguntas pueden esperar. ¿Cuál de ustedes dos es Hartley el mecánico de sala de máquinas?
    —Yo, señor. — Hartley era un poco más alto y más fornido que Simons, pero de no ser por ese detalle, el parecido entre los dos era notable; la confusión de Margaret Morrison era más que comprensible.
    —Usted dice ser mecánico de la sala de máquinas. ¿Puede probarlo?
    —¿Probarlo? — Hartley parecía anonadado. — ¿Qué quiere decir con "probarlo", señor? No tengo ningún certificado aquí, si eso es lo que quiere.
    —¿Podría pasar una prueba práctica?
    —¿Una prueba práctica? — La expresión de Hartley se aclaró. — Por supuesto, señor. Nunca estuve en su sala de máquinas, pero eso no importa. Un mecánico es un mecánico. Lléveme a la sala de máquinas e identificaré cualquier parte del equipo que desee. Lo puedo hacer con los ojos vendados, guiándome nada más que por el tacto. Le diré qué función tiene cualquier pieza del equipo y también puedo desarmarla y volverla a armar.
    —Hm. — Patterson miró a Jamieson. — ¿Qué opina? — Yo no perdería el tiempo, señor.
    —Yo tampoco. — Asintió en dirección al contramaestre, que miró a Simons.
    —¿Usted es Simons, el operador principal de torpedos?
    —Sí. ¿Y quién es usted? — McKinnon observó el rostro delgado y arrogante y dudó de que alguna vez llegaran a ser hermanos de sangre. — No es un oficial.
    —Soy marinero.
    —No respondo a las preguntas de un marinero mercante.
    —Lo hará —dijo Patterson—. El señor McKinnon no es precisamente el equivalente a un marinero de la Marina Real. Es el marinero en jefe, el equivalente al oficial subalterno de ustedes. Aunque a usted no tiene por qué importarle lo que es. Está actuando bajo mis órdenes y si le desobedece, me desobedece a mí. ¿Comprendido?
    —No.
    —"No, señor", cuando se le habla a un oficial —dijo McKinnon con voz serena.

    Simons hizo una mueca, hubo unos movimientos borrosos y Simons quedó doblado en dos, haciendo arcadas y tratando de respirar. McKinnon lo miró con frialdad mientras se enderezaba y dijo a Patterson:

    —¿Puedo tener una opción en lo que respecta a este hombre, señor? Es un sospechoso evidente.
    —Así es. Puede.
    —O al calabozo a pan y agua hasta que lleguemos a puerto o un interrogatorio a solas conmigo.
    —¡Calabozo! — La voz de Simons era un graznido; un golpe de McKinnon en el plexo solar no era algo de lo que uno se recuperaba con facilidad. — No puede hacerme eso.
    —Puedo, y si es necesario, lo haré. — La voz de Patterson era gélida e indiferente. Estoy al mando de esta nave. Si quiero, puedo hacer que lo arrojen por la borda. Por otra parte, si tengo pruebas de que es un espía, puedo hacer que lo fusilen. El reglamento para los tiempos de guerra así lo dice. — El reglamento no decía nada por el estilo, pero no era probable que Simons lo supiera.
    —Prefiero el interrogatorio a solas —dijo McKinnon. Una Margaret Morrison horrorizada dijo:
    —Archie, no puede…
    —Cállese —la interrumpió Patterson con voz helada—. Sugiero, Simons, que responda a unas sencillas preguntas. — Simons adoptó una expresión furibunda y calló.
    —¿Es usted operador principal de torpedos?
    —Claro que lo soy.
    —¿Puede probarlo?
    —Al igual que Hartley, no tengo ningún certificado aquí. Y ustedes no tienen torpedos con qué ponerme a prueba. Aunque igual no sabrían distinguir entre un extremo del torpedo y el otro.
    —¿Dónde está la base?
    —En Portsmouth.
    —¿Dónde se capacitó como O.P.T.?
    —En Portsmouth, por supuesto.
    —¿Cuándo?
    —A principios del cuarenta y tres.
    —Déjeme ver su libreta de pago. — McKinnon la examinó brevemente, luego miró a Simons. — Muy nueva y muy limpia. — Algunas personas cuidan sus pertenencias.
    —¿Pues no cuidó muy bien su libreta vieja, verdad?
    —¿Qué diablos quiere decir con eso?
    —Esta es nueva, robada o falsificada.
    —¡Por Dios, no sé de qué está hablando!
    —Lo sabe muy bien. — El contramaestre tiró la libreta sobre la mesa. — Esa libreta está falsificada, usted es un mentiroso y no es O.P.T. Por desgracia para usted, Simons, fui artillero de segunda clase en la Marina. Ningún O.P.T. se capacitó en Portsmouth a principios del cuarenta y tres, es más, no lo hicieron por varios años antes y después de ése. Estudiaban en Roedean College, cerca de Brighton, solía ser la mejor escuela de niñas en Inglaterra antes de la guerra. Usted es un farsante y un espía, Simons. ¿Cuál es el nombre de su cómplice a bordo del San Andreas?
    —No sé de qué habla.
    —Amnesia. — McKinnon se puso de pie y miró a Patterson. — ¿Permiso para encerrarlo, señor?
    —Permiso concedido.
    —Nadie va a encerrarme —gritó Simons—. Exijo… —Su voz se convirtió en un chillido cuando McKinnon le dobló el brazo detrás de la espalda.
    —¿Se quedará aquí, señor? preguntó McKinnon. Patterson asintió. — No tardaré mucho. Cinco, diez minutos. ¿Ya no necesitamos a Hartley?
    —Claro que no. Disculpe, Hartley, pero teníamos que saber.
    —Comprendo, señor. — Era evidente que no comprendía.
    —No, no comprende. Pero se lo explicaremos más tarde. — Hartley se marchó, seguido por McKinnon y Simons, que todavía tenía la muñeca derecha en algún lugar cerca de su omóplato izquierdo.
    —Diez minutos —dijo Margaret Morrison—. Lleva diez minutos encerrar a un hombre.
    —Caba Morrison —dijo Patterson. Ella lo miró. — La admiro como enfermera. Me agrada como persona. Pero no pretenda inmiscuirse en cosas de las que no sabe nada ni opinar sobre ellas. El contramaestre quizá sea sólo un contramaestre, pero opera en un nivel del que usted no sabe nada. Si no fuera por él, usted estaría prisionera o muerta. En lugar de ladrarle todo el tiempo, sería mejor que agradeciera porque en este mundo todavía quedan algunos Archie McKinnon por allí. — Se interrumpió y se maldijo a sí mismo en voz baja al ver la cabeza gacha de ella y las lágrimas que le corrían por el rostro.

    McKinnon empujó a Simons dentro de un camarote vacío, cerró la puerta con llave, guardó esta última en el bolsillo, se volvió y golpeó a Simons exactamente en el mismo lugar que antes, aunque con bastante más fuerza. Simons trastabilló hacia atrás, chocó pesadamente contra el mamparo y cayó al suelo. McKinnon lo levantó, le estiró el brazo contra el mamparo y le golpeó los bíceps con toda su fuerza. Simons gritó, trató de mover el brazo y descubrió que era imposible: estaba completamente paralizado. El contramaestre repitió la operación en el brazo izquierdo y lo dejó caer nuevamente.

    —Estoy dispuesto a proseguir con esto por tiempo indefinido —dijo McKinnon con tono afable, casi cordial—. Voy a seguir golpeándolo y si es necesario, dándole puntapiés en cualquier lugar entre los hombros y los dedos de los pies. No tendrá ni una sola marca en la cara. No me gustan los espías, no me gustan los traidores y tampoco siento demasiado afecto por las personas que tienen las manos manchadas con la sangre de los inocentes.

    McKinnon regresó al vestíbulo y se sentó en su lugar. Ulbricht miró el reloj y dijo:

    —Cuatro minutos. Vaya, usted sí que cumple con su palabra, señor McKinnon.
    —Una pequeña diligencia, eso es todo. — Miró a Margaret Morrison y vio el rostro manchado de lágrimas.
    —¿Qué sucede?
    —Nada. Es todo este asunto horroroso.
    —No es agradable. — La miró con expresión pensativa durante unos segundos, abrió la boca para decir algo, pero cambió de idea. — Simons se volvió muy cooperador y brindó bastante información.
    —¿Cooperador? — repitió Margaret con tono incrédulo—. ¿Brindó?
    —No hay que juzgar a gin hombre por las apariencias. Hay profundidades ocultas en cada uno de nosotros. Su nombre no es Simons, sino Braun, con "au", no con "ow".
    —Alemán, sin duda —dijo Patterson.
    —Parece, pero pertenece realmente a la Marina Real. Su pasaporte es una falsificación; se lo dio alguien en Murmansk. No pudo ser más específico, supongo que debe de haber sido un miembro de lo que sin duda es un círculo de espionaje. No es O.P.T., sino asistente de enfermería, lo qué concuerda con el cloroformo que se usó en dos ocasiones y con la droga que se le administró al capitán Andropolous. — Dejó caer dos llaves sobre la mesa. — Estoy seguro de que el doctor Sinclair confirmará que éstas son las llaves del dispensario.
    —Cielos —dijo Jamieson—. Por cierto que no perdió usted el tiempo, contramaestre. Braun debió de mostrarse muy comunicativo.
    —Así es. Hasta me hizo conocer la identidad de Pie Sigiloso número dos.
    —i ¿Qué?!
    —Recuerde, Margaret, que hace unos minutos le dije que se demostraría antes de que acabara el viaje que yo estaba equivocado en algo. Pues bien, no me llevó mucho tiempo demostrar que decía la verdad. Es McCrimmon.
    —¡McCrimmon! — Jamieson casi saltó de la silla. — McCrimmon. ¡Maldito hijo de puta!
    —Está sentado, bueno, semisentado, junto a una dama —le reprochó McKinnon sin mucha convicción.
    —¡Ah, sí! Es cierto. Lo siento, caba. — Jamieson volvió a sentarse. — Pero… ¡McCrimmon!
    —Creo que la culpa es principalmente mía, señor. Afirmé con convicción que aunque era un delincuente, lo consideraba un delincuente digno de confianza. Un grave error en mi juicio. Pero tenía razón a medias.
    —Puedo aceptar el hecho de que sea McCrimmon. — Patterson habló con tranquilidad y si estaba alterado, no lo demostró. — Nunca me gustó. Un individuo truculento, ofensivo y grosero para hablar. Dos sentencias, en Barlinnie, la prisión de máxima seguridad en las afueras de Glasgow. Ambas por violencia callejera. Me imagino que para él no es nada nuevo tener una barra de hierro en la mano. La Marina Real jamás habría aceptado un hombre con esos antecedentes. Sólo se puede deducir que nuestros parámetros son menos rígidos. — Hizo una pausa para pensar. — ¿Lo apresamos?
    —Es lo que me pregunto. Me encantaría mantener una pequeña conversación con él. Lo que pasa, señor Paterson, es que no creo que obtengamos información útil de él. Los que lo contrataron son demasiado astutos como para decirle a un individuo como McCrimmon algo más de lo que necesita saber. Sin duda no le contarían sus planes, su fin. Debe de haber sido un caso de "haz esto y esto y aquí tienes el dinero". Además, señor, si lo dejamos en libertad, podremos vigilar cada uno de sus movimientos sin que lo sepa. Es posible que tenga algo más en mente y si podemos pescarlo con las manos en la masa, quizás obtengamos información valiosa. Qué tipo de información, no lo sé, pero creo que deberíamos darle un poco más de soga.
    —Estoy de acuerdo. Si está decidido a ahorcarse, necesitará ese poco más de soga.

    El teniente Ulbricht encontró una estrella que les sirvió de guía. Estaba en el Puente con McKinnon mientras el San Andreas se dirigía al oeste a máxima velocidad, con Curren al timón. El cielo estaba parcialmente nublado, el viento no soplaba con demasiada fuerza y el mar se hallaba relativamente calmo. Ulbricht acababa de atisbar la Estrella Polar y había establecido que se hallaban casi en el mismo lugar que al mediodía. Permaneció en el puente, donde parecía preferir pasar el tiempo, excepto, notó McKinnon, durante los períodos en que Margaret Morrison no estaba de turno.

    —¿Cree que nos hemos deshecho de él ahora, señor McKinnon? Han pasado tres horas y media, quizá cuatro, desde que lo intentamos.
    —No se le ve un pelo, hay que admitirlo. Pero el hecho de que no lo veamos, como yo siempre digo, no significa que no esté allí. Pero sí, tengo la extraña sensación de que quizá nos hayamos librado de él.
    —Tengo cierto respeto por sus "extrañas sensaciones".
    —Sólo dije "quizá". No lo sabremos hasta que el primer Condor aparezca con sus bengalas.
    —Me gustaría que no hablara de esas cosas. De cualquier manera, es posible que lo hayamos esquivado y que el FockeWulf no nos encuentre. ¿Cuánto tiempo piensa mantener este rumbo?
    —Cuando más tiempo lo mantengamos, mejor, creo. Si nos perdieron, entonces probablemente piensen que tomamos nuevamente el rumbo hacia Aberdeen. Por lo que sabemos, no tienen motivos para pensar que creemos que ellos saben que nos dirigimos a Aberdeen, y entonces optaríamos por otro lugar. Así que es posible que piensen que llevamos un rumbo sudsudoeste en lugar de oeste. He oído decir, teniente Ulbricht, aunque no recuerdo quién lo dijo, que algunos alemanes a veces tienen una sola idea en la cabeza.
    —Tonterías. Piense en nuestros poetas y dramaturgos, nuestros compositores y filósofos. — Ulbricht calló por unos instantes y McKinnon lo imaginó sonriendo para sí en la oscuridad. — Bueno, sí, quizá de tanto en tanto. Sinceramente, espero que ésta no sea una de esas ocasiones. Cuanto más tiempo pasen rastreando el área en dirección a Aberdeen y cuanto más nos alejemos hacia el oeste, menos probabilidades tendrán de encontrarnos. Así que mantendremos este rumbo por una o dos horas más.
    —Sí. Más. Propongo que mantengamos este rumbo durante toda la noche y luego, poco antes de la madrugada, nos dirijamos directamente hacia Scapa Flow.
    —Me parece bien. Eso significará dejar las Shetland a babor. Quizás hasta logre atisbar sus islas. Es una lástima que no pueda quedarse allí al pasar.
    —Ya llegará el día. Es la hora de la cena, teniente.
    —¿Ya? De ninguna manera tenemos que perdernos la cena. ¿Viene?
    —Sí, voy. Curren, telefonee a Ferguson y dígale que suba aquí. Que vigile constantemente desde los dos alerones. Trescientos sesenta grados, ¿comprende?
    —Lo haré. ¿Qué se supone que puede encontrar, contramaestre?
    —Bengalas.


    McKinnon se encontró con Jamieson justo luego de llegar al comedor y lo llevó aparte.

    —¿Nuestro amigo el traidor ha estado haciendo algo que no debía hacer, señor?
    —No. Garantizado. El jefe Petterson y yo hablamos y decidimos contarles la verdad a todos los del equipo de la sala de máquinas, bueno, a todos menos a uno. Reilly, que parece ser la única persona que habla con él. Aparte de Reilly, McCrimmon ganaría un concurso de antipatía sin esforzarse, es la persona más cordialmente detestada de toda la sala de máquinas. De modo que hablamos con cada hombre en forma individual, les dijimos cómo estaban las cosas y les pedimos que no hablaran del asunto con ningún otro tripulante. Así que estará bajo supervisión constante, tanto en la sala de máquinas como en el comedor. — Miró a McKinnon con atención. — Nos pareció una buena idea. ¿Usted no está muy convencido?
    —Lo que usted y el señor Patterson decidan está bien para mí.
    —!Diablos! — Jamieson habló con vehemencia. — Le sugerí al jefe que habláramos con usted, pero él estaba seguro de que estaría de acuerdo.
    —En realidad no lo sé, señor. — McKinnon vaciló. — Parece una buena idea. Pero… bueno, McCrimmon será un villano, sí, pero es un villano muy astuto. No olvide que hasta ahora nadie sospechó de él ni lo descubrió y todo hubiera seguido igual de no haber sido por un afortunado accidente. Que sea una persona tosca, violenta y detestable, con una preferencia por las barras de hierro, no significa que no sea sensible a la atmósfera, al hecho de que la gente se comporte con demasiada indiferencia o que lo vigile furtivamente. Además, si Reilly le habla ¿no habría que vigilarlo también a él?
    —No es tan grave, contramaestre. Aun si sospecha que lo observan, ¿no garantizará eso su buen comportamiento?
    —Puede ser, pero también puede ser que cuando haga algo que no debería hacer, si lo hace, por supuesto, va a asegurarse de que no haya nadie cerca, cosa que no deseamos en absoluto. Si creyera que aún no se sospecha de él, podría delatarse. Ahora nunca lo hará. — McKinnon echó una mirada en dirección a la mesa. — ¿Dónde está el señor Patterson?

    Jamieson pareció incómodo.

    —Vigilando un poco las cosas.
    —¿Vigilando las cosas? Vigilando a McCrimmon, quiere decir. El señor Patterson jamás se ha perdido la cena desde que está en esta nave. Usted lo sabe, yo lo sé… y puede estar seguro de que McCrimmon también lo sabe. Si sospecha que sospechamos, ya oigo las campanadas de alarma en su mente.
    —Es posible —dijo Jamieson con lentitud—, que no haya sido una idea tan buena después de todo.

    Patterson no fue el único ausente de la mesa esa noche. Janet Magnusson estaba de turno y tanto la caba Maria como el doctor Sinclair estaban abocados a la difícil y dolorosa tarea de volver a vendar la cabeza del capitán Bowen. El capitán, según se informó, estaba haciendo un ruido considerable.

    —¿El doctor Sinclair piensa que podrá volver a ver? — preguntó Jamieson. Al igual que los otros tres comensales, jugueteaba con un vaso de vino mientras aguardaba a que se sirviera el primer plato.
    —Está seguro —respondió Margaret Morrison—. Yo también lo estoy. Pero faltan unos días, todavía. Tiene los párpados muy ampollados.
    —¿Y el resto de los pacientes, dormidos como de costumbre? — Ella hizo una mueca, sacudió la cabeza y Jamieson dijo de inmediato: —Perdón; ésa no fue una pregunta demasiado diplomática, verdad?

    Margaret sonrió.

    —Está bien. Es sólo que tardaré uno o dos días en sacarme a Simons y a McCrimmon de la cabeza. Como de costumbre, sólo el señor Kennet está despierto. Quizás el Oberleutnant Klaussen también lo esté; es difícil decirlo. Nunca está quieto, siempre murmura.
    —¿Cosas que no tienen ningún sentido, como siempre? — dijo McKinnon.
    —Ninguno. Todo en alemán, por supuesto, excepto una palabra en inglés que repite una y otra vez, como si lo obsesionara. Es curioso, el tema de Escocia aparece todo el tiempo.
    —Miró a Ulbricht. — Usted conoce Escocia bien. Nos dirigimos a Escocia. Yo soy mitad escocesa. Archie y Janet, aunque alegan ser de las islas Shetland, son realmente escoceses.
    —Y no olvide al muchacho con la esponja llena de cloroformo —dijo McKinnon.

    Ella hizo una mueca.

    —Ojalá no hubiera dicho eso.
    —Perdón. Fue una tontería. ¿Y cuál es la conexión escocesa con Klaussen?
    —Es la palabra que no deja de repetir. Edimburgo.
    —¡Ah! Edimburgo. ¡La Atenas del norte! — Ulbricht parecía muy entusiasmado. — La conozco bien, muy bien. Mejor que muchos escoceses, me atrevería a decir. El Castillo de Edimburgo. El Palacio Holyrood. La capilla. Los Jardines. La calle Princes, la más hermosa de todas… —Su voz se perdió, luego volvió a sonar atenta: — ¡Señor McKinnon! ¿Qué sucede?

    Los otros dos miraron al contramaestre. Sus ojos eran los de un hombre que ve las cosas desde una gran distancia y los nudillos de la mano fuerte que tenía el vaso se veían blancos. De pronto, el vaso se hizo añicos y el vino tinto se derramó sobre la mesa.

    —¡Archie! — La muchacha tendió la mano y le tomó la muñeca. — ¡Archie! ¿Qué sucede?
    —Vaya, eso sí que fue una tontería, ¿no es así? — La voz sonaba calma, controlada y McKinnon parecía haberse recuperado. Limpió la sangre con una servilleta de papel.
    —Lo siento.

    Ella le hizo volver la mano con la palma hacia arriba.

    —Se hizo un tajo profundo.
    —No tiene importancia. Edimburgo, ¿no es así? Está obsesionado con esa palabra. Eso es lo que usted dijo, Margaret. Obsesionado. Y vaya si debería estarlo. Y yo también debería estar obsesionado. Por mi propia ceguera, por mi propia y maldita estupidez.
    —¿Cómo puede decir algo así? Si ven algo que los demás no vemos, entonces somos todos más estúpidos que usted.
    —No. Porque yo sé algo que ustedes no saben.
    —¿Qué es? — Había curiosidad en la voz de ella, pero también una profunda aprensión. — ¿Qué es?

    McKinnon sonrió.

    —Margaret, hubiera creído que usted, precisamente, habría aprendido los peligros de hablar en público. Por favor, traiga al capitán Bowen al vestíbulo.
    —No puedo; le están vendando la cabeza.
    —Margaret, me parece que debería hacer lo que sugiere el contramaestre. — Era la primera vez que Ulbricht la llamaba por su nombre en público. — Algo me dice que el capitán no necesitará una segunda invitación.
    —Y traiga a su amiga —dijo McKinnon—. Lo que tengo que decir puede interesarle.

    Ella lo miró con expresión pensativa durante unos instantes, luego asintió y se marchó sin pronunciar palabra. McKinnon la observó irse, también con expresión pensativa y luego se volvió hacia Jamieson.

    —Creo que debería decirle a uno de sus hombres que le pida al señor Patterson que también venga.

    El capitán Bowen entró en el vestíbulo acompañado por el doctor Sinclair, que no pudo hacer otra cosa, pues se encontraba en la mitad del proceso de vendaje.

    —Parece que vamos a tener que cambiar de idea otra vez, respecto de nuestros planes —dijo McKinnon. Tenía un cierto aire de resignación, no debido al cambio, sino al hecho de que Janet le estaba vendando la mano con decisión. — Es seguro ahora que los alemanes, si no pueden capturarnos, nos enviarán al fondo. El San Andreas ya no es un buque hospital, sino un buque con un tesoro. Estamos transportando una fortuna en oro. No sé cuánto, pero me atrevería a decir que debe de andar por los veinte o treinta millones de libras esterlinas.

    Nadie dijo nada. No había mucho que se pudiera decir ante ese comentario extravagante y la serenidad y la seguridad del contramaestre no alentaban lo que podría haber sido un esperado coro exclamatorio de sorpresa, duda e incredulidad.

    —Es por supuesto, oro ruso, sin duda a cambio de municiones, alimentos, etcétera. A los alemanes les encantaría ponerle las manos encima, porque supongo que el oro es oro, no importa cuál sea su país de origen, pero si no pueden obtenerlo, van a cerciorarse de que los ingleses tampoco lo obtengan, y no por despecho o frustración, aunque supongo que también podría haber algo de eso. Pero lo que importa es esto. El gobierno británico tiene que saber que llevamos el oro: sólo hay que pensar un momento para darse cuenta de que ésta debió de haber sido una operación conjunta planeada entre el gobierno británico y el soviético.
    —¿Utilizar una nave hospital como transportadora de oro? — La incredulidad de Jamieson era total. — El gobierno británico jamás haría algo tan perjudicial.
    —No estoy en posición de comentar eso, señor. Imagino que nuestro gobierno puede ser tan pérfido como cualquier otro y está lleno de gobiernos pérfidos por allí. Pienso que la ética queda muy relegada durante la guerra, si es que existe la ética durante la guerra. Lo único que quiero decir acerca del gobierno es que va a sospechar de los rusos e interpretará nuestra desaparición de la peor manera posible: quizá llegue a la conclusión de que los rusos interceptaron la nave luego de que zarpó, se deshicieron de la tripulación, llevaron al San Andreas a cualquier puerto en el norte de Rusia, descargaron el oro y hundieron la nave. También pueden creer que los rusos ni siquiera se molestaron en cargar el oro, sino que se limitaron a esperar y acechar al San Andreas. Los rusos tienen una pequeña flota de submarinos en Murmansk y Arcángel.

    Cualquiera sea la opción que prefiera el gobierno, e imagino que es muy probable que crean en una o en la otra, el resultado será el mismo y deleitará el corazón de los alemanes. El gobierno británico creerá que los rusos hicieron trampa en el trato y sospecharán de éste y de cualquier otro pacto futuro. Jamás podrán probar nada, pero hay algo que sí pueden hacer: reducir o cortar todos los envíos a Rusia. Esto sería más efectivo para detener la ayuda de los aliados a Rusia que todos los submarinos en el Atlántico Norte y en el Artico.

    Hubo un largo silencio, luego Bowen dijo:

    —Es una trama muy plausible, contramaestre, atractiva, si es que se puede usar esa palabra, y hasta convincente. Pero depende de una cosa: ¿por qué cree que llevamos este oro a bordo?
    —No lo creo, señor. Lo sé. Hace unos minutos, luego de que nos sentamos a comer, la caba Morrison comentó acerca del delirio incesante del Oberleutnant Klaussen. Parece que no deja de repetir una palabra: Edimburgo. La caba dice que parece obsesionarlo. Y vaya si hay razón para que lo obsesione. No hace mucho tiempo un submarino alemán hundió el acorazado Edimburgo, cuando regresaba de Rusia. El Edimburgo transportaba por lo menos veinte millones de libras de oro en lingotes dentro de las bodegas.
    —Dios Santo! — La voz de Bowen era un susurro. — Dios Todopoderoso! Tiene razón, Archie, por Dios que tiene razón.
    —Todo encaja perfectamente, señor. — Le habían repetido mil veces a Klaussen que no tenía que repetir el error de su ilustre predecesor que despachó al Edimburgo. También explica, me refiero al hundimiento del Edimburgo, la vil decisión de utilizar al San Andreas. Los acorazados o los torpederos se pueden hundir. Según la Convención de Ginebra, las naves hospital son inmunes.
    —Me gustaría habérselo contado antes —dijo Margaret Morrison—. Ha estado murmurando acerca de Edimburgo desde que lo trajeron a bordo. Debí darme cuenta de que tenía que significar algo.
    —No tiene por qué reprocharse —dijo McKinnon—. ¿Por qué tendría que tener algún significado esa palabra para usted? Los hombres que deliran dicen cualquier cosa. No habría cambiado nada si lo hubiéramos averiguado antes. Lo que sí importa es que lo averiguamos antes de que fuera demasiado tarde. Al menos, espero que no sea demasiado tarde. Si hay que hacer algún reproche, el destinatario soy yo. Por lo menos, yo sabía acerca del Edimburgo, no creo que nadie más lo supiera, y no tendría que haberlo olvidado. Las papas se quemaron, otra vez.
    —¿Todo concuerda, no es así? — dijo Jamieson—. Explica la razón por la que no se les permitió a usted y al señor Kennet ver lo que hacían detrás de las lonas cuando reparaban el boquete. No querían que vieran que reemplazaban el lastre que habían quitado por otro tipo de lastre. ¿Supongo que ustedes sabían qué aspecto tenía el lastre original?
    —En realidad, no. Creo que el señor Kennet tampoco lo sabía.
    —Los rusos no estaban al tanto de eso y no corrían riesgos. Estoy seguro de que pintaron los lingotes de gris o del color del lastre, pero el tamaño y la forma de los bloques de oro tiene que haber sido diferente. De allí el letrero de Prohibido pasar" en las lonas. Todo lo que sucedió desde entonces se explica con la presencia de ese oro. — Jamieson hizo una pausa, pareció vacilar, luego asintió como si hubiera tomado una decisión. — ¿No le parece, contramaestre, que McCrimmon se presenta como un problema?
    —En realidad, no. Es un agente doble.
    —¡Maldición! — Jamieson estaba fastidiado. — Esperaba, por una vez, ser yo el primero en encontrar la solución a un problema.
    —Fue muy parejo —dijo McKinnon—. La misma pregunta se me ocurrió a mí en el mismo momento. Es la única respuesta, ¿no es así? La historia del espionaje, o así me hicieron creer, está llena de agentes dobles. McCrimmon es solamente uno más. Su empleador principal, el único empleador, es, por supuesto, Alemania. Quizá descubramos cómo los alemanes lograron infiltrarlo en el servicio de los rusos o quizá no lo averigüemos, pero no hay duda de que lo hicieron. Por cierto, fueron los rusos los que le dijeron que abriera ese boquete en el compartimiento de lastre, pero eso les convenía más a los alemanes que a los rusos. Ambos tenían razones de peso para encontrar una excusa que desviara al San Andreas a Murmansk; los rusos para cargar el oro, los alemanes para infiltrar a Simons y la carga explosiva en el compartimiento de lastre.
    —Una historia complicada —dijo Bowen— que no lo es tanto cuando uno desenreda las hebras. Esto cambia las cosas un tanto, ¿no es cierto, contramaestre?
    —Creo que sí, señor.
    —¿Alguna idea acerca de cuál es el mejor rumbo, utilizo la palabra en sus dos sentidos, a tomar en el futuro?

    Estoy abierto a sugerencias.

    —Pues no recibirá ninguna de mi parte. Con todo el respeto que merece el doctor Sinclair, sus servicios acaban de anular una mente que ya no estaba funcionando demasiado bien.
    —¿Señor Patterson? — preguntó McKinnon—. ¿Señor Jamieson?
    —Oh, no —dijo Jamieson—. No tengo intención de que vuelvan a atraparme de esa forma, no le hace bien a mi orgullo que me expliquen por qué mi brillante plan no serviría y por qué sería mucho mejor hacer lo que dice usted. Además, soy maquinista. ¿Qué tiene pensado?
    —Ustedes son responsables, entonces. Tengo pensado continuar en el rumbo oeste hasta la medianoche. Eso nos ayudará a alejarnos aún más de los Heinkels y los Stukas. No me preocupan demasiado, casi nunca atacan en la oscuridad y si logramos deshacernos del submarino, entonces no sabrán por dónde buscarnos y la ausencia de bengalas de un Condor parece sugerir que si nos están buscando, lo hacen en el lugar equivocado. A medianoche, le pediré al teniente que trace un curso hacia Aberdeen. Tenemos que esperar que haya estrellas a la vista. Eso nos llevaría bastante cerca de la costa oriental de las Shetland, ¿no es así, teniente?
    —Realmente muy cerca. Podría saludar con la mano por última vez a sus islas, señor McKinnon.
    —El señor McKinnon no va a decirle adiós a ningún lugar. — La voz pertenecía a Janet Magnusson y sonaba decidida. — Necesita vacaciones, me dice, tiene nostalgia y Lerwick es su hogar. ¿No es así, Archie?
    —Eres vidente, Janet. — Si a McKinnon le molestó que se le adelantaran, no dio señales de ello. — Pensé que sería una buena idea, capitán, detenernos un tiempo en Lerwick y ver qué tenemos allí en la proa. Esto tiene dos ventajas, creo. Estamos seguros ahora de que los alemanes nos hundirán antes de permitirnos llegar a salvo a cualquier puerto británico y cuanto más al sur vayamos, más probabilidades hay de que nos ataquen, de modo que enfilaremos lo menos posible hacia el sur. Segundo, si nos localiza un avión o un submarino, podrán confirmar que estamos en rumbo directo hacia Aberdeen, de modo que ellos todavía tienen mucho tiempo. En el momento indicado, viraremos hacia el oeste, rodearemos un lugar llamado Bard Head, luego hacia el noroeste y el norte hasta Lerwick. Desde el momento en que alteremos el rumbo hasta el momento en que leguemos a puerto no debería pasar más de una hora y los bombarderos alemanes tardarán más que eso para salir de Bergen a toda prisa hacia allí.
    —Me parece muy bien —dijo Jamieson.
    —Ojalá pudiera decir lo mismo. Es demasiado fácil, demasiado preparado y está siempre la posibilidad de que los alemanes adivinen que eso es exactamente lo que vamos a hacer. Probabilidad es la palabra adecuada. Es un acto de arrojo nacido de la desesperación, pero es el menor de los males que puedo imaginar, y tenernos que intentarlo en algún momento.
    —Como no me canso de repetir, contramaestre —comentó Jamieson—, es reconfortante tenerlo cerca.


    DOCE


    Se acercaba la medianoche y los aviones Condor no aparecían. Con excepción de dos hombres de turno en la sala de máquinas, Naseby y Trent en el puente y Ulbricht y McKinnon en el camarote del capitán, dos guardias en el hospital y dos enfermeras nocturnas, todos estaban dormidos, aparentaban estarlo o tendrían que haberlo estado. El viento, que viraba hacia el norte había aumentado a fuerza cuatro y el mar estaba algo agitado lo suficiente como para que el San Andreas cabeceara en su rumbo oeste, pero no tanto como para resultar molesto.

    En el camarote del capitán, el teniente Ulbricht levantó la mirada de la carta que había estado estudiando, luego miró el reloj.

    —Faltan diez minutos para la medianoche. No es que importe la hora precisa; iremos alterando el rumbo a medida que avancemos. Sugiero que tomemos una última altura de las estrellas y apuntemos hacia las Shetland.

    Llegó la madrugada, una madrugada fría, gris y ventosa y no hubo señales de aviones enemigos. A las diez, McKinnon algo cansado, había estado timoneando desde las cuatro, bajó en busca del desayuno. Encontró a Jamieson tomando una taza de café.

    —Una noche pacifica, contramaestre. Es obvio que nos deshicimos de ellos, ¿no es así?
    —Sí, eso parece.
    —¿Parece? ¿Sólo parece"? — Jamieson lo miró, pensativo. — ¿Acaso es posible que detecte una nota de algo que no es alegre confianza? Un noche entera sin señales del enemigo. ¿Sin duda deberíamos estar contentos con nuestra situación actual?
    —Desde luego, lo estoy. El presente es una maravilla. Lo que no me causa tanta alegría es el futuro. No sólo hay paz y tranquilidad en este momento: las hay en demasía. Como dice el viejo dicho, es la calma que precede a la tormenta; el presente, la calma y el futuro, la tormenta. ¿No lo siente así, señor?
    —¡No, no lo siento así! — Jamieson desvió la mirada y frunció el entrecejo. — Bueno, al menos no lo sentía así hasta que usted vino y perturbó la tranquilidad de mi estado de ánimo. En cualquier momento va a decirme que vivo en el paraíso de los inocentes.
    —Eso sería exagerar un poco, señor.
    —¿Demasiada paz y tranquilidad? Puede ser, en realidad. ¿El gato y el ratón, otra vez, con nosotros en el papel del ratón, por supuesto? Nos tienen cercados y están esperando el momento adecuado, adecuado para ellos, quiero decir, para atacar, ¿verdad?
    —Sí. Acabo de pasar seis horas al timón y tuve mucho tiempo para pensar en ello; con dos minutos me tendría que haber alcanzado. Si hay alguien que estuvo viviendo en el paraíso de los inocentes, ése fui yo. ¿Cuántos FockeWulf Condors cree que hay en los aeropuertos de Trondheim y Bergen, señor?
    —No lo sé. Muchos más de lo que quiero creer, sin duda.
    —Exactamente. Tres o cuatro actuando en conjunto podrían cubrir diez mil millas cuadradas en un par de horas según la altura y la visibilidad, por supuesto. Es evidente que tienen que localizarnos, a nosotros, el premio más valioso del Mar de Noruega. Pero no lo han hecho, ni siquiera se han molestado en intentarlo. ¿Por qué?
    —Porque saben dónde estamos. Porque después de todo no logramos escapar de ese submarino al anochecer.

    McKinnon asintió y apoyó el mentón sobre las manos. No había tocado el desayuno que tenía delante.

    —Hizo todo lo posible, contramaestre. Nunca hubo garantías. No puede reprocharse a sí mismo.
    —Sí, sí que puedo. Es algo que estoy aprendiendo a hacer muy bien, reprocharme a mí mismo, quiero decir. Pero en este caso, no por la razón que usted piensa. Con un grado mínimo de suerte, tendríamos que habernos liberado de él anoche. No lo hicimos. Olvidamos el factor X.
    —Habla como el locutor de un aviso publicitario, contramaestre. El Factor X, el ingrediente secreto de los últimos cosméticos femeninos.
    —Lo que quiero decir, señor, es que aun si escapamos de él, si salimos del alcance de su Asdic, igualmente podría habernos encontrado, con Asdic o sin él, con Condors o sin ellos. Un buen arquero siempre lleva una segunda cuerda para su arco.
    —¿Una segunda cuerda? — Jamieson dejó la taza con mucho cuidado. — ¿Me está diciendo que tenemos otro de esos malditos transmisores de señales a bordo?
    —¿Se le ocurre alguna otra respuesta, señor? La suerte noshizo sentir demasiada satisfacción, nos hizo confiar demasiado, a tal punto que cometimos el error de subestimar al enemigo. Singh, o McCrimmon o Simons, o los tres, por lo que sé, han sido más astutos que nosotros, o al menos lo suficientemente astutos como para apostar a que no nos fijaríamos en lo obvio, nada más que porque era demasiado obvio. Lo más probable es que éste no sea un transmisorreceptor, sino sólo un simple transmisor, no más grande que el bolso de una mujer.
    —Pero ya hemos revisado todo, contramaestre. Si no en contramos nada entonces, no encontraremos nada ahora. Lo que quiero decir, es que los transmisores no se materializan de pronto, como por arte de magia.
    —No. Pero podría haber habido uno antes de que realizáramos la búsqueda. Es posible que haya sido transferido a otra parte antes de eso, quizás algún Pie Sigiloso previó que se realizaría dicha búsqueda. Sí, revisamos el área del hospital, los camarotes, pañoles, cocinas, todo; pero eso es lo único que revisamos.
    —Sí, pero, ¿en qué otro lugar…? Jamieson se interrumpió y adoptó un aire pensativo.
    —Sí, señor, la misma idea se me ocurrió a mí. La superestructura no es más que una conejera deshabitada en este momento.
    —No me lo diga. — Jamieson dejó la taza y se puso de pie.
    —Muy bien, a toda máquina hacia la superestructura. Llevaré a un par de mis muchachos conmigo.
    —¿Reconocerían un dispositivo transmisor si lo vieran? Creo que yo no lo reconocería.
    —Yo sí. Todo lo que tienen que hacer es traerme toda pieza que no tenga nada que hacer a bordo de un barco.

    Luego de que él se fue, McKinnon tomó conciencia de que además de su capacidad como maquinista, Jamieson era capaz de reconocer un micrófono o un transmisor.

    No más de diez minutos más tarde, Jamieson regresó, sonriendo con evidente satisfacción.

    —El instinto infalible de cazador, contramaestre. Lo encontré en el primer intento. Infalible, no hay duda. — ¿Dónde?
    —Son astutos, estos demonios. Supongo que creyeron que sería irónico y que no buscaríamos allí. ¿Qué mejor lugar para un dispositivo de radio que una sala de radio destrozada? No sólo usaron una de las pocas baterías que quedaron sanas para activarlo, sino que hasta armaron una antena provisoria. Claro, nadie se hubiera dado cuenta de que era una antena, si le echaba una mirada.
    —Felicitaciones, señor. Un excelente trabajo. ¿Sigue en su lugar?
    —Sí. El primer instinto, por supuesto, fue el de destrozar todo. Pero luego, prevalecieron ideas más juiciosas, si es que puedo aplicarme ese término a mí mismo. Si nos tienen en ese transmisor, entonces nos tienen en su Asdic.
    —Desde luego. Y si desarmáramos el aparato y detuviéramos el motor y el generador ahora, sólo tendrían que asomar el periscopio por encima de la superficie y nos localizarían en menos de lo que canta un gallo. Habrá un tiempo y un lugar mejor para desarmar ese dispositivo.
    —¿Durante la noche, contramaestre, si es que seguimos a flote cuando llegue la noche?
    —No estoy seguro, señor. Como usted sugiere, todo depende de las condiciones que se presenten cuando caiga la noche. Jamieson lo miró con lo que podía ser una expresión pensativa e incrédula, pero no dijo nada.


    McKinnon, en un camarote vacío junto al que ocupaba el capitán Andropolous, dormía profundamente cuando Johnny Holbrook lo sacudió media hora después del mediodía. — El señor Naseby en el teléfono, señor.

    McKinnon se sentó en la litera, se frotó los ojos y miró con poca simpatía al asistente de la sala casi adolescente, que al igual que Wayland Day, le tenía un grado de respeto que lindaba con el temor.

    —¿Es que ninguna otra persona podía hablar con él?
    —Lo siento, señor. Pidió hablar con usted especialmente. McKinnon salió al comedor, donde todos comenzaban a reunirse para almorzar. Estaban Patterson, Sinclair, Jamieson, Margaret Morrison y la enfermera Irene. El contramaestre tomó el teléfono.
    —George, estaba en un mundo mejor.
    —Lo siento, Archie. Pensé que era mejor que lo supieras. Tenemos compañía. — Naseby podría haber estado hablando del tiempo.
    —¡Ah!
    —A estribor. Aproximadamente a dos millas. Un poco menos, quizá. Dice que nos detengamos o abrirá fuego.
    —Ajá.
    —También dice que si tratamos de alterar el rumbo nos hundirá.
    —¿De veras?
    —Así dice. Quizás hasta hable en serio. ¿Viro hacia él?
    —Sí.
    —¿Motores al máximo?
    —Pediré autorización. Subo en un momento. — Dejó el teléfono.
    —Vaya —comentó Margaret Morrison—. Ésa sí que fue una conversación intrigante. Cargada de información, si se puede decirlo.
    —Nosotros, los contramaestres, somos hombres de pocas palabras. ¿Señor Patterson, podemos poner los motores al máximo? — Patterson asintió con gesto sombrío, se puso de pie sin pronunciar palabra y cruzó hasta el teléfono.

    Jamieson dijo con voz resignada:

    —¿Supongo que no es necesario preguntar?
    —No, señor. Lo lamento por su almuerzo.
    —¿Las… ejem… tácticas directas habituales? — preguntó Sinclair.
    —No hay opción. El hombre dice que va a hundirnos.
    —Va a decir más que eso cuando nos vea alterar el rumbo hacia él —dijo Jamieson—. Va a decir que el San Andreas está tripulado por un grupo de lunáticos incurables.
    —Si lo dice, puede ser que esté en lo cierto. — McKinnon se volvió para irse, pero Ulbricht lo detuvo con la mano. — Yo también voy.
    —Por favor, no, teniente. No creo que nuestro nuevo amigo vaya a hundirnos, pero por mil demonios que va a tratar de detenernos. El blanco principal será el puente, estoy seguro. ¿Quiere deshacer todo el trabajo que hicieron el doctor Sinclair y las enfermeras, quiere que lo cosan y lo venden otra vez? Muy egoísta de su parte. ¡Margaret!
    —No se mueva de su lugar, Karl Ulbricht.

    Ulbricht frunció el entrecejo, se encogió de hombros, sonrió y no se movió de su lugar.

    Cuando McKinnon llegó al puente, el San Andreas, con el timón puesto a estribor, estaba comenzando a virar. Nasseby se volvió cuando McKinnon entró.

    —Toma el timón, Archie. Está enviando un mensaje.

    Naseby salió al ala de estribor. Alguien en la torreta de comando del submarino estaba utilizando una lámpara Aldis, pero transmitía muy lentamente: sin duda, pensó McKinnon, porque el operador que no hablaba inglés estaba enviando letra por letra el mensaje que le habían dado. De la torreta hacia proa, había tres hombres agazapados alrededor del cañón de cubierta, que por lo que McKinnon pudo ver desde esa distancia, apuntaba directamente hacia ellos. El mensaje terminó:

    —¿Qué dice, George?
    —"Retomen el rumbo. Deténgase o disparo."
    —Envíale ese cuento acerca de la nave hospital y la Convención de Ginebra.
    —No le prestará la más mínima atención.
    —Envíaselo de todas formas. Lo distraerá. Nos dará tiempo. Las reglas dicen que no se le dispara a un hombre cuando se está conversando con él.

    Naseby comenzó a transmitir, pero casi de inmediato volvió a entrar de un salto en el puente. El humo que brotó del cañón fue inconfundible, como lo fueron el impacto y el sonido del proyectil que estalló en la superestructura casi inmediatamente después. Naseby miró a McKinnon con expresión acusadora.

    No juegan según nuestras reglas, Archie.

    —Así parece. ¿Puedes ver dónde nos dieron?

    Naseby salió al alerón de estribor y miró hacia abajo y hacia popa.

    —En el comedor de la tripulación —dijo—. Bueno, lo que era el comedor. No hay nadie allí ahora, por supuesto.
    —No era adónde apuntaban, puedes estar seguro de eso. Un viento de fuerza cuatro no es nada para nosotros, pero hace que la plataforma del cañón de un submarino sea más que inestable. Esto no me gusta mucho, George, es probable que le den a todo menos a lo que le apuntan. Sólo podemos esperar que el próximo pase tan por encima del puente como éste pasó por debajo.

    El próximo fue a dar justo en el puente. Destrozó la ventana de proa y estribor —una de las que había sido reparada luego de que las ametralladoras de Klaussen las rompieran— atravesó la delgada plancha de metal que separaba el puente de lo que había sido la sala de radio y estalló más allá de ella. La puerta corrediza de madera, se hizo astillas, voló hacia adelante y la fuerza de la explosión hizo caer a los dos hombres; a McKinnon contra el timón y a Naseby contra una mesa con cartas; pero las afiladas esquirlas del proyectil volaron en la otra dirección, dejando ilesos a ambos hombres.

    Naseby recuperó parte del aliento que le había sido quitado de los pulmones.

    —Están mejorando, Archie.
    —Fue un golpe de suerte. — El San Andreas, con las superestructuras que comenzaban a vibrar intensamente a medida que las revoluciones del motor aumentaban, enfilaba en forma directa hacia la torreta de comando del submarino, que no obstante, seguía estando a más de una milla de distancia. — El próximo pasará a una milla de distancia del puente.

    El próximo, a decir verdad, no dio en ninguna parte del barco y se hundió en el mar casi cien metros a popa del San Andreas. No detonó con el impacto.

    El siguiente proyectil dio en algún lugar cerca de la proa. Desde el puente fue imposible ver dónde estalló, pues no hubo un levantamiento ni una rotura visible en la cubierta del castillo de proa, pero no quedaron dudas de que causó daños: el ruido metálico de la cadena de una de las anclas de proa que cayó al fondo del Mar de Noruega podría haberse oído desde una milla de distancia. El ruido cesó tan repentinamente como había comenzado; sin duda el seguro había sido arrancado de su lugar.

    —No es una gran pérdida —dijo Naseby—. ¿Quién ha anclado alguna vez en trescientos metros de profundidad?
    —A nadie le importa el ancla. La cosa es: ¿tenemos el casco abierto al mar?

    Un nuevo proyectil se enterró en la proa y esa vez no hubo dudas respecto de dónde había estallado, pues una pequeña parte de la cubierta del castillo de proa, en la banda de babor, se levantó a casi treinta centímetros.

    —Estemos o no abiertos al mar —dijo Naseby—, éste no parece ser el momento para investigar. No mientras le apunten a la proa, cosa que parecen estar haciendo. Estamos más cerca ahora, de manera que su puntería mejora. Al parecer, buscan darle a la línea de flotación. No es posible que quieran hundirnos. ¿Acaso no saben que el oro está allí?
    —No sé lo que saben. Probablemente saben que hay oro a bordo; no hay motivo para que sepan dónde está. Además, no es que una pequeña esquirla vaya a desvalorizar el oro. En cualquier caso, supongo que deberíamos sentirnos agradecidos por el hecho de que en este ángulo, jamás podrán darle al área del hospital.

    Un tercer proyectil estalló en la proa casi en el mismo lugar que el anterior; la parte levantada de la cubierta se elevó treinta centímetros más.

    —Allí es donde están la carpintería y el depósito de pinturas —comentó Naseby, distraído.
    —Era lo que estaba pensando.
    —¿Estaban Ferguson y Curran en el comedor cuando te fuiste?
    —Pensaba en eso. No recuerdo haberlos visto, aunque eso no quiere decir que no hayan estado allí. Son tan haraganes que no me extrañaría que se hayan salteado el almuerzo con tal de no hacer nada durante una hora. Tendría que habérselo advertido.
    —No hubo tiempo para que le advirtieras nada a nadie.
    —Podría haber enviado a alguien. Pensé que concentrarían el fuego en el puente, pero igualmente debí haber enviado a alguien. La culpa es mía. — Hizo una pausa para concentrarse y dijo: —Creo que se están alejando, George.

    Naseby se llevó los binoculares a los ojos.

    —Es cierto. Y hay alguien en el puente, el capitán o no sé quién, utilizando un megáfono. ¡Ah! Los artilleros están trabajando con el cañón y… sí, lo están alineando de proa a popa. ¿Esto significa lo que creo que significa, Archie?
    —Bueno, la torreta blindada está vacía y los artilleros están bajando por la escotilla, de modo que debe de significar lo que crees. ¿Ves burbujas en la superficie?
    —No. Aguarda un momento. Sí. Sí, muchas,
    —Están soltando el lastre principal.
    —Pero todavía estarnos a una milla de distancia.
    —El capitán no quiere correr riesgos y no lo culpo. No un payaso como Klaussen.

    Observaron durante algunos momentos, en silencio. El submarino se hallaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados, las cubiertas se estaban llenando de agua y desaparecía con rapidez.

    —Toma el timón, George. Llama al jefe de máquinas por teléfono, quieres, dile lo que sucedió y pídele que reduzca los motores a velocidad normal. Luego vuelve al rumbo en que estábamos. Iré a ver si hacemos agua en proa.

    Naseby lo miró irse y supo que el problema del agua era secundario para el contramaestre. Iba a averiguar si, realmente, Curran y Ferguson habían decidido saltear el almuerzo.

    McKinnon regresó en diez minutos, tenía una botella de whisky en la mano y dos vasos, y se lo veía muy serio.

    —No tuvieron suerte? preguntó Naseby,
    —Abandonados por la fortuna, George. Abandonados por McKinnon.
    —Archie, basta. Por favor, deja de culparte. Lo hecho, hecho está. — Janet lo interceptó en la entrada del comedor, él había bajado con Naseby, dejando a Trent al timón con Jones y McGuigan como vigías, y lo llevó al rincón. — Ya sé que es una frase trillada y que no tiene sentido, si quieres. Y si quieres oír otra frase trillada y sin sentido, no se puede recuperar a los muertos.
    —Es cierto, es cierto, — El contramaestre sonrió sin humor. Y hablando de los muertos, y uno no debería hablar mal de ellos, eran un par de individuos moderadamente inútiles. Pero estaban casados y ambos tenían dos hijas. ¿Qué pensarían ellas si supieran que el valiente contramaestre, en su afán por atacar un submarino, se olvidó por completo de ellos?
    —Lo mejor sería que de veras te olvidaras de ellos. Suena cruel, lo sé, pero deja que los muertos entierren a sus muertos. Nosotros estamos vivos; cuando digo "nosotros", no hablo de ti, hablo de todos los demás que están a bordo, incluyéndome a mí. Tu deber es hacia los vivos. ¿Acaso no sabes que cada uno de nosotros desde el capitán y el señor Patterson hacia abajo, depende de ti? Dependemos de ti para que nos lleves a casa.
    —Cállate, mujer.
    —¿Me llevarás a mí a casa, Archie?
    —¿A Scalloway? Con un paso, un brinco y un salto. Claro que lo haré.

    Ella se alejó unos centímetros, le puso las manos sobre los hombros, lo miró a los ojos como buscando una respuesta segura y luego sonrió.

    —¿Sabes una cosa, Archie? De veras creo que lo harás. El también sonrió.
    —Me alegro. — No lo creía ni por un momento, pero no tenía sentido sembrar tristeza y desesperanza.

    Se reunieron con Patterson, Jamieson y Ulbricht alrededor de la mesa. Patterson le acercó un vaso.

    —Creo que se lo ha ganado, contramaestre. Un trabajo magnífico.
    —No tanto, señor. No pude sino hacer lo que hice. No puedo decir que siento compasión por el capitán de un submarino alemán, pero está realmente frente a un problema imposible: tiene órdenes de no hundirnos, así que lo mejor que puede hacer es tratar de dañarnos lo más posible. Nos vamos encima de él y se esconde. Tan sencillo como eso.
    —Como lo dice usted, sí. Oí que se salvaron por un poco en el puente.
    —Si el proyectil hubiera atravesado el metal y estallado en el puente, habría sido el fin. Pero en lugar de eso, atravesó el vidrio. Tuvimos suerte.
    —¿Y en la proa?
    —Tres orificios. Todos por encima de la línea de flotación. Con ésos y el daño que nos hizo el submarino, mejor dicho el daño que nos hicimos nosotros mismos, cuando lleguemos al dique seco los que reparen la nave tendrán mucho trabajo. Los mamparos estancos parecen resistir bien. Esa es la buena noticia. La mala noticia, y temo que la culpa es mía, es que…
    —!Archie! — La voz de Janet fue firme y fuerte.
    —Está bien. Se habrán enterado de que… Ferguson y Curran están muertos.
    —Lo sé y lo siento mucho. Es terrible. Con ellos ya son veinte los muertos. — Patterson pensó unos momentos. — ¿Piensa que esta situación seguirá igual durante un tiempo?
    —¿Qué situación, señor?
    —Que traten de detenernos en lugar de hundirnos.
    —Para los alemanes es mucho más importante desacreditar a los rusos delante de nuestro gobierno que conseguir el oro. Como están las cosas en este momento, quieren el pan y la torta. Un asunto de codicia, en realidad.
    —¿De modo que mientras dure la codicia estamos relativamente a salvo?
    —A salvo de que nos hundan, sí. Pero no a salvo de que nos capturen.
    —Pero acaba de decir…
    —Lo único que tienen que hacer es traer otro submarino y nos tienen en su poder. Con dos submarinos, no hay posibilidad de hacer nada. Si perseguimos a uno, el otro se pondrá en un rumbo paralelo al nuestro y disparará hasta cansarse. No a la sala de máquinas, por supuesto, quieren que podamos llegar por nuestra propia cuenta a Noruega. Apuntarán al área del hospital. Un solo proyectil en esa zona y se iza la bandera blanca, si tuviéramos una pizca de sentido común la izaríamos antes de que disparasen. La próxima vez que suba al puente me llevaré una preciosa sábana.
    —Hay momentos, contramaestre, en que me gustaría que se guardara sus pensamientos para sí —dijo Jamieson.
    —Me limitaba a responder a una pregunta, señor. Y tengo otro pensamiento, otra pregunta, si prefiere. Sólo un pequeño grupo de personas tiene que haber estado al tanto de esta operación, el plan de utilizar al San Andreas como transportador de oro. Un ministro o dos, un almirante o dos. No más. Me pregunto quién es el traidor que nos mandó al cadalso. Si lograrnos regresar y si alguna persona famosa e importante se suicida repentinamente, entonces lo sabremos. — Se puso de pie. — Si me disculpan, tengo trabajo que hacer.
    —¿Qué trabajo, Archie? — Era Janet. — ¿No has hecho suficiente por hoy?
    —El trabajo de contramaestre no termina nunca. Asuntos de rutina, Janet, asuntos de rutina. Se marchó del comedor.
    —Asuntos de rutina —repitió Janet—. ¿Qué asuntos?
    —Curran está muerto.

    Ella no pareció comprender.

    —Lo sé.
    —Curran era el que hacía las velas. Era trabajo de él envolver y coser a los muertos.

    Janet se puso de pie rápidamente y se alejó de la mesa. Patterson miró a Jamieson con expresión avinagrada.

    —Hay momentos, Jamieson, en que me gustaría que usted se guardara sus pensamientos para sí. No tiene ni una pizca de tino.
    —Es cierto, es cierto. Un búfalo lo hubiera hecho mejor que yo.


    TRECE


    Patterson terminó de hablar —se estaba convirtiendo en un experto lector de servicios fúnebres— los tablones se inclinaron y los cuerpos envueltos en mortajas de Curran y Ferguson se deslizaron dentro de las aguas heladas del Mar de Noruega. Fue entonces cuando el ruido de la sala de máquinas se apagó y el San Andreas comenzó a aminorar la marcha.

    Casi toda la tripulación estaba en la cubierta, los hombres muertos habían sido una pareja amable que gozaba de la simpatía de todos. Los cocineros y camareros estaban abajo, al igual que las enfermeras y tres fogoneros. Trent y Jones estaban en el puente.

    Jamieson fue el primero en moverse.

    —Al parecer —dijo—, cometimos un error. — Se alejó, caminando despacio, con el aire de un hombre que sabe que ése es no es un momento que requiere una urgencia especial.

    Patterson y McKinnon lo siguieron lentamente.

    —¿Qué quiso decir con eso? Con eso de que cometimos un error —preguntó Patterson.
    —Estaba mostrándose amable, señor. Lo que quiso decir fue que el superdotado contramaestre volvió a equivocarse. ¿Quién estaba de guardia abajo?
    —Sólo el joven Stephen. Ya sabe, el muchacho polaco. — Esperemos que no sea el próximo en bajar por el tablón. Patterson se detuvo y tomó a McKinnon del brazo. — ¿Qué quiere decir con eso? ¿Y con eso de que "volvió a equivocarse"?
    —Una cosa se relaciona con la otra. — La voz de McKinnon sonaba aburrida. — Quizás esté cansado. Quizás no piense con demasiada claridad. ¿Notó quiénes no estaban en el funeral, señor?

    Patterson lo miró durante unos momentos en silencio, luego dijo:

    —Las enfermeras. El personal de la cocina. Los camareros. Los hombres que están en el puente. — La presión sobre el brazo de McKinnon aumentó. — Y McCrimmon.
    —Así es. ¿Y quién tuvo la brillante idea de permitir que McCrimmon deambulara por allí?
    —Sencillamente salió mal. No puede pensar en todo. Nadie puede hacerlo. Es un pez escurridizo, este McCrimmon. ¿Cree que podremos acusarlo de algo?
    —Estoy seguro de que nos será imposible. No obstante, señor, me gustaría obtener su permiso para encerrarlo. — McKinnon sacudió la cabeza con gesto amargo. — No hay nada como echar llave a la puerta una vez que el caballo escapó.

    Stephen yacía sobre las planchas de acero, cubierto con el petróleo que todavía brotaba de un conducto de combustible cortado. Había un hematoma detrás de su oreja derecha que sangraba levemente. Sinclair terminó de examinarle la cabeza y se enderezó.

    —Haré que lo trasladen al hospital. Tomaremos radiografías, aunque no creo que sean necesarias. Pienso que se despertará con nada más que un buen dolor de cabeza. — Observó los dos objetos de acero que estaban sobre las planchas, junto a Stephen.
    —¿Sabe quién hizo esto, contramaestre?
    —Sí.
    —La llave Stilson con que lo golpearon y el hacha para incendios con que cortaron el conducto. Podría haber huellas digitales.
    —No. — Con el pie, McKinnon tocó un manojo de trapos sucios que se usaban en la sala de máquinas. — Utilizó esto y aquí no encontraremos huellas. — Miró a Patterson.
    —¿El conducto puede reemplazarse, señor?
    —Si. ¿En cuánto tiempo, Jamieson?

    Un par de horas, más o menos —respondió éste. McKinnon dijo:

    —¿Podría venir conmigo, señor Patterson?
    —Será un placer, contramaestre.
    —Podría haberlo matado, sabe —dijo McKinnon con tono afable.
    —Desde su asiento en el comedor, McCrimmon lo miró con insolencia.
    —¿De qué mierda está hablando?
    —De Stephen.
    —¿Stephen? ¿Qué hay con Stephen?
    —Tiene la cabeza rota.
    —Sigo sin entender de qué habla. ¿Cabeza rota? ¿Cómo hizo para romperse la cabeza?
    —Usted fue abajo a la sala de máquinas y se la rompió. Y cortó un conducto de combustible.
    —Está loco. No me moví de este asiento en los últimos quince minutos.
    —Entonces tiene que haber visto a quienquiera que bajó a la sala de máquinas. Usted es fogonero, McCrimmon. ¿Se detiene el motor y no baja a ver qué sucedió?

    McCrimmon masticó su goma de mascar.

    —Esto es un fraude. ¿Qué pruebas tienen?

    Las suficientes dijo Patterson—. Queda arrestado, McCrimmon, y lo encerraremos. Cuando lleguemos a Inglaterra, se lo juzgará por asesinato y alta traición, lo condenarán y sin duda será fusilado.

    —Esto es pura basura. — Modificó la palabra "basura" con unos cuantos adjetivos irreproducibles. — No hice nada y no pueden probar absolutamente nada. — Pero su rostro normalmente ceniciento se había vuelto aún más ceniciento.
    —No es necesario que lo hagamos —dijo McKinnon—. Su amigo Simons, o Braun o como se llame ha estado… bueno, como dicen los norteamericanos, ha estado cantando como un canario. Está dispuesto a atestiguar en su contra con la esperanza de que no lo condenen a cadena perpetua.
    —¡El muy malnacido! — McCrimmon se puso de pie, con los labios tirantes, dejando al descubierto los dientes y llevó la mano derecha debajo del overol.
    —No lo haga —le ordenó Patterson—. Sea lo que fuere, no lo toque. No tiene adónde escapar, McCrimmon, y el contramaestre podría matarlo con una sola mano.
    —Démelo —dijo McKinnon. Tendió la mano y McCrimmon, muy lentamente y con mucho cuidado depositó el cuchillo en su palma.
    —No han vencido. El rostro de McCrimmon expresaba miedo y odio al mismo tiempo. — El que ríe último, ríe mejor.

    Puede ser. — McKinnon lo miró con aire pensativo.

    —¿Sabe algo que nosotros no sabemos?
    —Como usted dice, puede ser.
    —¿Cómo por ejemplo que hay un transmisor oculto en la sala de radio?

    MeCrimrnon saltó hacia adelante y emitió un grito breve antes de caer al suelo. Su nariz se había roto contra el puño del contramaestre.

    Patterson miró al hombre inconsciente y luego a McKinnon.

    —¿Eso le hizo sentir una cierta satisfacción?
    —Supongo que no debería haberlo hecho, pero… sí, me dio una cierta satisfacción.
    —A mí, también —dijo Patterson,

    Lo que pareció ser, pero no fue, un día largo se convirtió en la noche y en la oscuridad, y los alemanes siguieron sin dar señales de vida. El San Andreas, en movimiento otra vez, seguía con un rumbo directo hacia Aberdeen. Stephen recuperó el conocimiento y como predijo el doctor Sinclair, sufría de un moderado dolor de cabeza. Sinclair hizo lo que no eran más que arreglos temporarios en la cara de McCrimmon, pero en realidad se trataba de trabajo para un cirujano plástico.

    El teniente Ulbricht, con una carta marítima desplegada sobre la mesa delante de él, se frotó el mentón pensativamente y miró a McKinnon, que estaba sentado frente a él en el camarote del capitán.

    —Hemos sido afortunados hasta ahora, ¿Afortunados? Jamás creí que diría eso a bordo de una nave británica. ¿Por qué nos están dejando solos?
    —Justamente por eso, porque somos afortunados. No tenían un submarino de repuesto en los alrededores y nuestro amigo, el que nos sigue, no iba a volver a intentarlo por su cuenta. Además, todavía estamos en rumbo directo hacia Aberdeen. Saben dónde estamos y no tienen motivos para creer que no vamos adonde se supone que debemos ir. No tienen forma de saber qué sucedió a bordo de este barco.
    —Es razonable, supongo. Ulbricht contempló la carta y se golpeó los dientes con el lápiz. — Si algo no nos sucede durante la noche, algo nos va a suceder mañana. Eso es lo que pienso Al menos es lo que siento.
    —Lo sé.
    —¿Qué es lo que sabe?
    —Mañana. Sus compatriotas no son payasos. Mañana pasaremos muy cerca de las Shetland. Sospecharán que hay una posibilidad de que tratemos de llegar a Lerwick o algún otro lugar y actuarán basados en esa posibilidad.
    —¿Aviones? ¿Condors?
    —Es posible.
    —¿La Real Fuerza Aérea tiene aviones de guerra allí?
    —Imagino que sí. Pero no lo sé. Hace años que no voy por allí.
    —La Luftwaffe lo sabrá. Si hay Hurricanes o Spitfires, la Luftwaffe jamás arriesgará un Condor contra ellos.
    —Podrían enviar algunos Messerschmitts de largo alcance como escolta.
    —Si no, ¿podría ser un torpedo?
    —Eso es algo en que prefiero no pensar.
    —Ni yo. Hay algo muy terminante en un torpedo. Sabe, no es necesario navegar hacia el sur alrededor de Bressay y dar la vuelta por Bard Head. Podríamos utilizar el canal del norte. Maryfield es el nombre del poblado, ¿no es así?
    —Nací allí.
    —Eso fue una tontería de mi parte. Si viramos violentamente hacia el canal de norte, nos torpedearán, sin duda.
    —Sí.
    —¿Y si seguimos hacia el sur pasando Bressay creerán que seguimos en rumbo hacia Aberdeen?
    —Sólo podemos esperarlo, teniente. No tiene sentido dar garantías. Es lo único que podemos hacer.
    —¿Lo único?
    —Bueno, hay otra cosa. Podemos bajar y cenar.
    —¿La última cena, quizá?

    McKinnon cruzó los dedos, sonrió y no dijo nada.

    La cena, como era de esperar, fue algo solemne. Patterson se encontraba en un estado de ánimo particularmente pensativo.

    —¿Se le ocurrió en algún momento, contramaestre, que podríamos ganarle a este submarino? Sin llegar a hacer estallar varias válvulas, podríamos sacarle dos o tres nudos más a esta bañera.
    —Sí, señor. Estoy seguro de que podríamos hacerlo. — La tensión en el aire era casi tangible. — También estoy seguro de que el submarino notaría de inmediato el aumento de las revoluciones. Sabría que sabemos que nos sigue. Sencillamente saldría a la superficie, cosa que le permitiría adquirir más velocidad, y acabaría con nosotros. Probablemente lleva una docena de torpedos. ¿Cuántos cree que nos darían?
    —Con el primero sería suficiente. — Patterson suspiró. — Los hombres desesperados hacen sugerencias desesperadas. Podría hablar con tono más alentador, contramaestre.
    —El descanso luego de una ardua labor —dijo Jamieson—. El puerto luego de mares turbulentos. ¿No va a haber descanso para nosotros, contramaestre? No va a haber un puerto seguro, ¿no es así?
    —Tiene que haberlo, señor. Señaló a Janet Magnusson.
    —Me oyó prometerle a esta dama que la llevaría de regreso a casa.

    Janet sonrió.

    —Eres muy amable, Archie McKinnon. Además, muy mentiroso.

    McKinnon le devolvió la sonrisa.

    —Mujer de poca fe.

    Ulbricht fue el primero en notar el cambio en la atmósfera.

    —¿Se le ocurrió algo, señor McKinnon?
    —Sí. Al menos, eso espero. — Miró a Margaret Morrison. — ¿Podría ser tan amable de pedirle al capitán Bowen que viniera al vestíbulo?
    —¿Otra conferencia secreta? Creí que ya no quedaban más espías o criminales o traidores a bordo.
    —No lo creo. Pero no hay que correr riesgos. — Miró a los que estaban alrededor de la mesa. — Me gustaría que todos ustedes vinieran.

    Justo luego de la madrugada, a la mañana siguiente, todavía amanecía muy tarde en esas latitudes, el teniente Ulbricht oteó a través de la puerta del alerón de estribor la tierra baja que se veía intermitentemente a través de la nieve.

    —¿Con que eso es Unst, eh?
    —Eso es Unst. — Aunque McKinnon había estado levantado la mayor parte de la noche, parecía fresco y casi alegre.
    —¿Y eso… eso es lo que les roba el corazón a ustedes, los nativos de las Shetland?
    —Así es.
    —No quiero ofenderlo, señor McKinnon, pero ésa es probablemente la isla más desnuda, lúgubre, estéril e inhóspita que vi en toda mi vida.
    —Hogar, dulce hogar —replicó McKinnon plácidamente—. La belleza, teniente, está en los ojos del espectador. Además, ningún sitio luce bien en estas condiciones climáticas.
    —Y ésa es otra cosa. ¿El tiempo en las Shetland es siempre tan espantoso como el de hoy?

    McKinnon contempló con satisfacción las aguas grises, las nubes pesadas y la nieve que caía.

    —Para mí, el tiempo es sencillamente hermoso.
    —Como usted dice, los ojos del espectador. No creo que el piloto de un Condor comparta su punto de vista.
    —No es probable. — McKinnon señaló hacia adelante. — Hacia estribor. Eso es Fetlar.
    —¡Ah! — Ulbricht consultó la carta. — A una milla o dos, como mucho, de donde deberíamos estar. No lo hemos hecho tan mal, señor McKinnon.
    —¿Hemos? No lo ha hecho tan mal, querrá decir. Una navegación espléndida teniente. El Almirantazgo debería darle una medalla por sus servicios.

    Ulbricht sonrió.

    —No creo que el almirante Doenitz esté de acuerdo con eso. Hablando de servicios, creo que ya no necesitará los míos. Como navegante, quiero decir.
    —Mi padre era pescador profesional. Mis primeros cuatro años en el mar los pasé con él alrededor de esas islas. Me sería muy difícil perderme.
    —Lo imagino. — Ulbricht salió al alerón de estribor, miró hacia popa por unos instantes y regresó a toda prisa, tiritando y quitándose la nieve del abrigo.
    —El cielo, o lo que puedo ver de él, se está poniendo muy negro hacia el norte. El viento está refrescando. Parece que este tiempo espantoso, o, si prefiere, este tiempo maravilloso, va a continuar así por largo rato. Esto sí que no lo calculó.
    —No soy mago. Ni adivino. Predecir el futuro no es una de mis especialidades.
    —Bueno, llamémoslo un oportuno golpe de buena suerte.
    —Un poco de suerte no nos vendría mal.

    Fetlar estaba a estribor cuando Naseby subió a encargarse del timón. McKinnon salió al alerón de estribor para evaluar el tiempo. Como el San Andreas se dirigía uno o dos grados hacia el sudoeste y el viento soplaba del norte, lo tenían casi directamente en la popa. Las nubes en esa dirección eran grises y ominosas, pero no capturaron su atención: tomó conciencia, muy levemente al principio y luego con más seguridad, de algo mucho más ominoso. Regresó adentro y miró a Ulbricht.

    —¿Recuerda que hace unos momentos hablábamos de la suerte? — Ulbricht asintió. Bueno, pues acaba de terminársenos. Tenemos compañía. Hay un Condor allí afuera.

    Ulbricht no dijo nada, sino que salió al alerón y escuchó. Regresó al cabo de unos instantes.

    —No oigo nada.
    —Una variación en la fuerza o la dirección del viento. Algo así. Lo oí bien. Hacia el noroeste. Estoy seguro de que el piloto no tuvo intención de que lo oyéramos. Fue un golpe pasajero de viento. Están comportándose con mucha cautela o mucha suspicacia, o quizás ambas cosas. Tienen que considerar la posibilidad de que intentemos llegar a algún puerto en las Shetland. De modo que el submarino sale a la superficie antes de la madrugada y llama al FockeWulf. Sin duda le dijeron al piloto que se mantuviera lejos. Lo hará hasta que se entere por el submarino de que hemos cambiado de rumbo. Entonces vendrá de visita.
    —Para acabar con nosotros —dijo Naseby.
    —No dejarán caer pétalos de rosa, eso es seguro. Ulbricht dijo:
    —¿Ya no piensa que serán lanzatorpedos o planeadores bombarderos o Stukas los que vengan a hacer el trabajo?
    —No. No llegarían a tiempo y no pueden venir antes y quedarse dando vueltas por aquí. No tienen el alcance suficiente. Pero ese grandulón de allí arriba puede dar vueltas todo el día, si es necesario. Por supuesto, estoy dando por sentado que hay un solo Condor allí. Podrían ser dos o tres. No olviden que somos un blanco muy, muy importante.
    —Es un don que no muchos poseen. — Ulbricht habló con tono sombrío. — Esta habilidad de alegrar a la gente y levantarle el ánimo.
    —Me adhiero. — Naseby no sonaba más alegre que Ulbricht. — Ojalá no hubiera salido al alerón.
    —No les gustaría que sobrellevara el peso de mis secretos yo solo, ¿verdad? No es necesario decírselo a nadie más. ¿Para qué sembrar tristeza y desesperanza innecesariamente, sobre todo si no se puede hacer nada?
    —Un estado de feliz ignorancia, ¿no es así? — dijo Naseby. McKinnon asintió. — Me vendría bien un poco a mí.

    Poco después del mediodía, cuando estuvieron a la altura de unas pequeñas islas que apenas se veían y a las que McKinnon llamó las Sherries, él y Ulbricht bajaron, dejando a Naseby y a McGuigan en el puente. La nieve, que se había convertido en un granizo liviano, disminuyó pero no había cesado. La visibilidad, si es que se podía utilizar esa palabra, variaba intermitentemente entre dos y cuatro millas. Las nubes estaban a alrededor de seiscientos metros y en algún lugar por encima de ellas merodeaba el Condor. McKinnon no había vuelto a oírlo, pero estaba seguro de que seguía allí arriba.

    El capitán y Kennet estaban sentados en la cama y el contramaestre pasó una buena parte del tiempo con ellos y con Margaret Morrison. Todos se mostraban muy serenos, pero la tensión y la expectativa que flotaban en el aire eran inconfundibles y considerables. Habrían sido aún más considerables, pensó McKinnon si hubieran sabido que el Condor patrullaba por encima de las nubes.

    Encontró a Patterson y a Sinclair en el comedor. Sinclair dijo:

    —Nos vemos extrañamente libres de alarmas y excursiones esta mañana, ¿verdad contramaestre?
    —Ojalá sigamos así por mucho tiempo. — Se preguntó si Sinclair consideraría el Condor como una alarma o una excursión. — El tiempo está de nuestra parte. Nieva, la visibilidad es pobre, no hay niebla, pero es mala de todos modos, y las nubes están bajas.
    —Suena prometedor. Quizá todavía lleguemos a recalar en las Islas Felices.
    —Eso espero. Hablando de las Islas Felices, ¿ha hecho los preparativos para descargar a los heridos e inválidos cuando lleguemos a las Islas?
    —Sí. No hay problema. Rafferty es un caso de camilla, al igual que cuatro de los que recogimos en Murmansk, dos con heridas en las piernas, dos que sufren de congelamiento. Cinco en total. Fácil.
    —Bien, señor Patterson, esos dos villanos, McCrimmon y Simons, o como sea que se llame. Tendremos que atarlos, al menos atarles las manos detrás de la espalda, antes de llevarlos a tierra.
    —Si es que tenemos la oportunidad de llevarlos a tierra. Tendremos que dejarlo hasta último momento, podrán ser unos delincuentes traicioneros, pero no podemos permitir que un par de hombres se hundan con la nave.
    —Por favor, no hablen de esas cosas —dijo Sinclair. — Por supuesto, señor. ¿Se les ha dado de comer? No es que me importe, claro.
    —No. — Era Sinclair. — Los vi. Simons dice que perdió el apetito y a McCrimmon le duele tanto la cara que no puede comer. Le creo; apenas si puede mover los labios para hablar. Parecería, contramaestre, que lo hubiera golpeado con un martillo.
    —No siento compasión por ninguno de los dos. McKinnon almorzó rápidamente y se levantó.
    —Tengo que ir a relevar a Naseby.


    Faltan alrededor de dos horas. Quizá menos, si veo un banco bajo de niebla o aun de nubes, cualquier cosa en donde podamos desaparecer, ¿Usted o el señor Jamieson estarán en la sala de máquinas para entonces?

    —Ambos, probablemente. — Patterson suspiró. — Esperemos que dé resultado, contramaestre,
    —Es lo único que podemos hacer, señor.


    Poco tiempo luego de las tres de la tarde, en el puente con Naseby y Ulbricht, McKinnon tomó la decisión de escapar.

    —No podemos verlo, pero ¿estamos más o menos frente a la punta sur de Bressay?
    —Diría que sí. Está al oeste de nosotros.
    —Bueno, no tiene sentido postergar lo inevitable. — Tomó el teléfono y llamó a la sala de máquinas. — ¿Señor Patterson? Ahora, por favor. George, todo a estribor, hacia el oeste.
    —¿Y cómo voy a saber dónde está el oeste?

    McKinnon fue a la puerta del alerón de estribor y la abrió.

    —Va a ponerse un poco frío y húmedo pero si mantienes el viento sobre tu mejilla derecha, estarás yendo aproximadamente hacia el oeste. — Fue a la sala de radio destrozada, desconectó el transmisor y salió al alerón de babor.

    El tiempo casi no había cambiado. Cielo gris, aguas grises, un granizo liviano y una visibilidad intermitente de no más de dos millas. Regresó otra vez al puente, dejando la puerta abierta para que el viento del norte entrara en el ambiente.

    —Uno se pregunta —dijo Ulbricht—, qué está pasando por la mente del capitán del submarino en este momento.
    —Probablemente no sean pensamientos demasiado agradables. Todo depende de si contaba con el transmisor o con el Asdic o con ambos para mantenernos bajo control. Si dependía del transmisor, entonces quizá nos siga a una distancia prudente para poder levantar la antena que capte la señal sin ser vista. En ese caso, puede haber estado fuera del alcance de escucha del Asdic. Y si ése es el caso, es posible que crea que el transmisor falló. Después de todo, no tiene motivos para creer que lo encontramos y que estamos al tanto de las travesuras de McCrimmon.

    El San Andreas, ya en silencio, navegaba aproximadamente hacia el oeste, todavía con una buena velocidad.

    —De modo que está en una encrucijada —dijo McKinnon—. No es una posición en la que me gustaría encontrarme. ¿Entonces, qué decisión toma? ¿Aumenta la velocidad y sigue en el mismo rumbo en que estábamos, con la esperanza de alcanzarnos o piensa que podemos haber huido hacia algún refugio y toma un rumbo de intercepción hacia Bard Head con la esperanza de encontrarnos? Todo depende de lo astuto que sea.
    —No lo sé —dijo Ulbricht.
    —Yo sí lo sé —dijo Naseby—. Estamos dando por sentado que no nos ha estado siguiendo con la ayuda del Asdic. Si es tan astuto como tú, Archie, tomará ese rumbo de intercepción y además, le pedirá al Condor que baje a buscarnos.
    —Tenía miedo de que dijeras eso.

    Transcurrieron quince minutos en un silencio cada vez más fantasmagórico, y luego McKinnon salió al alerón de babor. No permaneció allí por mucho tiempo.

    —Tenías razón, George. — El contramaestre parecía resignado. Está allí afuera, buscándonos; oigo los motores del Condor con claridad, pero él todavía no nos vio. Pero nos verá, nos verá. Sólo tiene que registrar el área un poco más y nos encontrará. Luego una señal al submarino, un manojo de bombas para nosotros y el submarino viene a dar el golpe de gracia.
    —Es un pensamiento muy deprimente —dijo Naseby.

    Ulbricht salió al alerón de babor y regresó casi de inmediato. No dijo nada, sólo asintió con la cabeza.

    McKinnon tomó el teléfono.

    —¿Señor Patterson? ¿Podría poner los motores en marcha, por favor? Y no se moleste en aumentar la velocidad lentamente. Llévela rápido al máximo, por favor. El Condor nos está buscando y en unos minutos nos encontrará. Me gustaría salir de aquí a toda prisa.
    —No eres tan veloz como un Condor —dijo Naseby.
    —Lamentablemente, lo sé, George. Pero no pienso quedarme aquí sentado como un blanco inmóvil mientras él viene y nos apalea a su gusto. Siempre se puede intentar un poco de acción de evasiva.
    —El puede virar mucho más rápido que nosotros. Será mejor que empieces a rezar.


    Al Condor le llevó veinte minutos más localizarlos, pero no bien lo hizo no dudó en anunciar su presencia. Se acercó por la popa, volando bajo, como había predicho Naseby, a menos de treinta metros. Naseby puso todo el timón a babor, pero fue en vano; como él también había predicho, el Condor podía virar con mucha más velocidad que ellos.

    La bomba, de mucho menos de doscientos veinticinco kilos, cayó sobre la cubierta unos sesenta metros a proa de la superestructura, penetró y estalló en una llamarada y un potente chorro de aceitosa agua negra.

    —Eso fue extraño —dijo Naseby.

    El contramaestre sacudió la cabeza.

    —Extraño, no. Fue codicia.
    —¿Codicia? — Ulbricht lo miró y luego asintió. — El oro. — No han perdido las esperanzas todavía. ¿Cuánto cree que falta hasta Bard Head?
    —Cuatro millas.
    —Aproximadamente. Si no nos detienen antes de eso, nos hundirán.
    —¿Y si nos detienen?
    —Esperarán a que venga el submarino a capturarnos. — Es triste —dijo Naseby—. Muy triste. Esta pasión por el dinero, digo.
    —Pienso —replicó McKinnon—, que regresarán en un momento para mostrarnos más pasión.

    Efectivamente, el Condor estaba virando en ángulo para volver a pasar sobre la banda de babor del San Andreas.

    —Algunos de ustedes, los pilotos de Condors —le dijo McKinnon a Ulbricht—, son tercos y persistentes.
    —Hay veces en que uno desearía que no lo fueran.

    El segundo ataque fue una réplica del primero. El piloto —o el oficial de navegación— era evidentemente un bombardeador de precisión muy hábil, pues la segunda bomba cayó exactamente en el mismo lugar, con los mismos resultados.

    —Estas bombas no son demasiado gruesas —dijo McKinnon—, pero no vamos a poder tolerar muchas más. Otra como ésa y creo que acabaremos con todo.
    —¿La sábana blanca, quieres decir?
    —Así es. La tengo aquí arriba. No estaba bromeando. ¡Escuchen! ¡Oigo el ruido de un avión!
    —Yo también —dijo Ulbricht—. De industria alemana. — No, éste no. El ruido es totalmente distinto. Es un avión de guerra. ¡Dios, qué estúpido soy! Mejor dicho, ¡qué estúpidos que somos todos, hasta el piloto del Condor! Por supuesto que tienen radares en la isla. Probablemente el lugar es un hervidero de radares. Por supuesto que nos captaron y por supuesto que captaron al Condor. Así que mandaron a alguien a investigar. No. A alguien, no. Oigo dos. — McKinnon tendió la mano e inundó las cubiertas y las bandas del San Andreas con las luces de la Cruz Roja. — Será mejor que no nos confundan con el Tirpitz.
    —Los veo —dijo Ulbricht. Su voz carecía de expresión. — Yo también. — McKinnon miró a Ulbricht y logró mantener el júbilo fuera de su voz. — ¿Los reconoce?
    —Sí. Aviones Hurricane.
    —Lo siento, teniente. — La pena en la voz de McKinnon era genuina. — ¿Pero sabe lo que esto significa, verdad?
    —Me temo que si.

    Fue una lucha desigual. Los Hurricanes atacaron al Condor desde atrás y dispararon en forma simultánea, uno desde arriba y el otro desde abajo. El FockeWulf no estalló ni se desintegró ni se incendió ni hizo nada dramático. Arrastrando nubes de humo, cayó en picada al mar y desapareció debajo de las olas. El rostro del teniente Ulbricht permaneció inexpresivo.

    Los dos aviones regresaron al San Andreas y comenzaron a sobrevolarlo en círculos, uno muy cerca, el otro a una distancia aproximada de una milla. Aunque era difícil ver qué podían hacer contra un submarino a punto de disparar un torpedo excepto volarle el periscopio, su presencia era inmensamente reconfortante.

    McKinnon salió al alerón de babor y saludó a uno de los aviones, el que volaba más cerca.

    Jamieson respondió cuando McKinnon llamó por teléfono. — Creo que ya puede reducir a velocidad normal, señor. El Condor se fue.

    —¿Se fue? ¿Adónde? — Como era lógico, la voz de Jamieson sonaba perpleja.
    —Al fondo del mar. Un par de aviones Hurricane lo volteó.

    Los aviones Hurricane permanecieron con ellos hasta que estuvieron a una milla de Bard Head. Entonces una fragata de aspecto decidido y eficiente apareció en la semioscuridad del crepúsculo y se deslizó sin esfuerzo hasta quedar junto al San Andreas. El contramaestre estaba en la cubierta.

    Un hombre a bordo de la fragata, supuestamente el capitán, utilizó un altoparlante.

    —¿Necesita ayuda y protección, amigo?
    —Ahora ya no.
    —¿Está muy averiado?
    —Bastante. Unas cuantas bombas y varios proyectiles. Pero funcionamos. Hay un horrible submarino dando vueltas por allí.
    —No, ya no. Debe de estar más allá del infierno. ¿Qué es eso que ve en mi popa?
    —Ah, cargas de profundidad.
    —Vaya, vaya. — El barbudo comodoro naval sacudió la cabeza, azorado y miró a los otros que estaban reunidos en el pequeño vestíbulo del hotel.
    —La historia es imposible, por supuesto, pero por la evidencia de mis ojos… bueno, sencillamente tengo que creerles. ¿Su tripulación y sus pasajeros están todos ubicados, señor Patterson?
    —Sí, señor. Aquí y en casas cercanas. Tenemos todo lo que necesitamos.
    —Y hay alguien en un puesto muy alto del gabinete o del Almirantazgo, que anduvo con cuentos. No debería llevar mucho tiempo eliminarlo. Contramaestre, ¿está absolutamente seguro de este asunto del oro?
    —Le apuesto su pensión contra la mía, señor. Imagino que hay una diferencia considerable. — Se puso de pie, tomó a Janet Magnusson del brazo y la ayudó a levantarse. — Con el permiso de todos ustedes, le prometí a esta dama que la llevaría a casa.


    F I N