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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    TIEMPO DE LOBOS (Martin Cruz Smith)

    Publicado el lunes, octubre 02, 2017

    1


    Moscú nadaba en colores. La iluminación brumosa de la Plaza Roja se mezclaba con el neón de los casinos de la Plaza de la Revolución. La luz se expandía, abriéndose paso desde el paseo subterráneo del Manezh. Varios reflectores coronaban las nuevas torres de vidrio y piedra pulida, cada una rematada con un capitel. Al alcalde le encantaban los capiteles. Las cúpulas doradas todavía imponían su presencia entre los jardines circulares, pero durante la noche las excavadoras rompían la ciudad vieja y abrían grandes pozos para levantar una Moscú moderna y vertical, más parecida a Houston o a Dubai. Era la Moscú que Pasha Ivanov había ayudado a crear, un paisaje cambiante de placas tectónicas, corrientes de lava y fatales pisadas en falso.

    El investigador Arkady Renko se asomó por la ventana para ver, diez pisos más abajo, a Ivanov en la acera. Ivanov estaba muerto y su cuerpo, apenas ensangrentado, tenía las piernas y los brazos torcidos en ángulos raros. Había dos Mercedes negros estacionados contra la acera, el automóvil de Ivanov y la camioneta 4 x 4 de sus guardaespaldas. A veces le parecía a Arkady que a cada uno de los empresarios de éxito y de los matones de la mafia de Moscú le habían dado dos Mercedes negros como los de las SS nazis.

    Además de los guardaespaldas del automóvil de custodia, el recepcionista y el ascensorista también estaban armados. Varias cámaras vigilaban el vestíbulo, el ascensor para huéspedes, la puerta de servicio y el frente del edificio. Ivanov llegó a las 21:28, subió directamente al departamento más seguro de Moscú, y a las 21:48 se arrojó a la acera. Arkady midió la distancia desde el edificio hasta donde yacía Ivanov. En general, las víctimas de homicidios caían más cerca, porque desperdiciaban toda su energía en tratar de salvarse. Los suicidas, más decididos, caían más lejos. Ivanov casi había llegado hasta la calle.

    Detrás de Arkady, el fiscal Zurin les llevó bebidas a un vicepresidente de NoviRus llamado Timofeyev y a una rubia joven y elegante, vestida de negro, que estaban en la sala. Zurin era meticuloso como un maître d'hôtel; había sobrevivido a seis regímenes del Kremlin gracias a su habilidad para reconocer a los mejores clientes y resolver problemas. Timofeyev temblaba; la chica estaba ebria. Arkady pensó que la reunión se parecía un poco a una fiesta cuyo anfitrión, de manera súbita e inexplicable, se había lanzado por la ventana. Después de la conmoción, los invitados seguían divirtiéndose como si nada.

    La excepción era Bobby Hoffman, el asistente estadounidense de Ivanov. Aunque valía millones de dólares, tenía los zapatos rotos, los dedos manchados de tinta y la chaqueta de gamuza tan gastada que brillaba. Arkady se preguntó cuánto tiempo más duraría Hoffman en NoviRus. ¿Asistente de un muerto? No parecía un futuro muy prometedor.

    Hoffman se acercó a Arkady, junto a la ventana.

    —¿Por qué le pusieron bolsas de plástico en las manos a Pasha?
    —Estaba buscando señales de resistencia, tal vez cortes en los dedos.
    —¿Resistencia? ¿Como en una lucha?

    El fiscal Zurin se inclinó hacia adelante en el sofá.

    —No habrá investigación. No investigamos los suicidios. En el departamento no hay señales de violencia. Ivanov subió solo. Y se fue solo. Eso, amigos míos, es suicidio ciento por ciento.

    La muchacha parecía aturdida. Por la información sobre Pasha Ivanov, Arkady se había enterado de que Rita Shevchenko era su decoradora de interiores personal; tenía veintiún años y ese día vestía un traje de chaqueta y pantalón de cuero rojo y botas de tacos altos.

    Timofeyev era conocido como un enérgico deportista, pero se había encogido tanto dentro del traje, que bien podría ser el padre de Arkady.

    —Los suicidios son una tragedia personal. Ya es bastante terrible sufrir la muerte de un amigo. El coronel Ozhogin, jefe de seguridad de NoviRus, viene en avión para acá —dirigiéndose a Arkady, agregó—: Ozhogin no quiere que se haga nada hasta que llegue él.

    Arkady respondió:

    —No acostumbramos dejar un cadáver en la acera, como si fuera una alfombra, ni siquiera para el coronel.
    —No le preste atención al investigador Renko —intervino Zurin—. Es el fanático de la oficina. Es como un perro de narcóticos: no deja bolsa sin olfatear.

    Aquí no quedará mucho que olfatear, pensó Arkady. Habían contaminado por completo la escena del crimen. Por simple curiosidad, se preguntó si podría conservar intactas las huellas ensangrentadas que había en el alféizar.

    Timofeyev se apretó la nariz con un pañuelo. Arkady vio unos puntos rojos.

    —¿Hemorragia nasal? — pregunto Zurin.
    —Resfrío de verano —respondió Timofeyev.

    Frente al departamento de Ivanov había un oscuro edificio de oficinas. Del vestíbulo salió un hombre, que saludó con la mano a Arkady y le hizo una seña con el pulgar hacia abajo.

    —¿Uno de sus hombres? — preguntó Hoffman.
    —Un detective, por si alguien se quedó allá trabajando hasta tarde y vio algo.
    —Pero usted no está investigando.
    —Hago lo que mande el fiscal.
    —Entonces usted cree que fue un suicidio.
    —Preferimos los suicidios. No dan trabajo ni elevan el índice de delincuencia —a Arkady también se le pasó por la mente que los suicidios no ponían en evidencia la ineptitud de investigadores y milicianos, más competentes para diferenciar los borrachos muertos de los vivos, que para resolver asesinatos cometidos con poca o mucha premeditación.
    —Sepan disculpar ¡Renko —dijo Zurin—. Cree que toda Moscú es una escena del crimen. El problema es que la prensa convertirá en una noticia sensacionalista la muerte de alguien tan eminente como Pasha Ivanov.

    En ese caso, mejor el suicidio de un financista desequilibrado que un asesinato, pensó Arkady. Timofeyev podía lamentar el suicidio de su amigo, pero una investigación por asesinato pondría bajo sospecha a toda la empresa NoviRus, en especial desde la perspectiva de los socios e inversores extranjeros que ya sentían que hacer negocios en Rusia equivalía a sumergirse en aguas turbias. Puesto que Zurin había ordenado que Arkady realizara una investigación financiera de Ivanov, ese cambio de rumbo debía ejecutarse con rapidez. Así que no era un simple conserje, pensó Arkady, sino un hábil marinero que sabía en qué momento virar el barco.

    —¿Quiénes tenían acceso al departamento? — preguntó Arkady.
    —Pasha era el único autorizado en ese nivel. La seguridad era la mejor del mundo —afirmó Zurin.
    —La mejor del mundo —convino Timofeyev.

    Continuó Zurin:

    —Cámaras de vigilancia cubren todo el edificio, tanto adentro como afuera, con monitores vigilados no sólo aquí, en el escritorio de la recepción, sino también, para mayor garantía, por los técnicos del cuartel general de Seguridad NoviRus. Los otros departamentos tienen llaves; Ivanov contaba con un teclado numérico provisto de un código que sólo él conocía. También tenía un botón de bloqueo junto al ascensor, para dejar afuera al mundo cuando él estaba adentro. Disponía de toda la seguridad necesaria.

    En el vestíbulo, Arkady había visto los monitores dispuestos en un escritorio redondo de palisandro. Cada pantalla estaba dividida en cuatro. Además, la recepcionista tenía un teléfono blanco con dos líneas exteriores y un teléfono rojo con una línea directa a NoviRus.

    —¿El personal del edificio no tiene el código de Ivanov? — preguntó Arkady.
    —No. Sólo la oficina central, en NoviRus.
    —¿Quién tenía acceso al código allá?
    —Nadie. Estaba sellado, hasta esta noche.

    Según el fiscal, Ivanov había ordenado que nadie entrara en el departamento salvo él: ni personal ni mucama ni plomero. Cualquiera que lo intentara aparecería en los monitores y grabado en cinta, y el personal no había visto nada. El propio Ivanov se ocupaba de limpiar. Le daba al hombre del ascensor la basura, la ropa para lavar, las prendas para la tintorería, la lista de compras de comida o lo que encontrara en el vestíbulo a su regreso. Zurin lo contaba como si fueran virtudes.

    —Un excéntrico —comentó Arkady.
    —Podía darse el lujo de ser excéntrico. Churchill se paseaba desnudo por su castillo.
    —Pasha no estaba loco —dijo Rina.
    —¿Y cómo estaba? — replicó Arkady—. ¿Cómo lo describiría usted?
    —Había adelgazado. Decía que tenía una infección. Tal vez una mala reacción al tratamiento.
    —Ojalá estuviera Ozhogin acá —se lamentó Timofeyev.

    Arkady había visto la lustrosa tapa de una revista en la que se veía a Lev Timofeyev muy seguro de sí, navegando en un yate en el mar Negro, surcando las olas. ¿Donde esta a ese Timofeyev, se preguntó.

    Una ambulancia se detuvo casI en silencio Junto a la acera. El detective cruzó la calle con una cámara y tomó varias fotos con flash de Ivanov mientras lo metían en la bolsa para cadáveres, y de la mancha en la acera. Había algo oculto bajo el cuerpo de Ivanov. Desde donde se hallaba Arkady, parecía un vaso. El detective tomó una foto también de eso.

    Hoffman observaba tanto a Arkady como la escena que se desarrollaba abajo.

    —¿Es cierto que usted ve a Moscú como la escena de un crimen?
    —La fuerza de la costumbre.

    La sala habría sido el sueño de un técnico forense: sofá y sillas de cuero blanco, piso de piedra caliza y paredes tapizadas en lino, mesa baja y cenicero de vidrio, todos materiales excelentes para encontrar pelos, lápiz labial, huellas digitales, las marcas de la vida. Habría resultado fácil espolvorear y buscar antes de que Zurin invitara alegremente a una multitud y arruinara esas pruebas. Porque con un suicida que se arroja por la ventana había dos preguntas: ¿estaba solo? y ¿lo empujaron?

    Dijo Timofeyev, sin dirigirse a nadie en particular:

    —Pasha y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo. Estudiamos e investigamos juntos en el instituto cuando el país sufrió su colapso económico. Imagínense, el laboratorio físico más grande de Moscú, y trabajábamos sin sueldo. El director, el académico Gerasimov, apagaba la calefacción para ahorrar dinero, y por supuesto era invierno y las cañerías se congelaban. Teníamos mil litros de agua radiactiva que verter, así que la mandamos al río, en el centro de la ciudad —vació su vaso—. El director era un hombre brillante, pero a veces se perdía en una botella de alcohol. En esas ocasiones descansaba en Pasha y en mí. De cualquier modo, arrojó agua radiactiva en pleno Moscú, y nadie lo supo.

    Estas palabras tomaron a Arkady por sorpresa. Por cierto, él no se había enterado.

    Rina llevó el vaso de Timofeyev al bar, donde se detuvo junto a una galería de fotografías en las que Pasha Ivanov desbordaba vitalidad. No era un individuo atractivo, pero sí alto, y lleno de gestos grandilocuentes. En diferentes fotos, descendía por acantilados, caminaba por los Urales, atravesaba aguas blancas en un kayak. Abrazaba a Yeltsin y Clinton y Bush padre. Sonreía a Putin, que, como siempre, parecía estar chupando un limón. Acunaba a un perro salchicha miniatura como si fuera un bebé. Ivanov con tenores de ópera y astros de rock, e incluso haciendo una reverencia al patriarca ortodoxo o al papa romano, y en todas esas tomas reflejaba una confianza descarada en sí mismo. Otros “nuevos rusos” habían quedado a mitad de camino: muertos de un balazo, caídos en bancarrota o exiliados por el Estado. Pasha no sólo florecía, sino que era un hombre de espíritu cívico, y cuando los fondos de construcción para la iglesia del Redentor escasearon, proveyó las láminas de oro para la cúpula. La primera vez que Arkady abrió la carpeta con los antecedentes del millonario, le dijeron que, si alguien lo acusaba de violar la ley, Ivanov llamaba al Senado con su teléfono celular y hacía rescribir el código. Tratar de acusar a Ivanov era como intentar agarrar a una serpiente que no dejaba de cambiar piel tras piel, mientras le crecían patas. Pasha Ivanov era a la vez un hombre de su época y una etapa de la evolución.

    Arkady observó un destello apenas perceptible en el alféizar, partículas dispersas de unos cristales tan comunes que no pudo resistir el impulso de presionar el dedo índice contra ellas para levantarlas y probarlas. Sal.

    —Voy a echar un vistazo por ahí —anunció.
    —Pero no está investigando —aclaró Hoffman.
    —En absoluto.
    —Una palabra a solas —le dijo Zurin. Lo llevó al vestíbulo—. Renko, tenemos iniciada una investigación a Ivanov y NoviRus, pero una causa por suicidio no le huele bien a nadie.
    —Fue usted el que inició la investigación.
    —Y la voy a cerrar. Lo último que quiero es que la gente piense que acosamos a Pasha Ivanov al extremo de llevarlo a la muerte, y que seguimos tras él cuando ya estaba en la tumba. Nos hace parecer vengativos, fanáticos, cosa que no somos —el fiscal buscó los ojos de Arkady—. Cuando haya dado su vistazo por ahí, vaya a su oficina y junte todos los archivos de Ivanov y NoviRus y déjelos en la mía. Hágalo esta noche. Y deje de usar esa frase “nuevo ruso” cuando se refiere al delito. Todos somos “nuevos rusos”, ¿no?
    —Lo intento.

    El departamento de Ivanov ocupaba todo el décimo piso. No había muchas habitaciones, pero eran espaciosas y teman una vista panorámica de la ciudad que daba la ilusión de caminar en el aire. Arkady comenzó por un dormitorio tapizado con paneles de lino, y una alfombra persa en el piso. Las fotografías que había allí eran más personales: Ivanov esquiando con Rina, navegando con Rina, buceando con Rina. Ella tenía ojos enormes y protuberantes pómulos eslavos. En cada foto una brisa agitaba su cabello rubio; era de las que pueden atraer la atención de una brisa. Considerando la diferencia de edad entre ambos, para Ivanov la relación debía de haber sido un poco como tener de amante a una rubia de piernas largas, una Lolita. Eso era lo que Rina le evocaba a Arkady; ¡después de todo, Lolita era una creación rusa! Había una expresión casi paternal en la cara de Ivanov, y un sabor a caramelo en la sonrisa de Rina.

    De la pared colgaba un desnudo rosa, un Modigliani. En la mesita de noche había un cenicero de vidrio Lalique y un reloj despertador Hermes; en el cajón, una pistola de 9 milímetros, una Viking con un cargador grueso de diecisiete disparos, pero sin el menor rastro de haberse usado alguna vez. Sobre la cama había un portafolio que contenía sólo una bolsa de zapatos Bally y un cargador de teléfono celular. En un estante para libros, una selección decorativa de tomos de gastada encuadernación en cuero —Pushkin, Rilke y Chejov— y una caja con un trío de relojes Patek, Cartier y Rolex; los sacudió con delicadeza para mantenerlos en funcionamiento, una gran necesidad para los muertos. La única nota discordante era la ropa sucia apilada en un rincón.

    Entró en un cuarto de baño con piso de piedra caliza, artefactos enchapados en oro, bañera gigante, barras calefaccionadas para colgar batas grandes como para osos polares, y la comodidad de un teléfono. Un espejo para afeitarse aumentaba las arrugas de la cara de Arkady. Un botiquín contenía —además de los artículos de tocador habituales— frascos de Viagra, pastillas para dormir, Prozac. Arkady observó el nombre de una tal doctora Novotny en cada prescripción. No vio ningún antibiótico para una infección.

    La cocina lucía nueva y olvidada. Relucientes electrodomésticos de acero, ollas enlozadas impecables y hornallas sin una sola mancha de salsa adherida. Un estante plateado sostenía botellas polvorientas de vinos caros, sin duda elegidos por un experto. Pero la máquina lavaplatos rebosaba de platos sucios, así como la cama estaba mal tendida y las toallas del baño colgaban torcidas: rastros de un hombre que se atiende solo. La heladera tamaño restaurante era como una bóveda fría y vacía, salvo unas botellas de agua mineral, unos pedazos de queso, galletas y media hogaza de pan en rebanadas. El vodka descansaba en el freezer. Pasha era un hombre ocupado, que salía todas las noches a cenas de negocios. Era, hasta hacía poco, un hombre famoso y sociable, no un rico recluido, de uñas y pelos largos. Habría querido mucho más que mostrar a sus amigos una brillante cocina ultramoderna y ofrecerles un Bordeaux decente o una copa de vodka helado. Sin embargo, no le había mostrado nada de todo aquello a nadie, durante meses. En el comedor, Arkady apoyó una mejilla contra la mesa de palisandro y la observó en todo su largo. Cubierta de polvo, pero ni un rasguño.

    Con sólo girar un reóstato, la habitación siguiente se convirtió en un cine casero, con una pantalla plana de unos dos metros de ancho, bafles negro mate y ocho sillas giratorias de terciopelo rojo con lámparas individuales de pie flexible. Todos los “nuevos rusos” tenían cines caseros. Arkady recorrió la videoteca que abarcaba desde Eisenstein hasta Jackie Chan. No había ninguna cinta en la videocasetera, y nada en el frigobar, salvo botellas individuales de Moet.

    Una habitación para ejercicio físico, con ventanas hasta el techo, piso acolchado, pesas y una máquina de gimnasia con aspecto de catapulta. Encima de la bicicleta fija colgaba un televisor.

    Lo mejor era la oficina, una cabina de mando futurista, de vidrio y acero inoxidable. Todo estaba a mano: monitor e impresora en el escritorio, una computadora con la bandeja de CD abierta debajo, junto a una papelera vacía. Sobre una mesa había ejemplares de The Wall Street Journal y The Financial Times, doblados con tanta prolijidad como sábanas planchadas. En la pantalla del monitor se veía la página de CNN, cifras de mercado fluyendo bajo un hombre que murmuraba casi en silencio a medio mundo de distancia. Arkady sospechó que el sonido en sordina era el signo característico de un hombre solitario, la necesidad de oír otra voz en el departamento, aunque prohibiera la entrada a su amante y sus socios más cercanos. También tuvo la impresión de que aquello era lo más cerca que alguien de la fiscalía había llegado alguna vez a penetrar NoviRus. Qué pena que el hombre que lo hacía fuera él. A eso había llegado la vida de Arkady: sus habilidades habían quedado reducidas a averiguar que hombre habla intimidado a otro. Las sutilezas del robo corporativo eran nuevas para él, así que se detuvo frente a la computadora como un simio ante el fuego. Virtualmente a su alcance podían estar las respuestas que buscaba: los nombres de socios incógnitos en los ministerios que promovían y protegían a Ivanov y sus números de cuentas en bancos del exterior. No encontraría baúles de autos llenos de dólares; las cosas ya no funcionaban así. No había papeles; la información fluía por el aire. El dinero también fluía por el aire y desaparecía.

    Víctor, el detective de la calle, lo resolvió al fin. Era un hombre que dormía poco y que siempre llevaba un suéter que apestaba a cigarrillo. Levantó una bolsa de papel que contenía un salero.

    —Esto estaba en la vereda, debajo de Ivanov. Tal vez ya estaba ahí. ¿Por qué alguien saltaría por una ventana con un salero?

    Bobby Hoffman pasó junto a Víctor.

    —Renko, los mejores hackers del mundo son rusos. Encripté y programé el disco rígido de Pasha para que se autodestruyera a la primera señal de violación. O sea: no toque una puta tecla.
    —¿Usted era el mago de la computación de Pasha, además de asesor de negocios? — preguntó Arkady.
    —Hacía lo que Pasha me pedía.

    Arkady dio un golpecito en la bandeja de CD. Se cerró. Hoffman agregó:

    —También debería decirle que la computadora y todos los discos son propiedad de NoviRus. Está a un milímetro de meterse en propiedad ajena. Debería conocer las leyes.
    —Señor Hoffman, no me hable de las leyes rusas. Usted era ladrón en Nueva York, y es ladrón acá.
    —No; soy consultor.
    —Lo que significa…
    —Que soy el tipo que le dijo a Pasha que no se preocupara por usted. ¿Tiene estudios avanzados en negocios?
    —No.
    —¿En leyes?
    —No.
    —¿En contabilidad?
    —No.
    —Entonces, que tenga suerte. Los estadounidenses me persiguieron con un montón de abogados entusiastas recién graduados de Harvard. Veo que Pasha tenía mucho que temer —esto se parecía más a la actitud hostil que Arkady había esperado, pero Hoffman perdió ímpetu—. ¿Por qué no cree que haya sido suicidio? ¿Qué pasa?
    —No dije que pasara nada.
    —Algo lo está perturbando.

    Arkady lo pensó.

    —En los últimos tiempos su amigo no era el Pasha Ivanov de antes, ¿no?
    —Pudo haber sido depresión.
    —En los últimos tres meses se mudó dos veces. Las personas deprimidas no tienen energía para mudarse; se quedan quietas —la depresión era un tema del que Arkady sabía bastante—. A mí me suena a miedo.
    —¿Miedo a qué?
    —Usted estaba más cerca de él; debería saberlo mejor que yo. ¿Acá hay algo que parezca fuera de lugar?
    —No sabría decirle. Pasha no nos dejaba pasar. Rina y yo no entrábamos en este departamento desde hacía un mes. Si usted estuviera investigando, ¿qué buscaría?
    —No tengo idea.

    Víctor palpó la manga de la chaqueta de Hoffman.

    —Linda gamuza. Debe de haber costado una fortuna.
    —Era de Pasha. Se la elogié una vez, cuando la llevaba puesta, y me obligó a aceptarla. Tenía muchas más… pero era generoso.
    —¿Cuántas chaquetas más? — preguntó Arkady.
    —Veinte, por lo menos.
    —¿Y trajes y zapatos y zapatillas deportivas?
    —Por supuesto.
    —Vi ropa en un rincón del dormitorio. No vi armario.
    —Se lo mostraré —dijo Rina. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba junto a Víctor? Arkady no sabía—. Yo diseñé el departamento, como ya sabe.
    —Es un departamento muy lindo —comentó Arkady.

    Rina lo estudió, como buscando rastros de condescendencia; luego se volvió y, vacilante, apoyando una mano en la pared, lo condujo hacia el dormitorio de Ivanov. Arkady no vio nada diferente hasta que Rina empujó un panel de la pared que con un clic se abrió y reveló un vestidor bañado en luz. A la izquierda colgaban trajes; a la derecha, pantalones y chaquetas, algunos nuevos, todavía colgados en las bolsas de negocios de elaborados nombres italianos. De un pie giratorio colgaban corbatas. Había cajoneras empotradas para las camisas y la ropa interior, y estantes para los zapatos. Las prendas iban desde cachemira fina hasta lino de sport, y todo lucía inmaculado, salvo un alto espejo de cuerpo entero, partido pero intacto. Un lecho de cristales centelleantes cubría el piso.

    Llegó el fiscal Zurin.

    —¿Y ahora qué pasa?

    Arkady se lamió un dedo para levantar una partícula y se lo llevó a la lengua.

    —Sal. Sal de mesa.

    Habían volcado en el piso por lo menos cincuenta kilos de sal.

    El montículo tenía una suave forma redondeada, en la que se dibujaban dos débiles impresiones.

    —Un indicio de trastorno mental —anunció Zurin—. Para esto no existe ninguna explicación cuerda. Es obra de un hombre presa de desesperación suicida. ¿Algo más, Renko?
    —Había sal en el alféizar.
    —¿Más sal? Pobre hombre. Sabe Dios lo que se le pasaba por la cabeza.
    —¿Usted qué cree? — preguntó Hoffman a Arkady.
    —Suicidio —dijo Timofeyev desde el vestíbulo, la voz amortiguada por el pañuelo.

    Habló Víctor:

    —Con tal que Ivanov esté muerto. Mi madre puso todo su dinero en uno de sus fondos. Él prometió una ganancia del ciento por ciento en cien días. Mamá lo perdió todo, y a él lo votaron Nuevo ruso del Año. Si ahora estuviera acá, vivo, yo mismo lo estrangularía con sus propias tripas humeantes.

    Con eso se arreglaba el asunto, pensó Arkady.

    Cuando Arkady terminó de llevar una gran cantidad de archivos de NoviRus al despacho del fiscal y regresó a su casa, eran las dos de la mañana.

    Su departamento no era una torre de vidrio que relucía en el horizonte, sino una pila de piedras cerca de los jardines circulares. Diferentes arquitectos soviéticos parecían haber trabajado Con anteojeras puestas para diseñar un edificio con arbotantes, columnas romanas y ventanas moriscas. Algunas secciones de la fachada se habían caído, y en algunas partes crecían hierbas y retoños de árboles sembrados por el viento, pero adentro los departamentos ofrecían cielos rasos altos y ventanas de bisagra. La vista del de Arkady no era de elegantes Mercedes que pasaban como deslizándose, sino de un fondo lleno de talleres de metales, cada uno asegurado por un candado protegido por la base de plástico de una botella de gaseosa.

    Fuera cual fuere la hora, el señor y la señora Rajapakse, sus vecinos del otro lado del pasillo, llegaban con bizcochos, huevos duros y té. Eran profesores universitarios de Sri Lanka, una pareja baja, de tez oscura, de modales delicados.

    —No es ninguna molestia —dijo Rajapakse—. Usted es nuestro mejor amigo en Moscú. ¿Sabe lo que dijo Gandhi cuando le preguntaron por la civilización occidental? Dijo que le parecía una buena idea. Usted es el único ruso civilizado que conocemos. Y como sabemos que no se cuida, debemos cuidarlo nosotros.

    La señora Rajapakse llevaba un sari. Se desplazó por el departamento como una mariposa para atrapar una mosca y sacarla por la ventana.

    —Mi esposa no le hace daño a nada —dijo el marido—. Acá, en Moscú, hay mucha violencia. Ella se preocupa por usted todo el tiempo. Es como una madre para usted.

    Después de enviarlos de regreso a su casa, Arkady se sirvió medio vaso de vodka y brindó en silencio consigo mismo. Por un “antiguo ruso”.


    2


    Evgeny Lysenko, apodado Zhenya, de once años de edad, parecía un viejo esperando en una parada e ómnibus. Vestía la gruesa chaqueta a cuadros con gorra haciendo juego, que tenía puesta cuando la milicia lo había llevado al refugio para niños el invierno anterior. Las mangas le quedaban cada vez mas cortas, pero siempre que salía de paseo con Arkady se ponía las mismas prendas y llevaba el mismo juego de ajedrez y el mismo libro de cuentos que le habían dejado. Si no salía semana por medio, Zhenya se escapaba. Cómo había llegado a convertirse en una obligación para él era un misterio para Arkady. La primera vez, había acompañado a una amiga bienintencionada, periodista de televisión, una mujer buena que buscaba un niño al que proteger y salvar. Cuando llegó al refugio para la segunda excursión, sonó el teléfono celular. Era la periodista, para decirle que lo lamentaba pero que no podría ir; para ella, una tarde con Zhenya bastaba. Para entonces Zhenya ya casi había subido al automóvil, y Arkady sólo tenía dos opciones: saltar tras el volante y marcharse, o llevar a pasear al niño.

    De cualquier modo, allí estaba Zhenya una vez más, vestido para invierno un día caluroso de verano, aferrando su libro de cuentos, mientras Olga Andreevna, la directora del refugio, lo colmaba de caricias.

    —Alégrelo —le dijo a Arkady—. Es domingo. Todos los otros niños tienen alguna visita, y Zhenya debería recibir algo también. Cuéntele chistes. Anímese. Hágalo reír.
    —Trataré de recordar unos chistes.
    —Vayan a ver una película, o a patear una pelota. El niño necesita salir más, necesita relacionarse. Nosotros ofrecemos evaluación psiquiátrica, alimentación adecuada, clases de música, una escuela cercana. La mayoría de los niños progresan. Zhenya, no.

    El refugio parecía ser un ambiente sano; un edificio de dos pisos pintado como un dibujo infantil, con pájaros, mariposas, arco iris y sol, y una huerta de verdad, rodeada de caléndulas. Era un modelo, un oasis en una ciudad donde había miles de niños sin hogar, que trabajaban empujando carros de mercado a la intemperie, o cosas peores. Arkady vio, en un patio de recreo, un círculo de niñas que servían té a sus muñecas. Se las veía felices.

    Zhenya subió al auto, se puso el cinturón de seguridad y apretó contra sí su libro de cuentos y su juego de ajedrez. Miraba derecho hacia delante, como un soldado.

    —Y bien, ¿qué harán, entonces? — preguntó Olga Andreevna a Arkady.
    —Bueno, ya que somos unas almas tan alegres, podemos hacer cualquier cosa.
    —¿Él le habla?
    —Lee su libro.
    —¿Pero habla con usted?
    —No.
    —¿Y cómo se comunican?
    —Para serie franco, no lo sé.

    Arkady tenía un Zhiguli 9, un automóvil resistente, no impactante pero construido para las calles rusas. Avanzaron a lo largo del paredón del río, pasando ante pescadores en busca de vida acuática urbana. Si se tomaba en cuenta la nube negra de escapes de camiones y el verde deprimido del río Moscú, en optimismo los pescadores resultaban difíciles de superar. Pasó a toda velocidad un BMW, seguido por un equipo de seguridad en una camioneta 4 x 4. En realidad, la ciudad estaba más segura que en años, y los autos de custodia servían sobre todo a los fines de la apariencia, como el séquito de un noble. Los empresarios más feroces ya se habían matado entre ellos, y la tregua entre las mafias parecía mantenerse. Por supuesto, los hombres prudentes adoptaban todas las formas de seguridad posibles. Los restaurantes, por ejemplo, tenían tantos guardias de seguridad privados como un representante de la mafia local en la puerta. Moscú había alcanzado un equilibrio, lo que tornaba el suicidio de Ivanov aún más difícil de entender.

    Zhenya leía en voz alta su cuento preferido, sobre una niña abandonada por el padre y enviada por la madrastra a lo profundo del bosque para que la matara y la comiera una bruja, Baba Yaga.

    —”Baba Yaga tenía una nariz larga y azul, y dientes de metal, y vivía en una choza con patas de gallina, que podía caminar por el bosque y detenerse donde Baba Yaga le ordenaba. Alrededor de la choza había una cerca adornada con calaveras. La mayoría de las víctimas moría de sólo ver a Baba Yaga. Los hombres más fuertes, los señores más adinerados, todos. La bruja hervía la carne hasta desprenderla de los huesos y cuando habla comido hasta el último bocado agregaba los cráneos a la espantosa cerca. Unos cuantos prisioneros vivían lo suficiente para escapar, pero Baba Vaga los perseguía volando en un mortero mágico.”

    Sin embargo, página tras página, mediante la bondad y el coraje, la niña lograba escapar y abrirse paso por el bosque hasta donde se encontraba su padre, que se deshacía de la madrastra malvada. Cuando Zhenya terminó de leer, echó un rápido vistazo a Arkady y se acomodó en el asiento; un ritual cumplido.

    En la colina de los Gorriones, Arkady detuvo el auto frente a la Universidad de Moscú, uno de los rascacielos de Stalin, construido por presos en medio de tal fiebre de altos estudios y con tal costo de vidas que se decía que habían quedado cuerpos sepultados. Ése era un cuento de hadas que podía guardarse para sí, pensó Arkady.

    —¿Te divertiste esta semana? — preguntó al niño.

    Zhenya no dijo nada. Aun así, Arkady intentó una sonrisa. Al fin y al cabo, muchos niños del refugio habían sufrido abuso y abandono; no podía esperarse que fueran unos rayos de sol. A algunos los adoptaban y se marchaban del refugio. Zhenya, con su nariz afilada y su voto de silencio, no era un candidato probable.

    Él mismo habría sido más difícil de complacer, pensó Arkady, si hubiera tenido en su infancia una mejor opinión de sí. Según recordaba, había sido un sujeto antipático, desprovisto de capacidad social y aislado por el aura de miedo que rodeaba a su padre, un oficial del ejército de lo más dispuesto a humillar a los adultos, y ni hablar a un niño. En cuanto Arkady llegaba al departamento en que vivían, sabía si el general ya estaba allí sólo por la quietud del aire. Hasta el vestíbulo parecía contener el aliento. De modo que ahora tenía poca experiencia personal en que basarse. Su padre jamás lo había llevado de paseo. A veces el sargento Belov, ayudante de su padre, lo llevaba al parque. Lo mejor eran los inviernos, cuando el sargento, caminando con pesadez y resoplando como un caballo, lo llevaba tirando de un trineo por la nieve. Si no, Arkady paseaba con su madre, que tendía a caminar adelante, una mujer delgada, con una trenza oscura, perdida en su mundo.

    Zhenya siempre insistía en ir al parque Gorky. En cuanto compraban las entradas e ingresaban, Arkady se hacía a un lado mientras Zhenya recorría con lentitud la fuente de la plaza para mirar a la muchedumbre. Pelusas de semillas de álamo blanco flotaban en el aire y se juntaban alrededor de los puestos. Los cuervos patrullaban en busca de migas de sándwiches. El parque Gorky era oficialmente un parque de cultura, dedicado en especial a funciones de música clásica al aire libre y paseos entre los árboles. Con el tiempo, los grupos de rock acapararon el podio de la orquesta, y los paseos habían cedido lugar a los entretenimientos y los juegos. Como siempre, Zhenya regresó de la fuente desalentado.

    —Disparémosle a algo —propuso Arkady. Eso solía animar a los varones.

    Con cinco rubIos compró cinco turnos para disparar con un rifle de aire comprimido a una hilera de latas de gaseosa. Arkady recordaba la época en que los blancos eran bombarderos estadounidenses colgados de cuerdas, algo a lo que valía la pena disparar. De allí se dirigieron a la casa del terror, donde avanzaron por una senda oscura entre gemidos aburridos y murciélagos oscilantes. A continuación venía una nave espacial de verdad, que realmente había orbitado alrededor de la Tierra; tenía asientos y se sacudía de un lado a otro para simular un descenso dificultoso.

    Arkady preguntó:

    —¿Qué crees, capitán? ¿Deberíamos regresar a la Tierra?

    Zhenya se bajó de la silla y se marchó sin siquiera dirigirle una mirada.

    Era un poco como acompañar a un sonámbulo. Arkady estaba allí, pero invisible, y Zhenya caminaba derecho, sin distraerse. Se detuvieron, como lo hacían en cada paseo, a mirar a los que practicaban salto bungee. Eran adolescentes, que se turnaban para saltar en el aire desde la plataforma —sacudiéndose, chillando de miedo—, arrojarse y volver subir de un tirón un instante antes de dar contra el suelo. Las chicas eran sensacionales, con el cabello que les ondeaba al bajar y caía con brusquedad cuando se interrumpía la caída. Arkady no pudo sino pensar en Ivanov y la diferencia entre la diversión de la casi—muerte y la muerte de verdad, la profunda diferencia entre ponerse de pie de un salto, entre risas, y quedar aplastado en la acera. Por su parte, a Zhenya no parecía importarle si los que saltaban morían o sobrevivían. Siempre se ubicaba en el mismo sitio y miraba con cautela a su alrededor. Después fue hacia la montaña rusa.

    Hizo las vueltas en el mismo orden: una completa, un columpio gigante y un paseo en un bote de pedal alrededor de un lago artificial. Arkady y él se echaron atrás en los asientos y pedalearon, igual que las veces anteriores, mientras cisnes negros y cisnes blancos pasaban nadando cerca. Aunque era domingo, en el parque reinaba una atmósfera silenciosa. También pasaban patinadores que se deslizaban con pasos largos y fáciles. Por los altoparlantes se oía a los Beatles: “Yesterday”. Zhenya parecía acalorado con su chaqueta y su gorra, pero Arkady sabía que no debla sugerirle que se las quitara.

    Al ver unos abedules plateados Junto al agua, Arkady pregunto:

    —¿Has venido alguna vez en invierno?

    Habría dado lo mismo que Zhenya fuera sordo.

    —¿Patinas sobre hielo? — preguntó Arkady.

    Zhenya miró derecho hacia adelante.

    —Patinar sobre hielo acá, en invierno, es maravilloso —afirmó Arkady—. Tal vez debiéramos hacerlo.

    Zhenya ni parpadeó.

    Arkady continuó:

    —Lamento no saber desempeñarme mejor. Nunca fui bueno para los chistes, no consigo recordarlos, En la época soviética, cuando la situación era desesperada, teníamos muy buenos chistes.

    Ya que en el refugio para niños daban comida nutritiva, Arkady colmó a Zhenya de golosinas y gaseosas, Comieron en una mesa al aire libre mientras jugaban al ajedrez con piezas gastadas por el uso, en un tablero arreglado más de una vez con cinta adhesiva. Zhenya no hablaba ni siquiera para decir: “¡Mate!”. Se limitaba a derribar el rey de Arkady en el momento debido y volver a acomodar las piezas.

    —¿Alguna vez has probado jugar al fútbol? — preguntó Arkady—. ¿O coleccionar estampillas? ¿Tienes una red para cazar mariposas?

    Zhenya se concentraba en el tablero. La directora del refugio le había dicho a Arkady que el niño solucionaba en soledad problemas de ajedrez todas las noches hasta que apagaban las luces.

    —Tal vez te preguntes cómo es que un investigador como yo esta libre en un día tan lindo. Es porque el fiscal, mi jefe, considera que necesito hacer otra cosa. Está clarísimo que necesito un cambio, porque no sé distinguir un suicidio cuando lo veo. Un investigador que no sepa distinguir un suicidio cuando lo ve necesita hacer otra cosa.

    La jugada de Arkady, la retirada de un caballo a una posición inútil a un costado del tablero, hizo que Zhenya levantara la vista como para detectar una trampa. Nada de que preocuparse, pensó Arkady.

    —¿Has oído nombrar a Pavel Ilych Ivanov? — preguntó—. ¿No? ¿Y a Pasha Ivanov? Un nombre más interesante. Pavel es anticuado, duro. Pasha es oriental, del Oriente, con turbante y espada. Mucho mejor que Pavel.

    Zhenya se puso de pie para ver el tablero desde otro ángulo. Arkady se habría dado por vencido, pero sabía que a Zhenya le encantaba obtener una victoria totalmente aplastante.

    Arkady dijo:

    —Mira qué curioso: si estudias a alguien durante bastante tiempo, si dedicas suficiente esfuerzo a entenderlo, puede volverse parte de tu vida. No un amigo, sino una especie de conocido. Para expresarlo de otro modo, una sombra tiene que estar cerca, ¿no? Creí que estaba empezando a entender a Pasha, y entonces encontré sal. — Arkady buscó una reacción, en vano—. Sí, es para sorprenderse. Había mucha sal en el departamento. Eso no es un crimen, aunque podría ser un indicio. Hay quienes dicen que es de esperar de un hombre que iba a quitarse la vida: un vestidor lleno de sal. Quizá tengan razón. O no. Nosotros no investigamos los suicidios, pero ¿cómo sabes que es un suicidio si no investigas? Ésa es la cuestión.

    Zhenya se comió rápidamente el caballo, revelando la debilidad del alfil de Arkady. Arkady movió el rey. Enseguida el alfil desapareció en la mano de Zhenya, y Arkady hizo avanzar otro cordero sacrificial.

    —Pero el fiscal no quiere complicaciones, en especial de parte de un investigador difícil, una reliquia de la época soviética, un hombre cuesta abajo. Algunos hombres marchan seguros de una época histórica a la siguiente; otros van cuesta abajo. Me han dicho que disfrute de un descanso mientras las cosas se asientan, y por eso puedo pasar el día contigo —Zhenya empujó una torre grande como un camión por todo el largo del tablero, derribó el rey de Arkady y metió todas las piezas en la caja. No había escuchado una sola palabra.

    La última etapa del paseo fue una vuelta en la rueda gigante, que seguía girando mientras Arkady y Zhenya entregaban sus entradas, subían a los asientos y trababan la barra sujetadora. Una revolución completa de la rueda, de cincuenta metros de diámetro, demoraba cinco minutos. Mientras se elevaba se podía contemplar una vista primero del parque de diversiones, luego de los gansos que levantaban vuelo desde el lago y los patinadores que se deslizaban por los senderos y al final, en el punto mas alto, a través de una bruma aérea de pelusas de álamo, un panorama de la gris Moscú diurna, un relámpago de oro de iglesia a iglesia y unos quejidos distantes de tránsito y construcción. Durante toda la vuelta, Zhenya estiraba el cuello para mirar a un lado y luego al otro, como si pudiera abarcar toda la población de la ciudad.

    Arkady había intentado encontrar al padre de Zhenya, aunque el niño se negaba a darle el nombre de pila o colaborar para que un dibujante de la milicia hiciera un retrato aproximado. Sin embargo, Arkady había revisado los registros moscovitas de residencia, nacimiento y conscripción en busca de Lysenkos. Por si el padre fuera alcohólico, preguntó en sitios de rehabilitación. Como Zhenya jugaba tan bien, averiguó en clubes de ajedrez. Y, debido a que Zhenya era tan temeroso de la autoridad, Arkady revisó también en los registros de arrestos. Surgieron seis hombres posibles, pero todos estaban cumpliendo largos períodos en instituciones, en Chechenia o en prisión.

    Cuando Zhenya y Arkady estaban en el punto más alto, la rueda se detuvo. El encargado, desde tierra, les gritó y les hizo una seña con la mano. Nada de qué preocuparse. A Zhenya le alegró tener más tiempo para observar con detenimiento la ciudad, mientras Arkady contemplaba las virtudes del retiro anticipado: la oportunidad de aprender nuevos idiomas, otros bailes, viajar a lugares exóticos. Sin la menor duda, el fiscal no lo tenía en alta estima Cuando se había estado en lo más alto de la rueda gigante de la vida, por decirlo así, cualquier otra cosa quedaba muy por debajo de las aspiraciones: Y allí se encontraba él, literalmente suspendido. Unas pelusas de álamo pasaron volando como la capa de mugre de un río.

    La rueda comenzó a girar otra vez, y Arkady sonrió, para demostrar que no se había distraído.

    —¿Sabes? En Islandia hay una especie de diablito, un duendecillo que no es más que una cabeza sobre un pie. Es muy juguetón, muy travieso, le gusta esconder cosas, como las llaves y los calcetines, y sólo puedes verlo por el rabillo del ojo; si lo miras de frente, desaparece. Tal vez ésa sea la mejor manera de ver a algunas personas.

    Zhenya no dio muestras de haber oído una sola palabra, lo que constituía una declaración, en sí misma, de que Arkady no era más que un vehículo, un medio para un fin. Cuando llegaron al suelo, el niño bajó, listo para volver al refugio, y Arkady lo dejó ir adelante.

    El truco, pensó Arkady, consistía en no esperar más que eso. Resultaba evidente que, en el pasado, Zhenya había ido al parque con el padre, y a esas alturas el investigador sabía con exactitud cómo solían pasar el día. La lógica infantil decía que, si el padre había ido allí antes, iría otra vez, e incluso se lo podía evocar mágicamente mediante una recreación de aquella jornada. Zhenya era un soldadito sombrío que defendía un último puesto de avanzada de la memoria, y cualquier palabra que intercambiara con Arkady enmudecería y desdibujaría aún más al padre. Una sonrisa podía ser algo tan malo como traficar con el enemigo.

    A la salida del parque sonó el teléfono celular de Arkady. Era el fiscal Zurin.

    —Renko, ¿qué le dijo a Hoffman anoche?
    —¿Sobre qué?
    —Ya lo sabe. ¿Dónde está?
    —En el Parque de Cultura y Descanso. Estoy descansando —vio que Zhenya aprovechaba la oportunidad para dar una vuelta más a la fuente.
    —¿Relajándose?
    —Quisiera pensar que sí.
    —Porque anoche estaba tan nervioso, tan lleno de… especulación, ¿no? Hoffman quiere verlo.
    —¿Por qué?
    —Anoche usted le dijo algo. Algo que no alcancé a oír, aunque nada de lo que le oí decir tenía ningún sentido. Jamás he visto un caso de suicidio más claro.
    —Entonces ha determinado oficialmente que Ivanov se mató.
    —¿Por qué no?

    Arkady no contestó de inmediato.

    —Si usted está satisfecho, no veo qué podría hacer yo.
    —No sea evasivo, Renko. Fue usted el que destapó esta olla, y será usted el que la cierre. Hoffman quiere que ate los cabos sueltos. No entiendo por qué no se limita a volver a su país.
    —Porque, según recuerdo, huyó de los Estados Unidos.
    —Bueno, como un gesto de cortesía hacia él, y para terminar con este asunto, quiere que le respondan unas preguntas más. Ivanov era judío, ¿no? Es decir, la madre.
    —¿Y?
    —Nada, quiero decir que él y Hoffman eran del mismo palo.

    Arkady esperó que dijera más, pero al parecer Zurin creyó haberse hecho entender.

    —Recibo mis órdenes de usted, fiscal Zurin. ¿Cuáles son sus órdenes? — Arkady quería que aquello quedara claro.
    —¿Qué hora es?
    —Las cuatro de la tarde.
    —Primero haga salir a Hoffman del departamento. Después vaya a trabajar, mañana por la mañana.
    —¿Por qué no esta noche?
    —Por la mañana.
    —Si hago salir a Hoffman del departamento, ¿cómo volveré a entrar?
    —Ahora el ascensorista ya conoce el código. Es de la vieja guardia. Confiable.
    —¿Y usted qué espera que haga yo?
    —Lo que le pida Hoffman. Solucione este asunto de una vez por todas. No lo complique, no lo estire; sólo soluciónelo.
    —¿Eso significa que lo termine o que lo resuelva?
    —Usted sabe muy bien lo que significa.
    —No lo sé. Estoy bastante involucrado —Zhenya iba terminando su nueva vuelta a la fuente.
    —Vaya para allá ahora.
    —Necesito un detective. Debería tener un compañero, pero me conformaré con Víctor Fedorov.
    —¿Por qué él? Odia a los empresarios.
    —Tal vez sea más difícil de comprar.
    —Vaya de una vez.
    —¿Me devolverán mis expedientes?
    —No.

    Zurin cortó. Quizás el fiscal se había mostrado un poco más terminante que de costumbre, pero, en general, la conversación había sido todo lo agradable que Arkady podría haber deseado.

    Bobby Hoffman hizo pasar a Arkady y a Víctor al departamento de Ivanov y volvió a desplomarse en el sofá. A pesar del aire acondicionado, en la habitación flotaba el olor de la vigilia de toda la noche. Hoffman tenía el pelo enmarañado, los ojos empañados, y huellas de lágrimas se le entremezclaban en la barba rojiza un tanto crecida de las mandíbulas. Se le veía la ropa arrugada, aunque la chaqueta que le había regalado Pasha estaba doblada sobre la mesita baja, junto a una copa y dos botellas vacías de coñac. Dijo:

    —No tengo el código del teclado, así que me quedé.
    —¿Por qué? — preguntó Arkady.
    —Para aclarar las cosas.
    —Aclarémoslas, por favor.

    Hoffman ladeó la cabeza y sonrió.

    —Renko, en lo que hace a su investigación, quiero que sepa que usted no nos habría tocado, ni a Pasha ni a mí, ni en mil años. La Comisión estadounidense de Valores y Bolsa nunca pudo acusarme de nada.
    —Usted huyó del país.
    —¿Sabe lo que les digo siempre a los que se quejan? ¡Lea la letra pequeña, imbécil!
    —¿La letra pequeña es la importante?
    —Por eso es pequeña.
    —Ajá. ¿Y esa letra pequeña podría decir: "Usted será el hombre más rico del mundo y vivir en un palacio con una mujer hermosa, pero un día caerá de la ventana de un décimo piso"? — replicó Arkady.
    —Sí.

    Hoffman se desinfló, y Arkady pensó que, pese a sus bravuconadas, sin la protección de Pasha Ivanov, Bobby Hoffman era un molusco sin caparazón, un tierno bocado estadounidense en el lecho del océano ruso.

    —¿Por qué no se va de Moscú? — le preguntó Arkady—. Tome un millón de dólares de la empresa y váyase. Establézcase en Chipre o en Mónaco.
    —Eso fue lo que me sugirió Timofeyev, salvo que la cifra que él dijo fue diez millones.
    —Es mucho.
    —Mire, las cuentas bancarias que abrimos Pasha y yo fuera del país ascienden a cerca de mil millones. No todo es dinero nuestro, por supuesto, pero eso sí que es mucho.

    ¿Mil millones de dólares? Arkady trató de no imaginar los ceros.

    —Tiene razón.

    Víctor tomó una silla y apoyó el portafolio. Echó al departamento la mirada fría de un bolchevique en el Palacio de Invierno. Del portafolio sacó un cenicero personal hecho con una lata de gaseosa vacía, aunque los agujeros de su suéter sugerían que apagaba sus cigarrillos directamente ahí. También había puesto, ligero de dedos, los vasos de la noche anterior en bolsas de plástico con etiquetas que decían: "Zurin", "Timofeyev" y "Rina Shevchenko", por las dudas.

    Hoffman contempló las botellas vacías.

    —Quedarse acá es como mirar una película y repasar todos los guiones posibles. Pasha saltando por la ventana, o arrastrado y arrojado, una y otra vez. Renko, usted es el experto: ¿Pasha fue asesinado?
    —No tengo idea.
    —Gracias, eso me sirve mucho. Anoche daba la impresión de tener sospechas.
    —Pensé que la escena merecía más investigación.
    —Porque en cuanto empezó a husmear encontró un vestidor lleno de sal. ¿De qué se trata eso?
    —Esperaba que pudiera decírmelo usted. ¿Nunca antes había notado eso en Ivanov? ¿Una fijación con la sal?
    —No. Lo único que sé es que no todo no era tan simple como dijeron el fiscal y Timofeyev. Usted tenía razón en cuanto a que Pasha había cambiado. No nos permitía entrar aquí. Surgieron todo tipo de rarezas. Usaba la ropa una vez y después la tiraba. No como cuando me regalo la chaqueta; tiraba la ropa en tachos de basura. Y salía con el auto por ahí, y de pronto cambiaba de ruta, como si estuviera huyendo.
    —Como usted —intervino Víctor.
    —Sólo que él no huyó lejos —replicó Arkady—. Se quedó en Moscú.
    —¿Cómo podía irse? — contestó Hoffman—. Pasha siempre decía: "Los negocios son un asunto personal. Si muestras miedo, estás muerto". De todos modos, usted quería más tiempo para investigar. Muy bien, le compré un poco.
    —¿Cómo lo logró?
    —Puedes tutearme.
    —¿Cómo lo lograste, Bobby?
    —NoviRus tiene socios extranjeros. Le dije a Timofeyev que, a menos que tú estuvieras en el caso, les informaría que la causa de la muerte de Pasha no se resolvió por completo. A los socios extranjeros los pone nerviosos la violencia rusa. Yo siempre les digo que se exagera.
    —Por supuesto.
    —Nada puede estorbar un proyecto importante… ni el Juicio Final impediría un acuerdo petrolero… Pero puedo ganar tiempo durante uno o dos días hasta que se declare a la empresa "en buena salud".
    —¿El detective y yo seremos los médicos encargados de decidir el buen estado de salud de esta empresa multimillonaria? Me siento halagado.
    —Podría comenzar dándoles una bonificación de mil dólares. ¿No es suficiente? Diez mil dólares para los dos.
    —No, gracias.
    —¿No les gusta el dinero? ¿Qué son? ¿Comunistas? — la sonrisa de Hoffman quedó a mitad de camino entre el insulto y la simpatía.
    —El problema es que no te creo. Los estadounidenses no aceptarán la palabra ni de un delincuente como tú ni de un investigador como yo. NoviRus tiene su propia fuerza de seguridad, que incluye a ex detectives. Ponlos a investigar. A ellos les pagan de veras.
    —Les pagan para proteger la empresa —contestó Hoffman—. Ayer eso significaba proteger a Pasha; hoy, proteger a Timofeyev. De todas formas, está a cargo el coronel Ozhogin, que me odia.
    —Si no le gustas a Ozhogin, te aconsejo que subas al próximo avión. Estoy seguro de que la violencia rusa se exagera, pero no le sirve a nadie que te quedes en Moscú.

    Para cualquier hombre, la antipatía de Ozhogin constituía un buen motivo para marcharse a climas extranjeros, pensó Arkady.

    Después de que hagas algunas preguntas. Nos perseguiste a Pasha y a mí durante meses. Ahora puedes perseguir a algún otro.

    —No es tan simple, como dijiste tú.
    —Lo único que pido es unas cuantas preguntas.

    Arkady hizo una seña a Víctor, que abrió una carpeta de su portafolio Y dijo:

    —Yo también puedo tutearte? — luego pronunció su nombre como si fuera un caramelo duro—: Bobby, habría algo más que una o dos preguntas. Tendríamos que hablar con todos os que vieron a Pasha anoche, su chofer y sus guardaespaldas, el personal del edificio. Además, tendríamos que ver las cintas de seguridad.
    —A Ozhogin no le gustará.

    Arkady se encogió de hombros.

    —Si Ivanov no se suicidó, hubo una falla de seguridad.
    —Para hacer un trabajo completo —continuó Víctor—, también deberíamos hablar con sus amigos.
    —No estaban acá.
    —Conocían a Ivanov. Sus amigos y la mujer con la que salía, como la que estaba acá anoche.
    —Rina es una gran muchacha. Muy artística.

    Víctor dirigió a Arkady una mirada significativa. En una oportunidad el detective había inventado una teoría llamada "Voltear a la viuda", para identificar a un probable asesino sobre la base de quién se ponía primero en la fila para consolar a una cónyuge doliente.

    —Y a los enemigos.
    —Todos tienen enemigos. Hasta George Washington tenía enemigos.
    —No tantos como Pasha —replicó Arkady—. Hubo atentados anteriores contra su vida. Tendríamos que verificar quiénes estuvieron Involucrados y dónde están ahora. No es simple cuestión de un día más y unas cuantas preguntas.

    Víctor echó una colilla en la lata de gaseosa.

    —Lo que el investigador quiere saber es: si avanzamos, ¿vas a salir corriendo y dejarnos con os pantalones bajos y el trasero al aire?
    —Si es así, el detective te recomienda que empieces a correr ya mismo —dijo Arkady—. Antes de que empecemos. Bobby se hundió más en el sofá.
    —Me quedaré aquí.
    —Si empezamos, esto es una posible escena de crimen, y lo primerísimo es sacarte de acá.
    —Tenemos que hablar —le dijo Víctor a Arkady.

    Los dos hombres se retiraron al pasillo blanco. Víctor encendió un cigarrillo y lo aspiró como si fuera oxígeno.

    —Me estoy muriendo. Tengo problemas de corazón, de pulmones, de hígado. El drama es que me estoy muriendo demasiado lentamente. En otros tiempos mi pensión significaba algo. Ahora tengo que trabajar hasta que me lleven a la tumba. El otro día corrí. Me parecía oír campanas de iglesia. Era mi pecho. Están subiendo el precio del vodka y el tabaco. Ya no me molesto en comer. Quince marcas de pasta italiana, ¿pero quién puede pagarlas? Entonces, ¿de veras quiero pasar mis últimos días jugando al guardaespaldas de un mierda inútil como Bobby Hoffman? Porque eso es lo único para lo que nos quiere: como guardaespaldas. Y desaparecerá, desaparecerá en cuanto logre arrancarle más dinero a Timofeyev. Huirá cuando más lo necesitemos.
    —Ya podría haber huido.
    —Sólo está subiendo el precio.
    —Dijiste que había buenas huellas en los vidrios. Tal vez haya más.
    —Arkady, estas personas son diferentes. Cada uno sólo se preocupa por sí mismo. ¿Ivanov está muerto? Que Dios lo ayude.
    —¿Entonces tú no crees que haya sido suicidio?
    —¿Quién sabe? ¿A quién le importa? Antes, los rusos mataban por mujeres o por poder: motivos de verdad. Ahora matan por dinero.
    —El rublo no era dinero de verdad —comentó Arkady.
    —Bueno, pero nos vamos, ¿no?

    Cuando regresaron, Bobby Hoffman estaba hundido en el sofá. Podía leer el veredicto en sus ojos. Arkady se proponía darle la mala noticia y seguir con lo suyo, pero se demoró contemplando unas franjas de luz de sol que vibraban a lo largo de la habitación. Se podía discutir si una decoración en blanco era tímida o audaz, pensó Arkady, pero no se podía negar que Rina había hecho un trabajo profesional. Toda la habitación relucía, y el cromo del bar arrojaba un reflejo resplandeciente sobre las fotografías de Pasha Ivanov y su constelación de amigos famosos y poderosos. El mundo de Ivanov se hallaba tan lejos del ruso medio que las fotos bien podrían haberse tomado con un telescopio apuntado a las estrellas. Aquello era lo máximo que Arkady se había acercado a NoviRus. Estaba, por el momento, dentro del campamento enemigo.

    Cuando llego al sofá, Hoffman tomo en sus manos rechonchas las del investigador.

    —Sí, saqué un disco con datos confidenciales de la computadora de Pasha: empresas falsas, sobornos, coimas, cuentas bancarias. Iba a ser mi reaseguro, pero se lo daré a ustedes. Ese fue el trato que hice con Ozhogin y Zurin: el disco a cambio de unos días de ayuda de ustedes. No me pregunten dónde lo puse; está a salvo. Tenían razón: soy un corrupto. Qué gran noticia. ¿Saben por qué estoy haciendo esto? No podía volver a mi casa. No tenía fuerzas, y tampoco podía dormir, así que me senté acá. En plena noche oí un ruido, como de fricción. Creí que eran ratones, así que tomé una linterna y recorrí el departamento. Ningún ratón. Pero seguía oyéndolo. Al final bajé al vestíbulo para preguntarle al recepcionista. Pero no estaba en su escritorio. Estaba afuera, con el portero, con las rodillas y las manos en el piso, con cepillos y lejía, fregando la sangre de la acera. Sí, hicieron eso; no queda ni una manchita. Y eso era lo que oía diez pisos más arriba: cómo fregaban. Sé que es imposible, pero es lo que oí. Y pensé, Renko: "Hay un hijo de puta que debe de haber oído la friega. Ése es al que quiero".


    3


    En el video en blanco y negro, los dos Mercedes se acercaban a la cámara de seguridad de la calle, y unos guardaespaldas —hombres robustos, aun más inflados por los chalecos antibalas que vestían bajo el traje— bajaban del automóvil de custodia y se desplegaban hasta la entrada del edificio, cubierta por un toldo. Sólo entonces el conductor rodeo el auto principal para abrir la puerta del lado de la acera.

    En una esquina de la cinta Iba marcando el tiempo un reloj digital. 21:28. 21:29. 21:30. Al fin Pasha Ivanov salía del asiento de atrás. Parecía más despeinado que el Ivanov dinámico de la galería de fotos del departamento. Por la mañana Arkady había interrogado al chofer, que le había dicho que Ivanov no había pronunciado una sola palabra en todo el trayecto desde la oficina hasta el departamento, ni siquiera una llamada por el teléfono celular.

    Algo distraía a Ivanov. Dos perros salchicha tironeaban de sus correas para olfatearle el portafolio. Aunque la cinta era muda, Arkady leyó los labios del millonario: "¿Cachorritos?", le preguntó al dueño. En cuanto pasaron los perros, Ivanov apretó el portafolio contra el pecho y entró en el edificio. Arkady pasó a la cinta del vestíbulo.

    El vestíbulo de mármol tenía una iluminación tan fuerte que todos se veían con una especie de halo. El portero y el recepcionista vestían chaquetas con galones; abajo llevaban pistoleras, no demasiado evidentes. Una vez que activó el botón de llamada con una llave, el portero se quedó al lado de Ivanov mientras éste se llevaba un pañuelo a la nariz. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Arkady pasó a esa cinta. Ya había entrevistado al ascensorista, ex guardia del Kremlin, canoso pero duro como una bolsa de arena.

    Arkady le preguntó si él e Ivanov habían hablado. El ascensorista dijo:

    —Me entrené en las escaleras del Kremlin. Los hombres importantes no mantienen charlas intrascendentes.

    En la cinta, Ivanov marcaba un código en el teclado y, mientras se abrían las puertas, se volvía hacia la cámara del ascensor. La lente ojo de pez le hacía la cara desproporcionadamente grande; los ojos, encima del pañuelo que sujetaba contra la nariz, se hundía en sombras. Tal vez tenía un resfrío de verano, como Timofeyev. Al final Ivanov cruzaba las puertas abiertas, y a Arkady le pareció un actor que se apresura a salir al escenario, de pronto vacilante, de pronto apresurado otra vez. En la cinta la hora era 21:33.

    Arkady cambió otra vez a la cinta de la calle y la adelantó hasta las 21:47. La acera estaba despejada; los dos automóviles se hallaban todavía junto a la acera, y se filtraban las luces del tránsito.

    A las 21:48 un borrón que venía de arriba cayó en la acera. Las puertas del auto de custodia se abrieron de golpe y los guardaespaldas se desparramaron formando un círculo defensivo alrededor de algo que podía haber sido una pila de trapos con piernas. Un hombre se precipitó al edificio, otro se arrodilló a palpar el cuello de Ivanov, mientras el conductor del sedán rodeaba el automóvil corriendo para abrir una puerta trasera. El hombre que tomaba el pulso a Ivanov —o su ausencia— meneó la cabeza mientras surgía a la vista el portero, abriendo los brazos en gesto de incredulidad.

    Ésa era la película de Pasha Ivanov, una historia con principio y final, pero sin medio.

    Arkady hizo retroceder la cinta y miró cuadro por cuadro. La parte superior del cuerpo de Ivanov caía desde lo alto de la pantalla; los hombros levantados soportaron el impacto más fuerte de la caída.

    La cabeza se doblaba por la fuerza del golpe, ya cuando entraban las piernas en el cuadro.

    El tronco y el resto del cuerpo se desplomaban en un círculo de polvo que estallaba desde la acera hacia arriba.

    Pasha Ivanov se depositaba en el suelo mientras las puertas del auto de custodia se abrían de golpe y, en cámara lenta, los guardaespaldas se apiñaban alrededor del cuerpo.

    Arkady observó para ver si alguno del equipo de seguridad, mientras estaban en el auto y antes de que Ivanov bajara del cielo, miraba hacia arriba; después estudió las imágenes en busca de algo parecido a un salero que cayera junto con Ivanov o se soltara cor la fuerza de la caída. Nada. Y luego miró si alguno de los guardias juntaba algo después. Ninguno. Permanecían todos en la acera, tan útiles como plantas en macetas.

    El portero de turno seguía mirando hacia arriba, dijo:

    —Yo estaba en las Fuerzas Especiales, así que he visto paracaídas que no se abrían y cuerpos que había que levantar del suelo con cuchara, ¿pero alguien que cayera del cielo, acá? ¡E Ivanov, nada menos! Buen tipo, debo decir un tipo generoso, Pero… ¿y si se hubiera caído sobre el portero? ¿No lo pensó? Ahora, cuando me pasa por encima una paloma, me agacho.
    —¿Su nombre? — pregunto Arkady.

    Kuznetsov, Grisha —todavía se le notaba la marca del ejército. Cauteloso con las autoridades,

    —¿Estaba de turno hace dos días.
    —En el turno de día. No estaba acá a la noche, cuando sucedió así que no sé qué podría decirle,
    —Lléveme a recorrer el lugar, si es tan amable.
    —¿Qué lugar?
    —El edificio, desde el frente hasta el fondo.
    —¿Por un suicidio? ¿Por qué?
    —Detalles irritantes,
    —Detalles irritantes —murmuró Grisha mientras pasaba el tránsito. Se encogió de hombros—, Está bien.

    El edificio contaba con poco personal los fines de semana, según dijo Grisha; sólo él, el recepcionista y el ascensorista. Los días laborables había otros dos hombres, encargados de reparaciones, que trabajaban en la puerta de servicio y el ascensor de servicio, o recogían la basura. También se encargaban de la limpieza, si los residentes lo pedían. Las cámaras de seguridad captaban la calle, el vestíbulo, el ascensor principal y el callejón de servicio. Al fondo del vestíbulo, Grisha marcó un código en un teclado situado junto a una puerta que tenía un cartel que decía: “SÓLO PARA EL PERSONAL”. La puerta se abrió y Grisha condujo a Arkady hasta un sector que consistía en un vestuario, con armarios, fregadero, microondas; un baño; una sala de máquinas con caldera y termotanque; un taller de reparaciones donde dos hombres a los que Grisha identificó como Pedo A Y Pedo B enroscaban atentamente un caño; una zona de bauleras donde los residentes guardaban alfombras, esquís y cosas semejantes; y al final una playa de estacionamiento para vehículos de carga. Todas las puertas tenían un teclado y un código diferente.

    Grisha dijo:

    —Debería ir a Seguridad NoviRus. Es como un búnker subterráneo. Ahí tienen de todo: plano del edificio, códigos, lo que se le ocurra.
    —Buena idea —Seguridad NoviRus era el último lugar al que quería ir Arkady—. ¿Puede abrir la playa?

    Al abrir la puerta entró un raudal de luz, y Arkady se encontró frente a un ancho callejón de servicio, de amplitud suficiente para contener un camión de mudanzas. Había grandes tachos de basura a lo largo de la pared de ladrillos que constituía la parte posterior de otros edificios, más bajos, cuyo frente daba a la otra calle. No obstante, había cámaras de seguridad apuntadas desde la playa donde se hallaban Grisha y Arkady hacia el callejón, y desde los edificios nuevos de cada lado. Había también una motocicleta verde y negra, una Kawasaki, debajo de un cartel que prohibía estacionar allí. La moto, semejante a una mantis religiosa, parecía veloz.

    El portero arrugó la cara de tal manera que Arkady le preguntó:

    —¿Suya?
    —Estacionar por acá es una lata, ¡y con Pedo A y Pedo B, peor! — Grisha señaló con la cabeza hacia donde estaban los hombres—. A veces puedo encontrar un espacio y a veces no, pero no me dejan usar la playa —agregó. Mientras iban hacia la moto, Arkady reparó en un cartel de cartón sujeto al asiento: “NO TOQUE ESTA MOTO. LO ESTOY OBSERVANDO”. Grisha le pidió prestado un bolígrafo y subrayó “observando”—. Así está mejor.
    —Buena máquina.
    —Antes tenía una Uralmoto —dijo Grisha, para hacerle saber lo lejos que había llegado en el mundo.

    Arkady vio una puerta para peatones junto a la playa. Cada entrada tenía un teclado propio.

    —¿La gente estaciona acá?
    —Mierda, no. Los Pedos también se meten con ellos.
    —¿En domingo, cuando los mecánicos no trabajan?
    —¿Cuando estamos cortos de personal? Mire, no podemos dejar nuestro puesto cada vez que un coche se detiene en el callejón. Les damos diez minutos, y después los echamos.
    —¿Pasó eso este domingo?
    —¿Cuando saltó Ivanov? Yo no estoy por la noche.
    —Entiendo, pero durante su turno, ¿el recepcionista notó algo fuera de lo común en el callejón?

    Grisha se tomó un momento para pensar.

    —No. Además, los domingos la parte de atrás está herméticamente cerrada. Se necesitaría una bomba para entrar.
    —O un código.
    —Pero aun así lo vería la cámara. Lo notaríamos.
    —Por supuesto. ¿Usted estaba adelante?
    —Bajo el toldo, sí.
    —¿Entraba y salía gente?
    —Residentes e invitados.
    —¿Alguien llevaba sal?
    —¿Cuánta sal?
    —Bolsas y bolsas.
    —No.
    —¿Ivanov no llevaba sal a su casa día tras día? ¿No caía sal de su portafolio?
    —No.
    —¿Ninguna entrega de comestibles y sal?
    —No.
    —La sal la tengo yo en el cerebro, ¿no?
    —Sí —respondió Grisha, despacio.
    —Creo que debería hacer algo al respecto.

    El Arbat era un paseo de músicos que tocaban al aire libre, dibujantes de bocetos y puestos de souvenirs que vendían collares de ámbar, muñecas campesinas, afiches retro de Lenin. El consultorio de la doctora Novotny quedaba encima de un cibercafé. La médica le dijo a Arkady que estaba a punto de jubilarse, gracias al dinero que ganaría al vender la propiedad a los constructores que planeaban abrir allí un restaurante griego. A Arkady le gustaba el consultorio tal como era, una sala adormilada con sillas de tapizado recargado y láminas de Kandinsky, fuertes manchones de color que podían ser molinos de viento, pájaros, vacas. Novotny era una mujer enérgica, de setenta años; su rostro, una máscara de líneas alrededor de unos ojos oscuros y brillantes.

    —Vi por primera vez a Pasha Ivanov hace alrededor de un año, en la primera semana de mayo. Parecía un caso típico de nuestros nuevos empresarios. Dinámicos, inteligentes, adaptables; los menos indicados para buscar psicoterapia. Les gusta enviar a sus esposas o amantes; entre las mujeres es algo popular, como el shui, pero rara vez vienen los hombres. De hecho, faltó a sus primeras cuatro sesiones, aunque insistió en pagarlas.
    —¿Por qué la eligió a usted?
    —Porque soy una buena profesional.
    —Ah —a Arkady le gustaban las mujeres que iban directo al grano.
    —Ivanov dijo que le costaba dormir, que es siempre el modo como empiezan. Dicen que quieren una píldora que los ayude a dormir, pero lo que quieren es que les prescriba algo para levantarles el ánimo, cosa que estoy dispuesta a hacer sólo si forma parte de una terapia más amplia. Nos encontrábamos una vez por semana. Era un hombre entretenido, que sabía expresarse muy bien y tenía una enorme confianza en sí mismo. Al mismo tiempo, era muy reservado en ciertos aspectos, como en lo relativo a sus tratos comerciales y, por desgracia, también en lo relativo a la causa, cualquiera haya sido, de su…
    —¿Depresión o miedo? — preguntó Arkady.
    —Ambos, si necesita expresarlo de esa manera. Estaba deprimido, y tenía miedo.
    —¿Mencionó enemigos?
    —No por nombre. Dijo que lo perseguían fantasmas —Novotny abrió una caja de cigarros, tomó uno, le quitó el celofán y se enrolló la banda en un dedo—. No le estoy diciendo que él creía en fantasmas.
    —¿No?
    —No. Lo que le digo es que tenía un pasado oscuro. Los hombres como él llegan adonde llegan porque hacen muchas cosas extraordinarias, algunas de las cuales quizá más tarde lamenten.

    Arkady describió la escena que encontró en el departamento de Ivanov. La doctora le dijo que el espejo roto por cierto podría haber sido una expresión de autoaborrecimiento, y saltar de una ventana era una manera de escapar.

    —Sin embargo, para los hombres los dos motivos de suicidios más habituales son financieros y emocionales, que a menudo evidencian en una libido atrofiada. Ivanov tenía dinero, y una relación sexual sana con su amiga Rina.
    —Usaba Viagra —comentó Arkady.
    —Rina es mucho mas joven.
    —¿Y su salud física?
    —Para un hombre de su edad, era buena.
    —¿No mencionó una infección o un resfrío?
    —No.
    —¿Surgió alguna vez el tema de la sal?
    —No.
    —El piso de su vestidor estaba cubierto de sal.
    —Eso sí que es interesante.
    —Pero usted dice que hace poco falto a unas sesiones.
    —Durante todo un mes, y antes de eso otras, esporádicamente.
    —¿Mencionó algún atentado contra su vida?

    Novotny hizo girar la banda de papel del cigarro alrededor del dedo.

    —No en tantas palabras. Dijo que tenía que ganar la delantera.
    —¿A los fantasmas, o a alguien real?
    —Los fantasmas pueden ser muy reales. En el caso de Ivanov, sin embargo, creo que lo perseguían tanto fantasmas como alguien real.
    —¿Usted cree que era un suicida?
    —Sí. Pero al mismo tiempo era un sobreviviente.
    —Teniendo todo en cuenta, ¿usted cree que se mató?
    —Podría ser. ¿Fue así? El investigador es usted —adoptó una expresión ceñuda pero comprensiva—. Lo lamento, ojalá pudiera ayudarlo más. ¿Quiere un cigarro? Es cubano.
    —No, gracias. ¿Usted fuma?
    —Cuando era niña, todas las mujeres interesantes y modernas fumaban cigarros. Una cosa más, investigador. Tuve la impresión de que los accesos de depresión de Ivanov eran de naturaleza cíclica. Siempre en la primavera, siempre a principios de mayo. Es más: Justo después del Día de los Trabajadores. Pero debo confesarle que el Día de los Trabajadores siempre me ha deprimido mucho también a mí.

    No fue fácil encontrar un restaurante común entre los pubs irlandeses y los bares sushi del centro de Moscú, pero Víctor lo logró. Arkady y él comieron fideos con grasa en una cafetería al paso, a la vuelta de la esquina del cuartel general de la milicia en la calle Petrovka, que ya no era Petrovka desde que el alcalde había rebautizado media ciudad, pero que todos los moscovitas seguían llamando Petrovka. Victor saco de su portafolio las fotos de la morgue, tomas de Ivanov de frente, dorso y lateral, y las desparramó entre los platos. Un lado de la cara de Ivanov estaba blanco; el otro negro.

    Víctor dijo:

    —La doctora Toptunova me explicó que no hace autopsias de suicidas. Le pregunté: “¿Y su curiosidad, su orgullo profesional? ¿Y si hubo veneno o drogas psicotrópicas?”. Me contestó que tendría que hacer biopsias, análisis, desperdiciar los preciosos recursos del Estado. Arreglamos en cincuenta dólares. Supongo que Hoffman nos servirá para eso.
    —Toptunova es una carnicera —en realidad Arkady no quería mirar las fotos.
    —Uno no se encuentra a Luis Pasteur haciendo autopsias para la milicia. Gracias a Dios que ella opera a muertos… De cualquier modo, dice que Ivanov se rompió el cuello. Maldita sea su madre, eso podría habérselo dicho yo. Y si no hubiera sido el cuello, habría sido el cráneo. En cuanto a drogas, estaba limpio, aunque ella cree que tenía úlceras, por el estado del estómago. Había una cosa rara. En el estómago: pan y sal.
    —¿Sal?
    —Mucha sal y el pan apenas suficiente para bajarla.
    —¿La doctora no mencionó nada sobre la piel de Ivanov?
    —¿Y qué había que mencionar? Era un solo magullón gigante. Volví a interrogar al portero y al recepcionista de la entrada. Los dos cuentan la misma historia: ningún problema, ninguna falla de seguridad. Después un tipo con unos perros salchicha trató de entablar conversación conmigo. Le mostré mi identificación para sacármelo de encima, y me dice: “Ah, ¿están haciendo otro control de seguridad?”. Resulta que el domingo los encargados clausuraron el ascensor y fueron a todos los departamentos a ver quién estaba en el edificio. El tipo todavía seguía alterado. Sus perros no pudieron esperar y tuvieron un pequeño accidente.
    —Lo que significa que sí hubo una falla de seguridad. ¿Cuando fue ese control?

    Víctor consultó su libreta.

    —A las dos de la mañana en el departamento de él. Vive en el noveno piso, y creo que de ahí fueron bajando.

    Buen trabajo —a Arkady no se le ocurría quién podría querer entablar conversación con Víctor, pero se imponían los aplausos.

    —Otro tema —Víctor depositó en la mesa una de las fotos de dos baldes y unos trapos de piso—. Estos los encontré en el vestíbulo del edificio que está frente al de Ivanov. Abandonados, pero tenían el nombre del servicio de limpieza, así que encontré al que los dejó. Vietnamitas. No vieron caer a Ivanov; cuando llegaron los coches de la milicia se escaparon, porque son ilegales.

    Las tareas de baja categoría que los rusos no querían hacer las hacían los vietnamitas. Llegaban como “trabajadores invitados” y pasaban a la clandestinidad cuando expiraban sus visas. Su guardarropa era lo que llevaban puesto; su alojamiento, un albergue para obreros; su conexión familiar, el dinero que enviaban a su casa una vez por mes. Arkady comprendía a los trabajadores que se escurrían bajo la tienda dorada de los Estados Unidos, pero entrar a escondidas en la bolsa de comida para ratas que era Rusia constituía un gesto desesperado,

    —Hay más —Víctor se limpió un fideo del pecho. Se había cambiado el suéter gris por uno color naranja. Se lamió los dedos, juntó las fotos y puso en su lugar una carpeta que decía: “ESTE MATERIAL NO DEBE RETIRARSE DE LA OFICINA”—. Los expedientes de los cuatro atentados contra la vida de Ivanov. Esto es jugoso. El primero es un tiroteo en la puerta, acá en Moscú, por parte de un inversor descontento, un maestro de escuela al que le birlaron los ahorros. El pobre infeliz yerra seis veces. Después intenta dispararse a la cabeza y vuelve a errar. Makhmud Nasir. Le dieron cuatro años; bastante bien. Acá está la dirección; ya volvió a la ciudad. Tal vez ahora use anteojos.

    “El relato del segundo atentado es de oídas, pero todos juran que es cierto. Ivanov arregló de modo fraudulento una subasta de barcos en Archangel; los compró por nada y además dejó fuera de combate a unos cuantos tipos del lugar. Un competidor envía a un asesino contratado, que vuela el auto de Ivanov. Ivanov queda impresionado, encuentra al asesino y le paga el doble para que mate al hombre que lo envió, y poco después, supuestamente, un tipo se, cae al agua en Archangel y no vuelve a salir a la superficie.

    Tercero: Ivanov toma el tren a Leningrado. Por qué el tren, no me lo preguntes. En el camino… ya sabes cómo son estas cosas… alguien bombea gas somnífero dentro del compartimento para robar a los pasajeros, casi todos turistas. Ivanov tiene el sueño liviano. Se despierta, ve que el tipo entra, y le dispara. Todos dijeron que fue una reacción exagerada, hasta que encontraron una navaja y la foto de Ivanov en la chaqueta del muerto. También tenía algunas acciones de Ivanov, sin valor.

    “Cuarto, y éste es el mejor: Ivanov está en el sur de Francia con unos amigos. Todos andan de acá para allá en motos acuáticas, esas cosas que hacen los ricos. Hoffman sube a la moto acuática de Ivanov y se hunde. La moto se da vuelta, y adivina qué hay pegado en la parte de abajo: un pequeño dispositivo de plástico listo para explotar. La policía francesa tuvo que despejar el puerto. ¿Ves? Por esto tienen mala fama los turistas rusos.”

    —¿Quiénes eran los amigos de Ivanov? — preguntó Arkady.
    —Leonid Maximov y Nikolai Kuzmitch, sus mejores amigos. Y es probable que uno de ellos haya intentado matarlo.
    —¿Hubo investigación?
    —¿Me estás tomando el pelo? ¿Sabes qué probabilidades tenemos de siquiera saludar a uno de estos caballeros? De todas formas eso fue hace tres años, y desde entonces no ha ocurrido nada.
    —¿Huellas digitales?
    —Tenemos huellas de todos los vasos en que bebieron. Ivanov, Timofeyev, Zurin y la chica.
    —¿Y el teléfono celular de Pasha? Siempre andaba con uno encima.
    —No tenemos pruebas fehacientes.
    —Encuentra el celular. El chofer dijo que Ivanov tenía uno.
    —¿Mientras tú haces qué?
    —Ha llegado el coronel Ozhogin.
    —¿El coronel Ozhogin?
    —Así es.

    Víctor vio las cosas bajo una luz diferente.

    —Buscaré el teléfono celular.
    —El jefe de NoviRus quiere conferenciar.
    —Quiere conferenciar, las pelotas. Si Ivanov no saltó, ¿cómo hace quedar eso a Ozhogin? ¿Alguna vez lo viste luchar? Lo vi en un torneo de todas las repúblicas: le rompió el brazo a su rival. El ruido se oyó desde la otra punta del salón. Ya sabes que, aunque encontráramos un teléfono celular, Ozhogin se lo llevaría. Ahora responde a Timofeyev. El rey a muerto, viva el rey — Víctor encendió un cigarrillo a manera de digestivo—. El asunto con los negocios, a mi juicio, es que un socio comercial reúne la combinación perfecta de motivo y oportunidad para un asesinato. Ah, tengo algo para ti —sacó una tarjeta telefónica de plástico.
    —¿Para qué es? ¿Una llamada gratis? — Arkady sabía que Víctor tenía extrañas maneras de compartir una cuenta.
    —No. Bueno, no sé, pero es muy útil para… —Víctor deslizó y movió la tarjeta entre dos dedos—. Cerraduras. No todas, pero igual es asombroso. Yo tengo una, y te conseguí otra para ti. Guárdala en la billetera.
    —Casi como dinero.

    A la mesa de aliado se sentaron dos jóvenes con unos platos de ravioles. Llevaban las típicas chaquetas y corbatas deshilachadas de los empleados de oficina. También tenían la cabeza rapada y los nudillos cubiertos de cicatrices típicos de los skinheads, lo que significaba que podrían ser esclavos oficinescos durante el día, pero por la noche llevaban una vida embriagadora de violencia al estilo de las tropas de asalto nazis y los hooligans británicos.

    Uno echó a Arkady una mirada iracunda y le dijo:

    —¿Qué miras? ¿Qué eres? ¿Un pervertido?

    Víctor se entusiasmó.

    —Pégale, Arkady. Vamos, pégale al matón. Yo te apoyo.
    —No, gracias —respondió Arkady.
    —Unas trompadas, una buena pelea —insistió Víctor—. Vamos, no puedes permitirle que te hable así. Estamos a una cuadra de la central; dalo vuelta.
    —Si no lo hace es un marica —provocó el skinhead.
    —Si no lo haces tú, lo haré yo —Víctor empezó a levantarse. Arkady le tiró de una manga para que volviera a sentarse. — Déjalo.
    —Te has ablandado, Arkady; has cambiado.
    —Así lo espero.

    Después de pedirle a Arkady que se sentara, Ozhogin dejó traslucir la tensión. Su oficina era minimalista: escritorio de vidrio, sillas de acero, tonos grises. En un rincón, un modelo de tamaño natural de un samurai con armadura laqueada, máscara y cuernos. El propio Ozhogin, aunque llevaba puesta una camisa a medida con corbata de seda, aún conservaba los hombros pesados y la cintura estrecha del luchador.

    En realidad, el coronel Ozhogin tenía dos historiales. Primero había sido luchador en Georgia, y era el mejor en el arte de convertir a sus rivales en nudos georgianos. Segundo, había pertenecido a la KGB. La KGB podría haber sufrido una gran remodelación y un cambio de nombre, pero sus agentes habían prosperado, al mudarse como cuervos a nuevos árboles; casi no había en Moscú una empresa que no contara con un ex agente en su junta directiva. Al fin y al cabo, cuando se necesitaba alguien que dominara varios idiomas y se manejara con cierta sofisticación, ¿quién mejor?

    El coronel deslizó sobre el escritorio un formulario y una tablilla con sujetapapeles.

    —¿Qué es esto? — preguntó Arkady.
    —Échele un vistazo.

    El formulario era una solicitud de trabajo de NoviRus, con espacios para llenar con nombre, edad, sexo, estado civil, servicio militar, estudios, títulos universitarios. Solicitud para: banco, fondo de inversiones, agencia de Bolsa, gas, petróleo, medios, infantería de marina, recursos forestales, minerales, seguridad, traducción e interpretación. Al grupo interesaban en especial los postulantes que dominaran el inglés y manejaran con soltura MS Office y Excel, estuvieran familiarizados con Reuters, Bloomberg, RTS; tuvieran conocimientos de tecnología de la información; ostentaran títulos universitarios en ciencias, contabilidad, interpretación/traducción, leyes o aptitud para el combate; contar menos de treinta y cinco años constituía un punto a favor. Arkady debió admitir que él no se habría contratado. Devolvió el formulario.

    —No, gracias.
    —¿No quiere completarlo? Qué decepción.
    —¿Por qué?
    —Porque hay dos motivos posibles para que usted esté acá. Una buena razón sería que al fin ha decidido ingresar en el sector privado. Una no muy buena sería que no dejará en paz la muerte de Pasha Ivanov. ¿Por qué trata de convertir un suicidio en un homicidio?
    —No es así. El fiscal Zurin me pidió que me encargara de esto para Hoffman, el estadounidense.
    —A quien usted le metió la idea en la cabeza de que había algo que encontrar —Ozhogin calló un momento, con la evidente intención de elaborar el tema, tan delicado—. ¿Como cree usted que quedará Seguridad NoviRus si a la gente se le ocurre pensar que no podemos proteger al director de nuestra compañía?
    —Si se quitó la vida, no se los puede culpar de nada.
    —A menos que haya preguntas.
    —Quisiera hablar con Timofeyev.
    —Imposible.
    —Ayudaría a…
    —Imposible.

    Junto a una laptop abierta se veía el único adorno del escritorio: un disco de metal que levitaba encima de otro disco, en una caja. Imanes. Con cada contundente palabra, el disco flotante temblaba.

    Arkady comenzó:

    —Zurin…
    —¿El fiscal Zurin? ¿Sabe cómo empezó esto, de qué se trataba su investigación de NoviRus? Fue una estafa. Zurin solamente quería fastidiar bastante con el propósito de que le pagaran para irse, y ni siquiera con dinero. Quería integrar la junta de directores. Y estoy seguro de que será un excelente director. Pero fue extorsión, y usted formó parte de ella. ¿Qué pensaría la gente del honrado detective Renko, si se enterara de que usted ayudó a su jefe? ¿Qué sería entonces de su preciosa reputación?
    —No sabía que tenía reputación.
    —O algo por el estilo. Debería llenar la solicitud. ¿Sabe que más de cincuenta mil oficiales de la KGB y la milicia han pasado a trabajar en compañías de seguridad? Por eso Moscú está segura. ¿Quién queda en la milicia? La escoria. Hice investigar a su amigo Víctor. En sus antecedentes figura que en una operación de vigilancia estaba tan borracho que se durmió y se meó en los pantalones. Tal vez usted termine así.

    Arkady miró por la ventana. Estaban en el decimoquinto piso del edificio NoviRus, con una vista de las torres de oficinas en construcción; el horizonte del futuro.

    —Mire detrás de usted —dijo Ozhogin. Arkady se volvió a mirar la armadura del samuray y el casco con máscara y cuernos.
    —¿Qué le parece que es?
    —Un escarabajo gigante.
    —Un guerrero samurai. Cuando Japón se abrió a Occidente y los samuráis fueron obligados a desbandarse, no desaparecieron. Se dedicaron a los negocios. No todos; algunos se hicieron poetas otros se hicieron borrachos, pero los inteligentes supieron cambiar al ritmo de la época —Ozhogin rodeó el escritorio y se sentó en una punta. Por muy acicalado que estuviera, el coronel todavía daba la impresión de poder partir uno o dos huesos—. Renko, ¿por casualidad vio The Washington Post de esta mañana?
    —No, esta mañana no. Me lo perdí.
    —Había una importante nota necrológica sobre Pasha Ivanov. El Post lo calificó de “figura eje” de los negocios rusos. ¿Ha pensado en el efecto que tendría un rumor de homicidio? No sólo perjudicaría a NoviRus; dañaría a todas las empresas y los bancos rusos que se han esforzado por escapar a la reputación de violencia de Moscú. Tomando en cuenta las consecuencias, creo que uno debe tener mucho cuidado de siquiera susurrar la palabra “homicidio”. En especial cuando no existe ni la más leve prueba de que lo haya habido. ¿Salvo que usted tenga alguna prueba que quiera compartir conmigo?
    —No.
    —Ya me parecía. Y en cuanto a su investigación financiera de NoviRus, ¿el hecho de que Zurin lo eligiera a usted como investigador no le sugiere que no se proponía realizar una investigación en serio?
    —Se me ocurrió.
    —Es ridículo. Un par de inservibles detectives de homicidios contra un ejército de genios de las finanzas.
    —No suena justo.
    —Ahora que Pasha ha muerto, es hora de terminar con eso. Llámelo empate, si quiere. Pasha Ivanov tuvo un fin lamentable. ¿Por qué? No sé. Es una gran pérdida. Sin embargo, en ningún momento pidió que se reforzaran las medidas de seguridad. Yo entrevisté al personal del edificio. No hubo ninguna falla —Ozhogin se inclinó, acercándose más a Arkady, un martillo apuntando al clavo, pensó el investigador—. Si no hubo ninguna falla de seguridad, entonces no hay nada que investigar. ¿Le queda bien claro?
    —Había sal…
    —Ya oí lo de la sal. ¿Qué clase de ataque es ése? La sal es señal de una crisis nerviosa, pura y simple.
    —Salvo que hubiera una brecha de seguridad.
    —Acabo de decirle que no la hubo.
    —Para eso están las investigaciones.
    —¿Está diciendo que hubo una falla de seguridad?
    —Es posible. Ivanov murió en circunstancias extrañas.

    Ozhogin se le acercó más.

    —¿Está sugiriendo que Seguridad NoviRus fue, de alguna manera, responsable de la muerte de Ivanov?

    Arkady eligió con cuidado las palabras.

    —La seguridad del edificio no era tan sofisticada. Ni tarjetas magnéticas ni identificación por voz o la palma de la mano; sólo códigos, nada que ver con la seguridad de estas oficinas. Y personal reducido los domingos.
    —Porque Ivanov se mudó a un departamento destinado a su amiga Rina. Lo diseñó ella. Él no quiso hacer ningún cambio. Aun así, dotó al edificio de nuestros hombres, puso discretos teclados numéricos, conectó las cámaras de vigilancia con nuestros monitores de acá, en Seguridad NoviRus y, a cualquier hora que estuviera en su casa, apostaba un equipo de seguridad en el frente. Nosotros no podíamos hacer nada más. Por otra parte, Pasha jamás mencionó ninguna amenaza.
    —Eso es lo que investigaremos.

    Ozhogin juntó las cejas, perplejo. Había apretado la cabeza de su rival contra el piso, pero el combate seguía.

    —No, ahora van a parar.
    —Cancelarlo depende de Hoffman.
    —Hará lo que usted le diga. Dígale que está satisfecho.
    —Falta algo.
    —¿Qué?
    —No sé.
    —No sabe, no sabe —Ozhogin extendió la mano y le dio un golpecito al disco, para que se agitara en el aire—. ¿Quién es el niño?
    —¿Qué niño?
    —El que usted llevó al parque.
    —Me está vigilando.

    Ozhogin parecía entristecido al ver tanta ingenuidad en un ruso. Dijo:

    —Es hora de dejarlo ya, Renko. Dígale a su gordo amigo estadounidense que Pasha Ivanov se suicidó. Después, ¿por qué no vuelve y llena el formulario?

    Arkady encontró a Rina en bata de baño, acurrucada en la sala de proyección de Ivanov, con una botella de vodka colgando de una mano y un cigarrillo en la otra. El cabello mojado se le pegaba a la cabeza, lo que le daba una apariencia más infantil que de costumbre. En la pantalla, Pasha subía en el ascensor, piso tras piso, con el portafolio apretado contra el pecho, un pañuelo contra la cara. Parecía exhausto, como si hubiera subido cien pisos a pie. Cuando se abrían las puertas, miraba de nuevo la cámara. El sistema tenía zoom. Rina congeló y amplió la cara de Pasha de modo que llenara la pantalla, con su cabello lacio, las mejillas de un blanco casi de tiza, los ojos negros enviando su mensaje oscuro.

    —Eso fue para mí. Fue su adiós —Rina echó una mirada a Arkady—. Usted no me cree. Piensa que son estupideces románticas.
    —Por lo menos la mitad de lo que creo son estupideces románticas, así que no soy el indicado para criticarla. ¿Algo más?
    —Estaba enfermo. No sé de qué. No quería ir a ver a un médico —apagó el cigarrillo y se ajustó la bata—. Me dejó entrar el ascensorista. El otro detective salía cuando yo entraba; se lo veía complacido.
    —Una imagen truculenta.
    —Me enteré de que Bobby lo contrató a usted.
    —Ofreció hacerlo.
    —¿Usted no aceptó el dinero?
    —No sabía el precio de mercado para un investigador.
    —Usted no es como Pasha. Él sí lo habría sabido.
    —Traté de encontrar a Timofeyev. No está disponible. Supongo que estará tomando las riendas de la empresa, asumiendo el mando.
    —Él tampoco es como Pasha. Como usted sabe, en Rusia los negocios son muy sociales. Pasha hacía sus mejores negocios en clubes y bares. Tenía la personalidad perfecta para eso. A la gente le gustaba estar con él. Era divertido y generoso. Timofeyev es un zoquete. Extraño a Pasha.

    Arkady se sentó junto a ella y le quitó el vodka.

    —¿Usted diseñó este departamento para él?
    —Lo diseñé para los dos, pero de repente Pasha dijo que no debía quedarme.
    —¿Usted nunca llegó a mudarse?
    —Últimamente Pasha ni siquiera me dejaba entrar. Al principio pensé que había otra mujer. Pero él no quería a nadie acá. Ni a Bobby, a nadie —Rina se enjugo los ojos—. Se puso paranoico. Lamento ser tan estúpida.
    —Ni un poquito.

    La bata volvió a abrirse y ella volvió a cerrársela.

    —Usted me gusta, inspector. No mira. Tiene modales.

    Arkady tenía modales, pero también tenía conciencia de lo floja que estaba la bata.

    —¿Supo usted de algún reciente revés comercial? ¿Algún asunto financiero que pudiera haberlo preocupado?
    —Pasha vivía haciendo negocios. Y no le importaba perder dinero de vez en cuando. Decía que era el precio de la buena educación.
    —¿Alguna otra cosa médica? ¿Depresión?
    —Durante el último mes no tuvimos relaciones sexuales, si eso cuenta. No sé por qué. Él dejó, simplemente —apagó un cigarrillo y encendió otro, de Arkady—. Tal vez usted se esté preguntando cómo pudimos conocernos una nadie como yo y un hombre rico y famoso como Pasha. ¿Qué se imagina?
    —Usted es diseñadora de interiores. Supongo que habrá diseñado algo para él, además del departamento.
    —No sea tonto. Yo era prostituta. Estudiante de diseño y prostituta, una persona de muchos talentos. Un día estaba en el bar del hotel Savoy. Es un lugar lujoso, y hay que saber conducirse; una no puede quedarse sentada ahí como una prostituta. Fingía conversar por el celular cuando Pasha se me acercó y me pidió mi número, así yo podía hablar con alguien de verdad. Después, desde la otra punta de la barra, me llamó. Pensé: “Qué judío grandote y feo”. Y lo era, ¿sabe? Pero tenía tanta energía, tanto encanto… Conocía a todos, sabía cosas. Me preguntó qué me interesaba; lo de siempre, bah, pero él escuchaba de veras, e incluso sabía de diseño. Después me preguntó cuánto le debía a mi chulo… mi alcahuete… y dijo que saldaría la deuda, me pondría un departamento y me pagaría los estudios de diseño. Lo decía en serio. Le pregunté por qué, y me respondió que porque veía que yo era una buena persona. ¿Usted haría eso? ¿Se arriesgaría así por alguien?
    —No creo.
    —Bueno, así era Pasha —aspiró una larga bocanada de cigarrillo
    —¿Cuántos años tiene?,
    —Veinte.
    —Y conoció a Pasha…
    —Hace tres años. Cuando estábamos hablando por teléfono en el bar, le pregunté si prefería una pelirroja, porque en ese caso yo podía teñirme el pelo. Me contestó que la vida era demasiado corta y que yo debía ser lo que era.

    Cuanto más miraba Arkady la pantalla, la vacilación de Pasha en el umbral de su departamento, menos le parecía un hombre atemorizado por una depresión. Parecía temer algo más sustancial, que lo esperaba.

    —¿Pasha tenía enemigos?
    —Por supuesto. Tal vez cientos, pero nada serio.
    —¿Amenazas de muerte?
    —No de parte de nadie por quien valiera la pena preocuparse.
    —Hubo algunos atentados.
    —Para eso está el coronel Ozhogin. Pero Pasha sí dijo algo: que una vez, hace mucho tiempo, había hecho algo muy malo y que yo no lo amaría si lo supiera. Ésa fue la vez que más borracho lo vi.

    No quiso decirme de qué se trataba, y nunca volvió a mencionarlo.

    —¿Quién lo sabía?
    —Creo que Lev. Lo negó, pero yo me di cuenta. Era el secreto de los dos.
    —¿Sería el modo como despojaban de su dinero a los inversores?
    —No —la voz de Rina se tensó—. Algo espantoso. Pasha siempre empeoraba cerca del Día de los Trabajadores. O sea, ¿a quién le importa hoy el Día de los Trabajadores? — se secó los ojos con la manga—. ¿Por qué usted no cree que se haya suicidado?
    —No creo ni una cosa ni la otra; simplemente no he encontrado una buena razón para que se matara. Es evidente que Ivanov no era un hombre que se asustara con facilidad.
    —¿Ve? Hasta usted lo admiraba.
    —¿Conoce a Leonid Maximov y Nikolai Kuzmitch?
    —Por supuesto. Son dos de nuestros mejores amigos. Pasamos muy buenos momentos juntos.
    —Son hombres ocupados, sin duda, pero ¿se le ocurre algún modo en que yo pueda hablar con ellos? Podría intentar por los canales oficiales, pero, para serle franco, ellos conocen más funcionarios que yo.
    —No hay problema. Venga a la fiesta.
    —¿Que fiesta?
    —Todos los años Pasha daba una fiesta en la dacha. Es mañana. Irán todos.
    —¿Pasha ha muerto, y aun así usted irá a la fiesta?
    —Pasha fundó la sociedad benéfica Blue Sky para niños. Depende financieramente de la fiesta, así que todos saben que Pacha querría que rehiciera.

    Arkady se había topado con Blue Sky durante la investigación. Sus gastos de funcionamiento eran bastante bajas en comparación con otras empresas de Ivanov, por lo que había dado por sentado que era un fraude,

    —¿Cómo recauda dinero esa fiesta?
    —Ya lo verá. Lo pondré en la lista, y mañana se encontrará con las personas más importantes de Moscú. Pero tendrá que adaptarse al ambiente.
    —¿No tengo aspecto de millonario?

    Ella cambió de posición, para verlo mejor.

    —No, sin la menor duda tiene aspecto de investigador. No puedo permitirle que ande acechando por ahí; no sería conveniente para una fiesta. Aunque mucha gente llevará a sus hijos. ¿Puede llevar un niño? Debe de conocer alguno.
    —Podría.

    Arkady encendió la luz del sillón para que le escribiera la dirección y cómo llegar. Rina lo hizo con aplicación y en cuanto terminó apagó la luz.

    —Creo que me quedaré un rato sola acá. ¿Cómo se llama…?
    —Renko. '
    —No, su nombre.
    —Arkady.

    Lo repitió, como si lo probase y al fin lo encontrara aceptable. Cuando él se levantó para irse, Rina le rozó una mano.

    —Arkady, me retracto. Sí me recuerda un poquito a Pasha.
    —Gracias —repuso Arkady. No le preguntó si se refería al Pasha brillante y gregario o al Pasha tirado boca abajo en la vereda.

    Arkady y Víctor cenaron tarde en la cafetería de un lavadero de automóviles de la carretera. A Arkady le gustaba ese lugar porque parecía una estación espacial de cromo y vidrio, con luces que pasaban volando como cometas. Servían comida rápida y la cerveza era alemana. Mientras tanto, intentaba algo que merecía la pena: lavar el automóvil de Víctor, un Lada de cuarenta años, con los cables sueltos y una radio conectada al tablero; lo reparaba él mismo con repuestos que encontraba en cualquier depósito de chatarra y que no robaría ningún ladrón decente. Entre las filas de Mercedes, Porsches y BMW que estaban lavando y lustrando, el Lada de Víctor resultaba de lo más singular.

    Víctor bebió coñac armenio para mantener el nivel de azúcar en la sangre. Le gustaba esa cafetería porque era popular entre las diferentes mafias. Todos eran conocidos suyos, si no sus amigos, y le gustaba mantenerse al tanto de sus idas y venidas.

    —He arrestado a tres generaciones de la misma familia. Abuelo, padre, hijo. Me siento el tío Víctor.

    Llegaron dos Pathfinders negros idénticos, que regurgitaron grupos similares de pasajeros fornidos, vestidos con joggings. Se echaron unas miradas furibundas lo bastante prolongadas como para mantener la dignidad y luego entraron en el café.

    Víctor comentó:

    —Es terreno neutral, porque ninguno quiere que le rayen el auto. Así es la mentalidad de esta gente. La tuya, por otro lado, es más retorcida. ¿Hacer todo un caso de un suicidio clarísimo? No sé… Se supone que los investigadores deben quedarse sentados mientras sus detectives hacen el trabajo de verdad. Así duran más tiempo, además.
    —Ya he durado demasiado.
    —En apariencia. Bueno, alégrate; tengo un regalito para ti, algo que encontré bajo la cama de Ivanov —puso sobre la mesa un teléfono celular, un modelo japonés plegable.
    —¿Por qué estabas bajo la cama?
    —Hay que pensar como investigador. Todo el tiempo la gente pone cosas en el borde de la cama. Las cosas se caen, y la gente las patea debajo de la cama sin darse cuenta, en especial si tienen prisa o están preocupados.
    —¿Cómo se perdieron esto los hombres de Ozhogin?
    —Porque todo lo que querían estaba en la oficina.

    Arkady sospechó que a Víctor sencillamente le gustaba mirar debajo de las camas.

    —Gracias. ¿Ya lo has revisado?
    —Le eché un vistazo. Vamos, ábrelo —Víctor se echó atrás en el asiento como si le hubiera regalado bombones.

    La musiquita del teléfono celular no llamó la atención a los que se hallaban sentados a las otras mesas; en una cafetería de la era espacial, un teléfono celular era algo tan normal como un cuchillo o un tenedor. Arkady recorrió la lista de llamadas hasta las realizadas a Rina y Bobby Hoffman el domingo por la tarde; las recibidas eran de Hoffman, Rina y Timofeyev.

    Un teléfono pequeño, y sin embargo tanta información: un mensaje de radio relativo a un barco petrolero de Ivanov hundido cerca de España. Y un calendario de reuniones, la mayoría de las más recientes con el fiscal Zurin, nada menos. En la agenda telefónica figuraban los números no sólo de Rina, Hoffman, Timofeyev y diferentes ejecutivos de NoviRus, sino también de periodistas y actores de teatro muy conocidos, de millonarios cuyos nombres Arkady reconoció de otras investigaciones, y, lo más interesante, de Zurin, senadores y ministros, y el mismísimo Kremlin. Un teléfono como aquél era una conexión directa a la red del poder.

    Víctor copió los nombres en un anotador.

    —En qué mundo vive esta gente… Acá hay un número que te da el clima en Saint—Tropez. Muy bueno —Víctor necesitó dos coñacs para terminar la lista. Alzó la vista y saludó con la cabeza a un grupo de gente agresiva de la mesa de al lado. En voz baja, dijo—: Los hermanos Medvedev. Arresté al padre y a la madre. Pero tengo que admitir que me siento cómodo con ellos. Son matones comunes, no hombres de negocios con fondos de inversión.

    Arkady oprimió “Mensajes”.

    Había uno, a las 21:33, de un número de Moscú, y no parecía el de un hombre de negocios: “No sabes quién soy, pero intento hacerte un favor. Volveré a llamarte. Lo único que te diré ahora es que si metes la verga en la sopa de otro, te la van a cortar”.

    —Un hombre de pocas palabras. ¿Te suena? — Arkady le pasó el teléfono a Víctor.

    El detective escuchó y meneó la cabeza.

    —Un tipo duro. Del sur; te das cuenta por cómo pronuncia la “o”. Pero no lo oigo muy bien, con toda esta gente que habla, y el ruido de vasos.
    —Si alguien puede hacerlo…

    Víctor volvió a escuchar, con el teléfono pegado a la oreja, hasta que sonrió como quien ha identificado un vino de entre un millón.

    —Anton. Anton Obodovsky.

    Arkady conocía a Anton. Se lo imaginó arrojando a alguien por una ventana.

    Para Víctor, la tensión era demasiada.

    —Voy a mear.

    Arkady quedó sentado solo con su cerveza. Entró otro grupo con joggings, como si las calles estuvieran llenas de deportistas hoscos. La mirada de Arkady volvía una y otra vez al teléfono celular. Sería interesante saber si el aparato del que había llamado Antón estaba a quince minutos del departamento de Ivanov. Era un número de línea fija. Sabía que debía esperar a Víctor, pero el detective era capaz de demorar media hora sólo para evitar pagar la cuenta.

    Arkady tomó el teléfono y oprimió “Responder el mensaje”.

    Diez timbrazos.

    —Sala de custodia.

    Arkady se enderezó en la silla.

    —¿Sala de custodia? ¿De dónde?
    —Cárcel de Butyrka. ¿Quién habla?

    Cuando Víctor regresó, Arkady estaba afuera, en el Lada, al que el jabón no había conseguido mejorar. El viento doblaba los carteles de publicidad de la carretera y golpeaba los toldos. Cada automóvil que pasaba zumbando parecía sacudir el Lada.

    Víctor se puso al volante.

    —Te llevaré de vuelta hasta tu auto. ¿Pagaste todo? ¡Qué amigo!
    —¿Sabes? Con el dinero que has ahorrado comiendo conmigo podrías comprarte un auto nuevo.
    —Vamos, bien que lo valgo: te conseguí el teléfono celular y además comparto contigo mi reserva de conocimientos. Mi cabeza es una verdadera Biblioteca Lenin.

    Con ratones y todo, pensó Arkady. Mientras Víctor salía a la carretera, le contó de la llamada a Anton, lo que divirtió muchísimo al detective.

    —¡Butyrka! Eso sí que es una coartada.


    4


    La prisión de la calle Butyrka era un edificio de cinco pisos, de ventanas de aluminio, persianas rotas y gardenias muertas, común en todo salvo en la fila de personas que serpenteaba a lo largo de la vereda: gitanos con chalinas de colores fuertes, chechenos de negro, y rusos con delgadas chaquetas de cuero, grupos hostiles entre sí pero semejantes en su actitud desamparada y los paquetes que, uno por uno, sometían con diligencia ante una puerta de acero para que se aceptara o no que los llevaran a las miles de almas ocultas del otro lado.

    Arkady mostró su identificación en la entrada y por una puerta de barrotes pasó a las entrañas del edificio, un túnel donde unos guardias vestidos con ropa militar de fajina holgazaneaban con sus perros, ovejeros alemanes que miraban en forma constante a los hombres, a la espera de órdenes. Deja pasar a éste. A éste no. El fondo se abría a la luz matinal y —por entero oculta de la calle— a una fortaleza de cuento de hadas, de paredes y torres rojas, rodeada por un patio pintado a la cal; sólo faltaba un foso. No tanto un cuento de hadas; más bien una pesadilla. La cárcel de Butyrka fue construida en tiempos de Catalina la Grande, y desde entonces, durante doscientos años, todo gobernante de Rusia, todo zar, secretario y presidente del Partido la habían alimentado con enemigos del Estado. Un guardia, armado con un largo rifle de francotirador, observaba a Arkady desde una torre; bien podía haber sido un fusilero. Los platos de satélite alineados a lo largo de las almenas podrían haber sido cabezas empaladas. En la época de Stalin, camiones negros entregaban nuevas víctimas todas las noches a ese mismo patio y esas mismas paredes rojo sangre, y las preguntas sobre la salud, el paradero y el destino de alguien se respondían en susurros con una sola palabra: Butyrka.

    Como Butyrka era una cárcel donde iban los acusados antes de ser sometidos a juicio, los investigadores constituían visitas normales, Arkady siguió a un guardia a través de un vestíbulo de recepción donde los recién llegados, muchachos pálidos como gallinas desplumadas, se desnudaban y se ponían la ropa de presidiarios que les arrojaban. Los ojos muy abiertos se fijaban en las antiguas celdas, semejantes a ataúdes, de profundidad apenas suficiente para sentarse, buen lugar para que un monje se mortificara y un excelente modo de presentar el horror de ser enterrado vivo.

    Arkady subió por unas escaleras de mármol gastadas por el uso. Entre baranda y baranda se extendía una tela metálica, para desalentar los intentos de saltar y pasarse notas. En el segundo piso, la luz se arrastraba por unas ventanas bajas y daba la impresión de hundimiento o de párpados que se cerraban. El guardia condujo a Arkady a lo largo de una fila de puertas antiguas, de hierro negro, en cada una con un panel para pasar la comida y una mirilla para vigilar a los presos.

    —Soy nuevo acá. Creo que es éste —dijo el guardia—. Creo.

    Arkady levantó la tapa de la mirilla. Del otro de la puerta había cincuenta hombres en una celda construida para veinte. Drogadictos, rateros, ladronzuelos. Dormían por turnos a la sombra de una bombilla y una ventana con barrotes. No había circulación ni aire fresco; sólo el hedor del sudor, cuencas de cebada, cigarrillos y mierda en el único inodoro. Debido al calor que generaban, todos estaban desnudos hasta la cintura, los jóvenes virginalmente blancos, los veteranos azules de tatuajes. Toses tuberculosas y susurros circulaban por el aire. Unas cabezas se volvieron al levantarse la mirilla, pero la mayoría se limitó a aguardar. En Butyrka, muchos esperaban nueve meses antes de ver a un juez.

    —¿No? ¿No es éste? — el guardia llevó a Arkady a la celda siguiente.

    Arkady espió por la mirilla. Era del mismo tamaño que la otra pero con un solo ocupante, un fisicoculturista de pelo corto, rubio casi blanco, y camiseta negra muy ajustada. Se ejercitaba con unas bandas elásticas sujetas a una cucheta atornillada a la pared, y cada vez que inflaba un bíceps la cama chirriaba.

    —Es éste —dijo Arkady.

    Anton Obodovsky era una historia de éxito mafioso. Había sido profesor de deportes, boxeador mediocre en Ucrania y luego matón del jefe local. Sin embargo, Anton era ambicioso. En cuanto tuvo un arma se puso a robar automóviles. Después empezó a recibir pedidos de autos específicos, así que organizó un equipo de ladrones robaban coches en la calle en Alemania y los llevaban a través de Polonia hasta Moscú. Una vez en esta ciudad, se diversificó, ofrecía protección a pequeñas empresas y restaurantes de los que luego se apoderaba, vaciando las empresas y lavando el dinero a través de los restaurantes. El hombre vivía como un príncipe. Se levantaba a las once de la mañana y tomaba un licuado proteínico. Una hora en el gimnasio. Un poco de comunicación por teléfono y una visita a los talleres de reparación donde sus mecánicos desarmaban los automóviles. Compraba en negocios de ropa donde no le aceptaban el dinero, cenaba gratis en los restaurantes. Vestía de Armani negro, juergueaba con las prostitutas más hermosas, una de cada brazo, y jamás pagaba por sexo. Un anillo de brillantes con forma de herradura anunciaba que era un hombre de suerte. En cierto nivel de la sociedad, era como la realeza, y sin embargo —y sin embargo— estaba insatisfecho,

    —Los verdaderos ladrones son los banqueros. La gente les lleva el dinero, ellos los joden y nadie les pone una mano encima. Cuando yo gano cien mil dólares, los banqueros y los políticos ganan cien millones. Soy un gusano comparado con ellos.
    —Te está yendo bastante bien —contestó Arkady. La celda tenía televisor, pasacasetes y reproductor de CD. Bajo el catre inferior había una caja de Pizza Hut. En el de arriba, pilas de revistas de automovilismo, folletos de viaje, cintas de motivación.
    —¿Cuánto hace que estás acá?
    —Dos noches. Ojalá tuviéramos satélite. Las paredes de este lugar son tan gruesas que la recepción es una mierda.
    —La vida es dura.

    Anton miró a Arkady de arriba abajo.

    —Mire su impermeable. ¿Lo usó para lustrar el auto? Debería venir a comprar conmigo alguna vez, Me siento mal de estar mejor vestido dentro de la cárcel que usted allá afuera.
    —No puedo permitirme el lujo de ir a comprar contigo.
    —Yo invito; puedo ser generoso. Todo lo que ve acá, lo pago. Todo es legal. Nos dejan tener cualquier cosa, menos alcohol, cigarrillos y teléfonos celulares —Anton tenía un aire inquieto que lo hacía pasearse de un lado a otro, como un tiburón. podría darme tortícolis de sólo conversar con él, pensó Arkady.
    —¿Y qué es lo peor, para ti?
    —No bebo ni fumo, así que para mí son los teléfonos —nadie consumía teléfonos como la mafia; usaban celulares robados para evitar que los interceptaran, y los hombres cuidadosos como Antón cambiaban de aparato una vez por semana—. Te vuelves dependiente. Es como una maldición.
    —Ha llevado al deceso de la palabra escrita. Se te ve en muy buena forma.
    —Me ejercito. Ni drogas ni esteroides ni hormonas.
    —¿Cigarrillo?
    —No, gracias. Le acabo de decir: me mantengo fuerte y puro. No soy esclavo de nada. Es lastimoso ver fumar a un hombre como usted.
    —Soy débil.
    —Tiene que cuidarse, Renko. O cuidar a los demás. Piense en el humo.
    —Está bien —Arkady guardó el atado. Detestaba que Anton se pusiera nervioso. En realidad había tres Antons. Estaba el Anton violento, que quebraba cuellos con la misma facilidad con que estrechaba manos; estaba el Anton hombre de negocios racional; y estaba el Anton cuyos ojos seguían un rumbo evasivo cuando se hablaba de cualquier tema personal. Sobre todo, Arkady no quería que se alterara el primer Anton.
    —Pienso que a su edad no debería abusar de su cuerpo —siguió Anton.
    —¿A mi edad?
    —Mire, váyase a la mierda. Por lo que me importa.
    —Así me gusta más.

    Asomó una sonrisa en los labios del preso.

    —Con usted puedo hablar. Nos comunicamos.

    Arkady y Anton se comunicaban de veras. Los dos entendían que aquella celda de lujo sólo era posible a causa de un tardío esfuerzo de elevar la antigua cámara de horrores de Butyrka a los niveles carcelarios europeos modernos, y los dos entendían también que, obviamente, una celda así la ganaba el mejor postor. Los dos entendían, además, que, aunque la mafia gobernara las calles, en las cárceles seguía gobernando una subcasta de criminales geriátricos tatuados. Si metían a Anton en una celda común, sería como un tiburón en una pecera llena de pirañas.

    Anton no podía quedarse sentado quieto sin crispar un pectoral aquí, un deltoides allá.

    —Usted es un buen tipo, Renko. Tal vez no pensemos igual, pero usted siempre trata a la gente con respeto. ¿Habla inglés?
    —Sí.

    Anton tomó del catre un ejemplar de Architectural Digest y lo hojeó hasta llegar a una foto de una cabaña de estilo occidental, en un paisaje montañoso.

    —Colorado. Hermosa naturaleza y, como inversión, relativamente barato. ¿Qué le parece?
    —¿Sabes andar a caballo?
    —¿Es necesario?
    —Yo creo que sí.
    —Puedo aprender… Le daré el dinero. En efectivo. Vaya y negocie, pague lo que le parezca justo. Podría ser una hermosa sociedad. Tiene cara de honrado.
    —Aprecio el ofrecimiento. ¿Te enteraste de que Pasha Ivanov ha muerto?
    —Vi la noticia por televisión. Saltó, ¿no? Diez pisos, qué manera de irse.
    —¿Lo conocías?
    —¿Yo, conocer a Ivanov? Es como conocer a Dios.
    —Anoche le dejaste un mensaje en el celular; algo sobre cortarle la verga. Da la impresión de que lo conocías bastante bien. Hasta podría sonar a amenaza.
    —Acá no se me permite tener teléfono; ¿cómo iba a llamar?
    —Sobornaste a un guardia y llamaste desde la sala de custodia. Anton se puso de pie y lanzó unos puñetazos al aire, como si golpeara una bolsa de arena.
    —Bueno, como suelen decir, en todos lados se cuecen habas —se detuvo y sacudió los brazos—. De todos modos, si llamé a Pasha Ivanov
    —¿Para qué?
    —Por negocios. Alguien ha estado robando los camiones de NoviRus y vaciando los tanques. Lo están haciendo en tu parte de Moscú… en tu sopa, por decirlo así.

    Anton volvió a pasearse en círculos, arrojando trompadas, cruzados, ganchos. Retrocedía, se cubría, parecía eludir un golpe y luego avanzaba, moviendo los hombros y echando puñetazos mientras la celda se volvía cada vez más pequeña. Tal vez Anton no fuera un campeón, pero cuando estaba en movimiento ocupaba mucho espacio. Al final bajó los puños y soltó el aire.

    —Tenía a un idiota a cargo de seguridad, un ex coronel de la KGB. Atraparon a uno de mis muchachos con uno de los camiones de ellos y le rompieron las piernas. Fue una reacción exagerada. Me puso en una situación difícil. Si no tomaba represalias, mis muchachos me romperían las piernas a mí. Pero no quiero una guerra. Estoy harto de eso. Así que, en cambio, quise ir directo a la cima, y además dejar en evidencia la seguridad de mierda del coronel al llamar a Pasha a su teléfono personal. Dije lo que dije. Fue una manera de empezar el diálogo; un poco cruda, tal vez, pero ésa era la intención. Tengo negocios de belleza, salones de bronceado, un restaurante. Soy un empresario respetable. Me habría encantado trabajar con Pasha Ivanov, aprender de él.
    —¿Cuál era el favor? ¿Qué tenías para ofrecerle?
    —Protección.
    —Claro.
    —De cualquier modo, nunca llegué a comunicarme con él, ni nunca lo vi cara a cara. Me parece que, cuando murió Pasha, yo estaba acá mismo, y esa llamada telefónica lo prueba.
    —Qué suerte.
    —Vivo como es debido —dijo Anton con pudor.
    —¿Por qué te agarraron?
    —Posesión de armas de fuego.
    —¿Nada más?

    Un cargo por armas de fuego no era nada. Puesto que Anton tenía siempre a su disposición un abogado, un juez y dinero para fianza, no había ningún buen motivo para que pasara una sola hora en la cárcel, a menos que estuviera esperando a que fuera a verlo un investigador torpe para que declarara en forma oficial que Anton Obodovsky era inocente. Arkady no quería provocar el lado peligro so de Anton, pero tampoco le gustaba que lo usaran.

    Anton tomó del catre unos folletos de viaje.

    —Eh, en cuanto salga me voy de vacaciones. ¿Adónde me sugiere que vaya? ¿Chipre? ¿Turquía? No tomo ni me drogo, lo que deja afuera muchos lugares. Quiero broncearme, pero me quemo con facilidad. ¿Qué le parece?
    —¿Quieres comodidades? ¿Silencio? ¿Comida gourmet?
    —Sí.
    —¿Personal que atienda hasta el último de tus antojos?
    —¡Eso!
    —¿Por qué no te quedas en Butyrka?

    Zhenya miraba fijo, como un prisionero esposado, aquella reunión que muchos habrían descripto como una excursión campestre. La población de Moscú se volcaba hacia las colinas bajas que rodeaban la ciudad, a dachas rústicas y playas abarrotadas y gigantescas tiendas de descuento, Y aunque la autopista tenía cuatro carriles los conductores, apretujándose, improvisaban seis.

    Arkady no tenía claro qué buena causa se beneficiaba con el picnic de la organización de beneficencia Blue Sky de Pasha Ivanov, pero no quería perderse la oportunidad de conocer a los millonarios Nikolai Kuzmitch y Leonid Maximov. Siendo tan buenos amigos de Ivanov, sin duda iban a aparecer. Al fin y al cabo, estaban de vacaciones con él en Saint—Tropez cuando se descubrió el explosivo en la moto acuática del empresario. Al día siguiente toda aquella gente se dispersaría a los cuatro vientos en los jets de sus empresas, tras sus filas de abogados. Por eso Arkady había recurrido a Zhenya, como un disfraz. Trató de superar su culpa diciéndose que al niño le vendría bien tomar un poco de sol.

    —Tal vez se pueda nadar. Te compré un traje de baño, por las dudas —le dijo Arkady, indicando una caja envuelta para regalo que descansaba a los pies del niño. Hasta ese momento Zhenya había ignorado el paquete; ahora empezó a aplastarlo con los talones. Arkady solía guardar una pistola en la guantera. Había tenido la previsión de quitarle el cargador, y se felicitó por ello—. O quizá seas un tipo de tierra firme.

    Aun con los automóviles que cruzaban la línea divisoria y los que pasaban por la banquina, el tránsito avanzaba a paso de caracol.

    —Antes era peor —comentó Arkady—. El costado del camino estaba repleto de automóviles descompuestos. Nadie que tuviera uno salía de su casa sin un destornillador y un martillo. No sabíamos de autos, pero sí de martillos —Zhenya dio una última patada salvaje a la caja—. Además, los parabrisas tenían tantas grietas que para ver había que sacar la cabeza por la ventanilla, como un perro. ¿Cuál es tu automóvil preferido? ¿Maserati? ¿Moskvich? — una larga pausa—. Mi padre me llevaba por esta misma ruta en un gran Zil. En aquel entonces había sólo dos carriles, y casi nada de tránsito. Durante el trayecto jugábamos al ajedrez, aunque yo nunca fui tan buen jugador como tú —pasó un Toyota con el asiento trasero lleno de niños que jugaban a piedra, papel o tijera como niños normales y felices. Zhenya era piedra—. ¿Te gustan los autos japoneses? Una vez estuve en Vladivostok y vi montones de autos rusos nuevos y brillantes, cargados para ir a Japón —en verdad cuando los coches llegaron a Japón los convirtieron en chatarra. Por lo menos los japoneses tenían la decencia de esperar a recibirlos para aplastarlos como latas de cerveza—. ¿Qué automóvil tenía tu padre?

    Arkady esperaba que el niño mencionara una marca que pudiera rastrearse de algún modo, pero Zhenya se hundió dentro de su chaqueta y se bajó la gorra. A un costado de la carretera se extendía una serie de viejos tanques militares que formaban una suerte de monumento a los caídos que marcaba el punto más cercano de Moscú hasta donde habían logrado avanzar los alemanes durante la Gran Guerra Patriótica. Ahora se lo veía empequeñecido por el vasto hangar de un local de ventas de IKEA y desdibujado por los vehículos cargados de muebles de suaves colores suecos. Encima de una tienda de audio se balanceaban globos que anunciaban las marcas Panasonic, Sony, JVC. Negocios de artículos para jardín ofrecían fuentes para pájaros y gnomos de cerámica. A eso se parecía Zhenya, pensó Arkady: a un desdichado gnomo de jardín, con su gorra arrugada, su libro y su juego de ajedrez.

    —Va a haber otros niños —prometió Arkady—. Juegos, música, comida.

    Cada carta que jugaba Arkady era rematada por el desdén. Había visto padres y madres en ese mismo atolladero —en que cada sugerencia se recibía como un signo de idiotez y ninguna pregunta formulada en idioma ruso merecía respuesta—, y él, pese a compadecerlos, siempre soltaba un suspiro de alivio por no ser el adulto crucificado. De modo que ahora no sabía con certeza por qué un espécimen soltero como él tenía que sufrir semejante desprecio. A los sociólogos les preocupaba el menguante índice de natalidad de Rusia. Arkady pensó que, si se obligara a las parejas a pasar una hora en un auto con Zhenya, el índice de natalidad pasaría a ser inexistente.

    —Será divertido —dijo.

    Por fin Arkady llegó a un suburbio de clubes de entrenamiento físico, bares espresso, salones de bronceado. Allí las dachas no eran tradicionales cabañas de tejados caídos y jardines maltrechos, sino mansiones prefabricadas, con columnas griegas y piscinas y cámaras de seguridad. Donde el camino se estrechaba hasta convertirse en una senda rural, los guardias de seguridad de Ivanov le indicaron con señas que se dirigiera a la calzada, detrás de una fila de voluminosas camionetas 4 x 4. Arkady vestía el mismo impermeable gastado y Zhenya parecía un rehén, pero los guardias encontraron sus nombres en la lista. Y así como infiltrados, Arkady y Zhenya pasaron por una puerta de hierro hacia un parque de cien metros convertido en espacio sideral.

    Ponis rosados y llamas celestes llevaban a los niñitos alrededor de una pista redonda. Un malabarista hacía complicadas pruebas con lunas. Un mago retorcía globos convirtiéndolos en perros marcianos. Unos pintores decoraban las caras infantiles con brillos y colores, mientras un venusiano, alargado por la débil gravedad de su planeta, caminaba sobre zancos. Niños pequeños jugaban bajo un astronauta inflado sujeto al suelo con cuerdas, y niños mayores hacían fila para jugar al tenis y el bádminton o mecerse en columpios bajos colgados de cables de bungee. La lista de invitados era espectacular: nadadores olímpicos de anchas espaldas, estrellas de cine con cabello cuidadosamente desarreglado, actores de televisión con dientes deslumbrantes, músicos de rock tras anteojos oscuros, escritores famosos con panzas llenas de vino que les desbordaban de la cintura de los jeans. El corazón del propio Arkady se saltó un latido al reconocer a unos ex cosmonautas, héroes de su juventud, obviamente contratados para ese día como mero espectáculo. Sin embargo, el espíritu dominante era Pasha Ivanov. Cerca de la puerta de entrada habían colocado una fotografía de él adornada con una guirnalda campestre de arvejillas y margaritas. Era un Ivanov optimista que hacía morisquetas entre dos payasos de circo, como si diera a sus invitados la orden de jugar, no llorar. Al parecer, le habían tomado la foto no mucho antes de su muerte, pero se lo veía tanto más joven, pícaro y alegre que en sus últimos días, que servía de advertencia para disfrutar cada momento de la vida. Los guardias de la puerta debían de haber telefoneado a alguien, porque Arkady sintió que una oleada de atención seguía su avance entre los asistentes a la fiesta y los custodios con teléfonos inalámbricos contra la oreja. Niños pegajosos de algodón de azúcar corrían de un lado a otro. Se congregaban hombres ante las parrillas que servían shashlik de esturión y carne vacuna frente a la dacha de Ivanov, diez veces más grande que lo normal pero al menos de diseño ruso, no un falso Partenón. Un disc—jockey pasaba música rusa moderna desde un escenario, mientras que un segundo era dominado por el karaoke. En diversas barras de bar se servía champaña, Johnny Walker, Courvoisier. Las esposas eran mujeres altas y delgadas, con ropa italiana y botas de cuero de cocodrilo o avestruz. Se ubicaban en mesas desde las cuales podían mirar tanto a sus hijos como a sus maridos y observar ansiosas a la generación más joven de mujeres aún más altas y delgadas que se filtraban entre la multitud. Timofeyev estaba en una fila de comida con el fiscal Zurin, que escrutaba expectante la muchedumbre como un periscopio. No era una señal positiva que mirara a todos lados menos hacia Arkady. A Timofeyev se lo veía pálido y sudoroso para ser un hombre que estaba a punto de heredar las riendas de toda la compañía NoviRus. Más adelante, Bobby Hoffman, ya pasado a la historia, estaba solo, comiendo de un plato demasiado cargado. Habían montado un casino al aire libre, e incluso desde la distancia Arkady reconoció a Nikolai Kuzmitch y Leonid Maximov. Eran bastante jóvenes; vestían con pudorosos jeans, sin negro mafia, sin oros ostentosos. Los crupieres parecían verdaderos, lo mismo que las fichas, pero Kuzmitch y Maximov se inclinaban sobre el paño como niños absortos en un juego.

    Lo que distinguía a los “nuevos rusos” era la juventud y el cerebro. Una cantidad insólita de ellos habían sido protegidos y favoritos de prestigiosas academias víctimas de una súbita bancarrota, pero, en lugar de morirse de hambre entre las ruinas, reconstruyeron el mundo y se acomodaron en él como millonarios; cada uno era una biografía de genio y valor. Se veían a sí mismos como los inescrupulosos capitalistas del Salvaje Oeste estadounidense; ¿acaso alguien no había dicho que toda gran fortuna comenzó con un crimen? Rusia ya contaba más de treinta multimillonarios, más que cualquier otro país. Eso equivalía a muchos crímenes.

    Kuzmitch, en sus tiempos de estudiante del Instituto de Metales Raros, había vendido titanio de un depósito no vigilado, y a partir de ese golpe se había labrado una carrera en la venta de níquel y estaño. A Maximov, matemático, le habían pedido que se encargara de supervisar un remate; el Ministerio de Productos Químicos Exóticos vendía un laboratorio, Y la puja prometía ser caótica. Maximov concibió una idea mejor: un remate en un lugar no revelado.

    Los sorpresivos ganadores, Maximov y un primo que trabajaba en el ministerio, convirtieron el laboratorio en una destilería, comienzo de la fortuna de Maximov en el negocio del vodka y los automóviles importados.

    El mejor ejemplo de todos era el de Pasha Ivanov, físico, favorito del Instituto de Temperaturas Extremadamente Altas, que empezó sólo con un fondo falso para investigación y un buen día puso el ojo en Siberian Resources, una enorme empresa de madera, aserraderos y cien mil hectáreas de los mejores árboles de la Madre Rusia. Fue como si un pececito se tragara una ballena. Ivanov compró algunas deudas sin importancia de Siberian e hizo juicios en tribunales de poco movimiento y jueces corruptos. En Siberian Resources ni siquiera estaban enterados de los juicios, hasta que los derechos de propiedad pasaron a Ivanov. Pero la gerencia no se echó atrás. Contaban con sus propios jueces y tribunales y presentaron batalla hasta que Ivanov hizo un arreglo con la base local del ejército. A los oficiales y las tropas no se les pagaba desde hacía meses, de modo que Pasha Ivanov los contrató para irrumpir en el aserradero. Los tanques no llevaban armas, pero un tanque es un tanque, e Ivanov, al mando del primero, derribó las puertas.

    Aquella fiesta representaba lo más cerca que Arkady había estado en su vida del círculo mágico de los superadinerados. Y se sentía fascinado a pesar de sí mismo. No obstante, Zhenya lo estaba pasando mal. Cuando Arkady vio a través de los ojos del niño, la fiesta perdió todo el color. Los demás niños eran mucho más ricos en dinero, teléfonos celulares, padres, confianza en sí mismos; un niño de un refugio era, por definición, un abandonado. La mascarada que había planeado Arkady se revelaba una prueba cruel y estúpida. Por muy rencoroso o poco comunicativo que fuera Zhenya, no se merecía aquello.

    —¿Ya se van? — preguntó Timofeyev.
    —Mi amigo no se siente bien —respondió Arkady, señalando con la cabeza a Zhenya.
    —Qué pena ser tan joven y no gozar de buena salud — Timofeyev hizo un débil esfuerzo por sonreír. Aspiró por la nariz y apretó un pañuelo que tenía en la mano. Arkady le notó unos puntos marrones en la camisa—. Yo debería de haber iniciado una obra de beneficencia como ésta. Debería de haber hecho más. ¿Sabía que Pasha y yo nos criamos juntos? Fuimos a las mismas escuelas el mismo instituto científico. Pero nuestros gustos eran por completo diferentes. A mí nunca me atrajeron las mujeres. Más bien los deportes. Por ejemplo, Pasha tenía un salchicha, y yo, galgos rusos.
    —¿Ya no?
    —Lamentablemente, no, no podría… En la investigación dije que hicimos todo lo que pudimos, dada la información que teníamos.
    —¿Qué investigación? — no se trataba de la de Arkady.
    —Pasha decía que no era cuestión de culpabilidad o inocencia, que a veces la vida de un hombre no era más que una reacción en cadena.
    —¿Culpabilidad por qué? — Arkady quería detalles específicos.
    —¿Le parezco un monstruo?
    —No —Arkady pensó que, aunque Lev Timofeyev hubiera contribuido a construir un gigante financiero mediante la corrupción y el robo, no era necesariamente un monstruo. Parecía un deportista otrora saludable que iba encogiéndose dentro de la ropa. Tal vez era dolor por la muerte de su mejor amigo, pero su palidez y sus mejillas hundidas sugerían a Arkady el florecimiento de una enfermedad y, quizá, del miedo. De los dos, Pasha había sido siempre el aventurero, aunque Arkady recordaba que Rina había mencionado algún crimen secreto en el pasado—. ¿Esto tiene que ver con Pasha?
    —Tratábamos de ayudar. Cualquier que hubiera tenido la misma información habría sacado idéntica conclusión.
    —¿Que era…?
    —Todo estaba encaminado, las cosas estaban bajo control. Sinceramente creíamos que así era.
    —¿Qué cosas? — Arkady no entendía nada. Timofeyev parecía haber tomado por un rumbo por completo diferente.
    —Y pedimos disculpas en persona, cara a cara. ¿Quién lo habría hecho?
    —No sé.
    —¿Era una carta de amenaza? ¿La tiene usted?

    Rina lo llamó desde el casino. Estaba espectacular, centelleante con un enterizo plateado que combinaba con el tema espacial de la jornada.

    —Arkady, ¿no ha perdido a nadie?

    Zhenya había desaparecido del lado de Arkady, para reaparecer junto a las mesas de juego. Había mesas de póquer y blackjack, era los amigos de Rina habían optado por la clásica ruleta, y allí estaba Zhenya, aferrando su libro y evaluando adusto cada apuesta a medida que las hacían. Arkady se excusó con Timofeyev pero le prometió volver.

    —Quiero presentarle a mis amigos, Nikolai y Leo —le dijo Rina—. Son muy divertidos, y están perdiendo mucho dinero. Por lo menos, hasta que llegó su amiguito.

    Nikolai Kuzmitch, que había acaparado el mercado del níquel, era un sujeto bajo y expeditivo, que colocaba apuestas en todo el paño. Leonid Maximov, el rey del vodka, era fornido y fumaba un cigarro. Jugaba de forma más pausada —matemático, después de todo—, con el simple sistema de progresión que había arruinado a Dostoievski: doblando y redoblando, en rojo, rojo, rojo, rojo, rojo. Si perdían diez o veinte mil dólares en una vuelta de la bolilla de la ruleta, era por caridad y ganaban respeto. De hecho, cuando se retiraban las fichas, perder se tornaba febrilmente competitivo, un signo de exuberancia… es decir, hasta que Zhenya se ubicó entre los dos millonarios. A cada generosa apuesta, Zhenya echaba a Kuzmitch esa clase de mirada de lástima que se dirige a un idiota, y cada trillado doble al rojo de Maximov provocaba en Zhenya un suspiro de desdén. Maximov movió sus fichas al negro, y Zhenya sonrió con suficiencia ante su inconstancia; Maximov volvió a ubicarlas en el negro, y Zhenya, sin cambiar de expresión, dio la sensación de revolear los ojos.

    —Qué niñito perturbador, ¿no? — dijo Rina—. Casi ha paralizado el juego.
    —Tiene ese poder —admitió Arkady. Notó que, mientras tanto, Timofeyev se había mezclado con la multitud.

    Kuzmitch y Maximov dejaron la mesa disgustados; pero pusieron cara sonriente para Rina y dieron a Arkady una bienvenida profesional que indicaba que nada tenían que temer de él; hacía años que compraban y vendían investigadores.

    Dijo Kuzmitch:

    —Rina nos ha comentado que usted está ayudando a atar los cabos sueltos en el caso de Pasha. Qué bien. Queremos que la gente se tranquilice. Las empresas rusas están en una fase totalmente nueva. La época dura ya no va.

    Maximov asintió. Arkady pensó en carnívoros jurando que dejarían de comer carnes rojas. No creía que pertenecieran a la mafia, aunque era de esperar que un hombre supiera defenderse y hasta poseyera un ejército privado si hacía falta. Pero habían pasado por esa fase, y ahora que cada uno poseía su fortuna, ambos abogaban con firmeza por la ley y el orden.

    Arkady preguntó si Ivanov había mencionado alguna inquietud o amenaza o algún nombre nuevo, o si evitaba a alguien, o si hablaba de su salud. No, respondieron los dos, salvo que no se sentía bien en los últimos tiempos.

    —¿Mencionó la sal?
    —No.

    Maximov se sacó el cigarro de la boca para decir:

    —Cuando me enteré de lo de Pasha quedé destruido. Éramos competidores, pero nos respetábamos y nos caíamos bien.

    Agregó Kuzmitch:

    —Pregúntele a Rina. Pasha y yo peleábamos por negocios todo el día, y después nos divertíamos toda la noche como los mejores amigos.
    —Hasta fuimos de vacaciones juntos —añadió Maximov.
    —¿A Saint—Tropez, por ejemplo? — preguntó Arkady. ¿Con bomba y todo?, agregó para sí.

    Los dos hombres dieron un respingo, como si les hubieran echado algo desagradable en la bebida. Arkady observó que llegaba el coronel Ozhogin y susurraba algo al oído del fiscal Zurin. Unos guardias empezaron a avanzar en dirección a la mesa de ruleta, y Arkady intuyó que su tiempo entre la elite era limitado. Kuzmitch comentó que iría unos días a Estambul, piloteando su avión. Lo acompañarían Maximov y unas seis o siete chicas simpáticas, y Arkady también podía ir. Las cosas podían arreglarse. Había una sugerencia implícita de que quizá fueran demasiadas chicas para sólo dos hombres. Rina, por supuesto, era más que bienvenida.

    —Son como un club de muchachos —le comentó ella a Arkady—. Unos chiquillos glotones.
    —¿Y Pasha?
    —Presidente del club.
    —Rina lo enderezó —dijo Kuzmitch.
    —Si yo pudiera conocer a una mujer como Rina, también sentaría cabeza —afirmó Maximov—. Si sigo así, tanto vino, mujeres y música podrían resultarme fatales.
    —¿Dónde estaban los dos cuando se enteraron de lo de Pasha? — preguntó Arkady.
    —Yo estaba jugando squash. Mi entrenador se lo confirmará. Me senté en el piso de la cancha y lloré.
    —Yo estaba en Hong Kong —dijo Kuzmitch—. Volví de inmediato, en avión. Me preocupaba por Rina.
    —Todas estas preguntas… Fue suicidio, ¿no? — dijo Maximov.
    —Es trágico, pero sí —Zurin había aparecido junto a la mesa. Sujetó a Zhenya con firmeza por un hombro—. Mi oficina se encargó del asunto, pero no hubo motivos para hacer una investigación. No fue más que un hecho trágico.
    —¿Entonces por qué…? — Kuzmitch echó una mirada a Arkady.
    —Meticulosidad. Aunque creo que puedo asegurarle que ya no habrá más preguntas. ¿Podrían disculpamos, por favor? Necesito hablar unas palabras con mi investigador.
    —Estambul —Ie recordó Kuzmitch a Arkady.
    —Dele un día de descanso a este hombre —dijo Maximov a Zurin—. Trabaja demasiado.

    El fiscal se llevó a Arkady.

    —¿Lo está pasando bien? ¿Cómo entró?
    —Estoy invitado, con mi amigo —Arkady recuperó a Zhenya.
    —¿Para hacer preguntas y difundir rumores?
    —¿Sabe qué rumor oí yo?
    —No tengo idea —Zurin seguía llevándose a Arkady y al niño.
    —Oí que lo nombraron a usted director de la compañía. Que le encontraron un lugar en la junta directiva, y ahora usted se está ganando su sustento.

    Zurin los alejó un poco más.

    —Ahora sí que la ha embarrado. Ha ido demasiado lejos.

    Los alcanzó Ozhogin, que agarró a Arkady por el hombro con un pulgar de acero que le llegó hasta el hueso.

    —Renko, tendrá que aprender modales, si es que alguna vez quiere trabajar para Seguridad NoviRus —el coronel palmeó a Zhenya en la cabeza, y el niño apretó con fuerza la mano de Arkady.
    —¿Cómo se atreve a venir acá? — exclamó Zurin.
    —Usted me dijo que preguntara.
    —Pero no en una reunión de beneficencia.
    —¿Se acuerda del disco que Hoffman no quería darnos? — Ozhogin le hizo ver apenas un CD plateado.
    —Ah, debe de ser ése —respondió Arkady—. ¿Hoy anda rompiendo piernas o brazos?
    —Su investigación ha terminado —dijo Zurin—. Colarse en una fiesta arrastrando a un niño sin techo es algo inexcusable.
    —¿Esto significa que me destinará a otra tarea?
    —Esto significa una medida disciplinaria —contestó Zurin, cansado, como si dejara en el suelo una piedra muy pesada—. Significa que usted está acabado.

    Así era como se sentía Arkady: acabado. También sentía que quizá se había extralimitado con Zurin. Hasta los vendidos tienen su orgullo.

    Y se marchó con Zhenya, desandando camino, lejos del círculo de hombres importantes, pasando ante los cosmonautas, el algodón de azúcar y las parrillas humeantes, los rostros de la televisión y las llamas azules y los extraterrestres en zancos. De la cancha de tenis despegó un cohete, que se elevó alto en el cielo azul y estalló en una lluvia de flores de papel. Cuando descendió el último de los pétalos, Arkady y Zhenya habían salido por las grandes puertas. Mientras tanto, Bobby Hoffman esperaba en el auto de Arkady, con la nariz ensangrentada metida en un pañuelo, la cabeza echada hacia atrás para proteger la chaqueta que le había regalado Ivanov.

    En el camino, Zhenya miraba a Arkady con ojos entornados. El investigador había descendido a una velocidad vertiginosa desde las alturas de la Nueva Rusia hasta una puerta por donde lo echaron a patadas. Un descenso tan veloz que hasta a Zhenya le llamó la atención.

    —¿Qué va a pasar? — preguntó Hoffman.
    —¿Quién sabe? Una carrera nueva. Estudié leyes en la Universidad de Moscú; tal vez pueda hacerme abogado. ¿Me ves como abogado?
    —¡Ja! — Hoffman lo pensó un segundo—. Es raro, pero tienes algo que me recuerda a Pasha. No eres tan inteligente, bien lo sabe Dios, pero sí tienes una cualidad de él. Uno no podía darse cuenta de si las cosas le resultaban graciosas o tristes. Era como si pensara: “¿Ya mí qué?”. Especialmente hacia el final.

    Arkady preguntó a Zhenya:

    —¿Eso está bien? ¿Tener las cualidades de un muerto? — el niño apretó los labios—. ¿Depende? Yo pienso lo mismo.

    Zhenya no había comido. Se detuvieron en un puesto de pirozhki y encontraron, del otro lado, una casa inflada que representaba una cabaña fea, sostenida sobre unas patas de gallina. La rodeaba una cerca, también inflada, de huesos y cráneos, y en el techo estaba parada la bruja. Baba Vaga, con el mortero con que volaba. En el libro de cuentos de Zhenya, Baba Vaga se comía a los niños que se acercaban a su cabaña. Esta cabaña, en cambio, estaba llena de niños que saltaban en un piso trampolín cubierto con pelotas de espuma de goma de colores. Niños y niñas salían por una puerta y entraban corriendo por otra mientras arriba la bruja mecánica soltaba su espantosa risa cacareante. Zhenya dejó el juego de ajedrez y entró en la vivienda de la bruja, embelesado.

    —Gracias por traerme —dijo Hoffman—. No conduzco en Rusia. Conducir acá es como dar vueltas sin fin al Arco de Triunfo.
    —No sabría decirte. ¿Cómo está tu nariz?
    —Me la golpeó Ozhogin. Ni siquiera fue un golpe. Me mostró el disco, levantó la mano y me reventó un vaso sanguíneo, sólo para humillarme.
    —Es un día de narices ensangrentadas. A Timofeyev le pasaba lo mismo —ahora que lo pensaba, en los videotapes también Ivanov llevaba un pañuelo contra la nariz.

    Hoffman se inclinó hacia adelante.

    —¿Te comenté que le caes tan bien como yo?
    —No sé por qué —la perspectiva de volver a encontrarse con Ozhogin le dio ganas de mejorar, levantar pesas, hacer ejercicio con regularidad. Encendió un cigarrillo—. ¿Dónde escondiste el disco?
    —Sabía que Ozhogin buscaría en mi departamento, así que lo guardé en mi armario del gimnasio. Lo pegué con cinta en un lugar invisible. No sé cómo lo encontró.
    —¿Vas muy seguido el gimnasio, Bobby?
    —No. Sólo una vez cada… —Hoffman se encogió de hombros.
    —Ahí tienes.
    —Ah, y ahora que tienen el disco la oferta es: “Abandonas el país o vas a la cárcel”. Los hice enojar. Que se vayan a la mierda. Volveré.
    —¿Y Rina?
    —Te diré algo de Rina —Bobby se sacó de la chaqueta unas migas de pirozhki—. Es una muchachita adorable, pero Pasha la dejó bien acomodada, y dentro de un año lo más importante de su vida serán los espectáculos de modas. Y dirigirá la fundación de Pasha, que la mantendrá ocupada. Todos ganan, menos tú y yo. Y yo voy a volver a la carga.
    —O sea que quedo sólo yo.
    —En el fondo de la cadena alimentaria. Te diré algo más: la empresa está muerta.
    —¿NoviRus?
    —Kaput. Lo único que la mantenía en pie era Pasha —Bobby se tocó la nariz con delicadeza—. Tal vez Timofeyev haya sido un buen científico en otros tiempos, pero para los negocios es un desastre. No tiene garra, ni imaginación. Nunca entendí por qué Pasha lo conservaba. Y ni hablar de que se está desmoronando ante la vista de todos. En seis meses, ¿sabes quién manejará NoviRus? Ozhogin. Es policía. Sólo que no puedes manejar un ente comercial tan complejo siendo policía; tienes que ser general. Kuzmitch y Maximov no ven la hora de sacarlo. Cuando hayan terminado con Ozhogin, de él no quedarán ni los huesos. Es la cadena alimentaria, Renko. Si entiendes la cadena alimentaria, entiendes el mundo.

    Arkady contempló a Zhenya, que rebotaba en la cabaña inflable, entrando y saliendo de su campo visual. Le preguntó a Hoffman:

    —¿Que sabes de Anton Obodovsky?
    —¿Obodovsky? — Bobby levantó las cejas—. Un tipo duro, de la mafia local; robó unos camiones nuestros y vació unos tanques de combustible. Tiene pelotas, eso te lo concedo. Ozhogin me lo señaló en la calle, una vez. Obodovsky pone nervioso al coronel. Eso me gustó.

    Cuando Zhenya emergió al fin de la casa inflada, emprendieron el viaje de regreso. Hoffman y Zhenya jugaban al ajedrez sin tablero, diciendo en voz alta sus jugadas: el niño anunciaba “E2 a E4” desde el asiento de atrás y enseguida Hoffman le contestaba “B7 a B6” desde el de adelante. Arkady pudo seguirlos en las diez primeras movidas, y después era como escuchar una conversación entre robots, de modo que se concentró en sus propias y reducidas perspectivas.

    Era imposible que lo echaran por incompetencia. La incompetencia se había vuelto la norma bajo la vieja ley, cuando los fiscales no tenían que enfrentarse en los tribunales con ningún desafío de abogados trepadores y siempre había a mano pruebas y confesiones convenientes. Se permitía la bebida: a un investigador borracho acurrucado en el asiento trasero de un auto se lo trataba con la misma amabilidad que a una abuela achacosa. La corrupción, sin embargo, tenía sus bemoles. Aunque era tanto el combustible como el lubricante de la vida rusa, un investigador acusado de corrupción siempre provocaba la indignación pública. Había un cuadro, El paseo en trineo, en el que un conductor de troika arroja a una muchacha horrorizada a una manada de lobos que los persigue. Zurin era como ese conductor. Recopilaba los antecedentes de sus propios investigadores y cada vez que se le acercaba la prensa les arrojaba una víctima. Arkady no tenía motivo alguno para sentirse horrorizado o sorprendido.

    Le preguntó a Hoffman:

    —¿Timofeyev está resfriado, o suele sangrarle la nariz?
    —Él dice que está resfriado.
    —En la camisa tenía unas manchas que parecían sangre seca.
    —Tal vez se manchó al sonarse la nariz.
    —¿Pasha sufría hemorragias nasales?
    —A veces —respondió Hoffman, todavía inmerso en la partida de ajedrez.
    —¿Estaba resfriado?
    —No.
    —¿Tenía alguna alergia?
    —No. G5 a F3.
    —H4 a G3 —dijo Zhenya.
    —¿Fue a ver un médico? — preguntó Arkady.
    —No quería.
    —¿Estaba paranoico?
    —No sé. Nunca lo vi de ese modo. No era tan evidente, porque todavía estaba en la cima. G3 a H5.
    —G3 a H2, jaque —dijo Zhenya.
    —G1 a H2.
    —C6 a H3, mate.

    Hoffman levantó las manos como si diera vuelta el tablero.

    —¡Mierda!
    —El niño es bueno —comentó Arkady.
    —¿Quién sabe, con estas distracciones?

    Zhenya ganó dos partidas más antes de que llegaran al refugio para niños. Arkady lo acompañó hasta la puerta, y Zhenya entró sin mirar atrás, lo que era a un tiempo más y menos que desdén. Cuando Arkady volvió al auto, Hoffman cerraba su teléfono celular.

    —Es judío —dijo Hoffman.
    —El apellido es Lysenko. No es judío.
    —Acabo de jugar al ajedrez con él. Es judío. ¿Puedes dejarme en la estación Mayakovski del subterráneo? Gracias.
    —¿Te gusta Mayakovski?
    —¿El poeta? Claro. “Mírame, mundo, y envídiame. ¡Tengo un pasaporte soviético!” A continuación se voló los sesos. ¿Cómo no me iba a gustar?

    Mientras manejaba, Arkady miraba de reojo a Hoffman, que ya no era el despojo lloriqueante del día anterior. Ese Hoffman no podría haber jugado al ajedrez con nadie. Este Hoffman iba de la poesía a la ligera jactancia, sin demasiados detalles, sobre una variedad de chanchullos comerciales —empresas pantalla y remates secretos— que él e Ivanov habían perpetrado juntos.

    —¿Cómo te sientes? — le preguntó Arkady.
    —Bastante decepcionado.
    —Te han humillado y despedido. Deberías estar furioso.
    —Lo estoy.
    —Y perdiste el disco.
    —Ése era mi as en la manga.
    —Lo estás llevando bien, considerando la situación.
    —No puedo dejar de pensar en ese niño. Tal vez tú no lo valores, Renko, pero eso fue ajedrez en un muy alto nivel.
    —Sin duda así sonaba. Guardar el disco, ocultar el disco, usarme a mí ya mi lastimosa investigación para dar la impresión de que el disco era importante, y por último dejar que Ozhogin lo encontrara en tu gimnasio, nada menos. ¿Qué pusiste en el disco? ¿Qué va a pasar en NoviRus cuando ese disco cumpla su función?
    —No tengo idea de lo que estás hablando.
    —Eres experto en computación. El disco es veneno.

    El cielo se oscurecía tras los carteles iluminados que solían recitar: “¡El Partido es la vanguardia de los trabajadores!”, y ahora mostraban publicidades de coñac añejado en barriles. Monedas de neón rodaban encima del toldo de un casino e iluminaban una hilera de Mercedes y camionetas 4 x 4.

    —¿Cómo lo sabrás? — Hoffman se retorció en el asiento—. Me bajo. Acá está bien.
    —No llegamos a la estación.
    —Escucha, imbécil: te dije que esta esquina está bien.

    Arkady detuvo el auto y Bobby se bajó. Arkady se estiró sobre el asiento y bajó el vidrio de la ventanilla.

    —¿Ésta es tu despedida?
    —Renko, ¿por qué no te vas a la mierda? No entenderías.
    —Entiendo que me armaste un embrollo.
    —Tú no entiendes.

    Los conductores detenidos detrás de Arkady le gritaron para que siguiera andando. Rara vez se usaban las bocinas si se podía recurrir a las amenazas. Un viento perseguía pedazos de papel alrededor de la esquina.

    —¿Qué es lo que no entiendo?
    —Que mataron a Pasha.
    —¿Quiénes?
    —No sé.
    —¿Lo empujaron?
    —No sé. ¿Qué importa? Ibas a abandonar.
    —No hay nada que abandonar. No hay investigación.
    —¿Sabes lo que decía Pasha? “Tod se entierra, pero nada queda enterrado el tiempo suficiente.”
    —¿Y eso significa…?
    —Significa que acá están las malas noticias: Rina es puta, yo soy una mierda y tú eres un perdedor. Hasta ahí llegamos. Todo este lugar está jodido. Sí, te usé, ¿y qué? Todos usan a todos. Es lo que Pasha llamaba una reacción en cadena. ¿Qué esperas de mí?
    —Ayuda.
    —¿Como si siguieras en el caso? — Bobby alzó la vista al cielo nublado, a las monedas de oro del casino, a las puntas de sus zapatos—. A Pasha lo mataron; eso es todo lo que sé.
    —¿Quiénes?

    Bobby susurró:

    —Guárdense su maldito país.
    —¿Cómo…? — comenzó Arkady, pero el Mercedes color plomo de atrás avanzó un poco y abrió de golpe su puerta trasera.

    Bobby Hoffman subió y la cerró, ocultándose tras el acero y el vidrio oscuro, aunque no antes de que Arkady viera un portafolio en el asiento. De modo que el automóvil no se hallaba allí por casualidad; su presencia estaba arreglada de antemano. De inmediato se alejó, mientras Arkady lo seguía en el Zhiguli. En tándem, los dos vehículos pasaron la estación Mayakovski y continuaron hacia el norte. ¿Adónde se dirigía? Ya estaba demasiado oscuro para dar una caminata soleada por la playa de Serebryaniy Bor, y era demasiado tarde para las carreras del hipódromo. Pero estaba el aeropuerto. De Sheremetyevo salían vuelos vespertinos hacia todas partes, y Hoffman había entrado y salido del aeropuerto lo bastante seguido como para sobornar a la mitad del personal. Conseguiría un pasaje a Egipto o la India o algún ex país soviético, a cualquier parte que no tuviera tratado de extradición con los Estados Unidos. Lo harían pasar con rapidez por seguridad, lo conducirían a la primera clase y le ofrecerían champaña. Bobby Hoffman, fugitivo veterano, volvía a ganarle de mano; una vez que hubiera atravesado seguridad, se hallaría fuera del alcance de Arkady.

    Aunque Arkady no tenía autoridad alguna para impedir que Hoffman se fuera. Sólo quería preguntarle qué era lo que estaba enterrado. Y qué había querido decir cuando afirmó que a Pasha lo habían matado “de algún modo”. ¿Lo habían empujado, o no? El chofer de Hoffman levantó una mano para colocar una luz azul sobre el techo del auto y se precipitó por el carril de máxima velocidad. Arkady colocó su propia luz policial y fue avanzando en zigzag de carril en carril para mantenerse cerca. Nadie aminoró la velocidad. Los conductores rusos juraban al nacer no aminorar jamás —pensó Arkady—, así como los pilotos rusos despegaban siempre, hiciera el clima que hiciere.

    Pero los coches se vieron obligados a frenar y pasar como podían alrededor de una fogata encendida en medio de la ruta. Arkady pensó que se trataba de un accidente, hasta que vio unas figuras que bailaban en torno del fuego, ejecutando saludos a lo Hitler y destrozando con piedras y barras de acero los parabrisas y los faros delanteros de los coches que pasaban. Al acercarse no vio madera, sino un automóvil ennegrecido que se retorcía en las llamas y arrojaba el humo acre del plástico quemado. Cincuenta figuras, o más, sacudían un ómnibus. Por la puerta del vehículo bajó una mujer que salió corriendo a los gritos. Un Zaporozhets de tres ruedas, apenas más grande que una motocicleta, se metió por delante de Arkady y le embistió el guardabarros. Adentro iban un hombre y una mujer, quizás árabes. Cuatro sujetos con la cabeza afeitada y un estandarte blanco y rojo se aglomeraron alrededor del auto. El más corpulento lo levantó de modo que las ruedas de adelante quedaron girando en el aire, mientras otro, con la barra de hierro, rompía la ventanilla del lado del pasajero. Arkady alzó los ojos hacia las torres de iluminación del estadio de Dynamo, que resplandecían más adelante, y entendió lo que ocurría.

    Dynamo estaba jugando contra Spartak. El club de fútbol Dynamo era patrocinado por la milicia, y Spartak era el favorito de grupos de skinheads como los Carniceros Locos y los Naranjas Mecánicas. Los skinheads apoyaban a su club pisoteando a los hinchas de Dynamo que encontraban por la calle. A veces iban un poco más lejos. El que aferraba el frente del Zaporozhets se había desgarrado la camisa para mostrar un ancho pecho tatuado con una cabeza de lobo, y sus brazos ostentaban esvásticas. Su amigo terminó de romper la ventanilla con la barra de metal y sacó a la mujer a la rastra, gritándole: “¡Saca tu culo negro de un auto ruso!”. La mujer salió con una mejilla cortada y el pelo y el sari salpicado de vidrio. Arkady reconoció a la señora Rajapakse. Los otros dos skinheads golpeaban la ventanilla del señor Rajapakse con barras de acero.

    Arkady no tuvo conciencia de cómo se bajó del Zhiguli. De pronto se encontró apuntando con un arma a la cabeza del skinhead que sujetaba el parachoques.

    —Suelta el auto.
    —¿Te gustan los negros? — el fortachón le escupió el impermeable.

    Arkady le pateó la rodilla desde el costado. No supo si se rompió, pero cedió con un satisfactorio chasquido. Mientras el hombre daba contra el suelo aullando de dolor, Arkady se acercó al hincha de Spartak que aplastaba al señor Rajapakse contra el capó. Dado que los skinheads llenaban la calle y el cargador de la pistola de Arkady tenía sólo trece disparos, optó por una vía intermedia.

    —Si tú… —había empezado a decir el hombre cuando Arkady le pegó con la pistola.

    Mientras Arkady rodeaba el auto, los skinheads armados con barras despejaron un poco el lugar, para atacar. Eran tipos altos, con borceguíes y nudillos ensangrentados. Uno dijo:

    —Tal vez agarres a uno, pero no nos agarrarás a los dos.

    Arkady se dio cuenta de algo. No tenía ningún cargador en su pistola. Lo había quitado para el paseo con Zhenya. Y nunca llevaba uno encima.

    —Entonces, ¿cuál de los dos será? — preguntó, y apuntó primero a uno y después al otro—. ¿Cuál es el que no tiene madre? — a veces las madres son monstruos, pero en general les importa si sus hijos mueren en la calle. Y los hijos lo saben. Al cabo de una larga pausa, las manos de los dos muchachos que aferraban las barras se aflojaron. Les asqueaba Arkady por haber usado una táctica tan baja, pero los dos retrocedieron y se marcharon, arrastrando a sus camaradas heridos.

    Mientras tanto, la refriega se había generalizado. De varios camiones bajaban montones de milicianos y los skinheads destrozaban postes de ómnibus al desbandarse a la carrera. Los Rajapakse limpiaban los vidrios de los asientos de su auto. Arkady se ofreció a llevarlos a un hospital, pero casi lo atropellaron en su prisa por hacer un giro en U y abandonar el lugar.

    Rajapakse gritó por la ventanilla rota:

    —Gracias. Ahora váyase, por favor. Usted es loco, tan loco como ellos.

    Sosteniendo en alto su identificación, Arkady fue hasta el auto quemado. Había víctimas de los skinheads tiradas en el camino y los costados, sollozando entre espejos laterales rotos, camisas desgarradas, zapatos. Llegó hasta una línea de barricadas que la milicia había erigido rápida y tardíamente en el terreno del estadio. No se veía a Hoffman por ninguna parte, pero por todos lados había pedazos de vidrio oscuro.

    El ascensorista era el ex guardia del Kremlin al que Arkady ya había entrevistado. Mientras pasaban los pisos, miró a Arkady de arriba abajo.

    —Necesita un código.
    —Lo tengo —Arkady se puso unos guantes de látex.

    El ascensorista se hizo a un lado, mostrando el entrenamiento de un viejo perro guardián. En el décimo piso todavía no sabía si sacar o no un teléfono celular del bolsillo.

    —Primero debo llamar al coronel Ozhogin.
    —Cuando llame, cuéntele al coronel de la falla de seguridad en el edificio el día en que murió Ivanov; cuéntele que usted clausuró el ascensor a las once de la mañana y revisó cada departamento, piso por piso. Explíquele por qué no informó de esa falla en aquel momento.

    Con un leve gemido, el ascensor se detuvo en el décimo piso. El ascensorista se balanceó un instante, con expresión desdichada. Al fin dijo:

    —En la época soviética teníamos guardias en todos los pisos. Ahora tenemos cámaras. No es lo mismo.
    —¿Revisó el departamento de Ivanov?
    —No tenía el código.
    —Y no quiso llamar a Seguridad NoviRus y decirle por qué lo necesitaba.
    —Revisamos el resto del edificio. No sé por qué el recepcionista estaba preocupada. Le parecía haber visto una sombra, algo. Le dije que si a él se le pasaba algo por alto, el hombre que vigilaba la pantalla en NoviRus lo vería. En mi opinión, no pasó nada. No hubo ninguna falla.
    —Bien, ahora sabe el código. Después de que me deje entrar, puede hacer lo que quiera.

    Se abrieron las puertas del ascensor y Arkady entró en el departamento de Ivanov por tercera vez. En cuanto las puertas se cerraron, presionó el botón del teclado del vestíbulo que impedía entrar a cualquier otro. Ahora el ascensorista podía llamar a quien quisiera, porque el departamento estaba, como había dicho Zurin, sellado para el resto del mundo.

    Con sus paredes blancas y sus pisos de mármol, era un hermoso caparazón. Encendió las luces habitación por habitación y vio que otros visitantes lo habían precedido. Alguien había limpiado los rastros de la vigilia de Hoffman en el sofá, lavado la copa de coñac y acomodado los almohadones. La galería de fotos de Pasha Ivanov todavía adornaba la pared de la sala, aunque ahora parecía tristemente superflua. Las únicas fotos que faltaban eran las de Rina con Pasha que antes había en el dormitorio. Y sin duda Ozhogin había estado en la escena, porque la oficina se hallaba desnuda de todo aquello que, encriptado o no, pudiera contener algún dato de NoviRus: computadora, dispositivo para zip, libros, CD, carpetas, teléfono y contestador automático. En la sala de custodia habían desaparecido todos los videos y los discos. El botiquín del baño estaba vacío. Arkady apreció la meticulosidad profesional.

    No sabía con exactitud qué buscaba, pero ésa era su última oportunidad de buscar algo. Recordó el elfo islandés, el diablillo que no era más que una cabeza y un pie, que sólo podía verse por el rabillo del ojo. Si se lo miraba directamente, desaparecía. Puesto que se habían llevado todos los elementos obvios, Arkady debería conformarse con revelaciones vislumbradas. O la sombra persistente de algo de lo que se habían llevado.

    Por supuesto, el hogar de un “nuevo ruso” debía estar libre de sombras. Nada de historia, ni preguntas, ni incómodas legalidades, sólo un limpio salto al futuro. Abrió la ventana de la cual había caído Ivanov. Las cortinas flamearon hacia el lado de afuera. A Arkady se le aguaron los ojos por el frío del aire.

    El coronel Ozhogin había sacado todo lo que guardaba alguna relación con asuntos de negocios; pero lo que Arkady había visto de la última noche de Pasha Ivanov entre los vivos no guardaba relación alguna con los negocios. NoviRus no estaba en absoluto al borde del colapso. Eso podía ocurrir pronto, estando Timofeyev al timón, pero hasta el último aliento de Ivanov, NoviRus era una empresa próspera y voraz, que engullía compañías a un ritmo imparable y se defendía por igual de los competidores gigantes y los predadores de poca monta. Tal vez un ninja había bajado del techo como una araña, o Anton se había escabullido por entre las rejas de Butyrka; en cualquiera de ambos casos, se tratada de un homicidio profesional que Arkady tenía pocas esperanzas realistas de resolver. Sin embargo, persistía en él la sensación de que Pasha Ivanov huía de algo más personal. Había impedido a todos la entrada en el departamento, incluida Rina. Arkady recordó cómo había llegado Ivanov su último día, con un pañuelo en una mano y en la otra un portafolio de aspecto liviano, como si no se hallara cargado de informes financieros. ¿Qué había en el portafolio cuando Arkady lo vio sobre la cama? Una bolsa de zapatos y un cargador de teléfono celular. ¿Acaso Ivanov, cuando se dirigía a la oficina de su departamento, se había enterado de alguna inversión desastrosa? En ese caso, Arkady imaginó a un Ivanov lloroso que bebía uno o dos whiskys antes de juntar coraje para abrir la ventana. Lo que recordaba del video, en cambio, era un Ivanov que se bajaba sin ganas del auto, entraba apresurado en el edificio, charlaba sobre perros con un vecino, subía en el ascensor con sombría determinación y echaba una mirada de despedida a la cámara de seguridad antes de bajar. ¿Corría a encontrarse con alguien? ¿Había tomado el bastón de esquí porque había oído a alguien? ¿Por qué una sola bolsa de zapatos? Porque no la estaba usando para guardar zapatos. Ivanov había ido al baño, tal vez, pero no había ingerido una cantidad suicida de pastillas. Era un hombre decidido, no de los que esperan con actitud pasiva un efecto sedante. Había hablado con la doctora Novotny lo suficiente como para preocuparla, y luego faltado a las últimas cuatro sesiones. Lo único que Arkady sabía realmente de la última noche de Ivanov era que había entrado en el departamento por la puerta y salido por la ventana, y que el piso de su vestidor estaba cubierto de sal. Y que habían encontrado sal en el estómago de Pasha. Pasha había comido sal.

    Sonó el teléfono del dormitorio. Era el coronel Ozhogin.

    —Renko, estoy yendo para allá. Quiero que salga ahora mismo del departamento de Ivanov Y baje al vestíbulo. Lo encontraré ahí.
    —¿Por qué? Yo no trabajo para usted.
    —Zurin lo despidió.
    —¿Y?
    —Renko…

    Arkady cortó.

    Ivanov había ido al dormitorio y dejado el portafolio sobre la cama. Dejó el teléfono celular al borde de la cama. Abrió el portafolio, tan concentrado en el contenido que no reparó en que había dejado caer el teléfono sobre la alfombra o lo había pateado bajo la cama, donde Víctor lo encontraría más tarde. ¿Qué sacó Ivanov de la bolsa para zapatos: un ladrillo, un arma, un lingote de oro?

    Arkady repasó cada movimiento, tratando de seguir un rastro invisible. Pasha había abierto el vestidor y encontrado el piso cubierto de sal. ¿Sabía algo de una inminente escasez mundial de sal? Pasha había vuelto apresurado a su casa y comido sal, y lo único que llevaba consigo en su caída de diez pisos era un salero. Arkady dio vuelta la bolsa. Ni un grano de sal.

    Lo que había en la bolsa, ¿estaba todavía en el departamento? Ivanov no lo había llevado consigo. Según recordaba Arkady, todos se concentraron en asuntos de la empresa, y la bolsa de zapatos no tenía el tamaño ni la forma para contener ni discos de computadora ni hojas de cálculo.

    Volvió a sonar el teléfono. Ozhogin dijo:

    —Renko, no corte…

    Arkady cortó y dejó el tubo descolgado. El problema del coronel era que no tenía con qué amenazarlo. De haber sido Arkady un hombre de carrera promisoria, las amenazas habrían podido surtir efecto. Pero como ya casi con seguridad lo habían despedido de la oficina del fiscal, se sentía liberado.

    Un paso atrás. A veces una persona pensaba demasiado. Arkady regresó a la cama, hizo la mímica de abrir el portafolio, sacar algo de la bolsa de zapatos e ir hacia el vestidor. Cuando éste se abrió, las luces echaron un resplandor lechoso sobre el montículo de sal que todavía cubría el piso. En la parte superior se veían las mismas señales de actividad que Arkady había visto antes: un hueco aquí, una huella allá. Ahora vio la confirmación en una mancha marrón de sangre que Ivanov había dejado al agacharse. Ivanov había sacado la cosa de la bolsa de zapatos, la había depositado en la sal y luego…: ¿qué? El salero podría haber encajado perfectamente en la depresión que había en medio de la sal. Arkady abrió un cajón de camisas de manga larga con monograma, en diversos tonos pastel. Las revisó, sin encontrar nada; cerró el cajón y oyó que algo se movía.

    Abrió de nuevo el cajón y, en el fondo, debajo de las camisas, encontró un pañuelo ensangrentado que envolvía un dosímetro de radiación del tamaño de una calculadora. Tenía sal incrustada en la costura de la funda de plástico rojo. Tomó el dosímetro por una punta, para no dejar huellas, lo encendió y vio que en la pantalla digital los números volaban a 10.000 puntos por minuto. Arkady recordaba, del entrenamiento en el ejército, que una lectura promedio de radiactividad de fondo rondaba los 100 cpm. Cuanto más acercaba el medidor a la sal, más subía la lectura. A los 50.000 cpm los números se detuvieron.

    Salió del vestidor. Le picaba la piel, se le había secado la boca. Recordó a Ivanov abrazando el portafolio en el ascensor, y su mirada a la cámara. Ahora comprendió esa vacilación. Pasha juntaba, coraje, ya en el umbral. Arkady encendió y apagó el medidor, lo encendió y lo apagó, hasta que volvió a cero. Recorrió el hermoso departamento blanco de Pasha. Los números cambiaban a cada paso mientras él caminaba como un ciego con su bastón entre unas llamas que sólo percibía mediante el medidor. El dormitorio ardía, la oficina ardía, la sala ardía, y en la ventana abierta las cortinas aspiradas por el viento nocturno flameaban y se agitaban señalando la salida más rápida de un incendio invisible.


    5


    Pripyat había sido una ciudad dedicada a las ciencias, construida para técnicos, con líneas rectas, que relucía a la luz de una luna ascendente. Desde el piso más alto de la oficina municipal, Arkady contemplaba una explanada central lo bastante ancha para contener la población de toda la ciudad el Día de los Trabajadores, el Día de la Revolución, el Día Internacional de la Mujer. Habría habido discursos, canciones y danzas nacionales, flores de celofán regaladas por niños prolijos y arreglados. Alrededor de la explanada se alzaban las amplias líneas horizontales de un hotel, restaurante y teatro. Bulevares de tres carriles se extendían hasta bloques de departamentos, parques arbolados, escuelas y, a apenas tres kilómetros de distancia, el eterno faro rojo del reactor.

    Arkady volvió a hundirse en las sombras de la oficina. Nunca había considerado que su visión nocturna fuera particularmente buena, pero vio calendarios y papeles en el piso, tubos fluorescentes aplastados, archiveros boca abajo alrededor de un nido de mantas y el resplandor de botellas de vodka vacías. Un cartel colgado en la pared proclamaba algo perdido en letras descoloridas: “CONFIADO EN EL FUTURO” fue todo lo que pudo distinguir Arkady. Con ropa de fajina camuflada, él mismo resultaba bastante difícil de distinguir.

    El susurro áspero de un fósforo al encenderse lo acercó a la ventana. No había visto dónde. Los edificios estaban vacíos; los faroles de la calle, rotos. Los bosques se acercaban cada vez más, y cuando el viento moría la ciudad quedaba en silencio, sin una sola luz, sin el paso de un auto o el sonido de una pisada. En toda la ciudad no había una sola intrusión humana, hasta que se movió la punta naranja de un cigarrillo, al otro lado de la explanada, dentro de la masa oscura del hotel.

    En la escalera, Arkady tuvo que usar una linterna a causa de los despojos: estanterías, sillas, cortinas y botellas, siempre botellas, y todo cubierto por un residuo, semejante a tiza, de yeso desintegrado que formaba una suerte de estalactitas y estalagmitas, como en una caverna. Desde afuera, los edificios podían parecer intactos. Adentro, este parecía un blanco de artillería, con las paredes hechas pedazos, los caños rotos y los pisos levantados por el hielo.

    En la planta baja Arkady apagó la luz y rodeó la plaza al trote. Las puertas de entrada del hotel estaban cerradas con cadenas. No importaba; entró por los agujeros que habían dejado los vidrios faltantes. Encendió la linterna, cruzó el vestíbulo y esquivó en el mayor silencio posible los carritos del servicio apilados en los escalones. En el cuarto piso las puertas se hallaban abiertas. Surgieron camas y cómodas. En una habitación el papel de las paredes se había despegado en enormes rollos; en otra, un inodoro color marfil yacía en la alfombra. Allí se percibía el olor ácido de un fuego sofocado. En una tercera habitación, la ventana estaba cubierta por una manta, que Arkady apartó para dejar entrar la luz de la luna. A un colchón de resortes le habían arrancado toda la tela y le habían puesto encima una taza de auto como improvisada parrilla, llena de carbones y agua, de los que se elevaba un humo fantasmal. Una maleta abierta mostraba un cepillo de dientes, cigarrillos, línea de pescar, una lata de carne y una botella de plástico de agua mineral, un cortacaños de plomero y una llave inglesa envuelta en trapos. Si el dueño hubiera podido resistirse a espiar asomando la cabeza por la manta en que se envolvía, Arkady jamás lo habría visto. Pero ahora lo divisó, andando por el borde de la explanada.

    Arkady bajó las escaleras de a dos escalones por vez, pasó por encima de un escritorio dado vuelta, tropezó con el bulto granate de las cortinas del hotel. Por momentos se sentía como un buceador que se sumerge en las profundidades de un barco hundido, la vista y el oído agudizados por la luz tan débil. Cuando llegó a la planta baja oyó que una puerta se cerraba en el otro extremo de la explanada. La escuela.

    Entre las dos puertas principales de la escuela colgaba un pizarrón en el que se leía: “29 DE ABRIL DE 1986”. Arkady atravesó corriendo un guardarropa en el que había pintados una princesa y un hipopótamo a bordo de un barco. Las habitaciones de abajo eran para los niños de los primeros grados; se veían ejemplos de redacción en los pizarrones y coloridas ilustraciones de niños granjeros con vacas felices y sonrientes, entre ventanas destrozadas y escritorios volcados como barricadas. En el piso de arriba resonaron pisadas. Arkady subió las escaleras en medio de un despliegue de arte infantil. Fotos de alumnos sentados juiciosamente en una sala de música conducían a una sala de música de verdad, en la que había un piano desvencijado y sillas pequeñas en torno a tambores y marimbas rotos. A cada paso se levantaba polvo; Arkady lo tragaba cada vez que respiraba. En otra habitación yacían armazones de camas en ángulos raros, corno si los hubieran sorprendido en una danza desaforada. Libros ilustrados abiertos: el tío Illich de visita en una aldea nevada, El lago de los cisnes, el Día de los Trabajadores en Moscú. Arkady oyó que se cerraba otra puerta. Bajó corriendo una segunda escalera hasta la otra salida de la escuela y aminoró el paso para eludir una pila de máscaras antigás para niños. Cajones tirados y volcados, como si les hubieran pasado por encima en medio del pánico. Las máscaras tenían forma de cabezas de oveja, con ojos redondos y tubos gomosos. Arkady se precipitó por la puerta, demasiado tarde. Recorrió la explanada con la linterna, sin ver nada.

    Aunque era incorrecto pensar “nada” cuando el lugar estaba tan vivo en cesio, estroncio, plutonio O elfos de cien isótopos diferentes, no más grandes que un micropunto, ocultos aquí y allá. Un “punto caliente” —como llamaban a los lugares radiactivos— era simplemente eso: un punto. Muy cercano, muy peligroso. Un paso atrás significaba una gran diferencia. El problema del cesio, por ejemplo, era su tamaño microscópico —un excremento de mosca—, y que podía diluirse en agua y se adhería a cualquier cosa, en especial a las suelas de los zapatos. El pasto que crecía hasta la altura del pecho en las grietas de la calle también hizo subir el dosímetro. En el otro extremo de la explanada había un pequeño parque de diversiones, con tazas locas, autos chocado res y una rueda gigante que se elevaba contra la noche corno una decoración echada a perder. Junto al borde de la pista de los autos chocadores, la lectura del dosímetro hizo cantar al aparato y saltar la aguja.

    Arkady volvió al hotel, a la habitación con la parrilla en el colchón. Con una lata de carne sujetó una nota con su número de celular y el signo universal de los dólares.

    Arkady había dejado una motocicleta en un campo de alisos. No sabía conducirla muy bien, pero una Uralmoto, al contrario de otras marcas mejores, soportaba bien el castigo. Fue coleando hasta la carretera y, con las luces apagadas, salió de la ciudad.

    Esa parte de Ucrania era estepa, tierras llanas bordeadas de árboles, y la luna brillaba lo suficiente para mostrar los pinos a ambos lados del camino. Los árboles se habían vuelto rojos —muertos donde se alzaban— el día después del accidente. Salvo esa presencia, los campos se extendían lisos todo el camino hasta los reactores.

    Allí la muerte había sido tan generosa que había un cementerio incluso para vehículos. Arkady se detuvo junto a una cerca de estacas de madera y alambre de púa y un portón suelto con las advertencias: “EXTREMO PELIGRO” Y “NO SAQUE NADA DE ESTE LUGAR”. Desató la cuerda y entró con la moto.

    Había miles de camiones alineados. Camiones pesados, camiones cisterna, remolcadores, camiones de plataforma, camiones de descontaminación, autobombas, ómnibus, casas rodantes, topadoras, removedoras de tierra, mezcladoras de cemento y fila tras fila de camiones del ejército y transporte de tropas. El lote era largo como una necrópolis egipcia, aunque estaba destinado a restos de maquinaria, no de seres humanos. A la luz del faro delantero de la motocicleta, semejaban un laberinto de metal. Un gigante abría los brazos en lo alto; Arkady se dio cuenta de que había pasado bajo los rotores de un helicóptero grúa. Había más helicópteros, en cada uno de los cuales se leía, marcado con pintura, su nivel individual de radiación. Allí, en el centro de ese lote, habían encontrado el BMW de Timofeyev, cubierto del polvo del largo viaje desde Moscú.

    Una fuente de chispas condujo a Arkady hasta un par de traperos que estaban cortando un coche blindado con una soldadora por arco. Piezas de recambio radiactivas de ese sitio se vendían ilegalmente en negocios de automóviles de Kiev, Minsk, Moscú. Los hombres llevaban overoles y protectores para la boca y la nariz, pero a Arkady le resultaron conocidos: ellos le habían vendido la motocicleta. El gerente del lugar, Bela, un húngaro gordo, usaba un voluminoso pañuelo para limpiarse la frente del polvo que se levantaba de la tierra pelada. Su oficina era un remolque que se hallaba a pocos metros de distancia. El polvo se filtraba por las ventanillas y se depositaba en los mapas de su mesa de trabajo. Cada mapa correspondía a una sección del depósito, lo que permitía localizar todos los vehículos. Bela esquilmaba el lugar con gran criterio, para dar la impresión de que subsistía una hilera completa aquí, un auto entero allá. El remolque en sí no iba a ninguna parte; esas alturas era tan radiactivo como los vehículos que lo rodeaban. A Bela no le importaba ser el rey de un reino envenenado; con su comida enlatada, su agua embotellada, su televisor y su VCR, se consideraba herméticamente resguardado en el lugar que le interesaba. Saludó con la mano a Arkady, que pasó cerca, rodeó una montaña de neumáticos y salió por el portón.

    En aquel paraje, los ojos siempre se volvían hacia los reactores. Cercas de cadenas y alambre de púa rodeaban lo que había sido un imponente proyecto de torres refrigeradoras, tanques de agua, almacenamiento de combustible, piletas de refrigeración, torres de transmisión. Allí cuatro reactores habían producido la mitad de la energía de Ucrania; ahora, en cambio, absorbían energía para permanecer encendidas. Tres reactores parecían fábricas sin ventanas. El Reactor Cuatro, sin embargo, estaba reforzado con contrafuertes y cubierto, a lo largo de diez pisos, con un revestimiento protector de plomo y acero llamado sarcófago, una tumba, pero que a Arkady le daba la impresión, en especial de noche, de ser la máscara de un gigante de acero enterrado hasta el cuello. San Petersburgo tenía su estatua del Jinete de Bronce. Chernobil tenía el Reactor Cuatro. Si sus ojos se hubieran encendido y sus hombros hubieran comenzado a liberarse sacudiéndose la tierra, Arkady no se habría sorprendido mucho.

    A diez kilómetros de la planta había un puesto de control, cuya puerta era una tosca barra con un bloque de hormigón como contrapeso. Como Arkady era ruso y los guardias eran ucranianos, levantaron la barra a desgano.

    Pasando el puesto de control había una docena de “aldeas negras” y campos donde los espantapájaros habían sido sustituidos por carteles de advertencia con forma de diamante, sujetos a estacas altas. Arkady guió la moto por los surcos de un camino de tierra y anduvo a tumbos unos cien metros, entre una maraña de maleza y árboles, hasta un conjunto de casas de una planta. Se suponía que todas se habían evacuado, y la mayoría parecía desmoronada y vacía, pero otras, incluso a la luz de la luna, traicionaban una cierta actividad: una cerca remendada, un trineo para juntar leña, un hilo de humo en la chimenea. Una bufanda y una vela volvían roja o azul una ventana.

    Arkady atravesó la aldea y subió por un sendero entre los árboles otros cien metros, hasta un claro rodeado por una cerca baja. Movió el faro y le saltó a la vista una cantidad de lápidas hechas con caños de hierro pintados de blanco y decorados con flores de plástico, improbables rosas y orquídeas. No se había permitido ningún entierro desde el accidente; el suelo era demasiado radiactivo como para removerlo. Era en la puerta del cementerio donde —una semana después del suicidio de Pasha Ivanov— habían encontrado muerto a Lev Timofeyev.

    El informe inicial de la milicia era mínimo: ningún documento, ni dinero ni reloj de pulsera en el cuerpo, descubierto por un ocupante ilegal del lugar, no identificado; causa de la muerte: paro cardíaco. Días después se revisó la causa de la muerte, que pasó a ser un “tajo de cinco centímetros en el cuello con una hoja afilada sin dientes, que abrió la tráquea y la vena yugular”. Luego la milicia explicó la confusión con una nota que decía que el cuerpo había sido atacado por lobos. Arkady se preguntó si la excusa no provenía de un siglo anterior.

    Aguzó el oído al percibir el ruido apagado de un búho que levantaba vuelo y la suave explosión que delataba la probable muerte de un ratón. Se arremolinaban hojas alrededor de la moto. Todo Chernobil retornaba a la naturaleza. Por momentos brotaba mientras él miraba.

    Una manera de ver Chernobil era como la diana de un blanco, con los reactores en el centro y círculos a diez y treinta kilómetros. La ciudad muerta de Pripyat se alzaba dentro del círculo interior, Y la vieja ciudad de Chernobil, por la cual llevaban su nombre los reactores, quedaba en realidad más lejos, en el círculo exterior. Juntos, los dos círculos componían la Zona de Exclusión.

    Puestos de control bloqueaban los caminos a diez y treinta kilómetros, y aunque las casas de Chernobil estaban en apariencia abandonadas, se habían construido dormitorios comunes y alojamientos para las tropas de seguridad y había un café que albergaba la vida social de la Zona. El café daba la impresión de haber sido levantado en un fin de semana. Cabían veinte personas con comodidad, pero en su interior se apretujaban cincuenta; ¿qué había más reconfortante que la presión de otros cuerpos, qué más sabroso que el pescado seco y los caramelos, las nueces y las papas fritas? Arkady compró maníes y cerveza y se acomodó en un rincón a mirar a las parejas bailar al ritmo de algo que podía ser hip—hop o polca. Todos los hombres vestían ropa de camuflaje, que llamaban “camos”, y todas las mujeres vestían ropa deportiva, salvo unas cuantas secretarias jóvenes que no podían soportar las prendas sin gracia, ni siquiera en medio del desastre. Una de las investigadoras celebraba un cumpleaños que exigía repetidos brindis con champaña y coñac. El humo de los cigarrillos era tan denso que Arkady se sentía como si estuviera en el fondo de una piscina.

    Un investigador llamado Alex le llevó un coñac.

    —¡Salud! ¿Cuánto hace que estás con nosotros, Renko?
    —Gracias —Arkady vació el vaso de un sorbo.
    —Muy bien. La gente que te rodea trata de emborracharse. No seas mojigato. ¿Cuánto hace?
    —Tres semanas.
    —Tres semanas, y ya eres tan poco amistoso. Es el cumpleaños de Eva, y debes darle un beso.

    Eva Kazka era una joven de cabello negro que evocó a Arkady la imagen de un gato mojado. Hasta ella vestía “camas”.

    —Ya conozco a la doctora Kazka. Nos dimos la mano.
    —¿Estuvo antipática? Si así fue, es porque tus colegas de Moscú fueron unos cretinos. Primero pisotearon todo, y después tenían miedo de pisar cualquier cosa. Cuando llegaste tú, las relaciones fraternales se habían ido por el inodoro —Alex era bajo y tenía una nariz larga de cínico. Se puso contento cuando entró un capitán que ostentaba el uniforme azul de la milicia, acompañado por dos cabos, de ropa camuflada y gorra tejida—. Tu club de admiradores. Les encanta cómo les ha complicado la vida. ¿A veces no te sientes como el hombre menos popular de la Zona?
    —¿Lo soy?
    —Por aclamación. Tienes que sacar la cabeza de tu investigación y disfrutar de la vida. Estés donde estés, ahí es donde estás, como dicen en California.
    —Salvo que ellos sí están en California.
    —Tienes razón. Mira al capitán Marchenko. Con su bigote y su uniforme, parece un actor abandonado en un teatro de provincia. El resto de la troupe siguió camino y no le dejó nada más que los trajes. Y a los cabos, los hermanos Woropay, Dymtrus y Taras, los veo como los muchachos que más probabilidades tienen de mantener relaciones carnales con animales de corral.

    Arkady miró al otro lado de la habitación y debió admitir que el capitán tenía un perfil clásico. Los Woropay, caras pastosas cubiertas de acné tardío, y espaldas tan anchas que daban la impresión de haberse puesto la ropa con percha y todo. Se apartaron de Arkady para reírse con el capitán.

    —¿Por qué Marchenko pasa el tiempo con ellos? — preguntó Arkady.
    —Acá el deporte es el hockey. El capitán Marchenko tiene un equipo, y los Woropay son dos de sus estrellas. Acostúmbrate. La gente comenta que te han exiliado y que tu jefe de Moscú quiere mantenerte acá para siempre.
    —Resolver el caso me ayudaría.
    —Pero no lo resolverás. Espera, quiero que oigas esto.

    En la otra mesa empezaron a cantarle una serenata a Eva Kazka, cuyo rostro adoptó una expresión de estupidez dichosa. A Arkady le habían descrito a los investigadores como la crème de la crème científica o como unos ineptos, pero todos habían coincidido en calificarlos de estúpidos, porque eran voluntarios: no tenían por qué estar allí. Alex regresó con sus amigos un breve instante, a aullar como un lobo y robar una botella de coñac antes de volver junto a Arkady.

    —La gente te cree loco —dijo Alex—. Vas a Pripyat. Pripyat ya no le importa un cuerno a nadie. Andas por el bosque en una moto que brilla en la oscuridad. ¿Sabes algo de radiactividad?
    —Repasé la moto con un dosímetro. Está limpia, y no brilla.
    —Te lo diré de esta manera: nadie te la va a robar. Entonces, investigador Renko, ¿qué es lo que buscas en esta, la parte más asolada del planeta?
    —Busco ocupantes ilegales. En particular, al que encontró a Timofeyev. Ya que no sé cómo se llama, estoy interrogando a todos los ilegales que puedo encontrar.
    —No hablas en serio. ¿Hablas en serio? Estás loco. En el transcurso de un año tenemos de todo: cazadores furtivos, traperos que hurgan en la basura, ocupantes ilegales.
    —El informe de la policía decía que el cuerpo fue encontrado por un ocupante ilegal local. Eso da a entender una suerte de permanencia, alguien que ya había sido visto antes por el oficial de la milicia.
    —¿Qué clase de oficiales puedes encontrar en Chernobil? Mira a los Woropay. Apenas si saben escribir su nombre, y ni hablar de un informe. ¿Eres casado? ¿Tienes hijos que te esperan en casa?
    —No —Arkady pensó fugazmente en Zhenya, pero no se lo podía considerar un familiar. Para Zhenya, él no era más que un transporte al parque. Además, del niño se estaba encargando Víctor.
    —Así que te han dado una tarea imposible en un páramo radiactivo. O eres un obsesivo—compulsivo, o un investigador muy concienzudo.
    —Correcto, por primera vez.
    —Beberemos por eso —Alex volvió a llenar los vasos de ambos—. ¿Sabes que el alcohol protege de la radiación? Quita el oxígeno que podría ionizarse. Por supuesto, la falta de oxígeno es todavía peor, pero todo ucraniano sabe que el alcohol hace bien. El vino tinto es lo mejor; después, el coñac, el vodka, etcétera.
    —Pero tú eres ruso.

    Alex se llevó un dedo a los labios.

    —Shhh. Me aceptan provisionalmente como un loco. Además, los rusos también toman vodka como medida de precaución. La verdadera cuestión es: ¿tú también eres loco? Mis amigos y yo servimos a la ciencia. Acá hay cosas interesantes que aprender sobre los efectos de la radiación en la naturaleza, pero no creo que la muerte de un empresario de Moscú sea motivo suficiente para que valga la pena pasar un solo minuto acá, y mucho menos casi un mes.

    Arkady se había dicho lo mismo muchas veces, en los días que había pasado registrando los departamentos de Pripyat o las casas escondidas en el bosque. No tenía respuesta. Tenía otras preguntas.

    —¿Y la de quién sí? — preguntó.
    —¿Qué quieres decir?
    —¿La muerte de quién sí es motivo suficiente para que valga la pena venir acá? ¿Sólo la de gente buena? ¿Sólo la de santos? ¿Cómo decidimos qué asesinato vale la pena investigar? ¿Cómo decidimos qué asesinatos no investigar?
    —¿Vas a atrapar a todos los asesinos?
    —No. Casi a ninguno, en realidad.

    Alex lo miró con ojos de profunda tristeza.

    —Eres totalmente lunático. Me llenas de asombro. Y no lo digo a la ligera.
    —Alex, ¿vas a bailar conmigo o no? — Eva Kazka le tiró de un brazo—. Por los viejos tiempos.

    Arkady los envidió. La escena tenía un aire desesperado. En general, las tropas no ganaban en salud al ser destinadas a Chernobil. Ucrania era aún más pobre que Rusia, y el pago extra por trabajar en zona peligrosa significaba poco si llegaba siempre tarde o no llegaba nunca, pero, considerando las circunstancias, casi no existía mejor manera de gastarlo que emborrachándose. Había varios equipos que realizaban diversos estudios; los hombres llevaban el cabello largo, las mujeres lo tenían despeinado, y unos y otros compartían el espíritu científico en un asteroide que se precipitaba hacia la Tierra. El trabajo tenía sus desventajas, pero sin duda parecía único.

    Kazka apoyó la cabeza en el hombro de Alex mientras bailaban una pieza lenta. Aunque se decía que las ucranianas eran hermosas de un modo conmovedor y dulce, Kazka daba la impresión de que iba a arrancarle la cabeza de un mordisco a cualquiera que la halagara. Era demasiado pálida, demasiado morena, demasiado. La manera como se movían ella y Alex sugería que había habido entre ambos una relación pasada, una tregua momentánea en una guerra. Arkady se sorprendió de estar especulando a ese respecto y lo tomó como una consecuencia de su aislamiento social.

    ¿Por qué estaba en Chernobil? ¿A causa de Timofeyev? ¿A causa de Ivanov? Al final se había convencido del suicidio de Pasha.

    Suicidio de naturaleza agravada. Un equipo de técnicos detectores de radiación, vestidos con trajes de plomo, había descubierto que la pila de sal del vestidor de Ivanov estaba mínimamente contaminado con cesio—137 en forma de sal, tal vez un grano en un millón, pero con eso bastaba. Una aguja en un pajar. En su apariencia, el cloruro de sodio y el cloruro de cesio eran indistinguibles. En cuanto al efecto, ya era otra historia. Manipular un gramo de cesio—137 puro durante tres segundos podía resultar fatal, y aunque un grano de cloruro de cesio era una versión más pequeña y atenuada, no por ello dejaba de ser peligroso. El estómago de Pasha tenía tanta radiactividad que la segunda autopsia debió interrumpirse y tuvieron que evacuar la morgue. Lo enterraron en un ataúd revestido en plomo. El salero que Víctor había encontrado en la acera bajo el cuerpo de Ivanov era el elemento más radiactivo de todos, una bomba de rayos gamma tan fuertes que volvieron gris el vidrio, por fortuna, habían guardado el salero en una sala de pruebas desocupada, de la cual fue retirado con una pinza y colocado en un recipiente de plomo de diez centímetros de espesor. Arkady y el equipo fueron a las residencias que Pasha había abandonado en forma tan abrupta y encontraron que su mansión y su casa estaban contaminadas en la misma y mortal medida. ¿Ivanov lo sabía? Había ordenado vaciar la casa y la finca, no dejaba entrar a nadie en su departamento y llevaba encima un dosímetro. Sí, sabía. Arkady pensó en la sal que se había lamido de los dedos en el departamento y sintió un escalofrío.

    En el palacio prerrevolucionario de Timofeyev ocurría lo mismo. Él no había prohibido la entrada a las visitas, porque no tenía la fuerza de carácter de Pasha, pero los vestíbulos y habitaciones de su vivienda de lujo componían un laberinto radiactivo. No eran de sorprender el nerviosismo y la pérdida de peso del hombre. Después de recorrer con dosímetros el palacio de Timofeyev, Arkady y Víctor tomaron la precaución de ir a ver al médico de la milicia, que les dio tabletas de yodo y les aseguró que no se habían expuesto a más radiación que un pasajero de línea que vuela de San Petersburgo a San Francisco, aunque quizá quisieran ducharse, tirar la ropa que llevaban puesta y prepararse para sufrir náuseas, caída del cabello y, en especial, hemorragias nasales, porque el cesio afectaba la médula ósea, donde se formaban las plaquetas. Víctor preguntó qué hacer con las hemorragias nasales. El médico respondió que llevaran pañuelo.

    ¿Ivanov y Timofeyev habían vivido con esa angustia? ¿Por qué ninguno había informado a la milicia que alguien trataba de matarlos? ¿Por qué no habían alertado a Seguridad NoviRus? Por último, ¿por qué Timofeyev había conducido mil kilómetros desde Moscú hasta Chernobil? Si era para salvar su vida, no le había servido.

    La investigación en torno al cuerpo de Timofeyev, una vez encontrado en el cementerio del pueblo, había sido una farsa. Como el terreno era radiactivo —se suponía que los familiares debían visitar las tumbas una sola vez por año—, lo primero que hicieron los jóvenes de la milicia fue arrastrar a Timofeyev a una distancia prudente, donde lo dieron vuelta de un lado para el otro. Puesto que faltaban la billetera y el reloj de pulsera del muerto, no tenían idea de su identidad o importancia. A causa de la lluvia, querían arrojar el cadáver a una camioneta e irse. Conjeturaban que era un hombre de negocios que tendría un tío o una tía enterrados allí; que había hecho una visita clandestina, había sufrido un ataque cardíaco y caído en el lugar. Nadie preguntó dónde se hallaba su automóvil o si sus zapatos estaban sucios de barro por haber ido a pie. En Chernobil no había detectives ni patólogos, y Kiev no mostró interés alguno en una muerte por causas naturales ocurrida en la provincia. Metieron a Timofeyev en un refrigerador, y la idea de que fuera ruso, no ucraniano, no se le había pasado por la cabeza a nadie hasta que, dos días después, encontraron en la playa de camiones un BMW con placa rusa. Para entonces, alguien que había visto a Timofeyev en el refrigerador tuvo el tino de observar que le habían cortado la garganta.

    En Moscú se produjo gran revuelo. El fiscal Zurin viajó en persona a Chernobil con diez investigadores —entre los que no se contaba Arkady— que se unieron a sus pares de Kiev para descubrir la verdad. No descubrieron nada. En el cementerio, la escena del hecho había sido alterada primero por lobos y luego por la apresurada remoción del cuerpo de Timofeyev. Si había habido sangre en la tierra, la lavó la lluvia, de modo que resultaba imposible saber si le habían cortado la garganta allí. No tomaron fotografías del cadáver in situ. El cuerpo en sí, declarado demasiado radiactivo para realizarle la autopsia e incluso para quemarlo, fue encerrado en un ataúd sellado. El oficial de la milicia que hizo el informe inicial había desaparecido, presumiblemente con la billetera y el reloj de Timofeyev. Cuanto más tiempo se quedaban los investigadores de Moscú y Kiev, más los inquietaba el hecho de ir y venir de una aldea radiactiva a otra. Los viejos que habían vuelto en forma subrepticia a sus casas sabían que no debían estar allí, y puesto que, si se topaban con algún oficial, sin duda les darían un pasaje de ida en ómnibus a algún sótano deprimente de la ciudad, se escondían como conejos, buscaban refugio en otras cabañas de otras “aldeas negras”. Así, al cabo de unas semanas los investigadores tiraron la toalla y se marcharon, con mucho menos fanfarria que al llegar. Otro fiscal quizás hubiera admitido la derrota, pero Zurin mostró su brillantez, su capacidad para sobrevivir a cualquier calamidad. Salvó la situación enviando a Arkady como voluntario a la milicia de Chernobil, una decisión que, en una sola jugada, significaba cooperación entre países fraternos, satisfacía la exigencia de una investigación más profunda y, de paso, ponía una cómoda distancia entre el fiscal y su investigador más difícil. Al mismo tiempo, Zurin tornaba virtualmente imposible que Arkady alcanzara el éxito en su cometido. Solo, sin detectives ni acceso a ningún amigo de Timofeyev, o a algún sacerdote comprensivo o alguna masajista a la que Timofeyev hubiera podido confesar sus angustias, exiliado tan lejos de Moscú como Plutón del Sol, Arkady perseguía fantasmas. Ante la prestidigitación de Zurin, Arkady quedó deslumbrado.

    —¡Renko! ¡Último baile! — Alex lo sacó del rincón y lo empujó a los brazos de un fornido investigador científico—. ¡No seas tan aburrido! Vanko necesita un compañero.

    Con su palidez y su cabello fibroso, Vanko más parecía un monje loco que un ecologista.

    —¿Eres gay? —le preguntó el hombre—. Yo no bailo con gays.

    Pero un hetero es permisible, dadas las circunstancias.

    —Está bien.
    —No bailas tan mal. Todos decían que te irías en una semana, como los demás. Pero te quedaste; tengo que respetarte por eso. ¿Quieres llevar tú?
    —Como quieras.
    —Acá no importa. Éste es el café del fin del mundo. Si quieres saber cómo será el fin del mundo, aquí lo tienes. No es tan malo.


    6


    El capitán Marchenko conducía con un dedo y agitaba un micrófono de radio en la otra mano como un comandante de tanque.

    —Esto es bueno. Demostraremos que en la Zona hay ley y orden. ¡Incluso acá! Estos buitres entran en las iglesias de la aldea y roban los íconos, o entran en las casas de gente sencilla y roban los íconos que tienen ahí. Bueno, ahora lo tenemos. Los campos están demasiado cenagosos para cruzarlos, y en este camino no hay mucho tránsito. ¡Ajá, allá está! ¡El buitre a la vista!

    En el horizonte había un punto que al agrandarse se convirtió en una moto con sidecar; no era un vehículo potente, sino más bien del tipo que utilizaría un granjero para transportar gallinas. Iba pasando el cielo gris. Abetos rojos bordeaban el camino, y se veían indicadores que señalaban dónde se habían enterrado casas y graneros demasiado radiactivos para mudarlos o quemarlos.

    El capitán Marchenko había aparecido en un automóvil de la milicia e invitado a Arkady a ayudarlo en la persecución de un ladrón que se había escapado de un puesto de control con un ícono en el sidecar de la motocicleta. Por los intercambios por radio, Arkady deducía que había otro auto apostado más adelante. Resultaba evidente que al capitán le causaba placer hacer de un investigador de Moscú un público cautivo.

    —Quizá no tengamos investigadores como en Moscú, pero sabemos lo que hay que hacer.
    —Estoy seguro de que Chernobil tiene lo suyo.
    —Ch'o'rnobil. La pronunciación ucraniana es Ch'o'rnohil.

    Gran parte de la capa superior del suelo se hallaba cubierta de arena; hasta el bosque la tierra estaba aplanada con tractores de oruga, convertida en una rampa que hacía resbalar la moto de un lado al otro del camino, a no más de cien metros más adelante; y aunque el conductor se encorvaba, el auto iba acercándosele. Arkady alcanzaba a ver que la moto era pequeña, tal vez de 75 cm3, azul, con la patente tapada con cinta adhesiva.

    —Son delincuentes, Renko. Así es como hay que tratarlos, no como haces tú, haciéndote amigo, dejando comida y dinero como si fuera el cumpleaños de alguien. ¿Crees que vas a encontrar informantes? ¿Crees que un ruso muerto es más importante que el mantenimiento del orden de todos los días? Tal vez el hombre fuera importante en Moscú, pero acá no era nadie. Llamaron de su oficina. Un tal coronel Ozhogin nos dijo que te mantuviéramos vigilado. Le dije que no estabas llegando a ninguna parte.

    Para localizar al ocupante ilegal que buscaba, Arkady había confeccionado, a lo largo de tres semanas, un registro de los ocupantes ilegales de la Zona: lugareños viejos, ocupas, traperos, cazadores furtivos y ladrones. Los viejos estaban escondidos pero vivían en lugares fijos. Los traperos operaban con automóviles y camiones. Los cazadores furtivos eran, en general, empleados de restaurantes de Kiev o Minsk, que mataban venados y jabalíes. Los ladrones de íconos robaban y huían, por lo que resultaban más difíciles de atrapar.

    Arkady preguntó:

    —¿Entonces por qué vino Timofeyev? ¿Cuál era la conexión entre él y Chornobil? ¿Cuál era la conexión entre él e Ivanov y Chornobil? ¿Cuántos asesinatos tienen acá?
    —Ninguno. Sólo tu Timofeyev, sólo un ruso. De lo contrario, yo tendría un expediente perfecto. Podría irme de aquí con un expediente limpio. ¿Cómo sabemos que lo mató alguien de acá? ¿Cómo sabemos siquiera que estuvo acá en otro momento de su vida?
    —Preguntamos. Encontramos gente del lugar y le preguntamos, aunque te concedo que no es fácil cuando, oficialmente, acá no hay nadie.
    —Así es la Zona.

    A veces Arkady pensaba en la Zona como en la galería de espejos de un parque de diversiones. En la Zona las cosas eran diferentes. Dijo:

    —Todavía me quedan dudas con respecto al cuerpo. Un tal oficial Katamay pasó el primer informe. No he podido entrevistarlo, porque abandonó la milicia. ¿Tienes alguna idea de dónde está?
    —Intenta con los hermanos Woropay. Tenía relación con ellos.
    —Los Woropay no son receptivos —los hermanos Woropay sabían que Arkady no tenía ninguna autoridad. Los dos se habían mostrado lerdos y taimados, lo miraban con los párpados pesados, sin decir nada—. Quisiera encontrar a Katamay, Y quisiera saber quién lo llevó hasta el cuerpo.
    —¿Qué importa? El cuerpo era un desastre.
    —¿En qué sentido?
    —Lobos.
    —¿Qué le hicieron los lobos, específicamente?
    —Le comieron el ojo.
    —¿Le comieron el ojo? — nadie había mencionado eso hasta el momento.
    —El ojo izquierdo.
    —¿Los lobos hacen eso?
    —¿Por qué no? Y le mordisquearon un poco la cara. Por eso pasamos por alto la herida de cuchillo en la garganta.
    —Cuando llegaron los lobos, él estaba muerto. No habrá sangrado tanto.
    —No había mucha sangre. Ése fue uno de los motivos por los que pensamos en un ataque al corazón. Salvo el ojo y la nariz, tenía la cara limpia.
    —¿Qué tenía en la nariz?
    —Sangre.
    —¿Y la ropa?
    —Bastante limpia, considerando lo que estropearon la escena la lluvia y los lobos.

    No mucho más que la milicia, pensó Arkady, pero se mordió la lengua.

    —¿Quién examinó el cuerpo la segunda vez? ¿Quién se dio cuenta de que le habían cortado la garganta? No dejaron ningún nombre, ni un informe oficial; apenas una descripción de una sola línea acerca de la herida en el cuello.
    —A mí también me gustaría ponerles las manos encima. Si no fuera porque alguien anduvo metiéndose en lo que no debía, el ruso todavía sería un ataque cardíaco, tú no estarías acá y mi expediente estaría limpio.
    —Ése sí que es un enfoque nuevo del trabajo de la milicia. Si no tienen un pico clavado en la cabeza, le pones “paro cardíaco” —Arkady se proponía decirlo con tono ligero, pero Marchenko no pareció tomarlo así. Tal vez se había expresado mal, pensó Arkady—. De todos modos, el segundo examinador sabía lo que hacía. Sólo quisiera saber quién fue.
    —Tú siempre quieres saber. El hombre de Moscú y sus mil preguntas.
    —También quisiera echarle otro vistazo al auto de Timofeyev.
    —¿Ves lo que te digo? No tengo tiempo ni personal para una investigación de homicidio. En especial de un muerto ruso. ¿Sabes cuál es la actitud oficial? “En la Zona no hay nada más que uranio usado, reactores inactivos y los imbéciles apostados ahí. Que se jodan. Que vivan de bayas.” Tú mismo viste que todos esos otros investigadores no quisieron quedarse demasiado tiempo. Aun así nosotros seguimos desempeñando nuestras funciones, como ahora —Marchenko miró adelante con ojos entornados—. Ah, allá vamos.

    Adelante, donde los abetos muertos dejaban lugar a unos campos sembrados de papas, se veía un Lada blanco de la milicia y a un par de oficiales que agitaban las manos para bloquear el paso. La tierra estaba mojada por la lluvia de la semana anterior: imposible escapar por allí. El conductor de la moto aminoró la velocidad para evaluar el bloqueo, aceleró, se inclinó hacia la izquierda y avanzó entrando y saliendo de la banquina derecha del camino con la misma limpieza como si arrancara una brizna de hierba.

    Marchenko tomó la radio.

    —Salgan del camino.

    Los oficiales empujaban desesperadamente el Lada a la banquina cuando Marchenko pasó como una tromba. Arkady vio volar una gorra de los milicianos y se alegró de no haber dejado de fumar. Si iba a morir en la Zona, ¿por qué negarse un placer tan simple?

    —¿Haces ejercicio? — preguntó Marchenko.

    Arkady se agarró de una correa.

    —No, la verdad no.
    —En medio de Moscú, no debe de ser fácil. Puedes quedarte con Moscú. ¿Te gusta Ucrania?
    —No he visto mucho, aparte de la Zona. Kiev es una hermosa ciudad —respondió Arkady, con diplomacia.
    —¿Las muchachas ucranianas?
    —Muy hermosas.
    —Las más hermosas del mundo, dice la gente. Grandes ojos, grandes… —Marchenko se señaló el pecho—. Los judíos vienen una vez por año. Convencen a las chicas ucranianas para que vayan a los Estados Unidos a trabajar de mucamas, y las retienen allá, como esclavas y putas. Los italianos son igual de ruines.
    —¿De veras? — la furia del capitán tenía cierta sinuosidad que resultaba inquietante a Arkady.
    —Todos los días hay un ómnibus a Milán, lleno de chicas ucranianas que terminan como prostitutas.
    —Pero no a Rusia —comento Arkady.
    —No. ¿Quién iría a Rusia?
    —Ni siquiera los ucranianos, al parecer.

    El capitán cambió de posición y extrajo del bolsillo un cuchillo grande, en una funda de cuero.

    —Vamos, sácalo.

    Arkady abrió el cierre y extrajo una hoja pesada con un surco en el medio y punta de doble filo.

    —Como una espada.
    —Para los jabalíes. Eso no puedes hacerlo en Moscú, ¿no? — dijo Marchenko.
    —¿Cazar con cuchillo?
    —Si es que tienes agallas.
    —Estoy seguro de no tener las agallas para atrapar a un jabalí y matarlo a cuchilladas.
    —Sólo debes recordar que en esencia es un cerdo.
    —¿Y después los comen?
    —No. Son radiactivos. Es un deporte. Alguna vez lo probaremos, tú y yo.

    La motocicleta viró con brusquedad hacia un camino lateral, pero Marchenko no se inmutó. El camino se zambullía en un Yodo negro de totoras desgreñadas y luego subía por un manzanar alfombrado de frutas en descomposición. Dos casuchas parecían elevarse del suelo; la moto pasó entre ellas, seguida por Marchenko, lo que le costó el espejo lateral. De pronto se encontraron en medio de una aldea que era un cenagal de casas tan arrasadas por los buscadores de leña, que tenían todas las ventanas y los techos torcidos. Había piletas de lavar en los terrenos delanteros y sillas en la calle, como si hubieran hecho un último desfile de salida de la ciudad y la gente se hubiera sentado a mirarlo. Arkady oyó que el dosímetro aumentaba el sonido. La motocicleta atravesó un granero y salió por la parte de atrás. Marchenko lo seguía a sólo diez metros de distancia, lo bastante cerca para que Arkady viera el manto de un ícono dentro del sidecar. El camino volvía a bajar hacia un grupo de sauces enfermizos, un arroyo y, elevándose al otro lado, un campo de trigo enmarañado por el viento y casi echado a perder. A la altura de los sauces el camino se estrechaba: el sitio perfecto para cortar el paso a la moto. Igual que en las películas, pensó Arkady cuando Marchenko viró y se detuvo, y la moto se deslizó entre los árboles perdiéndose de vista detrás de una pantalla de hojas.

    —Podemos ir a pie —propuso—. Por un sendero como ése lo alcanzaremos.

    El capitán meneó la cabeza y señaló un indicador de radiación que se oxidaba entre los árboles.

    —Demasiado peligroso. Esto es lo más lejos que podemos ir.

    Arkady se apeó. Los árboles no llegaban al arroyo. Aunque el pasto era alto la cuesta descendía y sus botas estaban pesadas de barro, Arkady se las ingenió para pasar. Marchenko le gritó que se detuviera. Vio que el ladrón emergía de entre los árboles. A pesar de que el hombre se había bajado a empujarla, la moto seguía firme en su lugar, escupiendo humo y salpicando barro. El conductor era bajo, vestía chaqueta y gorra de cuero y llevaba una bufanda que le tapaba la cara. El ícono, una Madona con una capucha estrellada, espiaba desde el sidecar. Arkady casi le había echado mano cuando la moto ganó tracción y avanzó tambaleándose por un camino con la hierba tan crecida que apenas se la veía entre la maleza. Arkady se había acercado lo suficiente para leer el logo en la tapa del motor. Suzuki. La moto avanzaba rebotando de surco en surco, mientras Arkady la seguía de cerca, a pie, y Marchenko pisándole los talones. Arkady tropezó con un cartel de radiación, y todavía se hallaba casi a su alcance cuando la moto aceleró y atravesó el lecho del arroyo, las ruedas arrojando piedras a su paso. Arkady estaba a punto de alcanzar el sidecar, pero la subida del arroyo al otro Iado era más empinada, el trigo más resbaladizo y la moto tenía más espacio para maniobrar. Arkady trató de aferrar el guardabarros trasero y lo logró hasta que se soltó un foco y la moto se alejó un metro, luego cinco, luego diez. Desapareció mientras Arkady, de rodillas, se daba por vencido. Resoplando como una ballena, Marchenko llegó a su lado.

    La ladera era una loma en cuya cima había una silueta de árboles secos, muertos donde se alzaban. El motociclista subió hasta allí, se detuvo y miró hacia atrás. Marchenko sacó su arma, una Walther pp, y apuntó. Hacía falta muy buena puntería a esa distancia, pensó Arkady. La pistola oscilaba con la respiración del capitán. El motociclista no se movió.

    Al final Marchenko guardó el arma en la pistolera.

    —Hemos pasado la frontera. La frontera es el arroyo. Estamos en Bielorrusia. No puedo disparar a gente que está en otros países. Sacúdete el trigo; es radiactivo. Todo es radiactivo.

    Revoloteaban tábanos alrededor de los dos hombres mientras regresaban al auto. En lo que hacía a humillación, el día estaba bien completo, pensó Arkady. Por curiosidad, encendió el dosímetro cuando cruzaron el arroyo, pero enseguida apagó el airado sonido en cuanto lo oyó.

    —¿Puedes llevarme de vuelta a Chernobil? — preguntó. El capitán resbaló en el barro. Cuando se levantó, gritó: —Es Chornobil. ¡En ucraniano es Chornobil!

    La habitación de Arkady en Chernobil formaba parte de un complejo de un dormitorio de metal, encaramado en el borde de un estacionamiento. Tenía una cama y un acolchado, un escritorio bordeado de quemaduras de cigarrillo, una lámpara mortecina y una pila de carpetas.

    El equipo de investigadores de Moscú no había perdido por completo el tiempo. Buscaban cualquier conexión posible entre Timofeyev, Ivanov y Chernobil. Después de todo, antes de encontrar una segunda vocación en los negocios, los dos hombres habían sido físicos. Habían crecido en el mismo barrio de Moscú y se habían hecho buenos amigos desde niños: Ivanov, un líder natural, y Timofeyev, un ardiente seguidor; ambos, lo bastante talentosos en ciencias como para que los enviaran a escuelas especiales y al Instituto de Temperaturas Extremadamente Altas bajo la tutela del director, el mismísimo académico Gerasimov. Para ellos, operar una planta de energía nuclear debía de haber sido tan aburrido como conducir un ómnibus. Hasta donde habían podido determinar los detectives, Ivanov y Timofeyev no tenían parientes ni amigos en Chernobil. Ninguno de sus profesores o compañeros de estudios provenía de esa región. Nunca habían visitado Chernobil antes del accidente. No había conexión alguna.

    ¿Quién tenía conexión con Chernobil?

    No el coronel Georgi Jovanovich Ozhogin, jefe de Seguridad NoviRus. Su expediente abundaba en elogios para su primera carrera como profesor de Deportes, y referencias adulatorias para su segunda carrera, como “agente desinteresado del Comité para la Seguridad del Estado”. Los autores del informe no detallaban qué significaba esa actitud desinteresada, aparte de citar sus esfuerzos en pos de la “concordia internacional y la competencia atlética en Turquía Argelia y Francia”. Edad: cincuenta y dos. Casado con: Sonya Andreevna Ozhogin. Hijos: George, de catorce años, y Vanessa, de doce. Arkady no había formado parte del equipo de investigación. De haber sido así, quizás hubiera alimentado la idea de que la única persona que tenía acceso a las residencias contaminadas era el jefe de Seguridad NoviRus. Sin embargo, el coronel se había ofrecido por propia voluntad a que lo interrogaran con el suero de la verdad y con hipnosis, y había pasado ambas pruebas. A partir de ese punto, los investigadores andaban en torno a Ozhogin en puntas de pie.

    Los investigadores no habían sabido qué pensar de Rina Sevchenko. Pasha Ivanov había dado a su amante papeles excelentes pero por entero ficticios: certificado de nacimiento, antecedentes escolares, tarjeta del sindicato y permiso de residencia. Al mismo tiempo, los informes de la policía dejaban en claro que, cuando era menor de edad, Rina se había escapado de una granja cooperativa de las afueras de San Petersburgo, para mudarse ilegalmente a Moscú y sobrevivir como prostituta durante los primeros tiempos. Los investigadores se preguntaban si la protección de un benefactor tan poderoso se extendería tras su muerte. Siguiendo el consejo de abogados puestos a su disposición por sus dos amigos Kuzmitch y Maximov, Rina se negó a entrevistarse con los investigadores una segunda vez. ¿Le habrían preguntado por su apellido ucraniano? Había millones de rusos que tenían apellido ucraniano,… Arkady no conseguía imaginársela caminando por el departamento de Ivanov desparramado sal y cesio. La Rina que él había visto en el departamento era incapaz de hacer otra cosa que mirar un video de Pasha una y otra vez.

    Los investigadores detestaron a Robert Aaron Hoffman. Edad: treinta y siete. Nacionalidad: estadounidense e israelí. Ocupación: consultor de negocios. La fotografía de la visa acentuaba sus ojos pequeños y sus carrillos redondos. Según el informe, Hoffman había robado un disco de computadora del departamento de Ivanov, y aunque el disco se recuperó había motivo para creer que había alterado el contenido para comprometer toda la red de computación de NoviRus. Hoffman podría haber robado también otros elementos del departamento. No obstante, lo único que Arkady le había visto tomar era una chaqueta de gamuza que le habían regalado. Y recordaba la vigilia ebria de Hoffman. ¿Un hombre que había desparramado cesio tóxico se quedaría a pasar la noche allí? Por otro lado, en junio del año anterior Hoffman había tomado un jet de NoviRus desde Moscú hasta Boryspil, el aeropuerto de Kiev, y un helicóptero desde Boryspil hasta Chernobil para —en opinión de los investigadores— “encontrarse con otros judíos y posiblemente transferir diamantes”. Aquella misma noche había regresado a Moscú. A veces Arkady evitaba sacar el tema de los judíos, porque gente que parecía de lo más decente y cuerda de pronto se ponía a despotricar sobre las conspiraciones judaicas. A Arkady el antisemitismo le resultaba deprimente y endémico, como la sarna o los piojos. El capitán Marchenko, no obstante, había dicho algo atendible: según los investigadores, los judíos solían visitar el cementerio judío de Chernobil. Bobby Hoffman, que no le había dado a Arkady la impresión de ser muy religioso, había ido con ellos.

    ¿En quién más habían puesto su atención los investigadores?

    El musculoso Anton Obodovsky resultó una decepción. Podría haber amenazado a Ivanov, pero se hallaba en la cárcel de Butyrka la noche del suicidio de Pasha, y en los casinos de Moscú, en forma muy pública, en el momento de la desaparición de Timofeyev.

    El ascensorista del edificio de Pasha, el veterano del Kremlin, tenía acceso al décimo piso, pero no a los dos hogares anteriores de Ivanov, ni al de Timofeyev. Una revisión de su guardarropa y su departamento no arrojó el menor rastro de radiactividad.

    El personal doméstico de Timofeyev estaba en tratamiento por exposición a materiales radiactivos. No tenían ninguna información que ofrecer, y su actitud parecía sincera.

    Día tras día Moscú perdía interés. Al fin y al cabo, Ivanov era un suicida, medio loco por la radiación o no. A Timofeyev lo habían asesinado, pero no en Moscú, ni siquiera en Rusia. En breve, cualquier investigación de homicidio era responsabilidad de Ucrania, y la ayuda de Rusia se limitaba a un solo investigador. Era justo decir que ya no existía una verdadera investigación. De vez en cuando Arkady se sentía como un hombre sumergido bajo el agua que respira por un tubo, que en este caso era su teléfono celular. Durante un tiempo Victor siguió pistas en Moscú, como por ejemplo los laboratorios que producían cloruro de cesio. Si bien no existía un uso comercial para algo tan tóxico, los granos se utilizaban en investigación científica. Víctor rastreó laboratorios e investigadores hasta que dejó de atender las llamadas de Arkady. Arkady quedó solo. Mientras tanto las acciones de NoviRus caían y el mundo seguía andando.

    Aunque la cafetería de Chernobil ofrecía borsch, bollos, ensalada de tomate, carne y papas, budín, limonada y té, a Arkady le dio la sensación de que la delegación de los Amigos Británicos de la Ecología parecía insegura, temerosa de la comida. También parecían intimidados por las camareras, en constante movimiento y de labios muy pintados, que quizás en otros tiempos habían constituido un número de circo de hermanas trapecistas.

    Alex se puso de pie e hizo de anfitrión.

    —Damos la bienvenida a todos nuestros Amigos Británicos y, en particular, al profesor Jan Campbell, que se quedará con nosotros una semana —señaló a un hombre barbudo, de cabello rojizo, que tenía cara de haber sacado la pajilla más corta—. Profesor, ¿quisiera decir unas palabras?
    —¿La comida se cultiva en el lugar?
    —¿La comida se cultiva en el lugar? — repitió Alex. Saboreó la pregunta como el humo azul de su cigarrillo—. Aunque no estamos del todo dispuestos a rotularla “Producto de Chernobil”, sí, mucha de la comida se ha cultivado y cosechado en los alrededores —inhaló exageradamente—. Chernobil no es la región de la Tierra Negra de Ucrania, famosa por su trigo. Tenemos un suelo más arenoso, bueno para papas y remolachas. Las verduras son locales; los limones de la limonada, no, y el té, creo, es de China. Bon. appétit.

    Otra pregunta pasó por la mesa antes de que Alex pudiera sentarse.

    —Ah, ¿si la comida es radiactiva? La respuesta depende de cuánta hambre se tenga. Por ejemplo, la copiosa comida compensa en parte el bajo sueldo del personal. Se les paga en calorías tanto como en efectivo. Las camareras son un poco mayores pero muy coquetas, casi un espectáculo en sí mismas. ¿La comida? La leche es peligrosa; el queso no, porque los radionucleidos quedan en el agua y la albúmina. Los mariscos son malos, y los hongos, muy, muy malos. ¿Hoy sirvieron hongos?

    Mientras los Amigos miraban su almuerzo con expresión sombría, Alex se sentó y cortó vigorosamente su porción de carne. Vanko puso un plato de sopa delante de Arkady y se sentó.

    —¿Entendiste algo? — le preguntó a Arkady.
    —Bastante. ¿Alex está tratando de que lo despidan?
    —No se atreverían —Vanko revolvió la sopa con lentitud—. Éste es el remedio de mi abuela para la resaca. Ni siquiera tienes que masticar.
    —¿Por qué no se atreverían?
    —Es demasiado famoso.
    —Ah —de pronto Arkady se sintió ignorante.
    —Él es Alex Gerasimov, hijo de Felix Gerasimov, el académico. Con Alex, los rusos costean los estudios; sin él, no.
    —¿Por qué no se va?
    —El trabajo es muy interesante. Dice que preferiría quedarse aunque le costara la cabeza. Anoche estuvo divertido. No deberías de haberte ido.
    —Cerraron el café.
    —La fiesta siguió. Era un cumpleaños. ¿Sabes quién puede tomar de veras?
    —¿Quién puede tomar de veras? — viniendo de Vanko, sonaba a un elevado elogio.
    —La doctora Kazka. Es dura. Estuvo en Chechenia, como voluntaria. Vio acción de verdad —Vanko mojó un pedazo de pan en la sopa. Alex parecía estar pasándolo en grande en la mesa larga, urgiendo a sus huéspedes a atacar la comida.
    —Anoche dijiste algo de los cazadores furtivos —dijo Arkady.
    —No, los mencionaste tú —replicó Vanko—. Creí que estabas buscando al ocupa que encontró a ese millonario de Moscú.
    —Tal vez. La nota decía “ocupante ilegal”, pero los ocupas tienden a quedarse en Pripyat. Les gustan los departamentos. Tengo la impresión de que las aldeas negras son más para los lugareños viejos.

    Una ensalada que nadaba en aceite reemplazó la sopa de Vanko, que no volvió a levantar la cabeza hasta que se limpió del mentón el último pedazo de lechuga.

    —Depende del ocupa.
    —No creo que los ocupas pasen mucho tiempo en los cementerios. No hay donde dormir ni nada que robar.
    —¿Vas a comer tus papas? Las cultivan acá.
    —Sírvete —Arkady empujó el plato hacia Vanko—. Cuéntame de los cazadores furtivos.

    Vanko hablaba entre bocado y bocado.

    —Los buenos cazadores furtivos son locales. Tienen que conocer los lugares, o pueden meterse en sitios muy peligrosos. Cazan para agregar algo de carne a su dieta, o los llama algún restaurante para que un chef incluya carne de caza en el menú.
    —Un restaurante de Kiev.
    —Tal vez de Moscú. A los gourmets les encanta el jabalí. El problema es que a los jabalíes les encanta escarbar la tierra para comerse los hongos, grandes, gordos y radiactivos. Limítate a los cerdos que comen desperdicios, y no tendrás problemas.
    —Lo tendré en cuenta. ¿Estudias a los jabalíes?
    —Jabalíes, alces, ratones, cernícalos, bagres, mariscos, tomates y trigo, para nombrarte unos pocos.
    —Debes de conocer a algunos cazadores furtivos —dijo Arkady.
    —¿Por qué yo?
    —Tú tiendes trampas.
    —Por supuesto.
    —Los cazadores furtivos también tienden trampas. Tal vez hasta te roban las tuyas de vez en cuando.
    —Sí —Vanko siguió comiendo con más lentitud, a ritmo de rumiante.
    —No quiero arrestar a nadie. Sólo quiero preguntar por Timofeyev: exactamente dónde lo encontraron, su posición y su estado, si su auto estaba cerca.
    —Creía que habían encontrado el automóvil en el depósito de Bela. Un BMW.
    —Timofeyev llegó ahí de alguna forma.
    —El sendero que va al cementerio de la aldea es demasiado estrecho para un auto.
    —¿Ves? Ése es justo el tipo de información que necesito.

    Mientras tanto, Alex había vuelto a ponerse de pie.

    —Por el vodka, la primera línea de defensa contra la radiación.

    Todos bebieron por el vodka.

    Pripyat era peor a la luz del día, cuando la brisa agitaba los árboles y daba una semblanza de animación. A Arkady casi le parecía ver las largas colas de gente y el modo como debían de haber mirado por sobre el hombro sus departamentos y sus posesiones, su ropa, sus televisores, alfombras orientales, el gato en la ventana. Las familias debían de haber tirado de los Jóvenes reacios a marcharse, y empujado a los ancianos confundidos, y protegido del sol los bebés. Los oídos debían de cerrarse a la pregunta: “¿Por qué?”. La paciencia tiene que haber sido un valioso bien cuando los médicos entregaban tabletas a cada niño, demasiado tarde. Demasiado tarde porque, al principio, aunque todos veían el fuego en el Reactor Cuatro, a sólo dos kilómetros de distancia, la noticia oficial afirmaba que el núcleo radiactivo no había sufrido daños. Los niños iban a la escuela, aunque se sentían atraídos por el espectáculo de los helicópteros que volaban en círculos en torno a la negra torre de humo y fascinados con la espuma verde que cubría las calles. Los adultos reconocían en la espuma la protección de la planta contra una liberación accidental de materiales radiactivos. Los niños chapoteaban en la espuma, la pateaban, formaban bolas con ella. Los padres más desconfiados llamaban a amigos que vivían fuera de Pripyat para enterarse de noticias que pudieran haberse ocultado, pero no, les decían que en Kiev, en Minsk, en Moscú se hallaban en plena marcha los preparativos para el Día de los Trabajadores. Se confeccionaban disfraces y estandartes. No se había cancelado nada. Aun así, esas personas iban con binoculares a las terrazas de sus edificios de departamentos y miraban a los bomberos tender escaleras gigantes contra el reactor y sacar bloques de materiales indeterminados, y ningún bombero permanecía allí durante más de sesenta segundos. A nadie se le permitía salir de Pripyat salvo para combatir el fuego, y los que regresaban de la planta volvían mareados, con náuseas, misteriosamente bronceados. En las escuelas enviaban a los niños a sus casas con instrucciones de ducharse y pedirle a mamá que les lavara la ropa, aun cuando toda el agua de la ciudad se había desviado para tratar de apagar el incendio. Las noticias emitidas por Moscú decían que había ocurrido un incidente en Chernobil, pero que se estaban tomando medidas y se estaba conteniendo el fuego. Por último, no permitían que nadie saliera de Pripyat. Tres días pasaron entre el accidente y la súbita evacuación de la ciudad. Mil cien ómnibus se llevaron a los cincuenta mil habitantes. Les dijeron que iban a un centro turístico y que llevaran ropa informal, documentos, fotos familiares. Cuando partieron los ómnibus, se desparramaron las fotos sueltas y los niños saludaban con la mano a los perros que corrían detrás.

    De modo que todo movimiento de los árboles o la hierba alta creaba una falsa sensación de resurrección, hasta que Arkady notó la quietud en las puertas y ventanas y reconoció que el sonido que viajaba de cuadra en cuadra era el eco móvil de su motocicleta. A veces imaginaba a Pripyat no tanto como una ciudad bajo sitio sino como una tierra de nadie entre dos ejércitos, un escenario para francotiradores y patrullas. Desde la plaza central subió por una avenida hasta el estadio de la ciudad y luego por otra, entre postes de alumbrado decapitados, por una costra negra de caminos que iban agrietándose lentamente. Pripyat se deterioraba poco a poco, incluidos sus murales de Ciencia, Trabajo y Futuro, que se descascaraban en los frentes de los edificios.

    Un movimiento en una ventana de una esquina hizo que Arkady dirigiera la moto hacia un edificio de departamentos, estacionara y subiera las escaleras hasta el tercer piso: una sala con tapices en la pared, una mecedora, una colección de licoreras. Un dormitorio con ropa apilada. La habitación de una niña pequeña. pintada de rosa, con premios escolares y un par de patines para hielo que colgaban de la pared. En un cuarto de varón, un esqueleto armado dentro de un tanque de vidrio, bajo posters de Ferraris y Mercedes. Fotografías por todas partes, imágenes en color de la familia de paseo por Italia, y retratos más viejos, en blanco y negro, de una generación anterior de hombres de bigotes y mujeres con vestidos muy abotonados. Las fotos parecían pisoteadas, lo que sugería un violento desacuerdo, o dolor. Una muñeca que colgaba de una cuerda golpeteaba el marco de una ventana rota: el movimiento que había visto Arkady. Los traperos habían ido y venido, rompiendo las paredes para arrancar los cables eléctricos. Cada vez que salía de un departamento como ése, sentía que salía de una tumba, salvo que estaba en una ciudad de tumbas.

    Volvió en la moto a la plaza principal ya la oficina donde había divisado al trapero la noche anterior. La maleta y la parrilla improvisada habían desaparecido. También la nota con el número de celular de Arkady y el signo dólar. No sabía si iba a obtener algo, pero hacía lo que podía, y en eso —tenía que admitir— Zurin había estado brillante. El fiscal sabía que otro individuo, más equilibrado, diría que, si el accidente nuclear de Chernobil había causado cuarenta o un millón de muertes —según quién contara—, ¿a quién le importaría lo que le hubiera ocurrido a un solo hombre? ¿Y qué si Arkady encontraba una conexión entre Timofeyev y Chernobil? Los rusos, bielorrusos, ucranianos, daneses, esquimales, italianos, mexicanos y africanos tocados por el veneno al diseminarse por el mundo no tenían ninguna conexión con Chernobil, y ellos también morirían. Los primeros, los bomberos de Pripyat, que habían recibido radiación por dentro y por fuera, murieron en un día. El resto moriría indirectamente a lo largo de generaciones. En esa escala, ¿qué importaba Timofeyev o Ivanov? Sin embargo, Arkady no podía detenerse. De hecho, mientras andaba en motocicleta por las calles abandonadas de Pripyat, se sentía cada vez más como en su casa.

    La estación de la milicia en Chernobil era un edificio de ladrillos con un tilo que brotaba de una esquina como una pluma en un sombrero. Marchenko se reunió con Arkady en el estacionamiento donde había desaparecido el incautado BMW de Timofeyev.

    El capitán llevaba ropa de camuflaje limpia y ostentaba una amarga satisfacción.

    —¿Querías echar otro vistazo? Demasiado tarde. Bela se lo llevó a Kiev mientras tú y yo perseguíamos al ladrón de íconos. Así que alguien de mi propia estación le informó a Bela que yo me había ido —ladeó la cabeza—. Un idiota, obviamente. De todos modos, debo disculparme por mi enojo de esta mañana. Chernobil, Chornobil, ¿qué diferencia hay?
    —No, tenías razón. Yo debería decir Chornobil.
    —Déjame darte un consejo. Di: “Adiós, Chornobil”.
    —Pero se me ocurrió algo.
    —A ti siempre se te ocurre algo.
    —Cuando encontraste el auto de Timofeyev en el cementerio de vehículos, ¿no tenía llaves?
    —No.
    —¿Lo remolcaron hasta acá desde el cementerio de vehículos?
    —Sí. Ya hablamos de esto.
    —Recuérdamelo, por favor.
    —Antes de remolcar el auto hasta acá, buscamos las llaves, buscamos sangre en los asientos, forzamos el baúl para buscar sangre o cualquier otro rastro. No encontramos nada.
    —¿Nada que sugirie