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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA ESCLAVA DE AZUL (Joaquín Borrell)

    Publicado el viernes, octubre 20, 2017

    Primer día


    Según mi amigo Meríones, filósofo del Liceo, los romanos se clasificaban en litocéfalos, hematófagos y crisódulos. Las categorías no eran excluyentes, es decir, cada individuo podía pertenecer simultáneamente a dos de ellas. Los que reunían en su persona las tres características, cabezas de piedra, comedores de sangre y siervos del oro, eran los romanos químicamente puros, llamados al «cursus honorum». En realidad Meríones era un filósofo de muy mediano éxito, que se apodaba del Liceo porque tenía una casita de campo en sus proximidades, y había sospechas más que fundadas de que jamás había visitado Roma, pero en el momento de pisar por primera vez el solar de la Urbe dediqué un recuerdo a su clasificación.

    Adopté el debido rictus desdeñoso y oteé los alrededores. El suelo estaba sucio y encharcado y un leve tufillo putrefacto planeaba en brazos de la brisa. Hasta donde alcanzaba la vista se extendía un paisaje a la vez pretencioso y desangelado, en el que alternaban ruines chabolas con parodias del Erecteión. Cierto que me hallaba en uno de los más apartados arrabales de la ciudad, que jamás había examinado con atención el suelo de Atenas, salvo tras aplastar uno de sus ornamentos, y que pocas veces el aroma local resulta perceptible para los nativos, pero todo ateniense llega a Roma con una sólida concepción de lo que hallará y de cómo debe enjuiciarlo y, hasta el momento, los resultados y las previsiones coincidían matemáticamente.

    Varios romanos, vestidos con toda la zafiedad con que los hubiera caricaturizado un comediógrafo griego, pululaban o faenaban por las cercanías. Bajo un porche un hombre calvo, con las facciones talladas a golpe de pico —un espléndido ejemplar de litocéfalo— troceaba lonchas de pescado. Me aproximé, destilé mi mejor acento latino y pregunté:

    —Por favor, ¿la casa de Alcímenes el tebano?
    —¿Es un griego como tú? — se interesó el litocéfalo, sin levantar la vista del pescado.
    —Es mi tío.
    —En Roma hay varios miles de griegos, la mayoría, a buen seguro, tíos tuyos. Todos los griegos acaban siendo tíos y sobrinos. ¡Y yo qué sé dónde está su casa!
    —Vive en el Janículo.
    —Eso ya es una referencia. Sigue esa dirección, no tiene pérdida. Acabarás topando con un río al que puedes llamar Tíber. Al otro lado está el Janículo.

    Pese a su optimista predicción, volví a preguntar por el Janículo en cuestión una buena docena de veces, mientras discurría por callejas malolientes, sorteando vendedores crisódulos, rufianes hematófagos y matronas almizcladas. De cuando en cuando, en los cambios de rasante, el paisaje urbano adquiría cierta perspectiva, habitualmente truncada por la deprimente silueta de un templo, un palacio u otra degenerada muestra de la arquitectura suntuaria romana. Cuando al fin, una hora después, se presentó ante mis ojos el asombroso vertedero líquido llamado Tíber estaba ya muy cerca de arrepentirme de mi decisión, repudiar la herencia del tío Alcímenes y regresar corriendo a los limpios aires del Ática. Atenas era una ciudad espaciosa y razonablemente despoblada, tras la concienzuda matanza efectuada cincuenta años atrás por las tropas de Sila, un auténtico paraíso en comparación con aquel hormiguero humano.

    Mientras atravesaba en barca las insalubres aguas me consolé pensando que bastaría un poco de paciencia. La justa para hacer inventario del caudal relicto, liquidarlo a precios ventajosos y volver a la Hélade con el rico botín, que el precario estado de mis finanzas hacía especialmente apetitoso. Es sabido que la perspectiva de una buena herencia estimula la prodigalidad humana y entre el largo viaje y los alegres dispendios que lo habían amenizado las monedas sobrevivientes se deslizaban en aquellos momentos por mi bolsa con la misma holgura de movimientos que acababa de envidiar en mis compatriotas.

    Aquello era el Janículo, según me informó el barquero, y allí aguardaba el tesoro. Sólo había visto una vez en mi vida al tío Alcímenes, a mis doce años, en su triunfal periplo por la Hélade al frente de un ejército de coperos, cocineros y esclavas de cintura cimbreante. Desde aquel momento el tío rico en Roma" pasó a ser un blasón familiar, envidiado por todo el vecindario del Limnai. No volví a saber de él hasta la reciente fecha en que el capitán de una nave corintia atracada en el Pireo me había traído la noticia de que Alcímenes había muerto y yo, en principio un sobrino más entre tantos, era su heredero universal.

    —¿La casa de Alcímenes el tebano? — pregunté al barquero, mientras éste, un evidente crisódulo en potencia, contaba minuciosamente las monedas del porte.
    —Tras el templo de Pomona, que es ése que tienes enfrente —respondió—. Una mansión con una escalinata alta y un peristilo a la entrada.

    Me apresuré a contornear el templo y accedí a la plazuela situada a sus espaldas. Mi nueva propiedad alzaba majestuosamente su frontis griego, como una nota de grandeza ática entre las ruines deformaciones vecinas. Pensé que, pese a mi escaso trato con el tío Alcímenes, iba a sentir cierta pena al vender tan hermosa mansión. Lástima que no fuera transportable a Atenas.

    Un esclavo ceñudo y malencarado transitaba bajo la columnata. Al verme ascender por la escalinata esbozó un gesto feroz, como si mi intrusión despertara sus peores instintos de hematófago. Resolví que la liquidación de la herencia empezaría por él, seguramente malvendiéndolo por un precio de irrisión.

    Por lo demás, la escena que iba a desarrollarse resultaba fácilmente previsible. El hombre trataría de impedirme el paso, pasmándose de mi insolencia. Yo alegaría ser el heredero de la casa, él se asombraría, acudiría el administrador de mi tío y aclarada la situación se iniciaría la rueda de bienvenidas y reverencias. Por el momento el portero inició su actuación conforme a mis estimaciones:

    —¿Dónde vas tú? — rugió. Decidí mostrarme benévolo con aquel homínido.
    —¿Cómo te llamas? — pregunté sonriente.
    —¿Y a ti qué te importa?
    —Debo conocer el nombre de mis propiedades. Soy Diomedes de Atenas, tu nuevo dueño.
    —Márchate de aquí antes de que te rompa la cabeza, sucio griego —le miré con incredulidad.
    —¿Has dicho sucio griego? — me aseguré.
    —Eso mismo, piojoso. Lárgate de una vez o mandaré soltar los perros —mi sonrisa adquirió un matiz siniestro.
    —Creo que tus modales van a requerir un minucioso debate. Por el momento llama al jefe de esclavos y dile que el heredero de Alcímenes quiere hablarle.
    —Yo soy el jefe de esclavos. Y me preocupa muy poco de quién seas heredero —su aplomo empezaba a desconcertarme.
    —¿No es ésta la casa de Alcímenes el tebano?
    —Ésta es la casa de Quinto Tóculo. Alcímenes vivía ahí enfrente —y extendió su índice hacia una diminuta edificación de una sola planta, aplastada entre dos moles en una esquina del ágora—. Y ahora desaparece y no vuelvas a subir estas escaleras sin haber sido invitado, lo que dudo suceda algún día.

    Crucé la plaza, sumido en una creciente perplejidad, y golpeé sin resultado en la humilde puerta de la casita indicada. La entrada estaba sucia, con trazas de no haber sido utilizada en bastante tiempo. En una polvorienta placa de madera incrustada en la pared se leía: «Alcímenes el tebano, exquiriente». Esta última palabra me resultó tan incomprensible como aquella inesperada situación.

    Un tronar de cascos a mi espalda me hizo saltar hacia la puerta, hasta incrustarme en ella. Mi reacción me evitó, por muy poco, ser despedazado por las ruedas de una biga, cuyo conductor tiró de las riendas para detenerla en una espectacular maniobra frente al portal de la casa de al lado. Me volví hacia el auriga dispuesto a expresar mis opiniones con cierta vehemencia, pero ya el hombre, tras musitar una leve disculpa, confiaba el vehículo a un sirviente y se dirigía a la mansión. Tenía unos treinta años y ofrecía el plácido aspecto que caracteriza al romano que vuelve de las termas. Opté por aplazar la discusión y preguntarle si conocía a Alcímenes el tebano.

    —Mucho —respondió—. Pero murió hace tres meses.
    —Ya lo sé. Soy su sobrino Diomedes, de Atenas.
    —¡El heredero! — se congratuló, mientras golpeaba mi espalda con rudeza. Inicié un gesto defensivo, reafirmado en mi creencia de haber topado con uno de los peores hematófagos de la Urbe—. ¡Bienvenido a Roma! — declamó, con un vozarrón audible al otro lado del Tíber—. Soy Publio Rúbeo Antonio Estrépens, Antonio para los amigos. Sí, de la gens Antonia, aunque en realidad de una rama bastante secundaria. ¿Qué tal el viaje?
    —Muy bien, pero… —empecé, agotando con ello la breve pausa concedida por el romano.
    —Yo fui quien te envió el aviso a Atenas, conforme me encargó el pobre Alcímenes en su testamento. Supongo que querrás ver tu nueva propiedad. Trae la llave —ordenó al criado—. Quizá no sea un palacio, pero está en un buen barrio y el vecindario es muy agradable. Bueno, con alguna excepción, que ya irás conociendo. Te sentirás como en casa.

    El sirviente regresó con la llave y abrió la puerta con un lúgubre chirrido. A través de un estrecho vestíbulo, sin más mobiliario que un banquito de piedra, daba acceso a un pasillo no menos raquítico. Inventarié un camastro y una palangana en el único dormitorio; dos toscas sillas y una mesa claudicante en otra habitación y una última pieza que a primera vista semejaba una pequeña alacena y que tras examinarla con detenimiento resultaba ser la cocina. Su ventana comunicaba con un patio descubierto de unos nueve pasos cuadrados, discutiblemente adornado por una parra famélica y con un aljibe en su centro. Allí, junto a un murete protegido por fragmentos puntiagudos de cerámica, seguramente destinados a impedir la salida de los moradores antes que la entrada de intrusos, terminaban según todas las apariencias mis propiedades urbanas.

    —¿Qué te parece? — se interesó Antonio. Y antes de que pudiera emitir un solo sonido continuó—: No te vayas a formar un mal concepto de la arquitectura romana. En realidad por el precio que pagó tu tío ya es un milagro que se mantenga en pie.
    —Espero que lo siga haciendo durante algunos días —manifesté, reparando en dos vigas que apuntalaban la trasera de la casa.
    —Cuando le echaron de su palacete no pudo encontrar nada mejor. Al menos esta ruina estaba cerca del domicilio anterior y eso resultaba muy importante para… —no escuché sus últimas palabras, anonadado por aquella jugarreta del destino. En una llamarada de optimismo conjeturé que debía de ser objeto de una broma pesada, sin duda muy del gusto de aquellos litocéfalos entre los que había ido a parar.
    —¡Un momento! — atajé a Antonio—. ¿Qué quieres decir con eso?
    —¿Con qué?
    —Con lo de que mi tío fue expulsado de su palacete.
    —Publio Tóculo consiguió que se lo entregaran en pago de sus créditos. Con el resto de las posesiones de Alcímenes, incluida su abundante y selecta servidumbre. Es un usurero repugnante, una auténtica lacra local. Lo peor de todo es que se mudó a la mansión de tu tío y desde entonces infesta el vecindario con su presencia.
    —¿Qué créditos? — pregunté con un hilo de voz. La broma empezaba a parecerme demasiado bien tramada.
    —¿Conocías a fondo a tu tío?
    —Sólo le vi una vez, hace unos quince años.
    —Alcímenes era un gran hombre, inteligente y trabajador como pocos. Pero tenía un pequeño vicio.
    —¿Cuál?
    —Quizá sea muy optimista llamarle pequeño. Si un vicio destaca en Roma puedes estar seguro de que es cualquier cosa menos modesto. En el caso de tu tío puede decirse que era un vicio soberbio. Pero no vayas a pensar nada malo. Era una persona frugal en la comida, jamás se mostró borracho en público ni frecuentó las casas de placer. Incluso, contra lo que se suele contar de los griegos, nunca se le vio en compañía de un efebo. Y ni siquiera pertenecía al partido popular.
    —Otro día discutiremos las necedades que se cuentan sobre los griegos —intervine—. Pero en lugar de enumerar qué vicios no tenía, ¿y si me explicas de una vez por qué se arruinó?
    —Tu tío era jugador.
    —¿Jugador de qué?
    —De cualquier cosa, siempre que mediasen apuestas, y Roma ofrece una amplia variedad en este campo. Su debilidad concreta eran los dados. A veces ganaba, pero otras muchas perdía y una mala racha terminó con su fortuna. Quinto Tóculo le hizo un enorme préstamo, con la garantía de todas sus propiedades, y acabó por hacerse con ellas. ¡Qué mala cosa es el juego! — filosofó Antonio para sus adentros—. Especialmente si pierdes. Menos mal que yo, hasta la fecha, me voy defendiendo —quizá la hematofagia romana sea un producto de su clima, o de los vapores del Tíber. Apenas si llevaba unas horas en la ciudad y ya empezaba a sentir deseos de lanzarme a la garganta de mi interlocutor.
    —¿No podías haber contado esta historia al capitán corintio? — me indigné—. Me habrías ahorrado un largo viaje.
    —Las leyes de la herencia son sagradas en Roma. Los manes de los muertos requieren un heredero que acepte la sucesión.
    —Mi tío era griego. Y nuestros manes saben defenderse solos.
    —No hables así. Debes mantener el fuego familiar y honrar la sepultura de Alcímenes. Si no se convertirá en un lémur maléfico y volverá al vecindario para atormentarnos.
    —¿De verdad?
    —Eso cuentan. Pero en todas las buenas familias, aquí en Roma, el heredero acata el testamento.
    —¿Dónde está ese fuego familiar? En esta chabola hace mucho tiempo que no se enciende ningún fuego.
    —Es un concepto simbólico. En este caso concreto también la sepultura lo es, ya que tu tío fue incinerado, a la usanza romana. ¿Te ocurre algo? Te veo muy pálido.
    —No quisiera parecer un cazafortunas, pero he gastado casi todo lo que tenía y recorrido varios centenares de leguas para recibir este cobertizo tambaleante.
    —Hay algo más en la herencia. Una vasija de vidrio con las cenizas de Alcímenes, que guardé en mi casa para entregártela cuando llegases.
    —Es un gran consuelo.
    —Además está Baiasca.
    —¿Qué es eso?
    —La esclava de tu tío, la única que no pasó a manos de Tóculo. Estaba enferma de fiebres y el usurero temió que contagiase a su servidumbre. Cuando murió Alcímenes la deposité en una casa de esclavos. Si quieres te acompañaré a recogerla. Aún tengo tiempo hasta la hora de cenar. Me gustaría invitarte, pero debo acudir a un banquete de mucho compromiso.
    —¿Está lejos? — pregunté. Mi interés por la sierva quedaba en aquel momento muy diluido tras los trajines de la jornada.
    —Con mi biga será un paseíto. ¿Qué te parece? — planteó Antonio, palpando las ancas de los caballos—. Son auténticos apulianos. Y fíjate en las junturas del carro. Podía enviarlo a competir en el circo. ¿Estás preparado? — y antes de que abriese la boca hizo restallar su látigo y las bestias iniciaron una briosa arrancada, que a punto estuvo de hacerme volar fuera del vehículo—. Roma está imposible de gente —comentó el conductor, mientras los transeúntes, aterrorizados, se refugiaban en los portales o cerraban los ojos ante nuestro paso—. Algún día te daré una vuelta por el campo para que veas de lo que son capaces mis apulianos.

    El instinto de supervivencia me hizo abandonar mis negras cavilaciones y concentrar todas las fuerzas en mantener el equilibrio sobre la inestable superficie del carro. Entretanto la resonante voz de Antonio me iba ilustrando sobre la vida, costumbres, pecadillos confesados y vicios inconfesables de cada morador del barrio frente a cuya casa transitábamos, al tiempo que éstos trataban desesperadamente de sustraerse al filo de las ruedas. Al fin los caballos frenaron entre una nube de polvo junto a la casa de esclavos, un sólido edificio con apariencia de almacén de grano. Antonio saltó del vehículo, reclamó la presencia del encargado y explicó el objeto de nuestra visita.

    —Baiasca, Baiasca… —murmuró el operario, rebuscando entre sus tablillas—. Aquí la tenemos. Al fondo del patio.
    —¿Se recuperó de las fiebres? — preguntó mi amigo.
    —Completamente. Ha pasado los dos últimos meses al aire libre, de forma que la hallaréis con un color excelente. Seguidme —accedimos al patio del caserón. A lo largo de sus cuatro paredes se alineaba una exposición de hombres y mujeres de todas las edades, pelajes y tamaños, con el tobillo sujeto al muro por medio de una cadena—. Aquélla es —informó el encargado, con un vago ademán hacia su frente.

    Dibujé una expresión de alarma. Una negra inmensa, de más de doscientas libras, repantigaba sus carnes fofas en el suelo. Al sonreímos descubrió unos dientes grandes como baldosas.

    —Realmente tiene muy buen color —susurré a Antonio. Éste rió estrepitosamente.
    —Esa no es Baiasca. Tu tío seleccionaba muy cuidadosamente a sus esclavas. Es la de azul, al lado de ese elefante.

    Volví la vista hacia el punto indicado y me serené. Se trataba de una veinteañera, con una corta melena oscura, levemente rizada. Estaba sentada sobre las losas con las piernas cruzadas, si bien se incorporó rápidamente al vernos llegar. Iba descalza y vestía una túnica de vivo color azul, apenas un pedazo de tela cortado y anudado a la cintura con un cordel. Conjeturé que en el inventario de la herencia iba a ocupar mejor posición que la ruinosa chabola del Janículo.

    —¡Maximino! — gritó el encargado—. Desencadena a la número setenta —el subalterno acudió, se inclinó sobre el grillete de Baiasca y lo abrió con un alegre chasquido.
    —Es Diomedes, tu nuevo amo —presentó Antonio—. El heredero de Alcímenes —la esclava sonrió mientras me recorría visualmente de arriba abajo.
    —Recoge tus cosas —le dije—. Nos vamos.
    —Lo llevo todo puesto —respondió. El acento no me resultó conocido.
    —¡Un momento! — medió el encargado—. Primero hay que liquidar las cuentas.
    —¿Qué cuentas?
    —Noventa y seis días de alojamiento a dos denarios cada uno, ciento noventa y dos denarios.
    —¡Esto es un abuso! — protestó Antonio, encarándose con el infame crisódulo—. Soy abogado y no voy a consentir que estafes a mi amigo. Por ese precio habríamos podido tenerla en una villa de Capri. Con veinte denarios vas bien pagado.
    —No discutiré con tan altos personajes —asintió sonriente el encargado—. Ciento ochenta y cinco denarios.
    —Eso ya está mejor —aprobó Antonio. Yo asistía horrorizado a aquel intercambio.
    —No sabía que hubiera que pagar nada —alegué en voz baja.
    —Son las reglas —explicó mi acompañante—. Y ya has visto que he hecho rebajar todo lo posible.
    —Ya pasaré otro día —propuse al encargado sin mucha convicción—. Hoy tengo ciertos problemillas de liquidez.
    —Como gustes. ¡Maximino! Vuelve a encadenarla. — Baiasca retrocedió hacia la pared, con el desencanto pintado en su expresión.
    —De acuerdo. Toma —accedí de mala gana. El crisódulo contó las monedas con júbilo, mientras que yo hacía otro tanto, mental y dolorosamente, con las que quedaban en mi bolsa.
    —Se me ha hecho un poco tarde —informó Antonio—. Si llegas el último a un banquete el único asiento libre suele ser al lado de un filósofo, estoico las más de las veces. Baiasca te enseñará el camino de regreso.

    Salimos a la calle y mientras el carro de Antonio se alejaba hacia el sol poniente, sembrando el pavor entre los viandantes, Baiasca respiró hondo. No hizo ningún comentario, pero parecía contenta.

    —¿Te alegras de abandonar ese antro? — me interesé.
    —No me gusta estar atada —respondió, mientras echaba a andar a mi lado. Lo hizo en silencio durante un buen rato.
    —No eres romana de nacimiento —pronostiqué.
    —Soy cémpsica —fue toda la respuesta. No supe si me había revelado su procedencia o confesado alguna enfermedad exótica.
    —¿Esclava de origen o prisionera de guerra?
    —Me cogieron en mi tierra —contestó, poniéndose seria. Deduje que prefería omitir aquel tema y desvié la conversación.
    —Mañana saldré a dar una vuelta. ¿Necesitas algo?
    —Solamente unos zapatos. No me gusta andar descalza.
    —¿Unas sandalias de esparto? — aventuré, pensando que no podían ser muy caras.
    —Prefiero el calzado cerrado.
    —Intentaré conseguirlo, pero te advierto que mi bolsa anda algo escasa. Tu alojamiento en las últimas semanas me ha salido muy caro —ella volvió a sonreír, pero no contestó—. ¿Tan bien os daban de comer?
    —Apenas un tazón de avena al día.
    —Podías habérmelo dicho antes de que pagara a ese ladrón —la esclava se encogió de hombros.
    —No me lo preguntaste.

    Desandando el camino de ida estábamos llegando al Janículo. Así lo probaban los frecuentes saludos que los vecinos dirigían a Baiasca, que les respondía con un ademán.

    —En cualquier forma —continué, un tanto impaciente ante la escasa locuacidad de la cémpsica— confío en recuperar pronto estas pérdidas. Estoy seguro de que nos habríamos llevado muy bien, pero voy a tener que venderte —una variación en el brillo ocular de Baiasca reveló que no le había complacido la noticia—. No es que no me convenzas, pero he hecho muchos gastos para recibir la herencia de mi tío y necesitaré hasta el último as si quiero sacar algún provecho —ella continuó callada—. ¿Cuánto crees que podría pedir por ti?
    —Muy poca cosa. En Roma sobran esclavas.
    —Oí que por una tocadora de cítara se llegaron a pagar cuatro talentos; y tres por una cocinera lusitana.
    —No sé cocinar.
    —¿Y tocar la cítara?
    —Empecé a aprender, pero no tuve tiempo de pasar de la primera cuerda.
    —Con lo que saque por ti y por la casa, ¿piensas que podré al menos llegar a Atenas? — la cémpsica hizo un cálculo mental.
    —Con un poco de suerte, hasta Paestum.
    —¿Está muy lejos?
    —Más bien no —sentí aumentar mi intranquilidad. Luego supuse que estaba rebajando su valor, para debilitar mi decisión de venderla.
    —¿Qué hacías exactamente en casa de mi tío?
    —Un poco de todo.
    —¿Y cómo se cotizan las esclavas que hacen un poco de todo?
    —Bastante mal —hubo una larga pausa y, por primera vez, Baiasca empezó una frase por propia iniciativa—. Puede decirse que le ayudaba en su consultorio —la afirmación me cogió desprevenido. Jamás había pensado cómo ganó su fortuna el tío Alcímenes.
    —¿Qué consultorio?
    —Trabajaba de exquiriente.
    —Nunca oí hablar de esa profesión.
    —Era el único que la ejercía en Roma.
    —¿Qué hace un exquiriente?
    —Resuelve misterios.
    —No entiendo.
    —A veces pasan cosas extrañas. Alguien roba una joya sin dejar rastro, o se comete un crimen y nadie sabe quién puede ser el asesino. Entonces las víctimas, o sus herederos, acudían a Alcímenes y él aclaraba el enigma.
    —¿Y le pagaban por eso?
    —Espléndidamente.
    —¿Resolvió muchos misterios?
    —Muchísimos. Era famoso en toda la ciudad —medité sobre aquella revelación. Sin duda mi tío había encontrado el medio de sacar provecho de su ingenio helénico en aquel mundo de litocéfalos. Y a buen seguro su bolsa apenas si pesaba más que la mía cuando llegó a Roma. Baiasca agregó, como anticipándose a mis cavilaciones—: Su negocio ha quedado vacante —dudé si insinuaba la absurda posibilidad de continuarlo. Decidí descender a cuestiones más prácticas.
    —¿No se te ocurre ninguna forma de reunir dinero para regresar al Ática?
    —Los que se enrolan en las legiones tienen el viaje pagado hasta su guarnición. Pero no es seguro que te toque Atenas. Y el servicio dura veinte años.

    Medité con desánimo sobre tal posibilidad y otras análogas.

    —Quizá pueda compensar el pasaje ayudando al capitán de la galera. Todos los griegos entendemos algo de náutica.
    —Una vez en alta mar podían decidir que eras más necesario en los remos —las palabras anteriores de Baiasca continuaban deslizándose por mi mente. Al fin y al cabo yo era tan heleno como mi tío; y no era probable que el intelecto de los cabezas de piedra hubiera progresado grandemente en tan poco tiempo.
    —Provisionalmente, hasta que reúna algún dinero, ¿crees que podría ser un exquiriente? — planteé.
    —Estoy segura.
    —Pero yo no soy famoso en Roma. Para ser exactos, en estos momentos sólo me conocéis Publio Antonio y tú.
    —La ciudad es lo bastante grande como para que muchos ignoren que tu tío ha muerto.
    —¿Y qué? Cuando hablasen conmigo comprobarían que nunca he resuelto un enigma. Tras lo cual se abstendrían cuidadosamente de pagarme.
    —¿Y por qué no ibas a resolverlos? — por evidente que fuera la sinrazón, el optimismo de Baiasca resultaba contagioso.
    —¿Ayudabas mucho a mi tío? — pregunté.
    —Solamente un poco. Las ideas eran siempre suyas. Pero aprendí todo lo que pude.
    —¿Me auxiliarías a mí si intentara continuar su negocio?
    —No podría negarme. Eres mi amo —le habían vuelto a brillar los ojos. Por un momento tuve la sensación de que me estaba manejando, pero la ahuyenté. No era más que una esclava y yo no había perdido nunca la iniciativa.
    —Es un disparate, pero si queremos comer en los próximos días no tendré más remedio que intentarlo —manifesté—. Al menos mientras busco compradores para la casa y para ti.
    —Seguro que saldrá bien.
    —Antes dime una cosa. ¿Por qué no quieres que te venda?
    —No me gusta cambiar de amo —fue toda la respuesta de Baiasca.

    Ya había anochecido cuando llegamos al remedo de edificio. Mientras abría su puerta caí en la cuenta de que no había un solo comestible en toda la vivienda. Aunque tras el largo viaje tenía sueño suficiente como para olvidar estos pormenores, la manutención de la esclava era responsabilidad mía.

    —No hay nada para cenar —anuncié.
    —No me importa —contestó—. Como muy poco.
    —Mañana compraré provisiones, si por lo que queda en la bolsa me quieren vender algo. ¿Y tu peculio?
    —No tengo.
    —Creía que en Roma los esclavos podían ahorrar y formar un peculio.
    —Llegué a reunir trescientos denarios. Pero respondían de las deudas de mi amo y los sicarios de Tóculo me los quitaron.
    —Eso es mucho dinero para una esclava.
    —Ahorré todo lo que pude.
    —¿Para qué? — Baiasca meditó unos instantes antes de responder:
    —Quería comprar la libertad para volver a mi tierra.
    —¿Con los cémpsicos? — ella asintió con la cabeza y añadió:
    —No me gusta ser esclava.
    —¿Por qué no te has fugado? Muchos lo hacen.
    —Mi país está muy lejos y a los esclavos fugitivos los crucifican.
    —Y no te gusta que te crucifiquen.
    —Nada.

    Me asomé al dormitorio y miré hacia la única cama de la casa. Pese a lo tentadora que resultaba para quien había caminado tres leguas durante la jornada, me creí obligado a mostrarme caballeroso.

    —Acuéstate aquí —ofrecí resignadamente a Baiasca—. Por esta noche me quedaré en el patio. Ya buscaremos algo mañana.
    —Pero eso no puede ser —me corrigió con suavidad—. Tú eres el amo.
    —¿Estás segura?
    —Llevo mucho tiempo durmiendo en el suelo. Además, así aprovecharé para lavarme. ¿Puedo sacar agua del aljibe?
    —Naturalmente.
    —Intentaré no hacer ruido.
    —No te preocupes por eso. Haría falta una falange macedónica para desvelarme —Baiasca abrió la puerta del patio. Iba a cerrarla cuando pregunté—: ¿De qué murió mi tío? Es curioso, pero hasta ahora no se me había ocurrido plantearlo.
    —Le picó una serpiente.
    —¿Venenosa? ¿Aquí en Roma?
    —En una cena en honor de un príncipe bactriano. Puedo pasar sin los zapatos —ofreció la esclava, en un súbito cambio de tema—. Ya arreglaré algún pedazo de madera.
    —Mañana trataremos ese asunto.

    Me lancé sobre el colchón y cerré los ojos. Contra mis pronósticos el sueño tardó en acudir, desalojado de la mente por una perturbadora sucesión de imágenes: mi tío Alcímenes arruinado, perseguido por víboras malignas; el pérfido Tóculo, acariciando los mármoles del palacio confiscado; la aterradora colección de mendigos, lisiados y tullidos que había jalonado mi travesía de Roma. Pensé cuántos de ellos habrían llegado a la Urbe como yo, tras el tentador rastro de una rica herencia, y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Apelé al sueño con todas mis fuerzas, pero los romanos seguían invadiendo mi pensamiento, con la misma pertinacia con que se extendían por el orbe. Un litocéfalo, un hematófago, un crisódulo. Dos litocéfalos… al quinto hematófago quedé dormido como un niño de seis meses.


    Segundo día


    La naturaleza hizo valer sus derechos con tal contundencia que el amanecer era ya un suceso remoto cuando desperté. Abrí las ventanas, dejando entrar la luz de un día radiante, casi ateniense. Al instante una punzada en el estómago me recordó que no había comido desde el mediodía anterior y que la madre natura no parecía haberse saciado con el largo sueño.

    Baiasca no se hallaba en la casa, lo que me provocó leves sospechas de que, aleccionada por mis palabras de la víspera, había decidido emprender por su cuenta el viaje a la remota tierra de los cémpsicos. Salí a la calle en su busca. La fachada estaba sorprendentemente limpia, incluida la placa de mi tío que resplandecía al sol, como haciendo guiños incitantes a cuantos transeúntes tuvieran algún enigma en sus vidas.

    La esclava estaba unos pasos más allá, sentada en un retallo de la pared. Sostenía un pedazo de madera en una mano y un cuchillo en la otra, con el que, con más voluntad que acierto, trataba de siluetear la suela de un zapato. Un hombretón rojo de pelo y barba, vestido con unos indescriptibles harapos, charlaba animadamente con ella. Me aproximé y le deseé buenos días.

    —Es mi nuevo amo —explicó al mendigo tras responder al saludo—. Llegó ayer.

    El pelirrojo se volvió hacia mí. Llevaba un ojo oculto tras un vendaje de gasa oscura y lucía sobre el otro una fea costra escarlata, muy a tono con sus enmarañados pelajes faciales. Asustaba pensar, si aquél era el ojo exhibible en público, qué escondería bajo la gasa. Alargó su manaza hasta mi frente y la paseó con lentitud en todas las direcciones de mi rostro. No fue una experiencia agradable, pero la soporté estoicamente. Quizá se trataba de una costumbre romana.

    —Tienes cara de griego —dictaminó, retirando su zarpa.
    —Soy Diomedes de Atenas. Y tú eres tracio. Reconocería ese acento entre mil.
    —Soy un mendigo ciego. ¿Qué más da de dónde venga?
    —Disculpa un momento —hice una seña a Baiasca, que se incorporó y me acompañó varios pasos más allá del alcance auditivo del inválido.
    —¿De dónde has sacado eso? — le pregunté.
    —Se llama Odiseo y pide limosna por el barrio. Hace tiempo que somos amigos.
    —No tenemos mucho que ofrecerle.
    —Sólo ha pasado a saludarme. Cuando estaba en el depósito de esclavos venía a visitarme con mucha frecuencia.
    —¿Y los clientes?
    —No todos los días llega alguno. Ni siquiera todas las semanas.
    —Si aparecen enciérralos con llave hasta que regrese. Voy a ver qué tal andan los precios en la cabeza del mundo.

    La prueba resultó aterradora. Tras una animada discusión con el que a primera vista aparentó ser un pacífico zapatero, para desenmascararse después como uno de los más pérfidos crisódulos del Lacio, deambulé durante más de una hora por las diversas expendedurías de alimentos. Después de infinitos cálculos mentales y regateos troqué finalmente las últimas monedas de mi bolsa por una repelente torta de pan negro y un puñado de legumbres. Una dieta muy romana según me informó Publio Antonio, con quien coincidí frente al templo de Pomona.

    —Nuestros antepasados no comían más que esto, con algún higo seco como extraordinario, y dominaron el mundo —explicó mi amigo—. Los actuales, afortunadamente, nos lo hemos encontrado conquistado y podemos dedicarnos a alondras rellenas, sesos especiados y otros curiosos platos que nos fueron servidos en el banquete de anoche.
    —Es un dato histórico que me resultará muy reconfortante mientras mastico estos guisantes duros —asentí.
    —¿Me acompañas al Foro? Hoy me toca litigar.
    —¿Contra quién?
    —El abogado contrario es un tal Luciano. Creo que defiendo a un parricida. Pero si conocieras la vida judicial romana comprenderías que lo de menos es el delito que se juzga. He preparado algunas cosas sobre Luciano y lo que pasó con unas danzarinas libias en la última fiesta que dio que causarán sensación en el tribunal.
    —Será interesante. Pero antes tengo que dejar esto en casa.

    El mendigo Odiseo había desaparecido. Baiasca tomaba el sol junto a la puerta, mientras continuaba trabajando en el madero.

    —Deja eso —le exhorté. Y con un gesto moderadamente teatral coloqué ante su vista un par de coturnos rojos, altos hasta el tobillo. Los miró con sorpresa.
    —Son muy bonitos —aprobó.
    —Me dijiste que no te gustaba andar descalza. Pero quizá no combinen con tu túnica —comenté, advirtiendo que no había meditado aquel punto. Las mujeres, incluso las esclavas, suelen ser muy especiales en estos temas.
    —Encajan muy bien —aseguró Baiasca, mientras se sentaba en el poyo para ponérselos. Parecía satisfecha, aunque hubiera esperado alguna reacción más expresiva, máxime teniendo en cuenta lo mucho que habían colaborado aquellos coturnos en el vaciado de mi bolsa. Me encogí de hombros y entré en la casa para depositar las provisiones.

    Me detuve en el vestíbulo, petrificado por la sorpresa. El banquito de piedra estaba ocupado, junto con casi todo el volumen de la estancia. Desde su superficie se erguía una montaña de músculos, atravesada, a modo de torrenteras, por los surcos blancos de varias cicatrices. Terminaba en un cogote rapado, casi tan ancho como mi espalda. Retrocedí rápidamente hacia el exterior.

    —¡Hay alguien ahí dentro! — exclamé.
    —Iba a decírtelo —habló Baiasca—. Es un gladiador que quiere verte.
    —¿A mí?
    —Para ser exactos, a Alcímenes.
    —¿Para qué?
    —Es un cliente —definió pacientemente la esclava. El corazón me dio un vuelco:
    —¡Es Siderobros! — proclamó Antonio, muy excitado, tras asomarse al vestíbulo—. ¿Por qué no nos lo has dicho?
    —No sabía cómo se llama.
    —Debes de ser la única persona en Roma que no conozca a Siderobros.
    —No me gustan los gladiadores.
    —Es compatriota tuyo —explicó el romano—. Un rodio. En la propaganda del anfiteatro lo anuncian como el Coloso de Rodas.
    —Muy original.
    —Es el mejor. Númitor era muy bueno, pero tuvo un día torpe y sucumbió. Siderobros es por el momento invencible. Pero, ¿habéis dicho cliente?
    —Voy a continuar el negocio de mi tío —revelé sin mucha convicción.
    —¡Qué gran idea! Pues no podías empezar mejor tu nueva profesión. Ahí dentro tienes al que probablemente es en estos momentos el personaje más popular de Roma. Si no hiciera ya un rato que me aguardan en el Foro entraría a saludarle. Suerte —y se alejó en busca de su biga.
    —¿Qué hacía Alcímenes en estos casos? — pregunté a Baiasca.
    —Recibía al cliente en uno de sus despachos. Yo estaba en la antesala y si era la primera visita anotaba sus datos en una tablilla.
    —¿Sabes escribir? — me asombré.
    —Aprendí con Alcímenes.
    —No tenemos tablillas, ni demasiados despachos para elegir. Espera a que entre yo y pásalo a la habitación libre.

    Y así, instantes después, mi primer cliente se introducía con dificultad por la puerta y yo, al otro lado de la mesa, le recorría con la vista de abajo arriba hasta culminar en una dolorosa torsión de las cervicales. De estar en mi lugar el semidiós Hércules, matador de gigantes, se hubiera apresurado a reclamar su maza. Me consolé conjeturando que, dada su profesión, la potencia de su intelecto sería inversamente proporcional a la de los músculos pectorales, grandes y abultados como escudos de infantería.

    Pensé que empezaría por preguntarme si yo era Alcímenes el tebano. Esta era un consulta fácil de responder, pero de imprevisibles consecuencias. La más probable, que mi visitante diera media vuelta, cuando no decidiera expresar su desaprobación con uno de sus puños, del diámetro de un tambor. De modo que resolví actuar con rapidez.

    —Pasa y siéntate —invité. Así lo hizo, con un espantable crujido de la silla—. Ya sé que eres Siderobros el gladiador. He oído hablar mucho de ti. ¿Cuál es tu problema? — lancé estas frases en griego, a toda la velocidad de mis cuerdas vocales. El hombre sonrió con cierta timidez y dijo en latín:
    —¿No podemos hablar en mi idioma? Me sentiré más cómodo.
    —¿No eres de Rodas?
    —Eso fue un invento del dueño del anfiteatro, para darme aliciente exótico. En realidad soy de Ancio, a unas cuantas millas de aquí.
    —¿De veras? — pregunté, algo decepcionado.
    —Es un truco muy gastado. Alyx el númida nació en el Esquilmo con la piel un poco morena —hablaba lentamente, como seleccionando las palabras. Pensé que debería tomármelo con calma. Si instantes antes ponía en tela de juicio el intelecto de un gladiador griego, el de un latino debía de rozar los límites subhumanos.
    —Te preguntaba —silabeé— qué quieres de mí.
    —Vengo a que me protejas —miré con incredulidad a aquella mole.
    —¿Protegerte?
    —Mi vida corre peligro.
    —No me parece sorprendente para un gladiador.
    —Bien familiarizado estoy con las batallas, sé mover a diestra y siniestra el escudo de piel de toro y bailar la danza terrible del dios de la guerra —respondió, esta vez en griego, mi interlocutor. Le contemplé con asombro.
    —¿Qué has dicho?
    —Es un fragmento de Homero; la respuesta de Héctor a Ayax, cuando le desafía a duelo singular. Me sé todo el episodio de memoria.
    —Creía que no hablabas griego —murmuré, un tanto desconcertado.
    —Me refería al coloquial. En el literario, modestia aparte, me defiendo bastante bien. Quiero decir —explicó con paciencia el coloso—, que en la arena sé cuidarme solo. Aprovechando que ya he apartado la modestia puedo asegurarte que soy el mejor. Son los enemigos encubiertos, que traman desde la sombra, los que me preocupan. Supongo que necesitarás más datos —hice un gesto de evidencia y planteó—: ¿Asististe al festival del mes pasado, en honor de la legación parta?
    —Estaba ocupado en otros asuntos.
    —Antes de saltar a la arena tomo siempre una poción, que tonifica los músculos y despeja el cerebro. La compro en tinajitas, de las que lleno un odre que llevo después al vestuario. Aquel día lo dejé sobre un banco, mientras charlaba con un senador que había venido a saludarme. Bebí la dosis de costumbre, mientras formábamos para el desfile inicial, y entonces nos dijeron que el festival se retrasaba porque los partos no habían llegado todavía. Volvimos al vestuario y de pronto, justo a la hora en que hubiera empezado a combatir de no mediar el aplazamiento, se me nubló la vista y un peso insoportable me atenazó todos los miembros. Si hubiese estado en la arena cualquier novato me habría desarmado con dos mandobles. Afortunadamente los invitados tardaron lo bastante como para que pudiera despejarme y ocuparme de mi rival en las debidas condiciones.
    —¿Quién te prepara esa poción?
    —La bruja de Ishtar.
    —No estoy muy al corriente de las religiones orientales —admití.
    —Se llama Proelia y atiende un pequeño templo en el Celio. Hace tiempo que soy cliente suyo y siempre me ha ido muy bien con su brebaje.
    —Tal vez en esta ocasión equivocó algún ingrediente.
    —Al volver a casa hice beber de la misma tinaja a un esclavo y no le causó ningún efecto. La droga tuvo que ser introducida en el vestuario, mientras yo hablaba con el senador.
    —¿Quién tuvo ocasión de acercarse al odre?
    —¿Puedo medir el mar o contar sus arenas? — declamó de nuevo en griego—. Es de Heródoto, la respuesta de la sibila a Creso.
    —Resulta muy instructivo hablar contigo, pero si quieres que lleguemos pronto a alguna conclusión procura prescindir de las citas literarias —aconsejé.
    —Quiero decir que antes de un festival pasa mucha gente por el vestuario. Mis compañeros, sus entrenadores, los visitantes, los apostadores, la servidumbre del anfiteatro… Más de cien personas.
    —Deberemos enfocar el problema desde otro punto de vista, ¿Quién puede tener motivos para matarte?
    —No lo sé. Nunca he dañado a nadie.
    —Dado tu oficio, me parece una afirmación muy discutible.
    —Bueno, en la arena he despachado a algunos adversarios, pero son las reglas del juego. Yo no me enfadaría con otro gladiador que me matase.
    —¿A cuántos, exactamente?
    —No lo recuerdo bien. Treinta, quizá, o cuarenta.
    —Será más provechoso emplear tu memoria en esto que en recitar fragmentos de Heródoto. Deberemos hacer una lista.
    —Sólo sé el nombre de dos o tres. Los gladiadores profesionales somos pocos y valemos mucho, de modo que raramente nos arriesgan unos contra otros. Casi siempre lucho contra esclavos o condenados a muerte, que prefieren elegir un modo de ejecución honroso y que les da una remota oportunidad de sobrevivir. Luego, en la arena, mueren tan deprisa que no hay tiempo de conocerles.
    —Me parece un caso complicadísimo.
    —Creía que habías resuelto otros más enrevesados —indicó Siderobros, dirigiéndome una mirada desconfiada.
    —Los casos complicados cuestan mucho dinero —era el momento oportuno para discutir los honorarios. Con aquel tipo de clientes había que evitar cuidadosamente los malentendidos.
    —He traído cien denarios. ¿Es suficiente por ahora?
    —Sólo por ahora —afirmé, calculando mentalmente cuántas libras de carne podrían comprarse con cien denarios. Al menos una ternera completa. Siderobros alargó una inmensa palma rugosa, con una bolsita en su centro que me apresuré a tomar—. Discúlpame un momento. Tengo que dar algunas órdenes a mi esclava.
    —¿Qué tal va? — se interesó Baiasca, que aguardaba en el vestíbulo.
    —Estrena tus coturnos corriendo al mercado —dije, tendiéndole la bolsa—. Cuando acabe con ese oso de las espeluncas quiero una cocina rebosante de provisiones. Y tira esos repugnantes guisantes duros. Si los antiguos romanos comían semejante cosa no deseo terminar como ellos —mientras la esclava se alejaba regresé al consultorio.
    —¿Conociste a Númitor? — preguntó el gigante.
    —Muy superficialmente —esquivé, en espera de más noticias sobre la identidad del personaje.
    —Era un reciario formidable, el mejor con el tridente. Todos creían que yo era el único capaz de derrotarle y aguardaban con impaciencia nuestro combate, pero el dueño del anfiteatro no tenía ninguna intención de quedarse sin uno de los dos. Lástima, porque habría sido un gran espectáculo. Como carniceros leones o indomables jabalíes… —empezó en griego.
    —De acuerdo —le interrumpí—. ¿Qué querías decirme de Númitor?
    —Le mató un siervo gálata, un jovencito muerto de miedo que pisaba la arena por primera vez. Númitor lo tenía a su merced y retrasaba el golpe definitivo para que el público se divirtiera un poco. De pronto empezó a vacilar, dio un paso atrás y quedó agarrotado. Entonces el gálata, comprendiendo que era su única oportunidad, se lanzó sobre él y le rebanó la garganta sin que Númitor hiciera un solo movimiento de defensa. El pobre infeliz salvó la vida, pero el éxito se le subió tanto a la cabeza que pidió pelear conmigo en el festival siguiente, para proclamar su supremacía absoluta. Lo despaché como a un pollo capón. Después de lo del otro día, creo que sé lo que le sucedió a Númitor.
    —Será una tarea larga y laboriosa —dictaminé.
    —Tu tarea terminará esta tarde —me corrigió el gladiador—. Al mismo tiempo que el festival del anfiteatro. Es mi última pelea y solamente quiero que estés presente y vigiles para que no pase nada. Con ella cumpliré los veinte combates que me obligué a entablar para el dueño del anfiteatro, como condición de mi manumisión. Regresaré a Ancio y envejeceré felizmente, cultivando coles y lechugas.
    —¿Contra quién peleas?
    —Contra dos reciarios nubios, que han actuado con mucho éxito en Pompeya.
    —¿Tú contra los dos?
    —Haré pareja con otro mirmillón, un tal Glauco. Es un chico nuevo, que lleva algunos días entrenando conmigo. En los combates dos a dos me suelen aliar con algún novato, para equilibrar la balanza y que corran las apuestas, pero así y todo casi nadie arriesga el dinero contra mí. Tú debes estar muy atento para evitar que nadie me haga jugarretas como la de la poción. Y vigilar a los lagartos —esta última recomendación me pareció indescifrable. Traté de recordar si sería una cita de Eurípides.
    —¿Qué lagartos? — indagué al fin.
    —Además de preparar bebedizos Proelia lee el porvenir en el brasero sagrado de Ishtar. Siempre me ha pronosticado victorias. Pero ayer, cuando fui a por más poción, le consulté casi por rutina. Atizó las brasas, se puso muy seria y me dijo lo siguiente: el lagarto matará al león.
    —Parece muy enigmático.
    —La mitad de la frase tiene una explicación muy sencilla. Utilizo un escudo que lleva un león grabado. Fue un regalo de mi lanista, al que en sus años activos llamaban el león de Nemea, aunque en realidad era capuano. Ya sabes cómo funcionan estas cosas.
    —La solución es simple: Cambia de escudo.
    —Eso mismo propuse a Proelia. Entonces volvió a mirar el brasero, palideció y me rogó que no lo hiciera.
    —¿Por qué?
    —No lo sé. Lo decían las cenizas y sus poderes se limitan a leer en ellas.
    —¿Y el lagarto?
    —Eso es lo que me desconcierta. No hay ningún gladiador que se apode así.
    —¿Alguno combate vestido de verde, con un rabo largo?
    —Ya sé que es difícil hacer entender esto a un incrédulo griego —protestó Siderobros—. Claro que así os ha ido. Pero Proelia no se ha equivocado nunca y yo tengo una gran fe en sus profecías. ¿Me guardarás un secreto?
    —La discreción es una de las normas de mi oficio —el titán me asió el brazo y, estrujándolo como un espárrago hervido, se me aproximó en un gesto confidencial y dijo:
    —Tengo miedo.
    —¿Tú?
    —También mi cuerpo es vulnerable al puntiagudo hierro… Está bien —asintió ante mi mirada—. Llevo ocho años en esta profesión y no hay demasiadas personas en el mundo que puedan contarlos. He visto morir a muchos amigos míos y cada vez yo sabía que podía ser el siguiente, lo que, a decir verdad, no me preocupaba mucho. ¿Qué más da un poco antes o un poco después? Pero ahora he llegado al final y, tras ver correr tanta sangre por la arena, quiero ver saltar el agua entre mis coles y mis lechugas en Ancio. Sólo he de resistir un combate más y todo habrá terminado. Por eso me inquieta la profecía del lagarto. Vigila bien y cuando concluya el festival otros trescientos denarios serán para ti. Y ahora debo irme a comer. Es malo pelear con el estómago lleno. Llega pronto al anfiteatro y di a los porteros que te estoy esperando. Y que los dioses nos ayuden.
    —Contra los mandatos del destino nadie te matará, pero ningún mortal puede sustraerse al hado —dije en griego. Era el único fragmento de la Ilíada que había aprendido, por haberlo copiado mil veces, a instancias de mi preceptor, después de que descubriera que era yo quien había untado de miel su asiento. Siderobros sonrió de oreja a oreja y agregó:
    —Los hombres somos como las hojas del bosque, que el viento esparce y la primavera hace renacer —y, tras tan poética despedida, encorvó la espalda para pasar bajo el dintel y abandonó la casa.

    Le acompañé hasta la salida y permanecí junto al porche cavilando sobre las incógnitas del caso, con resultado tan mínimo que mi atención no tardó en desviarse hacia los transeúntes. Entre la multitud albivestida destacaba el vivo color rojo de la túnica de un hombre grueso, adornado con una barba rizada y un pendiente de oro en cada oreja. Un oriental, sin duda, sirio o armenio. En Atenas no solía simpatizar con los asiáticos, pero en aquellos momentos los dos éramos igual de extranjeros en el mar de litocéfalos y no puedo negar que le miré con cierta benevolencia.

    Al otro lado de la plaza la monocromía era igualmente rota por la túnica azul de Baiasca, que regresaba cargada de provisiones. El apetito agudizó mi vista hasta tal extremo que aún no se hallaba a cincuenta pasos y ya había completado el inventario de sus adquisiciones, con la consiguiente secreción de jugos gástricos. Contestando al saludo del herrero de la esquina no reparó en el oriental hasta casi topar con él. Y al punto se puso seria y aceleró su marcha. Advertí con sorpresa que el barbudo daba media vuelta y la seguía.

    La esclava cruzó a toda velocidad ante la casa e intentó alejarse hacia el templo de Pomona. Salí a su encuentro y la retuve por el brazo.

    —¿Se puede saber adonde vas? La cocina está por ahí.
    —Voy a dejar todo esto —asintió muy nerviosa—. He gastado quince denarios. Ahora te daré la cuenta detallada —se zafó suavemente y se adentró en el pasillo. El oriental se había detenido junto al porche.
    —¿Es ésa tu esclava? — preguntó.
    —En cierto modo. Quiero decir, sí, ¿por qué?
    —Te la compro —tardé unos instantes en reaccionar.
    —¿Cuánto ofreces? — fue la continuación evidente.
    —Quinientos denarios.
    —Es poco —aseguré por instinto, con un desconocimiento absoluto sobre el precio de una esclava en Roma—. Baiasca vale por lo menos mil.
    —De acuerdo. Tómalos —consintió el barbudo, echando mano a su bolsa. La rapidez de la transacción me estaba desconcertando.
    —¿Para qué la quieres? — el hombre me miró intrigado.
    —Si te la pago al contado, ¿a ti qué más te da? — su planteamiento era muy lógico. No obstante, el sirio siguió explicando:— Soy propietario de un conjunto de bailarinas y estoy buscando nuevas adquisiciones. Pasé por el depósito de esclavos y me interesé por esa joven, pero el encargado me dijo que debía esperar a que llegase su amo y me dio esta dirección.
    —Baiasca no sabe bailar.
    —Deja eso de mi cuenta. Nuestros métodos de aprendizaje son muy rápidos y efectivos. Vamos, ¿tomas los mil denarios o no?
    —¿No preferirías comprar esta casa? — ni siquiera se dignó mirarla, lo que a fin de cuentas era lo mejor que podía hacer.
    —Voy buscando esclavas, no casas. Mi grupo está en Roma contratado por Cornelio Balbo y regresamos a Siria la semana que viene. ¿Para qué quiero una casa aquí? No soporto esta ciudad por más de quince días. — Hice cálculos mentales. Mil denarios eran mucho dinero, suficiente para costear la mayor parte del viaje a Atenas. Era probable, además, que mi visitante estuviera dispuesto a pujar por encima de esta cantidad.
    —¿Seguro que solamente haces bailar a tus esclavas?
    —Naturalmente. Si hacen algo más es por su cuenta —su bolsa tintineaba tentadoramente ante mi vista. Iba a alargar la mano hacia ella, pero algo me contuvo. Pese a nuestra afinidad de expatriados no me resultaba simpático aquel barbudo.
    —Debo pensármelo —dije—. Tengo otras ofertas por Baiasca.
    —Como quieras. Si te decides manda aviso a casa de Balbo. Estoy alojado allí —respondió, iniciando la retirada. Había dado ya unos pasos cuando se volvió y agregó:— Puedo llegar a dos mil denarios.

    Le vi alejarse, mientras me preguntaba por qué había dejado escapar semejante ocasión. Me dije que el sirio seguiría una semana en Roma y que en ese tiempo podría comprobar la evolución de mi nuevo negocio. En una sola mañana había producido cien denarios, susceptibles de convertirse en cuatrocientos unas horas después, e intuía que vender a la cémpsica era empezar a liquidarlo. En el fondo, aunque no acabase de explicarme el motivo, me disgustaba imaginar a Baiasca transformada en bailarina siria.

    Me encaminé a la cocina, donde la esclava habría preparado la mesa y me aguardaba con el semblante muy serio.

    —Ese hombre quiere comprarte —informé—. Adivina cuánto ofrece por ti.
    —Prefiero no saberlo.
    —Dos mil denarios. Y estoy seguro de poder sacarle tres mil —no varió el gesto, pero su brillo ocular osciló negativamente.
    —Es mucho dinero —admitió.
    —Al fin y al cabo, solamente piensa dedicarte a las danzas orientales. Puede ser una buena salida para ti. Muchas bailarinas se casan ventajosamente. ¿Qué opinas?
    —Tú debes decidir —contestó mirando al suelo. Su pie izquierdo, suspendido en el aire, se movía a gran velocidad.
    —Por el momento no tengo prisa en venderte —le tranquilicé—. Dejemos pasar unos días y comprobemos cómo evoluciona este negocio —las pupilas de la esclava recobraron parte de su brillo habitual.
    —Verás como irá bien.
    —Pero antes aclaremos una cuestión. Tú no estás jugando limpio.
    —¿Yo? — se admiró Baiasca.
    —Intentabas despistar al sirio. Y cuando ayer hablamos de tu venta me ocultaste que conocías a un posible comprador.
    —No me gustan los sirios —se defendió Baiasca. Eché un vistazo al contenido de la mesa y resolví que tiempo habría de más explicaciones.
    —Ya hablaremos de eso con calma —anuncié, abalanzándome sobre el lechón asado.

    Asolé minuciosamente todos y cada uno de los platos, con la modesta colaboración de Baiasca. Entre bocado y bocado le expliqué los pormenores de mi conversación con Siderobros. Los escuchó con interés, pero sin mostrarse demasiado comunicativa, como si siguiera pensando en el oriental y en su conjunto de baile. Estábamos terminando cuando Publio Antonio irrumpió en la casa y con su vozarrón jupiterino manifestó su intención de invitarme al anfiteatro. Llevaba bajo el brazo una pequeña garrafa de vidrio verdoso.

    —Casualmente pensaba asistir —señalé—. ¿Qué tal el juicio?
    —Muy bien, gracias. Aunque apenas pude pasar del exordio. Estaba ilustrando al tribunal sobre lo que hizo el padre de Luciano con el trigo de la flota de Pompeyo cuando levantaron la sesión hasta mañana. Los días de anfiteatro todo el mundo tiene prisa por comer pronto.
    —¿Y el parricida?
    —¿Qué parricida? ¡Ah, sí! Finalmente resultó que defendía a una adúltera. Creo que por allí andaba. Bien, y ahora —continuó Antonio, blandiendo la garrafa— debo realizar un acto solemne. En calidad de albacea y tú como heredero testamentario, te hago entrega de las cenizas de tu tío —así el recipiente y contemplé con cierta emoción el montoncito terroso que contenía.
    —¿Qué he de hacer con ellas?
    —Si tienes un par de talentos que gastar, comprar una buena sepultura al borde de la vía Apia y depositarlas bajo una lápida de mármol labrado.
    —¿Y si no los tengo?
    —Alquilar un nicho de segunda mano en los columbarios de cualquier catacumba. Al fin y al cabo tu tío no se va a enterar.
    —Las llevaré conmigo a la Hélade y las enterraré en Tebas, al pie de un olivo beocio —anuncié—. Creo que hubiera sido la voluntad de mi tío —ofrecí los restos a Baiasca y ante su evidente gesto de aprensión opté por colocarlos yo mismo en una esquina de la despensa—. ¿Es cierta esa historia de la serpiente venenosa? — interrogué a la cémpsica—. Me parece un final un tanto increíble en la capital del mundo civilizado. — Antonio fue quien respondió:
    —Yo mismo estaba presente. Fue espantoso.
    —¿Qué pasó exactamente?
    —Alcímenes había resuelto victoriosamente el caso de los pendientes de oro, que alguien había robado de su tocador a la mujer de Junio Silano mientras dormía con la puerta cerrada. La esclava que limpiaba las joyas los había sustituido por otros de hierro magnético, pintados de dorado, y después hizo desaparecer éstos durante el sueño de su ama, para que nadie sospechase de ella, frotándolos con queso e introduciendo en la alcoba un ratón con un imán sujeto al hocico. Tu tío reconstruyó la acción a partir de un pequeño eccema en las orejas de la patricia, que era alérgica al hierro.
    —¿Qué tiene eso que ver con la serpiente?
    —Silano quedó tan agradecido a tu tío que le nombró invitado de honor en una cena que daba a un príncipe de Bactria, de visita en Roma. En medio del banquete un criado trajo un regalo, entregado por un desconocido que quería sumarse al homenaje a Alcímenes. Era una daga con una empuñadura primorosa y la hoja guardada en un estuche de madera.
    —¿Quién la remitía?
    —Nunca lo supimos. Tu tío agradeció el detalle y desenvainó el arma para que todos la vieran. Entonces comprobó que la empuñadura terminaba en un pedazo de plomo, para simular el peso de la hoja, y que la funda estaba hueca, con un pergamino plegado en su interior.
    —¿Y qué más?
    —Tu tío metió los dedos para desdoblarlo y al instante retiró la mano, con dos señales rojas en su palma. Y en aquel momento, ante el pavor general, vimos salir del estuche una serpiente, que estiraba lentamente los anillos sobre la mesa. Todos los invitados se pusieron a gritar, muchos saltaron de sus tumbonas y seis de ellos, cinco patricias y un senador, cayeron desmayados. El único inmutable fue tu tío. Levantó su copa, aplastó con ella la cabeza del reptil y a continuación dijo con voz serena: «Lamento informar que se trata de una víbora de las pirámides, de edad adulta. Su picadura mata, sin remedio posible, entre las tres horas y las tres y media». Después tomó el pergamino y leyó la dedicatoria: «Para Alcímenes, del único asesino capaz de igualar su ingenio». Tras lo cual solicitó una cama cómoda, requirió un tabelión, hizo testamento designándote heredero y perdió el conocimiento, con la sonrisa en los labios y la jarra de malvasía en la mano. Todavía alentaba, aunque muy débilmente, cuando según sus últimas instrucciones le trajimos a esta casa y lo dejamos con Baiasca y su médico de confianza. Éste salió a los pocos minutos anunciando su muerte, exactamente a las tres horas y cuarto de la picadura. Se llevó dos secretos a la tumba —reanudé con dificultad la respiración, suspendida durante aquel parlamento.
    —¿Qué secretos?
    —Uno, la identidad de su asesino. Solamente él, en buen estado de salud, lo habría podido descubrir. El segundo, dónde había escondido el dinero que Silano acababa de pagarle. Traté de que me lo dijera, para hacértelos llegar, pero no hubo modo. Seguramente temía que cayeran en manos de Tóculo. Su incineración constituyó una auténtica manifestación popular. Claro está que era difícil saber quiénes predominaban, si los beneficiarios de sus investigaciones, sus acreedores o todos los criminales de Roma, que querían asegurarse de que desaparecía de una vez por todas —pese a mi vivo interés por la narración, ya hacía rato que la llamada del deber repicaba en mi interior.
    —Por motivos profesionales debo estar en el anfiteatro bastante antes de que empiece el festival —comuniqué—. Claro que después de lo que he escuchado debería plantearme si acudo o si regreso a Atenas aunque sea a nado.
    —Una buena pelea entre bestiarios y panteras es lo que un médico te recomendaría para distraerte.
    —¿Habrá panteras? — pregunté, algo impresionado.
    —Auténticas de Abisinia; y además actuarán Alyx el númida, tu amigo Siderobros… Las emociones fuertes y la sangre están garantizadas —aseveró Antonio, revelando su faceta de romano hematófago—. Para llegar de los primeros un peatón debería haber salido hace ya tiempo. Con mi biga estaremos en la entrada antes que los porteros.
    —¿Vienes, Baiasca? — planteé.
    —Las esclavas no van a los festivales.
    —Se trata de una visita profesional.
    —No me gusta el anfiteatro —me encogí de hombros y, tomando el último puñado de pasas, acompañé a Antonio hacia su carro.

    Para un aficionado a las curiosidades arquitectónicas un recorrido desde el Janículo hasta el Foro, cruzando el Tíber por el puente Emilio, hubiese ofrecido las mejores panorámicas de la ciudad. Pero hasta el más apasionado, subido a la biga de Antonio, hubiese hecho lo que yo: abrazarse al conductor, cerrar los ojos y encomendarse a todos los dioses de su patria y a alguno de las naciones vecinas. Por fortuna Palas Atenea, o quien hiciera sus veces, veló por su criatura del Ática y, tras rozar en su loca carrera varios palanquines, diez o doce carretas de vendedores y unos cuantos niños desamparados por sus madres, el tiro de caballos apulianos se detuvo sin ningún percance en la explanada del Foro.

    Los más ávidos hematófagos de la Urbe afluían ya hacia el anfiteatro, una fea construcción de madera levantada a semejanza de dos teatros griegos enfrentados y unidos por los laterales.

    Mientras Antonio entregaba su biga a un vigilante, con las peores amenazas para el caso de que sufriese un rasguño, dije al portero que Siderobros me esperaba y el hombre hizo un gesto de asentimiento.

    —Por aquí —me indicó.
    —Estaré en el palco quince —me informó Antonio—. Para un día que llego temprano quiero coger un buen asiento.

    Acompañé al portero por un pasillo abovedado, interrumpido por una verja. Al otro lado aguardaba Siderobros.

    —Vamos allá —me invitó. Acarreaba una red en cuyo interior resonaban varios objetos metálicos y apretaba un odre bajo el otro brazo.
    —¿La poción? — indagué.
    —Recién sacada de la última tinaja que me vendió Proelia, cuyo sello acabo de romper. Y esta vez no dejaré que nadie se acerque a ella.
    —¿Para qué son esos baldes de serrín? — pregunté, mientras atravesábamos un ensanche del pasadizo.
    —Esto es el espolario. Aquí depositan a los gladiadores muertos. Tras esa puerta están los combatientes esclavos y tras aquélla las panteras —un escalofriante rugido subrayó estas palabras—. Y éste es el vestuario de los hombres libres —indicó, abriendo su puerta. Un coloso, apenas inferior a Siderobros en talla y perímetro torácico, conversaba con un par de patricios— Alyx el númida —presentó mi acompañante en voz baja, mientras palmoteaba su espalda. Uno de los patricios dijo:
    —Va medio talento por ti, Siderobros. Machaca a esos salvajes.

    En un rincón del vestuario dos negros de cabeza rapada, envueltos en túnicas parduzcas, ejercitaban en silencio las largas tiras de músculo de sus brazos. Al oír al patricio sonrieron siniestramente. Uno de ellos, con la barbilla apoyada en el mango de su tridente, me recorrió atentamente con la vista, como si creyera que yo era la pareja de Siderobros y disfrutara por anticipado con la visión de mis vísceras esparcidas. No pude evitar sacar el pecho, más bien halagado por su error, aunque a la vez me sintiera muy feliz de no ser yo quien estuviese al alcance de sus púas. Siderobros se dio cuenta.

    —La mirada de los negros suele impresionar a los novatos —comentó—. Pero he luchado con muchos de su raza y siempre he comprobado que tienen la sangre tan roja como los blancos —mi cliente se había ajustado las grebas sobre sus zapatones y ceñía cuidadosamente el protector metálico de su brazo derecho—. Ese maldito nubio coge el tridente con la derecha —susurró—, pero no me engaña. Tiene movimientos de zurdo.
    —¿Eso es malo?
    —Plantea algún problema suplementario. Bien, que pruebe la punta de mi lanza y trate de resurgir del seno de la tierra —agregó en griego.
    —Había creído que en el anfiteatro olvidabas las citas clásicas.
    —La cultura es una buena compañera en estos momentos. Tanto como estos pertrechos. Mi casco… —lo palpó en todas sus junturas— mi escudo —repitió la operación y tiró con fuerza de las abrazaderas—, mi espada. Toca este filo. Todo a punto —admiré el león rampante cincelado en la reducida superficie de la rodela. El gigante destapó el odre y me lo tendió—. Bebe.
    —¿Yo?
    —¿No estás aquí para protegerme? Pesas la mitad que yo, de modo que si contiene alguna droga te hará efecto mucho antes —tras una leve vacilación decidí que aquel servicio estaba incluido en los cuatrocientos denarios y tomé un sorbo. Tenía un sabor dulzón, sin rastro aparente de narcótico. Siderobros abocó el recipiente hacia sus fauces y dejó correr el líquido a caño libre—. Ahí viene Glauco —anunció—. Todavía es esclavo, pero al formar pareja conmigo le permiten utilizar este vestuario. Voy a darle algunas instrucciones.

    Se trataba de un mozarrón casi imberbe, con un novísimo equipo de mirmillón. Avanzó mirando nerviosamente en todas las direcciones y palideció al cruzar su vista con la de los nubios. Siderobros le saludó a su estilo, golpeando con rudeza sus vértebras dorsales, y refugiándose en un rincón de la nube de curiosos que había llenado el vestuario inició los consejos técnicos. Un litocéfalo de cejas espesas se aproximó al coloso y le exhibió una espada de color oscuro con varias joyas incrustadas.

    —Tu espada de madera —anunció—. Te la entregaré solemnemente cuando termines el combate.
    —Es una vieja costumbre —explicó Siderobros cuando el hombre se alejó—. Al gladiador que se retira le regalan una espada de madera. La colgaré sobre la chimenea en mi casa de Anzio. No la mires así, Glauco. El árbol del que cortarán la tuya es todavía un retoño. Como ves —dijo guiñándome un ojo—, también sé hacer citas de propia cosecha —mientras hablaba sonaron unas palmadas en el pasillo—. Va a empezar el desfile —me indicó—. Súbete al palco si quieres. A partir de ahora lo que suceda depende de mí.
    —No te he sido de gran ayuda.
    —Todo lo contrario. He estado mucho más tranquilo sabiendo que vigilabas —y, en un súbito arrebato, terminó en griego—: Pensadlo bien, dioses, la hora decisiva ha sonado. ¿Debe Héctor escapar una vez más a la muerte o debe caer pese a toda su bravura? — tras lo cual se alejó hacia la arena.

    Le seguí con la vista hasta que el rugido del público, que ya abarrotaba las gradas, probó que miles de ojos protegían a mi cliente de manejos ocultos. Entonces, juzgando cumplida mi misión, me encaminé hacia el palco quince en busca de Antonio.

    Éste me había reservado un hueco y, a semejanza de Leónidas en el paso de las Termópilas, lo defendía heroicamente contra los asaltos de los litocéfalos circundantes. La atención general estaba concentrada en dos combatientes, ocultos bajo sus armaduras pesadas, que acababan de chocar ceremoniosamente sus espadas e iniciaban la pelea.

    —Hoplomacos —definió Antonio—. El combate inaugural suele reservarse para los novatos, lo bastante protegidos como para que duren un poco. ¡Cien denarios al del penacho azul! — voceó a un corredor de apuestas que transitaba por las inmediaciones. Éste asintió y recogió el dinero—. ¿No juegas, Diomedes?
    —Si me equivoco de hoplomaco me quedaré sin cenar.
    —¿Ves ese sujeto bajito y rollizo, tres filas más abajo? Es Tóculo, el usurero que despojó a tu tío. Podías aprovechar la ocasión y escupirle en la calva. Entre tanta gente no sabría quién ha sido —el aludido, como respondiendo a la llamada, se volvió hacia nosotros y al reconocer a Antonio le dirigió una meliflua sonrisa.

    Los hoplomacos intercambiaban golpes con más contundencia que precisión. El público silbaba.

    —¿No les gusta? — pregunté.
    —Están espantando moscas —definió Antonio, sumándose a la repulsa general—. Este tipo de peleas debía limitarse a los anfiteatros de provincias.

    El del penacho azul atinó finalmente una serie de impactos que dieron con su rival en tierra. Apretó la espada contra su pecho y elevó la vista hacia la presidencia. Miles de pulgares extendidos apuntaron al suelo.

    —Ha sido un mal aperitivo —explicó Antonio, mientras el presidente, tras un leve titubeo que aumentó el abucheo, bajaba su dedo y el vencedor hincaba el arma en el caído—, pero al menos he ganado cien denarios. Con un poco de vista se pueden hacer grandes negocios en el anfiteatro —la plebe pareció apaciguarse con el último estertor del moribundo, inmediatamente arrastrado por los servidores. El reguero de sangre que dejó a su paso me hizo removerme en el asiento, algo incómodo—. Ahora vienen los esedarios y entre ellos Alyx el númida. Vas a empezar a ver algo bueno.

    Los corredores de apuestas clamaban por los pasillos ofreciendo, sin resultados apreciables, posturas contra el númida. En la arena se abrieron dos puertas enfrentadas y por cada una apareció un carro de combate galo, guiado por un gladiador con dos jabalinas. Entre los aplausos del público recorrieron el perímetro de la palestra, hasta que a la señal del presidente rectificaron su trayectoria, se lanzaron uno contra otro y se cruzaron tan cerca que saltaron astillas de las ruedas. El adversario de Alyx arrojó su venablo, que el númida esquivó con una torsión de tronco. La operación se repitió en el sentido inverso del movimiento.

    —¿Por qué no dispara Alyx? — pregunté.
    —Ha dejado que el rival agote sus oportunidades. Ahora tirará sobre seguro.

    En efecto, la desesperada fuga del auriga desarmado culminó cuando el númida, echando atrás su brazo derecho, tomó tranquilamente puntería y lanzó su jabalina con tal potencia que su enemigo, con el pecho atravesado, se desplomó sobre la arena. El gentío irrumpió en una ensordecedora ovación, mantenida mientras el vencedor completaba otras tres vueltas a la palestra.

    —Alyx es formidable —aprobó Antonio—. ¿Qué te está pareciendo?
    —¿No sería igual de emocionante con jabalinas despuntadas? — planteé, mientras el derrotado añadía un nuevo surco rojo al suelo amarillento. Antonio me dirigió una mirada de estupefacción, como si le asombrase que un amigo suyo pudiera decir tales tonterías.

    Durante estos preliminares Siderobros había permanecido al borde de la arena, contemplando las evoluciones de los actuantes. Un clamor general anunció que había llegado su turno. El gigante avanzó entre su compañero y los dos nubios, se detuvo frente a la presidencia, elevó su espada en señal de saludo y se ciñó el casco.

    —Traía dos mil denarios para apostar por Siderobros —proclamó Antonio—. Lástima que no hallaré un solo loco que quiera arriesgarse en contra.
    —Quizá te equivoques —respondió una voz, con fuerte acento siciliano, desde la fila de atrás. Correspondía a un hombre mal afeitado, de cejas pobladas—. Dos mil por los nubios —indicó al corredor. Antonio asintió y entregó a éste las monedas haciéndome un gesto expresivo acerca de la cordura de su interlocutor.
    —No sabe lo que hace —comentó—. Siderobros se los va a merendar como dos higos negros. Bien, el otro día vi un curioso modelo de biga, traído de Persia. Creo que con los dos mil denarios tendré para el primer pago.

    Los nubios se despojaron de las túnicas y descubrieron su sólida musculatura, empequeñecida en aquellos momentos por el contraste con la de Siderobros. Una enorme cicatriz, vestigio de algún antiguo combate, surcaba el pecho de uno de ellos; una línea blanca diagonal, atravesada por dos cortos segmentos y culminada en un ensanche. Sentí un nudo en la garganta. Cualquier observador hubiera identificado el dibujo de un lagarto.

    Pese a la distancia pude observar cómo Siderobros palidecía. Dio un paso atrás y de pronto, con la expresión desencajada, dirigió unas palabras a su compañero y los dos mirmillones intercambiaron sus escudos. A pesar de mi escasa fe en el brasero de Ishtar creo que yo habría hecho lo mismo.

    El presidente dio la señal y los combatientes se emparejaron dos a dos. El hombre—lagarto, que empuñaba el tridente con la zurda, chocó su arma con Siderobros, sin que pudiera determinarse de quién había sido la iniciativa. Pensé que mi cliente quería eliminarlo antes de que, tras matar conforme a la profecía al portador del león, se uniese al segundo nubio contra él.

    Pronto se hizo evidente la disparidad de ambos enfrentamientos. Mientras el otro negro acorralaba a Glauco con arteras fintas de su red, Siderobros inició un demoledor ataque contra su rival, al que arrinconó ante nuestro mismo palco. El nubio intentó mejorar su posición con un forcejeo cuerpo a cuerpo, pero un golpe seco del escudo de Siderobros lo derribó sobre la arena, entre los vítores del público.

    —En un buen mirmillón el brazo izquierdo es tan peligroso como el derecho —empezó a explicar Antonio—. Fíjate como ahora…

    Enmudeció en este punto, como todos los espectadores del anfiteatro. Siderobros había levantado su espada para el golpe decisivo y el nubio trataba desesperadamente de protegerse con su tridente. Y en ese momento el escudo del mirmillón se desprendió de su antebrazo y rodó hasta caer boca abajo en la arena. Mi cliente lo siguió con la vista y paralizó su movimiento, como petrificado por la sorpresa. Cuando quiso reaccionar ya el tridente del reciario, impulsado con todas las fuerzas, se había incrustado en su pecho. El gigante dio varios pasos tambaleantes, con los dedos engarriados sobre su herida, y se desplomó entre una nube de polvo.

    El hombre—lagarto saltó por encima del cuerpo del rival y acudió en ayuda de su compañero, que a juzgar por el cerco a que tenía sometido a Glauco bien poco la necesitaba. Entre los dos envolvieron al joven en sus redes, y tirando en sentido opuesto, dieron con él en tierra y le apuntaron con sus tridentes. Esta vez los pulgares se levantaron unánimemente. La muerte de Siderobros parecía haber impresionado tanto al público que ni los peores hematófagos querían más sangre en aquel lance. Antonio se tiraba de los pelos.

    —¿Cómo es posible una suerte tan negra? — se lamentaba—. ¡Una rodela en malas condiciones! ¡Y ese grandullón que se la queda mirando, en vez de rematar el golpe!

    Un rugido de desaprobación atronó los aires. El presidente, desoyendo la petición de clemencia, había bajado el pulgar y fue el hombre—lagarto, con una sonrisa inhumana, quien hincó las púas en el pecho de Glauco. Un silencio absoluto acompañó el recorrido de Siderobros y su compañero camino del espolario. Me incorporé de mi asiento.

    —¿Dónde vas? — se sorprendió Antonio—. Yo soy quien debía ir a arrojarse a las panteras. ¡Dos mil denarios!
    —Después te lo explicaré.

    Pisoteando túnicas, odres de vino y calvas de litocéfalos llegué a la salida y corrí por el pasillo abovedado. Cerca de la reja deambulaba el portero de antes.

    —¿Has visto lo de Siderobros? — me interceptó—. ¡Es increíble!
    —Abre la puerta, rápido.

    Seguí corriendo hasta el espolario. Siderobros había sido depositado en uno de los escalones cubierto de serrín, junto a Glauco y sus dos desgraciados antecesores. Sobre su pecho, perforado por tres cavernas ensangrentadas, reposaban su espada y el escudo.

    Así la rodela y le di la vuelta. La abrazadera se había desprendido, pero no fue aquel detalle el que me impresionó. En el cuero del envés se dibujaba en pintura negra un león rampante, idéntico al cincelado en el escudo propio de mi cliente. Un manotazo en el hombro, que a punto estuvo de lanzarme sobre el hoplomaco, cortó mi gesto de sorpresa.

    —Dame eso —mandó el agresor, tras un tartamudeo inicial, arrancando la rodela de mis manos—. ¿Qué haces tú aquí? — reconocí la hercúlea silueta de Alyx el númida.
    —Era amigo de Siderobros —empecé a explicar. Mi interlocutor cerró y abrió los ojos tres veces seguidas, como si la indignación le impidiera fijar la vista en mí, antes de proclamar:
    —Éste es un lugar sagrado para los gladiadores y no queremos curiosos. ¡Lárgate o te rompo los huesos!

    Un orgulloso ateniense, cuyos antepasados lucharon en Maratón, no suele acatar órdenes proferidas en semejante tono. Claro que la regla admite excepciones y una de ellas tiene lugar cuando la amenaza proviene de una montaña de músculos, con todas sus arterias en tensión, que acaba de ensartar a un hombre como si fuera un cabritillo a la brasa. Miré al coloso con expresión lo bastante despreciativa como para que la dignidad ática quedase a salvo y, aplazando la investigación para mejor momento, abandoné el espolario. En la sala contigua rugían las panteras, tratando inútilmente de hacerse entender entre los rugidos del público.

    Antonio condujo sus caballos durante el trayecto de vuelta a un trote cansino, en un silencio tan inhabitual en él que no supe si atribuirlo al dolor por la muerte del favorito popular o a la pérdida de sus dos mil denarios. Mientras los apulianos se encaminaban a su pesebre relaté lo sucedido a Baiasca, que nos aguardaba sentada en el poyo de la plaza. Pareció muy impresionada.

    —Para ser mi primer cliente no puede decirse que me haya durado mucho —lamenté.
    —Tú no has tenido ninguna culpa —me consoló la esclava.
    —He dejado de ganar trescientos denarios, pero no es eso lo que me afecta. Había cogido cierta estima a Siderobros. ¿Crees en hechicerías y encantamientos? — Baiasca hizo un ademán indeciso.
    —En mi país abundan las brujas. Pero nunca he visto un conjuro capaz de pintar un león en el envés de un escudo.
    —El león pintado fue la causa de la muerte de Siderobros —asentí—. Un veterano como él habría sabido reaccionar al quedarse sin rodela, en especial cuando ya tenía acogotado a su rival. Fue al ver el dibujo cuando se paralizó, como si pensara que la profecía le alcanzaría hiciese lo que hiciese. Bien, murió siendo mi cliente y creo que, aunque no completase el pago de mis honorarios, tengo el deber moral de investigar su muerte.
    —Alcímenes habría hecho lo mismo —aprobó la cémpsica.
    —Empiezo a presentir que entre mi tío y yo hay unas cuantas diferencias. Llevo todo el camino de vuelta cavilando y no tengo una sola idea sobre lo que puede haber sucedido.
    —Tu tío no se limitaba a meditar.
    —¿Qué más hacía?
    —Muchas cosas. Reconstruía la acción, interrogaba a los sospechosos; a veces se disfrazaba y se introducía en el ambiente de la víctima —proclamó con orgullo la esclava—. Tenía mucha facilidad para los disfraces y para adoptar acentos extranjeros —moví la cabeza negativamente.
    —Podría hacerme pasar por gladiador y morir muy realistamente en el próximo festival del anfiteatro, pero no tengo la menor intención. Interrogar sospechosos sí está a mi alcance. ¿Quién es sospechoso? — Baiasca reflexionó la respuesta.
    —Creo que Alcímenes investigaría a Alyx el númida. Y también iría a hablar con la bruja de Ishtar.
    —Me parece una gran idea. ¿Qué es lo primero que haría?
    —Atender a su nuevo cliente.
    —¿Qué cliente?
    —Espera en tu despacho. Es una patricia romana.

    Ocupé mi asiento frente a la visitante, con la satisfactoria impresión de que la calidad de mi clientela mejoraba por momentos. Se trataba de una joven rubia, apenas una adolescente, que asomaba sus mejillas sonrosadas bajo unas gasas de luto. Le indiqué cortésmente que empezara.

    —Me llamo Domitila —dijo—, aunque en la familia me conocen como Mitis. Soy hija de Elio Manlio Helvético, que ganó una palma en las Galias.
    —Me suena —afirmé con la vaguedad habitual.
    —Murió anteanoche.
    —Lo lamento.
    —Le encontramos apuñalado en su dormitorio —comunicó Mitis, con un hilo de voz.
    —Eso es terrible.
    —Cumplía cuarenta años y daba una fiesta a sus amigos. En plena representación de los actores que había contratado se sintió indispuesto y subió a su aposento para tomarse el tónico.
    —¿Qué tónico?
    —Padecía del corazón y siempre tenía preparado un tónico para prevenir los ataques. De pronto escuchamos un grito espantoso. Corrimos escaleras arriba y lo hallamos en el suelo de su habitación, con un puñal clavado en el pecho —los ojos de la joven se humedecieron—. Fue horroroso.
    —Ya lo imagino. ¿Hay algún sospechoso?
    —Sí —afirmó la patricia—. Némesis.
    —Empezaré por interrogarla. ¿Dónde vive?
    —En el Olimpo —pensé que aludía a algún barrio de Roma.
    —¿Dónde queda eso?
    —Me refiero al monte Olimpo. Es la diosa de la venganza.

    Esta declaración motivó la pausa de sorpresa que cabe imaginar.

    —Creo —aseguré— que este asunto merece una explicación mucho más detallada —ella bajó los ojos hacía la mesa y continuó:
    —El mismo día de su cumpleaños mi padre recibió un regalo de un antiguo amigo suyo, que ahora vive en Éfeso; una estatua de Venus con una leyenda en su pedestal que decía: «Que la paz y la ventura reinen siempre en esta casa». Mi padre la colocó en su dormitorio y antes de empezar la fiesta la mostró a los invitados. Cuando por la noche, tras oír el grito, regresamos a su habitación estaba llena de sangre, que manchaba el suelo, las paredes, las ropas de la cama… Venus había desaparecido y en su lugar se hallaba una horrible representación de la diosa Némesis, con gesto amenazador y la cara contorsionada en una mueca de ira. Y en el pedestal se leía: «La venganza de Noviodunum te ha alcanzado».
    —¿Cuánto tiempo pasó entre que tu padre salió hacia el dormitorio y escuchasteis su grito?
    —Muy poco. El justo para que subiera las escaleras, abriese la puerta y se sirviera el tónico. La copa estaba derramada en el suelo cuando entramos.
    —¿Hubo ocasión de que alguien entrara o saliera en ese intervalo?
    —La puerta estaba cerrada por dentro.
    —¿No hay ventana?
    —Da a la puerta principal del jardín. Cuando los porteros oyeron el alarido miraron inmediatamente hacia la fachada y no vieron salir a nadie —hasta el momento la historia me parecía bastante impresionante.
    —¿Qué es Noviodunum? — me interesé.
    —Una ciudad de la Galia transalpina.
    —¿Y qué venganza podía recibir tu padre desde ella? — Mitis se ruborizó.
    —A un exquiriente no se le debe ocultar nada, ¿verdad?
    —Sería funesto para la investigación.
    —Me va a dar mucha vergüenza contártelo.
    —Haz un esfuerzo.
    —Mi padre fue un héroe de la guerra contra los helvecios. Mandaba una cohorte que cayó en una emboscada, muy cerca de Noviodunum, y fue rodeada por cinco mil bárbaros. Sus tropas resistieron heroicamente y sucumbieron hasta el último legionario. Mi padre fue el único que se salvó, cubierto de heridas, después de atravesar las líneas enemigas en una carga desesperada. El senado le concedió la palma y el apellido de Helvético.
    —Una gesta muy loable —aplaudí. La patricia enrojeció aún más.
    —Todo fue una patraña —reveló en tono apenas audible—. La realidad es que mi padre fue un traidor y un cobarde, que vendió a sus compañeros de armas a cambio de salvar la vida —mi visitante se tapó la cara con las manos, hizo una breve pausa y continuó—: Hace un par de años, tras los primeros ataques al corazón, tuvo una crisis de conciencia. Un día nos reunió a su esposa y a sus hijos y nos confesó la verdad. Los helvecios habían ofrecido una rendición honrosa, pero sus subordinados se negaron a aceptarla. Entonces salió a parlamentar y mientras en apariencia les transmitía la negativa en realidad proponía desguarnecer un ala de la fortificación para que los enemigos entrasen por ella. Hicieron una carnicería y después de decapitar al último de sus hombres le causaron varias heridas superficiales, para que de vuelta a las líneas romanas pudiera simular haber escapado tras feroz combate. Mi padre estaba lleno de remordimientos y soñaba todas las noches con las cabezas de romanos que los bárbaros apilaban mientras él huía a caballo. Dime, ¿fue Némesis quien le mató?
    —¿Sigue estando la diosa en su sitio?
    —No hemos tocado nada.
    —Deberé empezar por ver la casa, la habitación y la estatua de Némesis.
    —Vivimos en la vía Nomentana, junto al templo de Quirino. Por favor, no digas a mi hermano que sabes lo de Noviodunum. Me mataría por descubrir los secretos de la familia. Fue el más afectado por las revelaciones de mi padre.
    —Pasaré mañana sin falta —dudé durante unos instantes si debía plantear tan indelicado tema, hasta resolver que, a fin de cuentas, era un profesional—. Suelo cobrar parte de los honorarios por adelantado.
    —Tendré que hablar con mi hermano. Ha pasado a ser el cabeza de familia. ¿Cuál es la tarifa? — volví a meditar la respuesta. Era el momento de echar el resto.
    —Para estatuas asesinas, mil denarios —aventuré. La romana sonrió y dijo:
    —Para esas cantidades no necesito hablar con nadie. Mañana te daré quinientos. No tardes, por favor. Todos estamos muy afectados por lo sucedido.

    Acompañé a la patricia hasta la puerta y regresé en busca de la esclava, sin hallarla en toda la casa.

    —¿Baiasca? — llamé.
    —Estoy aquí —la cabeza de la cémpsica surgió del falso fondo de la despensa—. He bajado a por velas para la cena —explicó—. Es un subterráneo que hizo construir Alcímenes, para ocultarse si venía un visitante con malas intenciones.
    —¿Son frecuentes?
    —En vuestro oficio suele haber alguien a quien molestan las investigaciones.
    —¿El criminal?
    —Algunas veces —respondió evasivamente la esclava.

    En el subterráneo había una barrica de vino beocio, sustraída por mi tío a la rapacidad de Tóculo. Llené una jarra e iniciamos la cena a la luz de un cirio, mientras ilustraba a la cémpsica sobre los pormenores de la visita de Mitis. La culpabilidad de la diosa Némesis no le pareció demasiado evidente.

    —En muchos casos de tu tío el principal sospechoso era un dios olímpico —comentó.
    —¿Y alguna vez fue culpable?
    —Casi nunca.

    Pese a rehusar el vino beocio Baiasca se mostraba algo más locuaz que en anteriores ocasiones, lo que aproveché para hacer nuevas indagaciones sobre su pasado.

    —¿Cómo te apresaron los esclavistas? — me interesé.
    —Una cohorte romana atacó mi poblado por sorpresa y se llevó a todos los jóvenes.
    —¿Estabais en guerra?
    —En mi tierra cada tribu pasa el tiempo luchando con las vecinas. A veces nos aburrimos y bajamos al llano. Entonces las guarniciones romanas se enfadan y suben a hacer un escarmiento.
    —¿Quién pudo asesinar a mi tío? — planteé, desviando el hilo de la conversación—. Tú, que seguías de cerca sus investigaciones, debes de tener algún sospechoso en mente, seleccionado entre los criminales más astutos y sanguinarios que desenmascaró. — Baiasca esbozó una sonrisa un tanto huidiza.
    —Unos cuantos —respondió.
    —Tal vez sea una pretensión insensata, pero antes de volver a Atenas me gustaría capturarlo. Sería mi homenaje a la memoria de Alcímenes —la cémpsica reincidió en su sonrisa dilatoria. Era obvio que la muerte de mi tío no constituía uno de sus temas favoritos.
    —Seguro que podrás hacerlo —me animó.
    —¡Tu jergón! — recordé con la última pasa—. Me he olvidado de comprarlo.
    —No importa. Hace muy buena noche para dormir en el patio. Además ya has tenido muchos gastos por mi causa.
    —También el negocio va produciendo algunos ingresos.
    —Verás como aumentan. Buenas noches.
    —Hasta mañana —contesté, mientras la esclava cerraba suavemente la puerta del patio.

    La mente de un exquiriente, sometida a todo tipo de tensiones durante su jornada laboral, necesita como la de pocas personas las horas del reposo nocturno, en las que el pensamiento, libre de lastres terrenales, se remonta a las placenteras regiones del sueño. Pronto pude comprobar, sin embargo, que no es tan sencillo conseguirlo si en cada peldaño de la ascensión acecha un lagarto gigante, blandiendo las ensangrentadas púas de su tridente, o la imagen torva de la diosa de la venganza saltando de su pedestal.

    Entre las nubes de mi agitada somnolencia se dibujó la rechoncha figura del sirio, en su intentona de comprar a Baiasca por un precio que, vista la evolución de mi negocio, hubiese resultado de saldo. Le expulsé de mi pensamiento, con un gesto de ignominiosa despedida, y traté de determinar por cuántos denarios estaría realmente dispuesto a desprenderme de la esclava. Había rechazado una hipotética oferta de siete mil quinientos y empezaba a plantearme la de ocho mil cuando el dios Morfeo, compadecido del esfuerzo, extendió sobre mis cavilaciones su manto restaurador.


    Tercer día


    Los graves deberes de mi oficio obraron tal influjo que, contra mi tendencia innata, apenas si hacía dos horas de la salida del sol y ya me hallaba refrescándome en el aljibe, a punto para la vida activa. Baiasca estaba en el exterior, apoyada en la puerta de la calle con las manos a la espalda, en plena charla con su amigo el mendigo pelirrojo. Interrumpí su conversación y le indiqué que se dispusiera a acompañarme.

    —Tu voz me recuerda la de tu tío Alcímenes —medió el ciego—. Debíais de pareceros mucho.
    —Toma para un trago y discúlpanos —le corté, depositando un sextercio en su mano—. Tenemos trabajo —el hombre palpó la moneda y refunfuñó en dialecto tracio mientras se alejaba:
    —Quizá no os parezcáis tanto.
    —Vamos al anfiteatro a hablar con Alyx el númida —informé a la esclava—. Según Antonio a estas horas debe de estar entrenando. Después pasaremos por la casa de Elio Manlio, en la vía Nomentana —me asaltó un inquietante pensamiento—. ¿Y si mientras estamos fuera viene otro cliente?
    —Ya volverá. No hay otro exquiriente en la ciudad.
    —Escribe en la puerta que regresaremos pronto. Si el negocio va bien deberemos comprar un portero. — Baiasca cumplió mi orden con media sonrisa, como si pensara para sus adentros que en un solo día había pasado de vendedor a comprador de esclavos. Echamos a andar hacia el Foro, mientras yo meditaba en voz alta—: Es posible que Alyx tenga algo que ver con la muerte de Siderobros. Cuando me encontró examinando el escudo reaccionó como un energúmeno —la cémpsica hizo un gesto de asentimiento—. También he pensado que la cicatriz del nubio podría ser falsa, dibujada por alguien que conociese la profecía del lagarto y quisiera asustar a Siderobros; y que convendría saber quién proporcionó el escudo a su compañero. Aparte de entrevistarme con la bruja de Ishtar, ¿qué más haría Alcímenes?
    —Creo que hablarla con algún corredor de apuestas.
    —¿Para qué?
    —Por lo visto todo el mundo confiaba en Siderobros. Si alguien hubiese amañado el combate podría haber hecho un gran negocio apostando por los nubios.
    —Es una posibilidad —admití.

    Fuimos abriéndonos paso entre la muchedumbre litocefálica, cada vez más espesa y vociferante conforme nos acercábamos al centro de la Urbe. No pude evitar dirigir un recuerdo a los silenciosos olivares del Ática.

    —No comprendo cómo la gente de todo el orbe sigue afluyendo hacia este hormiguero en lugar de escapar de él —comenté—. ¿Son así las ciudades de tu tierra? — Baiasca sonrió.
    —Todos los cémpsicos cabríamos en ese templo —respondió—. Y no muy apretados. En cambio allí ocupamos varias jornadas de marcha.
    —Debéis de estar muy a gusto.
    —El invierno se hace un poco largo, pero vivimos muy tranquilos.
    —Cuando gane algo de dinero volveré a mi casa y conocerás Atenas. Es una ciudad preciosa, muy pacífica y llena de monumentos de verdad, no como estos simulacros… —la esclava hizo un gesto indefinible.
    —Seguro que me gustaría —añadió en un misterioso condicional.

    Avistamos al fin el anfiteatro, cerrando con su estructura de madera la amplia explanada del Foro. Me acometió una duda:

    —¿Qué pasará si Alyx se niega a hablar? — pregunté— ¿Puedo obligarle?
    —¿Cómo es? — levanté la mano hasta la altura del brazo extendido y a continuación separé las palmas en toda mi envergadura.
    —Más bien no —dictaminó.
    —¿Qué hacía mi tío en esas situaciones?
    —A algunos les halagaba, a otros les amenazaba, a los más resistentes les sobornaba.
    —Pienso que no me conviene amenazar al númida. Y dado el estado actual de mis finanzas, será preferible recurrir al halago. Espérame aquí —le ordené a la entrada del recinto—. Si no salgo en una hora contrata a otro exquiriente para que localice mis huesos.

    El portero me remitió al ludi, una pequeña explanada a espaldas del anfiteatro, acotada por una valla, en cuyo interior dos o tres docenas de atletas sudorosos se acometían entre sí o golpeaban, con entusiasmo digno de mejor causa, un monigote giratorio de madera. Frente a mí un hombre de pelo blanco, sin consideración a la diferencia de edad, aporreaba metódicamente a un joven macero. Al fin la víctima obtuvo permiso para traspasar la valla y recobrar la respiración sobre un banquito.

    —Creo que volveré a la mina —resopló, soltando su maza claveteada—. Ya no me parecen tan dañinos los desprendimientos.
    —¿Quién es ese sujeto? — me interesé.
    —El lanista. Su misión consiste en martirizar a los novatos. Y la desempeña muy a gusto —y en ese momento el mencionado me apuntó con un dedo y vociferó:
    —¡Eh, tú! Trae aquí esa maza —dejando aparte lo discutible de los modales, parecía un ruego fácil de complacer. Empuñé el arma y me aproximé al lanista, que me aguardaba con los brazos en jarras y una sonrisa despreciativa. El hombre añadió—: ¿Dónde vas así? Quítate la túnica y pégame.

    La orden fue tan terminante que, balanceando instintivamente la maza hacia atrás, a punto estuve de satisfacer su segundo deseo. Lo sospechoso del primero hizo, no obstante, que me propusiera indagar antes sus motivos ocultos.

    —¿Para qué? — planteé.
    —¿Cómo que para qué? ¿Y tú quieres ser gladiador?
    —No tengo ni la menor intención —aseguré. El hombre me miró con desconcierto.
    —Entonces, ¿qué haces aquí?
    —Soy exquiriente y vengo a ver a Alyx el númida —de la forma en que me contempló el lanista deduje que, como habría dicho Baiasca, no le gustaban los exquirientes.
    —No hay nada como ser gladiador. Emociones fuertes, popularidad y mucho dinero. ¿Seguro que no quieres probar?
    —En modo alguno.
    —Ahí tienes a Alyx —señaló el lanista, definitivamente desengañado acerca de mí—. Si fueses mi amigo te recomendarla que soltaras esa maza. Alyx puede sufrir la misma confusión que yo y reaccionar algo bruscamente —me pareció un consejo sumamente saludable.

    El númida estaba situado frente a uno de los espantajos de madera, golpeando la rodela sujeta a su travesaño lateral, hacía girar a éste sobre su eje y doblaba a continuación la rodilla para esquivar el impacto. Cuando me puse a su lado me miró de reojo y sin interrumpir el ejercicio tartamudeó:

    —¿Qué quieres tú?
    —Charlar contigo.
    —Estoy entrenando —los golpes que descargaba sobre la rodela favorecían en muy poco el sosiego de la conversación. Decidí abrir el turno de las lisonjas.
    —Ayer vi tu combate en carro. Me pareció formidable.
    —A todo el mundo se lo pareció —aseguró inmodestamente Alyx.
    —Hay que tener mucho valor para dejar que el rival dispare primero sus dos venablos —aunque no suspendió su práctica, mi interlocutor esbozó algo análogo a una sonrisa.
    —Podía haberlo matado en el primer cruce, pero prefiero dejar que el adversario se desarme solo y rematarlo después como a una liebre. Al público le encanta. Númitor decía que lo que diferencia a un gladiador de un matarife es el sentido de… ¿cómo se dice? — planteó el gladiador, haciendo desaparecer, en un gesto de intensa concentración, los ojos dentro de sus órbitas.
    —De la estética —propuse.
    —Eso es. ¿Qué te pareció cómo lo ensarté con mi jabalina?
    —Muy estético.
    —Veo que eres un buen aficionado. Pero… —entre dos de sus contracciones ciliares Alyx consiguió fijar la vista en mí y rectificó su expresión, relativamente benévola hasta el momento— ¡tú eres el que fisgoneaba ayer en el espolario! — bramó, asestando tal mandoble al muñeco que hizo tambalear su palo vertical. Creí llegado el momento de presentarme.
    —Soy Diomedes de Atenas, exquiriente contratado por Siderobros —expuse.
    —¿Para qué?
    —Temía que le preparasen una emboscada y me pidió que vigilase durante el festival —el númida paladeó estas palabras.
    —Si tu misión era protegerle, no debes de ser un exquiriente muy bueno —concluyó, reanudando sus golpes al espantajo—. Bien, supongamos que no estás mintiendo. ¿Qué quieres de mí?
    —Hacerte unas cuantas preguntas. No muy difíciles, por supuesto —le tranquilicé, advirtiendo que volvía a arrugar el ceño.
    —¿Y por qué piensas que voy a contestarlas?
    —Siderobros era tu compañero.
    —Era mi amigo —me corrigió—. Pero en nuestro oficio no hay segunda oportunidad y ya no puedo hacer nada por ayudarle. Y ahora, si no te importa, déjame en paz. Tal vez para un mirón parezca sencillo esquivar este maldito travesaño, pero te aseguro que hay que estar muy pendiente —busqué desesperadamente un motivo que pudiera conmover al gladiador. Y de pronto surgió un rayo de luz.
    —¿Recuerdas cómo murió Númitor? — planteé.
    —Naturalmente.
    —Era el campeón de su tiempo y sucumbió ante un novato que apenas sabía empuñar la espada sin cortarse. Siderobros fue después el favorito de la masa y ya viste cómo terminó.
    —¿Dónde quieres ir a parar con eso?
    —¿Quién es el mejor ahora? — creo que mi tío hubiese aprobado esta argumentación. Al menos impresionó tanto al númida que, olvidando doblar la rodilla, recibió al palo horizontal en pleno cogote, saliendo proyectado dos o tres pasos hacia adelante.
    —El mejor soy yo —afirmó, casi en un susurro, mientras se frotaba la nuca rapada. Su tartamudeo había desaparecido—. Tal vez no sea todo lo inteligente que se requiera para hablar con alguien de tu oficio, pero haré lo que pueda.
    —De acuerdo. ¿Mantenías una relación asidua con Siderobros?

    Alyx reincidió en su tic nervioso.

    —Si empleas esas palabras no iremos a ninguna parte —protestó.
    —Quiero decir que si hablabais a menudo.
    —La mayor parte del tiempo nos aporreábamos en el entrenamiento. Pero al acabar íbamos juntos a la taberna casi todos los días. Era una gran persona, aunque un poco pesado cuando se ponía a recitar en griego.
    —¿Te habló del lagarto y del león? — el númida hizo un gesto afirmativo.
    —Estaba muy preocupado por las palabras de la bruja. Era su último combate y soñaba con terminarlo y marcharse a cultivar coles en Ancio. Cuando yo me retire abriré una carnicería —aseguró Alyx—. Me fastidian las legumbres.
    —¿Quién más podía saber la profecía de Proelia?
    —Supongo que nadie. Un campeón del anfiteatro no va contando por ahí que tiene miedo. Un momento —solicitó el luchador ocultando una vez más sus pupilas en señal de que pensaba—. ¿Estás insinuando que si alguien la conocía pudo influir para que contratasen al nubio de la cicatriz, de modo que al ver Siderobros el dibujo del lagarto quedase paralizado de terror? — planteó, batiendo probablemente su marca personal en frases largas.
    —Puede ser una teoría.
    —Ya se me ocurrió a mí. Pero el combate con los nubios estaba concertado mucho antes de que Siderobros visitase a la bruja.
    —Tal vez la cicatriz fuese falsa, pintada por alguien que estaba al corriente de la profecía.
    —Lo mismo pensé yo. Por eso al acabar el festival fui en busca del nubio y palpé su cicatriz. Era tan legítima como las mías.
    —Pasemos a otro punto. ¿Conocías al mirmillón que hizo pareja con Siderobros?
    —Muy por encima. El dueño del anfiteatro lo compró a un lechero de la vía Aurelia hace una semana. Tenía buenos músculos para acarrear leche, pero contra dos reciarios profesionales no suelen ser suficientes. Fue una barbaridad hacerle combatir tan pronto.
    —¿Podrías averiguar quién le proporcionó su escudo? — Alyx sonrió victoriosamente.
    —Investigué un poco por mi cuenta. Normalmente los novatos son armados a costa del anfiteatro, pero esta vez el encargado del material jura que llegó completamente pertrechado —advertí, con no poco desaliento, que todas mis teorías habían sido anticipadas por el númida. Si no fuese por su irrefrenable propensión a cerrar los ojos cada vez que pensaba, que tanto hubiera desconcertado a sus clientes, habría podido ejercer el oficio con el mismo éxito que yo. Recordé la pista sugerida por Baiasca y me así a ella como última posibilidad.
    —¿Sabes si alguien apostó alguna cantidad importante contra Siderobros?
    —Es fácil de averiguar. ¡Paulo! — voceó Alyx. El lanista se acercó—. Además de preparar a los novatos Paulo trabaja de corredor durante los festivales.
    —¿Qué haces ahí parado con ése? — le recriminó el canoso—. Ni siquiera quiere ser gladiador.
    —¿Cuánta gente apostó por los nubios en el festival de ayer?
    —Muy poca. Me han hablado de un siciliano que ganó dos mil denarios.
    —Ya sé quien los perdió —asentí decepcionado. Por mucho que le escocieran a Publio Antonio, no eran bastantes para justificar un complot. Sentí como la última pista se perdía.
    —Aparte, naturalmente, de los cincuenta talentos del epirota —agregó el lanista. Creí no haber entendido bien.
    —¿Cincuenta talentos?
    —Los repartió entre los corredores, con la orden de aceptar cualquier apuesta contra Siderobros. Se agotaron inmediatamente. Luego recogió las ganancias y se marchó sin dejar un mal sextercio de propina. ¡Maldito tacaño!
    —¿Dónde vive? — me apresuré a preguntar.
    —Supongo que en el Epiro. Nos dijo que estaba de viaje por Italia y que había visto combatir a los nubios en Pompeya. Todos creímos que estaba loco.
    —Descríbelo con detalle.
    —Era muy poca cosa, bajito y con los hombros estrechos. Una nulidad como gladiador.
    —¿Rubio o moreno? — Paulo hizo un esfuerzo de memoria.
    —La verdad es que me fijé más en sus cincuenta talentos. Creo que moreno.
    —Necesito alguna seña distintiva. ¿Era cojo, o tuerto, o tartamudo?
    —Hay mucha gente que tartamudea —medió Alyx—. Y no veo nada malo en ello.
    —Si te sirve tenía la nariz muy ganchuda, en forma de apagavelas, y los ojos saltones.
    —Algo es algo. Pero en una ciudad como ésta debe de haber miles de narices así.
    —Si te resulta un consuelo, sería peor en Jerusalén.
    —¿Y si ni siquiera fuese epirota?
    —Lo era. Yo soy dálmata y no me hubiera engañado sobre este punto —creí agotada la información que pudiera extraer de mis interlocutores. La probabilidad matemática de hallar al apostador era de una entre varios centenares, pero disminuiría cuanto más demorase su búsqueda. Agradecí la colaboración y me dispuse a abandonar el recinto.
    —Avísame cuando lo encuentres —rogó Alyx—. Matar a Siderobros estuvo muy mal, pero no hay crimen más horrible que hacer trampas en el anfiteatro.

    Baiasca me aguardaba a la salida.

    —Las panteras llevan un rato calladas —comentó—. Empezaba a preocuparme qué les habían echado de comer.
    —Los atenienses producimos ardor de estómago. Antes que nada, ¿sabrías reconocer un epirota entre la multitud?
    —Creo que no demasiado.
    —Deberemos intentarlo —y procedí a relatar a la esclava los resultados de mis investigaciones.
    —Has hecho muchos progresos —me felicitó.
    —No servirán de nada si se nos escapa el apostador. ¿Por dónde empezamos a buscarle?
    —Conozco a un epirota con la nariz ganchuda —dijo Baiasca—. Es un pordiosero, que Alcímenes usaba a veces como confidente. Suele mendigar por el mercado del Aventino —hice un gesto negativo.
    —No nos sirven los mendigos. Buscamos un hombre acaudalado, capaz de arriesgar cincuenta talentos. Pero a falta de otra cosa podemos preguntar a tu amigo si sabe de algún compatriota rico que haya visitado últimamente la ciudad. También debemos ir a ver a un lechero de la vía Aurelia. Pero antes nos esperan la familia de Elio Manlio y su estatua homicida. Resulta curioso cuánta gente se conoce en esta profesión, ¿verdad? ¿Está lejos la vía Nomentana?
    —Empieza detrás de aquellas casas.
    —¡Excelente! Temía que nos aguardase otra caminata.
    —Tiene más de quince millas —comunicó lúgubremente la esclava.

    No recorrimos más que una, por fortuna, hasta encontrar la casa de Elio Manlio Helvético, héroe de las Galias. Respondía exactamente al curioso concepto que de una mansión lujosa tienen los romanos, es decir, un caserón formidable y amurallado, sin resquicios al exterior, más apto para resistir un cerco de rebeldes germanos que para la regalada vida de sus moradores. La rodeaba un jardín frondoso, limitado por las púas de una verja de hierro. Unos cuantos perros feroces mostraron sus dientes al otro lado de los barrotes, mientras Baiasca y yo aguardábamos a que fueran reducidos por los porteros.

    Entre los oscuros setos del jardín destacaba el mármol blanco de diez o doce esculturas, en las que se hallaba representado casi todo el panteón romano. Las examiné con ojo helénico, esperando descubrir los habituales dislates anatómicos del arte indígena. Resultaron de una calidad muy estimable, pero los hechos ocurridos en la villa daban al conjunto un aire vagamente amenazador, como si Júpiter y su olímpica familia estuvieran planeando un nuevo escarmiento para los mortales.

    Acudió a recibirnos un hombrecillo rechoncho, de espesas guedejas y tenaz bizquera, que se definió como el siervo en jefe Cocleo. Un exquiriente propenso a dejarse llevar por las apariencias le habría declarado culpable sin más averiguación.

    —Las señoras te aguardan en el salón —comunicó—. Pero me han encargado que antes te acompañe al lugar de los hechos y conteste a todas tus preguntas. Tu esclava puede esperar aquí fuera. — Baiasca miró de reojo hacia el jardín, no sé si a las estatuas o a los perros que seguían ladrando junto a la verja, y no pareció muy feliz, pero me indicó con el gesto que no replicara.

    Escolté al bisojo por el suntuoso interior del edificio hasta el atrio descubierto. El hogar de Elio Manlio estaba decorado al gusto de un patricio romano, con la increíble variedad de riquezas que un buen depredador puede acumular en sus esforzados años de servicio en provincias. Los tesoros se amontonaban, conforme a tal usanza, al estilo de las urracas en su nido, a base de colocar ánforas micénicas sobre calderos dorados de druida.

    —Aquí se celebró el banquete —explicó—. Al lado de la fuente estaba la mesa presidencial y alrededor las de los invitados. En esa explanada, bajo las escaleras, se hallaban los actores representando la tragedia.
    —¿Qué tragedia?
    —¿Qué tiene que ver eso con la muerte del señor?
    —En realidad nada, pero soy muy aficionado al teatro.
    —Las Euménides, de tu compatriota Esquilo. Siempre me duermo con esos dramones griegos. Prefiero a Plauto —le lancé una despreciativa mirada, como indicando que tal predilección era propia de un ser tan ínfimo como él, pero la ignoró y continuó—: Cuando mi amo se sintió indispuesto se levantó de la mesa, rodeó el escenario y subió por esta escalera. Esa es la puerta de sus aposentos —agregó, señalando al final de los peldaños.
    —¿Iba solo?
    —Completamente. Yo le seguí con la vista, porque estaba muy demacrado y me inquietaba su estado. Le vi abrir la puerta con esta llave, así, y volverla a cerrar —habíamos accedido a una pequeña antesala. El siervo me advirtió—: Resulta algo impresionante.
    —En este oficio es difícil… ¡Por la piel de la cabra Amaltea! — exclamé en griego, apenas traspasado el umbral, sintiendo cómo se erizaban todos mis cabellos.

    La habitación entera era una mancha de sangre seca. El suelo, las paredes, las ropas de la cama adoselada, estaban cubiertas por su costra granate. Y presidiendo aquel espectáculo desde el pedestal la diosa de la venganza fruncía su ceño horrible y extendía los dedos crispados en un sobrecogedor gesto de amenaza. En la basa se leía: «La venganza de Noviodunum te ha alcanzado».

    Supongo que un exquiriente veterano, endurecido en el contacto diario con crímenes sanguinarios y espíritus del Averno, no hubiese vacilado en un acto tan inocuo como el de palpar una estatua de piedra. Por lo que a mí respecta no puedo negar que al extender la mano ésta temblaba, más de lo tolerable en un descendiente de los vencedores de Salamina. Pasé las yemas de los dedos por su rígida cabellera, la tensa musculatura de los brazos, los pliegues de la túnica. Resultaron tan duros y fríos al tacto como correspondía al mármol en que fue esculpida.

    Una mano se posó en mi hombro, haciéndome dar un respingo de regular dimensión. Era el ruin Cocleo, provisto de un afilado estilete.

    —Es el arma homicida —definió en un susurro. Comparé mentalmente el tamaño de su empuñadura estriada con el del hueco de la palma derecha de la diosa. Encajaban perfectamente.

    Algo más tranquilizado examiné la estatua. No era de gran volumen, algo más de una cuarta por debajo de las dimensiones naturales, pero pese a su horripilante gesto tenía toda la majestad que cabe exigir a una divinidad olímpica. Si su procedencia era humana resultaba obvio que sólo un artista griego, y no del montón, había podido delimitarla en la piedra.

    Por el contrario el pedestal presentaba unos feos ornamentos afiligranados, en forma de guirnaldas anudadas, de indiscutible escuela romana. Así lo indiqué a Cocleo, quien respondió:

    —La basa no vino con la estatua. Sostenía una figura de Hebe que se rompió hace tres días. La señora tuvo un vahído y al apoyarse en ella le quebró un brazo. Por eso mi amo decidió sustituirla por la que le enviaba su amigo de Éfeso.

    Me asomé a la ventana del dormitorio. Abría a buena altura sobre el jardín, frente a la verja de hierro junto a la que patrullaban el portero y sus perros. Baiasca estaba sentada en los peldaños de la entrada, sin quitar ojo a los mastines. Sobre mi cabeza sobresalía el voladizo del tejado.

    —La fachada estaba iluminada con motivo de la fiesta —dijo Cocleo, anticipándose a mis pensamientos—. Nadie pudo saltar por la ventana sin ser visto por los porteros. Y los perros despedazarían a cualquiera que vagase por el jardín de noche. Tampoco era posible salir por la puerta sin llamar la atención de los espectadores de la tragedia.
    —¿Cuál es entonces tu teoría?
    —Un esclavo no tiene teorías. Sólo sé que en el momento de su muerte mi señor estaba solo. Solo con Némesis, naturalmente.

    Dominando mi aprensión hacia la sangre seca, tanteé las paredes y el suelo, incluso debajo de la cama.

    —Debe de haber algún pasadizo para salir de aquí —expuse. Cocleo disimuló una sonrisa.
    —La casa de un patricio romano no tiene pasadizos —afirmó—. Esas cosas sólo ocurren en las comedias griegas —abandoné la búsqueda sin resultados.
    —¿Por qué cerró Elio Manlio la puerta?
    —Siempre lo hacía para tomar su tónico. Era muy receloso y temía que alguien descubriera el lugar donde lo escondía y le privara de él en el momento en que lo necesitara.
    —¿Dónde lo guardaba?
    —Aquí dentro —sobre el aparador había una terracota policromada, representando a una muchacha con un cántaro en brazos. Cocleo apretó su codo y al instante el recipiente se inclinó y dejó caer varias gotas de un líquido verdoso.
    —Me has dado una idea —señalé. Y regresando junto a la estatua comencé a palparla en busca de algún posible resorte que activase un ignorado mecanismo. Tras oprimir todos sus puntos salientes llegué, en un ademán algo irreverente, a tirar de las orejas de la diosa.
    —Si ella vuelve no le va a gustar todo esto —auguró fúnebremente Cocleo.
    —Era una posibilidad —alegué, desistiendo del intento—. Bien, llévame junto a tus amas. No hay mucho más que ver aquí.
    —¿Podemos limpiar la habitación?
    —Hacedlo cuanto antes. Según un proverbio ático la sangre llama a la sangre.

    Guardé el estilete bajo mi túnica y descendí las escaleras sumido en hondas meditaciones. Nada más llegar al salón mis clientes iban a pedirme la explicación racional de lo sucedido. Echar la culpa a una estatua de mármol podría ser una hipótesis más o menos defendible, pero no acababa de justificar los mil denarios de mi tarifa.

    —Olvidé dar un recado a mi esclava —indiqué a Cocleo—. Di a tus amas que regreso enseguida.

    Baiasca continuaba sentada en los escalones.

    —¿Qué tal ahí dentro? — se apresuró a preguntar. Le narré rápidamente mis actividades y añadí:
    —Tengo una teoría. Elio Manlio estaba enfermo y agobiado por los remordimientos. La tragedia que se representaba, sobre las furias infernales vengadoras, debió despertar el recuerdo de su traición. ¿Y si hubiese querido lavar su infamia al estilo de los antiguos romanos, clavándose un puñal en el pecho? — la cémpsica hizo un gesto de asentimiento—. Pero eso no justificaría cómo la diosa del amor se transforma de repente en un ser horripilante.
    —Tampoco cómo un hombre con un estilete en el corazón tiene tiempo y humor para manchar las paredes con su propia sangre —replicó Baiasca. Mi hipótesis se derrumbó con un estrepitoso sonido de cristales.
    —Temo que estamos en un callejón sin salida. ¿Qué voy a contar a mis clientes?
    —No les cuentes nada. Pregúntales tú a ellos.
    —¿Tú crees?
    —Estás en el comienzo de la investigación. Si un enigma se resolviera con un simple paseo por el lugar de los hechos cualquiera podría ser exquiriente.
    —Tienes razón —apoyé—. Pero nadie va a explicarme cómo se puede apuñalar a un hombre solo en una habitación cerrada. ¿Estuvo alguna vez Alcímenes ante un misterio parecido?
    —Muy a menudo. Si no hallaba la solución se dedicaba a investigar quién pudo haber sido y dejaba para el final el saber cómo lo hizo. Preguntarla, por ejemplo, quién resultó favorecido por el testamento de Elio Manlio.
    —¿Quieres decir que lo de Noviodunum puede ser solamente una tapadera?
    —A veces las cosas no son lo que parecen. También indagaría si Elio Manlio estaba ya muerto cuando entraron sus amigos y familiares o si llegó a decir algo. En muchas ocasiones la última frase de un moribundo contiene la clave del enigma.
    —También hay que dejar claro cómo llegó aquí esa estatua —añadí—. Quizás no fue el amigo de Éfeso quien la remitió.
    —Está muy bien pensado —aprobó la esclava.
    —Voy a ver a esa gente —decidí—. No conocí a Alcímenes, pero estoy seguro de que él no creería en la culpabilidad de la diosa, a menos hasta que la viera reencarnarse ante sus ojos.
    —Ve a dar un paseo, como si estuvieses cumpliendo mi encargo. No vayan a pensar que he venido a pedirte ayuda. Pero no te alejes mucho por si acaso. — Baiasca se volvió hacia el jardín de las estatuas. Una brisa hostil mecía los setos en torno a sus mármoles blancos.
    —Me dan miedo los perros —declaró.
    —Mandaré a Cocleo que te acompañe hasta la salida.

    En aquellos momentos la verja se abrió y una espléndida biga de caballos alazanes, que habría hecho palidecer de envidia a mi amigo Antonio, avanzó al trote por la avenida principal. La tripulaba un hombre de unos treinta y cinco años, con unos bucles primorosamente peinados y una clámide a la última moda de Atenas. Catón el censor, que golpeó a su hijo por sorprenderle con una banda en el pelo, habría mandado empalar a este tipo de romano decadente—helenizante.

    El desconocido detuvo el vehículo junto a la escalinata, dirigió a Baiasca una larga y penetrante mirada y descendió del pescante de un salto. No entiendo mucho de perfumes, pero el que esparcía a su alrededor el romano no parecía ser de los baratos.

    —¿Llevamos el mismo camino? — preguntó amistosamente.
    —Eso parece —el hombre sonrió al escuchar mi acento.
    —Griego, ¿eh? ¡Bravo! Me gusta todo lo griego. Vuestra moda, vuestra filosofía, vuestros vinos… Por cierto, ¿es tuya esa esclava? También me encantan las esclavas griegas.
    —Es cémpsica.
    —¡Qué lástima! — deploró el romano, probando por su expresión que sabía lo mismo que yo sobre cémpsicos—. Soy Cayo Manlio Turmo, sobrino del difunto Elio. Tú debes de ser el exquiriente que quería contratar mi prima Mitis. ¿Has visto ya la estatua homicida? Horrible, ¿verdad? En esta ocasión me ha defraudado el arte griego. Pensaba que vuestras estatuas mataban con algo más de elegancia.

    Sin que pudiera afirmar si hablaba en broma o en serio llegamos al tablinium, en el que aguardaban mi cliente y una dama enlutada que me fue presentada como Livisa, viuda del finado Elio Manlio. La miré con cierta sorpresa. Dada la edad de Mitis había imaginado una recia matrona cuadragenaria. En realidad se trataba de una joven, adornada con una larga melena castaña y un marcado hoyito en la barbilla. Turmo saludó cordialmente a Mitis y con mucha más ceremonia a Livisa, mientras declamaba, con voz repentinamente cálida:

    —Para las heridas de la zozobra crearon los dioses el bálsamo de la amistad.
    —¿Qué has descubierto? — me preguntó directamente Livisa, ignorando las galanterías de su sobrino.

    "—Es pronto para conclusiones —aseguré—. Aún debo interrogar a los testigos.

    —Pregunta todo lo que desees.
    —¿Quién fue el primero que llegó junto al cuerpo de tu marido? — la viuda oscureció su expresión.
    —Yo misma —respondió. Turmo le cogió la mano entre las suyas.
    —No resulta muy delicado traer estos recuerdos a la señora —protestó.
    —Tiene qué saber todo lo que sucedió —le corrigió Livisa, retirando la mano—. Abrí la puerta con mi llave y le vi tendido boca arriba, con el mango del estilete asomando entre los pliegues de su túnica. Me flaquearon las piernas y cal de rodillas a su lado.
    —¿Consiguió hablar?
    —Estaba muerto, empapado en su sangre… —añadió la viuda, tapándose los ojos. Turmo se inclinó sobre ella y puso la mano en su hombro. No me pareció humano insistir.
    —¿Ha sido leído el testamento de Elio Manlio? — planteé, cambiando de tema.
    —Ayer me lo entregaron las vestales —anunció Turmo.
    —Es muy breve —intervino Mitis—. Me lega una generosa dote, instituye heredero a mi hermano Marco y ordena la manumisión de Cocleo. Ha servido a mi padre desde que nació y todos estábamos seguros de que se acordaría de él —pensé que este punto podía tener ramificaciones interesantes.
    —¿Conocía Cocleo la… quiero decir el secreto de Elio Manlio?
    —¿Su traición? — tradujo Turmo, provocando una indignada mirada de ambas mujeres—. No debía ignorar nada sobre su amo. Fue siempre su hombre de confianza.
    —No cabe sospechar de él —amplió Mitis—. Durante toda la representación se mantuvo en pie tras mi padre y cuando escuchamos su grito fue de los primeros que corrió escaleras arriba.
    —¿No hay más beneficiarios del testamento?
    —Ni siquiera se acordó de su sobrino más fiel —se lamentó Turmo—. Claro está que minorar la herencia hubiera sido una mala jugada para el heredero.
    —Creía que disponía de un gran patrimonio —me extrañé. Livisa y Mitis habían vuelto a fulminar a su pariente con la mirada.
    —Si el ratón tiene mucha hambre puede resultarle pequeño el queso —insistió Turmo. Mitis le cortó la frase:
    —Esas bromas son de muy mal gusto —su primo se sorprendió o fingió sorprenderse.
    —Pensé que había que contarlo todo —alegó. Aguardé unos instantes a que alguien hablara y continué:
    —¿Y el amigo de Éfeso? ¿Tuvo alguna relación con lo de Noviodunum?
    —Fue nombrado para una prefectura en Asia varios años antes de la guerra con los helvecios —negó Livisa.
    —Aparte de lo que supiera Cocleo, mi padre sólo reveló el secreto a nosotros tres y a mi hermano —aseguró Mitis.
    —¿Cómo supisteis que la estatua de Némesis venía de Éfeso?
    —En la caja de embalaje había una tablilla con la dedicatoria.
    —La trajeron unos marineros en una carreta —informó Livisa—. La desembalamos y a mi esposo le gustó tanto que decidió colocarla en su dormitorio, en el pedestal de una estatua de Hebe a la que dos días antes había roto el brazo en un tropezón.
    —Mi tío era un amante de la belleza —medió Turmo—. Seleccionaba cuidadosamente sus esculturas y sus esposas:

    Creí recordar que según Cocleo había sido la propia Livisa la causante del estropicio. Al fin y al cabo no es fácil que una mujer admita su torpeza en los asuntos domésticos.

    —¿Qué aspecto tenía exactamente?
    —Era una Venus desnuda y sonriente, con una paloma en la mano.
    —¿Cuándo la visteis por última vez antes del crimen?
    —Yo subí a enseñarle a mi padre el collar que iba a estrenar —reveló Mitis—, poco antes del banquete. Dije a Cocleo que retirara los restos del embalaje, que estaban en el suelo del dormitorio, porque mi padre quería mostrársela a sus amigos.
    —¿No me habíais dicho que la desembalasteis antes de llevarla a la alcoba?
    —Solamente le quitamos la tapa para verla —aclaró Livisa—. El embalaje fue desmontado ya sobre el pedestal, para que los esclavos no la dañasen en el transporte. Yo acompañé a nuestros invitados para que la admirasen, ya con el banquete empezado, y continuaba tan hermosa como cuando llegó.
    —¿De qué barco eran los marineros que la trajeron?
    —Del Melicertes de Cos —contestó Turmo—. Tenían aspecto de dodecanesios, de modo que me interesé por su nave. En cuestión de vestuario suele haber excelentes oportunidades de compra en una nave recién llegada del Egeo. No zarpará hasta dentro de una semana.
    —Deberé hablar con su capitán para verificar quién y dónde cargó la estatua. ¿A qué distancia está el puerto? Es curioso, pero nunca he tenido un caso relacionado con él —justifiqué, ante la mirada sorprendida de mis interlocutores.
    —Andando tardarías todo el día —respondió Turmo—. Iré yo con mi biga. Quizás tengan clámides en oferta —Mitis frunció el ceño ante este ofrecimiento.
    —Yo te acompañaré —saltó.
    —Es un viaje muy pesado… —empezó Turmo. Le cortó la irrupción de un joven espigado, de pelo rizado y gesto agrio, que permaneció unos instantes en el centro de la asamblea para tronar a continuación:
    —¿Qué es esta tertulia? ¿Así guardan el luto la esposa y la hija de Manlio Helvético? — el silencio de las mujeres acreditó que me hallaba ante el heredero.
    —No es una reunión social, primo —les defendió Turmo—. He venido a expresar a la señora mi más profunda…
    —¡Silencio! — rugió Marco Manlio— ¡No es momento para importunar con galanteos? ¿Y quién es ése? ¿Otro pretendiente a la moda griega?
    —Es un griego —justificó Mitis, con un hilo de voz—. El exquiriente que contraté.
    —¿Quién ha llamado a un intruso para que meta la nariz en nuestros asuntos? ¡Fuera de aquí o haré que te expulsen a patadas!
    —Él sólo viene a ayudar…
    —No te esfuerces —le interrumpí, levantándome de mi asiento—. Sé entender una indirecta. Pero déjame decirte…
    —¡Fuera! — exhaló Marco, con un evidente rictus de hematófago en alto grado de congestión. Por respeto al luto familiar me abstuve de replicar como merecía aquel energúmeno. Me despedí de Livisa y emprendí dignamente el camino de la salida.
    —No te ofendas —me susurró Mitis en el pasillo—. Está muy trastornado.
    —Es muy lógico en esta situación.
    —Cuando volvamos del puerto iré a contarte lo que hayamos averiguado. Cocleo te pagará tus honorarios.

    El bisojo me escoltó ceremoniosamente hasta la puerta de salida. Aproveché para satisfacer mi curiosidad:

    —¿A qué edad se casó Livisa? — planteé—. No puede ser la madre de Marco y Mitis.
    —Es la segunda esposa de mi amo. Pertenecía a la familia Cornelia y llevaban tres años casados —respondió el sirviente, ya junto a la verja, mientras me entregaba una bolsa de piel que tendí a Baiasca.
    —Contéstame sinceramente: ¿quién tenía motivos para matarlo? — dibujó una sonrisa indescifrable y dijo:
    —Según un proverbio cilicio, dos pichones y una paloma hacen demasiadas plumas en el palomar.
    —No te entiendo.
    —Tu oficio es el de resolver enigmas, ¿no es así? — terminó Cocleo, iniciando su retirada. Baiasca me indicó en voz baja.
    —Aquí sólo hay cuatrocientos denarios —retuve al esclavo por el borde de su túnica.
    —Tu ama prometió quinientos —le recordé. La mueca feroz de Cocleo acentuó aún más su bizquera.
    —Olvidaba esta otra bolsa —musitó mientras me la entregaba, sin mirarme a la cara, y cerraba la puerta tras de sí.
    —Debe de ser muy tarde —dije a Baiasca—. Te explicaré todo lo que ha pasado ahí dentro delante de un buen asado. ¿Hay alguna hostería cerca?
    —La del templo de Quirino. Pero es un poco cara.
    —Tanto mejor. Empezaremos a gastarnos los quinientos denarios.
    —Yo te esperaré en la puerta. En las hosterías de Roma no sirven a una esclava.
    —¡Qué absurdo! Pues no diremos que lo eres. Tampoco vas con una cadena al cuello.
    —Si alguien me reconociera podrían encarcelarme por mezclarme con las personas libres.
    —¿Qué hace entonces un esclavo para comer en esta ciudad?
    —En ese puesto venden frutos secos. No nos está prohibido comprarlos. Pero tú sí puedes entrar en la hostería —miré con cierta aprensión las habichuelas expuestas en el tenderete. No parecían el reconstituyente más adecuado para quien viene de enfrentarse con la diosa de la venganza. Pero tampoco era humano dejar otra vez a Baiasca en la calle.
    —Compra varias libras —le ordené—. Tengo mucho que contarte.

    Masticamos las habichuelas sentados en las escaleras del templo de Quirino. Por la ventana de la cercana hostería salía un mortificante aroma de especias y cabrito asado.

    —Si algún día eres libre —prometí a Baiasca— regresaremos aquí y vaciaremos la despensa de ese antro para celebrarlo —la esclava sonrió y repitió:
    —Algún día —recordé que tal decisión dependía de mí y opté por cambiar de tema.
    —¿Qué querría decir Cocleo con lo de la paloma y los pichones?
    —No puedo saberlo. Pero yo no me fiaría de ese hombre.
    —Es posible que la paloma sea Livisa y los pichones Elio Manlio y su sobrino. Turmo se comía a la viuda con los ojos. Por otro lado, creo que también Mitis sospecha de su primo. No consintió que fuera solo al puerto, como si dudase de la veracidad de lo que después nos contara. ¿Y qué insinúa Turmo con lo del queso y el ratón?
    —Quizás que Marco Manlio es un derrochador.
    —El caso es ya lo bastante misterioso como para que nos lo amenicen con enigmas suplementarios. Bien, ¿qué es lo siguiente que debíamos hacer?
    —Visitar a la bruja de Ishtar.
    —¿Sabes dónde trabaja?
    —Siderobros te dijo que en el Celio. Ya encontraremos su templo.
    —También tenemos que localizar al confidente epirota.
    —A la vuelta podemos pasar por el mercado del Aventino.
    —¿Queda cerca todo eso?
    —En el otro extremo de Roma.
    —Cuando abra mi próximo consultorio buscaré una ciudad más pequeña. Estoy harto de recorrer millas. ¿Tú no te cansas?
    —Sin los coturnos que me regalaste tendría los pies destrozados.
    —Al fin y al cabo han sido una compra rentable.

    El templo de Ishtar, con el que dimos tras una agotadora travesía del Celio, resultó ser una minúscula casita en el centro de un jardín cercado. Una bóveda de piedra, en apariencia una bodega de techo bajo, completaba las edificaciones de la parcela.

    —Si yo fuese la diosa Ishtar y alguien llamase a esto mi templo haría un buen escarmiento —manifesté, mientras cruzábamos la cerca—. Creo que será mejor que disimulemos el auténtico objetivo de la visita. La bruja podría ponerse en guardia y ocultar algo importante. Diremos que queremos conocer nuestro porvenir —Baiasca no pareció muy conforme e iba a oponer algo cuando la puerta se abrió, dando ocasión a que explicásemos el motivo de nuestra presencia a un esclavo mofletudo y sonriente. El hombre asintió y nos indicó que le acompañásemos.

    Atravesamos el jardín hasta la entrada de la bóveda y seguimos la tea del sirviente por unos estrechos y oscuros escalones. La luz del día desapareció tras el primer recodo.

    —No me gustan los subterráneos —me susurró Baiasca.

    La escalerilla desembocó en una cripta de reducidas dimensiones, iluminada por la tenue claridad de unas velas diseminadas por las grietas de sus paredes de roca. Frente a nosotros se levantaba un peñasco en forma de pirámide truncada, rematado por una estatua de bronce de rasgos orientales, a la que miré con poca simpatía. Dados los recientes acontecimientos, experimentaba cierta desconfianza hacia las diosas esculpidas.

    Al pie del peñasco había un gran brasero lleno de pavesas calientes, apoyado en un trípode sobre los rescoldos de una fogata. El esclavo nos rogó que nos detuviéramos frente a un cordón emborlado, que nos separaba del recipiente, y agitó una campanilla.

    —Enseguida vendrá Proelia —nos dijo en voz baja antes de retirarse—. Procurad no hacer demasiadas preguntas. Si se agota puede perder la concentración.

    Permanecimos junto al cordón, mirando en todas las direcciones en tensión mal disimulada. Algo se movió entre las sombras de la pared y Baiasca dio, casi imperceptiblemente, un paso atrás hasta guarecerse tras mi espalda. Y en la cima del peñasco —probablemente de una pequeña caverna oculta en una grieta— surgió una mujer que descendió por los peldaños tallados en la roca.

    Había imaginado una bruja de leyenda, alta, imponente y sarmentosa, con un solo diente, que enmascarase sus arrugas tras la maraña de sus cabellos blancos. Pero en lugar de esta aparición la que avanzaba descalza hacia nosotros era una mujer de mediana edad, más bien baja estatura y escasas carnes, con una melena rubia alisada y cierta expresión de sueño en sus ojos entornados. Vestía una túnica negra, rodeada de gasas flotantes, que dejaba sus brazos al descubierto. Lucía sobre el codo una ajorca labrada y en el cuello y en un tobillo sendas cadenas doradas, rematadas por una piedra de reflejos violáceos. Baiasca volvió a separarse de mí, sin duda más relajada ante el aspecto inofensivo de nuestra anfitriona.

    —¿Qué queréis? — preguntó, mirando hacia el rescoldo.
    —Siderobros nos dijo que profetizabas el futuro —respondí—. Éramos amigos suyos.
    —El brasero de Ishtar escribe el porvenir. Yo solamente leo en sus pavesas —la bruja tomó en sus manos, cargadas de anillos de misteriosos dibujos, un recipiente de cristal oscuro, traspasó el cordón y caminando en círculo en torno nuestro, nos rodeó con un reguero de un polvillo blanco que identificó como sal—. Mientras dure la sesión os protegerá de influencias funestas —explicó, mientras regresaba junto al brasero—. ¿Cuál es la primera pregunta?
    —Queremos saber qué destino aguarda a Baiasca —ésta inició un gesto de protesta, como indicando que prefería ignorarlo, pero ya la hechicera había destapado un frasco y vertía sobre las cenizas un extraño líquido verde brillante, mientras las removía con un atizador plateado. Las brasas chisporrotearon al contacto con el fluido.
    —Leo «Terpsícore» —habló Proelia.
    —¿Qué significa eso? — se apresuró a preguntar la esclava.
    —Es la musa de la danza —expliqué en voz baja. La alarma se dibujó en el rostro de la cémpsica.
    —¿Quiere decir que me comprará el sirio? — esbocé un ademán de interrogación y rogué a la sibila:
    —¿No puedes ser un poco más concreta?
    —Hacedme preguntas concretas y el brasero responderá.
    —¿Conseguirá Baiasca ser libre? — la bruja volvió a derramar unas gotas verdes y se concentró en el nuevo chisporroteo:
    —Antes la abrazará la serpiente de hierro —reveló. La cémpsica estaba muy pálida.
    —No quiero saber nada más —manifestó.
    —Cómo quieras —asentí—. ¿Qué dice el brasero sobre mi futuro?

    Proelia repitió la operación y fijó la mirada en las centellas rojas.

    —Veo un país con dos puertas —fue la respuesta.
    —Espero que sea el Ática —indiqué a la esclava—. ¿Puedes precisar qué país es ése? — la hechicera hizo un gesto afirmativo.
    —Es el reino de los muertos.
    —Esta mujer es pura alegría —susurré a Baiasca, tratando de disimular el escalofrío que me recorría el cuerpo—. Es suficiente por el momento —aseguré. Una respuesta más de la sibila y mi único deseo habría sido abandonar rápidamente aquella ciudad y retirarme, con nombre supuesto, al desierto de la Tebaida. Proelia parecía despertar de un trance—. ¿Nunca te equivocas? — le interrogué.
    —El brasero no yerra —contestó—. Ya podéis salir del círculo de sal. Ishtar se ha ido —decidí iniciar una acometida más directa.
    —Siderobros confiaba ciegamente en ti. Y en efecto, el lagarto mató al león —la bruja levantó la vista.
    —¿Qué quieres decir?
    —¿Aún no lo sabes? Siderobros murió ayer en el anfiteatro, atravesado por un negro de Nubia con una cicatriz en forma de lagarto en su pecho. Cambió el escudo con su compañero y el de éste se le desprendió del brazo y le dejó desarmado en pleno combate —la bruja pareció acusar el impacto.
    —No debía haber cambiado el escudo —aseguró—. Le avisé que no lo hiciera.
    —¿Por qué?
    —El brasero me lo dijo.
    —El nuevo escudo tenía un león dibujado en su cara interior. ¿Revelaste tu profecía a alguien? — pregunté, mientras la hechicera removía nerviosamente las brasas con el atizador.
    —No puedo hacerlo. Ishtar me aniquilaría.
    —El que dibujó ese león sabía que al verlo Siderobros quedaría paralizado y sin reacción.
    —Sólo sé lo que escriben las cenizas del brasero —insistió Proelia, visiblemente ofuscada. Resolví pasar a otro tema.
    —En cierta ocasión Siderobros cayó en un profundo sueño, a la hora en que debía estar combatiendo; justo después de tomar tu poción.
    —Ya lo sabía. Alguien debió mezclar una droga en ella. Mi poción produce el efecto contrario. Vigoriza el cuerpo y estimula los reflejos.
    —¿Qué contiene?
    —¿Y por qué te lo tengo que decir?
    —Porque Siderobros era mi amigo y quiero saber cómo murió —la sibila meditó unos instantes.
    —No suelo revelar mis procedimientos. Pero Siderobros era una gran persona y pienso que debo este favor a su memoria. ¿Me guardaréis el secreto? — hice un gesto afirmativo. Baiasca no reaccionó, quizá ensimismada en fúnebres meditaciones sobre el futuro—. Se componía de vino dulzón, para animar el espíritu ante la lucha, en el que diluía unas raspaduras de hierro viejo, que aumentan la fuerza, y unas semillas de mandrágora, que alertan los sentidos y disipan la fatiga; más un cacillo lleno con la baba de un toro moribundo —sentí una repentina contracción estomacal.
    —¿Baba? — pregunté.
    —Infunde el valor y la bravura del toro ante la muerte. ¿Por qué pones esa cara?
    —Siderobros me hizo beber de su poción —declaré.
    —Si eres tan delicado no te diré el último ingrediente —como hubiese dicho Baiasca, prefería no saberlo—. Bien, ¿puedo ayudaros en algo más?
    —Te estamos muy agradecidos —manifesté, iniciando la retirada.
    —Son cincuenta denarios por pregunta —indicó la bruja—. Y dado el resultado de las profecías, comprenderéis que prefiera cobraros al contado.

    Liquidamos la deuda con el sirviente y volvimos a la calle. Baiasca continuaba muy seria.

    —No te lo tomes así —le exhorté—. Al fin y al cabo sólo te ha profetizado danzas y abrazos de serpientes. A mí me ha hablado del reino de los muertos y no estoy tan impresionado. Quizás se deba al valor que me infunde la baba de toro moribundo —la esclava no replicó, como si continuara con sus negras ensoñaciones—. ¿Vamos al mercado del Aventino? — propuse—. Creo que te conviene un ambiente más alegre.

    Iniciamos el descenso de las pendientes del Celio, por un descampado lleno de escombros enclavado en pleno centro de la Urbe. Intenté distraer a Baiasca disertando sobre los más célebres oráculos de Grecia y sus aledaños y sus procedimientos adivinatorios: los desmayos y pataletas de la pitia en Delfos, sentada sobre la piedra umbilical del mundo; la cueva de Trofonio en Lebadea, con sus siniestras emanaciones; el santuario de Dodona, en el que Zeus susurra en la copa de los robles. En realidad hacía ya algún tiempo que los indígenas no nos los tomábamos muy en serio, pero de todo el orbe civilizado seguían llegando visitantes, dispuestos a trocar el oro de sus bolsas por unas sentencias tan ambiguas que siempre terminaban por cumplirse en uno u otro sentido. Baiasca no descompuso el gesto propio de quien escucha atentamente, pero juraría que estaba pensando en otra cosa durante todo mi parlamento.

    —Por lúgubre que nos pinten el porvenir, me preocupa más el presente —concluí—. ¿Has sacado algo en claro?
    —Solamente que se ha puesto muy nerviosa al saber que el escudo de Glauco llevaba un león dibujado.
    —Más bien creo que le ha impresionado la muerte de Siderobros. Parece una mujer muy sensible —Baiasca no respondió. Me encogí de hombros y me dediqué a meditar por mi cuenta, sin excesivo resultado.

    El mercado del Aventino era un hediondo recinto, en la vertiente de la colina, tapizado de deshechos vegetales y amenizado por el vocerío de los crisódulos que pregonaban las dudosas mercancías exhibidas en sus tenderetes. La tarde estaba avanzada y los clientes empezaban a ser escasos, pero todavía podía contarse una buena docena de mendigos, desperdigados por todos los rincones del mercado. Había mancos, cojos, ciegos, escrofulosos varios y hasta dos o tres maleantes simples, sin signo alguno de minusvalía, todos ellos bajo la nota común de sus úlceras y andrajos. Recorrí con la vista la poco edificante colección, inventariando un rico muestrario de malformaciones nasales, pero sin hallar rastro del ganchudo apéndice del epirota.

    —Poreo suele rondar por aquí, pero no le veo —informó Baiasca. Seleccioné al menos sospechoso de contaminarnos con su aliento, que se hallaba aislado junto a una pequeña fuente de piedra, y a una prudente distancia le pregunté por el tal Poreo. Me obsequió con una fea mueca a guisa de sonrisa.
    —¿Para qué le buscas? — se interesó.
    —Trato de localizar a un compatriota suyo de visita en Roma y pienso que tal vez le conozca —el hombre señaló hacia un plato roñoso situado frente a él, en cuya superficie unos cuantos sextercios brillaban al sol. Entendí el gesto y lancé una moneda—. No esperéis verle por estos pagos —comunicó—. Se fue a nadar en un mar de oro y no creo que vuelva a despedirse —su contestación me pareció bastante enigmática.
    —¿Qué mar de oro? — extendió de nuevo el índice hacia el plato.

    Con un suspiro de impaciencia lancé otro sextercio.

    —Cuando lo decía estaba más bien ahogado en mares de vino. Bebió mucho en los últimos tiempos, pobrecillo, a cuenta de todo el dinero que iba a ganar.
    —¿A ganar con qué? Ya sé —le atajé, depositando el tercer sextercio.
    —Pregúntaselo a Caronte. Quizás a él se lo haya dicho —otros dos pordioseros se habían aproximado, atraídos por mi generosidad. Miré hacia ellos, preguntándome cuál sería el tal Caronte. De pronto me asaltó un inquietante pensamiento.
    —¿No te referirás al barquero de los muertos? — planteé, repitiendo el lanzamiento de la moneda. Hizo un gesto de asentimiento.
    —Le hallaron desnucado esta mañana, en un muladar a espaldas del Foro.
    —¿Quién lo hizo?
    —En Roma mueren dos o tres mendigos cada día. ¿Conoces a alguien que investigue las causas? ¿Y mi sextercio?
    —Esta vez no me has contestado.
    —Te he dicho todo lo que sé —me volví hacia los otros dos pedigüeños, que habían tomado asiento junto a su compañero, e inquirí en voz alta:
    —¿Quién puede decirme algo más sobre la muerte de Poreo? — ni siquiera se dignaron levantar la vista. Tomé la bolsa de Mitis e hice sonar sus monedas—. Recompensaré espléndidamente cualquier información —anuncié.

    Los mendigos del Aventino estaban afligidos por muchas desgracias, pero no había un solo sordo entre ellos. El tintineo de las monedas obró el efecto de una campana de alarma. Como movidos por un resorte abandonaron sus posiciones y empezaron a desplegarse en torno nuestro.

    —Eso no está bien —censuró un espantable manco—. Se nos debe dar limosna sin pedir nada a cambio —un rubio cubierto de llagas añadió:
    —A nadie le importa Poreo, pero por lo que hay en esa bolsa podemos contar cosas mucho más interesantes.
    —Vámonos de aquí —sugirió entre dientes Baiasca.
    —¿Por qué?
    —Lo que quieren de nosotros no es precisamente informarnos —advertí con cierta aprensión que estábamos rodeados. Varios de los mendigos acariciaban con gesto indolente el filo de un cuchillo, extraído de bajo su túnica.
    —Esta noche haremos una fiesta con tu dinero —ofreció el llagado—. Estás invitado.
    —Y tu esclava bailará para nosotros —empecé a temer que las profecías de la bruja iban a cumplirse en el mismo día. Sólo faltaba la serpiente de hierro.

    Palpé el mango del estilete de Némesis, sin mucho convencimiento. Casi todos los asaltantes podían ser mutilados, pero entre los doce formaban más de seis hombres enteros. Y aunque en tiempos de las guerras médicas se decía que un ateniense valía por varios bárbaros, en aquellos momentos me sentía francamente decadente.

    —¿No hay ningún otro amigo tuyo? — pregunté en voz baja a Baiasca. Ella negó con la cabeza—. ¿Qué haría Alcímenes en una situación así?
    —Tirar la bolsa al aire y salir corriendo —fue la sugerencia de la esclava.

    Quizá habría bastado con media bolsa, pero no era aquél momento para economías. Aflojé sus cordones y la impulsé hacia arriba, esparciendo sus monedas a los cuatro vientos. Al instante la ordenada formación de los mendigos se diluyó en los confusos perfiles de una riña tumultuaria, de la que brotaban blasfemias y amenazas en casi todos los idiomas del orbe. Un lingüista habría hecho un interesante estudio comparativo, pero Baiasca y yo teníamos otras preocupaciones.

    —No me gustan los mendigos —afirmó la esclava tras doblar la tercera esquina.

    Cuando recobramos el aliento la colina del Aventino se había desvanecido tras una maraña de tejados.

    —Pienso que no debí exhibir la bolsa tan alegremente —me excusé, algo cabizbajo.
    —Son cosas que se aprenden después de unos días en Roma —justificó Baiasca.
    —No sólo hemos perdido casi quinientos denarios, sino el rastro del epirota. Aunque empiezo a pensar si por la miseria que me pagó Siderobros estoy realmente obligado a todos estos esfuerzos —lo medité unos instantes—. Supongo que existe una especie de deber moral para con el cliente, ¿verdad?
    —Creo que Alcímenes opinaba igual —aprobó la esclava.
    —Pero, ¿qué haremos ahora para encontrar al apostador?
    —No conozco ningún otro epirota.
    —Nos queda el siciliano que apostó contra Antonio. Quizá fuera un agente de nuestro hombre. ¿Conoces algún siciliano?
    —Dos o tres docenas. Hay más en Roma que en Sicilia.
    —Habrá que probar de uno en uno.

    Dos días atrás no podía haber imaginado con qué alborozo vería aparecer a lo lejos la modesta fachada de mi casa del Janículo. Me daba la impresión de que hacía varios meses que vagaba por la Urbe sin descanso. Cruzamos la plaza, a espaldas del templo de Pomona. En dirección contraria avanzaba la litera portátil de un romano calvo, rollizo y menudo, que ordenó a sus esclavos que se detuvieran. Al momento le identifiqué como Quinto Tóculo, el acreedor de mi tío.

    —¿El heredero de Alcímenes? — se interesó—. Bienvenido al vecindario. Espero que mantengamos unas relaciones tan fructíferas como las que entablé con tu tío —hice un gesto ambiguo, especialidad en la que empezaba a alcanzar auténtico virtuosismo, y el usurero siguió—: Fui de los que más sintieron su muerte. Siempre es lamentable la pérdida de un gran hombre, pero resulta singularmente dolorosa si el gran hombre en cuestión debe a uno veinticinco talentos, que ya desesperaba de cobrar algún día.
    —Es un sentimiento muy natural.
    —Afortunadamente has llegado tú —tardé en captar el sentido de aquellas palabras.
    —¿Yo?
    —Según la ley romana el heredero sucede en todas las deudas de su causante. No te alarmes: comprendo que acabas de llegar y que tu economía debe atravesar un momento delicado, de modo que tendré la gentileza de esperar a que te repongas; cobrando entretanto un módico interés, por supuesto. Me han dicho que continúas con gran éxito el negocio de tu tío.
    —Nada de eso —me apresuré a negar—. Sólo acude algún clientillo de poca monta.
    —Vendrán tiempos mejores —Baiasca se había colocado tras de mí y miraba hacia el templo de Pomona tratando de pasar desapercibida. Tóculo fijó en ella sus ojos de ave de presa—. ¿No es ésa la esclava enferma de fiebres? Parece muy recuperada.
    —No del todo —mentí—. Aún recae de cuando en cuando.
    —¡Qué lástima! Por fortuna tengo un médico excelente. Hasta pronto, Diomedes. Ha sido un placer saludarte —hizo una seña a sus porteadores y la litera continuó camino hacia el palacio.
    —¿Por qué te escondías? — pregunté a Baiasca.
    —No me gusta ese Tóculo. Tiene fama de explotar y maltratar a sus esclavos.
    —Dice que la deuda de mi tío no está extinguida. ¿Qué pasaría si te reclamara?
    —No quiero ni pensarlo.

    Saqué la llave de la casa y me dispuse a introducirla en su cerradura. La puerta cedió a la presión y se abrió con un lúgubre chirrido.

    —¿No cerramos al salir? — planteé sorprendido. En el interior del edificio reinaba el silencio más absoluto. Avancé cautelosamente por el corredor, seguido de cerca por Baiasca. Y de pronto todas las puertas se abrieron a la vez y ocho o nueve hematófagos, armados hasta los dientes, irrumpieron en el pasillo.

    La esclava gritó, mientras yo, con un recuerdo fugaz a mis antepasados muertos con honra en Queronea, buscaba el estilete de la diosa Némesis. Los intrusos, sin embargo, no iniciaron su previsible ataque. Advertí con cierta sorpresa que iban uniformados.

    —Son guardias pretorianos —susurró Baiasca, visiblemente disgustada ante su presencia.
    —¿Y por qué lo dices en ese tono? Temía que fueran malhechores.
    —No me gustan los pretorianos.

    Recobré poco a poco la serenidad y con ella la firmeza en la reivindicación de mis derechos de propietario.

    —¿Quién os ha autorizado a entrar aquí? — interpelé al que parecía de mayor graduación.
    —Él te espera ahí dentro —contestó escuetamente el guardia, señalando hacia mi consultorio. Me dispuse a entrar en busca de la respuesta, pero el hombre me retuvo por la manga—. Deja aquí ese puñalito —ordenó.
    —¿Por qué?
    —Son las normas —por discutible que fuera la vigencia de aquellas normas en mi casa, parecía razonable encomendar el arma a Baiasca y aclarar primero la situación con el misterioso visitante del consultorio.

    Se trataba de un romano alto y delgado, vestido con una costosa toga de orla purpúrea, cuyos escasos cabellos canos recordaban haber sido rubios mediante algún mechón aislado. Me indicó con un gesto magnánimo que también yo podía sentarme. Decidí que había llegado el momento de imponer mi autoridad sobre aquellos intrusos.

    —¿Se puede saber qué sucede aquí? — inquirí en tono severo—. ¿Quién eres tú? — la primera reacción de mi visitante fue de sorpresa. A continuación enderezó su postura sobre la silla e irguió hacia mí un índice acusador.
    —Vamos a ver primero quién eres tú —decidió—. Porque es evidente que no me hallo ante Alcímenes el tebano —era una afirmación lo bastante rotunda como para hacerme abandonar la ambigüedad sobre mi persona.
    —Alcímenes murió —confesé—. Soy su sobrino y sucesor, Diomedes de Atenas.
    —¡Qué lástima! Me habían contado maravillas de él.
    —También yo soy exquiriente —me pareció oportuno alegar.
    —¿Tan bueno como tu tío?
    —Por el momento hago lo que puedo —reconocí. El intruso me recorrió atentamente con sus ojos grisáceos y penetrantes.
    —Este es un caso muy delicado, que requiere enormes dosis de sagacidad y discreción. ¿Puedo confiar en un griego desconocido, que acaba de llegar de provincias? — el romano dirigió la pregunta a sí mismo, pero encerró en ella un enigma que me pareció urgente aclarar.
    —¿Cómo sabes que acabo de llegar?
    —Hay que ser muy nuevo en esta ciudad para pedirme que me identifique —empezaba a cansarme tanto misterio.
    —¿Y si lo haces de una vez? — urgí. El hombre hizo un ademán de infinita paciencia.
    —Cuando nací me llamaron Cayo —expuso—. Pertenezco a la familia Julia. Y utilizo el apellido de César —uní mentalmente las tres palabras.
    —Julio César! — exclamé boquiabierto. Mi interlocutor reclamó sosiego con un gesto.
    —Estoy aquí de incógnito. Debes disculpar los modales de mis pretorianos. Tienen la responsabilidad de cuidar de mí y eso les pone un poco nerviosos. Matar al cónsul se ha convertido en uno de los deportes con más adeptos en esta ciudad.
    —Son los gajes del poder —asentí.
    —Vengo a que investigues uno de esos gajes. Hace tres noches alguien intentó asesinarme —me creí obligado a mostrarme franco con el dictador.
    —Temo que los crímenes de Estado excedan de mi competencia —admití.
    —En este caso se trata más bien de un asunto doméstico. ¿Has oído hablar de Cleopatra?
    —¿La reina de Egipto? — aventuré.
    —Como quizá sepas, es en estos momentos huésped de la República. Está alojada con su séquito en una villa de mi propiedad, muy cerca de aquí. Me gusta hacer estos pequeños favores al Estado. La visito con cierta periodicidad, para estrechar los lazos diplomáticos con su reino.
    —Es muy natural.
    —Pues bien, la otra noche una mujer apareció en la terraza de la estancia que ocupábamos y disparó una jabalina contra mí. La esquivé por muy poco y quedó clavada en la cabecera de la cama —la historia me pareció un poco confusa.
    —¿De qué cama?
    —De la de Cleopatra. La reina y yo salimos rápidamente a la terraza, pero la agresora había saltado ya al jardín.
    —¿Estaba Cleopatra en la cama? — César asintió—. ¿Está enferma? — el dictador enarcó las cejas y meditó la respuesta, como si planteara la conveniencia de buscar otro exquiriente.
    —No sé para que usáis las camas en Atenas; al menos aquí en Roma cumplen también otras finalidades —decidí que sería mejor prescindir de este tipo de averiguaciones.
    —Necesitaré una descripción más detallada —solicité.
    —Era una noche tormentosa y hacía poco que nos habíamos dormido. De repente se abrió el balcón y su ruido me despertó. A la luz de un relámpago vi a una mujer que apuntaba una jabalina hacia mi pecho. Me hice a un lado y su punta me pasó rozando. Entonces corrí hacia el balcón, pero ya había saltado sobre la barandilla de la terraza y desaparecido en las sombras del jardín.
    —Intenta describírmela.
    —Puedo presentártela en persona. Se trata de Arsínoe, la hermana de Cleopatra.
    —Escapó sin que pudieseis atraparla —supuse.
    —En absoluto. Se encuentra presa en la misma villa —el enigma del dictador parecía en aquellos momentos muy poco enigmático.
    —¿Qué he de investigar entonces?
    —Quiero saber cómo lo hizo. Quizás deba empezar la historia por el principio.
    —Será preferible —aseguré.
    —Todo comenzó con ocasión de la guerra civil en Egipto. Sabrás que mis legiones auxiliaron al bando de la reina Cleopatra contra varias facciones rebeldes, una de las cuales pretendía entronizar a su hermana Arsínoe. Cuando aplastamos la sublevación Arsínoe cayó prisionera y me acompañó de vuelta a Roma para adornar el triunfo que celebré hace mes y medio. Siempre resulta decorativo hacer desfilar a una reina bárbara detrás del carro del triunfador. Es un recurso muy gastado, pero al público le sigue entusiasmando. Cuando terminó la fiesta Cleopatra me pidió que se la regalara y lo hizo con tanta insistencia que no tuve más remedio que acceder.
    —¿Qué quiere decir regalársela?
    —La estirpe de los Lágidas tiene una larga tradición en cuestión de venganzas familiares. Cleopatra no le perdona que le disputase el trono y se divierte enormemente infligiendo toda clase de humillaciones a su cautiva. Tiene una imaginación muy oriental para estos temas. Últimamente la había destinado a sacar agua para la fuente del jardín, dando vueltas a una noria. La noche del atentado Arsínoe replicó a una de sus guardianas y la reina decidió dejarla encadenada al madero —era notable el tono indulgente con que César relataba las travesuras de la egipcia.
    —Cosas de mujeres —asentí.
    —Cuando aquella noche llegué a la villa estaba lloviendo a mares y Arsínoe se empapaba a la intemperie. Me pareció inhumano que pasara allí toda la noche, de modo que ordené al jefe de la guardia que le cortara los hierros y le dejara guarecerse en su propio dormitorio. Por supuesto envié al centurión a dormir con sus hombres y le mandé que colocara un centinela en el jardín, frente a la única ventana de la habitación. Lo que quiero que averigües es cómo consiguió salir de ella para dispararme la jabalina.
    —¿Dónde está esa habitación?
    —En un extremo del cuerpo de guardia. Para salir por la puerta hubiera debido forzar el madero que la atrancaba, que seguía puesto después del atentado, y pasar entre todos los pretorianos acostados, tres de los cuales, incluido el centurión, declararon que estaban desvelados por la tormenta.
    —¿Y la ventana?
    —Abre sobre unos extensos parterres de flores, cuyo suelo estaba muy mojado por la lluvia. No había una sola pisada en ellos.
    —¿Qué pasó con el centinela?
    —Estaba muerto, apuñalado por la espalda —aquello empezaba a presentar los síntomas de un verdadero misterio.
    —¿Qué cuenta la egipcia?
    —Niega haber salido de la habitación. Asegura que dormía pacíficamente cuando la despertaron los guardias que buscaban a mi agresora.
    —¿Ha sido puesta a tormento?
    —Primero, no es una esclava, sino una princesa de sangre real, cuya familia reina en un país amigo. Segundo, no resultaría caballeroso por mi parte. Al fin y al cabo se trata de una mujer joven, que padece cautiverio en el exilio. Puedo permitir que Cleopatra juegue un poco con ella, pero entregarla al verdugo sería una imperdonable falta de cortesía. Tercero, la presencia de las egipcias en Roma resulta algo impopular en muchos sectores. Si este incidente se divulgara mis enemigos lo aprovecharían para lanzar una nueva campaña de desprestigio contra nuestros aliados. Por último, tengo razones particulares para desear que este asunto se resuelva de la manera más privada posible. Por citar sólo un ejemplo, mi esposa Calpurnia quedaría muy disgustada si le llegase alguna noticia sobre el tema. ¿Entendido?
    —Creo que está muy claro —afirmé.
    —Por eso quiero que acudas al lugar de los hechos y, con la máxima discreción, averigües qué sucedió realmente aquella noche. Nadie debe saber que trabajas para mí.
    —Necesitaré alguna justificación para poder recorrer tu villa e interrogar a sus habitantes.
    —Ya he pensado en eso. Serás un trágico griego, al que he decidido proteger en su carrera teatral —me pareció una gran idea.
    —Me encanta el teatro —revelé.
    —Tanto mejor. Mi deseo es que te inspires para escribir una tragedia sobre la pugna entre las dos hermanas. Por eso todo el mundo deberá abrirte las puertas y contestar a tus preguntas. ¿Necesitas alguna aclaración? Perfectamente. Mañana por la mañana pasará un pretoriano a recogerte. En la villa te esperará el centurión Lucio Araneo. Es un veterano de mi confianza, que será el único que esté al corriente de tu verdadera finalidad. Por cierto, ¿cuáles son tus honorarios? — mis experiencias anteriores probaban que no había que quedarse corto en esta cuestión. Pensé en pedir cinco mil denarios, pero la cifra me pareció tan enorme que vacilé.
    —Las tarifas de un exquiriente griego son algo caras —aventuré.
    —Mis enemigos me achacan todos los vicios posibles, pero nadie ha dicho nunca que sea un tacaño. Te daré cinco talentos cuando resuelvas brillantemente este enigma. Ahí tienes cinco mil denarios como anticipo —tardé unos instantes en recobrar la respiración.
    —¿Qué pasará si no lo resuelvo con la brillantez requerida?
    —Deberás devolvérmelos al contado. Ven a verme cuando sepas algo. Suele ser fácil encontrarme. Pero por favor, ¡con discreción! — terminó César, irguiéndose en toda su estatura.

    Acompañé a mi cliente hasta la puerta. Frente a la casa vecina se hallaban Publio Antonio, al lado de su biga de caballos apulianos, y el propio Quinto Tóculo, en animada conversación que interrumpieron para seguir con la vista al dictador y su escolta. Mientras éstos se perdían tras la esquina del templo de Pomona me aproximé a la pareja.

    —Con que clientillos de poca monta, ¿verdad? — saludó el usurero—. Bien, no tardaremos en charlar extensamente de negocios. Hasta la vista —terminó, volviendo la espalda hacia su palacio. Antonio parecía menos impresionado.
    —Deberías seleccionar mejor tu clientela —me exhortó—. Comprendo que tu profesión exige el contacto con toda clase de truhanes y pervertidos, pero ¡el jefe del partido popular! ¿Qué quiere de ti?
    —Es secreto profesional —alegué.
    —No te preocupes. Me enteraré mañana en el Foro. En esta ciudad no hay forma de guardar nada en secreto.
    —¿Qué tal tu defensa de la adúltera? — me interesé.
    —Sólo regular. Luciano ha iniciado su réplica y nunca habría podido sospechar que tuviera una información tan exacta sobre mis costumbres y mis finanzas. Estos abogadillos no se detienen ante infamias y calumnias. ¡Incluso ha llegado a acusarme de imprudente con la biga!
    —Hablando de infamias, ¿qué pretendía ese Tóculo?
    —Me ha estado haciendo preguntas sobre ti y tu clientela. Le estaba convenciendo de que no has hecho más que empezar, pero el ver salir a Julio César no va a contribuir mucho a que te deje en paz. También se ha interesado por Baiasca. Dice que es tiempo de vendimia y que le faltan brazos en su finca rústica. Pero no te inquietes por ella. Necesitaría una orden del pretor para llevársela.
    —¿También tiene una finca rústica?
    —A una milla y pico de aquí. Unas viñas enormes, con su bodega y su lagar, que debió de arrebatar a algún desdichado prestatario. Por cierto, esta noche no tengo ningún banquete comprometido. Te invito a cenar en mi casa —iba a preguntar si podía asistir Baiasca, pero desistí a tiempo. Era obvio que las esclavas no cenaban en la mesa de los patricios. Sentí el cansancio propio de quien ha recorrido en una jornada las cuatro esquinas de Roma y decliné:
    —Lo dejaremos para otro día —en ese momento se oyó un tronar de cascos y, guiada por su propietario, la biga de Manlio Turmo entró al trote en la plaza. Mitis ocupaba la trasera de su cubículo. Antonio siguió el vehículo con la vista, a punto de bizquear.
    —¿Has visto eso? — se sorprendió.
    —Me gusta más la tuya —le consolé.
    —Ese bellaco se la ha hecho traer de Partia por lo menos. Los que usamos bigas nacionales estamos en desventaja con esos ricachones. ¡Y viene hacia aquí!
    —Son clientes míos.
    —¡Y pensar que anteayer dudabas si seguir el negocio o mendigar para volver a Atenas! — suspiró Antonio, alejándose hacia su casa.

    Ni uno de los cabellos de Manlio Turmo, cuidadosamente peinados por la mañana, había osado deshacer su formación y, por algún misterioso sortilegio, su clámide ateniense no presentaba una sola mota de polvo. Saltó del pescante y ayudó a descender a su prima Mitis, mientras yo les invitaba a pasar al consultorio.

    —Venimos directamente del puerto, de hablar con el capitán del Melicertes —informó la romana, muy excitada—. No pasó por Éfeso. En este viaje ni siquiera se acercó a la costa jonia.
    —¿Dónde embarcó entonces la estatua?
    —En Creta —contestó Turmo—. Le hice revisar las tablillas de carga para asegurarnos.
    —¿Y quién fue el remitente? — Mitis palideció antes de anunciar, con un hilo de voz:
    —Nos dio una respuesta espantosa.
    —El capitán apenas si habla latín —aclaró su primo—. Leyó la tablilla y nos dijo que los que cargaron la estatua venían de parte de un tal señor Manes Novioduni.
    —¿El señor Manes? — me extrañé—. ¡Los muertos de Noviodunum! — busqué alguna frase elocuente que resumiera mis conclusiones sobre el misterio. Ni siquiera se me ocurrió cómo empezarla. Mitis cortó el embarazoso silencio:
    —También quería pedirte disculpas sobre el comportamiento de mi hermano esta mañana. Ha sido bochornoso.
    —Debe de hallarse un tanto ofuscado por los acontecimientos.
    —Marco está a punto de ingresar en el ejército. Es muy patriota y padeció muchísimo cuando conoció la deshonra de nuestro padre. Ahora teme que las circunstancias de su muerte divulguen la noticia de la traición y su carrera quede arruinada.
    —Desde que mi tío confesó su falta las relaciones entre padre e hijo se hicieron más bien tirantes —amplió Turmo—. Y en los últimos tiempos se habían agravado sus diferencias, por culpa de unas pequeñas deudas contraídas por Marco —Mitis le lanzó la misma mirada enojada de la mañana, cuando empezó a hablar del ratón y el queso. Creí que la situación requería abandonar la diplomacia.
    —¿Qué deudas? — insistí.
    —No tienen ninguna importancia en proporción al patrimonio de mi padre —intervino Mitis.
    —En cambio rebasaban las posibilidades del peculio particular de Marco —le corrigió Turmo—. Mi primo tiene cierta pasión por el juego y sufrió algunas pérdidas, de las que mi tío se negó a hacerse cargo.
    —El juego es algo terrible —corroboré—. He tenido experiencias muy directas en mi familia.
    —Pero las leyes de la sucesión son un gran invento. En estos momentos todas las deudas deben de estar liquidadas y el prestigio de Marco tan restaurado como si nada hubiese sucedido —concluyó el romano—. Bien, está anocheciendo y aún debo llevar a Mitis a su casa —su prima le estaba mirando con una expresión cercana a la de la diosa Némesis. La suavizó al volverse hacia mí.
    —Espero que pronto tendremos noticias tuyas —manifestó.
    —Si llego a averiguar algo iré inmediatamente a contároslo —prometí.

    Salí en busca de Baiasca y, tras la experiencia del Aventino, me sobresalté al verla en compañía de un mendigo astroso, que blandía un puñal afilado. Iba a correr en su ayuda cuando identifiqué el arma como el estilete de la diosa Némesis y al pordiosero con el tracio pelirrojo.

    —Odiseo ha estado examinando la daga —informó la esclava—. Antes de perder la vista trabajó de orfebre.
    —Su empuñadura es inconfundible —habló el ciego, arrastrando las palabras con su acento característico—. Este arma procede de Creta —dirigí a Baiasca un gesto de indiferencia, demostrativo de que no me descubría nada nuevo, y traté de ahuyentar al pedigüeño.
    —Tú no puedes saberlo —le dije— pero ya casi es noche cerrada y va a llover. Es hora de que vuelvas a tu casa —y deposité en su mano un sextercio. Lo palpó y gruñó mientras se alejaba:
    —Los mendigos no tenemos casa. Y con limosnas como las tuyas no creo que lleguemos a tenerla.

    Aguardé a que desapareciera y relaté a la cémpsica las revelaciones del capitán del barco.

    —Quizá debería delegar la investigación en algún exquiriente de Creta —planteé—. Habría que hablar con todos los escultores de la isla. Pero aquí en Roma no parece haber mucho más que investigar.
    —¿Y si interrogases al jefe de la compañía que actuaba la noche del crimen?
    —¿Para qué?
    —Sería interesante saber quién eligió la tragedia que representaron.
    —¿Quieres decir que podría no ser casualidad que la obra seleccionada fuese precisamente un canto a las furias de la venganza eterna?
    —Nada se pierde con preguntar.
    —¿Cómo podremos encontrar a los actores?
    —Su jefe se llama Laurencio y vive junto a la puerta Querquetulana. Mientras te esperaba en el jardín de las estatuas un esclavo me estuvo contando la representación —explicó la cémpsica ante mi ademán de asombro. Las primeras gotas de lluvia caían ya sobre la plaza. Pensé que tras los trajines de la jornada una cena bien caliente, regada con vino beodo y amenizada con una interesante conversación, podía resultar un reconfortante epílogo.
    —¿Vamos a cenar? — propuse a Baiasca.
    —He estado tomando alguna cosilla con Odiseo. Pero tú tienes la cena preparada en la cocina —iba a decirle que por no dejarla sola había rehusado un banquete en casa de Antonio, pero me limité a preguntar.
    —¿No te interesa el enigma de Julio César?
    —Mañana estaré más despejada para asimilarlo. El día ha sido un poco largo —se justificó la esclava.
    —Espero que te encuentres en forma —deseé—. Ha ofrecido cinco talentos si resuelvo bien el caso —contra mis previsiones, la cémpsica no pareció en absoluto impresionada— ¿Cuánto solía cobrar Alcímenes a sus clientes? — me interesé.
    —En enigmas muy sencillos, cinco talentos. En los casos muy complicados podía llegar hasta veinte.
    —Temo que hasta el momento he estado malbaratando el mercado —expuse, consternado—. ¿Cuánto le pagó Junio Silano por el enigma de los pendientes de oro?
    —Diez.
    —Es una cifra importante. Sólo por ella habría merecido la pena mi viaje. Es extraño que muriese así, sin revelar dónde los tenía —reflexioné.
    —Nunca te habrían llegado —advirtió Baiasca—. Había varios acreedores haciendo cola.
    —Más de uno sospecharía que antes de perder el conocimiento de forma definitiva te reveló a ti su paradero —la esclava levantó la cabeza.
    —Llegó a esta casa inconsciente. Y el médico estuvo siempre delante —meditó unos instantes y agregó:— Si desconfías de mí será mejor que me vendas.
    —No digas tonterías —sobre la mesa de la cocina se alineaban los fríos restos de la noche anterior. Los miré con escaso entusiasmo—. No podemos descuidar el caso de Siderobros —recordé—. Hay que hablar con el lechero de la vía Aurelia, que fue amo de Glauco.
    —Su lechería está cerca de aquí.
    —Excelente. Puedes ir a primera hora a interrogarle —era mi pequeña venganza por no acompañarme en la cena—. No te entretengas, porque luego vendrá a recogernos un pretoriano para llevarnos a la villa de Cleopatra —recomendé, mientras tomaba con los dedos una gélida chuleta. Baiasca permaneció de pie junto a la puerta—. ¿De qué charlas con el ciego tracio? — me interesé, cambiando de tema—. Creía que no te gustaban los mendigos.
    —Odiseo es diferente. Siempre se ha portado muy bien conmigo —aquella extraña amistad de la cémpsica me sugirió una nueva cuestión.
    —¿No estás un poco sola? — pregunté.
    —¿Qué quieres decir?
    —A tu edad hay muchas que se han casado o están a punto de hacerlo.
    —Si me caso siendo esclava mis hijos lo serán también —alegó Baiasca.
    —Eso no es un problema para ti. Seguro que si te lo propusieras no tardarías en encontrar varios romanos libres, dispuestos a comprar tu manumisión.
    —No me gustan los romanos —declaró con cierta firmeza, como si le desagradara la conversación—. ¿Puedo retirarme? Estoy algo cansada.
    —En el patio está lloviendo a mares. Por esta noche puedes usar mi dormitorio —las velas proporcionaban una luz muy débil, pero me fue suficiente para percibir una mutación negativa en el brillo ocular de la esclava.
    —Ya me las arreglaré en el vestíbulo —afirmó tajantemente.

    Me apresuré a deshacer el posible malentendido.

    —No vayas a imaginar nada malo —expliqué—. Sólo quería evitar que te mojaras. Yo pensaba trabajar en el consultorio.
    —Claro que no —aseguró un tanto enigmáticamente Baiasca, mientras cerraba la puerta a sus espaldas. Repetí por enésima vez el filosófico encogimiento de hombros y, con tan poco humor como apetito, me concentré en los glaciales despojos de cordero amontonados en el plato.


    Cuarto día


    No hay zozobra ni cansancio que no remedie un buen sueño. Con tal energía me concentré en la restauración de mi organismo que cuando el viejo Hipnos levantó al fin su amoroso manto el sol brillaba en lo alto de un cielo esplendorosamente azul. Pájaros de buen agüero piaban en los aires del Janículo, una leve brisa acariciaba los matojos que crecían entre las losas del templo de Pomona. Un excelente comienzo de día, en suma, apto para despreciar, con la sonrisa en los labios, estatuas asesinas remitidas por fantasmas, conjuras orientales o lúgubres profecías sobre el reino de los muertos.

    Desde el patio chirrió el brocal del aljibe, revelando que Baiasca había regresado de su misión en la vía Aurelia. Terminé de vestirme y salí en busca de noticias sobre el lechero.

    —No te he servido de mucho —informó la esclava. Estuvo muy amable y contestó a todas mis preguntas, pero no sabe nada importante. Glauco se crió en su casa y era un mozo fuerte, que en los ratos libres practicaba con espadas de madera para ser gladiador. Hace unos diez días fue a hablar con el dueño del anfiteatro y éste acudió a la lechería y lo compró. Su amo ya no volvió a verlo.
    —¿Para qué querría ser gladiador? Cualquier hombre sensato preferiría tratar con las vacas antes que con Alyx o los reciarios nubios.
    —Según el lechero Glauco quería ser libre y pensaba que en el anfiteatro lo conseguiría más rápidamente.
    —No parece muy misterioso —opiné desalentado.
    —Por otro lado, tenía la intención de casarse —amplió Baiasca—. Pero eso, con ciertas excepciones, es también bastante normal.
    —¿Con quién?
    —Su amo sólo sabe que se trataba de una esclava. Pero nunca la llevó a la lechería. Cree que no trabajaba en la ciudad.
    —¿Hablaste con otros sirvientes del lechero?
    —No tenía ningún otro. Con lo que le dieron por Glauco se ha comprado un galo, pero no llegaron a conocerse.
    —Temo que no quedan muchos más puntos de investigación en el caso de Siderobros. ¿Quién anda por ahí? — pregunté. Acababa de sonar un golpe en la puerta de la calle. Desde el exterior llegó la voz de un hombre.— Ya iré yo —decidí. Debe de ser algún nuevo cliente.

    Abrí la puerta con la más comercial de las sonrisas, que al punto se me heló en el rostro. Mis visitantes eran Quinto Tóculo, su malencarado esclavo en jefe y un segundo sirviente, apenas más favorecido que el primero. El usurero exhibió un pergamino con gesto triunfante.

    —¿En qué os puedo servir? — planteé con amabilidad, disimulando la natural animadversión ante tal bandada de rapaces.
    —Por el momento en muy poco —respondió Tóculo, entregándome el pergamino—. En estos días de vendimia me será más útil tu esclava —hojeé con cierta aprensión el documento, mientras mi visitante me resumía su contenido—: Es una orden del pretor, constituyendo a la esclava en prenda —explicó—. Inmediatamente ejecutiva. Ya te dije que necesitaba brazos en mi granja.
    —Pero eso no puede ser —protesté—. Está convaleciente.
    —El aire del campo le sentará muy bien.
    —También aquí es necesario su trabajo.
    —La solución es bien sencilla. Págame los veinticinco talentos que me quedó a deber tu tío y la garantía será cancelada —pese a mis sentimientos pacíficos, es probable que de no haber estado presentes sus dos matones me hubiera arrojado al cuello de aquel execrable crisódulo.
    —Esperad aquí fuera —exigí en tono seco.

    Baiasca aguardaba sentada junto al aljibe. Me dio la impresión de que había palidecido.

    —¿Lo has oído? ¿Qué podemos hacer? — añadí, ante su gesto afirmativo.
    —Temo que por el momento nada.
    —Podrías esconderte en el subterráneo. Les diría que habías salido de casa —esta vez negó con la cabeza, mientras se incorporaba muy lentamente.
    —Me convertiría en esclava fugitiva. — Intenté tranquilizarla:
    —No te ha adquirido en propiedad. Sólo te retendrá en prenda, hasta que liquide todas las deudas de mi tío. Te prometo que cuando tenga bastante dinero iré a rescatarte —creo que apenas me oyó. Estaba mirando hacia los cordones de su calzado.
    —Tendré que devolverte los coturnos —me indicó.
    —Puedes quedártelos. No te gusta andar descalza —sonrió, un tanto forzadamente, y echó a andar hacia la puerta.

    Uno de los sicarios de Tóculo se apresuró a cogerla por los codos, mientras el otro preparaba un par de manillas. Baiasca bajó la vista al suelo y se dejó poner los brazos atrás.

    —No es necesario esposarla —protesté—. Es una esclava muy dócil —el rufián hizo caso omiso y cerró los hierros sobre la muñecas de la cémpsica.
    —Preocúpate de tus problemas, que yo cuidaré de mis posesiones —me exhortó Tóculo; y añadió en dirección a sus sirvientes—: Llevadla a la granja y que empiece a trabajar. Yo pasaré esta tarde a ver cómo anda la vendimia.

    El esclavo desenrolló una cadenilla y la anudó en torno al cuello de Baiasca. La cémpsica musitó para sus adentros:

    —Esto no estaba previsto —me pareció que temblaba ligeramente.

    También yo sentía un nudo en la garganta, sin que pudiera precisar si se debía al trato inhumano infligido a mi esclava o al pensamiento de cómo me las iba a componer en los enigmas sin ella.

    —Iré a visitarte —le aseguré en voz baja. Ella hizo un movimiento afirmativo.
    —Dile a Odiseo dónde me llevan —agregó en el mismo tono. El hematófago dio un tirón a la cadena y el grupo se disolvió. Tóculo y el siervo en jefe hacia su palacio, Baiasca y su guardián en dirección opuesta al Tíber. Yo permanecí en medio de la plaza, viendo cómo se alejaban.

    Se cruzaron con una biga militar, guiada por un pretoriano, que frenó en seco ante mi casa. Su auriga soltó las riendas y se cuadró:

    —¿Eres el trágico ateniense? — preguntó—. El centurión Araneo me envía a buscarte —di un patadón a la puerta, que encajó la hoja en su marco, rodé la llave y subí a la trasera del vehículo.

    Viajar en un carro del ejército romano, tripulado por un pretoriano carrilludo, no se corresponde con mi idea de un placer de los dioses, pero ofrece al menos una ventaja para quien frecuente la biga de Antonio: la disciplina militar impone una marcha uniforme, poco apta para despedazar peatones o volcar literas. De modo que pude admirar tranquilamente los jardines floridos por los que transitábamos, en la ladera contraria del Janículo, entre las verjas labradas de las mejores villas de la plutocracia local. Un bonito escenario, del todo inadecuado para la sensación de desasosiego y pesimismo que me acompañaba desde la plaza de Pomona.

    Dos hematófagos armados montaban guardia a la entrada de la villa Juliana, junto a una refinada columnata casi helénica. La biga rebasó su control, contorneó la fachada principal del edificio y se detuvo frente a un barracón de madera, horrenda nota disonante entre los céspedes y los mármoles de la villa.

    —Centurión Lucio Valerio Araneo —se identificó, con el preceptivo golpe en sus costillas, el oficial que nos aguardaba. Con su coraza en bajorrelieve, resaltando los abultados contornos de su tórax, sus grebas y muñequeras relucientes y la saliente mandíbula rasurada, constituía algo así como el arquetipo del militar romano, moldeado en cera para su envío didáctico a las más reticentes tribus de la frontera—. César me ha ordenado que me ponga a tu disposición para todo lo que desees —manifestó cuando el auriga se alejó—. ¿Por dónde quieres que empecemos?
    —Enséñame la habitación en que dormía la presa —solicité.

    Atravesamos el cuerpo de guardia, en el que cuatro o cinco pretorianos francos de servicio bostezaban sentados en sus camastros, y entramos en una pequeña estancia situada al fondo, con una sola ventana. Contenía una cama y un arcón de campaña.

    —Aquí —indicó lacónicamente Araneo. La ventana abría sobre la terrosa superficie de unos arriates de flores, de unos veinte pasos por diez. Un bordillo de azulejos los separaba de la hierba, ininterrumpida hasta la fachada trasera del edificio. Ésta ofrecía una amplia terraza a la altura del primer piso, delimitada por una balaustrada marmórea—. Desde esa terraza dispararon la jabalina. Aquella puerta da a la alcoba de Cleopatra.

    Entre el cuerpo de guardia y la edificación principal había una fuente, seca en aquellos momentos, cuyo caño surgía de una columnita vertical atravesada por un grueso madero perpendicular del que colgaba un juego de cadenas. Sobre su cima un tritón barbudo soplaba en su concha.

    —Ahí estaba Arsínoe la otra noche —siguió explicando el centurión—. Cuando César llegó a la villa, en plena tormenta, expulsó al sicario que Cleopatra había dejado de guardia y mandó quitarle las cadenas. Tuvimos que llamar a un herrero, porque la única llave está siempre en poder de Tueris. Una dama de la reina —agregó, ante mi interrogación—. Después entró en esta habitación con la egipcia, me dijo que me fuera a dormir con mis hombres y cerró la puerta.
    —¿Cuánto tiempo pasaron dentro?
    —Menos del que estás imaginando —no había imaginado nada, pero la respuesta me pareció bastante explícita—. Luego César salió, dando un portazo, y me ordenó que atrancase la habitación y pusiera a un centinela frente a la ventana. Elegí a un mauritano, al que acababa de reprender por llevar una hebilla sucia. Yo me acosté en su camastro, pero entre los truenos de fuera y los ronquidos de dentro no pude conciliar el sueño en mucho rato. Es curioso como roncan los pretorianos. Quizá deberíamos aligerarles la cena.
    —¿Qué más pasó? — pregunté con cierta impaciencia. No había venido a investigar por qué roncan los pretorianos.
    —De pronto se oyeron voces de alarma y todos nos pusimos en pie. Encendimos antorchas, salimos al jardín y hallamos al mauritano apuñalado por la espalda. César gritaba ordenando que detuviésemos a su agresora. Entonces volví al cuerpo de guardia, retiré la tranca y entré en la habitación. La egipcia seguía en la cama y preguntaba a qué se debía todo aquel vocerío. Me asomé a la ventana y puedo asegurar que no había una sola pisada en esos arriates.
    —¿Cuál es tu opinión?
    —Soy un hombre de armas y no entiendo de misterios ni encantamientos. Sólo sé dos cosas: que César vio cómo Arsínoe le disparaba un venablo y que no hay medio humano para salir de esta habitación sin dejar huellas.
    —No parecen dos afirmaciones compatibles.
    —Creo que para ponerlas de acuerdo te han contratado a ti. Bien, ¿vamos a ver a las hermanas? Están en plena audiencia —el plural me sorprendió.
    —Pensaba que Arsínoe estaba presa —manifesté.
    —No creo que asista por su gusto.

    Acompañé al centurión hasta la antesala del cuarto de audiencias. Allí nos recibió un hombre menudo, de saludable aspecto, que me fue presentado como Oiqueneo, el chambelán de Cleopatra.

    —¿El trágico ateniense, verdad? — se interesó, con un marcado deje alejandrino que me puso inmediatamente en guardia. Por más que intente disimularlo un alejandrino no es más que un griego de ultramar, muchas veces disfrazado de egipcio, lo que le hace doblemente peligroso. Por alguna extraña razón un hijo del Ática desconfía de un alejandrino nada más verlo, como sucede al caballo cuando ventea a un camello. La inquisitiva mirada que me dirigió el chambelán probó que el sentimiento era seguramente recíproco—. La reina está recibiendo a dos senadores. Cuando te llegue el turno avanza hasta mi posición, ni un paso más, y dobla la rodilla ante ella. No roces el suelo como si estuviera lleno de pinchos, al estilo romano. Son baldosas lisas y bien limpias y puedes estampar la rodilla sin ningún miedo. No hables hasta que ella te lo indique y limítate a responder a sus preguntas. Cuestiones de protocolo, ya sabes —terminó, regresando al interior de la sala.

    Aguardé un buen rato en compañía de Araneo y de tres mercaderes de Pelusio, de compras en Roma, que querían presentar sus respetos a la reina. Al fin la puerta se abrió y por ella salieron dos litocéfalos ceñudos, de toga purpúrea, ante los que se cuadró el centurión. El ujier voceó:

    —¡Diomedes de Atenas! — y yo di un paso al frente y entré en la sala de audiencias.

    Era una amplia estancia, adornada con mosaicos en sus laterales. Junto a la pared del fondo, cubierta de tapices, se levantaban tres peldaños de mármol blanco y sobre ellos un sillón de madera dorada, con las patas torneadas en forma de leones postrados. Dos mujeres ocupaban la plataforma, una apoyada en el asiento de terciopelo granate, la otra sobre las aristas marmóreas de los escalones. Cumplí con el ceremonial cortesano con una percusión de mediano estilo en la baldosa y me incorporé rápidamente, dispuesto a satisfacer mi curiosidad sobre las egipcias.

    El Mare Nostrum puede parecer inmenso, pero para chismes y maledicencias resulta poco más que el lavadero de un patio de vecinas. La reina de Egipto no tenía más de veinticinco años y ya hacía tiempo que incluso sus productos cosméticos eran objeto de debate en los remotos olivares del Ática. Aunque enmascarada tras tres siglos de refinamiento africano en su familia, era al fin y al cabo una macedónica, una griega de frontera. Siempre habíamos considerado a sus compatriotas como unos helenos del último orden, apenas distantes de la masa amorfa de los bárbaros, latinos incluidos, a los que sólo por algún dudoso designio concedió Zeus el privilegio de caminar erguidos. Pero desde que los romanos nos nivelaron bajo el talón de su cáliga los antiguos rencores provincianos habían quedado muy amainados y por aquellas fechas todos nos sentíamos orgullosos de que una helénica amenazara la estabilidad de Roma y mantuviera en vilo a todo el orbe civilizado.

    A primera vista resultaba más que interesante, con la cabellera negra recogida en complicados bucles, a semejanza de un capitel corintio, los ojos grandes, oscuros y brillantes, la nariz afilada y un gesto imperioso insinuado en el breve labio superior. Vestía una túnica de brocado verde y se adornaba con una diadema y un collar de tres vueltas, en los que se adivinaba la consistencia del oro macizo. No era aquél el atuendo de un ama de casa que sale a hacer la compra, aunque un amante del tópico habría echado en falta cetros de lapislázuli, serpientes de jaspe y oro, un negro gigantesco con un abanico tras ella y un par de leopardos tumbados a los lados del sillón.

    A sus pies, sentada en un escalón, estaba su hermana Arsínoe, con la cabellera suelta, sin más indumentaria que una exigua túnica, deshilachada y rojiza. Llevaba las manos a la espalda, hierros en los tobillos y de su cuello pendía una cadena de recios eslabones, sujeta a una pata del trono. El gesto dominante de la reina dejaba paso en sus labios a una expresión abatida, pero el corte facial, incluidas las delgadas líneas de la nariz, debía de ser común a toda la estirpe ptolemaica. Me miró fijamente con sus ojos tristes y no pude evitar cierto sentimiento de simpatía hacia ella. El recuerdo de Baiasca, tal vez maltratada en aquellos momentos por los esbirros de Tóculo, me acudió a la mente.

    —Puedes levantarte —habló Cleopatra, ignorando el hecho de que ya estaba completamente erguido. Tenía una voz melosa y a la vez enérgica, como describen los poetas pseudohoméricos a las sirenas de Ulises—. Siento una enorme admiración por los artistas. ¿Cuál ha sido tu último trabajo? — decidí mostrarme evasivo. No era imposible que la reina o alguien de su séquito —probablemente el chambelán alejandrino— estuviera al corriente de las novedades teatrales griegas.
    —Preparaba una obra sobre las cémpsicas —respondí—. Pero ha quedado momentáneamente interrumpida.
    —¡Qué interesante! — se admiró Cleopatra, sin atreverse, como había previsto, a preguntar qué era una cémpsica—. César me dijo que ibas a escribir una tragedia sobre la rivalidad fraternal.
    —Con vuestra real licencia, pensaba que tu hermana y tú fueseis el motivo central —expliqué.
    —¿Y el desarrollo?
    —Glosando la dicha del vencedor y la desgracia del vencido —el rostro de Cleopatra se iluminó.
    —Me parece un tema muy sugestivo —aprobó—. Y puedes contar con algo mejor que mi venia. Estaré encantada de colaborar contigo. Es el deseo de César, pero además me fascina posar para las bellas artes. Al fin y al cabo por ellas pasaremos a la inmortalidad. En esta misma villa hallarás a un compatriota, un prometedor escultor de Naxos. Trabaja por mi encargo en un pequeño recuerdo de familia.

    Durante todo este parlamento Arsínoe había agudizado el ángulo de sus cejas y me miraba con expresión desaprobatoria. Resolví que mi interés en causar buen efecto a la reina no justificaba predisponer en mi contra a la cautiva.

    —Si tu hermana es igual de amable… —empecé. La reina me interrumpió.
    —No necesitas su amabilidad. Es una prisionera y hará lo que yo mande. Pero no vas a inspirarte aquí, de pie ante el trono como si fueras uno de esos pedigüeños que vienen a sonsacarme influencias. Un artista merece otro trato. ¡Oiqueneo! Di a los que esperan que la audiencia ha sido suspendida.
    —Solamente quedan tres mercaderes de Pelusio.
    —¿Pelusio? ¿No apoyó a los traidores en la guerra civil?
    —Aseguran que ellos se opusieron a sus conciudadanos y padecieron enormemente por tu causa. — Cleopatra sonrió aviesamente.
    —Entonces no les digas nada. Padecerán un poco más esperando hasta que me canse. La reina y su séquito van a refrescarse en la terraza. Ven con nosotras, ateniense —me indicó en tono cálido—. Charlaremos ampliamente sobre tu próxima tragedia.

    La egipcia hizo una seña hacia un fornido sujeto, en todo semejante a un antropoide, que durante la audiencia había permanecido de pie en un lateral de la sala, tan inmóvil que llegué a tomarle por una de esas momias de que hablan los viajeros del Nilo. El homínido descruzó los brazos y se aproximó al trono, mientras Cleopatra descendía mayestáticamente por los peldaños. Una dama lechosa, de carnes blandas, entregó un juego de llaves al siervo y escoltó a la reina hacia la salida junto a otra mujer, morena y espigada, con una larga melena rizada. Araneo me las identificó como Tueris y Eos, del séquito personal de Cleopatra.

    —¿No vamos con ellas? — planteé.
    —Espera a que se alejen. Es el protocolo.

    El sayón conducía a Arsínoe por la cadena del cuello, con las manos esposadas a la espalda. El centurión y yo seguimos su lento avance, a prudente distancia, por una amplia escalera de caracol.

    —Vas a ver el lugar del atentado —me susurró Araneo—. Comprobarás que hay dos habitaciones que dan a la terraza. En la primera duermen las damas, en la segunda la reina. Bueno, y a veces César, ya sabes. Arsínoe debió de escalar hasta la terraza, abrió la puerta, disparó la jabalina y saltó desde la balaustrada. Después se perdió en la noche.

    En efecto, sobre el mosaico de colores que pavimentaba la terraza se entreabrían dos hojas de madera, que ocultaban el interior de las alcobas. Me aproximé a la balaustrada y miré hacia abajo. El salto hasta la hierba del jardín era asequible. Más allá estaba la fuente del tritón, los arriates terrosos y el barracón de la guardia.

    Cleopatra se había recostado en una tumbona y sus damas nos invitaron a instalarnos como ellas en los asientos de cuero dispuestos en círculo. El sicario sentó rudamente a la cautiva en el suelo y sujetó la cadena del cuello a una pata de la mesa. Tras lo cual se situó junto a la balaustrada, cruzó los brazos y abandonó otra vez el mundo de los vivos.

    Reparé en un hombre pálido y enjuto, con inconfundibles rasgos helénicos, que aguardaba en un rincón de la terraza y al momento deduje que debía tratarse del escultor. Así lo revelaban, para el ojo escrutador de un exquiriente, el escoplo y la lija que sostenía en sus manos y el bloque de mármol situado a su espalda. De su piedra blanca emergía la figura de la reina, en postura sedente, enarbolando olímpicamente su cetro. De rodillas a su lado, con la vista baja y encadenada hasta las cejas, se hallaba su hermana Arsínoe. Un simpático grupo familiar, sin duda destinado a enriquecer la colección de recuerdos de la dinastía Lágida.

    Tueris dio unas palmadas y varias bandejas empezaron a cimbrear en torno nuestro, mecidas por unas esclavas negras surgidas de la nada. Contenían unos bocaditos de exóticos color y forma. Dos efebos portacopas se sumaron a la reunión y escanciaron la oscura malvasía. Cleopatra llevó el vaso a sus labios e inició el amistoso convite, mientras su hermana, sentada en el suelo, miraba con expresión ausente hacia el horizonte.

    —Hoy no posaremos —comunicó al escultor—. Tengo un invitado. ¿Por dónde quieres que empiece, ateniense? La guerra civil egipcia fue algo muy sutil y muy complicado como para resumirlo entre dos sorbos de malvasía —tomé de la bandeja lo que resultó ser un pescadito seco, quizás nilótico, envuelto en una hoja de parra, y contesté:
    —La guerra civil será muy secundaria en mi obra, una simple referencia casi intemporal. Los conflictos que encierra una tragedia deben ser universales, válidos para cualquier tiempo y lugar, como las pasiones humanas —yo mismo estaba asombrado de cómo estaba interpretando mi papel de intelectual. Pensé que era una lástima que Baiasca no pudiera verme.
    —Quieres, en definitiva, que te exprese los sentimientos propios de quien ha triunfado en la lucha, ciñe la corona y ve ahora a su rival, a su hermana de sangre, encadenada y abatida a sus pies. ¿No es así? — resumió Cleopatra.
    —Me parece una síntesis muy completa de mis propósitos —asentí galantemente.
    —La respuesta se contiene en una sola palabra —empezó la reina, con un brillo de animación en sus ojos—. La felicidad. Una felicidad plena y consciente, propia de quien ha conseguido lo que ansiaba. ¿Te gustaría que la explicase más detalladamente?
    —Sería un honor —la egipcia enderezó su postura. El tema era evidentemente de su agrado.
    —El placer y la riqueza son para la mayoría de las personas un deseo inaccesible, perseguido toda la vida para que sólo algunos, con más suerte, puedan rozarlos entre los dedos. El común de los mortales sueña con montañas de oro, lagunas de perlas movedizas; esclavas de piel suave y cintura ondulante, mesas llenas de frutos de mar, vinos exóticos o aves especiadas. Para nosotros, los lágidas, riqueza y placer aguardan en la cuna, entre sábanas de seda y sonajeros de plata, y nos acompañan toda la vida, tan dócilmente como una sombra, en cuantía superior a la que jamás podremos gozar. Por eso no consiguen colmarnos. Nuestro verdadero anhelo es otro y por él respiramos, nos movemos y, llegado el momento, peleamos hasta la muerte —el parlamento de Cleopatra había ido aumentado progresivamente su énfasis. Se detuvo, mojó los labios en la malvasía y con un tono repentinamente quedo aclaró—: Me estoy refiriendo al poder.

    Pensé que la pausa concedida por la reina requería una frase cortesana, aprobatoria de su inspirada perorata, y sin duda hubiera seleccionado una satisfactoria de no haber tenido la boca llena por otro pescadito emparrado. Cuando acabé de deglutirlo ya la egipcia continuaba:

    —Necesitamos el poder, inmediato e ilimitado. Por eso mientras el rey vive organizamos rebeliones o conspiramos preparando la sucesión; cuando muere los herederos nos arrojamos unos contra otros, sabiendo que quien haga la primera sangre tendrá más posibilidades de conseguir el triunfo. Bien, ahora el poder es mío. Tuve que aliarme con los romanos, pero lo habría hecho con las furias del Averno si se hubiesen ofrecido. No es un poder tan pleno como yo querría, pues está comprimido por las mismas legiones romanas que me ayudaron, pero tiempo habrá de subsanar estos pequeños defectos. Y, sobre todo, es la recompensa a una difícil lucha, en la que arriesgué la fortuna, la libertad y la vida. Por eso ahora el premio me parece más sabroso.

    Durante esta parrafada Arsínoe, que rectificaba continuamente su postura sobre el suelo, había permanecido mirando a la lejanía. El movimiento de cejas con que acogió las palabras de su hermana probó, no obstante, que no se hallaba tan ausente como aparentaba. Creí llegado el momento de mediar por ella.

    —Según Platón, la clemencia es una miel que endulza el vino de la victoria —mentí. Desde luego no debía de ser yo el primero en decirlo y lo más socorrido en tales casos es echar la culpa a Platón.
    —La victoria es un vino fuerte —me corrigió la reina— que reclama el sabor picante de la venganza. En nuestra infancia mi padre nos hizo estudiar la historia de Roma. Decía que para no ser oprimidos hay que empezar por conocer bien al opresor. Los antiguos romanos pronunciaron muchas frases memorables, demasiadas para las que luego he oído elaborar a sus descendientes. La que más me impresionó fue sin embargo la de un enemigo, el celta Breno, después de tomar al asalto la Urbe. Dijo solamente: Vae victis, ay de los vencidos. Era un bárbaro iletrado, pero su discurso de dos palabras encerró más sabiduría política que todos los tratados de vuestros filósofos griegos. — Araneo se creyó obligado a protestar:
    —Él mismo probó el amargo gusto de su doctrina. Camilo regresó con su ejército y aplastó a los invasores.
    —Si los celtas hubiesen sabido escribir sería muy curioso conocer su versión de los hechos —replicó escépticamente la egipcia—. Pero de ser así solamente reforzaría la validez de la máxima. La piedad con el enemigo es la más peligrosa de las debilidades y ésta es una regla que ningún Lágida ha olvidado en la historia. Por eso ahora, trescientos años después de abandonar las chozas de barro de Macedonia, seguimos sentados en el trono de oro de Alejandría. Si mi hermana hubiese ganado estaría acomodada aquí, refrescándose con esta malvasía, y yo arrastraría sus cadenas por el suelo como una alimaña rabiosa.

    Miré otra vez hacia la cautiva. En realidad no había dejado de hacerlo, puesto que se encontraba entre la reina y yo. Fijaba la vista en un eslabón colgante de un grillete.

    —Comprendo que, conforme a esta teoría, el enemigo derrotado debe ser encarcelado o muerto —opuse—. Pero, ¿para qué sirve exhibir su desgracia, en permanente exposición pública? — Cleopatra adoptó una expresión cercana al éxtasis.
    —Para ejercer el poder —respondió.
    —No acabo de comprender.
    —No querría parecer inmodesta, pero los Lágidas no somos como los demás humanos. Es posible que en Atenas toméis esto a broma, como hacéis con casi todas las cosas, pero en Egipto la familia real participa de la divinidad y, después de tres siglos de contacto, algo de su esencia habrá terminado por contagiársenos. Mi poder es absoluto dentro de las fronteras de mi reino. Puedo arrasar una comarca o desnarigar una ciudad entera simplemente porque uno de sus moradores no dobló ante mí la rodilla con bastante fuerza. Pero no me complacen estos pequeños actos de despotismo. Tendrían por objeto viles mortales, indignos de que pose en ellos un ápice de mi rencor. De modo que para mis súbditos resulto una gobernanta bienhechora y hasta afable, mientras no cometan el error de auxiliar a mis enemigos. Pero con Arsínoe todo es diferente. Ella desciende del gran Ptolomeo en una línea tan directa como la mía, por sus venas corre sangre de doce generaciones regias. Fue una digna contrincante y ahora es mi prisionera, igualmente digna de que sacie mi venganza en ella. Quizá otros le hubieran dado una muerte cruel, con tormentos refinados seleccionados entre la rica gama de nuestros vergudos alejandrinos. Yo jamás permitiría tocar un solo cabello de mi hermana.
    —Muy humanitario —aprobé.
    —Al fin y al cabo, ¿qué es el dolor físico, comparado con el de la humillación y la frustración permanentes? Obsérvala ahora, simulando que no le interesa nuestra conversación, cuando en realidad cada una de mis palabras deja mella en su alma como un hierro candente. Mírala como un animal, carente de todo albedrío. Impedida por esos grilletes, hasta el menor de sus movimientos requiere mi aprobación, o la de sus guardianes. A través de ellos yo decido qué hace, cuándo come y cuándo duerme, si puede permanecer en pie como una persona o reptar por el suelo como un gusano. Y el más nimio de mis deseos es para ella una orden, como para un perro faldero —la reina estaba jugueteando con una fruta escarchada. De pronto alargó el brazo y la colocó ante la boca de la cautiva:— Come —le invitó. Arsínoe mantuvo la mirada perdida hacia el jardín, sin reaccionar. La egipcia insistió—: ¡He dicho que comas!

    La presa volvió la cabeza y tomó la fruta entre sus labios, con un movimiento rápido. Cleopatra retiró la mano, como si algún diente de su hermana le hubiese herido en la palma. Juzgué que era suficiente con aquella demostración. Quizás para un buen trágico la sesión hubiera proporcionado ingredientes para una obra inmortal, pero para un simple exquiriente ni una sola pista sobre el atentado contra César se había desvelado. Sólo quedaba esperar que tuviera más suerte con el turno de la cautiva.

    —Ha sido una lección muy interesante —aplaudí—. Te estoy muy agradecido.
    —También yo he pasado un buen rato. Ya te dije que me encantaba ayudar a los artistas.
    —Ahora debemos conocer la versión opuesta. Creo que el punto de vista del vencido será un foco de iluminación complementario. — Arsínoe permaneció callada. La reina la miró glacialmente desde lo alto de su tumbona.
    —El ateniense te ha hecho una pregunta —le indicó—. Y es mi deseo que la contestes.
    —Los perros falderos no pueden hablar —respondió la presa. Tan sólo su matiz apagado diferenciaba la voz de las dos hermanas.
    —Los de la reina de Egipto tienen ese privilegio —arguyó su rival. Arsínoe encogió los hombros.
    —El trágico quiere saber mis verdaderos pensamientos —alegó—. No puedo ser sincera mientras tema las represalias. — Cleopatra se dispuso a intervenir con cierta imperiosidad. Decidí salir en defensa de la cautiva.
    —Quizá, dadas las circunstancias, debería entrevistarme con ella a solas. César dijo que me ayudaseis en todo lo posible me apresuré a añadir, ante la mirada de la reina.
    —Sea —concedió ésta—. Lleva demasiado tiempo sin ejercitar los músculos y nada alegra tanto la vista como el agua saltarina de una fuente. Conduce a la prisionera al jardín y que empiece a trabajar —ordenó al antropoide.

    Éste volvió a cobrar vida y, soltando la cadena de la pata de la mesa, obligó a la cautiva a incorporarse. Tueris, sentada a su lado, hizo un movimiento simultáneo y la bandeja de las frutas escarchadas rodó por el suelo.

    —¡Mira lo que has hecho! — recriminó a la presa.— Recógelas. — Arsínoe se volvió hacia mí, como si reclamara mi testimonio sobre su inocencia.
    —No puedo —dijo al fin—. Estoy atada.
    —¡Recógelas! — la prisionera se encogió otra vez de hombros y con el pie derecho empezó a amontonar las frutas sobre la bandeja. En ese instante el centurión Araneo se levantó de su asiento y, antes de que las egipcias pudieran impedírselo, llenó el recipiente y lo devolvió a la mesa.
    —No creas todo lo que te cuente mi hermana —me despidió la reina—. Tiene una habilidad especial para estimular el falso sentido caballeroso de los ingenuos.

    El centurión y yo aguardamos a que la cautiva y su custodio se alejasen y descendimos las escaleras tras sus pasos.

    —Una mujer de carácter —comenté. Araneo hizo un gesto aprobatorio.
    —César ha probado su valor en muchas batallas, pero nunca le encuentro tan admirable como cuando se encierra a solas con la reina —opinó—. Creo entender algo de mujeres y puedo asegurar que en ninguna de sus especies resultan tan peligrosas como las egipcias.
    —Tal vez las cémpsicas —aventuré—. Y al momento pensé que estaba siendo injusto con la pobre Baiasca.
    —A ésas no las conozco —admitió el oficial—. De todas formas, la teoría de la feliz contemplación del enemigo vencido tiene alguna excepción que Cleopatra no ha querido reconocer.
    —¿Cuál?
    —No resulta tan feliz cuando el enemigo continúa siendo temible. Cleopatra disfrutó con su juguete hasta el día en que los mensajeros de Egipto comunicaron que los partidarios de su hermana están promoviendo un nuevo levantamiento. Si Arsínoe se liberara y regresara a su país la guerra civil volvería a empezar y esta vez nuestras legiones están muy ocupadas en otros sectores. Aún a costa de perder su diversión, Cleopatra se apresuró a pedir a César que la ejecutase.
    —¿Y por qué no lo hizo?
    —El cónsul alegó que Arsínoe era prisionera del senado y pueblo romanos, acogida a su protección, y anunció represalias si le ocurría algún accidente doméstico. En la familia Lágida resultan muy frecuentes. Ha envejecido, pero sigue siendo un hombre galante. Claro que la otra noche, a juzgar por el portazo que dio al abandonar mi habitación, debió de salirle mal el asedio.
    —En ese caso, ¿por qué intentó matarle Arsínoe? Hubiera sido más lógico que apuntase la jabalina hacia su hermana.
    —Precisamente porque entiendo de mujeres nunca osaría razonar sobre qué pretenden con sus actos. Y menos con una egipcia —habíamos llegado junto a la fuente del jardín. El sicario abrió las esposas de la presa y sujetó sus muñecas y cuello a sendas argollas, hincadas en el travesaño lateral. Tras lo cual se retiró unos pasos y congeló de nuevo todo hálito vital—. Llámame si necesitas algo —ofreció Araneo, mientras se alejaba hacia el cuerpo de guardia.

    La cautiva apretó sus palmas contra el madero e inició su recorrido circular en torno a la fuente. Un chorro de agua brotó de la concha del tritón. Más allá de la balaustrada de la terraza se divisaba a Cleopatra y sus damas, que miraban hacia nosotros y comentaban algo muy divertidas.

    —Estoy esperando tu versión —indiqué a la egipcia, tras varias vueltas de ésta alrededor del eje.
    —No pienso ayudar a que se rían de mí —afirmó la presa.
    —No veo nada cómico en tu situación —alegué—. Me parece digna de la mayor conmiseración.
    —Tampoco me gusta el papel de víctima derrotada.
    —El motivo de mi tragedia no será la derrota, sino la lucha por compatibilizar, ante un trato cruel e inhumano, el instinto de supervivencia con el orgullo de la sangre real —la frase salió lo bastante redonda como para que Arsínoe suavizara el arco de sus cejas y me mirase con algo más de interés.
    —Una situación como la mía no se comprende tras un par de frases. Hay que vivirla —pensé que la solidaridad podía ser un buen punto de partida para el desbloqueo. Me situé ante la prisionera, así el travesaño y le ayudé a remolcarlo, caminando hacia atrás. Siguió un nuevo silencio.
    —Son los vencedores quienes escriben la historia —aporté—. Esta es tu ocasión para que la posteridad escuche también tu voz.
    —Con el trato que recibo no creo que la posteridad y yo lleguemos a conocernos.
    —Yo compondré la tragedia de todas maneras. Y la gente te verá tal y como te pinte. Allá tú si desaprovechas esta caja de resonancia para tu causa —la cautiva meditó estas palabras—. Nunca escribiría nada que pudiera ofenderte —añadí. Tras una breve reflexión suplementaria la presa arrancó:
    —¿Qué voy a sentir? Vejación, desesperación, impotencia…
    —Cleopatra ha sido más elocuente.
    —También yo lo serla si estuviera en su situación —resolví insistir un poco más de lo que la caballerosidad ateniense aconsejaría.
    —¿En qué consiste la vejación? — Arsínoe miró con gesto expresivo los hierros que la rodeaban.
    —Ir encadenada, vestida con estos harapos, puede ser tolerable para una esclava de nacimiento; no para una descendiente de Ptolomeo el Grande. Y hasta la sierva más ínfima se sublevaría si le hiciesen dar vueltas a una noria, como una muía vieja.
    —¿La desesperación?
    —La ilusión de la libertad hace más tolerable el cautiverio. Yo estoy prisionera en una tierra extraña, a mil leguas de mi país y mi gente, custodiada por todo el poder romano. Mis esperanzas parecen algo remotas.
    —¿Y la impotencia?
    —Tengo sed —indicó. En el suelo había una pequeña palangana, que llené en la fuente y ofrecí a la egipcia. Bebió sin detener su marcha y continuó—: Estoy atada de pies y manos. Ni siquiera puedo beber por mí sola, o retirar el pelo de la cara. ¿Cómo voy a pensar en devolver las ofensas? — pese al laconismo de las respuestas, los derroteros de la conversación parecían propicios a mis fines. Inicié el ataque decisivo:
    —¿Qué ocurriría si fuese Cleopatra la que estuviera a tu merced? — la sola mención de tal posibilidad hizo aflorar por primera vez una sonrisa a sus labios.
    —Tras la guerra civil le habría procurado un cautiverio digno, lo bastante retirado como para que no resultara peligrosa. Conozco varios príncipes nubios, más allá de las cataratas del Nilo, que hubieran recibido encantados a una presa tan ilustre. Ahora, después de los miles de vueltas que he dado a esta noria, pienso que la venganza sabiamente administrada puede llegar a ser una de las bellas artes.
    —Le aplicarías su propia doctrina sobre los vencidos —adelanté.
    —Atada a este madero he tenido tiempo de meditar algunas innovaciones muy ingeniosas.
    —¿Qué harías con su séquito?
    —Mis amigos nubios tiene rebaños de hipopótamos. Tueris sería una pastora ideal para ellos y no creo que tardase en enamorar a algún macho de la manada. El resto del séquito se limita a cumplir órdenes, muy eficazmente según he podido comprobar. No tengo nada que reprocharles.
    —¿Incluirías a Julio César en tu venganza? — planteé. Arsínoe se encogió de hombros.
    —Cuando está con Cleopatra es un simple siervo —definió—. No creo que sea responsable.
    —Él colaboró en tu humillación paseándote encadenada por Roma.,
    —En la zafia mentalidad latina es el trato habitual para un rey vencido. Y no tengo a los romanos en un concepto tan alto como para que me humille ser exhibida ante ellos. Al menos César tuvo el buen gusto de no celebrar su triunfo en Alejandría.
    —¿Sentirías su muerte?
    —Es un enemigo —contestó Arsínoe—. Pero mientras esté prisionera no iba a mejorar en nada mi situación.

    César tenía fama de genial estratega, pero empezaba a advertir una seria insuficiencia en su táctica, de carácter subjetivo. Sin duda Alcímenes, tras aquel intercambio conceptual con las dos hermanas, habría forjado una concluyente hipótesis sobre cómo la cautiva abandonó el barracón, apuñaló a su guardián, escaló la terraza, disparó el venablo contra el dictador y regresó a la cama sin dejar una sola huella. Yo había adquirido interesantes conocimientos teóricos, muy útiles en los improbables casos de escribir una tragedia o casarme con una egipcia, pero continuaba sabiendo lo mismo sobre el atentado. Resolví mostrarme un poco más directo:

    —Me han dicho que alguna vez lo has intentado —Arsínoe repitió su gesto desdeñoso.
    —Si te refieres a esa absurda historia de la otra noche, busca a quien la haya puesto en circulación y pídele argumentos para tus obras.
    —¿Qué sucedió exactamente?
    —César mandó desatarme de la noria, me llevó al barracón y empezó a insinuarse como si pensara cobrarse el precio de su gentileza. Le rechacé y entonces se marchó con un portazo. Me quedé dormida, hasta que los pretorianos entraron dando voces y preguntándome dónde había estado.
    —¿Por qué le rechazaste? — me interesé. La cautiva adoptó un aire ofendido.
    —La deshonra de mi hermana no implica que toda la familia sea igual de asequible.
    —Mucha gente piensa que trataste de matarlo. Dicen que el propio César te reconoció en la terraza.
    —Estaría tan borracho como acostumbra.

    En este momento nos interrumpió la voz de Tueris:

    —La reina está muy agradecida por tu ayuda —me indicó—. El chorro de la fuente nunca había llegado tan alto—. Solté el travesaño y me encaré con la dama. No parecía posible extraer más utilidad de Arsínoe.
    —La prisionera ha colaborado muy positivamente —elogié.
    —Es obediente como una buena muía —aprobó Tueris—. Aunque cuando empuja sola el travesaño le falta un poco de fuerza.
    —Trabajar de muía es fácil —habló la cautiva, que no había cesado en su tarea—. Lo molesto son los tábanos —su carcelera no modificó su sonrisa ante tal definición.
    —Un sirviente puede ahuyentarlos de tu espalda con un vergajo —ofreció—. ¿Has terminado, ateniense? La prisionera no está acostumbrada a la actividad mental y tememos que le estés produciendo dolor de cabeza.
    —Creo que por hoy ya he progresado bastante —declaré.

    Eché a andar hacia el cuerpo de guardia. Ante mi sorpresa la dama me siguió, como si iniciase un paseo por los jardines en mi compañía. Poco más allá aguardaba Eos, que se sumó al grupo.

    —Espero que no te habrá conmovido con sus lágrimas de cocodrilo —deseó Tueris—. Sabe fingir muy bien su papel de princesa desvalida.
    —Sus cadenas parecen bastante reales —objeté.
    —Debía, estar agradecida a la reina por su magnanimidad —continuó la dama—. En otros tiempos a los traidores se les arrastraba con un garfio en la boca.
    —También deberla mostrar su gratitud a César —indiqué—. Los romanos tienen la costumbre de rematar el triunfo ejecutando al rey vencido.
    —Seria un sentimiento impropio de una hiena como ella —miró en todas direcciones, como para cerciorarse de que ninguna oreja autónoma nos seguía por el aire, y agregó en voz baja:— Hace pocas noches intentó matar a César —hice un gesto de asentimiento.
    —Asegura que es inocente. — Tueris emitió un estridente sonido a modo de risa.
    —No creo que César sea un pusilánime, aficionado a imaginar historias terroríficas durante la noche.
    —Cuéntame tu versión del incidente —sugerí—. Tal vez lo introduzca en mi tragedia.
    —Eos y yo dormíamos en nuestra habitación, contigua a la de la reina. Nos despertó un grito que venía de la terraza. Corrimos afuera y vimos a César asomado a la balaustrada, ordenando a sus pretorianos que persiguiesen a la prisionera. Al momento se nos unió Cleopatra, envuelta en un chal, y después Oiqueneo y la servidumbre. En la cabecera de la cama había una jabalina clavada. Y César en persona vio cómo Arsínoe la disparaba.
    —La presa alega que no pudo salir del cuerpo de guardia. — Tueris repitió su simulacro de risa.
    —Su habitación tenía una ventana y el guardián que la vigilaba estaba muerto. ¿Quién le impedía salir?
    —Según el centurión de los pretorianos no había ninguna huella en torno a la ventana.
    —Eso implica una de tres posibilidades: o César sueña, o el centurión miente, o Arsínoe vuela. Yo apostaría por la segunda.
    —¿Por qué iba a mentir Araneo? Es un veterano, de la máxima confianza de César.
    —Quizá padezca el complejo de Perseo —aventuró Tueris.
    —¿Qué es eso?
    —El necio afán, presuntamente caballeroso, de afrontar mil peligros por socorrer a una dama encadenada. Sería la hipótesis más favorable para el centurión.
    —¿Y la más desfavorable? — Tueris sonrió de nuevo.
    —Muchos romanos, algunos sorprendentemente próximos a César, desean la muerte del dictador. Pero la mayoría teme las consecuencias del conflicto civil que se desataría. Si la mano ejecutora" fuese extranjera el problema quedaría brillantemente resuelto —miré con interés a la egipcia. Con sus carnes fofas y su mirada acuosa no resultaba una compañía muy agradable, pero hubiera sido una excelente exquiriente auxiliar. Al menos acababa de proporcionarme la única pista válida en todo aquel embrollo. El paseo nos había llevado junto al barracón de la guardia, en cuya puerta brillaba la coraza del presunto traidor. Me volví hacia Eos, que continuaba sin abrir la boca.
    —Y tú —le interpelé—, ¿no tienes nada que añadir?
    —Sólo que para ser un simple autor teatral haces muchas preguntas —contestó secamente. Creí llegado el momento de una retirada estratégica.
    —Con el material que estoy recopilando tendré para una trilogía. Habéis sido muy amables al acompañarme.
    —La reina quiere que seamos corteses con los verdaderos artistas —aseguró Tueris.
    —¿Cuál es tu conclusión? — preguntó Araneo cuando las damas se alejaron.
    —Un exquiriente sólo revela las conclusiones a su cliente —le corregí—. Al fin y al cabo nunca dije que resolvería el misterio en una sola sesión.
    —Mandaré a un pretoriano que te lleve de vuelta —pensé que al menos podría obtener un fruto práctico de mi visita.
    —No es necesario. Puedo conducir yo mismo la biga.
    —No lo dudo. Pero es propiedad del ejército romano.
    —César dijo que cualquier cosa… —empecé. El hombre hizo un gesto de resignación.
    —De acuerdo, de acuerdo… —me atajó—. Trátala con cuidado. Si hay que arreglar la pintura descontará el gasto de mi soldada.

    Los caballos de la biga juntaron los cascos y sacaron el pecho cuando me aproximé al vehículo, acreditando su buena educación militar. Eran dos animales serios y fornidos, que iniciaron un obediente trote acompasado apenas subí al pescante y, con cierta cautela, chasqueé el látigo. Lo mantuvieron regularmente hasta el templo de Pomona y cuando tiré de las riendas se detuvieron y aguardaron, con las orejas enhiestas, a que les ordenase la posición de descanso. Publio Antonio transitaba en aquellos momentos por la plaza.

    —¿De dónde has sacado ese artefacto? — se admiró.
    —Es un préstamo del ejército.
    —Si pretendes alcanzar cierta reputación social en Roma deberás cambiar tus gustos —me censuró—. Ese carro y su tiro serán muy buenos para perseguir germanos por los montes, pero paseando con ellos por la vía Triunfalis no harás más que el ridículo.
    —¿Qué tal por el Foro? — me interesé. Antonio cambió de expresión.
    —Muy mal —comunicó—. Mi defendida sale mañana hacia el destierro en la isla Pantelaria. Ese Luciano resultó más peligroso de lo que parecía.
    —¿Consiguió pruebas contra tu cliente?
    —Más bien se enteró de que yo fui uno de los que en las últimas Lupercales gastaron una pequeña broma a la vestal mayor, disfrazados de lobos. Fue una distracción inocente, pero convenientemente distorsionada por ese malvado resultó decisiva para el tribunal. En fin, lo siento por la adúltera, pero como dice un refrán de tu tierra nautas somos y en el Egeo nos encontraremos. Por el momento una buena sesión en las termas aliviará los pesares de la jornada. ¿Me acompañas?
    —Tengo trabajo —alegué—. Ni siquiera he comido todavía.
    —Laboriosidad y frugalidad era el lema de mis antepasados —recordó Antonio—. Pero creía que los griegos erais más inteligentes. Puedes usar mis cuadras para guardar tu simulacro de biga. Ya sabes que desde que manda el partido popular hay mucho bribón por las calles; incluso el Senado está lleno de ellos.

    Me despedí de Antonio y a la entrada de mi casa topé con las barbas rojas del mendigo Odiseo, que tras golpear infructuosamente en la puerta iniciaba su retirada. Recordando el recado de Baiasca le indiqué el paradero de la cémpsica. Su enmarañada faz se ensombreció.

    —¡Pobrecilla! — masculló en tracio.
    —Creo que se alegraría si la visitases. No acabo de comprender los motivos, pero por lo visto te aprecia mucho.
    —Tóculo maltrata a sus esclavos y les hace trabajar hasta la extenuación —explicó el pordiosero. Agregó varias interjecciones en su lengua nativa, dirigidas al usurero, y concluyó—: Es todo lo tacaño que puede ser un romano.
    —Eso es mucho decir.
    —El día en que usurpó el palacio de tu tío fue una fecha triste para todos los mendigos del barrio. La despensa de Alcímenes siempre estaba abierta para nosotros. Por eso yo le fui fiel en la desgracia, aunque muchos prefirieron adular al intruso. Mi amigo Poreo decía que una costra de pan con un puntapié alimenta más que una sonrisa sola.
    —¿Has dicho Poreo? — indagué, repentinamente interesado.
    —Era un mendigo epirota y digo era porque murió anteayer, pobrecillo. Coincidimos muchas veces en el palacio de tu tío.
    —Estoy investigando su muerte —declaré, mientras pensaba que Baiasca podía haberme remitido a su amigo el ciego en vez de hacerme arriesgar el pellejo entre los bandidos del Aventino.
    —Nadie te pagará un solo as por tu investigación —me previno Odiseo—. A pesar de sus fantasías su único capital al morir eran sus inmensas narices.
    —Háblame de esas fantasías —solicité.
    —Desde hace una semana, cuando bebía más de la cuenta, hablaba de lo rico que iba a ser dentro de poco y prometía sufragar la mayor borrachera de mendigos que jamás vieran las siete colinas, pero nunca pudimos sonsacarle de dónde le iba a llegar la fortuna. Anteayer se despidió diciendo que iba al festival del anfiteatro. Nos reímos de él, porque no se permite la entrada de mendigos, y él aseguró que cuando hiciéramos cola suplicando su limosna lamentaríamos aquellas bromas —el pelirrojo suspiró—. Ya no volvimos a verle. En mi caso metafóricamente, claro está.
    —¿No os habló de un compatriota suyo, un noble epirota que visitaba la ciudad?
    —No sé nada de eso. Pero otros dos mendigos le siguieron hasta el anfiteatro, para comprobar que mentía y burlarse después de él, y vieron cómo hablaba con un portero, un buen rato antes de empezar el festival, y entraba en el recinto.
    —Me gustaría localizar a ese portero.
    —Se llama Euríalo, es ateniense como tú y cuando no está de servicio bebe todo lo que puede en una taberna del Foro, «Las lágrimas de Pan» —miré al tracio con cierta sorpresa.
    —¿Cómo sabes todo eso?
    —La gente habla muy confiadamente delante de los ciegos, como si escuchásemos por los ojos. Además tengo buena memoria. Por eso tu tío me hacía a veces pequeños encargos.

    Decidí no entrar en casa. Entre lo avanzado de la hora y el refrigerio de Cleopatra no tenía ningún apetito y por otro lado me disgustaba la idea de comer en la cocina sin Baiasca. La mención de Poreo me había recordado que, aparte del enigma de las egipcias, aún tenía dos casos pendientes y que para aquella tarde había proyectado visitar a los actores que interpretaban en casa de Elio Manlio. Deposité el consabido sextercio en la palma del pelirrojo y me excusé:

    —Si me disculpas, tengo mucho trabajo.
    —También tu tío trabajaba sin cesar. La diferencia está en que él no lo recordaba tanto al prójimo —choqué otras dos monedas frente al mendigo y planteé:
    —¿Sabrías ir en biga hasta la puerta Querquetulana?
    —Sin duda, si no estuviera ciego. Pero si me dices por dónde pasamos te iré indicando el camino.
    —Será suficiente —acepté.
    —Por dos sextercios no querrás que conduzca además la biga.

    El carro avanzó por las vías romanas, provocando en los transeúntes miradas tan poco admirativas como había presagiado Antonio. Era difícil precisar, sin embargo, si se debían a la tosquedad del vehículo o a la presencia de Odiseo, con sus harapos y sus barbas al viento, en la trasera del pescante.

    La guía del ciego resultó lo bastante eficaz como para que sólo nos perdiéramos cuatro o cinco veces hasta acceder a la puerta Querquetulana. El único consuelo era que a pie y con los mismos rodeos habríamos tardado casi una semana. Por otros tres sextercios el mendigo estuvo dispuesto a vigilar la biga mientras yo despachaba mi visita a los actores.

    La sede de la compañía era un edificio de modestas proporciones, cuya puerta me abrió una muchacha de unos diecisiete años, más bien llenita y con una corta melena rubia.

    —¿La casa de Laurencio? — pregunté.
    —Es mi padre.
    —Me gustaría hablar con él sobre una representación.
    —Está ensayando. Pero enseguida saldrá —la joven aproximó un pañuelo a sus ojos. Dos gruesos lagrimones resbalaron por sus mejillas.
    —Quizá llegue en mal momento —aventuré.
    —Nada de eso —aseguró, con voz quebrada.
    —¿Ocurre algo? — la muchacha se restregó el pañuelo por la cara, esparciendo sus lágrimas en todas las direcciones.
    —Mis dos hermanos han muerto —anunció con un hilo de voz. Lucharon cuerpo a cuerpo y se mataron uno a otro —la noticia me dejó paralizado.
    —Cuánto lo siento —musité.
    —Uno de ellos está ahora insepulto —continuó ella, dando rienda suelta a su aflicción—. Mi tío es el nuevo cabeza de familia y se niega a enterrarlo, porque dice que nos ha deshonrado a todos —entre lo trágico del caso y la sincera congoja de la muchacha también yo empezaba a sentirme lacrimoso.
    —Me parece muy inhumano —manifesté.
    —Pero yo lo haré —reveló la joven, con un brillo de decisión en sus pupilas—. La ley de los dioses es más fuerte que las órdenes de mi tío. Iré de noche junto al cadáver, burlaré a los guardias y le daré sepultura, para que sus manes puedan descansar.
    —¿Y tu padre? — me interesé—. ¿Qué opina de todo esto?
    —Mi padre está ciego.
    —En sentido figurado, supongo.
    —En el sentido más real posible. Se sacó los ojos cuando supo que se había casado con su propia madre. Yo soy hija de un incesto —descubrió con un susurro. En esto se escuchó una voz a mis espaldas.
    —¿Qué haces ahí enredando, Marcia? No molestes a este señor —las lágrimas cesaron misteriosamente de fluir.
    —Solamente practicaba un poco —se excusó—. Antígona de Sófocles, concretamente. Este caballero es griego y estoy segura de que sabe apreciar una buena interpretación —comprendí, no de buen grado, que yo, un heleno legítimo, acababa de escuchar compungido la crónica familiar de Edipo.
    —¿Y las lágrimas? — pregunté. Mi interlocutora descubrió unas pequeñas esponjas cosidas al pañuelo.
    —Es un invento mío —proclamó—. Muy realistas, ¿verdad? — y dando un paso de baile se alejó hacia el impluvium.
    —Espero que no te haya ofendido —deseó Laurencio—. Quiere ser actriz y acosa con sus interpretaciones a todos mis visitantes.
    —Tiene unas dotes extraordinarias —aseguré.
    —Ha heredado el talento de su padre —proclamó orgullosamente el romano—. Lástima que las mujeres no pueden trabajar en el teatro.
    —Lástima —asentí. Esta vieja norma, derivada del carácter sacro de las antiguas representaciones, siempre ha sido molesta para los buenos aficionados. Por más que se oculte tras su máscara resulta chocante ver a un mozarrón de pantorrillas peludas lamentarse con voz atiplada por la muerte de su prometido.
    —¿Qué obra te interesa? — planteó Laurencio— ¿Plauto, Terencio, Afranio? Tenemos comedia togada y paliada, sin descuidar las últimas novedades en atelanas —expresé con el gesto el más profundo desdén que me inspiraba el llamado teatro romano.
    —Prefiero las tragedias griegas —el hombre suspiró.
    —En privado te diré que yo también. Pero cada vez son menos los que las piden. Resultan demasiado elevadas para los nuevos gustos y la gente tiene ya bastantes tragedias en su casa. ¿Qué tal Ifigenia en Aulide? Es emotiva y sentimental y, contra lo que suele suceder en las obras de tu país, termina bien. Eso le gusta al público.
    —Me interesan más las Euménides.
    —¡Excelente! El dios Apolo es uno de mis personajes favoritos. ¿Dónde será la representación?
    —Tuvo lugar hace tres noches, en la casa de Elio Manlio —el actor torció la expresión, sin duda pesaroso al ver esfumarse un contrato.
    —¿Qué buscas exactamente? — planteó.
    —Soy un exquiriente, pagado por la familia del difunto para investigar su muerte.
    —Cada uno gasta su dinero como quiere. Si yo estuviera en su situación reclamaría antes un buen brujo, especialista en conjuros. No creo que nadie que haya entrado en aquella habitación tenga la menor duda sobre la identidad de la culpable.
    —¿Némesis? — aventuré.
    —En las tragedias de tu país no suele faltar el dios vengador que baja del Olimpo.
    —Si, pero las víctimas que inmola cenan en sus casas al acabar la representación —repliqué.
    —Entiendo un poco de trucos teatrales. Si lo que vi y oí aquella noche tiene un origen humano, renunciaré a mi oficio y me iré a apacentar ovejas en los Abruzos.
    —¿Qué viste y oíste? — le urgí.
    —Estaba algo afónico, de modo que dejé el papel de Apolo a un joven actor y dirigí la obra desde el proscenio. La he representado tantas veces que podría recitártela de atrás adelante, de forma que estaba un poco distraído, sin reparar apenas en los versos. En eso escuché claramente un fuerte aleteo encima de la villa, como si un ave gigante volara sobre su tejado. Miré hacia arriba y vi, tan nítidamente como te veo ahora, un polvillo dorado que flotaba en la oscuridad, sobrevolando las tejas. Instantes después se oyó el grito de Elio Manlio. La mayoría de los espectadores no reaccionó, pensando que era un efecto escénico, pero yo fui de los primeros que corrieron escaleras arriba, porque sabía que había sucedido algo horrible. Cuando recuerdo lo que hallamos al entrar tiemblo todavía. Nuestro anfitrión con el puñal clavado en el pecho, el ceño feroz de la diosa de la venganza, aquella sangre inundando la habitación… Me horroriza la sangre. En mi mundo los personajes mueren entre bastidores, sin más testigo que el narrador que después cuenta la escena —asimilé las novedades durante un corto instante. Parecían algo impresionantes, pero no tenían que ver con la cuestión concreta que me había llevado hasta allí.
    —¿Quién te encargó la obra? — pregunté. Laurencio pareció confundido.
    —¿Qué relación tiene eso con Némesis? — planteó.
    —No puedo subir al Olimpo y traerme esposada a la diosa. Pero estoy seguro de que contó con colaboradores mortales y me pagan por descubrirlos. La obra que representabais versaba sobre las furias vengadoras, lo que, a menos que te fuera ordenado por Némesis, me parece una coincidencia excesiva. Por eso quiero saber quién la seleccionó.
    —Si fue la diosa, se disfrazó muy hábilmente de Elio Manlio. Y las monedas con que me pagó el adelanto eran indudablemente terrenales. Traté de explicarle que no era la obra más adecuada para una celebración festiva, pero él insistió. Dijo que se la había recomendado un esclavo suyo, muy entendido por lo visto en teatro. Creo que se llama Cocleo. ¿Se te ofrece algo más?
    —Me has sido de gran ayuda —reconocí.
    —Lamento no hacerte los honores más extensamente, pero he dejado a mis actores ensayando solos y cuando no estoy delante se ponen un poco irritables. Si me perdonas…
    —Naturalmente.
    —Marcia te acompañará a la puerta.

    Mientras el actor se alejaba su hija, como materializada por su invocación, surgió tras una de las columnas del atrio, con expresión de curiosidad.

    —¿Qué es un exquiriente? — se apresuró a preguntar. Le miré severamente.
    —Es muy incorrecto espiar las conversaciones ajenas —censuré.
    —Yo no tengo la culpa de que los griegos habléis tan alto. ¿En qué consiste tu trabajo? — modulé un tono elevado para contestar.
    —En descubrir misterios e investigar crímenes.
    —¡Qué emocionante! — aplaudió la joven—. ¿Cómo lo hacéis?
    —Recorremos el escenario de los delitos, interrogamos a los sospechosos. A veces hay que disfrazarse o adoptar personalidades supuestas.
    —Como en el teatro —apuntó Marcia.
    —La diferencia estriba en que en nuestro mundo las armas de los malvados son reales —vista tal conversación, debo reconocer las evidentes afinidades entre mi conducta y la de un pavo real, especialmente enojosas si se considera que aún no había resuelto ni siquiera mi primer caso. Pero casi todos los lectores masculinos admitirán que, puestos ante la admirativa mirada y las encendidas mejillas de la muchacha, no se hubieran comportado mucho más humildemente. Marcia reflexionó unos instantes.
    —¿Hay alguna ley que prohíba ser exquirientes a las mujeres? — planteó.
    —Supongo que no.
    —Entonces yo también lo seré —proclamó enfáticamente—. Ya que unas normas absurdas me prohíben actuar en el escenario, interpretaré en la vida real —sonreí escépticamente.
    —Es un oficio muy duro —expliqué—. Y requiere una extensa práctica —lo que, a juzgar por mis progresos en los últimos días, resultaba indiscutible.
    —¿Dónde tienes tu consultorio?
    —En la plaza de Pomona. ¿Por qué?
    —Practicaré contigo —anunció la muchacha—. Puedo hacerte los recados o interrogar sospechosos por tu cuenta. Y si necesitas confundir a un criminal puedo representar cualquier papel. A ti te engañé hace un rato. Podría empezar por hacer de vieja —suspiró, emitiendo una tos cavernosa—. Con harina en el pelo y unas arrugas de cera vendí una vez a mi padre una de sus propias gallinas.
    —No vayas tan deprisa —le atajé—. Tendríamos que pedirle consentimiento a él.
    —Deja tranquilo a mi padre. Cuando eligió su profesión no consultó a los suyos. Además, soy ciudadana libre y pronto cumpliré dieciocho años. Puedo hacer lo que se me antoje.
    —Las romanas, libres o no, no hacen lo que se les antoja, al menos directamente, a los diecisiete ni a los setenta años —negué—. Además, estos días estoy muy ocupado. Ya hablaremos cuando resuelva un par de casos urgentes. Y ahora, si me disculpas… —Marcia me escoltó hasta la calle.
    —Si me consiguieras ropas adecuadas podría hacer de pelandusca y sonsacar a los criminales en las tabernas —ofreció.
    —A tu edad deberías preocuparte de jugar con muñecas —le reconvine.

    El mendigo Odiseo se estaba despiojando las barbas sentado al sol, a más de quince pasos de mi biga. Indignado con su escasa vigilancia me aproximé de puntillas y así a los caballos por el bocado, tratando de alejar el vehículo sin que se enterase. Al momento saltó como un energúmeno y, mascullando dos o tres insultos tracios, clavó sus fuertes dedos en mi antebrazo.

    —Tienes buen oído —le tranquilicé.
    —Carezco de vista y, con las limosnas que recibo, apenas si puedo ejercitar el gusto —explicó—. Algún sentido debe quedarme en buenas condiciones —le entregué los sextercios prometidos y ofrecí:
    —Voy a la factoría de Tóculo a visitar a Baiasca. ¿Me acompañas?
    —Hoy no puedo. Tengo un par de compromisos —rehusó el pelirrojo ante mi sorpresa.

    Me encogí de hombros, subí al pescante y chasqueé la tralla. Los caballos se cuadraron con un golpe de anca, tan marcialmente que apenas si me hubiese sorprendido verles saludar al estilo militar, llevándose una pata a las clavículas. A mi segunda indicación emprendieron el camino hacia la factoría del usurero.

    Antonio me había explicado su emplazamiento, pero los caminos de extramuros resultaron tan laberínticos como las callejas urbanas. Tras varias infructuosas preguntas a los más cerriles litocéfalos del Lacio, que casualmente circulaban en tropel por las cercanías, di por fin con la senda adecuada que serpenteaba hasta lo alto de una colina.

    Desde su cima se divisaba la factoría de Tóculo, emergente entre los viñedos. El carro se deslizó cuesta abajo, sobre un blando tapiz de pámpanos, mientras yo aspiraba el aroma dulzón de la uva recién cortada y la luz del atardecer matizaba en gris la bucólica estampa.

    Los vendimiadores, ajenos a las delicias paisajísticas, jadeaban bajo el peso de sus canastos. Los esbirros de Tóculo se afanaban en torno suyo, como los perros tras el rebaño, exhortando a la productividad con el elocuente argumento de sus azotes de cáñamo.

    Detuve el vehículo tras uno de los barracones, convenientemente desenfilado de la entrada principal, y avancé entre los peones, con serios recelos sobre la acogida que me dispensarían los sicarios del usurero. Podía haber disimulado mi identidad cargando con un canasto, pero un ateniense de pro no adopta disfraces serviles, en especial si existe la posibilidad de que un esbirro con su látigo tome en serio el camuflaje. Por fortuna el tráfago era lo bastante intenso como para que nadie reparase en mí.

    Los porteadores se dirigían en hilera a una gran nave de madera, atraídos, como los marinos por las sirenas, por una extraña melodía que salía de su puerta. Remonté sus notas como ellos hasta la entrada del barracón y sentí el golpe casi líquido de su ambiente sofocante, en el que flotaba el denso olor de la fruta macerada.

    Se trataba del lagar. Los peones ascendían con su carga de racimos hasta lo alto de unos enormes trullos y los derramaban en una fugaz lluvia dorada. Un reguero rojizo caía desde la base de los depósitos hacia la boca de unos toneles de roble. Y un batallón de mujeres, hundidas hasta las corvas en la viscosa superficie de los trullos, evolucionaba a los acordes de dos flautistas, cambiando el pie de apoyo a su ritmo sincopado. Identifiqué al momento la túnica azul de Baiasca, que parecía escasamente complacida por su actividad, y no pude evitar un recuerdo a la bruja de Ishtar y sus profecías.

    La afluencia de peones había cesado. Cuando la última gota de mosto cayó en la barrica los músicos emitieron un pitido agudo. Las esclavas descendieron de los trullos y empezaron a introducirse en una pila de agua, llena hasta la altura de sus rodillas, que pronto adquirió un tinte granate. Tras un nuevo toque de flauta se alinearon en dos hileras y con las manos a la espalda iniciaron el desfile, dejando tras de sí una estela de huellas húmedas, hasta un barracón situado al otro extremo del patio.

    Cuando Baiasca pasó por mi lado le saludé con la mano. Ella levantó la vista, esbozó un amago de sonrisa y encogió los hombros en señal de resignación. Cuando la última esclava entró en el barracón la puerta se cerró con un lóbrego rechinar de cerrojos y candados.

    Permanecí en el centro del patio vacío, un tanto indeciso sobre mis actividades. Una voz femenina sonó tras de mí:

    —Soy la jefa de esclavas —indicó—. ¿Buscas algo? — era una mujer madura, algo entrada en carnes. Quedé absorto en la contemplación de su calzado, unos coturnos rojos, apenas desgastados por el uso, que me resultaron más que familiares.
    —Venía a ver a una esclava —contesté.
    —¡Qué lastima! Deben descansar hasta mañana. Nuestro amo es muy estricto en eso. ¿Para qué la querías? — era difícil explicar en pocas palabras mi condición de exquiriente y la calidad de colaboradora de la cémpsica, pero empecé a intentarlo:
    —Ella y yo…
    —¡Ya entiendo! — saltó jubilosa, probando por su expresión que no había entendido nada—. Quizá en ese caso la cosa cambie. También yo supe en sus tiempos lo que es el latido de un corazón joven —creí preferible dejarla en su error.
    —Busco a una tal Baiasca. Viste una túnica azul y cuando la trajeron esta mañana calzaba unos coturnos como ésos.
    —¡Ah, si! Son muy bonitos, pero poco prácticos para pisar uva. Los habría estropeado enseguida —le tendí una moneda, que rehusó con gesto dramático, mientras afirmaba: —Jamás cobraría un sextercio por unir dos enamorados.
    —Muchas gracias —respondí, guardando la pieza.
    —Y menos aún por desobedecer a un amo tan severo como Tóculo. Me desollaría si se enterase —continuó la repelente crisódula—. Diez denarios y la paloma es tuya por un rato. A prudente distancia, por supuesto. Mi amo cuida mucho el honor de sus esclavas. En la trasera del barracón verás una ventana enrejada, que da al talud de la colina. Espera allí y cuando me oigas silbar márchate deprisa.

    Mientras la mujer se alejaba contando las monedas rodeé la edificación y escalé la pendiente hasta sentarme en un tronco de árbol, frente por frente con la ventana. Tras una corta espera Baiasca apareció tras la reja y apoyó las manos en los barrotes. Siguió un corto silencio.

    —Estoy enjaulada —saludó al fin la cémpsica, con una sonrisa un tanto forzada.
    —Al menos has topado con la musa de la danza sin que te compre el sirio —le dije, tratando de animarla—. Y espero que no aceche por aquí la serpiente de hierro —la esclava bajó lentamente la vista antes de contestar:
    —Me parece que la llevo en los tobillos.
    —Te he traído unas manzanas. Pensé que te apetecerían más que un racimo de uvas.
    —Si alguna vez salgo de aquí no quiero volver a ver ni un solo grano —aseguró la cémpsica, cogiendo las frutas al vuelo.
    —He estado con el jefe de la compañía que actuaba en casa de Elio Manlio la noche del crimen —informé—. Me ha hablado de aleteos misteriosos y polvillos dorados sobre la villa, pero no he adelantado gran cosa. El propio anfitrión seleccionó la tragedia para su cumpleaños. Sólo he descubierto que se la recomendó Cocleo.
    —Deberías interrogarle —sugirió Baiasca.
    —Ya lo he pensado. La hija del actor se me ofreció como ayudante. Es una gran muchacha, con asombrosas dotes dramáticas. Tal vez la acepte —mentí. Indagué atentamente cómo encajaba Baiasca la noticia. No pareció impresionarle en lo más mínimo—. No será igual que tú, por supuesto.
    —Verás como sí.
    —Antes estuve en la villa de César, con las dos egipcias —y narré mi entrevista con las hermanas. Me dejó hablar, pero no parecía demasiado atenta. Cuando terminé siguió un nuevo silencio—. ¿No se te ocurre nada? — pregunté.
    —Estoy algo cansada —se excusó—. Llevo todo el día siguiendo la música de las flautas. He conocido a la novia de Glauco —añadió la cémpsica, ante mi expresión decepcionada.
    —¿Del gladiador? — me interesé.
    —Es esclava de Tóculo desde hace dos años. En el descanso de la comida me encadenaron a su lado. Le pregunté por qué se había cortado el pelo y me dijo que en señal de luto por la muerte de su prometido. Seguimos hablando y me contó el resto de la historia.
    —Eso es un golpe de suerte.
    —Trató de convencerle para que no combatiera aquel día. Poco antes el dueño del anfiteatro le había dicho que aún le faltaba mucho entrenamiento. Pero él aseguró que era su gran oportunidad y que el dueño le había garantizado que si le iban bien las cosas los dos quedarían libres.
    —No debía de tenerle en gran estima. Cuando los nubios le derribaron desoyó la petición de clemencia del público y ordenó que lo remataran. Creo que también hablaré con ese hombre. — Baiasca hizo un gesto de asentimiento—. ¿Te sucede algo? Otras veces me has dado muchas más ideas.
    —Tal vez cuando descanse un poco. ¿Le dijiste a Odiseo dónde podía encontrarme?
    —Me prometió que vendría a verte —mentí. En realidad el tracio ni siquiera me había preguntado la dirección de la factoría, pero preferí no desilusionar a la esclava. En ese momento sonó un silbido—. Tengo que irme —manifesté—. Si te descubren hablando conmigo podrías tener algún problema. Por lo visto Tóculo necesita pocas excusas para azotar a su servidumbre.
    —No me gustan los azotes —asintió Baiasca.
    —Volveré mañana. Quizás hayáis terminado de pisar uva.
    —Es la mayor cosecha de la década —comunicó lúgubremente la cémpsica.

    Desanduve el camino de ida, sumido en pensamientos tan brumosos como las neblinas que empezaban a extenderse por las orillas del Tíber. Era obvio que Baiasca se hallaba embebida en sus propios y muy serios problemas, con tal intensidad que en un futuro inmediato debía prepararme para afrontar solo los enigmas. Y bastaba el mero planteamiento de tal posibilidad para que la maraña de éstos creciera y se enredara, hasta convertirse en algo muy similar al laberinto de Cnossos. Lancé un suspiro melancólico —que hizo enderezar las orejas, alarmados por tan insólito sonido, a mis caballos legionarios— y, en un súbito ataque de nostalgia ática, comencé a escrutar los rótulos de las hosterías suburbanas, en busca de alguna señal reveladora de que podría cenar en griego.


    Quinto día


    Sin duda las emociones fuertes, como los baños de una forja, templan el ánimo de un exquiriente. Así lo prueba la placidez con la que dormí aquella noche, sin que enigmas insolubles ni intrigas enrevesadas turbaran la eufonía de mis ronquidos. Unos golpes en la puerta interrumpieron esta feliz situación.

    Entreabrí un ojo y miré hacia la ventana. Una serie de detalles —el matiz grisáceo del cielo, el piar de los pájaros en la arboleda, el chirriar de las carretas— me demostró que, como temía, era una hora espantosamente temprana, en absoluto apta para perturbar el sueño de un fatigado exquiriente. Me vestí con el peor humor imaginable y abrí bruscamente la puerta.

    Mi visitante era una mujer empolvada y ancha de hombros, adornada con tal cantidad de pendientes escarabajiformes, diademas aserpentadas, gargantillas y brazaletes polícromos que hasta el menos astuto de mis colegas la habría identificado como una egipcia, algo así como, en caricatura, la viuda de un faraón del antiguo Imperio. En contraste con su suntuosa vestimenta llevaba un atadijo de ropa bajo el brazo. Escruté sus rasgos, apenas visibles bajo los cosméticos, pero no pude identificarla con ninguna de las damas de Cleopatra.

    Con un extraño acento, en absoluto alejandrino —tal vez procedente del Alto Nilo— la desconocida solicitó una entrevista conmigo. Le invité a pasar al consultorio y ocupé mi lugar frente a ella. Dejó caer sobre la mesa sus manos, vencidas por el peso de innumerables anillos de lapislázuli, y empezó:

    —Estoy aquí de riguroso incógnito —pensé que con aquel atuendo todos los vecinos de la plaza estarían comentando en aquellos momentos su visita—. Traigo un terrible misterio —añadió con voz trémula.
    —Mi oficio consiste en resolverlos.
    —Alguien ha intentado matarme —reveló, en un preámbulo evidentemente común a los clientes de nuestro ramo—. Envenenó mi copa de malvasía. Por fortuna la dejé en el suelo y mi leopardo favorito metió el hocico y lamió unas gotas. Murió entre horribles dolores.
    —¿Tu leopardo? — me sorprendí.
    —Tengo también un león, pero no le gustan los licores —aclaró la dama.
    —¿Quién te sirvió esa copa?
    —No lo sé. Estaba tomando mi baño de leche y pedí a una esclava que me la llenara. Alguien me la puso en la mano y cuando me volví la esclava había sido estrangulada.
    —¿Tu baño de leche? ¿Quién eres tú? — ella lució una radiante sonrisa.
    —Soy la reina Cleopatra —la recorrí con la vista de pies a cabeza.
    —Quítate esos colgajos, mentirosa —le exhorté—. Pareces el muestrario de un bisutero. — Marcia hizo un gesto de decepción.
    —¿Cómo me has descubierto?
    —Tal vez intentaras hablar con acento egipcio, pero más bien parecías una gangosa. Y da la curiosa casualidad de que conozco a Cleopatra.
    —¿Tú? ¿De qué?
    —De vez en cuando colabora conmigo. No eres la única que desea hacerlo —la joven empezó a retirar sus abalorios y a depositarlos en la mesa—. ¿De dónde has sacado toda esa quincalla? — pregunté.
    —Unos meses atrás la compañía de mi padre hizo una gira por Oriente —contestó la muchacha, mientras se quitaba la peluca morena—. Corinto, Creta, Chipre, Alejandría… Compré muchos recuerdos. ¿Quién es ese Alcímenes el tebano del que habla la placa?
    —Era mi tío —aclaré—. Fue el fundador del negocio y conservé el nombre comercial en honor suyo.
    —Reconoce que al principio te he engañado.
    —Los exquirientes pensamos muy profundamente por la noche. No solemos estar despejados si alguien nos molesta a estas horas de la mañana. ¿Qué es lo que estás buscando?
    —Ya te lo dije ayer. Quiero ser tu ayudante —me dispuse a responder con una elocuente negativa, reiteración de la manifestada la tarde anterior. Los argumentos, sin embargo, no acudieron a mi mente con la contundencia deseada. Marcia había probado ser una muchacha decidida y con recursos, susceptible de echar una mano en algún momento determinado de mis investigaciones. En el fondo, con Baiasca prisionera en la factoría de Tóculo, me resultaba algo triste andar solo por Roma. El recuerdo de la escasa colaboración prestada por la cémpsica en mi visita de la víspera terminó de decidirme.
    —De acuerdo —dije—. Puedes acompañarme un par de días, bajo tu responsabilidad —se le iluminó el rostro.
    —No te arrepentirás —aseguró—. Y el precio que pido te será muy asequible —esta última declaración me pareció desconcertante.
    —¿Qué precio? — pregunté.
    —No creerás que voy a trabajar gratis. No se trata de dinero —se apresuró a aclarar ante mi expresión—. Sólo reclamo un pequeño favor a cambio de mi colaboración —adoptó de nuevo la pose antigonesca y reveló—: Quiero conocer a mi abuela.
    —Encontrar abuelas entra dentro de mis atribuciones —concedí—. Pero necesitaré más datos.
    —Sé perfectamente dónde está su casa. He paseado muchas veces junto a su puerta.
    —¿Qué te impide entonces conocerla?
    —No quiere recibirme —comunicó la joven—. Antes de que yo naciera se peleó con mi padre y lo expulsó de casa.
    —¿Por qué?
    —Porque quería ser actor.
    —Una historia muy triste.
    —Mi abuela pertenece a una familia patricia, que ha recorrido todos los grados del cursus honorum. Es hija de un pretor, hermana de dos cónsules y su marido fue edil curul. Su otro hijo fue un héroe de guerra. Cuando mi padre se negó a ingresar en el ejército para dedicarse al teatro fue desheredado y desde entonces mi abuela se ha negado a todo contacto con nosotros. Por eso quiero que vayas a verla, con cualquier excusa relacionada con tu oficio, y me lleves a mí de ayudante.
    —¿No te sería más fácil esperar a que salga a la calle y abordarla?
    —No sale nunca a la calle. Cuando su hijo murió en las Galias sufrió un ataque que la dejó paralítica.
    —Está bien —asentí—. Cuando tenga un rato libre te acompañaré a su casa. De momento puedes empezar por venir conmigo, siempre que te quites esa capa de polvos y te vistas de manera que no nos apedreen la biga.
    —Llevo mis ropas aquí —indicó Marcia, mostrando su atadijo—. Sólo necesitaré un poco de agua y un sitio para mudarme —le indiqué la dirección del patio y ya se alejaba cuando la aldaba de la puerta sonó otra vez—. Yo iré. Es tarea de una ayudante.
    —Ve a cambiarte —le ordené—. Si es un cliente no quiero que salga corriendo al verte.

    Al otro lado de la puerta aguardaba un hombre vestido de rojo escarlata, adornado con pendientes de oro y una copiosa barba negra, todo ello tan llamativo que llegué a sospechar si se trataría de un nuevo disfraz de Marcia. Por fortuna, antes de que le tirara de las barbas, pude identificarle como el sirio que días atrás trató de comprar a Baiasca.

    —No puedo venderte a mi esclava. Ya no está aquí. Me la arrebataron y no tengo la menor idea de dónde puede hallarse —mentí en forma preventiva.
    —¡Qué lástima! Habría hecho de ella una gran bailarina. En realidad —añadió en tono humilde el barbudo— venía a ti como cliente —le miré con algo más de simpatía.
    —Vamos al consultorio —ofrecí. El sirio me siguió, depositó sus carnes sobre la silla y tras los preámbulos habituales sobre la dificultad del caso y los inmejorables informes recibidos inició su exposición:
    —Mi hermana falleció en Antioquía el mes pasado. En sus últimos momentos me mandó llamar y me encomendó su joya más preciada, una estatuilla de oro que ha pertenecido a las mujeres de la familia desde hace más de quinientos años, para que la entregase a su única hija. Quiero que me ayudes a encontrarla.
    —¿Dónde se perdió?
    —Era sacerdotisa en un templo de Elat, a orillas del desierto. Hace seis años traicionó sus votos y huyó con un visitante romano.
    —¿Sabes el nombre del seductor?
    —El seductor murió de vuelta a Roma. Su familia no ha vuelto a tener noticias de mi sobrina.
    —Descríbemela con detalle.
    —Se llama Nelodelnir, pero suponemos que habrá cambiado de nombre. Tiene unos treinta años, es rubia, no muy grande… Más o menos así —precisó el barbudo, extendiendo su palma a la altura de mis narices—. Cuando se pone tacones crece.
    —Es de suponer. Pero en un simple paseo por Roma puedo encontrar más de mil mujeres con esas características.
    —Además es vidente.
    —Esto sí puede ser una pista. ¿Qué tipo de vidente?
    —Atendía el oráculo del templo de Elat y leía el porvenir en el fuego sagrado.

    Faltó muy poco para que sin más tardanza remitiera a mi barbudo visitante al templo de Ishtar, en la colina del Celio. Habría efectuado una concluyente exhibición sin levantarme de la silla. Pero no es éste el modo de obrar de un celoso exquiriente. Debía cerciorarme primero de que la coincidencia en la descripción no obedecía a una suma de casualidades.

    —La buscaré —decidí.
    —Tienes dos días —urgió el sirio—. Embarco pasado mañana y tal vez no regrese a Roma en varios años.
    —Es suficiente tiempo.
    —No le digas que ha muerto su madre. Prefiero darle en persona la triste noticia. Ni siquiera debe saber que la estoy buscando. Pensaría que quiero reprocharle su conducta y quizás escaparía antes de que pudiese verla.
    —En ese caso, ¿cómo podré estar seguro de que se trata de tu sobrina?
    —Tiene una pequeña cicatriz aquí, tras el flequillo —y se llevó los dedos a la parte superior de la frente—. Cuando la encuentres notifícamelo inmediatamente. Ya sabes, en casa de Cornelio Balbo. Te pagaré medio talento por tu trabajo. Y no dejes de avisarme si localizas a tu esclava. Mi oferta sigue en pie.

    Conforme a mi deber de cortés anfitrión me incorporé y abrí la puerta para dar salida al oriental. Lo debí de hacer silenciosamente, porque Marcia, con la oreja pegada al marco, quedó inclinada ante nosotros en postura muy poco airosa.

    —¿No te interesa otra bailarina? — ofrecí al barbudo, indignado—. Te dejo ésta mucho más barata —el hombre la examinó y movió negativamente la cabeza.
    —Muchas gracias, pero no servirla para mi conjunto —declinó—. Demasiado llenita.
    —¿Qué hacías ahí espiando? — le recriminé apenas salió el sirio.
    —Para aprender tu oficio necesito verte en acción —se defendió—. ¿Por dónde vas a empezar a buscar a la vidente?
    —Por donde me conduzca mi instinto profesional —aseguré—. Pero antes debo resolver otros casos pendientes. De momento vamos a «Las lágrimas de Pan».
    —Suena a algo apasionante.
    —Es una taberna del Foro —le desilusioné—. Tengo que hablar con un portero del anfiteatro llamado Euríalo.
    —¿Qué crimen ha cometido?
    —No tratamos solamente con criminales. Debo averiguar quién le ordenó que dejase entrar a un mendigo epirota en el último festival y qué hizo éste dentro del anfiteatro.
    —No me parece muy emocionante.
    —Nuestro trabajo exige también tareas rutinarias.

    Pese a mis protestas Marcia insistió en llevar consigo un atadijo con su disfraz, alegando que nadie sabe nunca cuándo necesitará la ayuda de una misteriosa dama egipcia. Poco después ocupaba la trasera de mi biga, recogida en las cuadras de Antonio, y enfilaba conmigo la dirección del Foro.

    —Pensaba que los exquirientes tenían mejores carros —deploró—. ¿Qué hacéis cuando el malvado va en una biga más rápida?
    —Esperamos a encontrarlo otra vez a pie.
    —A la marcha de estos caballos debe ocurrir casi siempre.

    «Las lágrimas de Pan» resultó ser una ruin edificación de las que afeaban los laterales del Foro, por cuya puerta entraba y salía una clientela cuya catadura me decidió, recordando a los mendigos del Aventino, a dejar mi bolsa en manos de Marcia.

    —Vas a cumplir tu primera misión —anuncié solemnemente a la muchacha.
    —¿Qué debo hacer? — se apresuró a preguntarme.
    —Cuidar del carro mientras estoy ahí dentro —manifesté ante su decepción—. Espero que te comportes a la altura de las circunstancias.

    Lo temprano de la hora hacía presagiar una escasa afluencia de parroquianos en el interior de la taberna. Apenas entré pude comprobar que, a juzgar por su aspecto, los clientes que la llenaban más bien debían de ser los de la noche anterior, que todavía no habían terminado sus libaciones. Me aproximé al tabernero, fácilmente identificable por lo sucio de su mandil, y le pregunté por el portero Euríalo, sin hacerme entender entre el tumulto del establecimiento.

    —¿Qué quieres beber? — voceó, interpretando erróneamente mi tentativa. Miré sin ningún entusiasmo las diversas barricas apiladas, en absoluto adecuadas para aquella hora de la mañana. No obstante, pedir un tazón de leche habría constituido una provocación en aquel antro.
    —Una jarra de resina —decidí. Aun a costa de revolverme el estómago mi propósito era pasar lo más desapercibido posible.
    —Puedes sentarte aquí —me indicó un sujeto fornido, con el rostro adornado por una cuidada barba cana—. También yo estoy bebiendo resina.

    Acepté la invitación, seguro de haber dado con mi hombre. Tres datos avalaban esta presunción: el digno porte del barbudo, a la altura de un coterráneo de Pericles y Solón; el puro acento ateniense con que regaló mis oídos; y el hecho fundamental de que nadie en su sano juicio pediría resina, nuestro horrible vino nacional, picado y amedicinado, si no estuviese movido por un fuerte anhelo patriótico.

    —¿De verdad te gusta este brebaje? — planteé.
    —Al principio me daba arcadas —confesó—. Pero era una manera de recordar la patria como otra cualquiera y he terminado por acostumbrarme.
    —Acostumbrémonos juntos —ofrecí—. También yo vengo de„ Atenas —como impulsado por un resorte el hombre se me abalanzó y me estrechó con fuerza entre sus brazos.
    —¡Un compatriota! — exhaló—. ¡Hacía meses que no topaba con uno!
    —Si los estrujas de esa manera no creo que se atrevan a venir.
    —Disculpa, pero no he podido contener mi emoción —adoptó un tono declamatorio y continuó—: Hace treinta años que salí de la Hélade y todavía, cuando entorno los ojos, creo estar paseando entre los olivos plateados, a la sombra del Himeto.
    —Yo también los echo de menos —asentí.
    —Cuando miro al horizonte, imagino las fuertes líneas de nuestra Acrópolis, recortadas contra el limpio cielo del Ática —suspiré al unísono con el barbudo, mientras éste proseguía:— En mis sueños veo los mármoles del Areópago, refulgentes al sol…
    —Las aguas espumosas del Censo, saltando entre peñascales —agregué.
    —El remanso azul del Pireo, erizado de velas blancas… —decidí cortar aquella enumeración. Un par de recuerdos más y habríamos terminado hombro con hombro, cantando a dúo el himno de las Panateneas. Era el momento de entrar en materia.
    —Tú eres Euríalo, portero del anfiteatro —expuse.
    —¿Yo? — se sorprendió mi compañero de nostalgias—. Soy Mopso, poeta retirado.
    —Entonces ¿qué hago yo aquí perdiendo el tiempo contigo? — me indigné. Mientras pronunciaba estas palabras un hombrecillo enjuto cayó sobre mí como una tromba y, antes de que pudiera impedírselo, me estampó un sonoro beso en la frente.
    —Soy Euríalo, ateniense como vosotros —proclamó con entusiasmo, mientras yo limpiaba la superficie afectada con el borde de mi túnica—. Y os habéis olvidado de los bosques del Licabeto. También son muy bonitos.
    —¡Por Atenas! — brindó Mopso, anticipándose inteligentemente al intento del portero por reincidir en el ósculo.
    —¡Por Atenas! — repetimos, chocando las jarras de resina. Mis compatriotas las apuraron, mientras yo mojaba los labios con disimulo. Y tras tan patriótico preámbulo tomamos asiento y me dispuse a iniciar la investigación.
    —Mi amigo te estaba buscando —indicó el poeta a Euríalo.
    —Solamente quería hacerte una pregunta —aclaré—. Algo relativo a tu trabajo en el anfiteatro.
    —Será un placer ayudar a un paisano —afirmó el portero con voz pastosa, prueba evidente de que no era aquélla la primera resina que deslizaba por sus fauces.
    —En el anfiteatro no se permite la entrada de mendigos —empecé.
    —Claro que no. No tienen dinero para apostar, molestan a los vecinos y terminan llevándose sus bolsas.
    —En el festival de hace tres días tú dejaste pasar a uno.
    —¡No es cierto! — saltó mi decadente compatriota —. Soy un buen portero y cumplo estrictamente las reglas.
    —Dos testigos vieron entrar por tu puerta a un mendigo llamado Poreo —aseguré—. Sólo quiero saber quién te ordenó que le dieras paso.
    —¿Un epirota? ¿Con los ojos así —y abrió desmesuradamente los suyos— y la nariz ganchuda? No era un mendigo. Era un noble excéntrico, que se disfrazó para mantener el incógnito.
    —Explícame eso —urgí. Por primera vez experimentaba la embriagadora sensación de estar sobre una pista segura.
    —Poco después me sustituyeron en la puerta, porque me dolía terriblemente una muela, y al pasar por un patio interior le vi con una clámide bordada, repartiendo monedas de oro a los corredores de apuestas. Además, ¿desde cuándo el dueño del anfiteatro se preocupa por un mendigo? El fue en persona quien me ordenó que le dejase pasar —me incorporé, casi de un salto. Así pues, el mendigo del Aventino y el rico apostador eran la misma persona.
    —¿Dónde está ahora ese dueño?
    —Supongo que en su despacho del anfiteatro. ¿Qué quieres de él?
    —Nos veremos en mejor ocasión y charlaremos del Ática —indiqué al portero y al poeta, que durante nuestra conversación había permanecido ausente, como recordando plateados olivares y mármoles fulgentes—. Tengo un poco de prisa. — Mopso agitó distraídamente una mano, mientras Euríalo me seguía.
    —Espero que no me descubrirás —me pidió, mientras yo liquidaba la cuenta de la resina—. No sé lo que buscas, pero tengo el presentimiento de que al dueño del anfiteatro no le gustaría haberme oído.
    —Sé proteger a un compatriota —aseguré, entregando dos sextercios al portero—. Para que tu amigo y tú sigáis brindando un poco más —ofrecí.
    —¿Mi amigo? — se sorprendió—. No había visto a ese sujeto en mi vida. Pero puedo brindar conmigo mismo dos veces —añadió, recogiendo las monedas. Miré hacia la mesa que habíamos ocupado. El poeta se había esfumado. Le busqué con la vista por todo el antro y, un tanto perplejo, regresé en busca de mi biga.

    Marcia, subida al pescante, parecía estar dando una conferencia a una docena de curiosos congregados en torno al vehículo, que me lanzaron miradas recriminatorias y hasta algún insulto mascullado por lo bajo cuando me reuní con ella y empuñé las riendas. La muchacha se había sujetado las muñecas a la barra trasera con el cordón de su túnica.

    —¿Se puede saber a qué jugabas? — le requerí severamente, mientras deshacía los nudos.
    —Les he convencido de que soy una cautiva germana, recién traída del Rhin en carro militar, y les estaba recitando el monólogo de la Andrómaca de Eurípides —aclaró—. Se han conmovido mucho y estaban a punto de iniciar una colecta para rescatarme.
    —¿No puedes parar quieta un momento sin llamar la atención? — meditó la respuesta unos instantes y reconoció:
    —Supongo que no. ¿Dónde vamos ahora?
    —Al anfiteatro. Tengo que hablar con el dueño.
    —¿Sobre qué?
    —Los casos de un exquiriente son muy reservados —eludí—.
    —Espero que esta vez no me harás guardar la biga.
    —Prefiero que me acompañes antes que te dediques a convencer a los porteros de que eres Helena de Troya.

    Encomendamos el carro a uno de los sirvientes del anfiteatro y nos dirigimos hacia la puerta del recinto. Una mano se desplomó sobre mi hombro, produciéndome el efecto de que un saco de tierra había caldo desde el tercer piso.

    —¿Qué tal la investigación? — tartamudeó Alyx el númida. Por primera vez pude responder sinceramente:
    —Por muy buen camino.
    —¡Excelente! ¿Qué has descubierto?
    —Te lo explicaré todo cuando culmine las pesquisas —prometí—. De momento necesito hablar con el dueño del anfiteatro.
    —¿Con ese buitre carroñero? ¡Eh, tú! — voceó al portero—. Acompaña a este caballero a ver a Timoleón. Dile que es un exquiriente que investiga la muerte de Siderobros y tiene que hacerle unas preguntas —esta proclama de mis intenciones fue lanzada a grito pelado, antes de que pudiera advertir al gladiador que los procedimientos de mi oficio eran algo más sutiles y discretos que los del suyo. Ante lo irremediable del caso opté por seguir al portero, mientras Marcia, a la que presenté como mi nueva ayudante, quedaba en compañía del númida.

    Las oficinas del anfiteatro estaban situadas en un lateral del recinto, frente a la plana de entrenamiento. Como era previsible el portero salió a los pocos instantes con la respuesta de que el amo estaba muy ocupado, lo seguiría estando, según todos los indicios, durante lo que quedaba de año y el siguiente y que probablemente buscaría nuevas ocupaciones antes que recibir a un preguntón ocioso. De modo que me encogí filosóficamente de hombros y regresé junto a Marcia y Alyx.

    Mi ayudante, con el casco del númida calado hasta las orejas, acometía a éste con su propia espada, en furiosos mandobles que el gladiador esquivaba con una ancha sonrisa.

    —Tiene reflejos de mirmillón —aprobó Alyx—. Con un par de lecciones particulares podría combatir en la arena.
    —Con tal de tener espectadores sería capaz de eso y de más —aseguré—. Hay un pequeño contratiempo: Timoleón no quiere recibirme y su declaración es fundamental para mis pesquisas.
    —Es un problema —convino el númida—. Es el amo y no hay manera de obligarle.
    —¿Alquila gladiadores para combates en provincias? — se interesó de pronto Marcia. Alyx asintió con sorpresa. La joven continuó preguntando: —¿Puedes conseguirme polvos de arroz?
    —Los gladiadores no acostumbramos a usar cosméticos —respondió Alyx, dirigiéndome una mirada llena de interrogantes sobre el equilibrio mental de mi ayudante. Me encogí una vez más de hombros, declinando toda responsabilidad.
    —Voy un momento detrás de esa columna. No os asoméis —y, como era de esperar, reapareció a los pocos instantes con la peluca negra y el atuendo faraónico, bisutería escarabajiforme incluida. Un hombre que transitaba por las inmediaciones se detuvo y se frotó con incredulidad los ojos, mientras Marcia le interpelaba—: ¡Eh, mozo!
    —No es un mozo —aclaró el númida—. Es el secretario particular de Timoleón.
    —Tanto mejor —decidió la joven—. Dile a tu amo que Nefertitis de Tanis quiere alquilar el mejor gladiador que tenga, para el festival anual en honor del dios Ra. Y no reparará en gastos —añadió triunfalmente. El hombre hizo un gesto reverente.
    —Seguidme —tal hicimos, mientras yo susurraba a Marcia:
    —¿Pero qué idea tienes tú de Egipto? Nadie se ha llamado Nefertitis desde hace mil años, no hay un solo templo de Ra en funcionamiento ni creo que exista ya la ciudad de Tanis. Y solamente las momias de los faraones deben de ir adornadas como tú.
    —No es fácil que un palurdo director de anfiteatro domine el tema mucho mejor que yo. Verás cómo te cuenta lo que quieras saber sobre Siderobros, el apostador epirota y hasta la bruja de Ishtar —la miré con verdadero pasmo.
    —¿Cómo te has enterado de todo eso?
    —Alyx es un hombre encantador, mucho más amable que algunos.

    Pese a lo discutible de los métodos de Marcia, cuando el propio Timoleón acudió a abrirnos la puerta y dobló servilmente su espinazo tuve que admitir que, por el momento, daban resultado. Era un litocéfalo de espesas cejas y mirada torva, a quien identifiqué como el sujeto que en los prolegómenos del festival acudió a enseñar a Siderobros la espada enjoyada que conmemoraría su retirada de la arena.

    En aquellos momentos le contemplé con redoblado interés. Aquel hombre había convocado al anfiteatro al mendigo Poreo, le había disfrazado de noble apostador y, probablemente, le había proporcionado una fortuna para jugarla contra mi cliente. Aún quedaban, por supuesto, muchas piezas que encajar, pero por primera vez en mi corta experiencia como exquiriente me hallaba ante un verdadero sospechoso.

    —Pasad y acomodaos, por favor —ofreció—. Es para mí un honor recibir a tan alta señora. El caballero es… —titubeó.
    —Mi eunuco de confianza —definió Marcia. Tuve que contenerme para no ponerla sobre mis rodillas y administrarle la zurra que merecía.
    —Mi secretario me ha anunciado vuestro propósito —habló Timoleón, con un brillo codicioso en sus ojillos—. Pero los buenos gladiadores cuestan muy caros —mi ayudante se encogió olímpicamente de hombros.
    —Tanto mejor —aseguró—. Cuando vengo de compras a Roma no me gusta andar con economías.
    —Ve a buscar a Alyx el númida —se apresuró a ordenar el romano a su subordinado.

    En el silencio que siguió Marcia me dirigió una esperanzada mirada, como si anhelara ver en acción a un verdadero exquiriente, rápido en la idea y certero en la pregunta, acorralando sin piedad al sospechoso como un reciario con su malla. También a mí me habría gustado el espectáculo, pero por el momento no se me ocurrió absolutamente nada. Tras una breve espera fue ella misma quien inició el ataque.

    —Debe de ser muy difícil dirigir un anfiteatro tan importante como éste —manifestó. La torva faz de Timoleón se esponjó en una mueca vanidosa.
    —No tanto, no tanto —opinó—. El público es como un niño y todo consiste en anticiparse a sus gustos para que palmotee contento. Un alarde técnico por aquí, un toque exótico por allí; todo ello regado con tanta sangre como la masa quiera ver correr.
    —Muy interesante —aprobó Marcia.
    —Este pulgar —agregó el romano, elevando una uña luctuosa— es el regulador del caudal. A veces el público empieza a saciarse o se muestra sensiblero; en tal caso levanto este dedo y todos aplauden el final feliz. En otras el gentío está hambriento, brama reclamando más rojo en la arena. Entonces giro así la muñeca y un nuevo surtidor escarlata brota alegremente, entre el entusiasmo general —sin duda Timoleón hubiera continuado su lírica exposición, empujado por el estímulo que según había comprobado producía la supuesta admiración de Marcia. Le cortó el regreso de su secretario en compañía de Alyx el númida, que se cuadró ante nosotros—. Éste es nuestro mejor hombre. Causará sensación en vuestro festival —la muchacha se incorporó y dio varias vueltas en torno al gladiador.
    —No parece muy fuerte —dictaminó, pellizcando la cintura del númida—. Y tiene mucha grasa —Alyx, menos acostumbrado que yo a sus métodos, le dirigió una mirada asesina.
    —¿Qué dices? — protestó Timoleón—. Es músculo puro.
    —Y debe de ser bastante viejo. No me extrañaría que fuese reumático.
    —Como quieras —suspiró el romano—. Mi secretario te acompañará a ver el resto de nuestras existencias.

    Timoleón y yo quedamos solos en el despacho, en medio de un nuevo silencio. Pero en aquella ocasión las palabras del romano me habían descubierto un excelente flanco de ataque.

    —Según pude comprobar en el festival de hace tres días, un buen director de anfiteatro también debe llevar la contraria al público cuando las circunstancias lo requieran —empecé.
    —No comprendo a que te refieres.
    —En la pelea de los reciarios nubios contra el grandullón y el jovencito todo el mundo pidió clemencia para el mirmillón caído. Tú, sin embargo, bajaste el pulgar.
    —Cuidar su material es la primera obligación del gladiador. Aquel estúpido tenía su escudo en mal estado y su negligencia me costó la vida de mi mejor hombre. No merecía vivir.
    —Un escudo en mal estado parece impropio de un anfiteatro tan importante —Timoleón me dirigió una mirada desconfiada—. ¿Quién se lo dio?
    —Era una rodela vieja, que llevaba años en el almacén. El ayudante de material le dejó elegir el que quisiera y fue tan necio como para fijarse en el único deteriorado.

    Disimulé un gesto de satisfacción ante aquella doble contradicción del romano. El escudo de Glauco, que yo había tenido en mis manos, era completamente nuevo y el encargado de material había asegurado a Alyx que el novel había llegado al anfiteatro completamente equipado. Pensé que por primera vez el espíritu de mi tío Alcímenes, en las lejanas regiones del Hades, sonreiría complacido ante los progresos de su heredero.

    —¿Por qué Siderobros cambió su rodela con la de su compañero? — planteé, insistiendo en la ofensiva.
    —Los caprichos de los gladiadores son imprevisibles —contestó Timoleón, cada vez más en guardia.
    —En las tabernas del Foro cuentan una extraña historia de profecías y maldiciones —aventuré. Por la calva del romano corrían varios hilillos de sudor.
    —Nunca he creído en esas patrañas. ¡Ahí viene tu ama! — agregó con verdadero alivio— ¿Cuál ha sido el elegido?
    —No le gusta ninguno —se quejó el secretario. Marcia resopló desdeñosamente.
    —A cualquier cosa llaman gladiador en esta ciudad. El que no tiene las piernas torcidas es bizco o estrecho de pecho. El público de Tanis se moriría de risa si les viera en la arena —Timoleón hizo un evidente esfuerzo por no dar rienda suelta a sus instintos de hematófago.
    —Fuera de aquí —decidió, apretando los puños—. No perderé más tiempo con vosotros.
    —No puedes hablar así a una dama de mi calidad —protestó Marcia.
    —Marchaos inmediatamente o mandaré traer las panteras.
    —Vámonos —asentí en dirección a la joven—. Ha sido una visita muy interesante.

    Pocas ayudantes de exquiriente se habrán mostrado tan jubilosas como Marcia, camino de la biga, una vez que el secretario de Timoleón se hubiese cerciorado de propia vista que habíamos abandonado el anfiteatro.

    —No negarás que te he sido de gran ayuda —se apresuró a manifestar.
    —Un crítico teatral te diría que recargas tu actuación en los detalles. Por lo demás debo reconocer que has estado muy bien.
    —¿Has descubierto algo importante?
    —Timoleón es culpable. Estoy convencido —afirmé. Marcia pareció muy impresionada.
    —En ese caso, ¿por qué no lo detienes?
    —Un exquiriente no tiene facultades para detener a nadie —expliqué—. Lo único que puede hacer es trasladar sus conclusiones a los pretores.
    —¿Y a qué esperas?
    —El pretor me pedirá pruebas. Y aún me falta concretar cómo lo hizo. Debo ver a Baiasca para aclarar conceptos —resolví.
    —¿Otra sospechosa?
    —Es una cémpsica —Marcia abrió la boca con asombro y no se atrevió a seguir preguntando—. Pero antes tengo que pasar por la vía Nomentana a interrogar a un tal Cocleo.
    —Algún cómplice del villano —aventuró la joven.
    —Un buen exquiriente no puede estar ocupado en un solo crimen —recordé la intervención del padre de mi ayudante en el caso de la estatua asesina y resolví que sería mejor mantener a Marcia al margen de aquel tema—. Pero a ti deben de esperarte para comer en casa.
    —No me espera nadie. Mi padre cree que estoy en Paestum, pasando unos días con una amiga.
    —¿Cómo unos días? Descubrirá que es falso cuando regreses esta noche para dormir.
    —No puedo regresar para dormir —admitió la joven—. Pensaba quedarme en tu casa, para poder ayudarte si llegaba algún enigma urgente por la noche.
    —Pero eso no puede ser. Tu padre… la gente… En fin, aún falta mucho para la noche y tiempo habrá de que lo entiendas. De momento y tras quitarte otra vez ese absurdo disfraz de saturnal tienes que cumplir una difícil misión en la hostería del templo de Quirino.
    —¿Qué debo hacer?
    —Encargar un buen guisado de carne para tres y vigilar mientras lo preparan. Es esencial que esté en su punto.
    —Medea tenía razón —rezongó Marcia, subiendo al carro—. Hombre y agradecido son conceptos incompatibles.

    Cocleo no estaba en la villa de Elio Manlio. Había salido en compañía de su nuevo amo y no regresaría hasta la noche. De modo que fueron las mujeres de la casa, Mitis y Livisa, quienes me recibieron en su lujoso triclinium y aguardaron expectantes mis palabras. Les narré con detalle las revelaciones del jefe de los actores. El misterioso aleteo y la polvareda dorada sobre el tejado causaron en mi auditorio la impresión que cabe suponer.

    —¿Sabéis si algún otro asistente a la fiesta oyó o vio algo similar? — planteé finalmente. Mitis asintió muy pálida.
    —Anteayer las esclavas limpiaron la alcoba de mi padre. Les oí comentar entre sí que había restos de un extraño polvillo, debajo de la cama y en los tapices de las paredes. ¿Quieres decir que quizás la asesina es realmente Némesis y que ese polvillo es el rastro que dejó al entrar en la habitación?
    —Némesis es una diosa, no una mariposa nocturna—objeté—. No consta que tenga polvillo en las alas. Pero sería muy interesante que pudiera ver los restos —Livisa hizo un gesto compungido.
    —No debe de quedar ni una mota. Las esclavas limpiaron a fondo. Hubo que frotar muy fuerte para quitar la sangre seca.
    —¿Qué me decís del aleteo?
    —Estábamos concentrados en la tragedia —contestó otra vez la viuda—. Pero recuerdo que mi esposo, poco antes de sentirse indispuesto, levantó varias veces la mirada al cielo, con expresión preocupada.
    —¿Y los porteros? Ellos no estaban viendo la representación.
    —Si hubiesen escuchado algo anormal habrían dado la alarma —indicó Livisa; pero ya Mitis se levantaba para enviar a un criado en su busca— ¿Qué querías de Cocleo? — se interesó la viuda.
    —Laurencio me dijo que es un gran aficionado al teatro. Pensaba comentar con él ciertos detalles técnicos.
    —¿Cocleo? — se sorprendió Mitis—. No distinguiría una tragedia de Esquilo de un coro de borrachos.
    —Eso dijo al menos tu padre al jefe de la compañía. El propio Cocleo seleccionó la obra para su cumpleaños.
    —Nunca me gustó ese individuo —aseveró Livisa—. En realidad… —le cortó la entrada de los dos porteros, que con visibles signos de nerviosismo permanecieron de pie frente a nosotros.
    —¿Estabais de servicio la noche del crimen? — los hombres asintieron—. Guardabais la puerta principal, frente por frente de la fachada del edificio —precisé. Repitieron el gesto afirmativo— ¿Quién de vosotros escuchó un aleteo sobre los tejados? — me miraron a la vez con los ojos muy abiertos.
    —¿Un aleteo? — se asombró uno de ellos.
    —Flap, flap, flap. Como si un ave gigante sobrevolara la casa —expliqué con cierta impaciencia. Reincidieron en sus extremos de admiración.
    —Nunca bebemos cuando estamos de servicio, señor. Lo juro por lo más sagrado —aseguró el portavoz.
    —Nadie lo está dudando. ¿Tampoco visteis un polvillo dorado?
    —Era de noche cerrada, señor.
    —Antes de escuchar el grito de vuestro amo, ¿mirasteis alguna vez hacia la fachada?
    —Solamente cuando oímos abrirse su ventana —aquella declaración introducía un factor imprevisto.
    —¿Qué ventana?
    —La del dormitorio del amo.
    —¿En qué momento?
    —Antes de que le oyéramos gritar. Estuvo abierta un buen rato y después se cerró.
    —¿Y quién la manejaba?
    —La empujaron desde dentro, señor.
    —¿No pudo ser desde fuera? — intervino Livisa.
    —Pudo ser, señora —admitió el hombre—. Siempre que se tratase de alguien invisible y con el don de volar.
    —De acuerdo —asentí—. Ya podéis marcharos —los porteros se apresuraron a acatar la invitación—. ¿Son de confianza? — planteé a Livisa. Ésta hizo un gesto vago.
    —Ya se sabe lo que es la servidumbre en estos tiempos. Pero llevan muchos años en la casa y nunca ha habido queja de ellos.
    —¿Qué tal son sus relaciones con Cocleo? ¿Lo suficientemente buenas como para hacerles mentir en su provecho?
    —Cocleo es capaz de muchas cosas —contestó Mitis—. Pero ni vuela ni es invisible. Y estaba en la planta baja cuando mi padre murió.
    —Cocleo es el mayor traidor, felón, impostor y perjuro de la historia y el más vil de los gusanos que reptan sobre la tierra —proclamó una voz masculina. Con su geométrico peinado y su impoluta clámide ateniense Manlio Turmo se incorporó a la reunión.
    —Me parece improcedente… —empezó Mitis.
    —Lo improcedente, prima, es pagar a un exquiriente para ocultarle después toda la verdad —el romano se volvió hacia mí y continuó—. Ayer repasé todas las cuentas de mi tío, Cuya fortuna era íntegramente administrada por ese sapo bisojo. Hacía más de cinco años que su hombre de confianza le robaba como un pirata cilicio.
    —Supongo que habrá sido arrestado —confié.
    —Todo lo contrario. Su nuevo amo está a punto de manumitirlo, conforme a la última voluntad del estafado, para confirmarlo después como liberto administrador con una suculenta paga.
    —No comprendo —Mitis se ruborizó antes de contestarme:
    —Cocleo negó haber robado un solo as en provecho propio. Según sus palabras, todas sus sustracciones eran simples anticipos de herencia, para evitar al heredero de la casa la deshonra de dejar deudas impagadas.
    —¿A tu hermano? — la joven asintió bajando la cabeza—. ¿A cuánto asciende lo sustraído?
    —A más de quince talentos —admitió la joven con la vista en el suelo.
    —Marco es un excelente muchacho, que terminará siendo un buen general romano —dijo Turmo—. A menos que un día la batalla decisiva sea a la misma hora que una carrera de caballos, porque entonces desertará y acudirá a jugarse el casco y la coraza. Las cantidades que perdió en vida de mi tío no son gran cosa comparadas con la fortuna que ahora ha heredado, pero resultaban totalmente inasequibles para su peculio de hijo de familia y su padre se negó siempre a satisfacerlas. Sin la intervención de Cocleo habría sido expulsado del ejército y probablemente ingresado en la cárcel de deudores.
    —Estoy comprobando que las apuestas constituyen una verdadera plaga en esta ciudad.
    —Hoy hay carreras en el circo. Puedes estar seguro de que allí estarán amo y esclavo, iniciando la liquidación del patrimonio de los Manlio —aseguró Turmo.

    Resolví suspender aquí mis actuaciones en la villa. Era más necesaria que nunca una larga entrevista con Baiasca.

    —Me esperan ciertos asuntos urgentes —manifesté—. Espero que la próxima vez traeré alguna solución.
    —Empezamos a echarlas en falta —contestó secamente Livisa.

    La hostería del templo de Quirino estaba en plena actividad. De la puerta de su cocina salía un tráfago de sirvientes con bandejas humeantes, rodeados por el vivificante aroma de casi todos los condimentos y especias conocidos. Marcia aguardaba en compañía de una cazuela de barro, aspirando con expresión extática los vapores culinarios.

    —Vámonos de aquí —me dijo en cuanto me vio— o morderé a un camarero.
    —¿Está el guiso en su punto?
    —Llevo un buen rato oliéndolo y puedo garantizarlo.
    —¿Por qué no has pedido algo para entretener la espera? Esos cohombros fritos tienen muy buen aspecto —la joven se encogió desdeñosamente de hombros—. ¿No será porque el sirio te ha encontrado demasiado llenita para su conjunto de baile? — planteé. Ella repitió su ademán de menosprecio.
    —Nunca aceptaría entrar en un conjunto —contestó—. Cuando el público me ovacione no compartiré los aplausos con nadie.

    Agregué una libra de pan a la compra, liquidé la cuenta con el hostero y nos encaminamos hacia la biga. Marcia se sentó en la trasera, con la cazuela en las manos, yo empuñé las riendas y los caballos iniciaron su ordenado trote hacia el Tíber. Al cabo de un rato la joven levantó la tapa del recipiente y aspiró profundamente.

    —¿Adonde vamos? — preguntó—. El guiso se va a enfriar.
    —Puedes ir comiendo tu ración —antes de que terminara la frase ya la muchacha había desmigajado una corteza de pan y, utilizándola como cuchara, iniciaba su ofensiva contra la cazuela.

    El trayecto resultó lo bastante largo como para que, cuando al fin detuve la biga frente a la factoría de Tóculo, el recipiente hubiese aligerado su peso en toda la ración de mi ayudante, la mitad de la de Baiasca y un buen tercio de la mía. Se la arrebaté de las manos y le ordené:

    —Quédate aquí vigilando los caballos. Y procura no dormirte. Después de lo que has comido necesitarás una buena siesta.
    —Lo menos que merezco es reponer las energías que he gastado para ti —se defendió ella.

    La población laboral de la factoría estaba disfrutando del descanso del mediodía. Así lo probaban la soledad del lagar y del patio y el espeso murmullo procedente del barracón de las esclavas. El único transeúnte resultó ser, por fortuna, la jefa de servicio, que apenas me divisó acudió gorjeando al placentero encuentro con algunos denarios adicionales.

    —¿Vienes a ver a tu prometida? — preguntó, con una repelente sonrisa de complicidad—. Está en el barracón. Van a darles de comer.
    —¿Buena comida? — me interesé.
    —Sopa de acelgas. El amo no es muy generoso en estas cuestiones. Y si me guardas el secreto añadiré que en casi ninguna. Por cierto —y se me aproximó en un dramático gesto confidencial —creo que debes desconfiar de esa muchacha.
    —¿Por qué?
    —Esta mañana ha venido a verla un hombre. Un mendigo pelirrojo, para más datos. Han estado discreteando durante un buen rato. Se lo hubiera impedido, por supuesto, pero los denarios con los que me pagó eran tan buenos como los tuyos. ¿Qué llevas en esa cazuela?
    —Pensaba que tal vez pudiéramos comer juntos. Baiasca y yo, quiero decir —me apresuré a concretar, al ver que la mujer asentía rápidamente.
    —Eso es imposible. Debe comer en el barracón con las demás esclavas.
    —Llevamos mucho tiempo sin vernos —insistí—. Y he de interrogarla sobre el mendigo pelirrojo.
    —Corro un grave riesgo por ti —accedió la mujer—. Y la tarifa diurna son veinte denarios —mascullé un juramento y deposité las monedas en su mano. Ella añadió—: No te quejes, porque al mendigo le he cobrado treinta. Claro que él no era un joven enamorado.

    La crisódula abrió la puerta del barracón y a través de un pasillo accedimos a su patio interior, un estrecho recinto tapizado de rastrojos y hojas caídas. Entre los dos castaños mustios que lo adornaban había un banquito de piedra, en el que me senté con la cazuela. Y al poco tiempo, arrastrando con pasos cortos la cadena de sus tobillos, la cémpsica compareció por un lateral.

    Estaba algo más pálida y ojerosa y se había recogido el pelo, quizá por imperativos patronales, en una cola que no acababa de favorecerle. Le guiñé un ojo a guisa de saludo, ella se sentó a mi lado y hundió con un gesto rápido los pies con sus hierros bajo la hojarasca del suelo.

    —Tienes aspecto de cansada —le dije.
    —Trabajamos catorce o quince horas a cambio de un cazo de agua sucia con berzas. Y no consigo dormir atada a una argolla. No he pegado ojo en toda la noche.
    —También estabas encadenada en el depósito de esclavos —recordé. Meditó la respuesta y admitió:
    —Supongo que allí sabía que vendríais a sacarme.
    —Hoy comerás algo mejor que caldo de berzas —revelé, destapando la cazuela. En nuestra corta convivencia había podido comprobar que la gula no era en modo alguno un vicio de la cémpsica, pero en aquella ocasión se le iluminó muy favorablemente la mirada. Corté un trozo de pan, se lo tendí y deseé—: Buen provecho.

    Mientras atacábamos el guiso inicié la narración de mis últimas actividades. Esta vez sí me escuchó atentamente.

    —Por lo que respecta a la muerte de Siderobros —concluí— creo que la culpabilidad de Timoleón es evidente. Él mandó trucar el escudo de Glauco, disfrazó a Poreo de noble apostador y le entregó cincuenta talentos para que los distribuyera entre los corredores. Después cogió las ganancias y le mató para que no pudiera delatarle.
    —Está muy bien pensado —asintió la cémpsica.
    —Aún hay varios puntos dudosos. Por ejemplo, tuvo que aserrar las abrazaderas antes de que Glauco se reuniera con Siderobros en el vestuario. Y se podía haber desprendido en cualquier momento antes de que empezase el combate, tal vez en el desfile inaugural.
    —A menos que Glauco fuese también un cómplice de Timoleón —dijo Baiasca.
    —¿Tú crees?
    —Podía haberle ofrecido que si colaboraba con sus planes su prometida y él quedarían libres. No tenía más que llevar con cuidado su escudo amañado, con el león pintado en el envés, y cambiarlo con Siderobros cuando éste se lo propusiera.
    —Para quedar libre habría debido sobrevivir al combate. Y los tridentes de los nubios no estaban amañados.
    —No sé gran cosa sobre gladiadores, pero tengo entendido que, salvo accidentes como el de Siderobros, un mirmillón no suele ser atravesado por un reciario. Primero es envuelto en la red y derribado y sólo muere si el director del festival baja el pulgar.
    —¡Por Palas! — exclamé— ¡Naturalmente! Lo que ocurre es que Timoleón incumplió su palabra y mandó matarle, como hizo con Poreo.
    —Es muy probable. También debes considerar la posibilidad de que Timoleón no hubiese tramado el plan solo.
    —¿Quién le pudo ayudar?
    —Un socio capitalista. Cincuenta talentos son una fortuna inmensa para un simple director de anfiteatro.
    —Alguien sin escrúpulos, sediento de dinero y lo bastante avaricioso como para hacer desaparecer a sus cómplices antes que compartir el botín con ellos —definí—. Tóculo se ajusta perfectamente a esta definición, pero supongo que en Roma debe de haber varios cientos de indeseables como él.
    —Los demás no son dueños de la prometida de uno de esos cómplices, ni contaban con el otro entre los mendigos que visitaban su palacio —permanecí unos instantes paladeando esta posibilidad.
    —Sería formidable desenmascarar a Tóculo como autor del fraude —aseguré—. Perdería el palacio de mi tío Alcímenes y tú quedarías libre. Bueno, quiero decir que volverías a ser mi esclava —rectifiqué—. Pero yo no te haría pisar uva.
    —Alcímenes y tú me habéis tratado siempre muy bien —me tranquilizó la cémpsica.
    —No podemos esperar tanta suerte. De momento habrá que empezar por averiguar cómo pudo saber Timoleón que Siderobros, al descubrir el lagarto en el pecho del nubio, cambiaría el escudo con su compañero y que al caérsele y ver el león dibujado quedaría paralizado.
    —Deberías volver a hablar con la bruja de Ishtar —sugirió Baiasca.
    —Tengo otro motivo para verla —y cité la visita del sirio y mi nuevo encargo—. ¿Qué excusa puedo dar para acariciarle la cabeza? — planteé—. El único dato para reconocerla es la cicatriz bajo el flequillo —la cémpsica pareció muy divertida al imaginar la escena.
    —Seguro que se te ocurrirá algo —afirmó.
    —Pasemos al segundo frente. ¿Qué opinas del polvillo dorado y los aleteos de la diosa Némesis? ¿Qué pueden tener que ver con un esclavo infiel y un hijo derrochador? ¿Y quién abrió y cerró la ventana, si todos los asistentes a la fiesta estaban presenciando la tragedia? — esta vez Baiasca meditó la respuesta.
    —Tendrás que hablar con Cocleo antes de formar conclusiones —opinó al fin.
    —Esta tarde iremos a las carreras de caballos —anuncié—. Turmo dijo que Cocleo y Marco Manlio estarían en el circo. Quiero decir que iré. No creo que Tóculo te deje acompañarme —la cémpsica asintió con gesto triste.
    —Más bien no. Debo seguir pisando uva. Supongo que de un momento a otro me reclamarán para el trabajo.

    Estas palabras coincidieron con el silbido de la crisódula, desde la puerta del barracón. Baiasca se incorporó y sacó los pies del montoncito de hojas que había ido formando mientras hablábamos. Decidí que en aquella situación no podía perder el concurso de una auxiliar de sus condiciones, en especial para dejarla sometida a tan infamante trato.

    —Nada de eso —afirmé—. Hoy vienes conmigo.
    —No puede ser. Nos cuentan varias veces al día.
    —Nadie te echará a faltar —prometí—. Mi nueva ayudante estará encantada de ocupar tu puesto durante algunas horas.
    —No creo que le guste pisar uva.
    —Con tal de interpretar un papel sería capaz de dejarse crucificar —aseguré—. No te muevas de aquí.

    Mis conjeturas sobre Marcia resultaron exactas. Bastó una confusa explicación sobre una misión secreta, consistente en sonsacar a una compañera de esclavitud, novia de un gladiador muerto en la arena, las palabras de éste en su último encuentro, para que se apresurase a calarse la peluca morena y a trotar a mi lado hasta el patio del barracón. Convencer a la jefa de esclavas fue más complicado, pero tras el pago de cincuenta denarios y unos cuantos gestos pretendidamente insinuantes sobre mis verdaderas intenciones —que a decir de Marcia resultaron propios del peor comediante que jamás viera en escena— la crisódula prestó su consentimiento al trueque.

    —Volveremos antes del anochecer —prometí.
    —Estoy arriesgando la piel por vosotros —recordó ella—. ¡Ay, si yo no hubiese sido también joven!

    La romana sacó una llave de su faltriquera, abrió con ella los grilletes de Baiasca y volvió a cerrarlos en los tobillos de Marcia, mientras ésta se quitaba las sandalias y las entregaba a la cémpsica.

    —Tendréis que cambiaros las túnicas —recordé—. Aunque tal vez habría que ensanchar antes las costuras de la de Baiasca.
    —Debe de ser muy triste ser esclava de alguien que se cree gracioso sin serlo —comentó Marcia, para ordenarme a continuación—. Ponte cara a la pared.

    Tal hice mientras las mujeres intercambiaban sus vestidos. La cémpsica empezó a atarse los cordones de las sandalias.

    —No es un calzado cerrado como te gusta —le indiqué— pero será mejor que nada.
    —Está muy bien —afirmó Baiasca, echando a andar a mi lado. Cerca de la puerta se volvió hacia Marcia y dijo—: Gracias —pero dudo que su suplantadora, que ya empezaba a dedicar uno de sus encendidos parlamentos a la jefa de esclavas, llegase siquiera a oírla.

    Tras un nuevo trayecto de larga distancia, bordeando el Tíber durante un buen tramo, detuve el carro frente al circo Flaminio a espaldas del todavía inconcluso pórtico de Pompeyo. Confié los caballos a un vigilante y ayudé a descender a Baiasca, que con el pelo recogido, el peplo blanco de Marcia y sus sandalias había adquirido cierto aspecto —que ni a ella ni a mí nos acababa de convencer— de ciudadana romana.

    Al contemplar las inmensas gradas, casi despobladas en aquellos momentos, no pude evitar un silbido admirativo.

    —No es nada comparado con el circo Máximo —comentó la cémpsica—. En los Ludi Magni han llegado a juntarse cuatrocientas mil personas. Por cierto, empiezan pasado mañana.
    —¿Has estado alguna vez?
    —Acompañé a Alcímenes algún año. Él iba siempre y acostumbraba a ganar en las apuestas. Entendía de casi todo, pero los caballos eran su verdadera especialidad. Nada más verlos galopar adivinaba qué tiro ganaría.
    —Allí está Marco Manlio —le corté, señalando hacia un grupo de patricios, sentados en la tribuna sobre las caballerizas. Aunque fuera difícil precisar la causa, la admiración de Baiasca hacia mi tío me resultaba más irritante que halagadora. En una de las gradas cercanas se distinguía la rechoncha silueta de Cocleo—. Y por aquí ronda su esclavo, convenientemente alejado del amo. Voy a aprovechar esta oportunidad.

    La cémpsica hizo un gesto afirmativo y buscó asiento a la sombra de la tribuna. Pensé que tras las experiencias con Marcia resultaba tranquilizador contar con una ayudante de quien uno podía desentenderse por un rato, con la seguridad de que no la vería correr por la arena al pescante de una cuadriga.

    Codeo no experimentó sorpresa alguna al verme llegar y acodarme a su lado sobre la barandilla.

    —¿Qué tal va el festival? — pregunté.
    —Terminó hace dos horas —respondió el bisojo—. Este es el entrenamiento de las cuadrigas que participarán en los Ludi Magni.
    —Un hombre polifacético —elogié—. Experto en finanzas, en teatro, en carreras de caballo… Mucha gente querría tener un esclavo como tú —Codeo levantó la vista hacia mí, lo que dada su estatura constituía su forma habitual de mirar a alguien.
    —Liberto —me corrigió—. He sido manumitido esta mañana. Y no sé a qué te refieres con lo del teatro. No entiendo una palabra de arte.
    —Es curioso. Alguien me dijo que eras un gran aficionado y que habías asesorado a tu amo en la elección de la obra para celebrar su cumpleaños —Codeo bizqueó un poco más de lo que solía antes de sorprenderse:
    —¿Yo? Si antes de aquella noche alguien me hubiera preguntado qué son las Euménides habría contestado que una marca de aceitunas áticas.
    —¿Quién seleccionó entonces la tragedia?
    —No lo sé. Sólo puedo decirte que nada más empezar la representación, cuando el corifeo anuncia la muerte de la reina y su amante, mi amo se volvió hacía mí y preguntó: «¿Pero quién ha elegido esta tontería? Yo quería algo alegre».
    —Así pues, eres lego en teatro.
    —Por completo.
    —Hay quien dice que también en finanzas —el hombre sonrió con cierto cinismo.
    —Mis cuentas han sido íntegramente aprobadas por el heredero.
    —Según algunos, obrando en interés propio.
    —Espero que Turmo y Livisa te hayan contado la historia entera. Sólo se trataba de pequeños anticipos con los que, como esclavo fiel, intentaba suplir el escaso amor paternal de mi amo, en interés del honor de la familia Manlia.
    —Muy ejemplar. Pero no sé si a Elio le habría entusiasmado tu iniciativa. Si el día del crimen hubiese descubierto el fraude, o estuviese a punto de hacerlo, no hay duda de que la intervención de Némesis habría sido muy oportuna para ti.
    —Pensaba que un exquiriente acreditado no se dejaría llevar tan fácilmente hacia una pista falsa —aseguró Codeo—. Ya que hablas de Némesis, ¿te has parado a meditar sobre la identidad con la que entró en la villa?
    —¿Venus Afrodita? — planteé.
    —La diosa del amor. Pero traía consigo la desgracia para Elio Manlio. ¿Me comprendes?
    —¿Tiene que ver con los pichones y la paloma? — recordé. El liberto hizo un gesto de asentimiento—. ¿Hablas de Turmo y Livisa?
    —Mi amo y su segunda esposa se llevaban muchos años. Demasiados para una feliz convivencia conyugal. Él estaba cansado, enfermo y roído por los remordimientos. Ella es una joven llena de vida. Y para empeorar las cosas media un sobrino de su edad, guapo y vestido a la última moda de Atenas, que desde su misma llegada la corteja del modo más descarado. ¿No parece evidente que sobra alguien en este terceto?
    —En mis visitas a la villa he advertido cierta galantería en Turmo. Pero Livisa no le ha correspondido en absoluto.
    —Ésa es la imagen que ha dado siempre. Pero las mujeres saben fingir muy bien en esos temas. No me extrañaría saber que Turmo y ella habían sido amantes antes incluso de la boda con Elio Manlio.
    —¿Por qué?
    —Mi amo me mandó hacer algunas indagaciones con la servidumbre de los Cornelios. Pese a la diferencia entre ambos, Livisa era un poco mayor para la edad en que se suelen casar las patricias y Elio temía que padeciera algún defecto que hubiese impedido su matrimonio. Los criados me hablaron de un misterioso pretendiente, del que nadie supo jamás nombre ni condición, pero por cuya causa Livisa rehusó durante varios años todas las ofertas de enlace.
    —¿Y por qué un noviazgo con Turmo iba a ser secreto? También él es patricio.
    —Yo no soy exquiriente —opuso Codeo—. Averígualo tú.

    Una voz conocida tronó tras de mí, interrumpiendo la conversación.

    —Me alegra verte en el hipódromo —dijo Publio Antonio, golpeando mi espalda con su rudeza habitual—. Sólo te falta aficionarte a las termas y acabarás, siendo un verdadero romano.
    —¿Qué haces por aquí?
    —Tras el fracaso con la adúltera no me conviene aparecer por el Foro en algunas semanas, hasta que se olvide el pequeño asunto de las Lupercales. Entretanto aprovecho el tiempo examinando el material para los Ludi Magni. Tengo que recuperar los dos mil denarios que me costó el accidente de Siderobros —se me aproximó y dijo en tono confidencial:— Si quieres duplicar tu capital, inviértelo en el tiro de los verdes. Son aquellos alazanes que están doblando el mojón. Absolutamente imbatibles.
    —Tengo algún motivo para desconfiar de la limpieza de las apuestas en Roma —afirmé.
    —Ni la conjuración de Catilina haría perder a los verdes este año. Por cierto, ¿no es aquella Baiasca? ¿Qué hace en la tribuna de los patricios? — levanté la vista con sorpresa. La esclava estaba sentada al lado de Marco Manlio, que charlaba animadamente con ella. Le hice una seña discreta y, tras una breve despedida, bajó las gradas hasta reunirse con nosotros.
    —No he podido evitarlo —se excusó—. Me vieron sola y me hicieron un sitio en la tribuna. Espero que no lleguen a enterarse de lo que soy.
    —¿Qué te contaba Marco Manlio?
    —Hablaba de caballos. Por lo visto le entusiasman. Me estaba elogiando el tiro de los verdes y aseguraba que está dispuesto a jugarse por ellos hasta la aldaba de su casa.
    —Ese hombre sabe lo que dice —apoyó Antonio—. Pero tú, ¿no estabas presa en la factoría de Tóculo?
    —Hoy es su día libre —intervine, advirtiendo que Cocleo, aprovechando la interrupción, se había reunido con su amo y cuchicheaba a la oreja de éste—. Y creo que nos conviene irnos pronto. Temo que Baiasca está perdiendo su prestigio entre el patriciado local.
    —Tengo mi biga ahí fuera. Puedo llevaros adonde queráis.
    —Mis caballos no ganarán nunca los Ludi Magni, pero estoy seguro de que Baiasca prefiere viajar con ellos —afirmé. Y la cémpsica se apresuró a confirmarlo con la mirada.

    La tarde estaba mediada cuando regresamos a la plaza de Pomona. La esclava se dirigió hacia el aljibe, con la intención de asearse un poco antes de regresar a la factoría, y yo entré en el consultorio y estrené una tablilla de cera con la transcripción de todos los datos acumulados sobre el misterio de la estatua asesina.

    Los releía por tercera vez cuando llamaron a la puerta de la calle. Se oyeron los pasos de Baiasca, el chasquido de la cerradura al abrirse y el retorno de la cémpsica, que informó:

    —Es un alejandrino que quiere verte. Dice que trae noticias muy importantes sobre Cleopatra y su hermana.
    —Dile que pase. Y entretanto lee despacio esta tablilla. Tal vez entre los dos saquemos algo claro.

    Mientras Baiasca se alejaba me asaltó un inquietante pensamiento. En teoría sólo Julio César, el centurión Araneo y yo conocíamos la verdadera naturaleza de mi misión en la villa de las egipcias. Me lancé al pasillo y apunto estuve de arrollar al chambelán Oiqueneo, que con una sonrisa de oreja a oreja se aprestaba a entrar en mi despacho.

    —Pasaba por aquí y pensé que tal vez pudiera darte un par de ideas para tu obra —saludó—. Pero antes debes resolverme una incógnita.
    —¿Cuál?
    —No dudo de tu condición de literato. Pero dime, ¿seguro que escribes tragedias o más bien eres un cuentista?
    —Creo que será mejor hablar claro —admití—. ¿Cómo me has encontrado?
    —Si no quieres que te sigan tan fácilmente cuando abandones un lugar deberás buscar unos caballos más rápidos. Desde que saliste de la villa Juliana he ido recibiendo noticias detalladas sobre cada uno de tus movimientos, con intervalos periódicos de una hora —sonrió triunfalmente, complacido por la suficiencia de sus métodos, y agregó: — Los romanos creen que para dominar el mundo bastan unas cuantas legiones. ¡Qué inmenso error! Es mucho más importante un buen sistema de información. Y en estas sutilezas les llevamos quinientos años. Confieso que tu plan, o el de César, podía haberme engañado, pero ser chambelán de una reina como Cleopatra enseña a desconfiar hasta de las mariposas del jardín.
    —¿Qué tiene que ver César en esto? — me defendí. Oiqueneo volvió a su expresión autosuficiente.
    —Llegaste con su jefe de pretorianos, te fuiste en una de sus bigas y estuviste preguntando sobre el atentado contra él. ¿Quién puede haberte contratado? Has tenido suerte de que sea yo quien descubra la superchería. A Cleopatra no le gusta nada que le engañen y puede ser muy, pero que muy peligrosa en estos casos. No lo olvides —mi túnica veraniega dejaba una amplia abertura en el cuello, pero estuve a punto de pasar el dedo por su perímetro, buscando más holgura.
    —Supongamos que tus cabalas sean ciertas. ¿Dónde quieres ir a parar?
    —Quiero que unamos nuestros esfuerzos —propuso el chambelán.
    —No comprendo.
    —Tú eres ateniense; yo alejandrino. Cada uno de nosotros cree pertenecer al pueblo más listo de la tierra y, por nuestras respectivas profesiones, es obvio que nos consideramos integrantes de su élite intelectual. A ti te paga César, yo respondo de la vida de Cleopatra y la otra noche alguien disparó una jabalina contra la cama que ocupaban los dos. Pienso que una estrecha colaboración resulta absolutamente necesaria.
    —¿Qué tipo de colaboración?
    —Intercambiemos nuestros conocimientos particulares sobre la situación —medité unos instantes sobre la oferta del chambelán. Como bien decía, nuestros objetivos eran comunes. Por otro lado, dado lo poco que sabía del tema, era dudoso que pudiese salir perjudicado del trueque.
    —Sea —asentí—. Pero ten en cuenta que puedes equivocarte sobre quién me paga y que no te diré si se trata de César, su esposa Calpurnia, sus enemigos republicanos o tu propia reina Cleopatra —Oiqueneo volvió a sonreír, como encantado de aquel juego.
    —Y yo no te descubriré. Palabra de alejandrino.
    —Preferiría una garantía más sólida —deseé—. Pero de momento me conformo.

    Durante los minutos siguientes narré al chambelán mis conversaciones con Araneo, Arsínoe, las damas de la reina y el propio Julio César sobre los acontecimientos nocturnos. Aunque escuchó con toda atención, pareció algo decepcionado por los resultados.

    —¿Es todo? — planteó.
    —Sólo ha sido mi primera visita. Ahora empieza tú.
    —Las versiones que he oído coinciden con las tuyas. Solamente puedo aportar una pequeña corrección.
    —¿En qué punto?
    —Tueris te dijo que Eos y ella dormían pacíficamente hasta que oyeron el grito; que salieron juntas a la terraza y que una vez allí primero Cleopatra y después yo nos reunimos con ellas, ¿no es así?
    —Exactamente.
    —Cuando llegué a la terraza solamente César, Cleopatra y Tueris estaban en ella. Eos apareció a los pocos momentos, desde el interior de la habitación.
    —Entraría a buscar un chal —aventuré.
    —Es posible; o un pañuelo para protegerse el pelo. Al menos cubría su cabeza con uno en aquellos momentos. No hay que olvidar que estaba lloviendo.
    —No parece una pista muy decisiva —objeté.
    —Por sí sola no. Pero yo me incliné un momento hacia el suelo, para guarecer en un rincón la lámpara que llevaba, y pude comprobar un hecho curioso en una mujer que acababa de levantarse de la cama.
    —¿Qué hecho?
    —Eos tenía los pies manchados de barro —filosofé unos instantes sobre aquella novedad.
    —Pero ella no puede ser la agresora. Es más alta y delgada que Arsínoe y sus rasgos son completamente distintos. César nunca las habría confundido.
    —Estoy seguro —afirmó enigmáticamente Oiqueneo.
    —¿Y qué?
    —Tampoco yo sé más. Pero creo que con los elementos de juicio de que disponemos un astuto exquiriente ateniense y un sagaz chambelán alejandrino deben ser capaces de elaborar una conclusión —asentí, en un disimulado gesto de indiferencia, mientras cavilaba desesperadamente en busca de la solución. Oiqueneo agregó: — Deberías volver a la villa mañana. Tal vez tenga una sorpresa para ti. Y ahora no quiero interrumpirte más. Sé que para los exquirientes de tu prestigio cada instante de su tiempo vale su peso en oro. ¿Acudirás? — planteó, levantándose de su asiento.
    —Haré todo lo posible —aseguré vagamente, mientras el chambelán se alejaba por el pasillo.

    Baiasca no estaba en la casa. Pensé que se hallaría en el porche, como de costumbre, en una de sus conversaciones con el mendigo Odiseo y salí en su busca. La encontré apoyada en una de las paredes del templo de Pomona, en animada charla. Pero su interlocutor no era el tracio pelirrojo, sino un hombre de cuidada barba cana que identifiqué al punto como Mopso, el poeta ateniense de la taberna del Foro. Me aproximé a la carrera, pero al momento el individuo dio media vuelta y dobló la esquina del templo, con tal celeridad que cuando llegué junto a la cémpsica su rastro se había perdido entre las callejas del Janículo. Me volví furioso hacia Baiasca, que lucía una de sus expresiones más inocentes.

    —¿Qué hacías tú con ése? — le interpelé.
    —Estaba tomando el fresco y ese hombre se paró y quiso saber si trabajaba para el exquiriente. No vi nada malo en contestarle.
    —¿Qué más preguntó?
    —Si Tóculo vive en ese palacio y si alguna vez había visto entrar en él al dueño del anfiteatro. En ese momento saliste tú y echó a correr.
    —Eres demasiado confiada —le reproché—. Algún día puedes tener problemas.
    —Nunca me sacarían nada que no debiera decir —aseguró ella.
    —¿Qué tramará ese sujeto? Ya es la segunda vez que se cruza en mi camino y tengo suficientes enigmas pendientes como para desear otros nuevos. Todo el mundo parece guardar algún misterio en esta ciudad. Incluso tu amigo Odiseo.
    —¿Qué ocurre con Odiseo? — se interesó Baiasca.
    —Pagó treinta denarios por visitarte en tus prisiones. ¿De dónde los obtendría?
    —A lo mejor se gastó todos sus ahorros, pobrecillo —aventuró la cémpsica— Ya he leído tu tablilla.
    —¡Excelente! La comentaremos mientras cenamos.
    —Pero es hora de que me devuelvas a la factoría de Tóculo. Tu ayudante debe de estar cansada de pisar uva.
    —Es una muchacha muy activa y le vendrá muy bien desfogarse un poco. Además, sería una lástima interrumpir su representación ahora que debe haberse hecho con el papel. Mañana haremos el cambio.

    Sentados ante la habitual cena fría, a la luz de dos cirios, iniciamos el repaso de mis anotaciones tácticas.

    —Tenemos dos parejas de sospechosos, cada una de las cuales desvía las sospechas sobre la otra, con dos móviles diferentes —expuse—. Para Turmo y Livisa, su supuesta relación culpable; para Marco Manlio y Cocleo, sus fraudes en las cuentas. Pero los cuatro asistieron a la representación en primera fila y entraron en la habitación cuando Elio estaba muerto.
    —No hay ninguna prueba de que Livisa corresponda a las galanterías de Turmo —opuso Baiasca.
    —Conocemos ese misterioso amor suyo de juventud. Pero como ya señalé a Cocleo, ¿por qué un noviazgo con Turmo iba a ser secreto?
    —Podría ser importante investigar a fondo sobre el pasado de Livisa —sugirió la cémpsica.
    —Me parece muy recomendable. Por otro lado, contamos con el aleteo sobre el tejado, el polvillo dorado y esa ventana que se abre y se cierra sin que nadie entre por ella. ¿Qué sentido puede tener?
    —Las ventanas abiertas no sirven solamente para entrar —apuntó la esclava.
    —También pueden utilizarse para salir —asentí—. Pero, salvo que se tratase de un fantasma incorpóreo, todo el que hubiera atravesado esa ventana hubiese sido visto por los porteros.
    —Hay otras cosas incorpóreas, igualmente invisibles de noche. Por ejemplo, una nube de polvo.
    —¿Cómo puede formarse una nube de polvo dentro del dormitorio de un patricio romano?
    —El yeso picado se convierte en polvo. Y si no se abre una ventana termina por manchar toda la habitación —pese a la habitual moderación de mi vocabulario, en aquella ocasión contuve por muy poco uno de los más recios juramentos áticos.
    —¡Eso es! — exclamé—. La estatua de Némesis iba cubierta de una capa de yeso, que disfrazaba sus formas hasta convertirla en la diosa del amor. Alguien entró en la alcoba durante la representación, picó el yeso y lo rascó hasta llegar al mármol original. Seguramente limpió después los rastros de polvo en suelo y muebles, además de abrir la ventana, pero se le escaparon algunas partículas que después fueron recogidas por las criadas —miré a Baiasca con admiración mal disimulada—. ¿Cómo lo has razonado?
    —Se nos ha ocurrido entre los dos —declinó la esclava.
    —¿Y el aleteo? Sería mucha casualidad que mientras el asesino picaba el yeso una cigüeña se hubiese dedicado a revolotear sobre la villa.
    —El polvillo del yeso no es dorado ni brilla en la oscuridad. Nadie lo vería flotar sobre los tejados contra un cielo negro.
    —¿Qué quieres decir con eso?
    —Que si Laurencio imaginó un polvillo dorado, también pudo soñar con un aleteo.
    —También puede significar que Laurencio es un embustero, que miente para encubrir a alguien —añadí—. Bien, ya sabemos que Némesis no es la asesina, aunque en realidad tú y yo nunca dudamos de su inocencia. Pero esta circunstancia refuerza el enigma principal. Cuando los asistentes a la fiesta entraron en la habitación, Elio Manlio estaba solo. Nadie pudo salir del dormitorio en los instantes anteriores. Y sin embargo es matemáticamente indiscutible que hace falta un mínimo de dos personas para que una pueda ser apuñalada por otra. ¿Estás de acuerdo? — Baiasca asintió—. El enunciado del problema es obvio, pero la solución no —me lamenté.
    —Tal vez la solución esté en el mismo enunciado —intervino enigmáticamente la cémpsica.
    —Explícate mejor.
    —Necesitamos más antecedentes —esquivó ella—. Aún sabemos poco sobre los protagonistas.

    Aunque los platos estaban vacíos, hasta tal punto me había enfrascado en nuestros descubrimientos que apenas si recordaba qué habían contenido. Esparcí sobre la mesa las inevitables pasas y continué:

    —Pasemos al enigma de las dos egipcias —narré a la esclava las aportaciones de Oiqueneo y el dato, decisivo a su juicio, de los pies embarrados de Eos.
    —Tal vez quiera sugerir que fue ella la que ayudó a Arsínoe a volver al barracón sin dejar huellas —dedujo Baiasca.
    —Sí, pero ¿por qué medio? — esta vez la cémpsica meditó la respuesta.
    —Deberé pensármelo con más calma —admitió—. Estoy algo cansada.
    —No tendré más remedio que aceptar la invitación del chambelán y regresar a la villa Juliana. No podemos consentir que un alejandrino presumido resuelva el enigma antes que nosotros.
    —Puede ser una trampa —recordó Baiasca—. Las egipcias son muy peligrosas —me encogí de hombros con un modesto ademán de héroe homérico.
    —Alcímenes habría ido —aseguré—. Supongo que estos peligros forman parte de nuestro riesgo profesional.
    —Sí, pero tú no eres… —empezó la cémpsica. Se detuvo a tiempo y concluyó—: Ten mucho cuidado.
    —Has pasado mala noche y no has parado en todo el día —indiqué a Baiasca, complacido por su interés—. Será mejor que descanses antes de volver a la factoría —la esclava se incorporó y echó a andar hacia el patio.
    —Buenas noches —deseó.
    —Utiliza hoy la cama —ofrecí—. Te la has ganado —la cémpsica inició la negativa de costumbre—. Cuando vuelvas a dormir atada en el suelo del barracón lamentarás no haber reposado a gusto una noche al menos.
    —Estoy bien ahí afuera —insistió ella. Pensé que había llegado el momento de imponer mi autoridad de propietario.
    —No lo dudo, pero aquí el amo soy yo. Ven conmigo —me miró con sorpresa, pero cumplió el mandato. Tomé los dos cirios y por el pasillo a oscuras la escolté hasta el dormitorio. Dejé una de las candelas en el suelo y ordené—: Quítate las sandalias.
    —¿Para qué?
    —No vas a dormir con ellas. ¡Y ya está bien de discutir todo lo que digo! — en evidente tensión defensiva, Baiasca desató muy lentamente los cordones de su calzado—. Y ahora échate en la cama y descansa todo lo que puedas hasta mañana. Debemos salir temprano hacia la factoría.

    Cerré la puerta a mis espaldas, satisfecho de haberme salido por una vez con la mía, y salí al patio. Una ráfaga de viento hostil me hizo retroceder hasta la alacena, coger una frazada de lana y regresar al dormitorio. Anuncié mi presencia con un golpecito en la puerta y franqueé su umbral. La cémpsica, tendida sobre la cama, levantó la cabeza en un movimiento de alarma.

    —Va a hacer frío esta noche —anuncié, extendiendo la manta sobre sus piernas—. Dormirás mejor con esto.
    —Hasta mañana —se despidió esta vez Baiasca, mientras yo me inclinaba sobre el cirio del suelo y lo apagaba de un soplido. De buena gana habría rematado tan paternal escena con un beso en la frente de la esclava, pero no me pareció procedente.

    Tras lo cual me dirigí al consultorio, uní sus dos sillas y, colocando en uno de sus respaldos, a guisa de almohadón, una esterilla de esparto, traté de buscar acomodo en su dura superficie.


    Sexto día


    La caballerosidad tiene su precio, conforme pude comprobar en las horas que siguieron, tratando vanamente de conciliar el sueño sobre los agresivos salientes de las sillas de mi consultorio. Un viento desapacible ululaba en la oscuridad de la plaza y filtraba sus ráfagas frías por las mil rendijas de la ventana. El pozal del aljibe cayó al suelo, con un ruido metálico que terminó de despejar mi muy escasa somnolencia.

    Poco después se oyó la voz de Baiasca que preguntaba:

    —¿Qué quieres? — aunque era obvio que hablaba dormida, su tono de alarma me pareció algo decepcionante; no tanto, sin embargo, como el grito horrorizado que siguió. No pretendo que, ni aún en sueños, una joven palmotee alborozada al verme irrumpir en su alcoba a medianoche, pero tampoco creo justificar una reacción de espanto, como si quien entrase en la estancia fuese el monstruo Tifón. Al segundo grito de la cémpsica salté de las sillas y corrí hacia el dormitorio.

    Empujé su puerta entreabierta. En el interior una débil claridad iluminaba a dos personas: al fondo Baiasca, arrebujada bajo la manta; y de pie junto a la cama un hombre, con un farolillo en la zurda, cuya luz oscilante hacía brillar a la vez una sonrisa lobuna y la hoja de un inmenso puñal curvo, desnudo en su mano diestra. El intruso miró con tal fijeza hacia un punto entre mis costillas, algo más arriba de la sexta, que cualquier interpelación sobre sus propósitos me pareció superflua.

    Un buen ateniense es ejercitado desde su infancia en la elocuencia y la retórica, pero hay ocasiones en la vida en que uno debe ser tan práctico y positivista como el más vulgar de los romanos. Tras un rápido recorrido visual por la estancia en busca de un arma defensiva, me incliné sobre una de las sandalias de Baiasca, la volteé por el cordón y la disparé contra el hematófago. En la precipitación del momento no puedo asegurar si apunté hacia algún blanco concreto, pero un hondero balear no habría mejorado mis resultados. El farolillo se quebró, la candela cayó al suelo con una llamarada agónica y las tinieblas se extendieron por la habitación.

    A partir de aquí mi estrategia era algo confusa, pero sí era evidente lo que no debía hacer: permanecer quieto en el sitio. Así lo entendí y salté de lado a la vez que una masa, rematada según todos los indicios por la punta del cuchillo, rozaba mi túnica y se estrellaba contra la pared. Unos rápidos pasos que se alejaban por el corredor revelaron que Baiasca aprovechaba la oportunidad para darse de baja en aquella desapacible reunión nocturna.

    Por lo que a mí respecta la situación era algo más delicada. El asesino interponía su puñal entre la puerta y yo y contenía la respiración, aguardando el más leve de mis movimientos para reincidir en su intento. Le oí mascullar una sucia interjección de alegría y al momento rascar un pedernal, signo evidente de que tanteando en el suelo había hallado la candela.

    Con la inexorabilidad característica de las tragedias de mi tierra la chispa saltó y el cabo de vela iluminó de nuevo el feo rostro de su portador. El sicario se relamió las comisuras de los labios, como si paladeara por anticipado el sabor de mi sangre, e inició su ataque definitivo, mientras yo me concentraba en las palabras con que explicar al barquero de los muertos, camino de la laguna Estigia, las insensatas razones por las que cambié la paz de los olivares áticos por aquel nido de criminales. Y en aquel instante el hematófago se elevó sobre sus talones, como impelido por una fuerza sobrenatural, y emprendió un corto vuelo que fulminó de bruces contra la pared del pasillo.

    La candela rodó por los suelos y agrandada por su luz surgió la hercúlea figura de Alyx el númida, que ya se aproximaba al intruso dispuesto a reanudar su peculiar y contundente trato. El hombre tomó rápida y mentalmente las medidas de su interlocutor y, renunciando a su segundo intento, abandonó la casa a toda la velocidad de sus piernas.

    Ya había desaparecido entre las sombras cuando Alyx y yo llegamos al exterior. Baiasca asomó tras la espalda del númida, evidenciando que, pese a su instintivo rechazo hacia los gladiadores, sabía apreciar el momento adecuado para gozar con su compañía. Ni una sola ventana se había abierto en toda la plaza, como si los habitantes de Roma no se dignasen interrumpir su sueño por un incidente tan trivial y rutinario.

    —¿Quien era ese hombre? — preguntamos a la vez el númida y yo, aunque el primero, tras varios tartamudeos, terminó bastante más tarde—. Vamos a la cocina —ofrecí—. Creo que todo esto merece un extenso comentario.

    Encendimos las velas y abrimos la barrica de vino beocio.

    —Mis zapatos se han quedado en la habitación y hace frío —anunció Baiasca.
    —¿Y por qué no vas a por ellos?
    —Porque tengo mucho miedo.
    —Ahora los traigo. Aunque a veces no lo parezca, es mi esclava —presenté al númida.
    —No está mal, pero prefiero la de esta mañana —opinó Alyx—. Me gustan algo llenitas. Bien —planteó cuando regresé del dormitorio—, ¿qué quería ese individuo?
    —Si no era un estudiante de medicina, interesado en una disección de urgencia, es evidente que se trataba de un asesino a sueldo —respondí.
    —¿Quién le ha enviado? — seleccioné los posibles candidatos antes de contestar. Por mi mente pasaron, en rápido desfile, la reina Cleopatra, su chambelán, el secreto aliado de su hermana; el siniestro Timoleón, su misterioso capitalista; Cocleo, Marco Manlio, Turmo, Livisa…
    —Pudo ser cualquiera —admití.
    —Dicen que nuestro oficio es realmente muy peligroso, pero el vuestro tampoco parece un lecho de rosas —comentó el gladiador.
    —Hace cinco días no tenía un solo enemigo en el mundo —indiqué con un suspiro—. ¿Qué hacías a estas horas en la plaza?
    —Venía a verte —respondió Alyx, apurando su taza—. He hecho un descubrimiento importante.
    —Creo que después de tu intervención lo menos que podemos hacer es escucharte atentamente —nuestro visitante abrió y cerró los ojos media docena de veces, como abrumado por la responsabilidad, y empezó:
    —El secretario de Timoleón conoce la profecía del león y el lagarto.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Le he invitado a cenar con la esperanza de sonsacarle algo. Ha tragado vino como una barrica de roble. Cuando tras la sexta jarra he brindado por la memoria de Siderobros se ha puesto sentimental y me ha abrazado con fuerza.
    —Toda investigación requiere algún sacrificio —le consolé—. ¿Qué más?
    —Ha dicho exactamente: «Tú también eres un león en la arena, Alyx, y además eres mi amigo. Por eso te voy a dar un consejo». Ha mirado en todas las direcciones, ha bajado la voz y ha añadido: «Cuídate de los lagartos».
    —Le habrás pedido que se explicara mejor —el númida pareció confundido.
    —¿Debía haberlo hecho? El caso es que me ha caído en brazos y ha empezado a roncar como un ternero. Si el tabernero no le ha echado a la calle debe seguir bajo el mostrador de «Las lágrimas de Pan».
    —Un descubrimiento muy interesante —afirmé cortésmente, aunque en realidad Alyx sólo había corroborado mi certeza sobre la culpabilidad del dueño del anfiteatro—. ¿Cómo sospechaste de Timoleón y su secretario? — el coloso sonrió complacido.
    —Aunque muchos no lo crean, también los gladiadores sabemos pensar. Me hizo desconfiar la insistencia de Timoleón por saber quiénes erais y qué tramabais.
    —¿Habló de nosotros?
    —Los porteros le dijeron que nos habían visto juntos. Y no tuve más remedio que contestar. Según mi contrato de manumisión aún le debo quince combates antes de ser libre y me amenazó con hacerme luchar en el próximo festival con los ojos vendados contra cinco galos a caballo.
    —¿Te preguntó dónde tenía mi consultorio? — el tic del coloso se disparó bajo su esfuerzo cogitativo.
    —¿Piensas que Timoleón pudo contratar al asesino de esta noche?
    —Otra conclusión muy inteligente —aplaudí. Alyx se esponjó de satisfacción.
    —Pero yo no se lo dije. Pensé que por si acaso sería mejor ocultarlo.
    —Discurres como un exquiriente. Y apenas si has tartamudeado en toda la noche.
    —Es que invitando al secretario también yo he bebido como cinco escitas juntos. ¡Oh sagrado néctar de los dioses, que haces saltar en pedazos las trabas de la lengua humana! — declamó imprevistamente.
    —Me dejas maravillado —manifesté.
    —Me lo enseñó Siderobros. Creo que lo escribió tu compatriota Aquiles. ¿O tal vez fue Polifemo?
    —No importa —le tranquilicé, mientras el coloso se levantaba de la silla—. Es muy bonito.

    El cielo empezaba a teñirse de azul sobre las bóvedas del templo de Pomona. Apenas se despidió el gladiador Baiasca planteó la conveniencia de regresar a la factoría antes de que su ausencia fuese advertida. De modo que recogimos la biga en las cuadras de Publio Antonio y enfilamos el camino de la viña bajo la débil claridad del amanecer. Pese a la naturalidad que aparentábamos pronto resultó evidente que mirábamos con recelo cada bulto oscuro de las cunetas.

    —Tal vez solamente tratasen de atemorizarnos —declaré, en un clarísimo intento de autosugestión.
    —En mi caso lo han conseguido —afirmó la esclava.
    —Pero para tratarse de un simple actor hay que reconocer que era muy bueno. Bien, estoy seguro de que mi tío Alcímenes no se dejaría intimidar y continuaría sus pesquisas como si nada hubiese sucedido.
    —Es lo más probable —corroboró Baiasca.
    —Según las recientes experiencias debo de ser algo más impresionable, pero van a comprobar que tampoco es fácil desanimar a un ateniense.

    Detuve el vehículo en la arboleda de costumbre y nos aproximamos al barracón de las esclavas. Por las cercanías transitaba nuestra mediadora, con su oportunidad característica. Apenas nos vio acudió a la carrera.

    —¡No volveré a fiarme de vosotros! — recriminó—. Es milagroso que nadie haya descubierto el cambio. A partir de ahora… —rectificó sobre la marcha al palpar treinta denarios en su mano— deberéis tener más cuidado.
    —¿Qué tal se ha portado Marcia? — me interesé. Conociendo los métodos habituales de mi ayudante, albergaba serios temores de que hubiese iniciado, como mínimo, la segunda guerra servil. Sorprendentemente la crisódula respondió:
    —Muy bien. Una muchacha muy obediente. Venid conmigo.

    Nos dirigimos al barracón y avanzamos por su interior, sorteando a las esclavas que empezaban a despertarse sobre los montoncitos de paja que les servían de colchón. Marcia dormía a pierna suelta en un rincón de la nave, separada del resto por la obra de un antiguo pesebre. Me incliné sobre ella y le pasé una pajita por la pantorrilla. La alejó de un manotazo y ante mi insistencia abrió un ojo, después el otro y finalmente se incorporó de un salto e inició una selecta enumeración de insultos, tan rica en aportaciones exóticas como en modismos locales.

    —No estropees tu buena conducta —le interrumpí—. Esta dama dice que has sido una esclava ejemplar —pareció apaciguarse ante el elogio.
    —Soy una actriz y sé vivir el papel que encarno —afirmó, mientras la crisódula abría el grillete de su tobillo—. Si me toca ser una sierva, nadie me ganará a sumisa y dócil. Claro que no puedo competir con una verdadera esclava, habituada al yugo y a las cadenas —Marcia pronunció estas palabras con evidente intención agresiva, mientras Baiasca, que acababa de hacerle entrega de sus sandalias, introducía el pie en la argolla. La cémpsica no pareció inmutarse, pero apenas se sentó volvió a hundir el hierro en la paja—. Y ahora vuélvete de espaldas. Quiero mis ropas de ciudadana libre.

    Mientras cumplía la orden sonaron unas voces airadas al otro lado del barracón. La jefa de esclavas masculló una maldición y añadió:

    —Ya se están peleando. Aguardadme un momento —me volví hacia mis ayudantes, que lucían otra vez sus colores habituales.
    —¿No me preguntas por mi misión? — planteó Marcia.
    —Cuando salgamos de este antro.
    —Mi misión te importa un comino; todo era un truco para retenerme aquí, marcando el paso como un legionario novato, mientras tu amiga y tú os divertíais. La novia del gladiador me dijo que había explicado a Baiasca, palabra por palabra, todo lo que le pregunté yo. No mereces que te cuente mi descubrimiento.
    —¿Qué descubrimiento? — me interesé, a sabiendas de que no resistiría callarlo. Y en efecto, Marcia se apresuró a bajar el tono y proclamar:
    —¡Él ha estado aquí! Pasó media tarde charlando con ese tal Tóculo.
    —¿De quién estás hablando?
    —¿De quién va a ser? De Timoleón —paladeé durante unos instantes la noticia. Las conjeturas de Baiasca empezaban a resultar asombrosamente ciertas.
    —¿Estás segura?
    —Le vi pasar en una litera cuando nos llevaban al lagar. Al empezar a pisar uva fingí un desmayo y me sacaron al patio para que respirase aire fresco. Timoleón y Tóculo estaban sentados a la sombra de una parra, escribiendo sobre una tablilla.
    —¡Debían de estar calculando el reparto del botín! — exclamé—. ¿Le viste volver a la litera? — Marcia asintió—. ¿Llevaba la tablilla?
    —Tóculo le acompañó hasta el camino y después regresó a su despacho. Y tenía una tablilla bajo el brazo.
    —¿Continúa en la factoría?
    —Oí decir a las esclavas que no se irá hasta que termine la vendimia.
    —Hay que conseguir cuanto antes esa tablilla —manifesté, volviéndome hacia Baiasca. La cémpsica se apresuró a negar con la cabeza.
    —Yo no puedo —declaró—. Estoy atada.
    —Dentro de poco empezará la jornada y os soltarán para ir al lagar.
    —Pero no me dejarán entrar en la casa.
    —La jefa de esclavas admite cualquier tipo de soborno. Estoy seguro de poder convencerla para que te destine a la limpieza doméstica.
    —Suponiendo que llegase hasta la tablilla, no tengo dónde esconderla.
    —Cópiala en una hoja de árbol. Sólo debes fingir que le quitas el polvo. Y nadie sospechará que una esclava sabe leer.
    —Si me descubren me matarán.
    —¿Quieres ser libre alguna vez o no? — me impacienté. Baiasca asintió—. Pues si no aprovechamos esta oportunidad para sacarte de las zarpas de Tóculo no lo conseguirás nunca.
    —Estoy segura de que saldrá mal —auguró con desánimo la cémpsica.

    Convencer a la jefa de esclavas de que Baiasca era alérgica al orujo no requirió tanta elocuencia, pero sí una considerable inversión en denarios. Tras recibir la promesa de que pasaría el día trabajando en la casa me despedí de la cémpsica hasta la tarde y me alejé con Marcia hacia el carro. Por el camino le expliqué el atentado nocturno.

    —¡Qué emocionante! — aplaudió—. ¡Cuánto siento habérmelo perdido!
    —Faltó muy poco para que me abriera en canal como un corderito.
    —Sería un final muy suave para un traidor como tú. Por cierto y hablando de corderos, tengo hambre. Ese canalla de Tóculo no gasta ni medio as en las raciones de sus esclavos.
    —Completarás tu apetito paseando hasta mi casa. Pero procura dejar algo para la comida.
    —¿Dónde vas tú?
    —Es una misión secreta. Entretanto atiende el consultorio. Y si no he regresado para el mediodía busca a Julio César y dile que salí hacia su villa y no has tenido más noticias mías.
    —¿Al dictador? — se asombró la joven.
    —Somos viejos amigos.
    —¿Qué he de hacer si vuelve el asesino?
    —Estoy seguro de que sabrás tratarle perfectamente.

    Una visita a las egipcias en aquellas circunstancias podía parecer una iniciativa atrevida, pero tras una breve meditación había concluido que ése habría sido el siguiente paso de mi tío Alcímenes. Por un lado, si algún miembro de la familia Lágida había decidido que mi modesta existencia le estorbaba, no podía pasar el resto de mi vida escondiéndome por todo el orbe civilizado y emigrar a la tierra de los pictos no entraba en mis planes inmediatos. Por otro, era la villa Juliana el único lugar en que podía contar con una escolta de pretorianos, lo cual, dados los últimos acontecimientos, constituía un atractivo más que notable.

    Los caballos de la biga piafaron al divisar los uniformes de los guardias de la entrada, todo lo jubilosamente que su estricta disciplina les permitía. Un pretoriano me acompañó ante el centurión Araneo, cuya primera providencia fue contornear el carro en busca de posibles desperfectos en su pintura. Una vez tranquilizado dijo:

    —No te esperábamos tan temprano.
    —¿Me esperabais?
    —A primera hora mandé un pretoriano a recogerte, por orden de Cleopatra.
    —¿Para qué?
    —La reina no acostumbra a dar explicaciones. Pero ahí viene Tueris, que fue quien me transmitió el encargo —en efecto, desde la dirección de la fuente, inactiva en aquellos momentos, la grasienta dama de compañía se acercaba con una empalagosa sonrisa.
    —Eres muy amable al interrumpir tu trabajo y atender nuestra invitación —saludó, tomándome del brazo y alejándome del centurión—. Deseo que no hayamos cortado ningún arrebato de inspiración.
    —No suele llegar a estas horas de la mañana —disculpé—. ¿Qué quiere Cleopatra?
    —La prisionera ha solicitado hablar contigo. Lo pidió ayer por la tarde, cuando la desuncimos de la noria, y es deseo de la reina brindar las mayores facilidades para tu tarea, en provecho del arte y de tu protector César —miré hacia la dama, recelando algún doble sentido en sus palabras, pero no hallé respuesta alguna en sus ojos incoloros.
    —¿Dónde está Arsínoe?
    —Anoche tuvo otra de sus insolencias y está castigada. Sígueme.

    La terraza estaba desierta. Llegamos al pie de su escalera, que se prolongaba mediante unos peldaños subterráneos por debajo del nivel del jardín. Terminaban en una puerta, junto a la que nos aguardaba Eos, la segunda dama de Cleopatra. Tueris abrió el picaporte y, levantando la voz, anunció:

    —Ésta es la sala de audiencias de la que quiso ser reina de Egipto. Un poco inhóspita, pero muy adecuada para el recogimiento y la meditación. Puedes charlar con ella con entera libertad. Eos y yo esperaremos fuera.

    Se trataba de un reducido recinto, poco más que una cueva, apenas iluminado por unos tragaluces inmediatos al techo. En el suelo había una jaula de hierro. Y de rodillas en su interior, vestida con sus andrajos, con el pelo revuelto, los brazos separados del cuerpo y las muñecas atadas a sendos barrotes, se encontraba Arsínoe. Me senté a su lado, en un banquito tallado en el muro, y la cautiva levantó la vista de las losas.

    —Resulta muy gratificante para una prisionera que un ilustre artista acuda rápidamente a su llamada —habló con voz apagada.
    —El más leve retraso habría sido una descortesía imperdonable —contesté, tanteando de nuevo mi papel de intelectual—. ¿Qué quieres de mí?
    —He meditado muy a fondo sobre nuestra conversación del otro día. Como bien ha dicho ese odre de manteca, en estas prisiones hay mucho tiempo para pensar. Te recibí con desconfianza, pensando que eras un lacayo más de mi hermana y César. Y temo que, influido por mis recelos, hayas formado una impresión falsa de mí.
    —La imagen que formé es muy noble —protesté. La egipcia negó con la cabeza.
    —Vas a escribir una tragedia bajo el mecenazgo de mis enemigos y es inevitable que me adjudiques el papel de bufón. No estoy hablando ahora de tu obra inmediata. Pero yo no viviré mucho tiempo, y tú volverás algún día a tu patria y podrás escribir la verdad, lejos de Cleopatra y de su rebaño de aduladores. Quiero que por tu mediación el mundo sepa que Arsínoe perdió la guerra, porque así lo quisieron los dioses, pero nunca fue derrotada.

    Miré con cierta sorpresa a la cautiva. Las reservas de nuestra entrevista anterior se habían disipado ante un caudal de elocuencia, en nada inferior a la exhibida por su hermana en la terraza.

    —Te equivocas si piensas que puedo escribir algo denigrante sobre ti —aseguré—. Pero si perdiste la guerra, ¿cómo puedes decir que no fuiste derrotada?
    —Estoy ante ti de rodillas, atada de pies y manos a una jaula de hierro. Con este trato infamante mi hermana cree culminar mi derrota, como hace unos meses sus aliados bárbaros vencieron al puñado de patriotas que combatía por un Egipto independiente. Su mente mezquina, encenagada por el placer y la riqueza, no puede comprender que el espíritu no admite prisiones y que la voluntad de luchar, apoyada en dos fuerzas poderosas, puede bastar para mantenerlo indómito.
    —¿Cuáles son esas fuerzas? — me interesé cortésmente. Hasta el momento la transformación de la presa me parecía fascinante, pero en lo tocante a los misterios que me ocupaban la sesión resultaba una lastimosa pérdida de tiempo. Arsínoe rectificó la posición de sus rodillas y planteó:
    —¿Juras que no repetirás una sola de mis palabras a mi hermana, ni a ninguno de los integrantes de su séquito?
    —Lo juro —respondí con convicción. Por fortuna César no había sido mencionado en la promesa.
    —Quizá vaya a darte más confianza de la que mereces, pero debo correr el riesgo si quiero que el mundo conozca algún día la verdad. Son dos fuerzas viejas como la humanidad y a la vez jóvenes y seductoras. Vosotros, los griegos, supisteis plasmarlas en vuestras diosas olímpicas: Némesis y Afrodita, la venganza y el amor.

    Parpadeé varias veces, perplejo ante aquel conciso resumen de la tragedia de Elio Manlio. Decidí que debía de tratarse de una mera coincidencia. Mis enigmas estaban ya lo suficientemente embrollados como para que empezaran a relacionarse entre sí.

    —El papel de la venganza es evidente. ¿Y el amor? — hubo aquí una breve pausa, como si la egipcia venciera cierta resistencia interior. Al fin dijo:
    —Creo que Tueris le llamaría el complejo de Perseo. Pero tengo la suficiente confianza en mis encantos para pensar que puedo justificar por mí sola esta inclinación.
    —¿Araneo? — aventuré. Ella hizo un gesto de asentimiento, preludio de un nuevo silencio. Me decidí a agregar: —Pero tú no me has mandado llamar, ni me has dirigido este discurso, sólo para decirme que el centurión se ha enamorado de ti.

    La jaula quedaba en la penumbra del calabozo, pero me pareció percibir una leve sonrisa de la cautiva.

    —Mi mensaje es mucho más importante. Quiero que la posteridad sepa cómo y por qué murió Julio César —en mi experiencia profesional empezaba a habituarme a los sobresaltos, pero el brinco que di sobre el asiento probó que aún debía progresar en el aprendizaje.
    —¿Murió?
    —En estos momentos, morirá —precisó Arsínoe—. Escapó por muy poco la otra noche, pero cuando volvamos a intentarlo no tendrá tanta suerte.
    —De modo que la historia del atentado es cierta.
    —Completamente. Empecé por insultar a mi hermana, para que me dejara encadenada a la fuente del jardín. Araneo se había procurado un duplicado de las llaves de Tueris. César, con su falsa galantería senil, simplificó el plan al mandar cortar mis ataduras. Entonces salí por la ventana, escalé hasta la terraza, apoyándome en la hiedra, esperé a que un relámpago iluminara el blanco y disparé la jabalina contra el dictador. Solamente me faltó algo de pulso.
    —¿Y las huellas bajo la ventana?
    —Araneo las borró mientras fingía buscarlas.

    No pude evitar cierta decepción ante una explicación tan sencilla del misterio, a la vez que incómodo en mi labor de espionaje. No era aquélla la faceta más agradable de mi profesión. Me consolé pensando que trabajaba para César y que la egipcia, pese a lo lastimoso de su situación, continuaba siendo según sus propias palabras un peligro mortal para mi cliente.

    —¿Por qué a Cesar y no a Cleopatra? — quise saber—. Los dos estaban al alcance de tu jabalina.
    —Mi ejército fue vencido por legionarios romanos. Mi hermana cree ser reina de Egipto, pero es un simple pelele al son de la música de Roma. Nada puede saciar tanto mi venganza como golpear en el mismo corazón del coloso y ver cómo se tambalea, desangrado por la guerra civil que seguirá a la muerte del dictador.

    Arsínoe pronunciaba estas palabras con tal frialdad en su voz que, enjaulada y atada como se hallaba, llegó a producirme un estremecimiento. Como bien había pronosticado ella, mi primera impresión de la cautiva estaba resultando absolutamente errónea.

    —Pero por enamorado que esté, Araneo sigue siendo un militar romano. No puede aprobar ese desenlace.
    —Araneo ha peleado toda su vida por las libertades republicanas. Piensa que César terminará por proclamarse rey y prefiere el caos a la monarquía.
    —Una vez libre en el jardín, tras fallar el tiro, ¿porque no intentaste escapar? Araneo podía haber dispuesto la guardia de forma que no te impidiese la salida.
    —Oí las voces de César y supe que había sobrevivido, de modo que decidí esperar la segunda oportunidad. La libertad es muy poca cosa comparada con la venganza. Por otro lado, César tiene un torpe sentido de la caballerosidad. Estaba segura de que no tomaría represalias.
    —Pero si le hubieses matado sus hombres te habrían ejecutado inmediatamente.
    —No mientras Araneo fuese su jefe. Y con Cleopatra en nuestro poder habríamos iniciado el levantamiento contra los partidarios del dictador.

    Traté de asimilar las graves revelaciones de la egipcia. Curiosamente, mi primer caso resuelto —y con toda brillantez, gracias a mi buena interpretación del papel de trágico— me estaba dejando un regusto amargo en la boca. Y en eso la puerta del calabozo se abrió y por ella irrumpieron el chambelán Oiqueneo y seis hombres armados, que conducían a empellones, amordazadas y con las manos a la espalda, a las dos damas de Cleopatra. Me incorporé de un salto, con el espíritu muy poco sereno. Era imposible que nadie hubiese oído mi conversación con la cautiva, pero tras los recientes acontecimientos el propio Aquiles se habría vuelto un poco aprensivo.

    —¿Qué es esto? — se sorprendió Arsínoe—. ¿Cómo…?
    —¡Cerradle la boca! — le interrumpió el chambelán. Uno de sus hombres se acercó rápidamente a la jaula y pese al forcejeo de la presa anudó en torno a su boca una sólida pieza de cuero.
    —No ha hecho nada malo —intercedí—. Teníamos autorización de la reina para…
    —La reina no ha autorizado nada —habló desde el exterior una voz femenina. Y con su característico andar pausado, arrastrando tras ella sus mejores galas, Cleopatra entró en el calabozo. Su hermana se debatió entre las ligaduras con una energía inesperada. A una seña de Oiqueneo su esbirro empuñó un cabo de cuerda y golpeó varias veces las costillas de la cautiva, hasta imponerle la inmovilidad.
    —No comprendo —dije.
    —Nadie puede hablar con la prisionera sin mi permiso personal —respondió la reina—. No temas, ateniense. Ya sé que has sido engañado por mis traidoras damas, que te citaron a mis espaldas. ¿Que te ha contado mi hermana?
    —Me ha dado algunas ideas para mi tragedia —contesté con un nudo en la garganta. Cleopatra parecía más peligrosa que nunca.
    —Me gustaría comentarlas contigo —manifestó en tono dulce.
    —Lo haría con gusto, pero estoy citado con Julio César y no puedo retrasarme ni un momento más —la egipcia aumentó la dosis meliflua en su sonrisa.
    —César ha salido de viaje hacia la Galia cisalpina —explicó—. Tardará al menos dos semanas en volver. Pero no te alarmes. También yo voy a estar muy ocupada en las próximas horas, charlando con ciertas desleales servidoras. Espero que regreses en un momento más sereno y podamos discutir con calma los pormenores de tu trabajo.
    —Será para mí un honor —asentí, conteniendo a duras penas los deseos de salir corriendo hacia la biga.

    La puerta se cerró a mis espaldas, sin que nadie me acompañase escaleras arriba. El infame Araneo acudió a mi encuentro, junto al cuerpo de guardia, con su aspecto inocente de costumbre.

    —¿Descubrimientos decisivos? — se interesó. Esperé a estar subido al pescante para contestar:
    —En sumo grado —respondí, pensando en la grave omisión cometida por el traidor al no explicar a su cómplice la verdadera naturaleza de mi misión en la villa—. Debo transmitirlos rápidamente a Julio César.
    —Le hallarás en el circo Máximo, presidiendo los Ludi Magni. Es un gran aficionado a los caballos.
    —Te equivocas. Ha salido de viaje hacia la Galia cisalpina —el centurión no pareció sorprenderse.
    —Siempre ha sido un hombre inquieto, incapaz de cumplir un programa establecido. Bien, cuando termines tu trabajo me gustaría que me explicases todo lo que has descubierto. Al fin y al cabo, he asistido al drama desde una localidad preferente.

    Medité sobre las revelaciones de la egipcia durante el viaje de vuelta, con tal intensidad que podía haber llevado al asesino en el pescante sin reparar lo más mínimo en él. No había motivos para dudar de la sinceridad de Arsínoe, pero me resultaba desconcertante aquella prueba de confianza en un extranjero desconocido, pagado por sus enemigos. Y era obvio que la brusca irrupción de Oiqueneo y Cleopatra tenía alguna justificación que escapaba por el momento a mi perspectiva.

    Me encogí mentalmente de hombros. Yo no era más que un profesional que había cumplido su misión y, aunque el método utilizado no me parecía especialmente glorioso, los cinco talentos de César iban a ser un precioso reconstituyente de mi economía. Cierto que habría de esperar su regreso de la Galia cisalpina, con el consiguiente riesgo de que el centurión traidor se diera a la fuga, pero los deberes con mi clientela me impedían ausentarme y, por fortuna, la detención de los culpables no formaba parte de los deberes de mi oficio.

    Uno de los criados de Antonio me dijo que su amo había venido a buscarme a primera hora, con intención de que asistiéramos juntos a los Ludi Magni y multiplicásemos nuestros ahorros por el fácil procedimiento de apostar por el invencible tiro de los verdes. Expresé mi sentimiento por perder la oportunidad y me dirigí al consultorio, en el que aguardaba Marcia con expresión aburrida.

    —¿Dónde se meten tus clientes? — protestó—. No ha venido casi nadie en toda la mañana.
    —Deben estar en los Ludi Magni —alegué—. ¿Quién ha sido la excepción?
    —El sirio de los pendientes. Preguntó si ya habías localizado a su sobrina. Sus bailarinas actuarán esta noche por última vez en la casa de Cornelio Balbo y embarcarán hacia Antioquía mañana a mediodía.
    —Se me había olvidado el sirio.
    —Tienes muy mala memoria para algunas cuestiones. Tampoco hemos ido todavía a ver a mi abuela.
    —En cuanto tengamos un rato libre —accedí—. Ahora hay que encontrar urgentemente a esa sobrina. Pero primero vamos a comer —resolví, dirigiéndome a la cocina.
    —No tengo apetito. He estado picoteando algunas cosillas mientras te esperaba.
    —¿Cómo algunas cosillas? Has dejado la despensa como Sila dejó Atenas después de tomarla al asalto.
    —Le deseo que encontrase algo mejor que las cuatro lechugas que almacenabas.

    Empecé a ingerir los restos del saqueo, mientras Marcia, sentada en el borde de la mesa, se interesaba:

    —¿Cómo vas a dar con ella en una ciudad como ésta?
    —Con mi intuición de exquiriente. Con un leve margen de error yo situaría a la sobrina de un sirio en el barrio del Celio, muy cerca del templo de Ishtar. Iremos allí, le tocaremos la cicatriz de la frente con cualquier excusa y aprovecharemos la ocasión para interrogarle sobre sus tratos con Tóculo y Timoleón. Empieza a ser muy sospechoso que tanta gente conozca la profecía del lagarto y del león. — Marcia enhebró mentalmente las piezas de mi programa.
    —¿Proelia? — planteó. Le expliqué rápidamente la coincidencia entre los datos aportados por el oriental y los rasgos de la sibila y concluí:
    —El único inconveniente es que Timoleón y Tóculo saben que investigo la muerte de Siderobros. Si ella es su cómplice habrá sido alertada y no dirá ni una sola palabra delante de mí.
    —Iré a verla yo sola —propuso Marcia.
    —Jamás —negué con convicción—. Estamos en un momento muy delicado de la investigación. Como mucho puedes acompañarme.
    —Utiliza un disfraz. En casa de mi padre hay varias docenas. Pintado de negro, con la cabeza rapada y un taparrabos de piel de leopardo serás un nubio estupendo.
    —No tengo ninguna intención de pintarme de negro —afirmé, ante la desilusión de la joven—. Ni mucho menos de circular por Roma en taparrabos, sea de la piel que sea.
    —Careces por completo de sentido escénico.
    —Hasta el momento me ha ido muy bien sin él.

    Durante el trayecto opuse mi firme negativa a sus sugerencias de disfrazarme de jinete escita o mercader parto y razoné pacientemente a Marcia sobre la sorpresa de Proelia al ver irrumpir en el consultorio a un rey asirio con su barba. Al fin, tras una breve espera junto a la puerta Querquetulana, a espaldas de casa de Laurencio, Marcia reapareció con un simple manto largo, rematado con un capuchón muy adecuado para ocultar mis facciones sin provocar un alboroto por las calles romanas.

    —Mi padre me ha descubierto —anunció tristemente la joven—. He tenido que decirle que mi amiga de Paestum está enferma y he debido interrumpir mi visita.
    —¿Y qué tiene eso de malo?
    —Que me obliga a regresar a casa al anochecer.
    —Es precisamente lo que ha de hacer una muchacha de tu edad.
    —Me echarás de menos cuando te ataque el asesino de turno —reparé en que llevaba una coronita vegetal en las manos y me interesé por su finalidad—. Es una corona de muérdago, de las que usan las druidesas —reveló—. Mi padre me la trajo de una gira por la Galia.
    —¿Para qué quieres una corona de druidesa?
    —Tú déjame hacer a mí —solicitó Marcia, provocando la inquietud consiguiente.

    El sonriente y mofletudo esclavo Marcelo volvió a abrir la puerta y nos escoltó hasta la cripta, sin mostrar la menor sorpresa por mi condición de encapuchado. Al fin y al cabo no debía de ser extraño que algunos de los clientes de la sibila prefiriesen guardar el incógnito. Marcia avanzó a mi lado por el subterráneo, evidentemente encantada por la aventura. Al acceder al interior del templo, con sus velitas ardientes, la estatua de la diosa sobre el peñasco y el gran brasero sagrado, palideció de emoción, ante un decorado tan teatral como el que ella misma habría diseñado.

    Proelia bajó sus velos negros por la escalinata de la roca y fijó su atención en mi capucha.

    —¿Por qué se cubre el rostro? — planteó. Marcia le pidió silencio con un gesto disimulado, mientras se acercaba a su oído:
    —Lepra —susurró; o al menos eso deduje del movimiento de sus labios y del ademán de aprensión de la hechicera. Fuera esta respuesta u otra, resultó lo bastante eficaz como para que Proelia no insistiera y se mantuviera a una prudente distancia, cuidando de no rozar mi manto, mientras nos rodeaba con el reguero de sal.
    —¿Qué futuro queréis desvelar? — preguntó la bruja, situada de nuevo tras el brasero.
    —Hemos venido desde Lugdunum, en las remotas tierras de la Galia transalpina, para saber si mi esposo encontrará remedio a su mal. — Proelia tomó el recipiente de vidrio, dejó caer unas gotas de líquido verde sobre las brasas y anunció lúgubremente:
    —El reino de los muertos va a abrir su puerta.
    —No parece una respuesta muy difícil para un leproso —me cuchicheó Marcia. Por lo que a mí respecta la impresión resultó bastante más fuerte.
    —Pregúntale cuándo —indiqué.
    —¿Cuánto tiempo tardará en abrirse? — insistió mi ayudante. Tras lo cual añadió, en un inevitable vocativo esquiliano—: ¡Oh, poderosa hechicera! — la sibila repitió la operación y respondió:
    —El brasero dice: mañana.
    —Si vas a hacer más preguntas, que sean sobre tu futuro —solicité a Marcia en voz baja—. El mío ya está bastante oscuro.
    —Supongo que no creerás estas paparruchas —me reprochó la joven.
    —Esta mujer me tiene auténtica manía.
    —¿Qué escribe el brasero sobre mi porvenir? — planteó Marcia, levantando de nuevo el tono. Proelia volvió a esparcir el misterioso líquido, removió las cenizas y contestó:
    —Tu nombre no será tu nombre.
    —¡Voy a ser actriz! — proclamó mi ayudante, entusiasmada. La bruja añadió:
    —Y tu tierra no será tu tierra.
    —¿Qué querrá decir con esto? — volvió a susurrar Marcia.
    —No suele concretar más —expliqué—. Pero, ¿no decías que eran paparruchas?
    —¿Por qué los griegos tenéis que ser siempre unos aguafiestas incrédulos? — la joven se volvió hacia Proelia y preguntó: —¿Lees todo eso en el brasero? — la sibila hizo un gesto de asentimiento—. Me gustaría aprender a hacerlo.
    —Los misterios de Ishtar son sagrados —negó Proelia, tapando de nuevo el recipiente del líquido verde.
    —Pero es que también yo soy hechicera —insistió Marcia—. Aprendiz de druidesa en los bosques de la Galia. En mi país no usamos braseros, sino la corona de muérdago del dios Lug. Siempre llevo una conmigo.
    —Muy interesante —concedió la bruja, retirando el atizador del rescoldo—, Y ahora, si no tenéis más preguntas, Marcelo os acompañará a la salida —Marcia abandonó el círculo de sal y se planto ante ella.
    —Mi magia no puede leer el porvenir. Pero sí descubre el pasado como un libro abierto.
    —El día ha sido un poco largo y… —trató de excusarse Proelia, iniciando la retirada. Pero detener a Marcia en pleno trance escénico no era tarea de simples mortales.
    —¡Un momento! — exclamó, encasquetándose la corona con un gesto dramático—. Te miro y veo arena. Mucha arena, sol y piedras. ¡Es el desierto! — la sibila se volvió de nuevo hacia mi ayudante, intentando disimular su interés. Marcia redobló sus esfuerzos—: Unas columnas, un ara… Es un templo en pleno desierto. Hay un joven; un griego, tal vez; no, es un romano —por primera vez en todo nuestro trato, Proelia abrió los ojos de par en par.
    —¿Qué más ves? — preguntó. Marcia se mostró compungida.
    —No puedo ir más allá llevando yo la corona. Debes ceñírtela tú para completar su acción.
    —Ha sido una exhibición muy instructiva —aplaudió Proelia—. Y ahora… —mi ayudante volvió a cortarle el paso.
    —Será sólo un momento y no duele. Estoy intrigada por saber cómo termina la historia.
    —¿Qué historia?
    —La del joven romano. Me ha parecido ver dos manos enlazadas —la bruja hizo un gesto resignado mientras la joven depositaba el muérdago sobre su frente y ajustaba su perímetro al de la cabeza con las yemas de los dedos. Marcia se alejó unos pasos, como si las mágicas irradiaciones de la corona se reforzaran con la perspectiva— Veo velas… —inició su nuevo éxtasis— una nave que se pierde en el horizonte— mientras hablaba puso las manos a la espalda y dibujó el signo de la victoria, confirmando que la cicatriz ocupaba el lugar previsto bajo el flequillo. Proelia se quitó el muérdago y lo tendió a su interlocutora.
    —Estoy segura de que serás una gran hechicera —afirmó—. Aunque temo que a la gente le preocupa más el futuro que su pasado. Todos lo conocen y a casi nadie le gusta.
    —¡Veo más! — aulló Marcia, haciéndonos brincar a todos los presentes—. Veo oro, mucho oro… —Proelia esbozó su primera sonrisa.
    —Creo que aquí empieza a fallar tu magia —advirtió.
    —Rueda por unas gradas repletas de público —continuó visionando Marcia—. Hay sangre sobre la arena —el liquido verde se agitó en su recipiente, impulsado por un casi imperceptible temblor de la bruja—. Veo hierro… es un tridente y un león que ruge y muere—. Proelia colocó la corona en su mano con un gesto brusco.
    —Ya basta —le cortó—. Estoy cansada y no tengo tiempo de escuchar más disparates. Marcelo os indicará mis honorarios.
    —No debes despreciar nuestra magia occidental —aconsejó Marcia—. Tal vez no sea tan refinada como la vuestra, pero al menos sabemos guardar los secretos de nuestros clientes —fue un golpe directo, que hizo enrojecer a su víctima hasta las orejas.
    —No sé de lo que estás hablando —manifestó, con evidente nerviosismo en la voz—. Y ahora marchaos de una vez. Tengo otras cosas que hacer.
    —Todavía no he terminado —protestó mi ayudante.
    —Yo terminé hace tiempo —concluyó la hechicera, dándonos la espalda.

    Liquidé la cuenta con Marcelo y regresé a la calle, todavía perplejo por el éxito de mi ayudante. Ésta trotaba a mi lado con expresión radiante.

    —Antes de partir hacia el reino de los muertos podías felicitarme un poco —se apresuró a reclamar—. Cualquier persona con cierta sensibilidad artística aplaudiría hasta despellejarse las palmas.
    —El más encendido de mis elogios sería un pálido reflejo de tu inmensa autocomplacencia —respondí—. Pero admito que se ha tratado de una improvisación más que estimable.
    —Me parece una definición muy pobre, pero no esperaba nada mejor de un ateniense envidioso. Bien, ya has comprobado que Proelia es, además de la sobrina del sirio, la cómplice de Tóculo y Timoleón. ¿A qué esperas para llamar a los pretores?
    —A tener alguna prueba más sólida. Por ejemplo, la tablilla con las cuentas de los dos compinches. A estas horas su copia debe de estar en manos de Baiasca.
    —No se habrá atrevido a cogerla —aseguró desdeñosamente Marcia.
    —¿Qué tienes tú contra Baiasca?
    —¿Yo? — se pasmó—. ¿Contra una simple esclava?
    —Es una ayudante formidable. Lo que ocurre es que no presume ni la mitad que otras.
    —Y ahora —decidió Marcia, disponiéndose a subir a la biga— vamos a ver a mi abuela. Me lo he ganado.
    —Es más urgente volver a la factoría —le atajé—. Baiasca puede tener problemas si le sorprenden con la copia en su poder. Pero te prometo que mañana empezaremos la jornada visitando a tu abuela —la joven lanzó una ojeada al sol en el cielo y declaró:
    —Será mejor que no te acompañe. Mi padre sabe que estoy en la ciudad y en lo que se refiere a mi hora de volver a casa se ha quedado en los tiempos de Rómulo y Remo. Si sigues vivo mañana me tendrás a primera hora en el consultorio —y con tan alegre despedida tomó la dirección de la puerta Querquetulana.

    Mi trayecto hacia la factoría fue obstaculizado poco antes del puente Emilio por una riada humana, semejante a una de esas emigraciones de pueblos germánicos que describen los veteranos de la frontera. Vista de cerca resultaba estar compuesta por los espectadores ultratiberinos de los Ludi Magni, que concluido el festival en el circo Máximo regresaban a sus hogares. Intercalé el carro entre la caravana de vehículos, provocando en el conductor del siguiente feas maldiciones en jerga suburrana, y aguardé pacientemente el ensanche, más allá del puente, en que la aglomeración empezaba a dispersarse.

    Los agentes edilicios braceaban como náufragos en medio del maremágnum, provocando más interrupciones del tráfico que las que pretendían evitar. En uno de los parones vi abrirse las cortinillas de una litera y emerger de su interior la sonrosada faz de Publio Antonio, que voceaba:

    —¡Menos estatuas de César y más puentes sobre el Tíber! Esto es una vergüenza —la mayoría de los atascados se solidarizó con esta declaración. Un agente edilicio que osó pedir silencio fue inmediatamente abucheado por la multitud, mientras Antonio expresaba vigorosas opiniones sobre los ediles curiles, su moralidad pública y privada y los comicios dominados por el partido popular. Bajé de la biga y me aproximé a las andas.
    —¿Qué tal los Ludi Magni? — me interesé—. ¿Han ganado los verdes? — mi amigo detuvo su soflama.
    —¿Los verdes? — repitió—. Les ha faltado muy poco para ser los primeros de la carrera siguiente. En la puerta del circo hay más de dos mil apostadores esperando a su auriga para darle un chapuzón en el Tíber. Dile a tu cliente Marco Manlio que para otra vez aprenda a distinguir entre un caballo de competición y una muía asmática, con varices y lumbago.
    —Antonio es un tanto extremado cuando pierde una apuesta —intervino su acompañante de la litera—. En realidad los verdes han sido derrotados por muy poco. Casi nadie contaba con los blancos, pero les han adelantado en el último estadio.
    —Mi amigo Diomedes de Atenas, famoso exquiriente —presentó Antonio—. Lucio Cornelio Balbo, excónsul y uno de los mejores anfitriones de la ciudad. Esta noche ofrece una cena en la que pienso olvidar mis muchos pesares.
    —Puedes venir tú también —invitó Balbo—. Un ateniense legítimo aumenta siempre el lustre de una reunión.
    —Serla un honor, pero… —empecé.
    —Tengo contratado al mejor conjunto de baile de toda Siria y será su última actuación —anunció Balbo—. Y tu cliente Marco Manlio, casualmente, asistirá también. Somos parientes; aunque algo lejanos. Una sobrina mía, Livisa, casó con su padre. Pobrecillo, murió hace unos días en circunstancias muy extrañas. Bien, como suele decirse, Roma es un pañuelo, más bien sucio de un tiempo a esta parte.
    —No faltaré —aseguré. Aparte de aprovechar el viaje para comunicar al sirio el feliz hallazgo de su sobrina, no podía perder la ocasión de interrogar discretamente a los parientes de Livisa sobre su misterioso pasado sentimental. Me despedí de los romanos y regresé a mi carro con cierta premura, pues el atasco se estaba disolviendo y los conductores de los que seguían empezaban a expresar su desaprobación por nuestra charla en términos muy elocuentes.

    Ascendiendo las estribaciones del Janículo topé con el segundo conocido de la jornada. Apoyado en un bastón recio y nudoso y canturreando una vieja balada tracia, el mendigo Odiseo paseaba sus harapos por una de las cunetas de la carretera. Tiré de las riendas y los caballos se detuvieron en seco.

    —¿Eres partidario de los blancos? — saludé—. Hacía tiempo que no veía un mendigo tan contento —el hombre exhibió una amplia sonrisa bajo sus barbas rojizas.
    —No estoy en la mejor situación para distinguir los colores de los aurigas —respondió—. Pero la entrada en los Ludi Magni, cuando todos piensan que van a ganar en las apuestas, da siempre una buena cosecha de limosnas. La salida es otra cosa.
    —¿Vas a ver a Baiasca? — me interesé. El tracio hizo un gesto afirmativo—. Yo voy a visitar a unos clientes por aquí cerca —mentí, para evitar que el pordiosero se me subiese a la biga—. Dale recuerdos de mi parte —emitió un gruñido de asentimiento y los dos continuamos nuestro camino.

    Amarré el vehículo en el lugar acostumbrado y avancé hacia la factoría con las precauciones inherentes a quien transita por terreno enemigo. Camuflado entre los porteadores de canastos llegué hasta la puerta del lagar y lancé una ojeada a su interior. No había rastro de la túnica azul de Baiasca entre las mujeres que evolucionaban sobre los montones de uva. Un gorjeo jubiloso probó que la jefa de esclavas me había reconocido y acudía raudamente al encuentro con sus denarios cotidianos.

    —Tu prometida no está aquí —anunció—. La encontrarás en los establos.
    —¿Qué hace allí? — me sorprendí. Después de pisar uva a ritmo de flauta, a Baiasca sólo le faltaba ordeñar vacas a los sones de un arpa.
    —Está castigada, pobrecilla —informó la crisódula—. En cuanto el amo despida a un visitante que ha recibido la azotarán.
    —Llévame hasta ella —me apresuré a reclamar—. Sí, ya sé… —accedí, desparramando las monedas por su mano.

    La crisódula me acompañó hasta la puerta del establo, en cuyo interior veinte o treinta vacas rumiaban y meditaban con expresión aburrida. Baiasca estaba de puntillas en su centro, de espaldas a la puerta, con las manos levantadas sobre su cabeza y esposadas al extremo de una cadena que pendía desde una viga del techo. Al oírnos llegar se volvió rápidamente.

    —¡Qué lástima! — suspiró la mujer, examinando la porción de dorso visible en el escote de la túnica— ¡Echar a perder una espalda tan bonita! ¿No la habían azotado nunca?
    —Siempre ha sido una esclava ejemplar —contesté.
    —Procura desmayarte pronto —le aconsejó—. Te reanimarán un par de veces con cubos de agua, pero cuando quedes sin sentido la flagelación perderá toda la gracia y se cansarán enseguida —la cémpsica palideció.
    —Márchate de aquí o haré una demostración previa contigo —amenacé. La romana emitió un nuevo gorjeo y abandonó el establo a saltitos. Me volví hacia Baiasca, que fijaba sus ojos en el suelo. Ella trató de sonreír sin conseguirlo.
    —Me duelen mucho los brazos —declaró. Le puse el índice bajo la barbilla y se la elevé suavemente hasta hacer coincidir su mirada con la mía—. Me da vergüenza que me vean así —admitió finalmente.
    —Supongo que no te refieres a las vacas —esta vez sí logró esbozar un amago de sonrisa—. Si quieres me marcharé y volveré después de los azotes, cuando te hayan desatado —la esclava negó con la cabeza.
    —No me dejes sola. Tengo mucho miedo.
    —Al fin y al cabo no es nada deshonroso ser apresada por el enemigo en una acción de guerra —le consolé.
    —Esto no tiene que ver con la tablilla —aclaró—. Me han castigado por romper dos jarras de vino.
    —¿Qué jarras? — me extrañé.
    —El jefe de cocina me mandó servir vino a Tóculo y a un invitado que le acompañaba en el salón. En el pasillo di un tropezón y volqué la bandeja. Entonces enviaron a otra esclava y a mí me castigaron aquí, para que aprenda a tener más cuidado.
    —¡Qué mala suerte! — lamenté.
    —En realidad —explicó ella— lo hice a propósito para no entrar en la habitación. Reconocí al visitante desde la puerta y no podía dejar que él me viera a mí.
    —¿Por qué?
    —Porque era el asesino de anoche —la revelación me pareció lo bastante importante para justificar un breve silencio meditativo.
    —¡Trabaja para Tóculo! — exclamé— Y lo malo es que debe de seguir en la factoría. La jefa de esclavas me dijo que su amo estaba con un invitado.
    —Sácame de aquí —pidió la cémpsica—. No me gustan los asesinos —tanteé los grilletes y Baiasca emitió un gemido apagado—. Tengo las muñecas en carne viva —declaró—. Y ya he comprobado que los cierres son de buena calidad.

    Así la cadena y tiré de ella con todas mis fuerzas. Estaba sólidamente sujeta al techo.

    —Puedo incendiar el establo —ofrecí—. La viga se derrumbará y liberaremos el extremo de la cadena —la esclava se apresuró a disuadirme.
    —Prefiero ser azotada antes que incinerada —aseguró.
    —Toda la culpa es mía —reconocí— por hacerte salir del lagar. Era prácticamente imposible que consiguieses una copia de la tablilla.
    —Copié la tablilla —anunció la cémpsica—. Con la uña, en cinco hojas de parra mientras limpiaba el despacho de Tóculo. Contiene restas y divisiones.
    —¿Con qué unidad?
    —La cifra inicial es de cincuenta talentos.
    —¡Es la prueba! — exclamé jubiloso— ¿Dónde escondiste esas hojas? — Baiasca bajó de nuevo la vista hacia un punto de su túnica, coincidente con el extremo del esternón.
    —No sabía que me iban a atar —justificó. Me rasqué la nuca, algo confundido por la situación.
    —Supongo que no tendré más remedio que cogerla —planteé. La cémpsica no contestó, pero me pareció que había enrojecido levemente. Y en ese momento llegó desde el exterior la voz de Tóculo, en animada conversación con un incógnito acompañante.

    Cualquier hombre en mi situación habría oscilado entre dos apetencias contrapuestas: la de acometer gallardamente, en defensa de Baiasca, a Tóculo y a su tropel de matones a sueldo, al estilo de Teseo, Jasón y demás héroes de mi tierra, y la de escapar a toda velocidad por la tentadora puerta trasera del establo. Ocultarse entre las vacas y aguardar acontecimientos resultaba una vía intermedia, no tan épica como la primera pero por el momento mucho más práctica.

    El esclavo en jefe abrió la puerta y dejó pasar a su amo. Y tras Tóculo, ante mi sorpresa, surgió la multicolor sinfonía de los pendientes dorados, las barbas negras y los ropajes encarnados de mi amigo el sirio, que respondía a su anfitrión:

    —Esta noche estaré ocupado, pero mañana Zohak ajustará cuentas con ella. Y puedes estar tranquilo; nuestro dios guarda bien sus secretos.

    No puedo negar que le miré con cierto agrado. No respondía en absoluto a mi ideal humano, pero cuando se aguarda al verdugo, con su látigo de nueve colas, o a un asesino profesional armado con un puñal curvo, el nivel de exigencia se atenúa considerablemente. Tóculo preguntó:

    —¿Es ésta la esclava que buscabas? — su visitante dio una vuelta entera en torno a Baiasca, que había vuelto a mirar al suelo.
    —La misma que viste y, según veo, no calza —respondió el sirio, llevando su bastón a los tobillos de la cémpsica. Con su contera plateada le obligó a levantar alternativamente los dos pies y a continuación la barbilla, repitiendo con bastante menos delicadeza mi acción anterior. Cerré el puño en un gesto reflejo, ante la indiferencia de la vaca que me cobijaba. El barbudo concluyó su examen y dictaminó—: No parece muy bien conservada.
    —¡Nada de eso! — se apresuró a intervenir Tóculo—. Sólo necesita un pequeño descanso.
    —Quítale esas cadenas —Tóculo chasqueó los dedos y su esclavo en jefe abrió los grilletes. Baiasca bajó los brazos y contuvo un suspiro de alivio— ¡Mira cómo le has dejado las muñecas! — recalcó el oriental—. Acabas de desvalorizarla en un talento como mínimo.
    —Con un poco de ungüento no quedará la menor señal —se defendió el usurero—. Además, siempre puedes ponerle pulseras para bailar.
    —De todas formas —dijo el sirio— me la quedo. Estoy seguro de que con unas cuantas lecciones y el trato adecuado será una de las estrellas de mi conjunto —estas palabras obraron en mí como un resorte. Que Baiasca fuera flagelada me parecía muy mal, que el asesino la pretendiera trocear peor todavía, pero que aquel montón de grasa y pelos intentase llevársela a Antioquía superaba el límite de lo tolerable.
    —¡Un momento! — exclamé, todavía parcialmente oculto por la vaca. Los tres hombres se volvieron hacia el rumiante con la sorpresa imaginable— Baiasca es mi esclava y Tóculo solamente la tiene en prenda —continué, avanzando entre los animales como si aquél fuese el recorrido de mi paseo diario—. No puede venderla.
    —¡El exquiriente! — se pasmó el sirio—. Verdaderamente, la gente de su profesión aparece en los lugares más imprevisibles.
    —¿Qué hace aquí ese sujeto? — bramó Tóculo, mientras el esclavo echaba mano al arma oculta en su cinto. Empezaba a dudar si mi airada reacción había sido algo intempestiva cuando el barbudo planteó:
    —¿Es cierto lo que dice? — comprendí que, aparte de sus defectos, aquel hombre era un neutral, cuya mágica presencia obligaría a Tóculo a refrenar sus instintos de hematófago.
    —Es totalmente falso —respondió el usurero, sacando un pergamino encintado de su faltriquera—. Aquí tengo la orden del pretor autorizando la enajenación, a condición de que el precio sea descontado de la deuda del difunto Alcímenes. Dame los cinco talentos y la esclava es tuya —la cifra me dejó boquiabierto.
    —¿Cinco talentos? — me asombré— ¿Por una esclava?
    —Ya te dije que para mi conjunto de baile no compro baratijas —explicó el oriental. Recordé la recompensa ofrecida por César.
    —Yo te pagaré ese precio —propuse a Tóculo—. Sólo debes esperar a que cierta persona regrese a la ciudad.
    —Muy interesante —saboreó el detestable crisódulo—. Tráeme los talentos en cuanto los cobres. Con los cinco que recibo por tu esclava, ya sólo me deberás quince —el cálculo era lo bastante exacto, matemática y legalmente, como para que mi ira se desinflase súbitamente. Hice un gesto resignado en dirección a Baiasca, mientras el sirio entregaba las piezas de oro.
    —¿Y el acto de mancipado? — preguntó.
    —No es necesario ese formulismo. Va contenido en la orden del pretor —por la expresión del asiático resultó evidente que sabía de derecho civil romano lo mismo que yo. El usurero volvió a hacer una seña y su esclavo en jefe se alejó hacia el patio, conduciendo a la cémpsica por el codo—. Y ahora —continuó nuestro anfitrión— concluidos nuestros fructíferos tratos, te rogaría que me dejases a solas con Diomedes. Tenemos muchas cuestiones que discutir —me pegué al barbudo, decidido a no ser separado de él sino por una intervención quirúrgica.
    —Acompañaré a nuestro amigo hasta Roma —informé—. Los dos vamos a la fiesta de Cornelio Balbo y a estas horas del atardecer es peligroso viajar solo por los arrabales.
    —Me parece muy bien —apoyó el sirio—. Verás cómo te entusiasman mis bailarinas. Comprenderás que a tu ex—esclava le aguarda un magnífico porvenir —echamos a andar hacia su biga, cogidos del brazo como dos camaradas de centuria. Tóculo nos seguía con gesto compungido, a semejanza del lobo que ve alejarse el cordero. Creí oportuno introducir nuevos temas de contacto.
    —Por otro lado, también tú y yo tenemos negocios pendientes. He encontrado a tu sobrina —por alguna extraña razón, la noticia provocó en el hombre la imitación de un rebuzno.
    —¿Mi sobrina? ¿A estas horas? — se pasmó, reincidiendo en su carcajada. Tóculo participaba de su hilaridad, afeando con una sonrisa su habitual expresión de perro de presa.
    —No comprendo —protesté, picado en mi amor propio.
    —Para cobrar las tarifas que tú exiges hay que ser mucho más rápido —fue toda la respuesta del barbudo—. Cuando vuelvas a ver a mi sobrina dale recuerdos de mi parte.

    El carro del sirio aguardaba en medio del patio. Baiasca estaba de pie tras él, con las muñecas atadas por una correa a su barra trasera. Su comprador dibujó un ademán de impaciencia.

    —¿Pero es que creen que me la voy a llevar andando hasta Roma? — se indignó—. Explica a esos estúpidos que mis bailarinas trabajan con los pies. Si tardo dos días más en encontrarla no me habría servido ni para tocar el sistro —sus palabras me recordaron un enigma pendiente.
    —¿Cómo has dado con su paradero? — me interesé, mientras los siervos aupaban a Baiasca sobre el vehículo y enrollaban la correa en torno al madero.
    —Esta mañana he preguntado por ella en tu consultorio y tu otra ayudante me lo explicó. ¿Dónde está tu carro? — tardé unos instantes en contestar, anonadado por la ligereza de Marcia.
    —Detrás de aquellos árboles —respondí.
    —Uno de mis caballos cojea levemente, de modo que me alcanzarás por el camino.
    —Te acompañaré al pescante hasta mi biga —ofrecí. Mis planes para el futuro abarcaban muchas posibilidades, pero no la de quedarme solo en aquella factoría.
    —Como quieras —asintió el barbudo, un tanto perplejo ante mi sociabilidad.

    Y así, poco después, mi vehículo rodaba tranquilamente tras el del sirio y su presa, sin que sicario alguno hubiese perturbado la paz rural del crepúsculo ni la hondura de mis meditaciones, sorprendentemente ajenas a Tóculo y sus secuaces.

    Por lo que se refiere a Baiasca, que bailase en Antioquía constituía un mal menor, considerando lo cerca que había estado de remar en la laguna Estigia. No obstante, me resultaba más amargo de lo previsible perder a una esclava de sus características, seguramente la mejor ayudante que encontraría en mi recién comenzada carrera. Traté de consolarme pensando que el Mare Nostrum apenas si es para un buen griego poco más que un charco salado y que en las muchas vueltas que da la vida terminaríamos por encontrarnos otra vez, pero la verdad es que no lo conseguí más que a medias.

    En cuanto a Marcia, su candidez al revelar al sirio lo que yo había callado en su presencia merecía, sin duda alguna, un enérgico tirón de orejas. Había otra posibilidad y era que, movida por algún indescifrable designio de la mente femenina, no hubiese actuado tan inocentemente. De un modo u otro, en la mañana siguiente charlaríamos largo y tendido sobre el tema.

    Por el momento la cémpsica se bamboleaba con los traqueteos del carro del sirio, de espaldas al sentido de la marcha, con la vista prendida en la testuz de uno de los caballos de mi tiro. Le guiñé un ojo dos o tres veces, tratando de animarla, pero creo que ni siquiera se dio cuenta.

    Tras una de las curvas surgieron los harapos de Odiseo, que se metió en la cuneta para no ser arrollado. Baiasca salió de su ensimismamiento y miró fijamente hacia sus ojos vacuos, pero no llegó a decirle nada y el hombre, apoyado en el bastón nudoso, continuó su camino hacia la factoría de Tóculo.

    La carretera serpenteaba por las pendientes del Janículo, mientras el sol poniente teñía de rojo la cima chata de la colina. La cémpsica sonrió por primera vez, como si acabase de reparar en mi presencia, miró hacia el lugar que ocupaba la copia de la tablilla y abrió sus manos, atadas a la barra transversal, pidiendo paciencia. Respondí girando un dedo en el aire, en señal de que ya hablaríamos en la villa de Cornelio Balbo.

    Dos siervos uniformados abrieron la verja de un suntuoso jardín, a cuyo lado el del difunto Elio Manlio resultaba poco más que un huerto de coles, y avanzamos por un laberinto de parterres floridos, fuentes acadias y setos recortados. Mis caballos olisquearon el cuidado césped que rodeaba los arriates, recordándome que, absorto en mis investigaciones, no les había dado de comer desde la tarde anterior. Detuve su marcha para dejar pasar a un carruaje en sentido contrario y, sin aguardar al toque de fajina, se lanzaron a mordisquear los tallos tiernos. Sin duda su disciplina militar empezaba a relajarse tras tantos días de permiso.

    Seguí el carro del sirio hasta el patio situado frente a las cuadras, en un lateral de la helénica edificación. Más de cincuenta literas se alineaban sobre el empedrado, bajo la vigilancia de sus porteadores. El oriental desanudó la correa de Baiasca del madero y ayudó a descender a la cémpsica. Ésta llevó sus manos al escote de la túnica y fingió estirarlo hacia su cuello. Tras lo cual se dejó conducir hacia las dependencias del servicio. Pasó junto a mi biga sin mirarme y, bajando los brazos hacia el suelo, dejó caer las hojas de parra y las pisó disimuladamente.

    Me apresuré a saltar del pescante para recogerlas. Un esclavo de aspecto tímido se interpuso entre el tesoro y yo.

    —¿Eres el tragafuegos? — fue su desconcertante pregunta. Lo negué muy convencido.
    —Me daría ardor de estómago —aseguré.
    —¿Qué sabes hacer? — el tema me pareció algo genérico.
    —Explícame qué quieres que haga y te diré si está a mi alcance —ofrecí con cierta impaciencia. A través de las pantorrillas del hombre vislumbraba los pámpanos doblados y empezaba a temer que una ráfaga de viento los alejara. El esclavo se rascó la nuca.
    —¿No eres una de las atracciones de la fiesta?
    —Mis pretensiones son mucho más modestas. Solamente soy uno de los invitados —el siervo se mostró consternado por su error.
    —Discúlpame —solicitó con la cabeza gacha—. Como he visto que eras forastero… —apenas si atendí sus explicaciones, absorto en el aterrador espectáculo que acababa de descubrir a sus espaldas.
    —¡Maldito animal! — mascullé, haciéndole a un lado. El hombre aumentó su encogimiento.
    —Ya te he dicho que lo siento —tartamudeó, mientras yo me abalanzaba sobre el caballo de la izquierda. La dañina bestia ingería en aquellos momentos, con evidente fruición, la última de las hojas de parra. Introduje la mano entre sus belfos y, a costa de ser babeado por el cuadrúpedo, conseguí rescatar un diminuto fragmento. Era todo lo que quedaba de mi prueba decisiva.

    El esclavo reanudó el interrogatorio, indiferente ante mi congoja.

    —¿El filósofo epicúreo? — tanteó.
    —Soy el exquiriente, al menos en estos momentos —respondí—. Aunque, además de matar a un caballo, estoy a punto de cambiar de oficio.
    —Sígueme. La mayoría de los invitados está ya en el comedor.

    Extendí en mi palma los restos del pámpano. Sobre su superficie verde, trazado por la fina uña de Baiasca, se leía: «Oca exq. ath. — "occisor exquirientis atheniense", según todos los indicios— cien denarios». Le precedía un tres subrayado, indicativo sin duda de que Baiasca, con su innato sentido del orden, había numerado las hojas antes de guardarlas. No supe qué resultaba más desolador, si la inutilidad de sus esfuerzos o lo barato que aquel repugnante tacaño había contratado mi muerte.

    Seguí al criado hasta el comedor de Cornelio Balbo. Era una amplia estancia adornada con mosaicos, entre cuyas piedras coloreadas centauros, sátiros, faunos y silenos corrían tras un ejército de náyades, nereidas y oreadas con las poco edificantes intenciones que cabe suponer. Los invitados se recostaban en los triclinios, unas tumbonas de tres plazas anchas y alargadas, en una postura que resultaba casi acrobática para el sencillo acto de comer. A su alrededor iba y venía la servidumbre, en un continuo trasiego de bandejas, repletas de manjares insólitos en su forma y color, y de copas doradas. Un efebo tristón pulsaba un salterio en el centro de la sala y varios jóvenes patricios, rápidamente ambientados en el bullicio de la fiesta, iniciaban su lapidación con cáscaras de almejas.

    Saludé al anfitrión, quien, haciéndose oír a duras penas entre la algarabía reinante, deseó que me divirtiera, y avancé hacia una de las escasas plazas libres al fondo del comedor. Una voz poderosa surgió entre el tumulto reclamando mi presencia con tal imperio que, o se trataba del dios Poseidón desde el más hondo de sus abismos, o de mi amigo Publio Antonio, que como pude comprobar pugnaba por expulsar a su vecino inmediato para hacerme un sitio en el triclinio. Ante su fracaso me conjuró a regresar a su lado en cuanto los criados empezasen a retirar a los primeros beodos de la velada.

    —Allí tienes a Marco Manlio —me indicó, señalando hacia una de las tumbonas más próximas. El aludido levantó la vista e hizo un mohín de disgusto, como expresando cuánto había decaído aquel banquete en su estima al admitir tales invitados—. No está de buen humor. Dicen que ha perdido una fortuna apostando por los verdes.

    Ocupé mi lugar entre una dama de tirante moño y un jonio de Halicarnaso, de profesión filósofo según sus manifestaciones. En aquellos momentos parecía dedicar sus meditaciones más profundas a una empanada de lamprea y a una copa de vino corintio, cuyo nivel descendía a pasmosa velocidad.

    —Este pescado está pasado —refunfuñó, acreditando su condición de filósofo epicúreo—. A ver si salen de una vez las sirias y tenemos carne fresca.

    El músico del salterio terminó su melodía, o se cansó de recibir los impactos de las almejas y su lugar fue ocupado por el tragafuegos. Mientras el jonio acometía vorazmente una bandeja de huevos de petirrojo, como si proyectase la extinción de la especie, la dama volvió hacia mí sus amplias y alabeadas fosas nasales y se interesó por mi estado y condición.

    —¡Qué apasionante! — palmoteo. Y a renglón seguido, tras presentarse como Primaeva, sobrina de Cornelio Balbo, emprendió un minucioso interrogatorio sobre la última longitud del chitón de las atenienses y sobre si predominaban las perlas o la pedrería en el extremo de sus alfileres de pelo. Nunca he sido un estudioso de la materia, pero respondí como pude mientras mordisqueaba un sospechoso bocadito de carne que un sirviente me identificó como paladar de tejón. El tragafuegos se retiró, con síntomas evidentes de haberse quemado la lengua, y fue reemplazado por un funámbulo bitinio. El filósofo jonio aprovechó la ocasión para destilar unas gotas de su sabiduría helénica.
    —¡Queremos chicas! — voceó, arrojando un hueso de faisán contra el artista— ¡Mueran los bitinios!
    —¿Qué hace exactamente un exquiriente? — se interesó Primaeva, agotados mis conocimientos sobre moda femenina. Se lo expliqué pacientemente e indagué:
    —Si no lo sabías, ¿por qué has dicho que te parecía apasionante?
    —Los griegos nunca os dedicáis a vulgaridades, como ser cuestor, edil curul u otras ordinarieces semejantes. Claro está que espero no necesitar nunca tus servicios. Debe de ser horrible padecer un enigma. Una prima mía sufrió uno la otra noche.
    —Me gustaría poder ayudarla —ofrecí cortésmente. La romana lanzó una ojeada al jonio, sumergido hasta la nariz en el ánfora de vino, y bajó el tono:
    —Pobrecilla, apuñalaron a su marido durante una fiesta —explicó—. Los maridos son un poco pesados, pero no debe de ser agradable encontrarlos rebozados en su sangre, como un solomillo poco hecho —aunque la mayoría de los invitados, cansados de aguardar a las sirias, abucheaban en aquel momento al pobre funámbulo, el banquete de Balbo empezaba a parecerme interesantísimo. Primaeva amplió la noticia con un susurro—: No se lo cuentes a nadie, pero dicen que fue la diosa Némesis —simulé el adecuado gesto de pasmo y la dama continuó—: La pobre Livisa no tiene suerte con los hombres.
    —¿No era su primer esposo?
    —Legalmente hablando sí. Pero antes hubo un amor imposible. Tal vez te esté aburriendo con historias de familia.
    —Nada de eso —negué—. Me conmueven los amores imposibles.
    —Livisa, es decir, mi prima, lo mantuvo siempre en secreto, aunque en aquellos tiempos éramos muy amigas. Pero un día, arreglándome en su tocador, descubrí un relicario con un mechón de pelo y unas iniciales grabadas.
    —Déjame adivinarlas —solicité, recordando el nombre completo de Turmo—. C.M.T. — la romana se rió.
    —No has acertado ni una. E.F.C. Acosé a mi prima y acabó por confesarme que correspondían al nombre de su prometido secreto, pero no quiso descifrarlas.
    —¿Por qué el secreto?
    —Porque estaba casado y un divorcio escandaloso podría perjudicar gravemente su carrera.
    —Cada vez hay más patricios que repudian a sus mujeres sin ninguna repercusión en sus carreras.
    —Salvo que su superior sea un puritano, enamorado de la sana sociedad de nuestros antiguos, o que resulte el padre de la repudiada. Parece que en el caso de Livisa el supuesto era el segundo. Y, por otro lado, la esposa estaba muy enferma. Sólo había que esperar un poco y el problema se solucionaría por sí solo.
    —¿Y qué sucedió?
    —Que quien se casó fui yo. Mi marido estaba destinado en Itálica y durante algunos años perdí el contacto con Livisa. Cuando nos vimos de nuevo ella era la esposa de Elio Manlio y nunca volví a saber nada del misterioso E.F.C.
    —¿Asiste a la fiesta tu marido?
    —Me repudió hace dos años. Decía que era incapaz de guardar un secreto y que hablaba más de la cuenta con cualquier desconocido. Los hombres son así de injustos, ¿verdad?

    No pude consolar debidamente a la romana porque en aquel momento, coincidente con la retirada del bitinio, sonó un redoble de tambor. Hacia el centro de la sala avanzaba una patrulla de músicos, armados con flautas y sistros, y tras ellos una inmensa cesta, llevada en andas por nueve o diez esclavos. El jonio, conmocionado por la impresión, estuvo en un tris de caerse del triclinio.

    —¡Las sirias! — vociferó entusiasmado— ¡Ya era hora!

    Entre un silencio absoluto los flautistas iniciaron una tenue melodía, inequívocamente oriental. La tapa de la cesta se abrió y en su interior, acompasados con el tintineo metálico de los sistros, unos crótalos empezaron a castañetear. Uno tras otro, hasta una docena de brazos morenos se alzaron sobre el nivel del recipiente, oscilando en un leve serpenteo.

    El ritmo se aceleró, al tiempo que la primera de las bailarinas, contoneando todo su cuerpo en ondas movedizas, abandonaba la cesta. Adornaba su cabeza con una piel de serpiente, de la que sobresalían, a la altura de su frente, dos grandes colmillos curvos. El resto de su indumentaria ocupaba menos espacio que el necesario para describirla: unas cuantas escamas verdes que cubrían, y no exhaustivamente, los más comprometidos sectores de su anatomía; una viperiforme gargantilla de jade y un puñalito enfundado en su vaina. El jonio se había asido a mi antebrazo.

    —No me importaría que me mordiese —suspiró.

    Otras cinco mujeres—serpiente se habían añadido a la primera y cimbreaban sus cinturas al son cada vez más trepidante de los sistros. En un movimiento sincronizado desenvainaron las dagas e iniciaron un rápido intercambio de amagos, fintas y pasos de puntillas. En una esquina de la sala el sirio de los ropajes encarnados asistía complacido al murmullo del auditorio masculino, al borde de la hipnosis.

    Decidí aprovechar la coyuntura para una despedida personal. Guardé en un pliegue de la túnica un abundante surtido de pastelitos y empanadas, aparté la mano del sirio —en aquellos momentos podía habérsela aserrado sin que reaccionara— y abandoné el comedor, camuflado entre la hilera de invitados que con pasos tambaleantes se encaminaban hacia la sala de vomitorio.

    Salí al patio, iluminado por los rescoldos de las fogatas, intercepté a uno de los esclavos que acarreaban nuevas tinajas de vino hacia el insaciable sumidero del banquete e indagué el paradero de Baiasca.

    —La hemos guardado en el cobertizo de los jardineros, bien atada —respondió—. El sirio amenazó con desnarigarnos si se fugaba antes de embarcar. Dicen que ha costado cinco talentos —amplió, con un gesto admirativo—. En esa dirección. Es una caseta pequeña, con un vigilante en la puerta, seguramente dormido. No tiene pérdida.
    —Trataré de no despertarle.
    —Con todo el vino que lleva bebido ni aunque te lo propusieras lo conseguirías. ¿No pensarás liberarla, verdad? — planteó, repentinamente alarmado.

    Le tranquilicé con uno de mis vagos gestos evasivos y busqué el cobertizo indicado. Junto a su puerta, conforme a lo previsto, roncaba plácidamente un sicario de faz rojiza, que esquivé para asomarme al interior de la construcción.

    Baiasca estaba sentada en el suelo, entre una pila de macetas y un montón de sacos de abono, con los brazos por detrás de uno de los postes verticales que reforzaban el techo. Levantó la vista como si esperase mi llegada y descruzó las piernas. Volví un tiesto boca abajo y me acomodé a su lado.

    —Creía que tu nueva ocupación necesitaba más holgura de movimiento, — señalé. Sonrió sin muchas ganas y explicó:
    —Me han dicho que no me desatarán hasta que zarpe el barco —saqué las empanadillas y se las ofrecí—. No tengo hambre —negó.
    —Supongo que una bailarina debe cuidar su línea, pero tú aún estás muy lejos de perderla.
    —Puedo esperar hasta que tenga las manos libres —comprendí que era inútil insistir.
    —¿No me preguntas por la fiesta? Al fin y al cabo era mi primera orgía romana.
    —¿Qué tal la fiesta? — obedeció Baiasca.
    —Esperaba algo más animado. Pero creo que tus nuevas compañeras le están dando en estos momentos todo el picante necesario —la cémpsica bajó la cabeza.
    —Si me obligan a vestirme como ellas me moriré de vergüenza.
    —Verás cómo te acostumbras —le animé—. La danza es un arte muy respetable, aunque se ejercite sin demasiada ropa. Y por lo menos en Siria hace mejor tiempo que aquí —creí preferible cambiar de tema—. He hecho un descubrimiento interesante —anuncié. Y empecé a relatar las revelaciones de la romana sobre el amor secreto de Livisa. A media explicación me interrumpí—. No sé para qué te molesto con estas historias —admití—. No es probable que vuelvas a ayudarme en ningún enigma.
    —No es ninguna molestia —aseguró la cémpsica.
    —Tendré que aprender a arreglármelas sin tu colaboración. En realidad —planteé, afrontando la cruda realidad— he venido a despedirme. Quería darte las gracias por lo mucho que me has ayudado. Sin ti esta profesión no me va a resultar la misma.
    —Encontrarás otras ayudantes mejores —me consoló Baiasca. Pese a la serenidad de ánimo con que había acudido a la cita, algo dentro de mí empezaba a ponerse acuoso.
    —Ojalá las cosas hubieran ido de otra forma —me rasqué la nuca, indeciso sobre cómo continuar—. Quiero decir que estoy seguro de que tú y yo nos habríamos llevado muy bien. El consultorio habría ido viento en popa y tal vez un día… Quiero decir que con una esclava como tú… —el nudo gordiano, que Alejandro cortó en Frigia, era un lacito de niño comparado con el que yo me estaba organizando en mi interior.
    —Ya te entiendo —asintió muy suavemente la cémpsica.
    —No sé el qué, si yo mismo no entiendo nada —repliqué—. Lo que quería decir era que cuando se tiene la suerte de encontrar una esclava de tus condiciones resulta muy doloroso perderla para siempre.
    —La vida da muchas vueltas —corrigió Baiasca.
    —Tienes razón. A lo mejor algún día actuáis en Atenas. Iré a verte en primera fila y en los descansos te enseñaré la ciudad.
    —Me gustaría mucho.
    —Y al fin y al cabo el mar no ha sido nunca un obstáculo para un griego. Te prometo que cuando ahorre un poco viajaré hasta Antioquía para visitarte. Y si las cosas han ido bien tal vez llegue a instalar una sucursal de mi negocio —Baiasca hizo un gesto afirmativo. Decidí cortar las intenciones de futuro. Empezaba a correr serio peligro de enternecerme más de la cuenta—. De momento sólo puedo desearte que tengas toda la suerte del mundo.
    —La voy a necesitar —corroboró la cémpsica.
    —Tú puedes hacer bien todo lo que te propongas. Estoy seguro de que dentro de poco serás la mejor bailarina de todo Oriente.

    Baiasca apretó los dientes antes de replicar:

    —No quiero ser bailarina. Quiero ser libre y volver a mi tierra —el arrebato de la cémpsica, tan inusual en ella, obró en mí como un resorte.
    —Puedo desatarte y ayudarte a escapar —ofrecí—. Si tu guardián se despierta le daremos en la cabeza con una pala. Marcia te esconderá en su casa hasta que dejen de buscarte y yo te prestaré mis ahorros para que regreses a tu país —meditó la respuesta unos instantes.
    —No seré esclava fugitiva —decidió—. Si algún día quedo libre será por mis propios medios.
    —Puede ser tu última oportunidad en mucho tiempo.
    —Aún confío en que las cosas se arreglen. Gracias de todas formas.
    —¿Puedo hacer algo más por ti?
    —Ya has hecho demasiado —me encogí mecánicamente de hombros. A continuación inicié el ademán de estrecharle la mano. Lo interrumpí, recordando que ella las tenía atadas, y detuve la mía muy cerca de su cabeza. En un gesto impremeditado alargué los dedos y suavemente, rozando su piel con mis yemas, retiré un mechón que caía sobre la frente.
    —Hasta siempre —susurré. Baiasca irguió su posición y levantó la barbilla, mirándome fijamente con sus ojos oscuros. Entendí su muda invitación y me incliné sobre ella hasta permanecer inmóvil, a una pulgada de su rostro. La cémpsica posó sus labios en mi mejilla, humedeciendo un cerco que se propagó en ondas invisibles, hasta sacudir en un terremoto de indecisión todos mis cimientos internos. Y en ese momento una voz femenina sonó a mis espaldas, rompiendo en mil fragmentos el hechizo:
    —¿Induciendo a la fuga a una esclava? — siseó dulcemente—. Eso está muy mal —era una de las mujeres—serpiente del sirio, con su sucinto atuendo de faena. La empuñadura de la daga emitió desde su cintura un destello de advertencia. La bailarina se acuclilló junto a la cémpsica —o más bien se enroscó y colocó una mano sobre su hombro—. No te preocupes por tu amiga. Todas fuimos compradas como ella, asustadas y avergonzadas, y todas fuimos ganadas rápidamente para la causa. Un poco de entrenamiento y unos tónicos adecuados y una nueva vida se abrirá para ti, querida, llena de alicientes que jamás hubieses podido sospechar —moduló la oriental hacia Baiasca—. Nuestro amo es exigente, pero también muy, muy generoso para con sus devotas. Y ahora —añadió en mi dirección— será mejor para ella que acabes de despedirte. Nuestro jefe está a punto de llegar y podría enfadarse si la descubriese hablando con un extraño.
    —No soy un extraño —protesté—. Yo… —la mujer no chasqueó una lengua bífida, pero tras topar con su mirada apenas si me habría sorprendido.
    —Desde hoy todo el mundo es extraño para ella. Una bailarina de Zohak no tiene pasado.

    Crucé la vista con Baiasca y ésta movió la frente en señal de asentimiento, como si indicase que también ella prefería dar la entrevista por terminada antes de que apareciese el sirio. Conteniendo un gesto de desaliento me armé de valor, esbocé una sonrisa más bien forzada y guiñé un ojo a guisa de despedida. La cémpsica distendió las comisuras de los labios e inclinó levemente la cabeza. Entonces, con el enésimo encogimiento de hombros, di media vuelta y regresé al banquete. Los gatos que patrullaban por el patio, a la caza de las sobras de la lamprea, se apresuraron a apartarse de mi camino, como intuyendo la probabilidad de recibir un puntapié en sus ancas.

    Conforme a la reputación en provincias de una fiesta romana, las escenas de sobremesa que me aguardaban en el comedor habrían debido dejar las Sodoma y Gomorra de los judíos a la altura de una merienda de vestales. Con cierta decepción constaté que ni las patricias bailaban sobre la mesa, desnudas y enguirnaldadas, ni los caballeros berreaban a cuatro patas por el césped del jardín. Todo se reducía a una hilera más bien tambaleante de invitados que desfilaban ante Cornelio Balbo agradeciendo su hospitalidad. En aquellos momentos abandonaba la sala —Marco Manlio, sostenido por las axilas por dos compañeros no mucho más serenos que él.

    —Apartaos de mi camino u os cortaré las orejas—me amenazó en un sorpresivo plural—. Odio a los atenienses. Son la peor gentuza del mundo.
    —Pericles no estaba mal del todo —opuso uno de sus porteadores, con la lengua tan estropajosa como la del patricio.
    —Son unos embusteros, ladrones e hipócritas —insistió Marco—. Sila no debió dejar una piedra sobre otra —me hice a un lado, aplazando el coloquio sobre las cualidades de mis compatriotas.
    —No le hagas caso —medió el último componente del trío—. Lo que pasa es que un ateniense le ha ganado veinte talentos, apostando por los blancos cuatro a uno, y está un poco furioso —el patricio se volvió.
    —Si ves a ese poetastro dile que mañana le ajustaré las cuentas con los dados —me encargó—. No le va a quedar ni un pelo de la barba —detuve al que parecía más sobrio del grupo.
    —¿Un poeta ateniense? — me interesé— ¿Con barba?
    —Se llama Mopso —informó el hombre—. Se sentó al lado de Marco Manlio en el circo, le dejó alabar el tiro de los verdes y le convenció para apostar cuatro a uno contra los blancos. Bien, al menos hay que reconocer que los griegos tenéis espíritu deportista. Ha prometido que mañana acudirá a la villa de Marco para ofrecerle la revancha a los dados.

    Pese a lo moderado de mis deliberaciones, no me sentía en condiciones de cavilar sobre las actividades de Mopso con la profundidad que su caso requería. De modo que aplacé su examen y ocupé mi lugar en la cola para despedirse del anfitrión. Publio Antonio se apresuró a acudir, algo más congestionado que de costumbre, ponderando las excelencias de las mujeres—serpiente y anunciando su intención de convertirse en domador de tales reptiles. Su talante me indujo a subirlo a mi biga, sentarlo tras el pescante pese a sus protestas y cubrirlo con una manta que los esclavos de Balbo aportaron a mi petición. Si empuñando las riendas sereno ya era un peligro público, en aquel estado eufórico habría supuesto la mayor amenaza para la Urbe desde los tiempos de Aníbal.

    Roncó fragorosamente durante todo el trayecto, mientras mis caballos marcaban el paso sobre el empedrado de las solitarias avenidas romanas, especialmente lóbregas a la mortecina luz del amanecer. Al llegar a la plaza de Pomona deposité carro y amigo en las solícitas manos de sus criados y rodé la llave de mi casa. Fueran los vapores corintios, fuera el escozor interno qué me producía la brusca separación de Baiasca, todas mis aspiraciones inmediatas pasaban en aquellos momentos por una cama mullida, en la que olvidar el mundo y sus profundos problemas.

    Entré en el dormitorio, tomé impulso y salté acrobáticamente sobre el colchón, dispuesto a quedar dormido aun antes de hacer contacto con su superficie. Sin duda lo habría conseguido de no mediar una visión rojiza, dibujada en la pared, cuyo examen me hizo brincar como una carpa al extremo de un anzuelo. En el muro, marcado con letras escarlatas, se leía en griego purísimo: «NEKROZESE», es decir, «morirás» y no pacífica ni dulcemente, conforme al exacto matiz del vocablo en mi idioma nativo.

    Un rótulo de aquel tipo en la pared de mi dormitorio, cuatro o cinco días atrás, habría obrado en mí el efecto que la victoria de Maratón produjo en mi compatriota Filípides: correr doscientos cuarenta estadios seguidos. A aquellas alturas del ejercicio de mi profesión apenas si motivó más que una corta meditación, conjeturando que el peligro no provenía en aquella ocasión del bando de Tóculo —sus sicarios resultaban de inferior nivel cultural y método más directo—, y una repentina estima por el refugio subterráneo de mi tío Alcímenes.

    De modo que empujé el doble fondo de la alacena, lo atranqué con la barrica de vino beocio, me acurruqué bajo la manta y traté de conciliar el sueño, en espera del decisivo día en que, conforme a las predicciones de Proelia, el reino de los muertos abriría sus puertas para mí.


    Séptimo día


    No habrían pasado más de cuatro o cinco pesadillas cuando unos golpes poderosos retumbaron en la puerta de la calle, desvaneciendo entre las neblinas del sueño al enésimo sicario ensangrentado que, con el cuchillo en la boca, saltaba alegremente la tapia de mi jardín. Asomé la cabeza por el doble fondo de la alacena, como una tortuga por su caparazón, y ante la insistencia del visitante abandoné mi escondrijo y me encaminé hacia el vestíbulo. Un sol radiante, que se filtraba por las abundantes rendijas de la edificación, proclamaba que por aquel día la hora de los asesinos nocturnos había terminado.

    No puedo negar que mi primer sentimiento, al descubrir tras la puerta las salientes quijadas del centurión Araneo, fue de cierta simpatía. Al fin y al cabo era mi primer culpable desenmascarado y experimentaba por él el mismo afecto que un cazador novel por los cuernos de su primer ciervo abatido. Al recordar que estábamos solos y atisbar el cortante filo de su espada de reglamento, mi gesto benévolo se empezó a disipar.

    Por el momento se limitó a saludar con el consabido puñetazo en su coraza y, sin más preámbulo, preguntó:

    —¿Qué has descubierto? — responder que su propia traición habría sido un acto cortés, pero sin duda imprudente.
    —¿Descubierto sobre qué? — indagué cautelosamente.
    —Sobre la desaparición de Cleopatra. Seguimos sin tener noticias de ella.
    —Pasa al consultorio —me apresuré a ofrecer—. Creo que necesito alguna información suplementaria.

    Me instalé en mi asiento mientras el oficial, rehusando la invitación a imitarme, empezaba a dar vueltas por la habitación. Estaba muy pálido, con su abundante cabellera alborotada.

    —¿Es posible —se sorprendió— que no te hayan dado el aviso? Le dije a tu criado que era muy importante —le miré fijamente, indagando si también él había tenido acceso al vino corintio de Cornelio Balbo.
    —No tengo ningún criado —anuncié.
    —A media noche he acudido a esta casa. Un criado me abrió la puerta, o mejor dicho se cruzó conmigo en el umbral, porque no llegué a llamar.
    —¿Qué aspecto tenía?
    —Traía preocupaciones mayores que fijarme en el aspecto de tu criado. Balbuceaba y no parecía muy listo, pero dijo ser tu sirviente y que no estabas en casa, de modo que le manifesté que necesitaba verte urgentemente. Entonces apareció tu hermano y el criado salió corriendo —empecé a dudar si realmente había despertado de mi sueño.
    —Todos mis hermanos disfrutan de mejor suerte que yo en Atenas. ¿De qué me estás hablando?
    —Me pareció bastante mayor que tú —admitió el centurión—. Pero desde luego estoy seguro de que era ateniense.
    —Descríbemelo —urgí.
    —Fuerte, alto, con una barba canosa muy bien recortada…
    —¡Mopso! — exclamé, identificando al misterioso poeta. Araneo se encogió de hombros.
    —Tú sabrás cómo se llama. ¿Vamos a estar mucho rato hablando de tu familia?
    —¿De dónde salió?
    —De la noche —contestó vagamente el oficial—. Apenas se me presentó el criado echó a correr como una liebre.
    —¿Por qué?
    —Tal vez fuese a que le curasen su herida —la conversación empezaba a resultarme delirante.
    —¿Qué herida? — me desesperé.
    —Por donde pasó quedaron unas manchas rojas. Creí que venía a hablarte de Cleopatra —se amoscó el centurión.
    —¿Nadie le persiguió?
    —Tu hermano pareció encontrarlo muy natural, de modo que le expliqué el motivo de mi visita y le encarecí que acudieses a la villa Juliana a primera hora de la mañana.
    —Es un hombre de poca memoria —disculpé, más perplejo que nunca ante aquella imprevista reunión nocturna—. Será mejor que vuelvas a contar la historia. ¡Y siéntate de una vez! No podré concentrarme si sigues dando vueltas como una peonza.
    —Disculpa —solicitó Araneo, acatando la orden—. Estoy un poco nervioso. El caso —comenzó— es que la reina ha desaparecido. Salió de paseo con su chambelán ayer por la tarde y no ha regresado todavía.
    —¿Los dos solos?
    —Además de los esclavos portaliteras les daba escolta un pelotón de mis pretorianos. Cleopatra les mandó dirigirse a las catacumbas de la vía Salaria para visitar el sepulcro de su hermano el rey Ptolomeo XIV.
    —¿Y qué más?
    —La reina y Oiqueneo entraron en las catacumbas, acompañados por el decurión y dos de sus hombres, mientras los demás aguardaban fuera. Se desviaron del corredor principal y avanzaron por un pasadizo muy estrecho, en busca de la tumba de Ptolomeo. De pronto alguien apagó las antorchas y, en medio de la oscuridad, varias manos cayeron sobre mis pretorianos, les redujeron y los abandonaron, liados como un paquete, en un nicho sin estrenar. Sus compañeros tardaron varias horas en localizarles. Por supuesto, no había ni rastro de Cleopatra ni del chambelán. Debieron de sacarles por la boca opuesta del cementerio.
    —Es muy extraño —comenté.
    —Es terrible —corrigió el oficial—. Y hay dos factores que aumentan el misterio. El primero, que Cleopatra odiaba a muerte a su hermano Ptolomeo. La guerra contra él fue mucho más encarnizada que la que sostuvo con Arsínoe. Es incomprensible que repentinamente deseara honrar su tumba.
    —¿Y el otro?
    —Que Ptolomeo XIV no está enterrado en las catacumbas de la vía Salaria, ni en ninguna otra parte. Se ahogó en el Nilo, en una batalla de la guerra alejandrina.
    —No comprendo nada —admití.
    —Había venido con la esperanza de que me aclarases la situación —se lamentó Araneo. Razoné que para tratarse de un traidor, vendido a los enemigos de Cleopatra, su zozobra parecía muy verídica.
    —¿Y si todo es una artimaña de la reina para burlar a la escolta y reunirse por sorpresa con su amante en la Galia cisalpina? — aventuré—. Creo que una vez hizo lo mismo dentro de una alfombra.
    —César no está en la Galia —negó el centurión—. Ha pasado la noche en su casa del Palatino, junto a su esposa Calpurnia.
    —La propia Cleopatra me habló de ese viaje —alegué—. ¿Para qué me iba a engañar?
    —Cuatrocientos mil romanos le vieron ayer en la tribuna del circo Máximo —afirmar que no entendía ni una palabra resultaría reiterativo; en realidad me hallaba más cercano que nunca a presentar mi dimisión.
    —¿Qué dicen sus damas? — planteé—. Tal vez ellas conocieran los planes de la reina.
    —Están arrestadas por tu causa, por permitirte conversar con su hermana. Eos comparte el calabozo con Arsínoe y Tueris da vueltas a la noria amordazada. Antes de salir de paseo Cleopatra ordenó su absoluta incomunicación y sus nuevos guardias impiden que nadie se acerque a las presas —pensé que, por desproporcionado que pareciera el castigo, esta circunstancia explicaba porqué Araneo, imposibilitado de verse con su cómplice, ignoraba todavía el descubrimiento de su traición—. Bien —urgió el oficial— ¿no tienes nada que decir?
    —Las reinas secuestradas no son mi especialidad —admití, tras una intensa e infructuosa reflexión.
    —Supongo que no tendré más remedio que denunciar la situación a César —suspiró mi interlocutor—. Yo soy el responsable de la seguridad de Cleopatra —pese a las pruebas acumuladas contra él no pude evitar cierta sensación de lástima.
    —¿Tomará represalias? — me interesé.
    —Debe de haber alguna vacante en las guarniciones del desierto mauritano —informó, agachando el barboquejo—, Y lo peor es que soy alérgico al pelo de camello.

    Repitió su autopuñetazo ritual y, tras un sonoro taconazo, abandonó la casa y me dejó sumido en mis perplejidades. Mi primer impulso fue aplazar todo razonamiento hasta clarificar conceptos con Baiasca. Recordar que debía de estar iniciando su viaje ultramarino no me resultó en absoluto gratificante.

    Y en aquel momento, silbando con expresión inocente una tonadilla de moda, compareció en el edificio la culpable del desaguisado, mi infiel ayudante Marcia.

    —¿Aún estás aquí? — fingió sorprenderse al verme, inmune a mi ceñudo semblante—. Te creía en el reino de los muertos. En realidad venía a tomar posesión de tu plaza de exquiriente.
    —La primera virtud del exquiriente es la discreción —le recordé—. Hasta que la adquieras aprovecharías mejor el tiempo jugando con muñecas —su expresión fue de absoluto desconcierto.
    —¿Indiscreta yo? — se pasmó—. ¿Qué puedo haber dicho?
    —¿Quién reveló al sirio el paradero de Baiasca?
    —Pero el sirio era tu cliente. Creí que también él la buscaba para que le resolviera un enigma —la muy farsante adoptó un gesto angustiado—. Espero que no tendría otras intenciones, ¿verdad?
    —En estos instantes la debe de estar embarcando hacia Antioquía.
    —¡Qué lástima! Menos mal que si algo sobra en Roma, aparte de mosquitos en verano, son esclavas. Date una vuelta por el foro en día de subasta y encontrarás cien como Baiasca, con la salvedad de que no se darán tanta importancia.
    —¡Ya basta! — le atajé, en un inesperado tono explosivo. Los dos quedamos igualmente sorprendidos—. Sólo con que hubieses aprendido a callarte como ella ya habrías hecho un progreso inmenso —Marcia dulcificó inmediatamente su expresión.
    —Lo siento —admitió, casi en un susurro—. Procuraré pensar más lo que digo. Y ahora —se apresuró a cambiar de tema—, ¿qué tal si vamos a ver a mi abuela?
    —Tengo otras actividades más urgentes —rehusé. Puesto que César estaba en la ciudad, mi deber de exquiriente era transmitirle cuanto antes mis descubrimientos sobre el enigma.
    —Me lo prometiste ayer —insistió ella.
    —En aquellos tiempos pensaba que eras una colaboradora leal.

    Marcia parecía a punto de echarse a llorar.

    —Creía que para un ateniense la palabra es sagrada —esta intervención tocó una fibra sensible. Al fin y al cabo la conducta de Araneo en nuestra reciente entrevista acababa de arrojar algunas sombras sobre su evidente culpabilidad. Tal vez fuese mejor no precipitar los acontecimientos—. He traído esto —añadió, desenvainando una enorme daga.
    —¿Vas a matar a tu abuela?
    —Perteneció a mi tío Ennio, el héroe de la familia. Con ella mató cuerpo a cuerpo a su primer enemigo. La he traído para ti.
    —No comprendo.
    —Necesitamos una excusa para que la abuela nos reciba y ella no sabe que el tío regaló esta daga a mi padre. Ya estaban reñidos para entonces.
    —¿Pretendes emocionarla con un recuerdo de familia?
    —Mi abuela es una verdadera patricia romana y las de su especie no se emocionan nunca. Si descubre mi identidad mandará echarnos a patadas. Ahora bien, supón que yo soy hija de un compañero de armas de mi tío, al que éste salvó una vez la vida con esta daga y que la conservó en prenda de su amistad. Mi padre ha muerto lejos de Roma y al sentirse agonizante me encargó que localizase a la familia de su salvador y le restituyese la daga. Por eso te contraté para que me ayudases a buscarla.
    —No está mal pensado —admití—. Pero lo has copiado del encargo que el sirio me hizo el otro día.
    —Mi versión es mucho más apasionante.
    —¿En qué guerra murió tu tío? — Marcia hizo un esfuerzo de memoria.
    —No me acuerdo. Todas las guerras me parecen iguales. Creo que contra los lutecios, o algo por el estilo. Todo lo que sé es que fue una muerte muy heroica.
    —Esperemos que no nos pidan más detalles —deseé—. Debe de ser muy triste ver cómo una anciana patea a su nieta escaleras abajo.
    —Está paralítica —recordó la joven—, Pero lo haría por mandatario.

    Una vez más, pese a mi escepticismo, el estrambótico plan de Marcia se cumplió con exactitud matemática. Bastó enunciar el motivo de nuestra visita al portero de la majestuosa casa solariega, en pleno corazón del Palatino, y al instante un mayordomo engalanado nos guió a través de sus pasillos marmóreos. Mi ayudante guiñó el ojo a la estatua de tamaño natural que señoreaba el atrio.

    —Marco Furio Camilo, el conquistador de Veyes —me presentó en voz baja.
    —¿Habías estado antes en esta casa?
    —Mi padre me la ha descrito tantas veces que podría recorrerla con los ojos vendados —contemplé con cierto respeto la imponente efigie del tribuno.
    —Ignoraba que tu familia fuese tan importante —reconocí.
    —Debías saber que el talento es hereditario —recordó la joven—. Hay muchas ramas de los Furios, pero sólo la nuestra ha conservado el apellido Camilo. Mi abuela se llama Tribonia, pero también pertenece a la gens. Su marido y ella eran primos por parte de padre.

    Avanzamos tras el mayordomo por un amplio corredor, orlado por dos hileras de bustos que nos contemplaban ceñudamente desde sus pedestales.

    —Había oído hablar de colecciones curiosas, pero nunca pude imaginar una exposición de calvas —comenté a Marcia. Ella fingió escandalizarse.
    —Son los varones de la familia que ejercieron alguna magistratura —explicó—. Un romano con todos sus pelos nunca pasaría de secretario de edil. Y ahora no me distraigas. Este es un momento muy solemne para mí.

    El mayordomo se detuvo ante la puerta del salón y golpeó ceremoniosamente con los nudillos.

    —Adelante —habló, con evidente tono de imperio, una voz femenina. Y erguida sobre el respaldo de su sillón de madera, con el rostro empolvado y sus bucles blancos cuidadosamente recogidos entre dos peinetas, la patricia surgió ante nuestra vista.

    Incliné la cabeza, mientras Marcia le obsequiaba con una reverencia de indudable influencia teatral. Creí percibir un leve temblor a la altura de sus rodillas.

    A invitación de la patricia repetí el mensaje. Por primera vez desde que la conocía Marcia guardaba silencio, como si la presencia de su abuela la hubiera hipnotizado. Mi exposición concluyó sin que un solo músculo oscilara en la apergaminada cara de la romana.

    —De modo —resumió— que el padre de esa joven era camarada de armas de mi hijo.
    —Compartían la misma tienda —especifiqué.
    —Y murió al calor del hogar, rogando a sus familiares que me restituyesen esa daga.
    —Exactamente —un mohín de disgusto se abrió paso entre el maquillaje de la dama.
    —Todo es un engaño —dictaminó—. Conozco muchas especies de desaprensivos, pero ninguna tan vil como la que pretende lucrarse con falsas reliquias de combatientes.
    —Mi cliente no ha pedido ninguna recompensa —protesté—. Sólo pretende cumplir la última voluntad de su padre. ¿Por qué estás tan segura de que miente?
    —Porque toda la cohorte de mi hijo fue aniquilada por los bárbaros. Ni entre los oficiales ni entre la tropa hubo un solo superviviente —esta revelación obró la virtud de sacar a Marcia de su marasmo.
    —Mi padre había sido licenciado un mes antes —se apresuró a intervenir—. Una flecha enemiga lo dejó ciego. Fue entonces cuando tu hijo le salvó la vida. — Tribonia expresó su intensa duda con una leve flexión ciliar.
    —Dame ese arma —ordenó, tendiendo hacia mí una mano sarmentosa—. Mis ojos están cansados, pero aún podrán reconocer la daga de mi hijo, que yo misma mandé labrar —la romana colocó el puñal ante su vista y acarició someramente las filigranas de su empuñadura. Finalmente la depositó en su regazo e hizo una seña a dos mozos fornidos, que aguardaban de pie al fondo de la habitación. Por un momento temí que fueran los encargados de nuestra expulsión ignominiosa—. Seguidme —indicó la patricia, mientras los esclavos levantaban en volandas su sillón.

    Abandonamos la estancia y salimos al jardín de la villa. En su centro se alzaba un templete del más sobrio estilo dórico, en cuyo frontis se leía en letras doradas: «Non auro, sed ferro recuperanda est patria».

    —Es el lema de la familia —explicó Marcia en un susurro—. Y esa edificación es su mausoleo. En él descansan las cenizas de los Furio Camilo muertos en combate.

    Subimos la escalinata del templete, precedidos por los porteadores del sillón. En su interior una galería, iluminada por las lámparas votivas que pendían de los pilares, serpenteaba entre un bosque de monolitos, lápidas y estelas funerarias.

    Curioseé sus inscripciones, algunas medio borradas por el discurrir de los siglos. Las más antiguas, bajo las que colgaban cascos arcaicos y corazas casi homéricas, aludían a diversos héroes de las guerras contra los samnitas, los galos cisalpinos o los epirotas de Pirro. Seguía la abundante cosecha de las guerras púnicas, con la notable marca de doce Furios Camilos caídos por la patria en Cannas. A partir de este hito la procedencia de los matadores se diversificaba: armenios, númidas, cimbrios y, bajo una urna vacía, una estremecedora leyenda: «comido por los etíopes».

    En el último tramo de la galería el enemigo dejaba de ser mencionado, en velada indicación del momento en que los romanos, cansados de extender la mancha de sangre desde su Lacio natal hasta los confines del orbe, empezaron a matarse unos a otros. Los esclavos depositaron el sillón de Tribonia junto a la última lápida, adornada con un espléndido ramo de flores recién cortadas.

    —Roma era una pequeña ciudad campesina cuando el primer Furio Camilo sacudió el yugo etrusco y redujo a cenizas la orgullosa Veyes —proclamó la patricia—. Miles de jóvenes generosos fertilizaron con su sangre esta semilla y otras tantas madres romanas bendijeron su sacrificio. Soy hija de un pretor, hermana de dos cónsules, pero mi mayor timbre de gloria es que mi único hijo muriera por Roma como un héroe —Marcia se creyó obligada a intervenir.
    —Según mi padre, tenías otro hijo —declaró—. Creo que se trataba de un extraordinario actor.
    —En la villa honramos la memoria de nuestros hombres de estado, en este mausoleo la de nuestros guerreros —expuso Tribonia—. No queda espacio en la familia para los payasos —mi ayudante acusó el impacto pero, con buen criterio, desistió de la réplica. La anciana le tendió la daga—. Ponía en la urna —solicitó—. Jamás pude recuperar el cuerpo ni las armas de mi hijo, sepultados bajo la hierba de algún remoto prado helvético. Éste será el único trofeo de su gloria militar.

    Marcia asió el arma con manos trémulas y creo que se puso de puntillas para introducirla en el recipiente, pero no puedo asegurarlo, absorto como me hallaba en la contemplación de la lápida. Leí en su negra superficie: «Ennio Furio Camilo, muerto a los veinticuatro años en la Galia transalpina, 701 A.U.C. Su madre Tribonia honra la memoria de quién, cercado con sus compañeros, murió como un romano antes que rendirse. Que la tierra te sea leve». Las iniciales «E.F.C.» percutieron en mi mente como tres martillazos.

    —¿Dónde murió tu hijo? — salté, rompiendo la solemnidad del acto. La patricia me contempló con estupor.
    —En la guerra de las Galias. ¿Por qué?
    —Sí, pero ¿en qué lugar? ¿Quién les cercaba? — Tribonia dilató sus arrugas, henchidas de orgullo materno, antes de contestar:
    —Más de cinco mil helvecios sedientos de sangre romana. Mi hijo fue uno de los héroes de Noviodunum.

    Sin duda mi expresión, con la boca abierta en forma de o y los ojos como linternas, resultó lo bastante admirativa para colmar las exigencias patrióticas de la dama. Así pues, uno de los caídos en Noviodunum, sacrificado por la vileza y el egoísmo de Elio Manlio, resultaba hermano del jefe de la compañía que la noche de la tragedia interpretaba el canto a las furias vengadoras. Y la coincidencia de las iniciales sugería un doble interés en el ajuste de cuentas.

    Mientras me ocupaba en tales reflexiones Tribonia había dado por concluida la entrevista y el mayordomo nos daba escolta hacia la salida. Marcia me miró con ojos brillantes.

    —Ha sido el momento más emocionante de mi vida —aseguró, ya en la calle—. Es exactamente como yo la había imaginado, tan… ¿cómo lo diría?
    —Tan romana —facilité.
    —No estoy segura de que viniendo de ti sea un elogio, pero ésa es la definición. Bien, has cumplido tu parte en el trato. A partir de ahora voy a ser la mejor ayudante de exquiriente que la Urbe y el orbe hayan conocido. ¿Cuál es la siguiente investigación?
    —¿Cómo se llevaban tu padre y tu tío? ¿También rompieron sus relaciones por culpa del teatro?
    —Nada de eso. Siempre fueron dos hermanos muy unidos. Cuando mi tío venía de permiso a Roma nos visitaba y me traía regalos.
    —¿Estaba casado?
    —Con la hija de un general. Cuando los bárbaros le mataron ella estaba muy enferma y murió poco después. ¿A qué viene tanta curiosidad por mi tío?
    —Me interesan los héroes de guerra —eludí. Si bien seguía ignorando el cómo del crimen, el quién empezaba a adquirir perfiles muy definidos. Asocié la procedencia de la estatua asesina con ciertas palabras de Marcia, el día en que apareció en mi consultorio con su disfraz de egipcia.
    —En una ocasión me hablaste de una gira que la compañía de tu padre había realizado por Oriente —recordé—. ¿Me dijiste que habíais visitado Creta?
    —Mi padre viaja a Creta cada invierno, para el festival anual en las ruinas de Cnossos. ¿Qué te propones con todo esto? — comprendí que aquel interrogatorio, explotando la confianza de mi ayudante en contra de su propio padre, resultaba opuesto a toda ética profesional.

    Tal vez para el común de los mortales Marcia resultase irritante, agotadora e incluso consumiente. Por lo que a mí respecta fue un momento muy triste el de levantar la vista, posarla en mi ayudante y anunciar en tono lúgubre:

    —No habrá más investigaciones. Nuestra sociedad queda disuelta —ella me miró con incredulidad.
    —Supongo que será una broma —manifestó—. Estoy empezando a tomarle el gusto a este oficio —me esforcé por hallar una justificación piadosa.
    —Las muchachas de tu edad piensan en cocinar, bordar y tejer con la rueca —expliqué—. No andan con desconocidos detrás de asesinos y malhechores —Marcia se rió con ganas.
    —Para ser un extranjero te vas pareciendo demasiado a Catón el censor.
    —Los futuros maridos suelen ser declaradamente catonianos —una lucecita extraña brilló en sus ojos.
    —¿De verdad es importante para ti que sepa cocinar? — me apresuré a deshacer el posible equívoco.
    —Quiero decir que esta profesión está llena de peligros y que no voy a asumir por más tiempo la responsabilidad de exponerte a ellos —Marcia se encogió de hombros, levemente desencantada.
    —A mí me gustan —afirmó. Por mucho que me desagradara, un toque de brusquedad empezaba a hacerse imprescindible.
    —A partir de ahora deberás buscarlos sola —indiqué. Una sacudida interna ondeó los bucles de su melena.
    —Debe de haber algún efecto acústico en esta plaza —comentó—. Me había parecido entender que quieres que te deje tranquilo —inspiré profundamente antes de contestar:
    —Es un resumen conciso de mis intenciones —Marcia abrió la boca, como si le faltase el aire, y volvió a cerrarla. Una llamarada escarlata estaba tiñendo sus mejillas.
    —Pero yo… —tartamudeó— me he arriesgado por ti, he hecho todo lo posible por ayudarte. No puedes hacerme esto —mantener el gesto inflexible, silenciando la verdadera causa de mi decisión, estaba constituyendo la más dura prueba de mi carrera.
    —Tengo ocupaciones más importantes que servirte de programador de diversiones —conseguí alegar. La joven irguió la cabeza, como si enarbolase un estandarte de combate.
    —Tienes mucha razón —empezó, elevando progresivamente el tono—. No puedo perder más el tiempo con un chapucero provinciano, que finge indagar enigmas que no comprende en pos de criminales que nunca atrapará.
    —Celebro que seas tan comprensiva.
    —No sé cómo esperé nada mejor de un engreído decadente, desleal y traicionero, incapaz de gratitud, admiración ni sentimiento artístico —pese a sus esfuerzos por contenerlo, un reguero acuoso empezaba a deslizársele mejilla abajo. Se pasó la mano por el rostro, esparciéndolo en un gesto de rabia, mientras agregaba—: Si no estuviera tan constipada te diría con más detalle lo que opino de ti.
    —Te llevaré a casa en mi biga —ofrecí en tono conciliador—. No te conviene andar por la calle con ese resfriado —omito la expresión con que replicó, totalmente inadecuada a su edad y sexo. Baste decir que hubiera hecho desmayarse a Catón el censor. Tras lo cual me dio la espalda, con un airoso vuelo de su peplo, y empezó a alejarse hacia la puerta Querquetulana. A punto de doblar la esquina se volvió:
    —Todo ha sido por Baiasca, ¿verdad? — planteó—. No me puedes perdonar que contribuyera a alejarla —no se me había ocurrido, pero constituía una excusa excelente. Marcia se mordió los labios ante mi gesto afirmativo—. Intentaba que aprendieses a discurrir por ti solo. Pero ni Minerva podría conseguirlo de un adoquín como tú —y sin aguardar respuesta se perdió velozmente por la calle transversal.

    No puede decirse que quien subió al pescante y empuñó las bridas fuese un exquiriente animoso, pletórico de optimismo ante la fase final de sus investigaciones. Dos ayudantes perdidas en dos días suponían sin duda una marca negativa en los anales de la profesión, especialmente lastimosa si se consideraba que la suma de ambas, con sus cualidades y sus defectillos, habría dado lugar a la auxiliar perfecta del investigador. Para aumentar mi zozobra una voz interior me reprochaba, con duras palabras, que en la despedida de Marcia mi desconocimiento de la psicología femenina había alcanzado el nivel de la agnosia.

    Traté de concentrarme en mis recientes descubrimientos, mientras los caballos trotaban hacia la vía Nomentana. Por el momento podía considerarse probada la culpabilidad de Livisa y Laurencio, vengadores de consuno de la infamia de Noviodunum. Era obvio que el actor había encargado la estatua en Creta, con su revestimiento de yeso, mientras que la viuda había preparado el terreno para su colocación en el dormitorio. Elio Manlio había colaborado a su propia perdición, persuadido por su cónyuge, contratando a la compañía de Laurencio para su fiesta de cumpleaños.

    El actor, oculto entre bastidores durante la representación, había tenido tiempo sobrado de acceder a la alcoba, con el duplicado de la llave que le procuró su aliada, y lijar la capa de yeso hasta hacer surgir la amenazadora efigie de Némesis. Manchó profusamente las paredes de sangre, que sin duda llevaba en algún odre, recogió los restos de polvo y abrió la ventana para ventilar la habitación.

    En este punto, momentos antes de la muerte de Elio Manlio, la trama empezaba a espesárseme. Y de pronto, como un arco iris que irrumpe entre los nimbos, surgió la explicación perfecta. Laurencio estaba en la habitación, oculto tras la puerta. La dramática actitud de Livisa, sollozando de rodillas sobre el cadáver, había captado la atención general, impidiendo que nadie reparase en él durante un instante, el suficiente para que se mezclase entre los espectadores y uniese su modulado acento profesional al espantado coro del drama.

    Detuve la biga frente a la verja que rodeaba el jardín de Elio Manlio. Cocleo transitaba por las proximidades de su puerta, entre porteros y mastines. Mi presencia no le produjo el menor extremo de gozo.

    —Mitis y Livisa no están en la casa —anunció, sin abrir la cancela—. Y no creo que Marco Manlio esté de humor para recibirte —la noticia suponía un pequeño contratiempo.
    —También quería hablar contigo —el liberto se acomodó al otro lado de los barrotes en actitud de oyente. Discurrí el método de sonsacarle la información sin dar demasiadas pistas, adopté un gesto de preocupación y susurré—: La investigación progresa por mal camino para ti —Cocleo fijó en mí uno de sus ojos.
    —¿De qué estás hablando? — se sorprendió.
    —He interrogado, uno por uno, a todos los que subieron por las escaleras tras oír el grito de Elio Manlio. Nadie recuerda haberte visto —mi interlocutor se encogió de hombros.
    —La escena fue muy rápida —explicó—. Todo el mundo se levantó de su asiento y corrió hacia el dormitorio de mi señor y hubo una cierta confusión por las escaleras. Pero hay como mínimo tres personas que pueden atestiguar mi presencia. Manlio Turmo, que me apartó de un codazo para que no manchase su clámide nueva; Mitis, a quien di la mano para que no cayera tras un tropezón; y el jefe de los actores, que me sacudió por los hombros, mientras Livisa buscaba la llave del dormitorio, preguntándome si no tenía un duplicado.
    —¿Laurencio? — precisé, con la decepción que cabe imaginar.
    —Creo que así se llama.
    —Abre la puerta de todas formas —le conminé. No debía descartar la posibilidad de que el bisojo mintiera interesadamente, tal vez sobornado por los culpables conforme a sus antecedentes de corruptibilidad. He de hacer la misma pregunta a Marco Manlio —Codeo sonrió aviesamente.
    —Un hombre que acaba de perder cien talentos no suele estar de humor para estas nimiedades. Lo más probable es que decida soltarte los perros.
    —¿Dónde ha perdido ese dinero?
    —El ateniense que le ganó la apuesta en el hipódromo ha venido a jugar la revancha con los dados. Se acaba de marchar, tras multiplicar por cinco sus ganancias, y Marco Manlio vaga por la villa pidiendo venganza a la diosa Némesis —narró Cocleo. La mención de mi misterioso compatriota me sobresaltó.
    —¿El ateniense? ¿Ya se ha ido?
    —Terminaba de despedirle cuando has llegado. Por allí va todavía, junto al templo de Quirino —me volví hacia el punto indicado. El cuidado peinado de Mopso destacaba entre las cabezas de los transeúntes.
    —Cuídame la biga —ordené a Cocleo—. Esta vez no se me escapará —y ante los atónitos —y erráticos— ojos del liberto me lancé a toda la velocidad de mis piernas hacia las escalinatas del templo.

    Admito que, en pleno frenesí de mi carrera, seguía siendo para mí una incógnita qué haría con el poeta tras darle alcance. Obviando el hecho de que medía más que yo, con una anchura de hombros muy respetable, Mopso no había cometido ningún delito y mi conducta derribándole al suelo y asiéndole por el cuello habría producido cierta perplejidad entre los viandantes. Mi único proyecto claro era, no obstante, el de no desperdiciar aquella oportunidad de ajustar cuentas con quien me espió en la taberna del Foro, trató después de sonsacar a Baiasca, acababa de arruinar a Marco Manlio y osaba presentarse en mi casa, en plena noche, haciéndose pasar por mi hermano.

    Estaría a unos cincuenta pasos cuando volvió la cabeza y al punto aceleró la marcha hasta doblar por una calleja transversal, a la que abrían las ventanas de la hostería del templo. Me deslicé a codazos entre los visitantes que se agolpaban en su puerta y accedí a una plazoleta desierta, de la que salían otras tres vías.

    Me detuve y resoplé desorientado. Elegí al azar la situada a la derecha y reanudé la carrera. A la segunda zancada choqué frontalmente con una sólida y harapienta figura, adornada, según pude comprobar al tiempo que musitaba una disculpa, por unas espantables barbas pelirrojas. La calle enfilaba en línea recta diez o doce manzanas, sin rastro alguno del fugitivo.

    —No está bien atropellar a un ciego —protestó Odiseo, reincidiendo en su detestable costumbre de palpar la cara del interlocutor—. ¡El exquiriente ateniense! — se asombró—. ¿Qué haces tan lejos del Janículo?
    —Perseguía a un sospechoso —expliqué—. Pero temo que se me ha vuelto a escapar —el mendigo apoyó su zarpa en mi hombro.
    —Esta es una mañana triste para los dos —comentó—.Tú has perdido a tu sospechoso, yo he perdido a una amiga.
    —Lo siento mucho —manifesté, antes de comprender que se refería a Baiasca.
    —Sentémonos en las escaleras del templo —propuso Odiseo, con su incurable acento tracio—. Quiero que me cuentes quién se la ha llevado y qué destino le aguarda —iba a decirle que tenía otras ocupaciones más urgentes, pero me contuve. El hombre parecía sinceramente afectado y no era humano negarle el consuelo. De modo que le serví de gula hasta la escalinata y nos acomodamos en uno de sus rellanos—. En la factoría de Tóculo me dijeron que la había comprado un sirio —expuso.
    —Embarca hoy mismo hacia Antioquía —amplié—. Pero no debes preocuparte por ella. Su amo la va a destinar a una ocupación muy respetable y sus compañeras, las mujeres—serpiente, son unas artistas extraordinarias —el rostro del tracio se ensombreció aún más.
    —¿Qué es una mujer—serpiente? — indagó.
    —Las bailarinas del sirio se visten de culebras para actuar.
    —¿Con muchas escamas?
    —Por lo que vi anoche debían de encontrarse en la época de la muda —admití de mala gana.
    —¡Cómo me habría gustado despedirme de ella! — suspiró el mendigo—. Baiasca significaba mucho para mí —traté de animarle.
    —Tal vez estés a tiempo de hacerlo —comuniqué—. Antes de emprender viaje el sirio debía visitar a una sobrina. Es posible que el resto de la expedición aguarde todavía en casa de Cornelio Balbo.
    —¿La misma sobrina que te encargó localizar, a cambio de medio talento? — preguntó el tracio. Hasta ese momento había profesado una admiración sin límites a la discreción de Baiasca. Empezaba a comprobar que también ella podía hablar más de la cuenta.
    —No me pagó el medio talento —aclaré, antes de que el mendigo pidiese una participación—. Cuando le encontré en la factoría de Tóculo dijo que ya no necesitaba mi información.
    —Es extraño —señaló el pelirrojo. Iba a decirle que, aún sin contar con Baiasca y Marcia, podía pasar muy bien sin comentarle mis problemas, pero él se anticipó—: ¿Qué más dijo?
    —Habló de un tal Zohak, que por lo visto había de encargarse de su sobrina.
    —Debo saber las palabras exactas —reclamó el mendigo, con cierta brusquedad. Le dirigí una mirada ofendida antes de recordar que no podía verme.
    —Dijo: «Nuestro dios guarda bien sus secretos» —Odiseo se incorporó de un brinco.
    —¿Dónde tienes tu biga? — planteó, sin vestigio alguno de acento tracio.
    —En la villa de Elio Manlio —contesté—. Pero… —el hombre se había despojado de la venda que cubría uno de sus ojos y se estaba arrancando la costra rojiza del otro.
    —Vamos al templo de Ishtar —urgió—. No hay que perder ni un instante —temo que mi expresión resultase indigna de un exquiriente astuto. Parpadeé dos o tres veces y pregunté:
    —¿Quién eres tú exactamente? — hizo un ademán de impaciencia antes de responder:
    —¿Quién voy a ser, hombre? Tu tío Alcímenes.

    Fue una suerte que la noticia me sorprendiera sentado en las escaleras. Caer hacia atrás a plomo podía haber sido una reacción muy humana, pero no una manera digna de celebrar aquel reencuentro familiar.

    La necesidad de una explicación era más acuciante que nunca. Pero no resultaba fácil reclamarla de quien galopaba como un gamo hacia la verja de Elio Manlio, esquivando a los transeúntes con el estilo de un jugador de harpástum. Pese a la diferencia de edad y mis esfuerzos por darle caza, cuando llegué junto a la biga ya mi tío estaba subido a su pescante y empuñaba las riendas con mano firme.

    —Agárrate fuerte —fue su única recomendación. Y al momento la tralla chasqueó y los caballos dieron un brinco hacia adelante, como si les hubiesen dado la salida en los Ludi Magni.

    Hasta aquel instante y salvo el desagradable incidente de las hojas de parra me habían parecido dos animales pacíficos y más bien cachazudos, sumamente conscientes de su cercana edad de retiro. Allí estaban sin embargo, bajo la conducción de mi tío, sacudiendo sus ancas como si, transportados a años más felices, persiguiesen alegremente a algún desventurado teutón por las riberas del Elba. Me así como pude mientras Alcímenes, sorteando literas, carromatos y palanquines, daba su primera lección práctica sobre el comportamiento de un exquiriente con prisas, reduciendo mis experiencias con Antonio a poco más que un paseo en el carro del lechero.

    Irrumpimos como un tornado en el corazón del Celio, dejando a nuestras espaldas una estela de frenazos y maldiciones. Los caballos pararon en seco a la puerta del templo de Ishtar y mi tío, sin aguardar a que el vehículo se detuviera, saltó atléticamente del pescante.

    Entramos en el jardincito de Proelia. En esta ocasión el sonriente esclavo Marcelo no acudió a recibirnos. La puerta de la cripta estaba abierta.

    —¡Por aquí! — conminó mi tío. Dimos otras diez zancadas y nos asomamos al interior del templo.

    La estatua de Ishtar, hierática y misteriosa, seguía dominando el recinto. A sus pies crepitaban los rescoldos del brasero mágico. La estantería había sido volcada y los útiles de trabajo de la hechicera, incluido el enigmático frasco del líquido verde, habían rodado por el suelo. Marcelo yacía entre sus fragmentos, dibujando su sonrisa de mofletudo sobre una herida escalofriante, que le rebanaba el cuello de oreja a oreja.

    Alcímenes completó un minucioso recorrido por la cripta. Al fin se detuvo y dictaminó:

    —Excelente. Excelente —repitió. Parecía de un humor inmejorable.
    —No veo qué es excelente —protesté.
    —Temía que hubiesen sacrificado a Proelia aquí mismo. Por fortuna han preferido llevarla prisionera a Siria y ahora podremos contar con ella como testigo de cargo contra Tóculo.
    —¿Quién se la ha llevado?
    —El dios Zohak. O más bien sus representantes en el Lacio, es decir, el sirio y sus mujeres—serpiente.
    —No comprendo.
    —Los griegos conocemos al dedillo la biografía de nuestros dioses y héroes, pero a veces nos convendría estudiar algo sobre religiones extranjeras. Zohak es una antiquísima divinidad de origen persa, muy poco simpática por cierto, a la que todavía se adora en algunos templos de Oriente. Su emblema son las serpientes, que según la leyenda nacen continuamente de sus hombros, y se alimenta de cerebros humanos. Cabe suponer que el pretendido sirio es uno de los ministros de su culto, las bailarinas de que me hablabas sus sacerdotisas y que su danza forma parte de las ceremonias previas a la extracción del cerebro de la víctima.
    —¿Qué hacen en Roma?
    —Aprovechando la gira, ganan buenos talentos con sus actuaciones y compran esclavas nuevas, como Baiasca, para renovar su elenco. Pero aseguraría que la finalidad principal del viaje era localizar a Proelia.
    —¿Para qué?
    —Para darle muerte, con toda probabilidad mediante un suplicio terrible, por el gravísimo pecado de desertar del templo de Zohak, en el que ejercía de vidente, y huir con un extranjero.
    —Según el sirio sólo trataba de comunicarle la muerte de su madre —opuse. Alcímenes señaló el cadáver de Marcelo.
    —Tiene un curioso estilo de dar el pésame —comentó—. A título de consuelo debo confesarte que, sin más guía que las explicaciones de Baiasca, también yo di por buena la historia de la estatuilla de la madre agonizante. Sólo cuando has hablado de Zohak lo he visto todo claro —pese a las muchas y graves cuestiones pendientes con mi tío, la mención de Baiasca me produjo un sobresalto de alarma.
    —¡Hay que ir al puerto enseguida! — exclamé. Alcímenes me contempló con sorpresa.
    —¿Por qué tanta prisa? — se admiró—. Hace un día espléndido para pasear por la playa, pero primero hay que atender el deber profesional.
    —Cuando la tenga delante diré lo que opino de Baiasca y de cómo me ha engañado todo este tiempo —anuncié—. Pero así y todo no podemos consentir que la conviertan en sacerdotisa de un dios bárbaro a quien se ofrecen sacrificios humanos —mi tío sonrió.
    —En su momento rescataremos a Baiasca —prometió— y con ella a Proelia. Tal vez le hayan obligado a colaborar en un fraude, pero es una excelente pitonisa, que acierta siempre sus profecías, y si le extraen el cerebro mermarán considerablemente sus facultades.
    —A mí me auguró que hoy vería abrirse la puerta del reino de los muertos —recordé. Mi consanguíneo soltó una carcajada.
    —¿Y de dónde te crees que salgo yo? — planteó—. De momento vamos a dar una vuelta por la villa Juliana. Algo me dice que en estos momentos necesitan desesperadamente uno o dos exquirientes.
    —Es más urgente salvar a Baiasca —manifesté—. Si dejamos que zarpe el barco podemos perder su rastro.
    —Comprendo que los antecedentes no colaboran precisamente a este fin, pero por favor —rogó Alcímenes—, confía en tu tío. Y ahora salgamos de aquí. El brasero de Ishtar no sirve para leer hechos pasados y son precisamente éstos los que tú y yo debemos aclarar.

    Los caballos piafaron alegremente al vernos regresar junto al carro, como si reclamasen con impaciencia nuevas emociones fuertes. Alcímenes dio un tirón de sus guedejas y se desprendió de barba y peluca, descubriendo un cabello negro, levemente canoso, y sus mejillas rasuradas. Los harapos mendicantes las siguieron por los aires.

    —Estaba harto de andrajos —reveló, vestido con una impecable clámide, mientras los animales iniciaban el trote—. Creo que te Sebo una explicación.
    —Yo diría que más de una —mi tío volvió a sonreír.
    —Supongo que antes de repasar los enigmas pendientes desearás que te hable un poco de mi regreso del Averno. Al fin y al cabo entre nuestros compatriotas sólo Hércules, Orfeo y yo lo hemos conseguido —hice un gesto de elocuente asentimiento—. Estoy seguro de que con la experiencia que has acumulado te sobran condiciones para reconstruir la historia por ti mismo —pese a la desazón que me producía la superchería de que había sido víctima, me esforcé por no defraudar las expectativas de mi consanguíneo.
    —Es evidente —empecé— que tu asesinato fue una farsa.
    —Indispensable para mi rehabilitación.
    —Silano te acababa de pagar diez talentos y querías ponerlos a salvo de las garras de Tóculo.
    —¡Excelente! Sus fauces eran un pozo sin fondo en el que se habrían ahogado todas mis tentativas de recuperación. Necesitaba una temporada en el anonimato, en la cual reinvertir sabiamente mis ganancias.
    —Un aliado tuyo, tal vez la propia Baiasca, llevó al banquete la daga con la serpiente escondida.
    —No fue Baiasca. Su lealtad hacia mí está a prueba de casi todo, menos de llevar en brazos una serpiente aunque sea enfundada.
    —Previamente habías manipulado a la víbora para arrancarle la bolsa de veneno.
    —Hubiera sido un ardid muy hábil. Pero me pareció menos peligroso introducir en la vaina una inofensiva culebra de agua. Con la cabeza aplastada por una copa todos los ofidios tienen un aire de familia. Yo mismo me hice las marcas en la mano con una aguja, mientras el criado se aproximaba con la daga.
    —Luego fingiste perder la conciencia.
    —Habría sido arriesgado ante tantos testigos. Por eso poco antes del incidente tomé una dosis de somnífero, suficiente para dormir un búfalo.
    —El médico que te visitó en casa era también tu cómplice. Y lo que hizo mientras estabais solos con Baiasca fue reanimarte.
    —Conviene tener amigos en todas partes. También el sacerdote de Venus Libitina, que se apresuró a acudir para organizar las honras fúnebres, es uno de mis clientes más devotos. Y en la emoción del momento nadie reparó en que había entrado con un ayudante y salía con dos.
    —¿Y el muerto?
    —No es una mercancía rara en Roma. El propio sacerdote me procuró uno de mi talla y peso, entre las varias docenas de que se hace cargo al día. Con una buena peluca, cera y una espátula y un poco de habilidad manual fue cosa de unos minutos darle el parecido suficiente, en especial si consideramos, como todo el mundo sabe, que el veneno de serpiente deforma espantosamente el rostro de la víctima. Lo más difícil fue convencer a Baiasca de que esperase mi regreso con un cadáver bajo la cama.
    —Y tú asististe a tu funeral en primera fila.
    —Resultó conmovedor. No creo que ningún fallecido debiera perdérselo.
    —La dedicatoria del supuesto criminal me debía haber abierto los ojos. El único asesino capaz de igualar la astucia de Alcímenes sólo podía ser el propio Alcímenes —mi tío lució su expresión más radiante.
    —Me parece una hipótesis muy inteligente —aprobó—. Aunque la modestia me impida admitirla como válida.
    —Y en medio del espectáculo sacaste tiempo para hacerme llamar.
    —Creía que esta situación se prolongaría varios meses y un negocio como el mío no puede permanecer cerrado tanto tiempo. Por otra parte, un consultorio de exquiriente es el mejor observatorio sobre las oportunidades de inversión especulativa en una ciudad —estas palabras, un tanto herméticas, me tocaron un punto sensible.
    —Baiasca te servía de espía y te informaba de todas mis actividades —indiqué.
    —Espía es un vocablo demasiado fuerte. Digamos que actuaba en nuestro interés común. Tuve que prometerle la libertad a cambio y lo sentiré, porque es la mejor ayudante que he tenido, pero ya sabes lo que se dice de la palabra de un griego.
    —Y a través de ella eras tú quien me sugería los pasos lógicos en cada enigma.
    —Eran meras orientaciones nacidas de la experiencia. Pero todo el mérito de la investigación es tuyo.

    Las revelaciones de mi tío despertaban en mí dos sensaciones contrapuestas. Por un lado, el alivio propio de quien descarga en hombros sólidos la responsabilidad de sus enigmas pendientes; por otra, la dolorosa conciencia del papel tan poco airoso que había desempeñado en la representación.

    —Tienes más de quince sobrinos en Grecia —planteé—. ¿Por qué me elegiste a mí?
    —Casi todos hubieran acudido al señuelo de la herencia —explicó—. Pero tú eres el único que se habría quedado, una vez descubierta la triste situación de mi patrimonio.
    —¿Cómo lo sabías? — mi tío duplicó la longitud de su sonrisa.
    —Confiaba en Baiasca. No se lo tengas en cuenta, pobrecilla. También ella se arriesgó quedando en tus manos. Si mis cálculos hubiesen fallado habría acabado vendida a un traficante de esclavas.
    —Todavía no me has explicado un tema —recordé—. ¿Cómo te has rehecho tan rápidamente de tus deudas? Me has dicho que preveías un período de varios meses.
    —Nos estamos acercando a la villa Juliana —observó Alcímenes, en vez de contestar, con un repentino y purísimo acento ateniense—. Es posible que, dadas las circunstancias, los pretorianos estén un poco nerviosos pero por fortuna el exquiriente de César y su hermano mayor están más allá de toda sospecha —y ante mi mirada atónita extrajo de su faltriquera una barba morena y recortada, la adhirió sobre su maxilar inferior y peinó cuidadosamente sus cabellos hacia atrás.
    —¡Mopso! — exhalé. Aunque mi tío trataba de sonreír discretamente, era obvio que lo estaba pasando en grande.
    —Gracias a tu incansable actividad tuve noticia de la afición de Marco Manlio al hipódromo y de su admiración por el tiro de los verdes —aclaró—. Bastó conseguir un asiento cercano en los Ludi Magni, dejarle explayarse a gusto y obtener una ventajosa apuesta de cuatro contra uno. Esos patricios nunca llegarán a entender de caballos.
    —Y ahora vienes de jugar la revancha a los dados y de ganarle otros ochenta talentos.
    —En el juego, como en la vida, todo es cuestión de coger la buena racha —manifestó Alcímenes.

    Descendíamos la ladera del Janículo, entre las suntuosas verjas de las fincas de recreo. Nuestro carro dobló la última curva a menos de cien pasos de la villa Juliana. Por la avenida discurría en aquellos momentos una doble hilera de pretorianos, con las lanzas aprestadas. El centurión Araneo caracoleaba sobre su caballo al frente de la columna. Por el centro de la calzada avanzaban, atrailladas por el cuello y con las manos atadas a la espalda, las seis mujeres—serpiente, Proelia y Baiasca. El sirio, con las muñecas unidas por una soga a la silla del centurión, lanzaba miradas asesinas en todas las direcciones, como si planificase una extracción masiva de cerebros en honor del dios Zohak.

    La cémpsica caminaba pensativa, destacando su túnica azul entre los ropajes verdosos de sus compañeras de cautiverio. Levantó la vista hacia nosotros, en el momento en que adelantábamos a la cuerda de prisioneras, y al cruzarla con el guiño que le dedicó Alcímenes iluminó repentinamente su semblante. Una vez más susurré a mi tío:

    —Ahora sí que no entiendo nada —antes de que pudiera responderme ya Araneo enfilaba su caballo hacia nosotros.
    —Tu aviso llegó justo a tiempo —me felicitó—. Arrestamos a estos miserables cuando intentaban dirigirse al puerto. Cleopatra no iba con ellos, pero estoy seguro de que no tardarás en hacerles confesar su paradero.
    —¿Qué aviso? — pregunté, ante el desconcierto del oficial.
    —Un viejo siciliano vino a decirnos de tu parte que varios testigos habían presenciado en las catacumbas cómo la reina era secuestrada por unas mujeres vestidas de serpiente. ¿No fuiste tú quien le envió?
    —¿Quién iba a ser? — medió mi tío—. ¿Habéis comunicado la noticia a César?
    —Llegará de un momento a otro.
    —¡Excelente! — volvió a congratularse Alcímenes—. Mientras le esperamos mi hermano agradecerá una estancia cómoda y retirada y un pequeño refrigerio. Entretanto podemos ir adelantando los interrogatorios.

    Rebasamos la verja de entrada y avanzamos hacia la fachada principal. Mientras los pretorianos alineaban a los reos sobre el césped y les trababan los tobillos, su centurión nos acompañó hasta una pérgola a la sombra de los álamos. Su emparrado guarecía una mesita de mármol y dos tumbonas, en una de las cuales se instaló mi tío.

    —Empezaremos por la esclava de azul —decidió. Araneo hizo un gesto de asentimiento.
    —Enseguida os traerán un refresco —aseguró. A sus espaldas se divisaba la fuente del tritón y a Tueris que, amordazada y algo rebajada de grasas, continuaba empujando su travesaño bajo la amenaza del látigo.

    Regresé junto al grupo de cautivos. Baiasca, sentada en la hierba, mecía distraídamente con el pie una matita de tréboles. Le dirigí la mirada más feroz que pude pergeñar, mientras me inclinaba sobre ella, le liberaba los tobillos y le ayudaba a incorporarse.

    —Desátame las manos —solicitó.
    —No te lo mereces —ella guardó silencio, como si tratase de adivinar mi nivel de conocimiento. Decidí facilitarle la cuestión—. El reino de los muertos ha abierto sus puertas y me ha devuelto a un tío —comuniqué. La cémpsica esbozó su característica media sonrisa.
    —Soy una esclava y debía cumplir las órdenes de mi amo —se excusó. Ante mi expresión de incredulidad añadió—: Quería ser libre.
    —No era incompatible con explicarme la verdad, en lugar de dejar que me portara como un tonto —opuse—. Yo también habría colaborado con el plan de mi tío —Baiasca separó de la espalda sus muñecas atadas.
    —Me hacen daño las cuerdas —declaró. Así los cabos de la soga y deshice sus nudos—. Gracias —agregó.

    Al mismo tiempo que nosotros llegaba a la pérgola una criada, transportando en una bandeja dos copas doradas, llenas de malvasía, y unos apetitosos tacos de jamón.

    —Otra tumbona y una copa más para la prisionera —ordenó Alcímenes—. Pero llena de zumo de fruta. No le gusta el alcohol.

    Mientras la sirviente cumplía el encargo mi tío narró a la cémpsica las circunstancias de su imprevista fortuna. Baiasca le escuchó en silencio, acreditando con las intensas irradiaciones de su brillo ocular hasta qué punto aprobaba la noticia.

    —Ahora recobraré mi nombre, mi consultorio y mi palacio —concluyó Alcímenes—. Sentiré desalojar a un buen amigo como Tóculo, pero sospecho que las galeras de la flota van a necesitar su inestimable colaboración durante unos cuantos años y sería una lástima que una mansión tan bonita permaneciese vacía. Estoy seguro —añadió— de que a estas alturas conoces todos los pormenores de su estrategia.
    —Tóculo y Timoleón estaban asociados para cometer fraudes en las apuestas —expuse—. Primero drogaron a Númitor y después a Siderobros, pero en el segundo caso el retraso en el comienzo del festival hizo fracasar la trama. Entonces, conociendo la fe de Siderobros en las apuestas, tramaron toda una ficción escénica que dejaría al coloso boquiabierto y sin reacción ante el arma de su rival. Empezaron a forjar su plan cuando vieron combatir en Pompeya al nubio con la cicatriz en forma de lagarto.
    —Formidable —aprobó mi tío—. Veamos la lista de cómplices y sus motivos.
    —En primer lugar convencieron a Proelia para que simulara leer en el brasero sagrado la frase del lagarto y el león.
    —Yo más bien diría que la obligaron —rectificó Alcímenes—. Y seguramente Baiasca nos lo podrá confirmar. Sin duda durante el breve período en que han sido prisioneras de las mujeres—serpiente la bruja le ha hecho revelaciones muy interesantes —la cémpsica asintió:
    —Tóculo conocía al romano que la rescató del templo asiático. Era amigo de su padre y fue quien le prestó dinero para adquirir una nueva identidad y ocultarse a la venganza de los sacerdotes de Zohak.
    —Sin duda el sirio averiguó la identidad del salvador y al llegar a Roma fue preguntando a sus parientes y conocidos, con la excusa de la estatuilla de la madre enferma. Tóculo era el único que podía responderle, pero no se dejó engañar. Se lo quitó de encima y entonces fue a ver a Proelia y le amenazó con descubrirla si no colaboraba en el fraude de las apuestas. ¿No es así? — Baiasca, que estaba dirigiendo a mi tío una de sus irritantes miradas admirativas, hizo un gesto de afirmación—. La hechicera no fue informada del verdadero propósito de Tóculo. Por eso cuando Siderobros le dijo que cambiaría de escudo le comunicó, de buena fe, que el brasero lo desaconsejaba. Bien, resuelta esta pequeña trama incidental, dejemos que Diomedes nos exponga el nudo de sus investigaciones. ¿Quién era el segundo cómplice? — pese a mi conciencia del papel tan poco brillante que desempeñaba, respondí:
    —Glauco. Tóculo supo que una de sus esclavas estaba prometida con un aspirante a gladiador, dispuesto a todo a cambio de su libertad. Timoleón le ofreció su manumisión y la de su novia si aceptaba salir a la arena con un escudo trucado, al que habían aserrado las abrazaderas y dibujado un león en el envés. Por supuesto, la oferta comprendía levantar el pulgar cuando los nubios, tras matar a su compañero, lo envolviesen en sus redes.
    —La reconstrucción es perfecta —felicitó Alcímenes.
    —Entretanto el mendigo Poreo, disfrazado de noble, repartía talentos entre los corredores de apuestas para que los invirtiesen contra Siderobros.
    —El pobre Poreo fue de los que continuaron frecuentando mi palacio después de la usurpación de Tóculo —medió mi tío—. Pagó muy caras sus nuevas amistades.
    —Siderobros había revisado su equipo, pero al reconocer el lagarto dibujado en el pecho del nubio sintió miedo y contra las advertencias de Proelia cambió el escudo para burlar la profecía, como Tóculo y Timoleón habían supuesto. Al primer golpe la rodela se desprendió y Siderobros, al ver el león pintado, quedó paralizado, como si comprendiese que la profecía le alcanzaría hiciese lo que hiciese.
    —¡Muy bien! ¿Y el triste destino de los cómplices?
    —Fueron eliminados para asegurar el secreto del plan. Poreo después del festival, Glauco en la misma arena, al incumplir su palabra Timoleón y bajar el pulgar. Sólo se salvó Proelia.
    —De momento. Seguramente pensaban utilizar su influencia para nuevas fechorías. Cuando supieron que tú investigabas el fraude y la estabas acosando cambiaron de idea. En ese momento reapareció el sirio en la factoría, con la intención de comprar a Baiasca, y sin duda Tóculo vio la ocasión de silenciar para siempre a la hechicera sin mancharse las manos y, lo que es más importante para él, sin gastar un solo sextercio. Sólo debía revelar el escondrijo a su perseguidor y éste se encargaría del resto.
    —Por eso cuando yo quise comunicar al sirio que había encontrado a su sobrina éste se rió y se negó a pagarme el medio talento —aporté.
    —No podía imaginar que tu brillante investigación iba a frustrar sus manejos. Yo no resolví mejor mi primer caso —insistió mi tío, ante mi gesto escéptico.
    —¿A qué esperamos para llamar al pretor y hacer detener a esos canallas? Con la declaración de Proelia tenemos la prueba que buscábamos.
    —Nuestro acopio de pruebas es abrumador. También disponemos del duplicado que sacó Baiasca de la tablilla de cuentas —me pareció prudente guardar silencio sobre el lamentable fin de la copia—. No obstante, creo que subestimamos nuestro poder de convocatoria. No sé leer en el brasero de Ishtar, pero algo me dice que el propio villano comparecerá espontáneamente en esta quinta y tal vez sea tan amable de traer consigo al pretor. Bien, pasemos al segundo frente. ¿Qué hay de Laurencio y Livisa?

    Empecé a explicar mi visita a la abuela de Marcia y la imprevisible relación de viuda y cómico con la catástrofe de Noviodunum. A punto de concluir fui asaltado por un pensamiento.

    —Pero tú ignorabas todo esto —indiqué a mi tío—. Baiasca no ha podido hablarte del relicario con las iniciales E.F.C., ni de la lápida mortuoria del caído. ¿Por qué has mencionado precisamente a Laurencio y Livisa? — Alcímenes sonrió triunfalmente.
    —He visto actuar muchas veces a Laurencio —reveló—. Un hombre que asesina de esa forma las mejores escenas de Sófocles y Eurípides tiene que ser capaz de cualquier crimen. Más en serio, su visita nocturna a nuestra casa del Janículo, para pintar Nekrozese en letras rojas, resultaba más que sospechosa.
    —¿Qué hacías allí?
    —Baiasca me contó el atentado frustrado de anteanoche. Me hubiera sido muy penoso tener que llamar a un segundo heredero por defunción violenta del primero, de modo que decidí apostarme cerca de la tapia del jardín y aguardar al criminal de turno. Cuando empezaba a aburrirme alguien llegó y escaló el muro. Esperé a que estuviera dentro y di la vuelta para sorprenderle a la salida.
    —Si llego a dormir en casa, para entonces ya estaría muerto, — reproché.
    —En ese caso él no habría entrado. Sólo quería asustarte. Antes de decidirse produjo todo el ruido posible, hasta cerciorarse de que pasabas la velada fuera. Sin duda fue una situación embarazosa para él topar con el centurión primero y con tu propio hermano a continuación.
    —¿Y Livisa?
    —Cuéntame antes tus conclusiones sobre el asesinato —solicitó mi pariente.
    —Laurencio encargó la estatua de Némesis a un escultor cretense y mandó cubrirla con una capa de yeso que le diera la forma de Venus Afrodita. Y Livisa persuadió a su marido para que contratase a la compañía de su cómplice para celebrar el Cumpleaños. La elección de una tragedia sobre las furias vengadoras pretendía crear el ambiente propicio entre los espectadores.
    —Empezando por Elio Manlio —puntualizó mi tío.
    —Dos días antes Livisa fingió tropezar y rompió la escultura de Hebe que presidía su dormitorio, dejando el pedestal libre para el supuesto regalo del amigo efesio. Para no darme esa pista me dijo que había sido su marido el autor del estropicio, sin saber que contradecía la declaración de Cocleo.
    —Observa que mandó desembalar la estatua una vez colocada en su basamento, para evitar que los sirvientes pudiesen dañar la capa de yeso con algún golpe y descubrir la superchería —apuntó Alcímenes.
    —Laurencio alegó estar afónico y no participó en la representación. Mientras todo el mundo estaba pendiente del escenario subió al dormitorio, abrió la puerta con el duplicado de la llave que le facilitó Livisa, raspó la capa de yeso y abrió la ventana para que saliera el polvo.
    —¡Formidable! — me felicitó mi consanguíneo—. Fíjate en que cuando le interrogaste habló del polvillo dorado y del aleteo, en apoyo de la tesis que declaraba culpable a la diosa. Al ver que no le creías descendió a un plano más terrenal y empezó a arrojar sospechas sobre Cocleo. Llegamos al punto culminante. ¿Qué más sucedió? — muy a mi pesar tuve que refrenar mi ímpetu ilustrativo.
    —Laurencio no pudo ser el asesino —admití—. Varios testigos le vieron subir las escaleras tras oír el grito de la victima.
    —Naturalmente —asintió Alcímenes—. Los mismos testigos que vieron morir a Elio Manlio —la frase me resultó desconcertante.
    —Cuando entraron en la habitación Elio estaba caído en el suelo, con el puñal clavado en el pecho —recordé.
    —¿Quién fue la primera que pudo ver ese puñal?
    —Livisa —respondí, tras una breve meditación—. Y muy de cerca, puesto que se arrodilló sobre el cadáver de su marido y… ¡por la cabeza de la Medusa! — mascullé, sintiendo una iluminación repentina. Mi tío estaba radiante.
    —Un hombre comido por los remordimientos, enfermo del corazón, huye de una tragedia sobre las furias vengadoras —resumió—. Entra en su dormitorio en busca de refugio y halla las paredes ensangrentadas, la mención de su infamia en un pedestal y a la propia diosa de la venganza que extiende hacia él su mano huesuda. ¿Cuál es su reacción previsible?
    —Gritar y caer fulminado —concluí—. Livisa había de ser la primera en entrar, porque tenía en su poder la única llave. Sacó un estilete oculto, se arrodilló sobre su marido y, delante de todos los invitados, se lo hincó en el corazón —Alcímenes me dirigió una mirada complacida.
    —Con mi experiencia y tu rapidez de comprensión formaremos un equipo perfecto —dictaminó—. Es una pena tener que romper el trío manumitiendo a Baiasca, pero ese fue nuestro pacto.
    —Yo cumplí mi parte —se apresuró a recordar ésta. Me creí obligado a formular una objeción legal.
    —Baiasca es propiedad del sirio —opuse.
    —Tóculo la tenía en prenda, sin poder de disposición —negó Alcímenes—. La venta fue nula.
    —El pretor la autorizó.
    —¿Leíste la orden?
    —Tóculo me enseñó un pergamino enrollado —reconocí. Mi tío movió la cabeza admonitoriamente.
    —Con individuos como él hay que leer el documento, examinarlo al trasluz y reclamar la presencia de un tabelión —recomendó—. Pero el caso es que, liquidadas mis deudas, Baiasca volverá a ser de mi propiedad y podré manumitirla esta misma tarde. Se lo merece, pobrecilla. En estos últimos días ha sido muy maltratada.
    —Todavía estoy detenida —recordó la cémpsica—. Me acusan del secuestro de Cleopatra —Alcímenes rió estruendosamente.
    —Necesitaba alguna excusa para impedir que el sirio te embarcase antes de mi revancha con Marco Manlio y mi conversación nocturna con Araneo me la sugirió. Pero en cuanto hablemos con César todo quedará aclarado.
    —Enviaste al siciliano con la falsa noticia de que las mujeres—serpiente habían raptado a la reina —supuse.
    —Me encanta hacer de viejo siciliano. Es uno de mis disfraces preferidos —sus palabras me trajeron un antiguo recuerdo.
    —¿Entonces fuiste tú…? — me indigné.
    —Me permití acompañaros a Antonio y a ti al anfiteatro y apostar dos mil denarios contra Siderobros —asintió Alcímenes—. Por lo que me había explicado Baiasca estaba seguro de que algo iba a sucederle. Bien, ¿dónde estábamos?
    —Hablábamos de Cleopatra —remonté—. Si no está en poder del sirio, ¿quién la ha secuestrado?
    —Pensémoslo con calma —propuso mi tío—. Nos encontramos en el escenario del atentado y, por lo que observo, solamente volando podría salirse por esa ventana sin dejar rastro. Tal vez la estirpe de los Lágidas sea divina, pero dudo que Arsínoe sepa volar.
    —Según la propia cautiva, su centurión enamorado borró las huellas.
    —¿Y si te hubiera mentido? Todo lo que sé de Araneo indica que es un militar leal, sumamente devoto a su jefe.
    —¿Para qué me iba a mentir?
    —Supongamos que la presa no salió del cuerpo de guardia. ¿Qué querría decir eso?
    —Que César habría equivocado la identidad de la mujer que disparó la jabalina contra él.
    —Por supuesto. Pero él conocía bien a su prisionera. ¿Con quién podía confundirla, sino con alguien extremadamente parecido?
    —Quieres decir… ¿con Cleopatra? — me sobresalté. Mi tío repitió su enojosa sonrisa—. Pero ella dormía a su lado. Si los Lágidas no saben volar, tampoco pueden estar en dos sitios a la vez.
    —Corrige el sujeto del verbo —sugirió Alcímenes—. César dormía al lado de Cleopatra, muy profundamente según sus manifestaciones. La reina pudo levantarse, vestirse con unos harapos idénticos a los de su hermana y salir a la terraza. Alguien, probablemente Tueris, ocupó su lugar en la cama. Tras el atentado César corrió hacia la barandilla y cuando se volvió ya Tueris y Cleopatra estaban tras él, la segunda envuelta en un chal que a buen seguro ocultaba sus andrajos. La habitación de la reina y la de las damas tienen los balcones contiguos, de forma que es imposible que supiera por cual había salido cada una.
    —Alguien saltó desde la terraza.
    —Cuando Oiqueneo acudió Eos no estaba presente. Compareció poco después, con los pies manchados de barro.
    —¿Quieres decir que en la oscuridad que siguió al relámpago, mientras César se levantaba de la cama, Cleopatra se ocultó en un rincón y fue Eos la que saltó en su lugar?
    —Una reconstrucción muy estimable —se congratuló mi tío.
    —No entiendo la finalidad del plan.
    —Cleopatra temía que los partidarios de su hermana pudiesen rescatarla e iniciar otra guerra civil. Por eso pidió al cónsul que la ejecutara. César se negó, de modo que decidió darle algún motivo suplementario. Conforme a su estrategia uno de sus sicarios debía matar al esclavo que custodiaba a Arsínoe, a la que había dejado encadenada al travesaño de la fuente, y liberar a la cautiva de sus ataduras. Cuando la reina oyese caer el cuerpo del guardián aprovecharía el primer relámpago para hacer ruido y ser vista por César. Éste daría la alarma, los pretorianos descubrirían a Arsínoe huyendo por el jardín y su culpabilidad sería evidente.
    —No contaba con que César se compadecería al ver a la presa empapada bajo la lluvia y la guarecería en la habitación del centurión —aporté.
    —El sicario confundió al pretoriano de guardia con el esclavo y lo mató. La reina escuchó el golpe y entró en acción, ignorando que su hermana estaba a buen recaudo.
    —La teoría es lógica —admití—. Pero no resuelve el enigma del rapto de Cleopatra.
    —En cierto modo. Creo que el chambelán Oiqueneo hizo, después de entrevistarse contigo, la misma reconstrucción que yo.
    —Es posible —asentí—. También los alejandrinos suelen tener una alta opinión de su propia inteligencia. ¿Y qué?
    —Admitamos que esta villa ocultase un traidor a César y Cleopatra, fervoroso partidario de Arsínoe. ¿Qué ocurriría si en lugar del pobre Araneo se tratara del propio chambelán? — mi silencio provocó un ademán de impaciencia en mi pariente—. El parecido entre las dos hermanas es suficiente para engañar, siquiera por un momento, al amante de una de ellas. Supón ahora que Cleopatra conociera, por boca de Oiqueneo, la verdadera naturaleza de tu misión en la villa. Si César se resistió a creer que Arsínoe hubiese atentado contra su vida, ¿no serla la prueba definitiva la confesión de la culpable, vertida ante su propio exquiriente?
    —¿Quieres decir —asimilé— que la que se entrevistó conmigo enjaulada era la propia Cleopatra? Pero entonces, ¿quién entró en el calabozo, interrumpió nuestra conversación y castigó a sus damas? ¡Por…! — empecé.
    —La cabeza de Medusa —completó Alcímenes—. Arsínoe, en colaboración con el chambelán, aprovechó la oportunidad para devolver el golpe y con el disfraz opuesto al de su hermana se alejó de la villa, sospecho que para siempre. El asalto en las catacumbas fue un simple ardid de Oiqueneo para desaparecer burlando a la escolta. Observa cuanto énfasis pusieron en la total incomunicación de la supuesta presa y de las damas, que conocían la superchería de Cleopatra, y un acontecimiento muy reciente: el hecho de que los guardias que las custodiaban, al servicio sin duda de los rebeldes, se han apresurado a esfumarse en cuanto han visto entrar a Julio César en la villa.
    —¿Ha llegado César? — me sorprendí.
    —Lo tienes a tu espalda desde hace un rato. Discúlpanos —solicitó mi tío— pero pensé que preferirías que no interrumpiese la conversación.
    —Estoy fascinado —reconoció el dictador, ocupando la tumbona que Baiasca dejó libre—. Tú eres, sin duda, Alcímenes el tebano. Me dijeron que habías muerto, pero ya veo que para un hombre de tus recursos regresar del Hades no debe ser una hazaña destacable.

    Los criados renovaron las provisiones. César asió su jarra de vino y bebió un profundo sorbo. Parecía repentinamente aliviado.

    —Bien —continuó—, creo que puedo perdonaros el haberme llenado de bayaderas, pitonisas y barbudos el césped de esta villa. El rapto de Cleopatra, hallándose bajo la protección de la república romana, habría motivado una gravísima crisis internacional. Aquí están los cinco talentos prometidos. Y podéis estar seguros de que en mi próximo atentado no dejaré de llamaros.
    —Corresponden a mi sobrino —afirmó Alcímenes—. Suyo ha sido todo el mérito de la investigación —con esta suma podía fletar un barco entero para regresar a Atenas. Pero la ética profesional me forzó a puntualizar.
    —No estoy tan convencido de merecerlos. Arsínoe se ha fugado, en parte por causa de mi intervención. — César me miró con expresión risueña.
    —¿Puedo confiar en vuestra discreción? — planteó—. Esa ha sido tu mejor aportación al caso —ante mi desconcierto el dictador añadió—: Cleopatra empezaba a ser una aliada demasiado exigente. Con su hermana en libertad el trono de Egipto vuelve a estar en litigio y las legiones romanas pueden desnivelar el fiel de cualquier balanza. Tal vez al principio esté un poco furiosa, al verse burlada por su prisionera con sus propias armas, pero estoy seguro de que se mostrará mucho más razonable.
    —Ella misma ha podido probar durante unas horas lo amargo de su medicina —agregué.
    —¿Quién ha dicho unas horas? — se asombró César—. Me habéis hecho unas revelaciones muy interesantes, pero vengo del Senado y los oradores del partido conservador me producen siempre un dolor de cabeza insoportable. Creo que tardaré varios días en comprender la verdad y, entretanto, deberé respetar la incomunicación de la presa decretada por Cleopatra. Al fin y al cabo yo mismo se la regalé —sonrió maliciosamente y concluyó—: Alguien ha de aprender que ni de broma deben arrojarse jabalinas contra un cónsul.

    En este punto fuimos interrumpidos por la presencia del centurión Araneo que tras cuadrarse con la contundencia habitual manifestó:

    —Un tal Quinto Tóculo se ha presentado en la villa en compañía del pretor. Reclaman a la esclava Baiasca —Alcímenes exhibió un gesto triunfal.
    —Diles que se incorporen a nuestro pequeño ágape —indicó. Araneo miró hacia César, no muy conforme con la imperiosidad de mi tío, y se resignó a obedecer.

    El usurero se aproximó con paso decidido, seguido por un caballero entogado. Al divisar a Baiasca exhibió su característica sonrisa lobuna, que enfrió considerablemente al posar la mirada en mí. Cuando llegó a Alcímenes se detuvo en seco, acometido por un temblor de rodillas muy disculpable. No todos los días se encuentra uno con el fantasma de su deudor, regresado del Hades para saldar sus cuentas.

    —Esta esclava fue enajenada por error —alegó el pretor, sin percatarse del repentino pavor de su acompañante—. Quinto Tóculo era su depositario en prenda, sin facultades para venderla. Debe ser inmediatamente restituida —mi tío se incorporó y extendió hacia el trémulo usurero un índice acusador.
    —Arresta a ese sujeto —ordenó.
    —¿Por qué? — se pasmó el pretor.
    —No lo sé —medió César—. Pero si este hombre lo dice, será *mejor que lo hagas inmediatamente.
    —Necesito una acusación y pruebas concretas.
    —Manda traer a Proelia, la bruja de Ishtar —solicitó Alcímenes—. Y aquí —añadió, sacando de su faltriquera cinco hojas de parra, cuidadosamente dobladas— está la copia de una tablilla cuya lectura te apasionará.

    La sesión judicial resultó mucho más breve de lo previsto. Antes de que Proelia, liberada de sus ataduras, llegase a abrir la boca ya el usurero había iniciado entre sollozos y gemidos la confesión completa de su fraude. Tras una amplia conversación con mi tío el pretor ordenó a su escolta que dispusiese a Tóculo, al sirio y a su ramillete de mujeres—serpiente para su traslado a la cárcel Mamertina, requiriendo a la vez la detención inmediata de Timoleón, Livisa y Laurencio. La mención del padre de Marcia me produjo cierta desazón interna y el pensamiento de que nada podía hacer ya en su ayuda no contribuyó precisamente a calmarla.

    Caminé al lado de Alcímenes hacia el cuerpo de guardia. Baiasca nos seguía, una vez anulada por el pretor su constitución en prenda. Los ojos le brillaban más que nunca, en indicación flagrante de que ya acariciaba su inminente retorno a la tierra de los cémpsicos. Me volví hacia Alcímenes con la inevitable pregunta:

    —¿De dónde has sacado esas hojas? Yo mismo vi cómo las devoraba un caballo —mi pariente volvió a sonreír.
    —Es prodigioso que las haya regurgitado tan limpiamente —comentó—. Aunque si te fijas bien observarás que los jugos gástricos del animal han dilatado la amplitud de sus trazos, demasiado anchos para haber sido marcados por la fina uña de Baiasca —miré de reojo las fuertes manos de mi tío.
    —¿También tú copiaste la tablilla? — me admiré.
    —Solamente obtuve un duplicado de la copia de Baiasca, cuando la visité en la factoría por la mañana antes de que la encadenaran. En realidad sólo me dio tiempo a terminar la primera hoja. Después la jefa de esclavas la reclamó y tuve que interrumpir la tarea.
    —¿Y las demás?
    —Las he rellenado yo, un tanto caprichosamente. Sabía que Tóculo se derrumbaría ante su simple visión, sin necesitar de su lectura.
    —Hay un dato inconexo —acusé—. Cuando Tóculo vendió a Baiasca ignoraba que ésta había copiado su tablilla en unas hojas de parra. ¿Por qué le iban a impresionar unos pámpanos?
    —Porque esta mañana le he enviado a un mensajero, de parte del sirio, para restituirle la primera hoja, o más bien un nuevo duplicado que he obtenido. En teoría se le había caído a Baiasca al abandonar la factoría y el sirio temía que se tratase de algún importante apunte de las cuentas de la vendimia. Mi agente dejó caer que antes de embarcar visitarían la villa Juliana.
    —Y entonces Tóculo se ha apresurado a buscar al pretor para deshacer la venta, recuperar los pámpanos y matar a Baiasca antes de que pudiese delatarle —completé—. Gracias a lo cual has podido darte el gusto de asistir a su detención en primera fila.
    —Me encanta facilitar la labor de la justicia —se justificó mi tío—. Bien, allí tenemos nuestra biga.
    —Pertenece al ejército —opuse—. Había llegado a coger cariño a esos caballos, pero solamente me la prestaron mientras durase mi investigación y Araneo impedirá que me la lleve —mi tío se encogió de hombros.
    —Deja a Araneo de mi cuenta —fue toda su respuesta.

    Y en efecto, poco después nuestro tiro de caballos, definitivamente licenciados del servicio, hacía la primera detención de su carrera civil frente a la puerta del consultorio. Alcímenes examinó el rótulo anunciador.

    —Cuando regresemos al palacio tendremos que encargar una placa más grande —señaló—. Alcímenes y Diomedes, exquirientes asociados —creí urgente deshacer todo posible malentendido.
    —Nada hay tan alejado de mis planes como permanecer en esta ciudad de locos —afirmé. Mi consanguíneo me miró con incredulidad.
    —Pero tú tienes unas dotes extraordinarias para el oficio de exquiriente —aseguró—. Facilidad de comprensión, sangre fría e improvisación. Tal vez te falte un poco de intuición… —Alcímenes meditó unos instantes y rectificó—: Te falta bastante intuición, pero en tanto la adquieres puedes contar con el apoyo de mi experiencia —moví la cabeza con decisión.
    —Mi mayor anhelo —expuse— es tomar el primer barco hacia Atenas y cultivar pacíficamente mis olivares, sin relacionarme con más criminales ni ladrones que los recaudadores de impuestos romanos. Y no veo quién puede evitarme cumplirlo.
    —¡Qué lastima! — deploró mi tío—. Proyectaba pasar una temporada en Capri, recuperándome de las fatigas de la mendicidad, y había pensado dejarte al frente del negocio durante mi ausencia.
    —En Grecia tienes otros muchos sobrinos esperando tu llamada —rehusé—. Yo ya he contribuido suficientemente a las cargas familiares.
    —Como quieras —se resignó mi tío—. Aunque creo que, antes de volar hacia tus añoradas aceitunas, deberás atender a aquella dama. Juraría que viene en tu busca.

    En efecto, una mujer avanzaba desde la esquina del templo de Pomona, apoyándose penosamente en un bastón. La capucha de su manto largo y el embozo que la ocultaba descubrían apenas una porción de sus mejillas, pero fue suficiente para que Baiasca y yo diésemos un paso atrás, horrorizados ante sus úlceras y sus ronchas escarlatas. La desconocida fijó su vista en la cémpsica y preguntó con voz trémula:

    —¿Es alguno de vosotros Diomedes el ateniense? Vengo de muy lejos para exponerle mi terrible problema.
    —Será mejor que os dejemos solos —opinó mi tío—. Creo que el caso que quiere plantearte Marcia es estrictamente personal —mi ex—ayudante se volvió hacia él con estupor.
    —¿Cómo has podido descubrirme? — se asombró.
    —Primero, es natural que antes de partir con tu padre hacia el extranjero quisieras pasar a despedirte de Diomedes. Segundo, nadie más en el mundo se habría sorprendido de ver a Baiasca en esta plaza, en lugar de ensayando pasos de baile con el sirio. Tercero, he visto leprosos de muchas clases, pero ninguno con la manicura recién hecha —Baiasca cruzó su mirada con la romana, sin reducir el diámetro de su sonrisa, y se adentró con mi tío en las profundidades de la casa. Marcia me siguió hasta el consultorio, se instaló en la silla de los clientes y retiró sus velos y capuchas.
    —¿Quién es ese tipo? — se interesó, visiblemente impresionada.
    —Mi tío Alcímenes —respondí.
    —¿No me dijiste que había muerto?
    —Caronte no lo admitió en su barca, lo que, bien mirado, me parece bastante disculpable.
    —De modo —empezó Marcia, probando que no eran los problemas de mi tío los que le interesaban— que el semidiós griego consiguió rescatar a su heroína.
    —Los dos embarcamos mañana —anuncié. Ella sonrió muy forzadamente.
    —Me encantan las fábulas con final feliz —mintió.
    —Yo con rumbo a Oriente, de regreso a Atenas —precisé—. Baiasca hacia la tierra de los cémpsicos, que el dios Hermes sabrá dónde queda —esta versión resultó mucho más tranquilizadora para Marcia.
    —El exceso de población fue un problema en Roma hasta que Diomedes el ateniense empezó a trabajar en ella —comentó—. También mi padre y yo salimos esta noche hacia el extranjero, como tan astutamente sugirió tu tío, disfrazados y con toda su compañía. Como dijo la bruja de Ishtar, mi nombre no será mi nombre y mi tierra no será mi tierra.
    —¿Por qué huís?
    —No te hagas el inocente. Narré a mi padre los detalles de nuestra visita a la abuela y le pregunté qué era Noviodunum y por qué al oírla mencionar habías quedado paralizado, como quien ve un fantasma. Entonces me explicó algunas cosas sobre historia militar, los deberes con la sangre y la conveniencia de alejarnos por una temporada de los aires pestilentes del Tíber.
    —¿Ha alertado a Livisa? — haciendo abstracción del alivio que me producía ver a salvo al padre de mi ex—ayudante, resultaba algo descorazonador para un exquiriente que ni un solo culpable desenmascarado cayese en las mallas pretorianas.
    —Se está aprendiendo a toda prisa los papeles femeninos del repertorio. Vamos a la tierra de los britanos —amplió con alborozo— y allí ninguna ley absurda prohíbe representar a las mujeres. No serán un público muy refinado, pero mi padre opina que en aquel país el teatro tiene un gran porvenir. En realidad —añadió, cambiando el tono— he venido a despedirme. Creo que esta mañana he sido injusta contigo.
    —Es un reconocimiento muy estimable.
    —Al fin y al cabo tú me has ayudado mucho en el aprendizaje de esta profesión y te debo estar agradecida. Cuando ejerza de exquiriente en Britania me bastará pensar cómo habrías actuado tú ante cada caso y hacer después todo lo contrario.
    —Estoy seguro de que serás una exquiriente fantástica —le animé—. Y la mejor actriz de las islas Británicas.
    —Yo también. Cuando mi padre obtenga el indulto volveremos a hacer giras por Oriente. Actuaremos en Atenas y tendrás que hacer cola varios días si quieres conseguir un sitio para verme.
    —Merecerá la pena el esfuerzo.
    —Mi padre no es un criminal. Elio Manlio era un infame traidor y tengo la certeza de que la diosa Némesis aprobó la venganza ejecutada en su nombre.
    —¿Cómo sabes que no voy a denunciaros? Sería mi obligación de exquiriente —Marcia rió con ganas.
    —¿Tú? — fue toda la respuesta—. Bien, la compañía me está esperando y los pretorianos nos buscan por toda la ciudad. No puedo retrasarme ni un momento más —me incorporé al mismo tiempo que la romana y deseé:
    —Buena suerte.
    —¿Buena suerte? — se indignó—. ¿No se te ocurre otra cosa? — la pregunta me desconcertó.
    —¿Qué más se me tenía que ocurrir?
    —Creía que los griegos erais hombres imaginativos, desbordantes de fantasía, y el primero que encuentro resulta apenas más animado que las estatuas de mi abuela. ¿No podías decirme que estabas dispuesto a venir a Britania con nosotros, arrostrando los peligros y las incomodidades del viaje?
    —¿Para qué iba a hacer tal cosa? A mí no me persiguen los pretorianos.
    —Por ejemplo, porque sabes que tú y yo aún tenemos muchas cosas que hacer juntos y que es una ofensa a los dioses el separarnos tan pronto.
    —En realidad —admití— no me lo había planteado.
    —Ya lo sé, estúpido. Pero no te costaba nada decirlo y habrías convertido esta despedida en algo emocionante e inolvidable. Por supuesto —me tranquilizó— yo me hubiera negado. No puedo exigirte que renuncies a tu país y sacrifiques tu porvenir por una fugitiva sin patria y sin nombre.
    —¿Qué tal si lo vuelvo a intentar? — ofrecí.
    —Te doy otra oportunidad. Pero tendrás que innovar.
    —Tu padre y tú podéis venir a Grecia conmigo. Por el camino os haré pasar por unos esclavos que he comprado en Roma y una vez en Atenas os será fácil adoptar una nueva personalidad entre tantos actores —mi ex—ayudante movió negativamente la cabeza.
    —Suena a algo así como la oferta de un naviero para cargar una partida de ánforas —censuró—. ¿Y la finalidad, que es lo importante?
    —Quiero que vengas conmigo porque eres una gran muchacha, he llegado a apreciarte muchísimo y estoy seguro de que cuando madures un poco esa cabeza loca serás un partido sensacional —improvisé—. Marcia enrojeció de satisfacción.
    —Eso está mucho mejor —reconoció—. En realidad es el mismo plan que propuse a mi padre, pero éste lo rechazó. Dice que Atenas está demasiado cerca de Roma y que sus autoridades dan muchas facilidades en materia de extradición. Pero al menos ha sido una despedida digna. Y ahora no te muevas.
    —¿Para qué? — me sorprendí. En un impulso relampagueante Marcia me echó los brazos al cuello y me estampó un beso en los labios, con tal ímpetu que la pintura de sus falsas llagas quedó esparcida por mis mejillas.
    —Es más de lo que mereces —terminó—. Pero la generosidad es el privilegio de las grandes almas —y antes de que pudiera responderle se alejó a la carrera hacia el templo de Pomona.

    Permanecí junto a la puerta, en posición meditativa. Una mujer que salía del palacete de Tóculo —de mi tío en breve plazo— me reconoció y acudió gorjeando, rompiendo mi ensimismamiento. Identifiqué con disgusto a la jefa de esclavas del usurero.

    —¿Has visto a mi amo? — se interesó—. Se fue a primera hora en busca de tu prometida y no ha regresado todavía. Su amigo el dueño del anfiteatro le espera en la factoría.
    —Tardará doce o quince años en regresar —respondí— y eso si no hunden antes su galera. Pero puedes decirle a su visitante que no se impaciente. Tendrán tiempo sobrado de charlar mientras reman juntos.
    —No es posible —negó la crisódula—. Le horrorizan los viajes por mar.
    —Que se lo cuente al que maneje el látigo. ¡Un momento! — salté, posando la vista en el llamativo calzado de mi interlocutora—. Esos coturnos me pertenecen. Tú se los robaste a Baiasca —la mujer pareció amedrentada por mi reacción.
    —Tóculo me los regaló —se justificó—. Siempre ha dicho que es un derroche gastar suelas en esclavas.
    —Baiasca va a dejar de ser esclava —repliqué—. Antes de que se ponga el sol —y por algún misterioso mecanismo psicológico, que renuncio a explorar, hablaba en tono orgulloso.

    Regresé a la casa y me encaminé hacia el patio. La cémpsica "estaba sola junto al aljibe, terminando sus preparativos para la ceremonia de la manumisión. Había ahuecado su melena, subrayado los párpados con un toque de sombra y un leve revestimiento carmesí le cubría los labios, produciendo en conjunto el efecto óptico de que había crecido varios años de golpe.

    El azul claro de su túnica contrastaba con el marino de la capa que protegía sus hombros. La contemplé con sorpresa.

    —¿De dónde has sacado todo eso? — indagué. Ella sonrió.
    —Lo guardaba en el subterráneo para las grandes ocasiones.
    —El conjunto está incompleto —observé—. Una mujer libre no debe andar descalza por la calle.
    —En el depósito de esclavos me quitaron los zapatos que tenía preparados.
    —Tal vez yo pueda remediar ese problema —repliqué, exhibiendo los coturnos rojos. Ella los recibió con toda naturalidad, como si no esperase otra cosa, y se sentó en el banquito para ponérselos. Sólo cuando hubo anudado los lazos dijo:
    —Gracias.
    —¿Así, simplemente? — la cémpsica hizo un gesto de extrañeza, produciéndome el efecto de que mi reciente conversación con Marcia empezaba a repetirse con los sujetos cambiados. Decidí afrontar el problema directamente—. Quiero decir que es obvio que no tienes ninguna explicación que darme.
    —¿Yo? — se sorprendió con aparente sinceridad Baiasca.
    —Me engañaste sobre la muerte de mi tío, dejaste que arriesgara la piel en defensa de sus intereses y colaboraste a que me guiase como a un niño. ¿De verdad no encuentras ningún motivo para disculparte? — la cémpsica me miró fijamente a los ojos antes de contestar.
    —¿Realmente habrías preferido saber la verdad? — planteó.
    —A nadie le gusta representar al bobo de la farsa.
    —Tú no has hecho de bobo. Te has enfrentado en solitario con varios enigmas difíciles, has desenmascarado a los criminales y has podido comprobar que sirves para exquiriente.
    —Para cultivar olivos en el Ática resulta una habilidad bastante superflua.
    —Alcímenes duda que te vayas.
    —También mi tío puede pasarse de listo.
    —Y además —agregó Baiasca— te has divertido. También eso es importante —analizando la cuestión fría y desapasionadamente debía reconocer que en este punto acertaba de pleno. Advertí que mi resentimiento empezaba a amainar.
    —En definitiva —concluí— piensas que tu comportamiento ha sido irreprochable.
    —Quería ser libre —recordó Baiasca. Recorrí con la vista, de pies a cabeza, la nueva imagen de la cémpsica y, mal de mi grado, le concedí algunas centésimas de justificación. En cuanto al resto, ¿qué más daba? Nuestras vidas se habían cruzado durante poco más de una semana y, por graves que fueran los cargos acumulados contra ella, no iba a ser a mí a quien correspondiera cambiarla.
    —En cierto modo tienes razón —concedí—. Tú no has nacido para esclava.
    —Espero no volver nunca a serlo.
    —No sé nada sobre el país de los cémpsicos, ni creo que nadie en el mundo pueda localizarlo siquiera. Pero pienso que, tarde o temprano, acabará por resultarte pequeño —Baiasca sonrió y guardó silencio—. Estás decidida a marcharte.
    —Es mi tierra —respondió.
    —Supongo que esta vez la despedida sí es definitiva. Quiero decir que no es probable que volvamos a vernos —ella volvió a sonreír.
    —También en el país de los cémpsicos hay enigmas y crímenes difíciles, que necesitan de un exquiriente con recursos para resolverlos. Y, según dijiste, el mar no ha sido nunca obstáculo para un buen griego —levanté la vista con sorpresa.
    —¿Tú crees?
    —Más adelante, ¿por qué no? — susurró.
    —¿En qué idioma habláis?
    —Los romanos quieren imponer el latín, pero no les hacemos mucho caso. En realidad —continuó con los ojos brillantes— hace tiempo que sueño en volver a escuchar el cémpsico.
    —Me gustaría oírtelo —ella enhebró una corta y musical frase— ¿Qué has dicho? — Baiasca bajó la vista al suelo antes de contestar:
    —No me gusta ser esclava, pero no me ha importado serlo tuya.

    Desde la puerta del patio llegó la voz de Alcímenes:

    —Es hora de irnos —recordó—. El pretor nos está esperando —sostenía en la mano la vasija de vidrio verdoso—. Mis cenizas, si no me equivoco.
    —Pensaba llevármelas para que descansaran a la sombra de un olivo griego —recordé.
    —Tu buen corazón te hace desear para los demás lo que anhelas para ti mismo. Sólo que en tu caso sin incineración previa. En cuanto al legítimo propietario de este polvillo, creo que se hubiera conformado con una hiedra romana. Si no te importa encargarte…
    —Claro que no —afirmé, mientras acompañaba a Baiasca y a mi tío hasta la puerta. Coincidimos en ella con una joven rubia y espigada, que acababa de descender de una litera.
    —¿Vive aquí el exquiriente griego? — preguntó.
    —No puede recibirte ahora —le informé—. Se disponía a salir para una ceremonia inaplazable.
    —Pasa al consultorio —ofreció Alcímenes, ignorando mi intervención—. Mi sobrino te atenderá muy gustosamente. ¿Es ésa la hospitalidad griega que te enseñaron tus padres? — me reprochó, tras instalar a la dama frente a la mesa—. Sólo debes escuchar su problema. Yo me encargaré de la investigación cuando estés rumbo a Atenas.
    —Sería una falta de educación desatenderla —admití—. Pero no pienses que…
    —Si no te importa usaremos tu biga —me interrumpió mi tío, alejándose con Baiasca hacia las cuadras de Antonio—. Procuraré no fatigar a los caballos, en previsión del largo camino que les espera.

    La patricia estaba jugueteando con un pañuelo de encaje. Cuando me senté ante ella clavó en mí unos ojos tan azules que empecé a sentirme incómodo.

    —Mi hermana ha desaparecido —dijo al fin. Sendas lagrimitas empezaban a remansarse sobre sus párpados, estimulando peligrosamente mi complejo de Perseo.
    —Mi tío la encontrará rápidamente —le consolé. La joven pareció decepcionada.
    —¿No la buscarás tú? — se angustió.
    —Salgo de viaje a primera hora de mañana —mi interlocutora estrujó el pañuelo y rompió en sollozos.
    —Es mi única hermana —expuso. Le di una palmadita en el dorso de la mano.
    —Vamos, vamos —la tranquilicé— ¿Dónde desapareció?
    —En un mosaico —creí haber entendido mal.
    —¿En dónde?
    —Estaba componiendo un mosaico, para una fuente que mi padre ha mandado construir en el jardín. Representaba a un centauro que se aproxima al galope, sobre un fondo campestre. Esta mañana estábamos las dos en nuestra habitación, yo bordando y ella colocando las últimas piedrecitas. De pronto levanté la vista y ya no estaba -sonreí condescendientemente.
    —Me parece algo prematuro concluir que se perdió en el mosaico. Lo más probable es que saliera de la habitación sin que la vieses.
    —Habría debido atravesar la pieza contigua, que ocupaban mi madre y cinco esclavas. Y nadie la vio pasar. Pero hay algo más -unas ondas azules parecían fluir de los iris de la patricia mientras ésta, con un hilo de voz, añadía-: Algo terrible.
    —¿El qué?
    —El centauro se había dado la vuelta en el mosaico. Cuando miré estaba en posición de alejarse monte abajo, con una joven sobre su grupa; y ésta vestía una túnica amarilla, igual que la de mi hermana.

    Inspiré profundamente, conmovido por las revelaciones de la romana. Algo murmuraba en mi interior, recordando que Atenas llevaba más de mil años en el mismo emplazamiento y que, a buen seguro, aguardaría sin mudarlo una semana más. Un centauro raptor, materializado desde las piedras de un mosaico, no se presentaba en verdad todos los días.

    —Pero no puede ser —me contuve—. Prometí que me marcharía.
    —No sé de qué me hablas —se extrañó la joven—. Pero por favor, ayúdame. Tú eres mi última esperanza —los cantos de las sirenas, en los riscos de su roca traicionera, debían de ser un vulgar maullido ante aquellas radiaciones azuladas.

    Me encogí de hombros, resignado ante la inexorabilidad del destino, alargué la mano y empuñé el punzón y la tablilla.

    —Empecemos por el principio —ofrecí—. ¿A quién y por qué puede beneficiar la desaparición de tu hermana?.


    Fin