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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA ESCLAVA DE AZUL (Joaquín Borrell)

    Publicado el viernes, octubre 20, 2017

    Primer día


    Según mi amigo Meríones, filósofo del Liceo, los romanos se clasificaban en litocéfalos, hematófagos y crisódulos. Las categorías no eran excluyentes, es decir, cada individuo podía pertenecer simultáneamente a dos de ellas. Los que reunían en su persona las tres características, cabezas de piedra, comedores de sangre y siervos del oro, eran los romanos químicamente puros, llamados al «cursus honorum». En realidad Meríones era un filósofo de muy mediano éxito, que se apodaba del Liceo porque tenía una casita de campo en sus proximidades, y había sospechas más que fundadas de que jamás había visitado Roma, pero en el momento de pisar por primera vez el solar de la Urbe dediqué un recuerdo a su clasificación.

    Adopté el debido rictus desdeñoso y oteé los alrededores. El suelo estaba sucio y encharcado y un leve tufillo putrefacto planeaba en brazos de la brisa. Hasta donde alcanzaba la vista se extendía un paisaje a la vez pretencioso y desangelado, en el que alternaban ruines chabolas con parodias del Erecteión. Cierto que me hallaba en uno de los más apartados arrabales de la ciudad, que jamás había examinado con atención el suelo de Atenas, salvo tras aplastar uno de sus ornamentos, y que pocas veces el aroma local resulta perceptible para los nativos, pero todo ateniense llega a Roma con una sólida concepción de lo que hallará y de cómo debe enjuiciarlo y, hasta el momento, los resultados y las previsiones coincidían matemáticamente.

    Varios romanos, vestidos con toda la zafiedad con que los hubiera caricaturizado un comediógrafo griego, pululaban o faenaban por las cercanías. Bajo un porche un hombre calvo, con las facciones talladas a golpe de pico —un espléndido ejemplar de litocéfalo— troceaba lonchas de pescado. Me aproximé, destilé mi mejor acento latino y pregunté:

    —Por favor, ¿la casa de Alcímenes el tebano?
    —¿Es un griego como tú? — se interesó el litocéfalo, sin levantar la vista del pescado.
    —Es mi tío.
    —En Roma hay varios miles de griegos, la mayoría, a buen seguro, tíos tuyos. Todos los griegos acaban siendo tíos y sobrinos. ¡Y yo qué sé dónde está su casa!
    —Vive en el Janículo.
    —Eso ya es una referencia. Sigue esa dirección, no tiene pérdida. Acabarás topando con un río al que puedes llamar Tíber. Al otro lado está el Janículo.

    Pese a su optimista predicción, volví a preguntar por el Janículo en cuestión una buena docena de veces, mientras discurría por callejas malolientes, sorteando vendedores crisódulos, rufianes hematófagos y matronas almizcladas. De cuando en cuando, en los cambios de rasante, el paisaje urbano adquiría cierta perspectiva, habitualmente truncada por la deprimente silueta de un templo, un palacio u otra degenerada muestra de la arquitectura suntuaria romana. Cuando al fin, una hora después, se presentó ante mis ojos el asombroso vertedero líquido llamado Tíber estaba ya muy cerca de arrepentirme de mi decisión, repudiar la herencia del tío Alcímenes y regresar corriendo a los limpios aires del Ática. Atenas era una ciudad espaciosa y razonablemente despoblada, tras la concienzuda matanza efectuada cincuenta años atrás por las tropas de Sila, un auténtico paraíso en comparación con aquel hormiguero humano.

    Mientras atravesaba en barca las insalubres aguas me consolé pensando que bastaría un poco de paciencia. La justa para hacer inventario del caudal relicto, liquidarlo a precios ventajosos y volver a la Hélade con el rico botín, que el precario estado de mis finanzas hacía especialmente apetitoso. Es sabido que la perspectiva de una buena herencia estimula la prodigalidad humana y entre el largo viaje y los alegres dispendios que lo habían amenizado las monedas sobrevivientes se deslizaban en aquellos momentos por mi bolsa con la misma holgura de movimientos que acababa de envidiar en mis compatriotas.

    Aquello era el Janículo, según me informó el barquero, y allí aguardaba el tesoro. Sólo había visto una vez en mi vida al tío Alcímenes, a mis doce años, en su triunfal periplo por la Hélade al frente de un ejército de coperos, cocineros y esclavas de cintura cimbreante. Desde aquel momento el tío rico en Roma" pasó a ser un blasón familiar, envidiado por todo el vecindario del Limnai. No volví a saber de él hasta la reciente fecha en que el capitán de una nave corintia atracada en el Pireo me había traído la noticia de que Alcímenes había muerto y yo, en principio un sobrino más entre tantos, era su heredero universal.

    —¿La casa de Alcímenes el tebano? — pregunté al barquero, mientras éste, un evidente crisódulo en potencia, contaba minuciosamente las monedas del porte.
    —Tras el templo de Pomona, que es ése que tienes enfrente —respondió—. Una mansión con una escalinata alta y un peristilo a la entrada.

    Me apresuré a contornear el templo y accedí a la plazuela situada a sus espaldas. Mi nueva propiedad alzaba majestuosamente su frontis griego, como una nota de grandeza ática entre las ruines deformaciones vecinas. Pensé que, pese a mi escaso trato con el tío Alcímenes, iba a sentir cierta pena al vender tan hermosa mansión. Lástima que no fuera transportable a Atenas.

    Un esclavo ceñudo y malencarado transitaba bajo la columnata. Al verme ascender por la escalinata esbozó un gesto feroz, como si mi intrusión despertara sus peores instintos de hematófago. Resolví que la liquidación de la herencia empezaría por él, seguramente malvendiéndolo por un precio de irrisión.

    Por lo demás, la escena que iba a desarrollarse resultaba fácilmente previsible. El hombre trataría de impedirme el paso, pasmándose de mi insolencia. Yo alegaría ser el heredero de la casa, él se asombraría, acudiría el administrador de mi tío y aclarada la situación se iniciaría la rueda de bienvenidas y reverencias. Por el momento el portero inició su actuación conforme a mis estimaciones:

    —¿Dónde vas tú? — rugió. Decidí mostrarme benévolo con aquel homínido.
    —¿Cómo te llamas? — pregunté sonriente.
    —¿Y a ti qué te importa?
    —Debo conocer el nombre de mis propiedades. Soy Diomedes de Atenas, tu nuevo dueño.
    —Márchate de aquí antes de que te rompa la cabeza, sucio griego —le miré con incredulidad.
    —¿Has dicho sucio griego? — me aseguré.
    —Eso mismo, piojoso. Lárgate de una vez o mandaré soltar los perros —mi sonrisa adquirió un matiz siniestro.
    —Creo que tus modales van a requerir un minucioso debate. Por el momento llama al jefe de esclavos y dile que el heredero de Alcímenes quiere hablarle.
    —Yo soy el jefe de esclavos. Y me preocupa muy poco de quién seas heredero —su aplomo empezaba a desconcertarme.
    —¿No es ésta la casa de Alcímenes el tebano?
    —Ésta es la casa de Quinto Tóculo. Alcímenes vivía ahí enfrente —y extendió su índice hacia una diminuta edificación de una sola planta, aplastada entre dos moles en una esquina del ágora—. Y ahora desaparece y no vuelvas a subir estas escaleras sin haber sido invitado, lo que dudo suceda algún día.

    Crucé la plaza, sumido en una creciente perplejidad, y golpeé sin resultado en la humilde puerta de la casita indicada. La entrada estaba sucia, con trazas de no haber sido utilizada en bastante tiempo. En una polvorienta placa de madera incrustada en la pared se leía: «Alcímenes el tebano, exquiriente». Esta última palabra me resultó tan incomprensible como aquella inesperada situación.

    Un tronar de cascos a mi espalda me hizo saltar hacia la puerta, hasta incrustarme en ella. Mi reacción me evitó, por muy poco, ser despedazado por las ruedas de una biga, cuyo conductor tiró de las riendas para detenerla en una espectacular maniobra frente al portal de la casa de al lado. Me volví hacia el auriga dispuesto a expresar mis opiniones con cierta vehemencia, pero ya el hombre, tras musitar una leve disculpa, confiaba el vehículo a un sirviente y se dirigía a la mansión. Tenía unos treinta años y ofrecía el plácido aspecto que caracteriza al romano que vuelve de las termas. Opté por aplazar la discusión y preguntarle si conocía a Alcímenes el tebano.

    —Mucho —respondió—. Pero murió hace tres meses.
    —Ya lo sé. Soy su sobrino Diomedes, de Atenas.
    —¡El heredero! — se congratuló, mientras golpeaba mi espalda con rudeza. Inicié un gesto defensivo, reafirmado en mi creencia de haber topado con uno de los peores hematófagos de la Urbe—. ¡Bienvenido a Roma! — declamó, con un vozarrón audible al otro lado del Tíber—. Soy Publio Rúbeo Antonio Estrépens, Antonio para los amigos. Sí, de la gens Antonia, aunque en realidad de una rama bastante secundaria. ¿Qué tal el viaje?
    —Muy bien, pero… —empecé, agotando con ello la breve pausa concedida por el romano.
    —Yo fui quien te envió el aviso a Atenas, conforme me encargó el pobre Alcímenes en su testamento. Supongo que querrás ver tu nueva propiedad. Trae la llave —ordenó al criado—. Quizá no sea un palacio, pero está en un buen barrio y el vecindario es muy agradable. Bueno, con alguna excepción, que ya irás conociendo. Te sentirás como en casa.

    El sirviente regresó con la llave y abrió la puerta con un lúgubre chirrido. A través de un estrecho vestíbulo, sin más mobiliario que un banquito de piedra, daba acceso a un pasillo no menos raquítico. Inventarié un camastro y una palangana en el único dormitorio; dos toscas sillas y una mesa claudicante en otra habitación y una última pieza que a primera vista semejaba una pequeña alacena y que tras examinarla con detenimiento resultaba ser la cocina. Su ventana comunicaba con un patio descubierto de unos nueve pasos cuadrados, discutiblemente adornado por una parra famélica y con un aljibe en su centro. Allí, junto a un murete protegido por fragmentos puntiagudos de cerámica, seguramente destinados a impedir la salida de los moradores antes que la entrada de intrusos, terminaban según todas las apariencias mis propiedades urbanas.

    —¿Qué te parece? — se interesó Antonio. Y antes de que pudiera emitir un solo sonido continuó—: No te vayas a formar un mal concepto de la arquitectura romana. En realidad por el precio que pagó tu tío ya es un milagro que se mantenga en pie.
    —Espero que lo siga haciendo durante algunos días —manifesté, reparando en dos vigas que apuntalaban la trasera de la casa.
    —Cuando le echaron de su palacete no pudo encontrar nada mejor. Al menos esta ruina estaba cerca del domicilio anterior y eso resultaba muy importante para… —no escuché sus últimas palabras, anonadado por aquella jugarreta del destino. En una llamarada de optimismo conjeturé que debía de ser objeto de una broma pesada, sin duda muy del gusto de aquellos litocéfalos entre los que había ido a parar.
    —¡Un momento! — atajé a Antonio—. ¿Qué quieres decir con eso?
    —¿Con qué?
    —Con lo de que mi tío fue expulsado de su palacete.
    —Publio Tóculo consiguió que se lo entregaran en pago de sus créditos. Con el resto de las posesiones de Alcímenes, incluida su abundante y selecta servidumbre. Es un usurero repugnante, una auténtica lacra local. Lo peor de todo es que se mudó a la mansión de tu tío y desde entonces infesta el vecindario con su presencia.
    —¿Qué créditos? — pregunté con un hilo de voz. La broma empezaba a parecerme demasiado bien tramada.
    —¿Conocías a fondo a tu tío?
    —Sólo le vi una vez, hace unos quince años.
    —Alcímenes era un gran hombre, inteligente y trabajador como pocos. Pero tenía un pequeño vicio.
    —¿Cuál?
    —Quizá sea muy optimista llamarle pequeño. Si un vicio destaca en Roma puedes estar seguro de que es cualquier cosa menos modesto. En el caso de tu tío puede decirse que era un vicio soberbio. Pero no vayas a pensar nada malo. Era una persona frugal en la comida, jamás se mostró borracho en público ni frecuentó las casas de placer. Incluso, contra lo que se suele contar de los griegos, nunca se le vio en compañía de un efebo. Y ni siquiera pertenecía al partido popular.
    —Otro día discutiremos las necedades que se cuentan sobre los griegos —intervine—. Pero en lugar de enumerar qué vicios no tenía, ¿y si me explicas de una vez por qué se arruinó?
    —Tu tío era jugador.
    —¿Jugador de qué?
    —De cualquier cosa, siempre que mediasen apuestas, y Roma ofrece una amplia variedad en este campo. Su debilidad concreta eran los dados. A veces ganaba, pero otras muchas perdía y una mala racha terminó con su fortuna. Quinto Tóculo le hizo un enorme préstamo, con la garantía de todas sus propiedades, y acabó por hacerse con ellas. ¡Qué mala cosa es el juego! — filosofó Antonio para sus adentros—. Especialmente si pierdes. Menos mal que yo, hasta la fecha, me voy defendiendo —quizá la hematofagia romana sea un producto de su clima, o de los vapores del Tíber. Apenas si llevaba unas horas en la ciudad y ya empezaba a sentir deseos de lanzarme a la garganta de mi interlocutor.
    —¿No podías haber contado esta historia al capitán corintio? — me indigné—. Me habrías ahorrado un largo viaje.
    —Las leyes de la herencia son sagradas en Roma. Los manes de los muertos requieren un heredero que acepte la sucesión.
    —Mi tío era griego. Y nuestros manes saben defenderse solos.
    —No hables así. Debes mantener el fuego familiar y honrar la sepultura de Alcímenes. Si no se convertirá en un lémur maléfico y volverá al vecindario para atormentarnos.
    —¿De verdad?
    —Eso cuentan. Pero en todas las buenas familias, aquí en Roma, el heredero acata el testamento.
    —¿Dónde está ese fuego familiar? En esta chabola hace mucho tiempo que no se enciende ningún fuego.
    —Es un concepto simbólico. En este caso concreto también la sepultura lo es, ya que tu tío fue incinerado, a la usanza romana. ¿Te ocurre algo? Te veo muy pálido.
    —No quisiera parecer un cazafortunas, pero he gastado casi todo lo que tenía y recorrido varios centenares de leguas para recibir este cobertizo tambaleante.
    —Hay algo más en la herencia. Una vasija de vidrio con las cenizas de Alcímenes, que guardé en mi casa para entregártela cuando llegases.
    —Es un gran consuelo.
    —Además está Baiasca.
    —¿Qué es eso?
    —La esclava de tu tío, la única que no pasó a manos de Tóculo. Estaba enferma de fiebres y el usurero temió que contagiase a su servidumbre. Cuando murió Alcímenes la deposité en una casa de esclavos. Si quieres te acompañaré a recogerla. Aún tengo tiempo hasta la hora de cenar. Me gustaría invitarte, pero debo acudir a un banquete de mucho compromiso.
    —¿Está lejos? — pregunté. Mi interés por la sierva quedaba en aquel momento muy diluido tras los trajines de la jornada.
    —Con mi biga será un paseíto. ¿Qué te parece? — planteó Antonio, palpando las ancas de los caballos—. Son auténticos apulianos. Y fíjate en las junturas del carro. Podía enviarlo a competir en el circo. ¿Estás preparado? — y antes de que abriese la boca hizo restallar su látigo y las bestias iniciaron una briosa arrancada, que a punto estuvo de hacerme volar fuera del vehículo—. Roma está imposible de gente —comentó el conductor, mientras los transeúntes, aterrorizados, se refugiaban en los portales o cerraban los ojos ante nuestro paso—. Algún día te daré una vuelta por el campo para que veas de lo que son capaces mis apulianos.

    El instinto de supervivencia me hizo abandonar mis negras cavilaciones y concentrar todas las fuerzas en mantener el equilibrio sobre la inestable superficie del carro. Entretanto la resonante voz de Antonio me iba ilustrando sobre la vida, costumbres, pecadillos confesados y vicios inconfesables de cada morador del barrio frente a cuya casa transitábamos, al tiempo que éstos trataban desesperadamente de sustraerse al filo de las ruedas. Al fin los caballos frenaron entre una nube de polvo junto a la casa de esclavos, un sólido edificio con apariencia de almacén de grano. Antonio saltó del vehículo, reclamó la presencia del encargado y explicó el objeto de nuestra visita.

    —Baiasca, Baiasca… —murmuró el operario, rebuscando entre sus tablillas—. Aquí la tenemos. Al fondo del patio.
    —¿Se recuperó de las fiebres? — preguntó mi amigo.
    —Completamente. Ha pasado los dos últimos meses al aire libre, de forma que la hallaréis con un color excelente. Seguidme —accedimos al patio del caserón. A lo largo de sus cuatro paredes se alineaba una exposición de hombres y mujeres de todas las edades, pelajes y tamaños, con el tobillo sujeto al muro por medio de una cadena—. Aquélla es —informó el encargado, con un vago ademán hacia su frente.

    Dibujé una expresión de alarma. Una negra inmensa, de más de doscientas libras, repantigaba sus carnes fofas en el suelo. Al sonreímos descubrió unos dientes grandes como baldosas.

    —Realmente tiene muy buen color —susurré a Antonio. Éste rió estrepitosamente.
    —Esa no es Baiasca. Tu tío seleccionaba muy cuidadosamente a sus esclavas. Es la de azul, al lado de ese elefante.

    Volví la vista hacia el punto indicado y me serené. Se trataba de una veinteañera, con una corta melena oscura, levemente rizada. Estaba sentada sobre las losas con las piernas cruzadas, si bien se incorporó rápidamente al vernos llegar. Iba descalza y vestía una túnica de vivo color azul, apenas un pedazo de tela cortado y anudado a la cintura con un cordel. Conjeturé que en el inventario de la herencia iba a ocupar mejor posición que la ruinosa chabola del Janículo.

    —¡Maximino! — gritó el encargado—. Desencadena a la número setenta —el subalterno acudió, se inclinó sobre el grillete de Baiasca y lo abrió con un alegre chasquido.
    —Es Diomedes, tu nuevo amo —presentó Antonio—. El heredero de Alcímenes —la esclava sonrió mientras me recorría visualmente de arriba abajo.
    —Recoge tus cosas —le dije—. Nos vamos.
    —Lo llevo todo puesto —respondió. El acento no me resultó conocido.
    —¡Un momento! — medió el encargado—. Primero hay que liquidar las cuentas.
    —¿Qué cuentas?
    —Noventa y seis días de alojamiento a dos denarios cada uno, ciento noventa y dos denarios.
    —¡Esto es un abuso! — protestó Antonio, encarándose con el infame crisódulo—. Soy abogado y no voy a consentir que estafes a mi amigo. Por ese precio habríamos podido tenerla en una villa de Capri. Con veinte denarios vas bien pagado.
    —No discutiré con tan altos personajes —asintió sonriente el encargado—. Ciento ochenta y cinco denarios.
    —Eso ya está mejor —aprobó Antonio. Yo asistía horrorizado a aquel intercambio.
    —No sabía que hubiera que pagar nada —alegué en voz baja.
    —Son las reglas —explicó mi acompañante—. Y ya has visto que he hecho rebajar todo lo posible.
    —Ya pasaré otro día —propuse al encargado sin mucha convicción—. Hoy tengo ciertos problemillas de liquidez.
    —Como gustes. ¡Maximino! Vuelve a encadenarla. — Baiasca retrocedió hacia la pared, con el desencanto pintado en su expresión.
    —De acuerdo. Toma —accedí de mala gana. El crisódulo contó las monedas con júbilo, mientras que yo hacía otro tanto, mental y dolorosamente, con las que quedaban en mi bolsa.
    —Se me ha hecho un poco tarde —informó Antonio—. Si llegas el último a un banquete el único asiento libre suele ser al lado de un filósofo, estoico las más de las veces. Baiasca te enseñará el camino de regreso.

    Salimos a la calle y mientras el carro de Antonio se alejaba hacia el sol poniente, sembrando el pavor entre los viandantes, Baiasca respiró hondo. No hizo ningún comentario, pero parecía contenta.

    —¿Te alegras de abandonar ese antro? — me interesé.
    —No me gusta estar atada —respondió, mientras echaba a andar a mi lado. Lo hizo en silencio durante un buen rato.
    —No eres romana de nacimiento —pronostiqué.
    —Soy cémpsica —fue toda la respuesta. No supe si me había revelado su procedencia o confesado alguna enfermedad exótica.
    —¿Esclava de origen o prisionera de guerra?
    —Me cogieron en mi tierra —contestó, poniéndose seria. Deduje que prefería omitir aquel tema y desvié la conversación.
    —Mañana saldré a dar una vuelta. ¿Necesitas algo?
    —Solamente unos zapatos. No me gusta andar descalza.
    —¿Unas sandalias de esparto? — aventuré, pensando que no podían ser muy caras.
    —Prefiero el calzado cerrado.
    —Intentaré conseguirlo, pero te advierto que mi bolsa anda algo escasa. Tu alojamiento en las últimas semanas me ha salido muy caro —ella volvió a sonreír, pero no contestó—. ¿Tan bien os daban de comer?
    —Apenas un tazón de avena al día.
    —Podías habérmelo dicho antes de que pagara a ese ladrón —la esclava se encogió de hombros.
    —No me lo preguntaste.

    Desandando el camino de ida estábamos llegando al Janículo. Así lo probaban los frecuentes saludos que los vecinos dirigían a Baiasca, que les respondía con un ademán.

    —En cualquier forma —continué, un tanto impaciente ante la escasa locuacidad de la cémpsica— confío en recuperar pronto estas pérdidas. Estoy seguro de que nos habríamos llevado muy bien, pero voy a tener que venderte —una variación en el brillo ocular de Baiasca reveló que no le había complacido la noticia—. No es que no me convenzas, pero he hecho muchos gastos para recibir la herencia de mi tío y necesitaré hasta el último as si quiero sacar algún provecho —ella continuó callada—. ¿Cuánto crees que podría pedir por ti?
    —Muy poca cosa. En Roma sobran esclavas.
    —Oí que por una tocadora de cítara se llegaron a pagar cuatro talentos; y tres por una cocinera lusitana.
    —No sé cocinar.
    —¿Y tocar la cítara?
    —Empecé a aprender, pero no tuve tiempo de pasar de la primera cuerda.
    —Con lo que saque por ti y por la casa, ¿piensas que podré al menos llegar a Atenas? — la cémpsica hizo un cálculo mental.
    —Con un poco de suerte, hasta Paestum.
    —¿Está muy lejos?
    —Más bien no —sentí aumentar mi intranquilidad. Luego supuse que estaba rebajando su valor, para debilitar mi decisión de venderla.
    —¿Qué hacías exactamente en casa de mi tío?
    —Un poco de todo.
    —¿Y cómo se cotizan las esclavas que hacen un poco de todo?
    —Bastante mal —hubo una larga pausa y, por primera vez, Baiasca empezó una frase por propia iniciativa—. Puede decirse que le ayudaba en su consultorio —la afirmación me cogió desprevenido. Jamás había pensado cómo ganó su fortuna el tío Alcímenes.
    —¿Qué consultorio?
    —Trabajaba de exquiriente.
    —Nunca oí hablar de esa profesión.
    —Era el único que la ejercía en Roma.
    —¿Qué hace un exquiriente?
    —Resuelve misterios.
    —No entiendo.
    —A veces pasan cosas extrañas. Alguien roba una joya sin dejar rastro, o se comete un crimen y nadie sabe quién puede ser el asesino. Entonces las víctimas, o sus herederos, acudían a Alcímenes y él aclaraba el enigma.
    —¿Y le pagaban por eso?
    —Espléndidamente.
    —¿Resolvió muchos misterios?
    —Muchísimos. Era famoso en toda la ciudad —medité sobre aquella revelación. Sin duda mi tío había encontrado el medio de sacar provecho de su ingenio helénico en aquel mundo de litocéfalos. Y a buen seguro su bolsa apenas si pesaba más que la mía cuando llegó a Roma. Baiasca agregó, como anticipándose a mis cavilaciones—: Su negocio ha quedado vacante —dudé si insinuaba la absurda posibilidad de continuarlo. Decidí descender a cuestiones más prácticas.
    —¿No se te ocurre ninguna forma de reunir dinero para regresar al Ática?
    —Los que se enrolan en las legiones tienen el viaje pagado hasta su guarnición. Pero no es seguro que te toque Atenas. Y el servicio dura veinte años.

    Medité con desánimo sobre tal posibilidad y otras análogas.

    —Quizá pueda compensar el pasaje ayudando al capitán de la galera. Todos los griegos entendemos algo de náutica.
    —Una vez en alta mar podían decidir que eras más necesario en los remos —las palabras anteriores de Baiasca continuaban deslizándose por mi mente. Al fin y al cabo yo era tan heleno como mi tío; y no era probable que el intelecto de los cabezas de piedra hubiera progresado grandemente en tan poco tiempo.
    —Provisionalmente, hasta que reúna algún dinero, ¿crees que podría ser un exquiriente? — planteé.
    —Estoy segura.
    —Pero yo no soy famoso en Roma. Para ser exactos, en estos momentos sólo me conocéis Publio Antonio y tú.
    —La ciudad es lo bastante grande como para que muchos ignoren que tu tío ha muerto.
    —¿Y qué? Cuando hablasen conmigo comprobarían que nunca he resuelto un enigma. Tras lo cual se abstendrían cuidadosamente de pagarme.
    —¿Y por qué no ibas a resolverlos? — por evidente que fuera la sinrazón, el optimismo de Baiasca resultaba contagioso.
    —¿Ayudabas mucho a mi tío? — pregunté.
    —Solamente un poco. Las ideas eran siempre suyas. Pero aprendí todo lo que pude.
    —¿Me auxiliarías a mí si intentara continuar su negocio?
    —No podría negarme. Eres mi amo —le habían vuelto a brillar los ojos. Por un momento tuve la sensación de que me estaba manejando, pero la ahuyenté. No era más que una esclava y yo no había perdido nunca la iniciativa.
    —Es un disparate, pero si queremos comer en los próximos días no tendré más remedio que intentarlo —manifesté—. Al menos mientras busco compradores para la casa y para ti.
    —Seguro que saldrá bien.
    —Antes dime una cosa. ¿Por qué no quieres que te venda?
    —No me gusta cambiar de amo —fue toda la respuesta de Baiasca.

    Ya había anochecido cuando llegamos al remedo de edificio. Mientras abría su puerta caí en la cuenta de que no había un solo comestible en toda la vivienda. Aunque tras el largo viaje tenía sueño suficiente como para olvidar estos pormenores, la manutención de la esclava era responsabilidad mía.

    —No hay nada para cenar —anuncié.
    —No me importa —contestó—. Como muy poco.
    —Mañana compraré provisiones, si por lo que queda en la bolsa me quieren vender algo. ¿Y tu peculio?
    —No tengo.
    —Creía que en Roma los esclavos podían ahorrar y formar un peculio.
    —Llegué a reunir trescientos denarios. Pero respondían de las deudas de mi amo y los sicarios de Tóculo me los quitaron.
    —Eso es mucho dinero para una esclava.
    —Ahorré todo lo que pude.
    —¿Para qué? — Baiasca meditó unos instantes antes de responder:
    —Quería comprar la libertad para volver a mi tierra.
    —¿Con los cémpsicos? — ella asintió con la cabeza y añadió:
    —No me gusta ser esclava.
    —¿Por qué no te has fugado? Muchos lo hacen.
    —Mi país está muy lejos y a los esclavos fugitivos los crucifican.
    —Y no te gusta que te crucifiquen.
    —Nada.

    Me asomé al dormitorio y miré hacia la única cama de la casa. Pese a lo tentadora que resultaba para quien había caminado tres leguas durante la jornada, me creí obligado a mostrarme caballeroso.

    —Acuéstate aquí —ofrecí resignadamente a Baiasca—. Por esta noche me quedaré en el patio. Ya buscaremos algo mañana.
    —Pero eso no puede ser —me corrigió con suavidad—. Tú eres el amo.
    —¿Estás segura?
    —Llevo mucho tiempo durmiendo en el suelo. Además, así aprovecharé para lavarme. ¿Puedo sacar agua del aljibe?
    —Naturalmente.
    —Intentaré no hacer ruido.
    —No te preocupes por eso. Haría falta una falange macedónica para desvelarme —Baiasca abrió la puerta del patio. Iba a cerrarla cuando pregunté—: ¿De qué murió mi tío? Es curioso, pero hasta ahora no se me había ocurrido plantearlo.
    —Le picó una serpiente.
    —¿Venenosa? ¿Aquí en Roma?
    —En una cena en honor de un príncipe bactriano. Puedo pasar sin los zapatos —ofreció la esclava, en un súbito cambio de tema—. Ya arreglaré algún pedazo de madera.
    —Mañana trataremos ese asunto.

    Me lancé sobre el colchón y cerré los ojos. Contra mis pronósticos el sueño tardó en acudir, desalojado de la mente por una perturbadora sucesión de imágenes: mi tío Alcímenes arruinado, perseguido por víboras malignas; el pérfido Tóculo, acariciando los mármoles del palacio confiscado; la aterradora colección de mendigos, lisiados y tullidos que había jalonado mi travesía de Roma. Pensé cuántos de ellos habrían llegado a la Urbe como yo, tras el tentador rastro de una rica herencia, y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Apelé al sueño con todas mis fuerzas, pero los romanos seguían invadiendo mi pensamiento, con la misma pertinacia con que se extendían por el orbe. Un litocéfalo, un hematófago, un crisódulo. Dos litocéfalos… al quinto hematófago quedé dormido como un niño de seis meses.


    Segundo día


    La naturaleza hizo valer sus derechos con tal contundencia que el amanecer era ya un suceso remoto cuando desperté. Abrí las ventanas, dejando entrar la luz de un día radiante, casi ateniense. Al instante una punzada en el estómago me recordó que no había comido desde el mediodía anterior y que la madre natura no parecía haberse saciado con el largo sueño.

    Baiasca no se hallaba en la casa, lo que me provocó leves sospechas de que, aleccionada por mis palabras de la víspera, había decidido emprender por su cuenta el viaje a la remota tierra de los cémpsicos. Salí a la calle en su busca. La fachada estaba sorprendentemente limpia, incluida la placa de mi tío que resplandecía al sol, como haciendo guiños incitantes a cuantos transeúntes tuvieran algún enigma en sus vidas.

    La esclava estaba unos pasos más allá, sentada en un retallo de la pared. Sostenía un pedazo de madera en una mano y un cuchillo en la otra, con el que, con más voluntad que acierto, trataba de siluetear la suela de un zapato. Un hombretón rojo de pelo y barba, vestido con unos indescriptibles harapos, charlaba animadamente con ella. Me aproximé y le deseé buenos días.

    —Es mi nuevo amo —explicó al mendigo tras responder al saludo—. Llegó ayer.

    El pelirrojo se volvió hacia mí. Llevaba un ojo oculto tras un vendaje de gasa oscura y lucía sobre el otro una fea costra escarlata, muy a tono con sus enmarañados pelajes faciales. Asustaba pensar, si aquél era el ojo exhibible en público, qué escondería bajo la gasa. Alargó su manaza hasta mi frente y la paseó con lentitud en todas las direcciones de mi rostro. No fue una experiencia agradable, pero la soporté estoicamente. Quizá se trataba de una costumbre romana.

    —Tienes cara de griego —dictaminó, retirando su zarpa.
    —Soy Diomedes de Atenas. Y tú eres tracio. Reconocería ese acento entre mil.
    —Soy un mendigo ciego. ¿Qué más da de dónde venga?
    —Disculpa un momento —hice una seña a Baiasca, que se incorporó y me acompañó varios pasos más allá del alcance auditivo del inválido.
    —¿De dónde has sacado eso? — le pregunté.
    —Se llama Odiseo y pide limosna por el barrio. Hace tiempo que somos amigos.
    —No tenemos mucho que ofrecerle.
    —Sólo ha pasado a saludarme. Cuando estaba en el depósito de esclavos venía a visitarme con mucha frecuencia.
    —¿Y los clientes?
    —No todos los días llega alguno. Ni siquiera todas las semanas.
    —Si aparecen enciérralos con llave hasta que regrese. Voy a ver qué tal andan los precios en la cabeza del mundo.

    La prueba resultó aterradora. Tras una animada discusión con el que a primera vista aparentó ser un pacífico zapatero, para desenmascararse después como uno de los más pérfidos crisódulos del Lacio, deambulé durante más de una hora por las diversas expendedurías de alimentos. Después de infinitos cálculos mentales y regateos troqué finalmente las últimas monedas de mi bolsa por una repelente torta de pan negro y un puñado de legumbres. Una dieta muy romana según me informó Publio Antonio, con quien coincidí frente al templo de Pomona.

    —Nuestros antepasados no comían más que esto, con algún higo seco como extraordinario, y dominaron el mundo —explicó mi amigo—. Los actuales, afortunadamente, nos lo hemos encontrado conquistado y podemos dedicarnos a alondras rellenas, sesos especiados y otros curiosos platos que nos fueron servidos en el banquete de anoche.
    —Es un dato histórico que me resultará muy reconfortante mientras mastico estos guisantes duros —asentí.
    —¿Me acompañas al Foro? Hoy me toca litigar.
    —¿Contra quién?
    —El abogado contrario es un tal Luciano. Creo que defiendo a un parricida. Pero si conocieras la vida judicial romana comprenderías que lo de menos es el delito que se juzga. He preparado algunas cosas sobre Luciano y lo que pasó con unas danzarinas libias en la última fiesta que dio que causarán sensación en el tribunal.
    —Será interesante. Pero antes tengo que dejar esto en casa.

    El mendigo Odiseo había desaparecido. Baiasca tomaba el sol junto a la puerta, mientras continuaba trabajando en el madero.

    —Deja eso —le exhorté. Y con un gesto moderadamente teatral coloqué ante su vista un par de coturnos rojos, altos hasta el tobillo. Los miró con sorpresa.
    —Son muy bonitos —aprobó.
    —Me dijiste que no te gustaba andar descalza. Pero quizá no combinen con tu túnica —comenté, advirtiendo que no había meditado aquel punto. Las mujeres, incluso las esclavas, suelen ser muy especiales en estos temas.
    —Encajan muy bien —aseguró Baiasca, mientras se sentaba en el poyo para ponérselos. Parecía satisfecha, aunque hubiera esperado alguna reacción más expresiva, máxime teniendo en cuenta lo mucho que habían colaborado aquellos coturnos en el vaciado de mi bolsa. Me encogí de hombros y entré en la casa para depositar las provisiones.

    Me detuve en el vestíbulo, petrificado por la sorpresa. El banquito de piedra estaba ocupado, junto con casi todo el volumen de la estancia. Desde su superficie se erguía una montaña de músculos, atravesada, a modo de torrenteras, por los surcos blancos de varias cicatrices. Terminaba en un cogote rapado, casi tan ancho como mi espalda. Retrocedí rápidamente hacia el exterior.

    —¡Hay alguien ahí dentro! — exclamé.
    —Iba a decírtelo —habló Baiasca—. Es un gladiador que quiere verte.
    —¿A mí?
    —Para ser exactos, a Alcímenes.
    —¿Para qué?
    —Es un cliente —definió pacientemente la esclava. El corazón me dio un vuelco:
    —¡Es Siderobros! — proclamó Antonio, muy excitado, tras asomarse al vestíbulo—. ¿Por qué no nos lo has dicho?
    —No sabía cómo se llama.
    —Debes de ser la única persona en Roma que no conozca a Siderobros.
    —No me gustan los gladiadores.
    —Es compatriota tuyo —explicó el romano—. Un rodio. En la propaganda del anfiteatro lo anuncian como el Coloso de Rodas.
    —Muy original.
    —Es el mejor. Númitor era muy bueno, pero tuvo un día torpe y sucumbió. Siderobros es por el momento invencible. Pero, ¿habéis dicho cliente?
    —Voy a continuar el negocio de mi tío —revelé sin mucha convicción.
    —¡Qué gran idea! Pues no podías empezar mejor tu nueva profesión. Ahí dentro tienes al que probablemente es en estos momentos el personaje más popular de Roma. Si no hiciera ya un rato que me aguardan en el Foro entraría a saludarle. Suerte —y se alejó en busca de su biga.
    —¿Qué hacía Alcímenes en estos casos? — pregunté a Baiasca.
    —Recibía al cliente en uno de sus despachos. Yo estaba en la antesala y si era la primera visita anotaba sus datos en una tablilla.
    —¿Sabes escribir? — me asombré.
    —Aprendí con Alcímenes.
    —No tenemos tablillas, ni demasiados despachos para elegir. Espera a que entre yo y pásalo a la habitación libre.

    Y así, instantes después, mi primer cliente se introducía con dificultad por la puerta y yo, al otro lado de la mesa, le recorría con la vista de abajo arriba hasta culminar en una dolorosa torsión de las cervicales. De estar en mi lugar el semidiós Hércules, matador de gigantes, se hubiera apresurado a reclamar su maza. Me consolé conjeturando que, dada su profesión, la potencia de su intelecto sería inversamente proporcional a la de los músculos pectorales, grandes y abultados como escudos de infantería.

    Pensé que empezaría por preguntarme si yo era Alcímenes el tebano. Esta era un consulta fácil de responder, pero de imprevisibles consecuencias. La más probable, que mi visitante diera media vuelta, cuando no decidiera expresar su desaprobación con uno de sus puños, del diámetro de un tambor. De modo que resolví actuar con rapidez.

    —Pasa y siéntate —invité. Así lo hizo, con un espantable crujido de la silla—. Ya sé que eres Siderobros el gladiador. He oído hablar mucho de ti. ¿Cuál es tu problema? — lancé estas frases en griego, a toda la velocidad de mis cuerdas vocales. El hombre sonrió con cierta timidez y dijo en latín:
    —¿No podemos hablar en mi idioma? Me sentiré más cómodo.
    —¿No eres de Rodas?
    —Eso fue un invento del dueño del anfiteatro, para darme aliciente exótico. En realidad soy de Ancio, a unas cuantas millas de aquí.
    —¿De veras? — pregunté, algo decepcionado.
    —Es un truco muy gastado. Alyx el númida nació en el Esquilmo con la piel un poco morena —hablaba lentamente, como seleccionando las palabras. Pensé que debería tomármelo con calma. Si instantes antes ponía en tela de juicio el intelecto de un gladiador griego, el de un latino debía de rozar los límites subhumanos.
    —Te preguntaba —silabeé— qué quieres de mí.
    —Vengo a que me protejas —miré con incredulidad a aquella mole.
    —¿Protegerte?
    —Mi vida corre peligro.
    —No me parece sorprendente para un gladiador.
    —Bien familiarizado estoy con las batallas, sé mover a diestra y siniestra el escudo de piel de toro y bailar la danza terrible del dios de la guerra —respondió, esta vez en griego, mi interlocutor. Le contemplé con asombro.
    —¿Qué has dicho?
    —Es un fragmento de Homero; la respuesta de Héctor a Ayax, cuando le desafía a duelo singular. Me sé todo el episodio de memoria.
    —Creía que no hablabas griego —murmuré, un tanto desconcertado.
    —Me refería al coloquial. En el literario, modestia aparte, me defiendo bastante bien. Quiero decir —explicó con paciencia el coloso—, que en la arena sé cuidarme solo. Aprovechando que ya he apartado la modestia puedo asegurarte que soy el mejor. Son los enemigos encubiertos, que traman desde la sombra, los que me preocupan. Supongo que necesitarás más datos —hice un gesto de evidencia y planteó—: ¿Asististe al festival del mes pasado, en honor de la legación parta?
    —Estaba ocupado en otros asuntos.
    —Antes de saltar a la arena tomo siempre una poción, que tonifica los músculos y despeja el cerebro. La compro en tinajitas, de las que lleno un odre que llevo después al vestuario. Aquel día lo dejé sobre un banco, mientras charlaba con un senador que había venido a saludarme. Bebí la dosis de costumbre, mientras formábamos para el desfile inicial, y entonces nos dijeron que el festival se retrasaba porque los partos no habían llegado todavía. Volvimos al vestuario y de pronto, justo a la hora en que hubiera empezado a combatir de no mediar el aplazamiento, se me nubló la vista y un peso insoportable me atenazó todos los miembros. Si hubiese estado en la arena cualquier novato me habría desarmado con dos mandobles. Afortunadamente los invitados tardaron lo bastante como para que pudiera despejarme y ocuparme de mi rival en las debidas condiciones.
    —¿Quién te prepara esa poción?
    —La bruja de Ishtar.
    —No estoy muy al corriente de las religiones orientales —admití.
    —Se llama Proelia y atiende un pequeño templo en el Celio. Hace tiempo que soy cliente suyo y siempre me ha ido muy bien con su brebaje.
    —Tal vez en esta ocasión equivocó algún ingrediente.
    —Al volver a casa hice beber de la misma tinaja a un esclavo y no le causó ningún efecto. La droga tuvo que ser introducida en el vestuario, mientras yo hablaba con el senador.
    —¿Quién tuvo ocasión de acercarse al odre?
    —¿Puedo medir el mar o contar sus arenas? — declamó de nuevo en griego—. Es de Heródoto, la respuesta de la sibila a Creso.
    —Resulta muy instructivo hablar contigo, pero si quieres que lleguemos pronto a alguna conclusión procura prescindir de las citas literarias —aconsejé.
    —Quiero decir que antes de un festival pasa mucha gente por el vestuario. Mis compañeros, sus entrenadores, los visitantes, los apostadores, la servidumbre del anfiteatro… Más de cien personas.
    —Deberemos enfocar el problema desde otro punto de vista, ¿Quién puede tener motivos para matarte?
    —No lo sé. Nunca he dañado a nadie.
    —Dado tu oficio, me parece una afirmación muy discutible.
    —Bueno, en la arena he despachado a algunos adversarios, pero son las reglas del juego. Yo no me enfadaría con otro gladiador que me matase.
    —¿A cuántos, exactamente?
    —No lo recuerdo bien. Treinta, quizá, o cuarenta.
    —Será más provechoso emplear tu memoria en esto que en recitar fragmentos de Heródoto. Deberemos hacer una lista.
    —Sólo sé el nombre de dos o tres. Los gladiadores profesionales somos pocos y valemos mucho, de modo que raramente nos arriesgan unos contra otros. Casi siempre lucho contra esclavos o condenados a muerte, que prefieren elegir un modo de ejecución honroso y que les da una remota oportunidad de sobrevivir. Luego, en la arena, mueren tan deprisa que no hay tiempo de conocerles.
    —Me parece un caso complicadísimo.
    —Creía que habías resuelto otros más enrevesados —indicó Siderobros, dirigiéndome una mirada desconfiada.
    —Los casos complicados cuestan mucho dinero —era el momento oportuno para discutir los honorarios. Con aquel tipo de clientes había que evitar cuidadosamente los malentendidos.
    —He traído cien denarios. ¿Es suficiente por ahora?
    —Sólo por ahora —afirmé, calculando mentalmente cuántas libras de carne podrían comprarse con cien denarios. Al menos una ternera completa. Siderobros alargó una inmensa palma rugosa, con una bolsita en su centro que me apresuré a tomar—. Discúlpame un momento. Tengo que dar algunas órdenes a mi esclava.
    —¿Qué tal va? — se interesó Baiasca, que aguardaba en el vestíbulo.
    —Estrena tus coturnos corriendo al mercado —dije, tendiéndole la bolsa—. Cuando acabe con ese oso de las espeluncas quiero una cocina rebosante de provisiones. Y tira esos repugnantes guisantes duros. Si los antiguos romanos comían semejante cosa no deseo terminar como ellos —mientras la esclava se alejaba regresé al consultorio.
    —¿Conociste a Númitor? — preguntó el gigante.
    —Muy superficialmente —esquivé, en espera de más noticias sobre la identidad del personaje.
    —Era un reciario formidable, el mejor con el tridente. Todos creían que yo era el único capaz de derrotarle y aguardaban con impaciencia nuestro combate, pero el dueño del anfiteatro no tenía ninguna intención de quedarse sin uno de los dos. Lástima, porque habría sido un gran espectáculo. Como carniceros leones o indomables jabalíes… —empezó en griego.
    —De acuerdo —le interrumpí—. ¿Qué querías decirme de Númitor?
    —Le mató un siervo gálata, un jovencito muerto de miedo que pisaba la arena por primera vez. Númitor lo tenía a su merced y retrasaba el golpe definitivo para que el público se divirtiera un poco. De pronto empezó a vacilar, dio un paso atrás y quedó agarrotado. Entonces el gálata, comprendiendo que era su única oportunidad, se lanzó sobre él y le rebanó la garganta sin que Númitor hiciera un solo movimiento de defensa. El pobre infeliz salvó la vida, pero el éxito se le subió tanto a la cabeza que pidió pelear conmigo en el festival siguiente, para proclamar su supremacía absoluta. Lo despaché como a un pollo capón. Después de lo del otro día, creo que sé lo que le sucedió a Númitor.
    —Será una tarea larga y laboriosa —dictaminé.
    —Tu tarea terminará esta tarde —me corrigió el gladiador—. Al mismo tiempo que el festival del anfiteatro. Es mi última pelea y solamente quiero que estés presente y vigiles para que no pase nada. Con ella cumpliré los veinte combates que me obligué a entablar para el dueño del anfiteatro, como condición de mi manumisión. Regresaré a Ancio y envejeceré felizmente, cultivando coles y lechugas.
    —¿Contra quién peleas?
    —Contra dos reciarios nubios, que han actuado con mucho éxito en Pompeya.
    —¿Tú contra los dos?
    —Haré pareja con otro mirmillón, un tal Glauco. Es un chico nuevo, que lleva algunos días entrenando conmigo. En los combates dos a dos me suelen aliar con algún novato, para equilibrar la balanza y que corran las apuestas, pero así y todo casi nadie arriesga el dinero contra mí. Tú debes estar muy atento para evitar que nadie me haga jugarretas como la de la poción. Y vigilar a los lagartos —esta última recomendación me pareció indescifrable. Traté de recordar si sería una cita de Eurípides.
    —¿Qué lagartos? — indagué al fin.
    —Además de preparar bebedizos Proelia lee el porvenir en el brasero sagrado de Ishtar. Siempre me ha pronosticado victorias. Pero ayer, cuando fui a por más poción, le consulté casi por rutina. Atizó las brasas, se puso muy seria y me dijo lo siguiente: el lagarto matará al león.
    —Parece muy enigmático.
    —La mitad de la frase tiene una explicación muy sencilla. Utilizo un escudo que lleva un león grabado. Fue un regalo de mi lanista, al que en sus años activos llamaban el león de Nemea, aunque en realidad era capuano. Ya sabes cómo funcionan estas cosas.
    —La solución es simple: Cambia de escudo.
    —Eso mismo propuse a Proelia. Entonces volvió a mirar el brasero, palideció y me rogó que no lo hiciera.
    —¿Por qué?
    —No lo sé. Lo decían las cenizas y sus poderes se limitan a leer en ellas.
    —¿Y el lagarto?
    —Eso es lo que me desconcierta. No hay ningún gladiador que se apode así.
    —¿Alguno combate vestido de verde, con un rabo largo?
    —Ya sé que es difícil hacer entender esto a un incrédulo griego —protestó Siderobros—. Claro que así os ha ido. Pero Proelia no se ha equivocado nunca y yo tengo una gran fe en sus profecías. ¿Me guardarás un secreto?
    —La discreción es una de las normas de mi oficio —el titán me asió el brazo y, estrujándolo como un espárrago hervido, se me aproximó en un gesto confidencial y dijo:
    —Tengo miedo.
    —¿Tú?
    —También mi cuerpo es vulnerable al puntiagudo hierro… Está bien —asintió ante mi mirada—. Llevo ocho años en esta profesión y no hay demasiadas personas en el mundo que puedan contarlos. He visto morir a muchos amigos míos y cada vez yo sabía que podía ser el siguiente, lo que, a decir verdad, no me preocupaba mucho. ¿Qué más da un poco antes o un poco después? Pero ahora he llegado al final y, tras ver correr tanta sangre por la arena, quiero ver saltar el agua entre mis coles y mis lechugas en Ancio. Sólo he de resistir un combate más y todo habrá terminado. Por eso me inquieta la profecía del lagarto. Vigila bien y cuando concluya el festival otros trescientos denarios serán para ti. Y ahora debo irme a comer. Es malo pelear con el estómago lleno. Llega pronto al anfiteatro y di a los porteros que te estoy esperando. Y que los dioses nos ayuden.
    —Contra los mandatos del destino nadie te matará, pero ningún mortal puede sustraerse al hado —dije en griego. Era el único fragmento de la Ilíada que había aprendido, por haberlo copiado mil veces, a instancias de mi preceptor, después de que descubriera que era yo quien había untado de miel su asiento. Siderobros sonrió de oreja a oreja y agregó:
    —Los hombres somos como las hojas del bosque, que el viento esparce y la primavera hace renacer —y, tras tan poética despedida, encorvó la espalda para pasar bajo el dintel y abandonó la casa.

    Le acompañé hasta la salida y permanecí junto al porche cavilando sobre las incógnitas del caso, con resultado tan mínimo que mi atención no tardó en desviarse hacia los transeúntes. Entre la multitud albivestida destacaba el vivo color rojo de la túnica de un hombre grueso, adornado con una barba rizada y un pendiente de oro en cada oreja. Un oriental, sin duda, sirio o armenio. En Atenas no solía simpatizar con los asiáticos, pero en aquellos momentos los dos éramos igual de extranjeros en el mar de litocéfalos y no puedo negar que le miré con cierta benevolencia.

    Al otro lado de la plaza la monocromía era igualmente rota por la túnica azul de Baiasca, que regresaba cargada de provisiones. El apetito agudizó mi vista hasta tal extremo que aún no se hallaba a cincuenta pasos y ya había completado el inventario de sus adquisiciones, con la consiguiente secreción de jugos gástricos. Contestando al saludo del herrero de la esquina no reparó en el oriental hasta casi topar con él. Y al punto se puso seria y aceleró su marcha. Advertí con sorpresa que el barbudo daba media vuelta y la seguía.

    La esclava cruzó a toda velocidad ante la casa e intentó alejarse hacia el templo de Pomona. Salí a su encuentro y la retuve por el brazo.

    —¿Se puede saber adonde vas? La cocina está por ahí.
    —Voy a dejar todo esto —asintió muy nerviosa—. He gastado quince denarios. Ahora te daré la cuenta detallada —se zafó suavemente y se adentró en el pasillo. El oriental se había detenido junto al porche.
    —¿Es ésa tu esclava? — preguntó.
    —En cierto modo. Quiero decir, sí, ¿por qué?
    —Te la compro —tardé unos instantes en reaccionar.
    —¿Cuánto ofreces? — fue la continuación evidente.
    —Quinientos denarios.
    —Es poco —aseguré por instinto, con un desconocimiento absoluto sobre el precio de una esclava en Roma—. Baiasca vale por lo menos mil.
    —De acuerdo. Tómalos —consintió el barbudo, echando mano a su bolsa. La rapidez de la transacción me estaba desconcertando.
    —¿Para qué la quieres? — el hombre me miró intrigado.
    —Si te la pago al contado, ¿a ti qué más te da? — su planteamiento era muy lógico. No obstante, el sirio siguió explicando:— Soy propietario de un conjunto de bailarinas y estoy buscando nuevas adquisiciones. Pasé por el depósito de esclavos y me interesé por esa joven, pero el encargado me dijo que debía esperar a que llegase su amo y me dio esta dirección.
    —Baiasca no sabe bailar.
    —Deja eso de mi cuenta. Nuestros métodos de aprendizaje son muy rápidos y efectivos. Vamos, ¿tomas los mil denarios o no?
    —¿No preferirías comprar esta casa? — ni siquiera se dignó mirarla, lo que a fin de cuentas era lo mejor que podía hacer.
    —Voy buscando esclavas, no casas. Mi grupo está en Roma contratado por Cornelio Balbo y regresamos a Siria la semana que viene. ¿Para qué quiero una casa aquí? No soporto esta ciudad por más de quince días. — Hice cálculos mentales. Mil denarios eran mucho dinero, suficiente para costear la mayor parte del viaje a Atenas. Era probable, además, que mi visitante estuviera dispuesto a pujar por encima de esta cantidad.
    —¿Seguro que solamente haces bailar a tus esclavas?
    —Naturalmente. Si hacen algo más es por su cuenta —su bolsa tintineaba tentadoramente ante mi vista. Iba a alargar la mano hacia ella, pero algo me contuvo. Pese a nuestra afinidad de expatriados no me resultaba simpático aquel barbudo.
    —Debo pensármelo —dije—. Tengo otras ofertas por Baiasca.
    —Como quieras. Si te decides manda aviso a casa de Balbo. Estoy alojado allí —respondió, iniciando la retirada. Había dado ya unos pasos cuando se volvió y agregó:— Puedo llegar a dos mil denarios.

    Le vi alejarse, mientras me preguntaba por qué había dejado escapar semejante ocasión. Me dije que el sirio seguiría una semana en Roma y que en ese tiempo podría comprobar la evolución de mi nuevo negocio. En una sola mañana había producido cien denarios, susceptibles de convertirse en cuatrocientos unas horas después, e intuía que vender a la cémpsica era empezar a liquidarlo. En el fondo, aunque no acabase de explicarme el motivo, me disgustaba imaginar a Baiasca transformada en bailarina siria.

    Me encaminé a la cocina, donde la esclava habría preparado la mesa y me aguardaba con el semblante muy serio.

    —Ese hombre quiere comprarte —informé—. Adivina cuánto ofrece por ti.
    —Prefiero no saberlo.
    —Dos mil denarios. Y estoy seguro de poder sacarle tres mil —no varió el gesto, pero su brillo ocular osciló negativamente.
    —Es mucho dinero —admitió.
    —Al fin y al cabo, solamente piensa dedicarte a las danzas orientales. Puede ser una buena salida para ti. Muchas bailarinas se casan ventajosamente. ¿Qué opinas?
    —Tú debes decidir —contestó mirando al suelo. Su pie izquierdo, suspendido en el aire, se movía a gran velocidad.
    —Por el momento no tengo prisa en venderte —le tranquilicé—. Dejemos pasar unos días y comprobemos cómo evoluciona este negocio —las pupilas de la esclava recobraron parte de su brillo habitual.
    —Verás como irá bien.
    —Pero antes aclaremos una cuestión. Tú no estás jugando limpio.
    —¿Yo? — se admiró Baiasca.
    —Intentabas despistar al sirio. Y cuando ayer hablamos de tu venta me ocultaste que conocías a un posible comprador.
    —No me gustan los sirios —se defendió Baiasca. Eché un vistazo al contenido de la mesa y resolví que tiempo habría de más explicaciones.
    —Ya hablaremos de eso con calma —anuncié, abalanzándome sobre el lechón asado.

    Asolé minuciosamente todos y cada uno de los platos, con la modesta colaboración de Baiasca. Entre bocado y bocado le expliqué los pormenores de mi conversación con Siderobros. Los escuchó con interés, pero sin mostrarse demasiado comunicativa, como si siguiera pensando en el oriental y en su conjunto de baile. Estábamos terminando cuando Publio Antonio irrumpió en la casa y con su vozarrón jupiterino manifestó su intención de invitarme al anfiteatro. Llevaba bajo el brazo una pequeña garrafa de vidrio verdoso.

    —Casualmente pensaba asistir —señalé—. ¿Qué tal el juicio?
    —Muy bien, gracias. Aunque apenas pude pasar del exordio. Estaba ilustrando al tribunal sobre lo que hizo el padre de Luciano con el trigo de la flota de Pompeyo cuando levantaron la sesión hasta mañana. Los días de anfiteatro todo el mundo tiene prisa por comer pronto.
    —¿Y el parricida?
    —¿Qué parricida? ¡Ah, sí! Finalmente resultó que defendía a una adúltera. Creo que por allí andaba. Bien, y ahora —continuó Antonio, blandiendo la garrafa— debo realizar un acto solemne. En calidad de albacea y tú como heredero testamentario, te hago entrega de las cenizas de tu tío —así el recipiente y contemplé con cierta emoción el montoncito terroso que contenía.
    —¿Qué he de hacer con ellas?
    —Si tienes un par de talentos que gastar, comprar una buena sepultura al borde de la vía Apia y depositarlas bajo una lápida de mármol labrado.
    —¿Y si no los tengo?
    —Alquilar un nicho de segunda mano en los columbarios de cualquier catacumba. Al fin y al cabo tu tío no se va a enterar.
    —Las llevaré conmigo a la Hélade y las enterraré en Tebas, al pie de un olivo beocio —anuncié—. Creo que hubiera sido la voluntad de mi tío —ofrecí los restos a Baiasca y ante su evidente gesto de aprensión opté por colocarlos yo mismo en una esquina de la despensa—. ¿Es cierta esa historia de la serpiente venenosa? — interrogué a la cémpsica—. Me parece un final un tanto increíble en la capital del mundo civilizado. — Antonio fue quien respondió:
    —Yo mismo estaba presente. Fue espantoso.
    —¿Qué pasó exactamente?
    —Alcímenes había resuelto victoriosamente el caso de los pendientes de oro, que alguien había robado de su tocador a la mujer de Junio Silano mientras dormía con la puerta cerrada. La esclava que limpiaba las joyas los había sustituido por otros de hierro magnético, pintados de dorado, y después hizo desaparecer éstos durante el sueño de su ama, para que nadie sospechase de ella, frotándolos con queso e introduciendo en la alcoba un ratón con un imán sujeto al hocico. Tu tío reconstruyó la acción a partir de un pequeño eccema en las orejas de la patricia, que era alérgica al hierro.
    —¿Qué tiene eso que ver con la serpiente?
    —Silano quedó tan agradecido a tu tío que le nombró invitado de honor en una cena que daba a un príncipe de Bactria, de visita en Roma. En medio del banquete un criado trajo un regalo, entregado por un desconocido que quería sumarse al homenaje a Alcímenes. Era una daga con una empuñadura primorosa y la hoja guardada en un estuche de madera.
    —¿Quién la remitía?
    —Nunca lo supimos. Tu tío agradeció el detalle y desenvainó el arma para que todos la vieran. Entonces comprobó que la empuñadura terminaba en un pedazo de plomo, para simular el peso de la hoja, y que la funda estaba hueca, con un pergamino plegado en su interior.
    —¿Y qué más?
    —Tu tío metió los dedos para desdoblarlo y al instante retiró la mano, con dos señales rojas en su palma. Y en aquel momento, ante el pavor general, vimos salir del estuche una serpiente, que estiraba lentamente los anillos sobre la mesa. Todos los invitados se pusieron a gritar, muchos saltaron de sus tumbonas y seis de ellos, cinco patricias y un senador, cayeron desmayados. El único inmutable fue tu tío. Levantó su copa, aplastó con ella la cabeza del reptil y a continuación dijo con voz serena: «Lamento informar que se trata de una víbora de las pirámides, de edad adulta. Su picadura mata, sin remedio posible, entre las tres horas y las tres y media». Después tomó el pergamino y leyó la dedicatoria: «Para Alcímenes, del único asesino capaz de igualar su ingenio». Tras lo cual solicitó una cama cómoda, requirió un tabelión, hizo testamento designándote heredero y perdió el conocimiento, con la sonrisa en los labios y la jarra de malvasía en la mano. Todavía alentaba, aunque muy débilmente, cuando según sus últimas instrucciones le trajimos a esta casa y lo dejamos con Baiasca y su médico de confianza. Éste salió a los pocos minutos anunciando su muerte, exactamente a las tres horas y cuarto de la picadura. Se llevó dos secretos a la tumba —reanudé con dificultad la respiración, suspendida durante aquel parlamento.
    —¿Qué secretos?
    —Uno, la identidad de su asesino. Solamente él, en buen estado de salud, lo habría podido descubrir. El segundo, dónde había escondido el dinero que Silano acababa de pagarle. Traté de que me lo dijera, para hacértelos llegar, pero no hubo modo. Seguramente temía que cayeran en manos de Tóculo. Su incineración constituyó una auténtica manifestación popular. Claro está que era difícil saber quiénes predominaban, si los beneficiarios de sus investigaciones, sus acreedores o todos los criminales de Roma, que querían asegurarse de que desaparecía de una vez por todas —pese a mi vivo interés por la narración, ya hacía rato que la llamada del deber repicaba en mi interior.
    —Por motivos profesionales debo estar en el anfiteatro bastante antes de que empiece el festival —comuniqué—. Claro que después de lo que he escuchado debería plantearme si acudo o si regreso a Atenas aunque sea a nado.
    —Una buena pelea entre bestiarios y panteras es lo que un médico te recomendaría para distraerte.
    —¿Habrá panteras? — pregunté, algo impresionado.
    —Auténticas de Abisinia; y además actuarán Alyx el númida, tu amigo Siderobros… Las emociones fuertes y la sangre están garantizadas —aseveró Antonio, revelando su faceta de romano hematófago—. Para llegar de los primeros un peatón debería haber salido hace ya tiempo. Con mi biga estaremos en la entrada antes que los porteros.
    —¿Vienes, Baiasca? — planteé.
    —Las esclavas no van a los festivales.
    —Se trata de una visita profesional.
    —No me gusta el anfiteatro —me encogí de hombros y, tomando el último puñado de pasas, acompañé a Antonio hacia su carro.

    Para un aficionado a las curiosidades arquitectónicas un recorrido desde el Janículo hasta el Foro, cruzando el Tíber por el puente Emilio, hubiese ofrecido las mejores panorámicas de la ciudad. Pero hasta el más apasionado, subido a la biga de Antonio, hubiese hecho lo que yo: abrazarse al conductor, cerrar los ojos y encomendarse a todos los dioses de su patria y a alguno de las naciones vecinas. Por fortuna Palas Atenea, o quien hiciera sus veces, veló por su criatura del Ática y, tras rozar en su loca carrera varios palanquines, diez o doce carretas de vendedores y unos cuantos niños desamparados por sus madres, el tiro de caballos apulianos se detuvo sin ningún percance en la explanada del Foro.

    Los más ávidos hematófagos de la Urbe afluían ya hacia el anfiteatro, una fea construcción de madera levantada a semejanza de dos teatros griegos enfrentados y unidos por los laterales.

    Mientras Antonio entregaba su biga a un vigilante, con las peores amenazas para el caso de que sufriese un rasguño, dije al portero que Siderobros me esperaba y el hombre hizo un gesto de asentimiento.

    —Por aquí —me indicó.
    —Estaré en el palco quince —me informó Antonio—. Para un día que llego temprano quiero coger un buen asiento.

    Acompañé al portero por un pasillo abovedado, interrumpido por una verja. Al otro lado aguardaba Siderobros.

    —Vamos allá —me invitó. Acarreaba una red en cuyo interior resonaban varios objetos metálicos y apretaba un odre bajo el otro brazo.
    —¿La poción? — indagué.
    —Recién sacada de la última tinaja que me vendió Proelia, cuyo sello acabo de romper. Y esta vez no dejaré que nadie se acerque a ella.
    —¿Para qué son esos baldes de serrín? — pregunté, mientras atravesábamos un ensanche del pasadizo.
    —Esto es el espolario. Aquí depositan a los gladiadores muertos. Tras esa puerta están los combatientes esclavos y tras aquélla las panteras —un escalofriante rugido subrayó estas palabras—. Y éste es el vestuario de los hombres libres —indicó, abriendo su puerta. Un coloso, apenas inferior a Siderobros en talla y perímetro torácico, conversaba con un par de patricios— Alyx el númida —presentó mi acompañante en voz baja, mientras palmoteaba su espalda. Uno de los patricios dijo:
    —Va medio talento por ti, Siderobros. Machaca a esos salvajes.

    En un rincón del vestuario dos negros de cabeza rapada, envueltos en túnicas parduzcas, ejercitaban en silencio las largas tiras de músculo de sus brazos. Al oír al patricio sonrieron siniestramente. Uno de ellos, con la barbilla apoyada en el mango de su tridente, me recorrió atentamente con la vista, como si creyera que yo era la pareja de Siderobros y disfrutara por anticipado con la visión de mis vísceras esparcidas. No pude evitar sacar el pecho, más bien halagado por su error, aunque a la vez me sintiera muy feliz de no ser yo quien estuviese al alcance de sus púas. Siderobros se dio cuenta.

    —La mirada de los negros suele impresionar a los novatos —comentó—. Pero he luchado con muchos de su raza y siempre he comprobado que tienen la sangre tan roja como los blancos —mi cliente se había ajustado las grebas sobre sus zapatones y ceñía cuidadosamente el protector metálico de su brazo derecho—. Ese maldito nubio coge el tridente con la derecha —susurró—, pero no me engaña. Tiene movimientos de zurdo.
    —¿Eso es malo?
    —Plantea algún problema suplementario. Bien, que pruebe la punta de mi lanza y trate de resurgir del seno de la tierra —agregó en griego.
    —Había creído que en el anfiteatro olvidabas las citas clásicas.
    —La cultura es una buena compañera en estos momentos. Tanto como estos pertrechos. Mi casco… —lo palpó en todas sus junturas— mi escudo —repitió la operación y tiró con fuerza de las abrazaderas—, mi espada. Toca este filo. Todo a punto —admiré el león rampante cincelado en la reducida superficie de la rodela. El gigante destapó el odre y me lo tendió—. Bebe.
    —¿Yo?
    —¿No estás aquí para protegerme? Pesas la mitad que yo, de modo que si contiene alguna droga te hará efecto mucho antes —tras una leve vacilación decidí que aquel servicio estaba incluido en los cuatrocientos denarios y tomé un sorbo. Tenía un sabor dulzón, sin rastro aparente de narcótico. Siderobros abocó el recipiente hacia sus fauces y dejó correr el líquido a caño libre—. Ahí viene Glauco —anunció—. Todavía es esclavo, pero al formar pareja conmigo le permiten utilizar este vestuario. Voy a darle algunas instrucciones.

    Se trataba de un mozarrón casi imberbe, con un novísimo equipo de mirmillón. Avanzó mirando nerviosamente en todas las direcciones y palideció al cruzar su vista con la de los nubios. Siderobros le saludó a su estilo, golpeando con rudeza sus vértebras dorsales, y refugiándose en un rincón de la nube de curiosos que había llenado el vestuario inició los consejos técnicos. Un litocéfalo de cejas espesas se aproximó al coloso y le exhibió una espada de color oscuro con varias joyas incrustadas.

    —Tu espada de madera —anunció—. Te la entregaré solemnemente cuando termines el combate.
    —Es una vieja costumbre —explicó Siderobros cuando el hombre se alejó—. Al gladiador que se retira le regalan una espada de madera. La colgaré sobre la chimenea en mi casa de Anzio. No la mires así, Glauco. El árbol del que cortarán la tuya es todavía un retoño. Como ves —dijo guiñándome un ojo—, también sé hacer citas de propia cosecha —mientras hablaba sonaron unas palmadas en el pasillo—. Va a empezar el desfile —me indicó—. Súbete al palco si quieres. A partir de ahora lo que suceda depende de mí.
    —No te he sido de gran ayuda.
    —Todo lo contrario. He estado mucho más tranquilo sabiendo que vigilabas —y, en un súbito arrebato, terminó en griego—: Pensadlo bien, dioses, la hora decisiva ha sonado. ¿Debe Héctor escapar una vez más a la muerte o debe caer pese a toda su bravura? — tras lo cual se alejó hacia la arena.

    Le seguí con la vista hasta que el rugido del público, que ya abarrotaba las gradas, probó que miles de ojos protegían a mi cliente de manejos ocultos. Entonces, juzgando cumplida mi misión, me encaminé hacia el palco quince en busca de Antonio.

    Éste me había reservado un hueco y, a semejanza de Leónidas en el paso de las Termópilas, lo defendía heroicamente contra los asaltos de los litocéfalos circundantes. La atención general estaba concentrada en dos combatientes, ocultos bajo sus armaduras pesadas, que acababan de chocar ceremoniosamente sus espadas e iniciaban la pelea.

    —Hoplomacos —definió Antonio—. El combate inaugural suele reservarse para los novatos, lo bastante protegidos como para que duren un poco. ¡Cien denarios al del penacho azul! — voceó a un corredor de apuestas que transitaba por las inmediaciones. Éste asintió y recogió el dinero—. ¿No juegas, Diomedes?
    —Si me equivoco de hoplomaco me quedaré sin cenar.
    —¿Ves ese sujeto bajito y rollizo, tres filas más abajo? Es Tóculo, el usurero que despojó a tu tío. Podías aprovechar la ocasión y escupirle en la calva. Entre tanta gente no sabría quién ha sido —el aludido, como respondiendo a la llamada, se volvió hacia nosotros y al reconocer a Antonio le dirigió una meliflua sonrisa.

    Los hoplomacos intercambiaban golpes con más contundencia que precisión. El público silbaba.

    —¿No les gusta? — pregunté.
    —Están espantando moscas —definió Antonio, sumándose a la repulsa general—. Este tipo de peleas debía limitarse a los anfiteatros de provincias.

    El del penacho azul atinó finalmente una serie de impactos que dieron con su rival en tierra. Apretó la espada contra su pecho y elevó la vista hacia la presidencia. Miles de pulgares extendidos apuntaron al suelo.

    —Ha sido un mal aperitivo —explicó Antonio, mientras el presidente, tras un leve titubeo que aumentó el abucheo, bajaba su dedo y el vencedor hincaba el arma en el caído—, pero al menos he ganado cien denarios. Con un poco de vista se pueden hacer grandes negocios en el anfiteatro —la plebe pareció apaciguarse con el último estertor del moribundo, inmediatamente arrastrado por los servidores. El reguero de sangre que dejó a su paso me hizo removerme en el asiento, algo incómodo—. Ahora vienen los esedarios y entre ellos Alyx el númida. Vas a empezar a ver algo bueno.

    Los corredores de apuestas clamaban por los pasillos ofreciendo, sin resultados apreciables, posturas contra el númida. En la arena se abrieron dos puertas enfrentadas y por cada una apareció un carro de combate galo, guiado por un gladiador con dos jabalinas. Entre los aplausos del público recorrieron el perímetro de la palestra, hasta que a la señal del presidente rectificaron su trayectoria, se lanzaron uno contra otro y se cruzaron tan cerca que saltaron astillas de las ruedas. El adversario de Alyx arrojó su venablo, que el númida esquivó con una torsión de tronco. La operación se repitió en el sentido inverso del movimiento.

    —¿Por qué no dispara Alyx? — pregunté.
    —Ha dejado que el rival agote sus oportunidades. Ahora tirará sobre seguro.

    En efecto, la desesperada fuga del auriga desarmado culminó cuando el númida, echando atrás su brazo derecho, tomó tranquilamente puntería y lanzó su jabalina con tal potencia que su enemigo, con el pecho atravesado, se desplomó sobre la arena. El gentío irrumpió en una ensordecedora ovación, mantenida mientras el vencedor completaba otras tres vueltas a la palestra.

    —Alyx es formidable —aprobó Antonio—. ¿Qué te está pareciendo?
    —¿No sería igual de emocionante con jabalinas despuntadas? — planteé, mientras el derrotado añadía un nuevo surco rojo al suelo amarillento. Antonio me dirigió una mirada de estupefacción, como si le asombrase que un amigo suyo pudiera decir tales tonterías.

    Durante estos preliminares Siderobros había permanecido al borde de la arena, contemplando las evoluciones de los actuantes. Un clamor general anunció que había llegado su turno. El gigante avanzó entre su compañero y los dos nubios, se detuvo frente a la presidencia, elevó su espada en señal de saludo y se ciñó el casco.

    —Traía dos mil denarios para apostar por Siderobros —proclamó Antonio—. Lástima que no hallaré un solo loco que quiera arriesgarse en contra.
    —Quizá te equivoques —respondió una voz, con fuerte acento siciliano, desde la fila de atrás. Correspondía a un hombre mal afeitado, de cejas pobladas—. Dos mil por los nubios —indicó al corredor. Antonio asintió y entregó a éste las monedas haciéndome un gesto expresivo acerca de la cordura de su interlocutor.
    —No sabe lo que hace —comentó—. Siderobros se los va a merendar como dos higos negros. Bien, el otro día vi un curioso modelo de biga, traído de Persia. Creo que con los dos mil denarios tendré para el primer pago.

    Los nubios se despojaron de las túnicas y descubrieron su sólida musculatura, empequeñecida en aquellos momentos por el contraste con la de Siderobros. Una enorme cicatriz, vestigio de algún antiguo combate, surcaba el pecho de uno de ellos; una línea blanca diagonal, atravesada por dos cortos segmentos y culminada en un ensanche. Sentí un nudo en la garganta. Cualquier observador hubiera identificado el dibujo de un lagarto.

    Pese a la distancia pude observar cómo Siderobros palidecía. Dio un paso atrás y de pronto, con la expresión desencajada, dirigió unas palabras a su compañero y los dos mirmillones intercambiaron sus escudos. A pesar de mi escasa fe en el brasero de Ishtar creo que yo habría hecho lo mismo.

    El presidente dio la señal y los combatientes se emparejaron dos a dos. El hombre—lagarto, que empuñaba el tridente con la zurda, chocó su arma con Siderobros, sin que pudiera determinarse de quién había sido la iniciativa. Pensé que mi cliente quería eliminarlo antes de que, tras matar conforme a la profecía al portador del león, se uniese al segundo nubio contra él.

    Pronto se hizo evidente la disparidad de ambos enfrentamientos. Mientras el otro negro acorralaba a Glauco con arteras fintas de su red, Siderobros inició un demoledor ataque contra su rival, al que arrinconó ante nuestro mismo palco. El nubio intentó mejorar su posición con un forcejeo cuerpo a cuerpo, pero un golpe seco del escudo de Siderobros lo derribó sobre la arena, entre los vítores del público.

    —En un buen mirmillón el brazo izquierdo es tan peligroso como el derecho —empezó a explicar Antonio—. Fíjate como ahora…

    Enmudeció en este punto, como todos los espectadores del anfiteatro. Siderobros había levantado su espada para el golpe decisivo y el nubio trataba desesperadamente de protegerse con su tridente. Y en ese momento el escudo del mirmillón se desprendió de su antebrazo y rodó hasta caer boca abajo en la arena. Mi cliente lo siguió con la vista y paralizó su movimiento, como petrificado por la sorpresa. Cuando quiso reaccionar ya el tridente del reciario, impulsado con todas las fuerzas, se había incrustado en su pecho. El gigante dio varios pasos tambaleantes, con los dedos engarriados sobre su herida, y se desplomó entre una nube de polvo.

    El hombre—lagarto saltó por encima del cuerpo del rival y acudió en ayuda de su compañero, que a juzgar por el cerco a que tenía sometido a Glauco bien poco la necesitaba. Entre los dos envolvieron al joven en sus redes, y tirando en sentido opuesto, dieron con él en tierra y le apuntaron con sus tridentes. Esta vez los pulgares se levantaron unánimemente. La muerte de Siderobros parecía haber impresionado tanto al público que ni los peores hematófagos querían más sangre en aquel lance. Antonio se tiraba de los pelos.

    —¿Cómo es posible una suerte tan negra? — se lamentaba—. ¡Una rodela en malas condiciones! ¡Y ese grandullón que se la queda mirando, en vez de rematar el golpe!

    Un rugido de desaprobación atronó los aires. El presidente, desoyendo la petición de clemencia, había bajado el pulgar y fue el hombre—lagarto, con una sonrisa inhumana, quien hincó las púas en el pecho de Glauco. Un silencio absoluto acompañó el recorrido de Siderobros y su compañero camino del espolario. Me incorporé de mi asiento.

    —¿Dónde vas? — se sorprendió Antonio—. Yo soy quien debía ir a arrojarse a las panteras. ¡Dos mil denarios!
    —Después te lo explicaré.

    Pisoteando túnicas, odres de vino y calvas de litocéfalos llegué a la salida y corrí por el pasillo abovedado. Cerca de la reja deambulaba el portero de antes.

    —¿Has visto lo de Siderobros? — me interceptó—. ¡Es increíble!
    —Abre la puerta, rápido.

    Seguí corriendo hasta el espolario. Siderobros había sido depositado en uno de los escalones cubierto de serrín, junto a Glauco y sus dos desgraciados antecesores. Sobre su pecho, perforado por tres cavernas ensangrentadas, reposaban su espada y el escudo.

    Así la rodela y le di la vuelta. La abrazadera se había desprendido, pero no fue aquel detalle el que me impresionó. En el cuero del envés se dibujaba en pintura negra un león rampante, idéntico al cincelado en el escudo propio de mi cliente. Un manotazo en el hombro, que a punto estuvo de lanzarme sobre el hoplomaco, cortó mi gesto de sorpresa.

    —Dame eso —mandó el agresor, tras un tartamudeo inicial, arrancando la rodela de mis manos—. ¿Qué haces tú aquí? — reconocí la hercúlea silueta de Alyx el númida.
    —Era amigo de Siderobros —empecé a explicar. Mi interlocutor cerró y abrió los ojos tres veces seguidas, como si la indignación le impidiera fijar la vista en mí, antes de proclamar:
    —Éste es un lugar sagrado para los gladiadores y no queremos curiosos. ¡Lárgate o te rompo los huesos!

    Un orgulloso ateniense, cuyos antepasados lucharon en Maratón, no suele acatar órdenes proferidas en semejante tono. Claro que la regla admite excepciones y una de ellas tiene lugar cuando la amenaza proviene de una montaña de músculos, con todas sus arterias en tensión, que acaba de ensartar a un hombre como si fuera un cabritillo a la brasa. Miré al coloso con expresión lo bastante despreciativa como para que la dignidad ática quedase a salvo y, aplazando la investigación para mejor momento, abandoné el espolario. En la sala contigua rugían las panteras, tratando inútilmente de hacerse entender entre los rugidos del público.

    Antonio condujo sus caballos durante el trayecto de vuelta a un trote cansino, en un silencio tan inhabitual en él que no supe si atribuirlo al dolor por la muerte del favorito popular o a la pérdida de sus dos mil denarios. Mientras los apulianos se encaminaban a su pesebre relaté lo sucedido a Baiasca, que nos aguardaba sentada en el poyo de la plaza. Pareció muy impresionada.

    —Para ser mi primer cliente no puede decirse que me haya durado mucho —lamenté.
    —Tú no has tenido ninguna culpa —me consoló la esclava.
    —He dejado de ganar trescientos denarios, pero no es eso lo que me afecta. Había cogido cierta estima a Siderobros. ¿Crees en hechicerías y encantamientos? — Baiasca hizo un ademán indeciso.
    —En mi país abundan las brujas. Pero nunca he visto un conjuro capaz de pintar un león en el envés de un escudo.
    —El león pintado fue la causa de la muerte de Siderobros —asentí—. Un veterano como él habría sabido reaccionar al quedarse sin rodela, en especial cuando ya tenía acogotado a su rival. Fue al ver el dibujo cuando se paralizó, como si pensara que la profecía le alcanzaría hiciese lo que hiciese. Bien, murió siendo mi cliente y creo que, aunque no completase el pago de mis honorarios, tengo el deber moral de investigar su muerte.
    —Alcímenes habría hecho lo mismo —aprobó la cémpsica.
    —Empiezo a presentir que entre mi tío y yo hay unas cuantas diferencias. Llevo todo el camino de vuelta cavilando y no tengo una sola idea sobre lo que puede haber sucedido.
    —Tu tío no se limitaba a meditar.
    —¿Qué más hacía?
    —Muchas cosas. Reconstruía la acción, interrogaba a los sospechosos; a veces se disfrazaba y se introducía en el ambiente de la víctima —proclamó con orgullo la esclava—. Tenía mucha facilidad para los disfraces y para adoptar acentos extranjeros —moví la cabeza negativamente.
    —Podría hacerme pasar por gladiador y morir muy realistamente en el próximo festival del anfiteatro, pero no tengo la menor intención. Interrogar sospechosos sí está a mi alcance. ¿Quién es sospechoso? — Baiasca reflexionó la respuesta.
    —Creo que Alcímenes investigaría a Alyx el númida. Y también iría a hablar con la bruja de Ishtar.
    —Me parece una gran idea. ¿Qué es lo primero que haría?
    —Atender a su nuevo cliente.
    —¿Qué cliente?
    —Espera en tu despacho. Es una patricia romana.

    Ocupé mi asiento frente a la visitante, con la satisfactoria impresión de que la calidad de mi clientela mejoraba por momentos. Se trataba de una joven rubia, apenas una adolescente, que asomaba sus mejillas sonrosadas bajo unas gasas de luto. Le indiqué cortésmente que empezara.

    —Me llamo Domitila —dijo—, aunque en la familia me conocen como Mitis. Soy hija de Elio Manlio Helvético, que ganó una palma en las Galias.
    —Me suena —afirmé con la vaguedad habitual.
    —Murió anteanoche.
    —Lo lamento.
    —Le encontramos apuñalado en su dormitorio —comunicó Mitis, con un hilo de voz.
    —Eso es terrible.
    —Cumplía cuarenta años y daba una fiesta a sus amigos. En plena representación de los actores que había contratado se sintió indispuesto y subió a su aposento para tomarse el tónico.
    —¿Qué tónico?
    —Padecía del corazón y siempre tenía preparado un tónico para prevenir los ataques. De pronto escuchamos un grito espantoso. Corrimos escaleras arriba y lo hallamos en el suelo de su habitación, con un puñal clavado en el pecho —los ojos de la joven se humedecieron—. Fue horroroso.
    —Ya lo imagino. ¿Hay algún sospechoso?
    —Sí —afirmó la patricia—. Némesis.
    —Empezaré por interrogarla. ¿Dónde vive?
    —En el Olimpo —pensé que aludía a algún barrio de Roma.
    —¿Dónde queda eso?
    —Me refiero al monte Olimpo. Es la diosa de la venganza.

    Esta declaración motivó la pausa de sorpresa que cabe imaginar.

    —Creo —aseguré— que este asunto merece una explicación mucho más detallada —ella bajó los ojos hacía la mesa y continuó:
    —El mismo día de su cumpleaños mi padre recibió un regalo de un antiguo amigo suyo, que ahora vive en Éfeso; una estatua de Venus con una leyenda en su pedestal que decía: «Que la paz y la ventura reinen siempre en esta casa». Mi padre la colocó en su dormitorio y antes de empezar la fiesta la mostró a los invitados. Cuando por la noche, tras oír el grito, regresamos a su habitación estaba llena de sangre, que manchaba el suelo, las paredes, las ropas de la cama… Venus había desaparecido y en su lugar se hallaba una horrible representación de la diosa Némesis, con gesto amenazador y la cara contorsionada en una mueca de ira. Y en el pedestal se leía: «La venganza de Noviodunum te ha alcanzado».
    —¿Cuánto tiempo pasó entre que tu padre salió hacia el dormitorio y escuchasteis su grito?
    —Muy poco. El justo para que subiera las escaleras, abriese la puerta y se sirviera el tónico. La copa estaba derramada en el suelo cuando entramos.
    —¿Hubo ocasión de que alguien entrara o saliera en ese intervalo?
    —La puerta estaba cerrada por dentro.
    —¿No hay ventana?
    —Da a la puerta principal del jardín. Cuando los porteros oyeron el alarido miraron inmediatamente hacia la fachada y no vieron salir a nadie —hasta el momento la historia me parecía bastante impresionante.
    —¿Qué es Noviodunum? — me interesé.
    —Una ciudad de la Galia transalpina.
    —¿Y qué venganza podía recibir tu padre desde ella? — Mitis se ruborizó.
    —A un exquiriente no se le debe ocultar nada, ¿verdad?
    —Sería funesto para la investigación.
    —Me va a dar mucha vergüenza contártelo.
    —Haz un esfuerzo.
    —Mi padre fue un héroe de la guerra contra los helvecios. Mandaba una cohorte que cayó en una emboscada, muy cerca de Noviodunum, y fue rodeada por cinco mil bárbaros. Sus tropas resistieron heroicamente y sucumbieron hasta el último legionario. Mi padre fue el único que se salvó, cubierto de heridas, después de atravesar las líneas enemigas en una carga desesperada. El senado le concedió la palma y el apellido de Helvético.
    —Una gesta muy loable —aplaudí. La patricia enrojeció aún más.
    —Todo fue una patraña —reveló en tono apenas audible—. La realidad es que mi padre fue un traidor y un cobarde, que vendió a sus compañeros de armas a cambio de salvar la vida —mi visitante se tapó la cara con las manos, hizo una breve pausa y continuó—: Hace un par de años, tras los primeros ataques al corazón, tuvo una crisis de conciencia. Un día nos reunió a su esposa y a sus hijos y nos confesó la verdad. Los helvecios habían ofrecido una rendición honrosa, pero sus subordinados se negaron a aceptarla. Entonces salió a parlamentar y mientras en apariencia les transmitía la negativa en realidad proponía desguarnecer un ala de la fortificación para que los enemigos entrasen por ella. Hicieron una carnicería y después de decapitar al último de sus hombres le causaron varias heridas superficiales, para que de vuelta a las líneas romanas pudiera simular haber escapado tras feroz combate. Mi padre estaba lleno de remordimientos y soñaba todas las noches con las cabezas de romanos que los bárbaros apilaban mientras él huía a caballo. Dime, ¿fue Némesis quien le mató?
    —¿Sigue estando la diosa en su sitio?
    —No hemos tocado nada.
    —Deberé empezar por ver la casa, la habitación y la estatua de Némesis.
    —Vivimos en la vía Nomentana, junto al templo de Quirino. Por favor, no digas a mi hermano que sabes lo de Noviodunum. Me mataría por descubrir los secretos de la familia. Fue el más afectado por las revelaciones de mi padre.
    —Pasaré mañana sin falta —dudé durante unos instantes si debía plantear tan indelicado tema, hasta resolver que, a fin de cuentas, era un profesional—. Suelo cobrar parte de los honorarios por adelantado.
    —Tendré que hablar con mi hermano. Ha pasado a ser el cabeza de familia. ¿Cuál es la tarifa? — volví a meditar la respuesta. Era el momento de echar el resto.
    —Para estatuas asesinas, mil denarios —aventuré. La romana sonrió y dijo:
    —Para esas cantidades no necesito hablar con nadie. Mañana te daré quinientos. No tardes, por favor. Todos estamos muy afectados por lo sucedido.

    Acompañé a la patricia hasta la puerta y regresé en busca de la esclava, sin hallarla en toda la casa.

    —¿Baiasca? — llamé.
    —Estoy aquí —la cabeza de la cémpsica surgió del falso fondo de la despensa—. He bajado a por velas para la cena —explicó—. Es un subterráneo que hizo construir Alcímenes, para ocultarse si venía un visitante con malas intenciones.
    —¿Son frecuentes?
    —En vuestro oficio suele haber alguien a quien molestan las investigaciones.
    —¿El criminal?
    —Algunas veces —respondió evasivamente la esclava.

    En el subterráneo había una barrica de vino beocio, sustraída por mi tío a la rapacidad de Tóculo. Llené una jarra e iniciamos la cena a la luz de un cirio, mientras ilustraba a la cémpsica sobre los pormenores de la visita de Mitis. La culpabilidad de la diosa Némesis no le pareció demasiado evidente.

    —En muchos casos de tu tío el principal sospechoso era un dios olímpico —comentó.
    —¿Y alguna vez fue culpable?
    —Casi nunca.

    Pese a rehusar el vino beocio Baiasca se mostraba algo más locuaz que en anteriores ocasiones, lo que aproveché para hacer nuevas indagaciones sobre su pasado.

    —¿Cómo te apresaron los esclavistas? — me interesé.
    —Una cohorte romana atacó mi poblado por sorpresa y se llevó a todos los jóvenes.
    —¿Estabais en guerra?
    —En mi tierra cada tribu pasa el tiempo luchando con las vecinas. A veces nos aburrimos y bajamos al llano. Entonces las guarniciones romanas se enfadan y suben a hacer un escarmiento.
    —¿Quién pudo asesinar a mi tío? — planteé, desviando el hilo de la conversación—. Tú, que seguías de cerca sus investigaciones, debes de tener algún sospechoso en mente, seleccionado entre los criminales más astutos y sanguinarios que desenmascaró. — Baiasca esbozó una sonrisa un tanto huidiza.
    —Unos cuantos —respondió.
    —Tal vez sea una pretensión insensata, pero antes de volver a Atenas me gustaría capturarlo. Sería mi homenaje a la memoria de Alcímenes —la cémpsica reincidió en su sonrisa dilatoria. Era obvio que la muerte de mi tío no constituía uno de sus temas favoritos.
    —Seguro que podrás hacerlo —me animó.
    —¡Tu jergón! — recordé con la última pasa—. Me he olvidado de comprarlo.
    —No importa. Hace muy buena noche para dormir en el patio. Además ya has tenido muchos gastos por mi causa.
    —También el negocio va produciendo algunos ingresos.
    —Verás como aumentan. Buenas noches.
    —Hasta mañana —contesté, mientras la esclava cerraba suavemente la puerta del patio.

    La mente de un exquiriente, sometida a todo tipo de tensiones durante su jornada laboral, necesita como la de pocas personas las horas del reposo nocturno, en las que el pensamiento, libre de lastres terrenales, se remonta a las placenteras regiones del sueño. Pronto pude comprobar, sin embargo, que no es tan sencillo conseguirlo si en cada peldaño de la ascensión acecha un lagarto gigante, blandiendo las ensangrentadas púas de su tridente, o la imagen torva de la diosa de la venganza saltando de su pedestal.

    Entre las nubes de mi agitada somnolencia se dibujó la rechoncha figura del sirio, en su intentona de comprar a Baiasca por un precio que, vista la evolución de mi negocio, hubiese resultado de saldo. Le expulsé de mi pensamiento, con un gesto de ignominiosa despedida, y traté de determinar por cuántos denarios estaría realmente dispuesto a desprenderme de la esclava. Había rechazado una hipotética oferta de siete mil quinientos y empezaba a plantearme la de ocho mil cuando el dios Morfeo, compadecido del esfuerzo, extendió sobre mis cavilaciones su manto restaurador.


    Tercer día


    Los graves deberes de mi oficio obraron tal influjo que, contra mi tendencia innata, apenas si hacía dos horas de la salida del sol y ya me hallaba refrescándome en el aljibe, a punto para la vida activa. Baiasca estaba en el exterior, apoyada en la puerta de la calle con las manos a la espalda, en plena charla con su amigo el mendigo pelirrojo. Interrumpí su conversación y le indiqué que se dispusiera a acompañarme.

    —Tu voz me recuerda la de tu tío Alcímenes —medió el ciego—. Debíais de pareceros mucho.
    —Toma para un trago y discúlpanos —le corté, depositando un sextercio en su mano—. Tenemos trabajo —el hombre palpó la moneda y refunfuñó en dialecto tracio mientras se alejaba:
    —Quizá no os parezcáis tanto.
    —Vamos al anfiteatro a hablar con Alyx el númida —informé a la esclava—. Según Antonio a estas horas debe de estar entrenando. Después pasaremos por la casa de Elio Manlio, en la vía Nomentana —me asaltó un inquietante pensamiento—. ¿Y si mientras estamos fuera viene otro cliente?
    —Ya volverá. No hay otro exquiriente en la ciudad.
    —Escribe en la puerta que regresaremos pronto. Si el negocio va bien deberemos comprar un portero. — Baiasca cumplió mi orden con media sonrisa, como si pensara para sus adentros que en un solo día había pasado de vendedor a comprador de esclavos. Echamos a andar hacia el Foro, mientras yo meditaba en voz alta—: Es posible que Alyx tenga algo que ver con la muerte de Siderobros. Cuando me encontró examinando el escudo reaccionó como un energúmeno —la cémpsica hizo un gesto de asentimiento—. También he pensado que la cicatriz del nubio podría ser falsa, dibujada por alguien que conociese la profecía del lagarto y quisiera asustar a Siderobros; y que convendría saber quién proporcionó el escudo a su compañero. Aparte de entrevistarme con la bruja de Ishtar, ¿qué más haría Alcímenes?
    —Creo que hablarla con algún corredor de apuestas.
    —¿Para qué?
    —Por lo visto todo el mundo confiaba en Siderobros. Si alguien hubiese amañado el combate podría haber hecho un gran negocio apostando por los nubios.
    —Es una posibilidad —admití.

    Fuimos abriéndonos paso entre la muchedumbre litocefálica, cada vez más espesa y vociferante conforme nos acercábamos al centro de la Urbe. No pude evitar dirigir un recuerdo a los silenciosos olivares del Ática.

    —No comprendo cómo la gente de todo el orbe sigue afluyendo hacia este hormiguero en lugar de escapar de él —comenté—. ¿Son así las ciudades de tu tierra? — Baiasca sonrió.
    —Todos los cémpsicos cabríamos en ese templo —respondió—. Y no muy apretados. En cambio allí ocupamos varias jornadas de marcha.
    —Debéis de estar muy a gusto.
    —El invierno se hace un poco largo, pero vivimos muy tranquilos.
    —Cuando gane algo de dinero volveré a mi casa y conocerás Atenas. Es una ciudad preciosa, muy pacífica y llena de monumentos de verdad, no como estos simulacros… —la esclava hizo un gesto indefinible.
    —Seguro que me gustaría —añadió en un misterioso condicional.

    Avistamos al fin el anfiteatro, cerrando con su estructura de madera la amplia explanada del Foro. Me acometió una duda:

    —¿Qué pasará si Alyx se niega a hablar? — pregunté— ¿Puedo obligarle?
    —¿Cómo es? — levanté la mano hasta la altura del brazo extendido y a continuación separé las palmas en toda mi envergadura.
    —Más bien no —dictaminó.
    —¿Qué hacía mi tío en esas situaciones?
    —A algunos les halagaba, a otros les amenazaba, a los más resistentes les sobornaba.
    —Pienso que no me conviene amenazar al númida. Y dado el estado actual de mis finanzas, será preferible recurrir al halago. Espérame aquí —le ordené a la entrada del recinto—. Si no salgo en una hora contrata a otro exquiriente para que localice mis huesos.

    El portero me remitió al ludi, una pequeña explanada a espaldas del anfiteatro, acotada por una valla, en cuyo interior dos o tres docenas de atletas sudorosos se acometían entre sí o golpeaban, con entusiasmo digno de mejor causa, un monigote giratorio de madera. Frente a mí un hombre de pelo blanco, sin consideración a la diferencia de edad, aporreaba metódicamente a un joven macero. Al fin la víctima obtuvo permiso para traspasar la valla y recobrar la respiración sobre un banquito.

    —Creo que volveré a la mina —resopló, soltando su maza claveteada—. Ya no me parecen tan dañinos los desprendimientos.
    —¿Quién es ese sujeto? — me interesé.
    —El lanista. Su misión consiste en martirizar a los novatos. Y la desempeña muy a gusto —y en ese momento el mencionado me apuntó con un dedo y vociferó:
    —¡Eh, tú! Trae aquí esa maza —dejando aparte lo discutible de los modales, parecía un ruego fácil de complacer. Empuñé el arma y me aproximé al lanista, que me aguardaba con los brazos en jarras y una sonrisa despreciativa. El hombre añadió—: ¿Dónde vas así? Quítate la túnica y pégame.

    La orden fue tan terminante que, balanceando instintivamente la maza hacia atrás, a punto estuve de satisfacer su segundo deseo. Lo sospechoso del primero hizo, no obstante, que me propusiera indagar antes sus motivos ocultos.

    —¿Para qué? — planteé.
    —¿Cómo que para qué? ¿Y tú quieres ser gladiador?
    —No tengo ni la menor intención —aseguré. El hombre me miró con desconcierto.
    —Entonces, ¿qué haces aquí?
    —Soy exquiriente y vengo a ver a Alyx el númida —de la forma en que me contempló el lanista deduje que, como habría dicho Baiasca, no le gustaban los exquirientes.
    —No hay nada como ser gladiador. Emociones fuertes, popularidad y mucho dinero. ¿Seguro que no quieres probar?
    —En modo alguno.
    —Ahí tienes a Alyx —señaló el lanista, definitivamente desengañado acerca de mí—. Si fueses mi amigo te recomendarla que soltaras esa maza. Alyx puede sufrir la misma confusión que yo y reaccionar algo bruscamente —me pareció un consejo sumamente saludable.

    El númida estaba situado frente a uno de los espantajos de madera, golpeando la rodela sujeta a su travesaño lateral, hacía girar a éste sobre su eje y doblaba a continuación la rodilla para esquivar el impacto. Cuando me puse a su lado me miró de reojo y sin interrumpir el ejercicio tartamudeó:

    —¿Qué quieres tú?
    —Charlar contigo.
    —Estoy entrenando —los golpes que descargaba sobre la rodela favorecían en muy poco el sosiego de la conversación. Decidí abrir el turno de las lisonjas.
    —Ayer vi tu combate en carro. Me pareció formidable.
    —A todo el mundo se lo pareció —aseguró inmodestamente Alyx.
    —Hay que tener mucho valor para dejar que el rival dispare primero sus dos venablos —aunque no suspendió su práctica, mi interlocutor esbozó algo análogo a una sonrisa.
    —Podía haberlo matado en el primer cruce, pero prefiero dejar que el adversario se desarme solo y rematarlo después como a una liebre. Al público le encanta. Númitor decía que lo que diferencia a un gladiador de un matarife es el sentido de… ¿cómo se dice? — planteó el gladiador, haciendo desaparecer, en un gesto de intensa concentración, los ojos dentro de sus órbitas.
    —De la estética —propuse.
    —Eso es. ¿Qué te pareció cómo lo ensarté con mi jabalina?
    —Muy estético.
    —Veo que eres un buen aficionado. Pero… —entre dos de sus contracciones ciliares Alyx consiguió fijar la vista en mí y rectificó su expresión, relativamente benévola hasta el momento— ¡tú eres el que fisgoneaba ayer en el espolario! — bramó, asestando tal mandoble al muñeco que hizo tambalear su palo vertical. Creí llegado el momento de presentarme.
    —Soy Diomedes de Atenas, exquiriente contratado por Siderobros —expuse.
    —¿Para qué?
    —Temía que le preparasen una emboscada y me pidió que vigilase durante el festival —el númida paladeó estas palabras.
    —Si tu misión era protegerle, no debes de ser un exquiriente muy bueno —concluyó, reanudando sus golpes al espantajo—. Bien, supongamos que no estás mintiendo. ¿Qué quieres de mí?
    —Hacerte unas cuantas preguntas. No muy difíciles, por supuesto —le tranquilicé, advirtiendo que volvía a arrugar el ceño.
    —¿Y por qué piensas que voy a contestarlas?
    —Siderobros era tu compañero.
    —Era mi amigo —me corrigió—. Pero en nuestro oficio no hay segunda oportunidad y ya no puedo hacer nada por ayudarle. Y ahora, si no te importa, déjame en paz. Tal vez para un mirón parezca sencillo esquivar este maldito travesaño, pero te aseguro que hay que estar muy pendiente —busqué desesperadamente un motivo que pudiera conmover al gladiador. Y de pronto surgió un rayo de luz.
    —¿Recuerdas cómo murió Númitor? — planteé.
    —Naturalmente.
    —Era el campeón de su tiempo y sucumbió ante un novato que apenas sabía empuñar la espada sin cortarse. Siderobros fue después el favorito de la masa y ya viste cómo terminó.
    —¿Dónde quieres ir a parar con eso?
    —¿Quién es el mejor ahora? — creo que mi tío hubiese aprobado esta argumentación. Al menos impresionó tanto al númida que, olvidando doblar la rodilla, recibió al palo horizontal en pleno cogote, saliendo proyectado dos o tres pasos hacia adelante.
    —El mejor soy yo —afirmó, casi en un susurro, mientras se frotaba la nuca rapada. Su tartamudeo había desaparecido—. Tal vez no sea todo lo inteligente que se requiera para hablar con alguien de tu oficio, pero haré lo que pueda.
    —De acuerdo. ¿Mantenías una relación asidua con Siderobros?

    Alyx reincidió en su tic nervioso.

    —Si empleas esas palabras no iremos a ninguna parte —protestó.
    —Quiero decir que si hablabais a menudo.
    —La mayor parte del tiempo nos aporreábamos en el entrenamiento. Pero al acabar íbamos juntos a la taberna casi todos los días. Era una gran persona, aunque un poco pesado cuando se ponía a recitar en griego.
    —¿Te habló del lagarto y del león? — el númida hizo un gesto afirmativo.
    —Estaba muy preocupado por las palabras de la bruja. Era su último combate y soñaba con terminarlo y marcharse a cultivar coles en Ancio. Cuando yo me retire abriré una carnicería —aseguró Alyx—. Me fastidian las legumbres.
    —¿Quién más podía saber la profecía de Proelia?
    —Supongo que nadie. Un campeón del anfiteatro no va contando por ahí que tiene miedo. Un momento —solicitó el luchador ocultando una vez más sus pupilas en señal de que pensaba—. ¿Estás insinuando que si alguien la conocía pudo influir para que contratasen al nubio de la cicatriz, de modo que al ver Siderobros el dibujo del lagarto quedase paralizado de terror? — planteó, batiendo probablemente su marca personal en frases largas.
    —Puede ser una teoría.
    —Ya se me ocurrió a mí. Pero el combate con los nubios estaba concertado mucho antes de que Siderobros visitase a la bruja.
    —Tal vez la cicatriz fuese falsa, pintada por alguien que estaba al corriente de la profecía.
    —Lo mismo pensé yo. Por eso al acabar el festival fui en busca del nubio y palpé su cicatriz. Era tan legítima como las mías.
    —Pasemos a otro punto. ¿Conocías al mirmillón que hizo pareja con Siderobros?
    —Muy por encima. El dueño del anfiteatro lo compró a un lechero de la vía Aurelia hace una semana. Tenía buenos músculos para acarrear leche, pero contra dos reciarios profesionales no suelen ser suficientes. Fue una barbaridad hacerle combatir tan pronto.
    —¿Podrías averiguar quién le proporcionó su escudo? — Alyx sonrió victoriosamente.
    —Investigué un poco por mi cuenta. Normalmente los novatos son armados a costa del anfiteatro, pero esta vez el encargado del material jura que llegó completamente pertrechado —advertí, con no poco desaliento, que todas mis teorías habían sido anticipadas por el númida. Si no fuese por su irrefrenable propensión a cerrar los ojos cada vez que pensaba, que tanto hubiera desconcertado a sus clientes, habría podido ejercer el oficio con el mismo éxito que yo. Recordé la pista sugerida por Baiasca y me así a ella como última posibilidad.
    —¿Sabes si alguien apostó alguna cantidad importante contra Siderobros?
    —Es fácil de averiguar. ¡Paulo! — voceó Alyx. El lanista se acercó—. Además de preparar a los novatos Paulo trabaja de corredor durante los festivales.
    —¿Qué haces ahí parado con ése? — le recriminó el canoso—. Ni siquiera quiere ser gladiador.
    —¿Cuánta gente apostó por los nubios en el festival de ayer?
    —Muy poca. Me han hablado de un siciliano que ganó dos mil denarios.
    —Ya sé quien los perdió —asentí decepcionado. Por mucho que le escocieran a Publio Antonio, no eran bastantes para justificar un complot. Sentí como la última pista se perdía.
    —Aparte, naturalmente, de los cincuenta talentos del epirota —agregó el lanista. Creí no haber entendido bien.
    —¿Cincuenta talentos?
    —Los repartió entre los corredores, con la orden de aceptar cualquier apuesta contra Siderobros. Se agotaron inmediatamente. Luego recogió las ganancias y se marchó sin dejar un mal sextercio de propina. ¡Maldito tacaño!
    —¿Dónde vive? — me apresuré a preguntar.
    —Supongo que en el Epiro. Nos dijo que estaba de viaje por Italia y que había visto combatir a los nubios en Pompeya. Todos creímos que estaba loco.
    —Descríbelo con detalle.
    —Era muy poca cosa, bajito y con los hombros estrechos. Una nulidad como gladiador.
    —¿Rubio o moreno? — Paulo hizo un esfuerzo de memoria.
    —La verdad es que me fijé más en sus cincuenta talentos. Creo que moreno.
    —Necesito alguna seña distintiva. ¿Era cojo, o tuerto, o tartamudo?
    —Hay mucha gente que tartamudea —medió Alyx—. Y no veo nada malo en ello.
    —Si te sirve tenía la nariz muy ganchuda, en forma de apagavelas, y los ojos saltones.
    —Algo es algo. Pero en una ciudad como ésta debe de haber miles de narices así.
    —Si te resulta un consuelo, sería peor en Jerusalén.
    —¿Y si ni siquiera fuese epirota?
    —Lo era. Yo soy dálmata y no me hubiera engañado sobre este punto —creí agotada la información que pudiera extraer de mis interlocutores. La probabilidad matemática de hallar al apostador era de una entre varios centenares, pero disminuiría cuanto más demorase su búsqueda. Agradecí la colaboración y me dispuse a abandonar el recinto.
    —Avísame cuando lo encuentres —rogó Alyx—. Matar a Siderobros estuvo muy mal, pero no hay crimen más horrible que hacer trampas en el anfiteatro.

    Baiasca me aguardaba a la salida.

    —Las panteras llevan un rato calladas —comentó—. Empezaba a preocuparme qué les habían echado de comer.
    —Los atenienses producimos ardor de estómago. Antes que nada, ¿sabrías reconocer un epirota entre la multitud?
    —Creo que no demasiado.
    —Deberemos intentarlo —y procedí a relatar a la esclava los resultados de mis investigaciones.
    —Has hecho muchos progresos —me felicitó.
    —No servirán de nada si se nos escapa el apostador. ¿Por dónde empezamos a buscarle?
    —Conozco a un epirota con la nariz ganchuda —dijo Baiasca—. Es un pordiosero, que Alcímenes usaba a veces como confidente. Suele mendigar por el mercado del Aventino —hice un gesto negativo.
    —No nos sirven los mendigos. Buscamos un hombre acaudalado, capaz de arriesgar cincuenta talentos. Pero a falta de otra cosa podemos preguntar a tu amigo si sabe de algún compatriota rico que haya visitado últimamente la ciudad. También debemos ir a ver a un lechero de la vía Aurelia. Pero antes nos esperan la familia de Elio Manlio y su estatua homicida. Resulta curioso cuánta gente se conoce en esta profesión, ¿verdad? ¿Está lejos la vía Nomentana?
    —Empieza detrás de aquellas casas.
    —¡Excelente! Temía que nos aguardase otra caminata.
    —Tiene más de quince millas —comunicó lúgubremente la esclava.

    No recorrimos más que una, por fortuna, hasta encontrar la casa de Elio Manlio Helvético, héroe de las Galias. Respondía exactamente al curioso concepto que de una mansión lujosa tienen los romanos, es decir, un caserón formidable y amurallado, sin resquicios al exterior, más apto para resistir un cerco de rebeldes germanos que para la regalada vida de sus moradores. La rodeaba un jardín frondoso, limitado por las púas de una verja de hierro. Unos cuantos perros feroces mostraron sus dientes al otro lado de los barrotes, mientras Baiasca y yo aguardábamos a que fueran reducidos por los porteros.

    Entre los oscuros setos del jardín destacaba el mármol blanco de diez o doce esculturas, en las que se hallaba representado casi todo el panteón romano. Las examiné con ojo helénico, esperando descubrir los habituales dislates anatómicos del arte indígena. Resultaron de una calidad muy estimable, pero los hechos ocurridos en la villa daban al conjunto un aire vagamente amenazador, como si Júpiter y su olímpica familia estuvieran planeando un nuevo escarmiento para los mortales.

    Acudió a recibirnos un hombrecillo rechoncho, de espesas guedejas y tenaz bizquera, que se definió como el siervo en jefe Cocleo. Un exquiriente propenso a dejarse llevar por las apariencias le habría declarado culpable sin más averiguación.

    —Las señoras te aguardan en el salón —comunicó—. Pero me han encargado que antes te acompañe al lugar de los hechos y conteste a todas tus preguntas. Tu esclava puede esperar aquí fuera. — Baiasca miró de reojo hacia el jardín, no sé si a las estatuas o a los perros que seguían ladrando junto a la verja, y no pareció muy feliz, pero me indicó con el gesto que no replicara.

    Escolté al bisojo por el suntuoso interior del edificio hasta el atrio descubierto. El hogar de Elio Manlio estaba decorado al gusto de un patricio romano, con la increíble variedad de riquezas que un buen depredador puede acumular en sus esforzados años de servicio en provincias. Los tesoros se amontonaban, conforme a tal usanza, al estilo de las urracas en su nido, a base de colocar ánforas micénicas sobre calderos dorados de druida.

    —Aquí se celebró el banquete —explicó—. Al lado de la fuente estaba la mesa presidencial y alrededor las de los invitados. En esa explanada, bajo las escaleras, se hallaban los actores representando la tragedia.
    —¿Qué tragedia?
    —¿Qué tiene que ver eso con la muerte del señor?
    —En realidad nada, pero soy muy aficionado al teatro.
    —Las Euménides, de tu compatriota Esquilo. Siempre me duermo con esos dramones griegos. Prefiero a Plauto —le lancé una despreciativa mirada, como indicando que tal predilección era propia de un ser tan ínfimo como él, pero la ignoró y continuó—: Cuando mi amo se sintió indispuesto se levantó de la mesa, rodeó el escenario y subió por esta escalera. Esa es la puerta de sus aposentos —agregó, señalando al final de los peldaños.
    —¿Iba solo?
    —Completamente. Yo le seguí con la vista, porque estaba muy demacrado y me inquietaba su estado. Le vi abrir la puerta con esta llave, así, y volverla a cerrar —habíamos accedido a una pequeña antesala. El siervo me advirtió—: Resulta algo impresionante.
    —En este oficio es difícil… ¡Por la piel de la cabra Amaltea! — exclamé en griego, apenas traspasado el umbral, sintiendo cómo se erizaban todos mis cabellos.

    La habitación entera era una mancha de sangre seca. El suelo, las paredes, las ropas de la cama adoselada, estaban cubiertas por su costra granate. Y presidiendo aquel espectáculo desde el pedestal la diosa de la venganza fruncía su ceño horrible y extendía los dedos crispados en un sobrecogedor gesto de amenaza. En la basa se leía: «La venganza de Noviodunum te ha alcanzado».

    Supongo que un exquiriente veterano, endurecido en el contacto diario con crímenes sanguinarios y espíritus del Averno, no hubiese vacilado en un acto tan inocuo como el de palpar una estatua de piedra. Por lo que a mí respecta no puedo negar que al extender la mano ésta temblaba, más de lo tolerable en un descendiente de los vencedores de Salamina. Pasé las yemas de los dedos por su rígida cabellera, la tensa musculatura de los brazos, los pliegues de la túnica. Resultaron tan duros y fríos al tacto como correspondía al mármol en que fue esculpida.

    Una mano se posó en mi hombro, haciéndome dar un respingo de regular dimensión. Era el ruin Cocleo, provisto de un afilado estilete.

    —Es el arma homicida —definió en un susurro. Comparé mentalmente el tamaño de su empuñadura estriada con el del hueco de la palma derecha de la diosa. Encajaban perfectamente.

    Algo más tranquilizado examiné la estatua. No era de gran volumen, algo más de una cuarta por debajo de las dimensiones naturales, pero pese a su horripilante gesto tenía toda la majestad que cabe exigir a una divinidad olímpica. Si su procedencia era humana resultaba obvio que sólo un artista griego, y no del montón, había podido delimitarla en la piedra.

    Por el contrario el pedestal presentaba unos feos ornamentos afiligranados, en forma de guirnaldas anudadas, de indiscutible escuela romana. Así lo indiqué a Cocleo, quien respondió:

    —La basa no vino con la estatua. Sostenía una figura de Hebe que se rompió hace tres días. La señora tuvo un vahído y al apoyarse en ella le quebró un brazo. Por eso mi amo decidió sustituirla por la que le enviaba su amigo de Éfeso.

    Me asomé a la ventana del dormitorio. Abría a buena altura sobre el jardín, frente a la verja de hierro junto a la que patrullaban el portero y sus perros. Baiasca estaba sentada en los peldaños de la entrada, sin quitar ojo a los mastines. Sobre mi cabeza sobresalía el voladizo del tejado.

    —La fachada estaba iluminada con motivo de la fiesta —dijo Cocleo, anticipándose a mis pensamientos—. Nadie pudo saltar por la ventana sin ser visto por los porteros. Y los perros despedazarían a cualquiera que vagase por el jardín de noche. Tampoco era posible salir por la puerta sin llamar la atención de los espectadores de la tragedia.
    —¿Cuál es entonces tu teoría?
    —Un esclavo no tiene teorías. Sólo sé que en el momento de su muerte mi señor estaba solo. Solo con Némesis, naturalmente.

    Dominando mi aprensión hacia la sangre seca, tanteé las paredes y el suelo, incluso debajo de la cama.

    —Debe de haber algún pasadizo para salir de aquí —expuse. Cocleo disimuló una sonrisa.
    —La casa de un patricio romano no tiene pasadizos —afirmó—. Esas cosas sólo ocurren en las comedias griegas —abandoné la búsqueda sin resultados.
    —¿Por qué cerró Elio Manlio la puerta?
    —Siempre lo hacía para tomar su tónico. Era muy receloso y temía que alguien descubriera el lugar donde lo escondía y le privara de él en el momento en que lo necesitara.
    —¿Dónde lo guardaba?
    —Aquí dentro —sobre el aparador había una terracota policromada, representando a una muchacha con un cántaro en brazos. Cocleo apretó su codo y al instante el recipiente se inclinó y dejó caer varias gotas de un líquido verdoso.
    —Me has dado una idea —señalé. Y regresando junto a la estatua comencé a palparla en busca de algún posible resorte que activase un ignorado mecanismo. Tras oprimir todos sus puntos salientes llegué, en un ademán algo irreverente, a tirar de las orejas de la diosa.
    —Si ella vuelve no le va a gustar todo esto —auguró fúnebremente Cocleo.
    —Era una posibilidad —alegué, desistiendo del intento—. Bien, llévame junto a tus amas. No hay mucho más que ver aquí.
    —¿Podemos limpiar la habitación?
    —Hacedlo cuanto antes. Según un proverbio ático la sangre llama a la sangre.

    Guardé el estilete bajo mi túnica y descendí las escaleras sumido en hondas meditaciones. Nada más llegar al salón mis clientes iban a pedirme la explicación racional de lo sucedido. Echar la culpa a una estatua de mármol podría ser una hipótesis más o menos defendible, pero no acababa de justificar los mil denarios de mi tarifa.

    —Olvidé dar un recado a mi esclava —indiqué a Cocleo—. Di a tus amas que regreso enseguida.

    Baiasca continuaba sentada en los escalones.

    —¿Qué tal ahí dentro? — se apresuró a preguntar. Le narré rápidamente mis actividades y añadí:
    —Tengo una teoría. Elio Manlio estaba enfermo y agobiado por los remordimientos. La tragedia que se representaba, sobre las furias infernales vengadoras, debió despertar el recuerdo de su traición. ¿Y si hubiese querido lavar su infamia al estilo de los antiguos romanos, clavándose un puñal en el pecho? — la cémpsica hizo un gesto de asentimiento—. Pero eso no justificaría cómo la diosa del amor se transforma de repente en un ser horripilante.
    —Tampoco cómo un hombre con un estilete en el corazón tiene tiempo y humor para manchar las paredes con su propia sangre —replicó Baiasca. Mi hipótesis se derrumbó con un estrepitoso sonido de cristales.
    —Temo que estamos en un callejón sin salida. ¿Qué voy a contar a mis clientes?
    —No les cuentes nada. Pregúntales tú a ellos.
    —¿Tú crees?
    —Estás en el comienzo de la investigación. Si un enigma se resolviera con un simple paseo por el lugar de los hechos cualquiera podría ser exquiriente.
    —Tienes razón —apoyé—. Pero nadie va a explicarme cómo se puede apuñalar a un hombre solo en una habitación cerrada. ¿Estuvo alguna vez Alcímenes ante un misterio parecido?
    —Muy a menudo. Si no hallaba la solución se dedicaba a investigar quién pudo haber sido y dejaba para el final el saber cómo lo hizo. Preguntarla, por ejemplo, quién resultó favorecido por el testamento de Elio Manlio.
    —¿Quieres decir que lo de Noviodunum puede ser solamente una tapadera?
    —A veces las cosas no son lo que parecen. También indagaría si Elio Manlio estaba ya muerto cuando entraron sus amigos y familiares o si llegó a decir algo. En muchas ocasiones la última frase de un moribundo contiene la clave del enigma.
    —También hay que dejar claro cómo llegó aquí esa estatua —añadí—. Quizás no fue el amigo de Éfeso quien la remitió.
    —Está muy bien pensado —aprobó la esclava.
    —Voy a ver a esa gente —decidí—. No conocí a Alcímenes, pero estoy seguro de que él no creería en la culpabilidad de la diosa, a menos hasta que la viera reencarnarse ante sus ojos.
    —Ve a dar un paseo, como si estuvieses cumpliendo mi encargo. No vayan a pensar que he venido a pedirte ayuda. Pero no te alejes mucho por si acaso. — Baiasca se volvió hacia el jardín de las estatuas. Una brisa hostil mecía los setos en torno a sus mármoles blancos.
    —Me dan miedo los perros —declaró.
    —Mandaré a Cocleo que te acompañe hasta la salida.

    En aquellos momentos la verja se abrió y una espléndida biga de caballos alazanes, que habría hecho palidecer de envidia a mi amigo Antonio, avanzó al trote por la avenida principal. La tripulaba un hombre de unos treinta y cinco años, con unos bucles primorosamente peinados y una clámide a la última moda de Atenas. Catón el censor, que golpeó a su hijo por sorprenderle con una banda en el pelo, habría mandado empalar a este tipo de romano decadente—helenizante.

    El desconocido detuvo el vehículo junto a la escalinata, dirigió a Baiasca una larga y penetrante mirada y descendió del pescante de un salto. No entiendo mucho de perfumes, pero el que esparcía a su alrededor el romano no parecía ser de los baratos.

    —¿Llevamos el mismo camino? — preguntó amistosamente.
    —Eso parece —el hombre sonrió al escuchar mi acento.
    —Griego, ¿eh? ¡Bravo! Me gusta todo lo griego. Vuestra moda, vuestra filosofía, vuestros vinos… Por cierto, ¿es tuya esa esclava? También me encantan las esclavas griegas.
    —Es cémpsica.
    —¡Qué lástima! — deploró el romano, probando por su expresión que sabía lo mismo que yo sobre cémpsicos—. Soy Cayo Manlio Turmo, sobrino del difunto Elio. Tú debes de ser el exquiriente que quería contratar mi prima Mitis. ¿Has visto ya la estatua homicida? Horrible, ¿verdad? En esta ocasión me ha defraudado el arte griego. Pensaba que vuestras estatuas mataban con algo más de elegancia.

    Sin que pudiera afirmar si hablaba en broma o en serio llegamos al tablinium, en el que aguardaban mi cliente y una dama enlutada que me fue presentada como Livisa, viuda del finado Elio Manlio. La miré con cierta sorpresa. Dada la edad de Mitis había imaginado una recia matrona cuadragenaria. En realidad se trataba de una joven, adornada con una larga melena castaña y un marcado hoyito en la barbilla. Turmo saludó cordialmente a Mitis y con mucha más ceremonia a Livisa, mientras declamaba, con voz repentinamente cálida:

    —Para las heridas de la zozobra crearon los dioses el bálsamo de la amistad.
    —¿Qué has descubierto? — me preguntó directamente Livisa, ignorando las galanterías de su sobrino.

    "—Es pronto para conclusiones —aseguré—. Aún debo interrogar a los testigos.

    —Pregunta todo lo que desees.
    —¿Quién fue el primero que llegó junto al cuerpo de tu marido? — la viuda oscureció su expresión.
    —Yo misma —respondió. Turmo le cogió la mano entre las suyas.
    —No resulta muy delicado traer estos recuerdos a la señora —protestó.
    —Tiene qué saber todo lo que sucedió —le corrigió Livisa, retirando la mano—. Abrí la puerta con mi llave y le vi tendido boca arriba, con el mango del estilete asomando entre los pliegues de su túnica. Me flaquearon las piernas y cal de rodillas a su lado.
    —¿Consiguió hablar?
    —Estaba muerto, empapado en su sangre… —añadió la viuda, tapándose los ojos. Turmo se inclinó sobre ella y puso la mano en su hombro. No me pareció humano insistir.
    —¿Ha sido leído el testamento de Elio Manlio? — planteé, cambiando de tema.
    —Ayer me lo entregaron las vestales —anunció Turmo.
    —Es muy breve —intervino Mitis—. Me lega una generosa dote, instituye heredero a mi hermano Marco y ordena la manumisión de Cocleo. Ha servido a mi padre desde que nació y todos estábamos seguros de que se acordaría de él —pensé que este punto podía tener ramificaciones interesantes.
    —¿Conocía Cocleo la… quiero decir el secreto de Elio Manlio?
    —¿Su traición? — tradujo Turmo, provocando una indignada mirada de ambas mujeres—. No debía ignorar nada sobre su amo. Fue siempre su hombre de confianza.
    —No cabe sospechar de él —amplió Mitis—. Durante toda la representación se mantuvo en pie tras mi padre y cuando escuchamos su grito fue de los primeros que corrió escaleras arriba.
    —¿No hay más beneficiarios del testamento?
    —Ni siquiera se acordó de su sobrino más fiel —se lamentó Turmo—. Claro está que minorar la herencia hubiera sido una mala jugada para el heredero.
    —Creía que disponía de un gran patrimonio —me extrañé. Livisa y Mitis habían vuelto a fulminar a su pariente con la mirada.
    —Si el ratón tiene mucha hambre puede resultarle pequeño el queso —insistió Turmo. Mitis le cortó la frase:
    —Esas bromas son de muy mal gusto —su primo se sorprendió o fingió sorprenderse.
    —Pensé que había que contarlo todo —alegó. Aguardé unos instantes a que alguien hablara y continué:
    —¿Y el amigo de Éfeso? ¿Tuvo alguna relación con lo de Noviodunum?
    —Fue nombrado para una prefectura en Asia varios años antes de la guerra con los helvecios —negó Livisa.
    —Aparte de lo que supiera Cocleo, mi padre sólo reveló el secreto a nosotros tres y a mi hermano —aseguró Mitis.
    —¿Cómo supisteis que la estatua de Némesis venía de Éfeso?
    —En la caja de embalaje había una tablilla con la dedicatoria.
    —La trajeron unos marineros en una carreta —informó Livisa—. La desembalamos y a mi esposo le gustó tanto que decidió colocarla en su dormitorio, en el pedestal de una estatua de Hebe a la que dos días antes había roto el brazo en un tropezón.
    —Mi tío era un amante de la belleza —medió Turmo—. Seleccionaba cuidadosamente sus esculturas y sus esposas:

    Creí recordar que según Cocleo había sido la propia Livisa la causante del estropicio. Al fin y al cabo no es fácil que una mujer admita su torpeza en los asuntos domésticos.

    —¿Qué aspecto tenía exactamente?
    —Era una Venus desnuda y sonriente, con una paloma en la mano.
    —¿Cuándo la visteis por última vez antes del crimen?
    —Yo subí a enseñarle a mi padre el collar que iba a estrenar —reveló Mitis—, poco antes del banquete. Dije a Cocleo que retirara los restos del embalaje, que estaban en el suelo del dormitorio, porque mi padre quería mostrársela a sus amigos.
    —¿No me habíais dicho que la desembalasteis antes de llevarla a la alcoba?
    —Solamente le quitamos la tapa para verla —aclaró Livisa—. El embalaje fue desmontado ya sobre el pedestal, para que los esclavos no la dañasen en el transporte. Yo acompañé a nuestros invitados para que la admirasen, ya con el banquete empezado, y continuaba tan hermosa como cuando llegó.
    —¿De qué barco eran los marineros que la trajeron?
    —Del Melicertes de Cos —contestó Turmo—. Tenían aspecto de dodecanesios, de modo que me interesé por su nave. En cuestión de vestuario suele haber excelentes oportunidades de compra en una nave recién llegada del Egeo. No zarpará hasta dentro de una semana.
    —Deberé hablar con su capitán para verificar quién y dónde cargó la estatua. ¿A qué distancia está el puerto? Es curioso, pero nunca he tenido un caso relacionado con él —justifiqué, ante la mirada sorprendida de mis interlocutores.
    —Andando tardarías todo el día —respondió Turmo—. Iré yo con mi biga. Quizás tengan clámides en oferta —Mitis frunció el ceño ante este ofrecimiento.
    —Yo te acompañaré —saltó.
    —Es un viaje muy pesado… —empezó Turmo. Le cortó la irrupción de un joven espigado, de pelo rizado y gesto agrio, que permaneció unos instantes en el centro de la asamblea para tronar a continuación:
    —¿Qué es esta tertulia? ¿Así guardan el luto la esposa y la hija de Manlio Helvético? — el silencio de las mujeres acreditó que me hallaba ante el heredero.
    —No es una reunión social, primo —les defendió Turmo—. He venido a expresar a la señora mi más profunda…
    —¡Silencio! — rugió Marco Manlio— ¡No es momento para importunar con galanteos? ¿Y quién es ése? ¿Otro pretendiente a la moda griega?
    —Es un griego —justificó Mitis, con un hilo de voz—. El exquiriente que contraté.
    —¿Quién ha llamado a un intruso para que meta la nariz en nuestros asuntos? ¡Fuera de aquí o haré que te expulsen a patadas!
    —Él sólo viene a ayudar…
    —No te esfuerces —le interrumpí, levantándome de mi asiento—. Sé entender una indirecta. Pero déjame decirte…
    —¡Fuera! — exhaló Marco, con un evidente rictus de hematófago en alto grado de congestión. Por respeto al luto familiar me abstuve de replicar como merecía aquel energúmeno. Me despedí de Livisa y emprendí dignamente el camino de la salida.
    —No te ofendas —me susurró Mitis en el pasillo—. Está muy trastornado.
    —Es muy lógico en esta situación.
    —Cuando volvamos del puerto iré a contarte lo que hayamos averiguado. Cocleo te pagará tus honorarios.

    El bisojo me escoltó ceremoniosamente hasta la puerta de salida. Aproveché para satisfacer mi curiosidad:

    —¿A qué edad se casó Livisa? — planteé—. No puede ser la madre de Marco y Mitis.
    —Es la segunda esposa de mi amo. Pertenecía a la familia Cornelia y llevaban tres años casados —respondió el sirviente, ya junto a la verja, mientras me entregaba una bolsa de piel que tendí a Baiasca.
    —Contéstame sinceramente: ¿quién tenía motivos para matarlo? — dibujó una sonrisa indescifrable y dijo:
    —Según un proverbio cilicio, dos pichones y una paloma hacen demasiadas plumas en el palomar.
    —No te entiendo.
    —Tu oficio es el de resolver enigmas, ¿no es así? — terminó Cocleo, iniciando su retirada. Baiasca me indicó en voz baja.
    —Aquí sólo hay cuatrocientos denarios —retuve al esclavo por el borde de su túnica.
    —Tu ama prometió quinientos —le recordé. La mueca feroz de Cocleo acentuó aún más su bizquera.
    —Olvidaba esta otra bolsa —musitó mientras me la entregaba, sin mirarme a la cara, y cerraba la puerta tras de sí.
    —Debe de ser muy tarde —dije a Baiasca—. Te explicaré todo lo que ha pasado ahí dentro delante de un buen asado. ¿Hay alguna hostería cerca?
    —La del templo de Quirino. Pero es un poco cara.
    —Tanto mejor. Empezaremos a gastarnos los quinientos denarios.
    —Yo te esperaré en la puerta. En las hosterías de Roma no sirven a una esclava.
    —¡Qué absurdo! Pues no diremos que lo eres. Tampoco vas con una cadena al cuello.
    —Si alguien me reconociera podrían encarcelarme por mezclarme con las personas libres.
    —¿Qué hace entonces un esclavo para comer en esta ciudad?
    —En ese puesto venden frutos secos. No nos está prohibido comprarlos. Pero tú sí puedes entrar en la hostería —miré con cierta aprensión las habichuelas expuestas en el tenderete. No parecían el reconstituyente más adecuado para quien viene de enfrentarse con la diosa de la venganza. Pero tampoco era humano dejar otra vez a Baiasca en la calle.
    —Compra varias libras —le ordené—. Tengo mucho que contarte.

    Masticamos las habichuelas sentados en las escaleras del templo de Quirino. Por la ventana de la cercana hostería salía un mortificante aroma de especias y cabrito asado.

    —Si algún día eres libre —prometí a Baiasca— regresaremos aquí y vaciaremos la despensa de ese antro para celebrarlo —la esclava sonrió y repitió:
    —Algún día —recordé que tal decisión dependía de mí y opté por cambiar de tema.
    —¿Qué querría decir Cocleo con lo de la paloma y los pichones?
    —No puedo saberlo. Pero yo no me fiaría de ese hombre.
    —Es posible que la paloma sea Livisa y los pichones Elio Manlio y su sobrino. Turmo se comía a la viuda con los ojos. Por otro lado, creo que también Mitis sospecha de su primo. No consintió que fuera solo al puerto, como si dudase de la veracidad de lo que después nos contara. ¿Y qué insinúa Turmo con lo del queso y el ratón?
    —Quizás que Marco Manlio es un derrochador.
    —El caso es ya lo bastante misterioso como para que nos lo amenicen con enigmas suplementarios. Bien, ¿qué es lo siguiente que debíamos hacer?
    —Visitar a la bruja de Ishtar.
    —¿Sabes dónde trabaja?
    —Siderobros te dijo que en el Celio. Ya encontraremos su templo.
    —También tenemos que localizar al confidente epirota.
    —A la vuelta podemos pasar por el mercado del Aventino.
    —¿Queda cerca todo eso?
    —En el otro extremo de Roma.
    —Cuando abra mi próximo consultorio buscaré una ciudad más pequeña. Estoy harto de recorrer millas. ¿Tú no te cansas?
    —Sin los coturnos que me regalaste tendría los pies destrozados.
    —Al fin y al cabo han sido una compra rentable.

    El templo de Ishtar, con el que dimos tras una agotadora travesía del Celio, resultó ser una minúscula casita en el centro de un jardín cercado. Una bóveda de piedra, en apariencia una bodega de techo bajo, completaba las edificaciones de la parcela.

    —Si yo fuese la diosa Ishtar y alguien llamase a esto mi templo haría un buen escarmiento —manifesté, mientras cruzábamos la cerca—. Creo que será mejor que disimulemos el auténtico objetivo de la visita. La bruja podría ponerse en guardia y ocultar algo importante. Diremos que queremos conocer nuestro porvenir —Baiasca no pareció muy conforme e iba a oponer algo cuando la puerta se abrió, dando ocasión a que explicásemos el motivo de nuestra presencia a un esclavo mofletudo y sonriente. El hombre asintió y nos indicó que le acompañásemos.

    Atravesamos el jardín hasta la entrada de la bóveda y seguimos la tea del sirviente por unos estrechos y oscuros escalones. La luz del día desapareció tras el primer recodo.

    —No me gustan los subterráneos —me susurró Baiasca.

    La escalerilla desembocó en una cripta de reducidas dimensiones, iluminada por la tenue claridad de unas velas diseminadas por las grietas de sus paredes de roca. Frente a nosotros se levantaba un peñasco en forma de pirámide truncada, rematado por una estatua de bronce de rasgos orientales, a la que miré con poca simpatía. Dados los recientes acontecimientos, experimentaba cierta desconfianza hacia las diosas esculpidas.

    Al pie del peñasco había un gran brasero lleno de pavesas calientes, apoyado en un trípode sobre los rescoldos de una fogata. El esclavo nos rogó que nos detuviéramos frente a un cordón emborlado, que nos separaba del recipiente, y agitó una campanilla.

    —Enseguida vendrá Proelia —nos dijo en voz baja antes de retirarse—. Procurad no hacer demasiadas preguntas. Si se agota puede perder la concentración.

    Permanecimos junto al cordón, mirando en todas las direcciones en tensión mal disimulada. Algo se movió entre las sombras de la pared y Baiasca dio, casi imperceptiblemente, un paso atrás hasta guarecerse tras mi espalda. Y en la cima del peñasco —probablemente de una pequeña caverna oculta en una grieta— surgió una mujer que descendió por los peldaños tallados en la roca.

    Había imaginado una bruja de leyenda, alta, imponente y sarmentosa, con un solo diente, que enmascarase sus arrugas tras la maraña de sus cabellos blancos. Pero en lugar de esta aparición la que avanzaba descalza hacia nosotros era una mujer de mediana edad, más bien baja estatura y escasas carnes, con una melena rubia alisada y cierta expresión de sueño en sus ojos entornados. Vestía una túnica negra, rodeada de gasas flotantes, que dejaba sus brazos al descubierto. Lucía sobre el codo una ajorca labrada y en el cuello y en un tobillo sendas cadenas doradas, rematadas por una piedra de reflejos violáceos. Baiasca volvió a separarse de mí, sin duda más relajada ante el aspecto inofensivo de nuestra anfitriona.

    —¿Qué queréis? — preguntó, mirando hacia el rescoldo.
    —Siderobros nos dijo que profetizabas el futuro —respondí—. Éramos amigos suyos.
    —El brasero de Ishtar escribe el porvenir. Yo solamente leo en sus pavesas —la bruja tomó en sus manos, cargadas de anillos de misteriosos dibujos, un recipiente de cristal oscuro, traspasó el cordón y caminando en círculo en torno nuestro, nos rodeó con un reguero de un polvillo blanco que identificó como sal—. Mientras dure la sesión os protegerá de influencias funestas —explicó, mientras regresaba junto al brasero—. ¿Cuál es la primera pregunta?
    —Queremos saber qué destino aguarda a Baiasca —ésta inició un gesto de protesta, como indicando que prefería ignorarlo, pero ya la hechicera había destapado un frasco y vertía sobre las cenizas un extraño líquido verde brillante, mientras las removía con un atizador plateado. Las brasas chisporrotearon al contacto con el fluido.
    —Leo «Terpsícore» —habló Proelia.
    —¿Qué significa eso? — se apresuró a preguntar la esclava.
    —Es la musa de la danza —expliqué en voz baja. La alarma se dibujó en el rostro de la cémpsica.
    —¿Quiere decir que me comprará el sirio? — esbocé un ademán de interrogación y rogué a la sibila:
    —¿No puedes ser un poco más concreta?
    —Hacedme preguntas concretas y el brasero responderá.
    —¿Conseguirá Baiasca ser libre? — la bruja volvió a derramar unas gotas verdes y se concentró en el nuevo chisporroteo:
    —Antes la abrazará la serpiente de hierro —reveló. La cémpsica estaba muy pálida.
    —No quiero saber nada más —manifestó.
    —Cómo quieras —asentí—. ¿Qué dice el brasero sobre mi futuro?

    Proelia repitió la operación y fijó la mirada en las centellas rojas.

    —Veo un país con dos puertas —fue la respuesta.
    —Espero que sea el Ática —indiqué a la esclava—. ¿Puedes precisar qué país es ése? — la hechicera hizo un gesto afirmativo.
    —Es el reino de los muertos.
    —Esta mujer es pura alegría —susurré a Baiasca, tratando de disimular el escalofrío que me recorría el cuerpo—. Es suficiente por el momento —aseguré. Una respuesta más de la sibila y mi único deseo habría sido abandonar rápidamente aquella ciudad y retirarme, con nombre supuesto, al desierto de la Tebaida. Proelia parecía despertar de un trance—. ¿Nunca te equivocas? — le interrogué.
    —El brasero no yerra —contestó—. Ya podéis salir del círculo de sal. Ishtar se ha ido —decidí iniciar una acometida más directa.
    —Siderobros confiaba ciegamente en ti. Y en efecto, el lagarto mató al león —la bruja levantó la vista.
    —¿Qué quieres decir?
    —¿Aún no lo sabes? Siderobros murió ayer en el anfiteatro, atravesado por un negro de Nubia con una cicatriz en forma de lagarto en su pecho. Cambió el escudo con su compañero y el de éste se le desprendió del brazo y le dejó desarmado en pleno combate —la bruja pareció acusar el impacto.
    —No debía haber cambiado el escudo —aseguró—. Le avisé que no lo hiciera.
    —¿Por qué?
    —El brasero me lo dijo.
    —El nuevo escudo tenía un león dibujado en su cara interior. ¿Revelaste tu profecía a alguien? — pregunté, mientras la hechicera removía nerviosamente las brasas con el atizador.
    —No puedo hacerlo. Ishtar me aniquilaría.
    —El que dibujó ese león sabía que al verlo Siderobros quedaría paralizado y sin reacción.
    —Sólo sé lo que escriben las cenizas del brasero —insistió Proelia, visiblemente ofuscada. Resolví pasar a otro tema.
    —En cierta ocasión Siderobros cayó en un profundo sueño, a la hora en que debía estar combatiendo; justo después de tomar tu poción.
    —Ya lo sabía. Alguien debió mezclar una droga en ella. Mi poción produce el efecto contrario. Vigoriza el cuerpo y estimula los reflejos.
    —¿Qué contiene?
    —¿Y por qué te lo tengo que decir?
    —Porque Siderobros era mi amigo y quiero saber cómo murió —la sibila meditó unos instantes.
    —No suelo revelar mis procedimientos. Pero Siderobros era una gran persona y pienso que debo este favor a su memoria. ¿Me guardaréis el secreto? — hice un gesto afirmativo. Baiasca no reaccionó, quizá ensimismada en fúnebres meditaciones sobre el futuro—. Se componía de vino dulzón, para animar el espíritu ante la lucha, en el que diluía unas raspaduras de hierro viejo, que aumentan la fuerza, y unas semillas de mandrágora, que alertan los sentidos y disipan la fatiga; más un cacillo lleno con la baba de un toro moribundo —sentí una repentina contracción estomacal.
    —¿Baba? — pregunté.
    —Infunde el valor y la bravura del toro ante la muerte. ¿Por qué pones esa cara?
    —Siderobros me hizo beber de su poción —declaré.
    —Si eres tan delicado no te diré el último ingrediente —como hubiese dicho Baiasca, prefería no saberlo—. Bien, ¿puedo ayudaros en algo más?
    —Te estamos muy agradecidos —manifesté, iniciando la retirada.
    —Son cincuenta denarios por pregunta —indicó la bruja—. Y dado el resultado de las profecías, comprenderéis que prefiera cobraros al contado.

    Liquidamos la deuda con el sirviente y volvimos a la calle. Baiasca continuaba muy seria.

    —No te lo tomes así —le exhorté—. Al fin y al cabo sólo te ha profetizado danzas y abrazos de serpientes. A mí me ha hablado del reino de los muertos y no estoy tan impresionado. Quizás se deba al valor que me infunde la baba de toro moribundo —la esclava no replicó, como si continuara con sus negras ensoñaciones—. ¿Vamos al mercado del Aventino? — propuse—. Creo que te conviene un ambiente más alegre.

    Iniciamos el descenso de las pendientes del Celio, por un descampado lleno de escombros enclavado en pleno centro de la Urbe. Intenté distraer a Baiasca disertando sobre los más célebres oráculos de Grecia y sus aledaños y sus procedimientos adivinatorios: los desmayos y pataletas de la pitia en Delfos, sentada sobre la piedra umbilical del mundo; la cueva de Trofonio en Lebadea, con sus siniestras emanaciones; el santuario de Dodona, en el que Zeus susurra en la copa de los robles. En realidad hacía ya algún tiempo que los indígenas no nos los tomábamos muy en serio, pero de todo el orbe civilizado seguían llegando visitantes, dispuestos a trocar el oro de sus bolsas por unas sentencias tan ambiguas que siempre terminaban por cumplirse en uno u otro sentido. Baiasca no descompuso el gesto propio de quien escucha atentamente, pero juraría que estaba pensando en otra cosa durante todo mi parlamento.

    —Por lúgubre que nos pinten el porvenir, me preocupa más el presente —concluí—. ¿Has sacado algo en claro?
    —Solamente que se ha puesto muy nerviosa al saber que el escudo de Glauco llevaba un león dibujado.
    —Más bien creo que le ha impresionado la muerte de Siderobros. Parece una mujer muy sensible —Baiasca no respondió. Me encogí de hombros y me dediqué a meditar por mi cuenta, sin excesivo resultado.

    El mercado del Aventino era un hediondo recinto, en la vertiente de la colina, tapizado de deshechos vegetales y amenizado por el vocerío de los crisódulos que pregonaban las dudosas mercancías exhibidas en sus tenderetes. La tarde estaba avanzada y los clientes empezaban a ser escasos, pero todavía podía contarse una buena docena de mendigos, desperdigados por todos los rincones del mercado. Había mancos, cojos, ciegos, escrofulosos varios y hasta dos o tres maleantes simples, sin signo alguno de minusvalía, todos ellos bajo la nota común de sus úlceras y andrajos. Recorrí con la vista la poco edificante colección, inventariando un rico muestrario de malformaciones nasales, pero sin hallar rastro del ganchudo apéndice del epirota.

    —Poreo suele rondar por aquí, pero no le veo —informó Baiasca. Seleccioné al menos sospechoso de contaminarnos con su aliento, que se hallaba aislado junto a una pequeña fuente de piedra, y a una prudente distancia le pregunté por el tal Poreo. Me obsequió con una fea mueca a guisa de sonrisa.
    —¿Para qué le buscas? — se interesó.
    —Trato de localizar a un compatriota suyo de visita en Roma y pienso que tal vez le conozca —el hombre señaló hacia un plato roñoso situado frente a él, en cuya superficie unos cuantos sextercios brillaban al sol. Entendí el gesto y lancé una moneda—. No esperéis verle por estos pagos —comunicó—. Se fue a nadar en un mar de oro y no creo que vuelva a despedirse —su contestación me pareció bastante enigmática.
    —¿Qué mar de oro? — extendió de nuevo el índice hacia el plato.

    Con un suspiro de impaciencia lancé otro sextercio.

    —Cuando lo decía estaba más bien ahogado en mares de vino. Bebió mucho en los últimos tiempos, pobrecillo, a cuenta de todo el dinero que iba a ganar.
    —¿A ganar con qué? Ya sé —le atajé, depositando el tercer sextercio.
    —Pregúntaselo a Caronte. Quizás a él se lo haya dicho —otros dos pordioseros se habían aproximado, atraídos por mi generosidad. Miré hacia ellos, preguntándome cuál sería el tal Caronte. De pronto me asaltó un inquietante pensamiento.
    —¿No te referirás al barquero de los muertos? — planteé, repitiendo el lanzamiento de la moneda. Hizo un gesto de asentimiento.
    —Le hallaron desnucado esta mañana, en un muladar a espaldas del Foro.
    —¿Quién lo hizo?
    —En Roma mueren dos o tres mendigos cada día. ¿Conoces a alguien que investigue las causas? ¿Y mi sextercio?
    —Esta vez no me has contestado.
    —Te he dicho todo lo que sé —me volví hacia los otros dos pedigüeños, que habían tomado asiento junto a su compañero, e inquirí en voz alta:
    —¿Quién puede decirme algo más sobre la muerte de Poreo? — ni siquiera se dignaron levantar la vista. Tomé la bolsa de Mitis e hice sonar sus monedas—. Recompensaré espléndidamente cualquier información —anuncié.

    Los mendigos del Aventino estaban afligidos por muchas desgracias, pero no había un solo sordo entre ellos. El tintineo de las monedas obró el efecto de una campana de alarma. Como movidos por un resorte abandonaron sus posiciones y empezaron a desplegarse en torno nuestro.

    —Eso no está bien —censuró un espantable manco—. Se nos debe dar limosna sin pedir nada a cambio —un rubio cubierto de llagas añadió:
    —A nadie le importa Poreo, pero por lo que hay en esa bolsa podemos contar cosas mucho más interesantes.
    —Vámonos de aquí —sugirió entre dientes Baiasca.
    —¿Por qué?
    —Lo que quieren de nosotros no es precisamente informarnos —advertí con cierta aprensión que estábamos rodeados. Varios de los mendigos acariciaban con gesto indolente el filo de un cuchillo, extraído de bajo su túnica.
    —Esta noche haremos una fiesta con tu dinero —ofreció el llagado—. Estás invitado.
    —Y tu esclava bailará para nosotros —empecé a temer que las profecías de la bruja iban a cumplirse en el mismo día. Sólo faltaba la serpiente de hierro.

    Palpé el mango del estilete de Némesis, sin mucho convencimiento. Casi todos los asaltantes podían ser mutilados, pero entre los doce formaban más de seis hombres enteros. Y aunque en tiempos de las guerras médicas se decía que un ateniense valía por varios bárbaros, en aquellos momentos me sentía francamente decadente.

    —¿No hay ningún otro amigo tuyo? — pregunté en voz baja a Baiasca. Ella negó con la cabeza—. ¿Qué haría Alcímenes en una situación así?
    —Tirar la bolsa al aire y salir corriendo —fue la sugerencia de la esclava.

    Quizá habría bastado con media bolsa, pero no era aquél momento para economías. Aflojé sus cordones y la impulsé hacia arriba, esparciendo sus monedas a los cuatro vientos. Al instante la ordenada formación de los mendigos se diluyó en los confusos perfiles de una riña tumultuaria, de la que brotaban blasfemias y amenazas en casi todos los idiomas del orbe. Un lingüista habría hecho un interesante estudio comparativo, pero Baiasca y yo teníamos otras preocupaciones.

    —No me gustan los mendigos —afirmó la esclava tras doblar la tercera esquina.

    Cuando recobramos el aliento la colina del Aventino se había desvanecido tras una maraña de tejados.

    —Pienso que no debí exhibir la bolsa tan alegremente —me excusé, algo cabizbajo.
    —Son cosas que se aprenden después de unos días en Roma —justificó Baiasca.
    —No sólo hemos perdido casi quinientos denarios, sino el rastro del epirota. Aunque empiezo a pensar si por la miseria que me pagó Siderobros estoy realmente obligado a todos estos esfuerzos —lo medité unos instantes—. Supongo que existe una especie de deber moral para con el cliente, ¿verdad?
    —Creo que Alcímenes opinaba igual —aprobó la esclava.
    —Pero, ¿qué haremos ahora para encontrar al apostador?
    —No conozco ningún otro epirota.
    —Nos queda el siciliano que apostó contra Antonio. Quizá fuera un agente de nuestro hombre. ¿Conoces algún siciliano?
    —Dos o tres docenas. Hay más en Roma que en Sicilia.
    —Habrá que probar de uno en uno.

    Dos días atrás no podía haber imaginado con qué alborozo vería aparecer a lo lejos la modesta fachada de mi casa del Janículo. Me daba la impresión de que hacía varios meses que vagaba por la Urbe sin descanso. Cruzamos la plaza, a espaldas del templo de Pomona. En dirección contraria avanzaba la litera portátil de un romano calvo, rollizo y menudo, que ordenó a sus esclavos que se detuvieran. Al momento le identifiqué como Quinto Tóculo, el acreedor de mi tío.

    —¿El heredero de Alcímenes? — se interesó—. Bienvenido al vecindario. Espero que mantengamos unas relaciones tan fructíferas como las que entablé con tu tío —hice un gesto ambiguo, especialidad en la que empezaba a alcanzar auténtico virtuosismo, y el usurero siguió—: Fui de los que más sintieron su muerte. Siempre es lamentable la pérdida de un gran hombre, pero resulta singularmente dolorosa si el gran hombre en cuestión debe a uno veinticinco talentos, que ya desesperaba de cobrar algún día.
    —Es un sentimiento muy natural.
    —Afortunadamente has llegado tú —tardé en captar el sentido de aquellas palabras.
    —¿Yo?
    —Según la ley romana el heredero sucede en todas las deudas de su causante. No te alarmes: comprendo que acabas de llegar y que tu economía debe atravesar un momento delicado, de modo que tendré la gentileza de esperar a que te repongas; cobrando entretanto un módico interés, por supuesto. Me han dicho que continúas con gran éxito el negocio de tu tío.
    —Nada de eso —me apresuré a negar—. Sólo acude algún clientillo de poca monta.
    —Vendrán tiempos mejores —Baiasca se había colocado tras de mí y miraba hacia el templo de Pomona tratando de pasar desapercibida. Tóculo fijó en ella sus ojos de ave de presa—. ¿No es ésa la esclava enferma de fiebres? Parece muy recuperada.
    —No del todo —mentí—. Aún recae de cuando en cuando.
    —¡Qué lástima! Por fortuna tengo un médico excelente. Hasta pronto, Diomedes. Ha sido un placer saludarte —hizo una seña a sus porteadores y la litera continuó camino hacia el palacio.
    —¿Por qué te escondías? — pregunté a Baiasca.
    —No me gusta ese Tóculo. Tiene fama de explotar y maltratar a sus esclavos.
    —Dice que la deuda de mi tío no está extinguida. ¿Qué pasaría si te reclamara?
    —No quiero ni pensarlo.

    Saqué la llave de la casa y me dispuse a introducirla en su cerradura. La puerta cedió a la presión y se abrió con un lúgubre chirrido.

    —¿No cerramos al salir? — planteé sorprendido. En el interior del edificio reinaba el silencio más absoluto. Avancé cautelosamente por el corredor, seguido de cerca por Baiasca. Y de pronto todas las puertas se abrieron a la vez y ocho o nueve hematófagos, armados hasta los dientes, irrumpieron en el pasillo.

    La esclava gritó, mientras yo, con un recuerdo fugaz a mis antepasados muertos con honra en Queronea, buscaba el estilete de la diosa Némesis. Los intrusos, sin embargo, no iniciaron su previsible ataque. Advertí con cierta sorpresa que iban uniformados.

    —Son guardias pretorianos —susurró Baiasca, visiblemente disgustada ante su presencia.
    —¿Y por qué lo dices en ese tono? Temía que fueran malhechores.
    —No me gustan los pretorianos.

    Recobré poco a poco la serenidad y con ella la firmeza en la reivindicación de mis derechos de propietario.

    —¿Quién os ha autorizado a entrar aquí? — interpelé al que parecía de mayor graduación.
    —Él te espera ahí dentro —contestó escuetamente el guardia, señalando hacia mi consultorio. Me dispuse a entrar en busca de la respuesta, pero el hombre me retuvo por la manga—. Deja aquí ese puñalito —ordenó.
    —¿Por qué?
    —Son las normas —por discutible que fuera la vigencia de aquellas normas en mi casa, parecía razonable encomendar el arma a Baiasca y aclarar primero la situación con el misterioso visitante del consultorio.

    Se trataba de un romano alto y delgado, vestido con una costosa toga de orla purpúrea, cuyos escasos cabellos canos recordaban haber sido rubios mediante algún mechón aislado. Me indicó con un gesto magnánimo que también yo podía sentarme. Decidí que había llegado el momento de imponer mi autoridad sobre aquellos intrusos.

    —¿Se puede saber qué sucede aquí? — inquirí en tono severo—. ¿Quién eres tú? — la primera reacción de mi visitante fue de sorpresa. A continuación enderezó su postura sobre la silla e irguió hacia mí un índice acusador.
    —Vamos a ver primero quién eres tú —decidió—. Porque es evidente que no me hallo ante Alcímenes el tebano —era una afirmación lo bastante rotunda como para hacerme abandonar la ambigüedad sobre mi persona.
    —Alcímenes murió —confesé—. Soy su sobrino y sucesor, Diomedes de Atenas.
    —¡Qué lástima! Me habían contado maravillas de él.
    —También yo soy exquiriente —me pareció oportuno alegar.
    —¿Tan bueno como tu tío?
    —Por el momento hago lo que puedo —reconocí. El intruso me recorrió atentamente con sus ojos grisáceos y penetrantes.
    —Este es un caso muy delicado, que requiere enormes dosis de sagacidad y discreción. ¿Puedo confiar en un griego desconocido, que acaba de llegar de provincias? — el romano dirigió la pregunta a sí mismo, pero encerró en ella un enigma que me pareció urgente aclarar.
    —¿Cómo sabes que acabo de llegar?
    —Hay que ser muy nuevo en esta ciudad para pedirme que me identifique —empezaba a cansarme tanto misterio.
    —¿Y si lo haces de una vez? — urgí. El hombre hizo un ademán de infinita paciencia.
    —Cuando nací me llamaron Cayo —expuso—. Pertenezco a la familia Julia. Y utilizo el apellido de César —uní mentalmente las tres palabras.
    —Julio César! — exclamé boquiabierto. Mi interlocutor reclamó sosiego con un gesto.
    —Estoy aquí de incógnito. Debes disculpar los modales de mis pretorianos. Tienen la responsabilidad de cuidar de mí y eso les pone un poco nerviosos. Matar al cónsul se ha convertido en uno de los deportes con más adeptos en esta ciudad.
    —Son los gajes del poder —asentí.
    —Vengo a que investigues uno de esos gajes. Hace tres noches alguien intentó asesinarme —me creí obligado a mostrarme franco con el dictador.
    —Temo que los crímenes de Estado excedan de mi competencia —admití.
    —En este caso se trata más bien de un asunto doméstico. ¿Has oído hablar de Cleopatra?
    —¿La reina de Egipto? — aventuré.
    —Como quizá sepas, es en estos momentos huésped de la República. Está alojada con su séquito en una villa de mi propiedad, muy cerca de aquí. Me gusta hacer estos pequeños favores al Estado. La visito con cierta periodicidad, para estrechar los lazos diplomáticos con su reino.
    —Es muy natural.
    —Pues bien, la otra noche una mujer apareció en la terraza de la estancia que ocupábamos y disparó una jabalina contra mí. La esquivé por muy poco y quedó clavada en la cabecera de la cama —la historia me pareció un poco confusa.
    —¿De qué cama?
    —De la de Cleopatra. La reina y yo salimos rápidamente a la terraza, pero la agresora había saltado ya al jardín.
    —¿Estaba Cleopatra en la cama? — César asintió—. ¿Está enferma? — el dictador enarcó las cejas y meditó la respuesta, como si planteara la conveniencia de buscar otro exquiriente.
    —No sé para que usáis las camas en Atenas; al menos aquí en Roma cumplen también otras finalidades —decidí que sería mejor prescindir de este tipo de averiguaciones.
    —Necesitaré una descripción más detallada —solicité.
    —Era una noche tormentosa y hacía poco que nos habíamos dormido. De repente se abrió el balcón y su ruido me despertó. A la luz de un relámpago vi a una mujer que apuntaba una jabalina hacia mi pecho. Me hice a un lado y su punta me pasó rozando. Entonces corrí hacia el balcón, pero ya había saltado sobre la barandilla de la terraza y desaparecido en las sombras del jardín.
    —Intenta describírmela.
    —Puedo presentártela en persona. Se trata de Arsínoe, la hermana de Cleopatra.
    —Escapó sin que pudieseis atraparla —supuse.
    —En absoluto. Se encuentra presa en la misma villa —el enigma del dictador parecía en aquellos momentos muy poco enigmático.
    —¿Qué he de investigar entonces?
    —Quiero saber cómo lo hizo. Quizás deba empezar la historia por el principio.
    —Será preferible —aseguré.
    —Todo comenzó con ocasión de la guerra civil en Egipto. Sabrás que mis legiones auxiliaron al bando de la reina Cleopatra contra varias facciones rebeldes, una de las cuales pretendía entronizar a su hermana Arsínoe. Cuando aplastamos la sublevación Arsínoe cayó prisionera y me acompañó de vuelta a Roma para adornar el triunfo que celebré hace mes y medio. Siempre resulta decorativo hacer desfilar a una reina bárbara detrás del carro del triunfador. Es un recurso muy gastado, pero al público le sigue entusiasmando. Cuando terminó la fiesta Cleopatra me pidió que se la regalara y lo hizo con tanta insistencia que no tuve más remedio que acceder.
    —¿Qué quiere decir regalársela?
    —La estirpe de los Lágidas tiene una larga tradición en cuestión de venganzas familiares. Cleopatra no le perdona que le disputase el trono y se divierte enormemente infligiendo toda clase de humillaciones a su cautiva. Tiene una imaginación muy oriental para estos temas. Últimamente la había destinado a sacar agua para la fuente del jardín, dando vueltas a una noria. La noche del atentado Arsínoe replicó a una de sus guardianas y la reina decidió dejarla encadenada al madero —era notable el tono indulgente con que César relataba las travesuras de la egipcia.
    —Cosas de mujeres —asentí.
    —Cuando aquella noche llegué a la villa estaba lloviendo a mares y Arsínoe se empapaba a la intemperie. Me pareció inhumano que pasara allí toda la noche, de modo que ordené al jefe de la guardia que le cortara los hierros y le dejara guarecerse en su propio dormitorio. Por supuesto envié al centurión a dormir con sus hombres y le mandé que colocara un centinela en el jardín, frente a la única ventana de la habitación. Lo que quiero que averigües es cómo consiguió salir de ella para dispararme la jabalina.
    —¿Dónde está esa habitación?
    —En un extremo del cuerpo de guardia. Para salir por la puerta hubiera debido forzar el madero que la atrancaba, que seguía puesto después del atentado, y pasar entre todos los pretorianos acostados, tres de los cuales, incluido el centurión, declararon que estaban desvelados por la tormenta.
    —¿Y la ventana?
    —Abre sobre unos extensos parterres de flores, cuyo suelo estaba muy mojado por la lluvia. No había una sola pisada en ellos.
    —¿Qué pasó con el centinela?
    —Estaba muerto, apuñalado por la espalda —aquello empezaba a presentar los síntomas de un verdadero misterio.
    —¿Qué cuenta la egipcia?
    —Niega haber salido de la habitación. Asegura que dormía pacíficamente cuando la despertaron los guardias que buscaban a mi agresora.
    —¿Ha sido puesta a tormento?
    —Primero, no es una esclava, sino una princesa de sangre real, cuya familia reina en un país amigo. Segundo, no resultaría caballeroso por mi parte. Al fin y al cabo se trata de una mujer joven, que padece cautiverio en el exilio. Puedo permitir que Cleopatra juegue un poco con ella, pero entregarla al verdugo sería una imperdonable falta de cortesía. Tercero, la presencia de las egipcias en Roma resulta algo impopular en muchos sectores. Si este incidente se divulgara mis enemigos lo aprovecharían para lanzar una nueva campaña de desprestigio contra nuestros aliados. Por último, tengo razones particulares para desear que este asunto se resuelva de la manera más privada posible. Por citar sólo un ejemplo, mi esposa Calpurnia quedaría muy disgustada si le llegase alguna noticia sobre el tema. ¿Entendido?
    —Creo que está muy claro —afirmé.
    —Por eso quiero que acudas al lugar de los hechos y, con la máxima discreción, averigües qué sucedió realmente aquella noche. Nadie debe saber que trabajas para mí.
    —Necesitaré alguna justificación para poder recorrer tu villa e interrogar a sus habitantes.
    —Ya he pensado en eso. Serás un trágico griego, al que he decidido proteger en su carrera teatral —me pareció una gran idea.
    —Me encanta el teatro —revelé.
    —Tanto mejor. Mi deseo es que te inspires para escribir una tragedia sobre la pugna entre las dos hermanas. Por eso todo el mundo deberá abrirte las puertas y contestar a tus preguntas. ¿Necesitas alguna aclaración? Perfectamente. Mañana por la mañana pasará un pretoriano a recogerte. En la villa te esperará el centurión Lucio Araneo. Es un veterano de mi confianza, que será el único que esté al corriente de tu verdadera finalidad. Por cierto, ¿cuáles son tus honorarios? — mis experiencias anteriores probaban que no había que quedarse corto en esta cuestión. Pensé en pedir cinco mil denarios, pero la cifra me pareció tan enorme que vacilé.
    —Las tarifas de un exquiriente griego son algo caras —aventuré.
    —Mis enemigos me achacan todos los vicios posibles, pero nadie ha dicho nunca que sea un tacaño. Te daré cinco talentos cuando resuelvas brillantemente este enigma. Ahí tienes cinco mil denarios como anticipo —tardé unos instantes en recobrar la respiración.
    —¿Qué pasará si no lo resuelvo con la brillantez requerida?
    —Deberás devolvérmelos al contado. Ven a verme cuando sepas algo. Suele ser fácil encontrarme. Pero por favor, ¡con discreción! — terminó César, irguiéndose en toda su estatura.

    Acompañé a mi cliente hasta la puerta. Frente a la casa vecina se hallaban Publio Antonio, al lado de su biga de caballos apulianos, y el propio Quinto Tóculo, en animada conversación que interrumpieron para seguir con la vista al dictador y su escolta. Mientras éstos se perdían tras la esquina del templo de Pomona me aproximé a la pareja.

    —Con que clientillos de poca monta, ¿verdad? — saludó el usurero—. Bien, no tardaremos en charlar extensamente de negocios. Hasta la vista —terminó, volviendo la espalda hacia su palacio. Antonio parecía menos impresionado.
    —Deberías seleccionar mejor tu clientela —me exhortó—. Comprendo que tu profesión exige el contacto con toda clase de truhanes y pervertidos, pero ¡el jefe del partido popular! ¿Qué quiere de ti?
    —Es secreto profesional —alegué.
    —No te preocupes. Me enteraré mañana en el Foro. En esta ciudad no hay forma de guardar nada en secreto.
    —¿Qué tal tu defensa de la adúltera? — me interesé.
    —Sólo regular. Luciano ha iniciado su réplica y nunca habría podido sospechar que tuviera una información tan exacta sobre mis costumbres y mis finanzas. Estos abogadillos no se detienen ante infamias y calumnias. ¡Incluso ha llegado a acusarme de imprudente con la biga!
    —Hablando de infamias, ¿qué pretendía ese Tóculo?
    —Me ha estado haciendo preguntas sobre ti y tu clientela. Le estaba convenciendo de que no has hecho más que empezar, pero el ver salir a Julio César no va a contribuir mucho a que te deje en paz. También se ha interesado por Baiasca. Dice que es tiempo de vendimia y que le faltan brazos en su finca rústica. Pero no te inquietes por ella. Necesitaría una orden del pretor para llevársela.
    —¿También tiene una finca rústica?
    —A una milla y pico de aquí. Unas viñas enormes, con su bodega y su lagar, que debió de arrebatar a algún desdichado prestatario. Por cierto, esta noche no tengo ningún banquete comprometido. Te invito a cenar en mi casa —iba a preguntar si podía asistir Baiasca, pero desistí a tiempo. Era obvio que las esclavas no cenaban en la mesa de los patricios. Sentí el cansancio propio de quien ha recorrido en una jornada las cuatro esquinas de Roma y decliné:
    —Lo dejaremos para otro día —en ese momento se oyó un tronar de cascos y, guiada por su propietario, la biga de Manlio Turmo entró al trote en la plaza. Mitis ocupaba la trasera de su cubículo. Antonio siguió el vehículo con la vista, a punto de bizquear.
    —¿Has visto eso? — se sorprendió.
    —Me gusta más la tuya —le consolé.
    —Ese bellaco se la ha hecho traer de Partia por lo menos. Los que usamos bigas nacionales estamos en desventaja con esos ricachones. ¡Y viene hacia aquí!
    —Son clientes míos.
    —¡Y pensar que anteayer dudabas si seguir el negocio o mendigar para volver a Atenas! — suspiró Antonio, alejándose hacia su casa.

    Ni uno de los cabellos de Manlio Turmo, cuidadosamente peinados por la mañana, había osado deshacer su formación y, por algún misterioso sortilegio, su clámide ateniense no presentaba una sola mota de polvo. Saltó del pescante y ayudó a descender a su prima Mitis, mientras yo les invitaba a pasar al consultorio.

    —Venimos directamente del puerto, de hablar con el capitán del Melicertes —informó la romana, muy excitada—. No pasó por Éfeso. En este viaje ni siquiera se acercó a la costa jonia.
    —¿Dónde embarcó entonces la estatua?
    —En Creta —contestó Turmo—. Le hice revisar las tablillas de carga para asegurarnos.
    —¿Y quién fue el remitente? — Mitis palideció antes de anunciar, con un hilo de voz:
    —Nos dio una respuesta espantosa.
    —El capitán apenas si habla latín —aclaró su primo—. Leyó la tablilla y nos dijo que los que cargaron la estatua venían de parte de un tal señor Manes Novioduni.
    —¿El señor Manes? — me extrañé—. ¡Los muertos de Noviodunum! — busqué alguna frase elocuente que resumiera mis conclusiones sobre el misterio. Ni siquiera se me ocurrió cómo empezarla. Mitis cortó el embarazoso silencio:
    —También quería pedirte disculpas sobre el comportamiento de mi hermano esta mañana. Ha sido bochornoso.
    —Debe de hallarse un tanto ofuscado por los acontecimientos.
    —Marco está a punto de ingresar en el ejército. Es muy patriota y padeció muchísimo cuando conoció la deshonra de nuestro padre. Ahora teme que las circunstancias de su muerte divulguen la noticia de la traición y su carrera quede arruinada.
    —Desde que mi tío confesó su falta las relaciones entre padre e hijo se hicieron más bien tirantes —amplió Turmo—. Y en los últimos tiempos se habían agravado sus diferencias, por culpa de unas pequeñas deudas contraídas por Marco —Mitis le lanzó la misma mirada enojada de la mañana, cuando empezó a hablar del ratón y el queso. Creí que la situación requería abandonar la diplomacia.
    —¿Qué deudas? — insistí.
    —No tienen ninguna importancia en proporción al patrimonio de mi padre —intervino Mitis.
    —En cambio rebasaban las posibilidades del peculio particular de Marco —le corrigió Turmo—. Mi primo tiene cierta pasión por el juego y sufrió algunas pérdidas, de las que mi tío se negó a hacerse cargo.
    —El juego es algo terrible —corroboré—. He tenido experiencias muy directas en mi familia.
    —Pero las leyes de la sucesión son un gran invento. En estos momentos todas las deudas deben de estar liquidadas y el prestigio de Marco tan restaurado como si nada hubiese sucedido —concluyó el romano—. Bien, está anocheciendo y aún debo llevar a Mitis a su casa —su prima le estaba mirando con una expresión cercana a la de la diosa Némesis. La suavizó al volverse hacia mí.
    —Espero que pronto tendremos noticias tuyas —manifestó.
    —Si llego a averiguar algo iré inmediatamente a contároslo —prometí.

    Salí en busca de Baiasca y, tras la experiencia del Aventino, me sobresalté al verla en compañía de un mendigo astroso, que blandía un puñal afilado. Iba a correr en su ayuda cuando identifiqué el arma como el estilete de la diosa Némesis y al pordiosero con el tracio pelirrojo.

    —Odiseo ha estado examinando la daga —informó la esclava—. Antes de perder la vista trabajó de orfebre.
    —Su empuñadura es inconfundible —habló el ciego, arrastrando las palabras con su acento característico—. Este arma procede de Creta —dirigí a Baiasca un gesto de indiferencia, demostrativo de que no me descubría nada nuevo, y traté de ahuyentar al pedigüeño.
    —Tú no puedes saberlo —le dije— pero ya casi es noche cerrada y va a llover. Es hora de que vuelvas a tu casa —y deposité en su mano un sextercio. Lo palpó y gruñó mientras se alejaba:
    —Los mendigos no tenemos casa. Y con limosnas como las tuyas no creo que lleguemos a tenerla.

    Aguardé a que desapareciera y relaté a la cémpsica las revelaciones del capitán del barco.

    —Quizá debería delegar la investigación en algún exquiriente de Creta —planteé—. Habría que hablar con todos los escultores de la isla. Pero aquí en Roma no parece haber mucho más que investigar.
    —¿Y si interrogases al jefe de la compañía que actuaba la noche del crimen?
    —¿Para qué?
    —Sería interesante saber quién eligió la tragedia que representaron.
    —¿Quieres decir que podría no ser casualidad que la obra seleccionada fuese precisamente un canto a las furias de la venganza eterna?
    —Nada se pierde con preguntar.
    —¿Cómo podremos encontrar a los actores?
    —Su jefe se llama Laurencio y vive junto a la puerta Querquetulana. Mientras te esperaba en el jardín de las estatuas un esclavo me estuvo contando la representación —explicó la cémpsica ante mi ademán de asombro. Las primeras gotas de lluvia caían ya sobre la plaza. Pensé que tras los trajines de la jornada una cena bien caliente, regada con vino beodo y amenizada con una interesante conversación, podía resultar un reconfortante epílogo.
    —¿Vamos a cenar? — propuse a Baiasca.
    —He estado tomando alguna cosilla con Odiseo. Pero tú tienes la cena preparada en la cocina —iba a decirle que por no dejarla sola había rehusado un banquete en casa de Antonio, pero me limité a preguntar.
    —¿No te interesa el enigma de Julio César?
    —Mañana estaré más despejada para asimilarlo. El día ha sido un poco largo —se justificó la esclava.
    —Espero que te encuentres en forma —deseé—. Ha ofrecido cinco talentos si resuelvo bien el caso —contra mis previsiones, la cémpsica no pareció en absoluto impresionada— ¿Cuánto solía cobrar Alcímenes a sus clientes? — me interesé.
    —En enigmas muy sencillos, cinco talentos. En los casos muy complicados podía llegar hasta veinte.
    —Temo que hasta el momento he estado malbaratando el mercado —expuse, consternado—. ¿Cuánto le pagó Junio Silano por el enigma de los pendientes de oro?
    —Diez.
    —Es una cifra importante. Sólo por ella habría merecido la pena mi viaje. Es extraño que muriese así, sin revelar dónde los tenía —reflexioné.
    —Nunca te habrían llegado —advirtió Baiasca—. Había varios acreedores haciendo cola.
    —Más de uno sospecharía que antes de perder el conocimiento de forma definitiva te reveló a ti su paradero —la esclava levantó la cabeza.
    —Llegó a esta casa inconsciente. Y el médico estuvo siempre delante —meditó unos instantes y agregó:— Si desconfías de mí será mejor que me vendas.
    —No digas tonterías —sobre la mesa de la cocina se alineaban los fríos restos de la noche anterior. Los miré con escaso entusiasmo—. No podemos descuidar el caso de Siderobros —recordé—. Hay que hablar con el lechero de la vía Aurelia, que fue amo de Glauco.
    —Su lechería está cerca de aquí.
    —Excelente. Puedes ir a primera hora a interrogarle —era mi pequeña venganza por no acompañarme en la cena—. No te entretengas, porque luego vendrá a recogernos un pretoriano para llevarnos a la villa de Cleopatra —recomendé, mientras tomaba con los dedos una gélida chuleta. Baiasca permaneció de pie junto a la puerta—. ¿De qué charlas con el ciego tracio? — me interesé, cambiando de tema—. Creía que no te gustaban los mendigos.
    —Odiseo es diferente. Siempre se ha portado muy bien conmigo —aquella extraña amistad de la cémpsica me sugirió una nueva cuestión.
    —¿No estás un poco sola? — pregunté.
    —¿Qué quieres decir?
    —A tu edad hay muchas que se han casado o están a punto de hacerlo.
    —Si me caso siendo esclava mis hijos lo serán también —alegó Baiasca.
    —Eso no es un problema para ti. Seguro que si te lo propusieras no tardarías en encontrar varios romanos libres, dispuestos a comprar tu manumisión.
    —No me gustan los romanos —declaró con cierta firmeza, como si le desagradara la conversación—. ¿Puedo retirarme? Estoy algo cansada.
    —En el patio está lloviendo a mares. Por esta noche puedes usar mi dormitorio —las velas proporcionaban una luz muy débil, pero me fue suficiente para percibir una mutación negativa en el brillo ocular de la esclava.
    —Ya me las arreglaré en el vestíbulo —afirmó tajantemente.

    Me apresuré a deshacer el posible malentendido.

    —No vayas a imaginar nada malo —expliqué—. Sólo quería evitar que te mojaras. Yo pensaba trabajar en el consultorio.
    —Claro que no —aseguró un tanto enigmáticamente Baiasca, mientras cerraba la puerta a sus espaldas. Repetí por enésima vez el filosófico encogimiento de hombros y, con tan poco humor como apetito, me concentré en los glaciales despojos de cordero amontonados en el plato.


    Cuarto día


    No hay zozobra ni cansancio que no remedie un buen sueño. Con tal energía me concentré en la restauración de mi organismo que cuando el viejo Hipnos levantó al fin su amoroso manto el sol brillaba en lo alto de un cielo esplendorosamente azul. Pájaros de buen agüero piaban en los aires del Janículo, una leve brisa acariciaba los matojos que crecían entre las losas del templo de Pomona. Un excelente comienzo de día, en suma, apto para despreciar, con la sonrisa en los labios, estatuas asesinas remitidas por fantasmas, conjuras orientales o lúgubres profecías sobre el reino de los muertos.

    Desde el patio chirrió el brocal del aljibe, revelando que Baiasca había regresado de su misión en la vía Aurelia. Terminé de vestirme y salí en busca de noticias sobre el lechero.

    —No te he servido de mucho —informó la esclava. Estuvo muy amable y contestó a todas mis preguntas, pero no sabe nada importante. Glauco se crió en su casa y era un mozo fuerte, que en los ratos libres practicaba con espadas de madera para ser gladiador. Hace unos diez días fue a hablar con el dueño del anfiteatro y éste acudió a la lechería y lo compró. Su amo ya no volvió a verlo.
    —¿Para qué querría ser gladiador? Cualquier hombre sensato preferiría tratar con las vacas antes que con Alyx o los reciarios nubios.
    —Según el lechero Glauco quería ser libre y pensaba que en el anfiteatro lo conseguiría más rápidamente.
    —No parece muy misterioso —opiné desalentado.
    —Por otro lado, tenía la intención de casarse —amplió Baiasca—. Pero eso, con ciertas excepciones, es también bastante normal.
    —¿Con quién?
    —Su amo sólo sabe que se trataba de una esclava. Pero nunca la llevó a la lechería. Cree que no trabajaba en la ciudad.
    —¿Hablaste con otros sirvientes del lechero?
    —No tenía ningún otro. Con lo que le dieron por Glauco se ha comprado un galo, pero no llegaron a conocerse.
    —Temo que no quedan muchos más puntos de investigación en el caso de Siderobros. ¿Quién anda por ahí? — pregunté. Acababa de sonar un golpe en la puerta de la calle. Desde el exterior llegó la voz de un hombre.— Ya iré yo —decidí. Debe de ser algún nuevo cliente.

    Abrí la puerta con la más comercial de las sonrisas, que al punto se me heló en el rostro. Mis visitantes eran Quinto Tóculo, su malencarado esclavo en jefe y un segundo sirviente, apenas más favorecido que el primero. El usurero exhibió un pergamino con gesto triunfante.

    —¿En qué os puedo servir? — planteé con amabilidad, disimulando la natural animadversión ante tal bandada de rapaces.
    —Por el momento en muy poco —respondió Tóculo, entregándome el pergamino—. En estos días de vendimia me será más útil tu esclava —hojeé con cierta aprensión el documento, mientras mi visitante me resumía su contenido—: Es una orden del pretor, constituyendo a la esclava en prenda —explicó—. Inmediatamente ejecutiva. Ya te dije que necesitaba brazos en mi granja.
    —Pero eso no puede ser —protesté—. Está convaleciente.
    —El aire del campo le sentará muy bien.
    —También aquí es necesario su trabajo.
    —La solución es bien sencilla. Págame los veinticinco talentos que me quedó a deber tu tío y la garantía será cancelada —pese a mis sentimientos pacíficos, es probable que de no haber estado presentes sus dos matones me hubiera arrojado al cuello de aquel execrable crisódulo.
    —Esperad aquí fuera —exigí en tono seco.

    Baiasca aguardaba sentada junto al aljibe. Me dio la impresión de que había palidecido.

    —¿Lo has oído? ¿Qué podemos hacer? — añadí, ante su gesto afirmativo.
    —Temo que por el momento nada.
    —Podrías esconderte en el subterráneo. Les diría que habías salido de casa —esta vez negó con la cabeza, mientras se incorporaba muy lentamente.
    —Me convertiría en esclava fugitiva. — Intenté tranquilizarla:
    —No te ha adquirido en propiedad. Sólo te retendrá en prenda, hasta que liquide todas las deudas de mi tío. Te prometo que cuando tenga bastante dinero iré a rescatarte —creo que apenas me oyó. Estaba mirando hacia los cordones de su calzado.
    —Tendré que devolverte los coturnos —me indicó.
    —Puedes quedártelos. No te gusta andar descalza —sonrió, un tanto forzadamente, y echó a andar hacia la puerta.

    Uno de los sicarios de Tóculo se apresuró a cogerla por los codos, mientras el otro preparaba un par de manillas. Baiasca bajó la vista al suelo y se dejó poner los brazos atrás.

    —No es necesario esposarla —protesté—. Es una esclava muy dócil —el rufián hizo caso omiso y cerró los hierros sobre la muñecas de la cémpsica.
    —Preocúpate de tus problemas, que yo cuidaré de mis posesiones —me exhortó Tóculo; y añadió en dirección a sus sirvientes—: Llevadla a la granja y que empiece a trabajar. Yo pasaré esta tarde a ver cómo anda la vendimia.

    El esclavo desenrolló una cadenilla y la anudó en torno al cuello de Baiasca. La cémpsica musitó para sus adentros:

    —Esto no estaba previsto —me pareció que temblaba ligeramente.

    También yo sentía un nudo en la garganta, sin que pudiera precisar si se debía al trato inhumano infligido a mi esclava o al pensamiento de cómo me las iba a componer en los enigmas sin ella.

    —Iré a visitarte —le aseguré en voz baja. Ella hizo un movimiento afirmativo.
    —Dile a Odiseo dónde me llevan —agregó en el mismo tono. El hematófago dio un tirón a la cadena y el grupo se disolvió. Tóculo y el siervo en jefe hacia su palacio, Baiasca y su guardián en dirección opuesta al Tíber. Yo permanecí en medio de la plaza, viendo cómo se alejaban.

    Se cruzaron con una biga militar, guiada por un pretoriano, que frenó en seco ante mi casa. Su auriga soltó las riendas y se cuadró:

    —¿Eres el trágico ateniense? — preguntó—. El centurión Araneo me envía a buscarte —di un patadón a la puerta, que encajó la hoja en su marco, rodé la llave y subí a la trasera del vehículo.

    Viajar en un carro del ejército romano, tripulado por un pretoriano carrilludo, no se corresponde con mi idea de un placer de los dioses, pero ofrece al menos una ventaja para quien frecuente la biga de Antonio: la disciplina militar impone una marcha uniforme, poco apta para despedazar peatones o volcar literas. De modo que pude admirar tranquilamente los jardines floridos por los que transitábamos, en la ladera contraria del Janículo, entre las verjas labradas de las mejores villas de la plutocracia local. Un bonito escenario, del todo inadecuado para la sensación de desasosiego y pesimismo que me acompañaba desde la plaza de Pomona.

    Dos hematófagos armados montaban guardia a la entrada de la villa Juliana, junto a una refinada columnata casi helénica. La biga rebasó su control, contorneó la fachada principal del edificio y se detuvo frente a un barracón de madera, horrenda nota disonante entre los céspedes y los mármoles de la villa.

    —Centurión Lucio Valerio Araneo —se identificó, con el preceptivo golpe en sus costillas, el oficial que nos aguardaba. Con su coraza en bajorrelieve, resaltando los abultados contornos de su tórax, sus grebas y muñequeras relucientes y la saliente mandíbula rasurada, constituía algo así como el arquetipo del militar romano, moldeado en cera para su envío didáctico a las más reticentes tribus de la frontera—. César me ha ordenado que me ponga a tu disposición para todo lo que desees —manifestó cuando el auriga se alejó—. ¿Por dónde quieres que empecemos?
    —Enséñame la habitación en que dormía la presa —solicité.

    Atravesamos el cuerpo de guardia, en el que cuatro o cinco pretorianos francos de servicio bostezaban sentados en sus camastros, y entramos en una pequeña estancia situada al fondo, con una sola ventana. Contenía una cama y un arcón de campaña.

    —Aquí —indicó lacónicamente Araneo. La ventana abría sobre la terrosa superficie de unos arriates de flores, de unos veinte pasos por diez. Un bordillo de azulejos los separaba de la hierba, ininterrumpida hasta la fachada trasera del edificio. Ésta ofrecía una amplia terraza a la altura del primer piso, delimitada por una balaustrada marmórea—. Desde esa terraza dispararon la jabalina. Aquella puerta da a la alcoba de Cleopatra.

    Entre el cuerpo de guardia y la edificación principal había una fuente, seca en aquellos momentos, cuyo caño surgía de una columnita vertical atravesada por un grueso madero perpendicular del que colgaba un juego de cadenas. Sobre su cima un tritón barbudo soplaba en su concha.

    —Ahí estaba Arsínoe la otra noche —siguió explicando el centurión—. Cuando César llegó a la villa, en plena tormenta, expulsó al sicario que Cleopatra había dejado de guardia y mandó quitarle las cadenas. Tuvimos que llamar a un herrero, porque la única llave está siempre en poder de Tueris. Una dama de la reina —agregó, ante mi interrogación—. Después entró en esta habitación con la egipcia, me dijo que me fuera a dormir con mis hombres y cerró la puerta.
    —¿Cuánto tiempo pasaron dentro?
    —Menos del que estás imaginando —no había imaginado nada, pero la respuesta me pareció bastante explícita—. Luego César salió, dando un portazo, y me ordenó que atrancase la habitación y pusiera a un centinela frente a la ventana. Elegí a un mauritano, al que acababa de reprender por llevar una hebilla sucia. Yo me acosté en su camastro, pero entre los truenos de fuera y los ronquidos de dentro no pude conciliar el sueño en mucho rato. Es curioso como roncan los pretorianos. Quizá deberíamos aligerarles la cena.
    —¿Qué más pasó? — pregunté con cierta impaciencia. No había venido a investigar por qué roncan los pretorianos.
    —De pronto se oyeron voces de alarma y todos nos pusimos en pie. Encendimos antorchas, salimos al jardín y hallamos al mauritano apuñalado por la espalda. César gritaba ordenando que detuviésemos a su agresora. Entonces volví al cuerpo de guardia, retiré la tranca y entré en la habitación. La egipcia seguía en la cama y preguntaba a qué se debía todo aquel vocerío. Me asomé a la ventana y puedo asegurar que no había una sola pisada en esos arriates.
    —¿Cuál es tu opinión?
    —Soy un hombre de armas y no entiendo de misterios ni encantamientos. Sólo sé dos cosas: que César vio cómo Arsínoe le disparaba un venablo y que no hay medio humano para salir de esta habitación sin dejar huellas.
    —No parecen dos afirmaciones compatibles.
    —Creo que para ponerlas de acuerdo te han contratado a ti. Bien, ¿vamos a ver a las hermanas? Están en plena audiencia —el plural me sorprendió.
    —Pensaba que Arsínoe estaba presa —manifesté.
    —No creo que asista por su gusto.

    Acompañé al centurión hasta la antesala del cuarto de audiencias. Allí nos recibió un hombre menudo, de saludable aspecto, que me fue presentado como Oiqueneo, el chambelán de Cleopatra.

    —¿El trágico ateniense, verdad? — se interesó, con un marcado deje alejandrino que me puso inmediatamente en guardia. Por más que intente disimularlo un alejandrino no es más que un griego de ultramar, muchas veces disfrazado de egipcio, lo que le hace doblemente peligroso. Por alguna extraña razón un hijo del Ática desconfía de un alejandrino nada más verlo, como sucede al caballo cuando ventea a un camello. La inquisitiva mirada que me dirigió el chambelán probó que el sentimiento era seguramente recíproco—. La reina está recibiendo a dos senadores. Cuando te llegue el turno avanza hasta mi posición, ni un paso más, y dobla la rodilla ante ella. No roces el suelo como si estuviera lleno de pinchos, al estilo romano. Son baldosas lisas y bien limpias y puedes estampar la rodilla sin ningún miedo. No hables hasta que ella te lo indique y limítate a responder a sus preguntas. Cuestiones de protocolo, ya sabes —terminó, regresando al interior de la sala.

    Aguardé un buen rato en compañía de Araneo y de tres mercaderes de Pelusio, de compras en Roma, que querían presentar sus respetos a la reina. Al fin la puerta se abrió y por ella salieron dos litocéfalos ceñudos, de toga purpúrea, ante los que se cuadró el centurión. El ujier voceó:

    —¡Diomedes de Atenas! — y yo di un paso al frente y entré en la sala de audiencias.

    Era una amplia estancia, adornada con mosaicos en sus laterales. Junto a la pared del fondo, cubierta de tapices, se levantaban tres peldaños de mármol blanco y sobre ellos un sillón de madera dorada, con las patas torneadas en forma de leones postrados. Dos mujeres ocupaban la plataforma, una apoyada en el asiento de terciopelo granate, la otra sobre las aristas marmóreas de los escalones. Cumplí con el ceremonial cortesano con una percusión de mediano estilo en la baldosa y me incorporé rápidamente, dispuesto a satisfacer mi curiosidad sobre las egipcias.

    El Mare Nostrum puede parecer inmenso, pero para chismes y maledicencias resulta poco más que el lavadero de un patio de vecinas. La reina de Egipto no tenía más de veinticinco años y ya hacía tiempo que incluso sus productos cosméticos eran objeto de debate en los remotos olivares del Ática. Aunque enmascarada tras tres siglos de refinamiento africano en su familia, era al fin y al cabo una macedónica, una griega de frontera. Siempre habíamos considerado a sus compatriotas como unos helenos del último orden, apenas distantes de la masa amorfa de los bárbaros, latinos incluidos, a los que sólo por algún dudoso designio concedió Zeus el privilegio de caminar erguidos. Pero desde que los romanos nos nivelaron bajo el talón de su cáliga los antiguos rencores provincianos habían quedado muy amainados y por aquellas fechas todos nos sentíamos orgullosos de que una helénica amenazara la estabilidad de Roma y mantuviera en vilo a todo el orbe civilizado.

    A primera vista resultaba más que interesante, con la cabellera negra recogida en complicados bucles, a semejanza de un capitel corintio, los ojos grandes, oscuros y brillantes, la nariz afilada y un gesto imperioso insinuado en el breve labio superior. Vestía una túnica de brocado verde y se adornaba con una diadema y un collar de tres vueltas, en los que se adivinaba la consistencia del oro macizo. No era aquél el atuendo de un ama de casa que sale a hacer la compra, aunque un amante del tópico habría echado en falta cetros de lapislázuli, serpientes de jaspe y oro, un negro gigantesco con un abanico tras ella y un par de leopardos tumbados a los lados del sillón.

    A sus pies, sentada en un escalón, estaba su hermana Arsínoe, con la cabellera suelta, sin más indumentaria que una exigua túnica, deshilachada y rojiza. Llevaba las manos a la espalda, hierros en los tobillos y de su cuello pendía una cadena de recios eslabones, sujeta a una pata del trono. El gesto dominante de la reina dejaba paso en sus labios a una expresión abatida, pero el corte facial, incluidas las delgadas líneas de la nariz, debía de ser común a toda la estirpe ptolemaica. Me miró fijamente con sus ojos tristes y no pude evitar cierto sentimiento de simpatía hacia ella. El recuerdo de Baiasca, tal vez maltratada en aquellos momentos por los esbirros de Tóculo, me acudió a la mente.

    —Puedes levantarte —habló Cleopatra, ignorando el hecho de que ya estaba completamente erguido. Tenía una voz melosa y a la vez enérgica, como describen los poetas pseudohoméricos a las sirenas de Ulises—. Siento una enorme admiración por los artistas. ¿Cuál ha sido tu último trabajo? — decidí mostrarme evasivo. No era imposible que la reina o alguien de su séquito —probablemente el chambelán alejandrino— estuviera al corriente de las novedades teatrales griegas.
    —Preparaba una obra sobre las cémpsicas —respondí—. Pero ha quedado momentáneamente interrumpida.
    —¡Qué interesante! — se admiró Cleopatra, sin atreverse, como había previsto, a preguntar qué era una cémpsica—. César me dijo que ibas a escribir una tragedia sobre la rivalidad fraternal.
    —Con vuestra real licencia, pensaba que tu hermana y tú fueseis el motivo central —expliqué.
    —¿Y el desarrollo?
    —Glosando la dicha del vencedor y la desgracia del vencido —el rostro de Cleopatra se iluminó.
    —Me parece un tema muy sugestivo —aprobó—. Y puedes contar con algo mejor que mi venia. Estaré encantada de colaborar contigo. Es el deseo de César, pero además me fascina posar para las bellas artes. Al fin y al cabo por ellas pasaremos a la inmortalidad. En esta misma villa hallarás a un compatriota, un prometedor escultor de Naxos. Trabaja por mi encargo en un pequeño recuerdo de familia.

    Durante todo este parlamento Arsínoe había agudizado el ángulo de sus cejas y me miraba con expresión desaprobatoria. Resolví que mi interés en causar buen efecto a la reina no justificaba predisponer en mi contra a la cautiva.

    —Si tu hermana es igual de amable… —empecé. La reina me interrumpió.
    —No necesitas su amabilidad. Es una prisionera y hará lo que yo mande. Pero no vas a inspirarte aquí, de pie ante el trono como si fueras uno de esos pedigüeños que vienen a sonsacarme influencias. Un artista merece otro trato. ¡Oiqueneo! Di a los que esperan que la audiencia ha sido suspendida.
    —Solamente quedan tres mercaderes de Pelusio.
    —¿Pelusio? ¿No apoyó a los traidores en la guerra civil?
    —Aseguran que ellos se opusieron a sus conciudadanos y padecieron enormemente por tu causa. — Cleopatra sonrió aviesamente.
    —Entonces no les digas nada. Padecerán un poco más esperando hasta que me canse. La reina y su séquito van a refrescarse en la terraza. Ven con nosotras, ateniense —me indicó en tono cálido—. Charlaremos ampliamente sobre tu próxima tragedia.

    La egipcia hizo una seña hacia un fornido sujeto, en todo semejante a un antropoide, que durante la audiencia había permanecido de pie en un lateral de la sala, tan inmóvil que llegué a tomarle por una de esas momias de que hablan los viajeros del Nilo. El homínido descruzó los brazos y se aproximó al trono, mientras Cleopatra descendía mayestáticamente por los peldaños. Una dama lechosa, de carnes blandas, entregó un juego de llaves al siervo y escoltó a la reina hacia la salida junto a otra mujer, morena y espigada, con una larga melena rizada. Araneo me las identificó como Tueris y Eos, del séquito personal de Cleopatra.

    —¿No vamos con ellas? — planteé.
    —Espera a que se alejen. Es el protocolo.

    El sayón conducía a Arsínoe por la cadena del cuello, con las manos esposadas a la espalda. El centurión y yo seguimos su lento avance, a prudente distancia, por una amplia escalera de caracol.

    —Vas a ver el lugar del atentado —me susurró Araneo—. Comprobarás que hay dos habitaciones que dan a la terraza. En la primera duermen las damas, en la segunda la reina. Bueno, y a veces César, ya sabes. Arsínoe debió de escalar hasta la terraza, abrió la puerta, disparó la jabalina y saltó desde la balaustrada. Después se perdió en la noche.

    En efecto, sobre el mosaico de colores que pavimentaba la terraza se entreabrían dos hojas de madera, que ocultaban el interior de las alcobas. Me aproximé a la balaustrada y miré hacia abajo. El salto hasta la hierba del jardín era asequible. Más allá estaba la fuente del tritón, los arriates terrosos y el barracón de la guardia.

    Cleopatra se había recostado en una tumbona y sus damas nos invitaron a instalarnos como ellas en los asientos de cuero dispuestos en círculo. El sicario sentó rudamente a la cautiva en el suelo y sujetó la cadena del cuello a una pata de la mesa. Tras lo cual se situó junto a la balaustrada, cruzó los brazos y abandonó otra vez el mundo de los vivos.

    Reparé en un hombre pálido y enjuto, con inconfundibles rasgos helénicos, que aguardaba en un rincón de la terraza y al momento deduje que debía tratarse del escultor. Así lo revelaban, para el ojo escrutador de un exquiriente, el escoplo y la lija que sostenía en sus manos y el bloque de mármol situado a su espalda. De su piedra blanca emergía la figura de la reina, en postura sedente, enarbolando olímpicamente su cetro. De rodillas a su lado, con la vista baja y encadenada hasta las cejas, se hallaba su hermana Arsínoe. Un simpático grupo familiar, sin duda destinado a enriquecer la colección de recuerdos de la dinastía Lágida.

    Tueris dio unas palmadas y varias bandejas empezaron a cimbrear en torno nuestro, mecidas por unas esclavas negras surgidas de la nada. Contenían unos bocaditos de exóticos color y forma. Dos efebos portacopas se sumaron a la reunión y escanciaron la oscura malvasía. Cleopatra llevó el vaso a sus labios e inició el amistoso convite, mientras su hermana, sentada en el suelo, miraba con expresión ausente hacia el horizonte.

    —Hoy no posaremos —comunicó al escultor—. Tengo un invitado. ¿Por dónde quieres que empiece, ateniense? La guerra civil egipcia fue algo muy sutil y muy complicado como para resumirlo entre dos sorbos de malvasía —tomé de la bandeja lo que resultó ser un pescadito seco, quizás nilótico, envuelto en una hoja de parra, y contesté:
    —La guerra civil será muy secundaria en mi obra, una simple referencia casi intemporal. Los conflictos que encierra una tragedia deben ser universales, válidos para cualquier tiempo y lugar, como las pasiones humanas —yo mismo estaba asombrado de cómo estaba interpretando mi papel de intelectual. Pensé que era una lástima que Baiasca no pudiera verme.
    —Quieres, en definitiva, que te exprese los sentimientos propios de quien ha triunfado en la lucha, ciñe la corona y ve ahora a su rival, a su hermana de sangre, encadenada y abatida a sus pies. ¿No es así? — resumió Cleopatra.
    —Me parece una síntesis muy completa de mis propósitos —asentí galantemente.
    —La respuesta se contiene en una sola palabra —empezó la reina, con un brillo de animación en sus ojos—. La felicidad. Una felicidad plena y consciente, propia de quien ha conseguido lo que ansiaba. ¿Te gustaría que la explicase más detalladamente?
    —Sería un honor —la egipcia enderezó su postura. El tema era evidentemente de su agrado.
    —El placer y la riqueza son para la mayoría de las personas un deseo inaccesible, perseguido toda la vida para que sólo algunos, con más suerte, puedan rozarlos entre los dedos. El común de los mortales sueña con montañas de oro, lagunas de perlas movedizas; esclavas de piel suave y cintura ondulante, mesas llenas de frutos de mar, vinos exóticos o aves especiadas. Para nosotros, los lágidas, riqueza y placer aguardan en la cuna, entre sábanas de seda y sonajeros de plata, y nos acompañan toda la vida, tan dócilmente como una sombra, en cuantía superior a la que jamás podremos gozar. Por eso no consiguen colmarnos. Nuestro verdadero anhelo es otro y por él respiramos, nos movemos y, llegado el momento, peleamos hasta la muerte —el parlamento de Cleopatra había ido aumentado progresivamente su énfasis. Se detuvo, mojó los labios en la malvasía y con un tono repentinamente quedo aclaró—: Me estoy refiriendo al poder.

    Pensé que la pausa concedida por la reina requería una frase cortesana, aprobatoria de su inspirada perorata, y sin duda hubiera seleccionado una satisfactoria de no haber tenido la boca llena por otro pescadito emparrado. Cuando acabé de deglutirlo ya la egipcia continuaba:

    —Necesitamos el poder, inmediato e ilimitado. Por eso mientras el rey vive organizamos rebeliones o conspiramos preparando la sucesión; cuando muere los herederos nos arrojamos unos contra otros, sabiendo que quien haga la primera sangre tendrá más posibilidades de conseguir el triunfo. Bien, ahora el poder es mío. Tuve que aliarme con los romanos, pero lo habría hecho con las furias del Averno si se hubiesen ofrecido. No es un poder tan pleno como yo querría, pues está comprimido por las mismas legiones romanas que me ayudaron, pero tiempo habrá de subsanar estos pequeños defectos. Y, sobre todo, es la recompensa a una difícil lucha, en la que arriesgué la fortuna, la libertad y la vida. Por eso ahora el premio me parece más sabroso.

    Durante esta parrafada Arsínoe, que rectificaba continuamente su postura sobre el suelo, había permanecido mirando a la lejanía. El movimiento de cejas con que acogió las palabras de su hermana probó, no obstante, que no se hallaba tan ausente como aparentaba. Creí llegado el momento de mediar por ella.

    —Según Platón, la clemencia es una miel que endulza el vino de la victoria —mentí. Desde luego no debía de ser yo el primero en decirlo y lo más socorrido en tales casos es echar la culpa a Platón.
    —La victoria es un vino fuerte —me corrigió la reina— que reclama el sabor picante de la venganza. En nuestra infancia mi padre nos hizo estudiar la historia de Roma. Decía que para no ser oprimidos hay que empezar por conocer bien al opresor. Los antiguos romanos pronunciaron muchas frases memorables, demasiadas para las que luego he oído elaborar a sus descendientes. La que más me impresionó fue sin embargo la de un enemigo, el celta Breno, después de tomar al asalto la Urbe. Dijo solamente: Vae victis, ay de los vencidos. Era un bárbaro iletrado, pero su discurso de dos palabras encerró más sabiduría política que todos los tratados de vuestros filósofos griegos. — Araneo se creyó obligado a protestar:
    —Él mismo probó el amargo gusto de su doctrina. Camilo regresó con su ejército y aplastó a los invasores.
    —Si los celtas hubiesen sabido escribir sería muy curioso conocer su versión de los hechos —replicó escépticamente la egipcia—. Pero de ser así solamente reforzaría la validez de la máxima. La piedad con el enemigo es la más peligrosa de las debilidades y ésta es una regla que ningún Lágida ha olvidado en la historia. Por eso ahora, trescientos años después de abandonar las chozas de barro de Macedonia, seguimos sentados en el trono de oro de Alejandría. Si mi hermana hubiese ganado estaría acomodada aquí, refrescándose con esta malvasía, y yo arrastraría sus cadenas por el suelo como una alimaña rabiosa.

    Miré otra vez hacia la cautiva. En realidad no había dejado de hacerlo, puesto que se encontraba entre la reina y yo. Fijaba la vista en un eslabón colgante de un grillete.

    —Comprendo que, conforme a esta teoría, el enemigo derrotado debe ser encarcelado o muerto —opuse—. Pero, ¿para qué sirve exhibir su desgracia, en permanente exposición pública? — Cleopatra adoptó una expresión cercana al éxtasis.
    —Para ejercer el poder —respondió.
    —No acabo de comprender.
    —No querría parecer inmodesta, pero los Lágidas no somos como los demás humanos. Es posible que en Atenas toméis esto a broma, como hacéis con casi todas las cosas, pero en Egipto la familia real participa de la divinidad y, después de tres siglos de contacto, algo de su esencia habrá terminado por contagiársenos. Mi poder es absoluto dentro de las fronteras de mi reino. Puedo arrasar una comarca o desnarigar una ciudad entera simplemente porque uno de sus moradores no dobló ante mí la rodilla con bastante fuerza. Pero no me complacen estos pequeños actos de despotismo. Tendrían por objeto viles mortales, indignos de que pose en ellos un ápice de mi rencor. De modo que para mis súbditos resulto una gobernanta bienhechora y hasta afable, mientras no cometan el error de auxiliar a mis enemigos. Pero con Arsínoe todo es diferente. Ella desciende del gran Ptolomeo en una línea tan directa como la mía, por sus venas corre sangre de doce generaciones regias. Fue una digna contrincante y ahora es mi prisionera, igualmente digna de que sacie mi venganza en ella. Quizá otros le hubieran dado una muerte cruel, con tormentos refinados seleccionados entre la rica gama de nuestros vergudos alejandrinos. Yo jamás permitiría tocar un solo cabello de mi hermana.
    —Muy humanitario —aprobé.
    —Al fin y al cabo, ¿qué es el dolor físico, comparado con el de la humillación y la frustración permanentes? Obsérvala ahora, simulando que no le interesa nuestra conversación, cuando en realidad cada una de mis palabras deja mella en su alma como un hierro candente. Mírala como un animal, carente de todo albedrío. Impedida por esos grilletes, hasta el menor de sus movimientos requiere mi aprobación, o la de sus guardianes. A través de ellos yo decido qué hace, cuándo come y cuándo duerme, si puede permanecer en pie como una persona o reptar por el suelo como un gusano. Y el más nimio de mis deseos es para ella una orden, como para un perro faldero —la reina estaba jugueteando con una fruta escarchada. De pronto alargó el brazo y la colocó ante la boca de la cautiva:— Come —le invitó. Arsínoe mantuvo la mirada perdida hacia el jardín, sin reaccionar. La egipcia insistió—: ¡He dicho que comas!

    La presa volvió la cabeza y tomó la fruta entre sus labios, con un movimiento rápido. Cleopatra retiró la mano, como si algún diente de su hermana le hubiese herido en la palma. Juzgué que era suficiente con aquella demostración. Quizás para un buen trágico la sesión hubiera proporcionado ingredientes para una obra inmortal, pero para un simple exquiriente ni una sola pista sobre el atentado contra César se había desvelado. Sólo quedaba esperar que tuviera más suerte con el turno de la cautiva.

    —Ha sido una lección muy interesante —aplaudí—. Te estoy muy agradecido.
    —También yo he pasado un buen rato. Ya te dije que me encantaba ayudar a los artistas.
    —Ahora debemos conocer la versión opuesta. Creo que el punto de vista del vencido será un foco de iluminación complementario. — Arsínoe permaneció callada. La reina la miró glacialmente desde lo alto de su tumbona.
    —El ateniense te ha hecho una pregunta —le indicó—. Y es mi deseo que la contestes.
    —Los perros falderos no pueden hablar —respondió la presa. Tan sólo su matiz apagado diferenciaba la voz de las dos hermanas.
    —Los de la reina de Egipto tienen ese privilegio —arguyó su rival. Arsínoe encogió los hombros.
    —El trágico quiere saber mis verdaderos pensamientos —alegó—. No puedo ser sincera mientras tema las represalias. — Cleopatra se dispuso a intervenir con cierta imperiosidad. Decidí salir en defensa de la cautiva.
    —Quizá, dadas las circunstancias, debería entrevistarme con ella a solas. César dijo que me ayudaseis en todo lo posible me apresuré a añadir, ante la mirada de la reina.
    —Sea —concedió ésta—. Lleva demasiado tiempo sin ejercitar los músculos y nada alegra tanto la vista como el agua saltarina de una fuente. Conduce a la prisionera al jardín y que empiece a trabajar —ordenó al antropoide.

    Éste volvió a cobrar vida y, soltando la cadena de la pata de la mesa, obligó a la cautiva a incorporarse. Tueris, sentada a su lado, hizo un movimiento simultáneo y la bandeja de las frutas escarchadas rodó por el suelo.

    —¡Mira lo que has hecho! — recriminó a la presa.— Recógelas. — Arsínoe se volvió hacia mí, como si reclamara mi testimonio sobre su inocencia.
    —No puedo —dijo al fin—. Estoy atada.
    —¡Recógelas! — la prisionera se encogió otra vez de hombros y con el pie derecho empezó a amontonar las frutas sobre la bandeja. En ese instante el centurión Araneo se levantó de su asiento y, antes de que las egipcias pudieran impedírselo, llenó el recipiente y lo devolvió a la mesa.
    —No creas todo lo que te cuente mi hermana —me despidió la reina—. Tiene una habilidad especial para estimular el falso sentido caballeroso de los ingenuos.

    El centurión y yo aguardamos a que la cautiva y su custodio se alejasen y descendimos las escaleras tras sus pasos.

    —Una mujer de carácter —comenté. Araneo hizo un gesto aprobatorio.
    —César ha probado su valor en muchas batallas, pero nunca le encuentro tan admirable como cuando se encierra a solas con la reina —opinó—. Creo entender algo de mujeres y puedo asegurar que en ninguna de sus especies resultan tan peligrosas como las egipcias.
    —Tal vez las cémpsicas —aventuré—. Y al momento pensé que estaba siendo injusto con la pobre Baiasca.
    —A ésas no las conozco —admitió el oficial—. De todas formas, la teoría de la feliz contemplación del enemigo vencido tiene alguna excepción que Cleopatra no ha querido reconocer.
    —¿Cuál?
    —No resulta tan feliz cuando el enemigo continúa siendo temible. Cleopatra disfrutó con su juguete hasta el día en que los mensajeros de Egipto comunicaron que los partidarios de su hermana están promoviendo un nuevo levantamiento. Si Arsínoe se liberara y regresara a su país la guerra civil volvería a empezar y esta vez nuestras legiones están muy ocupadas en otros sectores. Aún a costa de perder su diversión, Cleopatra se apresuró a pedir a César que la ejecutase.
    —¿Y por qué no lo hizo?
    —El cónsul alegó que Arsínoe era prisionera del senado y pueblo romanos, acogida a su protección, y anunció represalias si le ocurría algún accidente doméstico. En la familia Lágida resultan muy frecuentes. Ha envejecido, pero sigue siendo un hombre galante. Claro que la otra noche, a juzgar por el portazo que dio al abandonar mi habitación, debió de salirle mal el asedio.
    —En ese caso, ¿por qué intentó matarle Arsínoe? Hubiera sido más lógico que apuntase la jabalina hacia su hermana.
    —Precisamente porque entiendo de mujeres nunca osaría razonar sobre qué pretenden con sus actos. Y menos con una egipcia —habíamos llegado junto a la fuente del jardín. El sicario abrió las esposas de la presa y sujetó sus muñecas y cuello a sendas argollas, hincadas en el travesaño lateral. Tras lo cual se retiró unos pasos y congeló de nuevo todo hálito vital—. Llámame si necesitas algo —ofreció Araneo, mientras se alejaba hacia el cuerpo de guardia.

    La cautiva apretó sus palmas contra el madero e inició su recorrido circular en torno a la fuente. Un chorro de agua brotó de la concha del tritón. Más allá de la balaustrada de la terraza se divisaba a Cleopatra y sus damas, que miraban hacia nosotros y comentaban algo muy divertidas.

    —Estoy esperando tu versión —indiqué a la egipcia, tras varias vueltas de ésta alrededor del eje.
    —No pienso ayudar a que se rían de mí —afirmó la presa.
    —No veo nada cómico en tu situación —alegué—. Me parece digna de la mayor conmiseración.
    —Tampoco me gusta el papel de víctima derrotada.
    —El motivo de mi tragedia no será la derrota, sino la lucha por compatibilizar, ante un trato cruel e inhumano, el instinto de supervivencia con el orgullo de la sangre real —la frase salió lo bastante redonda como para que Arsínoe suavizara el arco de sus cejas y me mirase con algo más de interés.
    —Una situación como la mía no se comprende tras un par de frases. Hay que vivirla —pensé que la solidaridad podía ser un buen punto de partida para el desbloqueo. Me situé ante la prisionera, así el travesaño y le ayudé a remolcarlo, caminando hacia atrás. Siguió un nuevo silencio.
    —Son los vencedores quienes escriben la historia —aporté—. Esta es tu ocasión para que la posteridad escuche también tu voz.
    —Con el trato que recibo no creo que la posteridad y yo lleguemos a conocernos.
    —Yo compondré la tragedia de todas maneras. Y la gente te verá tal y como te pinte. Allá tú si desaprovechas esta caja de resonancia para tu causa —la cautiva meditó estas palabras—. Nunca escribiría nada que pudiera ofenderte —añadí. Tras una breve reflexión suplementaria la presa arrancó:
    —¿Qué voy a sentir? Vejación, desesperación, impotencia…
    —Cleopatra ha sido más elocuente.
    —También yo lo serla si estuviera en su situación —resolví insistir un poco más de lo que la caballerosidad ateniense aconsejaría.
    —¿En qué consiste la vejación? — Arsínoe miró con gesto expresivo los hierros que la rodeaban.
    —Ir encadenada, vestida con estos harapos, puede ser tolerable para una esclava de nacimiento; no para una descendiente de Ptolomeo el Grande. Y hasta la sierva más ínfima se sublevaría si le hiciesen dar vueltas a una noria, como una muía vieja.
    —¿La desesperación?
    —La ilusión de la libertad hace más tolerable el cautiverio. Yo estoy prisionera en una tierra extraña, a mil leguas de mi país y mi gente, custodiada por todo el poder romano. Mis esperanzas parecen algo remotas.
    —¿Y la impotencia?
    —Tengo sed —indicó. En el suelo había una pequeña palangana, que llené en la fuente y ofrecí a la egipcia. Bebió sin detener su marcha y continuó—: Estoy atada de pies y manos. Ni siquiera puedo beber por mí sola, o retirar el pelo de la cara. ¿Cómo voy a pensar en devolver las ofensas? — pese al laconismo de las respuestas, los derroteros de la conversación parecían propicios a mis fines. Inicié el ataque decisivo:
    —¿Qué ocurriría si fuese Cleopatra la que estuviera a tu merced? — la sola mención de tal posibilidad hizo aflorar por primera vez una sonrisa a sus labios.
    —Tras la guerra civil le habría procurado un cautiverio digno, lo bastante retirado como para que no resultara peligrosa. Conozco varios príncipes nubios, más allá de las cataratas del Nilo, que hubieran recibido encantados a una presa tan ilustre. Ahora, después de los miles de vueltas que he dado a esta noria, pienso que la venganza sabiamente administrada puede llegar a ser una de las bellas artes.
    —Le aplicarías su propia doctrina sobre los vencidos —adelanté.
    —Atada a este madero he tenido tiempo de meditar algunas innovaciones muy ingeniosas.
    —¿Qué harías con su séquito?
    —Mis amigos nubios tiene rebaños de hipopótamos. Tueris sería una pastora ideal para ellos y no creo que tardase en enamorar a algún macho de la manada. El resto del séquito se limita a cumplir órdenes, muy eficazmente según he podido comprobar. No tengo nada que reprocharles.
    —¿Incluirías a Julio César en tu venganza? — planteé. Arsínoe se encogió de hombros.
    —Cuando está con Cleopatra es un simple siervo —definió—. No creo que sea responsable.
    —Él colaboró en tu humillación paseándote encadenada por Roma.,
    —En la zafia mentalidad latina es el trato habitual para un rey vencido. Y no tengo a los romanos en un concepto tan alto como para que me humille ser exhibida ante ellos. Al menos César tuvo el buen gusto de no celebrar su triunfo en Alejandría.
    —¿Sentirías su muerte?
    —Es un enemigo —contestó Arsínoe—. Pero mientras esté prisionera no iba a mejorar en nada mi situación.

    César tenía fama de genial estratega, pero empezaba a advertir una seria insuficiencia en su táctica, de carácter subjetivo. Sin duda Alcímenes, tras aquel intercambio conceptual con las dos hermanas, habría forjado una concluyente hipótesis sobre cómo la cautiva abandonó el barracón, apuñaló a su guardián, escaló la terraza, disparó el venablo contra el dictador y regresó a la cama sin dejar una sola huella. Yo había adquirido interesantes conocimientos teóricos, muy útiles en los improbables casos de escribir una tragedia o casarme con una egipcia, pero continuaba sabiendo lo mismo sobre el atentado. Resolví mostrarme un poco más directo:

    —Me han dicho que alguna vez lo has intentado —Arsínoe repitió su gesto desdeñoso.
    —Si te refieres a esa absurda historia de la otra noche, busca a quien la haya puesto en circulación y pídele argumentos para tus obras.
    —¿Qué sucedió exactamente?
    —César mandó desatarme de la noria, me llevó al barracón y empezó a insinuarse como si pensara cobrarse el precio de su gentileza. Le rechacé y entonces se marchó con un portazo. Me quedé dormida, hasta que los pretorianos entraron dando voces y preguntándome dónde había estado.
    —¿Por qué le rechazaste? — me interesé. La cautiva adoptó un aire ofendido.
    —La deshonra de mi hermana no implica que toda la familia sea igual de asequible.
    —Mucha gente piensa que trataste de matarlo. Dicen que el propio César te reconoció en la terraza.
    —Estaría tan borracho como acostumbra.

    En este momento nos interrumpió la voz de Tueris:

    —La reina está muy agradecida por tu ayuda —me indicó—. El chorro de la fuente nunca había llegado tan alto—. Solté el travesaño y me encaré con la dama. No parecía posible extraer más utilidad de Arsínoe.
    —La prisionera ha colaborado muy positivamente —elogié.
    —Es obediente como una buena muía —aprobó Tueris—. Aunque cuando empuja sola el travesaño le falta un poco de fuerza.
    —Trabajar de muía es fácil —habló la cautiva, que no había cesado en su tarea—. Lo molesto son los tábanos —su carcelera no modificó su sonrisa ante tal definición.
    —Un sirviente puede ahuyentarlos de tu espalda con un vergajo —ofreció—. ¿Has terminado, ateniense? La prisionera no está acostumbrada a la actividad mental y tememos que le estés produciendo dolor de cabeza.
    —Creo que por hoy ya he progresado bastante —declaré.

    Eché a andar hacia el cuerpo de guardia. Ante mi sorpresa la dama me siguió, como si iniciase un paseo por los jardines en mi compañía. Poco más allá aguardaba Eos, que se sumó al grupo.

    —Espero que no te habrá conmovido con sus lágrimas de cocodrilo —deseó Tueris—. Sabe fingir muy bien su papel de princesa desvalida.
    —Sus cadenas parecen bastante reales —objeté.
    —Debía, estar agradecida a la reina por su magnanimidad —continuó la dama—. En otros tiempos a los traidores se les arrastraba con un garfio en la boca.
    —También deberla mostrar su gratitud a César —indiqué—. Los romanos tienen la costumbre de rematar el triunfo ejecutando al rey vencido.
    —Seria un sentimiento impropio de una hiena como ella —miró en todas direcciones, como para cerciorarse de que ninguna oreja autónoma nos seguía por el aire, y agregó en voz baja:— Hace pocas noches intentó matar a César —hice un gesto de asentimiento.
    —Asegura que es inocente. — Tueris emitió un estridente sonido a modo de risa.
    —No creo que César sea un pusilánime, aficionado a imaginar historias terroríficas durante la noche.
    —Cuéntame tu versión del incidente —sugerí—. Tal vez lo introduzca en mi tragedia.
    —Eos y yo dormíamos en nuestra habitación, contigua a la de la reina. Nos despertó un grito que venía de la terraza. Corrimos afuera y vimos a César asomado a la balaustrada, ordenando a sus pretorianos que persiguiesen a la prisionera. Al momento se nos unió Cleopatra, envuelta en un chal, y después Oiqueneo y la servidumbre. En la cabecera de la cama había una jabalina clavada. Y César en persona vio cómo Arsínoe la disparaba.
    —La presa alega que no pudo salir del cuerpo de guardia. — Tueris repitió su simulacro de risa.
    —Su habitación tenía una ventana y el guardián que la vigilaba estaba muerto. ¿Quién le impedía salir?
    —Según el centurión de los pretorianos no había ninguna huella en torno a la ventana.
    —Eso implica una de tres posibilidades: o César sueña, o el centurión miente, o Arsínoe vuela. Yo apostaría por la segunda.
    —¿Por qué iba a mentir Araneo? Es un veterano, de la máxima confianza de César.
    —Quizá padezca el complejo de Perseo —aventuró Tueris.
    —¿Qué es eso?
    —El necio afán, presuntamente caballeroso, de afrontar mil peligros por socorrer a una dama encadenada. Sería la hipótesis más favorable para el centurión.
    —¿Y la más desfavorable? — Tueris sonrió de nuevo.
    —Muchos romanos, algunos sorprendentemente próximos a César, desean la muerte del dictador. Pero la mayoría teme las consecuencias del conflicto civil que se desataría. Si la mano ejecutora" fuese extranjera el problema quedaría brillantemente resuelto —miré con interés a la egipcia. Con sus carnes fofas y su mirada acuosa no resultaba una compañía muy agradable, pero hubiera sido una excelente exquiriente auxiliar. Al menos acababa de proporcionarme la única pista válida en todo aquel embrollo. El paseo nos había llevado junto al barracón de la guardia, en cuya puerta brillaba la coraza del presunto traidor. Me volví hacia Eos, que continuaba sin abrir la boca.
    —Y tú —le interpelé—, ¿no tienes nada que añadir?
    —Sólo que para ser un simple autor teatral haces muchas preguntas —contestó secamente. Creí llegado el momento de una retirada estratégica.
    —Con el material que estoy recopilando tendré para una trilogía. Habéis sido muy amables al acompañarme.
    —La reina quiere que seamos corteses con los verdaderos artistas —aseguró Tueris.
    —¿Cuál es tu conclusión? — preguntó Araneo cuando las damas se alejaron.
    —Un exquiriente sólo revela las conclusiones a su cliente —le corregí—. Al fin y al cabo nunca dije que resolvería el misterio en una sola sesión.
    —Mandaré a un pretoriano que te lleve de vuelta —pensé que al menos podría obtener un fruto práctico de mi visita.
    —No es necesario. Puedo conducir yo mismo la biga.
    —No lo dudo. Pero es propiedad del ejército romano.
    —César dijo que cualquier cosa… —empecé. El hombre hizo un gesto de resignación.
    —De acuerdo, de acuerdo… —me atajó—. Trátala con cuidado. Si hay que arreglar la pintura descontará el gasto de mi soldada.

    Los caballos de la biga juntaron los cascos y sacaron el pecho cuando me aproximé al vehículo, acreditando su buena educación militar. Eran dos animales serios y fornidos, que iniciaron un obediente trote acompasado apenas subí al pescante y, con cierta cautela, chasqueé el látigo. Lo mantuvieron regularmente hasta el templo de Pomona y cuando tiré de las riendas se detuvieron y aguardaron, con las orejas enhiestas, a que les ordenase la posición de descanso. Publio Antonio transitaba en aquellos momentos por la plaza.

    —¿De dónde has sacado ese artefacto? — se admiró.
    —Es un préstamo del ejército.
    —Si pretendes alcanzar cierta reputación social en Roma deberás cambiar tus gustos —me censuró—. Ese carro y su tiro serán muy buenos para perseguir germanos por los montes, pero paseando con ellos por la vía Triunfalis no harás más que el ridículo.
    —¿Qué tal por el Foro? — me interesé. Antonio cambió de expresión.
    —Muy mal —comunicó—. Mi defendida sale mañana hacia el destierro en la isla Pantelaria. Ese Luciano resultó más peligroso de lo que parecía.
    —¿Consiguió pruebas contra tu cliente?
    —Más bien se enteró de que yo fui uno de los que en las últimas Lupercales gastaron una pequeña broma a la vestal mayor, disfrazados de lobos. Fue una distracción inocente, pero convenientemente distorsionada por ese malvado resultó decisiva para el tribunal. En fin, lo siento por la adúltera, pero como dice un refrán de tu tierra nautas somos y en el Egeo nos encontraremos. Por el momento una buena sesión en las termas aliviará los pesares de la jornada. ¿Me acompañas?
    —Tengo trabajo —alegué—. Ni siquiera he comido todavía.
    —Laboriosidad y frugalidad era el lema de mis antepasados —recordó Antonio—. Pero creía que los griegos erais más inteligentes. Puedes usar mis cuadras para guardar tu simulacro de biga. Ya sabes que desde que manda el partido popular hay mucho bribón por las calles; incluso el Senado está lleno de ellos.

    Me despedí de Antonio y a la entrada de mi casa topé con las barbas rojas del mendigo Odiseo, que tras golpear infructuosamente en la puerta iniciaba su retirada. Recordando el recado de Baiasca le indiqué el paradero de la cémpsica. Su enmarañada faz se ensombreció.

    —¡Pobrecilla! — masculló en tracio.
    —Creo que se alegraría si la visitases. No acabo de comprender los motivos, pero por lo visto te aprecia mucho.
    —Tóculo maltrata a sus esclavos y les hace trabajar hasta la extenuación —explicó el pordiosero. Agregó varias interjecciones en su lengua nativa, dirigidas al usurero, y concluyó—: Es todo lo tacaño que puede ser un romano.
    —Eso es mucho decir.
    —El día en que usurpó el palacio de tu tío fue una fecha triste para todos los mendigos del barrio. La despensa de Alcímenes siempre estaba abierta para nosotros. Por eso yo le fui fiel en la desgracia, aunque muchos prefirieron adular al intruso. Mi amigo Poreo decía que una costra de pan con un puntapié alimenta más que una sonrisa sola.
    —¿Has dicho Poreo? — indagué, repentinamente interesado.
    —Era un mendigo epirota y digo era porque murió anteayer, pobrecillo. Coincidimos muchas veces en el palacio de tu tío.
    —Estoy investigando su muerte —declaré, mientras pensaba que Baiasca podía haberme remitido a su amigo el ciego en vez de hacerme arriesgar el pellejo entre los bandidos del Aventino.
    —Nadie te pagará un solo as por tu investigación —me previno Odiseo—. A pesar de sus fantasías su único capital al morir eran sus inmensas narices.
    —Háblame de esas fantasías —solicité.
    —Desde hace una semana, cuando bebía más de la cuenta, hablaba de lo rico que iba a ser dentro de poco y prometía sufragar la mayor borrachera de mendigos que jamás vieran las siete colinas, pero nunca pudimos sonsacarle de dónde le iba a llegar la fortuna. Anteayer se despidió diciendo que iba al festival del anfiteatro. Nos reímos de él, porque no se permite la entrada de mendigos, y él aseguró que cuando hiciéramos cola suplicando su limosna lamentaríamos aquellas bromas —el pelirrojo suspiró—. Ya no volvimos a verle. En mi caso metafóricamente, claro está.
    —¿No os habló de un compatriota suyo, un noble epirota que visitaba la ciudad?
    —No sé nada de eso. Pero otros dos mendigos le siguieron hasta el anfiteatro, para comprobar que mentía y burlarse después de él, y vieron cómo hablaba con un portero, un buen rato antes de empezar el festival, y entraba en el recinto.
    —Me gustaría localizar a ese portero.
    —Se llama Euríalo, es ateniense como tú y cuando no está de servicio bebe todo lo que puede en una taberna del Foro, «Las lágrimas de Pan» —miré al tracio con cierta sorpresa.
    —¿Cómo sabes todo eso?
    —La gente habla muy confiadamente delante de los ciegos, como si escuchásemos por los ojos. Además tengo buena memoria. Por eso tu tío me hacía a veces pequeños encargos.

    Decidí no entrar en casa. Entre lo avanzado de la hora y el refrigerio de Cleopatra no tenía ningún apetito y por otro lado me disgustaba la idea de comer en la cocina sin Baiasca. La mención de Poreo me había recordado que, aparte del enigma de las egipcias, aún tenía dos casos pendientes y que para aquella tarde había proyectado visitar a los actores que interpretaban en casa de Elio Manlio. Deposité el consabido sextercio en la palma del pelirrojo y me excusé:

    —Si me disculpas, tengo mucho trabajo.
    —También tu tío trabajaba sin cesar. La diferencia está en que él no lo recordaba tanto al prójimo —choqué otras dos monedas frente al mendigo y planteé:
    —¿Sabrías ir en biga hasta la puerta Querquetulana?
    —Sin duda, si no estuviera ciego. Pero si me dices por dónde pasamos te iré indicando el camino.
    —Será suficiente —acepté.
    —Por dos sextercios no querrás que conduzca además la biga.

    El carro avanzó por las vías romanas, provocando en los transeúntes miradas tan poco admirativas como había presagiado Antonio. Era difícil precisar, sin embargo, si se debían a la tosquedad del vehículo o a la presencia de Odiseo, con sus harapos y sus barbas al viento, en la trasera del pescante.

    La guía del ciego resultó lo bastante eficaz como para que sólo nos perdiéramos cuatro o cinco veces hasta acceder a la puerta Querquetulana. El único consuelo era que a pie y con los mismos rodeos habríamos tardado casi una semana. Por otros tres sextercios el mendigo estuvo dispuesto a vigilar la biga mientras yo despachaba mi visita a los actores.

    La sede de la compañía era un edificio de modestas proporciones, cuya puerta me abrió una muchacha de unos diecisiete años, más bien llenita y con una corta melena rubia.

    —¿La casa de Laurencio? — pregunté.
    —Es mi padre.
    —Me gustaría hablar con él sobre una representación.
    —Está ensayando. Pero enseguida saldrá —la joven aproximó un pañuelo a sus ojos. Dos gruesos lagrimones resbalaron por sus mejillas.
    —Quizá llegue en mal momento —aventuré.
    —Nada de eso —aseguró, con voz quebrada.
    —¿Ocurre algo? — la muchacha se restregó el pañuelo por la cara, esparciendo sus lágrimas en todas las direcciones.
    —Mis dos hermanos han muerto —anunció con un hilo de voz. Lucharon cuerpo a cuerpo y se mataron uno a otro —la noticia me dejó paralizado.
    —Cuánto lo siento —musité.
    —Uno de ellos está ahora insepulto —continuó ella, dando rienda suelta a su aflicción—. Mi tío es el nuevo cabeza de familia y se niega a enterrarlo, porque dice que nos ha deshonrado a todos —entre lo trágico del caso y la sincera congoja de la muchacha también yo empezaba a sentirme lacrimoso.
    —Me parece muy inhumano —manifesté.
    —Pero yo lo haré —reveló la joven, con un brillo de decisión en sus pupilas—. La ley de los dioses es más fuerte que las órdenes de mi tío. Iré de noche junto al cadáver, burlaré a los guardias y le daré sepultura, para que sus manes puedan descansar.
    —¿Y tu padre? — me interesé—. ¿Qué opina de todo esto?
    —Mi padre está ciego.
    —En sentido figurado, supongo.
    —En el sentido más real posible. Se sacó los ojos cuando supo que se había casado con su propia madre. Yo soy hija de un incesto —descubrió con un susurro. En esto se escuchó una voz a mis espaldas.
    —¿Qué haces ahí enredando, Marcia? No molestes a este señor —las lágrimas cesaron misteriosamente de fluir.
    —Solamente practicaba un poco —se excusó—. Antígona de Sófocles, concretamente. Este caballero es griego y estoy segura de que sabe apreciar una buena interpretación —comprendí, no de buen grado, que yo, un heleno legítimo, acababa de escuchar compungido la crónica familiar de Edipo.
    —¿Y las lágrimas? — pregunté. Mi interlocutora descubrió unas pequeñas esponjas cosidas al pañuelo.
    —Es un invento mío —proclamó—. Muy realistas, ¿verdad? — y dando un paso de baile se alejó hacia el impluvium.
    —Espero que no te haya ofendido —deseó Laurencio—. Quiere ser actriz y acosa con sus interpretaciones a todos mis visitantes.
    —Tiene unas dotes extraordinarias —aseguré.
    —Ha heredado el talento de su padre —proclamó orgullosamente el romano—. Lástima que las mujeres no pueden trabajar en el teatro.
    —Lástima —asentí. Esta vieja norma, derivada del carácter sacro de las antiguas representaciones, siempre ha sido molesta para los buenos aficionados. Por más que se oculte tras su máscara resulta chocante ver a un mozarrón de pantorrillas peludas lamentarse con voz atiplada por la muerte de su prometido.
    —¿Qué obra te interesa? — planteó Laurencio— ¿Plauto, Terencio, Afranio? Tenemos comedia togada y paliada, sin descuidar las últimas novedades en atelanas —expresé con el gesto el más profundo desdén que me inspiraba el llamado teatro romano.
    —Prefiero las tragedias griegas —el hombre suspiró.
    —En privado te diré que yo también. Pero cada vez son menos los que las piden. Resultan demasiado elevadas para los nuevos gustos y la gente tiene ya bastantes tragedias en su casa. ¿Qué tal Ifigenia en Aulide? Es emotiva y sentimental y, contra lo que suele suceder en las obras de tu país, termina bien. Eso le gusta al público.
    —Me interesan más las Euménides.
    —¡Excelente! El dios Apolo es uno de mis personajes favoritos. ¿Dónde será la representación?
    —Tuvo lugar hace tres noches, en la casa de Elio Manlio —el actor torció la expresión, sin duda pesaroso al ver esfumarse un contrato.
    —¿Qué buscas exactamente? — planteó.
    —Soy un exquiriente, pagado por la familia del difunto para investigar su muerte.
    —Cada uno gasta su dinero como quiere. Si yo estuviera en su situación reclamaría antes un buen brujo, especialista en conjuros. No creo que nadie que haya entrado en aquella habitación tenga la menor duda sobre la identidad de la culpable.
    —¿Némesis? — aventuré.
    —En las tragedias de tu país no suele faltar el dios vengador que baja del Olimpo.
    —Si, pero las víctimas que inmola cenan en sus casas al acabar la representación —repliqué.
    —Entiendo un poco de trucos teatrales. Si lo que vi y oí aquella noche tiene un origen humano, renunciaré a mi oficio y me iré a apacentar ovejas en los Abruzos.
    —¿Qué viste y oíste? — le urgí.
    —Estaba algo afónico, de modo que dejé el papel de Apolo a un joven actor y dirigí la obra desde el proscenio. La he representado tantas veces que podría recitártela de atrás adelante, de forma que estaba un poco distraído, sin reparar apenas en los versos. En eso escuché claramente un fuerte aleteo encima de la villa, como si un ave gigante volara sobre su tejado. Miré hacia arriba y vi, tan nítidamente como te veo ahora, un polvillo dorado que flotaba en la oscuridad, sobrevolando las tejas. Instantes después se oyó el grito de Elio Manlio. La mayoría de los espectadores no reaccionó, pensando que era un efecto escénico, pero yo fui de los primeros que corrieron escaleras arriba, porque sabía que había sucedido algo horrible. Cuando recuerdo lo que hallamos al entrar tiemblo todavía. Nuestro anfitrión con el puñal clavado en el pecho, el ceño feroz de la diosa de la venganza, aquella sangre inundando la habitación… Me horroriza la sangre. En mi mundo los personajes mueren entre bastidores, sin más testigo que el narrador que después cuenta la escena —asimilé las novedades durante un corto instante. Parecían algo impresionantes, pero no tenían que ver con la cuestión concreta que me había llevado hasta allí.
    —¿Quién te encargó la obra? — pregunté. Laurencio pareció confundido.
    —¿Qué relación tiene eso con Némesis? — planteó.
    —No puedo subir al Olimpo y traerme esposada a la diosa. Pero estoy seguro de que contó con colaboradores mortales y me pagan por descubrirlos. La obra que representabais versaba sobre las furias vengadoras, lo que, a menos que te fuera ordenado por Némesis, me parece una coincidencia excesiva. Por eso quiero saber quién la seleccionó.
    —Si fue la diosa, se disfrazó muy hábilmente de Elio Manlio. Y las monedas con que me pagó el adelanto eran indudablemente terrenales. Traté de explicarle que no era la obra más adecuada para una