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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LOS ALEGRES RAYOS DEL SOL (Juan G. Atienza)

    Publicado el miércoles, septiembre 13, 2017
    I


    La vida, en verano, suele ser bastante insoportable para aquel que no puede tomarse siquiera quince días de vacaciones. Para mí, al menos, que este año no he podido tomárselas. ¿Que por qué? Bueno, es un poco difícil de explicar, pero...

    Verán ustedes: me llamo Lucas Izquierdo, soy licenciado en filosofía y letras y enseño historia en un colegio privado a cincuenta y siete mastuerzos de familias acomodadas. Este año, de los cincuenta y siete, han quedado cuarenta y dos para la convocatoria de septiembre. Y no porque yo les enseñe la historia de un modo deficiente, sino porque sus mentes abotargadas no dan más de sí. En vista de los escalofriantes resultados de junio, el director del colegio nos llamó a Díaz y a mí —Díaz es el otro profesor de historia y geografía— y nos planteó la papeleta: este año no podríamos turnarnos en el curso de verano. Las clases iban a estar tan superpobladas que tendríamos que quedarnos los dos durante los tres meses de vacaciones.

    Yo, la verdad, ya tenía mis planes hechos. Pensaba marcharme con mi mujer y los chicos a pasar un mes en una playa del norte, pero el desastre de los exámenes echó abajo todos nuestros sueños. Cuando se lo dije a Julia —Julia es mi mujer— ella se negó en redondo a pensar por su cuenta, según su costumbre. Me dijo, cruzándose de brazos:

    —Está bien, pues tú dirás lo que hacemos...

    Y yo me estrujé la sesera durante toda la noche, para poder darle la solución al día siguiente:

    —Mira, Julia, yo creo que los chicos necesitan salir de Madrid...
    —Eso, por supuesto...
    —Bien, entonces, lo mejor sería que alquilásemos una casita en la sierra. Vosotros pasaríais allí todo el verano y yo iría por las noches... o los sábados...

    El siguiente domingo salimos a la sierra y nos pusimos a buscar un lugar habitable para que Julia y los chicos pasaran el verano. Por fin, después de mucho preguntar, cuando ya nos habíamos resignado a volvernos con las manos vacías, alguien nos dijo que encontraríamos lo que buscábamos cerca de Torrelodones. Fuimos allí y, efectivamente, nos dieron razón de la casa que podía convenirnos.

    Bueno, yo no sé si la gente me vio cara de profesor de historia, pero lo cierto es que el lugar donde nos condujeron tenía más aspecto de monumento arqueológico que de hotelito para veraneantes. En las afueras del pueblo había una tapia medio desvencijada y muy alta, por encima de la cual se medio adivinaba un frondoso bosque. Al llegar a la verja de hierro que servía de entrada, se encontraba uno ante un jardín que no había sido cuidado desde el paleolítico superior. Las plantas crecían salvajes por donde les parecía e inundaban los caminillos que en tiempos antediluvianos debieron ser de gravilla fina. El camino central conducía hasta la casa. ¡Perdón!... He dicho casa y debí decir monumento megalítico. Un tremendo caserón decimonónico con torres neogóticas y ventanas ojivales, muchos de cuyos cristales habían sido sustituidos por cartones. El portón chirriaba y, para cerrar por dentro por las noches, había que atrancarlo con un tarugo que pesaba más que mi hijo mayor.

    Al principio, ni Julia ni yo quisimos decidirnos a habitar aquella reliquia durante todo un verano. Pero luego lo pensamos bien, pusimos en la balanza los pros y los contras y las dudas se desvanecieron. Nos la alquilaban barata, un punto a favor. Estaba cerca de la sierra, segundo punto. Los chicos se sentían en aquel jardín del carbonífero como robinsones en su isla, tercer punto.

    Total, que alquilamos la Reliquia.

    Y todo funcionó bien durante un mes. Exactamente hasta el día diecisiete de julio. Era viernes. Al día siguiente, era fiesta y al otro era domingo. Yo me las prometía muy felices. Pensaba levantarme a las doce al día siguiente, bañarme en la balsa con los chicos, tomar el sol y dedicarme a la jardinería. Planes, nada más que planes.

    Pero con esos planes en la cabeza tomé el autobús a las siete y diez de la tarde.


    Llegué frente a la verja de la reliquia a las ocho y media, cuando las sombras de la tarde se alargaban y el sol estaba a punto de esconderse detrás de los montes de la sierra. Yo llevaba las dos manos ocupadas con cuatro chucherías que Julia me había encargado traer de casa. Nada: la plancha de carbón —porque en «La reliquia» la electricidad tenía un voltaje anémico—, dos sillas de catre, una pierna de cordero, dos kilos de pescadilla congelada, un botijo, un garrafón de vino, el meccano de Julito y un balón para Santi.

    Bueno, quedamos en que llegué frente a la verja. Atisbé mientras trataba de abrirla con la punta de la nariz, porque con las manos era imposible. El jardín —le llamo jardín por llamarlo de algún modo— estaba vacío y silencioso. Me asaltó de pronto la duda de si habría surgido algún monstruo prehistórico de entre las jaras y se habría comido a mi familia. Tanto silencio era sospechoso.

    Me adentré despacio por los caminillos que conducían a la casa, mirando hacia todas partes y silbando, para ver si aparecían los chicos por algún lado. Nada.

    De pronto, de entre la maleza, surgieron dos marcianos. Al menos, me lo parecieron al principio. Luego resultaron ser Julito y Santi con los trajes espaciales que les había regalado mi tía Salvadora. Salieron como monstruos salvajes y me rodearon dando alaridos furiosos, como si yo les hubiera hecho algo.

    Ese fue el primer susto de la tarde. También fue el más inofensivo. El segundo fue...

    Me acuerdo de la hora: las doce y treinta y cinco de la noche. Los chicos se habían acostado un poco pasadas las once y Julia y yo estábamos semicómodamente sentados junto al ventanal, en aquellas poltronas cojas de remotas edades que habíamos encontrado con la casa. Habíamos apagado la luz, porque había luna llena y así, en la semioscuridad, parecía que entraba mejor el frescorcillo de la sierra. Ya nos habíamos dicho mi mujer y yo casi todas las novedades: que la del primero izquierda había tenido un niño el martes; que escribió mi primo Roberto desde Laredo, quejándose de que no fuéramos con ellos este año; que don Tadeo, el director del colegio, nos había apuntado que, a lo mejor, cobrábamos una paga extraordinaria por no haber disfrutado de vacaciones. Julia, por su parte, me había relatado ya todas las diabluras de los chicos y todos los dengues de «La reliquia», porque cada semana se le descubrían nuevas taras al viejo caserón. Esta vez habían reventado dos tuberías, la instalación de la luz se había fundido por tres sitios cuando intentó enchufar el calentador eléctrico, la noche en que Santi apareció con treinta y nueve de fiebre sin saber por qué. En este momento, Julia me decía:

    —¡No, si no era nada!... El miércoles.

    Fue entonces, precisamente en ese instante. Julia se calló de pronto, y los dos nos volvimos a escuchar atentamente a través del ventanal abierto. Se escuchaba como un silbido prolongado que iba en aumento, como cuando un proyectil se acerca hacia el objetivo, ¿lo han visto ustedes en las películas? El silbido aumentó hasta hacerse casi ensordecedor. De la parte de atrás de la casa comenzó súbitamente a llegar un resplandor extraño, como cuando estalla en la lejanía un castillo de fuegos artificiales.

    Y luego, de pronto, fue el temblor de tierra. Todos los cacharros que había sobre el aparador se tambalearon. El suelo se estremeció a nuestros pies y nos hizo saltar a los dos. Sonó como si un pesado cuerpo cayese sobre los árboles del jardín. Y luego, tan súbitamente como se había producido, nuevamente el silencio. Julia y yo nos miramos asustados. Los dos, al sentir el temblor de tierra, nos habíamos puesto de pie de un salto. Pero no parecía que ocurriera nada. Estábamos sanos y había vuelto el silencio más absoluto.

    —¿Has oído?... —me preguntó Julia, con un hilo de voz.
    —Claro... —Se... se ha caído algo...
    —A lo mejor, ha sido un ala del edificio, que se ha desplomado...

    Sin pensarlo más, salimos corriendo al jardín y rodeamos el caserón, porque la extraña luz que precedió al temblor de tierra procedía de allí. Al llegar a la parte posterior nos encontramos con un área de terreno en la que ardían algunas hierbas. Las apagamos corriendo, antes de que el incendio se propagase por todo el descuidado ramaje de la finca. Y sólo cuando estuvieron apagadas las ramas secas que habían ardido, nos dimos cuenta de que había una zona de terreno chamuscada y como pisoteada. Nos quedamos contemplándola, sin poder explicarnos qué había sucedido.

    —¿Pero te has dado cuenta? —me dijo de pronto Julia.— ¡Si lo que hay chamuscado es un círculo perfecto!...

    Eso era precisamente lo que me estaba extrañando a mí en aquel instante. Las hierbas se hallaban chamuscadas en un área perfectamente circular de unos cuatro o cinco metros de diámetro. Miramos a nuestro alrededor, por si encontrábamos la causa de aquello, pero el espeso ramaje de la arboleda no dejó traslucir nada en la oscuridad. Nos rodeaba el más absoluto silencio. Hasta el viento suave de la sierra había dejado de soplar. Julia y yo teníamos sensación de calor, como si la temperatura hubiera aumentado precisamente allí cuatro o cinco grados.

    —Estoy sudando... —me dijo Julia, al cabo de un instante.
    —Yo también... Vamos dentro, ¿no?... Ya veremos mañana...

    Cuando volvíamos, yo juraría que había oído un chasquido de una rama a mis espaldas. Pero, claro, un chasquido puede suceder por mil causas distintas. Yo intentaba convencerme de eso, pero seguía sin estar tranquilo.


    II


    No pude pegar un ojo en toda la noche. Junto a mí, sentía la respiración acompasada de Julia. Ella era así. Había dicho, simplemente:

    —Eso es imposible.

    Y, con esa afirmación rotunda, habían quedado eliminadas todas las cosas extrañas que habían ocurrido ante nuestras narices aquella noche. Para ella dejó de existir el silbido que se acercaba, la luz que descendía, el temblor de tierra y el círculo perfecto de hierbas chamuscadas en la parte trasera de la casona. En cambio, yo no dejaba de pensar que todo aquello tenía una relación. ¡Debía de tenerla, al menos! Yo decía: una cosa circular, rodeada de fuego, había descendido del cielo aquella noche a espaldas de nuestra casa y había desaparecido cuando nosotros llegamos. Ustedes y cualquiera que tuviera la cabeza sobre sus hombros habría pensado lo mismo. Julia no. Julia se había limitado a aquello de «eso es imposible» y ahora dormía plácidamente a mi lado, enervándome todavía más con su respiración acompasada y tranquila. ¿Pero cómo se podía estar tranquilo, madre de Dios?

    A través de las batientes entreabiertas de la desvencijada ventana de nuestra habitación comenzaron a filtrase los primeros rayos del sol de la mañana. Se escuchaba el canto primero de todos los pájaros que poblaban el jardín vetusto de «La reliquia», en una algarabía tan alegre como los mismos rayos del sol. Me di cuenta de que debían de ser, por lo menos, las siete de la mañana.

    De pronto escuché pasos sordos en el jardín, pasos de alguien que parecía caminar de puntillas. ¡Demonio de chicos!... Pensé de pronto que ya se habrían levantado y me pareció monstruoso que se desaprovechasen tan miserablemente las últimas horas de sueño. Luego, los pasos se detuvieron, escuché una especie de suspiro y, pasado un instante, una voz que no podía ser la de ninguno de mis chicos comenzó a cantar una melodía muy extraña. Era la voz de un hombre mayor, de eso no cabía duda. Y la letra de la canción se componía de palabras que, a primera audición, me sonaban a perfectamente desconocidas, no sé, como si estuvieran pronunciadas en sánscrito o algo por el estilo.

    Sin duda, alguien se había colado en el jardín, aprovechando que habríamos dejado abierta la puerta de la verja. ¡Yo le enseñaría a no meterse en las propiedades ajenas! Seguro que se trataba de un turista entrometido de esos que se creen que pueden colarse allá donde hay una puerta abierta, pensando que van a encontrar cualquier cosa típica o de color local. «Yo le enseñaría a no meter las narices donde no le importaba» pensaba mientras me vestía rápidamente y me lanzaba escaleras abajo hasta el jardín.

    Abrí la puerta después de desatrancarla y el sol temprano me dio de lleno en la cara. Casi me cegó, por un instante. Luego seguí el sonido de la canción, que llegaba hasta mí como musitada. Me interné por la maleza y llegué a las cercanías del estanque seco. La canción venía de allí. Me asomé entonces entre el ramaje descuidado y le vi.

    Era un hombre de unos setenta años, pequeño y calvo, todo lleno de arrugas. ¿Qué dije, setenta? Bueno, tal vez fueran ochenta. O noventa, no sé. La verdad es que, de pronto, su edad fue lo que menos me importó. Estaba sentado tranquilamente en uno de los bancos de azulejos medio destrozados que rodeaban el estanque seco. Tenía los ojos semientornados y dejaba que el sol le diera en el rostro. Iba vestido con una especie de mono ajustado al cuerpo, un mono de color plateado que le daba aspecto de trapecista de circo. Bueno, claro, nadie podría creerse que aquella especie de carcamal fuese un trapecista a sus años, pero parecía como si hubiera robado aquel traje en alguna sastrería teatral y circense. El mono plateado, sin embargo, debía de tener la misma edad que su propietario, estaba deshilachado por varios sitios y tenía algún agujero que dejaba ver la carne blanca y arrugada del viejecillo. El color plateado por supuesto, más se adivinaba que se veía, porque también era como si los años hubieran pasado implacablemente sobre su color, tornándolo grisáceo a trechos y conservando su brillo en algunos puntos.

    Pasada la primera impresión, me quedó sólo la indignación de verle allí, recostado en un banco de «mi» jardín como Pedro por su casa. Aquello, por supuesto, no podía consentirlo. Y salí de entre las hierbas que me ocultaban, gritándole:

    —¡Eh, oiga!...

    El hombrecillo abrió lentamente los ojos y volvió la cabeza hasta fijar su vista en mí. Una especie de sonrisa, que más parecía una mueca, me recibió:

    —¡Hola!... —oí que me decía.
    —¿Qué demonios hace usted aquí?
    —Pues, ya ve... Tomando el sol.
    —Bueno, eso ya lo veo. ¿Pero no sabe que esto es una residencia privada? —en la indignación me había permitido el lujo de llamar residencia a la Reliquia.

    El viejecillo miró a su alrededor, descuidadamente, como si ya antes se hubiera fijado en todo cuanto le rodeaba. Luego me miró con curiosidad, con mucha más curiosidad de la que yo había sentido al mirarle a él. Yo esperaba que se fuera, después de lo agrio que había sido con él, pero él se limitó a decir, como hablando consigo mismo ¡y refiriéndose a mí!:

    —¡Vaya traje raro!...

    Me dejó de una pieza. ¡Que él me dijera eso a mí!...

    —¿Y usted, qué? ¿Se ha creído que va a la última moda?

    El pareció darse cuenta sólo entonces de cómo iba vestido. Se observó descuidadamente y se encogió de hombros:

    —Bueno, un poco pasado de moda debo ir... Es que son muchos años, ¿sabe?
    —¿Muchos años, de qué?
    —De andar por ahí...

    Y señalaba descuidadamente hacia el cielo. Yo, de pronto, tuve un sobresalto y se me olvidaron las intenciones de echarle. Di unos pasos hacia él:

    —¿Por dónde?
    —Por ahí, por la Galaxia.

    Aquello era ya tomarme el pelo. Que, encima, quisiera hacerme pasar por tonto, era algo que estaba fuera de mis cálculos y que, por supuesto, no iba a consentirle a aquel vejete.

    —¿Pero bueno, usted qué se ha creído?
    —¿De qué?
    —De todo, naturalmente. Se mete en una propiedad privada...
    —Es que caí aquí —me cortó, inocentemente, para añadir—: ¿Cómo se llama esto ahora?

    Y, al decirlo señalaba a su alrededor. Yo creí que me quería tomar el pelo, pero hablaba tan en serio que le respondí:

    —Torrelodones...
    —¿Toda la península?
    —¿Qué península?

    Él señalaba nuevamente hacia lo alto y explicaba:

    —Es que, desde arriba, yo me dirigía al centro de la península, ¿sabe?
    —¿Desde arriba?
    —Ya le dije que vengo de allá...

    Bueno, debía de estar loco. A lo mejor, eso explicaba el extraño traje de orate que llevaba puesto. Tenía que echarle de allí antes que... Además, comenzaba a escuchar por el jardín las voces de Julito y de Santi, que ya se habían levantado.

    —Bueno, la península se llama España. Y ya se está usted largando por donde vino...

    Se encogió nuevamente de hombros.

    —Un poco difícil va a ser —murmuró, sin despegar los labios.
    —¿Difícil?... Mire, que no estoy para bromas...
    —No, si no le hablo en broma... Oiga, ¿quiénes son esos que gritan?
    —Mis hijos.
    —¿Peligrosos?...
    —¿Cómo peligrosos? ¡Usted será el peligroso, en todo caso!...
    —¿Yo?...

    Indudablemente, no tenía conciencia de que estaba loco. Incluso, pensé, tal vez era inofensivo, pero, de todos modos, mejor sería avisar al puesto de la guardia civil, para...

    —Bueno, claro, se lo he dicho en broma —le dije, con una sonrisa que, seguramente, me debió de salir bastante falsa.
    —Oiga, ¿por qué no me acompaña y...?

    No tuve tiempo de terminar. Los gritos de los chicos, que se habían detenido un instante, volvieron a escucharse, cada vez más cerca.

    —¡Papá!... ¡Papá, corre!...
    —¡Papá, ven y verás!...

    Surgió Julito de entre la maleza, con los ojos desorbitados por la emoción, jadeante:

    —¡Papá!... ¡Papá, ven, corre!... Hay una nave espacial en el garaje...

    Julito se calló de pronto y se quedó mirando al vejete como quien ve visiones. Su hermano surgió tras él y abrió también los ojos como platos, al verle:

    —¡Atiza!... ¡Un marciano!


    III


    Comencé a creer firmemente que el loco era yo, si es que el vejete no lo era. ¡Y no lo era!

    La nave estaba allí, en la cochera de la Reliquia. El garaje —nosotros lo llamábamos así— debió servir en las épocas antediluvianas de la construcción de la casona para albergar los carruajes de los señores feudales que la habitaron. Era grandísimo, destartalado. Y, por los rincones, nosotros habíamos acumulado todos los objetos que considerábamos más inservibles. Ahora, en el centro, estaba la nave espacial. No sé por qué, pero desde el primer momento no se me ocurrió llamarla con otro nombre. Los chicos la habían bautizado así, ¡pues bueno!: yo la llamaría también así, aunque su utilidad escapaba todavía a mis conocimientos de profesor de historia.

    No era como un platillo volante. Bueno, ustedes perdonen. Yo, la verdad, nunca había visto un platillo volante, pero había leído en la prensa que había gente —gente momentáneamente loca, naturalmente— que creía haberlos visto. Las historietas de Flash Gordon que leía Santi estaban totalmente llenas de dibujos de platillos volantes. Y, además, el nombre lo indicaba bien claro, ¿no? ¡Platillos!

    Bueno, pues aquello, la nave espacial, no se parecía a un platillo volante, eso jurado. Era una especie de mole parecida a una gran bala de cañón, con la punta redondeada y con tres patas que la sostenían sobre el suelo. Estaba construida con un material parecido a la plata. ¡Y ustedes perdonen! Porque estoy hablando de algo que yo no conozco. ¡Yo soy profesor de historia, demonios! ¡Yo nunca me he metido en cosas de física, ni de cuantos de Planck! ¡Yo no sé nada de la teoría de la relatividad y conozco al profesor Einstein solamente por sus melenas y sus bigotes! ¿Está claro?

    Aclarado este punto, paso a la descripción de la nave, pero a mi modo. Quedamos en que parecía una bala de cañón y que estaba construida con un metal que parecía plata. Brillaba como un ascua, con los rayos del sol que se filtraban a través del portón del garaje. Medía —a ojo de buen cubero— unos cinco metros de diámetro y tenía una altura de unos cuatro metros. Era, como se comprenderá, un poquito chaparra. En uno de los laterales se abría una especie de puertecilla circular y, sirviendo de simetría, los puntos correspondientes a la puertecilla eran hasta tres ventanillas circulares también, como los vomitorios de un transatlántico, pero con unos vidrios que daban la impresión de ser de un espesor de veinte o treinta centímetros.

    Allí estábamos los cuatro contemplándola. Tres de nosotros —los chicos y yo— parecíamos imbéciles totales. El otro, el ancianito, nos miraba divertido. Al menos, eso me pareció, cuando volví la mirada hacia él.

    —¿Y... en eso ha venido usted?

    El ancianito afirmaba con la cabeza, mientras contemplaba mi asombro. Santi y Julito le rodeaban, francamente admirados, pensando sin duda que las imágenes de marcianos que habían visto hasta ahora en las historietas ilustradas eran bastante diferentes de la realidad. Por mi parte, las preguntas se me agolpaban en la boca, queriendo salir todas a un tiempo y sin saber a ciencia cierta si estaba ante un auténtico viajero interplanetario o ante un farsante loco. Por más que aquella especie de artefacto del garaje parecía dejar poco espacio para las dudas. El pareció adivinarlo y la sonrisa desapareció de sus labios desdentados:

    —Le advierto que se lo puedo explicar todo —me dijo.
    —¿Usted cree?...
    —¡Sí, sí, seguro!...

    Yo habría querido que comenzase a explicármelo todo, efectivamente, pero tuve que esperar. Santi y Julito quisieron ver el interior del artilugio y el vejete nos invitó a entrar en él. Bueno, a mí me gustaría conocer los secretos de la técnica para explicar cómo era aquel trasto por dentro, pero sería inútil. Constaba de un par de cámaras en las que fácilmente podrían haberse albergado hasta cinco o seis personas. Al menos, eso me parecía. La luz entraba a través de las ventanas redondas y dejaba ver un sillón y un montón de instrumentos, manómetros, palancas y botones de luces de colores cuyo significado es precisamente lo que se me escapa. Los chicos, por el contrario, parecían entender de todo aquello y el viejo sonreía viéndoles corretear e intentar mover los aparatitos. A mí me dieron un susto cuando Julito, sin encomendarse a nadie, movió una palanca y se encendió súbitamente una lucecita verde en el tablero:

    —¡Niño!...
    —Déjele, eso no es más que el calculador de tiempo-espacio... En la superficie de la tierra no marca...
    —¡Ah! —dije admirado, sin comprender...

    Santi se sentía más atraído por el marciano que por los instrumentos. Tenía espíritu de antropólogo. De pronto, le preguntó:

    —¿Cómo te llamas?
    —Flipps —contestó el anciano, acariciándole la cabeza.
    —¿Flipps, qué más?
    —Nada más...
    —¿En Marte no tenéis apellidos?
    —Yo no vengo de Marte, muchacho...
    —¿De dónde, entonces? ¿De Venus?
    —Tampoco... De aquí, de la tierra...

    Santi perdió el interés. Claro, para él, si no se trataba de un marciano, la cosa perdía gran parte de su encanto. En cambio, a mí me pareció aquello aún más extraño. Todas las preguntas que tenía preparadas se trastocaron con su respuesta al niño, pero al mismo tiempo surgían cincuenta más que no encontraban el momento de salir.


    El susto siguiente fue el que se llevó Julia cuando entré con Flipps y los chicos en la cocina, donde estaba preparando el desayuno: abrió unos ojos como platos al verle y yo tuve que explicarle las cosas... a mi modo:

    —Mira, Julia, este señor se llama Flipps...

    Ella le tendió la mano, con un poco de prevención:

    —Mucho gusto...

    Flipps no pareció ver la mano que le tendía mi mujer y le hizo una reverencia versallesca:

    —Señora...
    —¿Sabes?... Este señor llegó anoche. ¿Te acuerdas de los ruidos que escuchamos... y de la hierba chamuscada?... Bien, pues era él, parece.
    —¿Pero, de dónde venía?
    —Luego nos explicará... Ahora sería mejor que nos preparases un poco de desayuno. Usted tendrá hambre, ¿no?...

    Flipps sonrió:

    —La verdad es que hace mucho tiempo que no como comidas normales. Tardaré en acostumbrarme... ¿Ustedes, qué comen?
    —Pues... de todo... Café con leche, para desayunar...
    —¿Café? ¿Qué es café?
    —Pues verá... —¿y cómo le explicaba yo a aquel tipo lo que era el café, Dios mío? Preferí mostrarle la cafetera y hacérselo oler.

    Flipps pareció complacido con aquel olorcillo. Levantó los ojos húmedos:

    —¿Dulce?...
    —No, no... más bien amargo...
    —Ah... Como el brizlaksh...
    —Pues eso será...
    —¿Y... la leche, de qué es?

    Julia nos miraba sin saber de qué iba todo aquello.

    —De vaca, naturalmente.

    Flipps hizo un gesto que me pareció de asco.

    —¿No beben ustedes leche de cabras?
    —A veces se bebe, en el campo...
    —En fin, ustedes verán...

    Julia había notado algo que le extrañaba y se decidió con las preguntas antes que yo. Súbitamente, cuando no venía a cuento, según sus costumbres inveteradas, le preguntó:

    —Oiga, señor...
    —Flipps...
    —Eso, Flipps... ¿Usted es español?
    —¿Español? ¿Qué es eso?
    —De aquí, de España...
    —Ah, del país éste, ¿no?... No, señora, no soy español...
    —¿Y entonces, cómo hace para hablarlo tan bien?

    Flipps casi soltó una carcajada.

    —¡Pero si yo no hablo español, como ustedes dicen!... En realidad ustedes y yo no estamos hablando... Yo les transmito mis pensamientos y capto los de ustedes...

    Sólo entonces me di cuenta de por qué Flipps no movía apenas los labios mientras hablaba con nosotros.


    IV


    El desayuno que preparó Julia no parecía ser muy del agrado de Flipps. Yo, al principio, no me había dado cuenta, pero ya habíamos terminado todos y los chicos le contemplaban y se decían escuchitas al oído, cuando Flipps levantó la mirada como excusándose a mi mujer:

    —Tendrá que perdonarme, señora... Hace cerca de sesenta años que no como más que pastillas alimenticias... No puedo acostumbrarme...
    —¿Sesenta años? —pregunté. Y me di cuenta de que ni voz y la de Julia habían sonado casi al mismo tiempo. Los chicos, a su vez, contemplaban al «marciano» con la boca abierta de par en par.

    Pero, por muy incongruente que me sonase ahora eso de que había estado sesenta años comiendo pastillitas, yo estaba dispuesto ya a creer cuando Flipps quisiera comerme. ¡Lo que fuera!, por eso traté de contener el asombro y de tranquilizarme un poco, para ver si entendía por fin aquel galimatías del que me llegaban retazos incomprensibles.

    —Bueno, señor Flipps, yo... No sé cómo decírselo... Yo le creo a usted, ¿sabe?...
    —Naturalmente...
    —Pero no entiendo... ¿De dónde viene usted? ¿De dónde salió?

    Flipss sonrió, mirándose las manos blancas y arrugadas, casi sarmentosas. Tardó un instante en responder y lo hizo con otra pregunta:

    —¿Usan ustedes... cartas geográficas?
    —¿Mapas?
    —Sí, eso será: mapas...

    Santi trajo el atlas de Selecciones del Reader's Digest que le había comprado hacía un mes. Flipps lo contempló un instante por fuera, como si estuviera extrañado de. que los libros y los mapas fueran así. Luego lo abrió y comenzó a pasar hojas lentamente mientras me decía:

    —Me temo que no va a ser fácil de contarles a ustedes todo de modo que lo entiendan... Ya me hago cargo, pero...

    Levantó la mirada hasta fijarla en mí mientras se encogía de hombros y sonreía, para añadir inmediatamente, como disculpándose:

    —Hay muchas cosas en el mundo difíciles de explicar, ¿no cree usted?

    Yo afirmaba. Flipps volvió al atlas, siguió pasando hojas, bajo nuestra mirada impaciente y, finalmente, se detuvo ante un mapamundi. Lo contempló un instante, como si quisiera hacerse a la idea de aquella representación gráfica del mundo. Luego, lentamente, su dedo se dirigió a una zona de América del Sur situada aproximadamente entre Perú y Bolivia, en plena cordillera de los Andes.

    —De aquí salí hace... Para mí, sesenta años.
    —Ah, entonces usted es peruano... ¿O de Bolivia?
    —¿Peruano? ¿Bolivia?... ¿Qué es eso?
    —Ahí, donde usted ha señalado, están Perú y Bolivia... Dos naciones, ¿entiende? Dos países...

    Flipps negó con la cabeza. Señaló con la mano extendida toda la extensión del sur y centro del continente americano:

    —No, no... Mi país abarca todo esto...
    —¿Toda América?... ¿Cuando? ¿Hace sesenta años?...

    Yo me sentía cada vez más confuso y entendía menos. Flipps se rascaba la calva, tratando de encontrar los pensamientos —ya iba a decir yo las palabras—que facilitasen la comprensión de aquel galimatías:

    —Bueno, verá usted... Para mí han pasado sesenta años... Pero para ustedes han pasado... algunos más.
    —¿Cuántos?
    —Quince mil...

    Lo dijo en voz baja, como si quisiera con ello atenuar el golpe. Pero el sobresalto me hizo ponerme de pie. ¡Quince mil años! ¡Si quince mil años antes, el hombre debería estar en la edad de la piedra! ¡Si nuestras civilizaciones no datan más que de seis o siete mil años! ¡Si!... Todas estas preguntas surgían apelotonadas en mi mente, pero Flipps, con una sonrisa, me hizo sentar de nuevo:

    —Ya sé... Pero todas esas civilizaciones que usted piensa surgieron después...
    —¿Después de qué? ¡Oiga, le advierto que!...
    —Espere... Quise decir que antes de todo eso estuvimos nosotros. Y nosotros, por lo que veo, llegamos bastante más lejos que ustedes. —Con la mano me hizo un gesto de que esperase antes de hablar—. Ya le advertí que todo esto es un poco difícil de comprender... Ahora veo que será mucho más difícil de lo que me suponía... Pero, ¿quiere usted tener un poco de paciencia? Será el único modo de que lleguemos a entendernos.
    —Está bien, amigo... ¡Adelante!


    V


    Entre las cosas que me contó Flipps hubo muchas que no entendí, otras cuya realidad vislumbré entre lo increíble y, finalmente, algunas que venían a confirmar las sospechas que tenían muchos investigadores de la historia. Pero déjenme que les cuente a mi modo y con arreglo a mi entendimiento la increíble y fantástica historia que me contó Flipps.

    Hace quince mil años, es decir, en la época en que los historiadores han situado la última glaciación, cuando según todas las huellas el hombre vivía en pleno período primitivo, hubo dos grandes imperios dominando el mundo. Uno de ellos abarcaba desde la Tierra de Fuego hasta el Yucatán. El otro, desde el Japón hasta el valle del Nilo. Ambos imperios habían llegado en la época de Flipps a un alto grado de civilización; un grado considerablemente más alto que el que hemos alcanzado nosotros en este momento. Conocían los secretos de la fisión nuclear, efectuaban corrientemente viajes interplanetarios, habían descubierto el modo de aislar la antimateria y...

    Ah, claro, ustedes ignoran qué es eso de la antimateria. Bien, yo también, pero según me contó Flipps, la antimateria es algo que, en contacto con la materia, convierte a ésta en energía pura. El secreto es cómo guardarla, ¿no? Porque, si se mete en recipientes —es un decir— éstos serían de alguna materia y la antimateria, en contacto suyo, la convertiría inmediatamente en energía. Pues bien, aquella gente había descubierto el modo de aislar la antimateria esa por medio de campos magnéticos. Las ventajas que les reportó aquel descubrimiento les permitieron hacer viajes a casi la velocidad de la luz: casi a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo! Flipps me dijo —y yo me limito a transcribir cuanto me relató— que la nave espacial que teníamos guardada en el garaje llevaba como combustible precisamente esa antimateria.

    La existencia de los dos grandes imperios mundiales hace quince mil años despertó en mí el recuerdo de extraños descubrimientos hechos por los arqueólogos, descubrimientos sin explicación que, al conocerlos, yo me había limitado a guardar en mi memoria a beneficio de inventario. Ahora, con lo que Flipps me estaba contando, muchas de aquellas cosas que me parecieron telúricas cuando las encontré en las revistas especializadas, comenzaron a tener una explicación.

    Por ejemplo, los descubrimientos de Daniel Ruzo en las altiplanicies de Tiahuanaco y Marcahuasi, en los Andes. Cuando señalé estos dos puntos a Flipps, me confirmó que ambos, a cuatro mil metros de altura, eran centros de investigación cósmica, donde se enlazaba con las naves que partían de las actuales llanuras de Nazca hacia el espacio exterior. ¡Y en las llanuras de Nazca se han descubierto unas líneas geométricas que se han explicado como símbolos religiosos de los antiguos preincaicos y que, en realidad, eran campos de aterrizaje de las naves interplanetarias!

    Otro ejemplo: en las altiplanicies andinas se han descubierto piezas de platino fundido y se han hecho extrañas conjeturas, puesto que el platino funde, por lo visto, a mil setecientos grados y ningún horno primitivo podía alcanzar tal temperatura. Flipps me explicó sonriente que ellos fundían el platino en hornos nucleares: que las naves interplanetarias estaban construidas de aleaciones de platino, magnesio y aluminio.

    Me contó cómo también los del imperio rival habían alcanzado sus mismos adelantos. Me contó cómo sus pistas de aterrizaje de naves espaciales estaban situadas cerca del Mar Muerto, en el Anti-Líbano, precisamente en la zona donde el profesor soviético Agrest ha descubierto las terrazas de Baalbeck.

    Eran demasiadas coincidencias las que había en el relato de Flipps. Las carreteras pavimentadas encontradas por los arqueólogos en América del Sur... Las investigaciones fantasmagóricas de Hyatt Verrill y del profesor Masón... Las obras de irrigación que parecían provenir de centrales eléctricas... las lentes ópticas encontradas en los desiertos del Irak... La vitrificación del suelo en el desierto de Gobi, debido a fenómenos semejantes a las explosiones nucleares... Los mapas del mundo de la Librería del Congreso... Las pilas eléctricas tomadas durante mucho tiempo por piedras planas en el museo de Bagdad. Las extrañas citas bíblicas de discos volantes... Las alucinantes descripciones de bombardeos atómicos en los libros sagrados hindúes...

    Un mundo de misterios indescifrables que, de pronto, por obra y gracia de un anciano venido de yo no sé dónde, tenían una explicación y una causa.

    Se lo juro a ustedes: ¡era para volverse loco! O me habrían tomado por loco, si se me hubiera ocurrido contar como mío todo aquello que me llegaba de labios del viejo Flipps.

    Luego, Flipps hizo un poco de historia. Me contó cómo, en su época, la rivalidad entre los dos imperios mundiales había llegado a un grado terrible de tensión. Era algo así como una horripilante acentuación del fenómeno que hemos dado en llamar nosotros la Guerra Fría. Los dos imperios tenían establecido un equilibrio de fuerzas casi paralelo; los dos tenían conciencia que la ruptura de hostilidades entre ambos no podría llevar más que a la total destrucción de uno y otro. Pero la ambición por el dominio total del Planeta y de los demás planetas vecinos llevaba a un progresivo agravamiento de las relaciones, a una tirantez que cualquier acontecimiento sin importancia aparente podía hacer que se desencadenase el conflicto fatal.

    Flipps, según me contó, había sido escogido como piloto explorador debido precisamente a su escasa estatura, que permitía mejor su acondicionamiento en las naves que tendrían que efectuar recorridos por los grandes espacios. Con un modelo nuevo de nave estelar, se le encargó la exploración de una nebulosa situada a siete mil años luz de la tierra.

    Y aquí comienza todo lo que yo, por más que lo he intentado, no logré entender.

    La nave, impulsada por antimateria, se desplazaba en el espacio interestelar a una velocidad casi igual a la de la luz. Pero yo decía: bien, una nave se desplaza a casi la velocidad de la luz. Entonces, tardaría siete mil años en llegar y otros tantos en volver. Hasta ahí las cosas, poco más o menos, andaban bastante bien. ¿Pero cómo, entonces, Flipps no estaba convertido al regreso en un montoncito de polvo?

    Flipps se sonrió, condescendiente conmigo:

    —Claro... Es que, para el mundo, transcurrieron los quince mil años... En cambio, para mí, transcurrieron únicamente sesenta, ¿comprende?
    —No, por supuesto.
    —Está bien... ¿Quiere usted mostrarme cómo escriben ahora las cifras?

    Yo ya sabía que no iba a entender nada de aquello, pero accedí. Le enseñé a escribir el 1, el 2, el 3... hasta el cero.

    —¡Sí, sobre todo el cero! —me dijo—. Es el más importante.

    Luego, Flipps abrió el mapa nuevamente. Señaló dos puntos, no me acuerdo cuáles, pero carecían de importancia.

    —Mire, Lucas... Usted quiere trasladarse de aquí... aquí. ¿Esto sí lo comprende?

    Afirmé.

    —Muy bien. Toma usted un vehículo. Ustedes tendrán vehículos, ¿no?...
    —Sí, claro, automóviles, aviones, todo eso...
    —Muy bien... Pues toma usted un vehículo de ésos y se va de aquí... aquí. ¿Qué distancia habrá recorrido usted?
    —Pues... Mil kilómetros.
    —No... Esa será la distancia que yo veré que usted ha recorrido... Pero usted estará dentro de un vehículo. Usted no habrá recorrido ninguna distancia.

    Tuve que decirle que bueno, ¡a ver!...

    Flipps continuó:

    —Y si hay alguien que contemple su recorrido desde ahí fuera... —y señalaba por la ventana hacia el cielo— ¿Entonces qué?
    —¿Qué? —repetí yo, seguro de que iba a convencerme.
    —Tampoco la distancia será la misma para él. Porque, en el tiempo que usted se ha trasladado de un lugar a otro, la tierra habrá recorrido también un trecho, ¿no?...

    Afirmé automáticamente, porque aquellas cosas, en efecto, no tenían vuelta de hoja. Flipps, contento de mi convencimiento, se aventuró un paso más.

    —Y, en cuanto al tiempo, tampoco será el mismo para usted, que para quien se encuentre en el punto de partida o quien esté en el de llegada, porque en ese tiempo la tierra habrá girado sobre su eje y la hora será distinta en los dos sitios...
    —¡Tiene usted razón!...
    —Naturalmente que la tengo... ¿Y sabe usted lo que demuestra eso?... Que los conceptos de distancia y de tiempo no son conceptos absolutos, sino que cambian, según quién los contemple... Sin embargo, fíjese usted...

    Tomó un papel y un bolígrafo y comenzó a hacer fórmulas extrañas de las que no entendí absolutamente nada. Lo único que saqué de válido de aquella historia de signos incomprensibles fue una especie de fórmula final, que Flipps me mostró muy satisfecho, como un chiquillo que ha hecho correctamente sus deberes. La fórmula decía —y conste que lo sé porque lo apunté cuidadosamente:

    Hay una constante válida para todos los puntos de vista en cuanto a cómputos de tiempo y distancias. Esta constante es la que viene determinada por la diferencia entre el cuadrado del tiempo y el cuadrado de la distancia; o sea, algo así:

    La constante = cuadrado del tiempo - cuadrado de la distancia.

    Y esa constante sería, según Flipps, siempre la misma, fuera cual fuese el punto de vista del espectador: el que fuese dentro del vehículo, el que viese el viaje desde fuera, en uno u otro punto... o para quien lo contemplase desde allá arriba.

    La cabeza comenzaba a darme vueltas después de contemplar tantas fórmulas que yo había ignorado siempre. Además, tenía la impresión de que jamás había oído hablar de ellas, aunque aquellos conceptos de tiempo y de espacio, de lo absoluto y de lo relativo... ¿Dónde los había yo oído?

    Flipps sonrió condescendiente conmigo:

    —Claro, ustedes ignoran esto... ¿Puedo seguir explicándole?
    —¡Claro que sí!... Ya puestos...

    A estas alturas, Julia se había marchado y los chicos se entretenían haciendo guerras interplanetarias en el jardín. Yo estaba dispuesto a escuchar a Flipps hasta el final. El viejecillo volvió a la fórmula última que había escrito y la señaló ostensiblemente con el dedo:

    —Le decía antes que nosotros tenemos... Bueno, quiero decir, teníamos, el secreto del aislamiento de la antimateria, ¿se acuerda?
    —Sí. sí...
    —Y le he dicho también que, gracias a eso, mi nave se puede trasladar casi a la velocidad de la luz, ¿verdad?
    —Sí, sí, casi...
    —Entonces, si yo me traslado con mi navecilla a esa nebulosa que está a quince mil años-luz, la distancia será...
    —...de quince mil años-luz, naturalmente.
    —Para usted sí, pero para mí será... cero, porque yo no me he movido de la nave, ¿comprende?
    —¡Ah, naturalmente!...
    —Y, en cuanto al tiempo, será quince mil años-luz y un poquito más... Sesenta años más, ¿comprende usted?... Y como la constante será siempre la misma, en la tierra han pasado quince mil años... y para mí únicamente sesenta...

    Súbitamente, por primera vez, Flipps pareció darse cuenta de la enorme cantidad de tiempo que había pasado sobre el mundo desde el instante en que él partió. Se quedó mirando al vacío y dejó pasar un instante de silencio. Luego dijo lentamente, como si hablara consigo mismo:

    —Habían pasado apenas unos minutos desde mi despegue... Desde días atrás, mientras preparábamos el viaje, la situación se había tornado tensa entre los dos imperios... De pronto, cesó la comunicación con la base terrestre. Y la tierra, que se iba haciendo más chica a mi vista, se cubrió de pronto con una nube radiactiva. Debieron destruirse todos, unos a otros...

    Me vino entonces a la imaginación un pasaje que había leído de los textos sagrados hindúes:

    «...un rayo de hierro, gigantesco mensajero de la muerte, que redujo a cenizas a todos los miembros de la raza de los Vrishnis y de los Andajas. Los cadáveres quemados eran irreconocibles. Los cabellos y las uñas se caían, los objetos de barro se rompían sin causa aparente, los pájaros se volvían blancos. Al cabo de algunas horas, se estropearon todos los alimentos y el rayo se deshizo en polvo fino...».


    VI


    Instalamos una cama catre para que Flipps pudiera dormir en la Reliquia. Yo, al menos de pronto, no creía oportuno que el vejete saliera del recinto de nuestra casa, hasta saber un poco más de todo aquel maremágnum en que me había sumido.

    Pasamos todo el día siguiente, domingo, enseñándole las pocas cosas que teníamos: la radio, la plancha eléctrica, la lavadora... Le asomé a la verja del jardín y le enseñé los automóviles que pasaban por la carretera. Al atardecer, le vestimos con unos viejos pantalones míos, que le llegaban casi hasta el cuello, y con una camisa de Santi, para poder llevármelo hacia el pueblo a que viera la televisión en el bar de Severino. Al verse vestido «de aquel modo tan raro» confesó que no teníamos el sentido de la comodidad:

    —¡Ustedes no saben lo que es vestirse!...

    Seguramente pensaba que aquella especie de camiseta del doctor Rasurel era el mejor modo de andar por el mundo.

    Flipps tenía la rara virtud de enervarme. Sonreía ante todas las cosas, con una sonrisa de displicencia que me hacía sentirme poco menos que un bantú. Ante la plancha eléctrica:

    —Ah, pero ustedes necesitan aún planchar y lavar la ropa...

    Ante la radio:

    —Un poco anticuada, ¿no?...

    ¡Y era un modelo japonés de transistores que nos habían traído de contrabando un mes antes! Claro, pensándolo bien, un hombre que se ha pasado sesenta años en una nave espacial recorriendo el Universo, puede permitirse el lujo de menospreciar las chucherías electrónicas que hacen más soportable nuestra vida sobre la faz de la tierra. ¡Pero, qué demonios!... El procedía de una civilización que había dejado de existir hace quince mil años. El salvaje, en todo caso, lo seria él... íbamos en silencio por las calles del pueblecillo, al atardecer. Flipps miraba las casas y los hombres con curiosidad de chiquillo, moviendo la cabeza y diciendo como para sí mismo:

    —¡Quince mil años!... Parece mentira. La taberna de Severino, en domingo, estaba repleta de parroquianos que se tomaban una caña de cerveza mientras contemplaban la televisión. Ya desde fuera se escuchaba una jarana digna de un campo de fútbol —adiviné que estaban retransmitiendo algún partido—. Flipps se detuvo al oír los gritos:
    —¡Se están matando! —exclamó, pálido.
    —No se preocupe... Están comentando el partido de fútbol...
    —¿Qué es eso?
    —Bueno, pues verá...

    ¿Ustedes no han tenido que explicar nunca lo que es un partido de fútbol? Si no lo han hecho, no saben lo difícil que es contar en qué consiste el jueguecito. Empecé con contarle que se colocan once jugadores de cada lado del campo.

    —¿Y por qué once?... ¿Por algún significado ancestral del número?...

    ¿Lo ven ustedes? Era imposible. Por eso, venciendo su momentánea resistencia ante el barullo del interior, metí a Flipps en la taberna.

    Por supuesto, nadie le hizo caso. Aparte de que su aspecto, vestido con ropas normales, no llamaba demasiado la atención, todos estaban demasiado ocupados mirando las incidencias del partido. Contra lo que yo suponía, Flipps no hizo casi el menor caso al aparato de televisión que estaba colocado en lugar preferente de la taberna. Y a mí, aquello, la verdad, me dio mucha rabia. No pude reprimir un gesto de contrariedad al señalarle el aparato a Flipps:

    —Bien, ¿qué le parece?

    Flipps se dio cuenta de que esperaba un elogio y me dijo lo que él tomaba por tal:

    —No está mal, no... Además, la transmisión se hace desde muy lejos, ¿verdad?...
    —Sí, desde Madrid... A veinticinco kilómetros...

    Flipps torció el gesto. A pesar suyo, seguía estando orgulloso de su perdida civilización milenaria:

    —La nuestra era en color... y tridimensional.

    Salimos pronto de la taberna. Le había dado a probar a Flipps una caña de cerveza y no pareció gustarle demasiado. Además, le mareó un poco. Al salir se tambaleaba ligeramente y se le había desatado la lengua:

    —Ah, la gravedad... —decía, pisando fuerte sobre la tierra endurecida del camino—. Tantos años sin experimentarla... ¿Sabe usted? —añadió, volviéndose a mirarme—. Allá arriba en el hiperespacio, es como si uno flotase eternamente... Al principio, los dos o tres primeros años, era atractivo, pero luego... Yo hacia una especie de vuelo experimental... Era la primera vez que se intentaba llegar a una galaxia tan lejana... ¡Qué pena que el profesor Kragh no pudiera conocer el resultado del experimento!... —Se puso sentimental—. Debieron perecer todos... ¡todos!...

    Seguimos caminando en silencio. La respiración de Flipps se había hecho entrecortada, como si llorase en silencio. Luego murmuró:

    —Durante todos estos años, pensaba que había sido una suerte para mí encontrarme tan lejos del desastre... Ahora... Ahora que siento nuevamente la gravedad, todo se hace tan reciente como si hubiera ocurrido ayer... ¡No sabe usted lo que es una guerra nuclear!... Esa es la suerte que tienen ustedes, viviendo en estado semisalvaje, como viven...

    ¡No, no y no!... Yo respeto el dolor ajeno, pero no permito que nadie se meta conmigo... O con mi familia... ¡O con mi civilización, caramba!

    —Le advierto, señor Flipps, que también nosotros hemos tenido casi nuestra guerra atómica...
    —Sería muy chica...
    —¡Trescientos mil muertos con sólo dos bombas! ¿Le parece a usted poco?...

    Flipps me miró tan profundamente que su mirada me traspasó:

    —¿Sabe usted cuántos debieron morir en la guerra de la que yo me salvé?
    —No sé... —contesté, asustado de pronto.
    —Cuatro mil millones de personas.

    De pronto me di cuenta y me horroricé como nunca hasta entonces me había horrorizado en la vida:

    —¡Señor Flipps!...
    —Sí, Lucas... —me respondió, tranquilo y triste.
    —¿Pero... se da usted cuenta?... ¡Estamos midiendo el grado de civilización por miles de millones de muertos!


    VII


    Al día siguiente me levanté muy temprano, para tomar el autobús que me tenía que llevar a Madrid. Suponía que Flipps estaría durmiendo, así que le dije a Julia, mientras me tomaba el desayuno de pie, para no llegar tarde:

    —No le dejes salir en todo el día. Dale cualquier excusa, ¡la que sea!, pero que no se mueva de aquí. Imagínate si pesca a cualquiera y empieza a contarle lo que nos ha contado a nosotros. Le encontraríamos en cualquier manicomio de por ahí...

    Sin embargo, al salir al jardín, nos lo encontramos sentado en un banco, cara al sol naciente. Al vernos, se sonrió:

    —¿Saben que no hay nada más hermoso que la luz del sol?... Después de los sesenta años sin sentirlo sobre la piel, no quisiera pasar un día más sin sentarme al sol...

    Yo ya había olvidado nuestra discusión de la noche anterior. Por eso me acerqué a él con la mejor de mis sonrisas:

    —Señor Flipps... Le estaba diciendo a mi mujer que sería mejor que no se moviera usted del jardín, al menos hasta que yo regrese esta noche...

    Flipps me sonreía sin contestar. Yo añadí todavía:

    —¿Qué... le parece?
    —No se preocupe usted, Lucas... No quiero salir solo... No quiero encontrarme con salvajes en la calle. Al menos, ustedes no son antropófagos...

    ¡Demonio de hombrecillo! Estaba convencido de nuestro estado de incultura supina y nos tomaba por zulúes...

    Me marché sin despedirme de él.


    Después de las clases de la mañana, a la hora de salir, esperé a Vázquez, el profesor de física del colegio. Era amigo mío desde que terminamos la carrera. Por una serie de azares, nos habíamos encontrado como profesores en los mismos colegios y habíamos llegado a intimar bastante, aunque los dos éramos muy distintos. Vázquez no se había casado. El decía que esperaba encontrar el día menos pensado a una rica heredera cuyo padre le pusiera un laboratorio para investigar independientemente. Vázquez estaba convencido de que tenía grandes ideas y que le faltaba únicamente el canto de un dólar para desarrollarlas y conseguir el Premio Nobel de Física. En realidad —eso que quede únicamente entre ustedes y yo— lo que ocurría con mi amigo Vázquez era que tenía una ambición colosal y que habría saltado por encima de su propio padre por conseguir lo que quería.

    En otras circunstancias, yo habría esperado. Al menos, no habría hablado delante de él. Pero tenía tal curiosidad dentro de mí que no pude evitarlo. Por eso le esperé a la salida de las clases y, aprovechando que su familia había salido de vacaciones y que era una especie de «Rodríguez» soltero, le invité a comer. Por supuesto que aceptó; habría aceptado de todas las maneras, aunque no me hubiese visto con la cara de impaciente con que me vio.

    —Bueno, anda, escupe... —me dijo, apenas hubo encargado lo más caro del menú. Me había estado observando y sabía positivamente que quería consultarle algún problema:

    Yo saqué sin contestar la hoja de papel en la que Flipps había estado haciendo las fórmulas cabalísticas de su viaje espacial.

    —Mira esto...

    Vázquez se quedó contemplándola un instante. Luego me miró divertido:

    —¿Y tú, desde cuándo te dedicas a estudiar a Einstein?
    —¿Cómo? —le pregunté sin comprender.
    —Esta es la fórmula de la constante espacio-tiempo, uno de los puntales de la teoría de la relatividad... ¿O es que no lo sabías?
    —¿Estás seguro?
    —¡Hombre, te diré!... Como que hoy, sin esto, la física no tendría nada que hacer... Y aún así, la mitad de estas fórmulas no han podido demostrarse prácticamente. Por supuesto, aquí las letras son distintas. Nosotros, para esta igualdad decimos esto otro.

    Y escribió debajo de la fórmula de Flipps:

    Q = ct2 - R2.


    —Por lo demás —añadió— todo coincide... Bueno, pero dime de dónde has sacado tú esto...
    —Mira, Vázquez, tómatelo con calma y no llames a los loqueros antes de que te lo haya contado todo, ¿quieres?...

    Vázquez soltó una carcajada:

    —¡Sí, hombre sí!... Ya les llamaré después, cuenta...

    Se lo conté todo, de cabo a rabo, sin dejarme nada en el tintero, como si estuviera haciendo mi propio testamento. No podía ocultarlo. Habían sido dos días enteros de estar cavilando sobre cosas que no entendía y que tenía que aceptar como artículos de fe y tenía deseos de decirlo todo.

    Vázquez me escuchó primero como podría escuchar una sinfonía de música concreta: mirando a las musarañas. Pero, poco a poco, fue dándose cuenta de que una monstruosidad como la que le estaba contando no podía habérseme ocurrido de la noche a la mañana. O tal vez fue que comenzaba a creerme, del mismo modo que yo había tenido que creer a Flipps. Cuando terminé, estaba agotado, el plato de comida se me había enfriado sin haberlo tocado... y me di cuenta de pronto de que tampoco Vázquez había probado más allá de los dos o tres primeros bocados, vi que me miraba con los ojos secos de atención y que se quedaba mirándome como si yo fuera una especie de aparecido de ultratumba.

    —Bueno, ¿y ahora, qué?... ¿Llamamos a los loqueros? —le pregunté.

    Vi que los labios le temblaban, como si estuviera presa de una gran emoción.

    —No... no digas tonterías, Izquierdo. Vamos por partes... ¿Has dicho que ese vejete venía en una nave impulsada por antimateria?
    —Eso me dijo...
    —¿Y que ha estado viajando sesenta años?...
    —Pues... sesenta o quince mil, según por dónde se mire.
    —Da lo mismo... ¿Y dijo algo de la ionización de la materia?
    —Sí, algo por el estilo. Porque yo no me he inventado eso.

    Los ojos de Vázquez despedían chispas. Y debían despedirlas también los ojos del camarero, que nos observaba desde unas mesas más allá, porque hacía hora y media que estábamos con el mismo plato. Yo le dije a Vázquez, señalándole al camarero con el rabillo del ojo:

    —Oye, tú, vamos a comer, que si no ése va echarnos los perros.
    —Déjate de perros, majadero. ¿Dónde está el abuelo?
    —En la Reliquia, con mi mujer y los chicos Es inofensivo y pensé que...
    —Vamos a verle.
    —No, si yo ya le he visto...
    —Pero eres un cretino integral.
    —¡Oye, tú!...
    —No retiro ni el integral. ¿Es que no te das cuenta?
    —¿De qué?
    —¿Cómo que de qué? ¡Ese vejete es una mina!... Si todo lo que me cuentas es cierto...
    —Que me muera de repente si...
    —¡Ya lo sé! Déjame hablar. Mira, él está como pulpo en un garaje, ¿no?...
    —Pues sí, bastante... Aunque no creas, nos considera una especie de salvajes...
    —Naturalmente... Yo también creería lo mismo sabiendo lo que él sabe... Bien, ahora escúchame. Ese abuelo sabe de historia lo que le echen...
    —Hombre, de historia precisamente...
    —Déjate, viene de un mundo del que ningún historiador tiene ni la más remota idea, ¿o no?
    —Sí, eso sí...
    —Pues agárrate, que ahí tienes tú materia para hacerte el historiador más famoso del mundo. No tienes más que dejar que te cuente todo lo que sabe de su mundo y de su civilización. ¿Me sigues?
    —Claro...
    —Adelante: y ese abuelo, además, sabe de física más que don Alberto...
    —¿Qué don Alberto?
    —¡Einstein, hombre!... Y ahí entro yo... Le saco todo lo que sepa, lo de la antimateria, lo de los iones, lo de la televisión tridimensional, lo de los viajes espaciales... Además, allí está su nave, ¿no?...
    —En el garaje la tengo...
    —¿Y qué te parece? ¿Que podemos desperdiciar la ocasión?...

    Me señaló fijamente con el dedo.

    —Apostaría a que el viejo Flipps es calvo.

    Yo afirmé, mudo de asombro:

    —¡Justo!... —dijo triunfalmente—. ¿No has oído eso de que la ocasión la pintan calva?


    VIII


    Apenas le había contado todas aquellas cosas a Vázquez, cuando ya estaba yo totalmente arrepentido de haberlo hecho. Pero no pude evitar que quisiera acompañarme aquella noche a Torrelodones, para tener una entrevista con «el marciano». Busqué cuantas excusas me parecieron válidas: que yo no pensaba ir hasta el sábado, que Flipps era muy tímido y que habría que prepararle, que Julia no tendría comprada comida para un nuevo huésped. Todo fue inútil. Y aquella tarde, apenas terminadas las clases, Vázquez me arrastraba hacia un taxi para tomar el primer autobús. Yo me dejé arrastrar: todo era ya inútil y, sin saberlo exactamente, tenía la impresión de que estaba haciendo algo que no debía, si permitía que Vázquez se pusiera en comunicación con Flipps. Algo que no debía, me iba diciendo a mí mismo, ya sentado en el autobús, mientras mi amigo el profesor de física me hablaba sin yo saber lo que estaba diciendo. Entresacaba alguna palabra que me llegaba como una explosión entre mis pensamientos, alguna frase hecha de esas a las que Vázquez era tan aficionado:

    —...el que no corre, vuela...
    —...más vale pájaro en mano que ciento volando...
    —...a caballo regalado no le mires el diente. Vázquez era un producto típico del arribismo acomodaticio que ha presidido siempre el espíritu del refranero castellano. Nadar y guardar la ropa, medrar a costa de quién sea, pisoteando al que se ponga por delante. Y, si rúen es totalmente cierto que mi compañero no había:tenido demasiadas ocasiones de ejercer esa filosofía de la vida —y la prueba estaba en que hacía lo mismo que yo en el mismo sitio— parecía que, por fin, le había llegado la ocasión de llevar a cabo sus esperanzas.

    Por lo que a mí respecta, la idea de Vázquez tampoco me parecía mal. Al menos, me parecía mucho menos mal lo que yo podía hacer que lo que él haría. Sin darme cuenta, ya me imaginaba de catedrático de historia Antigua en la Universidad Central, gracias a mi descubrimiento de las civilizaciones ignotas; me imaginaba ingresando en la academia de la Historia, al lado de los ilustres prohombres a los que, hasta ahora, me había limitado a admirar desde el anfiteatro, en alguna de sus conferencias magistrales. ¡Y yo podría compararme y aún equipararme con ellos!...

    Claro que, inmediatamente, surgía en mí la cara contraria. Si a mí mismo me costaba creer todo aquello, nunca podría presentar pruebas suficientes como para que no se rieran de mí. Porque una cosa era cierta. A Flipps no podría nunca enseñarlo. En eso sí tenía razón Vázquez. A Flipps había que guardarlo como oro en paño, ocultarlo a los demás, siquiera fuera por su propia seguridad... Pero, ¿qué seguridad?... Eso —pensaba inmediatamente— no eran más que excusas que yo me buscaba para justificarme. Yo, en el fondo, también era como Vázquez, un...

    —¿En qué estás pensando?... —me despertó su voz al lado mío en el asiento del autobús.
    —Bueno, la verdad es que no sabría decirte...
    —¿Te lo digo yo?...
    —Vale...
    —Tu marciano es un momio.
    —Sí.
    —Nos vamos a hacer de oro a su costa.
    —De oro, no sé...
    —Es un decir. Yo ya tengo el Nobel en el bolsillo. Y tú, tu sillón en la academia de la Historia...
    —O un puesto vitalicio en el manicomio de Ciempozuelos.
    —¡No digas tonterías!...


    Tonterías. Nada más que tonterías. Todo eso fue lo que yo vi que decía Vázquez en cuanto llegamos a la Reliquia.

    Por de pronto, se dedicó afanosamente en presentar su papel de simpático profesional con mi mujer, a la que, por cierto, apenas conocía de haberla saludado dos o tres veces cuando, ocasionalmente, venía a esperarme para hacer alguna compra a la salida de las clases. Pues bien, no sé de dónde, se sacó una caja de bombones para Julia y un par de chucherías para los chicos. Charló por los codos apenas llegados a la casa, tanto charló que yo me sentía mareado de su cháchara. Y, en tanto hablaba y hablaba, no dejaba de mirar a su alrededor, a ver si veía al «marciano».

    —Bueno, ¿dónde está?
    —Se ha pasado el día tomando el sol como una marmota —nos dijo Julia—. Por ahí debe andar, aprovechándose de los últimos rayos...

    Mientras Julia se dedicaba a preparar la cena, mandé a los chicos a jugar y me dirigí con Vázquez a las traseras de la casona, donde encontramos a Flipps, convertido en lagartija. El sol estaba a punto de ocultarse detrás de los montes de la sierra, y él se había colocado de tal modo que lo recibiría sobre su rostro hasta que se ocultase totalmente. Ni siquiera abrió los ojos cuando nuestros pasos resonaron cerca de él en la gravilla del jardín. Saludó muy cortésmente, con una sonrisa de felicidad que hacía creer que estaba soñando:

    —Buenas tardes, Lucas...
    —Hola, señor Flipps. Aquí le...

    Pero, de pronto, tuve que callarme. Flipps había abierto los ojos, sin que yo le hubiera dicho nada todavía, y se había quedado mirando fijamente a Vázquez, como taladrándole con la mirada. Vázquez, que venía sonriente y pisando firme, con una seguridad a prueba de bomba, se quedó plantado en mitad del camino de gravilla, como si le hubiera alcanzado un rayo. Y yo habría jurado que, cuando Flipps le miró, se puso a temblar de pies a cabeza, como si le hubieran dado las tercianas.

    Flipps se levantó lentamente de su lugar frente al sol y dio unos pasos hacia nosotros, sin dejar de mirar a Vázquez. Y preguntó con una voz fría y seca que no denotaba nada:

    —¿Por qué ha venido con usted este hombre?...

    Yo miraba a uno y a otro, sin comprender todavía:

    —¿Pero, es que usted le conoce?...
    —¿Cómo voy a conocerle?... Pero sé lo que está pensando y creo que se equivoca...

    Entonces, se volvió a mirarme a mí:

    —¿Y usted, Lucas?... ¡Usted piensa también de distinto modo! ¡Usted no es el mismo de esta mañana!...


    IX


    No habíamos tenido tiempo para volver de nuestro asombro, cuando Flipps echó a correr y desapareció como por encanto de nuestra vista. Vázquez, pasado un momento, se volvió despacio hacia mí:

    —¡Pero... Pero este tío está como una gaita!...
    —Con que como una gaita, ¿eh? Ese hombre sabe más de lo que nosotros mismos podemos sospechar... ¿No te has dado cuenta?
    —¿De qué?
    —De que sabía por qué estás aquí... ¡Ha leído tu pensamiento! ¡Y el mío!

    Vázquez regresaba despacio de aquella inopia súbita en que le había sumido la actitud de Flipps.

    —¿Tú crees?
    —No lo creo. Estoy convencido... Del mismo modo que no habla, sino que nos transmite sus pensamientos, capta los nuestros como si le dijéramos exactamente lo que estamos pensando...
    —Oye... Eso es malo, ¿eh?...
    —Tú verás... Además...

    Me detuve, horrorizado de pronto por un súbito pensamiento que hasta entonces no se me había planteado, Vázquez me miró unos segundos, esperando a que me decidiera a hablar:

    —Además, ¿qué?
    —Además... imagínatelo suelto por ahí, ¡con todo lo que sabe! ¡Con todo el poder que tiene! ¡Sería... el fin del mundo!...

    Y, antes de que los dos hubiéramos tenido tiempo de pensar un poco más siquiera en lo que yo acababa de decir, nos habíamos lanzado en su búsqueda. Julia no le había visto. Ni los chicos. Los cinco corrimos a la verja que daba sobre la carretera y nos asomamos a ella, con la esperanza de verle aún. Pero no había ni rastro de Flipps. Un pastor estaba acurrucado al otro lado de la carretera, a la sombra de un árbol, cuidando de las ovejas que pastaban tranquilamente en la sementera, a espaldas suyas:

    —¡Eh, oiga!...

    El pastor levantó la cabeza, soñoliento por el bochorno del poniente:

    —¿No ha visto usted salir de aquí a un señor mayor?

    El pastor afirmaba con la cabeza:

    —¿Y hacia dónde iba?

    Sin hablar, el pastor señaló con la garrota hacia el pueblo. Nos lanzamos a la carrera. No sabíamos dónde podría estar Flipps, no sabíamos qué se propondría, pero había que encontrarle.

    De pronto nos tuvimos que echar a un lado, para dejar paso al autobús que marchaba para Madrid. Tuvimos apenas tiempo de ver, a través de la ventanilla que pasaba fugaz ante nosotros, el rostro de Flipps, sentado en uno de los últimos asientos, que nos lanzaba una mirada de terror. Como si fuéramos monstruos de los que tenía que huir.

    Antes de que nos diéramos cuenta, el autobús había doblado la curva cercana y había desaparecido. Vázquez lanzó un refrán penibético:

    —¡Mi gozo en un pozo!...

    Y regresamos lentamente a la verja, donde nos esperaba Julia y los chicos:

    —¿No le habéis visto?
    —Se ha ido a Madrid —le dije, sombrío.

    Julia no pareció darse mucha cuenta de lo que aquello significaba:

    —¡Bueno, hijos, ni que se hubiera muerto!... Habrá querido echar una cana al aire... Hala, dejadle y pasar, os prepararé algo frío...


    Apenas habíamos tomado nuestras cervezas en silencio, cuando Vázquez, que había permanecido pensativo todo el rato, me dijo con un suspiro:

    —Bueno, al menos, supongo que el chirimbolo no se lo habrá llevado...
    —¿Qué chirimbolo?
    —El platillo volante... o lo que sea...

    Los niños nos siguieron curiosos hacia el garaje, pero yo no les dejé entrar. Vázquez se quedó mirando como un tonto la navecilla de Flipps. La miró por arriba, por abajo, por los lados; metió la cabeza por donde le cupo y cada vez parecía más desalentado.

    —¿Qué, adivinas algo?
    —Ni torta... Es... es todo tan sencillo que no cabe siquiera ver para qué sirve una cosa u otra, ¿sabes?... Porque no hay «cosas»... Es todo lo mismo, ¿comprendes?
    —No, desde luego...

    Vázquez se volvió a mí.

    —Nosotros hacemos las máquinas compuestas de... de otras. Una máquina nuestra tiene, por ejemplo, tubos de escape, bujías, ¿qué se yo? Aun las más complicadas están compuestas de otras máquinas más simples...
    —Eso sí lo entiendo...
    —En cambio aquí, por lo que se ve, todo es una sola cosa... y completamente distinta a lo que conocemos... ¿Por dónde se entra?...
    —Por esa puertecilla...
    —¿Te atreves a entrar tú?
    —Sí, claro... Ya entré una vez con él...

    Nos metimos los dos por la escotilla redonda. Vázquez se quedó mirando asombrado a su alrededor:

    —¡Demonios!
    —¿Qué?
    —¿De dónde viene la luz?

    Sólo entonces me di cuenta de que la cabina de la navecilla estaba iluminada, pero la luz ¡no llegaba de ningún lado!

    —Bueno, al menos esto sí lo entiendo... aunque no sé cómo puede ser posible... Toda la materia de esta cabina está ionizada y produce su propia luz... ¿Pero cómo pueden haber?...

    El cuadro de instrumentos y las luces fueron tan incomprensibles para él como su investigación exterior. Le vi que iba a oprimir un botón verde y grité:

    —¡Pero hombre, Vázquez!...

    Vázquez se volvió sorprendido:

    —¿Qué?
    —¿Y si aprietas ese botón y nos encontramos dentro de medio minuto en Júpiter, qué?

    Cuando salimos de la nave, Vázquez iba pensativo:

    —Es lo más asombroso que he visto en mi vida, Izquierdo... Y, desde luego, tienes razón. Sin el viejo, no sacaremos nada en limpio...
    —Ya me imaginaba... Bueno, claro, siempre cabe que llamemos a un físico de categoría, ¿no?... Y perdona...
    —Oye, tú, Izquierdo... Yo no estoy para compartir descubrimientos o inventos con nadie, ¿me entiendes?... —me dijo, amenazador.
    —No, yo no quería...
    —Buscaremos al abuelo, por donde sea... Le traeremos por la fuerza y...

    Se detuvo sorprendido, al ver que yo me encogía de hombros.

    —¿De qué te ríes?
    —De ti... Al abuelo, como tú dices, no habrá fuerza que le haga venir, si no quiere hacerlo...
    —Entonces, desmontaré la nave y...
    —Y con los átomos sueltos que debe llevar dentro, nos vamos todos a freír espárragos en menos que canta un gallo.


    No sé por qué esperamos tanto tiempo levantados, pero habían dado las doce y aún estábamos Julia, Vázquez y yo en el jardín, como esperando a que Flipps apareciera. Ninguno de nosotros quiso confesar por qué estábamos allí y nos pusimos a hablar de las mil tonterías del veraneo: el calor de los días, el frescorcillo que llegaba de la sierra, lo morenos que se ponen los chicos...

    —Usted ya está en edad de merecer, ¿eh, Vázquez? —le dijo Julia—. Ya podría ir pensando en casarse...
    —¿Yo?... ¿Casarme yo?... No, Julia... Si yo me casara, sería porque pensase sacar algún provecho positivo del matrimonio. Y, como no se ha presentado aún esa ocasión. Mire, para que vea, si ese Flipps fuese una señora, le propondría casarnos.

    Nos reímos los tres. Imaginarse a Vázquez casado con aquel vejete sarmentoso era más que una imaginación calenturienta. Pero, entre las risas, adiviné en Julia una remota repugnancia por aquel modo de actuar tan cínico.

    Luego, cuando nos hubimos acostado, mi mujer me lo confesó:

    —¿Sabes qué? No me extraña que el señor Flipps huyera al ver a tu amigo. A mí tampoco me ha gustado nada...
    —Bah, es inofensivo...
    —Claro que lo es... Pero porque no tiene ocasión de ser peligroso...
    —¿Tú crees?
    —Estoy segura de que vendería a su madre por... No sé, por algo que le interesara...
    —A lo mejor...

    Nos quedamos un rato callados. Yo rebuscaba con la imaginación entre los cincuenta rincones conocidos de la ciudad, pensando en cuál de ellos se habría metido nuestro vejete.

    Oía abajo a Vázquez, paseando arriba y abajo por el comedor. Seguramente, no conseguía dormirse. Y no me extrañó, porque a mí me estaba sucediendo lo mismo. Oí sus pasos primero, luego, al cabo de un rato, la puerta de la calle que se abría. Y los pasos comenzaron a sonar en la gravilla del jardín. Al cabo de un momento chirrió la puerta del garaje. ¡Si se le estaría ocurriendo hacer la guerra por su cuenta!... Me calcé las zapatillas apresuradamente y me lancé escaleras abajo.

    Le encontré nuevamente ante la nave espacial, mirándola como un tonto. Al oírme abrir la puerta se volvió con una sonrisa amarga en la que estaba reflejado todo el desencanto de su propia impotencia.

    —Hola, eres tú... Por un momento creí que sería el abuelo...
    —¿Por qué has vuelto? ¿Descubriste algo?
    —¡Qué más quisiera yo!... No podía pegar ojo, pensando en lo poco que sabemos de todo... y en cómo nos consideramos los reyes de la Creación por cuatro majaderías que hemos llegado a descubrir. ¡Somos unos imbéciles!


    X


    —¿Nada?...

    —Nada...

    Así nos estuvimos saludando Vázquez y yo durante una semana entera, cuando nos encontrábamos en el recreo de las once.

    Yo estaba desquiciado. Y no tanto por no saber por dónde podría andarse nuestro hombrecillo como por el mundo de sugerencias que aparecían continuamente ante mí. A los chicos, en lugar de repasarles los temas que tendrían que saber para los exámenes de septiembre, me lancé a explicarles historia antigua como un loco. A ellos les gustaba encontrarse de pronto con cosas más atractivas que una mera enumeración de batallas y fechas, ¡qué duda cabe! Entraban conmigo en lo desconocido como detectives de los misterios del pasado. Les conté cómo las pirámides de Egipto eran un cúmulo de conocimientos matemáticos y un cúmulo aún mayor de misterios que aún no habían sido descifrados. Les hablé de la configuración atómica de las terrazas de Baalbeck, de las carreteras pavimentadas encontradas por los arqueólogos en las altiplanicies peruanas.

    —¿Pero para qué querían carreteras, si nos dijo usted que no conocían la rueda?...

    Los chicos estaban encantados, y se lo digo a ustedes para que puedan extrañarse conmigo cuando un día me encontré con un recado del director, para que pasase por su despacho lo antes posible.

    El señor Cifuentes era bajito y su calva tenía tornasoles a la luz tamizada del sol que entraba por la ventana a espaldas suyas. Daba clase de religión y se decía que pertenecía a una especie de cofradía semisecreta. En todo caso, el gran crucifijo que presidía el despacho mostraba, por su tamaño, la fe inquebrantable de su propietario.

    —Siéntese, Izquierdo, siéntese...

    Iba para largo, si me invitaba a sentarme. El señor Cifuentes no sabía por dónde empezar.

    —Bueno, mire... Es una cuestión sin importancia, ¿sabe?... Y no tiene ninguna trascendencia... Sólo que... Eso, que a la altura del verano a que estamos, lo mejor sería que usted se dedicase concretamente a las cuestiones estrictas de materia de examen y se dejase de contarles a los chicos... Ya sabe... Todas esas teorías que no les van a servir para nada a la hora de presentarse ante el tribunal, ¿entendido?

    Yo creo que estaba más claro que el agua, ¿no? Le dije que sí, que bueno, que lo había hecho por quitarle aridez a la asignatura.

    —¡No, si ya!... Si esas cosas ya sé que no se las cree ni usted mismo... Pero como, además, no tienen nada que ver con el tema de la Restauración, que es el que piden explícitamente en este curso...

    Lo que más gracia me hizo fue aquello de que no me lo creía ni yo mismo... como si no hubiera tenido pruebas suficientes como para creerme, de ahora en adelante, cuanto quisieran contarme. Pero le prometí solemnemente al señor Cifuentes que explicaría única y exclusivamente los temas de la Restauración y que no me andaría por las ramas.

    Lo cual no impidió que los chicos —algunos de ellos, al menos—, se dedicasen a investigar por su cuenta en libros ajenos a la susodicha Restauración.

    Ya no regresé a La Reliquia hasta el sábado siguiente. Vázquez me había prometido que se pasaría el fin de semana buscando por Madrid, a ver si encontraba a Flipps, pero yo le dije, convencido:

    —Mira, Vázquez, no te molestes... Lo más seguro es que ya no volvamos a verle más...


    Julia me esperaba a la entrada de la verja, excitada.

    —¿A que no sabes lo que ha ocurrido?

    Me asusté. Así, de pronto, pensé que Santi se habría subido en la nave espacial y que ahora estaba en Neptuno... ¡o qué se yo!

    —No... ¿qué ha sido?
    —Que ha vuelto...
    —¿Quién? ¿Flipps?
    —Sí... Está tomando el sol, en la parte de atrás...

    Casi me olvidé de darle un beso a Julia, tal prisa me entró de repente por encontrar al vejete.

    Estaba allí, en su sitio habitual, en el mismo lugar donde le habíamos encontrado hacía seis días Vázquez y yo. Tenía los ojos cerrados y presentaba su rostro al sol, como en una oración silenciosa.

    —¡Flipps!... Qué alegría volverle a encontrar...

    Abrió entonces los ojos y me lanzó una sonrisa triste. Me pude dar cuenta entonces del mal estado de su traje. Nosotros le habíamos dado un traje, para que no fuera vestido con aquella especie de camiseta del doctor Rasurel con la que vino. El traje no es que fuera nuevo. Yo me lo ponía ya únicamente en el campo. Pero su estado había empeorado sensiblemente. Estaba manchado, roto por algún sitio. Y el mismo rostro de Flipps mostraba las huellas de haber sido tal vez golpeado.

    —¿Qué... qué le ha ocurrido?
    —Ya lo ve usted... Que he vuelto... Que he tenido ocasión de comprobar cómo la gente de su época está por civilizar... Y que, en medio de todo, ustedes son un mal menor... ¿Y su amigo el físico? ¿No lo ha traído usted?

    Yo no sabía ni qué responderle.

    —No... Y tampoco se imaginaba que estaría usted aquí...

    Me senté a su lado. Le miré detenidamente. Sin duda, había sido golpeado.

    —Oiga, Flipps, ¿pero qué le han hecho?


    XI


    —¡Todo!... ¿Me entiende bien?... Todo... ¿Qué quiere usted, que le cuente lo que he hecho en estos cinco días? ¿Lo que me han hecho?...

    »Bueno, ustedes venían detrás de mí y me vieron en el vehículo que me trasladaba a Madrid, ¿no?... Yo había leído en el pensamiento de su amigo y en el de usted mismo... Ustedes querían aprovecharse de mí y saber cuanto yo sé... Y yo sé demasiadas cosas que pueden ser peligrosas. No para mí, ni para ustedes, claro, sino para el mundo... Usted, Lucas, ya sabe que yo presencié desde ahí arriba la catástrofe que destruyó mi mundo. Y eso no debe ocurrir de nuevo, aunque sea a costa de ocultar las grandes verdades de la ciencia a todos ustedes... De aquí a que las descubran por sí mismos, probablemente habrán pasado bastantes siglos y habrán comenzado a civilizarse.
    »Porque hay que comenzar por ser personas antes de permitirse el lujo de poner la ciencia y la técnica a nuestra disposición, ¿me entiende?... Han llegado ustedes demasiado pronto a descubrir la fisión del átomo. Yo temo mucho por el porvenir de ustedes, después de lo que he visto...

    —¿Pero qué ha visto usted, hombre de Dios? —le pregunté, sin comprender aquel auténtico terror de Flipps.
    —He visto... todo cuanto era necesario ver para convencerme del camino que aún les queda a ustedes por recorrer... He visto en las cartas geográficas de sus hijos que el mundo está dividido en decenas de estados... He visto en los periódicos de ustedes que cada estado quiere ser soberano, como cada uno de ustedes quiere ser un individuo independiente de los demás... ¿Y usted cree sinceramente que sin depender estrechamente los unos de los otros se puede llegar a algo? ¿Cree usted, como dicen ustedes mismos, que se puede hacer la guerra por cuenta de cada uno?... ¡Ustedes están ciegos, Lucas!... ¡Ciegos y suicidas, eso es lo que son ustedes!...

    «Tuvieron una guerra terrible, ¿verdad?... ¿Sabe usted cuántos muertos costó? No lo sabe nadie... ¿Y cuándo terminó?... Hace ya veinte años, ¿verdad?... Veinte años, durante los cuales se han dedicado ustedes a hacer un simulacro de unión planetaria, las Naciones Unidas se llama, ¿no?... ¿Y les ha servido de algo?... Sólo para que no haya cesado de haber guerras particulares un solo día en el mundo...
    »Mire usted, Lucas... Yo me enteraba de eso y me preguntaba cómo podía suceder semejante absurdo... Ahora lo he comprobado... En la carretera, desde el autobús, vi centenares de hombres trabajando bajo el sol en la construcción de la pista... No tenían máquinas a su servicio, ¡eran ellos los que estaban al servicio de las prehistóricas máquinas que les rodeaban!...
    »Me exigieron el precio del viaje en moneda que no tenía y me obligaron a hacer a pie los últimos kilómetros a Madrid... ¿Lo ve usted otra vez?... Si el hombre tiene que pagar los servicios públicos, ¿qué servicios públicos son esos? ¿Desde cuándo ha de estar el hombre al servicio del gobierno y no el gobierno al servicio del hombre, del ciudadano?...
    »En la ciudad, he visto mujeres que se vendían... ¿Cómo puede subsistir aún ese salvajismo en el mundo? ¿Cómo puede comercializarse el amor? ¿Usted lo entiende?... Bueno, perdone, usted tiene que entenderlo, porque, quiera o no, está usted dentro de ello y entonces, ni siquiera se plantea el problema, lo considerará tan natural. Usted subirá a un vehículo y pagará sin rechistar... Usted tal vez se encuentre con una mujer en la calle y no sienta rubor de ofrecerle dinero a cambio de amor...
    »No, no... Déjeme seguir, hay más aún... hay... la prisa, por ejemplo... He visto a los hombres correr como si perdieran su última oportunidad... No tienen tiempo de pensar en sí mismos ni en los demás. La vida les arrastra salvajemente de un lado a otro, simplemente para subsistir. Yo no llamaría vida a la que ustedes llevan. La llamaría, simplemente, supervivencia. Llevan ustedes a cabo una carrera por subsistir. ¿Cuándo ocupan ustedes el tiempo en estar solos y pensar un poco en lo que les rodea... o en ustedes mismos?... Yo creo que nunca. Por eso prolifera entre ustedes el robo, y el asesinato, y la locura, y la prostitución, y la guerra. Por eso necesitan ustedes que haya un cuerpo de policía en cada país, con las armas al costado, dispuestas a mantener el orden que ustedes mismos no son capaces de preservar... Por eso...
    »He visto en la prensa fotografías en las que los hombres se matan unos a otros... He visto por la calle borrachos que no podían tenerse en pie, he visto a la gente tropezarse y seguir su camino sin pedir siquiera perdón...
    »Usted es maestro, Lucas... ¿Y qué les enseña a sus discípulos? ¿Acaso les enseña a ser personas, o a pensar por cuenta propia, o les enseña a vivir, a enfrentarse con el mundo con serenidad?... No, usted se limita a meter en sus cerebros enseñanzas caducas que usted aprendió a su vez a fuerza de codos, ¿no dicen ustedes así?... Y, seguramente, usted creerá que su obligación es ésa y nada más... Y sus alumnos crecerán con las mismas ideas...
    »Oiga, Lucas, escúcheme al menos usted... El planeta, en mis tiempos, se desintegró casi totalmente... Debieron quedar unas docenas de supervivientes en todo su ámbito, nada más... ¡Y nosotros éramos seres civilizados!... Nosotros habíamos suprimido la diferencia de clases. Ya no existía el asesinato, ni el robo. No nos hacía falta policía en las calles. Las máquinas trabajaban para nosotros y podíamos pensar en nosotros mismos y en los demás... ¿No se da usted cuenta? ¡Y a pesar de eso, vino la guerra! Fue una guerra técnica, cerebral si usted quiere. No había razón para que estallase... y estalló, sin embargo... ¡Pero entre ustedes!... ¡Si están ustedes viviendo de puro milagro!... ¡Si tendrían que estar bendiciendo cada instante más de paz que gozan, cada minuto de vida que les concede el Destino!...
    »¿Sabe usted por qué no han desaparecido ya todos ustedes de la faz de la Tierra? ¿No lo sabe?... ¡Por el miedo! Por un miedo que tratan ustedes de olvidar con músicas arcaicas y con escapismos. Pero están ustedes dominados por el miedo, Lucas. Todos ustedes pisan sobre el mismo polvorín. Esos sabios que encontraron el modo de desintegrar el átomo y dejar suelta su energía debieron morir antes de revelar lo que descubrieron. Porque no están ustedes en condiciones de poseer una fuerza tan terrible. Afortunadamente les quedan aún muchas cosas por descubrir, pero si llegan a conocerlas antes de que su mundo se civilice, ¡pobres de ustedes!...
    »¿Sabe usted dónde me pusieron así... Se lo voy a contar... Ya sabe usted que me marché sin dinero. Yo no tengo dinero de ese que ustedes gastan... Ni siquiera sabía que fuera necesario. Quería ver su mundo, todo cuanto pudiera ver de él. Vi... Bueno, ya le conté las cosas que vi. Una noche quise ver cómo se divertían ustedes. Entré en un sitio donde había un letrero luminoso y donde entraba mucha gente. Era una especie de cueva.

    Adentro, unos muchachos tocaban unos instrumentos disonantes y la gente se contorsionaba en un baile fálico. Al menos, me lo parecía. Había borrachos, y mujeres de esas que se venden por dinero. Y en todos, la misma muestra de terror, no sé, a mí me lo pareció, al menos.

    Un hombre con una chaqueta blanca venía continuamente detrás de mí, como si quisiera decirme algo y no se atreviera. Al cabo de un rato de estar mirando aquello, me volví a mirarle. Le pregunté qué quería. Me dijo que no podía entrar allí vestido así. Yo me reí en sus narices. Había que ir como aquellos, por lo visto. No sé por qué. El hombre quiso echarme de allí por la fuerza, ¿sabe?

    yo no me dejé. Bueno, ya sabe, he perdido un poco la consciencia de mi propia edad, pero, de cualquier modo, aún estoy fuerte a mis noventa años. Podré vivir veinte o treinta más. A ustedes aún no les ocurre esto, ¿verdad? Para ustedes, un hombre de noventa años es una reliquia, supongo... Eso me dijeron en la comisaría de policía... Me llevaron a una comisaría de policía, ¿sabe?... Me preguntaron no sé ya ni cuántas cosas... Nombre, edad, domicilio... Yo no sabía ni qué contestar... Además, no llevaba documentación... Eso había dejado de llevarse entre nosotros cuando yo partí hacia la constelación de Casiopea, además de poco habría servido una documentación caducada hace quince mil años, ¿no cree usted?...

    »Bueno, el caso es que hice un esfuerzo. Habría preferido callarme, pero no podía. Les dije... la verdad, claro. De dónde venía y... cuándo había salido de la tierra... y todo lo que usted ya conoce... Bien, ¿usted cree que ellos me creyeron? Tendrían que haberme creído, tendrían que haber hecho un esfuerzo, como usted lo hizo... Claro que usted necesitó pruebas, y ahí estaba mi nave para justificar cualquier cosa que yo le dijera. Pero ellos no la tenían... Me tomaron, ¿querrá usted creerlo? ¡Me tomaron por un loco!... Y, desde allí mismo, desde la comisaría, llamaron por teléfono a un ¡manicomio!... Y vinieron dos hombres con unas batas blancas y una ambulancia que hacía sonar una sirena por las calles... Y me condujeron al manicomio. Yo me resistí, al principio, ya puede usted imaginárselo... Este ha sido el resultado, ya está usted viendo.
    «Estuve tres días en un manicomio, Lucas... Con los locos... ¡por el Espacio Galáctico!... ¡Cuántos locos hay entre ustedes!... No sólo los encerrados, esos deben de ser los más peligrosos... Pero están también por las calles... Gente que habla sola, gente que grita a los demás... Pero me metieron en el manicomio... y allí están los peores... ¡En qué tierra de locos vive usted, Lucas!... Allí, no sólo no me creían; es que tampoco querían escucharme. Me enfurecí... y le aseguro que es la primera vez que me ha ocurrido. Entonces me metieron en una celda acolchada... y me miraban a través de una rejilla. Ojos, ¿sabe?... No veía más que los ojos de los guardianes...
    «Entonces comprendí que tenía que hacer algo para salir de allí y les hice comprender que me había calmado. De todos modos, era inútil gritar ya puede usted figurarse. Bueno, era ya de noche. Yo me mostraba —se lo oí decir a ellos— muy razonable, de modo que les pedí tomar un poco el aire y me sacaron al jardín. Me vigilaban de cerca, pero yo conseguí acercarme con disimulo a la puerta y escaparme. Anduve por entre un bosque de pinos y oía las voces de los guardianes, que me buscaban. Pero conseguí llegar a la carretera y tomé un coche de alquiler. Un taxi lo llaman ustedes, ¿no?... Le dije que me trajera a Torrelodones... y aquí me tiene. Su mujer fue muy amable conmigo. Pagó al chofer del taxi. Perdone si le he ocasionado un gasto inútil...


    XII


    Se había marchado el sol y estábamos los dos sumidos en la oscuridad tétrica del jardín de La Reliquia, cuando Flipps terminó de contarme su aventura. Pasó un buen rato sin que ninguno de los dos pronunciase ninguna palabra. Luego, lentamente, se volvió a mí y me miró con sus ojos brillantes, que parecían llevar dentro la luz de las estrellas.

    —Bien, Lucas, usted tiene la palabra...
    —¿De qué?
    —He tenido tiempo de pensar... y he pensado mucho... El mundo de ustedes ha ido demasiado de prisa en lo técnico y aún está en estado salvaje en lo espiritual... Es un mundo desfasado, ¿me entiende?...
    —Sí, un poco...
    —No están ustedes en condiciones de conocer muchas cosas... Pero aún con las que conocen, la vida la tienen ustedes pendiente de un hilo... En cualquier minuto, pueden llegar al desastre...
    —Oiga, Flipps, yo creo... No sé, me parece que exagera usted un poco, ¿no?...

    Se quedó callado, sin mirarme. Llegó la voz de Julia llamándonos:

    —¡La cena!...

    Me levanté sin decir nada. Flipps me siguió. Fue una cena silenciosa como un funeral. Y no porque mi mujer, o yo, o los chicos tuviéramos ningún motivo. Era como si el silencio preocupado de Flipps, comiendo despacio sus pastillas alimenticias, se nos pegase a la piel a todos. Julia me lanzaba en silencio también miradas interrogantes. Y yo no sabía cómo responderle. En cualquier caso, tenía la impresión de que Flipps tenía un concepto demasiado pobre de nosotros; nos trataba poco más o menos como si fuéramos zulúes o bantús y esto me fastidiaba en lo más íntimo, aunque no tenía más remedio que reconocer que la diferencia entre lo que él representaba y lo que éramos nosotros era algo abismal.

    Al terminar la cena —Flipps había terminado mucho antes que nosotros y nos esperaba únicamente por cortesía— el viejecito se levantó siempre en silencio, se dirigió despacio a la puerta y salió al jardín. Nosotros nos quedamos aún un momento sentados a la mesa, mirando el sitio por donde Flipps había salido. Luego, Julia me preguntó:

    —¿Tú crees que querrá marcharse?

    Me encogí de hombros. ¡Cualquiera sabía! Con ese hombre, había que estar sabiendo siempre que conocería los pensamientos más íntimos de su interlocutor, pero de ahí a conocer lo que él se proponía...

    —No lo sé...

    Pero escuchamos un rato y no oímos el zumbido de la nave poniéndose en marcha. Ni sus pasos en la gravilla. Julia levantó la mesa y los chicos me dieron un beso antes de acostarse. Yo me quedé un rato allí sentado. Y no sabía si esperaba algo o si es que, simplemente, no tenía deseos de hacer nada. Escuchaba a Julia fregar los cacharros en la cocina y me sentía como formando parte de un mundo bestial, de ese mundo de fieras con el que Flipps creía haberse encontrado.

    Me levanté y me dirigí despacio hacia la puerta del jardín. Al abrirla, Flipps estaba de pie frente a mí y la luz de la luna le hacía parecer casi un espectro. Me sobresalté y él me lanzó una carcajada que me dejó helado:

    —Bueno, Lucas... Lo he estado pensando... Dígale a su amigo el físico que venga...

    No comprendí de momento.

    —¿Qué... que venga?
    —¡Sí, eso he dicho, que venga!... Al fin y al cabo, tal vez sea lo mejor terminar cuanto antes con todos ustedes... A ver si los que lleguen después saben aprovechar mejor era maravilla que son los rayos del sol...


    XIII


    Qué fue lo que Flipps le estuvo enseñando a Vázquez durante la semana entera que pasaron juntos en La Reliquia —y encerrados la mayor parte del tiempo— es algo que nunca lograré saber. Ni me importa.

    Vázquez estaba excitado, cuando me levanté la mañana del primer día, dispuesto a ir a clase. Le brillaban los ojos y, sin lugar a dudas, se había pasado la noche entera sin dormir.

    —Oye, invéntate una excusa para el jefe, ¿quieres?... Dile que me ha dado un empacho en tu casa... O que tengo apendicitis...
    —Pero, ¿no vas a venir?
    —¡Ni pensarlo!... Tengo al vejete en vena, ¡cualquiera desprecia la ocasión!...

    Yo no sé lo que le dije al señor Cifuentes. No sé tampoco si me creyó aunque, en cualquier caso, las broncas futuras serían para Vázquez y no para mí.

    Cada tarde, cuando regresaba a La Reliquia, Julia me contaba las novedades del día, que siempre eran las mismas. Vázquez y Flipps se pasaban el día entero haciendo números y fórmulas, mirando la nave espacial por todos lados, desmontando piezas, dibujando planos extrañísimos sobre papel milimetrado.

    Vázquez, normalmente parlanchín, se pasaba el día mudo a lo que no fuera aquel trabajo agotador de asimilar las enseñanzas de Flipps en un tiempo récord. Con nosotros —con mi mujer y conmigo— apenas cambiaba más que las palabras necesarias: Buenos días, buenas noches, qué cena tan rica. Dormía poco —bueno, dormían poco los dos, pero a Vázquez se le notaba mucho más. Se le formaron bolsas azules bajo los párpados y yo estoy convencido que, durante aquellos días, vivió basándose en simpatías, como cuando los exámenes. Tenía un estado de excitación continua. Todo aquello, sin duda, era excesivo para su cerebro no demasiado privilegiado. Yo pensaba, viéndole, que tal vez habría suerte y que no sería tan terrible poner secretos espantosos en la mente de mi compañero. Tal vez su cerebro estallaría de un momento a otro, por la tensión a que estaba sometido y entonces, la profecía horrible de Flipps, suponiendo que tuviera una razón real, se vendría abajo y dejaría de ser peligrosa.

    Julia me dijo que montaron y desmontaron una par de veces las piezas de la nave espacial de Flipps. Claro que ella no me podía decir muchas cosas, porque la mayor parte del tiempo se lo pasaban solos los dos. E incluso, cuando entraban los niños, les echaban de allí violentamente, hasta el punto que Santi le cogió una terrible manía a Flipps y le llamaba «marciano asqueroso», probablemente una expresión que había leído en alguna de las revistas ilustradas de Flash Gordon. Menos mal que Flipps no se lo tomaba en cuenta. Se limitaba a sonreír y, por su parte, llamaba a Santi «pequeño caníbal», con lo cual compensaban los dos sus insultos y se quedaban tranquilos.

    Llegado el domingo siguiente, Vázquez se echó a dormir y no se despertó hasta la mañana del lunes. Flipps, chungón, nos aconsejó que le dejásemos. Caminamos todo el día por la casa como fantasmas, procurando hacer el menor ruido posible. Aunque no habría sido necesario, porque mi compañero debía tener tal cantidad de sueño retrasado que no le habría despertado ni un bombazo de cincuenta megatones.

    ¿Lo están ustedes viendo? Me ocurrió desde que Flipps profetizó nuestro final. Veía hongos atómicos por todas partes y a veces, en sueños, me sentía en la negrura del espacio estelar y veía a la Tierra saltar en pedazos y convertirse en asteroides deformes flotando en la inmensidad del espacio.

    Desperté a Vázquez a las siete de la mañana del lunes, después de haberle dejado dormir durante veinte horas seguidas.

    —Hala, tú, vamonos, que el autobús saldrá dentro de media hora...
    —¿Irnos?... ¿A dónde?
    —¡A Madrid, a clase, hombre!... Le dije a Cifuentes que estabas mucho mejor y que hoy ya te incorporarías...
    —¿Y a ti quién te manda?... —iba a decir, pero se detuvo. Calló un instante y comenzó a vestirse—. Bueno, vamonos, ya veremos por el camino...

    Hicimos el viaje en silencio. Yo tenía deseos de preguntarle no sé cuántas. El, por su parte, parecía tan embebido en sus pensamientos, que casi no llegó a darse cuenta de que estaba junto a él, ni siquiera cuando llegó el momento de pagar el billete. Sólo levantó la cabeza cuando yo ya había pagado y estaba recogiendo las vueltas de los dos billetes. Me miró con sonrisa de cordero degollado y me dijo:

    —Bueno, pónmelo en la cuenta. Igual te pago en dólares... ¡O en rublos!...

    El autobús se retrasó un poquito y no había tiempo de tomar el metro. Por eso paré un taxi. Vázquez iba a entrar detrás de mí cuando se detuvo, pensándolo mejor.

    —¿Tú qué le dijiste a Cifuentes?
    —No me acuerdo. Apendicitis, me parece...
    —¿Me hiciste operar?
    —Sí...
    —Está bien... Dile que se me ha soltado un punto...

    Y salió corriendo...


    —¿Un punto? ¡Eso es él, un punto! ¡Y filipino! ¿Usted, le ha visto?
    —No, no, yo...
    —Bien, pues si le ve... O si le habla usted por teléfono... ya puede ir diciéndole que se despida de volver... ¡o que me traiga un certificado del colegio médico!... ¿Sabe cuánto falta para los exámenes?...
    —¿Y a mí qué me importan los exámenes?... Mira, ven...

    Me llevó a la mesa del comedor de su casa, convertida en estudio. La mesa estaba repleta de papeles, de reglas, de cuartillas cuajadas de fórmulas. Me los mostró todo ufanísimo.

    —¿Qué dices a esto?
    —Pues ya ves... Lo de siempre, que yo, de eso, no entiendo ni palo.
    —Bueno, pues lo entiendas o no, aquí hay una fortuna... ¡Millones!... Lo menos veinte o treinta patentes de esas que te las compran como agua los americanos...

    Me enseñaba un papel, otro, un dibujo...

    —Oye, pero tú... ¿lo entiendes todo eso?

    Me lanzó una carcajada a quemarropa:

    —¿Entenderlo?... A medias sólo... Pero para eso están los sabios, para entenderlo... y para comprarlo.
    —Los sabios son unos muertos de hambre...
    —Los de aquí, sí, pero los americanos, que son todos alemanes, están pagados por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos y pagan estas cosas por millones de dólares, ¡ya lo verás!
    —Ah, pero tú piensas ir a vendérselo a los yanquis, ¿eh?...
    —Tú me dirás a quién, si no... ¡Y si ellos no quieren comprarlo, iré a los otros!... ¿O qué te habías creído tú?...

    Me recorrió la espalda un escalofrío. Como si las predicciones de Flipps fueran una certeza al alcance de la mano.

    —Oye, Vázquez... Que esas cosas pueden ser peligrosas...

    Esta vez, las carcajadas de mi compañero sonaron en toda la manzana:

    —¡Naturalmente! ¿Y quién iba a interesarse por ellas, si no lo fueran?... Oye, Izquierdo, a la gente... Bueno, a las grandes potencias, quiero decir... les interesa todo aquello que puede hacer pupa al prójimo, cuanta más mejor... Y mira, ¡mira!...

    Me enseñó cosas, no sé cuales, papeles con números y dibujos.

    —Mira, izquierdo... con esto se puede desarrollar un láser que reduzca a fosfatina un área de quinientos mil kilómetros cuadrados... Como España, ¿eh?...
    —Sí, como España...
    —Y con esto otro —más fórmulas, más letras, más integrales, más dibujos incomprensibles— la antimateria aislada es pan comido. ¿Sabes qué significa?...No, claro... Bueno, pues significa, primero, la posibilidad de viajes interplanetarios. Y, segundo, el descartar la bomba de cincuenta megatones por retrasada. ¿Eh, qué tal?
    —Pues... genial, chico, ¿qué quieres que te diga?...
    —Ahora que está ya todo pasadito a limpio, voy a empezar a moverme. ¿Y qué querías, que le hiciera caso al beato de Cifuentes? ¡A la porra Cifuentes y todo!... Ahora vas a ver lo que es moverse un tío con agallas.

    Flipps estaba, como siempre, sentado al sol. Me sintió venir y sonrió al ver la cara larga que traía.

    —No se preocupe usted, Lucas... A medida que le iba enseñando cosas a su amigo, me di cuenta de que era inútil... Ya se me ha pasado el odio por sus salvajes, pero no se preocupe... Su amigo no podrá hacer nada con mis fórmulas ni con los dibujos... No habría científico de su tiempo que fuera capaz de comprenderlo, a menos que yo mismo se lo explicase... Su amigo no es ningún lince. Copia como un tonto. Nadie le hará caso, porque ningún hombre de ciencia será capaz de entender lo que él mismo no sabrá siquiera explicar...


    XIV


    Pasaron los días. Yo seguía dando mis clases, sensiblemente tranquilizado por Flipps. Los chicos estaban un poco fastidiados ante tantos rollos como les tenía que soltar sobre la Restauración, pero ¿qué le iba yo a hacer, si era su materia de exámenes? A través de la ventana de mi aula veía el jardín y la puertecilla del despacho del director, al fondo, ya cerca de la puerta de salida. De pronto, por esa puerta precisamente, vi salir a Vázquez.

    —Eh, muchachos, repasad un momento, que ahora vuelvo...

    Salí corriendo, llamándole. Hacía tres días que le había visto en su casa y, desde entonces, no había vuelto a saber nada de él. ¡Y ahora volvía al colegio!... Eso quería decir que no había conseguido nada y habría venido a rogar a Cifuentes que le volviera a admitir y que no volvería a ponerse enfermo de apendicitis.

    Al llegar abajo, Vázquez ya había salido. Corrí tras él y le alcancé cerca de la esquina.

    —¿Qué pasa, no ha querido admitirte de nuevo?

    Vázquez me miró como yo había mirado a Flipps la primera vez que le vi.

    —¿Pero qué dices, muchacho?... He venido a despedirme...
    —Ya, bueno... Quieres decir que no te ha admitido...
    —¿Cómo que no me ha admitido? ¡Ni por todos los billetes de su cofradía volvería yo a pisar ese colegio!.,.
    —¿Entonces?...
    —Ven, vamos a tomar un caña...

    ¡Me invitaba él!... Eso quería decir que las cosas le iba mejor de lo que me suponía. Y no fue caña sólo. Pidió aperitivos... Pescebes y no sé qué más, de lo caro. Yo estaba tan nervioso que no acertaba a adivinar ni media palabra.

    —Bueno, pero cuenta...

    Vázquez se inclinó sobre mí, después de haber mirado a su alrededor, como había visto hacer en las películas truculentas de espionaje.

    —He estado en Torrejón...
    —¿Cómo?...
    —¡Sí, hombre, en la base!... Pregunté por el profesor Pawling, que es el jefe de un equipo dedicado a la investigación de radar y de ondas electromagnéticas. Me recomendó un amigo que juega con él a las cartas los sábados, en un bar de Corea, ¿sabes?...
    —Sí, bueno, sigue...
    —Nada. Le enseñé todo eso y...
    —...y te tomó por loco, ¿a que sí?
    —¿Cómo lo sabes? —me miró extrañado Vázquez.
    —Me lo imaginaba... Por lo visto, todas esas cosas son demasiado avanzadas, incluso para los científicos más listos.
    —Eso pasó...
    —Entonces, no hay nada que hacer...
    —Que te crees tú eso... Salía hecho un asco, pensando que el Pawling ése y en lo imbécil que era... Porque hay que ver lo brutos que son los científicos hoy en día, ¿eh?... El caso es que lo pensé mejor y me dirigí al despacho de un jefazo militar. Un yanqui, ¿sabes?... Los jefazos militares son mucho más brutos, pero, por eso mismo, no necesitan que las cosas les sean demostradas. Tú vas a uno y le dices: Oiga, yo tengo patentada una bomba que deshace tres países al mismo tiempo. Y el científico te dice: no sea usted imbécil. Pero el militar te tiende la mano y te dice: ¿A ver?... Y eso es lo que me dijo el tipo aquél. Bueno, yo le enseñé las fórmulas, los dibujos, todo. Sólo enseñárselo. El se quedó mirándolo todo sin entender ni jota. Luego me miró y me dijo: «Bueno, ¿y todo eso funciona?»... «¡Jo, si funciona!», le contesté. Y entonces él tomó mis señas y me dijo que dejase aquello. Yo le dije que gaitas, claro. Y él torció el gesto y dijo que bueno, que un día de estos me avisaría. ¡Y ya está! Mira...

    Sacó un sobre del bolsillo. Iba a su nombre. Dentro del sobre había un pase para embarcar en un avión supersónico a los Estados Unidos en el plazo de veinticuatro horas, un pasaporte totalmente en regla y un sobre con una dirección en Cap Kennedy y escrito en grandes letras rojas: TOP SECRET.

    —¿Te... te vas a ir?
    —Mira el contrato...

    Había firmado un contrato por una cantidad equivalente a dos millones de pesetas durante cuatro años, por trabajar para el gobierno de los Estados Unidos.

    —¡Ostras!... Eso son quinientas mil al año...
    —No, no... Dos millones cada año, a ver si aprendes a leer, chavea... Ese mayor, o comandante, o lo que sea, es más listo que el hambre. Y se ha dado cuenta de que lo que yo sé se lo puedo vender a los de la acera de enfrente... Mira a tu espalda, pero con disimulo.

    Me volví y un hombre que estaba sentado unas mesas detrás de mí apartó la mirada que tenía fija en nosotros.

    —Oye, ¿quién es ese?

    Vázquez no contestó. Escribió sobre la mesa: F.B.I., con una satisfacción rayana en el delirio.

    —Me cuidan, para que no me desmande... Ya les he dicho que tú eres amigo de mi familia y que me tenía que despedir de ti. Me esperan cuatro añitos de no poder hacer precisamente lo que me dé la gana, pero vale la pena, ¿no?... Luego, si me conviene, renuevo el contrato, si no, por ahí se pudran.
    —¿Y de marcharte cuándo?
    —Ah, por mí, inmediatamente. Veremos cuándo ponen un reactor a mi disposición...

    Lo dijo, ¡para que yo lo oyera! Un reactor para él sólito, así de importante le consideraban. Comencé a pensar que Vázquez se estaba marcando un farol conmigo, que la cosa no sería tan importante y que tal vez él había fabricado toda su historia sobre esas ambigüedades que suelen decir los americanos, Pero no. El detective que andaba tras él como una sombra no era producto de la fantasía de Vázquez. Ni el contrato de dos millones anuales durante cuatro años. Ni el pasaporte. Ni... ni el montón de billetes de cien dólares que me enseñó al despedirse de mí hasta no sabíamos cuándo:

    —Es... para los primeros gastos, ¿sabes?...


    Cuando se lo conté a Flipps, no creí que iba a tomarlo como lo tomó. Fue como si le hubieran dado un mazazo tremendo. Se quedó un largo rato ausente, pensativo, tan triste como si le hubieran obligado a asistir a su propio entierro. Julia y yo le mirábamos indecisos, sin creer nosotros mismos que realmente hubiera motivo para ponerse así. En vista de que no parecía reaccionar, me atreví a preguntarle, al cabo de un buen rato:

    —Oiga, Flipps, pero de veras... ¿tan peligroso es?

    Sus ojos se volvieron lentamente a nosotros y, por primera vez desde que apareció en nuestro mundo, leí en ellos la culpa:

    —En manos de los militares, sí... Los militares de cualquier parte del mundo viven para la guerra, hoy como en mi época... Es su única justificación. Aguantan la paz sólo cuando han vencido o cuando no ven posibilidades de vencer...
    —Pero... lo que usted le contó a Vázquez... ¡usted mismo lo dijo!... Son cosas que nadie puede comprender, ¿no?...

    Flipps asintió tristemente:

    —Peor aún... Porque, aunque sus principios sean incomprensibles, son tan fáciles de construir que un niño sería capaz de hacer un ingenio capaz de volar el planeta en pedazos...


    Aquella noche tuve pesadillas espantosas. Había fajos de billetes de cien dólares que caían del cielo y que, al caer, levantaban el mortal hongo atómico sobre la Tierra. Había truenos horribles que dejaban sordos a los hombres. Nubes de bacterias venenosas que aniquilaban en un minuto a ejércitos enteros. Destrucción, muerte, aniquilamiento total. Y vi a Vázquez corriendo y riéndose a carcajadas. Y a Flips corriendo tras él con sus piernecillas sarmentosas desnudas, gritándole que se detuviera, que perdonase a los que aún quedaban. Y Vázquez se detenía apenas lo suficiente para volverse a mirarle y a sacarle la lengua. Luego tomaba una especie de proyectil en sus manos y se lo lanzaba a Flipps. Y el proyectil estallaba debajo del viejo, con un ruido sordo que me despertaba.

    Me volví en la cama inquieto, con la retina llena de las imágenes del sueño. Los ojos de mi mujer me estaban mirando. Tampoco ella dormía. O tal vez es que se había despertado con alguna pesadilla, como yo.

    —¿No dormías? —le pregunté.

    Ella negó con la cabeza. Parecía espantada. Y me preguntó a su vez:

    —Lucas, ¿qué será de los chicos?
    —Bueno, mujer, no te inquietes. Ya sabes, desde hace diez años estamos viviendo con la guerra fría esa. No hay razón para...
    —Pero Flipps dice...
    —Déjale que diga lo que quiera. El no conoce la cuestión. La gente no quiere la guerra. No puede haberla si la gente no la quiere, ¿no te parece?
    —Debería ser así...
    —Además, Vázquez es un tontorrón de siete suelas. No será capaz de sacar nada en limpio. El se cree que con un centenar de cuartillas llenas de números y de dibujos ya tiene el secreto de la vida y de la muerte. Pero luego no ha de saber ni siquiera descifrarlo. ¡Si no hay quien sepa de números!

    Yo mismo no me creía lo que estaba diciendo, pero tenía que tranquilizar a Julia, al tiempo que tenía que tranquilizarme yo mismo...

    —Verás —le dije— el día menos pensado, tenemos a Vázquez de regreso, con el rabo entre las piernas. Los yanquis del Pentágono se darán cuenta de que es un insensato como pocos y le darán el pasaporte de vuelta.
    —¿Y... si no es así?
    —Lo será, Julia, lo será...


    XV


    Flipps pareció calmado en los días siguientes. Pero Julia me contaba que se hacía leer de cabo a rabo todas las noticias de política internacional de los periódicos. Y yo tuve ocasión de comprobar que había arreglado nuestro transistor —cómo lo hizo es algo que nunca sabría explicar— de tal modo que consiguió captar las emisoras norteamericanas y soviéticas. Cada día, al volver a casa —porque había decidido volver todos los días, desde la marcha de Vázquez— me lo encontraba en su sitio de siempre, junto a la tapia, recibiendo los últimos rayos del sol. Pero la diferencia consistía en que ahora llevaba pegado al oído izquierdo el auricular de nuestro transistor, que jamás abandonaba.

    Yo tenía miedo de preguntarle de qué trataban aquellas noticias que escuchaba. Tenía como el convencimiento de que, si no le preguntaba, no pasaría nada. A veces nos ocurren cosas así. Al menos, a mí me han ocurrido a menudo: creemos que, por el simple hecho de ignorar las cosas que pueden suceder, éstas no sucederán, como si nuestra voluntad o nuestro miedo tuviera algo que ver con el desarrollo de los acontecimientos ajenos.

    De todos modos, sólo con mirar aquel rostro arrugado de Flipps, ya tenía bastante para saber si se encontraba tranquilo o si por el contrario, había escuchado o leído alguna noticia que le había inquietado. Entonces, cuando se sentía inquieto precisamente, era cuando venía a mí y me preguntaba sobre aspectos de la política internacional en los que, casi siempre yo lograba tranquilizarle.

    —Oiga, Lucas... ¿y eso de Cuba?

    Se lo explicaba a mi modo que, si no era demasiado ortodoxo al menos —yo estaba convencido de ello— se ajustaba bastante a la realidad. Luego me preguntaba sobre Fidel Castro, sobre Kruschef sobre Erhardt, sobre De Gaulle, sobre los políticos que habían sido y sobre los que actualmente estaban en el poder. Yo no podía darle más que opiniones personales, pero supongo que, a través de ellas, Flipps comenzaba a hacerse una idea de cómo andaba a trompicones la frágil política mundial.

    Un día no me preguntó nada. Vino a mí muy serio y me dijo:

    —Oiga, Lucas, ¿sabe una cosa?
    —Si usted no me la dice...
    —Claro, ustedes necesitan que les digan las cosas para saberlas, a veces lo olvido. Bueno, verá... He encontrado dos hombres que se aproximan bastante a nuestra concepción del mundo.
    —¡No me diga!... ¿Entonces no todos somos unos salvajes? Tendré que felicitarme.
    —No tan de prisa. Uno de ellos murió asesinado. El otro se pudre en las tierras más salvajes de África.
    —¿Y quiénes son, si se puede saber?
    —Mahatma Gandhi y el doctor Schweitzer... ¿Les conoce?


    XVI


    Habían pasado quince días y no había señales que permitieran suponer ninguna alarma de las que tanto parecía temer nuestro amigo Flipps. La prensa publicaba la ratificación de un tratado entre el Este y el Oeste para colaboración Espacial; la visita de un líder neutralista a Washington y Moscú; el apaciguamiento de la tensión en las Antillas y en el Sudeste Asiático; la retirada de Cascos Azules de la zona de fricción entre israelíes y árabes: mas una serie de noticias sin importancia: un nuevo estrangulador en Londres, gamberrismo organizado en los Estados Unidos, fusilamiento de estraperlistas en la Unión Soviética y una larga serie de atropellos y ahogados en las playas. Ah, también venía en esos días de mediados de agosto la noticia vieja de nuevas apariciones del monstruo del lago Ness; sin duda, la Gran Bretaña estaba falta de turistas y explotaba de nuevo el truco.

    En vista de la tranquilidad del ambiente, me decidí a iniciar el estudio de la civilización de la que procedía Flipps. Me procuré primeramente una buena colección de fotografías hechas en las últimas expediciones a las altiplanicies peruanas de Tihuanaco y Marcahuasi, que me proporcionó un antiguo condiscípulo que trabajaba en un archivo fotográfico. Eran treinta o cuarenta fotos espléndidas, con las que yo me las prometía muy felices, haciendo que Flipps me descifrase sus misterios.

    Cuando se las enseñé, el viejo las estuvo mirando durante unos instantes sin comprender de qué se trataba. —¿Pero... qué es esto?

    Yo iba a responderle, pero al mirarme, él mismo se dio cuenta de lo que yo le había traído. Una sombra de tristeza pasó por las arrugas de su rostro y volvió a mirar las fotografías, diciendo casi para sí mismo:

    —¡Es cierto!... ¡Cómo no me habré dado cuenta antes!...

    Una tras otra, las fotografías fueron despertando sus recuerdos dormidos. A medida que yo le mostraba los lugares en el mapa, Flipps fue dándome cuenta de qué significaban aquellas carreteras en la altiplanicie; los muros inmensos que parecían construidos por titanes.

    No éramos titanes —me dijo— únicamente conocíamos el modo de ionizar la materia, de tal modo que actuábamos sobre las piedras con una fuerza antigravitatoria que las conducía al lugar donde queríamos instalarlas... Estas construcciones correspondían a los observatorios de transmisión espacial. Desde ellos se estaba en constante contacto con las naves que surcaban el hiperespacio... algo así como ustedes con la radio, sólo que con unas longitudes de onda mucho más pequeñas y, por tanto, más penetrables...

    —¿Y las figuras de hombres y animales grabadas en la roca? Dice Daniel Ruzo que sólo son visibles durante los solsticios.
    —¿Aún se conservan?... —meditó un instante—. Parece mentira cómo se cambian los significados. Esas «figuras» eran monumentos erigidos cerca de las bases espaciales a nuestros primeros cosmonautas... Estaban grabadas en la roca para que fueran visibles precisamente en los aniversarios de las gestas que iniciaron nuestra era de conquistas interplanetarias.
    —Oiga, Flipps, pero entonces, si ustedes poseían tales conocimientos, esa ciencia debió perdurar mucho después de su guerra. Total, creo yo... Algunos más se encontrarían en el espacio, lo mismo que usted...

    Flipps movió negativamente la cabeza.

    —Nosotros habíamos llegado a la Luna, a Venus y a los restantes planetas del sistema solar. Desde las estaciones espaciales, todos volvieron a la Tierra. En cuanto a mí, verá... Conmigo se realizaba un nuevo experimento. Nunca nadie había sido enviado tan lejos... Yo era el primero... y fui el último.

    Mientras hablaba, con un bolígrafo iba completando armónicamente las construcciones derruidas, que iban así tomando su forma primitiva, armónica y bellísima. Yo contemplaba aquellos dibujos que iban completando la armonía de las formas arquitectónicas y, al mismo tiempo, la mente se me llenaba de preguntas atolondradas, que pugnaban por salir.

    —¿Y en la Luna... y en los demás planetas... dejaron ustedes sus bases espaciales?
    —Naturalmente... Y allí siguen, sin duda... Estaban preparadas para admitir pasajeros en cualquier época y en cualquier momento... Contienen aire para que veinte personas vivan allí durante cincuenta años. Y alimentos que todavía pueden ser comidos. Bien, alimentos... Quiero decir, pastillas, como las que me sirven a mí... ¿Quiere una?

    Me la dio a probar. Sabía a tantas cosas que no sabría desentrañar su gusto. El me decía:

    —Una sola de estas pastillas basta para proporcionar al cuerpo la alimentación que necesita durante las veinticuatro horas del día...

    Un inciso: aquella noche me fue imposible probar bocado. Tuve que confesarle a Julia lo que había hecho y ella, por toda respuesta, me dijo:

    —Tú, con tal de probar porquerías...

    Y me obligó a tomar una taza de manzanilla.


    Poco a poco, mi ensayo comenzó a tomar forma. Y digo poco a poco porque me parecía lentísimo el avance, a pesar de que en poco más de quince días estaba la cosa lista para ser pasada a limpio y presentada a un editor o a donde quisiera. Sin embargo, era tal mi impaciencia y tan apasionante cuanto Flipps me iba contando de su mundo perdido, que los considerables avances diarios me parecían siempre poco y cada día habría querido saber el total.

    A pesar de todo, como les decía, a fines de agosto tenía un material precioso en notas, fotografías «completadas» y mapas en los que habíamos situado con gran aproximación los emplazamientos de las ciudades, el trazo de las pistas, los campos de experimentación nuclear y todo cuanto constituía el núcleo del mundo atomizado de Flipps.

    El mismo, con un pulso digno de un muchacho, dibujó con bastante exactitud una serie de objetos y de aparatos cuyo significado escapaba a mis conocimientos, pero que según él eran el núcleo de su civilización.

    Apenas hacía caso de Julia. Apenas me daba cuenta de que los chicos, a fuerza del sol y de la vida al aire libre, iban pigmentando su piel hasta adquirir el color del tizón. En esos días no me daba cuenta de nada. Vivía en un estado de sobreexcitación extraña durante el cual mis pensamientos estaban siempre fijos en lo que estaba haciendo y mi voluntad me impulsaba a ir cada vez más de prisa.

    A primeros de septiembre —hacía veinte días que Vázquez se había largado —estuve en condiciones de traerme la máquina de escribir de casa y comenzar a redactar lo que yo ya sabía de antemano que iba a ser la bomba en la historiografía. En los breves ratos que cesaba de teclear, veía con claridad que estaba en posesión del secreto histórico más importante de todos cuantos pudieron hacerse. Estaba en posesión del auténtico eslabón perdido de la historia de la Humanidad. ¿Lo dudan ustedes? Miren esto:

    El origen de la Tierra se remonta a cinco mil millones de años.

    Los primeros indicios de vida aparecen hace dos mil millones de años.

    Los primeros restos propiamente humanos se encuentran en pliegues de hace un millón de años. Pero el hombre llamado moderno por los antropólogos aparece hace veinticinco mil años.

    Cuando se descubren los conocimientos que poseían los egipcios hace cinco o seis mil años, esos conocimientos parecen proceder de una lenta asimilación de culturas anteriores. Pero esas culturas anteriores, ¿dónde están? Los historiadores y arqueólogos, fiándose únicamente de lo que pueden tocar y ver, pasan por alto la existencia de pilas eléctricas en los museos de Bagdad; pasan por alto la existencia de carreteras en épocas en las que ellos mismos afirman que se desconocía el uso de la rueda. Atribuyen a escondidas causas de origen religioso cuantos fenómenos son incapaces de resolver.

    ¡Y yo tenía en mis manos la solución de todos aquellos fenómenos, la explicación lógica y verdadera de cuantos misterios no había resuelto la historia! Tal vez lo que yo Iba a mostrar no sería tan terrible como lo que Vázquez estaría a estas horas enseñando a los chicos del Pentágono, pero era tan importante como aquello y —ese era mi consuelo— bastante más inofensivo.

    Precisamente estaba pensando en esas cosas, con los dedos doloridos de tanto teclear a la máquina, cuando Julia golpeó suavemente con los nudillos en la puerta del cuarto en que me había encerrado.

    —¿Puedo pasar?...

    La pobre de mi mujer se había acostumbrado a no interrumpirme, después de dos voces fuera de tono que le di y de las que estaba absolutamente arrepentido. De todos modos, como me había encerrado por dentro, para evitar fe los chicos, me levanté para descorrer el pestillo. Julia estaba al otro lado de la puerta.

    —Mira lo que ha traído el cartero...

    Tomé de sus manos una postal. La fotografía era una vista aérea del edificio del Pentágono. Al otro lado, con sello de los Estados Unidos, unas letras de Vázquez:

    «Queridos amigos: Estoy trabajando en esta casucha. Los yanquis son buenos chicos y cualquiera diría que yo soy una especie de non plus ultra para ellos. He rechazado dar conferencias en las principales universidades americanas por orden expresa de los generales que tengo a mis órdenes. Dicen que no es bueno que, por ahora, salga de aquí. Hay un montón de trabajo. Por lo que veo, andan bastante retrasadillos. Los científicos no comprenden lo que les cuento, pero me hacen caso, porque tienen órdenes expresas de hacérmelo. Ya os escribiré más largo y tendido. Os quiere y no os olvida, Vázquez.»


    XVII


    Se acercaban los exámenes de septiembre y, en la clase de Historia, estábamos dedicados de lleno al repaso activo de toda la materia. Esto suponía que yo tenía que estrujarme muy poco el cerebro en aquello. Me limitaba a preguntar a uno y a otro y a aclarar un par de puntos oscuros que hubieran quedado sobre aquel árido tema de la Restauración.

    Remigio, el portero, me interrumpió un día para decirme:

    —Don Lucas, que ahí afuera le espera un señor que quiere hablar con usted...
    —Que aguarde hasta que termine la clase..
    —Ya se lo he dicho, pero dice que es urgente...
    —¿Le ha dado su nombre?...
    —No, señor, pero parece extranjero.
    —Dígale que espere, de todos modos...

    Cuando terminó la clase, me encontré con un hombre alto como una espigada y flaco como un fideo. Tenía unos pelos también como fideos, por lo rubios. Y ocultaba sus ojos tras unas gafas parecidas a un antifaz. Yo creo que, a la primera mirada, me midió totalmente.

    —¿Don Lucas Izquierdo? —me preguntó con el acento extranjero que ya me había avisado Remigio.
    —Sí, señor, ¿qué quiere?...

    Tenía ganas de saberlo porque, en mi fuero interno, estaba convencido de que aquel tipo venía a hacerme un contrato, a pesar de que mi libro aún estaba por terminar. Le seguí por el jardín del colegio hasta un rincón libre de chicos y nos sentamos en un banco de piedra. El tipo miraba en torno suyo como si pensase descubrir espías detrás de los árboles. Luego, sin hablar, sacó de su bolsillo una especie de carnet de identificación y me la pasó tan rápidamente por las narices que no tuve tiempo más que para reconocer su fotografía —sin gafas— y las siglas C. I. A. Luego era efectivamente, un agente secreto. Su cara no engañaba. Lo que engañaban eran sus palabras.

    Porque lo primero que me dijo, con voz misterios de espía de película de Hollywood fue:

    —¿Qué le parece el cambio de tiempo?
    —¿Cómo?...
    —El tiempo, que ha cambiado...
    —Bueno, pues sí, ha cambiado... Hace más calor, ¿qué?
    —Pues eso...

    El espía se pasó un pañuelo de hierbas por el cuello, aunque no sé para qué, porque su delgadísima humanidad debía de ser incapaz de sudar. Luego siguió preguntándome:

    —¿Usted es amigo de Manuel Vázquez?
    —¡Ah, vaya!... De modo que era eso... Sí, soy amigo suyo...
    —Muy bien... ¿Y sabe usted a qué se dedica?
    —Pues mire, hasta hace veinte días, a dar clases de física en este colegio. Luego se marchó a los Estados Unidos. Mire precisamente he recibido estos días una postal...

    Se la enseñé. El la ojeó por ambos lados. Y volvió ¡fijar su antifaz en mis ojos.

    —Su amigo, ¿qué ideas políticas tenía?
    —Era dinerista fanático —contesté sincero.
    —¿Qué partido es ése? ¿Comunista?
    —No, no dinerista... El era de quien le diera dinero... Ustedes los yanquis se lo dieron y él se fue con ustedes...
    —Bien, pero antes que... mi gobierno, alguien pudo haberle comprado sus... descubrimientos.
    —No creo.
    —¿Por qué no lo cree?
    —Pues porque... —me mordí la lengua, porque había estado a punto de decirle a aquel tipo toda la verdad, pero logré contenerme—. Porque yo sé que hacía muy poco tiempo, tal vez sólo días, que había terminado sus investigaciones privadas...
    —Luego trabajaba solo...
    —Pues sí...
    —Muy extraño...
    —¿Por qué?
    —Porque llegó a resultados que únicamente un numeroso equipo de personas de amplísimos conocimientos podría haber llegado.
    —Bien, pero es que Vázquez es... muy inteligente.
    —¿Y usted cómo lo sabe?
    —Porque le conozco desde hace muchos años.
    —Ya...

    El tipo se daba cuenta de que yo no le decía toda la verdad, pero no era capaz de forzarme a decir otra cosa. Tal vez, si...

    —¿Sabe usted por qué comencé a hablarle del tiempo?
    —Por bromear, supongo...
    —No. Porque ese cambio de tiempo lo hemos provocado nosotros, con la ayuda del señor Vázquez.
    —Ah, entonces es que sus inventos pitan, ¿eh?...
    —Sí, bastante... Oiga, señor Izquierdo, me gustaría visitar la casa de usted...
    —¿Mi casa? ¿Y por qué?
    —Su amigo, según mis informes, estuvo trabajando en ella durante los últimas quince días, antes de salir para los Estados Unidos.
    —¿Y qué?
    —Pudo dejarse algo importante...

    Fui tajante como nunca lo había sido.

    —No, señor. Mi amigo se lo llevó todo. Y es más, le advierto que no le consiento ni a usted ni a nadie que se inmiscuya en mi vida privada.

    El tipo aquél se levantó bastante corrido, pero no insistió. Nos despedimos fríamente y le vi alejarse hasta salir a la calle.


    Aquel día tendré que recordarlo mucho tiempo. Porque no fue únicamente la visita del tipo aquél lo que lo marcó, sino la tremenda desazón de Flipps cuando le encontré por la tarde en su acostumbrado rincón junto al sol poniente. Por cierto, que a aquella hora el sol ya se había retirado, porque yo había tenido que tomar un autobús posterior. Me entretuve después de la clase yendo a una editorial donde tenía un conocido para presentarle el manuscrito del primer libro que pensaba publicar, ya que lo que me había contado Flipps tenía materia para muchos volúmenes, a medida que fuera yo adquiriendo más datos que hoy me faltaban. Por eso volvía contento. Mi amigo —se llamaba Gualp y era catalán— me había prometido leer aquello inmediatamente y, apenas supo de qué trataba ya había comenzado a interesarse:

    —¡Hombre, las antiguas civilizaciones preincaicas!... Eso es muy interesante, Izquierdo... No te preocupes, en un par de días... —calibró el volumen del manuscrito y repitió—: Sí, en un par de días está leído. Pásate por aquí el lunes.

    Por eso volví optimista. Y precisamente por eso también me sobresaltó más la actitud reconcentrada de Flipps, pegado al auricular del transistor y levantando hacia mí una mirada llena de miedo:

    —Lucas... iya está!
    —Qué está. ¿Flipps?... ¿Qué le pasa?
    —La guerra... ¿no se da cuenta?

    Di un bote y mis piernas comenzaron a temblar:

    —¿Cuándo?...
    —De un momento a otro...

    Así que no había estallado todavía, pero...

    —Pero dígame, Flipps, ¿de dónde ha sacado usted eso?
    —Indicios... Acabo de escuchar un boletín de noticias. Los americanos se han retirado súbitamente de la conferencia del desarme, precisamente cuando los soviéticos les estaban permitiendo decir todo cuanto querían...

    Comencé a tranquilizarme.

    —Bien, no se preocupe... Aún no está usted acostumbrado a esto de la guerra fría. Suelen pasar cosas así y, a los tres días se están dando nuevamente el pico...
    —¿Y esta otra noticia? Han suprimido la conferencia de prensa que tenía anunciada hoy. el presidente de los Estados Unidos...
    —Mire, Flipps... —le dije, procurando no enfadarme con él—. De veras, antes de imaginarse barbaridades, déjeme que opine yo, ¿eh?... Yo he nacido en esto y me lo sé. Y todas esas cosas que usted oye, ¡no son nada!...

    Flipps me miró muy serio.

    —Esas cosas no son nada en sí... Pero, precisamente, como no son nada y no obedecen en apariencia a ninguna razón, resultan doblemente peligrosas. Y usted será de esta época, ¡pero yo sé cómo ocurrieron las cosas en otra época que desapareció sin dejar el menor rastro!...


    XVIII


    En los días siguientes aumentó la inquietud de Flipps. Y aunque mi mujer y yo nos esforzábamos por no tomarle en serio, había llegado a transmitirnos sus agüeros. Las noticias de la prensa y de la radio, en apariencia al menos, eran incluso menos sospechosas que otras veces. Los comunicados del Este y del Oeste —sobre todo estos últimos— parecían sólo más críticos que de costumbre, como si sus portavoces hubieran sido especialmente adiestrados en la mayor incongruencia.

    Se hablaba de revisión concienzuda de las posiciones, de tiquimiquis incomprensibles sobre puntos sin importancia de este discurso o de aquella conferencia de prensa. El senado de los Estados Unidos aprobó un presupuesto extraordinario dedicado —así, en conjunto— a «investigación». Se abandonaron las continuas amenazas hacia el Sudeste Asiático y, súbitamente, Berlín pareció desaparecer del mapa de la política internacional, como si la ciudad y su problema no hubieran existido nunca.

    Por mi parte, hice un esfuerzo para borrar de la memoria la obsesión que Flipps me había transmitido y, llegado el día de la cita con Gualp, me presenté muy ufano en su despacho de la editorial, dispuesto a recibir sus parabienes y a discutir los términos del contrato de edición.

    Gualp me hizo esperar un buen rato antes de recibirme. El tiempo suficiente para hacerme perder la paciencia. ¡Hacerme esperar a mí, que le estaba proporcionando el éxito editorial de la temporada! Cuando su secretaria me dijo que podía pasar, lo hice pisando fuerte y dispuesto a hacer valer mis derechos.

    Pero Gualp me desinfló en un instante:

    —Bueno, Izquierdo, anda, cuéntame, ¿qué me has traído?
    —¿Cómo qué te he traído? ¿No lo has visto?
    —Precisamente. Por eso me extraña que me lo hayas traído a mí.
    —No te entiendo...
    —¡Claro, hombre!... Esto tenías que haberlo llevado a una colección de ciencia-ficción.

    Y comenzó a abrir el libro por aquí y por allá, destrozando sistemáticamente toda mi obra.

    —Esto no tiene rigor histórico. Esto no son más que una serie de hipótesis que tú, no sé por qué, las das como seguras... ¿Y las pruebas?... Sí, sí, es muy bonito, está muy bien entramado, pero se cae por su base. Si yo te publico esto, se nos echarían encima como lobos, ¡pues no lo están esperando!...
    —¡Pero si eso es cierto!...
    —Vamos, hombre, esa afirmación no te la crees ni tú... ¿Cómo va a ser cierto? ¿Dónde tienes las pruebas?

    Podría habérselo dicho, pero tenía que contenerme. Me limité a hacer la defensa por el lado del convencimiento:

    —¿Pero tú no ves que todo tiene su razón?... ¿Tú conoces lo que han dicho todos los que estuvieron allí? Hablan de esto, de aquello, pero nadie sabe a qué corresponden los misterios con que se han encontrado. En cambio, aquí lo tienes todo explicado, de cabo a rabo, ¿no?... ¿Dónde falla?

    Gualp se señaló con un dedo la cabeza.

    —Aquí... Falla todo, en tanto no se puede comprobar. ¿Dónde están los restos de los observatorios?
    —¡En las fotografías!...
    —¿Y cómo sabes que son observatorios... ¿O cómo sabes que las figuras de Nazca son pistas de aterrizaje?... ¡Vamos, hombre, eso es absurdo!... ¿Cómo pudo haber una civilización perdida hasta tal punto?...
    —¿Y cómo se quedaría la nuestra si hubiera una guerra atómica?...
    —Quedarían... ¡Pero deja ya lo de la guerra atómica!... ¿No ves que eso no es más que tu excusa?
    —¿Cómo mi excusa?...
    —¡Naturalmente!... Tú tienes que justificar que no haya quedado nada y te inventas bonitamente las explosiones nucleares. Ahí es donde fallas, amigo... Ahí es donde se nos carcajearían si publicásemos tu cosa...
    —No se nos carcajearía nadie, Gualp...
    —No, desde luego que no... No se nos reirá nadie, porque yo, desde luego, esto no te lo publico...

    ¿Ustedes han visto alguna vez un perro con el rabo entre las piernas? Bien, pues precisamente ése era yo, cuando salí a la calle, después de mi entrevista con el cretino de Gualp. ¡Que me hiciera eso a mí! Yo podría haberle demostrado todo cuanto hubiera querido, ¡pero no me daba la gana, entienden ustedes! Yo quería que a mí se me creyese por mí, por lo que yo había descubierto por mi propio esfuerzo. Yo demostraría que tenía razón, que mis afirmaciones eran auténticas, que mis estudios no tenían nada de ciencia-ficción, ni de invento, ni de falta de información. Yo demostraría...

    Pero, de pronto, me puse a pensar seriamente en aquello. Seriamente, creo, por primera vez. Volví inconscientemente la oración por pasiva y traté de ponerme en el lugar dé Gualp, al que había tratado de cretino integral. ¿Qué habría hecho yo en lugar suyo? Probablemente lo mismo. O peor. Porque yo he sido mucho más cerrado siempre a cualquier supuesto que no pudiera ver claramente con los ojos.

    Y sólo tenía un medio para demostrar todo cuanto decía: descubrir a Flipps y su nave espacial. Sólo que, si lo hacía... Si lo hacía, la cosa podía ser infinitamente peor que ahora. Porque Flipps sí sabía las cosas que Vázquez se había limitado a copiar como un papagayo.

    Y, aún así, aún copiándolas sin saber lo que hacía —poco más o menos como había hecho yo, pero en un campo bastante más peligroso— los resultados comenzaron a aparecer en la prensa. Lo vi al entrar en el jardín del colegio y encontrar a mis colegas pendientes de la radio del portero. El locutor estaba transmitiendo un boletín de noticias en el que lo que antes me habían parecido apenas cosas curiosas comenzaban a convertirse en hechos amenazadores. Al parecer, había tenido lugar una sesión borrascosa en la sede de la O.N.U. El delegado de una nación sudamericana había denunciado públicamente que sus tropas habían sido atacadas en plena selva con pequeñas armas atómicas por guerrilleros procastristas. Esta denuncia supuso inmediatamente la negativa tajante por parte de las naciones del bloque oriental, las cuales, a su vez, pidieron una inmediata investigación sobre la autenticidad de los hechos denunciados. El delegado del país sudamericano había abandonado la reunión y le había seguido inmediatamente el delegado norteamericano. El cisco armado en el interior de la asamblea debió de ser épico.

    Inmediatamente, el locutor anunció que la flota del Caribe se había puesto en ruta para bloquear todas las posibles entradas de armamentos atómicos en la pequeña república. La Unión Soviética anunció que diez barcos bajo su pabellón no abandonarían la ruta hacia ese mismo lugar, donde tenían que descargar mercancías. Varios líderes neutralistas propusieron la inmediata convocatoria de una conferencia de jefes de gobierno para dilucidar las diferencias que hubieran podido surgir. Los Estados Unidos se habían negado, siguiendo lo que ellos llamaban su política de no conferenciar mientras los ánimos no estuvieran calmados. El boletín terminaba con la incógnita de los barcos soviéticos navegando hacia las aguas bloqueadas por los destructores americanos.

    Luego, vino una sección de anuncios comerciales, con la defensa a ultranza de los mejores detergentes y el anuncio de las drásticas rebajas de unos almacenes que cerraban por reforma.

    Habían terminado los diez minutos de descanso y los compañeros seguían discutiendo.

    —Bah, nada. Luego, agua de borrajas...
    —Pues mira cuando el otro bloqueo, si no estuvo en un tris.
    —Cuando dos no quieren, el otro se calla, déjate.
    —¡Si se tienen miedo los unos a los otros!...
    —Ahí está el caso. Los dos están equilibrados —esto lo decía Díaz, mi compañero de historia, que había hecho su tesis sobre historia contemporánea—. La balanza no puede romperse en estas circunstancias, ¿no comprendéis?

    Yo ya no sabía nada. No me atrevía a hablar. Díaz habría tenido razón apenas diez, quince días antes; pero ahora... Yo ya no sabía de equilibrios, conferencias ni desarmes. Yo sólo sabía que Vázquez se había llevado allá unos secretos que habrían puesto los pelos de punta a cualquiera.


    XIX


    Debo advertir en este instante que yo he sido incapaz, de chico, de aprender a ir en bicicleta. Cuando era estudiante, mis compañeros intentaron alguna vez enseñarme a manejar un «scooter» y tuvieron que desistir. Y hoy en día, aún suponiendo que ganase lo bastante para permitirme el lujo de comprar siquiera un «seiscientos», no podría hacerlo, porque me siento totalmente incapaz de conducir cualquier vehículo.

    Otro sí. Soy enemigo de cualquier deporte que no sea el ajedrez o la brisca. Cuando he visto en los noticieros a los esquiadores lanzándose por las pistas nevadas a cien kilómetros, o a los nadadores cubriendo largos como locos, se lo juro a ustedes, me ha entrado una especie de cosquilleo en la espina dorsal que me hacía perder el equilibrio en la butaca del cine.

    Otro sí. Carezco totalmente de conocimientos mecánicos, físicos y matemáticos, como ustedes habrán podido comprobar a lo largo de lo que les vengo contando.

    Vistas atentamente las anteriores declaraciones, será fácil de comprender la especie de agarrotamiento de nervios que me dio cuando Flipps me llevó una de aquellas noches hasta el garaje y me dijo:

    —Voy a enseñarle el manejo de la nave, Lucas.
    —¿Cómo?...

    Creí que Flipps bromeaba, pero ciertamente nunca hasta entonces le había visto tan serio y convencido de cuanto decía.

    —Pueden ustedes necesitar de ella, conviene que sepa usted qué hay que hacer...
    —¡Pero Flipps, eso es... absurdo!
    —No tanto...
    —¡Sí, tanto y más!... ¡Completamente absurdo! ¿Cómo voy a meterme con mi familia en ese... cascarón? Además, suponiendo que... hubiera que hacerlo, para eso está usted, ¿no?...

    Flipps negó con la cabeza.

    —Mire, Lucas... He estado haciendo cálculos... Si ocurre lo peor, que yo me temo que va a ocurrir, la nave tiene aún combustible suficiente para llegar a las bases lunares, siempre que el peso no exceda de ciento sesenta kilos. Caben, por lo tanto, usted, su mujer y sus chicos...
    —¿Y usted?
    —Yo ya he vivido bastante. Pero usted tendrá que aprender cómo se maneja esto...

    Flipps iba a meterse por el escotillón, cuando aún le interrumpí:

    —¡Pero espere un momento, Flipps!... ¿Y qué narices íbamos a hacer los míos y yo en la Luna? ¡Si allí no hay atmósfera, ni nada de nada!...
    —En la Luna están intactas nuestras bases. Dentro de las cúpulas hay oxígeno suficiente para respirar usted y su familia un centenar de años por lo menos... Y hay almacenes de alimentos y todo cuanto pudieran necesitar... Podrían resistir allá arriba hasta que la radiactividad hubiera dejado la Tierra y, entonces, volver...
    —¿Y... si se ha estropeado todo? ¡Han pasado quince mil años desde entonces!...
    —Aunque hubiera pasado un millón, da lo mismo... Aquello estaba preparado para cualquier eventualidad.

    No tenía modo de negarme. Las razones eran sistemáticamente rebatidas por otras mucho más potentes. El cerebro me funcionaba a toda velocidad, pensando en todo aquello que podía ocurrir y lo que, de hecho, estaba ocurriendo. Y todo, ¡todo!, me parecía tan absurdo, tan fuera de lugar, tan de espaldas a la realidad que yo había estado palpando día a día desde que tuve uso de razón, que ya no me servían razonamientos, ni hechos, ni suposiciones al uso de la vida corriente. Se trataba de una situación límite en el límite del entendimiento.

    Seguí a Flipps al interior de la nave. La volví a ver, con la misma ignorancia con que la contemplé el primer día que entré en ella, pero ahora... ¡ahora, contra toda razón, debía enterarme de cómo funcionaba aquel artefacto!... ¡Y tal vez tendría que hacerlo funcionar!

    Allí, dentro de la nave que, a su vez, estaba dentro del garaje, me dio el vértigo. Me imaginé volando a la velocidad de la luz por el firmamento, sin gravedad, sin encima y debajo, sin atmósfera a mi alrededor, ¡sin nada! y sentí que me desvanecía.


    Recobré el sentido minutos después, en la misma nave. Flipps me estaba aireando el rostro con las palmas de sus manos.

    —¿Está mejor?
    —Sí, sí... —contesté inseguro.
    —Entonces, vamos a empezar.

    Bueno;., bien pensado... Al cabo de cinco minutos me di cuenta de que me había comportado como un cretino integral. Efectivamente, el manejo de aquel armatoste era sólo cuestión de nada. Quiero decir, que un chiquillo habría podido manejarlo. Porque, en realidad, todo era automático. Un botón y aquello se pondría en marcha. Y a esperar, simplemente, que aquello se acercase a la Luna. Cuando el trasto entrase en la zona de gravitación lunar, ¡pías! otro botoncito que había que apretar precisamente cuando una luz encarnada indicase la entrada en dicha zona. El botoncito haría que la nave descendiera sobre la Luna y que, automáticamente, entrase en las compuertas de las bases, ya preparadas a su vez automáticamente para que se cerrase y se llenase de aire. Luego, salir y a otra cosa.

    De pronto, todo aquel mundo insospechado, por obra y gracia de Flipps, se me hizo terriblemente familiar. Me sorprendí a mí mismo preguntándole:

    —¿Entonces, allí hay de todo?

    Como si ya estuviéramos a punto de emprender un viaje en el que, por supuesto, yo no creía. ¿Y cómo iba a creer en él? Si, al fin y al cabo...

    —Oiga, Lucas —me dijo Flipps, sin necesidad de que yo le dijera lo que estaba pensando—, yo comprendo que se encuentre usted con la sensación de que estamos creando una situación disparatada, no se lo reprocho. Tal vez, incluso, yo esté equivocado. Pero le advierto que, en el tiempo que llevo en... en su mundo, he aprendido a conocer a su gente. Son ustedes salvajes y locos, no saben lo que se traen entre manos y merecen un escarmiento. Bueno, al menos yo pensaba eso cuando le conté a su amigo cosas que no debería haberle contado a nadie de esta época. Pero cometí un error y la suerte, por desgracia, está echada. No quiero que se pierda todo. Tal vez ustedes, si siguen las instrucciones que yo le he dado, sean luego los únicos supervivientes del planeta. Tal vez dentro de años sus hijos puedan volver a él y empezar de nuevo. Si fuera así, si ustedes llegan a la luna y ven desde ella la nube de polvo radiactivo que rodeará la tierra, enséñenles a sus hijos las consecuencias de la locura. Tal vez ellos sean el origen de una Humanidad mejor y puedan empezar de nuevo. Creo en ellos, aunque me llamen a veces «asqueroso marciano».


    Aquella noche, en la cama, le conté a Julia lo que Flipps y yo habíamos estado haciendo aquella tarde. Julia se sentó en la cama de un salto.

    —¡No pretenderás que yo me meta en eso!

    Traté de calmarla. Le dije que lo había hecho sólo por dar gusto a Flipps, pero que ni por asomo creía que fuera necesario llegar a tales extremos. Lo dije incluso con segundas, dando importancia a cosas que fingía que no tenían ninguna.

    —Además —le dije—, no pasará nada. Pero, si pasara... Bueno, yo creo que habría que echar mano a nuestra ascendencia árabe y decir lo que ellos, ¡que venga lo que Dios quiera!... Si morimos achicharrados, mala suerte...
    —Pero si nosotros no nos hemos metido con nadie...
    —¡Ah!... como que los que tirasen las bombas iban a saberlo. Además, aunque no nos las tirasen a nosotros, las radiaciones nos alcanzarían de todos modos. A lo mejor no nos moríamos de una vez, pero estaríamos radiactivados, ¿entiendes?, con la tripa llena de uranio de ese... Y nos moriríamos al cabo de un mes o dos... Bueno, yo ciertamente, por nosotros no lo siento tanto como por los chicos. Ellos, al fin y al cabo, no tienen la culpa...
    —¡Toma, ni nosotros! —exclamaba, asustada ya, mi mujer.
    —No, nosotros tampoco...

    Guardé silencio un instante. Y ella también. Yo aguanté, pero ella no. En su cabeza había ido pergeñando las cosas a su modo y, de pronto, sentí que me preguntaba:

    —Oye, y allí arriba, en la Luna, ¿quién hay?
    —Nadie...
    —¿Y cómo nos las íbamos a arreglar? ¿Solos?
    —Por lo visto están las cosas preparadas...
    —¿Y... tendríamos que estar mucho tiempo?
    —Bah, no pienses en eso... No ocurrirá. Duerme.

    Pero no durmió aquella noche. Estoy seguro de ello, porque yo tampoco pude dormir y la oí todo el tiempo darse vueltas y más vueltas en la cama.


    XX


    El veintitrés de septiembre les tocó el turno de examen a los repetidores del colegio. A las siete y media de la mañana tuvimos que estar ya, profesores y chicos —nosotros por acompañarles y echarles una mano si hacía falta— en una de las aulas de la facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria. Por supuesto, tuvimos que esperar. La acumulación de chicos y profesores se había hecho atosigante en el pasillo y Díaz y yo salimos al exterior, a tomar un momento el aire fresco de la mañana. La noche anterior yo me había quedado en Madrid y me había marchado temprano a casa, porque los últimos días habían sido francamente agotadores con los repasos finales, hasta el punto de que no me acordaba de la atmósfera de incertidumbre y fatalismo que se había creado en La Reliquia, con las noticias que, al parecer de Flipps, eran cada vez más alarmantes.

    Apenas salimos a la calle, nos hizo levantar la mirada el estruendo de una escuadrilla de cinco reactores gigantescos sobre el cielo. Cinco reactores con los morros pintados de color naranja.

    —¡Ya están en funciones!... —dijo Díaz.
    —¿Qué son?
    —¿No lo sabes? Los del morro naranja son las escuadrillas de reactores atómicos. Viajan de base en base, siempre en el aire, dispuestos a cualquier eventualidad...

    Me recorrió la espalda un repeluzno.

    —¿Pero es que pasa algo?
    —Ah, ¿pero no te enteraste?

    Me quedé pálido.

    —¿De qué me había de enterar?
    —¡Jolín, pues menuda venía la prensa de anoche!... Lo del bloqueo...
    —¿Pero qué? —casi grité.
    —Los petroleros rusos, que seguían avanzando hacia el Caribe, y los barcos de guerra que les lanzaron un ultimátum.
    —Pero eso era anoche...
    —Y esta mañana, a estas horas poco más o menos, tenían que entrar en contacto, a no ser que se hayan echado atrás...
    —¡Ostras!...
    —Y por lo visto, no tenían intención de volverse. ¿Sabes por qué?
    —No... —contesté, con un hilo de voz.
    —Porque todos querían ser unos machitos. El a ver quién aguanta más tiempo, como hacíamos nosotros en el colegio o en la piscina, bajo el agua...

    Díaz se encogió de hombros. Estaba tan seguro de que no iba a pasar nada que ¡se atrevió a respirar fuerte el aire fresco de la mañana!... Cinco minutos después, o tal vez menos, otros cinco bombarderos atómicos rasgaron el cielo sobre nosotros.

    —¡Vaya, otros cinco!...
    —¿No... no habrá un transistor por ahí dentro?...

    Había uno, precisamente detrás de nosotros, en manos —en oídos, diríamos mejor— precisamente de Cifuentes, que se había acurrucado como un mono en las escalinatas de la Facultad, en un rincón, para escuchar mejor. Nos acercamos a él. El levantó hacia nosotros una mirada angustiada y alzó el volumen del transistor, en silencio, para que pudiéramos escuchar mejor las noticias que estaba transmitiendo. En esos instantes, la voz emocionada de un locutor estaba diciendo:

    —«Según el comunicado que acaba de trasmitirnos en este momento la agencia Efe, los destructores de la Flota de los Estados Unidos se han visto obligados a torpedear el primer petrolero soviético que ha aparecido en aguas del Caribe controladas y prohibidas expresamente por el bloqueo ordenado el día de ayer por el Presidente. Según este comunicado, el petrolero soviético se ha hundido rápidamente, y el petróleo incendiado se ha extendido sobre el agua en un área de quince kilómetros cuadrados. Los demás petroleros...

    Las palabras siguientes fueron apagadas por el fragor De otros cinco reactores atómicos que volaban sobre nuestras cabezas, en la misma dirección. Cuando el horrible ruido se apagó, el locutor con el mismo tono tenso y emocionado estaba diciendo:

    »...fono rojo que une la Casa Blanca con el Kremlin. Se espera que, en esta grave situación, los dos jefes de gobierno lleguen rápidamente a un acuerdo. Por otra parte, el pentágono anuncia que todas las fuerzas de los Estados Unidos están en pie de alerta, dispuestas a cualquier eventualidad que pudiera presentarse...

    En ese momento nos dimos cuenta de que no estábamos solos en el graderío de la Facultad. Muchos estudiantes y profesores, incluso algunos bedeles, se habían asomado a la puerta y nos rodeaban en absoluto silencio, pendientes como nosotros de lo que estaba retransmitiendo la radio.

    «...rogamos por tanto a todas las emisoras que se mantengan en constante contacto con la Emisora Nacional, a la espera de cualquier nueva noticia que pudiera surgir con urgencia».

    La emisora comenzó a transmitir un programa de música. Y esa música fue, durante un instante, el único ruido que se pudo escuchar en el nutrido grupo que rodeaba el transistor de Cifuentes. Nos mirábamos unos a otros y, lo juro, nadie teníamos nada que decir. Porque en esa circunstancia sólo se podía escuchar; se había terminado el «arreglar el mundo» entre nosotros a costa de los políticos. No cabía más que esperar, nadie sabíamos qué. La musiquilla del transistor, desenfadada y discorde, daba una sensación de mayor soledad. Y nadie escuchó las palmas de un bedel que había asomado a la puerta y que gritaba:

    —¡Examen de geografía en el aula seis!...

    No había exámenes. No había nada ya, sino la espera y el grupo silencioso y las escuadrillas ensordecedoras que pasaban regularmente sobre nuestras cabezas.

    Pasado un corto instante —que se me había hecho largo como un día sin fin— la gente comenzó a hablar en voz baja y el pequeño sector junto a la radio de Cifuentes se convirtió en una fuente de murmullos de miedo, de esperanza, de alguna risa de muchacho que no había llegado aún a darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Sólo veían que nadie respondía a la llamada a examen del bedel, que a sus espaldas había levantado la voz para repetir la llamada. Miramos a Cifuentes, que se levantaba y bajaba prudentemente el volumen del transistor:

    —Vamos, chicos, vamos...

    Un rumor de débiles protestas y abucheos tenues siguió a la decisión del director, pero todos le seguimos al aula seis que había indicado el bedel. Todos, como si fuéramos a un entierro, entre alguna voz de muchacho disconforme:

    —¡Pero si va a estallar la guerra!...
    —Total, la geografía, dentro de nada...

    Aquellas voces inconscientes me producían repeluznos en la espina dorsal. Nos quedamos en el amplio pasillo, mientras los chicos iban entrando en silencio en el aula seis. Cifuentes conectó el auricular individual, para que el sonido no molestase. Díaz y yo, y los demás profesores del colegio, nos habíamos olvidado de los chicos que entraban al sacrificio y, como un solo hombre, rodeábamos a Cifuentes, observando cualquier cambio en su rostro. La puerta del aula se cerró y nos dejó fuera. Dentro se oyeron las voces de los cuidadores que tenían que vigilar la honradez del examen. Pero a nosotros no nos importaba. Nos importaba únicamente cualquier guiño del director, cualquier cambio en su expresión.

    De pronto, Cifuentes se quedó como transpuesto, con el cable metido en el oído. Nos acercamos a él, esperando que conectase fuerte la radio... o que dijera algo. Pero Cifuentes había abierto la boca, como si le hubiera dado un aire. Y Díaz le espetó, impaciente:

    —¿Bueno, qué, cono?...

    Cifuentes, vacilante, repitió como una cotorra tartamuda:

    —Otro... otro petrolero... hundido... Los rusos... han rechazado... el ultimátum... Habla el presidente... Dice que el honor... de la patria... que la paz del mundo... que el porvenir del hombre...

    Ya no escuché más. Ni creo que lo escuchasen los otros. Fue un segundo apenas. En el pasillo de la Facultad, Cifuentes se había quedado solo, repitiendo las palabras huecas que pedían la paz y anunciaban la guerra inminente.

    Salimos a la calle. No éramos los únicos. Se veía aquí y allá correr a alguien más sin rumbo fijo, como si buscase refugio y no supiera dónde.

    Me separé de los demás, corriendo. No me importaba ser profesor y que mis chicos —mis alumnos— estuvieran pasándolas canutas en un examen. Me importaba salvar la piel, sólo eso.

    Encontré un taxi libre y lo tomé:

    —¡A Torrelodones!... —le dije—. ¡Y de prisa!...

    El taxista no respondió. Estaba demasiado ocupado escuchando la radio que tenía instalada en el taxi y que estaba transmitiendo el fabuloso mensaje de paz del Presidente de los Estados Unidos al mundo entero. Un mensaje de paz que, en el viaje, se veía interrumpido cada minuto por el paso de los reactores atómicos sobre nuestras cabezas.

    —¡Eh, oiga, que nos pasamos!...

    En su ofuscación, el chofer del taxi se había pasado de largo. Tuvimos que hacer maniobra entre una fila numerosísima de automóviles que se dirigían locamente hacia la sierra cercana.

    Nos detuvimos ante la verja de La Reliquia. Me incliné sobre el taxímetro.

    —¿Cuánto es?

    Sólo entonces nos dimos cuenta de que el chofer había olvidado poner en marcha el contador. El hombre, nervioso, se volvió a mí:

    —Nada, amigo, nada... Yo me largo a buscar a mi familia y a llevármela a la sierra...

    Y aceleró el coche antes de que yo tuviera tiempo de insistir.

    Yo entré en el jardín. Flipps había sacado la nave espacial del garaje y estaba revisándola apresuradamente, mientras los chicos, más contentos que unas pascuas, se dedicaban a meter en ella los escasos paquetes que Julia les iba dando. Al verme, mi mujer me gritó:

    —¡Corre, cámbiate de camisa!... Nos... nos vamos...

    Yo sabía que había venido a marcharnos. Y la mirada de Flipps lo confirmaba sin apelación.


    XXI


    Hace tres semanas que nos encontramos en la estación lunar y desde ella termino de escribir este relato. El viaje fue excelente, mucho mejor y más rápido de lo que yo había imaginado. No hubo mareo y sí la expectación de los chicos, que eligieron sus trajes espaciales de juguete para hacer el viaje.

    Mis últimos recuerdos de la Tierra, los que nunca podré olvidar mientras viva —y me temo que lo que me quede de vida lo voy a tener que pasar debajo de esta cúpula transparente— será el rostro radiante de Flipps mientras le decíamos adiós con la mano antes de cerrar la portezuela de la nave... y los puntitos blancos de los hongos atómicos con que fue cubriéndose rápidamente la Tierra.

    Desde hace tres semanas, la imagen del planeta es borrosa. Todo él está cubierto por una nube de polvo radiactivo que impide distinguir la forma de mares y continentes.

    Probablemente no queda sobre el planeta un solo ser vivo. Probablemente, Julia, los chicos y yo somos los únicos sobrevivientes del desastre.

    Aquí hemos encontrado cuanto podríamos necesitar para subsistir. Las pastillas de comida han comenzado a sabernos buenas. Incluso a Julia, que se pasó tres días sin querer probarlas y alimentándose de tres chorizos de Olvega que había recogido de la despensa para el viaje.

    Pienso que le debemos la vida a un hombre que nació hace quince mil años y no lo entiendo.

    Pienso que nuestro Mundo —visible desde aquí en su totalidad— se ha convertido en un planeta muerto... y no lo entiendo.

    Pienso que hemos de pasar la vida en este satélite seco y se me hace cuesta arriba hacerme a la idea. Tendré que comenzar uno de estos días a contarles a los chicos lo que ha ocurrido. Todavía no he tenido tiempo. Santi y Julito se pasan el día retozando entre los objetos cuyo uso no he logrado entender. No sé, a lo mejor trato de entenderlo todo y me vuelvo loco de remate.

    Ahora tengo que dejarles a ustedes. Ustedes no sé si leerán esto alguna vez, porque, desde aquí, no puedo distinguir si ha quedado alguien vivo en la Tierra. Tal vez lo he escrito únicamente para mí. O para los chicos.

    Pero perdónenme. Julia está llamando:

    —¡La comida!...

    Ya sé lo que voy a encontrar: unos platos de material plástico transparente. En cada plato, una pastilla de proteínas, otra de vitaminas, una cápsula de sales nitrogenadas y un cubito de agua concentrada. Sabe bueno y quita el hambre. Y, sobre todo, nos hace sentirnos vivos.


    FIN