• GUARDAR IMAGEN


  • GUARDAR TODAS LAS IMAGENES

  • COPIAR IMAGEN A:

  • OTRAS OPCIONES
  • ● Eliminar Lecturas
  • ● Ultima Lectura
  • ● Historial de Nvgc
  • ● Borrar Historial Nvgc
  • ● Ayuda
  • PUNTO A GUARDAR



  • Tipea en el recuadro blanco alguna referencia, o, déjalo en blanco y da click en "Referencia"
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Todas Las Revistas Diners
  • Todas Las Revistas Selecciones
  • CATEGORIAS
  • Libros
  • Libros-Relatos Cortos
  • Arte-Graficos
  • Bellezas Del Cine Y Television
  • Biografias
  • Chistes
  • Consejos Sanos
  • Cuidando Y Encaminando A Los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Paisajes Y Temas Varios
  • La Relacion De Pareja
  • La Tia Eulogia
  • La Vida Se Ha Convertido En Un Lucro
  • Mensajes Para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud Y Prevencion
  • Sucesos-Proezas
  • Temas Varios
  • Tu Relacion Contigo Mismo Y El Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005
  • CATEGORIAS
  • Arte-Gráficos
  • Bellezas
  • Biografías
  • Chistes que llegan a mi Email
  • Consejos Sanos para el Alma
  • Cuidando y Encaminando a los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Fotos: Paisajes y Temas varios
  • La Relación de Pareja
  • La Tía Eulogia
  • La Vida se ha convertido en un Lucro
  • Mensajes para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud y Prevención
  • Sucesos y Proezas que conmueven
  • Temas Varios
  • Tu Relación Contigo mismo y el Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Selecciones
  • Diners
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005

  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • L
    E
    E
    R
    D
    O
    N
    A
    R
    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL SECRETO DEL INQUISIDOR (Katherine Jinks)

    Publicado el miércoles, septiembre 13, 2017

    En el año 1321, Helié Bernier lleva una vida descansada como fabricante de pergaminos en la ciudad de Narbona, en el sur de Francia. Sin embargo, cuando ya menos se lo espera, su latente pasado le viene a visitar.

    Hace algunos años, Bernier, que ha conseguido ocultar su verdadera identidad, trabajó como ayudante del inquisidor de Tolosa, Bernard de Gui. Su función consistía en mezclarse con los sospechosos de herejía y denunciarlos ante las autoridades. De un lugar a otro, Helié pagaba así su pena por haber profesado, cuanto tan sólo era un adolescente, la herejía.

    Ahora, transcurrido un tiempo, las circunstancias le obligarán a retomar su antigua actividad. Deberá averiguar el paradero de un agente de la Inquisición desaparecido cuando intentaba desenmascarar a un grupo de beguinos de Narbona. En sus pesquisas, se irá encontrando con pistas falsas y una trama que se complica y se torna más compleja y peligrosa con el paso de los días.

    Desde su condición de hombre racional en un mundo que parece enloquecido por la superstición y la irracionalidad, el protagonista deberá llevar a cabo la misión que se le ha encomendado, sin perder de vista su obligación moral de revelar la Verdad.


    Extractos del diario de Helié Bernier de Verdun-en-Lauragais (alias Helié Seguier de Carcasona)
    Año 1321



    I
    El jueves después de la fiesta de Epifanía


    Aquí estoy bien situado. El sitio fue cuidadosamente elegido. Basta con estar sentado junto a esta ventana para que nadie pueda acercarse a mi casa sin ser visto.

    Comparto a uno y otro lado un muro con mis vecinos. El patio trasero de mi casa linda con la muralla de la Cité, y la fachada, que mira a poniente, da a un callejón conocido con el nombre de camino del Muñón, pues está truncado como un miembro amputado.

    Desde mi asiento junto a esta ventana diviso todo el camino del Muñón, así como un trozo de la Rué de Sabatayre, que se extiende a continuación. Son calles no muy frecuentadas por gente desconocida. Rara vez las enfilan los peregrinos, debido a que no existen asilos en las inmediaciones. Y los marineros y pescadores sienten preferencia por el suburbio de Villeneuve. El mercado Viejo no está muy cerca.

    Así pues, puedo decir que conozco la mayoría de los rostros que descubro a lo largo del día.

    Aquella cara de allí, por ejemplo, es la de mi inquilino, Hugues Moresi. Ha salido para ir a beber vino; volverá borracho y pegará a su mujer y yo haré como que no oigo nada. La mujer que está junto a la fuente es mi vecina meridional. Aunque no puedo verle la cara, la reconozco por su vestido rojo Genova y los adornos verdes de la capa. Está hablando con su marido, que acaba de volver del molino o de la panadería (lleva las botas manchadas de harina). El único desconocido a la vista se aleja camino de la Rué de Sabatayre. Tiene el andar propio de quien no está acostumbrado al gentío: intercala en sus zancadas de campesino algún paso vacilante al tratar de esquivar a viandantes más ágiles. Su camisola es de tela de Barcelona, con hilos carmesíes entretejidos con hilos de un rojo cereza intenso. Así pues, supongo que debe de venir de poniente.

    De todos modos, seguro que no es de aquí. No es Armand Sanche. Reconocería a Armand Sanche incluso de espaldas. Hoy lo he visto y lo he reconocido al momento, pese a que ahora tiene el pelo gris y la nariz rota.

    También él me ha reconocido. Se ha asustado al verme. Ha abierto mucho los ojos y ha vuelto la cabeza para el otro lado. Y enseguida se ha escabullido por la calle de al lado igual que una liebre. No sabría decir si ha venido de visita a Narbona o si ahora vive aquí. Aunque llevaba un jubón de esa tela parda que ha hecho famosa a la ciudad, hoy es fácil comprar tejido narbonés en cualquier parte del mundo. Pue-des vivir en Sicilia y vestir como un burgués de Narbona.

    ¿Qué hará aquí? Esconderse, sin duda. Si se ha asustado al verme es porque huye de algo. A lo mejor se ha escapado de la cárcel. A lo mejor lo han condenado a llevar una cruz amarilla y se la ha arrancado de la ropa. A lo mejor ha prometido dar con el paradero de alguno de sus compañeros herejes y detenerlos a cambio de la libertad. En ese caso habrá faltado a su promesa. Lo lleva escrito en la cara.

    A lo mejor ha conseguido burlar a los inquisidores; aunque lo dudo, siempre fue un mentecato.

    Recuerdo la última vez que nos vimos; de eso hará unos doce años. Fue en Prunet y faltaba poco para la festividad de la Candelaria. Dormimos en un establo con las ovejas y los bueyes. En parte fue por el frío y en parte porque nos escondíamos. Armand era una de esas almas candidas que abandonaron la sensatez para seguir a Pierre Autier, el famoso cura de los herejes cataros. Y yo lo imitaba lo mejor que sabía.

    —Helié —dijo mientras los dos estábamos tumbados en la paja, tratando de repartirnos una manta raída—, ¿has oído hablar de los malos espíritus a los «hombres buenos»?
    —Muchas veces —le repliqué.

    En realidad, los malos espíritus son uno de los temas favoritos de los curas cataros, conocidos también como «hombres buenos» o perfecti porque no comen carne, van pobremente vestidos y llevan una vida casta que ellos denominan «perfecta».

    —Dice Pierre Autier que el aire está lleno de malos espíritus que queman a los buenos espíritus —continuó Armand con su manera trabajosa de hablar—. Y eso es porque, cuando un buen espíritu abandona a un muerto, tiene ansias de encontrar otro cuerpo de carne para morar en él. Porque allí los malos espíritus no pueden quemarlo ni atormentarlo.
    —Sí, sí —dije con un bostezo—. ¿Ya qué viene eso?
    —Pues..., pues, ¿qué pasa cuando hace tanto frío como hoy? Si los buenos espíritus pueden arder, también se podrán helar, digo yo.

    Ya estaba acostumbrado a que Armand me hiciera preguntas de aquella clase. No iba a cometer la tontería de echarme a reír en sus narices ni de mofarme de él. Me abstuve de avisarlo de que las mentiras de los «hombres buenos» le costarían un día la vida.

    —La próxima vez que veas a Pierre Autier, pregúntale por los buenos espíritus —le contesté, y me soplé los dedos, que se habían convertido en diez carámbanos privados de tacto y de color.

    No creo que Armand volviera a ver nunca a Pierre Autier. A la mañana siguiente, se desplazó a Villemur para reunirse con su primo (que era también un perfectus fugitivo); yo, por mi parte, emprendí el camino del sur en busca de Pierre Autier. Aquel año él era mi presa; me interesaban mucho menos los creyentes insignificantes como Armand Sanche. Armand no era más que un pececillo al lado de la ballena que era Pierre... Y gracias a que era un pececillo, quizás había podido colarse a través de la red. No lo sé. Aunque perseguí al taimado Pierre hasta Belpech y prácticamente lo puse en manos de mi señor, aquel verano él acabó por encontrar su final mientras yo caminaba hacia las montañas. A Pierre lo quemaron, lo sé. Pero igual que pasó respecto a los destinos de sus muchos protectores y seguidores, a mí no se me dijo nada.

    Lo que sé seguro es que Armand Sanche ha venido a Narbona. Ha venido y no quiere que lo encuentren. A mí me parece muy bien, porque yo tampoco quiero que me encuentren; ha debido de figurarse que soy un fugitivo, como él. Pero no irá a ver al arzobispo para darle mi nombre, de la misma manera que yo tampoco daré el suyo. Así pues, no tengo que temer nada en lo que respecta a sus intenciones.

    Sin embargo, por desgracia, puedo temerlo todo de su falta de caletre. Prescindiendo de lo que haya podido hacer para recuperar (o conservar) la libertad, no la mantendrá por mucho tiempo, de eso estoy seguro. Un día lo cazarán y en-tonces confesará y mi nombre aflorará en los interrogatorios. ¿Cómo podría ser de otro modo? Entonces me arrancarán el disfraz, pese al esmero que he puesto en vestirlo lo mejor posible, y si las manos que me lo quitan son torpes, mis planes se podrían ir al garete. Tal vez me veré obligado a marcharme antes de despertar una atención que no deseo.

    Por eso deberé fijarme en todos los desconocidos que pasen por la calle y estar atento a cualquier solicitud insólita o a cualquier hecho que se salga de lo común que encuentre a mi paso. Mi memoria no es la que era y quizás en un futuro tenga que acudir alguna vez al pasado.

    Debo empezar de nuevo a centrarme en las lentas y minuciosas tramas que se despliegan ante mí.


    II
    El viernes antes de la Septuagésima


    Acabo de volver de la torre Capitolina, donde anoche dormí en la cárcel del arzobispo.

    Al parecer, se han confirmado mis peores miedos. El idiota de Armand Sanche ha vaciado el buche delante del inquisidor de Carcasona. Y ahora tengo que pagar su estupidez.

    Cuando llegó la citación yo estaba abajo, sacando de la tina más grande los pellejos de cabra con ayuda de un palo. Por eso oí la respuesta que dio mi aprendiz en la puerta de entrada y supe enseguida que había problemas a la vista. Jamás había venido a verme ningún cura de San Sebastián. Aunque me confieso allí tres veces al año, no soy tan caritativo como para merecer un trato tan considerado.

    Reconocí al momento la voz de Anselm Guiraud, uno de los canónigos, que preguntaba por mí. Y cuando mi aprendiz replicó que iba a buscarme, oí otra voz, ésta con acento catalán.

    —Dile a tu amo que venga enseguida, bajo pena de excomunión —declaró.

    Me complace decir que mis facultades no me han abandonado del todo. Mis miembros se movieron más rápido que mis pensamientos y me apresuré a atrancar la puerta que separa la bodega del taller.

    —¡Un momento, por favor! —grité mientras trataba de recuperar la carta de mi señor. Daba la afortunada casualidad de que me encontraba en la habitación donde la tengo escondida normalmente, por lo que sólo tuve que desplazar el tonel y levantar la losa—. ¡Sólo cuelgo ese pellejo! —dije.

    A juzgar por el aspecto del tonel, nadie habría dicho que podía levantarse tan fácilmente. Pero tiene un fondo falso colocado cerca de la boca y, aunque parece estar lleno de agua de cal, en realidad no contiene más que la que cabe en un cubo. Por tanto, moverlo fue cosa de un momento, pese a que soy bajo y ya no estoy en la flor de la edad. El catalán apenas había hecho oír su protesta cuando desatranqué la puerta tras guardarme la carta debajo de la ropa y devolver el tonel a su sitio de costumbre.

    —¡Ah! —exclamó el catalán en cuanto me vio—. ¡Tú eres Helié Seguier, el que fabrica pergamino!
    —El mismo —respondí.
    —Pues te reclaman en la torre Capitolina —declaró el hombre.

    Ese tipo en otro tiempo debía de hacer velas o, tal vez, toneles, a juzgar por las quemaduras que tenía en la cara y en las manos. Pero también «lucía» otras cicatrices, una en cada muñeca: las que dejan los grilletes de hierro. Las conozco bien. Con la misma claridad que si lo leyese en un registro de sentencias, me decían que aquel catalán era un nuncio o un mensajero que trabajaba para su antiguo carcelero. Era un hereje reformado, transformado en lacayo inquisitorial.

    Pero yo era un extraño para él y menos mal que era así.

    —Esta carta es una citación perentoria del hermano Jean de Beaune, el inquisidor de Carcasona —explicó el canónigo mostrando un documento en latín. Como no leo latín, lo rechacé al momento—. Como puedes ver, lleva su sello.
    —Avisa a tu mujer y vente ahora mismo —añadió el catalán, que lanzó una mirada a mi aprendiz, que no es más que un niño.
    —No tengo mujer. Ni hijos —le repliqué y me volví a Martin.

    Debo confesar que el chico no habría estado más asustado si de veras hubiera sido mi hijo y hubiera visto que apresaban a su padre; en realidad, yo me había ganado su fidelidad de manera muy fácil.

    El padre de Martin es Hugues Moresi, un buen inquilino mío, aparte de un diestro zapatero, honrado en sus tratos como el que más. Tiene, sin embargo, la mano pesada cuando ejerce su autoridad dentro de los confines de sus dominios. Y si es cierto que los castigos que administra a su mujer y a sus demás hijos no son de mi incumbencia, no podía tolerar que hiciera daño alguno a mi aprendiz, a quien yo pagaba. Y generosamente, además.

    Así se lo dije hará cosa de tres semanas. Y gracias a que se lo dije, Martin dejó de aparecer por mi casa con los labios partidos y los ojos amoratados; así pues, mis clientes dejaron de mirarme de reojo o de hacerme observaciones acerbas para que no me sirviese tanto de la vara si no quería lisiar al niño.

    El alcance de la gratitud de Martin por mi intervención se evidenció en la súbita palidez de su rostro cuando el catalán se me llevó de casa.

    —Cuelga los cueros restantes —le dije a Martin—. Y atranca bien la puerta y las contraventanas.
    —Sí, maestro.
    —Después subes arriba y raspas un poco más el cuero. Pero en cuanto merme la luz, te vas a tu casa. ¿Lo has entendido?
    —Sí, maestro.
    —Yo volveré. No temas.

    ¡Afirmación bien inútil! Si acaso yo confiaba en mi propia salvación, no supe transmitir aquella seguridad a Martin, que me vio partir como si no esperase volver a verme en la vida.

    No es mucha la distancia que media entre mi casa y la torre Capitolina. De camino pasamos por delante de San Sebastián, donde el canónigo me dirigió un mudo adiós desde la puerta. La bendición que me dedicó fue confusa, como si no supiera qué pensar. En cuanto se esfumó, el nuncio me cogió por el codo. Iba armado con un gran cuchillo que exhibía de manera ostentosa y que agarraba con más fuerza que la que yo esperaba.

    En realidad, no me había pasado por la cabeza la idea de huir. Sabía que estaba a salvo siempre que Jean de Beaune no me hiciera esperar demasiado.

    No lo había visto nunca. Acababan de nombrarlo cuando me fui de Tolosa, por lo que nuestros caminos no se habían llegado a cruzar. Pese a ello, yo sabía de su presencia en Narbona, puesto que conviene no perder de vista a los inquisidores. Hasta el tranquilo rincón donde yo vivía había llegado la noticia del juicio por herejía. Levantó cierto revuelo porque, por derecho, habría debido ser convocado y presidido por nuestro arzobispo. Sin embargo, quien empuñó las riendas fue Jean de Beaune, que vino nada menos que desde Carcasona para pisotear las prerrogativas de los ciudadanos de Narbona y ofender a la asamblea de hombres ilustres a quienes se llamó para ayudarlo en el juicio.

    Como lo sabía, me inquietaba que pudiera estar demasiado ocupado para interrogarme en un inmediato futuro.

    —¿Dónde está hoy Jean de Beaune? —pregunté—. ¿En el palacio del arzobispo o en el priorato de los dominicos?
    —¿Cómo voy a saberlo? —replicó el catalán, lo que me hizo ver que no era un hombre muy listo.

    Los carceleros listos procuran ganarse a las personas que tienen a su cargo, porque así pueden enterarse de muchas cosas. Pero a aquel catalán sólo le preocupaba su propia importancia.

    Abandoné, pues, toda esperanza de diálogo y me dispuse con mansedumbre a que me encarcelaran.

    El mur arzobispal fue para mí una novedad. Podría describir la torre como un murus largus; por ser pequeña y estar atestada, brinda pocas facilidades para el confinamiento solitario. La mayoría de los prisioneros se mueven de un lado a otro a voluntad, duermen allí donde encuentran un rincón disponible y reciben visitas a todas horas. En Tolosa y Carcasona, las cárceles inquisitoriales son diferentes. Disponen de pocas y pequeñas celdas en las que están encerrados y encadenados al muro algunos prisioneros. En la torre Capitolina no hay celdas de estas características y los internos sujetos con grilletes pueden, pese a todo y aunque sea lenta y torpemente, moverse de aquí para allá. Me chocó también que el carcelero y los oficiales fueran tan terriblemente corruptos. Mientras estuve bajo su supervisión pude percatarme de que cobraban no sólo por la comida y el vino, sino también por procurar mujeres. También tuve que pagar para gozar del privilegio de que no me sujetaran con las esposas más pesadas.

    No hace falta decir que había venido bien provisto de monedas y que se las entregué inmediatamente al carcelero. Es inútil querer conservar el dinero en la cárcel. Si no te lo quita el carcelero, te lo roban los otros prisioneros mientras duermes. Como lo sabía, di al carcelero del arzobispo una cuantiosa suma en el mismo umbral del mur, lo que me valió para que, a partir de entonces, recibiese un trato de calculada generosidad.

    Incluso me proporcionaron una manta; en el mur hacía mucho frío. No se permitían las hogueras y los muros eran gruesos, de piedra y estaban siempre húmedos. Por las grietas y los disparaderos de flechas se colaban heladas corrientes de aire. Pese a no estar inmovilizado por grilletes ni trabas, me agazapé en un rincón, arrebujado en mi manta grasienta, emitiendo nubes de vapor al aire fétido. Como mis demás compañeros reclusos, busqué otros cuerpos calientes en los que acurrucarme, porque la soledad no es condición favorable cuando se hiela la sangre.

    Así fue como conocí a mi primer beguino.

    He compartido muchas noches frías con muchos herejes asustados. Pero siempre fueron cataros que se habían pasado la vida perseguidos. La herejía es la casta a la que pertenecen la mayoría de los cataros, que desde que nacen aprenden a mirar a los curas como enemigos y a la Iglesia como la puerta del Infierno. Maman historias de martirio. Y aunque pueden ser arrogantes, también son resignados. Difícilmente se encontrará en ellos actitudes de temeraria valentía. Las olvidaron hace tiempo, porque su herejía es antigua y tiene profundas raíces en mi país.

    Sin embargo, los beguinos son diferentes, al menos eso es lo que deduje del que conocí. Mientras tiritábamos de frío en una frígida escalera, intercambiamos unas pocas palabras. Me dijo su nombre, y yo, mi alias. Se llamaba Pons y hablaba sin parar. Me pareció absolutamente insensato, ya que nada sabía de mis intenciones. (No sabía si yo era un espía y estaba allí simplemente para enterarme de sus secretos.) Pero era un ser arrebatado y tenía miedo, aparte de que estaba acostumbrado a hacerse oír; puede que sólo quisiera descargarse de sus miserias.

    Dejando aparte la causa de sus confesiones, me proporcionó noticias frescas acerca del juicio por herejía que se estaba celebrando y que no era otro que el suyo. Pese a que tales juicios suelen celebrarse en secreto, las incidencias de éste en particular se han divulgado en ciertos círculos debido a una agria disputa surgida entre los jueces. Pons me informó sobre ella con todo detalle. Parece que él y otros compañeros han sido acusados de difundir la doctrina que declara que Cristo y sus apóstoles no poseían bienes ni a título individual ni en común. Jean de Beaune ha condenado esta opinión por herética. Pero uno de los expertos citados a juicio contra los beguinos detenidos —lector del priorato franciscano de aquí, de Narbona— ha solicitado una demora. Ha declarado que, lejos de tratarse de una doctrina que hay que poner en duda, estaba definida como ortodoxa en la decretal Exiit qui seminat.

    —Ahora ese demonio que es Jean de Beaune le ha ordenado que se retracte —se lamentó Pons—. ¡Pese a que está claro que dice la verdad! ¡Salta a la vista!
    —Quizá —repliqué, aunque para mí era muy evidente.

    No sé mucho sobre la herejía de los beguinos, pero habría que estar ciego y sordo para no percatarse de que la pobreza de Cristo es ahora un tema que debe evitarse en público. Hace tres años que quemaron a cuatro monjes franciscanos en Marsella por tomarse demasiado al pie de la letra la creencia de la santa pobreza. Y después de éstos, en Narbona han quemado a tres por la misma razón.

    Es más que evidente que Jean de Beaune había urdido alguna de las suyas al nombrar a un franciscano miembro de la comisión asesora en el juicio. Hay muchos franciscanos que todavía miran con buenos ojos la pobreza evangélica, pese a que el Papa no simpatice con la idea. ¿Hay un medio mejor de desenmascarar a un hereje que hacer que él mismo se condene simplemente hablando?

    —Tu franciscano es valiente —observé con tacto.

    Esa afirmación me valió una arenga sobre el tema de los cristianos honrados y los embusteros seguidores del anticristo y sobre las razones que empujan a los monjes de santo Domingo a mamar de las tetas de la puta de Babilonia. En otro tiempo me habría preocupado de tomar buena nota hasta de la más ínfima de sus palabras a fin de poder repetirlas en una declaración jurada. Pero Pons era un hombre de suerte. Pasé por alto gran parte de lo que me contó. De hecho, me deslicé en el sueño mientras él seguía divagando sobre la regla de san Francisco, que equiparó al Evangelio de Cristo.

    Desperté unas horas más tarde para descubrir que estaba oscuro como una boca de lobo. Hasta Pons había sucumbido al sueño. Un mur es, de noche, un lugar desolado porque el silencio permite oír claramente cualquier suspiro, sollozo o gemido. Recuerdo que una vez, hace de eso mucho tiempo, luché con una creciente sensación de pánico tendido en el murus largus de Tolosa imaginando que se me acercaba a través de la oscuridad una manada de ratas. Fue antes de la llegada de mi maestro, por supuesto. Pero aquel recuerdo no contribuyó a hacer más grata la noche en la torre.

    Cuando llegó la mañana se me ocurrió pensar que me había hecho demasiado viejo para la cárcel. Cuando era más joven, nunca, por malas que fueran las condiciones que afrontase, se me envaraban los miembros ni me dolían las articulaciones. Pero estos últimos cinco años he acabado por acostumbrarme a las camas mullidas y a la buena comida. He perdido el aguante.

    Pensándolo bien, quizá debería hacer algo para fortalecer de nuevo los tendones, ahora que Jean de Beaune me ha encontrado.

    Y ya que hablo de Jean de Beaune, lo vi por la tarde, justo después de la hora nona. Tocaban las campanas de San Sebastián cuando me condujeron a la sala de guardia. Allí esperé un tiempo, solo, observando en silencio las cáscaras de nuez, huesos de fruta, botas viejas, montones de harapos, barriles vacíos y muebles destartalados con que el personal carcelario solía rodearse. Ya empezaba a preguntarme si también a mí me dejarían allí abandonado, enmolleciéndome como un corazón de manzana, cuando apareció de pronto Jean de Beaune acompañado de aquel mismo nuncio que había ido a buscarme a mi casa el día anterior.

    Llegó el dominico como una ráfaga de viento, acompañado de un portazo y de revuelo de hollejos y briznas de paja. Es muy bajo. Hasta yo soy más alto que él, si bien debo decir que mi modesta estatura siempre ha jugado a mi favor, ya que difícilmente alguien puede verme como una amenaza. Ya imaginaréis mi sorpresa cuando, al ponerme de pie, me encontré con que tenía que mirar a Jean de Beaune, que parece tener el mal genio propio de los hombres bajos, desde arriba. Me miró con severidad y, después, dirigió la mirada a su alrededor con creciente disgusto, puesto de manifiesto en los marcados rasgos del rostro.

    —¿Y eso qué es? —preguntó al nuncio—. ¡No es sitio adecuado! ¡Que venga el carcelero! ¡Ahora!
    —¿El carcelero? —preguntó el catalán—. Pero...
    —¡Ahora!
    —Antes de que... —interrumpí y fue tal la sorpresa provocada por mi atrevimiento que me dio tiempo a entregar la carta sin estorbo alguno—. Antes de que proceda a hacerlo, padre, quizá querréis leer esto.
    —¿Leer qué? —intervino Jean de Beaune, cogiéndola—. ¿Qué es eso?

    Al entregar el documento, indiqué el sello. Al verlo, el dominico frunció el ceño y los párpados. Tenía los ojos pequeños, inyectados de sangre, implantados demasiado cerca, pero al volverlos hacia mí pude advertir que eran penetrantes.

    Se quedó un momento estudiándome y, después de un atento examen, pasó a echar un vistazo a la carta, que le produjo una creciente sorpresa. Observé que el vivo color de su rostro palidecía y que su expresión hostil y aviesa cedía el paso a una disposición más abierta y comprensiva. De pronto se dirigió al nuncio.

    —¡Sal! —le dijo—.Aguarda fuera.
    —Padre, ¿estáis seguro? —El catalán me miró de refilón con desconfianza—. A lo mejor lleva un cuchillo.
    —¿Estás sordo? ¡He dicho que te vayas! —ladró Jean de Beaune.

    Con hosco silencio, el nuncio se retiró y cerró la puerta tras de sí.

    Después de que se fuera, hubo un largo silencio. Jean de Beaune leyó la carta por encima una vez más, como quien se resiste a creer lo que ven sus ojos. Se centró muy de cerca en el nombre de mi maestro, saltó al pie del pergamino, volvió a estudiar el sello y, entre tanto, se mordía el labio inferior. Al final, dijo:

    —Conozco a Bernard Gui. Conozco su letra.

    Estimé mejor no hablar.

    —¿Sabes leer? —prosiguió—. ¿Lees latín?
    —Latín no, padre —repliqué.
    —Así que no sabes lo que dice el escrito.
    —Me lo dijo el padre Bernard. Fui sirviente suyo muchos años. Él temía que mi pasado pudiera perjudicarme, pese a todas mis precauciones. Por eso me dio esa carta. —Indiqué con el gesto la hoja que Jean de Beaune tenía en la mano—. Ya veis que tenía razón. Mi pasado me ha perjudicado.
    —Un hereje de nombre Armand Sanche dio tu nombre —dijo el dominico—. ¿Lo conoces?
    —Sí.
    —Lo apresaron el mes pasado cerca de Quié y lo trajeron a Carcasona. Dijo que tú fuiste un tiempo seguidor de Pierre Autier.

    Incliné la cabeza y me quedé pensativo: Armand Sanche, el loco aquel.

    Lo que había sospechado.

    —Seguí a Pierre Autier —respondí—. Lo seguí hasta Belpech. Allí fue donde lo detuve.
    —¿No fuiste discípulo suyo?
    —No, padre.
    —Difícil de creer sin esta carta.
    —Sí.
    —¿Eres un fiel hijo de la santa Iglesia romana? ¿Crees que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo debido a la virtud divina durante la misa celebrada por los sacerdotes?
    —Sí, padre.

    Volvió a morderse el labio y se quedó pensativo. Me di cuenta de que estaba indeciso. No hay nada que deteste más un inquisidor que abandonar un juicio cuando lo tiene entre manos. Por otro lado, no podía negar la carta. Conocía la letra de mi maestro. Conocía el sello de mi maestro.

    No podía meterme en la cárcel sin ofender a mi maestro.

    —¿Ése es tu verdadero nombre? —dijo con brusquedad al tiempo que daba unos golpecitos con el dedo al pergamino—. ¿Helié Bernier de Verdun-en-Lauragais?
    —Eso mismo.
    —Pero te haces llamar Seguier.
    —He traicionado a muchos herejes, padre. Y algunos lo saben, pese a todos mis esfuerzos. No podía quedarme en las montañas ni en la región de Tolosa. Tuve que venir aquí y fingir que era otra persona.
    —Y si yo preguntara a Bernard Gui por Helié Bernier, ¿qué me diría?

    Era una pregunta inteligente e interesante. Hizo que mirara a Jean de Beaune con más respeto que hasta aquel momento.

    Era la clase de pregunta que habría formulado mi maestro.

    —Si preguntaseis al padre Bernard por Helié Bernier —repliqué imaginando la cara y voz de mi maestro— tal vez os diría: «¿Por qué me hacéis esta pregunta?».

    Hice esta última observación exactamente como la habría hecho mi maestro, con voz muy suave, rostro inexpresivo, pero mirada penetrante. Bastó para convencer a Jean de Beaune. Parpadeó tres veces y suspendió un instante el aliento.

    —¡Ah, sí! —dijo—. ¡Claro! Sí.

    Volvimos a mirarnos un momento más. Después, lentamente y a contrapelo, me devolvió la carta. Volví a guardármela entre las ropas y él frunció los labios.

    —No quiero que te muevas de esta ciudad hasta que yo haya hecho mis averiguaciones con Bernard Gui —declaró—. Haré que te vigilen, te lo advierto. No te vas a escapar.
    —No, padre.
    —Puedes haber engañado a los herejes, pero no engañarás a la santa Iglesia romana ni a sus leales y devotos siervos.

    Asentí con el gesto y Jean de Beaune pareció satisfecho. Llamó al nuncio y le ordenó que me pusiera en libertad. Y seguidamente me han echado a la calle, donde me he quedado un momento aturdido a causa del ruido y del sol.

    De regreso a casa, he tenido que inventar una historia convincente. No me ha costado. De haber estado en las montañas, me habría sido difícil explicar una estancia tan breve bajo la custodia de un inquisidor porque, después de muchas generaciones de traición, la gente de los Pirineos es muy desconfiada. Sabe que si te liberan al poco tiempo, por lo general tienes que pagar un precio.

    Pero los habitantes de Narbona no están tan acostumbrados a los inquisidores ni a sus costumbres. Mis inquilinos y vecinos se han contentado, al parecer, con la explicación de que todo se había reducido a una cuestión de error de identidad. Buscaban a un tal Helié Seguet y encontraron a un Helié Seguier. Eso, por lo menos, es lo que les he contado. Y parece que lo han aceptado, aunque no se mostrarán tan complacientes si ven que me vigilan con asiduidad y de una manera obvia.

    Quiera Dios que Jean de Beaune reciba pronto la confirmación de mis alegaciones. Quiera Dios también que Bernard Gui me deje en paz. Porque yo prefiero no volver a verlo.

    Es mi maestro y un gran hombre, pero prefiero que no me tenga en cuenta.

    «Escóndete», me dijo, y yo le obedecí... tal vez demasiado al pie de la letra.

    A ningún inquisidor le gusta que le engañen.

    Lo único que quiero es que me dejen tranquilo ¿Es mucho pedir después de tantos años de haberlos servido con tanta fidelidad?


    III
    Martes de Carnaval


    Habría debido sospechar cuando llegó el pedido. Normalmente lo hacen cada dos meses: una entrega regular al priorato de los dominicos de unas manos de pieles partidas (una veintena). Esta vez apenas habían transcurrido tres semanas desde el último pedido. Y no querían más que diez manos.

    Esto habría debido ponerme sobre aviso.

    Mi desconfianza iba mal dirigida. Había estado observando la calle, como de costumbre. Me había mantenido vigilante en mis rondas, buscando indicios, poniendo nombres a las caras, no bajando a la calle. Camino de La Moyale cargado con el pergamino, me he vuelto dos veces antes de llegar al puente Viejo y he repetido la maniobra en el Bourg, entre la plaza del Grano y la puerta de Lamourguier. Pero me he equivocado al buscar una amenaza oculta. Después de cinco años de espera del ataque inesperado, un ataque por la espalda, no me había preparado para el asalto frontal.

    He querido llevar el pedido personalmente, por supuesto. Martin es demasiado joven para transportar cargas valiosas fuera de las murallas de la Cité; habría temido por él y por la carga de haberme arriesgado a enviarlo. Sabía que esta vez no me pararían en ninguna de las puertas de la ciudad, que la amenaza de Jean de Beaune no era más que un conjunto de palabras huecas. De haberme estado vigilando de veras, no me habrían dejado poner los pies fuera de las murallas de Narbona. Los había puesto por lo menos en tres ocasiones desde nuestro encuentro; tal vez por esta razón no me he mostrado tan cauto como habría debido al acercarme al priorato de los dominicos. Había sido tan estúpido que había prescindido de Jean de Beaune. Me parecía menos peligroso que los atacantes desconocidos e invisibles que mero-deaban en mis sueños desde hacía años.

    He salido de casa poco antes del mediodía y he encontrado a poca gente después de cruzar la puerta de Lamourguier, donde he girado hacia la izquierda en dirección al río. He visto a cuatro campesinos que se afanaban con el arado. Me he topado con dos dominicos —una pareja de predicadores— enzarzados en una conversación camino del Bourg. Y he visto a un tintorero con las manos teñidas de amarillo a causa de la gualda. A ese hombre lo he observado con cautela porque me ha parecido que estaba fuera de lugar. Pero entonces me he dado cuenta de que iba acompañado de un niño y he comprendido que el tintorero probablemente estaba en su propia viña e instruía a su retoño sobre su mantenimiento.

    Mucho antes de completas he llegado al priorato, por lo que no había grupos de gente apiñada en la puerta de la iglesia, como habría sucedido de haberlo hecho al principio del servicio diario. Aunque tampoco me hubiera sido necesario abrirme paso entre la multitud, ya que mi destino no era la iglesia. En lugar de dirigirme a ella, he llamado a la puertecita que se abre al claustro, a los jardines y a los despachos. Y he esperado, porque estoy obligado siempre a esperar. A diferencia de su contrapartida franciscana, el priorato de los dominicos es remiso en lo que a franquear la entrada se refiere.

    Los franciscanos no se rodean de muros altos ni tienen un portero con cara de pocos amigos que guarde su recogimiento. Tengo la costumbre de dejar la mercancía en manos del portero que custodia la puerta de entrada, morosa descortesía con la que no me he tropezado en ningún otro lugar. Debo admitir que los hermanos legos son propensos a frecuentes estados de profunda insatisfacción debido a su condición de inferioridad en la jerarquía de la Iglesia. Como son gente de baja alcurnia y su educación es precaria, a veces los clérigos a los que sirven les tratan con desdén y no tienen forma alguna de mejorar su condición. Aun así, sería difícil encontrar a un hombre tan manifiestamente descontento con la situación que le ha tocado en suerte como ese portero dominico, cuya agria expresión debió de ser decisiva a la hora de elegirlo para repeler todo tipo de preguntas ociosas. Por lo general, acoge con mala cara mi llegada, me arranca la carga y me cierra la puerta en las narices. Si por azar sale de sus labios alguna palabra, me puedo dar por satisfecho.

    Podéis imaginar mi sorpresa al ver que hoy me ha acogido con gesto afable.

    —¿Eres el de los pergaminos? —ha dicho con su voz gruesa y áspera—. ¿Helié Seguier?
    —El mismo. Sí.
    —Entonces, entra.

    Y me ha abierto paso. Me he quedado boquiabierto. Entonces ha agitado, impaciente, su mano rechoncha.

    —¡Ven! —ha insistido.

    Aunque he cruzado el umbral, sentía que allí había algún error. Algo andaba mal. La voz de Jean de Beaune ha resonado en mi cabeza mientras yo lo buscaba, nervioso, tratando de mantener el paso del portero que, alto y con sus hombros derrumbados, se perdía delante de mí. En el más absoluto silencio hemos atravesado la huerta de la cocina, ahora rozagante con las siembras de primavera, y nos hemos introducido en una serie de pasadizos de piedra que comunican los dormitorios con la cocina y la biblioteca. La disposición del edificio es casi idéntica a la del priorato de Tolosa. Incluso el olor era parecido: un suave olor dulzón a hierbas, incienso y libros viejos. Los frailes, con sus hábitos de color blanco y negro, podrían haber sido sus hermanos de Tolosa trasplantados aquí. Se movían con la misma celeridad y el mismo silencio, volvían las caras exactamente de la misma manera.

    Pero ninguno era Jean de Beaune. Y ninguno me ha prestado la más mínima atención hasta que me han conducido a una pequeña habitación encalada e iluminada por una ventana abierta. El portero me ha indicado que me sentara en uno de los bancos de madera arrimados a las paredes y seguidamente se ha retirado. He oído sus pasos arrastrándose y perdiéndose cada vez menos audibles a través del pasillo.

    Sin soltar las manos del pergamino, he aguardado presa del miedo. El silencio era absoluto. He pensado que no hacía tanto tiempo que también había esperado en una habitación pequeña como aquélla (aunque más oscura, más desordenada) y cada vez me he sentido más convencido de que esta segunda vez esperaba al mismo hombre. Jean de Beaune había vuelto. Y Jean de Beaune me había atraído hasta su telaraña.

    Pasado un momento, se me han hecho audibles las tranquilas y a la vez vivas pisadas de unos pies calzados de cuero y el roce de una larga túnica de lana. He identificado por el rumor el andar apresurado de un monje. Pero nada me preparaba para la persona con quien me encontraría. Me esperaba a Jean de Beaune. Su cara se aparecía en mis pensamientos.

    Pero en lugar de él, me he encontrado delante de Bernard Gui.

    —Helié, mi querido hijo —ha dicho—. ¡Cuánto, cuánto tiempo!


    Jamás olvidaré el momento en que puse por primera vez los ojos en mi maestro. Fue en el mur de Tolosa. Yo debía de tener entonces unos dieciséis años. Era bajo, delgado y estaba encadenado como un buey. La celda donde estaba era oscura y húmeda, viscosa debido a las excrecencias y vegetación que en ella crecían. Mi pariente más próximo me dejaba morir de hambre; me pegaba y me había abandonado cruelmente. Incluso el último inquisidor me había abandonado. Había ido a Roma para defender el caso de un rico hereje que gozaba de importantes amistades y había muerto en Perusa poco después, dejando mi destino sin resolver. No me habían juzgado. No me habían condenado. Me habían olvidado, o eso me parecía a mí. Hasta mi tío y mis primos me habían olvidado y les importaba muy poco que me tuvieran encerrado en tan terrible lugar. Tras inducirme al error, me habían abandonado y habían huido a las montañas Negras antes de que también a ellos los encarcelaran.

    Durante dos años interminables, sufrí tormentos que no soportaría una bestia. El carcelero me despreciaba. Me cargaba con pesadas cadenas porque nadie lo había sobornado para que me las quitara. Me alimentaba de mendrugos y desperdicios porque a mi familia le tenía sin cuidado mi salud. Daba rienda suelta a sus frustraciones ensañándose en mis miembros desprotegidos. Y lo hacía todo sin miedo a represalias, puesto que no había ningún inquisidor que supervisase sus acciones.

    Pero entonces Bernard Gui fue nombrado inquisidor de Tolosa. No supe de su nombramiento hasta que se presentó ante mí, refulgente como una estrella con su deslumbrante hábito blanco y negro. Tendría entonces alrededor de cuarenta y cinco años y estaba aún en la flor de la vida. Era alto, esbelto y lleno de vigor. Su cara pálida y alargada, un tanto inexpresiva cuando estaba en reposo, se animaba gracias a sus ojos grises, grandes y penetrantes. Cuando los fijó en mí, supe enseguida que sus conocimientos eran inmensos y su discernimiento grande.

    —¿Quién es ése? —preguntó al carcelero.

    En cuanto supo mi nombre, el dominico frunció el ceño y sus ojos claros fulguraron de una manera muy curiosa, como si examinara un invisible documento. Cuando lo conocí mejor, supe que esto era precisamente lo que hacía, ya que poseía una memoria fuera de lo común y parecía guardar en la cabeza toda una biblioteca de textos y listas.

    —Helié Bernier no ha sido condenado al murus strictus —declaró—. Quítale los grilletes y que salga de esa celda. En cuanto pueda, revisaré su caso.

    Con tan pocas y simples palabras, Bernard Gui cambió mi vida. Aunque se retiró de inmediato para inspeccionar el resto de la prisión, su influencia seguía dejándose sentir. Como si toda ella se hubiera investido de propósito y dirección. Los reclusos no dependían ya del antojo del carcelero. Los guardias ya no blandían sus palos sin rebozo. Ahora sabían que Bernard Gui sólo toleraría el castigo corporal cuando él decretase que había que infligirlo.

    Exigía total obediencia y la imponía con mano de hierro.

    En cuanto a mí, mi vida mejoró de forma indecible. Ahora podía moverme de un lado para otro, hablar y hasta realizar algunas tareas con la esperanza de ganarme algunos mendrugos adicionales. Y lo más importante de todo era que ya no me sentía desesperado porque tenía la impresión de que mi vida ahora tenía un propósito. Me parecía que había encontrado en Bernard Gui a mi ángel guardián. Lo buscaba siempre y, cuando lo veía aparecer, procuraba agradarle. Como mi padre había muerto hacía mucho tiempo, tal vez buscase en él otro padre. Cualquiera que fuese la razón, mis pensamientos siempre giraban en torno al fraile vestido de blanco y negro. Rondaba a su alrededor. Solicitaba su bendición. Nada me complacía más que el sonido de su voz meliflua, quizás únicamente fuera la contemplación de su rostro bien modelado, solemne, vuelto hacia mí para mirarme.

    Impelido por tan apasionada devoción, habría hecho cualquier cosa para ganarme su aprobación. Por eso, cuando sorprendí a una de las prisioneras hablando de forma descuidada, no dudé en traicionarla a pesar de que ella no me había hecho daño alguno. Quiso la suerte que Bernard Gui me llamara ante su presencia sólo dos días más tarde. Me presenté ante él con la boca seca, portándole mi obsequio, lleno de vagas esperanzas y de una desesperada resolución.

    Me recibió en una estancia despejada en la que había un notario que escribía sentado ante un pupitre. El propósito del encuentro era simple: me interrogarían para juzgar el alcance de mi culpa a fin de que el castigo fuera proporcionado. El dominico me habló en lengua vernácula. Me preguntó mi nombre y dónde había nacido. Consultó un registro y me explicó que cierto sacerdote cátaro me había identificado como el guía que lo había conducido de un lugar a otro unos cinco años antes.

    —Ese hombre te bendijo a petición de tu tío —dijo Bernard Gui—. ¿Es así?

    Dije que así era. Confesé también que en otra ocasión había dado algo de pan y fruta a aquel mismo sacerdote cátaro. Y le describí mi remordimiento por haberlo hecho, si bien entonces yo no era más que un niño y obedecía los deseos de mi tío.

    —Me llevaron por mal camino, padre. —Ése fue mi triste lamento—. Sé que los «hombres buenos» están equivocados. La Tierra no es el reino de Satanás y nuestros espíritus no transmigran de un cuerpo a otro cuando nos morimos. No es malo matar animales ni comer carne, huevos o queso. Todo eso son mentiras. Lo sé ahora. Vos me habéis mostrado el buen camino.

    Seguidamente le hice el regalo de mi traición y lo puse al corriente de las palabras exactas que había oído no hacía más que tres noches de boca de una creyente catara que compartía conmigo un rincón de la cárcel. Bernard Gui me escuchó en silencio. Su mirada penetrante no se apartó un momento de mi rostro mientras yo hablaba y, en cuanto terminé, siguió mirándome con aire pensativo y expresión insondable. Dijo por fin:

    —¿Cuántos años tienes ?

    Arriesgué una suposición, puesto que ni siquiera ahora estoy seguro de la edad que tengo, y él enarcó una ceja.

    —Pareces más joven —observó—. Tu estancia en la prisión ha demorado tu desarrollo.
    —¡Oh no, padre! Siempre he sido bajo y débil —le aseguré—. Un inútil, como solía decir mi tío.
    —¿De veras? —Frunció sus ojos grises—. No estoy tan seguro de eso.

    Y pasó a preguntarme cosas sobre mi padre, mi madre y mi vida en casa —que no fue nunca muy grata—. Con ese procedimiento debió de deducir que no me unían unos lazos fuertes de fidelidad con aquellos que me habían criado y que, puesto que mis padres habían muerto, éstos no podían ejercer influencia alguna, ya fuera buena o mala, sobre mí.

    Y a continuación me dispensó de su presencia. A partir de entonces, sin embargo, me vi convertido en objeto de su constante atención, ya que en todo cuanto hacía contaba conmigo de manera harto evidente. Recuerdo que me pedía que le trajese cosas, se paraba a preguntarme sobre incidencias ocurridas en la prisión y a veces me daba libros para que los llevara a determinados sitios. Una o dos veces me llamó para hablar conmigo. Pero las conversaciones no fueron registradas y rara vez trató en ellas el asunto de mis desvíos heréticos. Bernard Gui, por el contrario, me hacía describir con gran lujo de detalles todas las poblaciones que había visto, la gente que había tratado en ellas y las penalidades que había soportado. Elogiaba mi memoria y me explicó cómo había que ejercitarla: tenía que tratarla como un miembro débil. Me hablaba con persuasivo acento de la fe religiosa y me explicaba que la verdadera piedad tiene que ir de la mano con la humildad.

    —El orgullo es la raíz de todo error —enunciaba—. El orgullo y la vanidad son los instrumentos del demonio. Allí donde veas herejía encontrarás hombres orgullosos que creen ser superiores a sus semejantes. ¿Acaso Cristo no lavó los pies de sus discípulos? ¿Cómo vamos a considerarnos, en lo profundo de nuestro corazón, por encima de los demás hombres? Aunque todo el mundo considerara que un hombre es grande, si él también lo pensara, jamás se salvaría. —Entonces, pareció escrutarme hasta el fondo de los ojos, y añadió—: Sé siempre muy cauto con el orgullo y el empecinamiento, Helié Bernier, porque llevan derecho al Infierno.

    Nadie, en mi opinión, había dicho nunca mayor verdad. Todos los malvados de la historia habían padecido el reconcomio de la vanidad, mientras que no hay santo que no sea verdaderamente humilde y que se rebaje cuando se estima. El propio Bernard Gui no tenía nada de orgulloso. Hacía siempre lo que le pedían, ya fuera el Papa o el Gran Maestre de su orden quien se lo ordenase. Trabajaba sin cesar y con devoción sin quejarse nunca. En caso de falsas acusaciones y cuando a consecuencia de ellas alguien había ido a la cárcel, no era tan orgulloso que no admitiera abiertamente que se había equivocado. Muchos inquisidores habrían preferido no hacerlo y dejar que un inocente sufriera las consecuencias antes que admitir que habían cometido un error de juicio. Pero mi maestro no se contaba entre éstos. Aunque inspiraba gran temor, no era agresivo ni inconsecuente. Su fama se fundamentaba en su formidable memoria, sus cualidades de administrador y su indefectible compromiso con la Iglesia de Roma. Perseguía la herejía con decisión fervorosa y unilateral; si pecaba en algo, era en las proporciones de la ira que le inspiraban los que habían sucumbido esporádicamente a la herejía. Ese aspecto no era tan visible en los primeros tiempos, pero fue haciéndose más evidente a medida que pasaba el tiempo.

    —Han buscado el perdón de Dios y lo han obtenido —me dijo una vez con acento de profunda contrariedad—. ¿Por qué vamos a rechazarlos si les han abierto el redil como a las ovejas descarriadas? Desafía cualquier razonamiento.

    Pero sólo con los años sintió la confianza necesaria para expresarse con tanta libertad en mi presencia. No fue hasta después de haberle probado mi valía y de haberlo servido con la misma lealtad con que él había servido a sus propios maestros. Para entonces ya compartíamos un vínculo único, desconocido por todos salvo por nosotros mismos. Pese a que sólo nos vimos dos veces en los últimos cinco años de mi servicio, nos entendíamos a la perfección. Y de todas las recompensas que recibí cuando me detuvieron e informaron sobre mí, ninguna valoré tanto como mis entrevistas secretas con Bernard Gui, siempre de noche, en total reclusión, acompañadas de un modesto condumio de pan y vino. Después hablábamos como yo no he hablado nunca con nadie ni antes ni después, no de los herejes que yo había perseguido, sino de cómo funcionaban sus mentes y de cómo funcionaban todas las mentes; del trabajo que hacían los perfecti cataros para ganarse el pan y de su influencia sobre la cuestión más amplia del comercio y la agricultura; de política, de piedad y del último rumor que corría en Roma y en Tolosa. Hablábamos hasta que las campanas llamaban a maitines, entonces mi maestro se sobresaltaba, parpadeaba y sonreía de aquella manera despaciosa y discreta, tan rara (y por tanto tan preciosa para mí) como el azúcar o el cinamomo.

    —Helié —me decía mientras intercambiábamos un abrazo de despedida—, me has sustraído una vez más de mis deberes. Ojalá dispusiésemos de más tiempo para hablar de esas cosas. ¿A quién más puedo abrir mi corazón como no sea a mi familiar secreto? Pero el deber me llama. Ambos somos esclavos de él. Y por nada en el mundo pondría en peligro tu seguridad.

    Después organizábamos con toda minuciosidad las circunstancias de mi siguiente misión, que me mantendría meses, si no años, ocupado. Sin embargo, en ocasión de nuestro encuentro final varió el procedimiento. Puesto que entonces supimos que había llegado el final de mi periodo útil, que los cataros que quedaban ya me conocían demasiado para que pudiera pasar inadvertido entre ellos. Finalmente, transcurridos diez años, ya no me quedaba nada que ofrecer.

    No puedo fingir hasta el punto de decir que lo sentí. En mi espíritu habían ocurrido ciertos cambios. Ya no era el muchacho que fui en otro tiempo y Bernard Gui debió de advertirlo. Aunque me colmó de elogios, me gratificó con toda suerte de halagos y me besó como un padre, sus ojos no se apartaron un momento de mi rostro como si buscase en él algo que no podía encontrar. Hasta que observó por fin:

    —Me parece bien que hayas abandonado tus antiguas tendencias, Helié. Tu expresión ya no es abierta ni libre de culpa. En otro tiempo, ésta era tu mejor baza, ahora tu expresión se ha cerrado y es como una casa llena de secretos. Has levantado un muro entre tú y el mundo y está empezando a notarse, me temo.

    Debo subrayar que ésta fue la única vez que me hizo un reproche en todos los años que estuve a su servicio. Ni siquiera cuando fui condenado, en público, en uno de sus «sermones generales», hizo ningún comentario sobre mis delitos. Fue poco después de la primera conversación privada que sostuvimos, cuando me condenaron a llevar cruces amarillas y a contemplar a tres herejes mientras ardían en la hoguera. Pese a ello, después me soltaron con su bendición y un conjunto de instrucciones precisas que quedaron grabadas en mi memoria. Y una vez terminada aquella misión (consistente en la captura de Pierre Autier), no obtuve de mi maestro otra cosa que los más lisonjeros cumplidos. Me respetaba, creo. Aunque no me amaba —ahora lo sé—, no hay duda de que respetaba mis cualidades. No quería arriesgarse a ofenderme ni a asustarme, por lo menos no hasta el encuentro final, quizá cuando ya pensaba que yo me estaba escabullendo más rápidamente de lo que esperaba.

    Pero ¿qué voy a saber de lo que pensaba y sentía? Si en los últimos veinte años había aprendido algo era que no se puede confiar en nadie. Si Bernard Gui no me había traicionado nunca, ¿qué prueba tengo de que no lo haría si la causa fuera suficiente? No hay hombre perfecto. Aquí es donde se equivocan muchos herejes, buscan la perfección en el hombre cuando sólo Dios es perfecto.

    Cierta vez confundí a Dios con Bernard Gui. Ahora tengo más años y soy más sabio... y también más cauto. He vuelto a doblar la rodilla, pero no por devoción ciega. Lo he hecho porque no había otra opción. Porque sólo un loco desafía a un inquisidor. Y porque ya voy teniendo demasiados años para llevar una vida de fugitivo, por mucha eficiencia que haya desplegado llevando esa vida en una época pasada.

    Y además de todo esto, cuando ha entrado mi maestro en aquella reducida cámara del priorato dominico, he sentido que me invadía una repentina debilidad que nada tenía que ver con el miedo ni la sorpresa.

    Era una debilidad del corazón, que siempre traicionará a la cabeza por muy preparadas que uno tenga las defensas.


    IV
    Primer día de Cuaresma


    Ayer no tuve fuerzas para terminar mi relato, así pues, debo continuarlo esta noche. Difícil dormir en todo caso. Y si tengo que encender una vela para mantener a raya a las sombras, ¿por qué no hacer algo útil con la luz?

    Esperé en el priorato dominico en una habitación vacía. Al oír cómo los pasos de Bernard Gui se acercaban, me levanté para enfrentarme con mi destino. Pero así que lo vi, sentí que me Saqueaban las rodillas y caí sentado bruscamente. Y después me puse a temblar a causa de la emoción.

    Mi maestro se dio cuenta de todo, por supuesto. Es un buen inquisidor.

    —Helié, mi querido hijo —dijo con su voz suave, musical—. ¡Cuánto tiempo!

    No ha cambiado mucho..., por lo menos en apariencia. Aunque ya ha entrado en la sesentena, se conserva bien. El hombre tonsurado no envejece como los demás, porque no es evidente en él la pérdida del cabello. El que autoriza su condición a Bernard Gui no se ha vuelto blanco, sino que permanece de color gris acero. Él todavía se mantiene erguido, aunque sus movimientos no sean tan rápidos y enérgi-cos como en otro tiempo. Si ha mermado algo la fuerza de sus miembros visibles, se le ha concentrado, en cambio, en los ojos.

    Su mirada se ha hecho más incisiva con los años. No vi evidencia alguna de merma de visión. Me examinó desde el otro extremo de la habitación y juraría que no le pasó nada por alto: ni el estado de mis botas ni las manchas de yeso de la túnica o la pequeña cicatriz que tengo junto a los labios. En los últimos años han aparecido algunas hebras grises entre mis cabellos castaños; estoy seguro de que las detectó. Y también, no lo dudo, que ha notado que se me ha cargado la espalda desde que me dedico a fabricar pergaminos y que se me han puesto ásperas las yemas de los dedos.

    No soy un ornamento terrenal. Es un contratiempo que acabé por aceptar hace muchísimos años. Pero jamás me había sentido tan pequeño, tan desvaído, tan insignificante como me sentí entonces, sometido a la apreciación escudriñadora de Bernard Gui.

    —Estás muy delgado —observó—, El aire de la ciudad no hace buenas migas contigo.
    —Estoy bien —gruñí cuando por fin encontré la voz para decirlo.
    —¿Lo estás? Eso espero. Te he tenido presente en mis oraciones, Helié.

    Cerró la puerta tras él y se adentró unos pasos en la habitación. Abrumado por su presencia, temí que pudiera sentarse a mi lado, como solía hacer durante nuestras largas conversaciones. Pero me conocía demasiado para dar un paso así. O quizá se había dado cuenta de que yo me había sentido terriblemente apocado de pronto. Cualquiera que fuese la razón, se mantuvo a distancia y se instaló en un banco a mi derecha.

    —¿Qué traes aquí? —preguntó—. ¿El pergamino?
    —Supongo que no lo necesitáis realmente —respondí.
    —Lo necesito y mucho. El bibliotecario me ha mostrado tu pergamino. Tiene una calidad soberbia, deberías sentirte orgulloso de tu pericia. Dominar un arte tan refinado después de tantos años de zapatero remendón..., pero no me sorprende: siempre dije que eras hombre de cualidades secretas.

    Enarcó las dos cejas como para dar mayor fuerza al chiste que acababa de hacer. La sonrisa que le dirigí como respuesta debió de ser forzada porque bajó la cabeza y volvió a estudiarme, como si pretendiera tomar nota de mis más leves rasgos.

    —¿Estás contento de tu nueva vida? —me preguntó—. ¿Te satisface tu existencia?
    —Sí, en cierto modo —farfullé.
    —¿No tienes mujer? ¿Ni hijos?

    Negué con el gesto. Aunque destelló un momento en mis pensamientos el rostro de Allemande, lo empujé con presteza hacia las sombras.

    —No —dijo mi maestro—. Eso mismo había pensado yo. Una esposa no te dejaría llevar esa túnica. Y menos ahora que tienes un oficio respetable. Hace tiempo que esa túnica conoció sus mejores tiempos, hijo mío... Deberías desprenderte de ella, depararle una muerte compasiva.

    Me palpé los faldones, pero no dije nada. Tenía razón. La túnica era una vergüenza en una ciudad como Narbona.

    —Tendrás que perdonarme si te he molestado, Helié —prosiguió sin sombra de ironía—. Me parece que no quieres que nadie te perturbe. Lo entiendo. Incluso me hago cargo. No habría intervenido si las circunstancias no me hubieran obligado a ello.
    —¿Qué circunstancias son ésas? —dije, forzando a que hablara.

    No estaba con el ánimo suficiente como para dedicarme a un intercambio de amenidades con Bernard Gui. Representaban una etiqueta ociosa que estaba más allá de nuestras intenciones; así había sido durante muchos años.

    Hizo un gesto de asentimiento a manera de concesión.

    —El hermano Jean me habló de ti —reveló—. Jean de Beaune.
    —Me escribió cuando se fue de Narbona y me confirmó todo lo que ya había oído contar sobre ti. Sus métodos son muy concienzudos. Es muy suspicaz, lo que no es malo en una época tan falaz como la nuestra.

    Me quedé en silencio. ¿Qué podía decir, después de todo? Si la época es falaz, mi maestro y yo hemos contribuido generosamente a aumentar la falsedad que la caracteriza.

    —Jean de Beaune siente un gran respeto por mi manera de trabajar —prosiguió mi maestro—. En consecuencia, se ha procurado familiares secretos por su cuenta. —Me dirigió una mirada furtiva, cortante como una hoja acerada—. Uno de ellos ha desaparecido.

    Por fin habíamos llegado al meollo del asunto. Lo comprendí de inmediato. Levanté los ojos y me quedé a la espera, mientras Bernard Gui iba eligiendo las palabras con gran precaución.

    —Este familiar había pertenecido en otro tiempo a la Orden Tercera de San Francisco o a los Pobres Hermanos de la Penitencia..., como prefieras llamarlos —dijo—. En otras palabras, un beguino. Se llama Jacques Bonet, de Béziers, ¿Has oído hablar de él?

    Volví a negar con la cabeza.

    —No. Está bien. No era un heresiarca, sino un simple devoto, aunque podía ser muy persuasivo.

    Bernard Gui calló de pronto al oír ruido de pasos que se acercaban. Para inmensa sorpresa mía, la puerta se abrió con un crujido y apareció el portero de expresión adusta con una bandeja en la que había dos copas y una botella de vino.

    —¡Oh, Henri! Gracias —exclamó mi maestro cuando el hermano Henri depositó ruidosamente la bandeja sobre el banco más próximo.

    Después, con un esbozo de reverencia (en realidad, más bien una sacudida de la barbilla), el portero salió de la estancia evidenciando con su trabajoso andar qué terrible imposición suponían para él encargos extraordinarios de este tipo.

    Bernard Gui lo estuvo mirando fijamente con rostro inexpresivo hasta que desapareció dando un portazo. Después se volvió hacia mí.

    —¿Un poco de vino? —sugirió.
    —No, gracias.
    —Había pensado que tendrías sed después de tan larga caminata. —Rozó con los dedos el cuello de la botella—. Antes solíamos beber vino cuando nos veíamos.
    —Continuad, padre, os lo ruego —respondí, tajante.

    Creo que le sorprendió. Pero ni se arredró ni se sintió ofendido. Por el contrario, tal vez se sentía complacido al ver que yo ya no exigía tantas amables observaciones ni pruebas de sumiso interés.

    Sin ellas, nuestros tratos podrían cerrarse con mayor rapidez.

    —Para eludir el castigo que había de reportarle su actitud herética, Jacques se avino a actuar por cuenta de Jean de Beaune —prosiguió mi maestro con viveza—. Se pensó que, como seguidor conocido que era, Jacques no tendría dificultad en buscar y descubrir a otros beguinos. Tal vez no sepas que ese rincón del mundo está infestado de esa clase de gente. Jean de Beaune los descubrió en Béziers y hasta en ciudades y poblaciones más pequeñas.

    Refunfuñé.

    —Es una herejía reciente, por supuesto —reconoció—. Así que es posible que no sepas mucho de ella. ¿Sabes algo?
    —Casi nada. —Barajé datos mentalmente e intenté recordar cosas que Pons me había contado en la cárcel y algunas que yo había averiguado por mi cuenta en Narbona—. Creen que Cristo y los apóstoles eran los pobres perfectos y que no poseían nada ni personalmente ni en común. Además, piensan que la regla de san Francisco corresponde a la vida misma de Jesús. Y que también el Papa, al permitir que los monjes franciscanos lleven hábitos largos y holgados y almacenen vino y grano para el futuro, ha caído en la herejía.

    Bernard Gui me escuchó con evidente interés. Cuando hube terminado, observó con brillo en los ojos:

    —Sigues teniendo atentos los oídos, Helié Bernier.
    —No sé nada más de los beguinos, padre. Salvo que odian vuestra orden por venganza.

    Mi maestro se encogió de hombros.

    —Odian a toda la Iglesia, salvo a los frailes de sus mismas convicciones —replicó—. Has de entender que su error es de raíz. Han acabado por creer que el Papa, los cardenales y prelados constituyen la Iglesia carnal, mientras que la Iglesia espiritual comprende únicamente a los Pobres Hermanos de la Penitencia y a aquellos que sirven a los pobres. Dicen que el Papa ya no puede nombrar obispos ni otorgar poder alguno porque ha caído en la herejía. Dicen que dentro de cuatro años, o tal vez de nueve, la Iglesia carnal será destruida y se derrumbará frente a la predicación del anticristo y que lo único que quedará serán unos pocos elegidos, los espirituales, pobres y evangélicos... Serán ellos, naturalmente.
    —Naturalmente —murmuré.
    —Y entonces, después del colapso de la Iglesia carnal y de la muerte del anticristo, los pocos «espirituales» que quedarán convertirán al resto del mundo a su fe. —Bernard Gui exhaló un trabajoso suspiro—. Otra vez el orgullo. Se creen superiores a los demás hombres, salvo quizás a san Francisco.
    —¿Y dónde encaja Pierre Olivi en todo esto? —pregunté, pues me había acordado de otro hecho que me tenía confundido—. ¿No se retiraron sus huesos del lugar donde reposaban en el priorato franciscano de aquí? ¿Fue a causa de los beguinos?
    —Sí —asintió Bernard Gui—. El fraile Pierre Olivi era su profeta. Su tratado sobre el Apocalipsis es su Sagrada Escritura. Se han servido de él para urdir muchas invenciones. Y lo reverencian de la misma manera que reverencian a san Francisco.
    —Así pues, ¿fue un hereje?

    Bernard Gui titubeó. Una vez más, parecía elegir con gran cuidado sus palabras.

    —Debes entender —dijo— que esos beguinos se extraviaron por culpa de sus propias quimeras. Mucho de lo que atribuyen a Pierre Olivi tal vez no sean palabras suyas. De la misma manera, igual que declaran que recibió sus conocimientos por revelación directa de Dios, no existen pruebas de que él reivindicara nunca tal cosa. —Mi maestro se dio unos golpecitos en los labios con un dedo en actitud reflexiva antes de proseguir en tono más firme y seguro—. Pero tenía ciertas opiniones poco fidedignas que fueron condenadas hace tres años en Aviñón por ocho maestros de teología. Es decir, estaba en el error, aunque antes de su muerte se retractó como mínimo una vez.
    —Pero después se exhumaron sus huesos.
    —Sí, se desenterraron, sí. Se habían convertido en meta de peregrinaciones. No era prudente alentar esa devoción. —Bernard Gui agitó la mano—. No puedo decirte dónde están sus huesos. Pero eso a ti no te importa. Basta con que sepas que Narbona, por diversos motivos, ha sido fuente del error beguino desde que nació la herejía. Y por eso enviaron aquí a Jacques Bonet, para que se ganara la confianza de cuantos beguinos pudiera descubrir.
    —Y entonces desapareció —concluí yo, que volvía a sentirme ansioso de descubrir qué papel, me correspondía en todo aquel asunto—. ¿Os referís a que huyó? ¿Rompió su promesa y renegó? Sé muy bien que ha ocurrido otras veces. Hay cataros arrepentidos que a veces no están tan arrepentidos como aparentan.

    Mi maestro hizo una mueca. No le ha gustado nunca que le recuerden los fallos de discernimiento que ha cometido.

    —Es posible —admitió—. Jacques puede haber huido. También puede ser que los beguinos hayan descubierto su secreto y lo hayan matado —dijo con una mirada comedida—. Sabes perfectamente que son cosas posibles.

    Ahora me tocaba a mí hacer la mueca. Volví el rostro y fijé la mirada en el suelo. Hubo un momento de silencio. Después, Bernard Gui siguió con su discurso.

    —Hace alrededor de treinta años que en Narbona se juzgó por herejía a una mujer llamada Rixende —me explicó—. Era beguina, más o menos. Una de sus seguidoras, Jacquette Alegre, se casó con un hombre llamado Guillaume Hulart. Ese hombre murió, pero su hijo, Vincent, es comerciante del Bourg. Al principio, Jacques adoptó el nombre de Vincent Hulart.

    Asentí.

    —Pidieron a Jacques que se confesara en Navidad con un sacerdote de la iglesia de San Pablo. Se esperaba que informara de sus actividades en la confesión. Pero no se presentó ante el sacerdote, a quien Jean de Beaune había puesto ya sobre aviso. —Un suspiro más—. Tenemos que encontrar a este familiar desaparecido, Helié. Necesitamos que tú lo localices.
    —Suponiendo que esté en la ciudad —completé yo la frase—. Si se ha ido, no puedo ayudaros. Ya no soy zapatero remendón ambulante.
    —Lo sé muy bien, pero es posible que sus amigos herejes sepan dónde ha ido. Porque si se ha escapado, habrá sido en connivencia con ellos. —Mi maestro hurgó en la bolsita que llevaba colgada del cinto y sacó un par de libritos—. Ahí tienes algunas de las obras que circulan entre esa gente —me explicó—. Una es una parte de la postilla de Pierre Olivi sobre el Apocalipsis. La otra se titula El tránsito del

    Padre Santo. Describe la muerte de Pierre Olivi y, como puedes ver, es muy breve. Los beguinos lo llaman: «El Padre Santo que no ha sido canonizado». Dicen que, en lo tocante a santidad y a enseñanzas, no ha habido otro como él.

    —No leo el latín —le recordé, echando una mirada indecisa a los libros.
    —Están traducidos en lengua vernácula. No puede ser de otro modo. Esa gente es inculta. —Por un instante fugaz asomó en el rostro de mi maestro una sonrisa despectiva—. No entregaría esos textos a cualquiera, hijo mío. Podrían decir que propago el error. Pero tu fe es sólida, lo sé. Tú no vas a extraviarte.
    —¿Queréis que los lea?
    —Como simple medida de protección.
    —¿Y que después busque a Vincent Elulart?
    —Lo que te dicte tu instinto. No te ha fallado nunca.

    Cogí los libros, que me parecieron algo grasientos al tacto, como si hubieran pasado por muchas manos. Me pregunté para mí cuántos beguinos se habían visto forzados a rendirse a ellos.

    —¿Cómo es ese Jacques Bonet? —pregunté.

    Los ojos de mi maestro centellearon como si revisasen mentalmente un registro.

    —Más bien alto —replicó—. Cabellos negros. Ojos verdes. Nariz grande. Cara marcada de viruela. La uña del pulgar de la mano derecha gruesa y retorcida.
    —¿No se ha encontrado ningún cadáver en la región que responda a esta descripción? Algún cuerpo que nadie haya reclamado y que haya aparecido enterrado en algún campo o hayan sacado de un río.

    Bernard Gui se encogió de hombros.

    —Lo averiguaré —prometió—. Entre el personal del arzobispado hay un tal Germain d'Alanh que hizo una o dos veces de inquisidor arzobispal. Intentaré que nos ayude.

    Puede preguntar en las iglesias y los hospitales. O en la milicia de la ciudad.

    —En Narbona hay una hermandad llamada las Buenas Obras de los Difuntos Pobres de la Cité.
    —Pues le diré que pregunte también en esa hermandad. Y que informe de lo que averigüe.
    —No directamente. —Me alarmé ante la perspectiva—. Que no se acerque por mi casa ningún inquisidor del arzobispado.
    —No, por supuesto que no.
    —Debe hacer un pedido de pergamino, esconder el informe debajo del tercer folio y devolver la mercancía. Puede alegar una reclamación cualquiera.

    Bernard Gui inclinó la cabeza. Siempre había sido así; pese a su rango elevado y a su extraordinario talento, jamás había puesto en entredicho mis deseos en materia de comunicación. Porque la conservación de mi nombre falso siempre había sido para mí asunto del máximo interés. Y sólo yo sabía qué debía hacer para conservarlo.

    —¿A quién debo presentar el informe? —pregunté a continuación—. ¿A vos? ¿A Jean de Beaune?
    —Supongo que a un sacerdote —replicó—. Cuando te confieses en Pascua.
    —No —respondí—. Pascua está demasiado cerca.
    —Pentecostés, entonces. ¿Dónde te confiesas normalmente? ¿En San Sebastián?
    —Sí.
    —Ya lo arreglaré, pues.
    —¿Y qué ocurrirá después? ¿Una detención en masa?

    Me miró con sus ojos grises, fríos.

    —Dependerá de ti —dijo.

    Bajé los ojos ante los suyos. Me había quedado sin aliento, me sentía acosado. Se me ocurrió pensar que durante la larga conversación que habíamos sostenido ni siquiera una vez se había dado la posibilidad de que yo me negase a cooperar. Y sin embargo, si me doblegaba a la petición de mi maestro, las consecuencias serían inevitables. En otros tiempos, cuando había actuado como informante suyo, siempre me habían detenido junto con otros compañeros herejes. Después se ponía una excusa cualquiera para proceder a mi posterior liberación: que me había escapado o que había sobornado a alguien para poder huir, o incluso que había salido bien librado con una sentencia clemente: puede que persignarme unas cuantas veces o llevar a cabo una peregrinación. Constantemente me había visto forzado a cambiar de nombre y de identidad.

    Había llegado a la conclusión de que si las cosas iban a peor, quizá tendría que abandonar Narbona. No entraba en mis deseos destacar entre mis vecinos como un traidor. Los herejes convictos casi siempre tienen parientes y esos parientes se vengan invariablemente de personas como yo.

    Aunque en Narbona tal vez las cosas ocurrían de otra manera. No parece que los narboneses conserven recuerdos tan antiguos como los que encuentro en mi tierra. En el país al que pertenezco se castiga a los hijos de los herejes por los delitos que cometieron sus padres y se les impide el acceso a cargos públicos o al disfrute de la herencia. No suele ocurrir así en Narbona, aquí no hay leyes de ese tipo. Los ciudadanos disponen de innumerables derechos antiguos en virtud de razones que no llego a entender. ¿Tendrá que ver con el arzobispo? Después de todo, Narbona es sede arzobispal de estas tierras. Si el vizconde de Narbona gobierna una parte de la ciudad, el arzobispo gobierna en la otra, es decir, ninguno de los dos puede hacer lo que se le antoje en la ciudad entera. Por eso los dos andan siempre a la greña. Y cuando los ciudadanos quieren algo, lo consiguen fácilmente de uno de los dos si el otro no está dispuesto a concedérselo.

    En una ciudad como Narbona, cuyos ciudadanos son tan orgullosos e insolentes, cuyo arzobispo siente tal avidez de ganarse a la población que a veces hace la vista gorda delante de la herejía, quizá sea más fácil pretender que se ha desafiado a los inquisidores con el dinero y el poder. Quizá sea más fácil mantenerse.

    —¿Adonde iré si me veo obligado a dejar Narbona? —murmuré de pronto, abrumado por una inmensa preocupación—. Si me tienen por traidor...
    —En Montpellier serías bien acogido, estoy seguro —observó Bernard Gui, que me miraba con gran atención—. Tiene universidad y en ella siempre habrá sitio para un fabricante de pergaminos. También podrías ir más lejos. A Marsella. A Aviñón.
    —Soltó una tosecita—. En caso necesario, te proporcionaré fondos suficientes para trasladarte. No te preocupes por eso, Helié.
    —Sí—dije, pero todavía me sentía cansado. Bajé los ojos para mirar el pedido de pergamino que aún tenía sobre las rodillas—. ¿Lo queréis?
    —Sí, claro. —Bernard Gui se levantó y se sacó una bolsita de cuero llena de monedas de debajo del hábito—. Cóbrate el importe de esa cantidad, si quieres.
    —¿El pago del soborno?
    —El pago del soborno, siempre y cuando sea posible comprar a esos idiotas. —Me dio la bolsita y cogió el pergamino a cambio. Nos pusimos los dos de pie, frente a frente, muy cerca. Olía a espliego—. ¿Hay algo más que quieras saber?
    —¿No tenéis más nombres? Nombres de beguinos.
    —Lamento decir que no. Sólo Vincent Hulart.

    Asentí.

    —Ándate con mucho cuidado, Helié. Si mataron de veras a Jacques, quizá corras la misma suerte. No te pongas en situación de peligro. —Reposó en mi hombro la mano que tenía libre, bajó la cabeza y buscó y retuvo mi mirada—. Si te sientes amenazado, vienes aquí —me instruyó—. No acudas al arzobispo ni al vizconde ni a ninguna iglesia. Vienes directo aquí. Yo hablaré con el prior y él dará órdenes al por-tero; si necesitas protección, tendrás siempre abiertas las puertas, de día y de noche.

    Dudé de encontrarla en un futuro si el desabrido portero debía ofrecérmela. Pero no dije nada. Me pareció por un momento que Bernard Gui escudriñaba las profundidades de mi cerebro con sus ojos inquisitivos. Después se inclinó hacia mí y me besó en ambas mejillas.

    —No te retendré más tiempo —dijo—. Me ha gustado volver a verte..., saber que sigues bien. Estaba preocupado por ti, Helié. —Me sujetó con fuerza el hombro—. La próxima vez que desaparezcas, no pongas tanto empeño en ello. ¿Cómo podría velar por mi servidor más preciado?

    Se quedó largo rato con los ojos clavados en mi rostro. Después se irguió, farfulló unas rápidas palabras de bendición y abandonó la habitación. Al poco rato, el hosco portero, el hermano Henri, me mostró el camino de salida entre gruñidos y sonidos inarticulados. Si hubiera venido de vaciar un cubo de excrementos en un montón de mierda, no se habría mostrado más áspero conmigo.

    Debía de existir alguna regla con respecto a la puerta exterior del priorato y sobre quiénes podían cruzarla. Sabía que los dominicos se atenían a muchas normas estrictas, pero me inclino a creer que si mi maestro no me acompañó hasta aquella puerta fue por otra razón. Tal vez me equivoque, pero quería demostrarme que estaba contrariado conmigo. A ningún inquisidor le gusta perder el rastro de nadie. Se enorgullece de tener siempre un ojo despierto.

    No debía de gustarle que su familiar se le escapase como yo me había escapado durante tantos años.


    V
    El último día de la primera semana de Cuaresma


    Esta mañana, Hugues Moresi, mi inquilino, ha ido a buscar un cura para que atienda a su madre. Pero su madre no ha muerto. Tampoco Hugues ha creído ni por un momento que estuviese en peligro de muerte. Simplemente le contrariaba que el cura fuera a su casa, pues, según ha dicho, lo único que quieren los curas es «limosna para los pobres». Me ha sorprendido la manera que ha tenido Hugues de expresarse sobre el tema.

    —Dinero, dinero, dinero —ha refunfuñado—. No quieren otra cosa que dinero, esos curas. ¡Y después se extrañan de que tanta gente respete a los beguinos!
    —Pero el dinero es para los pobres —ha protestado su mujer, quizá con una vehemencia excesiva forzada por mi presencia.

    A lo que Hugues ha respondido con una risotada.

    —El dinero va a parar a la panza de los curas, y que los pobres se coman lo que cagan —ha proseguido.

    Hay que ver la de cosas que a veces dice la gente delante de desconocidos. Porque, al fin y al cabo, ¿qué sabe él de mí? Que hago pergaminos. Que esa casa es de mi propiedad. Y que no tengo mujer ni hijos.

    Su esposa y sus hijos se habían congregado junto a la cama de su madre cuando he llegado. Yo he ido a buscar a mi aprendiz y me he encontrado ante el lecho de una moribunda... o eso he creído en un primer momento. La anciana parecía muy enferma. Su nuera lloraba. Todos los hijos se habían reunido a su alrededor para rezar. Y Hugues Moresi seguía negándose a ir a buscar a un cura.

    —No se va a morir —ha insistido—. Tres veces cada invierno se cree que va a morir, pero no se muere nunca.

    Sin embargo, cuando ha visto que la respiración se ha convertido en estertor, se ha avenido, de buen grado o por la fuerza, a llamar al cura. Ha dicho a Martin que fuera corriendo a San Sebastián a buscar a un sacerdote. Pero yo me he mostrado irreductible. Le he dicho que mi aprendiz cobraba por su trabajo y que yo lo necesitaba en mi obrador.

    Al final, Hugues ha enviado a su hijo mayor a por el cura. Martin, por su parte, no mostraba una inclinación especial a seguir en la cabecera de la cama de su abuela. De haber visto en él esa inclinación, seguramente le habría dado permiso, pero creo que los jóvenes, en realidad, no lo pasan nada bien junto al lecho de un moribundo ni sacan provecho alguno de esa experiencia. Uno de los recuerdos más dolorosos que conservo es el del lecho de muerte de mi madre, bendecida por un «hombre bueno» cátaro y privada posteriormente de alimento y agua hasta que expiró. Los cataros consideraban que ésa era una buena muerte. Según ellos, las bendiciones y el ayuno aseguraban a mi madre la entrada directa al Cielo. Debo reconocer de todos modos que lo más probable es que no hubiera podido comer ni beber en aquellas últimas

    horas de su vida, puesto que se encontraba inconsciente y apenas podía respirar, ya no digamos tragar. Aun así, fue una inmensa pena. Y como yo sólo tenía siete años, lo que vi se quedó planeando sobre mí y me dejó muy turbado.

    He creído que tenía que evitar que Martin pasara por un trance como aquél. Es un muchacho delicado y es evidente que ha sufrido mucho con las palizas de su padre. Los otros chicos de la familia son más fuertes y se encargan de transmitir a sus hermanas y amigos los golpes que reciben. Así transforman el miedo en violencia. Pero Martin se guarda dentro las palizas que recibe... o así ocurría antes. Antes de que yo interviniera. Ahora habla con más libertad y lo que dice suena a veces muy sensato.

    No es un chico al que se le puede dejar como espectador de una muerte lenta y dolorosa sin que pague después las consecuencias.

    Así pues, me lo he llevado arriba y le he dicho que restregara con cal el pergamino grasiento mientras yo me encargaba de cortar y marcar. Hacía bastante tiempo que no ponía los pies en mi cocina y me ha sorprendido lo limpia y pulcra que la he encontrado. La esposa de Hugues es una buena mujer, sobre todo teniendo en cuenta el trato que recibe. ¿Será que el maltrato es la razón de su eficiencia? Seguro que eso piensan los hombres como Hugues; es habitual que los cabezas de familia digan que hay que sacudir a conciencia a las mujeres si quieres que trabajen. Por mi parte, como nunca he tenido mujer, no tengo opinión formada sobre el asunto.

    En cualquier caso, una cosa es segura: si me hubiera casado con Allemande, no le habría pegado. Bastante le habían pegado ya; además, de poco le había servido.

    Pero todo esto no tiene nada que ver. Lo importante ha sido la visita del cura. Después de ponernos a trabajar, mi aprendiz y yo nos hemos quedado mucho rato en silencio. Desde la ventana he visto llegar al cura y lo he reconocido. Era Anselm Guiraud, el canónigo de San Sebastián. Pero como la hija de Hugues lo ha hecho entrar por la puerta delantera, no se lo he dicho a mi aprendiz. No quería distraer a Martin de su trabajo. He pensado que era mejor que se evadiese ocupándose con lo que tenía entre manos, en lugar de descuidar lo que hacía para prestar oído a los sollozos y muestras de dolor que subían de abajo. Aunque trabaja bien y cabe esperar de él que se concentrará en lo que hace, la muerte puede convertirse en un motivo de gran distracción.

    He esperado a que dejase descansar los brazos cansados para abrir la boca y hablar. Y ha sido en respuesta a una pregunta que él me ha hecho. Martin ha visto que nuestro vecino Adhemar volvía a casa. Y se ha preguntado en voz alta adonde podía haber ido.

    —¿A la iglesia, quizás? —ha apuntado Martin—. ¿O a la Rué Aludiere, a comprar cuero?
    —No. —También yo había visto salir a Adhemar—. Ha ido al barrio de los cardadores de lana. Se le ha prendido pelusa en los bordes del jubón. —Tras empuñar las tijeras, he cortado un gran folio en dos porciones más pequeñas—. Si tiene que ir a ver a Astruga Ruffi, se pondrá una saya más corta.
    —¿Astruga Ruffi? —Martin me ha mirado, sorprendido—. ¿Por qué ha de ir a verla?
    —¿A ti qué te parece?
    —¡Está casado!
    —Y ella también. Con un cardador.
    —Pero...
    —Hace años que los veo, Martin. A él o a ella entrando y saliendo de casa de ella o de él a todas horas. Pero ahora que ella se ha casado, se les han puesto las cosas más difíciles. Un día verás a Adhemar sin la nariz o sin una oreja. Te lo garantizo.

    Martin me ha mirado, asustado.

    —Vos lo sabéis todo —ha dicho.
    —Te aseguro que no.
    —Bueno, todo no —se ha corregido—. No sabéis latín. Pero sabéis qué hace la gente. Y de dónde viene. Y adonde va.
    —Porque los vigilo de cerca. El campesino vigila el cielo y los sembrados. Todo se reduce a vigilar y a recordar.
    —Yo tengo buena vista. Eso dice mi padre.
    —Tienes los ojos de tu madre —le he dicho, porque creo que es verdad; de todos sus hijos, Martin es el que más se parece a su madre. Tiene su tez, sus ojos castaños, sus cabellos negros, su piel olivácea—. Pero la agudeza visual no lo es todo —le he explicado—. Es necesario, además, entender lo que se ve.

    En ese momento, he oído pasos que subían por la escalera. Me he levantado para recibir al visitante, que ha resultado ser Anselm Guiraud, el cura. Estaba jadeante por el esfuerzo y me he preguntado por qué no ha enviado a uno de los chicos de abajo a buscarnos.

    Como es natural, he pensado que el final de la madre de mi inquilino estaba acercándose.

    —No, no —ha dicho, jadeante, al preguntarle si necesitaban a Martin abajo—. No, todavía no le ha llegado su hora. Lo he visto enseguida... Tengo alguna experiencia en ese tipo de cosas, como podéis suponer. —Se ha apoyado en el muro sin dejar de jadear y ha echado una mirada alrededor—. Tenéis una buena casa, maestro Helié. Espaciosa, además. ¿Coméis con vuestros inquilinos?
    —Ellos me traen la comida —he replicado y después he esperado tranquilo—. Me pagan alquiler por la cocina.
    —Pues es un buen trato, teniendo en cuenta que no tenéis mujer.
    —Así es.

    Ha asentido con el gesto. Se me ha ocurrido que debía de haber subido para intentar recoger más dinero para limosnas; así pues, me he dispuesto, no sin un suspiro de resignación, a dárselo. Sé que no es prudente contrariar a los .curas. Me he propuesto comprar con dinero la opinión que la mayoría de los sacerdotes del vecindario puedan hacerse de mí. Y también la de muchos monjes. Sólo tengo cerrada la bolsa para los franciscanos, porque últimamente no se han hecho querer por el resto de la Iglesia.

    No quiero decir con ello que todos los franciscanos estén abocados al desastre, me refiero solamente a la facción espiritual. Y hay que tener en cuenta que la mayoría de sus miembros abandonaron Narbona hace mucho tiempo. El mismo año que llegué aquí, el Papa convocó en Aviñón a cuarenta y cinco de ellos, a los que dispersó a continuación a lejanas cárceles y abadías. (O a los que optaron por retractarse para no ir a la hoguera.) Pese a todo, en el priorato de Narbona sigue subsistiendo un resabio espiritual y no quiero que me asocien ni de lejos con él.

    De todos modos, si los franciscanos están tan imbuidos del concepto de la Santa Pobreza, estoy seguro de que mi dinero no les puede interesar.

    —Me alegra volveros a ver en vuestra casa —me ha dicho el sacerdote, dándome tiempo con ello a rectificar mi opinión.

    No quería limosnas. Simplemente sentía curiosidad en relación con nuestro último encuentro, cuando fue testigo de mi detención y me puso en manos de Jean de Beaune.

    —Me ha dicho Hugues que el inquisidor de Carcasona os confundió con otro —ha observado—. ¿Es verdad?

    He asentido con el gesto.

    —¿No era vuestro nombre, pues, el que figuraba en el requerimiento?
    —Sí, pero era un error —he replicado—. El escribano escribió «Seguier» en lugar de «Seguet».
    —¿Y quién es Helié Seguet?
    —No tengo ni idea, padre.
    —Pues será un beguino —ha observado el sacerdote—. Porque no hay nada que el inquisidor de Carcasona persiga con más diligencia que a los beguinos.
    —Sí —he respondido.
    —He oído decir que tiene intención de quemar pronto a unos cuantos.

    Me ha parecido que el cura me observaba con más interés del que quizá merezco, lo cual me ha puesto en guardia.

    Seguramente lo único que se preguntaba era si había sobornado a alguien para librarme de la cárcel, pero soy cauto siempre que compruebo que despierto interés.

    —Según los rumores, dentro de pocas semanas habrá un sermo generalis. El día de la fiesta de San Benito. Habéis tenido suerte de que el inquisidor se equivocara.
    —De medio a medio —he declarado con firmeza—. Yo soy un hijo fiel de la santa Iglesia romana, padre, como bien sabéis vos.

    Y para demostrárselo, le he dado una pequeña cantidad de dinero. Simplemente unas monedas de cobre, las suficientes para sacármelo de delante.

    En cualquier caso, la noticia valía su precio. Me complacía haberme enterado de que pronto habría un sermo generalis. Si Jean de Baune ha decidido quemar a unos cuantos beguinos, aparecerán otros. Es inevitable. Allí donde se quema un hereje, siempre hay algún amigo suyo entre la multitud. Por eso yo había recomendado más de una vez a mi maestro que cribara con suma cautela los lugares donde se hacían los sermones generales y tomara buena nota de cualquier conducta extraña que observara. No quiero decir con esto que todos los que lloran o rezan en esos espectáculos tengan que ser invariablemente herejes. Hay hombres piadosos que lloran entristecidos al ver que un alma se niega a arrepentirse y emprende el camino del Infierno. Hay buenos católicos que rezan con fervor para que el pecador moribundo acabe viendo la luz de la Verdad. Pese a ello, conviene vigilar siempre a aquellos espectadores que, una vez terminado todo, se quedan remoloneando, injurian a los soldados que recogen los cadáveres socarrados, tratan incluso de recuperar restos de cabellos o de ropa incinerados a medias antes de ser totalmente consumidos. Son conductas muy sospechosas que vale la pena investigar.

    Debería confesar que mi consejo en esta materia nunca fue muy atendido. Tal vez el problema estribe en la curiosa costumbre de dejar a los herejes condenados bajo la custodia de las autoridades seculares. No corresponde al inquisidor el papel de matar, como tampoco a la Iglesia. Es una responsabilidad que debe recaer en el señor local o en un rey, cuyo interés en la persecución de los herejes, o incluso en mantener una mirada vigilante sobre el escenario de la ejecución, suele ser tibio. Sabe Dios que sería difícil echar las culpas al brazo secular tildándolo de falta de dedicación. Pocos son los hombres sensatos que se dejarían ver junto a un cadáver quemado más tiempo del necesario y entiendo muy bien que cualquier guarda involucrado en un sermo sienta el deseo de retirarse a un rincón con una jarra de vino en cuanto termina la ceremonia.

    A pesar de todo, creo de veras que tengo razón. Y demostraré la sabiduría de mi punto de vista en la fiesta de San Benito, cuando presencie el espectáculo del sermo de Jean de Beaune. Tal vez al observar a la multitud asistente descubra a un posible beguino. Lo espero realmente, pues hasta ahora todos mis esfuerzos han acabado en nada.

    Podríais argüir que he mostrado falta de entusiasmo por la tarea encomendada. Es un hecho que me acerco a ella con espíritu turbado. A mí, los beguinos no me han hecho ningún daño. No son enemigos míos; los cataros, en cambio, lo fueron. Al perseguirlos, tampoco ayudo a mi maestro en sus rondas diarias, ya que los beguinos de Narbona constituyen un campo que corresponde a Jean de Beaune y yo a él no le debo nada.

    Por otra parte, aún debo menos a los beguinos, que parecen afectados por la misma desbocada arrogancia que caracteriza a todos los demás grupos heréticos. Además, sé cómo protegerme. Sé que mi seguridad no sólo depende de agradar a los inquisidores, sino también de proceder con la máxima cautela. Prefiero ser lento, pero seguro, que rápido y torpe. Si no he avanzado mucho en la última semana, no es porque me sienta reacio a actuar, sino a actuar de una manera descuidada o imprudente.

    En principio, habría podido hacer indagaciones con el cura de San Pablo; sin embargo, preferí abstenerme. Ese cura sabe de Jacques. Tiene instrucciones para recibir su informe. Y ahora es Jacques quien ha desaparecido. ¿Acaso este hecho no merece de por sí un enfoque cauteloso? Aun cuando dudo mucho de que el sacerdote tenga que ver con la desaparición de Jacques, nunca se peca de excesiva cautela en asuntos como éste.

    A pesar de todo, hace unos días que estuve en el Bourg y me acerqué a la iglesia de San Pablo. Quise ver si algo me llamaba la atención por lo insólito o inesperado. Estuve atento a si oía mencionar los nombres de Hulart o de Bonet mientras transitaba por las calles del sector. A veces uno se tropieza con la información más valiosa prestando oído a las oraciones que se rezan en una iglesia o a unas conversaciones junto a una fuente. Fue casi como si esperase encontrarme con Jacques en persona al salir furtivamente del hospicio de San Pablo o al entrar en la panadería.

    Pero no tuve suerte. En esa parte de la ciudad no me enteré de nada: poco tiempo y día desgraciado. Llovía y, cuando llueve, la gente no se para a cotorrear en plena calle. Camina deprisa y con la cabeza gacha; sólo tiene ganas de recogerse en su madriguera.

    De regreso a la Cité, pasé por la Casa de Cambios de los Mercaderes. Un sitio para demorarse siempre que uno vaya bien vestido; está atestada de comerciantes, notarios, cambistas y hombres de mar que se pasan horas enteras conversando,, sentados o de pie, en las amplias salas abovedadas. Cierran tratos, conciertan acuerdos, invierten dinero y firman contratos. Los muros de piedra de las espaciosas salas resuenan con las conversaciones, las risas, el tintineo de las monedas. Unos hombres de rostro lívido garrapatean, apresurados, en los gigantescos registros comunales de las transacciones, sujetos a los muros con cadenas como si de prisioneros se tratase. Los cambistas hacen alarde de su riqueza y la exhiben en mesas cubiertas de tela carmesí, mientras muestran sus cartularios de cuero repujado. Son tantas las cosas que atraen la mirada y el oído que uno puede pasar inadvertido entre la ruidosa multitud aunque tenga que formular preguntas.

    No es raro buscar un acreedor o un deudor en la Casa de Cambios de los Mercaderes. No tuve más que acercarme a uno de los atareados notarios que allí había.

    —Busco a Vincent Hulart. ¿Podéis decirme dónde puedo encontrarlo? —Ésa fue la simple pregunta que hice.

    Sin levantar los ojos, los notarios me facilitaron toda suerte de útiles indicaciones: dónde estaba su casa, el nombre de su primo, a qué se dedicaba. Vincent Hulart comercia con especias. Vive en la Rué de la Parerie Neuve. Su primo, Berengar Blanchi, vive con él.

    Ninguno de los dos estaba ayer en la Casa de Cambios de los Mercaderes. Y si Vincent Hulart estaba en su casa, yo por lo menos no lo vi. Pasé por delante de su casa antes de volver a la Cité, pero estaba más silenciosa que una tumba. Y lo mismo la calle donde se encuentra. No iba a pararme a observar, puesto que habría levantado sospechas.

    Iba a ser realmente difícil hacer averiguaciones en torno a Vincent Hulart. No tengo una razón legítima para abordarlo. ¿Qué intereses pueden tener en común un fabricante de pergaminos y un comerciante de especias? Tampoco tenemos amigos ni parientes comunes. No frecuentamos la misma iglesia. Vivimos en barrios diferentes de la ciudad, separados por un río y una muralla doble.

    Mi único camino posible es arriesgado. Faltan dos semanas para que se cumpla el aniversario de la muerte de Pierre Olivi. Creo recordar que, a mediados de marzo, cuando los huesos de Olivi todavía estaban enterrados junto al altar de la iglesia franciscana, aquél era un lugar de reunión de mucha gente. Si Vincent Hulart es beguino —o si conoce algún beguino— seguramente hará algo para conmemorar el fallecimiento de Pierre Olivi. Seguro que ese día se organiza en su casa alguna celebración. La pregunta que me hago es la siguiente: ¿cómo vigilaré la casa sin llamar la atención de nadie?

    Tengo que reflexionar sobre la cuestión.


    VI
    Lunes, aniversario de la muerte de Pierre Olivi


    Hoy, después de muchos preparativos, he montado guardia delante de la casa de Vincent Hulart desde el amanecer hasta que ha anochecido.

    Le he dicho a Martin que tenía que visitar ciertos claustros fuera de las murallas de la ciudad: los de San Félix, San Esteban, San Martín, San Vicente. Le he advertido de que me llevaba muestras para enseñarlas a los canónigos de las iglesias por si decidían honrar mi taller con sus pedidos. De este modo, me he anticipado a cualquier pregunta sobre el tiempo que puedo estar ausente. Y he podido hacer pasar el fardo de ropa que llevo por un fardo de pergamino.

    Finalmente, le he prometido estar de regreso antes de que cierren las puertas de la ciudad.

    Hace muchos años que no me había disfrazado. Me preocupaba que mis pomadas, ungüentos, ceras y potingues se hubieran secado en las redomas de vidrio donde los tengo guardados o que mi vestuario alternativo se hubiera pulverizado debajo de la losa de la bodega donde lo tengo escondido. Pero no habría debido preocuparme. Esas prendas no se deterioran. Y aunque hubiera sido así, no habría importado, porque los harapos de los mendigos nunca tienen buen aspecto.

    Me he llevado al Bourg mi vieja capa verde con capucha, mi túnica gris corta y mi cinto de cuerda. Todas esas prendas tienen tantas adherencias de restos de comida y corporales, están tan raídas y rotas y son tan apestosas que ofrecen tanta protección como la campana de un leproso; si alguien quiere conservar la buena salud, hará bien manteniéndose lejos. Para potenciar el efecto, he sacado los afeites de colores, algunos harapos sucios y algunos pergaminos partidos. Lo he arrollado todo en un trozo de manta sucia, que he sujetado con un cordón de cuero. También he cogido un odre de vino que he llenado de agua, un espejo de acero y el palo que uso para remover las tinas.

    He llegado al puente Viejo cuando ya amanecía, justo en el momento en que abrían las puertas de la ciudad. He cruzado el río para entrar en el Bourg, donde he encontrado las calles casi desiertas. Pese a todo, debía tener mucho cuidado, ya que, en lo tocante a intimidad, hay que ir con pies de plomo en una ciudad como Narbona. Me habría disfrazado en una viña o en una zanja cualquiera fuera de las murallas de la ciudad si hubiera creído que podían dar de nuevo entrada en la misma a un mendigo enfermo. Pero he tenido que probar fortuna en el cementerio de San Pablo.

    Por lo general, no es fácil encontrar gente deambulando en un cementerio cuando se levanta el día en una fría mañana de marzo. Perros, ratas y quizá uno o dos borrachines medio turulatos, sí. Pero hasta los mendigos suelen evitar los terrenos destinados a sepultura. Los prejuicios populares los tienen clasificados como lugares de mal augurio.

    He confiado, pues, en que dispondría del sitio para mi uso particular. Sabía que los canónigos no me molestarían, había oído las campanas que tocaban a prima cuando he cruzado el puente. Las tapias del cementerio tampoco me detendrían, porque las había estado observando la última vez que había estado en la zona y sabía que estaban cubiertas de agujeros. La única preocupación que me quedaba era la posibilidad de encontrar amantes ilícitos. Como no abunda la intimidad y el apetito carnal constituye una fuerza tan atrofiadora, sabía que los amantes eran la amenaza más probable que se cernía sobre mi tranquilidad.

    Pero he tenido suerte. No he sorprendido a parejas desnudas entre las tumbas en mi incursión. Tampoco he encontrado en ningún hoyo abierto a ningún borracho roncador. No me ha costado encontrar un lugar recogido, donde he procedido a cambiarme de ropa. He meado en el polvo y me lo he restregado por la piel y los cabellos. Me he aplicado diferentes ungüentos coloreados, estoy bien provisto de ellos.

    El delicado procedimiento me ha llevado a remontarme a mi primera lección sobre el arte de los afeites capaces de conseguir el engaño. Estaba en Aragón, en el camino de Santiago, allí donde conocí a aquel mendigo, Abril, que me confesó que se ganaba el sustento fingiendo graves enfermedades y rompiendo los corazones de los peregrinos crédulos. El hombre había aprendido aquel arte de los moros. Ya me gus-taría haber retenido la mitad de lo que me enseñó. Pese a todo, todavía recuerdo la manera de aparentar llagas abiertas llenas de pus que se limpian con agua al cabo del día, o la forma de conseguir que tiras de pergamino parezcan piel humana hecha jirones. También recuerdo cómo una tintura a base de palo brasil aplicada a la lengua y dientes puede dar la impresión de que la boca está inflamada y sangrante.

    Como llevaba un espejo, he podido completar mi transformación sin grandes dificultades. He dado prioridad a las cicatrices sobre las úlceras, porque las úlceras a veces son contraproducentes. (Un leproso no sería bien acogido dentro de las murallas de Narbona.) Me he oscurecido las cejas con extracto de agallas y me he calzado los pies con harapos. El toque final ha sido un emplasto de yeso en torno a los ojos. Uno me lo he tapado por entero y he envuelto el otro fingiendo una llamativa erupción. Así me las he ingeniado para que me tomen por ciego.

    Después, con mi vestimenta respetable hecha un fardo, he vuelto a echarme a la calle y me he puesto a caminar dando tumbos de vez en cuando para convencer a los pocos viandantes con que me he cruzado de que, en efecto, soy ciego. El mendigo Abril me dijo una vez que para que surta efecto la añagaza de fingirse ciego hay que levantar la barbilla y servirse de un bastón. Si lo hacía oscilar de un lado a otro, no sólo daba la impresión de que me abría camino a través de obstáculos, sino que además impedía que se me acercasen demasiado.

    Es cosa sabida que a la mayoría de las personas se las reconoce simplemente por su forma de andar. De aquí que, al asumir otra identidad, tiene gran importancia cambiar la manera de caminar. La mejor forma de conseguirlo es ponerse una piedra en el zapato. Es otra de las cosas que me enseñó Abril.

    Cuando he llegado por fin a la Rué de la Parerie Neuve, era más tarde de lo que habría querido. El sol ya estaba alto y en la calle había mucho ruido. Me he plantado frente a la casa de Vincent Hulart, que es estrecha y alta, con dos pisos sobre la tienda de la planta baja, situada algo retirada de la fachada. Dicho sea de paso, parece más un almacén que una tienda, ya que ni una sola vez a lo largo de todo el día se han abierto los grandes postigos que tal vez habrían dejado ver mostradores o estantes. Aunque entraba y salía gente por una puertecilla abierta en la más grande, no lo hacía con la frecuencia que yo habría deseado. Esa gente tampoco correspondía al tipo de las amas de casa y criadas que suelen frecuentar muchas tiendas del vecindario, como la panadería situada en la misma calle. Las personas que he visto entrar en casa de Vincent Hulart eran, por lo general, mozos que llevaban fardos o mercaderes bien vestidos que no llevaban nada.

    Voy a describir ahora a todos los que he visto entrar en casa de Vincent Hulart.

    Ha entrado un calvo de mediana edad vestido con ropas de tela azul de Champaña, que debe de ser notario. (Lo digo porque tenía las manos manchadas de tinta y era cargado de espaldas, pero no vestía como un escribiente.) Ha entrado con un libro de registro y ha vuelto a salir con él, más manchado de tinta que antes. Que había ido allí por negocios era más que evidente.

    Ha entrado un hombre rechoncho, piernas desnudas, estructura musculosa, vestido con una túnica de estambre gris basto, cargado con un barril de madera. Lo acompañaba otro que debía de ser marinero recién desembarcado, a juzgar por su curiosa y tambaleante manera de andar; llevaba los cabellos grises insólitamente largos, pero su rostro estaba relativamente exento de arrugas. Esos dos hombres han venido a entregar un cargamento de no sé qué. Han salido sin el barril.

    Ha entrado un hombre grueso acompañado de su criado. Era evidente la riqueza del primero: llevaba botas de cordobán, ropón bordado de seda de Eme y una capa que parecía de pelo de camello fabricado en Chalons, también forrada de seda. Llevaba perlas por botones y tenía el rostro rubicundo a causa de los muchos y buenos ágapes compuestos de ricas viandas y exquisitos vinos que debe de haber ingerido. Su criado, en cambio, estaba pálido y delgado. Ese criado, que se ha quedado en la puerta aguardando a su amo, me ha mirado en un primer momento de forma aviesa antes de dar rienda suelta a su desagrado con una serie de grotescas muecas. Daba por sentado, sin duda, que siendo ciego, no repararía en que él era tuerto y desdentado. Pero como no lo soy, he tenido que porfiar para reprimir mi expresión. (Una sonrisa me habría delatado.)

    El hombre rico, al salir, ha sido atendido por Vincent Hulart. Lo sé porque el rico hablaba con voz estentórea y se ha dirigido al especiero por su nombre. Vincent Hulart es un hombre flaco, de tez clara y cabello rizado y tiene una expresión de gravedad que le hace parecer más viejo de lo que probablemente es. Iba vestido con colores solemnes —gris, negro y morado—, pero dudo de que sea un verdadero be-guino, porque llevaba una hebilla de plata en el cinto.

    Lo he atisbado apenas antes de que volviera a meterse dentro y entregara al rico señor una bolsita de cuero que contenía algo que él ha olfateado con aire entendido camino del mercado de Granos. (Nuez moscada, quizás. O azafrán.)

    Otro de los que han visitado la casa ha sido un anciano cuyo rostro me era vagamente familiar. Desde el primer momento, no he parado de rastrillar mis pensamientos, pese a lo cual no consigo situar esas mejillas hundidas y esa man-díbula cuadrada. Tiene cejas grises y pobladas; cojea ligeramente, pero es de constitución fuerte. Pese a que lleva una sortija de oro en el dedo corazón de la mano izquierda, sus ropas son pardas, de ínfima calidad y pésimo corte y lleva una tira de cuero a manera de cinto. Cuando ha llegado a casa de Vincent Hulart, una sirvienta ha respondido a los golpes dados en la puerta.

    He oído al hombre preguntar por Berengar Blanchi, a lo que ella ha respondido pidiéndole que le diera su nombre.

    —Imbert Rubei —ha respondido él.

    Me he quedado igualmente desorientado. (Por desgracia, el nombre de Imbert Rubei no me dice nada.) La muchacha se ha retirado, ha habido una corta espera y del interior de la casa ha salido un hombre que se parece un poco a Vincent Hulart, pero que es más alto y más moreno, el rostro vivaz y móvil, todo nariz y boca, y sus ojos son grandes y oscuros. Ha abierto, amplios, los largos brazos al ver al anciano visitante.

    —¡Loado sea el nombre de Jesucristo! —ha exclamado al tiempo que abrazaba a Imbert Rubei.

    Este ha respondido de inmediato con idéntico saludo:

    —¡Loado sea el nombre de Jesucristo!

    Creo que aquí conviene hacer una observación: me ha parecido que se trataba de una jaculatoria o de una fórmula.

    —¿Partirás hoy el pan con nosotros? —ha preguntado Imbert a Berengar Blanchi.
    —Será un honor —ha respondido.

    Después los dos se han ido juntos brazo con brazo. De buena gana los habría seguido, pero no me era posible, en todo caso en mi papel de mendigo ciego. Además, me había asignado una tarea. Estaba decidido a vigilar la casa desde el amanecer hasta la caída del sol con la esperanza de descubrir alguna actividad insólita que pudiera relacionarse con el aniversario de la muerte de Pierre Olivi.

    Al final del día, ya había decidido que los pensamientos de Vincent Hulart no se centraban en los franciscanos muertos. Era un hombre muy ocupado: próspero, respetable y entregado a lo suyo. Su esposa estaba embarazada y llevaba una capa rematada de pieles. Ya le había dado tres hijos. El personal de la casa se componía de una nodriza, una sirvienta y un criado con cara de tonto. He visto varias veces cómo la sirvienta se escabullía por la puerta para ir a comprar pan y pescado y para ir a buscar agua. A la mujer no la he visto más que una vez, cuando una de las visitas ha salido. El niño más pequeño se ha asomado a la calle. Se ha escapado de la custodia de su nodriza y hasta le he visto abrir la ventana del primer piso, del que podía haber caído a la calle si alguien no hubiera tirado oportunamente de él hacia dentro. Estoy seguro de que el llanto penetrante que he oído a veces es suyo. No me ha sorprendido que, en una de sus incursiones al amplio mundo, se haya plantado ante mí con el pulgar en la boca y los ojos desencajados por la curiosidad.

    Me ha preocupado que se le ocurriera tocarme alguna cicatriz. Afortunadamente, la nodriza se ha dado cuenta y lo ha apartado antes de que cometiera un disparate.

    Durante el día se me han acercado personas en tres ocasiones. Incluso en una ciudad de las dimensiones de Narbona no puede pasar inadvertido un recién llegado, y más en un barrio lleno de burgueses respetables y miembros de los gremios. La Rué de la Parerie Neuve no pertenece a ese tipo de callejones donde pueden ignorarse los perros muertos, los montones de excrementos o los mendigos moribundos. Una vez ha sido una matrona enfurecida la que se me ha acercado con una escoba y me ha instado con inequívocas palabras a no estropear el buen aspecto de la calle. Me ha dicho que mi sitio estaba en el hospicio de San Pablo. Me he limitado a farfullar por toda respuesta el padrenuestro en sajón (que me enseñó un guardia mercenario de Tolosa) y la mujer se ha imaginado que yo no había entendido palabra de lo que me había dicho. Pero me ha empujado con la escoba, lo que ha hecho que otra mujer la reprendiera desde el otro lado de la calle.

    —¿Es tuya la calle para decidir quién puede estar en ella? —le ha soltado mi defensora.

    En la discusión que se ha desencadenado, he caído en el olvido.

    A eso de mediodía, ha pasado un hombre que se ha parado después, se ha vuelto y ha desandado sus pasos. Llevaba las ropas de un canónigo agustino.

    —¿Me oyes, ciego? ¿Necesitas que te guíe? —ha preguntado.

    Sabía que en ese caso no me valdría el truco del sajón, porque era muy posible que tuviera algún conocimiento de dicha lengua. Así pues, me he limitado a levantar la mano y he sentido un gran alivio al ver que mi defensora, desde el otro lado de la calle —que estaba cosiendo en la puerta de su casa aprovechando la luz de la calle—, ha dicho:

    —No os entiende, padre. Es extranjero.
    —¿Extranjero? —ha preguntado el canónigo.
    —Si no fuera extranjero no mendigaría aquí —ha bromeado la mujer—. Sacaría más limosnas cerca de San Sebastián.
    —Si sigue aquí cuando caiga la noche, llévalo a San Pablo —le ha aconsejado el canónigo.
    —¿Yo?
    —Servirás a Dios si lo haces.

    Finalmente, el canónigo ha hecho la señal de la cruz sobre mi cabeza y se ha marchado, presuroso, para ocuparse de sus cosas.

    He decidido que desaparecería mucho antes de que nadie intentara socorrerme.

    La tercera persona que me ha abordado ha sido Berengar Blanchi. Regresaba a la casa poco después de que yo fuera a dejarla y tenía un aspecto curioso. En sus ojos había un brillo húmedo, tenía las mejillas arreboladas y, a juzgar por su manera de andar en dirección a un montón de excrementos de caballo, parecía que tenía la cabeza en otro sitio. Pero me ha visto. Al llegar a la puerta de la casa de su primo, ha titubeado, ha girado en redondo y se ha dirigido hacia mí hurgando al mismo tiempo en su bolsa. Vista de cerca, su expresión todavía resultaba más curiosa: exultante en parte y profundamente turbada a la vez.

    Me ha soltado una livre de plata en la mano y no se ha demorado en escuchar las bendiciones que he farfullado.

    Berengar Blanchi me despierta sospechas. Sus ropajes largos y oscuros tienen un aire vagamente clerical. Lleva una barba enmarañada y el cabello muy corto. Tiene una mirada ávida y un descontrol de movimientos que revelan un natural místico que cuadraría mejor dentro de los muros de un monasterio que en la calle, transitando libre y sin trabas. Me gustaría saber adonde ha ido. De todas las personas que he visto entrar y salir de casa de Vincent Hulart, él es quien más se parece al beguino que conocí en la torre Capitolina.

    Hasta ahora, en él se centran mis más fundadas sospechas.

    El sol todavía no había tocado el horizonte cuando he abandonado por fin la Rué de la Parerie Neuve. No he vuelto al cementerio de San Pablo, sino que me he dirigido a la iglesia de San Nazario, pequeña y muy oscura. Una vez allí, me he introducido en un ángulo disimulado por una columna y me he lavado lo mejor que he podido con el agua del odre. Podría haberlo hecho en una fuente de la ciudad o en la orilla del Aude, pero aún me importa guardar mi intimidad. Además, se trata de una transformación que no puedo hacer en público sin llamar la atención.

    También debía cambiarme de ropa, tarea un poco más complicada. Ya metido en la faena, me he visto interrumpido por un cura que, al pasar cerca de mi escondrijo, me ha dejado con un brazo en el aire, a medio camino de la manga colgante en la que quería introducirlo. Por fortuna, el cura era viejo y estaba medio ciego. He oído que tropezaba con un escalón y que murmuraba por lo bajo unas palabras muy poco reverentes.

    No habría intentado llevar a cabo tan loca empresa si en aquel momento se hubiese estado celebrando una ceremonia. Pero ya que el coro estaba vacío, he confiado en que no me molestaría nadie.

    Era imposible lavarme el pelo, así que he optado por escondérmelo debajo de la capucha y he decidido que me ocuparía de él cuando estuviese en casa. También me he desprendido del palo, ya que es fácil de sustituir. Y antes de salir de la iglesia, he dejado para los pobres las ganancias obtenidas como mendigo.

    He sido uno de los últimos en entrar en la Cité antes de que cerraran las puertas de la ciudad.

    Martin debe de haber estado esperándome en mi obrador. En cuanto he entrado en el taller, ha bajado la escalera de un salto, pese a que ya estaba anocheciendo y habría debido estar con sus padres. Encontrarme con él me ha contrariado. Temía que pudiera preguntarme por el estado de mis cabellos o extrañarse de que llevase tan pesada carga tras haberle dicho que pensaba dedicar el día a distribuir muestras. Aunque el taller estaba a oscuras, los postigos cerrados y no había ninguna vela encendida, habría preferido que mi llegada pasara inadvertida.

    —¿Qué haces aquí? —le he espetado mientras él daba un traspié.

    No distinguía bien los rasgos de su cara debido a la poca luz, pero estoy seguro de que su expresión era de susto.

    —Yo..., bueno...
    —Hoy no tienes trabajo. Ya te he dicho que no tocases las pieles.
    —Maestro, yo no...
    —Entonces no tienes nada que hacer aquí. Anda, vete a casa.

    Tenía ganas de volver a esconder todas las cosas secretas que llevaba en el hatillo. Estaba deseando acercarme al tonel de la bodega y levantar la losa de debajo. Pero Martin ha murmurado unas disculpas por lo bajo y, por su manera de tantear con las manos la pared como en busca de apoyo mientras iba alejándose de mí, he sentido que se me iba tranquilizando la conciencia.

    —Oye, Martin —le he dicho en tono más suave—, esta parte de la casa es sólo mía. No debes moverte por ella como si también fuera tuya.
    —No, maestro.
    —No pasa nada, por descontado. Antes tú que otro. Pero no debes entrar aquí si yo te digo que te quedes fuera.
    —Maestro —ha protestado, aunque en voz muy baja—, vos me habéis dicho que no tocara las pieles, no me habéis dicho que no entrara ahí dentro.

    Cogido por sorpresa, he sondeado las sombras que se iban acumulando. ¿Se había vuelto insolente? No habría sabido decirlo. De todos modos, ni en su actitud ni en sus maneras había la más mínima falta de respeto. Sólo un ardiente deseo de evitar una reprimenda.

    —Tienes mentalidad de leguleyo, amigo mío —le he dicho con sequedad—. Bueno, bueno, en eso me has cogido. Pero no des por sentada mi buena voluntad.

    Me ha asegurado que eso haría. Aun así, tengo mis dudas.

    Seguirá contando con mi buena voluntad, de eso estoy seguro; sabe que ésta no le va a fallar.


    VII
    Lunes, fiesta de San Benito


    Hoy he ido al sermo generalis de Jean de Beaune.

    Estaba presente el inquisidor, como también el arzobispo, el vizconde y muchos sacerdotes y frailes. No he visto a mi maestro, pero sí a Pons, el beguino.

    Lo han quemado junto con otros dieciséis más.

    Hay que ver el coste que tiene una empresa así. Recuerdo que en Tolosa siempre ha habido muchas habladurías sobre el precio exorbitante de las ejecuciones: las estacas, las cuerdas, la leña, la paja y también los ejecutores (uno para cada hereje, a veinte sois la pieza). Para quemar a un hereje hay que gastar alrededor de tres livres por cabeza. Si se multiplica esta cantidad por diecisiete, uno no puede por menos de maravillarse ante la amenaza proyectada por estos beguinos, cuyos bienes, una vez confiscados, no pueden cubrir ese precio si creen verdaderamente en la Santa Pobreza.

    Los preparativos comenzaron ayer en la catedral. Y la ceremonia se hizo en una plataforma elevada debajo de un tejado improvisado. Como la multitud no era excesiva, pude disfrutar de una perfecta visión de los herejes y de Jean de Beaune cuando pronunció el sermón. No fue un buen sermón. El inquisidor escarneció a los que «mueren sin una buena razón».

    —¡Esos hombres quieren que los quemen porque creen en la cebada y en el color pardo! —proclamó, haciendo que todos pensaran: «¿Por qué los matáis, entonces?».

    Bernard Gui no habría cometido ese error.

    Después del sermón vino el juramento de obediencia y el solemne decreto de excomunión contra todos aquellos que pusieran trabas a la labor del inquisidor. Para mi sorpresa, no se leyeron confesiones en voz alta; no hubo más que acusaciones. Algunas eran de poca monta, en tales casos todos los acusados se avinieron a arrepentirse. Fueron condenados a diversos periodos de cárcel y, en un caso, a una peregrinación con cruces. Pero hubo diecisiete beguinos que se negaron a abjurar de sus herejías. Algunos trataron de explicar por qué, Pons entre ellos. Pero los hicieron callar enseguida mediante el simple procedimiento de sacarlos de la catedral con el uso de la fuerza y con gran premura.

    Todos fueron devueltos a la torre Capitolina para que dedicaran una noche más a la reflexión antes de que se hicieran efectivas las sentencias.

    Sin embargo, no hubo ninguno que cambiase de opinión. Se han levantado, pues, diecisiete estacas en la plaza de Caularia, cerca de la puerta de la ciudad, y se han utilizado todas. Apenas había espacio en la plaza para tantos haces de leña, ya no digamos para todos aquellos que querían presenciar el final de los beguinos. En el lugar de la ejecución se ha congregado mucha más gente que ayer en la catedral. Era tal el número de los asistentes que he desesperado de localizar a ningún beguino disimulado entre los buenos católicos. Pese a todo, he visto centenares de rostros concentrados y finalmente me he sentido recompensado cuando la mayoría ha abandonado el lugar.

    La ejecución ha sido particularmente desagradable. Como siempre, el fallo está en la falta de organización, algo que mi maestro jamás toleraría. Sospecho que la raíz del problema está en el dinero. Como ya he dicho, las cuerdas y la leña son caras. En Tolosa atan a los herejes por los codos, por debajo de las rodillas, por encima de las rodillas, por la ingle, por la cintura y por debajo de los brazos. También les ponen una cadena alrededor del cuello y leña mezclada con paja amontonada hasta casi la barbilla. El procedimiento hace que la hoguera sea intensa y rápida y que la posibilidad de que el reo se libere inesperadamente por haberse quemado una de las ataduras sea absolutamente remota.

    Hoy no se han usado cadenas. Sólo han atado a los herejes por dos sitios: alrededor de los tobillos y del pecho. Lo más terrible era que había poco combustible y que parte del mismo estaba húmedo. (Incluso cuando Jean de Beaune ha pedido a los beguinos que se retractasen, yo iba pensando para mis adentros: «¿Están preparadas del todo esas piras?».) Cuando las han encendido, han soltado mucho humo y muy poca llama. Ha habido toses secas y exclamaciones de piedad. Ha sido necesario echar más leña y más paja mientras la gente se apartaba de la nube sofocante que se ha quedado flotando sobre la catedral y el palacio. Algunos clérigos se han retirado, pálidos e indispuestos.

    Esto me ha puesto las cosas mucho más fáciles. Sólo las almas más fervientes se han sentido obligadas a permanecer en su sitio, tanto si estaban a favor como en contra de los beguinos. Me he tapado nariz y boca con un paño y he escrutado a través del humo con ojos escudriñadores a los que se han quedado.

    Ha sido inútil querer observar si había alguno que lloraba. Debido al humo, lloraban todos. Los que se tapaban la cara no era necesariamente porque no soportasen el horror. De todos modos, hay que confesar que uno de los herejes había caído de la estaca a la que estaba sujeto, y como la pira que le había correspondido tenía una forma irregular, se habían consumido las ataduras antes que su vida (aunque inconsciente). Los guardas, abrumados por el pánico, no hacían más que arrojar sarmientos sobre aquel cuerpo que no paraba de retorcerse. No me parece un espectáculo digno de la Iglesia. Menos mal que el humo oscurecía gran parte de la conflagración inicial; cuando un poco de viento ha recorrido la plaza y las campanas de San Justo han empezado a doblar, se ha dispersado por fin aquella nube malsana.

    Por suerte, Martin no ha estado presente. He visto, sin embargo, a su padre y a su hermano mayor. Martin se ha quedado en mi taller con la orden taxativa de acabar un pergamino. Ha sido la primera vez que he puesto enteramente en sus manos el acabado de un pergamino (es decir, el segundo raspado) y me preocupaba que pudiera estropearlo. Pero estoy muy contento, por otra parte, de que no haya sido testigo de lo que ha ocurrido hoy aquí. Ha sido una desgraciada exhibición de avidez e incompetencia. Sin duda que la culpa de todo la tiene el vizconde o quizás el viguier real. Espero que Jean de Beaune le llame la atención al respecto.

    Puedo dar testimonio, sin embargo, de que a pesar de la confusión, algunos han afrontado la muerte con gran entereza. Pons entre ellos. Mi mirada errabunda se ha posado repetidas veces en su pira, donde lo he visto orar con voz firme hasta que el humo ha ido aumentando y ha acabado por sofocarlo. No estaba tan cerca de él como para que pudiera oír sus imploraciones finales ni ser testigo de su mortal ago-nía, lo cual agradezco. El humo ha enmascarado muchas de las cosas que yo prefería no ver. Con todo, he observado que ha tenido una buena muerte.

    Y eso ha sido muy evidente, ya que es algo que se observa siempre. Estaba mirando a un grupo de franciscanos que hablaban en una especie de bisbiseo, cuando he oído una voz que murmuraba detrás de mí:

    —Ha tenido una buena muerte. Es un santo mártir.

    Al mirar a mi alrededor, he visto a un hombre más o menos de mi edad que hablaba con alguien mayor que él. El más joven era alto y tenía el rostro atezado, la mandíbula bien poblada de barba, una cabellera negra, tupida y desgreñada, y unas cejas oscuras y amenazadoras como nubes de tormenta. Sus rasgos más marcados eran la ausencia de dientes y las prominentes durezas del pulgar y del índice de la mano derecha, lo que delataba su oficio de sastre. (Los zapateros tienen durezas parecidas, pero localizadas en lugares distintos de la mano.)

    Su compañero era más bajo, más gordo y medio calvo. Sus rasgos eran pequeños y los tenía concentrados en el centro del rostro redondo y de piel enrojecida: una nariz como un botón, una boca arrugada que parecía el culo de un gato y un par de ojos minúsculos y acuosos del color del Aude tras un aguacero. Su oficio me ha planteado dudas hasta que lo he visto girar el hombro derecho de una determinada manera y hacer una mueca mientras se frotaba el codo.

    Tejedor, sin duda. De pronto, he notado que todos mis sentidos se ponían alerta. De todos los oficios que pueden hacerse en el mundo, el de tejedor es el más propenso a. errores de fe. No conozco la razón. Tal vez sea porque el tejedor permanece clavado en el sitio día tras día haciendo siempre, una vez tras otra, el mismo movimiento. Son unas circunstancias tal vez capaces de hacer enloquecer a cualquiera o de empujarlo a plantearse preguntas que haría mejor dejando que otros con más conocimientos que él contestaran.

    Cualquiera que sea la razón, no hay que perder nunca de vista a un tejedor, si se puede. He puesto, pues, los ojos en él y he tenido la satisfacción de ver que no abandonaba el escenario de la ejecución. Tanto él como el sastre se han quedado en la plaza rezando a ratos, observando solemnemente a otros mientras los herejes morían y las llamas iban extinguiéndose. Debo decir que no he visto en parte alguna a Imbert Rubei. Me ha sorprendido, porque había pensado que un hombre aparentemente tan piadoso como él, vestido con ropa parda tan humilde, habría debido asistir a una ceremonia tan solemne como ésta. He visto en cambio a Berengar Blanchi, el amigo de Imbert y primo de Vincent Hulart. Tenía los ojos enrojecidos, el rostro lívido y se balanceaba hacia delante y hacia atrás sin dejar de rezar un solo momento con gran fervor.

    También yo he rezado, por supuesto. He sufrido y he rezado. ¿Por qué no? Si uno asiste a un acto tan solemne y terrible como éste, no puede hacer otra cosa que rezar por las almas de los condenados al Fuego Eterno, aunque deplore su ciega arrogancia. A veces me cuesta entender por qué un hombre como Pons, a quien santo Domingo o san Francisco o incluso Bernard Gui habría podido instilar una mentalidad más sumisa, tenga que sufrir de forma tan espantosa antes y después de la muerte por el simple hecho de que no ha tenido contacto con las enseñanzas preclaras que lo habrían conducido al buen camino. Porque si era orgulloso y testarudo, no era hombre malvado, de eso estoy seguro. Le habría bastado contar con un buen ejemplo. Lo que no entiende esa gente es que no se puede mirar a los curas ni a los frailes cuando se busca la perfección. Aunque muchos sean grandes pecadores, está fuera de razón esperar otra cosa, por lo menos aquí en la Tierra.

    He pensado mucho en esas cosas mientras esperaba pacientemente en aquella plaza convertida en tizón. La misericordia de Dios ha permitido que el humo acabase por dispersarse. Pero a medida que avanzaba la tarde, ha ido arreciando el viento y, de forma desconcertante, han comenzado a volar pavesas por los aires. Ha sido entonces cuando Jean de Beaune se ha retirado junto con toda la comitiva. Hacía ya rato que el arzobispo se había recogido en su palacio. El vizconde estaba enzarzado en prolija e intensa discusión con un par de cónsules; por lo que he podido cazar a través de las palabras transportadas por las ráfagas de viento, la conversación estaba centrada en la supervisión de los pesos del grano. La muchedumbre, entre tanto, se ha ido dispersando lentamente. No han permanecido más que los parientes destrozados por el dolor, algunos simpatizantes secretos o unas cuantas viejas que no tienen otra cosa que hacer. Y también esas personas de tan peculiar disposición que disfrutan contemplando el desmembramiento de los cadáveres medio calcinados.

    En lo que a mí respecta, no tengo esa disposición. Y son pocos los que la tienen, que yo sepa. Era evidente que ésta es una de las razones que han hecho que se esfumaran muchos de los guardas: no tenían ningún deseo de tomar parte en tan repugnante ritual por muy necesario que fuera. Según me había informado Bernard Gui, el verdadero propósito de fragmentar los restos y de amontonar las partes chamuscadas a una pira de troncos todavía encendidos obedecía a tener que asegurarse de que los cadáveres quedaban reducidos a cenizas y podían arrojarse después a un río a fin de que ningún blasfemo dispusiera nunca de un pedazo de tierra donde reposar (y menos aún en la de otro hereje). Quiera Dios que yo nunca, sea objeto de tan implacable resentimiento por muy razonable o lógico que pueda ser. Casi tan espantoso como éste es el deber que corresponde a los que tienen que arrojar agua en las brasas aún humeantes y pisotearlas después y emprenderla a hachazos contra las articulaciones ennegrecidas, astillar huesos con las palas y cebar las llamas de la última pira con vísceras marchitas.

    Los hombres que se encargan de este trabajo deben ser soldados avezados. Tienen que estar acostumbrados a manejar miembros amputados y desparrame de tripas. Pese a todo, los compadezco. Basta con el hedor para revolver el estómago más fuerte, como he comprobado hoy mismo. Pese a ser pocos los valientes capaces de realizar tan espeluznante tarea, ha habido que prescindir de algunos antes de terminarla; he visto cómo se retiraban, tambaleantes, intentando recuperarse.

    Por consiguiente, la mayoría de los diecisiete cadáveres se han quedado abandonados mucho rato.

    Como ya me esperaba que ocurriera así, estaba preparado. Envuelto en mi capa de color escarlata oscuro, me he acercado a una de las piras extinguidas, convertida ahora en un informe montón de brasas, cenizas y huesos carbonizados. Aunque no estaba seguro, me había, parecido que el beguino de esta pira en particular era mujer; debo admitir que, a causa de una culpable flaqueza de corazón, he tenido mu-cho cuidado en evitar el sitio donde ha muerto Pons. Aunque daba la impresión de que rezaba, en realidad no apartaba los ojos del tejedor, del sastre y de Berengar Blanchi, a los que observaba por debajo de la capucha. Después, al ver que ellos también me observaban a mí, me he adelantado un paso para recoger un fragmento del dedo quemado de la mujer y, al hacerlo, he retenido el aliento.

    Pero ha sido más difícil de lo que suponía. Los tendones no estaban quemados y me he encontrado rompiendo las articulaciones como si quisiera chupar el tuétano de un trozo de cochinillo asado, y que Dios me perdone por la expresión. Ojalá no tenga que intentar una cosa así en lo que me resta de vida, que Dios me ayude. Pero como me acordaba de todo lo que había aprendido, he conservado la calma (aunque muy preocupado porque temía que los guardas pudieran reparar en mí si me entretenía demasiado) hasta que el dedo ha cedido y he podido envolverlo en un trozo de tela. Mientras me lo guardaba en la bolsa, he visto que Berengar se acercaba a otra pira cercana. No he querido, sin embargo, seguirlo.

    Y eso ha sido porque he ideado una manera más sutil de acechar a mi presa, que no es otra que dejar que él me aceche a mí.

    Como no podía ser de otro modo, ha funcionado. Me encontraba rezando otra oración cuando he notado unos golpecitos en el hombro. Al darme la vuelta, me he visto cara a cara con el sastre de rostro aceitunado, que de buenas a primeras se ha dirigido a mí con un familiar tuteo pese a no habernos visto en la vida,

    —¿Conocías a la mujer? —ha inquirido, mientras indicaba con un ademán el cadáver desmembrado que yo acababa de expoliar.

    Le temblaba la voz, parecía muy emocionado.

    Ronco y con los ojos enrojecidos por el humo, yo debía de parecer tan desesperado como él.

    —No —le he replicado—, ojalá hubiera sido así. Que Dios dé reposo a su alma.

    No he dicho más. Como es natural, no he hecho ninguna pregunta. Es la primera norma de un buen disfraz: no hacer preguntas. Y menos, preguntas sugerentes. Porque no hay nada que despierte más sospechas que aquellos que tienen motivos para desconfiar.

    El sastre debía de compartir mi opinión porque también él ha guardado silencio. Después ha hecho unos movimientos con la cabeza y se ha alejado. Ha sido entonces cuando, desde la entrada de una tienda, un viejo me ha hecho una seña con la mano. Debe de tener mejor vista que la que yo le presumía.

    —Si tienes hambre, el de la espalda roja —me ha ladrado—, piensa que hay carne mejor que la que rebañarás de esos huesos. Porque ésos eran beguinos y se dejaban morir de hambre en nombre de Dios.

    Enseguida ha habido quien le ha dicho que mejor que tuviera cerrada la boca. Tengo la satisfacción de decir que todos cuantos lo han oído se lo han dicho. He pensado que ya era hora de retirarse y eso he hecho. Pero he observado que el sastre me miraba con sus ojos oscuros e inquisitivos debajo de sus negras y pobladas cejas.

    Ahora poseo nada menos que un trocito de beguina quemada. Está en el sótano. Lo tengo oculto en el escondrijo especial, debajo de la losa de la bodega, junto con mis ropas de mendigo, mi capa especial y los libritos beguinos que me dio mi maestro. Me preocupa, sin embargo, que suelte mal olor, pese a que lo he envuelto en un pedazo de cuero, lo he metido en un tarro y he sellado la tapadera con cera. Como alguien lo huela, que Dios me ayude, ya que entonces encontrarían también los libros, los ungüentos y la carta de Bernard Gui y, en consecuencia, me desenmascararían. Tal vez he cometido un error. Tal vez habría debido vencer mi repulsión, hervir el dedo, limpiarlo bien y convertirlo en un objeto como, por ejemplo, un dije de marfil, o en algo tan inocuo e inofensivo como unos dados de hueso.

    Pero seguramente los beguinos no profanan sus reliquias de esa manera. Y debo procurar no ofender a nadie si alguna vez me veo obligado a mostrar el dedo. Aun así, me da que pensar. Y no debería, porque ya tendría que estar acostumbrado a tener restos humanos escondidos en casa. Mi tía solía guardar los cordones umbilicales de sus hijos, ignoro por qué razón. Y muchas veces he encontrado cabellos y uñas de muertos allí donde se considera que guardar esa clase de cosas trae buena suerte.

    Pese a todo, sigue planeando en mis pensamientos.

    Todavía huelen a humo mis ropas, mi piel, mis cabellos... Huelen hasta, aunque muy levemente, a carne quemada. ¿O es que imagino aquel hedor? Ha pasado a formar parte del recuerdo que debo apartar, aun cuando la imagen continúe tan viva: la imagen de la piel tiznada, salpicada de rojas ampollas, hinchadas, rezumando grasa.

    Me ha entrado un horrible dolor de cabeza.

    Hoy Martin ha trabajado bien. Su labor con el pergamino ha sido impecable. Así se lo he dicho y se ha puesto muy contento al oírlo. Me ha preguntado sobre la ejecución, pero lo he dejado sin respuesta.

    Sin embargo, no sé por qué me preocupo. Su padre no ha hablado de otra cosa, a juzgar por lo que ha llegado a mis oídos. Esta mañana ha salido temprano a la era y ha descrito con todo lujo de detalles la espeluznante escena a su mujer. Según Hugues Moresi, no había en toda la plaza ningún hombre la mitad de imperturbable que él; mientras quién más quién menos vaciaba la panza a derecha e izquierda, él se ha mantenido impávido ante tanto sufrimiento. Las blandenguerías no van con él. Es lo bastante fuerte para ser testigo de la escena y presenciar todo lo que les ha caído encima a esos desgraciados condenados cuyos pecados, ha dicho, no son peores que los de los curas glotones que han acudido a verlos morir.

    Pero ya que es tan fuerte, me sorprende que no se haya ofrecido a ayudar a los soldados en la tarea del desmembramiento. De hecho, también me ha sorprendido que haya mostrado simpatía hacia los beguinos muertos. Siempre lo he considerado brutal en sus relaciones con los más jóvenes, más débiles y más desgraciados que él, como hace la mayoría de la gente que presume de fortaleza de carácter.

    Dudo, con todo, que sea tan fuerte como dice. De haberse quedado hasta el final, yo lo habría visto. Se había ido tanta gente que no me habría pasado por alto un rostro conocido como el suyo. Apostaría lo que fuese a que se ha refugiado en la primera taberna así que ha visto vaciarse la primera barriga.

    Que Dios se apiade de mí. No puedo quedarme aquí por más tiempo.

    ¡Mi pobre cabeza!


    VIII
    El martes anterior a Semana Santa


    Por fin he atrapado un pez.

    Ha sido difícil, lo confieso, sobre todo debido a la pesada carga que supone mi trabajo, que ha ido en gran aumento debido a la proximidad de la Pascua. No sé por qué. Los notarios parecen los más atareados, quizá porque la perspectiva de la Semana Santa hace que la gente quiera volver a hacer testamento. O quizá los mercaderes tratan de hacer nuevos contratos antes de que el Domingo de Ramos dé el alto a todo tipo de negocios. Cualquiera que sea el motivo, es evidente que me ha complicado la vida. Tengo que cumplimentar muchos pedidos nuevos y al mismo tiempo tejer una red y extenderla a través de la ciudad.

    No obstante, no debería quejarme. Al fin y al cabo, no he hecho más que dos visitas al Bourg y una a la Cité. Esperaba localizar a mis beguinos en el Bourg, aunque sólo fuera porque allí es donde vive Berengar Blanchi. Ya podéis imaginar, pues, cuál sería mi sorpresa cuando he encontrado a mi mosca borriquera en la Cité.

    El tejedor gordo. Lo he reconocido por la coronilla calva, pese a verlo desde atrás.

    A buen seguro ha sido mi capa escarlata lo que le ha llamado la atención. Me la he puesto cada vez que he salido desde el sermo generalis, con la esperanza de que su vivo color —y la llamativa mancha negra de la espalda— refrescara la memoria de quien la viese. La memoria que habría querido refrescar especialmente era la de Berengar Blanchi, porque él era mi principal objetivo. Lo había delatado sobre todo su comportamiento durante la ejecución, al igual que su vestimenta y el fervor que brillaba en sus ojos. De aquí el tiempo que derroché en las inmediaciones de la casa de su primo, pese a haber eliminado ya a Vincent Hulart de mi lista de sospechosos. Vincent Hulart no es beguino, de eso estoy seguro. Ningún beguino habría dedicado su jornada a nada que no tuviera que ver con el aniversario de la muerte de Pierre Olivi.

    En cuanto al tejedor gordo, debe de vivir en la Cité, no en el Bourg. Lo he visto meterse en el barrio de los carpinteros; él iba cargado con una lanzadera de madera y discutía un precio con uno de los mercaderes que comercian en madera. Como en el Bourg hay muchos carpinteros capaces de hacer o reparar una lanzadera, he pensado que debe de vivir mucho más cerca.

    Esperando llamar su atención, me he parado a admirar un baúl de madera tallada. Así que he vuelto a ponerme en marcha, él me ha imitado y ha echado a andar a pocos pasos detrás de mí. ¡Pero hay que ver lo torpe que es! Cuando, en un punto concreto del camino, he vuelto sobre mis pasos, puesto que quería que supiera dónde vivo, me ha perdido después de doblar dos esquinas a la izquierda. He mirado a mi alrededor y había desaparecido. Así pues, he tenido que permanecer donde estaba, fingiendo que contaba monedas en la palma de la mano, hasta que ha vuelto a localizarme. Después he echado a andar de nuevo, aunque más lentamente. Tan lentamente que casi parecía que caminaba para atrás.

    Por fin he llegado a casa.

    De haberlo seguido yo a él, no me habría quedado de pie ante su casa después de verlo entrar en ella. Ni tampoco habría saludado a su vecino desde el otro lado de la calle y me habría informado después de cómo se llamaba él y de cuál era su profesión, cosas todas que ha hecho el tejedor gordo deseoso de conocer datos sobre mi identidad. Lo he atisbado desde un postigo entreabierto y he visto que señalaba con el dedo mi casa. Y no sólo esto, además he visto la descripción que hacía de mí a mi vecino. Hacía referencia a mi altura comparándola con la suya, le he visto juntar después las manos («delgado»), recorrer con ellas ambos lados de su cara («cabello largo y lacio») y trazar unos círculos aproximados en torno a sus ojos («¿ojos verdes?», «¿pestañas oscuras?» No sé).

    Mi vecino ha asentido con el gesto. Su respuesta debe de haber satisfecho al tejedor: tal vez mi nombre o mi ocupación. Sea lo que fuere, el tejedor le ha dado las gracias y se ha marchado con aire complacido pero inquieto. Ahora no me queda más que esperar. Debo esperar a que el tejedor y sus amigos se me acerquen porque me consideran un hereje como ellos o un simpatizante.

    A menos que desconfíen de mis motivaciones.

    Pero no. No he dado motivo de alarma. No he hecho preguntas, no he perseguido a nadie. Me he ocupado de lo mío como buen ciudadano, y eso es algo que podría declarar quienquiera que me hubiera seguido.

    No quiero decir con esto que me haya seguido nadie. De eso estoy plenamente convencido. Desde la primera vez que vi a Armand Sanche, no he descuidado un solo momento la vigilancia y dudo mucho que exista un solo beguino narbonés que supere en astucia a alguien que, como yo, se ha criado en las montañas entre cataros; entre las fortalezas construidas hace muchísimo tiempo por los señores cataros para defenderse de la Iglesia y de los invasores del norte.

    Seguir a una persona por la calle populosa de una ciudad no tiene nada que ver con seguir a alguien a través de una montaña. Es más fácil y a la vez más difícil. Para el perseguidor es más fácil esconderse en medio de una multitud, al igual que es más fácil perder la presa entre la gente. En la montaña solitaria, el ojo entrenado divisa claramente a un hombre. Aunque éste trate de esconderse, deja huellas y rastros reveladores a modo de estela. Dejará volutas de humo y cenizas calientes; escupitajos y basura; huellas de pisadas y ramas rotas. Y lo más importante, dejará su nítido retrato en la memoria de quienes ven pocos desconocidos de un cabo a otro del año.

    A veces, al seguir a un hombre a través de una montaña, es fácil olvidar que también dejas tu propio rastro.

    Dios sabe que he aprendido bien esta lección. He aprendido a no olvidar el camino que dejo detrás de mí incluso cuando vigilo el camino que tengo delante. Cuando seguí a Guillaume Autier (fue después de que detuvieran a su hermano Pierre en Belpech), hice demasiadas preguntas y dejé demasiadas huellas. Me convertí en objeto de sospecha para los amigos cataros de Guillaume Autier. De no haber estado alerta, me habrían matado, como mataron a tantos en la misma época en Junac, en Montaillou o en Ax-les-Thermes por el simple hecho de que se les consideró informantes potenciales.

    Ocurrió hace nueve años. ¡Nueve años! Tenía que dirigirme hacia San Mateo, en Tarragona, donde se habían refugiado muchos de los cataros más fieles. Sí, ahora que lo pienso, allí era adonde me dirigía. La cabaña de pastor donde encontré amparo estaba en el monte Vezian. Y los hombres que allí conocí me recibieron con gran cordialidad, ya que ocuparse de los rebaños debe de ser un trabajo muy solitario. Yo, en aquellos tiempos, además, hacía algo más que reparar zapatos. También vendía agujas e hilo y me informaba en las tierras bajas. La gente me acogía bien. Me lo ganaba a pulso.

    Sin embargo, resultó que uno de los cinco pastores era amigo del hereje Raymond Issaura, de Larnat. La población de Larnat contaba con una larga historia de intolerancia en lo tocante a agentes inquisitoriales. He oído decir que, en los barrancos que hay en las inmediaciones del pueblo, permanece el cadáver de un hermano lego franciscano que hace veinte años se propuso detener a Guillaume Autier.

    Pese a todo, me comporté como un idiota. Me dejé turbar por el vino, el fuego, la alegre compañía. Mientras comíamos, vi que el amigo de Raymond Issaura bendecía el pan a la manera hereje y le hice demasiadas preguntas. A buen seguro que, mientras yo roncaba (¡qué estúpido fui!), él se quedó en vela la noche entera cavilando y haciéndose preguntas sobre mí. A la mañana siguiente, él y su amigo se ofrecieron a acompañarme hasta Morella donde, dijeron, estaría Guillaume Autier. Creí lo que me dijeron. O lo creí hasta que vi que uno de ellos sacaba un hacha. Dijo que era leñador y que la usaba por su oficio.

    Yo podía ser estúpido, pero no tanto. Tenía vistos a muchos leñadores. Y lo que todos tenían en común era unas anchas espaldas. El tipo aquel, en cambio, estaba más delgado que el cayado de un pastor.

    Debo decir en mi favor que actué con rapidez. Alegando que necesitaba, vaciar la vejiga, me escabullí entre unos peñascos. No había tiempo que perder. Antes de que nadie se percatara de que yo me había dado cuenta de la situación, huí abandonando todas mis cosas. Además, como había dejado todo lo mío, disponía de más tiempo. No les cabía en la cabeza que hubiera escapado desprendiéndome de todas mis posesiones y esperaron tanto que me dieron la ventaja que me hacía falta.

    Y buena falta que me hacía. Como eran buenos rastreadores, creí haberlos burlado al renunciar a mis pesquisas y dirigir mis pasos hacia Lérida. Pero ellos se dividieron, pues temían mi añagaza. Uno de ellos estuvo pisándome los talones hasta el valle de Vicdessos. Como yo no llevaba encima otra cosa que dinero, tuve que comprar o mendigar ayuda durante todo el camino. Esto significa que dejé rastro y que éste condujo a mi perseguidor hasta la cueva de La Vache. Y allí lo esperé.

    Es lógico pensar que cuando te sigue un hombre a lo largo de una distancia tan grande, lo hace movido por muy buenas razones. Sabía cuáles podían ser las suyas: sabía su nombre y lo había visto bendecir el pan con una señal herética. Dadas las circunstancias, no me quedaba más opción. Vi que entraba en la cueva blandiendo el hacha. Si él me hubiera encontrado tumbado en la cueva junto al fuego (que todavía humeaba), me habría separado la cabeza del tronco de un hachazo.

    Cuando lo vi aparecer, le golpeé con una piedra. Lo hice en defensa propia, como estoy dispuesto a declarar hasta el día de hoy. Mi maestro pensó lo mismo que yo. Dijo que no existían motivos para el remordimiento, que podía estar seguro de que Dios me había perdonado. Dijo que, puesto que soy bajo y débil, no había dejado a mi perseguidor, por ser alto, que se pusiera en paz con Dios, ya que era seguro que, de haber tenido esa oportunidad, no la habría desaprovechado. Y como persistían mis dudas, mi maestro me trajo un cura para que pudiera confesarme. Y el sacerdote me confirmó lo que ya me había dicho mi maestro.

    Ahora sé que no fue un error. De no haber actuado como lo hice, habría muerto allá arriba, en las montañas, y los cuervos me habrían devorado. Estaba exhausto. No me quedaba un céntimo. De haber obedecido a mi impulso natural, me habría suicidado. Y el suicidio es un pecado mortal.

    Hasta hoy no tengo nada que lamentar, a no ser las habilidades que se han perdido. Porque el hombre que me seguía poseía unos conocimientos y una experiencia sin parangón. Pese a huir de él, me enseñó muchas cosas. Una de ellas fue que cubrir la mierda con una piedra es mejor que enterrarla, porque la tierra removida es muy visible y, por contra, es imposible disimular el hedor a mierda a menos que haya carne podrida en las inmediaciones. Me enseñó a esparcir las cenizas: así se enfrían más rápidamente. Me enseñó a evitar los pastos a toda costa, pues cada vez que los atraviesas los señalas.

    Y me enseñó que no había que hacer nunca, pero nunca, pregunta alguna.

    Por eso, cuando hoy he visto que el tejedor gordo andaba haciendo preguntas, no he podido evitar unos movimientos con la cabeza. He subido al piso de arriba preguntándome qué sentido podía tener un comportamiento tan torpe como el suyo. O el tejedor gordo es sumamente estúpido o sumamente inteligente. ¿Estará tratando de influir en mí igual que he tratado yo de influir en él? Lo dudo. Un cátaro podría ser así de ingenioso, pero ¿también un beguino?

    Cuando he entrado en mi cuarto de trabajo, he encontrado a Martin. Estaba de pie junto a la ventana mirando a la calle. Al oír mis pasos, se ha vuelto en redondo.

    —Maestro —me ha dicho con la boca llena de pan y ajo—, os han seguido.

    Me ha dejado un momento sin habla. Lo he mirado mientras me quitaba lentamente la capa escarlata e intentaba darle una respuesta.

    —Lo he visto —ha dicho Martin, muy nervioso—. Caminaba detrás de vos y, cuando habéis entrado en casa, se ha parado. Después se ha dirigido a Ademar, el vecino de enfrente, y ha estado hablando con él. Y señalaba esta casa.
    —¿Ah, sí? —he dicho—. ¡Qué extraño!
    —Quería saber quién erais. Preguntaba por vos. He visto que decía a Ademar cómo erais de alto.
    —¿Y se puede saber qué haces en la ventana? —he preguntado, recuperando la compostura—. ¿No te das cuenta del trabajo que tenemos?
    —Maestro, estaba comiendo. Siempre me habéis dicho que no trabaje cuando coma porque podría manchar el pergamino.
    —Es verdad. —he dejado la capa cuidadosamente sobre el baúl de la ropa—. ¿Sigue en la calle el hombre ese?
    —No, se ha ido calle abajo.
    —¿Qué aspecto tenía?

    Me interesaba verdaderamente lo que había llamado la atención de Martin. Quería saber si había sacado alguna conclusión.

    —Era gordo —ha declarado el chico en tono taxativo. (Como él está como una caña, considera gordo a todo aquel que no cabe en una media.)—. Gordo, calvo y con la cara roja.
    —¿Algo más?
    —Llevaba un jubón azul sobre una túnica parda.
    —¿Larga o corta ?
    —Hasta la rodilla.
    —¿Algo más?
    —Pues... —La frente lisa de Martin se ha fruncido. Hacía esfuerzos para recordar—. Cinto marrón...
    —¿Llevaba capa? ¿Bolsa en el cinto? ¿Cuchillo? ¿Iba cargado con algo?
    —Sí, algo de madera, una especie de peine muy grande, pero sin púas.

    La descripción no era del todo satisfactoria. He vuelto a probar.

    —¿Qué hacía? —he inquirido.
    —¿A qué os referís?
    —Sí, qué estaba haciendo. ¿Cuál era su actitud? ¿Cómo se movía? Hazme una demostración.

    La imitación de Martin de un hombre gordo caminando como un pato me ha provocado una sonrisa. Pero cuando me ha correspondido con una mueca, me he negado a halagarlo con unas palabras de aprobación. Seguía sin sentirme satisfecho.

    —¿Y qué más? —lo he apremiado—. ¿Qué hacía con las manos? Muéstrame qué hacía con ellas. Dime qué hacía exactamente.

    Martin ha titubeado. Con aire indeciso, ha hecho una indicación con un dedo. He esperado.

    Ha indicado una altura haciendo referencia a la suya y rozando con la punta del dedo uno de sus pómulos. Después se ha recorrido con las manos ambos lados de la cara. Se ha trazado dos círculos en torno a los ojos.

    Después ha movido el hombro, se ha echado para atrás y se ha frotado el codo derecho con la mano izquierda.

    —Hazlo de nuevo —le he dicho.

    Ha obedecido mientras me miraba fijamente. He leído la pregunta en su mirada oscura y atenta.

    —Si no me equivoco, hijo mío, ese hombre es tejedor —he declarado, al tiempo que liberaba al chico de sus esfuerzos—. Si tienes ocasión de observar un rato a un tejedor, verás que suele hacer el movimiento que acabas de imitar. Es el gesto del que pasa mucho tiempo ante el telar. Cuando vayas a la iglesia, trata de descubrir a los tejedores.

    La sorpresa ha dejado boquiabierto a Martin.

    —Si vuelves a verlo, me lo dices —le he encomendado mientras me acercaba al bastidor donde Martin tenía sujeto el último pellejo—. Una cosa, ¿qué te tengo dicho sobre que no hay que poner la piel demasiado tirante? Sigue habiendo un exceso de tensión. No debes hacer tanta fuerza.
    —Maestro, ¿se puede saber por qué os ha seguido ese tejedor hasta vuestra casa? ¿Y por qué se ha ido después sin hablar con vos?
    —Quizá necesitaba a alguien que hiciera pergaminos. Quizá se ha fijado en que llevo las mangas sucias de yeso.

    Pero Martin ha movido negativamente la cabeza.

    —Maestro, esas cosas no las ve nadie —ha objetado—. Sólo vos.
    —Y tú —he dicho.

    Él se ha ruborizado con evidente expresión de complacencia. Aun así, ha continuado con lo mismo.

    —Maestro, eso no tiene sentido.
    —Quizá no lo tenga para ti ni para mí —he replicado—, pero tiene que existir una explicación razonable.
    —¿Cuál?

    He decidido que, si bien es admirable en ciertos aspectos tanta persistencia, no debe ser alentada en lo que a mis asuntos particulares se refiere. Y por eso he fijado en mi aprendiz una mirada fría y decidida.

    —El tejedor me seguía a mí —le he dicho—; así pues, dejando aparte cuáles sean sus intenciones, es un asunto que no es de tu incumbencia. ¿Está claro?

    Martin se ha vuelto a ruborizar. En un primer momento, me ha parecido que se había ofendido, pero, cuando le he oído farfullar una disculpa, he comprendido que sólo estaba abochornado.

    Cuesta muy poco abochornar a ese chico. Después de los golpes que ha recibido, debería tener una piel más curtida; sin embargo, la tiene más fina que el mejor de mis pergaminos; en ella aparecen claramente reflejados todos sus cambios de humor como si alguien los fuera escribiendo con la pluma mejor templada y con tinta negra y de la más cara.

    Es preciso que aprenda el arte del disimulo. Es forzoso. ¿Qué será de él, si no?


    IX
    El miércoles anterior a Semana Santa


    Debo empezar a leer esos libros de los beguinos. Por desgracia, en eso me he mostrado muy remiso. Al posponer esa tarea que tan poco me apetece, me he condenado a noches de insomnio. Porque si mañana no conozco su contenido, voy a encontrarme en el más grave peligro. Habría debido saber que los beguinos no esperarían. Esta mañana se han presentado en mi taller: eran dos, dos mujeres. Yo estaba cosiendo unos pergaminos cuando han entrado; al levantar los ojos, me he encontrado delante de una matrona que estaba de pie ante mí, muy alta y bien vestida. Tenía una nariz larga, pómulos muy pronunciados y una mirada resuelta. Su mandíbula bien recortada enmarcaba una boca de labios llenos y jugosos; tenía los cabellos ocultos debajo de una profusión de sedas bellamente entretejidas y de suave colorido.

    La muchacha que la acompañaba no debía de tener más de diecisiete años. Aunque su indumentaria era sencilla —y hasta diría pobre—, me ha desafiado con la mirada, extrañamente orgullosa y atrevida para una muchacha tan pálida y delgada. Tenía un cuello largo que recordaba el de un ganso y esos hombros derrumbados que suelen tener las tejedoras, las costureras y las monjas.

    No habría dicho por su aspecto que pudiera ser parienta de la matrona. Pero tampoco la habría juzgado su criada. Se comportaba más bien como alguien que se sitúa entre la posición de una amiga a la que se favorece y la de una subordinada pobre.

    —Loado sea el nombre de Jesucristo —ha dicho la matrona escrutándome con mirada viva y expectante.

    Por un instante, me he sentido perdido. No obstante, sin casi darme tiempo a tomar aliento, he recordado que Berengar Blanchi había empleado la misma frase al saludar a Imbert Rubei, quien le había respondido con idéntico saludo.

    Como el sol que asoma detrás de una nube, he comenzado a ver claro. He comprendido que los beguinos usan ese «Loado sea el nombre de Jesucristo» de la misma manera que los cataros se saludan diciendo: «¿Qué haremos para ser mejores?». Son saludos que, en ambos casos, distinguen a los herejes de aquellos que no lo son, una especie de santo y seña para entrar en una ciudad sitiada.

    —Loado sea el nombre de Jesucristo —he respondido; al decirlo me he fijado en que los vestidos de las dos mujeres estaban sembrados de un número insólito de hebras sueltas de una tela diferente.

    Eran hilos de seda y oro, gruesas hebras de lana de color oscuro y fibras que igual podían ser de hilo o incluso de algodón, algo que no habría sabido decir al momento. Lo que sí podía asegurar era que aquellas mujeres eran tejedoras, pañeras o esposas de sastre (aunque ellas no fueran sastras a juzgar por sus manos).

    Al oírme hablar, la matrona ha asentido con el gesto. Era evidente que mi respuesta la había satisfecho.

    —¿Sois Helié Seguier? —ha preguntado.
    —El mismo.
    —Entonces quiero compraros pergamino.
    —Sí. —Me he puesto de pie, contento de que Martin estuviera trabajando arriba—. ¿Para un libro de cuentas, quizá? ¿Para un registro?
    —Para un libro sagrado —ha replicado la matrona sin dejar de mirarme fijamente—. Deseo tener una copia de un libro escrito por Pierre Olivi. Su postilla sobre el Apocalipsis. ¿Habéis leído la obra?

    No habría podido darme mayor sorpresa. Su temeridad me ha dejado atónito; esperaba una aproximación mucho más sutil.

    En realidad, su osadía ha despertado mi cautela. Ningún beguino de verdad, he pensado, habría contestado francamente a una pregunta tan abierta. Hasta los herejes más imprudentes de Narbona habrían sospechado que se trataba de una trampa.

    —Ese libro ha sido condenado —he dicho.
    —Pero ¿quizá lo leísteis antes de que lo condenaran? —Me ha presionado—. En cualquier caso, deberíais leerlo ahora. Es una maravilla. Aunque se juntaran todas las cabezas de todos los hombres del mundo, no podrían escribir una obra mejor, a no ser que fuera con la ayuda del Espíritu Santo.

    He mirado, estupefacto, a la mujer y después a la joven, y de nuevo a la mujer. La expresión de las dos era de ansiedad, aunque en la de la joven también había impaciencia, mientras que la mujer mayor parecía mucho más serena.

    —He leído el libro —he mentido, haciendo votos para que Martin no estuviera escuchando en lo alto de la escalera (lo que hacía a menudo)—. Será un honor para mí suministrar pergamino para una copia de esa obra.

    Las dos beguinas se han mirado. La matrona se ha vuelto hacia mí con una sonrisa. Tenía hermosos dientes.

    —Si habéis leído el libro, debéis saber el espacio que ocupa —me ha dicho—. Traedme mañana el pergamino necesario inmediatamente después de comer. A mi casa. Vivo en la tienda del pañero que está junto a la hostería de la Estrella. ¿Conocéis la hostería de la Estrella?
    —Sí.
    —Pues traedme el pergamino a la tienda y os pagaré un buen precio.
    —¿Por quién pregunto en la tienda? —he dicho a continuación hablando atropelladamente antes de que se fueran las dos mujeres—. ¿Pregunto por vos?
    —Soy Berengaria, la esposa de Pierre Donas, el pañero —me ha replicado mientras echaba una ojeada general a la tienda y fruncía ligeramente la nariz al notar el olor especial del ambiente—. Procurad que el pergamino sea de buena calidad. No vayamos a profanar la postilla del hermano Pierre Olivi con un mal pergamino.
    —Yo no vendo mal pergamino. —Con serenidad, pero con firmeza, he defendido mi fama—. El género que vendo es de buena calidad.
    —Al trabajador honrado nunca le faltan clientes. —Ha observado Na Berengaria en tono de aprobación—. Así pues, nos veremos mañana. Vendréis vos mismo en persona, ¿queda entendido?
    —Por supuesto.
    —Loado sea el nombre de Jesucristo.

    Y con un revuelo del recargado vestido, ha salido de mi taller acompañada de la muchacha. He tardado un rato en recuperarme de la sorpresa. No me esperaba tanta brusquedad, era como si acabase de recibir un batacazo en la cabeza.

    Por fin ha comenzado a posarse el remolino de mis pensamientos y ha parecido que se establecía cierto orden. He empezado a considerar las inaplicaciones que entrañaba la visita de Berengaria y he ido sopesando las probabilidades que se perfilaban en mi mente.

    ¿Es una beguina auténtica? Eso parece. ¿Me mira realmente como a otro converso? Quizá. ¿Conoce a Jacques Bonet? ¡Ay de mí, ésa es la pregunta más importante!

    Si acaso conoce a Jacques, debe de ser en calidad de fugitivo, no como agente de Jean de Beaune. En tal caso, ¿a qué viene esa forma de comportarse tan abierta e imprudente? No puedo creer que alguien que ha ayudado o matado a un tercero fugitivo vaya preguntando alegremente por ahí a unos totales desconocidos si han leído la postilla de Pierre Olivi. A no ser que tenga un propósito secreto. O que se trate de una loca.

    Supongo que es una posibilidad. Por otra parte, podría desconfiar de mis motivaciones. Si conoce a Jacques Bonet como agente de un inquisidor, podría sospechar que yo también lo soy. En ese caso, tal vez intente atraerme a su cubil para matarme igual que mató a Jacques. Debo confesar que me cuesta imaginar a esta mujer matando a nadie. En cuanto a la joven, a ésta sí la veo capaz de matar en un arrebato de pasión; pero a Berengaria no. Jamás he encontrado a un asesino con ese aire de plenitud del que ella parece disfrutar. Y eso que a lo largo de mi vida me he tropezado con algunos asesinos.

    Existen cuatro posibilidades. Una es que no sepa quién es Jacques Bonet y que sólo sienta el deseo de difundir las enseñanzas de Pierre Olivi, pese a los peligros que el hecho conlleva. Otra es que sepa que Jacques es un beguino evadido, pero que cometa la ingenuidad de seguir corriendo riesgos. La tercera es que haya matado a Jacques y que ahora quiera matarme a mí. Una cuarta es que Jacques haya revelado su mortal secreto y se ponga a su merced. Tal vez sea una de esas mujeres qué se sentiría más que satisfecha de ayudar a alguien en la situación de Jacques a escapar de las garras de Jean de Beaune.

    No consigo decidir cuál de esas alternativas es la más probable. No conozco bastante a esa mujer para optar por una opción lo bastante informada. Con todo, sería una estupidez caer en una trampa por falta de protección. Por consiguiente, cuando vaya mañana a su casa, me llevaré un cuchillo. Lo llevaré escondido en una de las botas. Y evitaré entrar en una habitación oscura, sobre todo si tengo a alguien detrás de mí.

    Así pues, mi plan es éste. Esta mañana temprano he llegado a la conclusión de que era bueno. Después, una vez decidido a actuar, he examinado mis estanterías y he reunido unos pergaminos que, una vez envueltos en un paño, he dejado aparte, reservados para Berengaria. Pero mientras lo hacía, se me ha ocurrido algo.

    Según ella me ha dicho, compraba el pergamino para hacer una copia de un libro herético. Así pues, me he preguntado si podían haberse hecho otras compras en mi tienda con ese mismo propósito. No por parte de copistas, notarios, sacerdotes o monjes, sino de tejedores, pañeros y otras personas no conocidas por su interés en la palabra escrita. Sin duda, esa clase de personas precisarían de alguna forma de registro o de libro de cuentas para consignar sus actividades. Pero en ese caso los folios suelen ser grandes y su propósito está claramente especificado.

    Por otra parte, un códice herético tiene que ser por fuerza pequeño para poder esconderlo fácilmente. Además, si yo fuera un hereje y quisiera comprar pergamino para copiar un texto prohibido, buscaría una tienda en la que no me conociera nadie. Y me aseguraría de no volver a poner nunca más los pies en ella.

    Después de todo, ¿quién sabe qué transacciones querrán investigar los inquisidores en su persecución de los libros prohibidos ?

    Movido por una repentina curiosidad, he subido al piso de arriba para inspeccionar mi propio registro. Lo llevo por la fuerza de la costumbre, aunque tiene escasa utilidad; en él constan todos los pedidos y las compras que se hacen en mi tienda, junto con los detalles referentes a las personas involucradas. A veces me dan un nombre. A veces lo reservan. Pero en la columna de la izquierda hago siempre una señal especial si no conozco al cliente. Y en tales casos procuro describir al desconocido de la. manera más completa posible. Es pura costumbre, supongo, aunque no deja de tener sentido cuando se trata de alguien que se esconde. He llegado a la conclusión de que incluso la buena memoria necesita apoyos.

    Arriba, en el taller, Martin estaba ocupado raspando pergamino con el yeso. Parecía feliz sintiéndose dueño del taller por un tiempo; le he dicho que me avisara si venía alguien.

    —¿Quiénes eran esas señoras? —me ha preguntado.

    Lo he mirado fijamente.

    —¿Has escuchado? —le he preguntado.
    —No, maestro. —ha acompañado las palabras de un movimiento de la cabeza—. Las he visto entrar y, después, salir. Desde la ventana.
    —Entonces habrás sacado tus propias conclusiones —he dicho; después lo he enviado abajo.

    Le he dicho que barriera la tienda y ordenara los estantes. Y que mientras se ocupaba de esos quehaceres me dejase trabajar.

    Tengo el registro en un lugar de fácil acceso, junto a mi cama. No veo la necesidad de guardarlo bajo llave en el baúl de la ropa blanca, como hago con este diario. Así pues, he recuperado enseguida el volumen sin encuadernar que, por tratarse de un conjunto de recortes y de muestras desperdigadas y cosidas, tiene todas las trazas de algo fragmentario.

    He ojeado las páginas en busca de aquella señal especial. Y cada vez que la he encontrado, he comprobado el nombre. Después he leído la descripción. (Algunas eran muy detalladas, sobre todo cuando no figuraba el nombre ni la profesión.) Tras descartar a todos los sacerdotes, monjes y notarios, me he quedado con una lista de clientes extremadamente reducida. Todavía la he acortado más después de eliminar a varios comerciantes con los que me he familiarizado a raíz de su primera visita a mi tienda.

    De pronto, he tenido la sensación de que me saltaba a la vista un nombre que figuraba en un folio amarillento. Hacía unos tres años que estaba allí escrito junto a la señal especial.

    El nombre era Imbert Rubei.

    Me parece que se me ha escapado un silbido al verlo. ¡Imbert Rubei! Seguro que se trataba del mismo hombre. La descripción cuadraba. Según mis palabras, era un hombre de edad que cojeaba ligeramente, tenía unas cejas espesas y grises y una mandíbula cuadrada. En mi anotación le adjudicaba la profesión de comerciante de seda. Había hecho un pedido de tres manos de pergamino perforado y me había facilitado una dirección del Bourg así como su nombre.

    Debajo de esa entrada yo había garrapateado otra, escrita con tinta diferente, sirviéndome de una pluma ligeramente más fina.

    La entrada decía:

    Recuerdo este nombre. Constaba en una carta enviada al Papa por los cónsules del Bourg. Protestaban contra la excomunión de unos frailes espirituales de Narbona. Debió de ser justo después de mi llegada a Narbona, cuando yo vivía todavía en el Bourg, ya que la carta fue leída en la iglesia de Notre-Dame Lamourguier. A los
    cónsules les preocupaba que muchos burgueses que cumplían con sus devociones en el priorato franciscano ya no podrían seguir haciéndolo.
    Imbert Rubei debe de haber sido cónsul en otro tiempo.


    Estaba atónito y contrariado a la vez. ¿Cómo había podido olvidar un hecho tan importante? De pronto me ha sorprendido el recuerdo como una ráfaga: la alta bóveda de piedra de la iglesia, las palabras del sacerdote pronunciadas en tono monocorde, los nombres de los seis cónsules que, como hubo de parecerme entonces, corrían un gran riesgo. Había tomado nota mentalmente de sus nombres por esa misma razón y me he preguntado si tardaría mucho tiempo en ver a aquellos mismos hombres abjurando de su herejía en un sermo generalis. Ya entonces presentía la tormenta que se avecinaba y que muy pronto había de engullir a muchos espirituales franciscanos.

    Y como yo era nuevo en Narbona, no estaba acostumbrado a la desvergonzada confianza de su gente.

    De todos modos, el recuerdo de la visita de Imbert Rubei a la tienda no era tan nítido. Me había quedado con su cara, eso sí, por eso lo reconocí al momento cuando lo vi merodeando junto a la casa de Vincent Hulart. Sin embargo, no lo había situado en mi tienda por muchos esfuerzos que hice entonces para recordarlo. No podía recordar cómo iba vestido ni qué había dicho. Eso era algo que me sacaba de quicio.

    Si no por otra cosa, esto demuestra por qué mi registro —y también este diario— me es tan necesario. Mi memoria es débil e imperfecta y debe apoyarse en ellos.

    El nombre de Imbert Rubei aparece una sola vez en las hojas del registro. Así que hubo adquirido las tres manos de pergamino, se esfumó y ya no volvió a aparecer nunca más en mi tienda. ¿Habría comprado el pergamino para escribir en él un texto herético? Tal vez. Pero de ser así, ¿por qué se identificó? Habría podido hacer la compra de forma anónima o utilizar un nombre supuesto.

    A lo mejor, el pergamino estaba destinado a una finalidad legítima. Después de todo, si uno comercia con la seda realiza muchas transacciones financieras y debe registrarlas en algún sitio. No hay forma de saber cuáles eran sus intenciones reales.

    La unica cosa que sé ahora es dónde está su casa. Es una suerte, porque debe de ser un beguino. No hay más que considerar los hechos: en primer lugar, empleó la frase «Loado sea el nombre de Jesucristo» a manera de saludo; en segundo lugar, protestó por la excomunión de los espirituales franciscanos; en tercer lugar, comercia con sedas y lleva una basta túnica parda.

    Por otra parte, es amigo de Berengar Blanchi. Pasaron juntos mucho tiempo el día del aniversario de la muerte de Pierre Olivi. Y Berengar Blanchi es primo de Vincent Hulart. Y Vincent Hulart era el único nombre que llevó Jacques Bonet antes de esfumarse.

    Me parece que tendría que hacer una visita a la casa de Imbert Rubei; sin embargo, antes he de visitar a Berengaria Donas.

    De momento, tengo la sensación de estar rodeado de beguinos por todas partes.


    X
    El jueves anterior a Semana Santa


    Hoy he ido a la tienda del pañero situada cerca de la hostería de la Estrella y no he parado un momento de cavilar sobre la postilla de Pierre Olivi.

    Anoche no la pude terminar porque la obra es larga y complicada. Con todo, leí lo suficiente para comprender por qué mi maestro la encuentra alarmante. Según la interpretación que hace Olivi de las Sagradas Escrituras, en la Iglesia ha habido siete eras, la sexta de ellas fundada por san Francisco. En opinión del autor, después de Cristo y de su Madre, san Francisco fue el más fiel observante de la vida evangélica. Su regla evangélica será crucificada al final de la sexta era igual que un día fuera crucificado Cristo. Entonces empezará la séptima era, con la muerte del anticristo y la resurrección del cuerpo de san Francisco. En ella ocurrirá también la fundación de una nueva Iglesia.

    Si yo fuera dominico, la lectura de esas cosas me habría inquietado.

    Cierta vez mi maestro me dio un consejo que no he olvidado nunca. Había descubierto un libro cátaro llamado La cena secreta y me pidió que lo leyera, ya que había sido traducido a la lengua vernácula. El libro estaba plagado de mentiras. Alegaba, entre otros errores, que Satanás había creado todas las cosas vivas, que había formado al hombre moldeándolo con barro a su imagen y semejanza y que después había aprisionado los espíritus de los ángeles en el interior de cada cuerpo de barro.

    Antes de poner el libro en mis manos, Bernard Gui me dijo una gran verdad. Me dijo que muchas personas creen una mentira por el simple hecho de verla escrita, pues consideran sagrado todo lo que ven escrito. Me advirtió que de ese modo se extravía a menudo a los hombres ignorantes. Y que ellos sólo leen u oyen lo que está traducido a su lengua vernácula, que es muy poca cosa, y que como el latín es la única lengua que se entiende en todo el mundo, gran parte de la sabiduría que nos es accesible está en latín.

    —Los herejes sacan sus propias conclusiones aunque su conocimiento sea incompleto y, por tanto, imperfecto —me dijo—. Si hubieran leído todo lo que he leído yo, si estuvieran familiarizados con las palabras de san Agustín, san Jerónimo, san Anselmo y de todos los grandes escritores que han defendido con su pluma tanto a Dios como a la Iglesia, no estarían tan dispuestos a aceptar como verdad todas las mentiras que leen por el simple hecho de que están escritas.

    También yo he descubierto ahora que las mentiras parecen adquirir más cuerpo si están escritas. Incluso La cena secreta me impresionó, a pesar de las cosas absurdas que dice. De haber leído el libro sin las orientaciones que me dio un día mi maestro, tal vez me habría inducido a creerlas. Porque yo no soy hombre de cultura y no sé qué dijo san Agustín, san Jerónimo ni san Anselmo.

    Con todo, he estado en contacto con algunos textos heréticos. Y cuantas más obras de ese género lees, menos inclinado te sientes a creer lo que dicen. Porque aunque todas tienen algo diferente que decir, ninguna de las cosas que dicen parece demostrada ni confirmada por lo que veo en el mundo que me rodea. Y por eso me pregunto: si esos herejes dicen verdad, ¿por qué no son manifiestas sus diversas verdades? Y si debo escoger entre las herejías, ¿por qué he de inclinarme por una y no por otra?

    Mi maestro tiene razón cuando dice que el orgullo está en la raíz de todas las herejías. ¿Cómo un hombre que se sabe pequeño, débil e ignorante como yo va a levantarse contra la Iglesia, con toda su gloria terrenal y su antiquísima sabiduría? Es una pregunta que me hago a menudo. Los herejes no se la hacen, y por eso caen en el error.

    En muchos casos, ese orgullo es su único defecto. Si algunos herejes son asesinos, embusteros e hipócritas, hombres sin conciencia, también los hay dignos de admiración en muchos aspectos. Llevan una vida modesta, hacen buenas obras y se niegan a sí mismos. Incluso el mismo Bernard Gui hubo de admitirlo: «La escuela del demonio, con su apariencia de bondad, parece en muchos aspectos una imitación simiesca de la escuela de Cristo», observó en una ocasión.

    Ojalá no fuera así. Ojalá los beguinos, por ejemplo, fueran venales y violentos. Porque si fueran de ese modo, sería más fácil traicionarlos. Sería más fácil pensar: «Son una llaga en el corazón de la cristiandad y es preciso cauterizarla cuanto antes para evitar que infecte y corrompa el cuerpo de la Iglesia».

    Pero me temo mucho que Berengaria Donas no es violenta ni venal. A mí más bien me llama la atención porque es ferviente, generosa, amable, excesivamente confiada; eso sí, un poco estridente y también un poquito candida. Pero lástima que también es hereje. Y como tal, es un peligro para todos nosotros.

    Si hubiera alguna manera de hacerla entrar en razón antes de que conduzca hacia la catástrofe a sus amigos y a su familia...

    El problema, tal como yo lo veo, es la excesiva confianza que tiene en sí misma. Cuando vas a su casa, comprendes sus razones. Vive en la Rué Droite, en un edificio de piedra grande y elegante cuya planta baja se abre a la calle. Allí he podido ver rollos y más rollos de los más finos tejidos: biffe de Provins, surge de Beaucaire, lienzos de Reims, brocados, sedas y damascos. El muchacho granujiento que examinaba tan valiosa colección de tejidos no podía tener más de veinte años, aunque iba vestido con la grave dignidad de un cónsul de mediana edad, con prendas largas y holgadas, amén de bien cortadas.

    Me he preguntado si sería el hijo de Berengaria. Era lo más probable. Era alto y delgado y tenía un rostro alargado; sin embargo, cuando lo he saludado con las palabras «Loado sea el nombre de Jesucristo», ha hecho un movimiento brusco con la cabeza y la ha vuelto hacia la trastienda.

    —Mi madrastra está en la cocina —ha dicho.

    Sería imposible reproducir el tono exacto de su voz, que era a un tiempo impaciente, distante, sumiso, hostil, altanero y desilusionado. Debo confesar que me ha sorprendido. Como también la riqueza de su atavío y la decoración espléndida de la tienda. (He contado como mínimo tres pares de tijeras, pero quizás había más.) No se han regateado dispendios para demostrar que Pierre Donas, el pañero, posee una inmensa riqueza, tiene buen gusto y goza de prestigio.

    Pero la ilusión termina en la puerta de la cocina. En la cocina de los Donas no se advierte muestra alguna de exceso o complacencia. Todo es simplicidad y ausencia de adornos. Incluso el mobiliario es escaso y tan humilde como el que puede verse en los valles de los Pirineos. Aparte del mobiliario y de una magra cantidad de alimento, en la cocina no había más que un par de pucheros de hierro, un afilado cuchillo, unas cuantas cucharas de madera, un hacha, una hoz y un reducido conjunto de sencillas vasijas de barro desprovistas de toda decoración.

    El único adorno de la estancia era la propia Berengaria Donas, que se ha vuelto en redondo, cogida por sorpresa, cuando yo he irrumpido en la cocina. La entrada ha sido deliberadamente brusca porque no quería que me esperasen. Como el joven granujiento no ha anunciado mi llegada, no he visto inconveniente en abrir de golpe la puerta de la cocina (con la suficiente fuerza como para hacer temblar las paredes) y cerrarla y atrancarla después a fin de guardarme las espaldas. Como es natural, en primer término, he vigilado con atención al hijastro de Berengaria, que no ha intentado seguirme.

    Había otras dos puertas para salir de la cocina. Una daba a un patio y estaba abierta; la segunda estaba cerrada. No había ningún fuego encendido. He contado a tres personas en la estancia: Berengaria Donas, el sastre de piel oscura y la muchacha de cuello largo. El hombre y la chica comían sentados a una mesa.

    —¿Qué..., qué...? —ha tartamudeado la matrona—. ¿Sois vos, Helié Seguier?
    —Sí.

    Llevándose una mano al pecho, Na Berengaria se ha dejado caer en un taburete.

    —¿Por qué tanta precipitación? —ha dicho—. Me habéis asustado.
    —Os traigo el pergamino. —Tras cruzar la habitación, he abierto de par en par la puerta cerrada sin apartar los ojos del sastre, que era alto y fornido; debido a ello, su aspecto era amenazador—. Me dijisteis que os lo trajera.
    —Llegáis con antelación —ha dicho el sastre; llevaba razón, pues yo había adelantado la visita para sorprender a los que me esperaban, no fuera a ser que me preparasen alguna trampa.

    El cuarto contiguo era una especie de bodega atiborrada de barriles y sacos. Aparentemente, no había nadie escondido en sus sombríos rincones. He cerrado la puerta y me he dirigido a la siguiente, que también he cerrado y atrancado.

    —¿Tenéis miedo? —ha preguntado el sastre.
    —Sí, de muchas cosas —be proseguido—. Este pergamino es valioso.

    El sastre me ha mirado con severidad.

    —¿Nos tildáis de ladrones? —ha preguntado.

    Berengaria ha reaccionado tocándole el brazo, como si lo refrenara.

    —El maestro Helié tiene motivos para estar nervioso —ha contestado ella—. Al igual que todos. Ha presenciado qué les ocurre a los demasiado confiados. —Sus ojos se han llenado de lágrimas—. Ojalá nosotros nos mostrásemos tan firmes como él a la vista de tantos sufrimientos y persecuciones.

    La chica pálida se ha persignado. El sastre se ha levantado bruscamente. Debo admitir que he retrocedido alarmado porque, como ya he dicho, el sastre es un hombre corpulento, de largos miembros y poderosa estructura. Pero no lo mueve la violencia. Por el contrario, me ha puesto las manos en los hombros.

    —Os vi en el campo del martirio —ha anunciado—. Vimos que recogíais santas reliquias de nuestros hermanos y hermanas en Cristo.
    —Os equivocáis —le he dicho al tiempo que me desasía de sus manos.

    Pero el sastre no permite que lo desmientan.

    —Os vi —ha insistido—. Yo estaba allí como testigo de los hechos.
    —También nosotros guardamos reliquias —ha añadido Berengaria, que también se ha puesto de pie y me ha tendido la mano—. Venid. Os las mostraré.

    He vacilado.

    —No tenéis nada que temer de nosotros. —La mujer todavía tenía los ojos húmedos, pero su sonrisa era suplicante—. Os acogemos como hermano, maestro Helié. ¿Qué teméis?
    —Vengo de Carcasona —ha sido mi respuesta cuidadosamente meditada—. Los dominios de Jean de Beaune.
    —¡Ese demonio! —ha escupido la joven pálida—. ¡Debería arder en el Infierno!
    —Debemos rezar por el alma de Jean de Beaune a fin de que pueda ver la luz —ha dicho Berengaria—> pero no somos amigos suyos. Somos amigos vuestros, maestro Helié.

    Después me ha presentado al sastre, que se llamaba Blaise Bouer, y a la muchacha: Guillelma Roger. Parece que el sastre es cliente de la familia Donas; por otro lado, según la matrona, el padre de Guillelma no se muestra comprensivo con las necesidades espirituales de su hija. Por eso la joven pasa la mayor parte del tiempo en casa de los Donas, donde ayuda en la cocina y en la limpieza y también a partir leña.

    —Todos somos buenos cristianos y nos dedicamos a servir a los pobres —me ha informado Na Berengaria—. Los domingos nos reunimos aquí con otras buenas gentes para rezar y leer algunos textos sagrados y para recoger las limosnas que destinamos a aquellos que la Iglesia carnal condenaría, los pobres, débiles y fugitivos que sufren injusta persecución.

    Como podéis suponer, me interesaba enterarme de todo aquello. Pese a todo, no he querido hacer preguntas y he permanecido expectante con los pergaminos envueltos y apretados contra el pecho.

    —Seríais bienvenido entre nosotros en los tiempos que corren —ha continuado Berengaria—. Nos sentimos más que contentos de haberos conocido, Helié Seguier.
    —Encontraréis fortaleza en nuestra fe —ha dicho Guillelma—. En esta casa reina la pobreza y todos creemos en la vida evangélica tal como la predicó el bienaventurado Pierre.
    —Debéis traernos vuestras reliquias —me ha pedido Berengaria—, para que podamos venerarlas junto con las nuestras.

    He ido mirando aquellos rostros inocentes uno por uno. A pesar de que Blaise tenía un aspecto algo desagradable, su mirada era clara y penetrante. Na Berengaria tenía una sonrisa serena que recordaba a la Virgen María. En cuanto a Guillelma, su actitud era de mal pronóstico para todos; su aspecto era el de una persona movida por una rabia incontenible contra los ricos y los poderosos.

    —Os equivocáis —le he dicho tratando de eludir la respuesta.

    Después, Berengaria me ha cogido de la mano y me ha llevado a la bodega. Debo confesar que me resistía a seguirla, ya que Blaise nos pisaba prácticamente los talones. Pero no podía alegar justificación alguna para negarme. Como ya me había mostrado muy desconfiado, temía que si persistía en resistirme, se extrañarían de mi reticencia.

    He puesto, pues, toda mi confianza en el cuchillo que llevaba escondido en la bota. He bajado a la bodega, donde no me esperaba un mal trato. Por el contrario, el comportamiento de mis acompañantes ha sido respetuoso y reverente. Y he comprendido el motivo cuando he visto que Blaise abría uno de los toneles.

    Escondida en él había una caja de madera casi tan grande como un baúl de los utilizados para guardar ropa. Pese a la poca luz, he visto que la madera estaba tallada con esmero. Tras levantar con todo cuidado la tapadera, Blaise ha puesto al descubierto un montoncito de seda blanca que abultaba bastante y olía a diablos. Na Berengaria se ha arrodillado. Con la desenvoltura propia de una mujer acostumbrada a manipular ricas telas, ha deshecho el fardo con movimiento grácil y presto para dejar a la vista una de las cosas más espeluznantes que yo había contemplado en la vida.

    —Es la cabeza de Esclaramonde Serrallerii —ha dicho por lo bajo Berengaria—. Y aquí está el hombro y parte del pecho.
    —Amén —ha dicho Guillelma.
    —Y aquí tenéis el riñón de Jean Egleysa. Y aquí la espinilla del hermano Pierre de Frayssenet, santo mártir de Dios.

    Los tres se han persignado solemnemente, imperturbables ante el inmundo hedor. Yo les he seguido la corriente. Se ha producido un devoto silencio y seguidamente Berengaria se ha inclinado y ha besado suavemente los dientes descubiertos y ennegrecidos de Esclaramonde Serrallerii.

    Cuando ha levantado los ojos para mirarme, he sabido qué me correspondía hacer.

    Sabe Dios que me ha tocado hacer cosas peores en la vida. Una vez me escondí en un montón de mierda. En otra ocasión, encontrándome hambriento en el mur de Tolosa, comí pan en el que antes se había meado el carcelero. Una vez, en la cueva de

    La Vache, maté a un hombre al que primero abatí de una pedrada y después rematé con su propia hacha.

    Una vez abandoné a una muchacha que me amaba.

    En la vida siempre hay cosas que es preciso hacer y sufrimientos que hay que arrostrar. Dios lo ha querido así. Por consiguiente, he doblado una rodilla y he dado un largo beso a la espinilla del hermano Pierre de Frayssenet, que parecía un trozo de carbón medio quemado.

    Esta simple muestra de veneración ha servido para ganarme las simpatías y la confianza de Na Berengaria. Hasta el propio Blaise ha quedado convencido, o todo lo convencido que puede quedar. Después de superar una prueba tan extrema de devoción, me han abrazado uno tras otro. Después, mientras Blaise devolvía las reliquias a su escondrijo, Berengaria me ha sometido a un hábil interrogatorio. ¿Cuándo había llegado a Narbona y a qué había venido a esa ciudad? ¿Era tal vez para ilustrarme? ¿O quizás huía de una persecución?

    He explicado que mi familia había sido activa defensora del franciscano Bernard Delicieux, quien por espacio de tanto tiempo había combatido a los inquisidores dominicos de Carcasona y que había muerto en la prisión a causa de ello hacía tan sólo un año. Como Jean de Beaune desconfiaba de todos aquellos que llevaban mi apellido, según les he dicho, me vi obligado a abandonar Carcasona hacía unos cinco años para buscar la paz en Narbona.

    —Pero vivo presa de un miedo constante —he declarado con acento grave y sincero—. Tengo la sensación de que ahora Jean de Beaune está en todas partes. Que puedo levantar la cabeza y a lo mejor me la rebana. Por eso estoy siempre solo, ¿en quién voy a confiar?
    —En nosotros —ha insistido Berengaria.
    —No tengo más opción —he replicado—. Ahora vosotros me conocéis y yo os conozco a vosotros. Debemos confiar mutuamente.
    —No temáis, Helié Seguier —ha dicho la matrona con una confianza que a mí me ha parecido del todo infundada—. Debéis tener presente que a nosotros no nos exigen juramentos delante de prelados e inquisidores en relación con nada, como no sea la fe y los artículos de fe. ¿Os dais cuenta? Si nos preguntan por nuestros hermanos y hermanas, no estamos obligados a hablar, ni siquiera bajo juramento, porque si lo hiciéramos no amaríamos a nuestro prójimo a la manera de Cristo. Además, si nos excomulgan por negarnos a decir la verdad delante de un tribunal, la excomunión es injusta y no nos obliga a nada, ya que los prelados e inquisidores son herejes.

    Me ha sonreído como si quisiera tranquilizarme.

    —No temáis, pues, ya que nosotros no os traicionaremos. Aunque detuvieran a alguno de nosotros, no hay riesgo alguno. Hemos acordado que no hablaríamos de ninguno de nosotros con nuestros enemigos.
    —¡Antes, morir! —ha gritado Guillelma, secundada por un gesto de asentimiento de Blaise.

    Yo no sabía hacia dónde mirar. La ingenuidad de aquellos seres era digna de maravilla.

    ¿Creen realmente que los inquisidores sacan información simplemente a través de los juramentos solemnes?

    —No nos abandonéis por miedo —ha dicho Berengaria, en tono casi de mando—. Vos sois la oveja extraviada en parajes abruptos. Debéis volver con el rebaño y allí encontraréis fuerza en vuestra fe y haréis el bien a los pobres. Venid el domingo. Venid a uniros a nuestras oraciones después de la misa.
    —El domingo que viene es Domingo de Ramos —le he señalado.
    —Razón de más para que vengáis. Mejor rendir culto a Cristo entre gente humilde y devota en casa de pobres que entre sacerdotes perversos rodeados de oro.

    Ha habido un murmullo de aprobación. Me he visto obligado a asentir y, al hacerlo, Na Berengaria me ha recompensado con una sonrisa de aprobación. La sonrisa todavía se ha dilatado cuando he anunciado que cedía el pergamino sin coste alguno a la sagrada causa de difundir la sabiduría de Pierre Olivi.

    —Gracias al dinero que me habéis ahorrado —ha dicho Berengaria mientras me acompañaba afuera de la cocina—, podré suministrar alimento a todo un hospital de leprosos un mes entero.

    A continuación, me ha dado una palmada en la mejilla con maternal y diligente indulgencia antes de dejarme en la puerta.

    Me parece algo dominante. Hace que me pregunte por su marido, a quien no he visto. ¿Es también hereje? ¿O es tan débil de carácter que no puede impedir que su mujer celebre cultos en su casa con sus amigos herejes?

    Seguramente tendré la respuesta el domingo, pues he convenido que iría ese día a su casa con el dedo de la beguina y mis libros heréticos. Quizás entonces descubra más cosas sobre los «fugitivos de injusta persecución», a los que ha hecho referencia Berengaria Donas. ¿Podría ser Jacques Bonet uno de ellos? ¿Aparecerá el domingo por su casa?

    ¿O ha quedado reducido a un conjunto de huesos requemados escondidos en un barril vacío?

    Al ver el contenido del barril, lo primero que se me ocurrió pensar fue que podía tratarse de los restos mortales del familiar desaparecido de Jean de Beaune. ¿Puede haber mejor manera de esconder un cadáver que disfrazándolo de otro cadáver? He pensado que también pudieron hacerlo picadillo y echarlo al fuego de la cocina; sin embargo, he descartado la posibilidad casi enseguida. Hay métodos mejores de deshacerse de los huesos que escondiéndolos en la bodega. Puedes dárselos a un perro. Puedes arrojarlos al Aude lastrándolos con un peso. Puedes enterrarlos debajo de un montón de mierda.

    No, suponiendo que Jacques Bonet esté muerto realmente, el último sitio donde podría encontrarlo sería en casa de Berengaria. ¿Cómo iba a invitar a un desconocido a su casa si escondiese en ella el cadáver de una persona asesinada? La única esperanza que me queda es que Jacques haya dejado huellas, señales o algún indicio de su presencia; algo que persista, a pesar de que haga ya mucho tiempo que se haya ido.

    Quiera Dios que, si está muerto, lo hayan matado aquellas personas en aquella casa. Así me sentiría más cómodo al tener que cumplir con mi tarea.


    XI
    El viernes anterior a Semana Santa


    EL pobre Martin hoy se siente muy desgraciado. Esta mañana ha venido a trabajar con los ojos irritados y un persistente resuello, pero no me ha dado ninguna explicación sobre la razón de su estado. Le he preguntado si Hugues le había tirado de las orejas o si había sido víctima de alguna otra fechoría de las que no dejan marcas, él lo ha negado.

    Tal vez se sienta desgraciado por lo mucho que sufre su madre. O quizá los culpables de su infelicidad sean sus hermanos.

    Ojalá no fuera tan bajo y tan delgado.

    Creo que no se alimenta lo suficiente. En la familia Moresi, se valen de la Cuaresma como excusa para matar de hambre a los hijos. Antes de salir de casa en dirección al Bourg, le he dado a Martin un poco de pan y le he dicho que a mí no me hacía falta. Se lo ha zampado en un santiamén, como si temiera que al pan le salieran piernas y se le escapara corriendo de las manos. Me ha dicho también que su padre no es partidario de comer en demasía, porque la gula es un pecado terrible que conduce, incluso a los niños, directamente al Infierno. Según Hugues Moresi, los verdaderos santos comen ortigas hervidas y mendrugos, pues Dios no ama a los que se regalan con pasteles, carnes asadas, huevos aderezados con especias y azúcar de pilón.

    El corazón se me ha caído a los pies al oírlo. Es el cantar de todo cátaro perfectus y también la opinión compartida por muchos beguinos. Ya puede un hombre ser embustero, tramposo, hipócrita, gandul y un parásito que vive de chupar la sangre al prójimo, porque basta con que ayune y lleve ropas sencillas para que sea tenido por santo. Entre los herejes cataros, hasta los huevos, la carne y la leche son pecados, porque se consideran fruto de la fornicación. Siendo niño, recuerdo que una vez me negaron una loncha de tocino alegando que habría sido nociva para mi alma.

    Ni que decir tiene que mi alma tenía nula importancia para la chica que me negó la loncha de tocino, que, por cierto, ella se moría de ganas de comer. Son pocos los creyentes cataros que siguen a pies juntillas los preceptos que rigen la vida de sus sacerdotes. He visto a creyentes que comían cordero y cerdo, huevos, queso, aves y animales de caza de todo tipo, pero a menudo prohibían estos manjares a sus hijos y personas de condición inferior porque se los reservaban para ellos.

    Tal vez Hugues Moresi tiene una disposición similar. Tal vez sus opiniones no sean tan heréticas como parecen. Esta, en todo caso, es la tercera vez que adopta una postura comprensiva con los beguinos y sus doctrinas.

    ¿No habré abierto mi casa a un beguino secreto? Sería sumamente desconcertante si así fuera.

    Debo mantener el ojo vigilante con mis inquilinos. Que tengan la cocina limpia y paguen con regularidad son cosas importantes, pero no lo serían si las acompañasen unas creencias espirituales inconvenientes. Por otra parte, me preocupa que esto pueda afectar a Martin. Si su padre no fuera ortodoxo, ¿me correspondería a mí contrarrestar la influencia paterna? No me siento inclinado a ello. Al oír a ese pobre niño despotricando y diciendo sandeces sobre pasteles y ortigas, le he respondido con aspereza.

    —Entonces, ¿por qué ha creado Dios los pasteles, si no es para comerlos? —le he dicho—. ¿Qué finalidad tienen los pasteles?

    A lo que me ha respondido con semblante enfurruñado. —Los pasteles no los hace Dios, maestro, los hacen las personas.

    —Las personas hacen pasteles porque hay harina y manteca para hacerlos. Si no hubiera trigo, no habría harina. Si no hubiera animales, no habría manteca. Dios ha hecho todas esas cosas. Y las ha hecho de una manera especial, haciendo que el trigo pueda molerse y se prepare manteca con la leche. —No he hecho más que citar lo que me decía Bernard Gui, que fue quien me las explicó hace mucho, muchísimo tiempo, cuando yo todavía creía que la carne y la leche eran cosas malas—. Creer que la manteca es pecaminosa es creer que la creación de Dios también es pecaminosa. ¿Eso cree tu corazón?
    —¡No! —Martin ha negado con la cabeza—. No, maestro, yo nunca creería tal cosa.
    —La gula es pecado, pero el pecado estriba en la cantidad. Consumir algo en exceso es malo, ya sea azúcar o pan duro. Dudo que tengas barriga suficiente para dar cabida a una excesiva cantidad de ninguna de las dos cosas. No tienes pinta de glotón, chico. No pecas de gordo, precisamente.

    Después de echar aquella homilía, le he dicho a mi aprendiz que atendiera la tienda en mi ausencia. Estaba autorizado a recibir pedidos, pero no a vender pergamino de los estantes, puesto que él no está enterado de todos los precios.

    También le he dado instrucciones para que observara con atención a todos los clientes que entraran en la tienda. Quería que, a mi regreso, me diera una descripción cumplida del aspecto, lengua y posible condición social de todos los desconocidos a los que hubiera atendido. De ese modo, tendría algo que hacer y podría proporcionarme información necesaria para mi registro.

    Martin ha demostrado ser buen observador. Debo confesar que yo no habría considerado nunca la posibilidad de educar sus ojos como complementarios de los míos si él no me hubiera hecho preguntas. Bastantes dolores de cabeza me habían correspondido en suerte. Formar a un aprendiz es de por sí suficiente carga; además, hace tres años Martin apenas sabía leer, ya no digamos escribir. Pasé buena parte de las tardes de doce meses guiándolo a través de las letras, a fin de que las conociera lo suficiente para anotar pedidos y manejarse un poco con el libro de cuentas. También le he enseñado a remojar, raspar, dividir, colgar, cortar y marcar las pieles.

    Jamás se me ocurrió pensar que lo emplearía en otros menesteres.

    Pero tengo puntos flacos que se hacen evidentes si no estoy constantemente en guardia. Martin los detectó enseguida. Lo mismo le ocurriría a cualquiera que compartiera mi casa conmigo durante gran parte del día; ésa es la razón (entre otras muchas) que explica que quiera pasar las noches solo. Bastaron unos pocos comentarios imprudentes para demostrar mi obsesivo interés en las manos, botas, vestidos, cicatrices, acentos y hábitos. Fue suficiente observar que a los carniceros suelen faltarles más dedos que a los soldados profesionales o que los dedos de los zapateros remendones tienen callos inconfundibles para que mi aprendiz me bom-bardeara a preguntas. ¿Tenían los talabarteros callos parecidos a los de los zapateros remendones? Y los campesinos que mataban a sus propios animales, ¿tenían cicatrices parecidas a las de los carniceros?

    Para contestar a estas preguntas, hube de convertirme una vez más en maestro, y Martin en mi alumno. Es un chico avispado en muchos aspectos. Sabe ver las cosas y tiene un gran deseo de complacer. Tal vez espera ser mi heredero, ya que no tengo hijos. Tal vez siga instrucciones de su padre; quizás éste le haya dicho que debe ganarse mis favores por todos los medios posibles. De ser así, hay que admitir que lo obedece con gran eficiencia. He sido con él más que generoso. He sido, en realidad, indulgente.

    Quiera Dios que no tenga que lamentar mi debilidad. Un hombre de mi condición no puede permitirse el más mínimo resquicio en sus defensas. Me niego a creer, con todo, que la solicitud que el chico muestra conmigo sea fingida. Nadie tan joven como él presentaría día tras día una máscara tan perfecta y disimulada.

    Fijaos tan sólo en lo que ha ocurrido esta mañana cuando me he despedido. Tenía un aire alicaído y me ha preguntado si volvería pronto. No me ha dicho: «¿Puedo ir con vos?». Tampoco: «¿Adonde vais?».

    Ha dicho exactamente lo que yo esperaba que dijese: me ha preguntado si volvería pronto.

    —Quizá —le he replicado—. Si termino las gestiones sin tardanza.

    La verdad es que no tengo ninguna gestión específica que solventar. He vuelto al Bourg una vez más para observar por mí mismo la casa de Imbert Rubei. Si no estuviera tan ocupado, podría dedicar un día entero a la tarea y disfrazarme de mendigo para observar mejor. Por desgracia, no dispongo de tiempo para hacerlo. Como está acercándose el Domingo de Ramos, apenas he podido hacer más que pasar dos veces, que no tres, por delante de la casa y realizar una compra en el vecindario.

    Como podéis imaginar, no me he puesto la capa escarlata para merodear por los alrededores. He optado por vestir colores apagados y las prendas discretas que suelo usar, ya que no quiero llamar la atención de nadie. Aunque soy bajo, no lo soy tanto como para inspirar lástima o despertar sorpresa. Tampoco tengo la espalda marcadamente estrecha ni las piernas tan delgadas que induzca a nadie a fijarse en ellas. Mi dentadura está en condiciones aceptables sin ser perfecta. A diferencia de los naturales del este del país, donde (según he oído) la gente tiene la piel oscura y el cabello negro, pertenezco a esa clase de hombres que suelen pasar inadvertidos porque no poseen rasgo alguno que se imponga a la mirada. Nadie retiene mi rostro, a menos que yo me proponga despertar el interés de los demás con intención deli-berada, aunque incluso en esos casos sólo raras veces causo esta impresión.

    A mí me parece bien. No aspiro a que sea de otro modo. Y aunque admiro la belleza, también la temo. Si un hombre o una mujer posee un rostro bello, no tiene sitio donde esconderse, corno no lo tiene tampoco un lisiado, un leproso o un gigante. Si uno tiene una cara hermosa, lo mirarán, lo perseguirán y se apropiarán de él como de un tesoro de oro centelleante.

    Bernard Gui me dijo cierta vez que yo tenía unos ojos cautivadores. No supo explicármelo exactamente, aunque creía que tenía mucho que ver con mi manera de mirar en los momentos en que estaba desprevenido. Procuro, por lo general, no fijar la vista. La mirada penetrante tiene el mismo efecto que las muchas preguntas: produce alarma y consternación. Yo, de pequeño, tenía la costumbre de mirar de esa manera, una costumbre que es difícil abandonar, sobre todo si estoy cansado o distraído.

    Por eso, siempre que puedo, me pongo capucha. La lleva mucha gente, tiene la misma utilidad que un sombrero y deja los ojos en sombra. Por la misma razón, si tuviera marcas en las manos, me pondría guantes de lana o procuraría que las mangas de mis vestidos fueran largas y anchas.

    Es inútil decir que evito estrictamente las joyas, las sandalias, las telas suntuosas, los colores vivos y los cortes extravagantes, a menos que pretenda llamar la atención.

    Hoy no era el caso. Hoy quería moverme sin ser visto a través de la Rué Aquitaine, donde vive Imbert Rubei. Todavía no sé exactamente qué espero conseguir. Me había hecho la vaga idea de que abordaría a uno o dos vecinos con la excusa de que busco a Imbert Rubei o a Jacques Bonet y les diría que me había «equivocado». Pero he tenido suerte. Ya en las inmediaciones de la casa de Imbert, he tenido la satisfacción de comprobar que vive nada menos que delante mismo de una hostería. ¡Una hostería!

    No habría querido otra cosa. Una hostería es un puesto de vigía perfecto. Por otra parte, uno nunca está de más en un sitio así, a menos que saque un hacha y amenace con ella a los dueños. Un desconocido en una hostería es como un racimo de uvas en una viña: está en el sitio que le corresponde, pero nadie se fija en él.

    He rezado una oración de agradecimiento a san Pablo, en cuya parroquia me encontraba en aquel momento y me he metido en la hostería. Al mismo tiempo, he observado la casa de Imbert, un edificio bello y venerable que, por desgracia, estaba bastante descuidado. En realidad, es una casa que va camino de la ruina. La levantó un personaje muy rico, que hizo de ella prácticamente un palacio, pero parece que los ocupantes actuales son demasiado pobres para renovar los postigos que faltan o restaurar los muros de piedra.

    Lo he descubierto después de un tiempo en la hostería, que lleva por nombre Media Luna. Debido a haber iniciado sus días como almacén, la entrada de dicha hostería es oscura y el ambiente es mefítico, ya que flota en él un leve aunque persistente tufo a lana grasienta, distinguible a través del intenso olor a vino. Parece, con todo, que el sitio es popular. Pese a que ya era mediodía, eran bastantes los que se encontraban repanchigados en torno a las largas mesas de madera, o por lo menos los suficientes para disimularme entre ellos. Algunos eran viajantes que iban camino de Miner-vois y las tierras de occidente, pero la mayoría eran residentes locales que buscaban compañía y olvido. Este era el grupo que me interesaba. Esperaba encontrar entre ellos a alguien que conociera a Imbert Rubei o que, por lo menos, estuviera al corriente de su historia. Estaba seguro de que un hombre que antes había sido tan rico y que ahora era tan pobre tenía que haber provocado forzosamente comentarios en el barrio.

    Y en eso llevaba razón. Como me había colocado entre los borrachines arrimados a la fachada de la hostería, ha llegado a mis oídos una larga conversación que giraba en torno a Imbert Rubei sin que yo la hubiera iniciado. Ha querido la suerte que pudiera sentarme junto a dos de los vecinos de Imbert que estaban empapándose de sol en un banco situado junto a la puerta principal de la taberna, a quienes he oído hablar sobre una mujer que había salido de pronto de la casa de Imbert.

    Era bajita, delgada y entrada en años. Su cabello era casi enteramente gris y tenía la espalda ligeramente encorvada. Como iba cargada con una cesta, he deducido acertadamente que iba a la compra. Las ropas con que iba vestida eran sencillas y de tela basta.

    Por los comentarios que he oído a los que estaban junto a mí, se trataba de la cuñada de Imbert Rubei.

    Ll interés que les despertaba la mujer se limitaba a una sola cosa: ¿compartía cama con su cuñado? El más joven, que era barbero a juzgar por los pelos que llevaba adheridos a la ropa, estaba seguro de que era así. El de más edad, panadero, por las manos requemadas y las mangas espolvoreadas de harina, la ha defendido con denuedo. Na María, ha dicho, era una mujer piadosa.

    —Es pecado que un hombre tome a la mujer de su hermano —ha declarado el panadero—. Aunque los dos sean viudos, sigue siendo pecado. Y Na María nunca cometería ese pecado.
    —¿Y tú qué sabes? —ha replicado el barbero—. ¿Por qué viven juntos, si no duermen juntos?
    —Pues porque él no tiene más remedio —ha dicho el panadero mientras empezaba a contar la historia de la mala suerte de Imbert.

    Por lo que ha contado, he deducido que Imbert fue muy rico en otro tiempo, cónsul del Bourg, pero perdió todos sus bienes hace unos treinta años. Parece que ocurrió cuando se acusó de asesinato a tres dignatarios del arzobispado —Imbert Rubei y otros nueve prominentes ciudadanos sancionaron su ejecución en la horca—, pese a que apelaron al Tribunal Real. El resultado fue una multa descomunal impuesta por el Rey y la confiscación de sus bienes por parte del arzobispo.

    Su hermano le dejó su actual residencia a condición de que se ocupara de su esposa.

    —Sí, sí, ya entiendo —ha contestado el barbero—. Todo cuadra, pero ¿cómo es que no ha restablecido su fortuna después de transcurrido tanto tiempo? Al fin y al cabo, comercia con seda. A buen seguro que podría pagarse una miserable sirvienta.
    —Hubo un tiempo en que tuvo un criado —ha observado el panadero, palabras que han despertado en mí un intenso interés—. Hará de eso unos seis meses. Pero no sé qué le pasó. Desapareció de pronto.
    —Quizá lo prudente sea fingir pobreza —ha observado el barbero—. Si eres rico, la gente intenta desplumarte.
    —Exacto. ¡No tienes más que ver qué le pasó a Imbert Rubei cuando era rico! Si hubiera sido pobre, dudo que el Rey y el arzobispo se hubieran preocupado de él.

    Ha seguido a continuación una larga conversación sobre impuestos y tributos durante la cual he fingido dormir, gracias a lo cual he disimulado que estaba escuchando. Pero nadie ha manifestado ningún otro hecho revelador. Nadie ha vuelto a referirse a la misteriosa desaparición del criado de Imbert. Tampoco el panadero ni su acompañante han aventurado la posibilidad de que la pobreza de Imbert (que los dos han asumido en parte) pudiera tener otra causa que la intención de eludir el pago de los impuestos o diezmos.

    En ningún momento ha salido de sus labios la palabra «beguino».

    Al ver que por fin el sol ya había completado un buen trecho de su recorrido a través del cielo, me he visto en la obligación de marcharme. Quería esperar tan sólo a que volviera la cuñada de Imbert, ahora con la cesta cargada de pan y verduras. Después me he desperezado y he bostezado un poco haciendo todo lo posible para imitar a un hombre que se despierta de un sueño profundo. Pese a todo, antes de irme he devuelto el vaso al posadero y me he arriesgado a hacerle una pregunta, pronunciada cuidadosamente con acento gascón.

    —La persona que me recomendó vuestro establecimiento —le he dicho— era un tipo alto de negros cabellos y con la cara marcada de viruela que, según me dijo, se llamaba Jacques. Me dijo que trabajaba en una casa de por ahí. Esperaba volver a verlo. ¿Sigue frecuentando vuestra casa?
    —Jamás ha puesto los pies en mi casa —ha replicado el tabernero, que me ha parecido curiosamente arisco y desagradable para la profesión que ejerce.

    Incluso he pensado que podía estar enfermo, porque he observado que tenía la tez amarillenta y la frente húmeda.

    —Supongo que os referís al criado de Imbert Rubei.
    —¿Tiene la nariz larga? ¿El pulgar torcido?
    —Jamás lo he tenido tan cerca para ver cómo tiene el pulgar. Apenas le he puesto los ojos encima. Os aseguro que no ha estado nunca en esta casa.
    —¡Ah!
    —En cualquier caso, se fue. Antes de Navidad. ¿Por qué queréis verlo? ¿Acaso os debe dinero?
    —No, no, pero era un hombre curioso, con muchas cosas que contar. Y como yo era vecino suyo... —Me he encogido de hombros—. En fin, no tiene importancia.
    —Imbert Rubei no lo habría dejado entrar aquí. —Ha rezongado el posadero—. No iba a dejar que se metiera en este antro de vicio.

    Después, se ha apartado para atender a otro cliente después de proporcionarme más información que la que yo podía razonablemente esperar.

    Camino de casa, he dado un repaso a todas las cosas que he averiguado y me he sentido complacido. No hay duda de que Jacques Bonet estuvo en casa de Imbert Rubei. Permaneció allí un tiempo y se fue antes de Navidad. Sigue siendo incierto el sitio exacto al que pudo dirigirse.

    ¿Abandonó Narbona por decisión propia, amparándose en un nombre falso? ¿O sigue escondido en algún sitio de la ciudad en connivencia con beguinos como Berengaria Donas?

    Tal vez mañana lo descubra.

    Martin se ha alegrado al verme llegar. Me ha dicho que la tienda estaba tranquila, pero que habían entrado dos visitantes, un canónigo regular y uno secular.

    —¿Qué me dices de ellos? —le he preguntado—. Me refiero a otras cosas que no tengan que ver con su ocupación.
    —Pues que uno era alto y el otro bajo. Que los dos eran delgados. Y que el alto era bastante viejo. —Martin se ha quedado reflexionando un momento—. Creo que podría ser un maestro de la escuela de la catedral.
    —¿Por qué lo dices?
    —Por su manera de hablar y de mirarme. —En la expresión del muchacho he visto flotar una expresión de desagrado—. Como si se figurase que yo pensaba arrojarle tinta en cuanto me diera la espalda.

    Me ha faltado poco para soltar una carcajada.

    —¿Te ha tirado de las orejas cuando le has dicho que no podías venderle pergamino? —he preguntado a Martin, quien ha movido negativamente la cabeza.
    —Quería hacer un pedido. Para San Justo.
    —Eso quiere decir que probablemente es el ayudante del tesorero o el maestro de los Fondos Comunes. Son pocos los canónigos autorizados a hacer compras para el cabildo, sobre todo compras como ésta. —Al ver cierto desasosiego en el rostro de Martin, he procurado tranquilizarlo—. No quiero negar con esto que un tesorero pueda haber sido maestro de gramática. Es lo más probable. Ten siempre presente que la experiencia pasada puede informar la presente. Yo lo olvido a menudo.

    Martin ha asentido con gran energía. Casi me gustaría que no fuera tan espontáneo; me pone nervioso que sea así. Ha empezado a copiar incluso mi forma de mover el cuello después de un día de trabajo duro y largo ante los bastidores.

    —¿Y el otro canónigo? —he preguntado—. ¿Qué me dices de él?

    Martin ha fruncido el ceño ante la pregunta.

    —Iba muy manchado de tinta. Hasta la cara llevaba sucia de tinta. Cuando le he dicho que no estabais aquí, ha puesto mala cara. Y todavía se ha enfurruñado más cuando le he dicho que no le vendería pergamino.
    —¿Has tomado nota del pedido?
    —Sí. Es para el palacio del arzobispo.
    —¿De veras? —La noticia era importante—. ¿Ha dejado algún nombre?
    —No.
    —¿Has empaquetado el pergamino? —he preguntado a Martin.

    El chico me ha respondido con un gesto afirmativo.

    Me ha facilitado pocos datos más que pudieran serme útiles. El representante del arzobispo era un hombre bajo y delgado, tenía las orejas grandes y llevaba rapada la cabeza, que tenía una forma extraña. Las manchas de tinta que tenía en la cara, en las manos y en la ropa habían distraído a Martin, que no se había fijado en otros rasgos más permanentes.

    —De aquí se desprende una lección —le he dicho—: a veces un mal olor o una mancha pueden servir de escudo. La memoria sólo retiene esta característica y pasa por alto todas las demás.
    —Es buena cosa que el arzobispo os compre pergamino —ha sido la respuesta de Martin—. Seguro que necesita mucho. Quizás os pida más.
    —Quizás —he contestado, aunque en tono menos optimista.

    Espero con ansia que me devuelvan el pergamino poco después de enviado, acompañando la devolución de una reclamación y de un informe, metido entre los folios, sobre los cadáveres no identificados.


    XII
    Domingo de Ramos


    ¡Qué insensatos son esos beguinos! ¿Será que no se enteran de nada? Si fueran un poco prudentes, no se reunirían en grupos tan numerosos. Según el derecho canónico romano, es muy difícil, diría que dificilísimo incluso, condenar a un hombre sobre la base de la declaración de un solo testigo. Incluso con dos testigos puede librarse fácilmente. Pero si los testigos son tres, cuatro o cinco, hay pocas esperanzas de que el acusado pueda ampararse en circunstancias atenuantes.

    Hoy, en casa de Na Berengaria, he sentido la tentación de decirlo. Pero al final he conseguido refrenarme. Mi maestro me enseñó que aquel «que tiene cerrada la boca y quieta la lengua guardará su alma de inquietudes». Es una lección que llevo encerrada en el corazón.

    He llegado un poco tarde porque Martin me ha entretenido. No en la tienda, por descontado; el domingo es día de oración, no de trabajo. Ni siquiera pensaba encontrármelo, por eso me he sobresaltado al atisbarlo vigilando detrás de un pilar de la Rué Droite cuando yo me encaminaba hacia la hostería de la Estrella.

    Me estaba siguiendo.

    He sentido por un momento que la cabeza me daba vueltas y que el corazón me golpeaba las costillas. ¿Quién le habría mandado que me espiase? Después de un breve momento de reflexión, me he dado cuenta de que la explicación era mucho menos ominosa. He decidido que Martin quería saber más de mí, pero que era por su propio interés. Yo le había enseñado que había que ser curioso y por eso sentía la curiosidad de saber quién era su maestro.

    Por otra parte, como hoy tenía cerrado el acceso a mi ámbito, era lógico que tratase de distraerse lejos de su ruidosa familia.

    Aunque ahora escribo estas cosas con espíritu tranquilo, no lo estaba tanto cuando ha ocurrido el hecho. Mi irritación era, por el contrario, tan profunda que casi rozaba la ira. Eso me ha llevado a poner en práctica un ardid muy simple que yo llamo el de «las cuatro esquinas», que consiste en enfilar una calle y en doblar a toda marcha las tres esquinas siguientes en ángulo recto que se encuentran al paso, lo cual conduce al punto inicial tras haber dado la vuelta completa a un edificio. Así pues, me he encontrado detrás mismo de Martin, que estaba vacilante en la primera encrucijada sin saber si echar a andar hacia la izquierda o hacia la derecha.

    Se trata de una maniobra que sólo es efectiva cuando uno conoce bien el terreno que pisa.

    —Martin Moresi —he dicho.

    Ha pegado un salto y he podido comprobar que su rostro, al verme, era el vivo retrato de la consternación.

    —Ma..., maestro... —ha dicho en un tartamudeo.
    —Tienes que esmerarte, amigo mío. Yo nunca pierdo de vista el camino que dejo a la espalda.

    Me ha concedido el favor de avergonzarse. Además, tampoco ha tratado de desmentir que me estuviera siguiendo. Muchos lo habrían intentado, él no; se ha limitado a bajar la cabeza y a farfullar una excusa.

    —¿Qué esperabas descubrir? —le he preguntado, movido por la curiosidad—. Hoy es el día del Señor, Martin. ¿Piensas que podía dedicarlo a una finalidad que no fuera la de alabarlo y glorificarlo?
    —No —ha dicho el muchacho.
    —¿O quizá querías descubrir si yo te descubría a ti?

    Creo que con eso he dado en el clavo. Seguramente Martin practicaba ciertas habilidades que yo, sin poner excesivo empeño en ello, le había mencionado en momentos en que estábamos juntos, aun cuando no entrase en mis intenciones fomentárselas.

    —Deberías estar con tu familia —le he dicho— en lugar de andar rondando por las calles como un mendigo. Tu madre estará preocupada.
    —No, no lo estará —ha replicado en tono avieso, pero resignado—. Le preocupan otras cosas.
    —Entonces procura no ser motivo de nuevas preocupaciones —le he aconsejado—. Eres un buen chico, Martin. Ve a casa. Así nos dejarás más tranquilo a mí y a tu madre.

    Le he hablado con más amabilidad de la que quizá se merece, pero ha surtido efecto. He comprobado que, en el caso de Martin, un tono de voz suave y una sonrisa cálida consiguen obediencia instantánea (fruto de una extraña mezcla de remordimiento y gratitud), mientras que las palabras agrias le paralizan la voluntad y le enturbian los pensamientos. En esta ocasión, ni siquiera he estimado necesario advertirle que yo detectaría su presencia con toda seguridad si persistía en desafiarme. Porque él ya lo sabía. Así pues, no he necesitado acompañarlo hasta casa.

    Me he limitado a permanecer en la calle mirándolo hasta perderlo de vista. Después he continuado el trayecto en dirección a la residencia de Na Berengaria.

    Al entrar en la cocina he encontrado a cinco beguinos reunidos. También a Na Berengaria, por supuesto. El sastre Blaise Bouer estaba entre los asistentes, como también Guillelma, la del cuello de ganso, y el tejedor gordo de rostro rubicundo, que se me ha presentado con el nombre de Guillaume Ademar. Lo acompañaba un joven que parecía un monje: sus rasgos pálidos y refinados, su mirada soñadora y su complexión delicada le infundían la apariencia de una persona que se ha criado en claustros oscuros y se ha pasado noches enteras de la infancia cantando salmos. Se llama Pierre Espere-en-Dius, pero sus amigos lo conocen por el nombre de Perrin.

    No me ha sorprendido del todo saber que es tejedor, al igual que Guillaume. Ya he comentado las tendencias heréticas de los tejedores.

    Aunque he tenido mucho cuidado de vestirme con la mayor sencillez y discreción posibles, he descubierto enseguida que había minusvalorado el ascetismo de ciertos devotos beguinos. Perrin y Guillelma en particular llevaban vestidos confeccionados con una tela que ni siquiera parecía saco. Daba más bien la impresión de estar tejida con briznas de paja y ortigas y he llegado a preguntarme si ése sería el caso. Teniendo en cuenta que Perrin es tejedor, no creo que exceda, sus facultades la posibilidad de tejer una túnica confeccionada con pinchos o con ramas de sauce.

    Na Berengaria iba vestida con prendas de tela algo más fina, aunque igualmente muy sencilla. Ha acudido en persona a abrirme la puerta en respuesta al golpe que he dado al llamar; los postigos del piso bajo estaban cerrados y la tienda de su marido sumida en una oscuridad casi total.

    —Loado sea el nombre de Jesucristo —ha dicho mientras me acompañaba a través de la tienda hasta la cocina.

    Ya en ella, las voces de sus compañeros se han convertido en coro y en sus rostros no he visto sombra de desconfianza ni de contrariedad.

    Naturalmente, yo llevaba el cuchillo escondido en la bota pese a estar ya convencido de no correr peligro inmediato. En todo caso, Berengaria seguro que no suponía una amenaza.

    Tras el saludo, nadie me ha ofrecido vino ni bebida alguna. Todo el grupo se ha puesto inmediatamente a rezar, circunstancia en la que he corrido grave peligro de delatarme.

    He descubierto que los beguinos no rezan como los demás. En lugar de hincarse de hinojos y de juntar las manos, se cubren la cabeza y permanecen sentados con el cuerpo inclinado y la cara vuelta hacia el suelo o la pared opuesta. En esa postura rezan la Salve regina y el Gloria in excelsis Deo.

    Ha sido una suerte que yo llevara puesta la capucha. Y también que los asistentes se cubrieran la cabeza antes de rezar; de no haber sido por eso, habrían visto que yo ya había comenzado a arrodillarme y que he interrumpido el movimiento a medio camino del suelo al observar que nadie más lo hacía.

    Me he apresurado a sentarme de nuevo a imitación de Berengaria. Ella ha dirigido la oración, así como lo que se ha dicho a continuación, que se ha centrado específicamente en los nombres de las personas que eran objeto de nuestras plegarias. Uno de los nombres que se han pronunciado ha sido el de Pons, a quien conocí en la prisión del arzobispo. Hemos rezado por su alma inmortal y por las almas de los otros dieciséis compañeros beguinos que fueron quemados no hace mucho delante de San Justo. También hemos rezado por las almas de los frailes quemados en Marsella y por todos los auténticos mártires que han muerto en la hoguera desde entonces.

    Berengaria ha propuesto después que rezásemos por «nuestros hermanos fugitivos Pierre Dominici, Pierre Trencavel y Jacques Bonet». He aguzado el oído al oír esos nombres, a la espera de que pudiese añadir algo más. Pero Berengaria ha continuado y ha pedido más nombres a la concurrencia. Volviéndose hacia mí con sonrisa maternal, me ha preguntado si yo podía dar alguno.

    He respondido que querría rezar por la madre enferma de mi inquilino. También he dado el nombre del hermano Bernard Delicieux, que falleció en Carcasona, en la prisión de Jean de Beaune.

    La sugerencia ha sido bien acogida. Han seguido unas cuantas oraciones más y no se ha vuelto a hacer referencia a

    Jacques Bonet. Habría querido preguntar por él, pero sabía que era imprudente demostrar una excesiva curiosidad. En lugar de eso, he permanecido sentado en actitud humilde y en silencio a lo largo del debate que ha seguido a continuación sobre las obras de caridad, lo que ha aumentado grandemente lo que ya sé sobre Blaise y Guillelma.

    La finalidad del debate era muy simple. Después de recoger un denier o dos de cada uno de nosotros como limosna para los pobres, Na Berengaria ha querido saber qué institución sería la receptora. Como es lógico, no pensaba depositar la cantidad en manos de un sacerdote, quien probablemente la habría destinado a la satisfacción de sus apetitos personales.

    —Porque la mayoría de ellos son herejes, se emborrachan con la sangre de los mártires y acumulan trigo y vino en abundancia —ha observado, palabras que se han visto subrayadas con enérgicos gestos de asentimiento de Blaise.
    —Sí, en efecto —ha exclamado—. Si das dinero a un cura, puedes estar seguro de que no socorrerá con él a los pobres, sino que se comprará vestidos superfluos, ricas viandas o libros caros atiborrados de espantosas mentiras.

    Ha habido un murmullo de aquiescencia. Guillelma ha llegado incluso al extremo de levantar las manos.

    —Son los siervos de la gran puta de Babilonia —ha dicho—, que persigue a los pobres y a los ministros de Cristo y por eso serán condenados y rechazados al igual que la sinagoga de los judíos.

    Otro «Amén» ha subrayado estas palabras. Blaise ha proseguido con su encarnizado ataque contra obispos y cardenales, el Papa y los dominicos, así como contra todos los franciscanos que han traicionado la regla de san Francisco. Ha acusado de avaricia a los cistercienses de Fontfroide, porque dichos monjes se quedan con más de un cuarto del derecho que tienen sobre los pesos y medidas de todos los cereales que entran en Narbona.

    — ¡Lo único que les importa es su propia barriga! —ha despotricado, lo que ha hecho que me quedara muy claro que pertenece a cierta clase de herejes muy habituales en cualquier lugar del mundo.

    Esas personas abrazan muchas clases diferentes de error por la simple razón de que son contrarios a quienes son más ricos o más poderosos que ellos. La Iglesia, por ser rica y poderosa, es el objetivo natural de su resentimiento. Se sienten perpetuamente explotados y su indignación está siempre a punto de saltar. Si en un momento determinado deciden que sus compañeros de herejía los han tratado de manera injusta o no les están lo suficientemente agradecidos, existe la posibilidad de que desplacen su fe hacia otras creencias. Mi maestro, Bernard Gui, estaba plenamente convencido de ese extremo. Buscaba con diligencia a esa clase de gente y me decía siempre que me mantuviera alerta con ellos.

    He visto aquí un ejemplo.

    Guillelma era de índole diferente. Pese a que su condena de la Iglesia carnal es igualmente apasionada, su actitud no es fruto de la vanidad herida. Le ofenden realmente las injusticias del mundo, como suele ocurrirles a los jóvenes, y puesto que ella lo es, le cuesta ser paciente o dominar su indignación. Parece como si creyera que hay que enderezar los entuertos enseguida y que abstenerse de hacerlo es demostrar un manifiesto desdén a los mandamientos de Cristo, un desdén que hay que castigar a toda costa. Se siente más inclinada a actuar que a reflexionar.

    Estoy seguro de que terminará en la hoguera.

    No necesito añadir que Blaise y Guillelma eran muy difíciles de contentar en lo tocante a la distribución de las limosnas. El hospital de San Justo no era a sus ojos un receptor adecuado debido a que estaba regentado por el cabildo de la catedral. En cuanto a los hospicios de leprosos, también eran lugares poco fiables porque muchos de los ricos comerciantes asociados a su administración estaban menos interesados en ayudar a los pobres que en labrarse un buen nombre. Hasta los mismos franciscanos resultaban sospechosos ahora que su institución narbonesa se había quedado prácticamente sin hermanos espirituales.

    Finalmente, tras mucho estira y afloja, se ha acordado que se entregaría el dinero a la casa de las Arrepentidas, cuya sede está cerca de la puerta Real. Esto permitirá que más prostitutas puedan renunciar a sus pecaminosas persecuciones y se dediquen a actos de piedad. Incluso los hombres admiten que muchas mujeres que encajan en esta categoría se han visto obligadas a degradarse empujadas por la pobreza, al igual que la Magdalena.

    —Y ahora —ha dicho Na Berengaria al final de las conversaciones relacionadas con las limosnas para los pobres—, veneremos nuestras sagradas reliquias. Maestro Helié, ¿habéis traído la vuestra?

    La había traído, en efecto. Y la he mostrado, acto que ha ido acompañado de muchos suspiros y lamentos, puesto que se trataba realmente de un triste resto. Guillelma ha derramado lágrimas de tristeza sobre mi reliquia antes de pasársela a Perrin, quien la ha besado con fervor. Seguidamente, todos los beguinos han venerado el dedo, cada uno a su manera, hasta que ha vuelto a mis manos, después de lo cual Berengaria ha sacado del baúl que tiene en la bodega el pequeño envoltorio de seda que ya me es familiar.

    Me he visto obligado de nuevo a rozar con los labios aquella espinilla humana medio asada.

    —Honráis muy dignamente a estos santos mártires —he observado con prudencia, una vez he cumplido con mi homenaje— guardando sus reliquias envueltas en sedas tan finas y bellas. Me avergüenza el humilde lino con que está envuelta la mía.
    —¡No os avergoncéis! —ha exclamado Berengaria—.

    Los ricos atavíos no tienen ninguna importancia, maestro Helié. Disponía de ese retal de seda y pensé que éste era el mejor uso que podía darle. El efecto es magnífico, ¿no os parece?

    —Sí, magnífico —he admitido.
    —Toda nuestra seda proviene de un devoto y honrado comerciante llamado Imbert Rubei —ha continuado la matrona—. Tiene muy buen ojo, sobre todo para el damasco. Pero él tan pronto viste prendas de piel humana como ropas de seda. —Mientras yo escuchaba tan insólita revelación, Berengaria me ha puesto una mano en el brazo—. Vuestra reliquia merece un envoltorio más digno —ha observado—. Si queréis, puedo pedir a mi marido un retal de seda. Estoy segura de que no se negará.

    «Otro imbécil», he pensado para mí. No obstante, me he limitado a sonreír y a manifestarle mi gratitud, preguntándome al mismo tiempo si Berengar Blanchi o su amigo Imbert Rubei se habían dignado honrar alguna vez con su presencia las reuniones que Na Berengaria celebraba los domingos. Era probable que Jacques Bonet asistiese, ¿por qué no ellos?

    —Y ahora vamos a reflexionar sobre nuestro bienaventurado maestro, el hermano Pierre Jean Olivi —ha dicho Berengaria después de guardar de nuevo sus reliquias en su escondrijo dentro del barril vacío.

    He visto claramente que sólo ella disfruta de la custodia de los libros sagrados de los beguinos; solamente han circulado dos entre nosotros, que hemos besado reverentemente, y después la matrona ha empezado a leer uno de ellos de una manera muy lenta, como quien entona una salmodia. El libro no era otro que £/ tránsito del Santo Padre y terminaba con una descripción del lecho de muerte de Pierre Olivi.

    Ha seguido un «Amén» general y a continuación me han pedido que leyera de mi ejemplar de la postilla. Lo he hecho hasta que me han hecho callar. Después ha habido otra oración (rezada con la cara vuelta hacia el suelo o la pared) y, fi-nalmente, se ha disuelto la reunión. El amo de la casa, o sea, el marido de Berengaria, nos ha dispersado. Ha aparecido de pronto en la puerta acompañado de su hijo; la expresión de su rostro reflejaba irritación, pero al mismo tiempo resignación; el hijo, por el contrario, parecía mucho más mortificado que el padre al ver a tantos visitantes intempestivos en su casa. Si el padre se ha limitado a. suspirar, el muchacho estaba que echaba chispas. Tal vez habría que atribuir la diferente reacción a la edad, puesto que el marido de Na Berengaria es mucho mayor de lo que yo suponía. Pese a que tiene constitución robusta, posee esa apariencia nudosa que se observa en las raíces de los árboles viejos; además, ha perdido gran parte del cabello.

    Ha observado con mirada aviesa, uno por uno, a los amigos de su mujer mientras nosotros íbamos desapareciendo por la puerta.

    Ha sido al abandonar la casa cuando he caído en la cuenta de las circunstancias en las que había conocido al hombre que iba tan sucio. Lo he visto agachado en el suelo cuando me he acercado a la casa, aparentemente aliviándose la tripa en público. Y como no es una escena rara en Narbona, le he prestado escasa atención.

    De todos modos, el desahogo de ese tipo de evacuación no puede ser tan prolongado que obligue a un hombre que quiere aligerar los intestinos a dedicar a la misma el tiempo que media entre el final de la mañana y la media tarde.

    El hecho ha despertado de inmediato mis sospechas, que se han acentuado cuando, después de subirse los pantalones al pasar yo por delante, se ha dispuesto a enfilar la Rué Droite a pocos pasos de mí. No había duda en cuanto a sus inten-ciones, ya que me seguía de una manera que no podía ser más chapucera. Lo he tenido detrás de mí todo el camino hasta mi casa y, en cuanto he llegado, no se ha entretenido ni un momento. En lugar de eso, ha seguido adelante antes de darme tiempo a situarme en la ventana del piso de arriba. Ignoro adonde iba.

    Lo que sí sé, y además con detalle, es cómo era su aspecto. Gracias a algunas argucias que tengo bien ensayadas, he podido estudiarlo con bastante detenimiento. Era un tipo delgaducho de cabellos largos y castaños, tiesos como cuerdas, y con una nariz parecida a una patata. Sus ojos eran casi triangulares, igual que puntas de flecha, pero ni fríos ni penetrantes, sino dotados de una suavidad que daba la im-presión de estar envueltos en humo grisáceo. Tenía malos dientes. Le he observado dos quemaduras en las manos, probablemente ocasionadas por el aceite de una lámpara o la cera de una vela. Y además, olía fuertemente a orines.

    Normalmente, cuando un hombre huele a orina y no es tan viejo que pueda atribuirse el hecho a la incontinencia, me siento inclinado a pensar que se trata de un batanero. Pero jamás había visto a un batanero que no llevara encima restos de tierra de batán. Aunque iba sucio, era por los restos de comida y de vómito, no de tierra de batán. El olor del vómito era casi tan intenso como el de orina; además, un leve efluvio de humo me ha revelado que debía de pasar mucho tiempo encerrado, lo que me ha inducido a preguntarme si trabajaría en una taberna.

    Sin embargo, ningún tabernero que se respetase habría consentido que uno de sus criados se pasease difundiendo a su alrededor un olor tan repelente. Por otra parte, cuando he vuelto sobre mis pasos haciendo como que quería cambiar de dirección y he pasado junto a él rozándolo, he distinguido un leve tufillo a consuelda y a anís, lo que me ha llevado a pensar que me había cruzado con alguien que está relacionado con un hospital.

    Ahora me toca averiguar qué tipo de relación es.


    XIII
    El lunes de Semana Santa


    Si hubiera seguido al hombre vestido con ropa sucia. De haber hecho el esfuerzo, tal vez lo habría desenmascarado. Tal com