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    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LA CIUDAD, POCO DESPUÉS (Pat Murphy)

    Publicado el viernes, mayo 19, 2017

    Sinopsis

    Nadie duda que Pat Murphy es una escritora extraordinariamente dotada. Su libro THE FALLING WOMAN, recibió el Nebula. Sus relatos breves también han obtenido premios, entre ellos el Nebula y el premio Memorial Theodore Sturgeon.

    Pero incluso tras estos éxitos, LA CIUDAD, POCO DESPUÉS es un logro notable. Es una historia de amor, de renovación y de revolución, en un entorno postapocalíptico, y representa la obra más sorprendente de cuantas lleva escritas la autora.

    Hace media generación una epidemia recorrió la Tierra y sólo perdonó a una persona de cada mil. Ahora San Francisco en un lugar extraño, encantado, donde supervivientes deambulan como fantasmas y que de una extraña manera casi tiene vida propia. Pero, a pesar de la desolación, la ciudad se está recuperando. Hasta que unos hombres armados pretenden conquistarla, y sus habitantes indefensos al parecer deben defenderse como puedan.

    6º del Premio Arthur C. Clarke (1991)


    PROLOGO

    LA BRISA DEL AMANECER RECORRÍA EL HUERTO de la plaza Unión y hacía temblar las hojas de las plantas de judías y los brotes de encaje de las zanahorias. La ciudad de San Francisco estaba dormida. La ciudad estaba soñando.

    En el hotel Saint Francis, a un paso de la plaza, Danny-boy estaba soñando con el color azul. Tenía un rodillo de pintor con un mango muy largo, con el que pintaba el cielo.

    Llevaba trabajando muchas horas. Ya estaba embadurnada la mitad por lo menos del espacio sobre su cabeza, con pintura de mil tonos diferentes: azul cobalto, marino, turquesa, de Prusia, cerceta, del frágil matiz de los huevos de petirrojo, del azul grisáceo traicionero del océano en el crepúsculo. Hacia el horizonte, donde no había llegado todavía el rodillo de Danny-boy, los azules se disolvían en un gris nebuloso. Pero en el cenit se arremolinaban los colores luminosos y fluían como el agua de un río.

    Dentro del cuadro se unieron dos manchas de azul grisáceo. Unos ojos brillantes observaban a Danny-boy desde el centro del cielo. Unas sombras azul oscuro esbozaron los ángulos de un rostro, las curvas de un cuerpo de mujer. Al alzar la vista Danny-boy, una mujer joven salió del cielo, con aspecto de estar bastante desconcertada.

    La ciudad dormía, y sus sueños vagaban por las mentes de sus habitantes y deformaban y alteraban sus pensamientos.

    El hombre que se llamaba a sí mismo La Máquina dormitaba en un estrecho catre al fondo de su taller. En su sueño construía un ángel con materiales que había ido recogiendo. Los huesos del ángel eran cañerías de la fontanería de una antigua mansión victoriana; sus músculos eran amasijos de alambre de cobre arrancado de los cables que recorrían el subsuelo de la ciudad. Sobre las macizas alas del ángel se solapan miles de chapas de botella pulidas, en filas superpuestas, como las escamas de un pez.

    La Máquina soldó la última chapa de botella al ala y retrocedió unos pasos para admirar su obra. Al contemplarla, se dio cuenta de repente que su criatura no estaba completa. Su pecho estaba hueco: no tenía corazón.

    Oyó pasos y volvió la vista atrás. Una mujer se dirigía hacia él, y llevaba algo en el hueco de sus manos. No podía ver lo que llevaba, pero oía el palpitar cadencioso de un corazón, que seguía el ritmo de los pasos de la mujer.

    Rompió el alba en la ciudad: la luz gris brilló sobre los edificios de piedra grises que rodeaban la plaza del Centro Cívico. Las estatuas de la fachada de la biblioteca pública daban muestras de abandono. A lo largo de los años, las palomas habían adornado de chorretes blancos las cabezas de las estatuas, y habían acumulado montones de plumas y de nidos rotos a sus pies.

    En un árbol que crecía en la plaza, un mono de hocico gris, de los más viejos de la manada que vivía en la ciudad, soñaba con el Himalaya. Los carámbanos del borde del tejado de un templo se derretían al sol de la mañana. Las gotas de agua, al caer, golpeaban una campana, cuyo metal resonaba con una nota musical. El agua se iba escurriendo y se abría camino por la nieve al fundirla, susurrando y crujiendo. El mono, todavía dormido, se estremeció. Se avecinaban cambios.

    Estaba saliendo el sol cuando la señora Migsdale salió de su casa de la calle Kirkham y se dirigió a la Playa del Océano. Llevaba zapatos sólidos de excursionista, calcetines de lana, una falda de tweed, una blusa de hombre y un abrigo que podría protegerla de la más furiosa de las tormentas. La señora Migsdale era partidaria de la ropa duradera.

    Su delicado reloj de pulsera parecía fuera de lugar: era un objeto primoroso de oro, con un círculo de diamantes que refulgían alrededor de la esfera minúscula. El reloj lo habían perdido en su huida unos saqueadores, y la señora Migsdale lo había encontrado en la cuneta. Ella misma no quería tocar las baratijas rutilantes que se cubrían de polvo en los escaparates de las otras tiendas, pero recogió del arroyo aquel reloj, y se justificó a sí misma diciéndose que no lo había robado, lo había encontrado. El que encuentra algo, es para él.

    Antes de la epidemia, la señora Migsdale había vivido sola.

    Había trabajado de bibliotecaria en una escuela primaria cercana. Después de la epidemia, siguió viviendo en la misma casa pequeña, se ocupaba de publicar el New City News y lanzaba mensajes al mar.

    Paseaba cada día por la playa con una bolsa de ir a la compra a la hora de la marea baja. En la bolsa llevaba una docena de botellas de vidrio verde que habían contenido vino. Ahora las botellas contenían cuadrados de papel blanco en los que la señora Migsdale había escrito mensajes a máquina.

    Todas las notas eran diferentes. En algunas escribía refranes o citas. («Las opiniones son como las narices: cada uno tiene la suya».) En algunas escribía breves declaraciones sobre sus propias ideas. («No creo en Dios, y, por tanto, supongo que Dios no cree en mí.») Y en otras escribía poesías: haikus, pareados, sonetos y algún virelai de vez en cuando.

    Las botellas golpetearon y tintinearon en su bolsa de compra cuando bajó las escaleras de cemento hasta la playa. Al llegar ella huyeron las gaviotas, chillando mientras el viento las atrapaba y las empujaba lejos, como jirones de papel sucios. La marea, al bajar, había dejado la playa cubierta de grumos de algas y de trozos de madera arrastrados por el mar. Al volver llenaría de madera su bolsa para quemarla en la estufa de leña.

    Cuando la señora Migsdale llegó al borde del agua, dejó la bolsa sobre la arena y empezó a trazar grandes círculos con su brazo derecho para desentumecer los músculos.

    Luego, eligió una botella y esperó hasta que rompiese una ola sobre la playa y empezase a retirarse hacia el mar. Después de tomar carrerilla sobre la arena húmeda, lanzó la botella con un grácil juego de brazo, estilo que había perfeccionado a lo largo de los años.

    La botella describió un arco elevado y dio vueltas sobre sí misma antes de caer al agua con un chapoteo, un poco más allá de donde rompían las olas. La señora Migsdale retrocedió un paso para que la ola siguiente no llegase hasta sus zapatos, y observó cómo se balanceaba la botella sobre el agua al pasar una ola.

    A la señora Migsdale le gustaba esta hora del día, cuando ella estaba despierta pero el resto de la ciudad seguía durmiendo. A veces, veía cosas que surgían de los sueños de la ciudad: una vez una sirena de largo pelo negro cantó a la señora Migsdale en un idioma que no pudo comprender. Otra vez, se encontró con un lobo que trotaba por la arena. El animal llevaba puesto al cuello un pañuelo rojo, y le dirigió una sonrisa al cruzarse con ella, como el saludo desenfadado de un vecino.

    La señora Migsdale tomó su bolsa y empezó a pasearse por el borde del agua. Una bandada de pajaritos de playa pardos, que se movían como juguetes mecánicos, corrían un poco por delante de ella, piando furiosamente. La bandada se deshizo para rodear un montón de varec y se reunió en el otro lado.

    La señora Migsdale titubeó junto al varec, al advertir el brillo del vidrio entre la maraña de fibras. Algunas veces se encontraba sus propias botellas, devueltas a la playa. Retiró el varec con la punta de uno de sus zapatos sólidos, para descubrir una botella de color ámbar que había contenido whisky escocés. No era de las suyas. La extrajo de las algas.

    A través del vidrio pardo podía ver un trozo de papel que parecía estar hecho jirones.

    Sus manos temblaban al desenroscar el tapón de plástico de la botella. En quince años de enviar mensajes jamás había recibido una respuesta. Intentó sacar la nota a base de sacudir la botella, pero el papel se atascó en el cuello y no se movía. Al darse cuenta de la futilidad del sistema, recogió su bolsa y se dirigió apresuradamente al rompeolas, junto al cual las tormentas invernales habían depositado piedras de todos los tamaños.

    Con su fuerte brazo derecho golpeó la botella contra una roca. El vidrio pardo se hizo pedazos y saltó hecho añicos en todas direcciones. Extrajo el trozo de papel del cuello de la botella y lo desdobló.

    El papel había sido arrancado de un periódico publicado antes de la epidemia. El mensaje decía:

    «Un extraño trae noticias interesantes. Asóciese con amigos de su misma mentalidad para evitar las intromisiones en sus asuntos. Piense en el futuro.»


    La señora Migsdale reconoció el estilo del texto y el tipo de letra: el recorte había formado parte del horóscopo que un periódico local había publicado diariamente. Lanzó al mar el resto de sus botellas sin los miramientos que acostumbraba y se dirigió a casa.

    «Asóciese con amigos de su misma mentalidad...», había dicho la nota. Se preguntaba qué diría de todo esto su amigo Edgar Brown.

    Edgar Brown, un hombre a quien la mayoría de la gente llamaba «Libros», extendió el trozo de papel de periódico sobre su rodilla y lo observó detenidamente. La señora Migsdale esperaba impaciente. Le caía bien Edgar, pero a veces le exasperaba. Si se le preguntaba cómo se preparaba un huevo pasado por agua, sacudía la cabeza con un gesto de perplejidad. Una semana más tarde, salía de la biblioteca con bibliografía sobre todos los aspectos relevantes a la operación, desde la desnaturalización de las proteínas del huevo a los 100º C hasta la importancia del huevo en la literatura china. Antes de la epidemia, había sido bibliotecario de investigación en la Universidad de San Francisco.

    Abordaba todos los problemas con la misma erudición cuidadosa que había aplicado en grandes controversias teológicas.

    — Diría que está arrancado de un periódico — dijo al fin —. Quizá del Examiner.

    Compararé los tipos de imprenta, y...

    — Ya lo sé — interrumpió la señora Migsdale —. Pero, ¿qué opinas de lo que dice? — no le dejó responder —. Creo que quiere decir que se avecinan problemas. Eso es lo que creo.
    — Parece una conclusión precipitada, Elvira — dijo Libros.
    — Puede que sea precipitada, pero eso no quiere decir que no tenga razón.

    Se recostó hacia atrás y dirigió la vista al otro extremo de la plaza del Centro Cívico.

    Estaban sentados en la escalinata de la biblioteca pública, donde vivía Libros. Al otro lado de la plaza, Danny-boy y Gambito construían algo con reflectores brillantes de aluminio y con alambre.

    — Gambito está construyendo un arpa eólica — dijo Libros —. Está tendiendo cables de la azotea del Ayuntamiento a la plaza. Los reflectores amplificarán el sonido del viento cuando haga vibrar los cables.

    La señora Migsdale le miró a la cara.

    — No intentes cambiar de tema — frunció el ceño.
    — Bueno, supongamos que tienes razón y que se avecinan problemas. ¿Recuerdas cuando los Dragones Negros quisieron ampliar su territorio hasta el centro de la ciudad?

    La ciudad resolvió el problema enseguida.

    — Fantasmas — dijo la señora Migsdale —. La ciudad los asustó con fantasmas. Pero, ¿y si nos tenemos que enfrentar a alguien que no se asuste tan fácilmente?
    — No sé por qué te preocupas tanto — gruñó Libros —. Si viene algo, ya lo arreglaremos.

    Ella se encogió de hombros, observando a Danny-boy y a Gambito. Tommy, el hijo de Ruby, les estaba ayudando — o seguramente, les estaba estorbando. El sol relumbró sobre los reflectores de aluminio, y la señora Migsdale se sintió triste de repente, como si recordase todo esto desde un futuro distante, evocando los tiempos felices.

    — No he oído nada de Leon — dijo, reconociendo por fin cuál era su verdadera preocupación. Leon era uno de los mercaderes que siempre le traían noticias del resto del estado de California —. Lo esperaba hace varias semanas, pero no he sabido nada de él.
    — Se habrá retrasado, eso es todo — dijo Libros.
    — Puede.

    Tembló, sintiendo un escalofrío repentino.

    — Por la noche, cuando escucho las olas, parece que susurran advertencias.

    Libros se frotó las manos nerviosamente.

    — Y tú también lo notas.
    — Supongo que sí — reconoció él con desgana. Rodeó los hombros de ella con su brazo, lo que le agradó. Era un hombre cabezota, un pesado, pero a pesar de ello un buen amigo. Juntos, podrían superar cualquier problema que se presentase.



    PRIMERA PARTE
    La ciudad de los sueños
    CAPÍTULO 1


    DIECISÉIS AÑOS ANTES QUE LA SEÑORA Migsdale encontrase la botella, Mary Laurenson había tenido una hija. Mary yacía en una cama de matrimonio de una granja abandonada, agarrándose al cabecero de bronce con ambas manos. Gemía de dolor y de miedo a cada contracción, pero no había nadie que pudiese oírla.

    Le parecía que los gemidos procedían de alguna fuente externa, sin apenas relación con su cuerpo. Sentía vibrar los gritos en su garganta, pero le resultaban tan incontrolables como las contracciones que sacudían su cuerpo.

    Estaba sola. Cuando había huido de San Francisco, había querido estar sola, había querido poner tierra por medio y esconderse. Pero no se había imaginado las consecuencias.

    Había sentido las primeras contracciones a media tarde. Había roto aguas a medianoche. Ya brillaba el sol por la ventana. Fuera, los mirlos cantaban y saltaban de rama en rama en los almendros. Podía oírlos en los momentos dichosos en que sus músculos se relajaban entre dos contracciones. Pero cuando llegaba la contracción no oía más que sus propios gemidos y el martilleo de su corazón.

    Su cuerpo ya no era suyo. Había luchado durante horas por controlarlo, intentando respirar como le habían enseñado, relajarse entre los espasmos. Ahora se había rendido y dejaba a su cuerpo que hiciese lo que quisiese. Soltó la cabecera de la cama y se sujetó los costados con las manos, buscando una postura que la librase del dolor. Otra contracción, y agarró la colcha, empapada en sudor, sobre la que yacía, y sus manos desgarraron el tejido.

    Su mente era tan indomable como su cuerpo. No podía controlar sus pensamientos.

    Sufría alucinaciones, y se imaginaba que su difunto esposo estaba sentado sobre el borde de la cama, pidiéndole que respirase como le habían enseñado en clase. Lo que pedía era imposible: su cuerpo hacía lo que quería, y ella no tenía voz ni voto en el asunto.

    — Ayúdame — sollozó, intentando tocar el fantasma de su marido. Su mano atravesó el espacio vacío —. Maldito seas, ayúdame — desapareció, fundiéndose con la dorada luz del sol que llenaba la estancia.

    De pronto se dio cuenta de que no era la luz del sol. La luz dorada procedía de una figura alada que estaba de pie junto a la cama. Ella extendió la mano, y sintió en ella el calor de la luz.

    — Te ayudaré — dijo el ángel. Sintió la voz dentro de su cuerpo, como el temblor de sus piernas y las contracciones de su vientre —. Déjame dar nombre al niño, y te ayudaré.

    Ella jadeó, y arqueó la espalda con una nueva contracción.

    — Sí — exclamó —. Sí, ayúdame. Ayúdame, por favor — la cálida luz brilló sobre su cara y cerró los ojos al recibirla.

    Las contracciones se hicieron más frecuentes, un arrebato de dolor sin fin. Cerró los ojos y no pensó más que en empujar. Sintió la distensión al salir la cabeza del niño. Volvió a empujar, buscando la liberación del dolor que la estaba destrozando.

    Cuando el niño salió de su cuerpo, llegó repentinamente el descanso. Siguió echada en silencio unos momentos. Luego, volvieron los espasmos al arrojar la placenta.

    Sintió el movimiento de una manita contra su muslo, y extendió los brazos hacia el recién nacido. Limpió la sangre y la mucosidad de su cara con una esquina de la colcha.

    La niña dio un jadeo, lloriqueó, y luego abrió los ojos y contempló a Mary sin enfocar la vista. Por último, Mary se quedó dormida dando el pecho a la niña, para no despertarse hasta que la brisa nocturna irrumpió en el cuarto por la ventana abierta.

    Mary no dio nombre a su hija. La llamaba «niña» o «nena», a veces «hija». No sabía si volvería el ángel para imponer un nombre a su hija, pero le pareció que lo más sensato era esperar. Desde que la epidemia se había llevado a su marido y a sus amigos, Mary se había vuelto precavida. Dar nombre a la niña parecía que era correr un riesgo inútil; como si el nombre fuese a llamar la atención de un universo malévolo. La falta de nombre era una especie de protección.

    Cuando se planteaba la cuestión, Mary se daba cuenta de que no era lógico no querer dar nombre a la criatura. Pero la lógica no desempeñaba un papel demasiado importante en la vida de Mary. Además, a la niña no le hacía falta nombre. Cuando Mary la llamaba, decía simplemente «Ven aquí.» La niña sabía que su madre la llamaba. No había nadie más a quien su madre pudiese llamar.

    La criatura, al crecer, se convirtió en una niña salvaje, indomable, que se subía a los árboles. Vagaba por los campos próximos a la granja, persiguiendo al ganado asilvestrado que pacía la alta hierba de las praderas sin segar. Parecía que la niña no conocía el miedo. Pero tampoco parecía conocer la confianza. Los dos conceptos parecían estar asociados, de alguna manera, en la mente de Mary.

    En plena noche, cuando la niña dormía, Mary entraba en su dormitorio sin hacer ruido.

    Su hija estaba echada sobre un costado, acurrucada como un zorro en su madriguera, y respiraba de forma suave y regular. Mary, sin darse cuenta, acompasaba su propia respiración con la de su hija. Acariciaba suavemente la mano de la niña, agradeciendo su calor vital.

    Aquellas noches, Mary esperaba algo que no quería reconocer, ni siquiera a sí misma.

    Esperaba que el ángel luminoso llegase, diese nombre a su hija, y luego se la llevara.

    Mary custodiaba a su hija, quedándose dormida en la silla junto a la cama.

    La mayoría de las veces encontraba la cama vacía al despertarse. Su hija se había marchado de madrugada, dejando una maraña de mantas vacías. La niña había ido a buscar nidos, a poner trampas a los conejos, a pescar cangrejos en el arroyo, a rebuscar en las casas abandonadas para encontrar cosas que poder cambiar en el mercado.

    Cuando tenía nueve años, la niña encontró la esfera en una granja cercana. Estaba en un estante lleno de chucherías, entre una reproducción en metal del Empire State Building y una figurilla de porcelana que representaba a Minnie Mouse. Limpió con los dedos la capa aterciopelada de polvo que cubría el vidrio. Aunque la tarde era fría y sólo se filtraba un poco de sol a través de la ventana sucia para iluminar el estante, la esfera resultaba cálida al tacto.

    La niña miró las formas rectangulares difusas del interior a través de las manchas. Al sacudir la esfera, vio unos parpadeos de movimiento a través del vidrio.

    Se dirigió al porche delantero, donde había mejor luz. Sacó brillo al vidrio con la manga de su camisa y volvió a mirar dentro. Había grandes edificios con ventanas cuadradas, uno junto a otro. El más alto de los edificios remataba en punta y formaba un triángulo en vez de un rectángulo. Al sacudir la esfera se levantaron remolinos de partículas doradas que volvieron a caer en forma de lluvia sobre los edificios.

    Nunca había visto nada tan hermoso. Brillaba al sol y centelleaba como una llama.

    Pensó que si miraba muy de cerca podría ver personas dentro de los minúsculos cochecitos que estaban parados en la calle. Dio muchas vueltas a la esfera en sus manos. Le resultaba agradable al tacto. En la base negra había unas letras doradas en relieve que decían «Recuerdo de San Francisco».

    Su madre le había hablado de San Francisco. Los cuentos que le contaba para que se durmiese siempre empezaban así: «Allá en San Francisco, antes de la epidemia...» Eran cuentos extraños y deshilvanados, episodios de la vida de su madre. Recuerdos luminosos de la procesión del Año Nuevo chino cargados del aroma de la pólvora de los petardos. Semblanzas de los vecinos: la anciana que tenía veintinueve gatos, el joven que practicaba el Tai Chi en la azotea.

    A partir de los recuerdos de su madre, la niña había creado su propia imagen de San Francisco: un lugar tan exótico como Oz, con unas colinas enormes por las que circulaban tranvías tirados por cables. Le había preguntado una vez a su madre por qué no podían volver allí. Su madre había dicho, sacudiendo la cabeza:

    «Allí hay demasiados fantasmas.
    No puedo volver».


    La niña se llevó la esfera a casa, además de las otras baratijas que había encontrado: una navaja con cachas de perla falsa, una baraja de cartas decoradas con fotos de mujeres desnudas, unas tijeras de bordar en forma de cigüeña. Cuando llegó a casa guardó la navaja y la baraja junto a las otras cosas que llevaría al mercado. Dio a su madre las tijeras de bordar. Pero se quedó con la esfera. Aquella noche, antes de acostarse, volvió a agitarla y contempló cómo las partículas doradas flotaban sin rumbo entre las torres de la ciudad.

    Cuando todavía era bastante joven, la niña aprendió por sí misma a cazar. No lejos de su casa había un montón desordenado de bloques de hormigón, restos de un paso elevado de autopista que se había derrumbado a causa de un terremoto. Los escombros formaban un laberinto de madrigueras ya preparadas, y abundaban los conejos. Empezó por ponerles trampas, con astutos lazos de hilo de pescar, que colocaba en los tenues senderos que los animales marcaban sobre la hierba. Cuando fue un poco mayor se hizo un tirachinas con los tubos metálicos de un viejo cuadro de bicicleta y con la goma de la cámara de una rueda. Con el tirachinas en la mano, se tumbaba cómodamente sobre un bloque de hormigón calentado por el sol, y esperaba en el suave crepúsculo púrpura a que saliesen los conejos a comer. No solía fallar, ni siquiera con poca luz.

    En una granja próxima encontró una Enciclopedia Ilustrada Libro de Oro. Aunque su madre le había enseñado a leer, la enciclopedia le gustó sobre todo por las ilustraciones, y la llevó a su casa, algunos tomos cada vez. Tras cinco viajes, ya tenía todo el alfabeto.

    Las tardes de invierno se tumbaba junto al fuego y estudiaba las ilustraciones de cosas y lugares exóticos. En el tomo de la A encontró ilustraciones de armas. Un dibujo le dio la idea de construirse su propia ballesta. Cortó árboles jóvenes del huerto de almendros, hasta que encontró uno que tenía la elasticidad adecuada para servir de arco. Talló la caja con madera que encontró en el granero. Los largos días del verano tiraba al blanco en el huerto, y se convirtió en una excelente ballestera.

    En verano, el valle era caluroso; en invierno llegaban las lluvias. Cada primavera florecían los almendros en el huerto, y cada otoño su madre y ella recogían las almendras y las pelaban para llevarlas al mercado. Cada noche, antes de acostarse, la niña sacudía la esfera de vidrio. A veces soñaba con San Francisco.


    CAPÍTULO 2


    CUANDO DANNY-BOY TENÍA OCHO AÑOS, APRENDIÓ QUE el arte podía cambiar el mundo. La lección empezó en un callejón que salía de la calle Mission, en San Francisco. Danny-boy estaba agachado detrás de un contenedor de basura y contemplaba cómo un hombre pintaba una pared.

    El hombre bailaba; sus pies descalzos marcaban un ritmo sobre el asfalto. Llevaba unos pantalones vaqueros destrozados, recortados por encima de la rodilla, y un pañuelo rojo al cuello. En cada mano llevaba una lata de pintura en aerosol. Sus brazos se movían en grandes ademanes y dejaban trazos de pintura sobre la pared de ladrillo rojo. Mientras pintaba, canturreaba con voz gutural. Danny-boy no entendía las palabras; ni siquiera estaba seguro que fuesen palabras, y no simples gruñidos y sílabas sin sentido.

    El hombre estaba rodeado de un círculo de conchas marinas invertidas. En cada concha estaba quemándose un pellizco de hierbas que enviaba nubes de humo acre que se arremolinaban por el callejón.

    Danny-boy podía ver las pinturas de la pared a través del humo. Una manada de caballos galopaba hacia la calle Mission, con gruesas panzas y con crines tiesas como púas de cepillos de dientes. Un ciervo alzaba su cornamenta hacia el cielo nuboso. Una curva de pintura parda formaba la gran giba de un bisonte macho. Mientras Danny-boy miraba, el hombre añadió un trazo rojo para formar el ojo del animal.

    El hombre se agachaba para dejar una lata de pintura y tomar otra sin dudarlo, el movimiento era parte de su danza. Llegaba hasta la parte alta de la pared para pintar pájaros, o, más bien, pares de líneas curvas que de alguna manera sugerían pájaros.

    Danny-boy los identificó con gansos, que volaban en formación de cuña.

    Fascinado, Danny-boy se deslizó más cerca, preparado para volver de un salto a su escondrijo. Sus pies debieron de hacer algún ruido sobre el asfalto, pues el hombre que bailaba le lanzó una mirada, sonrió brevemente (un relámpago de dientes blancos en una cara de barba oscura) y le indicó un montón de hierbas que había junto a la pared.

    Con cuidado al principio, Danny-boy tomó porciones de salvia y de hierbabuena y las añadió a las conchas marinas. Sus pulmones se llenaron de las espesas nubes de humo y se mareó un poco. Titubeando, empezó a imitar los movimientos del hombre y a bailar fuera del círculo de conchas, removiendo el humo con una ramita de salvia.

    El hombre pintó una línea azul ondulada. Debajo representó un banco de peces y el cuerpo enorme de una ballena. Su cántico cambió, y se hizo más agudo y más rápido.

    Pintó un rebaño de ciervos, otro rebaño de ganado salvaje. Bailaba de forma más desenfrenada, el sudor brillaba en su espalda desnuda. Tomó una lata de pintura gris y dibujó rápidamente un lobo en el extremo derecho de la pared. Sin previo aviso dejó caer la lata de pintura y se apartó de un salto de la pared y del círculo de conchas, para ir a caer junto a Danny-boy.

    A Danny-boy le zumbaron los oídos por el silencio repentino. Alzó la vista hacia el hombre con una confianza extraña. El hombre tenía los brazos, la espalda, el pecho, cubiertos de vello rojo. Bajo el vello, su piel era morena rojiza, del color de una secoya recién talada. Había algo en su forma de estar de pie (relajado, pero preparado para entrar en acción) que recordaba a Danny-boy los perros salvajes que merodeaban por las calles de la ciudad

    — Me llamo Danny-boy.

    El hombre le echó una ojeada.

    — Llámame Randall.

    Danny-boy observó con curiosidad, mientras Randall se ponía en cuclillas junto a una de las conchas y hurgaba con su dedo manchado de pintura en las hierbas que se consumían. Tomó la concha, vertió las cenizas en su manaza y las frotó por su cara y por su cuerpo. Echó una ojeada a Danny-boy y dijo:

    — Coge unas cuantas. Es bueno. Purifica.

    Danny-boy se quitó la camiseta y se frotó tímidamente el pecho y los brazos con cenizas.

    — Ven — dijo Randall.

    Danny-boy le siguió hasta el arroyo que fluía por la Octava Avenida. Con el paso de los años, el agua había desgastado el asfalto, dejando a la vista las rocas y la arena que había debajo. Las hierbas que habían echado raíces entre los adoquines de la acera crecían altas y lozanas junto al agua. Al acercarse Randall, una rana mugidora saltó del bordillo y echó a nadar hasta ponerse a salvo.

    Randall se salpicó el cuerpo con agua fría y se frotó la cara y el pecho con un puñado de hierba. Danny-boy lo imitó, tiritando de frío un poco. Cuando se hubo limpiado casi todas las cenizas, Danny-boy se secó con su camiseta, se tumbó en la acera y agradeció el calor del cemento sobre su espalda. Randall se sentó a su lado. Danny-boy lo examinó.

    — ¿Por qué estabas pintando en la pared, Randall? — preguntó Danny-boy finalmente.

    Randall apoyó una mano grande sobre el cemento y se volvió para estudiar a Danny-boy más de cerca.

    — Hace falta más caza por aquí. Bisontes, ciervos, pescado. No hay buena caza.

    Danny-boy frunció el ceño.

    — ¿Qué tiene eso que ver con pintar en la pared?

    Randall arrancó un tallo de hierba y se puso a mordisquear un extremo. Estuvo meditando tanto tiempo que Danny-boy pensó que quizá no llegase a responderle; luego, dijo:

    — Si lo he hecho bien, las pinturas volverán a traer la caza.
    — ¿Sí? — Danny-boy consideró la idea un momento —. ¿Lo crees así?

    Randall tiró el tallo de hierba.

    — Así lo creo — se encogió de hombros —. Sólo tengo un dieciseisavo de sangre cheroqui.

    Me crie en las escuelas del hombre blanco. Todo lo que sé de esto sale de aquí — se dio una palmada en el vientre lleno de vello —. Puede que lo haya hecho mal. Pero creo que no.

    Danny-boy frunció el ceño, mientras sopesaba las palabras de Randall.

    — Si quieres hacer que vuelvan esos animales, ¿por qué has pintado un lobo? Nadie quiere que vuelvan más lobos por aquí.

    Randall sonrió de repente, mostrando su dentadura blanca.

    — Es una especie de firma — dijo —. Además, no me importarían unos cuantos lobos más.

    Unos pocos.

    Sonrió a Danny-boy, y éste le devolvió la sonrisa, aunque no llegaba a comprender la broma.

    Danny-boy había crecido en San Francisco. Había nacido algunos años antes de la epidemia, pero sus recuerdos de aquella época eran imprecisos. Recordaba el conejo de peluche que había sido su juguete favorito, y las manos de su madre que lo levantaban del suelo cuando se había caído en el patio de juegos y se había despellejado la rodilla.

    Aparte de eso, sus primeros años estaban en blanco.

    Después de la epidemia, una mujer madura que se llamaba Esmeralda lo había encontrado vagando por la calle y lo había adoptado. Su nombre venía de una canción que le gustaba cantar a Esmeralda.

    Esmeralda tenía poco contacto con la realidad, a veces ninguno. Algunas veces creía que Danny-boy era su propio hijo, y pretendía que ella era una santa virgen, y que él era el nuevo Mesías. Otras veces, recordaba quién era y dónde estaba, y contaba a Danny-boy historias del mundo de antes de la epidemia.

    De niño, Danny-boy exploraba los rascacielos que se alineaban en la calle Market; vagaba por salas de juntas revestidas de madera de roble y por oficinas que olían a polvo.

    A veces, leía los periódicos que se encontraba por allí (Libros, el viejo que vivía en la biblioteca, le había enseñado a leer). Pero los periódicos solían ser aburridos: notas sobre balances y fusiones de empresas que ya no existían.

    La mayor parte de las oficinas de las plantas bajas habían sido destruidas salvajemente: las ventanas estaban rotas, las mesas volcadas, los ficheros abiertos y los papeles esparcidos. Danny-boy evitaba aquellos cuadros de violencia. Prefería explorar las oficinas que habían permanecido intactas. En éstas, el polvo se había ido posando sobre los papeles que yacían abandonados sobre las mesas, los ratones habían depositado sus excrementos en los cajones y entre las teclas de las máquinas de escribir.

    Sólo las plantas de plástico seguían verdes en los tiestos secos, e incluso el color persistente de éstas estaba apagado por una capa de polvo.

    Danny-boy sentía que, de alguna manera, aquellas oficinas estaban vivas todavía.

    Creía que si alguien quitase el polvo y limpiase las plantas de plástico, los teléfonos empezarían a sonar y las máquinas de escribir a zumbar. La gente se apresuraría a entrar en las oficinas, tomaría los papeles y seguiría trabajando como si no hubiese sucedido nada. Danny-boy merodeaba por las oficinas, fascinado y aterrorizado por la idea de que los viejos tiempos pudieran volver.

    Cuando exploraba un edificio de oficinas, encontró un interruptor rojo con un letrero que decía GENERADOR DE EMERGENCIA. Sin pensar en las consecuencias, pulsó el interruptor.

    El edificio volvió a la vida a su alrededor. De algún lugar bajo el suelo salía un retumbar sordo, que se convirtió en un zumbido sostenido. Le hizo estremecerse una vibración sutil que recorría el suelo. En el techo, los tubos fluorescentes parpadearon; luego, brillaron con una luz blanquiazul antinatural. Se oía un tic—tac, como un castañetear de dientes.

    Una rejilla de aire acondicionado dejaba salir un aire frío, de olor rancio, que trazaba formas en aquel polvo que nadie había tocado desde hacía más de diez años.

    Esperó. El aire frío le hizo temblar, pero no sucedió nada más. Empezó a explorar con cuidado, aventurándose en oficinas sin ventanas que, antes, habían estado siempre a oscuras. Cada sonido desconocido le sobresaltaba: el zumbido de una fotocopiadora, el susurrar del aire acondicionado, el suave tic — tac que hacía el segundero de un reloj eléctrico, que se paseaba por la esfera marcando los segundos de un tiempo pasado.

    Volvió la vista atrás, pero sobre el polvo sólo se veían sus propias huellas. Sobre una mesa en un rincón brillaba una luz roja en una grabadora de casetes. Deslizó los dedos sobre los botones negros, limpiando el polvo. Titubeando, apretó el botón marcado con PLAY.

    Danny-boy vio cómo giraba la cinta, visible apenas tras la cubierta de plástico llena de polvo. Una voz metálica hablaba en los auriculares que estaban sobre la mesa. Cuando los tomó y se los acercó al oído, oyó que un hombre decía:

    «...los retrasos causados por las bajas por enfermedad entre el personal de reparto.
    Las sucursales que han anunciado falta de personal son las siguientes:...»


    Danny-boy arrojó los auriculares y echó a correr, presa de un terror primigenio. No le daba miedo la voz de la caja, pero le dominaba la sensación, tan fuerte en aquella sala cerrada, de que el pasado retornaría para volver a adueñarse de la ciudad. Esmeralda le había hablado de los hombres con traje que habían trabajado en los edificios del centro de la ciudad. De repente, temía que volviesen las personas grises sin rostro que se habían sentado tras aquellas mesas de oficina y lo encontrasen jugando con sus cosas.

    Le atraparían, y se encargarían de que no jugase más. Huyó del edificio y no volvió nunca más.

    Cuando Danny-boy tenía ocho años, Esmeralda cayó de la ventana de un bloque de apartamentos. Cayó cinco pisos y se mató. Danny-boy nunca pudo saber la causa de su caída, pero sospechaba que se había caído al intentar atrapar la luna llena que brillaba cerca del horizonte.


    CAPÍTULO 3


    CUANDO TENÍA QUINCE AÑOS, LA MÁQUINA SE enamoró de su profesora de biología. Por supuesto, todo ello había sucedido antes de la epidemia y antes de que él supiera que era una máquina. Su padre le llamaba Jonathan, y él creía que era un ser humano, aunque muy diferente de sus compañeros de clase.

    Iba a un instituto privado para alumnos superdotados. No le gustaba mucho: el trabajo de clase era demasiado sencillo, y sus compañeros eran tontos. Una vez se conectó clandestinamente a la base de datos del instituto, leyó su dossier confidencial, y desde entonces supo que sus profesores le consideraban antisocial. Lo mismo opinaba el doctor Ward, el psicólogo al que visitaba cada semana. No tomaba parte en las discusiones de clase; odiaba los deportes; evitaba las actividades de grupo. Durante las horas de clase, pasaba casi todo el tiempo diseñando y trazando mecanismos complicados: una articulación de rótula para un autómata que pudiese andar, un aparato cavador en espiral para una máquina subterránea, rotores para una máquina voladora.

    Su padre era un ingeniero que trabajaba en la investigación en el campo de la robótica.

    Era un hombre más bien calvo, de barbilla frágil y de ojos de un azul brillante. Su madre también era ingeniera de algo. Se había separado del padre de La Máquina cuando La Máquina sólo tenía seis años. Algunas veces, sobre todo en las vacaciones, venía en avión de Tokio, donde trabajaba en una compañía multinacional. En sus raras visitas, el padre de La Máquina la trataba con un respeto algo estirado, preguntándole educadamente sobre su último trabajo de investigación.

    La madre de La Máquina parecía incómoda en su presencia. Era una extraña de sonrisa dulce, que le traía juguetes mecánicos de las tiendas del Japón. Cuando se iba, él los desmontaba en su taller del sótano, se asombraba con los intrincados mecanismos de engranajes, y los volvía a montar con pequeñas mejoras.

    La señora Bruner, su profesora de biología, era delgada y tenía el pelo oscuro, como su madre. La Máquina se enamoró de ella en cuanto la vio. El primer día de clase, ella le sonrió y le pidió que se sentase en la primera fila. Eso bastó. En su clase prestaba atención. Cuando ella se apoyaba descuidadamente en el borde de la mesa y hablaba de la mitocondria su respiración se aceleraba. Seguía sin tomar parte en las discusiones de clase, pero le sonreía, y pensaba que la sonrisa que ella le devolvía era especial, diferente de alguna manera de la que dirigía a los demás.

    Poco después de empezar el curso, empezó a trabajar en una mano ortopédica, como trabajo para la Feria de Ciencias. Había pensado construir una máquina de seis patas que anduviera, y llevaba varios meses investigando en el campo de la robótica. Pero, pensando en la señora Bruner, cambió el enfoque de sus investigaciones, razonando que ella valoraría más la interface entre el cuerpo y la máquina.

    Durante varias semanas, investigó los miembros artificiales y los ingenios ortopédicos, y leyó artículos de revistas científicas que conseguía a través del ordenador personal de su padre. Utilizando los códigos de acceso de su padre, consiguió entrar en un sistema de correo electrónico para investigadores de la robótica, y organizó una discusión continuada sobre las posibilidades de interfase entre la máquina y el ser humano.

    Dedicó muchas horas de trabajo a las partes mecánicas en su taller doméstico. Podía haber elegido articulaciones de plástico y silicona, pero prefería trabajar el metal, tornear piezas minúsculas que encajaban con precisión. Le gustaba el aspecto del metal y su tacto frío.

    Con la tarjeta de crédito de su padre encargó sensores que podrían detectar las señales nerviosas de sus músculos y retransmitirlas a la mano ortopédica. La Feria de Ciencias pasó, y su trabajo no estaba preparado, pero siguió trabajando, soñando con la reacción de la señora Bruner cuando le mostrase la mano terminada.

    El proyecto completo era elegante: una tercera mano que se adaptaba limpiamente a la parte lateral del brazo de La Máquina. Las señales eléctricas de los músculos de su abdomen controlaban los movimientos de la mano. Durante horas practicó el yoga, reguló su respiración y aprendió el control muscular necesario para usar la mano. Podía hacerla girar por la muñeca, unir el pulgar y el índice como una pinza, asir fuertemente un objeto rodeándolo con los dedos. Al flexionar los dedos, las articulaciones crujían suavemente, recordándole a los juguetes mecánicos que le había regalado su madre.

    El último día del curso escolar llevó la mano al instituto, bien embalada en una caja de cartón. No quería enseñarla delante de los otros alumnos y la dejó escondida en su taquilla casi todo el día. Pero no podía reprimir una sonrisa cada vez que pensaba en ella.

    — Parece que hoy estás contentísimo — dijo la señora Bruner. Él estaba fregando una de las mesas del laboratorio, ayudando en la limpieza del último día —. ¿Esperas las vacaciones de verano?
    — Tengo que enseñarle una cosa — dijo rápidamente —. Después de clase. ¿Vale?

    Ella frunció el ceño, pero asintió con la cabeza.

    — Bueno. De acuerdo.

    Durante el resto de la tarde estuvo preocupado por aquel gesto de ella. Pero se tranquilizó al pensar que la mano la emocionaría. Le demostraría cómo era capaz de escribir con ella, de peinarse. Se quedaría absorta.

    Después de la última clase recogió la caja de su taquilla. Los pasillos estaban llenos de chicos que vaciaban sus taquillas y que hablaban a voces de lo que harían en el verano.

    Por una vez, nadie le molestaba ni se metía con él. Anduvo por los pasillos orgullosamente, con la caja bajo el brazo.

    El ala de ciencias estaba casi desierta. Frente al despacho de ella no se oía nada en el pasillo. Titubeó ante su puerta, saboreando su próximo triunfo. Oyó su voz adentro.

    Estaba hablando con el señor Pearce, profesor de cálculo infinitesimal. Esperó un momento, no quería compartir su creación con nadie que no fuese ella.

    — Me encantaría ir a tomar una copa, pero he dicho al chico de Monroe que echaría una ojeada a algo que quería enseñarme. Dijo que se pasaría después de clase.

    Un murmullo grave por parte del señor Pearce. A La Máquina nunca le había gustado demasiado el señor Pearce: le había confiscado algunos diseños estupendos para una máquina subterránea y los había destrozado delante de toda la clase.

    — Sí, tienes razón en eso — la voz de la señora Bruner llegaba con claridad —. Es un tío raro. Siempre me sonríe de una forma muy peculiar. Yo diría que de mayor será o un genocida o un genio como su padre.

    La Máquina se quedó paralizado, agarrando la caja. El señor Pearce decía algo.

    — ¿Qué me impone? — la risa de la señora Bruner le dejó helado —. Dios mío, creo que no. Gracias a Dios que se ha acabado el curso. No estará en mi clase el año que viene.

    Una silla se arrastró por el suelo, y La Máquina pegó un brinco.

    — Desde luego — decía la señora Bruner —. Vámonos. No puedo estar esperando todo el día.

    La Máquina escapó a otro pasillo antes de que salieran del despacho. Su padre le esperaba en el coche, delante del instituto. Cuando le preguntó qué había en la caja, La Máquina sacudió la cabeza.

    — Nada. Unas cosas — dijo.

    La epidemia llegó aquel verano. Su padre sufrió los primeros síntomas en el trabajo.

    Sus compañeros le llevaron al hospital, y La Máquina habló por teléfono con su médico.

    El médico hablaba despacio, como si estuviese muy cansado.

    — Haremos lo que podamos — dijo —. No, creo que será mejor que no vengas a verle. Por la voz, parece que estás sano. Intenta seguir así.

    El día siguiente, cuando La Máquina intentó llamar al hospital, el teléfono estaba comunicando. Programó el teléfono para que marcase el número del hospital cada cinco minutos, pero la línea estaba siempre ocupada. Vagó por la casa silenciosa, y vio las noticias en la televisión. «Los hospitales siguientes tienen camas disponibles», le decían sus locutores locales. La presentadora estaba pálida.

    Al día siguiente, el hospital seguía comunicando. La presentadora de televisión ya no estaba, otra mujer la había reemplazado. La Máquina intentó llamar a otros números: llamó al doctor Ward, y le salió un contestador automático:

    «Por favor, deje el mensaje al oír la señal.»


    — Doctor Ward, le habla Jonathan Monroe — titubeó, sin saber qué decir —. Mi padre está en el hospital, y yo no sé qué hacer. ¿Podría llamarme enseguida?

    El doctor Ward nunca devolvió la llamada.

    Las noticias de la televisión anunciaron que el presidente había declarado el estado de emergencia. Eso fue poco antes de que muriera, víctima de la epidemia. El vicepresidente asumió el cargo, y poco después cayó enfermo de la epidemia. «La policía recomienda a los ciudadanos que se queden en sus casas», le decían los locutores locales. «No pierdan la calma.» No perdió la calma. Se quedó en casa, paseándose por cuartos vacíos. La antena parabólica captaba emisoras de todo el mundo. En las noticias, La Máquina vio disturbios en las calles del centro de Nueva York, de Washington, de Tokio, de París. El sexto día, el teléfono consiguió conectar con el hospital. Al otro extremo de la línea, el teléfono sonaba pero nadie respondía.

    Vivió un mes en la casa de su padre, comiendo alimentos enlatados y congelados.

    Después de haber visto los disturbios en la televisión, tenía miedo de salir. No sabía qué podía encontrarse por el mundo. Se quedó en la casa, donde las máquinas podían cuidarle. Se fiaba de las máquinas, confiaba en ellas. El ordenador doméstico le despertaba cada mañana, y le recordaba la hora de irse a la cama cada noche. Las luces que iluminaban el patio se encendían y se apagaban automáticamente. Una máquina lavaba los platos, otra máquina lavaba la ropa. Un robot de limpieza, préstamo de algún laboratorio de Stanford, recorría constantemente las habitaciones y las salas, aspirando bolas de polvo, clips y restos de comida. A veces, se entretenía esparciendo por la alfombra trozos de papel roto, para que el robot los aspirase. Su ordenador personal, con sus programas de juegos y su software educativo, era su compañero constante.

    Cuando empezaron a agotarse sus reservas de alimentos enlatados, salió fuera con precaución y entró en la casa de un vecino. No le sorprendió descubrir que no había nadie en casa. Asaltó los estantes de la despensa y se llevó comida enlatada para otro mes.

    Más adelante fue visitando a los otros vecinos. En algunas casas encontraba cadáveres en descomposición. La primera vez que encontró un cadáver se le revolvieron las tripas; pero aprendió a olvidar su asco, a entrar corriendo en la casa, coger la comida y volver a salir corriendo.

    Los cadáveres descompuestos le sirvieron para descubrir la verdad. Después de todo, no era un ser humano. Por eso no había conectado con sus compañeros de clase: no era como ellos. ¿Cómo podía ser un ser humano, si su cuerpo estaba sano y fuerte? Los seres humanos estaban muertos.

    Dio vueltas a la cuestión. Después de pensarlo mucho tiempo, se dio cuenta que su padre lo había construido, ayudado por su madre. Era evidente, visto a posteriori. Su madre lo había evitado porque era una máquina defectuosa: no había satisfecho sus especificaciones estrictas. Era perfectamente lógico. Decidió que no era honrado ni exacto llamarse a sí mismo Jonathan Monroe. Empezó a llamarse La Máquina. Decidió que su objetivo era construir otras máquinas. Le sorprendía haber tardado tanto tiempo en darse cuenta.


    CAPÍTULO 4


    LA VIDA DE LA HIJA DE MARY LAURENSON cambió cuando tenía dieciséis años. Le parecía que los cambios habían empezado con un viaje al mercado de Woodland.

    Su madre y ella se habían despertado cuando el cielo todavía estaba oscuro. Sólo una línea estrecha de luz en el horizonte indicaba que se acercaba el día. Su madre cargó a la yegua con unas alforjas en las que llevaban almendras del huerto, pieles de conejo curadas y licor casero de melocotón. La jovencita reunió los tesoros que había ido recogiendo por las granjas próximas: dos navajas de bolsillo y un cuchillo de monte, un juego de llaves fijas, un reloj de bolsillo que todavía funcionaba, una cajita de música que tocaba Jingle Bells, y un surtido de joyería. La joyería la llevaba ella: ajorcas en una muñeca, un brazalete de plata con dijes en la otra, una alianza de oro, un anillo de bisutería con un granate de color de sangre, una sortija de pedida con diamantes que reflejaban la leve luz del alba. La muchacha montaba a pelo en la hija de la yegua, una potranca de un año a la que llamaba Pequeña, a falta de un nombre mejor. Dejaron a Perro, su perdiguero rubio, para que guardase la casa.

    Se tardaba cerca de dos horas en llegar a Woodland a caballo. El camino serpenteaba entre labrantíos que se habían vuelto a convertir en praderas. Las cercas de alambre de espino que habían marcado los límites de las propiedades habían desaparecido con el tiempo. Los postes permanecían aquí y allá, como tocones que salían de la hierba alta. El ganado salvaje que pacía en los prados levantaba la cabeza para verlas pasar.

    A la mitad del camino del mercado divisaron un triciclo estacionado a la sombra de un nogal. Entre sus ruedas traseras había un cajón ancho, lleno de sacos de lona. Del cajón colgaba un letrero que decía:

    «Se venden y se cambian libros.»


    Un joven las llamó desde la sombra del árbol.

    — ¡Buenas! ¿Me pueden decir a qué distancia queda el mercado de Woodland?

    Su madre tiró de las riendas, y el caballo se detuvo.

    — No está muy lejos. A una hora de caballo.

    El joven sonrió. Se apoyó en el tronco del árbol y cruzó las manos detrás de la cabeza.

    Era delgado y estaba muy moreno.

    — ¿Hay muchas cuestas hasta allí?
    — No, que yo recuerde. ¿Qué tipo de libros lleva ahí?
    — De todo — dijo alegremente —. Historia, política, religión, filosofía. Algunas novelas para subir el ánimo. Y algunos libros prácticos: cómo hacerse un alambique, cómo construir un generador eólico, libros de cocina, manuales de primeros auxilios. Un poco de todo.

    La muchacha vio que su madre fruncía el ceño. La madre se quedó callada un momento. Los pájaros cantaban al borde del camino, los insectos zumbaban en la hierba.

    — Usted no ha estado allí nunca — dijo la madre.
    — Nunca. Es mi primer viaje. He bajado desde Seattle, comerciando todo el camino.
    — Sus libros de política... — empezó a decir la madre.
    — ¿Le interesa la política? — la interrumpió el joven —. Llevo una gran variedad, desde Marx hasta...
    — No — exclamó la madre bruscamente —. Por estas partes del país no conviene que le interese a uno la política. Simplemente, quería advertirle que algunos de sus libros les pueden parecer algo atrevidos a los hombres del general Miles.
    — ¿El general Miles? ¿Se refiere al tipo al que todos llaman «Cuatroestrellas»?

    La madre sacudió la cabeza rápidamente.

    — Será mejor para usted que le llame «general Miles» mientras esté por aquí. No le gusta el mote. El clima político de estas partes es... — dudó, para continuar diciendo —: más bien conservador. Haría bien si escondiese sus libros más liberales y volviese a recogerlos después de su visita al mercado.
    — Oh, no llevo obras demasiado polémicas. Me han recibido bien en todas partes hasta ahora.

    La madre abrió la boca, como para decir algo más, pero se encogió de hombros.

    — Espero verlo en Woodland — dijo —. Buena suerte.

    El joven le dirigió una sonrisa.

    — Me arriesgaré.

    La muchacha despidió al ciclista con la mano al pasar.

    — Nos veremos en Woodland.

    Cuando la muchacha y su madre estaban ya en las afueras de la ciudad, un grupo de hombres con uniforme de campaña de color caqui las llamaron y les hicieron detenerse.

    Dos hombres llevaban rifles; el tercero, un bloc de notas.

    — ¿Van al mercado? — preguntó el hombre del bloc; y la madre de la muchacha asintió con la cabeza —. Tengo que hacerle algunas preguntas, señora. Recogemos información sobre el flujo de productos. Forma parte de la campaña del general, que pretende paliar la escasez. Hagan el favor de desmontar.

    La muchacha miró a su madre. La mujer mayor tenía una cara impasible; una expresión inescrutable.

    — Ya veo — dijo con calma, y bajó de la yegua. La joven la imitó a disgusto. El paso por el control era lo que menos le gustaba de ir al mercado. Se quedó al lado de Pequeña, tan cerca que sentía el calor que irradiaba el animal.

    El hombre consultó su lista y empezó a desgranar preguntas: « ¿Nombre? ¿Dirección fija? ¿Qué va a vender? ¿Cantidad de cada producto? ¿Número de personas de su familia?» La madre respondía a las preguntas con rapidez, sin dudar.

    Uno de los otros hombres sostenía la brida de Pequeña, y le acariciaba el morro. El soldado tenía la cara llena de acné y llevaba el pelo tan corto que la muchacha podía verle el cuero cabelludo.

    — ¿Cómo te llamas? — preguntó él en voz baja.

    Ella sacudió la cabeza y no dijo nada. No le gustaba el control: los hombres y las armas de fuego la intimidaban.

    — ¿Te vas a quedar en Woodland? Habrá baile esta noche, ¿podré verte allí?

    La muchacha volvió a sacudir la cabeza, intentando parecer tan tranquila y tan distante como su madre.

    — ¿Te gusta bailar? — dijo el soldado tímidamente.

    Ella dirigió la vista al final del camino, sobre su cabeza.

    — No eres nada amistosa, ¿verdad? — por el rabillo del ojo veía que el soldado le dirigía una dura mirada.
    — ¿Llevan armas? — preguntó el hombre del bloc. La muchacha levantó su ballesta, y la madre les mostró su viejo rifle. Ambas armas fueron apuntadas en el impreso.
    — Ahora, si hace el favor de abrirme esas alforjas, habremos terminado.

    El hombre registró las alforjas, manoseó las almendras, husmeó el licor, abrió el juego de llaves. Cuando llegó al cuchillo de monte lo estudió con atención, sacándolo de su vaina de cuero y probando el filo.

    — Buen cuchillo — dijo.

    El soldado que sostenía la brida de Pequeña intervino:

    — El ejército anda escaso de cuchillos buenos, ¿verdad, mi sargento?

    El sargento asintió con la cabeza, sin levantar la vista de la hoja.

    — Así es, soldado. Hay pocos cuchillos tan buenos como éste. Pero estoy seguro que estas señoras son unas ciudadanas patriotas — levantó la vista —. Estoy seguro de que se alegrarían de poder hacer un donativo tan insignificante para la causa.

    La muchacha le dirigió una mirada feroz, pero su madre habló antes que ella:

    — Vistas las circunstancias, sargento, me alegraré de hacer un pequeño donativo.

    El sargento asintió con la cabeza, y volvió a meter el cuchillo en la vaina.

    — Muy bien — dijo —. Perdonen la molestia — extendió el bloc —. Firme aquí.

    La madre firmó, y volvieron a montar. La muchacha arrancó las riendas de la mano del soldado, que sonreía, y se puso en marcha.

    — Lo siento — dijo su madre cuando ya no podían oírles desde el puesto de control.
    — No pasa nada — dijo ella, pero su voz era tensa y airada.

    El mercado estaba en el aparcamiento de un antiguo supermercado. Cada mercader levantaba un tenderete de tela sobre postes altos, para protegerse del sol. Las lonas se unían a las de los puestos contiguos, y se formaba una especie de carpa, una gran superficie de lienzo multicolor. La carpa se hinchaba cuando soplaba el viento.

    Ataron los caballos al borde de la carpa y entraron. Mientras su madre se detenía a tratar con un vendedor de queroseno, la jovencita se alejó, paseándose por los puestos, mirando con curiosidad a la gente que le rodeaba. La luz que se filtraba por la tela teñía el ambiente de debajo: una mancha de rojo bajo una sábana de satén carmesí, naranja vivo bajo una lona de nailon. Los flecos de felpa de una colcha de color rosa arrojaban rayas de sombra por el puesto de un vendedor de herramientas.

    Con el calor del mediodía, el mercado tenía un aroma maravilloso: una mezcla de fruta madura y de vegetales, de excrementos de cabras y de carne asada. La carpa era un lugar ruidoso, lleno del balar frenético de las cabras, del cloqueo de las gallinas, de los gritos de los mercaderes: «Sal, sal, buena sal marina», «Melones, al rico melón», y de la arenga incesante de un predicador que leía la Biblia de carrerilla, sin pararse a respirar. Y, por encima de todos estos sonidos, estaba el crujido de la carpa con el viento, cientos de metros cuadrados de tejido inquieto, que quería soltarse para volar como una cometa enorme.

    Había un ambiente de carnaval, un sentimiento de gran emoción, que llenaba a la muchacha y que le hacía querer echar a volar con la carpa, y cernirse muy alto, por encima del valle. Todo era brillante, vivo, nuevo: tanta gente, tantas cosas. Miró a una mujer negra que llevaba un niño pequeño en la cadera: nunca había visto una piel tan oscura ni tan brillante. Se detuvo a mirar al predicador, fascinada por los saltitos que daba su barba tiesa mientras hablaba.

    En un puesto, un hombre tocaba la guitarra mientras un grupo de personas con ropajes pardos cantaban canciones sobre Dios. La joven se quedó un momento junto a ellos, pero se marchó cuando uno de los cantantes se dirigió a ella.

    Los puestos estaban llenos de riquezas. Miró con asombro los estantes llenos de cubos metálicos y de cacharros de cocina, tocó un buen cuchillo de caza en un puesto que vendía herramientas; admiró la joyería brillante y los relojes de pulsera. Había gente que había venido desde Fresno y desde Modesto para intercambiar sus mercancías.

    El olor de la carne asada la llevó a un puesto en donde un niño mugriento de grandes ojos daba vueltas con cuidado a un cerdo sobre un fuego bajo. Su madre, una mujer hispana que llevaba el pelo recogido con una bufanda escarlata, aceptó el anillo de granate a cambio de una ración de cerdo.

    Desde el extremo de la carpa llegaba el sonido chirriante de una marcha militar que salía de un altavoz a batería.

    La jovencita se dirigió hacia allí. Por el camino, pasó por un puesto que vendía whisky y sidra fuerte. Un borracho se dirigía a voces a un círculo de hombres.

    — Son unos pervertidos sin Dios, eso es lo que son — decía —. Tenemos todo el derecho de ir a San Francisco y tomar de allí lo que necesitemos. Todo el derecho.

    En un espacio abierto grande al final de la carpa se había instalado una tribuna. Unas lonas rojas, blancas y azules se ondulaban por encima. En cada extremo de la tribuna, un soldado adolescente estaba firme. La jovencita se detuvo al borde del gentío que gravitaba alrededor de la tribuna. ¡Cuánta gente! Casi cien personas, calculó.

    — ¿Qué pasa aquí? — preguntó al hombre del puesto que había a su espalda. Estaba sentado en un taburete alto, junto a unos estantes toscos llenos de hierbas y de amuletos, además de botes de pastillas de vitaminas, de aspirinas, de medicinas para el catarro y cosas de ese tipo.
    — Va a hablar el general Miles — dijo.

    La música se detuvo de forma repentina. Ella aguardó junto al puesto, observando cómo un hombre alto, con aspecto de gozar de poca salud, subía a la tribuna y hablaba por un micrófono. Las interferencias distorsionaban su voz.

    — Tengo el honor de presentar — una serie de ruidos que parecían tiros ahogaron su voz
    —... reunificar este gran país, conservar nuestro estilo de vida, proteger nuestro... — un pitido como el chillido de un cerdo al que estuviesen matando cortó sus palabras —. Les presento al general Alexander Miles, el hombre que... — Levantó las manos sobre la cabeza e hizo un gesto hacia el lateral de la tribuna. Las aclamaciones de la multitud ahogaron su voz.

    Un hombre grueso subió a la tribuna y dirigió la vista a la multitud que le vitoreaba.

    Tenía rasgos duros y pelo oscuro con canas. A pesar del calor, llevaba puesto un uniforme de color caqui. Llevaba estrellas doradas en las mangas, y galón dorado en la visera de la gorra. El sol que brillaba a través de la lona roja sobre su cabeza daba a su cara un tono rojizo, y sus ojos parecían de un azul imposible.

    Rechazó el micrófono, apartándolo con un gesto a la vez que al hombre que se lo ofrecía.

    — Amigos míos — dijo. Tenía una voz baja y profunda, y la gente dejó de murmurar para escucharle —. Me alegro de veros aquí a todos, como vecinos que se reúnen en un día de fiesta. Me alegro de poder unirme a vosotros en un bonito día como éste.

    La lona crujía sobre su cabeza, pero la gente estaba callada, atenta a las palabras del general Miles.

    — Es maravilloso que la gente se reúna. En estos tiempos duros y difíciles, una reunión como ésta es una cosa rara y maravillosa, es algo que se debe apreciar — su voz era irresistible —. Cada uno de nosotros, por sí solo, es débil. Pero juntos somos fuertes. Cada uno de nosotros, por sí solo, es pobre. Pero juntos somos ricos. Cada uno de nosotros, por sí solo, es vulnerable y está desprotegido. Pero juntos somos una nación. Juntos somos estadounidenses.

    Su voz se había ido elevando, sobreponiéndose al crujido de la carpa, al distante ladrido de perros y balar de cabras.

    — Sueño con los verdaderos americanos, unidos otra vez. Sueño con una nación dirigida por Dios, indivisible. Una nación orgullosa, una nación fuerte, con muchas manos y muchas voces, unidas como una sola. Sueño con una tierra que será segura para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos.

    La muchacha se limpió el sudor que le resbalaba por el cuello. Ya había oído hablar de los Estados Unidos; su madre los había nombrado alguna vez; pero no entendía por qué se emocionaba tanto aquel hombre con ello. Su expresión le recordaba a la del predicador de la entrada del mercado. Estaba hablando de los Estados Unidos con el mismo tono reverente que utilizaba el predicador cuando hablaba de Jesús. El general Miles tenía la misma intensidad en la mirada, escudriñaba a la muchedumbre como si estuviese estudiando el alma de cada persona. Cuando miró hacia ella tembló.

    — No debemos olvidar que somos estadounidenses. Cada uno de nosotros es una pequeña parte de la gloria que forma un todo. Se prepara una gran concentración, una unión forjada por mucha gente. Fresno se ha unido a nosotros, Modesto y Stockton están con nosotros. Todo el norte, hasta Chico, está con nosotros — su voz se elevó un poco y cerró el puño —. Pero también hay algunos que quieren olvidar nuestra historia, despegarse de nuestras tradiciones. Quieren actuar contra nosotros, socavar nuestra unidad, aprovecharse de la división y de la discordia. Unos pocos egoístas acaparan los recursos de la ciudad de San Francisco, despreciando nuestras ofertas de amistad y de alianza — su gesto era el de un padre enfadado que ha sido llevado al límite de su paciencia —. Se revuelcan en la anarquía, despilfarran los tesoros del pasado, se complacen en acometer actos antinaturales que son una abominación a los ojos de Dios y de los hombres.

    Siguió refiriendo los crímenes de los habitantes de San Francisco, dando a entender que esos anarquistas eran los culpables de la escasez crónica de queroseno y de buenas herramientas, sugiriendo que su vida ajena a la ley de Dios pudo haber sido la causa de la epidemia, avisando de que podían un día decidir bajar al valle.

    — Debemos protegernos. Debemos proteger nuestra tierra, y conservar con orgullo nuestras tradiciones. No queremos la guerra, pero si es necesaria no la rehuiremos.

    Los soldados de los extremos de la tribuna se pusieron más firmes y fijaron la vista en un punto remoto. La multitud le aclamó.

    La muchacha ya no escuchaba. Se imaginaba al general Miles y a sus soldados que marcaban el paso por la ciudad minúscula que veía en su esfera de vidrio, y frunció el ceño. Su madre la encontró al borde de la multitud, silenciosa, a pesar que la gente que la rodeaba estaba contenta.

    Al salir del pueblo volvieron a pasar por el puesto de control. Los soldados seguían allí, cuidando una pequeña hoguera. El ciclista de Seattle miraba las llamas junto al sargento.

    Tenía la cara llena de polvo y un ojo morado. Al pasar la muchacha, un soldado echó otro libro al fuego.


    CAPÍTULO 5


    DANNY-BOY SE PROTEGÍA DEL PASADO CON PROYECTOS que iba desarrollando. Quería cambiar la ciudad para que la gente gris del tiempo anterior a la epidemia no pudiesen reconocerla. Sus primeros proyectos fueron pequeños. En un lugar protegido, junto a los escalones de la biblioteca, construyó con maderas viejas un pueblecito. Las casas no tenían ventanas, y sus techos eran de hierba, como las cabañas africanas que había visto en un ejemplar de la revista National Geographic. A cada puertecita llegaba un sendero bordeado de conchas marinas y de guijarros pulidos de la playa. Construyó otros pueblecitos del mismo tipo y los metió en rincones olvidados de la ciudad. Cada uno de ellos tenía su propio estilo arquitectónico.

    Recogió marcos de cuadros vacíos y los colgó en puntos donde enmarcaban paisajes notables. Pintaba señales de pies allí cerca, en el suelo, para indicar dónde se tenía que poner el espectador. En la parte alta de la calle Divisadero, un marco de roble muy adornado que estaba sujeto al poste de una señal de PROHIBIDO APARCAR, mostraba una vista del puente Golden Gate. En el distrito financiero, un marco pequeño de acero, instalado entre los barrotes de hierro de una valla, hacía destacarse una vista de la pirámide Trans América. En el barrio Marina había un sencillo marco de madera negra colgado de un árbol que presentaba una vista de la isla de Alcatraz.

    Al ir creciendo, Danny-boy se dio cuenta que no era el único que luchaba por embellecer la ciudad. Muchos otros iban añadiendo en silencio sus propios adornos. De vez en cuando les echaba una mano.

    Tomaba el sol sentado junto a la iglesia de Santa Mónica, y escuchaba a Rose Maloney hablar de cómo transformaría la estructura por medio de la jardinería.

    — Creo que aquí, en la pared norte, crecerá muy bien la hiedra. No necesita demasiado sol. Creo que en cosa de diez años habrá cubierto la pared.

    Se sentaba junto al fuego y escuchaba a Gambito hablar de la música que oía por las calles de la ciudad.

    — ¿Sabes, Danny-boy, cómo cantan al viento los cables del teléfono? Voy a construir un arpa que podrá ser tocada por el viento. Si tiro unos cables a través de la plaza del Centro Cívico, donde el viento sopla con fuerza...

    Los proyectos del propio Danny-boy se fueron haciendo más ambiciosos. Tomó kilómetros de cintas y de galones del departamento de mercería de los almacenes Macy.

    Colgó escaleras de cuerda y trenzas a través de una calle estrecha del centro, marañas que imitaban el entrelazarse de las parras, diseños geométricos invariables que se repetían de forma rigurosa. Al mediodía, cuando el sol brillaba a través de las cintas, la luz trazaba formas intrincadas sobre el asfalto.

    Colocó trescientos pares de zapatos de mujer en la escalinata que subía de la calle Taylor a Broadway. Zapatos de tacón y sin él, zapatillas deportivas y de andar por casa, todos ellos hacia arriba, como si un ejército de mujeres invisibles que estuviese subiendo se hubiese detenido para descansar.

    La inspiración para el mayor proyecto de Danny-boy le llegó a éste a raíz de una conversación con Duff, un hombre industrioso con forma de huevo, que tenía tres esposas e infinidad de hijos. En una ciudad llena de artistas, Duff era un hombre de negocios. En la orilla del lago Mountain, que era el mayor estanque de agua dulce de la ciudad, Duff había establecido un mercado y un emporio comercial.

    Resultó que había elegido bien el sitio, e hizo grandes negocios, siempre a base de trueques. Al cabo de los años, el mercado de Duff se había labrado una reputación. Si una cosa no la encontrabas donde Duff, es que no existía en la ciudad. Licor destilado en casa, whisky de los viejos tiempos, leche y huevos frescos, queso de Marin, manzanas de Sebastopol, caviar recogido en las tiendas de comida de lujo, pescado seco, artículos enlatados, piedras preciosas, material para soldaduras, gas metano, servicio de lavandería y duchas calientes: todo ello lo vendía Duff.

    Danny-boy visitaba el mercado una bonita tarde de primavera. Era la hora del crepúsculo, y el gris purpúreo luminoso del cielo se reflejaba sobre el estanque tranquilo.

    Las ramas lánguidas de los eucaliptos se balanceaban cerca del agua. De vez en cuando, un pez que perseguía a un insecto rompía la superficie tersa. Al final del estanque, donde el agua era poco profunda, cinco de los hijos de Duff pescaban cangrejos de río con redes. Sus voces agudas llegaban lejos en el aire de la tarde, resonando sobre el agua.

    Por encima de ellos, el generador eólico que proporcionaba electricidad a Duff hacía un traqueteo regular.

    Danny-boy se paseaba por el borde del estanque, cuando Duff le llamó desde un banco de mármol y le invitó a que acudiese a sentarse con él y a fumarse un porro.

    — ¿Cómo va eso? — le preguntó Duff. Lio un porro con la marihuana que llevaba en su petaca —. Hace tiempo que no me traes mercancías para comerciar.

    Danny-boy asintió.

    — Sí. He estado ayudando a Rose Maloney a trasplantar algunos de sus árboles. Tenía un gomero que debe tener unos cinco metros de alto. Lo trasplantamos a la pila de agua bendita de Santa Mónica.
    — ¿Por qué te molestas en hacer todo eso? — Duff encendió el porro, le dio una calada y se lo pasó a Danny-boy.

    Danny-boy se encogió de hombros.

    — A ella le gusta.
    — No te llevará a ninguna parte.
    — ¿Y? ¿Adónde tendría que llevarme? — Danny-boy le dio una larga calada al porro.

    El sol estaba marchándose del cielo. En la playa, por debajo de donde ellos estaban, había una hoguera. Un grupo de artistas y de recolectores se había reunido para sentarse junto al fuego y tomar whisky. Danny-boy les oía discutir.

    Duff hizo un gesto con su porro en la dirección de la hoguera.

    — Siempre están hablando. Pero no parece que hagan gran cosa.

    Danny-boy frunció el ceño al oír la voz amarga de Duff.

    — ¿Qué quieres decir? Hacen muchas cosas.
    — Viven de las reliquias del pasado — dijo Duff —. Sabes, creo que te preocupas por cosas que no tienen importancia.

    Danny-boy lanzó una bocanada de humo y no respondió.

    — No eres el único — dijo Duff —. Todos los recolectores de la ciudad. Si simplemente os organizaseis, podríais conseguir algo. Llegaríais a alguna parte.
    — ¿Qué querríamos conseguir? — preguntó Danny-boy distraídamente. Le ofreció a Duff el porro, pero éste lo rechazó con un gesto, absorto en la discusión. Danny-boy sonrió tranquilamente y dio otra chupada. Cuanto más hablase Duff, menos fumaría.
    — Imagínate que quieres marihuana. ¿Qué harías?
    — Buscaría plantas silvestres para cosecharlas. Conozco un patio en Mission donde hay plantas tan altas como yo mismo.
    — Vivir de la tierra, como un salvaje — replicó Duff burlonamente —. ¿Y si alguien hubiese cosechado ya las plantas de Mission? ¿Qué harías entonces?
    — Quizá fuese a ver si Serpiente me pudiese prestar un poco — Danny-boy estaba dispuesto a seguir proponiendo soluciones mientras Duff siguiese pidiéndoselas.
    — Y si él no tuviese, vendrías a mí.
    — Desde luego. Y te la cambiaría por algo.
    — Me la cambiarías por algo que te hubieses encontrado por las ruinas, ¿verdad? Y,

    ¿por qué vendrías a mí? ¿Qué tengo yo que no tengas tú?

    — Marihuana — dijo Danny-boy.
    — Un invernadero lleno — asintió Duff —. Y tú también podrías tener un invernadero. Los materiales están allí — señaló la ciudad con un gesto de la mano —. Con un poco de trabajo podrías ser autosuficiente.

    Danny-boy se recostó sobre el banco y dirigió una mirada soñadora al estanque.

    — Si todo el mundo trabajase conmigo, podríamos reconstruir esta ciudad — siguió diciendo Duff.
    — ¿Por qué querríamos hacer tal cosa? — preguntó Danny-boy —. Me gusta como está.
    — Tú no la conociste antes.

    Danny-boy se encogió de hombros.

    — A veces sueño con ello. Me gusta más como está ahora.

    Duff no prestaba atención: parecía absorto en sus propias imaginaciones.

    — Lo único que tenemos que hacer es trabajar juntos. Piénsalo: un solo hombre no podría haber construido él solo el puente Golden Gate. Ni una familia. Fueron cientos de hombres, que trabajaban juntos, los que construyeron el puente. Para conseguir las cosas hace falta un trabajo de equipo. Y si quisieras tener un invernadero...
    — No lo quiero — le interrumpió Danny-boy.

    Duff sacudió la cabeza con enojo.

    — Muy bien. Si quisieses tener un generador eólico...
    — No lo necesito.
    — No importa — gruñó Duff —. Lo que sea. Si quisieses pintar el puente Golden Gate de azul. No podrías hacerlo tú solo. Pero si tuvieses un número suficiente de gente que quisiera cooperar, podríais hacerlo en una semana. Cooperación equivale a civilización.

    Sin ella, estás solo.

    Danny-boy se puso serio y le prestó verdadera atención por primera vez.

    — Ya veo lo que quieres decir — dijo —. No me lo había llegado a plantear.

    Duff le miró con desconfianza.

    — ¿El qué? — parecía sorprendido por el hecho de que Danny-boy le llegase a prestar atención.
    — He estado trabajando solo. Podría ser interesante abordar un nuevo proyecto.
    — ¿Como un invernadero? — sugirió Duff.
    — Pensaba más bien en el puente — dijo Danny-boy —. El azul es un color bonito. Bueno, creo que tendré que irme.

    Pasó a Duff la colilla del porro, le lanzó una sonrisa agradable y se perdió en la noche con paso tranquilo.

    La semana siguiente, Danny-boy empezó a acumular pintura azul.


    CAPÍTULO 6


    LEON LLEGÓ POCO DESPUÉS DE QUE LA muchacha oyese hablar al general Miles. Apareció un día al principio del otoño. Las hojas verdes del nogal que había cerca de la casa colgaban desmayadas por el calor; las abejas susurraban en el jardín, buscando las últimas flores de la temporada. La muchacha estaba quitando los bichos de la última tomatera.

    Oyó caballos a lo lejos: el clap-clap de los cascos sobre el pavimento y el cascabeleo de los arneses. Perro abandonó la sombra del porche y miró en la dirección del ruido.

    Después de un momento se puso a ladrar. La muchacha oyó cómo le respondía otro perro, que parecía más pequeño. Corrió hasta su madre, feliz de poder abandonar su trabajo.

    — ¡Viene alguien!

    Se subió a un almendro para poder ver venir al forastero. Su carromato tenía decorado un lateral con un mural que parecía fuera de lugar en aquel paisaje monótono y polvoriento. El mural representaba la ciudad de San Francisco, la reconoció por el alto rascacielos de forma triangular. Estiró el cuello, deseosa de ver a la persona que guiaba el carromato, y se quedó algo desilusionada cuando lo pudo atisbar entre las hojas: era un hombre maduro, de pelo castaño algo ralo. Se apreciaba su cuero cabelludo rojo al sol del atardecer. Ella había esperado algo mejor.

    Su madre saludó al mercader desde el porche. La madre llevaba pantalones vaqueros y una camisa azul desteñida; su pelo oscuro estaba suelto en el calor del verano.

    Sostenía su viejo rifle.

    — Saludos, buena mujer — gritó el hombre desde el pescante del carromato mientras tiraba de las riendas de sus caballos, que se detuvieron en el patio —. ¿Me permite que le ofrezca artículos de San Francisco?

    Perro olisqueó las ruedas del carromato, y gruñó al fox—terrier que estaba sentado junto al hombre. El perro más pequeño meneó el rabo.

    — Tengo clavos, tornillos, herramientas — dijo el hombre —, tejidos de fantasía, semillas, queroseno...

    La madre miró con atención al hombre, frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos por el sol.

    — ¿Viene usted de San Francisco? — le interrumpió.
    — Así es — dijo el mercader.
    — Del Haight — dijo ella lentamente.

    El hombre pareció sorprenderse. Se rascó la cabeza.

    — Así es. ¿Cómo pudo...?
    — Le conozco — exclamó ella, y dejó caer su rifle al suelo —. Usted tenía una tienda de revistas. Yo le compraba revistas — bajó del porche —. No me acuerdo de cómo se llamaba, pero recuerdo su cara. ¿No se acuerda usted?

    A través de las hojas, la muchacha vio que el mercader descendía del carromato. Su madre lloraba al abrazarle. La muchacha contemplaba la escena desde el árbol, maravillada. Perro husmeó las piernas del hombre con desconfianza.

    El mercader, que se llamaba Leon, se quedó a cenar. Después de la cena, la muchacha se tendió sobre la hamaca del porche, dormitando al calor. Oía la conversación de Leon con su madre a través de la puerta mosquitera.

    — Qué tonta he sido, llorar de esa manera — decía su madre —. Es que parece que ha pasado tanto tiempo. Como si fuese un mundo imaginario. Está tan lejos ahora.
    — ¿Cómo llegaste aquí? — le preguntó él.
    — Supongo que cuando murió mi marido me dejé llevar por el pánico. Me volví un poco loca. Tomé nuestro viejo Volvo y me puse a conducir, sin tener idea de adónde iba. Me dirigía a Sacramento, pero la carretera estaba cortada, me salí de la carretera principal y me dirigí a Woodland. Me quedé aquí, pero sólo porque estaba casi sin gasolina.
    — Sola y embarazada — murmuró Leon —. Debió de ser duro.
    — Iba como un autómata. No recuerdo casi nada de aquellos días.
    — Parece que es un lugar solitario. ¿Tienes vecinos?
    — Unos pocos. No son demasiado amistosos. Casi toda la gente de por aquí dicen que San Francisco tuvo la culpa de la epidemia. Como yo soy de la ciudad, no se fían de nosotros, no les caemos bien. Hacemos nuestra vida aparte. ¿Qué me cuentas tú? ¿Qué pasa por San Francisco últimamente?
    — La ciudad sigue allí — dijo él —. Un tal Duff lleva un mercado al borde del barrio de Presidio. Sobrevivió un puñado de personas en el barrio chino. Hay algunas familias en Fisherman's Wharf que viven bien, de la pesca. Y el centro... el centro es más bien raro.
    — ¿Por qué?
    — Esta ocupado por los artistas. Así se les puede llamar, supongo. Pintores, poetas, escultores, escritores, músicos, algunos que no pertenecen a ninguna de las categorías clásicas. Construyen cosas.
    — ¿Qué tipo de cosas?
    — La verdad es que es difícil describirlo. Disponen de todos los recursos de la ciudad.

    Están un poco locos, por supuesto. Reconozco que no comprendo muchas de las cosas que hacen. No sé... la verdad es que hay que verlo.

    — Me gustaría.

    La madre hablaba con voz soñadora.

    — Bueno, ya sabes: voy a volver allá dentro de poco. Tengo sitio para un par de pasajeros. Si os apetece venir.

    Un largo silencio. La joven aguzó el oído para oír la respuesta de su madre.

    — No sé si sería capaz. Hay demasiados fantasmas. Todos murieron: mi marido, todos mis amigos. No sé.
    — No debes tener miedo a volver a causa de — Leon titubeó, y no terminó la frase —. Sé quién eres. No te reconocí al principio, pero sí al cabo de un rato. Pero no debes tener miedo. Nadie te echa la culpa ya. La gente lo ha olvidado.
    — Yo no lo he olvidado — dijo ella.
    — Los monos viven ahora por toda la ciudad — dijo él —. La gente vive su vida. No viven en el pasado.

    La madre guardó silencio. La joven frunció el ceño, intentando comprender la conversación.

    — Piénsalo — dijo Leon —. Hagas lo que hagas, lo comprenderé. Yo no paso mucho tiempo en la ciudad, aunque siempre acabo por volver, porque es mi hogar. Tengo amigos allí; les llevo noticias del resto del estado. Les cuento que vuelven a crecer las secoyas en el norte. Les digo que vi un lince rojizo en la Sierra.
    — Debes estar muy solo, siempre de viaje — dijo su madre.
    — A veces. Pero siempre estoy haciendo cosas — Leon dudó un momento, y dijo de repente —: Puedo decírtelo. Estoy escribiendo un libro.
    — ¿Un libro?
    — La señora Migsdale, que es una mujer que publica el periódico de la ciudad, también publica libros de vez en cuando. Algo de poesía, algunas crónicas de la epidemia, algún manual técnico: cómo se construye un calentador solar y cosas así — Leon hablaba deprisa, con repentino entusiasmo en la voz —. Trabajo en un libro de viajes. Un tratado, sobre todo de avisos a los viajeros. Dónde ir, dónde no ir. Algunas anécdotas sobre la gente que me he ido encontrando. He estado explorando toda la costa. Me he dirigido tierra adentro, hasta que las montañas me cortaron el paso. Tengo una máquina de escribir, y algunas cintas para la máquina, y he tomado notas por el camino. Creo que tengo cosas bastante buenas. El capítulo de Los Ángeles creo que es bueno. Por aquí, creo que casi todo son sitios que se deben evitar, que yo sepa. La señora Migsdale ha leído aquel capítulo y cree que está bien.

    La madre se echó a reír. La risa era un sonido que la muchacha no había oído casi nunca.

    — No me creo que todavía existan editoriales. Es fantástico. Y lo de tu libro me parece estupendo. Pero háblame de Los Ángeles. ¿Cómo están las cosas por el sur?
    — Una locura. Los Ángeles siempre estuvo al borde. La epidemia acabó de derribarlo.

    La Iglesia de las Revelaciones controla prácticamente el pueblo. Predican lo que cabría esperar: la epidemia fue un castigo de Dios por nuestros pecados y todo eso. Los hombres van de negro, y las mujeres llevan la falda hasta los pies, hasta cuando están a cuarenta grados. Unos deprimidos de narices. Y son evangélicos. Pronto enviarán misioneros hasta aquí.

    — Tendrán competencia — dijo la madre —. Tenemos nuestras propias locuras.
    — Ya he oído hablar de eso. Parece que se os está preparando una bonita dictadura militar. Dirigida por un militarcete que se ascendió a sí mismo a general de cuatro estrellas. He oído que le llaman General Cuatroestrellas.
    — No le llames así por estas partes. Aquí es el general Miles, que no se te olvide. Tiene grandes proyectos. Deberías advertir a la gente de San Francisco de que se está tomando en serio lo de ampliar su territorio. Con una población tan pequeña, se diría que habríamos dejado de pelearnos, pero no parece que haya sido así.
    — Supongo que la naturaleza humana no ha cambiado.
    — Supongo que no — un breve silencio tranquilo —. ¿Te apetece una taza de té? O, si quieres, abro una botella de licor de melocotón. He guardado una.

    La muchacha oyó el sonido de un corcho al destaparse la botella. Su madre propuso un brindis «por tu libro» y se oyó un choque de vasos. Amodorrada por el suave murmullo de las voces, la muchacha se quedó dormida. En sus sueños, vagaba por las calles de San Francisco.

    Leon se quedó con ellas el día siguiente, para ayudar a su madre a arreglar una gotera del tejado de la granja. La jovencita se largó por la mañana, diciendo que iba de caza.

    Entre los frutales encontró una rama desde la que se dominaba bien la casa. Vio que entre Leon y su madre llevaban una escalera de mano desde el cobertizo hasta la casa y se subían al tejado. De vez en cuando la brisa le llevaba sus voces: su madre se dirigía a Leon mientras sujetaba la escalera; Leon le contestaba. Parecía que había una camaradería desinhibida entre los dos. La muchacha oyó reír a su madre por algo que había dicho Leon. Mientras los contemplaba, pensaba en viajar a San Francisco con Leon y con su madre. Por último, cuando empezaba a tener calambres en las piernas de tanto estar quieta en el árbol, descendió y se fue a cazar conejos.

    Leon se quedó un día más, esta vez para ayudar a su madre a cortar leña de un árbol caído y llevarla al cobertizo para el invierno. Y otro día más. A la muchacha no le importaba. Su madre estaba cambiada por la presencia de Leon: hablaba más, se reía más, parecía descansada. Por la noche, cuando creían que la muchacha estaba dormida, Leon y su madre hablaban de San Francisco; recordaban los viejos tiempos.

    — Bueno, ¿qué opinas? — dijo alegremente su madre — ¿Escribirás un relato sobre mi hija y sobre mí en tu libro? «Ciudadana célebre de San Francisco se esconde en el Valle Central»

    Leon se quedó callado un momento. Luego, dijo con suavidad:

    — Ojalá fueses algo más que un relato. ¿Por qué no vienes a viajar conmigo? Juntos podremos entendérnoslas con los fantasmas. Este no es tu sitio.
    — Puede ser — dijo su madre —. Quizá podamos. Quizá tengas razón.
    — Tengo razón — dijo Leon.
    — Está bien — dijo la madre —. Iremos.

    La muchacha se quedó despierta en la cama, escuchando los planes que hacían Leon y su madre. Podrían salir en pocos días, decía su madre. Tenían poco equipaje.

    La muchacha salió a cabalgar sola al día siguiente, de madrugada, cuando la hierba todavía estaba húmeda de rocío. Visitó sus lugares favoritos: el paso elevado de la autopista donde había buena caza, el arroyo donde crecían los berros, la granja abandonada donde se había encontrado la esfera de vidrio. Estaba llena de una emoción incontrolada, al pensar en San Francisco y en las tierras de más allá todavía. Intentó imaginarse cómo sería la ciudad. Se lo figuraba como el mercado de Woodland pero mil veces mayor.

    Cabalgó hacia la casa poco después de mediodía. Desde el extremo del huerto de frutales llegaban unos ladridos. El ladrido de Perro era un sonido grave y desesperado, lleno de furia y de frustración. El fox—terrier de Leon daba ladridos agudos, furiosos. Oyó dos tiros que se sucedieron rápidamente, y los perros se callaron.

    Desmontó de Pequeña, y ató la yegua a un árbol. Cubierta por la hierba alta, se deslizó hasta cerca de la casa.

    Desde el borde de los árboles podía ver el patio. El fox—terrier yacía junto a la bomba de agua; la sangre de su cabeza relucía al sol. Perro estaba tendido al pie de los escalones del porche. Los caballos, atados a la barandilla del porche, abrían los ollares y se meneaban nerviosos contemplando el cadáver de Perro.

    Mientras la muchacha miraba, dos soldados salieron de la casa. Uno de ellos, un veinteañero grueso con flequillo rubio, llevaba a Leon a empujones. El mercader tenía las manos atadas a la espalda. Le caía sangre en la cara, de un corte que tenía en la frente.

    La escena tenía una claridad cristalina. La joven oía las pisadas de las botas de los soldados en el porche, olía la pólvora y la sangre fresca. Se quedó quieta entre la hierba, casi sin respirar.

    Su madre seguía a los soldados. Un soldado caminaba junto a ella. Le apuntaba con el fusil a la cabeza, como sin darle importancia, pero parecía que ella no le hacía caso.

    Le habían juntado las manos por delante, como para rezar, y se las habían atado con una cuerda. Parecía tan pequeña junto al soldado. Tenía una expresión tranquila, como si estuviese en algún lugar tranquilo y pacífico.

    Un oficial, con uniforme caqui y galones dorados en los hombros, salió de la casa. En su escondite de la hierba alta, la muchacha se agarró a su ballesta. Los tres soldados iban armados de fusiles; el oficial llevaba un revólver en una funda de cuero al cinto. No tenía nada que hacer contra ellos.

    Mientras miraba, Leon empezó a decir algo. El oficial le abofeteó con dureza.

    — Pronto podrás hablar — dijo el oficial —. Ya nos encargaremos de eso.

    Sacaron los caballos del corral de la parte trasera de la casa, y los uncieron al carromato de Leon. Ataron la yegua de su madre a la parte trasera. El soldado grueso empujó a Leon a la parte cubierta. Torpemente, por tener las manos atadas, su madre subió al pescante.

    La muchacha bajó más la cabeza, con miedo a que los jinetes se asomasen por encima de la hierba y la viesen. Escuchó el crujido de las ruedas del carromato, olió el polvo que levantaban los cascos de los caballos, oyó cómo se desvanecía en la distancia el ruido de los arneses. Cuando salió de la arboleda, se habían ido. Ya sabía dónde iban.

    Su madre le había señalado una vez el cuartel general del ejército en Woodland.

    Los soldados habían registrado la casa. El suelo de la cocina estaba lleno de platos rotos. En la sala de estar habían tirado uno de los estantes de libros. Había páginas arrancadas de los libros esparcidas por en suelo como hojas caídas.

    El espejo sobre la chimenea estaba hecho añicos, y habían tirado al suelo las chucherías de la repisa.

    Estaba confusa, y le dolían las manos de tanto apretar su ballesta. Tenía miedo, y no le gustaba tener miedo. Esta casa, donde había crecido, ya no era su casa. De pie en la sala de estar se sentía fría y vacía, con la misma sensación que había experimentado a veces cuando exploraba las casas que estaban abandonadas desde la epidemia. Había demasiadas sombras por los rincones del cuarto. El aire conservaba el olor de los forasteros, de la pólvora, del sudor de los caballos, del cuero.

    Enterró a los perros en el huerto y recogió del suelo los libros de su madre. Luego tomó una chaqueta gruesa, una manta y todas las joyas que tenía para comerciar con ellas. Se montó en Pequeña y se dirigió a Woodland.

    El cuartel general del ejército estaba en un antiguo banco, en el mismo centro del pueblo. La muchacha llegó a media tarde. El soldado que montaba guardia en la puerta no quiso decirle nada, pero ella vio el carromato de Leon en la calle, junto al juzgado.

    Aquella noche durmió en una casa de las afueras del pueblo.

    Tardaron más de una semana en soltar a su madre. Todas las mañanas iba al juzgado y hablaba con el sargento que estaba sentado junto a la puerta. Era un cuarentón de carnes blandas, más viejo que la mayoría de los soldados que había visto hasta entonces.

    La primera vez que le preguntó por su madre, la interrogó con dureza, echando miradas a los otros militares que estaban en el vestíbulo.

    Ella dijo que no sabía nada de un mercader de San Francisco. Le contó que había salido de caza varios días. Cuando había vuelto a casa, su madre no estaba. Dijo que un vecino le había dicho que los soldados se la habían llevado.

    La muchacha se fue, pero volvió la misma tarde, cuando el sargento estaba a solas en el vestíbulo. El sargento le habló con más suavidad, y le recomendó que se volviese a casa.

    — ¿No tienes más familia? — le preguntó. Negó con la cabeza. El sargento frunció el ceño, y ella se marchó.

    Iba a preguntar por su madre todos los días, mañana y tarde. Entre las visitas, cazaba conejos por el campo próximo. El tiempo se volvió frío, y por las mañanas se despertaba tiritando en la manta. Pasaba el menor tiempo posible en el pueblo. Los habitantes la vigilaban de cerca, y a ella no le gustaba aquello.

    Cuando no había nadie, el sargento hablaba con ella, que se ponía de pie junto a la mesa del frío vestíbulo.

    — Sabes — le dijo una tarde —. Una vez tuve una hija. Si ella hubiese sobrevivido después de la epidemia, creo que ahora tendría casi tu edad.

    La joven le miraba, intentando averiguar qué quería de ella. No sabía qué decir.

    — Creo que puedo hacer que suelten a tu madre — dijo el sargento —. No sabe nada.

    Vuelve aquí mañana y veré qué se puede hacer. No prometo nada.

    Ella asintió con la cabeza, su mirada fija en la cara del sargento.

    — ¿Qué pasa con el mercader?

    Él estudió su cara.

    — Creía que no lo conocías.
    — No lo conozco. Pura curiosidad... — se encogió de hombros.
    — Lo llevarán al cuartel general. Yo no perdería el tiempo preguntándome cuándo volverá. Yo no me molestaría en esperarlo.

    Ella asintió.

    — Volveré mañana — dijo —. Gracias.
    — No me des las gracias todavía — murmuró él.

    Sin pensarlo, extendió la mano y tocó la de él. Luego retrocedió y salió corriendo de la sala.

    Al día siguiente, la muchacha esperaba junto a la mesa mientras tres soldados sacaban a su madre al vestíbulo. La temporada de cárcel la había envejecido. Su piel tenía un tinte grisáceo; tenía unas ojeras tan oscuras que parecían cardenales. No llevaba puesto más que una camiseta y unos vaqueros, las mismas ropas que llevaba cuando los soldados se la habían llevado.

    La muchacha rodeó con su brazo los hombros estrechos de su madre. La madre tiritaba de forma incontrolable en aquel vestíbulo frío.

    — Hija — dijo con voz quebrada —. ¿Estás aquí de verdad?
    — Ponte esto — dijo la joven, y cubrió los hombros de su madre con su chaqueta, y la rodeó con ella —. Estoy aquí de verdad. Todo va a salir bien. Saldrá bien.

    Su madre despreció la chaqueta, y alzó la mano para tocar la cara de su hija.

    — Estás aquí de verdad — dijo con un tono de gran sorpresa —. Creía que eras un fantasma.
    — Puedes llevarla a casa — dijo el sargento. Hablaba sin énfasis, y sin dirigirle la vista. La muchacha sabía que él no quería que ella hablase. Rodeó los hombros de su madre con el brazo, y la guio hasta fuera del edificio.

    El viaje a casa pareció durar una eternidad. La muchacha iba sentada detrás de su madre, y le rodeaba la cintura con los brazos. La madre tenía fiebre, y se tambaleaba a cada movimiento del caballo. La muchacha notaba a través de la gruesa chaqueta que su madre temblaba, como si tuviese frío. Mientras cabalgaban, la muchacha empezó sin darse cuenta a decir frases tranquilizadoras: «Vamos a casa, y estarás bien. No está lejos. Te haré una sopa caliente cuando lleguemos allí, y te sentirás mejor. De verdad que sí.» No estaba segura de si decía aquellas palabras para su madre o para ella misma. Por último, llegaron a la granja.

    Su madre siempre había sido una persona frágil, más fuerte de espíritu que de cuerpo.

    Siguió tiritando a pesar de estar envuelta en mantas y sentada junto al fuego. De noche tosía con un ruido áspero, desgarrado. Los días los pasaba acurrucada junto al fuego, envuelta en una manta de lana.

    La jovencita hizo lo que pudo: ordenó lo que los soldados habían revuelto, hacía caldo y té fuerte para que lo bebiera su madre, movió la cama para que la enferma estuviese cerca de la estufa. Pero su madre comía poco, y su fiebre empeoraba. Dormía mal, murmurando y dando vueltas. A veces, en plena noche, la muchacha creía que su madre estaba hablando con fantasmas, e intentaba hacerle callar.

    — Descansa, madre — decía en voz baja —. Duerme, para que te pongas mejor.
    — Tengo miedo — murmuró una vez la madre mientras dormía —. Siempre tengo tanto miedo — abrió los ojos y miró fijamente a su hija. — Pueden matarte, ¿sabes? Te pueden reventar con apretar un botón. Apretar un botón, y el mundo se quemará; nosotras nos quemaremos — dio una vuelta en la cama —. Quemarse.

    La muchacha limpió el sudor de la frente de su madre con un paño húmedo. El fuego se convirtió en brasas, y la muchacha retiró la manta que cubría a su madre, que quedó cubierta sólo por una sábana.

    — Es la fiebre — dijo la muchacha —. Es la fiebre lo que te da calor.
    — La fiebre — repitió la madre —. La fiebre los mata a todos. Los está quemando. Se están muriendo. Tengo que ayudarles — le temblaron los párpados, y empezó a agitarse, como si se quisiera levantar de la cama —. Se están muriendo por mi culpa. Pero yo no lo sabía; no sabía que la paz llegaría de esta manera.

    La muchacha retuvo a su madre con suavidad, empujando sus hombros hasta la cama.

    — Quédate echada — le suplicó —. Tienes que descansar.

    Le asustaron las palabras de su madre sobre la muerte. La luz de la lámpara de queroseno que estaba encendida sobre la repisa de la chimenea parecía más apagada que otras veces, como si las sombras estuviesen atacando. Las brasas del fuego crujieron levemente.

    — Por mi culpa — murmuraba su madre —. Por mi culpa.
    — Calla — dijo la jovencita —. Duérmete.
    — Lo único que queríamos era la paz — su madre hablaba con voz fuerte de repente —. Eso era todo. Queríamos la paz. El fin de la guerra. No sabía cuánto iba a costar.

    Murmuró algo más, pero la muchacha no fue capaz de entenderla.

    Sumergió el paño en el cubo de agua fría para enfriarlo; lo escurrió, lo dobló y lo extendió sobre la frente de su madre. La madre se quedó callada. La muchacha estaba sentada junto a la cama, también medio dormida. De vez en cuando se animaba lo suficiente como para escurrir el paño y volverlo a empapar de agua fría. Estaba muy cansada.

    La frontera entre el sueño y el estar despierta se volvió difusa. La lámpara se apagó, y levantarse para ajustar la mecha y volverla a encender le parecía una molestia enorme.

    No había más luz que la que salía de las brasas del fuego. A veces contemplaba las brasas, puntos de luz como ojos en la oscuridad. Y, otras veces, se limitaba a soñar que miraba las brasas, imaginándose el resplandor rojo oscilante.

    — Siento no haberte dado un nombre — dijo su madre de repente —. El ángel te impondrá un nombre, después de todo.

    La muchacha parpadeó en la oscuridad, intentando despertarse. Su madre tenía los ojos abiertos, en los que se reflejaba la luz de las brasas.

    La muchacha extendió de forma automática su mano hacia la de su madre.

    — Me vuelvo a San Francisco — dijo la madre —. Tengo cosas que hacer allí.
    — Cuando estés mejor, iremos las dos — dijo la muchacha —. Podemos coger los caballos e ir con ellos a San Francisco. Cuando mejores, podremos...

    Su madre negaba con la cabeza.

    — No, me voy ahora mismo. Tendrás que seguirme como puedas — parecía que miraba más allá de su hija, al fondo de la oscuridad —. Habrá una guerra, ¿te das cuenta? y tendrás que avisarles que llega Cuatroestrellas — miró a su hija con ojos que brillaban por la fiebre. Apretó la mano de su hija —. Tienes que prometerme que irás a San Francisco para avisarles. ¿Me has comprendido?
    — Te he comprendido — la muchacha se agarró a la mano de su madre —. Pero vendrás conmigo. Te pondrás mejor, y...

    Un relámpago de luz dorada inundó la casa, tan repentino como un rayo de sol en un cuarto oscuro. La jovencita tuvo que entrecerrar los ojos por la luz, y vio que su madre arrojaba la manta, salía de la cama y se ponía a andar. Oyó un sonido como el retumbar de las alas cuando echa a volar una garza, pero más fuerte. Luego, la luz se hizo más brillante y ella tuvo que cerrar los ojos.

    Cuando abrió los ojos vio la luz del día que entraba por la ventana. Sostenía la mano de una mujer muerta que se parecía un poco a su madre. Tenía la manta ceñida al cuerpo. Sobre la almohada, junto a la cabeza de la mujer muerta, había una pluma dorada que parecía brillar con luz interior. Cuando la muchacha intentó asir la pluma, ésta cambió y se convirtió en un punto brillante de luz que procedía del reflejo de una esquirla del espejo roto.

    La muchacha estudió la cara de la muerta. La mujer muerta sí se parecía algo a su madre, pero ella sabía que su madre se había ido a San Francisco con el ángel. Esos no eran los ojos de su madre; esa no era la boca de su madre. Esta mujer muerta era una extraña: mucho más pequeña que su madre, mucho más delgada.

    La muchacha se quedó mucho tiempo sentada junto al cadáver, esperando que sucediese algo. Temblaba de frío, pero no echó leña al fuego. Parecía más adecuado que hiciese frío en la sala.

    Por fin, a última hora de la mañana, se dio cuenta que tenía que hacer algo, y se levantó. Vistió a la mujer muerta con uno de los vestidos favoritos de su madre, sabiendo que así lo hubiese querido ella. Amortajó el cadáver con una manta de lana, para que la tierra fría no manchara su piel. Recogió su pelo negro y enmarañado con una cinta de raso azul. La mujer enterró el cadáver junto al huerto y construyó un túmulo de piedras sobre la tumba.

    Al día siguiente se despertó al alba, llena de inquietud. Aquella mañana se dedicó a dar vueltas por la casa, preguntándose qué cosas debería llevarse. Cargó sus bienes más preciados en su mochila de cuero y en sus alforjas, entre ellas su ciudad en una esfera de vidrio, sus cuchillos, saetas de repuesto para la ballesta. Recogió flores de mostaza de la arboleda y las puso sobre la tumba. Pasó una última noche en la granja, y se despertó al amanecer.

    El valle estaba lleno de niebla, una densa nube gris que ocultaba el huerto y que se arremolinaba por las ramas de los almendros. Se ajustó la cazadora de cuero, puso las alforjas a Pequeña, tomó la mochila y se montó en la yegua.

    Cuando estaba a poca distancia de la casa volvió la vista atrás. La niebla se había tragado su pasado: la casa ya no estaba, los árboles ya no estaban, el huerto y la tumba ya no estaban. Se subió la cremallera de la cazadora y se puso en marcha, por el camino hasta la I—80, la antigua autopista que discurría entre las colinas. Nunca había estado allí pero Leon había dicho que había venido por aquel camino.

    A mediodía ya se había disuelto la niebla. Poco después, ya estaba fuera del territorio que conocía y miraba a su alrededor con una emoción nueva, estudiaba cada granja con interés penetrante. Pequeña parecía contagiarse de su emoción, y resoplaba y tiraba de las riendas con ganas de galopar. Ella dejó que la yegua se diese ese gusto durante un rato, luego la frenó tirando de las riendas. Adelantó a rebaños de ganado que alzaba la cabeza cansinamente para observarla. Por dos veces levantó bandadas de codornices, y cada vez abatió un ave gruesa con su ballesta.

    Aquella noche durmió en una casa extraña. Encontró los restos de uno de sus habitantes, metido todavía en la cama en un dormitorio del piso de arriba, pero ya había hecho muchos descubrimientos del mismo tipo cuando exploraba de niña, y el hallazgo no le afectó especialmente. Cerró la puerta del dormitorio, hizo fuego en el hogar de la sala de estar y se tendió sobre el diván. La tapicería olía a polvo, y el tejido se rompía por su peso, pero el cuarto estaba seco y los muebles no estaban mohosos.

    El fuego irradiaba un calor alegre, pero ella no estaba a gusto, se sentía sola de una manera que no había conocido en la vieja granja. Cuando oyó a lo lejos los ladridos de los perros salvajes, hizo entrar a Pequeña en la sala de estar, guiándola a través de la puerta principal. Se sentía más a gusto cerca de la yegua; su bulto y su calor le daban seguridad.

    Pasó mucho rato mirando el fuego, y luego se durmió y soñó que paseaba por las calles de San Francisco y buscaba algo que no era capaz de determinar.

    Siguió la autopista tres días más. Cada noche paraba en una casa diferente. A veces cazaba conejos. Un día, en el que se le había dado mal la caza, encontró un restaurante en el que todavía había alimentos enlatados en los estantes de la cocina. Los ratones se habían comido las etiquetas de papel. Tuvo que abrir cinco latas, hasta encontrar una que no estuviese llena de herrumbre y de moho. La quinta lata contenía chile con carne, que calentó en un fuego pequeño.

    El cuarto día llegó a la cima de una colina y frenó a la yegua. Bajo ella se descubrían las ruinas de Berkeley y la superficie brillante de la bahía de San Francisco. Veía la cinta de la autopista que se ceñía a la costa y que dejaba atrás edificios oscuros y angulosos.

    Allá lejos, difusos por la distancia, los altos edificios de San Francisco lanzaban un fulgor blanco con el sol. Aquel edificio triangular que Leon había llamado Pirámide Trans América se destacaba del resto, como un dedo alzado en señal de advertencia. Entre la ciudad y las ruinas oscuras de Berkeley había tendida una línea blanca: el puente de la Bahía.

    La mujer miró hacia San Francisco y dudó, por primera vez, de la prudencia de su viaje.

    Al mirar la ciudad en su esfera de vidrio, no había ni soñado que fuese tan grande y tan extraña. Pensó un momento en volver al valle, donde conocía las mejores zonas de caza, los bosques donde tenían sus nidos las codornices, los prados donde venían a pastar los ciervos. Sacudió la cabeza y espoleó a su yegua para que siguiese adelante, siguiendo la cinta de autopista.

    A la mitad de la bajada de la colina, alguien había escrito un nuevo mensaje con un aerosol de pintura roja sobre una antigua señal de la autopista. Decía: «¡¡¡Prohibido el paso!!!» y «Dominios de los Dragones Negros». Mientras seguía cabalgando, se preguntó qué querían decir con «el paso».

    Poco después de entrar en los términos de la ciudad, pasó por donde había sucedido un antiguo accidente de tráfico. Un BMW negro había chocado con el muro divisor de la autopista y había dejado largas marcas negras sobre el cemento. Por las abolladuras de la carrocería y del capó, parecía que había chocado de lado, había hecho un trompo y había acabado por estrellarse de frente contra el muro. El lado del conductor estaba hundido.

    Más adelante, la autopista estaba llena de más accidentes. Un descapotable rojo estaba volcado, con las ruedas hacia el crepúsculo. Una camioneta se había salido de la carretera, llevándose parte del pretil. La camioneta estaba volcada sobre un costado, al fondo del terraplén, con la carrocería ennegrecida por el fuego.

    Las calles y los edificios que veía más abajo de la autopista le fascinaban. Nunca había visto tantos edificios tan juntos entre sí. Algunas zonas se habían quemado; aquí y allá se veían pilares chamuscados que se alzaban entre la hierba, y los vidrios rotos brillaban a la luz que se extinguía.

    No le gustaba aquel ambiente; olía a ceniza y a peligro. El cielo tenía el color de la carne magullada: morado oscuro, atravesado por el carmesí de la puesta de sol. Se cernía sobre la ciudad, como un techo que no estuviese más arriba de los tejados.

    Apremió a Pequeña entre las ruinas, y el aire que le rodeaba pareció vibrar con un ruido sordo como el de un trueno lejano. El sonido fue aumentando; procedía de las calles más abajo de la autopista. Acució a la yegua hasta hacerle trotar.

    Atravesaba un paso elevado cuando aparecieron tres motocicletas en la calle de debajo. El primer motorista la vio, y levantó un brazo desnudo para señalarla a los otros.

    Sólo pudo verlos un momento: motos negras, motoristas con el pecho desnudo y pantalones de cuero, pelo negro que flotaba al viento tras ellos.

    El primer motorista dio la vuelta, y se dirigió a un acceso próximo de la autopista. El ruido de una sirena rasgaba el aire. Ella no tuvo que incitar a Pequeña para que se diese prisa. La yegua huía del chillido de la sirena, con las orejas hacia atrás y el pescuezo estirado. La mujer se tendió sobre el cuello de Pequeña y oyó amortiguarse los motores cuando las motos pasaban bajo el paso elevado, y luego subir de volumen cuando se acercaban. Al volver la vista no vio más que faros brillantes.

    El puente estaba por delante de ella: podía ver su silueta contra el cielo. El acceso al mismo estaba lleno de automóviles, sombras negras que cortaban el paso. Pequeña sorteaba los restos a todo galope sin que la guiasen. La sirena seguía ululando. La mujer se arriesgó a volver a mirar los faros.

    En aquel momento la yegua dejó de galopar y se preparó para dar un salto. Tomó por sorpresa a la mujer, que perdió el equilibrio; cuando saltó Pequeña, la mujer soltó las crines de la yegua y cayó al asfalto. Un dolor agudo le recorrió el hombro, pero no tuvo tiempo de ocuparse de ello. Buscó un escondrijo instintivamente, rodó hacia el coche que su yegua había saltado y se apretó en la oscuridad de allí debajo, arrastrando su mochila.

    Se quedó quieta y escuchó pasar la sirena; el rugido de los motores se fue desvaneciendo. Luego llegó el dolor, que le llenó la cabeza de luz roja caliente.

    Esperó quieta allí tendida, viendo los relámpagos de dolor que invadían la oscuridad más allá de sus párpados. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando volvieron los motores y la sobrepasaron por segunda vez. Cuando se apagaron a lo lejos, salió retorciéndose de debajo del coche; cada movimiento le costaba un estallido de dolor.

    Tenía un brazo raspado que le sangraba. Lo vendó como pudo con su pañuelo. El dolor punzante que acompañaba cualquier movimiento de su hombro venía de dentro. No sabía cómo podría vendar aquello. En vista de lo cual se puso la mochila en el hombro sano y emprendió el largo viaje hacia las torres distantes de la ciudad.


    CAPÍTULO 7


    TIGRE ERA UN ARTISTA DE LA PIEL. Con agujas delicadas y un aparato de hacer tatuajes que ronroneaba como un gato que hubiese tomado anfetaminas, grababa hermosos dibujos sobre cualquiera que estuviese dispuesto a llevarlos.

    Años atrás, poco después de la epidemia, se había tatuado la cara. Se había mirado al espejo durante un viaje de LSD. La luz del sol que caía a través de las persianas venecianas trazaba formas sobre su piel, bandas anchas que le cruzaban la cara diagonalmente. Con el aparato de hacer tatuajes las hizo permanentes.

    Prefería tatuar a otras personas, y recurría a su propia piel sólo cuando no encontraba otros voluntarios. Durante el año en que la escultora pelirroja Lily había sido su amante, Tigre le había pintado en la espalda una exuberancia de flores silvestres: ranúnculos, campánulas y margaritas, correhuelas, altramuces y lirios silvestres azules. Parras en flor se retorcían por sus omoplatos, y había nomeolvides en la parte baja de su espalda.

    Unos fantasmas cruzaban el puente por delante de la muchacha, unos espectros pálidos cuyos andrajos flotaban al viento de la noche, que se confundían con la niebla fría que surgía de la bahía de San Francisco. Las gaviotas, posadas entre los tirantes metálicos del puente, se agitaban inquietas y graznaban advertencias ininteligibles al pasar la mujer.

    Tropezó en la oscuridad en un lugar en que la calzada estaba deteriorada, pero recobró el equilibrio antes de caer. Le dolía la cabeza, y su hombro herido palpitaba de dolor a cada paso. Sacudió la cabeza para despejarse y se volvió a poner en marcha.

    Tenía calor en la cara, y las gotitas de niebla que se le condensaban no la refrescaban.

    Los fantasmas susurraban bajo sus pies con voces líquidas. Vio luces que bailaban en la niebla, toques de color, rostros que giraban y que se desvanecían cuando se volvía a mirarlos. A veces, unas formas blancas intentaban atraparla con largos brazos que fluctuaban. Cuando avanzaba, los brazos extendidos se hacían impalpables, no eran más que niebla que flotaba. Pero ella sabía que los fantasmas eran algo más que niebla. Su madre había dejado la ciudad a causa de los fantasmas.

    Escuchó sus propios pasos, amortiguados por la densa niebla. Entonces se oyó en la oscuridad una nota aguda, dulce, resonante: un sonido penetrante que se quedaba en el aire como el grito de alarma de un ave asustada. Un momento después, ella estaba agazapada junto a una de las barandillas del puente, con su cuchillo en la mano. La nota se fue apagando.

    Esperó, escuchando en la oscuridad. Se guardó el cuchillo en el cinto y tomó su ballesta de la mochila, con movimientos lentos. Montó la ballesta con dificultad, a causa de su hombro herido, y colocó una saeta. Con la ballesta en la mano derecha y el cuchillo en la izquierda, se puso de pie y dio con cuidado un paso adelante.

    La niebla menguaba ante un viento suave, y se oía un tono grave, seguido de un repicar metálico, como si unas ratas con garras metálicas estuviesen corriendo por encima de un techo metálico. Otra pausa, seguida de un frotar sigiloso, como si alguien sacase un cuchillo de una vaina de metal.

    La mujer intentó localizar los sonidos espectrales, con su ballesta y su cuchillo en la mano. Venían de más abajo, en la carretera. Se detenía con cada sonido, y sólo continuaba cuando volvía el silencio.

    El sol salía en algún lugar, más allá de la niebla. Veía el rectángulo oscuro de una señal de la autopista por encima de la calzada. Unas formas extrañas colgaban de la señal y oscilaban con la brisa. Se acercó con cuidado.

    El tanque cilíndrico de un calentador de agua doméstico estaba colgado de un grueso cable de metal. Su pintura blanca estaba desportillada, y la superficie, que había sido tersa, estaba moteada de manchas de óxido.

    El tanque estaba rodeado de una colección sorprendente de otros objetos metálicos.

    Un platillo de bronce golpeaba contra una espada que tenía signos extraños grabados, y producía un tañido agudo. Un muelle metálico largo, que formaba bucles como el espumillón en un teatrillo de variedades, repicaba contra el tanque, y ella volvió a oír las garras metálicas que correteaban. Se acercó. Tiró con indecisión de una ristra de diapasones que estaban colgados de sus mangos. Chocaron entre sí, y un zumbido apagado le hizo cosquillas en el oído.

    La mujer retrocedió. Se preguntó por qué habría nadie colgado tales cosas para que oscilasen con la brisa. Un diapasón golpeó el platillo, y la nota trémula le hizo temblar.

    Rodeó aquel extraño carillón eólico, y siguió andando con dificultad hacia las torres invisibles de San Francisco.

    La aurora sobre la ciudad: la luz gris sobre la piedra gris. Los mismos edificios de ladrillo rojo parecían grises; la luz les robaba el color. La brisa de la bahía de San Francisco jugaba con algunas plumas de paloma y las hacía girar y bailar en el arroyo.

    La maleza y la hierba habían echado raíces en los intersticios de las losas de la acera.

    La mujer pasó junto a un Mercedes abandonado. Su tapicería de cuero servía de base a toda una colección de musgos y de hierbas jóvenes y tiernas, regadas por la niebla que entraba por el parabrisas roto. Un gato negro la observó desde un portal; sus bigotes se contraían mientras husmeaba el aire de la mañana.

    Los pasos de la mujer resonaban en el silencio de la ciudad. Nunca había visto edificios tan altos: tremendas losas de piedra y de vidrio, manchadas de excrementos de los pájaros e incrustadas de líquenes de un verde pálido. Las ventanas rotas la miraban. Los pisos altos quedaban ocultos por la niebla. Ella no sabía si los edificios seguían hacia arriba indefinidamente, llegando a desafiar a la Luna y a las estrellas.

    Estaba débil y cansada; le dolía el cuerpo y quería descansar. Pero no era capaz de aventurarse en ninguno de los edificios, y tampoco podía descansar bajo sus ventanas.

    Siguió arrastrándose por la calle Market, casi en un sueño, pues sabía que debía seguir andando.

    Mientras andaba, oyó música de órgano; notas grandes y sonoras que vibraban por las calles. Una máquina que se parecía un poco a una araña mecánica apareció traqueteando por una esquina, y la adelantó. Iba por los carriles del tranvía que recorrían el centro de la calle. Habían pintado rostros delicados de mujeres sobre los globos de luz esféricos de los faroles; las caras sonreían de forma benigna sobre la cabeza de la muchacha.

    Pasó por delante de la Pirámide Trans América y se detuvo para dirigir la mirada a la punta, que se perdía entre la niebla. Hasta donde alcanzaba su vista, la fachada de cemento del edificio estaba cubierta de pinturas extrañas. Un grupo de figuras con cuerpos humanos y cabezas de animales le devolvió la mirada. Una serpiente de vivos colores trepaba por la pared hasta el cielo lleno de niebla. Su mareo le hacía creer que se movía y reptaba. Cerró los ojos y se volvió.

    Titubeó al llegar a un cruce. En la luz gris veía una muchedumbre de personas vestidas de negro, que estaban quietas en el espacio abierto que formaba la intersección de cuatro calles. La muchacha se quedó en la esquina de un edificio, esperando algún movimiento que le indicase algo sobre aquellas personas y quiénes eran. Cuando la brisa soplaba hacia ella, podía oír murmullos de voces, pero no era capaz de distinguir palabras. Por último, cuando la niebla la había helado y ya no podía esperar más, se acercó lentamente a la gente, con la ballesta preparada.

    Las personas estaban construidas de metal oscuro; la niebla se había condensado sobre ellas en gotitas minúsculas. Cuando soplaba el viento, sus mandíbulas articuladas oscilaban arriba y abajo, y sus gargantas huecas proferían voces generadas por el viento.

    Sus ojos vacíos pusieron nerviosa a la mujer. Rodeó la multitud y siguió bajando por la calle.

    Oyó un aleteo pesado mientras algo volaba sobre su cabeza y descendía hasta acercarse a la calzada. Alzó la vista y vio la silueta de un ángel que se recortaba sobre la niebla. La luz del cielo le rodeaba, de tal forma que sus alas y su cuerpo parecían bordeados de oro. El ángel la adelantó volando, y la mujer se apresuró en seguirle, intentando alcanzarle. Si consiguiese alcanzarle, estaba segura de que el ángel le llevaría a su madre.

    El camino se volvió complicado, a través de callejones oscuros en los que los edificios altos no dejaban pasar la luz. Le dolía la cabeza, y el mundo que le rodeaba se oscurecía, como si fuese la hora del crepúsculo en lugar del amanecer. Los edificios la abrumaban.

    Volvió la vista atrás una vez, y vio que la calle bailaba y cambiaba, y los edificios se movían para cerrar el camino por el que ella había venido.

    Dejó de pensar, dejó de preguntarse adónde iba. Siguió el tamborileo apagado de las alas del ángel. Cada vez que pensaba que se había perdido, veía una luz dorada por delante, única nota de color de un mundo gris.

    Siguió apresurándose tras el ángel, sin hacer caso del dolor de su hombro. Intentó correr, pero se cayó; estaba enferma y sentía las piernas débiles, la cabeza enorme y ligera como un globo abultado que tuviese que arrastrar tras su cuerpo. Dio la vuelta a una esquina, y la luz la rodeó. El ángel estaba delante de ella. Detrás, la oscuridad era completa.

    La parte derecha del rostro del ángel era humana, una cara atractiva con una sonrisa benévola. Pero la piel del lado izquierdo de la cara había sido arrancada, y habían quedado al descubierto láminas planas de metal. En la curva del pómulo había una línea estrecha de óxido que indicaba dónde se habían soldado dos láminas. El ojo izquierdo era una luz dorada, desprovista de párpado y de pestañas. Mientras ella le miraba, la luz parpadeaba: amenazaba con apagarse, y luego volvía a dar todo su brillo.

    El ángel estaba desnudo, y su piel brillaba. No tenía genitales, sólo piel tersa donde deberían haber estado los genitales. Extendía las manos hacia ella. La piel se había desgastado: ella podía ver las delicadas articulaciones de metal que formaban los nudillos. Las junturas tenían los bordes oxidados.

    La mujer se quedó quieta, mirando la gran cara inhumana. De repente, sintió el frío de la brisa que venía de la oscuridad.

    — ¿Dónde está mi madre? — preguntó en un susurro —. ¿Me lo dirás? — El ángel no respondió. Ella dio un paso hacia él —. Dímelo — dijo, con voz quebrada —. ¿Dónde está?

    El ángel extendió la mano metálica. Cuando se movía, ella oía el crujido de maquinaria antigua.

    — No — dijo la mujer, Y retrocedió un paso, poniéndose fuera del alcance de las manos de metal del ángel. Pero no era capaz de retirar la vista de la cara desfigurada, del ojo dorado brillante.

    Oyó un ruido en la oscuridad. Un animal pequeño y peludo estaba agazapado en la oscuridad, directamente detrás del ángel, mirándola. Reconoció al animal por la imagen que había visto en una cartilla escolar cuando era niña: M de Mono. El animal la estudió con ojos legañosos que parecían cargados de una especie de inteligencia maliciosa.

    Luego, dio un ladrido, un ruido repentino, como una orden, corrió hasta ella y la sobrepasó, dejándola atrás.

    Ella dio la espalda al ángel y echó a correr tras el mono con sus últimas reservas de fuerza. Rodeaba las esquinas como una rata en un laberinto. Corría ciegamente, temiendo el tronar de las alas sobre su cabeza y el contacto frío del metal sobre su espalda.

    Mientras corría, la luz volvió al mundo. Los edificios ya no le agobiaban. Respiraba mejor. Llegó al Mercedes abandonado. El mono estaba sentado sobre el techo del coche y se buscaba perezosamente las pulgas entre el pelo. Alzó la vista al acercarse ella, y reanudó su tarea sin hacerle caso. Ella miró atrás: el ángel no la había seguido.

    Agotada de correr y de dolor, tiró de la portezuela del coche y se dejó caer en el asiento trasero. En la alfombrilla habían echado raíces brotes de anís silvestre, y el coche se llenaba de su aroma. Por último, se quedó dormida.

    Danny-boy llevaba su bicicleta por la calle Market; se dirigía a la zona de almacenes que estaba al sur del centro. Su bicicleta con remolque, que era un vehículo extraño pero práctico, hecho con el cuerpo de un triciclo de reparto y las ruedas de una bicicleta de montaña, traqueteaba tras él.

    La tarde anterior había descubierto tres faroles Coleman, milagrosamente intactos, en un rincón de un almacén destruido por el fuego. Aquella mañana volvía a ver qué otros tesoros yacían escondidos en las ruinas. Como siempre, buscaba más pintura azul para utilizarla en el puente Golden Gate.

    Jezabel, la perra mestiza de Danny-boy, trotaba tras la bicicleta y el remolque. A veces se quedaba atrás para olisquear un automóvil abandonado. Los vehículos oxidados servían de refugio a los gatos que vagaban por los edificios del centro de San Francisco.

    Era temprano, y la niebla no se había disipado todavía. Una neblina gris se deslizaba por las calles, abrazaba lánguidamente las farolas y acariciaba los edificios al pasar.

    Mientras pedaleaba, Danny-boy iba admirando las formas que hacía la niebla al fluir entre los edificios.

    Las ventanas oscuras que se percibían entre zarcillos de niebla le recordaban un juego de viejas cortinas de encaje que había visto en una casa en Pacific Heights. Mientras contemplaba la niebla se preguntó si podría hacer algo interesante con las cortinas: quizá alguna escultura que se moviese con el viento. Tomó nota de la idea; tendría que hablar de ello con Zatch o con algún otro escultor.

    En mañanas como ésta, Danny-boy veía a veces cosas que no era capaz de explicar.

    Una multitud fantasmagórica en la calle Market, que bailaba al son de una música que él no era capaz de oír. Una bandada de ángeles, que volaba a baja altura, sobre los edificios. Una mujer que guiaba un carro arrastrado por caballos de fuego y que seguía el recorrido del sol. No le importaban esas cosas; eran parte de su vida. Sabía que aquellas visiones procedían de la ciudad, estaban atrapadas de alguna manera en el asfalto y en el cemento, salían como la hierba que crecía en las fisuras de la calle Market y serpenteaban entre los edificios como la niebla.

    Poca gente vivía en la ciudad, pero los sueños de muchos habían quedado atrás en los edificios quemados, los automóviles abandonados, las calles vacías. Danny-boy pensaba a veces que eran aquellos sueños los que daban forma a la ciudad. Los sueños de los muertos, sospechaba Danny-boy, eran lo que impulsaba a Lily a coleccionar cráneos y a exhibirlos en el escaparate de los Almacenes Emporium.

    Danny-boy dejó de pedalear al llegar a la esquina de las calles Quinta y Market, y la bicicleta se deslizó hasta quedarse parada junto al Emporium. Tras el vidrio del escaparate había una exposición ordenada de cráneos humanos pulidos. El anonimato limpio y blanco del hueso fascinaba a Lily.

    Junto a cada cráneo había un objeto: unas gafas bifocales con montura de alambre; una garrafa de whisky vacía; una muñeca de plástico desnuda, de pelo rubio rizado y ojos de vidrio azul celeste; una pipa de hachís; una Biblia; un guante de ganchillo. Cada vez que Lily elegía un cráneo, también tomaba un objeto de su entorno. Sacaba brillo a cada cráneo con cera para suelos, tomada de los supermercados y de las ferreterías, y las colocaba de la forma que más le gustaba.

    Desde la última visita de Danny-boy, Lily había añadido un cráneo sin dientes y una dentadura artificial. Danny-boy admiraba la habilidad de Lily en la selección y en la disposición. Las gafas bifocales, el guante, la dentadura, la Biblia: todas esas cosas transformaban un montón de cráneos, de ser una cosa morbosa y común, a ser algo profundamente humano. El escaparate parecía un memorial, una ofrenda para el descanso de las almas de los muertos anónimos.

    Danny-boy se quedó de pie un momento junto al escaparate, estudiando la exposición.

    Luego dio un silbido a Jezabel, que se había alejado entre los coches. El perro no acudió a su silbido, sino que empezó a ladrar de algún lugar próximo. Danny-boy volvió a silbar, pero el perro seguía ladrando con un ladrido apremiante que pedía claramente la presencia de Danny-boy.

    Danny-boy siguió la dirección del ruido hasta llegar a un Mercedes que estaba en el centro de la calle. Había un mono agachado sobre el techo del automóvil, que parloteaba airadamente al perro. Cuando se acercó Danny-boy, el mono se largó de un salto, y desapareció por la puerta abierta de un bloque de oficinas próximo. Jezabel olisqueaba nerviosamente la portezuela cerrada del coche, y meneaba el rabo con furia.

    Danny-boy atisbó a través del parabrisas roto. Había dentro una muchacha, que procuraba alejarse de Jezabel lo más posible.

    — Está bien — dijo —. Puedes salir. Jezabel no te hará nada.

    La mujer no habló ni se movió. Estaba muy pálida, y se ceñía fuertemente al cuerpo la cazadora de cuero gastada, como buscando calor y protección.

    — ¿Estás bien? — preguntó Danny-boy. Ella le contemplaba con la mirada temerosa de un animal que está demasiado enfermo para defenderse. Pestañeó, como si le costase trabajo fijar la mirada sobre él. Jezabel volvió a ladrar y arañó la portezuela del auto.

    Los forasteros no solían llegar al centro. Los mercaderes solían ir derechos al mercado de Duff, al borde de Presidio. Pocos se querían arriesgar a enfrentarse con las cosas extrañas que los viajeros solitarios solían encontrarse en el centro de la ciudad. Alguna vez, una de las bandas de Oakland cruzaba el puente para recolectar. Pero una banda no hubiese dejado atrás a uno de sus miembros.

    — ¿Estás herida? — preguntó Danny-boy. Mientras la miraba, ella cerró los ojos, como si mirarle supusiese de repente un esfuerzo demasiado grande. El tiró de la puerta del coche, y ella abrió los ojos de par en par. Se lanzó adelante y saltó sobre él para huir.

    Pero a pocos pasos del coche tropezó y cayó, dio una vuelta sobre sí misma y se quedó encogida sobre el asfalto. El cuchillo de su mano resonó sobre el suelo junto a ella al caer.

    Danny-boy se acercó con cuidado. La cara de ella estaba manchada de sangre, de una rozadura que tenía en la frente. Se le había abierto la cazadora y tenía el hombro derecho envuelto en telas que parecían a primera vista decoradas con un diseño floral rojo y pardo. Danny-boy lo inspeccionó más de cerca, y se dio cuenta que las flores rojas eran sangre fresca que empapaba el paño; el fondo pardo era sangre seca más antigua.

    Del departamento de ropa de cama del Emporium tomó mantas, y las colocó en su remolque para formar una especie de nido para ella. Tan suavemente como pudo, levantó a la mujer y la puso en el remolque. Luego, la llevó a su casa.

    Cuando se dirigía al hotel Saint Francis se encontró con Tommy y le pidió que fuese corriendo a traer a Tigre. Tigre había sido auxiliar sanitario antes de dedicarse a los tatuajes, y era lo más aproximado a un médico de que disponía la comunidad. Danny-boy subió a cuestas a la mujer por las escaleras hasta sus habitaciones y la metió en su propia cama.

    Tigre llegó con su maletín de médico. Miró a la mujer que yacía en la cama y echó a Tommy de la habitación, a pesar de las protestas del chico.

    Danny-boy sujetó a la mujer mientras Tigre le quitaba la cazadora de cuero y la camisa.

    Permaneció prácticamente inconsciente mientras Tigre la examinaba. A veces se despertaba lo suficiente como para pestañear y farfullar algo sobre fantasmas y sobre ángeles.

    — Parece que ha sufrido una caída importante — supuso Tigre —. Diría que sufre una ligera conmoción cerebral. Una clavícula rota. Ahora, échame una mano.

    Danny-boy la mantuvo sentada mientras Tigre preparaba un vendaje elástico en forma de ocho que rodeaba los hombros de la mujer y se cruzaba sobre su espalda.

    — Con esto no se saldrá el hueso. Tendré que apretárselo mañana o pasado. Es joven.

    Se curará, pero tendrá que reposar toda una semana o cosa así.

    — Puede quedarse aquí — dijo Danny-boy.
    — Mejor — dijo Tigre —. No tiene aspecto de ir a ningún sitio.

    Lavó con una esponja las rozaduras de la espalda y de los hombros, y la dejó tumbada en la cama.

    Danny-boy la tapó suavemente. Vio cómo dormía, y se preguntó qué la habría traído a San Francisco.

    Al cabo de los años, Danny-boy había ido llenando su apartamento del hotel de cosas que le gustaban, y las habitaciones habían adquirido una grandeza peculiar. La moqueta original estaba enterrada bajo montañas de alfombras orientales, que cedían bajo los pies como las hojas y el mantillo del suelo de un bosque. Había más alfombras colgadas en la pared, que formaban un desorden de formas geométricas y colores profundos: carmesí oscuro, azul de ultramar, crema y ámbar.

    En un rincón, tres relojes de cuco marcaban con precisión tres horas diferentes. Danny-boy sabía la hora por el sol, pero le gustaban los relojes por la música que tocaban al dar la hora.

    En una ventana había una hilera de molinillos de papel que giraban con la brisa ligera de la tarde. En la otra había colgada una cadena de collares de diamantes. Danny-boy podría haberle dado los collares a Duff a cambio de pintura azul o de otros artículos que necesitase, pero le gustaba la forma en que reflejaban la luz los días de sol, y siempre podría encontrar otras cosas para cambiar.

    El hotel era un lugar cómodo para vivir. Las alfombras servían de aislamiento. Una lámpara de queroseno colgada de un gancho del techo llenaba el cuarto de luz amarilla suave.

    Danny-boy estaba sentado en el suelo; apoyaba la espalda en un cojín tapizado.

    Jezabel estaba echa un ovillo sobre la alfombra, a sus pies.

    La Máquina se sirvió un vaso del licor destilado fuerte de color ámbar al que Duff llamaba brandy. Su tercera mano, que estaba sujeta con correas a su sitio, un poco por debajo de su codo derecho, imitaba los movimientos de su mano derecha con una fracción de segundo de retraso. A muchas personas les ponía nerviosas La Máquina, pero Danny-boy se llevaba bastante bien con él.

    Esa misma semana, La Máquina había encontrado un equipo industrial para pintar en bastante buen uso. Tenía la boquilla obturada, pero La Máquina había prometido arreglarlo y entregárselo a Danny-boy para que lo utilizase en el puente Golden Gate.

    Para devolverle el favor a La Máquina, Danny-boy le había invitado a cenar. Las sobras estaban sobre una bandeja: media empanada de carne, dos panecillos y algunas lonchas de queso.

    — Conque no sabes nada de esta mujer — decía La Máquina —. Sólo que te atacó con un cuchillo cuando intentaste ayudarle.
    — Estaba asustada — dijo Danny-boy —. Creo que no quería más que escaparse.
    — Te fías demasiado — gruñó La Máquina.

    Danny-boy sonrió. La Máquina llevaba años diciéndole que se fiaba demasiado. La Máquina no se fiaba de nadie.

    — Considéralo una estrategia para sobrevivir — dijo Danny-boy —. Soy tan abierto que nadie me quiere hacer daño.
    — Es una mala estrategia — dijo La Máquina.
    — No es más que una niña. No hay nada que temer.
    — No temo nada.

    El puño derecho de La Máquina se cerró, y su mano ortopédica imitó el movimiento un momento después.

    — Simplemente, creo que no eres sensato.
    — ¿Cuándo he sido sensato en mi vida? — preguntó Danny-boy, y sonrió ante el silencio de La Máquina —. Ahí te he pillado, ¿a que sí? — La Máquina no sonrió —. No sé por qué te preocupas tanto.
    — Puede ser una espía.
    — ¿De quién?
    — De la Iglesia de las Revelaciones, de los Dragones Negros, de Cuatroestrellas. De cualquiera.

    Danny-boy le observó.

    — Estás verdaderamente preocupado.
    — Según los mercaderes, donde Duff, Cuatroestrellas ha estado hablando de invadir.
    — Cuando Cuatroestrellas decida invadir, no enviará un espía. Se planteará entrar directamente y tomar posesión — dijo Danny-boy —. No creo que esté preocupado por nuestro poderío militar, ni...
    — Danny-boy — le interrumpió La Máquina —. Tu amiga está despierta.

    Danny-boy volvió la mirada hacia el dormitorio, justo a tiempo de ver cómo la muchacha salía corriendo y se apoderaba del cuchillo del pan de la bandeja. Con el cuchillo en la mano, retrocedió hasta la puerta del dormitorio. Estaba desnuda, sólo llevaba puesto el vendaje blanco que le rodeaba los hombros. La luz de la lámpara metía sombras bajo sus pechos, entre sus piernas. Su piel parecía tersa y brillante. Le recordaba a Danny-boy a una estatua de bronce de Diana que había visto en uno de los museos de arte de la ciudad. Diana tensaba un arco, lista para disparar, y la mirada de sus ojos de bronce era fría y firme. Los ojos de esta mujer eran salvajes y febriles.

    Miró a Danny-boy.

    — ¿Eres un fantasma?

    Le temblaba ligeramente la punta del cuchillo, pero tenía la mirada firme. No parecía importarle su desnudez; dedicaba toda su atención a Danny-boy.

    Danny-boy le devolvió la mirada.

    — ¿Un fantasma? — le tardaron en salir las palabras. Se sintió atrapado por su intensidad
    —. ¿Qué quieres decir?
    — Mi madre me dijo que la ciudad estaba llena de fantasmas.

    Danny-boy se encogió de hombros tranquilamente.

    — Hay algunos fantasmas por ahí. Pero nosotros somos de verdad. Yo me llamo Danny-boy, y éste es La Máquina.
    — ¿La Máquina? — intercambió una mirada de desconfianza con La Máquina.
    — ¿Cómo te llamas? — preguntó Danny-boy.
    — ¿Cómo me llamo? — sacudió la cabeza rápidamente.

    Aflojó un poco la mano con la que sostenía el cuchillo, y bajó la hoja. Danny-boy se dio cuenta que estaba mirando los restos de la cena.

    — ¿Tienes hambre? — le preguntó. Con movimientos lentos, se inclinó hacia delante para servir un vaso de brandy. Tomó el cojín de detrás de su espalda y lo tiró de forma que cayese cerca de la bandeja de comida —. Siéntate — dijo con suavidad —. Come lo que quieras.

    Su mirada de desconfianza recordaba a Danny-boy a los gatos salvajes que recorrían los edificios abandonados de la ciudad. Cuando les ofrecía restos de comida, comían.

    Pero toda tregua era temporal. No se fiaban de él. Lo único que querían era que les dejasen en paz. No tenían miedo, pero eran prudentes. No eran hostiles abiertamente, sino levemente desdeñosos. Oportunistas: estaban dispuestos para aprovechar cualquier oportunidad, ya de saltar sobre la presa, ya de huir a la oscuridad, según lo exigiese la situación.

    La mujer avanzó hacia la habitación, y se dejó caer torpemente hasta quedar sentada sobre el cojín. Dudó, y acabó utilizando el cuchillo para cortar la empanada. Apreciaba la comida: masticaba lentamente, como persona que sabe lo que es pasar hambre y que no cometía la torpeza de engullir rápidamente la primera comida después de un ayuno.

    — ¿De dónde vienes? — le preguntó Danny-boy.

    Tragó un bocado de empanada y lo hizo pasar con un trago de brandy.

    — De allí arriba, cerca de Sacramento. No lejos de un pueblo que se llama Woodland.
    — ¿Has venido por la I—80 y por el puente? — preguntó él.

    Ella asintió. Se le iba tranquilizando la cara. Tomó otro trago de brandy.

    — He venido a avisaros de que viene Cuatroestrellas. Va a apoderarse de San Francisco.

    Danny-boy miró a La Máquina. No podía ser espía de Cuatroestrellas.

    — ¿Cómo te rompiste la clavícula?
    — Al otro lado del puente, unos hombres me persiguieron con motos. Me caí del caballo.

    Me quedé escondida hasta que se hizo de noche y luego crucé el puente.

    — Los Dragones Negros — dijo Danny-boy —. Esa es la banda que controla casi todo Oakland. ¿Así que has andado ocho millas y media con una clavícula rota?

    Ella le lanzó una mirada fría.

    — No andaba con las manos.
    — Oakland es un lugar peligroso para alguien que viaje solo — dijo Danny-boy.

    Ella torció la boca con una especie de sonrisa.

    — ¿Conoces algún lugar seguro para viajar? — le preguntó —. Yo no.
    — Oakland es de los peores — dijo Danny-boy.

    Ella no respondió. Había terminado la empanada de carne y se ocupaba del segundo panecillo, pero ya más despacio. Bostezó sin el menor empacho, como un gato que se estira. Parecía que había decidido confiar en ellos de momento. Tenía los ojos entrecerrados.

    — Estoy un poco cansada — dijo. Dejó el panecillo a medio comer sobre la bandeja.

    Vaciló, y se le cerraron los ojos. Danny-boy la agarró en el aire.

    Por segunda vez en lo que iba de día, Danny-boy metió a la mujer en la cama.

    — Muy agradable — dijo La Máquina con sarcasmo —. Totalmente de fiar, estoy seguro.

    Danny-boy no le hacía caso. Acarició la frente de la muchacha y le echó hacia atrás los mechones desordenados.


    CAPÍTULO 8


    LA SEÑORA MIGSDALE IMPRIMÍA EL NEW CITY NEWS todos los miércoles. Era el único periódico de San Francisco. Tommy le ayudaba en el proceso: daba a la manivela de la prensa manual, ayudaba a plegar las doscientas y pico copias del News y llevaba los periódicos plegados a la biblioteca pública, donde Libros los repartía entre los habitantes de la ciudad, y a donde Duff, que se los cambiaba por otras cosas a los granjeros y a los mercaderes.

    La señora Migsdale daba lecciones a Tommy a cambio de su ayuda. Su madre, Ruby, creía que le hacían falta estudios, por lo cual la señora Migsdale le enseñaba pequeñas cosas que creía que un día le podrían resultar útiles. Las tardes soleadas estudiaban botánica: identificaban las flores y las hierbas silvestres que crecían en los patios abandonados y en los solares. Cogieron renacuajos juntos en el arroyo que discurría junto a la biblioteca. Tommy guardó los animalitos en una pecera durante semanas, y observó maravillado cómo les empezaban a salir patas. Con el paso de los días, las colas fueron acortándose hasta desaparecer. Por último, la señora Migsdale y Tommy soltaron una docena de ranitas junto al arroyo. Las noches de verano, en las que la señora Migsdale enseñaba a Tommy los nombres de las constelaciones, oían a las ranas que cantaban con voces agudas y débiles, poco más fuertes que las de los grillos.

    La señora Migsdale se sentía un poco culpable a veces, porque sabía que aprendía de Tommy tanto como él aprendía de ella. Él sabía dónde crecían las setas comestibles, y dónde flotaban los berros sobre el agua tranquila. Cuando ella no sabía por dónde ir entre las calles cambiantes de la ciudad, Tommy conocía el camino. Él fue quien le explicó que Randall se convertía en lobo las noches de luna llena, y le habló de los fantasmas que veía en las calles del centro.

    A ella le resultaba difícil aceptar todo lo que él le contaba: a él le parecían naturales todas las cosas extrañas de la ciudad, actitud que a ella le parecía algo turbadora. Pero era su mejor fuente de noticias. Si había sucedido algo interesante en cualquier punto de la ciudad, Tommy lo sabría.

    El miércoles después que Danny-boy descubriese a la forastera, Tommy no sabía hablar de otra cosa.

    — Mi mamá dice que es una salvaje — gritaba por encima del golpeteo rítmico de la prensa —. Dice que Danny-boy debería volverla a echar.
    — Parece raro que Danny-boy la encontrase en el centro — respondió la señora Migsdale a gritos. Estaba sentada en un taburete frente a una destartalada mesa de dibujo de madera, plegando ejemplares del News —. La mayoría de la gente se vuelve atrás, asustada, antes de llegar hasta allí.

    Tommy dejó de dar a la manivela de la prensa y echó un poco más de tinta sobre los rodillos.

    — Esta no se asustó — dijo. Parecía estar orgulloso, como si hubiese tenido parte en la llegada de la mujer —. Estaba en el mismo centro de la ciudad.
    — ¿Llegaste a hablar con ella?

    Tommy titubeó, como pensando hasta dónde podría estirar la realidad. Pero reconoció la verdad:

    — No. Tigre me echó. Pero le he preguntado a Danny-boy, y me ha dicho que vino de Sacramento.

    La señora Migsdale asintió con la cabeza, de forma pensativa.

    — Qué interesante. Me pregunto si tiene noticias de lo que hace Cuatroestrellas. Podría ser importante.
    — Claro que es importante — dijo Tommy, volviendo a operar la prensa —. Si no, la ciudad no la hubiese dejado entrar.

    La señora Migsdale sacudió la cabeza, sorprendida por la fe inquebrantable que tenía el chico en la ciudad. Su confianza parecía llegar a veces a lo religioso.

    — ¿No crees que puede haber sido un simple accidente? — sugirió.

    Tommy se rio.

    — No. A la ciudad le gusta ella, eso es todo — dio a la manivela de la prensa con energía redoblada —. Ella tenía una ballesta. ¿Crees que me enseñaría a disparar con ella? A lo mejor me puedo hacer una.
    — Podrás preguntárselo, por lo menos.
    — No tiene nombre — dijo Tommy —. Eso dijo Danny-boy. Ningún nombre. ¿Por qué crees que ha venido?
    — Se lo preguntaré — prometió la señora Migsdale —. La entrevistaré para el próximo número del News. Ya te lo contaré cuando me entere.

    A última hora de la tarde, mientras Tommy pedaleaba hacia casa de Duff con las cestas de la bicicleta llenas de ejemplares del News, la señora Migsdale se dirigió a casa de Danny-boy, que estaba a un paseo corto en bicicleta de la imprenta de la calle Mission.

    La mujer estaba sentada en un sillón frente al hotel Saint Francis. Había tres monos posados entre las esculturas de la fachada de piedra del hotel. Cuando bajaban a la acera, Jezabel los perseguía a ladridos y les volvía a hacer subir.

    Ahora, el perro estaba tumbado junto al sillón de la mujer, resollaba y miraba con expectación a los animales, esperando repetir el juego.

    El hotel daba a la plaza Union. Desde el sillón, la mujer podía contemplar lo que había sido un pequeño parque. Del centro de la plaza surgía una columna de piedra, donde se cruzaban cuatro caminos ondulantes de cemento. Sobre la columna había una figura de bronce de una joven que formaba un gracioso arabesco, con un brazo extendido hacia adelante y una pierna hacia atrás. La base de la columna estaba rodeada de plantas de judías. Entre los caminos crecían tomateras, patatas y pepinillos; las jardineras de madera que habían contenido rododendros ahora estaban llenas de matas de guindilla con hojas brillantes; los brotes de los pepinos serpenteaban por las aceras y ocultaban el cemento bajo las hojas vellosas. Algunas gallinas flacas y un gallo descuidado escarbaban entre las plantas. Al fondo de la plaza, unos cuervos reñían en los manzanos.

    La mujer percibió una pequeña forma que se acercaba en bicicleta por la calle. Buscó el cuchillo, que había deslizado entre el cojín del sillón y el brazo del mismo, donde no se viera pero al alcance de la mano. Danny-boy le había asegurado que no tenía por qué preocuparse; nadie en la ciudad le haría daño. De momento parecía tener razón, pero se sentía más segura con el cuchillo a mano.

    — Hola — gritó la mujer mayor de la bicicleta. Se detuvo frente al hotel, bajó de la bicicleta y la apoyó contra una farola. Jezabel corrió a recibirla, meneando el rabo con furia —. Ya había oído decir que Danny-boy tenía un huésped. Soy la señora Migsdale.

    La mujer se tranquilizó, y aflojó la mano que sostenía el cuchillo. La señora Migsdale parecía bastante inofensiva.

    — ¿Está Danny-boy por aquí?

    La mujer negó con la cabeza. La señora Migsdale sonrió: parecía claro que esperaba algo más.

    — Ha ido a buscar a Randall — dijo la mujer por fin —. Mi yegua salió corriendo cuando me caí. Danny-boy dice que Randall puede saber dónde se fue.

    La señora Migsdale asintió, y se instaló en el otro sillón. Jezabel apoyó la cabeza sobre el regazo de la mujer mayor, con un suspiro de felicidad, y la señora Migsdale le frotó las orejas.

    — Si alguien lo sabe, lo más fácil es que ese alguien sea Randall — la señora Migsdale sonrió a la mujer —. ¿No te importa si espero un poco a ver si vuelve, verdad?
    — Si quiere — dijo la mujer. Estudió con curiosidad a la mujer mayor. Leon había dicho que en la ciudad vivían artistas. No sabía exactamente qué aspecto tenía un artista, pero sabía que esta mujer vieja no se ajustaba al vago concepto que tenía de los mismos.

    La señora Migsdale acarició la cabeza de Jezabel y devolvió el escrutinio de la mujer.

    — Me dicen que vienes de Sacramento — dijo la señora Migsdale —. ¿Sabes muchas cosas del sujeto a quien llaman Cuatroestrellas?
    — Más de lo que quisiera — dijo la mujer —. He venido aquí a prevenir de él a los artistas.

    Está planeando venir y apoderarse de San Francisco.

    La señora Migsdale asintió lentamente, pero no dio muestras de inquietud.

    — Lleva años planeándolo, por lo que he oído. Pero me gustaría oír más cosas sobre el tema. Publico un periódico, el New City News, y me pareció que podría hacerte una entrevista, si a ti no te importa.

    La mujer asintió, al darse cuenta de repente por qué el nombre le había resultado familiar.

    — He oído hablar de usted. Conocí a un mercader que habló de su periódico.

    La señora Migsdale se inclinó hacia delante llena de interés.

    — Debes de haber conocido a Leon. ¡Qué maravilla! Empezaba a preocuparme por él.

    ¿Cuándo le viste?

    La mujer se miró las manos, sin saber qué decir. No quería hablar de Leon ni de lo que le había pasado. Tiró nerviosamente con una mano del relleno del sillón que salía por un desgarrón de la tapicería. El estampado de flores de la tela se había desvanecido por el sol, y había dejado manchas grises donde antes habían crecido las rosas.

    — Dime — la señora Migsdale hablaba con voz suave y le daba ánimos —. ¿Cuándo le viste?
    — Creo que hará una semana — la voz de la mujer era débil, y sentía una opresión en el pecho —. Se lo llevó el ejército para interrogarle — alzó la vista, sus ojos se cruzaron con los de la señora Migsdale y luego desvió la mirada. Sus dedos hurgaban los bordes deshilachados del desgarrón del sillón —. También se llevaron a mi madre.

    La señora Migsdale puso la mano sobre la de la mujer, haciendo parar sus dedos inquietos.

    — Cuéntame lo que pasó.
    — Soltaron a mi madre, pero se llevaron a Leon al cuartel general. No creo que vuelva nunca — tenía la cabeza baja, sin querer levantarla —. Mi madre volvió enferma. La cuidé todo lo que pude.

    Advirtió un matiz defensivo en su propia voz. La mano de la señora Migsdale apretó la de la mujer.

    — Murió — dijo la señora Migsdale.
    — ¡No! — la mujer apartó su mano de la de la señora Migsdale —. Una noche vino el ángel y se la llevó a San Francisco — miró a la señora Migsdale —. Vine a la ciudad para encontrarla. Y sé que está aquí. He visto al ángel.

    La señora Migsdale asintió lentamente. Tenía las manos crispadas sobre el regazo. La mujer se irguió en el sillón, observando a la señora Migsdale.

    — Siento contarle lo de Leon — dijo. Esperó un momento, pero la señora Migsdale no levantó la vista. La mujer extendió la mano y la tocó ligeramente en el hombro, como gesto tranquilizador titubeante —. Me caía bien Leon.
    — Era un hombre bueno — dijo la señora Migsdale —. Siempre me traía noticias del Valle Central — se enjugó los ojos rápidamente con una mano, pestañeó, y miró a la mujer a los ojos —. Supongo que ahora tendremos que empezar a tomarnos a Cuatroestrellas más en serio. Supongo que ha llegado el momento.
    — Mi madre me dijo que viniera a la ciudad — dijo la mujer —. Antes de irse, me hizo prometer que vendría a avisarles.

    La señora Migsdale asintió. Buscó dentro de su bolso, y extrajo una pequeña libreta con muelle en espiral.

    — Esta entrevista hará pensar a la gente — su voz había adoptado un tono de seriedad —.

    El poder de la prensa, ya sabes. Quizá puedas decirme algo de tu viaje de Woodland a San Francisco.

    Guiada por las preguntas de la señora Migsdale, la mujer habló del Valle Central, de las granjas y las casas que había explorado de pequeña, del mercado de Woodland y de los soldados que llevaban el puesto de control. La señora Migsdale tomaba notas cuidadosamente. Los monos miraban desde la fachada del hotel.

    — Eh, perro — dijo Danny-boy. El perro negro alzó la vista de la rejilla de alcantarilla que estaba olisqueando y lanzó a Danny-boy una mirada de desconfianza. Era un animal con aspecto de lobo, del tamaño aproximado de un pastor alemán —. Mira — Danny-boy lanzó un trozo de panecillo duro hacia el perro. El animal olfateó la comida con precaución, y se la comió de un bocado. Se sentó sobre las patas traseras, y estudió a Danny-boy con interés renovado.
    — Oye — dijo Danny-boy —. Estoy buscando a Randall. ¿Lo conoces?

    El perro inclinó la cabeza a un lado, y sus orejas se desplazaron hacia delante.

    Danny-boy frunció el ceño, sin estar seguro de lo que quería decir la respuesta del perro. Cuando le hacía falta encontrar a Randall, sobornaba a alguno de los perros asilvestrados que vivían en la ciudad para que le llevase el mensaje. El sistema funcionaba algunas veces, otras no. Se imaginaba que algunos de los perros se hablaban con Randall y otros no. Pero no era capaz de distinguirlos.

    — ¿Estás seguro?

    El perro le miró con interés, fijando la vista en sus manos, y de lo más profundo de su garganta salió un ruido expectante. Danny-boy rompió otro trozo de panecillo, y el perro saltó para atraparlo.

    — Dile que tengo que hablar con él. Me podrá encontrar en el parque Golden Gate, junto al museo grande. ¿Te has enterado?

    El perro avanzó un paso hacia Danny-boy, con el rabo en alto. Danny-boy se encogió de hombros y echó al animal el resto del panecillo, que desapareció de un solo bocado.

    — Eso es — dijo Danny-boy —. Encuentra a Randall — levantó sus manos vacías, y el perro dejó caer el rabo. El animal se marchó al trote, y sólo una vez volvió la vista atrás.

    Danny-boy se montó en la bicicleta y se dirigió al parque Golden Gate por el bulevar Geary, que era una de las arterias principales de la ciudad. No se dio prisa, ya que se imaginaba que el perro tardaría un rato en encontrar a Randall. Buscó entre los montones de camisas y de pantalones vaqueros de una tienda de ropa algunos que pudiesen venir bien a la mujer. Mientras examinaba la ropa, descubrió que estaba pensando en la mujer.

    Le intrigaba. Nunca había hablado mucho con gente de fuera de la ciudad. Los granjeros y los mercaderes que pasaban por donde Duff eran tímidos y cuidadosos a la hora de acercarse a los habitantes de la ciudad. Después de buscar algún rato, descubrió una camisa roja y unos vaqueros que se habían escapado del moho y de las polillas.

    Descubrió un departamento de pinturas bien surtido en el almacén de una ferretería. La mayoría de los artistas de la ciudad que se dedicaban a la pintura mural vivían en Haight, o en el barrio Mission, y no solían recolectar en las tiendas de cerca del bulevar Geary.

    Danny-boy abrió una lata tras otra, comprobando sus contenidos. La mayoría de las veces, las latas sólo contenían pedazos de pintura seca; pero llegó a encontrar cinco latas de esmalte en tonos diferentes de azul, y tres latas de spray de pintura azul. Terminó de cargar su remolque con brochas y rodillos, y se dirigió al parque.

    El parque Golden Gate llegaba desde el corazón de la ciudad a la playa Océano, más de dos mil hectáreas de terreno abierto. Estaba sin cultivar desde la epidemia. Por las praderas y arboledas descuidadas del parque vagaban ciervos de cola blanca, y caballos que descendían de los pencos de alquiler de los establos Golden Gate. Los patos migratorios se detenían para alimentarse en los pequeños estanques.

    El prado que había delante del Invernadero de Flores estaba exuberante y crecido.

    Hacía mucho tiempo que los arriates habían sido invadidos por la maleza. Una manada de bisontes, descendientes de los animales que habían comido pan duro y bollos pegajosos de la mano de los turistas, pastaba la hierba alta y olisqueaba las plantas exóticas resistentes, que habían traspasado las paredes del invernadero para acercarse más al sol.

    Danny-boy inspeccionó las trampas que había dispuesto en los matorrales bajos tras el invernadero, y descubrió un conejo, atrapado y estrangulado por el lazo. Lo evisceró con rapidez, dejó las entrañas en la hierba y siguió su camino.

    Danny-boy guio su bicicleta alrededor del camino circular que pasaba por el Jardín de Té Japonés, por el museo De Young, por el museo de Arte Asiático y por la Academia de Ciencias de California. Asustó a una bandada de palomas que habían estado comiendo tranquilamente las semillas de las hierbas que crecían entre los intersticios del pavimento.

    — ¡Hola! — exclamó —. ¡Randall! ¿Estás ahí?

    Un bisonte joven le dirigió una mirada siniestra desde la entrada del Jardín de Té Japonés. El melocotonero ornamental que estaba plantado junto a la puerta había sembrado el suelo de hojas entre las pezuñas del bisonte.

    — ¡Randall!

    Tres ciervos de cola blanca saltaron del abrigo de los árboles en el centro del paseo circular, y se fueron corriendo más allá del museo de Arte Asiático.

    — ¡Hola!

    Danny-boy volvió a recorrer el círculo llamando a Randall. Su voz volvía en forma de eco de la fachada de cemento de la Academia. El aire tenía un frescor agradable, y las sombras de la última hora de la tarde cubrían el suelo. Alborozado por la belleza del día, dio una tercera vuelta, trazando círculos anchos y exuberantes alrededor de los socavones del camino, gritando de alegría en cada ancha curva.

    El remolque saltaba y traqueteaba, amenazaba volcarse pero se quedaba obstinadamente firme.

    Trazaba la curva junto al Jardín de Té Japonés cuando se dio cuenta que le miraban. Randall estaba de pie junto al bisonte que pastaba, observando impasible a Danny-boy. Llevaba un par de alforjas de cuero sobre un hombro.

    — Randall — dijo Danny-boy, frenando hasta parar junto a la puerta —. Me alegro de verte.

    Randall dejó caer las alforjas a sus pies.

    — Estas son de la mujer que encontraste — dijo.

    Danny-boy frunció el ceño. Siempre parecía que Randall sabía más de lo que debía.

    — ¿Cómo te has enterado?
    — Me lo contaron los monos.
    — ¿Sí? ¿Qué dicen?
    — Dicen que va a haber cambios por aquí. Se avecina un problema. La mujer forma parte de ello.
    — ¿Parte del problema? — Danny-boy sacudió la cabeza —. No lo creo.

    Randall se encogió de hombros.

    — Puede formar parte de la solución. No está claro todavía.
    — ¿Qué tipo de problema? — insistió Danny-boy.

    Randall bulló sobre sus pies, con aspecto de estar a disgusto.

    — Un problema — dijo —. Es todo lo que sé — miró las alforjas mientras se frotaba la barba con una mano grande. Después alzó la vista; sus ojos negros estaban llenos de preocupación bajo sus cejas cargadas —. Su caballo se ha unido a la manada del parque.

    Puedes decírselo.

    — Muy bien, se lo diré.
    — Ten cuidado — dijo Randall.
    — ¿Cuidado con qué? — preguntó Danny-boy.

    Randall volvió a encogerse de hombros.

    — Cuando lo sepa te lo diré.

    Luego se marchó, encontrando de alguna manera un camino entre la masa de árboles y de arbustos que había justo detrás de la puerta. Danny-boy se quedó a solas con el bisonte, que sacudió la cabeza y dio un resoplido. La expresión de sus ojuelos enrojecidos era francamente hostil. Danny-boy se retiró.

    La mujer estaba dormida en el sillón cuando Danny-boy volvió a casa.

    Estaba hecha un ovillo, y tenía un aspecto frágil y vulnerable. Su pelo oscuro y rizado formaba pequeños bucles en su nuca.

    Danny-boy la despertó rozándole un hombro. Abrió mucho los ojos inmediatamente. A Danny-boy le recordaba a las criaturas salvajes que se encontraba a veces cuando exploraba los edificios abandonados. El zorro plateado que se escapó por la puerta trasera cuando él entraba por la principal.

    La familia de mapaches que le miraron de forma airada por haberles molestado. La mujer tenía manos pequeñas y hábiles, como las de un mapache. Sus ojos eran los de un zorro: sabía secretos, y se los guardaba.

    — Ya estoy de vuelta — dijo —. Te he traído ropa limpia. Y encontré a Randall. Dice que tu caballo está en el parque.

    Ella intentó asir las alforjas, pero hizo un gesto de dolor y se detuvo.

    — Deja que te ayude — dijo Danny-boy. Luchó torpemente con las hebillas, consciente de que ella le miraba.

    Colgó las alforjas sobre el ancho brazo del sillón, y la observó mientras ella revolvía su contenido: retiró una bolsa de melocotones secos, otra de cecina, una tercera de almendras. Encontró lo que buscaba bajo la comida: una esfera de vidrio montada en una base negra.

    — Es San Francisco — dijo, mientras lo levantaba para que él lo viese.

    Lo sacudió, y unos copos dorados empezaron a bailar alrededor de las torres de la ciudad —. Lo tengo desde hace años.

    Él lo tomó de su mano con cuidado.

    — Por supuesto — dijo —. Se ve la plaza Union. — Dio un golpecito al vidrio, indicando el minúsculo rectángulo verde. — Y esa es la Pirámide Trans América.

    Ella miró en el interior del vidrio.

    — Pasé por allí — dijo —. Alguien la había cubierto de pinturas.
    — Los Neo — Mayanistas — dijo Danny-boy —. Es un grupo de pintores de murales. Se han apoderado de la pirámide. La están convirtiendo en una especie de templo.

    La mujer contemplaba aquellas partículas brillantes que flotaba por las calles de la ciudad.

    — Cuando entré en la ciudad vi una multitud de hombres metálicos. Cuando soplaba el viento murmuraban entre sí.
    — Es una escultura que hicieron Zatch y Gambito — dijo Danny-boy —. La llaman

    «Hombres que Hablan sin Nada que Decir».

    — Oí música: unas notas profundas y huecas que se lamentaban, como el viento.
    — Es el órgano eólico de Gambito. Toca música cuando el viento sopla por los tubos.
    — Vi una araña metálica del tamaño de un perro. Pasó a mi lado. Corría por el centro de la calle.
    — La Máquina la construyó. Construye muchas máquinas que van por su cuenta. A algunas personas no les gustan, pero no están mal. No te harán daño ni nada malo.

    La miró a la cara. Ella se humedeció los labios como un gato nervioso, titubeando. Por último, dijo:

    — Vi al ángel que se llevó a mi madre. ¿Lo construyó La Máquina?
    — ¿Un ángel? ¿Qué quieres decir?

    Ella describió el ángel; le brillaban los ojos de emoción.

    El sacudió la cabeza, perplejo.

    — No he visto nada que se parezca a eso. Supongo que La Máquina podría haberlo construido, pero creo que no. Se lo preguntaré de tu parte.

    Ella asintió con la cabeza, llena de interés; tomó la esfera de su mano y volvió a meterla en las alforjas.

    — ¿Tienes hambre? — preguntó él. Ella asintió —. Suelo cocinar arriba, en la azotea. Ven; te lo enseñaré.

    Ella le siguió por las escaleras hasta el tercer piso, y de ahí a la azotea. Antes de la epidemia, esto había sido una especie de jardín en la azotea, que unía el antiguo Hotel Saint Francis al edificio más moderno. Estaba incrustado entre el edificio antiguo y el nuevo, protegido del viento por dos lados. Danny-boy utilizaba ese recinto como cocina y como lugar de trabajo al aire libre. Había colocado un hibachi contra la pared del hotel viejo. Cuando hacía buen día cocinaba al aire libre; hacía una hoguera con leña que había recogido. Prendió la hoguera y desolló el conejo que horas atrás había recogido de la trampa.

    La mujer estaba sentada con las piernas colgando por el borde de la azotea, y daba taconazos a la pared del edificio. Danny-boy se sentó a su lado mientras esperaba que el fuego se redujese a brasas. Jezabel estaba echada entre ellos, dormida en un lugar donde daba el sol.

    Se iba poniendo el sol, y dejaba a Danny-boy con la impresión melancólica de que iba a perder algo inminentemente. El ambiente estaba cargado de posibilidades. Una gaviota se cernió cerca del borde de la azotea, y la luz del sol poniente teñía sus alas de tonos morados y magenta. El cielo estaba azul oscuro. Aquí y allá se alzaban columnas de humo oscuro que pintaban sobre el azul signos de interrogación perezosos. Las líneas de humo sucio simplemente hacían que el azul pareciese más puro.

    — ¿Cuánta gente vive aquí? — le preguntó.
    — No sé. Puede que unos cien o así.
    — ¿Cuántos vivían aquí?

    El sacudió la cabeza.

    — Sería mejor preguntárselo a la señora Migsdale. O a Libros: puede que él lo sepa.

    La mujer frotó las orejas a Jezabel, y la cola del perro golpeó el tejado con un ritmo sostenido.

    — ¿Te gustan los perros? — le preguntó él.

    Ella asintió.

    — Teníamos un perro, allá en casa. Ahora está muerto.
    — Yo me encontré a Jezabel. Su madre era una perra asilvestrada. La encontré a ella y a sus hermanos en el sótano de una casa. Al verme lloriqueaban y ladraban, y querían mamar de mis dedos.
    — ¿Dónde estaba su madre?

    Danny-boy se encogió de hombros.

    — Muerta, supongo. Estuve vigilando un día entero, y no apareció. Así que me llevé los cachorros y los alimenté con leche hasta que pudieron comer alimentos sólidos. Duff tiene los otros dos: se los quedó a cambio de la leche. Pero Jezabel era la mejor de la camada.

    Jezabel se inclinó hacia la mano de la mujer, y ella acarició a la perra bajo la barbilla.

    La mujer preguntó:

    — ¿Sueles adoptar a los seres abandonados?
    — Claro — dijo él —. ¿No lo harías tú?

    Ella lo pensó un momento.

    — A los perros, puede. Pero no a las personas.
    — Esmeralda me adoptó — dijo él —. Yo sólo tenía unos tres años cuando la epidemia mató a mis padres. Me acuerdo que los vi allí tendidos, muertos, y me escapé llorando.

    Esmeralda me encontró y cuidó de mí. La gente no es mala.

    — Mi madre se fiaba de la gente — dijo la mujer en voz baja —. Me acuerdo de cuando era pequeña; llegó a nuestra casa un mercader y nos propuso cambiar algunos litros de queroseno por un saco de almendras. Dijo que le apetecía comer frutos secos, y a nosotras nos hacía falta el queroseno. Mi madre fue hasta el cobertizo para coger las almendras. Él la siguió, y cuando ella soltó el rifle para llenar el saco, él la agarró. Yo estaba fuera y la oí gritar — la mujer dudó un momento; tenía la mano enterrada en el grueso pelaje de Jezabel —. Agarré el hacha de la pila de leña y le di. De la misma manera que hubiese derribado un árbol, le di en las piernas, y cuando cayó le di en la cabeza. Mi madre lloraba; tenía la camisa rasgada. Había sangre por todas partes. Lo enterramos en el jardín, sin lápida. Nos quedamos con sus caballos y con su carromato, y yo aprendí a montar.

    Danny-boy se acercó a ella involuntariamente, y ella alzó la vista, con una amenaza marcada claramente en los ojos.

    — La gente es mala. Nunca les caímos bien. Éramos forasteros, y nunca les caímos bien.

    Jezabel apartó de sí la mano de la mujer, y ésta siguió acariciando al perro.

    — La gente es buena, a veces — dijo Danny-boy.

    Ella se encogió de hombros, pero no respondió.

    Danny-boy inspeccionó las brasas y puso la parrilla sobre el fuego. Cortó el conejo en trozos, y puso la carne sobre la parrilla. El jugo chisporroteaba sobre las brasas.

    — Mira esto — dijo la mujer de repente. Un colibrí, atraído por la camisa roja de la mujer, flotaba a pocos pies del borde de la azotea. Danny-boy oía el zumbar de sus alas. Las plumas de su cuello eran del azul verdoso iridiscente de una gota de rocío sobre una hoja de hierba.

    La mujer sonrió al pajarillo. Este dio una vuelta a su alrededor y se marchó disparado.

    — Se creía que yo era una flor — dijo —. Se equivocó.

    Danny-boy cuidaba del fuego, y la carne se iba asando. Al cabo de un rato cenaron. El conejo sabía a humo de leña, y comían con las manos en platos de porcelana que Danny-boy había tomado de la cocina del hotel mucho tiempo atrás.

    Se puso el sol, y las brisas de la penumbra recorrieron la azotea. Se había oscurecido el cielo, pero todavía no se veían las estrellas. La calle, a sus pies, estaba vacía: sólo había un gato que se deslizaba como un espectro por el arroyo y se dirigía al jardín, donde podría encontrar ratones entre las verduras.

    — Doy de comer a los gatos, a veces — dijo Danny-boy.

    La mujer recogió en un sólo plato los huesos que habían quedado.

    — Yo me encargaré de eso — dijo.

    Danny-boy la observó sin hacer comentarios, mientras ella tomaba el plato y descendía por las escaleras. Desde la azotea la vio salir por la puerta lateral del hotel. Parecía formar parte de la penumbra.

    La mujer colocó el plato en el suelo, se sentó en el borde de la acera y se quedó quieta, formando parte de la calle. Danny-boy la observaba desde la azotea. Le pareció que algo se movía en los portales y en las alcantarillas. Se iban reuniendo gatos: sombras oscuras con bigotes, ladrones sigilosos, carroñeros que estaban tan maltratados como boxeadores que hubiesen conocido tiempos mejores. Se escurrían de los arbustos, de los portales, como el agua que fluye. Un macho negro se deslizó hasta el plato, se apoderó del hueso mayor y se retiró. La mujer no se movió. Una hembra gris y delgada se acercó, con el vientre contra el suelo. Sin retirar la vista de la mujer, escarbó delicadamente los restos de comida. Un gato flaco de color carey saltó del borde de la acera para unirse a ella.

    Danny-boy la observaba desde la azotea. Tigre había dicho de la mujer: «Se comporta como si la hubiesen criado los lobos.» Danny-boy lo había negado, había defendido a la mujer y había dicho que, sencillamente, era tímida: tardaría tiempo en acostumbrarse a estar rodeada de tanta gente. Al observar a la mujer y a los gatos, juntos en la penumbra, dudó de sus propias palabras.



    SEGUNDA PARTE
    El misterio y la melancolía de una calle
    CAPÍTULO 9


    «Definición general de la civilización: una sociedad civilizada es aquella que posee estas cinco cualidades: la verdad, la belleza, la aventura, el arte y la paz.»
    ALFRED NORTH WHITEHEAD


    «Estamos locos de una forma muy diferente.»
    MARX ERNST


    LA MUJER SE DESPERTÓ LENTAMENTE; FLOTÓ PEREZOSAMENTE hacia la conciencia como un halcón que se remonta arrastrado por una corriente térmica. Sentía calor, y había algo blando debajo de ella. Le dolía el hombro, pero con un dolor lejano, y se había acostumbrado al mismo. Se preguntó vagamente dónde estaba.

    Abrió los ojos y vio un techo blanco. En la parte en que el techo se juntaba con la pared había un ribete de madera tallada en el que revoloteaban gruesos querubines entre guirnaldas de flores.

    Salió de la cama en silencio y se vistió. Se asomó a la ventana. Todavía no había salido el sol. Se veía confusamente la plaza Union, con la luz débil que precedía a la aurora.

    Encontró su ballesta y su cuchillo sobre una silla, en un rincón de la habitación.

    En la habitación de fuera, Danny-boy dormía envuelto en una manta de lana azul, sobre un montón de alfombras orientales. Jezabel levantó la cabeza para ver salir a la mujer, pero no la siguió.

    Fuera, la ciudad estaba gris de niebla. Los rascacielos del centro recogían los primeros rayos del sol naciente. Estaba poco dispuesta a volver a los desfiladeros desolados del centro, pero era demasiado inquieta como para quedarse en el mismo sitio, y se alejó de los edificios altos. Era buena hora para los conejos, si era capaz de encontrar un buen sitio para cazar.

    Anduvo con firmeza, agradeciendo el aire fresco. A pocas manzanas del hotel cambiaba el barrio: en lugar de tiendas y de restaurantes, había casas residenciales pared con pared, a ambos lados de la calle. Contempló las casas mientras andaba. La desconcertaban más que los rascacielos, en cierto modo. Había vivido gente en aquellas casas, pero ¿era posible que hubiese habido gente suficiente para llenarlas? No se podía imaginar tanta gente. Casa tras casa tras casa... cada una de ellas con una personalidad diferente.

    Desde el patio minúsculo de una casa de ladrillo rojo, unos enebros pequeños tendían sus ramas tiesas a través de las losas de la acera. Setos con hojas altas tapaban las ventanas y la puerta principal de un bloque de apartamentos de formas rectilíneas, con la fachada revestida de estuco. En el parterre que había frente a un edificio de estilo victoriano, el espliego se disputaba el terreno con la hierba y la mostaza silvestre. Dos leones vaciados en cemento lanzaban una mirada adusta entre una exuberancia de rosas: unos rosales grandes, picados por los parásitos, con espinas largas y unas pocas flores rojas oscuras.

    La mujer se sentía incómoda, rodeada de las huellas de tantos extraños. Mientras andaba, se dio cuenta que estaba mirando inconscientemente a las ventanas vacías, casi esperando ver aparecer rostros que la observasen, que advirtiesen la invasión de su territorio.

    Nunca le había importado estar sola. Había pasado casi toda su vida vagando sola por el campo, en la granja. Pero este lugar era diferente. No se sentía sola. La calle estaba llena de recuerdos que no eran los suyos. Miró instintivamente por encima de su hombro, pero nadie la seguía.

    Dio la vuelta a una manzana en la que un incendio había dejado vigas ennegrecidas y escombros revueltos. Se dirigía hacia arriba siempre que podía; buscaba un punto elevado desde el que se dominase mejor la ciudad. Las calles tenían cuestas pronunciadas, y pensó a veces en dar la vuelta o en buscar un camino más practicable.

    Pero siempre le parecía que el final de la cuesta estaba muy cerca. Siguió subiendo, a pesar del dolor de su hombro.

    En el momento en que el sol atravesaba la niebla, llegó al final de la cuesta y contempló un mar de hojas verdes a sus pies. La calle estaba alfombrada de hiedra. Los tallos resistentes habían rodeado los coches e invadido las casas. El follaje suavizaba las líneas de los edificios, y desdibujaba las esquinas pronunciadas. Había borrado todos los rasgos, salvo los más marcados: la cresta del tejado de una casa, una ventana salediza de otra. Las farolas eran torres de hiedra; los automóviles eran túmulos de hojas. De uno de tales túmulos salía una antena de radio, único indicio visible del coche que había debajo. Un único tallo de hiedra subía por la antena y trepaba hacia el sol.

    La mujer bajó de la colina, abriéndose camino entre las plantas. Podría haber dado la vuelta, pero aquel desfiladero cubierto de hojas, entre las casas llenas de hiedra, tenía algo de cautivador. El aire llevaba un olor verde y fresco, como en las orillas del arroyo invadidas por la vegetación que había cerca de la granja. Aquel lugar le recordaba un cuento que le había contado su madre una vez, algo de una princesa que se había pasado mil años durmiendo. La rosaleda que rodeaba el castillo del rey se había desbordado, y había formado muros de espinas para proteger a la princesa dormida.

    Soplaba el viento, y las hojas oscilaban. Le rozaban suavemente los tobillos al andar entre ellas. Las hojas que susurraban parecían cuchichear suavemente, contando secretos que ella no podía entender.

    La hiedra había cerrado la entrada de la mayoría de las casas, impidiendo el paso de forma permanente con redes de tallos entrelazados. Pero a la mitad de la manzana había una casa que tenía la puerta abierta. La hiedra rodeaba la apertura, dejando un hueco oscuro, como la entrada de una cueva. En algún lugar entre la hiedra, un pájaro cantó tres notas agudas. Las hojas de hiedra se agitaron, como en un saludo.

    Estaba al pie de la escalera, mirando dentro del portal, cuando oyó el choque rítmico de metal contra metal, un sonido discordante e inhumano que iba aumentando de volumen mientras ella lo escuchaba. Titubeó, pero subió las escaleras y se metió en el portal.

    Una criatura mecánica de cuatro patas pasó corriendo junto a la casa. Iba cuesta arriba. Le recordaba a los lagartos que tomaban el sol en el muro de piedra cerca de la granja y salían corriendo a esconderse cuando ella se acercaba. La piel de la criatura brillaba de humedad a causa de la niebla; sus patas se movían convulsivamente, desplazándola a una velocidad sorprendente. De su espalda salían unas aspas que chocaban entre sí. La criatura parecía no ser consciente de su entorno, y pasó apresuradamente por delante de la casa donde se escondía la mujer.

    Vio pasar a la criatura y luego dirigió la mirada al portal. La hiedra se acababa en el umbral, y no se aventuraba dentro de la casa. Justo detrás de la puerta habían crecido otras plantas en la alfombra: trébol, hierbas silvestres, borrajas, acederas. Las paredes blancas del zaguán estaban adornadas de verde oscuro: crecían algas dentro de la pintura, que se extendían a lo largo de fisuras que eran demasiado pequeñas para percibirlas a simple vista.

    Entró con cuidado en el cuarto de estar. El sol brillaba a través de las hojas que cubrían las ventanas, y llenaba el cuarto de luz verde apagada. El reloj de la repisa de la chimenea se había parado a las tres menos veinte.

    Había un tablero de Scrabble sobre la mesita de café baja. Varias palabras se entrecruzaban en la cuadrícula: MANTA, HOLA, GUANTE, TUMBA. Junto al tablero, la tapa del juego contenía fichas de madera con letras, puestas boca abajo. Había crecido una capa de moho sobre las fichas, que había dejado la madera del color del cobre deslucido. La mujer estudió el tablero y se preguntó para qué servía. Leyó las palabras, pero juntas no tenían ningún sentido. No tocó el tablero, y exploró el resto de la casa.

    Mucho tiempo atrás, los roedores habían roído todos los embalajes de la cocina hasta abrirlos, habían devorado su contenido, habían esparcido los envoltorios y habían cubierto el desorden con sus excrementos. Quedaban algunas latas oxidadas en un armario, rodeadas de los jirones de bolsas de plástico. En un rincón del suelo de linóleo había restos de pelaje y unos huesos revueltos, reliquias roídas del banquete de un gato.

    Se aventuró al piso superior. Había fotografías enmarcadas en las paredes blancas del rellano: un hombre y una mujer sonrientes, junto a sus dos hijas, observaban cómo la mujer se paseaba por su casa. Asomó la cabeza al cuarto de baño del piso de arriba, y un movimiento dentro del cuarto la sobresaltó. Levantó su ballesta antes de darse cuenta que la persona que la miraba desde el otro lado del cuarto no era más que su propio reflejo en un espejo de cuerpo entero.

    La puerta del dormitorio se abrió cuando ella hizo girar el pomo. El viento, que soplaba por una ventana rota, hacía deslizarse las hojas secas por el suelo de parquet. Había dos esqueletos tendidos en la cama; quizá los del hombre y la mujer de las fotos del rellano.

    Los pájaros y otros animales pequeños habían picoteado la carne en descomposición, y habían hecho agujeros en las mantas que cubrían los cadáveres. Las hormigas y los escarabajos se habían llevado los trozos de carne, y habían dejado unos huesos mondos sobre un amasijo de trapos destrozados. La mujer los dejó en paz; dejó la puerta del dormitorio bien cerrada tras ella y volvió al cuarto de estar.

    En el exterior de las ventanas del cuarto de estar, la hiedra murmuraba al viento.

    Volaban sombras por el cuarto, temblaban en el techo y se lanzaban a los rincones. Las sombras del papel de la pared parecían moverse, como si una brisa impalpable las impulsara. La luz verde que parpadeaba le hacía pensar en las formas de luz y sombra que se movían en el fondo del arroyo. Era difícil respirar; el aire parecía denso y pesado.

    La luz cambiante le mareaba y le daba vértigo, y le dolía el hombro herido.

    Se sentó en una silla de madera junto a la mesita de café. La mesa estaba moteada por el mismo moho que cubría las fichas del Scrabble. Oía cantar a un pájaro fuera de la casa, una canción dulce y elevada, que se debilitaba por la distancia. Permaneció sentada en silencio, escuchando. La casa hablaba: un sonido suave, como el crujido de una tabla del suelo bajo los pies. Un cristal de la ventana dio un golpe, sacudido por la misma brisa que hacía temblar la hiedra. El viento entraba por la puerta principal, que estaba abierta, y la casa suspiraba.

    Hasta ahora, había permanecido aislada de la ciudad por Danny-boy, por Tigre, por la señora Migsdale. Sola, sentía la ciudad a su alrededor: una construcción frágil y elaborada, un laberinto de calles tan complicado como los hilos de una tela de araña; casas en las que la gente había vivido, había dormido, había hecho el amor, y cada individuo había dejado una huella imborrable en el lugar. La ciudad la rodeaba, la tocaba con una presión sutil, como la presión del agua sobre su piel cuando nadaba en el arroyo.

    Sentía las corrientes cambiantes, hacia aquí y hacia allá, que la empujaban.

    Cerró los ojos un momento. Afuera, el pájaro se quedó callado. El viento producía un sonido sobre la hiedra parecido a un aleteo. En el silencio repentino oyó un pequeño chasquido. Otro. Un tercero. Esperó, pero el cuarto siguió en silencio.

    Se le pasó el mareo, y le pareció que el aire se hacía más ligero. Respiraba mejor.

    Abrió los ojos. Las sombras movedizas no eran más que formas causadas por el efecto de la luz entre las hojas. La luz verde jugaba sobre la tapa de la caja del Scrabble. Había ahora tres fichas boca arriba, que mostraban madera clara que no había sido afectada por el moho. La mujer se inclinó para mirar las tres letras: J, A y X. JAX.

    Pronunció la palabra en voz alta, y le gustó su sonido. «Jax.» Recogió las fichas de la caja y se las metió en el bolsillo. «Jax», dijo otra vez, aceptando su nombre. Se sentía a gusto con él. Sabía que le pertenecía.

    Cuando Jax abandonó la cabaña cerró la puerta con cuidado tras ella. Se quedó de pie encima de las escaleras, mirando las casas cubiertas de hiedra del otro lado de la calle. El sol de la mañana había disipado la niebla. Extrañamente, se sentía como en su casa en ese lugar.

    — Gracias — dijo a la hiedra y a la luz del sol —. Gracias por mi nombre.

    Esperó un momento, pero no sucedió nada.

    Volvió sobre sus pasos, otra vez hacia arriba de la colina. Desde la cima pudo ver lo que había sido antes un pequeño parque, que ahora parecía más bien una selva en miniatura. Se dirigió hacia allí.

    Al acercarse ella, tres conejos echaron a correr y se ocultaron. Deslizó una saeta en su ballesta y se sentó silenciosamente en un banco del parque, a sotavento de donde habían estado pastando los conejos. Uno de los conejos más valientes se aventuró a salir para comer. Poco después le siguieron los otros. Esperó hasta que uno estuviese bastante cerca, y lo abatió al primer tiro. Descuartizó el conejo allí mismo, y dejó las entrañas a los perros y gatos salvajes.

    Le empezaba a doler el hombro otra vez. Se dirigió hacia abajo, en la dirección aproximada del hotel. Al principio las calles que seguía le parecían más o menos iguales a las demás. Las alcantarillas estaban atascadas por vidrios rotos. Los automóviles descansaban sobre los restos de neumáticos podridos. Entre el óxido y la suciedad podía ver palabras cromadas: TOYOTA, DODGE, BUICK. Se preguntó qué querrían decir.

    A mitad del camino de vuelta al hotel, advirtió una chapa de metal que estaba tendida a lo ancho de la calle, colgada de farolas a cada lado. Alguien había perforado el metal; podía ver a través de los orificios de forma extraña. Jax se quedó perpleja un momento ante las formas: le resultaban familiares en cierto modo. Luego se dio cuenta que las formas eran letras del alfabeto puestas al revés e invertidas de derecha a izquierda, como si se vieran en un espejo. Les dirigió una mirada inquieta, mientras se preguntaba por qué habría hecho alguien un letrero de ese tipo.

    Avanzó un paso, mirando todavía el letrero. Detrás de la chapa habían colocado un espejo, que reflejaba la luz sobre sus ojos y le hizo bajar la vista. Sobre el pavimento, a sus pies, las manchas de luz reflejadas por el espejo formaban grandes letras que decían: EL JARDÍN DE LA LUZ.

    Siguió bajando por la calle con precaución. Aquí no había basura que llenase las alcantarillas; no había automóviles aparcados junto al bordillo. Los edificios a ambos lados tenían un blanco brillante, como si los acabasen de pintar.

    En la fachada moteada de luz junto a un árbol, vio un guiño de color: unos arcos iris quebrados saltaban por el estuco blanco, raudos como los lagartos al sol. Había prismas, cristales y trozos de vidrio biselado colgados de las ramas, que oscilaban con la brisa ligera. Cerca de la copa, una bola de espejos oscilaba perezosamente y enviaba puntos brillantes de luz del sol a todas partes. Jax levantó la mano, y los colores chispearon por sus dedos: rojo como una puesta de sol, verde como las hojas nuevas, azul como una pluma de arrendajo. El viento sopló y los colores se alejaron bailando; Jax miró su mano vacía con una sonrisa.

    Más abajo, en la misma calle, la luz del sol centelleaba sobre unas estructuras de forma extraña. Un obelisco cubierto de espejos reflejaba su cara en miles de facetas y descomponía su imagen en piezas que no encajaban exactamente. Su reflejo no tenía ojos. Movió la cabeza y miles de ojos la guiñaron desde las facetas. Al pasar, trozos de rojo de sus camisas y de azul de sus vaqueros parpadearon en la superficie reflectante, como pececillos en un estanque.

    Una flecha roja que apuntaba hacia abajo la invitaba a meter la cabeza por el orificio de otra estructura. Se asomó con cuidado, y luego metió la cabeza. El interior de la estructura, cubierto de espejos, reflejaba su cara infinitamente: una multitud de mujeres de pelo negro revuelto la rodeaba, todas ellas mirando con perplejidad a los reflejos de los reflejos de los reflejos. Giró en el centro, y las otras mujeres giraron vertiginosamente. Se rio con fuerza, y vio cómo las otras mujeres se reían en silencio.

    Volvió a sacar la cabeza por el orificio. La calle, por delante de ella, estaba llena de estructuras con espejos: cubos cuyas aristas medían varios pies; pirámides más altas que ella. Anduvo entre las formas gigantescas, empequeñecida por las superficies brillantes.

    Los espejos recogían su reflejo y lo distorsionaban: alargaban su cuerpo, lo encogían, lo ondulaban de formas imposibles. Se encontraba con su propio reflejo a cada vuelta.

    Titubeó con un poco de recelo. Frente a ella, las estructuras formaban un pasillo sinuoso. Volvió la vista atrás y no vio más que su propio reflejo, multiplicado mil veces.

    Desde cada superficie la desafiaban sus propios ojos.

    Hubo un parpadeo de movimiento a su derecha; lo percibió por el rabillo del ojo. Se volvió y vio que alguien corría entre dos cubos y escapaba por el pasillo lleno de espejos.

    Sólo vio un destello de pelo negro y una cara pálida, pero Jax reconoció a su madre, lo supo con una certeza que le paralizaba las palabras en la garganta. Por supuesto: la ciudad la había llevado hasta su madre. Llamó a su madre:

    — ¡Espera! ¡Estoy aquí! — pero la figura que corría desapareció tras una esquina.

    Sin pensarlo, Jax la siguió, sorteando los espejos. Intentaba oír el ruido de los pasos de su madre, pero sólo oía los suyos propios. Los espejos la cercaban, le cortaban el paso y la llevaban a callejones sin salida. Chocaba contra paredes de cristal, para rebotar y seguir corriendo en otra dirección. Para cualquier lado que mirase, sólo veía su propio reflejo. Dejó caer la ballesta y el conejo muerto, pero no se detuvo: antes hubiese dejado de respirar que de correr. Sus pies seguían el ritmo del latido desbocado de su corazón.

    Pasó por delante de una vidriera colocada en una pared del pasillo. La Virgen María sonreía desde la vidriera al pasar Jax. Jax siguió el pasillo sinuoso: tiró por el camino de la derecha en una intersección, por el de la izquierda en otra, luego otra vez por la derecha.

    María sonreía con una paciencia infinita cuando Jax volvió a pasar por delante de ella.

    Una intersección hacia la izquierda, otra hacia la derecha... y María volvía a aparecer a la vuelta de la esquina.

    Jax se apoyó en la pared frente a la vidriera, intentando recobrar el aliento. La luz del sol resplandecía a través del halo que rodeaba la cabeza de María. Sobre ella flotaban unos niños regordetes con alas cortas. Alguien había pegado un espejo entre sus manos.

    Jax cerró los ojos; no quería verse a sí misma.

    Respiró profundamente, y esperó a que su corazón recobrase su ritmo habitual. Su madre había desaparecido. Estaba sola, pero eso no le importaba. Encontraría una salida y buscaría a su madre en el resto de la ciudad. No necesitaba que nadie le ayudase.

    Su respiración se tranquilizó; los latidos de su corazón se fueron normalizando. En la oscuridad, tras sus párpados cerrados, oyó el canto de un pájaro a lo lejos. Luego, oyó otro sonido: se acercaban unos pasos de pies que se arrastraban. Abrió los ojos y echó mano a su cuchillo. Oyó que un hombre decía:

    — Tranquila. Quédate donde estás y te encontraré.

    Un hombre calvo con un traje gris desgastado dio la vuelta a la esquina arrastrando los pies, y siguió murmurando frases tranquilizadoras. «Bueno, todo va bien. Te sacaré de aquí».

    Su corbata, azul pálido (marcada en el centro con una mancha indefinible), hacía juego con sus ojos azules claros, que miraban nerviosamente desde detrás de unas gafas con montura de alambre.

    — Te he estado viendo desde la azotea — dijo, señalando hacia arriba vagamente —. Parecías un poco nerviosa, y creí que... — advirtió por primera vez el cuchillo en su mano.

    Extendió sus manos vacías. — No te hace falta eso. No te hace falta para nada.

    — ¿Has visto dónde ha ido mi madre? — preguntó ella.
    — ¿Tu madre? — sacudió la cabeza —. Eres la única persona que he visto.
    — La estaba siguiendo — insistió Jax —. Iba por delante de mí — sacudió la cabeza, mientras miraba los espejos que la rodeaban —. Vine a la ciudad para encontrarla. Sé que está aquí.
    — Ah — dijo él, sacudiendo la cabeza —. La ciudad gasta bromas a veces. Engaña a la gente — se encogió de hombros —. Puedes haberla visto. Pero ahora ya no está — extendió la mano —. Bueno. Ahora ven conmigo y te llevaré adonde dejaste caer ese arma tuya.

    Le asió de la mano a disgusto y le dejó que la guiase por el laberinto. En cada bifurcación, él seguía un camino sin dudarlo, hablando todo el tiempo.

    — Antes de la epidemia había laberintos como éste en los parques de atracciones y en las casas de la risa. Bueno, no eran como éste, por supuesto, pero se parecían. Creo que a la gente le agrada en cierto modo sentirse desorientados. Por supuesto, lo que yo pretendía era recoger algo del espíritu de la ciudad. La falta de control, la confusión, la incertidumbre.

    Jax miró a su alrededor, segura de que no había recorrido aquel pasillo antes.

    — Casi llegamos — dijo él —. Ah, aquí estamos.

    Recogió la ballesta, que estaba en el suelo a sus pies, aliviada al sentir la caja en sus manos de nuevo. Cogió el conejo muerto, y miró a su alrededor. El lugar le seguía pareciendo poco familiar.

    — ¿Sorprendida? — dijo él —. ¿No te parece el mismo sitio? — le dio ánimos con una sonrisa —. Te acostumbrarás. Es una buena práctica para la vida en la ciudad. Ahora ven por aquí y te enseñaré la salida. Por cierto, me llamo Frank. Y tú, ¿tienes nombre?
    — Jax — dijo ella. Le gustaba su sonido. Era un nombre breve, fuerte, anguloso.
    — Ya veo. Bueno, Danny-boy anda buscando una mujer que no tiene nombre. Supongo que tú no serás. Qué raro... no pensaba que hubiese dos forasteras vagando por ahí.
    — Es un nombre nuevo — dijo ella —. Danny-boy no lo conoce todavía.
    — En ese caso, Danny-boy te busca. Parece que creía que te habías perdido.

    Los espacios entre las paredes cubiertas de espejos se iban haciendo mayores.

    Cuando Jax vio la calle vacía por delante, se tranquilizó.

    — Aquí estamos — dijo Frank —. Espero que te encuentres mejor.

    Parecía nervioso y preocupado por ella.

    Ella asintió.

    — Estoy bien.
    — Ya te guiaré por el laberinto alguna otra vez, si quieres. Y te enseñaré las otras cosas que estoy preparando. He construido una cámara oscura en una casa de abajo, en la playa Norte. Y estoy construyendo un palacio de cristal al otro lado de la ciudad. Danny-boy sabe dónde está. Tendrás que venir a visitarme.

    Ella asintió.

    — Quizá lo haga.

    Él le sonrió.

    — Quizá sea mejor que te acompañe a casa. Te puedes encontrar cosas raras por la ciudad, si no conoces el camino.

    Siguió andando por la calle a su lado.

    Anduvieron juntos en silencio un rato. Ella estaba incómoda, pues se daba cuenta que él estaba estudiando su cara.

    — Sabes — dijo él —, no te pareces en nada a cómo te imaginaba.
    — ¿Qué quieres decir?
    — Tommy te describe como si fueras una salvaje, casi sin civilizar — hizo esta observación con un tono de voz natural que eliminaba la crítica que podía contener —. Por supuesto, le fascinas; pero eso se debe a que ha conocido a muy pocos forasteros. A la señora Migsdale le pareciste bastante reservada, un poco misteriosa. Y Danny-boy estaba preocupado por ti, parecía creer que te perderías o te harías daño — Frank dudó y frunció el ceño —. Bueno, no me entiendas mal. Me limito a recoger opiniones, eso es todo. Ver un tema a través de varias opiniones es un poco como moverse por una sala de espejos, ¿no te parece? Supone un cambio interesante de perspectiva.

    Ella asintió, intranquila, un poco mareada por tanta charla. Le dolía más aun el hombro, y de repente se sentía muy hambrienta.

    — Es importante no creerse demasiado la realidad del espejo — dijo él —. No puedes confiar en ella. Es como la ciudad. Todos la ven de forma diferente.

    Se encaminó hacia el hotel. La única realidad que le importaba era la de la comida y la de una cama para descansar. Podía ver al frente la alta torre del Hotel Hyatt, que estaba en uno de los lados de la plaza Union.

    — Conozco el camino desde aquí — dijo ella —. Gracias por tu ayuda.

    El asintió.

    — Está bien, te dejaré que sigas sola. Puedes encontrarme junto al laberinto de espejos casi todos los días. Vuelve a visitarme.
    — Lo haré.

    Jax descubrió a Danny-boy sentado en el sillón de la acera. Sostenía su esfera de vidrio en las manos y observaba cómo giraban los copos. Levantó la vista al oír sus pasos.

    — El parque de allí arriba tiene buenos conejos.

    Alzó el conejo muerto que llevaba.

    — Creí que a lo mejor te habías ido. Creí que te habías marchado para no volver.
    — ¿Por qué creíste eso? — él guardó silencio. Ella continuó: — Ya tengo nombre. La ciudad me lo dio.

    Sacó las fichas del bolsillo y las extendió para que él las viese.

    — Jax — leyó él —. ¿Es ése tu nombre?
    — Claro.

    Estaba cansada, pero contenta de tener nombre por fin. Levantó el conejo.

    — Podremos comernos la carne para cenar. También te curtiré la piel.
    — Te puedo guiar por la ciudad, sabes — dijo él —. Me gustaría. Es un lugar peligroso si no conoces el camino. Tienes que tener cuidado.

    Ella le miró con seriedad, sorprendida ante su preocupación.

    — Siempre tengo cuidado — dijo.


    CAPÍTULO 10


    CUANDO DANNY-BOY SE DESPERTÓ Y COMPROBÓ QUE la mujer ya no estaba allí, se había dejado dominar por el pánico. Estaba acostumbrado a la vacuidad: calles vacías, casas vacías, ciudad vacía. Pero la vacuidad del dormitorio era diferente a todo eso. Era como el silencio repentino que se produce cuando una persona deja de cantar de repente a mitad de canción.

    Se la había imaginado perdida, confusa, herida, atrapada. Se caería a través del suelo podrido de una casa, le mordería un perro salvaje rabioso. Se quedaría desconcertada ante el laberinto de calles, no sería capaz de volver sobre sus pasos al hotel. Se iría de la ciudad y no la volvería a ver. Se imaginaba lo peor.

    — No sabía qué decir cuando volvió — contó Danny-boy a La Máquina. Estaba sentado sobre el capó de un Chevrolet rojo cereza modelo del 67, y miraba cómo La Máquina se ocupaba de un equipo industrial para pintar. Antes de la epidemia, el taller de La Máquina había sido un taller de chapa de automóviles, y quedaban algunos coches. El suelo estaba cubierto de grasa y salpicado de pinturas de vivos colores —. Tenía miedo de que se hubiese ido para siempre.

    La máquina trasteó en el aparato, apuntó la boquilla a la pared y puso en marcha el compresor. El chisme expulsó un borrón de pintura y se puso a escupir gotas que volaban en todas direcciones. La Máquina lo apagó. Con las pinzas delicadas de su tercera mano empezó a desmontarlo.

    — Parece tan de paso — dijo Danny-boy —. Como si pudiese desvanecerse en cualquier momento. Puf, desapareció — agitó las manos —. Nunca sé lo que está pensando. No dice gran cosa.

    La máquina se encogió de hombros. Seguía desmantelando la boquilla y colocaba las piezas sobre el suelo de cemento. El mecanismo de su mano daba chasquidos suaves al moverse.

    — Eso puede ser una ventaja. La mayoría de la gente de por aquí habla demasiado.

    Danny-boy sacudió la cabeza, sin prestarle atención en realidad.

    — No sé qué habría hecho si se hubiese ido. La hubiera intentado encontrar, supongo.

    La Máquina frunció el ceño, pero Danny-boy no supo si era a causa de su trabajo con las piezas de la boquilla o por las palabras de Danny-boy.

    — No te cae bien — dijo Danny-boy —. ¿Por qué no?

    La Máquina empezó a limpiar cada pequeña pieza con disolvente de pintura.

    — La mayoría de la gente no me cae bien — dijo —. Porque a la mayoría de la gente no les caigo bien.
    — ¿Cómo sabes que no le caes bien? No te conoce.

    La Máquina sacó brillo concienzudamente a una pequeña arandela de bronce y la colocó en el suelo con las demás piezas.

    — Culpable mientras no se demuestre lo contrario. No me fío de ella.

    Danny-boy sacudió la cabeza.

    — Ella es diferente. No sé lo que tiene...

    La Máquina le interrumpió.

    — Ya sé lo que es — levantó la vista de la boquilla. Tenía la voz cargada de sarcasmo —

    ¿No lo reconoces? Es el amor. También llamado hormonas. Reacciones biológicas. Habla la carne, no el corazón. Es una de las muchas razones por las que me alegro de ser una máquina.

    — Las reacciones biológicas no tienen nada de malo — dijo Danny-boy con tranquilidad —. ¿O sí?

    La Máquina murmuró algo, pero no levantó los ojos. Danny-boy supo que La Máquina evitaba su mirada.

    — ¿Cuál es el problema? — dijo Danny-boy.
    — Ya sabes cuál es el problema — dijo La Máquina. Respiraba más agitadamente —. Te dejó y te causó dolor. Es una reacción biológica. Dolor — lanzó una mirada furiosa a Danny-boy —. Y esto no es más que el principio: cuanto más quieres, más dolor recibes.

    Es una sencilla ecuación.

    — Pero, LM — empezó a decir Danny-boy.
    — Si yo no fuese una máquina, me habría muerto con los demás en la epidemia — dijo La Máquina —. Me habría muerto en la casa vacía, donde sólo las máquinas funcionaban y se ocupaban de lo suyo como si no hubiese pasado nada. Todo había cambiado, pero a las máquinas no le importaba. Me di cuenta que es mejor que no te importen las cosas.

    Danny-boy se miró las manos. Sabía que toda la charla del mundo no bastaría para convencer a La Máquina.

    — No todo es malo, LM — dijo —. No puedes limitarte a mirar el dolor. Tienes que...
    — Es peligroso — le cortó La Máquina —. Ten cuidado; no te digo más. Cuidado con lo que haces.

    Cuando Danny-boy regresó al hotel encontró a Jax dormida sobre el sillón. Un rayo del sol del atardecer se deslizaba entre los edificios para ponerla de relieve. Estaba hecha un ovillo, como un gato que duerme. Tenía la esfera de vidrio en el regazo. En su sueño sonreía, con una cara serena y pacífica. Un mono joven la miraba, posado sobre el respaldo del sillón.

    Danny-boy nunca había estado enamorado antes de verdad. Cuando tenía quince años había cortejado algún tiempo a una de las hijas de Duff, una bonita rubia que soltaba una risita cada vez que él decía algo. Se habían besado en las sombras, junto al lago, y él recordaba el tacto sedoso de su pecho bajo su mano. Al parecer, Duff se había enterado.

    A finales de la semana siguiente, ella estaba comprometida con un granjero de Marin; su padre había arreglado la boda. Danny-boy se había lamentado por ella una temporada, pero no le había importado mucho.

    Jezabel corrió hasta el sillón, y el mono saltó al suelo y trepó al toldo de la entrada del hotel. Una vez allí, dirigió sus charloteos al perro.

    — ¿Jax? — llamó Danny-boy en voz baja.

    Jax abrió los ojos y conservó un momento la sonrisa de su sueño.

    — Se me hace raro tener nombre — murmuró —. Creí que nunca lo tendría.

    Él se sentó en el otro sillón.

    — Ese nombre te sienta bien.
    — ¿Sí? — se enderezó, bostezando —. Eso me pareció. Pero no lo sabía seguro.
    — Es así.

    Se calló, sin saber que decir. Quería inclinarse hacia ella y tomarla de la mano, pero tenía miedo de que aquello volviese a traer a su cara el gesto de cautela.

    — La señora Migsdale pasó por aquí — dijo —. Me pidió que te recordara que esta noche hay una reunión de la ciudad en el Ayuntamiento. Dijo que yo debería asistir para decir a la gente lo de Cuatroestrellas.
    — Desde luego — dijo él —. Podré presentarte a todo el mundo. Después de todo, si vas a quedarte por aquí una temporada, lo mejor será que vayas conociendo a la gente.
    — Tienes razón, supongo.

    Él sonrió aliviado. O sea, que ella sí pensaba quedarse por allí.

    — Fenomenal. Es fenomenal.

    Ella le miró como si estuviese loco, pero en aquel momento eso a él no le importaba.

    Ardía una hoguera al pie de la escalinata de mármol que quitaba el frío del aire de la tarde. El alto techo abovedado de la rotonda estaba negro del hollín de fuegos anteriores.

    Más allá de la luz que el fuego lanzaba, unas velas hacían charcos de luz amarilla. Los relieves primorosos que decoraban los muros de la rotonda estaban cubiertos de goterones de cera.

    Cuando llegaron Danny-boy y Jax ya se había reunido una multitud. El olor dulzón de la marihuana se mezclaba con el humo de la leña. En un extremo del salón, Gambito tocaba un instrumento de percusión que había construido a base de material de laboratorio de vidrio. Un tocador de armónica y un guitarrista improvisaban con él. La gente estaba sentada o de pie a su alrededor, en grupos ruidosos, hablando y riendo. La música de Gambito burbujeaba entre las conversaciones como el agua que fluye sobre los guijarros pulidos.

    — ¡Eh, Danny-boy!

    Danny-boy levantó la vista y vio que Serpiente le hacía una seña desde un grupo de personas en lo alto de la escalinata.

    — Ven aquí; tenemos que hablar contigo.

    Serpiente llevaba ropa de cuero, como siempre. Tenía la oreja izquierda retorcida, un pliegue nudoso de carne que se parecía un poco a un capullo que empezase a florecer.

    Una cicatriz arrancaba de la oreja deformada y se extendía por el borde de la mandíbula.

    Se afeitaba la parte izquierda del cráneo, como si quisiese llamar la atención hacia la cicatriz. En el cuero cabelludo desnudo tenía tatuada una serpiente de cascabel, que se dirigía a la maleza protectora de su pelo oscuro y rizado. Por una vez no llevaba gafas oscuras, y sus ojos parecían curiosamente desnudos.

    Danny-boy le devolvió la seña. A Jezabel no le gustaban las multitudes, y permanecía a su lado, pegada a una de sus piernas. Jax estaba al otro lado. Danny-boy la miró. Ella había acercado la mano derecha al cuchillo.

    — Te presentaré a todo el mundo — dijo, intentando tranquilizarla —. Ése es Serpiente.

    Seguramente quiere hablarme del puente Golden Gate. Y allí está la señora Migsdale; ya la conoces. Está hablando con Libros, que vive en la biblioteca. Estoy seguro que Tigre está por aquí. Los que están alrededor de Serpiente son todos pintores murales. Los que están junto al fuego son todos poetas de un tipo u otro. Todo el mundo se alegrará de conocerte.

    La expresión de Jax no varió. El rozó su mano suavemente.

    — Todo irá bien.

    Ella asintió, pero su expresión siguió siendo intranquila.

    Serpiente volvió a llamar a Danny-boy, y éste se dirigió hacia el grupo, llevando a Jax de la mano. Saludó a amigos por el camino, y les presentó a Jax.

    — Esta es mi amiga Jax. Eso es, la mujer que no tenía nombre. Ahora tiene nombre.

    Jax, te presento a...

    Rose, Mercedes, Zatch, Ruby, Marie, Lily. Jax saludaba con la cabeza de forma distanciada a cada persona que le presentaba. Le agarraba de la mano fuertemente.

    Tardaron casi media hora en subir la escalinata.

    Como había previsto Danny-boy, Serpiente quería hablar del puente Golden Gate. Se había estado dedicando a convencer, a algunos de los artistas del grupo que le rodeaba, de que deberían ocuparse de sectores del puente. Danny-boy echó un trago de vino casero de una botella que le pasaron, y asintió.

    — Así es. El diseño depende de vosotros. Podéis usar el tono de azul que queráis, pero tiene que ser azul.
    — ¿Por qué azul? — preguntó un pelirrojo enjuto, al que llamaban el Viejo del Sombrero —. No me gusta el azul.

    Danny-boy se encogió de hombros.

    — Fue idea de Duff. El eligió el color. Si no te gusta, no te apuntes.
    — ¿Quién decide lo que es el color azul? — preguntó otro —. Mi concepto es muy amplio.
    — Yo lo decido. Pongo la pintura.
    — Me apuntaré — dijo el Viejo del Sombrero —. Supongo que hay colores peores.
    — Yo también — dijo el artista que tenía un concepto muy amplio del color azul. Otros varios asintieron.
    — Estupendo. Venid al puesto de peaje el sábado que viene a mediodía, y os repartiré por secciones. Si queréis empezar antes, hablad conmigo después de la reunión y arreglaremos algo.

    Anotaba los nombres de los artistas que querían pintar, cuando Libros empezó a pedir silencio.

    — Orden, por favor — gritó el viejo —. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos.

    Danny-boy miró a su alrededor, y descubrió que Jax y Jezabel se habían esfumado.

    — ¿Dónde ha ido Jax? — preguntó a una mujer que estaba a su lado, pero ésta se limitó a pedirle silencio, y le indicó que se sentase para que pudiese empezar la reunión. Se sentó a disgusto.
    — ¿Hay algún anuncio? — dijo Libros. Algunas personas hicieron anuncios: Mario, un poeta que tenía una barca de pesca, disponía de una partida de salmonetes ahumados para comerciar; Frank buscaba más provisiones de prismas, y agradecería cualquier sugerencia; el viernes a las cinco se estrenaría una obra de teatro junto a la fuente Vallencourt, si el tiempo no lo impedía; Libros organizaba un recital de poesía en la biblioteca, el sábado al caer el sol; se rogaba a los participantes que llevasen velas.

    Durante los anuncios, Danny-boy recorría con la vista la multitud en busca de Jax. Por fin la vio sentada junto a la señora Migsdale. Tenía cara de susto.

    — Asuntos de la comunidad — anunció Libros. El primer asunto era un largo pleito entre dos escultores. Los dos habían decidido erigir una gran obra de arte en el aparcamiento de Twin Peaks. Bartlett, hombre con aspecto de oso y con una voz sorprendentemente suave, había empezado a erigir una reproducción de Stonehenge, utilizando neveras en lugar de piedras. Explicó con gran detalle que el emplazamiento en Twin Peaks era el único sitio que había encontrado en la ciudad donde se podían observar los fenómenos astronómicos adecuados. Zatch, un hombre negro delgado que vivía con Ruby, había planeado una escultura cinética para el mismo lugar.
    — Necesito un lugar en el que haya mucho viento — dijo —. Ese aparcamiento era ideal.

    Danny-boy no hizo caso de la discusión subsiguiente. Ya la había oído antes. Varias veces al año surgían conflictos de este tipo y generaban lo que parecían ser unas discusiones inacabables. Lo habitual era que el artista más enérgico o testarudo aguantaba más, y se quedaba con el sitio. El otro se rendía y buscaba otro sitio.

    — Apostaría por Bartlett — dijo Serpiente al oído de Danny-boy —. Está un poco loco, y los locos tienen aguante.
    — No hay apuesta — respondió Danny-boy —. Creo que tienes tazón. Antes oí a Zatch hablar de los principios del asunto.

    Serpiente sacudió la cabeza.

    — No tiene suerte. Los principios no importan tanto como el aguante.

    Después de mucho discutir, el asunto se remitió al comité. Zatch se sentó, meneando la cabeza.

    — La semana que viene ya habrá encontrado otra ubicación — murmuró Serpiente.
    — Me gustaría presentar a una recién llegada a la ciudad — decía Libros —. Tiene algo que decirnos.

    Hizo señas a Jax para que se adelantase hasta la luz.

    Danny-boy vio cómo echaba una mirada a la señora Migsdale y salía adelante. Tenía los ojos muy abiertos, llenos de pánico, y tenía la mano apoyada en el mango de su cuchillo.

    Algunas personas estaban hablando al fondo. Jax esperó sin hablar hasta que guardaron silencio.

    — Me llamo Jax — dijo en voz baja. Demasiado baja, pensó Danny-boy antes de darse cuenta que la gente se había quedado callada y se inclinaba hacia adelante para oír mejor —. Me crie en Woodland, que es un pueblo que está cerca de Sacramento. He venido para deciros que un hombre que se llama Cuatroestrellas va a invadir San Francisco.

    Miró a la señora Migsdale, miró al suelo. Danny-boy creyó por un momento que podía salir corriendo de la sala, pero se limitó a quedarse callada un momento, y luego continuó:

    — En el mercado oí que ya ha invadido otros sitios. Tomó Fresno el año pasado, Modesto el anterior. No sé mucho sobre ello, pero sé que odia a San Francisco. Os echa la culpa de la epidemia, dice que acaparáis los recursos. Dice que vosotros invadiréis Sacramento si él no invade San Francisco. Dice que quiere reunificar el país. Tampoco sé mucho de eso. No sé mucho de ese sitio que Cuatroestrellas llama los Estados Unidos.

    Pero os diré una cosa: si Cuatroestrellas cree que los Estados Unidos son buenos, a mí no me gustan. No me gustan nada — volvió a detenerse, con la cara seria y controlada —. Mi madre venía de San Francisco. Me dijo que viniese a advertiros. Dijo que tendríais que luchar. Tendréis que matar a Cuatroestrellas. Tendréis que matarlo, u os matará a todos.

    Miró fijamente a Danny-boy.

    — Es todo lo que tengo que decir, supongo.

    Danny-boy no intervino en la discusión subsiguiente. Libros sugería preguntas, y Jax las respondía, casi todas con un «no lo sé». No sabía de cuántos hombres disponía Cuatroestrellas, no sabía la fecha en que planeaba llevar a cabo su invasión, no sabía qué tipo de material utilizaría.

    — La gente lleva años hablando de este fantoche de Cuatroestrellas — dijo Serpiente en voz baja, al oído de Danny-boy —. ¿Qué tiene esto de nuevo?

    Danny-boy contempló a Jax, que estaba de pie junto a Libros. A la luz del fuego, lanzaba una sombra enorme que bailaba sobre el muro curvo.

    — Parece que Jax cree que esto va a suceder pronto.
    — ¿La crees?

    Danny-boy asintió lentamente.

    — Eso creo. Ojalá no la creyera.

    Serpiente sacudió la cabeza.

    — No me convence.

    Unas pocas personas propusieron medidas militares inmediatas. Otros propusieron alianzas: con los Dragones Negros de Oakland, con los granjeros de Marin. Danny-boy se recostó sobre la escalinata de mármol; sabía que no se decidiría nada aquella noche.

    Escuchó las bravatas de los artistas, que decían lo que le harían a Cuatroestrellas si pusiese el pie en la ciudad.

    La señora Migsdale y Libros fueron los últimos que abandonaron el Ayuntamiento; se quedaron atrás para apagar los rescoldos de fuego y las velas. Cruzaron juntos la plaza del Centro Cívico y se dirigieron a la biblioteca. La luna menguante retocaba de plata los árboles; el viento de la noche arrancaba algunas notas agudas del arpa eólica.

    — Danny-boy estaba irreconocible esta noche — comentó la señora Migsdale.
    — No me dirigió más de dos palabras en toda la tarde — gruñó Libros —. Me arrancó prácticamente a aquella señorita, e insistió en que se tenía que ir a casa a descansar.
    — ¿Qué te pareció la señorita?
    — Muy agradable — dijo Libros —. Le sugerí que viniese a visitarme a la biblioteca. Parece muy interesada por la historia de la ciudad.

    La señora Migsdale enarcó las cejas.

    — Me cae bien, pero yo no la llamaría agradable. Estoy dispuesta a jurar que sacó los colmillos cuando Zatch sugirió que intentásemos negociar con Cuatroestrellas.
    — Bueno, mujer. Simplemente estaba un poco nerviosa. No estaba acostumbrada a dirigirse a grupos.
    — Danny-boy también estaba con los nervios de punta — dijo pensativamente la señora Migsdale —. Pero supongo que se aliviará algo la tensión después de que hayan dormido juntos.

    Libros se detuvo y la miró detenidamente.

    — Elvira, a veces me escandalizas.

    La señora Migsdale le miró.

    — Pero Edgar, debes reconocer que estabas pensando lo mismo.
    — Creo que no es así.
    — Bueno, entonces es que estás pasando por alto cosas evidentes, y eso es una mala costumbre para un investigador. Ahora, vamos; salgamos del frío.

    Libros la siguió a través de la plaza.

    — Creo que estás llegando a conclusiones precipitadas — dijo, cuando llegaron a la escalinata de la biblioteca —. ¿Cómo sabes que ella no se irá de la ciudad? Acabas de decir que era bastante salvaje.
    — No exactamente salvaje — dijo la señora Migsdale —. Tímida, con una timidez más bien salvaje. Pero apostaría por Danny-boy. Siempre ha tenido maña con las cosas salvajes.


    CAPÍTULO 11


    MERCEDES HABÍA PASADO SU INFANCIA RECOSTADA SOBRE el guardabarros del Chevrolet modelo 1965 de su hermano mayor y viendo a Antonio trabajar bajo el capó. Antonio era siete años mayor que ella. Había dejado el instituto cuando ella estaba todavía en la escuela elemental. Cuando ella estaba en el primer curso de instituto, él había dejado el hogar de la familia para compartir un apartamento con dos amigos; venía a cenar los domingos para que su madre estuviese contenta.

    Antonio había trabajado en la gasolinera de la esquina; despachaba gasolina, arreglaba coches, trasteaba en su propio Chevrolet pequeño. Después de clase, Mercedes iba a la gasolinera a pasar el rato y veía trabajar a su hermano. Las tardes de los domingos le había ayudado a dar cera a su coche, esparciendo pasta blanca por el acabado, que ya brillaba, y frotándolo y puliéndolo hasta que se veía la cara reflejada en la pintura negra brillante.

    Debajo de cada una de las uñas de Antonio había permanentemente incrustada una línea de grasa. En la muñeca izquierda tenía un tatuaje que decía «Mary-Ann». Antonio se había hecho el tatuaje él mismo, cuando estaba en el primer curso del instituto, con una aguja y la tinta de un bolígrafo. A pesar de ello, la muchacha le había dejado. Era una rubia que se estaba preparando para el equipo de animadoras de partidos.

    Al padre de Mercedes no le agradaba que ella pasase el rato en la gasolinera. Pero tampoco le gustaban los chicos con los que ella salía (tipos duros de mala reputación), ni su música, sus amigas, sus constantes palabrotas. Por lo cual había seguido yendo a la gasolinera y les decía a sus padres que iba a estudiar a la biblioteca.

    Mercedes había ayudado a veces a su hermano con las reparaciones: tras años de verle trabajar, era rápida y experta. Sus manos pequeñas podían llegar a sitios a los que no llegaban las de él. Tenía una capacidad para diagnosticar las averías de los coches que rayaba en lo milagroso: inclinaba la cabeza hacia un lado, escuchaba el repiqueteo o el suspirar o el girar de un motor, y era capaz de dar un presupuesto de la reparación sin equivocarse en más de un dólar. Había planeado meterse a trabajar en la gasolinera con su hermano al terminar el bachillerato y ahorrar para comprarse ella también un Chevrolet pequeño. Pero las cosas no salieron así.

    Su madre había sido la primera de la familia que cayó enferma de la epidemia.

    Después, su padre. Mercedes se había encargado de sus padres; les llevaba comida y agua; les extendía paños húmedos por la frente, compraba medicinas en la farmacia que ofrecían aliviar los dolores y el malestar de la fiebre. Volvió de la sala de urgencias del hospital con las manos vacías. Los periódicos estaban llenos de artículos sobre la epidemia: daban advertencias, pero no ofrecían esperanzas.

    Aunque nunca había tenido demasiada fe en Dios ni en la Iglesia Católica, rezaba mientras cuidaba a sus padres, rogaba a la Virgen María que le ayudase, pedía a Jesús que curase a su padre y a su madre. Una vez, después de haber pasado una noche sin dormir, se quedó dormida en el sillón junto a la cama de sus padres, a última hora de la mañana. Cuando se despertó por la tarde, tanto su madre como su padre estaban quietos y callados; yacían sin vida bajo una manta delgada. Su madre recostaba la cabeza sobre el brazo de su padre.

    Se dirigió a la gasolinera para decírselo a Antonio y lo descubrió desvanecido en el asiento trasero de su coche. Tenía la frente caliente y seca. Cuando lo despertó, no pareció reconocerla.

    Sacó las llaves del coche de su bolsillo y lo condujo a casa de su familia. Allí lo cuidó, aunque ella misma estaba enferma. Pero el té, el zumo de naranja, las medicinas para el resfriado y las oraciones no sirvieron de nada. Murió, como habían muerto tantos. Ella se quedó junto a su cama, mirándolo. Tenía las manos pálidas, salvo la línea negra de grasa bajo cada uña. El tatuaje oscuro resaltaba sobre la piel.

    Con la vieja chaqueta de su hermano, que llevaba el nombre del instituto, abandonó la casa de su familia. Estaba enferma, con fiebre, pero la asaltaba una inquietud airada que la impulsaba a correr por la ciudad vacía, gritando con una voz seca y ronca. Llevaba la manivela de desmontar las ruedas del coche de su hermano, y la utilizaba para romper los escaparates; el ruido del cristal roto le deleitaba.

    En la esquina de las calles Valencia y 19 un grupo de saqueadores la detectó y corrió hacia ella, pero ella alzó la manivela con gran autoridad y deliró con voz alta y febril sobre la Virgen María y la sangre de Jesucristo. Salieron corriendo, más por miedo a la fiebre que a la manivela, pero ella nunca lo supo. Bajó por la calle Valencia destrozando los parabrisas de los coches y de los camiones, hasta que no pudo seguir andando.

    Descubrió una cama en la parte trasera de una tienda de muebles, a la que entró por una puerta que otros saqueadores habían destrozado. Se dejó caer en la cama y durmió largo rato.

    Se despertó sedienta, pero todavía viva. Tomó un trago del surtidor de la oficina del director y se puso a andar sin destino conocido. La luz del sol le hacía cerrar los ojos y tenía que ir sorteando los trozos de vidrio roto que llenaban la acera. De vez en cuando pasaba junto a un cadáver: un hombre maduro desplomado al volante de un coche, una anciana encogida en un portal, un joven (quizá uno de los saqueadores que la habían amenazado) extendido sobre el escaparate de una joyería, entre las piedras preciosas y el vidrio roto.

    Antonio marchaba junto a ella y le hablaba. Estaba muy pálido. Ella percibía los trozos de vidrio roto en la acera a través de sus pies. Estaba muerto.

    — ¿No vas a hablar conmigo? — preguntó él.
    — No puedo — dijo ella —. Estás muerto.

    Tenía un cigarrillo encendido en una esquina de la boca; llevaba las manos en los bolsillos, metidas hasta el fondo.

    — Sí — dijo —. Supongo que así es.

    Al cabo de un momento, ella preguntó:

    — ¿Qué se siente al estar muerto?

    Él se encogió de hombros y dio otra calada al cigarrillo.

    — No me tengo que preocupar de que fumo demasiado — dijo.
    — Quiero morirme — dijo ella.
    — Ah, muchacha, eso no es verdad.
    — Tony, sí que quiero. Quiero morirme. Mamá está muerta, papá esta muerto, tú estás muerto. Yo también quiero morirme.

    Se frotó el pelo hacia atrás con las manos.

    El sacudió la cabeza, enfadado.

    — No quiero oírte decir esas cosas. Son estupideces.
    — Hablas como papá — dijo ella. Él se apartó de ella, y se arrepintió inmediatamente de lo que había dicho; recordaba las discusiones de Tony con su padre —. Eh, lo siento. Tony, ¡espera! No quise decirlo.

    Él se detuvo y la esperó.

    — Quizá tuviese razón papá a veces — dijo él. A ella le resultaba difícil ver su expresión: su cara estaba cada vez más transparente —. ¿Lo has pensado alguna vez?
    — ¿Por qué tendría que seguir viviendo? — le preguntó ella.
    — ¿Tienes que tener un motivo? — preguntó él. Volvió a encogerse de hombros —. Ahora puedes hacer lo que quieras. Vivir donde quieras. Coger lo que quieras.
    — Eso no me importa.

    Por su cara pasaba la sombra de una sonrisa: sus enfados no duraban mucho.

    — ¿Pero tienes que tener un motivo? Muy bien, entonces quédate viva para cuidar de mi coche. Te lo dejo. Eres responsable de él. ¿De acuerdo?
    — Tony, eso es una tontería — dijo ella —. ¿Por qué tendría que...?

    Estaba hablando sola. Estaba de pie en medio de la calle, a dos manzanas de su casa.

    Anduvo hasta la casa, pero no entró. Tomó el coche de Tony y circuló por la ciudad, buscando un lugar bonito en que vivir.

    Eso había pasado hacía mucho tiempo. El día en que Jax consiguió su nombre, Mercedes estaba agachada en el jardín de la plaza Union, recogiendo los últimos tomates de las matas desordenadas. Levantó la vista y vio a Antonio de pie en el camino más próximo. Ella se sentó sobre sus tobillos y lo miró. En los años después de la epidemia se le había aparecido cada pocas semanas, pasaba un rato charlando con ella. Pero llevaba años sin verlo.

    Fumaba un cigarrillo y miraba a lo lejos. Seguía llevando la misma chaqueta vaquera destrozada, los mismos pantalones vaqueros llenos de grasa.

    — Eh, muchacha — dijo.
    — Ya no soy una muchacha, Tony — le dijo —. Ahora soy más vieja que tú.
    — Puede. Pero sigo siendo tu hermano mayor — dio una calada al cigarrillo —. He venido a avisarte.
    — ¿De qué?
    — Viene un ejército — dijo él —. Será mejor que os preparéis.
    — Eso dijo la forastera.
    — Haz caso a esa forastera, muchacha. Sabe lo que dice.
    — Prepararnos, ¿cómo? — preguntó.

    Dejó colgar el pitillo de sus labios y extendió las manos como si no hubiese palabras para describir las preparaciones necesarias.

    — Eso depende de vosotros. Yo no hago más que decir que se avecina un problema. Al fin y al cabo, depende de vosotros.

    Tony dejó caer su cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie. Y entonces desapareció, dejando un aroma a humo de cigarrillo que le llenó de nostalgia de los días pasados.

    Danny-boy cortejaba a Jax con precaución, como alguien que quisiera agarrar una mariposa sin dañarla. O, mejor, como alguien que quisiese atrapar una avispa sin que le picase. Fuera como fuese, tenía cuidado: iba despacio.

    La observaba subrepticiamente, hechizado por la cautela que veía en sus ojos. A veces, cuando ella estaba dormida se deslizaba a su dormitorio y se sentaba junto a su cama. Se le tranquilizaba la cara al dormir. Su pelo negro y revuelto formaba rizos sobre sus mejillas; tenía un gesto serio y sincero. Sus manos, que asían la manta que la cubría, eran tan pequeñas. A veces, durante el día — pescando percas, poniendo una trampa para los conejos, registrando una ferretería en busca de pintura azul —, se daba cuenta de que pensaba en sus manos: tan pequeñas, pero encallecidas por el trabajo y la vida dura.

    Él preparaba la cena cada tarde, y se sentaban juntos en la azotea y veían ponerse el sol. Ella no hablaba mucho. Respondía a sus preguntas, si se las hacía, pero sus respuestas eran cortas y directas, echadas al aire rápidamente.

    — ¿Qué has hecho hoy? — preguntaba él.
    — Andar — contestaba ella.
    — ¿Dónde fuiste?

    Ella movía la cabeza hacia el oeste, pero no decía nada más.

    Él le propuso guiarla por la ciudad, pero ella lo rechazó, sacudiendo la cabeza rápidamente. Dejó pasar un día, y volvió a sugerir que podría guiarla. Sus ojos se llenaron de cautela, y pareció encerrarse en sí misma, como un gato que se agazapa para saltar o para huir. No repitió su oferta por tercera vez.

    Ella no charlaba, parecía satisfecha con el silencio. Él empezaba a hablar para llenar el silencio, y se daba cuenta de que estaba divagando, contándole su vida, sus proyectos, sus sueños. Su silencio le incitaba, era un vacío que esperaba ser llenado. Le habló de Esmeralda; le contó lo que recordaba de sus padres; le habló de cómo había crecido en la ciudad.

    Le traía regalos: un ramo de flores exóticas recogidas en las ruinas del invernadero del parque Golden Gate, un parasol chino de papel con pinturas de garzas en vuelo, un gorila de plástico al que se daba cuerda y que escupía chispas al andar. Aceptaba cada regalo cortésmente, pero parecía confundida, como si no supiese qué pensar de él.

    Por el día la dejaba sola, y se retiraba a su trabajo en el puente Golden Gate. Una tarde de niebla, algunas semanas después de que Jax hubiese llegado a San Francisco, estaba en el puente esperando a Mercedes y a Serpiente.

    Se echaba encima la niebla. Veía al oeste un banco de neblina blanca que flotaba lentamente hacia la ciudad. Los primeros brotes flotaron perezosamente junto a los cables del puente. Hacia el este veía la isla de Alcatraz y los edificios del centro, pero sabía que la niebla los ocultaría en pocas horas. En algún lugar bajo el puente, aullaba un león marino.

    Se paseó por el puente mientras admiraba el trabajo que se había realizado hasta entonces. Danny-boy no pretendía marcar el estilo de la sección de cada artista.

    Proporcionaba los materiales y asignaba un espacio. Después de aquello, todo dependía del artista. Algunos artistas preferían los espacios amplios que ofrecían los enormes cables de soporte y las bases de las torres. Otros agradecían el desafío que suponía la barandilla, con su superficie mínima.

    Una de las obras favoritas de Danny-boy era un desnudo recostado que estaba pintado en los barrotes estrechos que sostenían la barandilla. Tenía los dedos de los pies en la plaza de los puestos de peaje y la cabeza a unos 30 metros dentro del puente. Desde casi todos los ángulos, las señales azules oscuras sobre el fondo azul pálido parecían líneas al azar que no conectaban entre sí. Pero si uno se ponía en el lugar preciso, quedaban claras de repente las relaciones; el ojo llenaba los espacios entre los barrotes y aparecía el desnudo azul.

    Danny-boy sonrió al pasar por una sección de barandilla marcada de huellas de pies.

    Un bailarín había pintado la barandilla de azul turquesa, se había mojado los pies de pintura azul marino y se había paseado por encima, dejando sus huellas de pies desnudos en un tramo de veinte metros.

    Danny-boy miró por encima del puente, hacia las colinas de Marin, consciente de la grandeza imposible de la misión que se había impuesto. Después de un año de trabajo, sólo la barandilla estaba casi terminada. La base de cada torre era azul, pero el resto de las dos torres y la mayor parte de los cables seguían siendo de su color naranja original.

    Antes de la llegada de Jax, no le había preocupado la naturaleza interminable del proyecto. Pero últimamente se había empezado a preocupar. ¿Y si llegase el ejército de Cuatroestrellas antes de que terminase el puente? No había previsto tal interrupción, y no veía manera de terminar rápidamente.

    Danny-boy oyó el rugido lejano de la moto de Serpiente y se dirigió a la plaza del puesto de peaje. Serpiente irrumpió de forma espectacular, como siempre: pasó el puesto de peaje a toda velocidad, y dio una vuelta de 360 grados, derrapando con un chirrido de neumáticos hasta que se quedó parado. Apagó el motor y saltó de la moto.

    — Eh, Danny-boy — le llamó —. ¿Cómo va eso?

    Su ropa de cuero crujía levemente mientras se dirigía hacia Danny-boy.

    — No va mal.

    Danny-boy agitó una mano hacia la torre que estaba más cerca de ellos.

    — Échale una mirada. ¿Todavía estás dispuesto a atacarla?

    Serpiente alzó la vista hacia la torre, cuya cúspide ya se perdía entre la niebla flotante.

    — Claro, hombre. Tengo a una docena de tíos que se han apuntado a ayudarme. Uno de ellos practicaba el montañismo. Tenemos cuerdas y hemos estado practicando. Ahora mismo soy una persona segura sobre una pared. He estado pensando en cambiarme el nombre, de Serpiente a Araña, tan bueno soy.

    Danny-boy sonrió ante las bravatas de Serpiente.

    — Está bien. Entonces, ¿qué más vas a necesitar?

    Anduvieron juntos hacia la torre en la que Danny-boy guardaba sus materiales.

    Serpiente sólo trabajaba con pintura de spray, lo que limitaba su gama de colores. Pero, después de discutirlo un rato entre ellos, eligieron tres tonos de azul de los que Danny-boy disponía en abundancia. Volvían a la plaza del peaje, cuando Serpiente hizo la pregunta inevitable que Danny-boy esperaba.

    — Entonces, ¿a quién has engatusado para que se encargue de la otra torre?

    Danny-boy respiró hondo.

    — ¿Quién tiene las pelotas suficientes?

    Serpiente siguió andando, meneando la cabeza.

    — No conozco a nadie, así de repente. Yo...

    De golpe, se quedó callado y miró a Danny-boy.

    — No querrás decir que vas a dejar que lo hagan Mercedes y sus cholos.

    Danny-boy asintió.

    — Pues sí.
    — Pero, hombre, tú estás loco. Lo echarán a perder. No lo dirás en serio.

    A lo largo de los años había habido una serie de disputas territoriales entre los Neo —

    Mayanistas, dirigidos por Mercedes, y los otros pintores de murales de la ciudad. Una vez Mercedes había pintado encima de uno de los murales de Serpiente por razones religiosas. Cuando se le llamó la atención en el Consejo de la Ciudad, pidió disculpas por pintar encima de la obra de Serpiente, pero adujo que había sido necesario. La pared en la que había pintado estaba colocada exactamente en el centro geográfico de la ciudad, que era un lugar de gran importancia religiosa. El Consejo la había amonestado, pero no se había llevado a cabo ninguna medida disciplinaria. Y Serpiente se quedó resentido.

    — Lo digo en serio — dijo Danny-boy. Había sabido que Serpiente lo tomaría a mal, pero no veía manera de arreglarlo —. Estoy seguro de que harán un buen trabajo.
    — Olvídalo — dijo Serpiente —. No podemos colaborar con ellos de ninguna manera.

    Habían llegado a la plaza del peaje y a la moto de Serpiente.

    — Qué pena — dijo Danny-boy —. Creí que esa torre sería una ubicación de primera para tu trabajo. Todos los mercaderes que llegasen a la ciudad lo verían.
    — No intentes adularme, hombre. Ya sé que no puedes terminar el puente sin nosotros.
    — Yo no estaría seguro de eso — dijo Danny-boy suavemente —. Podría hacer que Mercedes se ocupase de las dos torres.

    Serpiente se apartó y anduvo hasta la barandilla. Danny-boy le siguió sin decir nada.

    — Serías capaz — dijo Serpiente al fin.

    Danny-boy dirigió la vista a las olas que rompían contra Fort Point.

    — No querría hacerlo. Pero supongo que lo haría — Serpiente sacudió la cabeza con desagrado —. Considera que esto es un ensayo. Si Cuatroestrellas invade la ciudad, podrías tener que trabajar con Mercedes para echarle.
    — Sí que eres tranquilizador, ¿verdad? — Serpiente escupió por encima de la barandilla, y se volvió hacia Danny-boy —. Quizá pueda arreglarlo. Hablaré con los otros
    — Bien.

    Danny-boy sabía que los otros seguirían a Serpiente.

    — Estas cometiendo un error, pero supongo que sólo te darás cuenta cuando sea tarde.
    — Puede ser.

    Serpiente se marchó con un rugido de motores cuando Mercedes llegaba a caballo.

    Aceleró al pasar por su lado, atemorizando al caballo, y se fue a toda velocidad sin volver la vista atrás.

    — Sigue siendo un cabrón — dijo a Danny-boy al desmontar.
    — Sí, pero hará un buen trabajo en la torre.

    Ella sacudió la cabeza y ató su caballo a la puerta del puesto de peaje. Anduvieron juntos hasta la torre más cercana. Mercedes miró a su alrededor.

    — Será estupendo cuando esté terminado — dijo —. Pero me pregunto si tendrás tiempo de terminarlo antes de que llegue Cuatroestrellas.

    Danny-boy la miró sorprendido.

    — ¿Por qué estás tan segura de que viene? En la reunión de la otra noche no parecías convencida.
    — He cambiado de opinión — dijo Mercedes —. He decidido que quizá podamos confiar en esta forastera.
    — Claro que podemos — Danny-boy defendió a Jax inmediatamente.
    — Ah — dijo Mercedes —. ¿Así están las cosas?
    — ¿Qué quieres decir? — sentía calor en la cara, y desvió la mirada.

    Ella le rodeó los hombros con el brazo afectuosamente.

    — ¿Estás enamorado de esa pequeña salvaje? — él no dijo nada, pero le ardía la cara —

    Ah, Danny-boy, tus orejas te delatan. Están rojas como el sol poniente. Puedes hablar.

    Siguió evitando su mirada.

    — No lo sé.
    — No tiene nada de malo estar enamorado, chico. Pero si estás enamorado, ¿por qué no estás contento? Vamos, cuéntamelo.

    Ella le llevó hasta la base de la torre. Se sentaron sobre la acera de cemento, con las piernas cruzadas y apoyando la espalda en la torre metálica.

    — Ahora, cuéntame — dijo ella.

    Él le contó sus problemas. No sabía lo que sentía Jax por él. Le llevaba regalos, pero no sabía si le gustaban. Se despertaba en plena noche y entraba en su dormitorio de puntillas para ver si seguía allí, por miedo de que se hubiese ido sin decirle nada.

    Mercedes le escuchaba con paciencia.

    — Tienes miedo de que se vaya y estás intentando retenerla — dijo al fin Mercedes —. Te gustaría encerrarla bajo llave, para estar seguro de que no se fuera.

    Danny-boy protestó débilmente.

    — Eso es una tontería — dijo —. No quiero encerrarla. Lo que no quiero es que se haga daño vagando por ahí ella sola. Es fácil perderse.

    Pero hablaba sin convencimiento. La misma noche anterior se había descubierto a sí mismo pensando que ojalá tuviese rota la pierna en vez de la clavícula. Entonces tendría que quedarse quieta.

    Mercedes asintió satisfecha.

    — Exactamente — dijo —. Podría no volver.
    — Yo no he dicho eso.
    — Pero es lo que has querido decir — Mercedes le dio unas palmadas suaves en la pierna —. Enfréntate a ello. La única manera de tratarla es soltarla.

    Danny-boy sacudió la cabeza.

    — ¿Cómo puedo soltarla? Ni siquiera la tengo.
    — Ayúdale a ir donde quiera, entonces. Dale lo que necesite.

    Al día siguiente, Danny-boy le dio una bicicleta: sólida, azul, de diez marchas, tomada en una tienda de bicicletas de la calle Haight. Jax estaba fuera cuando él la llevó a casa.

    Pasó casi toda la tarde dándole un repaso: apretó los rodamientos de las ruedas, comprobó los frenos, ajustó el mecanismo del cambio de marchas, cambió los neumáticos. Jax llegó a casa cuando él estaba terminando. Como siempre, la seguía uno de los monos. Cuando Jezabel ladró al mono, éste saltó al techo de un automóvil cercano y una vez allí no prestó atención a la perra.

    — Esto es para ti — dijo Danny-boy —. Con esto puedes moverte por la ciudad más deprisa. Puedes ir a donde quieras.

    Esto le dolía en el fondo.

    Ella pareció sentirse a disgusto.

    — Puedo andar por toda la ciudad — dijo.

    Su indecisión le confundió. Después de haber empezado un plan, estaba decidido a llevarlo hasta el final.

    — Ir en bicicleta es más rápido que andar. Puedes ir de un extremo a otro de la ciudad en sólo un par de horas.

    Ella miró la bicicleta y se humedeció los labios, pero no dijo nada.

    — Voy a ajustar el sillín a tu altura, y estará lista para montarla.

    Ella dudó, con gesto fiero.

    — ¿Qué pasa? — dijo él con voz cortante. Se sentía atormentado y confuso por todo esto, y ella no le ayudaba.
    — No sé montar — dijo ella por fin.

    Él se dio cuenta de que a ella le desagradaba reconocer que no sabía montar. Tenía la espalda rígida y la mano apoyada levemente sobre el cuchillo.

    — Yo te enseñaré — dijo él suavemente —. No es difícil. Vamos. Siéntate en el sillín, para que lo pueda ajustar.

    Danny-boy sujetó la bicicleta hacia arriba mientras ella se ponía encima con desgana.

    No le llegaban los pies a los pedales. Le hizo desmontar y bajó el sillín.

    — Vamos. Puedes intentarlo ahora.

    Le enseñó a sostener el manillar y a llevar rodando la bicicleta a su lado mientras andaba. El llevaba su propia bicicleta a su lado, y la guio hasta un tramo de calle que estaba relativamente libre de baches y de escombros. Había un Toyota marrón apagado abandonado hacia la mitad de la manzana, pero era el único obstáculo. El mono les siguió, encontró un nuevo lugar donde posarse (una pared baja que en tiempos había rodeado un parterre), y empezó a buscar tallos comestibles entre las hierbas altas que habían echado raíces en el parterre.

    Danny-boy empezó dando una demostración; se subió a su bicicleta y se deslizó sin esfuerzo bajando la ligera cuesta. Trazó una amplia curva y subió dando pedales.

    — Es fácil — dijo, y sostuvo la bicicleta de ella mientras montaba —. Te he metido la cuarta marcha para empezar. No toques el cambio de marchas de momento. Siéntate en el sillín y pon los pies en los pedales. Te sostendré.

    Ella levantó los pies del suelo a disgusto y los puso sobre los pedales.

    — Lo único que tienes que hacer es guardar el equilibrio — dijo —. Si quieres pedalear, puedes intentarlo, pero con suavidad.

    Le dio un empujón, y corrió junto a ella sosteniéndola de la parte posterior del sillín. El mono chillaba y charloteaba tras ellos. Jezabel ladraba furiosa y corría a su lado. Jax pedaleó algunas veces, y la bicicleta adelantó a Danny-boy, obligándole a soltar el sillín.

    Jax siguió en línea recta un momento: un deslizarse hermoso y regular, recto como una flecha y elegante como un aria. Tenía las manos en el manillar; el viento empujaba su cabello hacia atrás. Al correr junto a ella, Danny-boy descubrió que iba sonriendo irreprensiblemente, con una expresión de alegría que nunca había visto antes en su cara.

    Entonces metió la rueda delantera en un bache, la bicicleta se desvió y chocó de frente con la parte trasera del Toyota.

    Danny-boy corrió hasta ella.

    — ¿Estás bien? Quizá no deberías intentarlo todavía. Quizá...

    Le sangraba el hombro izquierdo donde se lo había rozado con el pavimento, pero le sonrió y se desenredó de la bicicleta.

    — Es como volar — dijo —. ¿Por qué no me dijiste que era como volar? — no esperó respuesta —. Es como el halcón: la forma en que coge el viento y se remonta — sacudió una mano en el aire, expresando la idea —. No me lo dijiste.

    Él se quedó un momento sin poder decir nada. Ella nunca había dicho tantas palabras seguidas. Nunca le había sonreído de la forma en que le sonreía ahora.

    — Quiero volver a intentarlo — dijo ella.

    Volvió a impulsarla y otra vez. Cada vez llegaba un poco más lejos antes de caerse. Él le gritaba consejos, que siempre llegaban un poco tarde para ser útiles. « ¡Recto ahora!»

    « ¡No pedalees tan fuerte!» « ¡Inclínate al otro lado... no, al OTRO lado!»

    A veces conseguía girar al llegar al Toyota. Pero en esos casos, era incapaz de recuperarse de la curva, y se seguía torciendo más y más hasta que se terminaba cayendo. Con cada caída se llevaba un nuevo raspón o magulladura, pero no se rendía.

    — Quizá debiésemos descansar — sugería Danny-boy. Ella sacudía la cabeza testarudamente, y continuaban.

    Por fin, a última hora del día, consiguió evitar el Toyota y siguió en marcha. La bicicleta se tambaleaba cuando pedaleaba, pero se recuperaba, enderezándose antes de perder el equilibrio, y ganaba velocidad.

    Jezabel, que estaba aburrida de mirar, corrió tras ella, y Danny-boy saltó sobre su propia bicicleta para seguirla. Se la encontró a cinco manzanas; empujaba la bicicleta cuesta arriba y cojeaba un poco.

    — Me di con un agujero de la calzada — dijo. Todavía sonreía.
    — ¿Está bien tu hombro?
    — Bien — miró hacia arriba de la cuesta y le miró a la cara —. Sigamos. ¿De acuerdo?
    — De acuerdo. Si no estás cansada.

    Se le oscureció un poco la sonrisa.

    — No estoy cansada.

    El anduvo un momento a su lado en silencio.

    — Pronto podrás montar por toda la ciudad — dijo al fin —. Te podré enseñar las mejores rutas. Si eres lista, podrás evitar las cuestas peores.
    — ¿Por qué haces esto? — preguntó ella —. ¿Por qué me estás enseñando a montar?

    Él se encogió de hombros; se sentía incómodo y evitó su mirada. No fue capaz de responder; no tenía respuesta.

    — ¿Por qué no? — hubo un largo silencio. Sentía que se le escapaba, e intentaba retenerla —. Mercedes me lo sugirió.
    — ¿Qué me enseñases a montar en bicicleta?
    — Que te soltase — dijo él —. Con esto puedes irte cuando quieras. No intentaré retenerte.

    Ella le observó un momento. Y luego apartó la vista.

    — Vamos a montar. Venga.

    Salió torpemente, pero consiguió mantener el equilibrio. Danny-boy siguió detrás de ella hasta la primera esquina, y luego se puso a su lado. Habían llegado a la cima de una colina y estaba mirando la calle larga y recta que bajaba ante ellos.

    — ¡Oh, vamos! — dijo sin aliento, y empezó a bajar la cuesta. Un grito emocionado de alegría llegó hasta Danny-boy, que la siguió. Jezabel iba corriendo a retaguardia.

    Jax iba en cabeza a través del distrito Richmond. Desde allí, la calle iba bajando un poco. Siguió pedaleando, y de vez en cuando le llamaba para incitarle a que la siguiera.

    Él le respondía gritando, y le señalaba al pasar los lugares notables: el parque Golden Gate, la Universidad de San Francisco, la iglesia de Santa Mónica. Cuando cruzaron la avenida 48, ella aminoró su velocidad, y luego frenó de forma repentina. Se quedó de pie sobre su bicicleta. El frenó a su lado. Veía al frente las olas que rompían en la playa Océano.

    — ¿Qué pasa? — dijo —. ¿Por qué te has parado?
    — ¿Qué es eso? — cuando ella le miró tenía los ojos enormes —. Esa agua. No veo la otra orilla.
    — Es el océano — dijo él —. La otra orilla está a centenares de millas de distancia.

    Ella le miró.

    — ¿A centenares de millas?

    Sacudió la cabeza, incrédula.

    — Es verdad — insistió —. Libros me habló de ello. Ven.

    Tomó la delantera, y fue hasta el final de la calle. La arena fina y blanca había cubierto la Autopista Grande, que era la carretera que transcurría a lo largo de la playa. Al borde de la arena, Danny-boy bajó de la bicicleta y la llevó hasta el muro del borde de la playa.

    Cuando volvió la vista, ella le seguía y miraba al horizonte.

    Apoyó la bicicleta contra el muro de cemento y se sentó en el borde para quitarse las playeras.

    — Quítate los zapatos — dijo —. Si no, se te llenarán de arena.

    Pasó las piernas sobre el muro y saltó a la playa. Corrió hacia las olas que rompían, y sólo se detuvo cuando una ola que subía por la arena le lamió los tobillos. Jezabel chapoteaba en el mar, junto a él; tiró un mordisco a la ola y ladró por el sabor de la sal. El agua estaba fría, y la ola al retirarse absorbía la arena bajo sus pies. Volvió la vista atrás.

    Jax estaba de pie al borde de la arena húmeda. Cuando subió una ola retrocedió un paso.

    — Pruébala — dijo él, tomando algo de agua en el hueco de sus manos y acercándosela a los labios. Cuando volvió otra ola, ella siguió su ejemplo; el sabor le hizo escupir.
    — Veneno — dijo.
    — No es más que sal.

    Ella sacudió la cabeza y no se atrevió a acercarse más. Dejó que el agua se quedase tranquila a su lado. Estaba callada y tensa, pero era una tensión diferente de la que había visto en ella antes. Estaba impresionada por el océano. Se le había olvidado su precaución ante él; el horizonte lejano le fascinaba, y forzaba la vista para ver una costa lejana.

    — Sigue y sigue — dijo Danny-boy suavemente —. Mario se fue un día a navegar con su barco mar adentro, un día entero. Dice que no vio más que agua y más agua — ella no respondió —. Ven. Vamos a pasear por la playa.

    La tomó de la mano, y ella no se resistió; le siguió obediente. Subía la marea, y cada ola lamía un poco más de arena.

    — Mira eso.

    Por delante de ellos, alguien había construido un castillo de arena con mucho detalle.

    Banderas de algas flotaban al viento desde torres con almenas. Una muralla ancha de arena unía las torres y separaba el patio del castillo del resto de la playa.

    Jax se agachó sobre la arena para examinar más de cerca la ciudad en miniatura.

    — Es bonito — dijo. Había soldaditos hechos de arena, que montaban guardia en el adarve junto a un cañón hecho de madera recogida en la playa. Una ola que subía inundó el foso y pasó por debajo del puente levadizo de madera.

    Danny-boy vio cómo ella estudiaba el castillo. El sol poniente pintaba la mitad de su cara de luz roja, la otra mitad estaba en la sombra. Tenía las manos unidas sin fuerza.

    — Las olas lo destruirán — dijo. Sacudió la cabeza con una negación automática y sin sentido —. Es hermoso. ¿Para qué construir algo tan hermoso si se va a destruir? Si no hubiésemos venido aquí, nadie lo hubiera visto.
    — A veces, haces cosas que no duran por el gusto de hacerlas — dijo Danny-boy.

    Observó cómo una ola quitaba un trozo de la muralla del castillo —. Las haces para ti, no para ninguna otra persona. Cuando haces algo hermoso, cambias. Pones algo de ti en lo que haces. Eres diferente cuando acabas.

    Otra ola se estrelló contra la muralla y se llevó otro bocado.

    — ¿Por eso estás pintando el puente?
    — En parte, supongo.
    — ¿Cuál es la otra parte?
    — Mientras te cambias a ti mismo, cambias al mundo. Lo haces más tuyo.

    Se quedaron sentados en silencio mientras las olas socavaban la torre que estaba más próxima al mar. Cuando ésta se derrumbó, Jax se puso de pie.

    — No quiero ver el resto.

    El anduvo a su lado mientras volvían. Casi habían llegado a las bicicletas, cuando ella se detuvo y miró más allá de él. Tenía los ojos fijos en la puesta de sol.

    — El sol — dijo con voz ahogada. El disco rojo se achataba y cambiaba de forma al acercarse al horizonte.
    — No pasa nada — dijo él —. Hace eso por aquí.
    — Se está hundiendo en el agua — dijo ella, y había una nota de terror en su voz.
    — Eso pasa todas las noches — dijo él —. No pasa nada.

    La tocó en el hombro para tranquilizarla, y vio que estaba temblando.

    — No pasa nada — repitió —. Créeme. Lo he visto otras veces.

    Entonces, él la rodeó con sus brazos, sorprendido, incluso mientras lo hacía, de que ella se lo permitiese. Le acarició el pelo y siguió hablando con voz tranquilizadora, intentando no romper el hechizo.

    — Libros dice que el sol está a millones de millas de distancia en realidad. Dice que no se acerca al océano para nada. Sólo lo parece. No te preocupes.

    Ella parecía tan pequeña, ahora que él la sostenía en sus brazos. Sentía sus hombros tan delgados y frágiles. Sentía el latido de su corazón, oía el susurrar de su aliento junto a su cara. Sus ojos reflejaban la puesta de sol.

    — ¿Lo has visto antes? — preguntó ella, todavía contemplando el sol.
    — Muchas veces.

    Ella se tranquilizó un poco; él notaba que se aflojaba la tensión de sus hombros.

    Cuando el sol cayó bajo el horizonte, ella le miró a la cara y titubeó un momento. Él contuvo su impulso de estrecharla más. Ella levantó una mano y le toco con indecisión la mejilla, un movimiento inseguro que reprimió casi antes de terminarlo. Luego, se apartó de él.

    — Será mejor que vayamos a casa — dijo —. Está lejos

    El pasó todo el camino de vuelta recordando el calor del cuerpo de ella junto al suyo.


    CAPÍTULO 12


    SERPIENTE ESTABA TUMBADO EN LA CAMA CON la cabeza apoyada en un brazo y contemplaba cómo se soltaba el pelo Lily. Las ventanas de la antigua mansión victoriana estaban abiertas, y la brisa de la tarde olía a pavimento húmedo y a cosas que crecen.

    Lily era alta y delgada. El apreciaba sus músculos que se movían bajo su camiseta delgada. Las líneas de los tatuajes se apreciaban aquí y allá a través del tejido: la curva de una parra, el rojo brillante de una rosa.

    Lily se sacudió el pelo y se pasó los dedos a través de los mechones ondulados. Se tumbó en la cama; se recostó sobre un codo y lo miró. El extendió la mano para juguetear con uno de sus mechones; lo enredaba en un dedo y admiraba su brillo cobrizo. Cuando ella se inclinó hacia él, la besó en los labios con delicadeza. Ella se apartó y escrutó su cara.

    — Pareces ausente — dijo —. ¿Qué pasa?

    Él se encogió de hombros.

    — No sé lo que quieres decir.
    — Creo que nunca había estado tanto tiempo en tu cama sin quitarme la ropa. ¿Qué sucede?

    Él le pasó la mano por la espalda e intentó atraerla para darle otro beso. Ella se resistió.

    — Es demasiado tarde para fingir — dijo —. ¿Qué mosca te ha picado?

    Evitó su mirada y miró al techo. Hacía un año que dormían juntos. Sus relaciones eran informales y despreocupadas, y ninguno de los dos se quería comprometer a más. A Serpiente le gustaba Lily. Demonios, en las noches oscuras cuando ella no estaba a su lado llegaba a creer que podría quererla. Pero cuando llegaba ese pensamiento, se asustaba. Era demasiado diferente a él. En tiempos de la epidemia, él había sido un chico de la calle, y vivía en el Haight. Ella tenía carrera y trabajaba en el distrito financiero.

    Nunca había hablado a Lily de amor. No se sentía a gusto con esa palabra ni con ese sentimiento. Con todo, extendió la mano y le acarició la espalda, intentando tranquilizarla.

    — Bueno, ¿qué te preocupa?
    — Estuve hablando con Danny-boy allí abajo, en el puente. Cree que es verdad que Cuatroestrellas invadirá la ciudad.
    — Los mercaderes llevan años previniéndonos contra Cuatroestrellas. Tú mismo lo dijiste en la reunión. O sea, que eso no es todo. ¿Qué más hay?

    Le ponía nervioso que le conociese tan bien. No quería que supiese que estaba preocupado. A veces pensaba que ella sabía tal vez que él casi creía que la amaba.

    — Anoche me acerqué al estadio Kezar. Allí hay un muro que es ideal para pintar y me paré para inspeccionarlo. Había salido la luna, y mientras andaba junto al muro veía mi sombra lunar que andaba junto a mí — se humedeció los labios —. Y entonces vi que no estaba solo. Había la sombra de un hombre que andaba por delante de mí, y otra sombra andaba detrás. El muro estaba lleno de sombras de hombres: todos ellos llevaban fusiles y me rodeaban, como si estuviésemos en un maldito desfile — sacudió la cabeza —. Estaba solo, aparte de esas sombras, de todos esos soldados que me rodeaban.

    Al relatar el caso, tuvo miedo de repente. En aquel momento había contemplado las sombras con calma. Al vivir en la ciudad, tales cosas llegaban a parecer naturales. Pero, después, comprendió lo que querían decir los hombres que desfilaban.

    — Vienen malos tiempos. Viene Cuatroestrellas.

    Tenía los músculos de los hombros y de la espalda en tensión, y se le endurecía el estómago por la expectación nerviosa. Llevaba muchos años sin pelear. Al recordar sus tiempos de la pandilla se acordaba del calor de la lucha, de la tensión y del miedo.

    Recordaba aquel momento de lucidez cristalina que había tenido durante su última pelea, poco antes de que las peleas entre bandas perdiesen su significado con la llegada de la epidemia. El otro chico, un chicano, le había dirigido un golpe a la cara. Serpiente vio un relámpago de luz en el cuchillo y se hizo a un lado. El aire parecía relucir a su alrededor; el mundo se había quedado quieto. Levantó su cuchillo, punta arriba y desde abajo, alcanzó al chico en el vientre y cortó hacia arriba hasta llegar a las costillas. El chico cayó hacia delante, y Serpiente echó a correr.

    El zumbido de sus oídos era tan fuerte que se superponía al sonido distante de sirenas.

    Se tocó la oreja con la mano mientras corría, y la retiró llena de sangre. Tenía la chaqueta de cuero manchada de sangre, su propia sangre, y la sangre del chicano.

    Le perseguían sombras; se metió en un callejón y se enfrentó a ellas, blandiendo su cuchillo ensangrentado.

    — Tranquilo, hombre. Vamos — dijo alguien. Amigos suyos; pero casi no los reconocía.

    Tenían las caras distorsionadas, alteradas por la luz de la luna —. Tómatelo con calma.

    Le ayudaron: cortaron la sangre de su oreja rasgada, tiraron su cuchillo y le llevaron al apartamento que compartía con otros ocho. Le trataban con el respeto que merece un matador.

    Al cabo de una semana todos habían muerto de la epidemia. Pocas semanas después a nadie le importaba que el Haight fuese el territorio de su pandilla. Todos estaban muertos. Y la muerte del muchacho chicano quedó tragada por las miles de muertes. Pero recordaba cómo se había lavado la sangre de las manos mientras se preguntaba cuánta era suya y cuánta del muchacho chicano.

    — ¿Por qué no podrán dejarnos en paz? — gruñó.

    Lily se encogió de hombros.

    — Porque somos diferentes a ellos — dijo —. ¿No es eso por lo que siempre se pelea la gente?

    Estaba preciosa allí tendida, con la última luz del día que le brillaba en la cara.

    — Es una pelea entre bandas. Creía que estaba demasiado viejo para las peleas entre bandas — miró al techo —. Tengo que hablar con algunos de esto. Tenemos que planear lo que haremos.

    Ella se inclinó sobre él y lo besó.

    — Más tarde — dijo —. Todavía no están aquí. Tenemos un poco de tiempo.

    Aprovecharon el tiempo que tenían.

    Jax sentía que las atenciones de Danny-boy la presionaban constantemente. No sabía qué pensar de él: no sabía corresponderle. A veces le pillaba mirándola; su mirada era tan tangible como si le tocase la piel. Cuando ella le devolvía la mirada, sus ojos se perdían, como si la hubiese estado mirando por casualidad.

    Ella sabía lo que era el sexo. A los animales de la granja nunca les había dado vergüenza ayuntarse. Su madre le había explicado cómo hacían el amor los hombres y las mujeres. Pero esos conocimientos de tipo biológico poco tenían que ver con la tensión que sentía cuando Danny-boy le tocaba el brazo.

    Cuando se cruzaban sus miradas por casualidad, ella volvía la vista rápidamente, confusa e insegura. Tenía miedo. No solía tener miedo, pero él le daba miedo. O quizá tuviese miedo de sí misma, de la confusión que sentía cuando se cruzaban sus miradas.

    Quería algo que no sabía identificar ni definir. Se sentía inquieta e insatisfecha.

    Cuando Danny-boy iba a trabajar en el puente, ella exploraba la ciudad a solas.

    Recorría las calles a pie y en bicicleta, sin destino fijo. Sola en la ciudad, notaba un vacío, la interrupción de un ritmo interno, una omisión de algún tipo. Como si faltase un baldosín de un mosaico, una pieza de un rompecabezas. Si alguien le hubiese preguntado, podría haber dicho que buscaba a su madre, y era así en parte. Pero sólo en parte. Buscaba un sentimiento de realización, una sensación de que estaba en su sitio.

    A veces, cuando pasaba por delante de un escaparate, creía ver de reojo el reflejo de su madre. El espectro desaparecía cuando se volvía para examinarlo más de cerca. Un parpadeo de movimiento: eso era todo. Pero ella sabía que su madre estaba allí.

    A veces sentía una sensación repentina (tan sobrecogedora como un calambre eléctrico) y se daba cuenta de que su madre había andado por donde ella andaba, había estado de pie donde ella estaba de pie. Su madre se había sentado en aquel banco; su madre había estado parada en aquella esquina, su madre había pasado un rato frente a este escaparate, admirando el broche de diamantes falsos que seguía colgado en la estola de terciopelo negro que llevaba puesta un maniquí.

    Tales momentos eran raros e irrepetibles. Cuando intentaba volver a un lugar en el que había estado su madre, no podía encontrar el camino. Las calles parecían diferentes, las tiendas habían cambiado. Buscó sin éxito la casa coloreada de hiedra en la que había visto al ángel. Pero las calles se negaban a llevarla a aquellos lugares y la guiaban en cambio a nuevos barrios en los que no había estado nunca.

    Al final dejó que la ciudad dirigiese su vagabundear. No elegía el camino. Salía en dirección diferente cada día, sin prestar gran atención a su ruta. Dejaba que la ciudad la guiase.

    Y encontraba cosas, aunque no eran lo que buscaba. En el vestíbulo de un edificio de oficinas del centro encontró, bajo la mesa de la recepción, un pueblecito minúsculo hecho de ladrillos de barro y de guijarros. Los techos de las cabañas estaban hechos de hojas de eucalipto, que hacía mucho tiempo que habían perdido su olor penetrante. En un callejón que salía de la calle Mission, descubrió una pared de ladrillo decorada con bisontes y con ciervos que corrían. En un solar al sur de Market encontró una torre construida de pomos de puerta de cristal, botellas transparentes, vidrios de ventana, copas y vajillas de vidrio de todo tipo. El suelo que rodeaba la torre estaba lleno de arcos iris trozos de cristal roto de luz coloreada que cambiaban de posición al moverse el sol.

    A veces se encontraba a gente. Una tarde fría, cuando el sol acababa de abrirse camino entre las nubes, caminaba por la calle Haight sin dirigirse a ninguna parte en especial. A mitad de una manzana descubrió que alguien había pintado una serie de huellas en el pavimento. Dos tipos de huellas: unas con pintura rosa, y otras de azul pálido. Jax las estudió un momento y se puso sobre las huellas rosa.

    Intentó seguir su paso, aunque parecía más bien raro. Para poner los pies sobre las huellas tenía que dar un paso largo, luego dos pequeños, y luego otro largo. Al seguir las huellas, Jax descubrió que seguía un recorrido giratorio peculiar. Se detuvo, mirando al suelo confundida.

    — Necesitas un compañero — dijo un hombre.

    Levantó la vista. Serpiente la miraba desde la acera. Lo reconoció de la reunión en el Ayuntamiento. Llevaba la misma chaqueta de cuero, la misma sonrisa arrogante.

    — Te enseñaré — dijo. Se acercó a ella y se puso sobre las huellas azules. Ella acercó la mano al cuchillo instintivamente —. Oh, anímate — dijo con cierto desprecio —. No te voy a hacer daño. ¿Quieres aprender a bailar el vals, o no?

    Se sintió estúpida y soltó el cuchillo.

    — Relájate — dijo, poniendo una mano sobre su cintura y tomándole la otra con la suya —. Pon tu mano sobre mi hombro. Ahora, sígueme: da un paso a cada número. Un, dos, tres; un, dos, tres; un, dos, tres.

    Ella daba los pasos al ritmo que él marcaba. — Déjate llevar — dijo —. No te resistas.

    La presión de su mano sobre su cintura le hacía girar, y sus pies seguían con naturalidad los pequeños pasos pintados sobre el pavimento. La forma de las huellas empezaba a cobrar sentido. Serpiente dejó de contar y tarareó una alegre melodía que llevaba el mismo ritmo.

    Ella murmuraba los números para sí: «Un, dos, tres; un, dos, tres.» Se dio cuenta de que sonreía mientras pasaban girando por delante de la manzana, y olvidó su desconfianza inicial: «Un, dos, tres; un, dos, tres.» Él se detuvo y la soltó, y ella siguió dando vueltas tres pasos más.

    «... dos, tres; un, dos, tres.»

    — Se te acabaron las huellas — señaló él.

    Ella se detuvo y le sonrió.

    — Quizá debiéramos pintar algunas más.
    — Se lo diré a Lily de tu parte. Ella fue quien las pintó, y me enseñó a bailar el vals.
    — Me gusta — dijo ella.

    El enarcó una ceja.

    — No me pegaba que bailases el vals.
    — Nunca lo había intentado.
    — Supongo que no tuviste demasiadas oportunidades en el lugar de donde vienes — se metió las manos en los bolsillos y miró sobre su cabeza —. Y, ¿dónde vas, a todo esto?

    Ella estudió su cara, y decidió que quizá no fuese tan malo. Lo que ella había tomado por arrogancia era una forma automática de protección, una barricada que él levantaba contra el mundo. Extendió la mano en la dirección en la que había ido andando.

    — Por allá.
    — ¿Buscas algo en especial?
    — Lo que la ciudad quiera enseñarme.
    — ¿Te importa que te siga un rato? Me gustaría preguntarte cosas de ese tal Cuatroestrellas.

    Anduvo a su lado, con los pulgares metidos en las trabillas del cinturón de los vaqueros y con los hombros caídos. Le preguntó sobre el discurso de Cuatroestrellas, y ella repitió todo lo que recordaba. Le preguntó sobre Woodland, sobre el mercado, sobre el ejército.

    Y asentía con la cabeza mientras ella hablaba.

    — Mira, lo que yo creo es que Cuatroestrellas nos tiene miedo — dijo al fin. Ella le miró y sacudió la cabeza.
    — ¿Me has estado prestado atención? A mí no me parecía que tuviese miedo.
    — Vaya si lo tiene.

    Los tacones de Serpiente resonaban sobre el asfalto y llevaban el ritmo de sus palabras.

    — No encajamos en ese nuevo mundo bonito y ordenado que está construyendo. Y eso no le gusta.

    Jax lo pensó un momento.

    — ¿Por qué no encajamos? A mí me parece que encajamos perfectamente.

    Serpiente no pareció hacerle caso.

    — Yo estaba por aquí antes de la epidemia, y sé de sobra que no encajo. Danny-boy y tú... estáis tan lejos de encajar que ni siquiera sabéis que no encajáis. No sabéis ni lo que es encajar. Y eso pone muy nerviosa a la gente como Cuatroestrellas. Por eso quiere barrernos del mapa.
    — Habló de los recursos que había aquí — dijo ella, recordando el discurso de Cuatroestrellas.
    — Bobadas. Para hacer que la gente le siga. Hazme caso. Quiere quitarnos de en medio porque somos rebeldes, no encajamos. A la gente como Cuatroestrellas no le gusta la gente como nosotros.

    Jax frunció el ceño. No estaba de acuerdo en que a Cuatroestrellas le diese miedo la gente de la ciudad, pero le gustaba que la incluyese en «la gente como nosotros». Nunca había formado parte de un grupo. Siempre había estado sola y le atraía la idea de una identidad comunitaria.

    — Nunca lo había visto de esa manera — reconoció Jax con indecisión —. Nunca había pensado que formase parte de un grupo.

    Serpiente le miró a la cara.

    — Desde luego, aquí encajas. Yo diría que eres tan rara como el resto de nosotros. La ciudad admite de todo. Tienes que mejorar un poco tu actitud, por supuesto.

    Ella torció el gesto, confundida.

    — ¿Qué quieres decir?

    El dejó de andar. Cuando ella se detuvo a su lado, giró los hombros hasta estar frente a ella. Ella lo miró airada, sorprendida por este escrutinio repentino.

    — No estás mal — dijo —. Pareces bastante dura. Pero necesitas algunos accesorios. Ven.

    La guio por la acera hasta una tienda en la esquina. La puerta de vidrio llevaba años rota. Pasaron entre los restos. Serpiente se abría camino por el interior poco iluminado, sobre los montones de embalajes tirados y de vidrio roto.

    — Aquí están — dijo, mientras alcanzaba un estante lleno de gafas de sol al fondo de la tienda. Eligió un puñado.
    — Estas podrían valer — murmuró —. Vamos.

    En la acera, delante de la tienda, hizo que se quedara quieta mientras le deslizaba un par de gafas de sol en la cara. A través del cristal oscuro, el mundo parecía apagado y frío.

    — Mírate allí — le ordenó, señalando el escaparate.

    Ella contempló su reflejo en el cristal. Las gafas de espejo reflejaban su imagen.

    — ¿Te gusta? — preguntó Serpiente.
    — No lo sé.

    Su nuevo aspecto le parecía a la vez atractivo y un poco turbador. Parecía una extraña de la que ella no se hubiese fiado.

    — Pruébalas un rato. Te acostumbrarás.

    Cuando Danny-boy volvió del puente aquella tarde, ella lo recibió con gafas de sol de espejo y con una cazadora de cuero nueva.


    CAPÍTULO 13


    LA MÁQUINA OYÓ EN PLENA NOCHE UNAS garras de metal que rascaban su ventana.

    Trasladó la lámpara de queroseno de su mesa de oficina al alféizar para que la luz cayese al callejón.

    A través del vidrio sucio pudo ver una especie de cara: mandíbulas con forma de hoz bajo unos ojos con muchas facetas. Unas piernas articuladas que terminaban en pinzas rudimentarias asían el alféizar, sostenían el torso redondo de metal y elevaban la cabeza hasta la ventana. El resto del cuerpo se perdía entre las sombras.

    La cabeza oscilaba de un lado a otro bajo la mirada de La Máquina. La luz de la lámpara caía sobre uno de los seis ojos compuestos de facetas, después sobre el otro, y brillaba sobre las células fotovoltaicas que componían las facetas. Las mandíbulas repicaban sobre el vidrio.

    Quería sol; La Máquina lo sabía. Sus células fotovoltaicas convertían los rayos del sol en electricidad, que impulsaba sus movimientos. Su lámpara de queroseno era un mal sustituto, pero era lo mejor que podía encontrar en la ciudad oscura.

    — Ten paciencia — le dijo —. Pronto saldrá el sol. Ahora, duerme.

    La criatura raspó las mandíbulas contra el vidrio. El alféizar de madera empezaba a astillarse bajo la presión de sus pinzas. La Máquina retiró la lámpara del alféizar, apagó la llama y se metió en su estrecha cama. Sonrió al oírla alejarse, y se la imaginó levantando la cabeza hacia la débil luz de la luna. Tranquilizado por el sonido metálico sobre el asfalto, se quedó dormido.

    El dormitorio de la Máquina había sido antaño la oficina del director del Taller de Chapa de la calle Cole. En el garaje inmediato, La Máquina construía criaturas metálicas, que soltaba para que merodeasen por las calles vacías de la ciudad. Algunas, como este visitante nocturno, recogían energía del sol y almacenaban la débil corriente en grupos de baterías que llevaban en el vientre. Torpes y lentas, tomaban el sol como reptiles. Otras llevaban turbinas eólicas que convertían la brisa en energía. Otras aún funcionaban únicamente a base de baterías, y se pasaban toda su vida improductiva deslizándose por el arroyo. La Máquina había experimentado con una raza que ingería materia orgánica y producía gas metano por fermentación, pero éste había resultado demasiado volátil, y dejó de construir esta especie después de algunas explosiones.

    Llamaba a sus criaturas «Las Niñas del Sol». Aunque él construía sus cuerpos, sentía que no creaba verdaderamente a las Niñas. Le parecía que las Niñas ya existían en algún otro tiempo o lugar. Les ayudaba construyendo cuerpos que pudiesen ocupar en este mundo.

    Buscaba por la ciudad trozos de metal que pudiese convertir en abdómenes, torsos, mandíbulas, patas. Reconocía los tapacubos o las cañerías o los barriles de aceite o los parachoques que pertenecían a las Niñas. Era capaz de poner la mano sobre un tornillo de banco y de saber inmediatamente que la herramienta se convertiría en una garra, manipulada por un complicado juego de engranajes. Era capaz de pasar la mano por la superficie brillante metálica de un foco industrial y de saber sin dudarlo que la forma metálica se convertiría en una cabeza, engarzada de células fotovoltaicas que guiarían a la criatura hacia la luz. La Máquina daba cuerpos a las Niñas, y las dejaba en libertad para que merodeasen por la ciudad.

    A veces soñaba con el hogar de las Niñas: un mundo caluroso y desierto con un sol abrasador. Había cañones y acantilados grises por los que trepaban Niñas con forma de ciempiés. Otras Niñas, con alas de avispa, que podían volar a causa de la pequeña gravedad de aquel mundo, zumbaban por encima y se posaban sobre torres de piedra esculpidas por el viento. Niñas hormigas subían por las paredes empinadas, agarrándose a la roca con sus pinzas.

    El sol calentaba a La Máquina, y sintió aumentar sus fuerzas al cargarse sus baterías con la luz. Levantó las alas y echó a volar, subiendo para unirse a las Niñas que trazaban círculos sobre su cabeza.

    La mañana: Las puertas dobles del garaje estaban abiertas, y la luz del sol trazaba un paralelogramo dorado sobre el suelo de cemento. Fuera, un ciempiés de metal tomaba el sol, recargando sus baterías.

    La Máquina sacó su girocóptero del garaje empujándolo. El sueño del vuelo le había dado ganas de volver a hacer volar la pequeña aeronave. La carlinga tenía el tamaño de un kart que llevase ruedas desmesuradamente grandes. Cuando el girocóptero estaba en el suelo, las palas del rotor caían un poco y daban a la aeronave un aspecto lúgubre. Una vez en el aire, la hélice trasera impulsaba la nave, y el movimiento hacia adelante hacía girar el rotor superior, que proporcionaba un impulso constante hacia arriba.

    El diseño estaba inspirado en el autogiro, inventado en 1923 por Juan de la Cierva. El girocóptero de La Máquina era una aeronave muy manejable, adecuada para volar bajo sobre la ciudad. Había construido la pequeña nave como prototipo, esperando que su diseño y su construcción llevasen al desarrollo de Niñas que pudiesen volar. Pero los mecanismos de control que necesitaría una Niña voladora habían resultado ser demasiado complejos. Aunque el girocóptero en sí funcionaba bastante bien, no tuvo suerte a la hora de extender sus principios a la construcción de Niñas.

    La Máquina dejó el vehículo apuntando hacia la calle Cole. Tenía más de cien metros de pista, lo que era más que suficiente para despegar. Se ató al asiento, que había tomado de un automóvil deportivo potente. Al hacer girar la llave de contacto, el motor Volkswagen que impulsaba la aeronave arrancó con un rugido gutural. Ajustó con cuidado el paso de las palas del rotor hasta ponerlo a cero, y soltó el embrague, conectando el motor con el rotor. Las palas empezaron a girar, y se ponían rectas a causa de la fuerza centrífuga. Mientras ajustaba el acelerador, observaba una aguja que marcaba la velocidad del rotor.

    Con un movimiento repentino desembragó el rotor. Al mismo tiempo ajustó el paso del rotor, de tal forma que las palas agarrasen el aire y empujasen el vehículo hacia arriba. Al terminar su ascensión, la hélice posterior empezó a empujar, y empujó hacia arriba la pequeña aeronave.

    Se relajó. Ajustó el paso del rotor sin pensarlo, equilibró su ascensión y voló sobre la calle Haight, pasó por el parque Golden Gate y se dirigió a la bahía. Dio una vuelta sobre la isla de Alcatraz, y se dirigió al puente Golden Gate. Podía ver a Danny-boy hacia la mitad del tramo central, muy por debajo de él. Danny-boy le saludó con una seña, y La Máquina le devolvió el saludo. Luego, se volvió a dirigir a su taller.

    No tenía ninguna razón para dar ese vuelo mañanero. Sólo quería sentir el viento sobre su cara; quería elevarse sobre los edificios y ver la ciudad desde arriba. Se sentía culpable por haberse dado ese capricho, pero había veces en que no podía evitar ceder al deseo. Esta debilidad y falta de control por su parte le parecían que no eran más que una nueva señal de que era una máquina defectuosa. Si su padre hubiese sido mejor diseñador, el deseo de volar sin motivo no le resultaría irresistible.

    A última hora de la mañana volvió a tierra, aterrizando en los cuatro anchos carriles de la calle Fell y conduciendo el aparato a su taller por tierra. Cuando apagó el motor, el mundo parecía haberse callado de repente. Empujó el vehículo dentro del garaje, y se estaba quitando el casco cuando una mujer lo llamó.

    — ¡Eh!

    La Máquina miró hacia la puerta. Jax estaba en la acera justo delante de la puerta del garaje. La contempló sin saber cómo reaccionar. Era una mujer pequeña, pero tenía un aire insolente, como si fuese la dueña de la acera que había bajo sus pies, de la calle que había tras ella y del sol que estaba arriba en el cielo. Llevaba unas gafas de sol de espejo que ocultaban sus ojos.

    — Eh — volvió a decir —. He estado esperando que aparecieses. Hay algo atrapado en el callejón.
    — ¿Algo?
    — Como eso — señaló la Hija ciempiés que seguía tomando el sol en la acera —. Algo así.

    Te lo enseñaré.

    La siguió por la acera a disgusto.

    Cuando se acercaban a un callejón pudo oír el frotar rítmico del metal sobre el asfalto.

    Desde la entrada del callejón vio a la Hija atrapada. Era una de sus favoritas: tenía cuerpo de avispa, y el tórax tan grande como el pecho de un hombre fuerte. Tenía unas alas de murciélago unidas al tórax, estructuras membranosas reforzadas con varillas de metal.

    Los días de sol extendían esas alas para exponer dos juegos de células solares.

    Se había atrapado de alguna manera un ala en el hueco que había entre un tubo de desagüe y una pared de cemento. Cuando se dirigía hacia adelante, atraída por la luz del sol que brillaba al fondo del callejón, se le había doblado el ala y se le había enredado al tubo hasta que no pudo avanzar más. El asfalto, a sus pies, estaba lleno de rayas blancas donde sus pies lo habían rozado insistentemente.

    La Máquina corrió hacia ella; se quitó la camiseta y la tiró sobre su cabeza para bloquear las células fotovoltaicas. Cegada, empezó a mover la cabeza de un lado a otro, buscando la luz. Las poleas que controlaban el movimiento de su cabeza jadeaban y crujían. Cuando volvió la cabeza hacia la izquierda, él hurgó en la parte trasera de su cuello. Descubrió y apagó el interruptor que cortaba la corriente de sus acumuladores, y se quedó helada con un pie levantado para dar un paso hacia adelante. La Máquina le retiró la camiseta de la cabeza y dio un paso atrás para estudiar los daños.

    El ala no tenía arreglo: las varillas de metal estaban torcidas de forma imposible de enderezar; la mayoría de las células fotovoltaicas estaban rajadas o rotas. Tiró suavemente del metal doblado, intentando liberarlo.

    — Espera — dijo Jax; y sólo entonces se dio cuenta de que ella seguía a su lado —. Si tiras de allí y yo de aquí, se soltará.

    Asintió, y ella agarró la varilla. El sentía el calor de las manos de Jax junto a las suyas mientras tiraban. El metal cedió con un fuerte crujido, doblándose bajo su esfuerzo conjunto, y el ala quedó libre. La Máquina retrocedió, satisfecho de poder apartarse de la mujer. El calor de sus manos le intranquilizaba.

    — ¿Está muerto? — preguntó Jax.
    — Es hembra — aclaró él.
    — ¿Está muerta?

    Sacudió la cabeza.

    — Puedo arreglarla — dijo —. En el taller.

    Se acercó a su torso, desabrochó las ataduras del cuerpo metálico, y retiró las baterías de automóvil. Podría volver más tarde a recoger las baterías; sin ellas, el cuerpo pesaría mucho menos. Jax le observaba, y cuando empezó a arrastrar el cuerpo hacia el taller, ella le ayudó. Levantaron juntos a la Niña: La Máquina sostenía la cabeza, y la mujer llevaba el abdomen sobre su hombro.

    Cuando llegaron al garaje, él le dio las gracias de forma seca, pero ella no se marchó todavía. Se quedó de pie en la puerta, y le observó mientras tomaba una llave fija y empezaba a desmontar el ala doblada. Le sostenía firme el ala mientras él trabajaba, y la sujetaba de forma que no se golpease contra el suelo.

    Él no le hizo caso, y siguió trabajando, desconectando el cableado que controlaba la expansión y la contracción del ala, y luego extendiendo el ala rota sobre el suelo y recuperando las partes que valía la pena guardar. Ella se fue del garaje, y él se quedó aliviado al pensar que se marchaba. Volvió minutos después con una de las baterías de automóvil. Hizo cinco viajes más, y trajo las seis baterías. Luego, se quedó apoyada en el guardabarros de un coche, y le observó mientras escarbaba en el montón de chatarra para encontrar tubos que le sirviesen para reemplazar las varillas dobladas.

    — No hablas demasiado — dijo ella al fin.

    El no dijo nada.

    — Está bien — dijo ella al cabo de un momento —. La mayoría de la gente de por aquí se pasa todo el tiempo hablando.

    Siguió trabajando. Ella no se marchaba.

    — ¿Por qué te llaman La Máquina? — preguntó un rato después.
    — Porque soy una máquina.
    — A mí me pareces una persona normal.
    — Pues no lo soy.
    — ¿Una máquina como un reloj o algo así?
    — Más delicada que un reloj. Me construyeron antes de la epidemia. La gente tenía mucho mayor dominio de la maquinaria complicada en aquel tiempo. Pero por eso sobreviví a la epidemia. Porque no soy humano.

    Jax frunció el ceño.

    — ¿Quiere eso decir que todos los que sobrevivieron a la epidemia son máquinas?
    — Claro que no — dijo él con impaciencia —. Pero algunos pueden ser máquinas sin saberlo.
    — ¿Sí? ¿Crees que Danny-boy es una máquina?
    — No, es demasiado desordenado. Pero yo diría que Cuatroestrellas es una máquina.

    Jax sacudió la cabeza.

    — No lo creo. Suda como una persona normal.
    — Eso no importa — siguió diciendo La Máquina con calma —. Yo aparento sudar, pero sigo siendo una máquina. Cuatroestrellas es una parte pequeña de una maquinaria militar mayor, que se puso en marcha antes de la epidemia. Ahora que está en marcha, no se parará.
    — En eso tienes razón.

    Ella no dijo nada más. Al cabo de un rato, él se acostumbró a su presencia. Cuando se detuvo para descansar, seguía allí. Se sentó a la sombra, al exterior del garaje, y ella fue a sentarse con él.

    — ¿Serás capaz de arreglarla? — le preguntó.

    El asintió con la cabeza.

    — Eso está bien.

    Estaba sentada con una pierna estirada cómodamente y la otra doblada. Sus manos rodeaban débilmente la pierna doblada, y miraba a lo lejos.

    Un momento de silencio. La sombra de una farola se había movido y caía a través de la espalda del ciempiés que estaba tumbado en la calle, junto al garaje. Mientras ellos miraban, la Niña ciempiés alzó la cabeza, y se deslizó hasta que tuvo todo el cuerpo al sol. Una vez allí, bajó la cabeza y se volvió a quedar quieta. Comprendía a las Niñas: reaccionaban a los estímulos externos de forma predecible. La gente le ponía nervioso.

    — ¿Qué haces aquí? — le preguntó secamente.
    — He venido a verte, eso es todo.
    — Nadie viene a verme.
    — Yo, sí.
    — ¿Por qué?

    Ella no respondió, y él la observó. Las manos que rodeaban su pierna doblada se habían crispado. Parecía más pequeña y menos segura de sí misma. Se encogió de hombros.

    — Quería preguntarte una cosa.

    El esperó sin decir nada.

    Recogió la otra rodilla, como para protegerse, y rodeó ambas rodillas con sus manos.

    Habló con indecisión.

    — Cuando llegué a la ciudad, vi un ángel. La mitad de su cara era de metal en vez de piel. Y su mano — vio de reojo cómo ella levantaba la mano mientras hablaba —… Su mano era de metal, con junturas como esas — señaló las patas del ciempiés —. Y, yo quería saber... ¿Has construido tú algo así alguna vez?

    El sacudió la cabeza, recordando el sueño que había tenido meses atrás.

    — Yo no construyo nada — dijo por fin —. Sólo ayudo a la ciudad a que piense sus pensamientos. Esas... — extendió la mano hacia el ciempiés y hacia las otras Niñas del garaje —. Ésas son pensamientos de la ciudad. El ángel es lo mismo, creo.
    — Creo que el ángel era el mismo que se llevó a mi madre — dijo ella.

    La miró. Ya no tenía confianza en sí misma. Parecía mucho más pequeña que antes.

    — Tu madre debía pertenecer a la ciudad — dijo él —. La ciudad fue y se la llevó.
    — Pero, ¿dónde está ahora? — preguntó Jax —. No la encuentro.
    — No lo sé.
    — A veces creo que pronto la podré encontrar — dijo ella —. A veces, cuando voy andando por la calle, sé que encontraré lo que busco a la vuelta de la esquina. Doy la vuelta a la esquina y la calle está vacía. Pero la impresión sigue allí. La esquina siguiente. O la otra.

    ¿Sabes lo que quiero decir?

    — Lo sé.

    Él había sentido la opresión sutil de la ciudad, que le rodeaba y le constreñía.

    El calor que salía de ella ya no parecía tan desagradable como antes. Recordaba una vez que se había encontrado un gatito enfermo en la calle. Le había ofrecido comida, pero no la había tomado. Por último, se lo había llevado a Danny-boy, que lo había alimentado con leche en un biberón. Pero se había muerto igual. Prefería a las Niñas. Sabía arreglar las Niñas. No le gustaba ese sentimiento de confusión. Le molestaba la presencia de ella, pero no podía decirle que se marchara.

    — Viene Cuatroestrellas — dijo ella —. Quiere destruir la ciudad — recostó la cabeza sobre las rodillas —. A veces quiero escaparme, pero no puedo. Le dije a mi madre que ayudaría.

    Y Danny-boy... — dejó la frase inconclusa, sin decir nada de Danny-boy. Parecía triste y abatida.

    Él intentó pensar en cosas que la animasen.

    — ¿Tienes sed? — preguntó de repente —. Mira, tengo bebidas frías. Tengo una nevera.

    Toma — se marchó corriendo hacia la nevera y trajo una Coca — Cola fría —.Toma, es para ti.

    Ella aceptó la botella.

    — Todo saldrá bien — dijo él, sin saber de dónde venían las palabras. De algún lugar del pasado, de antes de la epidemia, de antes de saber que era una máquina —. Yo colaboraré.

    Ella le sonrió y se arrepintió de sus palabras inmediatamente, pero era demasiado tarde para retirarlas.

    Mucho después de que ella se hubiese ido, el aire del garaje estaba cargado de su aroma: un poco de sudor, un toque de humo de leña. Intentó trabajar en la placa solar del ala nueva, pero los minúsculos componentes no hacían más que caérsele. La tarea le agotaba la paciencia. Empezó a cortar tubos para la armadura del ala, pero el primer corte que hizo estaba mal, y echó a perder un trozo de tubo.

    Lo dejó también.

    Se lavó las manos con agua fría, pero seguía sintiendo el calor de su contacto, donde sus dedos se habían rozado contra los de ella al darle la Coca — Cola. Se quedó de pie en la puerta del garaje, mirando la calle. Se ponía el sol y las farolas arrojaban largas sombras.

    En la penumbra sintió que algo iba a suceder. El aire estaba fresco, azul y puro, y la calle parecía esperar algún tipo de señal. Esperó con ella, pero no sucedió nada, aparte de la puesta del sol.


    CAPÍTULO 14


    LIBROS SE LLEVÓ UNA SORPRESA AGRADABLE CUANDO Jax vino a visitarle a la biblioteca. Le ofreció una infusión de menta y galletas danesas de una lata metálica.

    — Están un poco duras pero, aparte de eso, se han conservado estupendamente — dijo —. He recuperado docenas de latas del departamento de delicatesen de los almacenes Macy. Toma las que quieras.

    Jax aceptó una galleta y mordisqueó una esquina de la misma, mientras se sentaba tímidamente sobre una silla de madera.

    — Estaba deseando que te pasases por aquí — dijo él.

    Jax asintió.

    — La ciudad me trajo aquí — dijo —. Empecé a andar y acabé ante la escalinata de la biblioteca. Pensé que debía entrar.
    — Sea lo que sea lo que te trajo, bienvenido sea. ¿Lo has pasado bien en la ciudad hasta ahora?

    Parecía que no quería comprometerse.

    — Siempre estoy conociendo gente nueva.
    — Eso no tiene nada de malo, ¿verdad?
    — Supongo que no. Todos quieren hablar y hacer preguntas.
    — Creo que te darás cuenta de que la mayoría de la gente de por aquí es bastante amistosa — dijo Libros.

    Jax parecía pensativa.

    — Yo no entiendo mucho de eso, supongo. Nunca he tenido amigos. Mi madre y yo vivíamos solas.

    No tenía rastro de autocompasión en la voz. No hacía más que afirmar la verdad.

    — Tu madre y tú debisteis de ser amigas — dijo Libros. Le inquietaba un poco su aceptación tranquila de una vida solitaria.

    Ella sacudió la cabeza.

    — No lo creo. Ella me cuidaba pero no solíamos hablar demasiado. Puede que tarde una temporada en acostumbrarme a eso de la amistad.
    — Estoy seguro de que te irá bien.

    Libros la estudió. La señora Migsdale tenía razón: la mujer tenía algo de salvaje. Un poco tímida, un poco peligrosa.

    — Ser amigos es muy sencillo. Los amigos hacen cosas como ésta: se sientan juntos, toman el té y hablan.
    — ¿Ah, sí? — tomó un trago de menta y le contempló fijamente por encima de la mesa —

    ¿Quiere esto decir que somos amigos?

    Libros se acarició la barba, estudiando su respuesta con cuidado.

    — Supongo que quiere decir que podríamos llegar a ser amigos con el tiempo. No creo que hayamos llegado todavía. Pero ya no tienes la mano en el cuchillo todo el tiempo, así que nos vamos acercando.

    Ella miró su cuchillo. Cuando volvió a levantar la vista, él creyó percibir una sombra de turbación en su mirada.

    — Danny-boy me dijo que podrías contarme muchas cosas sobre la ciudad.
    — Eso es cierto. He estado trabajando en un libro que relata la historia de la ciudad desde la epidemia. O sea, que supongo que sé bastante.

    Vio como ella miraba hacia la ventana. Afuera, en el alféizar, un par de monos se atusaban el pelo mutuamente.

    — ¿Qué puedes decirme de los monos? — preguntó ella, inclinando la cabeza hacia la ventana —. A veces me siguen — contempló los animales con expresión intranquila —. A veces intentan hablarme. Pero no sé lo que quieren decir.
    — Oh, sí, seguramente puedo decirte de los monos más de lo que estás dispuesta a oír.

    Salen en mi historia de la epidemia. La trajeron a la ciudad, ¿sabes?

    Jax le observaba con gran interés.

    — Háblame de eso.

    Libros daba una clase semanal a los niños que vivían en la ciudad. Después de enseñarles a leer o matemáticas, siempre les contaba un relato, algo relacionado con la ciudad. Ya les había contado la historia de los monos, y por eso empezó a relatarla con soltura.

    — Antes de la epidemia, los monos vivían en un país que se llama el Nepal. Está lejos de aquí; hay que cruzar el océano y luego medio continente. Allí arriba, en las montañas del Nepal, hay un monasterio, que es un lugar donde viven hombres santos. Durante centenares de años, los hombres santos han vivido en el monasterio, y durante centenares de años los monos han vivido con ellos.

    Libros tomó un trago de menta. Jax se inclinaba hacia delante y le clavaba los ojos en la cara.

    — El monasterio era un lugar pacífico, incluso en tiempo de guerra — prosiguió Libros —. Y las gentes del Nepal contaban la leyenda de que eran los monos los que hacían que el monasterio fuese pacífico. Según la leyenda, si los monos se iban del monasterio la paz llegaría al mundo. Antes de la epidemia, el mundo no era un lugar pacífico.

    Libros titubeó, y se preguntó si debería intentar explicar a Jax la Guerra Fría. Las actitudes de las naciones, las amenazas y las contraamenazas, las armas nucleares disuasorias y las conferencias en la cumbre; todas parecían tan lejanas como un libro que hubiese leído de niño. Recordaba el miedo constante, la conciencia de la muerte. Pero no era capaz de empezar a describir sus razones y solía saltárselo en la historia.

    — Todo el mundo tenía miedo de que todos muriésemos en una guerra — dijo por fin —. Y mucha gente se asoció para intentar hacer algo al respecto. Se fue formando una asociación internacional por la paz: coalición de docenas de grupos de docenas de países. En algún momento, los monos se convirtieron en un símbolo de paz. La Coalición por la Paz quiso traer los monos del Nepal, y todos los parques zoológicos del mundo quisieron tener una pareja. Los niños de las escuelas donaban el dinero que les daban sus padres para la leche de media mañana, para colaborar en la construcción de recintos para los monos en los zoos; los promotores de rock and roll organizaban conciertos benéficos. Parecía que todo el mundo estaba preparado para la paz. Los monos llegaron a San Francisco, a Washington D.C., a Moscú, a Tokio, a Beijing, a París, a Londres. La gente los recibía por todo el mundo como a mensajeros de paz. En el zoo de San Francisco, cientos de miles de personas hicieron cola para verlos. El alcalde declaró un día festivo para la ciudad.

    Libros se quedó callado un momento, recordando los sentimientos de esperanza y de alegría que habían rodeado la llegada de los monos. Se había tomado el día libre en su trabajo, y se había sumado a la multitud que esperaba para ver los monos. Aunque había sabido que importar unos cuantos monos no podría traer la paz, había deseado que no fuera así. Quería creer en los monos.

    — ¿Qué sucedió?

    La pregunta de Jax le hizo volver al relato. Le escuchaba con atención, sosteniendo la taza entre las manos.

    — Los monos trajeron la paz — dijo Libros —. Pero no como la habíamos esperado. En todas partes donde estaban se declaró la epidemia. La gente moría. Morían centenares de miles. La enfermedad se esparció de las ciudades al campo, y moría más gente — descubrió que tenía los puños apretados, e intentó relajarlos. No le gustaba recordar aquellos días —. Al principio se enterraban a los muertos con funerales adecuados. Pero al final, abrumados por la cantidad de cadáveres los funcionarios de sanidad habían recurrido a quemar los cuerpos. El humo se había mezclado con la niebla de la ciudad y había flotado por las calles. Pronto descubrieron que los monos eran la causa, y que las portadoras habían sido sus pulgas. Pero ya era demasiado tarde. Entre los humanos se transmitía la enfermedad por un virus aerobio, como si se tratase de un resfriado. La epidemia resistió a todos los esfuerzos que se hicieron para combatirla. Y después de la epidemia llegó la paz. Tuvo que llegar: no quedaba nadie para luchar.

    Libros levantó la vista. Jax estaba mirando por la ventana, contemplando los monos. Le miró.

    — Pero, ¿por qué están los monos en la ciudad?

    Libros se encogió de hombros.

    — Supongo que alguien les dejó salir del zoo. Después de todo, no fue culpa suya.

    Trajeron la paz, como había dicho la leyenda. Lo que sucedió fue que no era el tipo de paz que esperábamos.

    Jax asintió, mirando todavía por la ventana.

    — Me pregunto por qué me siguen.
    — Son unos animales curiosos. Seguramente lo único que quieren es enterarse de lo que haces.
    — Puede ser — dijo ella —. Puede que tengas razón.

    Después de hablar con Libros, Jax regresó al hotel y esperó a que llegase a casa Danny-boy. Se quedó sentada en el sillón junto a la puerta del hotel. Caía el sol, y las calles próximas al hotel ya estaban en penumbra, oscurecidas por los rascacielos del centro. Hacia el este, el cielo era de un azul luminoso; empezaba a salir una luna creciente. El aire se llenaba de expectación ante la noche que se aproximaba.

    Cerca de allí, dos monos jugaban en un coche abandonado. Las ventanas llevaban rotas mucho tiempo, y los animales se perseguían el uno al otro, entrando y saliendo por las aberturas. Luego, el mayor de los dos se detuvo, para empezar a golpear el capó con un palo, y el otro se agarró al volante y empezó a hacer gestos a su propio reflejo en el espejo retrovisor.

    Jax los contemplaba perezosamente. La explicación de Libros no le había servido para comprender mejor a los animales. La observaban y la seguían. Parecía a veces que supiesen algo que ella debería saber, pero que no quisieran hablar.

    Jax sostenía en su regazo la esfera que contenía la ciudad de San Francisco en miniatura. La sacudía de vez en cuando y veía bailar los copos dorados.

    A la vuelta de la biblioteca había visitado a Tigre. Le había quitado por fin el vendaje en forma de ocho, y había afirmado que tenía el hombro como nuevo. Se sentía aliviada de no llevar el vendaje que la oprimía, pero la retirada del mismo le hizo darse cuenta de cuánto tiempo llevaba en la ciudad. Semanas explorando las calles de la ciudad y conociendo a sus habitantes.

    Estudió la ciudad de la esfera. La miniatura había desempeñado un papel en el hecho de que ella viniese a la ciudad, pero no bastaría para retenerla. La ciudad misma se encargaba de ello. No podía huir. Sentía que ella formaba parte de ese lugar, y aquel sentimiento la sorprendía.

    Se recostó en el sillón, mirando los altos edificios que la rodeaban. Cuando oyó el timbre de la bicicleta de Danny-boy a lo lejos dejó la esfera sobre la acera y se puso de pie para recibirle. Le hizo señas mientras se acercaba.

    Oyó parlotear a un mono tras ella y se volvió hacia el sillón, justo a tiempo de ver que el animal daba un salto y tomaba la esfera de la acera.

    — ¡Eh! ¡Deja eso!

    Empezó a correr hacia el mono, pero éste salió de estampida. Cuando el animal saltó a la seguridad del toldo del hotel, dejó caer la esfera.

    El vidrio se hizo añicos sobre el cemento de la acera. El agua salpicó en todas direcciones y formó una estrella oscura sobre el cemento. El mono le dirigió un chillido desde su puesto elevado.

    Jax recogió la minúscula ciudad de entre los trozos de vidrio. Los edificios estaban moldeados en plástico, con ventanas pintadas. Había algunos fragmentos del polvo brillante que se habían quedado entre los intersticios y las irregularidades del plástico. La ciudad era mucho más pequeña de lo que había parecido a través del vidrio. No era lo que ella había esperado. No era ni mucho menos lo que había esperado.


    CAPÍTULO 15


    AL DÍA SIGUIENTE, LLOVIERON FLORES. UNAS FLORES doradas pequeñas, sin tallo, del tamaño de la uña del dedo más pequeño de Jax. El golpeteo suave de las flores contra el cristal la despertó. Formaban pequeños montones sobre el alféizar.

    Abrió la ventana, sacó la cabeza y giró el cuello para poder ver el cielo sobre su cabeza. Unas motas amarillas caían del gris sin relieve, y bailaban al descender.

    Danny-boy estaba de pie en la calle, por debajo de ella, y las flores le llegaban a las rodillas. Tommy y su hermana tenían una batalla de flores más abajo, en la misma calle, y se las tiraban a grandes puñados. Jax le llamó, y Danny-boy alzó la vista y la vio en la ventana.

    — Vamos, baja — le gritó.

    Barrió con la mano las flores del alféizar y vio cómo descendían revoloteando, hasta caer en la cabeza de Danny-boy.

    — Voy a subir al tejado — gritó ella, y corrió por los salones y por las escaleras.

    Las flores cubrían el hibachi y alfombraban la gravilla. El sol se abría paso entre las nubes, pero las flores seguían cayendo, en espiral, como los copos de nieve un día sin viento.

    Jax se asomó por el borde de la azotea. Copos dorados llenaban los espacios entre las hileras de matas de judías. Cada edificio, cada coche, cada farola, estaban recubiertos de un polvo amarillo.

    Estiró el cuello para ver caer las flores, y luego se tumbó entre ellas. Tenían un olor dulce y verde, como la hierba recién segada. Cuando oyó los pasos de Danny-boy en las escaleras, le llamó; y cuando llegó, le señaló el cielo de forma apremiante.

    — Mira cómo reflejan la luz — dijo.

    Se tendió junto a ella. Ella sintió el calor del cuerpo de Danny-boy junto al suyo y el calor del sol en su cara. Las manos de Danny-boy encontraron las de ella entre las flores, y, cuando la tocó, ella no se retiró. Las flores rozaban su cara como besos, y cada una dejaba una señal de polen y el olor de la primavera. Danny-boy le apartó las flores de la cara. Por donde pasaba su mano parecía quedarse el calor. Su mano apartaba suavemente pétalos de su cuello, de sus pechos, de su vientre. Él la acarició en el cuello, siguiendo con la ma