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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    GALÁCTICA (Glen A. Larson & Robert Thurston)

    Publicado el jueves, abril 27, 2017

    Del diario de Adama:

    Hace más de mil años empezó súbitamente la guerra con los cylones, sin previo aviso, ni siquiera una declaración formal de guerra. Como piratas, acercándose en actitud pacífica y amparados bajo un falso pabellón, los cylones abrieron fuego contra nuestras naves mercantes. No pidieron que nos detuviéramos ni nos advirtieron con un disparo de cañón laser. Habían venido a destruir y destruyeron miles de nuestras naves. Una flota de sus naves de guerra o astrobases, como a veces se les llama, puso rumbo a los doce mundos. El orgullo de los cylones les impidió prever que estaríamos dispuestos a plantarles cara. Pero lo estábamos y, durante los mil años siguientes, continuamos en pie de guerra.

    Pero mil años es mucho tiempo, incluso cuando la duración de algunos años se comprime por las torceduras del tiempo en el viaje espacial. Olvidamos la enormidad de la traición de Cylón. En cambio, nos hicimos esclavos de nuestros propios mitos. No podíamos ser sojuzgados; éramos un pueblo hábil y amante de la libertad; nos gustaba la aventura. Cuando los cylones, con la misma brusquedad con que habían iniciado las hostilidades, nos ofrecieron la paz, habíamos olvidado que no eran de fiar. Emprendimos la misión de paz con esperanza, confiando en que finalmente habrían terminado diez siglos de guerra ininterrumpida. Habíamos explorado de un modo pacífico innumerables mundos del universo; habíamos establecido también en paz el sistema de doce mundos que constituía nuestras colonias principales; volveríamos a vivir en paz. La alegría inundó nuestros corazones. Pero los que habíamos vivido dedicados por entero a la guerra, hubiésemos debido ser más avisados y percibir que la alegría de nuestros corazones tenía una significación estratégica. Cuanto más nos apartábamos de los hechos que formaban la estructura de nuestra estrategia general, más nos parecíamos a los políticos que nos gobernaban, hombres y mujeres que tenían la mente tan nublada por las palabras del poder que interpretaban mal las palabras de los poderosos, cuando éstos, sonriendo, nos ofrecían la paz.

    Repito que nosotros habríamos debido comprender mejor. Ésta es la falacia del instinto democrático. Yo habría debido comprender mejor. Siempre había tenido una habilidad especial para contender con mentalidades extrañas e incomprensibles. Por una vez me falló esta habilidad. Más tarde juré que no volvería a ocurrirme.


    1


    EL SENSOR DE CONTACTO inserto en mitad de la espalda del traje espacial de Zac emitió unas ondas que le produjeron un hormigueo a lo largo de su espina dorsal. El sistema sensor detectaba una anomalía en aquel sector del espacio; sus débiles pinchazos pulsátiles advirtieron a Zac que debía comprobar lo que pasaba. Una excitada curiosidad se unió a aquellos impulsos cuando conectó el aparato automático de búsqueda y observó los datos, tanto numéricos como en forma de diagrama, que se acumulaban en la pantalla. Al regresar a la nave espacial de guerra «Galáctica», con el grado de suboficial y una excesiva confianza en los conocimientos adquiridos en la academia espacial, su padre, el comandante Adama, le había aconsejado que no se entusiasmase demasiado con la guerra ni con nada que se relacionase con ella. La guerra, como dijo Adama, se extendió durante mil años y no había que considerarla como la mejor de las amigas. Zac, sin embargo, no había conseguido nunca dominar el ansia de surcar el espacio en su pulido avión de caza y hacer saltar la flota de Cylón en miles de pedazos. Ahora que era teniente, a sus veintitrés años y muy entrado ya en la mayoría de edad, todavía sentía las mismas ansias de combate que había experimentado a raíz de su primer lanzamiento desde la cubierta del «Galáctica».

    Su aparato registrador reveló ahora el fenómeno localizado por el sistema de aviso. Dos ingenios aéreos no identificados, suspendidos cerca de una vieja Luna, llamada Cimtar en el mapa estelar y que giraba en órbita menguante alrededor del único planeta de este remoto y nunca habitado sistema solar. Un lugar perfecto para tenderle una emboscada a la Flota Colonial. Como parte de una patrulla de vanguardia de la Flota, Zac tenía el deber de investigar aquella extraña y disimulada amenaza.

    —Algo... —dijo la voz de Apolo. El murmullo de Apolo era tan sibilante, sus palabras tan precisas, que Zac habría podido jurar que su hermano estaba a su lado, en la cabina, y no explorando en otro caza a cierta distancia.
    —Sí —dijo Zac—. Ya los veo. ¿Qué te parece?
    —Te lo diré después de comprobarlo. Podría ser una patrulla de Cylón.
    —Tal vez. Aunque se habría alejado muchísimo de casa. ¿Dónde está la nave base?
    —Quizá no haya nave base. Pueden ser naves de reconocimiento de gran radio de acción, o embarcaciones para repostar cargadas de tilium. Es extraño...
    —¿Qué, Apolo?

    Una de las cosas que había aprendido Zac en la cabina era prestar atención a todas las sospechas de su hermano.

    —Al otro lado de esos tipos no capto nada que no sea estático.

    Apolo tenía razón. Zac observó su pantalla y sólo vio los dos misteriosos puntos y un extraño campo regular de interferencia estática detrás de ellos. Ésta parecía indicar una tormenta, pero ninguna tormenta se había registrado hasta entonces en aquel sector.

    —Sé lo que quieres decir —dijo Zac—. Pensé que algo andaba mal en mi aparato.
    —Podría ser una tormenta. Aunque esto no tiene...

    La voz de Apolo se extinguió y quedó flotando una nota de preocupación en el estático silencio. Al cabo de un momento, Apolo dijo:

    —Si es una tormenta, la Flota pronto se precipitará en ella. Será mejor que echemos un vistazo. Pon en marcha las turbinas.
    —Pero ya sabes que las órdenes sobre ahorro de combustible prohíben expresamente emplear las turbinas, salvo en combate o para volver a la base.

    Zac habría podido prever la respuesta irritada de su hermano:

    —Muchacho, no dejes que la conferencia de paz que se está celebrando a nuestras espaldas entorpezca tu buen juicio. Hasta que no tengamos noticias oficiales de la firma de un armisticio, podemos hacer lo que queramos. Esto sigue siendo un frente.

    A través de los auriculares, Zac pudo oír la estruendosa aceleración de la nave de Apolo como punto final a sus palabras. «Está bien —pensó—; adelante.» Le envolvió la tensión que precede al combate. Y le gustó. Apretó furiosamente los botones de contacto del trío de turbinas y empujó un pedal con el pie. El impulso resultante le aplastó contra el respaldo de su asiento.

    MIENTRAS SURCABAN el espacio en dirección a la vieja Luna, Apolo temió que tropezasen con dificultades dentro del despoblado sector de Lianus. Algo no concordaba. Su padre había ordenado expresamente que todas las naves, de guerra o mercantes, transmitiesen con regularidad su localización exacta. No había razón para que alguna de ellas lo hubiese olvidado, ni motivo estratégico o comercial para correr el riesgo de ocultarse. Si se eliminaban todas las naves conocidas de las doce colonias, incluidas las ilegales, sólo quedaba una solución: los cylones. Y no era una solución que agradase particularmente a Apolo.

    La voz de Zac llegó a sus oídos:

    —¡Eh, hermano!
    —¿Qué quieres, muchacho?
    —Ya sé por qué se me ha encargado esta misión. Tigh quiso fastidiarme... No, tacha eso... Tigh quiso darme una lección por aquella pequeña escapada de descanso y convalecencia con la enfermera jefe, de Paye, en el hospital. Pero, ¿y tú? ¿Cómo te has metido en esta patrulla?

    Zac tenía siempre que saberlo todo. A veces, su curiosidad infantil irritaba terriblemente a Apolo.

    —¡Oh! —dijo éste—. Me imagino que cuando se haya firmado el armisticio nos enviarán a todos los guerreros a uno de esos planetas donde existe un ocio tan organizado que uno se muere de aburrimiento. Por eso pensé que no me vendría mal participar en una última y pequeña misión.
    —Ya —dijo Zac—. Dime, ¿no será que no querías perder de vista a tu alocado hermano menor? Es decir, que te has propuesto vigilarme durante este...
    —Basta, Zac. No te estoy vigilando. En absoluto. Como acabo de decirte...
    —¿De veras, hermano mayor?

    A Apolo le irritó el énfasis sarcástico con que Zac había pronunciado la palabra «mayor». A veces, su hermano pequeño era insufrible.

    —No seas tonto, Zac. Tienes un magnífico historial de guerra, por no hablar de la circunstancia, repetida hasta la saciedad, de que obtuviste las mejores notas en toda la historia de la academia. No necesitas que te vigilen...
    —Olvídalo, Apolo.

    Se hizo un momento de silencio. Después, Zac habló de nuevo:

    —Dime, ¿qué harás cuando se haya firmado el armisticio? ¿Irás de veras a uno de esos aburridos planetas de descanso?

    Apolo sonrió. No estaba seguro de que Zac, que siempre necesitaba a alguien con quien hablar, comprendiese lo que iba a decirle.

    —Cuando la guerra haya terminado oficialmente, no creo que quiera establecerme en ningún planeta. Sólo lo suficiente para repostar y zarpar de nuevo.

    Se produjeron unos chasquidos en los auriculares antes de que sonase de nuevo la voz de Zac:

    —Bueno, ¿qué piensas hacer en la posguerra, Apolo?
    —No estoy seguro. Pero todavía queda mucho espacio por explorar, Zac. Es un verdadero desafío... La exploración estelar profunda. ¿Quién sabe lo que encontraremos más allá de las doce colonias?
    —Mientras no haya más cylones... Me ponen la piel de gallina. ¿Crees que habrá paz con ellos? Quiero decir, una verdadera paz.
    —Si quieres decir si creo en la paz con los cylones, una paz que dure al menos lo que tarde en secarse la tinta del tratado, sólo puedo decirte que no lo sé. Pero me parece que no deberíamos hablar de esto. Si nuestra comunicación estuviese intervenida, podría ser un poco desagradable cuando volvamos a la «Galáctica».
    —Sí. ¿Qué te parece, la «Galáctica»? ¿Se ha puesto usted colorado, coronel Tigh?
    —Basta, Zac. Estáte atento a la misión. Cimtar está delante de nosotros. Daremos una vuelta y echaremos un vistazo, ¿eh?

    Un momento después estaban sobre su objetivo, un vehículo espacial grande y pesado, de destartalado aspecto. Parecía flotar sin rumbo, oscilando como un señuelo de pesca sin cebo en aquel trozo del mar espacial. Encima de él estaba la vieja Luna y, debajo, una capa de nubes rojizas que Apolo no consideró normal en aquel planeta árido y deshabitado.

    —¿Qué es? —murmuró Apolo.
    —Te lo diré en seguida —respondió Zac.

    ZAC ACCIONÓ LA COMBINACIÓN que identificaría el vehículo que aparecía en su pantalla. La intensidad de la imagen cambió al ser comparados varios modelos de naves existentes con la anticuada embarcación que era objeto de estudio. La máquina obtuvo rápidamente una coincidencia y la identificación apareció impresa debajo de la imagen.

    —El archivo de guerra dice que es una nave cisterna de Cylón —dijo Zac—. Según el aparato registrador, está vacía.

    La voz de Apolo se volvió agitada.

    —¿Una nave cisterna vacía? ¿Qué diablos hace aquí una cisterna vacía?
    —¿Y dónde está la otra nave, la que... ?
    —Supongo que tapada por ésta. Oculta, diría yo. Es curioso... Me pregunto por qué se esconderán.
    —No lo sé, pero está muy cerca de esas nubes.

    Zac empezaba a impacientarse; no estaba dispuesto a esperar las órdenes de su hermano. Cuando fuese capitán, como Apolo, podría dar las órdenes. Claro que, entonces, Apolo sería almirante o algo por el estilo, y probablemente diría aún a Zac lo que tenía que hacer. Aunque adoraba a su valiente hermano desde la infancia, a pesar de que su propio prestigio en la academia del espacio se había beneficiado de las historias sobre el heroísmo de Apolo que él mismo había referido a sus condiscípulos, Zac ansiaba hacer más cosas por su cuenta, realizar hazañas de vuelo en el espacio como las que habían hecho tan famoso a Apolo en todas las naves de guerra.

    ¿Por qué pensaba ahora de este modo? Su padre, junto con los otros grandes dirigentes de los doce mundos, se encontraba en el «Atlantia», elaborando un acuerdo de paz, y Zac sin embargo esperaba todavía convertirse en un gran héroe guerrero. Algo andaba mal en su cabeza. Tendría que hablar de esto más tarde con Apolo, cuando ambos regresasen a la nave de guerra y charlasen como de costumbre después de la misión.

    —Bueno, muchacho —murmuró la voz de Apolo en su oído—. Hemos venido a ver. Nos acercaremos más.
    —Ten cuidado, Apolo —dijo Zac, asombrándose inmediatamente de su propia y desacostumbrada precaución—. Esto me da mala espina.
    —¿Mala espina? —La voz de Apolo era ahora más suave, con un matiz de afecto fraternal—. Siempre le he dicho a papá que pareces haber nacido en Scorpia y no en Cáprica.
    —Sin embargo, tengo esta extraña impresión...
    —No eres lo bastante viejo para tener impresiones extrañas, piloto.

    Zac asintió con la cabeza, aunque Apolo no podía verle. No era raro que tuviese esta inmediata reacción física a una reprimenda de su hermano.

    —En todo caso —siguió diciendo Apolo—, mientras nosotros nos encontramos aquí de patrulla, Starbuck está jugando a las cartas con un par de incautos gemones, y quisiera volver antes de que acabe de desplumarles.

    Mirando por su visor lateral, Zac observó que Apolo hacía girar su aparato para dar una vuelta alrededor del viejo carguero. Zac se dispuso a seguirle y pulsó furiosamente los botones de mando.

    LOS ANGULOSOS PÓMULOS del comandante Adama parecían obra de un experto tallador de diamantes. Pero sus ojos fríos y penetrantes no habrían podido ser diseñados por el más fino artesano. Los miembros de su tripulación temían y amaban por igual a Adama. Había una superstición popular a bordo de la «Galáctica», según la cual, cuando el comandante se enfadaba, aquellos ojos poderosos se hundían en el cráneo y lanzaban rayos que le hacían parecer tan inhumano como un dios de alguna nueva y extraña mitología. Aunque alto y fornido, no tenía la torpeza típica del hombre musculoso en sus movimientos normales. Sus ademanes eran suaves y distinguidos, y era tan natural en su comportamiento que incluso sus enemigos se sentían cómodos con él... Por lo menos cuando él se sentía cómodo con ellos.

    Ahora permanecía apartado de los otros, de sus camaradas del Quórum de los Doce. Los brindis por la recobrada paz sonaban falsos en sus oídos. Delante de él, como si estuvieran dispuestas para su contemplación particular, los millones de estrellas que se agrupaban en el campo visual del «Atlantia» le recordaban, como recordaban a todos los hombres contemplativos, su propia insignificancia en el universo y, más aún, la pequeñez del acontecimiento histórico que se desarrollaba detrás de él. Los hombres hacían guerras, aclamaban la llegada de la paz y, después, parecían siempre proyectar otra guerra para que la paz no fuese demasiado consoladora.

    Esta paz, en particular, le preocupaba. Había demasiada tensión en el entusiasmo y demasiada sencillez en las negociaciones. Le disgustaba el hecho de que los cylones ausentes controlasen el acto como lejanos titiriteros, enviando un intermediario humano y disponiendo la reunión definitiva para firmar el tratado en las coordenadas de espacio elegidas por ellos mismos.

    El presidente Adar, encarnación del sabio tradicional, con su luenga barba gris y su holgada toga, había dicho que aquel acuerdo era el acontecimiento más significativo de la historia humana. Las velas colocadas sobre la mesa del banquete, que arrancaban destellos de la roja pedrería incrustada en su cáliz de plata, habían dado un matiz religioso al brindis oficial. Y la untuosidad de la respuesta de Baltar al brindis había dejado un sabor amargo en la boca de Adama. ¿Por qué habían empleado los cylones a Baltar como su mensajero humano en esta conferencia? Aunque se decía conde, Baltar era poco mejor que un comerciante, un mercader en artículos raros. Era rico, sí, enormemente rico, pero no era un enlace adecuado entre los humanos y los cylones, ni se le hubiesen debido confiar asuntos sagrados. ¿Por qué enviar un corpulento mercader cuya enfermiza piel sugería el color de las monedas deslustradas, cuando estaban disponibles diplomáticos ansiosos de poder? ¿Quién podía saber jamás lo que pasaba por la mente ajena? Los cylones pudieron haber tenido sus razones para elegir al corpulento mercader de suaves modales. Además, ¿quién era Adama para juzgar las facetas de la paz? Él no había conocido nunca la paz; había dedicado toda su vida a la guerra. Nada sabía de la paz, ni por experiencia, ni por haberla conocido filosóficamente. Adama volvió su atención a la fiesta, que estaba en las últimas fases del ceremonial. Adar abrazó a Baltar. La indumentaria recargada y de vivos colores del mercader, en especial la larga y amplia capa de terciopelo, hacían que las sencillas prendas del presidente pareciesen rústicas. Los dos hombres sólo se parecían en las botas altas que llevaban ambos, una extraña coincidencia, pues las botas de Adar contrastaban vivamente con el corte austero de su toga de seda blanca. Incluso en esto, el calzado de Baltar, con sus adornos que parecían de pergamino, resultaba más suntuoso. Era ridículo que el presidente del Quórum de los Doce tuviese que mostrarse oficialmente tan cariñoso con el mensajero—mercader. La voz de Adar tronó en el comedor de la «Atlantia»:

    —Has obrado bien, Baltar. Tu incansable trabajo ha hecho posible la conferencia de armisticio. Te has ganado un puesto en los libros de historia.

    «¡Un puesto en los libros de historial», pensó Adama. Aquel hombre no se merecía siquiera un entierro decente en una nota de pie de página.

    A Adama siempre le enojaba oír a su viejo amigo Adar hablar con tanto énfasis y haciendo tan evidente su talante político. Habían estudiado juntos en la academia del espacio. La proximidad alfabética de sus nombres, Adama y Adar, hizo que estuviesen siempre juntos en las aulas, sólida demostración —decían ellos— de que el destino forjaba las amistades valiosas. Su camaradería se había afirmado aún más cuando ambos fueron destinados a la misma flota de naves de guerra, como pilotos de caza. Después de ser elegido presidente del Quórum de los Doce, Adar había seguido confiando muchísimo en los consejos de Adama. Hasta ahora.

    La obsequiosa y humilde expresión que se pintaba en el rostro de Baltar obligó a Adama a concentrarse de nuevo en los astros. Los músculos de sus hombros se contrajeron al oír la respuesta del mercader a Adar.

    —Si Cylón me escogió como su enlace con el Quórum de los Doce fue providencialmente, no por mi habilidad.

    El ruido de la fiesta impidió que Adama oyese los siguientes comentarios que Adar hizo al mercader. Así era mejor; estaba harto de politiqueos. Por hoy, ya tenía bastante.

    —Pareces preocupado, viejo amigo —dijo Adar.

    Adama se había dado cuenta de que el presidente se le acercaba, pero se permitió una pequeña insubordinación al fingir que no lo advertía. Sospechando cierto antagonismo por parte de Adama, Adar habló en tono protector y con acento nasal, característicos en él cuando tropezaba con alguna oposición. Estrujándose la tupida barba gris, como si pensase afeitarla inmediatamente, dijo:

    —Bueno, veo que la fiesta no ha sido del agrado de todos mis hijos.

    Aunque le molestó la frase patriarcal de Adar, Adama resolvió no responderle en el mismo tono.

    —Lo que nos espera allá fuera es lo que me preocupa —dijo Adama, señalando la brillante aglomeración de astros.
    —Supongo —dijo Adar dirigiéndole una sonrisa condescendiente— que habrás renunciado a tus sospechas contra los cylones. Fueron ellos quienes pidieron el armisticio. En cuanto a mí, espero ilusionado la próxima reunión con los representantes de Cylón.

    Adama observó el rostro tranquilo y confiado del presidente y estuvo a punto de hablarle en los términos descarados de sus tiempos de pilotos del espacio. Pero no; Adar se había distanciado demasiado de todo aquello para comprender el lenguaje vulgar de antaño. Adama recurrió a la fraseología diplomática.

    —Discúlpeme, señor presidente, pero..., pero los cylones odian profundamente a los humanos, con todas las fibras de su ser. Somos diferentes de ellos en nuestro amor a la libertad y a la independencia, en nuestra necesidad de sentir, de interrogar, de afirmar, de rebelarnos contra la opresión. Para ellos, somos extraños, y nunca aceptarán nuestros procedimientos, nuestras ideas, nuestros...
    —Pero los han aceptado. Por medio de Baltar, han pedido la paz.

    El tono de Adar era rotundo. Significaba que no había que hablar más del asunto. Adama contempló fijamente al barbudo, el cual, aunque tenía su misma edad, parecía mucho más viejo. Sabía que era inútil contradecirle en una ocasión presuntamente tan gozosa. Como en la guerra, había que saber retirarse en las discusiones políticas.

    —Sí —dijo Adama—. Desde luego, tiene usted razón.

    Y, desde luego, Adar se había acercado a él buscando su capitulación. El presidente, ahora complacido, dejó de mesarse nerviosamente la barba y abrazó a su antigo camarada. El hombre irradiaba confianza. Adama lamentó no poder hallarse tan seguro, pero la vigilante mirada de Baltar sólo sirvió para aumentar su inquietud.

    Apartándose de Adama, Adar volvió a reunirse con un grupo de miembns más jubilosos del Quórum. Adama, mal.humorado, caminó a lo largo del borde del campo de astros que abarcaba casi la mitad del comedor. Se detuvo en una posición desde la que podía observar su propia nave de guerra,la «Galáctica».

    Estaba orgulloso de que la «Galáctica » fuese unánimemente reconocida como la nave de guerra más grande de la Flota Colonial y la mejor gobernada de las cinco astronaves quecomponían la Flota. Había sido puesta en servicio al menos dos siglos antes de que naciese su actual comandante, y antes de Adama la había capitaneado su padre. La «Galáctica» había sobrevivido a miles de enfrentamientos con el enemigo, lo cual, teniendo en cuenta la astucia de Cylón, era toda una hazaña. Con la destrucción de la nave gemela de la «Atlantia», la «Pacífica», la embarcación de Adama se había convertido en la mayor astronave de la Flota. Y, desde que él había tomado el mando, su historial había sido tan imponente como su tamaño. Las más heroicas empresas, las misiones más suicidas, el mayor número de bajas de Cylón, formaban ahora parte de la gloriosa historia de la «Galáctica». Si esta paz duraba lo bastante, la astronave sería sin duda erigida en monumento al triunfo humano.

    Aunque parecía deslizarse plácidamente, la «Galáctica» volaba a casi la velocidad de la luz. Su lentitud se debía al hecho de que, como guardián de la «Atlantia» durante la conferencia de paz, tenía que mantener la misma velocidad que la astronave del mando. No era de extrañar. Así como la «Atlantia» semejaba una colmena de secciones de abultado perfil, la «Galáctica » era un vehículo de esbelta silueta y múltiples niveles, cuyos componentes funcionales permitían la rara combinación del tamaño con la velocidad. En un espacio regular, podía recorrer distancias casi tan de prisa como la nave de caza lanzada desde ella. Su sistema de energía proporcionaba la mayor fuerza posible derivada de una mezcla de tilium con otros combustibles inferiores. Sus pistas de lanzamiento podían activarse en pocos minutos, y salían proyectadas del núcleo cilíndrico del vehículo; sus sistemas de guía habían sido perfeccionados —por orden de Adama— hasta el punto de que sus pilotos eran capaces de aterrizar sobre una hoja de informe interior de la Flota sin manchar una sola letra.

    Adama estaba igualmente orgulloso del eficaz sistema social establecido dentro de la nave. Ningún comandante habría podido desear una tripulación más unida, cosa sorprendente si se tiene en cuenta que se necesitan millares de personas para hacer funcionar una astronave de guerra. Su hija Atenea no se cansaba de decir que la tripulación trabajaba bien porque sabía que tenía un comandante justo y comprensivo. Él le echaba en cara el sentimentalismo de esta observación, pero le complacía que la buena actuación de todos los tripulantes de la «Galáctica» diese testimonio de su capacidad de comandante. (Su padre, cuando se retiró del mando activo, había pronosticado que Adama superaría sus propias hazañas, y la profecía se había cumplido... hasta ahora). Sí; era una nave magnífica, con una estupenda tripulación. Incluso sus impulsivos hijos —Apolo, Zac, Atenea— se portaban bien cuando la «Galáctica» o su comandante necesitaban algo.

    Pero, ahora, la bella imagen de su astronave de guerra sobre el fondo de brillantes estrellas era aún más imponente que su eficacia interna o externa. Sus líneas eran tan delicadas, y eran tantas las facetas, propias de una joya, de su superficie azul grisacea, que el observador casual que la contemplase desde el panel de observación del campo de astros de la «Atlantia» no podría sospechar en absoluto que sus dimensiones fuesen tan monumentales y su tamaño total tan enorme. Adama recordó que su padre solía decir que la «Galáctica» tenía el tamaño de un pequeño planeta, y que un viajero se habría pasado casi toda la vida recorriendo sus pasillos sin retroceder un solo paso. Más tarde se había enterado de que la descripción del viejo era un poco exagerada, uno de los cuentos a los que era tan aficionado. Sin embargo, la Galáctica habría sido todo un desafío para un consumado excursionista. Al observarla ahora, experimentó un fugaz sentimiento de incredulidad al pensar que aquello era su dominio, su mundo. Lo había sentido por primera vez al hacerse cargo del mando, hacía de ello veinticinco años, y ahora volvió a sentirlo profundamente. Y deseó volver a la «Galáctica» lo antes posible para escapar al vacío que sentía entre la bulliciosa alegría con que se celebraba la victoria del Quórum.

    STARBUCK NO TUVO QUE MIRAR por encima del hombro para saber que se había formado un grupo de mirones detrás de él. Cuando tenía un par de incautos a su alcance, corría siempre el rumor en la «Galáctica» y la gente acudía a toda prisa al salón. Se consideraba un privilegio presenciar el sacrificio. La habilidad de Starbuck en el juego se había hecho tan famosa que su nombre se había incorporado a la jerga de los pilotos de caza. Ser starbuckado significaba que uno se había dejado conducir a una situación donde la derrota era inevitable. El término figuraba tanto en el vocabulario de la guerra como en el de las mesas de juego.

    A semejanza de los actores, el joven y apuesto teniente sabía cómo tenía que comportarse ante el público. Su rostro, demasiado agradable para un hombre tan diabólicamente astuto, adoptaba una expresión de ingenuidad, como si acabase de llegar a la astronave de guerra, recién salido de la academia del espacio. La torpeza sustituía a la gracia normal de sus movimientos, y se inclinaba sobre la mesa como si se preguntase por qué se habría metido en aquel lío. Todo ello formaba parte de la comedia. Y los mirones lo sabían, como sabían que caería sobre sus tontos adversarios igual que una patrulla de Cylón que aparece tras atravesar una cortina de nubes.

    Esta vez, sus víctimas eran un par de gemones del planeta Géminis. Por lo visto, no se habían enterado de la fama de Starbuck, pues sostenían sus cartas redondas con la seguridad característica de los que están convencidos de contar con una mano ganadora. Como todos los gemones, se parecían mucho, aunque sus facciones eran diferentes; uno tenía la cara delgada mientras que la del otro era más bien rolliza. Algo en la expresión de los gemones, una placidez rayana en la simpleza, parecía ser la causa de que todos se pareciesen. Los gemones figuraban entre los miembros más inteligentes de cualquier tripulación de astronaves guerreras; pero, tratándose del juego, solían ser las víctimas más fáciles.

    Starbuck estaba dispuesto. Podía palpar el triunfo en la suave superficie de sus naipes, como si éstos lo tuviesen escrito en clave para exclusivo conocimiento de sus manos. Sin elevar la voz, anunció:

    —Para que el juego sea instructivo, y dado que sois novatos en él, sólo apostaré... digamos, esto.

    Fríamente, empujó la mitad de su caudal, un montoncito de fichas cuadradas de oro, limpiamente ordenadas. Sus ojos, de un azul oscuro, disimularon el desdén que sentía por sus adversarios. Los dos hombres parecieron pasmados al arquear simultáneamente las cejas. Como habían hecho durante todo el juego, se pasaron la mano del uno al otro, murmurando entre ellos sobre la próxima jugada. Algunas sonrisas y un par de chasquidos de lengua pusieron cierta animación en el hasta entonces serio público. Todos habían apostado por las maniobras estratégicas de Starbuck. A medida que habían ido llegando, Boomer, el amigo de Starbuck, había recogido dinero de cada uno para aumentar el montón de fichas de Starbuck. Ahora pensaban en sus propias ganancias.

    —A pesar de la humildad de esta mano —dijo el gemón que sostenía ahora las cartas— tenemos que aceptar tu envite por el honor de nuestra colonia natal.
    —Envite. Honor. Géminis —dijo el otro gemón, pues, cuando hablaba uno de ellos, el otro solía repetir los vocablos principales de sus frases.

    El gemón que tenía los naipes empujó un montón de fichas igual a la apuesta de Starbuck. Éste sintió la tensión del público. Y se disponía a hablar, diciendo que había que mostrar el juego, cuando el gemón añadió, pausadamente:

    —Y, por la gloria de Géminis, doblamos la cantidad.
    —Gloria. Doble. Cantidad —dijo su compañero, cogiendo ahora los naipes y empujando el mantoncito de fichas que doblaba la apuesta.

    Advirtiendo el nerviosismo de su público, Starbuck creyó necesario fingir tranquilidad.

    —Muy bien —dijo, atusándose unos largos mechones de sus cabellos rubios como el trigo—, en nombre de nuestro planeta Cáprica y por su eterna gloria, acepto vuestro envite y lo doblo a mi vez.

    Si no hubiesen estado tan apretados los mirones, alguno de ellos se habría desmayado y caído al suelo. Starbuck empujó todas las fichas que le quedaban y se retrepó confiadamente en su sillón. Sintió una palmada en el hombro y contempló el tenso semblante negro de su amigo, el teniente Boomer. ¿Quiénes, si no los superprecavidos, juegan sólo cuando saben que su mano es más que segura, inteligente Boomer?

    —¿Cuánto falta en el dinero de tu apuesta? —preguntó el gemón que sostenía los naipes.
    —Falta. Apuesta.
    —Un momento —dijo Starbuck—. Vamos, muchachos, poned el resto. El público pareció dar un paso atrás colectivo. Boomer actuó de portavoz:
    —¿Puedo hablar contigo un momento? En privado. —Y, volviéndose a los gemones, añadió—: Será sólo un instante, amigos.

    Con exagerada cortesía, Boomer se llevó a Starbuck lejos de la mesa. Fuera del campo visual de los gemones y detrás de la nerviosa pared formada por los miembros de la galería, se les reunieron el teniente Jolly y el alférez Greenbean, Mutt y Jeff, según les llamaba la tripulación. Jolly era un joven alto y vigoroso, pero demasiado pesado, mientras que Greenbean era alto y delgado. La conferencia entre los cuatro hombres se desarrolló entre excitados murmullos.

    —¿Estás loco? —dijo Boomer, que raras veces sudaba, pero ahora se enjugó el sudor que brillaba en su frente.
    —¿No lo habéis oído? —dijo Starbuck—. Es por la gloria de Cáprica.
    —Gloria, Cáprica —dijo Jolly.
    —¿También tú eres gemón? —preguntó Starbuck, sonriendo—. Escuchad, ¿os he defraudado alguna vez?

    Las caras de los tres hombres, particularmente la de Boomer, parecieron responder afirmativamente.

    —Bueno —dijo Starbuck—, una o dos veces. Pero esto es una verdadera ganga. Tengo a esos tipos en mis manos. De esta manera doblaremos nuestro dinero. Quieren jugárselo todo.
    —Nos dijiste que no entendían el juego ——dijo Jolly.
    —Por lo visto han aprendido de prisa —gruñó Boomer, pero suspiró. Siempre se mostraba pragmático, tanto en el juego como en un furioso encuentro con el enemigo. Después de tanto leer en su visor, se había convertido en reflexivo analista de cualquier situación, y, en ésta, vio que reducir las pérdidas no era práctico; la inversión era demasiado elevada—. Tenemos que hacer lo que dice Starbuck o lo perderemos todo; estamos metidos en el juego.

    Boomer se movió entre el público, obligando a sus miembros a soltar lo necesario para cubrir la impulsiva apuesta de Starbuck. Luego dio un montoncito de fichas de oro a su amigo y le dijo que siguiese adelante. Starbuck empujó las fichas hasta el centro de la mesa y mostró sus cartas.

    —A ver si lo ganáis —gruñó, y su voz resonó con inquietud en el silencio de la estancia.

    El gemón sonrió y mostró sus naipes. El público se estremeció ante la tragedia revelada por los círculos de plástico. Después, todos se encogieron viendo cómo recogían los gemones las fichas de oro.

    DURANTE UN BREVE instante, Apolo pudo observar bien el segundo vehículo cisterna, el que había sido revelado como compañero del primero en su aparato registrador y en el de Zac, antes de desaparecer en la capa de nubes. No podía decir si se trataba de una maniobra estratégica o si la nave aparentemente vacía había marchado a la deriva entre las extrañas nubes.

    —Ahí está la otra nave —dijo a Zac—. Pero, ¿qué es y qué está haciendo?

    Reprimió su impulso de ir a comprobarlo. No estaba dispuesto a ponerse en peligro por seguir a una presunta nave cisterna fantasma. Antes tenía que hacer otras comprobaciones. Sin embargo, en cuanto trató de accionar un programa de registro, apareció en la pantalla un revoltijo de símbolos incomprensibles. Era como si algo, dentro de aquellas nubes, tratase de atraerle con engaños; una de esas Lorelei del espacio tan apreciadas por los narradores de salón. Después de intentar todas las operaciones que se le ocurrieron, comunicó a Zac el fracaso de su complicado equipo en averiguar algo sobre las misteriosas nubes.

    —Yo obtengo el mismo lío de datos sobre la nave cisterna que está detrás de nosotros —dijo Zac—. Haga lo que haga, todo sale confuso.
    —Alguien nos está interfiriendo.
    —No lo sé. Por los datos que tenemos los dos son naves cargueros.
    —¡Y un cuerno! Nos están interfiriendo, ocultan algo. No hay alternativa. Voy hacia allá.
    —Pero la nube...
    —Me arriesgaré.
    —Está bien, pero no me gusta la idea de volar a ciegas.
    —No volaremos, muchacho. Tú te quedarás donde estás.
    —No puedo...
    —En caso de que te necesite, te llamaré para que me sigas, teniente.

    Apolo dirigió su nave en derechura a la masa de nubes. Oyó la voz agitada de Zac en su aparato de comunicación.

    —Esas interferencias están estropeando mi registro.

    Dentro de las nubes, Apolo trató de hacer funcionar de nuevo su aparato registrador, sin mayor éxito que antes..

    —Nada, salvo una inofensiva capa de nubes —dijo—. Y mucho menos densa de lo que parecía. No sé por qué nos mandan todas esas...

    Al salir al otro lado de la capa de nubes y mirar hacia abajo, comprendió la razón. Debajo de él, había una inmensa zona de estacionamiento de Cylón, y estaba a punto de caer en su centro.

    —Apolo, ¿qué sucede? —inquirió Zac.

    Por lo que podía ver Apolo, había allí naves de guerra de Cylón, con sus extrañas curvas y sus arqueados vástagos. En una de las naves pudo ver el acostumbrado trío que componía la tripulación. Dos pilotos con sendos cascos estaban sentados uno al lado del otro. Sus cascos de forma tubular cubrían lo que Apolo, que había visto de cerca cadáveres de cylones, sabía que eran criaturas de ojos múltiples y cuyas cabezas podían cambiar de forma a voluntad. En el centro del casco había una larga pero estrecha rendija de la que salían finos y concentrados rayos de luz. Ningún ser humano había podido descubrir si aquella luz era producida por los propios cylones o si se debía a la tecnología del casco. Ahora, al contemplar Apolo aquel trío particular de cylones, se sobresaltó al ver que el haz de luz de uno de los cascos se desviaba en dirección a su aparato. Al propio tiempo, el cylón observador indicó a sus compañeros que siguiesen su mirada. Apolo manipuló el retroceso en el tablero de mandos. Su vehículo describió una curva hacia arriba y chirrió al invertir la marcha.

    —¡Salgamos de aquí! —indicó a Zac por radio, al tiempo que giraba.
    —¿Por qué?

    Vio la nave de Zac al salir de las nubes.

    —Te lo explicaré más tarde.

    El vehículo de Zac dio rápidamente media vuelta para seguir al de su hermano, que aceleraba la marcha.

    —Apolo —dijo Zac—, me parece que por un par de inofensivas naves cisterna estás quemando inútilmente mucho...

    La voz de Zac fue interrumpida por un ruido de explosiones.

    —¿Qué es eso, Zac?
    —Naves. Naves de Cylón. Vienen hacia mí. Disparan. Continúa, yo te seguiré...

    Observando su aparato registrador, Apolo pudo distinguir cuatro naves de Cylón que perseguían al avión de su hermano. Conectó la línea de comunicación con la «Galáctica», pero no tuvo respuesta.

    —Están interfiriendo nuestras transmisiones, muchacho. Tenemos que volver a la Flota y avisarles. Es una trampa, una emboscada. Tienen poder de fuego suficiente para destruir toda la Flota.
    —Pero, Apolo, hay una misión de paz, y todo el Quórum de los Doce. No pueden...

    Apolo oyó una explosión a través de su auricular.

    —¿Qué ha sido esto, Zac? ¿Estás bien? ¿Algo anda mal?

    La respondió la voz asustada de Zac:

    —Le han dado a mi motor de babor, Apolo.
    —Tranquilízate. Escucha, no conseguiremos nada dándoles la espalda a esos piojosos. Puedo ver cuatro naves en mi registro. ¿Cuántas ves en el tuyo?
    —Las mismas. Cuatro.
    —¡Maldita sea! ¿Tan pocas han enviado contra nosotros? Es un insulto.
    —Tal vez sí, Apolo, pero no lo hacen mal.
    —Sólo porque están a nuestra espalda. Está bien. Cuando cuente tres, invierte la dirección a toda velocidad. Les daremos una pequeña sorpresa. ¿De acuerdo?
    —De acuerdo.
    —Uno... , dos..., ¡tres!

    Así como el ruido producido por su propio avión al invertir la marcha sonó ensordecedor en sus oídos, el silencio de los cazas de Cylón al cruzarse con él fue extrañamente fantástico. Aunque no podía ver a sus encasquetados enemigos, Apolo estaba seguro de que estaban confusos por la brusca maniobra. Se los imaginaba escrutando el cielo, dirigiendo los rayos de luz de sus cascos en todas direcciones, tratando de localizarles.

    Frunciendo los párpados, Apolo apoyó un dedo en el botón de fuego de su aparato de dirección. Una de las naves de Cylón se puso a tiro.

    —¡Ahí va, maldita y viscosa criatura! —murmuró.

    Apretó el botón. La nave de Cylón se desintegró inmediatamente transformada en escombros espaciales.

    Apareció el caza de Zac persiguiendo a otra de las naves de Cylón. Como conocía los movimientos de su hermano, Apolo podía imaginárselo apuntando y disparando. El segundo vehículo de Cylón se desintegró también. Los dos cazas restantes se separaron y emprendieron la huida. El elemento sorpresa había valido a Apolo y Zac dos derribos al primer intento.

    —No está mal, hermanito —dijo Apolo—. Bien; persigue a los tipos de la derecha.

    Apolo dirigió su aparato hacia el caza de Cylón de la izquierda. Antes de que éste pudiese girar para colocarse en posición de ataque, apuntó al blanco, apretó el botón, y los pedazos de la nave enemiga volaron hacia los confines del espacio.

    Al dar media vuelta, volvió a ver a Zac, que ahora disparaba contra el último atacante de Cylón y erraba el blanco. «¡Maldición! —pensó Apolo—; el chico se apresura algunas veces, aprieta demasiado pronto el gatillo.» La presa de Zac giró y describió un rizo. Apolo sabía que aquella maniobra sólo podían realizarla los más hábiles pilotos de Cylón. Antes de que Zac se diese cuenta, su enemigo se había situado detrás de su avión.

    —Apolo... —dijo Zac.
    —Ya lo veo. Entreténlo un poco más. En seguida estaré contigo.
    —¿Que le entretenga? ¡No te quepa duda de que ya está bien entretenido!

    Cuando Zac trataba de esquivar a su perseguidor, su avión sufrió un nuevo impacto.

    —¡Un motor a paseo! —exclamó.

    El aparato de Apolo se situó sobre el caza de Cylón desde un lado, lanzándose en vuelo perpendicular contra él.

    —Quietos —murmuró—. Quietos. Sólo os pido que no miréis en esta dirección, muchachos.

    Le pareció que uno de los pilotos de Cylón se había dado cuenta de su presencia con un instante de retraso, antes de que estallase la nave.

    Suspirando y haciendo girar su aparato en dirección al de Zac, Apolo dijo:

    —El día que esos tipos puedan conseguir una marca de uno contra diez...
    —Apolo —dijo Zac—, será mejor que mires tu pantalla.

    Apolo vio que una fuerza atacante más numerosa había salido de las nubes.

    —Diez a uno, sí —dijo—; pero mil contra uno, no es justo.
    —¿Qué significa esto, Apolo?

    Apolo lanzó una risita mordaz.

    —Significa, hermanito, que no habrá paz. La misión de paz fue una trampa desde el primer momento. Tenemos que regresar y poner a la Flota sobre aviso.
    —Hazlo tú, Apolo. Ya sabes que he perdido un motor. No podría mantener tu velocidad.

    Apolo se sintió impresionado por el valor que revelaba la voz de Zac. Era miembro de la familia, sí. Pero familia significaba más que una bravata forzada.

    —No puedo dejarte, Zac. Juntos, podremos...
    —No, juntos no haríamos nada. Tienes que ir tú. No me pasará nada. Conservaré la distancia delante de ellos, no te preocupes. Plantaré el pie en la turbina y no me alcanzarán. Adelante. Tienes que avisar a la Flota. No hay alternativa.
    —Está bien, socio. Nos encontraremos en la sala de espera. Te tendré café caliente preparado.
    —No necesito nada caliente por ahora, gracias. La cosa está que arde.
    —Suerte, muchacho.

    Antes de que entrasen en funcionamiento las turbinas, Apolo dirigió una última mirada al avión de su hermano. Después, aquéllas se pusieron en marcha y el avión pareció desvanecerse inmediatamente en el oscuro y de súbito sombrío cielo.

    CUANTO MÁS LE ALEJABA SU avión de la «Atlantia» y de su desagradablemente animada colección de políticos, más tranquilo se sentía Adama. Siempre era buena cosa volver a la propia nave. Ansiaba hacer una de sus famosas excursiones, bajar entre los tripulantes para charlar un poco y tomar tal vez unos tragos de aquella cerveza que raras veces llegaba a las cabinas de mando.

    —Estás pensando en alguna de esas cosas que siempre te niegas a comunicarme —dijo Atenea, girando sobre su asiento de piloto para mirarle.
    —Cuida de tu trabajo, jovencita, y respeta la intimidad de un viejo.

    Ella hizo un falso mohín; después se echó a reír y volvió a su posición. Por un momento, Adama examinó el perfil de su hija. Sabía que la consideraban hermosa, sobre todo Starbuck y los otros jóvenes oficiales que se disputaban su atención. Sin embargo, y a pesar de su amor de padre, a él le costaba encontrar hermosa a Atenea. En primer lugar, se parecía demasiado a él y muy poco a su madre, que era la verdadera belleza de la familia. El rostro de Atenea era regular como el de Adama, pero su aspecto general era más suave, menos granítico. La nariz era también ligeramente aguileña, y la boca, recta y de labios finos. Tenía la impresión de que estas facciones, que en él revelaban una firme determinación, no concordaban con los lustrosos cabellos rubios de Atenea, ni con el único rasgo bueno que heredó de su madre: los ojos. Cada vez que sorprendía la mirada de su esposa, Ila, en aquellos brillantes ojos azules, tenía que desviar la suya para evitar la añoranza que siempre acompañaba a sus recuerdos de Ila.

    Durante su vida matrimonial, él e Ila habían estado más tiempo separados que juntos —esta vez habían pasado casi dos años desde su último regreso a Cáprica—, y esta separación forzosa era la única exigencia de una carrera militar que él siempre había despreciado. De no haber sido por la maldita guerra, habrían podido llevar la vida equilibrada y feliz que ahora disfrutaban solamente a intervalos muy espaciados, aunque, como decía Ila, tal vez las largas separaciones servían para intensificar su amor. Sin ellas, decía, Ila y él se habrían convertido acaso en una vieja y aburrida pareja, en la que cada cual no habría reconocido de veras la existencia del otro. En cambio, ahora, seguían siendo como unos jóvenes y deslumbrados amantes que apreciaban sus virtudes mutuas. Adama le había respondido que lo que ella quería decirle era que la ausencia aumentaba el cariño del corazón, aunque de una manera más indirecta y locuaz. Ella estuvo de acuerdo: desde luego, era eso.. . y un poco más.

    Al mirar ahora a su hija, absorta en su función, vio una versión femenina de sí mismo. Incluso su cuerpo, con sus formas atractivas y claramente sensuales, parecía indicar una fuerza útil, más que una coquetería inútil... O quizás esto no era más que una confusa opinión de padre. Él la quería, la querría siempre, pero nunca podría verla, en los doce mundos, como objeto de un interés intenso por parte de sus galanes.

    Se encendió la luz del comunicador y Atenea conectó rápidamente sus auriculares. Frunció el ceño al escuchar.

    —Algo anda mal —dijo.
    —¿Qué es?
    —No lo sé, pero acaban de poner el puente de la «Galáctica» en estado de alarma.
    —De alarma... ¿Por qué?
    —Tranquilízate, papá. Pronto sabremos lo que pasa en el viejo cacharro. Deja que ponga esta cesta en la cubierta de aterrizaje.

    Atenea dispuso el tren de aterrizaje y comprobó su equipo. Todo estaba en regla. La cubierta de aterrizaje salió de su vaina, se extendió y pareció estirarse bajo el vehículo que descendía. Las luces de orientación formaron una flecha para indicar la ruta de entrada. Atenea guió la pequeña nave hacia el punto de parada indicado por una luz roja centelleante. La nave se detuvo y padre e hija descendieron y echaron a correr.

    En el puente, Adama encontró a su ayudante, el coronel Tigh, que observaba con atención sus aparatos registradores. Tigh, hombre bajo y vigoroso, que había participado en numerosos combates junto a su jefe, no se asustaba fácilmente; sin embargo, parecía ahora muy aprensivo y nervioso.

    —¿Qué pasa? —preguntó Adama.
    —Una patrulla se vio en dificultades —respondió Tigh—. Estamos captando señales, pero no podemos deducir nada de ellas. Hay ciertas interferencias.
    —¿Qué clase de dificultades?
    —No sabría decirlo. Tal vez piratas. O contrabandistas. O...

    Adama pudo leer la verdadera sospecha en los ojos del hombre. Cylones. ¡Cylones, sin duda alguna! Miró a través del panel estelar a la nave de mando que se deslizaba plácidamente, y ordenó al operador de radio que estableciera urgente comunicación con el presidente Adar. Cuando Adar le respondió, su voz sonaba aún con ecos de la fiesta. Adama le interrumpió:

    —Una de nuestras patrullas está siendo atacada, señor presidente. No sabemos exactamente por quién.

    La cara de Adar cambió tan rápidamente de expresión en el monitor que Adama pensó por un instante que una interferencia deformaba la imagen. Luego la escurridiza figura de Baltar, con una expresión preocupada, que a Adama le pareció fingida, en su cara gordezuela, apareció en la pantalla.

    —Como medida de precaución —siguió diciendo Adama— me gustaría enviar unos cazas de interceptación.

    «¿Me gustaría?», se preguntó. ¡Éste era el untuoso lenguaje que Adama atribuía a los miembros más serviles del Quórum de los Doce! En los viejos tiempos, Adama habría dicho que había resuelto enviar los interceptores. Su estómago se encogió al ver que Baltar se acercaba al presidente y le murmuraba algo al oído. Adar asintió con la cabeza.

    —Está bien, Baltar —dijo—. Comandante...— ¿Por qué se dirigía Adar con tanta ceremonia a su viejo amigo? ¿Por qué adoptaba un aire tan oficial delante del despreciable Baltar?—. Comandante, como medida de precaución, insisto en que se modere.
    —Que me modere? Pero...
    —Comandante, si esto resultase ser un encuentro con algún tráfico ilegal, podríamos poner en peligro toda la causa de la paz al enviar aviones de caza en fecha tan próxima a nuestra reunión.

    Adama pensó que el punto de reunión elegido por Cylón parecía más sospechoso que nunca.

    —Señor presidente, en estos momentos dos de mis aviones son objeto de un ataque armado.
    —Por fuerzas desconocidas. Hemos de recibir información adecuada. No debemos hacer nada hasta que se aclare un poco la situación.
    —Señor, ¿puedo al menos sugerir que se ponga a la Flota en estado de alarma?
    —Lo pensaré. Gracias, comandante.

    La pantalla se oscureció bruscamente. La desaparecida imagen de Adar pareció adquirir aspectos siniestros en la mente de Adama.

    —Lo pensará —dijo furiosamente Tigh. Nunca había sido capaz de ocultar sus sentimientos, lo que le había hecho perder el mando de una astronave de guerra al menos una vez—. ¿Se ha vuelto loco?
    —Coronel...

    Tigh miró a su alrededor. Le preocupó ostensiblemente la manera en que los oficiales del puente habían enmudecido, temerosos, al escucharles.

    —Lo siento, comandante —dijo Tigh—. Sólo que..., bueno...
    —Sí. ¿Qué?
    —La patrulla atacada... Es, bueno, es la que está al mando del capitán Apolo.
    —Y si no puedo fiarme de mi propio hijo, ¿de quién voy a hacerlo?
    —Zac está con él. Uno de los hombres se puso enfermo y... bueno, Zac estaba en el puente en aquel momento y... bueno, hubo aquel pequeño asunto disciplinario con una enfermera y... bueno... yo...
    —Ya basta, coronel. Comprendo su preocupación. Pero Zac puede cuidar de sí mismo tan bien como su hermano mayor.

    Se apartó de su ayudante, temeroso de que éste pudiese leer en sus ojos que no creía una palabra de lo que le estaba diciendo. Zac tenía buen instinto en la acción, maniobraba bien; pero era demasiado impulsivo..., siempre lo había sido, desde que era un muchacho travieso y se embarcaba como polizón en cualquier nave o carguero donde pudiese esconderse. El hecho de que Zac hubiese salido de patrulla era otro de los errores que roían los nervios de Adama desde el principio de aquella extraña negociación de paz.

    Durante unos minutos los que estaban en el puente trabajaron en silencio, conscientes de la tensión explosiva que rodeaba a su comandante como un campo minado.

    —¿Algo más? —preguntó Adama a su ayudante.
    —Todavía nada, señor. De una cosa estoy seguro: las emisiones de los cazas están siendo interferidas deliberadamente. Si no nos lanzamos pronto...
    —No podemos hacerlo, ya que ha sido expresamente prohibido —dijo Adama, sopesando sus palabras. Sentía fijos en él los ojos de todos los que estaban en el puente—. Pero éste podría ser el momento adecuado de ordenar unos ejercicios de prueba a nuestras estaciones de combate.

    Tigh sonrió y los que estaban presentes en el puente le imitaron.

    —¡Den el toque de alarma a las estaciones de combate! —gritó Adama.

    LA IDÉNTICA EXPRESIÓN taimada de los dos gemones enfureció a Starbuck. En aquel momento, la meta principal de su vida era borrar aquella satisfacción de sus semblantes. Sentándose a la mesa, con el resto del metálico entregado por el público rebosando en sus manazas, sonrió de la manera más bonachona a sus contrincantes y empujó el montón de fichas hasta el centro de la mesa.

    —Bueno, muchachos —dijo—. ¿Jugamos la definitiva? A una sola mano. Muerte rápida.

    Los gemones fruncieron el ceño al mismo tiempo y murmuraron algo entre ellos. Aunque Starbuck no conocía su dialecto, sabía por el sonido excitado de sus voces que estaban discutiendo las probabilidades. Llegaron a un acuerdo, asintieron simultáneamente y empujaron la cantidad equivalente de fichas hasta el centro de la mesa.

    —Muerte rápida, piloto —dijo uno de ellos.
    —Muerte. Piloto —dijo el otro.

    Starbuck, sonriendo alegremente, empezó a barajar las cartas. Cuando las hubo repartido, uno de los gemones cogió las suyas, mientras el otro se inclinaba sobre su hombro para inspeccionarlas. Starbuck esperó un momento antes de recoger su mano. Sabía que esta pausa indiferente podía poner nerviosos a los ya excitados gemones e influir en su manera de jugar.

    Al observar su mano se dio cuenta con entusiasmo de que había sido innecesario hacer aquella comedia. Todos sus naipes eran del mismo color y del mismo símbolo: la jugada máxima, ¡la pirámide! Percibió la reacción electrizada de los que estaban detrás de él y empezó a extender las cartas para que los gemones las viesen y se echasen a llorar.

    —Nunca volveréis a ver una cosa igual, muchachos —dijo riéndose alegremente—. Una pirámide perfecta. Los dos gemones se quedaron boquiabiertos al unísono. El que sostenía las cartas estaba a punto de mostrar su mano.

    De pronto, sonó la sirena de alarma en la estancia, interrumpiendo inmediatamente la concentración de todos y haciendo que varios se pusiesen en seguida en movimiento. Una mujer que estaba leyendo un libro tumbada en una litera de un rincón dejó caer el volumen y echó a correr. Uno que dormía saltó de un sillón próximo a la mesa de juego y, despertando un momento después de su acción instintiva, se echó a un lado para no chocar con la mujer que corría. Al hacerlo, su cuerpo tropezó con la mesa. Los naipes, incluidos los de la pirámide perfecta de Starbuck, se desparramaron en todas direcciones, y algunos cayeron al suelo. Cuando estaban ya dispersas, Starbuck trató en vano de asirlas. Los gemones observaron lo que pasaba, intercambiaron una mirada y sonrieron al mismo tiempo.

    —Ha sido una lástima —dijo uno de ellos—. Tendremos quevolver a jugar esta mano otro día.
    —Espera un momento... —gritó Starbuck.
    —El deber nos llama —dijo uno de los gemones.
    —El deber —dijo el otro, mientras recogía del suelo su casco de combate (sacudiendo un par de cartas redondas quese habían fijado en su superficie) y vertiendo en él la mitad de la apuesta.

    Tensos los cuerpos, dispuestos para la lucha, salieron ambos de la habitación a toda prisa.

    —¡Volved aquí, pequeños...! —gritó Starbuck—. ¡Eh! ¡Detenedles!

    Pero era demasiado tarde para detener a nadie. Tras un momento de asombro colectivo, incluso los mirones empezaron a correr hacia la salida, recogiendo de paso sus cascos y sus equipos de vuelo.

    Starbuck se encogió de hombros, se metió en el bolsillo la mitad de la apuesta, tomó mentalmente nota de cómo tenía que repartir el dinero entre los contribuyentes (sólo si éstos se lo pedían) y se dirigió apresuradamente al corredor de preparación de vuelo.

    Un tubo vacío transparente, que discurría a lo largo del techo luminoso de la alargada cámara que era la cubierta de lanzamiento, reveló las regulares hileras de naves de combate de la «Galáctica», colocadas una al lado de otra en las poderosas rampas. Al ser sacados los vehículos del tubo a la cubierta propiamente dicha, los pilotos emergían de unas aberturas que comunicaban con el corredor de preparación de vuelo. Cada piloto corría a pie hasta su nave individual, mientras la tripulación de tierra activaba el pulido vehículo de alas en delta para su lanzamiento.

    Starbuck salió de su abertura y corrió hacia su nave. Después de saltar sobre un ala, ejecutó su famoso salto acrobático hasta la cabina. Jenny, su ayudante en tierra, se ajustó el cinturón. La linda cara morena de la joven mostró una gran preocupación mientras cerraba sobre él la cubierta de la carlinga.

    —¿Qué sucede? —preguntó chillando.
    —Nada de qué preocuparse —respondió Starbuck—. Probablemente será..., qué sé yo... , una especie de saludo aéreo al presidente mientras firman el armisticio o besan a los cylones o algo por el estilo.

    Jenny frunció el ceño.

    —¡Es repugnante! —gritó.
    —¿Repugnante? ¿Qué es repugnante?
    —La idea de besar a los cylones. Me revuelve el estómago.
    —Sería una experiencia más.
    —¡Lárgate de aquí, cerdo!

    Jenny pulsó el interruptor principal de la fuerza y Starbuck sintió el acostumbrado retroceso que acompañaba siempre la puesta en marcha de los sistemas de vuelo. Empuñó los mandos y rodó hasta el punto de despegue, donde, junto a los demás vehículos irisados de la «Galáctica», esperó con los nervios en tensión la orden de despegar o de volver atrás.

    AUNQUE ADAMA TENÍA que estar alerta a la información que aparecía en todas las pantallas murales que tenía delante, sus ojos volvían involuntariamente, una y otra vez, a aquella que indicaba que la nave de Apolo se acercaba al radio físico de la astronave.

    —La pista de aterrizaje de estribor, preparada para el caza solitario que se acerca, comandante —dijo Tigh.
    —Señor —dijo uno de los hombres del puente—el aparato registrador de largo alcance capta un gran número de naves que avanzan en esta dirección a toda velocidad.

    Adama y Tigh se miraron con aprensión y corrieron a la pantalla que señalaba el hombre.

    —Hagan subir al piloto que llega en cuanto aterrice —ordenó Adama, comprobando el avance de Apolo hacia la pista de aterrizaje—y pónganme de nuevo en comunicación con el presidente por la línea privada.

    Trató de descubrir algún significado en la pantalla que revelaba la masa de naves que avanzaba en su dirección, alguna prueba de la horrible amenaza que adivinaba en ellas. La cara del presidente, un poco menos afectada que antes, apareció en la pantalla de comunicaciones.

    —¿Qué hay, comandante? —dijo Adar en tono inexpresivo.
    —Señor presidente, una multitud de naves no identificadas se acercan a la Flota.

    La cara fofa de Baltar apareció en el borde de la pantalla, sonriendo de un modo extraño.

    —Posiblemente un comité de bienvenida de Cylón —dijo el mercader.
    —¿Puedo sugerir que, al menos, enviemos también nosotros un comité de bienvenida? —preguntó Adama.
    —Señor presidente —dijo Baltar— subsisten aún muchos sentimientos hostiles entre nuestros guerreros. La posibilidad de un incidente desgraciado con todos esos pilotos en el cielo...
    —Tiene razón, Baltar —dijo Adar—. ¿Lo ha oído usted, comandante?

    Adama contenía a duras penas su furor, pero su voz permaneció tranquila al responder:

    —No, señor presidente. No es posible que haya oído bien. ¿Sugirió el conde Baltar que dejemos nuestras fuerzas aquí, totalmente indefensas, que nosotros...?
    —¡Comandante! —La voz de Adar era desacostumbradamente seca—. Estamos en una misión de paz. La primera paz que ha conocido el hombre desde hace mil años.
    —Señor presidente...

    Tigh tocó el hombro de Adama, mientras sostenía en la mano un informe impreso.

    —Una nave solitaria es atacada por la enorme fuerza que se acerca —dijo Tigh.

    MIENTRAS SU AVIÓN parecía cojear en el espacio, Zac podía ver en su pantalla informativa cómo iba menguando la distancia que le separaba de los cazas de Cylón. Los datos, expuestos al pie de la pantalla, indicaban que no tenía ninguna probabilidad de llegar a la «Galáctica» antes que los cylones, y que no había manera de infundir nueva potencia a su maltrecho aparato.

    —Tendré que dar media vuelta y enfrentarme a esos bastardos —dijo en voz alta.

    Le fastidió que Apolo estuviese fuera de su radio de comunicación y no pudiese responder a la bravata de su hermano menor. Aunque a menudo le molestaba el dominio que Apolo ejercía sobre él, Zac habría querido que hubiese podido decirle lo que tenía que hacer.

    Las naves de Cylón abrieron fuego y el vehículo de Zac se estremeció. Otro impacto directo. La pantalla lanzó un destello y se apagó. Un extraño zumbido vibrátil llenó la carlinga, y el avión redujo aún más su velocidad. Zac apretó la válvula y trató de forzar la marcha del avión.

    —Vamos, pequeño, ya falta poco —dijo—. ¡Haz todo lo que puedas!

    La nave vibró al ser alcanzada de nuevo. Zac sintió que la sangre desaparecía de su cara y que su corazón latía desaforadamente.

    ADAMA, FURIOSO, ARRANCÓ la hoja impresa de las manos de Tigh y la agitó delante de la pantalla, que mostraba ahora el rostro agitado de Adar.

    —¿Ha oído esto, señor presidente?— gritó, sintiendo que ahora dominaba la situación, mientras aumentaba su rabia contra los remilgados políticos—. Su comité de bienvenida está disparando contra nuestra patrulla.

    Adar retrocedió ante la cámara y pareció que el cuerpo se le encogía dentro de la toga.

    —Disparando —dijo—. Pero... disparar... contra nuestra patrulla... Esto no puede... ¿Cómo explica esto, Baltar? —Miró frenéticamente a su alrededor, buscando a Baltar, que ya no estaba taimadamente a su lado—. ¡Baltar...! ¡Baltar! —Volvió a mirar a la pantalla—. Se... , se ha marchado del puente, Adama...
    —Voy a ordenar que salgan nuestras escuadrillas —dijo Adama, y el afligido hombre de la pantalla asintió sumisamente.
    —Desde luego —dijo—. Sí. Inmediatamente. Ahora.

    Antes de que Adar hubiese pronunciado estas palabras, los oficiales del puente de la «Galáctica», respondiendo a los rápidos ademanes de Adama, habían entrado en acción. Adama miró ceñudamente la pantalla donde se veía el caza de Zac bajo el fuerte ataque del grupo emboscado de Cylón. Presentía lo que iba a ocurrir y tenía un nudo en la garganta. La nave de Zac estaba ahora dentro del radio de acción de la Flota. La fuerza estática producida por las interferencias de los cylones disminuyó, y la voz de Zac sonó de pronto, fuerte y clara, en el puente de la «Galáctica»:

    —Están ahí... No creo que pueda... Un momento; ahora te veo, «Galáctica». Mi registrador vuelve a funcionar. Todo irá bien. Lo hemos conseguido, ¡maldita sea! ¡Lo hemos conseguido!

    Mientras percibía la alegría de su hijo, Adama vio que tres cazas de Cylón avanzaban para derribarlo.

    —¡No! ¡Cuidado, Zac! —gritó a la pantalla, y Tigh gritó también, como un eco.

    Sin duda no podía recibir el mensaje de la «Galáctica»; la voz de Zac prosiguió con naturalidad:

    —Vuelo azul dos. En dificultades. Solicito preparativos de emergencia para el ate...

    Las naves de Cylón dispararon simultáneamente.

    El avión de Zac estalló, se convirtió en un destello de luz y desapareció.

    Se hizo el silencio alrededor de Adama. Sólo se oían los ruidos de los aparatos. En la pantalla contigua a la que había registrado la destrucción del avión de Zac, la formación de cazas de la Flota Colonial, dispuestos para el lanzamiento, se extendía en toda la amplitud que podía detectar la cámara.

    —¿Qué ha sido eso? —dijo la voz de Adar, rompiendo el silencio.

    De momento, Adama no pudo imaginar de qué estaba hablando el presidente. ¿Qué ha sido eso? Tuvo un fugaz recuerdo de Zac sonriendo, en su uniforme de combate, ansioso de ganarse fama de héroe. Después se volvió a la imagen de Adar. Su voz era grave, amarga, crujiente de ira contenida.

    —Era mi hijo, señor presidente.

    Tigh puso el personal en movimiento cuando la flota atacante de Cylón apareció y comenzó a disparar. Adama se apartó de las pequeñas pantallas y examinó el enorme campo astral. Centenares de cazas de Cylón surcaban el cielo, lanzando andanadas de torpedos de partículas laser. El campo astral, encendido en llamas, explosiones y destrucción, se había convertido de pronto en un terrible castillo de fuegos artificiales. Dos cruceros de combate de la Flota estallaron al mismo tiempo. Tigh miró ansiosamente a Adama, esperando la voz de mando. —¡Lancen los cazas! —gritó Adama—. Que todas las baterías abran fuego. Repito: ¡Abran fuego! La sirena despertó la nave, y comenzaron a atronar los ruidos del contraataque. Los puños cerrados de Adama golpearon el aire vacío.


    Del diario de Adama:

    Con frecuencia discutimos las diferencias entre la muerte individual y la muerte en masa. La gente dice que es más doloroso llorar la extinción de la vida de una sola persona amada que la trágica aniquilación de cientos o miles o millones de víctimas que nos son desconocidas. No estoy seguro de que sea verdad. Yo presencié la muerte en combate de un hijo mío y también tuve que considerar otras muertes individuales y muertes en masa, todas ellas parte del mismo insidioso acontecimiento de la historia. Tengo la impresión de que todas las muertes estaban intrincadamente relacionadas con mi dolor, de una manera que nunca conseguiré explicar. El confuso y sordo dolor por las múltiples muertes producidas en un desastre masivo es, a mi entender, no menos intenso, significativo e importante que la más dramática manifestación de duelo por una persona que tuvo la enorme desdicha de morir sola.


    2


    MIENTRAS ADAMA DIRIGÍA el lanzamiento de las fuerzas contraatacantes de la «Galáctica», con voz ronca y rotundos y violentos ademanes, el comandante del campo enemigo se hallaba en un tranquilo estado de reflexivo relajamiento, sin perder de vista ni un solo instante su meticulosamente proyectada estrategia de campaña. Estaba sentado en el centro exacto de lo que en Cylón equivalía a una astronave de guerra: un vehículo circular que, en su parte inferior, acababa casi en punta, después de pasar por varios niveles de oscuros puentes de metal entrelazado. La energía de la nave fluía hacia arriba desde el punto inferior, donde el líquido tilium, sumamente volátil, se mezclaba con combustibles neutralizadores y pasaba a los sistemas de generación por medio de una especie de molinetes giratorios. Los humanos que habían podido echar un vistazo de cerca a las formidables astrobases de Cylón coincidían en que parecían grandes peonzas.

    El comandante cylón, la traducción de cuyo nombre al lenguaje de Adama era «Caudillo Imperioso», se hallaba sentado a un nivel más alto que sus oficiales, sobre un enorme pedestal cuyos lados estaban provistos de cientos de púas afiladas que lanzaban esporádicos y amenazadores destellos bajo la luz cambiante de la inmensa cámara. Sobre la cabeza, llena de protuberancias, y con múltiples ojos, de un color que abarcaba distintos tonos de gris, como sombras sin nada que las produjera, llevaba un casco que era la versión cylónica del enorme tablero de comunicaciones a bordo de la «Galáctica». Todas las unidades de información que ocupaban un lado del puente de la «Galáctica» se hallaBan contenidas en miniatura en aquel casco, con el que el Caudillo Imperioso podía seguir simultáneamente todas las fases de la batalla. Al mismo tiempo, el casco le suministraba la información abstracta necesaria para que pudiese improvisar debidamente dentro de la estrategia básica. Toda esta información le era transmitida por un contingente de oficiales ejecutivos situados alrededor del pedestal y que enviaban sus datos, en rayos invisibles, al casco de su jefe. Los oficiales de Cylón mantenían también contacto entre ellos por medio de sus cascos, de modo que entre todos podían eliminar las informaciones triviales o innecesarias antes de transmitirlas al caudillo. Si los rayos de transmisión hubiesen sido visibles, la cámara de mando del Caudillo Imperioso habría parecido, a un observador casual, como una telaraña de una complejidad imposible. Ahora, a pesar de la gran actividad de comunicación, había una rígida serenidad en la sala débilmente iluminada, poblada de figuras inmóviles y como petrificadas, unas sentadas y otras de pie. Aquella sala sugería un extraño club de caballeros, cuyos miembros se dedicaban a una contemplación aparentemente inofensiva.

    En su tercer cerebro, que regía el funcionamiento de los otros dos, el Caudillo Imperioso experimentaba una profunda satisfacción. Toda su vida se había encaminado a este momento, la tremenda y definitiva derrota de la peste extranjera que había turbado la perfecta unidad del universo. Había nacido cuando la guerra tenía ya una duración aproximada de setecientos años, en términos humanos. Había recibido su primer cerebro, sustituto del rudimentario que había servido para su crianza y educación en sus primeros años, en el curso de la ceremonia que marcaba el paso de la infancia a la madurez. El primer cerebro era el sistema básico de guía, tanto para el ciudadano como para el guerrero de Cylón. Como las actividades del primer cerebro se concentraban en percepciones relacionadas con la captación de información y la actuación eficaz en el trabajo asignado al individuo en la ceremonia de la madurez, sólo estaban implantadas en él las simples facultades de interpretación. En el caso del Caudillo Imperioso, sus logros infantiles, en particular de orden físico, le habían calificado para el ambicionado papel de guerrero. Más aún: había ascendido rápidamente al grado de piloto de caza y se había ganado el nombre que, traducido libremente al lenguaje humano, era «As de ases». Como resultado de su dominio de las técnicas de guerra, había recibido el segundo cerebro mucho antes que sus semejantes. El segundo cerebro le dio las facultades requeridas por los oficiales de Cylón, particularmente la de analizar e interpretar las informaciones. Cuando el segundo cerebro operaba íntegramente en conjunción con el primero, como en el caso del Caudillo Imperioso, se ascendía al grado de oficial ejecutivo. Él había sido uno de los oficiales ejecutivos más jóvenes de la historia de su raza. Ahora sabía que, si se quitaba el casco y observaba con sus múltiples ojos a los oficiales que rodeaban su pedestal, le asaltarían vivos recuerdos de su propia existencia, de cuando interpretaba y seleccionaba datos para anteriores Caudillos Imperiosos.

    Cuando el más reciente Caudillo Imperioso había llegado al fin de su reinado (cada Caudillo ostentaba el poder durante un período fijo: unos tres cuartos de siglo en tiempo humano, aunque los cylones no empleaban esta medida restrictiva del tiempo lineal), le designó como su sucesor. Pero, cualquiera que hubiese sido su elección, no se habría oído el menor murmullo por parte de los oficiales ejecutivos de Cylón, porque la aspiración al poder era una cosa desconocida. Los cylones creían que las órdenes de sus superiores, en todos los niveles y en toda posición, obedecían a un plan maestro que sólo era conocido enteramente por el Caudillo Imperioso. Para ellos esto era algo absolutamente lógico, puesto que sólo los Caudillos Imperiosos tenían un tercer cerebro y eran, por consiguiente, los únicos cylones que poseían toda la información.

    Aunque no expresó su reacción a ninguno de sus compañeros oficiales, el actual Caudillo Imperioso se había sorprendido un tanto al ser elegido por su predecesor. Generalmente, el mando supremo pasaba a uno de los oficiales más antiguos en experiencia de mando. Él había servido mucho tiempo y bien, pero no se consideraba elegible para el cargo supremo hasta la renovación siguiente. Sin embargo, con el mismo estoicismo con que habría ido al encuentro de la muerte en combate, aceptó el don del tercer cerebro. En cuanto se lo hubieron implantado, supo por qué su predecesor, que ahora se comunicaba con él telepáticamente, le había elegido. Además de formar parte de la red telepática que conectaba a los pocos poseedores de un tercer cerebro que todavía no habían elegido el momento de su muerte, poseía ahora, según la creencia de Cylón, la facultad de la sabiduría infinita. Así como el segundo cerebro le había suministrado una cantidad sustancial de comprensión sobre lo que había ocurrido, las razones y el modo en que había ocurrido, el tercer cerebro le permitía trascender la tiranía de los meros hechos, elevarse sobre las limitaciones de la especulación trivial, la visión interior y las ideas. Con el tercer cerebro, podía conectar la información del primero y las interpretaciones del segundo con un vasto cúmulo de conocimientos que se remontaban en el tiempo casi hasta los comienzos de la cultura de Cylón. Descubrió que no todos los cylones podían admitir el tercer cerebro en su cuerpo y que, en realidad, la mayoría de sus compatriotas lo habrían rechazado involuntariamente. Por esta razón, sobre todo, la elección del sucesor del Caudillo Imperioso se realizaba siempre con sumo cuidado. Las pruebas realizadas en la implantación del primer cerebro indicaban que pocos cylones tenían potencial para el tercero. Los que lo tenían eran sometidos a una intensa observación durante los años sucesivos. Algunos eran eliminados cuando surgían ciertas inestabilidades de carácter en situaciones de prueba difíciles, mientras que otros morían en la guerra. .. en número muy elevado, puesto que los candidatos al tercer cerebro solían arriesgarse mucho en el combate. En la época en que el actual Caudillo Imperioso ingresó en el personal ejecutivo, era uno de los seis únicos supervivientes candidatos a la implantación del tercer cerebro. La elección definitiva la hacía el jefe supremo de los cylones, aconsejado por los ex Caudillos Imperiosos que aún vivían y teniendo en cuenta análisis fundados en recuerdos de los caudillos muertos, cuyos cerebros se conservaban en depósitos históricos. Cuando despertó tras la implantación del tercer cerebro, sabiendo inmediatamente el motivo de su elección, aceptó sin reservas la decisión.

    Todo esto, incluidos la historia y todos los conocimientos acumulados por la raza de Cylón, fue captado por él en un instante.

    Ahora revisaba el desarrollo de su batalla de diversión contra la Flota humana minuciosamente planeada y preveía el plan principal que estaba a punto de empezar. El enemigo sería derrotado con toda seguridad. Su victoria sobre los humanos le aseguraría un lugar destacado en la historia de Cylón. Esperaba con satisfacción poder transmitir el mando a su sucesor, en un futuro lejano, sabiendo que seguiría siendo un caudillo influyente, incluso en su voluntaria pasividad.

    Su nave base se acercaba ahora al objetivo principal, al más importante de los doce objetivos contra los que había desplegado las masivas fuerzas bajo su mando. Deseaba supervisar personalmente la destrución del planeta Cáprica. Su red de espionaje le había informado de que era el planeta donde vivía su principal enemigo humano, Adama, y quería darse el gusto de ser él quien lo destruyese.

    Pensó en lo extraño que era que el prolongado enfrentamiento estratégico con sus enemigos, los humanos, le obligase a menudo a pensar como uno de éstos. Su predecesor le había advertido que tendría que utilizar una parte del enorme cerebro para estudiar las ideas humanas, con el fin de contrarrestar las maniobras del enemigo en el combate. No podía negar que la facultad de copiar los procesos del pensamiento humano había tenido un valor incalculable para luchar contra aquella raza terca e irracional, pero siempre le habían disgustado los momentos en que había tenido que hacer funcionar aquella parte de su cerebro que contenía la esencia del conocimiento humano, fortaleza de la irracionalidad contenida en las filosofías humanas. Incluso ahora, al recibir desde diversas fuentes una imagen del estado actual de Cáprica, no pudo dejar de ver la inminente aniquilación de los humanos en los términos propios de éstos. El bien y el mal: he aquí la preocupación que atribulaba el único e ineficaz cerebro humano. Si un hombre tuviera las facultades del Caudillo Imperioso y hubiese podido penetrar en las ilimitadas dimensiones de los tres cerebros de Cylón, se habría horrorizado al constatar que dicotomías tan simples como la del bien y el mal no existían para los cylones. Lo esencial para todos ellos era conservar el orden natural del universo, y por esto eran custodios implacables de este orden. Por esta razón, los humanos tenían que ser aniquilados. Su espíritu aventurero y su imperiosa necesidad de explorar zonas donde su simple presencia era una amenaza para el orden universal, les habían condenado irremisiblemente a la eliminación en manos de los cylones. El Caudillo Imperioso creía que había que devolver la paz al universo. No podía tolerarse que la desdichada tendencia humana a la independencia de pensamiento y de acción perturbase a los moradores de los mundos que visitaban sin ser invitados.

    ¡El bien y el mal! Detestaba la porción humana de su mente que le obligaba a considerar este tema. Imaginaba las muertes que causaría, las ciudades que destruiría, los mundos que haría pedazos... y veía que, desde el punto de vista humano, toda esta guerra necesaria... ¡era mala! Los cylones eran malos. Él era malo. Detestaba el concepto mismo del mal, como despreciaba el del bien. No eran conceptos opuestos, ni recíprocamente excluyentes. Incluso la mayoría de los humanos lo sabían. Los cylones de un solo cerebro aceptaban cuerdamente las consecuencias de la guerra como esenciales, y no lloraban a sus propios muertos, ni se alegraban de matar a los humanos. En todo caso, antes de empezar la destrucción de Cáprica, el Caudillo Imperioso creyó necesario desentenderse de toda la filosofía humana, para poder concentrarse en la estrategia.

    Dos oficiales ejecutivos se acercaron a él, se detuvieron ante el pedestal y pidieron formalmente permiso para atacar, rito que se remontaba a la primitiva historia de Cylón.

    —A la orden —dijo el primer oficial.
    —Hablad —ordenó el Caudillo Imperioso.
    —Todas las naves están ahora en formación para atacar las colonias —dijo el segundo oficial.

    Tal como exigía el ritual, el jefe se quitó el casco de comunicaciones y contempló a sus subordinados. Sus numerosos ojos brillaron en un raro momento de entusiasmo.

    —Sí —dijo—. Será la aniquilación definitiva de la peste extranjera, de la forma de vida llamada hombre. Que empiece el ataque.

    Los dos subordinados se inclinaron ceremoniosamente y volvieron a integrarse en la red de sus compañeros oficiales ejecutivos. Incluso antes de que volviesen a sus puestos y de que el Caudillo Imperioso se hubiese puesto de nuevo el casco, se habían abierto grandes portillos en el círculo principal de cada nave base de Cylón. Vehículos de guerra salieron con un orden preciso de cada abertura y volaron a sus posiciones de preparación para el combate, donde formaron un muro de doce ringleras que después se dividió en otras tantas olas, cada una de las cuales tenía un mundo humano como objetivo final.

    NINGUNA OTRA ASTRONAVE de guerra de la Flota Colonial había podido lanzar a tiempo todos sus contingentes de caza. Los atacantes de Cylón cazaban ahora como patos a las naves catapultadas. Adama comprendió, con una mezcla de tristeza y de ira, que sólo quedaban las naves de la «Galáctica» para enfrentarse a la inmensa fuerza atacante. Muy inferiores en número, esquivaban y atacaban alternativamente a las naves de Cylón. Los cañones laser disparaban y replicaban al fuego, y sus finos y brillantes rayos se convertían en espectaculares llamaradas rojas y amarillas cuando daban en un blanco. Como de costumbre, las naves de guerra de la Flota tenían más habilidad y puntería, pero todas las probabilidades de la lucha —¡aquella traidora emboscada!—parecían estar en contra de ellas, y Adama sentía un vivo dolor en las entrañas cada vez que el fuego de Cylón destruía una de sus naves. La Flota perdería hoy muchos pilotos, tal vez todos. Ya había perdido a Zac. Adama se dijo que no debía seguir pensando en la muerte de su hijo. Debía dejar de pensar en ella. Ya había sido bastante doloroso presenciar lo ocurrido, de pie ante una pantalla igual a las que le servían de entretenimiento en su residencia. Más tarde aumentaría el dolor, pero ahora, como todos los jefes militares que habían perdido trágicamente a sus hijos en combate, a lo largo de la historia y en las muchas y devastadoras guerras soportadas por la raza, Adama tenía que concentrar la mente en su deber.

    Apolo se precipitó en el puente y Adama corrió a su lado. El joven estaba sin aliento y hablaba de un modo entrecortado:

    —Cylones... emboscados... nos tendieron una emboscada... tuve que dejar a Zac... no había alternativa... Tenía que dejarle... no quería, pero tuve que hacerlo... Su aparato averiado... Volveré atrás y le traeré...
    —Me temo que esto no será posible —dijo Adama.

    Se estrujaba la mente buscando la manera de decirle a Apolo que Zac había muerto. Los dos hermanos se querían mucho y parecía imposible suavizar la noticia.

    —Padre —dijo Apolo con voz desesperada—. Lo dejé... perdido allí. .. con su nave averiada... No supe qué más podía hacer. Ahora ya he informado... Si no vuelvo...

    De pronto, mientras miraba fijamente a los ojos de su padre, Apolo recibió el triste mensaje.

    —¿Zac? —dijo, con voz débil.

    Tigh se puso a su lado y le dijo:

    —Capitán Apolo. La nave de Zac fue destruida a poca distancia de la Flota.
    —Pero..., pero... yo le abandoné.
    —No podías hacer otra cosa —dijo cariñosamente Adama.

    Apolo giró la cabeza. Había empalidecido. Adama recordó las pocas veces que Apolo, siendo niño, había dado muestra de un dolor tan lacerante. Hubiese querido estrechar al hombre entre sus brazos, como abrazaba antaño al niño que lloraba. Pero sabía que Apolo habría rechazado cualquier muestra de compasión en este momento, y sabía también que su hijo sabría dominar su propio dolor. Repitiendo a Apolo que no había tenido otra alternativa, el comandante manipuló en las pantallas del panel de comunicaciones y ordenó a Tigh que recogiese los informes.

    —Capitán —dijo Tigh—, debemos saber con cuántas naves base tenemos que enfrentarnos.
    —No hay naves base —respondió Apolo, y su voz recobró un poco de fuerza al referirse a cuestiones del servicio—. Sólo aviones de combate. Miles de ellos. Les vi cuando se cernían en el espacio...
    —Debe estar equivocado, capitán —dijo Tigh—. Quiero decir que los aparatos de caza no podrían funcionar tan lejos de Cylón si no contasen con naves base. No llevan combustible suficiente y ...
    —¡No hay naves base! —gritó Apolo, irritado—. Sólo cazas. Hileras de cazas que llegan desde aquí hasta el infierno. Yo los vi. Tal vez mil, tal vez más, tal vez...
    —¿Cómo te lo explicas, Apolo? —preguntó Adama, procurando que su voz sonase normal, a fin de calmar la natural irritación de su hijo.
    —No lo sé —dijo Apolo, más sereno—. Sorprendimos una nave cisterna enemiga en nuestras pantallas. Supongo que los cylones debieron utilizarla para repostar antes del ataque. Volarían hasta la cisterna desde sus naves base, dondequiera que estén.

    Adama frunció el ceño mientras reflexionaba sobre la información que le había dado Apolo. Aquél era precisamente el dato que necesitaba; arrojaba cierta luz sobre el enigma de la súbita emboscada y de la falsa conferencia de paz. La idea que le había estado inquietando desde que sonó la alarma pasó al primer plano de su pensamiento.

    —¿Por qué operar tan lejos de las naves base, si. .. ? —comenzó a preguntar Tigh.
    —Es lógico —dijo Adama—. Es más importante que las naves base estén en otro lugar. Pónganme con el presidente. ¡En seguida!

    La cara exangüe del presidente apareció en la correspondiente pantalla antes de que se hubiese extinguido en el puente el eco de la orden de Adama. Detrás de Adar, ardía un fuego en el puente de la «Atlantia». Adar estaba espantado. Adama no había visto aquella expresión en su cara desde el día en que Adar sudaba en el examen final de la academia espacial.

    —Señor presidente —dijo Adama, luchando por dominar el tono de su voz—. Pido permiso para abandonar la Flota.
    —¡Abandonar la Flota! —chilló histéricamente Adar—. Esto es una cobardía...
    —¡Adar! Tengo motivos para creer que nuestros planetas se enfrentan con un ataque inminente.

    El presidente, nublados los ojos de desesperación, desapareció un momento de la pantalla. La cámara de la «Atlantia» le enfocó de nuevo, captando al hombre abatido, apoyado en la pared.

    —No —murmuró Adar—. Estás equivocado. Tienes que estarlo. No es..., no es posible. No pude engañarme hasta tal punto. No hasta tal punto.
    —Adar, no es momento de discutir la...
    —Cállate, Adama. No..., no puedes... ¿Habré llevado a la raZa humana, a toda la raza humana, a la ruina, a...?
    —Deja de pensar en tu papel en la historia. ¡Tenemos que actuar, hombre! Tenemos que...
    —No puedo..., no puedo actuar..., ni siquiera puedo pensar a derechas... No puedo...
    —Escucha, Adar; no ha sido por tu culpa. Tú no nos llevaste a este desastre. Pero nos han arrastrado a él.
    —¿Arrastrado? Pero, ¿quién...? ¿Baltar?
    —Claro que fue Baltar, ¡maldito sea!
    —No, comandante, no puede ser. No lo creo. Yo no...

    Una ensordecedora explosión ahogó el resto de la frase de Adar. La cámara, desplazada de pronto, captó fugazmente la imagen de un sector del puente de mando al abrirse, de una llamarada que lo invadía todo y, después, nada. Adama volvió su atención al campo astral, donde pudo ver la nave insignia moviéndose a lo lejos. Había fuego en su interior. Repentinamente, en un estallido de luz cegadora, se desintegró en mil pedazos. Un instante después, sólo había un vacío en el lugar donde había estado la «Atlantia».

    La actividad se interrumpió en el puente de la «Galáctica», mientras los tripulantes observaban lo sucedido en pasmado silencio. Pero las naves de guera de Cylón se estaban acercando a la suya propia y no había tiempo para guardar un silencio reverente. Tigh estaba ahora junto a Adama, con las inevitables gráficas en las manos.

    —Mire, señor; nuestros registros de largo alcance han descubierto naves base de Cylón aquí, aquí y aquí. Esto pone dentro de su radio... de su radio de acción, a los planetas Virgon, Sagitara y...

    No pudo continuar, y Adama terminó la frase por él:

    —Lo sé. Cáprica.

    Atenea, que había estado ayudando a establecer la ruta de la «Galáctica» y las naves base enemigas en un grande y translúcido mapa espacial, se volvió de pronto al oír las palabras de su padre.

    —Cáprica —murmuró.
    —Helm —dijo Adama, sin mirarla—, vamos a dar media vuelta. Nos retiramos. Volvemos a casa, coronel. Disponga el...
    —Padre —le interrumpió Atenea, acercándose a él—, ¿qué vas a hacer?
    —Señor —dijo Apolo, desde el otro lado—, nuestras naves...
    —Es necesario —dijo Adama—. Dejaremos a nuestras naves para que defiendan la Flota.
    —Pero no podrán volver hasta nosotros —dijo Atenea.
    —Sí, es posible que puedan volver. Pueden emplear las estaciones de combustible para...
    —Si no han sido destruidas —comentó amargamente Apolo.
    —Bueno —dijo Adama—, las que tengan bastante carburante o puedan conseguirlo..., tendrán que hacer lo posible por alcanzarnos.
    —Señor, debo protestar... —dijo Apolo.
    —Más tarde, por favor —dijo Adama.
    —Deberíamos decírselo, transmitirles nuestras intenciones...
    —No. Si aún tenemos algo a nuestro favor, si aún nos queda algo, es el factor sorpresa.

    Adama sintió un enojo fugaz contra sus dos hijos, mientras éstos volvían malhumorados a sus puestos en el puente; después, reprimió toda emoción y dio vivamente las órdenes que alejaban a la «Galáctica» de las fuerzas coloniales enzarzadas en la lucha. Trató de no advertir que la mayoría de las naves productoras de energía de la Flota estaban en llamas.

    Cuando hubieron salido de la zona donde se desarrollaba el combate, un oficial anunció que habían cesado todas las interferencias electrónicas.

    —Están despejando el aire para sus sistemas de orientación electrónica —dijo Apolo.
    —Esto significa que ha empezado el ataque —dijo Tigh.
    —No, señor —dijo un oficial—, estamos captando señales vídeo de largo alcance de un satélite. Todo parece absolutamente normal en nuestro planeta.

    Todos volvieron la atención a los monitores que mostraban escenas de Cáprica. Adama observó en particular una vista aérea en la que aparecía la hermosa arquitectura piramidal de Cáprica captada desde un punto privilegiado. Tenía una vista parecida en el cuarto de su casa, no lejos del escenario que observaba ahora. Ila le había regalado aquella vista general. Pero ahora no debía pensar en Ila.

    Evidentemente, la capital de Cáprica disfrutaba de un día muy hermoso. Una zona de la parte baja de la ciudad hervía de gente que iba de compras, y la hilera de pirámides residenciales permanecía en calma. El tablero de comunicaciones captaba transmisiones radiadas. Todo parecía tranquilo. Aquellas escenas eran similares a las que habían imaginado que encontrarían cuando volviesen a casa, una vez concluida la misión de paz. Era todo tan habitual que Adama pensó por un momento que la batalla dejada atrás había sido un engaño, un sueño, y que ahora volaban hacia una realidad gloriosa.

    —Comandante —dijo Tigh, a media voz—, tal vez... lleguemos a tiempo. O quizá..., quizás el ataque de Cylón contra nuestra Flota no sea más que el acto de una facción disidente, un pequeño movimiento contrario a la paz, con el fin de crear dificultades...
    —No es probable, Tigh —dijo Adama—. No es probable.

    La ola de naves de guerra de Cylón apareció súbitamente, como surgida de la nada, en una pantalla contigua a las vistas del planeta.

    Los OJOS DE SERINA lagrimearon a causa del continuo resplandor de la luz que rebotaba en las paredes de cristal de las galerías. Mientras daba órdenes a los técnicos sobre dónde debían instalar su equipo de televisión, susurró al micrófono de su estuche de maquillaje que produjese algo para remediar su lagrimeo. Así obtuvo un grueso trozo de tejido empapado con una preparación especial, con el que enjugó el exceso de humedad. Además de actuar como esponja, el producto calmaba la irritación de los ojos.

    Mientras atendía a su labor, muchos transeúntes se detuvieron a contemplarla: era el precio de ser una personalidad de los medios de difusión conocida en toda Cáprica. En cuanto a ella, estaba harta de su cara conocida por millones de personas. Era hermosa, desde luego, con sus cabellos castaños, los ojos verdes y la boca de labios abultados y sensuales, por no hablar de la esbelta y curvilínea figura que había llegado a ser el ideal de belleza capricano. Sin embargo, cuando una tiene que verificar a diario, casi a cada hora su apariencia, frente a los monitores, comprobando si está a punto para la exhibición, puede hartarse de tanta hermosura.

    Su receptor auricular anunció que faltaban treinta segundos para la hora, y ella adoptó su posición ante la cámara. Mientras corría la cuenta atrás, contempló el escenario instalado detrás de ella. Le gustó la armónica distribución floral, en particular el elevado cuarto de círculo de flores de brillantes colores con las que se había escrito la palabra PAZ. Sobre esta palabra, aparecían desplegadas las banderas de las doce colonias. «Un imponente y maravilloso telón de fondo —pensó para las fiestas que se celebrarán cuando se anuncie oficialmente la paz.» La cuenta llegó a cero, se encendió la luz roja, y Serina empezó su parlamento:

    —Aquí Serina, en el Presidium de Cáprica, donde continúan los preparativos que se han estado realizando durante toda la noche para las ceremonias que comenzarán cuando se transmita el esperado anuncio de la conferencia de paz. Aunque aquí empieza a amanecer, se han reunido ya grandes multitudes alrededor del complejo del Presidium. La expectación aumenta, mientras los capricanos se disponen a entrar en una nueva era de paz. Hasta ahora, no llegan los esperados detalles sobre las reuniones del armisticio, debido a que una extraña interferencia eléctrica bloquea la comunicación interestelar. No hemos recibido aún noticias oficiales sobre las reuniones con los emisarios de Cylón. No obstante, en cuanto dispongamos de información, verán ustedes las primeras imágenes del que ha sido calificado de más importante acontecimiento desde...

    En aquel momento se produjo el sonido de una lejana y sorda explosión, al que siguió un ruido más cercano que taladraba los tímpanos, el de los cristales hechos añicos de todas las ventanas y puertas del Presidium que se rompieron simultáneamente, lanzando fragmentos de cristal en todas direcciones. El cámara señaló hacia un punto detrás de Serina y a su izquierda. La muchacha se volvió para mirar en aquella dirección. Los que estaban cerca de ella habían interrumpido su trabajo. La mayoría miraban hacia la zona donde se había producido la explosión. Unos cuantos corrieron en dirección a la angosta salida. Más lejos, empezó un sordo griterío. Serina hizo una seña al cámara y a la encargada del sonido, continuando todavía la emisión.

    —Disculpen. Algo ha sucedido. Vamos, Morel, Prina, veamos de qué se trata. Disculpen, señoras y señores. ¿Quieren dejarnos pasar, por favor? No sé lo que ha sido, pero me pareció como una explosión. Tal vez algún sabotaje de los disidentes, si es que hay disidentes en Cáprica. Escuchen el crujido de cristales bajo nuestros pies. ¿Has cogido eso, Prina? ¿Sí? Bien. En realidad, no sé lo que... Esperen, aquí llega alguien. Señora, ¿puede usted decirme qué...? Creo que era incapaz de decirle nada a nadie. Me pareció espantada. Tal vez ustedes lo advirtieron también. Esperen un momento. Veamos si podemos... Discúlpenme, perdón...

    Abriéndose paso a codazos entre la muchedumbre, sin dejar de comprobar que su equipo la seguía, Serina llegó a un lugar despejado. Morel, su cámara, instaló rápidamente el aparato y le hizo seña para que empezase.

    —Todavía no puedo imaginarme qué... ¡Oh, Dios mío! ¡Miren eso! Enfoca la cámara, More!, ¡de prisa! Morel enfocó la cámara en la dirección que ella le indicaba, hacia el horizonte, detrás de la ciudad, donde una enorme y brillante bola de fuego se elevaba como un sol naciente pero errático. La siguió otra, igualmente enorme y brillante.
    —Una explosión tremenda —dijo Serina, mirando a la encargada del sonido para asegurarse de que la había registrado. Cuando se extinguió el estruendo, reanudó su comentario——: Dos explosiones. Las vieron ustedes en la pantalla. La gente empieza a correr en todas direcciones. Es terrible, horrible.

    Confió en que su voz no revelase su sensación de que también era emocionante.

    —Nadie parece saber...

    Serina fue interrumpida por una nave de guerra de Cylón que cruzaba el cielo, disparando rayos laser sobre la muchedumbre. Empezó a caer gente a su alrededor. «¡Dios mío —pensó Serina—, esto es real! ¡Es la guerra! No es una simple catástrofe. Es... »

    Una pirámide estalló a su izquierda con un horrísono estruendo y, más lejos, un edificio monolítico empezó a caer hacia delante, desprendiéndose de sus cimientos y lanzando cascotes sobre la enloquecida multitud. Toda la calle empezó a oscilar y Serina cayó de un modo nada elegante sobre unos arbustos. Miró hacia arriba. Morel enfocaba la cámara en su dirección.

    —No a mí, Morel. La explosión, el fuego. Esto es terrible. Alguien está bombardeando la ciudad de Cáprica. Se diría que Cylón...

    Un aparato de caza en vuelo rasante sobre la ciudad le hizo ocultar la cabeza entre los arbustos. Disparó en su dirección. Una joven que pasaba corriendo frente a ella cayó al suelo.

    Serina se puso en pie para ayudarla, pero en seguida advirtió que estaba muerta. —Está muerta. Dios mío, está... Morel, Prina, será mejor que nos pongamos a cubierto. Será mejor...

    La multitud corría junto a ella, la empujaba, casi la hizo caer de nuevo. Más explosiones, gritos, aviones que disparaban. Morel siguió enfocándola con la cámara.

    —Es inútil —dijo ella—. La gente está muriendo a mi alrededor. Ni siquiera sé si estamos aún en el aire. Veo un niño pequeño que corre para... ¡Mirad! ¡Mirad... !

    Otro avión en vuelo rasante lanzó una ráfaga de rayos laser que alcanzó a Morel y a su cámara. Al caer Morel al suelo, saltaron chispas de la cámara destrozada. Prina echó a correr, abandonando el aparato del sonido. Serina arrojó el micrófono y corrió hacia el niño al que había visto persiguiendo a un animal. Otro avión de caza voló en dirección a ellos, disparando su cañón laser. Serina se lanzó sobre el niño y le empujó antes de que el rayo laser les alcanzase. Estrechando sobre su pecho a la temblorosa criatura, vio pasar toda una ola de cazas, aumentando indiscriminadamente con sus armas la horrible destrucción. Una columna de hormigón se rompió a pocos pasos de ellos. Serina trató de no escuchar los gritos de dolor que salían de entre los cascotes. Algo cayó encima de ella y, de pronto, se encontró con que le faltaba aire.

    Tenía un brazo libre y podía moverlo. Empezó a excavar frenéticamente hacia la superficie, resistiendo el violento impulso de aspirar aire. Su brazo rompió la resistencia. Abrió furiosamente un hueco en la tierra para escapar, y arrastró al niño con ella al aire libre. Después de inhalar rápidamente, acabó de sacar al niño del agujero y lo examinó para asegurarse de que estaba bien. Era pequeño; tendría unos seis años.

    —Procura estarte quieto un minuto —le dijo.

    El chico empezó a llorar, y Serina lo atrajo hacia sí para consolarlo. —Todo se arreglará —le dijo.

    —Muffit —dijo el niño—. ¿Dónde está Muffit?
    —¿Quién?
    —Mi daggit. Mi daggit. ¿Dónde está?
    —Tu daggit. ¡Oh! Estoy segura de que está bien. Los daggits, animales indígenas de Cáprica, habían sido fácilmente domesticados por los primeros colonos y se habían convertido en los animalitos predilectos de los niños pequeños. A los padres les gustaban aquellos pícaros de cuatro patas y corta pelambre, pues, a pesar de ser muy juguetones, nunca dejaban de proteger a los niños. Serina sonrió. Siempre le sorprendía la manera singular que tenían los niños de centrar su atención. Este chiquillo, ignorante de lo que significaba la invasión de los cylones, se preocupaba más por la suerte del animalito perdido que por la devastación producida a su alrededor. Probablemente pensaba que, cuando encontrase a su daggit, todo se arreglaría.

    Aunque los cazas de Cylón ya no surcaban el cielo, la polvareda de su ataque seguía posándose alrededor de Serina y del chico.

    —¡Muffit! ¡Muffit! —gritaba éste.
    —Estoy segura de que está bien, querido —dijo Serina, tratando de que su voz sonase como si estuviera convencida de ello.

    Un hombre alto corrió hacia ellos; su brazo izquierdo pendía ensangrentado y fláccido.

    —Hay que salir de aquí —gritó—. ¡Muévanse! ¡Hay que evacuar el centro!
    —Mi daggit —dijo el niño—. ¿Dónde... ?
    —Ahora no hay tiempo de pensar en eso... —dijo el hombre,

    Pero Serina le interrumpió con un ademán.

    —Vamos —dijo, cariñosamente—. Tenemos que irnos. Seguro que tu daggit está bien.
    —Por favor, señorita —chilló el hombre, desesperadamente—. Ese edificio está a punto de derrumbarse.

    Serina miró en la dirección indicada por el brazo ileso del hombre. Antes de localizar el edificio que amenazaba ruina, se fijó en que de debajo de una columna parecían salir las patas de un daggit. Cuidando de resguardar la cabeza del niño, para que éste no lo viese, se acercó unos pasos a la columna. Era el daggit, sin duda alguna, aplastado por la columna y con el puntiagudo hocico enterrado entre el polvo y los cascotes. Empujando al chico, de modo que no pudiese ver el animal muerto, señaló en la dirección opuesta y dijo:

    —Allí está. Debía ser él, corriendo en aquella dirección. Vayamos a verlo.
    —Quiero a Muffit. ¿Está bien?

    Ella levantó al chiquillo y lo estrechó con fuerza.

    —¡Claro que está bien! Todo irá bien. Todo irá perfectamente. ¿Cómo te llamas?
    —Boxey.

    Ella limpió parte del polvo que cubría la cara del niño. Parecía un angelito, con sus grandes ojos castaños y un mechón de cabellos rizados cayendo sobre su frente. Pensó que aquel mechón se le debía meter continuamente en los ojos.

    —Hola, Boxey —le dijo

    Contempló lo que quedaba de la ciudad. No era mucho. Los edificios que aún se mantenían en pie eran sacudidos por explosiones, vomitaban fuego. El hombre herido tiró de ella con su brazo indemne, y Serina corrió, llevando a Boxey. No miró hacia atrás al oír el ruido de un edificio que se derrumbaba. Al pasar por delante del lugar donde su cámara se había instalado al principio, ante el rótulo floral que decía PAZ, advirtió que todas las flores estaban enterradas y que ardían las banderas de las doce colonias.

    ATENEA NO DEJABA de mirar disimuladamente a su padre para comprobar sus reacciones ante la horrible carnicería que observaban, impotentes, en las múltiples pantallas de la «Galáctica». Todo el mundo habría dicho que Adama permanecía impertérrito, que no reaccionaba al holocausto; pero Atenea sabía que no era así. Descubría un sombrío dolor en sus ojos. Él estaba erguido, asentía con la cabeza al recibir los informesde sus oficiales; pero Atenea sabía que estaba pensando en su esposa, que vivía en un suburbio de la ahora humeante ciudad de Cáprica. Ella hubiese querido que pudiesen abandonar sus deberes, ser de nuevo padre e hija por un instante, retirarse a una habitación tranquila y abrazarse. Pero no podía ser.«Dios mío —pensó—, mi madre tiene que estar bien, ¡tiene que estarlo!»

    Tigh se había acercado a su comandante, llevándole el último informe.

    —Señor —dijo—, los aparatos registradores de largo alcance han captado las naves base de Cylón. Están lanzando fuerzas contra todos los planetas exteriores.

    Al oírlo, Atenea tuvo ganas de descargar sus puños sobre el tablero de mandos que tenía delante. Recordó vivamente una conversación que había tenido unos días atrás con Zac y Apolo. Había discutido con ellos sobre la próxima misión de paz y sostenido que se podía confiar en los cylones. Al fin y al cabo, eran una raza inteligente. Apolo había dicho que podían estar muy desarrollados tecnológicamente, pero que no estaba seguro de que se les pudiese llamar inteligentes, por lo menos en términos humanos. Era un antiguo argumento que ella había oído innumerables veces desde que se incorporó al servicio. Los cylones podían ser inteligentes, pero no eran compasivos; en realidad, carecían de emociones. Apolo, como otros muchos, creía que la capacidad de sentir era necesaria para la inteligencia. Atenea se aferraba a su creencia de que los cylones der bían tener sentimientos, debían tener emociones, aunque éstas no pudiesen describirse en lenguaje humano. Si sus sistemas culturales eran tan absolutamente diferentes, argüía, había que buscar y descubrir también las otras diferencias.

    Su discusión se había hecho acalorada, aunque tanto ella como Apolo sabían que se trataba de un viejo debate, casi ritual. Zac les había interrumpido con una súbita carcajada, diciendo que debían emborracharse para que sus argumentos pareciesen más lógicos. Todos se habían reído. Y su padre, al pasar junto al excitado trío, les había zaherido por andarse con tonterías cuando les llamaba el deber. Había sido un momento espléndido, delicioso, la última vez que habían estado reunidos en el calor de la familia. Ahora, Zac estaba muerto... y Atenea no quería pensar demasiado en aquello.

    Trató de sacudirse los tristes pensamientos, intentando estudiar su equipo. Sin embargo, no podía dejar de observar a menudo los monitores. En su planeta, las cosas iban de mal en peor. Incendios en todas partes. Edificios derrumbándose. Cadáveres pegados a las puertas y a los montones de cascotes, como colocados para una exposición. Los supervivientes, dispersos, se movían despacio, torpemente, como en un estado de pasmo colectivo. Adama dejó de mirar las horribles imágenes. Tenía los hombros caídos con gesto de derrota, Atenea sabía que su propio aspecto no era mejor. Se sentía comatosa. La pesadilla no podía durar; tenía que despertarse. Una mano se apoyó en su hombro. Levantó la cabeza y contempló la cara lúgubre de Apolo. Se apartó de él, sintiéndose absurdamente irritada por su dolor, furiosa por el aspecto abrumado de su padre. No podía disimular sus sentimientos, y le gritó a Apolo:

    —Primero, Zac, y ahora, ¡eso! ¡Ellos confiaban en que les protegeríamos! —Sintió que su padre la miraba con desconsuelo—. ¿Cómo hemos podido permitir que sucediese? ¿Por qué protegimos a un puñado de políticos corrompidos, en vez de proteger nuestros hogares? Dejamos que ocurriese. Y nada más.

    Miró a Adama, vio pintarse de nuevo el dolor en su semblante y se arrepintió de haber hablado. Él era el jefe. Cuando había dicho: dejamos que ocurriese, sabía que él había comprendido: dejaste que ocurriese. Y no podía retirar lo dicho. Era verdad, pero no podía retirarlo.

    Durante unos minutos, siguió realizando su trabajo en un estado de somnolencia. Pero toda la concentración de que era capaz no podía apartar de su mente las espantosas imágenes de destrucción. Si al menos estuviese Starbuck para animarla... pero ni siquiera sabía dónde estaba él. Le habían dejado atrás con los demás... con los que habían abandonado. Tenía que volver. Aunque sólo fuera Starbuck, tenía que volver. Le necesitaba.

    Tigh llamó la atención de todos sobre la pantalla del monitor más grande. Las naves base de Cylón habían sido localizadas. Podía verse uno de ellas en primer plano, y otras dos a lo lejos. Todas lanzaban nuevos vehículos de combate. Otro oficial hizo surgir imágenes de los doce mundos, en las que se veían aparatos de Cylón en incursiones de bombardeo.

    —¿Qué dicen los informes de los doce mundos, coronel? —preguntó Adama.
    —No hay esperanza, comandante.
    —Siempre hay alguna... ¿Qué pasa en Sagitara? Tienen el sistema de defensa más perfeccionado de los doce mundos. Tal vez estén aún a tiempo...
    —Lo siento, comandante. El planeta está en llamas.

    Atenea no había visto nunca a su padre tan pálido, tan cerca del colapso. Dio un paso en su dirección. Él lo vio y la detuvo con un ademán. Se volvió a Tigh.

    —Preparen mi avión de planetizaje —dijo.

    Tigh pareció tan asombrado como todos los que habían oído la orden del comandante.

    —¿Su avión de planetizaje...? —preguntó Tigh.
    —Voy a bajar a la superficie de Cáprica, Tigh.
    —Imposible, comandante. No puede hacerlo.
    —Preparen el...
    —Señor, si los aparatos registradores de Cylón le sorprenden al salir de nuestro campo de camuflaje...
    —Yo iré contigo —dijo Apolo.
    —Sí —dijo Atenea—. Yo también.
    —Tú te quedarás aquí. Todo irá bien —dijo Adama suavemente, palmeándola en un brazo.
    —Pero yo quiero...
    —Eres necesaria aquí.

    Ella capituló ante el tono autoritario de la voz de Adama.

    Apolo, como hermano mayor, tenía derecho a hacer aquel viaje en particular aunque, generalmente, ella cuidaba de pilotar el aparato de su padre.

    —Iremos en mi avión de caza, padre —dijo Apolo—. Tú eres el último superviviente entre los miembros del Quórum. Si nos tropezásemos con una nave de guerra de Cylón, al menos tendrías una posibilidad de...
    —El capitán tiene razón —dijo Tigh—. Y, como yo soy quien tendría que ocupar su lugar si le ocurriese algo, insisto en que vayan en el caza, comandante.

    Adama asintió.

    —Prepare el encuentro con los supervivientes de la Flota. Haga todos los preparativos necesarios. Proceda como si yo no tuviese que volver.
    —¿No tuviese que volver? —dijo Tigh—. Volverá usted, comandante.

    Tigh tendió la mano, y los dos hombres, como viejos amigos y oficiales camaradas que habían servido juntos durante más de tres decenios, se estrecharon las muñecas al despedirse.


    Del diario de Adama:

    A nadie le gusta que le llamen cobarde. Yo no comprendía siquiera las erróneas interpretaciones que se dieron a mi retirada de la «Galáctica» después de la emboscada de Cylón.

    Existe una leyenda tan antigua en el folklore del espacio que nadie conoce su origen. Un minero lunar del primitivo sistema solar que contenía la fabulosa Tierra trabaja en los satélites naturales de los diversos planetas. El minero es un ser singular que desafía las zonas desoladas donde los hombres normales se morirían de miedo, para excavar materiales vitales para el progreso humano. Según la leyenda, los mineros lunares tienen una existencia más agitada y se divierten más ferozmente que todos los demás héroes de la hermandad espacial. Durante una fiesta en algún mundo exterior del sistema, para celebrar una de las acostumbradas vacaciones dedicadas a la recolección de las cosechas o a la historia, un grupo de mineros luna• res se divertía a más y mejor. De pronto, su fiesta se ve interrumpida por una voz tonante y fea. Un hombre extraño, feísimo, vistiendo una variante de chillones colores del uniforme verde propio de los mineros, se planta en medio del grupo. Nadie le había visto nunca ni sabe de dónde viene. Inmediatamente, se burla de los mineros por su cobardía y les lanza un desafío. Les dice que elijan el más valiente de los suyos y que permitirá que el elegido dispare una vez contra él con el arma que prefiera. Nuestro héroe, llamado Gavin en la mayoría de las versiones de la historia, se adelanta y escoge su arma. Ésta es, en muchas versiones, un vehículo, una especie de bulldozer equipado con la pala excavadora de la minería de superficie. Dirigiendo el bulldozer contra el intruso, Gavin corre hacia él a toda velocidad. Y lanza con la pala al intruso a tal altura que lo pone temporalmente en órbita. Pero el villano baja de nuevo, cayendo de pie, y le dice al héroe—minero que volverán a encontrarse en la próxima fiesta, y que entonces le tocará a Gavin recibir el golpe. Pero, ¿dónde te encontraré?, le pregunta Gavin. Tú tendrás que descubrirlo, responde el villano. Entre los mineros lunares, la acusación de cobardía es el peor insulto, y por ello nuestro héroe se pasa todo el año siguiente buscando los dominios del violento intruso, corriendo de pasada muchas aventuras. incluidos los acostumbrados escarceos románticos. Pero nadie parece saber dónde vive el villano.

    Por último, según la leyenda, el minero llega a la Luna original, es decir, la que gira alrededor de la Tierra. Nunca ha estado allí antes de ahora, nunca ha conocido sus propiedades mágicas, nunca ha visto el planeta de origen de la humanidad desde un observatorio tan ventajoso como es su propía Luna. Si encuentra al villano y sobrevive a la experiencia, jura que bajará a la Tierra y tal vez pasará en ella el resto de sus días.

    Prosiguen sus aventuras en la Luna, pero empieza a desesperar de encontrar el objeto de su búsqueda, para recibir el contragolpe. Sin embargo, el día marcado por el destino, encuentra a una vieja bruja acurrucada en una pala dentro de un cráter abierto por los hombres, y ella le informa. El villano vive en un castillo que gira en órbita por el cielo, más arriba de la Luna, y Gavin debe lanzarse hasta allí. «¿Por qué he de lanzarme? —pregunta él—. ¿Por qué no puedo tomar la nave de pasajeros diaria o un carguero que pase por allí?» Ella le responde que el orgulloso villano dice que el minero demostrará ser un cobarde, si va en algún vehículo seguro.

    Gavin se sujeta en la rampa de un lanzador de masas, un aparato largo y parecido a una honda, empleado para lanzar los productos de las minas a un vehículo receptor, llamado recogedor, situado en el lugar exacto y que es trasladado después a una estación espacial en órbita. Hace funcionar el mecanismo y empieza a ser empujado en la rampa del lanzador de masas, poco a poco, al principio, y gradualmente más de prisa. Al aumentar la velocidad, se eleva unos palmos sobre la rampa y no vuela gracias a unas plantas destinadas a impedir que la carga sea lanzada al espacio antes del tiempo exactamente calculado. Con la aceleración, llega a la última rampa de lanzamiento. Las planchas sujetadoras se separan, y el minero es lanzado al espacio, hacia el negro cielo, por encima de la Luna. Gavin, carga corpórea y viviente, surca el espacio vacío. Su velocidad aumenta hasta casi un millón de kilómetros por hora. Delante de él, aparece el verde castillo espacial flotante del villano, como salido de la nada. En el último momento, proyecta su propio recogedor e interrumpe bruscamente el vuelo del minero lunar. Naturalmente, nuestro héroe habría tenido que romperse en mil pedazos, lo mismo que una carga de mineral... Pero, como esto es una leyenda, se despierta en el dormitorio de su anfitrión. El villano le tiende ahora la mano, amistosamente, y le dice que su deuda está pagada. Gavin ha demostrado su bravura; no es un cobarde. Y... ¿quién sabe?, si el villano se transformó instantáneamente en un anfitrión amigo, tal vez Gavin, el minero lunar, está realizando su sueño de visitar la Tierra.

    Había veces en que mi propia cobardía aparente hacía que me sintiese como el minero lunar, cuando me dirigía a un punto de destino donde podía romperme en mil pedazos. Sin embargo, no podía contar con despertarme cómodamente en el dormitorio de mi adversario.


    3


    CUANDO LA «GALÁCTICA» se retiró del campo de batalla, Starbuck casi se cayó de la carlinga, tal era su furor.

    —¿Qué pasa? —preguntó por radio a Boomer.
    —No me lo preguntes. El comandante se larga.Había un matiz de sarcasmo en la voz de Boomer, el tono propio del piloto veterano que sabe muy bien que no hay que fiar de los que están en el poder.
    —Pero no puede dejarnos aquí colgados como...
    —¡Eh, muchachos! —dijo la voz de Greenbean en los aparatos de transmisión—. ¿Qué ocurre? La «Galáctica» se marcha.
    —Lo has visto, ¿eh? —dijo Starbuck—. No sé... Debe... debe haber alguna razón.
    —Claro que la hay —dijo Boomer—. Esto es muy peligroso pueden... ¡Cuidado! Hay dos que te están siguiendo, Greenbean.
    —Serénate, Boomer —terció la voz de Jolly—. También a ti te está apuntando alguien. Trataré de quitártelos de encima.

    Mientras Starbuck apuntaba a los siniestros cazas que perseguían a Boomer, se volvió a mirar a la «Galáctica» que se alejaba y murmuró para sí:

    —Tiene que haber una buena razón

    Pero no tuvo tiempo de reflexionar sobre el misterio de la apresurada partida de la nave nodriza, porque docenas de descorteses cazas de Cylón requirieron su atención. Varias veces estuvo a punto de verse atrapado en uno de sus insidiosos y temibles ataques en molinete, en los que una docena de vehículos de Cylón rodeaban su objetivo y cada uno de ellos, en una intrincada serie de pasadas en arco, disparaba sobre los aviadores humanos. El molinete era un estilo de ataque muy difícil de eludir, pero Starbuck conocía por experiencia todas las engañosas tácticas de los malvados e inicuos cylones y sabía acompasar sus maniobras para desbaratar las de ellos..., eliminando de pasada no pocos aparatos.

    El tiempo y el hecho de que los cylones superaban enormemente en número a los humanos eran circunstancias muy gravosas. Starbuck no tardó en descubrir que su provisión de municiones se había reducido a un nivel peligrosamente bajo. Si no podía volver a la «Galáctica» para cargar de nuevo, se convertiría en blanco fácil incluso para el más inexperto guerrero de Cylón. Escudriñó el cielo en busca de otra astronave de guerra donde pudiese hacer un aterrizaje de emergencia, repostar carburante y conseguir más proyectiles. Encontró la «Solaría», pero ésta sufría un furioso ataque por parte de una nave de guerra de Cylón. Starbuck pudo ver, a través de las lumbreras, el resplandor de los numerosos incendios dentro de la astronave. Dirigió su propio caza hacia la sitiada «Solaría».

    —Voy contigo —dijo una voz a su oído.

    Boomer pasó justo por encima de él. Los pilotos de Cylón no los habían visto aún. Apuntaron contra el blanco.

    —Yo atacaré por la izquierda —dijo Boomer.
    —Y yo por la derecha —dijo Starbuck.

    Boomer y Starbuck dispararon simultáneamente sus torpedos laser. Un segundo después, estalló la nave de Cylón, dejando miles de fragmentos metálicos flotando en aquel sector del espacio. Otra nave de combate de Cylón salió por el otro lado de la «Solaría», apuntó a la astronave, disparó una ráfaga masiva y alcanzó en la nave en su centro. Starbuck pudo ver cómo la «Solaría» empezaba a abrirse por la mitad, mientras se alejaba su agresora. Enfurecido, soltó una maldición y se lanzó sobre el enemigo, gozando con la venganza, y lo desintegró con el que parecía que iba a ser su último buen disparo.

    —Le has dado bien —dijo Boomer.
    —Sí, pero un poco tarde —gruñó Starbuck, mientras observaba las últimas fases de desintegración de la «Solaría».

    Localizó a lo lejos otro caza de Cylón y se dispuso a perseguirlo. Pero el sentido común se impuso a su furor. Oprimió el botón detonador de la columna de dirección y oyó el débil zumbido que advertía de que la carga de municiones estaba ahora por debajo del nivel de eficacia. Desvió su propia nave hacia la derecha, para eludir cualquier ataque pudiese intentar la flota de Cylón. Sin embargo, para asombro suyo, varias naves enemigas a las que podía ver dieron una brusca media vuelta y se alejaron de las fuerzas humanas.

    —¿Qué es eso? —dijo Starbuck.
    —Una derrota total —dijo Boomer—. La «Solaría» era nuestra última astronave de guerra. A excepción de la «Galáctica», naturalmente, que pensó que era militarmente necesario volver la espalda y...
    —Basta, Boomer. Todavía no sabemos lo que ha pasado.
    —Está bien, está bien. En todo caso, esas viscosas alimañas han destruido la flota y es inútil que nos quedemos aquí.

    Les interrumpió la voz de Jolly:

    —Han dado media vuelta. ¡Vayamos a por ellos!
    —No —le replicó Starbuck—. Apenas si nos queda carburante suficiente...
    —¿Para qué? —dijo Boomer—. ¿Para dar un paseo por este sector? ¿Dónde piensas aterrizar, teniente Starbuck? No ha quedado nada para...—

    Queda la «Galáctica» —dijo Starbuck—. Propongo quet ratemos de encontrarla.

    —De acuerdo —dijo Jolly—, y cuando la encontremos...
    —La destruiremos —dijo Boomer.
    —Cálmate, Boomer —dijo Starbuck—. Debemos saber lo que tienen ellos que decir. Debieron tener buenas razones para retirarse.
    —Sí —dijo Jolly—, su cobardía

    Starbuck oyó la risa maliciosa de Boomer, en tácito acuerdo con la acusación de Jolly.

    —¿Y cómo piensas llegar a la «Galáctica», muchacho? —dijoBoomer—. ¿Vas a tomarnos a todos de la mano y conducirnos a casa?
    —No temas, la encontraremos. Ante todo, tenemos que ir a una de las estaciones de servicio espaciales, si hemos de salirde aquí.
    —¿Y qué te hace pensar que los cylones no han volado todas las estaciones de servicio? —preguntó Boomer—. Desde luego, lo pregunto con el máximo respeto, señor caballero del aire.
    —Tendremos que averiguarlo, Boomer.
    —Si tú lo dices.

    El avión de Boomer se inclinó y se apartó del ala de babor de Starbuck. Jolly le imitó. Después de una breve vacilación, Starbuck les siguió.

    Afortunadamente, las estaciones de servicio, ocultas por los campos de fuerza de camuflaje a la vista de los cylones, estaban todas intactas, y las escuadrillas pudieron repostar. Ya sin interferencias en sus aparatos registradores, establecieron las coordenadas de la «Galáctica». A Starbuck le intrigó la circunstancia de que la astronave se hallase en la región de su planeta natal. Esta situación parecía apoyar la acusación de Boomer y de Jolly de que Adama había apartado a la «Galáctica» del fregado por cobardía. Durante el largo trayecto de regreso, con varias paradas para repostar en otras tantas estaciones, Starbuck persuadió a Boomer, a Jolly y a los otros irritados pilotos, de la necesidad de tomar precauciones..., de no limitarse a esperar descubrir lo que había ocurrido, sino de salvarse ellos mismos y sus aviones. Sin embargo, podía sentir su propia ira creciendo hasta el punto de ebullición.

    Al acercarse a la «Galáctica», Starbuck programó el vuelo en línea recta a la cubierta de aterrizaje de la astronave. Pero, al apretar el botón, el tablero de control empezó a lanzar chispas por toda la carlinga. En el mismo instante, una pieza del tablero se soltó. La nave empezó a desviarse de la ruta de vuelo establecida. Tratando de enderezarla a mano, Starbuck se enfrentó con el circuito eléctrico. Se esforzó en actuar despacio y obligó a sus dedos a separar los hilos para solucionar el problema.

    —Recibido, jefe Rojo —dijo una voz en el receptor—. Desde aquí parece que algo anda mal en su nave.
    —Claro que algo anda mal. Estoy en apuros.
    —Recibido el mensaje, jefe Rojo —terció la voz de Tigh—. ¿En qué podemos ayudarle?

    Starbuck probó el cohete estabilizador de babor. Normalmente, podía controlar su impulso por medio de una palanca del tablero de instrumentos Pero esta vez, al levantarla, vio que no respondía. Por el contrario, pareció toser y oscilar con un ritmo errático.

    —Avería de guerra —informó Starbuck—. El estabilizador no mantiene un empuje regular. Pongan un sistema de análisis en línea.
    —En línea —dijo una voz, que Starbuck reconoció como la de Atenea. Echó una rápida mirada a la pequeña y redonda foto de ella, pegada como recuerdo encima del tablero de registro, y se la imaginó burlándose de los artificios del sistema de dirección—. ¿Cuál es tu situación, Starbuck?
    —No hay tiempo para cumplidos, Atenea. Estoy en un verdadero apuro.
    —Confía en mí, piloto. Seguirás en apuros si hablas de esta manera. ¿Cómo estás de carburante?
    —Queda poco —dijo Starbuck mirando el indicador.
    —Bueno. Comprueba conmigo. Circuito Alfa; ciérralo y pasa al servocircuito izquierdo...

    Alargando el brazo sobre el chispeante tablero de circuitos que oscilaba debajo del tablero de instrumentos, cerró un interruptor.

    —Cerrado el circuito Alfa —dijo—; paso el servocircuito izquierdo.

    Comprobó el estabilizador, que estaba ahora inmóvil, sin responder en absoluto a la palanca.

    —No responde.
    —Circuito Omega C —dijo Atenea. Su voz era tranquila, distante, como si respondiese a una proposición deshonesta en el salón de descanso—. Cierra y pasa al servocircuito auxiliar.

    Él sintió que el sudor fluía a raudales sobre su frente. El estabilizador siguió sin responder.

    —No responde

    Se oyó un sonido ahogado; empezaba a fallar el motor.

    —Se está agotando el carburante —dijo Starbuck

    La voz de Tigh se intercaló de nuevo, dirigiéndose a Atenea:

    —Que ponga impulso cero, con todos los estabilizadores—desconectados. No hay más remedio.
    —Espera —dijo ella—. Una última prueba. ¿Está listo tu estabilizador derecho?
    —Listo el estabilizador derecho.
    —Pasa el servo derecho a la izquierda.
    —Servo derecho a la izquierda.

    Actuando con la máxima paciencia, Starbuck hizo los empalmes en el tablero. Miró de nuevo el estabilizador. Osciló ligeramente, frío en absoluto.

    —Mala suerte —dijo—. No puedo invertir el impulso. Que despejen la pista, pues entraré en caliente.

    Hubo una pausa antes de que contestase Atenea.

    —Está bien, puedes venir. —Su voz tenía un deje de aprensión—. Llegarás como un misil. La cubierta está lista para la emergencia.
    —Gracias por el consuelo.
    —De nada. Nos veremos a bordo.
    —Es una cita.

    Sonó la voz de Boomer.

    —¿Lo habéis oído? Pierde un sucio estabilizador y todas las damas de a bordo le estarán esperando en la cubierta. Si al menos supiesen...
    —Suerte, Starbuck —le interrumpió la voz de Jolly.
    —Gracias, Jolly. Jefe Rojo a pista de aterrizaje. Allá voy, pase lo que pase. Espero que no me echéis en cara la brusquedad.

    Sudaba a mares, como en medio de una tormenta torrencial. La pista de aterrizaje surgió de la «Galáctica» antes de que él estuviese preparado. Sabía que los operarios de la cubierta dentro de la astronave estaban preparados para el desastre, listos para limpiar su sangre si aquello resultaba ser el deber necesario.

    Podía perder esta vez. Bien, la famosa buena suerte de Starbuck tenía que acabarse algún día. Pulsó todos los botones que aún funcionaban en su tablero de instrumentos. Su nave dio bandazos al acercarse a la pista. Sintió que estaba a punto de desmayarse al descender, y sacudió la cabeza para evitarlo. Justo antes de aterrizar, pudo poner la nave aproximadamente a la altura correcta. Derribó una serie de balizas al tocar la pista. Saltaron chispas en todas direcciones. Al estrellarse su nave contra los parachoques de emergencia, se desmayó de veras...

    CUANDO VOLVIÓ EN sí, después de sólo unos segundos de oscuridad, vio que todos los vehículos de urgencia salían de sus cubículos en las paredes y corrían hacia la destrozada nave.

    Todo estaba bien. Sentía un dolor terrible, pero todo estaba bien. La suerte de Starbuck seguía valiendo su peso en oro. Salió por la ventanilla.

    —Starbuck, ¿estás bien? —gritó Atenea, corriendo hacia él y echándose en sus brazos.

    Él la abrzó sin ningún entusiasmo, la soltó y se encaminó a los ascensores.

    —Teniendo en cuenta que toda una flota ha sido destruida debajo de mí, estoy bien —dijo—. Y no gracias a tu padre.

    Atenea corrió detrás de él.

    —¿Qué estás diciendo de mi padre? —le gritó—. ¿Te das cuenta de lo que hemos pasado?
    —¿Sí? Tendrías que haber visto cómo hemos pasado nosotros la jornada. Divirtiéndonos, sólo divirtiéndonos. Teniendo que quitarnos a los cylones de encima, mientras vosotros emprendíais una agradable excursión desde...

    Atenea le detuvo delante del ascensor.

    —Starbuck —dijo—, ¿no sabes lo que ha pasado?

    Él la empujó hacia el ascensor, con cierta brusquedad.

    —Puedes apostar a que sé lo que ha pasado, querida. Deberías ver lo que parece este juguete en el espacio cuando se larga de puntillas del escenario de la guerra. Una vista preciosa, serena..., si no fuese vuestra nave base, escurriéndose para poneros a salvo como...
    —¡Basta! ¡Escucha! Las colonias, Starbuck, han desaparecido. Todas ellas. Destruidas por los cylones...
    —Espera. ¿Qué estás diciendo? ¿Destruidas? ¿Cómo... ?

    Se abrió la puerta del ascensor, y el fuerte ruido del puente ahogó el resto de la pregunta de Starbuck. Éste entró furioso en la sala. Nadie se dio cuenta. La voz de uno de los oficiales del puente dominó el clamor.

    —Llegan naves de combate a las dos pistas, señor.

    Tigh se acercó al oficial y dijo:

    —Quiero un informe completo. ¿Cuál es su número?

    «¿Tigh? —pensó Starbruck—. ¿Es él quien da las órdenes? ¿Dónde está Adama? ¡No puede haberle pasado nada malo a Adama!» Se sintió desorientado, como lanzado a un mundo alternativo donde Adama había dejado de existir y donde la terrible cobardía de haberse llevado a la «Galáctica» del lugar que le correspondía se había transformado en cierto modo en heroísmo.

    —Sesenta y siete cazas en total, señor. Veinticinco de ellos son nuestros.
    —¿Cuántas astronaves?

    El oficial hizo una pausa antes de dar su información.

    —Ninguna.
    —¿Qué?
    —La nuestra es la única superviviente.
    —¡Dios mío! —Tigh pareció pasmado. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz ahogada—: Alojen lo mejor que puedan a los pilotos de las otras naves.
    —Un poco tarde para esto, coronel —dijo Starbuck situándose detrás de él.
    —No, Starbuck, no... —oyó murmurar a Atenea, que le había seguido. Sintió que todos los oficiales del puente le miraban fijamente, mientras Tigh se volvía hacia él. —Algunos de esos muchachos a quienes quiere dar la bienvenida estuvieron dudando entre aterrizar aquí o volar la «Galáctica» con una andanada de torpedos —dijo Starbuck—. Tal vez alguien los disuadió o tal vez no les quedaba ningún torpedo; pero...
    —¿Qué significa esta insubordinación, teniente? —rugió Tigh.
    —Todavía no se ha enterado de lo ocurrido —terció Atenea—. Yo le expliqué algo, pero no parece haberlo captado. Creo que ninguno de ellos sabe nada.

    Starbuck, confuso, miró a su alrededor. Advirtió que Boomer y Jolly, tan furiosos y frustrados como se sentía él mismo, acababan de llegar en uno de los ascensores.

    —No me he enterado, ¿de qué? —dijo Starbuck—. ¿De que el viejo dio media vuelta y echó a correr, dejando que todas nuestras naves agotasen el carburante, haciendo que...

    El ademán furioso de Tigh obligó a Starbuck a interrumpirse en medio de la frase. El coronel hizo una seña a uno de los oficiales.

    —Ponga las grabaciones de las transmisiones en los monitores. Para que vean nuestros jóvenes patriotas.

    Starbuck iba a reanudar sus quejas, pero las imágenes que aparecieron de pronto en las pantallas de la consola le indujeron a guardar silencio. El dolor que experimentó al observar el desastre en una sola pantalla se hizo irresistible al multiplicarse por cuatro. Starbuck apretó los puños, desesperado, al comprender que no podía volver a su carlinga y luchar contra aquellas naves de Cylón que habían provocado la horrenda catástrofe hacía sólo unas horas.

    —Lo siento —dijo—. Lo siento.

    Oyó que, detrás de él, Boomer y Jolly, murmurando tristemente, hacían coro a su disculpa.

    ADAMA ESTABA EN PIE sobre el viejo montículo familiar, observando la nueva y extraña grieta abierta profundamente por la guerra en su tierra. Aquella raya parecía prolongarse hasta el infinito o, al menos, hasta la hilera de incendios que rugían en el borde de la arruinada y lejana ciudad. Todos sus edificios debían de estar ardiendo.

    Echó a andar cuesta abajo, sin darse cuenta de que Apolo le seguía. El lejano rumor de numerosas voces se intensificaba con rapidez. Mirando por encima del hombro, Adama pudo ver el destello de una docena de antorchas más allá del vehículo de Apolo. Una muchedumbre errante. Pensó que se entendería con ellos cuando llegasen. A menos que tuviesen un caudillo fanático o loco, se creía capaz de dominar a cualquier multitud.

    Dio media vuelta y siguió bajando por el sendero que había trazado con tanto cuidado, piedra a piedra, durante el primer año de su matrimonio con Ila. La ancha y profunda cicatriz de la guerra lo cruzaba también y llegaba hasta la casa. Mantuvo cuanto pudo la vista apartada del edificio, pero al fin tuvo que mirar. La antaño atractiva serie de unidades residenciales —él había trazado los semicírculos de comunicación entre ellas con el mismo cuidado que había puesto en las piedras del sendero— aparecía también partida por la mitad por aquella recta cicatriz. A uno de los lados de la raya, la mayoría de las habitaciones se mantenían en pie; pero las del otro lado, donde estaba el salón de Ila, estaban arruinadas y calcinadas. Todas las esperanzas que había alimentado le abandonaron al contemplar la derruida estructura. No era probable que Ila se hubiese marchado por propia iniciativa. Ella sabía que el primer impulso de Adama, siempre que estaba libre, era ir a su encuentro y, por lo tanto, le habría esperado. Y, si ahora hubiese estado allí, habría salido corriendo de casa para echarse en sus brazos. ¿Qué estaría haciendo ella cuando se produjo el ataque? Había sido avanzada la tarde. Era cuando ella solía hacer la siesta. Probablemente estaba dormida, o la habrían despertado los agudos silbidos de los cazas en picado de Cylón. No quería imaginársela aterrorizada. En todo caso, no era probable. En los últimos años, Ila se había vuelto un poco dura de oído, aunque no le gustaba reconocerlo. Podía seguir durmiendo, por muy fuertes que fuesen los ruidos. Lo más probable era que hubiese estado dormida.

    «¡Déjate de divagaciones! —pensó—. ¡Está muerta! Tienes que aceptarlo. ¡Tiene que estar muerta! No hay otra posibilidad.»

    Adama sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Al entrar en la casa, no tuvo que detenerse ante el portero automático, que había quedado reducido a un puñado de chatarra y colgaba de un hilo en un agujero de la pared. La puerta principal se aguantaba precariamente sobre un solo gozne. Adama fue directamente al salón y se halló frente a la serie de halografías que habían sido fijadas en una pared hacía años. Había una sola fuente de luz en la estancia: un candil rectangular, cuyas doce mechas permanentes seguían encendidas. Cada llamita representaba uno de los doce mundos, y Adama sintió una extraña y fugaz alegría al advertir que todas ardían, como si el candil le estuviese diciendo que las colonias tenían que sobrevivir y sobrevivirían.

    Recordó lo entusiasmada que se había sentido Ila al descubrir aquel candil en un bazar de la ciudad cercana. Siempre le divertía buscar gangas y, a menudo, daba antieconómicos rodeos y volvía a casa diciendo que su última compra había sido particularmente barata. La vacilante luz de aquel candil especial proyectaba extrañas aureolas sobre la serie de fotos, cuidadosamente seleccionadas por ella antes de someterlas al procedimiento laser que las incorporaba a la pared. Había fotografías de toda la familia: él e Ila, Atenea, Apolo y Zac. Zac. Ahora era insoportable contemplar la sonrisa inquieta y esperanzada de Zac y el semicírculo cronológico de fotos que mostraban a Zac desde la infancia hasta la edad adulta.

    Adama recordó una conversación reciente con su hijo menor, una de las últimas que habían sostenido. Zac, un poco achispado por un vaso del fuerte vino de Librán, que parecía suave al paladar pero se subía a la cabeza, había revelado a su padre su intención de eclipsar a Apolo. Le había dicho que toda su vida estaba encaminada a superar las hazañas de su hermano. Y, cuando Adama había empezado a calmarle con sus consejos paternales, Zac le había interrumpido, diciéndole que no le comprendía.

    —Padre, mientras yo iba creciendo, sólo oía hablar de Apolo; a cada momento escuchaba los comentarios sobre alguna de sus grandes hazañas heroicas. Bueno, no me interpretes mal. Estoy tan orgulloso de él como lo estáis tú, mamá y Atenea. Pero, ¿no comprendes que todos debemos tener alguien a quien vencer? A veces, es un modelo idealizado; otras, es un ser real. Para mí, es Apolo. Le quiero, pero tengo que derrotarle.

    Adama había tratado de convencer a Zac de que en la vida había algo más que un estratificado sentimiento de competencia; pero el muchacho no había querido escucharle. Aquella noche se había separado de su hijo con un vago sentimiento de fracaso. ¿Había infundido a sus hijos una desmesurada ambición de triunfo? ¿O era la guerra la que había alimentado sus heroicas ambiciones? Tal vez Adama había dedicado a la guerra una parte tan importante de su vida, sin considerar apenas sus propios y notables logros en ella, que no había sabido dar a sus descendientes una perspectiva adecuada de la vida. Quizás había hecho de Zac y de Apolo unas pálidas copias de sí mismo. Todos ellos estaban orientados hacia la realización de actos heroicos, la toma de decisiones importantes y el desempeño del mando, con la misma naturalidad con que otros realizaban las tareas cotidianas. Años atrás, el propio Adama había aceptado esta responsabilidad como una simple consecuencia natural de ser hijo de su padre. ¿Era posible que las grietas de una vida dedicada por entero a los asuntos militares empezasen a manifestarse en la tercera generación? No: era demasiado duro consigo mismo. Zac podía haber sido exageradamente ambicioso, pero también era joven. Adama pensó que, a los veintitrés años, él habría podido verse igualmente orientado hacia el triunfo y mostrado la misma energía al hablar de sus futuras esperanzas. Y sus otros hijos, Apolo y Atenea, no daban muestras de tener problemas personales o psicológicos. Apolo, que combinaba la bravura con la inteligencia, era un excelente piloto de caza, uno de los mejores, y el vivo ingenio de Atenea para sintetizar la información y llegar a rápidas decisiones parecía destinarla a un puesto de mando.

    Al apartar la mirada de las fotografías de sus hijos, Adama comprendió que estaba exagerando las declaraciones ligeramente fatuas de Zac, precisamente por el profundo dolor que sentía. Zac sólo había mostrado un natural y juvenil deseo de volar del nido. Pero, aunque se dijo que las aspiraciones de Zac no le eran imputables como padre, Adama no podía librarse del todo de la inquietante idea de que tal vez le alcanzaba alguna culpa en ellas.

    Por un instante, lamentó que todas aquellas fotografías estuviesen tan firmemente incorporadas a la pared. Le habría gustado darles la vuelta, ponerlas de cara a la pared, como hacían las personas enojadas en las viejas novelas que solía leer a menudo en los períodos de descanso.

    Por último, tuvo que mirar las fotografías de Ila.

    Las fotos del círculo la mostraban a diferentes edades, desde los diecisiete aüos hasta los cincuenta. En la más reciente, de hacía un año, sonreía ampliamente en la fiesta de su cincuenta aniversario. Al fondo, aparecían él y sus tres hijos, con sus rostros débilmente iluminados, tal vez sombreados por el resplandor de la mujer. Al alargar la mano para tocar la imagen en primer término de la foto, se sorprendió al tropezar con el cristal que resguardaba la figura en tres dimensiones del interior.

    Él e Ila se habían excedido un poco con el vino la noche de aquel aniversario y habían especulado tontamente sobre el futuro lejano, cuando Adama dejase de ser útil a la Flota Colonial y pudiese retirarse a su casa de Cáprica. Pero incluso al hablar de esto, sabían lo absurdas que eran sus esperanzadas especulaciones. Míentras continuase la guerra, no le otorgarían a Adama el retiro y la pensión, e incluso era probable que le empleasen como consejero en el momento en que se viese incapaz de ostentar el mando. En su última carta, recibida exactamente antes de que comenzase la conferencia de paz, ella le había escrito que, si la conferencia tenía éxito, tal vez podrían realizar aún sus absurdas esperanzas. Y él había tenido un momento de esperanza... pero sólo un momento. Lo único que le habían permitido los cylones.

    Contempló la Ila más joven, la fotografía más antigua, tomada justo antes de su boda. Los recuerdos de aquellos tiempos acudieron en tropel. Cuando la conoció, Ila era una concienzuda mujer de carrera, decidida a llegar a ser miembro del Quórum de los Doce. A los diecisiete años había presentado su candidatura y ganado un puesto en el consejo local. Sus ideas radicales habían llamado ya entonces la atención, sobre todo su plan de reducir la contribución de la ciudad al total del presupuesto militar de Cáprica. Precisamente porque obtuvo cierto apoyobo de la plebe, cansada de una guerra que duraba desde hacía casi mil años, ciertos círculos políticos y militares llegaron a la conclusión de que había que hacer averiguaciones sobre ella. Adama, a la sazón joven alférez de la base de instrucción de Cáprica, había sido enviado para investigar la débil agitación y ver si podía hacer algo para mitigarla. La ley de Cáprica no permitía poner trabas al derecho de libre expresión de Ila, pero ningún libro prohibía que un apuesto y joven alférez influyese positivamente en una joven y hermosa agitadora. Y, en esta ocasión, los jefazos militares demostraron ser extraordinariamente previsores. No sólo se había dejado influir Ila positivamente por el alférez, sino que éste se había enamorado locamente de ella en el mismo instante en que le había oído pronunciar un apasionado discurso ante el concejo. Adama había preferido siempre las mujeres de carácter, e Ila era una de las mujeres más resueltas que había conocido. Su fuerza interior le había salvado muchas veces en el curso de su matrimonio, especialmente en momentos en que había que disuadirle de emprender alguna acción improcedente.

    Cada una de las imágenes de Ila que contemplaba despertaba un parecido alud de recuerdos. Veía su belleza en todas sus fases, y recordaba cómo había crecido su amor durante todos aquellos años. De pronto, se quebró su resistencia y se echó a llorar.

    —Perdóname, Ila —sollozó—. No estuve aquí cuando me necesitabas. Ni allí cuando... Inevitablemente, pensó en todo lo que aún habrían podido realizar los dos juntos, en todo lo que hubieran podido hacer en el pasado. Su dolor se hizo insoportable. Quería atajar sus lágrimas, volverse de espaldas a la pared de las fotografías.

    Al levantar la cabeza, vio que Apolo estaba en el umbral. Probablemente hacía rato que le observaba. Adama había olvidado que Apolo estaba con él. Sintió una fugaz desorientación. Se enjugó las últimas lágrimas con la punta de los dedos y se esforzó en dominar su voz al dirigirse a su hijo.

    —No..., no te oí entrar.
    —Perdóname, padre —dijo Apolo—. Hubiese debido alejarme, dejarte solo...
    —No, no; has hecho bien. Sólo estaba... recordando.

    Había unas cuantas fotos no holográficas sobre la repisa de la chimenea, debajo de las murales. Cogió una de ellas y la ofreció a Apolo.

    —¿Quieres esta foto tuya y de Zac?

    Apolo se echó atrás. Cuando habló, su voz tenía un deje de amargura.

    —No —dijo—. Mira, se acerca una multitud. Probablemente vieron aterrizar nuestra nave.
    —No me preocupan. Me quedaré unos minutos más aquí...

    Desde luego, su decisión contrariaba el mejor juicio de Apolo, pero éste asintió rígidamente con la cabeza y se dispuso a salir. Al llegar al umbral se detuvo y dijo:

    —Tal vez ella no estaba aquí. Quizá...
    —Estaba aquí —dijo Adama, rotundamente—. Estaba aquí.
    —Sí, claro —murmuró Apolo, y salió.

    DE PIE JUNTO A su NAVE, Apolo vio acercarse la irritada muchedumbre. Avanzaban como una turba, desorganizados, dándose empujones y agitando los brazos. Sus voces, fuertes y agudas, revelaban claramente su hostilidad. Apolo se preguntó si su padre había hecho bien al decidir quedarse aquí. Una turba como aquella podía matarles a los dos y, ¿de qué serviría eso? Tal vez habría debido insistir más enérgicamente, meter a su padre en el avión y despegar antes de que llegase la muchedumbre.

    A fin de cuentas, Adama podía estar ahora demasiado agotado para tomar una decisión prudente. Desde luego, a Apolo no le parecía racional que el viejo llorase en silencio delante de una serie de fotografías. A Apolo no le gustaban las fotografías.Eran como esculturas de hielo que se fundirían si uno se negaba a mirarlas, y lo último que deseaba Apolo era mirar fotosde mamá y de Zac. Se había negado a aceptar la foto que le ofrecía su padre —precisamente una que había sido antaño su predilecta—porque no podía soportar mirarla, ver la cara sonriente de Zac, las imágenes de ambos hermanos enlazados porlos hombros con sus brazos. Si hubiese conservado esta fotografía, le habría recordado siempre la última batalla en la que habían participado juntos, obligándole irremediablemente a especular sobre su posible error al dejar solo a Zac. El chico no estaba aún preparado para desenvolverse solo y, a pesar de quela prudencia militar exigía que Apolo volviese a toda prisa ala Flota para dar su información, siempre se preguntaría si no había debido volver junto a Zac y ayudar al muchacho cuandolo necesitaba de veras. En el actual y terrible estado de la guerra, no podía permitirse estos recuerdos.

    La multitud se detuvo a unos cincuenta pasos de la nave. Algunos la señalaron con ira. Apolo se adelantó, tratando de medir la intensidad de su inquina. Algunas de las personas que señalaban apuntaron ahora en su dirección. Gradualmente, toda la multitud advirtió que Apolo avanzaba a su encuentro. Un hombre se adelantó, agitando el puño y gritando.

    —¿Dónde están, dónde están los demás pilotos de salón?
    —¿Y dónde estabas tú, muchacho, cuando ellos nos mataban? ¿Qué estabas haciendo? —vociferó otro hombre detrás del primero.

    Otros hombres y mujeres se despegaron de la muchedumbre para acercarse a Apolo. Estaban enfurecidos, como si quisieran hacerle trizas y desparramar sus pedazos desde allí hasta la ciudad en llamas.—¡Esperad! —gritó una mujer, abriéndose paso entre la muchedumbre. Las primeras filas se abrieron, y ella avanzó, llevando a un niño de la mano—. Dejadle hablar. —Se volvió aApolo y dio un paso indeciso en su dirección. Apolo se sintió impresionado por su belleza, que resplandecía a pesar de los tiznajos de su cara y de sus cabellos desgreñados—. Antes deque se arrojen contra usted, quisiera saber algunas cosas. ¿Dónde estaba usted? Mejor dicho, ¿dónde estaban todos, dónde estaba toda la fuerza militar? Después de empezar el ataque, pedimos auxilio y no vino nadie.

    Hablaba con precisión, con cierto tono dramático. Aquella adorable mujer podía ser el mayor peligro para él, pensó Apolo.A la multitud se la podía dominar con tácticas aprendidas durante la instrucción, pero una persona inteligente podía combatir con facilidad estas tácticas. Tratando de ganar tiempo para pensar, miró al niño que estaba junto a ella. La cara del pequeño casi no podía distinguirse, tan sucia la llevaba, pero sus ojos inocentes eran claros al devolverle su mirada.

    —La mayoría de los nuestros están muertos —dijo Apolo, esforzándose en hablar con la mayor naturalidad posible. La muchedumbre guardó silencio—. Nos tendieron una emboscada. La Flota ha dejado de existir.

    Primero hubo un jadeo colectivo en la multitud; después, reacciones individuales de llanto angustiado y de iracunda desesperación. La mujer miró a la doliente muchedumbre, revelando en su rostro la confusión que sentía.

    —Pero —dijo—¿por qué... ? Quiero decir que usted está aquí. ¿De dónde ha venido?
    —De la astronave de guerra «Galáctica».
    —Sobrevivió...
    —Sí...
    —Bueno, ¿y qué ha sido del presidente y del Quórum de los Doce? ¿Y las demás colonias? Sin duda podremos contraatacar. Las doce colonias están unidas desde hace siglos. Es imposible vencer a nuestra fuerza combinada. Al menos, esto es lo que nos han enseñado desde la cuna.

    Adama, que estaba junto al ala de la nave de Apolo, entró en el vacilante círculo de luz y dijo:

    —Nuestra unidad, nuestra fuerza, llegó demasiado tarde. La mujer reconoció a Adama e inclinó automáticamente la cabeza.
    —¡Comandante Adama! —exclamó.

    Los demás reaccionaron al oír el nombre.

    —Serina —dijo Adama.

    Su simple aparición pareció aumentar en Serina y en la muchedumbre el impacto de la derrota.

    —Entonces, es verdad. Nos han vencido. Estamos perdidos.

    La mirada de Adama era severa, autoritaria, Apolo desvió la suya y miró al niño que, inexplicablemente, le sonreía con admiración.

    —¿Podré montar en su nave, señor? —preguntó el chico.

    Apolo se inclinó y levantó al niño. Pesaba menos de lo que parecía. Mientras le respondía, pensó en Zac y tuvo que mirara su padre.

    —Las naves de guerra no son buenas para los niños.

    Adama debió comprender el significado de la mirada de su hijo, porque desvió la suya, como sintiéndose herido.

    —Tendrán que serlo, si nuestro pueblo quiere sobrevivir—dijo Serina.

    Adama subió despacio la cuesta y contempló las ciudades en llamas. Serina fue detrás de él. Apolo les siguió, sosteniendo todavía al niño en brazos.

    —Comandante —dijo Serina—, tenemos que contraatacar no podemos..., no podemos quedarnos con los brazos cruzados.

    Siguió un largo silencio. Serina y Apolo miraban fijamente al comandante, buscando alguna señal de su decisión. CuandoAdama volvió la vista en su dirección, parecía mirar a través de ellos.

    —Sí —murmuró—, vamos a contraatacar.

    Quienes oyeron su declaración la transmitieron a los que estaban más cerca. La noticia se extendió rápidamente. Al compartir este conocimiento, la multitud reaccionó de maneras diferentes, con gritos de satisfacción, de frustración o de iracunda venganza.

    Adama se acercó a su hijo antes de seguir hablando. Cuando le habló, fue como si la muchedumbre no existiese. Sus palabras fueron una combinación de las de un padre hablando a su hijo y de las de un comandante dirigiéndose a un capitán.

    —Pero no podemos contraatacar desde aquí, ni ahora. Y tampoco en las colonias, ni siquiera en este sistema solar. Debemos reunir a todos los supervivientes de los doce mundos, a todos los hombres, mujeres y niños que han sobrevivido a esta infamia. Debemos decirles que partan inmediatamente, en cualquier vehículo que pueda llevarles, sea cual fuere su estado.
    —No hay tiempo, padre —dijo Apolo—. No hay bastante tiempo para hacer los preparativos. Estoy seguro de que los cylones enviarán tropas de desembarco para eliminar a los supervivientes. Lo que deberíamos hacer..., si podemos enviar las naves de guerra que nos quedan...
    —¡No! Ellos son muchos, y nosotros, pocos. Hay que luchar, pero no ahora. Debemos retirarnos. Lucharemos otro día... Sólo es...
    —Pero no podemos transportar a toda la gente en la «Galáctica», y ya no tenemos transportes de tropas. Aquellos vehículos..., bueno, serán una flota destartalada. La posibilidad de darles una potencia hiperespacial es, en el mejor de los casos, aleatoria.
    —Piensas lógicamente, sí; pero no es éste el momento para pensamientos lógicos. Emplearemos lo que tenemos. Todas las naves de pasajeros de los servicios intercoloniales, los cargueros, las naves cisterna, incluso los autobuses y los taxis aéreos; todo lo que sea capaz de transportar gente a las estrellas.
    —¿Y cuando se hayan reunido en las estrellas? —preguntó suavemente Serina.
    —Les instruiremos. Y les protegeremos hasta que vuelvan a ser fuertes.

    Los ojos de Adama brillaban con tan poderosa confianza que, por un momento, Apolo no estuvo seguro de si se enfrentaba con un loco o con un salvador. Dado el semblante confuso de Serina y las curiosas expresiones que podían observarse en la multitud, estaba claro que tampoco ellos estaban seguros.

    Apolo trató de imaginarse lo que proponía su padre. Toda clase de naves elevándose de planetas en llamas... Una flota destartalada... como había dicho él. Los supervivientes de todas las colonias: los aerios de Aeriana, los gemones de Géminis, los virgones de Virgon, los escorpios, los leos, los picones, los sagitarios. Parecía imposible. Pero, dada la resolución que se pintaba en el rostro de Adama, Apolo no iba a formular augurios dudosos.

    Apolo asintió y dijo que había que intentarlo. Serina estuvo de acuerdo. El talante de la multitud había pasado de la confusión a la confianza cuando aclamó a su caudillo.


    Del diario de Adama:

    ¡La agrupación de los supervivientes! Fue un verdadero milagro. Se transmitió el aviso por todos los canales secretos. De alguna manera, fue recibido por los habitantes de los doce mundos. Me dijeron que apenas cruzaban las ondas transportadoras del mensaje las capas más tenues de las atmósferas planetarias, salían ya en todas direcciones los mensajeros de la superficie. Había que llegar al punto de reunión, emplear todas las naves con suficiente empuje para alcanzar las coordenadas elegidas y evitar las patrullas de Cylón que registraban el campo y tendían redes en el cielo.

    No todos los refugiados llegaron al punto de nuestra reunión secreta. En realidad, no tenemos manera de saber el número de los que fracasaron. Después de un holocausto como la horrible matanza de Cylón, no hay tiempo para hacer las adecuadas estadísticas ni levantar cenotafios en un espacio sin aire. Algunos lo consiguieron; otros, no. Llegaron al punto de reunión preestablecido, alrededor del cual había improvisado hábilmente Apolo un campo envolvente de fuerzas de camuflaje, que nos hacía invisibles a las numerosas patrullas investigadoras de Cylón que pasaban cerca de nosotros. El hecho de que ninguna nave condujese directamente a los cylones hasta nosotros, es otra faceta del milagro histórico que se produjo.

    La fantástica cadena de acontecimientos que permitió que miles de naves supervivientes llegasen hasta nosotros hizo pensar a alguien en una intervención divina. Tanto si se interpreta materialmente como de modo místico, lo cierto es que el milagro ocurrió.


    4


    EL CAUDILLO IMPERIOSO de Cylón había aprendido hacía tiempo a dominar la repugnancia que le producía la vista de un ser humano. Las raras veces que, en el incómodo cumplimiento del deber, había tenido que enfrentarse realmente con un prisionero enemigo, se había sentido mareado durante mucho rato después del interrogatorio. No estaba seguro de cuál era la causa, pero, cuando se había visto obligado a estar físicamente cerca de uno de ellos, había absorbido pequeñas dosis de su irracionalidad. Ahora, la autodisciplina y la deliberada supresión de ciertas porciones de su tercer cerebro le permitían enfrentarse con los humanos sin importunas reacciones ulteriores. Sin embargo, el ser humano que se hallaba ante él en esta ocasión amenazaba gravemente con restaurar las viejas reacciones irracionales. Mientras trataba de descubrir por qué era tan desagradable aquel hombre en particular, cerró cuidadosamente las partes de su mente que podían verse fuertemente afectadas por la mera presencia ñsica de aquel ser.

    La respuesta a sus crecientes sentimientos de repulsión era tal vez la más sencilla, la más evidente. Aquel hombre, el conde Baltar, era un traidor. Los traidores destruyen deliberadamente el orden en su propio y egoísta beneficio. Eran los elementos más viles de una raza vil. Y Baltar era indudablemente el más traidor de todos los traidores, pues su traición había hecho posible la aniquilación de la raza humana. El caudillo habría querido tratar a este traidor con el desprecio que merecía, pero el ceremonial de Cylón exigía que, al menos, le tratase cortésmente.

    —Bienvenido, Baltar —dijo controlando la energía vocal de su casco, de modo que un tono afectuoso humano subrayase sus palabras—. Se ha portado usted muy bien.

    Baltar, que se había mostrado impertérrito desde que le habían conducido al pedestal del Caudillo, habló ahora con repentino furor, añadiendo a su voz aquella extraña inflexión que los humanos llamaban sarcasmo.

    —Me he portado muy bien, ¿eh? Pero, ¿qué ha hecho usted? ¿Qué ha sido de nuestro trato? Mi colonia tenía que ser respetada.

    Otro inesperado e irrazonable estallido emocional de un ser humano. El Caudillo Imperioso comprendió que debía haberlo esperado, pero no siempre juzgaba correctamente el estrafalario uso de las emociones que hacía que los humanos fuesen tan fastidiosamente imprevisibles.

    —El trato fue cambiado —dijo el jefe. Su tercer cerebro imprimió un tono humanamente sarcástico a sus palabras, del que se sintió satisfecho por la calidad de la imitación.
    —¿Cómo puede cambiarse unilateralmente un trato? —preguntó Baltar.

    Era propio de los humanos poner la escasa lógica que poseían al servicio de un egoísmo extremo. Nunca podían ver el alcance de un plan grandioso, a menos que les fuese directamente expuesto. E incluso entonces, sus mentes parecían incapaces de abarcar el plan en su totalidad. Al parecer, podían ver partes de él, pero no su conjunto. No era extraño que no pudiesen gobernar una simple porción del universo. Al responder a Baltar, el Caudillo Imperioso siguió dando a su voz un tono humano, para no confundir a aquel hombre estúpido y traidor.

    —Conde Baltar, aquí no hay otra parte interesada. No comprende usted nada de esta guerra.
    —No sé lo que quiere decir —dijo Baltar, con voz súbitamente sumisa, aduladora.
    —Quiero decir que no podía haber dominio sobre las especies mientras el hombre siguiese siendo una potencia en el universo. Aquí no caben matices de interpretación. El hombre o la Alianza: la respuesta es evidente. Todo compromiso es absolutamente inaceptable.

    La voz de Baltar tenía un tono quejumbroso al responder.

    —Pero usted tiene lo que quería. La amenaza ha desaparecido, ha dejado de existir. Yo cumplí mi parte del trato. En mi mundo, tengo una sólida reputación: cuando el conde Baltar dice que hará una cosa, la hace; la hace por encima de todo. Yo hice lo que me había obligado a hacer, ¡maldita sea! Mis dominios tenían que ser respetados, usted lo dijo...
    —¿Dominios? Sólo puede. haber un dominio, un poder, una autoridad. No debe haber excepciones.
    —¿Qué es usted? ¿Se imagina ser un dios?
    —Los dioses son una de las trivialidades intelectuales de su raza.
    —Está bien, olvide esto. Pero, créame, no tengo ninguna ambición contra usted.

    El Caudillo Imperioso mezcló sus sarcásticas palabras con una estruendosa carcajada.

    —Plantado ahí, cada vez se vuelve usted más pequeño, Baltar. ¿Puede creerme tan estúpido como para confiar en un hombre que querría ver su raza destruida?
    —No destruida, sino dominada. Por mí...
    —No puede haber supervivientes. La Alianza estará en peligro mientras sobreviva un solo ser humano en una de las colonias.
    —Claro, claro... Bueno, naturalmente no se refiere usted a mí.

    El jefe recibió mensajes urgentes de todos los ayudantes que estaban en la cámara. Había perdido demasiado tiempo con aquel mísero representante de la raza humana. ¡Y se consideraba un superviviente valioso!

    —Le damos las gracias por su ayuda, Baltar. Pero su tiempo ha terminado.

    Dos centuriones de Cylón se materializaron, saliendo de las sombras donde les había apostado el jefe. Agarraron a Baltar por los brazos y lo levantaron del suelo.

    —¡No! —gritó Baltar—. ¡No puede hacer eso! ¡Todavía me necesita!
    —¿Le necesito? No es probable.
    —Tengo... tengo información. Por favor. Mi vida por mi información.

    «Siempre dispuesto a comerciar —pensó el Caudillo Imperioso—. El ser humano nunca dejará de ofrecer tratos, desesperadamente.»

    —¿Cuál es su información?

    Baltar se desprendió de los centuriones y se acercó al pedestal. Había una sorprendente arrogancia en su andadura.

    —¿Mi vida? —preguntó.
    —Su vida —concedió el jefe.Una promesa fácil. Muy fácil, porque no tenía intención de cumplirla.

    Baltar miró a ambos lados, como si temiese que pudieran oírle. ¿Quién podría hacerlo?

    —En el aeropuerto espacial de Cáprica..., cuando sus centuriones buscaban y eliminaban a los supervivientes, uno de éstos me dio información.
    —Ya. ¿A cambio de qué?
    —De que le salvase la vida.
    —¿Y lo hizo?
    —Claro que no. Le decapité yo mismo.
    —¡Oh! Muy interesante. Siga. ¿Qué le dijo?
    —Me dijo que muchos hombres habían escapado.
    —¿Cómo es posible?
    —Escaparon en naves, en todo lo que pudieron encontrar. Un puñado de supervivientes. Y usted no ha podido localizarles.
    —Tal vez tenga razón. Pero no tenían carburante ni comidapara un viaje largo.
    —El hombre me dijo que se dirigían al encuentro de unaastronave de guerra que se había salvado.
    —¡Una astronave de guerra!
    —Sí. Dijo que era la «Galáctica».
    —¡No puede ser! ¡No lo permitiré!
    —No sé qué puede hacer para evitarlo.
    —La destrucción de esas naves es cosa mía. Y la de su «Galáctica». Como voy a destruirle a usted ahora.
    —Pero mi información... Usted prometió... , usted dijo...
    —Acabad con él.

    Los centuriones agarraron a Baltar y empezaron a arrastrarle fuera de la cámara.

    —¡No puede hacerme esto! —gritó Baltar.
    —Me permito recordarle que es exactamente lo mismo que hizo usted con su informador.

    Mientras esperaba que sus centuriones volviesen para informarle de que Baltar había sido decapitado, el Caudillo Imperioso reflexionó sobre la bajeza del ser humano. Según las reglas humanas, aquel comerciante era malo. Para los humanos, el mal era un concepto relativamente sencillo: una cantidad de malicia premeditada, unas dosis de acción dañina, algunas ideas negativas que se apartaban de una norma que en todo caso cambiaría. Sentimientos triviales como los que guiaban a Baltar, rasgos como la debilidad y el egoísmo, se equiparaban demasiado fácilmente con la idea del mal en la mentalidad humana. Para los hombres, el Caudillo Imperioso sería malo, cosa que ciertamente revelaba lo absurdo de sus puntos de vista.

    Los centuriones regresaron y anunciaron que el traidor humano había sido decapitado y su cuerpo arrojado... a un vertedero normalmente destinado a la basura de Cylón.

    El Caudillo Imperioso ordenó que se preparasen las redes para descubrir y destruir a los supervivientes humanos, poniendo especial cuidado en la desintegración completa de la astronave de guerra «Galáctica ». Mientras sus centuriones empezaban a difundir el mensaje, el jefe se permitió unos momentos de regocijo. Estaba a punto de lograr su objetivo. Con la aniquilación de los humanos, el orden sería restablecido en el universo, y él sería el fundador del nuevo orden universal. Aunque jamás habría confesado que sus sentimientos se parecían al repulsivo egoísmo humano de Baltar, no podía dejar de decirse que su papel en la historia de Cylón se había reforzado en gran manera con la inminente aniquilación de la peste humana.

    ADAMA REZó PARA QUE sus crecientes esperanzas no fuesen irracionales, mientras supervisaba la agrupación de su heterogénea flota en las coordenadas espaciales elegidas. Muchos de los vehículos supervivientes eran decrépitos y estaban mellados, pero había conseguido filtrarse entre las líneas de Cylón un número de naves mayor del que esperaba. Las informaciones revelaban que casi veintidós mil naves, representando a todas las colonias, colores y credos de los doce mundos, habían sido guiadas por el sistema de comunicaciones y de rastreo puesto en práctica por sus habitantes. Tal vez no eran muy adecuadas para la guerra, pero al menos eran naves. Daban una nueva oportunidad a la raza humana, ahora reducida a una minúscula fracción de la población que había florecido en los doce mundos. Una oportunidad de sobrevivir, de derrotar —algún día—a la Alianza.

    Mientras observaba las informaciones que aparecían en las diversas pantallas, se sintió ligeramente divertido por las inscripciones que aparecían en los maltrechos flancos de algunas de las naves rescatadas: Servicio Espacial Transestelar, Transportes Géminis, Líneas de Autobuses Tauron. La nueva flota se componía de naves de todas las formas, clases y tamaños. No parecía mucho, pero era cuanto tenía.

    —Pareces el gatito que se tragó al pajarillo —dijo Atenea, refiriéndose a un famoso cuento infantil capricano.

    Y sonrió tímidamente. ¿Cuánto tiempo llevaba observándole?

    —Y tú eres muy descortés para ser una subordinada cuyo único derecho a la descortesía se debe a ser hija del comandante. Ella se volvió al campo estelar y pasó la mano sobre la vista en primer término de varias de las anticuadas naves.
    —Es toda una escuadrilla —dijo—. ¿O acaso vas a dividirla en varias escuadrillas? Podrías poner en una de ellas todos los vehículos de transporte; todos los camiones de mudanzas en otra; todos los sanitarios...
    —Ya basta, jovencita.
    —Sólo es una manera indirecta de preguntarte cuáles son tus proyectos.

    Incomodado por la pregunta, volvió la espalda a Atenea. Este movimiento no le sirvió de mucho. Starbuck rondaba por allí, un poco por delante del turbado coronel Tigh. La periodista, Serina, se hallaba sentada en la sombra junto a Apolo, vueltos ambos de espaldas al tablero de comunicaciones.

    —Está bien —dijo—, todos queréis que os dé una explicación. Está bien. Tengo una idea.
    —¿Una idea? —dijo Atenea, más esperanzada de lo que habría querido su padre.
    —Escuchad. Hace mucho tiempo, no sé cuanto pero importa poco, hubo una civilización primitiva, una raza de la que descendemos nosotros. Todo está en los libros secretos de historia, aunque dudo de que alguno de vosotros haya tenido la suerte de leerlos.

    Todos negaron con la cabeza.

    —Bueno, nuestra raza madre salió de su patria y se dedicó a fundar colonias en el universo. Muchos planetas fueron colonizados pero, debido a peligros inherentes a cada planeta individual o a desastres imprevisibles que destruyeron las colonias, sólo medraron algunas de éstas. Por último, fueron descubiertos los doce mundos, las exploraciones demostraron que eran perfectamente habitables y los restos de todas las demás colonias fueron trasladados aquí. Se fundaron nuevas colonias y, como sabéis muy bien, éstas prosperaron. Actualmente, los que estamos en esta serie de abigarradas naves somos todo lo que queda de ellas. Representamos a todas las colonias supervivientes conocidas, salvo una...
    —¿Salvo una? —preguntó Atenea—. No comprendo lo que quieres decir. Que yo sepa, hubo supervivientes en los doce mundos y pudimos rescatarlos a todos.
    —No estoy hablando de los doce mundos. No; me refiero a una colonia hermana muy alejada en el universo; tal vez no una colonia, sino el planeta donde nació nuestra raza. En todo caso, sólo figura en los antiguos escritos. Os habría podido mostrar algunos de ellos, pero fueron también destruidos en el ataque de Cylón.
    —Bueno —dijo Atenea—, todos sabemos algo de esto. Durante años ha formado parte de nuestra mitología... Se trata de un lugar de origen llamado Tierra, a veces Jardín de la Tierra, aunque esto no tuvo nunca mucho sentido para mí. Parece...
    —Puede que no sea mitología, Atenea.
    —Pero puede serlo.
    —Bueno, ya lo veremos.

    A Adama le molestaba la impertinencia de su hija. Había disculpado sus recientes manifestaciones temperamentales, diciéndose que la muchacha había visto demasiadas calamidades desde la traición de Cylón; pero ahora se preguntó si habría llegado el momento de combinar la disciplina paterna con la militar y hablarle con dureza.

    —Mi intención —siguió diciendo, hablando más despacio para poner a prueba su propia paciencia, recalcando las palabras—es buscar esa última colonia... a la que podemos llamar Tierra. Llámese como se llame, puede ser la última base de la humanidad en el universo. Tal vez haya allí una civilización como la nuestra, gente como nosotros. Podríamos pedirles ayuda para nuestra reconstrucción y, quizás, avisarles de los propósitos de la Alianza de aniquilar la humanidad.
    —Pero si la Alianza no los ha descubierto aún, pueden estar a salvo de su ataque. Tal vez no deberíamos siquiera...
    —¡Atenea! Es nuestra única solución. La Alianza nos perseguirá por todo el universo. Teniente Starbuck, ¿quiere preguntar algo?
    —Sí, señor. Si hablamos de la misma colonia, de esa colonia mitológica, bueno..., no creo que nadie sepa donde está. Y aunque lo supiésemos, no tendríamos carburante suficiente para.. .
    —Muy bien observado, teniente. En consecuencia, tenemos que descubrir una fuente de energía. Una fuente de energía y provisiones abundantes para un largo viaje.

    El coronel Tigh se adelantó.

    —Comandante, no puede decirse que ésta sea una tropa de soldados aguerridos y bien equipados, capaz de enfrentarse con el universo. Quiero decir que la mayoría de esa gente lograba vivir a duras penas. Física y emocionalmente, no están preparados para la clase de viaje que usted propone...

    Apolo se levantó y dijo: —Señor, a menos que un tercio de esas naves pudiesen desplazarse a la velocidad de la luz, tardaríamos generaciones en encontrar la Tierra.

    —¡Ah! Veo que hablas como si creyeses en ella o, al menos, en la posibilidad de su existencia. Señal de que vale la pena buscarla. Y la encontraremos, porque no hay otra alternativa. No hay elección. Si permanecemos en este rincón del universo, la Alianza nos encontrará. No; viajaremos a la velocidad de nuestra nave más lenta, tendremos la fuerza de nuestro hermano más débil.
    —Tu retórica es atractiva, pero yo creo que tendríamos que combatir.

    Incluso Apolo se volvía contra él. Bueno, no importaba. Tenía que perseverar.

    —Nuestra astronave de guerra es el único superviviente, y a nuestros pilotos incumbe la tarea de proteger a toda la flota. No hablemos más por hoy. Podrás exponer tus opiniones en el próximo consejo.
    —Gracias, señor.

    Serina se inclinó hacia delante y habló en el estilo de su profesión de periodista.

    —Soy un poco ignorante en estas cuestiones, pues nunca dominé el tema de la mitología estelar. —Con estas palabras quería decir, desde luego, que sabía mucho acerca de ello y que simulaba ignorancia para sonsacarle—. Dice usted que esa treceava colonia, o ese mundo madre, se llama Tierra, y que puede estar en alguna parte del universo, todavía habitada y todavía capaz de recibir a unos refugiados coloniales.

    Adama se volvió al campo estelar, como si una respuesta fácil a la pregunta de Serina estuviese escrita allí por los decrépitos vehículos, en enmohecidos caracteres. Se sentía como un marinero vulgar escrutando el horizonte en busca de una vela.

    —Creo que hay un mundo real llamado Tierra, que está por ahí y que seremos bien recibidos en él —dijo en tono rotundo—. Creo que está ahí.
    —La palabra «creo» se refiere más a la esperanza que a la realidad —dijo Serina, y añadió un tardío—: señor.
    —Creencia, esperanza... —dijo Adama—. Es todo lo que tenemos, lo que tuvimos siempre.
    —Perdone mi escepticismo, comandante Adama, pero nos está pidiendo que nos unamos a usted en una busca religiosa.
    —Tal vez.
    —No puede lanzarse a una busca religiosa si nosotros...
    —Puedo hacerlo —dijo Adama—y lo haré. —Observó largamente sus turbados semblantes—. Y ustedes vendrán conmigo.

    Al ver que Serina iba a protestar de nuevo, añadió suavemente:

    —No hay más remedio.


    Del diario de Adama:

    Durante el período del éxodo desde los doce mundos, me di cuenta de una cosa sobre el caudillaje. Un caudillo, por muy benévolo que se considere, tiene que ser un poco tirano. Si deja que todos se entremetan en cualquier fase de su plan, si les da acceso a toda la información, de modo que puedan ver las probabilidades que tienen en contra, se expone a que se desanimen y dejen de realizar las pequeñas tareas gracias a las que se sigue adelante en las fases más tediosas. La elasticidad humana es una cualidad maravillosa, y nosotros lo demostramos mientras reorganizamos nuestra sociedad y reparamos los daños sufridos, adaptando nuestras naves a la energía hiperespacial, alimentando las esperanzas de nuestro pueblo, incluso cuando reducíamos sus raciones de comida. Yo tenía fe en nuestra resistencia, pero sabía que ésta era mayor cuando los objetivos eran limitados. Las emociones de la gente que lucha con las consecuencias de una tragedia pueden estirarse hasta el rompimiento si se les pide demasiado desde el comienzo. Por consiguiente, tenía que ser tirano, permanecer distanciado incluso de mi familia y de mis amigos. Más de una vez fue puesta a prueba mi propia resistencia. No es de extrañar que, a menudo, los tiranos se vuelvan locos.


    5


    —TENGO UNA NECESIDAD endiablada de dormir —gimió Starbuck, mientras caminaba vivamente con Boomer por una estrecha pasarela que se cernía sobre un laberinto de cables y tuberías.

    —Lo endiablado es a veces lo mejor —murmuró Boomer—. Yo lo único que quiero es acabar con esta sucia misión.

    Starbuck se encogió de hombros.

    —No sé. Me gusta hacer de investigador; hace que me sienta como un verdadero detective. Míralo de esta manera. Hacer muchas preguntas no es el peor trabajo de la flota. Tengo entendido que van a enviar algunos infelices a la Sección Beta para que se arrastren por el exterior de algún viejo autobús espacial, buscando una filtración de solium.
    —¡Hum... ! Nos echarán en falta para esa misión.
    —Apuesto a que sí.

    Como la mayoría de los guerreros de la flota, Starbuck odiaba la idea de una filtración de solium. Derivado de la fuente de energía, el tilium, el compuesto de solium era menos volátil pero más insidioso, ya que a menudo no podía detectarse hasta que era demasiado tarde.

    Dejaron la pasarela y entraron en la sala de máquinas del carguero. Al doblar una esquina se dieron de manos a boca con el capitán Apolo, que concentraba su atención en un aparato electrónico de medición, mientras su personal apuntaba varillas detectoras de soliurn en varias direcciones.

    —¿Qué tenernos aquí? —inquirió Starbuck.
    —Me parece que preferiría no saberlo —respondió Boorner.

    Apolo levantó la mirada del aparato de medición y contempló irritado a los dos recién llegados. Starbuck se puso tieso.

    Las emociones de Apolo eran imprevisibles aquellos días, desde que su padre había empezado a agrupar la abigarrada flota.

    —¿Queréis callaros los dos? —dijo Apolo—. Estoy tratandode oír alguna filtración de solium.

    Starbuck y Boorner cambiaron una rápida mirada y dieron media vuelta, disponiéndose a volver a la pasarela

    —Adiós —dijo Starbuck.
    —¡Alto! —exclamó Apolo

    Los dos hombres se detuvieron en seco.

    —Apolo —dijo Starbuck—, esto es peligroso. No quiero saber nada de ello. Quiero decir que estas viejas naves no deberían siquiera estar volando.
    —En realidad, no había alternativa, ¿verdad? ¿Sabes a cuántos tuvimos que dejar atrás por falta de embarcaciones?
    —Nadie lo sabe.
    —Pero puedes estar seguro de que fueron muchos, todos ellos condenados a ser exterminados por esos puercos cylones. Por consiguiente, a menos que queráis ofreceros voluntarios para un destino permanente en esta bañera, que os diré de paso que es perfectamente susceptible de conversión hiperespacial, haréis bien en ayudar a revisar las naves de la flota, por si existen averías. Y esto quiere decir, en particular, las filtraciones de solium. De no ser así, puedo sentirme tentadoa prestaros a la Compañía Beta.

    Sin esperar la respuesta de Starbuck y de Boorner, Apolose volvió bruscamente, recogió el aparato de medición, hizo una seña a sus hombres y se dirigió al mamparo de la nave.

    Cuando no podía oírles, Boorner murmuró a Starbuck:

    —Si sigues hablando, muchacho, vas a meternos en un verdadero lío.
    —¡Oh! Parece que se le haya metido una mosca en el tubode escape. No sé lo que les pasa a todos. Yo diría que se están volviendo rnajaretas. A mil años luz de cualquier parte, con nuestro planeta enviado al infierno, buscando filtraciones en los viejos cacharros, con la gente muriéndose de hambre, y tú tienes miedo de que nos metamos en un lío. ¿Qué te pasa? ¿Qué le pasa a todo el mundo? Hay que vivir al día. En todo caso, ¡no nos quedan muchos por delante!

    Siguieron a Apolo a través de una portezuela del mamparo y entraron en un compartimiento de pasajeros. Por lo menos eso era ahora, aunque antes podía haber sido cualquier otra cosa. Lo primero que chocó a Starbuck fue el espesor del aire, que parecía dificultar la inhalación. No era de extrañar. La habitación estaba llena de gente: ancianos, jóvenes, inválidos, niños pequeños. Algunos yacían en el suelo, visiblemente agotados. Otros se apoyaban en cajas de embalaje. Y otros habían transformado estas cajas en sus refugios individuales. Al advertir la presencia de Apolo, muchos alargaron los brazos en su dirección, tratando de agarrar al joven oficial con sus tiznados dedos.

    —Atrás —dijo Apolo—. Por favor, échense atrás.

    Pareció que el gentío iba a arrojarse sobre Apolo, pero se contuvo al ver que Boomer y Starbuck se ponían al lado del capitán.

    —¿Dónde está la comida? —gritó una mujer harapienta y visiblemente desesperada—. ¿Qué sucede? ¡Hace dos días que no tenemos agua! ¡Dos días!
    —¡Por favor! —gritó Apolo, en un tono estridente que Starbuck no le conocía—. Procuraré ayudarles a todos y cada uno. Pero échense atrás. Starbuck, Boomer.. .

    Starbuck sacó un arma del cinto y la levantó para que la viese la amenazadora multitud.

    —Guarda tu arma, Starbuck —dijo Apolo—. Esa gente tiene psicosis de guerra.
    —¿Sí? Pues dentro de un momento te colgarán de una viga, capitán.
    —¿Dónde está la comida? —gritó un viejo demacrado. Esta frase, advirtió Starbuck, se estaba convirtiendo en ritual para aquellos desdichados—. ¿Por qué no hemos sabido nada ni hemos visto a nadie en dos días?
    —¿Qué diablos sucede? —dijo otro hombre—. ¿Nos han dejado atrás los otros? Apolo respiró profundamente y pidió silencio con un ademán. La muchedumbre obedeció.
    —Nadie les ha dejado atrás —dijo Apolo, con voz serena—. Debe de haber algún problema de distribución. Pero lo remediaré, se lo prometo. De momento, alégrense de estar vivos y dennos la oportunidad de poner las cosas en orden y de saber qué necesitan más.
    —Necesitamos comida, eso es lo que necesitamos —dijo el hombre escuálido, con voz quejumbrosa.
    —Y medicinas —dijo una mujer—. Tenemos aquí algunos heridos.
    —Por eso hemos venido —dijo Apolo—, para comprobar estas cosas y saber cuáles son sus problemas.
    —El problema es que todos vamos a morir —dijo un hombre barbudo entrado en años y con aires de profesor.

    Apolo suspiró.

    —No —dijo—, nadie va a morir. Ahora, y aunque nos llevará algún tiempo, estamos averiguando el número de los supervivientes...
    —Apenas si han sobrevivido los más aptos —dijo amargamente el hombre, y Apolo hizo caso omiso de su sarcasmo.
    —Necesitamos saber lo que puede hacer cada cual —siguió diciendo Apolo—, de modo que podamos utilizarlo para el bien común. Boomer, comunica al centro de control que esta gente no ha recibido comida ni agua desde hace dos días.

    Boomer asintió y se retiró a un espacio libre, donde abrió su aparato de comunicación.

    —Veamos —dijo Apolo—, ¿necesita alguno de ustedes un auxilio inmediato?

    Una anciana levantó la mano. Apolo asintió en su dirección, y ella empezó a hablar en una lengua desconocida.

    —¿Qué está diciendo? —preguntó Apolo a Starbuck.
    —Creo que habla en algún dialecto gemonés. No lo conozco. Tal vez Boomer pueda traducirlo.
    —Boomer está demasiado ocupado. ¿Alguno de ustedes entiende el dialecto de esa mujer?

    Una mujer alta, casi tan alta como Starbuck o Apolo, se destacó del grupo. Su ropa estaba hecha jirones, y Starbuck advirtió, por las partes descubiertas de su cuerpo, que sus senos eran menudos y su figura esbelta. Aunque tenía la cara sucia y tiznada, y desgreñados los negros cabellos, Starbuck pensó que, con un baño y un poco de aseo, resultaría muy bonita. Probablemente, sería toda una belleza.

    —Dice que su marido tiene fiebre —dijo lacónicamente la mujer, con voz grave y casi noble, a pesar de su aspecto sucio.

    El brazo izquierdo le pendía al costado, formando un ángulo que pareció extraño a Starbuck.

    —¿Le pasa algo en el brazo? —le preguntó.

    La mujer se volvió hacia él. Tenía los ojos negros, y él creyó advertir en ellos un fuerte destello emocional.

    —Otros necesitan ayuda más que yo —dijo.
    —Sáquenla de aquí —gruñó una mujer rolliza que se había plantado a la derecha de Apolo—. Tendrían que arrojarla con los muertos.

    Varios murmullos confirmaron la opinión de la mujer. Starbuck percibió un peligro en aquella actitud cruel, una ira que fácilmente podía convertirse en hostilidad abierta.

    —Tienes razón, Starbuck —dijo Apolo—. Parece que tiene el brazo roto. Llevadles a ella y al anciano, al transbordador.

    Starbuck ayudó al anciano y a su esposa a ponerse en pie. Luego asió a la mujer herida, por el brazo sano. Oía las obscenidades y los insultos lanzados a su alrededor. El vocerío parecía alcanzar un punto peligroso. Tal vez tendría que sacar de nuevo su arma, a pesar de la orden de Apolo.

    —Hacedla picadillo para los daggits —gritó una mujer, y varias voces asintieron.

    Starbuck no miró en su dirección, pero estuvo atento a cual.quier movimiento sospechoso en las cercanías de donde estaba.

    —Puerca —exclamó otra mujer.
    —Socialadora —dijo un hombre.
    —Aquí no hay sitio para la basura —murmuró una voz que sin duda pertenecía al barbudo de aire doctoral.

    Un hombre musculoso se acercó a Apolo, como buscando pelea.

    —Es un pecado matarnos de hambre mientras los burócratas y los políticos viven lujosamente en sus santuarios privados.
    —Nadie vive lujosamente —dijo Apolo—. Les prometo que...
    —Yo lo vi —dijo un hombre más delgado, uniéndose al forzudo en su enfrentamiento con Apolo—. Yo lo vi con mis ojos a bordo del «Estrella Naciente», antes de que me echasen y me enviasen aquí.

    Boomer salvó a Apolo de tener que responder, plantándose a su lado y anunciando en voz alta:

    —El control central está enterado del problema.
    —Entonces, ¿puedo decir a esa gente que la comida y el agua están en camino? —preguntó Apolo.
    —¡Conocen el problema!
    —¿Qué pasa? —dijo el hombre de aire doctoral—. Nos ocultan algo, ¿verdad?
    —Sé que el remedio está en camino —dijo Apolo—. Les doy mi palabra de guerrero.

    Starbuck había llegado a la puerta del mamparo, pero vacilaba en cruzarla, pensando que Apolo podía necesitar ayuda. La mujer y la pareja de viejos esperaron con él, tensos sus cuerpos por el temor de que estallase la violencia en cualquier momento.

    —Su palabra de guerrero —dijo una mujer gorda—. ¡Fueron ustedes quienes nos trajeron a las puertas de la muerte, guerrero!

    Apolo miró a Starbuck y le hizo ademán de que saliese con la mujer y los dos viejos. Después, él y Boomer empezaron a retroceder hacia la salida, mientras se estrechaba el espacio que les separaba de la multitud.

    —Corrompidos —aulló el hombre de aire doctoral—. Todo el Quórum estaba corrompido. Fuimos traicionados. Traicionados... por todos vosotros.

    Al otro lado de la puerta, Starbuck esperó a que Apolo y Boomer cruzasen la abertura, lo que hicieron probablemente con el tiempo justo de salvarse de ser pisoteados por la airada y espantada multitud. Boomer cerró la puerta con rapidez e hizo girar las cerraduras de seguridad, para aislar el compartimiento. Todavía se oyeron gritos de angustia y furor al otro lado de la puerta redonda.

    —Dios mío... —murmuró Boomer.
    —Tú lo has dicho —dijo Starbuck.

    Les rodearon los hombres de Apolo, que habían permanecido en la sala de máquinas buscando filtraciones de solium, y Boomer les explicó lo que había ocurrido en el compartimiento de pasajeros. Apolo estaba visiblemente agitado. Starbuck se acercó a él.

    —¿Qué ha pasado? ¿Por qué no son abastecidos estos vehículos? Sé que las provisiones escasean y que Adama ha reducido las raciones, pero no...
    —¡No lo sé! —gritó Apolo, y de nuevo su voz sonó un poco más estridente de lo acostumbrado—. Pero algo anda mal, y tengo que saber qué es.

    Cuando los pasajeros empezaron a golpear el mamparo, Apolo ordenó volver al transbordador. Él y Boomer se encargaron de los mandos, mientras Starbuck permanecía con la joven y la pareja de viejos. En cuanto se hubieron distanciado un poco del decrépito carguero, Apolo conectó el aparato de comunicación del transbordador y habló enérgicamente a través del micrófono.

    —Transbordador Alfa al mando central.
    —Mando central. Hable, capitán Apolo.
    —Pido explicaciones sobre la falta de comida.

    Se hizo un silencio lleno de chasquidos antes de que contestase la voz del mando central.

    —De momento no hay información.
    —¿Qué quiere decir con eso de que no hay información? —estalló Apolo furioso—. ¡Maldita sea! Acabo de salir de una nave llena de gente que se muere de hambre. No han comido en dos días ni tampoco han recibido agua. ¿Qué diablos sucede?

    Se produjo otra larga pausa antes de que llegase la respuesta.

    —Lo siento, transbordador Alfa. El mando central no puede dar información en este momento.

    Apolo no insistió y cerró el aparato.

    —No sé lo que pasa —dijo volviéndose a Boomer—. ¿Qué te dijeron cuando les preguntaste antes sobre la falta de comida?
    —Lo mismo que a ti. Un vago reconocimiento de que conocen el problema, diría yo.
    —Esto me inquieta bastante, Boomer.

    CASIOPEA TUVO LA IMPRESIÓN de que su brazo roto estaba mejor desde que los oficiales de la «Galáctica» se la habían llevado lejos de aquella agitada multitud. En el atestado compartimiento de pasajeros había sufrido muchos golpes en el brazo, apretujado entre cuerpos que se movían. Ahora lo tenía como adormecido. También se había mitigado su pánico emocional. Conocedora de que muchas de aquellas personas desesperadas sabían de su anterior trabajo social, había temido que algunas quisieran hacerle pagar sus propias frustraciones. Había muchas armas ocultas entre aquella multitud. Cualquiera hubiese podido atacarla. Ahora se sentía mucho más tranquila, mientras ayudaba a Starbuck a interrogar a la vieja pareja gemonesa. Cuando Starbuck hubo terminado su interrogatorio, se volvió a ella y le dijo:

    —Bueno, ahora necesito algunos datos sobre usted. Así podrán atenderla en el centro vital cuando lleguemos.
    —¿El centro vital?
    —Es el nombre que damos al departamento de los enfermos. No se asuste. Veamos. Ante todo, debe decirme su nombre y su profesión.
    —Me llamo Casiopea.
    —Bonito nombre.
    —Creo que sí.
    —¿Profesión?
    —Tengo el título de socialadora.

    Vio la acostumbrada reacción en los ojos de él. No le extrañó. Los hombres de los otros mundos, y en particular los capricanos, solían mostrarse remilgados cuando se discutía esta materia.

    —Es una profesión honorable —dijo ella—, practicada con el beneplácito de los ancianos desde hace más de cuatro mil años.

    Se preguntó si debería explicarle los años de preparación a que se había visto sometida —los interminables cursos sobre comportamiento social, conocimiento humano y técnicas sexuales—antes de recibir el título y de que un hombre pudiese tocarla. Pero resolvió que, a pesar de la amabilidad que se pintaba en los ojos del guapo oficial, una mirada afectuosa que revelaba comprensión, era mejor no esgrimir argumentos en defensa de su profesión.

    —No he dicho lo contrario —dijo Starbuck—. Lo único que quería saber era por qué habían armado tanto alboroto en aquella barcaza.

    Ella sonrió.

    —Aquellas mujeres eran gemonas de la secta Otori. No creen en el contacto físico entre los sexos, salvo cuando es santificado por los sacerdotes durante la gran ceremonia de la tormenta solar, que se produce cada siete años.
    —No es de extrañar que esos bichitos sean tan buenos con los naipes.
    —¿Dice usted?
    —Nada.

    Le hizo unas cuantas preguntas más de puro trámite, antes de dar por terminada la entrevista. —Bueno —dijo—, así tendrán su información cuando lleguemos. ¿Le duele ahora el brazo? ¿Puedo hacer algo por usted?

    —Ya ha sido bastante amable.

    Starbuck tenía una sonrisa muy atractiva. Le habría abrazado, de haber tenido ambos brazos en buenas condiciones.

    —¿Qué puedo decirle, Casiopea? —dijo él—. Es mi oficio. No pertenezco a la secta Otori. Y a veces tengo jaqueca. —Por lo visto, Starbuck sabía algo de los conocimientos que tenían las socialadoras para curar enfermedades leves mediante complicadas técnicas de masaje—. Supongo que será por la presión. Sólo necesito un poco de descanso.

    Sin duda Starbuck no se refería únicamente a las técnicas de masaje.

    —Pida una consulta —dijo ella en tono profesional.
    —Tal vez lo haga. Tal vez... podría..., ¡hum... !

    Su tartamudeo lo hacía aún más atractivo para ella. Parecía que quisiese representar el papel de joven y tímido oficial. No conocía este tipo de hombre. Pensó que sería divertido explorar aquella línea divisoria entre la realidad y la ficción.

    PARA PONER ORDEN en sus pensamientos, Starbuck se excusó y se dirigió a la cabina de mando del transbordador. Aquella mujer le había intrigado desde el primer momento. El hecho de que fuese socialadora aumentaba ahora su interés. Había oído hablar de las socialadoras y con frecuencia se había preguntado sobre sus misteriosas —algunos decían metafísicas facultades. Si las cosas se arreglaban, y si podía sacudirse el cansancio provocado por su trabajo incesante, podría ser divertido llevarse a la hermosa Casiopea de excursión a algún lugar oscuro. Desde luego, Atenea se enfadaría. últimamente la hija del comandante parecía considerarle como algo de su propiedad, cosa que no le gustaba. Podía, pues, enfadarse; sería una buena lección.

    En la cabina de mando, Starbuck advirtió que Apolo parecía anormalmente tenso e irritable. Iba a decirle algo al capitán, cuando Apolo conectó el aparato de comunicación y radió un mensaje al mando central.

    —Aquí el transbordador Alfa. Cambiamos de rumbo hacia el transestelar «Estrella Naciente». El transbordador seguirá después hasta la «Galáctica» con pacientes para el centro vital. Cerró el aparato con la misma brusquedad con que lo había conectado.
    —¿Qué vas a hacer? —dijo Starbuck.

    La mirada de Apolo llevaba implícita una amenaza de castigo por insubordinación, si Starbuck no se mostraba menos familiar. Siempre se habían tratado con confianza. ¿Qué le pasaba a Apolo? ¿Acaso empezaba a actuar como una mala copia de su padre?

    —Si puedo preguntárselo, señor —añadió Starbuck.

    Apolo esperó un momento antes de responder.

    —Voy a hacer una parada en el «Estrella Naciente ». Creo que podré descubrir lo que hay en el fondo de esta conspiración de silencio.

    Advirtiendo la ira que se pintaba en los ojos del capitán, Starbuck resolvió no preguntarle lo que quería decir con eso de la conspiración de silencio.

    CUANDO TIGH LE HUBO dado la noticia de que se habían recibido varios informes sobre incipientes algaradas provocadas por la falta de comida, Adama permaneció sentado largo rato, contemplando en el campo estelar su abigarrada y visiblemente vulnerable flota. Si los cylones detectaban el campo de camuflaje, destrozarían aquellas pobres naves en el acto.

    —Padre —dijo Atenea a su espalda—, ¿te encuentras bien? De momento él no le respondió; pero sus tristes ojos suplicantes le forzaron a hablar.
    —No puedo decir que sí. Si alguien me asegurase ahora que se encuentra bien, le haría reconocer por un psiquiatra, para que le sometiese a un tratamiento especial...
    —No hablas como el guerrero que fuiste siempre. ¿Qué ha sido de la alegría de vivir para luchar mañana?
    —He dado una vuelta por los pisos inferiores. El jefe animando a los pasajeros, si quieres llamarlo así. Habrías debido ver sus caras. Estaban desesperados, buscando una posibilidad de conservar la vida. Y aquí estoy yo, el comandante, la autoridad suprema. Puedo elegir, puedo decir quién tiene que vivir y quién tiene que morir, establecer prioridades que serían como bolas de una lotería. Una mujer, que llevaba un niño en un brazo, me agarró con el otro. No supe qué decirle, no pude...
    —Basta, padre.
    —No. Tengo que decirlo, Atenea. No puedo soportarlo más, no quiero lo que ellos llaman tranquilamente responsabilidad del mando. Que lo haga otro, que alguien apechugue con la carga...

    Adama se volvió en su sillón. Atenea se sentó junto a él y atrajo la cabeza de su padre sobre su hombro. Se sentía extraña en esta actitud consoladora, como si de pronto la hubiese poseído el espíritu de su madre, de Ila.

    —Tranquilízate, padre —murmuró—. Escucha. De no haber sido por ti, todos estaríamos muertos. En cambio, muchos nos hemos salvado. Es extraordinario. Contempla el campo estelar. Es la vista más hermosa que haya visto jamás. Fíjate en nuestras naves. Si las observas con ojos de técnico, verás que son viejas, herrumbrosas, cascadas. Pero contienen vida. Una vida que busca un mundo nuevo, un lugar donde desarrollarse. Felicidad, un futuro.

    Adama empezó a protestar; quería decir desesperadamente que ya era hora de pasar el mando a otra persona..., pero le contuvo la vista exterior. Todo era como lo había descrito Atenea, y su hermosura provocaba pasmo.

    APOLO DEJÓ QUE STARBUCK pilotase la nave hacia la «Galáctica» y se quedó con Boomer en el «Estrella Naciente ». El teniente Jolly, que había sido advertido de la llegada de Apolo, se reunió con él en el débilmente iluminado corredor que enlazaba las dos zonas de equipajes de la nave. Apolo se quedó asombrado al escuchar la información que le dio el rechoncho oficial.

    —¿Contaminada? —dijo con incredulidad—. Es imposible. ¿No se comprobaron las provisiones antes de embarcarlas?
    —Se comprobó la radiación —dijo Jolly—, pero no hubo tiempo de hacerlo para el envenenamiento por plutón.
    —¿Queréis decir que toda esa comida no vale nada? —preguntó Boomer.
    —Todavía no estamos seguros —dijo Apolo—. El plutón destruye la estructura de los alimentos. Haz que tus hombres revisen todos los contenedores, Jolly. Es posible que algunas provisiones estuviesen lo suficientemente resguardadas de las bombas para no resultar dañadas.

    Jolly no pareció muy confiado.

    —Ésta es la tercera nave que registramos —dijo—. Y las cosas no tienen buen aspecto.
    —Salvad todo lo que podáis —ordenó Apolo—. Incluso las migajas pueden ser útiles.
    —¿Y qué hacemos con el resto?

    A Apolo le resultó difícil contestar.

    —Tiradlo. Y guardad el secreto sobre este problema. Si la gente descubre que no hay comida, tendremos que enfrentarnos con un motín. Vamos, Boomer, quiero comprobar algo en la clase de preferencia.

    Y subió corriendo la escalerilla de hierro, como si hubiesen dado un toque de alarma.

    Serina salió de detrás de una esquina del corredor y se dio de manos a boca con el apresurado oficial. Ambos se echaron atrás y Serina empezó a reír por lo ridículo de la situación; pero la fría mirada de Apolo la hizo cambiar de expresión. La risa se transformó en sonrisa, y la mujer esperó la reacción del hombre. Él siguió mirándola, sin revelar la menor emoción en sus opacos ojos azules. Serina se sentía tan impresionada por esta mirada como el día en que se habían conocido en Cáprica. Con su cuerpo vigoroso y sus anchos hombros, sus cabellos de color castaño claro y tan bien peinados que sus mechones guardaban un orden perfecto, su cara rudamente atractiva, cuyo matiz cínico indicaba una gran experiencia en un hombre tan joven, parecía el tipo adecuado para confiar en él en un momento de apuro, y estos días ella preveía apuros a raudales. A pesar de su aspecto imponente, había en él un cierto aire de presunción, una especie de retraimiento que se revelaba en su rigidez y en un rictus de las comisuras de sus finos labios.

    Ella le tendió la mano y él la tomó con el poco entusiasmo que sentía por tales muestras de urbanidad. Serina se preguntó si se atrevería a pedirle ayuda.

    —Soy Serina, capitán Apolo —le dijo amablemente.
    —Recuerdo su nombre —dijo bruscamente él.
    —Baje de su pedestal, capitán. Necesito hablar con usted.
    —Ahora estoy muy ocupado, señorita Serina. Tengo que...
    —Lejos de mi intención causarle molestias en su servicio. Adiós, capitán.

    Giró sobre sus talones y empezó a alejarse de Apolo.

    —Espere un momento —dijo Apolo, y se volvió al joven y moreno oficial que le seguía—. Boomer, ¿por qué no subes a la clase de preferencia y ves si hay algo allí que pueda interesarnos?

    Serina, recordando la fea molicie que había observado en ocasión de su única visita a la clase preferente, pensó en decirle a Apolo que no le gustaría lo que iba a encontrar allí; pero decidió que el propio capitán podría verlo muy pronto. Cuando el moreno oficial se hubo alejado, Apolo se volvió a ella y le dijo:

    —Bien, ¿en qué puedo servirla?

    A pesar de su fría cortesía, parecía muy irritado con ella.

    —Acompáñeme, por favor —dijo Serina—. No le entretendré mucho rato.

    Le condujo por una serie de pasillos que normalmente conducían a los departamentos de la clase inferior del «Estrella Naciente». Los angostos compartimientos estaban atestados de gente.

    —Pensaba que una celebridad como usted viviría un poco mejor —dijo Apolo—. Un lindo y pequeño camarote propio, en la clase preferente.
    —Me lo ofrecieron varios hombres de modales muy sutiles. En todo caso, no me interesó. Me contenté con lo que pude conseguir honradamente.
    —La creo.

    A ella le sorprendió la afectuosa sinceridad del comentario. A fin de cuentas, tal vez podría simpatizar con este capitán, a pesar de que tenía una varilla de hierro por espinazo.

    —Necesito su ayuda para el chiquillo —dijo Serina.
    —¿Qué chiquillo? ¿El que vi en Cáprica?
    —Sí. Se llama Boxey. Le encontré entre las ruinas, durante el bombardeo.
    —¿Tiene comida?
    —Me dio un poco Sire Uri, del piso superior. Pero Boxey no quiere comer.
    —Haré que lo envíen en seguida al centro vital.
    —Me parece que no es ésta la solución. No sé qué hacer. El pobre muchacho ha perdido la memoria, no puede decirme nada de su familia ni del lugar del que procede. Sólo habla de su pequeño daggit, que murió cuando los dos corrían por las calles. Él no sabe que está muerto. Piensa que lo ha perdido... Yo..., bueno..., tal vez usted podría hacer algo por él.. .
    —¿Yo? Si no como por ustedes, no sé lo que puedo hacer.
    —No sé si recuerda que él pareció animarse un poco cuando usted le habló en Cáprica. Francamente, tengo la impresión de que entiende usted a los niños, capitán.

    Serina no comprendió la fugaz sombra de tristeza que pasó por el semblante de Apolo, pero empezó a darse cuenta de que el altivo capitán era más complicado de lo que ella se imaginaba.

    —Me crié con un hermano menor —dijo Apolo—. Bueno; echaré un vistazo al pequeño Boxey.

    Serina le condujo por una larga escalerilla, entre atestados compartimientos improvisados. Algunos de ellos habían sido ya adornados con simples decoraciones provisionales, e incluso había dos cuyas desnudas paredes estaban cubiertas con cortinas.

    Se detuvieron delante de un pequeño aposento que tenía corrida una cortina en la puerta. A través de la tela se percibía una luz débil en el interior. Apolo miró a Serina, y ésta le invitó a entrar. Y allí se encontró al niño, yaciendo en una litera y mirando fijamente al techo.

    —Perdona —dijo Apolo—. Espero que no te molestaré—. El niño abrió mucho los ojos al reconocer a su visitante—. Tengo el encargo de buscar jóvenes aptos como futuros pilotos de caza. Te llamas Boxey, ¿verdad?
    —Sí...

    Apolo asintió, se acercó al borde de la litera y se acurrucó a su lado. El chico, sorprendido o asustado, se deslizó hasta la pared.

    —Bien —dijo Apolo——. Te he estado buscando por todas partes. Tendrías que haberte puesto al habla con el comandante, ¿sabes? Andamos muy escasos de pilotos.

    El niño le miró, extrañado. Apolo recordó que, cuando pinchaba a Zac, obtenía una sonrisa parecida como respuesta.

    —Soy demasiado pequeño para ser piloto —dijo Boxey.
    —De momento, sí. Pero, ¿cuánto tiempo crees que se necesita para llegar a ser todo un guerrero colonial?
    —No lo sé.
    —Si no se empieza cuando se es pequeño, no se consigue hasta que uno tiene el cabello blanco.

    Apolo señaló los galones de capitán sobre su hombro. Boxey, interesado, levantó la cabeza para contemplar los brillantes emblemas.

    —¿Te gustan? —preguntó Apolo.

    Boxey estuvo a punto de responder con entusiasmo, pero su interés se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido, y volvió a reclinar la cabeza en la almohada.

    —Quiero a Muffit —dijo el niño.

    Serina sintió que las lágrimas acudían a sus ojos y se preguntó si debía salir del pequeño compartimiento y esperar en el pasillo a que el capitán se saliese con la suya o tuviese que renunciar.

    —Bueno, no sé —dijo Apolo—. No hay mucho sitio para un daggit en un avión de caza.
    —Se ha marchado. Se escapó.
    —¿Sí? Bueno, tal vez podamos encontrar algún amigo de Muffit.
    —Aquí no hay daggits. Lo he preguntado.

    Apolo miró a Serina. Ésta pensó que su rostro parecía menos severo bajo la débil luz. No supo qué decir.

    —Bueno —dijo Apolo a Boxey—, voy a decirte una cosa. Toma uno de estos... —Se desprendió un galón del hombro y lo colocó sobre el bolsillo de la chaqueta del muchacho—. Y llévalo hasta que pueda darte el emblema adecuado. Ahora, como guerrero colonial de primer grado, tienes derecho a hacer tuyo el primer daggit que veas.

    Se levantó y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo un momento y dijo:

    —Pero sólo a condición de que descanses, de que comas todo lo que te den y de que no corras tras las chicas. Buenas noches, oficial.

    Saludó y salió. Serina le siguió, pero no pudo abstenerse de mirar atrás. Vio que Boxey contemplaba el galón que Apolo había prendido en su pecho. Apolo la esperaba en el pasillo.

    —Gracias —dijo ella—. Veo que estaba en lo cierto: entiende usted a los niños. Usted y su hermano deben de quererse mucho.
    —Nos queríamos.
    —Lo siento. ¿La guerra...?
    —Supongo...
    —Mire, si no se dejase llevar por...
    —No sea tonta. He perdido ya al mayor. No estará de más que triunfe con algún pequeño.
    —Esto no es cosa baladí, capitán. Si triunfa con ése, algo habrá conseguido.
    —¡Claro! Animar a un niño de seis años. Temo que no sea esto lo que...
    —Pues yo creo que sí, tanto si lo reconoce como si no.

    La sombra de una sonrisa volvió a pintarse en la cara de Apolo. A Serina le pareció una sonrisa potencialmente hermosa.

    —Lo siento, pero tengo que marcharme —dijo Apolo—. He de comprobar la sección de preferencia.
    —Espero que su reacción se parezca a la mía, capitán.
    —No comprendo.
    —Ya lo comprenderá.

    Apolo saludó a medias y bajó la escalerilla. Serina advirtió, con taimado interés, que el capitán le parecía menos altivo e indiferente.

    APOLO ENCONTRÓ EL ASCENSOR que conducía directamente al sector de preferencia del «Estrella Naciente». En cuanto se cerraron las puertas, empezaron a funcionar una serie de instrumentos destinados a preparar al viajero para su estancia en los departamentos de preferencia de una nave transespacial de lujo. Sutiles perfumes brotaron de las rendijas de ventilación; hacían pensar en alimentos o en sexo, según la dirección en que miraba el ocupante del ascensor. Una música sofisticada —traquila, suave, complicadamente melódica—sonó en los altavoces estratégicamente colocados alrededor de la cabina. De una manera extraña, subliminal, aquella música parecía anunciar inminentes goces románticos. Apolo reconoció la insípida melodía como una serie de variaciones sobre un canto de León. No tenía nada de extraño, puesto que Sire Uri era de allí. Lo que extrañaba a Apolo de aquella canción era que, en su origen, se trataba de un himno agrícola que celebraba las maravillas de la cosecha. En la versión del ascensor la sencilla tonada se había convertido en una melodía de amor ridículamente compleja y arrítmica.

    Una luz dorada se encendió súbitamente sobre la puerta, para indicar que el ascensor se había detenido en la primera planta de preferencia. Los perfumes se desvanecieron y la música se extinguió al abrirse las puertas. Apolo sintió que le dolían los ojos a causa de la profusa ornamentación dorada de la estancia. En el vestíbulo, sobre la puerta que conducía a los santuarios interiores de la planta, advirtió con disgusto un absurdo rótulo dorado que decía CLUB DE PREFERENCIA. Apolo había viajado un par de veces en naves de lujo, cuando no había encontrado un medio de transporte más sencillo, pero no recordaba haber visto en ellas nada que se pareciese al horrible decorado de aquella zona de recepción.

    Al habituarse sus ojos a los furiosos destellos, le sorprendió la voz de Boomer que retumbaba en la pequeña cámara.

    —¡Oficial! Sólo le pediré una vez más que se aparte.

    Boomer se dirigía a un guardia corpulento y musculoso, cuyos anchos hombros bloqueaban la estrecha puerta de las dependencias interiores.

    —Señor —dijo el guardia con voz cansada, como si estuviese acostumbrado a disuadir a los otros pasajeros de la nave de su empeño en entrar en los departamentos de lujo—, éste es un lugar reservado para Sire Uri y sus amigos.
    —No me importa lo que sea...
    —Debo recordarle, señor, que Sire Uri ha sido recientemente elegido miembro del consejo de la Flota. Me ha ordenado que no permita que le molesten los intrusos.
    —¿Y qué me dices de esta intrusa, estúpido?

    La «intrusa» de Boomer era su arma, cuyo cañón apuntaba ahora al orificio izquierdo de la nariz del guardia. Éste pareció sorprendido, pero no asustado. Apolo pensó que Boomer podía armar más jaleo de lo necesario; tal vez sería mejor atenerse a las ordenanzas.

    —¿Qué pasa, Boomer? —dijo mientras avanzaba.
    —Parece que ese tipo no quiere dejarnos pasar al club.
    —¿Es así, soldado?
    —Bueno..., sí, señor. Sire Uri dijo que...
    —¿Me reconoce, soldado?
    —Sí, capitán Apolo.
    —¿Sabe que tengo perfecta autoridad para comprobar todas las plantas de todas las naves, por orden de la Flota?
    —Pues..., sí, señor.
    —¿Nos dejará pasar por esa puerta?
    —¡Sí, señor!

    Apolo sonrió a Boomer, mientras el guardia les invitaba ceremoniosamente a pasar. A veces, el hecho de ser hijo del comandante supremo tenía sus ventajas.

    Mientras avanzaban por un pasillo decorado tan ostentosamente como el vestíbulo del club, Boomer murmuró:

    —Cuando pienso en toda esa gente que se muere de hambre, sería capaz de...
    —No lo digas, Boomer. A mí me repugna tanto como a ti.

    El gran salón de baile de la nave había sido transformado en algo que, según pensó Apolo, guardaba un sospechoso parecido con una sala del trono. Una serie de tapices, que él reconoció como una famosa colección de caza del planeta Tauron, cubría una de las paredes. En otras, veíanse pinturas, esculturas y holografías, que Apolo estuvo seguro de que habían sido confiscadas en los doce planetas. Uri y sus secuaces debieron arramblar con todas las obras de arte que encontraron en los planetas moribundos, saqueando museos y galerías, mientras los ciudadanos morían a su alrededor. Antes de la invasión de Cylón, Uri había sido famoso en todas las colonias como hábil traficante político.

    De momento, resultó difícil localizar a Uri entre las imponentes obras de arte, los lujosos muebles y una bulliciosa multitud, que parecía compuesta principalmente de viejos estadistas rodeadus por sus cortesanas. Casi todos los que se hallaban en el salón tenían delante de ellos platos rebosantes de comida que engullían con un furor obsceno. Uri estaba sentado a una de las mesas más grandes, casi oculto detrás de un montón de frutas de exóticos colores. Conservaba la belleza que recordaba Apolo y parecía no haber envejecido en absoluto. Quizá tenía un poco más llenas las mejillas y algo abultado el estómago —sin duda como resultado de la presente orgía—pero, en conjunto, conservaba el aspecto de aquel político aristócrata que se había hecho extraordinariamente popular en el planeta León. A su lado, y ciñéndole el cuello con los brazos, había una joven ligeramente vestida, de insulsa belleza sólo empañada por las manchas de la comida alrededor de su boca.

    Apolo sacó el arma que pendía de su costado e indicó a Boomer que hiciese lo propio. A la vista de las pistolas, menguó el divertido griterío de los asistentes al banquete. Apolo y Boomer avanzaron despacio en dirección a Sire Uri, y los que estaban en su camino se echaron atrás con ojos vidriosos. Apolo se detuvo junto a la m esa de Uri. Éste le miró entre sus párpados hinchados.

    —Espero que pueda explicar esta intrusión —dijo.
    —Bien dicho —dijo la joven que estaba a su lado.

    Apolo le dio un empujón, apartándola de Uri, e hizo un ademán a éste para que se levantase. Uri era unos centímetros más alto que Apolo y quiso aprovechar la ventaja de la diferencia de estatura, dando a su voz un tono imperioso:

    —¿A qué viene todo esto, joven?

    Apolo miró desdeñosamente al apuesto político.

    —¿Quiere hacer alguna declaración antes de que le detenga, Sire Uri?

    Uri hizo un ademán con la diestra, imponiendo silencio. Incluso los músicos dejaron súbitamente de tocar.

    —Me alegro de que conozca mi nombre, señor —dijo Sire Uri—. Al menos, así sabrá de donde le vienen los palos.
    —Déjese de retórica barata, Sire Uri. Va a acompañarme a mi transbordador.
    —No haré nada parecido, joven. Usted no tiene jurisdicción en el «Estrella Naciente».
    —Tengo toda la jurisdicción que necesito. Si quiero, puedo incautarme de esta barcaza de basura para la Flota. Mejor aún, si no quiere acompañarme a la nave almirante, soltaré a los pasajeros que se mueren de hambre en las seis plantas de abajo. Podrá usted entenderse con ellos. Apolo señaló la mesa cargada de comida, y Uri comprendió su mensaje.
    —Capitán —dijo—. Reconozco que todo esto puede parecer..., bueno..., un poco excesivo. Cúlpese de ello a nuestro gran entusiasmo.
    —¿Excesivo? ¿Gran entusiasmo? ¿Todo esto? Yo diría más bien una obscenidad y...
    —Espere un momento, joven. Mis amigos y yo sólo estamos disfrutando de una pequeña y merecida celebración, puede llamarla de acción de gracias, por habernos salvado. Tenemos derecho a ...
    —Ustedes no tienen ningún derecho, ningún privilegio del Señor, para esta clase de... ¡celebración! Por si no lo sabía, señor concejal, han muerto un centenar de personas desde que nos salvamos de los cylones.
    —No estaba informado de ningún caso de muerte por hambre, capitán.
    —Tal vez no. Incluso es posible que el hambre no haya matado a nadie... todavía. Pero sólo será cuestión de tiempo, si no observamos estrictamente el plan de racionamiento impuesto por mi padre a todas las naves. Si...
    —¿Su padre?
    —Sí.
    —¡Ah! Entonces, es usted hijo del comandante Adama. El capitán Apolo, según creo. No le reconocí; le pido disculpas. Entonces no es de extrañar.
    —No entiendo lo que quiere decir, Sire Uri.

    El concejal miró a los comensales más proximos y se irguió un poco más sobre sus pies. Por lo visto, lo que iba a decir estaría dedicado a su público.

    —Quiero decir, capitán, que no es de extrañar que haga esta extemporánea demostración de poder. —Luego, volviéndose a su auditorio dijo—: Ya lo ven, amigos míos; este joven es un emisario de su padre, nuestro honorable comandante. Cuando dice que se incautará de la nave, habla completamente en serio, y nosotros, a fin de cuentas, no podemos discutir con el hijo del comandante supremo.
    —¿Qué está usted diciendo?
    —Digo, capitán, que se valdrá de todos los pretextos para incautarse de naves. Tal vez con el fin de extraerles carburante para la «Galáctica». Sospecho que es ésta la razón de su visita y no su compasión por los hambrientos pasajeros. Tengo buen olfato para los trucos políticos, y puede decirle a Adama que...
    —Cierre el pico, Sire Uri. Con el debido respeto. Boomer, notifica al mando central que hemos encontrado algunas provisiones que serán distribuidas inmediatamente.

    La cara de Uri enrojeció de ira. —Esto es una violación de las normas vigentes, joven. Y no lo permitiré. —No tendrá más remedio que aceptarlo. Le recuerdo que ha sido detenido.

    Uri respiró profundamente antes de replicar:

    —Cada pedazo de esta comida es mío. La hice comprar en mi propio estado, y es mía y de mis invitados. Todavía no existe una ley que permita confiscar propiedades particulares sin una orden presidencial.

    Algunos de los invitados estaban visiblemente de acuerdo con las opiniones aristocráticas de Uri, pero Apolo pudo observar que otros parecían un poco confusos y avergonzados. La joven ebria que estaba al lado de Uri se apretó a éste e hizo un espectacular y significativo gesto dirigido a Apolo, el cual lamentó no poder detenerla también, junto con todos los juerguistas que compartían los puntos de vista de Uri.

    —¿Aprueba su esposa esta actitud de negar la comida al prójimo? —preguntó Apolo, dirigiendo una elocuente mirada a la amiga de Uri.
    —¿Mi esposa? —dijo débilmente Uri.
    —La señora Uri. No la veo.

    Uri no pudo sostener la mirada de Apolo y bajó de pronto la suya al alfombrado suelo. Apolo recordaba a la señora Uri como una mujer gordezuela y amable, cuya principal función en la vida había sido buscar maneras de sacar a su impulsivo esposo de situaciones potencialmente peligrosas. Se había mostrado muy simpática con él y con Zac, a raíz de una visita que le hicieron cuando eran pequeños.

    —No, la señora Uri no está —dijo Uri—. Desgraciadamente, no llegó a tiempo al «Estrella Naciente » cuando nosotros fuimos rescatados.

    Apolo no se dejó engañar por la voz sollozante de Uri al hablar de ella.

    —Mi sincero pésame —dijo—. Comparto su dolor. La señora Uri era una mujer excelente.

    Uri permaneció con la cabeza baja; respetuosamente, al parecer.

    —Sí —murmuró.
    —Estoy seguro de que le conmovería el luto que ha guardado por ella y su manera de honrar su memoria. ¿Boomer?
    —¿Qué, capitán?
    —Que Jolly envíe aquí unos cuantos hombres para recoger y distribuir la comida entre todos los de la nave.
    —¿No deberíamos comunicarlo al mando central?
    —¡Hacedlo en seguida!

    Agarró a Uri de un brazo y le sacó del salón. La joven dio unos cuantos pasos, agarrada al otro brazo, pero se derrumbó, borracha, sobre la roja y gruesa alfombra.

    Mientras esperaban a Jolly y a sus hombres, Boomer murmuró a Apolo:

    —No lo digo en son de crítica, capitán, pero, ¿no habrás ido demasiado lejos? Ten en cuenta que Sire Uri forma parte del nuevo consejo.
    —Esto no es una partida de cartas, Boomer, como las que soléis jugar con Starbuck. Los de ahí abajo se están muriendo de hambre, ¡maldita sea!
    —No te enfades, capitán. Estoy contigo.
    —¿De veras?
    —Capitán...
    —Perdona, Boomer. Estos días me irrito fácilmente. Supongo que ya lo habrás notado.
    —Bueno, ahora que lo mencionas..., sí, lo he notado.

    Llegó el ascensor, cuya puerta pareció por un momento demasiado pequeña para el corpachón de Jolly.

    —Manos a la obra —dijo Apolo—. Recoged toda la comida que podáis encontrar y llevadla a la gente de abajo.

    La mirada de odio que Sire Uri dirigió a Apolo al ser introducido en el ascensor por dos de los hombres de Jolly, produjo un escalofrío en la espina dorsal del capitán.

    EL DOCTOR PAYE COLOCÓ cuidadosamente el brazo roto de Casiopea en el interior de un tubo cilíndrico transparente, que estaba conectado a una serie imponente de aparatos médicos. El brazo roto estaba ahora insensible, y la joven no sentía dolor alguno al tocarlo el médico. Una vez colocado debidamente el brazo, Paye extrajo de una cavidad interna de una de las máquinas un instrumento formado por tres tubos similares a cañones de pistola. Apuntó cada uno de los cañones a una zona diferente del brazo encerrado en el tubo, pulsó varios botones, y unos débiles rayos que parecían laser brotaron de los cañones. Después de atravesar la superficie del tubo, los rayos se difundieron y penetraron en el brazo por diferentes puntos. Inmediatamente cesó el entumecimiento y fue sustituido por un vivo cosquilleo. Paye, de pronto, volvió a pulsar los botones y los cañones se escondieron en la máquina.

    —¿Cómo lo siente? —preguntó Paye mientras retiraba el brazo de la joven del tubo transparente. Casiopea estiró el brazo y lo dobló. Incluso la sensación de cosquilleo estaba desapareciendo.
    —Como si nunca hubiese estado roto —respondió.
    —El hueso se ha soldado completamente —dijo Paye con un amistoso tono profesional—. Probablemente, está incluso más fuerte que antes.
    —Es maravilloso. Realmente maravilloso. Gracias, doctor.
    —Con un equipo como éste, yo no soy más que un mecanico. Hábil, desde luego, pero sólo un mecánico. ¿Puedo hacer algo más por usted, Casiopea?

    El ofrecimiento parecía significar algo más que simple cortesía médica. Ella, como socialadora que era, estaba acostumbrada a estas insinuaciones oblicuas, y le resultaba fácil eludirlas amablemente.

    STARBUCK, TODAVÍA EMBUTIDO en su traje espacial, estaba apoyado en la pared del pasillo, en el exterior del departamento sanitario. Casiopea, al encontrarle, sonrió: le alegraba ver de nuevo al joven y apuesto oficial; pero su sonrisa se convirtió al poco en una expresión ceñuda, pues había comprendido la razón de que Starbuck la estuviese esperando.

    —Va usted a llevarme de nuevo allí, ¿verdad?
    —Aquí no es fácil encontrar un taxi —dijo él.

    Ella le volvió la espalda, sintiendo que palidecía su semblante.

    —Temo volver a aquella nave.

    Le molestaba tener que confesarlo, pero le daba miedo la estupidez de los pasajeros del «Estrella Naciente». Compadecía sus pesares, su hambre y su desorientación pero, por otra parte, no deseaba ser víctima de sus frustraciones. Starbuck pareció comprenderla y le dijo:

    —Escuche, tal vez podría buscar algún otro sitio para usted. Hay naves mejores, incluso es posible que haya sitio a bordo de la «Galáctica».

    ¡Vaya! Otra vez aquella cantilena, la misma insinuación que le había hecho tímidamente el médico. Pero el joven oficial no tenía nada de tímido.

    —¿Qué le pasa? —preguntó Starbuck.
    —Percibo un rótulo con un precio. ¿Haría usted lo mismo si yo no fuese una socialadora?
    —Tal vez sí, tal vez no.
    —Por favor, no bromee. Estoy..., estoy un poco débil. Quiero decir que...
    —Está bien, está bien. Olvidemos las bromas por un rato. Escuche: sólo quiero ayudarla. De veras. No hay nada personal en ello.
    —¿Nada personal?
    —Bueno, algo personal sí lo hay. Pero aún puedo buscarle algún sitio donde estar. Eso es todo. Puede romperme un brazo si le miento. Claro que podría valer la pena un brazo roto...
    —Está bien, está bien.
    —Entonces, ¿trato hecho?
    —Creo que es un trato malísimo para usted; pero, aceptado.

    Starbuck sonrió alegremente al asir a Casiopea del brazo —precisamente del que acababan de reparar en el centro vital y conducirla pasillo adelante.

    ADAMA SUBIÓ AL PUENTE y sorprendió al coronel Tigh sonriendo satisfecho, mientras apretaba los últimos informes sobre su pecho, como si fuesen cartas de amor.

    —¿Qué pasa, Tigh? —preguntó Adama.
    —Acaban de informar las patrullas de gran radio de acción. Sus aparatos de sondeo no han encontrado señales de persecución por parte de los cylones. Todos los vectores tienen buen aspecto. El sistema de camuflaje diseñado por Apolo parece mantenerse firme. Salvo aquella incursión de hace tiempo, ninguna escuadrilla de Cylón se ha acercado a nosotros.
    —Mientras permanezcamos ocultos de este modo en el espacio, es muy improbable que nos descubran. Ojalá siga resistiendo el camuflaje, Tigh.
    —Pienso en ello continuamente, señor. Si nos descubriesen ahora, sería desastroso. No podríamos entablar un verdadero combate, señor.
    —Lo sé, Tigh. Desgraciadamente, lo sé muy bien.
    —¿Qué haremos ahora?
    —Prefiero que otros contesten a esta pregunta.

    Tigh pareció afligido e irritado al mismo tiempo.

    —Entonces, ¿sigue usted empeñado en dimitir?
    —Presentaré la dimisión al consejo esta...
    —Comandante, quisiera que hablásemos.
    —Desde luego, viejo amigo, pero mi decisión está tomada.
    —Con el bajísimo nivel actual de carburante y de víveres, no puede usted dimitir. Si alguna vez necesitásemos alguien que nos dirigiese...
    —En la flota abundan los hombres de valía. Incluido usted, Tigh. El consejo decidirá.
    —Comandante...
    —¿Qué, Tigh?

    Tigh guardó silencio, visiblemente reacio a decir lo que pensaba.

    —Adelante, viejo amigo —dijo Adama—. Dilo.
    —Si usted dimitiese ahora, daría la misma impresión que la retirada de la «Galáctica» en el combate contra los cylones. Lo siento, pero...
    —Y yo siento que piense eso. Tal vez los dos sucesos estén relacionados y no hagan más que apoyar mi decisión de dimitir.
    —No, ¡no puede hacerlo!
    —Lo tengo decidido.
    —Ya lo veo, ¡maldita sea!
    —¿Quiere acompañarme a la cámara del consejo?
    —Prefiero no hacerlo, si no le importa.

    Adama iba a decir que sí le importaba, pero giró sobre sus talones y se marchó del puente. Mientras salía por la escotilla, oyó un fuerte golpe detrás de él. Sin duda el coronel Tigh había golpeado algo metálico con los puños. Adama no se volvió para comprobar esta suposición.

    El recién nombrado consejo de ancianos, que gobernaría temporalmente hasta que pudiese elegirse un Quórum adecuado, manifestó a voces su irritación antes de que Adama pudiese terminar su discurso de renuncia. Algunos se pusieron en pie, gritando:

    —¡No! ¡No lo permitiremos!
    —Es inaceptable.
    —No puede dimitir. ¡Usted, menos que nadie!

    El consejero Anton acalló las protestas con un amplio ademán. Tiempo atrás, Anton había sido ayudante de campo del presidente Adar. Era un político de la vieja escuela, natural de Scorpia, de rostro aguileño y demacrado. Aunque era un hombre astuto, Adama le había creído siempre inteligente y digno de confianza.

    —Adama —dijo Anton, poniéndose en pie—, nos ha dirigido usted prudentemente y bien. Por ello no podemos aceptar su dimisión. La situación es ahora demasiado grave.
    —No estoy de acuerdo —rugió el consejero Uri.

    Adama sabía desde hacía tiempo que si alguien se oponía con firmeza a cualquier plan sensato, sería el representante de los supervivientes de León. A pesar del escándalo en que se había visto envuelto, su gente le había dado un voto de confianza para continuar en el consejo.

    —Creo que nuestro querido Adama es el más calificado para juzgar su capacidad de dirección.

    Adama miró a Apolo, que estaba sentado con la periodista Serina en la galería, delante de la mesa del consejo. Su hijo parecía furioso, y la linda joven apoyaba las manos en su brazo, como tratando de convencerle de que siguiese sentado. A Adama le gustaba aquella periodista capricana, y también le agradaba que pareciese mostrar interés por su hijo. Apolo, tan afligido por la muerte de Zac y de su madre, necesitaba una amiga compasiva como aquélla. Volvió su atención a Uri.

    —Con todo el debido respeto —decía éste—, dudo mucho de que el comandante nos haya dirigido tan bien y con tanta prudencia. Sinceramente, no puedo considerar nuestra situación actual como resultado de una buena planificación.
    —¡Uri! De no haber sido por Adama, ninguno de nosotros habría sobrevivido a los ataques de Cylón —gritó Anton.
    —Es posible —dijo Uri—, pero yo hago recaer en el comandante toda la culpa del caos en que nos encontramos ahora. Su equivocado criterio en la elección de las provisiones de víveres y de carburante nos ha llevado al borde del desastre.
    —Consejero Uri —dijo Anton—, ¿tiene usted la desfachatez de lanzar acusaciones por la escasez de comida, cuando ha sido a su vez acusado de acumularla en perjuicio de los que se mueren de hambre?
    —¿Tiene usted las manos limpias, Anton? ¿Qué me dice de... ?
    —Caballeros —les interrumpió Adama—. Por favor, caballeros. Esta disputa no redunda en nuestro beneficio. Uri no anda del todo errado en lo tocante a nuestra actual situación, ni es injustificada su acusación contra mí. El problema está, y ha estado, en que somos demasiados. Demasiadas personas, demasiadas naves. Nos habríamos visto apurados aunque no hubiese estado contaminada una cantidad tan grande de comida, aunque tantas naves nuestras no se hubiesen hallado en tan lamentables condiciones. Si tuviésemos tiempo... Pero, ¡ay!, aquí está la principal causa de nuestros apuros. Tenemos que conseguir carburante y víveres; es nuestra única solución. De lo contrario pereceremos todos, lenta y gradualmente, a medida que se nos agoten las provisiones. Tenernos que convertir nuestras naves, dándoles capacidad hiperespacial, y abandonar las que no puedan ser transformadas.
    —Esto significaría apretujarnos todavía más —dijo Uri—. Las condiciones actuales son ya insoportables. Adama desdeñó la oportunidad de comentar la solución dada por Uri a las presuntas condiciones intolerables.
    —Así es, Uri. Por eso quería proponer que recogiésemos todas nuestras provisiones de carburante para enviar la «Galáctica» y las naves más eficaces de nuestra improvisada flota en busca de carburante y de víveres para todas las demás.
    —¿Dejando atrás estas naves? —gritó Uri—. Comandante, ¿cuántas embarcaciones se propone enviar a esa loca... misión de saqueo?
    —El capitán Apolo tiene la cifra aproximada, consejero Uri. Apolo se levantó y habló con brusquedad, conteniendo visiblemente su irritación.
    —Aproximadamente, una tercera parte de la flota actual. La cantidad de carburante disponible no da para más, caballeros.
    —No da para más, ¿eh? —dijo Uri—. Yo afirmo que esto es un complot para que ustedes y sus elegidos puedan librarse del resto de nosotros, abandonarnos aquí, sin carburante, para que muramos lentamente. Esto es...
    —Señor —le interrumpió Apolo—. Tal como están las cosas, no hay carburante suficiente para llevar a toda la flota a parte alguna. Debernos dejar que quienes sean capaces de hallar una solución la busquen.
    —Es usted hijo de su padre —se burló Uri—. No estoy seguro de que no nos estén engañando los dos.
    —¡Esto es inaudito! —gritó Anton—. Usted, Uri, sabe perfectamente que...
    —¡Ah! ¿Está usted también confabulado con ellos, Anton?
    —Caballeros, por favor —dijo Adama—. Escúchenrne.
    —Su tono es muy autoritario, teniendo en cuenta que acaba de presentar la dimisión —dijo Uri.
    —Sólo pretendo aconsejar —dijo Adama. —Dénos, pues, su consejo. Ardo en deseos de oírlo, comandante.

    Adama carraspeó para ganar tiempo. Ojalá hubiese podido hacer que Uri desapareciera. Ya era mala cosa tener que enfrentarse con una oposición ignorante en una reunión como aquélla; pero era mucho peor saber que el adversario era un truhán engreído que no atendería a razones.

    —Propongo —dijo Adama—. que enviemos nuestras mejores naves a Carillón, en busca de carburante y de víveres.
    —¿A Carillón? —dijo Uri, en un tono curiosamente sarcástico—. ¿Por qué, entre los doce mundos, ha elegido un lugar como Carillón?
    —Carillón fue antaño objeto de una expedición minera de nuestras colonias. Tiene ricos yacimientos de tilium.
    —Pero, si no recuerdo mal, la empresa fue abandonada por antieconómica. Uri, por lo visto, venía preparado. Sus espías debieron enterarse del plan de Adama antes de la reunión.
    —Fue abandonada —dijo Adama—sólo porque no había mano de obra local y estaba demasiado lejos de las colonias para que el transporte fuese una operación práctica. Pero ahora no nos interesan las exigencias del comercio.
    —No creo que Carillón sea la solución adecuada. Persiste el mismo problema. Carillón está demasiado lejos. Entretanto, podrían sufrir muchos desastres las naves y la gente que se quede atrás.
    —Es la única solución, Uri.
    —¿De veras? ¿Qué me dice de Borallus? Está más cerca, y sabemos que hay allí todo lo que necesitamos. Comida, agua y combustible.

    Muchos de los consejeros parecieron estar de acuerdo con Uri. «¿Cómo pueden ser tan cegatos, tan ignorantes?», pensó Adama.

    —Y sin duda hay también destacamentos de Cylón —dijo Adama—. Podría ser fatal bajar nuestra red de camuflaje e intentar descender en Borallus.
    —Podría ser fatal —gritó Uri—. Pero yo creo que esta fatalidad es segura si elegimos Carillón como punto de destino.
    —Carillón es nuestra única esperanza —dijo Adama.

    Haciendo un rápido cálculo de las cabezas que asentían en el semicírculo de la mesa del consejo, Adama advirtió que más de la mitad del grupo estaba ahora a su favor.

    —Caballeros, deben comprender ustedes que la situación ha alcanzado el punto crítico mucho antes de lo que esperábamos. El racionamiento ha sido reducido a un tercio. No podemos seguir discutiendo. Tenemos que actuar, y deberíamos poder presentar a nuestro pueblo un plan de acción aprobado por unanimidad.
    —Unanimidad significa hacerse eco de lo que dice usted —dijo agriamente Uri, pero se sentó.

    Se opuso al plan hasta el último momento. Cuando se sometió a votación, votó a favor, sólo después de que el consejo hubiese aceptado la dimisión de Adama como presidente y acordase que la nave de Uri, el «Estrella Naciente», sería uno de los vehículos elegidos para el salto hiperespacial a Carillón.

    DESPUÉS DE LA REUNIÓN del consejo, Apolo se alegró de que por fin hubiese sido aprobada una acción positiva, aunque lamentó la resolución tomada por su padre de dimitir. También estaba furioso por los insultos de Uri durante la reunión. El muy bastardo se había vengado de Apolo para detenerle. Y, a fin de cuentas, ¿de qué había servido aquella detención? Uri había aprovechado la situación para erigirse en jefe de las facciones contrarias a su padre.

    —Está muy triste —le dijo a media voz Serina, que había permanecido un rato en silencio a su lado.
    —Olvídelo. Quería preguntarle una cosa: ¿ha traído a Boxey consigo?
    —Tal como usted ordenó, capitán. Le metí en aquel bonito compartimiento que usted dispuso para nosotros. Se lo agradezco.
    —No hay de qué. Vayamos a ver a Boxey.

    Apolo echó a andar por el laberinto de pasillos a grandes zancadas. Aunque Serina tenía las piernas largas y era casi tan alta como él, le costaba seguirle.

    —¿Cómo está el chico? —preguntó Apolo, antes de detenerse ante la puerta de la habitación del muchacho.
    —Sigue negándose a comer, y no duerme.
    —Creo que podremos hacer algo que le interesará.
    —¿Ahora?
    —Sí.—Pero usted tiene mucho que hacer, con los preparativos para el viaje a Carillón y todo lo demás. ¿No debería descansarun poco?
    —Creo que dormiré mejor cuando hayamos resuelto el problema de Boxey.
    —¡Es toda una empresa!
    —Observe y verá.

    Boxey yacía en el compartimiento inferior de una doble litera y parecía tan indiferente como siempre. Apolo le ordenó que se levantase y les siguiese. El chico preguntó si lo decía en serio. Apolo le respondió que era una orden, y el niño asió de mala gana la mano que le tendía. Anduvieron dando vueltas hasta llegar a un sector de la nave que Apolo sólo había visitado dos o tres veces en todo su tiempo de servicio a bordo de la «Galáctica».

    Apolo se detuvo delante de una puerta que ostentaba el rótulo «Laboratorio de Droids», y dijo:

    —Ya hemos llegado.

    Sonrió al advertir la confusión de Serina al entrar con él y Boxey en el laboratorio. Enfrente de ellos había una hilera de droids, apoyados en una pared y todos ellos desconectados.Algunos habían sido abiertos, y colgaban hilos diversos de las zonas de la cabeza, el pecho y las piernas.

    —¿Qué son? —preguntó Serina.
    —Son droids. Construcciones mecánicas que imitan seres humanos o animales...
    —Sé lo que son los droids, pero creía que estaban prohibidos.
    —Lo estuvieron en Cáprica. Los capricanos eran contrarios a emplear sustitutos mecánicos del esfuerzo humano. Una noblefilosofía, pero...
    —No sé nada de filosofía pero, en las pocas experiencias que he tenido con los droids, me ha inquietado percibir rasgos humanos en algo que no tiene nada de humano.
    —Creo que se equivoca pero, dadas las circunstancias, no vale la pena discutirlo. Sólo le diré que los droids han llegado a convertirse en una necesidad para la navegación espacial pueden introducirse en lugares inaccesibles para los más voluminosos seres humanos y realizar pequeños trabajos de reparación en la superficie de las naves o en atmósferas que nosotros no podemos respirar.

    Un hombre rechoncho y de edad madura, que llevaba una bata de laboratorio, entró por una puerta. Había algo mecánico en sus movimientos, y Serina se preguntó si no sería también un droid. Pero la expresión animada de su cara, al reconocer a Apolo, evidenció que era humano.

    —¡Ah, capitán Apolo! Llega usted en el momento oportuno. Le estábamos esperando. ¿Es ése el joven oficial que ha sido encargado del nuevo proyecto?

    Boxey, sorprendido por la pregunta del desconocido, empezó a esconderse detrás de Apolo.

    —Bueno, doctor Wilker, no he tenido tiempo de discutir a fondo el proyecto con él. Pero esperamos que aceptará.

    Boxey tiró de la pierna de Apolo. Éste miró al confuso chiquillo.

    —Quiero marcharme de aquí —dijo Boxey.
    —Es una orden militar, Boxey. Al menos tenemos que escuchar al doctor. Díganos algo más acerca del proyecto, doctor. El doctor Wilker adoptó un tono profesional y se dirigió principalmente a Boxey.
    —Bien, como ya saben, pronto aterrizaremos en diversos planetas extraños, y no sabemos lo que vamos a encontrar allí. Tenemos que tomar medidas de seguridad. En circunstancias ordinarias, habríamos adiestrado a unos cuantos daggits para que montasen guardia durante la noche, mientras nuestros hombres dormían en sus campamentos; pero aquí no tenemos daggits. Por consiguiente, tenemos que fabricarlos. Al primero de ellos lo llamaremos Muffit Segundo.

    Boxey miró de reojo a Apolo.

    —¿Qué ha dicho?

    Apolo se encogió de hombros.

    —No he acabado de comprenderle, doctor Wilker. Será mejor que nos lo enseñe.
    —De acuerdo. ¡Eh, Lanzer!

    La aparición del ayudante fue un truco tan exagerado que habría sido propia de algún viejo melodrama. Lanzer, hombre joven y con gafas, sostenía en brazos lo que parecía ser un manojo de pelos. Apolo sabía que la velluda piel era de imitación, implantada en el cuerpo del droid; pero, de no haberlo sabido, habría tomado aquel objeto por un daggit de verdad.

    Lanzer puso el daggit—droid en el suelo, y el fingido animalito empezó en seguida a ladrar en tono agudo y atractivamente cariñoso. Acercándose a Boxey, sacó la lengua y jadeó. El movimiento del rabo era natural y convincente, a menos que uno se acercase lo bastante para ver que la cola salía de un orificio cuadrado en la parte posterior del droid.

    —Naturalmente —dijo el doctor Wilker—, el primero de ellos exigirá mucho cuidado. Boxey, incrédulo, se apartó unos pasos del inquieto daggitdroid.
    —Ése no es Muffit —dijo—. Ni siquiera es un daggit de verdad.
    —No —dijo amablemente Wilker—, pero puede aprender a ser igual que uno verdadero. Es muy listo. Y si tú nos ayudas, lo será aún más.

    Boxey no podía apartar la mirada del daggit. El jadeante animal de imitación parecía sentirse igualmente fascinado por el chico. Sonriendo por primera vez desde hacía días, Boxey retrocedió cuidadosamente unos pasos, apartándose del animal, el cual dejó de jadear y le miró con curiosidad. El chico empezó a volverse y el daggit corrió hacia él. Mirando atrás por encima del hombro, Boxey cruzó la estancia. El droid, visiblemente satisfecho, le siguió de cerca.

    —Empleamos la imagen que nos dio usted de Boxey para adiestrar al droid a responderle —murmuró Wilker a Apolo y Serina.

    Boxey se detuvo y se volvió para mirar al daggit. Poco a poco, abrió los brazos. El droid avanzó, se sentó sobre las patas de atrás y apoyó las de delante en el pecho del muchacho. Con esto terminó el período de prueba. Boxey abrazó al daggit y sonrió a los tres adultos que le observaban.

    Apolo sonrió a Wilker y le dijo:

    —Estoy en deuda con usted, doctor.
    —Descuide.

    Mientras seguían a Boxey y su animalito por el pasillo, Serina murmuró a Apolo:

    —Estoy en deuda con usted, Apolo.
    —Descuide.
    —Parece usted un poco engreído, ¿lo sabía?
    —Si usted lo dice...
    —Pero le besaré de todos modos.


    Del diario de Adama:

    Un día, durante una pausa de la guerra y mientras prestábamos servicio de convoy para unas naves que llevaban suministros a una estación de carburantes en construcción, advertí que Starbuck corría por un pasillo, murmurando para sí y tomando furiosamente notas en una libreta. Ahora bien, Starbuck era el proverbial alférez cándido en lo tocante a cuestiones militares; habría podido decirse que estaba en pañales. Pero, tratándose de dinero, y en particular de dinero que se pudiera apostar, parecía haber nacido adulto. En su primera semana en la «Galáctica», había acorralado a tanta gente que andaban todos alicaídos. Pero, en esa ocasión en particular, pensé que podría pillar al astuto joven y resolví averiguar lo que se proponía. Me imaginé que podría sorprenderle en alguna acción ilegal, imponerle un poco de disciplina y hacerle purgar sus pecados en la zona adecuada.

    Caminaba deprisa y me costaba seguirle, tanto más cuanto que el papel de espía no resulta fácil para el jefe de una nave; pero pronto pude ver que se dirigía a la sección de medicina como era de esperar, le encontré en un pabellón desocupado. Varios sanitarios se agrupaban a su alrededor, gritándole unas fechas y entregándole unos trocitos de papel, junto con la que parecía ser una buena cantidad de dinero. Starbuck estaba muy atareado, escribiendo notas en su libreta y recogiendo eldinero y los pedazos de papel.

    —¿Qué están haciendo, alférez? —le grité, con mi voz más autoritaria—. ¿Horas extraordinarias en el juego?

    Starbuck pareció muy compungido, como correspondía a un alférez novato.

    —Discúlpeme, patrón —dijo con voz sumisa.

    El muy bellaco sabía que no me gustaba que me llamasen patrón, pero fingí pasarlo por alto.

    —¿Y en qué consiste esta vez el timo, Starbuck?

    Todos los sanitarios rebulleron inquietos, y pensé que elalférez Starbuck deseaba que se lo tragase el suelo metálico.

    —Pues, señor, estábamos apostando..., ¡hum!, estábamo sapostando...
    —Hable, alférez. Quiero saber de qué se trata, antes de confiscarlo todo para el fondo de pensiones de la nave.
    —Bueno, señor, hacíamos una pequeña apuesta sobre..., sobre el día en que morirá usted, señor..

    Tengo que confesar que me sobresaltó la respuesta y que me quedé unos momentos sin poder hablar.

    —¿Estaban..., estaban apostando sobre la fecha de mi muerte?

    Él asintió con la cabeza. Farfullé algo más sobre el asunto y pedí a Starbuck que me entregase el dinero. Entonces empecé a darme cuenta de que el dinero que tenía en la mano era falso, esa especie de fichas de metal que emplean en los juegos de cartas los que no quieren apostar dinero.

    —Tengo bien merecido que me hayan pillado —dijo Starbuck a los sanitarios—. El patrón tiene razón: era un timo tenía truco.
    —¿Truco? —dije yo, un poco amoscado.
    —Sí —sonrió Starbuck—. Iba a ganar. Sin duda alguna.
    —¿Que iba a ganar? ¿Sabe usted el día de mi muerte?

    Víviéndole plantado delante de mí, con su taimada sonrisa, sentí ganas de estrangularle.

    —Está bien, Starbuck. Dígame su apuesta. Soy parte interesada en la cuestión. ¿Cuándo voy a morir? Sin dejar de sonreír, me tendió la papeleta que tenía en la mano.
    —Mi predicción —anunció.

    Desdoblé el papel. Decía: «Nunca». Entonces, Starbuck se echó a reír y me entregó un montón de dinero falso.

    —Nunca —dijo.

    Me había tomado el pelo. De pie, en mitad del enorme y vacío pabellón, me sentí arrinconado. Después, uní mi risa a las de los demás y prescindí de la insubordinación que representaba aquel episodio. Starbuck me mostró los otros pedazos de papel. Todos decían: «Nunca». Y nunca más traté de pillar a Starbuck.


    6


    STARBUCK LE QUITÓ un cigarro a Boomer y, disimuladamente, abandonó el grupo de trabajo y se dirigió a su escondite especial, junto a su avión, en las pistas de lanzamiento de la «Galáctica». Acomodándose en una oquedad oscura, encendió el cigarro y apoyó la cabeza en la pared metálica. Casi inmediatamente, se sintió adormilado y una parte precavida de su mente le dijo que tal vez debía tener cuidado con el cigarro. Después, ya no pudo pensar a derechas. «¿Qué cigarro?», se dijo casi en voz alta. Visiones de una multitud hambrienta, que se iluminaba y oscurecía alternativamente, iniciaron un sueño que no llegó a convertirse en pesadilla porque el sonido de la voz de Casiopea le despertó de pronto.

    —Starbuck —dijo ella—, ¿qué estás haciendo, acurrucado en ese agujero?

    Él advirtió que el cigarro estaba a punto de caerse de su mano y lo apretó con más fuerza. Salió de su refugio, se llevó el cigarro a la boca y aspiró profundamente el humo, que le produjo una débil sensación narcótica en la nariz, sin duda resultado de una de las mezclas especiales de Boomer. Casiopea se había bañado y puesto ropa limpia —un ceñido vestido de una pieza que amenazaba con volverse transparente bajo una luz adecuada—después de que Starbuck la dejara en las dependencias de las enfermeras. Según las reglas convencionales de belleza, la joven tenía ahora un aspecto magnífico; pero Starbuck se preguntó, por un instante, si no le había gustado más cuando estaba tiznada y desgreñada. Entonces había percibido en ella una vulnerabilidad, una necesidad de ayuda, a la que había correspondido de buen grado. Ahora, ella se erguía ante él, alta, fuerte y atractiva. Otra mujer vigorosa, como Atenea. Siempre le habían atraído las mujeres fuertes, pero había veces —momentos de falsa nostalgia—en que casi habría preferido una de las débiles y sumisas doncellas de la leyenda intergaláctica. Era tal vez una idea estúpida..., pues sabía que se cansaría de una doncella semejante en menos de un día y que su única ventaja sería proporcionarle un descanso del que estaba muy necesitado.

    —¿Cómo me encontraste? —le preguntó.
    —Te seguí durante un trecho. Te había perdido cuando vi la luz de ese aromático cigarro. ¿Me lo dejas probar?
    —Claro. Ella dio una larga chupada al fino cigarro y pareció paladear su sabor.
    —¡Oh! Gracias. Un palito muy bien confeccionado.
    —Mi amigo es experto en alteraciones químicas de la composición celular.
    —Felicita al botánico de mi parte. Retrocedió un par de pasos y contempló el vehículo de Starbuck. Jenny y el resto del personal auxiliar de Starbuck habían hecho un excelente trabajo de reparación, sustituyendo las partes destruidas por el brusco aterrizaje y ajustando todos los sistemas. Como siempre, habían pulido perfectamente su superficie, y los puntos de luz que parecían brotar de su espléndido barniz daban la impresión de que la navecilla estaba realizando un abstracto paso de danza. Casiopea la contempló largo rato antes de seguir hablando.
    —Está preciosa, suspendida ahí como en un vuelo permanente. Una máquina perfecta, creada para bailar alegremente entre las constelaciones...
    —Esa ha sido una expresión feliz —dijo Starbuck, mordiendo su cigarro.

    Casipea arqueó las cejas.

    —Pero que no te convence, ¿eh?
    —Demasiado poética. No tiene en cuenta que el metal apesta cuando hay algún escape de carburante, ni el dolor que uno siente en toda su piel si un cortocircuito le envía chispas por dentro de las mangas. Sin embargo, te comprendo, señorita, prefiero estar en la carlinga de ese montón de chatarra y realizar el más fastidioso servicio en vuelo, a cualquier otro trabajo que pueda imaginar. Empezaba a sentir un poco de jaqueca, un dolorcillo que parecía estirarse detrás de su ojo derecho. Frunció los párpados y se frotó la sien del mismo lado.
    —Pareces fatigado —dijo amablemente Casiopea.
    —¿Fatigado yo? No. Sólo me fatigo para huir de la fatiga sin embargo, he pasado unos días un poco tensos, con el trabajo y la gente muriéndose de hambre y...
    —¿Y el capitán Apolo? Observé que os apretaba de lo lindo. Casi esperé alguna especie de motín.

    Starbuck se echó a reír.

    —¿Un motín? Lo dudo. Y menos contra el capitán. Además, la situación es demasiado grave para jugar a revoluciones. No; estoy preocupado por Apolo. Esto es un infierno para él.
    —Bueno, todos sufrís. No veo nada especial en él...
    —No; no quiero decir esto. No me refiero al sufrimiento ordinario con que nos enfrentamos todos. Apolo perdió a suhermano en el ataque de Cylón, y esto le trastornó. Ahí reside la causa de su irritabilidad.
    —¡Oh! No sabía...
    —No permitimos que cierta clase de rumores se filtren alnivel de los civiles.
    —Os protegéis mutuamente. Y me gusta. En nuestro país teníamos la impresión de que los pilotos espaciales eran demasiado engreídos. Me alegra ver que...
    —¿Sí? Bueno, nada tiene de extraño que... nos protejamos mutuamente, como tú dices. La protección recíproca es parte del trabajo. Tú proteges la vida de un camarada, como te protegerá él a ti cuando se te echen encima un par de cazas de Cylón. Desde luego, vale la pena.
    —¿Te gustaría hacer el amor conmigo?

    La brusquedad de la pregunta sorprendió a Starbuck. Le habría gustado hacer el amor con ella pero le fastidiaba que se lo preguntase.

    —¿Qué te pasa? —dijo ella.
    —¿Es costumbre de las socialadoras cambiar de tema e irdirectamente al grano?
    —No, no lo es. Si estuviésemos de vuelta en mi planeta, fueses admitido en el segmento adecuado de nuestra sociedad y me hubieses dado la señal de que me deseabas, ni siquiera entonces podría hacerte esta pregunta. No quiero hacer el amor contigo como socialadora. En realidad, ya no lo soy. Creo que mi trabajo ha pasado a la historia; estoy en paro forzoso. Quiero que nos amemos, y nada más. No como socialadora, ni como refugiada. Sólo por lo que soy, ¿de acuerdo?
    —Lo pensaré.

    Se contemplaron fijamente durante largo rato. Después, Casiopea dijo:

    —¿Lo has pensado ya?
    —Me siento favorablemente inclinado...
    —¿Vas a quitarte de una vez esa hierba encendida de la boca?

    Él se quitó el cigarro de la boca y lo arrojó al suelo. Cayó de punta y lanzó un surtidor de chispas.

    Después de besarse, Starbuck dijo:

    —Si hubiese sabido que el premio era éste, habría preparado un discurso.
    —Conozco todos los discursos.
    —¿No crees que no deberíamos perder más tiempo en esta pista de lanzamiento?
    —¿Conoces algún lugar más íntimo?
    —Ahora que lo dices, creo que no hay ningún lugar íntimo en toda la maldita flota.
    —¿Qué es eso?
    —Es el tubo de lanzamiento. No querrás meterte en él. Está oscuro y es...

    Pero Casiopea se había metido ya en el tubo por una abertura lateral circular. Le llamó con la mano desde la oscuridad. Él miró a su alrededor, incluso al techo.

    —Bueno —dijo—, mañana haré todo lo que queráis. Pero no deis la alerta esta noche.

    La siguió al interior del tubo de lanzamiento. Al alargar la mano tocó su piel. Se sintió entusiasmado y feliz. Ella estaba desnuda.

    ATENEA SE Ol.ÍA QUE ALGO andaba mal. Starbuck no estaba donde hubiese debido estar. Y cuando Starbuck no estaba en su sitio, era que iba detrás de algo. Esto era axiomático para todos los que conocían al joven y descarado teniente. Ella le había visto más temprano, prestando una desacostumbrada atención a una mujer harapienta que, vista desde lejos, parecía ser bastante atractiva a pesar de su lamentable aspecto. Al llegar al puente de la «Galáctica » y ver que sólo estaba allí el siempre vigilante coronel Tigh, pensó que tal vez su propia debilidad había despertado sus sospechas contra Starbuck.

    —Parece cansada —dijo Tigh—. ¿Por qué no duerme un poco?
    —Hay demasiado trabajo: preparar el salto hiperespacial, convencer a la gente... Algunos se imaginan que vamos a largarnos...
    —Es inevitable, Atenea. En realidad, no nos creerán hasta que les traigamos el carburante y los víveres.
    —Confía usted más que yo.
    —Siempre digo que nada se gana con no tener confianza.
    —¿Ha visto al teniente Starbuck?
    —¿Por qué tiene que dar tantos rodeos para decir lo que piensa?
    —¿Le ha visto o no, maldita sea?
    —No. Creo que no... Espere, le vi antes, a través de uno de los monitores, cuando íbamos a cerrar la cubierta de vuelo. Estaba junto a su avión. Supongo que lo estaba revisando.
    —Me parece lógico.
    —Fue hace rato. Estoy seguro de que ahora no estará ya allí. Se habrá echado a dormir, antes del salto. Repito que usted debería hacer lo mismo. De ahora en adelante, nos sobrará trabajo.

    Ella asintió con la cabeza. Él le dio una palmadita en el brazo, le dijo adiós y salió del puente. En cuanto hubo desaparecido por la escotilla, Atenea se acercó a la consola de control de lanzamientos y miró fijamente durante un rato las pantallas de los monitores. Después, con un movimiento casi casual de la mano, bajó ésta y pulsó un botón. En una de las pantallas vio que se iluminaba todo el sector de los cazas. No se veía a nadie en parte alguna. Su dedo apretó otro botón, en el que se leía «tubos de lanzamiento». Al iluminarse la pantalla, la cara de Atenea enrojeció de ira, al reconocer a Starbuck y a la mujer alta con quien le había visto antes, enlazados y acariciándose con entusiasmo. Acariciando sus cuerpos desnudos...

    —Esa víbora... —dijo en voz alta. Su dedo pasó rápidamente a otro botón. En éste se leía: «LIMPIEZA AL VAPOR».

    Quiso reír pero no pudo hacerlo, mientras contemplaba en la pantalla del monitor cómo se arrastraban los dos amantes entre nubes de vapor cada vez más densas. Starbuck gritó y, empujando a la mujer delante de él, salió del tubo de lanzamiento a toda velocidad.

    Atenea apagó rápidamente el monitor, pero permaneció sentada, mirándolo fijamente durante un largo rato. Cuando, más tarde, comprobó la zona de lanzamientos, no vio a Starbuck ni a la mujer. Se hizo mentalmente promesas que, aunque quizá no cumpliría nunca, le gustaba contemplar.

    CUANDO MARRON PERFECCIONÓ la propulsión interestelar, hacía siglos, sustituyendo a los anteriores y más engorrosos sistemas, había en los planetas descubiertos cantidades de tilium más que suficientes para alimentar a toda la aviación espacial humana, y los gastos de extracción del carburante de sus fuentes geológicas, para ser convertido en forma líquida volátil, parecían sumamente económicos. Sin embargo, la expansión colonial humana, seguida de la guerra de mil años, había reducido mucho las reservas de la única fuente de carburante que podía suministrar energía al sumamente complicado sistema Marron. En la época anterior a la emboscada de Cylón, el precio del tilium había subido de una manera brutal, debido a los controles ejercidos por aprovechados como el conde Baltar (que, según había advertido Adama, siempre parecía disponer de carburante suficiente para atender cualquier necesidad). Se había hablado de una posible y severa reducción, por parte de la Flota, de la cantidad de tilium utilizado por ella. En realidad, pensaba Adama, la crisis del tilium había sido, al menos en parte, responsable de que los intrigantes políticos, ansiosos de recortar los presupuestos siempre que había posibilidad de hacerlo, se hubiesen precipitado ansiosamente en la trampa del tratado de paz propuesto por Cylón.

    Ahora que ellos, la «Galáctica» y los pocos vehículos espaciales capaces de dar el salto al hiperespacio, habían llegado al sector donde se hallaba el planeta Carillón, Adama esperó con ansiedad que los antiguos rumores, según los cuales este lugar era el principal abastecedor del mercado negro del fugaz carburante, resultasen ciertos. Si no era así, habría dejado atrás a millares de personas en miles de naves, esperando en vano su regreso.

    Casi en el mismo momento de materializarse en el sistema solar de Carillón, el aparato registrador del puente anunció un obstáculo que no tenían previsto. Inmediatamente, el comandante llamó a sus tres mejores pilotos de caza —Boomer, Starbuck y Apolo—para informarles de una misión inesperada.

    —Al parecer —les dijo—, los cielos que rodean Carillón están fuertemente minados...
    —¿Minados? —dijo Apolo—. Pero, ¿quién habría podido... ?
    —De momento, capitán, eso no nos importa. Lo importante es que no podemos pasar y colocarnos en la posición adecuada para recibir el suministro. Es seguro que la «Galáctica » y las otras grandes embarcaciones que tenemos no podrían hacerlo, tal como están las cosas. Pero es posible que exista un paso entre las minas; no creo que el planeta haya sido completamente cerrado. Salta a la vista que se trata de minas de protección. Necesitamos descubrir ese paso. Y ésta será la misión de los tres.

    Hizo una pausa para asegurarse de que la orden había sido comprendida.

    —Está bien, no tenemos tiempo para hacer investigaciones complicadas. Tendrán que navegar guiándose por los aparatos de sondeo y barrer con turbolaser todo lo que encuentren en su camino. ¿Alguna pregunta?
    —Es mi bio—pulso, señor —dijo Starbuck—. Un mal momento para meterme en una carlinga. ¿No podrían darme de baja por enfermedad? Sería el momento oportuno.

    Adama sonrió. Los tres pilotos rieron nerviosamente.

    —Lo sería —dijo Adama—, pero su petición queda denegada. No es sin profunda angustia que les confío esta misión. —Apolo frunció los párpados al oír las palabras de su padre—. Nuestro destino está en manos de los tres. Los demás sólo podemos confiar en su habilidad.
    —Si la tenemos —dijo Starbuck, y Adama asintió con la cabeza. Apolo se quedó cuando salieron los otros dos. Tocó el brazo de su padre y dijo:
    —Gracias.
    —¿De qué? ¿Por haberte escogido para una misión peligrosa? Si hubiese podido librarte, Apolo, yo ...
    —No, no se trata de esto.
    —Entonces, ¿de qué?

    Apolo bajó la mirada, algo confuso.

    —Bueno, padre, es que... , bueno, últimamente he sido objeto de muchos ataques. Ese viejo payaso de Uri, insultándome durante la sesión del consejo, acusándome de estar confabulado contigo para engañar a todo el mundo... Quiero decir que creo haber demostrado lo que soy, pero todavía hay gente por ahí que atribuye mis ascensos a un bien organizado nepotismo. Cuando detuve a Uri, éste me acusó de complot político, de querer apropiarme del «Estrella Naciente» sólo para recoger combustible para la «Galáctica». Y además están los disidentes...
    —¡Alto ahí! No permitiré que me hables de eso. Hay muchas cosas de las que no podemos hablar, y menos aquí y en este momento. Tal vez más adelante. —Quiso añadir algo más, pero sólo pudo repetir—: Tal vez más adelante.
    —Desde luego, y redactaré una lista de quejas.
    —Apolo, por si te sirve de consuelo, te diré que he observado algo en ese maldito campo de minas.
    —¿Qué?
    —Cada satélite minado gira perfectamente en órbita. No hay señales de que ninguna órbita decline. De ello parece deducirse que el campo minado es mantenido de una forma regular y que, para hacerlo, tiene que haber alguien en la superficie de Carillón.
    —Y es muy posible que estén extrayendo tilium, ¿eh?
    —Sí. Tienen que estar haciendo algo siniestro, ya que se protegen tanto.
    —Gracias por decírmelo —dijo Apolo. Consultó su cronómetro—. Bueno, tengo que ir a comprobar mi nave.

    AL CONTEMPLAR A APOLO mientras salía de la estancia, Adama se alegró de haber advertido una nueva confianza en su hijo. Tal vez los recientes contratiempos habían relegado el recuerdo de la muerte de Zac en el fondo de su mente. Los problemas continuados solían producir este efecto. Y también se preguntó si la mejoría que había percibido en Apolo tendría algo que ver con los encantos de aquella mujer, Serina, o con la manera en que ésta había dirigido su atención hacia el desgraciado niño Boxey.

    Atenea entró de sopetón, como si hubiese estado esperando agazapada detrás de la puerta la salida de Apolo. Llevaba, en su mano apretada, una copia de la orden dada a los tres pilotos.

    —Padre —dijo—, no puedo creer que hagas una cosa así. ¿Por qué no podías escuchar a los otros e ir a Borallus, en vez de venir a este sucio y peligroso lugar?

    De momento, Adama se sintió terriblemente confuso. Era difícil pasar de su satisfacción por la confianza de su hijo a este enfrentamiento con la muchacha.

    —¿Qué te pasa, Atenea?
    —Estás poniendo sus vidas en grave peligro.
    —Desde luego. Y ellos lo saben. Habrían podido rehusar, sin avergonzarse de ello, lo sabes muy bien.
    —¡Bah! Starbuck está demasiado loco para rehusar una misión peligrosa. Adama empezó a comprender la causa de la indignación de su hija.
    —Es Starbuck quien te preocupa, ¿verdad?

    Ella encogió súbitamente los hombros, como si su furia se hubiese agotado en un instante.

    —No es eso, padre. También estoy preocupada por Apolo, ya lo sabes. Y por Boomer. Es que..., no sé lo que es.
    —Amas a Starbuck y, naturalmente...
    —¡Odio a ese bastardo!

    Otra sorpresa. Adama abrazó a Atenea y le preguntó qué le ocurría. Conteniendo las lágrimas, ella le dijo que había descubierto a Starbuck y Casiopea haciendo el amor en un tubo de lanzamiento.

    —Bueno, eso quiere decir que tendrás que luchar por tu galán —dijo Adama—. No es tan difícil. Tú eres una luchadora. Estoy orgulloso de tu valor y de tu...
    —¡Oh, basta, padre! No es esto lo que deseo oír. Estoy... muy preocupada, y no sé qué pensar. Creía que podría curarme de Starbuck, tomar una píldora o algo que lo borrase de mi memoria. Pero, no sé..., es esta guerra y la destrucción de nuestros planetas y este viaje desesperado a un lugar donde no sabemos lo que vamos a encontrar. Ahora, lo veo todo desde una perspectiva diferente. Sin esperanza. Por esto me espanta tanto esa..., esa misión. Todo ha sido desesperado desde... Si sobreviven a esto, si sobrevivimos algunos de nosotros, ¿qué pasará después? ¿Encontraremos esa Tierra que, según tú, no es un mito?
    —Tal vez no.
    —Estuve pensando en esto. Podemos hacernos viejos esperando. Quiero decir que quizá no tendremos nunca posibilidad..., posibilidad de..., de...
    —¿De establecer un lazo permanente, y tener hijos y un hogar?
    —Sí.
    —Mira: me parece un poco prematuro que te preocupes por la vejez. En cuanto a mí, tengo que reflexionar mucho sobre este viaje. Cuando reunamos la flota y surta por fin efecto mi dimisión como presidente del consejo, entonces...
    —Quítate esta idea de la cabeza. Tú no vas a dimitir. Tienes que ser el guía. Eres lo único que nos queda.
    —Volvemos a la antigua discusión, y no es éste el momento más adecuado.

    Atenea estrechó a su padre entre sus brazos. Hacía algún tiempo que no lo había hecho con espontaneidad, y él se alegró de que menguase la tensión entre los dos.

    —Gracias por consolarme —dijo ella.
    —No hago más que devolverte el favor. Recuerda cuando tuviste que consolar a tu viejo papá.
    —Bueno, perdóname si no debí hacerlo.
    —Podías hacerlo.

    Cuando Atenea hubo salido, Adama permaneció un largo rato a solas, pensando en las conversaciones con sus dos hijos, satisfecho de que —dejando aparte las discusiones—estuviesen por lo menos a su lado.

    MIENTRAS STARBUCK ESPERABA la señal de partida, sentía vibrar su avión como si éste estuviese tan ansioso como él por entrar en acción. Repasó mentalmente las últimas instrucciones de Tigh. Lo único que habían podido averiguar con los aparatos de sondeo era que el campo protector del planeta contenía por lo menos tres tipos distintos de minas. Las había del tipo explosivo normal, capaces de hacer añicos no sólo cualquier vehículo que tropezase con ellas, sino también los que se hallasen dentro de un radio de un kilómetro. Otras tenían más aspecto de instrumento que de mina. Su superficie estaba revestida de equipos electrónicos, y nadie a bordo de la «Galáctica» había visto nunca minas de esa clase, si eran realmente minas. El tercer tipo era el más inquietante. En vez de estallar, enviaba destellos de luz de tal intensidad que habrían cegado a quien tuviese la desdicha de mirarlos. Para evitar este peligro, los tres pilotos tenían que realizar su misión con las carlingas oscurecidas y tratadas con un producto químico que neutralizase los rayos. «Bueno —pensó Starbuck—, si todas las minas fuesen como éstas...» Pero la protección química que hacía opaco el cristal de la carlinga les obligaría a volar a ciegas entre las otras minas, confiando en los aparatos de sondeo para localizar sus objetivos. A Starbuck le gustaba esta clase de vuelo, en combate, pero no en una misión suicida de detección de minas.

    La voz de Tigh sonó en el aparato de comunicación, preguntando si sus pilotos estaban listos.

    —Listo —indicó la fuerte voz de Boomer.
    —Yo también —dijo la voz fría de Apolo—. ¿Y tú, Starbuck?
    —No lo estoy. Pero vayamos allá de todos modos.

    Se produjo una breve y tensa pausa; después, se encendió la luz de lanzamiento y las tres naves fueron catapultadas al espacio. Formando un triángulo perfecto, se dirigieron al campo de minas. En el breve lapso de tiempo que tardaron en llegar, Starbuck rezó mentalmente una oración a la diosa Fortuna, deseándole salud y pidiéndole que le correspondiese.

    —Voy a hacer una exploración preliminar —dijo Apolo. —Buena suerte —dijeron simultáneamente Boomer y Starbuck.
    —No hagáis que sea mala con vuestros buenos deseos —dijo alegremente Apolo—. Bueno, voy a darme una pasada por una de esas cosas raras... ¡Dios mío!
    —¡Apolo! —gritó Starbuck—. ¿Qué sucede? Hubo un angustioso momento de espera antes de que llegase la respuesta.
    —Ya sé lo que son esas misteriosas minas. En realidad, no se trata de minas, sino de ingenios electrónicos para causar interferencias. En cuanto me acerqué a uno de ellos, todo pareció volverse loco en el avión, incluidos los controles. Menos mal que pude hacer funcionar los mandos y sacar el aparato de su radio de acción; de lo contrario, creo que ese aparato lo habría absorbido y... no sé, tal vez habría explotado. Tened cuidado, muchachos.

    Starbuck voló despacio, prestando la mayor atención al instrumento de sondeo, para evitar aquellas minas. Boomer le siguió de cerca.

    —¡Eh, Boomer! —dijo Starbuck—. No te dejes arrastrar por la corriente de mi aparato.
    —Hay que ver cuánto sabes. Las naves espaciales no producen corriente capaz de...
    —Lo sé, lo sé. Prescinde de lo que dicen los manuales. Sólo empleaba una figura retórica, y tú me sales con lecciones académicas. Sólo quería decirte que vueles solo.
    —Solamente trataba de compartir tu suerte, amigo.
    —Mi suerte ha cambiado definitivamente en los últimos tiempos.

    El aparato registrador reveló que una de las minas de luz había sido activada cerca del avión de Apolo.

    —¿Estás bien, Apolo? —preguntó Starbuck.
    —Perfectamente. Pero hicieron bien en sombrear el cristal de la carlinga. De no haberlo hecho, ahora estaría ciego. Aunque tengo la impresión de estarlo. No puedo ver gran cosa. El aparato de sondeo baila como un loco. Y hace calor, muchísimo calor. Voy a cambiar de rumbo. ¿Alguno de vosotros saca algo en limpio de sus registradores?
    —Nada —dijo Starbuck—. El mío está que arde.
    —El mío ha dejado de existir —dijo Boomer. —Lo temía. Las interferencias inutilizan nuestros instrumentos. Habríamos tenido que quedarnos en la cama.
    —Un poco tarde para ello —dijo Starbuck—. ¿Qué hacemos ahora?
    —Sólo se me ocurre una cosa, muchachos, y no es precisamente el mejor procedimiento que enseñan en la academia. Creo que ya hemos seguido las normas hasta el límite de lo posible. Nuestra única oportunidad es tomar posiciones y lanzarnos de cabeza.
    —¿Quieres decir que atravesemos el campo de minas? —dijo Starbuck—. ¿Con los sondeadores estropeados y sin visibilidad desde la carlinga?
    —¿Te parece difícil, Starbuck?
    —¡Oh, no! ¡Qué va! ¡Es facilísimo!
    —¿Y si chocamos con una mina? —dijo Boomer.
    —Uno de nosotros será el primero en enterarse. ¿Estás conmigo?
    —Estoy contigo —respondió Boomer.
    —¡Que Dios me ayude! Yo también voy con vosotros —dijo Starbuck.
    —¡Adelante! —exclamó Apolo.

    EN EL PUENTE DE LA «Galáctica », Adama y Tigh escuchaban ávidamente las comunicaciones entre los tres aviones. Cuando Apolo propuso abrirse camino a través del campo de minas, Tigh pareció presa de pánico.

    —¿Debo decirles que interrumpan la misión, señor? —preguntó a Adama.
    —No podemos. Apolo tiene plena autoridad.
    —Pero tenemos que detenerle. Esto es una locura...
    —Coronel, no podríamos hacerlo. No sólo es esencial que nuestras naves crucen el campo de minas, sino que Apolo ha de probar muchas cosas.
    —¿Qué probará, si se mata?

    Adama encogió los hombros, negándose a discutir. La verdad era demasiado dolorosa para confesarla. Tal vez lo que Apolo pretendía era matarse en una hazaña heroica; así demostraría a los demás que no era, a fin de cuentas, vasallo del rey—tirano de su padre, que no se había confabulado con éste para engañar a todo el mundo.

    Todos observaban en silencio la gran pantalla superior de la consola, mientras los tres aviones de alas en delta se dirigían al campo de minas, iluminado ahora por dos minas luminosas activadas. Los tres pilotos disparaban todas sus armas con singular acierto. Las minas estallaban y desaparecían una tras otra. De pronto, cuando comprendieron que el temerario plan de Apolo tendría éxito, todos los que se hallaban en el puente prorrumpieron en vítores.

    —No sé qué decirle, comandante —dijo Tigh—. Han abierto un camino. —Yo llamo a esto vuelo de precisión —dijo Atenea desde su puesto, sonriendo a su padre.

    Era una frase afectada, pero lo decía en serio. La voz de Starbuck sonó en el aparato de comunicación:

    —No veo nada. ¿Llegamos a alguna parte?
    —Que me ahorquen si lo sé —dijo Apolo—. Pero esto se está enfriando. Creo que lo hemos conseguido.
    —¡Vivaaaa! —chilló Boomer.

    Entonces, sus voces se confundieron, y el entusiasmo de los tres jóvenes héroes se contagió a todos los que estaban en la «Galáctica».

    AL DESAPARECER LA FLOTA de los supervivientes humanos, había menguado la actividad a bordo de las naves de Cylón, dejando más tiempo al Caudillo Imperioso para reflexionar sobre los pequeños fracasos de su, por lo demás, plan victorioso. Sabía que no podían quedar muchas naves humanas; pero, ¿dónde estaban? Si la cultura de Cylón hubiese favorecido los proverbios, habría dicho que estaban buscando una aguja en un pajar..., aunque no existían los pajares en los mundos de Cylón, donde el grotesco ganado era alimentado con pastillas de sustancias nutritivas, mediante un proceso osmótico, y donde las agujas no tenían punta, literal y simbólicamente hablando.

    Acaso los humanos habían inventado alguna especie de campo de fuerzas de camuflaje. La red de espionaje del Caudillo Imperioso había descubierto indicios de que eran capaces de ello, y él había ordenado a sus expertos que inventasen ingenios anticamuflaje. Pero todavía no le habían informado al respecto.

    Al jefe le preocupaba menos la tecnología causante de la desaparición de los humanos que el hecho de que continuasen sin dejarse ver. Baltar habría dicho que ello se debía al famoso ingenio humano, implicando que el ingenio había sido un rasgo humano fundamental a lo largo de la historia. Como humano, afirmó Baltar una vez, nunca confiaba •tanto como cuando estaba de espaldas a la pared. Era, desde luego, un pomposo grito de arrogancia, como correspondía a un traidor tan taimado como él; pero, de todos modos, el concepto era inquietante. Aquella imagen era lo que más fastidiaba al jefe. Los cylones arreglaban las cosas de manera que nunca se encontrasen de espaldas contra la pared. O se lanzaban a la muerte o salían victoriosos. No había término medio. En cambio, los humanos buscaban siempre los términos medios. Era muy curioso.

    La red de comunicación le trajo un mensaje de un oficial ejecutivo. Se habían registrado algunas explosiones cerca de Carillón. Por lo visto, algunas minas del campo protector que rodeaba el planeta habían estallado o funcionado mal. En ocasiones, las minas eliminaban a piratas espaciales que habían oído rumores acerca de Carillón. Era muy dudoso que los humanos tuviesen algo que ver con esta serie de explosiones. Sin embargo, el Caudillo Imperioso ordenó que se extremase la vigilancia, dada la importancia del complejo minero de tilium allí existente. Durante todos los años de guerra, los hombres no habían descubierto que Carillón era una fuente primordial de carburante para sus enemigos. Pero el astuto Adama era muy capaz de intentar una excursión secreta a Carillón.

    La guerra con los hombres debía terminar de una vez para siempre, pensó el Caudillo Imperioso. Había durado demasiado y costado muchos recursos a Cylón. Deseaba volver a los asuntos propios de su caudillaje, descubrir las grietas y los defectos en la unidad y la organización de su propia raza, sentar los conceptos de la paz y ordenar los sinónimos debidos.

    Incluso ahora, en algunos mundos de Cylón, la práctica humana de la monogamia se había contagiado a ciertos sectores de población, que la observaban estrictamente. La monogamia era contraria a los conceptos fundamentales de la civilización de Cylón, donde era vital que cada individuo intentase y lograse las mayores formas o grados posibles de contacto. La monogamia contenía, en su desagradable estructura, demasiadas formas y grados de contacto limitado, y esto no podía tolerarlo el Caudillo Imperioso, que se juró castigar severamente a los cylones que la practicaban, en cuanto pudiese dedicar de nuevo su atención a los asuntos domésticos.

    Ordenó a sus oficiales ejecutivos que le tuviesen bien informado de cualquier indicio que pudiese sugerir la presencia de la flota invisible en las cercanías. No habría términos medios; no los habría con los humanos supervivientes.

    DESPUÉS DE UN SONDEO preliminar efectuado por una patrulla exploradora de aviones de la Escuadrilla Roja, se dio permiso para aterrizar a las naves del ganado. Era esencial proporcionar algunos pastos a los animales. Los oficiales de estas naves habían informado de un creciente embotamiento de sus animales, que parecía debido a algo más que a las limitadas raciones de pienso que por las circunstancias les estaban destinadas.

    Las naves agrícolas aterrizaron poco después y aprovecharon inmediatamente el fértil suelo de Carillón, cuya textura y contenido mineral indicaban un medio magnífico para el cultivo de plantas comestibles de rápido crecimiento. Al propio tiempo, los técnicos agrícolas recogieron la mayor cantidad posible de pasto de la superficie de Carillón, para trasplantarlo a los prados del interior de las naves ganaderas.

    Pero aunque Carillón resultaba excepcionalmente útil para la ganadería y la agricultura, no impresionó demasiado a algunos de sus visitantes humanos. En particular a Boomer y a Starbuck, que habían sido enviados al lado oscuro del planeta para investigar sus posibilidades mineras.

    —Seguro que volveré aquí cuando me den licencia para recuperarme y descansar —comentó Boomer—. Adoro los paisajes monótonos.
    —Sí; es delicioso —dijo Starbuck—. No puedo comprender que no esté superpoblado.

    Un piloto que pasó cerca de ellos les dijo que sus aparatos habían captado la presencia de formas de vida en una zona próxima al lugar por donde avanzaban Boomer y Starbuck en su vehículo terrestre. Boomer estableció comunicación por radio con el grueso de la fuerza expedicionaria en la hora previamente señalada, y anunció que investigarían aquellas formas de vida. Starbuck aceleró el vehículo y se dirigió a la zona que había indicado el piloto.

    —Si este lugar es tan rico en recursos, ¿cómo se explica que lo abandonaran? —preguntó Boomer.

    Starbuck se encogió de hombros.

    —Dice la leyenda que los grupos de mineros y colonizadores fueron hechizados y expulsados de aquí. Aunque, probablemente, eso es un cuento. Yo diría más bien que encontraron demasiado triste el planeta. En aquellos tiempos abundaban los recursos naturales y, además, esto quedaba lejos de las rutas comerciales normales; por consiguiente, supongo que Carillón fue considerado una mala inversión.
    —Entonces, ¿por qué piensa el viejo que es ahora una inversión tan buena?
    —Es la única inversión, Boomer. Así te lo diría él.
    —Sí; el comandante tiene afición a las afirmaciones rotundas.
    —Sí, claro... ¡Eh! ¡Mira aquello! El resplandor sobre aquella colina. ¿Qué puede ser?
    —No lo sé, pero es precisamente lo que nos han ordenado que investiguemos. Starbuck aumentó la velocidad de su vehículo terrestre y lo dirigió hacia la nimbada colina que tenía delante.

    NO LEJOS DE BOOMER y Starbuck, el grueso de la fuerza de vigilancia de la «Galáctica» estaba coordinando su equipo de detección en busca de la fabulosa mina perdida de tilium de Carillón. Desde el punto de vista de un cuarteto de insectoides bastante grandes que estaba espiando la fuerza de la «Galáctica » desde un monte próximo, los propios humanos parecían pequeños insectos, aunque organizados y disciplinados. Aquellos espías tenían poco más de metro y medio de estatura, grandes ojos bulbosos cerca de la cima del cráneo ovalado, largos y delgados troncos y cuatro brazos, con los que manejaban armas de doble percusión o cámaras de varias lentes.

    Uno de los insectoides apuntó al formidable blanco del teteniente Jolly, pero otro empujó hacia abajo el cañón del arma. Seetol, una dirigente de la raza denominada oviona por los pocos seres humanos que habían tenido la desdicha de encontrarse con ellos, había decidido no matar de momento a ninguno de los invasores, por lo menos hasta que hubiese informado a su reina. Hizo un ademán a los soldados para que retrocediesen, tomó la cámara de manos de la oviona y, en el suave y monosilábico lenguaje de su raza, ordenó que se retirasen del puesto de observación. Obedeciendo a una seña de Seetol, otra oviona empleó sus cuatro manos para hacer girar en diferentes direcciones y varias velocidades una serie de cuatro ruedas ocultas debajo de una roca. Con un zumbido casi inaudible, apareció una abertura en el suelo, y las ovionas desaparecieron por ella.

    Montadas en un aparato cubierto de suaves hojas que las ocultaban totalmente, las cuatro ovionas se deslizaron por un largo pasadizo subterráneo descendente, hasta una celda donde se abrió el aparato para que saliesen de él. Entonces avanzaron por un túnel cuyas paredes estaban cubiertas con paneles en forma de colmena, de los que brotaba una luz ambarina. Salieron del pasillo a una inmensa caverna subterránea. La gigantesca cámara, dividida en muchos compartimientos, se hundía en el suelo más de lo que podían percibir los agudos ojos de Seetol, y se elevaba a una altura casi igual. Había innumerables plantas, cada una de ellas rodeada de compartimientos en forma de colmena, dentro de los cuales obreras ovionas picaban las paredes, extraían pepitas de mineral de color de ámbar y las depositaban en pequeños vehículos de muchas ruedas, que otros obreros metían y sacaban de los compartimientos y empujaban a lo largo de oscuros y entrelazados corredores. Para un extranjero, la enorme mina podía parecer una visión de pesadilla; en cambio, para Seetol, que era una especie de esteta entre los suyos, tenía una coherencia artística que le emocionaba cada vez que penetraba en ella. Pero hoy le faltaba tiempo para satisfacciones estéticas; debía continuar su misión.

    Cruzó un puente natural que atravesaba la amplia cámara. Al llegar a la custodiada puerta de la cámara de Lotay, los cuatro brazos de Seetol dieron el adecuado santo y seña, y fue admitida a presencia de la reina.

    El lujo del salón del trono de Lotay contrastaba vivamente con la austeridad de la mina. Unas telas de delicada textura y complicados dibujos decoraban las paredes y el techo. Lotay estaba reclinada sobre unos almohadones colocados en el suelo, rodeada de esclavas cubiertas de joyas. Una de las esclavas interpretaba una suave tonada, empleando artísticamente la escala de tres notas de las ovionas e introduciendo curiosas variaciones en su simple tema melódico. Otras dos esclavas limaban las finas púas que salpicaban la superficie de los miembros de Lotay. Y otra sostenía un largo tubo del que, de vez en cuando, aspiraba la reina una sustancia líquida, expulsando los residuos con la boca, como si de humo se tratase. Lotay miró a Seetol y le ordenó que hablase.

    —Han llegado —dijo Seetol, con voz suave y agradable.

    La voz de Lotay era aún más musical al replicar:

    —No les molestéis. Eso les excitaría. Serán completamente inofensivos, con tal de que no se irriten o se espanten.
    —Soy de la misma opinión, alteza.
    —Naturalmente.

    Seetol hizo una reverencia y se retiró, y Lotay siguió aspirando el líquido del largo tubo.

    APOLO SE SENTÍA SUMAMENTE satisfecho al accionar los controles del vehículo terrestre que empleaba para su particular exploración de la superficie de Carillón. Le gustaba el modo como se deslizaba el vehículo entre las corrientes de aire, adaptándose a las peculiaridades del terreno con oscilaciones apenas perceptibles a la derecha y a la izquierda, arriba y abajo.

    También le complacía la presencia de Serina a su lado, en el asiento del copiloto. Le había impresionado la rapidez con que había aprendido ella el manejo del vehículo terrestre, a pesar de ser la primera vez que montaba en uno de ellos. En el asiento de atrás, Boxey jugaba pacíficamente con Muffit Segundo.

    —Tú y tus compañeros disteis un magnífico espectáculo —dijo de pronto Serina—. Pareció que tratabas de demostrar algo. Y me pregunté si aquello tendría algo que ver con tu hermano.

    Este comentario hizo que Apolo dejase de sentirse cómodo.

    —Comprendo —dijo, con irritación—. Quieres decir que me comporto temerariamente para compensar el abandono en que dejé a Zac.
    —0 para demostrar tu valor a su espíritu.
    —¿Cómo has averiguado tanto acerca de Zac y de mí?
    —Preguntando.
    —Eso no me gusta.
    —Lo siento. Yo fui periodista en Cáprica, ¿no te acuerdas? No puedo perder el hábito. Bueno, ¿quieres cambiar de tema? Lo haré yo. Háblame del proyecto agrícola. Me sentí particularmente impresionada por él. ¿Cuándo empezarán a crecer las plantas?
    —¡Oh! Tal vez mañana. Creo que, por la mañana temprano, empezaremos a ver algunos brotes, y que, antes de terminar el día, tendremos toda una cosecha de alimentos frescos que, debes confesarlo, sustituirán con ventaja a nuestras raciones. Sabrán mejor. Y estoy seguro de que los comerás, Boxey.
    —Supongo que sí.

    A pesar de Muffit Segundo, el niño seguía dando muestras de melancolía.

    —Escucha, Boxey —dijo Apolo—, ha llegado el momento de que participes en la misión. Quiero que estés atento a este aparato indicador. Si la aguja sube hasta la zona colorada, querrá decir que estamos encima de un yacimiento de tilium.
    —Sí, señor.

    El encargo pareció animar al chico.

    —¿No te importa trabajar con un equipo de novatos? —preguntó Serina.
    —Yo os elegí, ¿no? —Pienso que, dadas tus relaciones, habrías podido elegir mejor... Lo siento; no quería poner el dedo en la llaga. Estás disgustado porque tu padre renunció a la presidencia, ¿verdad?
    —Olvídate de que eres periodista y concentrémonos en la misión. Tenemos mucho que hacer en muy poco tiempo. No podemos detenernos mucho tiempo en ningún planeta.
    —¿Por qué nos echaron de casa? —preguntó Boxey——. ¿Por qué quiere esa gente hacernos daño?
    —No estoy seguro, Boxey. Algunos dicen que se debe a cosas muy complicadas, a cuestiones políticas. Otros afirman que a los cylones les gusta la guerra y atacarán a cuantos se entremetan en su sector del espacio. Yo no lo sé... A veces pienso que es sólo porque somos diferentes. Hay formas de vida que no pueden aceptar lo que no comprenden. Esto les ocurre también a algunos seres humanos; no pueden aceptar lo que es diferente.
    —¿Qué quiere decir diferente?

    Apolo suspiró, sin saber cómo explicar a un mno una materia compleja. Recordó que, años atrás, había tratado de sostener conversaciones complicadas con Zac, el cual era entonces bastante mayor de lo que era ahora Boxey, y había descubierto que la respuesta que buscaba Zac era mucho más simple de lo que esperaba Apolo. Otras veces, las respuestas de Apolo eran demasiado sencillas, y Zac insistía hasta extraerle las más complejas ideas, y no sólo esto, sino que las rebatía con éxito. Pero, ¿qué podía decirle a un niño de seis años, cuya principal preocupación era el bienestar de un animal, sobre el tema de los prejuicios?

    —Bueno, Boxey, prácticamente cualquier cosa puede hacer que una especie sea diferente de las otras. La forma de los ojos, el número de miembros, el color de la capa exterior de la piel, incluso los pensamientos y las ideas. Tal vez nuestros enemigos son totalmente incapaces de superar ese tipo de diferencias.
    —Quieres decir que son estúpidos.
    —En cierto modo, sí. Quiero decir que, en algunas cosas, como ciertas materias científicas y tecnológicas, y ciertos métodos de guerra, están más adelantados que nosotros. Pero, por otra parte, son estúpidos. Porque es una estupidez matar lo que no se comprende.
    —¿Por qué no los matamos nosotros a ellos?

    Apolo creyó oír, en la agresiva pregunta de Boxey, casi como un eco de la voz de Zac. A veces, Zac mostraba un deseo positivamente sanguinario de soluciones violentas. Cuando se hallaba en tal estado de ánimo, no escuchaba las voces más tranquilas de su padre y de su hermano. En realidad, había momentos en que las teorías humanistas de Adama sobre la guerra resultaban exageradas para Apolo, quien todavía sentía los alfilerazos de la duda en lo tocante a la retirada de la «Galáctica» del escenario de la guerra.

    —Si nosotros matásemos porque sí, Boxey, tal como parecen hacer los cylones, dejaríamos de ser lo que somos. Seríamos como ellos. Aunque muy expertos en la guerra, no somos fundamentalmente una raza guerrera; al menos, yo lo creo así. Fuimos empujados a esta guerra, y no nos quedaba más recurso que luchar. En realidad, lo que estamos haciendo ahora, buscar otro lugar lejos de nuestros enemigos, es tal vez lo mejor que podemos hacer. Luchar en las condiciones impuestas por ellos no sería...
    —¿Y si nos persiguen?

    ¿Por qué hacía Boxey unas preguntas tan cruciales?

    —Tendremos que defendernos.
    —¿Quieres decir, matarles?
    —Posiblemente.
    —Entonces, seríamos como ellos.
    —Boxey —dijo Apolo sonriendo—, me parece que estás empezando a ver lo complicada que es la vida. Sí; nosotros no creemos en la guerra..., pero lo contrario de la guerra no es necesariamente la paz. No; nosotros queremos libertad. El derecho a hacer lo que queramos. Es un derecho que los humanos hemos tratado siempre de defender y conservar. Pero siempre hay el peligro de que venga alguien y lo eche todo a perder...

    Pudo ver, en la mirada interrogadora del chico, que Boxey no seguía esta parte de su argumento.

    —Por eso hay que matarlos —dijo Boxey.
    —No. Lo único que pretendemos es..., bueno, castigarlos, hacer que no salgan beneficiados de estropear la vida de los demás.
    —Matarles.
    —Boxey, siempre quieres reducirlo todo a términos muy simples.
    —No soy más que un niño.
    —Cierto. A veces me olvido de que sólo tienes seis años.
    —Casi siete.
    —Casi siete. Bueno, no sé; tal vez tienes razón. Se mire como se mire, y se diga como se diga, hablamos en definitiva de la vida y de la muerte. La vida es preciosa. Nadie tiene derecho a jugar con la vida de otros, sin exponerse a perder la suya. ¡Oh! Cualquiera diría que estoy pronunciando una lección de las que solían dar en la academia militar... Creo que esto es demasiado profundo para un niño de tu edad.
    —¿Por qué? Se puede morir a cualquier edad, ¿no?
    —Sí, Boxey, así es. Pero está atento al indicador, ¿quieres?
    —Sí. Vamos allá, Muffy; mira eso.

    Muffit Segundo ladró y se acercó más al chico.

    Starbuck se plantó sobre la cresta de la colina y contempló la evidencia de que realmente existían las formas de vida registradas por sus aparatos de sondeo. Llamó a Boomer, que se apeaba del vehículo terrestre.

    —Boomer...
    —Sí. ¿Qué pasa ahora?
    —No vas a creerlo, Boomer.
    —Sentir es creer. Precisamente acabo de...
    —No; esto es real...

    Boomer miró hacia abajo y se quedó boquiabierto.

    —¡No lo creo!

    En contraste con el yermo paisaje que les rodeaba, la algarabía de luces y colores del prado que se extendía delante de ellos era un espectáculo deslumbrante. Un jardín de arbustos y plantas exóticas, diseñado con sumo cuidado, rodeaba unos edificios esféricos de paredes de cristal. Pequeñas cascadas saltaban graciosamente entre piedras colocadas de un modo artístico. Llegaba un sonido de risas. Y alguien tocaba y cantaba canciones a lo lejos. Unas cuantas personas salieron de un edificio charlando alegremente, y empezaron a perseguirse, con evidentes intenciones amorosas, por los bien trazados senderos del jardín.

    Starbuck miró a Boorner, que parecía tan confuso corno él.

    —¿Qué es eso? —preguntó Boorner.
    —No lo sé —dijo Starbuck, y, sacando el arma que llevaba al cinto, empezó a bajar por el estrecho sendero que serpenteaba en la falda de la colina y conducía a aquel extraño complejo de edificios esféricos y frondosos jardines.
    —¿Crees que necesitas eso? —preguntó Boorner, señalando el arma de Starbuck.
    —Precisamente porque no lo sé, la necesito.

    Ninguno de los que estaban en el jardín pareció reparar en los dos hombres. En todo caso, el alegre ruido de los cantos y las risas se hizo más fuerte al llegar ellos al jardín. Estuvieron un buen rato inmóviles en el principio de un camino, observando los innumerables colores y las luces cambiantes que transformaban continuamente el aspecto del jardín y de los edificios.

    —Todo eso es muy hermoso —dijo Starbuck, con voz un tanto pasmada—. Y no veo señales de hostilidad.

    Starbuck echó a andar por el sendero, seguido de cerca por Boorner. Al llegar a un punto donde el camino se dividía en dos, les sobresaltó un súbito grito. Starbuck giró en redondo, apuntando su arma en la dirección del grito.

    Una mujer temblorosa estaba en el centro del sendero. Sus grandes ojos sorprendidos realzaban aún más la belleza de su rostro. Starbuck se sintió impresionado por su voluptuosa figura, provista de las adecuadas redondeces. Llevaba una túnica roja, debidamente ajustada.

    —¡No disparen! —dijo—. ¿Qué quieren?

    Starbuck enrojeció, miró el arma que tenía en la mano y la guardó ostentosamente en su funda.

    —No pretendo nada malo —dijo.
    —Yo suelo pensar que los hombres armados con pistolas no intentan nada bueno —dijo la mujer.
    —Es de Taura, ¿no? —dijo Starbuck.
    —Sí —respondió la mujer, visiblemente sorprendida por el cambio de tema—. Soy de Taura. ¿Cómo lo ha adivinado?
    —Por su dialecto. Era fácil. ¿Qué está haciendo aquí?
    —¿Qué estoy yo haciendo aquí? ¿Qué están haciendo ustedes? ¿Qué vienen a hacer los guerreros coloniales a este lugar, y empuñando armas? Aquí, todo es perfectamente legal.

    Starbuck y Boomer, tan asombrados como la propia mujer, cambiaron unas miradas confusas.

    —¿No lo es? —insistió la mujer.
    —¿Le importaría decirnos cómo llegó hasta aquí? —preguntó Starbuck, tratando de adoptar un tono tan oficial como permitían las circunstancias.
    —En autobús.

    La incongruencia de la respuesta sobresaltó a los dos hombres.

    —Debemos haber aspirado vapores narcóticos —comentó Boomer.
    —¡Hum! ¿Quiere hablarnos de ese autobús? —dijo Starbuck.
    —Claro. Todo lo arregló mi agencia de viajes. ¡Este lugar es fabuloso! No puedo creer cómo dan tanto por tan poco dinero. —Abrió una bolsa roja que llevaba colgada de la muñeca—. Miren, he ganado más de mil fichas.

    Algunas fichas cayeron de la bolsa al suelo. La mujer no se molestó en recogerlas. Starbuck, siempre sensible al brillo del oro, empezó a animarse.

    —¿Ha ganado usted eso aquí?
    —Allí —dijo la mujer, señalando los variopintos edificios de cristal—. Miren, ellos dijeron que era legal, y que todo el mundo lo hacía en todo el sistema estelar. Me gustaría quedarme y comentar todo esto con ustedes, pero llegaría tarde a un crucero a la luz de la luna. Con dos lunas, ¿qué más se puede pedir? Y en cuanto a conocer gente, los folletos hablaban en serio. Nunca lo había pasado tan bien. Nos veremos en la iglesia, amigos.

    La mujer rió entre dientes y se alejó de prisa por el sendero. Boomer la siguió con la mirada, mientras Starbuck recogía las fichas del suelo.

    —No lo comprendo —dijo Boomer—. ¿Cómo pueden estar tan aislados de todo? Pareció que ni siquiera estaba enterada de la guerra.
    —Sí —dijo Starbuck, en tono reflexivo—. Tal vez no saben nada de ella. Hay algo muy peculiar en todo esto. Si es tan estupendo como ella dijo, ¿cómo es posible que no supiéramos la existencia de este sitio?
    —Supongo que tú conoces todos los antros de juego de nuestros sistemas estelares.
    —¿Y qué?
    —Tienes razón. Basta que se inicie un juego para que tú te enteres.

    Starbuck reanudó la marcha, dirigiéndose a la esfera más próxima.

    —Pero esto no es un garito —dijo—. Es lo más imponente que he visto fuera de Orión.
    —¿A quién se le ocurriría montar un casino de juego en un planeta remoto?
    —¿Y por qué habían de montarlo y mantenerlo en secreto?
    —También me intriga esto.
    —Si la gente no se entera, no puede haber negocio.

    Mientras cruzaban el verdeante jardín, y al entrar en el vestíbulo del edificio esférico, no vieron ningún guardián que pudiese cerrarles el paso. En realidad, sólo vieron grupos de personas que estaban celebrando un baile. Y no se trataba solamente de seres humanos, según pudieron ver al observarles más de cerca. Parecía haber representantes de todas las razas extraterrestres conscientes y civilizadas conocidas hasta entonces en el universo. Salvo, naturalmente, los cylones, aunque ni siquiera su improbable presencia habría sorprendido a Starbuck. El sentido del orden y de la austeridad de los cylones no les habría permitido participar en el juego y en las variadas formas de diversión que, por lo visto, se practicaban en el lugar. Sobre un macizo arco, aparecían escritas, en varias lenguas, las palabras FIESTA DEL PARAÍSO, sin duda el nombre del complejo turístico.

    —¿Seguimos investigando? —preguntó Boomer.
    —Naturalmente, Boom—Boom; todo lo que podamos.

    Acostumbrados a ver sólo de tarde en tarde a gentes distintas de su raza, Starbuck y Boomer observaron fascinados los diversos ejemplos de vida inhumana y humanoide. Había lagartos con tentáculos, octópodos velludos, una grotesca serie bisexuada de individuos conectados entre sí que los dos hombres sólo conocían por la leyenda galáctica, seres extraños, voluminosos y de dura superficie, que habrían podido confundirse fácilmente con rocas, si no hubiesen tenido voz y movimiento... Criaturas de todas las formas y variedades. Sin embargo, eran en su mayoría humanoides, a veces de una manera extraña. Al penetrar Starbuck y Boomer en el magnífico casino, una camarera de aspecto felino, sencillamente ataviada con un vestido ajustado que realzaba sus cuatro senos bien formados, les preguntó si deseaban beber algo. Ellos rehusaron y la camarera sonrió y se alejó, recogiendo con el velludo rabo un vaso sucio de una repisa dorada. Starbuck no podía apartar de ella la mirada.

    —¿Has visto ese rabo que... ? —preguntó a Boomer.
    —¡Claro que lo he visto!

    De una mesa de juego próxima, una entre cientos de ellas dispuestas en el adornado y cavernoso salón, brotó un grito de triunfo. Starbuck miró en aquella dirección y vio un rollizo humanoide que recogía un montón de fichas con algo parecido a una pata equina. Otro grito de victoria surgió de una mesa contigua.

    —Aquí, las probabilidades deben ser fantásticas —dijo Starbuck—. La gente gana fortunas. ¡Mira!

    Después de observar un poco más, Boomer descubrió unas hileras de mesas llenas de comida, cuyos deliciosos platos eran despachados ávidamente por los jugadores.

    —Evidentemente, les alimentan bien —dijo—. Busquemos al encargado y veamos la manera de llevar un poco de comida a la flota.
    —¡Alto, pirata espacial! Cálmate. Lo último que desea ver esa gente es una astronave de guerra como la nuestra estacionada en su portal.
    —Entonces, ¿crees que esta empresa es ilegal?
    —Tan seguro como que los cylones son repugnantes. No figuraba en la guía colonial de turismo y diversiones.
    —Y nosotros plantados aquí, de uniforme. No se alegrarán cuando lo adviertan. Larguémonos...
    —Espera, espera. A caballo regalado, no le mires el dentado, sobre todo si los dientes son de oro. Nunca vi un antro de juego que no se sostuviese gracias a los militares. Veamos lo que tiene que decirnos ese tipo.

    Un encargado humano venía en su dirección, abiertos los labios en amplia sonrisa.

    —Bienvenidos, caballeros —dijo—. ¿Corresponde ese emblema a la Flota Colonial?

    Boomer pareció inquietarse, pero Starbuck respondió tranquilamente:

    —Así es.
    —No sabía que estuviesen en la zona.
    —En realidad, hemos venido por nuestra cuenta.
    —Desviándose un poco, ¿verdad?
    —Misión secreta —dijo Boomer, contagiado del espíritu de engaño.

    Starbuck le dio una palmada en la espalda y dijo, bromeando:

    —A mi amigo le gusta el melodrama. No es más que un vuelo de reconocimiento. Para ver si se observa el armisticio.

    Los tres guardaron silencio durante un largo momento. Starbuck se preguntó si la sonrisa del patrón era motivada por su ingenua mentira o si reflejaba una auténtica hospitalidad por parte del casino.

    —Una misión muy valiosa —dijo el patrón, y Starbuck no supo si había un tono irónico en la observación—. Y es una suerte tenerlos con nosotros. Considérense invitados del establecimiento. La comida y la bebida corren por cuenta de la casa.

    El patrón chasqueó los largos dedos, y Starbuck y Boomer se encontraron con las manos cargadas de comida y bebida, servidas por unos camareros bajitos y simiescos, que se movían con la rapidez del rayo entre la multitud. Starbuck sorbió de una de las copas. La bebida resultó ser un licor sagitariano. Cogió un fragmento de repostería con la otra mano; era pastel de ambrosía acuariano.

    —Son mi bebida y mi postre predilectos —dijo Starbuck—.¿Cómo pudo saberlo?—

    Ellos lo sabían —dijo el patrón, señalando a los simiescos camareros, que servían ahora a una criatura parecida a una escultura de plástico, ligeramente licuada—. Esos camareros son tipos primitivos, pero un poco telepáticos, al menos en cuestión de comida y de bebida. Deseo que se diviertan.

    El encargado sonrió y se alejó. Starbuck se metió más pastel de ambrosía en la boca. Húmedas migajas quedaron pegadas a sus labios.

    —Bueno —dijo irónicamente Boomer—, ¿cómo te sientes ahora, amigo? Aquí estamos nosotros, dándonos la gran vida, mientras los nuestros están allá fuera pasando hambre y recogiendo plantas comestibles y pastos.
    —¿Qué querías que hiciese? ¿Pedirle a ese tipo comida para toda la flota, cuando se imagina que sólo somos un par de pilotos en un vuelo de reconocimiento?
    —Bueno, tal vez deberíamos decirle la verdad.
    —Desde luego, parece un hombre amable y honrado. Pero mientras no sepamos quiénes son esa gente, Boomer, no debemos olvidar que bastaría un solo delator para que se nos echase encima toda la máquina de guerra de Cylón.
    —Entonces, ¿qué hacemos? Tenemos que encontrar la manera de llevar carburante y comida a nuestras naves.
    —Ante todo, trataremos de descubrir quién está detrás de todo esto. ¿Cuántas piezas de oro llevas encima?
    —¿Monedas? Me das asco, Starbuck. La gente de nuestra flota está medio muerta de hambre, y tú te dispones a jugar.
    —Si te imaginas que soy un comandante Adama en miniatura, te llevarás más de una sorpresa. Además, esta vez es en cumplimiento del deber. Tenemos que hacer algunas preguntas, conseguir información..., pero con cuidado, con muchísimo cuidado.

    Boomer pareció reacio a entregar su dinero a Starbuck.

    —Bueno, está bien; pero que sea la última vez. Es todo lo que tengo.

    Boomer dejó caer las tres monedas en la mano extendida de Starbuck.

    —Boomer, hijo mío, el dinero significa muy poco en la actualidad, no importa como lo midas. Es algo que debes tener en cuenta.

    Los vivos ojos de Starbuck buscaron el lugar más adecuado para entrar en acción. Se decidió por la mesa de Hi—Lo, porque el Hi—Lo era un juego en el que podía sacar provecho de sus limitados fondos, antes de empezar a jugar fuerte. Tres personas, todas ellas humanas, estaban sentadas alrededor de la mesa. Una silla vacía parecía invitarle. Se sentó al lado de una mujer atractiva que —pensó él—habría sido realmente deslumbrante con sólo perder unas cuantas libras de su rollizo y simpático cuerpo. Los otros jugadores eran varones, ambos alegres y obesos. Al sentarse Starbuck, la mujer, visiblemente complacida por su presencia, le hizo un guiño.

    —Bueno —dijo—, ha llegado la flota. Siéntese, teniente. Ésta es la mesa de la suerte.
    —¿De veras?
    —Sí. Aunque no sé por qué lo digo. Tal vez es afortunada porque he estado ganando, o tal vez porque usted eligió sentarse aquí.

    Starbuck le correspondió con su más seductora sonrisa e hizo una seña al croupier para que diese las cartas. El croupier, no humano, sonriendo amablemente, empezó a distribuir las cartas con un elegante movimiento de su muñeca verdegris de tres articulaciones.

    APOLO COMPROBÓ LAS OTRAS ramas del equipo de observación. El teniente Greenbean informó de un contratiempo.

    —¿Qué pasa, Greenbean? —preguntó Apolo.
    —Se trata de Jolly, señor. Parece que le hemos perdido.
    —¿Cómo pueden perder a alguien tan voluminoso?
    —Me sorprende, señor, pero se ha perdido.
    —Envíe una patrulla en su busca y téngame informado.
    —A la orden.

    Apolo se echó atrás en su asiento.

    —Probablemente se habrá extraviado —dijo Serina.
    —Es posible.

    Iba a añadir algo cuando el detector de tilium empezó a saltar. Este movimiento provocó un ladrido en el daggit—droid de Boxey.

    —Cállate, Muffit. Lo he visto, capitán... ¡Tilium!

    Apolo redujo la marcha del vehículo y observó el indicador. Parecía revelar un yacimiento de tilium, y muy rico por cierto. Detuvo suavemente el vehículo terrestre. En cuanto se hubo detenido, Muffit saltó por la ventanilla.

    —¡Muffit! —gritó Boxey—. Esperen, voy a buscarle.

    Antes de que pudiesen detenerle, Boxey había seguido al daggit—droid, saltando a su vez por la ventanilla.

    —¿Debemos seguirle? —preguntó Serina, con voz inquieta.
    —De momento, no le hemos perdido de vista. Dejemos que corra un poco.
    —Tienes razón. Tal vez no debemos tirar tanto de las riendas. A propósito: muchas gracias.
    —¿Por qué?
    —Por salvarle la vida.
    —Exageras un poco. Tal vez soy yo quien debería estarte agradecido.
    —Ahora me toca preguntar por qué.
    —Bueno, me ayudaste a...

    Se interrumpió de pronto, para mirar a través de la ventanilla.

    —¿Qué pasa? —dijo ella.
    —Boxey. Hace un momento estaba allí.
    —Se habrá ocultado detrás de algún montículo. —Es posible, pero será mejor que echemos un vistazo. Vamos. Serina se alarmó al ver la inquietud con que Apolo se apeaba del vehículo, saltando sobre la superficie de Carillón.

    SEETOL SALIÓ DE su escondite en el suelo y, con un rápido movimiento, agarró a Boxey y a Muffit con sus cuatro brazos. Antes de que el niño pudiese chillar o de que el animal lanzase uno de sus desagradables ladridos, Seetol se los había llevado ya a la disimulada entrada de su escondite y al vehículo que activó inmediatamente, para descender a las profundidades de la mina de tilium. En el pasillo que conducía a la cámara de la reina, el chico empezó a debatirse furiosamente, y, al tratar Seetol de sujetarlo mejor, el animal se escapó de sus brazos y corrió un breve trecho por el pasadizo.

    —¡Muffy! —gritó el niño—. No seas malo, daggit. ¡Vuelve aquí inmediatamente!

    El animal obedeció en seguida. Seetol, que no conocía los animales domésticos ni sus sustitutos robot, se asombró al ver la rapidez con que obedecía Muffit. Lo cogió de nuevo, y tanto el animal como el chico permanecieron tranquilos hasta que fueron introducidos en el salón del trono de Lotay. Muffit saltó nuevamente de los brazos de Seetol, esta vez para correr hacia el trono, ante el que empezó a ladrar con furia.

    Pareció que una esclava se disponía a matarle, pero la reina no lo permitió, pues le divertía aquella escena. Las agudas púas de su cuerpo habían tomado un suave color amarillo, señal de que se sentía complacida. Boxey escapó a los brazos de Seetol y corrió hacia su animalito. Otro ser humano que se hallaba en el salón dio un paso adelante, y Boxey le miró.

    —¡Teniente Jolly! —exclamó—. ¿Qué está usted haciendo aquí?
    —No he venido en visita de cumplido, muchacho —dijo Jolly, mirando a Lotay, reclinada en su trono—. Dejé todas mis tarjetas de visita en mi traje espacial de etiqueta, alteza.

    Lotay no comprendió el humor sarcástico de la observación del hombre gordo. Seetol se disponía a asir de nuevo a Boxey, pero Lotay se lo impidió.

    —Déjale —ordenó.

    Mientras Muffy le lamía la cara, Boxey, acurrucado en el suelo, miró a la reina. Lotay se levantó del trono. Las púas de su cuerpo adquirieron mayor brillo, al señalar al muchacho, al gordo aviador y al droid.

    —Un grupo curioso —dijo—. Creo que me servirán. Seetol, cuida de que sean bien atendidos y prepara rápidamente el recibimiento de los otros.

    Seetol asintió y se acercó a los cautivos humanos. Jolly se aproximó al chico y le rodeó con un brazo. A Seetol le divirtió el visible miedo de aquel hombre gordo. Observaba con mirada cínica incluso a los de su raza. Siempre había estado satisfecha de lo que ella era, pero no de quien era..., o, en realidad, de quienes eran todos los demás. Incluso su amor por la reina era incompleto, por mucha adoración que quisiera poner en él. No sería completo mientras la reina no le amase a su vez, posibilidad que ni siquiera estaba al alcance del razonamiento de las ovionas. Seetol, con sus cuatro brazos sugiriendo un cuarteto de elegantes ademanes, condujo a Boxey y a Jolly a la salida. Muffit trotaba satisfecho detrás de ellos. En el trono, Lotay soltó una risa misteriosa. Seetol no sabía nunca el significado de la risa de su reina.

    APOLO Y SERINA REGISTRARON inútilmente la zona alrededor de su vehículo. Serina, conteniendo las lágrimas, murmuró para sí que no hubiese debido dejar que se le escapase el niño. De regreso en el vehículo, Apolo entró en comunicación con Greenbean, el cual le dijo que seguían sin encontrar huellas de Jolly.

    —¿Qué pasa? —dijo Serina—. ¿Qué sucede en este planeta?
    —No temas. Los encontraremos. Apolo habría querido estar tan seguro de ello como pretendía. De momento, sólo deseaba estrechar en sus brazos a la hermosa mujer de ojos verdes y cabellos castaños, y tranquilizarla, decirle que todo acabaría bien. Lo malo era que no podía convencerse él mismo de que todo acabaría bien.
    —Este planeta es fantástico. Con esta oscuridad y las dos lunas es... , ¿qué es, Apolo?

    Apolo había sacado su pistola y apuntaba con ella a una zona más allá del vehículo terrestre. Serina siguió su mirada y lanzó un grito. Dos guerreras ovionas salían de un agujero del suelo, un agujero que no estaba allí hacía un segundo. Sus armas de dos percutores apuntaban a Apolo y a Serina.


    Del diario de Adama:

    Cuando me entregó el mando de la «Galáctica», mi padre me dijo, como en son de despedida, que el mejor consejo que podía darme era éste: cuando todo parece estar en su sitio y las cosas marchan con tranquilidad, es el momento de buscar lo que falta. Poner en tela de juicio la realidad aparente y ser capaz de sumar lo ausente a lo visible, son condiciones primordiales de todo comandante. Entonces no presté gran atención a este consejo. Pero más tarde, cuando tuve que estudiar un mapa estelar y prever los peligros, antes de enviar una flotilla de ataque, supe exactamente lo que el viejo había querido decirme. Al tratar con criaturas amigas y aparentemente dóciles, aprendí que era necesario escuchar lo que no se decía. Cuando la paz fue una realidad muy tentadora, tuve que preguntarme por la ausencia de las partes más importantes en el acuerdo. Ni siquiera puedo contemplar una pintura sin pensar en lo que eliminó el artista del paisaje o del modelo originales. Parece que, salvo en las raras ocasiones en que un acto o una serie de sucesos llevan a una conclusión definitiva, no puedo estar de acuerdo con lo que ven mis ojos, con la realidad aparente, y busco nerviosamente algo que haga tangible lo que no puedo ver.


    7


    LAS DOS GUERRERAS OVIONAS obligaron a Apolo y a Serina a precederles por los inclinados y laberínticos corredores. Después del sofocante encierro en el vehículo que los había trasladado a aquellos niveles subterráneos, las ráfagas de aire frío y húmedo resultaban refrescantes. Cuando salieron a la inmensa cámara principal de la mina, Apolo contuvo el aliento, sorprendido. También Serina pareció asombrada al ver las aparentemente infinitas altura y profundidad de la cámara central, y la furiosa actividad que reinaba en todas sus celdillas.

    —¿Qué es esto? —preguntó Serina a Apolo.
    —¡Increíble! Debe de ser la mina subterránea de tilium más grande de todo el universo. Mi padre tuvo razón cuando dijo que había tilium en este lugar. Sólo lo que vemos desde aquí bastaría para abastecer de carburante a todas nuestras naves e impulsarlas hasta la mitad del universo. Pero...
    —Pero, ¿qué?
    —No lo sé exactamente. Pero que exista algo como esto; sin que nos enterásemos de que había sido reactivado, es..., bueno, muy extraño. ¿Quién emplea esta energía, y para qué?

    Una oviona los empujó hacia el puente que cruzaba la ancha cámara.

    —¿Dónde puede estar Boxey? —preguntó Serina—. Estoy muy preocupada por él.
    —Si le hacen algo, voy a ...
    —No lo digas. Ya estoy bastante asustada.

    Los guardias se detuvieron al llegar al salón del trono de Lotay e hicieron señas a los dos humanos para que entrasen. Apolo y Serina penetraron en la cámara real. De momento, Lotay no se fijó en ellos... o, como correspondía a una reina, esperó un minuto imperial a darse por enterada de su presencia. Mientras tanto, Serina se sintió fascinada por las telas de vivos colores que decoraban la estancia, por las esclavas que se deslizaban de un lado a otro prestando toda clase de extraños servicios, por los músicos que interpretaban una tonada que no parecía musical, sino más bien el zumbido de una dinamo estropeada. Por último, la reina les miró desde lo alto de una pila de almohadones.

    —¿Es usted el capitán Apolo? —preguntó.

    Su voz, aunque grave, tenía un sonido algo estridente. Apolo y Serina se habrían asombrado de saber que, para las ovionas, la voz de Lotay tenía una musicalidad etérea.

    —Yo mismo —respondió Apolo.
    —Bienvenido a Carillón. Presumo que estará usted impresionado.
    —Indignado, diría yo. ¿Dónde está el chico?

    La extraña criatura esbozó algo sin duda equivalente a la sonrisa humana, pero que producía un efecto peculiar en su cara insectoide.

    —¿Le gustaría reunirse con él, capitán?
    —Desde luego que sí. ¡Pero, si le ha ocurrido algo, responderá usted ante las Colonias!

    Lotay volvió a sonreír, asintió tranquilamente con su desmesurada cabeza y se levantó de los blandos almohadones. Serina, que se había acostumbrado ya a la baja estatura de todas las ovionas que había visto hasta entonces, se asombró al ver lo alta que era la reina. Mucho más que cualquiera de sus súbditos. Con una andadura sin duda majestuosa, Lotay les precedió al salir de la cámara real. Serina advirtió que las guardias seguían con facilidad su paso, detrás de ella y de Apolo. Mientras bajaban por el estrecho corredor, Serina se inclinó hacia Apolo y murmuró:

    —¿Significa su taimada sonrisa que sabe que las Colonias han dejado de existir?
    —No lo sé —murmuró a su vez Apolo.

    Lotay les introdujo en una pequeña cámara y les ordenóque se detuviesen. Hizo una seña a una de las guardianas que cerraban la entrada. Inmediatamente, sintieron que se movía el suelo bajo sus pies.

    —¿Qué sucede? —preguntó Serina.
    —Debe de ser su versión de un ascensor, salvo que sube oblicuamente.

    Cuando se detuvo la cámara móvil, Lotay ordenó a la guardiana que abriese la puerta. Apolo y Serina, cambiando una mirada recelosa, se dejaron conducir al otro lado de la puerta. No se esperaban en absoluto lo que apareció ante sus ojos: un gran salón para banquetes, lleno de movimiento y de una música fuerte y discordante. Algunas ovionas danzaban cerca de ellos, contorsionando sus cuatro brazos con unos ademanes bastante graciosos. Había también un grupo de juglares. Serina nunca se había imaginado los intrincados juegos malabares que podían realizarse con cuatro brazos. En las mesas del banquete, enormes y colmadas, se exhibían platos de suculento aspecto, que parecían representar lo mejor del arte culinario de los doce mundos. Olían maravillosamente y Serina recordó su hambre prolongada.

    —¡Capitán!

    Starbuck salió al encuentro de Apolo, tendiendo las manos en ademán de bienvenida. Otros comensales se volvieron a mirar. Jolly sostenía un palillo de algo comestible entre sus dedos gordezuelos.

    —¡Boxey! —gritó Serina, y recibió respuesta inmediatamente.

    Boxey saltó de las rodillas de Boomer, corrió hacia Serinay la abrazó.

    —La fortuna nos sonríe —dijo Starbuck, levantando, a modo de brindis, una fruta plana, azul y de forma hexagonal.
    —Nunca habríamos podido soñar una cosa así —declaró Jolly, cuyos goces gastronómicos habían dejado huellas en toda su guerrera—. Tienen todo lo que necesitamos, y en abundancia.
    —Y lo comparten de buen grado —dijo Boomer.
    —Es un paraíso —dijo Serina, con voz más insegura que sus palabras. Si abrazaba a Boxey, no era sólo por la alegría de haberle encontrado, sino también para protegerle.
    —Ciertamente —dijo Apolo, observando con cautela la lujosa estancia.

    Lotay avanzó un paso y se dirigió a sus invitados humanos.

    —Formamos parte de un orden comunal desde que nacemos. Aquí, todo el mundo trabajo. Lo compartimos todo. No hay competencia, ni envidia, ni conflictos. Sólo paz y orden.
    —La felicidad perpetua —observó Apolo, sin saber de fijo si Lotay advertía la ironía de su comentario.
    —La felicidad es el objetivo de un orden imperfecto. Todos la persiguen. Pocos la alcanzan. Nadie puede conservarla. Los oviones nos contentarnos con lo que tenernos. Así es mejor.

    Serina advirtió en la mirada de Apolo una duda que concordaba con sus propios sentimientos.

    —Parece que a usted le da resultado —dijo a la reina.
    —Lo ha dado desde hace milenios. Y ahora, acornpáñennos. Sean nuestros invitados. Coman y diviértanse. Pidan cuanto deseen. Y alégrense.
    —Habla en serio —dijo Starbuck—. Este banquete es formidable, pero esperad a ver el casino, un par de plantas por debajo de ésta.
    —¿Un casino? —dijo Apolo.
    —Sí. Volveré allí en cuanto me haya alimentado un poco.
    —Teniente Starbuck, hay gente que pasa hambre en la...
    —Lo sé, lo sé, capitán. Tranquilízate. Esa gente está recogiendo comida y carburante para nosotros en este preciso instante. Nuestro problema está resuelto.
    —Eso suena muy bien, Starbuck, pero...
    —No hay pero que valga, capitán. Vamos, ¿has probado alguna vez este vino de naranja? Toma un sorbo.
    —De momento, paso.

    Lotay, atenta a su conversación, sonrió benévolamente a los humanos. A Apolo y Serina, la sonrisa de la reina les pareció tan misteriosa corno antes. Parecía significar algo más de lo que ella quería demostrar. Apolo había advertido un tono de mando en su invitación al jolgorio. Serina no estaba segura de lo que advertía, pero, fuese lo que fuese, era fastidioso. Ansiaba desesperadamente volver a la superficie, encontrarse en los confortadores aunque reducidos límites de la «Galáctica».

    Los OFICIALES EJECUTIVOS que rodeaban el pedestal del Caudillo Imperioso sólo transmitían trivialidades a través de sus redes de comunicación. Al nivel del primer cerebro, los cylones odiaban la inactividad. Cuando alcanzaban el segundo cerebro, odiaban la confusión. Los cylones que poseían el tercer cerebro despreciaban la inactividad y la confusión, pero, sobre todo, detestaban la trivialidad. El oficial centurión que había enviado al planeta Carillón, para entrevistarse con sus aliadas ovionas y comprobar los rumores sobre la presencia de naves humanas en aquel sector, no había informado todavía. El jefe se sentía inútil, como expuesto a una pronta decadencia si no sucedía algo en breve plazo.

    Sentía en su mente el peso de unas inconsecuencias que ni siquiera podía relacionar entre sí. Se sorprendía constantemente haciendo conexiones al azar que, a pesar de ser exactas, no significaban nada.

    Recordó una conversación que había sostenido una vez con un cautivo humano. Aquel hombre era un científico, un tipo bajo y un poco entrado en carnes, que llevaba largas patillas para compensar sus ralos cabellos. Pensando que podía ser un buen interlocutor para un cylón, el jefe había hecho varios intentos en este sentido. Mientras hablaron de teoría y de tecnología, su nivel de comunicación fue más alto que el corriente entre cylones y seres humanos. Sin embargo, el científico se había aletargado al cabo de unos días y había empezado a dar respuestas monótonas.

    Cuando el Caudillo Imperioso le preguntó la razón de su cambio de humor, el hombre trató de explicarle el concepto de tedio. Era algo tan despreciable para el jefe, que se negó a aceptarlo. Y se enfureció. El hombre copió la actitud del cylón y le respondió en el mismo tono, defendiendo el tedio como un rasgo humano común e incluso aceptable. A nadie le gustaba aburrirse, dijo estridentemente el hombre, pero era una parte necesaria de la vida humana, que a menudo conducía a una contemplación de la que resultaban visiones revolucionarias. Añadió que el tedio podía ser incluso beneficioso para la humanidad. El. jefe comentó que, desde que habían empezado a discutir sobre el tedio, el hombre parecía menos aburrido; por consiguiente, no debía ser aburrido hablar del tedio. Al oír esto el humano se puso a chillar, diciendo que estaba más aburrido que nunca, que el Caudillo Imperioso y todos los demás cylones eran tan presuntuosos e hipócritas, con unas variaciones tan infinitesimales en su actitud y en su personalidad, que cualquier hombre sensato tenía que sentirse aburrido después de pasar unos pocos días en su compañía. Aunque el jefe no creía en el tedio corno un estado útil o incluso auténtico, le ofendió que el hombre considerase aburrida la compañía de los cylones, y arrojó al sabio de su presencia para siempre. Probablemente, lo había hecho matar, pero no se tornó el trabajo de conservar esta información particular en ninguno de sus cerebros.

    Ahora se preguntaba si la acumulación de datos triviales que estaba recibiendo podría compararse de algún modo con lo que el científico había llamado tedio. Pero no tuvo que reflexionar mucho tiempo sobre esta ofensiva hipótesis, pues de pronto llegó una nueva e importante información. Por fin el centurión había transmitido un mensaje desde Carillón. Se había atrincherado en una caverna subterránea del planeta y estaba en comunicación con sus aliadas ovionas, las cuales le comunicaron que los humanos habían llegado ciertamente al sector de Carillón. Algunos de ellos estaban ya en poder de las ovionas, y otros giraban en órbita alrededor del planeta, en la astronave de guerra «Galáctica» y algunas otras naves. Sus aviones de caza habían destruido grandes secciones del campo de minas con que los cylones, de acuerdo con un tratado firmado con las ovionas, habían rodeado el planeta para asegurar el suministro secreto de carburante que había estado a disposición de los cylones desde que éstos sojuzgaron a las ovionas y las transportaron al planeta deshabitado. El jefe, satisfecho de poder volver a la acción, ordenó que una importante escuadra de cazas de Cylón, estacionados en el planeta Borallus, se preparase para volar al sector de Carillón. Y se quedó tranquilo, contento de que lo que sentía ahora —las ondas de una información importante—no tuviese nada que ver con lo que los humanos llamaban tedio.

    VISTA DESDE EL PUENTE de mando de Adama, la imagen del planeta Carillón parecía muy buena. Los términos del informe que tenía en la mano confirmaban el acierto de su decisión de venir aquí. No sólo podrían abastecerse fácilmente en víveres, snio que podrían cargar tiliurn suficiente para alimentar su flota durante algún tiempo. Activando su comunicador privado, empezó a escribir en su diario de a bordo:

    «Los oviones han brindado a los supervivientes de las colonias toda la amabilidad y ayuda que podíamos esperar. Ahora podemos prever que la flota entera podrá reemprender pronto el viaje, quizá dentro de...»

    Llamaron a la puerta. Adama cerró el dictáfono y gritó:

    —¡Adelante!

    El coronel Tigh entró en la estancia, con aire turbado. Tigh encontraba siempre algún motivo de preocupación, en particular si ésta podía incluirse en algún informe.

    —Su aspecto no augura nada bueno, Tigh. ¿Qué ha sucedido?
    —Este informe de la superficie, señor.
    —Un informe muy optimista, coronel.
    —Demasiado optimista. Gracias a Uri, toda la gente de la flota está empeñada en bajar a la superficie y nadie quiere hacer el trabajo que le corresponde.

    Adama se imaginó a Uri dirigiéndose a la gente fatigada que había quedado a bordo de la «Galáctica». El consejero sabía emplear su maduro y atractivo aspecto con un sentido de estrategia política. Como la reserva de víveres era tan baja, no resultaba extraño que respondiesen a las sugerencias de Uri.

    —Bueno —dijo—, tal vez Uri no anda descaminado. Quizá podríamos permitir que algunos visitasen la superficie. En pequeños grupos y por turno. ¿Qué le preocupa, Tigh?

    Tigh carraspeó antes de responder:

    —Temo que sea demasiado tarde para los planes prudentes. Uri ha dado ya permisos de visita a la mitad de nuestra población.
    —¡La mitad de nuestra población! Anule esas órdenes inmediatamente.
    —Por desgracia, no puedo hacerlo. Uri, como miembro del consejo, tiene derecho a tomar decisiones extramilitares. Si usted continuase como presidente...
    —No insista, coronel. —El comandante suspiro—. Está bien, haga lo posible por contener la oleada. ¿Qué tal se portan los grupos de trabajo?
    —Muy bien. El ganado empieza a estar bien alimentado, y comienzan a brotar las primeras plantas.
    —Está bien. Continúen, coronel.

    Adama reflexionó sobre lo que Tigh le había dicho. No se podía dar tanta autoridad política a Uri, y era peligroso enviar tantas personas a la superficie. Habría que trazar planes de contingencia. Mientras tomaba el estilete electrónico para empezar a escribir sus notas, llamaron de nuevo a la puerta de su cabina.

    —¡Adelante! —dijo.

    Era Atenea.

    —Pido licencia para viajar al planeta —dijo la muchacha.
    —¿Me la pides a mí? —preguntó Adama—. Pensaba que Sire Uri otorgaba los permisos como prueba de amistad.

    Atenea acusó con sorpresa la hostilidad de la voz de su padre, pero dijo:

    —No utilizaría su permiso por nada del mundo, padre. Y no iré, si tú dices que no vaya.

    Él estuvo a punto de rechazar la petición, pero algo triste que vio en los ojos de su hija le hizo cambiar de idea.

    —Está bien. Nada impide que vayas. Y necesitas descanso, más que la mayoría; has trabajado tanto que...
    —No busco descanso.
    —¡Ah! Otra vez Starbuck, ¿eh?
    —Quizá.
    —Sé que él está allá abajo y que ha descubierto un casino. Tratándose de Starbuck, debió de parecerle un don de los dioses. Pensaba que estabas furiosa contra él.
    —Lo estoy.
    —Pero... ¡Ah, ya comprendo! Esa mujer con quien le sorprendiste es una de las que tiene permiso de Uri para visitar el planeta, ¿no?
    —Quizá.
    —Bueno, ¡duro con ella!
    —¿Debo interpretarlo como una orden, señor?
    —¡Duro con los dos, alférez!
    —¡Sí, señor!

    Adama sonrió al ver la viveza con que ella giraba sobre sus talones y salía de la estancia. Cuando tomó de nuevo el estilete, zumbó el teléfono interior. Era Tigh.

    —Ha empezado a llegar carburante en vehículos cuba de las minas de tilium, señor.
    —Advierto cierta contrariedad en su voz, coronel.
    —Bueno, las remesas son menores de lo previsto por el capitán Apolo. La dirigente oviona se excusó diciendo que, de momento, no estaban en condiciones de servir un pedido tan importante. Sin embargo, a juzgar por los informes que hemos recibido de Apolo y de los demás, la excusa no parece válida.
    —Comprendo. Bueno, abra bien los ojos, coronel.

    En cuanto Tigh hubo cerrado la comunicación, Adama levantó el estilete y empezó a escribir furiosamente en el diario de a bordo. Sentía la necesidad de tomar medidas de precaución. Unas medidas extraordinarias.

    Cuando hubo acabado de redactar sus procedimientos de urgencia, llamó a Tigh por la línea interior.

    —Diga, señor.
    —Prepare mi vehículo. Voy a bajar a la superficie. Quiero ver ese paraíso con mis ojos.
    —Señor, ¿está seguro que...?
    —¿Acaso me sugiere que pida permiso a Sire Uri?
    —¡No, señor! Prepararemos el vehículo.

    Adama dio media vuelta en su sillón giratorio, satisfecho de la sensación que experimentaba en sus dedos: el cosquilleo de la sangre fluyendo con fuerza en las venas. Hacía tiempo que no se había sentido tan bien dispuesto para la acción.


    Del diario de Adama:

    Cuando era pequeño, solía imaginarme el paraíso. Aunque he olvidado muchísimos detalles de mi imagen del lugar, sé que había en él muchos aviones de juguete y que casi todo era de color azul. Mis visiones más adultas del paraíso me colocaban en su centro y teniendo al alcance de la mano cuanto pudiese desear. Atenea dice que ella se imagina el paraíso como una astronave de guerra puesta bajo su mando exclusivo. El de Tigh es un paraíso en el que no existen los papeles. Nuestros paraísos tienden a ser sueños solipsísticos en los que hay más de todo aquello que creemos necesitar y desear, o en los que recibimos dones que, por lo general, no son rehusados. Creo que lo curioso de todos nuestros paraísos es que no prestamos atención a los esclavos que constituyen el resto de la población de nuestra tierra imaginaria ideal. Un paraíso, que debería sugerir una expansión del potencial humano, es generalmente una reducción, casi siempre al estado de inercia. La gente haraganea en el paraíso mucho más de lo que huelga, o incluso de lo que quisiera holgar, en la vida. El paraíso de Carillón era en realidad una trampa, tan falsa como el ofrecimiento de paz de los cylones o las corteses palabras del conde Baltar. Los humanos tenemos la desdichada tendencia a meternos en las trampas, si podemos encontrar alguna manera de llamarlas paraísos.

    «Alegraos», dijo Lotay, reina de las ovionas. Y nosotros podemos alegrarnos si no tenemos que pensar en los esclavos de la inercia, y con tal de que haya abundancia de aviones de juguete y de que todo sea azul.


    8


    ADAMA HABÍA VISITADO minas de tilium antes de entonces, pero la de las ovionas no se parecía en nada a las otras explotaciones mineras que había visto, sobre todo si se la observaba desde la inmensa caverna subterránea y se contemplaban sus aparentemente infinitas profundidades. Adama pensó con inquietud que la red de celdillas era un fenómeno sorprendente para los que sólo conocían los túneles profundos y las chimeneas. Los obreros, seres vivos a fin de cuentas, se movían como máquinas. Las guardianas ovionas estaban demasiado cerca de ellos, como supervisando su acción. Todo aquello olía a trabajo de esclavos, cosa que no le gustaba en absoluto.

    Durante la visita, la voz grave pero algo estridente de Lotay le había informado de unas estadísticas que solían dejar pasmados a los comités visitantes. Acabó definiendo su operación como la mina de tilium más eficiente del universo.

    —Da buen testimonio del orden comunal —dijo, obsequiosamente, el consejero Uri.
    —Gracias —respondió Lotay—. Ahora permítame mostrarle algunos de los puntos más interesantes de la existencia de las ovionas.

    Les condujo a la sala de banquetes, donde se habían vuelto a llenar los copiosos platos. Los consejeros se agolpaban a la mesa como si hubiesen ayunado durante mucho tiempo..., cosa que, por lo demás, era la pura verdad. Aunque Adama había sufrido también el rigor de las privaciones, no estaba tan dispuesto a aceptar la hospitalidad de las ovionas y se abstuvo de participar en el ágape. La fuerte música de los numerosos instrumentos de cuerda le destrozaban los nervios.

    —Esto es mucho más de lo que podía esperar —dijo Uri, con migajas de comida pegadas en las comisuras de los labios.
    —Aquí tenemos de sobra —dijo Lotay—. Deseamos ayudarles. Todos los suyos que lo deseen pueden considerarse como nuestros invitados.

    Uri se volvió a Adama, en actitud triunfal.

    —Y usted, comandante, ¡quería que nuestra gente no aceptase tan generosa invitación!

    Adama se sintió incómodo bajo la penetrante mirada de aquel hombre. De momento, Uri tenía todos los triunfos en sus manos, y Adama sólo pudo replicar:

    —Yo sólo había propuesto un turno, en vez de un descenso en masa...
    —Pero yo creí que debíamos pensar sobre todo en el tiempo —le interrumpió Uri, hablando entre sorbos de un líquido purpúreo—. Cuanta más gente traigamos aquí en seguida, más pronto podremos seguir nuestro camino y volver junto a los demás. Aunque le diré una cosa: creo que, cuando las naves hayan repostado y estén dispuestas para el viaje hiperespacial, deberíamos hacer que toda la gente disfrutase de la hospitalidad de este planeta. Tal vez, con un poco de trabajo, podríamos establecernos aquí. Es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo. Reflexionaré sobre ella.

    La proposición de Uri, claramente política, provocó un murmullo de aprobación por parte de los otros miembros del consejo que participaban en la excursión. Incluso Anton, que generalmente se lo pensaba bien antes de aceptar algo, accedió. Adama resolvió no responder al desafío de la voz de Uri. Nunca era prudente discutir con un político que se estaba embriagando. Cuando volviesen a estar en la «Galáctica», serenos de nuevo, todos comprenderían que aquella proposición era una insensatez. Adama se volvió a Lotay y le dijo:

    —¿Puedo preguntarle cómo ha sido recibido nuestro pedido de tilium?
    —Hemos dispuesto y enviado la primera partida, ¿no? —dijo Lotay, en unos términos que parecieron demasiado políticos para la tranquilidad de Adama.

    Tratar de interpretar una maniobra ajena posiblemente calculada parecía excesivo, después de soportar la insidiosa estrategia de Uri.

    —Sí; hemos recibido el primer envío de tilium líquido —dijo—. Sin embargo, me han dicho que habrá un retraso en la entrega del resto.

    La contraída parte inferior del rostro de la reina hizo un mohín que parecía humano.

    —Nuestros procedimientos de elaboración son algo anticuados —dijo—. El tratamiento de la materia prima requiere tiempo, y no estábamos preparadas para un pedido tan importante. En realidad, su llegada ha sido una sorpresa. No es corriente que tengamos que elaborar carburante líquido para toda una flota espacial.
    —¡Ah! Entonces, ¿cómo suelen hacer su elaboración? O tal vez debería decir: ¿para quién elaboran su producto?
    —Nuestros archivos no están a disposición de nuestros clientes, comandante. Somos laboriosas, pero también modestas, y tenemos motivos para temer a los intrusos, sobre todo si se abren paso a la fuerza a través de nuestras barreras de protección. Sin embargo, apreciamos la importancia de su pedido, y también los beneficios que puede reportarnos una transacción de esta naturaleza. Pero necesitamos tiempo, y ustedes deben tener paciencia.

    La sonrisa de Lotay, que quería ser amistosa, era tan falsa que hizo revolver las tripas de Adama.

    —Creo que abusamos de nuestra suerte, comandante —dijo Uri, manoseando frenéticamente lo que parecía ser un trozo de carne azulada—. No debemos mostrarnos exigentes, ante tanta hospitalidad.
    —Diviértanse —dijo Lotay—. Son nuestros invitados. Coman y pásenlo bien. Hay que estar alegres.

    La reina retrocedió en dirección al arco de salida, dando la impresión de una fiel esclava, más que de una persona real. Adama la detuvo, diciendo:

    —¿No nos acompaña usted? Ella miró la mesa sin demasiado interés. Una vaga sonrisa cruzó por su semblante.
    —No. Lamento no poder hacerlo.

    Hizo una graciosa reverencia y salió de la estancia.

    —Bueno —dijo Uri, acercándose al comandante, mientras mondaba una jugosa fruta de color de espliego—, creo que no hay duda sobre lo que hemos de hacer. Tardaremos algún tiempo en obtener el tilium. Mientras tanto, todos podrán participar en abundancia de Carillón.
    —Pero, Uri...
    —¿Qué?

    Todos los miembros de consejo miraron a Adama con gran interés.

    —Olvídelo. Adama se dio cuenta de que la opinión de Uri era unánime.

    Todos habían asentido con la cabeza a lo que decía Uri, mientras se llenaban la boca con toda clase de alimentos. Adama sintió náuseas y no pudo acercarse a la mesa del banquete; en vez de eso, se sentó en un mullido sillón, junto a la puerta. No podía mirar a los hombres reunidos alrededor de la mesa. Eran sus hermanos humanos, sí; pero, al menos de momento, le parecían más semejantes a los insectos que cualquiera de las ovionas.

    SEETOL, QUE ESPERABA a su reina fuera de la sala del banquete, la siguió rápidamente por el pasillo que conducía al ascensor secreto. Las pequeñas púas que revestían el cuerpo de la reina brillaban ahora con un vivo color amarillo, como solía ocurrir en los raros momentos en que Lotay se sentía muy excitada. Ésta, antes de bajar a la planta del salón del trono, observó el túnel que llevaba al ascensor, para asegurarse de que no había espías humanos. Haciendo una seña a Seetol para que la acompañase, entró en el ascensor y bajó al salón del trono. Al salir la reina del ascensor, delante de ella, Seetol sintió agudizarse su deseo.

    Lotay se acercó al trono, pero, en vez de sentarse en él, se inclinó e hizo una profunda y elegante reverencia. Entonces advirtió Seetol que el alto centurión cylón se hallaba sentado en el trono.

    —A tus órdenes —dijo Lotay.

    Seetol se indignó al ver a su amada reina actuando de un modo tan servil ante un cylón. Odiaba a aquellas arrogantes y encasquetadas criaturas, todavía más que a los humanos, y no podía soportar el dominio que ejercían sobre las ovionas. Peor aún: le daban miedo.

    —Muchos seres humanos se encuentran ahora aquí, pero su comandante sólo ha permitido que aterrizasen unos pocos guerreros. Los demás están alerta en su astronave de guerra.
    —La cosa cambiará cuando se sientan más seguros de tu hospitalidad. A fin de cuentas, ¿quién tiene más experiencia que tú en los tratos con los humanos?
    —Eres muy amable, centurión —dijo Lotay—. Sólo estamos aquí para serviros.
    —Y seguiréis haciéndolo. Nuestro jefe se propone aniquilar a todos los humanos que subsisten en este sector del espacio. Salvo, naturalmente, los que puedan ser útiles a tu pueblo.
    —Lo que vosotros queráis.
    —En cuanto estén adormecidas las fuerzas de los humanos y podamos tender una emboscada a su astronave de guerra, lo haremos. Nuestro jefe aprecia vuestra colaboración y os da palabra de seguir protegiendo a las ovionas, como parte que son de nuestra gloriosa Alianza.
    —Nos complace, centurión.

    Lotay se inclinó y dio un codazo a Seetol para que la imitase. Aunque esta acción le repugnaba, Seetol acató la orden de su reina.

    CUANDO GREENBEAN INFORMÓ de que el proyecto agrícola de la «Galáctica» en Carillón estaba ya dando su fruto, Apolo se dio cuenta de que había perdido el sentido del tiempo. No era de extrañar que su padre hubiese parecido antojadizo con él cuando había volado a la «Galáctica» para informar de todas las actividades de los humanos en Carillón, incluidos el descanso y la recuperación en el casino y en la sala de banquetes. Tigh dijo a Apolo que su padre se había sentido particularmente preocupado después de su propia visita a la mina de las ovionas y a la zona de recreo. Adama no había parecido interesarse en las estadísticas, ni en la conclusión general sacada por Apolo de que su misión no sólo se desarrollaba mejor de lo previsto, sino que alcanzaba un éxito extraordinario. Cuando Adama decía que algo le preocupaba, no podía tomarse a la ligera. Apolo le dijo que él había pensado lo mismo al principio, pero que la evidente satisfacción de la gente durante su visita a la superficie había calmado todas sus aprensiones. Adama respondió que esto era precisamente lo malo, lo desconcertante. La discusión con su padre había dejado a Apolo aún más desorientado. Se dijo que esta noche olvidaría todo eso; esta noche disfrutaría también él de las diversiones que habían gozado los demás en sus dos días de estancia en Carillón. Serina había accedido a acompañarle al casino, y él estaba dispuesto a divertirse una vez en la vida. Sólo por la adorable periodista caprícana se había resignado a vestirse de etiqueta, pero se sintió gozoso al entrar con ella en el casino. Serina, asida de su brazo, lucía un vestido holgado de larga falda y color de espliego, y estaba tan magnífica que incluso los jugadores más empedernidos levantaron la cabeza para mirarla.

    Los que no estaban entregados al juego se hartaban en las mesas atestadas de comida. En cuanto al propio juego, era más ruidoso y animado que cualquier otro que Apolo hubiese visto jamás. Tuvo la impresión de que ganaba todo el mundo. Quizá Starbuck había contagiado su suerte a todos los demás.

    —Es un circo —dijo Serina—, un país encantado.
    —En efecto —asintió Apolo—. Pero al menos proporciona a mucha gente el descanso que tan desesperadamente necesita.
    —Me alegro de que hayas encontrado tiempo para descansar también un poco. Nunca había visto a nadie trabajar tan furiosamente como tú.
    —Cosas del servicio, señora.
    —Celebro verte tan alegre, y a los demás tan felices. La mujer que está en aquella mesa...

    Señaló a una mujer entrada en años, tan enfrascada en un juego de dados que su rubia peluca estaba a punto de resbalar de su cabeza.

    —¿Qué?
    —Vi morir a su esposo en sus brazos hace sólo unos pocos días. No me mires así. Procuraré divertirme. No es fácil cambiar de ambiente. Estoy agotada. Han ocurrido tantas cosas.,.

    Creo que es demasiado para mí.

    —Puedo llevarte al pabellón de invitados que nos han destinado las ovionas.

    Serina se preguntó si el joven capitán se estaba insinuando al fin. No sabía si lo deseaba. No hacía mucho, había pensado que no podría aceptar ninguna relación emocional con un varón, al menos hasta que hubiese acabado todo el sufrimiento humano. Miró a su alrededor. Nadie parecía sufrir. No sabía qué la detenía. Algún pequeño detalle fuera de lugar, algún color que desentonaba en la estancia, algo... Se dijo que debía tranquilizarse; incluso oficialmente había dejado de ser periodista, y no tenía que portarse como tal.

    —Quedémonos un rato —dijo a Apolo, el cual asintió con la cabeza, sin manifestar la menor contrariedad—. También yo voy a divertirme. Quiero sentarme a una mesa.

    Apolo sonrió.

    —¿Por qué no vamos a ganar una fortuna?
    —¿Por qué no, mi capitán?

    Se sentaron a una mesa de ruleta y compraron algunas fichas al humanoide de piel verde y escamosa que hacía de croupier.

    EN UN RINCÓN APARTADO del casino, cerca del tablado de la orquesta, Starbuck tenía una racha de suerte como no la había experimentado desde el día en que su padre, que era un jugador redomado, había puesto la primera baraja entre sus ávidos dedos. Una alta pila de fichas doradas se elevaba delante de él, mientras extendía una nueva mano de naipes ganadores. Apenas podía creerlo.

    —Probemos otra vez —gritó entusiasmado, tocando aquel montón de oro.

    Ganó otra apuesta y se retrepó en su silla. Los murmullos de la multitud que presenciaba su racha casi ahogaba el ruido de la música estridente que llegaba desde el tablado. Miró hacia arriba y se tropezó con los ojos de Atenea, que estaba en pie detrás de la silla vacía contigua a la de él.

    —¿Está ocupada? —preguntó ella.
    —No sé... —dijo él, rebullendo en su propia silla.

    Casiopea había estado sentada a su lado hasta hacía escasos momentos y se había marchado de pronto, diciendo que tenía una buena idea. Como él no sabía lo que era una buena idea para una socialadora gemonesa, no tenía la menor idea de cuando volvería, ni tan sólo de si volvería.

    Atenea se sentó y se inclinó hacia él.

    —Creo que te debo una disculpa —dijo.
    —¿De veras?
    —No me atreví a decírtelo hasta ahora. Ya sabes que siempre te he dicho que no estaba bien que la hija de un comandante se enredase con un guerrero.
    —Recuerdo vagamente que dijiste algo así.
    —Vamos, este paraíso nos brinda una oportunidad perfecta para que seamos sinceros y prescindamos incluso de las inhibiciones. Te hice daño, lo confieso.

    Starbuck, pensando que era mejor seguirle la corriente hasta que pudiese adivinar lo que ella pretendía, asintió con la cabeza y adoptó una expresión compungida. Atenea prosiguió, con vehemencia:

    —¿No decías que yo era la única mujer que te había importado en realidad?

    ¡Con que era eso! Celos. Por consiguiente, sabía lo de Casiopea. Pero, ¿cómo se había enterado?

    —Bueno, ¿lo dijiste o no? —dijo Atenea. Su mirada se había endurecido.
    —¡Oh! Sí, claro. Fue la miseria y todo lo demás, que me obligó a dominar mis sentimientos. Para que no sufrieses, ¿sabes?

    Ella frunció los párpados.

    —No te creo. Pero voy a olvidar tu pequeño desliz con la socialadora. Starbuck abrió unos ojos sorprendidos.
    —Fuiste tú. ¡Tú abriste aquel maldito chorro de vapor! Debería...
    —Deberías, ¿qué? ¿Acaso no te lo mereciste?
    —No; desde luego, no me lo merecía.
    —¡Oh! Entonces, puedes meterte en un tubo de lanzamiento con la primera socialadora que se presenta.
    —Eres muy intolerante. Deberías comprender mejor. Una socialadora no es una vulgar...
    —No me importa lo que sea. Está bien, sé que no soy... demasiado afectuosa, sobre todo cuando hay trabajo que hacer. En este sentido, te eché prácticamente en brazos de la socialadora.
    —Unos brazos muy bonitos.
    —¡Starbuck!

    Él se maldijo por haber hecho la última observación. En realidad, no quería herir a Atenea; pero el comentario de ésta había sido irreflexivo y un poco duro. Y no estaba acostumbrado a que Atenea se comportara así.

    —Está bien, lo siento; pero no vamos a resolver esto con una simple...
    —Creo que me ha quitado usted el sitio —dijo Casiopea, que ahora estaba detrás de la silla ocupada por Atenea.

    «¡Qué inoportuna!», pensó Starbuck. Sintió que el sudor empezaba a humedecer su piel. ¡Esto era peor que un aterrizaje de emergencia! Apenas se dio cuenta de que acababa de ganar otro juego. Tal vez si se escondiese debajo de la mesa...

    Atenea se volvió despacio a Casiopea, con estudiada deliberación.

    —¿Su sitio? —preguntó delicadamente.
    —La seriedad no le sienta bien, pequeña —dijo Casiopea, y se volvió al colorado Starbuck. Alargó una mano. De sus largos y finos dedos pendía una resplandeciente llave de oro. —¡Buenas noticias, aviador! ¡He conseguido que nos den la suite real!

    En la jerga de la flota espacial llamaban un palo de Cylón a las situaciones como ésta. Atenea palideció de ira. Su mirada pasó de la sonriente y victoriosa Casiopea al atribulado Starbuck. El teniente pensó que debía adoptar una expresión compungida, pero esto estaba tan lejos de su comportamiento normal que no podía fingirlo siquiera. Tragó saliva y resolvió que lo mejor era callar. Atenea y Casiopea eran un par de luchadoras; por consiguiente, había que dejar que diesen ellas la solución. Se retrepó en su silla e hizo un ademán al croupier para indicarle que apostaba todo lo que acababa de ganar.

    Atenea sonrió taimadamente, alargó una mano y arrancó la llave de los dedos de Casiopea.

    —Muchas gracias —dijo—. ¡Le estamos muy agradecidos! .

    Miró a Starbuck y le asió del brazo, tratando de levantarle de la silla.

    —¡Salgamos de aquí! —le dijo—. ¡Vayamos a la suite real, Starbuck!

    Él miró a Casiopea y, después, a Atenea. Una débil sonrisa mitigó el pánico reflejado en su semblante.

    —¡Hum! —dijo—. Ahora tengo una buena racha.
    —Querido —dijo Casiopea—. Tu racha de suerte no está en ese montoncito de oro vil. Yo soy tu buena racha, y precisamente ahora empiezas a enfriarte.
    —¡Tiene toda la razón! —dijo Atenea.
    —¡Eh! —dijo Starbuck.
    —Olvídalo, teniente —dijo Casiopea—. Incluso una ex socialadora sabe cuando está de más.
    —Muy inteligente —dijo Atenea.
    —Pero no confíe demasiado, chiquilla —añadió Casiopea—. No he dicho que me marcho para siempre.
    —Pequeña...
    —No lo diga. No sería nada nuevo.

    Casiopea se alejó irritada, abriéndose paso entre la muchedumbre.

    —En cuanto a la suite real... —dijo Atenea.
    —¿Sí? —dijo Starbuck.
    —¡Olvídala!

    Arrojó la llave sobre la mesa de juego, echó su silla atrás y salió en pos de Casiopea. Starbuck lanzó un profundo suspiro y empezó a recoger sus fichas de oro, mientras el croupier empujaba en su dirección lo que acababa de ganar. Boomer le tocó en el hombro y le dijo:

    —Tenemos que hablar.

    La voz de Boomer tenía un tono apremiante que no podía pasar inadvertido a Starbuck.

    Boomer se llevó a Starbuck de la sala de juego y lo introdujo en el salón de espectáculos. Mientras se abrían paso en el atestado local, Starbuck prestó creciente atención al escenario, donde un trío de cantantes humanoides entonaba una canción que no se parecía en nada a cuanto había oído hasta entonces. Sus voces eran fuertes y roncas, pero no carecían de cierta dulzura en el timbre más grave que subrayaba la melodía. A Starbuck le encantaba aquella actuación, y su mirada no se apartó de las cantantes, incluso después de sentarse con Boomer a una mesa próxima a una pared lateral.

    —¿Qué sabes de ese espectáculo? —preguntó Starbuck.

    Boomer miró al escenario y respondió con voz cansada:

    —Tucanas.
    —¿Es el nombre del grupo o el de su especie?
    —Vienen del planeta Tucán.
    —Nunca lo había oído nombrar. Pero el sonido es interesante y atractivo a su extraña manera.
    —Muy extraña.
    —¿Qué quieres decir con esto?
    —Fíjate bien.

    Starbuck se fijó bien y, de pronto, comprendió lo que Baoroer quería decir. Las tucanas tenían dos bocas y cantaban con ambas. ¡No era extraño que pudiesen emitir unos sonidos tan chocantes!

    —Aquí les costaría mucho a esas malditas ovionas oír lo que decimos o leer en los labios —dijo Boomer.
    —¿Los labios? —dijo Starbuck—. ¡Oh! Te refieres a nuestros labios. Escucha, ¿no se habrá estropeado tu pantalla y estarás imaginando cosas raras? ¿Por qué habrían de querer leer en nuestros labios?
    —No lo sé de fijo, pero algo se está cociendo en este sitio. Starbuck puso un montón de piezas de oro sobre la mesa e introdujo una de ellas en una ranura del centro. Inmediatamente apareció una copa llena de un líquido de color castaño.
    —¿De dónde sacaste ese dinero?
    —¡Del juego! No podía perder. Las cartas se me daban siempre bien.
    —Precisamente me refería a esto. Todo el mundo gana.
    —Al menos tienes que reconocer que no hacen trampa.
    —¿Estuviste alguna vez en un sitio donde no pudieras perder tu dinero?
    —No, pero tampoco había estado nunca aquí. Bueno, ¿por qué no escuchas a las cantantes?
    —Starbuck, yo jamás he conocido a nadie que hubiese estado aquí. Sé que es un lugar un poco apartado, pero...
    —¿Un poco apartado? ¡Casi nos morimos de hambre para llegar aquí!
    —Sí; debido al problema del carburante y a que volamos mucho tiempo a menos velocidad que la luz. Escucha: la mitad de la gente que está aquí procede de nuestros planetas: Cáprica, Tauron, Sagitaria. Fueron transportados aquí antes de la invasión de los cylones. Y no saben nada de ella. Están incomunicados. Intenté decirle a uno de esos payasos lo que había ocurrido. Se imaginó que era una broma.
    —Lo comprendo. No es una historia muy verosímil para quien vive en un sitio como éste.
    —Y otra cosa. Nunca habíamos oído hablar de este lugar de vacaciones, ni sabíamos nada de las ovionas, ¿no es cierto?

    Hice una pequeña encuesta. Nadie recibió la menor publicidad sobre este casino de juego, único en el espacio.

    —Tal vez es una especie de club secreto.
    —No me vengas con secretos. ¿Cómo te explicas que viniesen aquí, pero nunca volviesen a casa e informasen de esto a los demás?
    —Si descubrieses una mina de oro, ¿se lo dirías a alguien? Quiero decir, ¿quién sabe lo que puede durar esto? Puede ser una especie de propaganda. ¡Eh! ¡Qué chicas más estupendas!
    —Olvídate de las chicas. Estás hablando conmigo. ¿Qué información has recogido?

    Starbuck siguió mirando a las cantantes, a pesar de las protestas de Boomer.

    —¿Sobre qué?
    —Por ejemplo, sobre el motivo de que la gente coma tanto en este lugar.
    —¿Por qué no habían de hacerlo? La comida es prácticamente gratis, y sensacional, como... ¡Eh! ¡Escucha eso! ¡Es increíble!

    Una de las cantantes había bajado del escenario para cantar lo que parecía un solo improvisado, mientras las otras entonaban una compleja melodía de fondo. Starbuck empezaba a sorprenderse de que se pudiera lograr tanta maravilla musical con sólo seis bocas. Entonces advirtió que la solista usaba solamente la boca superior en aquel momento, para desgranar la inquietante y dulce melodía.

    —Si pudiésemos llevar esas chicas al circuito estelar, ganaríamos una fortuna —exclamó Starbuck—. Dinero a espuertas, Boomer.

    Boomer arqueó las cejas.

    —En realidad, no te comprendo. Es posible que todas las criaturas del universo se hayan puesto en marcha para exterminarnos, ¡y tú piensas en contratar un grupo vocal!
    —Ten un poco de imaginación, ¿quieres? Nadie sabe lo que puede durar esta estúpida guerra. Quiero decir que, tal como están las cosas, podría terminar ahora mismo sin que nosotros nos enterásemos. En todo caso, como ya no servimos para nada, puede que nos echen de aquí como basura. ¿En qué nos habremos convertido? En unos anticuados y gastados combatientes estelares.
    —Una visión muy optimista para hacer planes sobre ella. ¡No cuentes con tu jubilación, amigo! Tendremos suerte si mañana estamos aún vivos.
    —¿De qué estás hablando?
    —Hay gente que desaparece.
    —¿Quién?
    —No estoy seguro. Pero he oído algo, historias extrañas sobre invitados que se pierden de vista.
    —¿Te refieres al tour? Éste es un lugar muy grande, Boomer, y no es raro que muchos hagan un tour antes de volver a casa.
    —¿A casa? ¿Qué casa? ¡Ya te he dicho que no se sabe de nadie que haya vuelto a casa! ¿Y a qué casa van a ir? ¿Qué... ?
    —Preguntas demasiado.
    —Y tú no sabes lo que te haces. Algo te pasa, Starbuck. Te aseguro que algo anda mal en este lugar.
    —Ellas no; en todo caso, escúchalas.

    El trío llegaba al gran final de su actuación. Las dos tucanas que cuidaban del acompañamiento mantuvieron un tono sostenido, mientras la voz de la solista se elevaba más y más.

    Entonces, en el acorde final, la boca inferior de la cantante se abrió y emitió una nota grave y estruendosa que no sólo dio un tono extravagante y sensacional a la música, sino que hizo estallar en pedazos la copa que tenía Starbuck en la mano. El público prorrumpió en fuertes aplausos. Starbuck se levantó de su silla, como hechizado, y gritó:

    —¡Tengo que hablar con ellas!

    Boomer empezó a golpear la mesa con los puños y rugió:

    —¡Es increíble! ¡Es increíble!

    Starbuck corrió al escenario, tratando de llamar la atención a las cantantes tucanas.

    LA DESAGRADABLE DULZURA del aire, la riqueza ligeramente empalagosa de la comida y el ronco ruido del casino, molestaban a Apolo, mientras Serina parecía hallarse allí a sus anchas.

    —He dedicado una parte demasiado grande de mi vida a mi carrera —dijo ella—. He luchado en demasiadas batallas mezquinas con demasiadas personas venales para conseguir una foto bien centrada o una noticia radiada correctamente. No sé descansar. Y estoy tratando de aprender. ¿Quieres ayudarme?
    —Se me ocurre algo —dijo Apolo—. Probemos el jardín.
    —A la orden, capitán.

    La parte central del jardín del casino estaba ocupada por una fuente de la que parecía manar vino tinto en pequeñas cascadas que surgían entre el follaje. La gente recogía el líquido con grandes cucharas y lo vertía en copas que sostenía después sobre unas llamitas que rodeaban la fuente. El resultado, según pudieron comprobar muy pronto Apolo y Serina, era un brebaje de sabor delicioso y que parecía caliente y fresco al mismo tiempo. Los tripulantes de la «Galáctica», que habían sido de los primeros en probar la mezcla, le habían dado el nombre de «grog». No sólo era deliciosa, sino que parecía tener ciertos efectos afrodisíacos, a juzgar por las parejas que se adentraban disimuladamente en la vegetación circundante.

    Después de tomar un sorbo, Apolo encontró difícil no sugerir a Serina una pequeña excursión entre los árboles. Pero su romántico estado de ánimo se vio turbado por la desagradable voz de Sire Uri que, a pocos pasos de ellos, hablaba con otro miembro del consejo, Lobe, representante de Piscera.

    —Tuve una larga conversación con su reina, Lorry o como se llame —decía Uri—. Una larga conversación. Es muy amable, generosa e incluso atractiva, en la medida en que pueden ser atractivas unas criaturas que tienen forma de insectos. Dijo que estaba encantada de que esto nos gustase tanto.
    —Bien puede decirlo —dijo Lobe—. ¿Ha visto las habitaciones de los invitados, Uri? Son tan opulentas como un palacio real. Y enormes. Si este planeta pudiese volar, podría llevarnos a nuestro destino en formidables condiciones.
    —¿Y por qué tiene que volar?

    Uri besó a una linda joven que estaba a su lado. Apolo pensó que no era la misma muchacha que le acompañaba cuando había sido detenido. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al escuchar a los dos consejeros y oír su retórica de borrachos. Uri siguió diciendo:

    —A lo que iba, Lobe. Precisamente hablé de esto con la reina. Dios mío, fíjese: Si un hombre hubiera imaginado un medio ambiente donde desarrollar por completo su personalidad, no podría haberlo hecho mejor. Aquí hay comida y todo lo necesario para el sustento de nuestro pueblo, y las ovionas pueden producirlo en cantidades masivas. Además, con las ovionas, tendríamos el apoyo de una cultura sumisa y dispuesta a satisfacer nuestras necesidades. Cuando pregunté a la reina si podríamos quedarnos, me dijo que nos recibirían con los brazos abiertos, si no fuese por una circunstancia.
    —¿Cuál, Sire Uri?
    —Dijo que son una raza pacífica y que temen nuestras armas. Una actitud muy razonable, digo yo. Muy razonable. ¿Qué diría usted si una raza superior bajase del cielo y nos amenazase con un armamento mejor que el nuestro? Supongo que lo comprende. Y, de todos modos, estamos tan lejos de los cylones que no representamos una amenaza para ellos. Al menos, no la representaríamos si calmásemos el temor de las ovionas entregando nuestras armas, nuestras horribles máquinas de guerra.

    Lo que más sorprendió a Apolo no fue que Uri formulase unos conceptos tan absurdos, sino que la gente que le rodeaba asistiese con sesudos movimientos de cabeza.

    —¿Se da usted cuenta de lo que dice, Sire Uri? —dijo Apolo, adelantándose hasta el centro del grupo de consejeros.

    Serina permaneció al margen del grupo, sorbiendo su grog y tratando de no perder detalle de la escena que se desarrollaba delante de ella.

    —¡Ah! —dijo Uri—. Nuestro joven héroe—guerrero, ¿o debería decir nuestro salvador? El hijo de nuestro excelso comandante. Capitán, precisamente estaba diciendo que este planeta nos brinda una oportunidad maravillosa.
    —Supongo que se refiere a la oportunidad de ser definitivamente aniquilados por los cylones,
    —Si se preocupasen de nosotros, cosa que no harán.
    —Sire Uri, ¡destruyeron nuestros mundos!
    —Debo recordar que nos atacaron porque significábamos una amenaza para su orden. Aquí, apartados de ellos, no representamos ninguna amenaza. En particular, si tiramos nuestras armas. ¿Qué opina de mi proposición, joven guerrero?
    —Confío en que se deba al grog.

    Uri levantó su copa para brindar.

    —Bueno —dijo—, tal vez esta noche sea el grog; pero mañana...

    Apolo dio media vuelta y salió del centro del círculo. Asiendo a Serina del brazo, la condujo por un sendero del jardín hacia el casino. Al volverse, Serina tuvo la impresión de que Uri la miraba con expresión un tanto libidinosa.

    —No dejes que él estropee esta maravillosa noche —dijo, con voz un poco adormilada—. Nadie puede tomarse en serio su proposición.
    —Tal vez no. Pero muchos asentían con la cabeza a lo que decía.
    —Yo también estoy a punto de dar cabezadas.
    —En este caso, ¿quieres oír mi proposición? Es un poco más personal.
    —Capitán, he estado pensando en ella desde mucho antes de que te decidieses a formularla. Pero no estoy segura. Ni lo estaré mientras siga dándome vueltas la cabeza. ¿Te importa que volvamos a hablar de ello cuando hayamos visitados las dependencias de los invitados?
    —Esto nos lleva de nuevo a mi proposición. Quería llevarte allí.
    —Ahora sólo quiero ir allí para asegurarme de que Boxey está bien. Y después, dejaremos las proposiciones para cuando hayan pasado los efectos del grog.

    Un rótulo en el ascensor del casino les recordó que todas las habitaciones de los invitados estaban en las tres primeras plantas subterráneas. Serina pulsó el botón de la planta segunda, donde había dejado al soñoliento Boxey a primera hora de la noche.

    —Me pregunto qué habrá en todas esas plantas inferiores —dijo Serina, señalando una serie de botones en la placa.
    —¿Quieres que echemos un vistazo?
    —¿Por qué no? Ya sabes que fui una especie de sabueso. Empecemos por el fondo y subamos desde allí. Pulsó el botón de la planta más baja. Inmediatamente, sonó una voz muy suave en el techo. —Lo siento, pero se han equivocado de botón. Las habitaciones de los invitados están todas ellas en las tres primeras plantas. Todas las demás corresponden a la cocina, la explotación minera y el personal de la casa. Gracias.

    Serina sonrió.

    —Terreno prohibido, como decís vosotros, capitán —dijo.
    —Es curioso —murmuró Apolo.

    El ascensor se detuvo en la segunda planta. Un rápido vistazo a la habitación de Boxey les demostró que el muchacho dormía tranquilamente. Tenía abrazado a Muffit Segundo, el cual se mantenía alerta como un buen droid e incluso echó una breve mirada a Apolo y a Serina, cuando la pareja entró en la estancia. Apolo atrajo a Serina a un rincón oscuro y la besó. Al principio, la respuesta de ella fue indecisa, pero, al cabo de un momento, correspondió a su beso con igual ardor.

    —Hablando de mi proposición... —dijo Apolo.
    —Dejémonos de cumplidos. Mi habitación está en la puerta contigua. ¡Hum...! No sé lo que tendrá este grog, pero pienso llevarme un poco cuando salgamos de este lugar cogidos del brazo.

    Salieron de la habitación de Boxey. Muffit Segundo dejó caer de nuevo la cabeza sobre la almohada, pero sin cerrar los ojos ni dejar de vigilar la puerta.


    Del diario de Adama:

    Muchas veces he tratado de escribir algo en este diario sobre la traición de Baltar; pero, por alguna razón, no puedo abordar este tema sin que la cara fofa y egoísta de aquel hombre flote delante de mí como un fantasma, y sin sentir mi cuerpo atravesado por dolorosas oleadas de odio. Me pongo tenso y no encuentro las palabras adecuadas. El intento de encerrar en frases su traición daría a éste una extensión limitada que reduciría la pura e inalterable maldad de su acto. Y no soy capaz de analizar lógicamente una traición de tales dimensiones. Los actos de extranjeros tales como los cylones o las ovionas son al menos entendibles para mí, como manifestaciones de ideas propias de culturas diferentes y tal vez, en definitiva, incomprensibles. En el caso de Baltar, puedo comprender sus ideas y puedo incluso imaginar el espantoso egoísmo que le llevó a vender a su pueblo por unas recompensas que parecen triviales..., pero esto no me acerca en absoluto a una clara concepción del hombre como tal. Lo único que puedo hacer es borrar de mi imaginación su rostro fantasmal. En su maldad, me resulta más ajeno que cualquier criatura de múltiples ojos o miembros de una parte distinta del universo.


    9


    EN LA NAVE BASE DE LOS cylones, el Caudillo Imperioso estudiaba el último informe del emisario que había enviado a Carillón. El plan se desarrollaba perfectamente; cada día era mayor el número de los humanos que caían en la trampa tendida por los halagos de las ovionas. Lotay había conseguido añadir a la comida de los principales personajes humanos (desgraciadamente, a excepción de Adama) cierta droga que le permitía inducirles a tomar estúpidas decisiones. Había conseguido —decía— infundir la idea de un desarme unilateral a varios consejeros. También había logrado retrasar el suministro de tilium a la flota estacionada en el cielo del planeta, enviándoles carburante líquido en cantidad suficiente para desvanecer cualquier sospecha que hubiesen podido concebir. El jefe se preguntaba ahora si el astuto Adama se dejaría engañar tan fácilmente. Todos los indicios llevaban a esta conclusión, pero el jefe sabía, después de sus muchas batallas con Adama, que éste era un hombre imprevisible. Por muy evidente que pareciese cualquier conclusión acerca de él, había que ponerla en tela de juicio.

    En cualquier caso, había llegado el momento de actuar.

    Cursó la orden de que la Fuerza Estelar Suprema, estacionada en Borallus, zarpase inmediatamente con rumbo a Carillón, con la misión de aniquilar a los supervivientes humanos y destruir sus naves. Esta vez, las fuerzas de Adama serían reducidas a la impotencia, aunque unos pocos seres humanos consiguiesen realizar una de sus milagrosas escapadas.

    Otro mensaje llegó a poder del jefe unos momentos más tarde. El resto de la flota humana, las naves que Adama había dejado atrás y que se dirigían a Carillón a pequeña velocidad, habían sido localizadas. Una avería en su camuflaje había revelado sus coordenadas. El jefe resistió el impulso de enviar fuerzas que destruyeran aquel maltrecho resto de la flota humana. La mejor estrategia era, indudablemente, limitarse a vigilar aquellas naves. Eran impotentes y no podían defenderse; sin duda andaban escasas de tilium y de víveres. No; lo lógico era dejar su destrucción para más tarde. Seguramente Adama mantenía contacto con las naves que había dejado atrás. Si las atacaba, podía poner sobre aviso a una flota de rescate. Lo mejor era esperar. Una estrategia que había aprendido de los humanos.

    El Caudillo Imperioso se dijo que la victoria de Cylón era segura. La superioridad numérica de la Fuerza Estelar Suprema daría fácil cuenta de la debilitada flota humana. Las naves que habían quedado atrás serían destruidas como en un juego y la cabeza de Adama constituiría el símbolo de su victoria. Sin embargo, una cierta inquietud, una tensión extraña en él, turbaba sus pensamientos.

    EN EL PUENTE DE LA «Galáctica», Adama daba su acostumbrado paseo frente al campo estelar. De vez en cuando, cerraba el puño derecho y se golpeaba la palma de la mano izquierda.

    —Esos estúpidos —murmuró—. Dadles algo de comer e inmediatamente pierden la cabeza. Parece como si la comida les ofuscase el cerebro. ¿Hay alguna manera de impedir la reunión del consejo que tienen proyectada, Tigh?
    —Ningún reglamento le da a usted autoridad sobre el consejo, salvo en lo que respecta a los asuntos militares. Tratándose de asuntos militares, usted puede revocar...
    —Un desarme unilateral, ¿no es un asunto militar? —Tradicionalmente, estas decisiones han estado en manos de los civiles, señor. Muchos creen que es lógico y adecuado, aunque...
    —Lo sé, lo sé. Conozco perfectamente las teorías sobre la independencia de los poderes civil y militar. Incluso las apruebo. Al menos como hipótesis. Pero es que cualquiera diría que esos patanes se han vuelto locos, Tigh. Quisiera entrar en el salón del consejo y liarme a palos con ellos.

    Tigh sonrió taimadamente y dijo:

    —Me permito recordarle, señor, con el debido respeto, que, si no hubiese dimitido como presidente del consejo, habría tenido el privilegio de entrar en el salón y darles de palos.
    —Lo sé demasiado bien, coronel. Y crea que lo siento de veras.

    En el salón de sesiones, los consejeros observaron la entrada de Adama con aprensiva cautela. Adama pensó que tenían un curioso aspecto, como si se hubiesen transformado físicamente en unos completos desconocidos.

    Antes de ocupar su sillón, que había sido colocado a un lado para indicar que ahora no formaba parte del consejo, Adama dijo:

    —¿Puedo preguntar cuál es el objeto de este consejo extraordinario?

    Anton, el nuevo presidente, señaló el asiento y respondió:

    —Adama, sírvase respetar el orden del día hasta que sea llamado por esta presidencia.

    Adama se sentó, más furioso que nunca. Incluso Anton, que antaño había parecido estar de su parte, se portaba de una manera extraña. El escuálido y viejo consejero abrió la sesión.

    —Todos los hombres, mujeres y niños de esta colectividad están cada día más convencidos de que seguir viajando sin rumbo por el espacio es una locura —dijo Anton.
    —¡Bravo! ¡Bravo! —dijeron casi al unísono los restantes consejeros, y esta muestra de asentimiento sonó como un coro orquestado, desde luego, por el consejero Uri.
    —La cuestión es —siguió diciendo Anton— la actitud que hemos de adoptar frente a los cylones. Evidentemente, si nos quedamos aquí, corremos el riesgo de ser descubiertos. El consejero Uri tiene una proposición. ¿Uri?

    Uri se puso en pie y dedicó una afectada sonrisa a todos los consejeros.

    —Hermanos míos —dijo afectadamente—, un imprudente intento, concebido en la noche de la desesperación, de superar a los cylones, parece una locura si se examina a la luz del día.

    «La noche de la desesperación, sí», pensó Adama. ¡Con qué facilidad podían aquellos untuosos políticos reducir a un tópico las circunstancias de una tragedia! ¿Acaso no recordaba Uri los sufrimientos, el pánico de su pueblo, mientras los guerreros de Cylón asesinaban a la gente y reducían a ruinas las ciudades? ¿No recordaba siquiera el gozo, aunque fuese fugaz, que había sentido cuando, a salvo en los cómodos compartimientos de su nave de lujo, se había dado cuenta de que estaba vivo, de que era uno de los escasos supervivientes? ¿O quizá los hombres como Uri carecían de todo sentimiento y vivían solamente para satisfacer unos apetitos o afanes instintivos que regían su mísera existencia con los transistores de un droid?

    Tal vez, pensó Adama, sólo buscaba una excusa racional a lo que en realidad era pura locura.

    —Propongo —siguió diciendo Uri mirando intencionadamente a Adama—que en vez de lanzarnos a una mítica empresa, condenada de antemano al fracaso, pidamos justicia y clemencia.

    Adama no pudo contener por más tiempo su furor. Se levantó y gritó: —¿Justicia de los cylones? ¿Clemencia? ¿Ha dicho realmente esto? ¿Está usted tan loco que...?

    —No se excite, mi querido Adama, no se excite —dijo Uri con voz que era casi un murmullo, mientras Adama se enfurecía todavía más al ver que los otros consejeros parecían ofendidos por sus palabras y asentían a la frase apaciguadora de Uri
    —Comandante, conozco su oposición contra nosotros y la comprendo. Desde el punto de vista militar..., o tal vez diría mejor, militarista..., las actitudes en pro de la paz parecen casi siempre insensatas. Pero creo que no abarca el panorama en su totalidad. Lo que podrían obtener los cylones esclavizándonos, tan lejos de su base de poder, creo que no justificaría ningún ataque contra nosotros.
    —¿Esclavizándonos? ¿Base de poder? —gritó Adama, todavía incapaz de dominar la ira de su voz—. Caballeros, son ustedes los que no lo entienden. Los argumentos que tratan de emplear podrían ser lógicos si tuviésemos que habérnoslas con otros seres humanos, con cualquier especie cuya escala de valores fuese semejante a la nuestra. ¡Pero se trata de cylones, caballeros! Dicen que no cejarán hasta que el último hombre haya sido exterminado. No esclavizado, sino exterminado. Ni siquiera hemos tenido el privilegio de negociar directamente con sus jefes. Lo único que sabemos de ellos es por deducción y observación. ¿Por qué habrían de cambiar sus métodos? Además, ¿por qué habrían de creer que estamos ahora dispuestos a aceptar lo que siempre consideramos inaceptable? ¿Vivir bajo un régimen cylón? Siempre hemos sido en esto tan inflexibles como ellos en su deseo declarado de exterminarnos por completo.

    Los ceños comenzaron a fruncirse alrededor de la mesa del consejo. Adama pensó que tal vez conseguiría aún aclararles las ideas.

    —Comandante —dijo Uri, con evidente sentido del ritmo teatral—, la reina Lotay ha observado de cerca a los cylones, en circunstancias mucho más pacíficas. Su raza ha estado en paz con los cylones desde hace mil años, y me ha asegurado que la victoria es el único objetivo que persiguen aquéllos. Es algo inherente a su concepto del orden. Mientras cualquier enemigo individual o colectivo siga rondando por el universo, se considerarán obligados a eliminarlo, digamos, para restablecer el orden. Si destruimos nuestras armas, demostrándoles que queremos vivir en paz, el orden quedará restablecido y ellos no necesitarán...
    —¡Destruir nuestro único medio de defensa!
    —0 de ataque. ¿Debo recordar a mis hermanos que hubo un tiempo en que estábamos en paz con los cylones? Sólo entramos en conflicto con ellos cuando intervinimos en sus relaciones con otras naciones.

    Adama se dominó para no enzarzarse en una pelea con Uri. Y, por un momento, se preguntó si éste rehusaría defenderse en el caso de que se lanzase de pronto contra él.

    —Sí —dijo Adama—, tiene usted razón. No entramos en guerra contra los cylones hasta que defendimos a unos vecinos a quienes ellos querían esclavizar, y hasta que ayudamos a los hasaris a reconquistar su nación, tomada a viva fuerza por los cylones.
    —Exacto —dijo Uri—. Con esto no hace más que confirmar mi tesis. Si sólo cuidamos de nuestros asuntos, tenemos razones para creer que los cylones nos dejarán en paz.

    Los otros consejeros, convencidos por la retórica de Uri, murmuraron de nuevo su aprobación. Adama comprendió que era inútil tratar de persuadirles con algo que se pareciese a la lógica. Pero había trazado un plan de urgencia y aquel era el momento de ponerlo en práctica. Se dirigió al consejo, en voz pausada, pero tensa:

    —Caballeros, si han venido a esta mesa para volver la espalda a los principios de la razón y del sentimiento humanos, a los principios de nuestros padres y de los Señores de Kobol, que están en el origen de nuestras colonias, pueden hacerlo con mi mayor desprecio.

    Dicho esto, Adama dio media vuelta y salió rápidamente de la sala. Cuando hubo desaparecido, muchos consejeros rebulleron en sus sillones. Uri se volvió a ellos y les dijo:

    —Los guerreros son siempre los últimos en reconocer la inevitabilidad del cambio. Al comandante siempre le ha gustado decirnos que no tenemos alternativa, lo cual equivale a aceptar sumisamente sus ideas. Afortunadamente, tenemos una opción: la vida o la muerte.
    —Propongo que, tratándose de una cuestión tan grave, sea resuelta por el pueblo —dijo el consejero Lobe.
    —Los militares serán difíciles de convencer —dijo Anton—. ¿Cómo hay que proponerles una cuestión tan delicada?

    Después de una tensa pausa, Uri dijo:

    —En el curso de una fiesta. Siempre es más fácil tratar con la gente en un ambiente festivo. Propongo que celebremos un “festival para condecorar a los tres valientes jóvenes que, con riesgo de su vida, abrieron el campo de minas de Carillón para que pudiésemos pasar. De no haber sido por ellos, todavía estaríamos en el otro lado, pasando hambre. Uno de los pilotos es el capitán Apolo, hijo de Adama, ¿no es cierto?

    Algunos miembros del consejo aclamaron las palabras de Uri, satisfechos de que se hubiese encontrado una solución. Otros aplaudieron, impresionados por la astuta estrategia de Uri, al incluir a Apolo en la celebración.

    —Una brillante sugerencia, Uri —dijo Anton—. Precisamente el tónico que necesita nuestro pueblo en este momento. Algunos héroes a la antigua y honrados hasta la médula.
    —Exactamente lo que yo estaba pensando —dijo Uri. En su sonrisa había más malicia de la acostumbrada.

    STARBUCK HABÍA PASADO mucho tiempo tratando de convencer a la principal cantante del grupo tucano de que podía cambiar su pequeño empleo en un casino de un mundo remoto por una carrera que valiese la pena. La cantante no respondió al ofrecimiento de Starbuck. Permaneció sentada nerviosamente, con un grueso cigarro en su boca inferior, mirando a su alrededor, como si temiese que hubiese espías en todas partes. Starbuck había llegado a ofrecerle el setenta por ciento de los ingresos, corriendo él con los gastos. Pero ella se había limitado a decirle que no creía que la cosa diese resultado y que, en todo caso, no podía hablar de ello. La insistencia del militar sólo había servido para aumentar el nerviosismo de la cantante. Al salir del camerino, Starbuck advirtió que el miedo que tenía la chica a los espías estaba justificado. Una oviona dio un salto detrás de una cortina del escenario.

    Al día siguiente, mientras Starbuck yacía en su habitación, latiéndole las sienes a causa de la resaca, Boomer entró corriendo y se sentó en la cama tan pesadamente que la sacudida provocó ondas de dolor en la cabeza del primero.

    —Levántate, Starbuck. El capitán Apolo ha ordenado una revista y ha preguntado especialmente por ti.
    —Boomer, he estado pensando en lo que me dijiste la noche pasada. Empiezo a estar de acuerdo contigo. Algo se trama en este lugar.
    —Bueno, sea lo que fuere, tendrá que esperar. Ahora debemos volver a la «Galáctica».
    —¿Para qué?
    —A buscar nuestros uniformes de gala.
    —¿Los uniformes de gala? Escucha, Boomer, odio los uniformes de gala y, tal como tengo la cabeza, no podría pasarla por ese cuello tan apretado. Lo dejaré correr. No pienso ir a ningún baile de disfraces...
    —Starbuck, no se puede recibir la más alta condecoración de nuestro pueblo, el racimo de oro, en uniforme de campaña.

    La información de Boomer hizo que Starbuck se incorporase de un salto. Demasiado bruscamente, según pudo comprobar, pues sintió que le estallaba la cabeza. Pero lo mismo daba. Su sorpresa era mayúscula.

    —¿El racimo de estrellas? ¡Bromeas!
    —Te lo han otorgado. Y también a mí, dicho sea de paso. A los tres que cruzamos a ciegas el campo de minas. Por consiguiente, también a Apolo.

    Starbuck sonrió.

    —¡Vaya! —dijo—. Esto no está mal. ¿Llevará anejo algún aumento en la paga?

    Boomer se echó a reír, meneando la cabeza.

    —No tienes remedio —murmuró——. No tienes remedio en absoluto.

    SERINA ACOMPAÑÓ A Apolo al vehículo que debía llevarle a la «Galáctica», donde se prepararía para la ceremonia de otorgamiento del racimo de estrellas; iba también para atender un ruego de su padre de que se reuniese con él. Boxey y Muffit Segundo les seguían.

    —Ha sido una noche maravillosa —murmuró ella al oído de Apolo.
    —También lo ha sido para mí —dijo él—. Y gracias por permitirme desahogarme en lo referente a Zac. Ahora me siento mejor. Como tú dices, el sentimiento de culpabilidad tarda en desvanecerse; pero, al menos, estoy más seguro de mí mismo.
    —Y debes estarlo. Eres muy valioso, capitán Apolo. Una carga de tilium ambulante, podríamos decir.
    —¿Y tan peligroso?
    —Bueno, esto depende del estado en que te encuentres; lo mismo que el tilium, ¿no crees?
    —Tal vez tengas razón.

    Se besaron en la pasarela de la nave con evidente regocijo de los jóvenes tenientes, Starbuck y Boomer, que le esperaban en la cámara de aire del vehículo. Una vez dentro Apolo y retirada la pasarela, Serina retrocedió hasta la zona de seguridad y, asiendo la mano de Boxey esperó a que despegase la nave. Al dirigirse de nuevo al casino, se sentía satisfecha, contenta de que se restableciese un poco el orden en su vida. En la vida de todos, si era verdad lo que algunos decían. Delante de ella, Boxey jugaba con Muffy. También el chico mejoraba visiblemente.

    Una oviona estaba en la entrada del casino. Cuando vio que Serina se acercaba, se dispuso a entrar en el edificio. Serina la llamó y la esperó, sumisa.

    —Se llama usted Seetol, ¿verdad? —preguntó Serina——. Nos guió en aquella breve excursión por la mina.
    —Así es —dijo Seetol—. ¿En qué puedo servirla?
    —¡Oh! Podría satisfacer un poco mi curiosidad de ex—periodista.
    —¿Periodista?

    A Serina le costó bastante explicar a la extraña criatura lo que era una periodista. Seetol pareció pensar que el hecho de explicar las actividades de los demás era algo un poco pecaminoso, aunque podía ser interesante.

    —Me fascinó... —dijo Serina—, bueno, el orden que impera en su sociedad, y ciertamente tenían que impresionarme su trabajo y su absoluta dedicación. Nunca había visto nada parecido. Quiero decir que una saca la impresión de que la gente de la mina trabaja hasta caer rendida.

    Se preguntó si no parecería demasiado ingenua. Pero Seetol no pareció advertirlo.

    —No conocemos otra manera —respondió.
    —Entonces —dijo Serina, yendo a lo que realmente le interesaba—, ¿qué me dice de las instituciones familiares? No sé por qué, pero tengo la impresión de que falta algo. Seetol pareció un poco amoscada. Agitó mucho los brazos al decir:
    —Todo está completo.
    —¿Y qué hay de los varones?
    —Los varones...

    Seetol parecía no saber de qué le hablaba.

    —Bueno, no quiero sonsacarla —dijo Serina, aunque ésta era precisamente su intención—, pero su cultura es femenina. Esto salta a la vista. Sin embargo, tiene que haber varones en algún lugar. Tienen necesidad de ellos, puesto que no han descubierto la partenogénesis, ¿verdad? Tal vez guardan a sus varones en casa...
    —No los guardamos.

    La voz aguda de Seetol se había vuelto completamente monótona.

    —No comprendo...

    La oviona miró a Serina con sus esféricos ojos insectoides y le dijo.

    —Tiene usted razón. Los varones tienen un sitio aquí hasta que han cumplido su misión. Después, no hay lugar para ellos en nuestra sociedad. Perdón. ¿He dicho alguna cosa mala?
    —No, en absoluto. Supongo que hay en su orden..., bueno, sistemas de valores muy dignos de estudio.

    Serina se alejó de Seetol, preguntándose si ésta habría querido decir que liquidaban simplemente a los varones. A veces, el instinto de periodista tenía sus inconvenientes.

    APOLO SE SORPRENDIÓ al ver la poca gente que había en el puente de la «Galáctica». Su padre estaba haciendo una comprobación de rutina del equipo con el coronel Tigh y, al entrar su hijo, se volvió y le dio una cariñosa bienvenida. Apolo se alegró de poder sentirse de nuevo a gusto con su padre.

    —Tigh me estaba informando de las operaciones normales —dijo Adama—. Quiere estar en la fiesta del planeta. Me ofrecí a relevarle esta noche, como favor especial.
    —¿No tienes ganas de ver cómo condecoran a tu hijo con el racimo de estrellas? —preguntó, confuso, Apolo.

    Adama sonrió.

    —Lo tienes bien merecido, Apolo. Pero con esta ceremonia se pretende algo más que honraros a ti, a Starbuck y a Boomer. Mi presencia abonaría en cierto modo la estrategia de Uri. Porque esta ceremonia no es más que uno de sus trucos.
    —¿Un truco? Parece extraño. ¿Un truco, honrar al hijo de su más poderoso rival?
    —Exactamente. Se propone destruir nuestras armas durante la celebración. Confía en que, llevados por el entusiasmo, no se den cuenta del daño que causan.

    Apolo maldijo su propia estupidez. ¡Claro! Habría tenido que sospechar desde el principio de todo cuanto hacía Uri. Anoche, tras observarle junto a la fuente del grog, hubiese debido comprender que aquel hombre tramaba algo.

    —¡Pero puedes impedírselo! —dijo Apolo a Adama.
    —Me temo que no. ¿Acaso no has oído los rumores, los chismes? Yo soy el villano, al menos para la mayoría de la gente. Están dispuestos a creer cuanto les diga el bello Uri. Yo fui quien os metió en este lío, ya lo ves.
    —Nadie podría creer una cosa así. Desde luego, no la mayoría...
    —La mayoría, por lo menos de momento, está con Uri. Debes recordar, Apolo, todo lo que han sufrido.
    —Soy compasivo, padre. Lo heredé de ti. Pero ahora no hay tiempo para la compasión. Tienes que hablar con toda claridad al pueblo, padre.

    Adama suspiró profundamente antes de contestar a la súplica de Apolo.

    —Estoy retirado, Apolo. Salvo para el mando de esta nave y para algunas fases de la operación total, estoy...
    —¡No entiendo que puedas hablar así! No es propio de ti. ¿Qué ha sucedido? Ayúdame a comprenderlo.

    Adama, aunque ardía en deseos de abrazar a su hijo, tuvo que mantener su rígida actitud oficial.

    —Ya lo comprenderás, hijo. A su debido tiempo lo comprenderás. Apolo se disponía a hablar, pero lo pensó mejor y salió del puente.

    Tigh se acercó a Adama.

    —No le ha sido fácil callárselo —dijo—. Tal vez ...
    —No. Necesito que esté allá abajo, en la ceremonia. Si se lo hubiese dicho, habría insistido en quedarse a mi lado. El juego es mío. Si gano, ganaremos todos.
    —Pero, ¿y si se equivoca? Uri hará que le presenten su cabeza en una bandeja.

    Adama contempló el campo estelar. Sentía que, por primera vez desde que había reunido la abigarrada flota, volvía a él la confianza.

    —No me equivoco —dijo—. Los cylones me engañaron una vez. —Frunció los párpados y volvió a parecer el viejo Adama de la leyenda galáctica—. ¡No volverán a hacerlo!

    Se volvió a Tigh. Sus ojos brillaban con la fiebre de la acción.

    —Informe. ¿El ganado?
    —Ahora está saliendo de la superficie del planeta. No hay interferencias.
    —Informe. ¿El proyecto agrícola?
    —Todo ha sido recogido, señor. El proyecto estará muy pronto terminado.
    —Informe. ¿El carburante?
    —Acaba de llegar otra carga. Muy mezquina. Y estuvo a punto de explotar cuando el piloto la dejó caer con demasiada fuerza sobre la cubierta. Parece que hay otras partidas a punto de embarcar en la superficie; pero las ovionas se retrasan.
    —Procure que no sospechen. Pero consiga la mayor cantidad de tilium que pueda. —Sí, sí, señor.
    —¡Adelante, coronel!

    Tigh, como de costumbre, se puso inmediatamente en acción. A su alrededor, la tripulación pareció responder a la renovada y bulliciosa energía del comandante. Adama recordó un cuento de su infancia sobre el despertar del gigante dormido.

    APOLO, QUE ESPERABA con Serina el ascensor que les llevaría al casino, no podía apartar de su mente la negativa de su padre a someter su caso al pueblo. Algo había que hacer con Uri, si no querían descubrir de pronto que el astuto político se había colocado en una posición de poder absoluto.

    —¡Escríbeme una poesía! —dijo de pronto Serina, sin duda para sacarle de su abstracción.
    —No podría —dijo Apolo, bruscamente apartado de sus cavilaciones—. No sabes lo que me pides.
    —¡Vaya si lo sé! Significaría mucho para mí.

    Se inclinó hacia él y le besó en la mejilla, murmurando:

    —Lo haré mejor en privado.

    Apolo estaba a punto de sugerir algo aún más concreto para cuando estuviesen solos, pero distrajo su atención un hombre que pasaba luciendo el uniforme de gala de la «Galáctica». El hombre, a quien le estaba muy ancho el cuello de la guerrera, cuyas mangas casi le cubrían los nudillos de los dedos, parecía demasiado viejo para estar en servicio de guerra. Se dio cuenta de que Apolo le observaba, pareció inquieto y se encaminó al cercano corredor como si huyese.

    —¿Qué pasa? —preguntó Serina.
    —La insignia de aquel hombre corresponde a la Escuadrilla Azul. Yo creía conocer a todos sus oficiales, pero no recuerdo haber visto nunca a ése.
    —Tal vez ha sido trasladado de alguna otra unidad. —También conozco a la mayoría. ¿Y has visto lo mal que le sienta el uniforme?
    —Bueno, ¿lleváis muy a menudo el uniforme de gala? Probablemente lo compró cuando estaba más gordo, y no se lo habrá puesto en muchos años.
    —Es una explicación.
    —En todo caso, el uniforme sienta perfectamente al invitado de honor, que, dicho sea de paso, tiene un aspecto magnífico.

    Él le apretó la mano. Pero, a pesar de la resplandeciente sonrisa de Serina, no pudo quitarse de la cabeza el desmesurado uniforme de aquel oficial.

    LAS OVIONAS, SOLíCITAS como siempre, habían arreglado todo el casino para la ceremonia. Habían dispuesto luces de colores formando dibujos florales, para dar al lugar más ambiente de fiesta. Acróbatas y artistas de variedades actuaban al fondo del gran salón. Los uniformes de gala de los hombres completaban el cuadro decorativo.

    Starbuck no podía relajarse. Mientras esperaba con Boomer junto al podio a que empezase la ceremonia, rebullía sin parar. Boomer parecía igualmente incómodo.

    —¿Te he dicho alguna vez que estás magnífico en uniforme de gala? —dijo Boomer, esforzándose en vano por mostrarse alegre.
    —Sácame de aquí —dijo Starbuck, con irritación—. Los guerreros espaciales no estamos para estos lujos, y voy a...
    —¡Cuidado! Los invitados de honor no dicen palabrotas. Sería de mala educación.

    Sire Uri, que parecía dominar absolutamente la situación, se acercó a ellos.

    —No veo al capitán Apolo. Confío en que estará bien...
    —Ha tenido trabajo a bordo de la «Galáctica» —dijo Starbuck—. No tardará en llegar.

    Uri contempló el salón lleno de gente, entre la que dominaban los uniformes azules de la «Galáctica».

    —A la vista de tantos uniformes, supongo que la mayoría de nuestros guerreros están aquí —dijo Uri—. Dejando aparte su capitán, naturalmente.
    —Bueno, Sire Uri —dijo Starbuck—, yo siempre estoy en primera fila.

    Uri, sin saber cómo había de interpretar la ironía de Starbuck, se alejó en busca de otros invitados. Boomer tiró de la manga de Starbuck.

    —No estropees el pliegue —dijo Starbuck—. ¿Qué pasa?
    —Aquellos tres tipos del fondo, los que están mirando a los acróbatas, ¿puedes decirme quiénes son? Starbuck observó a los tres hombres. Vestían uniformes de la flota colonial, pero ninguno correspondía a su medida.
    —No, Boomer. Que me aspen si les conozco. Debemos tener unos sastres muy malos, o quizás el juego y las diversiones les han hecho olvidar su oficio.
    —Deberías conocerles, Starbuck.
    —¿Por qué diablos tendría que conocerles?
    —Porque llevan la insignia de nuestra escuadrilla.

    Starbuck contempló el extraño trío. Súbitamente comenzó a caminar hacia ellos.

    —No dejes que empiecen la fiesta sin mí —gritó a Boomer.

    Uno de los tres hombres vio acercarse a Starbuck y lo señaló a los otros dos. Inmediatamente, los tres se dirigieron a los ascensores. Starbuck aceleró el paso, tratando de alcanzarles.

    AL SALIR APOLO DEL ascensor, recibió un empujón de un hombre que vestía uniforme de la «Galáctica». Iba a reprender al torpe militar, pero la puerta del ascensor se cerró sin darle tiempo a hacerlo. Había algo extraño en aquel hombre y sus acompañantes. Encogiéndose de hombros, se volvió a Boxey y le dijo.

    —Las ovionas han decorado muy bien este lugar, ¿verdad?
    —No me gustan —dijo lacónicamente Boxey.
    —Boxey está un poco enojado porque una oviona quiso impedir que trajese a Muffit a la fiesta —murmuró Serina a Apolo.
    —Pero él se salió con la suya.

    Apolo señaló el daggit—droid en los brazos del niño.

    —Naturalmente —dijo Serina—. Tiene que ser oficial de la «Galáctica», ¿no?

    Starbuck llegó corriendo y dijo a Apolo:

    —Capitán, esos hombres que acaban de tomar el ascensor...
    —Sí. He tenido un contacto bastante desagradable con uno de ellos. Pero, ¿a qué te refieres?
    —Aquí pasa algo que no me gusta —dijo Starbuck—. Creo que esos tres son unos impostores. Alguien distinto de nosotros lleva nuestros uniformes... o copias de nuestros uniformes. ¿Podemos hablar?
    —Desde luego. ¿Me disculpas, Serina?
    —Sí, pero no por mucho rato. Me llevaré a Boxey a comer algo.

    Muffit Segundo saltó de los brazos del niño y corrió al salón principal del casino. Boxey corrió tras él.

    —Tengo que ir con ellos —dijo Serina—. Pero no tardéis. No podéis faltar a la ceremonia; a fin de cuentas es en vuestro honor.

    Cuando se hubo alejado, Starbuck llevó a Apolo a un rincón apartado.

    —Bueno, ¿qué es eso de los impostores? —preguntó Apolo, recordando aquel hombre de mal cortado uniforme al que había visto en el trasbordador de pasajeros.
    —No lo sé —dijo Starbuck—. Durante toda la noche no hago más que tropezarme con hombres que no son de nuestra unidad. Pero llevan nuestro uniforme.
    —Sí; yo también he visto a uno de ellos. Tenemos que averiguar lo que sucede. Se abrió la puerta del ascensor, y los dos hombres penetraron en la cabina.

    CASIOPEA TARDÓ MUCHO rato en encontrar un rincón oscuro donde poder aislarse de la multitud. Un lugar sombrío para su humor sombrío. Cuando llegó al casino, Starbuck se mostró distante, y a ella le fastidió el cambio de talante del joven teniente. Después, el maldito y libidinoso Síre Uri le hizo numerosas proposiciones indiscretas, siguiéndola a todas partes y recibiendo sus continuas negativas, hasta que abandonó el asedio, no sin antes murmurar que ninguna socialadora podía insultarle de esta manera. Por último, el ambiente festivo la deprimió aún más, y comprendió que necesitaba soledad para mitigar la tristeza que la invadía.

    Encontró un mullido sillón, que había sido colocado detrás de una adornada mampara. Se dejó caer en él y cerró los ojos. La oscuridad no la envolvió como ella habría deseado, como solía ocurrir cuando ponía en práctica las técnicas de meditación aprendidas durante sus estudios de socialadora. Demasiadas escenas se mezclaban con sus pensamientos.

    Su desfloración ritual, practicada cuando tenía doce años, recién prestado juramento de ingresar en las filas de las socialaderas. Había sido un hombre apuesto y maduro. Como Sire Uri. La relación de éste con un recuerdo agradable habría debído hacer que Uri le gustase; pero no era así.

    La obtención de los más altos grados académicos y la concesión del galón de oro, que podía llevar en el cuello y en los bordes de sus vestidos de calle. Esta distinción obligaba a los varones gemones a tratarla con especial consideración. Su elección como oficial socialadora, con el privilegio inherente de enseñar a las jóvenes. Sus largos e intermitentes amores con un artista gemonés, la amabilidad de éste, lo mucho que ella había sentido no encontrarle entre los refugiados.

    Su única y desastrosa noche con Starbuck, el único hombre que la había tratado con exquisita cortesía desde hacía muchísimo tiempo. ¿Por qué no podía él...?

    Una oviona, que pareció salir de la pared, interrumpió sus pensamientos. Antes de que Casiopea pudiese decir una palabra, la recién llegada le tapó la boca con una de sus cuatro manos y empezó a arrastrarla hasta un ascensor oculto en la pared.

    SERINA RESPONDIÓ AL ademán de Sire Uri y se acercó al podio. Él le preguntó dónde estaba el capitán Apolo.

    —Llegará dentro de un momento —dijo ella—. Estoy segura. Uri miró a Boomer, el único de los tres oficiales distinguidos que se hallaba en el tablado.
    —Le ruego que busque a sus dos amigos y les diga que vamos a empezar —dijo Uri—. Con o sin ellos.

    Boomer no se hizo de rogar y saltó del podio, sonriendo débilmente.

    —Más tarde quisiera hablar con usted —murmuró Uri a Serina—. A solas.
    —Ahóguese en la fuente de grog —dijo Serina, con voz suave, y se alejó.

    SEETOL NO PODÍA comprender por qué le preocupaba la operación que parecía desarrollarse según lo previsto en el casino y en las diversas plantas de la colonia oviona. La mayoría de los guerreros coloniales se hallaban reunidos para la ceremonia de otorgamiento de condecoraciones. Serían presas fáciles cuando llegase el momento. Sus soldados se mostraban muy eficaces en atraer a los humanos que se apartaban de la multitud y eran llevados a las plantas inferiores. Seetol había hecho todo lo que le habían encargado. Y, sin embargo, se sentía inquieta.

    El centurión de los cylones penetró con arrogancia en el salón del trono, y tanto Seetol como su reina se inclinaron automáticamente.

    —A tus órdenes dijo Lotay.
    —Habla —dijo el centurión.
    —Los humanos han acudido en gran número.
    —¿Cuántos guerreros?
    —Hemos contado más de doscientos.
    —Mis informes indican que este número se aproxima al total. Un buen trabajo, Lotay.

    El cumplido condescendiente del centurión provocó un escalofrío de repugnancia en todo el cuerpo de Seetol e hizo que temblasen sus cuatro brazos.

    —Estamos aquí para serviros —dijo Lotay, en voz suave y grave.
    —Y habéis servido bien. Cuida de que los humanos estén distraídos hasta el final.
    —¿Cómo sabremos...?
    —Cuando la «Galáctica» sea destruida, la noche brillará un momento con el resplandor de mil soles; después, se hará la oscuridad. La oscuridad eterna para los humanos. Y sus restos serán tuyos, para tus cámaras inferiores.
    —Te estamos muy agradecidas, centurión.
    —Debéis estarlo. Lotay y Seetol hicieron una profunda reverencia y salieron del salón del trono.

    EL CAUDILLO IMPERIOSO comprendió que había llegado al fin el momento de la acción. El oficial enviado a Carillón le había informado de que los guerreros humanos se hallaban reunidos en un solo lugar. La astronave «Galáctica» y el resto de la flota contaban con un número muy reducido de tripulantes. No podían lanzar aviones para el contraataque, ni responder adecuadamente con su artillería. Podía iniciar ahora mismo el ataque contra las naves que se hallaban en el cielo y contra los humanos atrapados en tierra. Ordenó a la Fuerza Estelar Suprema que saliese de detrás del telón donde había estado emboscada desde su llegada al sector de Carillón, y pusiese rumbo al planeta. Al propio tiempo, activó otra fuerza para que fuese al encuentro de las naves que Adama había dejado atrás. Éstas eran tan débiles, que bastaría una oleada de cazas para destruirlas. Después, toda la humanidad, salvo los individuos que reclamasen las ovionas para sus plantas inferiores, sería definitivamente aniquilada.

    El jefe se permitió un momento de regocijo, como solía experimentarlo cuando emprendía una campaña de múltiples facetas. Se sentía aliviado y feliz al verse libre de la peste humana. Había luchado tanto tiempo contra ellos, que había empezado a pensar como ellos. Y se alegraba de que esto no volviese a suceder.

    APOLO Y STARBUCK NO encontraron rastro de los tres hombres raros, con uniforme de la «Galáctica», en las plantas reservadas a los invitados.

    —Tienen que estar en alguna parte —farfulló Starbuck, contrariado—. Si no están aquí, deben de haber ido a otra planta.

    Las otras plantas son inaccesibles para los humanos.

    —Pero no para las ovionas. Tal vez alguien les ha dado una invitación. Escucha: me he estado preguntando hasta qué punto son inaccesibles las otras plantas.
    —También yo he pensado en eso. ¿Lo intentamos?
    —Usted primero, capitán.

    Volvieron al ascensor. Una vez dentro de la cabina, Apolo sacó el arma que llevaba al cinto, apuntó a la placa de control y disparó. El fino rayo rojo perforó la placa, desprendiendo un disco casi perfecto de metal, que cayó al suelo. Dentro del panel, varios hilos habían sido cortados por el rayo del arma de Apolo.

    Starbuck contempló los hilos colgantes y comentó:

    —Te habrás dado cuenta de que esto es propiedad privada.
    —Creo que estamos obligados a repararlo después —dijo Apolo sonriendo—. ¿Alguna sugerencia?
    —Sí, señor. Sugiero que trates de juntar esos dos hilos.

    Apolo conectó dos de los hilos. En cuanto éstos se tocaron, el ascensor se puso en movimiento y descendió.

    —Eres jugador —dijo Apolo—. Elige una planta.
    —Yo echaría un vistazo a la que está más lejos de las habitaciones de los invitados. —De acuerdo. Apolo apretó el botón correspondiente a la planta más baja.

    Esta vez, ninguna voz suave y prohibitiva se interpuso para amonestarles.

    CASIOPEA FUE LLEVADA por su secuestradora a una cámara oscura y cavernosa, varias plantas más abajo. Se debatió durante el trayecto, y la oviona tuvo que pedir refuerzos, en voz aguda pero amenazadora. El grupo de ovionas la arrojó sobre una mesa maciza y, antes de que pudiese moverse, una cubierta parecida a un gran dosel descendió rápidamente del techo, impidiéndole la huida. Unos tubos que penetraban en aquella cubierta empezaron a soltar un gas oscuro y rojizo. Casiopea trató de contener la respiración pero, al mirarse un brazo, vio que el gas penetraba a través de la piel. Su mente le decía que debía gritar, pero su cuerpo empezaba a sentirse sumamente cómodo, extraordinariamente satisfecho. Al menguar su tensión, miró a través de la cubierta transparente. Las ovionas estaban abriendo unas cosas que parecían grandes cofres. En tres de aquellos cofres, pudo ver otros tantos hombres, en uniforme de gala de la «Galáctica», cómodamente tumbados y con una expresión de serenidad en sus semblantes. Casiopea les sonrió y esbozó un débil saludo con la mano. Tuvo la vaga impresión de unas voces humanas gimiendo a lo lejos.

    UN GEMIDO FUE EL PRIMER sonido que advirtió Apolo al salir con Starbuck a la opresiva atmósfera del corredor de la planta más baja. Sacó el arma e hizo un ademán a Starbuck, para que le siguiese en la dirección de aquel sonido.

    —Tú eres el jefe —murmuró Starbuck.

    Poco después de salir al pasillo, oyeron ruidos estridentes a su espalda. Reconociendo en aquel sonido el lenguaje ovión, Apolo giró en redondo, presto a disparar. Sin embargo, las ovionas se habían agrupado alrededor del ascensor, para examinar los daños producidos por Apolo y Starbuck, y discutían entre ellas. Apareció también la reina, Lotay, y observó el estropeado control de la cabina. Sus palabras excitadas hicieron que las demás ovionas se desperdigasen en todas direcciones.

    —Nos buscarán —murmuró Apolo—. Vayámonos de aquí.

    Al echar a correr, le pareció oír los ladridos de un daggit delante de él.

    POR FIN SERINA ENCONTRÓ a Boxey, al otro lado del imponente casino. El niño, como de costumbre, perseguía a Muffit Segundo. El daggit—droid husmeaba alrededor de una mampara decorada que aislaba una pequeña parte del salón. Como si hubiese descubierto una pista, Muffit se metió detrás de la mampara.

    —¡Vuelve aquí, daggit! —gritó Boxey, y corrió detrás del animalito.

    Serina sonrió. Ya era hora de que Boxey y Muffy comieran algo. Pasó detrás de la mampara y vio un sillón volcado. Nada más. Boxey y su daggit no estaban allí.

    «Bueno, no te espantes —se dijo—; habrán vuelto al casino de algún modo.» Corrió al salón principal. En el podio, Sire Uri había excusado la ausencia de los invitados de honor y estaba pronunciando un discurso sobre el renacimiento y la necesidad de eliminar toda animosidad, de demostrar un deseo de paz a los antiguos enemigos.

    La gente aplaudía. Serina pensó que había una atmósfera de locura en el salón. ¿Dónde estaba Boxey? ¿Dónde estaba Apolo? ¿Por qué tantas ovionas se reunían poco a poco, como en formación, cerca de las salidas del casino?

    Aceleró el paso, buscando alguien en quien pudiese confiar. Pero no encontró a nadie.

    APOLO Y STARBUCK SE apoyaron en una pared del corredor para recobrar el aliento.

    —Empiezo a pensar que tenías razón —dijo Apolo.
    —¿En qué?
    —En tus sospechas. En pensar que algo anda mal aquí.
    —Pero, ¿qué? ¿Qué relación puede haber entre el casino y las lujosas habitaciones, y todo esto?
    —Ya lo pensaremos más tarde. Ahora, lo mejor es que salgamos de aquí.

    Al parloteo de las ovionas se unieron unos ladridos delante de ellos; aquellos ruidos hicieron que Apolo se apartase de la pared y echase a correr por el pasillo, en la dirección de los sonidos, seguido de cerca por Starbuck. Los furiosos gruñidos del daggit—droid equivalían a un sistema de guía. Doblaron una esquina y vieron a Muffit Segundo, mostrando los dientes a una oviona que parecía intrigada por aquel animaloide. La oviona no cesaba de alargar uno de sus cuatro brazos, para agarrar a Muffit, pero lo retiraba en seguida cuando el daggit saltaba en su dirección, haciendo brillar sus dientes de acero. Boxey salió de un corredor contiguo y gritó:

    —¡Muffit! ¡Muffit!

    La oviona se acercó al niño, mientras sacaba de su cinto un cuchillo pequeño, pero de hoja afilada y puntiaguda. Boxey retrocedió, al ver que la oviona levantaba el arma.

    —¡Corre, Boxey! —gritó Apolo.

    El chico corrió hacia Apolo. La oviona giró sobre sus talones. Starbuck salíó de la penumbra y disparó un rayo laser contra la extranjera, la cual pareció sufrir un colapso al caer al suelo.

    —Salgamos de aquí —dijo Apolo, cogiendo a Boxey en brazos.
    —El ascensor —gritó Starbuck.
    —¡Muffit! —chilló Boxey.

    El daggit ladró y les siguió. Se detuvieron en el arco del pasillo que llevaba al recibidor donde estaba la puerta del ascensor. Apolo miró desde la esquina.

    —¡Dios mío, no! —murmuró, echándose atrás.
    —¿Qué es?
    —Una multitud de cylones se está reuniendo allí. Yo diría que es toda una brigada. —¡Cylones! Pero, ¿cómo han podido...?
    —Habrán podido abrir un paso a través del campo de minas. O tal vez ...
    —¿Qué, Apolo?
    —0 están atancando la «Galáctica». ¡Maldición! Éste es el motivo de la ceremonia. Hacernos bajar aquí, mientras los cylones nos atacan por la espalda. Y mi padre está allá arriba, con una flota fantasma. Probablemente estará...

    Muffit Segundo se asomó y empezó a ladrar. Apolo miró. Varios cylones estaban mirando en dirección al arco; sus cascos desprendían rayos de luz. Cuando vieron a Muffit y a Apolo, un oficial los señaló y un pelotón empezó a correr en su dirección.

    —¡Marchémonos de aquí! —gritó Apolo, y todos echaron a correr.

    El daggit—droid se detuvo un momento, ladrando a los cylones. Después, echó a correr también, detrás de los humanos que se batían en retirada.

    LAS HOJAS DE AQUEL cofre que parecía una vaina de legumbre envolvieron delicadamente el cuerpo de Casiopea. Su tacto era suave y aterciopelado. Unas ovionas lo levantaron y sacaron a Casiopea de la cámara. La joven empezó a experimentar una sensación de vértigo. Su impresión de paz empezó a desvanecerse. Las hojas de aquella vaina la apretaban demasiado. No podía mover los brazos ni las piernas. Todo su cuerpo estaba como paralizado. Abrió la boca para gritar, pero no pudo emitir ningún sonido.

    Llegaron a otra gran caverna. En el suelo, ocupando casi toda su superficie, había muchos recipientes como el que la aprisionaba, conectados todos ellos a una máquina situada al fondo de la estancia. La mayoría de las vainas contenían seres humanos pero, en algunas de ellas, sólo había trozos de materia roja y gris que, si se observaban bien y se llenaban los huecos que faltaban, podían reconocerse como formas humanas... Formas humanas que parecían disolverse lentamente en sus elementos componentes.

    Casiopea recobró de pronto la voz y lanzó un grito estridente.


    Del diario de Adama:

    El día en que fue aprobada su candidatura a un cargo político de poca importancia en su planeta natal de Sagitaria, Adar fue a visitarnos a Cáprica. Yo estaba entonces en casa, disfrutando de licencia durante una de aquellas treguas que parecían producirse cuando los cylones se retiraban por un tiempo de la lucha. Ila se alegraba siempre de ver a Adar (pasó mucho tiempo antes de que me pidiese que no volviese a abrirle la puerta de nuestra casa), y lo pasaron en grande charlando sobre cuestiones literarias y culturales que entusiasmaban a ambos. Yo gozaba escuchándoles y contemplando las travesuras de mi hijo Apolo, que a la sazón tenía dos años. (Atenea y Zac pertenecían al futuro.) Teníamos entonces un animalito mimado, un daggit muy juguetón cuyo principal objetivo en la vida parecía ser meterse entre las piernas de los humanos, y Apolo gustaba de perseguir al animal, de oírle ladrar y verle correr, detenerse y volverse, esperando que Apolo le atacase de nuevo. Quería mucho a aquel daggit y se afligió enormemente cuando el animal murió tres años más tarde, de alguna enfermedad misteriosa. A Ila y a mí nos costó mucho convencerle de que él no había tenido ninguna culpa de la muerte del animalito.

    En todo caso, Adar no pudo disimular su buen humor durante aquella visita. Respiraba felicidad y esperanzas optimistas para el futuro. No recuerdo gran cosa de lo que dijo entonces, pero supongo que su mensaje principal fue el mismo que utilizó más tarde con un fin mucho más siniestro: sus planes para poner fin a la guerra. Decía que la guerra estaba atascada por culpa de la corrupción de los políticos que la dirigían (por lo menos me alegré de que no les echase la culpa a los militares, pues yo acababa entonces de empuñar el timón de la «Galáctica» y era muy susceptible en todo lo tocante a su historial). Afirmó, supongo, que el principal objetivo debía ser la paz, aunque en realidad no me acuerdo con exactitud de lo que dijo. Lo único que recuerdo de veras es su alegría y su entusiasmo, que se nos contagiaron a Ila y a mí. A fin de cuentas, él estaba un poco enamorado de Ila y ella le correspondía con la misma medida.

    El día que se marchó para iniciar su campaña electoral, los tres nos dimos las manos y formulamos muchos votos tontos, ninguno de los cuales deseo registrar aquí. Lo único que quiero recordar es el tacto de las manos de ambos y las sonrisas que no podíamos borrar de nuestros semblantes. Aquel intercambio de apretones de manos y sonrisas era en aquellos días tan normal, tan acorde con la tradición de nuestra amistad y nuestro amor, que no podíamos sospechar que aquélla sería la última vez que los tres estaríamos juntos de una manera tan cordial. Es cierto que estuvimos juntos otras muchas veces, pero en aquellas visitas de Adar percibíamos siempre una impresión de estrategia, el sentimiento de que los momentos que habíamos pasado juntos en tiempos pretéritos eran parte de un libro infantil cuyos cuentos habían dejado de interesarle.

    Cuando Adar se hubo marchado, Ila permaneció abraza a mí durante un largo rato. Parecía triste. Nunca supe por qué, aunque se lo pregunté muchas veces aquellos días. Ella decía que sólo sentía tristeza. Después, el daggit, perseguido por Apolo, se metió entre mis piernas y me hizo caer al suelo. Mientras reía y me ayudaba a levantarme, Ila me dijo que se había olvidado de preparar el almuerzo y me preguntó si me conformaría con las sobras del día anterior. Le dije que sí y le pregunté de qué se reía. Me respondió que era absurdo verme caído en el suelo, y me pidió que preparase unos cócteles. Volví a abrazarla. Incluso hoy, a pesar del tiempo transcurrido me parece sentir su cuerpo acurrucado contra el mío.


    10


    ADAMA VIGILABA constantemente los trabajos de carga en Carillón. Las naves de transporte del proyecto agrícola volaban a toda prisa hacia la «Galáctica» y las otras naves, con una cosecha que superaba en mucho las primitivas previsiones. En cambio, la última petición de una nueva carga de tilium había sido recibida con las acostumbradas y corteses promesas de que pronto sería enviada, cuando se hubiese reparado cierta avería de las máquinas de transformación. Tigh se quejaba amargamente, diciendo que había muchas cubas paradas en la superficie. Los aparatos de sondeo demostraban que estaban llenas de tilium en forma volátil. Adama dijo a sus negociadores que porfiasen en su intento. Se alegró al saber que una de las cubas había sido despachada, y dirigió personalmente el meticuloso aterrizaje de la maltrecha nave en una de las cubiertas de la «Galáctica». Un oficial informó del feliz embarque de los víveres, y Adama ordenó que todo el personal agrícola volviese del planeta. Cuando hubiesen regresado los ganaderos y los agricultores, sólo quedaría en el planeta la gente que se había reunido en el casino para la ceremonia de las condecoraciones. Su sentido del tiempo le indujo a esperar unos momentos antes de enviar la orden de llamada. Le habría gustado traer inmediatamente a Apolo, pero era imposible. Sin embargo, cuando el coronel Tigh le informó de que un grupo de ovionas actuaba de una manera extraña en el casino, Adama le pidió que estuviese alerta.

    Atenea, que estaba manejando los aparatos registradores enfocados al planeta, informó de que había un número desacostumbrado de oviones y mucho movimiento en la superficie de Carillón. La excepcional oscuridad del planeta hacía difícil saber exactamente lo que sucedía. Por lo menos un avión pareció surgir de la capa de nubes que cubría una buena porción del hemisferio nocturno. La trayectoria parecía indicar que la nave, bastante grande, había salido del centro del campo de minas.

    —¿Es posible? —preguntó Atenea a su padre.
    —Lo es, si...
    —Si, ¿qué?
    —Si poseen información que les permite cruzar el campode minas sin peligro.
    —Pero una nave tan grande...
    —¿Podrías obtener una buena imagen de ella?
    —Temo que no. Entre la oscuridad y la capa de nubes y las precipitaciones...
    —Sí, comprendo. Muy bien, Atenea.
    —Sospechas de esa nave, ¿verdad, padre?

    Adama reflexionó sobre si sería peligroso decírselo. Pero parecía haber llegado el momento de aprovechar el ingenio estratégico de Atenea.

    —Creo que puede ser un transporte de tropas.

    Atenea tardó un poco en captar el significado de la información.

    —¿Cylones? —preguntó al cabo de un rato.
    —Posiblemente.

    Ella volvió a su trabajo. En las pantallas, los movimientos que antes le habían parecido extraños empezaron a tomar ahora un aspecto militar. Un oficial se apartó de la consola e informó:

    —Acabo de captar una gran cantidad de objetos que se acercan rápidamente a nosotros. Parecen haber salido de la nada.
    —Seguramente estaban detrás de una pantalla de camuflaje—murmuró Adama.
    —¿Qué dice, señor?
    —Nada. Registre esos objetos para ver si hay en ellos formas de vida.
    —Sí, señor.

    Adama apartó la mirada de la consola y observó una expresión preocupada en los ojos de su hija. Sin duda ella había comprendido las palabras musitadas al oficial.

    ANTES DE QUE SU PADRE la advirtiese del peligro, Atenea se había compadecido de sí misma, porque la habían dejado abordo de la «Galáctica». En su imaginación bullían imágenes de Starbuck persiguiendo a la socialadora. Ahora lamentaba haber actuado con tanta rudeza, haberle arrojado el guante de aquella manera. Si hubiese tenido una pizca de sentido común, habría atraído a Starbuck a las habitaciones de los invitados, esforzándose por hacerle olvidar a la gemonesa. No parecía que los hombres estableciesen relaciones permanentes con las socialadoras, lo cual la consoló un poco, hasta que recordó que Casiopea había dejado de ser realmente una socialadora. Era una ex—socialadora, capaz de utilizar sus valiosos conocimientos en nuevos sistemas sociales.

    Sin embargo, los celos estaban ahora fuera de lugar. Si sus crecientes sospechas eran correctas y si lo que sucedía en el planeta y en el espacio correspondía a otro ataque secreto de Cylón, no era momento para emociones mezquinas. ¿Por qué no había ordenado su padre que subiesen las tropas, en vez dedejarlas en el casino? Las probabilidades estaban contra ellos desde el primer momento, y el tiempo que se perdiese en traer de Carillón a los guerreros podía significar toda la diferencia entre la derrota y la victoria. No estaba acostumbrada a que su padre vacilase en su papel de jefe militar. Por otra parte, ella no había podido prever la dimisión de Adama como miembro del consejo, acto que parecía indicar un trastorno emocional. ¿Era posible que su padre estuviese perdiendo el juicio, que, debido a la dura presión a que se veía sometido, estuviese al borde de una explosión de locura? Meneó la cabeza, no queriendo pensar siquiera en esto.

    Conectando el aparato de comunicación con Tigh, que había dejado el suyo abierto, le pidió que la informase de la situación.

    —Las ovionas se están concentrando en huestes —dijo él—.Es posible que tengamos que actuar muy pronto. Si pudiésemos hacer que se moviese esa estúpida multitud...
    —¿Qué quiere usted decir?
    —Se están tragando todo lo que les dice Uri. ¿Cómo es posible? Escuche. Conectaré el transmisor, y podrá oír...

    Uri estaba diciendo:

    —... Aprovechar esta ocasión para provocar un renacimiento en cada uno de nosotros. Barrer todas las animosidades y todos los prejuicios contra cualquier hermano viviente, sea antiguo amigo o antiguo enemigo...

    La aclamación que siguió a estas palabras casi ensordeció a Atenea. Desde luego, el discurso resultaba eficaz. Pero, ¿cómo podía ser tan crédulo su pueblo? Recordó que su padre había dicho una vez que las panaceas se vendían a una moneda la docena, pero que las soluciones costaban mucho, muchísimo más caras.

    —¿Atenea? Era de nuevo la voz de Tigh.
    —¿Qué?
    —Dígale a su padre que no puedo guardar el secreto mucho tiempo más.
    —Lo haré, aunque no sé lo que quiere decir.
    —Pronto lo sabrá. El miedo que Atenea sentía al apartarse de la consola, pareció haberse duplicado.

    DE MOMENTO, STARBUCK Y APOLO se habían distanciado de los cylones que les perseguían. Los cylones no tenían fama de veloces en el suelo. Desgraciadamente, al doblar la última esquina los dos amigos se encontraron en un callejón sin salida.

    —¿Cómo saldremos de aquí? —preguntó Starbuck.
    —No lo sé.
    —¿Acierto al presumir que, además de encontrarnos en un callejón sin salida, estamos irremediablemente perdidos?
    —La presunción es correcta, teniente.
    —Bueno, siempre me ha gustado saber las probabilidades. Sobre todo cuando son de una a mil en mi contra.
    —No siempre se pueden calcular como en el juego, Starbuck.
    —¿Es cierto eso? ¿Sugieres un cálculo alternativo?
    —Starbuck, esos cylones nos encontrarán en el momento menos pensado. No hay tiempo para...
    —De acuerdo. Pero, ¿qué hacemos? ¿Ponernos hombro contra hombro y arremeter como hicimos en aquel campo de minas? ¿Y qué me dices de Boxey y de su máquina gruñidora que...?
    —Muffy no es una máquina —protestó Boxey.

    Quizá Muffit comprendió también el insulto, porque empezó a ladrar.

    —¡Cállate, daggit! —dijo Boxey. El daggit echó a correr, apartándose de ellos. Avanzó unos pasos y volvió atrás.
    —¿Qué está haciendo? —preguntó Starbuck.
    —Quiere que le sigamos —respondió Boxey—. ¡Vamos!
    —Boxey, creo que no tenemos tiempo de... —comenzó a decir Apolo.

    Pero antes de que pudiese terminar la frase, Boxey saltó de sus brazos y echó a correr en pos del perro por el pasillo. Apolo y Starbuck corrieron detrás de ellos. Cuando casi habían alcanzado al chico, el daggit se volvió hacia una zona oscura de la pared, que parecía una sombra. Boxey le siguió.

    Starbuck y Apolo cambiaron una mirada. Vista más de cerca, aquella sombra resultó ser un pequeño túnel que enlazaba el corredor con lo que resultó ser una amplia caverna. Al principio, Apolo pensó que no era más que un sector de la mina, pero cambió de opinión al mirar al suelo.

    —¿Qué es eso? —preguntó a Starbuck.
    —Parece una especie de cultivo vegetal, pero...
    —¡Dios mío!

    Simultáneamente percibieron ambos los cuerpos humanos que estaban dentro de aquella especie de vainas. Starbuck se agachó junto a la vaina más próxima y tocó a la rolliza joven que yacía en su interior.

    —Creo..., creo que jugué al hi—lo con esta mujer, el primer día que estuve en el casino. Se llamaba..., se llamaba... Dios mío, ya lo he olvidado.
    —¿Está viva? —preguntó Apolo.
    —Respira. El pulso es normal. Veamos si puedo... ¡Oh, Señor!
    —¿Qué pasa?
    —Su cuerpo. Está pegado ahí. No sólo pegado. Se está convirtiendo en parte de la vaina, confundiéndose con las hojas por debajo está... Su nuca y sus hombros, Apolo, se están descomponiendo en materia, en...
    —No podemos permanecer aquí. ¡Vamos!
    —Pero esa mujer... Y los otros... No podemos abandonarles...
    —Ni podemos saber cuáles pueden salvarse. Enviaremos un equipo. De momento, debemos pensar en los cylones. ¡Vamos! Sigamos a Muffit. Él parece saber adónde va. Cruzaron la cámara, pasando cuidadosamente sobre los recipientes sin mirar su contenido.

    Delante de ellos, un grupo de ovionas entró en la caverna acarreando cuatro nuevos recipientes. Apolo agarró a Muffit y se agachó detrás de la vaina más próxima. Starbuck y Boxey se tumbaron en el suelo, al lado de Apolo.

    —¿Qué hacen allí? —murmuró Starbuck.
    —Creo que han estado sacando gente del casino y bajándola aquí. Ésta es la explicación del casino, de que todo el mundo ganase y se sintiese feliz.
    —Pero, ¿por qué? ¿Por qué los envuelven en esas fundas y ...?
    —No estoy seguro. Tal vez somos una fuente de alimento para las ovionas; tal vez...
    —¿De alimento? ¿Quieres decir que el casino es un almacén de víveres, y las ovionas, una raza de caníbales?
    —No, Starbuck; no es eso...
    —¿Qué quieres decir?
    —Los caníbales se comen a los de su propia especie, y esto no sucede aquí, sino que...
    —Has escogido un buen momento para sutilezas. Quieres decir que nos engordan como si fuésemos reses, que...
    —Es posible. Esos hombres que acaban de traer... Veo en ellos algo familiar.

    Starbuck aguzó la mirada, observando los recipientes, que eran delicadamente sostenidos en posición horizontal, mientras las ovionas les aplicaban unos tubos.

    —¡Son los tres hombres que estábamos buscando! —dijo Starbuck.
    —Me lo había figurado. Incluso desde aquí, los uniformes parecen mal cortados.
    —Y aquel otro... ¡Dios mío! ¡Es Casiopea!

    Starbuck se levantó y echó a correr antes de que Apolo pudiese impedírselo. Corrió en dirección a las portadoras del recipiente, como en una carrera de obstáculos, saltando sobre los envoltorios que estaban en el suelo. Se lanzó sobre una de las ovionas, que se disponía a colocar los tubos en la funda que envolvía a Casiopea.

    El movimiento de Starbuck pareció activar a Muffit Segundo, el cual corrió detrás de aquél. Naturalmente, Boxey siguió al daggit. Apolo, que seguía agachado, murmuró:

    —¡Maldita sea! Y empezó a arrastrarse hacia Starbuck, sorteando o pasando por encima de aquellos objetos.

    SEETOL, ADVERTIDA DE LOS disturbios por una mensajera, corrió a la cámara donde se encontraba aquella especie de vainas vegetales. Lotay entró por otra puerta, acompañada del alto espía cylón.

    Uno de los humanos, el impetuoso joven Starbuck, se debatía entre los brazos de dos ovionas que le sujetaban. Seetol, al acercarse, oyó que decía:

    —¡Malditas! ¡No podéis convertirla en... comida!
    —No exactamente en comida, señor —dijo Seetol—. Aunque sus sustancias nutritivas son parte de lo que se absorbe. En realidad, se diluyen en un líquido que empleamos para alimentar a los pequeños cuando salen del huevo.

    Pareció que Starbuck iba a vomitar.

    —¡Perra oviona! —dijo—. Eres más ruin... —vio acercarse el cylón—, más ruin que un cylón. Seetol no reaccionó al insulto y siguió diciendo:
    —Esas vainas nos permiten extraer lo mejor de su raza. Y de otras razas, dicho sea de paso. Minerales, líquidos vitales, huesos..., que son como el material de construcción. Incluso podemos extraer conocimientos del cerebro e, información de las células del cuerpo. Puede decirse que nada desperdiciamos de ustedes.

    El centurión cylón rió roncamente.

    —Las alimañas humanas resultan muy útiles aquí —dijo.

    Unos ladridos y aullidos distrajeron la atención de Seetol. El niño humano tiraba de la pernera del uniforme de uno de sus guerreros femeninos, mientras el detestable daggit mordía la pierna de la oviona. La reina, claramente divertida por la situación, avanzó unos pasos y, con sus largos brazos, apartó al chico.

    —Tengo un plan especial para este niño —dijo a su servídora, que había sacado un arma—. Es mío. Pero, si quieres, puedes liquidar al animal.

    La oviona apuntó fríamente el arma contra Muffit Segundo, que saltaba ahora enfurecido. Apretando uno de los dos gatillos, alcanzó al daggit en el aire. Brotaron chispas del pellejo de Muffit, que cayó al suelo, convertido en un guiñapo inerte.

    —¡Muffit! ¡Muffit! —gritó Boxey.
    —¡Oh! ¿Por qué...? —gritó Starbuck.

    Retorciendo el cuerpo, se desprendió de los ocho brazos que le tenían agarrado. Saltando de pronto a la izquierda de Seetol, Apolo disparó contra la oviona que había derribado al daggit, enviando un rayo mortal a través de su cuello. Starbuck, reaccionando, rodó sobre el suelo hacia su izquierda, se levantó de un salto y empezó a disparar. Tenía buena puntería y partió por la mitad el casco del cylón. Los dos hombres siguieron disparando furiosamente, y una guardiana pareció caer a cada tiro. Seetol, indiferente al fuego, corrió hacia Lotay, para protegerla. La reina sujetaba fuertemente al niño, que lloraba a moco tendido, mirando al daggit caído.

    El fuego cesó detrás de la reina. Lotay se volvió y vio que todas sus guardianas habían sido muertas por los dos hombres. Starbuck avanzaba ahora hacia ella y Seetol.

    —¡Alto ahí, repugnante insecto! —gritó.

    Seetol se deslizó de lado, colocándose deliberadamente entre su reina y las armas de los dos hombres. Pasara lo que pasara, tenía que proteger a Lotay. Morir por su reina, sería la prueba definitiva del amor de Seetol.

    —¡Basta, Starbuck! —gritó Apolo.
    —Voy a matarlas a las dos. No tenemos tiempo de...
    —Podrías matar también a Boxey.

    La prudente advertencia de Apolo hizo que Lotay agarrase al chico con más fuerza.

    —¡Desármalos, Seetol! —gritó Lotay, con voz estridente. Condicionada a cumplir automáticamente las órdenes de su reina, Seetol saltó sobre Starbuck. A pesar de la sorpresa causada por el ataque de la oviona, el hombre pudo disparar y le atravesó uno de los brazos izquierdos. Al caer sobre él, Starbuck perdió el equilibrio. Seetol le asió el brazo, tratando de arrancarle el arma de los dedos. En el forcejeo que siguió, el arma se disparó accidentalmente. Detrás de Seetol, sonó un grito agudo que se extinguió en un estertor. Ella se volvió y vio caer a Lotay, con la cabeza casi separada del cuerpo por aquel disparo casual. El grito de Seetol pareció continuar el que lanzara Lotay, y aquélla corrió junto a su reina caída. Boxey, desprendiéndose de los brazos inertes de Lotay, se lanzó hacia Muffit.

    Starbuck apuntó su arma a la cabeza de Seetol.

    —No, Starbuck —gritó Apolo—. Ya basta. Cuida de Casiopea. Starbuck corrió a la vaina que envolvía a Casiopea, mientras Apolo se acercaba al sollozante chiquillo.

    En cuanto Casiopea se vio libre de sus ataduras, cayó en brazos de Starbuck; estaba como drogada, semiinconsciente, pero viva. Él la estrechó un momento sobre su pecho; después, la soltó y liberó a los tres hombres que vestían el uniforme de la «Galáctica». Quería interrogarles, pero sus ojos vidriosos le hicieron comprender que, de momento, no estaban en condiciones de dar explicaciones.

    Al principio, Apolo no supo lo que tenía que hacer con Boxey. Pensó que el daggit—droid caído debía recordar a Boxey la muerte de su daggit real en Cáprica. Sólo que, esta vez, nadie había podido evitar que el niño viese el cuerpo inerte del animalito. ¿Superaría el chico esta nueva pérdida? ¿O había de ser necesariamente una pérdida? Tal vez no.

    —Tenemos que marcharnos, Boxey. No podemos quedarnos aquí.
    —No quiero dejar a Muffit.
    —Sé lo que estás pensando; pero, ¿eres o no eres un cadete de la flota espacial?
    —Sí, pero.. . —Entonces, ¡en marcha, joven! Te devolveré a Muffit, lo prometo. Y ahora, en marcha, o me veré obligado a arrestarte.

    Boxey, respondiendo a la voz autoritaria de Apolo, se puso en pie de un salto. Apolo recogió delicadamente el daggit—droid. Pendían de él unos cuantos hilos, retorcidos y chamuscados. Apolo y Boxey echaron a andar, en compañía de Starbuck, Casiopea y los tres hombres uniformados, capaces de obedecer las órdenes a la manera de los robots. Mientras se dirigían a la puerta de la cámara, Apolo pensó que formaban un extraño pelotón. Starbuck marchaba en retaguardia y se volvía de vez en cuando para mirar a la afligida Seetol. Le apuntó con su arma, pero Apolo pidió a su amigo que respetase el dolor de la oviona. Ahora no constituía ya ningún peligro.

    Seetol advirtió la partida de los hombres, pero no hizo nada por seguirles. ¿Para qué? Lotay estaba muerta. Como siempre que moría una reina oviona, las pequeñas y afiladas púas de su piel tenían ahora un color mate, amarillo, casi blanquecino. Pronto se encogerían dentro de la piel.

    Muerta la reina, su vida era inútil. Nada podía hacer para mitigar su desconsuelo. Herida por el disparo de Starbuck, dejaría que la vida se escapase poco a poco de su cuerpo. Durante largo rato permaneció inclinada sobre el cadáver de la reina, emitiendo unos prolongados y agudos gemidos, que eran la versión oviona del llanto. Finalmente, la inconsciencia borró el dolor de Seetol y se derrumbó sobre el cuerpo de Lotay.

    —CREO QUE EMPIEZO A orientarme —declaró Starbuck, después de recorrer cierta distancia—. Me parece que el ascensor está por ahí.
    —Y también esa pandilla de centuriones —dijo Apolo.
    —¡Oh! ¡Malditos sean!

    Apolo empujó a los hombres uniformados hacia la pared e hizo que uno de ellos sostuviese la masa inerte de Muffit Segundo. Después, en el momento en que los cylones abrían fuego, él y Starbuck se refugiaron detrás de unos bloques de piedra. Los rayos laser arrancaron pedazos de roca de la pared. Starbuck y Apolo respondieron al fuego, y cayeron dos centuriones.

    —¿Tienes otra arma? —farfulló Casiopea, que se había arrastrado hasta donde estaba Starbuck—. Sé manejar la pistola laser. Es una de mis muchas...

    Starbuck iba a decirle que se apartase, pues estaba aún demasiado confusa. Pero, en vez de eso, le dijo:

    —Mira si uno de esos cadáveres resucitados lleva pistola.

    Señaló a los tres hombres uniformados, se volvió y disparó contra los centuriones que bloqueaban el pasillo que conducía al ascensor. Sus disparos y los de Apolo daban en el blanco, y pronto hubo un montón de cylones sobre el suelo. Ellos habían dejado de responder al fuego.

    —¡Maldita sea! —dijo Casiopea, apuntando la pistola que había requisado hacia el pasillo—. Es una imitación. ¡Esos tipos llevan pistolas de imitación!
    —No me sorprende. Pero salgamos de aquí. Este tiroteo puede atraer a algunos curiosos.

    Antes de hacer un ademán para seguir adelante, tocó la pared. Estaba iluminada por un débil pero creciente fulgor.

    —¡Apolo! —dijo Starbuck—. ¿Piensas lo mismo que yo?
    —Sí. Si todo ese tilium empieza a arder, puede producirse un incendio que haga estallar todo el planeta como una bomba.
    —Humm... Salgamos con cuidado, ¿eh? Por aquí.
    —¿Estás seguro?
    —No hay tiempo para ponerlo a votación. ¡Adelante!

    Un cylón solitario se irguió detrás del montón de cadáveres.

    Hizo un disparo en dirección a Starbuck, y otro pedazo de roca empezó a arder. Starbuck reaccionó rápidamente y mató al cylón emboscado.

    Rodeando los cadáveres, recorrieron otro corto pasillo y llegaron al vestíbulo donde estaba el ascensor.

    —Voy a decirte una cosa, capitán. Nos hemos salvado.

    La puerta del ascensor se abrió de pronto y un Boomer de aspecto pasmado salió de la cabina. Sonrió satisfecho al ver que Starbuck y Apolo estaban delante de él en el vestíbulo.

    —¡Hola, muchachos! —dijo—. ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Habéis estropeado vosotros el ascensor? Os estuve buscando por todas partes...

    Le interrumpió un disparo laser procedente de la oscuridad de un pasillo, a mano izquierda. Boomer sacó inmediatamente su arma, se agachó y empezó a disparar en dirección a los atacantes. Fue un fuego de cobertura, que permitió a Apolo y Starbuck conducir a Casiopea, Boxey y los tres hombres a través de la zona descubierta. Cuando llegaron al ascensor e introdujeron en él a los demas, Starbuck gritó:

    —¡Podemos quedar atrapados en este trasto!
    —¿Y qué más da? —gritó a su vez Apolo—. Si ese fuego se propaga y hace explotar el tilium, no importará donde estemos. Entra. ¡Vamos, Boomer!

    Starbuck apoyó a Boomer con sus propios disparos, •mientras los dos retrocedían de espaldas hacia el ascensor. Al saltar Starbuck al interior de la cabina entre las puertas que empezaban a cerrarse, apareció un centurión delante de las puertas y apuntó al joven teniente. Las puertas se cerraron justo a tiempo, aunque llamearon fugazmente al recibir el disparo del centurión en su mismo centro.

    SERINA HABÍA REGISTRADO minuciosamente todo el salón, en busca de Boxey, y se sentía cada vez más alarmada. Trató de pedir ayuda al coronel Tigh, pero el ayudante de éste, atento a un aparato electrónico que llevaba oculto en la mano, la despidió con un ademán. No sabía qué hacer. Pensó que si al menos volviese Apolo, él podría buscar una solución.

    En el podio, Uri se había ganado unas cuantas aclamaciones y un par de ovaciones. Había llegado al punto central de su discurso:

    —Por consiguiente, os pido que os unáis a mí en el espíritu de esta gran comunión y confiéis en mí y en los cylones. Pues yo os digo que esta noche será recordada como el fundamento sobre el que se erigirá el edificio de la paz, que durará eternamente. Yo os traigo la esperanza...

    Su discurso fue bruscamente interrumpido por Apolo, Starbuck y Boomer, que salieron corriendo del ascensor. Apolo apuntó su arma al techo y disparó. Todos los que se hallaban en el salón se volvieron hacia él.

    —Todos deben dirigirse rápidamente y sin atropellarse a las salidas. Es una orden. —No se muevan —gritó Uri, desde el podio—. ¡Yo mando aquí!

    Antes de que Apolo pudiese replicar, varios centuriones se unieron a las ovionas de la entrada y empezaron a disparar. Todo el mundo se desperdigó, buscando un sitio donde ocultarse.

    —¡Escuchen a Apolo! —gritó ahora Uri—. Hagan lo que él les diga. Él tiene el mando.

    Boomer y Starbuck barrieron todo el contingente de guardias de una puerta, y Uri fue el primero en salir por ella al exterior. Los restantes miembros de la Escuadrilla Roja habían sacado sus armas, y los rayos laser volaban en todas direcciones. Sonaron gritos, y las luces, alcanzadas por disparos perdidos, empezaron a apagarse.

    Serina corrió entre las mesas y las sillas caídas, en dirección al ascensor.

    —¡Boxey! ¡Boxey! —gritaba.

    Descubrió al niño agachado detrás de Apolo y lo tomó en sus brazos.

    —¡Por allí! —gritó Apolo—. Aquella salida está ahora despejada.

    Condujo a Serina y a Boxey a través de la puerta. Fuera, la lluvia azotó sus rostros. Rayos surgidos de los cascos de los cylones perforaban la oscuridad. Apolo hizo que Serina y Boxey se refugiasen detrás de la fuente de grog.

    A su alrededor, y dentro del casino, la batalla estaba en su apogeo.

    —No tenemos bastante potencia de fuego —dijo Apolo a Serina. Hay demasiadas armas de imitación en la falsa Escuadrilla Azul.
    —¿Qué falsa Escuadrilla Azul?

    Apolo le explicó el episodio de los extraños impostores de uniforme.

    —No sé lo que se propondría mi padre cuando...

    Un vehículo terrestre apareció sobre el montículo proxímo a la fuente. El teniente Jolly estaba detrás del cañón de la torrecilla. El gordo teniente empezó a disparar, y fueron cayendo los miembros de un grupo de centuriones. Jolly se había guiado por la luz de sus cascos.

    Después de decirle a Serina que permaneciese a cubierto, Apolo corrió hacia el vehículo donde estaba Jolly. Habían llegado otros vehículos terrestres de combate, y sus artilleros disparaban contra los centuriones y las ovionas.

    —¿De dónde diablos venís, Jolly? —preguntó Apolo, encaramándose al carro de combate.
    —Estamos aquí por amable invitación del comandante Adama, capitán.
    —Pero, ¿por qué... ?
    —Envió los carros de combate para cubriros en caso de que hubiese lucha en el casino. Tu padre es muy clarividente, capitán. También nos ha ordenado que reunamos a los de la Escuadrilla Roja y los enviemos de nuevo a la «Galáctica». Dice que se está preparando una batalla.
    —¿Por qué solamente la Escuadrilla Roja? Jolly sonrió, mientras lanzaba una andanada y derribada a varios cylones encasquetados.
    —La Escuadrilla Azul no asistió a la fiesta, a excepción de Boomer y Starbuck, que debían representar contigo el papel de héroes en la pequeña fiesta organizada por el consejo. Supongo que vosotros tres teníais que estar presentes, para que Uri no sospechase que no todo el personal militar estaba presente en la celebración.
    —Pero, si los azules no estaban en la fiesta, ¿quiénes eran esos tipos raros que llevaban su uniforme?
    —Todos los que pudo encontrar el comandante, capaces de ponerse un uniforme. Tendrías que haber visto la facha del que se puso el mío.
    —Creo que le vi, Jolly.

    De pronto, cesó el tiroteo. Las ovionas huían en desbandada, mientras los centuriones se batían en retirada, alejándose del casino.

    —¿Qué pretenden ahora esos malditos cylones? —dijo Apolo.
    —No estoy seguro. Un momento antes de que se desatase ese infierno, recibí un informe de que uno de los aparatos de sondeo de la «Galáctica» había registrado actividad aérea. Pensaron que podían ser aviones de caza de Cylón. Es posible que esos tipos vuelvan a sus naves.
    —Entonces, será mejor que nosotros volvamos a las nuestras, ¡y de prisa!

    Apolo saltó del vehículo terrestre. El resto de los invitados —civiles, guerreros y civiles en uniforme de guerrero— salían por la puerta principal y corrían en dirección a los carros de combate. Starbuck y Boomer reunían a los guerreros auténticos. Apolo se dirigió a ellos y les explicó sucintamente lo que le había dicho Jolly.

    —La Escuadrilla Roja tiene que salir en el primer vehículo terrestre. Tal vez no tengamos mucho tiempo. Starbuck, tú y Boomer, cuidad de los paisanos. Agrupadlos y metedlos en los transbordadores.
    —Pero, capitán —protestó Starbuck—, yo quiero ir también a mi nave.
    —Es una orden, amigo. Pero procura estar allá arriba lo antes posible, y veré de reservarte un par de cylones rezagados para que puedas hacer prácticas de tiro al blanco.
    —Muchas gracias, capitán.

    Apolo indicó a los de la Escuadrilla Roja que le siguiesen al primer vehículo terrestre. Boomer y Starbuck, con ayuda de Casiopea, empezaron a tranquilizar y organizar a los aterrorizados paisanos. Tigh se unió a la Escuadrilla Roja. Se sujetaba el brazo izquierdo, que pendía fláccido sobre su costado.

    —¿Estás bien? —preguntó Apolo—. ¿Un disparo de los cylones?
    —Sí; pero antes he derribado al menos cinco de ellos.

    Serina, con Boxey a su lado, esperaban junto al vehículo.

    —Os llevarán a los transbordadores —le dijo Apolo—. Lo siento, pero...
    —Estaremos bien —dijo Serina—. Márchate ya.

    ATENEA ADVIRTIÓ QUE LA FUERZA simbólica que había quedado en el puente de la «Galáctica» aumentó considerablemente al darse la voz de alarma; pero estaba demasiado ocupada para pensar en ello.

    —Forma positiva en la pantalla —dijo—. Múltiples vehículos de tres tripulantes.
    —La flota de Cylón ataca —dijo Adama, y Atenea asintió con la cabeza.
    —Van a caer en la trampa. Vuelva a llamar a todo nuestro personal en Carillón.
    —La operación de evacuación ha empezado ya —dijo un oficial de transmisiones—. Acabo de recibir un informe. Parece que ha habido mucho jaleo allá abajo y que el Plan R ha surtido efecto. —Escuchó un momento—. Tigh informa de que los de la Escuadrilla Roja han llegado al transbordador y han zarpado ya.
    —Bien.

    Atenea, confusa, miró a su padre.

    —¿Sabías que vendría aquí la fuerza de ataque aéreo de Cylón?
    —Sí. Que llamen al cuartel general. La sirena sonó inmediatamente, como si un oficial hubiese tenido el dedo apoyado en el botón de alarma, esperando la orden. La pantalla que enlazaba con la sala de espera de los pilotos se iluminó, mostrando un número incontable de guerreros que abandonaban sus juegos de naipes, su lectura o su descanso.
    —¡Padre! —exclamó, asombrada, Atenea—. ¿De dónde salen tantos guerreros? Toda una escuadra contesta a la llamada. No había tantos pilotos a bordo.
    —Sí que estaban. No podía decírtelo; no podía decírselo a nadie que no participase directamente en el plan. Lo siento, Atenea.

    En la cubierta de lanzamiento se encendieron cuadros de luces, correspondientes a cada una de las naves que se preparaban para ser lanzadas. Cuando todas las luces se hubieron encendido, Adama gritó:

    —¡Procedan al lanzamiento cuando estén listos!
    —Comprendo —dijo Atenea—. Retuviste algunos pilotos. ¿Toda una escuadra?
    —Sí.
    —¡Yo habría hecho lo mismo!

    Adama sonrió, cariñosamente.

    —Lo creo —dijo.

    Observaron el lanzamiento en la pantalla del campo estelar.

    Los cazas, en formación de pre—combate, ofrecían un espectáculo imponente. Adama sintió crecer su confianza. Los aparatos despegaron sucesivamente y, según lo ordenado, volaron por el estrecho corredor abierto por los tres héroes en su anterior hazaña, y salieron en fila para enfrentarse con el enemigo que se acercaba. Un oficial del puente informó de que las fuerzas de Cylón eran muy superiores en número, tal vez en proporción de tres a uno.

    —Nuestra escuadra no podrá hacer nada —protestó Atenea.
    —No estarán solos mucho tiempo —dijo Adama—. Los otros están en camino y, de acuerdo con el plan de batalla de emergencia, no tardarán en reunirse con la primera escuadra.
    —Tal vez sea demasiado tarde. ¿Dónde diablos están?
    —El transbordador se aproxima a la pista de aterrizaje —dijo un oficial.
    —¿Crees que llega a tiempo, Atenea? —preguntó Adama.

    Pero Atenea estaba demasiado absorta en la contemplación de las pantallas que mostraban las zonas de lanzamiento y los pilotos que corrían a sus puestos, para reparar en las palabras de su padre.

    LA LLUVIA CAÍA CON fuerza sobre los campos donde estaban estacionados los transbordadores. Boomer y Starbuck sacaban a los aterrorizados pasajeros de los vehículos terrestres y los empujaban a las escalerillas de las diferentes naves. Un viento frío hacía que las gotas de lluvia azotasen los rostros.

    —Me fastidian estas excursiones de placer —gritó Starbuck.
    —Escucha —le amonestó Boomer—, todos los trabajos son importantes, ¿no?
    —¡Ah! Esto se parece a las conferencias del comandante.

    Casiopea, que había ayudado a la gente a bajar del último vehículo terrestre, dijo que ya no quedaba en ellos ningún pasajero. Sus ojos revelaban que estaba ya completamente despejada. Starbuck gritó a los rezagados para que se dieran prisa.

    —Boomer —dijo—, en cuanto aterricemos, debemos correr a las rampas de lanzamiento. No quiero perderme esta acción.

    La lluvia cesó de pronto, y Starbuck reparó en una nave posada en la falda de un montículo próximo.

    —¿Qué es aquello? —dijo, señalando la nave.

    Boomer miró en aquella dirección.

    —Es un transporte de tilium. Tenían que haberlo enviado a...
    —¿Está cargado?
    —Sí. Bueno, debería estarlo. ¿Por qué?
    —Voy a hacerme cargo de él.
    —¡Pero es una carga letal! Si te atacasen, saldrías volando al cielo.
    —Magnífico. Ésa es la forma en que siempre he querido ir. Encárgate de los transbordadores. Yo...
    —Quiero ir contigo.
    —Tú tienes tu trabajo, Boomer. Hazlo.
    —Pero, ¿qué sabes tú del manejo de las naves ovionas?
    —Yo puedo manejar cualquier cosa, Boom—Boom.
    —Y puedes darte de cabeza contra las nubes.
    —Adiós, Boomer.

    Starbuck se dirigió a la nave cisterna. De pronto, advirtió que Casiopea corría detrás de él.

    —¿Qué diablos estás haciendo? —gritó.
    —Voy a ir contigo.
    —Pero...
    —Puedo serte útil. Te lo explicaré más tarde.

    TODOS LOS QUE ESTABAN en el puente se irguieron al anunciar Atenea:

    —La primera escuadrilla de defensa está a punto de establecer contacto con la fuerza atacante.

    Al aparecer la escuadrilla de defensa en la pantalla principal de la consola, Adama quedó impresionado al ver lo insignificante que parecía en comparación con la muralla de la armada de Cylón.

    —¡Por lo más sagrado...! —gritó uno de los pilotos a través de su aparato de transmisiones.

    Una de las naves de vanguardia de Cylón describió un rizo y disparó al pasar cerca de un caza. Éste recibió el impacto de lleno y estalló. Casi al mismo tiempo, otros dos aparatos fueron destruidos por los cylones. La voz de Greenbean retumbó en el puente.

    —Son demasiados. ¡Apartaos y atacadlos por los flancos!

    Los cazas coloniales lo hicieron así, pero parecían demasiado desperdigados para causar mucho daño.

    —¿Dónde está la maldita Escuadrilla Roja? —vociferó Greenbean.

    Volviéndose a la pantalla, vio explotar otros dos cazas.

    —Esto a pesar de tratar de atacarles por los flancos —gritó furioso.
    —¿Dónde están? —preguntó Adama.

    La voz de su hijo llegó con toda claridad a través del aparato de comunicación.

    —Listos y a punto de despegar.

    Se encendieron las luces de las pistas de lanzamiento.

    —¿Estáis a punto, Jolly? —preguntó Apolo.
    —Listos, señor.
    —¡Adelante!

    La Escuadrilla Roja de Apolo surcó el cielo y se adentró en el pasillo del campo de minas.

    —Llegan transbordadores, señor —dijo un oficial en el puente—. Recibidos informes de que otras naves están despegando de la superficie de Carillón.
    —¿Más cylones? —preguntó Atenea.
    —Lo veremos a simple vista.
    —¡Hurra! —gritó la voz de Greenbean en el transmisor, pues había observado la llegada de la escuadrilla de Apolo.

    EN EL COMPARTIMIENTO del piloto de la nave cisterna, Starbuck se quedó boquiabierto viendo actuar a Casiopea. Saltaba a la vista que la alta y joven socialadora conocía perfectamente la extraña tecnología de las naves ovionas. Aparatos que nada le decían a Starbuck eran fácilmente manejados por ella. Empezó a mover palancas y a pulsar botones, incluso antes de acomodarse en el asiento del copiloto.

    —¿Habías estado antes en una de estas naves, Cassie? —preguntó Starbuck. —Mi padre, en las pocas ocasiones en que me permitieron verle, pilotaba un carguero. Y no vuelvas a llamarme Cassie, o haré estallar personalmente esta nave.

    La nave empezó a trepidar.

    —¿Quieres elevarla tú misma? —dijo Starbuck—. Me parece que te gustaría...
    —Sí, pero, aunque me pese, tengo que admitir que tu instinto nos será más útil en esta ocasión.

    Starbuck se sujetó en el asiento del piloto y procuró adaptarse a la nave desconocida, guiándose por sus vibraciones.

    —¿A punto para despegar? —preguntó Casiopea.

    Ella sonrió y arqueó una ceja. Observó el equipo y respondió.

    —Muy bien. Adelante.

    Casiopea había hecho tan bien su trabajo que se elevaron inmediatamente después de los transbordadores. Pero la nave cisterna era más lenta e iba demasiado cargada. No podía mantener la velocidad de aquéllos. Starbuck vio desaparecer los transbordadores entre las nubes, dejando un fugaz resplandor rojo en sus ominosas y negras superficies. Sabía que era producto de su imaginación, pero le parecía sentir el tilium líquido volátil batiendo los costados de los pesados contenedores. Un choque más fuerte, y todo se habría acabado. Starbuck se sentiría feliz cuando depositase su carga en la cubierta de la «Galáctica», donde los expertos podrían trasladarla con cuidado a lugares más seguros.

    —El aparato registrador muestra que una flotilla de Cylón se acerca a nosotros exactamente por debajo del nivel de la capa de nubes —dijo Starbuck.
    —¿Están en apuros los transbordadores? —preguntó Casiopea.
    —No. Parece que han escapado a tiempo, o quizá los cylones no dan importancia a un par de transportes superficie—aire.
    —Por lo visto nosotros les importamos más.
    —Tendré que ensayar la táctica de evasión. ¡Agárrate fuerte!

    Starbuck niveló la nave cisterna y puso rumbo al norte, pasando por encima del casino avión y de la mina de tilium, y por debajo de las naves de Cylón que había detectado el aparato registrador. Los cylones no cambiaron de rumbo, sino que subieron entre las nubes. Starbuck miró hacia abajo. Algunas ovionas habían surgido del suelo y corrían desesperadamente de un lado a otro. Starbuck se preguntaba cuál sería la causa de aquellas locas carreras, cuando oyó un fuerte y prolongado ruido en la superficie del planeta. El estruendo pudo oírse claramente, dominando el zumbido de la nave cisterna.

    —¿Qué es eso? —preguntó Casiopea.
    —¡Una explosión en la mina! Algo hace explotar el tilium. ¡Tenemos que alejarnos de aquí!
    —¡Oh, Dios mío! —chilló Casiopea.

    Starbuck comprendió perfectamente lo que ella pensaba. Si las ondas producidas por la explosión subterránea sacudían la nave cisterna, el tilium contenido en ésta... Mejor era no pensarlo. Incluso el planeta podía estallar. Dirigió de nuevo la nave hacia las nubes. Si podía alejarse de Carillón, salir del radio de las explosiones, y esquivar a sus perseguidores; si no tropezaba con la Fuerza Estelar de Cylón, si lograba pasar entre los cazas que atacaban la «Galáctica», si conseguía realizar con éxito la difícil maniobra de aterrizaje de la nave llena de carburante volátil sobre la cubierta de la astronave sitiada..., si podía hacer todo esto, lo demás sería fácil. Montaría en su avión de caza y se uniría a sus camaradas, en la batalla suicida contra los cylones. «No te preocupes —se dijo—; todo irá bien.»

    Una segunda explosión, más fuerte que la primera, sacudió la nave cisterna.

    —¡Oh, no! —chilló Casiopea, mirando por la ventanilla lateral.

    Starbuck vio reflejos de fuego en el cristal y comprendió inmediatamente que algo ardía en la superficie de Cylón; tal vez la propia mina se había incendiado, amenazando con provocar reacciones en cadena en toda la superficie del planeta. Dirigió la nave cisterna hacia una nube particularmente oscura. Al penetrar en ella, se cruzó con una nave de Cylón que salía de la nube. Tuvo la impresión de que viraba para perseguirles, pero nada pudo ver, porque la nube les envolvía completamente.

    APOLO ALCANZÓ UNA NAVE de Cylón, haciéndola pedazos. Al mirar hacia la izquierda, vio que el avión de Jolly estaba en apuros.

    —Mira sobre el ala, Jolly —le gritó.
    —¿Cuál de ellas? —respondió Jolly—. Vienen de todos lados. Son...

    Jolly fue interrumpido por un impacto en la cola de su aparato. El avión osciló de un lado a otro.

    —Son demasiados, patrón —gritó Greenbean.
    —¿Qué quiere decir demasiados? —dijo Jolly—. Yo estoy aquí, ¿no? Espera a que den las tres, patrón.

    Apolo esquivó al cylón con un giro a la izquierda, un cuarto de vuelta y un giro a la derecha. Al terminar la maniobra, disparó y alcanzó a su atacante en el mismo centro del aparato. Éste se partió en dos y cayó. Otro caza de Cylón empezó a perseguirle y a disparar, y Apolo dio una vuelta hacia arriba y, cayendo en picado sobre el cylón, lo acribilló en toda su longitud. Se produjo una súbita explosión, y el aparato cylón saltó en mil pedazos.

    A lo lejos, vio uno de los cazas de la Escuadrilla Azul destruido por el fuego de ocho atacantes cylones.

    —No creas que pueda aguantar mucho más, capitán —gritó Jolly—. Monk ha terminado ya.
    —Haz todo lo que puedas.
    —Estoy haciendo milagros, pero no es...

    La frase de Jolly fue cortada por un trío de cylones atacantes. Apolo no pudo esperar a ver el resultado del ataque, porque se enfrentó de pronto con una docena de enemigos que le embistieron en cadena.

    UN OFICIAL DEL PUENTE informó a Adama de que cuatro de las naves de Cylón que habían aterrizado en la superficie de Carillón salían ahora de la capa de nubes, sin duda con intención de reunirse con la armada enemiga y atacar por detrás a la escuadrilla de la «Galáctica». Pero no contaban con la artillería de la «Galáctica» y del lujoso «Estrella Naciente». Sorprendiendo a las naves de Cylón cuando intentaban pasar, ambas astronaves abrieron fuego con rayos de largo alcance. Las cuatro naves explotaron casi simultáneamente. Los tripulantes del puente de la «Galáctica» prorrumpieron en vítores.

    —Se acerca otra nave no identificada —dijo Tigh—. Parece..., sí, es uno de esos cargueros oviones. ¿Van también a atacarnos? Podrían ponernos en un aprieto. ¿Ordeno hacer fuego contra ella?
    —¡No! —gritó Atenea, desde la consola de transmisiones—. Es Starbuck. Acaba de radiar un mensaje. Trae una carga de tiliurn.
    —¿Una carga de tilium? ¿Aquí? ¿En pleno combate? —dijo Tigh, con incredulidad.

    Adama soltó una carcajada; un sonido extraño para los que le rodeaban, que no le habían oído reír de tan buena gana desde hacía tiempo.

    —Starbuck es así. Preparen la pista de aterrizaje. ¡En seguida!

    Los que estaban en el puente se pusieron inmediatamente en movimiento.

    —¡Oh, no! —chilló Atenea, contemplando una pantalla.

    Precisamente detrás de la nave cisterna, un caza de Cylón había salido de la capa de nubes de Carillón y se dirigía en línea recta hacia la nave de Starbuck.

    —¡No, no pueden matarle! —gritó Atenea.

    En otro rincón de la pantalla, apareció un avión de caza que acababa de ser lanzado en la cubierta de la «Galáctica».

    —Es la nave de Boorner —gritó Tigh. El avión de Boomer aceleró para interceptar al cylón que apuntaba a Starbuck. En el puente de la «Galáctica», todos contuvieron la respiración. Al parecer, el caza de Cylón se disponía a abrir fuego contra la nave cisterna. Boorner colocó su caza en posición, entre el aparato de Cylón y la cisterna, y disparó. Un segundo después, la nave de Cylón era un montón de chispas que parecieron fugaces interferencias en la pantalla. Los del puente vitorearon una vez más.
    —Mire eso, Tigh —dijo Adama, señalando la pantalla. Después, indicó otras pantallas donde se observaba que la flota de Cylón era batida por los más pequeños pero más manejables cazas de la Flota Colonial—. Lo estamos consiguiendo. Nuestra nave está, ¿cómo lo diría?, está...
    —Volviendo a la vida —concluyó Atenea, acercándose a su padre.
    —Exacto. Es corno si la «Galáctica» hubiese estado enferma, manchada por haber eludido el combate. Ahora volvernos a demostrar lo que somos; ahora...
    —¡Un momento! —dijo Tigh—. ¡Escuchen!

    Pulsó el mando del volumen. La voz de Boomer retumbó literalmente en el puente:

    —¡Eh, muchachos, aquí estoy! Dejadme participar en esto.
    —¡Boomer! —dijo Apolo—. ¿Dónde has estado?
    —Sabes muy bien dónde he estado. En tu puerco carro de la leche.

    En la pantalla, el avión de Boomer empezó a disparar contra un trío de naves de Cylón, todas las cuales parecieron explotar al mismo tiempo.

    —Bum..., bum..., bum —dijo Boomer.
    —Hola, Boomer —dijo Apolo—. Bienvenido a casa.

    La nave de Apolo apareció en la pantalla. Sus alas parecieron rozar las del caza de Boomer, al lanzarse ambos contra una línea de aviones de Cylón.

    —¡Eh, amigos! —exclamó jovialmente Jolly—. Parece que tenemos suerte.
    —¡Y que lo digas! —gritó Boomer—. Dentro de un minuto, ¡haremos arder todo este pedazo de cielo!

    Adama se volvió a Tigh.

    —Jolly tiene razón —dijo—. Hemos tenido mucha suerte. ¿Están todos los nuestros a bordo?
    —Cuando llegue Starbuck, con su nave cisterna, habrán llegado todos. Ningún informe se recibe ya de Carillón. Las cosas andan mal allá abajo. Explosiones. —Tigh hizo una pausa—. Lástima que hayamos perdido mucha gente allá abajo.

    Adama asintió con la cabeza.

    —Sí —dijo—, y sólo se me ocurre decir que hemos visto cosas peores. No es una idea muy consoladora. Pero, ahora, todo está cambiando. Lo siento. Destruiremos a esos viscosos... Y la «Galáctica» resucitará. ¿Lo comprende, Tigh?

    Tigh miró a su jefe como si pensara que iba a volverse loco, pero asintió de todos modos.

    En las pantallas, veíanse naves de Cylón estallando en todo el cielo, mientras los insectos humanos, en sus aviones de combate, entraban y salían de las trampas del enemigo.

    Centrando su atención en una pantalla independiente, Adama y Atenea observaron cómo se acercaba Starbuck a la pista de aterrizaje.

    —Calma, muchacho —murmuró Adama.
    —No dejes que explote ahora, por favor. Por favor, no permitas que explote —susurró Atenea.

    La nave cisterna parecía demasiado grande para un aterrizaje suave, sobre todo en aquellas condiciones de guerra.

    —¡Tiene que conseguirlo, papá! —gritó Atenea.
    —Tienes razón. Si no lo consiguiese, abriría en nuestra astronave un boquete que la pondría fuera de servicio durante mucho tiempo, o acaso para siempre. Cuidado, Starbuck. Así está bien. Bueno. Ahora, despacio.

    Un pequeño fallo, una brusca sacudida sobre la cubierta de la «Galáctica», y la nave cisterna estallaría irremisiblemente. Y Starbuck se había hecho famoso por sus brutales aterrizajes. En el momento en que la nave cisterna iba a establecer contacto con la cubierta, Adama y Atenea hicieron una profunda y ruidosa aspiración de aire.

    —Vamos, valiente —murmuró Tigh.

    Starbuck colocó la nave cisterna sobre la cubierta con tanta suavidad, tan delicadamente, que aquélla pareció un objeto ingrávido. Cuando se deslizó y se detuvo al fin, otra ruidosa aclamación sonó en el puente. Adama no pudo dejar de sonreír.

    —¿Vuelo de precisión? —le dijo Atenea.
    —¡Exactamente! —gritó Adama.

    Starbuck bajó corriendo la escalerilla, mientras unos tripulantes empezaban a descargar la nave cisterna, rápida pero delicadamente. El entusiasmo de Atenea se desvaneció por un momento, al ver que la esbelta socialadora, con aire satisfecho, bajaba la escalerilla detrás de Starbuck. Pero su enojo duró poco. Al menos, Starbuck estaba vivo. Esto era lo importante.

    STARBUCK SE INCORPORÓ al combate y pagó a Boomer el favor que éste le había hecho. Una tras otra, destruyó cuatro naves de Cylón que tenían atrapado a Boomer en un ataque en cadena.

    —¿Quiere tocarme alguien para que le dé suerte? ——gritó Starbuck.
    —Starbuck... —dijo Apolo.
    —¿Qué?
    —Mira hacia atrás.

    Starbuck miró por encima del hombro. Se le acercaban dos cazas de Cylón, uno por cada lado.

    —No tiene importancia —dijo.

    Pero un torpedo laser pasó muy cerca de él y su explosión hizo que la nave de Starbuck se tambaleara. Éste describió una curva hacia arriba, para esquivar a los cylones, pero ellos continuaron la persecución.

    —Boomer —dijo Apolo——, échale una mano.
    —¿Otra vez? Bueno, lo intentaré.
    —No tardes demasiado, Boomer —dijo Starbuck.

    Otra explosión sacudió la nave de Starbuck. Boomer apuntó al atacante y apretó furiosamente el gatillo. El caza de Cylón saltó en mil pedazos.

    —Vamos, Starbuck, Boomer —gritó Apolo—. ¡Ataquemos los tres!

    Los tres aviones de caza de colocaron en seguida en formación triangular, como aquel día en que habían abierto un pasillo en el campo de minas, y se lanzaron juntos contra la muralla de naves de Cylón, disparando a derecha e izquierda, arriba y abajo. Pareció que se abrían grietas en las filas de Cylón. Se produjo una serie de explosiones en las naves más cercanas. Apolo, Starbuck y Boomer, siempre juntos, dieron media vuelta y esquivaron el contraataque.

    —Esto, por la «Atlantia» —dijo Starbuck.
    —Y por Zac —dijo Apolo.

    Otros cazas de las escuadrillas Roja y Azul se agruparon y se lanzaron contra la flota espacial de Cylón. La amenazadora oleada se estaba convirtiendo rápidamente en una ola de fuego y de naves destrozadas, observaba Starbuck mientras se lanzaba en picado contra otro objetivo.

    EN EL PUENTE, LOS informes llegaban con tanta rapidez que era difícil asimilarlos. Adama se sentía en el centro de una vasta red de comunicaciones.

    —¡Comandante! Nuestros aparatos registran una serie de formidables explosiones en la superficie de Carillón. ¡Parece como si fuese a estallar la mitad del planeta!

    Una pantalla mostró grandes incendios en la superficie del planeta. Otra reveló numerosas explosiones en el cielo, encima de la mina.

    —¿Qué es eso? —preguntó Adama. —No estamos seguros, pero pensamos que es el resto de las fuerzas de Cylón que nos atacaron a traición allá abajo. ¿Debemos perseguirles? Todos nuestros pilotos piden permiso para hacerlo.

    Adama hubiese querido dar la orden de persecución, pero era demasiado peligroso dejar que los cazas se alejasen demasiado del grueso de la flota.

    —No —dijo—. Debemos conservar nuestros recursos. Todavía nos queda mucho por hacer.
    —¿Debo ordenar a los cazas que regresen a la base?
    —No; será mejor que vayamos nosotros a su encuentro. Establezca contacto con el «Estrella Naciente» y con las otras naves. Dígales que pasaremos todos por el pasillo abierto en el campo de minas. Tenemos que salir de esta trampa y, después, prepara todas las naves para el salto hiperespacial. No sé de fijo lo que pasa en Carillón, pero no podemos arriesgarnos... Tenemos que marcharnos de aquí; existe la posibilidad de que estalle todo el planeta. Allí la situación empeora por momentos y, si nos encontrásemos entre un campo de minas y un planeta que explota, prácticamente sería como estar entre dos infiernos.
    —Sí, señor —dijo Tigh—. Pondré manos a la obra.

    Adama corrió de un lado a otro del puente, mientras ponían rumbo al pasillo del campo de minas; se puso a dictar órdenes dirigiendo la agrupación de la flota, el peligroso paso a través del campo de minas y el subsiguiente aterrizaje de las escudrillas de combate.

    LA NUEVA CRISIS SE produjo casi inmediatamente después de que las naves hubiesen salido del campo de minas. Los cylones se habían reagrupado y reconstituido su muralla de ataque, y volvían contra la flota.

    Adama se volvió a Apolo.

    —Bueno, capitán —le dijo—, ¿cuál es nuestro potencial? ¿Podemos plantarles cara, Apolo?

    Apolo apretó el botón de información en el tablero del sondeador principal y estudió los datos que aparecieron en la pantalla.

    —Temo que no, señor. Todavía son demasiados. A la larga, nos destruirían. Si no acabásemos de salir de una batalla, tal vez podríamos hacer algo; pero ahora...
    —Está bien, está bien. Después de lo que pasó aquella vez, se me hace muy cuesta arriba retirarme de otro combate. No quisiera manchar de nuevo el historial de la «Galáctica».
    —Señor, difícilmente puede ser baldón el salvar lo que queda de la raza humana.
    —Eso dije yo la primera vez.
    —Tú siempre tienes razón.

    Apolo y Adama cambiaron una sonrisa. Adama vio, por encima del hombro de su hijo, que Atenea apoyaba las palabras de Apolo.

    —Y en todo caso —terció Starbuck—, ya conoce usted la antigua máxima: no nos retiramos; sólo avanzamos en otra dirección.
    —Está bien; daremos el salto hiperespacial en...
    —No hay tiempo, señor —dijo Tigh—. Los cylones caerán sobre nosotros antes de que podamos dar el salto. Tenemos que organizar una maniobra de diversión.
    —La Escuadrilla Roja cuidará de esto —dijo Apolo, y esperó la respuesta de Adama. Tras un breve instante de reflexión, el comandante asintió con la cabeza.
    —De acuerdo —dijo—. Pero la «Galáctica » será la última nave en dar el salto. El resto de la flota saldrá primero. Apolo, sal con tu escuadrilla y distráeles, pero vuelve a tiempo para el salto. Es una orden.
    —¡Sí, sí, señor!

    Apolo echó a correr en dirección a los ascensores del puente, gritando a Starbuck, a través de la consola de transmisiones:

    —¡Reúne la Escuadrilla Roja! —Jolly y Greenbean se alegrarán —murmuró Starbuck, mientras ponía en funcionamiento la sirena.

    Hubo un momento de silencio en el puente, mientras todos observaban a los pilotos corriendo hacia sus puestos de lanzamiento y a los aviones, repostados y puestos a punto por los eficaces operarios de la «Galáctica», deslizándose por los tubos.

    De pronto, como si todos los males hubiesen sido pocos, Tigh exclamó:

    —¡Oh, Dios mío!
    —¿Qué ocurre, Tigh?
    —Algo terrible. Acabo de enviar un mensaje por el canal secreto al resto de la flota, a las naves que dejamos atrás, y he aquí su contestación. —Agitó el informe ante la cara de Adama—. Acaba de empezar un ataque contra ellas. Un grupo de naves de guerra de Cylón las está rodeando y ha iniciado el fuego.
    —¿Tienen alguna posibilidad de salvarse?
    —Sólo si pueden aguantar hasta que lleguemos allí.

    Adama se volvió a Starbuck.

    —¡Teniente!
    —Sí, señor. —Reúna la Escuadrilla Azul. Quiero que esté dispuesta para volar en cuanto demos el salto.
    —¡Sí, sí, señor! Starbuck agitó una mano, despidiéndose de Atenea, y corrió al ascensor.

    Durante los minutos que siguieron, mientras la flota se preparaba para el salto hiperespacial, la escuadrilla de Apolo volaba al encuentro de los cylones atacantes y los componentes de la Escuadrilla Azul se acomodaban en sus asientos neumáticos para el salto hiperespacial, el puente de la «Galáctica » hirvió de actividad.

    El cálculo del tiempo tenía que ser exacto, y lo fue. Cuando la escuadrilla de Apolo regresó a la «Galáctica», después de la maniobra de diversión, los mecanismos para el salto inicial estaban preparados. Y, en cuanto los pilotos de la escuadrilla se hubieron situado en sus asientos de seguridad, se efectuó el salto.

    Pasó un largo momento y, de pronto, la «Galáctica» se encontró en plena zona de ataque de las naves de Cylón contra el resto de la flota. Starbuck y los demás componentes de su escuadrilla corrieron a sus lugares de lanzamiento, subieron a sus naves y se lanzaron a la lucha. Los cylones, tan aficionados a las emboscadas, parecieron sorprendidos al hallarse bajo un fuego tan repentino como inesperado.

    SI EL CAUDILLO IMPERIOSO de Cylón hubiese podido observar la actividad guerrera a bordo de la «Galáctica», le habría pasmado el contraste entre ella y la de su propia nave. Incluso los mensajes de su red de comunicaciones llegaban de tarde en tarde, desde que los humanos habían empezado a contraatacar y... a triunfar. Las pérdidas sufridas por los cylones no tenían precedente en toda su historia. Como su tercer cerebro tenía más tiempo que el de costumbre para contemplar la naturaleza de su derrota, podía seguir la pista de sus errores hasta un tiempo muy remoto. Pensó que su mayór error había sido provocar un conflicto con los seres humanos. Pero, fuese cual fuere la interpretación que diese a la derrota, su mente volvía una y otra vez a los estragos producidos por la peste humana.

    El universo había conservado el orden hasta que los humanos empezaron a afirmar su posición. Incluso entonces, los cylones habían evitado los enfrentamientos directos durante algún tiempo. Cuando trataron de convencer a los humanos para que abandonasen las zonas del espacio que habían usurpado, éstos desdeñaron sus razones. La única solución era la guerra. Aunque los cylones habían lanzado el primer ataque, en realidad fueron los humanos quienes precipitaron la guerra con su terca intervención en los asuntos internos de Cylón y con su negativa a abandonar las colonias y regresar al sector del universo de donde procedían.

    El jefe escuchó las grabaciones de los caudillos anteriores y examinó todos los contactos que habían tenido los cylones con el enemigo. Los humanos eran como una epidemia. En cuanto infectaban una zona con su presencia, no había ya remedio; la epidemia se extendía hasta contagiar todas las formas de vida. Así habían contagiado a los cylones, arrastrándolos al nivel actual, que era el más bajo de su historia.

    La derrota de las dos fuerzas de Cylón por el pequeño contingente de naves de combate de los hombres había dejado pasmado al Caudillo Imperioso; sobre todo, la manera en que sus naves se habían dejado sorprender por la operación de diversión del capitán Apolo y de su gente era lamentable. El jefe sintió una llamarada de odio al pensar en Apolo; a fin de cuentas, éste era hijo del aborrecido comandante Adama, principal artífice de todas las victorias de los hombres. Nadie habría imaginado, por ejemplo, que volviese junto a unas naves casi arruinadas y que viajaban lentamente por el espacio, y que tendiese una emboscada a los cylones atacantes: la última y espantosa derrota que tenía que considerar ahora el Caudillo Imperioso. Toda su campaña habría podido triunfar, de no haber sido por estos dos hombres, Apolo y Adama. Lo que deseaba ahora más ardientemente era librar al espacio de aquellos dos hombres desenfrenados. Sería un gran placer poder torturarles personalmente, al padre y al hijo. Bien, todavía tenía una posibilidad de matar a Apolo y Adama.

    Pero no, no debía alimentar estas fieras ideas de venganza. No era digno de quien poseía un tercer cerebro. Ni tampoco debía rumiar la serie de derrotas sufridas, sino elaborar nuevas estrategias de ataque.

    Gradualmente, se fue haciendo la luz sobre la realidad de su posición. Cualquier otro Caudillo Imperioso, al advertir la importancia de las derrotas sufridas, habría dimitido inmediatamente y decretado su propia muerte. Era la única solución lógica. Su muerte habría sido el precio de permitir que los humanos sobreviviesen, cuando su aniqúilación era segura. Pero no podía hacerlo. No; él debía sobrevivir. Era esencial. Debía perseguir a los odiosos Adama y Apolo, y al resto de su apestosa raza, fuese cual fuere el lugar del universo al que se dirigiesen con su renovada fuerza y su nueva carga de combustible. Todos los informes indicaban que, después de la derrota de los cylones, habían desaparecido con sus naves hiperespaciales, o convertidas para el salto hiperespacial, de la bolsa camuflada que habían ocupado en el espacio. Todavía no habían sido localizadas. Pero las descubriría. Y entonces, las perseguiría de nuevo. Y mataría a todos los hombres. No podía morir sin haber realizado esta aniquilación definitiva. No podía otorgarse el discutible privilegio del suicidio, refrendando un fracaso histórico.

    Se le ocurrió pensar que otros caudillos no habrían tenido tantos escrúpulos para renunciar a su posición y morir. No habrían odiado tanto como él, ni buscado obsesivamente la venganza. Y se preguntó a qué se debería su obsesión. De pronto, comprendió la causa. Se había enfrentado con los humanos y pensado como ellos, durante tanto tiempo, que se había convertido en un ser semejante a ellos. Su deseo de venganza era perfectamente humano. Tal vez era ésta su mayor derrota: había llegado a parecerse a su enemigo. Pues bien: que fuese así. Destruiría lo que había de humano dentro de él, destruyendo a los humanos. A Adama, le mataría personalmente. Pero, de momento, debía esperar.

    ADAMA LEVANTÓ su copa de plata para iniciar el brindis. Todos los que estaban sentados a la mesa circular, en el centro del puente, tripulantes, civiles y miembros del consejo, guardaron silencio. Les miró un momento y contempló después la pantalla del campo estelar que se extendía detrás de ellos. Parecía como si las estrellas de esta parte del espacio resplandeciesen más que nunca. Y se sintió optimista, esperanzado.

    —Brindo por nuestras victorias y por la consecución de nuestros objetivos —empezó diciendo. —¡Bravo! ¡Bravo! —dijo el consejero Anton, sentado a la derecha de Adama.
    —Y les pido que recuerden un momento a los hombres ymujeres que murieron en la invasión de los doce mundos por Cylón y en los sucesos que siguieron, en los que tanta bravura desplegaron los miembros de nuestra flota.

    Hubo una pausa momentánea, y muchos de los reunidos inclinaron la cabeza en su muda oración. Adama continuó su discurso:

    —Espero que de todo esto, de toda esta tragedia, se derive algún bien. Aunque estoy seguro de que siempre habrá traidores, ya sean humanos, como el conde Baltar, ya sean extranjeros, como los cylones. Miró en la dirección de Sire Uri, que se encogió un poco en su silla, felicitándose en secreto de que el comandante no le hubiese incluido en su lista de villanos. Tal vez su dimisión como miembro del consejo había mitigado el enojo que sentía Adama contra él.
    —Deseo aprovechar esta ocasión —siguió diciendo Adama— para anunciar oficialmente mi aceptación del cargo de presidente del consejo y para darles las gracias por haberme elegido.
    —Nosotros no le elegimos —le interrumpió el consejeroAnton—. Sólo nos retractamos y rasgamos su documento de dimisión.
    —Sea como fuere, les doy las gracias. Ahora vamos a buscar un sitio para nuestra raza, un lugar donde establecemos y que podamos poblar en paz. Un lugar del universo donde podamos poner de nuevo a prueba nuestra energía. Tal vez lo encontremos en el planeta que nuestra mitología llama Tierra. Veo que, esta vez, nadie se ríe cuando menciono la Tierra. Tal vez ahora creen que nuestra pequeña y abigarrada flota puede hacerlo, puede realizar esta búsqueda mientras huimos de la tiranía de Cylón, puede redescubrir el brillante planeta Tierra. Señoras y caballeros, brindo por... ¡la esperanza!

    Todos bebieron y empezaron a comer. Fue un sencillo banquete, a base de los productos agrícolas obtenidos durante su breve estancia en Carillón. Muchos de los reunidos se maravillaron de que esta sencilla comida fuese mucho más apetecible que los exóticos platos que les habían ofrecido las ovionas. Los consejeros, en particular, convinieron en esto. Paye, mediante análisis de sangre, había podido comprobar que Lotay había echado drogas en la comida de los consejeros, predisponiéndoles a compartir ideas que jamás habrían aceptado en circunstancias normales.

    Serina, a quien sólo un comensal separaba de Adama, se inclinó hacia éste y le dijo:

    —Usted cree realmente que encontraremos ese sitio, esa Tierra, ¿verdad, comandante?
    —Sí, lo creo. Comprendo la implicación de su pregunta de periodista, Serina: que perseguimos un sueño. Pero, a veces, vale la pena perseguir los sueños. Durante el trayecto, ¿quién sabe lo que podemos encontrar, lo que podemos aprender?
    —No me interprete mal, comandante. Estoy completamente de su parte.
    —Le agradezco que me diga esto. Recientemente, hubo momentos en que no estuve del todo seguro de quién estaba de mi parte, incluidas personas muy próximas a mí.

    Atenea apoyó cariñosamente una mano en el brazo de su padre, y Apolo asintió con la cabeza.

    —Pero no hablemos de estas cosas, ahora que todo está tranquilo y podemos subvenir a nuestras necesidades esenciales. Hoy es un día de alegría.
    —Estoy de acuerdo —dijo Starbuck.
    —Sí, ¿verdad? —dijo Atenea, con una mirada significativa a Casiopea, que estaba sentada delante de ella.
    —Yo estoy en paz contigo —dijo Casiopea.
    —Procura continuar así.
    —No.

    Casiopea la miró con furia, pero en seguida se echó a reír.

    —Muy bien —dijo—. Adelante.
    —Te pareces a mí —dijo Starbuck.
    —Diez a uno a que no —dijo Atenea.
    —¡Eh, Starbuck! —gritó Boomer, desde lejos—. ¿Cuándo vas a pagarme por salvarte la vida allá arriba?
    —Yo salvé la tuya después.
    —Y yo volví a salvar la tuya después de esto, amigo.
    —Come y calla, Boom—Boom.

    La comedia de Starbuck y Boomer contribuyó a aumentar el aire festivo de la reunión.

    Apolo se inclinó hacia Serina y murmuró:

    —Se supone que esto es una fiesta. Sin embargo, te veo un poco desmayada.
    —¿Se nota?
    —Sí; y eres demasiado bonita para estar triste.
    —Por favor, prescinde de la estrategia militar. Sabes que, conmigo, no te hace ninguna falta.
    —Lo siento. Pero me cuesta dominar mis instintos militares.
    —Inténtalo.

    Apolo sonrió. Una sonrisa casi irresistible para Serina.

    —Lo haré —dijo él—. Pero todavía no me has dicho por qué estás triste, Serina. Ella contempló su plato y revolvió un espárrago con el tenedor.
    —Bueno, es... es por Boxey. Ya sabes cuánto le quiero y, bueno, no puedo estar contenta, viéndole tan afligido.
    —Ya advertí hace un rato, en el pasillo, que no parecía muy animado. ¿Qué le pasa?
    —Es por Muffit Segundo. Boxey no se consuela de haberlo perdido.

    Apolo se dio una palmada en la frente.

    —¡Lo olvidé! ¿Cómo pude olvidarlo? Le había prometido que... Serina apoyó una mano en el brazo de Apolo.
    —Nada podías hacer por cumplir tu ofrecimiento, con todos esos combates y ...
    —Pues hice algo. ¿Dónde está Wilker? ¡Wilker! ¿Dónde está?

    El doctor, sentado lejos de él, respondió a su llamada y se levantó.

    —¿Lo ha traído? —le preguntó Apolo.
    —Claro que sí —gritó Wilker—. Sólo esperaba que me dijese lo que he de hacer con él.

    Levantó una caja grande de cuero.

    —Muy bien —dijo Apolo, y se volvió a Serina—: ¿Dónde está Boxey?
    —Iré a buscarle.

    Serina estuvo muy poco rato ausente. Cuando volvió, llevaba asido del brazo al niño, que la seguía de mala gana. Boxey parecía muy alicaído.

    —¡Eh, cadete! —dijo Apolo—. ¿Por qué estás triste?

    Mientras le hablaba al niño, hizo una seña a Wilker para que se acercase.

    —Estoy bien. Quiero volver a mi habitación —dijo Boxey.
    —Pero estás invitado a nuestra fiesta de la victoria —le dijo Apolo.
    —No quiero comer nada. No tengo hambre.
    —Está bien; Muffit ocupará tu asiento.
    —¡Apolo! —exclamó Serina.
    —Doctor Wilker, ¿trae usted la mercancía?
    —Aquí está.
    —Abra la caja.

    El doctor abrió la caja, y Muffit Segundo dio un salto y fue a caer sobre una fuente de puré de patata. Después de sacudirse la comida de las patas, saltó a los brazos de Boxey. El niño estaba transfigurado; sus ojos resplandecían de gozo.

    —¿Qué me decías? —preguntó Apolo a Serina.
    —Te preguntaba cómo lo habías hecho.
    —Fue muy fácil. A fin de cuentas, Muffy es un droid. Lo único que tuvo que hacer el doctor Wilker fue arreglar algunos hilos, reparar algunos mecanismos y poner algún parche al pellejo..., ¿verdad, doctor?
    —Una reparación bastante sencilla.
    —Sí. Y el doctor tiene un complejo de remendón. Tiene que reparar cuanto cae en sus manos. El doctor es mejor que todos los cortesanos y todos...
    —¡Oh! Cállate, Apolo, y deja que te abrace —dijo Serina.

    Boxey, que no soltaba a Muffy, se acercó a la mesa, deslizándose entre Serina y Apolo. Se llevó varias cucharadas de comida a la boca. Serina levantó su copa, mirando a Apolo, y sus labios formaron estas palabras: «Gracias, mi amor».

    Adama sonrió a la feliz Serina. Ésta volvió a alzar su copa y dijo al comandante:

    —¡Por la Tierra!


    Fin



    Ediciones Martínez Roca, S. A.
    Título original: Battlestar Galactica, publicado por Totem Books, Ontario.
    Published by arrangement with Berkley Publishing Corporation and MCA Publishing
    Traducción de J. Ferrer Aleu
    Cubierta: Gecst/Hoverstad
    © 1978 by MCA Publishing, a Dívision of MCA Inc.
    © 1978, Ediciones Martínez Roca, S. A.
    Avda. José Antonio, 774, 7.0 Barcelona—13
    ISBN 84—270—0478 —8
    Depósito Legal: B. 34631 —1978
    Impreso en Gráficas Diamante, Zamora, 83, Barcelona —18
    Impreso en España —Printed in Spain