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  • Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
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    S3
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    B2
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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL HOMBRE DEL TOQUE MÁGICO (Stephen Vizinczey)

    Publicado el martes, marzo 28, 2017

    Para Neb y Eoz


    1. ESTADÍSTICAS


    EL NÚMERO DE SUICIDIOS aumenta en época de vacaciones. Es un hecho curioso, que tiene su explicación. Durante el resto del año, la gente anda atareada, agobiada, muy cansada para pensar las cosas despacio. Pero, cuando está lejos de casa y del trabajo, el individuo tiene tiempo para cavilar sobre sus penas y abandonarse a la desesperación. Sólo entonces encuentra la energía necesaria para sacudirse la inercia y hacer algo fuera de lo corriente.

    Al cabo de una semana de descanso en la playa, Jim Taylor estaba tan inquieto que no podía dormir. Amargado por los disgustos, se pasaba la noche dando vueltas en la cama y tratando de imaginar qué sentiría uno al ahogarse.

    Recordaba los insomnios de su niñez. «¡No puedo dormir!», gritaba, y su madre subía corriendo, se sentaba en la cama y se ponían a charlar o se leían libros en voz alta el uno al otro. Al rememorar aquellos momentos de dicha completa, le pareció oír la voz risueña de su madre y sentir en la cara la caricia sedosa de su pelo castaño cuando se inclinaba a darle un beso. Durante un momento, pensando en su niñez, se sintió feliz; pero luego recordó el resto de su vida.

    ¿Estaría fría el agua?, se preguntaba. ¿Y por qué había tanta luz fuera?

    Se levantó, procurando no despertar a su esposa, que dormía plácidamente, sin sospechar sus intenciones. La doble puerta cristalera de la terraza estaba replegada, para que entrara el aire puro. El chapoteo de las olas en la playa ahogaba el ligero ruido que hacía él al moverse. Cuando se puso las gafas, pudo ver perfectamente, al resplandor de la clara noche. Sintió la tentación de mirar a Lesley por última vez, pero no se atrevió. Llevaban casados treinta años y estaban tan compenetrados que podían despertarse el uno al otro con la mirada. Lesley era hipersensible; tenía una piel tan susceptible que notaría en los brazos el paso de sus ojos.

    Pero no se decidía a dejarla, y se había quedado de pie, descalzo en el frío suelo de mosaico, escuchando su respiración y mirando el borde de la cama. Ya le parecía verla por la mañana, amodorrada, extender la mano hacia él, sentarse en la cama, mirar en derredor, llamarle, suponiéndole en el baño. Estaban acostumbrados a levantarse juntos, y lo echaría de menos, lo buscaría por el apartamento, llamaría a recepción. ¿Para entonces la corriente ya habría devuelto su cuerpo a la playa? ¿Cómo le darían la noticia?

    ¡No; ésta no era forma de poner fin a un matrimonio! Ella era una buena esposa y merecía algo mejor. ¿Cómo se las arreglaría para hacer los trámites del entierro en un lugar extraño? Era su primer viaje a Florida, vacaciones de Navidad. ¡Pobre muchacha! ¿A quién llamaría para pedir ayuda? Sus padres y su hermana mayor hubieran acudido a su lado en el primer avión, pero no podía llamar a las tumbas. Ni él ni Lesley tenían parientes próximos; por lo menos, con los que se trataran. Los dos estaban en la cincuentena y ninguno podía contar con nadie más.

    ¡Si hubieran tenido hijos!

    Este pensamiento aguijoneó su sensación de culpabilidad; Lesley no tenía hijos a los que acudir. Se le llenaron de lágrimas los ojos al pensar en lo sola que se sentiría cuando le dijeran que habían encontrado el cadáver de su marido. Pero no se le ocurrió volver a la cama para ahorrarle la aflicción.

    Se oyó roce de sábanas y el ruido que hace una persona al darse la vuelta en la cama. ¿Notaba que se había levantado? Contuvo la respiración un momento y salió del dormitorio sin mirarla. Estará triste una temporada, se dijo, pero antes o después se acordará del niño y dejará de llorarme. Se fue al baño, sin hacer ruido en las baldosas con los pies descalzos. Era una noche tan clara que, con lo pequeña que era la ventana del baño, no tuvo que encender la luz. Es imposible que siga queriéndome, imposible, simple obstinación, pensaba mientras se embutía en el bañador, tensando el elástico con el abdomen. Pensó que, cuando lo incineraran, toda aquella grasa repugnante ardería, y se alegró.


    LA NOCHE en la que Jim Taylor decidió suicidarse figura en los anales de la Historia Natural entre huracanes, inundaciones, terremotos, erupciones volcánicas y cometas. Los lectores que habitan en el hemisferio boreal, entre los 17 y los 32 grados de latitud y que tuvieran la suerte de estar despiertos, sin duda recordarán vividamente el espectacular fenómeno cósmico que tuvo lugar en la madrugada del 12 de enero de 1994.

    En el sur de los Estados Unidos, México y el Golfo duró desde la 1.56 hasta las 2.47 horas.

    Hacía varios días que el Centro Espacial de Houston había captado la veloz columna de gases incandescentes y minúsculos meteoritos con la nueva cámara planetaria que los astronautas de la NASA habían instalado en el telescopio Hubble el mes anterior; pero los técnicos supusieron que algo habría vuelto a averiarse, y revisaban y volvían a revisar los instrumentos, para no dar una falsa alarma y exponerse a que les recortaran el presupuesto. El aviso se dio sólo diecinueve minutos antes de que el haz de detritos cósmicos inflamados —una columna de explosiones nucleares que viajaba a gran velocidad— atravesara el sistema solar lamiendo nuestra luna.

    Tal como disponen las normas de procedimiento fijadas para casos de emergencia nacional, se interrumpieron todas las emisiones de radio y televisión, para transmitir el aviso de la NASA de que iba a producirse un «fenómeno cósmico que no debía tener efectos adversos en la Tierra». Se pedía a la población que permaneciera en casa y conservara la calma. Esto provocó el pánico general.

    «¿Que no debe...? ¡¿Luego no están seguros?!», fue la exclamación que se oyó en los hogares que escuchaban los informativos de última hora. Después del anuncio, hubo emisoras norteamericanas y mexicanas que difundieron el himno nacional.

    Con la cara oscura de la luna vuelta hacia la Tierra, la noche era negra, pero en un momento una claridad diurna disipó la oscuridad. Las pocas nubes que había en el cielo parecían arder. Pese a la recomendación de que todo el mundo se quedara en casa, cientos de miles de personas se precipitaron a la calle; quizá por curiosidad, quizá por el deseo de formar parte de una multitud, de no tener que enfrentarse solos a lo que tuvieran que enfrentarse. Los alarmistas hicieron correr el rumor de que las centrales nucleares de Florida se habían desintegrado y que las informaciones de la radio y la televisión eran mentira.

    Hasta este momento, después de múltiples conferencias científicas en las que los especialistas en la materia han disertado sesudamente sobre la «cola de cometa, sin el cometa», su origen y trayectoria galáctica siguen siendo un misterio. Las teorías sin confirmar sobre el hecho aún ayudan a vender periódicos.

    En Gulf Views nadie se enteró de la Gran Luminaria; clientes y empleados dormían, todos salvo Jim Taylor, y él estaba muy ocupado en hacerse recriminaciones para prestar atención a aquella asombrosa luminosidad.

    El pánico duró poco.

    La luz no quemaba, ni siquiera despedía calor, no arrastraba polvo, no hacía variar la temperatura del aire; parecía sólo luz, pura, fresca, diáfana e inofensiva.

    Y la gente, no se sabe exactamente por qué, quizá por simple alivio, se sintió tranquila, animada, alborozada por la visión. No; había algo más. Al ser alcanzados por una luz procedente del espacio exterior, que no era el centelleo lejano de las estrellas sino una luz potente, capaz de hermanar como nos hermana la luz del sol, los espectadores tuvieron un atisbo de la inmensidad del universo, que no hay número que pueda sugerir, por más ceros que lleve. Una inmensidad que no puede imaginarse, pero que puede sentirse. Aquella noche, los que miraban el cielo la sintieron.

    Cuando contemplamos el universo, forzosamente tenemos que ser conscientes de nuestra insignificancia. A la escala de la Creación, nuestra Tierra es una mota de polvo, y nosotros, una parte infinitesimal de ella. No obstante, aquella noche, a pesar de no ocupar más que los pocos centímetros cuadrados de terreno que cubrían sus pies, los habitantes de la Tierra se sentían gigantes. Se sentían parte de la inmensa totalidad de materia y espacio. Les inundaba el gozo de percibir todo el Cosmos. Estaban en contacto con todas las galaxias. Era un sentimiento tan elemental y estimulante, una alegría tan profunda, que miles de personas que sufrían depresión crónica se curaron definitivamente.


    TAMBIÉN JIM TAYLOR fue afectado. Al salir del apartamento a la galería descubierta que discurría por la fachada posterior del edificio, se encontró bajo un cielo extrañamente radiante, y su luz lo sacó bruscamente del pasmo de la desesperación.

    En el luminoso jardín, se duplicaban las palmeras de abundante y lustrosa fronda, al cobrar sus sombras, de tan oscuras, densas y nítidas, tanto relieve como los mismos árboles. Jim advirtió por fin que algo mágico ocurría: todos los pájaros estaban despiertos y cantando sus tres notas musicales. Nunca había visto una noche tan clara. Aquella extraña luminosidad le agudizó los sentidos y le levantó el ánimo.

    ¡Por qué no ha de volver a casarse y ser feliz!, se dijo con súbito optimismo pensando en el futuro de su esposa. Es una mujer valiente y luchadora, seguirá enseñando y todos los días verá a ese profesor de matemáticas. Hace años que la mira con ojos tiernos, ¡y es viudo!

    Se sintió en paz con su conciencia mientras se escabullía en plena noche: lo que hacía era propio de un marido considerado. Vivo, no era de ninguna utilidad para su esposa; pero podía convertirla en una viuda rica, con casa propia en una de las mejores zonas de Londres. Le dejaba dinero suficiente para liquidar la hipoteca del gran piso de South Kensington y aún le quedaría algo para imprevistos. Tenía un seguro de vida de trescientas mil libras.

    Si se suicidaba, no valdría la póliza; pero nadie podría demostrar que no se había ahogado accidentalmente. ¡El plan perfecto!

    Él, que nada sabía de estadísticas de suicidios, suponía que la compañía de seguros no sospecharía que se había ahogado deliberadamente mientras estaba de vacaciones en un complejo de lujo de una isla situada frente a la costa del golfo de Florida.


    2. LA LLAVE


    TERESA RAMOS, CONSERJE de noche de Gulf Views, una joven de pelo y ojos oscuros y tez pálida, que estaba en el octavo mes de gestación, dormitaba detrás del mostrador en un sillón giratorio traído del despacho del director, dando un descanso al niño que llevaba en su seno, cuando la despertó una aparición alarmante.

    El reluciente vestíbulo, todo cristal, cromados y mármol rosa, tenía empaque, sobre todo vacío y a la media luz del alumbrado nocturno, por lo que nada podía resultar más incongruente que aquel hombre obeso, en bañador y con una toalla amarilla al cuello que le llegaba a la mitad del peludo pecho. Ni más sorprendente. Porque el huésped de la 406 les hacía mucha gracia a todos los empleados del hotel, por su extremo pudor. En cuanto salía de la piscina, se ponía el albornoz y hasta para pasear por la playa se vestía. Y ahora se presentaba en el vestíbulo, donde era obligatorio ir vestido, casi tan desnudo como su cráneo, con una sonrisa de oreja a oreja y las gafas torcidas. La joven fue a preguntarle si le ocurría algo, pero desistió.

    —Voy a nadar un poco, Teresa —dijo—. Si mi mujer se despierta y pregunta por mí, dígale que no tardaré.
    —¡Pero, Mr. Taylor, no puede ir a la playa a esta hora!
    —¿Qué dice?
    —Por la noche está cerrada la verja, por seguridad. Para que no entre nadie desde la playa en el recinto del hotel.
    —Pues déme la llave de la verja.
    —No estamos autorizados a dar la llave.
    —¿Por qué?
    —Porque los clientes podrían dejar abierta la verja. O perder la llave, para que la encontrara un indeseable. ¿Y si entra un drogadicto a robarle y le corta el cuello mientras duerme?

    La mujer pensó que había convencido al huésped de la 406, que pareció sobresaltado por su observación y se quedó mirándola, pensativo, con sus gafas torcidas. ¿Cómo iba ella a apinar que aquel hombre pensaba que ojalá alguien le hubiera cortado el cuello mientras dormía, de un tajo rápido y limpio, que le hubiera matado sin despertarle? ¡Ahora estaría muerto y no tendría que tomarse la molestia de ir a ahogarse!

    —Mr. Taylor, si no puede dormir, me permito sugerirle que vaya a la sala de televisión y saque una cinta de la videoteca.
    —Teresa, le he pedido la llave —dijo él con impaciencia, temiendo que le flaquearan las fuerzas.
    —Es que es peligroso nadar en el mar sin que alguien le vigile. Es por su seguridad, ¿comprende?

    Las mejillas redondas y el pecho carnoso de Jim Taylor se tiñeron color de rosa. Se enderezó las gafas, asió los dos extremos de la toalla que llevaba colgada del cuello y les dio un tirón amenazador.

    —¡Ya no soy un niño y puedo cuidar de mi propia seguridad! —dijo secamente—. Soy muy buen nadador. Y tenía la impresión de que esto era un hotel, no una cárcel. ¡No me entretenga más!

    A Teresa se le crispó la cara. Abrió un cajón, revolvió entre bolígrafos, llaves y clips y le entregó una llave plana de cabeza cuadrada un poco mellada.

    —¡No la pierda, por favor! —dijo con voz de hastío, permitiéndose demostrar que estaba ofendida—. Y devuélvamela cuando regrese.

    Instantáneamente apaciguado, él le dio las gracias por la llave y prometió devolvérsela.

    —Mire, la pondré en el bolsillo del bañador. Como tiene cremallera, no se perderá.

    Teresa no contestó.

    —¿Y para cuándo espera el niño, Teresa? —preguntó él, solícito, tratando de reparar su exabrupto.
    —Seguiré aquí por la mañana —respondió ella secamente sin mirarle.
    —¡Bien, hasta luego! —Para demostrar que estaba pletórico de vida y alegría, le dedicó lo que él creía una sonrisa cordial y en realidad parecía una mueca espantosa—. Hace una noche tan hermosa que da pena desperdiciarla durmiendo. Pero, si mi esposa pregunta...

    Teresa se ablandó un poco al verle tan preocupado por su esposa.

    —Esté tranquilo, Mr. Taylor —le dijo, dignándose mirarle por fin—. Si llama, le diré que ha ido usted a nadar.
    —Gracias, Teresa. ¡Trate de volver a dormir!

    Taylor cruzó el vestíbulo en dirección a la puerta trasera pisando garbosamente con sus pies descalzos el frío suelo de mármol y canturreando una alegre melodía. Quería que Teresa pudiera decir a la policía que estaba de buen humor cuando salió del hotel. No le importaba que el bañador y la toalla dejaran al descubierto la mayor parte de su cuerpo. Ya se sentía por encima de las preocupaciones terrenas y no se le ocurrió atormentarse con la idea de que aquella bonita mujer debía de haberle encontrado asquerosamente gordo y viejo.

    ¡Gordo y viejo! Bien es verdad que un hombre de cincuenta y dos años puede tener muchas razones para querer suicidarse.


    3. UNA NIÑEZ PRIVILEGIADA


    JIM TAYLOR fue educado con grandes expectativas. Nació y se crió en Chicago, donde tuvo una niñez privilegiada: cuando él nació, su madre dejó el trabajo.

    Ilona Taylor era una mujer morena y llenita, de cara redonda, cutis suave y cetrino y ojos vivaces. Tenía un carácter dulce, pero la maternidad despertó en ella una voluntad firme, y cuando decidió quedarse en casa para cuidar de su hijo, su marido no pudo disuadirla, a pesar de las escenas que le montaba porque no traía dinero a casa. Ilona pasaba horas contemplando a Jim. La asombraba lo lejos que el niño podía tirar los juguetes. La admiraba su habilidad para gatear. Cuando el pequeño Jim empezó a hablar, no se cansaba de escucharle. Tocaba la guitarra y le cantaba canciones con su voz fina y clara. Le ponía los discos de su colección —Bach, Händel, Mozart, Beethoven, Schubert, Boccherini, Liszt, Kodaly—, que escuchaban los dos mientras ella hacía la comida. Lo nutría de platos alimenticios, amor, canciones, buena música de todas clases, chistes, relatos de la Biblia, cuentos de hadas, confianza en sí mismo, entereza...

    El padre y la madre de Jim eran farmacéuticos y los dos habían nacido en Europa y emigrado a Estados Unidos con sus familias siendo adolescentes: Ilona Mohos era natural de Budapest y Pieter Kleermaker (después Taylor), de La Haya. Luego resultó que poca cosa más tenían en común. Ilona era culta, inteligente y cariñosa, tres cualidades que no siempre van juntas. Su marido, un hombre de piel y ojos descoloridos, orgulloso poseedor de una llave de la exclusiva asociación universitaria Phi Beta Kappa, reservada a los estudiantes más distinguidos, era culto pero no inteligente ni cariñoso. Solía mirar a la gente con gesto grave en un silencio de autocomplacencia, a no ser que se le ocurriera una observación demoledora. Cuando bajó la marea de la pasión, Ilona descubrió que aquel aire de pedantería no era simple amaneramiento juvenil, sino la máscara de una fría estupidez. Fue el suyo un destino común a muchas mujeres: cuando llegó a conocer a su hombre, ya estaba casada con él y embarazada. La historia de su matrimonio puede deducirse del reproche que Taylor solía hacer a su esposa: «¡Eres excesivamente sentimental con tus emociones!»

    En la actualidad, la mujer que se encontrara en su triste situación seguramente pediría el divorcio, y quizá Ilona Taylor hubiera dejado a su marido incluso entonces, de haber estado más adaptada a la forma de vida americana, a la idea de que tenía derecho a la felicidad. Pero procedía de una cultura en la que se admiraba a las personas por su manera de sobrellevar las desgracias. Además, tenía un temperamento alegre y bastaba muy poco para hacerla feliz. Hay personas que hacen inventario de los agravios, pero ella llevaba la cuenta de las alegrías, de los esporádicos momentos de buen humor de su marido y, sobre todo, de las sonrisas y las gracias de su hijo. Vivía para él. Madre e hijo habitaban un mundo en el que nadie más tenía entrada. Como Jim era la única persona con la que ella podía mostrarse sentimental con sus emociones, con él compartía todos sus gustos y aficiones. En cuanto el niño tuvo edad para empezar a aprender a tocar un instrumento, le compró una mandolina y, más adelante, un violonchelo, y juntos tocaban y cantaban con abandono, aunque nunca por la noche ni durante los fines de semana, porque había que guardar silencio para no molestar a papá. Uno de los primeros descubrimientos de Jim fue constatar que su padre amaba la televisión y su madre lo amaba a él.


    LE HACÍA SENTIRSE capaz de obrar prodigios. A una edad en que los niños sueñan con ser bombero, Jim creía que podía hacer milagros. Por aquel entonces, aún eran pobres, y en la casa de al lado, habitada por puertorriqueños, vivía un niño llamado Jesús. Jesús tenía un año más que Jim y golpeaba el balón con una puntería infalible: siempre acertaba al gato. Solía ir a casa de los Taylor a jugar y a comer. Ilona Taylor quería al vecinito, pero a veces levantaba en brazos a Jim y lo estrechaba con fuerza diciendo: «¡Tú te pareces a Jesús más que ese diablillo!»

    Lo que a Jim más le gustaba de Jesucristo era que pudiera andar sobre el agua y calmar la tempestad. ¡Hacía que el viento y las olas le obedecieran! A Jim también le hubiera gustado dominar los vientos, pero el día en que lo intentó, su padre le dio dos soberanas bofetadas. Un domingo por la tarde, mientras paseaba con sus padres por el parque a orillas del lago Michigan, se levantó de repente un vendaval que removió el agua. Jim se soltó de la mano de sus padres y corrió hacia el lago agitando los brazos y gritando al viento y las olas: «¡Quietos! ¡Quietos!»

    Su padre le dio tan fuerte que la cabeza estuvo zumbándole durante varios días, pero él no desistió. Preguntó a su amigo puertorriqueño si había probado de andar sobre el agua.

    Jesús no le entendía.

    —Como te llamas Jesús...
    —¿Jesús andaba sobre el agua? —preguntó Jesús—. Ah, bueno. Sí, ya sé. Pero yo no. No quiero mojarme los zapatos.

    Más adelante, Jim trató de andar sobre el agua de la piscina, pero pronto aprendió a nadar y decidió que más valdría hacer milagros con el chelo.

    —No importa lo que diga tu padre —le dijo su madre—. No hay nada malo en intentar las cosas.

    Madre e hijo siguieron siendo uña y carne durante la adolescencia de Jim, una época de mucho ajetreo para él, entre la escuela, los amigos, la natación y las clases y el estudio diario del chelo. Su madre había vuelto a trabajar, ayudaba a llevar la gran farmacia que había comprado con el dinero que le habían dejado sus padres, pero no le faltaba tiempo para supervisar los trabajos escolares de Jim, escucharle tocar y charlar con él. Si tenía un problema, acudía al muchacho antes que a su marido. «Eres muy listo», le decía. Al principio, él quería ser un gran violonchelista, como Pau Casals. Después, cuando le dio por leer con voracidad y escribía poesías y cuentos que eran publicados en la revista de la escuela, decidió ser escritor. Más adelante, como sacaba las notas máximas en Física y Biología, pensó en hacerse médico y descubrir el remedio contra el cáncer.

    Por alguna oculta razón, las ambiciones de Jim de hacer algo grande irritaban a su padre. «¡El chico imagina que puede calmar las aguas del lago Michigan!», decía con sarcasmo cada vez que oía a Jim contar a su madre lo que estuviera haciendo.

    Al muchacho no le importaba que su padre le criticara; todo lo contrario, porque entonces su madre salía en su defensa. «Tiene imaginación, eso es lo que te molesta —decía Ilona a su marido—. Un hombre debe pretender más de lo que puede alcanzar o, si no, ¿para qué está el cielo? ¡Él podrá hacer todo lo que se proponga!» Y lanzaba a su hijo una sonrisa y una mirada de orgullo que le hacían sentirse capaz de cualquier proeza.

    La juventud de Jim estaba iluminada por el futuro de gloria que brillaba en los ojos de su madre.


    PERO TODO TIENE sus inconvenientes. Jim Taylor, al no haber podido ser músico profesional, ni escritor, ni médico, no se sentía plenamente satisfecho con haber llegado a ser un alto directivo. La música y la literatura habían ensanchado su horizonte; conocía la nobleza del pensamiento; creía haber nacido para algo más que hacer dinero. No obstante, había pasado la vida en Quantum, la multinacional de la informática. Tenía a miles de personas trabajando a sus órdenes y, en cuanto de él dependía, las trataba con justicia y consideración. A fin de cuentas, ¿no era, a su manera, tan útil como un buen médico? Pero le repugnaban los compromisos que impone el poder y sólo se sentía a sus anchas cuando estaba fuera del despacho.

    Y a pesar de todo, cuando lo despidieron fue peor. En un abrir y cerrar de ojos, se encontró en la calle. Estaba en la calle y no era nada.

    ¿Qué había realizado?

    ¿Qué había conseguido al cabo de cincuenta y dos años?

    ¿Y qué iba a hacer con el resto de su vida?

    Era demasiado joven para retirarse y demasiado viejo para empezar de nuevo.

    Bajo el resplandeciente cielo nocturno, con el aire poblado de gaviotas y pelícanos, cruzó el jardín del hotel, por entre las densas sombras de las palmeras, dejó atrás la piscina y llegó a la verja de la playa. Maquinalmente, sin darse cuenta de lo que hacía, abrió la verja, la cerró tras de sí y guardó la llave en el bolsillo de cremallera del bañador que le oprimía el dilatado vientre.

    Amargado y desesperado —viejo, gordo, calvo e inútil—, deseó que aún viviera su madre. Así podría echarle en cara que le hubiera engañado, que le hubiera hecho creer que había venido al mundo para hacer cosas grandes.


    4. TRAICIONES


    LA CURVA ASCENDENTE del destino de Jim se truncó la fría y oscura tarde de noviembre en que su madre fue asesinada en la farmacia. Un adicto a las anfetaminas sacó una pistola y le disparó a bocajarro a la cara porque se negó a venderle unas pastillas sin receta.

    Por aquel entonces, Jim estudiaba tercero de preparatorio de Medicina en la Universidad Northwestern y tocaba el chelo en la orquesta estudiantil. Todavía vivía con sus padres, aunque tenía un ala para él solo en la nueva casa que se habían comprado en Euclid Avenue, una calle arbolada, de casas de tres plantas y grandes jardines. Salía con una estudiante de Historia del Arte que tocaba el fagot y que pasaba los fines de semana con él. A pesar de que Jim defendía celosamente su nuevo estatus de persona mayor, no dejaba pasar un día sin mantener una buena charla con su madre. Una o dos veces a la semana, entraba en la farmacia al volver de la Universidad y los dos iban al cine o a un concierto de la Sinfónica de Chicago, o se sentaban en el coche de ella a contarse los sucesos del día, antes de ir a casa. Aquella tarde, cuando Jim llegó a la farmacia, la ambulancia ya se había llevado el cadáver de su madre.

    Jim, que en sus veintiún años de vida no había sufrido graves pérdidas ni dolores, no podía aceptar que su madre hubiera muerto. No podía creer que ya no volvería a verla. La agente de policía que atendía al público en la comisaría no sabía nada de Mrs. Ilona Taylor y, cuando encontró a un sargento que estaba enterado, éste se negó a decir dónde la habían llevado. «No es necesario —dijo, tratando de calmar al agitado joven—, tu padre ya ha identificado el cadáver.» Jim fue enviado aquí y allá y tuvo que discutir con varios policías recalcitrantes antes de que le permitieran ver a su madre. Su indignación con la policía y los empleados de bata blanca del depósito había amortiguado un poco el primer impacto de la espantosa noticia. Pero, al ver la carne desgarrada y el hueso astillado de la cabeza de su madre, todavía con sus pendientes de perlas, se desmayó. «¡Él se lo ha buscado!», gruñó el empleado del delantal de goma, asiendo al desvanecido muchacho por las axilas para llevárselo a rastras.


    PETER TAYLOR, ahora acomodado viudo cuarentón, parecía buscar en el espejo el consuelo por la pérdida de su esposa. Pasaba horas mirándose. Parecía que, con los años, se le habían adelgazado los labios, y se los mordía y retorcía para darles más relieve. También levantaba el mentón para tensar la piel del cuello y los músculos de la cara.

    En la farmacia, cuando no había fórmulas que preparar ni clientes que vigilar, Peter seguía con sus pálidos ojos a las dependientas, preguntándose cuál de las más atractivas querría optar a un aumento de sueldo. Durante un momento de calma, exponiéndose a ser acusado de acoso sexual, oprimió las nalgas a la pechugona rubia oxigenada que despachaba en el mostrador de perfumería. La chica hizo como si no lo notara, y él, envalentonado, desde aquel día no perdía oportunidad de achucharla, hasta quedar entontecido por su juventud, su frescura y su docilidad. Pero, cuando empezaron a hablar, resultó que Penny conocía sus derechos. No se acostaría con él si no se casaban y ella no se casaría si él no hacía testamento dejándoselo todo, la tienda, la casa y el dinero.

    —Créeme, Jimmy, yo no quería esto —le confesó el novio la víspera de la boda—. Si tu madre hubiera hecho testamento, yo hubiera podido dejarte la mitad de la casa y del negocio.

    Jim estaba blanco. Era la primera noticia de que su padre pensara volver a casarse, y la idea de que llevara a otra mujer a la casa de su madre lo indignaba de tal modo que la pérdida de su herencia parecía no tener importancia.

    —¡Por lo menos, hubieras podido tener el decoro de esperar un poco antes de traer a casa a otra mujer!
    —Penny no quería esperar.
    —Bien, pues te deseo que seas muy feliz —dijo Jim, asqueado—. Pero compra otra cama.
    —Soy tu padre, Jimmy. ¡Deberías ser más comprensivo! —exclamó Taylor, padre, con indignación. Él se había perdonado a sí mismo y no veía por qué no podía perdonarle su hijo.
    —Compra otra cama, papá —insistió Jim con una amenaza de muerte en la voz.
    —De acuerdo... si asistes a la boda y te comportas como es debido.

    Jim aceptó el chantaje. Asistió a la boda, disimuló sus sentimientos y trató de mostrarse cortés; pero pronto pudo darse cuenta de que la nueva Mrs. Taylor parecía molesta con él. Cuando se cruzaban en la casa, volvía la cara, ofendida. A los pocos días de que ella se instalara, Jim tuvo que marcharse: la nueva esposa no quería vivir con un hijastro que tenía dos años más que ella.

    —Penny es muy tímida; dice que está cohibida —explicó a Jim su padre una mañana en la cocina, mientras ella dormía en el piso de arriba—. A la larga, será mejor para ti —agregó palpándose las mejillas y el mentón. Era un nuevo hábito nervioso: continuamente comprobaba si necesitaba un afeitado—. Cuando estés solo, Jimmy, te curtirás, aprenderás a valerte por ti mismo. ¡Y, si necesitas ayuda, ya sabes dónde encontrarme!

    Le dio a Jim un puñado de billetes y dejó que se llevara el coche de su madre.


    JIM NUNCA VOLVIÓ a ver a su padre. Todas las noches se le aparecía en sueños la cara mutilada de su madre, y el horror lo despertaba instantáneamente. ¿Quién sabe cuándo me tocará el turno a mí?, pensaba. Encontraba alivio en la idea de que también él pudiera tener una muerte violenta, y próxima. Seguía yendo a clase, por las noches fregaba platos en un restaurante y dormía en las casas de los amigos. Veía ante sí años de dieciséis o dieciocho horas diarias de trabajo y estudio, siempre sin dinero, y se sentía demasiado deprimido para encontrar sentido a tanto sacrificio. Hubiera podido pedir a su padre que le pasara una cantidad para complementar la beca, seguir estudiando y hacerse médico... si vivía. Todos los días pensaba en la muerte. Si no le mataban, de todos modos tendría que morir, con la muerte lenta de la vejez. Abandonó los estudios y se puso a trabajar con un buen sueldo. Quería tener casa propia y tiempo para sí mismo y sentirse libre de obligaciones y afanes de superación. Con frecuencia le acudían a la memoria unos versos que solía citar su madre:

    Mientras el mundo sea tan infame,
    seré clemente conmigo mismo.


    A pesar de su juventud, pronto fue subdirector de Material de Oficina Continental. Seguía trabajando de firme, pero sólo de nueve a cinco, y con lo que ganaba pudo alquilar y amueblar un pequeño apartamento en el piso 27 de un nuevo rascacielos, con vistas lejanas al lago Michigan. Por las tardes y los fines de semana, se sentaba frente al gran ventanal y contemplaba el reflejo del sol en el agua mientras tocaba una de las suites para chelo de Bach. Se sabía de memoria las seis suites —solía tocarlas para su madre—, pero no hacía grandes progresos. El chelo, el segundo que tenía, regalo de su madre en su decimosexto cumpleaños, salía del estuche cada vez menos. Poco a poco, cedió paso a un equipo estéreo, discos y chicas.

    Así es como los jóvenes traicionan los sueños de su niñez. Un antiguo condiscípulo al que Jim encontró por casualidad le preguntó por qué había dejado los estudios de Medicina. «Quiero disfrutar de la vida antes de ser demasiado viejo para hacerlo», le respondió.

    Lo mismo le dijo a Lesley cuando ella le dio la noticia de que estaba embarazada.


    5. UNA AVENTURA INTRASCENDENTE


    —¡QUIERO DISFRUTAR de la vida antes de ser demasiado viejo para hacerlo! —protestó Jim, presa de pánico.

    Tenía entonces veintidós años y Lesley MacFarlane, veintiuno. Era un domingo de julio por la tarde, el sol entraba por el ventanal y estaban en la cama, boca arriba y destapados. Lesley se había reservado la noticia hasta después de hacer el amor. Él empezó a dar vueltas, tratando de encontrar una postura más cómoda para poder pensar. Finalmente, se subió la sábana.

    —¿Estás segura?

    Ella tiró de su parte de sábana: también le apetecía taparse.

    —Esta mañana me han dado los resultados del análisis.
    —¡Por qué no te pondrías algo!
    —Debió de ser la primera noche —dijo ella con remordimiento, pero inmediatamente se sublevó—: ¿Por qué no te lo pusiste tú?
    —¿Estás segura de que es mío? —preguntó Jim, agarrándose al último vestigio de esperanza.

    Ella se apartó cuanto podía sin caer al suelo y lo miró como si se hubiera convertido en sapo.

    Jim saltó de la cama y empezó a vestirse.

    —¡Por qué has tenido que echarlo a perder!
    —¿Echar a perder qué?
    —¡Con lo bien que iba todo! —protestó él acercándose a la ventana para mirar al lago Michigan entre los edificios—. ¡Era perfecto!
    —Lo mismo pensaba yo —dijo Lesley, concentrando sus esfuerzos en contener las lágrimas.


    SE HABÍAN CONOCIDO hacía unos dos meses, en un concierto en los jardines Ravinia. Una tibia noche de verano, música selecta, música al aire libre, entre árboles... Se sentían eufóricos incluso antes de verse. Estaban sentados en la misma fila, con un par de sillas vacías entre los dos, y a Jim se le aceleró el corazón al descubrir a la pelirroja pecosa de bien dibujado perfil. Sintió un afán casi irresistible de reseguir con la yema de los dedos la curva de sus labios y besar la punta de la naricita respingona. Ella sintió su mirada y se volvió. Al principio, sus ojos castaños parecían mirar hacia adentro, pero de pronto lo enfocaron con un fuerte destello. Al momento, ella enderezó la cabeza, pero ya no dejaron de mirarse a hurtadillas durante todo el conmovedor Concierto para tres pianos en fa mayor de Mozart. Lo interpretaba el trío Casadesus, padre, madre e hijo, y la extraordinaria suerte de aquella familia francesa de grandes músicos les brindó el primer tema de conversación mientras paseaban por los jardines durante el descanso.

    —El que es capaz de tocar así debe de sentirse en la gloria aunque esté solo en el mundo. ¡Imagina lo que será para ellos poder tocar los tres juntos toda la vida! —dijo Jim pensando en su madre.
    —Nuestra familia no es como los Casadesus, pero todos somos, o vamos a ser, maestros —reveló Lesley. Hablaba con acento escocés, y Jim se enteró de que en primavera había hecho los exámenes finales en la Universidad de Glasgow y en otoño iría a la escuela de Magisterio de Londres.
    —¡Entonces no piensas quedarte! —exclamó él con una decepción que la llenó de alegría.

    Durante el verano, ella recorría los Estados Unidos con los autobuses Greyhound. Al igual que los miles de estudiantes europeos que aquel año habían emprendido el mismo viaje de descubrimiento, Lesley quería ver Nueva York, Chicago, San Francisco, Berkeley, Los Ángeles: el futuro. Pero no había pasado de Chicago. Temiendo quedarse sin dinero, entró a trabajar de dependienta en los almacenes Marshall Field's, con intención de ahorrar lo suficiente para el resto del viaje.

    Después del intermedio se sentaron juntos y estuvieron cogidos de la mano durante la Séptima sinfonía de Bruckner. Lesley pensaba que su madre lo aprobaría. «Los mejores sitios para conocer a un buen muchacho son las bibliotecas, las salas de conciertos y las galerías de arte —le dijo Mrs. MacFarlane a su hija antes de dejarla en el avión que la llevaría a América—. Por lo menos, no será un rufián ni es tan probable que trate de violarte como el que pudieras conocer en una hamburguesería. Y, si tienes suerte, hasta quizá sea una persona sensible e inteligente que, además, se cepilla los dientes.»

    Después del concierto, Jim, que había ido en el viejo Packard de su madre, se ofreció a acompañar a Lesley y se fueron a tomar café. Al principio, Lesley temía no poder juzgar a Jim con objetividad, por lo guapo que era. ¡Dios mío, que sea inteligente!, pedía. La literatura era su religión, del mismo modo que las películas son la religión de los fanáticos del cine y, mientras esperaban su primer café, preguntó a Jim cuál era su autor preferido. Afortunadamente, Jim pudo hacerle un pertido resumen de Un yanqui en la corte del rey Arturo, que ella no había leído, y de Carta del Ángel Registrador, obra de la que ella ni había oído hablar. No hubiera querido tratos con él, de no ser aficionado a la lectura, pero le pareció que una persona que había leído tanto a Mark Twain tenía que ser de fiar.

    Fueron al apartamento de Jim. El estuche del chelo, que ocupaba un ángulo de la pulcra habitación de paredes blancas y gran ventanal, fue el detalle tranquilizador que confirmó la buena impresión de la personalidad del muchacho. Jim consiguió satisfacer su deseo de besarle la punta de la nariz y reseguir con la yema de los dedos la curva de sus labios, pero ella se desasió e insistió en que tocara algo. Mientras él afinaba el chelo, ella hizo que le contara su historia: la muerte de su madre, el nuevo matrimonio de su padre, la necesidad de marcharse de casa.

    Es el punto crítico para la mayoría de los que dan los primeros pasos en el amor:

    ...Hablé, sí, de un golpe doloroso
    que sufrió mi juventud.


    Lesley pudo ver la tristeza en sus ojos. Le pareció que necesitaba consuelo. El chelo quedó arrinconado, y ella se quedó sin ver el Gran Cañón, el desierto Mojave, San Francisco y Los Ángeles.


    AHORA EL MUY CANALLA estaba en la ventana, de espaldas a ella, mirando la silueta de Chicago en el cielo y el lago Michigan. ¡Como si el que tuviera que gestar y parir la criatura fuera él! ¿Qué iba a hacer ella con un hijo? ¿Cómo se lo diría a sus padres? ¿Tendría que abandonar sus estudios de magisterio?

    Jim no se volvía porque temía que, si la miraba, se ablandaría y quedaría atrapado. Lesley era bonita, con ella el sexo era fabuloso. Era una chica inteligente, divertida, leal, congeniaban los dos, podían hablar. Era perfecta. Pero, antes o después, él se cansaba de las chicas con las que salía. Además, el mundo estaba lleno de chicas perfectas. Precisamente, había quedado con una para el otoño. Al recordar su promesa, se sintió con la suficiente fortaleza de espíritu para dar media vuelta y señalarla con un dedo acusador.

    —¡Tú regresas a Escocia a últimos de agosto! ¡Eso dijiste!
    —¡Y tú dijiste que deseabas que no regresara!

    Es cierto, pensó Jim sofocado, pero no dijo nada.

    Lesley se volvió de espaldas para que él no la viera llorar.

    —¡Creí que te apenaba no tener familia!
    —¡No quise decir hijos!
    —Comprendo —dijo ella como si hablara con la almohada—. Te duele que tu padre no sea un padre para ti, pero tú no quieres ser un padre para tu hijo.
    —¿Dónde íbamos a poner a una criatura? —refunfuñó Jim. La perspectiva de un crío llorón y un montón de pañales sucios ahogaba todo el afecto de su corazón—. Esto es un apartamento de soltero. La cocina y el baño son tan pequeños que no puedes ni dar media vuelta.
    —No te entiendo. Deberías estar contento. No tienes a nadie en el mundo.
    —No se trata de eso. Tengo un único armario empotrado con unos cuantos cajones, y está lleno. Ni siquiera tengo sitio para tus cosas.
    —¡Podríamos mudarnos!

    Lesley había hecho planes: ella estudiaría en Chicago y Jim volvería a la universidad. Ella haría que se reconciliara con su padre, y el viejo les ayudaría. Estaba convencida de que el nieto neutralizaría la mala influencia de la segunda esposa. Daba por descontado que el sexo era cosa de jóvenes y estaba segura de que el padre de Jim, a sus casi cincuenta años, preferiría a un nieto con el que pudiera jugar a una esposa joven e inútil.

    Sus pecas parecían más oscuras que de costumbre en su piel blanca, y a Jim le dio horror pensar en la posibilidad de tener que verlas durante el resto de su vida.

    —¡Yo no te dije que quisiera casarme contigo!
    —¡Dijiste que me querías!
    —No es lo mismo.

    Él se sentó en su butaca sueca tapizada de piel y con la mirada buscó consuelo en sus pequeños dominios. Le gustaba mirar en derredor y pensar: ¡Todo es mío y todo está pagado! Nadie podía decirle que se fuera. El apartamento era pequeño pero elegante, con el espacio justo para su equipo de música, sus discos, la butaca, el chelo y la gran cama. Todo, pulcro, moderno, confortable, invitador. Todas las chicas a las que llevaba allí quedaban prendadas.

    —¡No eres más que la undécima muchacha que ha estado aquí! —exclamó.

    ¡Ni a la docena había llegado! Estaba tan disgustado que casi esperaba que ella le diera la razón y reconociera que once eran pocas.

    —¡Tú no me has querido nunca! Ni siquiera sabes qué es el amor.
    —Quizá estés en lo cierto —reconoció él con una rapidez que a ella le hizo el efecto de una coz en el estómago—. Pero tú eres una gran chica, nos llevamos bien. Estoy seguro de que seremos amigos toda la vida —agregó para consolarla.
    —¡Ya verás cuando estés enfermo! —estalló Lesley volviéndose a mirarle. Estaba tan furiosa e indignada que ya no le importaba que la viera llorar—. ¡A nadie le importarás ni un pimiento!

    Convencido más por su cólera que por sus palabras, él sintió vergüenza.

    —Lo siento —murmuró—, pero me gustaría divertirme un poco, antes de tener un hijo.
    —¿Y cuándo te habrás divertido lo suficiente? —Ahora le aborrecía, pero estaba asustada y aún conservaba la leve esperanza de que la respuesta fuera menos de ocho meses.
    —Pues no sé... Un día. ¡Pero no ahora!

    La cara de Lesley se puso tan roja como su pelo. Saltó de la cama. Su cuerpo juvenil temblaba mientras se vestía.

    —Les, tu tío es ginecólogo —argumentó Jim, tratando de hacerla razonar—. ¿No podría hacerte un aborto?
    —¿Un aborto? —susurró ella roncamente. Del sofoco, se había quedado sin voz.
    —En Inglaterra es legal, ¿no?

    Lesley lo miró con odio.

    —¡Tu padre, por lo menos, no trató de matarte antes de que nacieras!

    Jim casi no la oyó, pero se picó, y mientras buscaba una respuesta que le permitiera sentirse en buen lugar, ella se había ido.

    —¿Adonde vas? —preguntó corriendo tras ella por el pasillo—. ¡Cálmate, hablémoslo de modo racional! —gritó cuando ya se cerraban las puertas del ascensor. Oprimió el pulsador de llamada, confiando en que, antes de llegar a la planta baja, se le habría pasado el enfado. El ascensor volvió a subir, pero ella no estaba dentro.

    Eso es chantaje sentimental, pensó. Bien, no voy a dejarme dominar, mi querida Les. ¡No voy a correr detrás de ti! Hemos tenido una aventurita muy agradable, cariño. No será la última para mí, ni para ti tampoco, a pesar de las pecas, por lo que no hay razón para sacar de quicio las cosas. ¡Un embrión no es un niño! Le hubiera gustado que se le hubiera ocurrido esta idea cuando ella aún podía oírle. Volvió al apartamento, esperando que ella recapacitara y regresara desde la parada del autobús. No regresó; pero como siempre dormían juntos durante el fin de semana, estaba seguro de que volvería para la cena. ¡No iría a enfadarse tanto sólo por una pequeña discusión!

    Lesley sentía tal horror de Jim, de Chicago y de América, que volvió a la residencia femenina sólo a recoger sus cosas. Mientras Jim, confiado, la esperaba a cenar, ella pasó volando sobre su cabeza en el avión de la noche con destino a Londres.


    ¿QUÉ HABÍA HECHO? ¿Por qué no había salido corriendo tras ella? Se despertó en plena noche y no pudo volver a dormirse. Todo lo que él le había dicho le horrorizaba. A primera hora de la mañana, antes de que despertara el tráfico, fue a la residencia femenina. Cuando la encargada de noche le dijo que Lesley se había marchado, él sintió que algo le estallaba en el pecho. ¿Qué le pasaba? ¿Se moría? Tuvo miedo. Tardó un minuto en darse cuenta de que no tenía una hemorragia interna. Pero algo le retorcía las vísceras. Ya no era dueño de sí; en aquel momento, comprendió —y nunca había visto algo con tanta claridad— que, si la perdía, no podría volver a estar contento.

    La encargada de noche, una afroamericana enorme que se oprimía el muslo como si le doliera, al ver la expresión de desconsuelo del joven, le reveló que Lesley MacFarlane había tomado un taxi para ir al aeropuerto.

    —Lesley está en Chicago —dijo Mrs. MacFarlane por la línea transatlántica con una voz idéntica a la de su hija—. Si es algo urgente, quizá pueda localizarla o dejar el recado en casa de su amigo Jim Taylor. Un momento, le doy el número. —Jim anotó su propio número y le dio las gracias varias veces.

    Después de la infructuosa llamada, salió hacia el despacho, pero el viejo Packard de su madre se averió por el camino. Lo hizo remolcar al taller, y el mecánico que se había encargado de repararlo otras veces le dijo que esta reparación le costaría más de lo que valía el coche. «Es preferible que lo venda para el desguace. Le doy doscientos.» Vaya, hasta el coche de mamá me abandona, pensó Jim. ¿Qué diría ella si lo supiera? No estaría muy contenta. La pobre Les tenía razón; yo no sabía qué es el amor.

    En lugar de ir a trabajar, volvió a su apartamento y se calentó una lata de espagueti. Cuando estaba disgustado, no bebía, comía. Mientras jugaba con la comida del plato, empezó a contar las chicas que le habían dado el número de teléfono, y, a cada nombre, separaba con el tenedor un espagueti que colocaba en el borde del plato. Cuantos más espagueti separaba, más nítidamente veía la cara pecosa de Lesley; no comprendía cómo había podido preocuparle perder sus posibilidades con otras chicas. Aunque consiguiera a mil chicas, ello sólo me serviría para comprobar mil veces que Lesley es la única para mí. No me explico cómo no me di cuenta, si está tan claro. ¿Y cómo pude defraudarla? ¡La dejé cuando más me necesitaba! Y tiene razón, estoy solo, no tengo a nadie en el mundo.

    Dejó el tenedor, se levantó de la mesa de la cocina y salió a la sala donde tenía espacio para pasearse. Estaba poniéndose histérico. Se mordía los labios, se mesaba el pelo, se golpeaba las sienes con los puños. Tropezó con la butaca sueca y se dio un golpe en la rodilla. El dolor le alegró momentáneamente; estaba demostrado que el apartamento era pequeño para tres personas. Y entonces recordó que le había propuesto que abortara.

    —¡No soy mejor que mi padre! —exclamó en voz alta.

    Este horrible descubrimiento colmó su desesperación. Entonces pensó en el suicidio por primera vez.

    —Espero que sepa dónde está Lesley —le dijo al tío de la muchacha, el ginecólogo, después de conseguir de Información de Londres el número de su consultorio de Harley Street—. Tengo que hablar con ella urgentemente. Está embarazada y no sabe que quiero casarme con ella y que tenga el niño. ¡No tuvimos tiempo para hablar de ello despacio!
    —Le daré su recado si llama —dijo secamente Sir Alistair Kerr-Love, FRCP.[1]

    Las otras veces que llamó Jim no se puso al teléfono.


    SI ALGUIEN le hubiera dicho a Jim cuando era niño que un día se marcharía de Estados Unidos para siempre, le hubiera parecido inconcebible. Estaba tan contento del lugar en el que le había tocado vivir, que la idea de irse a otro país le hubiera parecido tan absurda como la de mudarse a otro planeta. Se consideraba a sí mismo un típico norteamericano, se sentía integrado y orgulloso; Chicago era su ciudad y Estados Unidos, su mundo. No se sacó el pasaporte hasta que decidió ir a Inglaterra a buscar a Lesley. Pero a los veintidós años se es romántico, y había decidido empezar una vida nueva en un país nuevo y vivirla mejor.

    Un día de septiembre húmedo y gris, Jim estaba en la puerta del Goldsmith College en New Cross, viendo entrar y salir a los estudiantes. Era su cuarto día en Londres, y había dedicado casi todo aquel tiempo a tratar de encontrar a Lesley. Para entonces, había conseguido convencerse a sí mismo de que ella le perdonaría, aunque sólo fuera para dar un padre al niño. Mientras estaba delante de la escuela, había acabado por sentirse ilusionado por la idea de tener a un pequeñajo —o pequeñaja, le daba lo mismo—, sentado en el pecho por la mañana. Ya hacía planes para el futuro y pensaba que, con el talento musical de su madre, su propio medio talento y la afición de Lesley por la música, había probabilidades de conseguir la combinación genética adecuada para hacer de la criatura un músico de verdad. Decidió volver a estudiar. Se preguntaba si sería conveniente tocar obras de Schubert al futuro hijo durante los últimos meses de gestación.

    Cuando por fin apareció Lesley, tuvo que mirarla durante varios segundos para reconocerla. Tenía la cara pálida, delgada y larga, y miraba al suelo.

    ¡Espero que no haya hecho una estupidez!, pensó, alarmado.

    —¡Sorpresa, sorpresa! —exclamó con toda la animación que le fue posible—. ¡Apuesto a que no esperabas verme esta mañana!

    Ella levantó la mirada pero sus ojos no reflejaron sorpresa ni sentimiento alguno y pasó por su lado sin decir palabra.

    —Les, pero ¿no me conoces? —gritó corriendo tras ella y sujetándola del brazo.
    —Suéltame —dijo ella en voz baja pero firme.

    Jim la soltó.

    —¿Cómo estás, Les? ¿Te encuentras bien?

    Ella se sonrojó y en sus grandes ojos castaños se encendió su antiguo brillo.

    —¿Por qué no iba a encontrarme bien?
    —Me refiero al niño —susurró él.
    —Hice lo que tú querías —respondió ella llanamente volviendo la cara como si la llamara alguien—. Ahora déjame en paz.

    Jim, aturdido, se hizo a un lado involuntariamente y ella entró en el edificio.

    —Cásate conmigo, Les —dijo Jim cuando ella salió horas después—. Vamos a casarnos y a tener hijos.


    6. ¿NO TE LO ADVIRTIERON?


    LA PROPOSICIÓN no le valió a Jim el perdón: Leslie pasó por su lado sin decir palabra. Él la siguió hasta la parada del autobús, sorteando a la gente por la concurrida acera sin dejar de hablar. Le contó que había dejado el empleo y el apartamento y que había vendido los muebles, el estéreo, todo lo que no podía traer en el avión.

    —No pienso volver a Chicago si no es contigo —agregó bajando la voz. Ya estaban en la parada y Jim tenía varios oyentes muy interesados, pero Lesley no era uno de ellos. Mantenía la mirada fija ante sí y los labios apretados con expresión despectiva.
    —¡Hasta mañana! —gritó Jim cuando ella subió al autobús.

    Él estaba todos los días en la puerta de la escuela, pero ya había renunciado a hablar. La seguía tenazmente hasta la parada del autobús, a un paso de distancia, como un guardaespaldas. Por fin, una noche ella se paró y volvió ligeramente la cabeza, invitándole a andar a su lado.

    —¿De verdad piensas quedarte en Inglaterra?
    —Ya tengo empleo.

    Lesley agrandó los ojos con gesto de sorpresa.

    —¿Qué clase de empleo?
    —El único que he encontrado, con las prisas —dijo avergonzado—. Soy aspirante a vendedor.

    Ella suspiró, pensando que era una lástima que no hiciera algo mejor.

    —¿Has traído el chelo?

    Se casaron poco después. Para entonces, Lesley se reprochaba no haberle dado tiempo de hacerse a la idea de ser padre. Una condiscípula que había quedado embarazada, se negó a abortar, el novio la dejó y, después de jurar solemnemente que no quería saber nada del niño, en el octavo mes de embarazo, se casó con ella. Las chicas del Bedford College decían que la reacción más natural del joven macho a la noticia de una paternidad inminente era el pánico y el horror ante la idea de que se le había terminado la juventud, pero que, al fin, todo el que no era «un auténtico mierda» dejaba de despotricar y se convertía en un padrazo. Esta romántica sentencia exoneró a Jim a los ojos de Lesley, que empezó a reprocharse haber obrado a la ligera, a impulsos del miedo y la cólera. Jim, a su vez, pensaba que toda la culpa del aborto recaía en él, que había sido el inductor. Cada uno pensaba que el otro era inocente: estaban enamorados.

    El desagrado que inspiraba a Lesley el trabajo de su marido no era nada comparado con la frustración que le causaban las enseñanzas de la Escuela de Magisterio. Lo que Jim hiciera para ganarse la vida nunca sería tan inútil y tan estúpido como aquellas clases de unos imbéciles engreídos que disertaban sobre sus áridas teorías y exponían obviedades. Un día tuvo que hacer un esfuerzo para no levantarse a dar un puntapié en la espinilla a un profesor que les dijo que «la lectura tiene por objeto adquirir información». Pero, por la noche, se reían al lamentarse de los horrores del día. También se leían en voz alta y, a veces, ella le convencía para que tocara el chelo.

    Lesley, en vista de que seguía menstruando, fue al médico, que la envió a un ginecólogo, que, a su vez, le recomendó una clínica de fertilización. Durante más de diez años, los médicos probaron en ella todas las técnicas. Le dilataron el cuello de la matriz y le practicaron raspados. Le insuflaron aire en las trompas de Falopio. Le clavaron agujas hipodérmicas en los ovarios. Le extrajeron óvulos, los pusieron en una probeta con semen de Jim y se los reimplantaron. Pero ni con todas estas angustias y sufrimientos pudo quedar embarazada.

    —¿No te advirtieron de este peligro? —preguntó su tío, implacable.
    —No nos quejemos —dijo Lesley a Jim después de una noche de llanto—. La Tierra no puede alimentar a mil millones más de habitantes cada década. Tiene que haber parejas sin hijos.
    —Claro, claro —dijo Jim abrazándola con fuerza.


    7. UN REMEDIO


    VARIOS DÍAS DESPUÉS de la última visita al ginecólogo, en la que éste les dijo que se habían agotado las posibilidades, una noche, Jim se despertó y, con su ademán habitual, extendió la mano para acariciar a Lesley. Ella no estaba. Jim dejó el brazo atravesado en la cama para enterarse de cuándo volvía ella del baño y se quedó dormido otra vez. Cuando, al cabo de un rato, se dio la vuelta y pudo mover el brazo sin encontrar obstáculo, despertó de pronto, alarmado por su ausencia y palpó la sábana vacía, con miedo.

    Se había ido. Le había dejado. Había tratado de perdonarle, pero no podía. Para evitar una escena, había hecho la maleta y se había marchado mientras él dormía. ¿Quién podría reprochárselo?

    Cuando, echado de espaldas en la cama, pensaba que su vida carecía ya de sentido, oyó ruido en la habitación contigua. ¿Se marchaba ahora? Se levantó y, de un salto, llegó al estudio.

    Se paró en el umbral. Evidentemente, ella no le había oído. Lesley, con su querida y vieja bata de franela azul encima del camisón y las zapatillas de piel de cordero, estaba sentada al escritorio en el que solía corregir las redacciones de sus alumnos, escribiendo afanosamente. Su melena roja cubría parcialmente el papel sobre el que el bolígrafo se movía a gran velocidad. ¡La carta de despedida! Él dio unos pasos en la habitación, decidido a pedir explicaciones y se paró otra vez, desconcertado. Ella sonreía, ensimismada, con la expresión del escritor satisfecho de lo que acaba de trasladar al papel. Que era una frase de resonancia universal y perenne: «Sólo una persona de la más tosca ignorancia tiene opción a formar parte de este Gobierno.»

    Lesley acababa de decidirse a escribir un libro acerca de su experiencia en la enseñanza de Literatura Inglesa y Redacción a estudiantes de 14 a 18 años, y empezaba con un ataque contra el ministro que, en un discurso, había tachado los libros de obsoletos, aduciendo que «hemos entrado en una nueva Era en la que la gente aprende con imágenes, con la televisión, el cine, el vídeo. El sistema de comunicación más importante que existe en la actualidad es el audiovisual». Aquel ministro le había recordado a algunos de sus alumnos más descarados, que se negaban a leer y estaban convencidos de ser más listos que su maestra porque eran gente moderna, adaptada a los medios «de la imagen», mientras que ella, partidaria de los libros, era una reliquia de otro tiempo. «Me compadecen —escribió—, como si ellos viajaran en automóvil y yo tuviera que trasladarme en carreta de bueyes.»

    Aunque era lo bastante anticuada como para hacerse llamar Lesley Taylor en lugar de usar su apellido de soltera, no dudaba en arremeter contra el medio de vida de su marido: «Los ordenadores son máquinas maravillosas, pero no pueden sustituir a los libros. Los libros son instrumentos hechos a la medida de los niños. Comparados con los ordenadores, son increíblemente compactos, ligeros y casi irrompibles. Caben en un bolsillo o en la cartera, y sus datos son accesibles en el Metro, en el comedor y en la cama. A diferencia de lo que ocurre con las pantallas de ordenador, nada indica que una prolongada exposición a los libros comporte riesgos para las mujeres embarazadas y los niños en edad de crecimiento...»

    Cuando por fin vio a Jim de pie al lado del escritorio, le enseñó las tres páginas que había escrito.

    —¿Te molesta? —preguntó, refiriéndose a la alusión a los ordenadores.
    —¿Por qué iba a molestarme? —exclamó Jim, infinitamente aliviado porque lo que escribía su mujer no fuera una carta de despedida—. Es fantástico.

    Ella rió satisfecha, con los ojos tan brillantes como en sus primeros tiempos de enamorados. Se levantó de la silla, le tomó los papeles de la mano y se sentó en el escritorio balanceando una pierna encima de la otra.

    —Voy a leerte una cosa.
    —Soy todo oídos —dijo él con vehemencia, preguntándose si sería posible que, de tanta ansiedad y frustración como ella había tenido que soportar, saliera algo bueno, algo útil.

    Ella le miró con un aire de solemnidad en sus ojos color avellana y, después de decidir que él estaba realmente interesado, empezó a leer:

    —«La palabra impresa nunca podrá ser superada por ningún otro medio; ella es y será siempre el supremo instrumento de aprendizaje y comunicación social, por una simple razón —aquí hizo una pausa e inspiró profundamente, para dar más énfasis a su voz—: sólo las palabras pueden comunicar el pensamiento con precisión, y la forma más segura de transmitir y preservar las palabras es la imprenta. Ni siquiera los más ignorantes ministros han sugerido que las leyes se publiquen en vídeo.» —Bajó el papel—. ¿No es cierto, Jim?
    —Es más que cierto, es una verdad profunda —dijo Jim con convicción.
    —Espera, te leeré un poco más —dijo ella, animada por su respuesta.
    —Sigue, sigue.
    —¿Estás seguro?
    —No, si vuelves a preguntármelo —dijo Jim sonriendo ampliamente.
    —De acuerdo, adelante. Sigo: «Por lo que se refiere a la idea de que vivimos en una época en la que prima lo visual y aprendemos de las imágenes, lo que aprendemos de las imágenes es lo que aprendería incluso un gorila o un gato, percepciones puramente sensoriales, conocimientos desligados de la palabra. Pueden ser mucho, pero no lo suficiente como para crear a un ser humano civilizado y forjar una sociedad sólida. Los medios visuales, que forzosamente deben utilizar un número de palabras limitado, reducen nuestro vocabulario y, por consiguiente, nuestra facultad de pensar. Porque es imposible pensar sin palabras...»
    —¡Verdad! —exclamó Jim.
    —Luego pondré por escrito lo que siempre repito a los chicos en clase —dijo ella confiadamente dejándose resbalar de la mesa—. Vendrá a ser un compendio de todas mis estratagemas para interesarles por la literatura. —Jim la abrazó por la cintura y le dio un beso en el cuello, pero el gesto no tuvo más efecto que el de dejarla pensativa—. Podría ser un libro útil, ¿no te parece? —dijo con repentina duda.
    —Indiscutiblemente.

    Volvieron a la cama, comentando las ideas que Lesley tenía para el libro y, por primera vez en meses, fue ella quien lo sedujo a él y no a la inversa.


    UNA VEZ HUBO EMPEZADO, Lesley estaba decidida a terminar la tarea. Se levantaba al amanecer y escribía un par de horas antes de ir a la escuela y, después de cenar, volvía a escribir hasta entrada la noche. Dormía poco, pero estaba rejuvenecida, y Jim pensaba con alivio que, después de todo, iba a convertirse en madre dando el ser a una criatura de su cerebro.

    Lesley terminó Literatura en la clase en cuatro meses y la envió a los editores, y a renglón seguido se puso a escribir otro libro que tituló Por la madriguera abajo.

    —Cuando Alicia cae por la madriguera del conejo, entra en un mundo en el que las leyes de la lógica no tienen aplicación, y así es nuestro sistema educativo —explicó a Jim—. Hoy en día, tenemos tres burócratas por cada cuatro maestros, que no sólo chupan el dinero de la escuela sino que nos obligan a perder el tiempo leyendo las tonterías que nos mandan y contestando cuestionarios. Se dedican a imprimir normas inútiles y disparatadas y luego las cambian...
    —Es la política que utilizamos nosotros para vender ordenadores —la interrumpió Jim riendo.
    —¡Más despilfarro de dinero público!

    El entusiasmo de Jim la ayudó a sobrellevar la primera docena de rechazos de Literatura en la clase, pero al fin los volantes de devolución le hicieron dejar de escribir. Un editor encontró el libro lo bastante interesante como para invitarla a almorzar. «Me gusta su libro —le dijo—. Lo malo es que trata de un tema serio y usted no es una autoridad ni tiene un nombre. Si fuera catedrática o famosa por algo, aunque ello no tuviera que ver con el tema, por ejemplo, si fuera presentadora de televisión, tendríamos posibilidades de cubrir gastos. Lo malo de su libro es que usted es desconocida. Así que no se deprima. No es la única buena escritora que no publica. Mándenos una novela.»

    —Estoy bien, lo resistiré —dijo a Jim que trataba de animarla—. Es sólo que quería hacer algo más de lo que hago.
    —¿Te parece poco conseguir que todos tus alumnos aprendan a leer y a escribir sin faltas de ortografía? —le recordó él.
    —Todos, no —suspiró ella.

    Unos días parecía haber recobrado la vivacidad; otros, volvía a estar decaída e insatisfecha. En la época en que Lesley tenía estos altibajos, nombraron a Jim director comercial de Sistemas Quantum, y se mudaron a un piso grande, situado en un edificio fin de siglo, con habitaciones espaciosas, techos altos, balcones, tribunas y hasta paz, silencio y aire puro. La mayoría de los balcones daban a una hectárea de jardín privado, circundado por otras alas del mismo conjunto residencial.

    No gastaron casi nada en muebles; Jim había dejado atrás la etapa de la butaca sueca. Pero Lesley invirtió mucho tiempo y dinero en arreglar una de las habitaciones que daban al jardín. La moqueta era la más suave y mullida de la casa, y toda la pieza estaba decorada con tonos pastel y texturas vaporosas. En la acolchada cuna y el parque aguardaban ositos de felpa, conejos peludos, corderos de rizada lana y un cerdito de terciopelo rosa que hacía «Oink».


    8. DIOS NO PEGA CON BASTÓN


    UNA LLUVIOSA TARDE de septiembre, varias semanas después de que los Taylor presentaran su solicitud a las autoridades competentes, recibieron la visita de un asistente social llamado Terry Ross que debía informar de su aptitud para ser padres adoptivos. Era un hombre famoso porque recientemente se había publicado un artículo sobre su persona. A raíz de la aparición del artículo, fue entrevistado por televisión e inspiró repugnancia en millones de personas. Desgraciadamente para los Taylor, el artículo apareció en uno de los diarios que ellos no leían, y la noche en que fue entrevistado en el telediario habían ido al teatro. Estaban desprevenidos. Por una extraña coincidencia, habían ido a ver Coriolano, representada por la Royal Shakespeare Company, obra en la que hay un pasaje que bien pudieron considerar una advertencia: Lo que él ordena hacer, con su orden se termina... No hay en él más clemencia que leche en un tigre macho.


    ¡CUIDADO CON EL HOMBRE adulto que hace declaración de principios con el peinado! Terry Ross, con más de treinta años y cobrando aún sólo el doble de la media nacional (una de las causas de su resentimiento permanente), llevaba coleta y barba de ocho días para manifestar su solidaridad con las clases menos favorecidas de la sociedad. Él estaba convencido (porque nada sabía de sí mismo) de que dedicaba su vida a ayudarles. Si se cruzaba con jóvenes artistas callejeros en el Metro, se sentía íntimamente solidario. No obstante, por una razón u otra, los menos favorecidos que tenían la desgracia de conocerlo en misión oficial no lo pasaban mejor que los más favorecidos.

    El artículo relataba el triste caso de un matrimonio que cobraba el subsidio de la asistencia social, al que se había retirado la custodia de sus dos hijos porque el padre insultó a Terry Ross cuando éste se presentó sin avisar, para comprobar si el hombre estaba en casa en horas hábiles y tenía derecho a percibir subsidio de paro. Aquel hombre ignorante, un simple peón sin trabajo, se irritó por las impertinentes preguntas del intruso y, sin imaginar el poder y autoridad de un asistente social, hizo una cruda sugerencia de lo que Ross podía hacer con su persona, afrenta que Ross castigó con un mandato judicial que facultaba al departamento de Servicios Sociales a ejercer la tutela de los dos niños. En virtud de la ley antilíbelo, el periódico sólo pudo informar del caso haciendo constar que esto era lo que el matrimonio afirmaba que había ocurrido. Mr. Ross aseguró que él nunca prestaba atención a lo que decía la gente cuando estaba enojada. No negaba que aquel matrimonio fueran unos padres solícitos y cariñosos (el médico, el párroco y los vecinos así lo atestiguaban), pero declaró que «el departamento había intervenido porque los padres no podían brindar a sus hijos un ambiente intelectualmente estimulante».

    ¡Cuidado con las personas refractarias a utilizar el pronombre «yo»! Cuando quiera y donde quiera que intervenía Terry Ross, con el estropicio consiguiente, quien actuaba era «nosotros» o «el departamento». Y lo peor es que era verdad: él era el departamento. Las reuniones que se mantenían para revisar el tratamiento de cada caso y corregir errores de apreciación personal resultaban infructuosos a causa de la desgana de los colegas a estorbarse unos a otros y al toma y daca del trabajo de comité («Yo apruebo tu propuesta y tú apruebas la mía»). La política de despacho, la inercia, la indiferencia hacia las víctimas y la solidaridad del funcionariado, magistrados incluidos, hacían que, en la práctica, Ross pudiera separar a dos niños, de tres y cinco años, de unos padres solícitos y cariñosos, en bien de su desarrollo intelectual.

    En su artículo, Kate Greenall preguntaba: «¿Cuándo nos han informado nuestros representantes, elegidos por nosotros, de que habían dictado unas leyes que facultan a pequeños funcionarios a decidir que hay padres demasiado estúpidos para ocuparse de sus hijos?» Proponía que «si la estupidez es razón para arrebatar a unos niños a sus padres, el magistrado que firmó la orden de rapto de los dos niños tampoco debería poder conservar a sus hijos». El director del periódico suprimió estas frases, por considerarlas muy fuertes, y suprimió también bastantes cosas más. La preocupación por el libelo, los prejuicios de los lectores, la presión de asociaciones profesionales, sindicatos, industrias y políticos, hace a los periódicos parcos en noticias y comentarios, y algunas de las más reveladoras observaciones de Ms. Greenall acerca de Ross no vieron la luz. Fue una lástima, porque antes de estar felizmente casada, adquirió una profunda experiencia con cabritos. Pero la verdad completa sobre alguien o sobre algo sólo puede ser contada en una novela; razón por la cual Kate Greenall se destapó como novelista.

    No obstante, el artículo incluía una breve entrevista con la esposa separada de Terry Ross: Kate Greenall había grabado sus palabras, y la grabación protegía al periódico de cualquier demanda por libelo, en el caso de que Mrs. Ross se arrepintiera de lo dicho y negara sus declaraciones. Dijo que había sorprendido a su marido y a la hija del vecino, una muchacha de dieciocho años, haciendo el amor abajo, en el sofá de la sala, mientras su niñita estaba desatendida y sola en el piso de arriba. «¿Está capacitado para juzgar a los demás un hombre semejante?», preguntaba la indignada Mrs. Ross.

    La respuesta fue un rotundo «Sí» de Eunice Dunnett, la maternal jefe del departamento de Servicios Sociales del distrito, que trataba a sus subalternos como si fueran hijos suyos. «Es vergonzoso sugerir que la vida privada de Mr. Ross pueda influir en su actuación de asistente social —dijo a Ms. Greenall—. Él siempre se ha esforzado por alcanzar el más alto nivel en su labor profesional, en el marco fijado por el departamento de Sanidad.»

    Si los Taylor hubieran leído el artículo de Kate Greenall o visto por televisión a Terry Ross, le hubieran tratado con más precaución. «¡Debimos decirle que no estábamos en casa!», dijo Jim después con una mueca.


    TERRY ROSS LLEGÓ de mal humor y con la gabardina chorreando. Era éste un mal humor añadido a otros malos humores que iba acumulando desde que su mujer le había echado de casa. No contenta con gritarle delante de los vecinos, le había puesto como un trapo cuando habló con los periodistas. También se había quedado con el coche, y como él vivía ahora en un apartamento de una habitación que había alquilado en Crouch End, todos los días laborables tenía que pasar casi dos horas en autobuses v metros para atravesar todo Londres. Y, como los Taylor trabajaban los dos, tenía que ir a verlos por la noche, y perder más tiempo. ¿Para qué querrían un niño, si sólo estaban libres por la noche y los fines de semana? Por si no era suficiente, por el camino pisó mierda de perro y, cuando frotaba la suela del zapato contra el bordillo, se puso a llover. ¡Y su mujer, naturalmente, se había quedado con todos los paraguas! A Ross se le habían atragantado los Taylor antes de ponerles la vista encima.

    Sin pedir disculpas por el retraso ni presentarse siquiera, pasó por delante de los Taylor con las manos en los bolsillos y un seco: «Soy del consejo», y empezó a inspeccionar el piso, dejando un rastro de gotas en el parquet.

    La cabeza estrecha, los labios finos, la barba de rastrojo, la gabardina chorreante, la coleta y los modales del recién llegado ofuscaron a Lesley, que cometió el error de decir con su voz de maestra: «Un poco de cuidado con el suelo, por favor. Si me da la gabardina, la colgaré en el recibidor.»

    Ross se sintió mortificado por la observación y por el tono, desprovisto de todo deseo de congraciarse. ¡Y esta mujer esperaba que él le hiciese un favor! Se paró, apretó los labios y miró al techo. ¡Me ha reñido! Pero, ¿qué se ha creído?, rabió mentalmente. ¡Imagina que lo que digan los periódicos o la tele cuenta para algo, que tengo miedo de perder el empleo, que puede ser grosera y yo voy a darle un niño! La miró y sacudió la cabeza con gesto de reproche, esparciendo más gotas.

    —Me mojé al venir hacia aquí, para ayudarles; aunque no creo poder informar favorablemente de sus aptitudes de padres adoptivos —dijo casi con pesar—. ¿Cómo va a cuidar con cariño de una criatura, alguien que se desvive por sus suelos? Los niños ensucian, ¿sabe?

    Desde luego, no importa si se moja el suelo, Mr. Ross, no sé qué me hizo mencionarlo. Perdóneme, se lo ruego. Moje, moje usted cuanto quiera, hubiera sido la respuesta más sensata. Pero, en lugar de pedir perdón, los Taylor le miraban mudos de asombro y en su mirada no se veía el menor deseo de desagraviarle. Esto hizo aumentar su resentimiento. De todos modos, hay que reconocer que le gustaba recolectar agravios y cobrárselos después de golpe. De pequeño, cuando iba al urinario de la escuela, disfrutaba dirigiendo el chorrito hacia el niño que tuviera a su lado y, si orinaba en unas matas, procuraba mojar al pájaro, el perro o el gato que tuviera a su alcance. Era muy aficionado a estas travesuras y ahora gozaba rociando a gatos, perros y personas con el chorro de su mal genio. Prosiguió su gira de inspección, limpiándose los pies en una alfombra persa al pasar.

    —Veo que son gente acomodada —comentó con manifiesto desagrado—. El niño que se criara aquí no podría saber cómo vive la mayoría de la gente.

    Lesley pidió silencio a Jim con la mirada.

    Ross no mostró el menor interés por la habitación preparada para el niño, pero miró con curiosidad el estudio de Lesley. Allí estaba el chelo de Jim; a veces, él tocaba mientras ella escribía.

    —No me gusta este instrumento tan pesado apoyado en la pared. Podría hacer mucho daño a una criatura, si se cayera. —Ross empujó el estuche, para demostrar cuán fácilmente podía caer. Efectivamente, el estuche cayó de lado con un golpe seco—. ¿Ven lo que quiero decir? —agregó con mal disimulado regodeo.

    Con un gesto reflejo, Jim y Lesley se abalanzaron a sujetar el estuche, pero ya era tarde.

    Ross, creyendo que iban a atacarle, se volvió a mirarles.

    —¿Por qué quieren adoptar? —preguntó secamente—. Porque no pueden tener hijos, supongo. Pues no me parece razón suficiente.

    Se dirigió a la sala, se quitó la gabardina mojada, la arrojó a una silla, se instaló en una butaca y les dio a entender con un ademán que tenían su permiso para sentarse.

    Los Taylor se quedaron de pie.

    —¿Estarían dispuestos a adoptar a una criatura disminuida? —preguntó.
    —Naturalmente, nos gustaría una criatura sana —respondió Jim.
    —¿Qué dice usted, Mrs. Taylor?
    —Opino lo mismo. Pero nos alegraría adoptar a una criatura de cualquier raza o color, niño o niña.
    —¡O sea, una criaturita mona y sana que les divierta! —exclamó Ross riendo con sarcasmo—. ¡Y, si el niño mojaba su precioso suelo, le gritarían! —Acariciándose la barba de tres días, hizo caso omiso de las protestas de los Taylor y se puso a asaetearlos a preguntas. ¿Les habían declarado convictos de algún delito?—. Comprenderán que no podemos confiar niños a cualquiera. Tenemos que investigar a todos los solicitantes.

    ¡Habla como si por su boca respirara la sociedad!, pensó Jim, a quien resultaba cada vez más difícil dominarse, a pesar de las severas miradas de Lesley.

    —¿Han tenido alguna enfermedad venérea? —preguntó Ross mirando primero a Jim y luego a Lesley. ¿Alguno de ellos tenía un amante que pudiera ir a la casa y causar confusión a la criatura? Quiso saber si Lesley había tenido algún aborto. Para entonces ella estaba tan alterada que dijo que sí.
    —Ya —hizo Ross con acento inquietante—. Ya.

    Al ver que Lesley se demudaba, Jim lanzó al asistente social una mirada que le hizo palidecer, levantarse de un salto y retroceder.

    —¡De mí depende! —gritó con voz insegura agitando un dedo—. ¡De mí depende que ustedes puedan adoptar a una criatura!
    —¡Eso lo veremos! —gruñó Jim, incapaz de creer que aquel indeseable tuviera la facultad de decidir sobre la aptitud de nadie para nada. Había vendido miles de ordenadores al Gobierno, pero no estaba mejor informado del poder del funcionariado que el peón sin trabajo.

    Ross, al advertir que no había peligro inminente, dejó caer el brazo y adoptó un tono casi cortés.

    —Si no quieren adoptar a un niño, Mr. Taylor, no hay motivo para que les haga perder más tiempo. Ahora mismo me marcho y no les entretengo más.
    —Nada de eso, Mr. Ross, estamos deseosos de colaborar —dijo Lesley rápidamente.

    Con un destello de triunfo en los ojos, Ross asintió, fue al dormitorio del matrimonio y miró en derredor, como si buscara algo.

    Cuando empezó a abrir cajones y a revolver en la ropa interior de Lesley, Jim le pegó.

    —¡Tomo buena nota de esto! —balbuceó Ross, dejando caer las bragas de seda cuando Jim lo empujó fuera del dormitorio. Al principio se dejaba empujar, pero de pronto se paró y dio media vuelta. Con súbita valentía y decisión en la mirada, se mordió los finos labios y apretó los puños, dispuesto a luchar hasta la muerte—. ¡No me iré sin mi gabardina!

    Lesley corrió a la sala a buscar la prenda.

    —¡Ustedes nunca adoptarán a un niño, se lo garantizo! —dijo Ross cuando recuperó el aliento—. En su expediente figurará esta violencia y esta agresión. ¡Y no se moleste en quedar embarazada, Mrs. Taylor! —ladró cuando ella le dio a gabardina—. ¡En cuanto nazca la criatura, se la quitaremos y no volverá a verla!

    Parecía una amenaza estúpida y patética, pero, según decía Kate Greenall en su artículo, sólo durante aquel año, mueve criaturas fueron separadas de sus padres por recomendación de Mr. Ross y, en ningún caso, por razones que ludieran parecer válidas a personas sensatas».

    En cuanto el hombre se fue, Lesley corrió al dormitorio, sacó el cajón de la ropa interior, lo llevó al cuarto trastero y lo vació en la bolsa de los desechos.


    CUANDO RECIBIERON la carta en la que el Ayuntamiento lamentaba comunicarles que su solicitud de adopción había sido desestimada, los Taylor fueron a ver a la maternal Ms. Dunnett, que se levantó y salió a su encuentro con amables sonrisas, les ofreció té en vasos de plástico y no les creyó.

    —Mr. Ross tiene un máster en asistencia social —dijo con firmeza, recalcando el «máster» como si fuera la garantía divina de que Mr. Ross siempre se esforzaría por mantener su actuación profesional al más alto nivel, en el marco fijado por el departamento de Sanidad.

    Ella tenía mucha fe en los títulos de máster (ella misma poseía uno) y creía que purgaban a sus poseedores de cualquier inclinación poco ética. Además, ella sabía que Ross no robaba a las personas a las que en teoría debía ayudar. Desgraciadamente, entre los mil cuatrocientos asistentes sociales del distrito, había algún que otro desaprensivo, pero todos los robos de los que ella tenía noticia habían sido cometidos por gente que no tenía títulos de tanta garantía. Y, si nada había hecho contra los ladrones (aunque lamentaba sinceramente sus tropelías), no iba a escuchar ahora descabelladas acusaciones contra uno de sus asistentes mejor cualificados y de probada honradez.

    —De todos modos, aunque su informe hubiera sido favorable, ustedes no podrían adoptar a una criatura —dijo a los Taylor—. Superan la edad límite. Preferimos que los padres adoptivos tengan menos de treinta años.

    Lesley se indignó.

    —Entonces, ¿podría explicarme por qué se nos sometió a la visita de Mr. Ross? —preguntó—. ¿Y por qué se permitió él registrar nuestros cajones?
    —Me cuesta trabajo creerlo —dijo Ms. Eunice Dunnett con amabilidad pero con firmeza.
    —Pues eso es justamente lo que hizo.

    Ms. Dunnett se limitó a sonreírles durante un rato, con un brillo de comprensión y simpatía en sus ojos grises, dejando pasar el incidente de la ropa interior.

    —¿Más té? —preguntó al fin—. ¿No? Comprendo su estado de ánimo, es natural que estén disgustados —agregó en tono consolador—. Con el tiempo lo comprenderán.

    Jim lo comprendía. Comprendía que Ms. Dunnett siempre protegería a los suyos porque estaba segura de ser protegida a su vez. Cuando salían del Ayuntamiento, dijo a Lesley que más valdría renunciar, pero ella (quizá por los diez años de infierno que le habían hecho pasar los especialistas en fertilidad, y para nada) no estaba dispuesta a aceptar la derrota. Él pensó entonces que quizá juzgara al mundo con excesivo cinismo, y se avino a seguir insistiendo. Unos amigos les hablaron de Kate Greenall, ellos le expusieron el caso y ella lo publicó. Cuando apareció el artículo, invitaron a cenar a la periodista y a su marido, para darle las gracias y celebrar la ansiada victoria sobre Mr. Ross y Ms. Dunnett.


    KATE GREENALL, nada más llegar, disipó la tensión que pudiera haber en el ambiente, en una primera reunión entre personas que en realidad no se conocían: rompió el hielo presentando a Michael, su marido, como asistente social.

    —¡No! —exclamó Lesley.
    —¡No puedo creerlo! —dijo Jim.
    —Es verdad —reconoció Michael Johnson con una amplia sonrisa—. Es una suerte para mí que firme con su nombre de soltera. Si mis colegas supieran que es mi mujer, ya habría perdido el puesto.
    —¿Cómo puede seguir casado con ella? —preguntó Jim.
    —Por el sexo. Me chiflan las rubias pechugonas.
    —No seas ordinario —le amonestó su mujer con una sonrisa de satisfacción.

    Lesley había preparado su comida especial para las fiestas; Jim era el encargado de servir. Michael Johnson, corpulento, de sonrisa jovial y pocas palabras, comía por él y por su esposa: ella estaba a régimen y se nutría principalmente del sonido de su propia voz.

    —Por supuesto, las personas decentes e inteligentes como Michael pueden hacer mucho bien —dijo, después de tomar un par de bocados de salmón ahumado y un sorbo de vino—. Pero sólo en su distrito hay más de dos mil asistentes sociales. ¿Cuántos de ellos les parece que poseen el discernimiento para decidir a quién otorgar la custodia de una criatura? ¿Se imaginan a dos mil reyes Salomón en el departamento de Asistencia Social de un solo distrito?
    —Yo no soy el rey Salomón, pero no tengo ansias de poder —apostilló su marido—. Casi nunca abro la boca.
    —¡En fin, los asistentes sociales no son los peores! ¿Han leído lo del delegado de Educación de Birmingham que creía en el satanismo?
    —Sí, sí...
    —Y mató a su amante porque no estaba de acuerdo con él —recordó Jim.
    —Lo cierto es que hay muy pocas personas a las que se pueda otorgar sin peligro poder sobre sus conciudadanos —prosiguió Kate—. No obstante, los funcionarios siguen multiplicándose y quitándonos más y más y más dinero y más y más libertades. Se reúnen, redactan informes, valoran, aconsejan, asesoran... Dictan normas. Es asombroso comprobar la cantidad de gente perezosa que está ansiosa por sentarse detrás de una mesa y decir a los demás lo que tienen que hacer: es el motor de la historia contemporánea.
    —Kate, estos señores te han invitado a cenar, no a dar una conferencia —dijo Michael, temiendo que su mujer aburriera a los anfitriones—. ¿Por qué no dejas que Lesley o Jim metan baza para variar?
    —¡No sea injusto, Michael! —dijo Lesley—. ¡Hace sólo un minuto dije sí, sí...
    —¿Estaba disertando? —dijo Kate fingiendo sorpresa—. Lo siento.

    Jim y Lesley le rogaron que continuara, pero ella movió negativamente la cabeza con una mueca de compungida contrición y tomó un bocado de pastel de crema. Estaba delicioso y miró a Lesley con un suspiro.

    —No debió tomarse tantas molestias. Hace que tenga remordimientos por el artículo. Les hará más daño que bien.
    —No se me ocurre cómo —dijo Lesley.
    —Muy sencillo. Cualquier crítica es un desafío a su poder. ¿Se cree usted con derecho a decirles lo que tienen que hacer? ¿Por qué han de permitirnos a usted y a mí marcarles la pauta? ¿Cuáles son sus cualificaciones? Intolerable, querida.

    Su marido se limitó a sonreír, pero Jim y Lesley no pudieron contener la risa ante los visajes de la periodista.

    —Sí, muy divertido —dijo otra vez seria—; pero esos dos niños de los que hablaba en mi artículo, cuyos padres no fueron lo bastante listos para agradar a Mr. Ross, todavía están bajo la tutela del Gobierno.
    —¡No es posible! —exclamó Lesley.

    Kate agrandó los ojos de sorpresa ante la ignorancia de su anfitriona.

    —¿En qué mundo vive, guapa? ¿Es de los que piensan que estamos gobernados por el Gobierno? ¿O por la gran empresa? ¿O por los medios de comunicación? Ahora la clase dirigente es la de los burócratas. Antes tuvimos la monarquía absoluta y ahora tenemos la burocracia absoluta. Ross está en uno de los peldaños de más abajo, pero es uno de ellos y siempre le apoyarán, porque reconocer que, a pesar de su máster en ciencias sociales, es un cretino de mierda, podría hacer que mucha gente se diera cuenta de la gran mentira.
    —¿Qué gran mentira? —preguntó Jim.
    —La verdad oficial. La simulación de que el país tiene millones de funcionarios deseosos de ayudar a la gente, no de mearse en ella.
    —Excusen su lenguaje —terció su marido—. Cursó ciencias políticas en Oxford.
    —Está bien, ya he terminado... Muchas gracias por su atención —agregó con una pequeña inclinación hacia sus anfitriones—. Sólo quería advertirles de que, por lo que respecta a nuestro funcionariado, están marcados. Si quieren adoptar, váyanse al extranjero.


    LOS TAYLOR DIERON las gracias a Kate Greenall por el consejo, pero cuando se quedaron solos convinieron en que, si bien era una mujer brillante, exageraba. Contrataron a un abogado, se entrevistaron con su diputado en el Parlamento, mantuvieron entrevistas con funcionarios, vieron al ministro de Sanidad, hicieron declaraciones por escrito y recibieron gran cantidad de hipócritas muestras de solidaridad y muchas decepciones que, finalmente, les hicieron sentirse muy viejos para adoptar a una criatura. De modo que, a fin de cuentas, a su manera, los funcionarios les resolvieron el problema.

    Una tarde de verano, cuando por fin se habían dado por vencidos, Jim miraba cómo Lesley recogía los ositos, los conejos, los corderos y demás juguetes para enviarlos a beneficencia y sintió el peso aplastante de una década de falsas esperanzas y decepciones.

    —¡Qué hemos hecho para merecer esto! —suspiró, pero en seguida le pesó haberlo dicho, al ver la mirada de Lesley.


    9. EL REGRESO DEL NATIVO


    JIM ESTABA EN LA PLAYA, petrificado. Un pelícano, al que mantenía despierto la noche clara, cruzó por delante de él en vuelo bajo. La sombra siniestra de sus grandes alas le encogió el corazón. Trastornado, le parecieron las alas de la muerte. Trató de mover las piernas y no pudo.

    Entonces, con Florida a la espalda, recordó que éste era su país.

    Hacía décadas que no significaba nada para él. Durante varios años después de instalarse en Londres, siguió considerándose norteamericano, pero no se le ocurrió preguntar a Lesley si le gustaría vivir en Estados Unidos. Era como si el asesinato de su madre le hubiera desarraigado. Aunque en un principio apenas era consciente de su cambio de actitud y perspectiva, poco a poco adquirió una identidad nueva, la de emigrado, una de esas personas que nacieron en una parte del mundo y viven en otra. Es un contingente cada vez más numeroso y tiene tantos rasgos en común que podría optar a ser reconocido como nación, cuya población por cierto superaría a la de la mayoría de Estados. Son gentes que alteran el lugar en el que se instalan y están configurando el mundo del siglo XXI. Son el motor de los cambios históricos y, no obstante, todavía son, o se creen, extraños. No saben adonde pertenecen ni si pertenecen a algún sitio. Jim podía considerarse más afortunado que la mayoría, puesto que sólo había cambiado de país y de continente pero no de lengua; de todos modos, seguía siendo un forastero. Después de que lo nombraran director de ventas, hizo varios viajes de negocios a Estados Unidos, pero tampoco allí se aclimataba. Y sacó la triste conclusión de que, durante el resto de su vida, se sentiría extraño en todas partes.

    —Mis padres eran emigrados en América y yo soy emigrado en la Gran Bretaña. Puede decirse que soy un emigrado de segunda generación —solía decir—. Pero en realidad no creo que importe mucho dónde vives. El nacionalismo es un concepto anticuado. Todo el mundo es un país.

    No obstante, aquella noche extrañamente luminosa en que todos los pájaros estaban despiertos, cuando dejó atrás la hierba y sintió la fría arena en la planta de los pies, y se detuvo, paralizado por el miedo a ahogarse, un arranque de patriotismo le reafirmó en su propósito.

    En América nací y en América he de morir, pensó. Y tiene que ser ahora. ¡Quién sabe si podré permitirme volver!

    Echó a andar por la arena detrás de su sombra obesa y se metió en el mar.


    10. EL FIN Y EL PRINCIPIO


    JIM PERDIÓ EL EMPLEO la víspera de sus vacaciones. Fue despedido cuando salía del despacho para un viaje de dos semanas —Navidad y Año Nuevo— en Florida.

    Hacía dieciséis años que era director de ventas de la Quantum Systems. La Quantum era la mayor empresa de informática del Reino Unido y, hasta el inicio de su súbita y espectacular caída, había empleado a más de diecisiete mil personas. En aquella época, Jim Taylor, al frente de la división de Ventas y Marketing, tenía bajo su responsabilidad a casi cuatro mil vendedores, product managers, diseñadores, grafistas y personal auxiliar. De ellos, novecientos trabajaban literalmente debajo de él, en las plantas inferiores de la torre Quantum, sede de las oficinas centrales de la empresa, un austero rascacielos edificado al sur del Támesis durante los años del desastre arquitectónico, en los que privaba el hormigón escueto.

    Detrás de su fea e insípida fachada, el interior de la torre Quantum era grato y hasta lujoso, sobre todo la planta 16, la de los despachos de los directivos. Las paredes de los corredores estaban recubiertas de mármol rosa y la gente caminaba silenciosamente sobre gruesas moquetas. Jim, en su calidad de Número Tres de la empresa, ocupaba el tercer despacho en importancia, dotado de baño privado. Desde su sillón, detrás de una mesa de palo rosa y ébano, dominaba una vista panorámica de un recodo del río, el magnífico palacio de Somerset House y la cúpula de San Pablo. Disponía de un lujoso BMW de la empresa y hasta hubiera podido tener chófer, pero prefería conducir él mismo.

    A las seis y media de la tarde del jueves, 23 de diciembre (volaba con Lesley a Florida el 24), cuando se disponía a entrar en el ascensor para bajar al garaje, Jim vio llegar corriendo a Janice, secretaria y consuelo corporal del presidente, que le dijo que Mr. Norton quería verle un momento.


    JEREMY NORTON, PRESIDENTE y director general de Quantum, un hombre alto, corpulento y bien parecido, había sido compañero de trabajo y aliado de Jim durante casi tres décadas. Tenían la misma edad y —¡qué mayor lazo de unión podía existir!— se estaban quedando calvos al mismo tiempo. Entraron a trabajar en la empresa cuando aún se llamaba Máquinas de Oficina Quantum y ellos no habían cumplido los veinticinco años. Jim era aspirante a vendedor y Norton auxiliar de contabilidad cuando empezaron a almorzar juntos una o dos veces a la semana. En aquel entonces, en la empresa nadie se fijaba en ninguno de ellos, lo que tal vez fuera la base de su amistad.

    Antes de casarse con Lady Margaret o, mejor dicho, de que Lady Margaret decidiera casarse con él, Norton era un tipo simpático, uno de esos muchachotes que tienen la risa pronta, incluso a costa de sí mismos.

    Los dos jóvenes solían gastarse bromas sin picarse nunca. Norton se impresionó cuando se enteró de que Jim había estudiado violonchelo. «¡Y nada menos que en América!», agregó con sonrisa burlona. «Pero, ¿qué te imaginas, Jeremy? —respondió Jim—. Chicago es una de las capitales musicales del mundo, y me parece que tú no sabes ni cómo se escribe Beethoven. No entiendes más que de números, de tenis y de chicas, y crees que eres civilizado porque te has criado en Inglaterra.» Norton agradeció el cumplido. «Tienes razón —concedió riendo—. Entiendo de chicas.»

    Norton tenía varios parientes ricos de los que nada iba a recibir, por lo que podía reírse de ellos a placer. A veces le invitaban a sus fiestas, «para hacer bulto», decía él. Cuando conoció a Lady Margaret, tenía veintiocho años y seguía siendo contable, pero ya trabajaba a las órdenes de Jim, que estaba al frente del departamento que gestionaba las operaciones de Quantum con Estados Unidos y Canadá, Seguían almorzando juntos, y Jim no armaba jaleo si Norton perdía alguna que otra mañana de trabajo por haber trasnochado. Norton le juraba que nunca lo olvidaría.

    Eran íntimos amigos: Jim era la única persona a la que Norton hablaba de Lady Margaret.

    —Piernas largas y pechos grandes y blancos como la leche —le dijo un día, tratando de describir el fenómeno, mientras esperaba que se le enfriara la zuppa di verdura en la trattoria toscana próxima al despacho—. Es atractiva, es animada, pero está desesperada. Es estresante ser hija de un duque, Jim, muy estresante. Imagina, muchos de los chicos con los que jugaba al tenis ahora son embajadores, o grandes terratenientes, o altos funcionarios, personajes importantes. Pero todos se han casado con otra. Ella sigue yendo a todas partes, no le importa volar miles de kilómetros para asistir a un baile o a una cena. Debe de tener cuarenta años, es decir, que lleva más de veinte cenando y bailando con hombres importantes. Lee en los periódicos que se casan, se divorcian, vuelven a casarse, pero siempre con otra. Y, a veces, la otra es una simple secretaria o una enfermera. Entre sus ex amantes hay un ministro, un conde, el propietario de una cadena de televisión por cable, un alto empleado de la Casa Blanca, un arquitecto internacional, una estrella de Hollywood, bueno, quizá una estrella no, pero sí un actor bastante famoso: hombres ricos, atractivos e influyentes que se han casado con otra. ¡Y, ésos, que yo sepa! Porque habrá habido otros, que tampoco se han casado con ella. Por miedo, supongo —agregó con una sonrisa.
    —¿Miedo? —preguntó Jim. Era buen oyente y sólo hacía preguntas para demostrar que escuchaba.

    Norton tenía la cabeza grande y la boca en proporción, por lo que su sonrisa siempre era amplia.

    —Mira, Jim, es la mujer más arrogante y voluntariosa que conozco. Lo nuestro no es serio, desde luego, yo no soy persona importante. Por cierto, no pasa hora sin que use esta expresión. Para ella es muy importante ser importante, es esencial. Porque, si no puedes casarte con un hombre importante, ¿de qué sirve tener antepasados que fueron personajes de las obras de Shakespeare? ¿De qué sirve ver tu apellido en los mapas? Algunas de las tierras más valiosas del mundo llevan el nombre de su familia. Supongo que eso desquiciaría a cualquier mujer.


    POCO DESPUÉS, NORTON se marchó de Quantum para reaparecer al cabo de un año en calidad del miembro del consejo de administración y dueño de un gran paquete de acciones, regalo de boda de su esposa. Evidentemente, Lady Margaret había decidido que, puesto que no podía encontrar a un hombre importante para sí, se fabricaría uno.

    Norton reanudó sus almuerzos con Jim. No se veían mucho fuera de las horas de oficina, pero almorzaban juntos una o dos veces al mes. Era el rito de una amistad circunscrita; pero hasta las pequeñas cosas llegan a tener cierta entidad si se mantienen durante años. Ahora Norton se empeñaba en almorzar en Alexander's, un restaurante de Westminster que servía comida griega en un decoroso y rancio ambiente inglés; era un local lujoso y caro, frecuentado por gente importante, aunque pocos clientes tenían un porte tan digno como los camareros.

    Antes del año, el consejo de administración de Quantum había elegido a Norton presidente y, poco después, director general. A los pocos meses, él nombraba a Jim director de ventas, con lo que ayudó a su compañero de almuerzos a subir varios peldaños de una vez.

    —No me des las gracias, Jim —dijo rodeando con el brazo los hombros de su viejo amigo—. Si no podemos contar el uno con el otro, ¿con quién vamos a contar?


    11. CUESTIÓN DE ESTATURA


    TODO FUE BIEN hasta que la torre Quantum empezó a tambalearse a causa del desequilibrio de la economía mundial: la gente trabajaba por menos dinero en el Este que en el Oeste. A Quantum, que fabricaba sus ordenadores en Inglaterra y Escocia, el desastre llegó con la proliferación de la tecnología del microchip. Ya era tan fácil fabricar ordenadores como radios de transistores; en el Este, las cadenas de montaje automatizadas los hacían a manta y baratísimos, por quattro soldi, como se lamentó un directivo de Olivetti. Todas las grandes empresas del sector tenían dificultades, todas vendían cada vez menos y cada vez más barato. IBM perdía miles de millones al año, Olivetti, cientos de millones, y Quantum, más de cien millones.

    Si los tiempos eran malos, Quantum tenía el presidente y director general idóneo para hacerlos peores. Quiso la fatalidad que el declive de la empresa coincidiera con la hipertrofia del ego de Jeremy Norton. Su propia sospecha de que se había casado por dinero y la altanería implacable de su esposa minaron su propia estimación y, al igual que tantos hombres y mujeres que se enfangan el alma para alcanzar la cima, tenía la imperiosa necesidad de verse a sí mismo como un ser superior, para el que no regían las normas. En resumen, la desastrosa combinación de duda de sí mismo y poder alteró su personalidad: empezó a darse mucha importancia y, con gran ayuda de sus subordinados, descubrió que era un gran hombre. El descubrimiento no pareció hacerle más feliz. Ahora se reía mucho menos y siempre estaba haciendo reformas en los despachos. El mármol rosa de los corredores fue idea suya. También dispuso que uno de los ascensores se destinara a uso exclusivo de la dirección. En todas las plantas, se sustituyó el pulsador de llamada de este ascensor por una ranura para tarjetas de plástico que sólo se distribuían a los jefes. Norton podía subir a su despacho y bajar al parking sin tener que tropezarse con los simples empleados. Desde que se sentía importante, tenía otro empaque. A veces, sin más ni más, su ancha cara se inmovilizaba con expresión de gran dignidad, como si estuvieran retratándolo. «¡Eh, Jeremy, que no soy fotógrafo!», le hubiera dicho Jim de buena gana. Pero ya habían pasado los tiempos en los que Norton encontraba gracia a las bromas a costa suya. Era imposible criticarle y hasta discutir con él. «La única conclusión que saca de cualquier discusión es la de que estás desafiando su autoridad», le dijo Jim a Lesley.

    No obstante, Jim no podía evitar las discusiones: él era responsable de unas ventas en constante disminución. «Tenemos que cambiar de orientación —porfiaba con Norton cuando todavía no era tarde—. Hay que fabricar cosas que no se hagan masivamente en Taiwán.»

    Hubieran podido superar la crisis. Los jóvenes de Investigación y Desarrollo de las plantas 8 y 9 realizaron una serie de inventos y perfeccionamientos que hubieran dado a Quantum una ventaja sobre la competencia. Entre otras maravillas, idearon una pantalla provista de un revestimiento especial que aumentaba la nitidez de la imagen y protegía de radiactividad al usuario. También perfeccionaron, varios años antes que nadie, un miniordenador con selector de tensión automático (una novedad incluso hoy) y una impresora por inyección que cabían en una bolsa de bandolera acolchada, lo que permitía utilizarlos en cualquier sitio, incluso en un avión, lo mismo que una máquina de afeitar eléctrica.

    Pero Quantum nunca pudo ser la primera en comercializar una innovación en tecnología informática. Norton desechó la pantalla protectora aduciendo que la publicidad haría que el público mirara con prevención los ordenadores en general. «¿Y por qué vamos a tirar el dinero en una mejora que no podemos anunciar?», preguntó con aquel tono firme y sosegado en el que algunos miembros del consejo de administración veían gran prudencia y sabiduría y Jim había llegado a considerar como una mortífera mezcla de arrogancia, autosuficiencia y pusilanimidad.

    Cuando se examinó el prototipo del conjunto de miniordenador e impresora en la reunión de directivos del martes por la mañana, Jim argumentó que, dado que el ordenador y el viaje se habían convertido en una forma de vida, la demanda del PC portátil tenía que aumentar forzosamente. Propuso comercializar el conjunto de ordenador e impresora como «la oficina de bolsillo». Cuando, cuatro años después, se les ocurrió la idea a los americanos, el combinado tuvo un gran éxito; pero, en el momento en que lo propuso Jim, Norton consideró que «si realmente existiera mercado para la oficina de bolsillo de Jim, americanos y japoneses ya estarían haciéndola».

    —Aún no la hacen, pero la harán, y nos quitarán a los clientes —insistió Jim.

    Norton levantó la mirada al techo, se quedó un rato contemplándolo y luego se volvió hacia Jim.

    —Tengo que pensarlo.

    «Tengo que pensarlo» eran las últimas palabras de Norton siempre que se hablaba de innovaciones. Lo curioso era que, cuando trataba de rehuir una decisión, adoptaba su aire más augusto. Le gustaban los atavíos del poder, el lujo y las reverencias y, temeroso de perderlos, no invertía en nada que no hubiera sido probado ya por la competencia. Lo pensaba hasta que ya era tarde. Naturalmente, le encantaban las ideas nuevas cuando todo el mundo creía en ellas. En cuanto el mercado estuvo inundado de ordenadores portátiles y de bolsillo y agendas electrónicas, dio el visto bueno para que Quantum los fabricara. Estos retrasos obligaban a hacer regulaciones de plantilla.


    ÉSTOS SON DETALLES ÁRIDOS, que no hablan al alma, pero pueden contribuir a explicar la creciente sensación de impotencia e insatisfacción consigo mismo que aquejaba a Jim y que llegó a dominar su mente hasta hacer que se sintiera «mortalmente asqueado» según la manida pero gráfica expresión.

    La última oportunidad de la compañía fue el minimolino. Era un pequeño molino de viento generador de electricidad, del tamaño de una antena parabólica, ideado por dos científicos de Cambridge, Mary y Jonathan Chisholm, marido y mujer, licenciados en física y química, respectivamente. Las centrales eólicas dotadas de multitud de altos molinos de viento eran ya tan numerosas en Gales y Escocia como en California; pero la particularidad del modelo de los Chisholm era su tamaño. Con poco más de medio metro de diámetro, podía proveer de electricidad a casas aisladas situadas en lugares de la costa y terrenos elevados del interior expuestos al viento, sin más gastos que el desembolso inicial para la compra del aparato. La energía que no se consumía directamente cargaba el acumulador que, con una potencia de cinco kilovatios hora, aseguraba el suministro en los días de calma.

    Lionel Harron, jefe de Investigación y Desarrollo, hombre entusiasta y batallador, había estudiado en Cambridge con los Chisholm y mantenía contacto y amistad con ellos, lo que le permitió seguir el proceso de desarrollo del mini— molino, e instó a los inventores a ofrecer a Quantum la licencia de fabricación, a cambio de un tanto por ciento de los beneficios. El pequeño generador no presentaba dificultades técnicas, y para su producción podía equiparse una parte de la fábrica Quantum de Glasgow. Era una oportunidad ideal para diversificar, en un momento en que las ventas se habían estancado en el saturado mercado de la informática. Jim recurrió a toda su elocuencia para apoyar a Lionel Harron. Estaba convencido de que el aparato tendría un éxito espectacular que, al tiempo que ayudaba a mantener puestos de trabajo, fomentaría la utilización de energía no contaminante. Era una de las pocas veces que estaba seguro de poder hacer algo útil, y trató de convencer a Norton durante el almuerzo.

    Como Jim sabía que Norton tomaría toda alusión al bien común o al interés de las personas que habían consagrado a la compañía la mayor parte de su vida profesional como una indicación de que el minimolino no era negocio, planteó la proposición desde una perspectiva práctica.

    —Si despedimos a miles de profesionales de primera (de los menos buenos ya nos hemos librado), no podremos volver a levantar cabeza, Jeremy —dijo a Norton—. Si nos limitamos a hacer lo que hace todo el mundo, no volveremos a tener beneficios. Tenemos que adoptar la mentalidad de Henry Ford cuando empezó a fabricar su Modelo T. Es la única filosofía válida para una empresa de tecnología punta como la nuestra: producir algo nuevo, algo para lo que haya una necesidad universal no satisfecha. —Hablaba con énfasis, tratando de grabar el concepto en el cerebro de Norton—. Y un pequeño generador que puedes montar en el tejado de tu casa es ideal. No tendríamos competencia en todo el mundo para un producto que evitaría a millones de personas tener que pagar la factura de la luz. Además, atraería a clientes para los ordenadores.
    —Es tentador, sí, muy tentador. Pero, dime una cosa, Jim... —Norton adoptó un gesto pensativo y sus mejillas anchas y sus facciones grandes compusieron una sonrisa triunfal—. Si tantas ventajas tiene, ¿por qué no lo ha comprado nadie, hmmmmm?

    Jim levantó las manos en ademán de capitulación. Tenía la respuesta, pero le pareció más prudente guardársela.


    TEÓRICAMENTE, TODAS las decisiones importantes se tomaban en las reuniones de directivos del martes por la mañana, que se celebraban en la sala de juntas, una pieza sin ventanas en la que los asistentes se sentaban alrededor de una larga mesa rectangular, respirando aire acondicionado. Cada uno de los hombres y la única mujer presentes tenía delante un bloc amarillo, un bolígrafo Quantum y una bandejita de plata con un vaso y dos botellines de agua mineral, con gas y sin gas. El propósito de las reuniones era que cada cual pudiera dar su opinión, a fin de adoptar de común acuerdo la decisión más conveniente. E1 futuro de miles de personas dependía de lo que dijeran o no dijeran, y Norton les apremiaba a exponer sus ideas. Quiero hurgar en vuestro cerebro», decía Norton jovialmente, pero lo que quería era oír un eco de su propia voz.

    Los situaba ante el dilema moral que tan bien define George Jonas:

    Todo acto entraña una elección final
    a despecho de su complejidad
    entre el silencio y la voz.


    Desde luego, hacía tiempo que los ejecutivos que tomaban asiento alrededor de la mesa habían dejado de ver ante sí la posibilidad de elegir, incapacidad que traduce el verdadero sentido de la expresión «ceguera moral». Los que veían alternativas y tenían por costumbre discutir con Norton no duraban mucho, por lo que los supervivientes se alineaban detrás de él y se dedicaban a enumerar los obstáculos con que se encontrarían si trataban de hacer algo que no se hubiera hecho antes. Jim nunca cayó tan bajo. Él daba su opinión, aunque luego optaba por callar y mostrarse «buen perdedor» tratando de adoptar una expresión de conformidad, como si creyera que las opiniones de los demás eran tan buenas como la suya, si no mejores.

    La reunión en la que se trató del minimolino tomó el rumbo que solían tomar tales reuniones, lo cual demostraba que aconsejarse con expertos cuyo cargo depende de la persona a la que han de asesorar, es tirar el dinero. Al principio, todos los asistentes se mostraron partidarios del proyecto, incluido el Número Dos, el director financiero, que creía poder disponer de tesorería suficiente para su financiación.

    —Podríamos cubrir parte de los costes de desarrollo con el ahorro de electricidad que consiguiéramos aquí mismo —dijo Lionel Harron—. Una docena de molinos de viento en la azotea de la torre Quantum nos permitirían autoabastecernos de energía.
    —Lo mismo puede decirse de los demás rascacielos. ¡Y ése sería otro gran mercado! —abundó Jim.

    No obstante, una vez Norton, que incluso sentado los dominaba a todos con su corpulencia, empezó a pensar en voz alta en los peligros y dificultades del proyecto, sus objeciones fueron recibidas alrededor de la mesa con gestos de asentimiento y un murmullo de aprobación. Virginia Cunningham, la rubia y esbelta jefa del departamento Jurídico, que solía arengar a los grupos de feministas sobre la necesidad de introducir una perspectiva femenina en las salas de juntas de la nación, y que era la más obsequiosa cobista de Norton, se volvió inmediatamente hacia Harron:

    —¿Realmente crees ser del todo objetivo en esto, Lionel? —preguntó clavándole el cuchillo con voz acariciadora y sonrisa acaramelada—. Pienso que quizá inconscientemente puedas dejarte llevar por el deseo de ayudar a tus amigos.

    Lionel Harron, un fornido irlandés del Ulster, de mejillas coloradas y cejas hirsutas, tenía el genio vivo y respondió a la sibilina insinuación de Ms. Cunningham con un ataque frontal. Rebatía todas las objeciones con sentido común, pero con excesiva vehemencia. Sus gruesas cejas se movían como si tuvieran vida propia, creando un contraproducente efecto cómico.

    —¡Sois estúpidos! —gritó, cometiendo el error definitivo de perder los estribos. En la gran empresa, toda exhibición de sentimientos y, sobre todo, de indignación, desacredita al que habla e invalida sus argumentos—. Este pequeño molino de viento es tan grande que podría incluso sustituir la energía nuclear. ¡Pensadlo! ¿Hasta cuándo vamos a estar generando residuos nucleares?
    —¿Qué tiene eso que ver con nosotros? —preguntó Norton ásperamente. Miró a Harron de arriba abajo sacudiendo su gran cabeza con expresión de asombro—. Lionel, no me digas que tienes tanto interés en esto porque te ha picado la mosca de los residuos nucleares. Tú hablas de política, no de negocios.
    —¡Hablo de crecimiento, de beneficios! —vociferó Harron, soltando un surtidor de saliva.

    La reunión duró tanto que los presentes se bebieron toda el agua de los dos botellines. Estaban contrariados porque sabían que, si no adoptaban el proyecto del minimolino, habría despidos en masa. Pero comprendían que Norton estaba en contra y que, si insistían en contradecirle, los primeros despedidos podían ser ellos. Ganaban de ocho diez veces la media nacional y no tenían intención de renunciar a la buena vida, si podían evitarlo. Hubieran podido recitar a coro la poesía de Jonas:

    No soy libre porque valoré
    más la comodidad que la verdad.


    —¿Y el ruido? —preguntó alguien con voz de preocupación—. ¿Sabemos el ruido que hace?
    —¡Sí, el ruido! —exclamó el director de finanzas, agarrándose a la palabra para justificar su retirada.
    —Como puedes ver, Lionel, no soy yo sólo —dijo Norton abriendo los brazos y mostrando las palmas de sus manazas en ademán de impotente resignación.

    Harron ya tenía pensado pedir la jubilación anticipada si Quantum decidía renunciar a fabricar el generador, de modo que no se calló lo que pensaba del presidente.

    —Sí que eres tú sólo, Jeremy. Siempre has sido tú sólo Tú estás hundiendo a la compañía.

    Su acusación desató murmullos de protesta en toda h mesa, aunque no en el presidente, quien modestamente dejó su defensa a la apasionada elocuencia de Virginia Cunningham.

    ¿Por qué no puedo ser un héroe y decir a esa zorra que deje ya de lamerle el culo?, se preguntaba Jim. De todos modos, un pequeño acto de valor sí realizó: no defendió a Harron cuando éste empezó a insultar al jefe, pero tampoco le atacó.

    Norton, apaciguado al ver al excitable irlandés reducido a una rabia incoherente, se sintió inclinado a la generosidad.

    —Evidentemente hay buenos argumentos en las dos caras de la moneda —concluyó. Al igual que tantos otros presidentes, era muy aficionado a las frases hechas y las metáforas híbridas. Echó el sillón hacia atrás y se irguió en toda su estatura, dedicando a la mesa una ancha sonrisa de despedida—. Lo pensaré.


    —DESPUÉS FUI a su despacho —le dijo Jim a Lesley por 1a noche. Cambiaban impresiones sobre la respectiva jornada mientras preparaban la cena. Jim limpiaba, pelaba, picaba, cortaba y rallaba hortalizas y Lesley hacía lo demás—. Pensé que valía la pena hacer otro intento, en privado. Le dije que no debía dejar que la excitabilidad de Harron le hiciera perder de vista lo esencial. Apelé a su vanidad. Le dije que, si el minimolino tenía éxito, podía valerle un título de nobleza, que Lady Margaret estaría contenta. Hasta le dije que esto debía pensarlo de verdad.
    —Ahí no estuviste muy diplomático.
    —Lo sé, metí la pata. Pero te pone frenético tratar de razonar con él. Me temo que ya sospeche que me considero más listo que él.
    —¡Es que eres más listo que él! —dijo Lesley, convencida de que Norton debía aceptar los hechos.
    —¡Sería mejor para todos que el más listo fuera él! De todos modos, no sé por qué me molesté. En una empresa en la que el presidente y el director general son una misma persona, los demás podrían renunciar a pensar.
    —Recuerda que Norton me cayó mal desde el primer día —dijo Lesley.
    —En un puesto sin importancia no tenía nada de malo, pero como presidente y director general es un desastre. Para él reflexión equivale a dilación. Antes de dar el salto, quiere que Dios le garantice que va a caer de pie.
    —Reconoce que cuando se casó con Margaret cayó de pie.
    —Su mujer le consiguió un sillón en el consejo. Eso no hubiera tenido consecuencias graves. Lo que lo hace peligroso es su estatura. —Jim dio tal cuchillada al nabo que estaba picando que lo hizo salir disparado—. La gente ve a un tipo alto y piensa que es un líder. Cuando miras su cara ancha, sus hombros robustos, sus manos grandes, lo último que pensarías es que ese castillo de hombre es estrecho de mente y pobre de espíritu. De no ser tan alto, nunca hubiera llegado a presidente ni a director general y, mucho menos, a las dos cosas.
    —¿Cómo habéis quedado?

    Jim mordió una zanahoria.

    —Me ha dicho que lo pensará.

    Norton estuvo pensando en el minimolino durante un tiempo y después llamó a los «exterminadores».


    12. AMISTAD EJECUTIVA


    NORTON DECIDIÓ SALVAR la empresa despidiendo gente. Aligerar la nómina le parecía una forma segura de salir de los números rojos. Contrató a una empresa de consultores de Nueva York especializada en la reducción de plantillas (una de las pocas ramas en expansión en aquel tiempo). Por recomendación de los especialistas, toda la fabricación fue trasladada a Corea del Sur, se cerró la planta de Birmingham y se convirtió la de Glasgow en centro de servicios. Al cabo de seis meses, de las catorce mil personas que trabajaban en los centros de producción que la Quantum tenía fuera de Londres, habían sido despedidas once mil.

    Los consultores tenían fijada su llegada a la torre Quantum para el primero de junio. Lionel Harron y sus mejores colaboradores de Investigación y Desarrollo no los esperaron. Se marcharon a la empresa californiana que compró el minimolino. Los que quedaban parecían haber envejecido. El aire de la torre Quantum estaba envenenado de miedo. Tres mil personas asustadas fingían trabajar, mientras se preguntaban hasta cuándo tendrían un puesto de trabajo.

    Jim estaba indignado por ellos. Cuando Lionel Harron se fue, él era el único de los directores que no utilizaba el ascensor de los jefes sino que subía y bajaba la torre Quantum con los empleados, por lo que podía hacerse una idea de lo que sentían. La gente le hablaba porque él escuchaba; con los años, había llegado a conocer a cientos de ellos lo suficiente como para saludarles por su nombre de pila. No hacía falta más para ser el director más popular de la empresa. Los demás se hacían antipáticos por la fría arrogancia con la que daban las órdenes.

    Ante la inminente llegada de los consultores, Jim se veía rodeado dondequiera que iba. Todos querían saber qué posibilidades tenían: ¿cuántos de ellos saltarían? Jim estaba sorprendido y hasta conmovido por aquellas pruebas de confianza y por la convicción que demostraban de que él estaba de su parte. De todos modos, poco consuelo podía ofrecerles. «Me parece que también quieren prescindir de mí», mentía, para no poner una barrera entre ellos. Era una mentira plausible: los consultores tenían fama de eliminar a unos cuantos directivos, tanto para ahorrar dinero a la empresa como para preservar la moral del personal, demostrando que la crisis afectaba a todas las categorías.


    EN NINGÚN MOMENTO Jim llegó a pensar que su cargo pudiera peligrar. Por lo que a su propia posición se refería, confiaba en Norton. Durante el último año, la compañía había trabajado gracias a los pedidos conseguidos personalmente por Jim, que había convencido a dos nuevos bancos árabes para que instalaran ordenadores Quantum y había comercializado más de tres millones de ejemplares de un programa Quantum diseñado según sus especificaciones, mejor dicho, las especificaciones de Lesley. Ella se lamentaba de que el ordenador tenía parte de culpa de la pésima ortografía de sus alumnos. «Los padres no ayudan, dicen que los chicos no necesitan aprender ortografía, que el ordenador ya corrige los errores —dijo—. Hasta los de último curso cometen faltas.» Jim pidió a Investigación y Desarrollo que idearan un programa pedagógico con una guía ortográfica que, antes de corregir un error, obligara al usuario a elegir entre varias alternativas. Con este nuevo programa, Jim vendió cuarenta mil ordenadores a los centros de enseñanza del Reino Unido. Su posición era inatacable: trabajaba de firme, se atenía a las normas y cultivaba la amistad de Norton. Estaban en inmejorable armonía, esto no había cambiado aunque ahora Jim aborreciera al presidente.

    Jim tenía lo que se llama «conciencia social», le preocupaban el bien común, el derecho y la justicia. Mucho antes de decidir suicidarse, había matado a muchos canallas con la imaginación. No podía leer un periódico sin desear emprenderla a tiros con algunos de los protagonistas de las noticias. Y, cada vez que el personal le interrogaba, con la angustia y el miedo en la cara, sentía el vivo deseo de estrangular a Norton.

    Pero seguía almorzando con él una o dos veces al mes, en su mesa del rincón del Alexander's.

    Aquel reducto masculino con aire de club privado, con sus maderas oscuras y sus servilletas y manteles bordados, se había convertido en una parte de su pasado común, un monumento a su larga alianza. Lo mejor del establecimiento era el silencio. No se oía el guirigay de los concurridos restaurantes de moda. Estaban ocupadas todas las mesas, pero no había demasiadas, y estaban lo bastante separadas unas de otras como para que pudieras hablar sin que el de la mesa de al lado se enterase de lo que decías. Esto era crucial para Norton, que necesitaba desahogarse con Jim de sus penas conyugales. Tenía de sí mismo una doble imagen: por un lado, gran hombre y, por el otro, víctima indefensa de una esposa irritable, excéntrica, mandona y vieja.

    —Que quede entre nosotros, Jim —dijo, dejando cuchillo y tenedor—, pero si tuviera que volver a vivir mi vida, me casaría con una mujer más joven.

    Margaret siempre estaba cansada. No quería salir. No quería tomar hormonas. (Esta información fue acompañada de una mirada que insinuaba lo que Norton era demasiado caballero para decir con palabras.)

    Jim se asombraba de lo mucho que Norton confiaba en él. ¿Porque era extranjero? ¿Porque no se relacionaban socialmente? Lo cierto era que Norton parecía necesitarle como a una especie de psiquiatra para la hora del almuerzo.

    Almorzaron juntos la víspera de la llegada de los consultores, y lo natural hubiera sido que hasta Norton se hubiera preocupado sobre todo de la suerte de sus empleados, pero el principal tema de conversación fue otra vez Lady Margaret.

    —Esto no se lo contaría a nadie más que a ti, Jim —dijo Norton después de un largo y triste soliloquio, interrumpido para dar cuenta de la lubina rellena de ostras—. ¡No entiendo qué me hizo casarme con ella!

    La codicia, fue a apuntar Jim; pero Norton, con los años, había conseguido olvidar que su riqueza y su posición se las debía a su mujer. A veces le decía a Jim que no quería divorciarse porque ella se quedaría con la mitad de todo.

    —Doce años no parecían mucha diferencia cuando ella tenía cuarenta bien llevados, pero ahora... Te contaré lo de anoche —prosiguió Norton, impaciente por exponer el caso que había estado preparando desde el principio del almuerzo. Pero entonces preguntó por Lesley, cambiando de tema mientras dos jóvenes mozos de comedor se afanaban en torno a ellos. Uno se llevó los platos con los restos del pescado y el otro cambió el mantel con la rapidez de un prestidigitador.

    Jim estuvo tentado de felicitar al chico por su destreza —siempre le producía placer ver algo bien hecho—, pero no quiso perder la ocasión de llevar la conversación por el camino que él deseaba.

    —Lesley está bien, sigue dando clase, todavía tiene la plaza segura —dijo.

    Norton captó la insinuación y asintió varias veces, mientras su expresión se ensombrecía a cada movimiento.

    —Es muy triste —comentó cuando se quedaron otra vez solos—. Si por lo menos los bancos nos hubieran dado tiempo para capear el temporal, hubiera podido evitarse todo este sufrimiento.

    Jim recordó sus discusiones sobre la «oficina de bolsillo», el minimolino y la docena de innovaciones que Norton había rechazado, pero no dijo nada. Era lo bastante perspicaz como para comprender que la frase «¡Ya te lo advertí!» no tiene la menor utilidad.

    En aquel momento llegaba su viejo camarero empujando el carrito del café y el postre.

    —¡Ajá, nuestro ghalaktoboureko! —exclamó Norton en voz alta, para demostrar lo bien que pronunciaba el nombre del fino y crujiente pastel de crema almibarado—. Para mí un trocito pequeño, Charles —le dijo al camarero—. Corren malos tiempos y hay que ser morigerados —agregó sentenciosamente dirigiéndose a Jim—. Es el momento de apretarse el cinturón. Bien, mañana es el gran día. A propósito ¿está enterada la gente de la llegada de los consultores?
    —No hablan de otra cosa.
    —¿En serio? ¿Y qué dicen?
    —Los llaman los «exterminadores».

    Norton arqueó las cejas.

    —¿De verdad? Pues no me parece la actitud más correcta —dijo con severidad mientras sus grandes mejillas se teñían de rojo—. No importa, una vez suprimamos a otras mil personas de la nómina, vendamos el edificio y nos mudemos a una oficina más pequeña, tendremos el tamaño justo para el volumen de negocio que realizamos.
    —¿Mil personas? —preguntó Jim, consternado, al comprender que no podría salvar ni siquiera a muchos de sus colaboradores más íntimos—. Eso supone uno de cada tres empleados leales y trabajadores. De los otros ya nos hemos librado.

    Los ojos azules de Norton le miraron sin pestañear.

    —Jim, no irás a ponerte sentimental —dijo finalmente—. Los bancos no aceptarán menos.

    Concentró su atención en el ghalaktoboureko,saboreándolo con deleite.

    Jim casi no se dio cuenta de que comía el pastel: se preguntaba si en un mundo ideal Norton podría ser enviado al patíbulo por privar a la gente de su medio de vida, por autocomplacencia, frialdad, cobardía e incompetencia para su cargo. Y entonces aún no sabía que, mientras despedía a la mayoría de las personas que habían ayudado a forjar la empresa, Norton pensaba concederse otro aumento de sueldo de ciento cincuenta mil libras.

    Después de saborear el último bocado, Norton se limpió los labios con la servilleta y la arrojó sobre la mesa.

    —Me siento fatal —anunció solemnemente.

    Jim abrió los ojos con aire de sorpresa. ¿Norton le habría adivinado el pensamiento? ¿O era posible que el presidente y director general tuviera remordimientos por privar del pan a toda aquella gente?

    Charles, el solícito camarero, que se mantenía a cierta distancia, intuyó que algo fallaba, lanzó una mirada crítica a la mesa, se acercó, llenó las copas de efervescente agua Malvern, hizo una pequeña reverencia y se retiró.

    —Quiero contarte lo de anoche —dijo Norton lúgubremente—. Ya sabes que Margaret no quiere ir nunca a ningún sitio. Hace desaparecer todas las invitaciones que llegan antes de que yo pueda verlas. Si le hablas de una reunión, te mira como si fueras un gusano. Cualquiera diría que no ha ido a una fiesta en toda su vida. En fin, ayer íbamos a salir a cenar. Me llevó toda una semana convencerla para que fuera a la cena de su propia hermana. Por fin dijo que sí, pero no paraba de quejarse de todos los sacrificios que tiene que hacer por mí. Fue un suplicio.
    —¡Me lo imagino!
    —Es un milagro que no me volviera loco de tanto oírla refunfuñar. Tardó dos horas en vestirse, porque a cada momento se paraba para lamentarse. Era la última vez, decía, la última vez que salía a cenar por mí. Por fin estuvo lista, ya íbamos a abrir la puerta, ya salíamos... Y entonces... no podía creerlo, ¡dio media vuelta y volvió a subir a su habitación! Yo subí tras ella, gritando un poco, qué pasa, qué pasa, por el amor de Dios, vámonos ya. No quiso. Había cambiado de idea. Le pregunté por qué. ¿Y sabes qué dijo? ¿Lo imaginas?
    —¿Qué dijo?

    Norton echó hacia atrás su gran cabeza pobre de pelo y alzó las cejas para dar más énfasis a sus palabras.

    — Dijo: «¡Necesitaría hacerme la cirugía estética para salir de casa!» ¿Qué te parece?
    —Tienes una vida muy aperreada, Jeremy —suspiró Jim, con aire de conmiseración. Pese a la indignación que sentía por el recorte de mil puestos de trabajo en la Torre, no quería hacer ni decir algo que pudiera hacer peligrar su amistad con el presidente y director general. Sólo mostraba su odio cuando estaba entre las cuatro paredes de su casa.

    Hubiera sido preferible decir lo que pensaba. Entonces todavía estaba en forma, con veinte kilos menos. ¡Hubiera tenido que marcharse entonces! Sólo medio año de diferencia y hubiera dormido mejor durante todos estos meses. No hubiera engordado de este modo. Y nadie hubiera intentado atropellarle.


    13. SI NO LO HACES TÚ LO HARÁ OTRO


    —QUIERO QUE INTERVENGAS, Jim —dijo Norton sentándose detrás de su enorme mesa vacía—. Quiero que supervises el trabajo de los consultores. ¿Quién es prescindible? ¿Cuál es la gente que sólo nos cuesta dinero? ¿Quién es indispensable? No podemos dejar estas cuestiones vitales en manos de personas ajenas a la empresa. —Norton, fiel a su costumbre de mezclar las metáforas, todos los días dejaba cuestiones vitales en manos de alguien—. Los consultores harán el trabajo de batalla para que tú puedas dedicarte a tu labor principal, pero debes ayudarles a decidir quiénes no son necesarios en estos momentos. Tú has subido con la empresa, conoces al dedillo nuestra estructura y nuestros problemas. Quién se queda, quién se marcha: te encargo de la selección. Tú tendrás la última palabra, mientras saques del edificio a las mil personas que sobran.

    Aquí no sobra nadie más que tú, pensó Jim. ¿Quién nos ha metido en este atolladero?

    —Yo no puedo involucrarme. En mi calidad de presidente y director general, no puedo verme envuelto en una situación potencialmente conflictiva —declaró Norton con su voz más campanuda—. Pero sé que en ti puedo confiar plenamente, tú sabrás desenvolverte —agregó magnánimamente, como si otorgara una gracia.

    Jim recordó a la joven llenita, chata y con el pelo negro y corto que parecía saber de antemano que él intervendría en la criba. Aquella mañana había salido del ascensor detrás de él y, cuando Jim le aseguró que no tenía nada que ver con los despidos, no le creyó y se empeñó en enseñarle la foto de su hijito de dos años. Mientras avanzaban por el pasillo, le dijo que su marido había perdido el empleo y que tenían dificultades para pagar los plazos de la hipoteca y del coche. Emily Chalmers se llamaba. Dada la lamentable situación de la compañía, lo más seguro era que se pudiera prescindir de Emily.

    —Confío en ti, confío en tu criterio —prosiguió Norton—, confío en tu experiencia. Y, lo que es más importante, los empleados confían en ti. Tengo entendido que te tuteas con cientos de personas. Tomas sus ascensores. Te confieso que eso me pareció una afectación, pero todo tiene su utilidad. La gente te aprecia. Tienes más credibilidad que nadie de la planta de Dirección. Todos saben que, si pudiera evitarse, no despedirías ni a un solo empleado. Eres popular...

    Soy popular, pensó Jim, la gente me aprecia y eso me convierte en la persona ideal para echarlos a la calle. En el despacho de paredes paneladas de madera había bastante distancia entre el sofá de piel en el que Jim estaba sentado y la mesa del presidente, pero su interlocutor pudo darse cuenta de su falta de entusiasmo.

    —No tenemos dinero para pagar la nómina, Jim —dijo Norton en tono más apremiante—. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Declararnos en quiebra y dejar que todo el mundo pierda el empleo, incluidos tú y yo? Nuestro barco va sobrecargado y hay que echar por la borda a algunos pasajeros para no hundirnos todos. —Levantó el brazo derecho y barrió el aire ante sí—. Es un reto, Jim, un reto. Tú nos mantendrás a flote. ¡Esta triste operación no tiene por objeto eliminar puestos de trabajo, sino defenderlos!
    —A propósito de barcos sobrecargados, ¿piensa Giles seguir con nosotros? —preguntó Jim con voz áspera.

    La cara de Norton se endureció. Se levantó, se acercó al sofá y miró a Jim de arriba abajo, dando a entender que la pregunta le parecía improcedente. El primo de Lady Margaret ostentaba el título de «asesor especial para las relaciones con los medios de comunicación» y casi nunca se molestaba en dejarse ver por la torre Quantum.

    —Pagamos a Giles lo que nos cuestan tres técnicos de mantenimiento —insistió Jim, sin darse por enterado del disgusto del presidente—. Quantum aún tiene fama de dar servicio al día. Si renunciamos a ella iremos a la quiebra.

    Norton trató de tomarlo a risa. Fue una risa breve.

    —¡Ya veo tu problema! También yo me libraría de Giles de buena gana, pero no podemos ofender a Margaret. A propósito, cuidado con sus parientes, no vayamos a despedirlos por equivocación. De todos modos, no son muchos. Tres, ¿verdad?
    —Cinco. Los otros cuatro no tienen nada de malo, trabajan un poco; pero en la casa todos saben que Giles Orbiton cobra sesenta mil libras al año por dignarse visitarnos una o dos veces al mes. No puedes despedir a mil personas y conservar a Giles. Eso provocaría resentimiento entre el personal.
    —No veo por qué —dijo Norton malhumorado, balanceándose sobre las plantas de los pies—. Giles no tiene nada que ver con ellos, no es uno de tantos. ¿Es que esa gente no puede ver la diferencia?

    Jim trató de poner en su voz una nota de pesar.

    —Me temo que no. Y, si ven alguna diferencia, no es en favor de Giles.
    —Lo pensaré —dijo Norton con su acento más grave. Sus gruesas mejillas se tensaron cuando levantó la mirada al techo: señal de que preparaba una solemne decisión—. Hay que cuidar la moral y las relaciones públicas, en eso estoy de acuerdo. Quiero que hables personalmente con tantos despedidos como sea posible. Crcunstancias ajenas a nuestra voluntad nos obligan a prescindir de sus servicios, pero ello no significa que no valoremos su colaboración, su lealtad, etcétera, etcétera. Cuando les expliques que los bancos han dejado de prestarnos dinero para pagar los intereses de los créditos, lo comprenderán. Y puedes darles la seguridad de que les pagaremos todas las indemnizaciones que exige la ley. ¡Va a costamos una fortuna! —agregó con un suspiro—. Debes decirles que esto nos duele tanto como a ellos.
    —Estoy seguro de que les servirá de consuelo —dijo Jim ásperamente.

    Norton no pareció reparar en el sarcasmo de Jim.

    —¡Te sorprendería! Estos consultores, que utilizan los más modernos métodos americanos, dicen que las palabras son importantes. En Birmingham y en Glasgow ni uno solo de los trabajadores recibió una nota de despido. No queremos que se sientan despedidos. Los descontratamos. Los desplazamos. No estarán parados, estarán disponibles.
    —¡Eso es añadir la burla al daño!
    —Puede que tengas razón. Tampoco a mí acaba de gustarme lo de descontratar —concedió Norton rápidamente—. Lo dejo en tus manos. Puedes ser tan educado y amable como quieras. Tienes total libertad para utilizar las expresiones que prefieras, mientras los eches.
    —¡Gracias!
    —Y, naturalmente, Seguridad tendrá que escoltarlos hasta la calle.
    —¿Es que quieres sacarlos del edificio como a criminales?
    —Los consultores dicen que actualmente es el procedimiento normal.

    Jim no se hubiera sentido más indignado de haber oído que iban a acompañarlo a la calle a él. Pero la vehemencia desacredita cualquier argumento, por lo que respiró profundamente y procuró hablar con frialdad.

    —¿Por qué someterlos a semejante indignidad? ¡Piensa en el efecto que eso tendría, no ya en los despedidos, sino en los que se quedan! No querrás desmoralizar a las personas que siguen trabajando para ti.

    Norton se mostró impresionado.

    —En eso tienes razón —dijo lentamente—. ¡Ya lo ves, necesitamos tu tacto! Tú puedes contribuir a hacer que el trance sea menos doloroso para unos y otros.


    EN LAS OFICINAS, las noticias viajan más aprisa que la luz. Cuando Jim volvió a su despacho, encontró a la mitad de su personal en el antedespacho, alrededor de la mesa de la secretaria. Su llegada los paralizó. En sus caras se alternaban el pánico y la esperanza; le miraban como los niños miran al padre o a la madre, sin saber si va a darles un caramelo o un cachete. Al entrar, oyó que Ellie decía: «¡No os preocupéis, Jim protegerá a los suyos!» Pero también ella estaba asustada. Ellen Singer era una mujer gruesa y desgarbada, de cara abotargada y pelo castaño y escaso que no usaba gafas porque creía que no la favorecían; pero, por lo demás, era inteligente y eficaz. Al ver a Jim, el blanco de sus ojos gris pálido, ya sonrosado por efecto de las lentillas, enrojeció más aún, de miedo.

    Jim envió a todo el mundo a trabajar e indicó con una seña a su secretaria que entrara en el despacho.

    —¿Me va a dictar? —preguntó la mujer con una ansiedad que la hacía realmente fea.

    Ellie solía decir que su madre le «había dado la vida dos veces. Una, cuando me parió, y la otra cuando me tiró del tren». Ellie, judía húngara, tenía dos meses cuando su madre la arrojó a un margen nevado desde el tren ganadero que la llevaba a Auschwitz. La niña fue recogida por un obrero ferroviario cuya esposa la crió con sus propios hijos. Su padre sobrevivió y la encontró dos años después, y él, su hermana Eszter y la pequeña Ellie, acabaron en Inglaterra.

    Jim seleccionó a Ellie de la sección de mecanografía en recuerdo de su propia madre que también era húngara.

    —Ellie, ¿cuánto tiempo hace que trabajamos juntos? —le preguntó.
    —Veintidós años al final del verano.
    —Entonces, ¿de qué diablos se preocupa?
    —Bueno, quizá usted desee cambiar.
    —¿Cómo está su padre?

    La vida privada de Ellie consistía en cuidar de su padre enfermo.

    —Mal. Cada vez peor.
    —Lo siento. Déle recuerdos y dígale que su empleo está asegurado. Por lo tanto, ¿le importaría dejar de mirarme como si fuera a degollarla?

    Cuando ella se fue, Jim estuvo un buen rato quieto detrás de su mesa, mirando sin ver la vista panorámica del Támesis, Somerset House y la cúpula de San Pablo.

    Le sorprendía lo mucho que le desagradaba sentirse temido.


    —¡DESCONTRATADOS! —COMENTÓ Lesley por la noche—. Es un crimen lo que hacen con el idioma.
    —Por más que cuides el lenguaje, ¿cómo le dices a una persona que está de más? —preguntó Jim, abatido.

    Lesley sacudió la cabeza.

    —No hay manera. Es como pedirles que se dejen morir. No importa cómo lo expreses.
    —Gracias; eso me anima mucho.
    —Es terrible. ¿Por qué no te despides? Márchate mañana.
    —¿Adonde quieres que vaya? No hay mucha demanda de ejecutivos de más de cincuenta años.

    Quedaron en silencio un rato, calculando mentalmente ingresos y gastos, y atascándose al pensar en la hipoteca.

    Lesley se apartó del fogón y dio la vuelta a la mesa de la cocina para besar a Jim en la nuca.

    —Quizá puedas hacer algo bueno. Podrías librarte de esa zorra que está siempre bailándole el agua a Norton.
    —¡Virginia Cunningham! ¡Aaaaaaahh! —dijo Jim levantando el cuchillo cebollero—. Tendremos que despedir por lo menos a un jefe de sección, y ella es ideal. También conseguiré eliminar a Giles Orbiton, aunque sea lo último que haga.

    La perspectiva de poner en la calle a aquellos dos fue ana inyección de alegría.

    —De todos modos, es mejor que te encargues tú que otra persona.
    —¡Sí, eso es cierto! —dijo Jim agarrándose a la idea—. Por lo menos, podré proteger a la gente de insultos y humillaciones innecesarios. Alguna diferencia supondrá.


    UN PAR DE SEMANAS después, Colin Beckford, un joven subjefe de contabilidad, que había sido despedido con la aprobación de Jim, se fue en el coche al cottage de la familia en la Isla de Wight y se ahorcó. Lo encontraron en el suelo del garaje con la mitad de la cuerda de saltar de su hija atada a1 cuello; la otra mitad colgaba de una viga.


    14. TIEMPOS DIFÍCILES


    DURANTE LOS SIETE MESES que precedieron a su propio despido, Jim dio el cese a novecientas cincuenta y ocho personas. Los exterminadores, que confeccionaban las listas de las víctimas para su aprobación, trabajaban en los dos despachos de la planta de Dirección contiguos al suyo. Eran catorce, todos ellos jóvenes, como los médicos de las salas de cáncer de los hospitales. Despedir a gente es tarea de jóvenes. Jim no tenía su temple y le resultaba difícil circular por la torre Quantum. Tanto los viejos colegas como personas a las que sólo conocía de vista, se acercaban a preguntar por Lesley y cuándo podrían almorzar juntos. Parpadeaban, bizqueaban y movían los labios con extrañas convulsiones. Hasta los perfectos desconocidos le saludaban ahora con sonrisas amistosas y angustiadas. Los había que, con un simple «¡Buenos días!», conseguían hacerle llegar el mensaje de que tenían una fuerte hipoteca y, si perdían el empleo, perderían la casa.

    Un día volvió a coincidir en el ascensor con Emily Chalmers, la joven madre que le había abordado para enseñarle la foto de su hijo. Ahora le saludó como si fueran íntimos amigos.

    —¡Me alegro mucho de que se encargue usted de la reestructuración! —le dijo con una brillante sonrisa de entusiasmo.

    Jim la saludó moviendo la cabeza y sonrió sin decir nada. No quería mostrarse ni muy amistoso, para que ella no se hiciera ilusiones, ni muy frío, para no asustarla.

    —He tenido suerte. Ahora soy la secretaria de Mr. Nicholson.

    Jim frunció las cejas. El traslado no podía ser más desafortunado. George Nicholson era su director adjunto, y se había acordado despedir a todos los directores adjuntos y a sus secretarias. ¿De qué sirve una secretaria sin el jefe?

    —¿Y el antiguo secretario de George? —preguntó.
    —¿Alex? Optó por la baja voluntaria.

    Jim trató de aparentar despreocupación.

    —¿Su esposo todavía no tiene trabajo?

    Instantáneamente, la cara afable y redonda de Emily Chalmers quedó blanca y demudada.

    —Sí. ¿Por qué?
    —Por nada en particular. Simple curiosidad.
    —¿No me lo preguntará porque...? —empezó ella, pero se quedó sin voz.
    —¡Nada de eso! —dijo él, irritado con aquella mujer que le obligaba a mentir. Las puertas del ascensor se abrieron en la planta de Dirección y Jim fue a salir, pero ella le cerró e1 paso con la fuerza de una histeria súbita, arrimándole la;ara y empujándolo hacia atrás con sus grandes pechos.
    —Le enseñé la foto de mi hijo, y me dijo que era un chico muy guapo —suplicó en tono de reproche y con un temblor de desesperación en la voz—. Usted no me engañaría, ¿verdad? ¿No querrá que el niño vaya a parar a un albergue?

    Él contestó que no.

    Ella, al tranquilizarse un poco, descubrió que lo tenía acorralado con su cuerpo y retrocedió, colorada. Pero las puertas ya se habían cerrado y el ascensor volvía a bajar.

    Fue la última vez que Jim se dejó atrapar por una madre angustiada. En lo sucesivo, para evitarse encuentros violentos, utilizó el ascensor de los directivos.


    ¿ERA RESPONSABLE del suicidio de Colin Beckford?

    Beckford dispuso de toda una tarde para vaciar su mesa. Nadie lo azuzó ni le metió prisa; Jim había conseguido evitar a la gente la humillación de ser escoltados hasta la calle, Beckford fue tratado con la misma consideración que todos los que llevaban más de cinco años en la empresa. Jim habló con él durante más de media hora, le enseñó los gráficos del descenso de las ventas y del precio de las acciones, la exigua cartera de pedidos y el libro balance, y le prometió ayudarle a conseguir la mejor combinación posible de medidas de compensación. Le dio la carta de recomendación que había redactado, y llamó a Ellie para que la rectificara, cuando Beckford pidió que se hiciera constar que él nunca fue un empleado de los «de nueve a cinco», sino se quedaba a trabajar hasta tarde cuando era necesario sin que se lo pidieran. «Por favor, ponga también que no bebo ni fumo», dijo aquel muchacho pálido mirando a Jim con unos ojos azul intenso.

    A pesar de que disponía de un presupuesto limitado para ello, Jim le ofreció a Beckford una asesoría de reciclaje; pero a Beckford sólo le hubiera interesado si los asesores hubieran podido sugerir buenos puestos de trabajo para quienes se reciclaran. En realidad, Jim se mostró más amable con él que con otros muchos, después de ver en el expediente que Beckford era padre de una niña de cinco años y que su esposa ambicionaba mucho para él.

    —Si su esposa lo lleva mal, dígale de mi parte que está usted entre los diez primeros que readmitiríamos si mejorase la situación —dijo a Beckford mientras lo acompañaba a la puerta—. Pero probablemente ya tendrá un empleo mejor. Usted es joven, inteligente y capaz, y tiene que abrirse camino. Pero, si a su esposa le cuesta encajarlo, dígale que me llame.

    Jim no vio a la esposa y la hija de Beckford hasta el día del entierro. Mrs. Beckford, rubia, alta y con el pelo rizado, no quiso darle la mano. La niña, al lado de su madre, con un elegante vestido negro y zapatos de charol, miraba fijamente a Jim con unos ojos tan azules como los de su padre.


    JIM TRATÓ DE ALIVIAR su conciencia convenciendo a Gerald Lacey, el jefe de los exterminadores, un tipo grueso de veintiséis años, para que le recomendara por escrito el despida de Virginia Cunningham y Giles Orbiton. Jim aprobó rápidamente ambas propuestas. Norton lo llamó a su despacho para poner objeciones.

    —Un hombre bueno se ahorcó porque lo despedimos para ahorrar dinero —dijo Jim con firmeza—. No podemos seguir pagando a Giles un buen sueldo por no hacer nada. ¿Quieres que todos los de la casa nos aborrezcan? ¿O quieres ser asesinado?
    —¡Qué dices!
    —Se dan casos en los que una persona que ha sido despedida vuelve a la empresa con un arma.
    —¡Eso será en América! ¡En tu país! Esto es Inglaterra. Aquí no tenemos esa clase de violencia —dijo Norton tajantemente—. De todos modos —agregó adelantando las manos con las palmas hacia afuera en ademán de rechazo—, yo no intervengo en la reestructuración, no tengo nada que ver. Es responsabilidad tuya.
    —Bien, eso tenía yo entendido. En cuanto a Virginia Cunningham, en su mismo departamento tenemos elementos mejores que ella, y recuerda que tú aún estabas indeciso con lo del minimolino cuando su intransigencia cerró el camino a cualquier posibilidad de acuerdo. El precio de las acciones de la empresa de California que lo compró se ha duplicado sólo por los rumores. ¿Lo has leído? La buena de Virginia nos costó una fortuna.

    Norton se echó hacia atrás en su sillón, adelantó su maciza mandíbula y frunció los labios con gesto pensativo.

    —En eso tienes razón —dijo al cabo de un momento—. Yo todavía estaba pensándolo.


    EN SU VIDA, Jim había despedido a muchos subordinados suyos, por incompetencia, absentismo, irresponsabilidad o desidia; sabía reprimir la compasión para quienes no la merecían. Pero despedir a gente buena era diferente. El día en que se enteró del suicidio de Beckford, tomó dos almuerzos y tres raciones de pastel de manzana con crema de leche para postre. Así empezó a acumular veinte kilos de sobrepeso. Cuando estaba nervioso, le daba por comer, y ahora comía como nunca, entregándose a la comida como otros se dan a la bebida.

    John Howe fue otro fracaso. John era un forzudo mozo de reparto que llevaba quince años en la empresa. Parecía que se tomaba el despido a la ligera, porque le dijo a Jim que aquello no le preocupaba.

    —Me importa un carajo. ¿Y por qué había de importarme? Vale más que cobre el subsidio y me divierta mirando vídeos, ¿no le parece? No; no quiero otro trabajo. Tampoco iba a durarme. Hoy lo único que quieren las empresas es echar a la gente, ¿no? Así es como esperan prosperar. Los patronos imaginan que pueden hacer que las empresas marchen solas. De ahí viene la crisis, ¿no? ¿A usted le parece que esto es lógico?
    —No espere de mí una discusión —dijo Jim.
    —No es que yo entienda mucho de estas cosas, no he estudiado economía, pero a ver si puede usted decirme cómo va a prosperar la industria si todos nos quedamos sin trabajo. ¿Quién comprará los productos?
    —En eso tiene razón, John, tiene razón.
    —Da gusto que te comprendan, muchas gracias —dijo John tendiendo la mano—. A lo mejor un día nos vemos en el bar o por ahí. No les guardo rencor.

    Howe salió del despacho de Jim de buen humor, volvió al almacén a recoger sus cosas y empezó a destrozar ordenadores. Cuando sus compañeros consiguieron reducirlo, había destruido máquinas por valor de cuarenta mil libras.

    Norton, informado del incidente, se presentó en el despacho de Jim para refocilarse.

    —¡Y a ti que te preocupaba herir los sentimientos de la gente! —dijo con una sonrisa de triunfo—. ¡Tendría que cargártelo en cuenta! Y, a propósito, Giles se queda.

    A la mañana siguiente, Jim encontró a seis jóvenes desconocidas esperándole en el despacho de Ellie. Todas tenían la cara ancha e inexpresiva, sonrisa impersonal y llevaban el pelo muy corto e idénticos conjuntos de chaqueta y pantalón gris. Aquella uniformidad resultaba inquietante. La más corpulenta del grupo, que parecía la jefa, saludó a Jim con una leve inclinación de cabeza y un escueto «Buenos días».

    —¿Quiénes son ustedes? —preguntó Jim, sintiendo una inmediata antipatía.
    —Somos el personal de escolta —respondió la jefa con voz profunda y vibrante de orgullo profesional.
    —¡El personal de escolta! ¿Y qué hacen en mi despacho?
    —Perdón, Mr. Taylor, debí informarle de antemano —se disculpó Gerald Lacey, el orondo y joven jefe de los exterminadores entrando apresuradamente. Explicó que las escoltas trabajaban por parejas, que todas eran cinturón negro de karate y que llevaban el pelo corto para que nadie les tirara de él si había pelea.
    —Utilizamos a estas encantadoras señoritas para quitar hierro a la situación —sonrió—. No obstante, pueden ponerle a la gente en la calle en un santiamén.
    —¿Qué quiere decir ponerme? —protestó Jim—. Que se marchen. Ahora.

    Las escoltas escuchaban impasibles, con la mirada ausente, como si fueran ajenas a la discusión.

    Lacey levantó las manos con ademán de resignación, pero siguió sonriendo para dar a entender que, personalmente, a él le daba lo mismo.

    —Sí; ya dijo Mr. Norton que usted pondría objeciones, pero no podemos permitir que ocurra otro incidente como el de ayer. Estas señoritas forman parte del proceso, Mr. Taylor.
    —Creí que yo me encargaba de esto.
    —Sí; Mr. Norton confirmó que usted se encarga, salvo por lo que respecta a este punto.

    Jim estaba blanco de ira. ¡Y ni aun entonces se fue! Éste era otro de los momentos que rumiaba en Florida; su recuerdo le hacía desear la muerte.


    SI SE HUBIERA IDO entonces, no hubiera tenido que ver a su subdirector destrozarse las manos. George Nicholson estaba en la cincuentena, lo mismo que Jim, pero conservaba una cabellera espesa y negra, sin apenas canas. Anne, su esposa, trabajaba en una asociación benéfica, y tenían dos hijos que estudiaban en la universidad. Jim había elegido a George para el cargo hacía ocho años y no tenía queja de él.

    Mientras Jim le explicaba que se habían suprimido los puestos de todos los subdirectores y que él nada podía hacer, Nicholson permanecía inclinado hacia adelante en el sillón, con los codos apoyados en las rodillas y mirando al suelo. Se frotaba las manos, flexionando y acariciando sus dedos largos y huesudos, como si estuviera fascinado por ellos mientras hablaba de otra cosa.

    —Cuando el negocio va mal, hay que despedir gente, eso está claro —dijo con entereza—. No tienes que darme explicaciones, Jim, lo comprendo.

    Jim exhaló un suspiro de alivio y le dio las gracias.

    —George, a veces pienso que tú y yo somos las únicas personas inteligentes del edificio.
    —Lo comprendo. Pero, dime, ¿por qué yo? —Nicholson levantó la cabeza para mirar a Jim a los ojos—. ¿Por qué yo, Jim?
    —¡Todos hacen la misma pregunta! —exclamó Jim.

    Nicholson se asió el pulgar derecho con la mano izquierda como si quisiera arrancárselo.

    —Yo no he trabajado sólo por dinero, Jim, sino por la casa. Y no me refiero a la Quantum sino a la gente, a ti, a los otros. Creí que yo formaba parte de esto. —Se le hinchaban las venas del cuello, de la fuerza con que se tiraba de los dedos, tratando de descoyuntarlos uno a uno—. ¡Aquí me sentía como en mi casa! —gritó.

    ¡Déjalo ya, o te vas a hacer daño!, quería decirle Jim, pero le violentaba hacer una observación que pudiera sonar a reproche. Parecía más discreto no decir nada y hacer como si no lo viera. De todos modos, si los dedos le dolieran realmente, George lo dejaría, pensaba Jim. El dolor le avisaría a tiempo. Meses después, cuando lo despidieron a él y tuvo la curiosa sensación de estar completamente disociado de su cuerpo, comprendió que Nicholson hubiera podido dislocarse todos los dedos sin darse cuenta.

    Finalmente, Nicholson se dejó en paz los dedos y se puso en pie. Jim lo acompañó a la puerta, pero su ex adjunto se resistía a salir.

    —He visto a esas brujas en el despacho de Ellie —suspiró—. Esperan para acompañarme hasta la puerta, ¿verdad?
    —Yo las había vetado, pero cuando John Howe destrozó cuarenta mil libras en ordenadores quedé desautorizado.
    —Son gente de fuera, ni siquiera conocen la Torre, ¡y yo me siento aquí como en mi casa! —se rebeló Nicholson, sin decidirse todavía a abrir la puerta.
    —Yo me opuse y luché contra eso, George, es estúpido y denigrante.
    —¡Esto son las gracias por veintidós años de servicio!
    —Créeme, George, si de mí dependiera, preferiría perder unos cuantos ordenadores que humillar de este modo a la gente.
    —Ya sé que tú te limitas a obedecer órdenes —dijo Nicholson con sarcasmo. El desprecio que sentía por Jim le dio valor, aspiró profundamente, abrió la puerta y salió.

    Dos escoltas de traje gris se pegaron a Nicholson y lo acompañaron al que había sido su escritorio, observaron cómo recogía sus efectos personales, comprobaron que no se llevaba carpetas y vigilaron que no dañara la propiedad de la empresa, tomaron sus llaves de puertas, ordenadores, copiadoras y archivadores y lo sacaron rápidamente del edificio, sin darle tiempo para hablar con sus compañeros. Todo el proceso duró unos veinte minutos.


    MÁS ADELANTE, CUANDO Norton decidió demorar indefinidamente el pago de las indemnizaciones, aduciendo falta de dinero, Jim no veía cómo iban a poder salir adelante los despedidos. Estaba seguro de que el suicidio de Colin Beckford no sería la última mala noticia, y se preguntaba quién sería el siguiente en ceder a la desesperación.

    Cada vez le resultaba más difícil concentrar la atención en lo que estuviera haciendo.

    Aparte de «reestructurar» la compañía, tenía que seguir dirigiendo las operaciones de marketing, para lo que contaba cada vez con menos gente. Su cabeza no siempre estaba por la labor. A veces, en una reunión, descubría de pronto con un sobresalto que no tenía idea de qué se hablaba. Estaba pensando en Colin Beckford, o en George Nicholson, o en el viejo contable que se le había desmayado en el despacho. O sentía lástima de sí mismo. «He desperdiciado la mayor parte de mi vida en ganarme la vida», se decía con amargura, y no obstante seguía desperdiciándola porque tenía que quedarse trabajando hasta muy tarde para poner los papeles al día.

    Le parecía que la gente empezaba a despreciarle. Ya nadie le sonreía, excepto Ellie y Emily Chalmers, a la que había tomado de segunda secretaria, para que ayudara a Ellie con el trabajo extra.

    Norton canalizaba todo el resentimiento hacia su viejo amigo, diciendo a todos que él nada tenía que ver con la reestructuración, que todo estaba en manos de los consultores que le habían impuesto los accionistas, y que Jim era el único directivo de Quantum que intervenía en el proceso. Para distanciarse más todavía, se tomó unas largas vacaciones. Jim tenía que soportar toda la hostilidad y amargura de la gente. Adondequiera que iba, se sentía envuelto de un helado ambiente de miedo y odio. Cuando intuía que alguien andaba detrás de él sin hacer ruido en la gruesa moqueta del corredor, rompía a sudar de angustia y tensaba los músculos de la espalda, esperando sentir el impacto de] cuchillo o la bala.

    Teatro, ópera, conciertos, todo se olvidó, y ni en casa podía relajarse. Era incapaz de leer un libro. A las pocas páginas, se levantaba a buscar otro en la estantería. Lesley dejaba a la vista fuentes de zanahoria cruda y apio y llenaba el frutero de manzanas, pero él ni miraba los vegetales y se iba a la nevera, en busca del helado o del pastel de queso que había comprado al venir. Se sentaba a la mesa de la cocina y se comía todo un pastel de queso o un cartón entero de helado de chocolate, cavando su tumba con los dientes, como el personaje de los Cuentos droláticos de Balzac. Dormía poco o nada, pero cuando dormía era peor, porque soñaba. ¿Son profecías los sueños? Soñaba que iba conduciendo el BMW y el coche estallaba. Veía volar por los aires su cabeza, sus brazos, sus pies, todavía con los calcetines y los zapatos, entre el volante, las ruedas y trozos de chatarra. Era una pesadilla que se repetía una y otra vez, incluso cuando ya había despedido a todo el personal sobrante.

    Cuando le atacaron realmente fue sin explosivos. Una mañana de noviembre, delante de Collingham Court, al bajar de la acera para cruzar la calle hacia su coche, se le vino encima un Granada blanco que estaba parado en la esquina con el motor en marcha. Jim saltó hacia atrás, pero el coche siguió su movimiento y lo alcanzó. En la fracción de segundo que precedió al atropello, Jim vio la cara del conductor. Era la viuda de Colin Beckford.

    Cuando recobró el conocimiento, en la sección de Traumatología del Chelsea & Westminster Hospital, una mujer policía estaba inclinada sobre su camilla y le preguntaba si recordaba algún detalle del coche o del conductor fugado.

    —No vi nada —contestó.


    15. LA DESPEDIDA


    JIM SUFRIÓ CONMOCIÓN, trauma, cortes y magulladuras y, cuando no era sometido a pruebas en uno u otro departamento del hospital, permanecía en la cama, en un cubículo inpidual en el que se libraba de la maldición de las salas hospitalarias: el parpadeo y el ruido constantes de la televisión. No tenía más que volver ligeramente la cabeza para ver las nubes surcar el cielo de noviembre. En cuanto Lesley se marchaba, ya empezaba a echarla de menos.

    Una tarde fue a visitarle Norton. Casi no cabía en el cubículo. Al ver que para sentarse no había más que una sillita de plástico, decidió quedarse de pie. Como sabía lo goloso que era Jim, le llevaba una gran caja de bombones belgas surtidos hechos a mano, con un suntuoso envoltorio de Fortnum's. El regalo horrorizó a las enfermeras.

    —¿Así que no tienes idea de quién lo hizo? —preguntó dejando caer el abrigo encima de la cama.
    —No; perdí el conocimiento.

    Era evidente para Norton que el atacante tenía que ser un ex empleado resentido, y que Jim, bien asesorado, podía exigir a Quantum una fortuna en concepto de daños y perjuicios.

    —Un conductor borracho, seguramente —apuntó con deliberada indiferencia.
    —Esta vez, no.
    —¿Cómo lo sabes? ¡No lo viste! Tuvo que ser un borracho. O alguien que perdió el control del coche. Nadie tiene motivos para matarte.

    Jim miró a Norton con muda sorpresa.

    —¿Por qué iban a querer matarte? —preguntó Norton con impaciencia.

    Jim no dijo nada. Se preguntaba durante cuánto tiempo podría Norton mantener aquella pose de ignorancia e incredulidad. Por Ellie sabía que el presidente ya no utilizaba su Rolls beige sino un Ford blindado, con cristales antibalas, el coche de su guardaespaldas, un ex sargento de policía al que contrató en cuanto se enteró del atentado contra la vida de Jim.

    —¡Qué calor hace aquí dentro! ¿Es que no pueden abrir las ventanas? —se lamentó Norton, para cambiar de tema, pero en cuanto lo hubo dicho advirtió que, efectivamente, estaba sudando, y se aflojó la corbata y desabrochó la americana.
    —Resulta que hemos traicionado a un montón de gente, ¿no? —dijo Jim al fin.

    El cubículo no tenía puerta, sólo una cortina, y Norton, involuntariamente, volvió la cabeza para ver si alguien les escuchaba.

    —¿Traicionado? ¿Traicionado? —repitió dominando la irritación y manteniendo baja la voz—. ¿Se puede saber qué ideas son ésas? En primer lugar, todo este asunto ya pasó, está olvidado. ¡No comprendo por qué te empeñas en seguir machacando! En segundo lugar, ¿cómo puedes hablar de traición sabiendo que pensábamos indemnizar a todo el mundo? Me preocupas. ¡Quizá sí que estés realmente mal, después de todo! —estalló, cuando la indignación le hizo olvidar que aquello era lo último que deseaba decir.
    —Es posible. Todavía están buscando lesiones.
    —¡Vamos, vamos, no digas eso! Lesley dice que dentro de un par de semanas estarás como nuevo. No me preocupas en absoluto —declaró Norton con su vozarrón mientras pensaba que, aunque Jim se recuperara físicamente, un abogado hábil podría alegar daños psicológicos e inventarse secuelas.

    ¡No, no! Jim tenía que estar sano y creerse sano, o no firmaría la declaración.

    —Tienes razón, chico —dijo quitándose la americana y dejándola encima del abrigo—. Incluso ahora me cambiaría por ti. ¡Tú no tienes una esposa que ha cruzado las piernas definitivamente! ¿O sí?

    Jim no contestó. Los enfermos no tienen obligación de hablar.

    —¡Ay, Jim —suspiró Norton—, soy como el toro que escarba en el suelo! ¡Debí casarme con una mujer que tuviera doce años menos que yo, no doce años más! ¡Dios, lo que yo daría por una esposa joven! —exclamó, olvidando que tenía cincuenta y tantos años. Ni siquiera la calva le preocupaba; la consideraba signo de virilidad.

    Siguió lamentándose hasta que le pareció que Jim no podría menos que compadecerle y firmar la declaración que había traído consigo.

    —Es sólo para tranquilizar al consejo —dijo tendiéndole el papel, la estilográfica y una revista a modo de soporte— Sé perfectamente que no hay nadie más leal a Quantum que tú, Jim, pero algunos de los consejeros están paranoicos.

    La declaración consistía en una carta dirigida a Norton por Jim, por la que éste eximía a Quantum de cualquier responsabilidad en el «accidente» y renunciaba a pedir compensación. Jim, que no pensaba demandar a nadie, firmó rápidamente.

    —Sabía que no me defraudarías —dijo Norton, guardando el papel en el bolsillo interior de la americana—. Ahora lo que te conviene es descansar.
    —Estoy cansado, lo reconozco. Duermo mucho.
    —Bien, te debemos tres semanas. Tómate unas buenas vacaciones de Navidad y Año Nuevo en un lugar soleado. Te mereces un descanso. Quiero que vuelvas en plena forma. Has hecho un excelente trabajo, Jim, redujiste gastos con tanta eficacia que casi hemos equilibrado las cuentas. Has salvado a la compañía.


    DESGRACIADAMENTE PARA JIM, lo mismo pensaban cuatro de los miembros del consejo de Quantum que representaban a accionistas corporativos. Poco antes de Navidad, invitaron a Norton a almorzar en el Savoy para decirle que temían que tuviera que soportar una carga excesiva y que no deseaban que un infarto lo arrebatara a la compañía en la flor de la vida. ¿Qué le parecía la idea de nombrar director general a James Taylor, para que él, Norton, quedara libre del fárrago de la tarea diaria? Seguiría siendo presidente y tendría mucho más tiempo para la labor creativa de diseñar la política de la empresa a largo plazo.

    —¿Ha sido idea de Taylor? —preguntó Norton—. ¿Se ha ofrecido él?
    —No, no, en absoluto —respondió uno de los consejeros que representaba un fondo de pensiones—. Se nos ocurrió al repasar las cifras. Él no sabe nada. Antes hemos querido hablar con usted.

    Norton pareció complacido por la sugerencia.

    —Debo felicitarles, caballeros; pocos de nuestros directivos se toman la molestia de estudiar mis informes —dijo jovialmente mientras sus ojos lanzaban destellos de aprobación hacia cada uno de los cuatro hombres a los que en adelante miraría como enemigos—. Estoy de acuerdo al cien por cien. Taylor es el hombre ideal para ayudarme a soportar la carga. —Tenía un montón de cosas que decir en favor de Jim antes de que su ancha cara se ensombreciese—. La única duda es si su accidente tendrá secuelas. Estoy seguro de que recuperará sus facultades, pero un golpe en la cabeza... Necesitaremos algún tiempo para cerciorarnos.

    Cuando volvió a su despacho y hubo cerrado la puerta, se puso a pasear por la alfombra maldiciendo a su antiguo amigo. Podría ser que Jim no tuviera nada que ver con el asunto, pero no por ello era menos peligroso. ¡Había albergado a una víbora en su seno!


    JIM SÓLO ESTUVO diez días sin ir al despacho, pero aun así encontró mucho trabajo atrasado. Ya no tenía director adjunto y con frecuencia tampoco tenía a Ellie, cuyo padre se estaba muriendo en el hospital. Emily Chalmers, la que fuera secretaria de George Nicholson, hacía lo que podía, pero era nueva en el puesto. Cuando Ellie le pedía un día de permiso para estar con su padre, a Jim ni se le ocurría negárselo, pero cuando el anciano se murió por fin y ella volvió a trabajar con regularidad no pudo menos que sentir alivio.

    Los Taylor salían para Florida el 24 de diciembre por la mañana. La tarde del 23, Jim dio una fiesta al personal de su sección, les deseó feliz Navidad y Año Nuevo y entregó a cada uno un regalo, elegido por Lesley.

    —Me alegro de que tome usted las riendas durante estas tres semanas —le dijo Jim a Ellie—. Así no tendrá tiempo para llorar.

    A las tres los envió a todos a casa, para que pudieran hacer sus compras, y dedicó el resto de la tarde a repasar papeles, para comprobar que no había pasado por alto nada urgente. Después de dejar en el dictáfono más instrucciones y unas cuantas cartas para Ellie, finalmente, con un suspiro de alivio, salió del despacho. Pensaba que lo peor de su vida profesional quedaba atrás y que, cuando regresara, podría dedicarse a hacer un buen trabajo para levantar la compañía.

    A eso de las seis y media, estaba en el corredor, esperando el ascensor para bajar al parking, pensando en el mar y el sol y en si valdría la pena sacar billete de avión para el chelo. Iba a entrar en el ascensor cuando Janice llegó corriendo. Norton quería verle un momento.

    —Desea decirle adiós —jadeó la mujer.

    Norton le recibió con una amplia sonrisa.

    —¡Jim, Jim! —Salió de detrás de la mesa con las dos manos extendidas—. No irías a marcharte sin despedirte, ¿verdad? —dijo con acento de reproche. Con un ademán, invitó a Jim a sentarse e inmediatamente dio media vuelta y empezó a pasearse por el despacho.
    —Creí que ya nos habíamos despedido esta mañana —dijo Jim sentándose—. Además, estaré de vuelta antes de que te vayas de vacaciones.

    Norton se oprimió el entrecejo con el índice.

    —¿No has recibido mi carta?
    —No entiendo. ¿Qué carta?
    —Antes dime, ¿adonde vas de vacaciones?
    —Lesley reservó habitación en un hotel de una isla del golfo de México, isla Magdalena, me parece.
    —¡No! ¡No puedo creerlo! ¡Los grandes cerebros tienen las mismas ideas! —exclamó Norton, jubiloso—. Margaret y yo estuvimos en Magdalena en diciembre del año pasado. Su hermana Biddy tiene una casa allí. Es una isla pequeña, con unas cuantas casas particulares y un único hotel en la playa. Había millonarios alemanes, por lo que debe de estar bien. Os encantará.
    —¿Qué carta, Jeremy?
    —¡Espera, antes quiero hablarte de la isla! —prosiguió Norton, alborozado al pensar que sus amigos iban a tan maravilloso lugar—. Un kilómetro de arena blanca delante del hotel... Podrás dar largos paseos con Lesley... ¡Cómo te envidio! No tendrás que avergonzarte de ella, que todavía tiene una figura espléndida. Esas islas del Golfo son un paraíso. Gracias a los causeways, tienen todas las ventajas de la tierra firme, verduras frescas, la prensa del día y todo lo que quieras; pero estás en una isla, pocos coches, aire limpio, paz y silencio. Es el sitio ideal para que te pongas en forma y te prepares para nuevos desafíos.
    —¿Qué nuevos desafíos? —preguntó Jim, sintiendo que se le aceleraba el corazón—. No te entiendo. ¿De qué carta me hablas?

    La jovialidad de Norton se evaporó al instante.

    —La verdad, yo soy el que no lo entiende. Janice tenía que entregar mi carta a Ellie hace horas. ¿De cuál de las dos es la culpa? Aunque vosotros estabais de fiesta, ¿verdad? Supongo que, con el jaleo, se habrá extraviado la carta. De todos modos... —Se interrumpió para sacudir la cabeza, pesaroso—. Te escribía que me duele mucho el cariz que han tomado las cosas. —Extendió las manos con ademán de impotencia—. Como sabes muy bien, tú no eres muy popular en la casa. No creo que alguien quiera matarte, qué absurdo, pero a nadie le caes bien. Y en Quantum necesitamos espíritu de equipo. Espero que no lo consideres una traición... —agregó con jovial desprecio. Siempre despreciaba a la gente a la que maltrataba; el desprecio le ahorraba la vergüenza y la compasión.

    Norton siguió hablando y andando en círculos, evitando mirar a los ojos a Jim que, poco a poco, descubrió que estaba despedido, con efectos inmediatos. Estoy tranquilo, no noto nada, pensó, sorprendido. Se sentía completamente ausente. Tenía la extraña sensación de estar fuera de su cuerpo, viéndose a sí mismo escuchar a Norton. ¿De verdad ha dicho que no soy popular en la casa?, se preguntaba. ¿Y por qué no lo soy? ¿Quién me obligó a hacer el trabajo sucio?

    —Y no debo ocultarte que tienes al consejo en contra —agregó Norton con un suspiro.

    Jim seguía dando vueltas a la cuestión de su impopularidad. ¿Cómo pudo aceptar aquel trabajo? ¿Y cómo pudo esperar que se lo agradecieran?

    —Uno de los consejeros soliviantó a todo el consejo diciendo que se había enterado de que hace años a ti y a tu mujer se os denegó la adopción de una criatura. Hace mucho tiempo de eso, ¿verdad? Yo lo había olvidado. ¡No sé cómo se las ingenia la gente para desenterrar estas cosas! De todos modos, consideran que nuestros directores deberían estar bien conceptuados moralmente en su comunidad...

    Jim se oía a sí mismo discutir, tratar de convencer a Norton para que recapacitara, aunque sabía que era inútil. ¿Por qué me humillo?, se preguntaba mientras seguía hablando.

    —¡Un momento! —le atajó Norton—. El consejo también está preocupado por lo del accidente. Algunos piensan que podrías sufrir una depresión nerviosa o algo así. Tonterías, desde luego, pero son voces que no puedo desoír.
    —¡Si estoy bien, Jeremy, me encuentro estupendamente!
    —¡Pues claro! —convino Norton con convicción—. Lo único que necesitas es un buen descanso. Tres semanas en Magdalena, y estarás tan fino que las empresas se te disputarán.
    —Tengo cincuenta y dos años, Jeremy, cumplo cincuenta y tres dentro de un par de meses.
    —¡Eso lo superas en Florida, créeme! —exclamó Norton, tratando de chasquear los dedos para demostrar lo fácil que tenía que ser superar los cincuenta y dos, los cincuenta y tres o lo que fuera—. Seguro que encuentras un empleo mejor que éste. ¡Quizá en Amstrad! No a todo el mundo le va tan mal como a nosotros. Y puedes contar con mi recomendación. A propósito, no hace falta que devuelvas el coche hoy —agregó—. Mañana lo necesitarás para ir al aeropuerto. Déjalo en el parking y mandaremos a recogerlo.

    Jim comprendió que se esperaba de él que diera las gracias, pero no pudo.

    —¿Y mis secretarias? —preguntó, como si no lo supiera.
    —Se les entregó la carta de despido cuando salían del despacho.
    —Ellen Singer es muy competente —arguyó Jim—. No abundan las secretarias tan buenas como ella.
    —Lleva contigo demasiado tiempo. No podría adaptarse a otro jefe.
    —¿Sabes que hace poco perdió a su padre?
    —¿Y qué tiene eso que ver con el negocio de vender ordenadores? —preguntó Norton alzando las cejas con aire de reprobación—. No nos dedicamos a las obras de caridad, Jim.


    LESLEY NO SE INMUTÓ POR LA NOTICIA.

    —¡Me alegro de que ya no trabajes para ese cabrón!
    —¡Si por lo menos hubiésemos ahorrado!

    Aún debían más de ciento veinte mil libras de la hipoteca. El sueldo de maestra de Lesley apenas alcanzaba para pagar los gastos fijos del mes. Con la indemnización por despido aún por negociar, no podían permitirse unas vacaciones de lujo en Florida, pero tanto el viaje en avión como el hotel ya habían sido cargados a la tarjeta Visa, y no se podía recuperar el dinero.

    —Esa asquerosa sabandija de Norton tiene razón —dijo Lesley cuando Jim sacaba las maletas del armario—. Vale más que te tomes un buen descanso antes de ponerte a buscar otro empleo. ¡Y vamos a divertirnos, aunque no sea más que para fastidiar a Norton!


    16. UN PASEO POR LA PLAYA


    ISLA MAGDALENA, una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y otro lado y una carretera en el centro, era un lugar aislado y anticuado, sin drogadictos, atracadores ni asesinos que turbaran la paz. El causeway de casi un kilómetro que comunicaba la isla con la península de Florida tenía una dotación de guardias de seguridad que hacían que los visitantes ocasionales se sintieran incómodos. La prohibición de lanchas y motos acuáticas que en el resto de la costa ahogaban el murmullo de las olas y llenaban el aire de gases hacía de isla Magdalena un pequeño paraíso de sol, mar y tranquilidad.

    Gulf Views (nombre superfluo, ya que todos los edificios de la isla tenían vistas al golfo de México) era un bloque de apartamentos de una comunidad de propietarios, con servicios de hotel y un restaurante anejos. La dirección del hotel alquilaba los apartamentos por cuenta de los propietarios. El complejo estaba lleno, con motivo de las vacaciones de Navidad, y los clientes procedían de todas las partes del mundo. El recepcionista, un joven de origen italiano, más comunicativo de lo que suelen ser los de su gremio, explicó a los Taylor cuando se inscribían que un director de cine alemán estaba rodando una película en la isla y que los intérpretes se alojaban en el hotel. Entre los otros clientes había una pareja de nuevos millonarios rusos. Durante los pocos minutos que los Taylor estuvieron en el vestíbulo, oyeron hablar inglés con acento de Nueva York, Inglaterra e Irlanda, además de español, holandés y un par de idiomas que no reconocieron. En el ascensor, una pareja negra hablaba una lengua que no era inglés ni francés; evidentemente, habían venido de África. Jim se sentía en casa, como extranjero y como americano.

    En cuanto llegaron a su apartamento del segundo piso, salieron a la terraza, a ver el mar y la playa. El aire era cálido, pero una brisa estimulante les refrescaba la piel y secaba el sudor de la cara. Ante ellos se extendía una inmensidad de agua centelleante y cielo límpido. La playa de fina arena blanca y casi un kilómetro de longitud no estaba muy concurrida. El rumor del oleaje en la orilla se mezclaba con excitadas voces infantiles, graznidos de gaviotas y batir de pelotitas de goma en palas de madera. Mientras estaban apoyados en la barandilla de la terraza, por delante de ellos cruzó volando un pelícano. De haber alargado la mano a tiempo, hubieran podido tocar la punta de su gran ala parda. El gran pájaro viró y, sin mover las alas, llevado por una corriente de aire, planeó mar adentro, explorando las olas con el radar de sus ojos. A unos doce o catorce metros de altura, plegó las alas y se precipitó en el agua a una velocidad increíble, para emerger al instante con un pez plateado coleando en el pico.

    Lesley, entusiasmada por la asombrosa precisión del pelícano, se alzó sobre las puntas de los pies y dio media vuelta con ojos brillantes.

    —Propongo que no nos entretengamos en deshacer maletas. Vamos a sacar los bañadores y a bañarnos ahora mismo.

    El calor repentino, el aire límpido y salobre, el orgullo de ver a Lesley caminar delante de él con su bañador azul fluorescente sin espalda, distrajeron a Jim al principio y le impidieron reparar en ciertos detalles. Empezó a nadar confiadamente, decidido a pertirse y olvidar los seis últimos meses, pero a los pocos minutos le faltó el aliento, lo que le causó no poca preocupación.

    Aparte de los niños, había poca gente en el agua. La mayoría de los adultos paseaban por la arena, como si hubieran acudido a la costa del Golfo a caminar y no a nadar. Los Taylor se unieron a los paseantes y fue entonces cuando Jim tuvo su primera sorpresa desagradable. ¡La playa estaba llena de cuerpos jóvenes y esbeltos!

    Hombres atractivos, incluso hombres atractivos de su edad, se cruzaban con ellos en bañador. Eran delgados y musculosos. Jim sabía que había engordado mucho, desde luego, pero en Londres llevaba trajes de hombre de negocios, no bañador. Y ahora, caminando por la playa al lado de Lesley, tuvo la revelación de la verdad desnuda: era una ruina de hombre, blancuzco, gordo y viejo.

    —¡Has hecho mal en repetirme a todas horas que tengo buena facha! —le dijo a su mujer, malhumorado.
    —¡La tienes, cariño! —respondió Lesley en el tono de voz apaciguador que utilizaba en clase con sus alumnos más excitables—. Deja ya de preocuparte por el peso. La tienes. Eres el hombre más guapo que he visto en mi vida.

    ¡Y hablaba en serio! No le importaban los veinte kilos de más, con lo que demostraba que el amor conyugal, cuando existe, es el más fuerte del mundo.

    Jim tomó a mal la cariñosa frase de su mujer: era mentira, pretendía engañarle.

    —¡Claro, como tú sigues tan bonita y tan delgada como siempre! —gruñó.

    Lesley sonrió plácidamente, sin molestarse por su tono. Las arruguitas que tenía junto a la boca y los ojos eran tan finas que él apenas podía verlas y, con su cuerpecito flexible de pechos pequeños y su andar ligero, parecía una jovencita que aún tuviera que acabar de crecer, a la que el pelo rojo y las pecas daban una encendida vitalidad. Jim contó cinco hombres, todos más jóvenes que él, que la miraban con insistencia.

    ¿Y quién se fijaba en él?

    Tratando de rememorar viejas actitudes de virilidad, en aquella playa internacional crepitante de chispas de sexualidad, enfocó con la mirada a una escultural morena que venía andando por la orilla en sentido contrario. Era tan espectacular como una estrella del cine. Quizá lo era. Cuando iban a cruzarse con ella, Jim la miró con todo el deseo que fue capaz de recordar. Ella correspondió con una expresión de asombro entre divertido y desdeñoso, que él tradujo sin la menor dificultad:

    ¿Pero quién te crees que eres?


    17. LA GOTA QUE COLMA EL VASO


    OTRA COSA TERRIBLE ocurrió en la playa: Lesley se enamoró de un niño que llevaba una gorra de béisbol roja y blanca demasiado grande, en la que desaparecía casi toda su cabeza. Lloriqueaba en la orilla mientras un hombre grueso de cara ancha y colorada y pelo rubio chapoteaba frente a él en aguas someras, animándole a entrar. El niño seguía gimoteando sin moverse. Los Taylor pasaron junto a él, pero a los pocos pasos Lesley retrocedió rápidamente, se agachó y empezó a hablarle.

    Jim se quedó donde estaba. La mirada inmisericorde de la morena le había hecho sentirse depravado, repugnante y ridículo, y su primer pensamiento fue que ahora hasta su mujer lo encontraba aborrecible y aprovechaba cualquier pretexto para apartarse de su lado.

    El niño, sorprendido, dejó de llorar y miró a Lesley con cara seria e inquisitiva. Era una criatura frágil y apagada bajo su gorra de visera; se le podían contar las costillas, y en su carita, chupada y cetrina, sus ojos parecían enormes. Lesley se enamoró de él cuando consiguió que le sonriera.

    —Se llama Luke —dijo el hombre del pelo rubio, saliendo del agua. Pero no trató de intervenir en la conversación de Luke con aquella simpática señora y se mantuvo apartado. Le dijo a Jim que habían traído al niño a Florida por su quinto cumpleaños—. Alto para su edad, ¿no? —preguntó—. Soy su padre, Lewis Mayberry —dijo tendiendo la mano a Jim, que se presentó a su vez.
    —Su esposa es muy amable —dijo Mayberry en voz baja—. La mayoría de la gente prefiere no acercarse. Piensan que han venido a divertirse.

    Hace décadas que es maestra y todavía la vuelven loca los niños, pensó Jim. ¡Qué magnífica madre hubiera sido!

    Mayberry, interpretando erróneamente el sombrío silencio de su interlocutor, trató de rectificar:

    —Perdón, ¿la señora no es su esposa?
    —Sí que lo es.
    —¡Enhorabuena! —Mayberry estaba deseoso de tener con quien hablar y casi imponía a Jim la conversación. Se dedicaba a cultivar manzanas en Kent y dijo envidiar a Jim su tranquila vida con los ordenadores—. Tiene suerte, no ha de preocuparse de si los gusanos se le comen los chips —suspiró.
    —No crea, los ordenadores tienen virus.
    —Este año no hemos fumigado y hemos perdido la mitad de la cosecha.
    —Ni la tercera parte —le rectificó una mujer alta y delgada de piel oscura y bañador púrpura que acababa de levantarse de una toalla cercana. Tenía una cara hermosa pero inquietante, que recordaba la de una diosa hindú, con el círculo rojo de su casta en la frente. No miró al padre de Luke.

    Mayberry se puso rígido al oír su voz: él tampoco la miró.

    —Le presento a Anita, mi mujer —dijo secamente, volviendo la cabeza para mirar a Luke que, de pie al lado de Lesley, seguía con la mirada el vuelo de una garza blanca—. Anita lo sabe todo mejor que yo.
    —¡Pero nunca me escuchas! —bufó ella, tratando de sonreír a Jim, para demostrar que la acritud de su tono no iba con él.

    Mayberry hizo subir y bajar sus rubias cejas en una parodia de espanto, mientras decía en un susurro sarcástico:

    —Piensa que soy un asesino.
    —Y lo eres —siseó ella, lanzando otra sonrisa a Jim—. Se cree que delante de los desconocidos voy a callarme. ¡Ja!
    —Me lo repite a cada momento.

    Aunque se dirigían a Jim, la pareja se atacaba mutuamente, y al parecer no era la primera vez que se dedicaba a lanzarse dardos. Jim se preguntó cómo podían ponerse en evidencia de aquel modo delante de un perfecto desconocido.

    Una pelota de playa amarilla cayó en medio del grupo y tuvieron que apartarse para dejar paso a la niña que corría tras ella, pero los Mayberry seguían sin mirarse. Hablaban en voz baja, para que no les oyera su hijo, pero se notaba en ellos esa necesidad de hablar propia de las personas que están sometidas a una gran tensión; tenían que desahogarse con quien estuviera dispuesto a escucharles. La madre culpaba al padre de la leucemia del niño, porque creía que se la habían causado los pesticidas y herbicidas que usaba Mayberry en sus huertos.

    —Soy un asesino porque traté de salvar mi cosecha, lo mismo que cualquier campesino —dijo el hombre, expresando con el gesto y la voz todo el comentario que a su juicio requería el caso—. Ni que decir tiene que mi mujer no sabe absolutamente nada de química.
    —¡Leo los periódicos!
    —Ya lo ha oído —le dijo Mayberry a Jim con voz incolora—. Tengo una esposa que me atormenta porque lee los periódicos.

    Ella sacudió la cabeza y las manos al unísono para dar a entender que su marido decía tonterías.

    —Por supuesto —prosiguió el hombre—, Luke nunca ha estado cerca de un pulverizador ni ha tenido contacto con productos remotamente tóxicos...
    —¿Y el viento? —preguntó Anita Mayberry a Jim, con sonrisa de triunfo.
    —Ahí lo tiene —suspiró Mayberry—. Ahí lo tiene. ¡El viento! Hemos dejado de fumigar para complacerla, pero es inútil. Tiene que echar la culpa a cualquiera que esté por debajo de Dios.


    EN AQUEL MOMENTO, ocurrió algo extraordinario: Luke se echó a reír. Su risa fina y fatigada, tan diferente de los confiados gritos de los niños que jugaban en la playa, tenía algo inquietante; era una risa de viejo en voz de niño. Su sonido hizo estremecer a Jim, pero operó un cambio milagroso en los padres: sus caras tensas se suavizaron, sus ojos brillaron de alegría e intercambiaron una mirada.

    Los dos hombres se reunieron con Luke y Lesley, y Jim, finalmente, miró detenidamente al niño. Al verle tan impresionado, Anita Mayberry empezó a darles detalles de la enfermedad de su hijo y del tratamiento que seguía. Hablaba con deliberada animación, como si describiera una aventura apasionante.

    —¡A Luke ya le han hecho el segundo trasplante de médula! —anunció triunfalmente.
    —Antes estaba peor —comentó el propio Luke, siguiendo con interés y hasta con orgullo las explicaciones de su madre—. Voy mucho al hospital, pero no tengo miedo. ¡Los médicos y las enfermeras son mis amigos!

    Cuando levantó la cara, su gorra de béisbol roja y blanca resbaló dejando al descubierto su cráneo desnudo. Lesley lanzó una mirada de angustia a Jim mientras ponía la gorra al niño. Pero Luke deseaba enseñarles la cabeza, y se quitó la gorra para demostrar que la quimioterapia te deja sin pelo temporalmente. Conocía el significado de la palabra «temporalmente». Comprendía casi todo lo referente a su enfermedad, salvo que era terminal.

    —¡Jim, fíjate cómo le brillan los ojos! —dijo Lesley.

    Pero Jim miraba los ojos de Lesley: también brillaban de alegría cuando la sonrisa de Luke se ensanchó revelando dientes blancos, pequeños e iguales. Jim sintió una punzada de pena por el niño, pero también de celos. Recordó que Lesley solía mirarle a él con aquel arrobo hacía mucho, mucho tiempo. Hace años que no me mira así, pensó. ¡Ni en la cama!

    Cuando se despidieron de los Mayberry, Jim comprendió que su mujer pensaba en el aborto.

    —¿En qué piensas? —le preguntó levantando arena al andar mientras regresaban al hotel. Ella no contestó y él se puso tan nervioso que casi se quedó sin aliento—. Vamos, Les, dime en qué piensas —insistió con voz temblorosa.
    —No pienso en nada, sólo camino.

    ¡Si por lo menos le hubieran publicado el libro!, pensó Jim. Todo lo relacionado con el hijo nonato fracasaba y la causa primera de todos los desastres era él.

    Cuando subieron al apartamento, él se puso a deshacer las maletas. Lesley, todavía callada, se sentó en el borde de la cama, de cara al mar y al cielo.

    Jim no pudo soportar su silencio durante mucho tiempo.

    —¡Ese niño te ha trastornado! —le gritó, furioso consigo mismo por aquellos celos.
    —Me alegro de haber podido hacerle reír —dijo Lesley en voz baja—. Por muy enfermo que esté un niño, siempre puedes hacerle feliz.
    —¡Sí, ya lo he visto!

    Los ojos color avellana se empañaron.

    —¿Crees que si hubiéramos dicho a los Servicios Sociales que estábamos dispuestos a adoptar a un niño disminuido, lo hubiéramos conseguido?
    —¡Nunca dejarás de desear haber tenido un hijo!
    —No es verdad —protestó ella, pero tardó algún tiempo en poder seguir hablando—. La decisión fue mía. Yo fui al médico, no tú, de modo que no debes darle más vueltas —le dijo por milésima vez.
    —Yo no le doy vueltas —suspiró Jim sentándose a su lado y oprimiéndole una mano—. Ni quiero que se las des tú.
    —¿Te has fijado en cómo se odian los padres de Luke? —preguntó ella.
    —Sí.
    —Hubiéramos podido tener un niño que tuviera leucemia y ahora lo único que nos quedaría de él sería una pequeña tumba.

    Quizá lo crea así, pensó Jim. Vale más que no la contradiga.


    EL VIAJE DESDE Londres les alargó cinco horas el día, y se acostaron temprano, nada más cenar. Durante la noche, él ni dormido soltaba a su mujer; se abrazaba a ella como un náufrago a un madero. Si la despertaba, ella se desasía y se deslizaba hasta el borde de la enorme cama de matrimonio. Al notar su ausencia, él se agitaba y la buscaba hasta apretarse otra vez contra ella.

    Jim, que había dormido más profundamente, fue el primero en despertar al fresco de la mañana. Se habían acostado desnudos, tapados sólo con la sábana, que ahora estaba arrugada a los pies de la cama. Lesley dormía en un extremo con medio cuerpo fuera del colchón. Suavemente, tratando de no despertarla, Jim la atrajo hacia el centro, pero ella despertó de todos modos cuando él empezó a recrearse la vista contemplándola. Al abrir los ojos, ella le sonrió, tomó su pecho izquierdo y le ofreció el pezón. Él olvidó todas sus inquietudes. Una vez más, se sentía hombre y le parecía que la vida valía la pena. Pero, mientras él le acariciaba un pecho con la boca y el otro con la mano, ella se acordó de la hora.

    —¡Cariño, no puede ser! —exclamó tristemente—. Prometí a Luke que desayunaría con él, y no podemos defraudarle.

    Le dio un fuerte beso, lo apartó y saltó de la cama.

    —¿Y a mí sí se me puede defraudar? —preguntó Jim mirando al techo, pero ella ya había salido de la habitación.

    Después, sentado junto a la piscina con su obeso cuerpo envuelto en un albornoz, mientras observaba cómo Lesley ayudaba a Luke a dibujar una garza en el reverso de un menú del bar de la playa, Jim comprendió por primera vez que la persona más importante de la vida de Lesley siempre había sido el hijo que no llegó a tener. Se sintió tan solo como si la isla fuera un desierto.

    La desesperación, como cualquier pasión, se nutre de todo. Cada vez que Lesley se marchaba bruscamente con un «He prometido a Luke» o «No puedo defraudar a Luke», la mente de Jim entraba en barrena al evocar todos los recuerdos dolorosos. Rememorando su pelea en Chicago por el embarazo de Lesley, podía oír su propia voz juvenil preguntándole: «¿Estás segura de que es mío?»

    ¡Muere, muere!, se decía a sí mismo cada vez que oía a Lesley y a Luke reír en la playa o al borde de la piscina. ¡Muere!


    FUE LA MADRE de Luke, Anita Mayberry, quien le espoleó a convertir la idea en acto. Sucedió un atardecer, entre un grupo de clientes anglófonos, en la terraza del restaurante del hotel. Estaban sentados en la terraza del restaurante, a una gran mesa blanca de hierro forjado, tomando café y tratando de recuperarse de la cena. Eran parejas de mediana edad para arriba que habían trabado amistad e intercambiaban confidencias con la libertad que da pensar que, una vez terminadas las vacaciones, era poco probable que volvieran a verse.

    Jim, un poco apartado de la mesa, semiescondido detrás de la silla de su mujer, no tomaba parte en la conversación. Al fin, los presentes notaron su taciturno silencio y le miraban con extrañeza. ¿Qué le pasaba?

    Anita Mayberry, heroicamente bulliciosa, trató de soltarle la lengua con su más eficaz recurso de conversadora.

    —Jim, si tuvieras la oportunidad de volver a vivir tu vida, ¿qué harías de un modo distinto?
    —¡Todo! —estalló él.

    Todos menos su mujer pensaron que hablaba en broma y celebraron la salida. ¡Conocían la sensación! Algunos prolongaron la risa más allá de lo espontáneo para demostrar su satisfacción con la compañía. La risa era otro nexo.

    —¿Lo dices en serio, Jim? —preguntó Anita Mayberry con una risita insinuante—. ¿Todo?

    Lesley le oprimió la mano, para indicarle que comprendía lo que quería decir. Pensaba que se refería al niño, pero él se refería a todo. Se sentía aplastado por una sensación de fracaso total. Había traicionado a Lesley, había traicionado a sus colegas, se había traicionado a sí mismo. Se había equivocado en todo. Y mostrar su amargura a estas personas era otra equivocación. ¿Y si se acordaban de su respuesta cuando las olas arrojaran su cadáver a la playa? Si los de la compañía de seguros se enteraban de que estaba deprimido pensarían que quizá se había suicidado, y Lesley no cobraría. Pero las risas que sonaban en torno a la mesa le tranquilizaron y sonrió para acentuar la impresión de que bromeaba. Pensó que podría disimular.

    Anita Mayberry no quería dejarlo solo. Llevaba un sari de seda azul y oro y sus mejores joyas: varios hilos de perlas impecables, grandes pendientes, multitud de pulseras y media docena de anillos, y se sentía animada y maliciosa, tratando de olvidar mientras durase la cena que su hijo se estaba muriendo. Se sentía dispuesta a desconcertar a cualquiera.

    —Jim, Jim, si pudieras actuar de otro modo, ¿quieres decir que no te casarías con Lesley?

    Sin saber qué contestar, Jim miró a su mujer.

    —Él no tuvo nada que ver con nuestro matrimonio —dijo Lesley acudiendo rápidamente en su ayuda—. Fue sólo obra mía.

    Más risas: se convino en que los Taylor tenían sentido del humor.

    Pocas horas después, durante aquella noche asombrosamente clara en la que ni él ni los pájaros podían dormir, Jim Taylor se encaminó al golfo de México, al que los mexicanos llaman golfo de Florida.


    18. LA DIFICULTAD DE AHOGARSE


    LA LUNA, ENORME, brillaba como el sol.

    El mundo era un milagro, y Jim no se explicaba por qué seguía vivo. ¿Cómo es posible que no esté sin aliento?, se preguntaba. Con cada brazada prolongaba sus últimos momentos, pero ni siquiera empezaba a cansarse, a pesar de haber nadado más de kilómetro y medio mar adentro y retrocedido la mitad de la distancia. Los árboles de isla Magdalena tenían un verde brillante y la playa era una fosforescente cinta blanca festoneada de espuma rutilante. La mole del hotel, amarillo fuego, con charoladas cristaleras oscuras, destacaba sobre el gris plata del mar y el azul intenso del cielo. Jim quería ahogarse, pero las olas, bajas y pausadas, lo devolvían a la vida, a la resplandeciente playa blanca. Vio pescar a los pelícanos. Las grandes aves planeaban en fila india, casi inmóviles, con las alas extendidas y el pico perpendicular al agua.

    Jim, que ya había dejado de esperar la muerte, se relajó un momento y entonces, con un agotamiento súbito, se hundió. Sintió pánico y, al bracear violentamente tratando de subir a la superficie, se mordió la lengua y una ola se le llevó las gafas. Tragó agua y sintió un dolor insoportable en los pulmones. Ahora quería volver junto a Lesley, pero no podía moverse.

    —¡Socorro! ¡Socorro! —oyó gritar no sabía dónde—. ¡Socorro!

    Empiezo a tener alucinaciones, esto es el fin, pensó Jim, notando el sabor a sangre de la herida de la lengua.

    —¡Socorro, socorro, socorro!

    Aquel grito, que señalaba la presencia de otro ser humano en las inmediaciones, hizo que a Jim le latiera el corazón como si fuera a salírsele del pecho, enviando sangre nueva a sus entumecidas extremidades. Subió a la superficie y aspiró una bocanada de aire.

    —¡Socorro! ¡Socorro!

    ¿Alguien se ahogaba por allí? ¿Otro suicida?

    La curiosidad es el motor de la vida. Ni su apego a Lesley ni el miedo a la muerte habían podido hacer reaccionar a Jim para tratar de salvarse: había agotado las fuerzas. Pero ahora se puso a nadar, ansioso por descubrir de dónde llegaba la voz. Le ayudaré, pensaba, le ayudaré, haré algo útil antes de morir.

    —¡No te ahogues, que te necesito! —gritó la voz.

    Pero Jim volvía a hundirse.

    —¡Estoy debajo de ti! ¡Mira hacia abajo! ¡¡¡Abre los ojos, por favor!!!

    Sin saber cómo, Jim notó que sus párpados obedecían, y miró a través de un agua que aquella luna con brillo de sol hacía transparente. Un objeto grande, redondo y reluciente descansaba en el fondo, un par de metros por debajo de él. Jim vio su propia sombra deslizarse por su superficie plateada. La sorpresa le hizo olvidarse del dolor y le infundió nueva energía. Volvió a mover los brazos y consiguió levantar la cabeza para tomar aire.

    —¡Eh! ¿Estás sordo? ¿Vas a contestarme? ¿Hola? ¿Hola?

    Jim, mientras hacía esfuerzos por respirar, se preguntó si aquel objeto reluciente sería una especie de submarino.

    —¡No es un submarino!

    ¿La voz salía del submarino?

    —Está bien, de acuerdo, un submarino, si insistes en llamarlo así. —La voz denotaba extrema irritación—. Y sí, estoy dentro de este chisme estúpido. ¡Ten cuidado! Y no te preocupes, no dejaré que te ahogues.

    Al momento, Jim se sintió ligero y descansado.

    Respiraba con normalidad y flotaba casi sin esfuerzo. Había dejado de sentir dolor. Si no me duele nada es que me he muerto, pensó con profundo alivio.

    Entonces volvió a oír la voz. Esta vez era quejumbrosa.

    —¡Eh! No me haces caso. Eso no es de buena educación, ¿sabes? ¿Te importaría decirme algo? ¿O te molesta que te haya salvado la vida?

    Jim miró el objeto plateado y, muy confuso para hacer algo más que obedecer, trató de articular palabras con su lengua hinchada y sangrante. Sólo le salió un susurro afónico.

    —¿Eres americano?
    —No.
    —¿Eres inglés?
    —¿Eres estúpido? —La voz parecía decepcionada—. No importa. Tienes que sacarme de aquí.

    ¿Estoy vivo?, se preguntaba Jim, intrigado por no sentir cansancio ni dolor. No se había dado cuenta de que la voz había respondido a frases que él sólo había formulado con el pensamiento y a débiles susurros. Tampoco le sorprendía poder oír a alguien que le hablaba desde dentro de una nave submarina que estaba a varios metros por debajo de él, en el fondo del mar. El incidente era inexplicable y su mente, con una táctica de autodefensa, había optado por desentenderse de todo lo que no podía comprender.

    Pero reparaba en que la voz era la de una persona joven: atiplada, impaciente, insolente.

    —Si quieres que te ayude —dijo Jim severamente, con cierto afán pedagógico—, debes cuidar tus modales.
    —Sí, señor —fue la pronta y humilde respuesta—. Sí, señor. ¿Tendría la bondad de arrastrar mi disco a la playa y dejarme salir? Hay una amarra sujeta a una anilla del costado. Si nada alrededor la verá. Le ruego que me remolque a tierra y abra la escotilla superior. Se lo agradeceré mucho, señor.
    —Pero, ¿qué clase de submarino es ése?

    Desde las profundidades se filtró el sonido de un profundo suspiro.

    —¿Has oído hablar de platillos voladores?
    —Veo que tienes sentido del humor.
    —¿De verdad te lo parece? Mi padre dice que me esfuerzo demasiado por hacer gracia. Pero tienes razón —dijo la voz, contrita—, esto no es exactamente un platillo volador. Ya nadie vuela, es muy lento. Ahora usamos discos que vuelan y giran a la vez. Esta máquina recorre sesenta años luz a cada giro. No está mal, ¿eh?

    Jim se quedó impasible ante esta absurda pretensión.

    —Sí —se jactó la voz—; este juguete puede girovolar sesenta años luz en menos de lo que tú necesitas para darte la vuelta.
    —¿Y cómo te caíste ahí? —preguntó Jim maliciosamente.
    —Eso no tiene que ver —dijo el joven con impaciencia—. Me caí al tratar de esquivar un jodido tubo. No he visto planeta con tanta basura flotando alrededor.
    —Tu lenguaje indica que vienes de por aquí. Tienes que ser de la Tierra. En nuestro sistema solar no hay otro planeta del que puedas haber venido.

    Ahora la voz tenía un deje de burla.

    —¡Vuestro sistema solar! No soy ni de vuestra galaxia. ¡No me escuchas! Este chisme hace sesenta años luz de un solo giro.

    Jim, cuando estaba en secundaria, se había interesado mucho por la velocidad de la luz; ahora se preguntó si recordaría lo suficiente como para calcular el calibre de la mentira que le decía el chico. ¿Cuánto era? La luz viaja a casi trescientos mil kilómetros por segundo, mil ochenta millones de kilómetros por hora, casi diez billones de kilómetros al año. Le complacía mucho recordarlo. ¡Era fantástico! En comparación, su conversación con el muchacho del disco plateado parecía casi normal.

    —¡Eh, calvito! ¿Te has olvidado de mí?
    —¡No deberías decir esas mentiras a la gente! Ese disco no podría recorrer jamás sesenta años luz, y menos, en lo que yo me doy la vuelta.
    —Pues los hace, tienes que creerme.
    —Tan crédulo no soy. Yo prefiero una explicación racional que pueda comprender.
    —Está bien. Verás, en realidad, éste es el disco de mi padre, que tiene la manía de la velocidad. Siempre compra el modelo más rápido.

    Jim evolucionaba sobre el disco plateado sin esfuerzo. Sin duda, todo esto eran sólo imaginaciones suyas. Empezaba a sospechar que su cuerpo flotaba sin vida en el agua y que esto eran las últimas débiles convulsiones de su cerebro. De su época de estudiante de medicina, recordaba que el cerebro de las víctimas de accidente seguía mostrando actividad durante algún tiempo después de la muerte clínica: en el escáner parpadeaban fugazmente las líneas de los impulsos eléctricos que seguían circulando por entre las neuronas. Hubiera preferido poder oír la voz de Lesley en lugar de la de un adolescente imaginario, pero temía que, si trataba de despejar la mente, le quedaría en blanco y nunca volvería a ver ni oír.

    ¡Hasta soñar era vivir!


    19. LA ESCAPADA


    A INSTANCIAS de la voz adolescente, Jim Taylor buceó para asir la amarra sujeta al borde del disco plateado. El «cabo» era de un material tan flexible que pudo atárselo a la cintura con la misma facilidad que si fuera el cordón de un hábito franciscano. Empezó a nadar hacia la playa, remolcando el disco. A pesar de su tamaño, no le pesaba, era de una ligereza increíble. Yo tenía razón, decidió. Esto no está pasando, lo que ocurre es que me muero y nada más.

    —Todo objeto sumergido en agua pierde un peso igual al del volumen del agua que desaloja —dijo el mozalbete con triunfal condescendencia desde dentro del disco—. ¿Es que aún no lo habéis descubierto?
    —¿Así que vas al colegio?
    —No por mi voluntad.
    —¿Cuántos años tienes?
    —Depende de cómo cuentes el tiempo.

    Ahora me dirá que tiene mil años luz, pensó Jim.

    —¡Ni hablar! Aquí dentro rige el tiempo del nivel del suelo. Y a nivel del suelo vuestro tiempo tiene que ser igual que el nuestro. Tenía trece años y medio cuando despegué, y cumplí los catorce la semana pasada. ¡Pensé que vendrían a rescatarme el día de mi cumpleaños, pero todos se olvidaron de mí!
    —Pues feliz cumpleaños.
    —Celebrar el cumpleaños solo y en el fondo del mar no es muy divertido que digamos. Sin nadie que se acuerde...
    —¿De dónde vienes?
    —He tenido cumpleaños mejores.
    —Te he preguntado de dónde vienes.
    —¿De verdad quieres saberlo? —fue la quejumbrosa respuesta. —Sí.
    —¿Por qué? Aborrezco el fisgoneo. Está muy lejos. Si te lo dijera, te quedarías igual que antes.
    —Tú dímelo.
    —¿Por qué ese empeño? ¡Es un sitio del que no has oído hablar!
    —Si no me dices de dónde vienes, no te llevo a la playa —dijo Jim con la firmeza de un funcionario de inmigración en un puerto de entrada.
    —Bueno, está bien... Soy del Centro del Universo.
    — ¿Del centro del universo?
    —¡Ya te dije que no habías oído hablar del sitio!

    Jim empezaba a disfrutar del baño, remolcando el ligerísimo disco por el agua quieta. ¿Dormirá Lesley todavía? ¡Si esto no es un sueño, volveré a verla! ¿Lo creerá cuando se lo cuente?

    Nadaba con la mirada en la playa. La luna ya se había puesto, pero la arena blanca aún tenía un resplandor fosforescente.

    —Eh, no es que quiera ser exigente o algo así, pero ¿no podrías ir un poco más aprisa? ¡Llevo tanto tiempo en el fondo del mar! Si te dieras un poco más de prisa, ya podríamos estar en la playa.

    «Durante todos estos años, hubiera podido tener a mi lado a un chico despierto y vivaz como éste azuzándome. Quizá ahora no estuviera tan gordo, ni tan viejo.»

    —Me llamo Neb —dijo la criatura del espacio, apaciguada.
    —¿Neb?
    —Sí, Neb. ¿Tiene algo de malo? —inquirió el chico, agresivo.
    —No, no, nada. Era sólo una pregunta.
    —De acuerdo entonces. Tú me llamas Neb y yo a ti, Jim.
    —¡Si aún no te he dicho cómo me llamo!
    —Es que soy muy listo. ¿No te has dado cuenta de que puedo leer lo que tienes en la cabeza? Si consigo concentrarme, puedo leer lo que cualquiera tiene en su pantalla mental. Pero es difícil concentrarse.
    —Eso es ser listo, desde luego. ¡Eres un genio!
    —Te estaba tomando el pelo, no tienes que ser listo para leer pantallas mentales. Eso lo hace cualquiera, hasta mi hermanita Eoz, con lo tonta que es.
    —Pues si de donde vienes os leéis el pensamiento unos a otros, tendréis muy poco de qué hablar.
    —No es así —dijo Neb, poniéndose a la defensiva—. No puedes leer la pantalla mental de una persona muy próxima a ti. Con la familia y la gente con la que vives tienes que hablar y tienes que escuchar lo que te dicen para saber lo que piensan. Y pueden mentirte. Eso está mal, pero también puedes mentirles tú a ellos. Hace tiempo, nuestros antepasados podían leer el pensamiento de todo el mundo, y las familias estaban siempre peleándose, los maridos y las mujeres no querían procrear y nuestra especie estuvo a punto de extinguirse. Por eso, durante eones de evolución, nuestra configuración genética cambió. Ahora no podemos leer el pensamiento de los parientes porque ello destruiría la familia. ¡Sería terrible para nosotros, los chicos!
    —¿Y cómo es que hablas mi idioma?
    —Porque lo he deseado.
    —Desde luego, eso da ciento y raya a la Berlitz —reconoció Jim.
    —También he escuchado a los que pasaban en barco por encima de mí —dijo Neb—. Leía el vocabulario de sus pantallas mentales. Eran muchos, pero ninguno oía la palabra socorro en ninguna lengua. Tú has sido el primero que tenía el oído atento.
    —No lo entiendo. ¿Y por qué no deseabas que la gente oyera tu llamada de socorro?
    —Nadie puede conseguir eso —respondió Neb—. Si la gente no oye la palabra socorro, no hay nada que hacer. Eso no lo consigue ni mi madre, con lo buena que es para estas cosas. Pero tú, Jim, tienes buen corazón y por eso me has oído. Y, para demostrarte mi agradecimiento, te diré que no hace falta que hables. Basta con que pienses lo que quieras decir y yo lo leeré en tu pantalla mental. Yo hablo y tú te concentras en nadar y remolcarme.

    ¿Así que esta máquina es de tu padre?

    —La tomé prestada sin permiso —confesó Neb. Aunque odiaba el fisgoneo, no tenía inconveniente en contar todos sus secretos, siempre que no se le preguntara—. Quería salir a dar una vuelta.

    ¿Pensabas estar fuera un par de años luz?

    —Sí, pero luego me entusiasmé —suspiró Neb—. Mi padre se pondrá furioso. Tiene muy mal genio. Sobre todo, conmigo. ¡Me odia! Está embobado con la tonta de mi hermana, pero a mí me odia.

    Estoy seguro de que no.

    —Sí que me odia. Tú no le conoces. Me vio despegar y selló la salida cuando estaba todavía dentro de su radio de influencia.

    ¿Su radio de influencia?

    —Sí. Y me gustaría que dejaras de repetir todo lo que digo. Puso el mecanismo de salida «a prueba de Neb», que es como él llama a hacer que las cosas no me obedezcan.

    Pero, ¿por qué iba a querer encerrarte dentro de este artilugio?

    —Me encerró para que lo necesitara a él para salir. Le gusta que la gente lo necesite. Y supongo que también debía de temer que, si salía del disco por mis propios medios, me quedara a vivir en algún otro planeta y no volvieran a verme. Quería asegurarse de que volvía a casa. ¡Nunca me da la oportunidad de elegir!

    ¡Ya lo ves, te quiere! Quiere que regreses.

    —Sólo para echarme broncas. ¡Siempre está gritándome! Pero a mi hermana, nunca. Me odia, sí. ¡Y no se le ocurrió pensar que podía ocurrir un accidente como éste! ¿Cómo iba a salir del disco para repararlo, si hubiera ido a parar a un planeta desierto? ¿Qué posibilidades tenía de encontrar a seres inteligentes que pudieran ayudarme? Sí, papá dice que me quiere, naturalmente. ¡Pero, por él, hubiera podido morirme en este disco, loco de soledad! —gritó Neb cediendo al histerismo, ante la visión de su trágico final.

    ¿Y los víveres?

    —Puedo conseguir comida sólo con desearla, pero, ¿durante cuántos años luz querrías estar comiendo solo?

    Jim se paró a descansar. Ya hacía pie; el agua le llegaba por el pecho.

    —¡No te pares, anda, sigue, date prisa! Tienes que sacarme de aquí para que pueda reparar los paneles y regresar a casa, o mi padre se pondrá hecho una fiera.

    Necesito descansar un poco.

    —¡No lo necesitas! Como te vi tan viejo y gordo, pensé que tenía que desear algo para remediarlo, o nunca llegaríamos a la playa.

    Por primera vez, Jim notó que ya no le sangraba la lengua. Ni tan sólo la tenía hinchada. Paseó la lengua por la boca, tratando de palpar la herida, pero no pudo encontrar ni rastro. ¡Y estaba mucho mejor de la vista! A pesar de que había oscurecido de repente, podía ver perfectamente sin las gafas.

    —Ya podrías decir: ¡Gracias, Neb!

    Jim no le escuchaba. Se palpó la cabeza con la palma de la mano: la calva seguía allí. Se tocó el pecho: sus tetillas eran casi tan grandes como los pechos de una mujer. Se miró la barriga, que seguía tan asquerosamente abultada como siempre.

    —Oye, eso requiere tiempo —protestó Neb—. No olvides que no soy más que un chico. Si pudiera tocarte, sería más rápido...

    No te preocupes. Pero gracias por la buena intención.

    —¡Caramba, qué impaciente!

    Al principio, Jim se sintió defraudado pero, al palpar las adiposidades de su cuerpo, notó también un extraño alivio. Soy viejo y feo, pensó, y eso quiere decir que quizá esté vivo... que quizá esté despierto. Que todo esto esté ocurriendo de verdad. ¿Y por qué no? ¿No dicen los científicos que tiene que haber vida inteligente en otros astros? Incluso es posible que este mozalbete bocazas sea una persona real. ¿No presumen los niños de poder hacer cosas imposibles?

    —He dicho que soy un chico, no un niño. ¡Y no he dicho que sea un inútil! —protestó Neb, ofendido—. He deseado que seas joven y fuerte, y lo serás, ya verás. Ahora tira, hombre. ¡Tira, tira!


    20. RECUERDO DE UN VIEJO CUENTO


    CUANDO JIM SACÓ por fin el disco plateado a la arena, notó que ya no tenía los brazos flácidos. Eran unos brazos jóvenes, fuertes y musculosos. No podía creerlo, pero al fin lo hizo. A sus pies, el mar avanzó y cubrió la arena, luego retrocedió y avanzó otra vez; y del mismo modo, su escéptica mente de adulto quedó bañada, seca y bañada de nuevo por la crédula confianza de la niñez que hacía posible cualquier cosa, incluso calmar las olas del lago Michigan.

    Al oír a la criatura clamar por salir del disco, recordó un viejo cuento.

    —Está bien, está bien —gruñó Neb—. Pero date prisa. Tengo que regresar a casa, o mi padre me matará. Y ya te he concedido un deseo, ¡acuérdate!
    —¿Qué dices? —exclamó Jim. Le resultaba más fácil decir las cosas de viva voz.
    —Vuelves a ser joven.
    —¡Pero ese deseo ha sido tuyo! —dijo Jim secamente—, ¡Has querido asegurarte de que era lo bastante fuerte como para arrastrarte hasta la playa!

    Parecía que su simpatía por Neb se había evaporado. Era mucho lo que estaba en juego como para dejarse llevar por sentimientos amistosos.

    Caminó alrededor del disco examinándolo atentamente. Se había apagado el resplandor y todavía no había salido el sol, pero podía ver bien la nave a la luz del amanecer. Medía unos diez metros de diámetro por tres de alto en el centro. El agua, la espuma y las algas se escurrían por su reluciente superficie (¿metálica?). Le recordó una película de ciencia ficción en la que unos alienígenas devoraban a la gente.

    —¡Vamos ya, que no soy un insecto! —gimió Neb desde dentro.
    —¿Qué aspecto tienes? —preguntó Jim con cautela—. ¿Cómo es tu cabeza?
    —¿Cabeza? —preguntó Neb en tono de extrañeza—. ¿A qué te refieres? ¿Qué es una cabeza?

    Sin decir palabra, Jim empezó a arrastrar el disco hacia el mar.

    —¡Eh, que era broma! ¡Para, para! ¿Es que no sabes aceptar un chiste? Soy un chico normal. Soy exactamente igual que tú, quiero decir igual que los humanos.
    —¡Y un cuerno!
    —Hace mucho tiempo, teníamos pequeñas antenas en la cabeza, pero desaparecieron a lo largo de eones de evolución. No eran prácticas.

    Jim siguió tirando.

    —Eh, ¿qué haces? ¡Era broma, era broma! De verdad que tengo tu mismo aspecto. Pero más joven. Y más guapo.
    —Has dicho que antes de llegar hasta aquí has viajado durante años luz. Y tienes un nombre muy raro.
    —¡Ya estás otra vez! Neb no tiene nada de raro. ¡No conozco ninguno mejor, es un nombre perfecto!

    Jim dio otro fuerte empujón al disco.

    —En el universo, todo el mundo tiene aspecto humano —protestó Neb, que empezaba a estar asustado—. Arriba, una cabeza con un cerebro, no muy grande, una boca, dos ojos, dos orejas, una nariz, después, un cuerpo, no muy alto, dos brazos con manos al extremo, dos piernas que acaban en pies y esa cosita entre las piernas. ¡Es la forma ideal! La mejor para la supervivencia. El universo no ha podido encontrar otra más funcional. Es el diseño ganador. En casa tenemos un libro que se titula precisamente así. El diseño ganador, y trata de todas las razas que existen en las galaxias conocidas. ¡Todas se parecen a nosotros!

    La mayor parte del disco estaba otra vez en el agua cuando Jim se detuvo. ¡El diseño ganador! La frase le hizo acordarse de Lesley y de su bañador azul. Sintió un súbito deseo de ella y soltó una fuerte carcajada.

    Utilizó la amarra para volver a sacar el disco a la arena. No había peligro en averiguar qué aspecto tenía la criatura. Gateó por la parte superior del disco hasta la trampilla, que era de material transparente. Allí estaba Neb, mirando hacia arriba y agitando una mano. Era, tal como había asegurado, «un chico normal». De todos modos, antes de dejarle salir, Jim puso una condición.

    —La juventud, tres deseos y además una condición previa. ¿Te parece justo?
    —Tengo que poder leerte el cerebro para saber si puedo confiar en que cumplirás tus promesas.
    —Ya te he dicho que algunas cosas no puedo hacerlas.
    —Lo único que quiero es que me des tu palabra de que harás cuanto esté en tu mano.
    —¡Quieres leer pantallas mentales, pero eso no es una condición previa, es un deseo extra!
    —¿Quieres salir o no?

    Neb podía tener poderes extraordinarios, pero en las tácticas de la negociación no podía medirse con un director de empresa; al fin tuvo que transigir.

    Jim abrió la escotilla y la criatura del Centro del Universo saltó a tierra. Tenía la cara larga y delgada, ojos castaños, pestañas largas de un rubio oscuro y una corta melena rubia, con una onda sobre la frente. En su persona todo parecía largo, menos la nariz. Sus brazos y piernas eran larguiruchos, el cuello esbelto y los dedos finos, con bonitas uñas que necesitaban un buen repaso. A Jim le dio un vuelco el corazón al observar que el chico tenía unas pecas como las de Lesley, pero más pequeñas, unas motitas marrón claro salpicadas en su breve nariz.

    —¡Aquí me tienes! —dijo Neb sonriendo—. ¿Estás asustado? —Estiró los brazos y agitó las piernas, contento de verse libre de su encierro. Pero entonces pensó en el hogar—. Vengan esos tres deseos —dijo perentoriamente—. Acabemos cuanto antes.
    —Necesito tiempo para pensarlo.
    —¿Pensar qué? ¿No sabes lo que quieres?
    —No estoy seguro.
    —Eres estúpido.
    —Precisamente por eso he de tener cuidado —dijo Jim. No quería dejarse avasallar. Tenía la mentalidad del hombre de mediana edad que ha cometido en su vida muchas torpezas; no se fiaría de su primer impulso, de la primera idea que se le ocurriera... No pensaba precipitarse.
    —¡Date prisa, que tengo que irme!
    —No me atosigues —dijo Jim. Entonces, con gran regocijo de Neb, se atragantó. La placa de las muelas postizas que suplían las piezas que le faltaban en la parte de arriba se había desprendido, empujada por las muelas nuevas que le estaban saliendo. Casi se la traga. Se la sacó de la boca y la arrojó tan lejos como pudo. El incidente le hizo pensar en su cuerpo. Hacía rato que se había convencido de que estaba despierto y cuerdo, y de que estaban ocurriendo realmente cosas que no podían ocurrir; pero, de vez en cuando, volvía a asaltarle la incredulidad, por lo que se llevó una sorpresa cuando, al tocarse otra vez la cabeza, palpó pelo fuerte y rizado. Se puso la mano en el tórax y lo notó liso. La bajó a la barriga; había desaparecido. Y el bañador, también. Le había caído a los tobillos.

    Lo peor de la vida es no poder volver atrás; no hay manera de volver al pasado y borrar lo dicho y lo hecho. Pero mientras contemplaba su cuerpo joven, Jim se sintió aliviado del terrible peso de una vida irrevocablemente arruinada. Era incomprensible pero cierto, tan cierto como el sol que, todavía debajo de la línea del horizonte, iluminaba el cielo con sus primeros rayos: estaba vivo y era joven.

    —¡Por los clavos de Cristo! —exclamó. Pensó en rehacer su vida. Pensó en Lesley, en Jeremy Norton, en el amor, en la venganza...

    Neb le miraba boquiabierto.

    —¿Cristo? ¿Te refieres a Jesucristo? ¿Es que también estuvo aquí? —preguntó, asombrado a su vez—. ¡Increíble!


    21. UN DESCONOCIDO


    TERESA RAMOS, la conserje embarazada de Gulf Views que hacía el turno de noche, salió de su plácido duermevela con un sobresalto cuando una llave golpeó el timbre con estridente y molesto tintineo. Ante sí vio a un muchacho esbelto y moreno, desnudo hasta donde le alcanzaba la mirada, que era el ombligo.

    —Le devuelvo la llave de la verja, Teresa, gracias —dijo el joven dejando la llave en el mostrador.

    Teresa le miraba, desconcertada. ¿Cómo sabía su nombre? Ella ignoraba el de él, desde luego. El equipo olímpico de esgrima de Estados Unidos tenía alquilada una de las grandes mansiones privadas de la isla, y la mujer se dijo que aquel joven podía ser uno de ellos.

    Jim, al observar el asombro de la mujer, comprendió de pronto, con una fuerte impresión, que se había convertido en un desconocido para el mundo. ¡Lo era hasta para sí mismo! ¿Qué aspecto tenía en realidad? Espoleado por la curiosidad, se volvió de espaldas al mostrador buscando un espejo con la mirada, al tiempo que se sujetaba el enorme bañador. Una pared del vestíbulo estaba cubierta de pequeños espejos cuadrados, a modo de baldosas. Se acercó a aquella pared y se vio tal como era a los veintidós años.

    La extraña conducta del desconocido alarmó a Teresa: se apartaba del mostrador bruscamente, como si tuviera prisa, y luego se quedaba plantado delante del espejo durante una eternidad. Finalmente, volvió al mostrador.

    —Nadar de noche rejuvenece —dijo Jim con una sonrisa tímida, enturbiada su alegría ante la perspectiva de verse obligado a dar muchas explicaciones tan poco convincentes como ésta.

    Teresa miró la llave y lo miró a él, entornando sus ojos oscuros con una perplejidad rayana en hostilidad. La llave reluciente de cabeza cuadrada y mellada parecía la misma que había entregado al huésped del 406. Pero, ¿cómo había llegado a manos de este muchacho? ¿Se la había robado a Mr. Taylor?

    —Veo que no me reconoce con el peluquín —comentó Jim, tratando de despistar y tocándose el pelo que ahora cubría su calva—. Esta tarde lo olvidé al lado de la piscina y ahora, al volver de la playa, lo he recogido. Al salir le pedí que dijera a mi esposa que había ido a nadar. Si preguntaba, claro. ¿Ha llamado?

    La cara pequeña y ovalada de Teresa se alargó y oscureció.

    —Vamos, vamos, Teresa —dijo Jim impacientándose—. Tiene usted que reconocerme, es su trabajo. Soy James Taylor del 406. ¿Hace el favor de darme otra llave del apartamento? Olvidé llevármela y no quiero despertar a mi esposa.
    —¡Usted no es Mr. Taylor, no se le parece en nada! —estalló Teresa, mirándole con ojos de obstinación. Usted es joven y guapo, pensó, y Mr. Taylor es gordo y viejo.

    Jim se ofendió en nombre de su anterior aspecto.

    —¡Ahora la pillé! —exclamó, señalándola con un dedo acusador—. ¡El otro día, cuando le dije que me sentía viejo, me respondió que no aparentaba más de cuarenta años! Usted atendía el bar de la piscina y acababa de servirme un zumo de naranja, ¿lo recuerda? Conteste, ¿me dijo, sí o no, que no aparentaba más de cuarenta años? ¡En realidad pensaba que era un viejo gordo y feo! ¡Adula usted a los clientes descaradamente, diciéndoles cosas que no piensa! ¿Qué ejemplo va a dar a su hijo? —Hizo chasquear los dedos—. ¡La llave del 406, por favor!

    La mujer le dio la llave sin decir palabra.

    —No te preocupes, Teresa, no te estás volviendo loca —la tranquilizó Jim agitando la llave en ademán de despedida—. Esas cosas ocurren en el último mes del embarazo.

    Cuando cruzaba el vestíbulo sujetándose el bañador, Jim se vio reflejado en los cristales y los cromados y se sintió el hombre más guapo del mundo. Después de saber lo que era verse gordo, calvo y arrugado, ahora admiraba su piel tersa, su pelo espeso, su cuerpo delgado y el brillo de sus ojos, rasgos que daba por descontados en su primera juventud. Apretó el paso; estaba ansioso por dar la sorpresa a Lesley.

    Teresa Ramos se recostó en el sillón giratorio y apoyó las manos en el vientre, para recordarse a sí misma lo que importaba realmente.

    El niño pateaba, todo iba bien.


    22. LOS OJOS DEL AMOR


    YA ERA DE DÍA cuando Jim se detuvo en el umbral del dormitorio. Procurando no mirar a Lesley, escuchó su respiración. ¿Se habría levantado, habría notado su ausencia? Parecía que no. Respiraba profunda y acompasadamente, entregada al sueño. Sonrió involuntariamente al pensar que era muy propio de ella concentrarse por entero en lo que estuviera haciendo.

    Jim salió de su bañador gigante y se metió en la cama, lentamente, para no despertar a su mujer. Lesley se agitó, suspiró, se volvió hacia él, siguió durmiendo y al poco respiraba otra vez rítmicamente.

    Cuando, por fin, él decidió arriesgarse a despertarla y se volvió a mirarla, sintió horror. ¡Era vieja! Había canas en su melena roja, menos abundante que antaño, y tenía en la cara arrugas que él no le había visto antes ni con las gafas de leer. Y las que veía eran más profundas de lo que creía. Al igual que la mayoría de personas que ya han cumplido los cincuenta, Jim había adquirido la costumbre de pasar por alto los signos de la edad, pero ahora que miraba a su esposa con los ojos de un hombre joven sintió el deseo de volver a levantarse de la cama. ¡Pobre señora!

    ¿Cómo había podido encontrarla todavía hermosa? Se incorporó sobre el codo izquierdo, apoyando la mejilla en la palma de la mano. Tenía bolsitas debajo de los ojos y la piel del mentón flácida. Hacía calor, y se había bajado la sábana hasta los tobillos. Al registrar su cuerpo con la mirada, Jim descubrió pequeños pliegues en la parte interior de los muslos, en sus brazos y hasta debajo de sus pechitos bien formados. Sintió compasión.

    Entonces descubrió algo anormal.

    Lesley siempre se despertaba cuando él la miraba, y ahora seguía durmiendo profundamente. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no notaba que él la miraba? ¿Por qué no sentía sus ojos en la piel? ¿Por qué no se movía?

    ¡Lo desconocía en sueños!

    ¡Ya no le amaba!

    El miedo le hizo sentir remordimientos. ¿Qué otra cosa podía esperar, cuando él había despreciado sus arrugas? ¿Le despreciaba ella cuando era calvo y asquerosamente gordo? ¡No; ella besaba y acariciaba su fea barriga! ¿Y quién había puesto arrugas en aquella cara? Creía recordar exactamente cuándo advirtió en ella por primera vez aquel rictus de las comisuras de los labios: el día en que fue a recogerla a la salida de una de sus espantosas visitas a la clínica de fertilidad. Todavía apoyándose en el codo izquierdo, Jim levantó la mano derecha para hacer reparación.

    Poniendo todo su amor en las yemas de los dedos, acarició paciente y suavemente los pliegues de la boca de Lesley hasta hacerlos desaparecer. Después palpó las bolsas de los ojos, que también se borraron. Una mancha de hígado que había en la mejilla se desvaneció al contacto de su dedo. Le pasó el índice por las arrugas que le surcaban el mentón desde las comisuras de los labios hasta el cuello, y en un momento desaparecieron. Resiguió con el dorso de la mano la curva de la mandíbula, dejándosela fina y tersa.

    Se estaba divirtiendo. No. Se sentía conmovido, humilde, reverente. Sólo sabrá lo que experimentaba Jim quien haya acariciado una cara que ya no es joven, con el deseo de tener la facultad de borrar las huellas del tiempo y del dolor con un toque mágico.

    —¡Deja ya de hacerme cosquillas! —dijo Lesley despertando con una sonrisa.

    Jim le tapó los ojos con la palma de la mano, para que no le viera, y de paso, eliminó las patas de gallo y las arrugas de la frente.

    Lesley besó la mano que le tapaba la cara.

    —Está bien, cariño, yo me duermo y tú me pillas desprevenida —dijo, esperando que por fin hubiera vencido la depresión y quisiera jugar a uno de los juegos que se habían inventado. Ella fingía dormir, mientras los dedos de él, sin apenas rozar su piel, recorrían su cuerpo, deteniéndose a acariciar el sitio justo.

    Dios mío, rogaba ella, ¡que tenga una erección!

    Cuando notó su mano en los pechos, se preparó para sentir un dolor pasajero. Desde que había entrado en la menopausia tenía los pezones más sensibles; pero, puesto que besarlos, acariciarlos y chuparlos había sido siempre la manera en que Jim la excitaba, ella no quería que se enterase de que su cuerpo había cambiado. Las píldoras de estrógenos habían sustituido las hormonas de su juventud, ahora era capaz de fluir y estallar tan profusamente como siempre, aunque no con tanta frecuencia, y sus pezones, al ser excitados, desencadenaban el flujo, pero al principio dolían. Luego el dolor se diluía en sensaciones agradables, que crecían hasta formar una avenida, o se convertían en pequeñas fuentes de placer; el goce del intercambio carnal, el contento de la esposa enamorada que da satisfacción y paz de espíritu al marido, sensaciones que sus colegas de la escuela, feministas militantes, despreciaban profundamente.

    Al cabo de una semana de playa, no obstante, tenía el sol en la sangre; ella deseaba algo más que contento, y hasta la expectación la ponía suave y húmeda. Esperaba con impaciencia el dolor, quería dejarlo atrás y seguir. Pero esta vez no sintió dolor; sus pezones lanzaron rayos de alegría por todo su cuerpo, precursores de una tormenta de placer.

    Copularon, caballo y jinete alternativamente, y galoparon de vuelta a su juventud, un imposible que se realiza en millones de camas todas las noches, incluso sin ayuda de un delincuente juvenil llegado del espacio exterior.

    Lesley no se asustó ni se sorprendió siquiera cuando, al abrir los ojos, vio un rizo negro y reluciente sobre la frente ancha y tersa de su marido. Se sentía tan colmada que le parecía tener el mundo dentro de sí, y cuando se abrieron las nubes que tenía dentro, hundió los dedos en el grueso pelo de Jim apretándose contra él y mirándose en sus ojos brillantes. Después, empezó a estamparle besos en la frente, en las firmes mejillas, en la nariz recta, en los labios frescos.

    —Mi vida —dijo—, para mí siempre serás joven.


    23. SEGUNDA JUVENTUD


    EL JOVEN ESTABA todavía anclado en su cuerpo y ella le peinaba los espesos rizos con los dedos cuando, de pronto, se dio cuenta de que aquella juventud no era una ilusión de sus sentidos: tenía pelo de verdad y el vientre liso. Volvió la cabeza buscando a su querido Jim, calvo y grueso, que tenía que estar a su lado, y no estaba.

    En fin, ya está hecho, de nada sirve ponerse histérica, pensó, trastornada todavía, moviendo las caderas para expulsar al joven.

    —Vamos, Les, ¿no te acuerdas de mí? —preguntó él llamándola por el nombre que no usaba nadie más que Jim. Había un brillo de alegría en sus ojos, que la invitaba al amor y a la risa.

    El pánico llegó cuando ella trató de encontrar una explicación. Le dio un empujón, agarró la sábana, se tiró de la cama y, poniendo la sábana a modo de escudo, trató de salir de la habitación. Jim la tomó por los brazos con firmeza y la obligó a estarse quieta y escucharle. Omitiendo sólo la razón por la que había decidido ir a bañarse en plena noche, se lo contó todo. Mientras le escuchaba, a su cara joven y bonita, radiante de felicidad hacía unos segundos, asomó una expresión de profunda tristeza.

    Jim la tomó en brazos, todavía envuelta en la sábana, la llevó al baño y la depositó delante del espejo de cuerpo entero. La mujer de Lot hecha estatua de sal no hubiera podido estar más rígida que Lesley Taylor, una maestra de literatura inglesa de mediana edad, cuando se vio convertida en una muchacha. Como parecía que no iba a moverse de allí durante un rato, Jim pensó que no había peligro en dejarla sola, para volver a la habitación a ver si encontraba ropa que ponerse.

    Después de sujetarse a la cintura sus enormes calzoncillos con ayuda de una corbata, Jim fue al armario y se probó los cuatro pantalones que había traído de Londres. Todos se le caían. Con ayuda de un imperdible, cogió un pliegue en la cintura del pantalón de algodón más fino y dio unos pasos por la habitación, muy satisfecho, hasta que el imperdible se abrió, saltó al suelo de baldosas con un ping y el pantalón le cayó a los pies. Se lo subió sujetándolo con las dos manos, sin saber qué hacer. Finalmente, vacilando y dudando de que el experimento diera resultado, pasó la mano por la cintura del pantalón, que al momento se acopló perfectamente a su cuerpo. Fue a sacar del armario una camisa, pero decidió ir a ver qué hacía Lesley.

    Ella seguía delante del espejo, tan agarrotada como antes, sujetándose la sábana al cuerpo. En el espejo, volvía a verse como en sus tiempos de estudiante, salvo por el pelo, que seguía siendo pobre, mate y canoso. Jim, al ver que se había olvidado del pelo, se acercó y estuvo acariciándolo hasta hacerle recuperar su antigua abundancia y fulgor.

    —Deseo Número Uno —explicó él—. En realidad, pensé en mis manos por el viejo chelo.

    Lesley, todavía en estado catatónico, no parecía oírle.

    —No te preocupes, ya te acostumbrarás a sobrellevarlo —le aseguró él, pero ella no se rió. Jim volvió al dormitorio y se puso una camisa polo, perdiéndose en sus holgados pliegues—. Te has creído que vas a poder conmigo, ¿verdad? —murmuró tocándola aquí y allá hasta que la prenda adquirió dócilmente el tamaño apropiado. Después, Jim levantó las manos y flexionó los dedos, pensando que ojalá tuviera allí el chelo. Pero entonces se acordó de Lesley, que se había quedado petrificada delante del espejo, envuelta en la sábana. ¡No debía dejarla sola! ¿Y si la impresión de verse otra vez joven la trastornaba? Corrió al cuarto de baño, a rescatarla de un acceso de locura.

    Lesley había dejado caer la sábana, que estaba a sus pies, en las baldosas. Se miraba de perfil, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, y se pellizcaba las posaderas para comprobar su firmeza.

    —¡De todos modos, me conservaba bastante bien, no es tanta la diferencia! —anunció triunfalmente.

    Jim se inclinó a darle un beso y mordisquearle las nalgas.

    —Ahora sé que eres tú —dijo ella con una risita gutural. Cuando la encontraba vistiéndose o desnudándose Jim no podía resistir la tentación: la visión del trasero desnudo de su esposa era uno de los mayores deleites de su vida.
    —Declaro que éste es el diseño ganador en todo el universo —dijo él enderezándose y recorriendo el cuerpo de ella con las manos—. Las mejores formas para el placer —añadió acariciando sus senos firmes.

    Lesley le tomó las manos, delgadas y suaves como las de un muchacho, sin venas que se transparentaran, y se las besó amorosamente, despacio, con reverencia.

    —¿Crees que esta mañana habré quedado embarazada? —preguntó.
    —Si no has quedado, quedarás pronto —dijo él abrazándola más estrechamente. Ella notó su erección, ¡otra vez! Fue otra sorpresa, una nueva demostración de su segunda juventud.

    ¿Por qué no enloquecieron? ¿Cómo pudieron mantenerse en su sano juicio, tras su súbita liberación de la ley de la gravedad del tiempo? Enloquecieron en la cama, pero era locura de enamorados, pasajera. Después se sintieron satisfechos y completamente normales. Y muy hambrientos.

    Jim llamó al servicio de habitaciones y pidió desayuno con ración doble de todo.

    —¿Y cuáles han sido tu segundo y tercer deseos? —preguntó Lesley, mientras esperaban el desayuno, en la cama.
    —Te parecerán bien.
    —Sinceramente, así lo espero —dijo ella ásperamente, esperando que no hubiera desperdiciado un deseo en alguna estúpida cuestión de hombres, como la de vengarse de Norton—. ¡Vamos, James, oigámoslo!

    Jim puso las manos en la nuca y miró al techo, saboreando el triunfo de antemano.

    —Le he dicho que estoy casado y que tengo que consultar con mi esposa.

    Ella le dio un abrazo para hacerse perdonar su desconfianza.

    —Nuestro segundo deseo debería tener por objeto ayudar a la gente —propuso.
    —No nos precipitemos. Antes quiero buscar un casino y tirar los dados.

    Lesley frunció el entrecejo. Jim parecía haber adquirido un aire jactancioso y lanzado, y no estaba segura de que bromeara.

    —Eso sería hacer trampas. No desearás hacer algo deshonroso, ¿verdad?
    —Ya veo que esto va a ser una batalla entre el bien y el mal.

    Lesley, con un súbito cansancio, dijo que iba a dormir un poco, pero al momento saltó de la cama, en busca de su falda de algodón: quería comprobar que su figura no había cambiado entre los veinte y los cincuenta años. Quien hubiera podido observar a la joven pareja —la esposa que se probaba una falda y el marido que la contemplaba desde la cama—, nunca hubiera sospechado que les había ocurrido algo fuera de lo corriente. La falda le sentaba perfectamente, y Lesley se la quitó y volvió a la cama arrimándose a Jim. Después habría momentos en los que tendrían una inquietante sensación de vivir más allá de los límites del destino humano, pero, en conjunto, se tomaron su rejuvenecimiento con bastante ecuanimidad. ¿Hubieran reaccionado de otro modo otras personas? En general, la gente acepta los más fantásticos golpes de suerte como algo natural, Los milagros llegan siempre con retraso.

    No obstante, la tensión nerviosa era grande. Lesley apenas se había acostado cuando volvió a levantarse de un salto.

    —¡Ay, Dios mío! —exclamó—. ¡Si esa pobre criatura de otro planeta tiene que concedernos dos deseos más, todavía estará aquí!
    —Sí; le he dicho que tendrá que esperar hasta que nos decidamos.
    —Pero dices que ya lleva meses fuera de casa. Es una crueldad obligarle a esperar.
    —Él estaría de acuerdo contigo.
    —Jim, no seas malo. Vamos a decidir qué queremos y a dejarle marchar.
    —¿Antes de saber si estás embarazada?

    Lesley se puso colorada y guardó silencio, y descubrió que, llegado el caso, ella podía ser aún peor que Jim.

    Sonó una especie de sirena, fuerte, grave e insistente. Se levantaron de la cama y salieron a la terraza, a ver qué ocurría. Al mirar al Golfo, les hirió los ojos el reflejo del sol en un disco plateado que flotaba en el agua. Deslumbrados, apenas distinguían al muchacho que estaba sentado encima y que miraba en dirección a ellos con el entrecejo fruncido.


    24. CAMBIO DE COLOR


    DESPUÉS DE ESPERAR hasta ponerse furioso, Neb nadó a la playa, decidido a encontrar a los Taylor y convertir sus vidas en un infierno, para que le dijeran de una vez qué querían de él y le dejaran marchar. Para Neb, el infierno era el bochorno, y pensaba hacer que Jim volcara copas, que se le cayera la comida de la boca, que se manchara de café el pantalón, que olvidara el nombre de la persona con la que estuviera hablando, que lanzara ventosidades en público... Tenía intención de abochornarlo hasta hacerle perder la cabeza.

    Cuando llegó a tierra, olvidó la prisa y se puso a pasear por la playa. Con su bañador negro, parecía uno de tantos adolescentes rubios y espigados, y no desentonaba de la concurrencia. No leía en las pantallas mentales de la gente nada que pudiera hacerle desear quedarse en la Tierra; pero los terrícolas despertaban su interés: tan familiares y, al mismo tiempo, tan extraños, tan inferiores.

    Le hubiera gustado que su hermanita Eoz estuviera allí, corriendo a su lado y parloteando sin parar. Sería divertido oír sus estúpidos comentarios. Estaba convencido de que, en este momento, Eoz estaría volviendo locos a sus padres, atosigándoles a preguntas, exigiendo que le dijeran cuándo volvería. ¡No había tiempo que perder, tenía que regresar a casa cuanto antes y sacarles de encima a aquella mocosa!

    Entró en el recinto del hotel por la verja abierta, buscó a Jim en la piscina y se encaminó al edificio principal. Mientras empujaba la puerta vidriera, deseó vestir shorts y camiseta en lugar del bañador y cubrir sus pies descalzos con calcetines y zapatillas deportivas. Las prendas se materializaron en su persona en una fracción de segundo, mientras aún no se había cerrado la puerta. Le salió tan limpio el cambio de ropa que pensó que era una lástima que nadie se hubiera dado cuenta.


    POCO MÁS O MENOS a la misma hora, los Taylor salían del apartamento en su busca.

    —¡Ay, Dios mío! —gimió Lesley cuando Jim abría la puerta de la galería exterior—. ¡Estamos muy jóvenes! No podemos dejarnos ver en el hotel. ¿Cómo vamos a explicar este cambio a la gente que nos conoce?

    Jim recordó las dificultades que había tenido con Teresa y se detuvo en la puerta abierta.

    En aquel momento, llegaba la camarera con el desayuno, del que ya se habían olvidado. Lesley retrocedió y se escondió en el baño y Jim se metió en el ropero y empezó a mover las perchas a derecha e izquierda, como si buscara una prenda. «Haga el favor de dejarlo en la terraza», dijo a la camarera sin volverse.

    —¿Y cómo vamos a viajar? —preguntó Lesley saliendo del baño cuando se fue la camarera—. Estamos treinta años más jóvenes que en las fotos de los pasaportes. ¡Aunque eso sería lo de menos! ¿Cómo podemos explicar la desaparición de los viejos Taylor que ayer estaban aquí? ¡Tendremos suerte si no sospechan que nos hemos asesinado mutuamente!
    —¡Pensemos! —suspiró Jim.

    El olor a café y tostadas les hizo volver a sentir hambre, pero no fueron capaces de tocar la comida. Lo más sencillo hubiera sido que Jim utilizara sus manos para devolverles su aspecto de matrimonio maduro y después los hiciera jóvenes otra vez, pero a ninguno de los dos se le ocurrió la posibilidad de volver a los cincuenta años, ni siquiera transitoriamente. Cuando por fin dejaron de sonar pasos en la galería, salieron corriendo hacia el ascensor, pensando que, fuera del apartamento, no los asociarían con los Taylor y los tomarían por recién llegados a aquel concurrido lugar.

    Al salir al vestíbulo, se tropezaron con el gerente de Gulf Views, un hombre de pelo negro, cara delgada, piel tostada y vigilantes ojos azules.

    —¡Mrs. Taylor, tiene un aspecto formidable, veo que Florida le sienta admirablemente! —exclamó el hombre, parándose a conversar, para halagar a sus clientes—. ¿Vieron el gran espectáculo cósmico que les organizamos anoche? —bromeó, pero entonces lanzó una segunda mirada al joven que acompañaba a Mrs. Taylor, hizo un gesto de perplejidad, esbozó una rápida reverencia y se fue.
    —Como solía decir mi pobre madre, la mitad de las cosas que más temes no llega a suceder —comentó Lesley un instante antes de que Neb empezara a chillar.
    —¡Jim, Jim, déjame volver a casa! —imploró Neb cuando entraban en el salón. Entonces, mientras deseaba que se bajara la cremallera del pantalón de Jim, su voz pasó de la tristeza al triunfal regocijo al exclamar—: ¡Se te ve la cosita, Jim!

    Los matrimonios mayores que pasaban las vacaciones en el silencio y el aire fresco del salón, hacía tiempo que se habían resignado a la conclusión de que los jóvenes siempre estaban haciendo tonterías, y siguieron leyendo sin inmutarse. No levantaron la cabeza hasta que Jim soltó un pedo fenomenal que se oyó hasta el último rincón.

    Esto es el colmo, pensó Jim, apretando el paso para agarrar a Neb, decidido a estrangularle.


    —JIM —GRITÓ NEB—. ¡Jim, tienes el sida!

    Los matrimonios mayores, temerosos de contagiarse por el pedo, se levantaron de sus cómodas butacas de piel y huyeron dejando caer las revistas. La impresionante morena de la playa, la de la mirada despiadada, que ahora vestía un equipo de tenis blanco, dejó caer la raqueta y se volvió a mirar al apestado. Otros clientes que cruzaban el salón denotaban por la crispación de su cara lo difícil que era fingir no haber oído. El recepcionista miraba a Jim desde detrás del mostrador con una expresión que decía: ¡Vete de aquí y muérete!

    Jim agarró ferozmente del brazo a Neb y lo llevó a un rincón, donde, de espaldas a la gente, se subió la cremallera del pantalón y miró fijamente a los ojos al chico, para que pudiera leer claramente su pantalla mental.

    —No me importa —declaró Neb—. No voy a dejarte en paz ni un momento hasta que pueda volver a casa.

    Se hubieran liado a puñetazos, de no interrumpirles el gerente, que tocó el brazo de Jim y le preguntó si podían hablar unos minutos a solas.

    Neb se instaló cómodamente en uno de los profundos butacones del vestíbulo, muy satisfecho del jaleo que había organizado, hasta que advirtió que la gente daba un rodeo para no pasar por su lado y le lanzaban miradas de hostilidad. ¿Cómo sabía él que aquel hombre tenía el sida? ¿Y por qué lo proclamaba a voces? Al fin, un guardia de seguridad vino a preguntarle si se hospedaba allí y le pidió cortésmente que saliera del recinto del establecimiento.

    Aunque tampoco les sirvió de mucho a los Taylor ser huéspedes del hotel. Al gerente, que vagamente hacía cébalas sobre qué habría sido de la calva y la barriga de Jim, ya no le importaba si los Taylor eran jóvenes o viejos, y sólo quería perderlos de vista. Les ofreció condonar todos los extras no incluidos en la cantidad adelantada si se marchaban inmediatamente.

    —No es que yo comparta el histerismo general —agregó después de pedir mil perdones—, pero hay que tomar en consideración a los otros clientes.

    No había forma de desmentir la acusación de Neb, es más, Jim no podía ni explicar quién era Neb. Hicieron el equipaje rápidamente y se fueron, diciendo que después volverían a buscar las maletas.

    —¡Y pensar que hace un par de horas pensábamos que se nos habían acabado los problemas! —dijo Jim a Lesley al salir de Gulf Views.

    De todos modos, su expulsión del hotel fue sólo un pequeño incidente de un día muy movido, en el transcurso del cual se convirtieron en multimillonarios y, lo que es más, encontraron un antídoto para el aburrimiento, aflicción ineludible de los que lo tienen todo.


    NEB LES ESPERABA en la entrada y, cuando salían, se acercó con una mirada amenazadora, pero, antes de que pudiera proferir más amenazas o hacer algo desagradable a Jim, Lesley le invitó a probar un poco de comida terrena en la pizzería del puerto deportivo. Él consintió y hasta prometió no abochornarlos durante la comida.

    La pizzería estaba a unos ochocientos metros y por el camino hablaron de sus planetas respectivos. Los Taylor se asombraron al oír que Jesucristo volvía al Centro del Universo todos los años, para presidir las sesiones del Tribunal Supremo; Lesley le dijo a Neb que Jesucristo sólo había venido a la Tierra una vez y lo crucificaron.

    —¿Y os sorprende que no haya vuelto? —preguntó Neb, horrorizado.

    Los habitantes del Centro del Universo no sabían lo que era el racismo. Tuvieron que explicar a Neb el significado de la palabra. A pesar de su aspecto normal, de su «diseño ganador» universal, Neb pertenecía a una especie de humanidad más avanzada que tenía, entre otras ventajas, la facultad de cambiar de pigmentación. Nacían blancos, negros, amarillos, cobrizos y con infinidad de gradaciones, lo mismo que en la Tierra, pero podían cambiar de color a voluntad. Salieron a hablar de ello cuando Neb trataba de explicarles lo ridícula que era su hermanita. Eoz tenía el disparatado afán de gustar a todo el mundo, y siempre tomaba el color de la persona con la que estuviera hablando. Era muy difícil localizarla en una fiesta, porque podía estar sonrosada, negra, canela, amarilla o cobriza; cambiaba de color tan a menudo que nunca se sabía dónde estaba. Neb consideraba que aquel constante cambio de color denotaba falta de clase y de principios, pero él mismo recurría también a estas artes cuando quería agradar.

    Al ir a sentarse en la pizzería, Neb se inclinó, aparentemente sin querer, rozando con su brazo desnudo el de la bonita pelirroja. Al contactar la piel de ambos, la del chico se sonrosó, y su cabello rubio ceniza, sus pestañas y sus cejas se tiñeron de rojo en un instante.

    Aquella demostración de sus dotes de camaleón no era la mejor manera de convencer a Lesley de que tenían muchas cosas en común, aunque la tranquilizaba que hubiera enrojecido por ella.


    25. GULA IMPUNE


    TODO AQUEL ASUNTO era imposible, y Jim tuvo de pronto la terrible sospecha de que estaba soñando. No se encontraba en la pizzería del puerto deportivo, sino que había sido arrojado por el mar y estaba tendido en la playa, medio muerto. O quizá hasta el intento de suicidio había sido un sueño. Aún era de noche y estaba durmiendo en su cama de Gulf Views. Pronto despertaría y volverían a estar como antes, sin hijos y sin dinero para pagar la hipoteca, y cuando regresaran a Londres, la viuda de Colin Beckford volvería a tratar de matarle; y si no ella, otro cualquiera. ¿Y por qué no? Norton demostró mucha desfachatez al decirle que no era popular, pero ¿qué podía ser más cierto? Había traicionado la confianza de la gente, ¿por qué no iban a odiarle? Pensó en las grandes manos huesudas de George Nicholson; tenía muy vivo el recuerdo de su ex adjunto tirándose del pulgar como si quisiera arrancárselo. Estaba seguro de que Nicholson no se daba cuenta de lo que hacía. Cuando Norton me dijo que yo no era popular, pensó, hubieran podido cortarme el brazo y no lo hubiera notado. Si George estaba en el mismo estado de ánimo que yo, hubiera podido dislocarse los dedos sin sentir nada. Deseó hallarse en Londres para ver cómo estaban las manos de Nicholson.

    —¿Es tu segundo deseo? —preguntó Neb, anhelante.

    Jim movió negativamente la cabeza y puso la mano en el brazo del muchacho, para convencerse de que era de carne y hueso.

    —¡Ni pensarlo!
    —Era sólo una pregunta.
    —No importa, me gusta tu compañía —dijo Jim.
    —¡Pues no te encariñes conmigo! No pienso quedarme mucho tiempo.

    Neb iba por la tercera ración de pizza crujiente, con doble capa de queso, tomate, bacon y pimiento verde y rojo; era lo primero que le había impresionado de nuestra civilización. Después de estar encerrado en el disco durante meses, surcando el espacio en absoluta soledad, sin la presencia de otro ser vivo en millones de kilómetros a la redonda, ahora se sentía muy a gusto al lado de aquella bonita pelirroja, comiendo pizza y charlando, aunque seguía deseando volver a casa.

    —Calma, por favor —dijo Lesley—. Aquí nadie va a desear nada sin contar conmigo.

    Su cara irradiaba tanta alegría y seguridad que Jim sintió que todas sus dudas se disipaban.

    No soñaba.

    Y seguro que Lesley estaba embarazada.


    UN RESPLANDECIENTE YATE blanco, con altas antenas y dos pantallas parabólicas, atracó frente a la pared de vidrio junto a la que ellos estaban sentados.

    —Eso me recuerda algo —dijo Jim—. Ahora que somos jóvenes, también tendríamos que ser ricos.
    —¿Es tu segundo deseo? —preguntó Neb, mirando primero a Lesley y luego a Jim.

    Lesley movió la cabeza negativamente.

    —Tendría que ser idiota para no poder hacer una fortuna con mis propias manos —dijo Jim.
    — ¡Tus propias manos! —protestó Neb con desdén.

    Jim empezó a jugar con la servilleta de papel, planchándola con la palma de la mano. Pero por más que alisaba el suave papel blanco, seguía siendo una servilleta.

    Neb hizo una mueca para expresar su asombro por la inocencia de Jim.

    —El dinero tiene su propia magia, que resiste todas las demás. ¿Es que no sabes ni eso?

    Pero hubiera hecho falta mucho más sarcasmo para desmoralizar a Jim aquel día.

    —No importa —dijo alegremente—. Supongo que aún nos queda lo suficiente para pagar la comida.

    Lesley sugirió tomar postre y aconsejó a Neb un gelato de sabores surtidos, mientras ella se limitaba a dos bolas de nocciola Jim examinó la carta con atención. Pidió Morte per Cioccolata.

    La camarera anotó: Un corte de MPC.

    —No, no, no, la tarta entera, por favor —dijo Jim con firmeza.


    EL DESTINO de los Taylor parecía estar regido por encuentros fortuitos. Cuando la camarera les servía el postre, entraron en la pizzería Ward Banting (58 años), el dueño del yate, y Amanda Minton (25 años), su compañera, que se sentaron a unas mesas de distancia. A pesar de la diferencia de edad, hacían buena pareja. Los dos eran altos y tenían el pelo negro, aunque escaso él, y ella, por el contrario, una melena negra magnífica, larga, espesa y reluciente que enmarcaba el óvalo de su cara perfecta y le acariciaba el fino cuello. Vestían de forma idéntica: camisa de batista y shorts de lino blanco, bien planchados. La suya era la clase de elegancia que se consigue con no llevar nunca una prenda durante más de unas horas. Los dos tenían el aspecto sano, lustroso y bronceado de los que pasan la mayor parte del tiempo en climas templados al aire libre. Y los dos eran delgados, aunque, evidentemente, sus sacrificios les costaba: pidieron sólo ensaladas.

    No era, pues, de extrañar que Banting no pudiera apartar la mirada de aquel joven de la otra mesa que se comía él solo todo un pastel de chocolate de tres pisos, con escarcha al chocolate, sin que la mujer y el chico que lo acompañaban mostraran sorpresa ni preocupación.

    Aquel suculento pastel marrón oscuro debía de llevar harina y, desde luego, una libra de mantequilla y otra de azúcar, además de ocho huevos por lo menos, pero, sobre todo, era exquisito chocolate, tres mil calorías por cada bocado. Y Jim se deleitaba con cada uno. Notaba la diferencia entre este pastel y los que había devorado en el pasado, que siempre tenían un amargo regusto de culpabilidad, una capa de remordimiento por la estupidez que estaba cometiendo, que debilitaba el corazón y dilataba el estómago, que demostraba que era un hombre sin voluntad, el peor enemigo de sí mismo. Pero ahora, mientras el delicioso chocolate se le fundía en la boca y le resbalaba por la garganta, se sentía más ligero; no había extraños sabores de culpa en aquel suculento regalo y sí el placer añadido de saber que podía comer todos los pasteles del mundo sin engordar ni una onza. ¡Podía ser un cerdo con impunidad!

    —Joven —dijo Banting desde su mesa, en un tono divertido y paternalista—, ¿con qué frecuencia se da esos atracones?

    Jim no sabía quién era aquel hombre, pero podía leer en su pantalla mental que renegaba del destino porque, con sus cientos de millones de dólares, no podía permitirse tocar algo que tuviera un contenido de calorías de cuatro dígitos.

    —No llevo la cuenta, pero me comeré por lo menos otro esta noche —respondió Jim con aire de satisfacción.

    La cara delgada, un tanto ajada y blandengue de Banting acusó la información con un espasmo nervioso.

    —¿Y cómo no se le nota? ¡Parece vivir de lechuga!

    Jim se golpeó el estómago.

    —Pues será que lo quemo.


    EL YATE DE WARD BANTING había causado sensación. La gente se levantaba de las mesas y salía al muelle para contemplar el Challenger. En cubierta se podían contar siete marineros. ¿Habría abajo alguno más? La gente estaba impresionada por aquella sólida evidencia de riqueza. Los que seguían sentados en la pizzería lanzaban miradas furtivas al dueño del yate y a su compañera y los ojos les ardían con la admiración que no es sino envidia sublimada.

    Huelga decir que nadie prestaba atención a la joven pareja que la víspera tenía treinta años más, ni al adolescente pelirrojo y larguirucho llegado de una lejana galaxia. Lo que demuestra lo difícil que es acertar con qué hay que encandilarse.


    26. EL INFARTO


    A PESAR DE QUE parecía respirar salud, Ward Banting padecía un mal que amenazaba su vida: una compañera joven. Probablemente moriría antes que su venerable tío, que vivía en la isla de Santa Catalina de las Bahamas con una esposa que tenía la mitad de su edad. El anciano, convencido de que el dinero era la única satisfacción que debía procurar a la ex bailarina que se había casado con él por interés, no ponía en peligro su salud para dar gusto a su esposa, y ella, que estaba chapada a la antigua, no pedía más.

    Pero tanto Banting como su veinteañera amiguita pertenecían al mundo moderno. Amanda Minton era feminista. Una feminista con toda la convicción que da una combinación de ideas ajenas y amarga experiencia propia. Sabía lo que era la ingratitud y la perfidia de los hombres; un matrimonio poco satisfactorio y varias relaciones con jóvenes egoístas le habían demostrado lo poco que los hombres valoran la abnegación, la lealtad y el amor. Ahora ya no se conformaba con ser utilizada, sino que quería hacer valer sus derechos en lo sexual, tanto por el placer en sí como por una cuestión de imagen. Se hubiera sentido explotada, de haber tenido que conformarse sólo con la buena vida, la ropa, el yate y los viajes en Concorde; el conseguir, además, el placer sexual le deparaba la satisfacción de saber que nadie volvería a aprovecharse de ella. Y Banting, hombre de nuestro tiempo, estaba ansioso por complacerla. Le preocupaban la vejez y la impotencia, y quería que ella le amara no por los millones, sino por los orgasmos.

    Uno de los inconvenientes de la riqueza es que deja al individuo inerme ante su propia estupidez. El idiota pobre que tiene que trabajar no dispone de tiempo, energía ni dinero para hacer tonterías. La fatigosa lucha por la subsistencia le impide hacerse excesivo daño a sí mismo; los únicos medios de autodestrucción que están a su alcance son la bebida y las drogas baratas. Pero un millonario, que puede hacer lo que se le antoje, encontrará mil y una maneras de destrozarse. Los que viven de un subsidio, con poco dinero y mucho tiempo, conocen los inconvenientes de los ricos y los de los pobres, desde luego, pero ésta es otra historia.

    Ward Banting, que hacía más de una década que vivía de renta, no tenía más distracciones que la de ver envejecer su cuerpo y preocuparse por su virilidad. Es una aflicción bastante corriente entre los hombres de su edad, pero la ansiedad de Banting estaba exacerbada por el glorioso recuerdo de haber sido en su juventud un amante envidiable. Él y su hermano heredaron una pequeña cadena de gasolineras en California. El hermano se hizo cargo del negocio y Ward compró una pequeña participación en una agencia de Bolsa de Los Ángeles y dedicaba casi todas sus energías al deporte y a las cenas, hasta que una estrella de cine se encaprichó de él. Durante un año, fue el famoso acompañante de una sex symbol, y con ella aparecía en diarios, revistas y televisión, en los restaurantes y las galas cinematográficas. En realidad, su propia secretaria era más sexy que la estrella, pero todos los hombres que él conocía —y la mayoría pertenecían al mundo financiero— le envidiaban y le tenían por un gran amante, que podía contar los secretos de alcoba de la mujer más deseada de América. Los hombres que juegan con dinero suelen ser niños grandes, con una vida sexual aburrida, y pedían a Banting con insistencia información privilegiada. Un alto empleado de un banco, intercambiando secreto por secreto en una fiesta, le dijo confidencialmente, en el apartado rincón de un gran salón, que los bancos casi nunca concedían préstamos multimillonarios sin una comisión para los empleados que intervenían en la operación. «¡Vaya, así es cómo los bancos acumulan tantas deudas!», susurró Banting, impresionado. No forzosamente, le aseguró el banquero, agregando, más confidencialmente aún, que a veces él mismo prestaba millones a amigos de confianza, sin aval, a cambio de un dos y medio por ciento del importe total, y nunca había tenido que lamentarlo. En correspondencia, Banting obsequió al lascivo banquero con picantes reminiscencias de su ex secretaria, atribuyéndolas a la actriz. Después consiguió de él un préstamo de veinticinco millones para un negocio prometedor. Una vez hubo aprendido a obtener préstamos sin garantía, la más esquiva de todas las gangas financieras, ya estaba en el camino de conseguir varias fortunas.

    Fortunas y mujeres. Bien parecido, rico, ex amante de una diosa, atraía a más mujeres de las que podía manejar. Unas se lanzaban en sus brazos por pura curiosidad: querían descubrir si podían compararse con la diosa. Ward llegó incluso a casarse, aunque pronto se separó de su mujer; no era mala, pero el matrimonio ataba mucho. Vivió tres grandes décadas y, a su modo de ver, había triunfado en la vida rotundamente por ser todo un hombre. También era un hombre sin escrúpulos, miserable, artero, mezquino, duro y despótico, pero él estaba convencido de que todas estas virtudes dimanaban de la misma fuente que sus placeres. A su modo de ver, lo más extraordinario de su persona era el pene, y en este frente no quería, no podía claudicar.

    Lo cual no era tan divertido como pudiera parecer. En su desesperado afán por levantarlo y mantenerlo en alto, pasaba alternativamente de las inyecciones en el pene a la cocaína, y de la coca a las píldoras. Pensaba que alternar los riesgos era suficiente precaución, pero en la pizzería Napoletana de isla Magdalena le pasaron cuenta sus excesos. De repente, se le secó la boca, sintió ahogo, los pulmones se le vaciaron de aire y el restaurante empezó a darle vueltas. Se levantó bruscamente, decidido a luchar contra la opresión. «¡La nota!», jadeó golpeándose el pecho, y se desplomó en el suelo de baldosas.

    Así mueren muchos ricos cincuentones, dejando sus fortunas a mujeres veinteañeras.


    BANTING, QUE QUEDÓ inmóvil en el suelo, tuvo suerte de caer donde cayó. Jim Taylor ya se había levantado incluso antes de recordar que quizá pudiera ayudar realmente. Impresionado por la mortal lividez de la cara y el arrugado cuello del caído, se agachó, le desgarró la camisa y empezó a darle masaje en el pecho, que también empezaba a amoratarse. «¡Ay Dios mío, Dios mío!», gritaba histéricamente la joven detrás de él.

    Mientras manipulaba el inanimado cuerpo de Banting, Jim se preguntaba si su broma acerca del pastel habría tenido algo que ver con el infarto.

    —¿Llamo a una ambulancia? —preguntó el camarero, dando por descontado que Jim era médico.

    Jim, que no estaba seguro de si sus manos harían el prodigio, hizo caso omiso de la pregunta.

    —¡Dios mío, Dios mío! —sollozaba la joven, fuera de sí—. ¡Dios mío, que no se muera!

    Parecía que iba a tener un ataque de nervios, y cuando Banting empezó a respirar, Jim volvió la cabeza, para ver si podía hacer algo por ella. Tenía relucientes mechones de su pelo negro pegados a las mejillas húmedas de llanto y estaba sentada sobre los talones, golpeándose las rodillas con los puños y gimiendo: «Ay, Dios mío, Dios mío.» Pero en su pantalla mental Jim leyó: ¡Dios mío, este hombre se muere y no ha cambiado el testamento! ¡Todo será para esa vieja bruja!

    Jim la dejó apesadumbrarse.


    27. EN BUSCA DE PROBLEMAS


    WARD BANTING YACÍA en el sofá de piel color crema del salón del yate. El capitán y los dos marineros que lo habían subido a bordo en una camilla permanecían cerca de la puerta con gesto de preocupación. Amanda Minton, que no soportaba estar poco favorecida, desapareció un momento, para arreglarse la cara y el pelo. Cuando volvió ya no tenía señales de llanto, pero no podía estarse quieta y a cada minuto preguntaba: «¿Se pondrá bien?»

    Jim estaba inclinado sobre su paciente y, mientras movía las manos sobre la arrugada frente y el cráneo moteado del hombre, poco a poco, la piel iba perdiendo su azul amoratado y la cara su inerte expresión. Banting ya respiraba con regularidad y ahora, más que inconsciente, estaba dormido.

    Jim se asombró. Debo de haber reparado el daño del cerebro, pensó. ¡O sea que, al fin y al cabo, me he convertido en una especie de médico!

    El enfermo se movió y su pantalla mental se iluminó de pronto: su inconsciencia se convirtió en una pesadilla. Banting, asido al extremo de una larga cuerda, oscilaba en círculos sobre un vacío inmenso y negro. Se oía el siseo de la cuerda al cortar el aire. Entonces aparecieron las primeras palabras: ¡No puedo soltarme, no puedo soltarme!

    Jim puso la palma de su mano en la frente del hombre, que se quejó y abrió los ojos.

    —¡Ward, por fin, por fin! —exclamó Amanda Minton precipitándose al sofá y apartando a Jim de un empujón.

    Mortalmente pálido bajo el bronceado y sin saber aún si estaba vivo o muerto, Banting la miraba sin verla. Pero cuando en sus vacuos ojos azul claro se hizo la luz, volvió la cara, como rehuyendo una visión repelente.

    —¡Vete, vete! —dijo con voz débil.

    Ella se arrimó para hacerle oler su perfume y sentir el calor de sus pechos.

    —¡Ward, soy yo, Amanda, A-man-da!
    —Vete —gimió Banting, moviendo la cabeza a derecha e izquierda para escapar.

    Ella se levantó y entornó los ojos, a pesar de saber que ello descomponía la perfecta simetría de su cara, pero tenía que entornarlos porque, de lo contrario, no podía pensar. Trató de recordar si había hecho algo que hubiera podido disgustarle. Pero no. Su «Gallo», como cariñosamente llamaba a Banting, no tenía por qué estar enfadado; hacía meses que ni tonteaba con nadie. Sólo había una explicación: un ataque cerebral. Miró al capitán y le ordenó que llamara a un helicóptero-ambulancia.

    —¡Mr. Banting ha sufrido un derrame cerebral! Tenemos que llevarlo a un buen hospital. Rápido, no hay tiempo que perder. Vaya ahora mismo a la radio.
    —No es necesario —dijo Jim con calma, sentándose en una de las butacas de color crema y poniendo una pierna encima de la otra. El capitán y los marineros se miraron sin saber a quién obedecer—. Mr. Banting está perfectamente —aseguró Jim—. Mírenle: color y respiración normales.

    Amanda Minton se volvió a mirarle con el desdén que reservaba para la gente que no sabía hacer su trabajo.

    —¡Es que ha perdido la memoria!
    —Me parece que no.
    —¡No me reconoce!
    —¡Vete, vete! —suplicó Banting con voz quejosa. Levantó la mano para alejarla y, cobrando fuerzas, empezó a gritar—: ¡Sacadme de encima a esta zorra!
    —Quizá sí que la reconoce —apuntó Jim.

    Amanda Minton puso ojos redondos de sorpresa. Le temblaban los labios. No estaba acostumbrada a que le hablaran en aquel tono. Buscó ayuda con la mirada, pero no la había.

    La palabra zorra había galvanizado a los tres hombres de la tripulación. Esto era serio: había que obedecer a Banting. El capitán abrió la puerta para acelerar la salida de Ms. Minton, aunque, no deseando indisponerse con ella, porque suponía que no tardaría en recuperar el favor, con la mano en el picaporte, suspiró, hizo una mueca de resignación y la miró con ojos implorantes, como diciendo: No estoy de acuerdo, pero no debemos llevar la contraria a un enfermo. Los marineros, que la aborrecían porque los trataba como a trapos, no podían disimular la alegría por aquella humillación, fuera temporal o definitiva, y la miraban sonriendo de oreja a oreja.

    Ella volvió a agacharse al lado del sofá, sin poder creer que Banting no la quisiera a su lado.

    —Ward, soy yo, Amanda, ¡Amanda!
    —¡Lleváosla de aquí! —masculló Banting agitando la mano.

    Los sonrientes marineros se acercaron. Ella se puso en pie y se volvió a mirar a Jim con la cara descompuesta de rabia.

    —¡Le hago responsable de esto! —siseó con todo el odio de que era capaz. Cuando uno de los marineros iba a asirla del brazo, ella agitó la melena con un movimiento de desafío y salió taconeando con fuerza—. ¡Y todos vosotros seréis despedidos! —oyeron que decía en el pasillo.

    Jim casi sintió compasión por ella.

    —¿Ya se ha ido? —preguntó Banting agriamente; el respaldo del sofá le impedía ver la puerta.
    —¡Sí, señor! —respondieron los dos marineros al unísono.
    —Está bien —dijo Banting, pero aún estaba de mal humor, como el que acaba de sufrir una experiencia muy desagradable—. Si estoy enfermo, ¿por qué no me habéis llevado a la cama? —preguntó con voz quejumbrosa.
    —El doctor dijo que no era necesario —respondió el capitán.
    —Ha tenido un ataque al corazón, pero ya está bien —dijo Jim—. Puede sentarse, si quiere.

    Banting, creyéndose muy enfermo, se incorporó con precaución, y pareció sorprendido del poco esfuerzo que le costaba. Luego buscó una postura cómoda y, después de despedir al capitán y a los dos marineros, se quedó mirando su destrozada camisa de Giorgio Armani durante un rato antes de levantar la cara y decir con voz burlona:

    —¿Dice que es médico, y se come las tartas de chocolate enteras?

    Evidentemente, su memoria estaba indemne.

    Jim, con una súbita inspiración, decidió hacerse pasar por osteópata.

    —Ni que decir tiene que le estoy muy agradecido por haber tratado de ayudarme —dijo Banting rápidamente—. De todos modos, creo que debería ir a que me viera un médico propiamente dicho. —Ahora que había recuperado la lucidez, se preguntaba cuánto debía ofrecerle.

    Jim sentía una natural simpatía por un semejante al que casi había visto morir y se alegraba de haber podido salvarlo. Se hubiera dado por satisfecho con un muchas gracias, pero las sumas en que las pensaba Banting le irritaron y le hicieron reflexionar. ¿Por qué no resolver de una vez para siempre la cuestión económica?

    —¿Cuánto dinero tiene? —preguntó.

    Banting hizo como si no hubiera oído la pregunta y se manoseó la desgarrada camisa.

    —¡Mire cómo me ha dejado la camisa! —dijo, como si lamentara la pérdida de una fortuna.

    Eres tan previsible que ni merece la pena leerte el pensamiento, se dijo Jim. A fin de agilizar las cosas, explicó a Banting que el método osteopático que había utilizado para reanimarlo también servía para repararle el corazón y rejuvenecerlo.

    Banting miraba al joven con recelo, pero, al no poder verle con la claridad suficiente y olvidando que quizá estuviera muy débil para moverse, se levantó y fue en busca de sus gafas. Con el ojo derecho aún veía lo suficiente como para transitar sin ellas, pero ahora quería estar seguro de que no se le escapaba nada. Las encontró al lado del televisor, se las caló firmemente sobre su recta nariz, cruzó hasta donde estaba el joven y estudió su cara largamente.

    Era una cara normal, que denotaba inteligencia, seriedad y confianza, de ojos brillantes y mirada franca: no había indicios de trastorno mental.

    —¿Se puede saber de qué diablos habla? —preguntó con suspicacia.
    —Me resulta más fácil hacerlo que explicarlo —dijo Jim. Se levantó y pasó la mano por la mejilla izquierda de Banting, pero al ver que Banting pensaba: ¿Qué hace? ¡Pero si esto no es nada!, le dio un cachete que le hizo caer las gafas. Luego le frotó la mejilla izquierda varias veces, procurando hacer daño, hasta borrar las arrugas, la bolsa del ojo izquierdo y un lunar que tenía debajo de la fosa nasal de aquel lado.
    —¡Ahora mírese al espejo!

    Banting, un poco intimidado, se agachó a recoger las gafas, se acercó a un espejo de pared y se contempló largamente. Le hubiera gustado poder creer lo que veía, pero no podía. Se volvió a mirar a Jim con una expresión de perplejidad distinta en cada media cara.

    —¿Qué ha hecho?
    —Todo consiste en estimular los nervios y los músculos.

    Banting seguía perplejo, y Jim le dio varios golpes más en la mejilla izquierda. El dolor le aclaró las ideas.

    Banting empezaba a creer que el osteópata dominaba realmente un tratamiento que podía rejuvenecer. Se sentó a pensar. No le preocupaba que el proceso fuera doloroso; estaba convencido de que uno tiene que estar dispuesto a sufrir para conseguir lo que desea. Pero aquel interés del osteópata por la cuantía de su fortuna era otra cuestión. Sacó del bolsillo un pañuelo de lino, se limpió los cristales de las gafas, volvió a calárselas, suspiró profundamente, se levantó y volvió al espejo. Era indiscutible, del lado izquierdo de su cara habían desaparecido las arrugas y el lunar. Y, bajo la piel tirante, volvía a dibujarse el pómulo.

    ¡Podría recuperar sus pómulos! Una sacudida de alegría le recorrió el cuerpo al pensar que podía volver a ser joven. Pero, pero... —aunque parezca increíble es verdad— su gozo se extinguió instantáneamente cuando sospechó que tendría que pagar muy caro el tratamiento. Es difícil desprenderse de los hábitos mentales.

    —¡Sólo me ha arreglado el lado izquierdo de la cara!
    —dijo con la voz severa que utilizaba cuando la tripulación sólo fregaba un lado de la cubierta—. ¡Y mi ojo izquierdo sigue tan mal como antes!

    Jim volvió a sentarse con una pierna encima de la otra.

    —Puede tener una visión normal por veinte millones.
    —No puedo pagarlo —respondió Banting malhumorado, volviendo al sofá—. Seguiré usando gafas.
    —¿Cuánto dinero tiene?

    Banting asumió un aire de profundo abatimiento, incluso en el lado joven de su cara. Sus anchos hombros cayeron; parecía haber encogido. Nadie que tuviera ciento ochenta millones de dólares en bonos municipales exentos de impuestos y doscientos cuarenta millones en otros valores hubiera podido aparentar mayor tristeza y desvalimiento.

    —Estoy retirado —suspiró—. Tengo que administrarme.
    —¿Y cuánto administra?

    Banting cometió el error de hacer inventario mental de su patrimonio y preguntarse cuánto debía confesar, llegado el caso.

    —Vaya, si tiene cuatrocientos veinte millones y pico —comentó Jim—, bien puede permitirse pagar un millón por cada mes de edad que yo le reste.

    Banting estuvo a punto de tener otro infarto.

    —¿Qué dice? —jadeó poniéndose la mano en el pecho. Temiendo excitarse, apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y respiró sosegadamente, mientras esperaba que se le calmaran las palpitaciones. Cuando se recuperó, se puso en pie—. ¡Yo no he dicho, ni a usted ni a nadie, que tuviera tanto! —dijo con firmeza y con su aire de mayor dignidad.
    —No; lo he dicho yo.

    Banting siguió negando con vehemente elocuencia que poseyera semejante fortuna ni cosa parecida, y Jim esperó a que se le acabara la cuerda. Empezaba a aburrirle aquel hombre, pero resistió la tentación de marcharse pensando: ¡Después de esto, no tendré que desperdiciar ni un segundo de vida en conseguir dinero! La idea era poderosa y hubiera podido seducir hasta a un filósofo. Empezó a hacer planes. Se llevaría de Quantum a su amigo Stanley Rosenfeld, que era un contable brillante, y llamaría a Ellie Singer y a Emily Chalmers, que probablemente aún estarían sin trabajo por haber tenido la mala suerte de ser secretarias suyas. Les encargaría la gestión de sus finanzas, todas las compras, pagos y transacciones; él no querría ni enterarse. Se dedicaría a tocar el chelo para Lesley y el niño, y tocaría mucho mejor que hasta ahora.

    A Banting estaba resultándole difícil regatear con un individuo que ni le escuchaba.

    —Aunque me dejara hecho un adolescente —objetó, irritado, doblando las comisuras de los labios—, al día siguiente podría morir atropellado.
    —¡Por supuesto! —dijo Jim saliendo de su ensueño.
    —O podría contraer una enfermedad incurable. Por lo tanto, la juventud no es un valor sólido, ¿verdad? —preguntó Banting, con bastante sagacidad, a su modo de ver—. No es algo duradero, ¿no cree? ¡Estamos hablando de mercancía perecedera!
    —Quizá deba volver a dejarle el lado izquierdo como estaba. No querrá ir por el mundo con dos caras, ¿verdad? —sugirió Jim, que empezaba a estar ansioso por reunirse con Lesley y Neb en la pizzería. El futuro perfecto podía esperar, pero si Lesley no había sido capaz de mantener distraído al chico, pronto podría hacerles otra de sus horrendas trastadas, para conseguir que deseasen que se fuera al otro extremo del universo.

    Banting fue derrotado por la impaciencia de Jim por marcharse. Decidió pagar el exorbitante precio de un millón por mes. Jim le dijo que podía dejarle tan joven como quisiera, con veinte y hasta cuarenta años menos, pero Banting dijo que no podría pagarlo.

    —¡Tendría que vender el yate! —suspiró mirando a Jim con expectación, como si esperase que se ablandara y le hiciera una rebaja.
    —Tiene razón —convino Jim—. ¿Qué es la vida sin un yate?

    Banting decidió comprar sólo diez años, porque recordaba que a los cuarenta y ocho aún era joven. Entonces no necesitaba inyecciones.

    Al no conseguir descuento, pidió pagar a plazos, con intención de interrumpir los pagos a la mitad, a ver si el osteópata lo demandaba. Era una práctica muy extendida en la industria del cine, pero la otra parte se empeñó en cobrar a tocateja, y no hubo más remedio que descolgar el teléfono. No se hubiera sentido más desgraciado si Jim le hubiera propuesto hacerle diez años más viejo.

    Una serie de llamadas telefónicas y faxes transfirieron ciento veinte millones de dólares en bonos y acciones de las islas Caimán a la cuenta conjunta de James y Lesley Taylor en Londres mientras Jim todavía estaba dándole manotazos a Banting. En tiempos de la Biblia, en que los mares se abrían, los ciegos veían y los muertos se despojaban del sudario, el verdadero milagro hubiera parecido hacer viajar una cuantiosa fortuna a través de medio mundo en cuestión de minutos.

    Los dos hombres se arrepentirían de la transacción.

    Jim se arrepintió casi inmediatamente. Cuando Banting salió del salón, Amanda Minton le echó los brazos al cuello y apretó la cara contra su pecho murmurando:

    —Oh, Gallo, ya estás bien. ¡Qué alegría, qué dicha tan grande!
    —Es el nuevo tratamiento osteopático de Jim —dijo Banting con indiferencia y una ligera sonrisa. Le halagaba que los de cubierta la vieran derretirse por él.

    Ella, envalentonada al no verse rechazada, frotó su vientre contra él, moviendo ante la concurrencia su firme trascrito bajo los prietos shorts blancos.

    —Amor mío, cómo te quiero, no me importa si me oyen. ¡Te adoro!

    Los dos marineros que le habían sonreído con insolencia observaban la escena alarmados, despidiéndose del empleo. Pero, al cabo de un minuto, Banting se desasió con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.

    A Amanda Minton se le dilataron las pupilas y le temblaron los labios, pero siguió sonriéndole y sólo dijo: «¡Cariño!» En su pantalla mental se leía: Gusano, hampón indecente, polliblando, carne de presidio, ¿qué te has creído, rechazarme a mí? ¡Te apesta la boca!

    ¿Me habrá pagado con dinero robado?, se preguntó Jim, intranquilo, pero también él iba a llevar su ración cuando Amanda le dijo con una sonrisa radiante: «¡Nunca podré agradecerle lo suficiente el que me haya salvado a Ward!», mientras pensaba: Todo es culpa tuya, cerdo. No sé cómo, lo has vuelto contra mí. Pero no soy tan tontita como crees. ¡Me las pagarás!

    Jim le dio las gracias por sus gracias.


    28. DIFERENCIAS


    MIENTRAS ESPERABAN a Jim en la pizzería del puerto deportivo de isla Magdalena, Lesley distraía a Neb haciéndole hablar de sí mismo. Neb le dijo que tenía muchas habilidades innatas, aparte de la facultad de conseguir las cosas con sólo desearlas. A modo de demostración, puso los ojos bizcos y se miró la peca de la punta de la nariz. También se jactó de saber tocar todos los instrumentos musicales.

    —¿Todos? —exclamó Lesley—. ¡Pues tienes que ser un genio!
    —¡Lo soy, sí! —dijo Neb ofreciéndole el perfil con el mentón levantado, como si posara para un retrato.
    —¿Y cómo no te confundes? —preguntó Lesley.

    Su admiración disminuyó cuando supo que en el Centro del Universo no tenían más que cuatro instrumentos. Por lo que pudo deducir, eran parecidos a la flauta, la guitarra, la trompeta y el tambor. La flauta expresaba melancolía y añoranza, la guitarra, amor y alegría, la trompeta, triunfo y exaltación, y el tambor, cólera. Para no herir los sentimientos de Neb, Lesley no dijo nada, pero el chico se sintió desconcertado al leer en su pensamiento que en la Tierra tenemos otros muchos medios para hacer música.

    —No serán tan buenos como los nuestros —dijo él, dubitativo, y sus pecas se acentuaron.
    —No importa, Neb; vosotros tenéis el poder de realizar los deseos.
    —Pero no todo el mundo —puntualizó Neb, volviendo a animarse—. Sólo los que se lo ganan. ¡Y yo me lo gané!
    —¿Qué quieres decir?
    —Delante de ti, Les, tienes a una persona muy inteligente que en el colegio saca por lo menos nueve sobre diez en cualquier asignatura.

    Ella estaba impresionada.

    Neb irguió la espalda y la miró de arriba abajo con una sonrisa de burla de sí mismo. «¡Para que te hagas una idea de con quién hablas!» Adoptaba una actitud de fingido orgullo, pero en realidad se sentía aún más orgulloso de lo que aparentaba. Explicó que los niños del C del U no podían realizar deseos hasta los doce años y sólo si sacaban por lo menos siete sobre diez en todas las asignaturas o veinte sobre diez por lo menos en una. Sólo los buenos estudiantes podían realizar deseos.

    —¡Qué fácil deben de tenerlo vuestros maestros! —suspiró Lesley con envidia—. Pero, ¿y los pobres niños que no son lo bastante listos?
    —Tienen que repetir curso.
    —Pero, ¿y si ni aun así lo consiguen?
    —Mira, si eres tonto, el poder de realizar deseos tampoco va a hacerte ningún bien, ¿no crees?
    —¿Y lo de cambiar de color?
    —Eso es distinto. Hasta los niños pueden cambiar de color. Eso sirve para hacer amigos, y todo el mundo tiene derecho a hacer amigos. Claro que también hay quien exagera, como mi hermana. Eoz exagera en todo.

    Lesley no dijo nada, pero no pudo menos que compadecer a los niños que fracasaban.

    —Te equivocas —le reconvino Neb—; no es un sistema cruel, es el mejor sistema posible. Casi ningún niño fracasa. Todos se esfuerzan de verdad por mejorar su intelecto, porque la inteligencia y el conocimiento dan muchas ventajas.
    —¡En nuestro planeta, las cosas son muy diferentes, desde luego!

    Era la primera vez que Lesley utilizaba la expresión nuestro planeta, pero al hablar con un chico que venía de tan lejos, le salió espontáneamente. En compañía de Neb se sentía más terrícola que escocesa.

    Lesley estaba deseosa de saber y Neb no se hacía rogar para dar explicaciones. El poder de realizar deseos se desarrollaba con el cuerpo, pero dentro de unos límites. Hacía eones, todo el mundo podía realizar todos los deseos, incluso los deseos asesinos, y estuvo a punto de extinguirse la especie. Ahora sólo podían desear una cosa al día, y tenían que ser amables unos con otros, dentro de lo razonable.

    —¡Pero tú estás siempre criticando a tu hermana! —objetó Lesley.
    — ¡He dicho dentro de lo razonable!

    Mientras esperaban a que Jim regresara del yate de Ward Banting, Neb le dijo también —por si no se había dado cuenta de todo su poder— que los habitantes del C del U podían hacer muchas más cosas cuando estaban fuera de su astro. Cuando hacían turismo en otras galaxias, podían realizar tantos deseos como quisieran.

    —Entonces mejor estás aquí y no deberías tener tanta prisa por marcharte —dijo Lesley imprudentemente.

    Al recordar que estaba retenido contra su voluntad, Neb se enfureció súbitamente y se levantó de la mesa.

    —¡Me marcho! —anunció apartándose el mechón rojo de los ojos de un manotazo—. ¡Me marcho ahora mismo! ¡Pido la receta de la pizza para mi mamá y me voy!

    Y se fue a hablar con el cocinero.

    —Te asusté, ¿verdad? —preguntó sonriendo cuando volvió de la cocina, con la receta, a un tiempo satisfecho por haber asustado a Lesley y cabreado (no hay otra expresión que exprese la combinación de abatimiento y rabia adolescente, impotente y reprimida). Neb estaba cabreado porque había dado su palabra de que no se iría sin cumplir su promesa. Cuando Jim volvió del yate, todavía sin tener la menor idea de cuáles serían su segundo y tercer deseos, Neb decidió que, si no le dejaban marchar pronto, desearía un tambor y los volvería locos con él.


    CUANDO VOLVIERON al vestíbulo de Gulf Views a recoger el equipaje, Neb pensó durante un momento que había tenido suerte: Jim descubrió a la hermosa morena, la que había herido su amor propio cuando era viejo, gordo, calvo e inútil. La mirada que ella le había lanzado en la playa estaba aún viva en su recuerdo; lo mismo que su horror cuando creyó que tenía el sida. Ahora llevaba un vestido de playa azul eléctrico con un papagayo de vivos colores impreso en el delantero, que dejaba al descubierto sus magníficas piernas. Al ver a Jim desde lejos, movió los labios —podía ser en una sonrisa o en una mueca— y dijo algo a la mujer que estaba con ella.

    ¡Ahí va la muchacha que piensa que no sirvo para nada!, pensó Jim. La miró a los ojos cuando se cruzó con ella y la siguió con la mirada.

    —¿Es tu segundo deseo? —preguntó Neb, esperanzado.
    —Nunca te das por vencido, ¿verdad? —rió Jim, pero se reía más de sí mismo que del muchacho—. ¡Olvídalo!

    Neb, decepcionado, estuvo a punto de hacer caer al suelo los pantalones de Jim, pero cambió de idea. En la pizzería, Lesley le había hecho comprender que era preferible no llamar la atención, porque si los terrícolas sospechaban que no era uno de ellos, tendría muchos problemas.

    Cuando todo el equipaje de los Taylor estuvo a bordo del disco de Neb, embarcaron. Para darle más aspecto de embarcación, se sentaron encima, alrededor de la escotilla abierta, con las piernas colgando en el interior de la nave. Se alejaban de Gulf Views, derivando hacia México. Pensaban despegar y volar a Londres en cuando perdieran de vista tierra: hubiera bastado un solo giro para que salieran del sistema solar, pero, afortunadamente, el disco tenía un dispositivo para planear. En un principio, Neb se negó a llevarlos si no hacían del viaje su segundo deseo, pero, antes que desperdiciar un deseo en algo tan prosaico como el transporte, Jim estaba dispuesto a tomar un avión en Tampa.

    —Si nos llevas, ahorraremos tiempo, pero llévanos sólo si tú quieres —dijo Lesley dulcemente con mirada suplicante poniendo la mano en el brazo de Neb. Pobre muchacho, pensó, no debería coquetear con él.
    —Menos mal que por lo menos sientes remordimientos —refunfuñó Neb haciéndole una mueca.
    —¿Qué pasó en el yate? —preguntó Lesley a Jim cuando salían a mar abierto.
    —Él es más joven, y nosotros más ricos —dijo Jim lacónicamente.
    —Eso fue una guarrada —se lamentó Neb—. Me pediste algo que te permite conseguir todo lo que quieras sin gastar tus deseos.
    —¡Naturalmente, ésa era la idea!
    —A este paso, cuando llegue a mi casa, mis padres ya habrán muerto.
    —¡No, Neb, de ninguna manera! —dijo Lesley, compadecida—. Te prometo que pronto podrás irte a tu casa. No dejaré que Jim te retenga mucho tiempo.

    Había mar rizada en el Golfo, y los Taylor tenían que sujetarse con las dos manos para no caerse del disco, y también entrecerrar los ojos por el reverbero del sol en el agua. Neb estaba encantado de verles sufrir un poco.

    Por aquí encontré a Neb, pensó Jim. ¡Y pensar que fue sólo anoche!

    —Sí. ¡Te salvé cuando ibas a ahogarte! —comentó Neb.
    —Y yo te saqué del disco de tu padre.
    —Debí dejar que te ahogaras y esperar a alguien que fuera más agradecido.
    —No puedo precipitarme con mis deseos, Neb. Estoy tan cansado que no sé ni quién soy.

    Porque a Jim y Lesley les habían ocurrido tantas cosas aquel día que, a pesar de su segunda juventud, se sentían completamente agotados y tenían que hacer un esfuerzo para asirse a la escotilla. Durante un rato nadie habló hasta que Lesley rompió el silencio.

    —¡Pero cómo hemos podido olvidarnos! —exclamó de pronto.
    —¡Ya podías habérmelo recordado! —dijo Jim airadamente, como suelen hablar los maridos.

    Neb dirigió el disco hacia la playa. «¡La pareja de los tres mil deseos!»

    —¡Eh, un momento! —dijo Jim, alarmado—. ¡Eso no fue un deseo! Puedo volver perfectamente nadando.
    —¡No importa! —dijo Neb con un suspiro de mártir—. Por desgracia, tengo que quedarme hasta que os decidáis.
    —Neb, tú tienes buen corazón, no querrás que... —empezó Lesley.
    —¡No lo entiendo! —gritó Neb atajándola—. Este planeta está a miles de años luz de mi casa, y vosotros no os parecéis en nada a mi hermana, pero hacéis exactamente lo mismo que ella para aprovecharos de las circunstancias. ¡Jesús!
    —¿Sabes qué es lo más extraño de Neb? —preguntó Lesley a Jim cuando se quedaron solos después de desembarcar.
    —Sus poderes, supongo.
    —No; eso no. ¿Te das cuenta de que, a pesar de sus protestas, lo del pedo y todas esas cosas, no se le ha ocurrido ni una vez faltar a su palabra?
    —Tienes razón. Eso demuestra que es de otro planeta.


    29. GRACIA SALVADORA


    LOS MAYBERRY no habían salido de su apartamento de Gulf Views en todo el día. Aquella noche Luke se despertó lloriqueando, y cuando su madre acudió, vio que tenía la cabeza muy colorada y los ojos vidriosos. Estaba ardiendo. Ella le dio sus pastillas con limonada, pero el niño las vomitó. Estaba casi a cuarenta grados. Llamaron al médico del hotel, que le puso una inyección, y el pequeño se aletargó. Sus padres se quedaron junto a su cama, dando cabezadas. Por la mañana todavía tenía fiebre alta.

    Anita Mayberry solía dominar sus nervios delante del niño, pero esta vez el cansancio y el pánico pudieron con ella. «¡Odio a los médicos! —gritó dirigiéndose a su marido, golpeando el tocador con el puño—. ¡Nos engañaron! ¡Los mataré! ¡Nos dijeron que durante un mes iba a estar bien! ¡Pero mentían, mentían, cerdos! ¡No saben nada! ¡Mentían!»

    Luke callaba. Estaba asustado porque creía que había hecho enfadar a su madre. Con la mirada suplicaba que le explicaran qué había hecho mal.

    El padre se inclinó sobre él moviendo las orejas, algo que siempre hacía sonreír y hasta reír a Luke, si se sentía con ánimo, y le preguntó: «¿Verdad que mamá da risa cuando grita de ese modo?»

    Las palabras de su marido sirvieron de aviso a Anita Mayberry, que comprendió que el niño escuchaba y no necesitó más para controlarse. Corrió a la cama.

    —No te apures, tesoro, hoy mismo volvemos a Inglaterra, y ya verás como allí los dos nos ponemos bien.
    —A mí me gusta estar aquí —protestó Luke, que empezó a hacer pucheros con sus labios resecos y rompió a llorar, a pesar de no tener lágrimas—. Me gusta estar aquí. No quiero irme.

    No se calmó hasta que le prometieron que se quedarían, y cuando su madre le cantó una canción se quedó dormido.

    Despertó al cabo de una hora, casi sin fiebre, y no devolvió la medicina ni la macedonia que le dio su madre. Entretanto, los padres habían hecho las maletas, pero ahora no sabían si dar por terminadas las vacaciones o quedarse, confiando en que Luke hubiera superado la crisis. Estaban sentados cerca de la cama, sin más vestigio de vida en la cara que el dolor, que se hacía más evidente cada vez que trataban de sonreír a Luke. Ningún tratado, ningún sermón medieval, ni Dante, ni el Bosco han pintado un infierno tan atroz como el de unos padres que ven morir a su hijo.

    Luke, al intuir que sus padres estaban pensando en romper su promesa y llevarlo a Inglaterra, se echó a llorar otra vez. Quería levantarse de la cama y salir.


    CUANDO LOS TAYLOR volvieron a tierra en busca de los Mayberry, éstos estaban en la piscina. A pesar de que en Gulf Views no había ninguna vacante, estaban solos. El niño demacrado y sus padres, que llevaban la muerte escrita en la cara, habían vaciado los alrededores de la piscina. Todos pasaban de prisa por el lado de Luke, como si no le vieran, y no se volvían a sonreír y saludarle hasta que estaban a cierta distancia. Te queremos mucho, lo sentimos mucho, parecían decir sus sonrisas, pero no podemos soportar tanto horror.

    Lewis Mayberry estaba de pie al borde de la piscina, de espaldas a su esposa e hijo, con la mirada fija en el agua desierta de bañistas. Luke, echado en una tumbona, debajo de un gran parasol, casi desaparecía entre almohadones de plástico, y su madre se paseaba detrás de él con la cabeza inclinada. De vez en cuando, miraba la espalda de su marido y pensaba: ¡Asesino!

    ¡Bruja estúpida!, pensaba Mayberry al mirar a su mujer.

    Jim deseó no poder leer sus pensamientos.

    Los Taylor saludaron a los Mayberry, que correspondieron con un movimiento de cabeza y una ligera sonrisa, como se saluda a unos desconocidos, pero a Luke se le iluminó la carita al ver a Lesley. Movió alegremente sus brazos de palillo y quiso levantarse para correr hacia ella, pero tuvo que dejarse caer en la tumbona, sofocado por el esfuerzo.

    —Hola, amiguito —dijo Lesley agachándose para situar su cabeza al mismo nivel que la del niño.

    ¿Qué es la leucemia? Auschwitz. Unos ojos enormes en una calavera viviente, piel y huesos que a veces se mueven. Lesley trataba de sonreír, pero no podía, por la impresión de ver cómo había empeorado el niño de un día para otro. Para disimular la tristeza, señaló unas nubes que habían aparecido repentinamente.

    —Hoy no hace muy buen día, ¿verdad?
    —No —fue la respuesta casi inaudible que llegó desde debajo de la gorra de béisbol roja y blanca.
    —¿Aún somos amigos? —preguntó ella.
    —Te conozco —susurró Luke—; pero no sé quién eres.

    Jim estaba furioso. Ya no creía en Dios, pero le odiaba. ¿No había dicho Jesús: «No es voluntad de Nuestro Padre del Cielo que muera uno solo de estos pequeños»? Le diría a Neb que preguntara a Jesucristo sobre ello la próxima vez que fuera a presidir su tribunal supremo. Y si Neb no tenía acceso a Él, que le escribiera una carta. A Jim le gustaría saber qué mentirosa contestación obtenía Neb.

    —¡Pero si son Lesley y Jim! —exclamó Anita Mayberry, vacilando un poco. Corrió hacia Jim y le estrechó las dos manos, agradecida de que no los rehuyeran como los demás.

    Su marido también se acercó a darles la mano. El hombre robusto y colorado que Jim había visto la víspera estaba pálido y demudado como si también él estuviera muriéndose. Los dos Mayberry asieron la mano de Jim con desesperada urgencia, como si fuera la única rama de un árbol solitario al borde de un precipicio.

    —Perdonen, no les habíamos reconocido —dijo Mayberry—. Parecen rejuvenecidos.

    Anita miró a su marido con desprecio fulminante y se volvió hacia los Taylor.

    —¡Él nunca reconoce a nadie! —dijo temblando de pies a cabeza de rencor y amargura.

    Jim y Lesley recibieron en silencio aquella absurda explicación, sonriendo amistosamente, para calmarla. Mayberry levantó la cabeza como si viera algo a lo lejos.

    —Nos marchamos, sólo hemos venido a decirles adiós, a ustedes y a Luke —dijo Lesley al fin.

    ¡Si supieran el poco tiempo que le queda de vida!, pensó la madre echándose a llorar.

    —No se aflija, Anita —dijo Jim, dándole una palmadita en el brazo—. Luke se pondrá bien.
    —¿Qué dice? ¿Cómo lo sabe? —preguntó ella con tanta ansiedad, dolor y esperanza en la voz que Jim se quedó momentáneamente paralizado.
    —Pensábamos llevárnoslo a Inglaterra hoy mismo —dijo Mayberry en voz baja, para que Luke no le oyera.
    —Me parece que pronto estará bien —dijo Jim, que se volvió hacia Luke y se agachó a su lado, como buscando confirmación a su impresión. Luke le miró con suspicacia sin reconocerle y volvió los ojos hacia Lesley, preguntándose por qué se había ido de su lado dejando el sitio a este desconocido.

    Recordando una frase del propio Luke, Jim dijo acariciándole el cráneo suavemente:

    —Veo que se te cayó el pelo, pero es sólo temporal.
    — No es temporal —dijo el niño, sin voz y con terror en sus ojos enormes. Ahora sabía que se moría; no quería mentiras.

    Jim empezó a acariciarle el pecho con un movimiento circular, casi sin rozarle las costillas, pero Luke trataba de hurtar el cuerpo.

    —¡Me haces daño! —gimoteó.
    —¡No le toque, por favor, que tiene la piel muy sensible! —protestó la madre—. No comprendo cómo puede... un hombre mayor... ¡Haga el favor de dejarle tranquilo!

    Jim, sin hacerle caso, siguió acariciando a Luke. Al ver cómo el niño se retorcía de dolor en la tumbona, Anita hubiera saltado sobre Jim como una leona en defensa de su cachorro, de no haberla sujetado Lesley.

    —¡Déjelo ya, por el amor de Dios! —estalló Lewis Mayberry abalanzándose sobre Jim.

    Lesley soltó a la madre y se puso delante del padre asiéndolo por los brazos e inmovilizándolo con la sorpresa. El hombre no comprendía nada. ¡Parecían una pareja tan agradable!

    —No le hace daño, créame —suplicó Lesley.

    Los padres miraron a Luke, que había dejado de lloriquear. Esto fue otra sorpresa, que dio a Jim veinte o treinta segundos más.

    Mayberry miró a su mujer.

    —¡Ya te dije que no debíamos traerlo!
    —Él quería ver gente. ¿Por qué te empeñas en negárselo todo?
    —Voy a llamar a la compañía aérea. Tú acuéstalo.

    Jim dio un paso atrás y levantó las manos.

    —No se lo lleven por causa nuestra, por favor. Ya nos vamos.
    —¡No es temporal! —le gritó Luke a Jim airadamente y con voz algo más fuerte.
    —Está bien, está bien, tranquilo —dijo Jim con una amplia sonrisa al tiempo que retrocedía agitando la mano—. ¡Adiós!

    Pero Luke no estaba dispuesto a dejarle marchar tan fácilmente. Saltó de la tumbona y corrió tras él gritando:

    —¡No es temporal! ¡No es temporal!

    Sus padres le miraban estupefactos. Después, mientras el pequeño Luke corría por todo el hotel, tomaba un gran almuerzo y chapoteaba en la piscina, Anita Mayberry afirmaba que aquella pareja no podían ser los Taylor. Los Taylor eran mucho más viejos. Aquellos dos eran los dioses hindúes Shiva y Ganga, encarnados en un joven matrimonio de Londres.

    Jim en su vida había sentido tanta satisfacción, nunca había sentido tan intensamente que merecía vivir. Esta plenitud espiritual que ahora sentía lo salvaría de una innoble vida de molicie.

    —Nos vamos a divertir —le dijo a Lesley cuando volvían al disco.


    30. UNA VOCACIÓN


    MENOS DE UNA HORA después, entraban en su piso de Collingham Court, al suroeste de Londres. En enero y en Inglaterra, a pesar de no ser más que media tarde, ya estaba oscuro, y Lesley iba delante encendiendo luces y la calefacción. «Tu cuarto. Es nuestra mejor vista al jardín», le dijo a su recalcitrante invitado llevándolo a la habitación, amueblada ahora como dormitorio, que nunca habían usado desde que sacaron los ositos, los conejos, los corderos y el cerdito de terciopelo rosa que hacía «Oink».

    Neb, al leer lo que ella tenía en su pantalla mental, exclamó, consternado:

    —¡Yo no quiero ser tu hijo! ¡Muchas gracias, pero ya tengo madre! —Tenía las pecas más rojas que nunca—. En primer lugar, no soy un niño, en segundo lugar, tú no eres mucho mayor que yo. No hay tanta diferencia entre los catorce y los veinte. Y, en tercer lugar...
    —¡Tengo cincuenta años de recuerdos, Neb!
    —Líbrate de ellos, di a Jim que me lo pida —sugirió Neb, malhumorado, casi seguro de que tampoco esta vez se aceptaría su proposición—. ¡Jim, Jim —gritó—, ven, ya tenemos tu segundo deseo!
    —¡Yo no quiero librarme de mis recuerdos!

    Jim había ido directamente al estudio de Lesley, donde guardaba el chelo, dejándole a ella la tarea de atender a Neb. Estaba impaciente por descubrir si había mejorado su forma de tocar. Cuando oyó que Neb le llamaba desde la otra habitación, se levantó y cerró la puerta, para poder afinar en paz el viejo instrumento.

    —En tercer lugar —prosiguió Neb, irritado porque Jim no le respondía—, ¿por qué me dais una habitación? No voy a necesitarla, no pienso quedarme.
    —Vamos, Neb, una temporadita podrás soportarlo. La Tierra no es un sitio tan terrible. Te gustan las pizzas, los helados... y hay otros buenos platos que debes probar. Aquí cerca tenemos un restaurante francés excelente. Podríamos ir a cenar.
    —¡Eso son añagazas, me tomas por estúpido! —gritó Neb, paseándose por la habitación y enfureciéndose por momentos—. Os doy un día más y después me pondré desagradable. Un día más, y desearéis no haberme encontrado. ¡Éste será vuestro segundo y vuestro tercer deseo! —rió triunfalmente—. Tú espera y verás. ¡Piensas que tuvisteis suerte al encontrarme! ¡Qué risa!

    Se echó al suelo para reír más cómodamente. Agitaba los pies en el aire y se daba en el vientre unas palmadas tan fuertes que Lesley exclamó:

    —¡Ten cuidado, te harás daño!

    Neb se sentó en el suelo y la señaló con dedo acusador.

    —¡Te has creído que por ser la mujer más hermosa del universo vas a poder hacerme bailar a tu antojo! ¡Pues te equivocas!

    La miró fijamente y Lesley soltó un pedo grande y apestoso que le hizo arrugar la nariz de asco.

    Neb volvió a dejarse caer en el suelo para seguir riendo y agitando los pies.

    —¡La bella huele mal, jajaja! ¡La bella huele mal, jajaja!
    —Neb, que ya no eres tan niño. ¿No te da vergüenza?
    —¡Tú eres quien se ha peído, jajaja!
    —No le veo la gracia.

    Él dejó de reír y volvió a sentarse.

    —¡Ya has visto lo que os espera mañana! Aunque, bien pensado, ¿por qué esperar hasta mañana? —La miró fijamente, se sonrojó y a Lesley le cayó al suelo la blusa, después, la falda y estuvo a punto de tropezar con las bragas al salir corriendo, temerosa de que él la siguiera para violarla.

    Pero Neb se quedó donde estaba, y ella se puso rápidamente lo primero que encontró, fue al estudio, entró y cerró la puerta.

    —Escucha esto! —dijo Jim al verla entrar, levantando el arco.
    —¡Ahora no hay tiempo para eso! —dijo Lesley con un susurro trémulo—. Pídele lo que quieras y que se marche. ¡Ha hecho que me cayera al suelo toda la ropa! De eso a intentar violarme no hay más que un paso. Y, si se empeña, no podremos impedírselo. No se puede vivir con alguien que, si se enfada contigo, puede dejarte suspendido en el aire. Quiero que ese alienígena se marche. Esta noche.

    Jim suspiró.

    —¿Para cuándo esperas la regla? Sería interesante saber si estás embarazada.
    —¡Yo quiero un hijo tuyo! Y aunque no esté embarazada ahora mismo, creo que tú y yo podremos arreglárnoslas —agregó sonriendo sin darse cuenta. En aquel momento, estaba muy disgustada para pensar en el placer, pero su cuerpo lo recordaba espontáneamente.
    —Está bien, decidamos —dijo Jim tristemente. No le gustaba decidir su futuro con precipitación. Mientras meditaban, volvió a empuñar el arco y empezó a tocar la Suite numero tres en do mayor de Bach, la pieza que mejor se sabía..Al principio tocaba mecánicamente, del modo como la gente juega con una sarta de cuentas cuando algo la preocupa, pero luego se interrumpió y volvió a empezar. Hizo que sus manos trasladaran al arco y las cuerdas todo el caudal de emociones que brotaba de su interior al tocar la melodía con el pensamiento y, por primera vez en su vida, sus manos le obedecieron durante largos pasajes. El noventa por ciento del arte es concentración, y Jim se volcaba en las notas con tanta devoción que tardó en oír a Neb aporrear un tambor dos habitaciones más allá.

    El primer impulso de Lesley fue ir a pedir a Neb que dejara de meter aquel ruido horrible, pero se contuvo, temiendo que volviera a desnudarla. A medida que Jim seguía tocando, poco a poco, se apagaban los redobles de tambor, aún se avivaron un par de veces, pero al fin cesaron. Lesley oyó unos pasos que se detenían delante de la puerta.

    ¡Ay, Dios, qué hará ahora!, pensó, alarmada, cuando se abrió la puerta y entró Neb sin hacer ruido. Pero le bastó una mirada para tranquilizarse. Neb estaba transfigurado y era evidente que no deseaba molestar a Jim. Se acercó a ella andando de puntillas y le susurró:

    —¿Qué es eso?

    Ella, que ya había empezado a hacerse a la idea de que él podía leer el pensamiento, se limitó a volver la cabeza y mirarle a los ojos mientras pensaba: Este instrumento se llama violonchelo, y Jim toca una suite de Johann Sebastian Bach. Él movió la cabeza afirmativamente, para dar a entender que había recibido el mensaje. Se tendió en el suelo con las manos en la nuca, cerró los ojos y aspiró los sonidos.

    Cuando acabó su interpretación, Jim levantó la cara con una sonrisa serena que se desvaneció al ver a Neb. El chico seguía en el suelo, con los ojos cerrados, oyendo la música todavía.

    —Johann Sebastian Bach... —dijo con reverencia, sin moverse ni abrir los ojos. De pronto, un terrible pensamiento le hizo levantarse de un salto—. ¿También lo crucificasteis?

    Al ver cómo la música afectaba a Neb, Lesley decidió hacerle escuchar también a Händel. Fueron al salón y ella puso un CD de la Oda del día de santa Cecilia, y Neb volvió a tenderse en el suelo a escuchar («Necesitáis alfombras más gruesas», les dijo). Cuando Felicity Lott dio el do de pecho sostenido en la última aria, alzó los brazos lo mismo que los santos de las pinturas antiguas cuando el cielo se abre sobre ellos y aparece un ángel.

    Después les dijo que, mientras escuchaba a Bach y a Händel, no se sentía «tan lejos de casa», lo cual quizá no sea una mala definición de la gran música.

    Neb creció en una hora a una velocidad mayor que la desarrollada por el disco girovolador de su padre. Ya no era un adolescente sino un joven: había descubierto una vocación. Sentía el ardiente deseo de ser músico y convertirse en benefactor de su pueblo. Los habitantes del Centro del Universo no tenían nada que pudiera compararse a nuestra música, y él había decidido almacenarla toda y dársela a conocer.

    Para bien o para mal, la pasión de Neb por la música daba tiempo a los Taylor, que pudieron emprender su nueva vida sin hacer ventosidades más que por causas naturales. Lesley volvió a sus clases y explicó a sus colegas que en Florida se había hecho la cirugía estética. Todos sus alumnos se enamoraron de ella y, algunos, hasta empezaron a leer. Jim andaba muy ocupado descubriendo todo lo que podían hacer sus manos. Quería dedicarse de lleno a estudiar el chelo, pero también quería ser sanador, «para divertirse». Al igual que en su primera juventud, tenía demasiadas dotes y quería hacer demasiadas cosas.


    31. LA AMENAZA CHINA


    LA PRIMERA MAÑANA después de su regreso a Londres, fiel a su decisión de no malgastar más vida en ganar dinero, Jim encomendó la administración de sus millones a su amigo Stanley Rosenfeld, el contable. Cuando hubo despachado con Rosenfeld, fue a ver a George Nicholson, su ex director adjunto, cuyas huesudas manos tanto le habían preocupado. Llevaba mucho tiempo siendo un directivo de empresa como para dejar pendiente algún asunto de su vida anterior.

    Nicholson, que salió a abrir en camiseta y calzoncillos, tomó al joven recién llegado por un funcionario del juzgado.

    —¡No nos acosen! —protestó a modo de saludo—. La asistencia social todavía no nos ha encontrado alojamiento.
    —Hola, George —dijo Jim, asombrado por la transformación de su antiguo colega. No habían transcurrido más que seis meses desde la última vez que había hablado con Nicholson en su despacho y, por su aspecto, cualquiera hubiera dicho que habían pasado décadas.

    Estaba desconocido, más viejo y hasta más bajo de lo que Jim recordaba. Lo que antes fueran pequeñas arrugas se habían convertido en profundos pliegues en su cara sin afeitar, y de su porte erguido no quedaba ni el recuerdo: encogía el cuello y los hombros como si tratara de llevarse una cuchara a la boca con mano temblorosa. Más que viejo lo encontró raro. Sí; estaba en su casa y tenía la calefacción puesta, pero en el pasado nunca hubiera abierto la puerta en camiseta y calzoncillos, exhibiendo sus peludas extremidades. Ni que estuviera borracho; pero no lo estaba.

    —¿Por qué quieren echaros? —preguntó Jim.
    —Por no pagar el alquiler, listo... Pero, ¿quién eres? —preguntó Nicholson con suspicacia. Sus ojos, grises y saltones, tenían un brillo intenso—. ¿Nos conocemos?
    —¡Pues claro que nos conocemos! Soy Jim. Jim Taylor. Es que me he hecho la cirugía plástica.
    —Tú no eres Jim Taylor. Jim Taylor tiene menos pelo que yo.
    —Me han hecho un trasplante.
    —¿Cuántos años tienes?
    —Vamos, George, por Dios, esta piel tan fina que ves me la han sacado del culo.

    Nicholson se encogió de hombros; el aspecto de Jim Taylor le tenía sin cuidado.

    —Anne está trabajando —dijo haciéndose a un lado para que entrara Jim—. Y, puesto que me encuentras en casa por la mañana, huelga decir que no he encontrado empleo —agregó, en tono acusador.

    Jim extendió la mano para dar una palmada en la encorvada espalda de Nicholson en señal de condolencia.

    —Lo siento.

    Ya puedes sentirlo, cerdo. De no ser por ti, aún estaría trabajando. ¡No pienso ofrecerte nada, ni una taza de té!, eran las palabras que aparecieron en la pantalla mental de Nicholson. No dio ni la menor oportunidad a la mano que le tendía Jim, rehuyéndola como si quemara y luego empujó fuertemente en la espalda a su visitante, para dirigirlo hacia la sala.

    ¿Se habrá vuelto loco?, se preguntó Jim dando un traspiés, del empujón. Si seis meses en el paro te ponen en ese estado, hubiera hecho bien suicidándome a las dos semanas.

    Los Nicholson, al igual que los Taylor, vivían en un bloque de pisos de principios de siglo, situado en uno de los más apetecibles rincones del centro de Londres. Ya no se encontraban pisos de alquiler como aquéllos —todos se vendían, y a precios astronómicos—, pero los Nicholson se habían instalado hacía treinta años, una época en la que estos pisos sólo se alquilaban. La raída y manchada alfombra color hueso y los muebles de mimbre desentonaban en las habitaciones espaciosas de techo alto, suelos de parquet y grandes puertaventanas.

    —Como puedes ver, hemos tenido que vender los muebles que heredamos de la madre de Anne —dijo Nicholson con amargura—. No es que eso importe mucho, ahora que tampoco hubiéramos tenido donde ponerlos.

    Quantum había «aplazado» indefinidamente el pago de las indemnizaciones por despido, el alquiler se había cuadruplicado, y el salario simbólico que percibía su esposa de la asociación benéfica para la que trabajaba y su propio subsidio de paro no lo cubrían ni remotamente. Durante los últimos meses, todo el día solo en el piso, Nicholson no hacía más que pensar en que iban a echarlo de su casa, donde había pasado la mayor parte de su vida.

    —No sé si te habrás enterado...
    —¿De qué? —preguntó Nicholson con impaciencia.
    —A mí también me despidieron. Pero las cosas me van mejor y voy a abrir un despacho propio. Me gustaría que vinieras a trabajar para mí —dijo Jim, con la esperanza de que la noticia apaciguara a su antiguo amigo.

    Pero Nicholson sólo oyó que también habían echado a Jim. Era tan buena la noticia que su entendimiento no pudo captar nada más.

    —¡Así que te han echado! —dijo sorbiendo el aire entre los dientes, loco de alegría—. ¿Y también os han desahuciado?
    —No; nosotros compramos el piso hace unos años, ¿recuerdas?
    —¿Y cómo vas a pagar la hipoteca, si no tienes trabajo?
    —Tuve un golpe de suerte en Florida.

    Los surcos de la cara de Nicholson se retorcían como serpientes. Se sentó y empezó a darse masaje en las sienes; el pensar que él no tenía suerte le daba un dolor de cabeza lacerante.

    —Hace treinta y dos años que vivimos aquí —dijo con voz temblorosa—. Hemos pagado más de doscientas mil libras en alquiler, y ahora nada les impide aumentárnoslo de modo que no podamos pagarlo y puedan echarnos a la calle.
    —Tranquilízate, George, no te preocupes, no os echarán.
    —¿Te refieres a que la ley nos protege? —preguntó Nicholson con sarcasmo—. ¿El control de alquileres y todo eso? —Eres un imbécil, Jim, un imbécil, pensó, no tienes ni idea. No me explico por qué en Quantum estabas siempre por encima de mí.

    Jim se sorprendió al descubrir lo mucho que Nicholson le odiaba, y empezó a dudar de la conveniencia de involucrarlo en la gestión de sus asuntos. Decidió no volver a hablar del empleo.

    Nicholson asía los brazos de su sillón de mimbre como si temiera que lo sacaran de él.

    —¡Nos echan del piso, ¿sabes lo que eso quiere decir?!
    —George...
    —¿Y por qué nos echan? ¡Porque ya no hay fronteras!

    Jim se sintió tan intrigado por esta enigmática explicación que no pudo reprimir la curiosidad por el razonamiento que la inspiraba.

    —¿Y qué tienen que ver las fronteras?

    Nicholson juntó las cejas; le costaba creer que su ex colega no viera lo que para él era de una claridad meridiana.

    —¿Tú crees que todavía existe un país llamado Gran Bretaña? —preguntó.
    —La última vez que miré el mapa, aún había un Reino Unido.
    —Entonces, dime —conminó Nicholson escudriñando a Jim con sus ojos saltones—, dime dónde está Inglaterra.
    —Debajo de tu sillón.
    —¡Te equivocas! —exclamó Nicholson triunfalmente con una risa tétrica—. Estamos en territorio chino.

    Jim sintió cierto alivio cuando, al enterarse de que el edificio había sido adquirido por un multimillonario de Hong Kong, comprendió que las diatribas de su otrora sensato adjunto no eran tan disparatadas.

    —El Gobierno devuelve Hong Kong a China y vende Londres a los chinos de Hong Kong, y lo mejor que puedo hacer yo es cortarme el cuello.

    Jim, que no se había sentado, se acercó a Nicholson, le tomó las manos y se las palpó.

    —¿Se nota? —preguntó Nicholson, molesto por la interrupción—. Tengo dolor reumático en las articulaciones, de tanta preocupación. Es casi constante, pero no importa, estoy acostumbrado. —Retiró las manos de las de Jim, al tiempo que una explosión de amargura le hacía levantarse del sillón—. ¡A lo que no me acostumbro es a no tener derechos como ciudadano inglés! ¡Mi padre cayó en la última guerra, dio su vida para que la Gran Bretaña no fuera ocupada por extranjeros, pero Anne y yo ahora, a nuestra vejez, nos encontraremos sin hogar porque nuestro casero de Hong Kong ya tiene a un potentado árabe esperando para comprar este piso por medio millón de libras! Haber nacido y vivido siempre aquí ya no significa nada. Dentro de unos cuantos años, no quedará un solo inglés normal y decente que tenga una casa decente en la capital. Los ingleses ya no pueden permitírselo, como no sean unos ricachos. ¡Esto ya no es la capital del Reino Unido, es la capital de los ricachos!
    —¿Qué tal las manos? ¿Aún te duelen?

    Pero Nicholson no prestaba atención a las manos y, mucho menos, a Jim. Se paseaba por la habitación con paso irregular, parando y arrancando inopinadamente, de modo que Jim no podía tocarlo. Quería preguntar a Jim por qué había ido a verle, pero hubiera tenido que escuchar la respuesta; llevaba demasiado tiempo encerrado a solas consigo mismo para no aprovecharse de un auditorio y estaba demasiado indignado como para dejar de hablar.

    —Cuando la Gran Bretaña era para los británicos, hasta la gente de la clase media como nosotros podía vivir en un piso como éste. En el país no había tantos ricos que ocuparan todas las casas buenas, y quedaban algunas para los demás. Pero ahora los ricos de los lugares menos agradables del mundo pueden venir a comprar todo lo que merezca la pena.

    El pelo de la cabeza de Nicholson se hacía más oscuro y espeso por momentos, al tiempo que le desaparecía el vello de brazos y piernas. Como estaba en calzoncillos, hubiera podido verse las piernas, pero él sólo veía a jeques del petróleo que bajaban de Rolls-Royces.

    —Londres es demasiado bueno para los ingleses. ¡Ya no podemos permitírnoslo! Tiene un clima benigno, nunca hace tanto calor como en el desierto, no hay cabras en la calle, puedes comprar de día y de noche... es el lugar ideal para el que tiene a un montón de mujeres a las que contentar.
    —¡Despierta, George! —dijo Jim, golpeando la frente a Nicholson con la palma de la mano, para que aquellos ojos saltones vieran mejor.

    Nicholson dio un paso atrás y bajó la cabeza involuntariamente. Al cabo de un momento, levantó una de sus piernas sin vello para mirarla mejor. Luego levantó las manos y movió los dedos.

    Jim lanzó un suspiro de alivio; empezaba a cansarle la filípica de George.

    —Espero que hayas notado algún cambio en tu persona. ¿Te sientes diferente?
    —¡Tienes razón, me siento diferente! —exclamó Nicholson con acento de asombro—. Estoy más furioso que cuando llegaste. —Señaló a Jim acusadoramente—. ¡Me cabreas, porque todo esto te tiene sin cuidado! Se me había olvidado que eres americano. Eres un extranjero y te importa un bledo lo que pase en estas islas. Vosotros, los americanos, nunca tuvisteis un país. Lo único que tenéis es una ensalada.
    —Verás, tengo la impresión de que todo el mundo es un solo país.
    —Qué típico. Sí, y con esa retórica se nos traiciona. Vosotros, los americanos, sois el pueblo más confuso del mundo. Todos creéis en la fraternidad y os matáis constantemente los unos a los otros.

    No; a los veinte años sería demasiado irascible, decidió Jim. Lo dejaré en los veinticinco.

    Nicholson no hubiera estado más furioso de haber sabido que, por su manera de despotricar, había perdido un buen empleo y cinco años de una vida nueva.

    —En los viejos tiempos —prosiguió—, el que se encaprichaba de un país ajeno, tenía que conquistarlo a sangre y a fuego, porque no había ningún pueblo tan estúpido que entregara su territorio sin luchar. Genghis Khan, Atila, Guillermo el Conquistador, Napoleón... todos necesitaron grandes ejércitos. En aquellos tiempos, nadie pensaba que su país fuera suyo y de todo el mundo. Hitler no pudo invadir la Gran Bretaña porque no tenía una flota lo bastante grande. Hoy, para conquistar un país, no necesitas más que un talonario de cheques o la prueba de que no tienes otro sitio adonde ir, y nuestro Gobierno te recibe con los brazos abiertos. Pero no te ceden sus sedes ministeriales, eso no. ¡Te ceden nuestros hogares!
    —Los extranjeros no te han hecho ningún daño, George. La persona que te perjudicó es Jeremy Norton, un inglés de pura cepa.
    —¿Y qué me dices de ti mismo?
    —Yo también, desde luego.
    —¡Y eres extranjero! ¿Ves lo que quiero decir? Si no hubieras venido a este país, yo hubiera ocupado tu puesto en Quantum y no me hubieran echado. Norton es inglés, sí, pero encaja en el cuadro. Todas estas cosas están interrelacionadas. ¡Así es como se pierde un país! Sus líderes lo minan para que otros puedan conquistarlo. —Al principio se había conformado con odiar a Jim y a Norton, pero ya se había cansado; su amargura era tan honda, su miedo a la pobreza tan grande, que le parecía que la causa no podía ser un hombre ni dos—. Yo estoy arruinado, Jim, arruinado, pero no soy el único. Toda nuestra civilización está arruinada. La gente que va a quedarse con este piso, que me echa de mi casa, está apoderándose del mundo.
    —¿Quién? ¿Quién se apodera del mundo? —preguntó Jim. Ni leyendo la pantalla mental de Nicholson acababa de entender de quién le hablaba.
    —¡Los árabes! ¡Los musulmanes! Como si no lo supieras... Los iraníes han puesto precio a la cabeza de un ciudadano británico e incitan públicamente a su asesinato. Esto es un acto de guerra. ¿Y qué hace nuestro Gobierno? Deja entrar a toda la ignorancia de África y