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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
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    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL CLAMOR DEL SILENCIO (Wilson Tucker)

    Publicado el jueves, marzo 30, 2017

    PRÓLOGO

    Hay una corriente muy amplia y particular dentro de la ciencia ficción, a la que podríamos llamar la «sf del desastre». Parece ser que hoy, que las circunstancias de nuestro entorno han puesto en amplia vigencia, ante las apetencias del público, la literatura y el cine de desastre, tendría que ser el momento de mayor aceptación de este apartado de la sf. Sin embargo, y puesto que la sf. Es una literatura de vanguardia, su verdadero auge se produjo hace ya tiempo, a mediados de los años cincuenta... cuando la guerra fría y el por aquel entonces reciente recuerdo de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki hacían pensar fre-cuentemente a la gente en la posibilidad de una conflagración mundial y todas sus terribles consecuencias. La visión dantesca de un mundo destruido por las bombas, una humanidad diezmada y una sociedad vuelta al salvajismo de la más desesperada lucha por la supervivencia, llegó a ser al mismo tiempo un polo de atrac-ción y un desgarrado grito de advertencia, que no desdeñaron en utilizar ninguno de los más prestigiosos autores cultivadores del género.

    Dentro de esta corriente puede encajarse «El clamor del silencio», la magnífica obra de Wilson Tucker que hoy les presentamos, y la más famosa de su autor también, junto con «El año del sol quieto». Y la traemos precisamente aquí porque creemos que, en estos momentos en que se están reproduciendo las vivencias, angustias y temores que marcaron la década de los cincuenta, viene a llenar un hueco que la más reciente literatura de sf. Aún no ha descubierto: la incursión de nuestra mente en el mundo de desastre que puede pro-ducirse el día que el teléfono rojo esté comunicando. Porque la guerra fría aún no ha terminado...

    «El clamor del silencio» fue escrito en él tiempo en que la guerra fría entre Rusia y los Estados Unidos se hallaba en su pleno apogeo, y los ecos de la resonancia que tuvo a su aparición perduran todavía. Porque su valor de testimonio, tras acontecimientos tales como él Viet Nam, Oriente Medio, etc., es más actual que en el momento mismo en que unas circunstancias determinadas motivaron que fuera escrita.

    El tema de «El clamor del silencio» es, en un acercamiento primario, simple, y puede ser resumido en muy pocas palabras: los Estados Unidos son objeto de un artero ataque-sorpresa por parte de un enemigo desconocido (en ningún momento se precisa cuál), que destruye completamente la mitad este del país, desde la costa Atlántica hasta el río Mississipí. A partir de este doble asalto por bombas atómicas y bacteriológicas luchan desesperadamente por sobrevivir... mientras al otro lado de la barrera una sociedad aterrorizada pero aún intacta intenta por todos los medios conservar su seguridad manteniendo sobre la zona afectada una estricta y despiadada cuarentena. Así, los más afectados por el ataque se ven abandonados, perseguidos, sometidos al más duro aislamiento...

    El tema, expresado así, se presta a caer en uno de los grandes peligros en que han caído incluso los más grandes autores (ver por ejemplo el relato de Robert A. Heinlein «Proyecto Pesadilla», en el número 57 de la revista «Nueva dimensión»,): la fácil demagogia, el planteamiento del solapado, traidor, despiadado y eterno enemigo de los Estados Unidos (cambiando de acuerdo con la época) desarrollando su artero y maquiavélico ataque contra el leal y generoso pueblo estadounidense (que después ha demostrado, según los hechos, no ser tan leal ni tan generoso como parecía)

    Uno de los principales méritos de la obra de Wilson Tucker, por el contrario, es precisamente haber huido de esta fácil demagogia política, muy común en la época de McCarthy, y haber enfocado su visión hacia otros derroteros. El hecho de que a todo lo largo de la novela no se precise en ningún momento quién ha sido exactamente el autor del artero ataque a los Estados Unidos es algo estudiadamente deliberado. Tucker no quiso en ningún momento arremeter contra ningún enemigo latente, él clásico malvado que ha de soportar esta etiqueta en toda guerra fría que se precie, sino que buscó objetivos más profundos. Su tesis de base es de una cruda realidad: en una situación de emergencia, nos dice Tucker de la forma más dramática posible, no existen buenos ni malos, gente leal ni gente desleal. Incluso la nación pretendidamente más abierta y des-prendida (como quería ser los Estados Unidos en la época) se encierra en el más abyecto egoísmo ante un crudo problema de supervivencia.

    El comportamiento del protagonista de esta novela, por lo tanto, no se nos presenta en ningún momento como el clásico héroe norteamericano, bondadoso hasta la candidez. Su primer rasgo nos lo señala ya como un soldado «desertor», y su comportamiento a lo largo del relato es a menudo brutal, incluso inhumano. Pero su forma de actuar es la única «lógica» en sus circunstancias. Como también es lógica, demencialmente lógica, la postura que adopta la parte intacta del país, especialmente el ejército y las altas esferas del poder, para salvaguardar su integridad. Aunque su actitud nos parezca en principio de una crueldad sin límites.

    Con todos estos hechos por delante, la sombra del artero ataque de la potencia enemiga (que en ningún momento deja de ser eso, «el enemigo») es solamente un telón de fondo en este terrible, desolador, angus-tioso, pero pese a todo, «veraz» relato. Y este hecho queda patente sobre todo por la utilización que de él hace el propio gobierno de los Estados Unidos para ocultar su miedo a esa parte de su mismo país que ha sido devastada. Quien haya visto los desolados campos del Viet Nam, y haya oído después las justificaciones de la Administración estadounidenses, sabrá muy certeramente lo que queremos decir. De hecho, «El clamor del silencio» es una obra que, a su aparición, se adelantó con mucho a su tiempo. Su principal mérito, por encima de todos los demás que tiene, es haber tocado el tema de la devastación a gran escala (que aquí es una devastación mucho más «sucia» que la manida devastación nuclear), es no limitarse a plantearnos la su-pervivencia en un mundo destruido, sino el enfrentamiento de este mundo con otro aún intacto que pretende por todos los medios, incluso sacrificando a sus hermanos, seguir siendo intacto.

    A este respecto, la patética parte final del relato, donde queda demostrada dramáticamente la necesidad y obligatoriedad de esta aparente crueldad, es uno de los testimonios más reveladores que haya dado al mun-do toda la literatura de sf. Y el regreso, el amargo regreso del protagonista tras su experiencia en el mundo normal, a este mundo que será ya para siempre su mundo, es algo que ningún lector consciente podrá olvidar jamás.



    Capítulo I


    Gary se amparó en las sombras que bordeaban la orilla. Allí se detuvo, esperando el sonido del tiro, el agudo estampido de la carabina. La vieja mujer había sido tonta al creer que podría escurrirse a través del puente; o la habían acuciado la desesperación y el hambre o decididamente era necia. Las tinieblas de la noche no podrían ocultarla; no, ya no podrían, porque las tropas que custodiaban el otro extremo del puente las anulaban con sus lámparas a infrarrojos y las miras telescópicas de sus rifles.

    Ese era el único puente que permanecía intacto en mil o mil doscientos kilómetros a lo largo del Mississipí. Las tropas norteamericanas debían de haber concentrado su vigilancia en el lado opuesto. La posibilidad de que la mujer pudiera deslizarse hasta la vecina ribera de Iowa era tan escasa como la de que una pelota de nieve no se deshiciera dentro de un ciclotrón.

    Gary gateó, ocultándose, hasta un pilar de cemento, y allí esperó. Ponía tanto cuidado en no evidenciar su cuerpo en el camino como en no cruzar a la otra punta del puente de doble dirección. En realidad, se encon-traba demasiado lejos de las tropas para hallarse en verdadero peligro; pero algún tirador afortunado podía centrarlo fortuitamente en su mira telescópica y hacer fuego.

    La vieja no había estado en el ejército ni conoció jamás la eficacia de sus equipos; él sí. Sólo en su pobre y alocado cerebro podía la mujer concebir que lograría cruzar protegida por la oscuridad. Era inconcebible que desconociera la verdad, que no supiera bien qué le esperaba después de un año de conocer la situación, o acaso ya no le importara... Sí, seguramente sabía que no llegaría viva al otro lado: ninguno de los del área contaminada que cruzaba el Mississipí lograba vivir más de unos segundos, tal vez unos minutos.

    Los seres incluidos entre los millones que habitaban los dos tercios del oeste del país podían dar gracias al cielo. Pero los que estaban entre los desdichados miles que todavía pugnaban por su existencia al este del río debían permanecer allí hasta la muerte; para ellos no había otro camino, no tenían futuro. Tenían que quedarse donde estaban y morir lentamente. Todo intento de alcanzar el país sano y no bombardeado que se extendía al este del Mississipí llevaba a una muerte inmediata bajo la mira de una carabina. El corazón del soldado podía no desearlo, podía vacilar un segundo; pero la muerte era segura. No había lugar para los contaminados.

    El rifle restalló en la oscuridad.

    Gary quedó esperando. Durante largos minutos no se oyó otro ruido. El conocía la rutina, la había observado a menudo bajo la luz del día. Algún soldado enfundado en un blanco traje a prueba de radiaciones se acercaría por el puente hasta el cuerpo y lo sacudiría con la punta de la bota, atisbando cualquier destello de vida. Si todavía había movimiento, dispararía su pistola contra la cabeza de la mujer. Por último, levantaría el cuerpo y lo arrojaría por encima de la barandilla.

    Le pareció oír un débil chapoteo. El viento soplaba en dirección contraria y le impedía estar seguro, pero probablemente la hambrienta mujer se hallaba ya flotando río abajo.

    Se arrastró, retirándose de las proximidades del puente, y buscó asilo en un campo vecino, esforzándose por encontrar la depresión de terreno en la que había permanecido echado cuando la mujer pasó a su lado, media hora antes. La curiosidad lo había llevado a seguirla, la morbosa curiosidad del espectador que sabe que la jugada concluirá en desastre. Gary había visto que ella no llevaba comida. Si hubiera llevado algún alimento, se lo habría arrancado por la fuerza. Pero los brazos de la mujer iban vacíos, y no se observaba ningún bulto en sus bolsillos. Por eso la dejó marchar hacia el puente y la siguió en silencio, sin razón aparente.

    Sabía de antemano lo que iba a sucederle. Seguramente, también ella lo sabía; pero, al parecer ya no le importaba. Uno envejece tanto, llega a estar tan hambriento, que finalmente busca su salida. El puente fue siempre una salida. También, río abajo, donde los puentes habían sido dinamitados, lo habría sido un bote de remos. Pero las tropas rondaban siempre atentas, y la vigilancia del río jamás concluía.

    Gary sabía que había miles de soldados, una gran cantidad de lo que quedaba del ejército de los Estados Unidos, todos distribuidos a lo largo del Mississipí, sobre la orilla oeste, por todo el camino que va desde el delta norte al lago Winnibigoshish, en Minnesota; y desde este punto, todavía más al norte por las rutas terrestres, hasta el lago Winnipeg, en Manitoba. Y aún más allá, todavía más al norte de esta extensión de agua, la guardia montada o los accidentes del terreno detenían a cualquiera.

    Él podía haberse hallado entre esas afortunadas tropas que custodiaban el otro lado del río, el lado sano; podía, si no se hubiera emborrachado ciegamente un año atrás, si no se hubiera despertado en aquel hotel...

    Era el cabo Gary Russell, con una insignia del quinto ejército en su hombro y ningún trabajo más pesado que el de organizar las tareas de reclutamiento en el bajo estado de Illinois. Veterano de la campaña de Salerno, duró cinco días en la playa antes de que una esquirla de granada lo enviara a la retaguardia; veterano de los ataques en Francia y Alemania, fue promovido al grado de sargento en los primeros días de la invasión de Normandía y degradado de nuevo antes de alcanzar el Rhin. Llegó a ser un experimentado e inescrupuloso traficante del mercado negro, en pequeña escala. Se hizo con una bonita suma, especulando con la gasolina del ejército, los bonos de racionamiento, el jabón y las materias primas alimenticias. Después de la guerra, se decidió a permanecer en el ejército, porque para él no existía ningún hogar que recordar; y así, su treintavo cumpleaños lo encontró celebrando diez años de uniforme caqui con una monumental borrachera.

    Según sus cálculos, el ejército le adeudaba la paga de todo un año.

    Cuando se despertó, estaba en el lado prohibido del río, el lado bombardeado e infecto.


    Capitulo II


    El cabo Gary estornudó y abrió los ojos.

    El sucio empapelado, sólo pegado a medias al techo, parecía querer desprenderse y caer sobre él en cualquier momento. Estornudó de nuevo y torció la mirada, para encontrarse con el mismo papel medio despegado de las paredes. Los trozos desprendidos mostraban su dibujo de rosas descoloridas, y debajo asomaba otro empapelado, con sucias plumas azules. Un viejo teléfono colgaba de la pared cercana a la puerta. Los pantalones estaban tirados en el suelo al lado de la cama.

    —¡Oh, madre de Dios! —se quejó el cabo—, he caído en otro antro de podredumbre.

    Luchó contra la insistente punzada que atormentaba su cabeza, procurando incorporarse. El movimiento levantó una fina nube de polvo y lo hizo estornudar otra vez. Instintivamente, buscó bajo su almohada su cartera y extrajo de allí una botella de whisky. Arrojó bruscamente la almohada y la botella a través del cuarto. Recogió del suelo sus pantalones para revisar los bolsillos, y encontró la cartera en uno de ellos, vacía.

    Soltó una palabrota, y la cartera siguió el destino de la almohada y la botella.

    Balanceando sus piernas a ras del suelo, profirió un juramento cuando sus desnudos dedos tropezaron con cierta violencia con otra botella. Gary se agachó a mirarla y se sintió vagamente desilusionado al hallarla vacía. Tirada debajo de la cama alcanzó a ver otra más.

    —¡Debió de ser una juerga endemoniada! —dijo a la sucia alfombra.

    En un rincón de la pieza, semiocultos tras un biombo de madera, había un retrete y un lavabo. Una vasija vacía flotaba en el inodoro. La fina capa de polvo y yeso desprendido cubría todas las superficies. Gary abrió el único grifo que había en el lavabo; no salió ni una gota de agua. Con mayor energía repitió el mismo juramento de instantes anteriores y cruzó taconeando la habitación, en dirección, al decrépito teléfono.

    —¡He, escuchen! ¿Qué diablos sucede aquí? Necesito agua.

    El aparato no registró sonido alguno.

    —¡Ni sombra de respuesta! —refunfuñó mientras dejaba caer violentamente el auricular contra la pared.

    Debajo del empapelado se desmoronó un pedazo de yeso.

    —¡Qué situación del demonio!

    Se detuvo para inspeccionar la pieza. A excepción del polvo, en nada se diferenciaba de las de otros hote-les baratos que él había frecuentado.

    Calculó que no la habían limpiado en una semana por lo menos, y..., ¡diablos!... era imposible que hubiera dormido tanto tiempo. Un día o dos era el límite acostumbrado en ocasiones como aquella; en realidad, dos días era el límite máximo. Empujó una botella con el pie y trató de recordar los hechos. Era absolutamente evidente que esa vez no había sido mezquino con el licor; debía de haber pillado una borrachera digna de un rey. Diez años en el ejército, treinta de edad, y todavía con una salud satisfactoria... Si eso no era buen motivo para una fiestecita de cumpleaños, nada lo era. Bueno, ya lo sabía: se había desentendido de sus deberes, ¿y qué?

    Pero era imposible que hubiera estado ausente más de dos días.

    Seguramente alguien lo habría echado de menos, y para entonces habrían tomado buena cuenta de su escapada.

    —¡Qué situación del demonio! —dijo de nuevo mientras se agachaba a por sus pantalones.

    Estos eran la única prenda de vestir que había en el cuarto. Gary buscó cuidadosa, urgentemente, crecién-dole la furia en el pecho, pero no había allí ni zapatos ni medias ni ropa interior, camisas o gorra alguna.

    Se puso los arrugados pantalones y le dio un golpe a la cartera, insultando al ladrón desconocido que lo había embaucado y le había robado su ropa mientras él dormía.

    Vestido solamente con los pantalones, abrió de un tirón la puerta del dormitorio y a grandes trancos se lanzó por el estrecho pasillo. El número de su pieza le hizo suponer que se encontraba en el tercer piso del hotel.

    Sin ninguna vacilación, caminó hacia la escalera, levantando nubes de polvo de la gastada estera, a cada una de sus furiosas pisadas. Al aproximarse a los mal iluminados escalones, pasó por una habitación cuya puerta se balanceaba entreabierta y, distraídamente, miró hacia adentro.

    Sorprendido, se detuvo; retrocedió un paso y miró nuevamente. Una mujer yacía desnuda sobre la cama.

    Gary se volvió con rapidez, inspeccionó el pasillo y el tramo de escalera vecino. Comprobó que estaba solo. Entonces, silenciosamente, se deslizó dentro de la habitación.

    La pieza estaba sucia y polvorienta como la suya, pero además tenía un olor repulsivo que atormentaba sus fosas nasales; un olor que él conocía demasiado bien y con el cual había convivido tiempo atrás. Las ropas de la mujer estaban desparramadas por el suelo. Su bolso, abierto y registrado, había sido arrojado debajo de la cama. Una maleta barata aparecía forzada, abierta y puesta a un lado. Gary contempló fijamente el cuerpo.

    Era una mujer indescriptible, de treinta o cuarenta años de edad, ni linda ni fea, pero a todas luces vaga-bunda. Encuadrada muy bien en la habitación barata y hedionda del ruinoso hotelucho. Su flaco cuerpo os-tentaba viejas y recientes cicatrices. Había una mancha de sangre seca en una de sus orejas, de donde había sido arrancado un aro.

    Gary se acercó a la cama, soportando el mal olor, y confirmó su primera y alarmante sospecha. Una bayo-neta sobresalía de entre las huesudas costillas de la mujer.

    Salió a escape de la habitación; atravesó el estrecho pasillo que permanecía vacío; voló por las escaleras, saltando la mitad de los escalones en su avidez de descenderlas, de escapar pronto de aquel tercer piso. El descanso del segundo piso y todo el corredor estaban tan silenciosos y solitarios como el tercer piso. Sin de-tenerse, siguió bajando rápidamente en busca del salón principal.

    Era un miserable vestíbulo, sucio, polvoriento, vacío.

    —¡Eh! —gritó nerviosamente—. ¡Despierten! —corrió hacia el mostrador del registro—. ¡Contesten! ¡Soy el cabo Gary!

    No hubo respuesta. Nadie apareció.

    Golpeó con su puño el viejo escritorio. Estornudó cuando el polvo se desprendió, elevándose. El vestíbu-lo siguió sin dar signos de vida. Sus ojos tropezaron con un calendario y lo tomó soplando la delgada capa de tierra que lo cubría. «Junio 20, jueves»: el día siguiente a su cumpleaños; el día inmediato a la tarde en que empezó la juerga celebratoria. Pero el calendario debía de estar equivocado, porque él sabía con deplorable certeza que no había estado borracho sólo una noche. Todo había empezado dos o tres días atrás, tal vez más, y entretanto él había dormido la mona en el tercer piso. Sí, hacía dos o tres días. El calendario estaba cubierto de polvo; ¡Al diablo con el calendario!

    Arrojó la base de metal, junto con las hojas, a través de una de las ventanas del vestíbulo, y oyó cómo los pedazos de vidrio se destrozaban sobre el pavimento de la calle.

    —¡Estoy aquí! —gritó exasperado.

    Silencio.

    Con repentina furia, tomó de encima del escritorio un pesado tintero y lo lanzó contra otra ventana, con el mismo resultado negativo: nadie vino a investigar nada. Gary se contuvo mientras en voz alta contaba hasta cincuenta, y luego se alejó del escritorio. La luz del sol, reverberando a través de los sucios cristales de una de las puertas del frente, le dio en los ojos. Atravesó el vestíbulo, abrió la puerta y se detuvo afuera, en la acera. El cálido sol resultaba agradable para su cuerpo medio desnudo, pero el pavimento molestaba a sus pies descalzos.

    El único ser vivo que vio fue un perro de raza indefinida, que corría a lo largo de la acera. Vio después un auto.

    Olvidó al perro, y concentró su atención en el auto. La parte delantera y el radiador estaban incrustados en el vidrio del escaparate de un negocio de ropas; los neumáticos aparecían aplastados y reventados después de haber explotado al chocar violentamente con el borde de la acera y luego con el edificio. Los guardabarros estaban abolladísimos y retorcidos. Un maniquí se había venido abajo y estaba atravesado sobre el motor. Dentro del auto, un cuerpo sin vida yacía aprisionado contra el volante. El olor que Gary había notado en el cuarto del hotel era mil veces más intenso allí, en la calle.

    Gary se alejó lentamente del hotel, procurando encontrar algún sentido en todo aquello. El cráter de la bomba lo detuvo, lo inmovilizó. Entonces comprendió.

    El redondo, escabroso boquete cubría toda la anchura de la calle. Un camión había caído en él, sin poder evitarlo. El conductor del camión estaba todavía dentro de la cabina, muerto. Más allá de aquél había otro cráter. De inmediato reconoció los signos del ataque aéreo, tan familiar ocho o diez años atrás. Las ventanas aparecían destrozadas; los edificios, quebrados y derruidos; la calle era una enloquecida maraña de auto-móviles y escombros. La ciudad había sido bombardeada; bombardeada mientras él dormía, estúpidamente borracho.

    ¿Pero bombas allí, en Illinois? Ver pueblos y ciudades como ése, era frecuente en Italia, Francia, Alemania; pero no allí, en Illinois. ¿Quién iba a atacar a Illinois? ¿Quién pretendía desatar la guerra en los Estados Unidos?

    Lo cierto es que por eso el hotel estaba vacío; por eso la mujer asesinada yacía todavía en la cama del tercer piso. La ciudad había sido bombardeada. Los supervivientes la habían evacuado.

    ¿Los supervivientes?

    Gary corrió a lo largo de la calle, buscando algún superviviente. Algunos automóviles permanecían junto a la acera, desocupados; otros habían quedado destrozados mientras huían. Ninguno contenía nada viviente. Los escombros se amontonaban inmóviles en la calle, y sólo alguna brisa ocasional removía los restos de un periódico tirado. Ansiosamente recogió el diario y revisó los titulares. Nada. La hoja no hacía ninguna mención de la guerra, no aludía a la contienda, no consignaba la amenaza de bombardeos, no daba ningún indicio ni hacía ninguna advertencia sobre catástrofe alguna ocurrida en América. Tanto la primera página como las siguientes registraban sólo los hechos violentos que a diario sucedían en el exterior y en el país. ¿Qué fecha llevaba?

    La misma del sucio calendario: «Jueves, 20 de junio»: el día siguiente al de su cumpleaños.

    Dejó caer el diario, corrió hacia el automóvil más próximo, entró en él y accionó la radio. La batería es-taba descargada. Siguió corriendo a lo largo de la calle, se detuvo ante otro auto estacionado junto al cordón, hizo girar el botón de contacto. La radio silbó. Pero las ondas sonoras estaban muertas, muertas o delibera-damente silenciadas. Lentamente, recorrió el dial de un extremo al otro, esperanzado en captar el más pequeño susurro, una palabra o un trocito de música. Pero no oyó nada.

    Dedujo que habrían silenciado todas las radios. La ausencia de seres vivos a su alrededor era una prueba de que la población había sido evacuada, de que la autoridad todavía existía en algún sitio. Pero esa autoridad se empeñaba en mantener un silencio absoluto en el aire, como si aún temiera otro ataque. Apagó la radio y se recostó en el asiento, preguntándose qué debía hacer.

    Supuso que oficialmente ya lo habrían clasificado como desertor o, de lo contrario, lo habrían anotado en la lista de los perdidos en acción. La ausencia de un cabo de reclutas era poco trascendente en comparación con el resto de los hechos y no sería advertida hasta dos o tres días después. Pero, por el momento, eso no lo afectaba demasiado; tarde o temprano encontraría un puesto militar y se presentaría. Sí, ¿pero dónde? En realidad podía volver perfectamente a Chicago. Allí era muy conocido. ¿Y cómo haría para volver? Tendría que arreglárselas para conseguir un auto y dirigirse hasta allá. Dudaba seriamente de que los trenes estuvieran en servicio: lo primero que hacía el enemigo era atacar las redes ferroviarias.

    Le ardían los pies. Antes que nada debía agenciarse un par de zapatos, y luego conseguir algo para comer.

    El cabo Gary se sentó en el borde de la desierta acera, delante de un almacén, observando cómo el can-sado sol se ocultaba, mientras él comía su cena, un variado surtido de latas y bebidas robadas. El mismo se había procurado la comida, dado que no había nadie en el negocio para ayudarlo o para a oponerse a sus propósitos. La ausencia de los dependientes lo llevó a suponer que el bombardeo se había efectuado durante la noche. Las ventanas del escaparate estaban destrozadas, y la puerta aparecía arrancada e inclinada fuera de su plano normal; pero no encontró ningún cadáver dentro del negocio. El almacén se le ofrecía para él solo.

    El pan lo dejó a un lado, porque estaba empezando a cubrirse de una verde capa de moho. La fruta y los vegetales estaban incomibles. Los grandes refrigeradores habían quedado inutilizados con la detención de la electricidad, y la carne, la leche y los quesos que contenían se habían pasado. Enojado, cerró de golpe las puertas para suprimir el hedor. Se dirigió a una hela-dora de descongelamiento lento, en la que había des-cubierto antes un pollo, y lo sacó. El pollo descansaba ahora sobre el pavimento, delante de él, envuelto en una bolsa. Había encontrado otros alimentos en la heladora; pero en ese momento resultaba demasiado trabajoso comerlos y, además, no le apetecían tanto como el pollo.

    Latas, bebidas y una caja de galletas completaron su comida. Incapacitado de encontrar agua fresca, bebió jugos envasados y una botella de agua mineral.

    Arrojó una de las latas vacías a través de la ancha calle. Escuchó su repiqueteo en el silencio. Cuando el sonido se apagó, abrió un paquete de cigarrillos y encendió uno.

    —¡Qué endiablada situación! —murmuró a la noche que comenzaba.

    El automóvil del que se había apropiado estaba junto a la acera, a pocos pasos de distancia, con la radio zumbando sordamente. La había dejado sintonizada en la parte del dial que suponía correspondiente a una de las emisoras más populares de Chicago. Todavía no había oído ni una voz reconfortante.

    Durante toda la tarde había recorrido en auto la duda, de un extremo a otro, en busca del menor signo de vida. No encontró nada. La ciudad estaba muerta o abandonada. Más tarde se le ocurrió que quizá habría alguien en ella, alguien que se escondía al oír el sonido del auto al acercarse: los ladrones y los asesinos que le habían robado el dinero y que habían matado a la mujer; quizá algunos abandonados supervivientes como él mismo. Pero lo cierto era que ninguna persona viva se había dejado ver. Los cadáveres estaban por todas partes, tirados en la calle, hundidos en los porches de las casas, replegados sobre los aplastados automóviles. Excepto él mismo, nada con vida se movía; él y el perro extraviado que vio primeramente al salir del hotel.

    Otro extraño pensamiento lo había poseído: una idea que rápidamente tomó cuerpo y creció en su mente mientras recorría las calles llenas de escombros. El bombardeo no había sido fuerte. Los pocos cráteres de los proyectiles que horadaban las calles de la ciudad no bastaban para haber borrado toda la población ni eran tampoco suficientes para justificar la cantidad de muertos que se encontraban por todas partes. Seguramente la ciudad había sido presa del pánico y había huido, sí, eso sería. Una ciudad americana, ajena por completo a todo encuentro anterior con el fuego del enemigo, debía de haberse aterrorizado de inmediato y escapado no bien cayeron las primeras bombas. Probablemente había sido evacuada en seguida por las fuerzas militares. Sí, pero... ¿cómo justificar el gran número de víctimas? Había cadáveres en calles que no mostraban ningún cráter, que no ofrecían señal alguna de lucha.

    —¡Oh, madre de Dios! ¡Gas!...

    Pero detuvo sus pensamientos. No, no era gas, el gas lo habría alcanzado a él en su habitación del tercer piso, a menos que se tratara de una nueva y extraña clase de gas que se adhiriera a la superficie, que no ascendiera. Se detuvo y olfateó la calle y el césped de los jardines. No había olor de gas. Además, el perro todavía estaba vivo. No, no era gas. Pero, entonces, ¿qué era?

    ¿Radiaciones atómicas? ¿Bombas de bacterias? No lo sabía; no sabía nada de nada. Sabía tanto sobre el asunto como podría saber cualquier otro cabo del ejército, y era prácticamente nada. Aunque aquellos agujeros podían haber sido hechos por algún especial y diabólico tipo de bombas que mataran sin esquirlas de acero, sin cascos de metralla. Esto podría explicar los cuerpos sin vida que yacían alejados de los cráteres, podía incluso explicar la muerta y abandonada ciudad. Pero ¿cómo se hacía para determinar si había radiaciones? ¡Ah, claro! ¡Con un contador Geigger!

    Naturalmente, Gary no tenía un contador ni sabía dónde encontrarlo ni, en caso de tenerlo, habría sido capaz de manejarlo. Las bacterias eran... eran gérmenes de un tipo determinado. No se podía luchar contra los gérmenes. Y si sus éxitos inductivos no servían en absoluto para protegerlo, ¡al demonio con ellos!

    Todavía vivía, por lo tanto o estaba inmunizado contra lo que azotara a la ciudad, fuera lo que fuese, o bien esa sustancia no había contaminado el tercer piso del hotel. Sí, estaba vivo en la ciudad de la muerte.

    El trepidante crujido de un escaparate lo volvió a la realidad. ¡Entonces, alguien más estaba vivo!

    Aquel ruido le había llegado de algún lugar situado a su izquierda, sorprendentemente cercano; luego de un momento de helado asombro y confusión, salió con ímpetu del coche. Una idea inmediata lo detuvo: el ruido del motor del auto podía alarmarlos, podía intimidarlos y, fuesen quienes fuesen, obligarlos a es-conderse. Se separó del coche y corrió velozmente por la calle, dirigiendo la vista a uno y otro lado. Por todas partes había vidrios rotos. Eso hacía imposible determinar cuál era la vidriera que había sido violada. Dejó de correr y siguió lentamente, manteniendo los ojos y los oídos atentos.

    Llegó a una transversal; la escrutó en toda su longitud sin ver nada; cruzó la calzada, y continuó el camino que llevaba. La oscuridad del atardecer se iba acentuando. Con toda lentitud reemprendió el recorrido de la misma calle, evitando cuanto vidrio pudiera crujir bajo sus pisadas y delatarlo, esquivando los montículos de piedras y ladrillos que estorbaban su camino. Se apresuró más para recorrer la próxima manzana y luego la siguiente, hasta que advirtió que se había alejado demasiado. Eso era igual a aquellas búsquedas emprendidas casa por casa, en las ciudades de la Francia bombardeada. A veces, uno intuía la presencia de seres humanos; a veces adivinaba de antemano cuál casa estaba vacía. Por una sorprendente reavivación de su viejo olfato, se dio cuenta de que ya había dejado atrás a la persona que destrozó la vitrina.

    Dio media vuelta y rehízo cautelosamente su camino. De pronto distinguió el breve relámpago de una linterna delante de él; se lanzó por la calle, estudiando el edificio mientras se aproximaba. Según las aparien-cias, se trataba de una joyería ¡Asaltantes! Pero lo cierto era que toda la ciudad se ofrecía para que la tomaran. ¿Qué crimen especial había en hacerlo? En cierto modo, también él había asaltado un almacén de comestibles y un negocio de ropa. En cuanto a la joyería, alguien deseaba su valioso contenido.

    La luz titiló de nuevo, iluminando una hilera de estuches a lo largo de una pared. Gary captó una frágil silueta, desdibujada por la débil luz. Se fue arrastrando hasta llegar más cerca y, en el momento en que em-pezaba a incorporarse, oyó una gozosa exclamación.

    El asaltante era una mujer.

    Gary se agazapó de nuevo contra el pavimento, pensando que lo mejor era no precipitarse sobre ella. La mujer del tercer piso del hotel había sido asesinada por un ladrón. Igualmente, esta ladrona podía estar bien armada. A lo mejor, ella formulaba un juicio demasiado rápido sobre su aproximación y le descerrajaba un tiro. Él no tenía el menor deseo de detenerla o de impedirle que tomara lo que quisiese; estaba interesado solamente en ella, no en lo que hacía. La mujer era el único ser viviente que había encontrado en la ciudad, excepto el perro, y el perro no podía resultar una consoladora compañía. Se quedó en la calle, esperando.

    La mujer se tomaba su tiempo, seleccionando las piezas del total de la mercancía; era obvio que se complacía en la tarea. Una o dos veces apagó la luz y se paró junto al cristal roto, observando la calle por si acertaba llegar gente. En la oscura acera, Gary era sólo otro informe bulto de sombras; ella no lo vio. Pudo oír el tintineo de las gemas y los anillos mientras ella los amontonaba en un montón.

    Cuando la mujer se sintió satisfecha y abandonó por fin el negocio, llevaba consigo una bolsa de papel marrón, colmada con el producto del robo. Encendió brevemente la luz para orientar sus pasos y abandonó el negocio del mismo modo en que entrara, atravesando el agujero abierto a golpes en el cristal del escaparate. Gary endureció sus músculos y esperó. Ella se volvió hacia él. Sujetando la bolsa, firmemente apretada en una mano, y la linterna en la otra, inició el recorrido de la calle, del mismo modo en que él lo hiciera, evitando los escombros. Al llegar junto a él, confundió su cuerpo tendido con otro cualquiera de los obstáculos, y empezaba a esquivarlo con un rodeo cuando Gary se irguió de un salto.

    La mujer chilló de terror y lo golpeó con la linterna. Él se la arrancó de la mano y la empujó hacia atrás, echándole una zancadilla. La mujer trastabilló, cayó al suelo y quedó tendida, gimiendo. El paquete de papel reventó al chocar violentamente contra el pavimente.

    En un instante, él se le echó encima y la sujetó, tratando vanamente de amordazarla con una mano para ahogar sus chillidos.

    —¡Cállese! —le ordenó. Logró poner una palma sobre su boca y la mujer lo mordió—. ¡Cállese! ¡No voy a hacerle daño!
    —¡Usted es un policía! —el terror le volvía la voz aniñada y chillona—. ¡Usted es un policía!
    —¡Maldita sea! No soy policía. Cállese. ¡Cállese!

    Arrancó un pedazo de trapo del cuello de su vestido y le llenó con él la boca, presionándolo hacia dentro con la mano. Los chillidos cesaron. Ella trató de patearlo, pero él le sujetó las piernas con las suyas, man-teniéndola de espaldas contra el suelo. Una mano de ella logró zafarse, y las afiladas uñas le rasgaron a Gary las mejillas. El, la abofeteó entonces, la abofeteó secamente y con fuerza en toda la cara. La mujer se amansó. Gary no soltó su presa sino que, provisionalmente, la mantuvo sujeta, atento a cualquier añagaza. En la confusa oscuridad, el cuerpo de la mujer parecía pequeño y frágil.

    Cuando Gary sintió que la débil criatura estaba ahogándose, le sacó el trapo de la boca y advirtió que lloraba.

    —¡Oh, diablos! ¡Termine con eso! Es mucho peor que oírla chillar.
    —Lléveselas, lléveselas —dijo ella con voz histérica—. No puedo impedirlo ¡Lléveselas y déjeme en paz!
    —¿Acabará usted alguna vez?... Escúcheme. Créame que no quiero hacerle daño.

    Los sollozos continuaron.

    —Usted es policía.
    —Le he dicho que no; pero si no acalla esos malditos gemidos le aseguro que va usted a desear que lo fuera —cerró una mano en puño y lo apretó contra su cara, poniéndolo tan cerca de sus ojos que ella no podía dejar de verlo, ni siquiera a pesar de la oscuridad—. Y ahora, ¡silencio!

    La mujer se calló; se calló resoplando, como un motor atosigado por una carga de combustible impuro, pero se calló. El la liberó del peso de su cuerpo y se enderezó sobre las rodillas para observarla.

    Ella no hizo ningún movimiento; simplemente se quedó allí tirada en la calle, mirando hacia arriba, hacia la oscura forma de él que se perfilaba contra el cielo.

    El silencio de la ciudad pesó entre ambos.

    —¿Qué es lo que quiere? —preguntó ella, por último.
    —Usted.
    —No puedo impedirlo —le repitió ella sarcástica.
    —No sea necia. Usted —hundió un dedo en el hombro de ella—, usted está viva, usted es la única persona que ha quedado viva en esta colmena humana. ¿Tiene esto algún sentido para usted?
    —Supongo que sí —su voz era pequeña, lejana.

    Urgido por una sospecha repentina, Gary tanteó la calle a su alrededor, en busca de la linterna; la encontró, y lanzó el rayo de luz contra la cara de la mujer. El rostro estaba blanco por los postreros ramalazos del miedo; los ojos aparecían dilatados y brillantemente azules en medio de la oscuridad. Ella retrocedió ante la luz que la exploraba.

    —¡Madre de Dios! ¡Eres sólo una niña!...
    —¡No lo soy! —restalló ella—. Tengo diecinueve años.
    —¿Cómo? —preguntó él escéptico, mientras apartaba la luz.
    —Estoy terminando el bachillerato.
    —Eso no me dice nada.

    Gary clavó la vista a lo largo de la calle, alerta a cualquier movimiento que se produjera. Reconsiderando la respuesta de la muchacha, admitió de mala gana:

    —Bueno, quizá hasta tengas diecisiete.
    —Diecinueve —insistió ella con enfado.
    —Bueno —se arrodilló a su lado—. ¿Vas a comportarte como es debido?... ¿Cómo te llamas?
    —Irma..., Irma Sloan. ¿Y usted?
    —Llámame Gary. ¿Te portarás bien ahora?
    —¿Gary qué?
    —Gary Rusell. Contesta a lo que te pregunto.
    —Está bien, no se enfurezca —ella se sentó y examinó el pavimento, en busca de las desparramadas jo-yas—. ¡Mire lo que ha hecho! —se incorporó bruscamente sobre sus rodillas y, frenética, se puso a buscar por la calle—. Ayúdeme a buscarlas. Las quiero. Las quiero todas. ¡Ayúdeme!

    Gary la ayudó alumbrando con la linterna; la observaba con menosprecio y movía la luz en círculos cada vez más amplios, mientras los movimientos de ella dibujaban garabatos sobre la acera al recoger las joyas desperdigadas. Una vez que hubo encontrado todo lo que se podía encontrar bajo la débil luz, la mujer alzó sus dos manos colmadas de gemas y volcó su contenido en los bolsillos del pantalón de Gary.

    —Debemos regresar aquí mañana. Estoy segura de que faltan bastantes.
    —¡Al demonio con eso! —contestó Russel—. Hay más joyerías en los alrededores.
    —Sí —dijo ella, agradablemente sorprendida—. Eso es cierto. Hay muchas joyerías. Yo sé bien dónde quedan todas. Mañana las buscaremos juntos, usted y yo.

    El la contradijo secamente:

    —Lo que haremos mañana es irnos de aquí, y pronto. ¿No piensas en cómo va a estar la ciudad mañana por la noche, a esta hora?
    —Pero, Russel..., mis joyas... Bueno, ¿y cómo va a estar la ciudad?
    —¿Cómo crees que estará con todos estos muertos sometidos a dos o tres días de sol caliente?
    —¡Oh!...

    Irma quedó callada. De pronto le arrebató la linterna de la mano y le enfocó el haz directamente hacia la cara. Cary parpadeó bajo la luz repentina y quedó escuchando la respiración anhelante de Irma.

    —¿Qué le sucede?
    —No; nada, Russel. Le hace falta afeitarse.

    Él le quitó la linterna y la apagó.

    —Vámonos de aquí.
    —¿Y dónde vamos?

    Gary vaciló. En realidad, ¿adónde iban?

    Como silenciosos centinelas, se detuvieron en medio de la ciudad muerta y abandonada, la maloliente ciudad que se extendía sin vida bajo un pesado cielo negro la ciudad víctima de las bombas del enemigo. Ellos dos solos, según parecía, en medio de incontables cadáveres. Ellos y un perro extraviado. ¿Adónde ir? Cier-tamente no volverían al lugar en que Gary había pasado las noches anteriores. Si no fuera por la joven con quien estaba, Russell sabía perfectamente lo que habrían hecho. Le habrían bastado un par de frazadas, conseguidas en el primer negocio que tuviera esa mercancía, y un colchón de pasto en el campo, fuera de la ciudad, lejos del alcance del olor y los signos de la muerte; o bien una granja deshabitada, cuyos habitantes la hubieran abandonado antes de desencadenarse la tragedia.

    Ella deslizó en la de él su pequeña mano, esperando ansiosamente.

    —¿Vives aquí? —preguntó Russell—. ¿Conoces bien la ciudad?
    —He vivido aquí toda mi vida. La conozco perfectamente.
    —Entonces, encuentra un hotel para los dos —le indicó—; uno que sea bien grande.

    Irma vaciló sólo durante un segundo. A él le fue fácil adivinar lo que ella pensaba.

    —¿Dónde estamos ahora? —se preguntó ella en voz alta.

    Se dirigieron hasta la próxima esquina, y él enfocó con la linterna el nombre de la calle.

    —¡Ah, sí! —dijo Irma entonces—. Vamos por aquí.

    El vestíbulo del hotel parecía estar vacío. Gary lo escudriñó cuidadosamente bajo la luz de la linterna, antes de aventurarse dentro de él. El encargado del registro estaba muerto detrás del escritorio.

    —¿El bombardeo —dijo Gary—, ocurrió por la noche?
    —El bombardeo... ¡Oh, sí!, en las primeras horas de la noche —contestó Irma—. La radio dijo que algunos aviones habían sido derribados, y dijo también algo sobre cohetes de largo alcance. No estaba muy claro.

    Gary pasó detrás del escritorio y examinó el tablero de las llaves. Al fin optó por sacar varias de ellas de sus ganchos.

    —¿Y tú cómo escapaste? ¿Dónde estabas?
    —¡Oh, yo no estaba aquí!; estaba con mis compañeras de clase en La Habana. ¿Sabe dónde está La Habana?
    —No. —Es una pequeña ciudad que queda al sur de aquí. Mi clase había ido en una expedición campestre, con fines arqueológicos. En La Habana hay túmulos indígenas.
    —¿Todavía persistes en tu historia?
    —¡Pero es que tengo diecinueve años! —reafirmó Irma con enojo.
    —No pienso discutir más sobre eso. Y no me importa un bledo la edad que tengas. Vamos —Russell caminó hacia la escalera—. ¿Y qué le sucedió al resto de la clase?
    —No lo sé. Cuando oímos las noticias por la radio, yo me volví a casa. Mi casa... Mi casa estaba...
    —¿Destruida por las bombas? —preguntó Gary, conduciéndola arriba.
    —No. No la habían tocado. Pero adentro, mi madre estaba... muerta. Su piel había cambiado de color, estaba casi púrpura.
    —¿Púrpura?
    —Un púrpura azulado. No puedo describirlo. Era horrible.
    —No alcanzo a imaginarme este mal. ¿Alguna peste?... Pero obra con rapidez, con endemoniada rapi-dez... Oye, ¿cuándo pasó todo? ¿El jueves por la noche?
    —Eso creo... Sí, el jueves por la noche.
    —Y hoy es viernes.

    Gary sacudió de un lado a otro la cabeza.

    Continuaron subiendo la escalera alfombrada. En el descansillo del segundo piso, Gary se detuvo sólo lo necesario para iluminar con la linterna el pasillo que daba a las habitaciones y asegurarse de que estaba vacío. Después siguió subiendo, arrastrando tras de sí a la joven. Suponía que el tercero o el cuarto piso serían los más seguros por estar alejados de la calle; pues la silenciosa ciudad podía contener otros vagabundos, además de ellos dos.

    —¿Y qué has estado haciendo la noche del jueves?
    —No lo sé. Honestamente no lo sé —Irma se estremeció—. Yo llegué a casa y encontré... Era insufrible.

    Lloré mucho y me sentí enferma. Cada vez que intentaba comer me descomponía. Creo que me mantuve a fuerza de jugos y sopas envasados. No había electricidad ni agua corriente.

    —Todo debe de haber quedado inutilizado —explicó Gary—. Quizá a causa de una bomba, o tal vez algo e descompuso y dejó de funcionar. Desconexiones automáticas o cosas por el estilo. Nadie habrá estado cerca para poner de nuevo en funcionamiento la energía. Eso explica también lo del agua: las instalaciones e agua corriente funcionaban por electricidad. Me extraña que toda esta maldita ciudad no se haya incendiado —Gary recordó las declaraciones de Irma sobre su comida—. ¿Has dicho que tomaste sopa? —preguntó.
    —La estufa de gas marchaba todavía, aunque la llama era muy baja.
    —Sería la presión sobrante. Desaparecerá en veinticuatro horas.
    —¿Qué haremos entonces?
    —No estaremos aquí —aseguró Gary—. Nos iremos e esta ciudad mañana mismo.
    —No hay lugar adonde ir.

    Cuando llegaron al cuarto piso, él se detuvo para examinar las llaves que llevaba en la mano; encendió la interna y enfocó los números de las puertas. Las llaves los condujeron desde el hueco de la escalera hasta a parte posterior del edificio. La primera habitación que Gary abrió era pequeña y no tenía más que una cama. Las dos siguientes resultaron réplicas de la primera. En la inmediata, el débil resplandor de la linterna descubrió un amplio espacio con una cama doble; comunicado con ese cuarto, había otro igualmente amplio con camas gemelas. Gary empujó adentro a la muchacha, cerró con llave la puerta que daba al pasillo descorrió el cerrojo de la puerta que comunicaba ambas piezas y cerró también con llave la puerta que daba al exterior en el último de los cuartos.

    —Aquí nos quedamos —anunció a su acompañante.

    Ella lo observó sin decir nada.

    Gary extendió su pulgar hacia la puerta comunicante.

    —¿Cuál prefieres?

    Irma sacudió la cabeza, sin responder.

    —Vamos, criatura, elige tu cuarto. No pienso hacer de viejo verde con una niña como tú.

    Puso la linterna, todavía encendida, sobre la tapa de la cómoda, y sacó de los bolsillos las joyas robadas. Bajo la tenue luz, arrojaron apagados destellos. Aunque un poco tarde, se acordó de bajar las persianas, para evitar que alguien pudiera verlos a la luz de la linterna. Cuando se separó de la ventana, ella todavía estaba en el centro de la habitación, observándolo.

    —¿Qué cuarto prefieres? —preguntó irritado.
    —Tengo miedo.
    —No tengas miedo de... nada.
    —Tengo miedo de dormir en otra habitación.
    —¡Basta de tonterías! He cerrado las puertas con llave.
    —Yo no voy a dormir sola en otra habitación —declaró Irma, con voz nerviosa y chillona—. Aquí todo parece que está... que está muerto.

    Gary Russell observó brevemente aquella cara juvenil, bajo la vacilante luz. Se preguntó qué haría con la chiquilla. Habría deseado dejarla, seguir adelante como si jamás la hubiera encontrado, zafarse de ella de algún modo; pero no podía abandonar a una criatura tan joven. Con repentina decisión apagó la luz.

    —Haz lo que te plazca. Yo dormiré en la cama más próxima a la ventana —dijo, y se sentó en el lecho.

    Se desvistió, quitándose todo, excepto las insignias de identificación del ejército que llevaba colgando del cuello. Aquél era su modo de dormir. Ni siquiera se le había ocurrido coger un pijama cuando se abasteció por sí mismo, aquella tarde, en una tienda de ropas.

    Al cabo de largos minutos de descanso sobre las sábanas, se levantó para levantar un poco la persiana y entreabrir la hoja de la ventana.

    Oyó el suave crujir de la cama vecina, bajo el cuerpo movedizo de la muchacha.

    Gary tenía la boca seca y la sed lo consumía. Se orientó en la oscuridad, en busca del grifo del lavabo; pero de inmediato recordó que no había agua. Renegando, volvió entonces a la cama. Vio a la muchacha que, también completamente desnuda, le miraba desde la otra cama. Se detuvo, sintiendo un nudo en la garganta.

    Irma se rió con ostentosa satisfacción.

    —Y ahora —dijo con jactancia—, ¿no piensas que tengo diecinueve años?


    Capítulo III


    Gary se despertó con el sol que, a través de la persiana semiabierta la noche anterior, le daba en la cara. En la alcoba reinaba silencio y reposo absolutos. Era una habitación amplia y limpia, totalmente distinta de la asquerosa celda en que se despertó el día anterior.

    Luego de unos instantes, la silenciosa calle que se extendía bajo la ventana atrajo su atención; entonces recordó dónde se hallaba y lo que le había sucedido. Precisamente lo asombroso era que no le había sucedido nada. No se movió. No se levantó ni corrió hacia la ventana para ver si la ciudad se había transformado durante la noche, para ver si los muertos habían resucitado y transitaban en forma normal por las aceras. No habría ningún cambio milagroso. En una noche no podía borrarse la pesadilla que había asesinado una ciudad. El día y la noche anteriores habían sido demasiado reales, demasiado parecidos a los de aquellas ciudades de Francia e Italia. La ciudad estaba muerta. Su inmediata preocupación era saber cuántas otras habían muerto junto con aquellas; cuántas otras habían desaparecido bajo el fuego enemigo.

    Averiguarlo y... regresar otra vez al ejército.

    Mientras tanto, ¿qué podía hacer con Irma? ¿Llevarla con él y entregarla a la Cruz Roja?, ¿o deshacerse de ella, abandonándola allí, en la ciudad en que vivía? Volvió sus ojos a la otra cama: estaba vacía.

    Gary se irguió alarmado. ¿Acaso lo había abandonado?

    Saltó de la cama con los pies desnudos, y caminó pesadamente sobre la alfombra hasta llegar delante de la cómoda. La linterna estaba todavía allí, pero las joyas habían desaparecido. Cruzó rápidamente la alcoba, hacia la puerta que daba al pasillo; tiró del picaporte y advirtió que la hoja se abría. La llave no estaba en la cerradura. Irma había cerrado la habitación por fuera y lo había abandonado, huyendo con el fruto de su huerto. Gary quedó parado junto a la puerta, pensando en la muchacha.

    «Diecinueve años... Y dijo que podía demostrarlo...» ¡Bien lo había demostrado! Miró la arrugada cama que ocupaba la muchacha y dijo en voz alta:

    —¡Bonita complicación!

    Después se metió en el cuarto de baño.

    A excepción de dos o tres pastillas de jabón del hotel, el armario de espejos incrustado en la pared estaba vacío. Con disgusto, lo cerró de golpe, y una cara sucia, de barba crecida, se clavó ante sus ojos. Los grifos del lavabo no daban ni una gota de agua. Estaba a punto de abandonar el baño cuando sus ojos tropezaron con el depósito de agua del inodoro. Levantó la tapa de porcelana y, corriendo el flotador de su lugar, hizo un hueco con las manos, las sumergió en el recipiente y se lavó la cara. El agua sentó bien a su piel. Llenó repetidas veces sus manos para derramarlas sobre su cabeza, dejando que el agua le corriera a lo largo del cuerpo. Media docena de toallas limpias colgaban del toallero. Mientras se secaba, el espejo mostró otra vez la visión de su rostro barbudo.

    Abandonó el cuarto de baño y caminó hacia la puerta del pasillo, olvidando que estaba cerrada con llave. Lo recordó cuando el picaporte se resistió a su mando. Masculló una impulsiva amenaza contra la muchacha. Cruzó por la puerta medianera hasta la habitación adyacente, por donde al fin salió al corredor del hotel. Mientras iba escaleras abajo, tomó mentalmente nota del número de las habitaciones cercanas al vestíbulo, y cuando llegó a la planta baja, extrajo del tablero las llaves correspondientes a aquellos cuartos. Inspeccionando por el vestíbulo, encontró el almacén. Para abrirlo, se valió de una pesada silla que arrojó contra la puerta cerrada. Los estantes le ofrecieron la oportunidad de agenciarse con un equipo de afeitar, y eligió un puñado de complementos que trasladó al segundo piso.

    La primera pieza que abrió era un saloncillo, y se retiró impaciente por la pequeña pérdida de tiempo. Las dos siguientes contenían cadáveres sobre las camas: las abandonó también a escape. Cuando encontró por fin una vacía, cerró la puerta y corrió el pestillo, llevando enseguida los utensilios al cuarto de baño. Levantó en seguida la tapa de porcelana del depósito del inodoro y se valió de las manos para llenar de agua el lavabo.

    Se afeitó; se recostó luego en la cama, y abrió un paquete de cigarrillos que había tomado en el almacén. Fumó varios seguidos, hasta sentirse plenamente satisfecho de sabor a tabaco. En ese instante descubrió que se había olvidado de vestirse. Renegando de su propio descuido, saltó de la cama, descorrió el pestillo de la puerta, salió, y subió los dos tramos de escalones que lo separaban del cuarto piso y de su propia habitación.

    Halló ambas puertas abiertas: la que él había utilizado para salir y la que Irma había cerrado con llave. Detuvo sus pasos y se puso a escuchar. La muchacha estaba dentro, llorando a más no poder.

    Gary se detuvo bajo el dintel de la puerta, y vio a Irma tirada sobre la cama de él.

    —¡He, basta de llantos! —dijo con voz fuerte y seca.

    Ella se volvió rápidamente, levantó su cabeza para mirarlo y al instante, con un grito de alegría, se lanzó a través del cuarto para arrojarse sobre su pecho. El la sujetó en defensa propia, abriendo los brazos para estrecharla e impedir que la brusca arremetida de ella lo empujara hacia atrás. Irma se apretó a él salvajemente, llorando todavía.

    —No sigas lloriqueando. ¡Te he dicho que no sigas! —Gary la sacudió con fuerza.
    —¡Creí que te habías ido! —las palabras sonaban apagadas, porque la boca de ella se apretaba contra el pecho de él—. ¡Creí que me habías abandonado! —la muchacha se abrazó posesivamente a su cintura.
    —Eso es lo que yo pensé de ti.

    Ella levantó el rostro hacia él.

    —¿Qué dices?
    —¿Adónde has ido?
    —¡Oh, Russell!... ¡te has afeitado!
    —¿Adónde has ido? Cuando me desperté te habías marchado.

    Ella le sonrió y volvió la cabeza, señalando con el gesto hacia la cama.

    —Mira lo que tengo. ¡Oh, tengo millones de cosas hermosas!

    El miró y vio una bolsa de almacén de tamaño gigante, con las costuras reventando por todo lo que estaba apretado y embutido dentro de ella.

    —¿Qué es eso?

    Irma lo soltó entonces; enderezándose, se separó de él y corrió junto a la cama para volcar el contenido de la bolsa sobre la arrugada sábana. Gary se quedó mirándolo, incapaz de creer lo que veía.

    —¡Madre de Dios! ¿Por qué continúas coleccionando tanta basura? Nada de eso sirve para comer.
    —¡Son mías! Voy a guardarlas. ¡Quiero guardarlas todas! —dijo Irma, mientras hundía sus dedos en el montón de joyas, dejando sensualmente que las piedras se escurrieran por entre sus dedos—. ¿No son pre-ciosas, Russell?
    —No sirven para comer —repitió él—. Y si quieres seguir viva, harías mil veces mejor en coleccionar alimentos. ¿Por qué no has traído algo comestible?
    —Yo nunca había visto tantas alhajas juntas... ¡Son tan hermosas! —ella elevó los ojos hacia él, y obser-vando entonces su cuerpo desnudo, se echó a reír—. ¿No habría sido mejor que te pusieras algo encima, Russell?

    Él recogió sus ropas del suelo y se lanzó hacia la pieza contigua, cerrando la puerta con furia.

    Tomaron el desayuno en forma similar a como habían cenado la noche anterior, con alimentos envasados, que comieron sentados en el borde de la acera, ante un almacén de comestibles. No fue muy suculento. Luego, Gary dijo que necesitaba un auto nuevo, del que pudiera proveerse en cualquier garaje o negocio de venta de autos; y quería que fuera un auto ligero, que no consumiera mucha gasolina. Ella lo condujo a varias agencias de automóviles, y él eligió por fin un «Studebaker» sedan, que hallaron en exposición en un negocio.

    —¿Por qué eres tan exigente? —le preguntó Irma con impaciencia—. ¿Por qué no has tomado uno de esos coches que están parados en la calle? Nadie podía impedírtelo. Dime, ¿hacia dónde vamos?
    —¡Sólo Dios lo sabe! Nos vamos de inmediato de esta ciudad, pero no sé hacia dónde. ¿A Chicago?... ¿Y si también la han bombardeado?... ¿Te imaginas si tenemos que hacer todo el camino hasta Nueva York, o acaso hasta California? ¿Qué porción del país ha sido bombardeada? ¿Lo sabes? ¿En qué lugar encontraremos gente viva?
    —No sé. No sé.

    Estaba asustada.

    —Tampoco yo sé nada; pero tenemos que averiguar algo en alguna parte. En algún sitio estará el ejército o la Cruz Roja. Tenemos que encontrarlos. ¡No puede ser que todo este maldito lugar esté muerto! —Gary subió al auto y conectó el motor, prestando atención a sus ruidos—. Necesito que este auto me sirva para un gran recorrido. Hay que conseguir provisiones para mucho tiempo. Entonces partiremos. Sube. Vamos a buscar una armería.
    —¿Una armería?
    —Necesitamos pistolas... rifles. Indícame un establecimiento de armas.
    —No conozco ninguno —dijo Irma descorazonada.
    —¡Equipos de deporte! —gritó Gary a la muchacha—. Una ferretería importante o un...
    —¡Ah!, ya sé —lo interrumpió ella—. Conozco un lugar donde venden equipos de pesca, botes y cosas de ese tipo.
    —Eso es lo que quiero.

    Gary sacó el «Studebaker» fuera del garaje, atendiendo al zumbido del motor.

    Llegados al lugar, mientras ella permanecía observándolo distraídamente, él descolgó de un armero de la pared una pesada carabina 30-30, y un rifle «Marlin» calibre 22. Cargó a la muchacha con las cajas de municiones, y ella tuvo que acomodarlas en la parte de atrás del coche. Luego se dirigieron hasta el almacén donde se habían proveído para las comidas anteriores, con el propósito de cargar de alimentos el maletero del auto. Al entrar, Gary tropezó con montones de restos que no estaban allí cuando él fuera al lugar en busca del desayuno; inspeccionó el lugar cuidadosamente antes de permitir que entrara la muchacha. Ella habría elegido mercancías caprichosas, golosinas y alimentos inútiles, si él no hubiera impuesto sus constantes órdenes durante la selección, llenándole los brazos con sopas y carnes envasadas y distintas variedades de vegetales, frutas y jugos concentrados. También se acordó de cargar una caja de latas de leche condensada.

    Ella protestaba con insistencia:

    —Pero, Russell, ¿tenemos necesariamente que llevar todo esto con nosotros? ¿No es mucho más simple detenernos en cualquier parte, cuando queramos comer?
    —Levanta la nariz —le dijo él con aspereza— y huele el aire. ¿Deseas tener que volver a lugares como éste, cada vez que quieras comer? ¡Y cada día será peor!...

    Lanzando otra mirada a los desperdicios dejados en el suelo por algún otro vagabundo, Gary regresó a la armería y se apoderó de un revólver calibre 38.

    —¿Y para qué quieres eso? ¿Vas a pelearte con alguien?

    El dirigió un dedo hacia la gran bolsa de papel que ella sujetaba fuertemente sobre el regazo.

    —¿Y qué haríamos si a alguien se le ocurriera asaltarnos? —¡Oh!...

    Gary abandonó de inmediato la ciudad, escogiendo una carretera bien conocida, que conducía directamente a Chicago. De tanto en tanto, se veía obligado a dar un rodeo a causa de alguna calle bloqueada, en la que una de las bombas había abierto un cráter inmenso, o en la que un revoltijo de destrozados automóviles dificultaba el paso. Los suburbios se hallaban en menos malas condiciones, con sólo algún hoyo ocasional, surgido donde había caído una bomba perdida. Pero Gary todavía no había comprendido, no había llegado a descifrar cómo unas pocas bombas desperdigadas habían logrado destruir por completo una población, conectó por unos instantes la radio del coche. No oyó ninguna voz.

    Quizá el ejército mantuviera todavía las radios en suspenso, o acaso todas las radiodifusoras del país habían quedado silenciadas para siempre. Con todo optimismo supuso que la interrupción no sería definitiva. Un bombardeo repentino e inesperado se había producido días atrás; otros podían sucederle, o bien una fuerza enemiga podía ahora establecer una cabeza de puente y afirmarse allí para caso de contraataque. De todos modos, las estaciones de radio permanecían fuera del aire para que no se filtrasen informaciones útiles al enemigo o para que las emisoras no dirigiesen las trayectorias de las bombas o aviones adversarios. La falta de información perjudicaba al país (¡a lo que quedaba de él!), pero el silencio de las radios era de suma importancia. Cuando volvieran a transmitir, el peligro habría pasado. Gary consultó su reloj, proponiéndose conectar la radio de hora en hora.

    —¡Mira, mira!... ¡Allí hay un hombre! —gritó Irma.
    —¿Dónde? —contestó Gary, aminorando la velocidad.
    —Allí, en aquella granja que está al frente.

    Gary puso su pie en el freno y una mano en la bocina, introduciéndose rápidamente por el camino que conducía hasta el grupo de construcciones que formaban la granja.

    —¡Eh!, ¿quién hay por aquí? —dijo, asomándose a la ventanilla.

    Con gran sorpresa, vio a un hombre correr hacia el granero vecino y reaparecer a los pocos segundos, blandiendo una escopeta de dos cañones. Inmediatamente tras de él salieron dos chiquillos, de los cuales el más alto llevaba otra escopeta y expresaba en su pálido rostro un gesto de determinación.

    El granjero, muy congestionado, sacudió su arma.

    —¡Váyase de aquí!
    —¡He, espere!... —le gritó Gary—. Lo único que deseo es hacerle una pregunta.
    —Se la contestaré a balazos. ¡Váyanse de una vez! —colocó la escopeta en posición de hacer fuego, y de inmediato hizo lo mismo el mayor de los muchachos—. ¡Estoy harto de malditas parejas de ladrones como us-tedes!

    El motor ya estaba en contacto. Gary puso el coche en movimiento y se dispuso a una rápida huida.

    —¡Quiero saber... —gritó una vez más— dónde está el ejército!
    —¡No he visto ningún ejército!

    La escopeta atronó el aire.

    Las ruedas traseras del «Studebaker» giraron locamente, arrojando una llovizna de lodo y grava. Gary guió velozmente por el camino principal, durante dos kilómetros, sin quitar el pie del acelerador. Por fin frenó y se detuvo. Bajó del auto. Dio una vuelta alrededor del coche para ver. si había sido dañado por los tiros. Los balazos no lo habían tocado. Se acomodó detrás de un guardabarros y encendió un cigarrillo.

    —Estaba un poco loco, ¿no te parece? —preguntó suavemente.
    —No puedo comprender qué diablos le pasaba —Irma descendió a su vez y encendió también un cigarrillo.

    Gary le respondió con una sonrisa amarga:

    —Es que los ladrones como tú hacen caer la mala fama sobre nosotros, la gente decente.
    —Bueno, lo cierto es que no hemos conseguido de él ninguna información.
    —Al contrario —la interrumpió Gary—. Conseguimos una, y bien clara. Sabemos ahora que los saltea-dores asolan ya todo el lugar. Eso significa que la población de la ciudad, es decir, los supervivientes, se han largado al campo abierto para escapar de... de..., bueno, de la ciudad. A ese granjero le han robado ya tantos alimentos, que no transige ni siquiera con hablar con nadie. Primero dispara y después responde a las pre-guntas.

    Gary se acercó al asiento trasero, en busca del revólver.

    Ella lo observó preocupada.

    —¿No estarás por...?
    —¿Por volver a entablar una lucha abierta con él?... No seas tonta —ordenadamente, abrió una caja de municiones y cargó el revólver, dejándolo luego en el piso, a sus pies—. Además, sabemos ahora que la gente que vive en el campo sigue viva: su familia estaba detrás de él. Las bombas y la muerte que provocaron no han llegado hasta aquí; no han diseminado en esta zona los gases, o radiaciones, o gérmenes que contenían: sólo en las ciudades..., quizá sólo en las grandes ciudades. Lo descubriremos pronto, cuando lleguemos a algún puesto de guardia.
    —¿Y qué vamos a hacer nosotros? Me refiero a... a todo esto.

    Gary estudió aquella cara aniñada, considerando la mente inmadura que había tras ella, en el cuerpo casi maduro que había bajo ella y que lo había dejado atónito la noche anterior.

    —Yo regreso al ejército —dijo— tan pronto como pueda encontrarlo. Debería estar allí en este preciso momento. En algún lado podré localizar un puesto de mando y presentarme. Cuando esto suceda, me pro-veerán de las ropas y el equipo necesario y me destinarán a alguna parte. Y ahí acabará todo.
    —¡Y ahí no acabará todo! Porque... ¿qué pasará conmigo?
    —¿Contigo? Yo no puedo llevarte a mi lado, Irma.

    Ella se rió de él otra vez: un eco de la risa incontenible de la noche anterior, que le había quemado los oídos y lo había avergonzado de sí mismo.

    —Tengo diecinueve años... y podría ser una linda mascota.
    —¡Claro!..., tú arrastrarías al ejército por las orejas, y yo estaría arrestado toda la vida. Mira, si quieres hacer algo, los de la Cruz Roja pueden darte trabajo.
    —¡Pero es que yo no quiero a los de la Cruz Roja! —estalló Irma enfurruñada—. ¡Yo te quiero a ti!

    El arrojó su cigarrillo a medio fumar.

    —Lo siento, nenita; pero el ejército me solicitó antes que tú.
    —Russell... —ella se volvió hacia él, haciendo temblar fácilmente las lágrimas dentro de sus ojos—. Rus-sell, ¿y si yo estuviera en dificultades?

    El la miró de arriba abajo, en silencio, desdeñosamente.

    —Bueno —titubeó Irma—, sólo era una suposición.
    —Uno no puede irse de paseo cada vez que lo desea, Irma.
    —Está bien. No volveré a hablar del asunto. Te lo prometo. Dime..., ¿de veras piensas abandonarme?
    —No puedo elegir. Cuando me reúna con el ejército nos diremos adiós.

    Ella se acomodó de nuevo en el asiento, mientras Gary ponía el coche en marcha.

    —Está bien, Russell.
    —Primero veamos lo que pasa en Chicago.

    Pero no llegaron hasta el mismo Chicago. Gary condujo el coche hasta cerca de la ciudad, marchando despacio y desconfiadamente a través de los pequeños pueblos suburbanos que inundaban todas las carreteras principales de acceso a la metrópoli. Las llamas y el olor a muerte que arrastraba el viento nocturno lo obli-garon a retroceder. El viento impelía el olor hacia el sur, por lo cual detuvo finalmente el auto sobre el camino principal, y descendió de él para observar las llamas perfiladas contra el cielo nocturno. Era evidente que el fuego había estado ardiendo durante días enteros, y ahora se abalanzaba rápidamente hacia ellos empujando por tórridos vendavales. Las fatídicas lenguas rojas se enardecían dilatándose del uno al otro horizonte, como prueba indudable del metódico y vasto bombardeo que había convertido la ciudad en un inmenso crematorio. Chicago objetivo y centro principal; terminal de todas las líneas férreas del norte de Saint Louis; poseedora del único camino fluvial que conectaba los Grandes Lagos con el Mississipí y el golfo de Méjico; cuartel general de un vasto anillo defensivo destinado a proteger el país de cualquier invasión proveniente del norte, Chicago yacía ahora destruida por completo.

    Gary se apoyó contra la portezuela del coche y quedó contemplando el feroz espectáculo, imposibilitado de proferir ninguna maldición. La visión lo había aturdido como jamás lo lograra la ciudad anterior.

    —Russell... —la muchacha se corrió unos centímetros sobre el asiento, aproximándose a él, y miró fija-mente hacia afuera, a través de la ventanilla—. Rusell, ¿no será peligroso?... Si son bombas atómicas las que han hecho esto, ¿no será peligroso para nosotros permanecer aquí?

    El sacudió la cabeza.

    —No lo sé. Creo que la radiación desaparece al cabo de algunos días, pero no estoy seguro. ¡Madre de Dios, qué enorme cantidad habrán arrojado en este lugar!

    Gary había leído algunas descripciones; había visto películas documentales del ejército sobre la destruc-ción causada en Hiroshima y Nagasaki, y recordaba que algo así como el sesenta por ciento de ambas ciudades había sido arrasado y más de cien mil personas habían muerto en cada uno de los dos lugares, con sólo una bomba por ciudad. Y Chicago, con una población de casi cuatro millones, había recibido muchos impactos directos, según las evidencias.

    —Vámonos, Russell. ¡Estoy aterrada!

    Lentamente, Gary hizo girar el coche, mirando primero a través de la ventanilla y luego reflejadas en el espejo las inmensas llamas. Condujo nuevamente hacia el sur. lejos de la ciudad expirante, sin dejar de volver una y otra vez la cabeza para mirar hacia atrás. Aun después de haber recorrido muchos kilómetros, todavía los perseguía el resplandor a través del cielo.

    El desastre dejó en Gary una profunda sensación de angustia que no podía mitigar; lo sumergió en una tristeza y un silencio tan reconcentrados que la muchacha se vio obligada a hablarle dos veces antes que él oyera.

    —Russell, te he preguntado adonde iremos a dormir.
    —¡Qué más da! En cualquier parte. —Hemos pasado algunos de estacionamientos... —No pienso volver atrás. Encontraremos alguna otra cosa.

    El amanecer de la mañana siguiente no fue mejor que el de las dos anteriores, ni el despertar fue menos desagradable que los otros dos despertares en aquel mundo desfigurado. Gary enterró la cabeza en la retorcida almohada, tratando de apartar el hórrido recuerdo de la ciudad ardiendo. La imagen de las llamas lo perseguía. Y él se preguntaba si quedaría alguien vivo, algo que todavía se moviera por las calles de Chicago, y qué sentiría él mismo, Gary Russell, si se encontrara en tal situación. El recuerdo de la ciudad en llamas no se borraría nunca de su imaginación. El cuadro no iba a borrarse por sí solo.

    Se había ido a dormir con el fuego ardiendo espasmódicamente detrás de sus párpados, había tenido pesadillas, había soñado en voz alta toda la noche y se había despertado por la mañana con la visión del cielo todavía enrojecido fresca en su memoria. ¡No debió haber pasado! Chicago era diferente de aquellas ciudades de Europa, grandes y pequeñas, que habían arrostrado una brutal destrucción proveniente del cielo. ¡No, no debió haber ocurrido!, porque Chicago era de ellos, y sus ciudades no se habían hecho para ser atacadas. Chicago no era como todas aquellas ciudades extranjeras que pertenecían a gentes extrañas.

    Chicago le dolía.

    Se levantó y se vistió, sin preocuparse de la muchacha que dormía, y salió a escudriñar el cielo.

    Enfiló el auto hacia el oeste, en dirección al Mississipí.

    La opinión de Gary era que todo el este estaba muerto o abandonado como todas las ciudades que habían atravesado en el camino; que las grandes urbes que poblaban el este del país debían de ser, en ese momento, sólo duplicados de la mortandad y el silencio que encontraban en todas partes. Y hasta quizá estuvieran igual que Chicago. Más adentro, hacia el oeste, había más amplitud, más espacio, y las ciudades distaban mucho unas de otras. El lugar donde se podría hallar gente viva, sana, donde seguramente él encontraría al ejército, estaba sin duda en alguna parte del oeste.

    Llenó el tanque de gasolina en una estación abandonada, y partieron.

    El paisaje que atravesaban era similar al del día anterior; el camino era idéntico, y las pocas gentes que encontraban se mantenían en la misma actitud hostil.

    El desastre había sacudido a la nación. Los desconocidos eran mirados con abierta sospecha. Muy rara-mente Gary distinguía a algún aislado campesino que todavía trabajaba sus tierras; y más a menudo observaba grupos de hombres y muchachos que rondaban los edificios de sus granjas, ostentando amenazantes escopetas. Algunas granjas parecían silenciosas y con señales de abandono; una había ardido hasta los cimientos, y sólo quedaban rescoldos humeantes como señal de su existencia. Las pequeñas ciudades y los pueblos que se extendían a lo largo de la carretera se estaban convirtiendo rápidamente en islas feudales.

    Había pueblos que, como las granjas, estaban vacíos; su población se había dispersado quién sabe por qué lugares. Otros sólo parecían vacíos mientras el automóvil los atravesaba a lo largo de la única calle principal. Entonces, Gary advertía la presencia de hoscos habitantes que se refugiaban detrás de las ventanas en-cortinadas o de las puertas cerradas. Los cuidadores de los negocios estaban armados. En una oportunidad, una delegación de hombres armados hasta los dientes, que tropezó con él a la entrada de un pueblo, lo detuvo. Gary les explicó su propósito, su anhelante objetivo, y les mostró las insignias de identificación del ejército que colgaban de su cuello. Sólo después de un rato le permitieron continuar su camino a través de las casas, y uno de los hombres se instaló, armado, en el asiento de atrás, para asegurarse de que no intentarían detenerse. El hombre no tenía ninguna noticia que les interesara; aparentemente no sabía sobre la situación general más de lo que Gary había descubierto por sí solo.

    La radio permanecía en silencio.

    En una ciudad cercana al río, Gary tuvo por primera vez un poco de suerte. Un impresor campesino había confeccionado un diario, un pequeño periódico de dos hojas, impreso a la ligera en una prensa rudimentaria. El periódico le costó a Gary medio dólar y tuvo que soportar un interminable tiroteo de preguntas por parte del impresor, preguntas que le revelaron las fuentes de las noticias que contenía el periódico. Con la radio silenciada, el correo detenido, el telégrafo y el teléfono anulados, el impresor había tenido que limitar su in-formación a las noticias que le aportaban los viajeros.

    No había muchas noticias, y la mayoría no eran nuevas.

    De Chicago se hablaba con algún detalle, porque su proximidad la hacía importante y porque una familia local había intentado llegar a ella, buscando a sus parientes. Toda ciudad de tamaño considerable había sido bombardeada por algún enemigo misterioso. En todos los comentarios se aludía a un enemigo, pero nadie sa-bía con certeza cuál era. Los supervivientes de esas ciudades se dedicaban al pillaje por las granjas y los villo-rrios y, en su mayoría habían sido fusilados. No había, en realidad, muchos supervivientes. Chicago y Peoría habían sido aniquiladas con bombas atómicas; pero otras ciudades habían sucumbido bajo algo más, algo desconocido, semejante a un gas, que mataba mientras se expandía. Varios supervivientes de dichas ciudades se habían lanzado sin rumbo por los campos, para morir más tarde. Aparentemente, llevaban la muerte encima y no podían vivir más de unos días, pues estaban físicamente incapacitados de resistir la extraña enfermedad.

    Cuando le fue posible, Gary le hizo a su vez una pregunta al impresor.

    El viejo lo miró con fijeza.

    —¿El ejército?... Sí, el ejército se fue por allá —señaló hacia el oeste—. Mi hijo ha visto a las tropas.
    —¿Dónde?
    —Hacia el otro lado del río. —Gracias. Tengo que llegar hasta allí. El viejo negó con la cabeza. —No podrá usted pasar al otro lado. —¿No?... ¿Por qué no? —Porque han volado el puente. El viejo relataba los hechos desnudos tal cual eran. —Yo conseguiré pasar —dijo Gary. Y puso en marcha el auto.

    El puente era una alta estructura de acero, en arco sobre el firmamento, por encima del río Savannah, ten-dido desde las escarpadas escolleras rocosas del lado de Illinois hasta la ribera de Iowa. En su mitad, allí donde una explosión había destrozado la obra, se veía una brecha abierta: ambos extremos se columpiaban libremente sobre las aguas del río. Gary detuvo el coche a medio kilómetro de distancia, porque le fue im-posible abrirse paso a través del enorme número de automóviles que atascaban la carretera; automóviles pertenecientes a un grupo de setenta y cinco a cien personas que, amontonadas en la orilla próxima, miraban ansiosamente a través del río.

    Gary salió del auto y entornó los ojos al darle el sol de frente. Como los demás, se puso a escrutar el lado opuesto. Distinguió casi en seguida un pequeño grupo de soldados agrupados en el extremo del puente que terminaba en Iowa.

    Irma se corrió al otro lado del asiento, salió fuera del coche y se detuvo junto a Gary. Sus ojos se clavaron en la ribera de Iowa.

    —Russell, ¿es que...?
    —Sí.

    Era una respuesta; pero ella no quiso reconocerla. Se movió alrededor de Gary hasta que pudo mirarlo directamente a la cara.

    —Russell..., ¿es que piensas dejarme... ahora?
    —Sí —repitió él, señalando a los distantes soldados—. Pertenezco a los de allá.
    —Russell, tú no puedes dejarme...
    —Fíjate y verás —le anunció secamente.
    —Pero, Russell, ¿qué voy a hacer yo sola? —estaba asustada.

    Gary desvió su mirada de la orilla opuesta.

    —Irma, no me importa lo que hagas. Ahí está el coche. Tómalo. ¿Puedes disparar un arma? Tienes muni-ciones y comida para un buen tiempo... También tienes esa maldita bolsa de joyas que robaste. Quédate con ellas y vete a algún lado, a cualquier lado; a mí no me importa —dirigió una vez más su mirada hacia la ribera de Iowa, esforzando los ojos—. Yo me voy al otro lado y regreso al ejército. He estado cuatro o cinco días fuera; ya es bastante.
    —¡Es que no sé qué puedo hacer! —balbuceó ella.
    —Búscate otro hombre con quien dormir —profirió Gary mientras se liberaba de la opresiva mano de Irma—. Ya te las arreglarás —y con deliberada decisión se alejó de ella, caminando hacia el grupo de personas paradas al borde del puente.

    Irma lo dejó alejarse unos cincuenta pasos, y entonces:

    —¡Russell! —gritó.

    El volvió hacia ella la cabeza.

    —¿Qué?
    —¡Adiós, querido!
    —Adiós, niña de diecinueve... Cuídate.

    Gary se aproximó a la muchedumbre vecina al puente, abriéndose camino para avanzar todo lo posible sobre la construcción, y se detuvo a escrutar la orilla opuesta, haciéndose sombra con la mano para proteger los ojos. El boquete abierto por la explosión en el centro era demasiado ancho para intentar cruzarlo. Com-prendió que necesitaba encontrar una embarcación. Cualquiera sería buena, Gary advirtió que, desde allá lejos, alguien lo observaba con prismáticos. Agitó un brazo en señal de saludo, pero el saludo no fue devuelto. Se encogió de hombros y dio la espalda a Iowa para regresar a la carretera.

    Se aproximó un curtido y barbudo individuo al que catalogó como posible barquero. El hombre estaba indolentemente recostado sobre el guardabarros de un coche, mascando tabaco.

    —¿No hay ningún bote por aquí cerca? —le preguntó Gary. —Ahora no —contestó el hombre.
    —Necesito cruzar al otro lado y volver al ejército.
    —¿Usted es soldado? —interrogó el barquero.
    —Sí.

    El viejo replicó:

    —No se puede.
    —¿No se puede qué? ¡Vamos!, ¿dónde puedo encontrar un bote?

    El viejo levantó un flaco dedo, apuntando río abajo.

    —Ahí va el último.

    Gary guiñó los ojos en un esfuerzo por seguir la dirección del dedo, pero no distinguió nada en el río. El hombre hizo un gesto despectivo y miró a Gary, con la amarga sonrisa de una persona que conoce bien la situación.

    —No puede usted cruzar. Aquél no lo logró.
    —No veo a nadie. ¿Quién es «aquél»?
    —Está en ese bote que la corriente arrastra río abajo. Intentó cruzar.
    —¿Qué le sucedió? ¡Santa madre de Dios! ¿Por qué no habla usted con claridad?
    —Lo mataron a tiros —dijo el barquero.

    Gary giró sobre sus pies y se empeñó de nuevo en escrutar el río, pero no pudo distinguir ningún bote sobre su superficie.

    —¿Quién le disparó? ¿Por qué?
    —Los soldados que están enfrente le dispararon. Ya le he dicho que intentó cruzar.
    —¿Está usted loco?
    —Hay alguien que lo está —repuso el viejo, y lentamente investigó sus bolsillos para sacar una arrugada y grasienta hoja de papel rosado, que entregó a Gary—. Nadie puede cruzar, señor. Todos estamos contamina-dos —agregó por todo comentario.

    El papel no tenía más de doscientas palabras. Era un conciso informe escrito en estilo militar, acaso con un mínimo intento de suavizarlo para el público. Declaraba brevemente que esa parte de los Estados Unidos, la que quedaba al este del río Mississipí, había sido declarada en estricta cuarentena, debido a los bombardeos atómicos y bacterianos que en ella había efectuado el enemigo; y que, por lo tanto, estaba terminantemente prohibido todo tránsito a través del río. Se esperaba que la cuarentena sería prontamente levantada. El edicto llevaba la firma del comandante del Sexto Ejército. Gary sabía bien que el Sexto Ejército estaba acuartelado sobre la costa occidental.

    —¿De dónde ha sacado esto? —le preguntó al barquero.

    El hombre apuntó con el pulgar a la ribera de enfrente.

    —Ayer, esos tipos pasaron por aquí, en un avión, y los dejaron caer —el viejo volvió sus duros ojos hacia Iowa—. Volaron el puente, además.
    —¿Los del avión?
    —No; los soldados de enfrente. No dejan que nada pueda llegar al otro lado. El muchacho que se llevó mi bote era soldado también. Lo mataron.

    Gary leyó otra vez la proclama, y se quedó allí, parado, durante unos largos minutos, vigilando el otro extremo del puente, espiando a los soldados que estaban allí apostados. Al poco rato sus ojos descubrieron otros grupos que patrullaban la costa hacia el sur y hacia el norte del puente, en Iowa.

    —¿Es que acaso montan guardia a todo lo largo de este maldito río?

    El barquero asintió:

    —Así parece. Estamos contaminados, señor.

    El viejo se estiró para alcanzar su papelote, lo dobló y volvió a guardarlo en su bolsillo. Otra vez sus mira-das abrazaron el río. Su viejo bote era arrastrado por el agua.

    Gary volvió la espalda al puente para enfrentarse con la muchedumbre, para abrirse un camino en medio de las filas silenciosas. Observó sus caras preocupadas, rostros que no reflejaban sino la desesperanza y el odio reprimido que sentían hacia los anónimos hombres de la orilla de Iowa que así los condenaban. La gente, congregada allí, esperaba, simplemente esperaba, confiando en que el ejército haría algo por ellos. Sus actitudes sugerían que continuarían esperando hasta que el puente y el camino se derrumbaran y desapa-recieran bajo sus pies, esperando a alguien que llegara a ayudarlos. Gary arrojó una sombría mirada a un so-litario centinela que custodiaba la orilla opuesta, y prosiguió su camino de retorno hacia donde estaban estacionados todos los autos, en busca del «Studebaker».

    Irma y el coche habían desaparecido.

    Se desató en juramentos contra ella, indignado de que hubiera esperado tan poco tiempo y se hubiera marchado con las armas y las municiones que él ahora necesitaba. Mientras se abría paso entre los automóviles, había sentido un momentáneo enternecimiento, un ligero embarazo, al imaginar el próximo reencuentro; pero todo se tornó de inmediato en furiosa indignación cuando descubrió la ausencia de la muchacha. Lo primero que se le ocurrió fue volver a la ciudad y buscar hasta encontrarla, o al menos conseguirse allí otro automóvil. Pero otra idea lo detuvo. Tras de una rápida ojeada a la gente que estaba apostada sobre el puente, se deslizó hasta el volante del primer coche que encontró con la llave puesta, lo puso en marcha y se internó por el camino paralelo al río. No hubo ninguna protesta detrás de él.


    Capítulo IV


    Contaminación y cuarentena. Después de una semana, la frase sonaba como una maldición, como un término vil arrojado a un enemigo en el calor de la discusión. Los panfletos rosados habían sido diseminados por decenas de miles en todas las ciudades situadas dentro de cierto radio a partir del Mississipí. Como una nevada opaca y descolorida, cubrían densamente las carreteras cercanas al río y los bloqueados puentes.

    Rock Island, en Illinois, donde no había caído ni una bomba y cuyo único padecimiento era el miedo, estaba totalmente aislada de la ciudad de Davenport (su hermana en la orilla opuesta), por una orden militar. Contaminación y cuarentena. Rock Island se asomaba por sobre el único puente intacto que cruzaba el río y se enfrentaba con la amenazante boca de un tanque blindado que sitiaba el camino real. Los cincuenta y cinco mil habitantes de Rock Island se iban convirtiendo rápidamente en un problema de orden policial, porque .interceptados todos los medios de transporte, los alimentos no llegaban. Davenport, sujeta a la ley marcial, abastecida y controlada por el ejército, estaba casi en su estado normal. El tanque montaba guardia en el puente, apuntando hacia el este: Rock Island y todo el tercio este del país debían cumplir cuarentena.

    Después de una semana, algunas estaciones de radio, de uno y otro lado del río, volvieron a sus dominios en el aire; esto dio la pauta evidente de que las autoridades militares juzgaban que el peligro de una invasión ya no existía, o que se había alejado, o que, quizá, no había sido jamás planificada por el enemigo. El tipo de bombas arrojadas tornaba muy remota la posibilidad de una invasión, por cuanto la contaminación podía alcanzar del mismo modo a amigos y enemigos. En uno o dos casos aislados, en ciudades desperdigadas y distantes del interior del país, una voz en el aire había revelado que todavía perduraba allí algo de vida, que algún tipo especial de corriente eléctrica se había mantenido a despecho del bombardeo. Vacilantemente, esas voces aisladas salieron al aire en busca de noticias, de ayuda, de aliento. Gary atendió insensible a sus llamadas de auxilio, sus frenéticas demandas de información sobre el resto del país. Él había vuelto sus ojos hacia el otro lado del río preguntándose si acaso ellos prestarían atención a esas voces.

    Después de una semana, ya estaba harto de atender a súplicas conmovedoras y llamadas desesperadas, a propuestas y rechazos interminables, cambiados entre dos ciudades enfrentadas a través del río.

    Y, después de una semana, ya había agotado la exploración del estado, desde el límite sur de Wisconsin hasta los campos de Kentucky tendidos del lado opuesto de otro río, y había comprobado que la cuarentena imperaba en todas partes.

    Estaba atrapado en Illinois, a menos que se alejara del río; a menos que se alejara hacia el oeste, bor-deando el barroso Ohío, en busca de algún puente sano. Los ingenieros del ejército habían volado metódica-mente todas aquellas estructuras que escaparon del ataque enemigo; todas, excepto algunas aisladas cons-trucciones, jalonadas cada varios cientos de kilómetros, a lo largo del río divisorio. Sí, éstas permanecían intactas pero bajo estrecha vigilancia; intactas y vigiladas para algún propósito determinado, exclusivo de ellos. Y por todas partes se veían los panfletos rosados explicando fríamente la necesidad de lo dispuesto, según ellos lo entendían; suponiendo imprecisamente que la cuarentena iba a ser levantada alguna vez.

    Durante todos los días de esa semana, Gary detenía a cualquiera, a todo el que pudiera darle una pizca de información o pudiera conocer o adivinar la naturaleza de la catástrofe. No tuvo éxito. Las suposiciones eran burdas e irracionales, y Gary las descartó, advirtiendo en sus experiencias que las ciudades que no habían soportado los extraños gases ponzoñosos consideraban que habían sido ex profeso, en afortunado abandono, rechazadas por las bombas.

    Su sentido común le hizo comprender que los lugares por donde él iba pasando no habían sido inundados por vapores, partículas o radiaciones atómicas. En ellos vivían todavía seres humanos y animales domésticos; algunos hombres y animales continuaban aun muriéndose lentamente, pero sus observaciones sobre esa muerte cercana no encajaban dentro de ninguno de los conocimientos que él adquiriera, anteriormente. Estos no incluían mención alguna respecto a cuerpos que iban tornándose azules o púrpura a medida que la muerte se aproximaba. No, eso no era propio de las radiaciones atómicas.

    Por fin, Gary captó en la radio un trozo de conversación que lo condujo a conocer la respuesta. Rock Island reclamaba una justificación por su puente destruido; hacía presente el cúmulo de calamidades que esto le reportaba; señalaba que la pestilencia y la muerte habían perdonado a la ciudad. La tajante voz de la autoridad seguía manteniendo en Davenport un inalterable no, y anunciaba fríamente a la incomunicada ciu-dad que su destino estaba aún por resolverse. Los que huían de las ciudades bombardeadas se trasladaban indudablemente hacia Rock Island, y eran estos fugitivos los que iban difundiendo la plaga, hilvanando la mortal contaminación a medida que se movían.

    —Pero, ¿qué plaga? —le gritó Gary en voz alta a la radio, y escuchó cómo Rock Island repetía como en eco su pregunta, con una opaca pasividad que desmentía aquellos hechos.

    La autoritaria voz de Davenport contestaba en un tono de punzante insistencia; hablaba de dos diferentes tipos de gérmenes que habían sido identificados y agregaba que sólo Dios sabía cuántos otros les habrían arrojado. La voz repitió el nombre de dos de ellos: el de «la peste neumónica» y el del «botulismo». Y después retornó de nuevo al insistente no.

    Gary siguió escuchando durante varios minutos, pero no hubo más alusión a los sucesos ni más explica-ciones sobre sus causas. Apagó la radio y, enloquecido, condujo el coche a lo largo del camino buscando a alguien que pudiera conocer el significado de esos términos; deteniendo a los extraños, con la amenaza del rifle si no lograba detenerlos de otro modo; interceptando incluso a hombres armados que patrullaban sus pueblos o sus granjas, para exigir de ellos la imposible respuesta a sus preguntas.

    Nadie sabía contestarle.

    Por fin después de una semana, encontró otra salida a sus angustias.

    Tomó el camino que llevaba a Bloomington, evitando los escombros y los autos abandonados que colma-ban las calles, desviándose del camino cuando la visión y el olor de alguno de los cadáveres amenazaba con revolverle el estómago; y dio vueltas y vueltas por el barrio céntrico hasta que por fin pudo encontrar la biblioteca pública. Tuvo que destrozar la pesada puerta de vidrio. Después, revisó las largas y altas hileras de libros, con creciente impaciencia, sin encontrar nada que le resultara útil. Pasada una hora, subió por la escalera hasta el segundo piso, para inspeccionar qué había almacenado allí. El descansillo de la escalera se abría sobre un inmenso salón de lectura invadida por un silencio sobrecogedor, ocupado ahora sólo por las mesas, las pilas de revistas y los diarios publicados en otras ciudades. Inmediatamente a su derecha estaba el polvoriento escritorio del empleado que atendía al público y, detrás del escritorio, los anaqueles conteniendo lo que él buscaba: los tomos de una enciclopedia. Apartó bruscamente el escritorio y llegó hasta ellos.

    Al principio «botulismo» no adquirió ningún sentido aplicado al mundo concluido que yacía fuera de la biblioteca. El botulismo era un envenenamiento producido por ingerir alimentos en los que se había desa-rrollado una bacteria. En cuanto a «peste neumónica», la enciclopedia decía: «Ver Peste, Pestilencia, etc.» Gary dejó caer el pesado volumen y sacó otro. «Peste» fue dándole lentamente una respuesta mientras que sus anhelantes ojos saltaban por sobre los párrafos historio-gráficos, para detenerse al final de la columna. La refe-rencia que encontró allí era: «Ver también Guerra Biológica».

    Gary abandonó la página que estaba leyendo y buscó otro volumen. En ése, con ocasionales referencias a lo anteriormente leído, encontró la alarmante respuesta. Llevó ambos tomos a una mesa cercana, los mantuvo abiertos y se sentó.

    La guerra biológica se había iniciado en forma limitada durante la conflagración del catorce, cuando se sospechó que los agentes enemigos habían inyectado gérmenes mortíferos en el ganado norteamericano em-barcado para el extranjero.

    La guerra biológica se convirtió rápidamente en una costosa y prolijamente clasificada organización con vida propia, durante el conflicto mundial que se inició, para América, en diciembre de 1941. A lo largo de la guerra, Estados Unidos invirtió más de cincuenta millones de dólares en efectuar nuevos experimentos de destrucción biológica, y reclutó unos tres mil científicos para la tarea de descubrir nuevas formas de muerte. Se aislaron sustancias ofensivas y defensivas; la más importante entre las primeras, por ser tan venenosas, fue la toxina del botulismo.

    Esta toxina había sido eficazmente aislada en formas puramente cristalinas, y se estaban perfeccionando los métodos para producirla en gran escala. En realidad, una gran producción era absolutamente innecesaria, por cuanto el veneno era tan mortífero que, asimilado por vía oral, bastaba la séptima parte de un miligramo para producir fatales consecuencias; treinta gramos alcanzaban y sobraban para destruir ciento ochenta millones de personas.

    El comando militar había pensado en la posibilidad de introducir esta toxina en los alimentos y en los suministros de agua del enemigo, ya fuera por medio de agentes, ya pulverizándolos desde el aire. No manifiesta, pero sí implícita, estaba la definida posibilidad e introducirla por medio de proyectiles de largo alance, tanto dirigidos como de trayectoria libre. Gary detuvo la lectura y elevó los ojos para observar la luz del sol a través de las ventanas. Buscó un cigarrillo, se detuvo para observarlo críticamente, y por fin se lo llevó a la boca. Al texto, la frase siguiente le llamó la atención: «Entre los tipos de enfermedades aplicables a la guerra biológica está la peste neumónica...» Se detuvo de nuevo y pasó al otro volumen.

    La peste neumónica era un tipo distinto de agente mortífero. La palabra peste, en sí, era una oscura supervivencia de los tiempos medievales, en los que la peste bubónica asolaba un país y llegaba a diezmar completamente la población de una ciudad. Se le había dado el nombre de peste neumónica a una forma clínica en la que los órganos más afectados eran los pulmones. La enfermedad se transmitía directamente por el simple contacto o salpicadura de la saliva bucal o los esputos pulmonares de una persona enferma. «La infección puede extenderse», Gary volvió la hoja, «a otras partes del cuerpo, declarándose entonces una septicemia.» Seguía a continuación una ilustración gráfica de los síntomas de ambos grados de la enfermedad, y la acotación de que en el primer grado era mortal en el noventa y cinco por ciento de los casos, y en el se-gundo (el de septicemia generalizada) lo era sin excepciones. En cuanto a duración, la muerte podía sobrevenir el mismo día en que aparecían los primeros síntomas, o demorarse dos o tres días. El párrafo final atrajo poderosamente su atención. En él se aclaraba que las víctimas de la peste asumían un color púrpura o cianótico, típico de las últimas horas en todas las formas de la peste y explicable por la insuficiencia respi-ratoria. A esta coloración debía el nombre vulgar de «muerte negra».

    Gary aspiró lentamente el cigarrillo, sintiéndose molesto con el sabor. Su mirada se desvió de nuevo hasta la línea brutal que hallara en el otro artículo:

    «Entre los tipos de enfermedades aplicables a la guerra biológica están la peste neumónica, la influenza, la fiebre amarilla, el dengue, el muermo...»

    Los Estados Unidos, a causa de su particular aislamiento geográfico, serían altamente vulnerables frente a un ataque biológico. Las enfermedades infecciosas podían ser diseminadas por vía aérea o de cualquier otra índole, y luego estarían en condiciones de propagarse libremente. La peste neumónica, por ejemplo, una de las enfermedades más contagiosas y altamente peligrosas que se conocían, podía difundirse fácilmente de este modo.

    La guerra biológica podía ser un arma tan destructiva y tan mortífera como la bomba atómica y tenía además la ventaja de ser un sistema eficaz y poco costoso de emprender una guerra no declarada. Una nación podía ser rápida y definitivamente inutilizada, si a su pueblo se lo sometía a...

    Cerró de golpe el libro; dejó caer el cigarrillo al suelo, pisándolo distraído; se reclinó en la silla, y clavó los ojos taciturnos en el cristal de la ventana, inmóvil, inconsciente del paso del tiempo, hasta que el sol le dio en el rostro, hiriéndole la vista.

    De modo que eso era lo que les habían arrojado. Pero, ¿quién lo había hecho?

    Algunos que estuviera al este de ellos..., al norte y al este; al menos el bombardeo parecía venir de esa dirección. Todo el noreste, la tercera parte de la nación, estaba hundida, pulverizada y despoblada por culpa de las bombas y los proyectiles que habían caído desde el cielo. Con bombas atómicas se habían atacado las grandes ciudades; con gérmenes de peste neumónica, las pequeñas; la toxina del botulismo se desparramaba por todas partes. Anulando las fuentes de agua, los campos de cereales y, en una palabra, todos los centros donde la gente se agrupaba, comía y bebía, algún enemigo del noroeste había inutilizado por completo la po-tencia industrial y a la mayor parte de la población. Por lo visto, el bombardeo no se había extendido al oeste, ni tampoco al oeste medio, dado que el Mississipí señalaba la línea divisoria entre la zona sana y la contaminada. El gobierno había manifestado fría y claramente su posición al respecto por medio de los vo-lantes rosados: la región oriental debía permanecer incomunicada para proteger al resto del país. Gary se preguntaba qué era lo que quedaba del gobierno.

    El Primer Ejército, emplazado en Governors Island, Nueva York, tenía a su cargo la defensa general del país. El hecho de que un cuartel general del oeste tuviera ahora a su cargo la defensa demostraba claramente cuál había sido el destino de Governors Island. Incluso Washington había admitido hacía tiempo lo que podía sobrevenir, desde el momento en que se habían construido abrigos antiaéreos secretos debajo del edificio del Pentágono, y cámaras militares y gubernamentales supe secretas en lo más hondo de las verdes y ondulantes colinas de Maryland y Virginia. En estas cámaras todavía podía existir gente viva, pero tampoco ellos escapaban a la cuarentena, porque estaban del lado condenado del río. Gary recordó que en la pasada guerra (aquella que lo había absorbido diez años atrás), el refugio subterráneo de Hitler había demostrado a la postre ser inútil.

    Pero este ataque, ¿de dónde provenía?

    Del noreste..., de algún enemigo cuyos proyectiles y bombas habían sido concentrados sobre la zona este del país, por razones tácticas y económicas. El ataque podía haberse originado en alguna zona tan próxima como Groenlandia: una isla casi tan extensa como un continente y deshabitada en sus nueve décimas partes. Siendo así, Groenlandia no tendría mayores reparos en diseminar la muerte sobre las zonas más inmediatas del Canadá y Estados Unidos, permitiendo que el este y el sur escaparan de una devastación inmediata, sólo para caer, poco después, víctima de la peste. La plaga se expandería con la misma rapidez con que huyera la asus-tada población. Gary comprendió que ya, por entonces, debía de haber alcanzado hasta el extremo sur de Florida; y que se habría extendido velozmente hasta las montañas Rocosas de no haber sido por el río y las órdenes de las proclamas rosadas.

    El sol le dio de lleno en los ojos. Se levantó, abandonando la silla.

    Él estaba inmunizado. La semana que había transcurrido era prueba evidente. No veía, pues, razón alguna por la cual no pudiera cruzar el río y reingresar en la milicia. Al menos, el ejército le ofrecía seguridad, una valiosa seguridad, inestimable ahora que la muerte acechaba al país de tantos modos y que la comida comenzaba a escasear. Esa comida estaba contaminada y sin embargo, él ya ha había ingerido y también había bebido agua.

    Gary se sentó nuevamente para descifrar el enigma. Empezó por reconsiderar los hechos a partir de la mañana en que se despertó en el hotel arruinado. Todo cuanto comió desde entonces había sido envasado, y los líquidos provinieron siempre de botellas cerradas. Había dejado de lado la carne, los vegetales y el pan que halló en los negocios, a causa del moho y el hedor a podredumbre. No había tenido ocasión de prepararse café, porque no surgía agua de los grifos. Y así, se había limitado a las latas y a los líquidos embotellados. Pero... ¿y qué había pasado cuando se afeitó? Aquella agua estaba estancada; limpia aunque estancada. Dedujo que había permanecido incontaminada en los depósitos de los baños, por los menos desde el día anterior al bombardeo. Y desde entonces, él no había bebido más que líquidos envasados o agua fresca extraída de los manantiales del campo, obligado a ello por estar secos los pozos o por la falta de cisternas cercanas. El angosto margen que hubo entre la vida y la muerte, su vida y su muerte, le dio vértigos. ¡Si el agua hubiera seguido fluyendo por los grifos...!

    De modo que los únicos alimentos que podían considerarse innocuos estaban apilados en los estantes de los almacenes. Pero a pesar de la inmensa mortandad, había todavía unos miles de personas errando por toda la zona comprendida entre el río y el Atlántico; los almacenes no podrían abastecerlos eternamente, y en un futuro muy próximo estallaría una situación de aguda crisis. Cuando los alimentos empezaran a escasear, otro tipo diferente de plaga se propagaría entre los supervivientes.

    Sería cuestión de ser más rápido o... de morir.

    Gary se dispuso a ser rápido aun antes de que la necesidad de serlo lo acuciara. Abandonó rápidamente la biblioteca, consciente de que había desperdiciado varios días, y descendió las escaleras casi saltando, con ambos volúmenes bajo el brazo. Distraídamente cerró tras de sí la destrozada puerta, arrojó los libros sobre el asiento del coche y puso en marcha el motor, esforzándose en recordar la ubicación de la calle por la que corría la carretera que atravesaba la ciudad. Se detuvo sólo una vez en la ciudad muerta, para proveerse de tabaco en los estantes de un quiosco abandonado. Luego, tomó rumbo hacia el sur siguiendo la carretera que lo llevaría, presumiblemente, hasta el límite de Kentucky.

    Mientras conducía recordó fugazmente a la muchacha, la joven Irma..., ¿cómo había dicho que se apellidaba?... Se preguntó qué habría sido de ella en toda esa semana, a partir del día en que se separaron; qué habría hecho desde que lo abandonó junto al puente destruido..., o quizá desde que él la abandonó a ella. ¿Dónde estaría en ese instante?

    La noche lo sorprendió, todavía camino del sur.

    Avanzaba cautelosamente, absteniéndose de usar los faros por temor de que sus brillantes rayos pudieran atraer un tiroteo. La blanca faja de cemento no era muy difícil de observar a medida que se acercaba ante sus ojos. Conducía manteniendo solamente el tenue reflejo de las luces de posición, como advertencia para cualquiera que pudiera cruzarse en su camino.

    A lo lejos, sobre el horizonte, un invisible edificio iluminaba la noche con el resplandor de sus llamas. Supuso que sería otra de tantas granjas.

    En cierto momento, durante las primeras horas de la mañana, detuvo el auto unos minutos para estirar las piernas. Se quedó de pie, inmóvil, contemplando las primeras estrellas del alba. Mientras estaba allí, a medias despierto en la desolada calma de la fugitiva noche, percibió el ruido de otro auto que se acercaba; oyó aproximarse rápidamente el rumor de un motor, y el peculiar chirrido de las llantas calientes mordiendo el cemento del camino. Se volvió con rapidez, y descubrió a lo lejos el reflejo de un esquivo faro busca huellas que iluminaba escrutador el cielo y la tierra.

    Gary vaciló sólo unos segundos. Inmediatamente se acomodó tras el volante, para mover el auto hacia el frente. Cruzó diagonalmente el camino, hasta dejar que las ruedas delanteras fuera a descansar en una de las cunetas. Desconectó el motor; apagó las luces, y saltó nuevamente afuera, pero dejando una puerta abierta, como si al auto hubiera sido abandonado. Retrocedió unos cien pasos por la carretera, la atravesó y se acostó en la cuneta opuesta a donde había quedado el coche, para vigilar la aproximación del auto desconocido, con los ojos situados escasamente sobre el borde de la cuneta.

    El motor rugió aproximándose en la oscuridad, sin esforzarse para nada en ser cauto y sigiloso. El ruido del motor y la luz del faro busca huellas se hizo evidente en la soledad nocturna. Cuando se hallaba a menos de mil metros de distancia, Gary se deslizó más hacia atrás en la cuneta, apretándose en el fondo y escondiendo la cara, para evitar que su contrastante blancura lo delatara. Supuso que el otro coche marchaba a unos ciento cincuenta o ciento sesenta kilómetros por hora. Por encima del ruido del motor, le pareció oír a alguien que gritaba y daba alaridos.

    El auto llegó veloz. El abanico de rayos del busca-huellas iluminó fugazmente el lecho de la cuneta, y Gary vio sus propias manos extendidas ante sí. La luz se mantuvo un segundo frente a él, sobre él, y pasó como una exhalación, dejando de lado a Gary y a su automóvil, como si ambos fueran objetos inexistentes. Con todo cuidado, Gary elevó los ojos hasta el borde de la cuneta, clavándolos en las rojas lucecillas traseras que se iban amenguando en la lejanía. Se quedó dónde estaba, mirándolas hasta que desaparecieron de su vista, hasta que los lejanos rayos de los faros se perdieron en la noche, hasta que incluso el ruido del motor y los neumáticos se incorporaron a la nada. Entonces trepó nuevamente al camino.

    Bueno, y... ¿por qué se había comportado así? La pregunta lo perturbaba. ¿Era sólo por un recelo previ-sor, creado en él durante el antiguo entrenamiento de las batallas. ¿O no era otra cosa que miedo despertado por un auto moviéndose en la oscuridad? Los ocupantes no se habían interesado en su coche; ni siquiera habían disminuido la velocidad para darle una ojeada. ¿Por qué, pues, había tomado todas aquellas precau-ciones?

    Cruzó el camino en dirección al auto y se quedó parado mirándolo, mientras pensaba todavía en el otro automóvil. No pudo encontrar ninguna respuesta a sus temores, pero comprendió que él había deseado realmente actuar con cautela. Contemplando la parte trasera de su auto, recordó el rojo brillante de las luces traseras del otro coche y, sin detenerse a analizar las razones de su impulso, destrozó a puntapiés los dos cristales rojos y las pequeñas lamparillas que éstos recubrían. Se dirigió al tablero, encendió las luces de posición y volvió de nuevo al paragolpes trasero: ya no existía ningún resplandor indiscreto.

    Gary giró el coche hasta el pavimento y tomó otra vez el camino hacia el sur, hacia Kentucky. Avanzaba lentamente, con las ventanillas abiertas de modo que pudiera oír si acaso se aproximaba otro coche; marchaba vigilando atentamente el largo camino que se extendía delante, y el espejo retrovisor, para poder percibir a discreta distancia cualquier luz que pudiera aproximarse. Sólo después de la salida del sol, abandonó la carretera principal y penetró en un polvoroso camino secundario, para detenerse a dormir un poco.

    El puente que cruzaba el Mississipí estaba intacto; era de los pocos que el ejército había mantenido así. Gary había encontrado y dejado de lado otros dos puentes antes de llegar a aquél. El lado opuesto de aquella intacta estructura estaba, como en los otros puentes, estrictamente vigilado. Un gran camión de transporte de tropas, estacionado a través del puente, inmediatamente más allá de su punto medio, lo bloqueaba. En la parte trasera del camión, dos soldados montaban guardia junto a una ametralladora pesada. Detrás de ellos, Gary divisó una patrulla armada vigilando por si sucedía algo. Se propuso ser ese «algo».

    Paró el auto junto al puente, bajó de él y caminó por el tramo que se extendía ante el camión observando con cautela a los dos hombres parapetados detrás de la ametralladora. Cuando uno de ellos se movió, Gary se detuvo súbitamente. Se desabotonó la camisa, desprendió la cadena que colgaba de su cuello y sujetó en el aire, bien altas, las insignias del ejército, presintiendo que había llegado el momento crítico cuando el sol de la mañana reverberó sobre la metálica superficie de los distintivos. Uno de los artilleros de la ametralladora llamó a alguien que estaba detrás de él. Inmediatamente, un tercer soldado se juntó a la pareja que estaba apostada en el camión. El recién llegado estudió apresuradamente a Gary con sus prismáticos y luego descendió del camión, previa orden del artillero. Gary, al tanto de la rutina militar, sabedor de la orden impartida, esperaba. Tras largos minutos, el tercer hombre reapareció en escena, acompañado esta vez de un oficial que llevaba una banda blanca pintada en la pared delantera de su casco. Ambos hombres se detuvieron junto al camión y tomaron sus prismáticos para observarlo.

    Gary enderezó uno de los distintivos, de modo que pudiera ser leída su inscripción, y lo sujetó entre el pulgar y el índice, observando esperanzado a la patrulla. Era sumamente dudoso que los prismáticos tuvieran poder suficiente para captar la pequeña escritura a tanta distancia, pero de todos modos valía la pena intentarlo. Manteniendo el distintivo en el aire, indicó una lenta aproximación hacia el centro del puente. De inmediato advirtió que su intento había sido vano y que había cometido un fallo al echar a andar. El oficial dio media vuelta, enfrentando a uno de los guardias armados, y Gary se aplastó de un salto contra el suelo, en el momento en que el hombre levantaba el fusil. Mientras caía comprendió que el gesto no perseguía más que la advertencia: la carabina apuntó al cielo y un único estampido silbó en el aire sobre su cabeza. Gary retrocedió arrastrándose unos cinco metros antes de incorporarse sobre sus pies. Cuando se paró, apretó las insignias en el puño y lo sacudió ante el oficial, que seguía vigilándolo.

    El oficial no dio respuesta alguna.

    Gary se retiró hasta el automóvil y se sentó en él, dando la cara al puente. Poco después, el oficial y otro de los hombres abandonaron el camión mientras los dos hombres de la ametralladora retornaban a su perpetua vigilancia. Gary los contemplaba. Sintió que un repentino resentimiento contra ellos lo invadía y, haciendo bocina con las manos, les gritó una única, significativa palabra. La palabra era sinónima de machos cabríos.

    —Eso va también por mí —interrumpió una voz tranquila.

    Gary se volvió asustado y alerta. Un soldado barbudo y despeinado estaba apoyado contra uno de los tirantes del puente, no muy lejos. Tenía el uniforme hecho andrajos.

    —¿De dónde demonios viene usted? —inquirió Gary.
    —De por aquellos campos —dijo el otro, señalando con el pulgar—. Estaba durmiendo, pero el tiro me despertó. Una cálida bienvenida, ¿no?
    —¡Voy a cruzar el puente, aunque tenga que romperme los cuernos contra los de esos malditos...!
    —Por supuesto. Yo dije lo mismo hace tres días.

    Gary lo miró fijamente.

    —¿Sí? —Entonces tomó una decisión—. Siéntese y dele un descanso a sus pies.
    —Estaba esperando su invitación —dijo sarcástica-mente el soldado—. Hay prójimos que son muy quisquillosos para admitir compañía. —Cruzó por el camino y se sentó junto a Gary—. ¿Tiene tabaco?

    Gary le tendió un paquete de cigarrillos.

    —¿No nos dejarán llegar?
    —No. Ni a nosotros, ni siquiera a un general si es que está en este lado del agua. El teniente dijo que lo sentía mucho, pero que era así.
    —El teniente dijo... ¿Es que habló con usted?
    —Por medio de señales. Yo soy del Cuerpo de Señales, ¿sabe? El otro día me quité unas ropas y me hice también mis banderines, Tuvimos una buena charla. El teniente se llama McSneary, a menos que se me haya escapado alguna letra. Es un tipo decente, pero inclinado a ser pesado con las órdenes. Yo me llamo Jay Oliver.
    —Y yo, Gary —dijo éste pensativo vigilando a los dos hombres de la ametralladora—. Hasta hace una semana, era cabo... ¿De modo que no hay forma de pasar al otro lado?
    —No como hombre vivo. MacSneary fue bien claro en cuanto a eso. Yo le hice notar que todavía estaba vivo y sano, tanto como hambriento, pero me contestó que yo podía estar difundiendo la enfermedad aunque no la hubiera contraído aún. Muy lógico, por supuesto. Dijo que todos nosotros, los que todavía quedábamos vivos en este lado, éramos agentes portadores de la peste. Creo que habrá leído esto en algún informe del ejército y, aun sin comprenderlo del todo, le habrá parecido un argumento sólido, y por eso me lo endilgó a mí.

    Gary seguía contemplando la ametralladora.

    —Ahí en el auto, hay unos libros que explican ese tema —dijo por todo comentario.
    —Estoy familiarizado con el asunto —contestó Oliver—. Fui profesor de ciencias hasta que me recluta-ron. Es un título que lo abarca todo, si es que esto es posible. Yo enseñaba ciencias en la escuela supe-rior de una pequeña ciudad de Indiana. Biología, física, química, astronomía... se suponía que todas me eran familiares: cómo construir una batería con pilas en que los electrodos actuaran en medios líquidos; dónde que-daba Orión; los martes hacer la disección de una rana; los miércoles enseñar a las chicas cómo preparar por sí mismas sus cremas de belleza; y desde 1945, todas las clases, una tras otra, penetrando hasta en los dominios de la teoría nuclear— algún recuerdo le arrancó una sonrisa—. Pero jamás llegué a producir una bomba.
    —¡Oh, ésta es una endemoniada situación!... Debíamos estar defendiendo a nuestro país; pero esa gente no nos dejará hacer nada. ¿Qué pasará si somos invadidos?
    —Amigo, pienso que esa es una preocupación que jamás tendremos que enfrentar nosotros, los que es-tamos de este lado del río —Oliver sacó otro cigarrillo del paquete—. Nuestros camaradas de la ribera opuesta puede que tengan que sostener varios encuentros en un futuro inmediato; pero nosotros estamos fuera de acción... El enemigo ha convertido esta parte del país en algo tan absolutamente insufrible, que ni siquiera él se atrevería a acampar aquí. Todo esto me hace pensar que no se ha preparado ninguna invasión— se detuvo para encender el cigarrillo—. Nuestro buen teniente MacSneary es bastante impreciso en cuanto a lo que ha sucedido... Las comunicaciones deben de estar en un triste estado, cuando el mismo ejército no sabe con certeza qué es lo que está pasando. Pero la clave de todo esto está en averiguar quién nos ha atacado. Bombarderos de largo alcance, cohetes y, según parece, quintacolumnistas que han contaminado los depósitos de agua: es todo lo que sabemos. Pasaron en flotillas de bombarderos (el teniente no sabe bien cuántas), y entre los bombarderos y los cohetes se las arreglaron para pulverizar cuanta ciudad importante hay a este lado del río. Nos obsequiaron con bombas atómicas y por lo menos con dos tipos de enfermedades, y puede haber mucho más que no se haya descubierto todavía... Supongo que también han diseminado el carbunclo sobre el ganado —Oliver agitó su mano en dirección a los campos que se extendían detrás de ellos—. Ha sido una astuta maniobra: destrozar la mitad del país y no perder más que los pilotos.
    —Preferiría estar al otro lado —declaró Gary.

    Oliver asintió.

    —Pienso lo mismo. Hacer frente al enemigo es preferible a luchar contra lo que viene tras nosotros..., y lo tendremos pronto detrás; no lo dude.

    Yo tenía recursos, declaró Gary, siguiendo el pensamiento de Oliver, armas, comida un buen coche... Un raterillo se escapó con todo.

    —Los pequeños rateros aprenden pronto.
    —Este era una muchacha...
    —¡Oh!...
    —Ella aseguraba que tenía diecinueve años —continuó Gary—. Pero parecía tener dieciséis y actuaba como de esa edad, por el modo con que andaba por todas partes recogiendo trastos y chucherías. Como de diecinueve, actuó tan sólo una vez.

    Oliver arrojó suavemente el cigarrillo y se quedó mirando el humo.

    —Te sugiero que nos unamos —dijo de pronto, iniciando el tuteo—, si no te molesta la compañía. Bus-quemos un camión y metamos en él todo lo que podamos. Dentro de otra semana, los almacenes quedarán vacíos: la idea de asaltarlos se está propagando con rapidez.

    Gary clavó la vista en la patrulla que custodiaba el puente.

    Oliver agitó la cabeza.

    —Entonces, ¿tú no crees...?
    —No. He estado aquí durante tres días. McSneary dijo «no». Yo me he resignado a la idea de la cuaren-tena... Puede que dure varias semanas, o que se extienda hasta varios meses... Te sugiero que te resignes tú también.
    —¡Maldita situación...!
    —Por el momento, lo más urgente son los alimentos... ¡Y las armas! Porque cuando la gente de acá em-piece a morirse de hambre, empezarán también los tiros.
    —Es cierto —Gary estiró sus miembros y con una mano se restregó la barba—. Bueno, vamos andando. Tengo hambre —arrojó una última mirada a los hombres encuadrados tras la ametralladora los amenazó nuevamente con el puño, repitiendo la única y significativa palabra que antes les había gritado.
    —Lo mismo digo —agregó Oliver.

    Subieron al coche de Gary y regresaron por el interrumpido camino, que lentamente se alejaba del río y serpenteaba a través de bajas y fangosas tierras hacia las próximas colinas. El calor era intenso, y no corría ni un soplo de aire. Gary miraba sin cesar al espejito para observar el puente que se desvanecía gradualmente a sus espaldas.

    —¡Imbéciles!...

    Los centinelas, algo desconcertados, observaron cómo el coche se perdía de vista. Uno de ellos pensó que debía reponer la bala que había disparado. El silencio volvió a reinar sobre el puente.


    Capítulo V


    El ex cabo apagó cuidadosamente los restos de la pequeña fogata y arrojó con el zapato un poco de barro sobre el rescoldo. Limpió la cacerola fregándola con un puñado de pajuelas, y luego la volvió boca abajo para depositarla descuidadamente en el suelo. Por último, hizo correr su lengua sobre los dientes y las encías a fin de alejar por completo el gusto remanente de huevo.

    —Ese era el último —anunció.
    —¡Qué lástima! —dijo Oliver, que estaba sentado en un montículo, a ocho o diez metros del fuego, y tenía un rifle apoyado en el hueco del brazo—. Tal vez no debíamos haber matado a la gallina.
    —Deseabas comer pollo frito, ¿recuerdas?

    Oliver cerró sus ojos soñadoramente.

    —Recuerdo. Era un ave dura y vieja, pero resultó sabrosa. De todos modos, ya estábamos cansados de comer huevos.
    —Repítemelo la semana que viene, a esta misma hora.
    —Lo haré. ¡Qué lástima que estos granjeros sean estrechos de entendederas!

    Gary se miró el brazo e hizo correr los dedos a lo largo de la gastada manga de su chaqueta, por donde habían rozado varios perdigones disparados precipitadamente.

    —Sí, ya no se respeta ni al ejército de los Estados Unidos.

    Cruzó fuertemente los brazos alrededor del pecho, como intentando protegerse de un hormigueante escalofrío; luego volvió su atención hacia los nubarrones del cielo. El sol, escondido tras una densa capa de nubes, no había remontado todavía la baja cadena de montañas. Alrededor de ambos, el desmedrado bosquecillo que los circundaba estaba silencioso, excepto por el escaso ruido que hacían ellos.

    —El tiempo está por cambiar —dijo—. Será mejor que vayamos hacia el sur.
    —Estas montañas son siempre ariscas por la mañana.
    —¡Ariscas!... Eres muy indulgente.
    —¿Cómo andamos de municiones? —Oliver se secó los labios con la manga, después de vaciar el contenido de una taza de hojalata; cambió de brazo el rifle, y deslizó sus ojos a lo largo de la cercana hilera de colinas—. ¿Hay bastantes?
    —Una cantidad respetable. Esas malditas monta-as permanecen heladas todo el día. —Gary guardó sus utensilios en la cacerola y puso todo a un lado—. Yo digo que tenemos que abandonarlas y marchar hacia el sur.
    —Está bien. Ya está resuelto. Pero insisto en que estaríamos más seguros si nos quedáramos por acá. En estas colinas solían haber, y todavía puede que haya, fabricantes de licores, que los agentes del gobierno no pudieron localizar jamás. Daniel Boone fue el que exploró e hizo transitable esta zona del país. Vino a través de la quebrada de Cumberland y se introdujo por Kentucky; los colonos lo siguieron con tanta prisa qué Kentucky no pudo contenerlos a todos y tuvieron que desplegarse por Tennessee hasta estos lugares. —Daniel Boone debiera ver todo esto ahora. Oliver agitó la cabeza negativamente. —No creo que le gustara.
    —Oye —insistió Gary—, podemos pasar por Knoxville o Chattanooga... Quizá encontremos por allí algo que valga la pena recoger. No todos han de ser tan astutos como nosotros, y puede ser que los demás no hayan pensado en los depósitos de mercaderías, como aquel que estaba en... ¿Dónde estaba? —En Covington. —Eso..., en Covington. El cuidador era un loco toxicómano... ¿Quién diablos necesita un cuidador nocturno en estos días en que todo está dado a los infiernos? En fin, debimos haber pensado primero en los depósitos y dejar de lado las míseras tiendas de comestibles. Si los demás no han pensado todavía en Knoxville o Chattanooga, podemos detenernos allí para aprovisionarnos convenientemente cada vez que nos falte algo —dio un brinco de pronto, con sorpresiva alegría. Escucha, ¡el fuerte de Oglethorpe queda justamente en las afueras de Chattanooga! Tengo verdaderas ganas de conseguir un rifle de repetición.

    Oliver se agachó y estiró el cuello para espiar atentamente entre los árboles. Después de largo rato abandonó su vigilancia y, ya despreocupado, se volvió para decirle a Gary con sarcasmo:

    —Dime, ¿qué crees tú que han estado haciendo durante todo este tiempo los soldados del fuerte Ogle-thorpe?
    —Supongo que habrán estado bebiendo Chattanooga seco, que es lo que yo necesito. Me gustaría coserlos a puñaladas. Está haciendo frío aquí.

    Oliver asintió y se dio la vuelta para proseguir la vigilancia.

    —Puedes echar una mirada, si quieres. Al parecer no hay ningún riesgo.
    —Me gusta mi escondite —replicó Gary, mordaz—. He estado vigilando largo tiempo..., la mayor parte del tiempo.

    Recogió sus útiles de comida; subió al altozano para recoger los de Oliver; los hacinó todos juntos en un desigual montón, y caminó hacia donde estaba estacionado el camión correo, medio escondido, provi-sionalmente entre el follaje. Le dio marcha atrás y cerró las puertas.

    El camión postal había sido todo un acierto; estaba bien camuflado en color verde oliva, que no pro-clamaba a gritos su presencia cuando se lo estacionaba fuera del camino. Poseía también la ventaja de estar construido en pesado acero, construcción que respondía a las disposiciones del gobierno para la manufactura de «transportes blindados». Gary había adaptado la capacidad de kilometraje del camión, añadiendo un in-yector de agua pulverizada al carburador e insuflando en las llantas una presión muy superior a la normal-mente calculada. Ambos amigos habían trasladado a este camión la carga de los alimentos y municiones desde el camión agrícola que venían usando hasta entonces, y se habían despedido de los restos de la civilización que quedaban junto a la margen del río. El camión correo no era nada cómodo y marchaba con pesadez, arrastrándose a través de las colinas a paso de oruga. Pero, indiscutiblemente, significaba para ellos y para las provisiones una seguridad que de otro modo no habrían alcanzado.

    Dos veces habían regresado a la margen del río, hasta el ansiado puente; justamente dos veces, una visita por mes.

    El teniente McSneary no había cambiado de opinión durante esas ocho semanas; y en las dos ocasiones, la respuesta resultó exactamente la misma y exactamente también estuvo presidida por el par de soldados que reforzaban la negativa con la ametralladora.

    En la primera intentona de regreso, Gary y Oliver encontraron a una docena de personas acampadas junto al extremo del puente, pacientemente dispuestas a esperar la cuarentena. Luego hubo una breve conversación del uno al otro lado, sostenida con los banderines de Oliver, y eso fue todo. Oliver concluyó por transmitir una sola y definitiva palabra dedicada al oficial; una palabra muy querida y usada por toda la tropa de los distintos cuerpos del ejército. El oficial le volvió, impertérrito, la espalda.

    La segunda y definitiva excursión hasta el puente había sido distinta. Ya desde alguna distancia observaron que el campamento de refugiados estaba abandonado. Una inspección más inmediata evidenció que el abandono había sido precipitado. Tres hombres yacían muertos junto a los tirantes de acero, tres hom-bres que aún estarían vivos si no hubieran intentado ciegamente un asalto contra la barricada. Las ametra-lladoras habían trabajado con rapidez. Oliver descendió del camión correo, recientemente adquirido, y repitió con el semáforo su demanda, evitando cuidadosamente mirar los cadáveres, pero incapaz de escapar a su hedor. La respuesta fue un cortante «no»; y después de eso, no contestaron nada más.

    Gary hizo girar el camión, y partieron de regreso.

    —Debiste haberles preguntado por nuestros sueldos —dijo.
    —Tengo una idea bastante clara de cuál habría sido la respuesta.
    —Los viejos camaradas no andan perezosos con el gatillo, ¿no?
    —¡No! Y me pregunto qué haría yo en su lugar.

    Después de transcurrir otras cuatro o cinco semanas, y llegado el tiempo de la visita mensual, ninguno de los dos ni Oliver ni Gary, aludió al viaje. Así, pues, permanecieron en las colinas, sin encontrar a nadie, obser-vando cómo los árboles cambiaban lentamente de color con la proximidad del otoño, y percibiendo la llegada de las noches frías y las escalofriantes madrugadas. Cuando podían, emprendían una gira hacia alguna granja solitaria, o bien hacia algún lugar cultivado de las laderas de la colina. En cada uno de sus merodeos, traían al refugio cuanto podían robar por el camino. La gallina y sus escasos huevos los habían conseguido de aquel modo.

    Ya habían transcurrido más de tres meses desde la fecha del bombardeo.

    Gary golpeó con el pie uno por uno los neumáticos del camión, para tantear su presión, y trajo una botella de agua sucia de una charca cercana para verterla en el radiador. Ni se molestó en fijarse cuánta tenían: sabía que había poca.

    De pronto, Oliver, que estaba con su rifle apostado del lado del bosquecillo, silbó entre dientes.

    Gary sacó violentamente su propio rifle de la cabina del camión y se tiró al suelo, rodando de costado, para alejarse del vehículo. Cuando llegó a refugiarse detrás del tronco de uno de los árboles, se detuvo y miró a Oliver. Este levantó un dedo y señaló hacia el oeste. Gary comenzó a arrastrarse lentamente, poniendo dis-tancia entre él y las cenizas del fuego y describiendo un círculo hacia el oeste, para alejarse por completo de su pequeño campamento. Se detuvo para ver quién venía.

    Era una mujer. Caminaba hacia ellos, sin el menor intento de ocultarse. Era alta, delgada, de cara morena y ojos celestes. Sus desnudos pies se apoyaban sin ruido y sin esfuerzo sobre el suelo, trasladando su cuerpo con una gracia peculiar. Llevaba un vestido de algodón y los cabellos despeinados. Alguna vez, el vestido había tenido un tinte rojo o marrón. Las piernas y los flexibles pies de la joven tenían un tono atezado que hacía juego con la ropa, y eran vigorosos a pesar de su delgadez. La visitante se detuvo a unos diez metros de Oliver y fijó la mirada en su rifle.

    —Hola —dijo.

    Oliver le hizo un gesto de recepción con la cabeza y escrutó, previsor, si aparecía alguien detrás de ella.

    —Hola. ¿De dónde vienes?
    —De allá —dijo, señalando las azules colinas que quedaban hacia atrás—. Esta mañana vi el humo que salía de aquí.

    Oliver agachó la cabeza para inspeccionar las cenizas.

    —¿Lo veías también hace poco?
    —Sí. ¿Acaso se está usted escondiendo?
    —Así es —Oliver la miró directamente a la cara.
    —Pues el humo lo delata. Debió haber usado buena madera.
    —No entiendo mucho de maderas.
    —Ya veo que no... Yo podría enseñarle.
    —¿Qué tú podrías...? ¿Y por qué? ¿Por qué me ayudarías, sabiendo que estoy tratando de ocultarme?

    La joven lo miró gravemente.

    —Porque tengo hambre —explicó.

    Oliver movió la cabeza con gesto de comprensión, vigilando todavía el camino por el que había llegado.

    —¿Me propones un trato?
    —Sí. Estoy sola.

    Con precaución, Oliver se incorporó sobre sus rodillas, inspeccionando siempre el área que estaba detrás de ella.

    —¿Por qué debo creerte? ¿Cómo puedo saber si en realidad estás sola?
    —Te he dicho que estoy sola —la muchacha se acercó unos cuantos pasos y se detuvo junto a Oliver, ob-servándole el rostro, que él alzó para mirarla—. Y Estoy horriblemente hambrienta. El otro hombre puede vigilar .
    —¿Qué otro hombre? —exclamó Oliver.

    Ella señaló con el gesto algo que estaba entre los árboles, a su izquierda.

    —Ese. Lo vi a él primero, cuando saltó del camión.

    Oliver estalló en carcajadas y se sentó en el suelo.

    —Sal de ahí, Gary. La pequeña exploradora te ha descubierto —volvió la cabeza hacia el cabo Gary, que salía de su refugio—. El ejército podría valerse de ella; no es tonta.
    —Quizá la aprovechemos nosotros —sugirió Gary, deteniéndose a cierta distancia y hablando a la recién llegada—. ¿Por completo sola?... ¿Dónde están tus parientes?
    —Murieron hace tiempo. Casi todo el mundo ha muerto. Mis familiares fueron a la ciudad para averiguar qué pasaba, y apenas regresaron murieron todos. Parece el fin del mundo, ¿no es cierto?
    —Lo es para nosotros —dijo Oliver—. Para ti, para nosotros, es el fin del mundo. El mundo sigue todavía dando vueltas allá, al otro lado del río, pero en este lado ha llegado a su fin. ¿Cómo te llamas?
    —Sally.
    —Bien venida, Sally —Oliver se levantó y se sacudió las rodillas, observando las piernas de la muchacha—. Toma la guardia, cabo. Voy a prepararle algo de comer.

    Y así, sencillamente, Sally se unió a los dos, desde ese instante.

    Que ella estaba decidida a quedarse con ambos se hizo evidente después de que Oliver le hubo preparado el desayuno y limpió y guardó por segunda vez en la mañana los elementos de cocina. Sally devoró todo lo que él cocinó, sin hablar a ninguno de los dos, pero observando los movimientos de Oliver con curioso y definido interés. Ella había indicado cuál era la madera adecuada para encender el fuego sin provocar humo delator. Concluidas sus instrucciones, se sentó con las piernas cruzadas y los pies recogidos bajo ella, esperando a que Oliver la alimentara. Comió sin disimular su gran apetito.

    Gary estaba en su puesto, como vigía de la colina.

    Antes de una hora, habían levantado el campamento y, una vez más, cerrando las puertas traseras del camión. Oliver trepó a la cabina y tomó su puesto detrás del volante, apoyando el rifle en el borde del asiento, junto a su pierna izquierda. Puso en marcha el motor. Sally lo siguió entonces y subió también al camión, dando un rápido brinco que le permitió sentarse al lado de él... y todo sin decir una palabra. Oliver la miró, estudió su cara por unos instantes, y luego tocó un corto y agudo bocinazo.

    Gary abandonó su puesto y bajó corriendo por la ladera, en dirección al camión. Con un pie ya apoyado para subir, se detuvo clavando los ojos en Sally.

    —Buena compañera —comentó Oliver, sonriendo con burlona satisfacción.
    —¿Compañera tuya? —recalcó Gary.
    —Seguiremos como hasta ahora: yendo a medias en todo— le contestó Oliver—. Nos desenvolveremos mejor asociados los tres.

    Gary vaciló, pero sólo un instante; saltó a la cabina y cerró rápidamente la puerta.

    —Está bien —liberó a su hombro del peso del rifle y apoyó la culata sobre los tablones del piso—. Me pa-rece muy bien.

    Oliver puso el camión en movimiento y lo lanzó hacia adelante, a través de la falda de la verde colina, buscando el solitario camino de tierra que los conduciría otra vez a la carretera. El asiento estaba repleto con los tres pasajeros, cuyos cuerpos se apretujaban entre sí. El silencio llenó la cabina mientras recorrieron el serpenteante caminito que conducía a la carretera, hasta que se orientaron hacia el sur y empezaron a abandonar las colinas, para entrar en las planicies de Georgia y Alabama. El cielo permanecía nublado y frío.

    Después de un rato, Oliver rompió el silencio.

    —El cabo y yo somos camaradas.

    La muchacha pareció confundida.

    Oliver interpretó correctamente su desconcierto.

    —Gary es cabo —aclaró.
    —Entonces, ¿está en el ejército? —interrogó Sally con curiosidad.
    —Es nuestro héroe, con medallas y todo —se interrumpió cuando vio que estaba aumentando la confu-sión de su oyente—. Ambos somos soldados —le aclaró mientras sentía los ojos de ella fijos en su cara—; so-mos camaradas... Lo compartimos todo.

    Sally tardó en contestar; se concentró en la cara de Oliver, estudiando sus ojos y su boca. El camión avan-zaba con estrépito por la carretera.

    —Me gustas —dijo al fin.
    —Gracias... Aprecio hasta el infinito tu cumplido —Oliver retiró brevemente la atención del camino y envolvió a su compañera en una cálida sonrisa—. También tú me gustas..., pero eso no altera los términos de nuestra asociación. Entre el cabo y yo todo va siempre... a medias.

    Sally consideró la situación.

    —¿Quieres decir que tengo que ser igualmente amable con los dos?
    —Eso es —confirmó Oliver—. O no serlo con ninguno.

    Nuevamente pasó un largo silencio por la colmada cabina. Sally volvió de pronto su cabeza para estudiar a Gary. Examinó sus ojos y su boca como si fueran lo más importante para ella, como si fueran las llaves que abren y descubren lo más íntimo de los caracteres. Sus miradas se encontraron, se entrelazaron, con todavía ninguna inclinación decisiva. Cuando la muchacha volvió concentrarse en el perfil de Oliver, Gary retornó a su vez a observar el paraje, en previsión de cualquier acontecimiento inesperado.

    El camión postal rodaba rápidamente a través de una desconocida ciudad de Tennessee, que aparecía completamente desierta. Todos los pequeños almacenes habían sido asaltados y destrozados: las ventanas apa-recían deshechas, y astilladas puertas se veían colgando de sus bisagras. En un porche, el cadáver de un perro congregaba a las moscas. El camión salió por fin del lugar, y las últimas casas se fundieron allá atrás.

    El espectáculo de la silenciosa ciudad hizo reaccionar a la muchacha.

    —Está bien —dijo de pronto—. Llegaréis a gustarme los dos... mitad y mitad.
    —Me satisface oírtelo —comentó Oliver.
    —Pero te prefiero a ti —concluyó ella enfáticamente. Tardaron varios días en recorrer la ruta hacia el sur, hacia el golfo de Méjico, evitando siempre las grandes ciudades, utilizando solamente las vías menos fre-cuentadas y, algunas veces, los polvorientos caminos de tierra. Ocasionalmente encontraron y aun alcanzaron y pasaron otro automóvil; pero al cruzarse, los ocupantes de ambos vehículos se miraban unos a otros con intensa desconfianza, pronto a disparar sus armas. Ninguno de ellos se detuvo. No hubo ninguna indagación ni intercambio de noticias. El rasgo humano de la curiosidad, el deseo de averiguar, parecía haberse desvanecido por completo.

    Pero en Sally subsistía la capacidad de admirarse. Se puso fuera de sí por la sorpresa y el deleite cuando tuvieron el mar ante la vista. Revelaba, sin palabras, que jamás antes había visto el océano.

    El trío pasó los meses de ese apacible invierno en una larga y despejada franja de tierra que sobresalía de entre las aguas del golfo, a veces verdes, a veces azules. Era una arenosa isla que yacía como un largo dedo desprendido de la zona continental del oeste de la Florida y a la que se podía llegar sólo a través de un pasadizo de troncos. No hallaron allí signos recientes de habitación. Después de que Gary hubo acarreado las provisiones que estimaron necesarias para el transcurso del invierno, él y Oliver se dedicaron a utilizar el pa-sadizo que conducía a la isla para evitar que ningún otro vehículo pudiera seguirlos. Escondieron los tablones en una desvencijada casilla de botes y se establecieron en una inmediata cabaña de pescadores.

    El camión quedó estacionado junto a la cabaña, hacia el lado del mar, para ocultarlo de quienes pudieran observar desde el continente, y una parte de las provisiones de invierno fue descargada y guardada en la cabaña. Sólo cuando hubieron pasado varias semanas de absoluta soledad, Oliver y Gary abandonaron el hábito de alternarse en las guardias todas las noches. Muy rara vez, el precipitado rugir de un coche lanzado a gran velocidad podía percibirse proveniente del camino paralelo a la costa; pero ninguno se detuvo nunca, ninguno intentó jamás inspeccionar la islita. La vigilancia fue disminuyéndose lentamente, y una sensación de casi seguridad los envolvió.

    La cabaña contenía, además de una pequeña estufa, una cama estrecha que sin previa discusión le fue adjudicada a Sally. Los dos compañeros se echaban a dormir en el terreno que se extendía delante de la casa o bien sobre la misma arena de la playa. Sally, en completa y silenciosa aceptación del pacto de camaradería, era complaciente con los deseos de ambos; pero, según pasaba el tiempo, fue inclinando cada vez más intensa-mente sus preferencias hacia Oliver, y le resultaba difícil disimularlo.

    Sally estaba admirada por el encantado del mar, y gozaba vadeando con sus piernas desnudas la ondulan-te superficie, cerca de sus amigos, mientras ellos pescaban. La pesca era una actividad diaria en la vida del trío.

    —¡Ese teniente...! —exclamó Oliver en cierta ocasión, como si hablara al distante horizonte. Puso una carnada en el anzuelo y arrojó la línea en aguas más hondas.
    —¿Qué hay con él?
    —Sigo pensando en su precioso puente.
    —Puede guardárselo —le replicó Gary, adentrándose más en el mar. El blanco y arenoso declive de la playa continuaba suavemente bajo el agua, obligándolos a internarse unos veinte o veinticinco metros para alcanzar una profundidad que favoreciera la pesca. El mar era transparente y tranquilo, tan claro que Gary podía ver sus propios pies hundidos en el fondo—. Que le aproveche su puente. Yo me quedo con esto.
    —Sin embargo, su situación no es muy agradable —insistió Oliver—. No me gustaría estar en su lugar... Suponte que los de su familia estuvieran en el lado condenado. ¿Qué harías tú en su lugar?
    —Maldito si lo sé... Juntarme con ellos, supongo —Gary recogió pensativo su línea—. No me gustaría tener que ametrallar a mi propia gente.

    Sally se internó más en el agua y se detuvo detrás de Gary, observándolo.

    —Por otra parte —argumentó Oliver—, tampoco te echarías a andar, difundiendo la plaga por los estados del oeste. Ese hombre se ve obligado a predicar la impiedad... Lo siento por él; lo siento mucho. Si tú y yo hubiéramos iniciado a cruzar el puente, él no habría vacilado en hacer fuego. Careciendo de órdenes contra-rias, ¿qué otra cosa podía hacer? Pero ¿qué habría hecho si su propia esposa hubiera intentado cruzar?... ¿o sus hijos?... ¿Puede un hombre obedecer órdenes hasta el extremo de matar a su mujer y a sus hijos? Habría tenido que resolver el problema de acuerdo con su conciencia. ¡Y la solución es bien difícil!
    —¡Tonterías! Los oficiales no tienen esas vacilaciones.
    —Sí las tienen, sólo que uno no las ve. Creo que no me gustaría estar observando al teniente mientras to-mara una determinación como esa.
    —Yo me quedo con esto, y muy agradecido —dio media vuelta y enlazó con el brazo la cintura de Sally—. Total, es como una licencia de seis meses.
    —Lo mismo digo —Oliver contempló distraídamente su línea tendida y luego se concentró otra vez en el distante horizonte; sus pensamiento volvieron casi en seguida al discutido oficial—. Pienso que su posición actual es insoportable. Yo no podría mantenerla por mí mismo; pero su permanencia allí me obliga a recono-cer que tiene redaños. Me pregunto si podrá mantenerse así un año entero.

    Gary se sobresaltó.

    —¿Crees que esto puede durar tanto tiempo?
    —No me sorprendería —Oliver puso rápidamente su línea en tensión, observándola, muy atento, antes de aflojarla—. Es lo más posible, en realidad. Nos mantendrán incomunicados mientras exista un vestigio de duda..., y eso puede durar mucho tiempo —cambió la posición de sus pies, hundidos en la arena del fondo, y se volvió para que el sol le calentara el pecho y el estómago—. Yo no estoy muy impaciente. Claro, que, si estuviera en lugar de ellos..., en los cuarteles, quiero decir... enviaría periódicamente patrullas a través de todos los puentes, para recoger muestras y hacer pruebas. Sí, las enviaría hasta bien tierra adentro.
    —¿Para qué? —preguntó Gary—. ¿Hacer pruebas de qué?
    —Del agua, la tierra, los cereales, el ganado... y es que todavía puede hallarse algo de eso. Examinaría los pantanos y las cúspides de las montañas. Haría un muestrario de los diferentes tipos de pintura que se descascaran de los edificios. En una palabra: analizaría toda sustancia capaz de esconder un cuerpo extraño.
    —Algunas veces hablas como si fueras un maestro de escuela.
    —Sí, es cierto; a veces todavía lo hago. Pero, volviendo al asunto, las patrullas podrían recoger residuos y analizarlos para ver si subsiste la contaminación. Cuando el material de análisis no revele ya ningún peligro, la crisis habrá terminado, excepto en lo que respecta a concluir con los vagabundos.
    —Excepto en... —Gary se desprendió bruscamente de junto a Sally—. ¿Cómo nosotros? —preguntó abiertamente.
    —Sí, como nosotros —confirmó Gary—: portadores latentes del virus, aparentemente inmunes, pero en realidad verdaderos sembradores de muerte con sólo respirar.
    —¡Pero esto es infernal! ¡O nos disparan por atrevernos a cruzar el puente, o nos matan porque aún seguimos vivos en este lado! ¿Qué va a ser entonces de esta endemoniada región? —Gary arrojó bruscamente su línea.

    Sally se separó de él para acercarse a Oliver.

    —Quizá el futuro no alcance a ser tan malo como suponemos —puntualizó Oliver, condescendiente y en apariencia totalmente despreocupado en cuanto a su porvenir—. Puede no serlo cuando ellos se decidan a tenernos en cuenta. Todo depende de la tendencia que prevalezca en el alto mando... y del estado en que se encuentre la medicina en la época en que reabran los puentes. Si los vagabundos supervivientes podemos ser esterilizados y sanados gracias a algún nuevo y revolucionario descubrimiento médico, entonces lo más pro-bable es que se nos dé la bienvenida cuando nos reintegremos al país. Pero si no..., bueno, entonces será evidente que nosotros estaremos obstruyendo la reconstrucción de la patria.
    —¡Oh! ¡Fantástico! Ya me estoy viendo a mí mismo impidiendo la reconstrucción. ¿Es posible que no posean nada para curarnos?
    —Es difícil saberlo. La ciencia ha logrado magníficos adelantos en ciertos aspectos, pero todavía per-manece detenida en otros. Creíamos, por ejemplo, que la bomba atómica volvería inhabitables por miles de años las zonas donde cayera. Sin embargo, después de un bombardeo, se puede regresar pasado un tiempo relativamente corto. Hasta que dejé de ganarme la vida como profesor, no se conocía todavía ninguna terapia para situaciones como la tuya y la mía... y la de Sally.
    —¿Y qué hay de esa cuestión fundamental que nombran los libros de aquella biblioteca?...
    —¿Las vacunas?... ¡Oh!, las vacunas ya existen, sí; pero sólo actúan como elementos preventivos: no son antídotos que puedan utilizarse después de un año o más de adquirido el bacilo —Oliver tenía los ojos per-didos en el punto en que el mar besaba el horizonte—. Me parece recordar que había ya vacunas para uno o dos tipos de toxinas del botulismo; pero ha pasado demasiado tiempo, y ahora sería completamente inútil para nosotros el uso de antitoxinas. En cuanto a la peste neumónica..., quizá, escasamente quizá, podrían servir de alguna ayuda la sulfadiazina y la estreptomicina, siempre y cuando se aplicaran inmediatamente.

    Sally rompió su silencio.

    —¿Es muy grave esa peste, Jay?
    —Lo más grave que puede imaginarse. Sally. Nuestra única esperanza está en que la medicina encuentre algo nuevo durante el próximo año; quizá algo basado en las vacunas ya existentes.
    —Pero, respecto a esas pruebas —intervino Gary—, ¿cómo podrían llegar las patrullas a este lado y luego regresar sin haber contraído la peste? —Gary había olvidado su línea y estaba pendiente de Oliver.
    —Podrían usar trajes herméticos: algo parecido a esos trajes contra las radiaciones atómicas que deben usar las brigadas de limpieza en las zonas bombardeadas. Yo instalaría una cámara de desinfección en uno de los extremos del puente y trabajaría desde allí. Enviaría las patrullas, vestidas con sus trajes apropiados, a recoger las muestras para los análisis de laboratorio; a la vuelta de su misión los haría entrar en la cámara, y luego quemaría los trajes si fuera necesario. Todo se haría con relativa facilidad, si hubiera un laboratorio de la categoría adecuada. Bastaría una serie de patrullajes de ese tipo para determinar definitivamente el momento en que cesara el peligro..., si es que cesa alguna vez.

    Se entregaron nuevamente a la pesca. Sally se acercó todavía más a Oliver y se cogió de su brazo, observando cómo se formaba una pequeña ola, que luego se encrespó y vino a romperse contra sus piernas.

    Ninguno de los pescadores tuvo una tarde afortunada. Al cabo de un rato, Gary se separó de los otros dos y se alejó hacia la playa, tirando y recogiendo lentamente la línea, pero sin ningún éxito. Estaba parado con el agua casi hasta las caderas, cuando oyó un automóvil que pasaba de largo por el camino, y de inmediato aguzó el oído para seguir su itinerario. Era el primer coche que pasaba cerca de ellos en casi un mes. El auto no disminuyó la marcha y muy pronto se hizo inaudible mientras se alejaba rápidamente hacia el oeste. Gary regresó junto a la pareja, arrastrando descuidadamente la línea tras él.

    —¿Sabéis una cosa? —sugirió cuando llegó cerca de ellos—. ¡Hay una posibilidad de cruzar el Mississipí.
    —¿Tú crees? —preguntó Oliver.
    —Estoy seguro. Observé ciertos detalles cuando insistíamos en dar vueltas alrededor de aquellos puen-tes...; en algunos por lo menos. ¿Te fijaste en las pequeñas señales que había cerca del agua? Estaban allí para advertir a los botes. Lo escrito en las señales decía que no debía echarse allí ningún ancla, porque había un ca-ble que cruzaba el río. Esos cables siguen el lecho del río hasta la ribera opuesta y resurgen a la superficie en algún punto de la costa. Si yo pudiera conseguirme una escafandra y arrastrarme a lo largo del cable...

    Oliver no contestó; siguió observando el mar.

    —Yo podría cruzar de esa manera —insistió Gary.
    —Suponiendo que consiguieras eludir a los centinelas que esperan en la otra orilla, ¿cuánto tiempo podrías permanecer vivo, una vez allí? ¿Cuánto tiempo estarías sin ser descubierto?
    —Me ocultaría de inmediato.
    —No lo lograrías por mucho que te esforzaras. ¿O es que no has escuchado lo que te he dicho antes... Irías sembrando la peste. Hasta un ciego podría seguirte el rastro.
    —¡Idioteces! Yo estoy inmunizado.
    —Pero es que la inmunidad no es lo que tú piensas. Además, la gente del otro lado no está inmunizada. Tú propia inmunidad no cubriría la de ellos, no los salvaría de una muerte segura, motivada por tu simple pre-sencia. Tu inmunidad significa solamente que tú, y exclusivamente tú, no eres presa de la enfermedad... hasta ahora por lo menos. Lo mismo que Sally y que yo, estás temporariamente protegido contra el mal. Por eso los tres estamos todavía vivos. Y además, Gary, tu inmunidad puede durarte toda la vida (es lo que pasa normalmente), pero también puede concluirse un día u otro. Confío en Dios de que no cruzarás a través del río o bajo él, como piensas. Sólo conseguirías reiniciar esta tragedia desde su principio.
    —Está bien... Dejemos el asunto —Gary sabía que lo mejor era cambiar de tema—. Da por supuesto que jamás te he hablado de esto. ¿Por qué no suspendemos la pesca? Hoy no pica ningún pez.
    —Espera un segundo —dijo Oliver, y levantó una mano para hacerse sombra contra el resplandor del sol.
    —¿Qué pasa? —Gary miró en la misma dirección que Oliver.
    —Me pareció ver un barco de vela. No estoy seguro, pero durante las dos últimas horas he creído divisar una vela allá al fondo.

    Sally observó a su vez, y luego miró a Oliver con sorpresa.

    —¡Es que hay una!
    —¿Dónde? —preguntó Gary—. ¡Cuánto me gustaría tener ojos de águila!
    —Por allí —Sally señaló hacia el sudeste—. Primero estaba allí —dijo indicando el oeste—, y ha hecho todo ese recorrido.

    Vendrá probablemente de Nueva Orleans o de Mobile —sugirió Oliver—. Va con rumbo a algún punto del sur de la península.

    Gary no distinguía nada y se quedó callado. En vez de observar el horizonte, dejó caer su mirada para contemplar cómo se arremolinaba el agua junto a las piernas de Sally, haciendo caprichosos arabescos.

    El mar se levantaba en pequeñas olas que se estrellaban contra las separadas piernas de la muchacha, for-mando remolinos y salpicando espuma. En quieta contemplación, Gary dejaba que el movimiento del agua y la espuma despertaran fantásticas imágenes en su cerebro.

    —Está bien —dijo Oliver, al rato—. Vamos a comer.

    Cuando llegó el día que supusieron era Navidad, lo festejaron nadando en el agua, ya más bien fría, y ten-diéndose luego toda la tarde en la tibia arena de la playa. Sally reposaba en medio de ambos, extasiada como de costumbre con el ruido del mar que flotaba sobre su cabeza. El programa no era por cierto nada fuera de lo ordinario; pero tampoco había nada nuevo que poder hacer, ningún modo distinto de celebrar una fiesta. Gary le regaló a Sally una cadena con eslabones de madera, que había estado tallando durante semanas y que después mantuvo oculta para entregársela ese día. Oliver se contentó con tenderse sobre la arena y descansar sus ojos en el cuerpo de Sally. Le pareció que la joven estaba más gruesa.

    Y cuando juzgaron que había llegado la noche de Año Nuevo, todo se limitó a que, después del anoche-cer, Gary abriera de golpe la puerta de la cabaña y entrara apuntando con el índice y gritando:

    —¡Pum!
    —¡Vete al diablo! —exclamó Oliver desde la oscuridad.

    Gary se echó a reír y abandonó la pieza.

    En realidad, ninguno hacía un verdadero esfuerzo por determinar el tiempo, por calcular los días o las se-manas que pasaban, pero, en tácito acuerdo, esperaban la llegada de la estación tibia.

    Estarían más o menos a fines de enero, o quizás a principios de febrero, cuando las provisiones que quedaban en el camión fueron trasladadas a la cabaña. Esto significaba que habían consumido la mitad de sus alimentos; pero la estación estaba ya muy avanzada, y no era de temer que los víveres se agotaran antes de la primavera. Después de vaciar el camión, Oliver cogió a Gary por una manga y lo sacó a tirones de la cabaña. Los dos marcharon hacia la playa, en silencio.

    —¡Vamos, habla! —prorrumpió Gary—. Hace varios días que algo te preocupa.
    —Es un poco difícil —contestó Oliver, y siguió caminando con la vista fija en el agua, pateando de tre-cho en trecho la arena seca.
    —Es la primera vez que te veo vacilar con las palabras. ¡Habla de una vez! ¿No lo compartimos todo?
    —Precisamente es eso —aventuró Oliver—. Se trata de nuestro pacto...

    Gary detuvo sus pasos.

    —¿Qué?... ¿Quieres romperlo?
    —¿Te has dado cuenta?
    —Me he dado cuenta ahora mismo, por tu comportamiento. Bueno, ¿y por qué?

    Oliver se detuvo y se enfrentó a Gary.

    —Cabo, hay algo que está por suceder. Me parece mejor que rompamos nuestro pacto —frunció el entre-cejo y dio un nuevo puntapié a la arena—. Sally piensa lo mismo.
    —Explícate —le ordenó Gary.
    —Bueno..., sucede que... uno de nosotros va a ser padre.

    Gary guardó silencio ante aquella noticia. En realidad no era una gran sorpresa, si bien no había pensado en ello. Desde hacía meses se había impuesto el hábito de tomar a Sally como algo convenido, aceptándola de tanto en tanto, sin más compromiso que a cualquier otra mujer, como una buena cocinera, como un agradable pasatiempo. Ahora se había agregado este nuevo factor. De inmediato la situación se presentó claramente ante él. Las complicaciones lógicas y previsibles surgieron como una amenaza a la relativa paz de que gozaban.

    —De modo que uno de nosotros... —comentó al fin—. Bueno, ¿y qué se hace cuando pasa esto? Debere-mos felicitarnos el uno al otro... ¿Qué te parece?
    —No tengo ni idea —dijo Oliver, desesperado—. Nunca me sucedió hasta ahora. Y no puedo saber de quién es la criatura... Eso es lo que me trastorna. Sally... Bueno, tampoco ella lo sabe.

    Una leve sonrisa afloró a los labios de Gary.

    Oliver se apresuró a arrancársela.

    —¡Me niego a considerar en broma el asunto, y tampoco voy a soportar frasecitas irónicas! Por eso quiero disolver nuestra sociedad, ¡ahora mismo! Quiero evitar que tú...
    —¡Demonios! ¿Qué pretendes?
    —Cabo —Oliver vaciló dolorosamente, y luego se lanzó a lo más difícil de su planteamiento—. Quiero ser yo el padre... y Sally también lo quiere —dijo esto lentamente, consciente de que sus palabras marcaban el fin del pacto que los unía.
    —¿Así que quieres ser tú el padre? Pero creí que habías dicho...
    —¡No sostengas una farsa indigna! —cortó Oliver—. He dicho lo que he dicho. Y Sally está... Sabes lo que quiero decir. Pero esto no podemos compartirlo. Ten en cuenta... qué pensaría el niño. Quiero ser yo el pa-dre; sólo yo.

    Gary miró a su camarada en significativo silencio. ¿De modo que así terminaba esto?

    —Está bien —dijo—. Sabré aceptar tu determinación.

    Casi avergonzado, Oliver le tendió la mano.

    —Gracias, camarada —dijo, sin mostrar el menor esfuerzo en disimular su satisfacción ante el resultado final—. ¡Esa maldita candidez tuya! Sally y yo hemos conversando mucho sobre el asunto. No sabíamos qué hacer. La llegada del niño la asustaba un poco, pero, la asustaba más la idea de vernos a los dos peleándonos. Voy a decirle que todo está aclarado —volvió sobre sus pasos hacia la cabaña, con una amplia sonrisa be-nignamente encendida en su rostro—. ¡Ah!, cabo, —agregó como despedida—: si pasas por acá el próximo invierno, ¿te detendrás a vernos? ¿Vendrás a ver a mi hijo?
    —Haz el favor de no apremiarme —protestó Gary—. Todavía me quedaré un tiempo por aquí.

    Fue una promesa vana e irreflexiva. Se marchó antes de una semana, demasiado consciente de la repen-tina tensión que se había creado entre Sally y él y vagamente incómodo a causa de ello. Tanto Sally como Oli-ver intentaron aparentar que nada había cambiado y que el viejo trato de todo a medias mantenía aún el vínculo entre el trío. El intento fue nulo, y la tensión se hizo insoportable. Gary permanecía fuera de la cabaña tanto como le era posible, y casi no hablaba con la muchacha, recordando, entretanto, las aventuras vividas junto a Oliver y lamentando, íntimamente, la inevitable separación.

    —Hemos pasado nuestros buenos momentos —solía decir Oliver.
    —¡Vaya si los hemos pasado! Me encantaría volver a congelarme en aquellas malditas colinas, tratando de convencerte de que partiéramos hacia el sur.
    —Era un buen escondrijo...

    Y un día, Gary cargó sus bolsillos con municiones, llenó de alimentos una mochila, y tomó un revólver y un pesado rifle para protegerse. En el momento de la partida, estrechó las manos a Oliver, y esbozó de lejos un beso ligero y mudo para Sally, que permanecía estática en la puerta de la cabaña. Ella levantó la mano para devolvérselo, pero luego reprimió su propio gesto.

    —¿Hacia dónde piensas marchar? —preguntó Oliver.
    —No lo sé. Posiblemente tomaré otra vez mi ruta junto al cauce del río..., corriente arriba, tal vez —in-sinuó Gary, encogiéndose de hombros con indiferencia, casi con desconcierto.
    —¡Nada de cruzar prendido al cable, ¿eh?
    —No; nada de cable —aseguró Gary—. Y vosotros seguid siempre alerta.
    —Lo haremos —prometió Oliver, asintiendo sombrío—. ¡Haz tú lo mismo!

    Dándole la espalda, Gary abandonó la isla y se abrió camino a través del pasadizo parcialmente desmantelado. Una vez que cruzó la abertura de donde habían sido arrancados los tablones, acomodó la mochila en una posición más cómoda y se encaminó a paso largo hacia la lejana, solitaria carretera.

    Entonces le llenó el pensamiento un breve recuerdo de Sally, un grato recuerdo; pero no miró hacia atrás, para ajustar su última imagen a la que ocupaba su espíritu.

    La sociedad estaba disuelta.


    Capítulo VI


    Gary escrutó la oscuridad de la ribera y esperó sin emoción el estampido. Sí, decididamente la vieja mujer estaba loca: nunca lograría arrastrarse hasta el otro lado del puente. Las sombras de la noche no podían protegerla; nada podían las sombras frente a las lámparas infrarrojos y los rifles con miras telescópicas de los guardias.

    El rifle disparó su metralla en la oscuridad. Adiós, pobre mujer.

    Gary se echó de espaldas sobre la áspera tierra y quedó abismado en el cielo cubierto de nubes y sin luna. La noche era caliente y pesada, una típica noche de pleno verano junto a la orilla del río, en Illinois. Quizás llovería esa misma noche o al día siguiente. No importaba. Un ruido lo puso alerta.

    Gary se volvió boca abajo hasta hundir la barbilla en tierra. Lentamente, con mucho cuidado, levantó el rifle a la altura de los ojos, procurando apagar con la presión de sus ropas el delator chasquido del seguro, para que al ser corrido no provocara ninguna peligrosa respuesta en el silencio nocturno.

    Casi en seguida distinguió una masa oscura que se movía no lejos de él: La masa fue deslizándose en tres formas precisas mientras se aproximaba, y Gary distinguió a tres hombres cruzando el campo inmediato. Se movían en la noche con una cautela nacida de la larga práctica, pero traicionaban su presencia a causa de su número. Gary esperó. Ellos no se detuvieron. No hicieron el menor intento de inspeccionar la zona donde él estaba escondido.

    Se mantuvo alerta hasta que los hombres se alejaron.

    Un hombre, una mujer, inclusive un niño, sólo podían sobrevivir por su astucia y su carácter. El cambio se había producido con rapidez en el año que siguió a la calamidad. Por más adentro, por más profundamente maniatado que hubiera estado el instinto natural del hombre, había aflorado rápidamente a la superficie y dominaba en todos los que todavía seguían vivos. Los sentidos se habían vuelto primordiales y a menudo se-ñalaban la línea divisoria entre los que caían y los que quedaban. Mientras viajaba desde el sur, durante la primavera y los comienzos del verano, Gary observó a solitarios saqueadores que asaltaban las granjas corriendo grandes peligros. Otra vez vio a una cuadrilla de hombres armados quemar una casa hasta los ci-mientos y llevarse cuanto querían... a costa de la vida de cuatro o cinco de los del grupo.

    Gary no tenía rumbo fijo; no lo guiaba nada, fuera de un vago deseo de ver hasta dónde podía remontar el Mississipí, encontrando siempre tropas sobre la orilla. Alguien proveniente del norte, con quien tropezó en su viaje, le había dicho que la vigilancia se extendía sin debilitarse hasta el límite con Canadá; pues después de que el río terminaba (o más bien empezaba en uno de los lagos de Minnesota), las tropas patrullaban todas las vías terrestres hasta la frontera. La Guardia Montada del Canadá vigilaba a partir de aquel límite, pero las posibilidades de deslizarse a través de la guardia canadiense eran nulas, porque Estados Unidos había re-forzado la vigilancia fronteriza, y las incursiones amistosas hacia el norte estaban prohibidas.

    Gary se acomodó sobre el duro suelo y apoyó el rifle en el hueco de su brazo. Tenía la barba tan larga, descuidada y sucia que le picaba continuamente. Volvió a preguntarse cuándo levantarían la cuarentena. To-davía no había advertido la presencia de grupos de exploración que hubieran cruzado el lado infecto del río para tomar muestras destinadas al análisis, según predicaba el maestro Oliver cuando estaban en la playa. Los pasos sobre el río permanecían clausurados. Nadie cruzaba de un lado al otro. Varias veces había advertido la presencia de algún avión ocasional que sobrevolaba la zona, pero sus ocupantes jamás intentaron establecer comunicaciones con la gente como él que esperaba abajo. Supuso que eran sólo vuelos de reconocimiento, destinados a fotografiar ciudades y tal vez, también, a la gente que estaba al descubierto, observando el paso del avión.

    Sí, había transcurrido un año entero, y aún más quizá.

    El maldito comando era el responsable.


    Capítulo VII


    Gary esperaba mientras chorros de sudor le corrían por el cuello. Sabía lo cerca que estaba de aquellos hombres, y se sentía muy intranquilo. Estaban detrás de él; se arrastraban, moviéndose lentamente, aunque sin demostrar audacia ni bravura, dado lo que eran, pero acercándose a pesar de ello, porque él estaba solo y ellos eran tres. Gary apretó el rifle entre sus rodillas y esperó, tenso.

    —¡No te muevas!

    Gary se irguió en un salto de simulada sorpresa y luego se quedó quieto, esperando que se manifestara el hombre cuya voz lo había conminado. La voz no le resultó en exceso inesperada. Era estridente y nerviosa, pero con cierto dejo de bravata, reforzado por el arma que su poseedor apretaba contra la espalda de Gary. El individuo debía de tener dos compañeros. Sí, seguramente eran tres; Gary no había podido distinguir bien el número a través de los sordos rumores de su lento aproximarse. Había sido un avance afanoso, y Gary pudo percibirlo con claridad mientras se mantenía de espaldas, con una nerviosa comezón que lo torturaba.

    —¡Tira ese rifle —la fustigante voz habló de nuevo—. Y ahora ponte de pie... sin brusquedades.
    —No tengo nada —dijo Gary con voz calmada.
    —¡Silencio! —el tono del bravucón era más evidente ahora que Gary estaba desarmado y en desventaja física frente al trío.

    Las manos se alejaron de su cuerpo, y la segunda voz se hizo escuchar.

    —No tiene nada, Harry.
    —Será mejor que no tengas ocurrencias absurdas —le previno el llamado Harry.
    —Esa arma... —dijo Gary—. Nunca he visto una igual. ¿Qué es?
    —Nada de tu incumbencia —el dueño del arma se acercó hasta un objeto que yacía en el suelo, sin dejar de apuntar a Gary con la escopeta—. ¿Y eso qué es?
    —Nada de tu inc... —Gary interrumpió la réplica no bien el arma del otro apuntó a su estómago—. Un equipo de buceo •—replicó malhumorado.
    —¿De dónde lo sacaste?

    Gary vaciló lo suficiente como para imbuir en su interlocutor la sospecha.

    —Lo encontré.
    —Eres un embustero.
    —Bueno... lo saqué de una tienda.
    —Échale una ojeada a eso, Sully.
    —Está bien, Harry —dijo el otro por todo comentario.
    —Extiéndelo ahí —pidió Harry—. Vamos a echarle un vistazo.
    —A mí me parece una máscara para gases.
    —Es un equipo de buceo —repitió Gary.
    —¿En qué pensabas usarlo?
    —No sé... Hace poco que lo encontré...

    No le creían.

    —¿Dónde? —urgió Harry, mientras golpeaba la máscara con su raído zapato—. ¿Qué tipo de tienda tenía semejante utensilio? Contesta y termina con las mentiras.
    —¡No estoy mintiendo! Y no lo golpes... Acabarás rompiendo el vidrio que cubre los ojos.
    —Haré con ella lo que me dé la gana, ¿te das por enterado? —el matón blandió el arma amenazadora-mente y asestó otra patada a la máscara—. Quien manda aquí soy yo. ¿Qué tipo de comercio era?

    Uno que queda allá, en la ciudad —dijo Gary, malhumorado mientras señalaba imprecisamente a sus espaldas—. Era el negocio de un barquero. Allí se vendían repuestos para botes y cosas de ese tipo. En el es-caparate estaba esto. De ahí lo saqué.

    —¿Ah, sí? Tú lo que esperabas eran gases venenosos, imagino. Pero suponiendo que fuera un equipo de buceo, ¿para qué te iba a servir?
    —No sé... —dijo Gary, con cautela—. Ellos lo usan para descender a las embarcaciones que han naufragado.
    —A mí me sigue pareciendo una máscara para gases... —Harry espió a Gary con recelo, erizándose de sospechas e incredulidad—. ¿Acaso ibas a investigar alguna embarcación sumergida?
    —Por supuesto que no. Simplemente lo traje conmigo; eso es todo.
    —Eres un embustero —repitió Harry.

    Uno de los otros se acercó hasta él.

    —Harry...
    —¿Qué?
    —Ya sé... ya sé qué es lo que este quería hacer.
    —Bueno, ¿qué quería?
    —Pensaba ponerse esto y nadar hasta el otro lado.

    El jefe le arrojó a Gary una mirada llena de asombro y luego se volvió a su camarada. Después, sopesó la botella metálica.

    —No es posible —declaró—. Ellos lo verían pasar.
    —¡Por debajo del agua, Harry, por debajo del agua! —Sully brincaba junto al equipo, en su agitación por evidenciar la importancia de su descubrimiento. Palmeó la botella con violencia—. En esta botella hay aire... tú sabes: ese chisme que produce aire condensado... ¿Cómo se llama? ¡Te digo que éste pensaba nadar por debajo del agua y cruzar el río!
    —¡Maldito sea yo!... —dijo lentamente—. ¿Cómo no se me ocurrió a mí pensarlo antes?
    —Eso es mío —dijo Gary con rapidez, para retornar la conversación al asunto principal—. Tú no puedes llevártelo.
    —Puedo tomar cuanta maldita cosa se me antoje, ¿está claro? Pregúntale a estos dos quién es el jefe aquí —avanzó hacia Gary para apretarle la boca del arma contra la cintura—. Así que me mentiste, ¿no? Pretendías cruzar río y no querías decírmelo, ¿eh? Tengo grandes tentaciones de apretar el gatillo.

    Gary dijo apresuradamente.

    —Podemos hacer un cambio, Harry. Esa arma que tú tienes me interesa. Tal vez lleguemos a un acuerdo. Yo me quedo con el arma ¡y con la máscara! —el bravucón retrocedió unos pasos—. Sully, ven aquí.

    El hombrecillo se colocó a su lado.

    —Sí, Harry.
    —Ponte eso. —¿Yo?... —Sully estaba horrorizado—. Pero, Harry, ¡yo no sé nadar!
    —¿Y quién ha dicho que tú vas a nadar? —vociferó Harry—. Te digo que te pongas eso. Tenemos que probarlo, ¿no es cierto?

    Sully manipuló infructuosamente con la máscara.

    —No sé cómo, Harry, no sé cómo... No me gusta esto.
    —Él te enseñará —concluyó Harry terminante, mientras movía el arma para apuntar directamente a Ga-ry—. Vamos, ponle eso... Y te aconsejo hacerlo sin equivocaciones.
    —Ya lo he preparado. Está respirando.

    Harry observó a Sully unos momentos.

    —Está bien. Ahora vamos al río.

    El grupo se detuvo a la orilla del agua. El río no era muy ancho en esa parte. Gary arrojó una mirada a la ribera del Minnesota, pero no vio ningún centinela que estuviera patrullando. En realidad, los cuatro podían esconderse bien en la oscuridad de la noche.

    —Zambúllete en el agua —ordenó Harry.

    Sully lo miró fijamente a través de los redondos ojos de vidrio.

    —¡Te he dicho que te zambullas!

    El hombre dio un empujón a Sully, por la espalda, y éste cayó de bruces sobre el agua; la borrosa super-ficie casi cubría su cuerpo. Harry plantó entonces su pesado pie sobre la espalda del caído y lo empujó al fondo, manteniéndolo bajo el agua durante largos minutos.

    A un lado de la escena, Gary aguardaba impaciente, observando alternativamente al hombre que se agitaba desesperado bajo el agua y a la negrura que se extendía tras ellos.

    Harry se agachó y tomó a Sully por un brazo, sacándolo del agua de un tirón. Rápidamente lo despojó de la máscara y examinó su interior, observando en seguida el congestionado rostro del hombre.

    —¿Te encuentras bien? —le preguntó.

    Totalmente mojado y totalmente miserable, Sully se quejó:

    —No puedo nadar, te dije que no puedo nadar... ¡Querías ahogarme!

    Harry proyectó un puño ante la cara de Sully.

    —¡Cállate, condenado! No pretendía ahogarte, necio. ¿Tienes la cara mojado? No, ¿verdad?

    Sully se llevó sorprendido a la cara las manos que todavía chorreaban agua.

    —Yo..., no.
    —Está bien. ¿Y respiraste todo el tiempo?
    —Me parece que sí.
    —Bueno, entonces este artefacto marcha, y puedes nadar bajo el agua con él.
    —¡Ah, no! Yo no puedo nadar. ¡No vas a hacerme nadar bajo el agua, Harry! Te digo que no vas a ha-cerme... —Sully dio un salto, alejándose.
    —Cállate. Nadie dice que lo hagas —Harry dio media vuelta para observar al cabo con solapada inten-ción—. Te creíste muy zorro, ¿no? Pensaste que valías más que cualquiera de nosotros, ¿eh? Se te ocurrió que podrías escurrirte bajo el agua y abandonar aquí a los demás aguantando la carga. ¡Bueno, bueno! Pero resulta que no eres tan listo como el viejo Harry, y da la casualidad de que eres tú quien va a ser abandonado. Te voy a quitar tu fantástica máscara, y no podrás hallar ninguna en otra parte.
    —Harry..., ¿no irás a dejarnos aquí...? —insinuó Sully.

    El bravucón lo miró con desprecio.

    —¿Y qué supones tú? ¿Acaso tengo que servirte de niñera toda la vida?
    —Pero, Harry..., ¿qué va a ser de nosotros? —preguntó Sully, implorante.
    —Me importa un bledo —Harry se acercó al hombrecito—. Quítate ese artefacto.

    Arrancó de un tirón las correas, con ruda energía, pasándolas por sobre la cabeza de Sully, y desabrochó el cinturón del que pendía el equipo respiratorio. Sully hacía lo posible por ayudarlo, satisfecho de desembara-zarse del aparato. Entonces fue cuando Harry se dio de cabeza contra el primer inconveniente. Estaba allí, parado, con un pie dentro del agua, la máscara en una mano y el rifle en la otra, fuertemente apretado. Pero necesitaba ambas manos para colocarse la máscara.

    Gary sonrió con sarcasmo, al observar su dificultad.

    El impaciente Harry vaciló por largos minutos, haciendo cálculos sobre la situación. Por fin decidió en quien poner su confianza. Extendió un significativo dedo hacia el silencioso compañero que permanecía parado en la orilla.

    —Ven aquí.

    El hombre se acercó.

    —Ten el arma —dijo Harry, tendiéndosela—, y no la desvíes de ese engreído. Al primer movimiento que haga, lo quemas.

    Nerviosamente, el tercero del grupo dirigió el cañón del rifle hacia Gary.

    Ya con ambas manos libres, Harry se colocó rápidamente la máscara sobre la cara y se retorció para lo-grar ajustarse las cortas correas a los hombros. Se puso el cinturón en la cintura, apretándolo, y empleó todavía un momento en controlar su propia respiración y asegurarse de que el aparato funcionaba. Entonces, rea-sumiendo su anterior aire de matón, golpeó brutalmente el hombro del compañero que sujetaba el rifle, y, con toda rapidez, se zambulló en el agua.

    Sully avanzó unos pasos detrás de él.

    —¡Harry!...

    Harry se enfrentó entonces con su segundo problema, definitivo e inmediato. Nadó unos pocos metros bajo el agua y se detuvo para respirar, habituado a la práctica del buceo. Al poco afloró de golpe a la superficie y se encontró flotando lentamente corriente abajo. Giró para colocarse contra la corriente, aspiró profun-damente y se sumergió de nuevo. Esta vez avanzó unos metros más antes de reaparecer sobre el agua; pero esta segunda aparición fue involuntaria y no inconsciente: salió para observar hacia dónde iba, porque no podía ver nada bajo el agua. Cuando su cabeza emergió a la superficie, se halló mirando de frente a los tres que esperaban en la orilla. Ardiendo en una impotente furia, dejó de nadar y en seguida se hundió otra vez.

    Gary estalló en carcajadas.

    —¡Que nadador más desgraciado! ¡Pobre Harry!
    —¡Qué es lo que encuentras tan gracioso, tú que eres tan listo?
    —Tú eres el gracioso —contestó Gary—. Ya puedes pensar en devolverme mi equipo. Jamás lograrás cruzar...
    —¡Sería un idiota si lo hiciera! Tal vez estés imaginándote que tú podrías cruzar este maldito río.
    —Sí... yo podría: puedo bucear con bastante facilidad.
    —Bueno, no te preocupes; de todos modos, no vas a tener ninguna probabilidad de probarlo. No, no lo harás; con este equipo, no lo harás. —Harry se acercó a los demás y se apoderó nuevamente del arma—. Vamos, apartémonos de aquí. Puede encontrarnos cualquiera en este lugar.

    Gary, ya tranquilizado, se encaminó hacia la seguridad un poco más firme que ofrecía el campo. Hasta ese momento había temido que el viejo tonto de Harry no advirtiera nunca el peligro en que se encontraban. Habiendo estado junto a la orilla tanto tiempo, se habían expuesto inútilmente, ofreciendo un blanco demasiado tentador para cualquier centinela curioso que investigara desde el lado opuesto, y también para cualquier vagabundo miserable que rondara cerca de ellos. Gary sabía que no podía confiarse en el andrajoso Harry para que pensara con suficiente rapidez o disparara con energía, en el caso de que alguien los sorprendiese. Si el hombre fuera sorprendido por alguien o por algo en medio de la noche, lo más probable sería que huyera en cualquier dirección y se desentendiera de la seguridad de sus compañeros. Los cuatros hombres caminaron por el barro, alejándose del río.

    Aquel rifle era un arma poderosa, de alcance mortal. Gary lo necesitaba.

    Si bien Harry no había descubierto de primera intención la forma adecuada de cruzar el río, no cabía dudar que haría nuevos esfuerzos.

    En efecto, dos veces más, en aquella noche de septiembre, intentó alcanzar la orilla de Minnesota. En su segundo intento tuvo un éxito bastante espectacular.

    —Harry..., escúchame. Has estado corriendo y dando vueltas como un tonto todo el día; has hecho escán-dalo suficiente como para poner en actividad a todos los soldados que están al otro lado del río y para llamar la atención de todos los rateros que pululan por éste. Si no fueras un tonto empecinado, te habrías dado cuenta, hace horas, de que estoy tan imposibilitado como tú mismo para cruzar por debajo del agua esa corriente. Ahora piensa unos segundos en lo que te estoy diciendo.

    Harry era incapaz de detenerse a pensar en nada.

    —¿Y con eso qué? —preguntó de inmediato, en débil desafío.
    —Con eso nada..., excepto que yo sé cómo cruzar al otro lado sin luchar contra el río y sin hacer seme-jante ruido. Si esta tarde te hubieras esperado a observar lo que yo hacía, en vez de echarte encima de mí y apresarme, habrías visto de qué manera podía yo llegar al otro lado. Y ahora..., ¿te niegas todavía a hacer el cambio?
    —¿El cambio de qué? —masculló Harry, casi convencido.
    —Quiero el arma. Dámela y te diré cómo llegar a la otra orilla.
    —¿Cómo? —gruñó Harry.
    —Dame el rifle —insistió Gary, con toda calma.
    —¡Vamos! ¿No sería yo un grandísimo idiota si te diera el arma precisamente ahora? Me arrebatarías la máscara y escaparías.
    —Sólo quiero el arma... Es un buen rifle. Puedo volver mañana al mismo comercio y proveerme de otra máscara.
    —No insistas. No puedo confiar en ti hasta ese extremo —apretó fuertemente contra sí el rifle motivo de la discusión—. No te lo daré hasta que me enseñes el modo de llegar al otro lado.
    —Entonces permite que lo tenga uno de tus compañeros. ¡Maldita sea! No podemos estar aquí sentados, cambiando argumentos, toda la noche. Deja que cualquiera de ellos lo tenga hasta que tú regreses si es que lo que yo te digo es un engaño; pero si es cierto, si logras pasar, si no estás de regreso para el amanecer... en-tonces el arma es mía. Esa es mi oferta. Di sí o no.

    Harry la aceptó después de un adecuado examen del ardid o la mentira que pudiera haber en ella. Poco po-día él ofrecer para alterar los términos del contrato, por cuanto alcanzar la otra orilla era la única esperanza, la única ambición que le quedaba en la vida, su constante y único objetivo diario, además de la búsqueda del alimento que le permitiera mantenerse vivo. Lo que les sucediera a sus compañeros y al rifle, una vez que él hubiera alcanzado la otra orilla, era algo que le tenía sin cuidado; de modo que... ¡al demonio con todo!

    —Está bien —farfulló—. Habla de una vez.
    —Deja el rifle —insistió Gary nuevamente.

    Harry se lo entregó al silencioso compañero.

    —Si no vuelvo dáselo por la mañana, Jones. Y ahora venga, habla... No puedo esperar toda la noche.

    Gary le explicó entonces lo de los cables tendidos que corrían de una orilla a la otra del Mississipí.

    —¿Y tú cómo lo sabes que los cables están allí? —Harry con excitación.
    —Porque yo mismo ayudé a colocarlos —mintió Gary—. Yo estaba trabajando con la escuadrilla de la Western Unión. Los cables están allí; estoy seguro. Los pusimos ocho o diez años atrás. Sólo necesitas buscar el rótulo indicador...

    Harry se alejó excitado, como un sabueso sobre la pista.

    Gary esperó hasta que el último paso apresurado se extinguió en el silencio de la distancia. Entonces dijo: —Bueno, Jonesy, ahora me darás el arma. El silencioso hombre se la tendió sin decir nada.

    Había pasado más de una hora, desde que el sobreexcitado Harry desapareciera de la vista de todos, cuando Jonesy tomó por vez primera la palabra.

    —¡Eh..., oye! ¡Tú!...
    —¿Qué quieres?
    —Me gustaría hablar contigo, si lo permites.
    —Ya estás hablando.
    —Mira, muchacho; tú a mí no me embaucas. Al pobre Harry, sí, pero a mí, no.
    —El pobre Harry es un tonto rematado —replicó Gary, tendiéndose en el suelo, boca abajo, con la bar-billa hundida en el barro y el codiciado rifle apretado entre ambos brazos, los sentidos totalmente alertas, ojos y oídos atentos hacia el río—. ¿Y entonces? —agregó-
    —He estado observándote, claro está, desde que nos echamos sobre ti. Has estado en el ejército..., o en la marina quizá, ¿no es cierto? Pudiste haber saltado sobre Harry una docena de veces a lo largo del día; hubo muchas oportunidades. Y en cuanto a mí, pudiste despojarme del arma en cualquier momento. Pero no lo hiciste. Con toda deliberación has estado reprimiendo-te. ¿Por qué?
    —Porque necesitaba a Harry..., o a cualquiera..., para probar el paso del río —contestó el cabo.
    —Entiendo —dijo Jonesy, por todo comentario.
    —Esta arma —dijo Gary, al cabo de un rato—. ¿Dónde la consiguió?
    —En mi negocio.
    —¿Tu negocio?
    —Sí: una casa de buenos artículos de deporte en la que yo trabajaba antes de... del desastre. Está cerca de aquí. Harry quería un buen rifle, y yo le elegí éste.
    —¿Dónde está el tuyo?
    —Yo no tengo ninguno... Harry no lo habría permitido. Por otra parte, jamás he disparado un arma en mi vida.

    A poca distancia de ellos, el viejo flaco yacía desentendido de cuanto le rodeaba.

    Gary se preguntó con fastidio:

    —¿Y a ése que le pasa?
    —Está asustado, solo y perdido. Es el padre de Harry. Supongo que tendré que hacerme cargo de él, si Harry no regresa.

    Gary hizo correr sus dedos sobre el cargador del rifle, palpándolo con las yemas.

    —Me gustaría hacerte otra pregunta —dijo Jonesy.
    —¿Qué?
    —Esta tarde, cuando te encontramos sentado ahí, en el suelo, ocupado con el aparato de buceo..., ¿tú sabías que nosotros nos acercábamos a ti por la espalda?
    —Os había oído aproximarse desde mil metros de distancia.
    —Eso pensé, yo; aunque actuaste como si hubieras sido tomado por sorpresa —comentó Jonesy, y en esto se detuvo alarmado, al ver que el cielo nocturno se iluminaba con ígnea incandescencia blanca y radiante al-rededor de ellos, destacando en sus rostros azotados una hondísima emoción—. ¡Buen Dios! ¿Qué es eso? —murmuró incorporándose.

    Gary se aplastó contra el suelo y se quedó inmóvil, escudriñando alrededor con los ojos entornados por el deslumbramiento. Jonesy y el viejo Sully miraron también estupefactos, la brillante luz que cubría el cielo.

    —¡Tírense al suelo, estúpidos! —estalló Gary.

    La oscuridad se había convertido de repente en luz y ruido.

    Sonó el estampido de un rifle en la otra margen del río, a unos quinientos metros al sur de donde ellos se encontraban. Al instante, una ametralladora comenzó a astillar la noche con su rápido tableteo; otra más la siguió en seguida. Gary prestó atención a las armas, reconociendo sus marcas y calibres como a viejos amigos. Sobrevino una ráfaga de silbidos, y el fuego cesó. Al iniciarse el silencio, un rifle retrasado habló por última vez. Lentamente, la luz suspendida sobre sus cabezas fue esfumándose en el cielo, y la noche recobró su im-perio de tinieblas.

    —¿Qué ha sido eso? preguntó nuevamente Jonesy, con voz asustada y temblorosa.

    El viejo se había apretujado junto a él.

    —Eso fue tu amigo Harry —contestó el cabo—. Por lo visto, llegó hasta el otro lado.
    —¡Lo... lo han matado!...
    —Seguro. Esos hombres no tiraban contra los peces.
    —Pero ¿qué fue ese enorme resplandor?
    —Una bengala de magnesio... Harry tropezó con un alambré de alarma, conectado a la bengala, y la hizo estallar. Si es como yo supongo, eso significa que tienen toda la ribera cercada de alambres defensivos. Lo tendré en cuenta —Gary se acomodó hundiéndose un poco en el suelo, movió el arma para colocarla en una posición más confortable y se dispuso a dormitar un rato—. Sí, señor... El pobre Harry..., al fin cruzó el río. No pensó que le esperaba eso.

    Antes del amanecer, Gary ya estaba despierto y en pie; no quería que lo tomaran desprevenido, durmiendo a campo raso y a plena luz del día. De la valija del trío robó unas cuantas balas para el rifle y sacó también una caja de fósforos que encontró allí. Sus dos accidentales compañeros dormían todavía, apretujados el uno al otro, en busca de calor. Gary los contempló por un momento y, con rápida decisión, se agachó para colocar su propio revólver cerca de la mano del viejo Sully. En la fría y serena oscuridad, abandonó el lugar, dejando tras de sí a los hombres que dormían.

    El aire parecía escarcha.


    Capítulo VIII


    El invierno llegó adelantado, antes de transcurrida una semana de la muerte de Harry; se presentó de noche, cruda e inesperadamente, con un cortante viento helado que se abalanzó desde las llanuras canadienses sobre los estados centrales y del noroeste, haciendo descender muchos grados el termómetro en una sola noche, depositando un manto de hielo sobre los quietos lagos y las charcas estancadas. La nieve comenzó a caer antes del amanecer.

    Gary se cobijó en el asiento trasero de un automóvil abandonado, y se maldijo a sí mismo por haberse quedado tanto tiempo en el norte. Debió haber obrado con su inteligencia; debió haber empezado su emigra-ción hacia el sur tan pronto como experimentó el primer frío precursor. Había sido un tonto permaneciendo allí.

    El estampido de un arma de fuego le hizo caer de rodillas sobre el suelo del auto. Inmediatamente se puso a escudriñar el exterior, a través de una de las sucias ventanillas posteriores.

    Vio una figura que corría hacia donde él estaba, aproximándose al viejo automóvil, una pequeña figura que titubeaba y tropezaba mientras corría.

    El cabo aguzó los ojos y esperó con el dedo tenso sobre el gatillo. Había oído el chillido de una criatura... de una niña.

    Jadeante, con roncos y ásperos gemidos de su seca garganta, la criatura llegó hasta el coche y se arrojó a través de la abierta portezuela, cayendo de bruces en el suelo. Gary se apresuró a cerrar la puerta en cuanto entró la niña. La pequeña giró sobre sí misma con rapidez; vio a Gary; chilló entonces de nuevo, y comenzó a llorar con entrecortado aliento. Tenía los ojos dilatados por el miedo. Parecía tener diez o doce años.

    —Cállate —le ordenó Gary ásperamente—. No voy a hacerte daño.

    La puerta trasera fue abierta de golpe y la criatura gritó desesperada otra vez más, mientras se arrinconaba frenéticamente en el extremo opuesto.

    —¡La agarré!... ¡Aquí está la...!

    Silenciosamente, Gary elevó el cañón del rifle hasta la abierta boca del hombre y disparó. El tiro separó la cabeza de los hombros, como si hubiera sido cortada por un cuchillo mellado. Sin pausa alguna, sin desper-diciar movimientos, Gary se incorporó sobre sus rodillas, sacó el humeante cañón a través de la puerta abierta y disparó de nuevo. El tiro hirió en la cintura el hombre que corría, partiéndolo en dos. Mientras caía sobre la nieve, Gary le descargó un segundo balazo en el tórax. Entonces, con fría calma, escudriñó los alrededores para precaverse de otros posibles perseguidores. Como no vio a nadie, se reclinó sobre el asiento. Con el pie arrojó fuera del auto la degollada cabeza, cerró la puerta y subió por último los cristales de las ventanillas.

    La niña estaba todavía en el rincón, cubriéndose el rostro con las manos. Su llanto era escandaloso, de-senfrenado. Gary no sabía qué hacer para que callara. Era muy pequeña para abofetearla o ponerle una mor-daza.

    Pasó más de media hora hasta que pudo calmarla y persuadirle de que él no intentaba hacerle daño alguno, hasta que pudo acallar su llanto y decidirla a escucharlo, a conversar con él. Su historia resultaba descoordinada y no siempre sensata; además, era continuamente interrumpida por accesos de nervios y espasmódicos sollozos. Mientras la escuchaba, Gary vigilaba el camino y los campos cercanos.

    Ella dijo que se llamaba Sandra Hoffman; familiarmente, Sandy. Tenía doce años y vivía con sus dos her-manos y sus padres en una granja que había «por allí». Gary no pudo recordar ninguna granja que quedara en las cercanías, y adivinó que la niña se había alejado bastante de su casa. Esa mañana, poco después del amanecer, ella y su hermano mayor, Leo, de casi quince años de edad, habían salido a cazar conejos. Sandy le aseguró que en las tempranas horas de la mañana en que caía la primera nevada, siempre se encontraban muy buenos conejos. Su padre les había prevenido que no se alejaran demasiado, que permanecieran cerca de la finca; pero nadie había previsto que hubiera realmente ningún peligro ...Había habido un gran despliegue de asaltos en la vecindad, pero se trataba de simples rateros, deseosos sólo de conseguir alimentos y ropas y de es-capar después de la fechoría. Ninguno era amigo de la lucha cuerpo a cuerpo, a menos que los sorprendieran in fraganti. Seguramente ella y Leo se habían alejado de la granja mucho más de lo que se imaginaron. No habían encontrado ningún conejo.

    Leo se hallaba delante de ella, concentrado en un matorral que parecía muy adecuado para ocultar cone-jos, cuando los dos hombres les saltaron encima. Los hombres estaban escondidos en el mismo matorral y, cuando ellos se aproximaron, los encañonaron con las armas. Leo llevaba un rifle, calibre 22 y disparó contra ellos sin vacilar, probablemente urgido por el miedo más que por el coraje; pero erró sus tiros. Uno de los hombres disparó contra Leo, y éste cayó.

    Ella, Sandy, corrió huyendo de los hombres y se mantuvo oculta entre los árboles durante mucho tiem-po..., horas y horas... hasta que los oyó, nuevamente lanzados a perseguirla. Estuvo dando vueltas alrededor del mismo punto, tratando de ser silenciosa; pero, al final los hombres llegaron a descubrirla. Entonces echó a correr por la carretera cubierta de nieve, hasta que descubrió el automóvil. Los hombres la siguieron, dis-parándole, pero no lograron herirla. Y ahora...

    —Lo primero que debemos hacer —dijo a la niña— es regresar y encontrar a Leo. Luego, buscaremos tu casa y la encontraremos.
    —¡Pero yo no sé dónde está! —gimoteó Sandy.

    Gary levantó una mano para tironear suavemente del gorro de lana que Sandy tenía ladeado sobre su cabeza.

    —¡Oh, eso no va a ser difícil para mí! Todo lo que tenemos que hacer es recorrer hacia atrás tu propio camino. Oye..., apuesto a que tú no sabes que yo era explorador cuando estaba en el ejército.

    Ella lo miró con ojos redondos de admiración.

    —¿De veras eras explorador?
    —Sí. Solía seguir las pistas de todos los alemanes que estaban cerca.
    —¿Y seguías a los japoneses también?
    —A los japoneses también. Les seguí la pista a todos. Y ahora empecemos a andar... Tu padre debe de estar preocupado por tu ausencia.

    Gary abrió la puerta por el lado opuesto al lugar en que estaban los cuerpos de los dos hombres. La ayudó a salir del coche, y juntos emprendieron la marcha a lo largo del tortuoso rastro que Sandy había dejado en su precipitada huida.

    —Tú espérame aquí —le dijo a Sandy—. Voy a traer a Leo.

    Ella se recostó contra un árbol helado y lo miró alejarse.—¿Está... muerto? —preguntó cuándo lo vio regresar con un bulto sobre sus hombros.

    —Sí. Vamos a llevarlo a casa.

    Los labios de Sandy temblaban. Gary vio que la muchacha había estado llorando mientras lo esperaba.

    —Estoy perdida... No sé dónde está mi casa.
    —¡Termina con eso! ¿No te he dicho que he sido explorador? Explorador de primera clase.
    —Sí...
    —Bueno, entonces, Sandy, confía en mí. ¿Cómo es tu casa? ¿Tiene algún granero grande?, ¿un silo alto?, ¿algo que se pueda reconocer desde lejos?
    —Sí, claro que tenemos.

    Sandy intentaba con esfuerzo apartar los ojos del bulto que colgaba por la espalda de Gary.

    —Entonces, oye lo que vamos a hacer. ¿Ves esa colina alta con dos pinos?... Vamos hasta arriba. Tú pue-des treparte a uno de los árboles para ver mejor. ¿De acuerdo?
    —De acuerdo —ella echó a andar detrás de él.
    —¡DETÉNGASE! ¡No dé un paso más! —ordenó Hoffman fríamente.

    Gary se detuvo.

    —Ponga en el suelo al muchacho —dijo Hoffman—; y la escopeta también.

    Gary cumplió la orden y además retrocedió unos pasos.

    Hoffman era un hombre de edad mediana, de cara roja y tez curtida por los rigores del tiempo a causa de su oficio. Tenía unos ojos claros y agudos, precavidos desconfiados.

    Se aproximó al cuerpo y se dejó sobre sus rodillas, manteniendo a Gary encañonado con el arma.

    —Tenga cuidado —dijo Gary entonces—. Algo le ha pasado a su hijo...

    Hoffman le arrojó una mirada de furia.

    —¿Qué quiere usted decir?
    —No lo encontré hasta que fue demasiado tarde; hasta que Sandy me condujo hacia él. Cuando lo desenvuelva, usted mismo comprenderá lo que quiero de-ir... Pero tenga cuidado. No deje que su esposa lo vea.

    Intrigado, pero todavía bramando de furia el granero cambió su posición para ocultar con su cuerpo la visual de su esposa y los niños, y con mano trémula sacó e un tirón el abrigo que cubría el cuerpo de su hijo. e quedó contemplando la pálida faz inanimada, y luego, lentamente, sus ojos recorrieron el cuerpo del muchacho acribillado por las balas.

    —¡Dios Todopoderoso! —clamó; y quiso formular la pregunta, pero sus labios se negaron a emitirla.

    Sabía de antemano la respuesta.

    Por fin habló:

    —¿Quién hizo esto?
    —Una pareja de malvados —contestó Gary, sin emoción—. Iban persiguiendo a la niña cuando acabé con ellos.

    Las lágrimas temblaron en los ojos del hombre.

    —¡Que Dios me de fuerzas cuando pueda poner so-re ellos mis manos!
    —Nada hay ya que pueda usted hacerles. Ya le he dicho que yo terminé con ellos.
    —¿Usted?

    Gary señaló hacia el cañón de su rifle.

    —Con eso.

    El granjero clavó en Gary la mirada, aunque sin verlo realmente, luego arropó cuidadosamente las prendas alrededor del cadáver y lo alzó en vilo.

    —Traiga sus armas —le dijo a Gary, y le dio la espalda—. Vamos adentro de la casa.

    Gary lo siguió.

    Hoffman llevó al cuerpo hasta el dormitorio interno. Toda la familia siguió tras sus pasos. Abandonado por los demás, Gary echó una ojeada al cuarto en que se encontraba, y se sentó. Recordando antiguos prin-cipios, se descubrió, quitándose la raída gorra. La habitación parecía una mezcla de sala comedor y daba di-rectamente sobre la cocina de la casa, en la que algo se estaba cocinando, algo que hervía y borboteaba proyec-tando hasta él un tentador aroma que excitaba su hambre. Se le hizo la boca agua. Con gran dificultad se man-tuvo sentado en la silla; pero sus ojos buscaban la cocina y la olla que hervía en un rincón.

    Hoffmann caminaba hacia él, con la mano tendida. Gary se levantó y la estrechó con la suya.

    —Me es imposible encontrar las palabras convenientes para darle las gracias.
    —No hace falta —le contestó Gary—. Cualquier hombre decente habría hecho exactamente lo mismo.
    —Pero ninguno lo hizo —insistió Hoffman—. Usted, sí.
    —Sucedió simplemente que yo me encontraba cerca —contestó Gary con lentitud, casi con embarazo—. La niña llegó corriendo hasta donde yo estaba... —Gary soltó la mano del granjero y tomó asiento cuando el hombre se sentó. Se produjo un vacío de extraño silencio—. Si a usted le da lo mismo, me marcho. No puedo hacer nada más por ustedes, creo.
    —¿Se marcha? —Hoffman lo contempló con asombro—. ¡Por Dios que no se irá! ¡No puedo permitir que se vaya de aquí de ese modo, después de lo que ha hecho por mí! Tengo una deuda con usted que nunca podré saldar.
    —Usted no me debe nada —le contradijo Gary, mientras dirigía sus ojos hacia la cocina—. Yo no aceptaría ningún pago.

    El granjero le estaba contemplando con fijeza.

    —¡Tiene hambre! —dijo con repentino asombro—. ¡Demonio! Debí haber pensado en eso hace rato —saltó de la silla y tomó a Gary del brazo, empujándolo hacia la cocina—. Vamos, venga acá. ¡Puede comer hasta hartarse! —El granjero quitó con brusquedad la tapa de la olla hirviente—. Dios sabe bien que ya poco nos queda en este mundo enloquecido; pero comida sí tenemos. Sírvase lo que quiera.

    Al caer la tarde, Gary acompañó a Hoffman cuando éste llevó el cadáver de su hijo hasta una nevada colina para enterrarlo. Se ofreció a ayudarle, pero fue cortésmente rechazado. Entonces dijo el granjero que lo que lo acompañaría de todos modos, para vigilar... Alguien debía mantener los ojos abiertos, ya que se ale-jaban tanto de la granja.

    A la mañana siguiente se planteó el tema.

    Hoffman lo sacó a relucir durante el desayuno.

    —Me ha dicho Sandy que es usted soldado. ¿Estaba en el ejército?
    —Estaba... sí. Estaba incorporado al Quinto Ejército, en Chicago, antes del bombardeo. Pero no me deja-ron cruzar al otro lado para unirme a mi destacamento.
    —Esos condenados no dejan a nadie cruzar el río. Sé de dos que lo intentaron... —hizo una pausa larga—. ¿Usted tiene buena puntería?
    —Sí —contestó Gary, con franqueza—. Soy muy certero. ¿Por qué?
    —Quiero ofrecerle un trabajo... No me olvido de la deuda que tenemos con usted.

    Gary le sonrió con cansancio.

    —Señor Hoffman, ya le he dicho que no me deben nada. Y en cuanto a tener un trabajo... nunca en mi vida he trabajado en una granja. Ni siquiera soy capaz de ordeñar una vaca.
    —No se trata de eso: nosotros podemos realizar esas tareas. Será difícil desenvolverse sin Leo en el próximo verano, pero de algún modo nos arreglaremos. Su trabajo consistiría en montar guardia.
    —¿Cómo? —Gary dejo de comer.
    —Le ofrezco ser nuestro vigía, nuestro guardián. ¿Cómo llaman a eso en el ejército?... Centinela. Un día sí y otro no, hemos tenido ladrones por los alrededores. Han estado robándonos con engaños y yo no puedo re-correr todo el lugar y estar al mismo tiempo persiguiéndolos. En eso consistiría su trabajo: en alejar los la-drones de esta granja.
    —Bueno..., no sé realmente que decirle. Yo había pensado en llegar al sur para el invierno...
    —Yo no puedo pagarle nada —continuó Hoffman—.

    Por lo menos no puedo pagarle en dinero: no nos ha quedado nada. De todos modos, usted no podría gas-tarlo tampoco. Pero sí puedo ofrecerle una buena casa y la mejor comida que existe en esta región. ¡Mi esposa es excelente cocinera!

    Gary echó una ojeada a la mujer, y luego volvió a mirar al hombre.

    —Sinceramente me gustaría quedarme, señor Hoffman, pero...
    —Por favor, yo quiero —interrumpió Sandy.

    Gary miró un poco más abajo, hacia un lado de la mesa, y se encontró con la tímida sonrisa de la niña, y una suplicante invitación en su mirada.

    —¿De veras quieres que me quede Sandy?

    Ella insistió con vehemencia.

    —Te quedarás, ¿no es cierto?
    —Pero... —Gary se mesó la tosca barba, simulando que consideraba el problema. Por último, volvió su mirada hacia Hoffman—. Está bien. De acuerdo... hasta la primavera, al menos.
    —¡Que suerte! Créame que nos satisface su decisión... a todos nosotros. Ahora, siga comiendo. Tiene que recuperar el peso perdido.
    —¿Puede prestarme una navaja de afeitar? —pregunto Gary—. Y si tiene a mano unas tijeras, me gus-taría recortarme un poco el pelo.

    Esa misma mañana, algo más tarde, mientras contemplaba en un espejo su imagen pálida, nuevamente rasurada, le hizo un guiño al reflejado rostro y le dijo:

    —Estás muy pulcro, cabo Gary— y la imagen asintió con el gesto.

    Gary estudió el terreno que rodeaba las distintas dependencias de la granja. De inmediato advirtió cuál era el punto vulnerable en las defensas de la misma. Por detrás del granero, el suelo iniciaba un brusco declive de incultos pastos, que descendía hasta una helada laguna situada a algo más de unos mil metros. Cualquiera que viniera de ese lado con la intención de acercarse sin ser visto, sólo necesitaba mantener constantemente el edificio del granero entre él y la casa para poder llegar a las inmediaciones sin ser descubierto. Gary encontró un trozo de alambre en el cobertizo, lo tendió en líneas muy tirantes a través de la cuesta que nacía detrás del granero, y ató un mohoso cencerro en la primera línea del sistema. La próxima nevada se encargaría de ocultar la trampa.

    Una noche, Gary entró en el comedor justamente a la hora en que todos acostumbraban acostarse. Sandy estaba apagando la radio, cuya luz declinó lentamente tras el transparente dial, y Gary, con los ojos fijos por el asombro, vio cómo se desvanecía.

    —¡Eso funciona!
    —¿Qué? —Hoffman se volvió para observarlo—. ¡Oh..., claro que anda! ¿No lo sabía? —el granjero se encogió de hombros—. Pero no vale la pena. Todo el tiempo transmite el chapurreo de unos cómicos tontos, o insiste en vender artículos que nosotros no podemos comprar.
    —Pero, ¿cómo es posible? —preguntó Gary, con impaciencia, señalando la única y vacilante lámpara de keroseno que el granjero sostenía en la mano—. ¿De dónde sale la electricidad para alimentar una radio en estos lugares?
    —Del molino... Leo hizo una instalación el invierno pasado... Era un chico muy despierto; sabía bastante de electricidad y de máquinas. Se las arregló, no sé cómo, para hacer funcionar mediante el molino un ge-nerador. Yo no sé cómo lo hizo. Si alguna vez se descompone, no tendremos más radio. Leo era un buen chico. Mientras el viento lo permite, el aparato anda muy bien; algunas veces, sin embargo, se escapa el sonido.
    —¡Una radio! —dijo Gary, fascinado—. ¡Qué estúpido soy! Había una radio aquí, en esta misma casa, al lado mío, ¡y yo nunca supe que funcionaba! —Gary se acercó al artefacto y acarició la caja con sus dedos—. Quisiera encenderla.
    —Enciéndala —le contestó Hoffman—. Eso sí, haga el favor de sintonizarla bajo; mi mujer tiene el sueño muy liviano.
    —¿Cómo? ¡Ah!, sí, claro...! —sintió el aparato como algo cálido bajo sus manos—. Esté tranquilo.

    Hoffman se dispuso a retirarse.

    —Buenas noches.

    Con impaciencia, Gary descorrió las negras cortinas destinadas a que no fuera visible desde fuera la luz de la casa, y permitió que la pálida luminosidad de una luna semicubierta por nubarrones, y el reflejo de luz que arrojaba al suelo nevado, llenaran la estancia. El nunca usaba otra luz. Fuera de la casa, la noche era serena y fría. Giró el aparato, cayó de rodillas ante él, y lleno de excitación hizo girar la llave que daba paso a la co-rriente eléctrica. El pequeño dial adquirió vida; los números impresos se destacaron con agudo relieve, y el locutor lanzó su voz al aire en creciente susurro. Un año y medio atrás nada habría significado un hecho tan minúsculo, pero ahora lo era todo. Era estar nuevamente cerca de la misma vida. Era casi palpar la gente que estaba en algún sitio del otro lado del río; gente sana, a salvo, que hablaba fraternalmente entre sí, que con-tinuaba el orden normal de su existencia. Era otra vez la civilización, la higiene, la tibieza y el alimento. Era la amistad de cada hombre con sus vecinos. Era, en suma el mundo que él había perdido tanto tiempo atrás y al cual no tenía esperanzas de poder reintegrarse alguna vez.

    Gary la captó en la mitad de una palabra, en una sílaba que de inmediato trajo a su mente la palabra entera, tal como si la hubiera escuchado desde el principio; y esa palabra y la siguiente le evocaron la imagen de una frase completa; y así, aunque no pudo localizar de dónde le venía, tuvo la sensación inmediata de haber oído en el receptor la frase entera. Era una canción lenta, dulce, triste; una canción sobre las hojas otoñales que se desprenden de los árboles... Pero era fastidioso aquel tenue sonido algún lugar detrás de la cantante y que estropeaba la melodía de la canción.

    Frunció el gesto, molesto por la campanilla, y pensando de que no tenía por qué sonar allí.

    —¡Una campanilla!... Saltó sobre sus pies y se abalanzó hacia la puerta, recogiendo de paso su rifle.

    No se oía otro ruido que el del molino bombeando en la sombría noche. Más abajo, el intruso había de-jado atrás otro alambre.

    Gary retrocedió, alejándose de la esquina; bordeó el costado del granero hasta encontrar una pequeña puerta; le quitó el cerrojo y se introdujo en él orientando sus pasos en las tinieblas hasta un rincón donde se al-macenaban todos los instrumentos en desuso. Tanteando el piso que lo rodeaba, sus dedos tropezaron con una barra de hierro; la levantó, la sopesó sobre la mano y calculó su bulto y su capacidad mortífera. Sí, serviría. Rápidamente salió fuera y corrió muy despacio el cerrojo de la puerta, evitando el menor ruido delator. Una vez más, se apostó en la esquina del granero, encubierto por las sombras y fastidiado por el largo tiempo que invertía el intruso en trepar la ladera.

    ¡Demonios!, ¿por qué no se apresuraba el condenado?

    Terminado todo, Gary no pensó ya sino en ocultar el cadáver. Dejar al hombre allí, para que fuera descubierto por la mañana, sólo lograría desatar un frenesí de comentarios, suscitar preguntas y quizá hasta promover otra escena de turbadores sollozos.

    La víctima no llevaba nada en los bolsillos.

    Gary concluyó su tarea y volvió con paso rápido hasta la casa.

    De pronto se inmovilizó. Se oían voces en la casa. Le invadió el terror. Luego blasfemó. No había cortada la corriente. ¡La radio seguía andando!

    Gary se introdujo en la habitación, cerró la puerta y recorrió todo el cuarto con la mirada. No había nada ni nadie, excepto él mismo. En la radio surgió una segunda voz masculina.

    Ya no cantaba la muchacha.


    Capítulo IX


    Gary corrió hasta el aparato y se acuclilló ante él.

    «...mientras tanto, en el oeste, la helada garra del invierno ha causado otro trágico accidente. Un tren de tropas totalmente cargado, que iba con retraso, fue embestido en su parte posterior por un tren de carga, que ocasionó el vuelco de los cuatro últimos coches del primero. El maquinista del carguero, que también resultó herido en la colisión, echó la culpa del desastre a la falta de visibilidad; dijo que estaba nevando copiosamente, que le había sido muy difícil percibir las señales luminosas en los cruces de vías, y que era casi imposible distinguir las luces traseras del tren de tropas. Las autoridades policiales no han dado a conocer el nombre de los accidentados. Los organismos militares han informado que el tren de tropas iba con destino a la frontera del Mississipí, conduciendo fuerzas de relevo.
    «Esto nos lleva al siguiente grupo de noticias; noticias felices para muchos de los hombres que están en la línea, y para sus esposas, que esperan por ellos en el hogar. El relevo se mantiene a despecho del invierno; y muchos soldados podrán regresar a sus hogares para Navidad. Un portavoz del ejército ha dicho que sema-nalmente arriban tropas a la frontera canadiense y al Mississipí para sustituir a aquellos que llevan más meses de servicio activo. Las autoridades se han negado enérgicamente a divulgar el número de tropas que ac-tualmente mantienen la vigilancia de ambas zonas; pero, según ha reafirmado hoy nuestro informante, son mu-cho más que suficientes para proteger la nación de los al parecer pocos agentes enemigos que rondan desorien-tados por aquella tierra desolado. Esos agentes (me han dicho los soldados perspicaces) son muy bien recibidos en los estados contaminados donde habitan el vacío total y la muerte. Pues bien; cuando estemos preparados para llegar allí nuevamente, los pocos que queden correrán como conejos asustados.»

    Gary se sentó en el suelo y se quedó mirando el dial iluminado.

    «Recordarán ustedes que, hace pocos meses, la oficina de seguridad del ejército divulgó los detalles de uno de esos agentes que intentó cruzar el río, por debajo del agua, en un oscuro punto situado sobre el límite de Minnesota. Antes de que pudiera salir a la orilla, fue acribillado por una lluvia de proyectiles, y el río se tra-gó su cadáver; cosa lamentable, según mi opinión, porque sólo después de que capturemos a uno de esos in-dividuos estaremos en condiciones de probar definitivamente su origen y nacionalidad, ante la faz del mundo.
    «Entretanto, nos siguen llegando débiles señales desde el Pentágono, que confirman la idea de que algunos bravos compatriotas se mantienen vivos en la fortaleza subterránea. Es probable que ellos sean los únicos hermanos nuestros que aún sobreviven al este del Mississipí. Pocos días atrás, se me concedió el privilegio de observar unas extrañas fotografías obtenidas durante reconocimientos aéreos hechos sobre zonas de Illinois y Kentucky. Todas demuestran que la vida ha concluido en esos infortunados estados. Ninguna voluta de humo surgía de las chimeneas; no había niños ni adultos que se movieran alrededor de las casas y patios; no había ni siquiera un perro que alterara con sus huellas la limpia superficie de la nieve. Sin duda alguna, los únicos compatriotas que han sobrevivido son los que se han ocultado en el refugio subterráneo. Fuera de ellos sólo existen los viles agentes enemigos que patrullan por el exterior.»

    —¡Eres un mentiroso hijo de perra, y lo sabes! —le apostrofó Gary a la suave voz—. ¡Oh, vete al demonio! —vociferó iracundo, mientras apagaba el aparato.

    La suave voz mentía en cada una de las amables frases que había pronunciado; o mentía o difundía una propaganda con fines claramente perceptibles. Gary había visto al ejército operar en esa línea de conducta; lo había visto en Italia con demasiada evidencia, para caer ahora en el lazo; y había visto también los efectos de las palabras suaves sobre los perplejos alemanes recientemente conquistados. Por entonces le parecía muy bien; se le antojaba muy adecuado para aplicarlo a los enemigos vencidos. Había que reeducarlos, darles vivificantes cursos de democracia... ¿y qué mejor camino para eso que alimentarlos con píldoras de propagan-da, recubiertas de una azucarada capa de noticias?... Y ahora eran los Estados Unidos quienes estaban reci-biendo el mismo tratamiento de sus propias manos... los veintidós Estados Unidos que se extendían al oeste del más importante de los ríos nacionales. Era incuestionable que esos estados estaban sometidos a la ley marcial. El locutor de radio lo había confirmado con sus melosas palabras, su fraseología sobre las noticias... En tales situaciones, el ejército controlaba siempre las difusiones radiadas e impresas. Él todavía estaba vivo, todavía daba vueltas a través de la zona contaminada, y por lo tanto, según las determinaciones del ejército, él, Gary Russell, se había convertido en agente enemigo. ¿Por qué endemoniada razón difundían esa versión de los hechos? ¿Para cubrir su incapacidad de admitir que él regresara? ¿Para ocultar el miedo que tenían de él y de otros como él? ¿O acaso era la estructura básica de algo más que estaba por llegar: los pasos preparatorios de la reconstrucción, según lo predijo el maestro de escuela? ¿Acaso lo habían rotulado como agente enemigo por razones de conveniencia... para cuando llegara el instante de la aniquilación total?

    Relevo de tropas... ¡Eso sí que era gracioso! Las tropas eran relevadas por un tren militar tan sólo cuando había varios miles de soldados en la línea. ¿Y qué necesidad tenían de varios miles cuando no había más de un puñado de agentes enemigos que transitaban libremente por la orilla opuesta? ¿Era posible que los bondadosos ciudadanos, que a costa de sufrir necesidades pagaban todos los impuestos, hubieran creído esa patraña? ¿O es que todos habían perdido la capacidad de pensar por sí mismos?

    En todo el noticiario de la emisora no había habido más de una sola noticia que captó su interés: la de esos «bravos» y desconocidos supervivientes que todavía subsistían en los subterráneos del Pentágono.

    Eso valía la pena de tenerlo en cuenta... la próxima primavera, cuando pudiera viajar nuevamente.

    Con amarga indiferencia, se acercó y conectó nuevamente la radio. Esta vez no lo dominó ningún estre-mecimiento mientras el dial se iluminaba; nada, excepto una indefinida languidez; ninguna impaciencia porque el aparato hablara.

    Durante horas, aquella música reavivó en él el dolor de su humillante soledad, subrayándole cruelmente las bellezas del mundo que había perdido. Se paró junto a la ventana y observó los campos desiertos.

    Conforme iba pasando el tiempo, las emisoras abandonaban el aire una tras otra; y en cada una, el locutor se despedía invariablemente deseándoles un descanso reparador. Una por una fue persiguiendo sobre el dial las audiciones que se alejaban, buscando ávidamente una nueva que remplazara a la que concluía. Con cada cambio le asaltaba el temor de que ya no habría más estaciones emitiendo, pero todas las veces lograba sintonizar alguna que continuaba. Por fin no quedó más que una que prolongaba su transmisión. Se aferró a ella, esperando, contra toda esperanza, que lo acompañaría el resto de la noche. A lo largo de las horas se había incluso decidido a aguantar las retahílas publicitarias ,los alegatos en favor de los saldos de guerra en depósito y del hierro de deshecho; los cortos e insulsos boletines noticiosos desarrollados bufamente por el locutor. De tanto en tanto, la música regresaba y con ella el recuerdo del mundo pasado.

    El mundo había concluido; lo sabía ahora con certeza.

    Castañeó los dedos, dando un respingo ante el sonido.

    ¡Irma! Sí, ese era su nombre: Irma... tal cual: la crecida criatura de diecinueve años que estaba en una excursión escolar de investigación, el día que cayeron las bombas: Irma, que había regresado al hogar para salir a asaltar joyerías: Irma, a la que él había descubierto después del chasquido revelador de una vidriera de espejos. Ahora le resultaba difícil recordar sus facciones... Era joven, sí, pero no menuda ni falta de desarrollo. Le había parecido que tenía unos dieciséis años, pero había algo inconfundible en ella que preludiaba a la mujer. Gary podía recordar el azul brillante de sus ojos cuando la detuvo en la calle y le iluminó el rostro con la linterna. ¿Y su pelo?... Tenía la vaga impresión de que era castaño. Ella se había arrojado en sus brazos a la mañana siguiente, cuando creyó que él la había abandonado en el desolado hotel, y los ojos azules habían humedecido de lágrimas su pecho. Sí, esa era Irma.

    Habían comido juntos sentados en el borde de la acera, o sobre una cama de hotel, o detrás de la rueda de un coche; comido y vivido juntos, varios días, mucho antes de que él advirtiera que el mundo había concluido. Ella lo acompañó mientras él recogía las armas, se posesionaba del primer coche y hacía la provisión inicial de comida y recursos indispensables para cubrir los hambrientos días que supuso le esperaban antes de poder reintegrarse a las filas del ejército. ¡Días! Irma había sido una excelente compañera hasta que se separó de él en el puente.

    Aquella separación fue una solemne estupidez. Debieron haber permanecido juntos. Irma era entonces bonita, lo sería todavía..., si es que seguía viviendo. Según lo que ella dijo, debía de tener ahora unos veintiún años, una atractiva edad.

    ¿Y después de Irma?...

    Después..., la delgada muchacha que les había salido al encuentro en las colinas de Tennessee: Sally. No tenía apellido. Era Sally a secas. Sally, que pudo haber sido amable con los dos, pero que prefirió a Oliver el maestro. Se preguntó fugazmente si él, Gary, tendría ahora un hijo, o si sería de Oliver. Sally era casi un simple vacío en su recuerdo. No fue más que una mujer que estaba cerca cuando se la necesitaba y que no dejó en él marca ninguna. Algo similar a lo sucedido con la mujer de Nueva Orleáns que apareció un par de semanas después de abandonar él a Sally y Oliver. Pero, de esta última, hasta el nombre se le había olvidado, y casi también la imagen.

    Tres, en un año y medio. Tres para un hombre que gustaba de jactarse en los cuarteles acerca de sus innu-merables conquistas.

    Sí, el mundo había concluido.

    Se quedó de pie, contemplando a través de la ventana el enorme vacío de la noche, preguntándose si alguna vez la vida volvería a resurgir. A sus espaldas, una incorpórea mujer cantaba blandamente, desde otro mundo, hacia el vacío... porque el mundo presente había concluido: lo poblaban sin embargo vivos y muertos. Cantaba desde un mundo que debía existir para todos, ser de todos, pero que ahora estaba restringido en sus defensas; articulaba palabras y entonaba la melodía como si nada enojoso hubiera sucedido.

    Y también reavivaba el dolor.

    Gary estaba ahora de pie, con la helada espalda apoyada en la pared del granero, mirando a través de la ladera, hacia la distante laguna. La vieja pipa que el granjero le había dado estaba apagada; pero él continuaba sujetándola en la boca, para paladear su añejo sabor.

    Y allí estaba ahora, helado y solo.

    Sintió hambre. Se encaminó hacia la casa, arrojando una única mirada a sus espaldas, para ver si los rastros del intruso iban desapareciendo. Sandy solía trajinar algunas veces por el granero, y no quería que la niña viera aquello.

    «Cuando venga la primavera —se prometió a sí mismo en voz alta—, cuando llegue el primer indicio de primavera, me iré a echar una ojeada a esos héroes escondidos en los sótanos de Washington. ¡Al demonio con este invierno!»


    Capítulo X


    Cielo azul de verano. Templado, suave, tranquilo y apacible verano de Ohio. Gary suponía que estaba en Ohío... pues alguien había derribado los postes indicadores de la carretera y probablemente los había usado para hacer fuego durante el invierno anterior. Se había acostumbrado a evitar las ciudades. No importaba; si quería pensar que estaba en Ohío, entonces estaba allí. Descansaba echado de espaldas sobre la alta y des-cuidada hierba, contemplando las nubes informes arrastradas por el viento. Una hormiga exploraba la piel de su mano, pero él se sentía demasiado contento para espantarla. El cielo, las nubes ondulantes y el aroma de la hierba lo acariciaban.

    Ohío era agradable en el cálido, perezoso verano... tan agradable y tan cómodo que Gary no se alarmó cuando oyó un distante ruido de disparos. Yacía tranquilo, escuchando, sabiendo por el número de armas que se trataba de mucha gente, y sabiendo también que eso sucedía demasiado lejos para que le concerniera per-sonalmente.

    Pero la respuesta de una ametralladora le hizo incorporarse bruscamente.

    ¡Ametralladoras! Ametralladoras significaba soldados, a menos que una banda de asaltantes hubiera con-seguido apoderarse de semejante arma en alguna parte; fuera de eso, significaba soldados...

    Echó a correr, ágil y velozmente, hacia el lugar de las descargas. ¡Soldados allí, tan lejos del Mississipí!

    Eso podía indicar que habían comenzado las operaciones de la limpieza, que habían cruzado el río que el alto mando estaba limpiando la zona de agentes enemigos y de sobrevivientes contaminados. Gary saltó un de-rribado cerco de alambre de púas y siguió corriendo a través del campo. Mientras corría iba rezando..., pero no a ningún Creador en quien el tuviera fe, sino rezando en su propio lenguaje, en su expresivo y violento len-guaje, pidiendo que eso no sucediera, que los estados del oeste no hubieran venido a reclamar la zona bom-bardeada. La zona era áspera, estéril y terrible; pero súbitamente se dio cuenta de que no quería perderla, de que no quería cambiarla por lo que ellos ofrecían. La había odiado, pero ahora no quería perderla; con frecuencia había maldecido al siniestro destino que lo colocó allí, pero ahora todo esto era preferible. El resto de su vida, mezquina y miserable, era mucho mejor que las patrullas que estaban haciendo fuego. ¡Demonios, él sólo tenía treinta años..., treinta y pico..., y no quería morir tan pronto!

    Gary llegó velozmente al pie de una colina, y luego, palmo a palmo, fue ascendiendo con toda cautela hacia la cima, cubierta de altas hierbas. Los disparos resonaban ruidosamente en sus oídos. Se detuvo justo un poco antes de la cumbre, listo para saltar y retroceder. Luego sacó el rifle y apartó la hierba para ocultarse. Se quedó quieto y al acecho.

    Una carretera asfaltada, convertida en campo de batalla, contorneaba el valle, a medio kilómetro de dis-tancia, y sólo dos pequeños camiones ocupaban la carretera. ¡Dos camiones! Con creciente excitación se adelantó un poco para ver mejor. Eran dos camiones verdes del ejército, bastante parecidos al camión postal blindado que él mismo había conducido años atrás; dos camiones cerrados y detenidos en el solitario camino. Le pareció comprender por qué se habían detenido. Uno de ellos estaba parcialmente atascado en la zanja que corría al costado del camino; y, desde lejos, daba la impresión de que un neumático había estallado, dejándolo desamparado. El otro estaba parado unos pocos metros más adelante. Gary estudió la situación. Los disparos de rifle procedían de las cabinas de ambos vehículos, barrían la alta hierba a lo largo de la zanja y llegaban hasta el terreno que estaba detrás.

    Al cabo de un momento localizó la ametralladora, que rugía desde una ventanilla rota situada en la parte posterior del camión descompuesto. Gary vio un cuerpo que yacía en el camino.

    Ambos camiones del ejército estaban orientados hacia el lejano Mississipí.

    De inmediato maduró un plan de acción. Semierguido corrió varios metros por el declive de la colina, hacia el lugar de la furiosa batalla, y luego se tiró de nuevo al suelo, escondiéndose entre la hierba... Esperó du-rante varios segundos antes de levantarse y correr de nuevo, describiendo una línea zigzagueante en la ladera. Mientras corría velozmente, pero con prudencia, hacia los camiones detenidos, se dio cuenta de que era visible desde el camino; comprendió que ellos tenían que haberlo visto, aunque no hicieron fuego contra él. Cuando estuvo más cerca, recorrió solamente breves distancias, tirándose al suelo de una a otra, siempre levantando un poco la cabeza para hacer un rápido reconocimiento antes de transponer otro trecho. Su manera de apro-ximarse debía de ser comprensible para los hombres de los camiones; seguramente les resultaba familiar.

    Por último localizó cinco hombres echados en el suelo delante de él, muy bien escondidos respecto al camino, pero en un lugar que quedaba por completo al descubierto ante su vista. Cuatro de los cinco hombres estaban haciendo fuego hacia el camino; el quinta yacía inmóvil.

    Cuando estuvo bien situado, volvió a tirarse al suelo y abrió un fuego mortal contra ellos.

    Los sorprendidos hombres se volvieron para mirarlo y se incorporaron a medias, poseídos de súbito terror. Gary hizo fuego otra vez, y uno de los hombres cayó. Los disparos procedentes de la parte trasera del camión se incrementaron agudamente. Los tres sobrevivientes, al verse cogidos en una trampa, saltaron de su refugio y corrieron, intentando escapar por la zanja.

    Gary se irguió sobre las rodillas, hizo una última descarga y se agazapó de nuevo. Cuando los tres hombres pasaron ante el alcance de la ametralladora, ésta tableteó una vez más, y luego todo quedó tranquilo.

    Gary interrumpió el silencio gritando:

    —¡No hagan fuego ahora!

    Alguien le contestó desde el camión:

    —Avance con las manos en alto.

    Gary se incorporó lentamente, con las manos en alto, pero manteniendo asido el rifle con ambas manos. Atravesó con muchas precauciones la zanja y se detuvo al borde del camino, observando a los dos hombres que estaban en la cabina más cercana.

    —Tire el arma.

    Gary vaciló.

    —No soltaré si ustedes no me protegen la espalda... No quiero que nadie me dispare por detrás.
    —Lo tenemos a cubierto. ¡Suelte el arma, rápido!

    La dejó sobre el suelo.

    —Bien... Diga ahora quién es usted.
    —Cabo Gary Russell... Estaba con el quinto ejército, en Chicago.

    Una cabeza con casco apareció en la ventanilla de la cabina.

    El casco llevaba un galón blanco.

    —¿Tiene documentos de identificación, cabo? —preguntó el oficial, con suspicacia.
    —Sí, mi teniente —buscó bajo sus ropas y sacó las insignias que colgaban de la cadena.

    El teniente observó primero el distintivo y luego al hombre.

    —Bueno, creo que debo darle las gracias. Evidentemente nos ha ayudado a salir de un buen aprieto... ¿Está usted solo?
    —Sí mi teniente —Gary miró los cuerpos tirados en el camino—; excepto esas víctimas.

    Hubo un momento de silencio en que el oficial no supo qué decir. Gary miraba al teniente, y a un segundo rostro que había aparecido detrás de su hombro.

    El segundo rastro sugirió:

    —Pregúntele por Chicago, teniente.
    —Bombardeado —respondió Gary, sin esperar a que el otro repitiera la pregunta—. Con cientos de bombas atómicas. El lugar se ha convertido en un montón de cenizas.
    —¿Cómo pudo usted escapar? —fue la pronta réplica.
    —Yo no estaba allí, mi teniente. Estaba cumpliendo deberes de cabo de reclutas en el estado —pensó que debía demostrar la mejor voluntad posible—. Todo el condenado país está arrasado, mi teniente. Bombas atómicas y peste por todas partes. No pueden haber quedado más que un par de miles de personas.
    —¿Tantos? ¿Está seguro?
    —Sí, mi teniente. En estos dos últimos años recorrí todo el territorio entre Chicago y Florida. El primer año había muchos más; pero yo aseguraría que este verano hay sólo unos pocos miles.
    —¡Pues sí que estamos listos! Ellos decían que... En fin; ha hecho usted un buen trabajo, cabo. Nunca podremos agradecerle bastante. Ahora repararemos esto y nos marcharemos.
    —Mi teniente.
    —Diga.
    —Yo tenía una leve esperanza de que ustedes pudieran llevarme consigo.
    —¡Completamente imposible! —exclamó el teniente—. Usted está contaminado. Ha hecho fuego contra el enemigo; lo felicito, cabo, pero no puedo hacer nada más.

    Gary lo miró. Su rostro barbudo era una vivida estampa de la desilusión.

    —¿No puedo ir? Pero, mi teniente, yo...
    —¡No!

    Gary comenzó a alejarse, pero luego se volvió otra vez.

    —Diga, mi teniente; ¿puede darme algo de comer?
    —No podemos darle nada, cabo; lo siento mucho. Nuestros víveres tienen que alcanzarnos para todo el viaje. Y ahora, por favor, salga del camino. Tenemos que cambiar ese neumático.

    Gary dijo ansiosamente:

    —Yo se la colocaré, si mi teniente puede darme algo para comer. Por favor; la comida está tan escasa...

    El oficial observó el delgado cuerpo y las andrajosas ropas de Gary; se volvió para cambiar una mirada con el otro hombre que estaba en el vehículo, y luego volvió a contemplar a Gary.

    —Bien, cabo. No tenemos demasiado; pero aseguraría que usted lo necesita mucho más que nosotros. Ahora... lo del neumático...
    —Sí, mi teniente —Gary saltó hacia adelante—. Deme el gato.
    —¡Deténgase ahí! ¡No se acerque al camión! ¡Usted está contaminado! No tenemos puestos nuestros trajes. Le tiraré el gato.
    —¿Trajes? —repitió Gary estúpidamente.
    —Trajes de radiación... Tenemos que usarlos en este condenado lugar. Ahora... el neumático.
    —¡Sí, mi teniente! —Gary rodeó el camión hasta la parte delantera y miró de soslayo la destrozada goma. Nunca podría volver a servir—. Vigile bien, mi teniente. No quiero que alguien me haga fuego —deslizó el gato debajo del eje delantero y comenzó a accionarlo. La rueda, lentamente, empezó a separarse del suelo.

    ¡El destino de aquellos hombres estaba al otro lado del río! Eran dos camiones, y cada uno de ellos trans-portaba tres hombres, si es que él había visto bien: ¡dos camiones y seis hombres viajando hacia la línea de la cuarentena, llevando consigo sus provisiones y sus trajes de radiación para protegerse mientras atravesaban el territorio contaminado! Con secreta excitación sacó la llanta de la rueda y la reemplazó con el repuesto. Destornilló la tapa de la válvula, le dio vuelta y la colocó nuevamente en la válvula, pero del revés; luego, siempre accionando el gato, volvió a sentar el vehículo sobre el suelo. Se produjo un débil escape de aire.

    —¿Quiere que le devuelva el gato, mi teniente? —preguntó Gary, incorporándose.
    —Colóquelo en la parte de atrás... Es la mejor solución.
    —Bien, mi teniente.

    Gary se dirigió a la trasera del camión; vio abierta la puerta; miró al sombrío interior, y se encontró frente a frente con el cañón de la ametralladora. El artillero estaba sentado sobre una caja de embalaje, contem-plándolo; un cigarrillo le colgaba de los labios. El camión estaba cargado con otras cajas de madera similares. Gary olió el humo del cigarrillo.

    —Tira el gato ahí —dijo el artillero en tono cortante.
    —Está bien, camarada. Gary arrojó el gato en la caja más próxima y retrocedió con los ojos fijos en el cigarrillo. El artillero se incorporó y cerró la puerta.
    —Muy bien, cabo —expresó el teniente—. Mencionaré su comportamiento en mi informe. Hoy le ha proporcionado una valiosa ayuda al gobierno.
    —Gracias, mi teniente —dijo Gary, con cara inexpresiva—. ¿Y la comida...?
    —¡Ah, sí! —el teniente arrojó dos cajas de raciones—. Siento mucho no poder darle más; pero andamos escasos. ¿Sabe usted en qué lugar estamos? —preguntó mirando a su alrededor, como si esperara encontrar señales indicadoras.
    —Gracias, mi teniente. Eso es Ohío..., muy cerca del límite con Indiana. Otra cosa, mi teniente: si yo fuera usted, no me detendría en ninguna ciudad para pernoctar... Es muy expuesto: hay grandes posibilidades de que lo asalten. Manténgase en campo abierto.
    —Gracias, cabo. Acabamos de experimentar que ese es un buen consejo. Y ahora, no recobre su arma hasta que nosotros estemos fuera de su campo de acción —puso en marcha el motor, hizo retroceder el camión sobre el camino, y con un impaciente toque de bocina instó al otro camión a que se adelantara—. Adiós, y buena suerte.

    Los dos vehículos se pusieron en marcha.

    Gary los observó mientras se marchaban.

    —¡Hasta pronto, hijos de perra!

    Los camiones estaban estacionados de manera que sus motores apuntaban en sentidos opuestos, junto a una pequeña arboleda. Eso significaba que había un artillero apostado en cada cabina, cubriendo con su arma tres direcciones de posible asalto. Gary estudió la escena. Se habían detenido para pasar la noche en un pequeño estacionamiento situado al lado del camino, construido y mantenido en otra época por el departa-mento de carreteras del estado. El lugar estuvo originariamente destinado a los turistas.

    Gary aguardaba en un matorral, en el límite más alejado de la arboleda, proyectando cómo podría apo-derarse de los camiones.

    Gary seguía allí, esperando con paciencia. Después de un tiempo que no supo calcular, un ruido procedente de uno de los camiones lo puso alerta.

    El centinela de uno de los vehículos sacó la cabeza por la ventanilla y llamó al del otro camión. Aunque hablaba en voz baja, Gary pudo entender perfectamente sus palabras.

    —¡Eh, Jackson!
    —¿Qué? —la segunda cabeza apareció en la cabina opuesta.
    —¿Qué hora es? Mi condenado reloj se ha parado.
    —Casi medianoche.
    —Bueno, ya es suficiente. Vamos a despertar a esos tipos y a cambiar.

    Hubo un ruido de forcejeos en el interior del camión más cercano, y voces de protesta en el otro. Gary se arrastró hasta un poco más cerca. Los nuevos centinelas relevaron a los otros en los asientos de las cabinas, con ruidosos movimientos, que despertaron a uno de los hombres que yacían en el suelo, bajo los camiones. El hombre asomó la cabeza y dijo agriamente :

    —¿Qué pasa ahí?
    —Medianoche, mi teniente... Cambio de guardia.
    —Bueno, pero no hagan tanto ruido.
    —Bien, mi teniente.

    El oficial volvió a meterse bajo el camión, se movió mucho, como si estuviera buscando el lugar donde había estado durmiendo antes, y bruscamente salió y se puso de pie.

    —Yo haré la guardia de las cinco. Mantengan los ojos bien abiertos.
    —Sí, mi teniente.

    El teniente, arreglándose la ropa, se encaminó hacia el lugar donde estaba Gary. Gary, pegado al suelo, dejó que se acercara; esperó hasta que el hombre se detuvo junto a un árbol; se levantó silenciosa y suavemente cuando el oficial tenía las manos ocupadas, y lo atrapó.

    Después de un rato. Gary se encaminó muy erguido hacia el camión y se deslizó bajo el mismo, preparado para hacer fuego si era necesario. Se estiró sobre el suelo, suspiró y se quedó quieto. Encima de él, el recién despertado centinela rasgó un fósforo en el guardabarros para prender un cigarrillo. Gary se guardó la auto-mática del teniente debajo de la camisa y esperó a que pasara el tiempo. Su primera ocupación fue eliminar al otro hombre que estaba durmiendo junto a él, y entonces quedaron dos fuera de combate.

    Necesito otra media hora para llegar hasta el centinela que estaba sentado tras el volante; una tediosa media hora, arrastrándose sobre el terreno pedregoso, sin hacer ruido, pegado al costado del vehículo; pero por fin se enderezó ante el vano de la ventana. Llevaba un guijarro en la mano. Cuando estuvo de pie ante la ventanilla abierta arrojó el guijarro por encima del camión y escuchó el ruido de la piedra al caer al otro lado. Empuñó la automática por el cañón, curvó su brazo y lo pasó a través de la ventanilla para alcanzar al centinela por la parte de atrás de la cabeza. Sujetó al hombre antes de que cayera sobre la bocina, y colocó el cuerpo en el asiento. No hubo ningún sonido. Ningún movimiento en el interior de ese vehículo ni del otro.

    Suave y cuidadosamente, abrió la puerta y entró en el camión. El hombre que había dejado la guardia un momento antes, estaba durmiendo profundamente. En seguida quedó dormido para siempre. Sólo restaban los dos hombres del otro camión.

    Gary necesitaba informes, los necesitaba imprescindiblemente si quería cruzar el río y salir de él con vida. Después de considerar el problema abrió súbitamente la portezuela, salió sin intentar ocultarse, y se dirigió al otro camión.

    Una cabeza apareció frente a Gary.

    —¡Quédate quieto; condenado! ¿Quieres que el teniente te oiga?

    Gary le puso la automática en el rostro.

    —¡Fuera de aquí, pronto y sin hacer ruido!

    El hombre lo contempló en la oscuridad y retrocedió para mirar la pistola.

    —¡Pero...!
    —¡Silencio y afuera!..., ¡ahora mismo!

    El centinela comenzó a temblar.

    —¡No hagas fuego!
    —Trae a tu compañero aquí. ¡Rápido!

    El centinela golpeó la pared del camión, y después de un momento apareció una segunda cabeza en la puerta abierta.

    —¿Qué diablos pasa...? —se detuvo aterrorizado.
    —¡Salga de ahí! —respondió Gary—. ¡Vamos, afuera...!

    Les ordenó que se pusieran de pie junto al costado del camión, de cara al camión, con las manos sobre las cabezas y con todos los dedos unidos.

    —Ahora me daréis un informe o moriréis como perros. ¿Quién va a hablar?
    —Yo no sé nada.
    —Los dos sabéis adonde van los camiones —refutó Gary.

    Hubo un momento de silenciosa vacilación. Los dos hombres se miraron.

    Gary pinchó a uno de ellos con la automática.

    —¿Adonde?
    —Hay un puente en un lugar llamado Fort Madison, en Iowa —dijo el soldado, con reticencia—. Nosotros...

    Gary cortó sus palabras volteando la pistola y golpeándolo con la culata en la cabeza. El hombre cayó al suelo.

    Su compañero contempló el cuerpo caído y desvanecido.

    —El puente de Fort Madison —dijo Gary suavemente— tiene un boquete de más de un kilómetro de ancho. Ahora te preguntaré a ti —avanzó hasta apoyar el cañón de la pistola en la espalda del hombre—. ¿Adónde van los camiones?
    —No es Fort Madison —contestó el otro con un estremecimiento—. Es un puente llamado la Cadena de Rocas o algo por el estilo. Es un lugar cerca de Saint Louis. Están esperándonos allí.
    —¿Quiénes?
    —No sé... Honestamente, no sé. Todo el condenado ejército, supongo. Tenemos que entregar estos camiones.
    —¿Por qué? ¿Qué llevan?
    —Oro. Barras de oro.
    —¡Estás mintiendo!
    —¡Lo juro! ¡No estoy mintiendo! Ve y mira tú mismo, si no me crees. Teníamos tres cargas de ese conde-nado oro. Perdimos un camión allá, por entre las montañas.
    —¿Lo perdisteis?
    —Nos asaltaron..., lo mismo que hicieron hoy esos tipos. El capitán iba en aquel camión.
    —¿Para qué diablos quiere el ejército ese oro?
    —No sé. Nosotros sólo tenemos orden de entregarlo

    Gary reflexionó sobre el asunto, observando intensamente al hombre.

    —El gobierno debe hallarse en apuros. Salieron tres camiones, ¿eh? Vosotros, muchachos, sois bastante bisoños... Me sorprende que hayáis podido llegar tan lejos. ¿Cómo andan las cosas en Washington?

    El soldado dio media vuelta para mirarlo.

    —Nosotros no venimos de Washington. Venimos de Fort Knox.
    —De... —Gary se puso instantáneamente en guardia—. Entonces, ¿qué diablos hacen estos camiones tan al norte?
    —No sé, compañero. Yo no escribí las órdenes. El teniente dijo que teníamos que seguir este camino y tomar por la ruta 50. Y precisamente es lo que estábamos haciendo..., hasta que tú y los otros agentes ene-migos aparecisteis.
    —¿Qué pasará después..., cuando entreguéis los camiones en el puente?
    —Bueno, me parece que cruzaremos el puente y nos reuniremos con ellos.
    —¿Ellos dieron el permiso? —Gary retuvo el aliento.
    —Sí, a condición de que no lleguemos contagiados de la peste. Debemos usar los trajes durante todo el tiempo; pero el teniente dijo que no era necesario, a menos que algún agente enem..., que algún compañero, como tú o los otros, nos molestara. Se supone que nos examinarán en el puente y que, si estamos sanos, po-dremos cruzar —dirigió una mirada de soslayo a Gary—. Por mi parte, estoy muy contento de que tú estés sano. No quiero pescar la peste. ¿Realmente estuviste allá cuando se produjo el bombardeo?

    Gary asintió:

    —Estaba a unos trescientos kilómetros al sur de Chicago. Pero dime...: ¿qué pasará ahora... ahora que el teniente ha muerto, quiero decir?... —el soldado volvió la cabeza para observar el otro camión, buscando a sus compañeros—. Sí, está muerto... él y todos ellos, excepto tú y tu camarada que está aquí... Y éste no está en condiciones de conducir. ¿Qué es lo que vas a hacer ahora? ¿Qué dicen las órdenes?

    El soldado no contestó en seguida. Permaneció mirando al camión y luego contempló al hombre que yacía a sus pies. Parecía tener muy débiles esperanzas en cuanto a solucionar el problema.

    —¡Maldito si lo sé con seguridad —contestó—. El teniente no daba explicaciones de nada... Sólo que tengo una confusa idea de lo que hay que hacer. Y él llevaba documentos. También tiene las cosas del capitán. Supongo que lo único que podemos hacer es dirigirnos al puente y decirles que tú... y decirles lo que ha pasado.
    —¿Puedes hacer eso tú solo —insistió Gary—. ¿Podrás cruzar el puente sin los oficiales? ¿Conoces el santo y seña? ¿Puedes hacerlo?
    —No he oído nada de eso. Nosotros tenemos que detenernos exactamente en la mitad del puente y es-perar a que vengan a nuestro encuentro. Ya te dije que están esperándonos.

    Gary frunció los labios, pensando en la simplicidad del plan.

    —¿Vienen algunos más? ¿Más camiones detrás de estos?

    El soldado negó con la cabeza.

    —Todavía no; por lo menos no vendrán hasta que nosotros consigamos cumplir nuestra misión. Si nosotros..., quiero decir, si yo hago esto, vendrán otros por el mismo camino.
    —¿Es cierto?... Este camino estará inundado de camiones dentro de no mucho tiempo —Gary se frotó pensativamente la barba, reflexionando que la próxima vez tendría que afeitarse mejor—. ¿Por qué diablos no enviaron una columna para protegerlos? Ellos deberían saber lo que podía ocurrir en este lado del río.

    La contestación fue una amarga risa.

    —Cabo, allí no hay columnas, de manera que no pueden enviar ninguna. La mayoría de nuestros hombres cayeron fulminantemente enfermos y murieron de la peste... o desertaron. Nosotros hemos vivido encerrados en el refugio desde que... y apostaría que no ha quedado ni un centenar por allá. Por desgracia, compañero, teníamos más camiones que hombres para conducirlos.
    —Seguramente. Ahora escucha: vas a ir tras aquellos árboles, y traerás al teniente hasta el camión. Y no olvides que estaré apuntándote en todo momento.

    Cuando el otro hubo cumplido lo indicado, se volvió a mirar suspicazmente a Gary.

    —Dime: ¿estás pensando en...?
    —No interesa lo que estoy pensando. Y tú habrás hecho muy bien en decir la verdad, porque tu vida puede depender de eso. Saldré de aquí con éste —señaló el cuerpo caído.
    —Nunca conseguirás cruzar... ¿Para qué quieres al teniente ahí?
    —El teniente me llevará hasta el otro lado. Y ahora escucha un buen consejo, camarada... Soy la vieja voz de la experiencia; he vivido dos años en este condenado país, y si tú deseas vivir otro tanto, tendrás que tener los ojos y los oídos bien abiertos, y hacer fuego primero. No vuelvas a hacer los mismos condenados trucos de esta noche... Si yo estuviera en tu lugar, este otoño me encaminaría al sur. ¿Comprendes?
    —¡No puedes hacer eso! Te seguiré hasta el río y les diré...
    —Puedes seguirme todo lo que quieras; ¡pero no les dirás nada! Camarada, ni siquiera se te ocurrirá la idea. Ahora eres un agente enemigo —dijo Gary, y lo derribó con un corto y brutal derechazo.

    En un lugar de Illinois, Gary detuvo la marcha del vehículo en una desierta carretera y saltó de él con la ametralladora en la mano. Cuando estuvo a cierta distancia del camión, dio media vuelta y le descerrajó mu-chos disparos, dejándolo marcado y lleno de agujeros como si hubiera tenido que soportar una gran batalla. Se sacó la ropa, se quitó y arrojó su propia cadena de identificación, y pasó sobre su cabeza la cadena robada. Su nuevo nombre, según supo, era Forrest Moskowitz. Leyó el número de serie varias veces, intentando memorizar las cuatro o cinco primeras cifras. Satisfecho, se volvió a colocar el uniforme. Pronto fueron fa-militares para él los papeles que llevaban el capitán y el teniente que habían muerto... Gary. era el único so-breviviente y como tal se suponía que debía haberlos leído por curiosidad. Estaba convencido de que podría sobrellevar su nueva identidad perfectamente. Sólo existía la remota posibilidad de que alguien que estuviera cerca del puente conociera a los de Fort Knox.

    Le colocó al cadáver del teniente un traje de radiación, se puso otro él mismo, y siguió su camino satis-fecho de su labor.

    El camión se fue acercando al puente de la Cadena de Rocas.

    Se aproximó lenta y cautamente, virando para iniciar el cruce, y comenzó a cubrir el largo trecho que se tendía hasta el centro del río. El camión marchaba a menos de treinta kilómetros por hora. Un nudo de pánico apretó su estómago y por un breve instante consideró la posibilidad de retroceder, abandonando el camión y el suspirado objetivo seguridad de un territorio conocido. Desechó sus temores y continuó su camino. Exactamente en la arbitraria línea divisoria, exactamente un poco más allá de este invisible punto límite de Illinois tocaba el de Mississipí, le esperaban sobre el puente dos tanques que con su volumen bloqueaban el paso.

    Después de un momento oyó que un vehículo se acercaba a toda velocidad desde el otro lado del puente. Se detuvo exactamente detrás de los tanques. De él salieron varias figuras cubiertas con trajes de radiación, empuñando fuertemente armas de mano; pasaron alrededor de los tanques, y

    Los soldados con sus trajes de radiación se acercaron al camión. De un tirón, abrieron la puerta trasera para examinar el interior del vehículo. Encontraron el cadáver del teniente (con la consiguiente sorpresa), el precioso cargamento, las provisiones usurpadas por Gary, y nada más. Nuevamente el desconocido jefe hizo un gesto, y dos soldados treparon al camión para conducirlo más allá del límite del estado. Pesados motores irrumpieron en repentina y ruidosa actividad cuando uno de los tanques se ladeó perezosamente, dejando paso al camión, y luego volvió a su primitiva posición.

    El resto de la tropa escoltó a Gary.


    Capítulo XI


    Un ornamental edificio reverberó a través de la ventanilla: el edificio que había albergado todas las ofi-cinas de derecho de peaje, mucho antes de que una parte del mundo concluyera. Ahora contenía un puesto de mando con una pareja de centinelas a la puerta. Los centinelas observaron al automóvil cuando éste pasó, y siguieron mirándolo cuando se detuvo delante de un edificio más pequeño y más nuevo, situado a corta dis-tancia sobre la misma calle.

    Gary sintió una leve presión en su brazo. Entonces bajó del automóvil, y siguió a los soldados hacia el edificio más pequeño. Alguien abrió la puerta de acero. Lo empujaron hacia dentro y luego se aglomeraron tras él.

    Se oyó una señal y repentinamente la estancia se vio inundada por una densa niebla. Después de un intervalo, se oyó otra señal en la cámara, y la niebla comenzó a disiparse como si la soplaran hacia fuera. Los otros hombres esperaron a quitarse los trajes. Gary levantó una mano para desprender sus ropas, pero lo detuvieron.

    —Un momento, camarada. Todavía no. Ahora tienen que examinarle, y luego te quedarás hasta que nosotros vengamos a sacarte de aquí.

    Bueno, ¿qué diablos había querido decir el hombre con todo eso? Gary observó al soldado y sintió que se le formaba de nuevo el nudo en el estómago.

    Todos ellos se quitaron sus trajes de radiación. Luego abandonaron el edificio, golpeando la puerta tras ellos Gary quedó allí, de pie, completamente solo. De nuevo levantó sus manos y comenzó a desvestirse, com-probando por primera vez que el uniforme no le caía perfectamente bien y que tenía la barba muy crecida.

    Inopinadamente la puerta de acero, se abrió y en el vano apareció un soldado de los servicios de sanidad.

    Observó a Gary profesionalmente.

    —Espero ganarme una medalla por este caso —anunció el hombre con aire alegre—. Quizá estés con-tagiado por la peste.
    —¡O quizá no! —replicó Gary con rapidez—. Vamos, terminemos de una vez con todo esto. Quiero salir de aquí... Este lugar me saca de quicio.
    —No saldrás de aquí, hermano... por lo menos no hasta que terminemos con los exámenes. Dame el brazo.
    —¡Vete al diablo! ¿Para qué lo quieres?
    —No me iré al diablo —el militar le tomó el brazo—.

    Análisis de sangre, ¿comprendes? Podrías haberte contagiado algo. Debemos ser infernalmente cuidadosos —hundió la aguja en el brazo de Gary, y extrajo un poco de sangre—. ¿Qué tipo de sangre tienes?

    —¿Cómo quieres que lo sepa? —contestó Gary con furiosa impaciencia.
    —Mirando tu distintivo, ¡estúpido! —alargó suavemente una mano y levantó la cadena que colgaba del cuello de Gary para leer la inscripción del distintivo de metal—. AB. Bastante raro, ¿no te parece?
    —¿Qué quieres decir con esa estupidez?
    —El tipo AB no abunda por aquí, cantarada; aunque quizá, entre los egipcios y los chinos —volvió a ob-servar el distintivo—. Eres Moskowitz, ¿eh? Bueno, he visto otros casos más raros... Quizá seas un Moskowitz egipcio o algo así...
    —¡Lárgate ya de aquí! —Gary estaba perdiendo rápidamente el dominio de sí mismo, incitado por su cre-ciente temor—. Y tráeme pronto algo de comer... Estoy condenadamente harto de las raciones C.
    —Está bien, está bien —el soldado terminó su trabajo y se marchó.

    Poco después la puerta se abrió, y entró el soldado trayendo una bandeja.

    —Otra medalla para mí ........... ¡Eres un egipcio postizo!
    —No soy egipcio —protestó Gary, aterrorizado.
    —¡Seguro que no! Tú eres tan AB como yo. En caso de que alguien te pregunte, di que eres del tipo O absoluto. Conviene que lo recuerdes... Puede serte útil algún día.
    —Pero el distintivo dice...
    —El distintivo miente como un bellaco, camarada; pero no lo tires. Eres una cándida paloma, ¿no? —co-locó la bandeja en el suelo—. Eso pasa siempre: ellos lo hacen todo con mucha rapidez y siempre cometen errores. Apostaría a que uno de cada veinte tipos anda por el mundo con un dato equivocado en su distintivo... Es un maldito asunto; pero tú no puedes hacer nada. El único inconveniente es que, sí alguna vez necesitas una transfusión en un caso de apuro y te ponen un tipo equivocado..., entonces estás listo.
    —Quizá haya cambiado —sugirió Gary—. Fue hace ya tanto tiempo...
    —No, no, no —el soldado sacudió la cabeza e hizo una mueca ante la ignorancia de Gary—. Eso nunca cambia. Es igual que las impresiones digitales. Naciste con tipo O y morirás con tipo O. Ahora a comer. Te traeré agua y comida. Tendrás que quedarte aquí hasta que terminen de hacer las pruebas: unos tres días.
    —¿Por qué? —preguntó Gary de nuevo—. ¿Para qué hay que hacer pruebas?
    —Para ver si has pescado algo, ¡estúpido! Si eres portador de gérmenes de la peste, en seguida lo sabre-mos —el soldado retrocedió—, y yo me ganaré la condenada medalla.
    —Esto es verdaderamente infernal. Oye... hazme un favor. Trata de conseguirme un pase. He estado demasiado tiempo fuera de circulación.
    —¡Y todavía quieres un pase!

    Gary no consiguió el pase..., nunca lo esperó, ni esperó los tres días fijados. Sabía con certeza lo que reve-larían las pruebas; sabía que, sin lugar a dudas, los tubos de ensayo, o cualesquiera fueran las cosas que usaran, demostrarían sus dos años de vagabundeo por la zona contaminada, y descubrirían lo que hubiera en la sangre. La libertad estaba demasiado cerca para esperar tres días.

    Aquella noche, la segunda que pasaba en la cámara, Gary se escapó.

    Para conseguirlo, pensó primero en la posibilidad de pedirle leche al centinela, pues sabía que a éste le costaría bastante tiempo procurársela, pero abandonó rápidamente la idea, porque se le ocurrió que el centinela podría negarse a buscársela. O en el caso de que quisiera, quizá se le ocurriría cerrar con llave la puerta antes de marcharse, o bien cuidar de estar ausente sólo unos cinco minutos como máximo. Cinco minutos no era suficiente. Necesitaba horas para alejarse de la zona.

    Así pues, Gary formuló su habitual pedido de agua, y mantuvo la puerta abierta con una pequeña rendija, mientras escudriñaba la oscuridad. No oyó ruidos de ninguna otra persona que estuviera cerca ni notó olor a humo de cigarrillo. El centinela volvió con el agua y se detuvo para colocarla ante el umbral; pero se incorporó con sorpresa cuando vio la estrecha abertura de la puerta. Gary lo tomó por la parte de atrás de la cabeza y le golpeó con el canto de la mano en el cuello. El centinela se desplomó. Gary se asomó cautelosamente. No oyó rumor alguno. Sin perder un instante, arrastró el cuerpo inerte hasta la cámara y lo tendió dónde él había dormido la noche anterior. En pocos segundos se deslizó afuera, cerró la puerta con llave, y desapareció en la oscuridad de la noche, alejándose del río.

    Disponía de tres o cuatro horas, por lo menos tres, hasta que fueran a relevar al centinela.

    Gary iba ahora vestido con ropas civiles: un sucio overol y una indescriptible camisa que le había quitado a un granjero. En un bolsillo tintineaban un par de dólares en moneda pequeña, propiedad también del mismo granjero al que había estrangulado. Su cuerpo inerte yacía, muchos kilómetros atrás, en una zanja; pero su viejo camión Ford corría por una carretera hacia el sur. Salía el sol cuando Gary y el camión robado se hallaba ya a unos ochenta kilómetros al sur de Saint Louis y bien lejos del río, bien lejos de los dieciséis kilómetros que correspondían a la zona militar.

    Aquello era la libertad. Había esperado dos años para recobrarla.

    Aquella tarde, temprano, entró en un cine para ver dos películas; pues cuando pasaba frente al local des-cubrió súbitamente que una de las cosas que más había anhelado era contemplar las cambiantes imágenes del cine. En la primera película, una mujer muy atractiva se exhibía en traje de baño, para asombro y deleite de todos los hombres y de todas las mujeres que participaban en el episodio; en la segunda, un verdadero héroe romántico del honrado Oeste conseguía vencer, después de múltiples dificultades, al sombrío villano y salvar el rancho. Cada una de estas películas lo mantuvo en suspenso, y decidió permanecer en la sala para ver de nuevo la escena del traje de baño. Por último salió del cine con otro plan en la mente. La idea era aún bastante confusa; pero, al anochecer, Gary tenía ya sus planes listos. Su dinero era escaso: no tenía suficiente para beber y comer, y mucho menos para satisfacer sus deseos. Su primer robo le había proporcionado solamente unas pocas monedas; el segundo puso a su disposición una billetera. Abandonó aquel pueblo, y buscó otro.

    Compró ropas, pero no nuevas (por temor a que pudieran estar marcadas), sino de segunda mano. En una calle lateral abandonó el camión del granjero. Tomó un ómnibus hacia Little Rock, lugar donde llegó aquella misma noche, bastante tarde. Little Rock era más o menos como Gary suponía; inclusive había radios que difundían las noticias, o por lo menos parte de las noticias, que se tenían sobre los últimos sucesos... Un agente enemigo andaba en libertad al oeste del río... Gary se sentó en un bar y escuchó los boletines que eran repetidos cada quince minutos.

    En el bar demostraban bastante interés por las novedades: todas las cabezas giraban prestando atención; pero una vez que los noticiosos habían finalizado, todos volvían a sumergirse en sus propios problemas. Por todas partes se oían charlas, discusiones, planes tontos sobre qué le harían ellos a ese hijo de perra si se presentara allí; pero la preocupación mayor se concentraba en las bebidas que tenían al alcance de la mano y en la compañera de mesa.

    —¡Qué barbaridad! —dijo Gary al dueño del bar—; ese hombre nunca conseguirá llegar hasta aquí. Los soldados lo atraparán.

    El hombre asintió.

    —Ellos siempre lo consiguen. Los soldados son magníficos... Yo estoy por ellos. Desde que vinieron, todo ha cambiado en este lugar. Usted sabe cómo era este estado antes del cambio.

    Gary no lo sabía, pero asintió como si lo supiera. Sospechó que el dueño del bar se refería al tema que más le preocupaba (el comercio de bebidas alcohólicas); pero no quiso demostrar su ignorancia haciéndole preguntas. No pudo recordar si con anterioridad había estado alguna vez en Arkansas y ni siquiera recordaba nada acerca del lugar. Por otra parte, le importaba poco.

    No le fue difícil encontrar una chica que quisiera compartir con él el contenido de su billetera. A la ma-ñana siguiente, ella le preparó el desayuno, y Gary estaba tan encantado y satisfecho por la sensación de hogar que halló en el modesto apartamento de ella, que le expresó su deseo de continuar allí juntos algunos días. La chica se mostró más que bien dispuesta. Le prodigó un tipo de amor cuyos motivos eran evidentes, pero que satisfizo su prolongada carencia de efectos... Si Gary intentaba leer los periódicos, ella lo interrumpía; si ho-jeaba un poco los gastados libros, ella se los arrancaba de las manos y los tiraba a través de la habitación. Gary no perdió el juicio por ella; sabía que aquel amor terminaría en cuanto la billetera se vaciara; pero, mientras la chica era un agradable manantial después de dos años de sed. Le acariciaba la falsa cabellera rubia y la dejaba que obrara según sus normas.

    Compró una máquina de afeitar, simplemente porque un llamativo anuncio decía que con ella estaría me-jor afeitado. Compró también una caja de bombones para la chica que lo estaba esperando en el departamento. Después de haber entrado en media docena de tiendas, con los brazos cargados con todas las cosas que había adquirido por el solo placer de comprar, emprendió el regreso hacia el apartamento, al anochecer.

    No bien abrió la puerta, se detuvo en el umbral, contemplando aterrado el cuerpo retorcido que yacía en el suelo. La mujer estaba medio desnuda, y su cuerpo, de un horrible color amoratado, mostraba los síntomas de la progresiva asfixia. Lo señaló con un dedo acusador, intentando inútilmente emitir algunas palabras. Detrás de ella, la radio estaba transmitiendo noticias. Gary dejó caer los paquetes al suelo y salió a escape, olvi-dándose de cerrar la puerta.

    Tomó otro ómnibus, siempre en dirección al sur, pero tan sólo porque fue el primero que encontró con destino a otra ciudad.

    La ciudad era Shreveport. Creyó que ya la conocía, pero no estaba seguro: su otra vida había transcurrido tanto tiempo antes, que los recuerdos le jugaban a menudo malas pasadas. Tal vez estuvo allí una década atrás, con los equipos deportivos del ejército de Louisiana, o quizá sólo pasó en un tren militar. En cambio, la imagen de la atormentada chica en el suelo del departamento no era un recuerdo vago. Esa visión no lo abandonó pese a los esfuerzos que hizo para borrarla de su mente: lo acompañó, durante todo el aburrido viaje en ómnibus hacia el sur; lo atormentó mientras rondaba por las calles brillantemente iluminadas de Shreveport. Era un recuerdo ardiente, intenso, amargo. Yacía en el suelo, retorcida, casi asfixiada, señalando con el dedo acusador que parecía una saeta.

    Ahora no podía permanecer en ninguna parte. Ahora no podía quedarse más de un día, ¡exactamente un día!, en cualquier lugar en que se detuviera, ya fuese una ciudad bulliciosa, un pequeño pueblo o una granja donde pasar la noche. Sólo podía quedarse un día; en caso contrario, su paso sería descubierto.

    Aquella familia de granjeros, los Hoffman, no habían sido afectados por su presencia, porque ellos vi-vieron en la zona contaminada desde el primer momento. Estaban inmunizados, como él también lo estaba. En cambio, toda la gente que vivía al oeste del río no estaba inmunizada, y él los estaba matando. Transportaba la muerte en los ómnibus, la llevaba a los comercios, la transmitía a aquellos a quienes rozaba en la calle, a los encargados de los bares y a la chica del modesto apartamento.

    Shreveport había perdido el mágico encanto que conoció en otro tiempo.

    Comió en un pequeño y casi desierto restaurante donde le sirvieron una comida barata y poco satisfac-toria. En el extremo del mostrador, un conductor de taxi tomaba una taza de café mientras leía un periódico. Gary echó una mirada al diario... No había ningún retrato suyo (no lo tenían), pero alcanzó a ver el título del artículo que le concernía personalmente.

    Ahora habría, sin duda, muchos más civiles que soldados persiguiéndolo. Todos estarían buscándolo... Alguno podría verlo, pero ninguno lo reconocería hasta que fuera demasiado tarde.

    ¡Oh, aquel maestro de escuela había previsto los hechos con mortal precisión!

    ¡Y ésa era la vida brillante y feliz que tanto había ansiado; la vida al oeste del río; una vida colmada de mujeres, de bebida y manjares, una vida que no podía vivirse en la zona contaminada!... Para conseguir eso había arriesgado su propia vida..., y ahora no podía permanecer allí ni un solo día.

    —Seguramente prenderán al malvado.

    Gary se sobresaltó al escuchar las palabras del taxista.

    —Sí, seguramente —contestó; dejó dinero sobre el mostrador, y se marchó.

    Así, pues, él era un malvado: un malvado a quien se debía cazar y matar simplemente porque quería vivir con ellos en lugar de hacerlo en la vacía y desolada zona del oeste. Ellos querían matarlo porque él tendría que haber muerto mucho tiempo atrás y no murió... Lo matarían si es que podían dar con él. Le causaba gracia, en realidad, él los tenía en un puño: lo único que tenía que hacer era toser ante la cara del conductor de taxi, tocar o besar a la camarera, poner sus brazos sobre los hombros de un cliente del bar, y así los mataría mientras ellos andaban persiguiéndolo. Pero sólo podía permanecer un día. Mañana descubriría que había estado allí...

    Que había estado allí. El taxi estaba detenido en la parada, con el motor en marcha.

    Gary giró la cabeza para observar el bar a través de las ventanas. El conductor aún estaba embebido en su periódico. La camarera le llevaba otro café. Gary se detuvo junto al vehículo, dio una vuelta a su alrededor y finalmente se deslizó tras el volante. Consiguió ponerlo en marcha suavemente, de modo que el conductor no oyera ningún ruido. Después de haber recorrido una manzana, cambió de marcha y se lanzó a toda velocidad por la casi desierta calle. Un cruce de caminos le llamó la atención, y giró hacia el oeste para alejarse más aún del río. Lo más probable era que quienes lo perseguían supusieran que se encaminaba en línea recta hacia el sur.

    Pero se encontró con que la carretera hacia el oeste estaba cerrada. Habían colocado una barrera a través del camino, y un policía uniformado inspeccionaba los dos o tres automóviles alineados detrás del obstáculo. Sin aminorar la velocidad, dobló por un camino lateral y siguió hacia el norte, procurando dar la impresión de que esa era su ruta.

    Continuó hacia el norte hasta que llegó a otro lugar donde el camino estaba interceptado, y nuevamente se encaminó hacia Shreveport. Desde allí, tomó otra vez hacia el sur, después de haber descrito un círculo com-pleto con respecto a su punto de partida. Pero pronto volvió a encontrar una barrera similar a las demás, en la carretera a Alexandria a Baton Rouge. Se detuvo bastante antes de la barrera, donde la policía estaba ins-peccionando los pasajeros de un ómnibus interurbano, y volvió hacia atrás.

    Las rutas hacia el oeste y hacia el sur estaban cerradas para él... El terror a la peste se había expandido rápidamente. Quizá estuviera abierto el camino hacia el norte, pues probablemente pensarían que él no volvería en esa dirección; pero encontraría barreras tendidas en los límites de la parte sur de Little Rock. La chica yacía en el piso del departamento de Little Rock: el rastro más reciente para descubrirlo. Lo mismo su-cedería en Shreveport, mañana o pasado mañana. Una camarera, o el encargado de un bar...

    ¿Huir hacia el este?

    Guiando con muchas precauciones, Gary condujo el automóvil a través del río Rojo, hacia Bossier City. Nadie lo detuvo. Continuó en esa dirección, buscó y encontró la ruta federal hacia Monroe y hacia el Mississipí. En ese camino no había barreras..., todavía.

    Todavía no; pero muy pronto las colocarían: tan pronto como el conductor del taxi informara sobre el robo de su auto; tan pronto como la policía diera noticia sobre un vehículo que aparentemente no había querido seguir ni hacia el oeste ni hacia el sur. De repente pensó que el automóvil se asemejaba a un dedo amarillo en la carretera desierta. Tenía que encontrar la manera de librarse de él.

    La oportunidad se le presentó al día siguiente.

    Y se le presentó en forma de una mujer de mediana edad que iba conduciendo lenta y prudentemente un viejo modelo «Ford» A. Gary aminoró la marcha del taxi robado y empezó a marchar detrás de ella, observando como conducía. En seguida pudo comprobar que su velocidad nunca excedía de unos prudentes cuarenta kilómetros por hora. Una mujer precavida y solitaria que conducía su coche en una solitaria aurora hacia algún lejano destino. Ella se hizo a un lado para permitirle que pasara, retirándose lo más lejos posible hacia el lado derecho de la carretera, mientras observaba al taxi por el espejo de su coche.

    Gary aceleró, adelantó al otro vehículo, se colocó directamente ante el «Ford» y aplicó los frenos. Ella, obediente , disminuyó la marcha y conservó nerviosamente su distancia, mirando el paragolpes y las luces traseras. Gary volvió a tomar velocidad, conduciendo a menos de cuarenta kilómetros que habitualmente desarrollaba el «Ford». Se sintió muy satisfecho cuando vio la incertidumbre que se reflejaba en el rostro de ella. La mujer intentó disminuir más la velocidad, para mantenerse a buena distancia de Gary; pero éste aplicó el pie al freno y se mantuvo justo delante del «Ford». Por último, cuando los dos vehículos marchaban a unos quince kilómetros, Gary frenó por completo. Los reflejos de la mujer no eran suficientemente rápidos, y el «Ford» chocó contra la parte posterior del taxi.

    Gary bajó del coche, dejando la puerta abierta y el motor en marcha, y retrocedió para examinar los daños. Ella estuvo junto a él de inmediato, reprendiéndolo por su pésima manera de conducir y lamentándose por los daños sufridos por su propio auto. Sin decir ni una palabra, Gary la tomó por el brazo, la empujó hacia adelante y la colocó en el asiento delantero del taxi. La mujer lo miraba fijamente; se había quedado sin poder articular palabra, tanto por el asombro como por su creciente indignación. Gary la dejó allí, corrió hacia el «Ford» y subió a él. Antes de que ella pudiera recobrarse y bajar del auto, Gary había hecho retroceder el «Ford» para desenganchar los paragolpes. Con su nuevo robo describió una curva en torno del taxi, a creciente velocidad. La mujer le gritó algo cuando pasó a su lado. El viejo automóvil no daba más de ochenta a toda marcha, pero Gary hundió el pie en el pedal y lo mantuvo en esa velocidad hasta que un taxi amarillo y la mujer que gesticulaba salvajemente se perdieron de vista.

    Entonces escuchó el peculiar ruido de un aeroplano volando en picado. Hizo girar el volante y rápidamente encajó el automóvil en la zanja que corría al lado de la carretera. Luego, tan pronto como el vehículo se detuvo, saltó del coche y corrió hacia el campo. Se paró junto una cerca. El aeroplano estaba algunos kilómetros detrás de él, sobre la carretera que acababa de atravesar, pero no siguió adelante. Gary volvió hacia el camino y desde la distancia comenzó a observar.

    Los motores del avión rugían de nuevo. Gary lo descubrió en el momento en que el aparato salía de la pi-cada. Mientras Gary observaba, el aeroplano volvió a ascender hacia el cielo, dio varias vueltas para apro-ximarse a un punto determinado, y una vez más picó sobre la carretera. Pudo oír claramente el tableteo de las ametralladoras. El avión se perdió de vista en la línea del horizonte, pero al cabo de un momento volvió, siempre en picado; hizo una última pasada sobre el blanco, mientras Gary estaba de pie observando, y luego se quedó en el cielo, volando en círculos alrededor de su objetivo.

    Al dueño del taxi indudablemente le fastidiaría haber perdido su vehículo.

    Gary hizo retroceder el «Ford» lo volvió a situar en la carretera y se encaminó a gran velocidad hacia el este, en dirección al río, único lugar seguro que conocía. Tenía esperanzas de que los tripulantes del aeroplano no hubieran visto su automóvil. Ahora ya no cabía la menor duda de que su presencia en Shreveport había sido descubierta.

    El río, ancho y sombrío, corría ante sus ojos con indiferencia, con un susurro que no era precisamente so-nido pero que tampoco era silencio. El silencio auténtico estaba en la otra orilla: un silencio completo y tan-gible como algo que se puede tomar con la mano, un pesado y funesto silencio. Gary yacía inmóvil entre el pasto cenagoso y frío. Sus ojos buscaban la negra silueta de un centinela que se destacaba bajo el cielo oscuro Ahora sabían que estaba por aquellos lugares; sabían que había penetrado en la franja prohibida de dieciséis kilómetros; sabían que estaba oculto en algún sitio entre el destrozado taxi y el río. Incluso sabían hacia dónde iba, aunque le negaban el derecho de retornar al silencio.

    Gary yacía inmóvil, odiando el silencio y el río.

    No existía otra posibilidad para él, si deseaba continuar viviendo; y esta certidumbre lo enfurecía. Sintió un odio creciente por la obligada elección, por la escasez de posibilidades y por la dura necesidad de tener que hacerlo. Podía incorporarse y gritar su desafío al este... y morir en el instante siguiente; pero también podía volver a cruzar la línea de la cuarentena... ¿Y después?... El río era una angustiosa barrera que dividía la nación en dos mitades; mitades desiguales donde la vida se desarrollaba en desigual estado: de riqueza y plenitud, o de pobreza y escasez. Para la mayoría: alimentos, bebidas, bombones, radio, gasolina, dinero, neón, carne, paz. Para algunos pocos: obrar con rapidez o morir, acabarse lentamente de hambre o terminar rápida y violentamente. Y algo tan común como un río era la línea de la amarga división.

    La negra y casi informe masa de un majestuoso centinela se movió, destacándose contra las estrellas.

    Gary retuvo el aliento y observó la opaca silueta, que pasó taconeando junto a él, y la observó hasta que se perdió de vista. Esperó un buen rato, por si acaso aquel centinela era seguido por otros. Luego, se incorporó sobre las manos y las rodillas, y se dirigió hacia el agua. Una piedra rodó bajo su rodilla. Se quedó rígido sobre la arena, siempre observando y escuchando. Luego prosiguió suavemente, tanteando el camino tanto con sus sentidos como con sus dedos, escapando hacia la orilla del río, cuidando de no tropezar con un alambre de alarma. Una de sus manos extendida se sumergió en el agua y produjo un ligero chapoteo. Tras un momento de tenso silencio, hundió su cuerpo desnudo en el río, y se alejó lentamente de la orilla de Lousiana.

    Nadó hacia una de las pequeñas manchitas de tierra que había visto en medio del río, la noche anterior, cuando estuvo observando el lugar; nadó hacia una de las islas, donde encontraría un breve descanso antes de lanzarse al silencio que reinaba más allá del río. Ahora se odiaba a sí mismo, por su propia amarga futilidad y por sus tontas esperanzas de poder vivir como un hombre cualquiera; se odiaba por la injusticia que había recaído sobre él después de dos años de vigilante espera y de planes astutos. Habiendo conseguido cruzar el río prohibido, obtuvo como único resultado que le arrojaran su triunfo a la cara. Y ahora estaba literalmente hundiéndose de nuevo, sin que le quedara nada, excepto la vida y un desnudo e indefenso cuerpo que regresaban al silencio mortal.

    Se impulsó hacia adelante, aumentando la intensidad de sus brazadas.

    Durante un brevísimo instante deseó haber podido desparramar la peste incesantemente; haber podido co-rrer en libertad a través de cientos de pueblos y de ciudades, diseminando una muerte espantosa. Deseó haber podido arrasar a los atildados y estúpidos estados del oeste a su propio nivel de vida, llevando la plaga a sus montañas; haber podido mostrarles cómo era en realidad la vida al este del río.

    Gary avanzó en la oscuridad hasta que sintió una mezcla de barro y arena debajo de sus pies. Salió del agua, miró hacia atrás y sacudió un iracundo puño hacia la ribera de Louisiana.

    —¡Hijos de perra!

    La granjera en el taxi acribillado pudo apreciar la situación. El anónimo visitante nocturno de los Hoffman cuyo cuerpo fue arrojado en la helada caleta, pudo inclusive haber sonreído con sarcasmo ante tanta ironía. ¡Hasta el vulgar de Harry, tan ignorante, tan atolondrado en deslizarse por el cable, pudo haber reído estrepitosamente!


    Capítulo XII


    La estrecha franja de tierra sobresalía entre las aguas verdiazules del golfo, y las pequeñas olas corrían a quebrarse espumosas en la ardiente playa de arena. Eso era lo único que no había cambiado. El sol de Florida era cálido y desagradable en pleno verano.

    Gary removía los calcinados restos de la cabaña del pescador, buscando algún indicio que le permitiera saber cuál había sido el destino de sus moradores, algo que le indicara cuánto tiempo hacía que se marcharon... y por qué. Deseaba desesperadamente averiguar en qué fecha la barraca había ardido hasta los cimientos.

    Oliver y Sally se habían marchado... con el niño. ¿Adónde?

    Furiosamente, aplicó un puntapié a la carbonizada madera. Comprendió que las primeras ventajas de pasar el invierno en aquel lugar no continuaban siéndolo: ahora se habían trasformado en un definitivo y tremendo peligro. Demasiados supervivientes avanzaban desde el norte, para escapar a los duros inviernos; demasiados supervivientes habían descubierto las cálidas arenas y las aguas colmadas de alimentos. Sabía que aquellos que aún sobrevivían este año integraban el más peligroso núcleo de la salvaje y dura vida que todavía perduraba al este del Mississipí. Interrumpió su caminata para reflexionar. ¿Qué año era... éste?

    ¿El quinto año? ¿Cinco años desde el día en que los enemigos bombardearon? ¿Y cuándo había sido encontrada, saqueada, incendiada por extrañas manos la pequeña cabaña?

    Su pie desnudo chocó con algo articulado que se le hundió en la carne. Se agachó para examinarlo, sacán-dolo de las arenas donde estaba enterado. Era la cadena de madera que él había labrado para regalarle a Sally en Navidad... hacía varios años.

    Súbitamente, dándose cuenta del peligro en que estaba, Gary abandonó la isla.

    Tenía que encontrar algo para comer.

    Después de pasar tres días en ayunas, su estómago lo atormentaba penosamente.

    Recogió su rifle, calibre 22, y se arrastró hasta la boca de la cueva para observar la planicie cubierta de nieve.

    En los primeros años había utilizado sobre todo el máuser o rifle pesado, como muchos hombres que re-querían o necesitaban el mayor alcance y municiones más potentes, pero otros hombres que se aferraron obs-tinadamente a esos rifles pesados no vivieron mucho tiempo. El trueno de un rifle pesado se extiende a dis-tancias demasiado grandes a través del silencio y alerta territorio. El disparo de un arma significaba la pre-sencia de un hombre, y un hombre sólo hacía fuego para conseguir alimentos. Muy pronto, Gary descubrió las ventajas que tenía un arma más pequeña; descubrió que su estampido no llegaba tan lejos y por lo tanto era menos traicionero; y si se estaba bastante cerca, podía derribarse a un hombre con la misma facilidad que con las armas pesadas. Dejó, pues que los otros cazadores usaran sus rifles pesados para cazar a sus víctimas y revelar así su propia presencia..., y luego el los eliminaba con su rifle del 22. Era tan difícil conseguir la escasa comida que aún quedaba, que nadie vacilaba en cerrar otra boca.

    La llanura delante de él estaba despejada, blanca y brillante por la nieve recién caída. Nada se movía ante la vista.

    En la lejanía resonó el disparo de un arma de fuego.

    Impresionado, sorprendido y hasta complacido se tiró rápidamente al suelo y comenzó a escudriñar el ho-rizonte.

    Había sido un rifle mediano de un modelo cualquiera: el estampido fue demasiado lejano para permitirle una fácil identificación. Quienquiera que fuese no debía de haber advertido su presencia, pues de otro modo no habría hecho fuego a aquella distancia. La idea de que había alguien cerca, la posibilidad de conseguir comida, intensificó los dolores de hambre en su estómago. Antes de ponerse de pie, esperó solamente el tiempo nece-sario para examinar el campo alrededor y detrás de donde estaba, para ver si algún otro había escuchado el dis-paro y andaba también explorando.

    Gary se encaminó rápidamente hacia el nevado horizonte. Le circundaba un mundo vacío. Le pareció que el ruido del disparo procedía de alguna parte próxima a la ciudad, la cual era siempre una trampa mortal.

    Los hombres amaban aún las poblaciones, estaban fascinadas por ellas, soñaban con ellas, víctimas de otros que esperaban y acechaban. Unos pocos, más cautos y más experimentados, como Gary, solían esperar a la salida de los pueblos a los escasos visitantes, y los detenían antes de que pudieran entrar. Además, cuando conseguían entrar no adelantaban gran cosa. Muchas veces, la población estaba completamente vacía y continuaba estándolo, sólo porque los hombres de los alrededores pensaban que había alguien dentro.

    Después de dos horas de andar suavemente a través de la nieve, Gary llegó cerca de la población. Súbita-mente encontró la huella fresca.

    Gary frunció los labios... ¡Otra trampa!

    Las presentes huellas conducían a la ciudad.

    Gary se deslizó un poco más y se tendió sobre su estómago para estudiar el lugar. En las calles no había movimiento. Tampoco se advertía en ninguna chimenea el humo que revelaba la presencia humana. Pasó una hora; después otra... Gary no percibió ningún ruido de puertas, ni el chirrido que producen los zapatos sobre la madera: absolutamente ningún ruido. Alrededor del mediodía comenzó a soplar el viento, trayendo el olor de la población y también la promesa de una nueva nevada. Cuidadosamente, Gary levantó la cabeza para olfatear al aire. No se percibía olor a sangre fresca o a pieza de caza recientemente sacrificada. Los disparos del rifle no habían sido nada más que una parte de la trampa.

    Esperó, sin moverse a que comenzara a nevar.

    Gary esperaba con paciencia poder ver, oír u oler algo que le descubriera la trampa.

    El olor lo puso de inmediato en estado de alerta.

    Ya hacía mucho que había dejado de nevar. La profunda oscuridad de la noche se había tragado al mundo, dejando sólo una débil luminosidad pegada al suelo.

    Gary estaba soñoliento, casi dormido, aunque con los ojos cautelosamente abiertos y la cara tirada para captar el errático giro del viento, cuando percibió el olor. Provenía de la población. Gary cerró los ojos en un esfuerzo para identificarlo. En su memoria no existía un recuerdo preciso para denominar aquel olor que venía del cebo: se le escapaba..., lo atormentaba.

    Se daba cuenta de que no era ninguno de los olores propios de los trajes o de las pieles que los hombres usaban ahora para cubrir su cuerpo; no era tampoco el de ninguno de los combustibles utilizados para encen-der el fuego; no era, por último el de ninguno de los posibles tipos de alimentos que Gary alguna vez hubiera olido o probado. Tampoco era el peculiar tufo que expandía aquel solitario camión que cruzó la carretera, ni el hedor de ninguno de los animales que podían cruzar la comarca silenciosa. El efluvio llegó súbitamente, como si emergiera de un portal, y después de breves momentos se fue de nuevo, como si alguien hubiera cerrado la puerta. Pero lo raro es que no estaba mezclado con ningún otro olor, ni de cuero, ni de ropas de lana, ni de humo de tabaco: nada , sino aquel olor simple.

    Luego al cabo de media hora, llegó un olor a humo de leña.

    Gary continuó avizorando y esperando, pero el humo no era visible en el aire de la noche. El peculiar aroma no volvió.

    Incorporado a medias, comenzó a deslizarse dentro de la población, teniendo cuidado de que no se le cayera la nieve adherida a la espalda. El olor a humo se acrecentó al aproximarse Gary a los edificios, y pronto pudo localizar su origen: la deteriorada chimenea de una vieja casa de ladrillos situada en el límite del terreno que él estaba atravesando. Dio gracias por no haber entrado en la población despojado de la nieve que lo cubría a medias. Se acercó a la casa, giró en torno de ella observó, escuchó.

    Ante la puerta encontró huellas en la nieve. Habían sido impresas después de cesar la nieve. Eran pequeñas y estrechas de pies desnudos..., mucho más pequeñas que los zapatos que marcaron el rastro el día anterior. Gary retrocedió, se deslizó hacia el costado de la casa y se detuvo ante la chimenea. Los ladrillos esta-ban calientes por el fuego que oyó crepitar en el hogar. De inmediato percibió otro ruido más débil, y después de largos minutos de reflexión se dio cuenta de que se trataba de agua hirviendo... ¿Quién estaría preparando comida en medio de la noche? ¿Quién podría estar traicionándose con fuego de leña, quién se detendría con los pies desnudos sobre la nieve y quién permitiría que es extraño olor se mezclara con el viento?

    Moviéndose con prudencia junto a una ventana, Gary apoyó la nariz contra las rendijas.

    Fuego, calor, humo, pero ningún olor discernible en el recipiente..., y muy penetrable aquel aroma turbador.

    Una mujer que usaba perfume...

    De improviso oyó un movimiento en la habitación. Gary se arrojó al suelo, muy mal escondido porque ya no tenía nieve encima; preparó el rifle, y esperó.

    Al instante, concentró su atención. Se produjo un suave chasquido cuando ella cerró la puerta; se oyó el débil golpeteo de sus pies desnudos que se movían sobre el piso.

    Gary saltó desde su escondite en el ángulo de la casa y corrió hacia la puerta, sosteniendo el puñal por el largo mango. Sabía dónde estaría ella; sabía que en aquel instante caminaba hacia la lumbre, dándole la espalda a él. Saltó hacia la puerta; le dio un impulso con el pie; la abrió; empuñó el cuchillo por la hoja, y él mismo se colocó de manera que la puerta no se cerrara. Golpeó a la mujer en la parte del cráneo.

    La mujer se desplomó al suelo, sin que un solo sonido escapara de sus labios. El rifle que llevaba cayó junto a su cuerpo.

    Gary fue otra vez hasta la puerta, para escudriñar la calle y los alrededores; pero no oyó nada. Regresó adentro, cerró y atrancó la puerta. Pasó sobre el cuerpo de la mujer, tomó el rifle, le sacó las municiones, arrojó la inútil arma al suelo, y por último se aproxime al hogar y derramó sobre el fuego el recipiente de agua hirviendo para extinguir el calor y el humo tan reveladores. Solamente entonces retrocedió para mirar a la mujer.

    Sus ropas estaban prolijamente apiladas junto al fuego, sus zapatos y un gran bolso negro reposaban so-bre el suelo junto a las ropas. Gary se dirigió calmosamente hacia el bolso, levantó del suelo el puñal y abrió un ancho tajo en el costado del bolso. Por la abertura cayeron algunos trozos de conejo crudo, parcialmente helado. Gary se apoderó rápidamente de ellos e hincó los dientes en la carne fría. Después del conejo salió de] bolso un fino chorro de brillantes cuentas de vidrio, Gary, asombrado, metió la mano en el bolso y sacó un puñado de relucientes piedras que brillaron levemente en la oscura habitación.

    Corrió hacia la mujer, y le volvió el rostro para mirarlo.

    Ahora tenía mucho más de diecinueve años.

    En un instante fue hasta la puerta y recogió un puñado de nieve para frotarle le cabeza. Mientras esperaba que reviviera masajeando suavemente cabeza y nuca. Gary hacía planes para el futuro en que ambos estarían juntos. Ella podría ser muy útil en la lucha por permanecer vivos, podría ser el cebo más tentador para atrapar hombres... como lo había demostrado recientemente. Y si ella se desempeñaba bien en su trabajo... quizá Gary le perdonara el recipiente de agua hirviendo que había preparado.

    Además había el otro problema: no sería seguro para él que ella volviera a sentir hambre alguna otra vez.

    Gary le contempló la cara, mirando cómo se agitaban sus párpados a medida que iba recobrando el co-nocimiento. Decidió que tenía que buscar algún otro lugar para vivir..., pues a ella evidentemente no le agra-daría la cueva. Le hizo una sonrisa que se perdió entre su espesa barba.

    Los ojos de la mujer eran idénticos a los anchos, brillantes ojos azules que tenía la primera vez que la en-contró; su semblante transparentaba el mismo terror. Sólo su cuerpo había cambiado en esos diez años.

    —¡Hola, Diecinueve; —dijo—. ¿Te acuerdas de mí?


    FIN



    Título original: The Long Loud Silence
    Autor: Wilson Tucker
    Publicación: 1952 (1986)
    Editorial: Gaviota
    Categoría: Ciencia Ficción
    ISBN 9788476930267