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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    P
    S1
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    B1
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    VIAJE DE UN SIGLO (Vladimir Fiodorovich Tendriakov)

    Publicado el martes, febrero 21, 2017

    1


    En el Instituto del Cerebro se está celebrando un raro campeonato mundial.

    De todos los confines del planeta han acudido individuos de fenomenal memoria. Unos repiten al pie de la letra, cual si recitaran versos, guías de teléfonos como un misal; otros, antologías poéticas del mismo volumen, como si leyeran de corrida guías telefónicas. Hay entre ellos quienes, por amor al arte, se aprenden de pe a pa enciclopedias técnicas.

    A estos virtuosos de retener en la memoria guías telefónicas les adjudican el término científico de «insuficientes de asociación» y los mandan a sus casas.

    Se comprueba con gran escrupulosidad a los dotados de inmensa memoria selectiva. De trescientas personas, destacan sin dificultad a diez. Y de estos diez, tras dos meses de tenaces competiciones, quedan tres, Luego de ciertos titubeos, eligen a uno de ellos, al campeón absoluto de la memoria. Ha resultado ser el moscovita Alexandr Barténiev, de veintiséis años de edad, candidato a doctor en Ciencias físico-biológicas.


    Un estornino, negro como un fraile de miniatura antigua, mira con presuntuosa altanería, desde lo alto de un joven arbolito, a una persona larguirucha. De súbito, echa a volar...

    Por un soleado camino, salpicado de escasas y tenues sombras, corre una joven auxiliar de laboratorio. Susurran los bajos de su deslumbrante bata; susurran, con el peculiar rumor del mes de mayo, las brillantes hojas de los árboles; y brillan, descubiertos por una sonrisa, los compactos dientes de la muchacha.

    —Lo llama a usted... ¡Dése prisa!

    Es el director del Instituto del Cerebro, el célebre académico Shablin, quien llama al campeón de la memoria.

    Alexandr Barténiev aprieta el paso hacia las puertas del pabellón principal. A su lado corre impaciente la auxiliar de laboratorio.


    2


    Los periodistas describen a Shablin así: «Frente despejada, perfil afilado como un sable...» En los retratos parece moreno y delgado; la frente, normal; grande la nariz e incitante picardía en los ojos, muy juntos.

    En el amplio despacho, incluso demasiado amplio, irrumpe el sol, lavado por la primavera. Se pone en pie, detrás de la mesa, un hombre enjuto que lleva la camisa arrugada y pantalones con las rodilleras marcadas: uno de esos elegantes entre los hombres famosos. El fundador de esa elegancia —por humildad, que no por orgullo— fue casualmente Albert Einstein, que llevaba un suéter estirado y una cazadora raída de cuero. Alexandr Barténiev, alto y tieso, vestido con un traje nuevo de impecable corte, pulcro desde las puntas de los zapatos hasta la coronilla, planchado y bien peinado, parecía, al lado del célebre sabio, un príncipe de pura sangre, majestuoso, solemne y... tímido.

    Un fuerte apretón de la robusta mano y una mirada penetrante hasta el fondo de los ojos.

    —Tome asiento.

    En el tiempo que lleva en este instituto, Alexandr lo ha visto varias veces, ha escuchado dos conferencias suyas, pero hasta ahora no le había asombrado la energía de su enjuto rostro, que parece electrizado.

    Erigido en vida a la categoría de grande, es a la vez físico y químico, fisiólogo e histólogo, profundo teórico y sutil experimentador.

    Su Investigación de la albúmina de la célula nerviosa dejó suspenso a todo el mundo científico cuando Barténiev aún no había nacido y Shablin apenas había cumplido los años que él tiene ahora.

    El despacho es sencillo, parco en muebles, incluso algo ascético. Una mesa de trabajo con una pantalla de televisión de visos nacarados encima, una mesita redonda en un rincón, un mullido sofá abrazándola...

    Barténiev desliza por la pieza una mirada desilusionada.

    Del despacho de Shablin se contaban leyendas: que allí, y bajo su vigilancia personal, el insigne sabio guardaba un cerebro humano artificial.

    Cerebros electrónicos se han construido muchos, pero el constituido con las células nerviosas, cultivadas en laboratorio, es el único en el mundo.

    —¿Le agrada viajar? —interroga de improviso.
    —No mucho —responde, un tanto perplejo, Barténiev.
    —Tengo entendido que usted se interesa por los manuscritos antiguos, la fauna oceánica, el problema de la gravitación y no sé qué más...

    Alexandr frunce las cejas.

    —Esa es mi desgracia, lo sé.
    —Por el contrario, la curiosidad es digna de encomio.
    —Puede ser uno curioso profesional toda la vida y un diletante en todo lo demás.
    —¿Qué le parecería si yo, seducido por su curiosidad, le ofreciera una plaza en nuestro instituto?
    —Profesor, usted sabe perfectamente que trabajar en su instituto es un gran honor para cualquiera.
    —Magnífico. Dígame, ¿qué sabe usted de la estrella Lambda?
    —¿Lambda de la Flecha?
    —La misma.

    La pregunta no es sólo fácil, sino ingenua hasta el extremo. Para los habitantes de la Tierra no hay en el firmamento, después del Sol, lucero más famoso que esa débil estrellita; cualquier escolar de primer grado puede hablar de ella con lujo de pormenores. Y precisamente por eso, por haberle hecho esa infantil pregunta a él, vencedor en el campeonato de los enciclopedistas del mundo, Alexandr se desconcierta: «¿Será una añagaza?» Como siempre, cuando le preocupa algo o tiene que poner ligeramente en tensión su memoria infalible, se lleva cuidadosamente los dedos juntos a la sien derecha. Ese ademán habitual lo tranquiliza, la memoria se pone en funcionamiento y le reproduce en la imaginación un cuadro de la Guía de Astronomía. Y lee en esa página «mental» con voz afanosa e impasible, como el estilo de la propia guía:

    —Lambda de la Flecha es una estrella de cuarta magnitud de clase espectral «G-O» que está a treinta y seis años y ciento cincuenta días de luz del Sol con un error tolerable de más o menos treinta y cinco horas de luz. La temperatura en la superficie es 300° C. más alta que la del Sol. Su luminosidad es vez y media mayor...
    —¡Basta! ¡Basta! —exclama, sacudiendo la escuálida mano, Shablin—. Me va a matar con su tono de recitador profesional.
    —¿Por qué me ha preguntado eso, Igor Vladímirovich?
    —Se proyecta un viaje... No se asombre, a Lambda de la Flecha. Sí, sí, usted...

    Un semblante que va ampliándose desde la puntiaguda barbilla hacia la frente, surcada de arrugas; hirsutos cabellos entrecanos, ojos oscuros y penetrantes... Siente uno deseos de extraerles el oculto brillo, de comprobar si se están burlando, pero la mirada es directa, seria, incluso severa. Se ha vuelto loco el viejo.

    Alexandr se encoge de hombros.


    3


    Abraham engendró a Isaac, e Isaac engendró a Jacob...

    La cruenta guerra de mediados del siglo XX engendró el radar y el radar engendró el radiotelescopio astronómico. El hombre no sólo puede ver ya el Universo, sino oírlo. Sus «oídos» han resultado más sensibles que sus «ojos»; el Cosmos les descubre a ellos de mejor grado sus secretos.

    Hoy existe la seductora posibilidad de escuchar si envían señales los habitantes de otros sistemas estelares. No es sola la Tierra el único planeta del Universo que mece a una tribu de seres racionales; de seguro que no somos nosotros solos quienes hemos creado una alta civilización.

    Al caducar el año 1960, el Observatorio Radioastronómico Nacional de los Estados Unidos de América empezó a «palpar» dos estrellas muy parecidas a nuestro Sol: la Tau de la Ballena y la Épsilon de Erídano, que están a once mil años de luz de distancia. Pero entonces callaban.

    A la sazón en el Instituto de Astronomía Stenberg, de Moscú, empezaron a prestar oído a la nebulosa de Andrómeda.

    Se oyó el ruido y los chasquidos de la naturaleza muerta. Creyérase que los hombres de la Tierra estaban solos en el Universo.

    ¿Solos...? ¿Resignarse a esa convicción? Quizá otros seres racionales sufran por estar solos y escuchen, en espera de una llamada en el espacio. ¡Asumamos, pues, el papel de heraldos del Universo!

    En diversos continentes se han empezado a construir colosales emisoras, y las antenas, que se alzan al cielo, han abierto el fuego de sus señales dirigidas a las estrellas semejantes a nuestro Sol... ¡Responded! Emitir llamadas a las estrellas y esperar respuesta es un trabajo ímprobo. Mientras llega la noticia y vuelve la respuesta, pasarán siglos, tal vez milenios, y quien hace la pregunta yacerá en la tumba.

    Transcurría el tiempo. Las naves cósmicas tendieron sus líneas más allá de Marte y Júpiter, buscando por doquier indicios de vida. Marte fue una decepción: no se encontraron sino musgos y algunas especies de insectos...

    En las profundidades de la gigantesca atmósfera de Júpiter, en medio de la vaporosa oscuridad crepuscular y de los océanos de amoniaco, parecía ocultarse cierta vida enigmática, totalmente distinta de la terrenal.

    Transcurría el tiempo. La Tierra llamaba a las estrellas. Y las estrellas callaban.

    Un buen día, el antiquísimo Radioobservatorio de Sérpujov registró unas señales en la onda de veintiún centímetros. El receptor las recibió, anotándolas impasible en forma de afilados dientes en una cinta, pues tal aspecto ofrece la «voz» del Universo, la conocida y ya tediosa voz de la naturaleza muerta. Mas, entre los menudos dientes de sierra, los astrónomos advirtieron una irregularidad apenas perceptible, una diminuta aplicación en forma de salientes romos. Lo mismo que los arqueólogos extraen de la tierra un cascote tras otro para recomponer luego una antigua vasija que vierta luz sobre la vida de un pueblo hace mucho desaparecido, así recogen los astrónomos, rasgo a rasgo, de entre los escombros de ruidos cósmicos, esas señales: un saliente en la línea uniforme; más allá, dos salientes juntos, luego tres, cuatro, cinco... y así hasta diez, y luego de nuevo uno, dos, tres... ¡Extrañas señales! ¿Lo son, acaso? Por el contrario, son unas señales ordinarias, como las que el hombre envía desde la Tierra, comunicando al Universo por llamada su sistema decimal... Alguien respondió, alguien repitió la llamada de la Tierra.

    No todos creyeron en seguida que se trataba de una llamada. Se oyeron voces, preguntando si no sería el reflejo de las ondas hertzianas de la Tierra, si no sería un eco cósmico.

    Pero las señales siguieron oyéndose, las captaban ya casi todos los radioobservatorios del mundo.

    Eran llamadas simples y comunicaciones más complejas que requerían ser descifradas.

    Las dudas se disiparon: de las profundidades de la Galaxia se oía una voz consciente.

    Acabóse el silencio, acabóse la soledad.

    La voz partió de la constelación de la Flecha, de la estrella marcada en los mapas astronómicos con la letra griega «lambda». Apenas se la veía en el cielo nocturno a simple vista, poco más o menos como se ve la débil estrellita en el tiro del carro de la Osa Mayor.

    En seguida se estableció en todo el mundo el «Servicio de Lambda de la Flecha».

    Nacieron en el acto dos nuevas ramas de la ciencia: el descifrado astronómico y la lambdología. Cada día nos traía nuevos descubrimientos: el sistema de Lambda de la Flecha consta de siete planetas nada más, y hay vida únicamente en el segundo, a contar desde el lucero. Este planeta gira aproximadamente a la misma distancia de su «sol» que la Tierra del suyo, su año es casi igual al nuestro, y el día dura el doble. Tiene bastante más masa que la Tierra, su atmósfera es más densa y su clima algo más caluroso.

    En los comunicados del Cosmos, este planeta se indicaba con dos impulsos breves, es decir «El segundo del sistema», y entre los hombres obtuvo en seguida el nombre de «Colega», y sus habitantes recibieron el de «coleganos».

    La Tierra oyó al Colega. El Colega oyó a la Tierra, pero no se podía pensar siquiera en una charla animada. En un principio esta charla parecía un diálogo entre dos sordos. ¡Qué se le iba a hacer, había que esperar una respuesta durante más de setenta años! Mas no se esperaban respuestas, se sabía aproximadamente qué debía interesar en ellas, y por eso comunicaban lo que podían y como podían. En un principio se enviaban y recibían comunicados primitivos, que se iban haciendo más complicados año tras año, desde diez puntos —que significaban el sistema decimal— hasta el radio de la Tierra, desde las ecuaciones más sencillas hasta complicadas fórmulas que explicaban la estructura superior del cuerpo humano. Durante los primeros setenta años se constituyeron dos lenguas estelares, independientes la una de la otra, dos claves, nuestra lengua y la lengua de los coleganos. Durante los setenta años siguientes, las dos lenguas se fueron fundiendo paulatinamente en una común, rica, mediante la que se podía transmitir ya la composición química del protoplasma y la construcción de una nave interplanetaria, las propiedades de las envolturas electrónicas de los átomos y la estructura económico-social de la sociedad.

    Ahora transcurre el tercer ciclo de setenta años o, como se ha dado en llamar, el tercer «siglo colegano».

    La comunicación con el planeta Colega parecía a los hombres un hecho cubierto del polvo secular de la historia. Todos los habitantes de la Tierra nacieron cuando la voz de la constelación de la Flecha hacía mucho que sonaba, y hablaban de ella como de algo ordinario.

    De tiempo en tiempo se ha venido declarando la «moda colegana». Y comoquiera que junto a los nuevos Púshkines y Beethovenes siguen existiendo poetas y compositores de poca monta, puede oírse también desde las tablas la cancioncilla Quiero amar a una colegana...

    Las mujeres llevan peinados «una flecha en las nubes», se cosen faldas «lambda», los hombres se afeitan con hojas «Colega», y los treinta y seis años de distancia entre el Sol y la famosa estrella se llaman «edad celeste».

    Los escritores de ficción (y no sólo ellos) envían a los personajes de sus novelas a visitar a los coleganos, entre quienes aprenden la sabiduría colegana, salvando con su valentía e ingenio a los nobles y tímidos habitantes del buen planeta de calamidades cósmicas de todo género. Se ha extendido la opinión de que los coleganos se distinguen por su extraordinaria bondad, su amor a la paz y su generosidad espiritual. Los hombres atribuyen a sus hermanos celestes lo que en más aprecio tienen en la Tierra.

    Los escritores transportan con facilidad a sus personajes por el espacio a treinta y seis años de luz, en tanto que los científicos se reconocen incapaces de ello. ¡El cohete fotónico! Es un mito hasta la fecha, y cuanto más tiempo pasa, tanto más inaccesible es. Hacen falta potentísimos campos magnéticos que puedan contener, como en botellas tapadas, reservas de antisustancia, utilizable como combustible del cohete fotónico. Es prácticamente imposible conservarla en grandes cantidades; resulta más fácil construir una fábrica de elaboración de antisustancia. ¡Toda una fábrica! Y hay que sostener de alguna manera un espejo gaseoso especial de varias decenas de kilómetros que refleje la energía irradiada, de lo contrario ésta convertirá el cohete en vapor. ¡Y la protección particular contra los micro meteoritos y los meteoritos! ¡Y la protección contra los átomos de hidrógeno, esparcidos por toda la Galaxia, átomos que al chocar con la nave, forman un torrente colosal de rayos cósmicos, capaces de matar instantáneamente todo lo vivo! En una palabra, la masa de tal cohete sería igual a la masa de todo un continente, incluso algo mayor aún, y, para acelerar ese «continente» a una velocidad próxima a la de la luz, haría falta una energía muy superior a la de todas las centrales eléctricas del mundo, que está bien abastecido de electricidad.

    Incluso entre los fantaseadores más contumaces, sin hablar ya del escéptico mundo científico, la idea del cohete fotónico empezó a perder adeptos ya en el siglo pasado.

    Si la estrella más cercana, la Próxima del Centauro, está fuera de nuestro alcance, ¿qué podremos decir la Lambda de la Flecha, que está diez veces más lejos?

    Alexandr Barténiev lo sabe perfectamente; por eso mira ahora a Shablin no tanto con desconfianza como con miedo. ¿Qué le pasará?


    4


    Shablin se pone tranquilamente en pie, sale de detrás de la mesa, toma una silla y se sienta delante de Barténiev, rodilla con rodilla, mirándole a los ojos.

    —No se asuste, no me he vuelto loco.
    —Es una broma original, Igor Vladímirovich.
    —No se trata de broma alguna, no.
    —Pues, no entiendo...
    —Los hemos reunido aquí a todos ustedes para elegir al mejor astronauta. El elegido ha sido usted.
    —¿Astronauta...? ¿Nada menos que a Lambda de la Flecha?
    —Ni más ni menos...

    Alexandr se pasa, perplejo, la mano por la sien, esquivando la mirada sostenida de Shablin, y, sin embargo, procura escrutar la profundidad de sus ojos, esperando todavía captar un atisbo de ironía.

    —¿Un cohete fotónico...? ¿Se ha construido en secreto...? —inquiere.
    —¿Fotónico...? Hum... ¿Será posible que aún haya viejos barones Münhchausen, capaces de congelar el sonido del caramillo para deleitarse con su melodía en los ratos de ocio...? No, nosotros intentaremos inventar el gramófono.
    —¿Quiere eso decir que el gramófono está ya inventado?
    —En cierta medida, sí.
    —¿En qué volaré, entonces?
    —Montado en las ondas hertzianas. Un medio cómodo y bastante rápido. En unos treinta y seis años estará usted allí.
    —¡No entiendo nada!
    —Propiamente dicho, no volará usted, sino su alma.
    —¿Mi alma?

    Shablin toma de encima de la mesa una ancha hoja de papel y se la tiende.

    —¿Sabe usted qué es esto?

    La hoja de papel está escrita de arriba abajo, con numerosas subidas y bajadas y una infinita muralla de torreones y contrafuertes, la majestuosa estructura arquitectónica de una fórmula química.

    —Qué, ¿no sabe...?
    —Por lo visto, la fórmula de una combinación albuminoidea...
    —Más aún, es la fórmula de las células de su cerebro.
    —No entiendo...
    —¿Qué le parece, podemos transmitirla a Colega?
    —De seguro.
    —Transmitimos cosas mucho más complejas. Y si ellos nos comunican la fórmula de la célula cerebral de algún colegano, ¿podríamos crear en nuestros laboratorios una copia viva, actuante?

    Una pasmosa conjetura hace temblar las piernas a Barténiev.

    —Por lo visto, se proponen...
    —Sí, nos proponemos.
    —¿Transmitir, célula por célula, la composición del cuerpo humano?
    —El impacto no ha sido certero. ¿Todo el organismo humano? ¿Veinte billones de células...? Son demasiadas. Por más que, júzguelo usted mismo, ¿qué necesidad hay de transmitir las fórmulas de las células renales, esplénicas, pulmonares, etcétera, constituidas conforme a las condiciones de la Tierra? Allí harán un mal servicio. Y no necesitamos que nuestro embajador en el planeta Colega permanezca entre algodones, sino que actúe, viaje, estudie la vida y se meta en todos los agujeros. No, no nos proponemos enviarlo a usted con todas sus vísceras...
    —¿El cerebro nada más?
    —Sí, transmitiremos su cerebro nada más, su intelecto, su alma. Y allí, que lo alojen ellos en el cuerpo de algún apuesto colegano.
    —¿Es posible hacerlo?
    —¿Por qué no? La vida de ellos se asienta en los mismos veinte puntales, en los mismos veinte aminoácidos que la nuestra. Tienen la misma asimetría izquierda...

    Alexandr se oprime las manos entre las rodillas.

    —¡El cerebro! Incluso el cerebro solo es muchísimo... Más de diez mil millones de células en la corteza cerebral únicamente...
    —Qué se le va a hacer, el telegrama resultará algo larguito. Pero no es tan terrible. Podremos hacerlo. Además, no hay necesidad de transmitir todas las células; programaremos y transmitiremos únicamente las que lo distinguen a usted, Alexandr Barténiev, de todos los demás, sus particularidades individuales, su memoria, sus conocimientos, sus costumbres, todo lo de usted, expresado en los cambios químico-moleculares de sus células.
    —¿Qué debo hacer?
    —Sólo una cosa; entrenarse y poner a nuestra disposición su cerebro para que lo podamos fotografiar con todos los pormenores.
    —¿Y luego?
    —Luego traduciremos la foto a la clave matemática, la llevaremos a la emisora, y desde allí se enviará su intelecto, embalado, por así decir, con ondas hertzianas, a ese largo viaje.
    —¿Y yo me quedaré aquí, entre ustedes?
    —Tan sano como ahora. Puede creerme, no sufrirá la menor merma.
    —¿Tendré, pues, un doble espiritual?
    —Si, dentro de unos cuarenta años, a miles de millones de kilómetros, en el planeta Colega.
    —¡Increíble!
    —Pero estará usted de acuerdo en que no se puede imaginar viaje más cómodo.
    —¿Por qué ha de ser precisamente mi cerebro? De seguro que se podrán encontrar otros más dignos...
    —Es preciso que nuestro embajador en Colega lleve dentro del cráneo, y perdone por lo vulgar de la comparación, el mayor local de almacenamiento, en el que pueda depositar el máximo de datos del sistema de vida, de las artes, las ciencias y las costumbres de los coleganos. Además, hay que llevarles de la Tierra algo de regalo. No puede uno llevar notas ni diarios algunos, puede contar sólo con la memoria. Y las propiedades de la memoria pueden conservarse casi sin pérdidas.
    —¿Regresará?
    —Por supuesto. Va en comisión de servicio... Nosotros lo transmitimos, allí lo reharán, vivirá un año entre los coleganos, sacarán una copia de su cerebro, cargado con nueva información, nos lo remitirán, nosotros lo reharemos, aprenderemos por él la lengua que hablan los coleganos y escucharemos conferencias de cómo viven. ¿Nosotros, digo...? Por desgracia, yo, al menos, no viviré otros setenta años y pico. Y usted tampoco se haga muchas ilusiones de verlo.

    Shablin se pone en pie. Hasta ahora su rostro ha tenido una expresión entre irónica e inspirada. Se nota que al ilustre científico le produce infantil satisfacción observar el pasmo de Alexandr Barténiev. Ahora sus facciones cobran pesantez, y sus ojos pierden el brillo.

    —¿Sabe usted quién es el peor enemigo de la razón humana? —interroga, severo.
    —Se suele responder que el propio hombre.
    —Tonterías. Las discordias familiares las arreglaremos en familia. Estoy convencido de ello. Aunque no soy sociólogo, mi obligación es combatir al enemigo exterior, la naturaleza que nos rodea. —¿Quién es, pues, el enemigo? —interroga Barténiev.
    —¡El espacio! Nada hay tan invencible en el mundo.
    —¿Cómo es eso?
    —La humanidad se parece al coloso a quien se le secaron las piernas. Siente su fuerza, se le crispan las manos, abomba el pecho, podría mostrar su valor, pero se tiene que estar al lado de la estufa o arrastrarse por la habitación; en el mejor de los casos salir a rastras al patio a calentarse, como los viejos al sol. Un coloso ¡Y tiene que vivir como los viejos...! La luz de las Galaxias lejanas tarda seis mil millones de años en llegar, mientras que la humanidad cuenta con un millón escaso de años de vida. Y la vida más o menos racional existe desde hace no más de seis mil años. Seis mil millones de años y seis mil años, la edad de una montaña y la de una efímera. Pero, en su breve vida, la humanidad ha conocido la existencia de esa Galaxia y la magnitud del espacio y, con ello, se ha enterado de una amarga verdad, y es que está postrada junto a su estufa. Podemos vencerlo todo menos el espacio. Cuanto mayor sea nuestro entendimiento, tanto más desesperados nos sentiremos ante el enemigo invencible e indiferente, que no quiere advertir nuestra presencia. Desesperación...

    En los oscuros ojos alumbra, triste, el rescoldo de un sombrío fuego, y las marcadas arrugas se hacen duras, desagradables. Barténiev examina, perplejo, al hombre que sufre, abrumado hasta la demencia, porque no puede alcanzar el dominio de todo el universo. Julio César, Alejandro Magno y Napoleón, grandes ambiciosos ensalzados por la historia, son unos pobres cachorros, comparados con este desenfrenado usurpador, que lamenta furioso su impotencia.

    Shablin le tiende la mano.

    —Hasta mañana... Venga a las diez y le daré a conocer el plan para la preparación del viaje cósmico de su alma.

    Barténiev se despide cortésmente y sale. Desde el alto portal del instituto, blanco el suelo como la nieve, Alexandr abarca con la mirada el ralo parque. El instituto es nuevo; los árboles, robles en su mayoría, no hace mucho que están plantados y no tienen más grosor que la muñeca de la mano. En torno del establecimiento el ambiente no es acogedor, lo mismo que en una casa deshabitada. En medio hay un macizo enorme de flores...

    Detrás del parque describe amplias vueltas un río, en cuyas oscuras aguas flotan pequeños patines acuáticos de vivos colores, como pétalos caídos, se puede apreciar el lozano verdor de las acogedoras arboledas seculares, los tejados de las casas, del color del sol, y un entomóptero que vuela tenaz en el cielo azul, luciendo irisados visos en sus transparentes alas. Mañana empezará la preparación del vuelo a inimaginables lejanías ultracelestes. Y resulta raro que no haya necesidad de abandonar la tierra, tan familiar.

    Una vez que Barténiev se ha marchado, Shablin conecta el televisor, que está encima de la mesa.

    Una mujer de avanzada edad y majestuosa actitud, con bata blanca, se aparta de los aparatos que se acumulan sobre la mesa.

    —Acabo de hablar con Barténiev —dice Shablin—. He notado que, al conversar, se lleva constantemente una mano a la sien ¿Qué significa eso? ¿Quizá alguna insuficiencia de la circulación de la sangre?

    La mujer sacude, tranquila, la cabeza, y responde:

    —Usted, Igor Vladimírovich, cuando le preocupa algo, perdone, se rasca la nuca.

    Shablin se hecha a reír.

    —Me ha convencido…
    —Entonces, ¿Será él? —interroga la mujer.
    —Si, él. Comuníquelo oficialmente a cuantos corresponda.


    5


    Están preparando a Alexandr Barténiev para el «vuelo».

    No lo meten en una barocámara, ni lo encierran durante semanas y meses enteros en una celda aislada del mundanal ruido y de los ajetreos, ni lo lanzan con ninguna catapulta supermecanizada...

    A unos minutos, andando, del instituto, hay un chalé cuya encristaladas paredes están rodeadas por la oscura fronda de un denso jardín, un nido acogedor, el sueño de unos recién casados. Las lámparas se encienden serviciales automáticamente, los peldaños de la escalinata de entrada cepillan solícitos el polvo de las suelas, las perchas toman, con una reverencia, el abrigo y el sombrero, y cada mañana la meliflua voz del autómata «sanitario» pronuncia:

    —¡Buenos días, Alexandr Nikoláievich! Ha dormido bien, el pulso ha sido normal, la respiración, acompasada y profunda, y la actividad cerebral no ha rebasado el nivel tolerable. Empiece la gimnasia...

    Dijérase que si Alexandr manifestara el deseo de que le rascasen los talones antes de dormir, aparecía en el acto un autómata y lo haría con la diligencia de que es capaz una máquina.

    La habitación está amueblada para trabajar: un sillón, una mesa, una gran pantalla de televisión encaja en la pared, un encerado de color verde oscuro con juego de tizas, tataranieto casi no perfeccionado de los encerados escolares, en los que, extenuados de la tensión, escribieron en tiempos los niños: «Natacha guisa gachas».

    A las nueve en punto Alexandr se sienta a la mesa, ante la pantalla del televisor, y espera que lo visite algún «espíritu» selecto. Y el «espíritu» aparece, la pantalla se ilumina suavemente. Un hombre recio, de mirada autoritaria de austero asceta, para quien no existe nada más que su ciencia, dice con sonora voz de barítono:

    —Buenos días, joven. Empecemos... El tema de la conferencia de hoy es «El análisis espectral abstracto». Le ruego que se acerque al encerado y escriba la ecuación de Shredinger... Empieza la lección.

    Barténiev se pasa todas las mañanas delante del televisor.

    Una decrépita anciana, lejanamente parecida a la Koróbochka de Gogol, la gran abuela de la oceanología mundial, que recorrió en su larga vida el fondo de todos los mares y océanos, le cuenta las últimas investigaciones de la flora y la fauna marinas.

    El profesor Erinato Marcharelli, que se mueve constantemente en la pantalla, agitando los puños y llevándose, desesperado, las manos a la cabeza, de cabellera negra y revuelta como el plumaje de un corvato recién salido del cascarón, explica un curso de Historia Universal, sufriendo él mismo, al paso que lo cuenta, cada cataclismo social.

    El insigne arquitecto Paniaj, hombre enjuto y pequeño, con todos los botones abrochados, piel bronceada y ojos de tímido mirar, negros como azabache, que ha construido centenares de ciudades esparcidas por todo el mundo, expone en pocas palabras el estado de la arquitectura moderna.

    En la pantalla se turnan matemáticos y físicos, diseñadores y astrónomos, químicos y biólogos, ingenieros electricistas y economistas, literatos y pintores, personajes todos de gran renombre en mundo contemporáneo.

    Al finalizar cada curso de conferencias, Alexandr Barténiev conversa con sus profesores como un especialista.

    No le permiten tomar apuntes, debe recordar todo de memoria. La faz del planeta en el pasado, en el presente, la faz del planeta y el espíritu de la humanidad deben caberle en su caja craneana.

    En una ocasión no se encendió la pantalla, y entró Shablin.

    —Perdón por el minuto de retraso. Bueno, empecemos... Figuraba también entre los conferenciantes.

    Sus conferencias se transforman a menudo charlas libres. Entonces Shablin no habla de victorias, sino de la impotencia lamentable de la ciencia, que es siempre una tragedia para el científico.

    —¡No podemos sino limitarnos a copiar el cerebro! ¡Qué desatino! Todo intento de perfeccionarlo ha alterado la armonía, inaprensible para nosotros. Nos han salido unas gachas de neuronas. No somos dioses, sino lamentables plagiadores de la madre naturaleza.
    —Pero, si sabemos repetir, eso significa que el mundo espiritual de algunas personas se puede hacer inmortal, ¿no? —objeta Alexandr.
    —¡Desgraciadamente, es así! Para cultivar una copia cerebral es preciso utilizar como base el cerebro sin formar de un embrión humano. Es decir, que para dar segunda vida a alguien habría que cortarle el camino a otra persona.
    —Para repetir, digamos, una inteligencia como la de Einstein, vale la pena emprenderlo.
    —Lo malo es que los Einstein no se pueden repetir.
    —¿Por qué?
    —En toda imitación son inevitables pequeñas pérdidas y desviaciones. Podemos transmitir las costumbres, el carácter, en fin, la memoria, incluso dando toda clase de seguridades. Mas no la genialidad, esa misteriosa y casi inaprensible categoría del pensamiento. No hay ninguna garantía de que resulte un segundo Einstein, con sus costumbres y carácter, pero no genial, sino simplemente una persona muy capaz. En pocas palabras, no ponga muchas esperanzas en la inmortalidad en vasta escala. La humanidad recurrirá a copiar los cerebros únicamente en casos tan excepcionales como el envío de un embajador a mundos inaccesibles.
    —¿Hay alguna esperanza de que los coleganos nos envíen antes un embajador suyo? —interroga Alexandr.
    —Lo dudo. Algunos datos nos permiten suponer que vamos por delante de ellos en esta cuestión… Aunque todo pudiera ocurrir... No nos dejemos seducir por esperanzas vanas. Aún no ha llegado hasta ellos nuestro comunicado de que les enviamos el alma de un habitante de la Tierra. Llegará al cabo de treinta años, y allá se prepararán para el encuentro... En una palabra, hablando serenamente no espero a ningún embajador de ellos antes de que su espíritu retorne.
    —¿Dentro de setenta años?
    —Es posible que se tarde más. Nos falla la lerda madre naturaleza.
    —¿Dice usted que ellos van atrasados?
    —Así es, según datos recientes, cuya novedad data de hace cuarenta años.
    —¿No puede ocurrir que lancemos el alma al Universo como si fuera a una papelera?
    —Pero a usted no le pasará nada por eso, amiguito.
    —¡Si el éxito dependiera de que me pasara algo no...!
    —Su alma cobrará vida, se lo garantizo.
    —¿Hasta lo garantiza?
    —Sí.
    —Demuéstrelo.
    —El alma de usted no aparecerá ante ellos ahora, sino dentro de treinta y seis anos. Y ése es un plazo bastante prolongado, la ciencia de ellos avanzará. Además, ahí están nuestros datos, que le sugerirán los principios de la materialización...
    —Démoslo por supuesto...
    —¿Quiere usted decir que tampoco hay garantía de eso? Pues bien, supongamos que pasados treinta y seis años sigan teniendo escasos conocimientos. Es poco probable, pero supongámoslo. No obstante, los datos quedarán registrados y, de seguro, conservados como algo de valor. Transcurrirán otros diez, treinta o cien años, y tarde o temprano descubrirán el secreto, y el alma de usted se encarnará. Bien es verdad que algo anticuada, pero ni aun con las condiciones más favorables se la puede hacer llegar nueva, fresquita. Treinta y seis años de viaje son un plazo respetable; durante este tiempo no estaremos cruzados de brazos, avanzaremos mucho, y los datos que hayamos transmitido, desgraciadamente, quedarán cubiertos de polvo.

    El pequeño chalé, oculto entre la densa fronda, se convierte en la universidad más pequeña de cuantas hayan existido en la Tierra. Todos los oyentes se reducen a una persona. Y en ninguna universidad del mundo han explicado conferencias tantas lumbreras. En ninguna universidad ha habido un auditorio tan capaz.

    Al final de la jornada llega un automóvil al chalé. Vienen unos jóvenes alegres y vigorosos. Son los médicos que observan a Alexandr. Lo llevan a pasear en bicicleta y a remar. Los domingos van en grupo, en avión, al mar, a pasear en balandros. Ante todo, hay que seguir un sistema. El cerebro recargado debe descansar. De lo contrario, el autómata «sanitario» llamará a alarma con su meliflua voz.


    6


    Por la tarde Alexandr vuelve del río. Luego de remar dos horas, se baña. El agua fría le quita el cansancio.

    Camina por un estrecho sendero. Algo lánguido, se siente feliz debido a esa dicha apacible y absoluta casi biológica, que no tiene otra causa que la de vivir y no necesita en ese momento nada más de la vida.

    Oscurece pronto, se deja notar la proximidad del otoño, y rutilan grandes estrellas greñudas. Entre ellas, tan bonitas, sigue su larga vida sideral la estrella Lambda, que apenas se vislumbra desde aquí debido a su insignificancia.

    No quiere uno pensar en el hosco Universo con turbulentas nubes de plasma perdidas en el gélido vacío, líquidos desbordamientos de nebulosas e inquietos planetas que corretean, caldeados por otros soles. ¿Qué te falta en la Tierra, hombre? ¿Para qué quieres el Universo, si no vas a encontrar mejor paraíso que tu propia Tierra?

    El vientecillo toca, temeroso, el rostro, y una infortunada hoja solitaria, que no ha podido aguardar la caída otoñal del follaje, cae susurrando, desalentada, desde las copas de los abedules. Y siente uno cierta tristeza y quietud en el alma y, por bien que se encuentre, le falta algo.

    La senda se eleva por la ladera de una colina. Es una colina agreste y sin vegetación. Igual que un polvoriento y sombrío anciano entre florecientes jardines, frondosas arboledas y ubérrimos campos, un lugar entregado por los contemporáneos al pasado.

    Alexandr pasa casi todas las tardes por esta colina. En la cumbre, algo hundido en el suelo, se yergue un romo obelisco de piedra, carcomido por el tiempo. Tiene esculpida una estrella de cinco puntas y tres apellidos con antiguas letras:

    Soldado Osipov, P.N.
    Sargento Kunitsin, A.A.
    Alférez Suknov, G.Y.


    Y, más abajo, la inscripción:

    Cayeron heroicamente en los combates por la Patria Socialista el l-XII-1941


    Alexandr se representa aquel lejano tiempo: era en invierno, y unos hombres de tez morena, ateridos de frío, cavaban con sus primitivas herramientas unas tumbas en la tierra congelada y tapaban los rígidos cuerpos de unos tales Osipov, Kunitsin y Suknov, muertos a manos de otros hombres. Le dan escalofríos y siente una vergüenza de sí mismo, por no haber conocido el hambre ni el frío, por no haber conocido el dolor del cuerpo desgarrado por un tosco trozo de acero. Siente vergüenza por los hombres a quienes están dedicadas las orgullosas palabras «Cayeron heroicamente.»

    Alexandr se pone en pie con lentitud.

    Oye una voz, que viene de arriba, de la vetusta piedra.

    La voz es limpia y clara, y las palabras son duras severas, como las de un epitafio antiguo.

    Es una voz femenina que recita en un lugar retirado, en medio de la noche:

    Asiendo por las bridas
    a bravíos corceles,
    solemos romperles el duro espinazo
    y domar a indóciles esclavas...


    Son unos versos antiguos sobre la fuerza espontánea e irrefrenada, sobre la altivez despectiva y torpe, un impávido desafío del hombre cruel a la crueldad. Unos versos antiguos que dejan heridas incurables.

    Nos agrada la carne, su sabor y color,
    y su olor sofocante y espeso...
    ¿Vamos a ser culpables si crujen vuestros huesos
    entre nuestras pesadas, tiernas manos?


    La voz es pura, clara e implacable.

    Alexandr se acerca...

    Oprimida por la noche, blanquea difusa la esbelta figura de una joven. Alexandr avanza un paso más, y la voz se apaga.

    Una estrella que cae cruza el negro firmamento. Caen a menudo en este tiempo.

    El silencio es absoluto...

    La muchacha se aparta.

    —¡No tema! No soy ningún resucitado.

    La muchacha se detiene.

    —¿Quién es? —la voz suena débil, ahogada por el miedo.
    —Una persona, lo mismo que usted...
    —Lo supongo.
    —¿Me puedo acercar? ¿No se escapará?
    —Pruebe.

    Alexandr se acerca.

    La noche ha borrado todas las facciones del rostro de ella, sólo negrean sus ojos.

    —La conozco —dice Alexandr.
    —Yo también...

    Es una auxiliar del laboratorio. Es la que le llamó para tener la primera conversación con Shablin.

    —¿De dónde son esas poesías?
    —De unos libros...
    —No las conozco.
    —¿Es que el saber algo es monopolio suyo?
    —¡En un sitio como éste, y recita esos versos!
    —En otro sitio sonarían de otra manera... Acompáñeme, tengo miedo.

    Echan a andar el uno al, lado del otro. Cruje la arena bajo sus pies. Del cuerpo de ella, ceñido con un fino vestido, emana calor, y en la oscuridad se vislumbra su perfil, enigmático, antiguo, bíblico en este instante. Aunque, turbios por la humedad, brillan sus grandes ojos saltones.

    Y en lo alto vive indolente el Universo, centellean las estrellas, reunidas en constelaciones conocidas Cae otra estrella, describiendo una trayectoria más marcada y brillante: es un meteorito, que se refleja fugaz en los ojos de ella.

    —Parece un sable... —susurra.
    —¿Qué dice? —interroga él, sin comprender.
    —Ha brillado como un sable... «El acero del sable del jan...» ¡Qué hombres tan vigorosos y temibles vivían antes! Ahora confiamos en nuestras potentes máquinas, y perdemos la fuerza por no necesitarla.

    Sus palabras no son nuevas, están muy extendidas en el mundo como una dudosa afirmación: «El hombre se está haciendo un ser de invernadero.» Semejantes afirmaciones originaban en tiempos antiguos teorías antihumanas: la fuerza se educa en las contiendas; con el cese de las guerras se le ha quitado a la sociedad un estímulo tan decisivo para desarrollo como la lucha entre las especies... Pero la sociedad se ha desarrollado, el planeta se ha transformado, los océanos han sido habitados, el sistema solar ha ido siendo conquistado, y la vida ha rebatido esas teorías, ha refutado esas palabras.

    Alexandr no responde: ¡De qué teorías se puede hablar ahora, en medio de la noche, con una muchacha al lado y evocando el espíritu de los antepasados!

    Siente deseos de ser él mismo rudo, de romper a los corceles «el duro espinazo y domar a indóciles esclavas».

    —No sólo sabían hacerse temer —articula ella—. También sabían ser tiernos... ¿Recuerda...?

    Y recita en voz muy baja:

    Es tu nombre un pájaro en la mano,
    la frescura del hielo en la lengua.
    Un solo movimiento de tus labios
    es como una pelota asida al vuelo,
    un cascabel de plata en la boca...


    Su queda voz susurra con una recóndita alarma, como una lluvia repentina, y se interrumpe.

    No, él no recuerda... Su memoria, memoria famosa en todo el mundo, no se llevará de la Tierra muchas cosas bellas, mucho de lo que se puede estar orgulloso. Los siglos pasados son muy ricos, no es posible llevárselo uno todo.

    —¿Cómo se llama usted? —interroga él.
    —Galia...

    Y recita con la misma voz parecida al susurro de la lluvia:

    Al caer una piedra en el tranquilo estanque,
    brota un sonido como tu nombre.


    Alexandr y Galia empezaron a encontrarse a menudo. Ella tiene diecisiete años, hace uno que pasó de la escuela secundaria a la de enseñanza superior, trabaja y estudia, quiere ser bióloga, y la antigua poesía rusa es solamente una afición.

    Las arboledas de tilos parecen irradiar una fantasmagórica luz de color limón, y los robles del parque del instituto —con su ropaje cobrizo—, nuevos aún y no muy grandes, pero ya robustos, se hacen valer, como los mujiks de los cuentos.

    Un puente, ligero como una telaraña, cruza el río. Desde él se ve rielar la luna en el agua negra con ondas de oro líquido y frío, levantadas por los esfuerzos que hace por evadirse y no puede. Está encadenada.

    Alexandr la contempla y reflexiona que el pensamiento humano se parece a ese reflejo de la luna, que se debate por evadirse, aunque sea a las hostiles profundidades del Cosmos, donde domina un solo dios hosco, el Vacío, vestido con los míseros harapos de materia. ¡Lanzarse hacia el futuro desconocido! siente un descontento continuo del presente, incluso si este presente es acogedor como la propia Tierra envuelta por el cielo azul. En las noches claras luna, apenas se ve en el cielo a Lambda de la Flecha.

    En las noches de luna, al lado de Galia. Alexandr se olvida de su misión.

    Ella le recita poesías, y él se las aprende enseguida, y si se pone a recitarlas, repite hasta la entonación de ella.

    A medianoche caminan por el conocido sendero que pasa por delante de las tumbas. Galia pone flores de los prados al pie del obelisco. Y lo hace con la severa e inspirada expresión del que ofrenda un sacrificio. A pesar de todo, es algo sentimental, como muchacha que es.

    Se despiden donde empieza el parque del instituto.

    Él la besa, y siempre le queda en los labios un puro sabor de leche. Luego se queda escuchando sus ligeros pasos, que se apagan temerosos en la noche. Se siente invadido por una sensación medio de tristeza, medio de alegría; ella se aleja, pero mañana volverán a verse... Y él no volará a ningún sitio, no se separará de ella...

    Alexandr se apresura a verla, saltando de impaciencia a cada paso.

    En el puente se ve una silueta. ¡Lo está esperando! ¡Ya! Se lanza hacia ella y, al entrar en el puente, se detiene. No es ella, es otra persona.

    Esa otra persona hace un movimiento hacia él.

    —¿Verdad que la noche es magnífica?

    Recostado en el endeble pretil, está Shablin.

    Alexandr no responde nada.

    —Alumbra la luna, rutilan las estrellas, susurra el agua... ¿Será tan amable de dedicarme unos minutos?
    —Sí... Claro...
    —La luna, las estrellas, la quietud, la somnolencia... Como solían decir antiguamente: «El alma oye a Dios...» Callemos un momento para deleitarnos... ¿Por qué mira a los lados? ¿Espera a alguien?
    —No... Por más que... sí, espero a una persona.
    —Pues espera inútilmente.
    —¿Qué ha dicho?
    —He dicho que espera inútilmente.
    —¿Ha ocurrido algo?
    —Pues que hoy no vendrá.

    Alexandr no responde, fija la mirada en los ojos, ocultos bajo las cejas, del profesor.

    —No vendrá. Ni hoy ni mañana...
    —¿Qué quiere decir eso?

    Shablin lo toma con fuerza por el brazo, diciendo:

    —¿No ha padecido usted nunca una extraña enfermedad que se llama nostalgia?
    —¿Qué le ha ocurrido?
    —A ella no le ha ocurrido nada, pero otra persona puede tener algún disgusto.
    —¿Qué otra persona?
    —Él...
    —¿Quién es «él»?
    —Alexandr Barténiev número dos, el que reviva en el planeta Colega.
    —¿Sabe usted?, ¡eso es demasiado...!
    —¿Sigue usted sin tomar en cuenta a su doble? ¿No es para usted más que un experimento científico abstracto?
    —¿Considerarlo persona...? ¿Yo? ¿Ahora?
    —Pero usted se considera a sí mismo...
    —No me lo puedo imaginar.
    —Pues haga un esfuerzo. Será exactamente igual que usted. Tendrá su inteligencia y su sensibilidad Ahora imagínese que usted renace en otro mundo entre seres que no se le parecen a usted, no se le parecen en el aspecto espiritual. Es más, usted comprenderá que no encontrará jamás ni a su padre, a su madre, ni a sus hermanas, ni a sus hermanos. Pues para cuando usted regrese, todos estarán ya en tumba. El amor y los sentimientos habrán muerto. Un olvidado peregrino sin patria. ¿Le gusta? ¿No querrá usted pedirle perdón por eso?
    —¡Pero si no vive! Y tal vez jamás viva. ¡Y si llega a vivir, será dentro de cuarenta años!
    —Para usted serán cuarenta años. Para usted y para nosotros. Pero para él será el día de ayer.
    —¿Y qué mal hago si sigo viéndola?
    —Siento mucho no haberlo podido impedir antes, he tardado en enterarme. No agrave la situación: Cuanto más dure esto, tanto peor será. ¡Termine ahora! —¡Tanto peor será...! No entiendo.
    —Las noches de luna, los suspiros, las miradas tiernas, una pequeña divinidad y un gran amor. Él se llevará todo eso. Y cuando pasen cuarenta años, lo recordará como si hubiera sido ayer. Y sufrirá, pensando que no volverá a ver nunca a su pequeña divinidad, que ésta se convertirá en una vieja achacosa. Pensamientos mortales para una persona alejada de su patria… ¡Enamorarse en vísperas de entregarlo todo a su segundo «Yo»! ¿Tal vez quiera pasar aún la luna de miel...? Vamos a decuplicar las impresiones de la felicidad terrenal, cuya memoria se llevará. Vamos a decuplicarlas para que se muera de nostalgia, para que se desespere por la pérdida irreparable y se sienta desdichado. Y a nosotros nos hace falta un embajador enérgico, lleno de fuerzas, y no un cuidado blandengue. No ocultaré que me preocupa el experimento, pero también le tengo lástima. Téngale usted también lástima. Téngale lástima como se la tendría a sí mismo.
    —¿Qué debo hacer?
    —Quitarse de la cabeza a esa simpática muchacha.
    —¡No puedo!
    —¡Tiene que poder!
    —Me falta voluntad para eso…
    —Imagínese que vuela usted en persona. ¡En persona!
    —Lo comprendo.
    —No tiene derecho a permitirse ese lujo ahora.
    —Lo comprendo... Así y todo, no puedo.
    —Pues no la verá.
    —¿Cómo es eso?
    —No está aquí, no la busque... Ha emprendido el vuelo esta mañana por orden mía.
    —¿Es un exilio? ¿Una detención?
    —Llámelo como quiera.

    Alexandr se calla.

    —Piénselo, recapacite y procure no enfadarse conmigo... Hasta la vista.

    Shablin se despide con un movimiento de cabeza rígido, erguidos los hombros, empieza a bajar a la orilla.

    Alexandr sigue allí largo rato, pasándose la mano por las sienes.

    La luna danza en el agua; el río murmura; huele carrizo algo afectado por la podredumbre otoñal.


    7


    Transcurre el invierno, la primavera y el verano, y de nuevo las arboledas de tilos se iluminan de vivo color limón, y finalmente, florecen los naranjos nórdicos tras las ventanas del chalé.

    A Alexandr le han afeitado la cabeza. Cuando se mira al espejo, le parece que los rayos del sol se reflejan en su calva.

    Shablin viene vestido con un traje negro, de fiesta, limpios los zapatos, y no con la chaquetilla y los pantalones arrugados de siempre. Está callado y tiene porte majestuoso, como un homenajeado al recibir a encumbradas delegaciones.

    —Vamos —dice lacónicamente, y mira, preocupado, la cabeza afeitada de Alexandr.

    Entran en una sala no muy grande, alumbrada desde el techo con suave luz verdosa. En esa sala se mueven silenciosamente, como peces en una pecera, personas con batas blancas. Con su negro traje, Shablin parece entre ellos un cuervo sabio tan ajeno y dijérase tan condenado como Alexandr.

    Lleva a Alexandr hacia una mesa redonda, pone la ligera y seca mano en el hombro de éste y se lo oprime imperioso.

    —Siéntate. Ahora estará todo listo.

    La gente se mueve sin hacer ruido, como si interpretase una danza bien aprendida.

    Alexandr mira en derredor.

    —Ya te he hablado de todo este dispositivo —Shablin le habla hoy de tú por primera vez.

    Alexandr asiente con la afeitada cabeza.

    —Lo sé.

    En medio de la habitación hay un pesado sillón; parecido a un trono. Encima del sillón pende del techo un objeto en forma de copa de acero cromado, con gruesas paredes.

    La concavidad de esta copa se ha hecho especialmente a la medida del cráneo de Alexandr. Éste tomará asiento en el sillón, la copa descenderá a su cabeza... Es una pantalla en extremo sensible, mejor dicho, son muchos millares de finísimas pantallas superpuestas, como un pastel de hojaldre. Es algo así como un objetivo capaz de penetrar en el fondo de las células cerebrales.

    Fuera de la sala espera un aparato molecular retentivo El objetivo-copa transmite cada célula y cada molécula del cerebro de Alexandr a este aparato, el cual las retiene. Será la copia electrónica del cerebro, un negativo fotográfico de lo más exacto, pero sin revelar.

    Y si el hombre se pusiera a «revelar» este negativo, célula por célula, transcurriría más de un siglo y se sucederían varias generaciones antes de acabar tan minucioso trabajo. Interrogarán a la copia electrónica del cerebro máquinas calculadoras, siguiendo un riguroso plan, con exactitud mecánica y velocidad de muchos miles de operaciones por segundo. Unas máquinas harán la cuenta, y otras sintetizarán: las células iguales irán a un mismo casillero, y se registrarán los cambios y las excepciones... Las deducciones matemáticas, breves, serán también cifradas por máquinas con una clave especial en una cinta que irá a parar directamente a la emisora astronómica.

    El hombre no dará más que un impulso, y luego todo se hará sin su intervención. Aun queriéndolo, no podrá cambiar ni perfeccionar nada, lo mismo que un fotógrafo no puede modificar la imagen fotografiada al revelar una foto.

    Alexandr sabe todo eso. Sabe también que el proceso de «fotografiar» el cerebro no es una operación complicada de por si, llevará un minuto cuanto más. Lo más complicado es el proceso de «revelar» y elaborar.

    —Estamos preparados —se oye a un lado.

    En el cuadro de mando centellea una lucecita.

    Shablin aproxima una copa a Alexandr.

    —Beba. —¿Qué es?
    —Nada de particular. Una mixtura que excita con bastante energía la actividad nerviosa, sobre todo de la corteza cerebral. Tómesela y notará cómo le «limpia los sesos».

    Alexandr apura la copa de un trago y hace una mueca, pues no es ambrosía.

    —¡Al sillón!

    Se pone en pie, y cuando ya ha dado cinco pasos hacia el sillón, siente una claridad cristalina, festiva, en la cabeza, y los movimientos son precisos, escuetos y ágiles. Los que están alrededor del sillón, el propio sillón, blanco sobre el fondo verde a la verdosa luz de la iluminación, los grandes contactos, los cables y la copa que pende del techo, como reflector de una lámpara encima de una mesa de operaciones, se destacan con particular contraste, todo tiene su sentido, profundo y misterioso.

    Le hacen sentarse, le descubren las muñecas y el pecho y le ponen unos contactos. Manos hábiles y entrenadas operan por su cuerpo.

    Delante del cuadro de mando hay un hombre, las cejas fruncidas, la cara de una palidez verdosa. Tiene los ojos puestos en Alexandr, y a su lado, en el cuadro de mando, sigue centelleando la lamparita.

    Y Alexandr piensa que esas cejas y esa centelleante luz es lo último que verá y recordará, lo último que se llevará de la Tierra su doble.

    —¡Listo! —se oye junto a su oreja.

    La copa se posa sobre su cabeza; al tacto es suave y cálida, como la mano de una madre.

    —¡Listo!

    Bajo las cejas, desplegadas como las alas de un pájaro en vuelo, sigue la mirada fija.

    En eso se apaga la luz, se hace una oscuridad y un silencio absolutos. El corazón late demasiado fuerte en el pecho.

    Algo produce un chasquido. En la oscuridad se enciende una lamparita. No centellea, alumbra en la oscuridad como una diminuta luna.

    Acto continuo se difunde la luz por la sala. Es una luz sedante verdosa, que tiñe las caras de las personas de un color pálido, de ultratumba. Todos se ponen en movimiento, hablan en voz alta y alguien dice junto a la oreja de Alexandr:

    —Le felicito.

    De nuevo las diestras y ágiles manos operan por su cuerpo, quitándole los contactos. La copa que le oprime la cabeza se alza, y Alexandr siente frío en ella como si se hubiera quitado un gorro de piel.

    —Puede levantarse.

    Alexandr se pone presto de pie y baja al suelo. El hombre de las cejas pobladas se acerca, lo toma cariñoso del brazo y lo lleva hacia una mesita, a la que está sentado Shablin, con la espalda encorvada. Ya junto a la mesita siente cansancio, los pies le parecen de trapo.

    —No es nada. Es la reacción. ¡La mixtura era fuerte! —dice Shablin empujando con la mano la copa vacía—. Dentro de media hora le pasará todo. Déjenle sentarse.

    Alexandr se sienta en una butaca. En la luz verdosa que llena la sala flotan unas manchas anaranjadas, parecidas a la tranquila lucecita que recuerda una diminuta luna.

    Veinte minutos después se recobra.

    —Creo que ya me puedo levantar.
    —No se apresure. Sigamos sentados un rato más —dice Shablin—. Tengo un regalo para usted...

    La pesada puerta se abre suave. El sol deslumbra. Alexandr avanza un paso... Avanza, y se queda de una pieza. Delante, con un vestido de color crema claro, que hace resaltar el tenue tostado de la tez, está Galia, oprimiendo un ramo de flores contra el pecho.

    En derredor está la gente, que se ha reunido de todos los extremos del instituto para ver a la persona cuyo cerebro se acaba de fotografiar con objeto de enviarlo a un extraordinario viaje estelar. Para ver a la persona que la historia recordará de siglo en siglo.

    No se abrazan. Alexandr se limita a tomarla del brazo y la lleva a través del amplio patio, por delante de la gente. Galia camina sumisa, hundida la barbilla en las flores.


    8


    Shablin les dice:

    —Marchaos, aquí no descansaréis: los periodistas no os dejarán vivir. Conozco un rincón paradisíaco, en el que os podréis esconder... Llevaos los equipos de inmersión.

    Se encuentran ya en el rincón paradisíaco...

    En un confín apartado del Pacífico, lejos de un minúsculo grupo de islas, emergían en tiempos unas rocas negras y rotas, la cumbre de un volcán apagado hace mucho. Tal vez, a lo largo de los siglos, las tempestades lanzasen allí naves casuales y la gente viese este minúsculo islote y lo olvidara, indiferente... Ralos arbustos, crecidos por milagro, y varias decenas de lagartijas, Dios sabe cómo habrán venido a parar a este lastimoso trozo de tierra, es toda su fauna y su flora. Este islote no apareció en los mapas marítimos hasta mediados del siglo XX, y aun después quedó marcado como un arrecife que se debía eludir.

    Allí no había agua potable.

    Pero, en fin de cuentas, los hombres también dominaron el islote: construyeron una central eléctrica y un potabilizador, corrieron cristalinos arroyos por las rocas, poblándose éstas de vegetación, y no de cualquiera, sino de vegetación selecta: flores y hierbas útiles, cocoteros, árboles del pan, arbustos decorativos y árboles frutales. Los pavos reales despliegan, arrogantes, sus colas, que relucen con todos los colores del iris, y ciervas confiadas pastan en pintorescos valles: un verdadero rincón paradisíaco.

    Pocos saben de su existencia, sólo quienes, de tiempo en tiempo, buscan la soledad.

    En ese islote pasa el resto de sus días un matrimonio de ancianos. Son morenos, surcados los rostros de arrugas y rizado el cabello. Sus hijos e hijas hace tiempo que se diseminaron por el mundo, y uno de ellos trabaja en el Instituto del Cerebro. Los ancianos manejan los mecanismos automáticos y se preocupan de que los huéspedes tengan una mesa variada y limpias las habitaciones.

    El silencio es absoluto; es un mundillo muy pequeño, de angostas fronteras, que se rompen cuando ellos se ponen las caretas de los equipos de inmersión y el mar les cubre la cabeza. Entonces se ven rodeados de vergeles de coral, policromos peces y el pesado techo mercurial del agua, contra el que se estrella el sol. Se pueden alejar kilómetros y kilómetros a nado, descubrir tremendas simas, a cuyo fondo no se habrá atrevido nadie a descender, sacar langostas de las hendiduras de las rocas, disparar con primitivos fusiles acuáticos contra los atunes y jugar con los delfines, alegres como cachorros.

    Alexandr y Galia se pasan todo el día en el océano.

    Por las mañanas, el aparato de fotocorreo arroja sobre la mesa los periódicos y revistas recién recibidos por radio. Las portadas de estas revistas traen fotos de Alexandr: afeitada la cabeza, salientes los pómulos, soñolienta y abstraída la mirada, quién sabrá por qué. Famosos poetas le dedican poesías, y en ciudades recién construidas dan su nombre a las nuevas calles. Los jefes de las astronaves le envían telegramas de felicitación. «El estelar Gagarin, conquistador del Cosmos número uno», no es cosa de broma...

    Alexandr no tendría nada en contra de abandonar la apacible isla y todo el océano Pacífico y sumirse en el mundanal bullicio. Pero Galia lee, descontenta, los periódicos.

    —¿Una hazaña? ¿Sí...? Pero tú no tienes nada que ver con ella.

    Y lo lleva a otra excursión submarina. A miles de kilómetros de allí se está haciendo otra excursión por un continente desconocido, cuya superficie no pasará de dos metros cuadrados y medio. Es una excursión por la corteza cerebral de Alexandr Barténiev. Las calculadoras electrónicas funcionan febrilmente día y noche, sin interrupción: cada segundo hacen centenares de miles de operaciones. Trozo a trozo, célula a célula, se va descubriendo e investigando un continente inabarcable.

    Funcionan las máquinas; los hombres esperan, pacientes, el resultado. Alexandr espera noticias de Shablin. Un día, Alexandr y Galia deciden ir a nadar por el borde de un abismo. Unas rocas retorcidas y cubiertas de verdín, como oxidadas, descienden perpendiculares hacia las tinieblas, misteriosas y tétricas, hacia el infierno oceánico. Por encima del negro abismo pasan raudos bancos de peces; de tiempo en tiempo fulgura en el fondo algo luminoso: también allí hay vida...

    Siguen nadando más y más lejos, y no se ve el fin del abismo. Creyérase que allí se hubiera partido la tierra por la mitad hasta el mismo centro. Alexandr intenta detener a Galia y le dice que ya es hora de regresar. Ella no hace caso.

    Por fin empieza a perderse de vista el fondo, y con él las rocas oxidadas y el tremendo abismo. También va oscureciéndose el agua por encima de sus cabezas: se aproxima la noche. No tiene sentido seguir alejándose.

    Pero Galia sigue adelante. Abajo ha oscurecido ya del todo... Alexandr la alcanza, le pasa un brazo por el talle y nada hacia la superficie...

    Deslízanse las suaves olas. El disco rojo, incandescente y plano del sol se posa en ellas. Sus reflejos carmesíes acarician las oscuras olas. Alexandr y Galia siguen teniendo delante de los ojos el sombrío abismo que parte el planeta por la mitad y ellos han dejado abajo. No ven la isla. No ven sino las olas, deslizándose las unas sobre las otras, y la llama bermeja del extenuado sol.

    Dijérase que han llegado a un océano primitivo, que no hay en él ni un trocito de protoplasma, del que pudiera formarse la primera célula, la progenitora de todo lo vivo. No hay nadie más que ellos dos. Él y ella, cara a cara con el primitivo océano y el sol, que se hunde irremediablemente.

    Alexandr oprime el botón que lleva en la muñeca y alza la mano. El aparatito de emergencia funciona y transmite radioseñales de alarma.

    Quince minutos después, saltando de ola en ola y centelleando como un deslumbrante faro, se aproxima una canoa de salvamento. No trae tripulantes, ha encontrado ella sola a los extraviados en el océano.

    Alexandr y Galia se suben a la canoa cuando el sol ya se ha ocultado, dejando en el cielo un tenue resplandor crepuscular.

    En la oscuridad de la orilla sale a esperarlos el anciano.

    —¿Han nadado muy lejos? —les interroga, como de ordinario.
    —Al quinto infierno...
    —No importa, suele suceder... A veces hay quien se aleja aún más. Y nadie se ha perdido... Hace ya mucho que no se pierde nadie.

    El anciano bosteza y se retira a dormir. Galia lo sigue con una mirada extraviada, fija, y dice de súbito:

    —Vayámonos mañana de aquí.
    —¿Por qué? —se extraña Alexandr.
    —Volemos de aquí cuanto antes... No quiero estar más.

    Ya en la habitación, antes de acostarse, confiesa:

    —Me da la impresión de que la vida a nuestro alrededor no es una vida verdadera.
    —¿Qué quieres decir con eso? —interroga él, sin entender.
    —En el pasado, para comer un pedazo de pan, el hombre tenía que talar bosques y arrancar los tocones. Talar y arrancar con sus propias manos. Nosotros ni siquiera nos imaginamos cuan pesado es eso...
    —¡Has encontrado cosas que envidiar!
    —Desconocemos las fatigas del trabajo y la alegría del descanso tras ese trabajo. Desconocemos el sabor de ese trozo de pan duro y tosco. ¡No lo podemos imaginar...! ¿Y los viajes...? Para ir de Moscú al Extremo Oriente tenía que ser un héroe: caminar centenares de kilómetros a pie, pernoctar en la nieve junto a una hoguera, pasar frío y hambre... De Moscú al Extremo Oriente... Y ahora se hacen viajes imposibles de imaginar, ¡adonde Cristo dio las tres voces, a treinta y seis años de luz! ¡Y ese viajero se está deleitando en la orilla del mar, pesca langostas, lee por la mañana los periódicos que tratan de su hazaña y duerme en blanda cama!
    —¿Está mal eso? No te entiendo.
    —Quiero verme en un naufragio, descubrir islas deshabitadas, donde no haya serviciales autómatas, irme a pique y salir a flote, pasar hambre y quedar con vida, mirar a la muerte cara a cara...
    —Deja el instituto, apúntate a una expedición que vuele a algún satélite de Júpiter, y allí verás la muerte cara a cara y tales islas inhabitables en medio del Cosmos como las que tus antepasados ni siquiera pudieron imaginar. Tan inhabitables, que no encontrarás ni la bacteria más simple.
    —Mirar a la muerte cara a cara... Mas no por eso dejan de dormir en camas blandas, en cómodos camarotes, y traen lacayos mecánicos a las islas inhabitables; y si los alcanza la muerte, no la combaten ellos mismos, con sus propias manos, sino sus máquinas... Y suelen morir a causa de una irradiación invisible; no con una pistola en la mano, sino en la cama de un hospital como resultado de no haber prendido el injerto de médula ósea.
    —Es raro, ¿por qué el hombre se habrá sentido atraído en todos los tiempos por el romanticismo de días pasados? Los antiguos griegos divinizaron en sus años más felices la antigüedad y la llamaron edad de oro, perdida para siempre. En la época de los trasatlánticos y los aviones turbohélice de pasajeros hubo quien emprendió navegaciones en balsas primitivas o construyó carabelas como las de Colón para navegar hasta las orillas de los rascacielos. ¡No seas boba, Galia! ¿Qué puede haber más romántico que estos instantes? Yo me he duplicado, me han regalado dos vidas. Una, tranquila; la otra, inverosímil, toda de aventuras. ¡Prueba a dilucidar dónde están los días corrientes y dónde el romanticismo heroico! ¡Todo ha quedado confundido! ¡Mira que llorar porque ya no existen las maravillas del pasado, cuando tenemos preparadas muchas más maravillas en el futuro! ¡Llorar por la nieve de antaño!
    —A pesar de todo, me da lástima por la penosa juventud de la humanidad —repite, obstinada, Galia.
    —Pues a mí me da lástima por no poder vivir otros mil años.

    Por la mañana, un pequeño entomóptero, avión-insecto, se los lleva de la isla.

    En el aeródromo más próximo toman un avión intercontinental. Ya durante el vuelo, los pasajeros reconocen a Alexandr Barténiev por los retratos, y le dirigen miradas; los menos tímidos se le acercan, le expresan su emoción y le estrechan la mano. A Alexandr le da vergüenza. Las objeciones de Galia le han parecido una extravagancia momentánea, pero, a pesar de todo, ¡por qué no reconocerlo!, la hazaña le cuesta muy poco trabajo. Y hablan de ella demasiado.

    Durante el vuelo, al lado de su asiento suena el suave zumbido del radioteléfono. Lo llaman de tierra.

    —¡Alló! ¡Hijo mío! —se oye la voz de Shablin—. Me alegro mucho de que vuelvas. Ya lo tenemos todo preparado.


    9


    Las copias del «alma» tienen un aspecto imponente. Seis poderosos camiones se acercan a los pabellones de cibernética del Instituto del Cerebro. Vienen cargados de cajas de plástico con cintas. Cada caja tiene su número.

    Los seis camiones son seis naves terrestres que podrían transportar de una vez los bloques desmontados de cualquier edificio del instituto. Pero ahora no llevan más que un cerebro cifrado, el cerebro de Alexandr Barténiev.

    Los camiones corren veloces hacia el aeropuerto. Los sigue un coche cerrado; en él van Shablin y Alexandr.

    Cuatro aviones de transporte esperan la rara carga. Deben tomar rumbo a diversos confines del globo, a las cuatro emisoras astronómicas de mayor potencia.

    Shablin quiere volar con la carga a la emisora que empezará primero a transmitir la extraordinaria información a la lejana estrella Lambda de la Flecha.

    Unas altas montañas aprisionan contra el mar a una pequeña ciudad meridional, cuyas casas blancas están inundadas de vegetación. La playa, con multitud de abigarrados toldos, parece un jardín de policromas flores.

    Las cumbres de las montañas están peladas; se elevan peñas cortadas a pico, que parecen frentes arrugadas de ancianos. En un lugar se yergue una larga roca, que se llama desde hace tiempo «El Dedo del Diablo». Desde abajo, desde las calles del acogedor balneario y desde la playa, parece, efectivamente, un dedo alzado con reproche hacia el cielo. En realidad, este Dedo alcanza unos ochocientos metros de altura. Y hace unos años se abrió en él una flor de color rosa argentada, cuya sombra reticular cubre todo el Dedo y parte de la montaña.

    Los habitantes de la ciudad llaman a esta flor Malvita, pues al ver las enhiestas montañas no se la puede tratar de otra manera sino familiarmente, con condescendencia. Sólo una casita como caída por casualidad al pie de la flor, tímida mota blanca en medio de la piedra, hace reparar en las dimensiones de la Malvita. En el cáliz de esta flor podría caber un estadio para cien mil espectadores.

    Es una de las cuatro emisoras; y la propia flor, el espejo de un radiotelescopio gigantesco, capaz de enviar señales al propio corazón de la Galaxia.

    Cae la tarde, la ciudad se sume ya en el crepúsculo, se van encendiendo ya algunas luces y, en lo alto, las rocas siguen bañándose aún en los últimos rayos del sol.

    Por encima de las cabezas, tapando casi todo el cielo, pende un enrejado de ligeras vigas y viguetas, un monstruoso caos de celosía, pues tal aspecto tiene de cerca la Malvita. Está vuelta hacia el horizonte, en espera de que aparezca Lambda de la Flecha, estrellita casi imperceptible, una de las miles de estrellas visibles:

    El jefe de la estación, un hombre muy moreno de afilado perfil aguileño e impetuoso temperamento meridional, acompaña, dándose palmadas en los muslos y los costados, a Shablin y Alexandr hacia el ascensor.

    —¡Está todo listo! ¡Está todo listo! Anoche enviamos las señales de que empezaríamos la emisión dentro de veinte horas. Quedan diez minutos. ¡Qué gran día! ¡Qué gran día!

    En la sala redonda, parecida al puesto de mando de una mediana central eléctrica, el jefe no se puede contener y se apresura, como un corredor, observando sobre la marcha de los aparatos.

    —¡Todo va bien! ¡Todo está en orden!

    Las cintas están colocadas en los aparatos; los mecanismos, sincronizados para la emisión; no hay nada por comprobar, pero la inquieta naturaleza del jefe ansia actividad.

    De súbito tropieza en su carrera y se detiene, poniendo cara trágica.

    —¡Faltan tres minutos! ¡No faltan más que tres minutos!

    Shablin se acerca calmoso a una ventanilla redonda como el convexo portillo de una batisfera. Al otro lado del grueso cristal se prolonga una franja verde, que parece animada.

    —¡Empezamos! —grita el jefe.

    La franja verde da un salto y empieza a danzar. El jefe también danza. Encogiéndose y poniendo ojos de sufrimiento, susurra Alexandr:

    —Son las señales de llamada. ¿Comprendes...? Transmitimos «¡Colega», «Colega»...!

    Shablin mira el reloj y dice, significativo:

    —¡Dos segundos!
    —¿Eh? ¿Qué te parece? Hemos pasado ya la órbita de la Luna —dice el jefe.

    En los ojos abiertos del jefe de la emisora se ven las pupilas dilatadas, síntoma de la emoción que lo embarga.

    —Una serpiente levanta la cabeza de la Tierra; ¿Comprendes? —susurra con voz entrecortada por la emoción—. ¡Una gran serpiente! Se irá estirando un mes entero. Un mes entero a la velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo. ¿Qué te parece? ¡Y esta serpiente es su cerebro! ¡Voto al diablo! ¡Su cerebro...!

    Sigue una pausa. El hilo verde azulado danza tras el grueso cristal redondo; las rígidas saetas de los aparatos se inclinan a la derecha. En torno hay silencio, un silencio majestuoso, imponente, como el que reina únicamente en las montañas, lejos del mundanal bullicio. Y cuesta trabajo creer que por encima de las cabezas de la gente fluye en el cielo un caudaloso río de ondas de radio que nace allí para ir al negro infinito.

    El jefe de la emisora no puede soportar el silencio y dice:

    —Ahora transmitimos las señales «¡Es muy importante! ¡Es muy importante!» Cuando pasen treinta años harán estremecerse a los habitantes de Colega.
    —¡Qué minuto tan grande, querido amigo!
    —¡Han pasado dos minutos y cincuenta segundos! —anuncia Shablin.
    —¡Marte! ¡Nuestras señales han cruzado la órbita de Marte! ¿Comprendes...? Pero aún tardarán mucho en salir del sistema solar. ¡Mucho! En ese tiempo podremos bebemos sin prisas una botella de buen vino...

    La gente no tiene nada que hacer, los aparatos automáticos transmiten el texto de la cinta colocada. Su funcionamiento es más seguro que si la transmisión corriera a cargo de esta impulsiva persona.

    Por eso, apartándose de los aparatos, Shablin dice:

    —¿Una botella de buen vino...? De acuerdo. Lo celebraremos.
    —Pero ¡qué vino! ¿Eh? ¡Qué vino...! No les ofreceré una imitación de vino añejo. ¡Al diablo los milagros de la química! ¡Un vino añejo auténtico...! Quizá lo embotellasen mis antepasados cuando voló Yuri Gagarin. ¿Eh...?
    —No exagere...
    —Bueno, no sería cuando voló Gagarin. Pero sí cuando el primer hombre pisó la Luna, ¿les parece...? ¿Otra vez no se lo creen...? Bueno, pues sería algo más tarde, pero no mucho... Me juego la cabeza. Bajan los tres.

    El vino es, en efecto, excelente, por más que Alexandr no entiende mucho de vinos añejos.

    Seis horas después las primeras señales alcanzan la órbita de Plutón, el último planeta del sistema solar.

    Para ese tiempo, la Malvita deja de enviar señales.

    Sigue otra emisora, situada en el Atlántico, para la cual ha salido en el cielo la estrella Lambda de la Flecha.

    Seis horas después seguirá transmitiendo otra emisora, luego otra, y de nuevo le llegará el turno a la Malvita...

    Sin cesar de día ni de noche, la emisión durará más de un mes. De segundo en segundo irá creciendo de la Tierra al Cosmos un gigante formado de ondas hertzianas.

    Su cabeza estará ya más allá del sistema solar, su cuerpo aún no habrá nacido, y la cola aparecerá al cabo de un mes. Luego habrá una breve tregua, y se volverá a repetir todo, del principio al fin. Para mayor garantía, para que no se omita nada.

    Y se dará una tercera emisión de control... Sólo entonces callarán las emisoras.

    El doble del «alma» de Alexandr Barténiev se irá desprendiendo sin prisas, punto por punto, de la Tierra, llamada perecedera en siglos pasados. Y este doble del alma humana será tan inabarcable y majestuoso como todos los fenómenos cósmicos.


    Shablin decide descansar hoy. Él y Alexandr se bañan en el mar, toman el sol en la playa, pasean por la ciudad, comen en un comedor del balneario y no tienen prisa en emprender el vuelo de regreso.

    Anochecido ya, ocupan una mesa en un rincón del parque.

    La mesa automática los obsequia, cual tapete mágico, con refrescos; la orquesta local toca música de baile, y el mar, que susurra suave al pie del dique, les envía su fresca brisa.

    —¿Qué más hace falta en la vida? —dice Shablin, fatigado y contento, desabrochado el cuello de la camisa; es tersa su larga cara, tostada por el sol durante el día—. ¿Qué más hace falta? ¿Eh?
    —Tal vez, música mejor —dice Alexandr.
    —Cualquier cosa menos eso. Pues pondrán en seguida una ultrarradiola cualquiera. ¡Mira cómo se afanan! Da gusto. Mira aquella muchacha del violín, hasta la nariz le suda. ¡Y el director...! Peinado a lo Beethoven, y los brazos largos, como dos palos, no sabe qué hacer con ellos. El género humano es magnífico en su ingenua seguridad de poder repetir lo grande.

    En otro sitio haría ya tiempo que hubiesen reparado en ellos. En otro sitio, pero no en esta ciudad balnearia, donde, como en un aeropuerto importante, la gente es otra cada día y cada hora; unos llegan, y otros se van, aparecen de improviso y, sin descubrir su carácter, se desvanecen en el cielo. En hormigueros tan movedizos se embota la costumbre de fijarse unas personas en otras.

    Dos individuos, uno joven y otro de provecta edad: un tío bonachón con la camisa arrugada y un respetuoso sobrino, peinado, siguiendo la moda, a lo astronauta, están matando el tiempo; tengan paz en su modesto retiro.

    A la mesa contigua está sentado un compacto grupo que no escucha la afanosa música de la orquesta de aficionados y discute ruidoso. Como es natural, la discusión gira en torno del «alma» de Alexandr Barténiev, que está partiendo ahora hacia el planeta Colega. Y, como es natural también, entre las voces se oye una resuelta, de orador, que defiende su propio punto de vista, rigurosamente «original».

    —¿Para qué vive el hombre? ¡Voto al diablo! No se puede rehuir de siglo en siglo esta cuestión palpitante. ¿Para qué? No la embellezcáis con argucias idealistas, y la respuesta será sencilla: ¡Vive para vivir, para existir! ¡Sólo para eso, no hay ningún otro fin tan sublime, todo lo demás son invenciones! Para vivir uno bien, dichoso en la medida de lo posible, no hace falta, ni mucho menos, querer ir al quinto infierno, a las Lambdas, Deltas, Alfas y Vegas. Por el contrario, hay que aplicar todos los esfuerzos a mejorar el lugar en que uno vive. Aún no están todos satisfechos de la vida en nuestro planeta, aún no se ha habitado todo el sistema solar, y ya hay quien tiene ganas de entrar en las inmediaciones de la constelación de la Flecha... Dicen que extraeremos de allí nuevos conocimientos... ¡Para qué diablos hacen falta nuevas verdades, si aún no hemos hecho realidad las viejas, las de nuestros abuelos!

    El que habla es un joven robusto, de cabeza grande y obstinada sobre anchos hombros; habla con ímpetu, con el tesón del fanático convencido de que está en lo cierto, con el tesón con que, seguramente, los adictos de los viejos ritos religiosos de la antigua Rusia enviaban al combate a los creyentes. La cara de este joven no es torpe ni cruel; es franca y ruda y no puede menos de atraer por su franqueza.

    —¿Qué le parece? —dice Alexandr, refiriéndose al orador.
    —No está mal —responde Shablin—. En todo caso, suelta en los bigotes a cualquiera lo que piensa. Quisiera pelearme con uno de ésos.
    —Es un utilitarista irrefrenable, y ésos, téngalo en cuenta, son tenaces y se creen la fuerza fundamental del mundo.
    —Lo fueron —replica Shablin.
    —¿Cuándo?
    —En la edad de Piedra o del Bronce.
    —¿Por qué precisamente entonces? —inquiere Alexandr, extrañado.
    —No pretendo dar una fecha exacta. La ciencia aún no ha dado un jalón que permita determinar cuándo acabó su reinado.
    —¿Ha acabado acaso? ¿No seguirá, con diversos nombres, por los siglos de los siglos?
    —Nuestras naves cósmicas no van a Plutón por especias ni en busca de oro, como las carabelas de Colón fueron en su tiempo a América. Van a conocer y palpar qué planeta misterioso es ése. Conocer, eso es lo que importa, y ya se verá si le podemos dar alguna aplicación. Esos utilitaristas no reinan, arrastran una vida miserable.
    —Así y todo, nos proponemos darle una aplicación; así y todo, en lo hondo del alma abrigamos la esperanza de que quizá nos sea útil hasta Plutón.
    —Claro que también las galaxias pueden dar mucho a la práctica en la constelación del Cisne. Ya se decía en la antigüedad que no hay nada más práctico que una buena teoría. Pero no sólo estudiamos movidos por un interés práctico. Sentimos la necesidad de conocer cosas nuevas. Una necesidad como son el hambre y el sueño; sin esa necesidad no existe el hombre. Cuando los hombres se harten de conocer y digan «¡Basta!», puedes considerar que ha llegado la muerte. El objetivo de la vida, su sentido, es conocer lo incógnito. Esa es la divisa del género humano. Ese joven tribuno no se da cuenta de que su utilitarismo es un atavismo, una herencia de los animales, que son los utilitaristas más contumaces.

    El joven tribuno de la mesa contigua bebe tranquilo su refresco; por lo visto, ya ha olvidado su sentencia a los que aspiran irreflexivamente a abandonar la Tierra para ir a lejanas estrellas.

    Alexandr calla, y Shablin vuelve a sonreír, fatigado.

    —Hace una buena tarde... ¡Qué bien se está, a pesar de todo, sin hacer nada!

    El mar lanza ronco sus olas al pie del dique.

    El director de la orquesta, de melenas como las de Beethoven y nariz ganchuda como la de un loro sabio, saca del grupo de músicos a una frágil muchacha de indiferente expresión.

    —¡Queridos amigos! —dice con aire imponente el director de la orquesta—. En honor del histórico acontecimiento del envío del intelecto humano a Lambda de la Flecha, nuestra orquesta ha preparado una nueva canción...
    —¡Se las da de modesto! Dice: nuestra orquesta... y la habrá compuesto él solo... —ironiza Shablin.
    —¡Interpretará esta canción la solista de nuestro conjunto Nonna Park!

    El director se vuelve de espaldas al público y alza sus largos brazos.

    La anunciada solista fija la mirada de sus ojos redondos en la lejanía del mar, envuelto en la noche y con la misma indiferencia espera la primera nota y empieza a cantar con finísima voz:

    Tu alma, tu alma ha volado de la Tierra, entrando en viraje...


    Alexandr se echa a reír. Shablin se pone sombrío de pronto y le pregunta:

    —¿De qué te ríes...?

    Tras de escuchar en silencio un rato, agrega quedo:

    —Esto es horrible, pero no es cómico.

    Se levanta bruscamente y dice:

    —Vámonos de aquí.

    Más claro, más claro,
    que un rayo de Vega,
    tú marcas el rumbo,
    en las profundas tinieblas...


    La voz fina, finísima, candorosa e inexpresiva... Alexandr y Shablin salen del parque.

    —Aquí no se puede uno enzarzar en una pelea —rezonga Shablin, frunciendo las cejas—. Las tonterías, lo mismo que los gases asfixiantes, no se pueden rechazar de un golpe ni abatir con la lógica. ¡No hay nada más terrible que la banalidad humana!

    Riéndose para sus adentros, Alexandr interroga ingenuo:

    —Igor Vladímirovich, en cierta ocasión usted me dijo que no había nada más terrible que el espacio. ¿Qué creer?
    —Eso también es espacio. Entre nuestros días y este maestro de melenas de león hay una distancia de quinientos años por lo menos, y no de luz, sino de los corrientes. Esta gente ya no puede alcanzar a nuestro siglo, vive a un lado: es una paradoja lamentable, algo que no tiene ni pies ni cabeza.


    10


    En las portadas de las revistas ya no se publican retratos de Alexandr Barténiev. Su fisonomía, de ojos hundidos bajo la frente, ancha nariz algo carnosa y aplastados pómulos, es sustituida al principio por las pestañas y los dientes como perlas de una estrella cinematográfica que ha escalado las cimas de la gloria, y luego por el perfil nervioso de un tenor dramático.

    Alexandr se aloja con Galia en el chalé en el que estuvo entrenando su memoria para el «vuelo». En la habitación de las clases instalan el recibidor; en el lugar de la mesa de trabajo ponen una mesa redonda, en torno a la cual se reúnen por las tardes invitados, entre los que se encuentra Shablin. La magnífica pantalla de televisión, desde la que las lumbreras de la ciencia explicaran conferencias a Alexandr, sigue en el mismo sitio; pero ahora no se ven en ella más que películas, funciones teatrales y conciertos, todo lo que constituye el programa de las emisiones ordinarias de televisión.

    En el Instituto del Cerebro se interesan por el problema de la telepatía. Desde hace muchos siglos, todo lo relacionado con esta palabra está envuelto en leyendas y misticismo. Si una hija que se marchaba de su casa, se ponía inesperadamente enferma y la operaban, su madre sentía a muchos kilómetros de distancia accesos de dolor, incomprensibles para los médicos. Si un agonizante oía el quedo sonido de una cucharilla de plata contra un vaso antes de exhalar el último suspiro, en el mismo instante oía idéntico sonido, en el otro extremo de la ciudad, un amigo suyo. Todo eso lindaba con lo milagroso, parecía sobrenatural y, por supuesto, se condimentaba con mucha charlatanería de la especie más vil. Sólo en la primera mitad del siglo XX intentó tímidamente la ciencia dar una explicación. Para empezar, se expuso la hipótesis de que el cerebro emitía ondas hertzianas.

    En 1958 el submarino atómico norteamericano Nautilus tomó a bordo a un tal Johns, teniente de marina, y zarpó, alejándose dos mil kilómetros de la costa, desde donde le hacían a Johns «sugerencias», y él dibujaba dos veces al día una de las cinco figuras «adivinadas». Acertó en el setenta por ciento. Las ondas electromagnéticas ordinarias no hubieran podido penetrar a través de la capa de agua oceánica y del casco de hierro del submarino. La transmisión había tenido lugar, pero ¿cómo, a través de qué, de qué manera...? En fin de cuentas, a los científicos les preocupaba no tanto la propia transmisión como las enigmáticas ondas de origen biológico, que no se lograban captar con ningún aparato. Los hombres han aprendido a sintetizar artificialmente las albúminas, a crear en laboratorios tejidos vivos, hasta los más complejos, como los de la corteza cerebral, y el secreto de las extrañas ondas sigue sin descubrirse. La ciencia, que avanza triunfal, está aquí en un callejón sin salida, estancada durante siglos.

    Hace mucho que se expuso la hipótesis de que el hombre había recibido por herencia esta extraordinaria capacidad de los animales, es más, de los insectos. Shablin comparte la misma opinión. Propone a Alexandr Barténiev que la compruebe.

    —Ante todo —dice Shablin— quítate de la cabeza el romanticismo y no creas que roerás en seguida el hueso. Se han roto las muelas centenares de científicos más duchos que tú. No conseguirás nada con ataques frontales, tienes que aproximarte dando rodeos. Es un trabajo prolongado e ingrato. Ingrato, porque nadie puede garantizar que lo corone el éxito. ¡Nadie!

    Tras pensarlo, Alexandr accede a emprender ese trabajo.


    En un callejón del pequeño poblado del instituto hay un amplio recinto, al que han traído inofensivas culebras y venenosas cobras, serpientes de anteojos, áspides, serpientes de cascabel y anacondas de siete metros. Si la capacidad de emitir unas ondas especiales la ha recibido el hombre, efectivamente, de los animales inferiores, se debe manifestar en las serpientes, pues por algo algunas de ellas tienen de antiguo fama de hipnotizar a sus víctimas.

    El hombre cuyo nombre está ligado con el glorioso «vuelo» cósmico empieza a trabajar afanosamente con los animales más terrestres de todos los de la Tierra.

    Exteriormente la vida sigue su curso mensurado, y aun tedioso. A las ocho de la mañana Alexandr camina ya por el parque del instituto hacia su recinto, se queda en los laboratorios hasta muy tarde, y por la noche hastía a Galia con conversaciones acerca de las «células ganglionares», de las «probetas de Krauze» y de la nueva manifestación de la conexión biológica secundaria de la serpiente del diamante.

    Galia trabaja en uno de los laboratorios de Alexandr, prepara disecciones, se dedica a clasificar, escucha los juicios de Alexandr y espera impaciente que encuentren de un momento a otro el cabo del hilo que los guíe a descifrar el misterio.

    Pero los días transcurren monótonos: el amplio recinto encristalado, dividido en secciones; las serpientes, unas sometidas a observación en condiciones próximas a las naturales, otras colocadas en potentes campos electromagnéticos; serpientes y más serpientes, vivas y muertas, disecadas y atrapando conejos.

    El trabajo no tiene fin, y no se sabe si tendrá éxito.

    En primavera sopla una ventisca en torno a la casa de ellos. No es una ventisca furiosa, sino una de esas ventiscas apacibles del reino soñoliento de los cuentos viejos. Copos blancos bajo el cálido sol, copos blancos que vuelan sobre la húmeda tierra, que desean caer en ella y no llegan a caer. En primavera florece el jardín en torno a su casa y, dijérase, no hay en el mundo lugar más acogedor.

    Bajo el techo de la cómoda casa reina un silencio desagradable, y el alegre susurro de los árboles en flor parece una burla.

    Un día se parece a otro día; que no crea nadie que algún acontecimiento alterará el monótono correr del tiempo. El correr del tiempo... Palabras estereotipadas. Galia se para continuamente a pensar: ¿Y adonde corre su tiempo? ¿Qué objeto persigue? ¿Adonde van los días, las semanas, los meses, los años, los decenios? Sencillamente, hay que vivir. Y no hay desgracia peor que la felicidad en la quietud.

    A su lado vive un hombre feliz que no se da cuenta de que pasan los días. Es feliz; por tanto, no la comprende a ella; por tanto, le es extraño. Y por las tardes reciben a Alexandr en el umbral unos ojos grises azulados que miran dentro de sí mismos. Alexandr se sobrecoge, empieza en seguida a sentir el profundo silencio que inunda la casa, desde los sótanos hasta el tejado.

    «¿Será posible que no me amase a mí, sino a la otra mitad que ha volado de la tierra?» —piensa a veces. Este año, que debe ser de miel, es, seguramente, el más duro de la vida de ellos. Nace un hijo, y en la casa se acaba el silencio. Nace un hijo. Le ponen el nombre de Igor en honor de Shablin.

    Shablin, cuando los visita, toma en brazos a la criatura, expresa con torpeza su entusiasmo, como todo hombre que teme que le reprochen de ñoñería.

    —Os habéis equivocado; no crece un científico, sino un cantante. ¡Qué voz tiene! ¿Eh? ¡Voz de bajo!

    Shablin tiene dos hijos mayores; los dos trabajan en estaciones científicas cósmicas; se ve obligado a vivir alejado de ellos; y de él podría salir un buen abuelo.

    En cierta ocasión, Galia entonó por la tarde su cantinela de siempre:

    —Lamento que haya pasado la juventud de la humanidad. Envidio a quienes vivieron en el planeta sin hollar... Fue un tiempo hermoso a su manera, que creó naturalezas valientes...

    Shablin escucha atento, y Alexandr espera curioso su respuesta. Es uno de los insignes héroes contemporáneos, enamorado de su siglo, aún más enamorado del futuro, ¡no será él quien se entusiasme como una muchacha con el romanticismo del pasado! Cosa extraña, Shablin no discute; se sonríe y dice:

    —Hermosa mujer, te voy a regalar un objeto antiguo. Me lo regaló alguien, no recuerdo quién... Te lo regalaré sin falta.

    Al día siguiente trae un pequeño envoltorio, y se lo entrega a Galia:

    —Toma.

    Galia lo desenvuelve e interroga:

    —¿Qué es esto?

    Tiene en las manos un tosco trozo de metal, cierta aleación primitiva, fundida en un molde primitivo: es un mango hueco y curvo con un corto cañón con una prominencia en el extremo.

    —Por la forma se parece mucho a una pistola —dice Alexandr—. Pero no es una pistola. El cañón no tiene siquiera orificio.
    —Se parece, por cierto... He visto pistolas en el museo —dice Galia, dando vueltas en la mano al raro objeto.
    —Es una pistola, pero no auténtica —dice Shablin.
    —¿No auténtica...? ¿Para qué sirve?
    —¿Es algún fetiche militar? —sugiere Alexandr.
    —Bueno, no lo adivinaréis. Es un juguete. Un juguete muy extendido en tiempos... —Shablin mira a Galia a los ojos como sólo él puede mirar, a lo hondo de los ojos, a lo más hondo.

    A Galia se le estremecen los labios.

    —¿Un juguete, para niños...?
    —Si, para niños.
    —¿Les dejaban jugar a los asesinatos?
    —A la guerra. Los chiquillos jugaban a la guerra, y las chiquillas acunaban a las muñecas, cantándoles canciones que decían: Cuando sea mayor, montarás en un caballo, empuñarás un sable, matarás al enemigo, serás un héroe...
    —¿Y nadie se indignaba de ver esos juegos?
    —Los papás también jugaban en su tiempo a la guerra hasta que llegaba el tiempo de hacerla de verdad. Un romanticismo desde la más tierna infancia.

    Galia pone encima de la mesa, delante de Shablin, la pistola de juguete.

    —Admiradora de la antigüedad, no sé por qué, no te gusta mi regalo —dice Shablin.
    —No, no me gusta.
    —Pues pensé que lo guardarías para tu hijo.
    —¡Lléveselo!

    Galia se acerca a la cuna de Igor. El niño articula sonidos, haciendo burbujas con los labios.


    Por el vacío intersideral, prolongándose todo un mes de luz, avanzan fugaces los regimientos de ondas hertzianas que llevan el alma de Alexandr Barténiev, feliz padre desde hace poco y futuro eminente profesor.

    Cada segundo que pasa, los bien formados regimientos de ondas hertzianas recorren trescientos mil kilómetros; han dejado ya muy atrás la familia de planetas que bogan lentos en torno del Sol... Muy atrás... No han recorrido siquiera la décima parte de su camino: no hacen sino empezar su viaje.

    Cuando termine ese viaje, el hijo de Alexandr Barténiev, que ahora mira con ojos de asombro todo lo que ve, cumplirá treinta y cuatro años y, tal vez, también él tendrá un hijo.

    Regimientos de ondas hertzianas hacia la estrella de Lambda de la Flecha... Y la vida, que fluye rauda en nuestro pequeño planeta...


    11


    Igor Barténiev va creciendo. Tiene la memoria fenomenal de su padre. A los cuatro años se aprende al vuelo las poesías que recita su madre:

    Es tu nombre un pájaro en la mano,
    la frescura del hielo en la lengua...


    A los doce años, en un concurso de problemas difíciles, organizado por el club local de matemáticos, ocupa el primer puesto Igor Barténiev tiene afición a la Astronomía y al ajedrez, al dibujo y al deporte aeronáutico, a la Geometría y a la fotografía artística. Su madre se inquieta, pensando que es poco constante. El padre piensa: «es igual que tú». Lo piensa, pero no lo dice en voz alta por temor a recibir una reprimenda. Y Shablin los tranquiliza, diciendo que crece una persona normal.

    La baja estatura, los estrechos hombros y la fragilidad femenina del muchacho se avienen con su elástica agilidad de chiquillo; su cara es también demasiado tierna para un chico; en las aterciopeladas mejillas le brilla un sano y suave color tostado; los ojos son como los de su madre, grandes e inquietos, siempre en espera de algo. Se fijan a menudo en algún objeto habitual, visto mil veces. Corre por el jardín, y de pronto se detiene delante de un árbol que no se distingue en nada de los demás. Lo examina detenidamente, da la vuelta en torno suyo, toca incluso las ramas, y luego hace una serie de preguntas imprevistas:

    —¿Por qué todos los árboles crecen según un plan? ¿Por qué el abedul se parece al abedul, el roble al roble y el pino al pino? ¿Por qué no pueden crecer en forma de ovillo, de roca, o de semilla, pero grande?

    Ya puede uno explicarle después de eso los secretos de la herencia, aún sin descifrar hasta el fin por la ciencia.

    Y a los dieciséis años, este muchacho, de cuya capacidad están entusiasmados los maestros, el hijo del conocido Alexandr Nikoláievich Barténiev, el muchacho, en cuya educación tomó parte hasta el propio Shablin, huye un buen día de su casa. Se ha juntado con una pandilla de «desocupados»...

    Creyérase que el mundo ha llegado a la perfección. La lucha secular por la igualdad de toda la humanidad ha sido coronada por el éxito. No hay ni opresión ni violencia, incluso la propia palabra «democracia» hace mucho que ha caído en desuso. ¡Quién va a hablar de sed si no siente nunca la necesidad de beber!

    Pasaron los tiempos en que los hombres miraban con cierto estremecimiento la ciencia y la técnica en rápido desarrollo, temerosos de que la fuerza libre del núcleo mutilase la vida.

    Ha empezado una nueva era, otra era que podríamos llamar esclavista, pero ahora los esclavos de los hombres no son otros hombres, sino sumisas. El hombre, dueño y señor, puede ordenar máquinas.

    Lo que quiera, todos sus caprichos se cumplirán.

    ¡Mandar...! Esta función, la más importante y difícil, es la que el hombre, dueño y señor, ha asumido. Su pensamiento y su voluntad, sus fuerzas y sus servicios, noches de insomnio, búsquedas profundísimas y sutilísimos experimentos, todo fue dirigido a hallar posibilidad donde aplicar la fuerza férrea de las máquinas esclavas. Cada orden dada a una máquina debe encerrar algo nuevo, sin descubrir; repetir algo, que ya se hizo alguna vez, puede hacerlo sin el hombre cualquier máquina dotada de memoria. La orden es ahora creación.

    Creyérase que el mundo ha llegado a la perfección. Pero en la naturaleza no existe la perfección absoluta. La perfección a la que no se puede agregar nada más es estancamiento, es la muerte. El mundo vive y se desarrolla; por tanto, no es bastante perfecto, puede perfeccionarse aún más. En ello reside la gran felicidad de la existencia.

    Los ríos fluyen entre sus márgenes. Fluyen desde sus fuentes hasta la desembocadura, y en modo alguno contra la corriente. Pero en esa corriente natural, adelante, son ineludibles los remolinos; suele suceder que una astilla arrojada al agua retroceda.

    La humanidad avanza impetuosa y... origina sus propios remolinos.

    La máquina esclava está al servicio del hombre, ejecuta, en lugar de él, el trabajo sucio, incluso el intelectual. Dijérase que basta con saber ordenarle, y ella lo ejecutará todo. Pero hay que mandar con inteligencia; de lo contrario, la máquina repetirá las tonterías del hombre, es más, las decuplicará con exactitud maquinal. ¡La orden es ya creación!

    Sistemas particulares de educación y el propio espíritu de la creación, que ha penetrado en todos los aspectos de la vida, han desarrollado las aptitudes en talentos y los talentos en genios. Jamás había tenido el planeta tantas mentes sagaces, sublimes y variadas.

    Mas no todos nacen con las mismas aptitudes; no todos tienen talento por naturaleza. Si las gentes sin capacidad tuvieran acceso a las máquinas, podrían ser peligrosas para la sociedad, dada la ciega sumisión y fuerza gigantesca de las máquinas. Pero la sociedad, al tiempo que les concede el derecho de vivir rodeadas del mismo lujo que todos los demás, les limita las actividades.

    La inteligencia no reconoce la perfección; es inteligente quien manifiesta una actitud intransigentemente crítica consigo mismo. La suspicacia y la autosuficiencia, son, por regla general, rasgos de imbecilidad, y ésta no reconoce límites en sus pretensiones. Las gentes sin dotes, pero con pretensiones exorbitantes, emprenden tan pronto un trabajo creador como otro, fracasan y se indignan, clamando que no los comprenden ni los estiman. En el último tiempo, esos ofendidos han dicho sinceramente de sí mismos: «¡Estamos desocupados! Nos desdeñan, por eso nosotros desdeñamos a todo el mundo, incluso a la propia vida. ¿Para qué vivir? ¿Para qué engendrar futuros cadáveres, víctimas de la muerte inexorable?»

    Los «desocupados» no se lavan ni se peinan, se dejan la barba y declaran: «¡No queremos gozar de los bienes de la vida!» Sin embargo, la mayoría de ellos no se proponen despedirse de la «odiosa» vida, y sólo algunos fanáticos son fieles a este principio, y de vez en vez se encuentran sus cadáveres en las plazas de las ciudades, en las camas, en los cuartos de baño...

    Suele ocurrir que algún joven capaz y emprendedor, cuya vida pudiera ser una donación para la sociedad, se desespere al sufrir el primer fracaso y exclame: «No me puedo amoldar, no sé qué hacer, no me queda otro camino que...» Y se marcha con los «desocupados». Ya entre ellos, los predicadores de la caducidad de la vida les meten en la cabeza muchas ideas raras...

    lgor Barténiev huye precisamente con los «desocupados».

    En dos meses no pueden encontrar su paradero. Su madre cae enferma.

    Vuelve por su propia voluntad y, como es de esperar, desgreñado, sucio y vestido con chillones andrajos. Sucio, pero no hecho un salvaje; únicamente la mirada de sus ojos grises, algo saltones, heredados de su madre, es ahora más dura; se le han hundido las mejillas, y sus facciones suaves de antes han cambiado, haciéndose angulosas. Le hacen que se bañe. Su madre llora. El padre decide celebrar un consejo de familia y ruega a Shablin que asista.

    El viejo científico tiene ya setenta y siete años, pero se mantiene aún erguido y lleva alta la cabeza; su cara es más morena y se ha cubierto de arrugas, pero en cada arruga se nota la energía de antes.

    Es un día de otoño, tras las ventanas llenas de lágrimas, un viento cortante arranca de los árboles las últimas hojas mojadas por la lluvia. En la chimenea arden con alegres llamas unos leños… Alexandr Barténiev asume, por el derecho que le da el ser cabeza de familia, el papel de presidente. Todos se han preparado para celebrar un consejo prolongado y minucioso. Pero resulta breve. —Cuenta, ¿qué te movió a marcharte de casa? —interroga el padre.

    Igor, limpio y con las mejillas de nuevo sonrosadas, bien peinado, pero con cierta expresión inhabitual de hambre en la cara, ya viril, responde calmoso:

    —Lo más extraño es que a ninguno de nosotros nos ha movido nada a dar ese paso.

    La madre levanta asombrada los ojos enrojecidos a causa de las lágrimas constantes. Alexandr Barténiev, que ha engordado visiblemente en los últimos años, vestido con su severo traje de profesor, hace crujir la silla y no sabe qué responder. Shablin suelta inesperadamente una risita, y sus ojos brillan juveniles entre las arrugas, hendidas por el tiempo.

    —Mostramos interés por los coleganos, y a nuestro lado... Están aquí tres personas, y a las tres las respeto. Pero ninguno de ustedes ha estado entre ellos. Ni siquiera usted, Igor Vladímirovich —dice el muchacho.

    Shablin vuelve a soltar una risita o toser: difícil es discernirlo.

    —Querido mío —dice quedo—, te parece que has abierto una puerta al Cosmos. En efecto, ninguno de nosotros ha estado entre ellos, pero muchos, a quienes respetamos, han estado, se han interesado y han procurado arreglar la situación.
    —¿Y qué han conseguido?

    Shablin vuelve a emitir un sonido indeterminado y no responde.

    —¡No han podido! ¡No han tenido fuerzas! ¿Es eso lo que quiere decir, Igor Vladímirovich?
    —No, no he querido decir eso. Ya se nos ocurrirá algo. No se puede roer cualquier hueso de buenas a primeras.

    Igor se calla y frunce las cejas.

    —¿Pensaste en tu madre? —interroga severo Alexandr Barténiev—. ¡Mírala qué aspecto tiene!
    —Mamá, debe perdonarme... —y de pronto la voz de Igor suena entrecortada, forzada— ¡Qué desgracia tan grande, qué pena tan grande...! ¡Eso no debe suceder! ¿No podremos hacer algo para que no suceda?

    La madre tiene una expresión de sufrimiento y susto, una expresión de perdón. Alexandr Barténiev ve por primera vez esa expresión de susto en ella y piensa que el hijo le acorta los días.

    —Bueno, déjanos —le dice con la misma severidad forzada de antes—. Seguiremos hablando sin ti.

    Igor no invoca su igualdad ni recuerda que ya es mayor: se pone en pie ágilmente, con la cabeza baja.

    —¿Qué os decía? —articula Shablin con cierta nota de triunfo—. ¿Qué os he dicho siempre? Crece una persona normal, de calidad... Reconozcamos que todos nos hemos sentido algo avergonzados ante él.
    —Sí, es una vergüenza —responde quedamente Galia, que no ha despegado los labios hasta ahora.

    A partir de ese día, Shablin ya no trata a Igor como su abuelo, sino como su camarada.

    Se los puede ver a menudo juntos el uno frente al otro. El flaco y nervudo cuello de Shablin sale del lanoso cuello de su jersey; las secas y morenas manos están sobre sus angulosas rodillas, y al arrugado semblante le asoma una expresión augusta y seria. Igor tiene agitada y sombría la mirada, manchas de rubor en la cara y tensa la expresión.

    ¿De qué hablarán? Probablemente de un tema eterno, de la vida. Uno de los dos puede juzgar de ella porque ya la ha vivido. El otro, porque aún la ha de vivir. No tiene nada de extraño que hayan encontrado un lenguaje común.

    Transcurre un año, y en este tiempo Shablin ha envejecido rápidamente. Se mantiene erguido como antes, camina con el mismo paso firme, pero sus ojos negros tienen un brillo febril, y las pupilas se le mueven convulsas, como si el viejo esperase cada instante un golpe en la espalda. Y el arrugado semblante, silíceo, y las sienes hundidas... Junto al Instituto del Cerebro empieza a verse a menudo a un hombre bajo y robusto, con un traje impecablemente planchado, plana cara mongoloide y espaldas de boxeador. Es un conocido neurólogo. Shablin ha recabado la ayuda de aquéllos que lo consideraban como un dios. Mala señal cuando un dios busca la protección de sus fieles.


    12


    Experimentos con serpientes, con insectos, con perros, experimentos hechos con los aparatos más perfectos, trabajos de expediciones, estudios en los archivos: el asedio se lleva según todas las reglas de la ciencia contemporánea hace ya casi dieciocho años, pero la fortaleza sigue inexpugnable. Y ya se han agotado todas las posibilidades, es hora de poner punto final.

    En ese tiempo Alexandr Barténiev se ha hecho un profesor eminente; se ha apagado algo su vieja gloria de «cosmonauta de Lambda de la Flecha»; su nombre ha ido conquistado poco a poco segunda fama.

    La obra de Barténiev llena tres voluminosos tomos y es tema para futuras investigaciones. Igual que la clasificación de Linneo, esperará la aparición de su Charles Darwin. Alexandr Barténiev hojea con cierta tristeza sus libros publicados. ¿Qué preclaro genio los estudiará? Quizá sea un joven poseedor no tanto de conocimientos, como de audaz pensamiento. ¡Oh, los conocimientos...! Alexandr Barténiev siente a menudo el peso que tienen. Apenas se para a pensar en un problema, su fenomenal memoria le recuerda servicial: cierta autoridad científica dice esto con tal motivo, y este otro dice otra cosa, y aquél tal otra. Y no puede uno por menos de caer bajo la esclavitud de opiniones ajenas... A pesar de todo, deciden celebrar modestamente, en una velada familiar, la publicación de la obra.

    Sobre la mesa hay vinos del Cáucaso; las ventanas que dan al jardín están abiertas, y los invitados beben y discuten. No, no discuten del trabajo de Alexandr Barténiev, pues ya está discutido y aprobado, y se ha reconocido su valor. Un tal Calminus ha publicado en el otro hemisferio de la Tierra un artículo, en el que, remitiéndose respetuosamente a los descubrimientos del académico Shablin, afirma que la humanidad tardará poco en vencer definitivamente a la muerte.

    Shablin llamó a Calminus cretino. Sus ojos negros y juntos emiten hoy a los presentes un fuego más sombríos que de ordinario; su enjuto rostro despide destellos de cobre antiguo; tiene la voz quebrada, que deja traslucir una irritación no habitual en él.

    —Ese Calminus o como se llame, no ha comprendido nada de mis conclusiones... La inmortalidad no existe en la naturaleza. ¿Lo lamentáis? Pues imaginaos un mundo habitado completamente por ancianos. Un mundo estancado, que no se renueva. ¡Eso significa la detención del movimiento de la materia! Eso es la muerte general. Una muerte, permitidme decir, lenta y prolongada, como la producida por la lepra...

    En ese instante Galia entra en la habitación con una fuente de fresas frescas. Lleva un ancho vestido blanco que descubre sus bonitos brazos algo gruesos. Entra con suave paso con esos andares de inaprensible orgullo de una mujer de sano aspecto que hace ya mucho echó por la borda las inquietantes dudas, de mujer satisfecha del mundo que la rodea. Los invitados no pueden menos de volver la cabeza en su dirección, y ella dirige a todos una sonrisa protectora y comprensiva, como si quisiera decir: «Y bien, sé que os gusto... Os lo agradezco...»

    Shablin prosigue:

    —Soy viejo, pero al ver a una persona en determinada juventud..., al verla a ella... a ella... a ella...

    Los ojos de Shablin emiten un destello de importancia, como los de un conejo acosado, y miran con terror a Galia, que sostiene la fuente de fresas. A Galia se le borra lentamente la sonrisa de los labios, como cuando el roció se evapora de la hierba, y Shablin hace una mueca de dolor.

    —¿Qué me pasa?

    Todos callan y se miran.

    —Es raro, muy raro... Imaginaos, he olvidado su nombre... su nombre... su nombre... Shablin se estremece con todo el cuerpo y se vuelve de espaldas.
    —Está claro —dice con voz opaca.

    E irguiendo la cabeza, demacrado el semblante, prueba a bromear.

    —Ahí tenéis la inmortalidad... He recibido un aviso del otro mundo...

    Nadie pronuncia ni una palabra de respuesta.

    A medianoche se retiran los invitados. Se cierran las ventanas, pues del jardín entra el fresco de la noche y algo de humedad. Shablin se queda.

    —Que venga Igor —pide.

    Galia va a llamar a su hijo.

    Igor viene soñoliento, sonrosada la cara por el contacto de la almohada caliente, revuelto el pelo.

    —¿Me has llamado, padrino?

    Shablin le responde con una triste sonrisa:

    —No te inquietes, no me ha ocurrido nada. Quiero simplemente estar un rato contigo; con todos vosotros...

    Igor sólo llama «padrino» a Shablin cuando están a solas; es la primera vez que no lo llama respetuosamente por su nombre y patronímico delante de sus padres. Shablin aprecia este acto.

    —Llenadme la copa.

    Bebe un sorbo de vino y dice:

    —Ya ha pasado el día... Un día más... El hombre cuenta en la vida con unos treinta mil días. Unos cuatro mil transcurren en su infancia y otros tantos en la vejez. El mundo es grande, y la vida ínfima... Yo soy una chispa apenas perceptible en el Universo, un resplandor y desaparece. Pero durante ese instantáneo resplandor da tiempo a que nazca algo inmenso que pueda llegar a conocer el propio Universo, a conocerse a sí mismo, la insignificante brevedad de la propia existencia y lo absurdo de la estructura de la materia. Sí, yo, una persona, que ha aprendido a pensar, debo convertirme en polvo. ¡Absurdo! Es una incongruencia de la propia naturaleza...

    Tras la ventana susurra quedo el jardín. Susurra a intervalos, como si los árboles mantuviesen una conversación indiferente. Pronuncian una perezosa, húmeda y susurrante frase y hacen una larga pausa.

    El anciano, seco como una momia, habla con voz inexpresiva de la maldición que se cierne sobre cada persona. En eso pensaron también el bíblico autor del Eclesiastés en sus aposentos reales y un Iván sin Patria, que cayó sobre la Tierra durante el traslado de condenados a trabajos forzados. En eso pensaron miles de millones de personas que pasaron por el planeta. Hace ya mucho que ellos no existen, y los jardines siguen susurrando al pie de las ventanas, igual que susurraron antes, sin alegría ni dolor, ni siquiera indiferentes. Susurran simplemente porque existen.

    Delante del anciano está sentado el gallardo y sano joven, que lo escucha y lo mira con miedo, inquietud y desconfianza. No comprende esas palabras, y le infunden miedo porque no las comprende. Los veinte mil días y pico que aún tiene que vivir son para él una eternidad, más inabarcable que estancada, la próxima eternidad del Universo.

    —Reconozco... que eso me hace sufrir... —articula quedo Shablin—. Y de esos sufrimientos me curas tú, Igor.
    —¿De qué manera?
    —Te miro a la cara, tan sonrosada, y me da vergüenza: No tengo derecho a separar mi propio «yo» de ti, de tu hijo, que aún no ha nacido, de todos cuantos viven y vivirán. El individualismo es una patología del pensamiento humano. ¡Oh!, si los hombres pudieran comprenderlo, cuánto más fácil les sería vivir... Bueno, me marcho. Ya es hora...

    Alexandr Barténiev se pone en pie.

    —Voy a pedir un coche.
    —No hace falta. Me iré andando... —Hay humedad.
    —No te preocupes, no tengo predestinado morir en un portal.

    Shablin dirige una sombría y tranquila mirada por encima del hombro y se despide con un movimiento de cabeza. La puerta se cierra a sus espaldas.

    Encima de la mesa ha quedado su copa a medio beber.


    Por la mañana encuentran a Shablin muerto en su alcoba. Encima de su mesa está el diario, escrito con firme letra.

    Las primeras páginas no se diferencian nada de una investigación científica, pues están llenas de cifras, fórmulas químicas y argumentaciones con notas, que demuestran la desintegración irremediable de las células nerviosas del cerebro. Sigue una seca y extensa demostración de la imposibilidad de que rejuvenezca el cerebro decrépito y de por qué la humanidad no tiene derecho a hacer copias artificiales del intelecto. Se ve que los últimos días Shablin ha soñado con la inmortalidad, la ha buscado con frenesí y ha llegado a la conclusión de que no se puede alcanzar.

    En el diario se encuentra un breve testamento:

    «En las elecciones al cargo de director del instituto doy mi voto por Alexandr Nikoláievich Barténiev.
    »En el instituto hay científicos más capaces, pero (tal vez debido a su capacidad personal) pocos objetivos, y, queriéndolo o no, dificultarán el desarrollo de los hombres de talento, aplastarán la independencia de éstos. Es posible que yo mismo adoleciera en mi tiempo de esta grave falta. Barténiev no la tiene.
    »Quiero hacer un pequeño ruego, puramente sentimental: Enterradme junto a la vieja tumba de la colina, al lado de los soldados. Cada uno ha luchado a su manera por la vida.
    »Shablin.»

    Al pie hay una posdata:

    «Igor, querido, si ligas tu vida a nuestro instituto, acuérdate de una cosa: No busques la inmortalidad de una persona, sino de toda la humanidad. Es un tópico, una frase incluso trivial, pero precisamente lo trivial es lo que comúnmente se olvida.»

    Entierran a Shablin en la colina y le ponen por monumento una piedra enorme, surcada de circunvoluciones: una copia monumental de cerebro. Sin ninguna inscripción. Los descendientes recordarán sin inscripción alguna a quién pertenece esta tumba.

    Desde todos los confines del mundo acuden personas y le ponen flores. Queda inundado entre las flores no sólo el cerebro de piedra, sino el obelisco de los soldados, a cuyos pies reposan el soldado Osipov, el sargento Kunitsin y el alférez Suknov. Se oyen marchas fúnebres sin cesar.

    Y mientras en la Tierra ocurre esto, en lo hondo de la Galaxia llegan a mitad de camino los regimientos de ondas hertzianas.


    13


    Los robles del parque del instituto han crecido. En el calor del mediodía hay en las veredas una sombra refrescante; y cuando sopla el vientecillo, el sol penetra por entre las movedizas hojas y proyecta, juguetón, manchas de luz en la sombra.

    Cada día, a las ocho de la mañana, un hombre alto y cargado de espaldas cruza lentamente el parque en dirección al instituto. En su manera de andar y vestir, pues lleva el tradicional traje de profesor, impecable camisa blanca y corbata oscura, se revela la afectada gravedad senil que les llega prematuramente a muchos con la alta posición en la sociedad.

    Alexandr Nikoláievich Barténiev, director permanente del Instituto del Cerebro, es el capitán de la nave en la que izara las velas el difunto Shablin.

    Esta potente nave, pertrechada de centenares de laboratorios, cambia de improviso las velas y toma otro rumbo. Y no es el capitán el culpable.

    Puede ser que el caso que predeterminara este viraje ocurriese aún en vida de Shablin, cuando el hijo de Alexandr Barténiev huyó de casa a los dieciséis años y vagó dos meses por las ciudades vestido con los pintorescos y abigarrados andrajos de «desocupados».

    Los pedagogos, los directores de las empresas de toda la sociedad actúan de consumo con la prensa, el cine y la televisión para elaborar nuevos métodos de educación, organizar de otra manera los procesos del trabajo y poner en juego todo menos la violencia; se ha logrado mucho, pero no hay manera de obligar a la naturaleza a que dote generosamente sin excepción a todas las personas.

    Igor Barténiev ha obtenido el grado de candidato a doctor en Ciencias.

    Un buen día se presenta en el despacho del director, en el mismo despacho que ocupara Shablin. Ahora lo ocupa Alexandr Barténiev. Igor no se presenta solo; le sigue todo un grupo de jóvenes científicos como él: llevan trajes deportivos, revueltos los cabellos, les brillan desafiadores los ojos, y todos tienen en la cara la misma expresión de tenacidad inflexible propia de los bandoleros. Igor los acaudilla; es bajo de estatura, va bien vestido, con cierto elegante descuido; lleva en la frente el sello de buscador de la verdad.

    —Proponemos un nuevo programa de investigaciones científicas. Le rogamos que lo estudie.
    —Muy bien. Lo examinaremos en el próximo consejo de científicos.
    —Queremos que el instituto construya en su territorio una guardería infantil.
    —¿Una guardería infantil?
    —Sí, para doscientos niños.
    —Pero vosotros sois científicos, y no educadores.
    —Intentaremos ser lo uno y lo otro. Intentaremos educar lo que no ha dado la naturaleza.
    —¿Queréis «rehacer» el cerebro humano?
    —Si, sobre la marcha, por decirlo así. Procuraremos crear en el organismo infantil condiciones que propicien el crecimiento de las células que ejecutan las funciones del pensamiento asociativo.
    —¿Y no os parece, jóvenes, que estáis entonando la canción, hace mucho olvidada, de los sociólogos pesimistas: el hombre es imperfecto y no se le puede corregir, no lo puede reeducar la propia vida, hace falta la ruda cirugía?
    —¡No! —objeta Igor—. Nuestra intervención como científicos carece de sentido sin la educación que se está llevando en la sociedad. No queremos más que una cosa: acelerar la educación, hacer a las personas más susceptibles a la educación, educar la capacidad para la creación.
    —Está bien, cambiaremos impresiones...
    —Su deber... —Igor trata en estos momentos de usted a su padre: no se siente hijo, sino representante oficial del grupo de jóvenes científicos, y su padre no es en este instante padre para él, sino el director del instituto—. Su deber es defender nuestro punto de vista.
    —¿Y si al estudiar detenidamente el proyecto discrepo de vosotros?
    —Entonces consideraremos que usted ha olvidado el testamento de Shablin de ayudar a la juventud.

    Jaque al rey, bien jugado. En nombre del difunto Shablin... Shablin trazó a su manera el cauce de los trabajos científicos, y estos bravos jóvenes obran a su manera. En nombre de Shablin... Y, a pesar de todo…

    Y, a pesar de todo, en el lugar en el que estuvo el recinto encristalado y donde Alexandr Barténiev experimentó con víboras y anacondas, se extiende ahora una glorieta y se eleva un alegre palacete. Es nuevo laboratorio «Guardería infantil». En el mismo centro de la ciudad científica, donde, dijérase, el propio aire está impregnado de ingeniosos misterios: entre gritos infantiles giran policromos tiovivos, se mecen livianos columpios, y arrapiezos de tres años moldean pasteles de arena, poniendo unas caras tan serias como varones de la ciencia.

    El trabajo con los niños dura siete años. En ese tiempo los niños de la guardería infantil pasan a la escuela. Y, con ese motivo, el grupo de Barténiev hijo decide publicar un artículo en la prensa.

    Es un artículo colectivo que parece una declaración revolucionaria. Dice:

    «La desigualdad intelectual de los hombres, la última desigualdad existente en la sociedad, se puede suprimir.
    »Eso no significa que todos los hombres vayan a parecerse como los listones de una valla. Cada cual conservará sus aficiones, sus gustos, sus costumbres; la vida de cada uno transcurrirá a su manera, y a su manera se formará su naturaleza humana. Si una espiga de trigo que ha crecido en el mismo campo, bajo un mismo cielo y bajo las mismas lluvias que otras espigas, tiene sus propias particularidades, huelga hablar de la variedad de la personalidad humana.
    »Empezará una reñida, pero noble emulación en el crear. Y no será una pugna de mentes y rutinas. Quedarán en pie los conceptos de vencedor y vencido, pero los disidentes desaparecerán para siempre de la sociedad»...

    Esas palabras promueven en el mundo un alboroto como el que origina una manzana al caer en medio de un enjambre. Los nombres, aún desconocidos, de los jóvenes científicos corren de boca en todos los confines de la Tierra. Los viejos profesores han de hacerles sitio en su mesa. Y nuevas voces rompen el ceremonioso silencio académico. Alexandr Nikoláievich Barténiev les hace caso. ¡Que pruebe ahora a no hacerles caso...!

    ¿Capitán de la nave él...? Yo no lo diría... En el mejor de los casos, bandera de la nave de unos jóvenes argonautas.

    ¡Cuánta cabida tiene la vida humana! ¡Cómo concentra el tiempo! El gran ejército de las ondas hertzianas, enviado a Lambda de la Flecha, salió ya del sistema solar cuando Igor aún estaba en mantillas. Ahora ya es un hombre, un científico destacado, y los regimientos de ondas hertzianas, formados antes de nacer él, aún vuelan fugaces por los desiertos de la Galaxia.

    El alma invisible del joven Alexandr Barténiev cruza en su vuelo el frío polvo diseminado por el espacio y gases enrarecidos hasta el extremo, pasando por delante de abrasadoras estrellas, bordeando planetas no merecedores de su atención. Ya está cerca la tierra prometida, pronto terminará el largo viaje.


    Alexandr Barténiev examina los datos recientes que le han traído de un laboratorio. Se oye el zumbido de una pantalla de televisión. Alguien le pide una entrevista...

    Un joven de cara bondadosa y expresión de respetuosa espera se anuncia como reportero de un conocido periódico. Dice:

    —Usted sabrá seguramente por qué nos atrevemos a molestarlo. ¿No?

    Alexandr Barténiev lo sabe. Al cabo de una semana, según los cálculos, deberán llegar al planeta Colega las primeras ondas hertzianas que llevan su intelecto ya treinta y seis años. Lo sabe y está tranquilo, pues aún habrá que esperar los resultados otros tantos años, por lo menos, y, prácticamente, puede ser que más. No vivirá ya... Pero a su interlocutor es eso precisamente lo que le interesa; y le hace pregunta tras pregunta.

    —¿Qué le parece, recibirán los coleganos la información o no...?
    —¿Cuánto tiempo tardarán en restablecer el cerebro...?
    —¿No enviarán una información de idéntico tipo al mismo tiempo...?

    ¿Quién podría responder a esas preguntas?

    —En ese caso, diga usted algo para nuestros lectores.
    —Que los jóvenes lectores, por el estilo de usted, joven y estimado periodista, reciban hospitalariamente dentro de cuarenta años a mi errante doble, y que los lectores de mi edad se resignen a no conocer jamás las respuestas a las preguntas que usted me ha hecho.
    —Quisiéramos oír algo optimista, Alexandr Nikoláievich.
    —¿Es que he dicho algo poco optimista...? ¿No? Entonces, perdóneme y que lo pase bien. Tengo que trabajar.

    Alexandr Barténiev tiene varias conversaciones como ésa cada día. Hasta que llega la fecha...

    Es una mañana transparente, muy fresca, de otoño, con escarcha en la hierba ensortijada, rígidas las huesudas ramas de los árboles desnudos en el pálido cielo... ¿En esta fecha o en la siguiente? Si ha de suceder, sólo entre estos dos días.

    ¿Alcanzarán las ondas las antenas de los coleganos o pasarán de largo el planeta, igual que las que se enviaban antes, alejándose sin retornar? Entonces el alma libre errará en el infinito universo hasta que se disipe y desaparezca sin tomar cuerpo en la sustancia más perfecta de la creación, en el cerebro humano. El alma es de por sí muerta, pues sólo la materia puede vivir.

    Como siempre por las mañanas, Alexandr Barténiev saca el fotoperiódico del aparato. En primera plana, dos retratos, dos rostros, uno joven y otro viejo, uno con la cabeza afeitada y otro con el pelo blanco. Son el retrato de un mozo de veintiocho años y el de un viejo de más de sesenta años. Son de la misma persona. Y, al lado, una noticia con letras grandes: «¡¡HOY LOS COLEGANOS HAN EMPEZADO A RECIBIR LA INFORMACIÓN DEL CEREBRO DE ALEXANDR NIKOLÁIEVICH BARTÉNIEV!!» «Han empezado a recibir...» Sin ningún género de dudas. Ni que decir tiene que lo ha escrito el joven optimista.

    Galia, querida y familiar, con sus habituales arrugas junto a los ojos azulados, entra en el despacho de Alexandr y se sonríe, con lo que aumenta el número de las arrugas en su enjuto rostro.

    —No sé si felicitarte o no.
    —Felicítame, por si acaso. Tengamos fe.

    Galia asiente con la cabeza.

    —Tengamos fe... Y si no llega a suceder, tú y yo no nos enteraremos. ¡Tengamos fe! Te felicito. Ponte el traje negro, hoy se celebrará una velada solemne en el instituto.
    —Aún falta mucho hasta la tarde... Además, ¿para qué esa gala?
    —Póntelo, de todos modos; que se sepa que tienes fe.

    Alexandr se pone el traje negro.

    Por la tarde, en la velada, habla y refiere algunos recuerdos. Desde la sala lo miran ojos jóvenes, ávidos de impaciencia. Estos jóvenes tal vez deseen más que él mismo la victoria, pues confían vivir hasta el retorno del cerebro. Esa seguridad se le contagia. Al hablar de la preparación para el «vuelo», para el «lanzamiento del alma», está casi convencido de que la primera mitad de la obra está hecha. Y dice:

    —Hace treinta y seis años, cuando se estaban transmitiendo las señales «¡Es muy importante!», alguien me dijo: «Llegará un día en el que estas señales harán estremecerse allí a la gente.» ¡Ese día ha llegado, camaradas! ¡Tal vez en estos instantes algún radioastrónomo del planeta Colega se estremezca de emoción!

    En la sala atruenan los aplausos.

    Ya en casa, Barténiev se quita el traje negro de las solemnidades y, con él, la seguridad que tenía, como si el traje negro, como un uniforme militar, lo hubiese obligado a cumplir con su deber, a tener fe.

    Todo sigue como antes. Cada día, a las ocho de la mañana, Barténiev pasa con sus calmosos andares de viejo por debajo de los robles, ya frondosos y gruesos, del instituto.

    Está envuelto en un manto de impenetrable misterio cuando ocurre al otro lado del abismo de una anchura de treinta y seis años de luz. En todo caso, así lo es para él. Los jóvenes son felices. Sí, felices, pues se enterarán de todo.

    Así transcurren otros cinco años. Otros cinco años pausados y apacibles...


    14


    «Lo contrario del mal es el bien, y lo contrario de la vida es la muerte; lo contrario del piadoso es el impío, y lo contrario de la luz son las tinieblas; mira la obra de Dios: todo existe por parejas, lo uno frente a lo otro...»

    Una lamparita de noche luce junto a la cabecera; la noche es muy oscura, como suelen ser en marzo, y una nevisca; quizá la última de este invierno, azota las paredes de la casa. El viento aúlla como en la antigüedad; al son de esos aullidos se componían, seguramente, a la luz de teas, las lánguidas canciones rusas.

    A Alexandr Barténiev le agrada hojear algún libro antes de dormir. Esta noche ha abierto las Sabidurías de Ben-Sir, una edición bastante vieja con extensos comentarios.

    El viento sopla y pasa de largo, impotente para alterar algo la cálida y apacible comodidad del espacioso dormitorio con pesadas cortinas, espesa alfombra y una lamparita de noche que parece un pájaro azul volando en la penumbra. A pesar de los aullidos del viento, en la habitación hay mucho silencio, y el rumor de las páginas amarillentas parece demasiado sonoro.

    Agrada observar desde la altura de los tiempos modernos cómo el pensamiento humano se debatía hace más de dos mil años, cómo buscaba, implacable y ciego, la verdad, cómo invocaba a Dios en su impotente desesperación. Agrada... Bien seguro que en la imaginación de esos antiguos no podía recibir ese placer nadie más que el Señor todopoderoso, que contemplaba desde sus inalcanzables cielos el ajetreo de las gentes. Agrada sentirse uno dios por unos instantes.

    De pronto Alexandr se estremece sin causa alguna. Así se estremece a veces la persona cuando se duerme, ¿Se habría dormido ya? No. Acaba de leer las palabras: «...todo existe por parejas, lo uno frente a lo otro...» Un ligero calor le recorre el cuerpo, y le brotan gotas de sudor en la frente. De pronto, en la oscuridad de la alcoba, se oye como un extraño y suave croar. Da miedo... Se vuelve a hacer el silencio. Aúlla el viento en la calle, gime el desnudo jardín. A Alexandr le da la impresión de que en ese instante renace, se hace otro, distinto, una persona que no se parece a él.

    Pone los pies en la alfombra. Las lámparas ocultas bajo el techo iluminan serviciales, como siempre, la espaciosa alcoba. De una percha pende, formando suaves y pesados pliegues, la bata; al lado están la mesita de noche, las zapatillas en la alfombra; el reloj de pared marca las once menos cinco. No, en derredor no hay nada que haya podido emitir ese sonido. Además, no se parece a ningún otro sonido. Alexandr puede jurar que jamás ha oído nada semejante.

    «¡Me flaquean los nervios...!» Explicación nada halagüeña para un científico que se ha dedicado casi toda la vida a problemas de la actividad nerviosa. Pero no puede dar otra explicación.

    Alexandr se acuesta otra vez; la luz del techo se apaga, y vuelve a encenderse la lamparita de noche que parece un pájaro azul.

    Toma el libro y encuentra el lugar en que leía:

    «Lo contrario del mal es el bien, y lo contrario de la vida es la muerte; lo contrario del piadoso...»

    Es raro... Se apodera de él cierta impaciencia inquietante; siente deseos de levantarse de la cama, ir a algún sitio y hacer algo... ¿A dónde? ¿Para qué? ¿Qué le ha ocurrido? ¿Habrá sucedido alguna desgracia en el instituto? ¿Se habrá sentido Galia mal de repente? El último tiempo está algo malucha...

    En la mesita de noche hay varios botones. Alexandr oprime uno. El aparato que está al lado de la cama de Galia empieza a informarle a él con voz impasible y queda.

    —El sueño es profundo. El pulso, normal. La actividad del cerebro…

    Desconecta el aparato. Galia está bien, y en el instituto no puede haber ocurrido nada.

    Sigue sintiendo deseos de levantarse y una indefinible impaciencia.

    El sonido... Es un tierno croar, pero consciente. Dura un segundo…

    A Alexandr se le ocurre algo demencial: «¿Y si... mi cerebro el de él son idénticos? ¿Y si es posible una conexión? ¿Y si allí, en Colega, ha empezado a vivir él?»

    Le dan escalofríos de pensarlo. Luego siente vergüenza...

    ¿Quién es él, un neurasténico suspicaz o un científico? Sabe perfectamente que el Espíritu Santo no puede transmitir las sensaciones, que las transmite algo material, ondas electromagnéticas o de otro género. Y, como quiera que ellas sean, esas archimisteriosas ondas no pueden avanzar más de prisa que las ordinarias, las hertzianas. Incluso suponiendo lo inverosímil, que su doble viva y anuncie su existencia, se le podrá oír al cabo de treinta y seis años, ni uno más ni uno menos. ¡No es posible que haya cobrado vida ahora! Mas, en ese caso, ¿qué le pasa a él?

    No encuentra otra respuesta, sino la que da corrientemente la gente: «Me flaquean los nervios...» Se levanta, se pone la bata, pasa a la otra habitación, se sienta ante la mesa y lo apunta todo, las sensaciones, los sonidos, el año, el mes, la fecha, la hora (las veintidós cincuenta y cinco), momento del primer impulso.

    Al día siguiente pide que le hagan un reconocimiento minucioso. Para cubrir las apariencias se queja de que le duele la cabeza. Los colaboradores científicos empiezan a burlarse, diciendo: «Nuestro abuelo se ha vuelto suspicaz.» Los análisis muestran que Alexandr no tiene muy bien el corazón, y el hígado está algo afectado; podría tener mejor el sistema hematógeno; pero el sistema nervioso lo tiene perfectamente; la memoria sigue siendo extraordinariamente amplia y buena. Una memoria que se ha hecho proverbial.

    Siente una excitación constante, quiere viajar, hacer algo todo el tiempo, le vienen unas energías juveniles, y por la noche duerme mal.

    En una ocasión se despierta con un calor sofocante. Siente en todo el cuerpo calor y una humedad densa. Se quita la manta y se sienta en la cama: en la alcoba hace el fresco de siempre, el aire está limpio.

    Intenta provocar él mismo esas sensaciones.

    Es en horas de trabajo. Alexandr Barténiev está solo en su despacho. El sol da de lado en las anchas ventanas e ilumina a franjas el piso de plástico. La mesa está llena de papeles, fotos y cintas; en un soporte móvil está la pantalla del televisor; al lado, butacas y sofás; y en la calle suenan los graznidos primaverales de una bandada de grajos. En el último decenio los grajos se han reproducido enormemente en el parque del instituto, haciendo sus pesados nidos en los añosos robles. El ambiente no es propicio para las alucinaciones.

    Con las manos encima de la mesa y la mirada fija en la opaca pantalla del televisor desconectado, Alexandr Barténiev se obliga a no pensar en otra cosa que en su doble y en el planeta Colega. Transcurren unos minutos... No ve más que la pantalla mate, apagada, ni oye más que el voznar de los grajos en el parque, pero simultáneamente le acuden, pertinaces, a la imaginación, unos súbitos espectros gigantescos envueltos en densa bruma. No es una bruma gris, ordinaria, sino muy clara, sobresaturada de luz. Las oscuras moles de difusa forma regular tienen cierto parecido con cristales colosales que se alternan en el mismo orden; su línea quebrada se prolonga en una dirección. Alexandr Barténiev más bien adivina que siente la densidad del aire, su pegajosa humedad, pero eso le resulta agradable, como si se bañara en él. Los gigantes desaparecen en la luminosa bruma, se disipan, pero desde abajo sale un sombrío y amenazador nubarrón.

    Sale del suelo, ensanchándose y creciendo informe... No, no es una nube; parece maleza; pueden distinguirse unas hojas anchas, casi negras, de un brillo húmedo, y se puede oír su rumor duro, como el del hule... Y no hay cielo ni lejanías, sino una áurea niebla en lo alto, por encima de las raras plantas, una atmósfera en la que parece poderse nadar como en el agua. Y Alexandr Barténiev se estremece: ¡vuelve a oír el conocido croar!

    La pantalla mate del televisor; el sol, que baña de soslayo el despacho; la mesa, llena de papeles y cintas, y el agitado alboroto primaveral de los grajos en el parque, alboroto de lo más terrenal, es todo cuanto Alexandr Barténiev tiene delante.

    ¿Será posible que los nebulosos cuadros se los haya suscitado en la imaginación la pantalla mate del televisor? ¿Pero esos cristales colosales, esos árboles con hojas de áspero susurro como el de la piel curtida y, finalmente, ese sonido, ya familiar, de dónde provienen? Jamás hasta ahora se había imaginado nada parecido...

    Está soñando en pleno día, con los ojos abiertos. Un delirio suscitado por su propio deseo... Él mismo no le da crédito. Pero es un delirio extraño.

    Quisiera cambiar impresiones con Igor, pero éste no tiene tiempo para dedicarlo al cielo; está demasiado metido en las cosas de la Tierra.

    Hace muy poco, Barténiev hijo, profesor del Instituto del Cerebro, ha empezado a llamar a las puerta de los estudios cinematográficos, de eminentes pintores, de directores de escena y de conocidos poetas. En diversos confines de la Tierra viven dos personas. Uno es feliz; el otro, desdichado. Y si se dio al feliz que a fulano de tal le ha ocurrido una desgracia, y sufre, en la mayoría de los casos el feliz permanece indiferente. Es difícil compenetrarse con lo desconocido y lejano, con lo que no sucede ante uno, y no es posible hacerlo más sensible con ningún aumento del número de las células «pensantes» bajo la caja craneana. ¿No acontece a veces que un eminente científico sea menos sensible que la persona más ordinaria?

    Mas he aquí que entre el feliz y el desdichado se interpone el artista, capaz de contagiar la desgracia y la felicidad. Cuando mayor talento tiene, tanto mayor es su influencia, y el genio logra que se sienta como propia la desgracia ajena. La persona que sufre la desgracia presentada por el artista cambia, se hace más sutil y atenta. Se dice que el arte es una forma de comunicación. Y, si es así, es la forma suprema que haya podido alcanzar la humanidad. Mediante el arte se puede uno familiarizar con los seres que habitan en el otro hemisferio. Mediante él nos conmueven los sufrimientos de Hamlet, trasladados desde la Edad Media. El espacio, el tiempo y la diferencia de caracteres no lo impiden.

    Igor Barténiev considera que si la antigua idea de la justicia la explicaran únicamente los filósofos, poniendo cara de sabio, el mundo aún andaría mucho peor de lo que anda.

    Ha sonado la hora de hacer que todos los habitantes de la Tierra sientan la necesidad del arte, de respirar el arte. Se educa la inteligencia, hay que educar también el alma, y entonces la humanidad, en la que todos sufrirán los padecimientos de cada uno, se librará de las enfermedades y avanzará hacia la inmortalidad.

    Igor Barténiev llama a las puertas de los directores de escena, de los artistas, de los músicos, de los escritores. Y entre ellos surge la idea de organizar un «Teatro sin espectadores». La idea no es nueva, la han sacado del polvo de los siglos; fracasó en su tiempo, fue rechazada y olvidada totalmente.

    Un teatro sin espectadores...

    Para escenario de este teatro eligen un trozo de la estepa kazajo. Interpretarán en ella millón y medio de actores. La mayoría de ellos jamás han pisado las tablas, ni siquiera las de aficionados.

    La representación La guerra civil en Rusia, función que hará época, debe durar tres semanas sin descansos ni entreactos, tres semanas día y noche.

    El trabajo masivo empieza mucho antes de que se «levante el telón».

    Todo debe ser igual que en el pasado, tiempo de héroes y malhechores, de fantaseadores desinteresados y usurpadores egoístas, de ideas sublimes y politiquería ruin, tiempo de la Internacional y de la jacarandosa canción. ¡Ay, manzanita...!, de los piojos, del tifus y del estómago hambriento, de los revólveres montados y de apasionados decretos revolucionarios escritos en papel de estraza.

    Los historiadores critican a los artistas, y los artistas piden consejo a los ingenieros. Los filósofos explican a los actores la ideología de sus personajes, aprendiendo al propio tiempo de ellos el arte de interpretar. Los inventores se devanan los sesos para hacer, por ejemplo, proyectiles que se puedan disparar con cañones, que exploten y no hieran a nadie.

    En medio de la estepa se erige parte del viejo Moscú, con sus estrechas callejas empedradas, viejos palacetes con las paredes descascarilladas, vallas rotas, carteles rasgados, que conminan, imperiosos: «Tú, ¿te has apuntado voluntario?» Parte del viejo Moscú con la Plaza Roja, sin el familiar Mausoleo de Lenin al pie de la grave muralla de ladrillos del Kremlin. El legendario Lenin vive y trabaja tras esa muralla en un modesto despacho, ante cuya puerta está de guardia un obrero...

    Debe interpretar el papel de Lenin Vogt-Dantón, director de escena de fama mundial, y el de Herbert Wells, el artista Gavrílov.

    La epopeya debe empezar precisamente por las escenas en las que Herbet Wells, escoltado por un impecable y servicial marinero, cruza toda Rusia, revuelta y desastrosa, hacia Moscú. Le espera una entrevista con Lenin...

    Para que el escritor de fantásticas ficciones científicas, lustroso por su vida regalada, pueda hacer el viaje, se construye un ferrocarril antiguo. Se construyen especialmente locomotoras como las de entonces. Estas máquinas-fósiles, negras de hollín, sucias y destartaladas, arrastran, despidiendo negro humo por las chimeneas, desvencijados vagones de mercancías por delante de sucias estacioncejas, en las que se elevan arcas de agua de ahumados ladrillos rojos. Las estaciones estarán abarrotadas de gente: mujeres con sacos y campesinos con baúles tan pesados como reactores atómicos, soldados coléricos sin pelar ni afeitar, hambrientos y sucios, con fusiles, hidalgos de capa caída, expulsados de sus haciendas patrimoniales por la revolución, marineros de tremebundo aspecto anarquista con pistolas máuser, bombas de mano y cintas de ametralladora cruzando el pecho. Habrá riñas junto a los vagones, en los tejados de éstos viajarán harapientos, en los topes se engancharán golfillos inimaginables.

    En derredor vivirá la joven Rusia soviética. Vivirá en isbas de troncos, reproducidas para el caso, con setos y cercas, vacas, carros, caballerías, perros, mujiks de ignorante aspecto y aldeanas. Los pueblos de entonces eran focos de miseria y oculto hartazgo, de idiotez debida a la ignorancia y odio mortal por miedo de perder el pellejo, de braceros y kulaks, de trigo escondido y de destacamentos del sistema de entrega obligatoria al Estado de productos agrícolas sobrantes, durante el período del comunismo de guerra, de reuniones de los comités de campesinos pobres, de tiros por la espalda y de hermanos que alzaban el hacha contra sus hermanos en nombre del odio de clases.

    Por los campos se extenderán trincheras, y los soldados rojos, calzados con alborgas de corteza de tilo, se lanzarán al ataque a la bayoneta calada contra otros mujiks como ellos, pero vestidos con capotes ingleses. Comisarios vestidos con chaquetillas de cuero y oficiales con doradas charreteras, jefes militares, salidos de entre los soldados rasos, y generales degenerados de los tiempos del zar, ataques de caballería y marchas de muchos kilómetros, cañones de campaña y ligeros carros con ametralladora detrás... En carros como ésos campará también osada y aviesa, la banda de forajidos de Majnó.

    De esa vida turbulenta se compondrá una función lo mismo de variada y turbulenta, que se dividirá e miles de conflictos ligados por un factor común: la comprensión de los cambios tectónicos que se operaron en la sociedad hace muchos siglos.

    Ilustres escritores, filósofos e historiadores componen un guión extenso, algo así como una tan grandiosa que pone a los ejecutantes ante la necesidad de analizar de manera traslaticia los acontecimientos. Los directores de escena operarán con estos acontecimientos y participarán en la interpretación como individuos investidos de poder, como jefes revolucionarios y destacados generales blancos como comisarios y organizadores contrarrevolucionarios. A lo único que están obligados es a atenerse al desenvolvimiento general de la lección; las particularidades se manifestarán por sí solas.

    Todo debe ser igual que entonces: la vida, la indumentaria las costumbres de la gente... Se celebra una discusión en torno a cómo alimentarse. Los actores del teatro sin espectadores han de interpretar durante tres semanas al pueblo hambriento. Se quiere hacer a este respecto una concesión, pero los actores se sublevan a una. Puestos a interpretar, hay que hacerlo con toda seriedad. Puestos a compenetrarse con el espíritu de la época, hay que hacerlo hasta el fin, sin ningún compromiso. ¡Tres semanas nada más! ¡Y el país pasó hambre durante años!

    Los especialistas empiezan a indagar como hacer pan de centeno con salvado para que se quede a medio cocer...

    Interpretan a los soldados rojos, a los soldados del ejército blanco, a los cosacos, a los mujiks y a los elementos desclasados multitud de operadores de cine, equipados con pequeñísimas cámaras tomavistas superportátiles. Y a la vez tienen que captar episodios de la interpretación, igual que captan episodios los operadores de películas documentales. Se filmarán, sin duda, centenares de kilómetros de cinta. Las películas montadas por los operadores se presentarán a un concurso. Cuando el jurado falle cuál es la mejor, y el operador agraciado reciba el premio, le otorgarán el derecho de elegir el director de cine que quiera y deberá componer con él, valiéndose de los materiales de todas las cintas, una película completa.

    Y esa película se proyectará en las pantallas de todos los continentes, la mostrarán por televisión. El teatro sin espectadores recibirá miles de millones de espectadores. ¿Se le podrá llamar ya teatro? Pues el eco de una canción ya no es la propia canción.

    Todo el mundo está entusiasmado con la empresa. Los deseosos de interpretar papeles suman ejércitos que quizá superen por su número a los que se enfrentaron durante la guerra civil. Profesores de cabellos canos manifiestan el deseo de interpretar papeles de especuladores; capitanes de astronave, los de fogoneros de locomotoras antediluvianas.

    Igor Barténiev elige el papel de marinero bolchevique del crucero Aurora.


    En las estepas kasajas llevan ya muchos días estallando los proyectiles improvisados, galopando los de caballería y corriendo los ligeros carros armados con ametralladoras. Y cada mañana Alexandr Barténiev camina hacía el instituto, y no le abandona un instante la sensación de un nexo oculto con el legendario planeta que gira en torno de la lejana estrella Lambda de la Flecha.

    En los momentos de quietud, despierto, ve espejismos. Cuando duerme ve sueños ordinarios, terrenales.

    En cierta ocasión se sienta en un banco delante de su casa. Es a una apacible hora vespertina, y el sol, fatigado y perezoso, va descendiendo tras el horizonte.

    Alexandr Barténiev está sentado y hace rayas en el suelo con una varita procurando no pensar en nada y deleitándose con el reposo. De súbito se da cuenta de que la varita que tiene en sus manos ha trazado en la arena cuatro letras claras, que forman una extraña palabra:

    ESTU


    ¿Qué significa eso? Siguiendo su costumbre, los tres primeros dedos de la mano, juntos, se le van solos a la sien. Alexandr Barténiev fuerza la memoria: ¿Qué querrá decir «estu»...? ¿Conoce él acaso esta palabra? Por esta vez, quizá la primera en la vida, la memoria le falla. No recuerda tal palabra. Pero entonces, ¿por qué se le habrá ocurrido escribir esas cuatro letras y no otras?

    Por una vereda del parque viene con paso resuelto un extraño individuo vestido con traje negro, de grueso paño, demasiado caliente para la estación en que están. Los anchos pantalones barren la arena. Viene tocado con una gorra de marinero, y del cinturón de tosco cuero le cuelga una caja aplastada de forma irregular, que le va dando golpes en la cadera.

    —¡Buenas tardes, padre!

    Alexandr Barténiev no reconoce a su hijo Igor, vestido con el antiguo uniforme de marinero, sin afeitar, moreno del sol y del polvo, hasta que éste le saluda. La expresión de su demacrado rostro es alarmante, desconocida, y los ojos, hundidos, tienen una mirada enigmática. Despidiendo cierto olor acre, Igor abraza cuidadoso a su padre y se sienta a su lado, dejándose caer con todo su peso.

    —Como se solía decir en vuestro tiempo, las empinadas cuestas han derrengado al penco —dice el padre.

    Igor se frota con fuerza la barba taheña, hirsuta, como chamuscada, de un carrillo.

    —Los blancos me han fusilado hace una hora. Y así...
    —Me alegro de verte resucitado.
    —He viajado apretujado con otros en vagones de mercancías, he dormido encima del carbón en el ténder de una locomotora y he comido carne de caballo asada en una hoguera.
    —¡Carne de caballo! Eso es demasiado.

    La madre sale corriendo de casa.

    —¡Hola! ¡Serio combatiente!

    Al lado de su hijo, que parece ahora fornido y vigoroso con su tosca indumentaria marcial, la madre parece demasiado enjuta, un tanto aérea.

    —¿No te has puesto enfermo?

    El padre anuncia:

    —Lo han fusilado. No lo puede sobrellevar.

    lgor hace un aspaviento y dice:

    —Ya pasará... Un baño, luego a la cama... Estaré un rato más a vuestro lado y me retiraré.

    Con los años, a Galia se le ha ido enflaqueciendo el rostro, y ahora tiene los ojos más grandes y brillantes. En el azul del iris se distingue una atención inquisitiva y preocupada. Dice con inesperada suavidad:

    —Parece que querías contar algo. Cuenta.

    Como si lgor esperase la invitación, empieza a contar desde la mitad, con voz entrecortada y de manera confusa:

    —Nos llevaron a un barranco... Éramos veinticinco... y antes estuvimos encerrados en una cuadra. Sí, sí, en una cuadra, y no en sentido figurado, sino en sentido literal... Estaba llena de basura y porquería y apestaba. Eran cuatro paredes recubiertas de barro. Cinco pasos de larga por cinco de ancha, y nosotros éramos veinticinco; no había donde tumbarse ni donde sentarse; estábamos de pie. No nos daban de beber... Nos sacaron y nos empujaron con las culatas. Hasta el barranco habría unos cuatro kilómetros y tuvimos que andarlos descalzos, pisando cardos... Nos alinearon a lo largo del barranco. Frente a mí se puso un cosaco pelirrojo, de anchos hombros, con una barba que le crecía desde los mismos ojos. Le miré a los ojos, por encima de la barba y, ¿sabéis?, ¡me llegué a creer que un tipo como él era capaz de apuntar con el fusil y matar de verdad! ¿Comprendéis? Me lo llegué a creer. El barranco... La hierba era áspera, estaba llena de polvo; de los bordes se desprendía la arcilla; en fin, un trozo de planeta de los que han quedado intactos desde la creación del mundo. El cosaco hubiera sido capaz de disparar y matarme. Allí, junto al barranco. Un histólogo, a quien conocí en un simposio en Varsovia, representaba el papel de cosaco. Se cruzaron nuestras miradas. Yo lo miré a él, y él me miró a mí. Y no se pudo contener. Vi que hacia pucheros como un chiquillo; de pronto tiró el fusil al suelo y gritó: «¡Al cuerno todo esto! ¿Por qué he de hacer de canalla?» Se arrancó las hombreras. Y el papel de jefe de ellos, teniente de cosacos, lo interpretaba un actor profesional. Él respondía de que saliera bien la escena. Estaba obligado a «darnos el paseo», es decir, a fusilarnos... Y qué diréis, pues no se desconcertó el muy ladino. Señalándole desde lejos con el dedo, mandó: «¡Prendedlo!» Otros se le echaron encima, le retorcieron las muñecas, y el buen histólogo se debatía, con espuma en la boca... De pronto oí a mis espaldas que uno entonaba con voz ronca, seca la garganta: «Arriba, parias de la Tierra...» Y todos le secundaron... Yo también... «En pie, famélica legión...» Se apoderó de mí el odio. ¡Qué odio! Jamás sentí nada igual. Sobre todo contra aquel maldito teniente de cosacos. Y sentí, lo sentí de verdad, que yo era uno de los parias de la Tierra... Que había llevado una vida tan perra que no me importaba morir...

    Igor se limpia con la manga el sudor de la frente y se humedece con la lengua los labios agrietados.

    —Seguro que durará mucho tiempo el asombro...
    —A veces la interpretación teatral se graba con más fuerza en la memoria que la vida.
    —No es la interpretación lo que me asombra, sino precisamente la vida, la que llevamos ahora... He venido aquí en avión, y me parece que lo veo todo con otros ojos... —dice Igor y, tras recapacitar un momento, agrega—: Estoy pensando en ese teniente de cosacos. Cuando el actor que lo interpreta se quite su atuendo, de seguro que pasará años purificándose el alma... del asco... Por más que él es actor y estará acostumbrado...

    En la estrecha cinta de la gorra marinera se lee la inscripción dorada, como una incrustación antigua, Aurora. Los extremos de la cinta le penden hasta los hombros. La pesada pistola en la funda de madera, que cuelga de unas correas, casi toca la palabra «estu», medio borrada por las pisadas. Resaltan la burda rudeza del paño y las torpes y rudas costuras del traje. Igor huele a sudor, a polvo y a cuerpo sano, sin bañar, como seguramente olerían los caballos de la estepa.

    —Sí-í… Un paria de la Tierra... Voy a mi habitación...

    Igor se pone en pie, haciendo un esfuerzo, y echa a andar, con inseguro paso, borrando sus huellas con los anchísimos pantalones; no es alto, pero las toscas costuras le dan un aspecto de robustez.

    El padre y la madre lo siguen en silencio con la mirada.

    Alexandr Barténiev no vuelve a acordarse de la extraña palabra hasta que se acuesta, antes de dormirse. «Estu»... ¿Qué podrá significar?

    Junto a la puerta se oye ruido.

    —¿No duermes? —interroga Galia y entra impetuosa, sonrosada la cara y dilatados los ojos—. ¿No has dicho nada ahora?
    —No.
    —¿No estabas leyendo algo en voz alta?
    —No, mujer. ¿Qué te pasa?
    —Entonces, me ha parecido oírlo...

    Galia se sienta a los pies de la cama. Su rostro, ruborizado como en la juventud, aún no ha recobrado la expresión habitual; se le han alisado las arrugas, y en lo hondo de los oscurecidos ojos se le ha avivado un fueguecillo.

    —He recordado de pronto... algo que tenía completamente olvidado... no sé si te acordarás siquiera... Me he acordado del río, del puentecito y, no sé por qué, del reflejo de la luna en el agua. Un reflejo difuso, tembloroso, movido por la corriente. ¿Te acuerdas?
    —Sí, me acuerdo.
    —Me he acordado de cómo te recité poesías... Y de pronto he oído tu voz con toda claridad, no puedo equivocarme. Tu voz, repitiendo: «Es tu nombre un pájaro en la mano...»
    —¡Es tu nombre! —exclama, dando un salto en la cama, Alexandr Barténiev—. ¡Estu! ¡Eso es!
    —Luego, has estado recitando.
    —No-o.
    —Pues pensando en esa poesía.
    —Tampoco.
    —¿Cómo es eso? Pero si yo te he oído, de verdad...
    —¡Ha sido él! —exclama Alexandr, sin poderse contener.
    —¿Quién?
    —¡Galia! —vuelve a exclamar Alexandr, asiendo una mano de su esposa—. Te parecerá absurdo, ¡pero ha sido él! ¡Lo estoy sintiendo! ¡Todo el tiempo...! Ha cobrado vida allí.

    Alexandr espera ver la cara de susto que pone Galia y oírla decir, preocupada: «Parece que no estás bien. Debes ponerte en tratamiento.»

    Mas ella se limita a articular quedamente:

    —De eso se trata...
    —Pero comprende que es inverosímil.
    —Sí, inverosímil —accede ella, sin convicción. Mas, por el tono de la voz, se nota que quisiera que esa cosa inverosímil fuese verdad, que está dispuesta a creerlo.
    —Hoy, antes de llegar Igor, un instante antes de que llegara, escribí, sin yo mismo esperarlo, cuatro letras en la arena: «ESTU». Es tu nombre... Las escribí y me estuve rompiendo la cabeza, pensando en qué querrían decir... ¡Eso es absurdo, sí! Absurdo. ¡Increíble!
    —Sí, sí, increíble.
    —¡La luna al pie del puente! ¡Qué bien me acuerdo! ¿Y él? ¡Galia! ¡Él también tiene que amar!

    A Galia se le apagan los ojos y se le hunden las mejillas, volviendo a representar la cara su provecta edad.

    —¿A mí...? —Galia se pone en pie y sigue hablando—. Ya va siendo hora de dormir... No será ya a mí a quien ame, sino a la Galia de entonces... Ya tengo sesenta años... Buenas noches...

    Galia se retira, cubiertos los altos y angulosos hombros con un ligero salto de cama que desciende en rectos pliegues por su enjuto cuerpo.

    Se retira, pero cree en ello y no se extraña demasiado.


    15


    Ha transcurrido un año desde que Alexandr Barténiev sintiera por la noche, en su dormitorio, el primer impulso. Según lo convenido, su doble ha de permanecer en el planeta Colega un año nada más.

    Ha transcurrido ese año, y Alexandr Barténiev sigue percibiéndolo.

    Tal vez esa original reacción esté motivada sólo por la convicción de que, aproximadamente, a tal tiempo, el doble debe de «cobrar vida».

    Tal vez sus sensaciones no sean de origen cósmico, ni mucho menos, sino terrenal.

    Alexandr Barténiev sigue percibiendo, mas ¿acaso ello prueba que no ha habido conexión?

    ¿No puede haber demorado allí, por alguna causa, el emisario de la Tierra?

    Puede incluso quedarse allí para siempre. Los coleganos pueden limitarse a sacar copia de la información de su cerebro y enviarla a la Tierra. Y vivir él tranquilamente hasta sus últimos días entre los coleganos.

    El invierno es de mucha nieve y las heladas no son fuertes. Los árboles están cubiertos de exuberante escarcha; los jardines, como en los grabados, se extienden con el negro entrelazamiento de las ramas; las cimas de los abedules parecen humo congelado; las sendas de nieve apisonada crujen con agradable sonido, y por ellas saltan pardillos con sus purpúreas libreas. Alexandr Barténiev camina despacio por la avenida, que parece adornada con un encaje de escarcha, y se siente contento de que, a pesar de haber pasado ya de los setenta, aún está fuerte, aún verá más inviernos, aún verá la dichosa maraña de ramas y el fúlgido chispear de los montones de nieve.

    Su larga vida le parece muy intensa, pero ha adolecido de un defecto: las excesivas ocupaciones. No ha tenido tiempo de reparar en cuanto le rodea, de fijarse en las alegres pequeñeces, en esos henchidos pardillos que saltan en la nieve, por ejemplo. Dimitirá pronto del puesto de director del instituto, ¡basta ya, es viejo!, tendrá más tiempo y no dejará escapar los pequeños regalos que la vida ofrenda cada día. Se abrirán las yemas en primavera, volverán las acariciadoras y cálidas tardes del estío maduro, y el otoño con su clara tristeza y el puro color limón de las arboledas de tilos. ¡Qué bonita es la vida, diantre!

    De repente, como si le hubieran dado la vuelta a una llave, se le oprime a Alexandr Barténiev el corazón con tristeza. Lo abruma una tristeza deprimente, sin tránsito alguno después de la ligera alegría. Y le entran de pronto deseos de tirarse al suelo nevado y revolcarse en él, de acariciarlo con frenesí y llorar de amor a los árboles cubiertos de escarcha y al deslumbrante sol que arranca chispas de los esponjosos montones de nieve. Hace un instante que todo eso le parecía propiedad suya. ¡Suya! ¡Y nadie se lo podría arrebatar! Y ahora siente que lo pierde.

    ¡Es él! ¡Otra vez siente el poder de él!

    Cuan sencillo es explicar las cosas extrañas e inverosímiles con la influencia de él. El Segundo, su doble, también lo siente a él, al Alexandr Barténiev de la Tierra. Le ha comunicado a él su alegría, causada por los abedules adornados de encaje de escarcha. ¡Y está rodeado por el ambiente de un planeta extraño, nebuloso y humedísimo! Responde con un agudo acceso de nostalgia.

    En casa, Galia se lo lee en la cara:

    —¿Lo has sentido otra vez?

    Alexandr asiente.

    —¿Ha sido algo malo?
    —Es muy desgraciado allí, Galia... Muy desgraciado...
    —Luego, ¿crees ahora en él?
    —No... No me atrevo... Probablemente, me estoy volviendo loco.
    —¿Por qué no puedes suponer que eso es posible? —Lo prohíbe...
    —¿Quién?
    —La ciencia, Galia. Toda la ciencia, encabezada por Einstein.
    —En su tiempo, Newton prohibió muchas cosas a Einstein.
    —¡Si lo pudiera demostrar! ¡Si pudiera...! Comprendes, resulta que yo... yo... ¡debo destruir el espacio!
    —Einstein anunció que con la velocidad de la luz el tiempo se detiene. Por tanto, en determinadas circunstancias, el tiempo deja de existir como tal, y eso hace ya mucho que no asombra a nadie.
    —¿Quieres decir que también se puede destruir el espacio?
    —¿Por qué no? En determinadas circunstancias —dice tranquila Galia.

    «¿Por qué no?», clara y sencilla respuesta interrogativa. Eso significa que el mundo, ordenado y comprensible, será de nuevo confuso, enigmático y aterrador. Eso significa una conmoción, una revolución en la conciencia del hombre. Eso significa un caos en la ciencia.

    A pesar de todo, la Tierra da vueltas... Intentarlo... ¿Y por qué no, a título de conjetura, a título de hipótesis confusa por el momento...?

    El hombre se ha limitado durante mucho tiempo a descubrir las leyes de la naturaleza muerta: del movimiento de los cuerpos, de la atracción mutua de la radiación, de los campos magnéticos. ¿Hace acaso tanto tiempo que se ha empezado a estudiar atentamente la materia viva? ¿Hace acaso tanto tiempo que se escruta el interior de las células, que se han descubierto los secretos de la albúmina y se ha descifrado el enigma de la multiplicación? En cuanto a la materia más compleja, a la materia superior, la pensante, no se hace más que empezar a estudiarla seriamente. De seguro que dejará pasmados a los científicos con asombrosos fenómenos imprevistos, de seguro que descubrirá nuevos horizontes y, con ellos, nuevos enigmas atormentadores para la ciencia.

    —¿Por qué no...?

    Pero, si eso es así, tampoco tiene límite la grandeza del hombre, la grandeza del intelecto. La distancia entre las estrellas se mide por decenas de miles de años de luz; la distancia entre las galaxias, por millones, centenas de millón y aun millares de millón de años luz, y esas distancias, quizá, se podrán cubrir en la breve vida del hombre. El espacio, la fortaleza más inexpugnable, levantará bandera blanca. Los seres racionales se unirán; a la lenta e indolente forma de vida del Universo se le imprimirá un nuevo ritmo y, quién sabe, quizá ese ritmo tenga predestinado dominar en el remoto futuro.

    Con eso soñaba Shablin. Soñaba, pero no creía que fuera posible.

    Tal osadía universalista infunde miedo, mas, ¿por qué no...?


    Tres días después, sentado en casa, ante su mesa de escritorio, Alexandr Barténiev siente un leve desvanecimiento, y la cabeza se le desploma sobre el papel...

    No duerme más de una hora. Se despierta y mira asombrado en torno.

    —Pero... ¿Qué podrá significar esto?

    No se vuelve a sentir más enfermo, el malestar le pasa; pero siente una flojedad en todo el cuerpo, como si le hubieran quitado algún resorte.

    Encima de la mesa se hallan unos escritos inconclusos. Los lee. Ya no le emocionan como antes.

    Intenta concentrarse interiormente en su doble y nota un muro en vez de la extraña y enigmática cuarta dimensión.

    Alexandr Barténiev se siente por primera vez muy viejo. Se levanta y, arrastrando los pies, va a la habitación de su mujer.

    —Galia, ya no existe...
    —¿Se ha muerto?
    —No lo sé... O se ha muerto, o se ha suicidado, o ha desaparecido simplemente... El último tiempo se sentía muy mal. Pésimamente... —dice Alexandr, y agrega, dibujando una amarga sonrisa entre las arrugas de la cara—: Pues bien, vuelvo a ser una persona normal.

    Delante de Alexandr está sentado su hijo, corto el pelo y de aspecto deportivo; sólo cierta redondez de los hombros y una orgullosa expresión de independencia en el semblante denotan su madura edad: ha cumplido ya los cuarenta. Está escuchando a su padre y se le puede leer en los ojos compasión y alarma.

    Igor debe creer, y creer lo suficiente, para asumir las investigaciones que confirmen la posibilidad de la conexión biológica instantánea a distancias infinitas. Él, Alexandr Nikoláievich Barténiev, es demasiado viejo, ya no puede encabezar ningún trabajo grande.

    Pero la alarma en los ojos...

    —Dilo sin ambages —exclama el padre, terminando por enfadarse—, es demasiado extraño y desconcertante. ¿No?
    —La ciencia vive gracias a las cosas extrañas —objeta Igor—. Pero no me choca lo extraño, sino algo más complejo.
    —¿Qué, precisamente?
    —Tus observaciones deben hacer una revolución en la ciencia o...
    —O no tienen ningún valor, no son sino síntomas de que el viejo está perdiendo el juicio.
    —Sí, algo así va a parecer —coincide, tranquilo, Igor—. Pero la ciencia aún no ha madurado para esa revolución, aún no siente la necesidad, sigue sintiéndose sana. Son poquísimos los hechos que no se pueden explicar, por ejemplo, la teoría de la relatividad.
    —Si hacemos amplios experimentos, obtendremos más datos.

    El tono de Igor es suave, pero en su suavidad se nota una férrea rigidez:

    —Padre, tú sabes bien qué es eso de amplios experimentos... Hay que repetir, aunque sea en miniatura, lo que te ha ocurrido a ti. No sacar una copia sola, sino varias, de un cerebro, y enviarlas a diversos extremos del sistema solar. Sin hablar ya de que habrá que aumentar otro tanto nuestro instituto y hará falta otra rama más de la industria... Y todo eso porque la gente debe creer a pies juntillas las sensaciones de una sola persona. Sensaciones que nadie, excepto tú, puede confirmar por ahora.
    —No las puede confirmar nadie más que él. Entonces yo ya no viviré —dice, sombrío, Alexandr Barténiev.
    —Pero tú eres él. Tal vez tengas la dicha extraordinaria de resucitar después de muerto. Dicha que los hombres se atrevieron a atribuir sólo a los dioses.
    —Esa dicha me infunde tristeza, hijo mío.
    —Pues yo la quisiera para mí.

    Alexandr Barténiev comprende que Igor tiene razón, a su manera. ¿Qué pruebas puede presentar? Únicamente sus impresiones personales, muy confusas, de las que él mismo no está seguro. ¡Sueña con hacer una revolución en la ciencia! Pero ya ha pasado de los setenta, y a sus años es difícil confiar en la victoria.

    No le queda otro recurso que creer que aparecerá aquél, su segundo «yo». Ese doble, cuando tome cuerpo en la Tierra, cumplirá veinte y nueve años nada más y estará lleno de energía juvenil. Y le será más fácil presentar pruebas, pues estará pertrechado con sus propias observaciones y con las observaciones del terrenal Alexandr Barténiev.

    ¡Que llegue esa inusitada dicha, que resucite él!


    16


    Los verdes robles del parque se yerguen dichosos con su maduro vigor retorcidos los troncos, entrelazadas las gruesas ramas, y al pie, junto a las raíces, humedad y nuevos retoños.

    En medio del parque, junto a un macizo cuajado de flores, hay un umbrío rincón apartado con pesados bancos de piedra bajo los árboles. Hace unos veinte años que pasó la moda de los monumentos, de los objetos tallados en imitación de lo antiguo. La moda ha cambiado, pero siguen los bancos de piedra. Se han cubierto de verdín, tienen marcada la huella del viento y han adquirido el aspecto que da la verdadera antigüedad.

    Semejantes rincones umbrosos se encontraban, probablemente, en los jardines reales de los siglos XVII y XVIII. En los calurosos días estivales se puede ver en éste a una enjuta anciana y a un anciano de ancha complexión cubierto con sombrero flexible.

    Galia está enferma. Nunca ha gozado de una salud de roble, y los últimos años ha sufrido varias operaciones serias; ahora repite a menudo, suspirando:

    —¡Ay, cuánto desearía vivir hasta su regreso! Llegar a los noventa y cinco años, o un poco más... Y entonces me moriría tranquila.

    Alexandr la escucha y piensa que quizá ella amase más durante toda la vida a su otra mitad, a la que voló de la Tierra. Pero no le aflige.

    En primavera, a los ochenta años de edad, Galia cae en cama definitivamente.

    Florece el jardín, y sobre su húmedo suelo pende inmóvil una nevasca de flores de impoluta blancura. La casa está sumida en sombrío silencio. Las personas envejecen, y el mundo sigue joven como antes.

    Viene Igor, pálido; ahora sus ojos parecen negros. Entra presuroso en la habitación de su madre.

    Este día se reúne en América un congreso internacional de científicos y figuras públicas. Barténiev hijo ha de inaugurarlo. Cerca de la casa, plegadas las ingrávidas alas, cual una gran libélula plateada lista a saltar, lo espera un entomóptero. Y en el aeropuerto intercontinental está de guardia un raudo avión para llevar al célebre científico al otro lado del océano.

    Alexandr Barténiev, que ha pasado cuatro noches sin dormir, está sentado en una butaca en un rincón de la sala, frente a la pantalla del televisor, sin fuerzas para moverse. El pensamiento se le escapa de lo principal, de lo inevitable, le da vueltas, como una mosca, en torno de cosas casuales... He ahí la pantalla del televisor... Hace muchísimo tiempo que está colgada en esta habitación... Hace muchísimo tiempo, pues él era joven, eminentes científicos lo saludaban desde este marco, ahora oscurecido, diciéndole: «Buenos días... El tema de la conferencia de hoy es...» Por aquellos años esta pantalla estaba considerada como la última palabra de la técnica, y ahora ya está pasada de moda; otro dueño la hubiera tirado a la basura... «Buenos días... El tema de La conferencia de hoy es...» Entonces fue cuando conoció a Galia...

    Entra Igor. Trae aterradoramente sombría mirada y lívidos, sin vida, los labios. Se acerca a su padre, le pone una mano en el hombro, quiere decirle algo y... vuelve la cara. Alexandr Barténiev no le pregunta.

    Igor anda ya cargado de espaldas, se le marcan los omoplatos y tiene grises las sienes. Alexandr Barténiev ha vivido lo suficiente para ver las canas de su hijo. Todo se puede vencer menos el efecto inexorable del tiempo.

    Igor, muy encorvado, como si la cabeza, plateada le tirase hacia el suelo, se acerca a la pantalla y marca un número. La pantalla se va inundando lenta, muy lenta, de luz, primero difusa, luego inexpresiva, luego se destacan unas sombras, se llenan de manchas de colores, que se espesan y adquieren un dibujo claro.

    La sala es una cuenca enorme, cubierta por una cúpula transparente, sobre la que se vuelca el oscuro cielo. Allí ha caído ya la tarde. Hay en ella gente, gente y más gente vestida con prendas de abigarrados colores y sentada fila tras fila. Pero aquí aún no ha pasado la mañana.

    —¡Al aparato! —exclama con voz tomada Igor—. Habla Barténiev.

    La sala desaparece, dando paso a la figura de un hombre con cabellera entre blanca y azul de profesor.

    —Igor Alexándrovich, ¿qué tal va eso...?
    —No puedo presentarme... Se ha...

    Sigue una pausa.

    —Pida perdón en mi nombre a todos los presentes.

    El hombre de la pantalla está compungido.

    —Todos comprenderán su dolor —dice quedo.

    Vuelve a verse la sala, la gigantesca cuenca, llena hasta los bordes de los mejores entre los mejores del mundo, de las mentes más prestigiosas del planeta.

    De pronto, las filas se ponen en movimiento; todos se ponen en pie. Guardan silencio...

    El Congreso Mundial honra la memoria de una mujer de lo más corriente, una mujer que no hizo ningún descubrimiento ni pasmó a los pueblos con el vuelo de un pensamiento audaz o con la pujanza de una brillante fantasía. El único mérito de su vida ha sido dar a luz a uno de los más dignos miembros de esta alta reunión, a quien esperaban y a quien necesitan.

    Miles de insignes personalidades están en pie, respetuosas y abatidas por el silencio y la grandiosidad del momento.

    A partir de este día, en el parque, al lado del macizo de flores, suele estar sentado a solas, en el banco de piedra, Alexandr Barténiev. Algo grandullón, no desprovisto de senil majestuosidad, se pasa las horas solo con sus pensamientos, recordando día por día su larga vida, feliz en suma.

    Un buen día se sienta a su lado un joven con traje ligero, que le está muy justo en los anchos hombros, corbata de apagado color, que hace juego con la camisa, pues tiene gusto en el vestir, y sano rubor de las mejillas, disuelto en el intenso tostado del sol meridional, prueba todo ello de que tiene aprecio a los pequeños encantos de la vida. Pero en su cara lozana ha quedado impresa cierta irritación, poco seria, de ave.

    Se dirige a Alexandr Barténiev con estas palabras:

    —Debería empezar por lo que empiezan todos, por presentarme. Pero mi nombre no le dirá absolutamente nada.

    El anciano levanta el sombrero.

    —¿En qué le puedo servir?
    —Estoy muy descontento de mí mismo —confiesa el desconocido.
    —Suele suceder...
    —Tengo veinticinco anos y aún no he hecho nada en la vida.
    —Veinticinco años aún no son muchos; me atrevo a asegurárselo.
    —Pero lo peor es que no confío hacer nada.
    —Hace mal.
    —Soy deportista. Tengo una salud de hierro.
    —Lo creo.
    —Quiero hacerle una proposición.
    —Soy todo oídos.
    —Pida que me injerten su intelecto.
    —¿Para qué? —le interroga el anciano sin extrañarse, casi indiferente.
    —Para que resulte un hombre completo. No se lleve su intelecto a la tumba.
    —Usted sabe perfectamente que eso es imposible. Con mi decrépito cerebro recibiría su organismo mi senilidad, nada envidiable. No ganaría otra cosa que acortarse la vida en sesenta años. —Lo sé —replica, impaciente, el desconocido, encogiéndose de hombros—. Pero en los archivos del instituto se guarda la copia de su cerebro, hecha cuando usted tenía veintiocho años nada más.
    —Démoslo por supuesto...
    —Solicite que me la trasplanten a mí. Estoy dispuesto.

    El anciano no responde en seguida, mira al suelo, poniendo entrecruzados en las rodillas los dedos de articulaciones hinchadas.

    —¿Está usted de acuerdo? —vuelve a interrogar el desconocido.
    —No.
    —¿Por qué?
    —Por muchas causas.
    —¿Por cuáles? ¡Pues será usted quien viva! ¡Usted, y no yo! Joven y robusto, capaz otra vez de trabajar.

    El anciano vuelve a recapacitar, encogiendo los hombros y bajando la cabeza.

    —Qué aburrida sería la vida en la Tierra si las personas se repitiesen.
    —¿Qué tendría de malo que se repitiese lo bueno?
    —Borrar todo lo que he alcanzado, todos estos decenios de trabajo, venturas y penas, estos conocimientos y experiencias. Borrarlo simplemente para volver a empezar desde el principio, con un cerebro antiguo, atrasado en más de medio siglo, por añadidura. Eso es absurdo, joven.
    —¿Borrarlo? Dispénseme, pero la muerte lo borrará de todos modos.
    —En mi lugar aparecerá en la Tierra otro nuevo ser, que no se parecerá a nadie.
    —¿Y si en vez de usted aparece algún mentecato inútil...? Como yo...
    —No cuente a las personas por unidades, sino por generaciones. Tengo la creencia de que cada generación nace más inteligente.
    —¡Más inteligente porque, con el tiempo, se acumulan los conocimientos humanos!
    —No, no sólo por eso. El cerebro de un niño de Neanderthal era cualitativamente más capaz de asimilar que el de un pitecántropo niño, pues el cerebro del niño contemporáneo se distingue mucho de los dos precedentes... En suma, en lugar mío aparecerá un hombre algo superior a mí en cuanto a dotes innatas.
    —Por lo tanto, ¿no está de acuerdo?
    —No. Se ha equivocado en la elección. Es muy posible que dentro de cierto tiempo aparezca un segundo Alexandr Barténiev... De Colega... Esa resurrección tiene sentido, no protesto de ella. Juzgue usted, ¿vale la pena dar al mundo a otro Alexandr Barténiev más? ¿No serán demasiados?
    —¿No está de acuerdo?
    —Pues que lo pase bien.
    —Y usted también, amigo. Procure no parecerse a nadie. Estime su individualidad...

    El desconocido se aleja, y el anciano pone los ojos en el suelo, moviendo de vez en cuando la cabeza.


    17


    Alexandr Barténiev ha fallecido a los noventa y dos años.

    Lo entierran en el parque del instituto en medio de un macizo de flores, rodeado de recios robles. En la losa que lo cubre hay un breve epitafio.

    ALEXANDR NIKOLÁIEVICH BARTÉNIEV
    ¡No es un dios, pero resucitará!


    Ocho años después los observatorios radioastronómicos que mantienen enlace con el planeta Colega reciben un comunicado:

    «Hemos recibido íntegramente la información de la corteza cerebral del habitante del sistema solar.»

    Después se reciben varias veces cada año comunicados del mismo tipo: «Los trabajos para recomponer el cerebro del emisario del sistema solar transcurren con éxito.»

    Pasa un año, luego otro, otro más, y así hasta cinco. El mismo comunicado: «Los trabajos para recomponer el cerebro transcurren con éxito.» Los habitantes de la Tierra esperan... Caducado el lustro, en pleno verano, los aparatos de guardia de muchas estaciones astronómicas del hemisferio norte reciben la señal de: «¡Atención! ¡Muy importante!» Y aunque los autómatas de enlace cósmico pueden recibir el radiograma sin la participación del hombre, los astrónomos se lanzan a las cintas de control.

    En las cintas aparecen unos raros signos que no se parecen a la compleja clave de las conversaciones con los coleganos. Puntos, raya, raya, puntos... Y caen enseguida en la cuenta:

    «¡Pero si es el alfabeto Morse!»
    «¡Hermanos míos! ¡Hermanas mías! ¡Hombres de la Tierra!
    »¡Habla Alexandr Barténiev! ¡Habla Alexandr Barténiev desde el planeta Colega del sistema de Lambda de la Flecha!
    »Me han dado vida, No se observa ninguna desviación de la norma. Me admiro del arte de los coleganos y estoy orgulloso de mi ciencia. Los coleganos comparten mi alegría. Por ahora hablo con ellos mediante la clave estelar. No es difícil aprender su lenguaje.
    »Quisiera abrazaros a todos.
    »ALEXANDR BARTÉNIEV»


    Siguen palabras cifradas con la clave estelar. Son los coleganos que hablan. Y por primera vez, del planeta Colega salen emociones y no secas noticias científicas ni demandas de gestiones. El sistema de la clave no es muy adecuado para transmitirlas.

    Se reciben noticias de Alexandr Barténiev, noticias científicas, durante todo el año. Sólo de tarde en tarde se oye una queja de su alma atormentada, queja parcamente transmitida con el alfabeto Morse: «Echo mucho de menos la Tierra. La veo a menudo en los ratos de quietud.»

    Al caducar el plazo fijado, un año después de la encarnación, se recibe otro comunicado:

    «Han sacado la copia de mi cerebro y la están cifrando. No se tardará en empezar a transmitir la información. Los coleganos me proponen que me quede con ellos. Se podrá mantener enlace permanente. Me propongo aceptar.»

    Pasado un mes se recibe la señal de: «¡Muy importante!»

    A los observatorios radioastronómicos empiezan a llegar los primeros datos del extenso radiograma acerca del cerebro de Alexandr Barténiev con nuevos conocimientos e impresiones.

    El Instituto del Cerebro recibe los datos elaborados... y publica un anuncio:

    «Se necesita un voluntario para injertarle el intelecto de Alexandr Barténiev. Debe poseer las siguientes condiciones indispensables: veinticinco años de edad, una salud ideal...» Y sigue una detallada enumeración del grupo de sangre, clasificación del tejido nervioso, etc.

    Los voluntarios que desean olvidar su propio «yo» y convertirse en Alexandr Barténiev asedian el Instituto del Cerebro.

    Una exigente comisión médica elige, de entre el primer centenar, a un tal Gueorgui Mitkov, gimnasta de atlética complexión, de Sofía.

    De improviso se recibe del planeta Colega un extraño radiograma de Alexandr Barténiev:

    «Intentan curarme, destruyéndome la memoria de la Tierra. ¡No quiero! ¡Ni puedo! Sé que moriré pronto... Espero que resucitaré...»

    Varios días después se recibe otra comunicación, aún más extraña: «He visto el invierno. Se acabó todo. ¡Hasta la vista en la patria!»

    Es la última noticia del Alexandr Barténiev cósmico. Después transmiten de Colega, cifrado con la matemática clave, un seco comunicado de que el emisario del sistema solar ha dejado de existir.


    En la sala de deportes del Instituto del Cerebro hace gimnasia en las paralelas Gueorgui Mitkov, apuesto mozo de delgado semblante, ornado con severas cejas. Espera con la serenidad del deportista entrenado que lo llamen para hacerle la operación, tras de la cual se olvidará de su nombre, costumbres y carácter y se convertirá en Alexandr Barténiev.

    Varios centenares de laboratorios y más de mil investigadores del Instituto del Cerebro están cuatro años enteros dedicados a crear un trozo de sustancia que apenas si llega a tener 1.500 centímetros cúbicos de volumen. Decenas de fábricas, talleres y oficinas de diseños hacen y facturan nuevos aparatos tan pronto como reciben los pedidos.

    Cuatro años enteros; no son tantos. La naturaleza tardaría casi tres decenios en dar un cerebro como ése.

    Durante ese tiempo Gueorgui Mitkov vive en el instituto, le hacen análisis sin cesar, lo investigan con toda la escrupulosidad de que es capaz la ciencia moderna. El tejido del nuevo cerebro debe ajustarse al tejido de él; de lo contrario, el organismo se rebelará con toda energía, intensificada por su salud de hierro, y el cuerpo ajeno, extraño, será rechazado, los glóbulos blancos atacarán al cerebro, y el cráneo se convertirá en un inflamado absceso.

    Cuando Gueorgui Mitkov entra en la sala de operaciones, ha cumplido ya veintinueve años, aproximadamente los mismos que ha vivido, encarnado, Alexandr Barténiev número dos.

    Todo transcurre según el plan calculado de antemano: cuatro años de preparación, cuarenta y cinco minutos de operación... Luego colocan al operado en un estuche translúcido que lo aísla por completo del medio ambiente. Yace bajo una sábana, tranquilo el semblante tras un casco de plástico, como la bella durmiente del cuento en su caja de cristal.

    Alrededor de este extraño sarcófago permanecen inmóviles unas personas con batas, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, con la misma expresión de tensión y espera contenida en las caras. Permanecen en pie y observan los aparatos registradores de la respiración, el ritmo cardiaco, la composición sanguínea y la actividad del cerebro aletargado. Permanecen así media hora, una hora, temerosos de que empiece un proceso inflamatorio. Los profesores callan.

    Finalmente, un flaco y arrugado viejo, apuesto como un joven y con imperativa mirada en los ojos, cejas, la delgada cara, las fuertes mandíbulas y la nariz grande de Gueorgui Mitkov. Pero en este conocido rostro se ha operado ya cierto cambio, ha aparecido algo impreciso en sus facciones.

    —Profesor, le veo mal. Acérquese más... Así Profesor, ¿qué le pasa? ¿Por qué llora...? Todo va bien, profesor. ¡Ay, qué bien volver a casa!


    18


    Alto, apuesto, erguidos con cierto orgullo los anchos hombros y robusto el cuello, emergiendo como un poste del amplio escote de la camisa, camina el nuevo Alexandr Barténiev. Los andares no son ya flexibles y ágiles, como los del Gueorgui Mitkov de antes, sino más indolentes, de persona pensativa. Son unos andares conocidos...

    —¡Gorriones! ¡Mirad, gorriones! ¡Diantre!

    Todo le sorprende: los gorriones, las nubes en el cielo azul y la sombra inclinada del edificio.

    —¿Son éstos los mismos robles...? —interroga, entristeciéndose de pronto—. Cuando yo volé de la Tierra eran poco más altos que yo.

    Pero la tristeza le dura un instante.

    —¡Una mariposa...! ¡Qué bonita! ¡No se pueden imaginar qué bonita es nuestra tierra! Y aún tenemos el invierno por delante. ¡El invierno! ¡Veré la nieve!

    Lo último que Alexandr vio la vez anterior en la Tierra fue una ancha cara, pálida debido a la luz verde, con las cejas levantadas como las alas de un pájaro, y la centelleante lamparita de un aparato. Luego un instante de oscuridad, sólo un instante, y de nuevo luz, difusa, suave como el humo blanco, y no terrenal. Hace ya mucho que murió aquella persona de cara ancha y sombrías cejas alzadas. Murieron, quizá, todos los que Alexandr conoció, murió Shablin, murió también... No vale la pena pensar en eso. Han transcurrido ochenta y dos años. Este anciano, que lo lleva a su casa, es Igor Alexándrovich Barténiev, el director del Instituto del Cerebro. Y él se llama Alexandr Nikoláievich Barténiev. Resulta que este anciano es su hijo.

    Sobre los pequeños hombros angulosos de Igor Barténiev se alza un cuello arrugado, y por debajo del redondo birrete de profesor le salen unos lastimosos mechoncitos de pelo. Tiene ochenta años. Y el Alexandr Barténiev de veintinueve años fija la mirada en quien se puede considerar su hijo.

    —Entre —dice el anciano hijo, abriendo la puerta—. Pasemos al despacho. Tenemos que hablar. Aún disponemos de tiempo antes de que empiece la conferencia de prensa.

    Alexandr Barténiev mira en derredor.

    —Sabe usted —articula Alexandr—, me parece que he estado aquí.
    —Usted no ha podido estar aquí. Esta casa la construyeron cuando yo tenía veinticinco años. Es decir, después de usted.
    —Así y todo, recuerdo muchas cosas de aquí... Esta mesa, esta ventana... y a usted, por raro que parezca, lo recuerdo también. No cuando era un chiquillo, pero sí aún bastante joven. Y no sé por qué, lo recuerdo vestido con una indumentaria antigua: un traje negro arrugado, cinturón de cuero, pistola colgando de él y una gorrita plana con cintas. Me acuerdo hasta de las costuras de la ropa, eran toscas torpes. ¿Pudo haber sucedido eso?

    Las arrugas de la inquieta cara de Igor Barténiev se alargan, marcándose mucho.

    —Espere un momento...

    El anciano sale del despacho, sonando en el piso de parquet sus cortos pasitos.

    Alexandr Barténiev sigue mirando en derredor. Reconoce muchas cosas que no debiera conocer. Se acuerda de una mujer delgada con grandes ojos de asombro y suaves arrugas en la cara. Solía aparecer delante de él en momentos de sosiego, y el sosiego siempre acababa. Y entonces le irrumpen en el alma otros recuerdos, reales, a los que tiene derecho. Recuerda el puentecito sobre el río y la luna haciendo visajes y moviéndose en el agua negra. Recuerda el ralo parque, los arbolitos nuevos y a ella, vestida con una deslumbrante bata blanca, como perlas los bonitos e iguales dientes... Y el olor de su cabello, el brillo de sus ojos en la oscuridad y, en sus pupilas, el punzante reflejo de una estrella caída... «El acero del sable del Kan.»

    Igor Barténiev vuelve con un álbum encuadernado en piel, desgastada. El álbum es viejo, como todos los objetos familiares. Alexandr tiende las manos para tomarlo, y exclama:

    —¡Madre mía! ¡Si es el álbum de la abuela!
    —Lo trajo mi padre... —dice Igor Barténiev.
    —Sí, sí...
    —¿Reconoce a éste? —inquiere Igor, enseñándole una foto.
    —Sí... Así mismo me lo imaginaba.

    En la fotografía está un marinerito vestido a la antigua con la gorra bizarramente ladeada y una pistola máuser al cinto.

    —Así mismo.
    —Interpreté en el teatro sin espectadores el papel de marinero del Aurora. Fue... Fue... Sí, sí, precisamente en el año en que usted anduvo por Colega.
    —¿Le dijo a usted algo? —interroga Alexandr.
    —¿Mi padre?
    —Sí.
    —Pues para eso le he hecho venir.

    Igor Barténiev saca una carpeta de la mesa.

    —Son los apuntes de mi padre. Su testamento... Me rogó que se los entregase a usted. Si usted confirma lo que él anotó, en la bóveda científica retumbará un trueno. Tenga.

    Alexandr Barténiev toma la carpeta.

    —Bueno... Ahora... Le rogaría...
    —Lo que usted quiera.
    —Le rogaría que me enseñara una foto de su madre.

    Igor Barténiev alza la vista de sus ojos azules, penetrantes y sagaces, la alza y la vuelve a bajar; busca en el álbum y saca una foto grande.

    Es una foto en colores, hecha por un buen artista profesional. Una fina mano pende del brazo de un sillón, recatada la mirada de los ojos gris-azulados, mirada pensativa y de sosiego. No es la misma que le recitara poesías de recio vigor al pie del monumento a los soldados:

    Es tu nombre un pájaro en la mano,
    la frescura del hielo en la lengua.
    Un solo movimiento de tus labios
    es como una pelota asida al vuelo,
    un cascabel de plata en la boca...


    Hace un año que le recitaron esos versos para él solo. ¡Un año nada más! Los recordó y los ha repetido para su fuero interno. Todo cuanto sabía se lo comunicó de buen grado a los coleganos. Es una gran dicha transmitir lo que uno sabe. Pero estos versos se los calló, eran suyos, propios, probablemente aquel mundo extraño no los hubiera entendido como los entendía él.

    Al caer una piedra en el tranquilo estanque,
    brota un sonido como tu nombre...


    Hace un año, y ella reposa ya mucho tiempo en la tumba... Y toda la gente que lo rodea es otra. Todo lo que él conocía y le era familiar quedó en el pasado. Él ha regresado a la patria. ¿Puede decirse la patria? Su patria era la de hace más de ochenta años; ya no puede recuperarla. Él es un peregrino perdido en el tiempo.

    Ella ya no vive, y era única, ¡ya no se repetirá!

    Alexandr Barténiev mira el retrato y se acaricia la sien con los tres primeros dedos de la mano juntos.

    Igor Barténiev no puede contener un estremecimiento: «¡El ademán de su padre!» Ahora percibe ya con todo su ser y no sólo con la inteligencia, que tiene delante a su padre, al que él enterró, con otra cara y otro cuerpo, pero su padre, cincuenta años más joven que él, anciano hijo.

    Igor Barténiev conecta el televisor. En el angosto marco se ve el jardín lleno de sol y alegres flores de vivos colores.

    —Galia, ¿dónde estás? —interroga.
    —Aquí.
    —¿Has preparado lo que te pedí?
    —Sí.
    —Tráelo.

    Instantes después se oye un sonoro y travieso taconeo cerca de la puerta y una tímida voz:

    —¿Se puede?
    —Entra, entra.

    Primero se ve en la puerta un inmenso ramo de dalias rojas como el fuego, que inundan de olor a tierra húmeda la habitación. Por detrás del ramo asoma un rostro de suave óvalo, fina nariz, caídas las pestañas, que proyectan sombra en él, y bajo las pestañas, la humedad de los ojos que diluye la incontenible curiosidad.

    —¿Por qué no se lo entregas?

    Las pestañas se levantan, los ojos se abren y, ¿dónde se ha metido la curiosidad de fierecilla?, son unos ojos confiados, sin picardía, que descubren todo lo que siente el alma.

    —Tome.

    Pronunciada la palabra, vuelven a caer las pestañas, y las mejillas se cubren de rubor.

    —Gracias.

    Las grandes, torpes y fuertes manos de Alexandr Barténiev rozan los dedos de ella. Ambos se estremecen simultáneamente.

    —Gracias —repite él, sin saber qué decir ni cómo agradecérselo.
    —Ve delante, Galia. Nosotros saldremos ahora también.

    Galia... Sus oscuros cabellos y sus hombros tostados por el sol cruzan raudos, y se cierra la puerta. Quedan el ramo, que aplana con su ardiente color, y el complejo aroma de humedad, tierra y hierba, de ese latente frescor aromático que siempre hay junto a las raíces. Esta Galia no se parece a la otra. ¿Y qué más dará? No hay repetición, pero lo hermoso no sucumbe en la Tierra. Nada se pierde del todo.


    La sabiduría de la vida impide al anciano hijo ver la turbación del padre, excesivamente joven, y dice:

    —Tome este ramo, le hará falta ahora.

    Los retorcidos robles centenarios, con romos abultamientos en los troncos, son una encarnación palmaria del tiempo transcurrido. Lo son esos robles seculares y los pesados bancos, la densa sombra y las manchas de luz solar, que tiemblan convulsas en el suelo.

    En este apartado rincón del parque se ha reunido mucha gente bajo los árboles: reporteros gráficos armados hasta los dientes, operadores de cine y de la televisión y científicos.

    En medio de un macizo esmaltado de flores diversas reposa una lápida sepulcral. Alexandr Barténiev se detiene delante y lee:

    ALEXANDR NIKOLÁIEVICH BARTÉNIEV
    ¡No es un dios, pero resucitará!


    Alexandr deposita el ramo de rojas dalias en la lisa piedra, caldeada por el sol, de la tumba, en la que, en realidad, yace él mismo. Y de todos lados se oyen los chasquidos de las cámaras, enfocadas a él. Permanece un rato en pie, hace un movimiento con la cabeza y se encamina hacia el instituto, donde se han reunido científicos, periodistas y figuras públicas de todos los continentes para escuchar su primera conferencia.


    FIN



    Título original: Puteshestvie dlinoj v vek
    Traducción: Venancio Uribes del Barco
    © by Vladimir Tendriakov
    © 1978 Albia Ficción
    ISBN: 84-743-6308-X